The Project Gutenberg EBook of La Espuma, by D. Armando Palacio Valds

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org


Title: La Espuma
       Obras completas de  D. ARMANDO PALACIO VALDS, Tomo VII

Author: D. Armando Palacio Valds

Release Date: March 9, 2004 [EBook #11529]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ESPUMA ***




Produced by Stan Goodman, Virginia Paque and the Online Distributed
Proofreading Team.





             LA ESPUMA



          OBRAS COMPLETAS

                DE

      D. ARMANDO PALACIO VALDS

             TOMO VII

             LA ESPUMA

               1922





I

#Presentacin de la farndula.#


A las tres de la tarde el sol enfilaba todava sus rayos por la calle de
Serrano bandola casi toda de viva y rojiza luz, que hera la vista de
los que bajaban por la acera de la izquierda ms poblada de casas. Mas
como el fro era intenso, los transeuntes no se apresuraban a pasar a la
acera contraria en busca de los espacios sombreados: preferan recibir
de lleno en el rostro los dardos solares, que al fin, si molestaban,
tambin calentaban. A paso lento y menudo, con el manguito de rica piel
de nutria puesto delante de los ojos a guisa de pantalla, bajaba a tal
hora y por tal calle una seora elegantemente vestida. Tras s dejaba
una estela perfumada que los tenderos plantados a la puerta de sus
comercios aspiraban extasiados, siguiendo con la vista el foco de donde
partan tan gratos efluvios. Porque la calle de Serrano, con ser la ms
grande y hermosa de Madrid, tiene un carcter marcadamente provincial:
poco trfago; tiendas sin lujo y destinadas en su mayora a la venta de
los artculos de primera necesidad; los nios jugando delante de las
casas; las porteras sentadas formando corrillos, departiendo en voz alta
con los mancebos de las carniceras, pescaderas y ultramarinos. As
que, no era fcil que la gentilsima dama pasara inadvertida como en las
calles del centro. Las miradas de los que cruzaban como de los que se
estaban quietos posbanse con complacencia en ella. Se hacan
comentarios sobre los primores de su traje por las comadres, y se decan
chistes espantosos por los nauseabundos mancebos, que hacan prorrumpir
en rugidos de gozo brbaro a sus compaeros. Uno de los ms salvajes y
pringosos verti en su odo, al cruzar, una de esas brutalidades que
enrojecera sbito el cutis terso de una _miss_ inglesa y le hara
llamar al _policeman_ y hasta quiz pedir una indemnizacin. Pero
nuestra valiente espaola, curada de melindres, no pestae siquiera:
con el mismo paso menudo y vacilante de quien pisa pocas veces el polvo
de la calle, continu su carrera triunfal. Porque lo era a no dudarlo.
Nadie poda mirarla sin sentirse posedo de admiracin, ms an que por
su lujoso arreo, por la belleza severa de su rostro y la gallarda de la
figura. Llegara bien a los treinta y cinco aos. El tipo de su rostro
extremadamente original. La tez, morena bronceada; los ojos azules; los
cabellos de un rubio ceniciento. Pocas veces se ve tan extraa mezcla de
razas opuestas en un semblante. Si a alguna se inclinaba era a la
italiana, donde tal que otra, suele aparecer esta clase de figuras que
semejan _ladies_ inglesas cocidas por el sol de Npoles. En ciertos
cuadros de Rafael hay algunas que pueden dar idea de la de nuestra dama.

La expresin predominante de su rostro en aquel momento era la de un
orgulloso desdn. A esto contribua quiz la luz del sol, que le
obligaba a fruncir su frente tersa y delicada. Hay que confesarlo; en
aquel rostro no haba dulzura. Debajo de sus lneas correctas y firmes
se adivinaba un espritu altivo, sin ternura. Aquellos ojos azules no
eran los serenos y lmpidos que sirven de complemento adorable a ciertas
fisonomas virginales que pueden admirarse alguna vez en nuestro pas y
ms a menudo en el norte de Europa. Estaban hechos, sin duda, para
expresar un tropel de vivas y violentas pasiones. Quiz alguna vez
tocara su turno al amor ardiente y apasionado, pero nunca al humilde y
mudo que se resigna a morir ignorado. Llevaba en la cabeza un sombrero
apuntado, de color rojo, con pequeo y claro velo, rojo tambin, que le
llegaba solamente a los labios Los reflejos de este velo contribuan a
dar al rostro el matiz extrao que impresionaba a los que a su lado
cruzaban. Vesta rico abrigo de pieles, con traje de seda del color del
sombrero, cubierta la falda por otra de tul o granadina, que era por
entonces la ltima moda.

Llevaba, como hemos dicho, el manguito levantado a la altura de los
ojos: stos posados en el suelo, como quien nada tiene que ver ni partir
con lo que a su alrededor acaece. Por eso, hasta llegar a la calle de
Jorge Juan, no advirti la presencia de un joven que desde la acera
contraria y caminando a la par con ella la miraba con ms admiracin an
que curiosidad. Al llegar aqu, sin saber por qu, levant la cabeza y
sus ojos se encontraron con los de su admirador. Un movimiento bien
perceptible de disgusto sigui a tal encuentro. La frente de la dama se
frunci con ms severidad y se acentu la altiva expresin de sus ojos.
Apret un poco el paso: y al llegar a la calle del Conde de Aranda se
detuvo y mir hacia atrs, con objeto sin duda de ver si llegaba un
tranva. El mancebo no se atrevi a hacer lo mismo: sigui su camino, no
sin dirigirla vivas y codiciosas ojeadas, a las que la gentil seora no
se dign corresponder. Lleg al fin el coche, mont en l dejando ver,
al hacerlo, un primoroso pie calzado con botina de tafilete, y fu a
sentarse en el rincn del fondo. Como si se contemplase segura y libre
de miradas indiscretas, sus ojos se fueron serenando poco a poco y se
posaron con indiferencia en las pocas personas que en el carruaje haba;
mas no desapareci del todo la sombra de preocupacin esparcida por su
rostro, ni el gesto de desdn que haca imponente su hermosura.

El juvenil admirador no haba renunciado a perderla de vista. Sigui,
cierto, por la calle de Recoletos abajo; mas en cuanto vi cruzar el
tranva se agarr bonitamente a l y subi sin ser notado. Y procurando
que la dama no advirtiese su presencia, ocultndose detrs de otra
persona que haba de pie en la plataforma, se puso con disimulo a
contemplarla con un entusiasmo que hara sonrer a cualquiera. Porque
era grande la diferencia de edad que haba entre ambos. Nuestro muchacho
aparentaba unos diez y ocho aos. Su rostro imberbe, fresco y sonrosado
como el de una damisela; el cabello rubio; los ojos azules, suaves y
tristes. Aunque vestido con americana y hongo, por su traje revelaba ser
una persona distinguida. Iba de riguroso luto, lo cual realzaba
notablemente la blancura de su tez. Por esa influencia magntica que los
ojos poseen y que todos han podido comprobar, nuestra dama no tardo
mucho tiempo en volver los suyos hacia el sitio donde el joven vibraba
rayos de admiracin apasionada. Torn a nublarse su rostro; volvi a
advertirse en sus labios un movimiento de impaciencia, como si el pobre
chico la injuriase con su adoracin. Y ya desde entonces empez
claramente a dar seales de hallarse molesta en el coche, moviendo la
hermosa cabeza ora a un lado, ora a otro, con visibles deseos de
apearse. Mas no lo hizo hasta llegar a San Jos, frente a cuya iglesia
hizo parar y baj, pasando por delante de su perseguidor con una
expresin de fiero desdn capaz de anonadarle.

O muy temerario era o muy poca vergenza deba de tener ste cuando
salt a la calle en pos de ella y comenz a seguirla por la del
Caballero de Gracia, caminando por la acera contraria para mejor
disfrutar de la figura que tanto le apasionaba. La dama segua
lentamente su marcha haciendo volver la cabeza a cuantos hombres
cruzaban a su lado. Era su paso el de una diosa que se digna bajar por
un momento del trono de nubes para recrear y fascinar a los mortales,
que al mirarla se embeban y daban fuertes tropezones.

--Madre ma del Amparo, qu mujer!--exclam en voz alta un cadete
agarrndose a su compaero como si fuese a desmayarse del susto.

La hermosa no pudo reprimir una levsima sonrisa, a cuya luz se pudo
percibir mejor la peregrina belleza de que estaba dotada. En carruaje
descubierto bajaban dos caballeros que le dirigieron un saludo
reverente, al cual respondi ella con una imperceptible inclinacin de
cabeza. Al llegar a la esquina, en la misma red de San Luis, se detuvo
vacilante, mir a todas partes, y percibiendo otra vez al rubio mancebo
le volvi la espalda con ostensible desprecio y comenz a descender con
ms prisa por la calle de la Montera, donde su presencia caus entre los
transeuntes la misma emocin. Tres o cuatro veces se detuvo delante de
los escaparates aunque se adverta que ms que por curiosidad se paraba
por el estado nervioso en que la persecucin tenaz del jovencito la
haba puesto. Cerca de la Puerta del Sol, sin duda para huirla,
resolvise a entrar en la joyera de Marabini. Sentse con negligencia
en una silla, levant un poquito el velo del sombrero y se puso a
examinar con distraccin las joyas recin llegadas que el dependiente de
la tienda fu exhibiendo. Era lo peor que pudo hacer para librarse de
las miradas de su adolescente adorador. Porque ste, con toda comodidad,
sobre seguro, se las enfilaba por los cristales del escaparate con una
insistencia que la encolerizaba cada vez ms.

La verdad es que aquella tiendecita primorosamente adornada, donde
brillaban por todas partes los metales y las piedras preciosas, era
digno aposento para la bella; el estuche que mejor convena a joya tan
delicada. As debi de pensarlo el joven rubio, a juzgar por el xtasis
apasionado de sus ojos y la inmovilidad marmrea de su figura. Al fin la
dama, no pudiendo vencer la irritacin que esto la produca, alzse
bruscamente de la silla y despidindose con una frase seca del
dependiente, que le guardaba extraordinarias consideraciones, sali del
comercio y lleg hasta la Puerta del Sol a toda prisa. Aqu se detuvo;
luego di algunos pasos hacia un coche de punto, como si fuese a entrar
en l; pero de pronto cambi de rumbo, y con paso firme se dirigi haca
la calle Mayor, escoltada siempre y no de lejos por el joven. Al llegar
a la mitad de ella prximamente, entr en una casa de suntuosa
apariencia, no sin lanzar antes una rpida y furibunda mirada a su
perseguidor, que la recibi con entera y rara serenidad.

El portero, que estaba plantado en el umbral atusndose gravemente sus
largas patillas, despojse vivamente de la gorra, le hizo una profunda
reverencia y corri a abrir la puerta de cristales que daba acceso a la
escalera, apretando en seguida el botn de un timbre elctrico. Subi
lentamente la escalera alfombrada, y al llegar al principal la puerta
estaba ya abierta y un criado con librea al pie de ella esperando.

La casa perteneca al Excmo. Sr. D. Julin Caldern, jefe de la casa de
banca _Caldern y Hermanos_, el cual ocupaba todo el principal de ella,
sirvindose por escalera distinta de los dems pisos, que tena
alquilados. Este Caldern era hijo de otro Caldern muy conocido en el
comercio de Madrid, negociante al por mayor en pieles curtidas, que con
ellas haba hecho una buena fortuna y que en los ltimos aos de su vida
la haba acrecentado, dedicndose, a la par que al comercio, al giro y
descuento de letras. Fallecido l, su hijo Julin continu su obra sin
apartarse un punto, manejando con el suyo el haber de sus dos hermanas
casadas, la una con un mdico, la otra con un propietario de la Mancha.
A su vez estaba casado, bastantes aos haca, con la hija de un
comerciante de Zaragoza, llamado D. Toms Osorio, padre tambin del
conocido banquero madrileo del mismo nombre, que tena su hotel con
honores de palacio en el barrio de Salamanca, calle de Ramn de la Cruz.
La hermosa dama que acaba de entrar en la casa es la esposa de este
banquero, y hermana poltica, por lo tanto, de la seora de Caldern.

Pas por delante del criado sin aguardar a que ste la anunciase, avanz
resueltamente como quien tiene derecho a ello, atraves tres o cuatro
grandes estancias lujosamente decoradas, y alzando ella misma la rica
cortina de raso con franja bordada, entr en una habitacin ms reducida
donde se hallaban congregadas varias personas. En el silln ms prximo
a la chimenea estaba arrellanada la seora de la casa, mujer de unos
cuarenta aos, gruesa, facciones correctas, ojos negros, grandes y
hermosos, pero sin luz, la tez blanca, los cabellos de un castao claro
excesivamente finos. Al lado de ella, en una butaquita, estaba otra
seora, que formaba contraste con ella; morena, delgada, menuda, de
extraordinaria movilidad, lo mismo en sus ojillos penetrantes que en
toda su figura. Era la marquesa de Alcudia, de la primer nobleza de
Espaa. Las tres jvenes que sentadas en sillas seguan la fila, eran
sus hijas, muy semejantes a ella en el tipo fsico, si bien no la
imitaban en la movilidad: rgidas y silenciosas, los ojos bajos, con
modestia y compostura tan afectadas, que pronto se echaba de ver el
rgimen severo a que las tena sometidas su viva y nerviosa mam. Con
una de ellas hablaba de vez en cuando en voz baja la hija de los seores
de Caldern, nia de catorce o quince aos, carirredonda, de ojos
pequeos, nariz arremolachada y algunos costurones en el cuello,
pregoneros de un temperamento escrofuloso. Esta nia gastaba an los
cabellos trenzados, con un lacito en la punta de la trenza, lo mismo que
la ltima de las de Alcudia, con quien sostena tmida e intermitente
conversacin. Esta, y sus hermanas, llevaban en la cabeza sendos y
caprichosos sombreros, mientras Esperancita (que as nombraban a la hija
de los amos) andaba con su cabecita redonda al descubierto. El traje una
_matine_ azul, demasiadamente corta para sus aos. Los seores de
Caldern solo tenan esta hija y un nio de dos aos. Frente a la
seora, reclinado en una butaca igual, estaba el general Patio, conde
de Morillejo. Hllase entre los cincuenta y sesenta, pero conserva en
sus ojos el fuego de la juventud; sus cabellos grises estn
esmeradamente peinados, los largos bigotes a lo Vctor Manuel, la
perilla apuntada, la nariz aguilea le dan un aspecto simptico y
gallardo. Es el tipo perfecto del veterano aristcrata. A su lado, en
otra butaca, estaba Caldern, hombre de unos cincuenta aos, grueso, de
cara redonda y sonrosada, adornada por cortas patillas grises; los ojos
redondos, vagos y mortecinos. Cerca de l una seora anciana, que era la
madre de la esposa de Caldern, aunque mucho se diferenciaba de ella en
el rostro y la figura: delgada al punto de no tener ms que la piel
sobre los huesos, morena, ojos hundidos y penetrantes, revelando en
todos los rasgos de su fisonoma inteligencia y decisin. Hablando con
ella est Pinedo, el inquilino del cuarto tercero. Aunque su bigote no
tiene canas, se adivina fcilmente que est teido: su rostro es el de
un hombre que anda cerca de los sesenta: fisonoma bonachona, ojos
saltones que se mueven con viveza, como los que poseen un temperamento
observador. Viste con elegancia y manifiesta extraordinaria pulcritud en
toda su persona.

Al ver en la puerta a nuestra bellsima dama, la tertulia se conmovi.
Todos se alzan del asiento, excepto la seora de Caldern, en cuyo
rostro parado se dibuj una vaga sonrisa de placer.

--Ah, Clementina! Qu milagro el verte por aqu, mujer!

La dama se adelant sonriente, y mientras besaba a las seoras y daba la
mano a los caballeros, responda a la cariosa reprensin de su cuada.

--Anda! Aplcate la venda, hija, t que no pareces por mi casa ms que
por semestres.

--Yo tengo hijos, querida.

--Miren ustedes qu disculpa! Yo tambin los tengo.

--En Chamartn.

--Bueno; el tener hijos no te priva de ir al Real y al paseo.

Clementina se sent entre su cuada y la marquesa de Alcudia. Los dems
volvieron a ocupar sus asientos.

--Ay, hija!--exclam aqulla respondiendo a la ltima frase.--Si
vieras qu catarrazo he pillado la otra noche en el teatro! El tonto de
Ramoncito Maldonado es el que ha tenido la culpa. Con tanto saludo y
tanta ceremonia, no acababa de cerrar la puerta del palco. Aquel aire
colado se me meti en los huesos.

--Ha tenido fortuna ese aire--manifest con sonrisa galante el general
Patio.

Todos sonrieron menos la interesada, que le mir con sorpresa abriendo
mucho los ojos.

--Cmo fortuna?

Fu necesario que el general le diese la galantera mascada; slo
entonces la pag con una sonrisa.

--No es verdad que ha estado muy bien Gayarre?--dijo Clementina.

--Admirable! como siempre--respondi su cuada.

--Yo le encuentro falto de maneras--expres el general.

--Oh, no, general!... Permtame usted....

Y se empe una discusin sobre si el famoso tenor posea o no posea el
arte escnico, si era o no elegante en su vestir. Las seoras se
pusieron de su parte. Los caballeros le fueron adversos.

Del tenor pasaron a la tiple.

--Es toda una hermosa mujer--dijo el general con la seguridad y el
acento convencido de un inteligente.

--Oh!--exclam Caldern.

--Pues yo encuentro a la Tosti bastante ordinaria, no le parece a
usted, Clementina?

Esta corrobor la especie.

--No diga usted eso, marquesa; el que una mujer sea alta y gruesa no
indica que sea ordinaria, si tiene arrogancia en el porte y distincin
en las maneras--se apresur a decir el general, echando al mismo tiempo
una miradita a la seora de Caldern.

--Ni yo sostengo eso, general; no tome usted el rbano por las
hojas--manifest la marquesa con extraordinaria viveza, atacando despus
con bro y un poquillo irritada la gracia y buen talle de la tiple.

Generalizse la disputa, y sucedi lo contrario que en la anterior. Los
caballeros se mostraron benvolos con la cantante mientras las seoras
le fueron hostiles. Pinedo la resumi, diciendo en tono grave y solemne,
donde se notaba, sin embargo, la socarronera:

--En la mujer, las buenas formas son ms esenciales que en el hombre.

Clementina y el general cambiaron una sonrisa y una mirada
significativas. La marquesa mir al pulcro caballero con dureza y
despus se volvi rpidamente hacia sus hijas, que seguan con los ojos
bajos, en la misma actitud rgida y silenciosa de siempre. Pinedo
permaneci grave e indiferente, como si hubiese dicho la cosa ms
natural del mundo.

--Pues yo, amigo Pinedo, creo que los hombres deben tener tambin buenas
formas--manifest la pnfila seora de Caldern.

Al decir esto se oy un resuello dbil, como de risa reprimida con
trabajo. Era la ltima nia de la marquesa de Alcudia, a quien su mam
dirigi una mirada pulverizante. La fisonoma de la nia volvi
instantneamente a su primitiva expresin tmida y modesta.

--Es una opinin ...--respondi Pinedo, inclinndose respetuosamente.

Este Pinedo, que ocupaba uno de los cuartos terceros de la misma casa
propiedad de Caldern, desempeaba un empleo de bastante importancia en
la Administracin pblica. Los vaivenes de la poltica no lograban
arrancarle de l. Tena amigos en todos los partidos, sin que se hubiese
jams decidido por ninguno. Haca la vida del hombre de mundo; entraba
en las casas ms aristocrticas de la corte; trataba familiarmente a la
mayora de los personajes de la banca y la poltica; era socio antiguo
del _Club de los Salvajes_, donde se placa en bromear todas las noches
con los jvenes aristcratas que all se reunan, quienes le trataban
con harta confianza que no pocas veces degeneraba en grosera. Era
hombre afable, inteligente, muy corrido y experto en el trato de los
hombres; tolerante con toda clase de vanidades por el mismo desprecio
que senta hacia ellas. No obstante, con la apariencia de hombre corts
e inofensivo, guardaba en el fondo de su alma un fondo satrico que le
serva para vengarse lindamente, con alguna frase incisiva y oportuna,
de las demasas de sus amiguitos los sietemesinos del _Club_. Estos le
profesaban una mezcla de afecto, desprecio y miedo. Nadie conoca su
procedencia, aunque se daba por seguro que haba nacido en humilde cuna.
Unos le hacan hijo de un carnicero de Sevilla; otros le declaraban
granuja de la playa de Mlaga en su juventud. Lo que se saba de
positivo, era que haca ya muchos aos haba aparecido en Madrid como
parsito de un ttulo andaluz, el cual, despus de haber disipado su
fortuna, se salt los sesos. En la compaa de ste, nuestro Pinedo
adquiri gran nmero de relaciones tiles, lleg a conocer y tratar a
toda la gente que haca viso, entre la cual era popular. Tena el buen
tacto de echarse a un lado cuando tropezaba con un hombre inflado y
soberbio, dejndole paso. No excitaba los celos de nadie y esto es medio
seguro de no ser aborrecido. Al mismo tiempo su ingenio, su carcter
socarrn, que procuraba mantener siempre dentro de ciertos lmites,
despertaba a menudo la alegra en las tertulias; bastaba para darle en
ellas cierta significacin, que de otro modo no hubiera disfrutado.

No tena ms familia que una hija de diez y ocho aos llamada Pilar. Su
mujer, a quien nadie conoci, haba muerto muchos aos haca. Su sueldo
era de cuarenta mil reales, y con l vivan econmicamente padre e hija,
en el tercero que Caldern les dejaba por veintids duros al mes. Los
gastos mayores de Pinedo eran de representacin. Como frecuentaba una
sociedad muy superior a la que, dada su posicin, le corresponda, era
preciso vestir con elegancia y asistir a los teatros. Comprendiendo la
necesidad absoluta de seguir cultivando sus relaciones, que eran las
pilastras en que su empleo se sustentaba, imponase tales dispendios sin
vacilar, ahorrndolo en otras partidas del presupuesto domstico. Viva,
pues, en situacin permanente de equilibrio. El empleo le permita
frecuentar la sociedad de los prepotentes, mientras stos le ayudaban
inconscientemente a mantenerse en el empleo. Ningn ministro se atreva
a dejar cesante a un hombre con quien iba a tropezar en todas las
tertulias y saraos de la corte. Luego Pinedo tena el honor de hablar
alguna vez con las personas reales: ciertas frases suyas corran por los
salones y se celebraban ms quiz de lo que merecan, por lo mismo que
en los salones suele haber poco ingenio: tiraba bastante bien con
carabina y con pistola y era inteligentsimo y posea una copiosa
biblioteca tocante al arte culinario. Los ms altos personajes se
sentan lisonjeados cuando oan decir que Pinedo elogiaba a su cocinero.

--Cundo has estado en el colegio, Pacita?--le pregunt en voz baja
Esperanza a la menor de la marquesa de Alcudia.

--Pues el viernes; no sabes que mam nos lleva todos los viernes a
confesar? Y t?

--Yo hace lo menos tres semanas que no he estado. Mam y yo nos
confesamos cada mes.

--Y se conforma con eso el padre Ortega?

--A m no me dice nada.... No s si a mam....

--No le dir, no: ya sabe muy bien dnde pone el pie. Has visto a las
de Mariani?

--S; hace pocos das, en el Retiro.

--No sabes que Mara se ha echado un novio?

--No me ha dicho nada.

--S, de caballera ... hijo del brigadier Arcos.... Un to ms
desgalichado! Feo no es; pero le tiemblan las piernas cuando anda como
si saliese del hospital.... Ya ves, como la mam es querida del
brigadier ... todo queda en casa.

--Y t, sigues con tu primo?

--No te lo puedo decir. El lunes se march enfadado y no ha vuelto por
casa. Mi primo no es lo que parece; no es una mosquita muerta, sino un
pillo muy largo, que si le dan el pie se toma la mano.... Anda! pues si
no anduviese yo con ojo, no s adonde hubiera parado con la marcha que
llevaba.... Sabes que estaba empeado en que le regalase mis ligas?

--Jess!--exclam la nia de Caldern riendo.

--Lo que oyes, hija.... Por supuesto que yo le puse de sucio y de
gorrino que no haba por dnde cogerle.... Se march muy amoscado, pero
ya volver.

--Tu primo monta muy bien. Le he visto ayer a caballo.

--Lo nico que sabe hacer. Las letras le estorban. Se ha examinado ya
seis veces de Derecho romano y siempre ha salido suspenso.

--Qu importa!--exclam la nia de Caldern con un desprecio que
hubiera estremecido a Heinecio en su tumba. Y aadi en seguida:

--Esos sombreros os los ha hecho Mme. Clement?

--No, los ha encargado mam a Pars por la seora de Carvajal, que ha
llegado el sbado.

--Son muy bonitos.

--Ms que los que hace Mme. Clement ya son.

Y se enfrascaron por breves momentos en una pltica de moda.

La nia de Caldern, que era bastante fea, posea, no obstante, cierto
atractivo que provena acaso de sus cortos aos, acaso tambin de una
boca de labios gruesos y frescos y dientes iguales y blancos, donde la
sensualidad haba dejado su sello. La ltima de Alcudia era una chicuela
de temperamento enfermizo, que no tena ms que huesos y ojos.

--Oye--le dijo Esperanza cuando se hubieron cansado de hablar de
sombreros--, sabes que el ltimo da que he estado en el colegio les
llev el retrato de mi hermanito?... Vers qu paso ms gracioso. Lo han
retratado desnudo, y como tiene aquello descubierto, la hermana Mara de
la Saleta no quera ensearlo a las nias. Las chicas comenzaron a
gritar: "queremos verlo! queremos verlo!" Sabes lo que hizo entonces?
Pues lo fu enseando con la mano puesta encima, dejando slo ver el
pecho y la cabeza.

--Chica, qu gracia tiene eso!--exclam Pacita soltando la carcajada.

Esperanza la secund, riendo ambas de tan buena gana que concluyeron por
llamar la atencin de la tertulia, sobre todo de la marquesa, que volvi
a dirigir a su hija una mirada seversima.

Entraba en aquel momento una seora que representaba cuarenta aos; el
rostro, hermoso an, pintado, con seales impresas ms que de los aos,
de una vida agitada y galante.

--Aqu est Pepa Fras--dijo sonriendo Mariana, la esposa de Caldern.

--Eso es; aqu est Pepa Fras--respondi con afectado mal humor la
misma--. Una mujer que no tiene pizca de vergenza al poner los pies en
esta casa.

Los tertulios rieron.

--T te crees por lo visto que soy de la Inclusa? que no tengo casa?
Pues s que la tengo, Salesas, 60, principal.... Es decir, la tiene el
casero.... Pero le pago, lo que no harn seguramente todos tus
inquilinos. Perdone usted, Pinedo; no le haba visto.... Y tambin tengo
mis sbados ... y no hay tanto calor como aqu uf! y doy chocolate y
t, y conversacin y todo ... lo mismo que aqu.

Mientras deca esto, iba saludando a los circunstantes con semblante
furioso. Pero como todos saban a qu atenerse, rean.

Era una mujer metida en carnes, los cabellos artificialmente rubios, los
ojos un poco saltones, pero hermosos, la boca fresca y sensual; una
mujer agradable, en suma, que haba tenido y que segua teniendo, a
pesar de sus aos, muchos apasionados.

--Lo que no hay--aadi acercndose a la seora de Caldern y dndole
dos sonoros besos en las mejillas--es una mujer tan ingrataza y tan
insignificante como t.... Por supuesto, que yo no vengo ya a verte a
ti, sino a mi seor D. Julin, que alguna vez que otra sube a darme las
buenas tardes y a decirme cmo anda la cotizacin.... Y a propsito de
cotizacin, Clementina, dile a tu marido que suspenda aquello hasta que
le avise.... Mejor dicho, no le digas nada; yo pasar esta noche por tu
casa.

--Pero hija, qu los traes siempre con el papel y la Bolsa y las
acciones!--exclam Mariana.

--Pues los mismos que t traeras si no tuvieses un marido tan activo
que se encarga de calentarse la cabeza para que t la tengas fresca y
descansada....

--Vaya, Pepa, no me eche usted piropos, que voy a ponerme colorado--dijo
Caldern.

--No digo ms que la verdad. Si creern que es plato de gusto estar
pensando en si baja o si sube el papel, escribir cartas y endosos y
andar camino del Banco!

--Imagino yo, Pepa--manifest el general con sonrisa galante--que por
ms que diga, usted tiene aficin a los negocios.

--Imagina usted? Qu raro!

--No tengo tanta imaginacin como usted, pero alguna s--respondi el
general un poco molestado por la risa que la frase de Pepa haba
producido.

Esta Pepa era una mujer que gozaba fama de chistosa en sociedad, aunque
realmente su gracia se confunda a menudo con la desvergenza. Hablar
siempre con rostro enojado, llamar a las cosas por su nombre, por crudo
que fuese, decir una fresca al lucero del alba; tales eran las
cualidades que haban logrado darle popularidad en los salones. Haba
quedado viuda bastante joven, con dos hijos, un varn que haba seguido
la carrera de marino y que a la sazn estaba navegando, y una hija a
quien haba casado haca un ao. Su marido haba sido comerciante, y en
los ltimos aos jugaba en la Bolsa con fortuna. En esta temporada, Pepa
contrajo la misma pasin. Una vez viuda sigui alimentndola. La
prudencia, o por mejor decir la timidez que caracteriza a las mujeres en
los negocios, la haban librado de la ruina, que suele ser, tarde o
temprano, inevitable para los apasionados al juego. Algo se haba
mermado su fortuna, pero an disfrutaba de un envidiable bienestar.

--Pepa, el asunto marcha admirablemente--dijo Pinedo--. De Zaragoza han
pedido un volcn y en la Corua ha resuelto el Ayuntamiento establecer
dos, al oriente y al poniente de la ciudad.

--Me alegro, me alegro muchsimo. De manera que no suelto las acciones?

--Nunca; el sindicato tiene seguridad de que antes de un mes subirn a
trescientos.

Los pocos que estaban en la broma rieron. Los dems fijaron en ellos sus
ojos con curiosidad.

--Qu es eso de los volcanes, Pinedo?--pregunt la esposa de Caldern.

--Seora, se ha formado una sociedad para establecer volcanes en las
poblaciones.

--Ah! Y para que sirven esos volcanes?

--Para la calefaccin, y adems como objeto de adorno.

Todos comprendieron ya la burla menos la linftica seora, que sigui
preguntando con inters los pormenores del negocio. Los tertulios rean,
hasta que Caldern, entre risueo y enojado, exclam:

--Pero mujer, no seas tan cndida! No ves que es una guasa que se
traen Pepa y Pinedo?

Estos protestaron afectando gran formalidad, pero la primera dijo al
odo del segundo:

--Si ser pnfila esta Mariana, que hace ya tres meses que el general
Cruzalcobas le est haciendo el amor y an no se ha enterado.

As llamaba Pepa al general Patio, y no sin fundamento. A pesar de su
apuesta figura un tanto averiada, y de su continente marcial, Patio era
un veterano falsificado. Sus grados haban sido ganados sin derramar una
gota de sangre. Primero como ayo instructor del arte militar de una
persona real; miembro despus de algunas comisiones cientficas, y
empleado ltimamente en el ministerio de la Guerra, cultivando la
amistad de todos los personajes polticos; diputado varias veces;
senador por fin y ministro del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, no
haba estado en el campo de batalla sino persiguiendo a un general
revolucionario, y eso con firme propsito de no alcanzarle nunca. Como
haba viajado un poco y se jactaba de haber visto todos los adelantos
del arte de la guerra, pasaba por militar instrudo. Estaba suscrito a
dos o tres revistas cientficas; citaba en las tertulias, cuando se
tocaba a su profesin, algunos nombres alemanes; para discutir empleaba
un tono enftico y sacaba voz de gola que impona respeto a los oyentes.
Pero la verdad es que las revistas se quedaban siempre por abrir sobre
la mesa de noche, y los nombres alemanes, aunque bien pronunciados, no
eran ms que sonidos en su boca. Precibase de militar a la moderna por
esto y por vestir siempre de paisano. Amaba las artes, sobre todo la
msica: abonado constante al teatro Real y a los cuartetos del
Conservatorio. Amaba tambin las flores y las mujeres, muy especialmente
a la mujer del prjimo. Era catador insaciable de la fruta del cercado
ajeno. Su vida se deslizaba modesta y feliz, regando las gardenias de su
jardincito de la calle de Ferraz y seduciendo a las esposas de los
amigos. Haca esto ltimo por vocacin, como se deben hacer las cosas, y
pona en ello todo el empeo y concentraba todas las fuerzas de su
lcida inteligencia, lo cual es de absoluta necesidad para hacer algo
grande y provechoso en el mundo. Sus conocimientos estratgicos, que no
haba tenido ocasin de aplicar en el campo de batalla, servanle
admirablemente para entrar a saco en el corazn de las bellas damas de
la corte. Bloqueaba primero la plaza con miradas lnguidas, acudiendo a
los teatros, al paseo, a las iglesias que ellas frecuentaban. En todas
partes el sombrero flamante y reluciente de Patio se agitaba en el aire
declarando la ardiente y respetuosa pasin de su dueo. Estrechaba
despus el cerco intimando en la casa, trayendo confites a los nios,
comprndoles juguetes y libros de estampas, llevndoles alguna vez a
almorzar. Se haca querer de los criados con regalos oportunos. Vena
despus el asalto; la carta o la declaracin verbal. Aqu desplegaba
nuestro general una osada y un arrojo singulares que, contrastaban
notablemente con la prudencia y habilidad del cerco. Esta complejidad de
aptitudes ha caracterizado siempre a los grandes capitanes, Alejandro,
Csar, Hernn Corts, Napolen.

Los aos no conseguan ni calmar su pasin por las altas empresas ni
mermar sus extraordinarias facultades. O por mejor decir lo que perda
en vigor ganbalo en arte, con lo que se restableca el equilibrio en
aquel privilegiado temperamento. Mas la fortuna, segn ha tenido a bien
comunicar a varios filsofos, se niega a ayudar a los viejos. El insigne
capitn haba experimentado en los ltimos tiempos algunos descalabros
que no podan atribuirse a falta de previsin o valor, sino a la
versatilidad de la suerte. Dos jvenes casadas le haban dado calabazas
consecutivamente. Como sucede a todos los hombres de verdadero genio en
quien los reveses no producen desmayos femeniles, antes sirven para
concentrar y vigorizar las fuerzas de su espritu. Patio no llor como
Augusto sobre sus legiones. Pero medit, y medit largamente. Y su
meditacin fu de fecundos resultados. Un nuevo plan estratgico,
asombroso como todos los suyos, surgi del torbellino de sus
pensamientos elevados. Dndose cuenta perfecta del estado y cantidad de
sus fuerzas de ataque y calculando con admirable precisin el grado de
resistencia que podan ofrecerle sus dulces enemigos, comprendi que no
deba atacar las plazas nuevas, cuyas fortificaciones son siempre ms
recias, sino aquellas que por su antigedad empezasen ya a desmoronarse.
Tal viva penetracin del arte y tal destreza en la ejecucin como el
general posea, anunciaban desde luego la victoria. Y, en efecto, a
consecuencia del nuevo y acertado plan de ataque, comenzaron a rendirse
una en pos de otra, a sus armas, no pocas bellezas de las mejor
sazonadas y maduras de la capital. Y en los brazos de estas Venus de
plateados cabellos sigui recogiendo el merecido premio a su prudencia y
bravura.

Como el cartagins Anbal, Patio saba variar en cada ocasin de
tctica, segn la condicin y temperamento del enemigo. Con ciertas
plazas convena el rigor, desplegar aparato de fuerza. En otras era
necesario entrar solapadamente sin hacer ruido. A una dama le gustaba el
aspecto marcial y varonil del conquistador; se deleitaba escuchando las
memorables jornadas de Garravillas y Jarandilla, cuando iba persiguiendo
a los sublevados. A otra le placa oirle disertar en estilo correcto con
su hermosa voz de gola, acerca de los problemas polticos y militares. A
otra en fin, le extasiaba oirle interpretar alguna famosa meloda de
Mozart o Schuman en el violoncelo. Porque nuestro hroe tocaba el
violoncelo con rara perfeccin y fuerza es confesar que este
delicadsimo instrumento le ayud poderosamente en las ms de sus
famosas conquistas. Arrastraba las notas de un modo irresistible,
indicando bien claramente que, a pesar de su arrojado y belicoso
temperamento, posea un corazn sensible a las dulzuras del amor. Y por
si este arrastre oportunsimo de las notas no lo deca con toda
claridad, corrobralo un alzar de pupilas y meterlas en el cogote,
dejando descubierto slo el blanco de los ojos, cuando llegaba al punto
lgido o pattico de la meloda, que realmente era para impresionar a
cualquier belleza por spera que fuese.

La maliciosa insinuacin de Pepa Fras tena fundamento. El bravo
general haca ya algn tiempo "que estaba poniendo los puntos" a la
seora de Caldern, aunque sta no daba seales de advertirlo. Jams en
sus muchas y brillantes campaas se le haba presentado un caso
semejante. Disparar contra una plaza durante algunos meses caonazos y
ms caonazos, meter dentro de ella granadas como cabezas y permanecer
tan sosegada, durmiendo a pierna suelta como si le echasen bolitas de
papel. Cuando el general le soltaba algn requiebro a quemarropa,
Mariana sonrea bondadosamente.

--Cllese usted, pcaro. Buen pez debi usted de haber sido en sus
buenos tiempos!

Patio se morda los labios de coraje. Los buenos tiempos! El, que
pensaba que nunca los haba tenido mejores! Pero con su inmenso talento
diplomtico saba disimular y sonrea tambin como el conejo.

--Cundo te han comprado esa pulsera?--pregunt Pacita a Esperanza,
reparando en una caprichosa y elegante que sta traa.

--Me la ha regalado el general hace unos das.

--Ah! El general, por lo visto, te hace muchos regalos?--dijo la de
Alcudia con leve expresin irnica que su amiga no entendi.

--S; es muy bueno, siempre nos trae regalos. A mi hermanito le ha
comprado una medalla preciosa.

--Y a tu mam no le hace regalos?

--Tambin.

--Y qu dice tu pap?

--Mi pap?--exclam la nia levantando los ojos con sorpresa--, qu ha
de decir?

Pacita, sin contestar, llam la atencin de una de sus hermanas.

--Mercedes, mira qu pulsera tan bonita le ha regalado el general a
Esperanza.

La segunda de Alcudia perdi su rigidez por un momento, y tomando el
brazo de Esperanza la examin con curiosidad.

--Es muy bonita. Te la ha regalado el general?--pregunt cambiando al
mismo tiempo con su hermana una mirada maliciosa.

--Aqu est Ramoncito--dijo Esperanza volviendo los ojos a la puerta.

--Ah! Ramoncito Maldonado.

Un joven delgado, huesudo, plido, de patillas negras que tocaban en la
nariz, como las gastaba entonces el rey, y a su imitacin muchos jvenes
aristcratas, entr sonriente y comenz a saludar con desembarazo a
todos, apretndoles la mano con leve sacudida y acercndola al pecho,
del modo extravagante que se hace algunos aos entre los pisaverdes
madrileos. En cuanto l entr esparcise por la habitacin un perfume
penetrante.

--Jess, qu peste!-exclam por lo bajo Pepa Fras despus de darle la
mano-. Qu afeminado es este Ramoncito!

--Hola, barbin!-dijo el joven tomando de la barba con gran
familiaridad a Pinedo-. Qu te has hecho ayer? Pepe Castro ha
preguntado por ti....

--Ha preguntado por m Pepe Castro? Tanto honor me confunde!

Causaba cierta sorpresa ver a Maldonado tutear a un hombre ya entrado en
aos y de venerable aspecto. Todos los mozalbetes del _Club de los
Salvajes_ hacan lo mismo, sin que Pinedo se diese por ofendido.

--Ah tienes a Mariana--sigui ste--que acaba de hablar perreras de
ti, y con razn.

--Pues?

--No haga usted caso, Ramoncito--exclam la seora de Caldern asustada.

--Y Pepa tambin.

--Usted, Pepa?-pregunt el mancebo queriendo demostrar desembarazo,
pero inquieto en realidad, porque la de Fras era con razn temida.

--Yo, s. Vamos a cuentas, Ramoncito, qu se propone usted echando
sobre s tanto perfume? Es que pretende usted seducirnos a todas por el
rgano del olfato?

--Por cualquier rgano me agradara seducir a usted, Pepa. La tertulia
celebr la respuesta. Se oy una espontnea carcajada. Pacita la haba
soltado. Su mam se mordi los labios de ira y encarg a la hija que
tena ms cerca que hiciese presente a la otra, para que a su vez lo
comunicase a la menor, que era una desvergonzada y que en llegando a
casa se veran las caras.

--Hombre, bien! choque usted--exclam la de Fras, dando la mano a
Ramoncito-. Es la nica frase regular que le he odo en mi vida.
Generalmente no dice usted ms que tonteras.

--Muchas gracias.

--No hay de qu.

--Ya hemos ledo la pregunta que usted hizo en el Ayuntamiento,
Ramoncito--dijo la seora de Caldern, mostrndose amable para
desvirtuar la acusacin de Pinedo.

--Ps! cuatro palabrejas.

--Por ah se empieza, joven--manifest Caldern con acento Protector.

--No; no se empieza por ah--dijo gravemente Pinedo--. Se empieza por
_rumores_. Luego vienen las _interrupciones.... (Es inexacto!
Prubemelo su seora! La culpa es de los amigos de su seora.)_ En
seguida llegan los ruegos y las preguntas. Despus la explicacin de un
voto particular o la defensa de una proposicin incidental. Por ltimo,
la intervencin en los grandes debates econmicos.... Pues bien. Ramn
se encuentra ya en la tercer categora, en la de los ruegos.

--Gracias, Pinedito, gracias--respondi el joven algo amoscado--.Pues ya
que he llegado a esa categora, _te ruego_ que no seas tan guasn.

--Hombre, tampoco est mal eso!--exclam Pepa Fras con asombro--.
Ramoncito, va usted echando ingenio.

El joven concejal fu a sentarse entre la nia de la casa y la menor de
Alcudia, que se apartaron de mala gana para dejarle introducir su silla.
Este Maldonado, muchacho de buena familia, no enteramente desprovisto de
bienes de fortuna y elegido recientemente concejal por la Inclusa,
diriga desde hace algn tiempo sus obsequios a la nia de Caldern. Era
un matrimonio bastante proporcionado, al decir de los amigos. Esperanza
sera ms rica que Ramoncito, porque la hacienda de D. Julin era slida
y considerable; pero aqul, que tampoco estaba en la calle, tena ya
comenzada con buenos auspicios su carrera poltica. Los padres de la
chica ni se oponan ni alentaban sus pretensiones. Con el aplomo y la
superioridad que da el dinero, Caldern apenas fijaba la atencin en
quin requera de amores a su hija, abrigando la seguridad de que no le
faltaran buenos partidos cuando quisiera casarla. Y en efecto, cinco o
seis pollastres de lo ms elegante y perfilado de la sociedad madrilea
zumbaban en los paseos, en las tertulias y en el teatro Real alrededor
de la rica heredera, como znganos en torno de una colmena. Ramoncito
tena varios rivales, algunos de consideracin. No era lo peor esto,
sino que la nia, tan apagada de genio, tan tmida y silenciosa
ordinariamente, slo con l era atrevida y desenfadada, autorizndose
bromitas ms o menos inocentes, respuestas y gestos bruscos que
mostraban bien claro que no le tomaba en serio. Por eso le deca a
menudo Pepe Castro, su amigo y confidente, que se hiciese valer un poco
ms; que no se manifestase tan rendido ni ansioso; que a las mujeres hay
que tratarlas con un poco de desdn.

Este Pepe Castro no slo era el amigo y el confidente de Maldonado, pero
tambin su modelo en todos los actos de la vida social y privada. Los
juicios que pronunciaba acerca de las personas, los caballos, la
poltica (de esto hablaba pocas veces), las camisas y los bastones eran
axiomas incontrovertibles para el joven concejal. Imitbale en el
vestir, en el andar, en el reir. Si el otro compraba una jaca espaola
cruzada, ya estaba Ramoncito vendiendo la suya inglesa para adquirir
otra parecida; si le daba por saludar militarmente llevndose la mano
abierta a la sien, a los pocos das Ramoncito saludaba a todo el mundo
como un recluta; si tomaba una chula por querida, no tardaba mucho
nuestro joven en pasear por los barrios bajos en busca de otra. Pepe
Castro se peinaba echando el pelo hacia adelante, para ocultar cierta
prematura calva. Ramoncito, que tena un pelo hermoso se peinaba
tambin hacia adelante. Hasta la calva hubiera imitado con gusto por
parecerle ms _chic_. Pues bien, a pesar de tan devota imitacin no
haba podido obedecerle en lo tocante a sus incipientes amores. Y esto
porque, aunque parezca raro, Ramoncito haba llegado a interesarse de
verdad por la nia. El amor pocas veces es un sentimiento simple. A
menudo contribuyen formarle y darle vida otras pasiones, como la
vanidad, la avaricia, la lujuria, la ambicin. As formado apenas se
distingue del verdadero amor: inspira el mismo vigilante cuidado y causa
las mismas zozobras y penas. Ramoncito se crea sinceramente enamorado
de Esperancita, y acaso tuviera razn para ello, pues la apeteca,
pensaba en ella a todas horas, buscaba con afn los medios de agradarla
y aborreca de muerte a sus rivales. Por mas que se esforzaba en seguir
los consejos del admirado Pepe Castro, procurando ocultar su inclinacin
o al menos la vehemencia con que la senta, no lo lograba. Haba
empezado por clculo a festejarla, con el dominio sobre s de un hombre
que tiene libre el corazn: haba llegado pronto, gracias a la
resistencia desdeosa de la chica, a preocuparse vivamente, a sentirse
aturdido y fascinado en su presencia. Luego la competencia de otros
pollos le encenda la sangre y los deseos de hacerse pronto dueo de la
mano de la nia. En obsequio a la verdad, hay que decir que se haba
olvidado "casi" de los millones de Caldern, que amaba ya a la hija
"casi" desinteresadamente.

--Conque ha hablado usted en el Ayuntamiento, Ramn?--le pregunt
Pacita--. Y qu ha dicho usted?

--Nada, cuatro palabras sobre el servicio de alcantarillas--respondi
con afectado aire de modestia el joven.

--Pueden ir las seoras al Ayuntamiento?

--Por qu no?

--Pues yo quisiera mucho oirle hablar un da.... Y Esperancita tiene ms
deseos que yo, de seguro.

--No, no!... Yo no--se apresur a decir la nia.

--Vamos, chica, no lo disimules. No has de tener ganas de oir hablar a
tu novio?

Esperanza se puso como una amapola y exclam precipitadamente:

--Yo no tengo novio, ni quiero tenerlo.

Ramoncito tambin se puso colorado.

--Pero qu cosas tan horribles tienes, Paz!--sigui aturdida y
confusa--. No vuelvas a hablar as porque me marcho de tu lado.

--Perdona, hija--dijo la maliciosa nia, que se gozaba en el
aturdimiento de su amiga y del concejal--. Yo crea.... Hay muchos que
lo dicen.... Entonces, si no es Ramn ser Federico.... Maldonado
frunci el entrecejo.

--Ni Federico ni nadie.... Djame en paz!... mira, aqu est el padre
Ortega; levntate.




II

#Ms personajes.#


Un clrigo alto, de rostro plido y redondo, joven an, con ojos azules
y mirada vaga de miope, apareci en la puerta. Todos se levantaron. La
marquesa de Alcudia avanz rpidamente y fu a besarle la mano. Detrs
de ella hicieron lo mismo sus hijas, Mariana y las dems seoras de la
tertulia.

--Buenas tardes, padre--. Buenos ojos le vean, padre--. Sintese aqu,
padre.--No, ah no, padre; vngase cerca del fuego.

El sexo masculino le fu dando la mano con afectuoso respeto. La voz del
sacerdote, al preguntar o responder en los saludos era suave, casi de
falsete, como si en la pieza contigua hubiese un enfermo; su sonrisa era
triste, protectora, insinuante. Pareca que le haban arrancado a su
celda y a sus libros con gran trabajo, que entraba all con repugnancia,
slo por hacer algn bien con el contacto de su sabia y virtuossima
persona a aquellos buenos seores de Caldern, de quienes era director
espiritual. Sus hbitos y sotana eran finos y elegantes; los zapatos de
charol con hebilla de plata; las medias de seda.

Le dieron la enhorabuena calurosamente por una oracin que haba
pronunciado el da anterior en el oratorio del Caballero de Gracia. El
se content con sonrer y murmurar dulcemente:

--Dnsela a ustedes, seoras, si han sacado algn fruto.

El padre Ortega no era un clrigo vulgar, al menos en la opinin de la
sociedad elegante de la corte, donde tena mucho partido. Sin pecar de
entremetido frecuentaba las casas de las personas distinguidas. No le
gustaba hacer ruido ni llamar la atencin de las tertulias sobre s. No
daba ni admita bromas, ni tena el temperamento abierto y jaranero que
suele caracterizar a los sacerdotes que gustan del trato social. Si era
intrigante, deba de serlo de un modo distinto de lo que suele verse en
el mundo. Discreto y afable, humilde, grave y silencioso cuando se
hallaba en sociedad, procurando borrar y confundir su personalidad
entre las dems, adquira relieve cuando suba a la ctedra del Espritu
Santo, lo que haca a menudo. All se expresaba con desenfado y
verbosidad sorprendentes. No lograba conmover al auditorio ni lo
pretenda, pero demostraba un talento claro y una ilustracin poco comn
en su clase. Porque era de los poqusimos sacerdotes que estaban al
tanto de la ciencia moderna, o al menos semejaba estarlo. En vez de las
plticas morales que se usan y de las huecas y disparatadas
declamaciones de sus colegas contra la ciencia y la razn, los sermones
de nuestro escolapio trascendan fuertemente a lecturas modernsimas: en
todos ellos procuraba demostrar directa o indirectamente que no existe
incompatibilidad entre los adelantos de la ciencia y el dogma. Hablaba
de la evolucin, del transformismo, de la lucha por la existencia,
citaba a Hegel alguna vez, traa a cuento la teora de Malthus sobre la
poblacin, el antagonismo del trabajo y el capital. De todo procuraba
sacar partido en defensa de la doctrina catlica. Para rechazar los
nuevos ataques era necesario emplear nuevas armas. Hasta se confesaba,
en principio, partidario de las teoras de Darwin, cosa que tena
sorprendidos e inquietos a algunos de sus timoratos amigos y penitentes,
pero esto mismo contribua a infundirles ms respeto y admiracin.
Cuando hablaba para las seoras solamente, prescinda de toda erudicin
que pudiera parecerles enfadosa; adoptaba un lenguaje mundano. Les
hablaba de sus tertulias, de sus saraos, de sus trajes y caprichos, como
quien los conoce perfectamente; sacaba comparaciones y argumentos de la
vida de sociedad, y esto encantaba a las damas y las postraba a sus
pies. Era el confesor de muchas de las principales familias de la
capital. En este ministerio demostraba una prudencia y un tacto
exquisitos. A cada persona la trataba segn sus antecedentes, posicin y
temperamento. Cuando tropezaba con una devota escrupulosa, viva y
ardiente como la marquesa de Alcudia, el buen escolapio apretaba de
firme las clavijas, se mostraba exigente, tirnico, entraba en los
ltimos pormenores de la vida domstica y los reglamentaba. En casa de
Alcudia no se daba un paso sin su anuencia. Y en estos sitios, como si
se gozase en mostrar su poder, adoptaba un continente grave y severo que
en otras partes no se le conoca. Cuando daba con alguna familia
despreocupada, con poca aficin a la iglesia, ensanchaba la manga, se
haca benigno y tolerante, procurando nada ms que guardasen las formas
y no diesen mal ejemplo a los otros. Haca cuanto le era posible por
afianzar esa alianza dichosa establecida de poco tiempo a esta parte
entre la religin y el "buen tono" en nuestro pas. Cada da sacaba una
moda que a ello contribuyese, traducidas unas del francs, otras nacidas
en su propio cerebro. En la capilla u oratorio de alguna familia ilustre
reuna ciertos das del ao por la tarde a las damas conocidas. Eran
unas agradabilsimas _matines_, donde se oraba, tocaba el rgano
expresivo la ms hbil pianista, deca el padre una pltica familiar,
departa despus amigablemente con las seoras acerca de asuntos
religiosos, se confesaba la que quera, y por ltimo pasaban al comedor,
donde se tomaba te, cambiando de conversacin. Cuando falleca alguna
persona de estas familias, el padre Ortega se haca poner en las
papeletas de defuncin como director espiritual, rogando que la
encomendasen a Dios. Luego reparta entre todos los amigos unos
papelitos impresos o memorias con oraciones, donde se peda al Supremo
Hacedor con palabras encarecidas y melosas que por tal o cual mrito que
resplandeci en su sagrada pasin perdonase al conde de T*** o a la
baronesa de M*** el pecado de soberbia o de avaricia, etc. Generalmente
no era aquel en que ms haba sobresalido el difunto, lo cual haca el
padre con buen acuerdo para evitar el escndalo y una pena a la familia.
Tambin se encargaba de gestionar la adquisicin del mayor nmero
posible de indulgencias, la bendicin papal _in articulo mortis_, las
preces de algn convento de monjas, etc. Siendo su amigo y penitente se
poda tener la seguridad de no ir al otro mundo desprovisto de buenas
recomendaciones. Lo que no sabemos es el caso que Dios haca de ellas,
si escriba encima de las memorias con lpiz azul, como los ministros,
"hgase", o si preguntaba al padre Ortega, como la seora del cuento:
"Y a usted quin le presenta?"

Cuando hubo cambiado algunas palabras corteses con casi todos los
tertulios, haciendo a cada cual la reverencia que dada su posicin le
corresponda, la marquesa de Alcudia le tom por su cuenta, y llevndole
a uno de los ngulos del saln y sentados en dos butaquitas, comenz a
hablarle en voz baja como si se estuviese confesando. El clrigo, con el
codo apoyado en el brazo del silln, cogiendo con la mano su barba
rasurada, los ojos bajos en actitud humilde, la escuchaba. De vez en
cuando profera tambin alguna palabra en voz de falsete, que la
marquesa escuchaba con profundo respeto y sumisin, lo cual no impeda
que al instante volviese a la carga gesticulando con viveza, aunque sin
alzar la voz.

Haba entrado poco despus que el padre un joven gordo, muy gordo,
rubio, con patillitas que le llegaban poco ms abajo de la oreja, mucha
carne en los ojos y fresco y sonrosado color en las mejillas. La ropa le
estallaba. Su voz era levemente ronca y la emita con fatiga. Al entrar
nublse la descolorida faz de Ramoncito Maldonado. El recin llegado era
hijo de los condes de Casa-Ramrez y uno de los pretendientes a la mano
de la primognita de Caldern. Jacobo Ramrez o Cobo Ramrez, como se le
llamaba en sociedad, pasaba por chistoso por el mismo motivo que Pepa
Fras, aunque con menos razn. Caracterizbale una libertad grosera en
el hablar, un desprecio cnico hacia las personas, aun las ms
respetables, y una ignorancia que rayaba en lo inverosmil. Sus chistes
eran de lo ms burdo y soez que es posible tolerar entre personas
decentes. Alguna vez daba en el clavo, esto es, tena alguna ocurrencia
feliz; mas, por regla general, sus chuscadas eran pura y lisamente
desvergenzas.

La tertulia, no obstante, se regocij con su entrada. Una sonrisa feliz
se esparci por todos los rostros, menos el de Ramoncito.

--Oiga usted, Caldern--entr diciendo, sin saludar--. Cmo se arregla
usted para tener siempre criados tan guapos?... A uno de ellos, el de la
entrada, con la poca luz que haba y la voz de mezzo-soprano que me
gasta, le he confundido con una muchacha.

--Hombre, no!--exclam riendo el banquero.

--Hombre, s! A m no me importa nada que usted traiga todos los Romeos
que guste.... Viene por aqu su amigo Pinazo?

Los que entendieron adnde iba a parar, que eran casi todos, soltaron la
carcajada.

--No viene! no viene!--dijo Caldern casi ahogado por la risa.

--De qu se ren?--pregunt Pacita por lo bajo a Esperanza.

--No s--respondi sta con acento de sinceridad, encogindose de
hombros.

--De seguro Cobo ha dicho una barbaridad. Se lo preguntar despus a
Julia que no dejar de haberla cogido.

Volvieron ambas la vista hacia la mayor de Alcudia y la vieron inmvil,
rgida, con los ojos bajos como siempre. En el ngulo de sus labios, sin
embargo, vagaba una leve sonrisa maliciosa que mostraba que no sin razn
la hermanita fiaba en sus profundos conocimientos.

--Hola, Ramoncillo--dijo acercndose a Maldonado y dndole una palmada
en la mejilla con familiaridad--. Siempre tan guapote y tan seductor.

Estas palabras fueron dichas en tono entre afectuoso e irnico, que le
sent muy mal al joven.

--No tanto como t..., pero en fin, vamos tirando--respondi Ramoncito.

--No, no, t eres ms guapo.... Y si no que lo digan estas nias.... Un
poco flacucho ests, sobre todo desde hace una temporada, pero ya
doblars en cuanto se te pase eso.

--No tiene que pasarme nada.... Ya s que nunca podr ser de tantas
libras como t--replic ms picado.

--Pues tienes ms hierbas.

--All nos vamos, chico; no vengas echndotelas de _fanciullo_, porque
es muy cursi, sobre todo delante de estas nias.

--Pero hombre, que siempre han de estar ustedes riendo!--exclam Pepa
Fras--. Acaben ustedes pronto por batirse, ya que los dos no caben en
el mundo.

--Donde no caben los dos--le dijo por lo bajo Pinedo--es en casa de
Caldern.

--Nada de eso--manifest Cobo en tono ligero y alegre--. Los amigos ms
reidos son los mejores amigos. Verdad, barbin?

Al mismo tiempo tom la cabeza de Ramoncito con ambas manos y se la
sacudi cariosamente. Este le rechaz de mal humor.

--Quita, quita, no seas sobn.

Cobo y Maldonado eran ntimos amigos. Se conocan desde la infancia.
Haban estado juntos en el colegio de San Antn. Luego en la sociedad
siguieron manteniendo relaciones estrechas, principalmente en el _Club
de los Salvajes_, adonde ambos acudan asiduamente. Como ambos ejercan
la misma profesin, la de pasear a pie, en coche y a caballo; como ambos
frecuentaban las mismas casas y se encontraban todos los das en todas
partes, la confianza era ilimitada. Siempre haba habido entre ellos,
sin embargo, una graciosa hostilidad, pues Cobo despreciaba a Ramoncito,
y ste, que lo adivinaba, mantenase constantemente en guardia. Esta
hostilidad no exclua el afecto. Se decan mil insolencias, disputaban
horas enteras; pero en seguida salan juntos en coche como si no hubiera
pasado nada, y se citaban para la hora del teatro. Maldonado tomaba las
cosas de Cobo en serio. Este se gozaba en llevarle la contraria en
cuanto deca, hasta que consegua irritarlo, ponerlo fuera de si. Mas el
afecto desapareci en cuanto ambos pusieron los ojos en la chica de
Caldern. No qued ms que la hostilidad. Sus relaciones pareca que
eran las mismas; reunanse en el club diariamente, paseaban a menudo
juntos, iban a cazar al Pardo como antes. En el fondo, sin embargo, se
aborrecan ya cordialmente. Por detrs decan perreras el uno del otro;
Cobo con ms gracia, por supuesto, que Ramoncito, porque le tena,
fundada o infundadamente, un desprecio verdadero.

--Vamos, les pasa a ustedes lo que a mi hija y su marido....--dijo la
de Fras.

--No tanto! no tanto, Pepa!--interrumpi Ramrez afectando susto.

--Pero qu sinvergenza es usted, hombre!--exclam aqulla tratando de
contener la risa, que no cuadraba a su mal humor caracterstico--. Se
parecen ustedes en que siempre estn regaando y haciendo las paces.

Y se puso a describir con bastante gracia la vida matrimonial de su
hija. Lo mismo ella que el marido eran un par de chiquillos mimosos,
insoportables. Sobre si no la haba pasado el plato a tiempo o no la
haba echado agua en la copa, sobre los botones de la camisa, o si no
cepillaron la ropa, o tena la ensalada demasiado aceite, armaban
caramillos monstruosos. Los dos eran Igualmente susceptibles y
quisquillosos. A veces se pasaban seis u ocho das sin hablarse. Para
entenderse en los menesteres de la vida se escriban cartitas y en ellas
se trataban de usted--. "Asuncin me ha pasado un recado dicindome que
vendr a las ocho para llevarme al teatro. Tiene usted inconveniente en
que vaya?"--escriba ella dejndole la carta sobre la mesa del
despacho--. "Puede usted ir adonde guste"--responda l por el mismo
procedimiento--. "Qu platos quiere usted para maana? Le gusta a
usted la lengua en escarlata?"--"Demasiado sabe usted que no como
lengua. Hgame el favor de decir a la cocinera que traiga algn pescado,
pero no boquerones como el otro da, y que no fra tanto las tortillas".
Ninguno de los dos quera humillarse al otro. As que, esta tirantez se
prolongaba ridculamente, hasta que ella, Pepa, los agarraba por las
orejas, les deca cuatro frescas y les obligaba a darse la mano. Luego,
en las reconciliaciones, eran extremosos.

--Sabe usted, Pepa, que no quisiera estar yo all en el momento de la
reconciliacin?--dijo Cobo haciendo alarde nuevamente de su malignidad
brutal.

--Tampoco yo, hijo--respondi, dando un suspiro de resignacin que hizo
reir--. Pero qu quiere usted! Soy suegra, que es lo ltimo que se
puede ser en este mundo, y tengo esa penitencia y otras muchas que usted
no sabe.

--Me las figuro.

--No se las puede usted figurar.

--Pues, querida, a m me gustara muchsimo ver a mis hijos
reconciliados. No hay cosa ms fea que un matrimonio reido--dijo la
bendita de Mariana con su palabra lenta, arrastrada, de mujer linftica.

--Tambin a m ... pero despus que pasa la reconciliacin--respondi
Pepa, cambiando miradas risueas con Cobo Ramrez y Pinedo.

--De qu buena gana me reconciliara yo con usted, Mariana, del mismo
modo que esos chicos!--dijo en voz muy baja el almibarado general
Patio, aprovechando el momento en que la esposa de Caldern se inclin
para hurgar el fuego con un hierro niquelado. Al mismo tiempo, como
tratase de quitrselo para que ella no se molestase, sus dedos se
rozaron, y aun puede decirse, sin faltar a la verdad, que los del
general oprimieron suave y rpidamente los de la dama.

--Reconciliarse!--dijo sta en voz natural--. Para eso es necesario
antes estar enfadados y, a Dios gracias, nosotros no lo estamos.

El viejo tenorio no se atrevi a replicar. Ri forzadamente, dirigiendo
una mirada inquieta a Caldern. Si insista, aquella pnfila era capaz
de repetir en voz alta la atrevida frase que acababa de decirle.

--Por supuesto--sigui Pepa--que yo me meto lo menos posible en sus
reyertas. Ni voy apenas por su casa. Uf! Me crispa el hacer el papel
de suegra!

--Pues yo, Pepa, quisiera que fuese usted mi suegra--dijo Cobo,
mirndola a los ojos codiciosamente.

--Bueno, se lo dir a mi hija, para que se lo agradezca.

--No, si no es por su hija!... Es porque ... me gustara que usted se
metiese en mis cosas.

--Bah, bah! djese usted de msicas--replic la de Fras medio enojada.

Un amago de sonrisa que plegaba sus labios pregonaba, no obstante, que
la frase la haba lisonjeado.

Ramoncito volvi a sacar la conversacin del teatro Real, la liebre que
sale y se corre en todas las tertulias distinguidas de la corte. La
pera, para los abonados, no es un pasatiempo, sino una institucin. No
es el amor de la msica, sin embargo, lo que engendra esta constante
preocupacin, sino el no tener otra cosa mejor en qu ocuparse. Para
Ramoncito Maldonado, para la esposa de Caldern y para otros muchos, los
seres humanos se dividen en dos grandes especies: los abonados al teatro
Real y los no abonados. Los primeros son los nicos que expresan
realmente de un modo perfecto la esencia de la humanidad. Gayarre y la
Tosti fueron puestos otra vez a discusin. Los que haban llegado
ltimamente dieron su opinin, tanto sobre el mrito como sobre la
disposicin fsica de los dos cantantes.

Ramoncito se puso a contar en voz baja a Esperanza y a Paz que la noche
anterior haba sido presentado a la Tosti en su _camerino_. "Una mujer
muy amable, muy fina. Le haba recibido con una gracia y una amabilidad
sorprendentes. Ya haba odo hablar mucho de el, de Ramoncito, y tena
deseos vivos de conocerle personalmente. Cuando supo que era concejal,
qued asombrada por lo joven que haba llegado a ese puesto. Ya ven
ustedes que tontera! Por lo visto, en otros pases se acostumbra a
elegir slo a los viejos. De cerca era an mejor que de lejos. Un cutis
que parece raso; una dentadura preciosa; luego una arrogante figura; el
pecho levantado y unos brazos!..."

La vanidad haca a Ramoncito no slo torpe, porque es regla bien sabida
que cuando se galantea a una mujer no debe alabarse con demasiado calor
a otra, sino un tantico atrevido dirigindose a nias. Estas se miraban
sonrientes, brillndoles los ojos con fuego malicioso y burln que el
joven concejal no observaba.

--Y diga usted Ramn, no se ha declarado usted a ella?--le pregunt
Pacita.

--Todava no--respondi hacindose cargo ya de la intencin burlona de
la pregunta.

--Pero se declarar.

--Tampoco. Estoy ya enamorado de otra mujer. Al mismo tiempo dirigi una
miradita lnguida a Esperanza. Esta se puso repentinamente seria.

--De veras? Cuente usted ... cuente usted.

--Es un secreto

--Bien, pero nosotras lo guardaremos.... Verdad Esperanza que t no
dirs nada?

Y la esculida chiquilla miraba maliciosamente a su amiga gozndose en
su mal humor y en la inquietud de Ramoncito.

--Yo no tengo gana de saber nada.

--Ya lo oye usted, Ramn. Esperanza no tiene gana de oir hablar de sus
novias. Yo bien s por qu es, pero no lo digo....

--Qu tonta eres, chica!--exclam aqulla con verdadero enojo.

El joven concejal qued lisonjeado por tal advertencia que vena de una
amiga ntima. Crey, sin embargo, que deba cambiar la conversacin a
fin de no echar a perder su pretensin, pues vea a Esperanza seria y
ceuda.

--Pues no crean ustedes que es tan difcil declararse a la Tosti y que
ella responda que s.... Y si no ... ah tienen ustedes a Pepe Castro,
que puede dar fe de lo que digo.

--Es que Pepe Castro no es usted--manifest la nia de Caldern con
marcada displicencia.

Maldonado cay de la regin celeste donde se meca. Aquella frase
punzante dicha en tono despreciativo le lleg al alma. Porque cabalmente
la superioridad de Pepe Castro era una de las pocas verdades que se
imponan a su espritu de modo incontrastable. Pudiera ofrecer reparos a
la de Hornero, pero a la de Pepito, no. La seguridad de no poder llegar
jams, por mucho que le imitase, al grado excelso de elegancia,
despreocupacin, valor desdeoso y hasto de todo lo creado, que
caracterizaba a su admirado amigo, le humillaba, le haca desgraciado.
Esperanza haba puesto el dedo en la llaga que minaba su preciosa
existencia. No pudo contestar; tal fu su emocin.

Clementina estaba triste, inquieta. Desde que haba entrado en casa de
su cuada, buscaba pretexto para irse. Pero no lo hallaba. Era forzoso
resignarse a dejar transcurrir un rato. Los minutos le parecan siglos.
Haba charlado unos momentos con la marquesa de Alcudia, mas sta la
haba dejado en cuanto entr el padre Ortega. Su cuada estaba
secuestrada por el general Patio, que le explicaba minuciosamente el
modo de criar a los ruiseores en jaula. Las dos chicas de Alcudia que
tena al lado parecan de cera, rgidas, tiesas, contestando por
monoslabos a las pocas preguntas que las dirigi. Una sorda irritacin
se iba apoderando poco a poco de ella. Dado su temperamento, no se
hubieran pasado muchos minutos en echar a rodar todos los miramientos y
largarse bruscamente. Alas al oir el nombre de Pepe Castro levant la
cabeza vivamente y se puso a escuchar con vida atencin. La reticencia
de Ramoncito la puso sbito plida. Se repuso no obstante en seguida, y,
entrando en la conversacin con amable sonrisa, dijo:

--Vaya, vaya, Ramn; no sea usted mala lengua.... Pobres mujeres en
boca de ustedes!

--No se habla mal sino de la que lo merece, Clementina--respondi ste
animado por el cable que impensadamente reciba.

--De todas hablan ustedes. Me parece que su amiguito Pepe Castro no es
de los que se muerden la lengua para echar por el suelo una honra.

--Clementina, hasta ahora no le he cogido tras de ninguna mentira. Todo
Madrid sabe que es hombre de mucha suerte con las mujeres.

--No s por qu!--replic con un mohn de desdn la dama.

--Yo no soy inteligente en la hermosura de los hombres--manifest el
joven riendo su frase--, pero todos dicen que Pepito es guapo.

--Ps!... Ser segn el gusto de cada cual ... y que me dispense Pacita,
que es su pariente. Yo formo parte de esos _todos_ y no lo digo.

--La verdad es--apunt Esperancita tmidamente--que Pepito no pasa por
feo.... Luego, es muy elegante y distinguido, verdad t?

Y se dirigi a Pacita, ponindose al mismo tiempo levemente colorada.

Clementina le dirigi una mirada penetrante que concluy de ruborizarla.

--De qu se habla?--pregunt Cobo Ramrez acercndose al corro.

Casi nunca se sentaba en las tertulias. Le placa andar de grupo en
grupo, resollando como un buey, soltando alguna frase atrevida en cada
uno. La faz de Ramoncito se nubl al aproximarse su rival. Este no dej
de notarlo y le dirigi una mirada burlona.

--Vamos, Ramoncillo, d; cmo te arreglas para tener tan animadas a las
damas? Me acaba de decir Pepa que vas echando ingenio.

--No, hombre; cmo voy a echarlo si lo tienes t todo?--profiri con
irritacin el concejal.

--Vaya, chico, si es que te azaras porque yo me acerco, me voy.

Una sonrisa irnica, amarga y triunfal al mismo tiempo, dilat el rostro
anguloso de Ramoncito. Haba cogido a su enemigo en la trampa. Ha de
saberse que pocos das antes averigu casualmente, por medio de un
acadmico de la lengua, que no se deca _azararse_, sino _azorarse_.

--Querido Cobo--dijo echndose hacia atrs con la silla y mirndole con
fijeza burlona--. Antes de hablar entre personas ilustradas, creo que
debieras aprender el castellano.... Digo ... me parece....

--Pues?--pregunt el otro sorprendido.

--No se dice azarar, sino _azorar_, queridsimo Cobo. Te lo participo
para tu satisfaccin y efectos consiguientes.

La actitud de Ramoncito al pronunciar estas palabras era tan arrogante,
su sonrisa tan impertinente, que Cobo, desconcertado por un momento,
pregunt con furia:

--Y por qu se dice azorar y no azarar?

--Porque s!... Porque lo digo yo!... Eso!...--respondi el otro sin
dejar de sonrer cada vez con mayor irona y echando una mirada de
triunfo a Esperanza.

Se entabl una disputa animada, violenta, entre ambos. Cobo se mantuvo
en sus trece sosteniendo con bro que no haba tal _azorar_, que a nadie
se lo haba odo en su vida y eso que estaba harto de hablar con
personas ilustradas. El joven y perfumado concejal le responda
brevemente sin abandonar la sonrisilla impertinente, seguro de su
triunfo. Cuanto ms furioso se pona Cobo, ms se gozaba en humillarle
delante de la nia por quien ambos suspiraban.

Pero la decoracin cambi cuando Cobo irritadsimo, vindose perdido,
llam en su auxilio al general Patio.

--Vamos a ver, general, usted que es una de las eminencias del ejrcito,
cree que est bien dicho azorarse?

El general, lisonjeado por aquella oportuna dedada de miel, manifest
dirigindose a Maldonado en tono paternal:

--No, Ramoncito, no: est usted en un error. Jams se ha dicho en Espaa
azorar.

El concejal di un brinco en la silla. Abandonando sbito toda irona,
echando llamas por los ojos, se puso a gritar que no saban lo que se
decan, que pareca mentira que personas ilustradas, etc., etc.... Que
estaba seguro de hallarse en lo cierto y que inmediatamente se buscase
un diccionario.

--El caso es, Ramoncito--dijo D. Julin rascndose la cabeza--, que el
que haba en casa hace ya tiempo que ha desaparecido. No s quin se lo
ha llevado.... Pero a m me parece tambin, como al general, que se dice
azarar....

Aquel nuevo golpe afect profundamente a Maldonado, que, plido ya,
tembloroso, lanz con voz turbada un ltimo grito de angustia.

--Azorar viene de _azor_, seores!

--Qu azor ni qu coliflor, hombre de Dios!--exclam Cobo soltando una
insolente carcajada--. Confiesa que has metido la patita y d que no lo
volvers a hacer.

El despecho, la ira del joven concejal no tuvieron lmites. Todava
luch algunos momentos con palabras y ademanes descompuestos. Pero como
se contestase a sus enrgicas protestas con risitas v sarcasmos,
concluy por adoptar una actitud digna v despreciativa, mascullando
palabras cargadas de hiel, los labios trmulos, la mirada torva. De vez
en cuando dejaba escapar por la nariz un leve bufido de indignacin.
Cobo estuvo implacable: aprovech todas las ocasiones que se ofrecieron
para dirigirle indirectamente una pullita envenenada que causaba el
regocijo de las nias y haca sonrer discretamente a las personas
graves. Nadie en el mundo padeci ms hambre y sed de justicia que
Ramoncito en aquella ocasin.

La llegada de un nuevo personaje puso fin o suspendi por lo menos su
tormento. Anunci el criado al seor duque de Requena. La entrada de
ste produjo en la tertulia un movimiento que indicaba bien claramente
su importancia. Caldern sali a recibirle dndole las dos manos con
efusin. Los hombres se levantaron apresuradamente y se apartaron de los
asientos para salir a su encuentro sonrientes, expresando en su actitud
la veneracin que les inspiraba. Las damas volvieron tambin sus rostros
hacia l con curiosidad y respeto, y Pepa Fras se levant para
saludarle. Hasta el padre Ortega abandon a su marquesa y se adelant
inclinado, sumiso, dirigindole un saludo almibarado, sonrindole con
sus ojos claros al travs de los fuertes cristales de miope que gastaba.
Por algunos instantes apenas se oy en la estancia mas que "querido
duque", "seor duque". "Oh, duque!"

El objeto de tanta atencin y acatamiento era un hombre bajo, gordo, la
faz amoratada, los ojos saltones y oblicuos, el cabello blanco, y el
bigote entrecano, duro y erizado como las pas de un puerco-espn. Los
labios gruesos y sinuosos y manchados por el zumo del cigarro puro que
traa apagado y morda pasendolo de un ngulo a otro de la boca sin
cesar. Podra tener unos sesenta aos, ms bien ms que menos. Vena
envuelto en un magnfico gabn de pieles que no haba querido quitarse a
la entrada por hallarse acatarrado. Mas al poner los pies en el
saloncito de Caldern, sintise malamente impresionado por el calor que
all haca. Sin contestar apenas a los saludos y sonrisas que a porfa
le dirigan, murmur en tono brutal, con la voz gruesa y ronca a la vez
que caracteriza a los hombres de cuello corto:

--Puf! Esto echa bombas!...

Y lo acompa de una interjeccin valenciana que principia por f. Al
mismo tiempo hizo ademn de despojarse del abrigo. Veinte manos cayeron
sobre l para ayudarle y esto retras un poco la operacin.

Representse en la tertulia de Caldern la escena de los israelitas en
el desierto que ms se ha repetido en el mundo, la adoracin del becerro
de oro. El recin llegado era nada menos que D. Antonio Salabert, duque
de Requena, el clebre Salabert rico entre los ricos de Espaa, uno de
los colosos de la banca y el ms afamado, sin disputa, por el nmero y
la importancia de sus negocios. Haba nacido en Valencia. Nadie conoca
a su familia. Decan unos que haba sido granuja del mercadal, otros que
empez de lacayo de un banquero y luego fu cobrador de letras y
zurupeto, otros que haba sido soldado de Cabrera en la primera guerra
civil, y que el origen de su fortuna estuvo en una maleta llena de onzas
de oro que rob a un viajero. Algunos llegaban hasta a filiarle en una
de las clebres partidas de bandoleros que infestaron a Espaa poco
despus de la guerra. Pero l explicaba del modo ms sencillo y grfico
la procedencia de su fortuna, que no bajaba de cien mil millones de
pesetas. Cuando se enfadaba con los empleados de su casa, lo cual
suceda a menudo, y notaba que se ofendan con sus palabrotas
injuriosas, sola decirles gritando como un energmeno:

--Sabis, f...., cmo he llegado yo a tener dinero?... Pues recibiendo
muchas patadas en el trasero. Slo a fuerza de puntapis se logra subir
arriba. Estamos?

Hay que confesar que este dato adolece de ser un poco vago; pero la
perfecta autenticidad de que se halla revestido, le da un valor
inapreciable. Tomndolo como base de la investigacin, acaso se pueda
llegar a definir el carcter y a historiar la vida y las empresas del
opulento banquero.

--Hola, chiquita--dijo avanzando hasta Clementina y tomndole la barba
como se hace con los nios--. Ests aqu? No he visto tu coche abajo.

--He salido a pie, pap.

--Es un milagro. Si quieres, puedes llevarte el mo.

--No; tengo deseos de caminar. Estoy estos das muy pesada.

El duque de Requena haba prescindido de todos los presentes y hablaba a
su hija con toda la afabilidad de que era susceptible. La vea pocas
veces. Clementina era su hija natural, habida all en Valencia, cuando
joven, de una mujer de la nfima clase social, como l lo era al
parecer. Luego se haba casado en Madrid, ya en camino de ser rico, con
una joven de la clase media, de la cual no tuvo familia. Esta seora,
extremadamente delicada de salud desde su matrimonio, haba cedido o,
por mejor decir, haba ella misma propuesto que la hija de su marido
viniese a habitar la misma casa. Clementina se educ, pues, aqu y fu
amada de la esposa de su padre como una verdadera hija. Ella la quiso y
la respet tambin como a una madre. Despus que se cas sola visitarla
a menudo; pero como su padre estaba siempre muy ocupado, no entraba en
sus habitaciones, y desde las de su madre (as la llamaba) se iba a la
calle. Slo en los das de banquete o recepcin, o cuando casualmente le
tropezaba en las casas o en la calle departa un rato con l.

Despus de preguntarle por su marido y por sus hijos, el duque se puso a
hablar, sin sentarse, con Caldern y Pepa Fras. Un hombre rudo y
campechanote en la apariencia: sonrea pocas veces: cuando lo haca era
de modo tan leve que an poda dudarse de ello. Acostumbraba a llamar
las cosas por su nombre y a dirigirse a las personas sin frmulas de
cortesa, dicindoles en la cara cosas que pudieran pasar por groseras:
no lo eran porque saba darles un tinte entre rudo y afectuoso que les
quitaba el aguijn. No era muy locuaz. Generalmente se mantena
silencioso mordiendo su cigarro y examinando al interlocutor con sus
ojos oblicuos, impenetrables. Mostraba al hablar una inocencia falsa y
socarrona que no le haca antiptico. Detrs se vea siempre al antiguo
granuja del mercadal de Valencia, diestro, burln, receloso y
marrullero.

Pepa Fras le habl de negocios. La viuda era incansable en esta
conversacin. Quera enterarse de todo, temiendo ser engaada vida
siempre de ganancias y temblando con terror cmico ante la perspectiva
de la baja de sus fondos. Se haca repetir hasta la saciedad los
pormenores. "Soltara las acciones del Banco y comprara _Cubas_? Qu
pensaba hacer el Gobierno con el amortizable? Haba odo rumores. Se
hara en alza la prxima liquidacin? No sera mejor liquidar en el
momento con treinta cntimos de ganancia que aguardar a fin de mes?"

Para ella las palabras de Salabert eran las del orculo de Delfos. La
fama inmensa del banquero la tena fascinada. Por desgracia, el duque,
como todos los orculos antiguos y modernos, se expresaba siempre que se
le consultaba, de un modo ambiguo. Responda a menudo con gruidos que
nadie saba si eran de afirmacin, de negacin o de duda. Las frases que
de vez en cuando se escapaban de su boca entre el cigarro y los labios
hmedos y sucios eran oscuras, cortadas, ininteligibles en muchos casos.
Adems, todo el mundo saba que no era posible fiarse de l, que se
gozaba en despistar a sus amigos y hacerles caer de bruces en un mal
negocio. Sin embargo, Pepa insista aspirando a arrancar de aquel
cerebro luminoso el secreto de la mina: bromeaba tomndole de las
solapas de la levita, llamndole viejo, cazurro, zorro, haciendo gala de
una desvergenza que en ella haba llegado a ser coquetera. El banquero
no daba fuego. Le segua el humor respondiendo con gruidos y con tal
cual frase escabrosa que haca reir a Caldern, aunque no tena muchas
ganas de hacerlo vindole echar sin miramiento alguno tremendos
escupitajos en la alfombra. Porque el duque con el picor del tabaco
salivaba bastante y no acostumbraba a reparar dnde lo haca, a no ser
en su casa donde cuidaba de ponerse al lado de la escupidera. Caldern
estaba inquieto, violento, lo mismo que si se los echase en la cara. A
la tercera vez, no pudiendo contenerse, fu l mismo a buscar la
escupidera para ponrsela al lado. Salabert le dirigi una mirada
burlona y le hizo un guio a Pepa. Ya tranquilo Caldern se mostr
locuaz y pretendi sustituirse al duque dando consejos a Pepa sobre los
fondos. Pero aunque hombre prudente y experto en los negocios, la viuda
no se los apreciaba ni aun quera oirlos. Al fin y al cabo, entre l y
Salabert exista enorme distancia: el uno era un negociante vulgar, el
otro un genio de la banca. Sin embargo, ste asenta con sonidos
inarticulados a las indicaciones burstiles del dueo de la casa. Pepa
no se fiaba.

Salabert se apart un poco del grupo y se dej caer sobre el brazo de un
silln adoptando una postura grosera, para lo cual slo l tena
derecho. En vez de ser mal vistos aquellos modales libres y rudos,
contribuan no poco a su prestigio y al respeto idoltrico que en
sociedad se le tributaba. Lejos nuevamente de la escupidera volvi a
salivar sobre la alfombra con cierto goce malicioso, que a pesar de su
mscara indiferente y bonachona se le trasluca en la cara. Caldern
torn igualmente a nublarse y fruncirse hasta que, resolvindose a
saltar por encima de ciertos miramientos sociales, le acerc otra vez
la escupidera sin tanto valor como antes, pues lo hizo con el pie. Pepa
sentse en el otro brazo y sigui haciendo carocas al duque. Este
comenzaba a fijar ms la atencin en ella. Sus miradas frecuentes la
envolvan de la cabeza a los pies, notndose que se detenan en el
pecho, alto y provocador. Pepa era una mujer fresca, apetitosa. Al cabo
de algunos minutos el banquero se inclin hacia ella con poca
delicadeza, y acercando el rostro a su cara, tanto que pareca que se la
rozaba con los labios, le dijo en voz baja:

--Tiene usted muchas _Osunas_?

--Algunas, s, seor.

--Vndalas usted a escape.

Pepa le mir a los ojos fijamente, y dndose por advertida call. Al
cabo de unos momentos fu ella quien acercando su rostro al del banquero
le pregunt discretamente:

--Qu compro?

--Amortizable--respondi el famoso millonario con igual reserva.

Entraban a la sazn un caballero y una dama, ambos jovencitos, menudos,
sonrientes, y vivos en sus ademanes.

--Aqu estn mis hijos--dijo Pepa.

Era un matrimonio grato de ver. Ambos bien parecidos, de fisonoma
abierta y simptica, y tan jvenes, que realmente parecan dos nios.
Fueron saludando uno por uno a los tertulios. En todos los rostros se
adverta el afecto protector que inspiraban.

--Aqu tienes a tu suegra, Emilio. Qu encuentro tan desagradable!
verdad?...--dijo Pepa al joven.

--Suegra, no; mam ... mam--respondi ste apretndole la mano
cariosamente.

--Dios te lo pague, hijo!--replic la viuda dando un suspiro de cmico
agradecimiento.

Volvi la tertulia a acomodarse. Los jvenes casados sentronse juntos
al lado de Mariana. Clementina haba dejado aquel sitio y charlaba con
Maldonado: el nombre de Pepe Castro sonaba muchas veces en sus labios.
Mientras tanto Cobo aprovechaba el tiempo, haciendo reir con sus
desvergenzas a Pacita; pero aunque intentaba que Esperanza acogiese los
chistes con igual placer, no lo consegua. La nia de Caldern, seria,
distrada, pareca atender con disimulo a lo que Ramoncito y Clementina
hablaban. Pinedo se haba levantado y haca la corte al duque. Y el
general, viendo a su dolo en conversacin animada con los jvenes
casados, fatigado de que sus labernticos requiebros no fuesen
comprendidos, ni tampoco sus restregones poticos, vino a hacer lo
mismo. La marquesa y el sacerdote seguan cuchicheando vivamente all en
un rincn, ella cada vez ms humilde e insinuante, sentada sobre el
borde de la butaca, inclinando su cuerpo para meterle la voz por el
odo; l ms grave y ms rgido por momentos, cerrando a grandes
intervalos los ojos como si se hallase en el confesionario.

--Qu par de bebs, eh!--exclam Pepa en voz alta dirigindose a
Mariana--. No es vergenza que esos mocosos estn casados? Cunto
mejor sera que estuviesen jugando al trompo!

Los chicos sonrieron mirndose con amor.

--Ya jugarn ... en los momentos de ocio--manifest Cobo Ramrez con
retintn.

--Hombre, ca!--exclam Pepa, volvindose furiosa hacia l--. Le han
dado a usted cuenta ellos de sus juegos?

Aqul y Emilio cambiaron una mirada maliciosa. Irenita, la joven casada,
se ruboriz.

--Te estn haciendo vieja, Pepa. Acurdate que eres abuela--respondi
la seora de Caldern.

--Qu abuela tan rica!--exclam por lo bajo Cobo, aunque con la
intencin de que lo oyese la interesada.

Esta le ech una mirada entre risuea y enojada, demostrando que haba
odo y lo agradeca en el fondo. Cobo se hizo afectadamente el
distrado.

--Os ha pasado ya la berrenchina?--sigui la viuda dirigindose a sus
hijos--. Cunto durarn las paces?... Jess, qu criaturas tan
picoteras!... Mirad, yo no voy a vuestra casa porque cuando os encuentro
con morro me apetece tomar la escoba y romperla en las costillas de los
dos....

Los tertulios se volvieron hacia los jvenes esposos sonriendo. Esta vez
se pusieron ambos fuertemente colorados. Despus, por la seriedad que
qued bien sealada en el rostro de Emilio, se pudo comprender que no le
hacan maldita la gracia aquellas salidas harto desenfadadas de su
suegra.

El general Patio, por orden de la bella seora de la casa, puso el dedo
en el botn de un timbre elctrico. Apareci un criado: le hizo el ama
una sea: no se pasaron cinco minutos sin que se presentase nuevamente y
en pos de l otros dos con sendas bandejas en las manos colmadas de
tazas de te, pastas y bizcochos. Momento de agradable expansin en la
tertulia. Todos se ponen en movimiento y brilla en los ojos el placer
del animal que va a satisfacer una necesidad orgnica. Esperancita deja
apresuradamente a su amiga y a Ramrez y se pone a ayudar con solicitud
a su madre en la tarea de servir el te a los tertulios. Ramoncito
aprovecha el instante en que la nia le presenta una taza, para decirla
en voz baja y alterada "que le sorprende mucho que se complazca en
escuchar las patochadas y frases atrevidas de Cobo Ramrez". Esperanza
le mira confusa, y al fin dice "que ella no ha odo semejantes
patochadas, que Cobo es un chico muy amable y gracioso". Ramoncito
protesta con voz dbil y lgubre entonacin contra tal especie y
persiste en desacreditar a su amigo, hasta que ste, oliendo el
torrezno, se acerca a ellos bromeando segn costumbre. Con lo cual, a
nuestro distinguido concejal se le encapota an ms el rostro y se va
retirando poco a poco: no sea que al insolente de Cobo se le ocurra
cualquier sandez para hacer reir a su costa.

Lleg el momento de hablar de literatura, como acontece siempre en
todas las tertulias nocturnas o vespertinas de la capital. El general
Patio habl de una obra teatral recin estrenada con felicsimo xito y
le puso sus peros, basados principalmente en algunas escenas subidas de
color. Mariana manifest que de ningn modo ira a verla entonces. Todos
convinieron en anatematizar la inmoralidad de que hoy hacen gala los
autores. Se dijeron pestes del naturalismo. Cobo Ramrez, que haba
tomado te y luego unos emparedados y se haba comido una cantidad
fabulosa de ensaimadas y bizcochos, expuso a la tertulia que
recientemente haba ledo una novela titulada _Le journal d'une dame_
(en francs y todo), preciosa, bonitsima, la ms espiritual que l
hubiera ledo nunca. Porque Cobo, en literatura--caso raro!--, estaba
por lo espiritual, lo delicado. No le vinieran a l con esas nove-lotas
pesadas donde le cuentan a uno las veces que un albail se despereza al
levantarse de la cama (o los bizcochos y ensaimadas que se come un chico
de buena sociedad), ni le hablaran de partos y otras porqueras
semejantes. En las novelas deben ponerse cosas agradables, puesto que se
escriben para agradar. Esto deca con notable firmeza, resollando al
hablar como un caballo de carrera. Los dems asentan.

La entrada de un caballero ni alto ni bajo, ni delgado ni gordo, alzado
de hombros y cogido de cintura, la color baja, la barba negra y tan
espesa y recortada que pareca postiza, cort rpidamente la pltica
literaria. Nada menos que era el seor ministro de Fomento. Por eso
llevaba la cabeza tan erguida que casi daba con el cerebelo en las
espaldas, y sus ojos medio cerrados despedan por entre las negras y
largas pestaas relmpagos de suficiencia y proteccin a los presentes.
Hasta los veintids aos haba tenido la cabeza en su postura natural;
pero desde esta poca, en que le nombraron vicepresidente de la seccin
de derecho civil y cannico en la Academia de Jurisprudencia, haba
comenzado a levantarla lenta y majestuosamente como la luna sobre el mar
en el escenario del teatro Real, esto es, a cortos e imperceptibles
tironcitos de cordel. Le hicieron diputado provincial; un tironcito.
Luego diputado a Cortes; otro tironcito. Despus gobernador de
provincia; otro tironcito. Ms tarde director general de un
departamento; otro. Presidente de la Comisin de presupuestos; otro.
Ministro; otro. La cuerda estaba agotada. Aunque le hicieran prncipe
heredero, Jimnez Arbs ya no poda levantar un milmetro ms su gran
cabeza.

Su entrada produjo movimiento, pero no tanto como la del duque de
Requena. Este, cuyo rostro carnoso, sensual, no poda ocultar el
desprecio que aquella asamblea le inspiraba, corri a l sin embargo, y
le salud con rendimiento y servilismo sorprendentes, teniendo en cuenta
la rusticidad y grosera con que generalmente se comportaba en el trato
social. El ministro comenz a repartir apretones de manos de un modo tan
distrado que ofenda. nicamente cuando salud a Pepa Fras di
seales de animacin. Esta le pregunt en voz baja tutendole:

--Cmo vienes de frac?

--Voy a comer a la embajada francesa.

--Vas luego a casa?

--S.

Este dilogo rapidsimo en voz imperceptible fu observado por el duque,
quien acercndose a Pinedo le pregunt con reserva y haciendo una sea
expresiva:

--Diga usted, Arbs y Pepa Fras?...

--Hace ya lo menos dos meses.

La mirada que el banquero le ech entonces a la viuda no fu de la
calidad de las anteriores. Era ahora ms atenta, ms respetuosa y
profunda, quedndose despus un poco pensativo. Caldern se haba
acercado al ministro y le hablaba con acatamiento. Salabert hizo lo
mismo. Pero el personaje no tena ganas de hablar de negocios o por
ventura le inspiraba miedo el clebre negociante. La prensa haca
reticencias malvolas sobre los negocios de ste con el Gobierno. Por
eso, a los pocos momentos, se fu en pos de Pepa Fras y se pusieron a
cuchichear en un ngulo de la estancia.

Clementina estaba cada vez ms impaciente, con unos deseos atroces de
marcharse. Dejaba de hacerlo por el temor de que su padre la acompaase.
El ministro se fu a los pocos minutos, repartiendo previamente otros
cuantos apretones de manos con la misma distraccin imponente, mirando,
no a la persona a quien saludaba, sino al techo de la estancia. Entonces
el duque se apoder de Pepa Fras, mostrndose con ella tan galante y
expresivo, como si fuese a hacerle una declaracin de amor. El general,
observndolo, dijo a Pinedo:

--Mire usted al duque, qu animado se ha puesto. De fijo le est
haciendo el amor a Pepa.

--No--respondi gravemente el empleado--. A lo que est haciendo el amor
ahora es al negocio de las minas de Riosa.

La viuda anunci al cabo en voz alta que se iba.

--Adonde va usted, Pepa, en este momento?--le pregunt el banquero.

--A casa de Lhardy a encargar unas mortadelas.

--La acompao a usted.

--Vamos; le convidar a tomar unos pastelitos.

Al duque le hizo mucha gracia el convite.

--Vienes, chiquita?--le dijo a su hija.

Clementina an pensaba quedarse un rato. Pepa, al tiempo de salir del
brazo del banquero, dijo en alta voz volvindose a los Presentes:

--Conste que no vamos en coche.

Lo cual les hizo reir.

--Conste--dijo el duque riendo--que esto lo dice por adularme.

--Que se explique eso: no hemos comprendido ...--grit Cobo Ramrez.

Pero ya el duque y Pepa haban desaparecido detrs de la cortina.
Clementina aguard slo cinco minutos. Cuando presumi que ya no poda
tropezar en la escalera a su padre, se levant, y pretextando un
quehacer olvidado, se despidi tambin.




III

#La hija de Salabert.#


Baj con ansia la escalera. Al poner el pie en la calle dej escapar un
suspiro de consuelo. A paso vivo tom la del Siete de Julio, entr en la
plaza Mayor y luego en la de Atocha. Al llegar aqu vino a su
pensamiento la imagen del joven que la haba seguido y volvi la cabeza
con inquietud. Nada; no haba que temer. Ninguno la segua. En la puerta
de una de las primeras casas y mejores de la calle, se detuvo, mir
rpida y disimuladamente a entrambos lados y penetr en el portal. Hizo
una sea casi imperceptible de interrogacin al portero. Este contest
con otra de afirmacin llevndose la mano a la gorra. Lanzse por la
escalera arriba. Subi tan de prisa, sin duda para evitar encuentros
importunos, que al llegar al piso segundo le ahogaba la fatiga y se
llev una mano al corazn. Con la otra di dos golpecitos en una de las
puertas. Al instante abrieron silenciosamente: se arroj dentro con
mpetu, cual si la persiguiesen.

--Ms vale tarde que nunca--dijo el joven que haba abierto, tornando a
cerrar con cuidado.

Era un hombre de veintiocho a treinta aos, de estatura ms que regular,
delgado, rostro fino y correcto, sonrosado en los pmulos, bigote
retorcido, perilla apuntada y los cabellos negros y partidos por el
medio con una raya cuidadosamente trazada. Guardaba semejanza con esos
soldaditos de papel con que juegan los nios; esto es, era de un tipo
militar afeminado. Tambin pareca su rostro al que suelen poner los
sastres a sus figurines; y era tan antiptico y repulsivo como el de
ellos. Vesta un batn de terciopelo color perla con muchos y primorosos
adornos; traa en los pies zapatillas del mismo gnero y color con las
iniciales bordadas en oro. Advertase pronto que era uno de esos hombres
que cuidan con esmero del alio de su persona; que retocan su figura con
la misma atencin y delicadeza con que el escultor cincela una estatua;
que al rizarse el bigote y darle cosmtico creen estar cumpliendo un
sagrado e ineludible deber de conciencia; que agradecen, en fin, al
Supremo Hacedor, el haberles otorgado una presencia gallarda y procuran
en cuanto les es dado mejorar su obra.

--Qu tarde!--volvi a exclamar el apuesto caballero dirigindola una
mirada fija y triste de reconvencin.

La dama le pag con una graciosa sonrisa, replicando al mismo tiempo con
acento burln:

--Nunca es tarde si la dicha es buena.

Y le tom la mano y se la apret suavemente, y le condujo luego sin
soltarle al travs de los corredores, hasta un gabinete que deba ser el
despacho del mismo joven. Era una pieza lujosa y artsticamente
decorada; las paredes forradas con cortinas de raso azul oscuro,
prendidas al techo por anillos que corran por una barra de bronce;
sillas y butacas de diversas formas y gustos; una mesa-escritorio de
nogal con adornos de hierro forjado; al lado una taquilla con algunos
libros, hasta dos docenas aproximadamente. Suspendidos del techo por
cordones de seda y adosados a la pared veanse algunos arneses de
caballo, sillas de varias clases, comunes, bastardas y de jineta con sus
estribos pendientes, frenos de diferentes pocas y tambin pases,
ltigos, sudaderos de estambre fino bordados, espuelas de oro y plata;
todo riqusimo y nuevo. Las aficiones hpicas del dueo de aquel
despacho se delataban igualmente en los pasillos, que desde la puerta de
la casa conducan all; por todas partes monturas colgadas y cuadros
representando caballos en libertad o aparejados. Hasta sobre la mesa de
escribir, el tintero, los pisapapeles y la plegadera estaban tallados en
forma de herraduras, estribos o ltigos. Al travs de un arco con
columnas, mal cerrado por un portier hecho de rico tapiz en el que
figuraban un joven con casaca y peluca de rodillas delante de una joven
con traje Pompadour, vease un magnfico lecho de caoba con dosel.

As que llegaron a esta cmara, la dama se dej caer con negligencia en
una butaquita muy linda y volvi a decirle con sonrisa burlona:

--Qu! no te alegras de verme?

--Mucho; pero me alegrara de haberte visto primero. Hace hora y media
que te estoy esperando.

--Y qu? Es gran sacrificio esperar hora y media a la mujer que se
adora? T no has ledo que Leandro pasaba todas las noches el
Helesponto a nado para ver a su amada?... No; t no has ledo eso ni
nada.... Mejor: yo creo que te sentara mal la ciencia. Los libros
disiparan esos colorcitos tan lindos que tienes en las mejillas, te
privaran de la agilidad y la fuerza con que montas a caballo y guas
los coches.... Adems, yo creo que hay hombres que han nacido para ser
guapos, fuertes y divertidos, y uno de ellos eres t.

--Vamos, por lo que estoy viendo me consideras como un bruto que no
conoce ni la A--respondi triste y amoscado el joven, en pie frente a
ella.

--No, hombre, no!--exclam la dama riendo; y apoderndose de una de sus
manos la bes en un repentino acceso de ternura--.Eso es insultarme. Te
figuras que yo podra querer a un bruto?... Toma--aadi despojndose
del sombrero--, pon ese sombrero con cuidado sobre la cama. Ahora ven
aqu, so canalla; ya que eres tan susceptible, no consideras que has
principiado dicindome una grosera?... Hora y media!... Y qu?...
Acrcate, ponte de rodillas; deja que te tire un poco de los pelos.

El joven, en vez de hacerlo, agarr una silla-fumadora y se mont en
ella frente a su querida.

--Sabes por qu he tardado tanto?... Pues por el dichoso nio, que me
ha seguido hoy tambin.

Al decir esto, se puso repentinamente seria; una arruga bien pronunciada
cruz su linda frente.

--Es insufrible!--aadi--. Ya no s qu hacer. A todas horas, salga
por la maana o por la tarde, traigo aquel fantasma detrs de m. He
tenido que refugiarme en casa de Mariana. Luego, una vez all, no hubo
ms remedio que aguantar un rato. Vino pap, y porque no saliese conmigo
esper otro poquito a que se fuese.... Ah ves!

--Tiene gracia ese chico!--dijo riendo el caballero.

--Mucha! Si es muy divertido que le averigen a una dnde va y lo sepa
en seguida todo el mundo, y llegue a odos de mi marido! Rete, hombre,
rete!

--Por qu no? A quin se le ocurre ms que a ti tomarse un disgusto
por tener un admirador tan platnico? Has recibido alguna carta? Te ha
dicho alguna palabra al paso?

--Eso es lo que menos importaba. Lo que me excita los nervios es la
persecucin. Luego es un mocoso capaz por despecho, si averigua mis
entradas en esta casa, de escribir un annimo.... Y t ya sabes la
situacin especial en que me encuentro respecto a mi marido.

--No es de presumir: los que escriben annimos no son los enamorados,
sino las amigas envidiosas.... Quieres que yo me aviste con l y le
meta un poco de miedo?

--Eso no se pregunta, hombre!--exclam la dama con voz irritada--.
Mira, Pepe; t eres hombre de corazn y tienes inteligencia; pero te
hace muchsima falta un poco ms de refinamiento en el espritu para que
comprendas ciertas cosas. Debieras dedicar menos horas al club y a los
caballos y procurar ilustrarte un poco.

--Ya pareci aqullo!--dijo el joven con despecho, muy molestado por la
agria reprensin.

--Pues si quieres que no te diga ciertas cosas, procura callarte otras.

Pepe Castro se encogi de hombros con superior desdn y se alz de la
silla. Di algunas vueltas distradamente por la estancia y par al fin
delante de un cuadrito, que descolg para sacudirle el polvo con el
pauelo. Clementina le miraba en tanto con ojos colricos. Se puso en
pie vivamente, como si la alzara un resorte: luego, refrenando su mpetu
y adquiriendo calma, avanz lentamente hacia la alcoba, penetr en ella,
recogi su sombrero de la cama y comenz a ponrselo frente al espejillo
de una cornucopia, con ademanes lentos, donde se adivinaba, sin embargo,
en el levsimo temblor de las manos, la sorda irritacin que la
embargaba.

--Bueno!--exclam por ltimo en tono distrado e indiferente--. Me voy,
chico.... Quieres algo para la calle?

El joven di la vuelta y pregunt con sorpresa:

--Ya?

--Ya--repuso la dama con exagerada firmeza.

El joven avanz hacia ella, le ech suavemente un brazo al cuello, y
levantando con la otra mano el velito rojo le di un beso en la sien.

--Que siempre ha de pasar lo mismo! Yo soy el descalabrado y t te
apresuras a ponerte la venda.

--Qu ests diciendo ah?--replic ella algo confusa--. Me voy porque
tengo que hacer una visita antes de comer.

--Vamos, Clementina, aunque quieras no puedes disimular.... Debes
comprender que no se pueden escuchar con risa los insultos ... y t me
ests insultando a cada momento.

--Te digo que no te comprendo. No s a qu insultos ni a qu disimulos
te refieres--replic la dama con afectacin.

Pepe intent con mimo y dulzura quitarle de nuevo el sombrero. Ella le
detuvo con gesto imperioso. Tomla entonces por la cintura y la condujo
hacia el divn. Sentse, y cogindole las manos se las bes repetidas
veces con apasionado cario. Ella sigui en pie sin dejarse ablandar.
Tan extremado estuvo, sin embargo, en sus caricias y tan sumiso, que al
cabo, arrancando con violencia sus manos de las de l, Clementina dijo
medio riendo, medio enojada an:

--Quita, quita, que ya estoy hastiada de tus lametones de perro de
Terranova.... Eres un bajo!... Primero que yo me humillase de tal modo
me haran rajas.

Volvi a quitarse el sombrero, y fu ella misma a colocarlo sobre la
cama.

--Cuando se est tan enamorado como yo--replic el joven un poco
avergonzado--, no puede llamarse nada humillacin.

--Es de veras eso, chico?--dijo acercndose a l sonriente y tomndole
con sus dedos finos sonrosados la barba--. No lo creo.... T no tienes
temperamento de enamorado.... Y si no, vamos a probarlo.... Si yo te
mandase hacer una cosa que pudiera costarte la vida, o lo que es an
peor, la honra ... algunos aos de presidio..., lo haras?

--Ya lo creo!

--S?... Pues mira, quiero que mates a mi marido.

--Qu barbaridad!--exclam asustado, abriendo los ojos
desmesuradamente.

La dama le mir algunos segundos fijamente, con expresin escrutadora,
maliciosa. Luego, soltando una sonora carcajada, exclam:

--Lo ves, infeliz, lo ves?... T eres un seorito madrileo, un socio
del _Club de los Salvajes_.... Ni yo, ni mujer ninguna te haran cambiar
el frac y el chaleco blanco por el uniforme de presidiario.

--Qu ideas tan extraas!

--Sigue, sigue por donde te arrastra tu naturaleza de sietemesino y no
te metas en honduras. Ya comprenders que te he hablado en broma. As y
todo me has confirmado en lo que ya pensaba.

--Pues si tienes formada esa idea tan pobre de mi cario, no s por qu
razn me quieres--expres el joven volviendo a amoscarse.

--Por qu te quiero?... Pues por lo que yo hago casi todas mis cosas
... por capricho. Un da te he visto en el Retiro revolviendo un caballo
admirablemente y me gustaste. Luego, a los dos meses, en Biarritz, te vi
en el asalto del casino tirando con un oficial ruso y conclu de
encapricharme. Hice que me fueses presentado, procur agradarte, te
agrad en efecto.... Y aqu estamos.

Pepe concluy por sufrir con paciencia aquel tono entre cnico y burln
de su querida. A fuerza de charlar logr hacerlo desaparecer.
Clementina, cuando estaba tranquila, era afectuosa, alegre, pronta a
compadecerse y a los rasgos de generosidad; su rostro, tan bello como
original, no adquira nunca dulzura, pero s una expresin bondadosa y
maternal que lo haca muy simptico. Mas por poco que sus nervios se
excitasen o se viese contrariada en sus pensamientos y deseos, el fondo
de altivez, de obstinacin y aun crueldad que su alma guardaba, suba a
la superficie y agitaba sus ojos azules con relmpagos de feroz sarcasmo
o de clera.

Pepe Castro, que no era hombre ilustrado ni ingenioso, saba no obstante
entretenerla agradablemente con cuentecillos de saln, murmuraciones
casi siempre de las personas por quienes ella senta marcada antipata.
El recurso era burdo, pero surta admirable efecto. "La condesa de T***,
seora a quien Clementina odiaba de muerte por un desaire que en cierta
ocasin le haba hecho, andaba necesitada de dinero; se lo pidi al
viejo banquero Z*** y ste se lo haba otorgado mediante un rdito muy
poco apetitoso para la deudora. Los marqueses de L***, a quienes tambin
ella profesaba aversin, cuando no estaban en el poder daban reuniones
all en su finca de la Mancha y ofrecan esplndido _buffet_ a sus
electores: cuando el marqus era ministro daban tambin reuniones, pero
supriman el _buffet_. Julita R***, una jovencita muy linda, que tampoco
inspiraba simpatas a la altiva dama, haba sido arrojada de casa de los
seores de M*** por haberla hallado encerrada en el cuarto del
primognito, un chico de quince aos". Estas y otras noticias del mismo
jaez dejbalas caer el gallardo mancebo de sus labios con cierta
displicencia cmica que despertaba el buen humor de la bella. Era todo
el talento de Pepe Castro en el orden moral. Los dems que posea
referanse enteramente al fsico.

Se haban disipado las nubes que cubran la frente de Clementina.
Mostrse locuaz y risuea. Fu prdiga de caricias con su amante en la
hora que con l estuvo. Qued bien compensado de los alfilerazos que de
ella haba recibido al principio de la entrevista, gozando de toda la
dicha que una mujer hermosa y enamorada puede proporcionar cuando la
soledad y la ocasin convidan.

La noche haba cerrado ya, tiempo haca. El joven encendi las dos
lmparas de la chimenea sin llamar al criado, que era su nico servidor
y el nico ser viviente asimismo que habitaba con l en aquel cuarto.
Pepe Castro era hijo de una ilustre familia de Aragn. Su hermano mayor
llevaba un ttulo conocido y tena una hermana adems casada con otro
ttulo. Se haba educado en Madrid. A los veinte aos qued hurfano.
Vivi con su hermano primognito una temporada. No tardaron en reir
porque ste, que era econmico hasta la avaricia, no poda sufrir con
paciencia su despilfarro. Trasladse entonces a casa de su hermana; pero
a los pocos meses, existiendo incompatibilidad de caracteres entre l y
su cuado, chocaron de modo tan violento, que se contaba en el club y en
los salones de la corte que se haban abofeteado y aporreado bravamente.
No lleg a efectuarse un duelo entre ambos por la intervencin de
algunos respetables miembros de la familia. Despus de vivir en fonda un
poco de tiempo, decidise a poner casa. Tom un criado, se hizo traer el
almuerzo de un restaurante y coma cundo en Lhardy, cundo, en casa de
alguno de sus muchos amigos. Su cuadra la tena muy cerca, en la calle
de las Urosas, y no estaba mal provista: dos jacas de silla, inglesa y
cruzada, un tiro extranjero y otro espaol, berlina, _charrette, milord,
break_. Era un chorro por donde se escapaba rpidamente su hacienda,
aunque no el ms copioso. La mayor parte la haba dejado sobre el tapete
de la mesa de juego del club, y una porcin, no insignificante por
cierto, entre las uas de algunas lindsimas chulas transformadas por l
de la noche a la maana en esplndidas y llamativas cortesanas. Esto
ltimo lo negaba con arrogancia pensando que su gloria de seductor poda
con ello menoscabarse; pero no importa: es exacto como todo lo que aqu
se puntualiza.

Quiere decir esto que Pepe Castro se hallaba arruinado a la hora
presente. A pesar de lo cual, segua viviendo con, la misma comodidad y
aparato que antes. Su trabajo y sus vueltas le costaba. Emprstitos a su
hermano hipotecndole alguna finca trasconejada en las ventas y
subastas, pagars a algunos arrojados usureros sobre la herencia de un
to viejo y enfermo reconociendo tres veces la cantidad recibida, joyas
que su hermana le regalaba no pudiendo regalarle dinero, cuentas
exorbitantes con el importador de coches y caballos, con el sastre, con
el perfumista, con Lhardy, con el conserje del club, con todo el mundo.
Pareca imposible que un hombre pudiera vivir tranquilo en tal estado de
trampas y enredos. Sin embargo, nuestro gallardo joven viva con la
misma admirable serenidad de espritu e idntica alegra de corazn, y
como l otros muchos de sus amigos y consocios segn tendremos ocasin
de ver, tan arruinados aunque no tan gallardos.

--Te preparo una sorpresa--dijo Clementina concluyendo de ponerse el
sombrero y arreglarse el cabello frente al espejo.

El bello gomoso olfate el aire como un perro que recibe vientos y se
acerc a la dama.

--Si es agradable, veamos.

--Y si es desagradable lo mismo, groserazo. Todo lo que proceda de m
debe serte agradable.

--Convenido, convenido. Veamos--repuso disimulando mal su afn.

--Bueno, treme aquel manguito.

Castro se apresur a obedecer el mandato. Clementina, cuando lo tuvo
entre las manos se sent con afectada calma en el divn, y agitndolo
luego en el aire exclam:

--A que no adivinas lo que contiene este manguito?

--Sus ojos resplandecan de alegra y orgullo al mismo tiempo. Los de
Castro chispearon de anhelo. Sus mejillas se colorearon y respondi con
voz alterada entre dudando y afirmando:

--Quince mil pesetas.

La expresin alegre y triunfal del rostro de la dama se troc
instantneamente en otra de clera y despecho.

--Quita!, quita all, puerco!--exclam furiosa dndole un fuerte golpe
en la cara con el lujoso manguito--. No piensas ms que en el dinero....
No tienes ni pizca de delicadeza.

--Yo pensaba!...

Tambin hubo cambio de decoracin en la fisonoma de Castro. Se puso ms
triste que la noche.

--En la guita, s; ya acabo de decrtelo.... Pues no, seor; aqu no
viene nada de eso. Slo hay un alfilerito de corbata que yo tonta de
m! he comprado al pasar, en casa de Marabini, como una prueba de que te
tengo siempre en el pensamiento.

--Y yo te lo agradezco en el alma, pichona--manifest el joven haciendo
un esfuerzo supremo sobre s mismo para vencer el repentino abatimiento
y resultando de l una sonrisa forzada y amarga--. Por qu te disparas
de ese modo?... Dame eso.... Bien se conoce que tienes muy mala idea
formada de m.

Clementina se neg a entregar el recuerdo. El joven insisti
humildemente. Haba, no obstante, en sus ruegos un tinte de frialdad que
dejaba traslucir, para el espritu penetrante de una mujer, el sordo
disgusto y la tristeza que en el fondo del alma senta.

--Nada, nada; mi pobre alfilerito que ests despreciando horriblemente
... (se te conoce en la cara!) ... ir a la cajita donde guardo los
recuerdos de los muertos.

Alzse del divn; baj el velo del sombrero. Pepe an insista por
mostrarse galante y desagraviarla. Al fin, cuando ya estaba cerca de la
puerta, volvise repentinamente y sac del fondo del manguito una
primorosa carterita, que le present, mirndole al mismo tiempo
fijamente a la cara. Los ojos del joven, despus de posarse en la
cartera con vida expresin de gozo, chocaron con los de su amada.
Contemplronse unos instantes, ella con expresin maliciosa y
triunfante, l con gratitud y gozo reprimidos.

--Si siempre lo he dicho yo! Si no hay otra como mi nena para saber
querer!... Ven aqu, deja que te d las gracias, rica ma; deja que te
adore de rodillas.

Y la arrastr, embargado por el entusiasmo, hacia el divn, la oblig a
sentarse de nuevo y se dej caer de rodillas besando con fervor sus
manos enguantadas.

--Jess, qu locura!--exclam la dama un tanto confusa--. Vaya una
cosa para hacer tales extremos!

--No es por el dinero, nena ma; no es por el dinero; es porque tienes
una manera de hacer las cosas original; porque tienes la gracia de Dios;
porque eres una barbiana.... Toma, toma, retemonsima!

Y le abrazaba las rodillas y se las besaba con calurosos ademanes. No
contento, se prostern an ms y le bes los pies o por mejor decir, el
tafilete de sus zapatos.

--Qu bajo eres, Pepe!--exclamaba ella riendo.

--No importa que me llames lo que quieras. Soy tuyo, tuyo hasta la
muerte! Te quiero ms que a Dios. Quiero a estos piececitos tan ricos y
los beso. Lo ves? A ver; que venga alguien a decirme que no debo
hacerlo.

Clementina le miraba risuea. No era fcil averiguar si gozaba en
realidad o se diverta simplemente con aquella adoracin o ms bien
aquel regocijo estrepitoso de perro que se arrastra el sentirse
acariciado y lame los pies de su seor.

--No slo te debo la felicidad, sino tambin la honra. No sabes lo que
he sufrido desde anteayer por la maldita deuda--deca l con voz
conmovida.

--Volvers a jugar, eh? Volvers a jugar, perdido?--preguntaba ella
tirndole de los cabellos, borrando aquella primororosa raya que los
parta tan lindamente.

--No ... particularmente sobre mi palabra te aseguro....

--Ni sobre tu palabra, ni sobre tu dinero, grandsimo trasto.... Me voy,
me voy--aadi con un gesto de mimo, levantndose y corriendo a mirar la
hora al reloj de la chimenea--. Uf, qu tarde!... Adis, chiquillo.

Y se precipit a la puerta extendiendo la mano a su amante sin mirarle.
Este no pudo besarle ms que la punta de los dedos. Corri a abrir, pero
ya ella haba echado mano al cerrojo; por cierto que se encoleriz
porque resista a sus dbiles tirones.

--Adis, adis; hasta el sbado--dijo en voz de falsete.

--Hasta pasado maana.

--No, no; hasta el sbado.

Baj la escalera con la misma precipitacin con que la haba subido,
hizo otro gesto imperceptible de despedida al portero y sali a la
calle. Sigui a pie hasta la plaza del ngel, y all detuvo un coche de
punto y se meti en l.

Eran ms de las seis. Haca una hora que estaban encendidas las luces de
los comercios. Ocultse cuanto pudo en un rincn y dej vagar su mirada
distrada sin curiosidad por las calles que iba atravesando. Su
fisonoma adquiri la expresin altiva, desdeosa, que la caracterizaba,
a la cual se aada ahora leve matiz de hasto y preocupacin. Por su
elegancia refinada, por su arrogante porte, y sobre todo por aquella
severa majestad de su rostro peregrino, nadie vacilara en diputar a
Clementina por una de las ms altas y nobles damas de la corte. No
obstante, si lo era de hecho, dado que figuraba en todos los salones
aristocrticos, en todas las listas de personas distinguidas que los
peridicos publicaban al da siguiente de cualquier sarao, carreras de
caballos, u otra fiesta cualquiera, de derecho distaba mucho de serlo
por su origen. No poda ser ms humilde. Su padre la haba tenido en una
inglesa, manceba de un tonelero irlands que haba llegado a Valencia en
busca de trabajo. Llambase Rosa Coote. Era esplndidamente bella y lo
hubiera sido ms a cuidar algo del adorno o alio de su persona. La
miseria, en que ordinariamente viva aquel hogar ilcito, la haba hecho
sucia y andrajosa. El granuja del mercadal de Valencia y la bella
inglesa se entendieron a espaldas del tonelero, dueo temporal de las
gracias de sta. Salabert era ms joven, ms gallardo: el vicio de la
borrachera no le tena dominado como a aqul. Rosa le sigui a su
zaquizam abandonando al primer amante. A los pocos meses de vivir
juntos, Salabert, a quien se present ocasin de partir a Cuba como
camarero de un vapor, la abandon a su vez. La inglesa, que llevaba ya
en sus entraas el fruto de aquella pasajera unin, rod algn tiempo
sin proteccin, sin recursos, por las calles de la ciudad, hasta que
entr en relaciones con un carpintero del Grao que la recogi y lleg a
hacerla su legtima esposa. Clementina se cri como intrusa en aquel
nuevo hogar. Su madre era una mujer violenta, irascible, con rfagas de
ternura, que slo guardaba para sus hijos legtimos. A ella, por todas
las seales, la aborreca y en ella veng injustamente el agravio de su
padre. Qu terrible infancia la de Clementina! Si en Madrid se supiesen
ciertos pormenores, si en rpida visin pudiesen ofrecerse a los ojos de
la sociedad elegante algunas escenas por las que aquella altiva y
encopetada dama pas, pocos envidiaran su existencia. Qu torturas,
qu refinamientos de crueldad! A los cuatro o cinco aos ya estaba
obligada a ser la vigilante guardadora de otros dos hermanitos. Si en
esta vigilancia decaa un punto, el castigo vena inmediatamente; pero
no el castigo como quiera, el golpe pasajero, el estirn de orejas; no.
El castigo era meditado con ensaamiento, procurando herir donde ms
doliera y donde ms durase el dolor.... Los vecinos haban acudido ms
de una vez a los lamentos de la infeliz criatura; haban increpado a la
madre desnaturalizada. De ello no resultaba ms que alguna reyerta
fragorosa en que la feroz irlandesa, chapurrando el valenciano, se
despachaba a su gusto contra las comadres del barrio, y con mayor encono
despus contra la causante de aquel disgusto. A todas horas gritaba que
iba a meterla en la Inclusa. A esto se opona el carpintero, que se
jactaba de ser hombre de bien y compasivo, que alguna vez intervena en
los castigos para aplacarlos, pero que la mayor parte de las veces
dejaba a su esposa "que ensease a su hija", como l deca a los vecinos
que le recriminaban. Sus ideas pedaggicas chocaban con sus instintos
piadosos, y cuando lograban sobreponerse ay de la desgraciada nia!

Aquella serie de inauditas crueldades terminaron al fin con otra mayor
que trajo consigo la intervencin de la justicia. La madre
desnaturalizada, no sabiendo ya de qu modo atormentar a su hija, la
hizo algunas quemaduras en el trasero con una buja. Una vecina averigu
el hecho casualmente, lo comunic a otras vecinas, se arm el
consiguiente escndalo en el barrio, dieron parte al juez, se instruy
causa, y, probado el delito, la inglesa fu condenada a seis meses de
crcel y la nia recogida en un establecimiento de beneficencia.

Un ao despus lleg a Valencia Salabert, si no hecho un potentado, con
alguna hacienda. Enterronle de lo ocurrido. Fu a ver a su hija al
colegio de nias pobres. La sac de all y la puso en otro de pago,
adonde por rara casualidad iba a visitarla. En la poblacin, sin
embargo, fu loado su rasgo de generosidad. El saba hacerlo valer en la
conversacin ofrecindose a los ojos de sus conocidos como un ejemplo
vivo de amor paternal y contraste notable frente a la perversidad de su
antigua querida. Poco ms tarde se cas en Madrid. Fu su esposa la hija
de un comerciante en camas de hierro y colchones metlicos de la calle
Mayor. Era una joven bastante feta y enfermiza; pero buena, afectuosa y
con cincuenta mil duros de dote. Llambase Carmen. A los tres o cuatro
aos de casados, sta, vindose cada vez ms delicada de salud, perdi
la esperanza de tener familia. Sabiendo que su marido tena una hija
natural en un convento de Valencia, le propuso, con generosidad no muy
frecuente, traerla a casa y considerarla como hija de ambos. Salabert
acept con gusto la proposicin. Fu a buscar a Clementina, y desde
entonces cambi por entero la suerte de esta infeliz nia.

Tena entonces catorce aos y era ya un portento de hermosura, mezcla
dichosa del tipo ingls correcto y delicado y de la belleza severa de la
mujer valenciana. Su tez guardaba los reflejos suaves, nacarados de la
raza sajona. En su mirada azul y sombra haba la misma profundidad y
misterio que en los ojos negros de las valencianas. Poco desarrollada
an por virtud de su crudelsima infancia, por la vida sedentaria,
despus, del convento, en cuanto cambi de clima y de forma de vida
adquiri en dos o tres aos la elevada estatura y las majestuosas
proporciones con que hoy la vemos. Sus partes morales dejaban bastante
ms que desear. Era su temperamento irascible, obstinado, desdeoso y
sombro. Si naci con estos vicios o fueron el resultado de sus brbaros
martirios, de su tristsima infancia, no es fcil resolverlo. En el
convento, donde nadie la trataba mal, no fu bien querida de sus
maestras y compaeras por su carcter receloso, por la ausencia de
cario que se notaba en su corazn. Los disgustos de sus compaeras, no
slo no la conmovan, sino que despertaban en sus labios una sonrisa
cruel, que las dejaba yertas. Luego tena, de vez en cuando, accesos de
furor que la haban hecho temible y odiosa. En cierta ocasin, a una
nia que le haba dicho algunas palabras ofensivas le ech las manos al
cuello y estuvo muy prxima a asfixiarla. Nunca fu posible despus que
le pidiese perdn, segn exiga la superiora. Prefiri estar recluda un
mes, a humillarse.

Los primeros meses que pas en casa de su padre fueron de prueba para la
buena D. Carmen. En vez de una nia alegre y agradecida al inmenso
favor que la haca, se encontr frente a frente de una fierecilla, un
ser antiptico sin afecto ni sumisin, extravagante y caprichosa hasta
un grado sorprendente, cuya risa no brotaba ruidosa sino cuando algn
criado se caa o el lacayo reciba una coz de los caballos. Pero no se
desanim. Con el instinto infalible de los corazones generosos,
comprendi que si aquella tierra no daba amor era porque hasta entonces
slo se haba sembrado odio. Los afectos dulces residen en todo ser
humano, como en todo cuerpo la electricidad: mas para hacerlos vibrar,
precisa someterlos a una fuerte corriente de cario por algn tiempo. Y
esto fu lo que hizo D. Carmen con su hijastra. Durante seis meses la
tuvo envuelta en una atmsfera tibia de afecto, en una red espesa de
atenciones delicadsimas, de testimonios constantes de vivo y afectuoso
inters. Al fin, Clementina, que principi por mostrarse desdeosa y
luego indiferente a aquel cario, que pasaba horas y horas encerrada en
su cuarto y slo iba a las habitaciones de su madrastra cuando la
llamaba, que no tena jams con sta una expansin viviendo en absoluta
reserva, sucumbi repentinamente; sinti vibrar en su corazn ese algo
maravilloso que une a las criaturas humanas como a todos los cuerpos del
Universo. Cambi de un modo extrao, violento, como todo lo que proceda
de su temperamento singular. Cay, cuando menos se pensaba, de hinojos
ante D. Carmen, dedicndole un respeto tan profundo, un cario tan
apasionado, que la buena seora qued estupefacta y le cost gran
trabajo creer en su sinceridad. En su alma se haba operado al fin la
revelacin de la ternura. Al calor maternal de aquella bondadosa seora,
su corazn de hielo se haba derretido. La esencia divina del amor
penetr donde, hasta entonces, slo haba entrado la esencia de Satans.

Fu un verdadero milagro. En vez de pasar la vida en su cuarto, no saba
salir del de su madrastra a quien llamaba mam, con un gozo, con un
fuego, con una pronunciacin tan decidida, como slo se observa en los
devotos sinceros al dirigirse a la Virgen. Devocin poda llamarse
tambin lo que Clementina senta por la esposa de su padre. Asombrada de
que en el mundo existiese un ser tan dulce, tan tierno, no se hartaba de
mirarla como si acabase de bajar del cielo. Quera adivinarle los
pensamientos en los ojos, quera adelantarse a sus menores deseos,
quera que nadie la sirviese ms que ella, quera, en fin, como todo
enamorado, la posesin exclusiva del objeto de su amor. Una levsima
seal de descontento de D. Carmen bastaba para confundirla y sumirla en
el ms acerbo dolor. Aquella criatura tan altanera, que haba llegado a
hacerse odiosa a todos, se humillaba con placer intenso, a su madrastra.
Era su humillacin la del mstico que se postra por una necesidad
invencible del espritu. Cuando senta la mano de la seora
acaricindole el rostro, pensaba sentir la de Dios mismo. Apenas se
atreva a rozar con sus labios aquellos dedos flacos y transparentes.

Slo para su madrastra haba cambiado tan radicalmente. Con los dems,
incluso con su mismo padre, segua mostrando la misma frialdad
despreciativa, el mismo carcter obstinado y altivo. Si apareca alguna
vez ms dulce y tratable, no haba que achacarlo a su voluntad, sino al
mandato expreso de D. Carmen. En cuanto este mandato cesaba o se
olvidaba, volva a su primitivo ser malvolo. Los criados la aborrecan
por el orgullo insufrible que comenz a manifestar as que se di cuenta
de su estado de princesa heredera; por no encontrar tampoco en ella
ninguna compasin para sus faltas. La que ms padeci en su servicio fu
la institutriz inglesa que su padre la haba trado. Era ya entrada en
aos, pero tena gusto en vestirse y aliarse como una damisela. Esta
inocente mana sirvi tantas veces de burla a la nia, que slo la
necesidad le pudo obligar a tolerarlo. Pobre mujer! Todos sus secretos
tcnicos de tocador fueron entregados sin piedad a la befa de los
criados. Sus imperfecciones fsicas despertaban, contrahechas por la
doncella de la seorita, algazara en la cocina. En cierta solemne
ocasin, un da de banquete, Clementina le escondi la dentadura, que
tena sobre el tocador para limpiarla. Cualquiera puede figurarse la
desazn que esto produjo a la vieja _miss_. La cual se vengaba
cndidamente de ella llamndola _seorita Capricho y_ ponindole por
temas, en los ejercicios de ingls y francs, algunas mximas y
aforismos que le escociesen, verbigracia: "La soberbia es la lepra del
alma. La nia soberbia es una leprosa de quien todos deben apartarse
con horror"--. "Quien no respeta a los mayores nunca llegar a ser
respetado", etctera. Clementina se rea de estos desahogos. Alguna vez
lleg su insolencia hasta cambiar la sentencia de la profesora por otra
de su invencin. Donde deca: "Nada hay tan feo y despreciable como una
joven altanera", pona la discpula: "Nada hay tan ridculo y digno de
risa como una vieja presumida". Alborotbase _la miss_, daba parte a D.
Carmen, llamaba sta a su hijastra, la reprenda dulcemente, y al verla
triste y acongojada desarrugaba el ceo y la besaba cariosamente. Y
hasta otra. La verdad es que tena razn _miss_ Ana y los dems criados
al decir que la seora era quien echaba a perder a la chica. D. Carmen,
viviendo en una espantosa soledad moral, estaba tan cautivada y
agradecida al vivo cario que a todas horas le demostraba su hijastra,
que no tena ojos para ver sus faltas, y si los tena careca de fuerzas
para corregirlas.

A los diez y ocho aos era Clementina una de las mujeres ms bellas y
uno de los mejores partidos de Madrid. El caudal de su padre haba
crecido como la espuma. Estaba considerado como uno de los banqueros
importantes de la villa y no se le conoca otro heredero ni era ya de
presumir que lo tuviese. Comenzaron los jvenes de la aristocracia, de
la sangre y el dinero, los socios ms eminentes del _Club de los
Salvajes_, a festejarla apremindola con vivas declaraciones. Si iba a
una tertulia, un grupo de muchachos la tena constantemente amurallada;
si a la iglesia, otro grupo mayor la esperaba en correcta formacin a la
salida; si al paseo de la Castellana, apuestos caballeros galopaban en
las inmediaciones de su coche sirvindola de escolta. En el teatro
veinte pares de gemelos estaban sin cesar posados sobre ella. El nombre
de Clementina Salabert sala en todas las conversaciones de la juventud
elegante, se vea impreso en todas las crnicas de salones, sonaba en
Madrid como el de una de las ms brillantes estrellas del firmamento
aristocrtico. Tuvo buena porcin de amoros o noviazgos que no
produjeron huella alguna en su corazn. Tomaba y dejaba los novios
inconsideradamente, con lo cual adquiri fama de coqueta y casquivana.
Pero esto no es obstculo para que una muchacha encuentre adoradores. Al
contrario, el amor propio de los hombres les incita a dedicar sus
lisonjas a tal clase de mujeres, siempre con la esperanza vanidosa de
ser el clavo que fije la rueda de la veleta. Tampoco fu serio
inconveniente para ella cierto murmullo grosero y malicioso que se
levant y corri por todo Madrid con motivo de la amistad original que
entabl con un joven y clebre torero. La inocencia y debilidad de D.
Carmen tuvo buena parte en ello. No slo consinti esta buena seora que
el torero entrase en la casa y se sentase a su mesa, sino tambin que
las acompaase en pblico en ms de una ocasin. Con esto y con
brindarle la muerte de algunos toros, la maledicencia, que anda suelta
en la capital como en las provincias, tuvo suficiente pretexto para
ensaarse ferozmente con la envidiada beldad. Mas como no pudo aportar
otra cosa que sospechas atrevidas y vagas conjeturas, y como por otra
parte existan dos datos positivos que las contrapesaban sobradamente, a
saber, la hermosura y la riqueza excepcionales de la joven, la calumnia
no produjo merma en los adoradores; slo sirvi para que algn
desengaado escupiese con ms facilidad su bilis.

Clementina ofreca en sus modales y discursos, en esta edad, y la
ofreci siempre despus, cierta tendencia al _flamenquismo_, o sea a las
formas desenvueltas, a la serenidad burlona, al desgarro especial de las
chulas de Madrid. Semejante tendencia se hallar ms o menos exagerada
en toda la alta sociedad madrilea. Es un signo que la caracteriza y la
distingue de la de otros pases. Hay en esta inclinacin que se observa
en Madrid, en el alczar como en la zahurda, algo de bueno: no es todo
malo. Por lo pronto significa una protesta contra esa continua mentira
que el refinamiento y la complicacin de las frmulas sociales trae
siempre consigo. Es loable la correccin en los modales y la medida en
las palabras; pero exageradas producen la frialdad tediosa que nuestros
diplomticos observan en los salones extranjeros.

Clementina exageraba un poco su aficin a las palabras y a los gestos
flamencos. El gusto le haba venido no se sabe cmo, por contagio tal
vez de la atmsfera, dado que las seoras de su categora no suelen
alternar mucho tiempo con las chulas. Haba tenido una doncellita nacida
y criada en Maravillas. Esta fu en sus ratos de expansin quien le
proporcion mayor cantidad de vocablos y modismos. Luego su amistad con
el torero que hemos mencionado; las relaciones que mantuvo despus con
algunos seoritos cultivadores del gnero; los teatros por horas, donde
se copian, no sin gracia, las costumbres de la plebe madrilea; la
amistad con Pepa Fras y otras aristocrticas _manolas_ fueron
inicindola poco a poco y la introdujeron al cabo en pleno flamenquismo.
Fu entusiasta admiradora de los toros. Por milagro dejaba de asistir a
una corrida desde su palco, ataviada con la consabida mantilla blanca y
los consabidos claveles rojos. Y discuta las suertes, y fulminaba
censuras, y tributaba aplausos, y era tenida entre los aficionados por
acrrima y fervorosa _lagartijista._ El espectculo nacional, animado y
sangriento, estaba muy conforme con su naturaleza violenta, indmita.
Cuando vea a otras seoras taparse los ojos o hacer otros melindres
ante las peripecias de la corrida, rea sardnicamente, como si dudase
de la sinceridad de su espanto.

Entre los varios adoradores y solicitantes que su mano tuvo, y que
entraban y caan de su gracia alternativa y rpidamente, lleg uno que
logr fijar algo ms su atencin. Llambase Toms Osorio. Era un joven
de veintiocho a treinta aos de edad, rico, exiguo y delicado de figura,
de rostro agraciado y genio vivo y resuelto. Supo hacerse valer ms que
los otros, o por clculo o por verdadera independencia de carcter. Al
entrar en amores con ella no se entreg por completo ni abdic su
voluntad. En cuantas reyertas de alguna importancia tuvieron durante
sus largas relaciones, pues no duraron menos de dos aos, mantuvo con
energa su dignidad. Era de temperamento bilioso, soberbio,
despreciativo como ella, confiado en su dinero, y posea un donaire
maligno que le daba prestigio entre las damas. Gracias a estas
cualidades, Clementina no se cans de l tan pronto como de los otros.
Al cabo de dos aos, sin embargo, cuando faltaban slo algunos das para
realizarse el matrimonio, rompieron de un modo sonado y hasta
escandaloso. Todo Madrid se enter. Los comentarios fueron infinitos. De
ellos resultaba que quien haba tomado la iniciativa para cortar las
relaciones haba sido el novio. Tales dichos, exactos o no, llegaron a
odos de Clementina e hirieron su orgullo tan vivamente, que le falt
poco para enfermar de ira.

Pas un ao. Tuvo algn noviazgo de poca importancia. Osorio tambin
galante a otras jvenes. En ambos se conservaba vivo, no obstante, el
recuerdo de sus amores. A ella la agitaba un deseo punzante de venganza.
Mientras aquel hombre anduviese en sociedad tan contento como
aparentaba, se senta humillada. En l, a pesar de su disfraz de
indiferencia, arda el fuego del amor o por lo menos del deseo.
Clementina haba fascinado sus sentidos, haba penetrado en su carne:
por ms esfuerzos que haca no poda arrancarla de s. A todas horas
soaba con ella, la vea ante sus ojos cada vez ms incitante y
apetecible. Cuanto ms tiempo pasaba ms creca el fuego que le consuma
y ms esfuerzo y dolor le costaba adoptar un continente altivo e
indiferente al encontrarse con ella en cualquier sarao. Clementina, con
la sagacidad bastante comn en las mujeres, lleg al cabo a adivinar que
su antiguo novio segua adorndola en secreto y sinti un regocijo
maligno. Desde entonces no se visti, no se adorn ms que para l; para
aturdirle, para fascinarle, para hacerle beber la amarga copa de los
celos.

De esta poca data la fama ruidosa que adquiri como mujer elegante.
Clementina en este punto era una gran artista. Saba vestirse de tal
modo que las telas, ni por sus vivos colores, ni por su riqueza,
atrajesen demasiado la vista en perjuicio de la figura. Comprendiendo
que el traje en la mujer no debe ser un uniforme sino adorno, un medio
de hacer resaltar las perfecciones con que la naturaleza la hubiese
dotado, no obedeca ciegamente a la moda. En cuanto sta atentase poco o
mucho a la exposicin de su belleza, la esquivaba con valor o la
modificaba. Rehua los colores chillones, la profusin de lazos, los
peinados complicados. Consideraba a su cuerpo como una estatua y la
vesta como tal. De aqu una cierta tendencia, que constantemente se
manifestaba en sus trajes, haca el ropaje, esto es, hacia la amplitud
de los pliegues, hacia la vestidura larga. Su figura gallarda,
majestuosa, ganaba mucho de esta manera. Algo la pronunci despus de
casada, pero no lleg a exagerarla, retenida por su buen gusto. Sola
vestirse de blanco. Con esto y con peinar sus cabellos del modo
sencillsimo que los tiene la Venus de Milo, semejaba al parecer en los
salones hermosa estatua que llegase de la Grecia. Una cosa haca muy
digna de censura en el terreno moral, aunque no lo sea en el del arte:
descotarse con exageracin. Una de las sumas bellezas que posea era el
pecho. Pareca amasado por las Gracias para trastornar a los dioses. No
haba en Madrid una garganta mejor modelada, ni un seno mejor puesto,
ms delicado, ms atractivo. El deseo vanidoso de mostrarlo, no
contenido por la vigilancia saludable de una madre, le hizo incurrir en
ms de una ocasin en las censuras de la sociedad. Porque la infeliz D.
Carmen, a ms de no hallarse muy al tanto de los usos sociales, era tan
dbil con los caprichos y fantasas de su hijastra, que los tomaba sin
inconveniente por actos razonables, por expresin de su gusto
indiscutible y su elegancia. Algn disgusto le proporcion tal vanidad.
En cierta ocasin, al presentarse en noche de baile en casa de Alcudia,
la marquesa le dijo al saludarla:

--Muy linda, muy linda, Clementina. Est usted admirablemente
vestida.... Pero me parece que la han descotado mucho.... Venga usted
conmigo, ya arreglaremos eso.

Y la llev a su tocador y con maternal solicitud le puso en el pecho
unos cfiros que ocultaron lo que en realidad no deba mostrarse. La
joven procur disimular su vergenza achacando la falta a la modista. No
obstante se sinti tan humillada por aquella leccin y por la sonrisa
compasiva que la acompa, que nunca ms pudo ver desde entonces a la
devota marquesa.

Con este soplar incesante y adecuado, la llama de Osorio tomaba cada vez
ms incremento. Ya no era poderoso por ms tiempo a guardarla en el
pecho. Al cabo se confi a su hermana, que era amiga bastante ntima de
la joven. Rogla que tantease el terreno a ver si poda avanzar de nuevo
el pie sin peligro de precipitarse. Mariana di el recado. Clementina
escuchlo con mal refrenada alegra y le meti los dedos en la boca
hasta que la pnfila seora de Caldern desembuch lo que tena dentro y
pudo convencerse de que Toms arda en amores por ella. Cuando se
cercior bien, respondi con palabras ambiguas y riendo: "Lo pensara,
lo pensara.... Estaba muy agraviada por lo que se haba dicho de la
ruptura de sus relaciones.... Pero en fin, no le quitaba por completo
las esperanzas".

Se puso a meditar con atencin sobre el medio de satisfacer las
exigencias de su amor propio herido, y al cabo de algunos das formul a
Mariana la siguiente proposicin: "Para que consintiese en dar su mano a
Toms, era indispensable que ste la pidiese de rodillas a sus padres
delante de los testigos que ella elegira a su gusto". A ninguna
espaola de pura raza se le hubiera ocurrido semejante extravagancia.
Precisa llevar en las venas sangre britnica para concebir un
refinamiento tan monstruoso de la soberbia. Cuando Osorio tuvo
conocimiento de la resolucin de su ex novia, se enfureci atrozmente;
declar con arrogancia que antes que pasar por tal humillacin le
haran cachos. No se volvi, pues, a hablar del asunto. Siguieron las
cosas como antes. Mas como a pesar de sus rabiosos esfuerzos el gusano
del apetito le roa cada vez con ms crueldad las entraas, el msero,
al cabo de dos meses, cay en gran abatimiento. Sintise desfallecer de
amor y de deseo. No tuvo fuerzas para alejarse de Madrid. Volvi a rogar
a su hermana que otra vez entablase las negociaciones. Clementina, que
estaba bien penetrada ya de que le tena en su poder, se mostr
inflexible. O pasar por aquellas singulares horcas caudinas, o nada.

Y Osorio pas. Qu haba de hacer? Efectuse la extraa ceremonia una
tarde en casa de la novia. Al llegar a ella Osorio se encontr con unas
veinte personas del sexo femenino, que Clementina haba elegido entre
las conocidas ms envidiosas, las que ms haban murmurado con motivo de
su ruptura. Adopt la mejor actitud para semejante caso. Grave, solemne,
suelto de lengua y ademanes, dejando traslucir un poco de irona, como
si estuviese representando una comedia por satisfacer la fantasa de una
enferma. Dijo algunas palabras previamente acerca de la historia de sus
relaciones. Reconocise culpable. Elogi desmesuradamente a Clementina,
con tan poca medida, que en ocasiones pareca estar burlando. Se confes
indigno de aspirar a su mano. Por fin manifest que siendo ella tan
digna de ser adorada y tan grande la ventura de poseer su mano, no crea
hacer nada de ms pidindola de rodillas a sus padres. Al propio tiempo
dobl una. D. Carmen vino a levantarle riendo y le abraz con efusin.
Clementina tambin le di un apretn de manos, ms alegre al ver lo bien
y dignamente que sala del paso, que satisfecha en su orgullo. La verdad
es que en aquella ocasin sinti hacia l lo que nunca ms volvi a
sentir, una migaja de amor. Si hubo humillacin en semejante escena
result para ella, por la frescura y el aplomo desdeoso con que su
novio la llev a trmino. Pero no importa. La mujer goza ms viva y ms
ntimamente observando la superioridad del hombre que humillndole.
Clementina fu feliz aquella tarde.

Pero si Osorio sali bien del paso, no le perdon jams la intencin de
humillarle; porque era tan orgulloso como ella. La pasin frentica que
le haba inspirado sofoc por algn tiempo todo otro sentimiento. Su
luna de miel fu tan pegajosa como breve. El choque entre aquellos dos
caracteres, de igual obstinacin y fiereza, era ineludible. Vino pronto
y vino con una serie de pequeos desabrimientos que hicieron desaparecer
en un instante del corazn de la joven los fugaces destellos de amor que
su marido le haba inspirado. En l dur ms tiempo la pasin. El
conocimiento que cada cual tena del otro los hizo prudentes, rehuyendo
un choque formidable que haba de ser funesto. Pero vino al fin. Se dijo
entre los murmuradores que Osorio, cansado de la indiferencia y los
desdenes de su esposa, en una hora fatal de ira y desesperacin la haba
ultrajado con su misma doncella y en el mismo tlamo nupcial. Despus
de esta escena, que no sabemos si se realiz con los pormenores
horrendos que algunos contaban, qued roto el matrimonio para siempre.
Osorio, sin derecho ya para intervenir en la conducta de su mujer, se
vi obligado a ser mero espectador de ella. Entregse Clementina sin
reserva, sin disimulo, puede decirse tambin que sin pudor, a todos los
galanteos que se le ofrecieron. El, por su parte, para contrarrestar el
ridculo, que a causa de ellos pudiera tocarle, dise con ms descaro
an a la disipacin. Extrajo mujeres de las ltimas clases sociales y
las convirti en seoras, rodendolas de un lujo deslumbrador. La
Felipa, la Socorro y la Nati, cortesanas famosas en la capital, que
fueron queridas de muchos personajes, ministros, banqueros y grandes de
Espaa, lo haban sido antes de l. El fu quien, por medio de sus
celestinas, las haba sacado de la calle de la Paloma, del barrio de
Triana en Sevilla o del Perchel, de Mlaga, y haba gozado de sus
primicias.

Dentro de casa, marido y mujer se hablaban muy poco, lo indispensable
solamente. Para evitar la molestia que les producira sentarse solos a
la mesa tenan siempre algn convidado. Fuera se trataban con expansiva
y natural confianza. Alguna vez Osorio iba a buscar a su esposa a ltima
hora a la reunin o teatro donde se hallase. Pero esto era valor
entendido en el mundo. Todos saban a qu atenerse respecto a sus
relaciones. Ordinariamente, Clementina sala del brazo de su amante.
Charlaban largo rato en el _foyer_, a presencia de todos, esperando el
coche. Entraba al fin en ste. Antes de partir todava cambiaban en tono
confidencial buena copia de frases entreveradas, de alegres carcajadas.
La moral, la moral elegante quedaba a salvo con que el amante no entrase
en el mismo coche, aunque fuesen pocos minutos despus a juntarse en el
dulce retiro de un gabinete particular.

Cuando Clementina lleg a su casa eran las seis y media. Silb el
cochero. Sali de su pabelloncito el portero a abrir la puerta de la
verja y luego la del coche. El mismo se encarg de pagar al cochero. La
dama, sin decir una palabra, entr en el jardn, que era exiguo pero
lindo y bien cuidado. Subi la escalera de mrmol, debajo de una gran
marquesina que ocupaba ms de la mitad de la fachada del _htel_. No era
ste muy grande, pero s fabricado con lujo y arte, de piedra blanca de
Novelda y ladrillo fino. Osorio lo haba hecho construir haca solamente
cuatro o cinco aos. Como los planos fueron largamente meditados y
discutidos, ofreca una adecuada distribucin, que lo haca ms cmodo
tal vez que el de su suegro, con ser este tres o cuatro veces mayor.

Hall a un criado en el recibimiento.

--Estefana dnde anda?

--Hace ya un buen rato que ha llegado, seora.

Atraves un magnfico vestbulo iluminado por dos grandes lmparas con
bombas esmeriladas sostenidas por sendas estatuas de bronce, sigui por
el corredor y tom la escalera que conduca al principal sin tropezarse
con nadie. Cerca ya del saln que daba ingreso a su _boudoir_, hall a
Fernando, un criadito de catorce aos vestido con librea muy cuca y
adecuada a sus aos.

--Estefana?

--Debe de estar en la cocina.

--Que suba inmediatamente.

Entr en el _boudoir_, y yendo al espejo de cuerpo entero sostenido por
dos pies derechos de madera dorada, se despoj del sombrero. Era el
gabinete una pieza reducida, vestida toda ella de raso azul con cenefas
de cartn-piedra imitando una guirnalda de flores. Sobre la chimenea,
vestida tambin de raso, haba dos magnficos candelabros y un reloj,
obra de nuestros plateros del siglo pasado. Los enseres de la chimenea
eran igualmente de plata. La alfombra blanca con cenefa azul. En medio
un confidente forrado de tis de oro. Butacas, sillas doradas. En el
suelo dos grandes almohadones de pluma. En un rincn el espejo; en otro
un escritorio de madera taraceada estilo Pompadour; en los otros dos
unas columnas forradas de terciopelo azul sosteniendo dos quinqus que
esclarecan ahora la estancia. Comunicaba esta pieza por un lado con el
tocador de la seora y ste con su dormitorio; por el otro con un
saloncito donde sola recibir a sus amigos los martes por la tarde o
jugar al tresillo de noche con los ntimos. En el _boudoir_ slo
entraban algunas pocas amigas de confianza que iban a visitarla en horas
no sealadas. Aqu era donde celebraba esos coloquios secretos, tan
sabrosos para las mujeres, donde su pensamiento se vaca por entero,
pasando de lo ms escondido y profundo a las frivolidades del da, los
pormenores del traje y de la moda.

Pocos segundos despus de quitarse el sombrero apareci Estefana. Era
una jovencita plida con hermosos ojos negros. Vesta, dentro de su
condicin, con elegancia y primor. Por encima del traje traa un
delantal color gris orlado de puntilla blanca.

--Ya podas aguardarme, chiquilla! Dnde estabas metida?--dijo con
tono de mal humor y distrado a la vez la seora.

--Estaba en la cocina.... Haba ido a darle unas puntadas a la falda de
Teresa, que se le ha roto en un clavo--repuso con afectada humildad la
doncella.

Clementina guard silencio, absorta sin duda en sus pensamientos.
Colocada frente al espejo se dej despojar del abrigo, contemplndose al
propio tiempo con esa curiosidad eterna que las mujeres hermosas sienten
por s mismas.

--Has estado en casa de Escolar?--pregunt al cabo distradamente.

--S, seora.

--Qu ha dicho?

--Que no tiene ahora una seda tan doble en ese color, pero que si la
seora quiere enviar por ella.

--Puf! Para ese viaje no necesitamos alforjas.... Y en _La
Perfeccin_?

--S, seora. Que el sbado enviarn los gorros.

--Has preguntado cmo segua el padre Miguel?

--No he tenido tiempo.... Est tan lejos!...

--Cmo lejos? Pues no has ido en coche?

--No, seora.... Juanito me ha dicho que la yegua estaba desherrada....

--Por qu no te ha puesto uno de los caballos normandos?

--No s.... Siempre encuentra alguna disculpa cuando la seora me manda
salir en coche.

--Tal me parece.... Descuida, hija: ya arreglar yo eso. Bueno est el
seor Juanito, con sus nfulas de indispensable!

Al echar una mirada a su doncella reflejada en el espejo, crey observar
algo extrao en sus ojos. Se volvi para mejor verlo. En efecto,
Estefana los tena enrojecidos.

--T has llorado, chica!

--Yo?... No, seora, no.

La manera de negarlo era hipcrita. La seora no tuvo necesidad de
insistir mucho para que se lo confesase y aun la causa de su llanto.

--El jefe, seora--comenz a gimotear--, el jefe, que las ha tomado de
poco tiempo a esta parte conmigo.... En cuando digo cualquier cosa,
suelta la carcajada o dice una porquera.... Y los dems claro, los
dems, como me tienen ojeriza porque la seora me quiere, y por adular
al jefe, se ren tambin.... Porque le he dicho hoy que se lo dira a la
seora, me ha llenado de insolencias y me ha echado de la cocina.

--Echado! Y quin es l para echarte?--exclam con mpetu el ama.--V
a llamarle. Es menester que yo caliente las orejas, lo mismo a ese necio
que a Juanito. Si nos descuidamos van a mandar en esta casa los criados
ms que los amos!

--Seora ... yo no me atrevo. Quiere que le enve recado por Fernando?

--Haz lo que quieras, pero llmale.

Se haba irritado vivamente al escuchar los sollozos de su doncella.
Estefana era su predilecta, a quien distingua entre todos los criados
y confiaba gran parte de sus secretos. Como todos los dspotas presentes
y pasados, estaba dominada sin darse cuenta de ello. El carcter
zalamero y adulador de la doncellita haba ganado su corazn de tal
manera, que con l, sin saberlo ella misma, le haba entregado la
voluntad. Estefana era de hecho quien mandaba en la casa, pues que
mandaba en la seora. El criado que no entraba en su gracia, poda
prepararse a salir en plazo ms o menos corto. Y suceda lo que puede
darse como regla segura en tales casos, que la preferida y amada de la
seora era profundamente antiptica a la servidumbre. No acaece esto
solamente por esa pasin vergonzosa que en mayor o menor grado reside en
todos los seres humanos, la envidia, sino tambin porque es condicin
precisa del hipcrita y adulador con el grande, ser al propio tiempo
altanero y malvolo con el pequeo.

Llamado por Fernando, a quien Estefana di el encargo, no tard en
presentarse en la puerta del gabinete el cocinero, con los atavos del
oficio, esto es, con mandil y gorra blanca; todo blanqusimo. Era un
mocetn de treinta aos, de rostro fresco y no desgraciado, con largas
patillas negras. En el ceo que contraa su frente, en la preocupacin
que se observaba en sus ojos, comprendase que ya saba a qu vena
llamado. Clementina se haba sentado en el confidente. Estefana se
haba retirado a un rincn y puso los ojos en el suelo al entrar el
jefe.

--Vamos a ver, Cayetano; acabo de saber que despus de tratar con muy
poca consideracin a esta chica, la ha echado usted de la cocina. Le
llamo para decirle que ni yo consiento que ningn criado trate mal a
otro, ni usted est facultado para echar a nadie dentro de mi casa.

--Seora ... yo no la he tratadu mal.... Es ella, la que nus trata mal a
todus ... pincha aqu, pincha all, sin dejarnus en paz--tartamude el
cocinero con marcado acento gallego.

--Bueno, pues si pincha aqu y pincha all, ningunu de ustedes est
facultadu para desvergonzarse con ella.... Se me dice a m y
concludo--, replic vivamente la seora imitando el acento del jefe.

--Es que....

--Es que, nada. Ya sabe usted lo que le he dicho. Hemos
concludo--manifest el ama con gesto imperioso.

El cocinero, con la cara encendida y todo el cuerpo tembloroso,
permaneci unos segundos inmvil. Despus, antes de retirarse, dirigi
una larga mirada iracunda a la doncellita, que segua con los ojos en el
suelo con expresin hipcrita donde se trasluca el triunfo del amor
propio.

--Chismosa!--le vomit al rostro ms que le dijo.

La seora se alz de su asiento, y rebosando de clera por tal falta de
respeto, le dijo:

--Y cmo se atreve usted a insultarla en mi presencia? Mrchese usted
pronto.... Qutese de mi vista!

--Seora, lo que le digu es que ella tiene la culpa....

--Pues si tiene la culpa, mejor.... Vyase usted.

--Todus nus iremus de la casa, seora, porque a esa mentecata no hay
quien la sufra.

--Usted, por lo pronto, como si ya se hubiese ido. Puede usted buscar
otro sitio donde servir, que yo no tolero que ningn criado se me quiera
imponer.

El cocinero quedse otra vez inmvil y estupefacto ante aquella brusca
despedida; pero reponindose en seguida gir sobre los talones, diciendo
con dignidad:

--Est bien, seora; lo buscar.

Clementina sigui murmurando despus de haberse ido:

--Pero qu atrevido es este gallegazo! Habr mastuerzo? No creo que a
nadie ms que a m le toquen semejantes criados....

Apacigundose de pronto por virtud de otra idea que le acudi, dijo:

--Anda, ven a vestirme, que ya es tarde.

Entr en su tocador seguida de Estefana. Contra lo que deba
presumirse, sta tena el semblante grave y nublado. Comenz a
despojarse rpidamente de su traje de calle para ponerse el de media
ceremonia con que coma y reciba a sus ntimos por la noche, ms claro
siempre, con un pequeo descote y los brazos cubiertos. La doncella, a
una indicacin suya, sac un traje color fresa exprimida del gran
armario de espejo que ocupaba enteramente uno de los lienzos de la
pared. Antes de ponrselo le arregl el pelo y le quit las botinas
bronceadas, sustituyndolas con el zapato adecuado. No haba abierto su
boca la plida doncellita hasta entonces, reflejando en el rostro cada
vez ms tristeza y preocupacin. Al fin, hallndose arrodillada a los
pies de su ama, levant los ojos para decirla tmidamente:

--Seora, voy a rogarle una cosa ... que no despida a Cayetano.

Clementina la mir con sorpresa:

--Esas tenemos?... Conque despus que has sido t la que....

--Es que, seora--articul Estefana ponindose todo lo colorada que
permita su tez--, si ahora le despide, me van los dems a tomar
ojeriza.

--Y a ti qu te importa?

La doncella insisti con muchas veras y cada vez con palabras ms
suplicantes y persuasivas. La seora neg poco tiempo. Como el asunto
era de poca monta y observaba no sin sorpresa el inters y aun ansiedad
que su predilecta tena en que el cocinero quedase, no tard en
concederlo, ordenndole que ella arreglase el asunto. Con esto el
semblante de la chica se anim al instante, se puso como unas pascuas y
comenz a maniobrar en torno de su ama con extraordinaria presteza.

Dos golpecitos dados en la puerta las sorprendi a ambas.

--Quin es?--pregunt la seora.

--Te ests vistiendo, Clementina?--se oy de fuera.

Era la voz de su marido. La sorpresa de la dama no disminuy por esto.
Osorio suba rarsima vez a su cuarto estando ella sola.

--S; me estoy vistiendo. Hay gente abajo?

--Los de siempre: Lola, Pascuala y Bonifacio.... Es que tengo que hablar
contigo. Te espero aqu en el saln.

--Bien; all voy.

Desde entonces hasta que termin de arreglarse, Clementina guard
silencio obstinado, expresando en el rostro una preocupacin sombra que
no pas inadvertida para su doncella. En sus dedos, al dar los ltimos
toques a los pliegues de la falda, haba un ligero temblor, como el de
las nias que por primera vez se visten para ir a un baile.

Osorio la esperaba, en efecto, en el saloncito de arriba contiguo a su
_boudoir_. Estaba sentado negligentemente en una butaca; pero al ver a
su esposa se levant, dejando caer previamente en la escupidera la punta
del cigarro que fumaba. Clementina observ que estaba algo ms plido
que de costumbre. Era el mismo hombrecillo de facciones correctas y mal
color que cuando se cas; pero en los ltimos doce aos se haba gastado
bastante su naturaleza. Muchas arrugas en la cara; el cabello gris y la
barba tambin; los ojos menos vivos.

Fu a cerrar la puerta que su mujer dej abierta, y acercndose a sta
le dijo con afectada naturalidad:

--El cajero me ha entregado hoy un recibo tuyo de quince mil pesetas....
Aqu est.

Sac la cartera y de ella un papelito satinado y oloroso, que present a
su esposa. Esta lo mir un instante con semblante grave, sombro, sin
pestaear, y guard silencio.

--Hace quince das me entreg otro de nueve mil.... Aqu est.

La misma operacin, y el mismo silencio.

--El mes pasado me present tres; uno de siete mil, otro de once mil y
otro de cuatro mil.... Aqu los tengo tambin.

Osorio agit el puado de papeles un instante delante de los ojos de la
dama. Viendo que sta no despegaba los labios, pregunt:

--Ests conforme?

--Con qu?--dijo secamente.

--Con que son exactas estas partidas.

--Lo sern si estn firmados los recibos por m. Tengo poca memoria,
sobre todo en cuestiones de dinero.

--Es una gran felicidad--repuso sonriendo irnicamente Osorio, mientras
volva a guardar en la cartera los papeles--. Yo tambin he intentado
muchas veces prescindir de ella. Desgraciadamente, el cajero se encarga
siempre de refrescrsela a uno.... Bueno!--aadi, viendo que su mujer
no replicaba--. Pues no he subido a otra cosa ms que a hacerte una
pregunta, y es la siguiente: Crees que las cosas pueden seguir de este
modo?

--No entiendo.

--Me explicar: crees que puedes seguir tomando de la caja cada pocos
das cantidades tan crecidas como stas?

Clementina, que estaba plida cuando entr, se haba puesto fuertemente
encarnada.

--Mejor lo sabrs t.

--Por qu mejor?... T debes de saber adnde llega tu fortuna.

--Bien, pues no lo s--replic refrenando con trabajo su despecho.

--Nada ms claro. Los seiscientos mil duros que tu padre me ha entregado
al casarme, como estn en fincas producen, segn puedes enterarte de los
libros, unos veintids mil duros. El gasto de la casa, sin contar con
el mo particular, suma bien tres veces esa cantidad.... Saca ahora, si
quieres, la consecuencia.

--Si te pesa que se gaste de tu dinero, puedes vender las casas--dijo
Clementina con desdeosa sequedad, volviendo a ponerse plida.

--Es que si se vendiesen, maana sera yo responsable con mi dinero de
su importe. No sabes eso?

--Firmar cualquier papel diciendo que no se te haga cargo de nada.

--No basta, querida, no basta. La ley no me exime nunca de responder de
la dote mientras tenga dinero.... Adems, si t te lo gastases
_alegremente_ (recalc esta palabra), el negocio sera para ti muy
bueno, pero para m deplorable, porque siempre me quedaba en la
obligacin de ... subvenir a tus necesidades.

--De mantenerme, verdad?--dijo ella con irona amarga.

--Quera evitar esa palabra ... pero, en efecto, es la ms exacta.

Hablaba Osorio en un tonillo impertinente y protector que estaba
desgarrando por varios sitios la soberbia de su esposa. Desde las
feroces reyertas que haban producido su separacin debajo del mismo
techo, no haban tenido una entrevista de tal especie como la presente.
Cuando por la convivencia se originaba algn rozamiento, resolvanlo por
una breve y seca explicacin de pasada, en que ambos, sin deponer el
orgullo, usaban de prudencia por temor del escndalo. Pero ahora el
asunto tocaba en lo ms vivo a Osorio. Para un banquero, por esplndido
que sea, lo ms vivo es el dinero. Adems su amor propio, aunque otra
cosa aparentase, haba sufrido mucho en los ltimos aos. No basta
fingir indiferencia y desdn ante los extravos de una esposa; no basta
pagarle en igual moneda pasendole por delante de los ojos las queridas,
hacer gala de ellas ante el pblico. Las armas sern iguales, pero las
heridas que la mujer causa son ms profundas y ms graves que las del
hombre. El malestar que la conducta libre de su esposa le causaba no
disminua con el tiempo. El abismo que los separaba era cada vez ms
profundo. Por eso, la airada venganza coga esta ocasin por los pelos.

Clementina le mir un instante. Luego, encogindose de hombros y
haciendo con los labios una leve mueca de desdn, di la vuelta y se
dispuso a salir de la estancia. Osorio avanz unos pasos colocndose
entre ella y la puerta.

--Antes de irte quiero que sepas que el cajero tiene orden de no pagar
ningn recibo que no vaya visado por m.

--Enterada.

--Para tus gastos tendrs una cantidad fija, que ya determinaremos cul
ha de ser. No quiero ms sorpresas en la caja.

Clementina, que iba a salir por la puerta de la antesala, retrocedi
para hacerlo por la de su _boudoir_. Antes de desaparecer, teniendo el
portier levantado con una mano y encarndose con su marido, le dijo con
reconcentrada ira:

--Al fin resultas un puerco como tu cuado; slo que ste no las echa
como t de generoso.

Dej caer el portier y di un gran portazo.

Osorio hizo un movimiento para arrojarse detrs de ella; pero
reponindose instantneamente grit ms que dijo para que le oyese bien:

--Es claro! soy un puerco porque no quiero mantener seoritos
hambrientos. Que los mantengan las viejas que los utilizan!

Despus de proferida esta ferocidad qued satisfecho al parecer, porque
en sus labios se dibuj una sonrisa de triunfo y sarcasmo.

Cinco minutos despus ambos esposos estaban en el comedor riendo y
bromeando con los tres o cuatro convidados que tenan.




IV

#Cmo alentaba a la virtud el seor duque de Requena.#


A ver, a ver, explica eso.

--Seor duque, el negocio es clarsimo. Hoy he hablado con Regnault. La
mina puede producir, cambiando los hornos, construyendo algunas vas y
estableciendo maquinaria a propsito, una mitad ms de lo que
actualmente rinde. Puede llegar a producir sesenta mil frascos de
azogue. El dinero necesario para lograr esto no pasa de ciento a ciento
cincuenta mil duros.

--Me parece mucho.

--Mucho, para un resultado como ese?

--No; me parecen muchos frascos.

--Pues a m no me cabe duda de que es verdad lo que dice Regnault. Es un
ingeniero inteligente y prctico. Seis aos ha estado explotando las de
California. Adems, el ingeniero ingls que ha ido con l asegura lo
mismo.

Los que as hablaban eran el duque de Requena y su secretario, primer
dependiente o como quiera llamarse, pues en la casa no haba apelativo
designado para l. Llambasele simplemente Llera. Era un mozo asturiano,
alto, huesudo, de rostro plido y anguloso, brazos y piernas
largusimos, grandes manos y pies, brusco y desgarbado de ademanes y con
unos ojos grandes de mirar franco y sincero donde brillaba la voluntad y
la inteligencia. Era un trabajador infatigable, asombroso. No se saba a
qu horas coma ni dorma. Cuando llegaba a las ocho de la maana al
escritorio, ya traa hecha la tarea de cualquier hombre en todo el da.
A las doce de la noche an se le poda ver muchas veces con la pluma en
la mano en su despacho. Con ese don especial para conocer a los hombres,
que poseen todos los que han de lograr xito feliz en el mundo, Salabert
penetr, al poco tiempo de tenerle por nfimo escribiente, el carcter
y la inteligencia de Llera. Y sin darle gran consideracin en
apariencia, porque esto no entraba jams en su proceder, se la di de
hecho acumulando sobre l los trabajos de ms importancia. En poco
tiempo lleg a ser el hombre de confianza del clebre especulador, el
alma de la casa. Su laboriosidad humillaba a todos los dems empleados y
de ella se serva Salabert para cargarlos de trabajo en horas
excepcionales. Llera, a un mismo tiempo, era su secretario, su mayordomo
general, el primer oficial de su oficina, el inspector de las obras que
tena en construccin y el agente de casi todos sus negocios. Por llevar
a cabo este trabajo inconcebible, superior a las fuerzas de cuatro
hombres medianamente laboriosos, le daba seis mil pesetas al ao. El
dependiente se crea bien retribuido, considerbase feliz pensando que
haca seis aos nada ms, ganaba mil quinientas. Todos los das, antes
de dar su paseo matinal y emprender sus visitas de negocios, daba el
duque una vuelta por el despacho de Llera, se enteraba de los asuntos y
conversaba con l un rato largo o corto segn las circunstancias.

El duque tena las oficinas en los altos de su palacio del paseo de
Luchana, soberbio edificio levantado en medio de un jardn que, por lo
amplio, mereca el nombre de parque. En el verano, los rboles, tupidos
de follaje, apenas dejaban ver la blanca crestera de la azotea. En el
invierno, las muchas conferas y arbustos de hoja permanente que all
crecan, le daban todava aspecto muy grato. Era el centro de reunin de
todos los pjaros del distrito del Hospicio. Tena acceso por una gran
escalinata de mrmol. Adems del piso bajo donde se hallaban los salones
de recibir y el comedor posea otros dos. Parte del ltimo era lo que
ocupaban las oficinas, que no eran muy considerables. A Salabert le
bastaba para la direccin de sus negocios con una docena de empleados
expertos. El lujo desplegado en la casa era sorprendente: el mobiliario
vala no pocos millones. Chocaba con la avaricia, que todo el mundo
atribua a su dueo. Esta y otras contradicciones parecidas se irn
resolviendo segn vayamos penetrando en su carcter, uno de los ms
curiosos y ms dignos de fijar la atencin del lector. Las cocinas
estaban en los stanos, que eran espaciosos y bien dispuestos. El
comedor, que ocupaba la parte trasera del piso bajo, tena por
complemento un invernadero de excepcionales dimensiones, donde crecan
gran nmero de arbustos y flores exticas y donde el agua que manaba
profusamente formaba estanquecillos y cascadas muy gratos de ver; todo
imitando, en lo posible, a la naturaleza. Las cuadras estaban en
edificio aparte al extremo del jardn, lo mismo que la habitacin de
algunos criados, no todos.

El duque, repantigado en el nico silln que haba en el despacho de
Llera, mientras ste se mantena frente a l de pie dando vueltas en la
mano a unas grandes tijeras de cortar papel, pase tres o cuatro veces
de un ngulo a otro de la boca el negro y mojado cigarro, sin contestar
a las ltimas palabras de su secretario. Al fin gru ms que dijo:

--Hum! El ministro est cada da ms terco.

--Qu importa! No sabe usted el secreto de hacerle ceder?...
Telegrafe usted a Liverpool y antes de quince das el frasco de azogue
baja desde sesenta a cuarenta duros.

El duque de Requena haba formado por iniciativa y consejo de Llera,
haca cuatro aos, una sociedad o sindicato de azogues con el objeto de
acaparar todo el mercurio que saliese al mercado. Gracias a ello, este
producto haba subido extraordinariamente. La sociedad se encontraba con
un depsito inmenso en Liverpool. El plan de Llera era lanzarlo al
mercado en un momento dado, produciendo una baja enorme que asustase al
Gobierno. Esto, realizado en la poca misma del pago del emprstito de
cien millones de pesetas que el Gobierno haba hecho haca diez aos a
una casa extranjera, le empujara a pensar en la venta de la mina de
Riosa. Si por otra parte se ayudaba a la empresa sacrificando algunos
millones, subvencionando peridicos y personajes, poda darse por seguro
el xito. Este plan, formado por Llera y madurado por el duque, vena
desenvolvindose con regularidad y tocaba a su trmino.

--All veremos--manifest el opulento banquero quedndose unos instantes
pensativo--. Cuando salga a subasta--dijo al cabo--, ser necesario
formar otra sociedad. La de azogues no nos sirve para el caso.

--Claro que se formar!

--El caso es que yo no quiero comprometer en este negocio ms de ocho
millones de pesetas.

--Eso ya es otra cosa--manifest Llera ponindose serio--. Apoderarse de
un negocio de esa entidad con tan poco dinero me parece imposible. La
gerencia ir a parar a otras manos y entonces queda reducido a un tanto
por ciento mayor o menor.... es decir, a nada!

--Verdad, verdad--mascull Salabert quedndose otra vez profundamente
pensativo. Llera tambin permaneci silencioso y meditabundo.

--Ya le he indicado a usted el nico medio que hay para conseguir la
direccin....

Este medio consista en tomar una cantidad bastante crecida de acciones
en la mina al ser comprada por la sociedad; seguir comprando todas las
que se pudiesen; luego comenzar a venderlas ms baratas, hasta llegar a
producir el pnico en los accionistas. Comprar y vender perdiendo
durante algn tiempo ste era el medio que propona Llera para conseguir
la baja de las acciones y poder adquirir con mucho menos dinero la mitad
ms una y apoderarse por completo del negocio. Salabert no lo vea tan
claro como su secretario. Era la suya una inteligencia perspicaz,
minuciosa, penetrante; pero le faltaba grandeza e iniciativa en los
negocios, aunque otra cosa pensasen los que le vean acometer empresas
de excepcional importancia. El pensamiento primordial, la que pudiramos
llamar idea madre de un negocio, casi nunca naca en su cerebro; le
vena de afuera. Pero en l germinaba y se desarrollaba quiz como en
ningn otro de Espaa. Poco a poco lo iba analizando, disecando mejor,
penetraba hasta las ltimas fibras, lo contemplaba en sus mltiples
aspectos, y una vez convencido de que le reportara ventajas, se lanzaba
sobre l con rara y sorprendente audacia. Esto era lo que acerca de sus
dotes de especulador haba producido el engao del pblco. Estaba bien
convencido de que una vez resuelto a acometer la empresa, cualquier
vacilacin resultaba perjudicial. Tal audacia no proceda, pues,
directamente de su temperamento, sino de la reflexin. Era una muestra
de su astucia incomparable.

Por lo dems, su fondo era tmido. Este defecto, en vez de corregirse
con la felicidad casi nunca interrumpida de sus xitos, se aumentaba
cada da. La avaricia es medrosa y suspicaz. Salabert era cada vez ms
avaro. Adems, con los aos, el pesimismo va penetrando en el espritu
del hombre. Acostumbrado a grandes resultados en sus especulaciones,
nuestro banquero juzgaba deplorable el negocio en que no perciba
pinges ganancias. Si por acaso no obtena ninguna o haba leve prdida,
crea el caso digno de ser lamentado largamente. As que, sin el
concurso de Llera, sin su carcter osado y su imaginacin fecunda en
invenciones, el duque de Requena hara ya tiempo que no se aventurara
en un negocio de mediana importancia. En cambio, lo que haba perdido de
inventiva y audacia habalo reemplazado por un tacto y habilidad
verdaderamente pasmosos, un conocimiento de los hombres que slo la edad
y una atencin constante pueden lograr. En tal sentido puede decirse que
Llera y l se completaban a maravilla. Esta sagacidad y este
conocimiento del corazn humano llegaban en Salabert a pecar de
excesivos; esto es, se pasaba de listo en ocasiones. En su trato con los
hombres, mirndoles siempre del lado de los intereses materiales, haba
llegado a formarse tan triste idea de ellos, que resultaba monstruosa y
le expuso a serios percances. Quiz lo que vea en los otros no era ms
que el reflejo de su propia imagen como nos sucede a todos los humanos.
Para l no haba hombre ni mujer incorruptibles. Un poco ms caras o un
poco ms baratas las conciencias, todas estaban a la venta. En los
ltimos aos el soborno lleg a ser en l una mana. Si tropezaba con
personas que no se dejaban comprar, nunca imaginaba que lo hacan de
buena fe, sino porque se estimaban en mayor precio del que ofreca. Era
una de las tareas ms pesadas de Llera arrancarle de la cabeza los
proyectos de soborno cuando recaan en hombres que sin duda haban de
rechazarlos con indignacin. Si tena un pleito, lo primero que pensaba
era cunto dinero iban a costarle los magistrados que haban de
fallarlo. Si estaba interesado en un expediente gubernativo, separaba
_in mente_ la cantidad que deba destinar al ministro o al subsecretario
o a los consejeros de Estado. Desgraciadamente este lpiz negro que
tena siempre en la mano para tiznar el rostro de la humanidad, se
empleaba con resultado positivo en bastantes ocasiones.

El duque de Requena ni tena sentido moral ni nunca lo haba conocido.
Su vida de granuja annimo en Valencia, estaba sealada por una serie de
travesuras y maas chistosas, por una fecundidad tan grande en trazas
para sacar al prjimo su dinero, que lo hicieron digno mulo del
_Lazarillo de Tormes, El pcaro Guzmn de Alfarache_ y otros hroes
famosos de la novela espaola. Por cierto que antes de ir adelante
conviene expresar que un grupo de socios del Ateneo haba puesto a
Salabert el sobrenombre de _El pcaro Guzmn_ con que le conocan. Pero
este apodo no sali del crculo de amigos. Mejor xito tuvo una frase
del presidente del Consejo de Ministros explicando las iniciales del
duque. Deca que a estas iniciales A.S. deba ponrseles signo de
admiracin para que dijeran: _A Ese!_

Contbase con visos de verosimilitud que en Cuba, adonde haba ido a
buscar fortuna, compr un tabernucho en los arrabales de la Habana, con
todo su mobiliario, incluyendo en l una negra destinada a su servicio.
Esta negra, durante los aos que tuvo aquel comercio, fu su criada, su
ama de gobierno, su dependiente y su concubina. De ella tuvo varios
hijos. Cuando hubo ahorrado algunos miles de duros para restituirse a
Espaa, liquid sus cuentas vendiendo la taberna, el mobiliario, la
negra.... y los hijos!

Luego comenzaron los equipos para la tropa, los negocios de tabacos, la
subasta de carreteras, cedindolas unas veces con primas, otras
construyndolas sin las condiciones exigidas por el contrato, los
emprstitos al Gobierno, etc., etc. En todos ellos despleg nuestro
negociante su rara sagacidad, su talento positivo y un "rgano de la
adquisividad" tan poderoso, que con razn le hicieron clebre entre los
personajes de la banca.

No era antiptico su trato. Al revs de casi todos los que aspiran a las
riquezas o al poder, ni era fino en los modales ni meloso en las
palabras. Era ms bien brusco que corts; pero saba admirablemente
distinguir de personas y se suavizaba cuando haca falta. Esta misma
tosquedad nativa servale para disfrazar lo astuto y sutil de su
pensamiento. Pareca que aquel exterior burdo, rstico, aquellos modales
exageradamente libres y campechanos no podan menos de guardar un
corazn franco y leal. Era (por fuera nada ms) el tipo acabado del
castellano viejo, honradote, sincero e impertinente. Hablaba poco o
mucho segn le convena, se expresaba con dificultad real o fingida (que
esto nunca lleg a averiguarse), tena de vez en cuando salidas
chistosas, aunque siempre tocadas de grosera, y sola decir en la cara
algunas cosas desagradables que le hacan temible en los salones. La
preponderancia adquirida por sus riquezas haba hecho crecer este ltimo
defecto. A la mayor parte de las personas, aun a las damas, sola
hablarles con una franqueza rayana en el cinismo y la desvergenza;
signos del desprecio que en realidad le inspiraban. No obstante, cuando
tropezaba con un personaje poltico de los que a l le convena tener
propicios, esta franqueza tomaba otro giro muy distinto y se
transformaba en adulacin y casi casi en servilismo. Mas esta farsa,
aunque admirablemente desempeada, no engaaba a nadie. El duque de
Requena era tenido por un zorro de marca. Por milagro crea ya alguno en
sus palabras ni se dejaba cautivar por aquel aspecto rudo y bonachn.
Los que le hablaban estaban siempre en guardia, aunque fingiendo
confianza y alegra. Como sucede a todos los que han conseguido
elevarse, los defectos que universalmente se le reconocan, mejor dicho,
la mala fama que tena, no era obstculo para que se le respetase, para
que todos le hablasen con el sombrero en la mano y la sonrisa en los
labios, aunque nunca hubiesen de necesitar de l. Los hombres muchas
veces se humillan por el solo placer de humillarse. Salabert conoca
esta innata tendencia que tiene la espina dorsal del hombre a doblarse y
abusaba de ella. Muchos que vivan con independencia, no slo le
toleraban impertinencias que les hubieran parecido intolerables en algn
amigo de la infancia, sino que apetecan y buscaban su trato.

--Veremos, veremos--repiti de nuevo cuando Llera le record el medio de
apoderarse de la gerencia--. T eres muy fantstico; tienes la cabeza
demasiado caliente. No sirves para los negocios. A ver si nos pasa aqu
lo que con las alhndigas.

Por consejo de Llera, el negociante haba construdo alhndigas en
algunas capitales de Espaa, las cuales no haban tenido el xito que
esperaban. Como despus de todo el negocio no era de gran entidad, las
prdidas tampoco fueron cuantiosas. A pesar de eso, el duque, que las
haba llorado como si lo fuesen y no haba escaseado a su secretario
frases groseras e insultantes, le recordaba a cada instante el asunto.
Servale de arma para despreciar sus planes, aunque despus los
utilizase lindamente y a ellos debiese un aumento considerable de su
hacienda. Tenale de esta suerte sumiso, ignorante de su valer y presto
a cualquier trabajo por enojoso que fuera.

Un poco avergonzado por el recuerdo, Llera insisti en afirmar que el
negocio de ahora era de xito infalible si se le conduca por los
caminos que l sealaba. Salabert cort bruscamente la discusin pasando
a otros asuntos. Informse rpidamente de los del da. La prdida de una
fianza que haba hecho por un pariente de Valencia, le puso fuera de s,
buf y pate como un toro cuando le clavan las banderillas, se llam
animal cien veces y tuvo la desfachatez de decir, en presencia de Llera,
que su bondadoso corazn concluira por arruinarle. La prdida, en
total, representaba unas veintids mil pesetas. Las fianzas que el duque
haca por sus ms ntimos amigos o parientes eran del tenor siguiente:
Las haca generalmente en papel, exiga al afianzado un seis por ciento
del capital depositado, y se encargaba adems de cortar y cobrar los
cupones. De suerte que el capital, en vez de redituarle lo que a todos
los tenedores de valores del Estado, le produca un seis por ciento
ms. As eran los negocios que el duque haca, no tanto por inters como
por impulso irresistible de su corazn.

Sali furioso del despacho de su secretario, fuese a la caja y
aprendiendo all que iban a mandar a cobrar al Banco nueve mil duros de
cuenta corriente, l mismo recogi el _taln_ despus de firmarlo. Deba
pasar por all a celebrar una Junta como consejero, y de paso ningn
trabajo le costaba hacerlo efectivo. Sali a pie como era su costumbre
por las maanas. En las hermosas conferas que bordaban los caminos del
jardn-parque cantaban alegremente los pjaros. Se comprenda que no
haban puesto fianza alguna y la haban perdido. El seor duque maldita
la gana que tena de cantar ni aun escuchar sus regocijados trinos. Pas
de largo con el semblante torvo, sin responder a los saludos de los
jardineros y del portero, mordiendo con ms ensaamiento que nunca su
enorme cigarro. En la calle no tard en colorearse un poco su rostro.
Tuvo un encuentro agradable y til. El presidente del Consejo de Estado,
a quien le gustaba tambin madrugar, le salud en el paseo de Recoletos.
Hablaron algunos momentos y los aprovech para recomendarle, con la
brusquedad calculada que le caracterizaba, un expediente de ciertas
marismas en que estaba interesado. Despus, a paso lento, mirando con
sus ojos saltones, inocentes, a los transeuntes, detenindolos
particularmente en las frescas domsticas que regresaban a sus casas con
la cesta de la compra llena y las mejillas ms coloradas por el
esfuerzo, se dirigi al Banco de Espaa. Era mucha la gente que le
quitaba el sombrero. De vez en cuando se detena un instante, daba un
apretn de manos, y cambiando con el conocido que tropezaba cuatro
palabras en tono familiar y desenfadado, segua su camino.

Era temprano an. Antes de llegar al Banco se le ocurri subir a casa de
su amigo y compariente Caldern. Tena ste su almacn y su escritorio
en la calle de San Felipe Neri, tal cual su padre lo haba dejado, esto
es, pobrsimo de apariencia y hasta lbrego y sucio. En aquel local,
donde la luz se filtraba con trabajo al travs de unos cristales
polvorientos resguardados por toscos barrotes de hierro, donde el olor
de las pieles curtidas llegaba a producir nuseas, el viejo Caldern
haba ido amontonando con mecnica regularidad duro sobre duro, onza
sobre onza, hasta formar algunas pilas de milln. Su hijo Julin nada
haba cambiado. A pesar de ser uno de los banqueros ms ricos de Madrid,
no haba querido prescindir del almacn de pieles, y eso que este
comercio, comparado con el de letras y efectos pblicos que la casa
llevaba a cabo, poco le representaba. Caldern era un tipo de banquero
distinto de Salabert. Tena un temperamento esencialmente conservador,
medroso hasta el exceso para los negocios, prefiriendo siempre la
ganancia pequea a la grande cuando sta se logra con riesgo. De
inteligencia bastante limitada, cauteloso, vacilante, minucioso. Toda
empresa nueva le pareca una locura. Cuando vea fracasar a un
compaero en alguna, sonrea maliciosamente y se daba a s mismo el
parabin por el gran talento de que estaba dotado. Si renda ganancias,
sacuda la cabeza murmurando con implacable pesimismo: "Al freir ser el
reir". Econmico, avaro mejor dicho, hasta un grado escandaloso en su
casa. Si la tena puesta con relativo lujo haba sido a fuerza de
splicas de su mujer, de burlas de sus amigos, y sobre todo porque haba
llegado a convencerse de que necesitaba gozar de cierto prestigio
exteriormente si haba de competir con los muchos e inteligentes
banqueros establecidos en la corte. Los tiempos haban cambiado mucho
desde que su padre acaparaba una parte considerable de los giros de la
plaza. Pero despus de comprados cuidaba con tal esmero de la
conservacin de los muebles, exiga tal refinamiento de vigilancia a los
criados, a su mujer y a sus hijos, que en realidad eran todos esclavos
de aquellos costosos artefactos. Pues si vamos al coche, no es posible
imaginarse los temores, las agitaciones sin cuento que le costaba. Cada
vez que el cochero le deca que un caballo estaba desherrado, era un
disgusto. Tena un tronco de yeguas francesas de bastante precio. Las
mimaba tanto o ms que a sus hijos. Sacbalas a paseo por las tardes;
pero no le conducan al teatro por miedo a una pulmona. Prefera que su
mujer fuese a pie o en coche de alquiler, a exponerse a la prdida de
una de ellas. No hay que decir, si alguna se pona enferma, lo que
pasaba por nuestro banquero. La preocupacin, el abatimiento se pintaban
en su semblante. Visitbala a menudo, la acariciaba, y no pocas veces
ayudaba al cochero y al veterinario a las curas, aunque consistiesen en
ponerle lavativas. Hasta que la enferma sanase no haba buen humor en la
casa.

Era un marido cominero. Para eso tal vez no le faltaba razn. La apata
de su mujer era tan grande, que si l no se encargase de tomar la cuenta
a la cocinera y manejar las llaves de los armarios, Dios sabe cmo
andara la casa. Mariana no dispona ni ejecutaba nada. Su papel era el
de una hija de familia, y lo aceptaba sin pesar. Otra mujer cualquiera
se creera humillada necesitando acudir a cada instante a su marido para
los menesteres ms insignificantes de la vida domstica. Ella juzgbalo
natural, y sobre todo muy cmodo cuando la srdida economa de Caldern
no la apretaba demasiado. La que alguna vez protestaba sordamente contra
esta exclusiva centralizacin de las atribuciones administrativas era su
madre, aquella seora delgadsima, de ojos hundidos, de quien hicimos
mencin en el primer captulo. Tales protestas no eran, sin embargo,
frecuentes ni duraderas. En el fondo haba un acuerdo perfecto entre la
suegra y el yerno. La vieja, como viuda de comerciante de provincia, a
quien haba ayudado a labrar su capital, era ms amante an del orden y
la economa, mejor dicho, era todava ms tacaa que l. Por esto no
haba podido vivir jams con su hijo: su excesivo gasto, y sobre todo el
despilfarro, los caprichos escandalosos de Clementina, la irritaban, la
amargaban todos los instantes de la existencia. En casa de Caldern, su
papel era el de vigilante o inspector de la servidumbre, el cual
desempeaba a maravilla. Su yerno descansaba confiadamente en ella.
Gracias a esto y a que esperaba que mejorase a Mariana en el testamento,
la guardaba ms consideraciones que a sta.

Salabert era, en el fondo, tan avaro como Caldern y casi tan tmido,
pero mucho ms inteligente. Su timidez estaba contrapesada por una buena
dosis de fanfarronera: su avaricia por un conocimiento profundo de los
hombres. Saba bien que el aparato, la ostentacin de las riquezas,
influye notablemente hasta en el nimo de los ms despreocupados;
contribuye en sumo grado a inspirar la confianza necesaria para acometer
empresas importantes. De aqu el lujo con que viva, su palacio, sus
trenes, los bailes famosos que de vez en cuando daba a la sociedad
madrilea. El carcter de Caldern le inspiraba un desprecio profundo:
al mismo tiempo le despertaba el buen humor. Al ver la pequeez de su
amigo se creca, contemplbase ms grande de lo que en realidad era y
experimentaba viva satisfaccin. No se juzgaba solamente ms hbil, ms
astuto (nicas ventajas que positivamente le llevaba), sino generoso y
liberal, casi un prdigo.

Penetr resoplando en el tenebroso almacn de la calle de San Felipe
Neri, dejando como siempre estupefactos, abatidos, aniquilados a los
dependientes, para los cuales el duque de Requena no era slo el primer
hombre de Espaa, sino un ser sobrenatural. Producales su vista la
misma impresin de espanto y entusiasmo, de temor y fervorosa adoracin
que a los japoneses el gran Mikado. Y si no se prosternaban y hundan su
frente en el polvo como aqullos, por lo menos se ponan colorados hasta
las orejas y no acertaban en algunos minutos a colocar la pluma sobre el
papel ni prestaban atencin a lo que el parroquiano les deca. Mirbanse
con seales de pavor y decanse en voz baja lo que de sobra saban
todos: "El duque!" "El duque!" "El duque!"

El duque pas, como sola cuando por casualidad iba por all, sin
dignarse arrojarles una mirada, y se fu derecho al pequeo departamento
donde Caldern sola estar. Mucho antes de llegar a l comenz a decir
en voz alta:

-Caramba, Julin! cundo saldrs de esta cueva? Esto no es una casa de
banca; es una cuadra. No tiene vergenza el que viene a visitarte. Puf!
Pero desollis aqu tambin las reses, o qu? Hay un hedor insufrible.

Caldern ocupaba, al final del almacn, un rincn separado del resto por
un biombo de tabla pintada con una puertecita de resorte. Pudo escuchar,
pues, todas las palabras de su amigo antes que ste empujase la mampara.

--Qu quieres, hombre!--dijo algo amoscado por haberse enterado los
dependientes de la filpica--; no todos somos duques ni se nos enredan
los millones en los pies.

--Qu millones! Se necesitan millones para tener un despacho limpio y
confortable? Lo que debes confesar es que te duele gastar una peseta en
adecentarle. Te lo he dicho muchas veces, Julin; eres un pobre y toda
la vida lo sers. Yo con mil reales ser ms rico siempre que t con mil
duros; porque s gastarlos.

Caldern gru algunas protestas y sigui trabajando. El duque, sin
quitarse el sombrero, dejse caer en la nica butaca que all haba
forrada de badana blanca, o que debi de ser blanca. Ahora presentaba un
color indefinible entre amarillo de mbar, ceniza y verde botella, con
fuertes toques negros en los sitios de apoyar la cabeza y las manos.
Haba adems tres o cuatro banquetas forradas de lo mismo y en idntico
estado, una estantera de pino llena de legajos, una caja pequea de
valores, una mesa de escribir antiqusima de nogal y forrada de hule
negro, y detrs de ella un silln tosco y grasiento donde se hallaba
sentado el jefe de la casa. Aquel pequeo departamento estaba
esclarecido por una ventana con rejas. Para que los transeuntes no
pudiesen registrarlo haba visillos que, a ms de ser de lo ms
ordinario y barato en el gnero, ofrecan la curiosa circunstancia de
ser el uno demasiado largo y el otro tan corto que le faltaba cerca de
una cuarta para tapar por completo el cristal de abajo.

--Pero hombre, ya que no te mudes de casa deja ese dichoso comercio de
pieles, que no es digno de un hombre de tu representacin y tu fortuna.

--Fortuna ... fortuna--mascull Caldern sin dejar de mirar el papel en
que escriba--. Ya s que se habla de mi fortuna.... Si fusemos a
liquidar, quin sabe lo que resultara!

Caldern no confesaba jams su dinero: gozaba en echarse por tierra.
Cualquier alusin a su riqueza le molestaba en extremo. Por el
contrario, a Salabert le gustaba dar en rostro con sus millones y
representar el _nabab_; por supuesto, a la menor costa posible.

--Adems--sigui diciendo con mal humor--, todo el mundo se fija en lo
que entra, pero nadie atiende a lo que sale. Los gastos que uno tiene
son cada vez mayores. A que no sabes lo que llevo gastado este ao,
vamos a ver?

--Poca cosa--respondi el duque con sonrisa despreciativa.

--Poca cosa? Pues pasa de setenta y cinco mil duros, y an estamos en
Noviembre.

--Qu dices?--manifest el duque con viva sorpresa--. No puede ser.

--Lo que oyes.

--Vaya, vaya, no me metas los dedos por los ojos, Julin.... A no ser
que en esos setenta y cinco mil duros estn incluidos los gastos de la
casa que ests fabricando en el Horno de la Mata.

--Pues naturalmente.

Al duque le acometi al oir esto tal golpe de risa, que por poco se
ahoga. Caysele el cigarro. La faz, ordinariamente amoratada, se puso
ahora que daba miedo. El golpe de tos que le vino, acompaando a la
risa, fu tan vivo, que pareca que iba a desplomarse presa de la
congestin.

--Hombre, tiene gracia! tiene muchsima gracia eso!--dijo al cabo
entre los flujos de la risa y de la tos--. No se me haba ocurrido hasta
ahora.... De aqu en adelante incluir en los gastos de mi casa todas
las compras de valores y todas las casas que edifique. Voy a aparecer
con ms gasto que un rey.

La risa tan franca y ruidosa del duque molest y corri
extraordinariamente a Caldern.

--No s a qu viene esa risa.... Si sale de la caja, en el captulo de
gastos est.... De todas maneras, Antonio, ms sabe el loco en su casa
que el cuerdo en la ajena.

El duque, de algn tiempo a esta parte, menudeaba las visitas a su amigo
y compaero. Empezaba a hacerle la rosca para atraerle al negocio de las
minas de Riosa. Se aproximaba el momento en que haba de efectuarse la
subasta. Necesitaba para entonces contar con algunos accionistas de
consideracin. D. Julin lo era, tanto por el capital que representaba,
como por su carcter mismo. Gozaba en el mundo de los negocios fama de
precavido, de receloso mejor. De suerte que el hecho de tomar parte en
cualquier especulacin la acreditaba de segura, y esto era lo que
Salabert necesitaba. No quiso molestarle, pues, muy fuertemente y cambi
la conversacin. Con la gran flexibilidad, con la finura que posea bajo
su corteza ruda, supo ponerle de buen temple loando su previsin en
cierto negocio fracasado donde no se dej coger, desollando a otros
negociantes enemigos y reconocindole tcitamente sobre ellos
superioridad de talento y penetracin. Cuando le tuvo bien trasteado,
hablle por tercera o cuarta vez, en trminos vagos, del negocio de la
mina. Ofrecalo como un ideal inaccesible para meterle en apetito. Si
algn da fuera posible comprar esa mina, qu gran negocio! No haba
conocido otro ms claro en su vida. Lo peor era que el Gobierno no
estaba dispuesto a soltarla. Sin embargo, f..., con un poco de habilidad
y trabajndolo bien, acaso con el tiempo.... Para entonces necesitbanse
algunos hombres que no tuviesen inconveniente en invertir un buen
capital. Si no los hallaba en Espaa, ira al extranjero a buscarlos....

Caldern, al oir hablar de un negocio, se encoga como los caracoles
cuando los tocan. El de ahora era tan gordo, por los datos indecisos que
el duque le suministraba, que le oblig a meterse de golpe en la
cscara. As que Salabert comenz a precisar un poco, psose torvo y
sombro, mostrse receloso e inquieto, como si entonces mismo le fuesen
a exigir una cantidad exorbitante.

Cuando hubo concludo su largo discurso, un poco incoherente, que
pareca ms bien un monlogo, el duque se levant bruscamente.

--Vaya, Julianito, me voy de aqu al Banco.

Al mismo tiempo sac otro cigarro de la petaca, y sin ofrecerle, porque
no fumaba, lo encendi por frmula, pues los dejaba apagarse en seguida
para seguir mordindolos.

D. Julin respir con satisfaccin.

--T siempre con esa actividad febril!--dijo, sonriendo y alargndole
la mano.

--Siempre detrs del dinero!

Cuando ya iba a trasponer la puerta, Caldern se acord de que poda
utilizar aquella visita.

--Oye, Antonio: tengo ah un montn de _londres_.... Las quieres? Te
las doy baratas.

--No me hacen falta ahora. Cmo las cedes?

--A cuarenta y siete.

--Son muchas?

--Ocho mil libras entre todas.

--Siento no necesitarlas. Es buena ocasin. Adis.

Trasladse al Banco, asisti a la reunin, y despus de hacer efectivos
los nueve mil duros del _taln_, sali con su amigo Urreta, otro de los
clebres banqueros de Madrid. Al llegar cerca de la Puerta del Sol, se
dieron la mano para despedirse.

--Adnde va usted?--le pregunt Salabert.

--Voy de aqu a casa de Caldern, a ver si puede facilitarme _londres_.

--Es intil el paseo--repuso vivamente el primero--. Todas las que tena
acabo yo de tomrselas.

--Hombre, lo siento. Y a cmo se las ha puesto?

--A cuarenta y seis, diez.

--No son baratas; pero me hacen mucha falta y aun as las tomara.

--Le hacen a usted falta de verdad?--dijo Salabert echndole al mismo
tiempo el brazo sobre los hombros.

--De verdad.

--Pues voy a ser su Providencia. Qu cantidad necesita usted?

--Bastante. Diez mil libras lo menos.

--No puedo tanto; pero por ocho mil, puede usted enviar esta tarde.

El rostro de Urreta se ilumin con una sonrisa de agradecimiento.

--Hombre, no puedo permitir!... A usted le harn falta tambin....

--No tanto como a usted.... Pero aunque as fuera.... Ya sabe usted que
se le quiere mucho. Es usted el nico guipuzcoano con talento que he
tropezado hasta ahora.

Al mismo tiempo, como le llevara abrazado, le daba afectuosas palmaditas
en el hombro. Estrechronse de nuevo la mano, y despus que Urreta se
deshizo en frases de gratitud, a las cuales contestaba Salabert en ese
tono brusco y campechanote que tanto realza el mrito de cualquier
servicio, se despidieron.

El duque tom inmediatamente un coche de alquiler.

--A la calle de San Felipe Neri, nmero....

--Est bien, seor duque--repuso el cochero.

Alz la cabeza el prcer para mirarle.

--Hola! Me conoces?

Y sin aguardar la contestacin se meti adentro y cerr la portezuela.

--Julin.... Julin--grit a su amigo antes de abrir la mampara del
escritorio--. Vengo a hacerte un favor.... Qu suerte tienes, maldito!
Mndame esas _londres_ a casa.

--Hola!--exclam el banquero con sonrisa triunfal--. Las necesitas?

--Si, f...., s! Siempre me ha de hacer falta a m lo que a ti te
conviene soltar.... Adis....

Y sin entrar en el despacho dej libre la mampara de resorte que tena
sujeta y se fu. Di las seas al cochero de un hotel situado en el
barrio Monasterio y se reclin en un ngulo, mordiendo su cigarro y
resoplando con evidente satisfaccin. Experimentla nuestro banquero
despus de cometer aquella granujada, despus de despojar a su amigo
Caldern de unas cuantas pesetas, como el justo al concluir un acto de
justicia o de caridad. Su imaginacin, siempre alerta para los asuntos
donde hubiese dinero, vag, mientras el carruaje le conduca al
Hipdromo, al travs de los varios negocios en que estaba comprometido;
pero se detuvo muy particularmente en el de la mina de Riosa. La
combinacin de Llera le iba pareciendo cada vez mejor. Sin embargo,
tena sus puntos flacos. A reforzarlos se aplic con el pensamiento,
hasta que el coche se detuvo delante de la verja de un hotelito de
construccin barata, con muchos adornos de yeso y madera que le hacan
semejar a las obras de confitera.

Apresurse el portero a abrirle con acatamiento. Salv en tres pasos el
diminuto jardn. Al subir las pocas escaleras del piso bajo sali a la
puerta una criada joven.

--Hola, Petra: y tu ama?

--Duerme todava, seor duque.

--Pues ya son las doce--dijo sacando su cronmetro--. Voy a subir de
todos modos.

Y pasando por delante de ella, entr en la antesalita ochavada.
Despojse del gabn que la domstica recibi y se encarg de colgar.
Subi al piso principal. El dormitorio donde penetr era un gabinete con
alcoba, separados por columnas y una gran cortina de brocatel. Estaba
amueblado con lujo de gusto dudoso. En vez del sello que imprime
cualquier persona, si no es enteramente vulgar, al decorado y adorno de
sus habitaciones, observbase la mano del mueblista que cumple el
encargo que le han dado, segn el patrn corriente. Las puertas de
madera del balcn estaban abiertas. La luz penetraba por un transparente
que representaba un paisaje de color de chocolate. Las paredes estaban
acolchadas con damasco amarillo; las sillas eran doradas igual que una
mesilla de centro y un armarito para colocar chucheras.

Observbase en aquella estancia, perteneciente a una mujer, el mismo
desorden que suelen presentar los cuartos de los estudiantes o
militares. Diversas prendas de vestir, enaguas, cors, medias, andaban
esparcidas por las sillas. Sobre la rica alfombra de terciopelo haba
algunos escupitajos y puntas de cigarro. En la delicada mesilla del
centro una licorera con las botellas casi vacas y las copas fuera de su
sitio. El duque ech una mirada torva a esta licorera y alz suavemente
la cortina de la alcoba. En primoroso lecho de bano con incrustaciones
de marfil, reposaba una joven de tez blanca, blanqusima, y cabellos
negros, negrsimos. Reposaba con un abandono sin delicadeza, en una
posicin de animal bien cebado. Hasta en el sueo es posible conocer la
condicin y espiritualidad de la persona.

Salabert tuvo un momento la cortina suspendida. Luego la sujet con
cuidado, y sentndose en una butaquita que haba al lado de la cama, se
puso a contemplar con fijeza a la bella dormida. Porque era bella en
efecto y en grado excelso. Sus facciones, notablemente correctas y
delicadas: perfil griego, frente pequea y bonita, nariz recta, labios
rojos un poco gruesos; la tez, un prodigio de la naturaleza, mezcla de
alabastro y ncar, de rosas y leche, debajo de la cual corra la vida
abundante y rica. Los cabellos, negros y brillantes, estaban sueltos,
manchando con el aceite perfumado la almohada de batista. A pesar de lo
fro del tiempo, tena un brazo y casi medio cuerpo fuera de las
sbanas. Verdad que en el gabinete arda con vivo e intenso fuego la
chimenea. El brazo estaba enteramente desnudo y era de lo ms hermoso y
mejor torneado que pudiera verse en el gnero. Pero la mano que estaba
al cabo de este brazo no corresponda a su belleza. Era una mano donde
la holganza presente no haba conseguido borrar las huellas del trabajo
pasado, mano pequea, pero deformada, con los dedos macizos y
aporretados, mano plebeya elevada de repente al patriciado.

Aunque el banquero no se mova, la fijeza y avidez de sus ojos posados
sobre la joven ejercieron sobre ella la consabida influencia magntica.
Al cabo de algunos minutos cambi de postura, suspir con fuerza y abri
los ojos, que eran negros como la tinta. Fijronse un instante con vaga
expresin de asombro en el duque, y cerrndolos de nuevo murmur una
interjeccin de carretero, hundiendo al mismo tiempo su cara en la
almohada. Luego, como si repentinamente cruzara por su mente la idea de
que haba hecho una cosa fea, di la vuelta, abri de nuevo los ojos y
dijo sonriendo:

--Hola! Eres t?

Al mismo tiempo le alarg la mano. El duque se la estrech, y alzndose
de la butaca le di un sonoro beso en la mejilla, diciendo:

--Si quieres dormir ms te dejar. No he venido ms que a darte un beso.

Pero no era uno, sino buena porcin los que le estaba aplicando en
ambas mejillas. La joven frunci el entrecejo, disgustada de aquellas
caricias, que por venir de un viejo no deban de serle agradables.
Adems, ya se ha dicho que los labios del duque, por efecto de la mana
de morder el tabaco, solan estar sucios.

Quita, quita!--dijo al fin rechazndole--. No me sobes ms. Bastante me
has sobado ayer tarde. Me he lavado tres veces. Ech sobre m un frasco
de rosa blanca y todava a las doce de la noche me ola mal.

--Olor de tabaco.

No: el olor del tabaco me gusta. Olor de viejo.

Esta salida brutal no despert la indignacin del duque como era de
presumir. Solt una carcajada y le di una palmadita cariosa en la
mejilla.

--Pues no me salen baratos los besos.

Tampoco esta cnica replica alter a la bella, que en el mismo tono de
mal humor dijo:

--Ya lo creo. Y cuantos ms aos tengas, ms caros te irn saliendo....
Dame un cigarro.

El duque sac la petaca.

--No traigo ms que tabacos.

--No quiero eso.... Ah, sobre ese chisme de escribir, debe de haber.
Treme.

El banquero tom de encima de un pequeo escritorio taraceado algunos
cigarritos y se los present. La joven prepar uno con la destreza de un
consumado fumador y lo encendi con el fsforo que el duque se apresur
a sacar. Este intent otra vez aproximar sus labios repugnantes al
hermoso rostro de la fumadora, pero fu rechazado con violencia.

--Mira, o te ests quieto o te vas!--dijo ella con energa--. Sintate
ah.

Y le seal la butaquita prxima al lecho.

El banquero se dej caer en ella, mirando a la joven con sus grandes
ojos saltones, que expresaban temor.

--Eres una gatita cada da ms arisca. Abusas de mi cario, mejor dicho,
de mi locura.

Posea, en efecto, uno de los temperamentos ms lbricos que pudiera
encontrarse. Toda la vida haba sido, en achaque de mujeres, ardiente,
voraz. En vez de corregirse con los aos, esta aficin fu creciendo
hasta dar en una mana repugnante. Era notoria en Madrid. Sabase que
para satisfacerla, despus que haba llegado a la opulencia, tuvo mil
extraos caprichos que pag con enormes caudales. Se le haban conocido
queridas de extraos y remotos pases, entre ellas una circasiana y una
negra. Era en realidad esta pasin la compuerta por donde se escapaba
como un ro su dinero. Pero era al mismo tiempo el nico que no le dola
gastar. El boato de su casa le causaba dolor, un cosquilleo punzante: lo
mantena por clculo y por fanfarronera, pero le pesaba en el alma,
aunque aparentase otra cosa. All, en las intimidades secretas de su
casa, cuando no haba de trascender al pblico, escatimaba, regateaba,
sustraa de una cuenta cualquier cantidad por insignificante que fuese;
no tena inconveniente en mentir descaradamente para escamotear a un
comerciante algunas pesetas. El dinero que las mujeres le costaban
entregbalo sin vacilaciones ni remordimientos, como si todos sus
trabajos y desvelos, sus grandes y continuos clculos para extraer el
jugo a los negocios no tuviesen otra significacin ni otro destino que
el de adquirir combustible para aumentar el fuego de su liviandad.

Entre las muchas queridas pagadas que haba tenido, ninguna adquiri
tanto ascendiente sobre l como la que tenemos delante. Era sta una
joven de Mlaga, llamada Amparo, que haca tres o cuatro aos venda
flores por los teatros y tena su kiosco en Recoletos. Desde luego llam
la atencin por su belleza y desenvoltura y se hizo popular entre los
elegantes. Festejronla, persiguironla, y aunque al principio resisti
a los ataques, cuando stos vinieron en forma positiva, se dej vencer.
Fu, durante algn tiempo, la querida del marqus de Dvalos, un joven
viudo con cuatro hijos, que gast con ella sumas cuantiosas que no le
pertenecan. Por gestiones activas de su familia, por escasearle ya el
dinero y por desvo de la misma Amparo, que hall otro pollo mejor para
desplumar, se rompi esta relacin, no sin sentimiento tan vivo del
joven marqus que le produjo cierto trastorno intelectual. Despus del
sustituto de ste, tuvo Amparo otros varios queridos en la aristocracia
de la sangre y el dinero. Fu conocida y popular en Madrid con el nombre
de Amparo la malaguea. En los paseos, en los teatros, adonde acuda con
asiduidad, constituy durante tres o cuatro aos un precioso elemento
decorativo. Porque a ms de su hermosura singular, haba llegado a
adquirir en poco tiempo, si no distincin, elegancia. Saba vestirse,
facultad que no es tan comn como parece, sobre todo en esta clase de
mujeres. Tena bastante instinto para buscar la armona de los colores,
la sencillez y pureza de las lneas. No pretenda llamar la atencin,
como la mayor parte de sus iguales, por lo exagerado de los sombreros y
el vivo contraste de los colores. Por sta razn haba entre las damas
madrileas cierta indulgencia hacia ella. En sus natos de murmuracin le
guardaban ms consideraciones que a las otras; la reconocan un cutis
muy fino, unos ojos muy hermosos, y gusto.

Fuera de esta dote natural que la acercaba a las seoras de verdad,
Amparo era en su trato tan tosca, tan incivil, tan bestia y tan
ignorante como lo son casi siempre en Espaa las criaturas de su
condicin, al menos en el presente momento. Ms adelante quiz lleguen a
ser tan cultas y refinadas como las cortesanas de la Grecia. Hoy son lo
que arriba se ha dicho, sin nimo, por supuesto, de ofenderlas. Despus
de pertenecer al marqus de Dvalos y a otros tres personajes, sin
perjuicio de los devaneos furtivos que se autorizaba, vino al poder del
duque de Requena, o ste al poder de ella, que es lo ms exacto.
Salabert, segn iba envejeciendo y menguando en energa (para todo lo
que no fuese adquirir dinero, se entiende), creca en sensualidad. El
vicio se transformaba en desorden vergonzoso, en pasin desenfrenada,
como suele acaecer a los viejos y a los nios viciosos. Amparo di con
l en esta ltima etapa y logr apoderarse de su voluntad sin
premeditacin. Era demasiado necia para concebir un plan y seguirlo. Su
carcter desigual, brutalmente soberbio, su misma estupidez, que la
haca no prever las consecuencias de sus actos, la ayudaron a dominar al
clebre banquero. Haca un ao que era su querida y que estaba instalada
en aquel hotelito del barrio de Monasterio. Al principio procuraba
refrenar su genio y tenerle contento mostrndose dulce y amable. Pero
como esto le costaba un esfuerzo, y como, por otra parte, pudo
cerciorarse en seguida de que los desdenes, el mal humor v hasta los
insultos, lejos de enfriar la pasin del duque la encendan ms, di
rienda suelta a su genio. Apareci la criatura salida del cieno, con su
grosera, sus inclinaciones plebeyas, su carcter agresivo y
desvergonzado. El duque, que hasta entonces haba logrado mantener su
independencia frente a sus queridas y eso que de algunas lleg a
prendarse fuertemente, se encaprich de tal modo por sta, que al poco
tiempo le toleraba frisos que ajaban su dignidad y tiempo adelante actos
que an ms la escarnecan. Por supuesto, este dominio duraba solamente
los momentos de sensualidad, las horas que consagraba al placer. As que
sala del templo de Venus, recobraba su razn el imperio, volva a sus
empresas con creciente ambicin.

Amparo fumaba tranquilamente en silencio, enviando pequeas nubes de
humo al techo. De pronto hizo un movimiento brusco, e incorporndose
dijo:

--Voy a vestirme. Toca ese botn.

El duque se levant para cumplir el mandato. A los pocos instantes se
present Petra a vestirla. Mientras lo llevaba a cabo, ama y doncella
cambiaron algunas impresiones con excesiva familiaridad, mientras el
banquero segua con fijeza entre atento y distrado, los movimientos de
la faena.

--Seorita, ha visto usted ayer a la Felipa guiando dos jaquitas que
parecan ratones? Por aqu pas.... Qu preciosidad! No he visto cosa
ms mona en la vida.... A ver cundo el seor duque le compra otra
pareja as--dijo Petra mirando con el rabillo del ojo al banquero,
mientras ataba las cintas de la bata a su ama.

--Ps!--exclam sta alzando los hombros con desdn--. No me ha dado
nunca por guiar. Es oficio de los cocheros. Pero si me diese, ya lo
creo que me comprara un tronco igual!

Y al mismo tiempo se volvi un poco, con media sonrisa, hacia el duque,
que dej escapar un gruido corroborante, pasando con su peculiar
movimiento de boca el cigarro al lado contrario.

--Pues son muy lindas para ir a los toros. Y que no estara bien la
seorita con su mantilla blanca guiando!

--Mantilla para guiar? Ests aviada, hija!

--Bueno, pues de sombrero. El caso es que estara de mist: no como esa
desorejada de la Felipa que ya no tiene carne para hartar a un gato....

La doncella, mientras le recoga el pelo, charlaba por los codos. El
fondo de su charla era constantemente adulador. Amparo escuchaba con
cierta complacencia. Alguna vez la interrumpa con frases del mismo jaez
que las que la domstica usaba, en ms de una ocasin, acompaadas de
interjecciones que aqulla no se atreva a pronunciar. Contaba que el
da anterior haba tropezado en la calle con Moratini, y que el famoso
torero le haba dicho al pasar: "Recuerdos a tu ama". Al mismo tiempo la
maligna doncella miraba de reojo al duque. Amparo sonri lisonjeada;
pero hizo una fingida mueca de desdn.

--Lo mismo da. Ya sabes que me carga.

--Pues tiene muchos partidarios.

--Calla! calla! que ni t ni l valis un perro chico.... Anda; treme
pronto esa gorra, y lrgate.

As que la doncella se hubo marchado, el duque, en quien los recuerdos
del torero despertaron los celos y el mal humor, dijo saliendo al
gabinete y tendindose groseramente en el sof:

--Parece que esta noche has tenido media juerga. Quin ha estado aqu?

Amparo dirigi la vista a la licorera, donde el duque la tena posada.

--Pues han estado Socorro y Nati hasta cerca de las tres.

--Nadie ms?

--Con sus amigos Len y Rafael.

--Nadie ms?

--Nadie ms, hombre. Me vas a examinar?

--Es que yo he sabido que ha estado tambin Manolito Dvalos.

El duque no lo saba. Quiso sacar de mentira verdad.

--Cierto: tambin ha estado Manolo--replic con indiferencia.

--Bueno, pues ser la ltima vez--dijo mordiendo con rabia el cigarro.

--Eso ser si a m se me antoja--manifest la bella ex florista
levantando hacia l los ojos con expresin provocativa.

Salabert dej escapar ciertos gruidos que Amparo consider ofensivos.
Hubo una escena violenta. La bella reclam con fiereza su independencia;
le cant lo que ella llamaba con clsica erudicin "verdades del
barquero". El banquero, excitado, contest con su grosera habitual. El
era quien pagaba; por lo tanto, tena derecho a prohibir la entrada en
aquella casa a quien le pareciese. La disputa se fu agriando en
trminos que ambos levantaron bastante la voz, sobre todo Amparo, en
quien a poco que la rascaran apareca la criatura de plazuela.
Cruzronse frases de psimo gusto, aunque pintorescas. La malaguea
llam al duque to lipendi, gorrino, y concluy por arrojarle del
gabinete. Pero aqul no hizo maldito el caso, antes enfurecido la falt
abiertamente al respeto, empleando en su obsequio algunos eptetos
expresivos de su exclusiva invencin y otros recogidos con cuidado de su
larga experiencia. Por ltimo, quiso dejar sentado de un modo
incontrovertible que all era el amo. Con este fin, puramente lgico,
di una tremenda patada a la mesilla dorada donde reposaba la aborrecida
licorera, que se derrumb con estrpito y se hizo cachos. Amparo, que no
se dejaba sobar por nadie, segn deca a cada momento, aunque a cada
momento se pusiese en contradiccin consigo misma, presa de un furor
irresistible, con los ojos llameantes de ira, alz la mano tomando vuelo
y descarg en las limpias y amoratadas mejillas del prcer una sonora
bofetada.

Los cabellos del lector se erizarn seguramente al representarse lo que
all pasara despus de este acto brbaro e inaudito. Acaso sera
conveniente dejarlo en suspenso como la famosa batalla del hroe
manchego y el vizcano. Sin embargo, para no atormentar su curiosidad
intilmente, nos apresuramos a decir lo que pas desdeando este recurso
de efecto. El caso no fu trgico, por fortuna, si bien digno de
atencin y de meditarse largamente. El duque se llev la mano al sitio
del siniestro y exclam sonriendo con benevolencia:

--Demonio, Amparito, no cre que tuvieras la mano tan pesada!

Aqulla, que se haba puesto plida despus de su irreflexivo arranque,
qued estupefacta ante la extraa salida del banquero. Tard algunos
segundos en darse cuenta de su sinceridad.

--Eres una gran chica--sigui aqul echndole un brazo al cuello y
obligndola a sentarse de nuevo, y l junto a ella--. Esta bofetada no
la tasara en menos de cien pesos cualquier perito inteligente. Fuerte,
sonora, oportuna.... Rene todas las condiciones que se pueden
apetecer....

--Vamos, no te guasees, que tengo hoy muy mala sangre--dijo la Amparo,
escamada y presta otra vez a enfurecerse.

--No es broma, y la prueba de ello es que voy a pagrtela en el acto.
Pero mucho ojo con que vuelva por aqu Manolito Dvalos, porque no
vuelves t a ver el color de mis billetes.

--Si fu una casualidad, hombre!--dijo la Amparo dulcificndose--. Vino
esta noche porque haba ido de juerga con Len y Rafael, y a ltima hora
se le ocurri a Nati hacerme una visita.

--Pues basta de casualidades. Yo no aspiro a que me adores, sabes?;
pero no quiero pagar las queridas a esos perdularios de sangre azul. Lo
has odo, salero?

Al mismo tiempo llev la mano al bolsillo en busca de la cartera. Su
semblante, que sonrea con la expresin triunfal del que lleva en el
bolsillo la llave de todos los goces de este mundo, se contrajo de
pronto. Una nube de inquietud pas sbito por l. Busc con afn. La
cartera no estaba en aquel sitio. Pas a los dems bolsillos. Lo mismo.

--F....! me han robado la cartera!

Amparo le mir con ojos donde se reflejaba la duda.

--F....! me han robado la cartera!--volvi a exclamar con ms
energa--. Me han robado diez mil y pico de duros!

--Vaya, vaya, qu guasoncillo est el tiempo!--dijo Amparo ya enojada
otra vez. No tuvo penetracin para distinguir el susto verdadero del
fingido.

--S, s; no ha sido mala guasa! Maldita sea mi suerte! Si cuando un
da principia mal!... Tres mil duros de la fianza y cerca de once mil
ahora.... Pues seor, no ha sido mal empleada la maana!

Se levant bruscamente del sof y principi a dar vueltas por la
estancia, presa de una agitacin sorprendente en quien tantos millones
posea. Un torrente de palabras, de gruidos, de sucias interjecciones
que expresaban demasiado a lo vivo su disgusto, se escap de sus labios.
Arroj con furia el cigarro, que en l era signo de gravsima
preocupacin. Amparo, vindole tan excitado, se rindi a la evidencia, y
preocupada tambin por el caso le dijo:

--Quiz no te la hayan robado. Puede ser que la perdieses.... Dnde has
estado?

--Crees t que alguna vez se hayan perdido once mil duros?--repuso en
tono amargo parndose frente a ella--. Es decir, se pierden, s; pero
otros los encuentran antes de llegar al suelo.

Acabando de decir esto, qued repentinamente suspenso, como si brillase
una luz salvadora en su cerebro. Mir con ojos escrutadores por algunos
instantes a su querida, y haciendo un esfuerzo por sonrer, dijo,
tornando a sentarse al lado de ella:

--Pero qu animal soy! Vaya una bromita salada, y qu bien que te
habrs redo de m!

--Qu dices?--pregunt la Amparo estupefacta.

--Venga esa cartera, picaruela! Venga esa cartera.

Y el duque, riendo sincera o fingidamente, la ech un brazo al cuello y
comenz por un lado y por otro a manosearla como buscando el sitio donde
tuviera oculto el dinero.

Dando una fuerte sacudida la joven se desprendi de sus brazos y se
levant:

--Oye, t.... Me tomas por una ladrona?--exclam enfurecida.

--No, sino por una guasoncilla. Te has querido reir de m, verdad?

La joven replic con energa que el guasn era l y que bastaba de
bromas, que no estaba dispuesta a tolerarlas en esa materia. El duque
insisti todava; pero viendo la indignacin real de su querida y no
teniendo dato alguno para suponer que fuese ella quien le sustrajo la
cartera, recogi velas. En cuanto perdi esta esperanza, su rostro se
nubl de nuevo. Aunque di satisfacciones a Amparo, no fueron stas muy
calurosas. Quedbale, en el fondo, la duda. Bien lo ech de ver ella,
por lo que sigui enojada. Concluy por decirle:

--Mira, lo mejor que puedes hacer es irte a almorzar. No quiero ms
historias.... Ah! y no dejes de traerme esta noche guita, que me est
haciendo mucha falta.... A no ser que prefieras que te mande a casa las
cuentas....

Sali el duque echando pestes del coruscante hotelito. Como por las
inmediaciones no haba coches y no quera utilizar el de su querida, por
ms que l lo pagara, encaminse a pie hacia su casa. Cay en ella como
una bomba, no de plvora o dinamita, porque no entraban en su
temperamento los procedimientos fragorosos, sino de cido sulfrico o
sublimado corrosivo que se extendi por toda ella molestando y
requemando a los habitantes. Su mujer, el portero, el cocinero, Llera y
casi todos los empleados recibieron en mitad del rostro alguna frase
grosera pronunciada en el tono cnico y burln que caracterizaba su
discurso. Despus de almorzar encerrse en el escritorio con su mal
humor a cuestas. No haca una hora que all estaba, cuando entraron a
avisarle que un cochero de punto deseaba hablar con l.

--Qu quiere?

--No lo s. Desea hablar con el seor duque.

Este, iluminado repentinamente por una idea, dijo:

--Que pase.

El cochero que entr era el mismo que le haba conducido desde casa de
Caldern a la de su querida. Salabert le mir con ansiedad.

--Qu traes?

--Esto, seor duque, que sin duda debe de ser de vuecencia--dijo
presentndole la cartera perdida.

El banquero se apoder de ella, la abri prontamente, y sacando el
montn de billetes que contena, se puso a contarlos con la destreza y
rapidez propias de los hombres de negocios. Cuando concluy dijo:

--Est bien: no falta nada.

El cochero, que, como es natural, esperaba una gratificacin, quedse
algunos instantes inmvil.

--Est bien, hombre, est bien. Muchas gracias.

Entonces, con el despecho pintado en el semblante, el pobre hombre di
las buenas tardes y se dirigi a la puerta. El duque le ech una mirada
burlona, y antes de llegar a ella le dijo, sonriendo con sorna:

--Oye, chico. No te doy nada, porque para los hombres tan honrados como
t, el mejor premio es la satisfaccin de haber obrado bien.

El cochero, confuso e irritado a la vez, le mir de un modo indefinible.
Sus labios se movieron como para decir algo; mas al fin sali de la
estancia sin articular palabra.




V

#Precipitacin.#


Raimundo Alczar, que as se llamaba aquel joven rubio tan pertinaz y
enfadoso que sigui a Clementina cuando hemos tenido el honor de
conocerla al comienzo de la presente historia, recibi la mirada
iracunda que aqulla le dirigi al entrar en casa de su cuada con
admirable sosiego y resignacin. Esper un momento a ver si slo iba a
dejar algn recado, y como no saliese se alej tranquilamente en
direccin a la plazuela de Santa Cruz. Se detuvo en un puesto de flores.
La florista, al verle llegar, le sonri como a un antiguo parroquiano y
ech mano al ramo de rosas blancas y violetas que sin duda estaba ya
preparado para l. Dirigise a la Plaza Mayor y tom el tranva de
Carabanchel. Dejlo donde se bifurca con el camino que conduce al
cementerio de San Isidro y sigui hacia ste a pie. Ascendi con rapidez
la cuesta, lleg y penetr en el nuevo recinto, donde, como exige la
ley, a los muertos se les da tierra, no se les encajona en largas y
sombras galeras. Con paso rpido avanz hasta una sepultura con losa
de mrmol blanco rodeada de una pequea verja, y se detuvo. Permaneci
algunos minutos inmvil contemplndola. Sobre la losa estaba escrito con
caracteres negros este nombre: ISABEL MARTNEZ DE ALCAZAR. Debajo de l
estas dos fechas separadas por un guin: 1842-1883, que indicaban sin
duda las del nacimiento y la muerte de la persona all enterrada. Haba
sobre la losa algunas flores marchitas. Raimundo las recogi con
cuidado, deshizo luego el ramo que traa, esparci las frescas flores
sobre la tumba, y con la misma cuerda hizo otro ramo con las marchitas.
Con ste en una mano y el sombrero en la otra, permaneci otra vez algn
tiempo de pie contemplando con ojos hmedos aquella sepultura. Luego se
alej rpidamente y sali del cementerio sin echar una mirada de
curiosidad en torno suyo.

Raimundo Alczar haba perdido a su madre haca ocho o nueve meses. No
haba conocido a su padre, o, por mejor decir, no tena recuerdo de l,
pues desapareci de este mundo cuando slo contaba l cuatro aos.
Llambase tambin Raimundo, y era, al morir, catedrtico de la
Universidad de Sevilla. Cuando se cas con su madre nada ms que un
joven en espera de colocacin. Por eso el padre de Isabel, comerciante
en ferretera en la calle de Esparteros, se haba negado a autorizar
aquellos amores, los persigui con tenacidad y slo consinti en el
matrimonio cuando Alczar llev por oposicin la ctedra mencionada. Era
hombre de excepcional inteligencia, public algunos libros de la ciencia
a que se haba dedicado, que era la Geologa. Su muerte, acaecida cuando
slo contaba treinta y dos aos de edad, fu llorada en la pequea
esfera en que los hombres de ciencia viven en Espaa. Isabel, con su
hijo Raimundo, se volvi a Madrid a la casa paterna, donde tres meses
despus de fallecido su esposo, di a luz una nia que tom el nombre de
Aurelia.

Era Isabel una mujer singularmente hermosa. Como hija nica de un
comerciante que pasaba por bien acomodado, no le faltaron pretendientes.
Rechaz todas las proposiciones de matrimonio. Pasaba por romntica
entre las amigas, quiz porque posea alguna ms inteligencia y corazn
que la mayor parte de ellas. Era admiradora del talento: le repugnaban
los seres prosaicos que constituan casi la totalidad de las relaciones
de su padre. Idolatraba la memoria de su marido a quien haba adorado en
vida como a un hombre superior, eminente. Conservaba como precioso
tesoro todas las frases de elogio que la prensa haba tributado a sus
obras. El nico deseo, el nico afn de su vida era que su hijo siguiese
las huellas de su padre, fuese un hombre respetado por su talento e
ilustracin. Dios quiso colmar sus votos. Primero comenz a ver alzarse
ante sus ojos la imagen corporal de su marido reproducida en el hijo. No
slo en el rostro, sino en los ademanes, los gestos y el timbre de voz
pareca una copia exacta. Luego el nio, por su comportamiento en el
colegio, principi a causarle vivos placeres: era inteligente y
aplicado. Los maestros se mostraban de l muy satisfechos. Cada frase de
elogio que llegaba a sus odos, cada nota de sobresaliente que vea
escrita debajo del nombre de su hijo, produca a la pobre madre espasmos
de alegra. Ya no abrigaba duda alguna de que heredaba el talento de su
padre.

Alguna vez senta remordimientos pensando que distribua con poca
equidad el cario entre sus dos hijos. Por ms esfuerzos que haca para
mantener el equilibrio, no poda menos de confesarse que amaba mucho ms
a Raimundo. Su inmenso cario se traduca en constantes caricias, en
nimios cuidados que enervaban y enmollecan el temperamento del nio. Le
criaba, en suma, con demasiado mimo. El, por su parte, le profesaba una
aficin tan ardiente, tan exclusiva, que en ciertos momentos se
converta en verdadera fiebre. Cada vez que tena que apartarse de sus
faldas para ir al colegio le costaba lgrimas. Exiga que se pusiera al
balcn para despedirle. Antes de doblar la esquina de la calle, se
volva ms de veinte veces para enviarle besos con la mano. Era ya
hombre y estudiante de Facultad, y todava Isabel conservaba esta
costumbre de salir al balcn para despedirle cuando iba a sus clases.
Por su natural, o tal vez por esta educacin un poco afeminada, Raimundo
fu un nio tmido, retrado de los juegos de sus compaeros, luego un
adolescente melanclico, por fin un joven serio y de pocas palabras.
Apenas tuvo amigos. En la Universidad paseaba con sus condiscpulos
antes de entrar en ctedra; pero en cuanto daba la hora tornbase a casa
y no le gustaba salir sino acompaando a su madre y hermana. Mucho antes
de esta poca, cuando contaba solamente diez aos, haba muerto su
abuelo. As que, en cuanto lleg a los diez y seis, comenz a desempear
el papel de hombre en la casa. Llevaba a su madre al teatro, la
acompaaba a hacer visitas: algunas noches, cuando haca buen tiempo,
sala de paseo con ella por las calles, dndole el brazo como un marido
o un galn. La belleza de Isabel no disminua con la edad. Al verlos
juntos, nadie imaginaba que eran madre e hijo, sino hermanos, cuando no
esposos. Esto era causa para el joven de cierto malestar. Porque como en
Madrid los hombres no se distinguen por un excesivo respeto a las damas,
oa, a su pesar, frases de admiracin, requiebros, lo que ha dado en
llamarse _flores_, que los transeuntes dirigan a su madre. Senta, al
escucharlas, una mezcla extraa de vergenza y placer, de celos y de
orgullo que le agitaba.

El viejo Martnez, despus de retirado del comercio, haba tenido
quiebras en su fortuna, consistente en acciones de una fbrica de
plvora que sufrieron depreciacin, y en valores del Estado. Slo les
dej una renta de siete a ocho mil pesetas. Con ella vivan los tres con
economa, pero sin faltarles lo necesario, en un cuarto segundo de la
calle de Gravina. Raimundo sigui la carrera de ciencias. Quera ser
catedrtico como su padre, y, dada la brillantez con que sala en los
exmenes, nadie dudaba que lo consiguiera pronto. Mostraba tambin, como
su padre, decidida aficin a las ciencias naturales; pero en vez de
dedicarse a la Geologa, fijse con predileccin en la Zoologa, y de
sta en aquella parte que comprende el estudio interesantsimo de las
mariposas. Comenz a hacer acopio de ellas, y despleg un afn y una
inteligencia que pronto le hicieron poseedor de una rica coleccin.
Antes de terminar la carrera, era ya un notable _entomlogo._ Se haba
hecho construir escaparates que cubran las paredes de su habitacin,
donde estaban expuestos los cartones con las ms raras y preciosas
especies. Estuvo ahorrando dos aos para comprar un microscopio, y por
fin adquiri uno bastante bueno que le proporcion grato solaz al par
que utilidad. Porque si bien aquel estudio particular no era suficiente
para obtener una ctedra, le ayudaba no poco, dado que no es posible
profundizar cualquier ramo de la ciencia sin estudiar las relaciones
que mantiene con los dems, sobre todo con los ms prximos.

El da que se hizo doctor, y fu justamente acabados de cumplir los
veintin aos, la pobre Isabel experiment una de esas alegras slo
comprensibles para las madres. Le abraz derramando un raudal de
lgrimas.

--Mam--le dijo Raimundo--. Estoy ya en aptitud de hacer oposicin a una
ctedra. Me voy a dedicar con ahinco a prepararme, y en cuanto la lleve,
renuncio a lo que puedas dejarme en herencia para que hagas una dote a
Aurelia. Yo tengo pocas necesidades y me bastar con el sueldo.

Estas palabras generosas conmovieron a la madre. Cada da hallaba ms
razones para adorar aquel hijo modelo.

Dedicse Raimundo con ardor al estudio, profundizando las materias de
algunas asignaturas, sin abandonar por eso sus aficiones entomolgicas.
Gracias a stas y al nombre glorioso que su padre le haba legado, se
di a conocer pronto entre los hombres de ciencia. Escribi algunos
artculos, se puso en relacin con varios sabios extranjeros y tuvo la
satisfaccin de recibir de ellos frases de elogio que le alentaron. Bien
puede decirse que era un muchacho feliz. Sin deseos imposibles que le
royeran las entraas, sin amores tormentosos ni amistades molestas,
disfrutando de la tranquilidad del hogar, del cario de la familia y de
los puros goces de la ciencia, deslizbanse sus das serenos y dichosos.
A las amigas de su madre les sorprenda tanta formalidad. No tena
novia Raimundo? No le gustaban siquiera las muchachas? Isabel
contestaba sonriendo y con transparente satisfaccin.

--No s: creo que hasta ahora no le ha dado por ah. Est tan metido por
mis faldas que parece un nio de tres aos.... La verdad es que le ha de
costar trabajo hallar una mujer que le quiera tanto como yo.

Y as era como ella lo deca. Tenale envuelto en una atmsfera de
proteccin, de tibios y amorosos cuidados que le sera casi imposible
hallar al lado de una esposa por tierna que fuese. Slo las madres
poseen esa abnegacin absoluta, infatigable, sin esperanza ni deseo
siquiera de reciprocidad. Todo lo que la vida material exige, lo tena
satisfecho Raimundo con un refinamiento que pocos hombres disfrutaran.
Jams se le haba ocurrido pensar ni en su alimento, ni en su ropa o
calzado, ni aun en aquellos menesteres de que las mujeres no suelen
entender. Todo estaba previsto y regularizado perfectamente en su vida.
Poda consagrarse con entera libertad al ejercicio de su inteligencia.
Si se quejaba de mal sabor de boca, ya tena a su madre por la maana al
lado de la cama con un vaso de limn y polvos laxantes: si le dola la
cabeza, con el agua sedativa o los paos de leche y adormideras. Si por
la noche tosa, por poco que fuese, ya estaba intranquila y no paraba
hasta que silenciosamente y en camisa iba a cerciorarse de que su hijo
no se haba destapado. Cuando Aurelia estuvo en edad de hacerlo,
tambin comenz a ayudar a la madre en esta tarea de ahuyentar todo
dolor, de arrancar las espinas, por pequeas que fuesen, del camino del
joven entomlogo.

Desgraciadamente, mejor pudiramos decir naturalmente, pues que la
felicidad es imposible en este mundo, esta existencia dichosa tuvo
pronto un trmino. Isabel cay enferma con pulmona. No qued bien
curada por haberla quiz descuidado o por no haberse atrevido el mdico
a aplicarle ciertos remedios un poco crueles. Quedle un catarro
pulmonar que la debilit bastante. Por consejo del mdico fu a
Panticosa en compaa de Raimundo, quedando Aurelia en casa de unos
parientes. Se repuso un poco, pero fu para recaer pocos das despus de
llegar a Madrid. Descaeci notablemente, hasta el punto de que la gente
de fuera vi con claridad que se mora. A Raimundo no se le pas por la
cabeza. Aquella existencia estaba tan ligada a la suya, que las dos no
formaban mas que una. Le pasaba como a casi todos los enfermos que no
saben que se mueren. Aunque muy enferma, Isabel segua con la misma
diligencia gobernando la casa. Raimundo la haba rogado, y luego,
prevalido del inmenso ascendiente que sobre ella tena, la haba
prohibido que se ocupara en ningn menester. Pero ella, burlando su
vigilancia, arrastrada de esa inclinacin invencible que sienten las
mujeres hacendosas hacia el trabajo, no abandonaba sus tareas. Un da,
cuando ya puede decirse que estaba moribunda, la sorprendi Raimundo de
rodillas limpiando con un pao el pie de una mesa. Qued estupefacto, y
despus de reirla cariosamente la levant cubrindola de besos.

Una amiga devota que vino a visitarla la insinu que deba confesarse.
Isabel se impresion tristemente. Su hijo, que la encontr llorando,
enfurecise y prorrumpi en denuestos contra los beatos. A pesar de
esto, la enferma, que iba ya penetrndose de su estado, exigi con
dulzura y firmeza a la par que viniese el cura. Raimundo, disgustado,
llam en su apoyo, para negarse a ello, al mdico. Este contest al
principio evasivamente. Por ltimo, dijo que eso nunca estaba de ms,
que si los sanos se hallaban expuestos a una muerte repentina, con mayor
razn los enfermos. Ni aun con eso entr la luz en el espritu del
joven. Despus de confesada, Isabel sigui lo mismo, lo cual contribuy
a mantener su ilusin. Levantbase, corra a la mesa, paseaba del brazo
de Raimundo por la sala y pasaba la mayor parte del da en una butaca.
Estaba, sin embargo, tan demacrada, que los que la vean a intervalos
largos quedaban sorprendidos. Lejos de perder con esto la belleza,
parece que se haba aumentado. Su tez era ms fina y transparente; los
ojos ms brillantes.

Una maana dijo que no tena deseos de levantarse. Raimundo se sent al
lado del lecho y se puso a leerla una novela. Al cabo de un rato le
dijo:

--Estoy mal a gusto. Incorprame un poco, que no tengo fuerzas yo.

Fu a hacerlo y en el mismo instante su madre dej caer la cabeza hacia
un lado y se qued muerta, sin un suspiro, sin una contraccin que
acusase dolor, como un pjaro, segn la expresiva imagen del vulgo.

El grito desgarrador del joven atrajo a la gente de casa. Sacronle de
ella unos parientes y le llevaron a la suya, lo mismo que a su hermana.
En el estado de estupor en que qued, les fu fcil conducirlo adonde
les plugo. Aquella tarde fueron unos amigos a verle. Le hallaron
relativamente animado. No dej de sorprenderles un poco, porque saban
el frentico cario que profesaba a su madre. Habl de su ciencia con
ellos, y habl largo rato, expresndose con verbosidad en l inusitada.
Por donde vinieron a sospechar que estaba bajo una fuerte excitacin.
Esta sospecha se confirm al oirle proponerles jugar al tresillo.
Cumplieron su gusto, pero al poco rato el joven comenz a desvariar
tristemente.

--Oyes, mam, qu te parece de este juego?--dijo llamando a una seora
que all estaba.

Los circunstantes se miraron unos a otros aterrados y compadecidos. Y
desde entonces no hizo ni dijo ya cosa con cosa. Su exaltacin fu
creciendo; empez a reir de modo tan extemporneo, que nadie dud que
aquello terminara por una fuerte explosin nerviosa. En efecto, cuando
menos se esperaba, alzse repentinamente de la silla, corri al balcn,
lo abri, y si no le hubieran sujetado a tiempo se hubiera precipitado a
la calle. Al fin cay con un fuerte ataque del que por fortuna sali
pronto. Despus vino el aplanamiento que le oblig a guardar cama tres o
cuatro das. Por ltimo, el tiempo fu ejerciendo su operacin sedante.
A los quince das estaba bueno, aunque bajo el peso de un abatimiento
grande que en vano lucharon sus parientes y amigos por aliviar.

Propusironle sus tos quedarse a vivir con ellos, dado que era
demasiado joven para ponerse al frente de una casa, y sobre todo para
guardar y autorizar a su hermana. El contaba entonces veintitrs aos, y
ella poco ms de diez y ocho. Ni uno ni otro aceptaron el arreglo.
Quisieron vivir solos y juntos. Tomaron un cuarto tercero en la calle de
Serrano, muy lindo y alegre, trasladaron a l sus muebles, y despus de
instalados empez a deslizarse su vida, triste s por el recuerdo
siempre presente de su madre, pero apacible y serena. Raimundo fij su
atencin y cuidados en Aurelia. Penetrado de su papel de padre y
protector de aquella nia hurfana, hizo con ella lo que su madre haba
hecho con l hasta entonces; la atendi y la mim con un amor y un
esmero que conmova a los amigos que los visitaban. Aurelia no era
hermosa ni tena gran talento; pero senta hacia su hermano, porque su
madre se la haba infundido, una adoracin idoltrica. Sin embargo, aun
en lo referente a la vida material, sinti el joven el vaco de su
madre. Aurelia se esforzaba en que no echase de menos nada; pero estaba
bastante lejos de alcanzar la suprema delicadeza de aqulla. Poco a
poco, no obstante, se fu adiestrando en el gobierno de la casa. Adems,
Raimundo ya no exiga los refinamientos de antes. El sentimiento de
proteccin, la conciencia de los deberes que tena que llenar hacia su
hermana, le haca no pensar en s mismo. Al contrario, cualquier
atencin de Aurelia le sorprenda, y la agradeca como si viniese de un
nio. Ambas existencias se fueron compenetrando.

Vivan modestamente. El cuarto les costaba veinte duros. No tenan ms
que una criada. As que la renta de ocho mil pesetas que posean, les
bastaba. Como proceda de papel del Estado y acciones de una fbrica, su
administracin era facilsima. Raimundo pudo dedicarse con ms ardor que
nunca al estudio. Deseaba cumplir, respecto a su hermana, la promesa que
haba hecho a la madre, de renunciar a su parte de herencia y
constituirla una dote que la permitiese casarse bien. Despus que sali
de casa, fu dos veces por semana al cementerio a esparcir algunas
flores sobre la tumba de su madre. Los domingos llevaba consigo a
Aurelia. Sala poco habitualmente. El estudio preparatorio para hallarse
apercibido a una oposicin, de un lado, y de otro su mana de colector y
escrutador del mundo de los insectos, absorban casi todo su tiempo. Por
milagro entraba en los cafs, ni al teatro poda asistir por razn del
luto.

Un da, hallndose en una librera de la Carrera de San Jernimo, donde
sola pasar algunos ratos hojeando las obras recin llegadas del
extranjero, acert a entrar en la tienda una hermosa dama elegantemente
vestida. Al verla, los ojos de Raimundo se dilataron expresando el
asombro: se posaron en ella con una intensidad que la oblig a volver la
cabeza hacia otro lado. Mientras compraba unas novelas francesas la
estuvo contemplando extasiado, con seales de alteracin en su
fisonoma. El libro que tena asido temblaba ligeramente entre sus
manos. Al salir ella, dejlo caer y trat de seguirla; pero a la puerta
estaba un carruaje esperndola. El lacayo, sombrero en mano, le abri la
portezuela, y los caballos arrancaron al instante con velocidad.

--Qu es eso, D. Raimundo?--le dijo el dependiente, vindole entrar de
nuevo en la tienda--. Le ha hecho a usted impresin mi parroquiana?

El joven sonri disimulando su turbacin, y respondiendo con fingida
indiferencia:

--A cualquiera le llamar la atencin una mujer tan hermosa. Quin es?

--No la conoce usted? Es la seora de Osorio, un banquero, hija de
Salabert.

--Ah! hija de Salabert? Vive en aquel palacio grande del paseo de
Luchana?

--No, seor; vive en un hotel de la calle de Don Ramn de la Cruz.

No quera saber ms, y se despidi. Aquella dama se pareca de un modo
asombroso a su madre. La situacin de su espritu, todava agitado y
dolorido, hizo que tal semejanza adquiriese ms relieve a sus ojos del
que realmente tena, le produjese una viva expresin. Pocos momentos
despus pasaba por delante del hotel de Osorio tres o cuatro veces; pero
no logr ver nuevamente a la seora. Al otro da fu al paseo del Retiro
y all la hall. Desde entonces espi y sigui sus pasos con una
constancia que revelaba el profundo sentimiento que embargaba su
espritu. Aunque tena bien presente la fisonoma de su madre, el
semblante de Clementina Salabert se lo traa a la memoria con mayor
energa. Esto le produca vivo dolor, en el cual se placa, aunque
parezca paradjico. Bien lo entender el que haya visto desaparecer de
este mundo a un ser querido. Suele haber cierta voluptuosidad en
escarbar la llaga, en renovar la pena y el llanto. Raimundo no poda
contemplar mucho tiempo el rostro de Clementina sin sentir las lgrimas
correr por sus mejillas. Por esto, quiz, era por lo que la buscaba en
todas partes. Sin embargo, haba una dureza y severidad en l que no
haba tenido jams el de su madre; pero cuando sonrea, al desaparecer
esta dureza, la semejanza era realmente maravillosa.

No se le ocult a nuestro mancebo el enojo que la dama reciba de su
tenaz persecucin. Y no poda menos de reirse interiormente de aquel
extrao error. Si supiese esta seora--se deca cuando vea un gesto de
desdn en sus labios--por qu me gusta tanto, qu grande sera su
asombro! Una corriente de simpata y hasta, es posible decir, de
adoracin le iba ligando a ella. Si no fuese por aquel aspecto imponente
que tena, es fcil que le hubiera dirigido la palabra, la hubiera hecho
entender qu gran consuelo le daba con su presencia. Pero Clementina
estaba colocada en una esfera tan alta, que tema su desdn. Bastante
era el que le mostraba por el solo delito de contemplarla. Por otra
parte, haban llegado a sus odos rumores que la desacreditaban. No
procur confirmarlos, primero porque no le importaba, y despus porque
una vez confirmados se vera obligado a despreciarla, y no quera que
una mujer que tanto se pareca a su madre en la figura fuera un ser
despreciable. Se abstuvo de pedir noticias de ella. Contentse con
satisfacer siempre que poda aquel extrao deseo de renovar su dolor, de
conmoverse hasta derramar lgrimas. Como no frecuentaba la alta sociedad
ni poda asistir al teatro, para procurarse este placer necesitaba
seguirla en la calle o en el paseo cuando no iba en coche. Tambin
averigu que iba los domingos a misa de dos en los Jernimos; all la
pudo contemplar con ms espacio y sosiego.

Haba dado cuenta a su hermana del hallazgo, pero no hizo ningn
esfuerzo para mostrrselo. Tema que Aurelia no viese tan clara como l
la semejanza y le arrancase parte de su ilusin. Dos o tres veces a la
semana, Clementina sola salir a pie por la tarde, como el da en que
por vez primera la vimos. Raimundo, desde el mirador de su gabinete de
la calle de Serrano, convertido en observatorio, espiaba su llegada. En
cuanto la columbraba a lo lejos se echaba a la calle para seguirla
hasta donde pudiese. A la dama le molestaba esta persecucin
fuertemente, por ser la hora en que iba a casa de su amante. No que le
importase mucho que se divulgasen sus nuevos amores, sino por un resto
de pudor que conservaba. Adems, saba, porque se lo haban dicho
recientemente, que los maridos, cuando sorprenden a sus esposas en
flagrante adulterio y las matan, estn exentos de responsabilidad. Como
estaba convencida de que el suyo la detestaba, tema que se aprovechase
de este recurso para deshacerse de ella. Estos vagos terrores, unidos al
residuo de vergenza que le quedaba, fomentaban su irritacin contra
Raimundo. Su carcter violento, caprichoso, desptico, se alteraba con
aquel obstculo imprevisto. Ni siquiera haba reparado bien en la
fisonoma del joven. Le odiaba sin dignarse hacerse cargo de su figura.
Luego, el sosiego con que reciba los gestos provocativos de desprecio
que no le escatimaba, le parecan una ofensa. Bien mirado, aquel
chicuelo se estaba burlando de ella: porque no era creble que un
enamorado mostrase tanta serenidad y cinismo. Sin duda, despus que
advirti que la molestaba, se propuso mortificarla para vengarse. Y no
caba duda que lo lograba cumplidamente. Las vueltas que se vea
precisada a dar para huirle, las visitas que haca sin gana, todas las
zozobras que aquel muchacho le costaba, se lo hacan cada da ms
aborrecible y le iban requemando la sangre. Ide salir en coche, meterse
en las Calatravas y despedirlo all; pero Raimundo, al verse privado por
varios das de verla, tambin di en la flor de tomar un coche de punto
y seguir el suyo. Esto hizo rebosar su enojo y se prometi a s misma
cortar aquella impertinente y molesta persecucin, aunque no saba cmo.
Primero pens en que Pepe Castro hablase y amenazase al muchacho. Al ver
la sangre fra con que aqul lo tomaba, se indign y no volvi a
mentarle el asunto. Luego imagin abordarle ella misma en la calle y
rogarle con pocas palabras fras y desdeosas que no la molestase ms.
Cuando lleg la ocasin no se atrevi a hacerlo, aunque no pecaba de
tmida: el trance le pareci grave.

En estas dudas y vacilaciones se hallaba, cuando, bajando por la calle
de Serrano, al levantar los ojos casualmente hacia arriba, acert a ver
en un mirador bastante alto a su enemigo. Cruzle entonces por la mente
la idea de averiguar su nombre y escribirle. Y en efecto, con la
violencia que caracterizaba todas sus acciones, al pasar por delante de
la casa entr en el portal y se dirigi a la garita de los porteros.

--Tiene usted la amabilidad de decirme quin habita el cuarto tercero
de esta casa?

--Son dos seoritos muy jvenes, hermano y hermana. Slo viven aqu
desde hace cuatro meses. Han quedado hurfanos, al parecer, hace poco
tiempo....

La portera, al ver una seora tan elegante, se mostr locuaz y
complaciente; pero Clementina la ataj en seguida.

--Cmo se llama el seorito?

--D. Raimundo Alczar.

--Mil gracias.

Y se alej inmediatamente. Sali a la calle y di unos cuantos pasos.
Mas de pronto, se le ocurri que el escribirle tena sus inconvenientes,
y que en realidad era preferible una explicacin verbal de la cual nadie
que la conociera poda enterarse en aquellos momentos. Detvose un
momento indecisa, y bruscamente di la vuelta y se meti de nuevo en el
portal. Cruz sin decir nada por delante de la portera y subi con pie
ligero las escaleras. Al llegar al piso tercero, a pesar del bro y
entereza de su carcter, sinti un poco desfallecida la voluntad y
estuvo a punto de dar la vuelta. Su temperamento orgulloso y obstinado
la empuj, sin embargo, al pensar que el joven la haba visto entrar y
se enterara de su arrepentimiento. En el piso tercero haba dos
cuartos, derecha e izquierda. Clementina haba visto papeles en uno.
Llam sin vacilar en el de la derecha observando que tena un felpudo
para los pies delante de la puerta, seal evidente de que era el
habitado.

Sali a abrirle una criada a quien pregunt por D. Raimundo Alczar.

--Deseo verle--dijo despus que se enter de que estaba en casa.

La criada la introdujo en la sala, y como le pareciese rara aquella
visita, le pregunt:

--Aviso a la seorita?

--No, no; avise usted al seorito, que es a quien deseo hablar.

Se hallaba ste, en tanto, en su despacho, presa de violenta agitacin.
Al ver a la dama entrar en el portal por primera vez se haba
sobresaltado sin motivo preciso para ello. Tranquilizse al verla salir,
y otra vez se alter cuando entr nuevamente. Cruz por su mente la idea
de que pudiese subir a su casa; pero al instante la desech como
inverosmil. Imagin ms bien que vendra a visitar a alguno de los
inquilinos de los cuartos principal o segundo, que eran personas de
calidad. No obstante, a despecho de su razn, no se tranquilizaba.
Cuando oy sonar el timbre de la puerta qued aterrado. Apenas tuvo
nimo para dirigirse hacia la antesala. Antes que pudiese hacer una sea
a la criada ya sta haba abierto, obligndole a retirarse vivamente a
su despacho. Estuvo tentado a negarse, aunque ya estaba la dama en la
sala. Al fin se decidi a salir, reflexionando que no haba motivo
racional para ello.

Raimundo no tena mucho trato de gente. Las relaciones de su madre
haban sido escasas; unos cuantos parientes, algunas familias conocidas.
Por su parte, tampoco haba hecho nada por ensanchar este crculo. Ya
hemos dicho que no haba estrechado amistad ntima con ninguno de sus
condiscpulos. Menos haba procurado la entrada en los casinos,
tertulias y saraos de la corte. Su adolescencia y los das que llevaba
de juventud se haban deslizado serenos en el seno del hogar,
estudiando y coleccionando mariposas. Conoca la vida por los libros. La
naturaleza le haba dotado, no obstante, de un claro y simptico
ingenio, de fcil palabra y de cierta dignidad de modales que supla
bastante bien a esa elegancia y distincin que el roce continuado con la
espuma de la sociedad engendra.

Entr en la sala tranquilo ya y aun con una vaga predisposicin a la
hostilidad que el estrambtico paso de aquella seora le infunda.
Hizole una profunda reverencia. La situacin era tan extraa, que
Clementina, a pesar de su orgullo, su experiencia, su desenfado, y hasta
bien puede decirse su desgarro, se encontr repentinamente cohibida.
Tuvo necesidad de hacer un esfuerzo para adquirir bro.

--Aqu me tiene usted--le dijo en tono agrio que result inoportuno y
descorts.

--Usted me dir a qu debo el honor de esta visita--repuso Raimundo con
voz un poco temblorosa.

--Pues.... (la dama vacil unos instantes) lo debe usted al honor que
me hace siguindome hace dos meses como una sombra chinesca a todas
partes. Le parece a usted agradable traer un espantajo detrs en cuanto
una sale a la calle? Ha conseguido usted ponerme nerviosa. Para no
enfermar como el lego de los _Madgyares_, he dado el paso ridculo de
subir hasta aqu a rogarle que cese en su persecucin. Si usted tiene
que decirme algo interesante, dgamelo de una vez y concluyamos.

Fueron estas palabras pronunciadas arrebatadamente, como quien se
encuentra en una situacin falsa y quiere salir de ella exagerando el
enojo. Raimundo la mir lleno de asombro, cosa que molest a Clementina
y aun ms la precipit.

--Seora, siento en el alma haberla ofendido.... Estaba muy lejos de mi
nimo.... Si usted supiera los sentimientos que en m despierta su
figura!... (balbuci con trabajo).

Clementina le ataj diciendo:

--Si usted va a declararme su amor, puede ahorrarse la molestia. Soy
casada ... y aunque no lo fuese sera lo mismo.

--No, seora, no voy a hacerle una declaracin--repuso el joven
entomlogo sonriendo--. Voy a explicarle a usted mi persecucin.
Comprendo bien que usted se haya equivocado respecto a los sentimientos
que me inspira, y encuentro natural que le hayan ofendido. Qu lejos
estar usted de sospechar la verdad! Yo no estoy enamorado de usted. Si
lo estuviese, es bien seguro que no la seguira como un pirata callejero
... sobre todo en las circunstancias en que ahora me encuentro....

Raimundo se puso serio al llegar aqu e hizo una pausa. Luego dijo
precipitadamente, con voz alterada por la emocin:

--Seora, mi madre se ha muerto hace poco tiempo ... y usted se parece
muchsimo a mi madre.

Al pronunciar estas palabras se qued mirndola con una atencin
ansiosa, hmedos los ojos, haciendo esfuerzos heroicos por no romper a
sollozar.

Esta revelacin produjo en Clementina asombro y duda al mismo tiempo.
Permaneci inmvil y muda mirndole tambin fijamente. Raimundo
comprendi lo que pasaba por su espritu, y dijo empujando la puerta de
su despacho:

--Vea usted, vea usted si no es verdad lo que le digo.

La dama avanz dos pasos y vi en la pared fronteriza, sobre el silln
mismo de la mesa de escribir, el retrato en fotografa ampliada de una
seora excepcionalmente hermosa, y que, sin duda, guardaba cierto
parecido con ella, aunque no tan claro como el joven deca. Sobre el
retrato, sujeto al marco, haba un ramo de siemprevivas.

--Algo nos parecemos--dijo despus de contemplar el retrato con
atencin--. Pero esa seora era ms hermosa que yo.

--No; ms hermosa, no. Tena ms dulzura en los ojos, y eso daba a su
fisonoma un encanto indecible. Era su alma pura y bondadosa que
brillaba en ellos.

Pronunci estas palabras con entusiasmo, sin reparar en la falta de
galantera que estaba cometiendo. El orgullo de Clementina padeci an
ms por la inocencia y sinceridad con que fueron pronunciadas. Ambos
contemplaron el retrato en silencio algunos segundos. En los ojos de
Raimundo temblaban dos lgrimas. La dama dijo al cabo:

--Qu edad tena su mam?

--Cuarenta y un aos.

--Yo tengo treinta y cinco--replic con mal disimulada satisfaccin.

Raimundo volvi hacia ella la vista.

--Es usted joven an y muy bella.... Pero mi madre tena la tez ms
fresca a pesar de llevarle algunos aos. Su cutis era terso como el
raso. En los ojos no se notaba cansancio alguno. Parecan los de un
nio.... Es natural. La vida de mam fu suave y tranquila. Ni su cuerpo
ni su alma se haban gastado.

No observaba que indirectamente estaba diciendo algunas groseras a la
seora que tena presente. Esta se sinti fuertemente picada; pero no
os mostrarlo porque el dolor del joven y la sinceridad con que hablaba
le impusieron respeto. Lo que hizo fu cambiar de conversacin, echando
una mirada de curiosidad por el despacho.

--Parece que se dedica usted a coleccionar mariposas.

--S, seora; desde nio. He logrado reunir una cantidad de especies
bastante respetable. Las tengo muy lindas y curiosas. Mire usted.

Clementina se acerc a uno de los armarios. Raimundo se apresur a
abrirlo y le puso en la mano un cartn donde estaban fijadas algunas
lindsimas de vivos y brillantes colores.

--En efecto, son bonitas y originales. Qu utilidad saca usted de
coleccionarlas? Las vende usted?

--No, seora--repuso sonriendo el joven--. Es con un fin puramente
cientfico.

--Ah!

Y le ech una rpida mirada de curiosidad. Clementina no simpatizaba
mucho con los hombres de ciencia, pero le infundan cierto vago respeto
mezclado de temor, como seres extraos a quienes una parte del mundo
concede superioridad.

--Es usted naturalista?--le pregunt despus.

--Estudio para serlo. Mi padre lo ha sido....

Mientras le mostraba su preciosa coleccin con el gozo especial no
exento de desdn con que los sabios ensean sus trabajos a los profanos,
le fu enterando de su vida sencilla. Al llegar a la enfermedad de su
madre volvi a conmoverse y las lgrimas a brotar a sus ojos. Clementina
le escuchaba con atencin, recorriendo con la vista los cartones que le
pona delante, dejando escapar algunas palabras, ora de elogio a los
matizados insectos, bien de compasin cuando Raimundo lleg a
describirle la muerte de su madre. Afectaba desembarazo, distraccin. No
lograba, sin embargo disipar la confusin en que la pona el extrao
paso que haba dado, la situacin anmala en que se hallaba. Sali de
ella bruscamente, como haca siempre las cosas. Se puso seria y tendi
la mano al joven, dicindole:

--Mil gracias por su amabilidad, seor Alczar. Me voy, celebrando mucho
que no haya sido el objeto de su persecucin el que yo sospechaba.... De
todos modos, sin embargo, le ruego no contine en ella.... Ya ve usted;
soy casada, y cualquiera podra pensar que yo la aliento o doy algn
motivo....

--Pierda usted cuidado, seora. Desde el momento en que a usted le
molesta me guardar de seguirla. Perdneme usted en gracia del
motivo--respondi el joven apretndole la mano con naturalidad y
afectuosa simpata que lograron interesar a la dama. Pero no lo
demostr. Al contrario, se puso ms seria y emprendi la marcha haca la
sala. Raimundo la sigui. Al pasar delante de ella para abrirle la
puerta, le dijo con franqueza seductora:

--No valgo nada, seora; pero si algn da quisiera usted servirse de mi
insignificante persona, no sabe usted el placer que me causara con
ello!

--Gracias, gracias--repuso secamente Clementina sin detenerse.

Al llegar a la puerta de la escalera y al tirar del pasador, el joven
vi asomar la cabecita curiosa de su hermana en el fondo del pasillo.

--Ven aqu, Aurelia--le dijo.

Pero la nia no hizo caso y se retir velozmente.

--Aurelia, Aurelia.

Bien a su pesar, sta sali al pasillo y avanz hacia ellos sonriente y
roja como una cereza.

--Aqu tienes a la seora de quien te he hablado, que tanto se parece a
mam.

Aurelia la mir sin saber qu decir, sonriente y cada vez ms
ruborizada.

--No se parece muchsimo? D.

--Yo no lo encuentro ...--respondi la joven despus de vacilar.

--Lo ve usted?--exclam la dama volvindose a Raimundo con la sonrisa
en los labios--. No ha sido ms que una fantasa, una alucinacin.

Traslucase un poco de despecho debajo de estas palabras. La presencia
de Aurelia haca ms falsa an su situacin.

--No importa--repuso Raimundo--. Yo veo claro el parecido, y basta.

La puerta estaba ya abierta.

--Tanto gusto ...--dijo Clementina dirigindose a Aurelia sin extenderle
la mano, inclinndose con una de esas reverencias fras, desdeosas, con
que las damas aristcratas establecen rpidamente la distancia que las
separa del interlocutor.

Aurelia murmur algunas frases de ofrecimiento. Raimundo sali hasta la
escalera para despedirla, repitindole algunas frases amables y
cordiales que no impresionaron a la dama, a juzgar por su continente
grave.

Baj las escaleras descontenta de s misma, embargada por una sorda
irritacin. No era la primera vez, ni la segunda tampoco, que su
temperamento impetuoso la colocaba en estas situaciones anmalas y
ridculas.




VI

#Desde el Club de los Salvajes a casa de Caldern.#


Pintorescamente diseminados por los divanes y butacas de la gran sala de
conversacin del _Club de los Salvajes_, yacen a las dos de la tarde
hasta una docena de sus miembros ms asiduos. Forman grupo en un rincn
el general Patio, Pepe Castro, Cobo Ramrez, Ramoncito Maldonado y
otros dos socios a quienes no tenemos el gusto de conocer. Algo ms
lejos est Manolito Dvalos, solo. Ms all Pinedo con algunos socios,
entre los cuales slo conocemos a Rafael Alcntara y a Len Guzmn,
conde de Agreda, por haber sido los de la fiesta nocturna en casa de la
Amparo que tanto disgust al duque de Requena. Las posturas de estos
jvenes (porque lo son en su mayora) responden admirablemente a la
elegancia que resplandece en todas las manifestaciones de su espritu
refinado. Uno tiene puesta la nuca en el borde del divn y los pies en
una butaca, otro se retuerce con la mano izquierda el bigote y con la
derecha se acaricia una pantorrilla por debajo del pantaln; quin se
mantiene reclinado con los brazos en cruz; quin se digna apoyar la
suela de sus primorosas botas en el rojo terciopelo de las sillas.

Este _Club de los Salvajes_ es ms bien un arreglo que una traduccin
del ingls (_Savage Club_). Por mejor decir, se ha traducido con una
graciosa libertad que mantiene vivo dentro de l el genio espaol en
estrecha alianza con el britnico. A ms del ttulo, pertenece al ingls
todo el aparato o exterior de la sociedad. Los miembros se ponen
indefectiblemente el frac por las noches si es invierno, el _smoking_ si
es verano; los criados gastan calzn corto y peluca. Hay un elegante y
espacioso comedor, sala de armas, gabinete de _toilette_, cuartos de
bao y dos o tres habitaciones para dormir. Tiene el club, asimismo,
servicio particular de coches y caballos de silla. El genio espaol se
manifiesta en multitud de pormenores internos. El que ms lo caracteriza
es el de la ausencia de metal acuado. Esto da origen a muchas y
extraas relaciones de los socios entre s y de los socios con el mundo
exterior, que constituyen una complicada y hermosa variedad que no se
hallar en ningn otro pueblo de la tierra. Da lugar, sobre todo, a un
desarrollo inmenso, inconcebible, de esa palanca poderosa con que el
siglo XIX ha llevado a trmino las ms grandiosas y estupendas de sus
empresas, el _Crdito_. Realzanse dentro del _Club de los Salvajes_
tantas operaciones de crdito como en el Banco de Londres. No slo se
prestan los socios entre s dinero y juegan sobre su palabra, sino que
tambin realizan la misma operacin con el club, considerado como
persona jurdica, y hasta con el conserje en calidad de funcionario y
como particular. Fuera del crculo, los salvajes, arrastrados de su
entusiasmo y veneracin por el crdito, lo hacen jugar en casi todas sus
relaciones con el sastre, el casero, el constructor de coches, el
importador de caballos, el joyero, etc., sin mencionar aqu otras
grandes operaciones de la misma clase que de vez en cuando realizan con
algn banquero o propietario. Gracias, pues, a este inapreciable
elemento econmico, se haba hecho casi innecesario, entre los socios
del club, el numerario, reemplazndolo dichosamente por otro medio
enteramente abstracto y espiritual, la palabra; la palabra oral o
escrita. Vivan, gastaban lo mismo que sus colegas y modelos de Londres,
sin libras esterlinas, ni chelines, ni pesetas, ni nada.

Es evidente, pues, la superioridad del club espaol sobre el ingls en
este respecto. Tambin lo es en cuanto a la franqueza y cordialidad con
que los socios se tratan entre s. Poco a poco se haban ido alejando de
las formas correctas, ceremoniosas, que caracterizan a los graves
_gentlemen_ de la Gran Bretaa, dando a su trato cada vez ms color
local, acercndolo en lo posible al de nuestros pintorescos barrios de
Lavapis y Maravillas. El medio, la raza y el momento son elementos de
los cuales no se puede prescindir, lo mismo en la poltica que en las
sociedades de recreo.

El club empieza a animarse siempre despus de las doce de la noche,
llega a su perodo lgido a las tres de la madrugada, y desde esta hora
comienza a descender. A las cinco o seis de la maana se retiran todos
santamente en busca de reposo. Durante el da suele verse poco
concurrido. Slo dos o tres docenas de socios van por las tardes, antes
del paseo, a culotear sus boquillas. Embotados an por el sueo, hablan
poco. Les hace falta la excitacin de la noche para que muestren en todo
su esplendor sus facultades nativas. Estas parecen concentradas en la
nobilsima tarea de poner la boquilla de un hermoso color de caramelo.
Si los objetos de arte han sido en otro tiempo objetos tiles, si el
Arte arrastra consigo la idea de inutilidad como algunos afirman, hay
que confesar que los socios del _Club de los Salvajes_, en materia de
boquillas obran como verdaderos artistas. Hcenlas venir de Pars y de
Londres; traen grabadas las iniciales de sus dueos y encima la
correspondiente corona de conde o marqus si el fumador lo es;
gurdanlas en preciosos estuches, y cuando llega el caso de sacarlas
para fumar lo realizan con tales cuidados y precauciones, que en
realidad se convierten en objetos molestos ms que tiles. Hay salvaje
que se estraga fumando sin gana cigarro sobre cigarro, slo por el gusto
de ahumar la boquilla antes que alguno de sus colegas. Y si no es as,
por lo menos, nadie se cuida de saborear el tabaco. Lo importante es
soplar el humo sobre la espuma de mar y que vaya tomando color por
igual. De vez en cuando sacan el fino pauelo de batista, y con una
delicadeza que les honra se dedican largo rato a frotarla mientras su
espritu reposa dulcemente abstrado de todo pensamiento terrenal.
Graves, solemnes, armoniosos en sus movimientos, los socios ms
distinguidos del _Club de los Salvajes_ chupan y soplan el humo del
tabaco de dos a cuatro de la tarde. Hay en esta tarea algo de ntimo y
contemplativo, como en toda concepcin artstica, que les obliga a bajar
los prpados y a subir las pupilas para mejor recrearse en la pura
visin de la Idea.

En este elevadsimo estado de alma se hallaba nuestro amigo Pepe Castro
ahumando una que figuraba la pata de un caballo, cuando le sac de su
xtasis la voz de Rafael Alcntara que desde lejos le grit:

--Conque es verdad que has vendido la jaca, Pepe?

--Hace ya unos das.

--La inglesa?

--La inglesa?--exclam levantando los ojos hacia su amigo con asombro y
reconvencin--. No, hombre, no; la cruzada.

--Chico, como no hace dos meses siquiera que la has comprado, no crea
que te deshicieses de ella.

--Ah vers t--replic el bello calavera adoptando un continente
misterioso.

--Algn defecto oculto?

--A m no se me oculta ningn defecto--dijo con orgullo.

Y todos lo creyeron; porque en este ramo del saber humano no tena rival
en Madrid, si no era el duque de Saites, reputado como el primer mayoral
de Espaa.

--Ah, vamos, falta de _luz_.

--Tampoco.

Rafael Alcntara se encogi de hombros y se puso a hablar con los que
tena cerca. Era un joven rubio, de fisonoma gastada, ojos pequeos y
verdosos, malignos y duros. Como otros tres o cuatro de los que asistan
a diario al club, entraba en l y alternaba con toda la alta
aristocracia, sin derecho alguno. Alcntara era de familia humilde, hijo
de un tapicero de la calle Mayor. En muy poco tiempo se haba gastado la
pequea hacienda que le dej su padre y despus vivi del juego y a
prstamo. A todo Madrid deba y haca gala de ello. La condicin que le
mantena abiertas las puertas de la alta sociedad era su valor y su
cinismo. Alcntara era hombre bravo de veras, se haba batido tres o
cuatro veces y estaba apercibido a hacerlo por el ms mnimo pretexto.
Adems, era un desvergonzado, hablaba siempre en tono despreciativo,
aunque fuese a la persona ms respetable, dispuesto a burlarse de todo
el mundo. Estas cualidades le haban hecho adquirir gran prestigio entre
los jvenes salvajes. Se le trataba como a un igual, se contaba con l
en todas las francachelas; pero nadie preguntaba por su dinero.

--Mi general, le habr a usted gustado ayer la Tosti, eh?--dijo
Ramoncito Maldonado dirigindose a Patio.

--En la romanza solamente,--repuso el guerrero sensible despus de
dirigir con destreza una larga bocanada de humo a su boquilla que
representaba un obs montado sobre su curea.

--No diga usted que el do ha estado mal.

--Vaya si lo digo!

--Pues, seor, entonces declaro que no entiendo una palabra porque me ha
parecido sublime--replic el joven con seales de hallarse picado.

--Esa declaracin te honra, Ramn. Sabes hacerte justicia--dijo Cobo
Ramrez, que no perda ocasin de vejar a su amigo y rival.

--Ya lo creo, como que slo t eres el inteligente!--exclam vivamente
el concejal--. Mira, Cobo, aqu el general puede hablar porque tiene
motivo, estamos?... pero t debes callarte porque me gastas una oreja
como la de una cocinera.

--Pero hombre, por qu se picar tanto Ramoncito, en cuanto usted le
dice algo?--pregunt el general riendo.

--No s--repuso Cobo dando un chupetn al cigarro mientras sus facciones
se contraan con una leve sonrisa burlona--. Si le contradigo se enfada,
y si repito lo que l dice, lo mismo.

--Se entiende, chico, se entiende! Si ya sabemos que eres un guasn de
primera fuerza. No necesitas esforzarte ms delante de estos seores....
Pero lo que es ahora, has dado una buena pifia.

--Yo sostengo lo mismo que el general. El do estuvo muy mal
cantado--dijo con calma provocativa Cobo.

--Qu importa que t sostengas uno u otro!--exclam ya fuera de s
Maldonado--. Si no conoces una nota de msica!

--Alto! Tengo ms derecho a hablar de msica, puesto que no cencerreo
como t el piano. Por lo menos soy un ser inofensivo.

Sigui una disputa larga entre ambos, viva y descompuesta por parte de
Ramoncito, tranquila y sarcstica por la de Cobo, que se gozaba en sacar
a aqul de sus casillas. No poco se divertan tambin los presentes,
ponindose unos de parte del concejal y otros de su competidor para ms
prolongar el recreo.

--Sabis que esta tarde se bate Alvaro Luna?--dijo uno cuando ya iban
hastiados de los dimes y diretes del concejal y Cobo.

--Eso me han dicho--respondi Pepe Castro cerrando los ojos con
voluptuosidad, mientras chupaba el cigarro--. En el jardn de Escalona,
verdad?

--Creo que s.

--A sable?

--A sable.

--Vamos, un chirlo ms--manifest Len Guzmn desde su asiento.

--Con punta.

--Oh! ya es otra cosa.

Y los salvajes presentes mostraron entonces inters en el duelo.

--Alvaro tira poco. El coronel debe llevarle ventaja. Es ms hombre, y
adems tira con energa.

--Con demasiada--dijo Pepe Castro sacando el pauelo despus de haber
arrojado la punta del cigarro y ponindose a frotar con esmero la
boquilla.

Todos volvieron los ojos hacia l porque tena fama de habilsimo
tirador.

--Crees t?

--Desde luego. La energa es conveniente hasta cierto lmite. Pasando de
l, muy expuesta, sobre todo cuando los sables tienen punta. Si se las
cortasen, todava redoblando los ataques sin descanso se puede hacer
algo. Por lo menos, es posible aturdir al contrario. Pero cuando la
llevan hay que andarse con ojo. Alvaro no tira mucho; pero es fro,
tiene un juego cerrado y estira el pico que es un primor. Que no se
descuide el coronel.

--La cuestin ha sido por la cuada de Alvaro?

--Al parecer.

--Y a l qu diablos le importa?

--Ps ... ah vers!

--Como no est enamorado, no comprendo....

--Todo podra ser.

--La nia es de oro! Este verano, en Biarritz, ella y el chico de
Fonseca se ponan de un modo por las noches en la terraza del casino,
que era cosa de sacar fotografas iluminadas.

--All Cobo, antes de irse, hizo tambin algunos cuadros disolventes en
los jardinillos.

--S, s; bien me ha comprometido esa chica!--manifest Cobo en tono
cmicamente desesperado.

--Ya no tenas mucho que perder. Desde el negocio de Teresa ests
deshonrado--dijo Alcntara.

--Siempre va la desgracia con la hermosura--apunt con tonillo irnico
Ramoncito.

--Tambin t, Ramn?--exclam con afectado asombro Cobo--. Vamos, lleg
el momento de que los pjaros tiren a las escopetas.

--Pues, seores, confieso mi debilidad. No puedo estar al lado de esa
chica sin ponerme malo--dijo Len Guzmn.

--Ni esa nia puede tampoco estar al lado de un chico tan guapo y tan
risueo como t sin ponerse enferma tambin--dijo Rafael Alcntara.

--Me quieres seducir, Rafael?

--S, chico, para que me dejes maana la llave de tu cuarto y no
parezcas en toda la tarde por all. Lo necesito.

--Es que tengo una colcha preciosa de raso.

--Se cuidar de la colcha.

--Y hay adems un criado que se dedica, con gran aficin, al dibujo por
las tardes.

--Se le darn dos duros al criado para que vaya a dibujar a otro lado.

--Y una vecinita que pasa la vida acechando desde su ventana lo que hay
y lo que no hay en mi habitacin.

--Se la convidar ... digo, se bajarn las persianas.... Oye, Manolito,
te vas a pasar toda la juventud tirado en ese divn sin decir palabra?

Manolito Dvalos descansaba, en efecto, en actitud sombra y
melanclica, sin que le hubiesen impulsado a levantar la cabeza los
dichos de su amigo. Al oirse nombrar la alz con sorpresa y mal humor.

--Si t te encontrases en mi posicin, qu poca gana tendras de
bromear, Rafael!--dijo exhalando un suspiro.

Hay que advertir que el joven marqus de Dvalos, que nunca haba
posedo una inteligencia muy clara, tenala de algn tiempo a esta parte
bastante perturbada. Segn la expresin vulgar estaba un poco chiflado o
tocado. Sus amigos saban todos que este trastorno proceda de la
ruptura con la Amparo, que le haba comido en poco tiempo su fortuna y
de quien estaba an profundamente enamorado. Tratbanle con cierta
proteccin entre burlona y benvola; pero se abstenan, si no es muy
embozadamente y con precauciones, de bromearle con su ex-querida, porque
alguna vez que se propasaron, Manolito fu vctima de ataques de clera
muy semejantes a la locura. Tena poco ms de treinta aos; estaba
calvo, la tez y los labios marchitos, los ojos apagados. Sus cuatro
hijos habalos recogido la suegra. Viva en una fonda con la pensin que
le pasaba una ta vieja de quien era presunto heredero. Sobre la
esperanza de esta herencia algunos usureros le prestaban dinero.

--Si yo me encontrara en tu caso, sabes lo que hara, Manolo?...
Casarme con mi ta.

Los amigos rieron, porque la ta de Dvalos tena cerca de ochenta aos.

--Bueno, bueno--exclam ste con acento doloroso. Bien se conoce que no
has tenido que luchar con indecentes usureros toda la maana para
concluir por dejarles algo ... que es una infamia empear--aadi por lo
bajo.

--A m con ingleses!... T no sabes, Manolito, que todos los meses
tengo que renovar el timbre de la puerta de mi casa porque lo gastan
ellos de tanto tirar?... Pero yo lo tomo con ms filosofa. Lejos de
disgustarme, experimento una gran satisfaccin cada vez que viene a
visitarme un acreedor, porque es la prueba de que soy un buen hijo, de
que cumplo la ltima voluntad de mi padre.

Los salvajes de los dos grupos le miraron con curiosidad, sonriendo.

--Cmo es eso, Rafael?--pregunt Pepe Castro.

--Habis de saber que mi padre se muri dicindome: "El deber, hijo!
el deber! Ante todo el deber!"... Fueron sus ltimas palabras. Yo,
cumpliendo con este sagrado consejo, procuro deber todo lo posible.

Hizo gracia a sus compaeros este rasgo cnico; lo celebraron con
algazara. Rafael, sustrayndose modestamente a sus aplausos, se acerc a
Dvalos, y pasndole una mano por encima del hombro le dijo, bajando la
voz aunque no tanto que no pudiesen oirle los amigos:

--Pues s, Manolito, no es broma. Yo me casara con mi ta. Qu se
pierde con ello? Es una vieja.... Mejor! As se morir ms pronto. Pero
en cuanto te cases entras a manejar su fortuna y no tienes necesidad de
aguardar los aos que a ella se le antoje vivir. A ti lo que te hace
falta como a m es _guita_. Desengate; si la tuviramos nos pondramos
ms gordos que Cobo Ramrez.... Adems, en cuanto seas rico, le birlas
la Amparo a Salabert, no comprendes?

El marquesito levant la vista hacia su amigo abriendo mucho los ojos,
donde se reflejaba la duda de si hablaba en serio o en broma. No
advirtiendo en el rostro imperturbable de Alcntara seal de burla,
comenz a enternecerse. Habl de su antigua querida con tal entusiasmo y
veneracin que hara reir a cualquiera. El proyecto ya no le pareci tan
insensato. Se entretuvo en pensarlo largamente y estudiarlo por todas
sus fases. Mientras tanto Rafael le escuchaba con afectada atencin,
animndole a proseguir con signos y frases de afirmacin. Nadie pensara
que se estaba mofando de l, a no ser porque de vez en cuando,
aprovechando los instantes en que el tocado marqus miraba a la punta de
sus botas buscando alguna frase bastante expresiva para ponderar su
amor, haca guios maliciosos a los amigos que los contemplaban con
curiosidad burlona.

Abrise la mampara del saln. Apareci Alvaro Luna. Los salvajes le
acogieron con exclamaciones de afecto y burla.

--Bravo, bravo! Aqu est el reo en capilla.

--Mirad qu cara trae.

--Como que est al borde de la tumba!

El recin llegado sonri vagamente y tendi una mirada escrutadora por
el saln. Alvaro Luna, conde de Soto, era hombre de treinta y ocho a
cuarenta aos, delgado, de mediana estatura, ojos vivos y duros y rostro
bilioso.

--Habis visto a Juanito Escalona?--pregunt.

--S--dijo uno--. Aqu ha estado hace una media hora. Me ha dicho que
le aguardases, que a las cuatro menos cuarto en punto vendra.

--Bueno, esperaremos--repuso avanzando con calma y sentndose al lado de
ellos.

La broma continu.

--Veamos, veamos cmo est ese pulso--dijo Rafael cogindole por la
mueca y sacando al mismo tiempo el reloj.

El conde entreg su mano sonriendo.

--Jess, qu atrocidad! Ciento treinta pulsaciones por minuto! Ningn
condenado a muerte las ha tenido.

No era verdad. El pulso estaba normal. As lo manifest el mismo
Alcntara a los amigos haciendo una sea negativa. Alvaro no se alter
por la mentira. Posedo de su valor y convencido de que no dudaban de
l, sigui con la misma vaga sonrisa en los labios.

--Vaya, maana a las cuatro de la tarde el entierro. Lo siento, porque
tena que ir de caza con Briones--dijo uno.

--Y que no es pequea la carrera desde la casa mortuoria a San
Isidro!--respondi otro.

--No, hombre, no--apunt un tercero--; lo llevarn a la estacin del
Norte para conducirlo a Soto, al panten de familia.

Las bromas no eran de buen gusto. Sin embargo, el conde no se
impacientaba, quiz temiendo que el ms pequeo signo de impaciencia, en
aquella ocasin, hiciese dudar de su serenidad. Alentados con esta
paciencia, los jvenes salvajes cada vez le apretaban ms con su vaya,
repitiendo con variantes la misma idea del entierro. La verdad es que se
iban haciendo pesados; pero no lograron ahuyentar su fra y vaga
sonrisa. Respondales pocas veces. Cuando lo haca era con breves
palabras displicentes. Al fin, sacando el reloj, dijo:

--Son las tres. Quedan tres cuartos de hora. Quin quiere echar un
tresillo?

Era un pretexto para librarse de aquellas moscas y al mismo tiempo un
acto que confirmaba su sangre fra. Tres de los amigos se fueron con l
a la sala de juego. No tardaron en rodearles los dems. La broma sigui
lo mismo que en el saln.

--Miradle, cmo le tiembla la mano!

--Dentro de una hora ese hombre habr dejado de existir.

--Oyes, Alvaro, debas de legarme la Conchilla.

--No hay inconveniente--repuso aqul arreglando sus cartas.

--Ya lo oyen ustedes, seores; la Conchilla es ma por testamento....
Cmo se llama este testamento, Len?

--Testamento nuncupativo--dijo ste, que saba algo de leyes por andar
en pleito haca tiempo con unos primos.

--La Conchilla me pertenece por testamento nuncupativo. Gracias, Alvaro.
Har que vista luto y respetaremos tu memoria hasta donde se pueda.
Tienes algo que encargarme?

--S, que la sacudas el polvo cada ocho o diez das. Si no suelta
algunas lgrimas todas las semanas se pone enferma.

--Corriente. As se har.

--Ah! y que sea con el bastn. Se ha acostumbrado a ello y no lo tolera
con la mano.

--Perfectamente.

Cada vez era mayor la algazara. La imperturbabilidad del conde haca muy
buen efecto. Detrs de aquellas bromas se adivinaba que sus amigos le
queran y respetaban su valor. En esto apareci un criado y le present
una carta en bandeja de plata. La tom y la abri con curiosidad. Al
recorrerla volvi a sonrer y la pas a los que tena al lado. Era del
dueo de la Funeraria ofrecindole sus servicios y remitindole un
prospecto con los precios. Alguno de aquellos chicos se haba divertido
en pasarle aviso. Tampoco se ofendi: pareca interesado en el juego.

Al fin entr en la sala Juanito Escalona en su busca. Despus de ajustar
cuentas se levant de la silla. Todos le rodearon.

--Buena suerte, Alvaro!

--Me da el corazn que lo ensartas.

--No seas tonto; nada de ensartar. A concluir pronto, aunque sea con un
rasguo.

En aquel momento terminaban las bromas y estallaba el compaerismo. El
conde encendi un cigarro puro con toda calma y dijo con la mayor
naturalidad:

--Hasta luego, seores.

Haba una parte efectiva de valor en aquella actitud serena,
imperturbable del conde; pero haba tambin buena porcin de esfuerzo y
estudio. Los jvenes salvajes, aunque poco dados en general a la
literatura, reciban no obstante su influencia. Lo que entre ellos priva
son los folletines y las novelas de saln. Estas, novelas trazan la
figura de un hombre ideal lo mismo que los libros de caballera.
Solamente que en las antiguas novelas, el hombre dechado era el que por
amor a las nobles ideas de justicia y caridad acometa empresas
superiores a sus fuerzas. En las modernas es el que por temor al
ridculo se abstiene de todo entusiasmo y de toda accin generosa. Al
hombre que arriesgaba su vida en todos los momentos por una causa til a
sus semejantes, ha sustitudo el que la arriesga por las nonadas de la
vanidad o la soberbia. Al caballero ha sucedido el espadachn.

Quedronse los contertulios comentando la serenidad del conde. Se le
ensalz aunque no muy vivamente ni por mucho tiempo. Es regla primera
del buen tono no asombrarse jams. La segunda hablar prolijamente de las
cosas leves y con sobriedad de las graves. Deshzose al fin la tertulia
vespertina. Salieron casi todos sus preclaros miembros y se esparcieron
por Madrid a difundir sus doctrinas, las cuales pueden resumirse de este
modo: "El hombre naci destinado a firmar pagars y gastar bigotes
retorcidos. El trabajo, la instruccin, el orden, son atentatorios al
estado de naturaleza y deben proscribirse de toda sociedad bien
organizada".

Ramoncito Maldonado, como siempre, se agarr a los faldones de su amigo
Pepe Castro. El lector est enterado ya de la profunda admiracin que le
profesaba. Ahora le toca saber que Pepe Castro se dejaba admirar lleno
de condescendencia, y que de vez en cuando se dignaba iniciarle en
algunos inefables secretos referentes a sus altas concepciones sobre las
yeguas inglesas y las boquillas de mbar. Ramoncito iba poco a poco
adquiriendo nociones claras, no slo de estas cosas, sino tambin del
modo ms adecuado de combinar el idioma francs con el espaol en la
conversacin familiar. Pepe Castro posea el don admirable de olvidar,
en un momento dado, la palabra castellana, y despus de algunas
vacilaciones pronunciar la francesa con perfecta naturalidad. Ramoncito
tambin lo haca, pero con menos elegancia. Asimismo iba distinguiendo
bastante bien las ostras de Arcachn de las que no son de Arcachn, el
Chteau-Laffite del Chteau-Margaux, la voz de pecho, en los tenores, de
la voz de cabeza, y la pasta dentfrica de Akinson de las otras pastas
dentfricas. No obstante, Ramoncito, como todos los nefitos, mucho ms
si poseen un temperamento exaltado y entusiasta, exageraba la doctrina
del maestro. Sean ejemplo de esta exageracin los cuellos de camisa.
Porque Pepe Castro los gastase altos y apretados haba razn para que
Ramoncito anduviese por esas calles de Dios con la lengua fuera,
padeciendo todo el da los preliminares de la pena del garrote? Y si
Pepe Castro, por motivo de una enfermedad nerviosa que haba tenido de
nio, cerraba el ojo izquierdo con frecuencia, lo cual sin duda le
agraciaba, con qu derecho pasaba el da Ramoncito haciendo guios a la
gente con el suyo? Adems, el joven concejal cargaba de perfumes no tan
slo el pauelo y la barba, sino toda su ropa, de suerte que a los diez
metros an trascenda y de cerca produca mareos. Pues bien, despus de
examinadas detenidamente, no hemos hallado en las ideas de su venerado
maestro nada que justifique esta censurable tendencia. Los ms bellos y
elevados preceptos de los grandes hombres, degeneran y se pervierten al
realizarse por sectarios y continuadores. Pepe Castro, aunque adverta
estas deficiencias e imperfecciones de su discpulo, no se las echaba en
cara. Antes, con la nobleza propia de los grandes caracteres, extenda
sobre l su clemencia para perdonarlas y ocultarlas. Nadie osaba, en su
presencia, hacer burla de los cuellos ni de los guios de Ramoncito.

Eran poco ms de las cuatro cuando entrambos salvajes salieron del club
abrochndose los guantes. A la puerta estaba la _charrette_ de Castro,
que ste despidi dando hora al cochero para el paseo. Antes deba hacer
una visita a ruego de Ramoncito. Caminaron por la calle del Prncipe,
donde el club est situado, a paso lento, observando con fijeza a las
mujeres que cruzaban. Detenanse a veces un instante para hacer algunas
indicaciones luminosas sobre su garbo y elegancia, no como el tmido
transeunte que contempla y suspira, sino como dos bajaes que entrasen en
un mercado de esclavas y antes de elegir discutiesen las cualidades de
cada una. A los hombres arrojbanles una rpida mirada despreciativa. Y
por si esto no bastaba se envolvan en una fuerte bocanada de humo para
hacerles presente que ellos, Pepe y Ramn, pertenecan a un mundo
superior, y que si caminaban por la calle del Prncipe era slo por
capricho y momentneamente. Siempre que se dignaban pasear un poco a pie
entre calles como ahora, en la expresin de su rostro haba cierto matiz
de sorpresa al ver que su paso no era acogido por la muchedumbre con
rumores de admiracin.

Maldonado era ms locuaz que su amigo. Sobre lo que iba y vena
expresaba su opinin levantando el rostro sonriente hacia Castro. Este
permaneca grave, solemne, respondiendo con monoslabos y adecuados
gruidos. Digamos que Ramoncito era mucho ms bajo que su maestro, no
slo moral, sino tambin fsicamente. Cuando paseaban a pie
representaban verdaderamente, el uno al sabio profesor que va dejando
caer gota a gota el raudal de su ciencia; el otro al ardoroso nefito
vido de enterarse y penetrar cuanto abarca su vista.

--Adonde vamos?--pregunt distradamente Castro al llegar a las cuatro
calles.

--Hombre, no habamos quedado en casar por casa de Caldern?--dijo
tmidamente y un poco despechado Ramoncito.

--Ah! s; se me haba olvidado.

El joven concejal suard silencio, admirando en su fuero interno aquella
singular facultad de olvidarlo todo, que posea su amigo. Y siguieron
por la Carrera de San Jernimo hguardoa Puerta del Sol.

--Cmo ests con Esperancita?--se dign preguntar Castro, soltando una
bocanada de humo y parndose a mirar un escaparate.

Ramoncito se puso serio repentinamente, casi casi plido, y comenz a
balbucir a tropezones:

--Lo mismo, chico.... Tan pronto arriba como abajo.... Unos das la
encuentro muy amable ... es decir, amable, no; pero al menos habladora.
Otros con un hocico de tres varas: se marcha en cuanto entro: apenas
contesta al saludo, como si la hubiese ofendido.... Comprendo que alguna
vez ha tenido motivos para estar enfadada. En el Real suelo ir al palco
de las de Gamboa, y pienso que se le ha metido en la cabeza que me gusta
Rosaura.... Mira t qu tontera! Rosaura!... Pero hace lo menos un
mes que no subo a saludarlas ... y lo mismo; lo mismo, chico, lo
mismo!... El otro da la pude pillar sola en el gabinete unos momentos,
y de prisa y corriendo le he dicho que deseaba saber en qu quedbamos.
Porque ya ves t, no es cosa de estar haciendo el oso eternamente.... Me
escuch con paciencia.... Te advierto que yo estaba enteramente
arrebatado y apenas saba lo que iba diciendo. Cuando conclu me dijo
que no tena motivos para estar enfadado y se escap a la sala. Despus
de esto quin no haba de entender que estaba el asunto arreglado?
Vamos a ver, cualquiera en mi caso no pensara que bamos a entrar en
el terreno de la formalidad?... Pues nada, a los dos das voy por all;
intento hablarle aparte en calidad de novio y me da un bufido que me
dej helado.... Y as estoy. Ni s si me quiere o si deja de quererme,
ni tengo tranquilidad para dedicarme a mis quehaceres ni hago otra cosa
que pensar en esa maldita chiquilla.

--Yo creo--respondi Castro sin dejar de contemplar con atencin el
escaparate frente al cual estaban--que esa nia te ha cogido la accin.

Ramoncito le mir sorprendido y respetuoso a la vez.

--Cmo la accin?--se aventur a preguntar.

--S; la accin. Lo importante, en cualquier combate, es coger la accin
al contrario. Si en el momento en que l piensa atacarte atacas t con
decisin, es casi seguro que llegas. Si vacilas eres perdido.

Al pronunciar las ltimas palabras, dej de contemplar el escaparate y
sigui su marcha majestuosa por la acera. Ramn hizo lo mismo. No haba
entendido bien la aplicacin que poda tener este smil arrancado a la
esgrima en su caso; pero se abstuvo de pedir explicaciones.

--De modo que t opinas...?

--Opino que ests demasiado enamorado de esa nia y que ella lo sabe.

--Pero vamos a ver, Pepe, qu motivos puede tener para
rechazarme?--comenz a decir sulfurado Ramoncito y como hablndose a s
mismo--. Qu es lo que espera esa chiquilla?... Su padre tiene dinero;
pero sern varios hermanos a repartirlo. Mariana es joven, y cuando
menos se pensaba ha principiado otra vez a echar al mundo hijos. Adems,
ya sabes cmo es don Julin. Antes que soltar un cuarto le harn rajas.
Y francamente, esperar a que se muera no me parece negocio. Yo no soy un
potentado, pero tengo fortuna regular, que es ma ya, sin esperar a que
se muera nadie.... Puedo proporcionarla las mismas comodidades que tiene
en su casa y el mismo lujo ... mayor lujo--aadi sacudiendo la cabeza
con plausible resolucin--.Luego, tengo por delante una carrera
poltica. Sabe ella si el da menos pensado no ser subsecretario o
director? Mi familia es mejor que la suya: mi abuelo no ha sido un
tendero como el padre de D. Julin.... Luego, no es una divinidad ni
mucho menos, una de esas chicas que llamen la atencin, sabes t? Por
qu hace tantos remilgos cuando yo soy quien le hago favor? Sabes quin
tiene la culpa? Pues Cobo Ramrez y otros babiecas como l, que la han
llenado la cabeza de viento.... Sin duda espera la tonta que venga un
prncipe de sangre real a buscarla!...

Ramoncito negaba belleza a su adorada. Es signo de hallarse profunda y
sinceramente enamorado el hombre; no ser hija de la vanidad su aficin.
El exceso de amor le arrastraba a injuriarla.

Castro medit que tal vez, la circunstancia de ser un poco desgalichado
y tener el cutis lleno de pecas, influira para que su amigo no lograse
xito lisonjero en esta como en otras empresas que haba acometido: pero
se abstuvo de manifestar tal sospecha. Prefiri asentar, cerrando los
ojos y soplando el humo del cigarro, esta verdad de carcter general:

--Las chicas son muy estpidas.

Ramoncito, de acuerdo con ella en principio, insisti, no obstante, en
determinarla por medio de aplicaciones ms o menos legtimas.

--Es una mentecata!... No sabe ella misma lo que quiere.... Crees que
ser posible llevarla al terreno de la formalidad algn da?

Esto del terreno de la formalidad era una frase a la cual profesaba
marcada predileccin el joven concejal. Siempre que hablaba de
Esperancita brotaba de sus labios tres o cuatro veces, como si
necesariamente fuera asociada a sus amores.

Pepe Castro sinti un malestar indecible: gui su ojo izquierdo
infinitas veces. En realidad, nunca le haba gustado anticipar ideas
sobre los acontecimientos futuros. Era ms caballista que profeta. Pero
en este caso le repugnaba doblemente porque nada halageo poda
anunciar a su amigo y admirador. Sacle del compromiso la aparicin de
una joven hermosa y elegantemente vestida que vena al encuentro de
ellos por la acera del Principal.

--Aqu est la Amparo--dijo con la gravedad displicente y desdeosa que
Ramoncito admiraba.

La querida de Salabert se acerc a ellos sonriente, saludndoles con
efusin, particularmente a Pepe Castro. Este le apret la mano sin
perder de su gravedad ni separar la boquilla de los dientes, lo mismo
que a un camarada a quien se acaba de ver en el caf.

--Adnde vais, granujas?

--Pues a casa de Caldern a pasar un rato.

--Venid conmigo. Voy a comprar un joyero. Me ayudaris a elegirlo ... y
me lo pagaris.

Hablaba en tono alegre y afectuoso: no pareca la misma criatura
desabrida y mal humorada que hemos visto en su hotelito del barrio de
Monasterio. Sin duda, todo el mal humor lo reservaba para Salabert.

--Esto es bueno!--exclam Castro dignndose sonrer levemente--. Nos
pides joyas a nosotros cuando tienes en tu casa el bolsillo de Salabert?
Mete la mano en l, tonta.

--Ya lo hago, hijo. Descuida.

--Pues bien podas proteger un poco al pobre Manolo, que anda a oscuras
hace tiempo.

--Pobrecillo! Pero de veras anda tan mal de guita? Yo cre que slo
era de la cabeza.

--Eso es: rete despus que le has desplumado.

--Oye, nio: yo no le he desplumado, por una razn muy sencilla: cuando
vino a mi poder ya no tena plumas--dijo la Amparo ponindose seria.

--No es verdad eso. Manolo ha gastado contigo ms de cuarenta mil duros.

--Eche usted duros! As me luca a m el pelo cuando le puse a la
puerta. Si tardo un poco ms en hacerlo, voy a San Bernardino a la
_grand Dumond_.

--Bien, pues no los ha gastado. A m qu?--repuso el gallardo Pepe
alzando los hombros--. Quieres venir a cenar hoy con nosotros a Fornos?

--Con quin?

--Con ste y conmigo. Invitaremos tambin a Len y a Rafael para que
lleven a Nati y Socorro. Tienes inconveniente en que vaya Manolo?

--Al contrario, hijo, si a Manolo le quiero ms de lo que te figuras!

--Pues haras bien en darle de vez en cuando alguna conferencia ntima;
si no, me temo que haya que llevarlo pronto al manicomio.

--No creas que est siempre en mi mano. El otro to es muy escamn.
Despus del Real verdad? No me llevis ms gente. El ruido no me
conviene ahora que estoy bien colocada sabis? Hasta luego. Oye, t,
feo--dirigindose a Ramn--, por qu no hablas? Ya me han dicho que
quieres casarte con la chiquilla de Caldern.... Pues hijo, t horroroso
y ella ms fea que azotar a un Cristo, vais a echar unos nenes que habr
que ensearlos en una barraca. Adis, Pepe: no te olvides de los
boquerones. Ya sabes que no ceno sin ellos. Hasta luego.

Ramoncito se haba puesto rojo de ira al oir tratar con tal desprecio a
su adorada, sin tener presente que un momento antes haba hecho l lo
mismo. Y hubiera arremetido a la Amparo con alguna insolencia gorda, si
sta no se hubiese alejado sin fijarse poco ni mucho en la desazn que
causaba. Contentse con murmurar fatdicamente rechinando un poco los
dientes:

--Me parece que voy a ponerte yo la vergenza que no tienes!

El encuentro con la querida de Salabert en el momento en que se hallaba
en lo ms culminante de sus confidencias, le haba turbado, y por eso no
haba despegado los labios. Apresurse a anudar el hilo por donde
aqulla lo haba roto, preguntando a su amigo y maestro:

--Vamos a ver, Pepe: t en mi caso qu haras?

Castro camin en silencio un rato mirando con fijeza a los balcones de
las casas, sorprendido sin duda de que la gente no saliese a verle
pasar. Luego, dando tres o cuatro largos chupetones al cigarro y
revistiendo un aire reflexivo y grave, respondi:

--Hombre (pausa); yo, en tu caso, principiara por no estar enamorado.
El amor es para los _fanciullos_, no para ti y para m.

--Eso es inevitable, Pepe!--exclam el concejal en un estado tan triste
y miserable que daba pena verlo.

--Bien, pues si no puedes vencer esa _chifladura_, lo mejor es no darla
a conocer. Por qu tratas de persuadir a Esperancita de que te mueres
por ella? Crees que eso sirve para algo? Procura convencerla de lo
contrario y vers cunto mejor es el resultado.

--Qu quieres que haga?--pregunt con angustia.

--Que no te manifiestes tan rendido, hombre. Que no seas tan meln. No
vayas tanto a su casa. No la mires con ojos de carnero a medio degollar.
Llvale la contraria cuando diga alguna tontera: insinala que hay
mujeres que te gustan mucho ms. Date un poco de tono, y ya veras cmo
el asunto toma mejor aspecto....

--No puedo, no puedo, Pepe!--exclam Ramoncito pasndose la mano por la
frente en el colmo de la congoja--. Al principio todava era dueo de
m; poda hablarle con desembarazo y coquetear con otras.... Hoy me es
imposible! As que la tengo delante me aturdo, me atortolo, no digo ms
que necedades. Si la encuentro de mal humor sobre todo. Cada
contestacin suya me deja helado. No puedes figurarte qu tono tan
displicente sabe sacar esa chiquilla cuando quiere. Si trato de hablar
con otra, basta que Esperanza me ponga la cara risuea para que la deje
inmediatamente. He llegado a pasar un mes sin dirigirle apenas la
palabra; pero al fin no pude resistir ms y volv a entregarme. Prefiero
su conversacin, aunque me maltrate, a la de todas las dems....

Ambos guardaron silencio como si caminasen bajo el peso de una grave
desgracia. Pepe Castro meditaba.

--Ests perdido, Ramn--dijo al fin tirando la punta del cigarro y
frotando la boquilla con el pauelo antes de guardarla--. Ests
completamente perdido. Todo eso que me cuentas no tiene sentido comn.
Si supieses conducirte no hubieras llegado a semejante estado. A las
mujeres se las trata siempre con la punta de la bota: entonces marchan
admirablemente....

Despus de verter estas breves y profundas palabras, se par delante de
un escaparate.

--Hombre, mira qu collar tan bonito. Si le viniese bien al _Perl_ se lo
compraba.

Ramoncito mir el collar sin verlo, enteramente absorto en sus
tristsimos pensamientos.

--Pues, s, Ramoncillo--continu el distinguido salvaje echndole un
brazo sobre el hombro--, ests perdido.... Sin embargo, yo me
comprometa a lograr que Esperanza te quisiera con tal que hicieses lo
que te he dicho.... Ensaya mi mtodo.

--Ensayar lo que quieras. Deseo salir a todo trance de esta
situacin--repuso el concejal conmovido.

--Pues mira, por lo pronto no irs a casa de Caldern sino cada ocho o
diez das.... Iremos juntos o nos encontraremos all. No debes quedar
solo: en un momento de debilidad echaras a perder toda la obra.
Hablars poco con Esperanza y mucho con las chicas que all estn.
Procura ensalzar a las rubias, a las altas, a las blancas, en fin, a las
mujeres que tienen el tipo opuesto al de ella y no dejes de
entusiasmarte bastante. Llvale la contraria, pero sin apurarte mucho.
Eres muy testarudo y no conviene disputar demasiado. Un tono suave y
despreciativo surte mejor efecto. Lo ms conveniente es que me mires de
vez en cuando. Yo te har alguna sea con disimulo: de este modo irs
siempre pisando en firme....

Todava, antes de llegar a la puerta de la casa de Caldern, tuvo tiempo
Castro para ampliar con otros valiosos datos esta gallarda muestra de su
talento didasclico. Slo una inteligencia maravillosamente perspicua
unida a larga y aprovechada experiencia, slo un espritu refinado poda
penetrar tan hondamente en el secreto conflicto que la resistencia de
Esperanza a consagrar su corazn a Ramoncito, haba creado. Al mismo
tiempo era el nico que poda darle una solucin satisfactoria. El joven
concejal lleg al domicilio de su adorada en un estado de relativa
tranquilidad. En cuanto a sus propsitos ntimos, slo podemos decir que
iba determinado a revestirse de un gran aspecto de dignidad y a oponer
abierta resistencia a las tendencias invasoras de la nia de Caldern.

Para comenzar juzg oportuno meter las manos en los bolsillos y plegar
los labios con una sonrisilla irnica y protectora. De esta suerte entr
en el gabinete donde estaba reunida la familia del opulento banquero,
balanceando la cabeza como si no pudiese con ella a causa del nmero
incalculable de pensamientos que guardaba dentro, de los modales
elegantes a los modales groseros no hay ms que un paso, como de lo
sublime a lo ridculo. As que, no nos atrevemos a asegurar que
Ramoncito, en la primera etapa de su conversacin con Esperancita, se
mantuviese siempre del lado de ac de la elegancia. Hay algn fundamento
para pensar que no fu as. Lo que, salvando nuestra conciencia de
historiadores veraces podemos afirmar, es que Esperancita tard bastante
tiempo en advertirlo, y que despus de advertirlo no caus en ella la
honda impresin que deba esperarse.

En el gabinete costurero donde los introdujeron, estaban bordando D.
Esperanza, Mariana y Esperancita. O hablando con exactitud, las que
bordaban eran doa Esperanza y Esperancita: Mariana se mantena sentada
en una butaca, mirando al vaco en perfecto estado de inmovilidad. Pepe
Castro y Ramn eran amigos ntimos de la familia y se les reciba sin
ceremonia y con agrado. Despus de algunos elusivos apretones de manos,
con la sola excepcin del de Maldonado a Esperancita, que no lleg a
realizarse porque aqul se distrajo intencionalmente para dar comienzo
digno a la gran serie de desaires de todas clases con que pensaba
atormentar a su adorada, acomodronse en sendas sillas. Pepe al lado de
Mariana; Ramn junto a D. Esperanza. Antes de hacerlo, el joven
concejal tuvo ya un momento de debilidad. Viendo a Esperancita algo
apartada de su madre y abuela, pens que era propicia ocasin para
mantener con ella conversacin secreta, y vacil en llevar all su
silla. Una mirada expresiva de Castro le hizo volver en su acuerdo.

--Buenos ojos le vean a usted, Pepe--dijo Esperancita clavando los
suyos, risueos y nada feos, en el famoso salvaje.

--Preciosos son los que le estn viendo ahora--se apresur a decir
Ramoncito.

Castro, antes de responder, le volvi a mirar severamente. El concejal,
aturdido, dijo para amenguar un poco su torpeza:

--Porque sta es la familia de los ojos bonitos.

--Gracias, Ramn. Ya empieza usted a ser falso como todos los
polticos--manifest Mariana.

--Siempre justiciero, Mariana!--exclam aqul, rojo de placer, oyndose
llamar hombre pblico.

--Cuntos das hace que no he estado aqu?--pregunt Castro a la nia.

--Lo menos quince.... Ver usted: ha estado la ltima vez, un lunes....
Estaba aqu Pacita.... Hoy es sbado.... Trece das justos.

Nunca haba tenido tan presentes los das en que Maldonado visitaba la
casa. Castro acogi esta prueba de inters con indiferencia.

--Pens que no haca tantos das.... Cmo se pasa el tiempo! aadi
profundamente.

--Claro! A usted se le pasa volando, lejos de nosotros.

El joven sonri bondadosamente y pidi permiso para encender un cigarro.
Despus dijo:

--No; an se me pasa ms de prisa al lado de ustedes.

--Ms que en casa de ta Clementina?--pregunt la nia en un tono
inocente que haca dudar de su intencin.

Castro se puso serio y la mir fijamente. Sus relaciones con la hija de
Salabert se haban mantenido hasta entonces bastante secretas. El que se
descubriesen en casa de la hermana del marido, le inquiet. Esperancita
se puso como una cereza bajo la penetrante mirada del joven.

--Lo mismo--concluy por decir con frialdad--. Todos son buenos amigos.

--Va usted hoy a casa de mi cuada?--dijo Mariana sin advertir lo que
pasaba.

--Iremos Ramn y yo: no es sbado hoy? Y ustedes?

--Yo no tengo gana de recepcin. Hace unos das que me encuentro un poco
molesta de la garganta.

--No digas que ests enferma, mam. D que te gusta ms meterte en la
cama temprano--manifest Esperancita con mal humor.

La madre la mir con sus ojos grandes, apagados.

--Tengo la garganta irritada, nia.

--Qu casualidad!--exclam sta en tonillo irnico--. No te he odo eso
hasta ahora.

--Si es que t tienes ganas de ir--repuso Mariana acabando de
adivinarlo--, que te lleve tu pap.

--Bien sabes que pap, no saliendo t, no quiere salir.

El tono de Esperancita revelaba despecho. Por los ojos de Ramoncito pas
un relmpago de alegra legtima y dirigi una mirada de triunfo a su
amigo Pepe. La nia mostraba deseos de ir desde que supo que l
asistira tambin.

La conversacin comenz a rodar sobre lugares comunes, detenindose con
predileccin en el ms comn de todos en la corte, o sea sobre los
artistas del teatro Real. Se habl de la belleza de la Tosti. Ramoncito,
enternecido por el triunfo que acababa de obtener, quiso negrsela;
maldijo de las mujeres altas, y sobre todo de las rubias. A l no le
gustaban ms que los tipos morenitos, carirredondos, de mediana estatura
y de ojos negros (en fin, el de Esperancita; no le faltaba ms que
nombrarla). Su amigo Pepe, alarmado por este desahogo que daba al traste
con todos los planes de asedio en que haban convenido, le hizo una
porcin de guios disimulados hasta que consigui traerlo al buen
camino. Pero lo hizo tal mal, esto es, comenz a contradecirse de un
modo tan lamentable, que las seoras se lo hicieron notar en seguida. Se
aturdi y se hizo un lo, del cual no hubiera podido salir sin un capote
que muy a tiempo le ech su amigo y maestro. Para reparar un poco la
torpeza se puso a contarles lo que haba pasado el da anterior en el
Ayuntamiento, con tales pormenores, que Mariana no tard en bostezar
como una bendita que era, y D. Esperanza se enfrasc en su bordado y
di seales de estar pensando en cosas muy distintas. Esperancita
termin por hacer una sea a Castro para que se acercase. Este obedeci
trasladndose a una sillita cerca de la de ella.

--Oiga, Pepe--le dijo la nia en voz baja y temblorosa--. Hace poco le
he visto a usted ponerse serio conmigo. No s si habr dicho algo que le
pudiera molestar. Si fu as, perdneme.

--No s a qu alude usted. A m no puede molestarme nada de lo que me
diga una nia tan linda y tan simptica como usted--manifest el joven
con su bella sonrisa de sultn.

--Me alegro de que haya sido nicamente aprensin.... Muchas gracias por
las flores, si es que usted las siente, que lo dudo.... A m me dolera
en el alma causarle a usted un disgusto....

Al decir estas ltimas palabras, la nia se ruboriz hasta las orejas.

--Pues tengo noticia de que es usted aficionada a darlos.

--Oh, no!

--Eso dice mi amigo Ramn.

El rostro de Esperancita se oscureci al oir este nombre. Una arruguita
severa cruz su frente virginal.

--No s por qu lo dice.

--No le remuerde a usted nada la conciencia?

--Ni pizca.

--Oh, qu corazn tan emperdenido!

--Por qu? Si le he proporcionado alguna pena ser que l se la habr
buscado.

--Eso mismo le he dicho yo.... Pero, en fin, creo que el enfermo ya est
en vas de curacin y que no se pondr ms al alcance de sus dardos....
Le veo bastante ms alegre y despreocupado de algunos das a esta parte.

Castro trabajaba sinceramente y de buena fe por su amigo.

--Mucho me alegrara de que as sucediese--respondi la nia con
perfecta naturalidad.

Castro hizo una defensa apasionada de su amigo, lo recomend con toda
eficacia a la benevolencia de Esperanza. Mas al verter en el odo de
sta algunas exageradas frases de elogio, el tono displicente con que
las pronunciaba y la sonrisa burlona que no se le caa de los labios,
las desvirtuaban bastante. Aunque as no fuese, la hija de Caldern las
hubiera acogido con la misma hostilidad.

--Vamos, Pepe, usted tiene ganas de guasearse!

--Que s, Esperancita, que s! Ramn tiene un gran porvenir y no sera
difcil que con el tiempo le veamos ministro.

El concejal, mientras tanto, explicaba con la fluidez que le
caracterizaba, a Mariana y D. Esperanza, de qu modo haba descubierto
un fraude de consideracin en los derechos de consumos. Trescientos
cincuenta jamones se haban introducido, haca pocos das, de matute con
la anuencia de algunos empleados del municipio. Ramoncito pensaba llevar
a estos empleados a la barra en brevsimo plazo. Mariana le suplicaba
que no fuese excesivamente severo con ellos; seran tal vez padres de
familia. Mas no lograba ablandarle. Indudablemente, sus principios de
justicia municipal eran ms inflexibles que sus msculos cervicales, a
juzgar por el nmero incalculable de veces que volva la cabeza hacia el
sitio en que Esperancita y Pepe departan. No estaba celoso. Tena
confianza plena en la lealtad de su amigo. Pero le gustaba que su
adorada le escuchase cuando pronunciaba las frases: "_a la barra_", "_yo
pienso dictaminar en mal sentido_", "_la ley municipal exige que los
aforos_", _etc._, a fin de que el ngel de sus amores se fuera
penetrando de los altos destinos a que la suerte la tena reservada
unindose a un hombre tan enrgico y tan administrativo. Todos aquellos
discursos pronunciados en alta voz, no eran ms que una continua y
tierna invitacin para que de una vez entrase "en el terreno de la
formalidad".

Oyronse en esto pasos en la habitacin contigua, y una tos que los
presentes conocan admirablemente. D. Esperanza, al escucharla, entreg
con precipitacin, mejor dicho, arroj la labor que tena entre manos en
el regazo de su hija. Cuando Caldern entr, Mariana bordaba con
afectada aplicacin mientras su Madre se mantena mano sobre mano, como
si hiciese largo rato que se hallase en tal postura. Ramoncito y Castro
apenas se fijaron en esta maniobra. La razn de ella era que Caldern no
perdonaba a su esposa la apata, la pereza, juzgando estos vicios como
verdaderas calamidades, considerndose muchas veces desgraciado por
haberse unido a una mujer tan holgazana. No es que el trabajo de ella
importase poco ni mucho en su casa; pero su temperamento de trabajador
infatigable se revelaba en presencia de otro tan diametralmente
contrario. La flojedad, el abandono de Mariana crispaban sus nervios,
daban lugar a agrias contestaciones y a reyertas frecuentes. Ella se
defenda suavemente. Alegaba que sus padres no la haban criado para
jornalera, porque tenan medios suficientes para hacerla vivir como
seora. Con esto D. Julin se enfureca an ms; gritaba que todo el
mundo tiene el deber de trabajar, por lo menos de hacer algo. La
completa ociosidad es incomprensible. La mujer est obligada a cuidar de
que no se desperdicie la hacienda de la casa, ya que no contribuya a
acrecentarla, etc., etc. En fin, que la causa de los disgustos
domsticos era esta irremediable holgazanera de la seora. D.
Esperanza era muy diversa de su hija. Temperamento activo, vigilante,
tan avara o ms que su yerno, no poda jams estar un cuarto de hora sin
tener algo entre manos. En los negocios interiores de la casa no tena
intervencin muy sealada. Caldern se complaca en ordenarlo y
manejarlo por s mismo todo. Y esto significa una contradiccin que
debemos hacer resaltar para que se comprenda bien su carcter. Quejbase
amargamente porque su mujer no serva para llevar el gobierno de la
casa, porque l se vea obligado a hacerse cargo de l; y no obstante,
sabiendo que su suegra serva muy bien para el caso, no quera
entregrselo. Esto hace sospechar que, aunque Mariana fuese un prodigio
de actividad y de orden, no consentira tampoco en abandonar la
direccin de los asuntos interiores como de los exteriores. Su carcter
receloso y srdido le haca preferir siempre el trabajo al descanso.
Quisiera tener cien ojos para ponerlos todos sobre los objetos de su
pertenencia.

Doa Esperanza tambin deploraba el carcter de su hija; marchaba muy de
acuerdo con la ruindad de su yerno, ayudndole no poco en la vigilancia
de la casa. Mas, aunque la reprendiese a menudo por su apata, como al
fin haba salido de sus entraas, le dola que Caldern lo hiciese,
senta vivamente las reyertas matrimoniales. Por eso, siempre que poda
las evitaba aunque fuese a costa de un sacrificio, tapando las faltas de
Mariana, hacindose ella misma voluntariamente culpable de ellas. Tal
era la razn de haberle entregado con tanta premura el cojn que estaba
bordando.

D. Julin entr con un libro en la mano, que no era el _Diario_, ni el
_Mayor_, ni el _Copiador de cartas_, sino lisamente el folletn de _La
Correspondencia_, que acostumbraba a recortar con gran esmero y luego
cosa. Aunque parezca raro, D. Julin era aficionado a las novelas; pero
no lea ms que las de _La Correspondencia_, las piadosas que regalaban
a su hija en el colegio. Por impulso propio no haba entrado jams en
una librera a comprar alguna. No slo era aficionado a leerlas, sino lo
que aun es ms raro, se enterneca notablemente con ellas. Porque
guardaba en su pecho un gran fondo de sensibilidad. Era una flaqueza de
su organismo, lo mismo que el asma y el reuma. Las desgracias del
prjimo, la miseria, le compadecan extremadamente. Si pudiesen
remediarse de cualquier otro modo que no fuese con dinero, es seguro que
las hara desaparecer en seguida. Los rasgos de generosidad le hacan
llorar de entusiasmo; pero se juzgaba, y con razn, impotente para
llevarlos a cabo. As y todo haca esfuerzos supremos por violentar su
naturaleza. En realidad, no era de los ricos menos limosneros que
hubiese en Madrid. Tena una cantidad fija destinada a los pobres y les
llevaba la cuenta en sus libros como si fuesen acreedores. Una vez
agotada la cantidad mensual, creemos que si viese morirse de hambre en
la calle a un desgraciado, no le socorrera con una peseta, no por falta
de sensibilidad, sino por las profundas races que tenan en su corazn
los nmeros. La idea de desprenderse de algo suyo por otro medio de
enajenacin que no fuese la compra-venta, era para l casi
incomprensible. Sus limosnas tenan por esto un mrito muy superior a
las de otras personas.

Cuando entr en el costurero manifestaba en el rostro seales de
hallarse conmovido. Despus de haber saludado a los forasteros, profiri
sentndose en una butaca:

--Acabo de leer en esta novela un captulo precioso ... precioso!... No
pude resistir a la tentacin de venrselo a leer a stas....

Se detuvo porque no se atreva a proponrselo a Castro y Ramoncito,
aunque lo deseaba. Era muy amigo de leer en alta voz, por lo mismo que
lo haca medianamente. Mariana se complaca mucho en oir leer. De modo
que, por este lado, marchaba bien el matrimonio.

--Lelo, hombre.... Creo que a Pepe y Ramn no les molestar--dijo
aqulla.

Castro hizo un leve signo de aquiescencia, Ramoncito se apresur a
manifestar con ademanes extremosos que tendran un gran placer ... que
l era muy aficionado a los bellos captulos, etc. Pocas gracias!
Viniendo del padre de su amada, sera capaz de escuchar con atencin la
lectura de la tabla de logaritmos.

D. Julin se cal las gafas y se puso a leer, con una voz blanca de gola
que tena reservada para estas ocasiones, cierto captulo en que se
describan los sufrimientos de un nio perdido en las calles de Pars.
Al instante comenzaron a arrasrsele los ojos y a alterrsele la voz.
Concluy por anudrsele de tal suerte, que apenas se le entenda.
Ramoncito se vi necesitado a tomarle el legajo y a continuar la lectura
hasta el fin. Castro, en presencia de aquellas ridiculeces, ocultaba su
sonrisa de hombre superior detrs de grandes bocanadas de humo.

Terminado el captulo y comentado en los trminos ms lisonjeros para
todos los presentes, Mariana volvi los ojos hacia su labor. Observ que
iba a hacer falta un pedazo de seda para el forro, pues estaba a punto
de terminarse. D. Esperanza, con quien comunic este pensamiento, fu
de la misma opinin.

--Ramoncito--dijo la primera--hgame el favor de oprimir ese botn.

El concejal se apresur a cumplir el mandato. Al cabo de un instante se
present la doncella de la seora.

--Tiene usted que salir a comprar una vara de seda--le dijo sta.

La domstica, despus de enterarse de las particularidades del encargo,
se dispuso a salir para darle cumplimiento. D. Julin, que haba
escuchado atentamente, la detuvo con un gesto.

--Agurdese un momento.... Voy a ver si por casualidad tengo yo lo que
les hace falta.

Y sali con paso vivo de la estancia. No tard tres minutos en regresar
con un paraguas viejo entre las manos.

--A ver s os puede servir la seda de este paraguas--dijo--. Me parece
que es del mismo color....

Castro y Maldonado cambiaron una mirada significativa.

Mariana lo tom ruborizndose.

--En efecto, es del mismo color ... pero est todo picado.... No sirve.

Esperancita finga estar absorta en su labor; pero tena el rostro como
una amapola. Tan slo D. Esperanza tom en serio el asunto y lo
discuti. Al fin fu desechado, con disgusto del banquero, que qued
murmurando algunas frases poco halageas acerca del orden y economa de
las mujeres.

Ramoncito ya no poda sufrir ms aquella pena de Tntalo a que la
experiencia de su amigo le condenaba. No cesaba de mirar hacia el sitio
donde ste y Esperancita departan. Principi por levantarse de la silla
con pretexto de estirar un poco las piernas y di unos cuantos paseos.
Poco a poco fu acercndose a ellos: concluy por detenerse delante.

--Qu tal, Esperanza.... Hace mucho que no ha visto a su amiga
Pacita?

Qu pretexto tan burdo para detenerse! El mismo lo comprendi as y se
ruboriz al pronunciar estas palabras. Castro le dirigi una mirada
fulminante; pero, o no la vi, o se hizo como que no la vea.
Esperancita frunci el entrecejo y contest secamente que no se acordaba
con precisin.

Esto bastara para que cualquiera se diese por advertido. Ramoncito no
se di. Antes quiso prolongar la conversacin con frases absurdas o
insustanciales. Hasta tuvo conatos de agarrar una silla y sentarse al
lado de ellos: pero Castro se lo impidi dndole, al descuido, un feroz
y expresivo pisotn en los callos que le hizo volver en su acuerdo.
Continu, pues, su paseo melanclico y no tard en sentarse de nuevo
junto a sus futuras suegra y abuela. Al poco rato estaba empeado en una
discusin animada con Caldern sobre si el adoquinado de las calles
deba de hacerse por contrata o por administracin. De buena gana
hubiera cedido. Su inters estaba en hacerlo, porque al fin se trataba
del hombre en cuya mano estaba su felicidad o su desgracia; pero aquel
pcaro temperamento terco y disputn con que la naturaleza le dotara, le
arrastraba a proseguir, aunque vea a su suegro encendido y a punto de
enfadarse.

Afortunadamente para l, antes que llegase este punto, se present en la
estancia un criado.

--Qu hay, Remigio?--le pregunt el banquero.

--Acaba de llegar un amigo del Pardo, el cochero de los seores de
Mudela, y me ha dicho que el seorito Leandro se encontraba un poco
enfermo....

--Claro! Qu le haba de pasar a ese chiquillo!... No est
acostumbrado a tales juergas. Toda la vida en el colegio o pegado a las
faldas de su madre. De pronto le sacan a esta vida agitada.... Y qu es
lo que tiene?

Leandro era un sobrino carnal de D. Julin, hijo de una hermana que
resida en la Mancha. Haba venido a pasar una temporada a Madrid y la
pasaba alegremente reunido a otros muchachos de la misma edad. Para
cierta excursin de campo haba pedido a su to el carruaje. Este, por
no ofender a su hermana a quien por razn de intereses estaba obligado a
guardar consideraciones, se lo haba otorgado, aunque con gran dolor de
su corazn.

--Me parece que le ha hecho dao el sol y la comida....

--Bueno, una indigestin.... Eso pasar pronto.

--Yo creo que debas ir all, Julin--, manifest Mariana.

--Si hubiese necesidad, claro que ira. Pero por ahora no la veo.... D
t, Remigio, no puede trasladarse aqu? Se ha quedado en la cama?

--Ah est el caso, seor--, dijo el criado dando vueltas a la gorra y
bajando los ojos como si temiese dar una noticia muy grave--. La
cuestin es que una de las yeguas, la _Primitiva_, est enfosada.

Caldern se puso plido.

--Pero no puede venir?

--No, seor, est bastante malita, segn dice el cochero de Mudela....
Claro! como esos chicos no entienden, la han hartado de agua....

D. Julin se levant presa de violenta agitacin, y sin decir palabra
sali de la estancia seguido de Remigio.

Castro y Ramoncito cambiaron otra vez una mirada y una sonrisa.
Esperancita las sorprendi y se puso colorada.

--Qu a pecho toma pap estas cosas!

--Podra no tomarlo, nia!--exclam D. Esperanza con voz irritada--.
Un tronco que ha costado quince mil pesetas.... Pues digo yo si es una
gracia de Leandrito!

Y sigui buen rato desahogando su furia, casi tan grande como la de su
yerno. Castro y Ramoncito se levantaron, al fin, para irse. Mariana, que
haba tomado con mucha filosofa la desgracia, les invit a comer.

--Qudense ustedes.... Ya ha pasado la hora de paseo.

--No puedo--dijo Castro--. Hoy como en casa de su hermano.

--Ah! verdad que es sbado, no me acordaba. Nosotras iremos (si no
estoy peor) a las diez, a la hora del tresillo.

--Come usted todos los sbados en casa de ta Clementina?--preguntle
por lo bajo Esperancita con inflexin extraa.

El lechuguino la mir un instante.

--Casi todos como en casa de su to Toms.

--Ta Clementina es muy guapa y muy amable.

--Esa fama goza--repuso Castro un poco inquieto ya.

--Tiene muchos admiradores. No es usted uno de los entusiastas?

--Quin se lo ha dicho a usted?

--Nadie; lo supongo.

--Hace usted bien en suponerlo. Su ta es, a mi juicio, una de las
seoras ms hermosas y distinguidas de Madrid.... Vaya, hasta otro rato,
Esperancita.

Y le alarg la mano con un aire displicente que hiri a la nia. El
despecho de sta se manifest llamando a Ramoncito, que se mantena un
poco alejado.

--Y usted, Ramn, por qu no se queda? Come usted tambin en casa de
ta Clementina?

--No: yo no....

--Pues qudese usted, hombre. Ya procuraremos que no se aburra.

--Yo aburrirme al lado de usted!--exclam el concejal, casi
desfallecido de placer.

--Nada, nada: definitivamente se queda verdad? Que se vaya Pepe, ya que
tiene otros compromisos.

Ramoncito iba a decir que s con todas las veras de su alma; mas por
encima de la cabeza de la nia, Castro principi a hacerle signos
negativos, con tanta furia, que el pobre dijo con voz apagada:

--No ... yo tampoco puedo....

--Por qu, Ramn?

--...Porque ... tengo que hacer.

--Pues lo siento.

El concejal estaba tan conmovido que apenas pudo murmurar algunas
palabras de gracias. Sali de la estancia casi a rastras. Una vez en la
calle, Pepe le felicit calurosamente y le anunci que aquella firmeza
dara buenos resultados. Pero l acogi las enhorabuenas con marcada
frialdad. Se obstin en guardar silencio hasta su casa, donde su amigo y
maestro le dej al fin llena la cabeza de lgubres presentimientos y ms
triste que la noche.




VII

#Comida y tresillo en casa de Osorio.#


Al da siguiente de haber subido a casa de Raimundo, Clementina estaba
ms avergonzada y pesarosa de haberlo hecho que en el momento de bajar
la escalera. Los seres orgullosos sienten remordimientos por una accin
que en su concepto los ha humillado, como los justos cuando han faltado
a la humildad. En su interior confesaba que haba dado un paso en falso.
La serenidad y la cortesa de aquel muchacho, a la vez que lo elevaban a
sus ojos, irritaban su amor propio. Qu comentarios no habran hecho l
y su hermana despus de aquella ridcula y extempornea visita! Al
pensar en ello se le suban los colores a la cara. Por no ver ni ser
vista de Alczar desde su mirador, dej de salir a pie. El joven cumpla
su promesa: no hall rastro de l por ninguna parte.

Mas sin saber por qu causa, la imagen de ste flotaba siempre delante
de sus ojos; con frecuencia acuda a su mente. Era por aversin? por
resentimiento? Clementina no poda de buena fe afirmarlo. Su ex
perseguidor no tena nada en la figura ni en el trato que lo hiciese
aborrecible. Sera, por el contrario, que le hubiese impresionado
demasiado favorablemente su presencia? Tampoco. Vea diariamente en
sociedad muchos jvenes ms gallardos y de ms agradable conversacin.
As que, la sorprenda tanto como la irritaba encontrarse pensando en
l. Nunca dejaba de protestar interiormente contra esta involuntaria
inclinacin, y de enfadarse consigo misma. Transcurridos algunos das
despus de la escena relatada decidise a salir una tarde a pie. El no
hacerlo le iba pareciendo cobarda, conceder demasiado honor a aquel
chiquillo. Cuando pas cerca de su casa levant los ojos y le vi como
siempre al mirador con un libro en la mano. Bajlos instantneamente y
cruz de largo seria y erguida. Mas a los pocos pasos sinti vago
malestar como si no quedase satisfecha de s misma. La verdad es que el
no saludar o no haber siquiera esperado el saludo del joven, no haba
estado bien hecho despus de sus francas explicaciones y de la
amabilidad que con ella haba usado mostrndole la rica coleccin de sus
mariposas y ofrecindosele tan finamente.

Al da siguiente sali tambin a pie y repar la injusticia del anterior
clavando con fijeza su vista en el alto mirador. Raimundo le envi un
saludo tan respetuoso y una sonrisa tan inocente, que la hermosa dama se
sinti halagada. No pudo ocultarse que aquel joven tena singular
dulzura en los ojos, que le haca muy simptico, y que su conversacin,
si no repleta de donaires, revelaba firmeza de entendimiento y un
espritu culto. Estas observaciones debi de hacerlas a su debido
tiempo; pero no las hizo por causas que ignoramos. Desde este da
comenz a salir como antes. Al cruzar por delante de la casa de Raimundo
nunca dejaba de enviar su cabezadita amistosa al mirador, desde donde le
contestaban con verdadera efusin. Y segn iban transcurriendo los das,
el saludo era cada vez ms expresivo. Sin hablarse una palabra parece
que se estableca la confianza entre ellos.

Clementina no trat de analizar el sentimiento que le inspiraba el joven
Alczar. Era poco aficionada a mirarse por dentro. Crea vagamente que
haca una obra de caridad mostrndose corts con l. "Pobre
muchacho!--se deca--. Cmo adoraba a su madre! Y ella qu feliz debi
de haber sido con un hijo tan bueno y carioso!" Una tarde, cuando va
llevaba ms de un mes de estos saludos, le pregunt Pepe Castro:

--Oyes: ha dejado de seguirte ya aquel chiquillo rubio de marras?

Clementina sinti un estremecimiento raro: se puso levemente colorada
sin saber ella misma por qu.

--S ... hace ya lo menos un mes que no le he visto.

Por qu menta? Castro estaba tan lejos de pensar que entre aquel
perseguidor desconocido y su querida mediase ninguna relacin, que no
advirti el rubor. Pas en seguida a otra cosa con indiferencia. Mas,
para nuestra dama, aquel singular sacudimiento y aquel calorcillo en las
mejillas fu una especie de revelacin vaga de lo que en su espritu
acaeca. El primer dato concreto de esta revelacin fu que al salir de
casa de su amante, en vez de ir pensando en l, reflexion que Alczar
cumpla demasiado fielmente su palabra de no seguirla. El segundo fu
que al detenerse en un escaparate de joyera y ver un imperdible de
brillantes en figura de mariposa, se dijo que algunas de las que haba
visto en casa de su amiguito rubio eran mucho ms hermosas y brillantes.
El tercero lo adquiri al entrar en casa de Fe a comprar unas novelas
francesas. Ocurrisele al ver tanto libro, que su amante Pepe Castro no
haba ledo ninguno de ellos, ni lo leera probablemente. Antes, le
haca gracia esta ignorancia: ahora la encontraba ridcula.

Transcurran los das. La seora de Osorio, hastiada de la vida
elegante, habiendo agotado todas las emociones que ofrece a una dama
ilustre por su hermosura y su riqueza, se iba placiendo extremadamente
en aquel saludo inocente que casi todos los das cambiaba con el joven
del mirador. Una tarde, habindose bajado del coche en el Retiro para
dar algunas vueltas a pie, tropez con Alczar y su hermana en una de
las calles de rboles. Dirigiles un saludo muy expresivo. Raimundo
respondi con el mismo afectuoso respeto de siempre; pero Clementina
observ que la nia lo hizo con marcada frialdad. Esto la preocup y la
puso de mal humor para todo el da, por ms que nunca quiso confesarse
que la causa de su malestar y melancola era sta. Poco a poco, debido a
su temperamento irritable y caprichoso, aquella aventura amorosa que
haba muerto al nacer, iba ocupando su espritu haciendo brotar en l un
deseo. Los deseos en esta dama eran siempre apetitos violentos, sobre
todo si hallaban algn obstculo: como tales, pasajeros tambin.

Cierta maana, despus de haber saludado a Raimundo cerrando y abriendo
la mano repetidas veces con la gracia peculiar de las damas espaolas, y
despus de haber andado poco trecho, por un movimiento casi involuntario
volvi la cabeza y levant de nuevo los ojos al mirador. Raimundo la
estaba mirando con unos gemelos de teatro. Se puso fuertemente colorada:
apret el paso embargada por la vergenza. Por qu habra hecho aquella
tontera? Qu iba a pensar el joven naturalista? Cuando menos, se
figurara que estaba enamorada de l. Pues a pesar de que estas ideas
bullan alborotadas en su cabeza mientras caminaba de prisa para doblar
la esquina y ocultarse a las miradas de aqul, no estaba tan irritada
contra s misma como otras veces. Senta vergenza, es verdad; pero
luego que pudo caminar despacio, una emocin dulce invadi su espritu,
sinti un cosquilleo grato all en el corazn como haca ya muchsimo
tiempo que no senta. "Si volver a mis tiempos de _fanciulla_!" se
dijo sonriendo. Y comenz a recrearse con su propia emocin
considerndose feliz con aquel retorno a las inocentes turbaciones de la
primera edad. Tan embebida marchaba en su pensamiento, que al llegar a
la Cibeles, en vez de tomar la calle de Alcal para ir a casa de Castro
con quien estaba citada para aquella hora di la vuelta como si
estuviera paseando por aquel sitio. Cuando lo advirti se detuvo
vacilante. Al fin se confes que no tena grandes deseos de acudir a la
cita. "Voy a ver a mam--se dijo,--. La pobre hace ya das que no pasa
un rato conmigo." Y emprendi la marcha hacia el paseo de Luchana. Se
puso de un humor excelente. Un piano mecnico tocaba el brindis de
_Lucrecia_ por all cerca y se par a escucharlo, ella que se aburra
en el Real oyndolo a las ms famosas contraltos! Pero la msica es una
voz del cielo y slo se comprende bien cuando el cielo ha penetrado ya
un poco en nuestro corazn.

Por la acera de Recoletos bajaba Pinedo, aquel memorable personaje que
viva con un pie en el mundo aristocrtico y otro en la clase
media-covachuelista a la que en realidad perteneca. Traa a su lado a
una linda joven que deba de ser su hija, aunque Clementina no la
conoca. Pinedo la tena alejada de la sociedad que frecuentaba, la
ocultaba cuidadosamente lo mismo que Triboulet. La esposa de Osorio
siempre haba tratado a este personaje con un poco de altanera, lo cual
no era raro en ella como ya sabemos. Mas ahora el estado placentero de
su espritu la torn expansiva y llana por algunos instantes. Como
Pinedo cruzase grave dirigindole un sombrerazo ceremonioso segn su
costumbre, la dama se detuvo y le abord con la sonrisa en los labios.

--Amigo mo, usted es hombre prctico; tambin aprovecha estas horas de
la maana para respirar el aire puro y tomar un bao de sol.

Contra su costumbre y naturaleza, Pinedo qued un poco turbado, tal vez
porque no le hiciera gracia presentar su hija a esta vistosa seora.
Repsose instantneamente, sin embargo, y respondi inclinndose con
galantera:

--Y a ver si Dios me concede unos tropezones tan desagradables como el
que ahora he tenido.

Clementina sonri con benevolencia.

--No debe usted echar flores aunque sea de este modo indirecto trayendo
a su lado una joven tan linda. Es su hija?

--S, seora.... La seora de Osorio--aadi volvindose a la nia.

Esta se puso roja de placer al oirse llamar linda por aquella dama a
quien tanto conoca de vista y de nombre. Era una muchacha alta y
esbelta, de rostro moreno, con facciones menudas y bien trazadas y unos
ojillos dulces y alegres.

--Pues haba odo decir que tena usted una nia muy bonita; pero veo
que la fama se ha quedado corta.

La chica enrojeci an ms y apenas pudo murmurar las gracias.

--Vamos, Clementina, no siga usted que se lo va a creer.... Esta seora,
Pilar--aadi volvindose a ella--, se complace en decir mentiras
agradables como otros en decir verdades amargas.

--Ya lo veo que es muy amable--repuso la nia.

--No haga usted caso. Que es usted hermosa, est a la vista.

--Oh, seora!...

--Y diga usted, padre tirano, por qu no la divierte usted un poco mas?
Est bien hecho que a usted se le vea en todos los teatros, bailes y
reuniones y tenga encerrada a esta nia preciosa? O es que se le figura
que tenemos ms gusto en verle a usted que a ella?

El pobre Pinedo sinti un estremecimiento de dolor que trat de ocultar.
Clementina haba tocado con frivolidad en la parte ms sensible de su
corazn. Su sueldo ya sabemos que no le consenta ms que vivir
modestamente. Si entraba en una sociedad que no le corresponda era
precisamente para conservar el empleo, que era su nico sostn y el de
su hija. Esta nada saba an de aquel plan de vida. Pinedo esperaba
casarla con un hombre modesto y trabajador y que no conociese jams
aquel mundo en que no poda vivir y que l despreciaba en el fondo del
alma, aunque tal vez, por la fuerza de la costumbre, no pudiese ya vivir
a gusto en otro.

--Es muy joven an.... Tiene tiempo de divertirse--repuso con sonrisa
forzada.

--Bah, bah! diga usted que es usted un grandsimo egosta.... Y cunto
tiempo hace que no ha estado usted en casa de Valpardo?--aadi la dama
pasando a otra conversacin.

--Pues el lunes. La condesa me ha preguntado con mucho inters por usted
y se lamenta de que la haya abandonado.

--Pobre Anita: es verdad!

Sobre los dueos de la casa y sobre sus tertulios, Pinedo y Clementina
comenzaron una conversacin animada, inagotable. Pilar escuch con
atencin al principio; pero como no conoca a la mayor parte de aquellos
personajes concluy por distraerse paseando su vista por las
inmediaciones, fijndola en los pocos transeuntes que a aquella hora
acertaban a pasar por all.

--Pap:--dijo aprovechando un momento de pausa--. Ah viene aquel joven
amigo tuyo, que mantiene a su madre y a sus hermanas.

Clementina y Pinedo volvieron al mismo tiempo la cabeza y vieron llegar
a Rafael Alcntara, el clebre calavera que hemos conocido en el _Club
de los Salvajes_.

--Que mantiene a su madre y a sus hermanas!--exclam la dama con
asombro.

--S, un joven muy bueno, amigo de pap, que se llama Rafael Alcntara.

Al volver la vista, cada vez ms sorprendida, a Pinedo, ste le hizo una
sea bastante expresiva. No sabiendo lo que aquello significaba, pero
calculando que su amigo tena inters en que no se calificase a
Alcntara como mereca, Clementina se call. El joven salvaje, al
cruzar, les hizo un saludo entre familiar y respetuoso.

Pinedo alarg al instante la mano para despedirse.

--Ya sabe usted que hoy es sbado--dijo la dama--. Vaya usted a comer.

--Con mucho gusto. Recuerdos a Osorio.

--Y lleve usted a esta joven tan monsima.

--Ya veremos; ya veremos--replic el covachuelista otra vez
desconcertado--. Si hoy no pudiera, otro da ser.

--Hoy ha de ser, padre tirano.... Hasta luego, verdad, preciosa?

Y le cogi el rostro a la nia y le di un beso en cada mejilla,
dicindole al mismo tiempo:

--He tenido una gran suerte en conocerla. Hacen falta en mi saln nias
lindas y simpticas.

Y cada vez ms alegre, sin saber por qu, se despidi y sigui adelante
dicindose: "Que diablo de inters tendr Pinedo en convertir en santo
a ese perdido de Alcntara?" El pie ligero, las mejillas rojas, los ojos
brillantes como en los das de su adolescencia, lleg a la verja del
gran jardn que rodeaba el palacio de su padre. El portero se apresur a
abrirle y a sonar la campana. Entr en la mansin ducal y, contra su
costumbre, dirigi una leve sonrisa a dos criados de librea, que la
esperaban en lo alto de la escalinata. Pas en silencio por delante de
ellos y fu derecha a las habitaciones de su madrastra como quien ha
recorrido aquel camino muchos aos.

La duquesa estaba, en aquel momento, de conferencia con el mdico
director de un asilo de ancianas pobres, que ella haba fundado haca
poco tiempo en unin de otras seoras. Al levantarse la cortina y ver a
su hijastra, sonri con dulzura.

--Eres t, Clementina? Pasa, hija ma, pasa.

Esta sinti encogrsele el corazn al ver el rostro plido y marchito de
su madre. Abalanzse a ella y la bes con efusin.

--Te sientes bien, mam? Cmo has pasado la noche?

--Perfectamente.... Tengo mala cara verdad?

--No!--se apresur a decir la dama.

--S, s. Ya lo he visto al espejo. Me siento bien.... Solamente la
debilidad me atormenta.... Y como he perdido enteramente el apetito, no
puedo vencerla.... Vamos a ver, Iradier--dijo encarndose de nuevo con
el mdico que estaba de pie frente a ella--, de manera que usted se
encargar de vigilar a las criadas y enfermeras para que nunca dejen de
guardar las debidas consideraciones a las viejecitas no es cierto?

El mdico era un joven simptico, de fisonoma inteligente.

--Seora duquesa--respondi con firmeza--. Yo har cuanto est de mi
parte por que las asiladas no tengan motivo de queja. Sin embargo, debo
repetirle que, a pesar de nuestros esfuerzos, es posible que siga usted
recibiendo alguna. No puede usted comprender hasta qu punto son
impertinentes y maliciosas ciertas mujeres. Sin motivo alguno, slo por
placer de herir lo mismo a m que a mis compaeros, nos llenan a veces
de insolencias. Cuanto ms atentos nos mostramos con ellas, ms se
ensoberbecen. Yo pruebo el caldo y el chocolate todos los das y no he
hallado hasta ahora lo que esa mujer le ha dicho. Las horas son siempre
fijas. Jams he visto retraso alguno en las comidas. Procure usted
enterarse y se convencer de que quien tiene motivo a quejarse, son las
pobres criadas a quienes las asiladas tratan groseramente....

El mdico se haba ido exaltando al pronunciar estas palabras con acento
de sinceridad. La duquesa sonri dulcemente.

--Lo creo, lo creo, Iradier.... Las viejas solemos ser muy
impertinentes....

--Oh, seora, eso es segn!...

--Por regla general lo somos.... Pero esta impertinencia ya es por s
una enfermedad y debe excitar compasin en los que no padecen de ella. A
usted no necesito recomendrsela, porque tiene un corazn muy
caritativo. A los que no lo tengan tan bondadoso suplqueles usted, en
mi nombre, la suavidad con las pobrecitas asiladas.

--Se har, seora, se har--respondi el mdico, sanado por la singular
dulzura de la fundadora--. El jueves la esperamos a usted verdad?

--No s si esta fatiga lo permitir.

--S, s, se lo garantizo yo.

Y comprendiendo que estaba ya de ms, el joven cort la conferencia,
estrechando con afecto y respeto que se le trasluca en los ojos, la
mano de la duquesa, y saludando ceremoniosamente a Clementina.

Luego que sali, sta, que haba estado contemplando con emocin
reprimida el semblante descompuesto de su madrastra, conmovida por la
bondad que respiraban todas sus palabras, se levant del asiento y fu a
arrodillarse delante de ella. Apoderse de sus manos blancas y
descarnadas y las bes con efusivo transporte de cario. Esta mujer tan
altanera con todo el mundo, senta un goce especial, semejante al de los
msticos, en humillarse ante su madrastra. La voz de sta remova como
un conjuro mgico las dbiles chispas de bondad y de ternura que ardan
en su corazn y les prestaba por un instante el aspecto de incendio. D.
Carmen le quit suavemente el sombrero, lo puso en un silln contiguo y
se inclin para besarla amorosamente en la frente.

--Hace cuatro das justos que no has venido a verme, pcara.

--Ayer no he podido, mam. Pas casi todo el da arreglando mis cuentas,
haciendo nmeros. Oh, qu horribles nmeros!

--Y por qu los haces? No est ah tu marido?

--Pues, precisamente, por miedo a mi marido los hago. Usted no sabe que
se ha vuelto un miserable, un tacao, lo mismo que su cuado?

D. Carmen saba que los negocios de Osorio no andaban muy bien, que
recientemente haba experimentado fuertes prdidas en la Bolsa: pero no
se atrevi a decir nada a su hija.

--Pobre hija ma! Ocuparte t en esas cosas cuando slo has nacido
para brillar como una estrella de los salones!

--Ya no le faltaba ms que eso para hacerse del todo antiptico,
odioso! Si las cosas pudiesen hacerse dos veces!

Bruscamente, la expresin de ternura haba desaparecido de sus ojos,
reemplazndola otra sombra y feroz. Una arruga profunda surc su tersa
frente de estatua. Y con voz sorda comenz a exponer sus quejas, a
descubrir los agravios que su marido le haca diariamente. A nadie en el
mundo, ms que a su madrastra, hara tales confidencias, que en ella no
provocaban lgrima alguna. D. Carmen era quien las verta una a una de
sus ojos cansados.

--Hija de mi alma! Yo que hubiera dado mi vida por verte feliz! Qu
ciegos hemos estado, lo mismo tu padre que yo, al entregarte a ese
hombre!

--Mi padre! Otro que tal! Un hombre que no ha sabido jams que tiene
en casa una santa a quien deba adorar de rodillas! La verdad es que
cuando pienso....

--Calla, calla: es tu padre!--exclam la duquesa tapndole la boca con
la mano--. Yo soy feliz. Si tu padre tiene algunos defectos, yo tengo
ms an: de modo, que no hay mrito en perdonrselos, si l me perdona
en cambio los mos.... No hablemos de tu padre, hablemos de ti misma....
No sabes lo que me duelen esos apuros de dinero, a los cuales no ests
acostumbrada. Yo, si pudiera, los remediara al instante.... Pero bien
sabes que manejo poco dinero. Del que saco de la caja tengo que dar
cuenta a Antonio, y a ste no se le engaa fcilmente. Algn puadito de
oro, s, puedo poner aparte para ti; pero mis ahorros no te sacarn de
pilancos. Sin embargo, confo en que tus apuros no durarn mucho
tiempo....

Hizo una pausa la bondadosa seora; quedse mirando al vaco
tristemente, y luego, abrazando a su hijastra que an permaneca de
rodillas y acercando los labios a su odo, le dijo en voz baja:

--Mira, hija ma, yo no tardar en morir y pienso dejarte todo cuanto
tengo. La mitad de la fortuna de tu padre es ma, segn me ha dicho el
abogado de la casa.

Clementina sinti una vibracin en el alma que a un psiclogo le
costara mucho trabajo definir. Fu una mezcla de dolor, de asombro, y
acaso tambin, de un poquito de alegra. El dolor predomin, no
obstante, y abraz a su madrastra y la bes cariosamente repetidas
veces.

--Qu est usted diciendo ah?... Morirse! No: yo no quiero que usted
se muera. Usted me hace mucha ms falta que su dinero. Sin usted yo
hubiera sido una mujer muy perversa.... Temo que el da en que usted me
falte lo sea. Los nicos momentos en que siento un poco de blandura en
el corazn son los que paso a su lado. Parece, mam, como si usted me
transmitiera algo de esa virtud tan grande que tiene....

--Basta, basta, aduladora--dijo D. Carmen ponindole otra vez la mano
en la boca--. T te tienes por peor de lo que eres. Tu corazn es bueno.
Lo que te hace parecer mala alguna vez es el orgullo el orgullito! no
es verdad?

--S, mam, s, es cierto.... Usted no sabe lo que es el orgullo y los
tormentos que proporciona a quien lo siente tan vivo como yo. Estar
pensando constantemente en que nos hieren. Ver enemigos en todas partes.
Sentir una mirada como la hoja de un pual en el corazn. Escuchar una
palabra y darle un milln de vueltas en la cabeza hasta marearse y
ponerse enferma. Vivir con el corazn ulcerado, con el alma
inquieta.... Oh, cuntas veces he envidiado a las personas virtuosas y
humildes como usted! Qu feliz sera yo si no llevase a cuestas este
carcter triste y receloso, esta soberbia que me consume!... Y quin
sabe--aadi despus de una pausa--, quin sabe si hubiera sido ms
dichosa en otra esfera! Tal vez si fuera una pobre y me hubiera casado
con un joven modesto, trabajador, inteligente, sera mejor mi suerte.
Obligada a ayudar a mi marido, a cuidar de la hacienda, a pensar en los
pormenores de la casa como las dems mujeres que trabajan y luchan, no
hubiera quiz llegado adonde llegu.... Yo necesitaba un marido
afectuoso, dulce, un hombre de talento que supiese dirigirme.... Hoy
mismo, mam, acostumbrada como estoy al lujo y a la vida de sociedad, me
retirara con gusto de ella, me ira a vivir a un rinconcito alegre,
all en el campo, lejos de Madrid. No me hara falta ms que un poco de
amor y tenerla a usted a mi lado para inspirarme buenos sentimientos.

El espritu de Clementina, gratamente impresionado por la niera de la
calle de Serrano, por aquella inocente aventura de colegiala, se
inclinaba a los sentimientos idlicos. La buena D. Carmen la escuchaba
y la animaba con sonrisa cariosa. Las confidencias de la hermosa dama
se prolongaron largo rato. Recordaba sus tiempos de nia, cuando contaba
a su madrastra las declaraciones de amor que le haban hecho en el baile
de la noche anterior y le lea los billetitos que le remitan sus
adoradores. Aquel retorno a los tiempos pasados la haca feliz. Tentada
estuvo de hablarle de Pepe Castro y de Raimundo y exponerle las
emociones pueriles que agitaban su alma aquella maana; pero un
sentimiento de respeto la contuvo. La duquesa era tan excesivamente
condescendiente que tocaba en los lmites de la estupidez. Es probable
que si la hubiera hecho confidente de sus adulterios la hubiera
escuchado sin escandalizarse. Almorzaron juntas y solas porque el duque
lo haca aquel da con un ministro. Por la tarde, despus de aligerada y
refrescada el alma con larga e ntima charla, ambas se trasladaron en
coche a San Pascual, rezaron all una estacin al Santsimo, siempre
expuesto en aquella iglesia, y se trasladaron al paseo del Retiro. Antes
de oscurecer, porque el relente de la noche no le convena a la duquesa
y Clementina necesitaba ir temprano a su casa, dieron orden al cochero
de retirarse.

Era sbado, da de comida y tresillo en el hotel de Osorio. Antes de
subir a vestirse, Clementina di una vuelta por el comedor: contempl la
mesa con detenimiento y orden algunos cambios en los canastillos de
frutos que sobre ella haban colocado. Se hizo traer el paquete de los
_men_ escrito en un papel imitacin de pergamino con las iniciales
doradas del dueo de la casa; llam al secretario de su marido; le hizo
escribir sobre cada uno el nombre de los invitados y luego fu por s
misma colocndolos sobre los platos. En el medio ella y su marido, uno
frente a otro; a la derecha e izquierda de Osorio los dos puestos de
honor para dos damas: a la derecha e izquierda de ellas dos puestos para
dos caballeros, y as sucesivamente segn la categora, la edad o la
afeccin particular que senta por sus invitados. Habl algunos minutos
con el _matre d'htel_. Despus de dar las ltimas disposiciones se
fu. Al llegar a la puerta se volvi, ech una nueva mirada penetrante a
la mesa, y dijo:

--Quite usted esas flores con perfume que estn cerca del puesto de la
seora marquesa de Alcudia y cacmbielasor camelias u otras que no lo
tengan.

La devota marquesa no poda sufrir los aromas a causa de sus frecuentes
neuralgias. Clementina, odindola en el fondo del alma, le guardaba ms
consideraciones que a ninguna de sus amigas. La alta nobleza de su
ttulo, su carcter severo, y hasta su fanatismo la hacan respetada en
los salones, a los cuales prestaba realce su presencia.

Subi a su cuarto seguida de Estefana, aquella doncellita tan enemiga
del cocinero. Estrenaba un magnfico traje color crema, descotado.
Ordinariamente se pona para estas comidas de los sbados trajes de
media etiqueta, esto es, con las mangas hasta el codo. Ahora quiso lucir
su celebrado descote en honor de un diplomtico extranjero que coma por
vez primera en su casa. Mientras se dejaba arreglar el pelo, su espritu
vagaba distrado por los sucesos del da. No haba acudido a la cita de
Pepe: de seguro vendra furioso. Su labio inferior se alarg con
displicencia y sus ojos brillaron maliciosamente como diciendo: "Y a m
qu?" Despus se acord del saludo a su juvenil ex perseguidor, de
aquella inoportuna vuelta de cabeza. Un sentimiento de vergenza volvi
a acometerla. Sus mejillas lo atestiguaron adquiriendo un poco ms de
color. Torn a llamarse para su fuero interno, tonta, imprevisora, loca.
Por fortuna, el chico pareca modesto y discreto. Otro cualquiera
formara castillos en el aire al instante. Pens bastante en l y pens
con simpata. La verdad es que tena una presencia agradable y un modo
de hablar suave y firme a la vez, que impresionaba. Luego aquel cario
entraable a la memoria de su madre, su vida retirada, su extraa mana
de las mariposas, todo le haca muy interesante. Cuntas veces haba
pensado Clementina esto mismo desde haca dos meses no podremos decirlo;
pero s que lo haba pensado un nmero bastante considerable. Su
espritu, embargado por dulce somnolencia, volvi a inclinarse al
idilio. Aquel cuarto tercero, aquel despacho alegre, aquella vida dulce
y oscura. Quin sabe! La felicidad se encuentra donde menos se piensa.
Un puado de trapos, otro de joyas, algunos platos ms sobre la mesa no
pueden darla a nadie. Pero un pensamiento lgubre, que haca algn
tiempo amargaba todos sus sueos, le cruz por la mente. Ella era ya una
vieja; s, una vieja; no haba que forjarse ilusiones. A Estefana le
costaba cada vez ms trabajo ocultar las hebras plateadas que en sus
rubios cabellos aparecan. Aunque se resista tenazmente a echar sobre
su hermosa cabeza ningn producto qumico, presenta que no iba a haber
otro remedio. El amor candoroso, vivo, feliz con que la aventura del
joven Alczar le haba hecho soar, estaba vedado para ella. No le
quedaba ya, y eso por poco tiempo, ms que los devaneos vulgares,
insulsos, de los tenorios aristcratas, iguales unos a otros en sus
gustos, en sus palabras y en su inaguantable vanidad. Qu relacin
poda ya existir entre aquel nio y ella, como no fuese la de madre a
hijo? Algunas veces dudaba si el sentimiento de Raimundo por ella fuese
enteramente el que l haba manifestado en su entrevista: mas ahora vea
con perfecta claridad que hablaba ingenuamente, que entre un chico de
veinte aos y una mujer de treinta y siete (porque tena treinta y siete
por ms que se quitase dos) el amor era imposible, al menos el amor que
ella apeteca en aquel momento. Estas reflexiones labraron una arruguita
en su frente, la arruga de los instantes fatales. Hizo un esfuerzo sobre
s misma para pensar en otra cosa.

Mirando a su doncella en el espejo observ que estaba densamente plida.
Volvise para mejor cerciorarse, y le dijo:

--Te sientes mal, chica? Ests muy plida.

--S, seora--manifest la doncellita algo confusa.

--Las nuseas de otras veces?

--Creo que s.

--Pues, anda, vete y que suba Concha. Es raro! Maana avisaremos al
mdico a ver si te da algn remedio.

--No, seora, no--se apresur a contestar Estefana--. Esto no es nada.
Ya pasar.

Algunos minutos despus bajaba la dama al saln, deslumbrante de
belleza. Estaba ya en l Osorio paseando con su amigo y comensal, casi
cotidiano, Bonifacio. Era un seor grave y rgido, de unos sesenta aos
de edad, calvo, de rostro amarillo y dientes negros. Haba sido
gobernador en varias provincias y ltimamente desempeaba el cargo de
jefe de seccin en un ministerio. Hablaba poco, nunca llevaba la
contraria, primera e indispensable virtud de todo el que quiere comer
bien sin gastar dinero, y ostentaba eternamente en el frac una cruz roja
de Calatrava, de cuya orden era caballero. Por cierto que lo primero que
se vea en la sala de su casa era un gran retrato del propio Bonifacio
en traje de ceremonia, con una pluma muy alta en la gorra y un manto
blanco de extraordinaria longitud sobre los hombros. Este caballero de
Calatrava, personaje misterioso del cual deca Fuentes (otro personaje
ms alegre del cual hablaremos) que era un hombre "con vistas al patio",
tena una mana bastante original, la de coleccionar fotografas
obscenas. Guardaba en su casa dos o tres bales llenos hasta arriba.
Pero esta aficin no la conoca nadie ms que los libreros y fotgrafos,
que tenan buen cuidado de pasarle recado as que llegaba de Pars,
Londres o Viena alguna remesa. En un rincn estaban sentadas Pascuala,
una viuda sin recursos que serva a Clementina mitad de amiga, mitad de
dama de compaa, y Pepa Fras que acababa de llegar. Al pasar por
delante de los dos hombres para ir a saludar a Pepa, las miradas de los
esposos se cruzaron rpidamente como relmpagos tristes y siniestros. El
rostro de Osorio, ordinariamente sombro, bilioso, estaba ahora
imponente de ferocidad. No fu ms que un instante. En cuanto las damas
cambiaron algunas palabras, el banquero se acerc a ellas con Bonifacio
y empez a embromar con acento carioso a su esposa sobre el traje.

--Vaya un talle que me gasta mi mujer!... Chica, aunque no quieras
oirlo te dir que te vas ajamonando a pasos de gigante.

--No diga usted eso, Osorio, si precisamente Clementina es una de las
mujeres que tienen el cutis ms terso en Madrid--dijo Pascuala.

--Toma! Buen dinero me ha costado el estucado que se ha puesto en Pars
esta primavera.

Clementina segua tambin la broma; pero le costaba ms trabajo fingir.
Al travs de las sonrisas nerviosas que iluminaban su rostro por
momentos y de las cortadas frases enigmticas, se perciba el malestar,
la inquietud y hasta un dejo de odio.

Son la campana de la verja repetidas veces. El saln se pobl en pocos
minutos con las quince o veinte personas que estaban invitadas. Lleg la
marquesa de Alcudia sin ninguna de sus hijas. Rara vez las traa a casa
de Osorio. Vino tambin la marquesa de Ujo, una mujer que haba sido
hermosa: ahora estaba demasiado marchita; lnguida como una americana,
aunque era de Pamplona, algo romntica, presumiendo de incomprensible y
con aficiones literarias. La acompaaba una hija bastante agraciada, ms
alta que ella y que deba tener lo menos quince aos, a pesar de lo cual
su madre la traa con faldas a media pierna porque no la hiciese vieja.
La pobre nia sufra esta vergenza con resignacin, ponindose colorada
cuando alguno diriga la vista a sus pantorrillas.

Lleg el general Patio, conde de Morillejo: no faltaba ningn sbado.
Vinieron tambin el barn y la baronesa de Rag por primera vez.
Clementina les di la preferencia colmndoles de delicadas atenciones.
El barn era plenipotenciario de una nacin importante. El ministro de
Fomento Jimnez Arbs, Pinedo, Pepe Castro y los condes de Cotorraso
entraron casi a la vez. A ltima hora, cuando faltaban pocos minutos
para las siete, lleg Lola Madariaga y su marido. Esta seora, mucho ms
joven que Clementina, era no obstante su ntima amiga, el confidente de
sus secretos. Coma tres o cuatro veces a la semana con ella, y raro era
el da que no salan juntas a paseo. No poda llamrsela hermosa; pero
su fisonoma tena tal animacin, sus ojos brillaban con tanta gracia y
su boca se plegaba con tal malicia al sonrer dejando ver unos dientes
de ratn blancos y menudos, que siempre haba tenido muchos adoradores.
De soltera fu una coquetuela redomada: trajo al retortero los hombres,
gozando en acapararlos todos, prodigando las mismas sonrisas
insinuantes, idnticas miradas abrasadoras al hijo de un duque que a un
empleadillo de ocho mil reales, al viejo de venerable calva y nariz
arremolachada que al mancebo de veinte aos gallardo y apuesto, al rico
como al pobre, al noble como al plebeyo. Su coquetera, parecida en esto
al amor de Jesucristo a la humanidad, igualaba todas las castas, todos
los estados, una a los hombres en santa fraternidad para participar del
fuego admirable de sus ojos negros, de unos hoyitos muy lindos que
formaban sus mejillas al reir y de otra multitud de dones y frutos con
que la providencia de Dios la haba dotado. Despus de casada, segua
mostrando la misma entraable benevolencia hacia el gnero humano, si
bien de un modo ms sucesivo, esto es, un hombre despus de otro o, a lo
sumo, de dos en dos. Su marido era un mejicano rico con rasgos de indio
en la fisonoma.

Poco despus que stos entr en el saln Fuentes, un hombrecillo
vivaracho, feo, raqutico, bastante marcado por las viruelas. Nadie
saba de qu viva: suponansele algunas rentas. Frecuentaba todos los
salones de algn viso de la corte y se sentaba a las mesas mejor
provistas. Sus ttulos para ello eran los de pasar por hombre de animada
y chispeante conversacin, ingenioso y agradable. Ms de veinte aos
haca que Fuentes vena alegrando las comidas y los saraos de la
capital, desempeando en ellos el papel de primer actor cmico. Algunos
de sus chistes haban llegado a ser proverbiales; repetanse no slo en
los salones sino en las mesas de los cafs, y hasta llegaban a las
provincias. Contra lo que suele suceder en esta clase de hombres no era
maldiciente. Sus chistes no tendan a herir a las personas, sino a
alegrar el concurso y obligarle a admirar lo fcil, lo vivo y lo sutil
de su ingenio. Todo lo ms que se autorizaba era apoderarse de las
ridiculeces de algn amigo ausente y formar sobre ellas una frase
graciosa; pero nunca o casi nunca a costa de la honra. Estas cualidades
le haban hecho el dolo de las tertulias. Ninguna se consideraba
completa si Fuentes no daba al menos una vueltecita por ella.

--Oh, Fuentes! Oh, Fuentes!--gritaron todos vindole aparecer.

Y una porcin de manos se extendieron para saludarle. Apretando las
primeras que llegaron a chocar con la suya se dirigi desde luego a la
seora de la casa, con voz cascada que ayudaba mucho al efecto cmico,
diciendo:

--Perdone usted, Clementina, si llego con un poco de retraso. Viniendo
ac me cogi por su cuenta Perales, ya sabe usted Perales!, no tengo
ms que decir. Luego, cuando pude desprenderme de sus manos, ah en la
esquina del ministerio de la Guerra, ca en las manos del conde de
Sotolargo, y se ya sabe usted que es pesado con un cincuenta por ciento
de recargo.

--Por qu?--se apresur a preguntar Lola Madariaga.

--Porque es tartamudo, seora.

Los convidados rieron, algunos a carcajadas; otros ms discretamente. La
frase vena preparada: se conoca a la legua; pero as y todo produjo el
efecto apetecido, parte porque en efecto haba hecho gracia, parte
tambin porque todo el mundo se crea en el deber de ponerse risueo en
cuanto Fuentes abra la boca.

Un instante despus un criado de librea abri de par en par las puertas
del saln, diciendo en alta voz:

--La seora est servida.

Osorio se apresur a ofrecer el brazo a la baronesa de Rag y rompi la
marcha hacia el comedor seguido de todos los convidados. Cerrando la
comitiva iba el barn conduciendo a Clementina.

Los criados esperaban puestos en fila con la servilleta al brazo,
capitaneados por el _matre_. Osorio fu designando a cada invitado su
puesto. No tardaron en acomodarse todos. La mesa ofreca un aspecto
elegante, armonioso. La luz, que caa de dos grandes lmparas con
reflectores, haca resaltar los vivos colores de las flores y las
frutas, la blancura del mantel, el brillo del cristal y la porcelana.
Sin embargo, esta luz, demasiado cruda, hace dao a la belleza de las
damas, las desfigura como un aparato fotogrfico. Para templarla y
producir una iluminacin suave y normal, Clementina haca colocar dos
candelabros con numerosas bujas a los extremos de la mesa. Todas las
seoras estaban ms o menos descotadas: alguna, como Pepa Fras,
escandalosamente. Los caballeros, de frac y corbata blanca.

La conversacin fu en los primeros momentos particular: cada cual
hablaba con su vecino. La baronesa de Rag, una belga de pelo castao y
ojos claros, bastante gruesa, preguntaba a Osorio los nombres de los
objetos que haba sobre la mesa. Haca poco tiempo que estaba en Espaa
y apeteca con ansiedad conocer el castellano. Clementina y el barn
hablaban en francs. Pepa Fras, que estaba entre Pepe Castro y Jimnez
Arbs, le dijo al primero por lo bajo:

--Qu le parece a usted de la _jeta_ del marido de Lola? verdad que
para gaucho no es del todo mala?

Castro sonri con la superioridad que le caracterizaba.

--S, debi de haber _lazado_ muchas vacas en la pampa.

--Hasta que al fin una vaca le _laz_ a l.

--Pero no fu en la pampa.

--Ya s: en los jardinillos: no me diga usted nada.

El general Patio, fiel a su naturaleza y a su tradicin militar, se
despleg en guerrilla para atacar a la marquesa de Ujo, que tena al
lado.

--Marquesa, las perlas le sientan admirablemente. Un cutis suave y
levemente bronceado como el de usted, donde se transparenta toda la
savia y todo el fuego del medioda, exige el adorno oriental por
excelencia.

--Usted tan lisonjero como siempre, general. Me pongo las perlas porque
es lo mejor que tengo. Su tuviese unas esmeraldas tan hermosas como
Clementina, dejara las perlas en sus estuches--respondi la dama,
mostrando al sonrer unos dientes bastante desvencijados donde brillaba
en algunos puntos el oro del dentista.

--Hara usted mal. Las mujeres hermosas estn en la obligacin de
ponerse lo que les va mejor. Dios quiere que sus obras maestras se
manifiesten en todo su esplendor. Las esmeraldas sientan bien a las
linfticas; pero usted es como la uva de Jerez, doradita por fuera y
guardando en el corazn un licor que marea y embriaga.

--Si dijera usted como una pasa!

--Oh, no, marquesa! oh, no!...

Y el general rechaz con fuego la especie y emple toda su elocuencia en
desbaratarla como si tuviese delante un ejrcito enemigo.

Mientras tanto los criados comenzaban a dar vuelta a la mesa presentando
los platos. Otros, con la botella en la mano, murmuraban al odo de los
invitados: _Sauterne, Jerez, Margaux_, en un tono cavernoso semejante al
que emplean los cartujos para recordarse mutuamente la muerte.

--Yo no bebo ms que _champagne frapp_ hasta el fin--dijo Pepa Fras al
que tena detrs.

--Cunto calor, Pepa, cunto calor!--exclam Castro.

--No lo sabe usted bien--repuso la viuda con entonacin maliciosa.

--Por desgracia.

--O por fortuna. Est usted ya cansado de Clementina?

Fuentes no se encontraba bien con aquel cuchicheo. Le dola desperdiciar
su ingenio en conversacin particular, para una sola persona. Asi la
primera ocasin por los cabellos para levantar la voz y atraerse la
atencin de los comensales.

--Ayer le he visto a usted por la maana en la carrera de San Jernimo,
Fuentes--le dijo la condesa de Cotorraso que estaba tres o cuatro
puestos ms all.

--Segn a lo que usted llame maana, condesa.

--Seran las once, poco ms o menos.

--Entonces, permtame usted que lo dude, porque hasta las dos estoy
siempre en la cama.

--Oh, hasta las dos!--exclamaron varios.

--Eso ya es una exageracin, Fuentes--dijo la marquesa de Alcudia.

--Pero es una exageracin aristocrtica, marquesa. Quin se levanta
primero en Madrid? Los barrenderos, los mozos de cuerda, los pinches de
cocina. Un poco ms tarde encontrar usted a los horteras abriendo las
tiendas, alguna vieja que va a oir misa, lacayos que salen a pasear los
caballos, etc. Luego empiezan a salir los empleaditos de las casas de
comercio y los escribientes de las oficinas del Estado que llevan todo
el peso de ellas, las modistillas, etc., etc. A las once ya hallar
usted gente ms distinguida, oficiales del ejrcito, estudiantes,
empleados de tres mil pesetas, corredores de comercio, etc. A las doce
comienzan a salir los peces gordos, los jefes de negociado, los
banqueros, algunos propietarios; pero slo despus de las dos de la
tarde podr usted ver en la calle a los ministros, a los directores
generales, a los ttulos de Castilla, a los grandes literatos....

Los comensales escuchaban embelesados aquella ingeniosa defensa de la
pereza y se crean en el caso de reir y decirse unos a otros por lo
bajo:

--Este Fuentes! oh! este Fuentes tiene la gracia de Dios!

Y alguno, por el placer de oirle nada ms, le llevaba la contraria.

--Pero hombre, habr nada ms agradable que levantarse por la maana a
respirar el aire puro y baarse con la luz del sol?

--Prefiero baarme en agua tibia con una botellita de Kananga.

--Me negar usted que el sol es hermoso?

--Es hermoso, pero un poco cursiln. Yo no digo que all al principio
del mundo no fuese una cosa asombrosa, digna de verse; pero ustedes
comprendern que ahora est anticuado. Hay nada ms ridculo en una
poca tan positivista como la presente que llamarse Febo y gastar
cabellera de oro? Adems, el sol no tiene mrito alguno intrnseco. Est
ah ardiendo porque Dios lo ha puesto. Pero la luz del gas, la luz
elctrica representan el esfuerzo de un hombre de genio, es el triunfo
de la inteligencia, hace recordar nuestro poder sobre la materia, la
soberana del espritu en todo el Universo.... Luego--aadi bajando un
poco la voz--, al sol se le puede ver sin que cueste dinero, y yo
siempre he aborrecido los espectculos gratis.

Los comensales no cesaban de reir. Fuentes, animado por aquellas risas,
se desbordaba en paradojas, en frases ingeniosas y sutiles, cayendo a
ojos vistas en el amaneramiento. Le pasaba lo que a los grandes actores
demasiado aplaudidos. No saba contenerse a tiempo y entraba al fin en
el terreno de la extravagancia. De aqu a lo insulso no hay ms que un
paso, y Fuentes lo daba con frecuencia.

El conde de Cotorraso persista en defender al astro del da para
excitar el ingenio de su detractor. El sol era quien animaba la
Naturaleza, quien calentaba nuestro cuerpo aterido, etc.

--Eso de que el sol produzca animacin, lo niego--replicaba Fuentes--;
Madrid est mucho ms animado por la noche que por el da, y para
calentarme prefiero el cok, que no ocasiona tabardillos.... Vamos a ver,
conde, fjese bien: qu mrito puede tener una cosa que a la fuerza ha
de ver siempre su lacayo primero que usted?

Como alguien dijera riendo que Fuentes tena "buena sombra", ste
replic vivamente:

--Lo ve usted, conde? Hasta para decir que un hombre tiene gracia se
dice que tiene buena sombra. A nadie se le ocurre decir que tiene buen
sol.

Y con motivo de las sombras se habl de la del manzanillo. La marquesa
de Ujo pregunt al mejicano, marido de Lola, si en su pas haba
manzanillos. Ballesteros, que as se llamaba, replic que no, pero que
haba visto muchos en el Brasil. La marquesa se inform con viva
curiosidad de las particularidades del rbol; pero qued sumamente
disgustada cuando el mejicano le dijo que la sombra no mataba y que slo
su fruto desprenda un agua corrosiva.

--De modo que durmiendo debajo de l no se muere?

--Seora, yo no he dormido sabe?; pero he almorsado con varios amigo
debaho de uno y no nos ha pasao n.

--Entonces, cmo se suicida Slika en _La Africana_ acostndose a la
sombra de ese rbol?

--Eso es una patraa, una invensin de los poeta sabe? Ser una cosa
bonita, pero no tiene nada de verd.

La marquesa, desencantada por aquel dato realista, no quiso salir de su
potica creencia; arguy que tal vez los manzanillos de la India fuesen
distintos de los del Brasil.

Hablse de las producciones de Mjico.

--Es verdad que usted posee ochocientas mil vacas,
Ballesteros?--pregunt Clementina.

--Oh, seora; eso es una exagerasin! A lo sumo que llegar mi rebao
es a tresientas mil.

--Si fuesen mas--dijo Fuentes--, construira un estanque mayor que el
del Retiro, lo llenara de leche y navegara por l.

--Nosotro no utilisamo la leche, seor, ni la manteca tampoco. La carne
alguna vese la convertimo en tasaho sabe? y la esportamo. Mas por lo
regul slo sacamo partido de las piele sabe? Los cuerno tambin los
vendemo para la fabricacin de los objeto de asta.

--Que te quemas! que te quemas!--exclam Pepe Castro por lo bajo.

Pero no tanto que no lo oyese Jimnez Arbs, que estaba del otro lado de
Pepa Fras, y no le acometiese un acceso de risa que procur con todas
sus fuerzas sofocar.

--Anda, barbiana, alrgame ese frasquito de mostaza--dijo Pepa Fras
dirigindose a Clementina para disimular tambin la risa que le haba
acometido.

--Bajbiana, bajbiana.... Qu es que bajbiana?--pregunt, la baronesa de
Rag a Osorio en su afn de aprender pronto el espaol.

Este se apresur a explicrselo como pudo.

Pepa hablaba de vez en cuando por lo bajo con Jimnez Arbs. Solan ser
algunas frases rpidas que probaban la inteligencia en que estaban y al
mismo tiempo el deseo de mostrarse prudentes. La conversacin con Pepe
Castro, que tena a su izquierda, era ms animada.

--Por qu no aconseja usted a Arbs que coma ms carne?--le preguntaba
el lechuguino al odo.

--Para qu?

--Para lo que se come carne generalmente; para nutrirse y adquirir
fuerzas con que soportar las fatigas que nuestros deberes nos imponen.

--Ya!--exclam la viuda con entonacin irnica--. Mire usted por s y
deje a los dems arreglar sus cuentas como Dios les d a entender.

--Ya ve usted que procuro nutrirme.

--S, pero que vaya un poco tambin al cerebro, porque el da menos
pensado se cae usted en la calle de tonto.

--Se ha ofendido usted?--pregunt riendo el elegante como si hubiese
dicho la cosa ms descabellada del mundo.

--No, hombre, no: es que lo creo as. No entiendo cmo Clementina puede
sufrir semejante narciso.

--Chis, chis! Prudencia, Pepa, prudencia!--exclam Castro con susto,
levantando los ojos hacia su querida.

--Sabe usted que disimula muy bien? No la he visto dirigirle a usted
una sola mirada hasta ahora.

Castro, que haca das estaba un poco despechado por la frialdad de su
dueo, sonri forzadamente frunciendo en seguida el entrecejo. A Pepa no
le pas inadvertido este gesto.

--Mire usted qu cara tan nublada tiene en este momento Osorio. Inspira
horror! Y toda la culpa la tiene usted, pcaro.

--Yo! Nada de eso. Deben de ser cuestiones de guita las que le ponen
tan amarillo. Me han dicho que est arruinado o muy prximo a
arruinarse.

Pepa se estremeci visiblemente.

--Qu dice usted? Por dnde ha sabido usted eso?

--Pues me lo han dicho ya varios.

La viuda se volvi bruscamente hacia Jimnez Arbs sin ocultar su
agitacin y le pregunt en voz baja y alterada:

--Has odo algo de que Osorio est arruinado?

--S, lo he odo. Osorio viene jugando a la baja hace tiempo y los
fondos se empean en subir--respondi el estadista levantando la cabeza
con gesto petulante de pavo real.

En el tono con que pronunci estas palabras se adverta satisfaccin.
Para un ministro, jugar a la baja es siempre un crimen digno de castigo.

--Yo no s lo que tendr comprometido en esta liquidacin; pero si es
mucho est perdido, porque el consolidado ha subido un entero. Y si se
empea en no liquidar inmediatamente, a fin de mes puede tener muy bien
dos enteros de alza.

Todo el buen humor de Pepa haba desaparecido de repente. Baj la cabeza
y dej caer el tenedor sin nimo para concluir el trozo de jamn de York
que se haba puesto. El ministro, observando su silencio y su tristeza,
le pregunt:

--Tienes por casualidad fondos en su poder?

--Por casualidad, no ... por estupidez ma! Tiene en su mano casi toda
mi fortuna.

--Oh diablo, diablo!

--Se me est haciendo rejalgar en el cuerpo lo que he comido. Creo que
me voy a poner mala--dijo la viuda ponindose realmente plida.

Arbs hizo esfuerzos por tranquilizarla. Tal vez no fuese cierto todo.
En las ruinas como en las fortunas improvisadas se exagera siempre
mucho. Adems, si algn compromiso haba sagrado para Osorio, deba ser
el de ella, una dama que le confa su dinero por pura amistad.

Aunque hablaban en falsete, sus fisonomas graves y sus ademanes
decididos llamaron la atencin del general Patio, el cual, con
admirable penetracin, dijo a la marquesa de Ujo:

--Mire usted a Pepa y a Arbs. Hay nube de verano entre ellos. Qu
hermoso es el amor hasta en sus fugaces tormentas!

Mientras tanto, los condes de Cotorraso, Lola Madariaga, Clementina y
los barones de Rag hablaban del arsnico como medicamento para engordar
y poner terso y brillante el cutis. Lola Madariaga era la primera vez
que lo oa y se mostraba llena de jbilo, y anunciaba que iba
inmediatamente a ensayar la virtud milagrosa del veneno.

--Dios mo, Lolita!--exclam Fuentes--. Si usted, como es ahora, causa
tales estragos en los corazones masculinos, qu va a suceder cuando
lleve cuatro o cinco meses con un rgimen de arsnico! Seor
Ballesteros, no consienta usted que lo tome: es tratarnos con demasiada
crueldad.

--Vamos, amigo Fuentes--repuso la graciosa morena dirigiendo una mirada
insinuante a Castro, porqu se le haba metido en la cabeza arrancrsele
a Clementina--me quiere usted tomar el pelo?

--Tomaj el pelo!... Qu es que tomaj el pelo?--pregunt la baronesa de
Rag a Osorio.

A esta baronesa la estaba desvistiendo con la imaginacin Bonifacio,
contemplndola desde lejos sin pestaear. Haca das que haba comprado
entre otras fotografas obscenas la de una mujer desnuda mecindose en
una hamaca. Se le antojaba que la baronesa se pareca mucho a aquella
mujer, y trataba de averiguar, por medio de un prolijo examen exterior,
si interiormente guardara la misma semejanza.

Termin al fin la comida no sin dedicar, por supuesto, un buen rato de
conversacin al teatro Real, a Gayarre y a la Tosti. No la hubieran
digerido bien si les faltase. El caf, como era costumbre en casa de
Osorio, se sirvi en el mismo comedor. Luego, las seoras con algunos
hombres se fueron al saln. Otros se quedaron fumando, pero no tardaron
en ir a reunirse con los dems. Haca all un calor insufrible.

Pepe Castro aprovech la confusin de la salida para preguntar a
Clementina:

--Cmo no has ido esta maana?

Clementina detuvo el paso, le mir con sonrisa protectora.

--Esta maana?... No s.

--Cmo no sabes?--dijo frunciendo su augusta frente el real mozo.

--No s; no s--y di un paso para alejarse sin dejar de sonrer con
leve matiz de burla.

--Y maana irs?

--Veremos--respondi alejndose.

Castro sinti aquella sonrisa como un golpe en medio del pecho. Se
mordi el labio inferior y murmur:--Coqueteamos, eh? Ya me la
pagars, hermosa!

En el saln haba ya algunas personas, entre ellas Ramn Maldonado y la
hija de Pepa Fras con su marido. En otro saloncito contiguo estaban
preparadas hasta seis mesas de tresillo. Algunos se sentaron desde luego
a jugar. Otros esperaron a que llegasen los compaeros de costumbre. No
tardaron, en efecto, en poblarse entrambos salones. Lleg D. Julin
Caldern con Mariana y Esperancita, Cobo Ramrez con Len Guzmn y otros
tres o cuatro pollastres, el general Pallars, los marqueses de Veneros
y otras varias personas, entre las cuales predominaban los banqueros y
hombres de negocios.

Uno de los ltimos en llegar fu el duque de Requena, a quien se hizo la
misma acogida ruidosa y lisonjera que en todas partes. Entr jadeando,
fumando, escupiendo, con la seguridad insolente que su inmensa fortuna
le haba hecho adquirir. Hablaba poco, rea menos; emita sus opiniones
con rudeza y se dejaba adorar del corro de seoras que le rodeaba. Tena
las mejillas ms amoratadas que nunca, los ojos sanguinolentos, los
labios negros. Estaba tan feo, que Fuentes dijo a Pinedo y a Jimnez
Arbs sealndole:

--Ah tienen ustedes al diablo recibiendo a sus brujas en el aquelarre
de los sbados.

Se le invit a jugar al tresillo como siempre; pero rehus. Haba visto
a dos banqueros a quienes quera pescar para su negocio de la mina de
Riosa. Adems le convena hacer la corte a Jimnez Arbs algunos
momentos. Ya haba conseguido que la mina saliese a subasta con todos
sus accesorios de montes y pertenencias. En la _Gaceta_ se haba
insertado el anuncio. La compaa para comprarla estaba ya formada. Pero
entre los socios haba desavenencia. Unos pretendan comprarla al
contado (entre ellos estaba Salabert) y otros queran aprovechar los
diez plazos que el Gobierno conceda. La diferencia en la tasacin de
una a otra forma, era enorme.

El duque se acerc a Biggs, el representante de una casa inglesa que
entraba con parte muy considerable en la compaa y que capitaneaba el
partido de la compra a plazos. Le ech familiarmente el brazo sobre el
hombro y le llev al hueco de un balcn, dicindole con rudeza:

--Conque ustedes empeados en que nos arruinemos?

Y comenz a tratar el asunto con una franqueza que desconcert al
ingls. Este responda a las salidas brutales del duque con
razonamientos corteses y suaves, sonriendo siempre benvolamente. El
duque acentuaba su rudeza, que en el fondo era muy diplomtica.

--Yo no tengo gana de tirar mi dinero. Me ha costado mucho trabajo
adquirirlo, sabe usted? Probablemente, al fin y al cabo, me ver
obligado a cortar por lo sano, separndome del negocio.

--Seor duque, yo no tengo culpa--responda Biggs con marcado acento
ingls--. He recibido instrucciones.

--Las instrucciones son dadas segn los consejos de un zorro viejo que
hay en Madrid.

--Oh, duque!--exclam Biggs riendo,--no hay _sorro vieco_, no.

Y la discusin continu sin que el banquero espaol pudiese obtener nada
del ingls, pero dejndole bastante preocupado.

Pepa Fras, vivamente agitada, hablaba aparte con Jimnez Arbs, despus
de haberse enterado, preguntando a algunos banqueros, de que los
negocios de Osorio no marchaban bien. No obstante, todos le suponan con
medios de hacer frente a sus compromisos. Su capital era grande, y,
aunque en las ltimas liquidaciones de Bolsa haba experimentado
prdidas fuertes, no crean que eran lo bastante para producir una
quiebra. Hay que advertir que ninguno de aquellos seores operaba sobre
diferencias como Osorio. Este se haba enviciado. A pesar de las
advertencias de sus amigos y compaeros, no poda vencer aquella pasin
del juego, que tarde o temprano haba de conducirle a la ruina. Pepa le
observaba disimuladamente, y con la penetracin maravillosa de las
mujeres adivinaba debajo de su exterior fro, tranquilo, mucha mar de
fondo. Mientras Arbs procuraba tranquilizarla con frase correcta,
atildada (ni aun hablando a su querida prescinda de las formas
oratorias), la viuda meditaba un plan salvador. Este plan consista en
dar la voz de alarma a Clementina y arrancarla la promesa de librar sus
fondos de la quema, si es que la haba, anclando a su propio dote.
Fiando mucho en su diplomacia y en el temperamento desprendido de su
amiga, serense un poco. Arbs tuvo ocasin una vez ms, viendo acudir
la calma a su rostro, de penetrarse de las excepcionales dotes
persuasivas con que la providencia de Dios le haba favorecido.

Pepa tuvo nimos para sentarse a jugar al tresillo con Clementina,
Pinedo y Arbs. Al cruzar el saln grande vi sentados en un rincn a su
hija y a su yerno en la actitud de dos trtolas enamoradas. Acercse a
ellos. Como no haba logrado barrer de su espritu la preocupacin,
hablles con cierta aspereza.

--Ayer os mandbais cartitas y hoy hay que traer agua caliente para
despegaros! Por lo visto, hijos, tomis el matrimonio a turno impar....
Vamos, vamos, separaos que no est bien aparecer tan sobones delante de
gente.

Emilio se sinti herido por aquel tono autoritario, y con las mejillas
encendidas iba a responder una descantada a su suegra; pero sta pas de
largo, entrando en la sala de tresillo. As y todo qued murmurando
pestes, diciendo que l no haba aguantado jams ancas de nadie y que
menos las aguantara ahora de su suegra, con otra porcin de frases
igualmente enrgicas que derramaron la tristeza por el rostro de
Irenita. Y hubieran concludo por hacerla llorar, si l, volviendo en su
acuerdo, no le hubiera regalado un pellizquito en el brazo muy sentido y
amoroso, rogndole al propio tiempo que le diese la mitad de la pastilla
de menta que su linda mujercita tena en la boca. Con esto volvieron a
arrullarse como si estuvieran en una selva virgen y no en el hotel de
Osorio.

Un grupo de cinco o seis nias, entre las cuales estaba Esperancita,
hablaba animadamente con algunos pollastres. Cobo Ramrez y nuestro
inteligente amigo Ramoncito Maldonado, eran dos de ellos. Difcil es
exponer las ideas que entre aquella florida juventud se cambiaban. Todas
deban de ser muy finas, muy alegres, muy intencionadas, a juzgar por la
algazara que producan. Sin embargo, aplicando el odo, se observaba
pronto que los gestos de las nias, aquel levantar de ojos, aquel agitar
la cabeza, aquel mirar picaresco, aquel romper en sonoras carcajadas, no
correspondan exactamente a las palabras que se pronunciaban. Deca un
pollo verbigracia:

--Manolita; ayer la he visto a usted en San Jos confesando con el padre
Ortega.

La interesada rea con gozo extremado.

--No es verdad, Paco; no me ha visto usted!

Deca otro:

--Pilar, dnde compra usted esos abanicos tan monsimos?

Pilar prorrumpa en carcajadas.

--Qu guasn! Y dnde ha comprado usted aquel perro tan feo que
llevaba usted hoy en el paseo?

--Feo, s; pero gracioso. Confiselo usted.

Tales frases hacan desbordar la alegra de aquellos pechos juveniles.
Se hablaba recio, se rea ms an, se gesticulaba. Las nias, sobre
todo, pareca que tenan azogue, mostrando sin cesar las dos filas de
sus dientes cuando los tenan bonitos o tapndoselos con el abanico
cuando no eran presentables. Pero, sobre todo, lo que alborot el grupo
y levant ms tempestad de carcajadas, fu una contestacin de Len
Guzmn. Manolita, una chatilla de ojos negros y boca grande con dientes
preciosos, pregunt a Len qu hora era. Este, sacando el reloj,
respondi que las diez y cuarto. El reloj del conde estaba parado: eran
ya cerca de las doce. Esta equivocacin hizo gozar vivamente a las
nias. Manolita, sobre todo, quera desvestirse de risa. Cuanto ms
haca para reprimir el influjo de sus carcajadas, con ms mpetu salan
a su boca fresca y hmeda.

Indudablemente, en las frases, en la apariencia vulgares y hasta
estpidas de los pollos, debe de existir un fondo de humorismo tan
profundo como vivo, que slo las jvenes de quince a veinte aos son
capaces de recoger y gustar.

Pero Len Guzmn, una vez sosegada la risa, pudo con maa retirarse un
poco y entablar conversacin aparte con Esperancita. Esto llen de
dolor y sobresan a Ramn. Hacia das que vena observando que el conde
de Agreda miraba con buenos ojos a su dueo adorado. Considerbale ms
temible que a Cobo, por ser hombre de brillante posicin. Cobo, segn lo
que vea, no adelantaba un paso, lo cual le tranquilizaba. Pero el
asunto cambiaba ahora de aspecto. Por eso ya no tomaba parte en la
alegra del grupo y diriga a la pareja unos ojos de carnero que
despertaban lstima. Sin embargo, la nia, a su gran satisfaccin, no se
mostraba demasiado amable con el conde. Pareca preocupada, triste, y
diriga frecuentes y rpidas miradas hacia el sitio donde el propio
Ramn estaba. Verdad que detrs de l, en un divn, se hallaban sentados
Pepe Castro y Lola Madariaga, charlando con gran animacin. Pero el
concejal no se hizo cargo de esto.

Cuando Len se levant, Ramoncito le llev aparte a un rincn y le di
con frase sentida sus quejas. Deba de saber que l, Maldonado, haca
tiempo que obsequiaba a Esperanza, que estaba enamorado de ella
perdidamente. Senta en el alma que un amigo tan ntimo le viniese a
hacer dao. Recordle con enternecimiento la infancia, sus juegos, el
colegio. Concluy por suplicarle con voz entrecortada por la emocin que
si no tena un gran inters por Esperancita dejase de darle celos. Len
le escuch entre impaciente y confuso. Por librarse de l prometi
cuanto quiso. Luego, cuando se vi entre los amigos, cont la ridcula
conferencia y se ri en grande a costa del desdichado concejal.

El duque de Requena, despus que dijo a Biggs lo que se propona, se
sent a jugar al tresillo con la condesa de Cotorraso, el mejicano,
marido de Lola, y el general Pallars. Poco despus bufaba lleno de
furia porque le venan malas cartas. A pesar de su opulencia jugaba
siempre con el mismo afn que si le importase mucho la perdida o la
ganancia de unos cuantos duros. Si la suerte le era adversa se pona de
un humor endiablado, murmuraba y hasta llegaba a decir frases
inconvenientes a los compaeros. Su hija se vea muchas veces obligada a
templarle y a quitarle las cartas de la mano para ponerse ella en su
lugar.

Ahora Clementina estaba de buen talante jugando en la mesa prxima: se
rea de Pepa Fras porque se mostraba silenciosa y preocupada.

--Oiga usted, Pinedo, no me acordaba ya--dijo arreglando el abanico de
cartas que tema en la mano--, por que tena usted inters esta maana
en hacer pasar por un santo delante de su hija al perdido de Alcntara?

--Es un secreto--respondi el gran vividor.

--Que se diga, que se diga!--exclamaron a un tiempo Pepa y Clementina.

Se hizo de rogar un poco. Al fin, obligndoles a prometer antes que lo
guardaran fielmente, se lo dijo. Haba observado en las nias tendencia
sealada a enamorarse de los calaveras, de los vagos, de los malvados, y
a rechazar a los hombres laboriosos y formales. Para que su hija no
cayera en poder de alguno de aquellos inverta las referencias que le
hacia de cada cual. Cuando pasaba a su lado un chico honrado y
trabajador, le pona de loco y de perdido que no haba por dnde
cogerlo; si, por el contrario, pasaba uno que mereciese en realidad
tales dictados, como Alcntara, se haca lenguas de l.

Pepa, Clementina y Arbs suspendieron el juego para escuchar sonrientes
aquel singular relato.

--Y produce efecto el procedimiento?--pregunt el ministro.

--Hasta ahora admirable. Jams se le ocurre a mi hija mentar en la
conversacin a los que yo le doy por buenos muchachos. En cambio,
cuntas veces me dice muy risuea!: "Sabes, pap, que hoy he visto a
aquel amigo tuyo tan _perdis_? No se puede negar que tiene gracia en la
cara y que parece un chico fino. Es lstima que no formalice!"

En aquel momento, Cobo Ramrez, que andaba por all resoplando como un
buey cansado, se acerc a la mesa y quiso saber de qu se rean. No le
fu posible arrancarles el secreto. Pinedo les hizo una sea prohibitiva
porque tena mucho miedo a su lengua. Tambin Pepe Castro, harto de dar
celos a Clementina con su amiga Lola, sin que aqulla pareciese siquiera
advertirlo, se levant y se fu aproximando silenciosamente afectando
melancola. Se puso detrs de Pepa Fras y apoy los brazos en el
respaldo de la silla. La viuda estaba tan escandalosamente descotada que
en aquella actitud se poda ver ms de lo que la decencia permite.

--No vale mirar, Pepe!--exclam Cobo con maligna sonrisa.

--Miro las cartas--respondi aqul.

--Vamos, no sea usted desvergonzado, Cobo!--dijo Pepa dndole con ellas
en las narices y volvindose a Castro.

--Qutese de ah, Pepe. No quiero que se me contemple a vista de pjaro.

Fuentes se acerc para despedirse.

--No toma chocolate?--le pregunt Clementina dndole la mano.

--Cmo quiere usted que tome chocolate un hombre a quien le acaban de
descerrajar un soneto a quema ropa?

--Mariscal?

--El mismo. En el comedor y a traicin.

Mariscal era un joven poeta, empleado en el Ministerio de Ultramar, que
haca sonetos a la Virgen y odas a las duquesas.

--Pero ya me he vengado como un marroqu--sigui.--Le he presentado al
conde de Cotorraso que le est dando una conferencia sobre los aceites.
Miren ustedes qu cara de sufrimiento tiene el pobre.

Los tresillistas volvieron la cabeza. All en un rincn estaban, en
efecto, los dos. El conde hablaba con calor y le tena cogido por la
solapa segn su costumbre. El desgraciado poeta, con el rostro
contrado, echando miradas de socorro a todas partes, se dejaba sacudir
como un hombre a quien conducen a la crcel.

--Arbs, no cree usted que he llevado mi venganza demasiado lejos?

Para no destruir el efecto de la frase se march bruscamente. Todas las
noches recorra dos o tres tertulias, donde se celebraban su gracia y
sus ingeniosidades.

Los criados entraban con bandejas de chocolates y de helados. Cobo
Ramrez cogi una mesilla japonesa, la llev a un rincn, sentse frente
a ella y se apercibi a engullir.

Pepa Fras ech una mirada en torno, y viendo al general Patio
acercarse, le dijo:

--General, tome usted estas cartas: estoy cansada de jugar. Dselas t a
Pepe, Clementina; vamos un poco al saln.

El general y Castro ocuparon el sitio de las damas. Estas se fueron al
saln grande: mas antes de llegar a l, dijo Pepa:

--Mira, tengo que hablarte de un asunto importante. Vamos a otro sitio.

Clementina la mir con sorpresa.

--Quieres que vayamos al comedor?

--No; mejor es que subamos a tu cuarto.

Volvi a mirarla con ms sorpresa an, y, alzando los hombros, dijo:

--Como quieras. Cosa grave debe de ser!

Mientras suban la escalera, Clementina imaginaba que su amiga iba a
hablarle de Pepe Castro, de sus amores. Y como en realidad el asunto no
le interesaba como antes, marchaba con cierta indiferencia no exenta de
aburrimiento. Cuando se encontraron frente a frente en el _boudoir_, le
dijo Pepa cogindola por las muecas y mirndola fijamente:

--Vamos a ver, Clementina, t sabes cmo andan los negocios de tu
marido?

Fu un golpe en medio del pecho. Clementina, aunque sin precisin, tena
noticias de las prdidas de Osorio, de su creciente y febril afn de
jugar. El mismo, en una explicacin que con ella tuvo, la haba
amedrentado para arrancarle la firma. Adems le vea cada da ms
delgado y ms sombro. Pero aunque se preocupaba un instante de estas
cosas, el tren complicado de su vida de mujer elegante, ayudado por el
deseo de no pensar en asuntos enfadosos, se las apartaban pronto de la
memoria. Nunca se le pas por la imaginacin que tales prdidas pudiesen
afectar seriamente a sus comodidades, a su ostentacin, ni aun a sus
caprichos. La conducta de Osorio, que nada le haba dicho de restringir
los gastos, daba pretexto a perseverar en esta creencia. Pero el gusano
permaneca vivo all en el fondo. No haba ms que hostigarle como hizo
Pepa, para que royese lindamente.

--Los negocios de mi marido?--dijo balbuciendo, como si no
entendiese--. Yo nunca me entero ... ni le pregunto.

--Pues me han dicho que ha tenido grandes prdidas en estos ltimos
tiempos....

--All l--exclam la dama reponindose y alzando los hombros con
supremo desdn.

--Es que a ti tambin te puede chamuscar el pelo, hija ma. Tienes
asegurada tu dote?

--No s lo que es eso.... No te he dicho que no entiendo de negocios?

--Pues en este asunto debieras procurar enterarte.

--Pues yo te digo que no me preocupa nada y te ruego que hablemos de
otra cosa.

Clementina se mostraba ms altanera y desdeosa cuanta ms insistencia
vea en Pepa. Su orgullo, siempre alerta, le haca suponer que sta
haba preparado aquella conferencia para mortificarla.

--Es que ... querida ma, debo advertirte que tu marido no especula
solamente con su capital--dijo la viuda picada ya.

--Ah! Ya pareci aquello! Vamos, t tienes algunos ochavos en poder de
Osorio y temes perderlos, verdad?--dijo Clementina con sonrisa
sarcstica, reprimiendo su clera con trabajo.

Pepa se puso plida. Una ola de ira le subi tambin del corazn a los
labios. Estuvo a punto de echarlo todo a rodar y ponerse a reir como
una verdulera, para lo cual tena dotes especialsimas; pero un
pensamiento interesado, un pensamiento de conservacin la contuvo. Si
rompa con su amiga, si la irritaba, las probabilidades de salvar su
capital disminuan. Comprendi que el mejor partido era no excitar su
naturaleza indmita, esperar que la amistad o su mismo orgullo la
impulsasen a la generosidad. Hizo un esfuerzo para reprimir sus mpetus
ante la mirada altiva y provocativa de su amiga y dijo con abatimiento:

--Pues s, Clementina, te lo confieso. Tu marido tiene en su poder lo
poco que poseo. Si lo pierdo me quedo sin una peseta. No s qu ser de
m.... Antes que depender de mi yerno, prefiero pedir limosna.

--Pedir limosna, no. Te traer a casa para acompaarme en lugar de
Pascuala--dijo con desdn la dama, en quien la soberbia an no se haba
apaciguado.

Pepa sinti ms este flechazo que el anterior, pero logr contenerse
tambin.

--Vamos, chica--dijo volviendo a cogerla por las muecas
cariosamente--, no me eches a la cara los millones. Si he venido a
aburrirte con estas cosas, es porque te tengo por mi mejor amiga. Ya s
yo que se exagera mucho, y que la envidia anda suelta por el mundo. La
mayor parte de lo que cuentan de las prdidas de Osorio, probablemente
no ser verdad....

--Y si lo fuese, la cosa tiene poca importancia para m. Figrate que
hoy mismo me ha dicho mi madrastra que me deja por heredera de toda su
fortuna.

Pepa abri los ojos con sorpresa.

--La duquesa? Oh, pues no son ms que cincuenta millones de pesetas!
Creo que la pobre est muy enferma....

--Bastante.

La soberbia se sobrepona en aquel instante a todo sentimiento
afectuoso en el corazn de Clementina. Pronunci aquel bastante en un
tono que daba fro.

Las dos amigas, al cabo de unos minutos, se entendan perfectamente.
Pepa, afectando siempre desenfado, adulaba de todos los modos posibles a
su amiga, como hermosa, como rica, como elegante. Clementina se dejaba
adular, respiraba con delicia aquel tufillo de incienso. En cambio
prometa que ni un cntimo perdera Pepa de su capital.

Bajaron la escalera cogidas por la cintura, charlando como cotorras. Al
llegar a la puerta del saln, antes de soltarse se dieron un apretado y
carioso beso. Ninguna de las dos pens que lo que las tena enlazadas
no eran sus propios brazos, sino los de un cadver: el cadver de una
santa y generosa seora.




VIII

#Cena en Fornos.#


Al salir del hotel de Osorio, Pepe Castro y Ramoncito se metieron en la
berlina que esperaba al primero y se trasladaron a Fornos. Les cost
trabajo desembarazarse de Cobo Ramrez, que haba olido algo de cena y
deseaba ser de la partida. Ramn di un codazo a Castro para manifestar
que no le vera con gusto en ella. Este, a quien tampoco placa el
carcter desvergonzado del primognito de Casa-Ramrez, hizo lo posible
por desprenderse de l engandole.

El terror de los maridos estaba de muy mal humor. La indiferencia real o
fingida que Clementina le haba mostrado toda la noche le roa el
corazn. Siempre haban sido prudentsimos en sociedad, sobre todo en
casa del marido; pero nunca le falt ocasin, hasta entonces, a la dama,
con una mirada intensa, con alguna palabrilla fugaz, de expresarle su
amor. Y como esto llova sobre mojado, porque haca ya bastantes das
que la encontraba despegada, distrada, la picadura era ms viva. Castro
no estaba enamorado de la esposa de Osorio. Era incapaz de enamorarse.
Pero tena una idea extraordinaria de sus dotes de conquistador y, como
consecuencia, un amor propio exagerado. Adems, ya sabemos que
Clementina era para l, no slo la trtola enamorada, sino el cuervo que
le traa en su pico el sustento. Envuelto en su gabn de pieles y
arrellanado en el rincn del coche, no despeg los labios en todo el
camino. Era la una. La noche fra y despejada, una noche de Madrid, en
que el ambiente produce cosquillas en los ojos y la nariz. Ramoncito,
entregado tambin a sus melancolas, limpiaba con el pauelo el cristal
de la ventanilla para sumergir la mirada en las calles solitarias y en
el cielo poblado de estrellas.

Cuando llegaron a Fornos vieron el coche de la Amparo, en espera.

--Llegamos un poco tarde. Nos va a sacar los ojos esa ta--dijo Castro
apresurndose a entrar.

Un mozo les dijo que arriba, en el gabinete de la izquierda, les
esperaban tres seoras y dos caballeros. Antes de subir di las
disposiciones necesarias para la cena que haba encargado. En el
gabinete, dispersos por las sillas, estaban Rafael Alcntara, Manolito
Dvalos, la Nati, la Socorro y la Amparo, que los recibieron con
_fueras_ y silbidos. Todos cinco venan del Real: haca muy cerca de
media hora que esperaban.

--Que poca vergenza tienes, hijo!--dijo la Amparo con el hermoso
entrecejo fruncido--. Y menos an los que toman en serio tus convites.

--Chica, me figur que saldras ms tarde del Real.

--Eso! D que estabas a gusto en casa de mi hijastra, y entonces puedes
tener cierta disculpa.

Amparo sola llamar en broma su hijastra a Clementina.

--Qu hijastra, ni qu madrastra!--exclam el lechuguino con gesto de
mal humor--. Si pensars que hay mujer que me retenga a m cuando no
quiero!

El despecho, incubado toda la noche, rompa ahora con fuerza la cscara.

--Ol mi nio! As hablan los hombres--exclam la Nati, una chulilla de
Lavapis que descubra el pao, no slo en la conversacin, sino tambin
en el peinado, en los andares, en todo.

--Qu simple eres, criatura!--dijo la Amparo volvindose a ella--. Te
figuras que eso es cierto? Clementina le tiene ms sumiso que un
perrillo de lanas. Si se le antoja, le hace lamer la planta de sus pies.

--S; lo mismo que t a su pap!--respondi furioso Castro--Vosotras,
por lo visto, os habis llegado a figurar que soy un cadete de
infantera? Pues ya veris lo que me importa por esa seora....

--De veras?--pregunt Alcntara.

--De veras: me voy aburriendo ya.

Castro, previniendo una prxima ruptura con su amante, preparaba una
cama blanda a su reputacin de seductor para que no sufriese
desperfecto.

--Os enfadis conmigo--sigui--porque llego tarde.... Y Len? Dnde
est Len?

--Len, aqu est--profiri una voz sonora detrs.

Y el propio Len avanz hasta el medio de la estancia y se puso a
parodiar, con entonacin y mmica de cmico de la legua, una zarzuela
muy conocida:

      Yo soy aquel conde de Agreda llamado,
      que en lides sin cuento prob su valor.

--Oye, nene--dijo Socorro tirndole de los faldones del frac--, tengo
que ajustarte una cuenta.

--T tambin!--exclam con afectado espanto--.Cielos! Dnde me meter
que no me presenten cuentas?

Y se dej llevar, fingiendo susto, a un rincn por su querida, que le
pregunt en voz baja:

--D, babieca, por qu no me has dicho que era Amparo de la partida?
No sabes que estamos polticas hace ya das?

--Bah! bah!--exclam alzando la voz y apartndose--. En cuanto tengis
unas copas de Jerez en el cuerpo, se van a oir los besos que os deis,
desde la calle.

-Socorro qued acortada mordindose los labios. Tema que Amparo hubiese
advertido algo. Y en efecto, la querida de Salabert les haba echado una
mirada penetrante sospechando lo que hablaban, y arrug el entrecejo:
"Anda, anda! A buena parte iban con recaditos! Como la picasen un
poco era capaz de agarrar por el moo a aquella pnfila y batirla contra
la pared!"

La Socorro era una rubia linftica, de tez nacarada y ojos claros, un
poco romntica y un mucho susceptible. Se deca hija de un comandante y
se agarraba el derecho de despreciar a sus compaeras nacidas del seno
de la plebe. Era ms instruda que ellas porque lea todos los
folletines que le venan a las manos: cuidaba de no decir palabras feas:
no sola emplear tampoco locuciones flamencas. Tena alguna ms edad que
la Amparo y la Nati.

--A la mesa, a la mesa--dijo Alcntara--. Estas peras alemanas me
excitan un hambre de lobo.

Levantronse todos del asiento y se aproximaron a la mesa, mientras
Castro haca sonar el timbre para avisar al mozo. El conde de Agreda los
detuvo con un gesto.

--Caballeros, hay aqu dos princesas que han reido por cuestiones
diplomticas que no nos incumben. Opinan ustedes que se den un beso
antes que nos sentemos?

--Que se lo den: que se lo den--exclamaron los tres hombres y Nati,
mirando a la Socorro y Amparo.

Esta se encar furiosa con Len.

--Ja, ja!... Chica, no empieces ya a soltar gracias porque nos va a
hacer dao la cena.

La Socorro se hizo la indiferente inspeccionando la mesa.

--Que se besen--volvi a decir el coro.

--Od, preciosos, nos habis trado para reiros de nosotras o a darnos
de cenar?--dijo la Amparo cada vez ms irritada.

Castro trat de calmarla.

--No hay motivo para enfadarse, Amparito. Len, lo mismo que yo y todos
los dems, desearamos que los que nos sentemos a cenar fusemos buenos
amigos. Si hay algn resentimiento debe olvidarse, sobre todo si, como
presumimos, no ha sido por cosa grave.

--Que se besen!--gritaron con ms fuerza los comensales.

No hubo ms remedio. Castro y Alcntara se apoderaron de la Amparo,
Ramn y el conde de la Socorro y las fueron aproximando casi a viva
fuerza, no sin que ambas protestasen, sobre todo Amparo, que se defenda
con energa. Al cabo concluy por reirse.

--Pero esto es estpido! Qu mosca os ha picado?

Y acercndose con decisin a Socorro, le di un beso sonoro en la
mejilla.

--Besmonos, hija, porque si no temo que a estos chicos simpticos les
d un ataque de nervios.

La Socorro le pag el beso con otro ms tmido, manifestndose reservada
y circunspecta.

--Bueno, ahora dejadme calentar un poco, que estoy aterida--dijo
sentndose al lado de la chimenea, tan cerca que, por milagro, no arda.

Se tost por delante y por detrs, en tal forma, que, cuando Rafael fu
a coger la silla, quemaba.

--Qu atrocidad! Mirad, chicos, cmo ha dejado Amparo la silla.

Todos pusieron las manos sobre ella y se admiraron.

--Cmo tendr esa mujer el cuerpo! Vamos a verlo--dijo Castro avanzando
hacia ella.

--Eh, nio, alto! que yo soy de mrame y no me toques.... Bueno, si
queris tocad la espalda--aadi generosamente.

Y uno tras otro fueron poniendo la palma de la mano en la espalda de
aquel hermoso animal que, efectivamente, casi quemaba.

--Ahora vais a ver cmo me las compongo con los boquerones--dijo
sentndose--. Porque supongo que te habrs acordado de m--aadi
levantando la vista hacia Pepe Castro.

Este hizo una seal afirmativa y empuj suavemente a Manolito Dvalos
para que se sentase al lado de su ex querida. Era curioso ver la extraa
turbacin que se apoderaba del tocado marqus cuando se pona cerca de
la Amparo. Esta mujer le fascinaba de tal suerte que se mostraba
confuso, ruborizado, sin saber qu decir ni hacer. Los compaeros, que
lo saban, mirbanle con disimulo y enviaban sonrisas y guios a la
joven, la cual adoptaba un continente protector, maternal, con l. Se
rea como los dems de aquella extraa y furiosa pasin; pero en el
fondo se senta halagada por ella.

Rafael Alcntara, que ya haba pellizcado en todos los platos de
entremeses, volvi a gritar:

--Seores, que venga por Dios esa cena, porque voy a pillar una
indigestin de aceitunas.

Acomodronse todos, al fin. Dos mozos comenzaron a servir los platos.
Amparo desde el _consomm_; pero cuando trajeron unos filetes de
_boeuf macdoine_ se colm de tal modo el plato que los amigos
comenzaron a darse de codo y a reir.

--Ah! vosotros pensis que soy una nia tsica de las que cantan _La
Stella confidente_?... Ya veris, ya!

Rafael sac la conversacin del duque de Requena, pero la Amparo cort
las bromas.

--Vamos, dejadle en paz. Ya que paga, que se divierta el pobre como
pueda.

Aunque todo el mundo saba que tena esclavizado al archimillonario, no
gustaba que se rieran a su costa. Del duque pasaron a su hija. Rafael
contaba pormenores terribles, repugnantes. Las mujeres se ensaaron con
ella vengndose de su hermosura, su elegancia y su orgullo. Castro, en
vez de acudir a la defensa, contentse con sonrer discretamente y
exclamar con negligencia:

--No sabis lo que decs!

Aquella sonrisa, aquel tono superior y desdeoso, queran sin duda
significar que era ridculo hablar de las interioridades de Clementina
en presencia de l. Pusironse sobre el mantel las honras de otra
porcin de seoras y caballeros. Entre copa y copa de _borgoa_, entre
bocado y bocado de salmn con mayonesa quedaron todas perfectamente
arregladas. Manolito no terciaba en la conversacin. Feliz con sentir el
traje de Amparo rozando con sus piernas, echndole de vez en cuando
miradas intensas de apasionado deseo, acudiendo a servirla con solicitud
de esclavo medroso, se apretaba a veces ms de la cuenta contra su
dolo, acometido de rabiosa pasin. Cuando esto suceda, el dolo le
arrimaba por debajo de la mesa crueles taconazos y pellizcos que le
volvan a la razn. Fuera de esto se mostraba amable con l, le trataba
como a un nio, le daba bocaditos del plato en que ella coma y le haca
mimos cogindole la barba con la punta de los dedos. Pero el pobre,
antes de terminar la cena, se vi acometido de un golpe de tos; se puso
rojo; quera echar, con grandes esfuerzos de su cuerpo, algo que no
acababa de salir. Este algo era nada menos que una sarta de rails de
ferrocarril que al loco marqus se le antojaba que tena dentro del
cuerpo. Los dems, que saban de esta alucinacin, sonrean con
expresin de lstima y burla. Rafael Alcntara exclam cnicamente:

--Dale, dale, que es lagarto!

El pobre Manolo se volvi hacia l, sudoroso, encendido, y le dijo con
acento de reproche:

--Si t te encontrases como yo, no te reiras, Rafael.

--Tiene razn, tiene razn!--exclam la Amparo indignada--.Vaya una
gracia, burlarse de un amigo enfermo.

Y para indemnizarle de aquel agravio le ayud a sentarse en un divn, le
limpi el sudor con su pauelo y le di unos cuantos besos. Luego vino a
sentarse de nuevo y sigui devorando lo que le ponan delante. Lleg el
turno a los boquerones preparados expresamente para ella. Era uno de los
gustos plebeyos que conservaba. Tantos engull, que excit la admiracin
y la risa de los comensales. Socorro dijo, sin embargo, por lo bajo a su
querido, "que daba asco verla comer". Crea de buen tono padecer de
dispepsia y comer poco. Amparo remojaba los bocados con tantos y tan
formidables sorbos de _borgoa_, que dejaba siempre la copa temblando.
Coma y beba como un labrador en da de boda, y haca gala de ello.

Ramoncito no se hallaba en disposicin de experimentar los goces de la
nutricin animal. Dijo que haba tomado chocolate en casa de Osorio;
pero no era cierto. Lo que haba tomado era veneno, con los obsequios
que su amigo, el conde de Agreda, tribut por ms de una hora a
Esperanza.

--Oye, feo, por qu no comes?--le dijo Amparo volvindose de repente
hacia l--. Es verdad que la chiquilla de Caldern no te hace caso? Te
doy la enhorabuena, hijo, porque debe de tener mucho humor herptico.

Maldonado, que estaba ya desabrido con ella desde la frase de la tarde,
se puso encendido. Contenindose a duras penas le dijo con voz ronca:

--Lo que te prevengo seriamente es que no vuelvas a ocuparte delante de
m de esa nia....

Amparo le mir fijamente con aire de desafo.

--Y por qu, rico mo?

--Porque las mujeres como t no pueden hablar de ciertas cosas sin
profanarlas--dijo temblando de clera el concejal.

--Ja, ja! Abrid los balcones, chicos, porque este chav tiene
calor--dijo con risa sarcstica; y enfurecindose de pronto:--Mira,
nio, no me vengas con infundios! T eres un mamarrachillo y ella un
saco de pus. Lo oyes bien?

La noble faz de Ramoncito se descompuso al escuchar estas pesadas
palabras. Todo su cuerpo se estremeci de furor. No se sabe qu acto
brbaro e insano hubiera realizado a no sujetarle Castro por la manga
del frac, dicindole:

--Djala, hombre. No ves que tiene ya mucho alcohol en la cabeza?

Castro tena del otro lado a la Nati. Sin saber por qu razn, pues
nunca le haba sido muy simptica, le di toda la noche por servirla y
requebrarla en voz baja. Cuando se puso un poco alegre, le dijo a
Alcntara que estaba del otro lado:

--Con tu permiso, Rafael, voy a dar un beso a Nati.

Y se lo di sin aguardar respuesta.

Rafael no hizo maldito el caso. Poco despus volvi a decir:

--Permites, Rafael?

Y zas! le encaj otro beso. La bromita le pareci tan bien, que no se
pasaban cinco minutos sin que la repitiese. Nati la encontraba
deliciosa; se rea, presentando la mejilla a los labios del hermoso
salvaje. Rafael, al principio, tambin la encontr graciosa y responda
gravemente a la pregunta de su amigo:

--Lo tienes. Pene, lo tienes.

Pero al cabo fu parecindole pesada, y entre bromas y veras concluy
por decirle:

--Basta, Pepe; no abuses del fsico.

A los postres, el mozo les dijo que un seorito que cenaba en un
gabinete prximo con una seora, beba una copa de _champagne_ a su
salud.

--Quin es ese seorito? Le conoces?

El mozo sonri discretamente.

--Me ha prohibido decir su nombre.

--Es un amigo?

--S, seor conde: es un amigo.

--Pues all voy--dijo Len.

Y sali de la estancia. A los pocos instantes volvi a entrar con
Alvaro Luna y su querida la Conchilla. Les hicieron una ovacin. Rafael
se adelant con la copa en la mano y cant:

      --Muri Alvarito,
      Dios le tenga en gloria;
      Bebamas una copa a su memoria.

Hizo gracia la ocurrencia porque Alvaro se haba batido por la tarde.
Pepe Castro le abraz.

--Ya sabamos que habas salido bien. Has pinchado al coronel?

--S, en un brazo.

--Cmo fu eso?

--Vers t....

Y le cont los pormenores del lance. Todas se acercaron para escuchar.
El coronel se haba levantado los pantalones al llegar al jardn y se
haba remangado la camisa como un carnicero. Atac furiosamente; pero se
fatigaba en seguida, como hombre obeso que era y algo tocado del
corazn. Descansaron seis veces. Al fin, harto ya de tanto bregar, le
haba tirado con decisin una estocada al pecho amagndole antes un tajo
a la cabeza. No tuvo tiempo ms que a poner delante el brazo izquierdo,
que qued atravesado.

--Cre que le haba matado, porque cay redondo al suelo.

--As, as. No hay cosa ms ridcula que andar dibujando tajos en el
aire y haciendo ruido con los sables como en el teatro. Un buen golpe
recto, partiendo de la inmovilidad, esa es la manera de concluir
pronto!

      --Muri Alvarito,
      Dios le tenga en gloria;
      Bebamos una copa a su memoria.

volvi a cantar Rafael con voz engolada levantando la copa de
_champagne_.

--Vamos, a este chav ya se le ha subido San Telmo a la gavia--dijo la
Amparo.

Pepe y Alvaro sonrieron y continuaron comentando el lance. Los dems,
menos Conchilla, les fueron dejando; se pusieron a charlar con
animacin, trincando a la vez de lo lindo. Rafael estaba empeado en que
Ramoncito les contara sus amores. Se haba declarado ya a la hija de
Caldern? Le haba dado esperanzas? La verdad es que la nia no
encontrara, por mucho que buscase, partido tan ventajoso como el de
Ramoncito, un muchacho formal, en buena posicin, con un porvenir en la
poltica....

Aunque Alcntara pareca que hablaba en serio y expresaba las mismas
ideas que al propio Ramoncito le bullan constantemente en la cabeza,
ste recelaba, y con razn, de su buena fe. Adems, la presencia de
aquellas mujeres, y ms especialmente la de Len, le molestaba mucho.
Rechaz, pues, con mal humor todas las instancias que le hicieron para
que abriese su pecho, y les rog, muy fruncido y encrespado, "que
hiciesen el favor de no romperle ms la cabeza". Con esto desistieron de
reirse a su costa y la emprendieron con Manolita Dvalos. El joven
marqus, desde un divn donde yaca solitario, contemplaba sin pestaear
en exttica adoracin a su ex querida.

--Ven ac, Manolito; acrcate un poco, hombre--le dijo Len.

--Para qu?--pregunt el marqus aproximndose con semblante
avergonzado.

--Para que charlemos un poco.... Y para que ests cerca de lo que ms
quieres.... Haces bien en estar enamorado de esta barbiana. Todo se lo
merece. No hay en Madrid una mujer que le ponga el pie delante en
hermosura, en garbo, en salero.... Qu ojos! qu cejas! qu boquita
de rosa!... Hasta las orejas! Mira qu primor de oreja!... Me las
comera cada una de un bocado.... Uy! uy! uy!

Nati le haba echado un feroz pellizco en el brazo.

--Para que no vuelvas a echar piropos a nadie delante de tu mujer--dijo
medio en serio, medio burlando.

--Chico, si me hubieses dicho todo eso por la maana me hubiera durado
todo el da--le dijo Amparo riendo--. Pero ahora ... ya ves, nos
dormiremos en seguida....

--Pero vamos a ver. Amparo--manifest Rafael afectando seriedad--. Por
qu has dejado a Manolo, un chico joven, simptico, de las primeras
familias de Espaa, por un to asqueroso, viejo, baboso como Salabert?

El chiflado marqus hizo un gesto de contrariedad.

--Djanos en paz, Rafael.

Amparo, ponindose seria tambin, le contest:

--Yo no le he dejado. Nos hemos dejado mutuamente, por conveniencia de
ambos. No dir l que yo le he despedido....

Manolo asinti con la cabeza por no contrariar a su dolo, aunque otra
cosa le constase.

--Pues es una lstima, porque l sigue ms chalao por ti que nunca.... Y
t, aunque aparentes lo contrario, creo que algo te queda all en el
fondo.

Len se mordi los labios para no soltar el trapo.

--Mira, t, nio--expres la Amparo con tono y ademanes persuasivos--;
vosotros nos juzgis peores de lo que somos. Yo no dir que algunas
veces no obremos por capricho, y que no seamos ligeras e interesadas....
Pero hay ocasiones en que las circunstancias nos arrastran. Una mujer se
pone en tren de vestir con elegancia, de tener palco en los teatros, de
gastar coche, y llega a acostumbrarse a estas cosas como vosotros a
fumar y tomar caf. Llega un da en que si quiere dar gusto a su
corazn, va a verse privada de todo esto, y a caer en la miseria. T
comprenders que se necesita mucha virtud y ms amor que el de Romeo y
Julieta para echarlo todo a rodar y sacrificarse a vestir de percal otra
vez y a vivir en una buhardilla. Chico, por lo mismo que nosotras hemos
conocido bien la pobreza, sabemos mejor que vosotros lo agradable que
es. Yo me he comprometido con Salabert porque tiene mucho dinero y puede
satisfacer todos mis caprichos. No necesitaba decrtelo.... Por lo
dems, si fuera a dar gusto a mi corazn demasiado sabis, y demasiado
lo sabe l, que yo nunca he querido a nadie de verdad ms que a Manolo.

Escuchando estas palabras, al loco marqus se le arrasaron los ojos de
lgrimas. Tom la mano de su ex querida y la bes con la misma devocin
y ternura que una reliquia. Len se levant de prisa porque no poda
tener la risa en el cuerpo. Las mujeres, siempre compasivas con los
extravos de la pasin por ridculos que sean, le contemplaron con
curiosidad y lstima. Slo Rafael permaneci grave.

--Francamente, no puedo presenciar ciertas escenas sin conmoverme--dijo
levantndose de la silla afectando una tristeza que hizo sonrer a la
misma Amparo.

Justamente en aquel momento, Alvaro Luna se despojaba del frac para
mostrar a Castro y a su querida una pequea herida que el sable del
coronel le haba hecho. Rafael, Len, Nati, Ramoncito y Manolo Dvalos
se acercaron. El noble salvaje se remang la camisa y dej ver el
antebrazo, donde haba una seal roja bastante larga.

--Diablo; ha sido un golpecito regular--dijo Castro.

--Un planazo--manifest Alvaro.

--No; ms bien parece que ha sido con el corte. Lo que hay es que
pegando enteramente a plomo y no tirando un poco del sable al mismo
tiempo, el corte suele embotarse. Por eso no ha rajado la piel, y en vez
de herida result contusin.

Conchilla, que miraba el brazo de su amante con tristeza y sobresalto,
se precipit al fin sobre l y le bes la cicatriz con transporte, sin
importarle las risas y las cuchufletas que esto produjo.

Amparo y Socorro se haban quedado sentadas al lado de la mesa, una
frente a otra. Si se ha de decir la verdad, Amparo, naturaleza violenta,
irascible, sin pizca de imaginacin y de inteligencia limitadsima,
habase olvidado enteramente del desabrimiento que con la Socorro haba
tenido; le diriga la palabra con la misma confianza y desenfado que
antes. Mas sta, porque su carcter fuese ms receloso y susceptible, o
porque el vino la privase del juicio, o por ambas cosas a la vez segua
mostrndose taciturna y hostil hacia su amiga. Responda con marcada
frialdad a sus observaciones y hasta algunas veces se adverta en sus
labios cierto gesto de desdn. La Amparo, que no tena un temperamento
observador, concluy sin embargo por observarlo.

--Oyes, chica, qu es lo que tienes? Te dura todava el enfado?

--A m? Ca! Yo no puedo enfadarme contigo.

Estas palabras parecan un testimonio de cario y confianza. Sin
embargo, las pronunci en un tono tan extrao, que la Amparo se la qued
mirando fijamente antes de replicar.

--Pues hija--dijo al cabo--, yo te confieso que puedo enfadarme con
todo el mundo y contigo tambin si me llegases a hacer alguna ofensa.

--Pues yo, contigo, no--replic con una sonrisa particular la Socorro.

Amparo volvi a mirarla fijamente y con sorpresa.

--Qu quieres decir con eso, que me desprecias?

--Lo que t quieras--profiri con el mismo gesto de desdn.

Una arruga profunda apareci en el entrecejo de Amparo; seal de
tormenta.

--Mira, chica, tengamos la fiesta en paz. Te vas haciendo muy picante y
ya sabes que tengo muy poca paciencia--dijo con voz sorda.

--De lo que menos caso hago yo es de tu paciencia, hija ma. Te he
venido a decir bien claramente que no quiero trato contigo. Al parecer,
no quieres acabar de entenderlo. T y yo no hemos mamado la misma leche
ni hemos tenido los mismos principios. Por eso no nos entendemos. Si
algn resentimiento tienes conmigo, como yo jams te he tenido miedo
ninguno, podemos resolverlo cuando quieras. Mira, aqu traigo este
juguete para castigar a los desvergonzados.

Al mismo tiempo sac del bolsillo una llave inglesa y la puso sobre la
mesa.

Verla Amparo, apoderarse de ella con mpetu feroz, y dar un terrible
golpe en la cara a su duea, fu instantneo. La Socorro cay de la
silla soltando cuatro chorros de sangre por los cuatro agujeros que los
pinchos del instrumento la hicieron. El susto, para los que all estaban
fu grande, pues no haban advertido la disputa. Todos corrieron
presurosos a levantar a la herida. Hubo unos instantes de confusin en
que nadie se daba cuenta de lo que en realidad haba pasado. La Amparo
se haba puesto terriblemente plida y an murmuraba sordamente
denuestos. En cuanto Len Guzmn averigu, viendo en sus manos la llave,
lo que haba pasado quiso arrojarse sobre ella, y lo hubiera hecho
faltando a lo que se debe un caballero, si Pepe Castro y Rafael no le
hubieran sujetado. No pudiendo realizar sus propsitos comenz a
increparla.

--Esto es una infamia! Una vileza! Es la accin de un asesino! Desde
aqu debes ir a la crcel, porque has cometido un delito.

Los mozos, que haban acudido a los gritos, viendo tanta sangre y oyendo
las palabras del conde, se dispersaron. Alguno de ellos baj al caf a
dar parte a un inspector de polica que all estaba el cual se present
inmediatamente: otros corrieron a avisar a un mdico. Subieron dos. La
herida era de importancia y de consecuencias, porque quedaran seales
en el rostro. Ordenaron que llevasen acto continuo a la enferma a la
casa de socorro. All no disponan de medios para la cura. El inspector
manifest que se vea en la necesidad de conducir la agresora a la
prevencin y tomar el nombre de los presentes. Entonces todos
intervinieron con ruegos para que dejase a la Amparo libre,
respondiendo ellos de las consecuencias. El inspector se neg
resueltamente. Lo nico que poda hacer era conducirla al Gobierno civil
en vez de la prevencin y detener el parte al juzgado algn tiempo.
Aunque casi todos pertenecientes a familias muy distinguidas, ninguno de
los presentes era un personaje poltico (con paz sea dicho de Ramoncito)
que pudiese desviar ni contener el curso de la justicia. Pero el duque
de Requena s lo era. Por eso Rafael le dijo en voz baja a la Amparo:

--Mira, chica, lo mejor que puedes hacer es pasar un aviso a Salabert.
Si no, ests perdida.

--Ya se habr acostado. Te encargas t de llevrselo?

El perdulario vacil un instante, pero al fin se decidi a prestarle
aquel servicio, contando sacar de l buen partido.

La herida fu conducida a la casa de socorro en el coche de Pepe Castro,
acompaada por Len y un guardia. Amparo fu al Gobierno civil en su
propio carruaje, con el inspector y Manolito Dvalos, que se lo pidi a
ste por favor con lgrimas en los ojos. Alvaro Luna, la Conchilla,
Nati, Pepe Castro y Ramn les prometieron seguirlos inmediatamente y
acompaar a la hermosa agresora en su odisea. Pero ya a la puerta de
Fornos hubo deserciones. Alvaro declar que le dola un poco el brazo y
que iba a currselo. Conchilla, como es natural, le acompa. La Nati,
con Castro y Ramn, siguieron a pie hasta el Gobierno. Una vez all,
antes de entrar celebraron consejillo. Ramoncito presentaba algunas
dificultades. El era concejal y no poda "meterse en ruidos", mximo
cuando las relaciones del Gobernador con el Ayuntamiento venan siendo
un poco tirantes. Por su parte. Castro declar lacnicamente que todo
aquello era ridculo. Naturalmente, siendo ridculo qu iba a hacer un
hombre como l all? Adems, anunci que tena sueo y ste era ya un
argumento sobradamente poderoso sin necesidad del primero. La Nati tal
vez hubiera desistido tambin de subir; pero se crea en la obligacin
de aguardar a Rafael.

En una habitacin bastante sucia del Gobierno esperaban la Amparo y
Manolito Dvalos cuando Nati se les junt. El manaco marqus estaba tan
tembloroso, tan desencajado y lvido como si sobre l pesase una
terrible desgracia. Su confusin y dolor se aumentaron cuando Amparo le
orden marcharse. No convena que le viese Salabert all. Rog con los
mayores extremos que le permitiese aguardar el fin de la aventura; pero
fu en vano. No pudiendo conseguirlo sali al cabo de la estancia, pero
fu para rondar por los alrededores del edificio como un perro fiel.
Pocos momentos despus, la Amparo fu llevada al despacho de uno de los
oficiales, que la recibi sin miramiento alguno, sin levantarse del
silln y hablndola en un tono autoritario que la produjo gran
irritacin. La bilis se le revolvi en el estmago. En poco estuvo que
no se desvergonzase con aquel mequetrefe; pero el temor de la crcel la
contuvo. Sin embargo, a pesar de su paciencia, no estuvo en mucho que
fuese. Si no llegan a la sazn el duque de Requena y Rafael hubiera sido
ms que probable.

Salabert entr resoplando como de costumbre. A este resuello deba,
quiz, parte del respeto que en todas partes inspiraba. Slo un hombre
con cien millones de pesetas de capital se poda autorizar tanto
resoplido y escupitajo. El oficial se turb un poco a su vista. El
banquero, con la perspicacia que le caracterizaba, supo aprovechar este
predominio.

--De qu se trata, eh? Disputas de chicas.... Algunos golpes.... Nada
entre dos platos.... Esto se arregla en dos segundos.... T, chiquita, a
la cama.... Maana le dars un beso; la regalars un brazalete.... Todo
arreglado, todo arreglado--comenz a gruir con el desenfado del que
est en su casa.

El oficial apenas tuvo valor para murmurar:

--Seor duque, tendra mucho gusto en complacerle ... pero mi
obligacin....

--A ver, dnde est Perico? Anda por ah Perico?--pregunt con el
mismo despotismo.

--El seor Gobernador se ha retirado ya--manifest el oficial.

--Pues el secretario.... Dnde est el secretario?... A ver, el
secretario.

Condujronle a su despacho y se encerr con l. Al cabo de unos minutos
sali con las mejillas un poco ms amoratadas. El secretario le despidi
a la puerta con una fina sonrisa burlona. La Amparo se acerc y le
pregunt:

--Est arreglando el asunto?

--Por ahora, s--respondi mordiendo el sempiterno cigarro.

--Pues quiero irme en tu coche--dijo, bajando la voz.

La fisonoma del banquero se oscureci.

--Demasiado sabes que no puede ser.

--Que no puede ser?... Ahora vers.... Dame el brazo.... En marcha.

Y cogindose con fuerza de su brazo le empuj hacia la escalera seguido
de Nati y Rafael entre las miradas atnitas del oficial, del inspector y
de los tres o cuatro empleados que all haba a tales horas.

Una vez en la calle, la hermosa tirana ofreci su coche a Nati y Rafael,
y se meti sin vacilar en el del duque, que la sigui taciturno pero
sumiso. Los nervios de la antigua florista se desataron as que se vi a
solas con su querido. Las palabras ms soeces del repertorio de los
cocheros de punto brotaron a sus labios temblorosos. Pate, jur,
rechin los dientes, profiri mil estpidas amenazas. Por ltimo,
cogiendo al banquero por la solapa de su gabn de pieles, le dijo
atropellndose por la ira:

--Por supuesto; esos dos puercos, el empleado y el inspector, quedarn a
escape cesantes.

--Veremos, veremos--respondi el duque, inquieto y confuso.

--Ya est visto. Hasta que me traigas su cesanta no te presentes en mi
casa, porque no te recibo.




IX

#Los amores de Raimundo.#


La nueva aventura amorosa de Clementina se desenvolva de un modo tan
pueril como grato para ella. Despus de aquella inoportuna vuelta de
cabeza, que tanto la haba avergonzado, se guard bien, durante algunos
das, de mirar hacia atrs, aunque el saludo que enviaba a Raimundo
fuese cada vez ms expresivo y afectuoso. El capricho (por no darle
mejor nombre, pues no lo mereca) fu echando, no obstante, tanta raz
en su imaginacin, que concluy por volverse otra vez; al da siguiente
tambin; al otro igual, encontrando siempre los gemelos del joven
clavados sobre ella. Por fin, un da se volvi desde la esquina y le
hizo un nuevo saludo con la mano.

"Vamos, he perdido la vergenza", murmur despus ponindose colorada. Y
tan verdad era, que desde entonces no pas otra vez sin hacer lo mismo.

Pero aquella situacin, aunque graciosa y original, iba parecindole
pesada. Su temperamento fogoso no le permita gozar jams con
tranquilidad del presente, la impulsaba a buscar con afn un ms all, a
precipitar los acontecimientos, aunque muchas veces, en lugar del placer
apetecido, quedase envuelta en los escombros del alczar que su fantasa
haba levantado. En esta ocasin, sin embargo, tena mejores motivos que
otras veces para desear salir de ella. Era tan falsa, que tocaba en los
lindes de lo ridculo. A solas consigo misma sola confesrselo.

"La verdad es que, bien mirado, yo le estoy haciendo el oso a ese
muchacho. Parezco una dama de la isla de San Balandrn."

Mas, aunque todos los das se propona dar un corte a aquella aventura
no saliendo ms a pie, o cruzando por delante de la casa de Raimundo sin
levantar la mirada o, a todo ms, dirigindole un saludo fro, es lo
cierto que no tena fuerza de voluntad para llevar a cabo su propsito.
Ni siquiera para dejar de enviar el consabido adis desde la esquina.
Una cosa la preocupaba sobremanera. Y es que el joven, viendo las
claras seales que ella daba de arrepentimiento, las pruebas un tanto
humillantes de su simpata hacia l, no se apartase de la obediencia, no
la siguiese jams ni buscase ocasin de encontrarse con ella en el
paseo. Esto, a la larga, iba irritando su amor propio. Pareca que aquel
seor tomaba con demasiada aficin el papel contrario. Pensando en esto,
algunas veces llega a encolerizarse. Mas al cruzar de nuevo por delante
de l le vea tan risueo, tan feliz, con tales deseos de saludarla, que
el negro fantasma de la soberbia se desvaneca y entraban de nuevo en su
pecho a torrentes la simpata y el caprichoso deseo de amar y ser amada
de aquel nio.

En qu parara todo aquello? En nada probablemente. Sin embargo, haca
lo posible por que siguiese adelante y cuajase; no caba duda. Al ver
paralizado su deseo por causas que no poda definir claramente, creca y
se transformaba poco a poco en spero apetito. Una tarde en que el
desencanto y la amargura haban invadido su pecho en que iba pensando
seriamente, al caminar por la calle de Serrano, en abandonar por
completo aquella ridcula aventura, al pasar por debajo del mirador
despus de haber saludado al joven, sinti caer sobre ella un puado de
flores deshechas. Levant la vista y le envi una afectuosa sonrisa de
reconocimiento. Aquella lluvia refresc su alma, reanim su desmayado
capricho. Entonces se puso a buscar con afn un medio de acercarse
nuevamente a Raimundo. Pens en escribirle pidindole perdn de su
visita y sus palabras severas; pero ya era tarde para ello. Despus
imagin que acaso entre sus amigos, particularmente entre los
periodistas, hubiese alguno que le conociera y por el cual le poda
enviar un recado de atencin. Lo desech como peligroso. Hasta se le
pas por la cabeza hacerle sea para que bajase y darle una explicacin
de palabra; pero tampoco os hacerlo. Era demasiado humillante.

La casualidad vino en su ayuda resolviendo el asunto a su placer, cuando
menos lo pensaba. Una noche se encontraron en el teatro de la Comedia.
Raimundo, que transcurrido el ao de luto sola ir de vez en cuando,
estaba con su hermana en las butacas. Ella ocupaba un palco bajo frente
a ellos. Se saludaron cariosamente, y durante largo rato hubo entre el
joven y la hermosa dama un tiroteo de miradas y sonrisas que llam
extremadamente la atencin de Aurelia.

--Pero, qu es esto? Has vuelto a hablar con esa seora?

--No.

--Entonces, qu significa tanta sonrisa? Parecis amigos ntimos.

--No s--replic el joven algo confuso--. Se manifiesta muy afectuosa
conmigo. Quiz suponga que me ha ofendido cuando fu a casa y quiera
desagraviarme.

En el primer entreacto Aurelia recibi un hermoso ramo de camelias que
le trajo una florista.

--De parte de aquella seora que est en el palco nmero once.

La nia alz los ojos y vi a Clementina que la miraba risuea. Los dos
hermanos dieron las gracias con fuertes cabezadas. Aurelia se puso muy
colorada.

--No te parece--le dijo su hermano--que debo subir a dar las gracias a
esa seora?

Era natural. Raimundo, cuando baj el teln por segunda vez, la dej por
unos instantes sola y subi al palco de la dama. Una sonrisa feliz
ilumin el semblante de sta al ver al joven en la puerta. Le recibi
como a un antiguo amigo; le mand sentarse a su lado; entabl con l
pltica reservada, dejando en completo abandono a su obligada compaera
Pascuala. Por fortuna para sta no tard en llegar Bonifacio, que no
tomaba jams butaca cuando saba que la familia de Osorio tena palco en
algn teatro.

--Veo con satisfaccin que no me guarda usted rencor--le dijo en voz
baja dirigindole una larga mirada insinuante--. Hace usted bien. Eso
prueba que tiene usted corazn y talento. Le confieso con toda
ingenuidad que me equivoqu de medio a medio en la apreciacin de su
conducta y su persona. Es tan cierto esto que cuando sal de su casa de
buena gana me hubiera vuelto a pedirle a usted perdn.... Si no de
palabra, con los ojos y el gesto debi usted comprender que se lo he
pedido despus muchas veces....

Todava le di otros tres o cuatro pases superiores, de verdadero
maestro, con los cuales arregl la cabeza al pobre Raimundo, esto es, le
dej inmvil, confuso, fascinado, como ella le quera, en suma. Al mismo
tiempo explic con habilidad aquellas manifestaciones de simpata un
poco extraas cuyo recuerdo la avergonzaba.

Sin dejarle tiempo a reponerse le pregunt con inters por su hermanita,
por su vida, por sus mariposas. Raimundo contestaba a sus preguntas con
sobrado laconismo, no por frialdad, sino por su falta de mundo. Pero
ella no se desconcertaba. Segua cada vez ms cariosa envolvindole en
una red de palabritas lisonjeras y de miradas tiernas. Cuando ms
embebida y aun puede decirse entusiasmada se hallaba reconquistado a su
juvenil adorador, he aqu que aparece en el pasillo de las butacas Pepe
Castro, correctamente vestido de frac, las puntas del bigote engomadas,
finas como agujas, los bucles del cabello pegados coquetamente a las
sienes, el aire suelto, varonil, displicente. Derram primero su mirada
fascinadora, olmpica, por las butacas, dejando temblorosas y subyugadas
a todas las nias casaderas que por all andaban esparcidas: despus,
con arranque sereno como el vuelo de un guila, alzla al palco nmero
once. No pudo reprimir un movimiento de sorpresa. Con quin hablaba
Clementina tan ntimamente? No conoca a aquel joven. Le dirigi sus
diminutos gemelos. Nada, no le haba visto en su vida. Clementina, que
advirti la sorpresa de su amante, despus de responder al saludo
redobl su amabilidad con Raimundo, volvindose enteramente hacia l,
acercando el rostro para hablarle, haciendo mil moneras destinadas a
llamar la atencin del noble salvaje y a preocuparle. Senta un goce
maligno en ello. Castro haba llegado a serle indiferente. Dirigi ste
por largo rato los gemelos a Raimundo de un modo impertinente y hasta
provocativo. Nuestro joven le pag con algunas inocentes miradas de
curiosidad, porque no tena el honor de conocer al terror de los
maridos.

Comprendiendo que su hermana estara impaciente, aunque desde el palco
no la perda de vista, se alz de la silla para despedirse.

--Seremos amigos verdad?--le dijo la hermosa dama retenindole por la
mano--. Muchos recuerdos a su hermanita. Necesito darle una satisfaccin
de aquella brusca y extraa visita, y se la dar. Dgale usted que uno
de estos das la voy a sorprender en medio de sus faenas caseras.... Me
interesan ustedes muchsimo, dos hermanitos tan jvenes viviendo
solos.... Adis, Alczar: lo dicho.

Cuando baj del palco un poco aturdido y se sent de nuevo al lado de
Aurelia, le dijo sta:

--Qu hermosa es esa seora!... Pero yo sigo creyendo que no se parece
a mam.

Raimundo, que no se acordaba en aquel momento de tal parecido, sinti un
leve estremecimiento y balbuci:

--Pues yo le encuentro un cierto aire....

Ahora ya no era ms que aire. El joven comenzaba a sentir
remordimientos. La impresin que Clementina le causaba no era la misma
de respetuosa devocin que antes de haber trabado de tan singular manera
conocimiento con ella.

Pepe Castro, as que le vi en las butacas, comenz a mirarle con fijeza
tratando sin duda de analizarle. Como quiera que aquel muchacho rubio no
perteneca a la elevada sociedad que l frecuentaba, passele por la
imaginacin (porque tena imaginacin y todo), que bien pudiera ser el
mismo perseguidor de quien tanto se haba quejado en otro tiempo
Clementina. Como es natural, esta sospecha no le excit a mirarle con
ms simpata. Raimundo estaba tan atento a contemplar el palco de la
seora de Osorio, que no repar en la provocativa insistencia del
tenorio. Este, cansado al fin, subi a saludar a su querida. Sentse a
su lado, en la misma posicin que un momento antes haba estado
Raimundo, quien al verle de esta suerte sinti un extrao malestar,
cierta vaga tristeza que no trat de definir. Sin embargo, observ que
la dama estaba muy risuea y el gallardo caballero muy serio, y que a
ella no le faltaba tiempo para echar frecuentes miradas a las butacas,
lo cual pona al otro cada vez ms enfurruado y sombro.

--Has reparado cmo te mira esa seora?--pregunt Aurelia a su
hermano--. Parece como si le gustases.

--Qu tontera! exclam l ruborizndose--. Vaya un buen mozo que soy
yo! Si fuese el caballero que ahora tiene al lado....

Aurelia protest riendo. No; su hermano era ms guapo que aquel soldado
de cromo con rosetas en las mejillas como las bailarinas.

Cuando termin la representacin, Raimundo pudo ver, no sin cierto
sentimiento de celos, a Clementina aguardando en el vestbulo su land
en compaa del mismo caballero. Saludle aqulla con tanto afecto, que
Castro, cada vez ms inquieto, volvi a dirigirle una larga e intensa
mirada de anlisis.

Por espacio de algunos das el joven entomlogo esper con zozobra que
Clementina se detuviese a la puerta de su casa y subiera a cumplir la
promesa. Sus esperanzas quedaron defraudadas. La dama cruzaba como
siempre con su pasito vivo y menudo, le saludaba cariosamente primero,
y desde la esquina volva a hacerle el consabido adis con la mano. Cada
vez que salvaba la puerta, el corazn de Raimundo se encoga, se pona
de mal humor. "Vaya, se le ha olvidado, deca para s: no volver a
hablar ms con ella, como la casualidad no nos vuelva a juntar en algn
sitio". Empez a ayudar a la casualidad asistiendo con ms frecuencia al
teatro de la Comedia, pero no logr verla. Al teatro Real, donde
seguramente estaba, no se atreva a ir por el temor de que pensase que
an duraba la persecucin. Por qu se le haba metido en la cabeza que
haba de subir a su casa precisamente a aquella hora y no a otra, no lo
podemos explicar. Lo que s afirmaremos es que fueron inmensos su
asombro y turbacin cuando una maana Clementina se dej entrar por la
casa. Pregunt desde luego por la seorita. Aurelia la recibi en la
sala y pas inmediatamente recado a su hermano. Cuando ste se present,
la dama se hallaba instalada en el sof charlando con el desembarazo de
una amiga que el da anterior les hubiese visitado.

--Conste que esta visita no es para usted--le dijo sonriendo y
tendindole su mano enguantada.

--No me atrevera yo a imaginarlo, seora--replic l apretndosela
tmidamente.

--Por si acaso! No le creo a usted fatuo, pero las mujeres debemos
siempre vivir prevenidas.

En la soltura y en el tono jocoso que adoptaba se poda advertir cierta
afectacin. Su voz estaba ligeramente alterada. Alrededor de los ojos
haba esa palidez que denuncia siempre la emocin que embarga el
espritu. La visita fu corta, pero en ella tuvo tiempo para lisonjear a
la nia con muchas palabras delicadas, con efusivos ofrecimientos. La
hizo prometer que ira a verla algn da. Si no le gustaba la sociedad,
que fuese por la tarde y charlaran un rato solitas. Le enseara su
casa y algunas labores. La orfandad y la juventud de Aurelia la
impresionaban. Ya que ella tena la dicha de parecerse a su madre un
poco, como afirmaba Raimundo, se crea con cierto derecho a su afecto.

--Nada; cuando usted se aburra aqu sola, se viene usted a mi casa que
est cerquita, y nos aburriremos juntas, que siempre es ms llevadero.

La pobre Aurelia, confundida por aquella amabilidad y charla
mundanales, no haca ms que sonrer. Cuando se levant para
despedirse, dijo:

--Queda usted encargado, Alczar, de recordar a Aurelia su palabra. En
cuanto a usted puede hacer lo que guste. Con los sabios no me atrevo a
insistir porque se les molesta cuando menos se piensa....

Habiendo recobrado por completo su aplomo les hablaba en un tono amable,
protector, un poco maternal. Todava en la escalera les entretuvo unos
momentos con su conversacin desenvuelta e insinuante a la vez y les
reiter con gracia todos sus ofrecimientos. No consinti que Raimundo la
acompaase. Se fu sola dejando una estela perfumada que ste aspir con
ms placer que su hermana. Porque Aurelia luego que cerraron la puerta
guard silencio. A las frases de elogio que Raimundo tribut
calurosamente a la dama, asinti en un tono lacnico que le apag los
fuegos.

Hay que confesarlo. La impresin primera de adoracin filial que
Clementina inspir al joven entomlogo se haba ido desvaneciendo poco a
poco o, por mejor decir, confundiendo con otra inclinacin menos santa,
aunque guardando algo de ella. Como en todos los hombres alejados del
trato de mujeres, dedicados exclusivamente al estudio, la visin del
sexo y el reconocimiento de la ley divina del amor fueron vivos e
intensos. Al da siguiente de la visita de Clementina ya quera que
Aurelia se la pagase, manifestando por supuesto tal deseo tmidamente y
con palabras embozadas. Pero su hermana le demostr la conveniencia de
aguardar algn tiempo y l se resign. Al fin se realiz la visita.
Aurelia pas una tarde en el _boudoir_ de la seora de Osorio. Raimundo,
despus de muchas vacilaciones, no se atrevi a ir con ella.

A los tres o cuatro das se present de nuevo Clementina en casa de los
jvenes a convidarles para ir por la noche al Real. Fu un verdadero
apuro para ellos. Raimundo no tena frac, Aurelia no posea tampoco un
guardarropa muy provisto. Sin embargo, fueron. Un pariente prest al
joven su frac: Aurelia se puso los mejores trapitos del armario. Al da
siguiente Raimundo se encarg un traje de etiqueta en la mejor sastrera
de Madrid. No slo hizo esto, sino que tambin, sin dar parte a su
hermana, fu a la contadura del teatro Real y tom un abono de butaca
cerca de la platea de Osorio, en el mismo turno.

La intimidad creci pronto entre ellos, gracias a los esfuerzos de
Raimundo. Porque su hermana, aunque elogiaba tambin la amabilidad de su
nueva amiga, opona una resistencia sorda y pasiva a frecuentar su
trato. Por ms que haca no lograba borrar de su espritu la manera
extraa de comenzar aquella amistad, ni se le poda ocultar el fondo de
falsedad que en ella exista. Conocindolo Raimundo procuraba con afn
desvanecer sus aprensiones, unas veces directa, otras indirectamente.
Era Aurelia una muchacha ms bien fea que linda, como ya hemos dicho, de
buen sentido y de honrado corazn. La adoracin que senta por
Raimundo, inculcada por su difunta madre, no le impeda conocer las
partes flacas de su carcter, dbil, impresionable con exceso y pueril.
Realmente en este aspecto ella representaba el elemento masculino y l
el femenino dentro de la casa. Lloraba l con extremada facilidad; ella
difcilmente. Senta l extraas aprensiones, desfallecimientos, a veces
verdaderas alucinaciones; ella tena el sistema nervioso perfectamente
equilibrado. Era sana y maciza; l, enfermizo y lacio. En los meses que
siguieron a la muerte de la madre, Raimundo, sacando fuerzas de flaqueza
con la idea de proteger a su hermana, se haba mostrado ms resuelto y
varonil. Andando el tiempo el temperamento recobr sus derechos, cay de
nuevo en sus manas pueriles, en su impresionabilidad femenil, al paso
que ella se creca descubriendo un temperamento firme, equilibrado y
recto.

No le cost mucho trabajo a Clementina someter, fascinar enteramente al
joven naturalista. Unas veces yendo los chicos a su hotel, otras yendo
ella a casa de los chicos o llevndolos consigo al teatro o al paseo, se
vean la mayor parte de los das. Pepe Castro, la primera noche que
encontr a Raimundo en el saln de Osorio comprendi perfectamente lo
que pasaba, y se llen de despecho.

--A esta grandsima ... le da ahora por los bebs--murmur rechinando
los dientes--. Todas las perdidas concluyen por estas extravagancias.

Pens en dirigirse al joven y provocarle. No tard en persuadirse de que
este paso sera para l desastroso. Qu iba ganando en ello?
Absolutamente nada porque Clementina le detestara. El escndalo pondra
de manifiesto su derrota, tanto ms vergonzosa cuanto que el vencedor
era un chicuelo absolutamente desconocido. Determinse, pues,
prudentemente a no dar su brazo a torcer ante el mundo y a alejarse de
su querida temporalmente, dejndola que satisficiese su capricho. Quiz
ms adelante, cansada de triscar con aquel corderillo, volvera la oveja
al redil.

Raimundo no era tan nio como Castro le supona, pues contaba veintitrs
aos cumplidos: pero tena una figura infantil y delicada que no le
dejaba aparentar ms de diez y ocho. Su salud era vacilante y
quebradiza. Padeca frecuentes ataques, sobre todo desde la muerte de su
madre, en que perda unas veces la vista, otras el habla, con otra
variedad de fenmenos extraos que por fortuna duraban poco tiempo.
Adems se vea acometido de profundas melancolas, crisis violentas que
terminaban por un llanto copioso y prolongado corno en las mujeres
histricas. La vista de las araas le produca espasmos; el bistur de
un mdico le estremeca. La aprensin de volverse loco le haca padecer
horriblemente algunas veces: otras era el temor de suicidarse contra su
propia voluntad. Jams tena armas al alcance de la mano, y por el miedo
de arrojarse desde el balcn lleg a cerrar de noche el de su cuarto con
candado, entregando la llave a su hermana, nica testigo y confidente de
estos desvaros. Su temperamento y la educacin afeminada que haba
tenido eran la causa de ellos. Guardbalos, sin embargo, con cuidado
como todos los que los padecen, que son ms de los que se piensa:
procuraba con grandes esfuerzos refrenarse comprendiendo el ridculo que
cae sobre los hombres as constituidos.

Cualquiera se representar bien lo que pasara por este muchacho cuando
una mujer tan hermosa, tan coqueta y tan experimentada como Clementina
se resolvi a hacer su conquista. Primero su extremada timidez le
impidi darse cuenta de la conducta de la dama. Pensaba que aquellos
saludos afectuosos, aquellas sonrisas no eran ms que la expresin de
una sbita simpata que su orfandad haba excitado en ella. Todava,
cuando trab amistad con ellos y se multiplicaron las seales de su
inclinacin, y su hermana le di la voz de alerta, no pudo imaginarse
que pudiera existir entre ambos otra cosa que una amistad ms o menos
estrecha protectora y maternal por parte de ella, rendida y fervorosa
por la de l. Sin embargo, el elixir de amor que gota a gota iba dejando
caer Clementina en sus labios, lleg al fin al corazn. Cuando menos lo
pensaba se encontr enamorado, loco. Pero al tiempo que hizo este
descubrimiento le acometi una vergenza inmensa; pens que jams
tendra el valor de declarrselo. Por un lado la conducta de su dolo
con l, los constantes testimonios de simpata que le prodigaba, se
prestaban a forjarse ilusiones. Pero le pareca tan extrao e
inverosmil que un hombre tmido, inexperto, desprovisto de atractivos
mundanos pudiese obtener los favores de seora tan rica y tan hermosa,
que al instante las abandonaba o se meca en ellas dulcemente a
sabiendas de que eran pura quimera. Adems, no poda librarse de los
agudos remordimientos que de vez en cuando le asaltaban. Aquella seora
se pareca a su madre, no caba duda. Por esto slo se haba fijado en
ella, y haba sido su perseguidor callejero algn tiempo. No era una
verdadera profanacin, una cosa abominable que la imagen de su madre le
inspirase deseos carnales?

Pues a despecho de estos remordimientos, de su invencible timidez y de
los clamores de la razn, Raimundo se senta cada da ms subyugado por
aquella mujer. Verdad que Clementina puso en juego todas las armas de
que dispona, que no eran pocas ni mohosas todava. A medida que
aumentaba la timidez de su juvenil adorador creca en ella la osada y
el aplomo. En el amor esto pasa casi siempre; pero aqu, por las
circunstancias especiales de ambos, adquira mayor relieve. La timidez
en l lleg a ser una enfermedad, una cosa extraa, de cuya ridiculez se
daba perfecta cuenta sin que por medio alguno pudiese vencerla. Al
contrario, cuantos ms esfuerzos haca para adquirir aplomo y
desembarazo delante de ella, mejor se mostraba la emocin que le
embargaba. Al principio la hablaba con cierta serenidad, se autorizaba
alguna bromita o frase ingeniosa; despus esta serenidad se fu
perdiendo, las bromas cesaron. No se poda acercar a ella sin turbarse,
no poda darle la mano sin un leve temblor. Si la dama le miraba
fijamente, sus mejillas se encendan.

Clementina no poda menos de sonrer ante esta inocente alborada de
amor. Gozaba con ella llena de curiosidad, alegre de sentirse an
bastante hermosa para inspirar a un nio tan rendida pasin. Unas veces
se entretena malignamente en atortolarle, en ponerle colorado,
mostrndose viva y desenvuelta como una chula: otras se placa en
seguirle el humor apareciendo melanclica, dirigindole miradas tmidas
como una colegiala: otras, en fin, le trataba con tierna familiaridad,
enterndose de su vida, de sus actos y sus pensamientos, como una madre
o una hermana cariosas. Entonces era cuando Raimundo recobraba un poco
de libertad y osaba mirar a la diosa cara a cara. Clementina le
embromaba a menudo por sus aficiones cientficas, entraba en su despacho
y dejaba esparcidos por la mesa o por el suelo los cartones de las
mariposas. Esto, que si otra persona lo ejecutase producira en la casa
una catstrofe, haca reir al joven naturalista.

Comenzaba a susurrarse entre los ntimos de la dama algo sobre estos sus
nuevos y extravagantes amores, adelantndolos, por supuesto, mucho ms
de lo que en realidad estaban. Una noche de comida y tresillo, deca
Pepa Fras a tres o cuatro elegantes salvajes que estaban en torno suyo
discutiendo el asunto:

--Desengense ustedes. Clementina concluye enamorndose de un perro de
Terranova o de un periodista.

Cuando entraba Raimundo en el saln con su cabeza de querubn rubia y
melanclica, con su aspecto humilde y embarazado, todas las miradas se
posaban sobre l con curiosidad. Haba sonrisas, murmullos, frases
ingeniosas y estpidas. Se le discuta. En general, entre los hombres
sobre todo, juzgbase ridcula la conducta de la esposa de Osorio: pero
algunas damas miraban con simpata al mancebo, encontraban muy agradable
su aire candoroso, y comprendan el capricho de Clementina. Hubo entre
ellas quien procur seducirlo.

Era ya nuestro joven considerado como amante oficial de Clementina,
cuando an no la haba rozado con los labios la punta de los dedos ni
soaba con ello. Sin embargo, el amor iba haciendo tales progresos en su
pecho que tema caer el da menos pensado de rodillas ante ella como los
galanes de comedia. Sufra horriblemente a la menor seal de desdn, y
gozaba como un ngel cuando la dama le expresaba de cualquier modo su
afecto. Clementina no tena prisa en hacerle amante afortunado, aunque
estaba decidida a ello. Le gustaba prolongar aquella situacin,
observando con secreto placer la marcha de la pasin y los fenmenos que
ofreca en el joven. Hastiada de los devaneos cortesanos, encontraba
vivo atractivo en ser adorada de aquel modo frentico y mudo, en
desempear el papel de diosa. Una mirada suya haca empalidecer o
enrojecer a aquel nio; una palabra le alegraba o le entristeca hasta
la desesperacin.

Raimundo iba al Real todas las noches que le tocaba el turno a
Clementina. Suba al palco a saludarla, y muchas veces, por exigencia de
ella, se quedaba all uno o dos actos. En estas ocasiones sola la dama
retirarse al antepalco y charlar con l ntimamente a la sombra discreta
de las cortinas. Cuando se cansaba, o en la escena se cantaba una pieza
de empeo, guardaba silencio, volva la espalda al joven y escuchaba un
rato. Raimundo, guardando en los odos el eco de su voz y en su corazn
el fuego de sus miradas, quedaba tambin silencioso, ms atento, en
verdad, a la msica que sonaba dentro de su alma, que a la que vena del
escenario. Seguro de no ser observado, contemplaba con religiosa
atencin la alabastrina espalda de su dolo, los finsimos y dorados
tolanos de su cuello, acercaba la cabeza con pretexto de mejor escuchar
y aspiraba el perfume que se desprenda de ella, cerrando los ojos y
embriagndose durante unos instantes. Una noche, tanto peg el rostro a
la cabeza de la dama, que oh prodigio! se arroj a rozar con los labios
sus cabellos peinados hacia abajo en trenza doblada. Despus que lo hizo
se asust terriblemente y escrut con anhelo si Clementina lo haba
sentido. La dama continu impasible, exttica, escuchando la msica. Sin
embargo, por sus claros y hermosos ojos resbalaba una leve sonrisa que
el joven no pudo advertir. Alentado con este xito, siempre que ella
traa el cabello peinado de tal forma, con mucho disimulo y despus de
largos preparativos y vacilaciones osaba posar los labios sobre l.
Aquella sensacin era tan viva, tan deliciosa, que la guardaba muchos
das en la boca y le haca feliz. Pero una noche, o porque la dama
estuviese de mal humor, o porque se gozase en mortificarle un poco, le
trat con bastante despego mientras estuvo en el palco, le dej
abandonado a Pascuala mientras ella charlaba placenteramente con uno de
sus jvenes y aristocrticos amigos. El pobre Raimundo se abati con
este desprecio de un modo horrible. Ni siquiera tuvo fuerzas para
despedirse. Estaba plido, demudado. Una arruga dolorosa surcaba su
frente. Clementina le echaba de vez en cuando miradas furtivas. Cuando
el joven aristcrata se levant para irse, tambin quiso hacer lo mismo.
La dama le retuvo por la mano.

--No: qudese un momento, Alczar. Tenemos que hablar.

Y se retir como otras veces al antepalco y comenz a charlar con la
amabilidad y franqueza de siempre.

El joven cobr aliento. Pero cuando ella le volvi la espalda para
escuchar la pera, estaba tan alterado an y confuso que no se atrevi a
besar el cabello, aunque el peinado era bajo y la ocasin ms propicia
que nunca.

Al cabo de un rato, Clementina se volvi de pronto y le dijo en voz
baja:

--Por qu no besa usted hoy el pelo como otras noches?

La emocin fu inmensa, abrumadora. La sangre se le agolp toda al
corazn y qued blanco como un cadver. Despus le subi al rostro y se
puso como una amapola.

--Yo!... El pelo!--balbuci miserablemente.

Y tuvo que agarrarse con fuerza a la silla para no caer.

--No se asuste usted, hombre!--exclam ella posando cariosamente su
mano sobre la de l--. Cuando yo lo he consentido es prueba de que no me
desagradaba.

Pero viendo que la miraba con ojos extraviados, como si no comprendiese,
aadi con desenfado y riendo:

--Acaso se figura que yo no s que me quiere un poquito?

--Oh!--dijo el joven con un grito comprimido.

--S; lo s hace tiempo--continu bajando ms la voz y acercando la boca
a su odo--. Pero usted puede que no sepa una cosa, y es que yo tambin
le quiero a usted....

Y echando una rpida mirada hacia fuera para cerciorarse de que no los
observaban, se apoder de sus manos, y le dijo caldendole con su
aliento las mejillas:

--S; te quiero, te quiero ms de lo que te puedes imaginar. Ven maana
a las tres a casa.

Clementina no contaba con la femenil impresionabilidad de su adorador.
La violenta emocin que acababa de experimentar unida a la dicha que
estas palabras evocaron en su pecho le trastornaron de tal modo, que se
ech a llorar como un nio. Entonces ella le empuj hacia un rincn y se
alz vivamente, tapando con su gallarda figura el espacio que la cortina
dejaba descubierto. Su rostro hechicero resplandeca de felicidad. Si un
pintor tuviese la fortuna de sorprender aquel momento y el don de
fijarlo en el lienzo, podra representar, como nadie hasta hoy, a Dnae
recibiendo en su prisin la conocida lluvia de oro.

Fueron unos amores tiernos y poticos, cndidos y voluptuosos a la par
los de la hermosa dama y el joven naturalista. Para ella fu una
resurreccin de las impresiones dulces de la adolescencia maduradas de
pronto, transformadas en felices realidades. Hasta entonces los devaneos
que haba tenido se parecan unos a otros tanto, que ya desde el
comienzo llevaban dentro un germen de aburrimiento. Siempre le quedaba
en el fondo del corazn un sentimiento de despecho contra aquellas
relaciones que no le traan ninguna viva emocin, ni siquiera nuevos
placeres. La de ahora ofreca una originalidad que la encantaba. Su
amante era un nio a quien casi doblaba la edad. Haba comenzado a
adorarla por el parecido que la hallaba con su madre. Aquel respeto y
amor filiales se transformaron con un soplo en pasin y deseo. Todo esto
era gracioso, original; tena un fondo esttico que en ninguno de sus
amores anteriores haba encontrado. Adems, no perteneca a la raza de
los lechuguinos y petimetres con quienes tropezaba a todas horas en los
sitios que frecuentaba, seres cortados por un patrn, sin espontaneidad
alguna, con los mismos vicios, las mismas vanidades y hasta los mismos
chistes. Raimundo se apartaba de ellos, no slo por su posicin modesta
y retirada, no slo por su ilustracin y talento, sino tambin,
particularmente, por su carcter. Qu alma tan adorable la de aquel
chico! Qu inocencia, qu sensibilidad, qu delicadeza y qu fuerza
para amar al mismo tiempo! Acostumbrada a la monotona de los Pepes
Castro, cada nueva fase psicolgica, cada sacudimiento de entusiasmo,
cada desmayo o alegra o pena que sucesivamente adverta en su enamorado
doncel le producan una grata sorpresa. Escrutaba su espritu, se meta
dentro de l con afanosa curiosidad y a la vez con apasionado cario. Le
confesaba, le haca narrar y describir cien veces sus sentimientos, sus
recuerdos, sus propsitos y sus esperanzas. A veces le acometan dudas
sobre aquel extrao amor.

--Pero de veras ests enamorado? No consideras que soy una vieja?...
que puedo ser tu madre?

Raimundo responda siempre con alguna caricia apasionada, con una hmeda
mirada donde se lea el infinito de su pasin.

Desde el primer da, Clementina le haba tuteado a solas, acostumbrada a
aquellas transiciones y conciertos secretos de mujer galante, que ahora
favoreca la diferencia de edad. Raimundo no poda acostumbrarse a darla
el t. Haca esfuerzos por conseguirlo; pero a lo mejor volva al usted
y segua la pltica tratndola de este modo, hasta que la dama se
irritaba y le reprenda speramente. "No; por ms que lo negase, l la
consideraba como una vieja. En todo se estaba echando de ver. Si
continuaba de este modo perdera con l la confianza". Sin embargo,
Clementina estaba equivocada en este punto. No tena bastante
penetracin y delicadeza para comprender que el amor en Raimundo era,
como en todos los seres verdaderamente sensibles, adoracin exttica ms
que deseo, esclavitud voluntaria, un enajenamiento de su propia vida
para mejor vivir en la soberana de su corazn. Hay que hacerse cargo,
adems, de que hasta entonces no haba experimentado jams tal
sentimiento. Alejado de la sociedad de las mujeres y sin echarlas de
menos, quiz porque dentro de su casa tena lo ms grande y exquisito
que ellas pueden dar, el cario tierno, vigilante, la dulzura en la
palabra, la abnegacin en todos los momentos: dedicado en absoluto al
estudio y a su magnfica coleccin de mariposas, el encuentro con
Clementina fu para l la revelacin de ese mundo encantado, potico,
que a casi todos se aparece ms temprano. Aquel primer suspiro de Venus
al salir de la espuma del mar que repiti el Universo entero, son
entonces en su alma y la estremeci dulcemente. Su alma, que estaba muda
y triste como la Naturaleza antes que la diosa de la hermosura
suspirase. Muy pocos hombres alcanzan una dicha parecida: poseer la
primera mujer que se ama, llegar a tiempo para recoger el fruto sazonado
del amor. Para Raimundo, esa inclinacin tmida y anhelante del
adolescente llena de zozobras y melancolas, se fundi con el amor de la
edad viril, apetitoso y sensual. Qu extrao, pues, que absorbiera toda
la energa de su ser, toda su inteligencia y todos sus sentidos?

Desde aquella noche memorable no volvi a pensar ms que en Clementina.
Para l, el Universo se redujo de pronto al tamao y a la forma de una
mujer. No slo se crey obligado a vivir y respirar para ella, sino
tambin a pensar en todos los instantes del da y hasta a soar con ella
por la noche. En un principio la dama le reciba en su casa. Esto le
pareci en seguida peligroso y feo, y alquilaron un cuarto en la calle
del Caballero de Gracia, un entresuelo pequeito que amueblaron con
elegancia. La vida de Raimundo experiment un cambio radical. De aquel
retiro absoluto en que viva, pas sbito al bullicio del mundo
aristocrtico; teatros, bailes, comidas, carreras de caballos y partidas
de caza. Clementina le arrastraba sujeto a su carro, le exhiba en todos
los salones sin desdearse de l. Porque nuestro joven, de figura
delicada y elegante, de carcter apacible y clara inteligencia, se haca
simptico dondequiera que entraba. A nadie le importaba gran cosa si era
rico o pobre, noble o plebeyo.

Aurelia le acompaaba algunas veces, pero siempre contra su gusto.
Aunque no usaba contrariar la marcha adoptada por su hermano, era fcil
de adivinar que la condenaba en el fuero interno, que se hallaba fuera
de su centro en el hotel de Osorio. Se haba hecho reflexiva y
taciturna. Su mirada, cuando la posaba en Raimundo, era profunda y
melanclica, como si temiese una catstrofe. Clementina la agasajaba
cuanto poda; pero no lograba entrar en su corazn. Al travs de las
sonrisas de la nia, de su modestia y rubor, crea observar un
sentimiento de hostilidad que a menudo la desconcertaba.

La esposa de Osorio continuaba desplegando el mismo boato, esparciendo
profusamente el dinero a despecho de la ruina inminente de su esposo,
que tanto haba alarmado a Pepa Fras. Esta ruina no haba estallado
como se pensaba. El banquero logr conjurarla hbilmente, haciendo
entender a los que tenan valores en sus manos, que de nada les servira
arrojarse repentinamente sobre l, pues no salvaran ni un veinticinco
por ciento del capital. En cambio, si aguardaban lo recuperaran entero
y con su rdito. Su mujer iba a heredar una fortuna inmensa en breve
plazo. Los acreedores entraron en razn; guardaron secreto acerca del
estado de sus negocios: slo exigieron que Clementina firmase, en unin
con su marido, los pagars renovados. Poco despus, la suerte favoreci
un poco en la Bolsa a Osorio y pudo aletear como antes, aunque bajo la
mirada recelosa de los hombres de dinero, que le pronosticaban
unnimemente la quiebra ms tarde o ms temprano. Su esposa, vindose en
salvo, no volvi a pensar en estos enojosos asuntos. Tan slo cuando iba
a casa de su padre y vea el rostro plido y demudado de D. Carmen,
senta su corazn agitado por una extraa emocin que ella misma hua de
definir, apresurndose a ahogarla con el ruido de los besos y las
palabritas cariosas.

El amor de Raimundo le hizo gozar extremadamente. Vease envuelta, como
nunca lo haba estado, en una ola de pasin devota y exaltada que la
cariciaba dulcemente. El papel de diosa la seduca. Gustaba de mostrarse
unas veces amable y tierna, otras terrible, haciendo pasar a su adorador
por todas las pruebas posibles a fin de cerciorarse bien, deca ella, de
que era suyo, enteramente suyo. La costumbre de tratar con hombres muy
distintos, no obstante, la hizo incurrir en fatales equivocaciones que
atormentaron mucho al joven. Un da, despus de haberse hecho servir el
almuerzo en su cuarto del Caballero de Gracia, le dijo sonriendo:

--Voy a hacerte un regalo, Mundo (as le llamaba por ms cario).

Se levant a buscar su manguito y sac de l una cartera muy linda.

--Oh! Es muy bonita--dijo l tomndola y llevndola a los labios--. La
traer siempre conmigo.

Pero al abrirla qued consternado. Dentro haba un montn de billetes de
Banco.

--Te has olvidado aqu el dinero--dijo alargndole otra vez la cartera.

--No me he olvidado. Es para t tambin.

--Para m?--exclam l ponindose plido.

--No lo quieres?--pregunt ella con timidez ponindose encarnada.

--No; no lo quiero--replic l con firmeza.

Clementina no se atrevi a insistir. Tom de nuevo la cartera, sac de
ella los billetes y la volvi a entregar al joven. Hubo unos instantes
de silencio embarazoso. Raimundo apoy el codo sobre la mesa, puso la
mejilla sobre la mano y qued pensativo y serio. Ella le observaba con
el rabillo del ojo entre colrica y curiosa. Al fin una sonrisa ilumin
su rostro, levantse de la silla, y cogiendo el del joven entre sus dos
manos, le dijo en tono alegre:

--Bien; este acto te enaltece; pero de m podas tomar ese dinero sin
desdoro. No soy tu mam?

Raimundo se content con besar las manos que le aprisionaban. No se
volvi a hablar de dinero entre ellos.

Aqul conservaba en los modales y en las palabras, a pesar de sus
veintitrs aos, un sello infantil que a Clementina le placa sobremodo.
La educacin afeminada y solitaria que haba tenido era la causa
principal. Engabasele con suma facilidad y divertasele lo mismo. No
tena esos aburrimientos negros de los hombres gastados: no se le
ocurra jams una frase irnica, incisiva, de las que aun entre
enamorados suelen usarse. Sus alegras eran bulliciosas y pueriles hasta
rayar en ridculas. Divertase en correr por las habitaciones del
pequeo entresuelo detrs de Clementina, o en esconderse de ella y
asustarla. Otras veces la entretena con juegos de prestidigitacin, en
que era un poco inteligente. O bien jugaban ambos a los naipes con
extraordinaria atencin o empeo, como si disputasen algo de provecho. O
bien bailaban al son de algn piano mecnico que se paraba en las
cercanas de la casa. Ponanse a comer confites y hacan apuestas a
quien engulla ms. En una ocasin quiso hacer sorbete de pia: se deca
muy perito en la fabricacin de helados. Le trajeron todos los enseres
de un caf vecino. Despus de bregar con afn bastante tiempo, sali al
fin una quisicosa fea y desabrida, lo cual le entristeci tanto, que
Clementina, para alegrarle, tom sin deseo alguno una gran copa del
brebaje. Le gustaba imitar los gestos y las palabras de las personas que
vea en casa de ella, y lo ejecutaba tan a la perfeccin que la dama
rea con verdadera gana. A veces le suplicaba por favor que cesase, pues
le haca dao tanta risa. Raimundo posea este don de observar los ms
insignificantes modales de las personas y reproducirlos despus
admirablemente. Se crea estar oyendo a la persona que imitaba. Pero
slo en el seno de la confianza le gustaba mostrar esta habilidad.

Algunas veces, cuando estaba de humor, inventaba una recepcin
palaciega. Haca sentar a Clementina en un trono que armaba rpidamente
en medio de la sala. Los ministros, los altos personajes de la poltica
desfilaban por delante de la reina y pronunciaba cada cual su discurso.
Clementina, que a todos los conoca, gozaba en adivinarlos a las pocas
palabras. Raimundo, que haba asistido con frecuencia a las tribunas del
Congreso, les haba cogido bastante bien, a casi todos, el acento, la
accin y los gestos. Particularmente imitando a Jimnez Arbs, a quien
trataba por verle en casa de Osorio, estaba graciossimo. Por supuesto,
despus de cada discurso se inclinaba reverentemente y besaba la mano de
la soberana, volviendo a ponerse el tricornio de papel que se haba
hecho para el caso. Estas nieras alegraban a la dama, dilataban su
corazn, casi siempre encogido por la soberbia o el hasto. De aquellas
largas entrevistas sala rejuvenecida, los ojos brillantes, el pie
ligero, saludando con afecto a personas a quienes en otra ocasin
hubiera dirigido una fra y desdeosa cabezada.

Luego Raimundo la llenaba de asombro, a lo mejor, con algn acto
inconcebible de candor infantil. En una ocasin, habiendo entrado sin
hacer ruido en el cuarto de la calle del Caballero de Gracia (los dos
tenan llave), le sorprendi barriendo afanoso la sala. El muchacho
qued confuso al verla delante; se puso colorado hasta las orejas.
Clementina, entre alegres carcajadas, le abraz y le cubri el rostro de
besos, exclamando:

--Chiquillo, eres delicioso!




X

#Un poco de derecho civil.#


Era maana de gran trajn en las oficinas de Salabert. Se hacan unos
pagos de consideracin. El duque haba ido en persona a la caja a
presenciarlos y ayudaba al cajero en la tarea de contar los billetes. A
pesar de los aos que llevaba manejando dinero, nunca le tocaba pagar
una cantidad crecida que no le temblasen un poco las manos. Ahora estaba
nervioso, atento, mordiendo crispadamente el cigarro y sin escupir.
Tena las fauces resecas. En varias ocasiones llam la atencin al
empleado creyendo que pasaba dos billetes en vez de uno; pero se
equivoc en todas. El cajero era diestrsimo en su oficio. Cuando
terminaron, el duque se retir a su despacho, donde le estaba esperando
M. Fayolle, el famoso importador de caballos extranjeros, proveedor de
toda la aristocracia madrilea.

--_Bonjour, monsieur_--, dijo rudamente el duque dndole una palmada en
la espalda--. Viene usted a encajarme algn otro penco?

--Oh, seor duque; los caballos que yo le he vendido no son pencos, no.
Los mecores animales que nunca he tenido se los ha llevado usted--,
respondi con acento extranjero, sonriendo de un modo servil M. Fayolle.

--Los desechos de Pars es lo que usted me trae. Pero no crea usted que
me engaa. Lo s hace tiempo, _monsieur_; lo s hace tiempo. Slo que yo
no puedo ver esa cara tan frescota y tan risuea sin rendirme.

M. Fayolle sonri abriendo la boca hasta las orejas, dejando ver unos
dientes grandes y amarillos.

--La cara es el especo del alma, seor duque. Puede tener confiansa en
mi, que no le dar nada que no sea superior. Es que _Polin_ ha salido
malo?

--Medianejo.

--Vamos, tiene gana de bromear! El otro da le he visto por la calle
de Alcal enganchado al faetn. Bien de mundo se paraba a mirarlo.

Hablaron un rato de los caballos que el duque le haba comprado. Este
pona tachas a todos. Fayolle los defenda con entusiasmo de aficionado
y de comerciante. En un momento de pausa dijo sacando el reloj:

--No quiero molestarle ms.... Vena a cobrar la cuentesita ltima.

La faz del duque se oscureci. Luego dijo entre risueo y enfadado:

--Pero, hombre; que no estn ustedes jams contentos sino sacndole a
uno el dinero!

Y al mismo tiempo ech mano al bolsillo y sac la cartera. M. Fayolle
sonrea siempre, diciendo que lo senta, porque el seor duque era un
pobrecito y no le gustaba echar a nadie a pedir limosna, etc., etc. Una
porcin de bromitas que el banquero no pareca escuchar, atento a contar
los billetes. Cont siete de quinientas pesetas y se los entreg,
oprimiendo al mismo tiempo el timbre para que un dependiente extendiese
el recibo. Fayolle tambin los cont y dijo:

--Se ha equivocado, seor duque. El presio del caballo era cuatro mil
pesetas. Aqu no hay ms que tres mil quinientas.

El duque no di seales de oir. Con los prpados cados, bufando y
paseando el cigarro de un ngulo a otro de la boca, se mantuvo
silencioso y guard de nuevo la cartera despus de haberla apretado con
una goma.

--Faltan quinientas pesetas, seor duque--, repiti Fayolle.

--Cmo? Faltan quinientas pesetas? No puede ser.... A ver; cuente
usted otra vez.

El comerciante cont.

--Hay aqu tres mil quinientas....

--Ya lo ve usted! No me haba equivocado.

--Es que el caballo cuesta cuatro mil: as lo hemos acustado.

La cara del duque expres admirablemente el asombro.

--Cmo cuatro mil? No, hombre, no; el caballo cuesta tres mil
quinientas. En esa inteligencia lo he comprado.

--Seor duque, est usted equivocado--dijo Fayolle ponindose serio--.
Recuerde usted que habamos quedado en las cuatro mil.

--Recuerdo perfectamente. El que tiene mala memoria es usted.... A ver
(dirigindose al dependiente que vino a extender el recibo), uno de
vosotros que baje a la cochera y pregunte a Benigno en cunto se ha
ajustado el _Polin_.

Al mismo tiempo, aprovechando el momento en que Fayolle miraba al
empleado, le hizo un guio expresivo.

El cochero respondi por boca del dependiente que el caballo se haba
ajustado en tres mil quinientas pesetas.

Entonces el comerciante se irrit. Estaba segursimo de que haban
quedado en las cuatro mil. En ese supuesto lo haba entregado. De otro
modo nunca hubiera dejado salir el caballo de la cuadra. El duque le
dej hablar cuanto quiso, lanzando slo algn gruido de duda, pero sin
alterarse poco ni mucho. Slo cuando Fayolle habl de quedarse otra vez
con el caballo, le dijo con sorna:

--Por lo visto, ha encontrado usted quien d las cuatro mil y quiere
deshacer el trato, verdad?

--Seor duque, juro a usted por lo ms sagrado que no hay nada de
eso.... Solamente que estoy seguro de que es como digo.

Al banquero le acometi entonces oportunamente un recio golpe de tos. Se
le pusieron los ojos encendidos, las mejillas carmeses. Luego se limpi
sosegadamente con el pauelo la boca y las narices, y dijo con acento
campechano:

--Hombre, no sea usted tacao. No se altere usted por esas miserables
pesetas.

Pero l no las solt. El comerciante quiso llevarse el caballo. Tampoco
pudo lograrlo. Hubo un momento de silencio. Fayolle estuvo a punto de
echarlo todo a rodar y desvergonzarse; pero se reprimi considerando que
nada adelantara: menos con llevar el asunto a los tribunales. Quin
iba a pleitear por quinientas pesetas y ms con un personaje como el
duque de Requena? Resignado, pues, con las mejillas encendidas an, se
despidi no sin que el duque le llevase hasta la puerta muy cortsmente,
dndole afectuosas palmaditas en la espalda.

Cuando el prcer volvi a ocupar su silln frente a la mesa, por debajo
de sus prpados fatigados brillaba una sonrisa burlona de triunfo. Al
cabo de unos minutos apret el botn del timbre otra vez:

--Vaya usted a ver si la seora duquesa est sola en su habitacin o
tiene visita--dijo al criado que se present al punto.

Mientras desempeaban la comisin permaneci inactivo, con el cuerpo
echado hacia atrs y las manos cruzadas, en actitud reflexiva.

--La seora duquesa est de visita con el padre Ortega--entr a decir el
criado.

Salabert hizo un gesto de impaciencia y volvi a quedar sumido en sus
reflexiones. Estaba decidido a celebrar una conferencia con su esposa
acerca de intereses. Esta jams le haba hablado nada de dinero. El no
se crey jams en el caso de darle cuenta de sus especulaciones y
negocios. D. Carmen tampoco entendera nada si se la diese. Crease
dueo absoluto de su fortuna sin que se le pasase por la imaginacin los
derechos que sobre ella tena su mujer. Pero ltimamente un amigo le
abri los ojos. Hablando de la enfermedad que aquejaba a la duquesa, le
pregunt con naturalidad si tena otorgado testamento. Este amigo, que
era abogado, daba por resuelto que la mitad de la hacienda perteneca a
D. Carmen. Salabert qued hondamente preocupado. Viendo a su esposa
descaecer le entr miedo. A su muerte los parientes le exigiran la
mitad de lo que l haba adquirido, meteran la nariz en sus asuntos,
hasta en los ms ntimos.... Un horror! Consult con su abogado. El
medio ms sencillo de desvanecer aquellos temores y dejar en la
impotencia a los parientes de su esposa, era que sta hiciese testamento
a su favor. El duque lo encontr naturalsimo. En la conferencia que iba
a tener con ella, se lo propondra del modo ms diplomtico que le fuera
posible, a fin de no alarmarla respecto a su enfermedad.

Aguard, pues, entretenido en revisar papeles hasta que crey llegado el
momento de enviar nuevamente el criado a saber si el padre Ortega haba
despejado. Mas cuando iba a hacerlo entraron a avisarle que estaban all
unos cuantos seores, entre ellos Caldern, que deseaban verle. El
banquero frunci el entrecejo.

--Habis dicho que estaba en casa?

--Como el seor duque no se niega nunca por la maana....

--F....! malditos seis!--murmur con horrible expresin de disgusto.
Pero alzando la voz en seguida y adoptando las maneras campechanotas y
bruscas que le eran peculiares, grit:

--Que pasen, que pasen esos seores.

Se presentaron Caldern, Urreta y otros dos banqueros no menos
importantes y conocidos en Madrid. La expresin de todos ellos era seria
y hasta hosca. Salabert, sin reparar en ello, empez a repartir abrazos
y palmaditas en la espalda, haciendo un ruido formidable con sus voces y
risotadas.

--Buen negocio! Buen negocio secuestrar ahora a los cuatro y exigir un
milln de pesos por cada uno.... Oh! oh! Se me han colado en el
despacho los cuatro peces ms gordos que tiene Madrid ... cuatro
tiburones!... Cmo va de ese reuma, Urreta? Me parece que usted tambin
necesita una buena carena como yo.... Y t, Manuel, cundo piensas
reventar?... Ya ves que a tu sobrino le corre mucha prisa.

Los banqueros se mostraron corteses y reservados, procurando cortar con
su actitud grave aquel flujo de chanzonetas. El caso no era para menos.
Haca cosa de un ao que Salabert les haba vendido la propiedad del
ferrocarril de B*** a S***, ya en explotacin y con todo su material.
Aunque no se determin en la escritura, convnose entre ellos que cuando
saliese a subasta el ferrocarril desde S*** a V***, como quiera que
estaba enlazado con el otro, material y econmicamente, Salabert no
presentara pliego de licitacin, dejndoles el negocio a ellos. Pues
bien; acababan de saber que el duque, faltando a su palabra, se lo
trataba de birlar decaradamente: haba presentado el correspondiente
pliego en la subasta. El primero que habl fu Caldern.

--Antonio, venimos a reir contigo seriamente....

--No puede ser. Reir con un hombre tan inofensivo como yo?...

--Recordars muy bien que al realizar la compra de tu ferrocarril se ha
convenido, o por mejor decir, nos has prometido solemnemente no
presentarte en la subasta de la lnea de S*** a V***.

--Ya lo creo que me acuerdo ... admirablemente!

--Pues hoy hemos visto con sorpresa que hay un pliego tuyo....

--Cmo! Un pliego?--exclam lleno de asombro, abriendo
desmesuradamente sus grandes ojos saltones--. Quin les ha contado
semejante patraa?

--No es patraa: yo mismo he visto su firma de usted--dijo uno de ellos,
el marqus de Arbiol.

--Mi firma? No puede ser.

--Amigo Salabert, le digo a usted que yo mismo he visto la firma:
"Antonio Salabert, duque de Requena"--replic Arbiol con firmeza y muy
serio.

--No puede ser! no puede ser!--repiti el duque ponindose a dar
vueltas por el despacho, presa al parecer de violenta agitacin--. Me
habrn suplantado la firma.

El marqus de Arbiol sonri desdeosamente.

--Traa el sello de su casa.

--Traa el sello?--replic parndose de pronto--. Entonces me la han
suplantado dentro de mi misma casa. S, s!... Aqu me la han
suplantado.... No sabis entre qu canalla estoy metido. Necesito tener
cien ojos....

Y cada vez ms enfurecido fu a apretar el botn del timbre.

--Ahora vern! Ahora vern ustedes si me la han robado o no.... A ver
(dirigindose al dependiente que entr), que se presenten inmediatamente
Llera y todos los empleados de la oficina.... Al instante!

Arbiol dirigi una mirada a sus compaeros y alz los hombros con
desprecio. Pero el duque, que vi perfectamente el ademn, no quiso
hacerse cargo de l: sigui gruendo, resoplando, dejando escapar
interjecciones violentas y paseando furiosamente por la estancia. Hasta
que se present Llera y con l un grupo de sujetos encogidos, mal
trajeados, de fisonoma vulgar. Salabert se plant delante de ellos
cruzando los brazos con energa:

--Vamos a ver, Llera: es necesario averiguar quin ha sido el tuno que
ha presentado un pliego en mi nombre, suplantando mi firma, para la
licitacin del ferrocarril de S*** a V***. T sabes algo de este
asunto?

Llera, despus de haberle mirado fijamente a la cara, baj la cabeza sin
contestar.

--Y vosotros sabis algo? eh? sabis algo?

Los empleados le miraron tambin con fijeza. Luego miraron a Llera y
tambin bajaron la cabera al fin sin despegar los labios.

Salabert pase varias veces sus ojos saltones por ellos con expresin
teatral de clera, y exclam al fin dirigindose a los banqueros:

--Lo ven ustedes claro? Nadie contesta. Entre stos se esconde el
culpable o los culpables! porque sospecho que ha de ser ms de uno.
Pierdan ustedes cuidado, que yo dar con ellos y har un escarmiento....
S, un terrible escarmiento! No he de parar hasta que los mande a
presidio.... Retiraos vosotros (dirigindose a los empleados), y ya
podis temblar los delincuentes. Muy pronto caer sobre vosotros el peso
de la justicia.

Los criminales deban de ser bien empedernidos a juzgar por la absoluta
indiferencia con que recibieron aquellas siniestras palabras
pronunciadas con acento pattico. Cada cual se retir sosegadamente a su
departamento y reanud su tarea, como si la terrible espada de Nmesis
no estuviese aparejada a segarles el cuello.

Los banqueros se miraron entre risueos y colricos. Al fin uno de
ellos, mordindose los labios para no soltar la carcajada, le tendi la
mano con ademn desdeoso:

--Adis, Salabert; hasta la vista.

Los dems hicieron lo mismo sin decir otra palabra del asunto. El duque
no se desconcert. Fu a despedirlos solcito hasta la escalera,
dirigiendo todava al pasar miradas iracundas a sus empleados que las
recibieron con la misma punible indiferencia. Al volver a su despacho ya
no les hizo caso alguno. Pas por entre ellos como un actor que
atraviesa los bastidores despus de haber estado un rato en escena.

Unos minutos despus torn a salir bajando a las habitaciones de su
esposa. Hallla sola, entretenida en leer un libro devoto. D. Carmen,
que siempre haba sido muy piadosa, en los ltimos tiempos se haba
entregado por completo a las prcticas religiosas. La enfermedad la
separaba cada vez ms de las ideas mundanas, la entregaba triste y
sumisa a los curas. Salabert nunca haba puesto obstculo a esta
devocin: la miraba con indiferencia compasiva, como una mana inocente.
Pero en los ltimos tiempos, algunas limosnas harto crecidas de la
duquesa le alarmaron un poco y le obligaron a reprenderla paternalmente.
Acostumbrado a hallar a su mujer sometida, apartada de toda ambicin,
ajena enteramente al xito de sus especulaciones, la trataba como a una
nia, si no como a un perro fiel a quien de vez en cuando se pasa la
mano por la cabeza. Nunca le haba estorbado aquella infeliz seora, ni
en sus trabajos ni en sus vicios. Aunque sus queridas, sus
extravagancias en el orden ertico eran conocidas de todo el mundo, D.
Carmen o las ignoraba o finga ignorarlas. Sin embargo, la ltima
infidelidad del duque, la relacin con la Amparo habale acarreado
disgustos. Aquella mujer dominante y soez se gozaba en vejarla de mil
modos, cosa que no haba hecho ninguna de sus antecesoras. En el paseo,
cuando iba con su marido en coche, el de la Amparo se colocaba a su
lado: con cnico descaro la ex florista cambiaba con el duque sonrisas
de inteligencia. Cuando la buena seora se quej suavemente de este
proceder, Salabert neg en redondo, no slo sus miradas y sonrisas, sino
toda relacin con aquella mujer. No la conoca ms que de vista. Jams
haba hablado con ella. En el teatro Real lo mismo. Amparo se obstinaba
en mirar toda la noche al palco del duque. Luego en los toros, en las
carreras de caballos, ostentaba un lujo escandaloso que llamaba
fuertemente la atencin pblica. Algunas amigas bien intencionadas, que
nunca faltan, compadecindola muchsimo enteraban a D. Carmen de las
cuantiosas sumas que aquella mujer costaba al duque, de todas sus
extravagancias y caprichos.

Esta serie de alfilerazos padecidos en secreto, sin confiarlos a nadie
ms que a su confesor, haban labrado la salud de la seora,
reducindola a un estado de flaqueza tal que por milagro se sostena.
Salabert tena ms que hacer que reparar en tales sufrimientos. Pensaba
que con el ttulo de duquesa, y tantsima riqueza acumulada en aquel
palacio, D. Carmen deba de ser la mujer ms feliz de la tierra.

--Qu hace la viejecita? qu hace?--entr preguntando en tono medio
brutal medio carioso, que revelaba bien la profunda indiferencia que su
mujer le inspiraba.

D. Carmen levant los ojos sonriendo.

--Hola eres t? Milagro, por aqu a esta hora.

--Antes hubiera venido a saber de ti, si no me hubieran dicho que estaba
el padre Ortega. Cmo has pasado la noche? Bien eh? Ya lo creo.... T
no ests tan mala como te figuras. A qu viene eso de rodearte de curas
como si fueses a morirte?

--Los curas no hacen falta ms que cuando uno se muere?

--S, los curas son indispensables para dar respetabilidad a las
casas--dijo repantigndose en una butaca y extendiendo groseramente las
piernas--. Sin un poco de pao negro, los palacios recin pintados como
ste chillan demasiado.... Slo que a la larga se hacen muy molestos: no
se cansan de pedir. Tienen tantas tragaderas como las ballenas.... Yo
los comprara de buena gana figurados, de cera o de cartn, y haran el
mismo efecto....

--Calla, calla, Antonio; no empieces a soltar disparates. Cualquiera que
te oyese te juzgara un hereje, y gracias a Dios no lo eres.

--Vaya una ganga el ser hereje! Qu utilidad trae el ser hereje?...--Y
cambiando bruscamente de tema preguntle:--Cmo va ese aquelarre que
habis hecho en los Cuatro Caminos?

Se refera al asilo de ancianas, del cual era D. Carmen la principal
protectora.

--Va muy bien. Slo que la marquesa de Alcudia no quiere continuar
siendo tesorera. No sabemos a quin se ha de nombrar.

--Por supuesto, los sbados se despoblar aquello.

--Pues?--pregunt inocentemente la seora.

--Porque se marcharn a Sevilla todas sobre escobas.

--Bah, bah! No hagas burla de las pobres ancianas--replic riendo--.
Tambin t y yo somos dos viejos....

--Verdad, verdad--dijo el banquero ponindose afectadamente grave y
triste--. Somos un par de trampas que el da menos pensado nos
escurrimos para el otro barrio, sin sentirlo.

Haba visto una entrada oportuna para la conversacin que apeteca: se
apresuraba a aprovecharla.

--No; t ests fuerte y robusto. An puedes dar mucha guerra en el
mundo.... Pero yo, querido, ya tengo un pie en el estribo.

--Los dos lo tenemos, los dos. En pasando de los sesenta no hay da
seguro....

--Si esos pensamientos te sirviesen para acordarte ms de Dios y
trabajar en su santo servicio, me alegrara de que los tuvieses.

--Te parece que no trabajo bastante por l, y me lleva todos los aos
ms de cinco mil duros en misas y novenas?

--Vamos, Antonio, no hables as!

--Hija ma; bueno es pensar en lo de all, pero es tambin prudente
pensar en lo de ac.... Mira, precisamente estos das estaba yo
imaginando que si se muriese uno de nosotros, al que sobreviviese le
quedaran bastantes enredos....

--Por qu?

--Porque el marido y la mujer no son herederos forzosos el uno del otro,
y, como es natural, si nos murisemos sin testamento, nuestros parientes
vendran a molestar al que quedase.

--Eso tiene fcil remedio. Con hacerlo se arregla.

--Precisamente es lo que yo pensaba--dijo el duque resollando mucho para
mostrar indiferencia y aplomo, que no senta--. Haba imaginado que en
vez de testar cada uno por su parte, hicisemos un testamento mutuo.

--Qu es eso?

--Un testamento en el cual nos institumos mutuamente por herederos.

D. Carmen baj la vista al libro que traa en la mano y guard silencio
un rato. El duque, inquieto, la observaba con atencin por debajo de sus
prpados medio cados, mordiendo con impaciencia el cigarro.

--No puede ser--dijo al cabo gravemente la seora.

--Que no puede ser? Y por qu?--replic con viveza incorporndose un
poco en la butaca.

--Porque yo pienso en dejar por heredera de lo que tenga, poco o mucho,
a tu hija. As se lo he prometido ya.

No crea Salabert tropezar con aquel obstculo. Juzgaba cosa hecha lo
del testamento mutuo. Qued tan sorprendido como turbado. Pero
recobrndose instantneamente, adopt un continente grave y digno para
decir:

--Est bien, Carmen. Yo no trato de imponer mi voluntad a la tuya. Eres
duea de dejar tus bienes a quien te parezca, por ms que estos bienes
hayan sido ganados por m a costa de muchos trabajos. En los aos que
llevamos unidos, las cuestiones de intereses jams han producido ninguna
reyerta entre nosotros. Deseo que continuemos siempre lo mismo. El
dinero, comparado con los afectos del corazn, no tiene ningn valor. Lo
nico que siento es que otra persona, por ms que sea una hija
queridsima, me haya perjudicado hasta tal punto en tu cario, me haya
desterrado de tu corazn....

Al pronunciar estas ltimas palabras su voz se alter un poco.

--No, Antonio, no--se apresur a decir D. Carmen--; ni tu hija ni nadie
puede arrancarte el cario que te pertenece.... Pero considera que t
eres bastante rico sin necesidad de mi fortuna, y que ella la necesita.

--No; no trates de desfigurarlo.... El golpe est dado: lo siento en el
fondo del corazn--replic Salabert en tono pattico llevndose la mano
al lado izquierdo--. Treinta y cinco aos de vida matrimonial, treinta y
cinco aos compartiendo pesares y alegras, temores y esperanzas, no han
bastado a conquistarme la primer plaza en tu cario. Todo lo que se diga
es intil ya. Pensaba que nuestro matrimonio, la vida de felicidad y de
amor que hemos llevado tantos aos, deba cerrarse por medio de un acto
que la resumiese, instituyndonos herederos de lo que juntos hemos
ganado.... El cario de los esposos nunca se demuestra mejor que en la
ltima voluntad....

El discurso de Salabert adquira un tono de elevacin moral que pareci
preocupar por un instante a su esposa. Sin embargo, replic al fin con
dulzura y firmeza a la vez:

--Aunque no la he llevado en mis entraas, yo quiero a Clementina como
si fuese mi hija; la he mirado siempre como tal. Me parece una
injusticia privar a una hija de su parte de herencia.

--Pero mujer!--exclam con viveza el duque:--yo para quin quiero lo
que tengo sino para mi hija? Djame por heredero, que yo te prometo
transmitrselo ntegro y aun con aumento....

D. Carmen guard silencio limitndose a hacer un signo negativo con la
cabeza. El duque se levant como si fuese presa de una violenta emocin.

--S, s; bien lo comprendo. T no me perdonas algunos leves extravos
hijos del capricho y la tontera. Aprovechas la ocasin que se te
presenta para vengarte. Est bien: satisface tu venganza; pero sabe que
yo no he querido de veras a ninguna mujer ms que a ti. En el corazn no
se manda, Carmen, y si yo te quisiera arrancar del corazn, mi corazn
dira: "No, no puedes arrancarla sin que yo me rompa...." Es triste, muy
triste llevar al fin de la vida este terrible desengao.... Si maana te
murieses t, lo que Dios no consienta, cuntos disgustos, cuntas penas
me esperan adems de la prdida de una esposa adorada! Acaso este pobre
anciano se viera precisado a salir de la casa donde ha vivido, que ha
fabricado con ilusin para morir en ella en brazos de su esposa.

La voz del duque se alteraba por momentos; sus ojos se arrasaban de
lgrimas. Todava sigui en este tono pattico un rato. Al fin cay como
desfallecido en la butaca, llevndose el pauelo a los ojos.

Pero D. Carmen, aunque caritativa y sensible, no di seales de
hallarse conmovida. Antes, con firmeza, dijo:

--Bien sabes t que nada de eso es cierto. Ni soy capaz de vengarme, ni
sera fuerte venganza dejar cuanto tengo a una hija tuya, que slo es
ma por el cario que la tengo.

El duque cambi de tctica. Mir un rato a su esposa con ojos
compasivos. Al cabo dijo sonriendo con amargura:

--T quieres mucho a Clementina, verdad?... Pues mira; lo mejor que
puedes hacer para darle un alegrn es reventar cuanto ms antes. El
pobre Osorio est con el agua al cuello. Ahora me explico por qu sus
acreedores no acaban de tragrselo. Sin duda t le has hablado a su
mujer algo de testamento, y como ests un poquillo delicada aguardan tu
muerte como agua de Mayo. Conque no te descuides.

D. Carmen se puso mucho ms plida de lo que estaba al oir estas
sangrientas palabras. Necesit agarrarse a los brazos del silln para no
desfallecer. Lo que deca su marido era horrible, pero muy verosmil.
El, que advirti su emocin, se apresur a ofrecerle todos los datos
necesarios para confirmar la sospecha. Le expuso en un cuadro completo
la situacin econmica de Osorio, insistiendo en lo raro de que sus
acreedores aguardaran si no contasen con alguna esperanza positiva, que
no poda ser ms que la muerte de ella.

Entonces aquella infeliz mujer tuvo una frase sublime.

--Pues aunque Clementina desee mi muerte, yo la quiero lo mismo, con
todo mi corazn. Para ella ser cuanto tengo.

El duque sali de la estancia furioso, bufando como un toro con
banderillas de fuego, o como un actor a quien acaban de propinar una
silba.

D. Carmen permaneci inmvil largo rato, en la misma postura que la
haba dejado, con los ojos clavados en el vaco. Dos lgrimas temblaron
al fin en sus ojos y rodaron silenciosamente por sus mejillas marchitas.




XI

#Baile en el palacio de Requena.#


Transcurrieron los das y los meses. Clementina pas el verano, como
siempre, en Biarritz. Raimundo la sigui, dejando a su hermana confiada
a unos parientes, y regres cuando aqulla a ltimos de Septiembre. Por
la casa de los hurfanos soplaba un viento tormentoso que la haba
removido por completo. Raimundo, abandonando en absoluto sus estudios y
costumbres metdicas, se haba lanzado con ardor de nefito a los
placeres mundanos. Su hermana, aterrada por este cambio, le hizo
suavemente algunas advertencias, sin resultado. El joven se enfadaba
como nio mimoso. Cuando la reprensin era ms dura, se echaba a llorar
desconsoladamente, llamndose desgraciado, diciendo que no le quera,
que ms le hubiera valido morirse cuando su madre, etc., etc. Aurelia,
en vista de esto, haba determinado callarse, padeciendo en silencio,
llena de aprensiones y presentimientos tristes. Bien adivinaba la causa
de aquel cambio; pero en sus conversaciones ninguno de los dos os hacer
referencia a ella: Raimundo, porque no poda dignamente declarar a su
hermana las relaciones que sostena con Clementina: aqulla, porque
crea indecoroso darse por advertida.

Aquellas relaciones obligaron a nuestro joven a hacer gastos
extraordinarios que no permita su renta. Para seguir el carruaje de su
amante entre la balumba de ellos en los paseos del Retiro y la
Castellana compr un bonito caballo, despus de dar previamente algunas
lecciones de equitacin. Los teatros, las flores y los regalitos a su
dolo, las francachelas con sus nuevos amigos del _Club de los
Salvajes_, los trajes y las joyas, todo lo que constituye, en suma, el
tren de un lechuguino en la corte, le hicieron desembolsar sumas enormes
con relacin a su hacienda. Para ello hubo necesidad de echar mano del
capital. Este consista, como ya sabemos, en acciones de una fbrica de
plvora y en ttulos de la Deuda. Unos y otros documentos guardbalos
su madre en un cofrecito de hierro dentro de su armario. Cuando muri,
el pariente de los chicos a quien corresponda la tutela vino a
examinarlos y tom nota de ellos. Pero como Raimundo gozaba tal fama de
muchacho formal, de conducta intachable, como haca ya tiempo que
manejaba y cobraba los cupones, y como en fin no le faltaban ms que
tres aos para llegar a la mayor edad, su to no quiso recogerlos. Los
dej en el mismo cofrecito que estaban. Pues bien; Raimundo, necesitando
a toda costa dinero, y no atrevindose a pedrselo a nadie, falt a esta
confianza vendiendo poco a poco algunos ttulos. Y es lo raro del caso
que siendo un chico hasta entonces tan puro de costumbres, tan recto en
el pensar y tan honrado de corazn, llev a cabo esta villana sin
grandes remordimientos. Hasta tal punto su desatinada pasin le haba
desequilibrado y aturdido.

No slo hizo esto sino otra cosa peor, si cabe. Su curador, al enterarse
de sus gastos excesivos y de la vida que llevaba, s present un da en
su casa, encerrse con l en el despacho y le interpel bruscamente:

--Vamos a cuentas, Raimundo. Por lo que me han dicho y por lo que veo,
ests haciendo unos gastos que de ningn modo puedes sostener con tu
renta. El caso es grave. Yo, como curador, necesito saber de dnde sale
ese dinero, no slo por ti, sino principalmente por tu hermana....

Experiment una violenta emocin. Se puso plido y balbuci algunas
palabras ininteligibles. Luego, vindose apurado, comprendiendo
rpidamente que de aquella entrevista dependa su salvacin, esto es, la
salvacin de su amor, no tuvo inconveniente en mentir descaradamente.

--To, es cierto que hago gastos considerables, muy superiores a los que
podra hacer con mi renta.... Pero nada tiene que ver en ellos el
capital que hered de mis padres.

--Entonces?...

--Entonces--... dijo bajando la voz y como s le costase trabajo
hablar--, entonces ... yo no puedo decirle a usted el origen de este
dinero, to.... Es una cuestin de honor.

El curador qued estupefacto.

--De honor?... No s lo que quieres decir; pero mira, chico, yo no
puedo quedar conforme.... Mi posicin es delicada. Si no velo como debo
sobre vuestros intereses, maana se me puede pegar al bolsillo y no
tiene gracia.

Raimundo guard silencio unos momentos. Al fin, vacilando y tropezando
mucho, dijo:

--Puesto que es necesario decirlo todo, lo dir.... Usted habr odo
hablar quiz de mis relaciones con una seora....

--S, algo he odo de que haces el amor a la hija de Salabert.

--Pues ya tiene usted explicado el misterio ...--dijo ponindose
fuertemente colorado.

--De modo que esa seora?...--replic el to haciendo resbalar la yema
del dedo pulgar sobre la del ndice.

Raimundo baj la cabeza y no dijo nada, o, ms exactamente, lo dijo todo
con su silencio. l, que haba rechazado con indignacin y tristeza los
billetes de Banco de su querida, confesbase ahora culpable, sin serlo,
de tal indignidad, bajo la influencia del miedo.

Su to era un hombre vulgar, un almacenista de la calle del Carmen. La
confesin de su sobrino, lejos de sublevarle, le hizo gracia.

--Bien, hombre!... Me alegro de que hayas salido del cascarn y sepas
lo que es el mundo. Ah, tunante, qu callado te lo tenas!

Pero como todava se quedase en el despacho adivinndose en su actitud
un resto de inquietud, Raimundo, con esa audacia peculiar de las mujeres
y de los hombres dbiles en las circunstancias crticas, dijo con
firmeza:

--El capital de mi hermana y el mo est ntegro. Ahora mismo va usted a
ver los ttulos....

Y sac la llave y se dirigi al armario. Su to le detuvo.--No hace
falta, chico.... Para qu?

As sali, casi milagrosamente, de aquel terrible compromiso, que de
otro modo hubiera producido una catstrofe. Sin embargo, la victoria le
cost muchos momentos de cruel amargura, un gran desfallecimiento fsico
y moral que por poco le hace enfermar. No es posible romper bruscamente
con nuestras ideas y sentimientos, con lo que constituye nuestro
carcter, sin que la ruptura produzca vivo dolor.

Por esta poca vino a visitarle un caballero chileno, aficionado a la
zoologa y dedicado tambin a la especialidad de las mariposas como l.
Vena de Alemania y se dispona a regresar a su pas. Haba ledo
algunos de sus artculos cientficos, y teniendo adems noticia de su
coleccin, no quiso pasar por Madrid sin verla. Raimundo le recibi con
alegra y un poco de vergenza tambin. Haca ya algunos meses que no se
ocupaba poco ni mucho en asuntos de ciencia, que tena su coleccin
abandonada. A pesar de eso el chileno la hall muy notable y simpatiz
extremadamente con l. Le dijo que tena encargo de su Gobierno para
llevar algunos jvenes de valer que se pusiesen al frente de las
ctedras recin creadas en Santiago de Chile. Si quera venirse, una de
ellas sera para l. El sueldo que se le ofreca era bastante crecido,
la posicin brillante en un pas nuevo y ansioso de instruccin. En
otras circunstancias, Raimundo, que ya no tena ms vnculo en Espaa
que su hermana, quiz se hubiera decidido a emigrar con ella. Ms ahora,
enloquecido por el amor, encontr tan absurda la proposicin que no pudo
menos de sonrer con cierta lstima al rechazarla cortsmente, como si
fuese un millonario o un hombre colocado en la cima de la sociedad
espaola.

Para costear su viaje a Biarritz necesit enajenar ms papel de la
Deuda. Llev en metlico a Francia unas cinco mil pesetas, cantidad ms
que suficiente para pasar el verano. Sin embargo, a los pocos das,
arrastrado del ejemplo de sus amigos, se le antoj jugar en el Casino a
_los caballitos_. En dos sesiones perdi todo el dinero. No estando
avezado a estos lances, lo nico que se le ocurri fu regresar
precipitadamente a Madrid, vender ms ttulos y volverse otra vez. Su
hacienda mermaba de da en da. Cuando empez el invierno tena ya de
menos algunos miles de duros; mas esto no le impidi seguir gastando
lindamente. Aurelia, que tal vez por indicacin de su to y curador, o
por propias sospechas, crea saber de dnde proceda aquel dinero,
andaba melanclica, recelosa. No poda menos de mirar a su hermano con
ojos donde se reflejaba la pena, la lstima y la indignacin tambin.

As continuaran las cosas hasta Carnaval. La duquesa de Requena haba
mejorado bastante en unos baos de Alemania, adonde su marido la haba
llevado. Desde que tena hecho testamento a favor de su hijastra, ste
la prodigaba extremados cuidados, sabiendo cunto le importaba su vida.
Los negocios del clebre especulador marchaban tambin prsperamente. La
mina de Riosa se haba comprado como l pretenda, al contado. Desde
entonces, sordamente, haba comenzado a hacer guerra a las acciones,
vendindolas cada vez ms baratas para depreciarlas. Llevaba buen camino
para conseguirlo. En pocos meses haban bajado desde ciento veinte, a
que se haban puesto poco despus de la venta, hasta ochenta y tres.
Salabert esperaba de un momento a otro, por medio de una gran oferta que
tena preparada, introducir el pnico en el mercado y hacerlas bajar a
cuarenta. Entonces, por medio de sus agentes en Madrid, en Pars y en
Londres, se hara dueo de la mitad ms una, y por lo tanto del negocio.

Porque le interesaba para sus fines polticos y econmicos y por
satisfacer al genio fanfarrn que, a pesar de su avaricia, habitaba
dentro de l, resolvi dar un gran baile de trajes en su magnfico
palacio, invitando a toda la aristocracia madrilea y a las personas
reales. Los preparativos comenzaron dos meses antes. Aunque el palacio
estaba esplndidamente amueblado, el duque hizo desterrar de los salones
algunos muebles demasiado grandes y pesados y traer de Pars otros ms
sencillos y ligeros. Se quitaron algunos tapices; se compraron muchos
objetos de arte, de los cuales estaba un poco necesitada la casa. Veinte
das antes del designado para el baile, se enviaron las grandes tarjetas
de invitacin. Era necesario todo este tiempo para que los invitados
pudiesen preparar sus disfraces. Exigase traje de capricho: a los
caballeros, cuando menos, la talmilla veneciana sobre los hombros. La
prensa comenz a esparcir el anuncio del baile por todos los rincones de
Espaa.

Como su madrastra ni entenda mucho en estos asuntos, ni estaba en
disposicin, a causa de su quebrantada salud, de tomar parte activa en
los preparativos, el alma de ellos fu Clementina. Pasaba el da en
casa de su padre, robando slo algunos ratos que dedicaba a Raimundo.
Osorio tuvo la mala ocurrencia de traer a las dos nias que tena en el
colegio de Chamartn, una de diez y otra de once aos, a pasar unos das
con ellos. Las pobrecitas tuvieron que marcharse antes de lo que les
haba prometido su padre, porque Clementina estaba tan ocupada que
apenas poda fijar en ellas la atencin. Esto indign tanto a Osorio,
que un da, sin que se despidiesen de su madre, las meti en el coche y
las llev l mismo al colegio. Por cierto que a la noche, cuando
Clementina regres, hubo con este motivo una escena violenta entre los
esposos. Raimundo tambin padeca con las ocupaciones de su amante. Pero
no dejaba de gozar puerilmente con la perspectiva del baile, al cual
pensaba asistir vestido de paje de los Reyes Catlicos. Fu una idea que
le suministr Clementina. El modelo lo sacaron de un clebre cuadro que
haba en el Senado. Ella estaba enamorada del retrato de D. Margarita
de Austria, esposa de Felipe III, hecho por Pantoja. Se mand hacer un
traje igual de terciopelo negro muy ajustado al talle, con saya interior
color de rosa recamada de plata. Este traje era muy a propsito para
realzar la gallarda de su figura y la belleza majestuosa de su rostro.

El duque trabajaba tambin en la parte menos delicada de los
preparativos, en la ereccin del estrado para la orquesta, que hizo
colocar adosado a la pared medianera de los dos grandes salones de baile
contiguos, rodendolo de plantas y arbustos, en el arreglo del
guardarropa, en la colocacin de alfombras, en la traslacin de muebles,
etc. Salabert era un terrible sobrestante para sus operarios, un
verdadero mayoral de _ingenio_. No los dejaba reposar: les exiga un
cuidado incesante: jams se le daba gusto en nada. Se trataba un da de
trasladar cierto armario de bano tallado, desde el saln que iba a ser
de conversacin, a la sala destinada a jugar. Los obreros, dirigidos por
el maestro carpintero, lo llevaban suspendido, mientras el duque los
segua recomendndoles atencin con una sarta de interjecciones que
dejaba escapar oscuramente entre el cigarro y sus labios sinuosos,
nauseabundos.

--F...., despacio!... Despacio t, papanatas, el de las narices
largas!... Cuidado con esa lmpara.... Baja un poco t. Pepe ... F....,
no seas jumento, baja ms!... Eh! eh! arriba ahora....

Al llegar al hueco de una puerta, el maestro, viendo que era fcil
lastimarse, les grit:

--Cuidado con las manos!

--Cuidado con los relieves, F....!--se apresur a gritar el duque--.
Lo que menos me importa a m son vuestras manos, babiecas!

Uno de los obreros levant la vista y le clav una mirada indefinible de
odio y desprecio.

Cuando el mueble estuvo en su sitio, el duque mand enganchar y se
dirigi a sus habitaciones a quitarse el polvo. Poco despus bajaba por
la gran escalinata del jardn y montaba en coche, dando orden que le
condujesen al hotel de su querida.

La pasin brutal del banquero por la Amparo haba crecido mucho en los
ltimos tiempos. Todava fuera conservaba su razn; pero en cuanto pona
el pie en la casa de la hermosa malaguea, la perda por completo, se
transformaba en una bestia que aqulla haca bailar a latigazos. Ni se
crea que esto es enteramente figurado. Contbase en Madrid que el duque
traa un aro de hierro con una argolla al brazo en seal de esclavitud,
y que la Amparo le ataba con cadena cuando bien le placa. Algunos
amigos, para cerciorarse, le haban apretado el brazo burlando y
certificaban que era cierto. La ex florista, aunque de inteligencia
limitadsima y de cultura ms limitada an, tena suficiente instinto
para remachar los clavos de esta esclavitud. Con su genio arisco y
desigual, aumentaba el fuego de la sensualidad en aquel viejo lbrico.
El duque haba llegado a persuadirse de que su querida, a pesar de las
sumas fabulosas que con ella gastaba, era muy capaz de dejarle plantado
si un da se atufaba. Esta conviccin le tena siempre sobresaltado y
rendido, dispuesto a humillarse, a cometer cualquier bajeza por
complacerla. Aunque muy sagaz, su lascivia le cegaba hasta el punto de
no comprender que la Amparo era ms interesada y astuta de lo que l se
figuraba.

Cuando lleg al hotelito de mazapn, seran las tres de la tarde. Amparo
estaba conferenciando gravemente con la modista; de modo que se vi
obligado a esperar un rato leyendo los peridicos. Al salir del
gabinete, la joven exclam:

--Ah! Estaba usted ah duque?

--S; no he querido sorprender secretos de Estado.

--Y que lo diga! Verd ust?--dijo la ex florista echando una mirada
significativa a la modista.

Esta sonri discretamente y se fu. El duque abraz por el talle a su
querida y la llev al gabinete.

--Cmo te va, chiquita? Bien, eh?

--Al pelo, hijo! Cmo quieres que me vaya con un hombre tan
retrechero?

Al mismo tiempo se colg de su cuello y le di un largo y sonoro beso en
la mejilla. Los prpados del duque temblaron de placer; mas por sus ojos
pas al mismo tiempo un reflejo de inquietud. Siempre que la Amparo se
le colgaba del cuello era para darle un sablazo formidable, una entrada
a saco en el bolsillo.

--Y que no tiene quita el gach! Y que no sabe lo que son
mujeres!--sigui la hermosa contemplndole con admiracin.

"Malo! malo!" dijo para s el banquero. Sin embargo, las caricias de
su querida le hacan feliz.

--Mira, Tono, no hay cosa que ms me guste que decirles por lo bajo a
todas las sin vergenzas que pasean por el Retiro: "Andad, andad,
hambronas, que si a m se me antoja os puedo enterrar en billetes de
Banco!..." Verd t, salao?

"Malsimo!" volvi a decir el duque en su interior; y en voz alta:

--Algunos hay, preciosa; algunos hay en casa.

Y llevando la mano al bolsillo para sacar la cartera, dijo brutalmente:

--Cuntos necesitas?

--Ninguno, canalla!--exclam ella soltando a reir--. Pensabas que me
estaba preparando para darte un sablazo, eh?

--Claro! No te veo cariosa sino cuando necesitas dinero.

--Habr embusterazo, marrullero! Cualquiera que te oyese, pensara que
es cierto. Confieso que soy un poco bruta y testaruda, pero no siempre,
hijo, no siempre!... Adems, no me sienta mal este geniecillo agrio,
verd t?

La hermosa odalisca se haba sentado sobre las rodillas del duque y le
daba fuertes palmadas con entrambas manos en sus carrillos de trompetero
recin rasurados. Vesta una bata de color azul oscuro con adornos ms
claros, que le sentaba admirablemente. Su tez era cada da ms fina, ms
tersa, ms nacarada. Era un milagro de la naturaleza. Y sobre aquella
tez lucan sus grandes ojos negros sombros, salvajes, con un fuego
misterioso y sensual. Sus cabellos, que daban en azules de tan negros,
caan ondeados sobre la frente ocultndola a medias. Su garganta,
amasada con leche y rosas, peda a gritos el homenaje de los labios. El
duque estaba contentsimo desde que haba conjurado el peligro: se
derreta en caricias, que la Amparo aceptaba sumisa contra su costumbre.

--Espera un poquito. Hoy quiero que tomes caf conmigo.

--Ya lo he tomado, hija.

--No importa, lo vas a tomar otra vez. Hace ya muchos das que no lo
tomamos juntos. Claro, con ese dichoso baile te van a saltar los sesos!

Al mismo tiempo se levant y comenz a maniobrar con los enseres de
hacer caf, que estaban dispuestos sobre la mesa.

--Yo mismita te lo voy a hacer para que te relamas, so canalla: y voy a
echar en l unos polvitos que me ha vendido una gitana para ponerte
blandito, sabes?... Porque tengo que pedirte una cosa.

Los ojos del duque volvieron a reflejar inquietud. Pero se apresur a
disimularla riendo.

--Ya lo deca! Qu tienes que pedirme, rubita?

--En tomando el caf lo sabrs.

No pudo arrancarle antes el secreto. Arrim una mesilla japonesa a la
butaca donde estaba el duque. Para s trajo una sillita dorada. Y
charlaron con animacin o, por mejor decir, charl ella mientras l la
escuchaba arrobado, con la cabeza echada hacia atrs, acercando de vez
en cuando con su mano trmula de hombre gastado la taza a los labios.

--Oye, Tono--dijo ella cuando terminaron, poniendo con decisin los
codos sobre la mesa y mirndole fijamente:--qu te parece de ir yo a tu
baile?

Otro que no fuese Salabert hubiese dado un brinco al oir semejante
atrocidad. El no hizo ms que abrir los ojos repentinamente, para dejar
caer los prpados otra vez quedando en la misma actitud soolienta.

--No me parece mal.

--De modo que puedo ir?

--Ya lo creo que puedes ir! Lo que no podrs ser entrar.

--Pues?--exclam ya encrespada la bella.

--Porque no te recibiran.

Amparo se levant furiosa.

--Y por qu no me recibiran, d, por qu?--profiri sacudindole un
brazo y acercando su cara a la de l.

--Calma, chica, calma! Porque mi hija no puede soportar a su lado una
mujer ms bonita que ella. Si te presentases en mi casa, todas las
miradas se iran tras de ti: seras la verdadera reina del baile.... Ya
comprendes que eso no le hara maldita la gracia.

Amparo mir al duque fijamente para averiguar "si se estaba quedando con
ella". La fisonoma de aqul permaneca inalterable.

--Bien; pues de todos modos quiero ir--dijo con mal humor y recelosa--.
Me traers una invitacin.

--Qu ms quisiera yo, querida, que traerte una invitacin? Si sabes de
alguna persona a quien yo deseara ms ver en el baile que a ti, dilo....
Pero mi mujer y mi hija me sacaran los ojos, sabes?

--Y qu tengo yo que ver con tu mujer y tu hija?--pregunt la irascible
malaguea--. T eres el amo. Yo quiero una invitacin y la tendr.
Quedamos, pues, en que maana me la traers....

--Dispensa, chiquita....

--Ah! Conque no quieres? Conque te niegas a darme ese gusto?
Entonces, grandsimo gorrino, embustero, por qu no hablas claro? Es
decir que yo te estoy aguantando, viejo sucio, te estoy siendo fiel como
si fueses el chico ms guapo de Madrid, y cuando se trata de complacerme
en una cosa insignificante te llamas andana. Ay, que to! La tonta es
una en guardar consideraciones a quien no las merece. Y luego, quin me
va a rechazar? La de Osorio! Ol mi vida!... Siento mucho decrtelo,
hijo, aunque bien debes saberlo. Clementina, en cuanto a conducta, vale
tanto como yo ... menos que yo, porque al fin y al cabo soy libre, y
ella no.... Pero t tienes menos vergenza que ella.... Qu se puede
esperar de un hombre que se pone de rodillas delante de una p... y se
deja abofetear por ella! Lo mismo que de todos esos pendones viejos que
irn a tu baile y que nos pueden poner a nosotras escuela de porqueras.

La bella soltaba o mejor vomitaba estos y otros insultos acompaados de
interjecciones de cochero, paseando furiosa por la estancia. De pronto
se par delante del duque y le grit hecha una hiena:

--Sal de aqu, so gorrino! Sal de mi casa. Me escupo yo en t y en tus
millones.

Salabert solt una carcajada.

--Amparito, nunca te he visto tan enfadada, ni tan guapa tampoco....
Aqu est la invitacin--dijo sacando la cartera.

--Mtela en ...--exclam la sultana con desprecio.

Fu preciso que el banquero se humillase a rogarle que la aceptara. Al
cabo de muchas splicas se dign tomarla.

--Bien; djala ah y vete al pasillo por haberme puesto tan nerviosa.

Esto de mandarle al pasillo era un castigo que la Amparo haba inventado
ltimamente. Cuando el duque la impacientaba o la aburra, echbale de
la habitacin y le tena a veces horas enteras en la antesala o en el
pasillo esperando como un perro. Ahora no tard tanto en abrirle de
nuevo. Estaba sonriente y serena y le abraz cariosamente.

--Oye, Tono, estara bien, disfrazada de Mara Estuardo?

--Estaras admirablemente. Creo que debes encargarte el traje en
seguida.

Amparo sonri maliciosamente

--Ya est encargado y ya est hecho. Mira.

Y abriendo el cuarto guardarropa le mostr un maniqu vestido de reina
de Escocia.

Lleg al fin el da del baile. Los peridicos lo anunciaron por ltima
vez haciendo resonar fuertemente el bombo y los platillos. El duque de
Requena haba gastado en los preparativos ms de un milln de pesetas,
segn contaban los revisteros a sus lectores. Decan adems oh caso
inaudito! que las flores haban venido casi todas de Pars. Y era
cierto. El duque, nacido en Valencia, el ms hermoso jardn de Europa,
para su baile haca traer las flores de Francia. Un capital de algunos
miles de duros en flores. Las camelias rodaban por el suelo sirviendo de
alfombra en la antesala y los corredores. Centenares de plantas, casi
todas exticas, adornaban aqulla, el vestbulo y los dos salones de
baile. Legiones de criados con calzn corto y vistosas casacas
aguardaban apostados estratgicamente en todos los puntos necesarios.
Una pareja de guardias de caballera permaneca al lado de la verja del
jardn manteniendo el orden en los coches, ayudada de algunos agentes de
orden pblico. El guardarropa, construdo nuevamente, era una estancia
lujosa donde todo estaba prevenido para que los magnficos abrigos,
sereneros o _salidas de baile_, como ahora se nombran, no sufriesen el
ms mnimo desperfecto. La gran escalinata estaba iluminada con luz
elctrica: el vestbulo y el comedor con gas: los salones de baile con
bujas. En la sala de conversacin y en la de juego haba algunas
lmparas de petrleo con enormes y artsticas pantallas. En stas arda
adems un fuego claro y brillante en las chimeneas.

Clementina reciba a los invitados en el primer saln, cerca de la
antesala. Sustitua a su madrastra porque sta, a causa de su debilidad,
no poda mantenerse tanto tiempo en pie. La duquesa estaba en la sala de
conversacin rodeada de algunas amigas: all reciba a los que iban a
saludarla. El duque y Osorio, a la puerta de la antesala, ofrecan el
brazo a las damas que iban llegando y las conducan hasta Clementina. El
atavo de sta realzaba, como haba presumido bien, su esplndida
belleza. Su gallarda figura pareca an ms fina y ms esbelta con aquel
traje ajustadsimo. Su linda cabeza rubia resaltaba sobre el terciopelo
negro como una rosa blanca. El rey Felipe III hubiera trocado de buena
gana su Margarita autntica por sta contrahecha. Un pormenor que
comenz a correr por los salones y que al da siguiente noticiaron los
revisteros, era que haba venido un peluquero de Pars en el
_sud-exprs_ exprofeso a peinarla.

La abigarrada muchedumbre comenz a invadir los salones. Todas las
pocas de la historia, todos los pueblos de la tierra mandaron su
representacin al baile de Requena. Moras, judas, chinas, damas godas,
venecianas, griegas, romanas, de Luis XIV, del Imperio, etc., etc.;
reinas, esclavas, ninfas, gitanas, amazonas, sibilas, chulas, vestales,
paseaban amigablemente del brazo o formaban grupos charlando y riendo
entre caballeros del siglo pasado, soldados de los tercios de Flandes,
pajes y nigromnticos. La mayora de los hombres, no obstante, haba
limitado el disfraz a la talma veneciana. La orquesta haba tocado ya
dos o tres valses y rigodones; pero nadie bailaba. Se esperaba la
llegada de las personas reales para dar comienzo.

Raimundo se deslizaba por todos los salones con cierta seguridad de
favorito. Hablaba con los conocidos, sonriendo a todo el mundo con su
especial modestia, que le haca ms extrao que simptico en una
sociedad donde los modales fros y levemente desdeosos son signo de
elevacin y grandeza. Viva el joven entomlogo, desde haca tiempo, en
un delicioso aturdimiento, una especie de sueo de oro, como algunas
veces suelen tenerlos las personas de condicin ms humilde. Su atavo
de paje de los Reyes Catlicos le sentaba muy bien. Ms de una linda
joven volvi la cabeza para contemplarle. De vez en cuando se acercaba
al sitio donde Clementina se hallaba cumpliendo sus deberes, y sin
dirigirle la palabra cambiaban algunas miradas y sonrisas amorosas. Una
de las veces, al tiempo que lo hacan, se aproxim a la dama Pepe
Castro, disfrazado de caballero de la corte de Carlos I.

--Qu es eso?--le dijo al odo--. No te has cansado an de tu
_bambino_?

Cuando se encontraban solos. Pepe se autorizaba el tutearla y Clementina
lo admita.

--Yo no me canso de lo bueno--repuso ella sonriendo.

--Muchas gracias--replic l irnicamente.

--No hay de qu. Por qu me buscas la lengua?

--Porque me gusta. Ya lo sabes.

La dama alz los hombros, hizo un mohn de desdn, y pugnando por no
reir se dirigi a la condesa de Cotorraso que en aquel instante pasaba
cerca.

Raimundo los haba contemplado mientras hablaron. El tono confidencial
en que lo hicieron le hiri. Permaneci un instante inmvil. Por delante
de l pas, sin que lo advirtiera, la nia de Caldern, que acuda por
vez primera a un baile. Traa un lindsimo traje de joven veneciana
color carmes, y escote bajo. Su madre otro riqusimo de dama holandesa;
saya de color noguerado recamada de oro y plata, voluminosa gorguera con
puntas de encaje y doble collar de diamantes y perlas. Cunta hiel
haban hecho tragar aquellos vestidos al bueno de Caldern! Al
principio, cuando se habl del baile de trajes, pens que con cualquier
disfraz de mala muerte cumplira y no tuvo inconveniente en otorgar su
permiso. Cuando vi los trajes y la cuenta de la modista, qued
estuperfacto: estuvo por gritar ladrones! Maldijo de su colega
Salabert, de la hora en que se le haba ocurrido dar aquel baile y de
todas las damas venecianas y holandesas que haban existido. Lo que ms
hondamente trabajaba su espritu abatido era la consideracin de que
aquellos trajes costosos no serviran ms que para una noche. Cuatro mil
pesetas tiradas a la calle, como l dijo ms de cien veces aquellos
das.

Esperancita dirigi una mirada a Alczar buscando su saludo; pero
vindole distrado volvi los ojos al grupo de Clementina y se hizo
cargo inmediatamente de lo que ocurra. Tambin por su frente pas una
nube de tristeza como por la de Raimundo. Mas, repentinamente, se
ilumin; sus ojos brillaron; todo su rostro, que era asaz
insignificante, se transfigur adquiriendo cierto encanto indefinible.
Era que Pepe Castro se acercaba a saludarla.

--Preciosa, preciosa!--dijo el adonis en tono distrado, inclinndose
con afectacin.

La nia se puso fuertemente colorada.

--Quiere usted bailar el primer vals conmigo?

Justamente en aquel instante se acerc a ellos un grupo de pollastres de
los que revoloteaban en torno de los millones de Caldern, felicitando
calurosamente a la nia. Entre ellos estaba Cobo Ramrez. Todos se
apresuraron a pedirle bailes, apuntando en el primoroso librito de
Esperanza la inicial de su preclaro nombre. Ramoncito Maldonado, que se
hallaba a unas cuantas varas de distancia, no se acerc al grupo, fiel a
la consigna de no prodigarse, de hacerse desear, que haca ms de un ao
le haba dado su amigo y mentor Pepe Castro. Hasta entonces de poco o
nada le haba servido aquella tctica. Esperancita permaneca insensible
a sus asiduos y rendidos obsequios. Pero no lo atribua l a deficiencia
del mtodo, sino a su falta de valor para seguirlo rigurosamente sin
desmayos ni contemplaciones. En cuanto la nia le pona los ojos dulces,
le diriga alguna palabra afectuosa, adis, plan estratgico! Ahora
echaba miradas torvas al grupo contestando distradamente al conde de
Cotorraso, que desde haca algn tiempo le mostraba una terrorfica
predileccin cogindole de la solapa dondequiera que le hallaba para
explicarle su nuevo mtodo de destilacin del aceite. Con su lujosa
casaca y peluca blanca de caballero del siglo pasado, el joven concejal
no haba ganado en dignidad. Pareca un lacayo.

Hubo gran agitacin, de pronto, en los salones. Llegaban las personas
reales. La muchedumbre se agolp en las inmediaciones de la puerta. El
duque, la duquesa, Clementina y Osorio bajaron la escalinata del jardn
para recibirlas. La orquesta toc la Marcha Real. Los soberanos pasaron
lentamente, sonriendo, por entre las apretadas filas de los invitados,
detenindose cuando vean alguna persona de su conocimiento para
dirigirle una palabra afectuosa. Esta se inclinaba profundamente y les
besaba la mano con emocin, que se trasluca en la cara. Particularmente
las seoras se humillaban con un deleite que no eran poderosas a
disimular, con un sentimiento de ternura y adoracin que las pona
rojas. Organizse poco despus el rigodn de honor. Clementina abandon
su puesto para tomar parte en l. El monarca bail con la duquesa, que
hizo un esfuerzo por contentar a su marido. Una triple fila de curiosos
formaban crculo vindoles bailar.

Salabert triunfaba. El granuja del mercadal de Valencia traa los reyes
a su casa. Sus ojos saltones, mortecinos, de hombre vicioso, brillaban
con el fuego del triunfo. La explosin de la vanidad haca volar en
pedazos las inquietudes srdidas que aquel baile le haba causado, la
lucha a muerte que haba sostenido con su avaricia. Maana tal vez estos
pedazos se volveran a juntar para darle tormento. Pero ahora, ebrio de
orgullo, aspiraba a grandes bocanadas el aire de grandeza y de fuerza
que sus millones le daban. Tena las mejillas encendidas, congestionadas
por la vanidad satisfecha.

--Mirad qu cara resplandeciente tiene Salabert en este momento--deca
Rafael Alcntara a Len Guzmn y a otros ntimos que formaban grupo--.
Qu felicidad respira por todos los poros! Gran ocasin para pedirle
diez mil duros prestados....

--Los dara?--pregunt uno.

--S, al siete por ciento con buena hipoteca--replic el perdis--.
Mirad, mirad, ah viene Lola Madariaga..., la mujer ms graciosa y ms
remonsima que ha pisado el saln hasta ahora--aadi elevando un poco
la voz para que lo oyese la interesada.

Lola le envi una sonrisa de gratitud. Su marido, el mejicano de las
vacas, que tambin oy el piropo, salud al grupo con afabilidad.
Aqulla estaba realmente muy linda disfrazada de dama de Luis XIV;
vestido rojo recamado de oro, y manto amarillo, tambin bordado; el
cabello empolvado, y al cuello una cinta de terciopelo negro con brincos
de plata.

Terminado el rigodn de honor, los jvenes comenzaron a bailar. Pepe
Castro vino a recoger a Esperancita, que paseaba con su ntima la ltima
de Alcudia. Ambas asistan por vez primera a un baile de importancia.
Estaban alegrsimas contemplando con viva emocin el mundo bajo su
aspecto ms risueo, gorjendose discretamente al odo sus dulces y
recnditas impresiones. Pase un instante con ellas, hasta que un pollo
vino a invitar a Paz, y ambas parejas se lanzaron a la vez en la
corriente del baile. El mundo desapareci para Esperancita. Un
delicioso y vago sentimiento de dicha y libertad, como el que tendra un
pjaro al volar si estuviese dotado de alma, penetr en su corazn y lo
inund de alegra. Era tambin la primera vez que Pepe Castro le
apretaba la cintura. Sentase arrebatada por l en medio del torbellino
de parejas y se crea sola. Ella y l!, y la msica acariciando los
odos y el corazn, interpretando dulcemente las inefables impresiones
que palpitaban en el fondo de su alma. Al descansar unos instantes, su
rostro expresaba de tal modo intenso este divino sentimiento del primer
amor, que su ta Clementina, al cruzar del brazo del presidente del
Congreso, no pudo menos de sonrer dirigindole una mirada mitad
cariosa, mitad burlona que la hizo enrojecer. Pepe Castro se esforzaba
por sacarle las palabras del cuerpo. Aquella noche, el exceso de la
emocin la tena semimuda. La dicha que embargaba su alma se traduca,
como casi siempre acontece, en un sentimiento de benevolencia hacia todo
el mundo. El baile le pareca encantador. Todos los hombres eran
chistosos. Todas las mujeres estaban admirablemente vestidas. Hasta
Ramoncito, que acert a pasar por delante, pudo recibir algunas gotas de
este roco bienhechor.

--No baila usted, Ramn?--le pregunt con una sonrisa tan amable, que
el ilustre concejal se sinti desfallecer de felicidad.

--Me ha entretenido el conde de Cotorraso hasta ahora.

--Pues a buscar pareja.... Mire usted: all est Rosa Pallars que no
baila.

El futuro estadista se apresur a invitarla, pensando con su penetracin
caracterstica que Esperancita le daba esa pareja porque era bastante
fea. Mecido en este grato y dulcsimo pensamiento pas un rato feliz
bailando con la hija del general Pallars, "uno de nuestros ms bellos
bacalaos", al decir de Cobo Ramrez. Crea estar cumpliendo con un
mandato de su adorada, dndole un testimonio irrecusable de que sus
celos, si los senta, eran infundados.

Cuando termin el vals, vino, como un caballero de la Edad Media que
sale del torneo, a recibir el galardn de las manos de su dama. Pero
como no hay dicha completa en este mundo, al mismo tiempo que l se
acerc a la nia Cobo Ramrez. Ambos se sentaron a su lado y la
atosigaron a requiebros y atenciones. El uno le peda el abanico, el
otro el pauelo. Los dos procuraban atraer su atencin sacando
conversaciones divertidas, lisonjeando su orgullo por todos los medios
que podan. En honor de la verdad hay que confesar que, aunque Ramoncito
era mucho ms profundo y poltico, la conversacin de Cobo era ms
amena. Sin embargo, por uno de esos caprichos inexplicables de las
jvenes, Esperancita mostrbase ms afectuosa y deferente con Maldonado,
contra su costumbre. Y los tres ofrecan un espectculo curioso y
divertido.

Los criados circulaban con bandejas llenas de sorbetes, jarabes,
confites y frutas heladas. Ramn llam a uno para ofrecer a Esperanza
ciertas yemas a las cuales saba que era aficionada. Al mismo tiempo
invit con empeo a su antagonista a que tomase un helado. Cobo lo
rehus. Le apremi con tal afn, que el conde de Agreda, Alcntara y
otros varios que estaban cerca lo notaron.

--Mirad a Ramn qu empeo tiene en que Cobo tome un helado--dijo uno.

--Claro! Le ve sudando y quiere matarlo. Es lgico--repuso Len.

Pepe Castro, cuando vi acercarse a Cobo y Ramoncito, se haba retirado
discretamente. En el camino tropez con Clementina, que pareca
multiplicarse. Acuda a todos los sitios donde haca falta, volviendo a
cada instante junto a los soberanos, que se haban retirado con la
duquesa, el duque y las personas de su servidumbre a una sala donde
nadie os entrar.

--Ya te he visto bailando con mi sobrinita--le dijo--. Por qu no le
haces el amor?

--Para qu?

--Para casarte.

--Horror! Pero chica, qu te he hecho yo para que me aborrezcas tanto?

--Vamos, ven aqu. Has de ser formal--dijo ella ponindose grave,
adoptando un aire maternal--. Esperanza no es hermosa, pero tampoco
desagradable. Tiene la frescura de la juventud y est enamorada de ti
... me consta....

--S; lo mismo que t--manifest el gallardo salvaje, sonriendo con un
poco de amargura.

Ella lo advirti y quiso dejarle satisfecho.

--Lo mismo que yo ... si te hubiese conocido a los diez y seis aos. Te
digo que te quiere, y mucho. Nosotras las mujeres cogemos al vuelo estas
cosas. Csate, no seas tonto.... Caldern es muy rico....

Cuando Pepe quiso contestar, la dama ya se haba alejado con pie rpido.
Qued unos instantes inmvil y pensativo. Luego, a paso lento,
balancendose, comenz a dar la vuelta a los salones, detenindose ante
las mujeres hermosas, examinndolas con mirada impertinente, como un
baj en el mercado de esclavas.

Lola Madariaga se haba apoderado de Raimundo. Le tena a su lado all
en un ngulo de la gran sala de conversacin, y desplegaba uno tras
otro, con arte infinito, todos los recursos de su coquetera para
conquistarle. Esta era la mana de la graciosa morena. No poda
cualquiera de sus amigas tener un galn sin que al momento no se le
antojase arrancrselo. Importaba poco que fuese guapo o feo, airoso o
encogido. Para ella, lo interesante era satisfacer la violenta necesidad
que siempre haba sentido de ser idolatrada, de triunfar de todas las
dems. Tena unos ojos de mirar suave, inocente, que engaaban. Nadie
creyera que detrs de aquella mirada se ocultaba una voluntad tan firme
y tan astuta. Alczar la encontraba linda y su conversacin placentera;
pero influa mucho en esta simpata la consideracin de ser amiga
ntima de Clementina y la de versar la pltica casi siempre acerca de
sta. No pudiendo bailar con su adorada ni hablar a solas, tanto por
prudencia como por las muchas obligaciones que aquella noche pesaban
sobre ella, se consolaba oyendo a Lola relatar pormenores referentes a
su amiga. Todo le interesaba al mancebo; el vestido que haba llevado al
baile de la embajada francesa; los menudos accidentes que le haban
ocurrido en la cacera de Cotorraso; las escenas que haba tenido con su
marido, etc. La linda morena segua el plan de atraer primero su
atencin, captarse su simpata a fin de ponerle blando.

Clementina lleg a la sala cuando ms enfrascados estaban en la charla.
Quedse un instante a la puerta mirndoles sorprendida e irritada. Haca
tiempo que Lola cayera de su gracia. Aunque Pepe Castro ya no le
interesaba, cuando su amiguita trat de birlrselo, se produjo cierto
enfriamiento en sus relaciones. Luego observ que Lola miraba a Raimundo
con buenos ojos y bromeaba con l en cuanto se le presentaba ocasin.
Esto despert en su pecho un odio, que le costaba trabajo disimular.

Les clav una mirada intensa y colrica: avanz hasta el medio de la
estancia y dijo con voz un poco alterada:

--Alczar, le necesitamos para bailar. Est usted muy cansado?

--Oh, no!--se apresur a decir el joven levantndose--. Con quin
quiere usted que baile?

No respondi. Lola le haba enviado una sonrisita sarcstica que acab
de exasperarla. Se dirigi a la puerta.

--Siento mucho haberle molestado a usted--le dijo framente cuando
estuvieron lejos.

Raimundo la mir sorprendido. Cuando nadie los oa acostumbraba a
tutearle.

--Molestia? Ninguna.

--S; porque, al parecer, estaba usted muy a gusto al lado de esa
seora....

Y no pudiendo refrenar sus mpetus ms tiempo, le dijo sordamente:

--Ven conmigo.

Le llev al comedor donde las mesas estaban ya esperando a los
invitados. All, en el hueco de un balcn, desahog su ira. Le llen de
insultos y di por definitivamente rotas sus relaciones. Lleg a
sacudirle violentamente por el brazo. Alczar qued tan estupefacto, tan
aterrado, que no supo contestar. Esto le salv. Al ver su rostro
descompuesto donde se pintaban el dolor y la sorpresa, Clementina no
pudo menos de comprender que la ira la engaaba. En Raimundo no haba
existido intencin de coquetear. Sosegndose un poco, admiti las
disculpas que aqul le di al fin.

--Si precisamente, para hablar de ti es para lo que yo me acerco a ella.

--Ah! Para hablar de m?... Pues mira, de aqu en adelante no hables
de m. Basta con que me quieras.

Los criados, que por all andaban, los miraban con el rabillo del ojo y
se hacan guios maliciosos. Al salir tropezaron con Pepa Fras. La
frescachona viuda estaba muy bien ataviada: haba odo infinitos
requiebros. Vesta de princesa extranjera del tiempo de Carlos III, de
lama plata con recamos de oro, y manto de terciopelo azul. Un escote
cuadrado dejaba ver con harta claridad lo que Pepa deba de considerar
mas interesante en su persona, a juzgar por la predileccin con que lo
mostraba.

--Chica, tengo un hambre de lobo!--entr diciendo--. Cundo acabis de
abrir el _buffet_? Ah! Conque os vais por los rincones? Prudencia,
Clementina, prudencia!... Hija, yo no puedo aguardar ms: dame algo de
comer, o me caigo.

Clementina la llev riendo a un rincn y le hizo servir algunas viandas.
Alczar se volvi a los salones muy alegre, pero tembloroso an por la
violenta emocin que su querida le haba hecho experimentar. Nunca la
haba visto tan furiosa.

La amistad de ella con Pepa se haba remachado desde la escena que hemos
descrito ms atrs. La viuda se haba persuadido de que la salvacin de
su fortuna se fundaba en este cario y procuraba fomentarlo. Gracias a
l haba rescatado ya, poco a poco, una gran parte de ella. El resto no
le apuraba. Saba que Da. Carmen tena hecho testamento a favor de su
hijastra, y aunque esta seora haba mejorado un poco, era segura su
muerte en plazo breve. Los mdicos haban descubierto en ella un tumor.
No se atrevan a operarla a causa de su extremada debilidad.

A Clementina le haca muchsima gracia el desenfado, mejor an, el
cinismo de Pepa. Ambas se entendan admirablemente. Ambas eran chulapas,
dos manolas nacidas demasiado tarde y en condicin social poco acomodada
a su naturaleza. Por supuesto, Pepa lo era mucho ms legtima que
Clementina, quien no lo llevaba en la masa de la sangre: venale de
aficin.

--Mira, Clemen, que te ests desacreditando--le deca aqulla, mientras
engulla vorazmente un pedazo de pavo en galantina--. Deja ese nio que
no vale un perro chico.... Para capricho ya ha sido bastante.

--Qu sabes t lo que vale?--replicaba riendo Clementina.

--Por las trazas, hija.... Parece hecho en la _Dulce Alianza_. Lleva ms
de un ao en relaciones contigo, y todava se pone colorado como un pavo
cuando le miras.

--Pues eso es precisamente lo que a m me gusta.

Pepa alz los hombros con indiferencia.

--De veras? Para m sera una calamidad, hija.

--Y Arbs, qu tal se porta?

--Ese es un tonto de capirote, sabes?--dijo con la boca llena--; pero
al menos tiene fachada. En dicindole que es un gran hombre se tira de
cabeza al agua por ti.... T no sabes.... Me ha colocado en el
Ministerio ms de dos docenas de parientes.... Luego da gusto tener
cierta influencia en la poltica y que los diputados la mimen a una.
Ayer, precisamente, tuve la visita de Mauricio Sala, que quiere a todo
trance ser subsecretario. Al parecer, est seguro de que, sindolo,
Urreta le dar su hija.

--Yo detesto la poltica.... Sabes que Irenita est monsima con su
traje de cazadora?...

--Ps! vistosilla....

--No, no, monsima. Dnde anda su marido, que no le he visto ms que al
entrar?

--Su marido? Valiente tuno est su marido!--exclam levantando furiosa
la cabeza--. Ay qu disgustos, querida, qu disgustos tan grandes tengo
sobre m--aadi con la boca llena.

--Mara Huerta?--pregunt Clementina en tono confidencial.

--La misma--dijo entre dientes la viuda, mirando fijamente al pavo.
Luego encrespndose de pronto:--Es un bribn sabes? un sinvergenza,
que no sabe siquiera guardar el decoro de su mujer. La mayor parte de
los das la espera a la salida de San Pascual y la acompaa a pie hasta
su casa. En el teatro no le quita los gemelos de encima. Una porquera!
Aunque sea un mal marido, que tenga dignidad. Y la pnfila de mi hija,
loca, perdida por l. Has visto qu imbcil! No hace ms que llorar y
pedirle celos.... Qu ms quiere ese monigotillo que verla
humillada!... Si yo estuviera en su caso ya le dira!... Le pona en
seguidita un armatoste en la cabeza que no caba por esa puerta.

La exaltacin de su espritu no le impeda engullir lindamente.

--Dios te lo pague, hija--concluy por decir levantndose--. A ver si
este corazn se est quieto un rato.

Pepa pretenda padecer de cierto mal de corazn que slo se le calmaba
comiendo.

Pocos minutos despus de salir ambas amigas del comedor, Clementina di
las rdenes oportunas y el _buffet_ se abri solemnemente. Las personas
reales entraron primero acompaadas de su servidumbre y de los amos de
la casa. Salabert haba echado el resto en la cena. El gran comedor de
techo artesonado pareca un ascua de oro. Las flores de vvidos colores,
las frutas exticas, la vajilla de plata, la cristalera, bajo las
poderosas lmparas de gas titilaban como el cielo estrellado, producan
un fuerte deslumbramiento. Los criados con casaca y peluca blanca,
aguardaban inmviles, pegados a la pared, tiesos y solemnes. En las dos
cabeceras del saln ardan enormes troncos de encina dentro de sendas
chimenas con retablos de roble tallado, cuyos adornos casi llegaban al
techo. Todos los manjares que estaban sobre la mesa haban venido de
Pars acompaados de una comitiva de criados y marmitones. Se exceptuaba
el pescado, que proceda del Cantbrico, y un _pudding_ llegado por la
tarde de Londres. Eran fiambres en su mayora. No obstante, haba
_consomm_ caliente para el que lo peda.

Las personas reales estuvieron muy cortos momentos en el comedor. As
que salieron precipitse en l la ola de la muchedumbre con harto poca
ceremonia. Los salones quedaron silenciosos en poder de los criados, que
con la regularidad y precisin de soldados cambiaron las bujas prximas
a extinguirse por otras nuevas, mientras el comedor resonaba con el
campanilleo de los platos y las copas, la charla y las carcajadas de los
convidados.

Cobo Ramrez abandon por un rato a Esperancita dejndola en poder de su
rival, para sentarse en un rincn delante de una mesita volante y
devorar algunos trozos de _boeuf d'Hambourg_ y jamn. Naturalmente,
Ramoncito aprovech este desahogo para poner de manifiesto el contraste
entre su parquedad potica y la glotonera prosaica de Cobo; hasta que
Esperancita le par los pies diciendo con mal humor a su amiguita Paz,
que estaba del otro lado:

--Pues a m me gustan los hombres que comen mucho.

--A m tambin--repuso Pacita--. Al menos indica que no tienen enfermo
el estmago.

--Yo no lo tengo tampoco--se apresur a decir el concejal, sofocado y
molesto por la actitud hostil en que las dos amiguitas se haban
colocado.

Paz se content con sonrer desdeosamente.

El general Patio, fatigado de enviar mortferos proyectiles a la esposa
de Caldern sin que la plaza se diese siquiera por enterada, haba
levantado el cerco para sitiar a la marquesa de Ujo, que a las primeras
granadas haba capitulado abriendo las puertas al enemigo. Sin embargo,
el general, como estratgico consumado, no perda de vista a Mariana,
esperando cualquier incidente favorable para caer de nuevo sobre ella.
Se deca en los peridicos que iba a ser nombrado ministro de la Guerra.
Este cargo, sin duda, le dara ms prestigio y autoridad para entrar a
rebato en cualquier parte. La marquesa de Ujo vesta de turca y le
sentaba tan bien, que, segn Alcntara, apeteca soltarle un tiro. Su
languidez era tanta aquella noche, que apenas tena fuerzas para
articular las palabras. A cada paso el ilustre general se vea en la
necesidad de ayudarla en tan mproba tarea. Mientras roa con sus
dientes desvencijados algunas pastas, pues no admita otra cosa su
estmago, tambin un poquito averiado, disertaba, mejor dicho, exhalaba
una serie de exclamaciones acerca de cierta novela recin publicada en
Francia.

--Qu escena!... Ah! pero qu cosa tan linda!... Cuando ella le dice:
"Entrad en el cuarto si queris: podris manchar mi cuerpo, pero no mi
alma...." Ah! Y cuando va al lugar del duelo y recibe la bala que iba
dirigida a su marido!... Qu cosa ms linda!...

Pepe Castro caracoleaba (perdn por el smil) en torno de Lola
Madariaga. Esta le contaba con risa maligna lo acaecido haca un rato,
cuando Clementina se present de improviso donde ella estaba con
Alczar. Hablaba como si le hubiese arrancado el galn a su amiga, con
acento protector y desdeoso que hubiera hecho dar un salto a la
orgullosa hija de Salabert si por ventura la hubiese odo.

--Pobre Clemen! Se est haciendo vieja, verdad? Qu figura tiene
todava! Claro que es a fuerza de apretarse, y esto tarde o temprano le
va a hacer dao; pero de todos modos.... La cara no corresponde a la
figura, no cree usted? Sobre todo ahora que se le est empaando el
cutis de un modo horroroso. Siempre ha tenido la fisonoma muy dura.

Y al mismo tiempo sus ojos claros y suaves miraban a Castro con tal
dulzura, que realmente era para empacharse. Le haban dicho siempre (y
era cierto) que tena el semblante muy dulce. Para dar ms realce a esta
cualidad pona cara de idiota.

Castro asenta a todo, tanto por lisonjearla como por la mala voluntad
que tena a Clementina. No senta inters por Lola, pero a raz de su
ruptura con aqulla se haba consolado un poco festejndola: aunque en
ello haba tenido no poca parte el deseo de no aparecer derrotado a los
ojos del mundo.

--Y usted cree que est enamorada realmente de ese nio que parece una
colegiala del Sagrado Corazn?

--Vaya usted a saber! Clementina presume mucho de original. Esta ltima
aventura la acredita de ello.... Mire usted qu miraditas tiernas le
est echando el beb desde lejos.

Raimundo, en pie, all en el extremo de una de las mesas, no quitaba ojo
a su amada, que iba y vena de un sitio a otro previniendo los deseos de
aquellos invitados a quienes ms deseaba complacer. De vez en cuando le
enviaba una imperceptible sonrisa de inteligencia que transportaba al
joven al sptimo cielo.

Pepa Fras, si no coma porque estaba ahita, pellizcaba en las frutas y
confites, teniendo detrs de su silla a Caldern, Pinedo, Fuentes y
otros tres o cuatro caballeros maleantes que gozaban en tirarle de la
lengua. No se la morda, en verdad, la fresca viuda. Se defenda
admirablemente de todos ellos parando y contestando los golpes con
maestra.

--Dnde dice usted que tiene gota, Pepa?

--En los pies, Pinedo, en los pies ... donde tiene usted el talento.

--Aunque usted me insulte, quisiera que me traspasase esa gota ... por
tener siquiera una gota de usted!

--Pocas gracias! Sera una gota de esencia aromtica--dijo un consejero
de Estado harto dulzn.

--Y usted qu sabe, hombre, si no ha metido la nariz ms que en el coro
de ambos sexos?

El consejero se puso colorado. Todos rieron de la alusin.

--Pero qu cruel es usted, Pepa!--exclam Fuentes riendo todava--. Los
que aqu estamos no sabemos nada ... (digo, seores, yo hablo por m),
del olor, del color, ni del sabor de usted; pero no nos quitar el
derecho de figurarnos que es usted una cosa apetitosa y tierna.

--Tierna?... Est usted en un error lamentable.

--Yo lo digo por lo que veo ...--dijo acercando el rostro al exuberante
seno de la viuda ...--Y a propsito: qu lleva usted en ese alfiler?
es un retrato de familia?

El alfiler representaba un mono.

--No. Fuentes--replic furiosa--, es un espejo.

De todo el grupo sali una carcajada espontnea que hizo volver la
cabeza a los que estaban cerca.

Fuentes qued acortado un instante; pero como hombre de ingenio que era
supo reponerse.

--Yo ser mono, Pepa, pero usted es monsima.

--Bravo, Fuentes, bravo!--exclam Caldern, a quien, como hombre
exclusivamente de _debe y haber_, causaba asombro cualquier frase
oportuna.

El tiroteo sigui aun despus de haber salido la mayor parte de la gente
a los salones. El grupo se haba reforzado con algunos pollastres. Esta
fu la razn de que Pepa se levantase bruscamente al cabo, diciendo:

--Me voy. Por mi causa estn ustedes escandalizando a estos seres
tiernos y candorosos.

Los pollos protestaron con algazara.

Poco despus de poblarse nuevamente los salones de baile se retiraron
las personas reales. Hubo para despedirlas el mismo ceremonial, esto es,
las filas apretadas a la puerta de la antesala, la Marcha Real por la
orquesta y la despedida de los dueos hasta la escalinata.

Clementina respir con libertad. A paso lento, gozando el placer del que
ha terminado una tarea difcil, atraves los salones dirigiendo sus ojos
risueos a todas partes, dejando fluir de sus labios palabritas amables
a los amigos con quien tropezaba. Aquel baile esplndido, quiz el ms
suntuoso que hubiese dado jams un particular en Espaa, era obra suya
casi exclusivamente. Su padre haba suministrado el dinero: pero ella la
actividad, el gusto, el artificio. Escuchaba las enhorabuenas que todos
al paso la murmuraban, mecida en una embriagadora satisfaccin del amor
propio. La felicidad le hizo pensar en el amor, su complemento
indispensable. Acometile un deseo penetrante de cambiar con Raimundo, a
solas, algunas tiernas palabras de cario, algunas caricias fugitivas. Y
buscle con los ojos entre la muchedumbre.

Raimundo haba vagado toda la noche por los salones casi siempre solo.
Haba esperado el baile con deseo pueril, prometindose vivos e
ignorados placeres. Jams haba asistido a una de estas fiestas
brillantes de la sociedad aristocrtica. La realidad no correspondi a
su esperanza, como siempre acontece. Toda aquella vana ostentacin, el
lujo escandaloso desplegado ante su vista, en vez de acariciar su
orgullo lo hiri cruelmente. Nunca se sinti tan forastero en aquel
mundo que haca tiempo frecuentaba. Sus pensamientos, encaminados hacia
la melancola, representronle su pobre hogar, donde por su culpa iba a
faltar muy pronto lo necesario, la modestia de su santa madre, que no
vacilaba en desempear las tareas ms humildes de la casa, y la de su
inocente hermana, que con ella haba aprendido a ser econmica y
trabajadora. Un remordimiento feroz le mordi el corazn. Observaba,
adems, que en los jvenes salvajes que le rodeaban exista contra l
cierta hostilidad latente. Tena a muchos por amigos, le reciban
agradablemente, jugaba con ellos, les acompaaba en algunas excursiones
de placer: pero haba llegado a comprender que para ellos no tena otra
personalidad que la que le daba el ser amante de Clementina. En casi
todos los que trataba, perciba, o su exagerada susceptibilidad le haca
percibir, un dejo desdeoso que le humillaba horriblemente. El amor
frentico que profesaba a Clementina le compensaba bien de esta tortura
y hasta se la haca olvidar muchas veces. Pero aquella noche su dueo
adorado, aunque no le olvidase, andaba lejos. Y le pasaba lo que a los
msticos cuando Dios no les tiende la mano: acometale una gran
sequedad, un tedio abrumador. Bail por compromiso dos o tres veces;
convers un poco. Harto al fin de dar vueltas se retir al ms oscuro
rincn de una de las salas, y sentndose en un divn qued sumido en
tristeza profunda.

Clementina le busc en vano durante algunos minutos, hasta
impacientarse. Cuando entr en la sala de juego le vi al fin venir
hacia ella con la faz radiante. Toda su tristeza se haba disipado al
verla y al observar que le buscaba.

--Si quieres que hablemos un momentito, vente al despacho de pap.
Saliendo al corredor lo hallars a mano derecha--le dijo rpidamente y
con acento carioso.

Y se fu. Raimundo, por disimular, se acerc a una de las mesas de
juego: estuvo algunos instantes mirando.

Clementina se desliz disimuladamente por los salones, sali al corredor
y se dirigi al despacho del duque, una pieza regia que slo tena de
respeto, pues siempre trabajaba arriba. Estaba profusamente iluminada,
como todas las estancias del piso principal. Al poner el pie en l crey
percibir un sollozo ahogado, que la llen de sorpresa y temor. Derram
la vista por todo el mbito y percibi, all en el fondo, a una seora
tumbada en el sof, ocultando el rostro con el pauelo, en actitud de
llorar. Acercse, y por el traje la conoci en seguida. Era Irenita.

--Irenita! Hija ma, qu tienes?--exclam inclinndose sobre ella con
solicitud.

--Ay, perdn, Clementina.... Me he metido aqu sin saber lo que
haca.... Soy tan desgraciada!

Y las lgrimas brotaron con abundancia de sus ojos.

--Pero, qu te ha pasado, criatura?

--Nada, nada!--replic la nia sollozando.

Hubo unos segundos de silencio. Clementina la contemplaba con lstima.

--Vamos--dijo acercando la boca a su odo--. Emilio te ha dado algn
disgusto esta noche.

Irenita no contest.

--No te aflijas, tonta. Con eso no adelantas nada. Procura, aunque sea
haciendo un gran esfuerzo, aparecer indiferente. Ese es el medio mejor
de que no te desprecie.... Digo ... el medio mejor es otro ... pero no
te lo aconsejo, porque no est bien aconsejar ciertas cosas.... Si ests
enamorada de l no des tu brazo a torcer, por Dios.... Que no sepa estas
penas tuyas, porque eres perdida.... Djale que satisfaga su capricho,
que l volver a ti.

Irenita levant su rostro baado de lgrimas.

--Pero ha visto usted lo que ha hecho hoy? Es horrible!

En aquel momento Clementina oy pasos en el corredor. Sospechando de
quin eran fu rpidamente a la puerta, diciendo:

--Espera un poco: djame cerrar.

Fu bien a tiempo. En aquel instante llegaba Raimundo. La dama puso el
dedo en los labios hacindole sea de que se alejase. Irenita no
advirti nada. Cuando Clementina volvi a su lado le di cuenta, entre
lgrimas y suspiros, de los agravios que su marido le haba inferido
aquella noche. En primer lugar, Emilio se visti de hngaro para venir
al baile. Irene haba observado en cuanto entr, que Mara Huerta vesta
tambin de hngara. Deban de estar convenidos, lo cual era una afrenta,
que ms de una persona haba notado. Luego bailaron un vals y un
rigodn. Mientras dur ste, Emilio no haba cesado de hablarle al odo.
Toda la noche la haba estado sirviendo lo mismo que un criado,
presentndole l mismo las fuentes de confites y frutas heladas. Una
vez, al darle una de stas, le haba apretado los dedos; bien lo haba
visto. Esto era una indecencia! Irenita quera suicidarse. Prefera
morir mil veces a padecer semejantes tormentos. Clementina la consol
como pudo. Emilio la quera muchsimo: le constaba. Slo que los hombres
tienen a lo mejor estos sofocos, lo que llaman los toreros, _extraos_.
Como el corazn no est interesado, dejndoles sueltos un momento se
hastan y vuelven a lo que verdaderamente aman.

Para arreglarse un poco y lavar los ojos no quiso llevarla al tocador
del baile: subila al de la duquesa. Al cabo de unos minutos bajaron
ambas. Irenita prometi no dar a conocer su pena. En cuanto Clementina
enter a Pepa de lo que haba pasado, se sulfur de tal modo que tuvo
necesidad de contenerla para que no fuese a araar a su yerno.

--Bien, si no le arao ahora, le araar despus--dijo alzando los
hombros con indiferencia. Tan resuelta estaba a ello--. Suceda lo que
suceda, yo no puedo consentir que ese _tit_ mate a mi hija, sabes?...
Y en cuanto a esa pendona desorejada, no he de parar hasta que la escupa
en la cara ... y al cabronazo de su marido, lo mismo.... Pues estamos
aviados!

--No ser mejor que procures desembarazarte de ellos? Huerta est en el
Ministerio. Mira a ver si le mandas de gobernador a cualquier parte....

--Pues es verdad! Ahora mismo voy a hablar a Arbs.... Pero lo que es
a mi seor yerno no le perdono!... Esta noche me las ha de pagar, o no
me llamo Pepa.

El duque, rodeado siempre de un grupo de fieles, se dejaba atufar a
golpes de incensario, soltando a largos intervalos algn gruido
espiritual que los electrizaba, les haca prorrumpir en exclamaciones de
alegra. Las seoras eran las que ms se distinguan por su entusiasmo.
El genio especulador de Salabert les infunda vrtigos de asombro, como
si se pusiesen a calcular cuntos vestidos podran comprarse con sus
millones. Y l, tan flexible generalmente, que haba llegado al puesto
que ocupaba, segn propia confesin, a fuerza de puntapis en el
trasero, al hallarse entre sus adoradores los maltrataba sin piedad. Sus
chistes brutales, lo mismo caan sobre los hombres que sobre las
seoras. Gozaba en la ostentacin brbara de su fuerza. Si aquellos sus
devotos admiradores se dejaban humillar tan pacientemente no dndoles
nada, qu no sucedera si repartiese entre ellos sus millones, si el
becerro de oro comenzase a vomitar monedas?

En la sala de juego, adonde se fu despus de haber despedido a los
soberanos, le tenan materialmente bloqueado una porcin de
especuladores de segunda y tercera fila.

--Cmo van las acciones de Riosa, duque?--se atrevi a preguntarle uno.

--No me hable usted de eso--gru el prcer poniendo los ojos torvos.

El plan de Llera se estaba desenvolviendo puntualmente: esto es, el
duque, despus de haber tomado un nmero crecido de acciones, se ocupaba
en producir el pnico entre los accionistas. Haca ya algunos meses que
por medio de agentes secretos compraba acciones para venderlas al
instante con prdida. Gracias a estas operaciones, el papel haba bajado
considerablemente. Ahora preparaba el golpe definitivo, comprando mayor
cantidad para lanzarlo repentinamente al mercado, aprovechar la baja que
esto producira y adquirir la mitad ms una de las acciones.

--No todos los negocios han de salir bien--replic el otro sonriendo con
mal disimulada satisfaccin--. Usted ha sido siempre afortunado....

--No es a la fortuna a quien debe sus xitos el duque. A su genio, a su
habilidad inconcebible es a quien los debe--manifest un tercero
arrendole una tufarada de incienso.

--Sin duda, sin duda--se apresur a decir el otro tratando a su vez de
apoderarse del incensario--. El duque es el primer genio financiero que
ha salido en nuestro pas. Yo no comprendo cmo no se le entrega la
Hacienda espaola. Si l no la arregla, no hay que esperar salvacin
para nosotros....

--Pues si acierto a salvarla como he acertado en el negocio de Riosa,
aviados quedan los espaoles--profiri estoposamente el duque con acento
de mal humor.

--Pero ha salido tan malo el negocio?

--F....! para el Gobierno, no; pero para m, que he tomado a la par
las acciones, me parece que no ha sido bueno.

El duque echaba la culpa de haberse metido en l al animal de su
administrador, a Llera, que se lo haba metido por la cabeza contra
todos sus presentimientos.

--Los hombres como usted no deben fiarse de nadie ms que de su
instinto--le decan--. Cuando se tiene el genio de los negocios....

Y la palabra _genio_ vena a cada instante a los labios de los fieles
idlatras del becerro.

Sbito apareci en la puerta de la sala Clementina seguida de Osorio, de
Mariana y de Caldern. Los cuatro traan el semblante inquieto y
asustado. Sus ojos se clavaron a la vez en Salabert, hacia el cual
avanzaron precipitadamente.

--Pap, escucha una palabra--le dijo Clementina.

Salabert se destac del grupo y fu a reunirse con los otros en el
opuesto rincn.

--Esa mujer est ah!...--dijo aqulla con voz alterada, los ojos
relampagueantes de ira.

--Es un escndalo!--manifest Osorio.

--Algunas personas ya se han ido, y en cuanto se enteren, se irn
todas--apunt con ms sosiego Caldern.

--Qu mujer est ah?--pregunt el duque abriendo mucho sus ojos
saltones.

--Esa mujer!... esa Amparo la malaguea--replic su hija buscando el
tono ms despreciativo.

--Cmo!--exclam el duque con profundo estupor--. Se ha atrevido esa
z---- a presentarse en el baile? Quin la ha dejado pasar? Maana mismo
despido al portero.

--No; a quien hay que despedir ahora mismo es a ella ... en
seguidita!--dijo Clementina atropellndose por la clera.

--S, s ... ahora mismo! Cmo es eso? Atreverse esa desvergonzada a
poner los pies en esta casa y en un da semejante! Ya no hay pudor? Ya
no hay vergenza? En qu pas estamos? Pero cmo ha podido pasar? Una
fiesta que haba comenzado tan bien!

--Traa invitacin, al parecer.

--Pues la ha robado o estar falsificada.

--Bien, bien; concluyamos pronto--dijo Clementina con voz irritada--.
Est en los salones. Es necesario que vayas a all y la notifiques que
haga el favor de salir, del modo que mejor te parezca.... Pero pronto!
antes que lo perciba la gente ... y sobre todo, mam....

--No, chica; yo no voy.... Me conozco bien y s que no podra contener
mi indignacin. No nos conviene llamar la atencin en este momento....
Ve t, ve t ... y que se largue pronto....

Clementina, sin pronunciar otra palabra, se alej con paso rpido, el
rostro plido y contrado, los labios trmulos. Lanzse en el torbellino
de los salones y busc ansiosamente a la intrusa. No tard muchos
minutos en hallarla oh vergenza! del brazo del marqus de Dvalos.

Estaba esplndidamente hermosa la ex florista con su traje de Mara
Estuardo. Llevaba un sobretodo acuchillado de mangas abiertas, color
carmes recamado de oro; un elegante prendido de encaje y menudas
florecillas de esmalte y perlas. Su incomparable belleza irrit an ms
la ira de Clementina.

La hermosa odalisca de Salabert, aunque de inteligencia limitadsima,
haba tenido tiempo a reflexionar que su presencia en el baile podra
acarrear un conflicto. Pero su antojo era tan vivo y desordenado, que de
ningn modo quiso dejar de satisfacerlo, de lucir su costoso vestido de
reina de Escocia. Pens que podra sortear aquella difcil situacin
yendo a ltima hora, dando un par de vueltas por los salones y
retirndose en seguida. Hizose acompaar de una amiga vieja de aspecto
venerable. Amargo desengao debi de experimentar cuando al penetrar en
los salones y tropezar con una porcin de distinguidos salvajes a
quienes trataba con intimidad, Pepe Castro, el conde de Agreda,
Maldonado y otros, observ que todos le volvan la espalda y se
apresuraban a alejarse. Tan slo el fiel Manolo, el loco marqus de
Dvalos, la reconoci y consinti en la mengua de ofrecerla el brazo.

Pocos minutos pudo disfrutar de su apoyo la malaguea. Cuando una
sonrisa de triunfo plegaba ya sus labios y a paso lento y majestuoso iba
dando su apetecida vuelta por los salones, se encontr repentinamente
frente a Clementina. Sin previo saludo ni la ms leve inclinacin de
cabeza, ni hacer caso alguno de su acompaante, sta le puso la mano en
el hombro, dicindola:

--Tenga usted la bondad de escuchar una palabra.

Mara Estuardo empalideci, titube unos instantes, y por fin dijo con
firmeza y ademn orgulloso:

--Nada tengo que hablar con usted. A quien deseo ver es al dueo de la
casa, al duque de Requena.

Margarita de Austria le clav una mirada iracunda, que la otra sostuvo
sin pestaear. Luego, acercando la boca a su odo, le dijo con rabioso
acento:

--Si usted no me sigue ahora mismo, llamo a dos criados para que la
saquen del saln a viva fuerza.

La reina de Escocia se estremeci; pero tuvo an nimos para contestar:

--Deseo ver al seor duque.

--El seor duque no est visible para usted.... Sgame, o llamo!

Y al mismo tiempo ech una mirada en torno como en ademn de cumplir su
promesa.

La Estuardo empalideci an ms. Desprendindose del brazo de Dvalos la
sigui al fin.

Esta escena haba sido observada por varias personas; pero nadie os
seguirlas si no es el demente Manolo, que lo hizo de lejos. La esposa
de Felipe III se dirigi a la antesala y all dijo a un lacayo:

--El abrigo de esta seora.

No se habl otra palabra. El lacayo entreg el abrigo. Mara Estuardo se
lo puso sin ayuda de nadie, con mano temblorosa. Luego avanz unos
cuantos pasos, y volvindose de pronto, dirigi una mirada de odio
mortal a D. Margarita de Austria, que se la devolvi acompaada de una
sonrisa de desprecio.

Estaba de Dios que la desgraciada reina de Escocia haba de ser
humillada siempre. Primero lo fu por su ta Isabel de Inglaterra. Ahora
la reina Margarita la pona sin miramientos de patitas en la calle.
Donde encontr a su venerable amiga dentro ya del coche. Al ver el
comienzo de la escena pasada se haba escabullido prudentemente. Antes
que partiesen, el marqus de Dvalos se junt a ellas. No sabemos lo que
los salones de Requena ganaron en su aspecto moral con la marcha de
Mara Estuardo; pero s podemos afirmar que perdieron mucho en el
esttico. Porque, a la verdad, estaba lindsima.

El baile tocaba a su fin. Comenzaron los preparativos para el gran
cotilln. La muchedumbre se haba aclarado un poco. Algunos se fueron
antes de terminar el baile, viejos en su mayora a quienes haca dao el
trasnochar. Entre las damiselas hubo la agitacin y el movimiento que
precede siempre al cotilln. En esta ltima etapa el baile adquiere un
aspecto de recreo familiar muy grato. El arte y la imaginacin
intervienen para arrancarle sensualidad y hacerle un pasatiempo
inocente, al estilo de las hermosas fiestas que en el siglo XIV se
celebraban en los palacios de Inglaterra y Francia. Para las nias
casaderas suele ser tambin el momento en que termina el primer acto de
la comedia amorosa que han empezado a representar.

Pepe Castro haba recibido el consejo de su ex querida Clementina
referente a la conveniencia de festejar a la nia de Caldern, con risa
como ya hemos visto. Sin embargo, no le cay en saco roto. Mientras
bailaba y bromeaba con otras jvenes, no dej de acordarse ms de una
vez. Al llegar el cotilln se acerc a Esperancita preguntndole si
quera ser su pareja, a sabiendas de que esto no poda ser, pues todos
los pollastres se apresuran a pedir tal merced a las damas as que
entran en el baile. Pero le convena para el plan que comenzaba a
desenvolverse en su cerebro, fecundo en abstracciones. La nia lo tena,
en efecto, comprometido con el conde de Agreda; mas al oir la demanda de
Castro, sinti tales deseos de acceder a ella, que con sorprendente
audacia respondi que s.

La duquesa design como dama directora a la condesa de Cotorraso, a la
cual se uni Cobo Ramrez. Este se impona en todos los bailes como
habilsimo director de cotillones. Tan era as, que muchos das antes
del baile ya haba celebrado largas conferencias con Clementina acerca
de este punto esencialsimo.

Formse el corro de sillas. Pepe Castro fu a sacar a Esperanza, que
tom su brazo de buen grado. Mas antes de dar un paso lleg el conde de
Agreda.

--Cmo, Esperancita! No me haba usted concedido el
cotilln?--pregunt sorprendido.

La audacia no abandon a la nia, la audacia de la mujer enamorada.

--Ay, perdneme usted, Len! Cuando se lo conced a usted no me
acordaba que ya lo tena comprometido con Pepe--respondi en un tono que
poda envidiar la ms consumada actriz.

El conde se retir diciendo algunas palabras de cortesa, que no
pudieron ocultar su mal humor. Cuando quedaron solos, Esperancita,
asustada de aquel testimonio de inters que haba dado a Castro, se
apresur a disculparse ruborizada.

--La verdad es que no me acordaba de que lo tena comprometido con
Len.... Y como ya haba tomado el brazo de usted ... y adems el conde
baila de un modo que me fatiga mucho....

Pepe Castro no abus de su triunfo; se manifest modesto y sumiso. En
vez de galantearla descaradamente, adopt un temperamento ms
insinuante, colmndola de atenciones delicadas, estableciendo mayor
confianza entre ellos, mostrndola, en una palabra, mucho cario, pero
sin hablarla de amor. La nia rebosaba de dicha. Espezaba a sentirse
adorada. Crea que la simpata y el afecto con que siempre se haban
tratado Pepe y ella se transformaban al fin en amor. Su corazn empez a
saltar alegremente dentro del pecho.

Tambin Ramoncito estaba satisfecho con aquel trueque. El conde de
Agreda le era de poco tiempo atrs muy antiptico, casi tan antiptico
como Cobo Ramrez, porque empez a sentir de l los mismos celos que del
otro. En cambio, a Pepe Castro considerbalo como su mismo yo; otro
concejal ms esbelto. Las atenciones que Esperancita le guardase, las
tomara como dirigidas a su propia persona. As que, al verlos del
brazo, se conmovi profundamente, y al acercarse a ellos para decirles
algunas palabras insignificantes no pudo menos de ruborizarse. Pepe le
hizo un guio malicioso como diciendo: "Has triunfado en toda la lnea".
El joven concejal sinti que se acercaba a pasos de gigante el logro de
sus esperanzas y el apogeo de su dicha.

El cotilln fu digno remate de aquel baile brillantsimo. La fantasa
de Cobo Ramrez, apretada por la gravedad del caso, fascin a los
invitados con peregrinas trazas y artificios delicados: los tuvo
enajenados cerca de una hora. Llam la atencin, y le vali unnimes
aplausos, un juego de sortija que se organiz en el medio del saln.
Cobo dividi a los caballeros en dos cuadrillas, que tiraron
alternativamente flechas con unos primorosos arcos dorados a la sortija
suspendida por una cinta del techo. Los vencedores tenan derecho a
bailar con las damas de los vencidos, mientras stos los haban de
seguir dndoles aire con el abanico. Organizse despus otro juego de
cintas para las damas. La vencedora sali un momento del saln y
apareci en seguida en un magnfico carro tirado por cuatro lacayos
vestidos de esclavos negros: di as una vuelta rodeada de todas las
dems, al comps de una marcha triunfal. Estas y otras invenciones no
menos famosas, dejaron para siempre sentada sobre bases slidas la fama
del hijo de los marqueses de Casa-Ramrez.

Terminado el cotilln, comenz el desfile de la gente. Fu una retirada
estrepitosa. Toda aquella muchedumbre se agolp en el vestbulo y en la
escalinata, charlando en voz alta, riendo, gritando alguna vez en
demanda del coche. El vasto jardn, iluminado por algunos focos de luz
elctrica, ofreca un aspecto fantstico, inverosmil, como los paisajes
de los cosmoramas de feria. Aquellas luces blancas, intensas, hacan an
ms negro y profundo el follaje, borraban los linderos del parque
extendindolo desmesuradamente. La noche era despejada. En el oriente
azuleaba ya la aurora. Haca un fro intenso. Envueltos en sus gabanes
de pieles, los jvenes salvajes quemaban los ltimos cartuchos de su
ingenio en honor de las hermosas damas que tenan cerca. Los costosos y
pintorescos abrigos de stas chillaban debajo de las bombillas
elctricas. Los caballos piafaban, los lacayos gritaban, y los coches,
al acercarse lentamente a la escalinata, hacan crujir la arena de los
caminos. Sonaban golpes de portezuelas, ruido de besos, voces de
despedida. La rueda de los coches, al pasar por delante de la gran
escalinata, iba arrebatando poco a poco a los que all estaban para
dispersarlos por todo Madrid en busca de reposo.

Pepe Castro se haba colocado al lado de Esperancita y la hablaba
dulcemente al odo. La nia, embozada hasta los ojos, sonrea sin
mirarle. Cuando su coche lleg al fin, se estrecharon las manos
largamente.

--Supongo que no nos tendr tanto tiempo olvidados como hasta ahora; que
ir por casa ms a menudo--dijo ella teniendo an su mano entre las del
gallardo salvaje.

--Usted quiere de verdad que vaya a menudo por su casa?--dijo
mirndola fijamente como un magnetizador.

--Ya lo creo que quiero!

Al decir esto se ruboriz fuertemente debajo del embozo, y desprendiendo
bruscamente su mano, sigui a su mam que entraba en el carruaje.

Pepa Fras haba dicho a su hija:

--Mira, chica, cuando nos vayamos, deseo que Emilio me acompae. Estoy
nerviosa y no podra dormir si no le ajustase antes las cuentas. No
quiero ms escndalos, sabes? Le voy a dirigir el _ultimatum_. Si
persiste, t te vienes conmigo y l que se vaya al infierno.

Estaba furiosa. Su hija, aunque quisiera poner reparos a esto de la
separacin, pues adoraba a su infiel marido, no se atrevi. Baj sumisa
la cabeza. Cuando lleg el momento de marchar, Pepa se dirigi a su
yerno:

--Emilio, haz el favor de acompaarme. Deseo hablar contigo.

"Malo!" dijo para s el joven.

--E Irene?

--Que vaya sola. No se la comern los lobos--respondi speramente.

"Malsimo!" torn a decirse Emilio.

En efecto, Irenita dirigiendo ojeadas de temor y ansiedad a su mam y su
marido, se meti sola en su berlina, mientras ellos suban a la de la
primera.

Cuando el carruaje comenz a rodar, Emilio, para desarmar a su suegra,
quiso, como un chiquillo que era, desviar el rayo sacando una
conversacin que pudiese entretenerla.

--Ha visto usted qu audacia la de Amparo? La crea capaz de muchos
desatinos, pero no de uno semejante.

Y habl de la Amparo con gran verbosidad sin conseguir que su suegra
desplegase los labios. Lo mismo sucedi cuando principi a hacer
comentarios acerca de la fortuna de Salabert, de los gastos del baile,
del extraordinario honor que haba merecido de los soberanos aquella
noche, etc., etc. Pepa reclinada en su rincn, guardaba un silencio
feroz que no anunciaba nada bueno. Pero Emilio, sin desanimarse, toc
con habilidad la tecla que responde en todas las mujeres.

--Sabe usted, Pepa (as la segua llamando, lo mismo que cuando era
novio de su hija), que en un grupo donde estaba el presidente del
Consejo, o, sin querer, grandes elogios de usted? Elogiaban mucho el
traje; pero ms an la figura. Decan que no haba ninguna nia en el
baile que pudiera competir con la frescura de usted; que tena usted un
cutis como raso, cada da ms terso y brillante.

--Jess, qu tontera! Esas son payasadas, Emilio. En otro tiempo, no
digo....

--No, Pepa, no; el cutis de usted es proverbial en Madrid. Ya dara
Irene algo por tenerlo como usted.

--Es mejor que el de Mara Huerta?--pregunt con tonillo irnico, donde
no se adivinaba, sin embargo, gran irritacin.

Pepa haba cambiado de plan: pens que sera mucho mejor adoptar la va
diplomtica. A un chiquillo como Emilio, que no haba sido indcil hasta
entonces, era fcil atraerlo con el cario. Aqul, en la oscuridad del
coche, se haba puesto colorado.

--El de Mara Huerta no vale nada.

--Por eso te gusta. Todos los hombres sois lo mismo en eso de cambiar
las orejas por el rabo. Mira, Emilito--aadi cogindole una mano,--yo
tena que reirte mucho, hablarte muy seriamente, decirte cosas muy
amargas ... pero no puedo, tengo un corazn tan estpido que para todas
las ofensas encuentra disculpas. Hoy has hecho una barrabasada de marca,
lo bastante para que Irene se separase de ti; pero a m se me antoja que
no es tan grande como parece, porque eres un chiquillo aturdido. Estoy
segura de que t mismo no te explicas la gravedad de ella....

Pepa continu su sermn en tono dulce y persuasivo. Emilio, que esperaba
una rociada de injurias, qued gratamente sorprendido. Escuchlo con
sumisin, y despus, con voz conmovida, empez a disculparse. Verdad que
haba coqueteado un poco con Mara Huerta, pero juraba que no estaba
interesado por ella. Era una cuestin de amor propio. Cuando l se haba
casado con Irene, esta Mara haba dicho en casa de Osorio que no
comprenda cmo Irene aceptaba por marido un chico tan feo y tan
insustancial. Entonces jur que se tragara aquellas palabras: ya estaba
conseguido. Por lo dems qu amor ni qu calabazas! Nunca haba estado
enamorado de Mara Huerta ni pensaba estarlo.

--Yo no poda creer que estuvieses enamorado, porque siempre has tenido
buen gusto.... Porque en resumen, esa mujer no es ms que un paquete de
trapos.... Si vistes el palo de la escoba como ella, puede muy bien
hacer sus veces.... Pero ya ves, Irene lo cree y tienes la obligacin de
evitarla esos disgustos. Si yo estuviese en su caso no me los daras,
monigote--aadi cogindole cariosamente de la oreja--. Ya sabra yo
tenerte bien amarradito a mis faldas.

--Lo creo--repuso el joven dirigindola una larga mirada que nada
tena de filial--. Usted tiene ms recursos que Irene.

--Pues?--pregunt ella con otra mirada poco maternal.

--Porque usted es una mujer ms complicada; que necesita ms estudio.
Por lo mismo, no me dejara tiempo a aburrirme seguramente.

--Qu sabes t de eso, mamarrachillo? Hablas de m como si me supieses
de memoria.

--Qu ms quisiera yo!

--Vaya, Emilio, no seas payaso! Mira que me ests faltando al respeto.

La conversacin sigui en este tono alegre y carioso mientras el
carruaje rodaba por las calles sombras. En aquel rincn oscuro,
sacudidos por el vaivn de los resortes y aturdidos por el estrpito de
las ruedas al saltar sobre el pavimento, el cuchicheo se hizo cada vez
ms ntimo, ms insinuante, animado a cada momento por risas ahogadas y
palabritas dulces. De ambos se haba apoderado un suave enternecimiento;
de Pepa por haber hallado a su yerno tan dcil; ste por ver a su suegra
tan cariosa y transigente, creyendo encontrarla hecha una furia.
Animado con su xito, acariciado por aquella dulce confianza que
repentinamente se estableci entre ellos, no cesaba de piropearla. Pepa
se enfadaba o finga enfadarse, le daba pellizcos feroces, le llamaba
hipcrita, coquetn, desvergonzado. Concluy por decir:

--Todo eso que me dices es una farsa tuya. Si fuese verdad me alegrara,
porque as tendra cierta influencia contigo para hacerte un buen
marido.

Al salir del coche, con el rostro encendido, ms hermosa que nunca, le
dijo:

--Sube un momento: tengo que darte el reloj de Irene, que se le ha
olvidado ayer.

Emilio la subi del brazo y entr con ella en su gabinete.

Mientras tanto, Irenita llegaba a casa en un estado de agitacin fcil
de comprender en una nia tan sensible y enamorada de su marido. La
conducta de Emilio aquella noche la haba trastornado, la haba puesto
excesivamente nerviosa. Y para fin de fiesta, la escena violenta que
prevea entre su madre y su marido, de la cual tal vez saldra su
ruptura definitiva con ste, la llenaba de espanto. As que, apenas
salt en tierra delante de la puerta, acometida sbito de un vivo e
irresistible anhelo, volvi a montar apresuradamente, diciendo al
cochero:

--A casa de mam.

Le abri el sereno la puerta exterior: la del piso el criado que haba
estado velando y que aguardaba la salida del seorito para irse a
costar.

--Dnde est mam?

--En las habitaciones de adelante con el seorito Emilio.

Irenita se dirigi con precipitacin a la sala. No estaban all. Pas
luego al _boudoir_. Tampoco, ni se oa el ms leve ruido. Entr en el
gabinete. Nada. Entonces, sobrecogida de terror, de duda, de ansiedad,
lanzse hacia la alcoba oculta por cortinas de brocatel donde crey
percibir algn rumor. En aquel momento se alzaron las cortinas y
apareci su marido agitado y descompuesto, contemplndola con ojos de
espanto. Irenita di un grito y se desplom sobre el pavimento.




XII

#Matine religiosa.#


Pocos das despus, a las once de la maana de un viernes de Cuaresma,
el salvaje ms elegante de Madrid sala de un sueo tranquilo y profundo
con el firme propsito de casarse con la hija de Caldern. Abri los
ojos, los pase por los adornos hpicos que colgaban de las paredes de
su cuarto, se desperez con elegancia, bebi un vaso de limn que tena
sobre la mesa de noche y se prepar a levantarse. No afirmaremos que el
mencionado propsito viniese a su espritu durante el sueo; pero es
innegable que debi de operarse en l una misteriosa labor que lo
favoreci sensiblemente. Porque en el momento de acostarse, Castro slo
pensaba vagamente en esta unin provechosa. Al abrir los ojos, su
decisin de lograr la mano de Esperancita por cuantos medios estuviese a
su alcance era ya irrevocable. Felicitemos, pues, de todo corazn a la
afortunada nia y sigamos atentamente al noble salvaje en la tarea de
perfeccionar la obra primorosa que la Naturaleza haba llevado a cabo al
crearle.

El criado tena ya el bao dispuesto. Despus de dar un vistazo al
espejo para observar el semblante del da, esto es, el suyo, cogi unas
bolas de hierro e hizo con ellas algunos movimientos. Tom un florete y
se tir a fondo unas cuantas veces. En seguida aplic unas docenas de
puetazos rectos sobre la almohadilla de un dinammetro. Hecho lo cual
crey llegado el instante de meterse en el agua. Dentro de ella se
hallaba an cuando apareci en la habitacin, sin previo anuncio, Manolo
Dvalos.

--Pepe, tengo que hablarte de una cosa muy seria--, dijo el luntico
marqus, con aparato de misterio, los ojos ms extraviados que nunca.

--Aguarda un poco: djame salir del bao.

--Sal pronto, que corre prisa.

El marquesito se levant de la silla donde se haba sentado y comenz a
dar vueltas por la estancia con cierta agitacin estrambtica, a la cual
ya estaban acostumbrados sus amigos. No poda estarse quieto cinco
minutos. Si cualquiera hiciese al cabo del da la mitad de movimientos
que l, caera rendido antes de llegar la noche. Castro segua sus
movimientos con ojos burlones y desdeosos. Pero estos ojos se tornaron
serios e inquietos al ver que su amigo se acercaba a la mesa de noche y
se pona a jugar con un precioso revlver que all tena.

--Mira que est cargado, Manolo.

--Ya lo veo, ya--respondi ste sonriendo; y volvindose de pronto:

--Qu diran en Madrid, si yo te matase ahora de un tiro?

Pepe Castro sinti cierto hormigueo en la espalda, que no era producido
solamente por el agua, y ri de un modo extrao.

--Y que, hoy por hoy, lo podra hacer impunemente--sigui muy risueo el
marqus--. Porque como todos dicen que estoy loco....

--Je, je!

El tenorio volvi a reir como el conejo. No era cobarde: al contrario,
tena fama de quisquilloso y espadachn: pero, como casi todos los
valientes, necesitaba pblico. La perspectiva de una muerte oscura a
manos de un loco, no le hizo maldita la gracia. Los ejemplos de Sneca,
Marat, y otros hombres notables que murieron violentamente en el bao,
no lograron darla ninguna amenidad, quiz porque no tuviese noticia de
ellos. El marqus avanz con el revlver amartillado, dicindole:

--Qu diran en Madrid? eh? qu diran?

Castro se siti penetrado de fro como si estuviese metido entre hielo y
no en agua tibia. Pero tuvo an serenidad para gritarle:

--Deja ese revlver, Manolo! Si no lo dejas no vuelves a ver en tu vida
a Amparo.

--Por qu?--pregunt aqul bajando el arma con el desconsuelo pintado
en los ojos.

--Porque yo no quiero; porque la aconsejar que no te deje entrar ms en
su casa....

--Bueno, hombre, no te incomodes.... Ha sido una broma--replic
apresurndose a colocar el revlver en su sitio.

Castro sali al instante del bao. Lo primero que hizo, cuando estuvo
envuelto en el capuchn turco con que se secaba, fu coger el revlver y
guardarlo bajo llave. Tranquilo ya, pero irritado por el susto que su
majadero amigo le haba dado, comenz a hablarle en tono malhumorado y
despreciativo, mientras delante del espejo prodigaba a su bella figura,
con el respeto debido, todos los cuidados a que era acreedora.

--Vamos a ver, hombre, desembucha ese secreto.... Ser una gansada de
las que t acostumbras.... Desengate, Manolo, que t ya no ests para
salir a la calle. Debes ponerte en cura--deca mientras se frotaba los
brazos con una pomada olorosa que haba tomado de la batera de tarros y
frascos de todos tamaos que tena delante.

El marqus ech mano al bolsillo, y sacando la cartera y de ella un
billetito de mujer, dijo con no poca solemnidad:

--Amparo me acaba de escribir esta carta. Deseo que te enteres de ella.

Pepe no volvi siquiera los ojos para mirar el documento que su amigo le
exhiba. Absorto en la tarea de atusarse el bigote con un cepillito de
barba, repuso en tono distrado:

--Y qu dice la Amparo?

El marqus le mir sorprendido de la poca importancia que daba a aquella
preciosa misiva.

--Quieres que te la lea?

--Si no es muy larga....

Manolo la desdobl con el mismo cuidado y respeto que si fuese un
autgrafo de Santa Teresa de Jess y ley con voz conmovida:

"Mi queridsimo Manolo: Hazme el favor de mandarme por el dador dos mil
pesetas que necesito con urgencia. Si ahora no las tienes, no dejes de
trarmelas esta tarde a casa. Tuya de corazn siempre:

"AMPARO."

--Sopla! Qu voracidad la de esa chica! No tiene bastante con el
bolsillo de Salabert? Supongo que no se las habrs mandado.

--No.

--Has hecho bien.

--Es que no las tena. Precisamente para ver si t puedes facilitrmelas
es para lo que he venido.

Castro se volvi hacia l y le contempl unos momentos entre irritado y
sorprendido. Tornando luego la vista al espejo, dijo con calma
despreciativa:

--Querido Manolo; eres un meln de gran tamao. Estoy seguro de que si
heredases ahora a tu ta, entregaras la herencia a la Amparito para que
la engullese como ha hecho con la de tus paps.

Manolo se enfureci al oir esto. Defendi con energa a su ex querida.
No era ella, no, quien le haba arruinado, sino los tunos de los
mayordomos. Amparo era una chica de excelentes condiciones para ama de
casa, un portento de arreglo domstico: al mismo tiempo generosa, capaz
de acomodarse a cualquier vida por el cario, etc., etc.

El manaco marqus se expres con calor y elocuencia haciendo el
panegrico de su adorada.

--Sabes dnde est el mal de todo?--dijo sordamente despus de larga
pausa--. En que mi familia me priv, sin razn, de casarme con ella.
Qu obstinacin tan estpida! Se empeaban en que yo estaba
perdidamente enamorado de esa mujer. Qu haba de estar enamorado!...
Lo que yo quera era dar una madre a mis hijos, sabes? Nada ms que
eso. Ellos hubieran sido felices y yo tambin.

Pepe Castro se volvi estupefacto. Por las plidas mejillas del marqus
rodaban algunas lgrimas de enternecimiento. Hizo un mohn de lstima y
sigui arreglndose los bigotes. Al cabo de unos momentos de silencio,
dijo:

--Dispensa, chico. No tengo esas dos mil pesetas; pero aunque las
tuviera puedes estar seguro de que me guardara de drtelas si las ibas
a emplear como dices.

El marqus permaneci silencioso y comenz a pasear de travs por el
espacioso dormitorio.

--A quin me aconsejas que se las pida?--dijo parndose de pronto.

--A Salabert--respondi Castro sonriendo burlonamente al espejo.

Manolito se encresp terriblemente al oirlo; sus ojos llamearon
siniestramente; se dirigi frentico, agitando los puos, hacia Pepe,
que se volvi hacia l y di un paso atrs preparndose a rechazarle.

--Eso que me has dicho es una porquera! Es una infamia que merece una
estocada o un tiro! Es una cobarda porque ests en tu casa....

Y se puso a crujir los dientes y a rodar los ojos que daba espanto
verle; pero no lleg a agredir a su amigo. Haciendo un esfuerzo supremo
por contenerse, desahog su furor arrojando contra el suelo el sombrero,
de tal modo que lo destroz. Castro qued aturdido, hecho una estatua.
Mil veces haba bromeado con l dicindolo cosas mucho ms fuertes,
verdaderas insolencias sin que jams se le hubiese ocurrido enfadarse. Y
ahora, por una chanza sencillsima, montaba en clera de aquel modo
extrao. Procur calmarle con algunas palabras de disculpa: pero
Manolito no le escuchaba. Aunque desisti de la primera idea de
arrojarse sobre l, comenz a pasear como una fiera enjaulada,
murmurando amenazas, moviendo los brazos y gesticulando vivamente. No
tard en enternecerse, sin embargo.

--Nunca lo creyera de ti, Pepe--concluy por decir con voz alterada--.
Nunca pens que el mayor amigo que tengo me haba de insultar, me haba
de clavar el pual hasta el pomo....

--Pero, hombre de Dios!...

--No me hables, Pepe.... Me has matado con una palabra.... Djame
tranquilo.... Dios te perdone como yo te perdono.... Yo soy como un
conejo a quien hiere el cazador y corre a morir a su madriguera.... No
me hurgues ms.... Djame morir en paz.

Este smil del conejo le hizo tal impresin despus de haberlo
proferido, que se dej caer sollozando en una butaca. Al mismo tiempo le
acometi un fuerte golpe de tos, en el cual solt por la boca una
cantidad prodigiosa de rails: pero la locomotora que tena atravesada en
la garganta, por ms esfuerzos que hizo, en manera alguna pudo
arrojarla. Castro le hizo beber una taza de tila con azahar.

Cuando el insensato marqus se fu al cabo, estaba aqul terminando el
aderezo de su persona. La cual sali a la calle correcta y severamente
vestida en traje de ceremonia diurna. Almorz en Lhardy, di una vuelta
por _Los Salvajes_, y a las tres de la tarde, poco ms o menos, se
dirigi a casa de su ta la marquesa de Alcudia, sita en la calle de San
Mateo. Esta seversima seora era muy celosa de la religin como ya
sabemos. Lo mismo de su alcurnia, por no decir ms. Castro era sobrino
segundo de ella, y aunque con su vida de calavera la haba disgustado
bastante, siempre le haba tratado con mucho afecto procurando atraerle
al buen camino. Para la marquesa, los timbres nobiliarios impriman
carcter como el sacramento del orden. Por ms vilezas que un hombre
hiciese, siempre era un noble, como un sacerdote es siempre un
sacerdote. En esta devota seora pens Castro para que le secundase en
su empresa. Su instinto (que era mucho ms admirable que su
inteligencia) le dijo que si la marquesa se encargase de casarle con la
nia de Caldern lo conseguira seguramente. Era grande el prestigio que
tena en la sociedad aristocrtica: mayor an entre los que estaban
agregados a ella por razn del dinero, como Caldern.

El palacio de Alcudia era una fbrica sombra levantada a principios del
siglo pasado. Un piso bajo con grandes ventanas enrejadas, otro piso
alto, y nada ms; pero la casa ocupaba un permetro inmenso y detrs
tena un vasto jardn bastante descuidado. El portal era chato y poco
decoroso: la escalera de piedra toscamente labrada y gastada por el uso.
El difunto marqus estaba pensando en una reforma cuando lo arrebat la
muerte. Su viuda abandon este proyecto, no tanto por avaricia, como por
el horror que le inspiraban toda clase de reformas aunque fuesen de cal
y canto. Por dentro, la mansin era suntuosa: los muebles antiguos y
riqusimos. Tapices de gran valor vestan las paredes, cuadros de los
mejores pintores antiguos adornaban las de algunas piezas, como el
despacho y el oratorio. Este era una maravilla de lujo. Ocupaba un
rincn de la planta baja, pero su techo era el del principal: tan
elevado por consiguiente como el de una iglesia. Tena grandes ventanas
con cristales de colores como las catedrales gticas: estaba alfombrado
como un saln de baile; haba una pequea tribuna con su rgano: el
altar era primoroso, de gusto francs, y en medio se vea un magnfico
_Ecce-Homo_ de Morales. Era, en fin, una estancia agradable y elegante,
calentada por una gran estufa subterrnea.

En el saln de familia estaban solas las chicas con la labor entre las
manos. La marquesa, segn le dijeron, estaba en el despacho ocupada en
escribir cartas. Se dirigi all despus de bromear un instante con las
primas.

--Se puede, ta?

--Adelante.... Ah! eres t, Pepe?--dijo la marquesa alzando los ojos y
mirndole por encima de las gafas que se haba puesto para escribir.

--Si la interrumpo me voy. Quera celebrar con usted una
conferencia--dijo el galn sonriendo.

--Sintate un instante. Estoy terminando una carta.

Acomodse en un silln, y mientras la ta Eugenia haca crujir la pluma
con su mano seca y nerviosa, empez a coordinar el exordio del discurso
que pensaba dirigirla. Aqulla di a los pocos minutos un gran plumazo
estridente que debi corresponder a su rbrica, y arrancndose vivamente
las gafas, dijo:

--Ya soy tuya, Pepe.

Este baj los ojos al suelo en demanda, sin duda, de inspiracin, se
atus el bigote, tosi ligeramente y al fin dijo con acento solemne:

--Ta, no s si es que Dios me ha tocado en el corazn o es que me voy
cansando de la vida que llevo; pero es lo cierto que de poco tiempo a
esta parte me acuerdo mucho de los consejos que me ha dado muchas veces,
que ando con deseos de formalizar, de romper con estos hbitos poco
dignos que la falta de un padre y, sobre todo, de una madre como usted
me han hecho adquirir. Friso ya en los treinta y me parece hora de
acordarse del nombre que llevo. Debo cumplir con l, y tambin con mi
cualidad de cristiano.... Porque en medio de mis excesos yo no me he
olvidado jams de que pertenezco a una familia catlica y que hoy en
Espaa nuestra clase es la encargada de velar por la religin, dando
buen ejemplo como usted hace.... El medio mejor para favorecer este
cambio que siento en mi corazn es casarme....

No pudo el gallardo joven escoger mejor sus palabras para catequizar a
la ta Eugenia. Tan buena impresin le hicieron, que levantndose del
silln vino a ponerle la mano sobre el hombro, exclamando:

--Cunto me alegro, Pepito! No sabes el placer que me has dado! Y
dices que no sabes si Dios te ha tocado en el corazn! Cmo haba de
realizarse este cambio repentino en tu ser si Dios no lo moviese? Dios
ha sido, hijo mo, Dios ha sido, y un poco tambin la buena sangre que
tienes en las venas.... Tienes escogida ya esposa?

El joven sonri haciendo un signo afirmativo.

--Quin es?

--He pensado en Esperancita Caldern. Qu le parece?

--Perfectamente. Es una nia muy bien educada, muy simptica: adems yo
la quiero como una hija. Ya ves; ha sido siempre la amiga ntima de mi
Paz.... Has tenido una eleccin feliz....

Castro volvi a sonrer maliciosamente y repuso:

--Mire usted, ta, yo bien quisiera casarme con una mujer de nuestra
clase.... Pero usted bien sabe que estoy completamente arruinado.... Las
jvenes de la nobleza, por desgracia, no suelen tener en el da fortuna.
Las que la tienen, no me querrn a m que no puedo ofrecerles ms que lo
que ellas poseen ya, esto es, un nombre. Por eso me he fijado en una que
carezca de l y tenga dinero.

--Est bien pensado. Aunque sea transigiendo un poco, debemos salvar
nuestros nombres de la ignominia.... Pero Esperanza es una nia
excelente. Se ha educado ya entre nosotros. Ser una dama cumplida que
te honrar.

El bizarro joven no abandonaba aquella sonrisa de irona maliciosa.
Guard silencio un instante, y dijo al cabo:

--Sabe usted, ta, qu nombre damos entre nosotros al casarse de este
modo?

--Cmo?

--Tomar estircol.

La marquesa sonri con el borde de los labios; pero ponindose grave en
seguida, replic:

--No; aqu no se puede decir eso, Pepe. Te repito que esa nia merece un
partido brillante. El que va ganando en este asunto eres t.... Sois
novios ya? Hasta ahora no tengo noticia....

--No le he dicho nada an.... S que no le soy antiptico. Nos miramos
con buenos ojos; pero de relaciones, nada. Antes de pedrselas he
querido consultar con usted, la persona ms caracterizada que hoy tengo
dentro de la familia en Madrid.

--Muy bien hecho. Has procedido dignamente. Cuando se trata de contraer
matrimonio, que al fin y al cabo es un sacramento de la Iglesia, hay que
guardar circunspeccin y formalidad. En otros tiempos mejores que stos,
no se realizaba una boda entre nosotros sin escuchar antes la opinin de
los mayores. Te agradezco mucho la confianza que haces de m, y desde
luego puedes contar con mi aprobacin.

--Y con su ayuda puedo contar? Mire usted que temo que surjan algunas
dificultades por parte de su padre.... Es un hombre metalizado....
Francamente, no quisiera sufrir un desaire....

La marquesa qued pensativa algunos instantes.

--Djalo de mi cuenta. Har lo posible por arreglarlo.... Pero es
necesario que me prometas no dar un paso sin consultarme. Es un negocio
diplomtico que hay que llevar con prudencia y habilidad.

--Prometido, ta.

--Sobre todo, con la nia mucho cuidado.... No me la alarmes.

--Har lo que usted me mande.

Pocos momentos despus salan ambos del despacho y entraron en el saln,
donde ya haba algunas personas de fuera. Durante la Cuaresma la
marquesa de Alcudia reciba a sus amigos en las tardes de los viernes,
dedicndose con ellos a la oracin y a las prcticas religiosas. Estaban
all ya la marquesa de Ujo y su hija, siempre con las sayas a media
pierna, el general Patio, Lola Madariaga y su marido, Clementina
Salabert con su dama de compaa Pascuala y otras varias personas, entre
ellas el padre Ortega. Como en realidad a l le correspondan los
honores de la tarde y era el director de la fiesta, todos le rodeaban
formando grupo en medio del saln. Pero todos hablaban en voz ms alta
que l. La palabra del ilustrado escolapio era siempre suave, apagada,
como si jams saliese de la sala de un enfermo. Cuando l hablaba, sin
embargo, establecase el silencio en el grupo, se le escuchaba con
placer y veneracin. La marquesa, al acercarse, le bes la mano
rendidamente y le pregunt con inters por el catarro que haca das
padeca.

--Pero est usted acatarrado, padre?--preguntaron a la vez muchas
seoras.

--Un poquito nada ms--respondi el sacerdote sonriendo dulcemente.

--Un poquito, no; bastante. Ayer no cesaba usted de toser en San
Jos--dijo la marquesa.

Y se puso a dar cuenta de la dolencia del padre con solicitud y
minuciosidad, no omitiendo ningn pormenor que pudiese contribuir a
esclarecer tan importante punto. El clrigo sonrea, con los ojos en el
suelo, diciendo en voz baja:

--No la hagan ustedes caso. La seora marquesa es muy aprensiva. Vern
ustedes cmo resulto en ltimo grado de tisis.

--Padre, hay que cuidarse ... hay que cuidarse.... Usted trabaja
demasiado.... Por el bien mismo de la religin debe usted cuidarse.

Todos se apresuraban a aconsejarle con afectuoso inters. Una seorita
de treinta y siete aos, muy correosa y espiritada, que se confesaba con
l, lleg a decir entre burlas y veras:

--Padre, qu sera de m si usted se muriese!

Lo cual hizo reir a los circunstantes y pareci molestar un poco al
correcto sacerdote. La marquesa quiso prohibirle que pronunciase aquella
tarde la pltica de costumbre; pero l se neg rotundamente a ello.

En esto fueron entrando otras muchas personas en el saln. Llegaron
Mariana Caldern y su hija Esperanza, los condes de Cotorraso, Pepa
Fras y su hija Irene. Esta ltima traa el semblante plido y ojeroso:
como que sala de la cama donde haba estado algunos das retenida por
una afeccin nerviosa. Ya que estuvo poblado, la marquesa les invit a
pasar al oratorio y as lo hicieron. Las seoras se colocaron cerca del
altar, donde todas tenan preparados sendos y lujosos reclinatorios: los
caballeros permanecieron detrs y slo tenan un almohadn de terciopelo
para arrodillarse. Comenz la sesin rezando todos el Rosario detrs del
padre Ortega. Las seoras lo hicieron con una compostura y un
recogimiento que edificaba: las ebrneas manos, donde los diamantes y
esmeraldas lanzaban destellos, cruzadas humildemente; la hermosa cabeza
hundida en el pecho. Estaban irresistibles. Aunque no fuese ms que por
galantera, el Supremo Hacedor estaba obligado a concederles lo que
pedan. No era la menos humilde, la menos bella y edificante, Pepa
Fras. La mantilla negra iba admirablemente a sus cabellos rubios y a su
tez blanca y sonrosada. Lo mismo decimos de Clementina Salabert, que era
ms esbelta, ms delicada de facciones y que no le ceda nada en la
tersura y brillo de la tez. Aquellas actitudes lnguidas y artsticas
que las damas adoptaban, deban de estar destinadas a mover la Voluntad
Divina. Pero como un fin enteramente secundario tambin tenan por
objeto la edificacin de los fieles salvajes que las contemplaban. Y si
por casualidad hubiese entre ellos algn librepensador qu confusin y
vergenza se apoderaran de su nimo al ver que el Seor tena de su
lado a lo ms distinguido y elegante de la _high life_ madrilea!

Terminado el Rosario, dos de las ms espirituales tertulianas subieron a
la pequea tribuna acompaadas de un salvaje bartono y de otro que
tecleaba el piano y cantaron uno de los ms preciosos nmeros del
_Stabat Mater_ de Rosini. Al escucharles todas aquellas almas msticas
sintieron la nostalgia del teatro Real, de la Tosti y de Gayarre. Se
confesaron con dolor que si en el Paraso celeste haba tantos
inteligentes como en el de la plaza de Isabel II, la _pita_ que en aquel
instante estaban dando a sus amiguitos deba de ser monumental. A
seguida del canto vino la pltica o conferencia del padre Ortega.
Acomodse el sabio escolapio en un rico silln de bano y marfil en el
centro de la capilla. Roderonle las seoras sentadas en sillitas y
cojines; acercronse los caballeros formando en segunda fila. Despus de
meditar unos minutos para recoger las ideas, comenz a exponer con voz
suave y palabra lenta y solemne algunas consideraciones acerca de la
familia cristiana. Ya sabemos que el padre Ortega era un sacerdote a la
altura de la civilizacin contempornea. Al hablar de la familia estuvo
profundo y elocuente. Para el padre Ortega lo que constitua la familia
era el respeto y el amor a la tradicin, el respeto y el amor a los
antepasados. "La familia es una tradicin; tradicin de glorias, de
nombres, de honores, de virtudes y de recuerdos; y todo eso significa
una misma cosa; amor, estimacin y respeto a los mayores, es decir, a lo
ms generoso y conservador que hay en la familia". Con este motivo el
conferenciante tron contra la revolucin, contra ese viento que sopla
del infierno para destruir todo lo antiguo y glorificar lo nuevo, contra
ese desprecio brbaro de las costumbres, de las leyes, de las
instituciones, de las glorias de nuestros antepasados. "La revolucin
lleva escrito en su bandera: _desprecio a los mayores_. Cmo no, si las
creencias antiguas, las costumbres antiguas, las instituciones antiguas,
las aristocracias antiguas, a pesar de lo que en ellas, como en todo lo
humano, puede echarse de menos, representan el trabajo de nuestros
antepasados, la inteligencia, la gloria, el alma, la vida y el corazn
de nuestros padres? Y siendo as, cmo la ciencia revolucionaria que
lanza sobre todas las cosas antiguas sus estpidos desdenes, no haba de
lanzar tambin sobre los antepasados sus groseros desprecios?" Un
principio de disolucin de la familia es el ataque que se dirige por las
escuelas revolucionarias a la propiedad. Esta agresin no slo es un
atentado directo contra la sociedad, sino que es un atentado todava ms
directo contra la familia. "La propiedad, la herencia y el patrimonio,
qu son sino el culto de los antepasados y el amor a los hijos? La
propiedad es el presente, el pasado y el porvenir de la familia; es el
lugar donde crece y se dilata en el tiempo; es el suelo que aseguraron
los abuelos que se van, puesto hoy bajo las plantas de la posteridad que
se eleva bendicindolos".

Cerca de una hora estuvo el sabio escolapio asentando sobre slidas
bases la existencia de la familia cristiana. Estas bases no eran otras
que la religin, la propiedad y la tradicin. Hablaba con autoridad, en
un tono sencillo y persuasivo, con palabra atildada y correcta. El
auditorio le escuchaba atento, sumiso, convencido de que era el Espritu
Santo quien por boca del venerable sacerdote les ordenaba tener mucho
cuidado con la tradicin, con la religin, y sobre todo con la
propiedad. Este sublime pensamiento les edificaba de tal modo, que el
conde de Cotorraso y algunos otros grandes propietarios que all haba,
se sentan unidos eternamente al Ser Supremo por el vnculo sagrado de
la propiedad territorial y se prometan combatir por ella heroicamente y
oponerse en el Senado a toda ley que directa o indirectamente atentara a
su integridad.

Al terminar el escolapio se le cumpliment con sonrisas y reprimidas
exclamaciones de entusiasmo. Todos hablaban en voz de falsete respetando
el sagrado del recinto. La seorita correosa que haba preguntado antes
qu sera de ella si el padre Ortega le faltase, corri a tomarle la
mano y se la bes repetidas veces con arrebato que hizo cambiar algunas
miradas de burla a los circunstantes. El padre se la retir bruscamente
con visible desagrado. Y otra vez subieron a la tribuna varias damas y
caballeros, y _ejecutaron_, en toda la extensin de la palabra, algunas
melodas religiosas de Gounod.

Al fin salieron del oratorio todas aquellas almas beatas y se dirigieron
al saln.

La marquesa de Alcudia, cuya voluntad no poda estar jams en reposo, se
dispuso a cumplir lo que haba prometido a su sobrino. Este la vi
llamar aparte a Mariana y salir con ella. Al cabo de un rato ambas
volvieron. Castro comprendi que se haba hablado de l, en la mirada
tmida y afectuosa que la esposa de Caldern le dirigi al entrar. Luego
observ que la marquesa se retiraba hacia un rincn con el padre Ortega
y hablaban reservadamente. Sospech que tambin l estaba sobre el
tapete. El sacerdote le dirigi dos o tres miradas con sus ojos vagos de
miope. No se haba acercado a Esperancita en todo el tiempo, pero de
lejos se miraban y se sonrean. La nia pareca sorprendida de aquella
actitud reservada. Pepe la haba festejado bastante en los ltimos das.
Comenz a inquietarse. Al fin, ella misma vino hacia l.

--No ha estado usted anoche en el Real. Guarda usted la Cuaresma?

--Oh, no!--dijo riendo el joven--. Es que me dola un poco la cabeza y
me acost temprano.

--Claro! qu haba de suceder? Por la tarde montaba usted un caballo
que no cesaba de saltar. Hubo un momento en que pens que le tiraba.

Castro sonri lleno de condescendencia. La nia se apresur a decir:

--Ya s que es usted un gran jinete; pero de todos modos, siempre puede
suceder una desgracia.

--Qu hubiera usted hecho si me hubiese tirado?--pregunt l mirndola
a los ojos fijamente.

--Qu s yo!--exclam la nia alzando los hombros y ruborizndose.

--Dara usted un grito?--insisti sin dejar de mirarla.

--Vaya unas preguntas extraas que usted hace!--dijo Esperancita ms
ruborizada cada vez--. Lo dara quiz ... o no lo dara....

En aquel momento se acerc la marquesa de Alcudia llamndola.

--Esperanza, tengo que decirte una cosa....

Y al pasar junto a su sobrino, murmur muy bajo:

--Prudencia, Pepe! Esos apartes no estn en el programa.

Al verlas alejarse y salir de la estancia, otro hombre menos superior
sentira alguna inquietud, cierto anhelo por saber lo que iba a pasar en
aquella conferencia memorable. Pero nuestro joven estaba tan por encima
del vulgo en estas y otras materias, que se puso a bromear con las damas
con la misma tranquilidad que si Esperancita y la marquesa se hubiesen
ido a hablar de modas. Cuando al cabo de un rato tornaron a entrar, la
nia de Caldern tena la carita encendida, los ojos brillantes, con una
expresin sumisa y dichosa a la vez, que si no temiramos cometer una
profanacin en viernes de Cuaresma, compararamos a la de la Virgen
Mara cuando el ngel Gabriel le anunci que concebira del Espritu
Santo.

Continu la reunin con un carcter semirreligioso. Aquellos espritus
ascticos no podan olvidarse de que era un da consagrado por las
penitencias de Jess en el desierto. En su consecuencia, las nias que
se acercaron al piano abstuvironse de cantar el vals de _La Buja
Elegante_. Sus gargantas piadosas no modularon ms que el _Ave Mara_ de
Schubert, la de Gounod y otras piezas donde se exhala el amor divino. Se
hablaba y se rea con discrecin, bajando el tono. Si algn pollo se
desmandaba un poco de palabra, las damas le llamaban al orden
recordndole que en viernes de Cuaresma no se debe aludir a ciertas
cosillas prohibidas. El espritu de Dios estaba en la asamblea, a juzgar
por la gran conformidad, por la dulce serenidad con que todos se
resignaban a vivir en este valle de lgrimas. Una sonrisa feliz vagaba
por los labios de ellas y ellos. Entre cnticos melodiosos, entre amenas
plticas y bromas delicadas se pas la tarde. Los revisteros podan
decir, sin faltar a la verdad al da siguiente, que los "viernes del
Supremo Hacedor" eran deliciosos, y que la marquesa de Alcudia haca los
honores en su nombre con exquisita amabilidad.

Al cabo, la piadosa reunin se dispers. Todas aquellas almas
bienaventuradas y temerosas de Dios salieron del palacio de Alcudia y se
dirigieron a sus moradas, donde les aguardaba la sopa de tortuga
humeante, el salmn con salsa mayonesa, las ricas ensaladas de col de
Bruselas y las apetitosas _bouches de crevettes_. La oracin de
quietud, aquellas horas de unin contemplativa con la Divinidad, les
haba abierto de par en par el apetito. No hay nada que vigorice el
estmago como la conviccin de tener de su parte al Omnipotente y la
esperanza fundada de que ms all de esta vida, si hay fuego y
tormentos eternos para los pelagatos y descamisados que se atreven a
discutirle, para las familias cristianas, esto es, para las que tienen
religin y propiedad y antepasados, no puede haber ms que bienandanza,
una eternidad de salmn con mayonesa y de _crevettes a la parisienne_.




XIII

#Viaje a Riosa.#


El duque de Requena haba dado la ltima sacudida al rbol. La naranja
cay en sus manos dorada y apetitosa. En un momento dado sus agentes de
Pars, Londres y Madrid adquirieron ms de la mitad de las acciones de
Riosa. La gerencia vino pues a sus manos, o, lo que es igual, la mina.
Algunos haban sospechado ya el juego; se resistan a vender, sobre todo
en Madrid, donde el carcter del banquero era conocido. A no apresurarse
a dar el golpe decisivo, seguramente las acciones hubieran subido. Llera
olfate el peligro y di la seal de avance. Qu da ms feliz para el
asturiano aquel en que se recibieron los telegramas de Pars y Londres!
Su cara angulosa resplandeca como la de un general que acaba de ganar
una batalla. Sus largas, descomunales extremidades se movan como las
aspas de un molino, al dar cuenta del suceso a los hombres de negocios
que haba acudido a casa del duque en demanda de noticias. Fluan
sonoras, homricas carcajadas de su pecho levantado de esternn como el
de un pollo: abrazaba a los amigos hasta asfixiarlos, y cuando el duque
le diriga alguna pregunta respondale con cierto desdn desde la altura
de su gloria. Y sin embargo, en aquel colosal negocio, l no llevaba ni
un medio por ciento. Ni una sola peseta de tantos millones de ellas como
iban a salir por la boca de la mina, vendra a caer en sus manos. Pero
qu importa! Sus clculos se realizaban, aquella intriga seguida con
sigilo, con perseverancia, con maravillosa actividad y talento lleg al
desenlace apetecido. Su alegra era la del artista que triunfa,
comparados con la cual todos los goces srdidos de la tierra no valen un
comino.

Los del duque no fueron todos de esta especie. Tambin su vanidad se
sinti halagada por aquel ruidoso triunfo. Pensaba sinceramente que
haba llevado a cabo una empresa maravillosa digna de ser esculpida en
mrmoles y cantada por los poetas. Lo que en pura verdad no pasaba de
una estafa consentida por las leyes, por una extraa aberracin del
sentido moral se transformaba en gloriosa manifestacin de la
inteligencia, no slo a sus propios ojos, sino a los de la sociedad.
Para festejar el xito y tambin para enterarse por s mismo de las
reformas que deban llevarse a cabo a fin de que la mina produjese lo
que tena pensado, proyect una excursin con los ingenieros y algunas
personas de su intimidad. Al principio no pens en llevar consigo ms de
ocho o diez. Poco a poco se fu ampliando el nmero, de suerte que al
llegar el da de la marcha pasaban de cincuenta los convidados. Este
aumento era debido principalmente a la iniciativa de Clementina, a quien
sedujo la idea de aquel viaje. Lo que en el pensamiento del duque haba
sido una excursioncita modesta, familiar, en el de su encopetada hija
adquiri el carcter de un acontecimiento pblico, un viaje resonante y
ostentoso que preocup algunos das a la sociedad elegante.

Salabert hizo poner un tren especial para sus convidados. Unos das
antes haba mandado los criados y las provisiones. Todo deba estar
preparado para recibirles dignamente. Corra el mes de mayo. Empezaba a
sentirse el calor. A las nueve de la maana se vea en las inmediaciones
de la estacin de las Delicias una multitud de carruajes de lujo, de los
cuales salieron las damas y los caballeros ataviados segn las
circunstancias; ellas con vistosos trajes de fantasa para las
excursiones campestres, ligeros y claros; ellos de americana y hongo,
pero imprimiendo en este sencillsimo traje el sello de su capricho,
procurando, como es justo, apartarse de los hongos y americanas
conocidos hasta el da. Quin llevaba un terno de franela blanca como el
ampo de la nieve con guantes y sombrero negros; quin lo luca de color
de lagarto con un sombrerito azul de alas microscpicas; quin, por fin,
haba credo oportuno vestirse de _tricot_ negro con guantes, botines y
sombrero blancos. Muchos llevaban colgados de los hombros por correas
charoladas magnficos gemelos para que no se les escapasen los mnimos
detalles del paisaje. Y abundaban asimismo los bastones alpestres como
si marchasen a alguna expedicin peligrosa al travs de las montaas.

El tren especial constaba de dos coches-saln, un _sleeping-car_ y un
furgn. Con la algazara que el caso requera se fu acomodando en los
primeros aquella crema delicada de la salvajera madrilea. Predominaban
los hombres. Las damas se haban retrado por no hallar suficiente grata
la perspectiva de visitar una mina. Pero an haba bastantes para
amenizar la excursin, y entorpecerla tambin. Estaban all las que de
algn modo por sus padres o maridos se relacionaban con el negocio, como
la esposa y la hija de Caldern, la chica de Urreta, la seora de Biggs,
Clementina Salabert y otras. Al lado de stas algunas que por amistad
ntima con ellas se haban decidido a acompaarlas, como Pacita y
Mercedes Alcudia, cuya amistad con Esperancita era notoria. Estaban
tambin aquellas que no podan faltar dondequiera que hubiese holgorio,
verbigracia: Pepa Fras, Lola Madariaga, etc. Haba hombres de negocios,
personajes polticos, ttulos rancios y nuevos. Al montar en el tren
poda observarse la solicitud servil de los empleados de la estacin, la
extrema turbacin que en aquel recinto producan los poderosos de la
tierra.

Al fin, el ms poderoso de todos, el egregio duque de Requena sac el
pauelo y lo agit en la ventanilla. Son un pito, respondi la mquina
con prolongado y fragoroso ronquido, y resoplando y bufando, el tren
comenz a mover sus anillos metlicos y a arrastrarse lentamente
alejndose de la estacin. Los convidados, desde las ventanillas,
saludaban con los pauelos a los que haban ido a despedirles. Gran
agitacin y algazara en los coches, apenas se encontraron corriendo por
los campos yermos de la provincia de Madrid. Todo el mundo hablaba en
voz alta y rea: esto y el ruido del tren haca que apenas se
entendieran. Poco a poco se fu operando, sin embargo, en aquella
asamblea el fenmeno qumico de la afinidad electiva. El duque se vi
rodeado, en una berlina o mirador que haba en la trasera del coche, de
varios personajes de la banca y la poltica. Clementina, Pepa Fras,
Lola Madariaga y otras damas formaban grupo conversando con los
aficionados a la charla desenvuelta y picante, Pinedo, Fuentes,
Caldern. Las nias y los pollastres se decan mil frases espirituales
que les regocijaba hasta un grado indecible. Una de las cosas que ms
alegra les caus fu la aparicin de Cobo Ramrez en la ventanilla con
la gorra galoneada de un empleado exigindoles el billete. Cobo estaba
en el otro saln y haba venido por el estribo, arriesgndose un poco,
pues el tren llevaba extraordinaria velocidad. Se le acogi con
aplausos. Las chicas enviaron recaditos a sus vecinas las del otro
coche. Los pollos escribieron cartas de declaracin. De todo se encarg
el primognito de Casa-Ramrez, quien iba y vena de un coche a otro con
gran firmeza a pesar de su obesidad. Esto les divirti un rato. Los
billetes amorosos escritos con lpiz se lean en voz alta y provocaban
los aplausos y la risa.

Raimundo charlaba con el mejicano de las vacas y con Osorio. Este haba
llegado a mirarle con cierta benevolencia. De los amantes de su mujer
era el que haba hallado ms simptico y ms inocente. Aunque nio en la
apariencia, observaba que era inteligente, instrudo, cualidades que
hasta entre salvajes concede cierto prestigio a la persona. Nuestro
joven haba concludo por adaptarse bastante bien al medio en que haca
tiempo viva. No slo en su traje podan observarse los refinamientos de
la moda secundada por la propia fantasa, sino que en su trato y en sus
modales se iba operando un cambio visible. En sus relaciones con
Clementina continuaba siendo el nio tmido, el mismo esclavo sumiso que
viva pendiente de un gesto o una mirada de su dueo. El amor echaba en
su corazn cada vez ms hondas races. Pero en el comercio social se
haba ido atemperando a lo que en torno suyo vea. Hizo lo posible por
reprimir los mpetus de su naturaleza expansiva y afectuosa: adopt un
continente grave, impasible, ligeramente desdeoso: procur burlarse de
cuanto se deca en su presencia, como no tocase a los usos y fueros de
la salvajera: adquiri un cierto tonillo irnico, semejante al de sus
compaeros de club. Y sobre todo se guard muy bien de emitir ninguna
idea cientfica o filosfica, pues por experiencia saba que esto era lo
que no se perdonaba en aquella sociedad. Hasta procur refrenarse cuando
alguno de aquellos jvenes le inspiraba ms simpata y afecto que los
otros. El cario es en s ridculo y precisa guardarlo en el fondo del
corazn. De otra suerte se expona a que el mismo objeto de sus
expansiones cariosas le respondiese con alguna cuchufleta como le
sucedi ms de una vez. Gracias a estas diligencias y a tal aprendizaje
que fu para l rudo, logr que se le respetase algo ms, que se le
mirase como hombre _chic_, suprema felicidad a que no es fcil llegar en
esta msera existencia planetaria.

Cuando Cobo hubo realizado varios de aquellos viajes de un coche a otro,
que no dejaban de ser peligrosos por la velocidad del tren, Lola
Madariaga, fijando una mirada burlona, primero en Clementina, luego en
Alczar, dijo a ste:

--Alczar, se atreve usted a ir a pedir a la condesa de Cotorraso su
frasco de sales? Me siento un poco mareada.

Raimundo era, como ya sabemos, un chico dbil, que no haba tenido la
educacin gimnstica de los jvenes aristcratas, sus amigos. Aquel
viajecito por el estribo, con la marcha rapidsima del tren, que para
ellos era cosa balad, para l, que senta vrtigos al atravesar un
puente o subir a una torre, era realmente peligrossimo. As lo
comprendi y vacil un instante, pero la honrilla le hizo responder:

--Voy al momento, seora.

Y se dispuso a dar cumplimiento al encargo. Pero Clementina, que haba
fruncido el entrecejo al oir la exigencia de su amiga, le detuvo
exclamando con energa:

--No vaya usted, Alczar! Ya se lo encargaremos a Cobo cuando vuelva.

El joven vacil todava con la mano en la portezuela; pero Clementina
repiti an con ms fuerza, y ruborizndose:

--No vaya usted. No vaya usted.

Raimundo manifest sonriendo a Lola:

--Perdone usted, seora. Hoy no puedo ser lacayo sino de Clementina.
Otro da tendr el honor de serlo de usted.

Ni la carcajada de Lola, ni la sonrisa burlona de las otras damas
consiguieron extinguir la emocin gratsima que el vivo inters de su
amada le hizo experimentar.

Ramoncito Maldonado se hallaba en el otro coche acompaando a
Esperancita, a su madre y a otras damas y damiselas a quienes tena el
decidido propsito de encantar con su pltica. Les contaba, esforzndose
en dar a su palabra un giro parlamentario, ciertos curiosos incidentes
de las ltimas sesiones del Ayuntamiento. Manejaba ya perfectamente
todos los lugares comunes de la oratoria municipal y conoca hasta lo
ms profundo el tecnicismo reglamentario. Hablaba de _orden del da,
votos de confianza, particulares, nominales, secretos, proposiciones
incidentales, previas, y de no ha lugar a deliberar, interpelaciones,
preguntas_, etc., etc., como si fuese el inventor de este aparato
maravilloso del ingenio humano. Conoca ya las Ordenanzas municipales
como si las hubiese parido. Trataba las cuestiones de aforos, rasantes,
alcantarillado, decomisos, etc., etc., que daba gloria oirle.
Finalmente, como hombre desmedidamente ambicioso que era, se haba
metido en una conjuracin contra el alcalde, de la cual pensaba sacar su
nombramiento de individuo de la comisin de paseos pblicos. Haca ya
tiempo que sostena una lucha sorda, pero terrible, con Prez, otro
concejal no menos ambicioso, para obtener este puesto, en el cual sus
grandes dotes de innovador podran brillar esplndidamente. El Retiro,
Recoletos, la Castellana, el Campo del Moro esperaban un redentor que
les diese nueva y deslumbrante vida, y este redentor no poda ser otro
que Maldonado. En el fondo de su cerebro, entre otros mil proyectos
portentosos, haba uno audacsimo que no se atreva a comunicar a nadie,
pero que incubaba con particular cario, resuelto a luchar por l hasta
el fin de sus das. Este proyecto era nada menos que el de trasladar la
fuente de Apolo del Prado al centro de la Puerta del Sol. Y que un
mercachifle indigno como Prez, de criterio estrecho, sin gusto y sin
esttica, se atreviese a disputarle el puesto!

Cuando ms embebido estaba, dando cuenta de la habilsima intriga que
haban urdido para dar un voto de censura al alcalde, Cobo su eterno
estripacuentos! acercse al grupo, y despus de escuchar un momento, le
ataj diciendo:

--Vaya, Ramn, no te des tono. Ya sabemos que en el Ayuntamiento no
representas nada. Gonzlez te lleva por las narices adonde le da la
gana.

Fu aqul un golpe rudo para Maldonado. Considrese que estaba delante
de Esperancita y de otra porcin de seoras y seoritas. Tan rudo fu
que le aturdi como si le hubiesen dado en la frente con una maza. Se
puso lvido, sus labios temblaron antes de poder articular una palabra.
Por fin, dijo con voz alterada:

--A m Gonzlez?... Por las narices? Ests loco!... A m no me lleva
nadie por las narices ... y mucho menos Gonzlez.

Pronunci las ltimas palabras con afectado desprecio. Neg a Gonzlez
por la misma razn que San Pedro neg a su Maestro, por el pcaro
orgullo. La conciencia le deca que faltaba a la verdad, aunque no
cantase el gallo. Gonzlez era el _leader_ de la minora municipal, y
Ramoncito le tena en el fondo del alma una gran veneracin.

--Anda, anda! si querrs negarme que Gonzlez te maneja como un
maniqu! Estarais buenos los disidentes si no fuese por l!

Ramoncito recobr sbito el uso de la palabra, y tan plenamente que
pronunci ms de mil en pocos minutos, con mpetu feroz, soltando
espumarajos de clera. Rechaz como deba aquella absurda especie del
maniqu y explic cumplidamente la significacin que Gonzlez tena
dentro del municipio y la posicin que l mismo ocupaba. Pero lo hizo
con tal exaltacin y ademanes tan descompuestos que las damas le
contemplaban sorprendidas y risueas.

--Pero este Ramoncito qu genio tiene!... Quin lo dira!... Vamos,
Cobo, no le maree usted ms, que puede ponerse malo.

La compasin de las seoras le lleg al alma al enfurecido concejal.
Callse de pronto, y crujiendo los dientes de un modo lamentable, se
encerr lo menos por una hora en un silencio digno y temeroso.

En una estacin secundaria, en medio de campos yermos y dilatados que
formaban, como el mar, horizonte, se detuvo el tren para que los
viajeros pudiesen almorzar. Los criados del duque, enviados delante, lo
tenan todo preparado a este fin. Ramoncito se convirti en caballero
_servant_ de Esperancita. Esta se dejaba obsequiar con semblante
benvolo, lo cual le tena medio loco de alegra. La razn de esta
condescendencia era que Pepe Castro no haba venido por mandato expreso
de su ta la marquesa de Alcudia. Las negociaciones matrimoniales,
llevadas con gran sigilo, exigan cada vez ms prudencia. Como Maldonado
era tan ntimo amigo del dueo de su corazn, Esperancita senta cierto
deleite tenindole a su lado. Al mismo tiempo evitaba que le fuesen
llevando cuentos sobre si hablaba con el conde de Agreda o con Cobo.
Pobre Ramn! Cun ajeno estaba de estas complicadas psicologas!

Montaron de nuevo en el tren. Siguieron caminando al travs de llanuras
interminables, amarillentas, sin que a ninguno se le ocurriese enderezar
hacia el paisaje los magnficos gemelos ingleses. Y llegaron a Riosa
poco antes del oscurecer. Las minas de Riosa estn situadas en el centro
de dos cumbres poco elevadas, estribaciones de una famosa sierra.
Rodanlas por todas partes terrenos speros, lomas y colinas de escasa
elevacin, donde abundan, no obstante, las quebraduras y asperezas que
le dan aspecto triste y siniestro. Entre aquellas dos cumbres hay una
villa edificada desde la ms remota antigedad. Nuestros viajeros no
llegaron a ella. Detuvironse dos kilmetros ms atrs, en un burgo
denominado Villalegre, donde los ingenieros y empleados haban situado
su domicilio para sustraerse a las emanaciones mercuriales y sulfurosas
que envenenan lentamente, no slo a los mineros, sino a los vecinos de
Riosa. Se hallaba separado de sta por una colina y ofrece, con la villa
de las minas, notable contraste. Riega sus terrenos un riachuelo y lo
fecunda y lo convierte en ameno jardn, donde crecen en abundancia los
lirios silvestres, el jazmn y el heliotropo y sobre todo las rosas de
Alejandra, que han tomado all carta de naturaleza como en ninguna otra
regin de Espaa. Los aromas penetrantes del tomillo y del hinojo
embalsaman y purifican el ambiente. Lo mejor y ms florido de estos
terrenos perteneca a la Compaa. Separada de la aldea como unos
trescientos pasos y en el centro de un parque se levanta soberbia
fbrica de piedra. Es la habitacin del director y el centro
administrativo de las minas. No lejos, diseminados a uno y otro lado,
hay unos cuantos pabelloncitos con su jardn enverjado. Moran all
algunos empleados de la administracin y algunos facultativos, aunque
los ms de stos tienen su domicilio en Riosa.

Villalegre no tiene estacin. El tren se detuvo cerca de la carretera
que va a la capital de la provincia. All les esperaban algunos coches
que los condujeron en diez minutos al palacio de la Direccin. A la
puerta del parque y en las inmediaciones haba una muchedumbre que
salud a la comitiva con vivas apagados. Eran los obreros, los que no
estaban de tarea, a quienes el director haba hecho venir desde Riosa
con tal objeto. Todos ellos tenan la tez plida, terrosa, los ojos
mortecinos: en sus movimientos poda observarse, aun sin aproximarse
mucho, cierta indecisin que de cerca se converta en temblor. La
brillante comitiva lleg a tocar aquella legin de fantasmas (porque
tales parecan a la luz moribunda de la tarde). Los ojos de las hermosas
y de los elegantes se encontraron con los de los mineros, y si hemos de
ser verdicos, diremos que de aquel choque no brot una chispa de
simpata. Detrs de la sonrisa forzada y triste de los trabajadores, un
hombre observador poda leer bien claro la hostilidad. El cortejo de
Salabert atraves en silencio por medio de ellos, con visible malestar,
los rostros serios, y con cierta expresin de temor. Las damas se
apretaron instintivamente contra los caballeros. Al entrar en el parque
murmuraron algunas: "Dios mo, qu caras!" Ellos respiraron con
satisfaccin al verse libres de aquellas miradas profundas y
misteriosas. Slo Rafael Alcntara se atrevi a responder con una
chanzoneta:

--Verdad. El pueblo soberano no anda por aqu muy bien de fisonoma.

El director present a Salabert los empleados. Los facultativos eran
casi todos extranjeros, tipos rubios y sonrosados que nada ofrecan de
particular. Menos an los administrativos. El nico que llamaba un poco
la atencin entre ellos era un joven delgado y plido, con fino bigote
negro, cuyos ojos negros y duros se fijaban con tal decisin en los
convidados que rayaba en insolencia. Sin saber por qu, los que
cambiaban con l una mirada se sentan molestos y separaban prontamente
la vista. El director lo present como el mdico de las minas.

Los invitados tenan sus habitaciones preparadas, unos en el edificio de
la direccin (los de ms cuenta, por lo que pudo verse), otros en los
pabelloncitos adyacentes. Cuando hubieron reposado un instante, todos se
trasladaron al gran saln del director, y desde all, en procesin
solemne, las damas cogidas del brazo de los caballeros, a la vasta sala
de oficinas que se haba habilitado para comedor. Fu una comida
esplndida la que el duque les ofreci. No se ech menos ninguno de los
refinamientos de los comedores aristocrticos, ni en el lujo de la
vajilla, ni en el aderezo de los platos, ni en la correccin del
servicio. Mientras coman, el vasto parque se ilumin a la veneciana. Al
levantarse de la mesa todos corrieron a admirar desde los balcones el
golpe de vista, que era magnfico, deslumbrador. Una orquesta, oculta en
uno de los grandes cenadores, tocaba con bro aires nacionales. Lo mismo
damas que caballeros, empujados por el calor que era sofocante, atrados
tambin por la belleza del espectculo, salieron de casa y se
diseminaron por los jardines. Los pollos consiguieron llevar a algunas
muchachas hasta las inmediaciones del cenador, donde estaba la orquesta,
y se pusieron a bailar. Cobo Ramrez, acercndose al grupo, les grit:

--Sabis lo que pareceis, chicos? Viajantes de comercio en el soto de
_Migascalientes_.

Este parecido debi de llegarles a lo ms vivo del alma. El baile perdi
su encanto para aquellos jvenes ilustres, y no tard en extinguirse.
Pero como la inspiracin de Terpscore arda en sus corazones, tomaron
el acuerdo de trasladarse al saln y all continuaron rindindole culto,
libre la conciencia de aquel horrible peso que Cobo les haba echado.

La fiesta nocturna no dej de ser grata. Hubo muy lindos fuegos de
artificio trados de Madrid. Las damas y los caballeros discurran por
los caminos enarenados aspirando con delicia el fresco de la noche,
embalsamado por los aromas de las flores. Slo haba un punto negro en
aquella deliciosa velada. Al aproximarse a la verja vislumbraban a la
muchedumbre de obreros, mujeres y nios que haban acudido de Riosa al
ruido de la fiesta. Eran los mismos rostros plidos, los ojos tristes,
sonrer, que les haban saeteado al entrar. As que, procuraban no
llegar hasta las lindes, mantenerse en los caminos y glorietas del
centro. Slo Lola Madariaga, que se enorgulleca de ser muy caritativa y
era presidenta, secretaria y tesorera de tres sociedades de
beneficencia, respectivamente, fu la nica que se aventur a hablar con
ellos y aun esparci algunas monedas de plata. Pero de la oscuridad
partieron al cabo frases obscenas, algunos insultos que la obligaron a
retirarse. El conde de Cotorraso mont en clera al saberlo:

--Y piden libertades y derechos para estos bedunos! Que los hagan
honrados, agradecidos, decentes ... y luego hablaremos.

Por la misma ley de afinidad electiva de que hemos hablado ms arriba,
Raimundo se encontr paseando con un personaje que se despegaba un poco
del resto de aquella sociedad. Era un caballero de cincuenta a sesenta
aos, bajo, delgado, con bigote y perilla canosos, ojos saltones y
distrados, resguardados por gafas. Llambase D. Juan Pealver. Era
catedrtico de Filosofa en la Universidad y haba sido ministro. Gozaba
fama de sabio, con justicia, y de una respetabilidad que pocos haban
alcanzado en Espaa. Por esta razn los jvenes salvajes le miraban con
hostilidad y afectaban tratarle con cierta familiaridad desdeosa. Es
evidente que no hay nada que moleste tanto a los salvajes como la
Filosofa. Luego la superioridad intelectual, la gloria que rodeaba a
Pealver hera su orgullo. El no adverta este desdn. Tena un carcter
jovial, afectuoso, y sobre todo muy distrado. Era incapaz de fijarse en
los diversos matices del trato social, que apenas cultivaba desde que
se haba retirado de la poltica para consagrarse exclusivamente a la
ciencia. Haba formado parte de aquella excursin por complacer a su
cuado Escosura, que posea un nmero considerable de acciones en la
mina. Ultimamente se haba consagrado con ardor al estudio de las
ciencias naturales, de donde partan los tiros ms certeros contra la
metafsica idealista a que l haba consagrado su vida. Al tropezarse
casualmente con un joven tan entendido en ellas como Raimundo, sinti un
verdadero placer. Aquella sociedad le aburra espantosamente. Tomle del
brazo, y sin reparar en si le molestaba o no, se puso a charlar
animadamente de Fisiologa.

Raimundo se hallaba en un momento de tristeza y desmayo. Haca tiempo
que observaba que Escosura tena proyectos amorosos respecto a
Clementina. La festejaba con todo descaro donde quiera que la vea,
afectando desconocer sus relaciones, sin reparar siquiera en l. Este
Escosura era fsica y moralmente lo contrario de su cuado Pealver.
Alto y corpulento, de pecho levantado y facciones pronunciadas, rico,
hombre de cuenta en la poltica, orador fogoso, de una voz tan sonora y
descomunal que, segn sus enemigos, a ella deba la mayor parte de sus
xitos parlamentarios. Tendra unos cuarenta aos. No haba sido an
ministro, pero se contaba que lo fuese en plazo muy breve. Clementina
haba rechazado repetidas veces sus instancias. Raimundo lo saba y
estaba orgulloso de este triunfo. Sin embargo, no poda arrancar de s
cierta inquietud cada vez que le vea hablando con ella como en este
momento. Estaban sentados, en una de las glorietas con otras varias
personas y charlaban animadamente aparte. Cada vez que pasaba por
delante de ellos con Pealver, su corazn se encoga: apenas entenda ni
escuchaba siquiera las sabias disquisiciones que su ilustre compaero le
iba vertiendo en el odo. Clementina comprendi por sus miradas
angustiosas lo que estaba sufriendo, y despus de aguardar malignamente
un rato (que en esto todas son iguales), se levant al cabo y vino hacia
ellos sonriente:

--Qu conspiran los sabios?

--Hgamelo usted bueno--respondi con sonrisa modesta el joven--. Aqu
no hay ms sabio que el seor.

--Pues el seor se va a poner ctedra a la condesa de Cotorraso, que
desea hablar con l, y usted se viene conmigo a ver una catedral gtica
que el pirotcnico va a quemar ahora mismo--dijo colgndose con
desenfado del brazo de su amante.

Alczar se sinti feliz. No quiso informarla de la pena que haba
sentido hacia un momento, porque otras veces que lo hizo padeci
doblemente: Clementina le responda en un tono ligero y burln que le
hera en lo vivo del pecho. Contemplaron la maravillosa catedral de
fuego hasta que se extingui. La dulce presin del brazo de la hermosa,
aquel suave perfume, siempre el mismo, que exhalaba de su gentil
persona, enajenaban al joven entomlogo, ya predispuesto a enternecerse
por la prueba de cario que su amada acababa de darle. Esta, que le
conoca perfectamente, al sentir que le oprima con ms fuerza el
brazo, le mir a la cara con fijeza, segura de encontrar lgrimas en sus
ojos. En efecto, Raimundo lloraba silenciosamente. Al verse sorprendido
sonri avergonzado.

Siempre tan chiquillo!--exclam ella riendo y dndole un carioso
tironcito--. Razn tiene Pepa en decir que pareces una colegiala del
Sagrado Corazn. Vamos a pasear, que pueden fijarse en ti.

Dieron una vuelta por las calles ms solitarias del jardn. Desde uno de
los rincones se vea un trozo de paisaje bastante singular. La luna
iluminaba de lleno la crestera de la colina ms prxima, la que
separaba a Villalegre de Riosa y la haca aparecer como las ruinas de un
castillo. Clementina quiso cerciorarse de la verdad. Salieron por una de
las puertas de atrs, despejadas de gente, y se aproximaron lentamente a
la colina. Esta en la cumbre se hallaba desnuda de vegetacin, erizada
en cambio de pedruscos de formas caprichosas que le daban aspecto de un
montn de ruinas. Necesitbase estar muy cerca de ella para no
equivocarse. Cuando la dama hubo satisfecho su capricho, dieron la
vuelta al parque para entrar por la puerta contraria. Por aquella parte
ya se vean algunos grupos de personas. Antes de llegar a la verja, en
un rincn del camino oscurecido por la sombra de algunos rboles, los
pies de Clementina tropezaron con un objeto que por poco la hace caer.
Di un grito: se le figur que el obstculo era el de un cuerpo humano.
Raimundo sac un fsforo, y en efecto, reconocieron que era un chico de
diez a doce aos el que all estaba tirado. Pusironle en pie. El
muchacho abri los ojos y les mir con espanto. Luego, como por sbita
inspiracin, se apoder del bastn que Alczar traa en la mano y
comenz a moverlo cadenciosamente a un lado y a otro como si desempease
una tarea difcil. Clementina y su amante le contemplaban llenos de
asombro sin poder darse cuenta de lo que aquello significaba. Algunos
obreros se acercaron. Uno solt la carcajada exclamando:

--Si es uno de los chicos de la bomba! Dale, dale, nio, que est
duro!

Los otros tambin soltaron a reir brutalmente y comenzaron a animar al
pobrecito sonmbulo.

--Duro, duro!... Anda con ello!... Ms fuerte, chico, que no sube el
agua!

El desdichado nio, con las voces, redoblaba sus esfuerzos imaginarios
movindose cada vez con mayor velocidad. Era una criatura enteca, de
rostro plido: con el sueo estaba desencajado. Sus cabellos negros
revueltos, erizados, le daban aspecto de aparecido. La alegra salvaje
de los obreros ante aquel cuadro lastimoso produjo penosa impresin en
Raimundo. Cogi al nio entre los brazos, lo sacudi un poco hasta que
logr hacerle despertar, le bes en la frente con afecto, y sacando un
duro del bolsillo se lo entreg, alejndose despus con Clementina. Ces
la algazara de los obreros. Uno dijo con tonillo de envidia:

--Anda, que hoy poco trabajo te ha costado ganarte el jornal!

A la una de la noche los convidados de Salabert se retiraron a
descansar. Estaba en el programa que a las nueve de la maana se
reuniesen todos en el saln para ir desde all a visitar los trabajos y
la mina. Y se cumpli, no estrictamente, porque en Espaa esto no puede
suceder, pero s con una hora de diferencia. A las diez sali la
comitiva, bastante mermada por supuesto, en coche para Riosa. Aperonse
a la entrada de la villa y la atravesaron por el medio, produciendo,
como es consiguiente, no poca turbacin en ella. Las mujeres salan a
las puertas y ventanas contemplando con ansia y curiosidad aquel
brillante cortejo de damas y caballeros ataviados con trajes que no
haban visto en su vida. Lo mismo que sus esposos, hijos y hermanos, el
color de aquellas mujeres era plido, enfermizo, sus facciones menudas,
su mirada lnguida, sus manos y sus pies pequeos. Al pasar vieron
tambin algunos hombres atacados de fuerte temblor.

--Qu es eso? Por qu tiemblan as esos hombres?--pregunt asustada
Esperancita.

--Son _modorros_--le respondi un empleado.

--Y qu son modorros?

--Los que enferman por trabajar en la mina.

--Y enferman muchos?

Todos--dijo el mdico que haba odo la pregunta--. El temblor mercurial
ataca a cuantos bajan a la mina.

--Y por qu bajan?--pregunt cndidamente la nia.

--Por mana--repuso el mdico sonriendo--. Yo creo que vale mucho ms
respirar el aire fresco, que no el de all abajo.

--Claro! Yo sera cualquier cosa antes que minero.

Desembocaron al fin en una plaza o plazoleta, en el centro de la cual
trabajaban algunos obreros levantando un artstico pedestal de mrmol.

--Es el pedestal para la estatua del seor duque--dijo el director de
las minas en voz alta.

--Ah! Con qu van a colocar ah su estatua, duque?--exclamaron unos
cuantos rodeando al prcer.

Este se encogi de hombros haciendo un gesto de desprecio.

--No s. Es una payasada que se le ha ocurrido al casino de los mineros.

--Oh, no, seor duque!--exclam el director, a quien realmente
corresponda la iniciativa, aunque por encargo de Llera sugestionado a
su vez por el duque--. Oh, no! El pueblo de Riosa quiere dar una prueba
de respeto y gratitud a su decidido protector, al que en circunstancias
crticas no ha vacilado en exponer un enorme capital comprando este
desacreditado establecimiento y salvndolo de la ruina.

--Qu hermoso es hacer bien!--exclam Lola Madariaga con voz conmovida,
posando en Salabert con admiracin sus dulcsimos ojos.

Todos le felicitaron, aunque muchos de ellos saban a qu atenerse
respecto a aquel admirable desprendimiento. Examinaron un momento las
obras y siguieron despus su marcha hacia el establecimiento minero.

Este se halla situado a la salida misma de la villa. Al exterior ofreca
el aspecto de una pequea fabricacin con algunas chimeneas que
despedan humo negro. No daba idea de su importancia colosal. La
comitiva entr y recorri los cercos donde se ejecutan los trabajos
auxiliares de la minera, donde se hallan adems la mayor parte de las
dependencias, carpintera, cerrajera, sala y gabinete de los
ingenieros, etc. Lo que les llam vivamente la atencin fu el aspecto
triste, enfermizo, de los operarios. Todos estaban marcados con un sello
de decrepitud, que oblig a la condesa de Cotorraso a decir de pronto:

--Aqu, al parecer, no trabajan ms que los viejos.

El director sonri.

--Parecen viejos; pero no lo son, seora.

--Pero si todos tienen la piel arrugada, los ojos hundidos y
apagados!...

--No importa; ninguno de ellos llega a cuarenta aos. Los que trabajan
aqu son mineros que ya no pueden bajar. Los empleamos en el exterior,
aunque con menos sueldo.

--Y se necesita estar mucho tiempo en la mina para ponerse
as?--pregunt Ramoncito.

--Poco, poco--murmur el director; y aadi despus:--Ah donde ustedes
les ven, todava se me escapan al menor descuido a la mina.... El
jornal de fuera es tan pequeo!

--Cunto ganan?

--Una peseta.... El mximum una cincuenta.

Penetraron en seguida en el cerco de destilacin. El duque iba delante
con los ingenieros ingleses encargados de proponerle las reformas
necesarias para dar impulso al establecimiento. En este cerco se
encuentran los hornos y grandes depsitos de cinabrio. Visitaron los
almacenes de azogue y el sitio donde se pesa. Todos los operarios
temblaban ms o menos y ofrecan las mismas seales de decrepitud.

El director les propuso ir a ver el hospital. Algunos mostraron
repugnancia; pero Lola Madariaga, que no perda ocasin de exhibir sus
sentimientos benficos, rompi la marcha y la siguieron la mayor parte
de las seoras y algunos caballeros. Otros se quedaron. El duque
prescindi por un rato de sus convidados, escuchando atentamente a los
ingenieros, que le iban apuntando lo que pensaban acerca del negocio.

El hospital de mineros estaba fuera de los cercos, muy prximo al
cementerio, sin duda para que los enfermos se fuesen acostumbrando a la
idea de la muerte y tambin para que si no fuesen poderosos a matarles
los vapores mercuriales, les secundasen en la tarea las dulces
emanaciones cadavricas. Era un casern viejo, agrietado, hmedo y
sombro. Las damas no retrocedieron, al poner las delicadas plantas en
l, de vergenza. El mdico, que se haba encargado de demostrarlo, las
introdujo en las salas, y puso ante su vista el cuadro espantoso de la
miseria humana. La mayor parte de los infelices enfermos estaban
vestidos y sentados, unos sobre las camas, otros en sillas. Sus rostros
cadavricos, desencajados, daban miedo: su cuerpo se estremeca con
incesante temblor, cual si estuviesen acometidos de terror pnico. En
los semblantes de las damas, sonrosados y frescos, se dibuj el miedo y
la angustia. El mdico sonri de aquel modo extrao que lo haca,
mirndolas con sus grandes ojos negros, insolentes.

--No es un cuadro muy agradable, verdad?--les dijo.

--Pobrecillos!--exclamaron varias--. Son todos mineros?

--S, seoras; la atmsfera viciada por vapores mercuriales, la
insuficiencia del aire respirable engendra fatalmente, no slo los
temblores, el hidrargirismo crnico o agudo, que es lo que ms les
llamar a ustedes la atencin, sino tambin los catarros pulmonares
crnicos, la disentera, la tuberculosis, la estomatitis mercurial y
otra porcin de enfermedades que concluyen con la existencia del obrero
o le dejan intil para el trabajo a los pocos aos de bajar a la mina.

--Pobrecillos! pobrecillos!--repetan las damas pasando revista con
sus ojos aterrados a aquellas fisonomas tristes y demacradas que se
volvan hacia ellas sin expresin alguna, ni siquiera de curiosidad.

--Y no habra medio de remediar estos efectos tan
desastrosos?--pregunt Clementina con arranque.

--De remediarlos en absoluto, no; pero de aliviarlos bastante,
s--repuso el joven clavando en ella su mirada penetrante--. Si los
mineros trabajasen tan slo dos o tres das a la semana y esos pocas
horas; si se les hiciese vivir alejados del establecimiento minero, en
Villalegre por ejemplo; si se prohibiesen esos trabajos a los nios
menores de diez y seis aos; si se cambiasen la ropa inmediatamente que
salen de la mina; y sobre todo si se alimentasen bien, pienso que los
estragos del mercurio disminuiran notablemente. Hoy, para alimentarse
malamente, necesitan bajar a la mina todos los das y permanecer all un
nmero considerable de horas. A los cuatro o seis aos se inutilizan.
Hay que sacarlos al exterior, y entonces el jornal es tan exiguo que ni
patatas con agua y sal pueden comer: de modo que en vez de curar
empeoran. El nico medio para mejorar la condicin del minero es
disminuir las horas de trabajo y elevar el jornal.... Pero
entonces--aadi bajando un poco la voz y sonriendo frente a
Clementina--, la mina de Riosa no sera un negocio para su seor padre.

A Clementina le hiri aquella sonrisa como una bofetada.

--Ni para usted tampoco--repuso procurando sonrer--. No es usted el
mdico de las minas?

--S, seora. Mi negocio consiste en dos mil quinientas pesetas al ao y
en una mijita de temblor que he logrado en los tres aos que aqu llevo.

En efecto, las manos del joven tenan un ligero estremecimiento que se
haca visible cuando se atusaba su fino bigote negro. El grupo de
convidados le contempl unos instantes con atencin no exenta de
hostilidad. Adivinaban en l un enemigo. La seguridad familiar que tena
para hablarles les molestaba. Pagles l con otra mirada de impenetrable
expresin y sigui diciendo sin embarazo alguno:

--En otro tiempo los jornales eran un poco mayores; la alimentacin era,
por lo tanto, ms sana y ms abundante. Pero desde que los azogues han
comenzado a bajar ... no s por qu causa (_aqu baj la voz y tosi_),
el salario, como es natural, sufri igualmente una baja considerable.
Han llegado al _mnimum_. Con lo que hoy ganan los mineros no se mueren
materialmente de hambre en un da o en un mes; pero al cabo de cuatro o
cinco aos, s. La mayor parte de los que aqu sucumben son vctimas, en
realidad, del hambre. Bien alimentados podran resistir el
hidrargirismo. Adems, como los salarios son tan insuficientes, se ven
precisados a dedicar a sus hijos, cuando apenas tienen ocho o diez aos,
a estos trabajos peligrosos (porque todos lo son cuando se anda sobre
mercurio). Los nios, por su menor resistencia orgnica, son los que
primero se intoxican. Perecen muchos, y los que consiguen salvar, a los
veinte aos son viejos....

Las damas y los pocos caballeros que con ellas haban venido, le
escuchaban con atencin y con pena. Jams haban visto un cuadro tan
espantoso. El trabajo, que es por s un castigo, aqu se complicaba con
el envenenamiento. Y con el corazn enternecido, llenas de buen deseo,
proponan medios para aliviar a aquellos desgraciados. Unas pretendan
que deba fundarse un buen hospital; otras hablaban de una tienda-asilo
donde los obreros encontrasen los alimentos ms baratos; otras aspiraban
a que se prohibiese trabajar a los nios; otras a que los operarios
trabajasen una horita al da nada ms.

El mdico sacuda la cabeza sonriendo.

--Est muy bien eso: yo lo creo as tambin.... Pero vuelvo a decirles a
ustedes que entonces no sera un negocio.

Distribuyeron algunas monedas entre los enfermos, visitaron la capilla,
donde dejaron tambin algn dinero para hacer un traje nuevo al nio
Jess. Al fin abandonaron aquel recinto lbrego. Al respirar el aire
fresco sintieron una alegra que no procuraron disimular. Hablando y
riendo fueron a juntarse con el resto de la comitiva.

Los ingenieros explicaban a Salabert un nuevo mtodo de destilacin que
poda introducirse, con el cual no slo se elevara enormemente la
produccin, sino que podra utilizarse el _vacisco_, o sea la parte
menuda del mineral. Se trataba de unos condensadores formados de cmaras
de ladrillos, de paredes delgadas en el primer trozo de recorrido de los
humos y de cmaras de madera y cristal en lo restante hasta la chimenea.
El horno con ellos poda estar encendido y en marcha constantemente.
Escuchbales el duque con atencin, tomaba notas, haca objeciones,
procurando ponerse al corriente de aquel negocio, en el cual su fina
nariz olfateaba cuantiosas ganancias. Al llegar las damas quiso ser
galante; suspendi la pltica.

--Cmo van mis enfermos, seoras? No han tenido hoy poca suerte--les
dijo.

--Mal, duque, mal.... El hospital deja mucho que desear....

Y aquellas damas se pusieron todas a lamentarse de las deficiencias que
ofreca el asilo, a pintarlo con negros colores, a proponer reformas en
l para dejarlo confortable.

El duque las escuchaba con risuea indiferencia, con la atencin un poco
burlona que se presta a un nio mimoso.

--Bien, bien; ya arreglaremos eso; pero antes djenme ustedes poner el
negocio en marcha, verdad Regnault?

El ingeniero asinti con la cabeza, sonriendo tambin con galantera.

--Adems es necesario, duque, que los operarios trabajen menos
horas--dijo la condesa de la Cebal.

--Y que se les aumenten los jornales--manifest Lola Madariaga.

--Y que se hagan casas para ellos en Villalegre--aadi la marquesa de
Fonfra.

--Oh! oh! oh!--exclam el duque soltando una sonora y brbara
carcajada como las de los hroes de la Iliada--. Y por qu no les hemos
de traer a Gayarre y a la Tosti para recrearles por las noches? Deben
ser muy aburridas aqu las noches.

Las damas sonrieron avergonzadas.

--Vamos, duque, no bromee usted, que la cosa es seria--dijo la condesa
de la Cebal.

--Y tan seria, condesa! Como que me ha costado ya quince millones de
pesetas! Le parecen a usted poco serios estos millones?

Las seoras le contemplaron con admiracin, fascinadas por el caudal
enorme que aquel hombre manejaba.

--Pero a esos millones no piensa usted sacarles un rdito?--dijo Lola
que presuma de entender algo de negocios.

El duque volvi a soltar otra carcajada.

--No, seora, no, qu rdito! Pienso dejarlos aqu para el primero que
pase.

Y ponindose grave de pronto:

--Quin diablos les ha metido por la cabeza esas ideas? Crean ustedes,
seoras, que lo que hace aqu falta pero mucha falta! es moralidad.
Moralicen ustedes al obrero y todos estos estragos que ustedes han visto
desaparecern. Que no beban, que no jueguen, que no malgasten el jornal,
y esos efectos del mercurio no sern para ellos funestos.... Pero, claro
est--aadi volvindose hacia los caballeros que se haban acercado--:
cmo ha de resistir en la mina un cuerpo que en vez de alimento, sea el
que sea, tiene dentro un jarro de aguardiente amlico? Estoy convencido
de que la mayor parte de las enfermedades que aqu hay son borracheras
crnicas. Sepan ustedes, seores, que en Riosa se desconoce por
completo el ahorro ... el ahorro! sin el cual "no es posible el
bienestar ni la prosperidad de un pas...."

Esta frase la haba odo el duque muchas veces en el Senado. La repiti
con nfasis y convencimiento.

--Pero duque, cmo quiere usted que ahorren con una o dos pesetas de
jornal?--se atrevi a apuntar la condesa de la Cebal.

--Perfectamente, condesa. El ahorro es ante todo una idea (_esto lo
haba odo a un economista amigo suyo_), la idea de separar algo del
goce de hoy para evitarse el dolor de maana. Dos pesetas para un obrero
son lo mismo que dos mil para usted. No puede usted separar algo de las
dos mil? Pues ellos pueden de igual modo separar algo de las dos.
Considere usted que se trata de quince cntimos, de diez ... aunque sean
cinco cntimos. La cuestin es ahorrar algo. El que ahorra algo est
salvado.

--Oh Dios mo!--exclam por lo bajo la condesa dando un suspiro--. Lo
que yo no comprendo es cmo se puede vivir con dos pesetas, cuanto ms
ahorrar.

Los ingenieros les invitaron a visitar su sala de estudio y laboratorio.
En ste haba un magnfico microscopio, que fu lo que les llam la
atencin. El mdico era quien ms lo manejaba por dedicarse con mucha
aficin a los trabajos de histologa. El director le invit a que
mostrase a aquellos seores algunas de sus preparaciones. Vieron una
porcin de diatomeas: las seoras se entusiasmaron con sus
caprichossimas formas. Tambin vieron el gusano que haba concludo con
el clebre puente de Miln. No se cansaban de admirarse de que un bicho
tan pequesimo pudiese demoler una fbrica tan inmensa.

--Calculen ustedes los millones de estos seres que habrn tenido que
trabajar en la demolicin--dijo un ingeniero.

Quiroga (que as se llamaba el mdico) concluy mostrndoles una gota de
agua. Uno por uno todos fueron contemplando el mundo invisible que
dentro de ella existe.

--Veo un animal mayor que los otros--manifest el duque, aplicando con
afn uno de sus grandes ojos saltones al agujerito del aparato.

--Observar usted que delante de l todos los dems huyen--dijo el
mdico.

--Es cierto.

--Ese animal se llama el _rotfero_. Es el tiburn de la gota de agua.

--Aguarde usted un poco.... Me parece que ahora se oculta detrs de una
cosa as como algas....

--Algas se pueden llamar en efecto. Quiz se ponga ah para acechar una
presa.

--S, s! Ahora se arroja sobre otro bicho ms pequeo!... El bicho
desapareci; sin duda se lo ha comido.

El duque levant su rostro, radiante de satisfaccin, por haber tenido
ocasin de observar aquella tragedia curiosa.

Quiroga fij en l sus ojos atrevidos, y dijo con su eterna sonrisa
irnica:

--Es la historia de siempre. En la gota de agua, como en el mar, como
en todas partes, el pez grande se traga al chico.

La sonrisa del duque se apag. Dirigi una mirada oblicua al mdico, que
no apart la suya fija y misteriosa, y dijo bruscamente:

--Creo, seoras, que deben ustedes ir aburridas de ciencia. Es hora de
almorzar.

El gran atractivo de la excursin, el que haba arrancado a casi toda
aquella gente de sus palacios para trasladarla a regin tan spera y
triste, era un proyectado almuerzo en el fondo de la mina. Cuando
Clementina lo anunci a los tertulios en uno de sus tresillos, hubo una
verdadera explosin de entusiasmo--. "Qu cosa tan original!... Qu
extrao!... Qu hermoso!" Las damas, sobre todo, mostraban deseo tan
vivo, que bien pareca antojo. A una indicacin del duque, todas se
proveyeron de magnficos impermeables y botinas altas, pues la mina
destilaba agua por muchos sitios y formaba charcos. Sin embargo, la
noche anterior, ante la proximidad del suceso, muchas, atemorizadas,
haban desistido. El duque se vi precisado a dar rdenes para que se
sirviese el almuerzo en la direccin y en la mina. Las valientes que
persistan en bajar, no pasaban de ocho o diez.

Toda la comitiva se dirigi a una de las bocas de la mina llamada "Pozo
de San Jenaro". Cerca de este pozo hay un edificio destinado a la
inspeccin y al peso, donde las damas y los caballeros cambiaron de
calzado y se pusieron los impermeables. Al verlos de aquel modo
ataviados, un estremecimiento de anhelo y de entusiasmo corri por el
resto de los excursionistas. Acometidas sbito de una rfaga de valor,
casi todas las damas declararon que estaban dispuestas a bajar con sus
compaeras. Fu necesario enviar inmediatamente a Villalegre por los
impermeables.

La jaula, movida por vapor, estaba preparada para recibir a los ilustres
expedicionarios. Constaba de dos pisos, en cada uno de los cuales caban
ocho personas en pie. Se la haba tapizado con franela y se le haban
aadido algunas argollas de bronce para sujetarse. Acomodronse en ella
el director, el duque y las damas valientes que no haban vacilado
nunca, para bajar los primeros. Dise orden al maquinista para que el
descenso fuese lento. La jaula se estremeci subiendo y bajando algunos
centmetros con rapidez. De pronto se sumergi de golpe en el agujero.
Las seoras ahogaron un grito y quedaron mudas y plidas. Las paredes
del agujero eran sombras, desiguales y destilaban agua. En cada
departamento de la jaula un minero sujetaba, con su mano trmula de
modorro, una lmpara. Todos, menos el director y los mineros avezados a
subir y bajar, sentan cierta ansiedad en el estmago. Un vago terror
les imposibilitaba de hablar y les crispaba las manos con que se
agarraban a las argollas.

--El primer piso--dijo el director al pasar por delante de una abertura
negra.

Nadie hizo observacin alguna. Aquella suspensin en el abismo, en lo
desconocido, paralizaba su lengua y hasta su pensamiento.

--El segundo piso--volvi a decir el director al cruzar rpidamente otro
agujero negro.

Y as fu dando cuenta de todos hasta llegar al noveno. All percibieron
ruido de voces y vieron iluminada la abertura.

--Aqu es donde vamos a almorzar. Antes visitaremos el onceno para ver
los trabajos.

Despus de pasar el dcimo, grit con toda su fuerza:

--Estn echados los taquetes?

Se oy una voz lejana en el fondo que deca:

--No.

--Echarlos ahora mismo!--grit el director agitado.

--No puede ser!--respondieron de abajo.

--Cmo! Cmo!... Esos taquetes! Echar esos taquetes!

Y con las mejillas inflamadas, agitado, convulso, gritaba como un
energmeno mientras la jaula descenda lentamente.

Un fro glacial penetr en el corazn de todos. En el compartimiento de
arriba algunas damas lanzaban chillidos penetrantes. Las de abajo
gritaban tambin y se cogan con fuerza al brazo de los caballeros.
Algunas se desmayaron. Fu un momento de angustia indescriptible. Crean
llegado el fin de su vida.

Y el director no cesaba de gritar:

--Esos taquetes! Esos taquetes!

Y las voces de abajo se oan cada vez menos distantes:

--No puede ser! No puede ser!

Cuando ya se crean rodando por el abismo, la jaula se detuvo
tranquilamente. Oyeron unas frescas carcajadas y sus ojos espantados
miraron, a la trmula luz de los candiles, un grupo de mineros cuyos
rostros risueos cambiaron repentinamente de expresin reflejando el
temor y el asombro.

--Qu es eso? Qu broma es sta?--exclam el director saltando furioso
de la jaula y dirigindose a ellos.

Los obreros se despojaron del sombrero respetuosamente. Uno de ellos,
sonriendo avergonzado, balbuci:

--Perdone usted, seor director.... Cremos que eran compaeros y
queramos darles un susto....

--No sabais que bajbamos ahora nosotros?--volvi a decir con
irritacin.

--Seor director, nosotros pensbamos que se detenan en el noveno,
donde han hecho preparativos estos das....

--Creais, creais!... Pues tened cuidado con creer estupideces.

El duque recobr el uso de la palabra.

--Sabis, hijos mos, que gastis unas bromas ligeras con vuestros
compaeros!... Ponerles la muerte delante de los ojos!

--La muerte!--exclam el minero que haba hablado.

--No, seor duque--dijo el director--. Si no echan los taquetes nos
hubiramos baado hasta la cintura.

--Nada ms?

--Le parece a usted poco meternos en agua sucia?

--Hombre, no era plato de gusto; pero al verle a usted tan agitado y
furioso, todos cremos en un peligro de muerte, verdad, seoras?

Las damas se deshacan en exclamaciones, llorando unas, riendo otras. Se
prodigaron cuidados a dos que se haban desmayado, refrescndoles las
sienes con agua y hacindoles aspirar el frasco de sales de la condesa
de Cotorraso. Volvieron por fin al sentido. Las dems se fueron calmando
felicitndose con alegra de haber escapado de aquel espantoso peligro,
pues no se resignaban a no haberlo pasado. Todas se proponan conmover a
sus amigas de Madrid con el relato de tan horrible aventura. Creanse ya
heronas de una novela de Julio Verne.

El espectculo que se ofreci a su vista cuando tuvieron ojos para
contemplarlo era grandioso y fantstico. Inmensas galeras embovedadas
cruzndose en todas direcciones e iluminadas solamente por la plida luz
de algunos candiles colgados a largos trechos. Y por aquellas galeras
discurriendo con trfago incesante una muchedumbre de obreros, cuyas
gigantescas siluetas all a lo lejos temblaban a la vacilante y tenue
luz que reinaba. Oanse sus gritos unidos al chirrido de las
carretillas: parecan presa de un vrtigo, como si tuvieran que cumplir
su labor misteriosa en plazo brevsimo. Las paredes de algunas galeras,
tapizadas con los cristales del mercurio, que en muchos puntos se
presentaba nativo, brillaban cual si fuesen de plata. Escuchbanse
detrs de aquellas paredes golpes sordos, acompasados. Por ciertas
aberturas que de trecho en trecho tenan, caminando algunos pasos en la
oscuridad, vease al fin una cueva iluminada, donde cuatro o seis
hombres desgreados y plidos agujereaban el mineral con barrenos. A
poco que se reposasen, observbase en sus miembros el temblor
caracterstico del mercurio.

Crease uno transportado al hogar mismo de los gnomos, al centro de sus
trabajos profundos y misteriosos. El hombre roa aquella tierra con
esfuerzo incesante como un topo, llenndola de agujeros. Pero al
morderla se envenenaba. Sin ayuda de gato, los dioses se desembarazaban
perfectamente del ratn humano.

Lola Madariaga di un grito penetrante que hizo volver la cabeza a
todos. Luego solt una carcajada. Un hilito de agua que caa del techo
se le haba introducido por el cuello. Hizo reir el suceso, pero sin
espontaneidad. En el fondo, todos experimentaban un vago temor, cierta
ansiedad que trataban de ocultarse. La jaula trajo de la superficie otro
montn de gente. La tercera vez lleg casi vaca. El resto de la
comitiva haba optado por quedarse en el noveno piso: el trabajo de los
mineros no les interesaba. Los que haban descendido hasta all tambin
sentan vivos deseos de encontrarse en paraje ms cmodo. Preguntaban a
cada instante al director si aquello estaba seguro; si no haba casos de
hundimientos.

--Oh, no!--deca el director sonriendo--. Los hundimientos son de las
minas particulares. Esta perteneci al Estado, y todo se hace con lujo
de seguridad.

--En ciertas minas donde yo he estado--apunt un ingeniero--tena que
ir una cuadrilla detrs de los mineros para desenterrarlos.

--Qu horror!--exclamaron a una voz todas las damas.

Acomodronse al fin de nuevo en la jaula, y subieron al noveno piso.
Aqu la decoracin era distinta. En este piso no se trabajaba haca
tiempo. Habase tomado en la galera ms ancha un trozo; se haba
cerrado, tillado y luego alfombrado. De suerte que pareca el saln de
un palacio. El techo y las paredes estaban tapizados con tela
impermeable, adornados con trofeos de minera. Vease una mesa
esplndida en medio de l para cincuenta o ms cubiertos. Estaba
profusamente iluminado por medio de grandes araas con centenares de
bujas. Se haban prodigado, en suma, todos los refinamientos del lujo y
la elegancia en aquel recinto. De tal modo, que una vez dentro de l
costaba trabajo representarse que se estaba en el fondo de una mina, a
trescientos metros de la superficie.

Los convidados se sentaron en medio de una agitacin entre placentera y
angustiosa, que se revelaba en sus caras risueas y plidas a la vez.
Los criados, correctamente vestidos, ocupaban sus puestos como si se
hallasen en el palacio de Requena. Al empezar el servicio del primer
plato, la orquesta, que estaba oculta en una de las galeras contiguas,
empez a tocar un precioso vals, cuyos sones, amortiguados por la
distancia, llegaban dulces y halageos. Las damas, con las manos
trmulas, los ojos brillantes, murmuraban a cada instante--: "Qu
original es todo esto!... Cunto me alegro de haber venido!... Ha sido
un capricho magnfico el de Clementina". Y todas procuraban encontrar el
equilibrio de espritu charlando de cosas indiferentes. Mas no lo
lograban. La idea de tener encima tanta tierra pesaba sobre su
pensamiento y lo turbaba. Con algunos hombres pasaba lo mismo. Otros
estaban perfectamente serenos. Entre stos, el que menos pensaba en su
situacin corporal era, sin duda, Raimundo, absorto por completo en la
que ocupaba moralmente. Clementina, a despecho de su amor y de sus
promesas, no dejaba de coquetear con Escosura. Estaban sentados en dos
sillas contiguas, frente al asiento que l ocupaba. Vealos charlar
animadamente, reir a cada momento: veale a l rendido, obsequioso,
prodigndola mil atenciones galantes; a ella complacida, risuea,
aceptando con gratitud sus finezas. Y aunque de vez en cuando le clavaba
una larga mirada amorosa para indemnizarle, Raimundo la consideraba como
una limosna, el mendrugo que se arroja a un pobre para que no se muera
de hambre. Qu le importaba a l en aquel instante hallarse en la
superficie o en el centro de la tierra, ni aun que sta se hundiese y le
aplastase como un insecto!

Otro que tampoco se preocupaba poco ni mucho con la situacin geogrfica
era Ramoncito, aunque por contrario modo. Esperancita estaba con l
amabilsima, tal vez porque creyera con ello guardar mejor la ausencia a
su prometido Pepe Castro. El concejal, ebrio, loco de alegra, no se
apartaba de ella ni un milmetro ms de lo que exige la decencia. _Pio,
feliz, triunfador_, diriga de vez en cuando al concurso vagas miradas
de piedad y condescendencia. Y cuando sus ojos tropezaban con la faz
rentstica de Caldern, se enterneca visiblemente y le costaba ya
trabajo no llamarle pap.

A medida que el almuerzo avanzaba, la tierra pesaba menos sobre ellos.
Los ricos vinos enardecan su sangre, la charla los animaba. Todo el
mundo se olvidaba de la mina, creyndose, como otras veces, en algn
comedor aristocrtico. Rafael Alcntara se diverta en emborrachar a
Pealver. Animado por la risa de sus compaeros, que le contemplaban,
haca lo posible por burlarse del filsofo, tutendole en voz alta,
guiando el ojo a sus amigos cada vez que profera una cuchufleta,
abusando, en fin, groseramente del carcter benvolo y la inocencia del
insigne pensador. Era el encargado de vengar a todos aquellos ilustres
_culoteadores_ de pipas, de las altas dotes intelectuales que toda
Espaa reconoca en Pealver.

Al llegar los postres levantse a brindar Escosura. A ste le respetaban
algo ms los salvajes por su corpulencia, por su carcter fogoso y sobre
todo por su dinero. Presuma de orador tribunicio. Con voz potente y
campanuda hizo el panegrico del duque, a quien llam "genio financiero"
unas cuantas veces. Habl del trabajo, del capital, de la produccin,
pasando en seguida a la poltica, que era su fuerte. Escosura no viva
haca tiempo ms que para la poltica. Desde el fondo de aquella galera
subterrnea dirigi terribles dardos contra el presidente del Consejo de
ministros, que no le haba dado una cartera en la ltima crisis.
Salabert contest con palabra estropajosa dando las gracias, echndose
por los suelos. Para llegar al puesto que ocupaba no tena otros mritos
que el trabajo y la honradez. (_Murmullos de aprobacin._) La nacin, el
soberano, al ennoblecerle a l haba ennoblecido a un hijo del trabajo.
Luchando toda su vida contra infinitos obstculos haba logrado reunir
un puado de oro. Este oro le serva ahora para alimentar a algunos
miles de obreros. Era su mayor satisfaccin. (_Aplausos._) Brindaba por
las hermosas damas que con tal valenta haban llegado hasta aquel
agujero, dejando en l un perfume de caridad y alegra que no se
borrara jams del corazn de los mineros.

En aquel instante, al destaparse algunas botellas de _champagne_, se
oyeron en la mina algunas detonaciones estruendosas que hicieron
empalidecer a los comensales.

--No hay que asustarse--dijo el director--. Son los barrenos. Ha llegado
la hora de darlos.

Momento grandioso e imponente a la verdad. El estrpito de cada uno,
centuplicado por los mil ecos y resonancias que las galeras producan,
no poda menos de infundir alguna chispa de pavor hasta en el corazn de
los ms bravos. Todos guardaron silencio. Por algunos segundos
escucharon con recogimiento y ansiedad aquellos ecos formidables que
hacan retemblar la tierra. La mesa se estremeca y el cristal de la
vajilla y el de las araas cantaban con agudo repiqueteo.

En tal momento se alz de su silla el mdico de las minas, y despus de
pasear su negra mirada agresiva por los comensales, alz una copa y
dijo:

--El egregio duque de Requena nos acaba de decir, con una modestia que
le honra, que el secreto de su fortuna estaba simplemente en el trabajo
y la honradez. Permitidme que lo dude. El seor duque de Requena
representa algo ms que estas cualidades vulgares; representa la fuerza
la fuerza!, nico sostn del Universo. Esta fuerza est repartida
desigualmente entre los organismos. A unos les ha tocado una parte
mayor, a otros menor. Y en esta batalla incesante que sostienen los unos
contra los otros perecen los ms dbiles; se salvan los ms aptos y los
ms fuertes. Adoremos, pues, en nuestro ilustre anfitrin, a la fuerza.
Merced a esta fuerza de que la Naturaleza le ha dotado, ha podido
someter y aprovechar el esfuerzo particular de millares de hombres que
inconscientemente sirven a sus planes. Merced a esta fuerza ha podido
reunir su inmenso capital. Al tender la vista por esta distinguida
asamblea, observo con jbilo que todos los que la componen han sido
dotados tambin de una buena parte de esta fuerza nativa o acumulada por
la herencia. Por ello les felicito con toda mi alma. Lo esencial en este
mundo que habitamos es nacer aptos para la lucha. Para no ser aplastados
es menester aplastar. Y yo me felicito, repito, de encontrarme entre los
elegidos de los dioses, aquellos que su providencia ha marcado con el
sello de la felicidad....

--Oye, chica--dijo Pepa Fras acercando su boca al odo de
Clementina:--esto parece el brindis de Mefistfeles.

Clementina sonri ligeramente.

En efecto, en el rostro plido y fino del mdico, en sus cabellos negros
y revueltos, y sobre todo en sus ojos que, aunque pretendan aparecer
inocentes, estaban cargados de irona, haba algo de mefistoflico.

--En todos los tiempos ha existido en una u otra forma la esclavitud. Ha
habido hombres destinados a vivir en el refinamiento de los goces
espirituales, en el cultivo de las artes, en el lujo y la elegancia, en
los placeres que proporciona el comercio entre personas inteligentes y
cultas, y otros hombres tambin dedicados a proporcionarles los medios
necesarios para vivir de tal modo con un trabajo rudo y doloroso. Los
parias trabajaban para los bramanes, los ilotas para los espartanos, los
esclavos para los romanos, los siervos para los seores feudales. Y hoy
no sucede lo mismo? Qu importa que en las leyes est abolida la
esclavitud? Los que trabajan en el fondo de esta mina y absorben el
veneno que les mata, si no son esclavos por la ley lo son por el hambre.
El resultado es idntico. Es ley de la naturaleza, y por lo tanto santa
y respetable, que para que unos gocen padezcan otros.... Vosotras,
hermosas seoras, sois las herederas de aquellas ilustres damas romanas
que enviaban a estas minas sus esclavos a arrancar el bermelln para
embellecer su rostro, y de aquellas otras rabes que lo hacan traer
para decorar sus minaretes en los alczares de Crdoba y Sevilla. Por
vosotras brindo, pues, embargada el alma de admiracin y respeto, como
representantes en la tierra de lo que hay en ella ms sublime, el amor,
la belleza, la alegra.

El brindis, aunque galante, pareci estrambtico.

Algunos de los ms avisados murmuraron. Creci la hostilidad que contra
el joven mdico exista. Hubo quien dijo por lo bajo que aquel qudam
haba querido "quedarse con ellos".

Rafael Alcntara tuvo conatos de decirle alguna frase provocativa; pero
advirti en sus ojos que no la soltara sin proporcionarse un serio
disgusto y prefiri quedarse con ella en el cuerpo. Las damas le miraron
con ms benevolencia. Le encontraban muy original.

De todos modos el brindis produjo cierta penosa impresin que no logr
desvanecer Fuentes, aunque solt el chorro de sus paradojas ms
graciosas.

--Seoras, yo no brindo--deca a las que tena cerca--, porque no soy
orador. Espero que pronto ser esto una distincin honorfica en Espaa;
que no tardar en decirse con respeto al pasar un individuo por la
calle: "Ese no es orador", como ya se dice: "Ese no tiene la gran cruz
de Isabel la Catlica...."

Las damas rean y celebraban los chistes. Pero en el fondo, sea por el
discurso del mdico o porque la mina volviera a inspirarles temor,
sentase un vago malestar. Todos los ojos brillaron con alegra cuando
se anunci que la jaula les esperaba. Los ltimos que ascendieron oyeron
poco despus de comenzar la ascensin un canto lejano que rpidamente se
fu aproximando, son muy cerca de ellos como si cantaran a su lado y
rpidamente tambin se alej perdindose all en el fondo sin que
hubiesen visto a nadie. Fu de un efecto fantstico. Lo que oyeron era
una playera andaluza cuya letra deca:

      Ro arriba, ro arriba,
      nunca el agua subir;
      que en el mundo, ro abajo,
      ro abajo todo va.

Un ingeniero manifest con indiferencia:

--Es una cuadrilla de mineros que baja en la jaula que sirve de
contrapeso a sta.

--Lo ve usted, condesa!--exclam Salabert en tono triunfal dirigindose
a la condesa de la Cebal--. Cuando tienen humor para cantar, no sern
tan desgraciados como usted supone.

La condesa call un instante, y dijo al cabo sonriendo tristemente:

--La copla no es muy alegre, duque.

Esto se hablaba en el compartimiento superior. En el inferior, Escosura
deca con tono desdeoso al director de las minas:

--Sabe usted que ese jovencito mdico ha estado bastante imprudente al
emitir sus ideas materialistas?

--Materialista no s si es. Lo que hace gala de ser, y por eso le adoran
los operarios, es socialista.

--Peor que peor!

--La verdad es--dijo Pealver dando un suspiro--que del fondo de una
mina se sale siempre un poco socialista.

A las nueve de la noche, despus de comer en Villalegre, parti el tren
especial que deba conducirlos a Madrid. Todos volvan muy contentos de
la excursin. Esperaban extasiar a sus amigos con el relato del banquete
subterrneo. El nico que padeca entre ellos era Raimundo. Las
alternativas de alegra y dolor por que Clementina le haca pasar con su
coquetera le tenan destrozado el corazn.

Ultimamente, vindole tan triste, tan fatigado, la hermosa haba tenido
piedad, le haba hecho sentar a su lado en el coche, y sin escndalo del
concurso (porque estaban curados de espantos) haba charlado casi toda
la noche con l y al fin se haba dormido dejando caer la cabeza sobre
su hombro.

Aunque el tren arrastraba un _sleeping-car_, pocos haban hecho uso de
l. La mayor parte prefiri quedarse en los salones de tertulia. Slo al
amanecer, el sueo los fu rindiendo a todos y se quedaron transpuestos
en su asiento adoptando posturas caprichosas, algunas de ellas poco
estticas.

Ramoncito Maldonado estaba en el pinculo de su gloria y fortuna.
Esperancita, a juzgar por todas las apariencias, le amaba. Encontrbase
despegado, por decirlo as, de la tierra, no slo a causa de la
elevacin natural de su alma, sino por la voluptuosidad del triunfo. Su
faz municipal resplandeca como la de un dios. Atrs para siempre todas
las luchas, todos los obstculos que amargaran su preciosa existencia
hasta entonces! Exento para siempre de la servidumbre del dolor, como
los inmortales, gozaba sereno, majestuoso, de su apoteosis.

Tambin se haba sentado al lado de la amada de su heroico corazn, y le
habl durante algunas horas, con dulce sosiego, de las jacas inglesas y
de las grandes batallas que a la sazn se libraban en el seno de la
corporacin municipal, en las cuales l tomaba una parte tan activa.
Hasta que, mecida por aquella pltica suave, insinuante, la cndida nia
qued dulcemente dormida con la cabeza reclinada en el almohadn.

Ramoncito Maldonado velaba. Velaba y meditaba en su suerte feliz. La
aurora divina, escalando las alturas de la sierra lejana, cruzando con
vuelo raudo la llanura, levantaba con sus rosados dedos las cortinillas
del carruaje y esparca una tenue y discreta claridad, sin que l
hubiese dejado de pensar en su dicha.

Esperancita abri los ojos y le dirigi una tierna sonrisa de amor, que
hizo vibrar hasta las ltimas cuerdas de su alma potica.

La alondra cant en aquel instante. Entonces, en Ramoncito, el dios se
fu separando cada vez ms del hombre. Ebrio de amor y felicidad
tambin, cant en el odo de la nia, con voz temblorosa, una porcin de
frases incoherentes, hijas de su locura divina. La nia cerr los ojos
para escuchar mejor aquella msica armoniosa....

Cuando hubo agotado los superlativos del diccionario para pintar su
amor, el sublime concejal quiso terminar su obra de seduccin
desplegando ante la hermosa todas las grandezas que poda
proporcionarle, como hizo Satans con Jess. "Era hijo nico: sus padres
tenan ciento diez mil reales de renta: en las prximas elecciones a
diputados a Cortes se presentara candidato por Navalperal, donde tena
familia y hacienda, y saldra con poco que el Gobierno le ayudase: como
el partido conservador estaba necesitado de jvenes de valer, crea que
en breve plazo podra ser subsecretario: y quin sabe! acaso ms tarde,
en una combinacin, podra obtener siquiera la cartera de Ultramar...."

La nia escuchaba siempre con los ojos cerrados. Ramoncito, cada vez ms
inflamado, al terminar esta brillante enumeracin se inclin hacia su
adorada y le pregunt en voz baja y conmovida:

--Me quieres, preciosa, me quieres?

La nia no contest.

--Me quieres? me quieres?--volvi a preguntar.

Esperancita, sin abrir los ojos, respondi al fin secamente:

--No.




XIV

#Una que se va.#


Algunas semanas despus, la enfermedad de D. Carmen se agrav
extremadamente. Ya no caba duda a los mdicos de que su fin estaba muy
prximo. La postracin era absoluta. No le quedaba en el rostro ms que
la piel y sus grandes ojos tristes y benvolos que se fijaban con
extraa intensidad en cuantos se acercaban a ella, cual si tratase de
leer en las fisonomas el terrible secreto de su muerte. Con tal motivo
asomaban la cabeza mil pasiones srdidas en el alma de los que ms
debieran tenerla atribulada. Salabert pensaba con disgusto en la
herencia que reverta a su hija. Hizo nuevos esfuerzos para que su
esposa revocase el testamento, pero intilmente. Por primera vez en su
vida D. Carmen daba seales de gran firmeza de carcter. Aunque incapaz
de vengarse haba tal vez en su empeo cierto deseo de terminar la
existencia con un acto de justicia. Una vida de completa sumisin, sin
oponer el ms mnimo obstculo a la voluntad de su marido, a sus planes
econmicos, ni a sus pasiones ilcitas, bien mereca que a la hora de la
muerte reivindicase su libertad para satisfacer los impulsos del
corazn. Osorio espiaba silenciosamente, con disimulada ansiedad, los
progresos de la enfermedad, cuyo desenlace arrastrara consigo a la vez
el trmino de sus apuros. D. Carmen se desprendera de su envoltura
carnal y l de sus acreedores. La misma Clementina, objeto predilecto de
la ternura de la angelical seora, no poda menos de gozar con la
perspectiva de tanto milln como iba a caer en sus manos. Procuraba
sofocar sus deseos, apagar la impaciencia; mas a despecho suyo un diablo
tentador haca brincar su corazn de gozo cada vez que tal pensamiento
le acuda al cerebro.

Con astucia infernal, Salabert haca lo posible por introducir la
desconfianza en el nimo de su esposa. Unas veces de un modo solapado,
otras cnico y brutal, verta en su alma el veneno de la sospecha.
Clementina y Osorio esperaban su muerte como agua de Mayo. Qu
desahogados quedaran cuando pagasen todas sus trampas! Y hasta otra: a
vivir, a gozar con el dinero de la infeliz seora! Esta permaneca muda,
indignada ante las malvolas insinuaciones de su marido. Pero en su alma
entristecida y debilitada por la enfermedad, la punta de aquella acerada
flecha se revolva causando vivos dolores que procuraba ocultar. Cada
vez que Clementina vena a visitarla, y ltimamente lo haca dos veces
cada da, los ojos de su madrastra se fijaban en ella con muda
interrogacin, procurando leer en los suyos las ideas que le pasaban por
el cerebro. Esta atencin anhelante embarazaba a la esposa de Osorio, le
haca experimentar una turbacin que, aunque leve, no dejaba algunas
veces de ser visible.

A medida que la enfermedad avanzaba, este afn de D. Carmen fu
aumentando hasta convertirse en mana. Clementina representaba en la
soledad moral en que viva el nico lazo de amor que la una a la
tierra. Por lo mismo que su hijastra haba sido siempre fra y altanera
con todos, menos con ella, jams haba dudado de la sinceridad de su
cario. Estaba con l satisfecha y orgullosa. Le bastaba para
compensarle de la indiferencia despreciativa que observaba en cuantos se
acercaban a ella. La horrible sospecha que a viva fuerza haba penetrado
en su corazn lo llenaba de amargura. Un espritu bondadoso y amante
como el suyo necesitaba creer en la bondad y en el amor. Al arrancarle
esta ltima creencia sangraba de dolor.

Una tarde se hallaban juntas y solas. La duquesa, inmvil en la butaca,
con la cabeza echada hacia atrs, escuchaba a su hijastra leer una
historia devota, la aparicin de la Virgen de la Saleta. Su pensamiento
no estaba en el asunto: tenalo agitado, como siempre, por aquella duda
fatal que acibaraba an ms que la dolencia corporal sus mseros das.
Con la mirada fija y zahor del que se acerca a la tumba, atravesaba la
hermosa frente de Clementina inclinada sobre el libro y deletreaba
confusamente all dentro sin lograr adquirir la certidumbre que ansiaba.
Ms de una vez, al levantar aqulla la cabeza, se haba encontrado con
esta mirada opaca y desconsolada: haba bajado prontamente la suya,
acometida de sbito malestar. En el alma de la enferma haba nacido un
deseo, un capricho ms bien, vivo y abrasador como los que sienten los
moribundos. Quera que su hijastra le refrescase con alguna palabra
dulce la horrible quemadura que su duda le causaba. Varias veces
temblaron sus labios para formular la pregunta. Una vergenza invencible
la detena.

--Deja el libro, hija ma: estars fatigada--dijo al cabo. Y su voz
sali de la garganta temblorosa como si hubiese pronunciado alguna frase
grave.

--Lo estar usted de oir. Yo no: a Dios gracias, tengo sana la garganta.

--Dios te la conserve, hija ma, Dios te la conserve--repuso la seora
con acento de ternura mirndola fijamente.

Hubo unos instantes de silencio.

--Sabes lo que me han dicho?--se atrevi a pronunciar despus. Y su
voz sali tan apagada que las ltimas slabas casi no se oyeron.

Clementina, que se dispona a continuar la lectura, levant la cabeza.
Las pocas gotas de sangre que doa Carmen tena ya en su arruinado
cuerpo le subieron de golpe al rostro y lo tieron levemente de rojo.

--Me han dicho ... que estabas deseando mi muerte.

A su vez la rica sangre de Clementina acudi atropelladamente a sus
mejillas y las encendi con vivos colores. Ambas se miraron un instante
confusas. La joven exclam con energa al fin frunciendo la tersa
frente:

--Ya s quin se lo ha dicho a usted.

Y su sangre, al proferir estas palabras, huy del rostro nuevamente como
una marea de reflujo instantneo. La de su madrastra tambin se
concentr en su lastimado corazn. Inclin la blanca y fatigada cabeza,
diciendo:

--Si lo sabes, no pronuncies su nombre.

--Y por qu no?--exclam la hijastra enfurecida--. Cuando un padre, sin
motivo alguno, slo por unos miserables ochavos injuria a su hija y
martiriza a su mujer, no tiene derecho a que se le quiera ni a que se le
respete.... Lo dir con todas sus letras.... Eso es una infamia!...
Pap es un hombre que no tiene ms Dios ni ms amor que el dinero. Saba
que el testamento de usted me haba enajenado su cario ... (si es que
me lo ha tenido alguna vez....)

--Oh!

--S; lo saba muy bien. Pero nunca creyera que llegara a cometer
semejante vileza, a calumniarme de ese modo.... A usted le consta que la
he querido siempre ms que a l ... s, s, ms que a l! no tengo
ningn reparo en decirlo.... Dir ms: yo no he querido de veras a nadie
ms que a usted y a mis hijos.... Si ese testamento es la causa de que
usted dude de mi cario, rmpalo usted.... Rmpalo, s: su tranquilidad
y su afecto me importan mucho ms que su dinero....

La voz de la dama vibraba de indignacin al pronunciar estas palabras.
Sus ojos se clavaban en el vaco con dureza, cual si quisieran ver
levantarse delante de ella la figura de su padre para pulverizarlo. En
aquel momento hablaba con sinceridad.

Los ojos opacos de D. Carmen, a medida que hablaba, iban brillando con
alegra. Al fin se nublaron de lgrimas, y exclam:

--Te creo, hija ma, te creo!... Ah, no sabes el bien que me haces!

Al mismo tiempo se apoder de sus manos y las bes con efusin.
Clementina di un grito de vergenza.

--Oh, no, no, mam!... yo soy quien debo....

Y le ech los brazos al cuello con ternura. Quedaron largo rato
abrazadas, llorando silenciosamente. Fu una de las pocas veces en que
Clementina llor de enternecimiento y no de despecho.

Pero en los das siguientes, aunque subsisti vivo en ambas el recuerdo
de esta escena tierna, tambin qued el del motivo que la haba
producido. Clementina sentase avergonzada al presentarse delante de su
madrastra. Sus atenciones, sus frases de cario eran exageradas unas
veces: quera borrar con ellas el pensamiento que claramente lea en los
ojos de aqulla. Otras veces, imaginando que podran servir para que
sospechase de su sinceridad, las atajaba de golpe y tomaba una actitud
indiferente y fra. De todos modos exista entre ambas una corriente de
inquietud que las haca padecer, por diverso modo, los ratos en que
estaban juntas.

D. Carmen cay al fin en la cama para no levantarse. Clementina pasaba
all todo el da. El terrible momento se acercaba. Al fin una madrugada,
entre dos y tres, llamaron con alarma en el hotel de Osorio dos criados
del duque. La seora agonizaba. Preguntaba por su hija con insistencia.
Esta se levant del lecho apresuradamente, y a todo el escape de sus
caballos vol al palacio de Requena. Osorio la acompaaba. Al entrar en
la habitacin de la enferma tropezaron con el duque, que les mir con
semblante hosco.

--Llegis a tiempo! llegis a tiempo!--gru sordamente. Y se alej
sin decir ms.

Clementina crey notar en estas palabras una intencin malvola y se
mordi los labios de ira. La tristsima escena que se ofreci a su
vista, apenas se aproxim al lecho de D. Carmen, consigui apagar su
odio breve instante. La infeliz seora presentaba ya en su rostro los
signos de la muerte, la palidez cadavrica, el afilamiento de la nariz,
los ojos vidriosos y en torno de ellos un crculo oscuro, amoratado. A
su lado y en pie estaba el sacerdote que la exhortaba a arrepentirse.
(De qu?) A los pies del lecho, Marcela, su antigua doncella, lloraba
ocultando el rostro con el pauelo. Otras dos criadas contemplaban de
ms lejos con rostros asustados, ms que doloridos, aquel cuadro
lastimoso. All en un rincn el mdico de cabecera escriba una receta.

Al divisar a su hija, la duquesa volvi los ojos hacia ella con
expresin de ansiedad y extendi una mano para llamarla.

Acrcate, hija ma--dijo con voz bastante clara. Y luego que se acerc
tomndole una mano entre las dos suyas amarillas, descarnadas, exclam
mirndola con fijeza terrible a los ojos:

--Me muero, hija, me muero! No es verdad que lo sientes?... por lo
menos que no te alegras?

--Oh, mam!

--D que no te alegras--insisti con ansiedad sin apartar su mirada de
los ojos de la joven.

--Mam, por Dios!--exclam sta aturdida y aterrada a la vez.

--D que no te alegras!--repiti con ms energa an levantando a costa
de grandes esfuerzos la cabeza, mirndola con dureza.

--No, mam del alma, no! Si pudiera conservar su vida a costa de la
ma, le juro a usted que lo hara.

Los grandes ojos opacos de la moribunda se dulcificaron. Volvi a dejar
caer la cabeza sobre la almohada, y despus de breve silencio dijo con
voz apagada y vacilante:

--Seras muy ingrata ... s, muy ingrata.... Tu pobre mam te ha
querido tanto!... Dame un beso.... No llores.... No siento dejar el
mundo.... Lo que me dolera es que t, hija de mi corazn ... que t....
Qu pensamiento tan horrible! Cunto me ha hecho sufrir!

El sacerdote se interpuso en aquel momento invitndola a dejar los
pensamientos mundanos. La enferma le escuch con humildad, repiti
devotamente las oraciones que le lea en alta voz. El mdico y el duque
se acercaron para ponerle un revulsivo; pero observando que comenzaba el
estertor, el mdico hizo un gesto y cogi por el brazo al duque para
sacarlo fuera de la estancia.

D. Carmen pase una mirada extraviada, vidriosa, por todos ellos, y
detenindola en Clementina le hizo sea otra vez de que se aproximase.

--Adis, hija ma--dijo sin mirarla, con los ojos fijos en el techo--.
Haces bien en alegrarte de mi muerte....

--Qu dice, mam!--exclam aqulla con un grito de espanto.

--Yo tambin me alegro.... Me alegro de que mi muerte te sirva de
algo.... Si hubiera podido darte en vida lo que me pertenece ... todo te
lo hubiera dado.... Es triste verdad?... Tener que morir para hacerte
feliz.... Hubiera gozado tanto vindote feliz!... Adis, hija ma,
adis ... acurdate alguna vez de tu pobre mam....

--Madre de mi alma!--grit la dama cayendo de rodillas deshecha en
sollozos--. Yo no quiero que muera, no!... He sido muy mala ... pero
siempre la he querido ... y la he respetado....

--No seas tonta--dijo la moribunda haciendo un esfuerzo para sonrer y
acaricindole la cabeza con su mano de esqueleto--. Ya no me duele que
te alegres.... Qu importa!... Muero satisfecha sabiendo que vas a
deberme un poco de felicidad.... Te recomiendo a las ancianitas del
asilo.... Protgelas, hija ma ... y a esta buena Marcela, tambin....
Adis, adis todos.... Perdonadme el mal que os haya hecho....

El estertor creca, sonaba ms estridente y ms lgubre por momentos.
Los sollozos de Clementina y Marcela cortaban por intervalos las notas
de aquel ronquido fatal. El duque, trmulo, alterado, se dej al fin
arrastrar de la habitacin.

D. Carmen no volvi a hablar. Tena los ojos cerrados, la boca
entreabierta, el cuerpo tranquilo. De vez en cuando levantaba un poco
los prpados y diriga una mirada afectuosa a su hijastra arrodillada.
El sacerdote lea con voz nasal, quejumbrosa, las oraciones de su libro.

As muri la duquesa de Requena. Dejadla, dejadla partir!

Algunos das despus, Clementina y su marido, a pesar del odio
inextinguible que se profesaban, celebraban largas y frecuentes
conferencias. La magna cuestin de la herencia los una momentneamente.
Clementina visitaba maana y tarde a su padre. Osorio tambin iba con
frecuencia al palacio de Requena. Uno y otro prodigaban al viejo mil
atenciones, compadecan su soledad, le mimaban. Haba en su
comportamiento cierta familiaridad afectuosa que cuadraba muy bien a
unos hijos que van a proteger la venerable ancianidad de un padre. El
duque se dejaba venerar observndolos con mirada ms socarrona que
enternecida. Cuando volvan la espalda para irse, segualos con los
ojos, bajaba los prpados lentamente, revolva entre los labios la breva
americana y se iba bosquejando en su rostro una sonrisa burlona que
duraba todava algunos segundos despus de perderlos de vista.

Las cosas siguieron en el estado de antes. A pesar de que el testamento
de la duquesa era terminante, Salabert no se dign hablarles una palabra
de intereses. Continu disponiendo en jefe de su caudal, entregado a los
negocios con absoluta tranquilidad. Su hija y su yerno la perdieron al
ver esta actitud. Comenzaron a vivir agitados, a comunicarse a cada
instante con violencia sus impresiones, a formar planes para provocar
una explicacin. Clementina pretenda que Osorio le hablase. Este crea
que era ella quien deba pedirle cariosamente una explicacin antes de
formular ninguna queja. Despus de algunos das de vacilacin, al fin se
decidi la esposa a dirigir algunas palabras a su padre, si bien con
cierta indecisin y embarazo, pues conoca bien el carcter de ste y
mejor an el suyo propio.

--Vamos a ver, pap--le dijo, hallndole solo en el despacho, con
afectada jovialidad--. Cundo me hablas de dinero?

--De dinero?... Para qu?--respondi el duque con sorpresa, mirndola
con rostro tan inocente que daba ganas de darle una bofetada.

--Para qu ha de ser? para enterarme de lo que me concierne. No soy la
nica y universal heredera de mam?--replic sin abandonar el tono
jovial, pero con cierta alteracin en la voz bien perceptible.

--Ah, s!--exclam el duque haciendo con la mano un ademn de
indiferencia--. De eso hablaremos ms adelante ... mucho ms adelante!

Clementina se puso plida. La ira hizo dar un salto a toda su sangre.
Sus labios temblaron y estuvo a punto de decir un disparate.

--Sera bueno, sin embargo, que nos entendisemos ...--murmur con voz
dbil.

--Nada, nada; no hablemos ahora. Cuando tenga humor y tiempo ya me
ocupar de esas cosas.

Hablaba con tal seguridad e indiferencia no exenta de desdn, que su
hija tena que optar entre dar rienda suelta a la lengua, romper con su
padre de un modo violento, o marcharse. Decidise, despus de un
instante de vacilacin, por esto. Gir sobre los talones, y sin una
palabra de adis sali de la estancia y se meti en el coche, en un
estado de excitacin que haca temblar todo su cuerpo.

Cuando lleg a casa corri a encerrarse en su habitacin y di salida al
furor que la embargaba. Llor, pate, desgarr sus vestidos, rompi una
porcin de cachivaches. Osorio tambin mont en clera y dijo que iba a
hacer y acontecer. De todo ello no result, sin embargo, ms que una
carta en que aqul, con bastante respeto, invitaba a su suegro a que le
manifestase el estado de su hacienda, a fin de dar comienzo a las
primeras operaciones del inventario. Salabert no contest a esta carta.
Se escribi otra. Tampoco. Dejaron de visitarle. Clementina no quera ir
"por no armar un escndalo". Osorio no se consideraba con fuerza moral
suficiente, dado el estado de sus relaciones matrimoniales, para
reclamar con energa el caudal de su mujer. En tal aprieto hablaron con
algunas personas de respeto amigas del duque, y se las enviaron como
medianeras. Cumplieron stas su cometido: hablaron con el viejo, y
despus de varias entrevistas se resolvieron a provocar una reunin
amistosa a fin de que el asunto no fuese a los tribunales. Efectuse
sta, despus de alguna resistencia por parte de Clementina, en el
palacio de su padre. Asistieron a ella, a ms de las partes interesadas,
el padre Ortega, el conde de Cotorraso, Caldern y Jimnez Arbs. Este
ltimo (que haba dejado de ser ministro y estaba en la oposicin) di
comienzo a la sesin espetndoles un discurso "de tonos conciliadores"
excitndoles a la concordia para que no diesen al pblico el espectculo
de una disputa entre padre e hija por cuestiones de dinero, espectculo
que, dada su altsima posicin en el mundo, no poda menos de ser
repugnante. Siguile en el uso de la palabra el padre Ortega, que con el
acento persuasivo y untuoso que le caracterizaba, despus de darles, lo
mismo al duque que a sus hijos un buen jabn de elogios disparatados
para ponerlos suaves, apel a sus sentimientos cristianos, les hizo
presente el mal ejemplo que daran, les pint las dulzuras del cario y
del sacrificio mutuo y concluy prometindoles la gloria eterna.

Clementina respondi la primera, que ella no tena otro deseo que
continuar manteniendo con su padre las mismas relaciones de cario y
respeto que hasta entonces, y que para conseguirlo estaba dispuesta a
hacer todo lo que fuera posible. El acento seco y duro con que pronunci
estas palabras y el gesto ceudo con que las acompa no daban
testimonio muy claro de su sinceridad. Sin embargo, el duque se
manifest muy conmovido.

--Arbs! padre! vosotros, hijos mos! Todos conocen perfectamente mi
carcter.... Para m, fuera de la familia no hay felicidad posible....
Despus del golpe terrible que acabo de sufrir, lo nico que me queda en
el mundo es mi hija.... En ella tengo concentrado todo mi cario, mis
esperanzas y mi orgullo.... Para ella he trabajado, he luchado sin
descanso, he reunido el capital que poseo.... Puedo decir que nunca he
sentido la necesidad del dinero ms que por mi mujer (que en gloria
est) y por mi hija...; por verlas a ellas felices rodeadas de bienestar
y de lujo.... A m me han bastado siempre cuatro cuartos para vivir,
bien lo sabis. Hoy que soy viejo, con mayor razn.... Para qu quiero
ya los millones? Dentro de poco me ver obligado a tomar el tren para el
otro barrio, verdad, Julin? Y t lo mismo. Por consiguiente, a quin
puede ocurrrsele que voy a reir por cuestin de ochavos con la hija
de mi corazn?... Aqu no ha habido ms que una equivocacin. Yo
necesitaba tiempo para poner en claro mis asuntos.... Eso es todo....
Pero si es que has podido suponer otra cosa, hija ma, slo puedo
decirte esto.... Lo que hay en esta casa es tuyo y siempre lo ha sido.
Tmalo cuando se te antoje.... Tmalo, hija, tmalo.... A m me basta
con nada....

Al pronunciar estas ltimas palabras visiblemente enternecido, quisieron
arrasrsele los ojos de lgrimas. Todos dieron muestras igualmente de
enternecimiento y prorrumpieron en frases de conciliacin. El padre
Ortega empuj suavemente a Clementina hacia los brazos de su padre, y
aunque ella era la menos conmovida, al fin se dej abrazar por l, que
la tuvo un buen rato apretada. Cuando la solt se llev el pauelo a los
ojos y se dej caer en una butaca, vencido por el peso de tanta emocin.

Despus de esta escena conmovedora nadie os acordarse de intereses. La
reunin se disolvi apretndose todos la mano cordialmente y
felicitndose con calor por el xito lisonjero de sus gestiones. Pero
Osorio y Clementina se metieron en su coche serios, cejijuntos, y no se
hablaron en todo el camino una palabra. Slo al llegar a casa murmur la
esposa con acento colrico:

--Ya veremos en qu para la comedia!

Osorio se encogi de hombros y respondi:

--Yo lo doy por visto.

Ni uno ni otro se equivocaron.

El duque ni les di una peseta ni volvi a hablarles para nada de la
herencia. Estaba muy carioso con ellos: les haca comer muchos das en
su casa, quejndose de su soledad; hasta les hablaba algunas veces de
los negocios que tena pendientes; pero nada de liquidar la parte que
les corresponda.

Clementina lleg a irritarse tanto que dej bruscamente de ir a su casa.
Volvieron a mediar cartas. No pudieron sacar ms que respuestas
ambiguas, vagas esperanzas. Al fin se decidieron a entablar la demanda,
y comenz un pleito que hizo estremecer de gozo a la curia.

Ces para Clementina toda felicidad. Desde entonces vivi en un estado
de perpetua irritacin, siguiendo con afanoso inters los incidentes del
litigio, apurando al procurador, a los abogados, buscando influencias
que contrarrestasen las poderosas del duque. Este conduca el asunto con
mucha ms calma, lo enredaba con habilidad desesperante, aprovechndose
de la violencia que ella mostraba para hacerla aparecer a los ojos de la
sociedad como ambiciosa y desnaturalizada. Esto no obstaba para que
entre sus ntimos soltase de vez en cuando alguna de sus frases burlonas
y cnicas, que al llegar a odos de ella la hacan estallar de furor. La
lucha se fu haciendo cada da ms encarnizada. Por otra parte, los
acreedores de Osorio, defraudados en sus esperanzas, empezaban a
revolverse contra l y amenazaban dejarle arruinado. Es fcil
representarse la agitacin, la violencia, el malestar que reinaran en
el hotel de la calle de Don Ramn de la Cruz.

De este malestar, y aun puede decirse desdicha, participaba el hasta
entonces afortunado Raimundo. El espritu y el cuerpo de Clementina,
alterados por el tumulto de otras pasiones, no podan reposarse en las
dulzuras del amor. Los momentos que aqulla le conceda eran cada vez
ms cortos y sin sosiego. Se extinguieron las plticas alegres,
bulliciosas, que en otro tiempo mantenan. La hermosa dama ya no gustaba
de embromar a su juvenil amante. No se acordaba siquiera de aquellas
gozosas y pueriles escenas en que se deleitaban, ora haciendo ella de
reina que recibe en corte a sus ministros, ya jugando besos a los naipes
o en otras mil nieras que la tornaban a la adolescencia. Ahora apenas
saba hablar de otra cosa ms que de su pleito. Tena los nervios tan
excitados, que con la palabra ms insignificante se le disparaban y
montaba en furiosa clera. Adems, por el inters vehementsimo de
triunfar de su padre, crecan sus coqueteras con Escosura, recin
nombrado ministro. Esto era, como debe suponerse, lo que ms desgraciado
haca al joven entomlogo.

Un da, en que estaba ms cariosa que de costumbre, tenindole sentado
a sus pies y acaricindole los cabellos con sus hermosos, delicados
dedos cargados de sortijas, le dijo con acento meloso:

--T sigues con tus celos de Escosura. verdad, Mundo?... Pues haces muy
mal.... No me gusta poco ni mucho ese hombre....

--S: eso me has dicho muchas veces ... pero....

--No hay pero que valga, nio dscolo--repuso alegremente tirndole de
la oreja--. Ni he querido, ni puedo querer a nadie ms que a ti. Todos
los hombres me parecen feos, tontos y presuntuosos a tu lado.... Pero
(aqu viene mi pero!) desgraciadamente t no eres ministro, aunque lo
mereces ms que todos los que conozco.... Bien sabes que mi fortuna est
hoy en manos de la justicia, que de la noche a la maana puedo quedar
sin una peseta. Acostumbrada como estoy a las comodidades y al lujo, ya
comprenders que no sera un plato de gusto. Mi amor propio tambin
padecera mucho: tengo infinitos envidiosos, gente que me odia sin saber
por qu.... En fin, que sera el hazme reir de ellos, entiendes? Y yo
no quiero que eso suceda. Mi padre cuenta con muchos amigos.... se
esperan de l favores (aunque sea incapaz de hacer uno solo), se le
tiene miedo.... Yo, aunque trato a casi todos los polticos de Madrid,
carezco de un verdadero amigo que se interese por mi asunto como si
fuese propio, que se atreva a ponerse frente a mi padre.... Y como no lo
tengo necesito buscarlo, sabes?... Figrate ahora que ese amigo es
Escosura, quien por su posicin poltica y por su dinero es
independiente por completo.... Figrate que estoy en relaciones con
l.... Figrate que es mi amante a los ojos del mundo.... Y figrate
tambin que rompo contigo en apariencia, aunque sigas secretamente
siendo mi verdadero amor, el nico querido de mi corazn.... Qu te
parece del arreglo? Lo encuentras aceptable?

Raimundo se puso encendido ante aquella singular y humillante
proposicin. Tard unos instantes en contestar y al fin dijo entre
colrico y desdeoso:

--Me parece sencillamente una infamia y una asquerosidad.

La arruga, aquella arruga fatal que cruzaba la frente de Clementina cada
vez que la clera agitaba su alma turbulenta, apareci honda y
siniestra. Levantse bruscamente, y despus de mirarle con fijeza, entre
airada y desdeosa, le dijo con acento glacial:

--Tienes razn. Ese arreglo no puede convenirte.... Mejor ser que
cortemos de una vez nuestras relaciones.

Y se dispuso a marchar. Raimundo qued anonadado.

--Clementina!--grit con desconsuelo cuando se hallaba ya cerca de la
puerta.

--Qu hay?--dijo ella, con la misma frialdad, volviendo la cabeza.

--Escucha, por Dios, un momento.... Te he dicho eso arrebatado por los
celos, pero sin intencin de herirte.... Cmo he de ofenderte yo a ti
cuando te quiero, te adoro como a un ser sobrenatural?...

A stas siguieron otras muchas palabras fogosas empapadas de cario,
mejor an, de devocin. Clementina las escuch en la misma actitud
altanera. No se dej ablandar hasta que le contempl bien humillado,
pidindole de rodillas, como precioso favor, aquel mismo arreglo que
haca un instante haba calificado de infamia y asquerosidad.

Por aquellos das la dama experiment una rabieta tan viva que estuvo a
punto de enfermar. Y no le falt motivo. El duque, su padre, cuyas
relaciones con la Amparo eran cada da ms pblicas y descaradas, llev
su cinismo o su servidumbre humillante hasta traerla a su palacio y
hacer vida marital con ella. No se hablaba de otra cosa en la alta
sociedad madrilea. Todo el mundo consideraba que Salabert tena
perturbado el cerebro, por no decir, como en otro tiempo, que estaba
hechizado por su querida. Esta, con su estupidez inveterada, en vez de
disimular su poder y hacerse perdonar del mundo aquella inaudita
usurpacin, la pregonaba a son de trompeta en los teatros y paseos,
donde se presentaba colgada del brazo del duque. Poco despus comenz a
circular por Madrid la noticia de que se casaban. El asombro y la
indignacin que produjo fueron vivsimos.

Un acontecimiento imprevisto vino a deshacer o por lo menos a aplazar
aquella boda. En cierta reunin de accionistas de las minas de Riosa, a
Salabert, como presidente, le toc dar cuenta de su gestin y proponer
las modificaciones necesarias en la marcha de la sociedad.
Ordinariamente lo haca con mucha concisin y claridad. Era, ante todo,
hombre de negocios y no gustaba de andarse por las ramas o decir ms
palabras de las indispensables. Mas con sorpresa de la asamblea, donde
se hallaban muchos banqueros y algunos personajes polticos, comenz a
pronunciarles un discurso por todo lo alto. Abandonando el asunto por
completo, entr dndoles amplias explicaciones de su conducta como
hombre pblico; traz una verdadera biografa de su persona,
detenindose en pormenores del todo impertinentes; cant con la mayor
impudencia sus propias alabanzas, ofrecindose como el prototipo de la
consecuencia poltica, del desinters y la abnegacin; pregon sus
servicios al pas, por haber prestado dinero al Gobierno en momentos de
apuro, y a la causa de la humanidad coadyuvando poderosamente a la
ereccin de hospitales, escuelas y asilos. Hasta tuvo la desvergenza de
decir que el asilo de ancianas de los Cuatro Caminos era obra suya.

Los circunstantes se miraban unos a otros con estupor y se murmuraban al
odo juicios poco lisonjeros sobre el estado intelectual del orador.
Cuando apur la lista de sus mritos y se proclam _urbi et orbi_ el
primer hombre de la nacin, principi a desatarse contra sus enemigos.
Presentse como vctima de una persecucin tenaz, insidiosa, de mil
intrigas urdidas para desacreditarle y en las que intervenan una
porcin de personajes de la banca y la poltica. En confirmacin de este
aserto ley con voz campanuda y fogosa entonacin ciertos artculos
insertos en un peridico de provincia (la provincia en que estaban las
minas de Riosa), en que segn l se le atacaba "de un modo indigno y
asqueroso". Lo que vena a decir, en resumen, el articulista, era que
Salabert no era acreedor a que se le erigiese una estatua.

Los circunstantes, cada vez ms cansados y aburridos, se decan ya en
voz baja:

--Esto es ridculo! Este hombre est loco!

A medida que lea se iba enardeciendo. Su rostro, ordinariamente un poco
amoratado, se oscureci de tal modo que pareca el de un estrangulado.
Al fin, sin terminar la lectura, cay en el silln presa de un ataque
que le priv del sentido. Y por entrambas vas su naturaleza pletrica
comenz al instante a desahogarse de tan formidable manera, que slo un
mdico que asista a la reunin en calidad de socio os acercarse a l.




XV

#Genio que se apaga.#


Despus de aquel ataque, las facultades mentales del duque
experimentaron una merma considerable, al decir de cuantos a l se
acercaban. Padeca extraas distracciones. Su palabra era perezosa y ms
confusa que antes. Tena caprichos fantsticos. Se contaba que haba
entregado ya a la Amparo sumas enormes o las haba puesto a su nombre en
el Banco; que se enfureca por livianos motivos y gritaba y gesticulaba
como un demente, llegando sus arrebatos hasta maltratar de obra a los
criados o dependientes; que coma vorazmente y sin medida, y que deca
de su hija horrores inconcebibles, imposibles de repetir entre personas
decentes. Su genio socarrn y maligno se haba trocado en adusto y
violento.

Sin embargo, en los negocios no di seales de faltarle la cordura. La
rueda de la avaricia no se haba gastado an en su organismo. Verdad que
la mayor parte de ellos marchaban por s mismos. Adems tena consigo a
Llera, cuyas dotes de especulador astuto y audaz haban llegado al
apogeo. Donde se mostraba en realidad la perturbacin, o por mejor
decir, la flaqueza de su inteligencia, era en el seno de la vida
domstica. No se content con hacer reina y seora de la casa a su
querida, pero admiti en ella tambin a la madre y los hermanos de sta,
gente ordinaria y soez que la tom por asalto, dndose harturas de
esclavos en saturnal, viviendo en perpetua orga. El dominio de la
Amparo se hizo absoluto. Ella fu quien comenz a ordenar, o por mejor
decir, a desordenar los gastos ostentando un lujo escandaloso en sus
vestidos, joyas y trenes. Y como no faltan en Madrid hambrones de levita
y de frac, al instante tuvo una corte de parsitos que cantaron sus
alabanzas. Di tes y comidas; se jug al tresillo. Se hizo, en suma, lo
que en todas las casas opulentas, menos bailar. Y aunque el personal por
dentro dejaba mucho que desear, por fuera pareca tan pomposo y
brillante como el de los dems palacios. Hasta haba ttulos de
Castilla que honraban la tertulia con su presencia, entre ellos el
marqus de Dvalos, tan loco y enamorado como siempre. La Amparo, a
quien lisonjeaba este amor frentico conocido de todo Madrid, lo
desdeaba en pblico y lo alimentaba en secreto. Por donde flaqueaban
ms los saraos de aqulla era por el lado femenino, si bien no faltaban
tampoco algunas seoras de la clase media que, a trueque de pisar regios
salones y verse servidas por lacayos de calzn corto, consentan en
alternar con la querida de Salabert. Verdad que acallaban sus escrpulos
dicindose que Amparo muy pronto sera la duquesa de Requena, en cuanto
terminase el luto de la anterior esposa.

Segua el pleito entre el duque y su hija, ms empeado cada da y
encendido. La Amparo se declaraba parte en l entre sus amigos; gozaba
soltando contra Clementina el odio mortal que la profesaba en palabras
tabernarias. Salan a relucir en su tertulia todos los devaneos de la
dama, corregidos y aumentados por los parsitos; se contaban ancdotas
que haran ruborizar a un guardia civil; se atacaban hasta sus prendas
corporales, diciendo que los dientes eran postizos, que tena una cadera
torcida y otras calumnias por el estilo. Cierta noche tuvo xito
prodigioso un muchachuelo al manifestar que Clementina, segn datos
irrecusables, gastaba pantalones de franela a raz de la carne.

Algunos de estos dichos llegaban a odos de la interesada y la hacan
empalidecer de ira, amargaban extremadamente su agitada existencia. El
pleito era ya para ella una lucha personal con la Amparo. Lo que ms
tema, y Osorio tambin, era que se realizase el anunciado matrimonio de
su padre. Si esto suceda no haba ms remedio que ver a la ex florista
ostentando la corona ducal, tratando de potencia a potencia con ellos.
Aunque al principio la sociedad la rechazase, como con el tiempo todo se
olvida, quiz aquella vil mujer llegara a ser una verdadera duquesa.
Afortunadamente para ellos, aunque Salabert estaba sometido en todo a su
voluntad, les constaba que se opona tenazmente a casarse, que la Amparo
haca intiles esfuerzos para decidirle, que haba habido escenas
violentas entre ellos. La ex florista, al principio, lo haba tomado por
la tremenda. Se contaba que en un arrebato haba herido al duque con
unas tijeras, que los criados escuchaban frecuentemente gritos
descompasados de la bella injuriando al viejo, llenndole de denuestos.
Uno juraba que la haba odo gritar:

--Por qu no te casas? d, canalla!... Crees que te deshonras con
eso? No sabes que por ah todo el mundo dice que eres un ladrn? que
tus iniciales significan _a ese!_...? Ser una p... pero una p... no
vale tanto como un ladrn?

Ciertos o no estos horrores, lo que constaba de un modo indudable era la
resistencia de l y el afn de ella. Alguien le hizo entender que no era
ste el mejor sistema y que corra riesgo, por quererlo todo, de
perderlo todo. Cambi de tctica. Se dedic a sacar de su querido todo
el dinero que pudo y a empujarle suavemente, pero con tenacidad, al
matrimonio. Mas aunque por lo que se refiere a esto ltimo sus asaltos
continuaban siendo infructuosos, Clementina y Osorio estaban con el alma
en un hilo. Decase que el duque se hallaba realmente enfermo, que
sufra una parlisis progresiva. En vista de ello se determinaron,
despus de escuchar el parecer de algunos clebres abogados, a pedir
ante los tribunales su inhabilitacin o la incapacidad para administrar
sus bienes.

Por estos das se dijo que aqul haba experimentado un nuevo ataque y
que de resultas haba quedado casi enteramente imbcil. Confirmaba este
rumor el que no sala de casa y el que sus amigos ntimos no conseguan
verle cuando iban a visitarle.

En tales circunstancias, bien por un arranque de su temperamento
impetuoso o porque no faltara entre sus ntimos quien se lo aconsejara,
Clementina se resolvi a dar un golpe decisivo que de una vez zanjase el
litigio y todos los problemas a l anejos. "Mi padre est
secuestrado--dijo--. Yo voy all y arrojo a esa mujer de casa". Osorio
trat de disuadirla, pero intilmente.

Una maana se hizo trasladar en su coche al palacio de Requena. Pasmo
del portero al abrir la verja y encontrarse con la seorita Clementina,
y visible alegra tambin. Porque, aunque no era tan llana como la ex
florista ni tan prdiga, el sentimiento de justicia obligaba a los
criados del duque a despreciar a sta y respetar a aqulla. La orgullosa
dama se content con decir, sin mirarle: "Hola, Rafael", y se dirigi
rpidamente a la escalinata.

Cmo est pap?--pregunt al criado que hall en el recibimiento.

Tan aturdido qued que no pudo responderle inmediatamente.

--Vamos, hombre!--repiti con impaciencia--. Qu tal pap? Est en
las oficinas o en sus habitaciones?

--Dispense V.E. ... el seor duque est bueno.... Me parece que an est
en su gabinete....

En aquel momento una doncella, que desde el fondo del corredor la vi y
escuch sus preguntas, corri toda azorada a avisar a la seora.
Clementina tambin subi con pie rpido la escalera del piso principal.
Antes de llegar a la puerta del gabinete de su padre, la Amparo se
interpuso delante de ella, plida, mirndola fijamente, con ojos
agresivos.

--Dnde va usted?--pregunt con voz ligeramente ronca por la emocin.

--Quin es usted?--respondi la dama alzando la cabeza con soberano
desdn y mirndola de arriba abajo.

--Yo soy la seora de esta casa--repuso la malaguea ponindose an ms
plida.

--Querr usted decir la secuestradora. No tengo noticia de que aqu haya
seora alguna.

--Ah! Viene usted a insultarme a mi misma casa--exclam la ex florista
ponindose en jarras como en la plazuela.

--No; vengo a arrojarte de ella antes que llegue la polica a hacerlo.

--No me tutee usted o me pierdo!--grit la Amparo arrebatada de furor,
presta a arrojarse sobre su orgullosa enemiga.

--Repito que vengo a echarte de esta casa y del puesto que
usurpas--repuso sta con tranquilidad amenazadora, desafindola con la
mirada.

La Amparo hizo un movimiento de arrojarse sobre ella, pero detenindose
sbito se puso a gritar con voces descompasadas:

--Pepe, Gregorio, Anselmo! A ver, que vengan todos. Pepe, Gregorio!
Echadme esta ta de casa, que me est insultando!

A los gritos acudieron algunos criados, que se detuvieron confusos,
atnitos, contemplando aquella escena extraa. Tambin se abri la
puerta del gabinete y apareci en ella la figura del duque, de bata y
gorro. En poco tiempo haba envejecido de un modo sorprendente. Tena
los ojos apagados, el color cado, las mejillas pendientes y flcidas.

--Qu es eso? qu pasa aqu?--pregunt con torpe lengua. Y al ver a su
hija di un paso atrs y todo su cuerpo se estremeci.

--Esta mujer, que despus de pedir que te declaren loco viene a
insultarme--grit Amparo con voz chillona de rabanera colrica.

--Pap, no hagas caso--dijo Clementina yendo haca l.

Pero el duque retrocedi, y extendiendo al mismo tiempo sus manos
convulsas, exclam:

--Fuera! Fuera! No te acerques!

--Escucha, pap!

--No te acerques, ingrata, perversa!--repiti el duque con voz
temblorosa y tono melodramtico.

--Fuera de aqu, sin vergenza. Tiene usted valor para presentarse
despus de lo que ha hecho con su padre?--chill la malaguea animada
por la actitud del viejo.

Clementina qued petrificada, lvida, mirndoles con ojos donde se
pintaba ms el espanto que la clera. Hubo un instante en que estuvo a
punto de perder el sentido, en que todo comenz a dar vueltas en torno
suyo. Pero su orgullo hizo un esfuerzo supremo y permaneci clavada al
suelo, inmvil como una estatua de yeso, y tan blanca. Luego gir
lentamente sobre los talones por miedo a caerse y di algunos pasos
hacia la escalera, que comenz a bajar con pie vacilante. Su padre,
excitado por los gritos de la Amparo, avanz hasta la barandilla y
sigui repitiendo, cada vez ms colrico, extendiendo su mano trmula
como un barba de teatro:

--Fuera! Fuera de mi casa!

Mientras, su querida vomitaba una sarta de injurias acompaadas de
movimientos de caderas, risas sarcsticas y tal cual interjeccin del
repertorio antiguo.

Cuando lleg a poner el pie en el jardn, las mejillas de Clementina
comenzaron a echar fuego. Se apoy un instante en la columna de uno de
los faroles, y en seguida se di a correr como una loca hacia su coche.
Mont en l de un salto y cay en un ataque de nervios. La sacaron en
malsimo estado y la subieron a su cuarto entre dos criadas. Cuando
Osorio se present no pudo enterarle ms que con palabras sueltas e
incoherentes de lo que haba acaecido. Ocho o diez das estuvo postrada
en la cama. Al fin sali de ella con un deseo tal de vengarse, que
algunos pensaron que se haba vuelto loca.

El pleito, con el hbito de venganza que ella sopl sobre l, encendise
de un modo imponente. Lleg a ser en Madrid un acontecimiento pblico.
Acerca de la locura del duque hubo pareceres encontrados de los mdicos
ms insignes, espaoles y extranjeros. Los unos le ponan de idiota,
degenerado y embrutecido que no haba por dnde cogerlo. Los otros
declaraban que su inteligencia brillaba cada da ms clara, que era un
portento de penetracin y buen sentido. Pero todos coincidan en exigir,
por sus dictmenes, disparatados honorarios. La prensa intervino en
favor de una u otra de las partes. Clementina subvencionaba algunos
peridicos. La Amparo (porque el duque, en realidad, ya no se hallaba en
estado de dirigir el asunto) tena comprados otros. Y desde las columnas
de ellos se decan, ms o menos veladas, mil insolencias; se sacaban a
relucir en cuentos alegricos muchas historias escandalosas.

En esta guerra la hija llevaba la peor parte: no poda ser tan liberal
como la querida. Amparo distribua los billetes de Banco a manos llenas.
En cambio, a Clementina le ayudaban los acreedores de su marido, sus
amigas Pepa Fras, que no cesaba un momento de ir y venir visitando a
los mdicos, a los magistrados, a los periodistas, la condesa de
Cotorraso, la marquesa de Alcudia, su cuado Caldern, sus amigos el
general Patio y Jimnez Arbs, y ms que todos ellos, como quien ms
obligacin tena, su amante Escosura. Este, por el alto puesto que
ocupaba, ejerca considerable influencia en la marcha del litigio.

Qu agitacin! qu vida afanosa y miserable! Clementina no coma, no
dorma: siempre en conferencias con el abogado, con el procurador,
siempre escribiendo cartas. Hasta en sus tertulias o comidas no saba
hablar de otra cosa. De suerte que algunos, los indiferentes, murmuraban
e iban desertando de su casa. Pero a otros logr comunicarles su fuego:
eran sus parciales apasionados y traan y llevaban cuentos y daban
consejos y prorrumpan en exclamaciones de indignacin cada vez que en
cualquier parte oan nombrar a la Amparo. Aunque Clementina, en general,
no era simptica a la sociedad madrilea por su carcter altanero, como
al fin representaba el derecho y la moral, su causa era la popular.
Contribuy a hacerla ms la estupidez de su enemiga, que se presentaba
en todas partes queriendo deslumbrar con su lujo, llevando a su lado
aquel viejo imbcil y degradado.

Porque el duque de Requena se desmoronaba a ojos vistas. Despus del
perodo de exaltacin y violencia en que pareca un loco furioso, vino
el aplanamiento de los nervios. Poco a poco se acercaba al completo
idiotismo. Perdi la vivacidad del espritu y hasta la facultad de
comprender los negocios. Quedaron en manos de Llera. Esto no era malo:
pero s que la Amparo se ingiriese en ellos con autoridad, porque no
haca ms que disparates. Se daba, sin embargo, bastante maa para
ocultar la locura de su querido. Los das en que le vea sobrexcitado o
incoherente en sus palabras tenale encerrado. Slo cuando estaba ms
tranquilo y racional se aventuraba a salir con l en coche y procurando
que no hablase con nadie.

Mas a la postre tales precauciones resultaron intiles. Salabert se
escap de casa en distintas ocasiones y di pblicas seales de su
enajenacin. Una vez se le hall a las cuatro de la maana cerca de
Carabanchel. Otra vez entr en una joyera, y despus de ajustar algunas
alhajas sustrajo otras creyendo que no le vean. El joyero lo advirti
perfectamente, pero no le dijo nada porque le conoca. Lo que hizo fu
enviar la cuenta de las alhajas robadas a la Amparo. Esta se apresur a
pagarlas y vino en persona a rogarle que no divulgase el hecho.

Pronto se persuadi el pblico de que, a pesar de los pareceres
encontrados de los mdicos, la locura del duque era evidente. Comenz a
susurrarse que el fallo del tribunal as lo declarara. Dos das antes
de que se publicase, la Amparo abandon el palacio de Requena despus de
haberlo puesto a saco. Se llev multitud de objetos de gran valor. Su
hacienda ascenda ya a una porcin de millones. En previsin de lo que
poda suceder la haba sacado del Banco de Espaa y la tena en valores
extranjeros. Pocos das despus se march a Francia. Algunos meses ms
tarde circul por Madrid la noticia de que se casaba con el marqus de
Dvalos.

La misma tarde del da en que la Amparo huy (porque huda se puede
llamar) de la casa de Requena, entr Clementina con su marido y se
posesion de ella. Hall a su padre en un estado tristsimo,
completamente idiota. Hablaba como si la hubiera visto el da anterior y
no hubiera pasado nada; le preguntaba con mucho inters por la Amparo y
hasta algunas veces la confunda con ella. El corazn de la hija, hay
que confesarlo, no padeci gran cosa. Aquella desgracia no apagaba por
entero el rencor que despertaba en su alma el recuerdo de los
amargusimos das que acababa de pasar. Su venganza no estaba satisfecha
porque vea a la Amparo rica y feliz. Quera a todo trance perseguirla
criminalmente, mientras su marido, satisfecho con la fortuna colosal que
caa en sus manos, no se preocupaba poco ni mucho de semejante cosa.

El duque de Requena, el clebre banquero que tuvo atentos y admirados
durante veinte aos a los negociantes espaoles y extranjeros, el hombre
que haba dado tanto que decir al pblico y a la prensa, pas muy pronto
a ser en el palacio de Osorio un trasto intil y despreciable. Por no
dar que murmurar, o por asegurarse mejor de su persona, o quiz por un
vago temor de que pudiera curarse, los esposos Osorio no le enviaron a
un manicomio: tuvironle guardado en casa. Salabert se haba convertido
en nio. No se preocupaba ya de otra cosa que del alimento. Hablaba
poco. Pasaba horas y horas mirndose las uas o frotndose una mano con
la otra, dejando escapar de vez en cuando gritos extraos,
inarticulados. Tena cerca un criado que, cuando se mostraba
desobediente y se enfureca, le castigaba. Pero a quien ms respeto
tena, y aun puede decirse verdadero temor, era a su hija. Bastaba que
Clementina le mirase ceuda y le dirigiese una seca reprensin para que
el loco se sometiese repentinamente. En cambio, no haca caso alguno de
su yerno.

Cuando el criado que le cuidaba, vindole tranquilo iba a recrearse un
poco con sus compaeros, el loco acostumbraba a vagar por las
habitaciones del palacio mirndose con atencin a los espejos. Su mana
principal era la de recoger los pedacitos de pan que hallaba y
amontonarlos en un rincn de su cuarto hasta que all se pudran. Cuando
el montn era ya demasiado grande, los criados venan a recogerlos en
cestos y lo tiraban al carro de la basura. Al entrar en su habitacin y
echarlo de menos se enfureca. Necesitaba su guardin hacer uso de algn
medio violento para volverle el sosiego.

Cierta tarde, poco despus de almorzar los seores (el loco almorzaba en
su cuarto), se hallaban reunidos tres o cuatro criados en el gran
comedor del palacio limpiando la vajilla y colocndola en los
aparadores. Estaban de buen humor y retozaban cambiando latigazos con
los paos que tenan en la mano, corriendo en torno de la mesa y
soltando sonoras carcajadas. La seora no poda escucharles porque
estaba arriba. En esto apareci el loco en la puerta con una bandeja en
la mano, la bandeja en que acostumbraba a transportar los mendrugos,
como preciosa mercanca, a su habitacin. Vesta una bata grasienta ya y
traa la cabeza descubierta. Pero aquella cabeza, a pesar de sus blancos
cabellos, no era venerable. Las mejillas plidas, terrosas, los labios
amoratados y cados, la mirada opaca sin expresin alguna, no reflejaban
la ancianidad que tiene su hermosura, sino la decrepitud del vicio
siempre repugnante y la seal de la idiotez, aterradora siempre.

Permaneci un instante indeciso al ver tanta gente. Al fin se resolvi a
entrar; fu derecho a los cajones de los aparadores y comenz con afn a
registrarlos sacando todos los mendrugos que haba y colocndolos en su
bandeja. Los criados le contemplaban sonrientes con mirada burlona.

--Busca, busca--dijo uno--. Cundo nos convidas a gazpacho, to
lipendi?

El viejo no hizo caso: sigui afanoso en su tarea.

--Gazpacho, no--dijo otro--. Mejor ser que nos convides a un billete de
cien pesetas.

--A ti no te convido. A Anselmo, s--dijo el duque tartamudeando mucho y
mirndole airado.

--Toma! ya s por qu convidas a Anselmo; porque te anda con el bulto.
Descuida, que si es por eso ya me convidars.

Los otros soltaron la carcajada. El ms joven de ellos, un chico de diez
y seis aos, al verle con la bandeja colmada y dispuesto a marcharse, se
fu por detrs, y dndole un manotazo hizo saltar todos los mendrugos,
que cayeron esparcidos por el suelo. El duque se enfureci
terriblemente, y lanzando gritos de clera, y echndoles miradas de
fiera acosada, se tir al suelo y se puso a recoger de nuevo los
mendrugos, mientras los criados celebraban con algazara la gracia de su
compaero. Cuando ya los tena todos en la bandeja y corra hacia la
puerta para librarse de sus burlas, el mismo rapaz se fu tras l y otra
vez se los tir. El furor del loco no tuvo lmites. Convulso, rechinando
los dientes, con los ojos encendidos, se arroj sobre el burlador; pero
los dems le sujetaron. El pobre demente comenz entonces a lanzar
bramidos que nada tenan de humanos.

En aquel instante se oy en el corredor la voz irritada de Clementina.

--Qu es eso? Qu hacen ustedes a pap?

Los criados soltaron al loco y se dieron a correr desapareciendo del
comedor.




XVI

#Amor que se extingue.#


Los amores de Raimundo estaban presos por un hilo. En los ltimos
tiempos, Clementina, enteramente embargada por su anhelo de triunfo y
venganza, apenas haca caso de l. Veanse a menudo, porque el joven no
dejaba de frecuentar la casa; pero sus citas amorosas eran cada da ms
raras. Cuando aqul se quejaba tmidamente de su abandono, la dama se
disculpaba con los celos de Escosura. Por ms que haca no lograba
convencer a ste de que se hallaban rotas sus antiguas relaciones; la
vigilaba con disimulo, espiaba sus pasos; el da menos pensado
averiguara la verdad. "Ya ves, el engao sera muy feo: tendra razn
para ponerse furioso".

El pobre Raimundo estaba tan perdido que aceptaba como buenas estas
razones o aparentaba aceptarlas. En medio de aquella abyeccin viva
feliz forjndose la ilusin de que su dolo le prefera, le amaba en el
fondo del alma; que slo mantena relaciones con el ministro por el
inters del pleito. Contribua a conservarle en ella el que de vez en
cuando Clementina, por arrancarse quiz momentneamente a sus afanes y
enojos, le escriba una cartita dicindole: "Hoy a las cuatro", o bien:
"V por la tarde a la Casa de Campo". Y en estas entrevistas, acometida
de sbito capricho, recordando las primeras y gozosas etapas de su amor,
se mostraba tierna y cariosa, le juraba eterna fidelidad. Oh, Dios!
qu infinita, qu celestial felicidad experimentaba el joven entomlogo
oyendo tales juramentos de aquellos labios adorados!

Pero toda felicidad es breve en este mundo. La de l, brevsima. Al da
siguiente de aquel deliquio amoroso, encontraba a su dueo fro como el
mrmol, displicente, y, lo que es peor, en largas y reservadas plticas
con Escosura all por los rincones del saln. Crea inocentemente que al
terminar el pleito cambiara su suerte, que Clementina, no necesitando
ya al ministro, volvera de nuevo a ser enteramente suya, sin aquel
odioso reparto que le entristeca an ms que le avergonzaba. Sus
esperanzas se desvanecieron como el humo. Terminse el pleito del modo
ms feliz para ella; y no obstante, lejos de despedir a su amante
oficial, cada da se mostraba hacia l ms respetuosa y enamorada.

Cierta maana, dos meses despus de haberse fallado el litigio, recibi
un billetito que deca: "Voy esta tarde a las dos". Le di un salto el
corazn. Haca ms de quince das que su adorada no pareca por el
entresuelito del Caballero de Gracia. A la una ya estaba aguardndola. Y
en cuanto la columbr de lejos, corri a abrirla con la misma emocin
que si fuese una reina y con mucha mayor ternura. Mostrse ella
reconocida, afectuosa; recibi con agrado sus vivas y apasionadas
caricias.

Al cabo de una hora, hallndose los dos sentados en el pequeo sof
donde tantos coloquios amorosos haban pasado, ella le dirigi una larga
mirada compasiva y le dijo con sonrisa triste:

--Sabes una cosa, Mundo?... Que hoy es el ltimo da que nos vemos as
solos y juntos.

El joven la mir con estupor, sin comprender, o sin querer comprender.

--S; ... no puedo continuar manteniendo estas relaciones secretas
contigo.... Escosura ya est advertido y se ha ofendido mucho con
razn.... Adems, me parece feo el tener dos amantes.... Eso queda para
Lola Madariaga. Hasta ahora he pasado por ello porque comprendo que me
has querido y que me quieres mucho.... Yo tambin te he demostrado
siempre amor verdadero. No puedes quejarte. Si a algn hombre he querido
de corazn es a ti.... La prueba de ello es lo que han durado nuestras
relaciones.... Pero nada es eterno en el mundo.... Puesto que ya
nuestros amores estn desde hace tiempo medio deshechos (porque el amor
es exclusivo y no admite repartos), lo mejor es que lo rompamos por
completo... As como as me voy haciendo vieja, Mundo.... T eres un
muchacho. Si yo no diese la voz de separacin, tarde o temprano la
daras t. Esta es la vida.... Hoy, todava me encontrars bonita: son
las ltimas llamaradas. Necesito despedirme de las muchas locuras que
hemos hecho.... Pero siempre las recordar con placer, te lo juro.... T
reprensentars en mi vida, tal vez la poca ms feliz... Seamos de aqu
en adelante buenos amigos. Tendra un placer inmenso en poder serte
til, en que me debieses algn favor de importancia, ya que te debo yo
tantos momentos de dicha...

El joven escuch todas estas infamias inmvil, atnito. Una densa
palidez iba cubriendo sus facciones.

--Pero hablas de veras?--concluy por preguntar con voz temblorosa.

--S, querido, s; hablo de veras--respondi la dama con la misma
sonrisa triste y protectora.

--Eso no puede ser!... no puede ser!--profiri l con energa,
levantndose del asiento y mirndola colrico y espantado al mismo
tiempo.

Aquella mirada bast para remover la soberbia de Clementina.

--Vaya si puede ser!--replic en tonillo irnico que resultaba en
aquella ocasin de una crueldad feroz.

Qued helado. Permaneci en pie unos instantes mirndola con indefinible
expresin de angustia y terror: por fin se dej caer a sus pies
exclamando con las manos cruzadas:

--Oh, por Dios, no me mates! no me mates!

El semblante de Clementina se dulcific y la voz tambin.

--Vamos, no seas nio, Mundo.... Levntate.... Tena que suceder.... T
hallars mujeres que valgan mucho ms que yo....

Pero el joven se haba abrazado a sus rodillas con fuerza y se las
besaba con transportes frenticos, y lo mismo los pies, sacudido su
cuerpo por los sollozos.

--Esto es horrible! es horrible!--repeta--. Qu te hice para que as
me mates?

Vamos, Mundo, vamos.... Arriba.... Seamos formales--deca ella
dulcemente, acaricindole los cabellos--. No comprendes que es
ridculo?

--Qu me importa el ridculo!--replicaba el desgraciado entre sollozos,
con el rostro pegado a la seda de su vestido--. Por ti me pondra en
ridculo delante del mundo entero.

Clementina haca esfuerzos por calmarle, pero sin apiadarse. No hay
fiera ms cruel que una mujer hastiada. Le dej desahogarse un rato, y
cuando le vi ms sosegado, se levant del sof.

--Te agradezco muchsimo ese sentimiento, Mundo.... Yo tambin he tenido
que luchar bastante tiempo con mi corazn para resolverme a separarme de
ti....

--Mientes!--dijo l de rodillas an, con los codos apoyados sobre el
sof--. Si me hubieses querido no seras tan cruel, tan infame!

La dama permaneci un instante silenciosa mirndole por la espalda con
ojos irritados. Al fin, venciendo la compasin, dijo:

--Te perdono esas groseras por el estado de exaltacin en que te
hallas. Por mucho que me injuries no logrars que deje de recordarte
siempre con cario.... Algn da cuando t ya me hayas olvidado por
completo, todava tu imagen y los dichosos momentos que hemos pasado
juntos estarn grabados en mi corazn.... Pero ahora conviene
formalizarse--aadi cambiando de tono--. Concluyamos de un modo digno,
Raimundo.... Me vas a hacer el favor de tomar un coche, ir a tu casa y
traer todas las cartas que te he dirigido para que las quememos. Yo no
conservo ninguna tuya. Ya sabes que las rompo en cuanto las recibo.

Raimundo no se movi. Despus de esperar unos momentos, Clementina se
acerc a l por detrs, se inclin silenciosamente y le puso las dos
manos en las mejillas, dicindole con acento dulce:

--Retonto! no hay ms mujeres que yo en el mundo?

Raimundo se estremeci al contacto de aquellas manos delicadas. Volvise
bruscamente y apoderndose de ellas las bes repetidas veces con
frenes, las llev a su corazn, las puso sobre su frente.

--No, Clementina, no; no hay ms mujeres que t ... o si las hay, yo no
lo s, ni quiero saberlo.... Pero es cierto eso que me has dicho?...
Es verdad que ya no me quieres?

Y su mirada hmeda se alzaba con tal expresin de angustia, que ella,
sonriendo confusa, se vi obligada a mentir.

--Yo no te he dicho que no te quera ... sino que conviene que cortemos
nuestras relaciones.

--Es igual!

--No, chiquillo, no! no es igual.... Puedo quererte, y sin embargo, por
circunstancias especiales, no convenir que tenga contigo entrevistas
secretas.... No todo lo que uno quiere se puede hacer en el mundo....

Y se perdi en un laberinto de razones especiosas, de cuya falsedad ella
misma se daba cuenta turbndose un poco al decirlas. Daba vueltas a unas
mismas ideas, vulgarsimas todas, supliendo la fuerza y el peso de que
carecan con lo vivo y exagerado de los ademanes.

Raimundo no la escuchaba. Al cabo de unos momentos se levant
bruscamente, se enjug las lgrimas y sali de la estancia sin decir
palabra. Clementina le mir alejarse con sorpresa.

--Te aguardo--le grit cuando ya estaba en el pasillo.

Veinte minutos despus se present de nuevo con un paquete entre las
manos.

--Aqu tienes las cartas--dijo con aparente tranquilidad.

Su voz estaba alterada. Una palidez densa cubra su semblante.
Clementina le dirigi una penetrante mirada de curiosidad donde se
pintaba asimismo la inquietud. Pero dominndose le dijo con naturalidad:

--Muchas gracias, Mundo. Ahora las quemaremos si te parece.... Iremos a
la cocina....

El joven no replic. Se dirigieron a esta pieza del cuarto fra y
desmantelada, porque nadie la usaba, y Clementina coloc por su mano el
paquete sobre el fogn. Mas de repente, cuando ya tena entre los dedos
el fsforo encendido que el joven le haba dado, se detuvo. Qued
suspensa un instante y dijo sonriendo:

--Sabes que esto es muy prosaico! Quemar mis cartas de amor en un
fogn! Uf!... Me parece que debemos concluir con ellas de un modo ms
potico.... Quieres que nos vayamos a quemarlas al campo?... De este
modo daremos juntos un ltimo paseo; nos despediremos dignamente.

--Como gustes--articul el joven en voz apenas perceptible.

--Bueno, ve a buscar un coche.

--Lo tengo abajo.

--Salgamos entonces.

Volvi a coger el paquete Raimundo. Ambos dejaron aquel cuartito donde
nunca ms haban de reunirse. Montaron en coche y ste les condujo
camino de las Ventas del Espritu Santo. Era una tarde de primavera,
nublada y fresca. Clementina haba echado los cierres de las
ventanillas para no ser vista de algn conocido; pero en cuanto salieron
de la Puerta de Alcal pidi Raimundo que los bajase; por cierto con tan
poca oportunidad, que en aquel momento cruz a su lado una carretela
abierta donde iban Pepe Castro y Esperancita Caldern, recin casados.
No tuvo tiempo ms que para echarse hacia atrs y llevar una mano a la
cara. Quedle la duda de si la haban reconocido.

Raimundo, a costa de grandes esfuerzos, haba conseguido dominarse, pero
slo a medias. Clementina haca lo posible por distraerle. Le hablaba,
como una buena amiga, de asuntos indiferentes, de sus conocidos, dando
por supuesto que seguira frecuentando su casa. Cuando pasaron Castro y
su mujer, emprendi una conversacin animada acerca de ellos.

--Ya ves, Mundo; sucedi lo que yo deca. No hace tres meses que se han
casado y ya andan a la grea Pepe y su suegro por cuestin de la
dote.... Nadie conoce a Caldern mejor que yo.... Si no lo entierran
pronto, los pobres se han de ver muy apurados, porque lo que es dinero
han de tardar en sacrselo....

Raimundo responda a sus observaciones, afectando serenidad; pero su voz
tena un timbre especial que la dama no dejaba de advertir. Pareca que
llegaba hmeda, como si hubiese atravesado una regin de lgrimas.

Al fin, en un paraje que vieron ms solitario, hicieron parar el coche y
se bajaron.

--Agurdenos usted aqu. Vamos a dar un paseo--dijo Raimundo al cochero.

Mas creyendo observar cierta inquietud en los ojos del auriga, se volvi
a los pocos pasos, sac un billete de cinco duros y se lo entreg
diciendo:

Ya me dar usted la vuelta. Hasta luego.

Abandonaron la carretera y se pusieron a caminar por los campos ridos y
tristes del Este de Madrid. El terreno ofreca leves ondulaciones y se
extenda rojizo y desierto, cortando a lo lejos el horizonte con una
raya bien pura. Ni un rbol, ni una casa. Los finos zapatos de
Clementina se hundan en la tierra y quedaban manchados. Caminaban
silenciosos. Raimundo ya no tena fuerzas para hablar. Ella tambin se
sinti dominada por la tristeza de la situacin, a la cual ayudaba la
del paisaje, y tuvo la delicadeza de no desplegar los labios. De vez en
cuando volva la cabeza para cerciorarse de si podan ser vistos desde
la carretera. Cuando se convenci de que estaban bastante lejos se
detuvo.

--Para qu andar ms?... No te parece buen sitio?

Raimundo se detuvo tambin y no respondi. Dej caer el paquete al suelo
y dirigi la vista a lo lejos, a los confines del horizonte. Clementina
deshizo el paquete. Despus de echar una ojeada de curiosidad a sus
cartas, esmeradamente conservadas en los sobres, hizo con ellas un
montoncito. Aguard un instante a que Raimundo volviese la cabeza, y
viendo que no lo haca, le dijo:

--Dame un fsforo.

El joven sac el fsforo y se lo entreg encendido, con el mismo
silencio. Volvi de nuevo la cabeza y sigui mirando fijamente el
horizonte, mientras Clementina pegaba fuego al montn de cartas y las
vea arder poco a poco. Tardaron algunos momentos en consumirse:
necesitaba arreglar con sus manos enguantadas el montoncito para que el
fuego no se apagase. De vez en cuando diriga una mirada entre inquieta
y compasiva a su amante, que se mantena inmvil y atento como un marino
que contempla el cariz de la mar.

Cuando no quedaron ms que las cenizas negras, Clementina, que estaba en
cuclillas, se alz. Estuvo un momento indecisa sin atreverse a turbar la
profunda distraccin de Raimundo. Al fin, pasando por su hermoso rostro
una rfaga de ternura, despus de mirar rpidamente a todos lados, se
acerc a l, le pas un brazo por la espalda y le dijo con acento
carioso:

--Y ahora que estamos solos por ltima vez y que nadie nos ve, no nos
despediremos de un modo ms efusivo?

--Cmo quieres que nos despidamos?--respondi l mirndola y haciendo
un esfuerzo supremo para sonrer.

--As!--replic la dama vivamente.

Y al mismo tiempo le ech los brazos al cuello y le cubri el rostro de
fuertes y apasionados besos.

Raimundo se estremeci. Dejse besar por algunos instantes como un
cuerpo inerte. Al fin, doblndosele las piernas, exclam con acento
desgarrador:

--Oh, Clementina, me ests matando!

Y cay al suelo privado de sentido. El susto de ella fu grande. No
haba nadie que la auxiliase. No haba siquiera agua. Alz la cabeza del
joven, la puso sobre su regazo, le di aire con su sombrero y le hizo
oler un pomito con perfume que traa. Al cabo de pocos minutos abri los
ojos: no tard en ponerse en pie. Estaba avergonzado de su flaqueza.
Clementina se mostraba con l afectuosa y compasiva. Cuando vi que
estaba ya sereno y en disposicin de marchar, se cogi a su brazo y le
dijo:

--Vamos.

Y procur distraerle, mientras caminaban, hablndole de una _sauterie_
que proyectaba y a la cual le peda con insistencia que no dejase de
asistir.

--Y lo mismo los sbados verdad? Cuidado con abandonarme. Uno es uno y
otro es otro.... T sers en mi casa el amigo de siempre, y en mi
corazn ocupars, mientras viva, un lugar de preferencia.

Raimundo se contentaba con sonrer forzadamente.

As llegaron otra vez al sitio donde estaba el coche. Dentro, la dama
sigui locuaz. El, a medida que se acercaban a Madrid, se iba poniendo
ms plido. Ya no sonrea.

Vindole de tal modo, con la desesperacin impresa en el semblante,
Clementina dej al cabo de hablarle en aquel tono. Movida de piedad
comenz de nuevo a besarle cariosamente. Pero l rechaz sus caricias;
la apart con suavidad diciendo:

--Djame! djame!... As me haces ms dao.

Dos lgrimas asomaron a sus pupilas y estuvieron largo rato all
detenidas. Al fin se volvieron otra vez, sin caer, al sitio misterioso
de donde brotan.

El coche lleg a la Puerta de Alcal. Clementina lo hizo detener delante
de la calle de Serrano.

--Conviene que te bajes aqu. Ests cerca de tu casa.

Raimundo, sin decir palabra, abri la portezuela.

--Hasta el sbado, Mundo.... No dejes de ir.... Ya sabes que te espero.

Al mismo tiempo le apret la mano con fuerza.

Raimundo, sin mirarla, murmur secamente:

--Adis.

Se baj de un salto, y la dama le vi alejarse con paso vacilante de
beodo sin volver la vista atrs.


FIN




NDICE

   I.--Presentacin de la farndula.
  II.--Ms personajes.
 III.--La hija de Salabert.
  IV.--Cmo alentaba la virtud el seor duque de Requena.
   V.--Precipitacin.
  VI.--Desde el Club de los Salvajes a casa de Caldern.
 VII.--Comida y tresillo en casa de Osorio.
VIII.--Cena en Fornos.
  IX.--Los amores de Raimundo.
   X.--Un poco de derecho civil.
  XI.--Baile en el palacio de Requena.
 XII.--Matine religiosa.
XIII.--Viaje a Riosa.
 XIV.--Una que se va.
  XV.--Genio que se apaga.
 XVI.--Amor que se extingue.





End of the Project Gutenberg EBook of La Espuma, by D. Armando Palacio Valds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA ESPUMA ***

***** This file should be named 11529-8.txt or 11529-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        https://www.gutenberg.org/1/1/5/2/11529/

Produced by Stan Goodman, Virginia Paque and the Online Distributed
Proofreading Team.


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
https://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Each eBook is in a subdirectory of the same number as the eBook's
eBook number, often in several formats including plain vanilla ASCII,
compressed (zipped), HTML and others.

Corrected EDITIONS of our eBooks replace the old file and take over
the old filename and etext number.  The replaced older file is renamed.
VERSIONS based on separate sources are treated as new eBooks receiving
new filenames and etext numbers.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     https://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

EBooks posted prior to November 2003, with eBook numbers BELOW #10000,
are filed in directories based on their release date.  If you want to
download any of these eBooks directly, rather than using the regular
search system you may utilize the following addresses and just
download by the etext year.

     https://www.gutenberg.org/etext06

    (Or /etext 05, 04, 03, 02, 01, 00, 99,
     98, 97, 96, 95, 94, 93, 92, 92, 91 or 90)

EBooks posted since November 2003, with etext numbers OVER #10000, are
filed in a different way.  The year of a release date is no longer part
of the directory path.  The path is based on the etext number (which is
identical to the filename).  The path to the file is made up of single
digits corresponding to all but the last digit in the filename.  For
example an eBook of filename 10234 would be found at:

     https://www.gutenberg.org/1/0/2/3/10234

or filename 24689 would be found at:
     https://www.gutenberg.org/2/4/6/8/24689

An alternative method of locating eBooks:
     https://www.gutenberg.org/GUTINDEX.ALL


