The Project Gutenberg EBook of La Regenta, by Leopoldo Alas

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Title: La Regenta

Author: Leopoldo Alas

Release Date: November 16, 2005 [EBook #17073]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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La Regenta

por

Leopoldo Alas Clarn

Librera de Fernando F, Madrid

1900.




Prlogo


Creo que fue Wieland quien dijo _que los pensamientos de los hombres
valen ms que sus acciones, y las buenas novelas ms que el gnero
humano_. Podr esto no ser verdad; pero es hermoso y consolador.
Ciertamente, parece que nos ennoblecemos trasladndonos de este mundo al
otro, de la realidad en que somos tan malos a la ficcin en que valemos
ms que aqu, y vase por qu, cuando un cristiano el hbito de pasar
fcilmente a mejor vida, inventando personas y tejiendo sucesos a imagen
de los de por ac, le cuesta no poco trabajo volver a este mundo.
Tambin digo que si grata es la tarea de fabricar gnero humano
recrendonos en ver cunto superan las ideales figurillas, por toscas
que sean, a las vivas figuronas que a nuestro lado bullen, el regocijo
es ms intenso cuando visitamos los talleres ajenos, pues el andar
siempre en los propios trae un desasosiego que amengua los placeres de
lo que llamaremos creacin, por no tener mejor nombre que darle.

Esto que digo de visitar talleres ajenos no significa precisamente una
labor crtica, que si as fuera yo aborreca tales visitas en vez de
amarlas; es recrearse en las obras ajenas sabiendo cmo se hacen o cmo
se intenta su ejecucin; es buscar y sorprender las dificultades
vencidas, los aciertos fciles o alcanzados con poderoso esfuerzo; es
buscar y satisfacer uno de los pocos placeres que hay en la vida, la
admiracin, a ms de placer, necesidad imperiosa en toda profesin u
oficio, pues el admirar entendiendo que es la respiracin del arte, y el
que no admira corre el peligro de morir de asfixia.

El estado presente de nuestra cultura, incierto y un tanto enfermizo,
con desalientos y suspicacias de enfermo de aprensin, nos impone la
crtica afirmativa, consistente en hablar de lo creemos bueno,
guardndonos el juicio desfavorable de los errores, desaciertos y
tonteras. Se ha ejercido tanto la crtica negativa en todos los
rdenes, que por ella quizs hemos llegado a la insana costumbre de
creernos un pueblo de estriles, absolutamente inepto para todo. Tanta
crtica pesimista, tan porfiado regateo, y en muchos casos negacin de
las cualidades de nuestros contemporneos, nos han trado a un estado de
temblor y ansiedad continuos; nadie se atreve a dar un paso, por miedo
de caerse. Pensamos demasiado en nuestra debilidad y acabamos por
padecerla; creemos que se nos va la cabeza, que nos duele el corazn y
que se nos vicia la sangre, y de tanto decirlo y pensarlo nos vemos
agobiados de crueles sufrimientos. Para convencernos de que son
ilusorios, no sera malo suspender la crtica negativa, dedicndonos
todos, aunque ello parezca extrao, a infundir nimos al enfermo,
dicindole: Tu debilidad no es ms que pereza, y tu anemia proviene del
sedentarismo. Levntate y anda, tu naturaleza es fuerte: el miedo la
engaa, sugirindole la desconfianza de s misma, la idea errnea de que
para nada sirves ya, y de que vives muriendo. Convendra, pues, que los
censores disciplentes se callarn por algn tiempo, dejando que alzasen
la voz los que repartan el oxgeno, la alegra, la admiracin, los que
alientan todo esfuerzo til, toda iniciativa fecunda, toda idea feliz,
todo acierto artstico, o de cualquier orden que sea.

Estas apreciaciones de carcter general, sugeridas por una situacin
especialsima de la raza espaola, las aplico a las cosas literarias,
pues en este terreno estamos ms necesitados que en otro alguno de
prevenirnos contra la terrible epidemia. Por mi parte, declaro que
muchas veces no he cogido el aparato de aereacin (a que impropiamente
hemos venido dando el nombre de _incensario_) por tener las manos
aferradas al telar con mayor esclavitud de la que yo quisiera. Pero a la
primera ocasin de descanso, que felizmente coincide con una dichosa
oportunidad, la publicacin de este libro, salgo con mis alabanzas,
gozoso de drselas a un autor y a una obra que siempre fueron de los ms
sealados en mis preferencias. As, cuando el editor de _La Regenta_ me
propuso escribir este prlogo, no esper a que me lo dijera dos veces,
creyndome muy honrado con tal encomienda, pues no habiendo celebrado en
letras de molde la primera salida de una novela que hondamente me
cautiv, crea y creo deber mo celebrarla y enaltecerla como se merece,
en esta tercera salida, a la que seguirn otras, sin duda, que la lleven
a los extremos de la popularidad.

Hermoso es que las obras literarias vivan, que el gusto de leerlas, la
estimacin de sus cualidades, y aun las controversias ocasionadas por su
asunto, no se concreten a los das ms o menos largos de su aparicin.
Por desgracia nuestra, para que la obra potica o narrativa alcance una
longevidad siquiera decorosa no basta que en s tenga condiciones de
salud y robustez; se necesita que a su buena complexin se una la
perseverancia de autores o editores para no dejarla languidecer en
obscuro rincn; que estos la saquen, la ventilen, la presenten,
arriesgndose a luchar en cada nueva salida con la indiferencia de un
pblico, no tan malo por escaso como por distrado. El pblico responde
siempre, y cuando se le sale al encuentro con la paciencia y
tranquilidad necesarias para esperar a las muchedumbres, estas llegan,
pasan y recogen lo que se les da. No seran tan penosos los plantones
_aguardando el paso del pblico_, si la Prensa diera calor y verdadera
vitalidad circulante a las cosas literarias, en vez de limitarse a
conceder a las obras un aprecio compasivo, y a prodigar sin ton ni son a
los autores adjetivos de estampilla. Sin duda corresponde al presente
estado social y poltico la culpa de que nuestra Prensa sea como es, y
de que no pueda ser de otro modo mientras nuevos tiempos y estados
mejores no le infundan la devocin del Arte. Debemos, pues, resignarnos
al plantn, sentarnos todos en la parte del camino que nos parezca menos
incmoda, para esperar a que pase la Prensa, despertadora de las
muchedumbres en materias de arte; que al fin ella pasar; no dudemos que
pasar: todo es cuestin de paciencia. En los tiempos que corren, esa
preciosa virtud hace falta para muchas cosas de la vida artstica; sin
ella la obra literaria corre peligro de no nacer, o de arrastrar vida
miserable despus de un penoso nacimiento. Seamos pues pacientes,
sufridos, tenaces en la esperanza, benvolos con nuestro tiempo y con la
sociedad en que vivimos, persuadidos de que uno y otra no son tan malos
como vulgarmente se cree y se dice, y de que no mejorarn por virtud de
nuestras declamaciones, sino por inesperados impulsos que nazcan de su
propio seno. Y como esto del pblico y sus perezas o estmulos, aunque
pertinente al asunto de este prlogo, no es la principal materia de l,
basta con lo dicho, y entremos en _La Regenta_, donde hay mucho que
admirar, encanto de la imaginacin por una parte, por otra recreo del
pensamiento.

Escribi Alas su obra en tiempos no lejanos, cuando andbamos en aquella
procesin del _Naturalismo_, marchando hacia el templo del arte con
menos pompa retrica de la que antes se usaba, abandonadas las
vestiduras caballerescas, y haciendo gala de la ropa usada en los actos
comunes de la vida. A muchos impona miedo el tal Naturalismo,
creyndolo portador de todas las fealdades sociales y humanas; en su
mano vean un gran plumero con el cual se propona limpiar el techo de
ideales, que a los ojos de l eran como telaraas, y una escoba, con la
cual haba de barrer del suelo las virtudes, los sentimientos puros y el
lenguaje decente. Crean que el Naturalismo substitua el Diccionario
usual por otro formado con la recopilacin prolija de cuanto dicen en
sus momentos de furor los carreteros y verduleras, los chulos y golfos
ms desvergonzados. Las personas crdulas y sencillas no ganan para
sustos en los das en que se hizo moda hablar de aquel sistema, como de
una rara novedad y de un peligro para el arte. Luego se vio que no era
peligro ni sistema, ni siquiera novedad, pues todo lo esencial del
Naturalismo lo tenamos en casa desde tiempos remotos, y antiguos y
modernos conocan ya la soberana ley de ajustar las ficciones del arte a
la realidad de la naturaleza y del alma, representando cosas y personas,
caracteres y lugares como Dios los ha hecho. Era tan slo novedad la
exaltacin del principio, y un cierto desprecio de los resortes
imaginativos y de la psicologa espaciada y ensoadora.

Fuera de esto el llamado Naturalismo nos era familiar a los espaoles en
el reino de la Novela, pues los maestros de este arte lo practicaron con
toda la libertad del mundo, y de ellos tomaron enseanza los noveladores
ingleses y franceses. Nuestros contemporneos ciertamente no lo haban
olvidado cuando vieron traspasar la frontera el estandarte naturalista,
que no significaba ms que la repatriacin de una vieja idea; en los
das mismos de esta repatriacin tan trompeteada, la pintura fiel de la
vida era practicada en Espaa por Pereda y otros, y lo haba sido antes
por los escritores de costumbres. Pero fuerza es reconocer del
Naturalismo que ac volva como una corriente circular parecida al _gulf
stream_, traa ms calor y menos delicadeza y gracia. El nuestro, la
corriente inicial, encarnaba la realidad en el cuerpo y rostro de un
humorismo que era quizs la forma ms genial de nuestra raza. Al volver
a casa la onda, vena radicalmente desfigurada: en el paso por Albin
habanle arrebatado la socarronera espaola, que fcilmente
convirtieron en _humour_ ingls las manos hbiles de Fielding, Dickens y
Thackeray, y despojado de aquella caracterstica elemental, el
naturalismo cambi de fisonoma en manos francesas: lo que perdi en
gracia y donosura, lo gan en fuerza analtica y en extensin,
aplicndose a estados psicolgicos que no encajan fcilmente en la forma
picaresca. Recibimos, pues, con mermas y adiciones (y no nos asustemos
del smil comercial) la mercanca que habamos exportado, y casi
desconocamos la sangre nuestra y el aliento del alma espaola que aquel
ser literario conservaba despus de las alteraciones ocasionadas por sus
viajes. En resumidas cuentas: Francia, con su poder incontrastable, nos
impona una reforma de nuestra propia obra, sin saber que era nuestra;
aceptmosla nosotros restaurando el Naturalismo y devolvindole lo que
le haban quitado, el humorismo, y empleando este en las formas
narrativa y descriptiva conforme a la tradicin cervantesca.

Cierto que nuestro esfuerzo para integrar el sistema no poda tener en
Francia el eco que aqu tuvo la interpretacin seca y descarnada de las
purezas e impurezas del natural, porque Francia poderosa impone su ley
en todas las artes; nosotros no somos nada en el mundo, y las voces que
aqu damos, por mucho que quieran elevarse, no salen de la estrechez de
esta pobre casa. Pero al fin, consolmonos de nuestro aislamiento en el
rincn occidental, reconociendo en familia que nuestro arte de la
naturalidad con su feliz concierto entre lo serio y lo cmico responde
mejor que el francs a la verdad humana; que las crudezas descriptivas
pierden toda repugnancia bajo la mscara burlesca empleada por Quevedo,
y que los profundos estudios psicolgicos pueden llegar a la mayor
perfeccin con los granos de sal espaola que escritores como D. Juan
Valera saben poner hasta en las ms hondas disertaciones sobre cosa
mstica y asctica.

Para corroborar lo dicho, ningn ejemplo mejor que _La Regenta_, muestra
feliz del Naturalismo restaurado, reintegrado en la calidad y ser de su
origen, empresa para _Clarn_ muy fcil y que hubo de realizar sin
sentirlo, dejndose llevar de los impulsos primordiales de su grande
ingenio. Influido intensamente por la irresistible fuerza de opinin
literaria en favor de la sinceridad narrativa y descriptiva, admiti
estas ideas con entusiasmo y las expuso disueltas en la inagotable vena
de su graciosa picarda. Picaresca es en cierto modo _La Regenta_, lo
que no excluye de ella la seriedad, en el fondo y en la forma, ni la
descripcin acertada de los ms graves estados del alma humana. Y al
propio tiempo, qu feliz aleacin de las bromas y las veras, fundidas
juntas en el crisol de una lengua que no tiene semejante en la expresin
equvoca ni en la gravedad socarrona! Hermosa es la verdad siempre; pero
en el arte seduce y enamora ms cuando entre sus distintas vestiduras
poticas escoge y usa con desenfado la de la gracia, que es sin duda la
que mejor cortan espaolas tijeras, la que tiene por riqusima tela
nuestra lengua incomparable, y por costura y acomodamiento la prosa de
los maestros del siglo de oro. Y de la enormsima cantidad de sal que
_Clarn_ ha derramado en las pginas de _La Regenta_ da fe la tenacidad
con que a ellas se agarran los lectores, sin cansancio en el largo
camino desde el primero al ltimo captulo. De m s decir que pocas
obras he ledo en que el inters profundo, la verdad de los caracteres y
la viveza del lenguaje me hayan hecho olvidar tanto como en esta las
dimensiones, terminando la lectura con el desconsuelo de no tener por
delante otra derivacin de los mismos sucesos y nueva salida o
reencarnacin de los propios personajes.

Desarrllase la accin de _La Regenta_ en la ciudad que bien podramos
llamar patria de su autor, aunque no naci en ella, pues en _Vetusta_
tiene _Clarn_ sus races atvicas y en _Vetusta_ moran todos sus
afectos, as los que estn sepultados como los que risueos y alegres
viven, brindando esperanzas; en _Vetusta_ ha transcurrido la mayor parte
de su existencia; all se inici su vocacin literaria; en aquella
soledad melanclica y apacible aprendi lo mucho que sabe en cosas
literarias y filosficas: all estuvieron sus maestros, all estn sus
discpulos. Ms que ciudad, es para l _Vetusta_ una casa con calles, y
el vecindario de la capital asturiana una grande y pintoresca familia de
clases diferentes, de varios tipos sociales compuesta. Si conocer bien
el pueblo! No pintara mejor su prisin un artista encarcelado durante
los aos en que las impresiones son ms vivas, ni un sedentario la
estancia en que ha encerrado su persona y sus ideas en los aos maduros.
Calles y personas, rincones de la Catedral y del Casino, ambiente de
pasiones o chismes, figures graves o ridculas pasan de la realidad a
las manos del arte, y con exactitud pasmosa se reproducen en la mente
del lector, que acaba por creerse vetustense, y ve proyectada su sombra
sobre las piedras musgosas, entre las sombras de los transentes que
andan por la _Encimada_, o al pie de la gallardsima torre de la Iglesia
Mayor.

Comienza _Clarn_ su obra con un cuadro de vida clerical, prodigio de
verdad y gracia, slo comparable a otro cuadro de vida de casino
provinciano que ms adelante se encuentra. Olor eclesistico de viejos
recintos sahumados por el incienso, cuchicheos de beatas, visos negros
de sotanas radas o elegantes, que de todo hay all, llenan estas
admirables pginas, en las cuales el narrador hace gala de una
observacin profunda y de los atrevimientos ms felices. En medio del
grupo presenta _Clarn_ la figura culminante de su obra: el Magistral
don Fermn de Pas, personalidad grande y compleja, tan humana por el
lado de sus mritos fsicos, como por el de sus flaquezas morales, que
no son flojas, bloque arrancado de la realidad. De la misma cantera
proceden el derrengado y malicioso Arcediano, a quien por mal nombre
llaman _Glocester_, el Arcipreste don Cayetano Ripamiln, el beneficiado
D. Custodio, y el propio Obispo de la dicesis, orador ardiente y
asceta. Pronto vemos aparecer la donosa figura de D. Saturnino Bermdez,
al modo de transicin zoolgica (con perdn) entre el reino clerical y
el laico, ser hbrido, cuya levita parece sotana, y cuya timidez
embarazosa parece inocencia: tras l vienen las mundanas, descollando
entre ellas la estampa primorosa de Obdulia Fandio, tipo feliz de la
beatera bullanguera, que acude a las iglesias con chillonas elegancias,
descotada hasta en sus devociones, perturbadora del personal religioso.
La vida de provincias, ofreciendo al coquetismo un campo muy
restringido, permite que estas diablesas entretengan su liviandad y
desplieguen sus dotes de seduccin en el terreno eclesistico, toleradas
por el clero, que a toda costa quiere atraer gente, venga de donde
viniere, y congregarla y nutrir bien los batallones, aunque sea forzoso
admitir en ellos para hacer bulto _lo peor de cada casa_.

Por fin vemos a doa Ana Ozores, que da nombre a la novela, como esposa
del ex-regente de la Audiencia D. Vctor Quintanar. Es dama de alto
linaje, hermosa, de estas que llamamos distinguidas, nerviosilla,
soadora, con aspiraciones a un vago ideal afectivo, que no ha realizado
en los aos crticos. Su esposo le dobla la edad: no tienen hijos, y con
esto se completa la pintura, en la cual pone _Clarn_ todo su arte, su
observacin ms perspicaz y su conocimiento de los escondrijos y
revueltas del alma humana. Doa Ana Ozores tiene horror al vaco, cosa
muy lgica, pues en cada ser se cumplen las eternas leyes de Naturaleza,
y este vaco que siente crecer en su alma la lleva a un estado
espiritual de inmenso peligro, manifestndose en ella una lucha
tenebrosa con los obstculos que le ofrecen los hechos sociales,
consumados ya, abrumadores como una ley fatal. Engaada por la idealidad
mstica que no acierta a encerrar en sus verdaderos trminos, es vctima
al fin de su propia imaginacin, de su sensibilidad no contenida, y se
ve envuelta en horrorosa catstrofe.... Pero no intentar describir en
pocas palabras la sutil psicologa de esta seora, tan interesante como
desgraciada. En ella se personifican los desvaros a que conduce el
aburrimiento de la vida en una sociedad que no ha sabido vigorizar el
espritu de la mujer por medio de una educacin fuerte, y la deja
entregada a la ensoacin pietista, tan diferente de la verdadera
piedad, y a los riesgos del frvolo trato elegante, en el cual los
hombres, llenos de vicios, e incapaces de la vida seria y eficaz,
estiman en las mujeres el formulismo religioso como un medio seguro de
reblandecer sus voluntades.... Los que leyeron _La Regenta_ cuando se
public, lanla de nuevo ahora; los que la desconocen, hagan con ella
conocimiento, y unos y otros vern que nunca ha tenido este libro
atmsfera de oportunidad como la que al presente le da nuestro estado
social, repeticin de las luchas de antao, tradas del campo de las
creencias vigorosas al de las conciencias desmayadas y de las
intenciones escondidas.

No referir el asunto de la obra capital de Leopoldo Alas: el lector
ver cmo se desarrolla el proceso psicolgico y por qu caminos corre a
su desenlace el problema de doa Ana de Ozores, el cual no es otro que
discernir si debe perderse por lo clerical o por lo laico. El modo y
estilo de esta perdicin constituyen la obra, de un sutil parentesco
simblico con la historia de nuestra raza. Ver tambin el lector que
_Clarn_, obligado en el asunto a escoger entre dos males, se decide por
el mal seglar, que siempre es menos odioso que el mal eclesistico, pues
tratndose de dar la presa a uno de los dos diablos que se la disputan,
natural es que sea postergado el que se visti de sotana para sus
audaces tentaciones, ultrajando con su vestimenta el sacro dogma y la
dignidad sacerdotal. Dejando, pues, el asunto a la curiosidad y al
inters de los lectores, slo mencionar los caracteres, que son el
principal mrito de la obra, y lo que le da condicin de duradera. La de
Ozores nos lleva como por la mano a D. lvaro de Mesa, acabado tipo de
la corrupcin que llamamos de buen tono, aristcrata de raza, que sabe
serlo en la capital de una regin histrica, como lo sera en Madrid o
en cualquier metrpoli europea; hombre que posee el arte de hacer amable
su conducta viciosa y aun su tirana caciquil. Con que admirable fineza
de observacin ha fundido Alas en este personaje las dos naturalezas: el
cotorrn guapo de buena ropa y el jefe provinciano de uno de estos
partidos circunstanciales que representan la vida presente, el poder
fcil, sin ningn ideal ni miras elevadas! Ambas naturalezas se
compenetran, formando la aleacin ms eficaz y prctica para grandes
masas de _distinguidos_, que aparentan energa social y slo son
_materia inerte_ que no sirve para nada.

De D. lvaro, fcil es pasar a la gran figura del Magistral D. Fermn de
Pas, de una complexin esttica formidable, pues en ella se sintetizan
el poder fisiolgico de un temperamento nacido para las pasiones y la
dura armazn del celibato, que entre planchas de acero comprime cuerpo y
alma. D. Fermn es fuerte, y al mismo tiempo meloso; la teologa que
atesora en su espritu acaba por resolvrsele en reservas mundanas y en
transacciones con la realidad fsica y social. Si no fuera un abuso el
descubrir y revelar simbolismos en toda obra de arte, dira que Fermn
de Pas es ms que un clrigo, es el estado eclesistico con sus
grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad
inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen.
Todas las divinidades formadas de tejas abajo acaban siempre por
rendirse a la ley de la flaqueza, y lo nico que a todos nos salva es la
humildad de aspiraciones, el arte de poner lmites discretos al camino
de la imposible perfeccin, contentndonos con ser hombres en el menor
grado posible de maldad, y dando por cerrado para siempre el ciclo de
los santos. En medio de sus errores, Fermn de Pas despierta simpata,
como todo atleta a quien se ve luchando por sostener sobre sus espaldas
un mundo de exorbitante y abrumadora pesadumbre. Hermosa es la pintura
que Alas nos presenta de la juventud de su personaje, la tremenda lucha
del coloso por la posicin social, elegida erradamente en el terreno
levtico, y con l hace gallarda pareja la vigorosa figura de su madre,
modelada en arcilla grosera, con formas impresas a puetazos. Las
pginas en que esta mujer medio salvaje dirige a su cra por el camino
de la posicin con un cario tan rudo como intenso y una voluntad feroz,
son de las ms bellas de la obra.

Completan el admirable cuadro de la humanidad vetustense el D. Vctor
Quintanar, cumplido caballero con vislumbres calderonianas, y su
compaero de empresas cinegticas el graciossimo _Frgilis_; los
marqueses de Vegallana y su hijo, tipos de encantadora verdad; las
pizpiretas seoras que componen el femenil rebao eclesistico; los
cannigos y sacristanes y el prelado mismo, apstol ingenuo y orador
fogoso. No debemos olvidar a Carraspique ni a Barinaga, ni al
graciossimo ateo, ni a la turbamulta de figuras secundarias que dan la
total impresin de la vida colectiva, heterognea, con picantes matices
y esplndida variedad de acentos y fisonomas. Bien quisiera no
concretar el presente artculo al examen de _La Regenta_, extendindome
a expresar lo que siento sobre la obra entera de Leopoldo Alas; pero
esto sera trabajo superior a mis cortas facultades de crtico, y adems
rebasara la medida que se me impone para esta limitada prefacin.
Escribo tan slo un juicio formado en los das de la primera salida de
la hermosa novela, y lo que intent decir entonces, tributando al
compaero y amigo el debido homenaje, lo digo ahora, seguro de que en
esta manifestacin tarda el tiempo avalora y aquilata mi sinceridad.
Pero no entrar en el estudio integral del carcter literario de
_Clarn_, como creador de obras tan bellas en distintos rdenes del arte
y como infatigable luchador en el terreno crtico. Su obra es grande y
rica, y el que esto escribe no acertara a encerrarla en una clara
sntesis, por mucho empeo que en ello pusiera. Otros lo harn con el
mtodo y serenidad convenientes cuando llegue la ocasin de ofrecer al
ilustre hijo de Asturias la consagracin solemne, oficial en cierto
modo, de su extraordinario ingenio, consagracin que cuanto ms tarda
ser ms justa y necesaria. Como un Armando Palacio, est la literatura
oficial en apremiante deuda con Leopoldo Alas. Esperando la reparacin,
toda Espaa y las regiones de Amrica que son nuestras por la lengua y
la literatura, le tienen por personalidad de inmenso relieve y vala en
el grupo final del siglo que se fue y de este que ahora empezamos, grupo
de hombres de estudio, de hombres de paciencia y de hombres de
inspiracin, por el cual tiende nuestra raza a sacudir su pesimismo,
diciendo: No son los tiempos tan malos ni el terruo tan estril como
afirman los de fuera y ms an los de dentro de casa. Quizs no demos
todo el fruto conveniente; pero flores ya hay; y vindolas y
admirndolas, aunque el fruto no responda a nuestras esperanzas,
obligados nos sentimos todos a conservar y cuidar el rbol.


B. Prez Galds Madrid, enero de 1901.




Tomo I





--I--


La heroica ciudad dorma la siesta. El viento Sur, caliente y perezoso,
empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el
Norte. En las calles no haba ms ruido que el rumor estridente de los
remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles que iban de arroyo en
arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina revolando y
persiguindose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire
envuelve en sus pliegues invisibles. Cual turbas de pilluelos, aquellas
migajas de la basura, aquellas sobras de todo se juntaban en un montn,
parbanse como dormidas un momento y brincaban de nuevo sobresaltadas,
dispersndose, trepando unas por las paredes hasta los cristales
temblorosos de los faroles, otras hasta los carteles de papel mal pegado
a las esquinas, y haba pluma que llegaba a un tercer piso, y arenilla
que se incrustaba para das, o para aos, en la vidriera de un
escaparate, agarrada a un plomo.

Vetusta, la muy noble y leal ciudad, corte en lejano siglo, haca la
digestin del cocido y de la olla podrida, y descansaba oyendo entre
sueos el montono y familiar zumbido de la campana de coro, que
retumbaba all en lo alto de la esbelta torre en la Santa Baslica. La
torre de la catedral, poema romntico de piedra, delicado himno, de
dulces lneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis,
aunque antes comenzada, de estilo gtico, pero, cabe decir, moderado por
un instinto de prudencia y armona que modificaba las vulgares
exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando
horas y horas aquel ndice de piedra que sealaba al cielo; no era una
de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, ms flacas que esbeltas,
amaneradas, como seoritas cursis que aprietan demasiado el cors; era
maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos
corredores, elegante balaustrada, suba como fuerte castillo, lanzndose
desde all en pirmide de ngulo gracioso, inimitable en sus medidas y
proporciones. Como haz de msculos y nervios la piedra enroscndose en
la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acrbata en el
aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se
mantena, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra
ms pequea, y sobre esta una cruz de hierro que acababa en pararrayos.

Cuando en las grandes solemnidades el cabildo mandaba iluminar la torre
con faroles de papel y vasos de colores, pareca bien, destacndose en
las tinieblas, aquella romntica mole; pero perda con estas galas la
inefable elegancia de su perfil y tomaba los contornos de una enorme
botella de champaa.--Mejor era contemplarla en clara noche de luna,
resaltando en un cielo puro, rodeada de estrellas que parecan su
aureola, doblndose en pliegues de luz y sombra, fantasma gigante que
velaba por la ciudad pequea y negruzca que dorma a sus pies.

Bismarck, un pillo ilustre de Vetusta, llamado con tal apodo entre los
de su clase, no se sabe por qu, empuaba el sobado cordel atado al
badajo formidable de la _Wamba_, la gran campana que llamaba a coro a
los muy venerables cannigos, cabildo catedral de preeminentes calidades
y privilegios.

Bismarck era de oficio delantero de diligencia, era _de la tralla_,
segn en Vetusta se llamaba a los de su condicin; pero sus aficiones le
llevaban a los campanarios; y por delegacin de Celedonio, hombre de
iglesia, aclito en funciones de campanero, aunque tampoco en propiedad,
el ilustre diplomtico _de la tralla_ disfrutaba algunos das la honra
de despertar al venerando cabildo de su beatfica siesta, convocndole a
los rezos y cnticos de su peculiar incumbencia.

El delantero, ordinariamente bromista, alegre y revoltoso, manejaba el
badajo de la Wamba con una seriedad de arspice de buena fe. Cuando
_posaba_ para la hora del coro--as se deca--Bismarck senta en s algo
de la dignidad y la responsabilidad de un reloj.

Celedonio ceida al cuerpo la sotana negra, sucia y rada, estaba
asomado a una ventana, caballero en ella, y escupa con desdn y por el
colmillo a la plazuela; y si se le antojaba disparaba chinitas sobre
algn raro transente que le pareca del tamao y de la importancia de
un ratoncillo. Aquella altura se les suba a la cabeza a los pilluelos y
les inspiraba un profundo desprecio de las cosas terrenas.

--Mia t, Chiripa, que dice que pu ms que yo!--dijo el monaguillo,
casi escupiendo las palabras; y dispar media patata asada y podrida a
la calle apuntando a un cannigo, pero seguro de no tocarle.

--Qu ha de poder!--respondi Bismarck, que en el campanario adulaba a
Celedonio y en la calle le trataba a puntapis y le arrancaba a viva
fuerza las llaves para subir a tocar las _oraciones_--. T pus ms que
toos los delanteros, menos yo.

--Porque t echas la zancadilla, mainate, y eres ms grande.... Mia,
chico, quis que l'atice al seor Magistral que entra ahora?

--Le conoces t desde ah?

--Claro, bobo; le conozco en el menear los manteos. Mia, ven ac. No
ves cmo al andar le salen pa tras y pa lante? Es por la fachenda que se
me gasta. Ya lo deca el seor Custodio el beneficiao a don Pedro el
campanero el otro da: Ese don Fermn ti ms orgullo que don Rodrigo
en la horca, y don Pedro se rea; y vers, el otro dijo despus, cuando
ya haba pasao don Fermn: Anda, anda, buen mozo, que bien se te
conoce el colorete!. Qu te paece, chico? Se pinta la cara.

Bismarck neg lo de la pintura. Era que don Custodio tena envidia. Si
Bismarck fuera cannigo y _dinidad_ (crea que lo era el Magistral) en
vez de ser delantero, con un mote _sacao_ de las cajas de cerillas, se
dara ms tono que un zagal. Pues, claro. Y si fuese campanero, el de
verdad, vamos don Pedro... ay Dios! entonces no se hablaba ms que con
el Obispo y el seor Roque el mayoral del correo.

--Pues chico, no sabes lo que te pescas, porque deca el beneficiao que
en la iglesia hay que ser humilde, como si dijramos, rebajarse con la
gente, vamos achantarse, y aguantar una bofet si a mano viene; y si no,
ah est el Papa, que es... no s cmo dijo... as... una cosa como...
el criao de toos los criaos.

--Eso ser de boquirris--replic Bismarck--. Mia t el Papa, que manda
ms que el rey! Y que le vi yo pintao, en un santo mu grande, sentao en
su coche, que era como una butaca, y lo llevaban en vez de mulas un tiro
de _carcas_ (curas segn Bismarck), y lo cual que le iban espantando las
moscas con un paraguas, que pareca cosa del teatro... hombre... si
sabr yo!

Se acalor el debate. Celedonio defenda las costumbres de la Iglesia
primitiva; Bismarck estaba por todos los esplendores del culto.
Celedonio amenaz al campanero interino con pedirle la dimisin. El de
la tralla aludi embozadamente a ciertas bofetadas probables _pa en_
bajando. Pero una campana que son en un tejado de la catedral les llam
al orden.

--El _Laudes_!--grit Celedonio--, toca, que avisan.

Y Bismarck empu el cordel y azot el metal con la porra del formidable
badajo.

Tembl el aire y el delantero cerr los ojos, mientras Celedonio haca
alarde de su imperturbable serenidad oyendo, como si estuviera a dos
leguas, las campanadas graves, poderosas, que el viento arrebataba de la
torre para llevar sus vibraciones por encima de Vetusta a la sierra
vecina y a los extensos campos, que brillaban a lo lejos, verdes todos,
con cien matices.

Empezaba el Otoo. Los prados renacan, la yerba haba crecido fresca y
vigorosa con las ltimas lluvias de Septiembre. Los castaedos,
robledales y pomares que en hondonadas y laderas se extendan sembrados
por el ancho valle, se destacaban sobre prados y maizales con tonos
obscuros; la paja del trigo, escaso, amarilleaba entre tanta verdura.
Las casas de labranza y algunas quintas de recreo, blancas todas,
esparcidas por sierra y valle reflejaban la luz como espejos. Aquel
verde esplendoroso con tornasoles dorados y de plata, se apagaba en la
sierra, como si cubriera su falda y su cumbre la sombra de una nube
invisible, y un tinte rojizo apareca entre las calvicies de la
vegetacin, menos vigorosa y variada que en el valle. La sierra estaba
al Noroeste y por el Sur que dejaba libre a la vista se alejaba el
horizonte, sealado por siluetas de montaas desvanecidas en la niebla
que deslumbraba como polvareda luminosa. Al Norte se adivinaba el mar
detrs del arco perfecto del horizonte, bajo un cielo despejado, que
surcaban como naves, ligeras nubecillas de un dorado plido. Un jirn de
la ms leve pareca la luna, apagada, flotando entre ellas en el azul
blanquecino.

Cerca de la ciudad, en los ruedos, el cultivo ms intenso, de mejor
abono, de mucha variedad y esmerado, produca en la tierra tonos de
colores, sin nombre, exacto, dibujndose sobre el fondo pardo obscuro de
la tierra constantemente removida y bien regada.

Alguien suba por el caracol. Los dos pilletes se miraron estupefactos.
Quin era el osado?

--Ser Chiripa?--pregunt Celedonio entre airado y temeroso.

--No; es un _carca_, no oyes el manteo?

Bismarck tena razn; el roce de la tela con la piedra produca un rumor
silbante, como el de una voz apagada que impusiera silencio. El manteo
apareci por escotilln; era el de don Fermn de Pas, Magistral de
aquella santa iglesia catedral y provisor del Obispo. El delantero
sinti escalofros. Pens:

Vendr a pegarnos?.

No haba motivo, pero eso no importaba. l viva acostumbrado a recibir
bofetadas y puntapis sin saber por qu. A todo poderoso, y para l don
Fermn era un personaje de los ms empingorotados, se le figuraba
Bismarck usando y abusando de la autoridad de repartir cachetes. No
discuta la legitimidad de esta prerrogativa, no haca ms que huir de
los grandes de la tierra, entre los que figuraban los sacristanes y los
polizontes. Se avena a esta ley, cuyos efectos procuraba evitar. Si l
hubiera sido seor, alcalde, cannigo, fontanero, guarda del Jardn
Botnico, empleado en casillas, sereno, algo grande, en suma, hubiera
hecho lo mismo dar cada puntapi! No era ms que Bismarck, un
delantero, y saba su oficio, huir de los _mainates_ de Vetusta.

Pero all no haba modo de escapar. O tirarse por una ventana, o esperar
el nublado. El caracol estaba interceptado por el cannigo. Bismarck no
tuvo ms recurso que hacerse un ovillo, esconderse detrs de la Wamba,
encaramado en una viga, y aguardar as los acontecimientos.

Celedonio no extraaba aquella visita. Recordaba haber visto muchas
tardes al seor Magistral subir a la torre antes o despus de coro.

Qu iba a hacer all aquel seor tan respetable? Esto preguntaban los
ojos del delantero a los del aclito. Tambin lo saba Celedonio, pero
callaba y sonrea complacindose en el pavor de su amigo.

El continente altivo del monaguillo se haba convertido en humilde
actitud. Su rostro se haba revestido de repente de la expresin
oficial. Celedonio tena doce o trece aos y ya saba ajustar los
msculos de su cara de chato a las exigencias de la liturgia. Sus ojos
eran grandes, de un castao sucio, y cuando el pillastre se crea en
funciones eclesisticas los mova con afectacin, de abajo arriba, de
arriba abajo, imitando a muchos sacerdotes y beatas que conoca y
trataba.

Pero, sin pensarlo, daba una intencin lbrica y cnica a su mirada,
como una meretriz de calleja, que anuncia su triste comercio con los
ojos, sin que la polica pueda reivindicar los derechos de la moral
pblica. La boca muy abierta y desdentada segua a su manera los
aspavientos de los ojos; y Celedonio en su expresin de humildad
beatfica pasaba del feo tolerable al feo asqueroso.

As como en las mujeres de su edad se anuncian por asomos de contornos
turgentes las elegantes lneas del sexo, en el aclito sin rdenes se
poda adivinar futura y prxima perversin de instintos naturales
provocada ya por aberraciones de una educacin torcida. Cuando quera
imitar, bajo la sotana manchada de cera, los acompasados y ondulantes
movimientos de don Anacleto, familiar del Obispo--creyendo manifestar
as su vocacin--, Celedonio se mova y gesticulaba como hembra
desfachatada, sirena de cuartel. Esto ya lo haba notado el _Palomo_,
empleado laico de la Catedral, perrero, segn mal nombre de su oficio.
Pero no se haba atrevido a comunicar sus aprensiones a ningn superior,
obedeciendo a un criterio, merced al cual haba desempeado treinta aos
seguidos con dignidad y prestigio sus funciones complejas de aseo y
vigilancia.

En presencia del Magistral, Celedonio haba cruzado los brazos e
inclinado la cabeza, despus de apearse de la ventana. Aquel don Fermn
que all abajo en la calle de la Ra pareca un escarabajo qu grande
se mostraba ahora a los ojos humillados del monaguillo y a los aterrados
ojos de su compaero! Celedonio apenas le llegaba a la cintura al
cannigo. Vea enfrente de s la sotana tersa de pliegues escultricos,
rectos, simtricos, una sotana de medio tiempo, de rico castor delgado,
y sobre ella flotaba el manteo de seda, abundante, de muchos pliegues y
vuelos.

Bismarck, detrs de la Wamba, no vea del cannigo ms que los bajos y
los admiraba. Aquello era seoro! Ni una mancha! Los pies parecan
los de una dama; calzaban media morada, como si fueran de Obispo; y el
zapato era de esmerada labor y piel muy fina y luca hebilla de plata,
sencilla pero elegante, que deca muy bien sobre el color de la media.

Si los pilletes hubieran osado mirar cara a cara a don Fermn, le
hubieran visto, al asomar en el campanario, serio, cejijunto; al notar
la presencia de los campaneros levemente turbado, y en seguida
sonriente, con una suavidad resbaladiza en la mirada y una bondad
estereotipada en los labios. Tena razn el delantero. De Pas no se
pintaba. Ms bien pareca estucado. En efecto, su tez blanca tena los
reflejos del estuco. En los pmulos, un tanto avanzados, bastante para
dar energa y expresin caracterstica al rostro, sin afearlo, haba un
ligero encarnado que a veces tiraba al color del alzacuello y de las
medias. No era pintura, ni el color de la salud, ni pregonero del
alcohol; era el rojo que brota en las mejillas al calor de palabras de
amor o de vergenza que se pronuncian cerca de ellas, palabras que
parecen imanes que atraen el hierro de la sangre. Esta especie de
congestin tambin la causa el orgasmo de pensamientos del mismo estilo.
En los ojos del Magistral, verdes, con pintas que parecan polvo de
rap, lo ms notable era la suavidad de liquen; pero en ocasiones, de en
medio de aquella crasitud pegajosa sala un resplandor punzante, que era
una sorpresa desagradable, como una aguja en una almohada de plumas.
Aquella mirada la resistan pocos; a unos les daba miedo, a otros asco;
pero cuando algn audaz la sufra, el Magistral la humillaba cubrindola
con el teln carnoso de unos prpados anchos, gruesos, insignificantes,
como es siempre la carne informe. La nariz larga, recta, sin correccin
ni dignidad, tambin era sobrada de carne hacia el extremo y se
inclinaba como rbol bajo el peso de excesivo fruto. Aquella nariz era
la obra muerta en aquel rostro todo expresin, aunque escrito en griego,
porque no era fcil leer y traducir lo que el Magistral senta y
pensaba. Los labios largos y delgados, finos, plidos, parecan
obligados a vivir comprimidos por la barba que tenda a subir,
amenazando para la vejez, an lejana, entablar relaciones con la punta
de la nariz claudicante. Por entonces no daba al rostro este defecto
apariencias de vejez, sino expresin de prudencia de la que toca en
cobarde hipocresa y anuncia fro y calculador egosmo. Poda asegurarse
que aquellos labios guardaban como un tesoro la mejor palabra, la que
jams se pronuncia. La barba puntiaguda y levantisca semejaba el candado
de aquel tesoro. La cabeza pequea y bien formada, de espeso cabello
negro muy recortado, descansaba sobre un robusto cuello, blanco, de
recios msculos, un cuello de atleta, proporcionado al tronco y
extremidades del fornido cannigo, que hubiera sido en su aldea el mejor
jugador de bolos, el mozo de ms partido; y a lucir entallada levita, el
ms apuesto azotacalles de Vetusta.

Como si se tratara de un personaje, el Magistral salud a Celedonio
doblando graciosamente el cuerpo y extendiendo hacia l la mano derecha,
blanca, fina, de muy afilados dedos, no menos cuidada que si fuera la de
aristocrtica seora. Celedonio contest con una genuflexin como las de
ayudar a misa.

Bismarck, oculto, vio con espanto que el cannigo sacaba de un bolsillo
interior de la sotana un tubo que a l le pareci de oro. Vio que el
tubo se dejaba estirar como si fuera de goma y se converta en dos, y
luego en tres, todos seguidos, pegados. Indudablemente aquello era un
can chico, suficiente para acabar con un delantero tan insignificante
como l. No; era un fusil porque el Magistral lo acercaba a la cara y
haca con l puntera. Bismarck respir: no iba con su personilla aquel
disparo; apuntaba el carca hacia la calle, asomado a una ventana. El
aclito, de puntillas, sin hacer ruido, se haba acercado por detrs al
Provisor y procuraba seguir la direccin del catalejo. Celedonio era un
monaguillo de mundo, entraba como amigo de confianza en las mejores
casas de Vetusta, y si supiera que Bismarck tomaba un anteojo por un
fusil, se le reira en las narices.

Uno de los recreos solitarios de don Fermn de Pas consista en subir a
las alturas. Era montas, y por instinto buscaba las cumbres de los
montes y los campanarios de las iglesias. En todos los pases que haba
visitado haba subido a la montaa ms alta, y si no las haba, a la ms
soberbia torre. No se daba por enterado de cosa que no viese a vista de
pjaro, abarcndola por completo y desde arriba. Cuando iba a las aldeas
acompaando al Obispo en su visita, siempre haba de emprender, a pie o
a caballo, como se pudiera, una excursin a lo ms empingorotado. En la
provincia, cuya capital era Vetusta, abundaban por todas partes montes
de los que se pierden entre nubes; pues a los ms arduos y elevados
ascenda el Magistral, dejando atrs al ms robusto andarn, al ms
experto montas. Cuanto ms suba ms ansiaba subir; en vez de fatiga
senta fiebre que les daba vigor de acero a las piernas y aliento de
fragua a los pulmones. Llegar a lo ms alto era un triunfo voluptuoso
para De Pas. Ver muchas leguas de tierra, columbrar el mar lejano,
contemplar a sus pies los pueblos como si fueran juguetes, imaginarse a
los hombres como infusorios, ver pasar un guila o un milano, segn los
parajes, debajo de sus ojos, ensendole el dorso dorado por el sol,
mirar las nubes desde arriba, eran intensos placeres de su espritu
altanero, que De Pas se procuraba siempre que poda. Entonces s que en
sus mejillas haba fuego y en sus ojos dardos. En Vetusta no poda
saciar esta pasin; tena que contentarse con subir algunas veces a la
torre de la catedral. Sola hacerlo a la hora del coro, por la maana o
por la tarde, segn le convena. Celedonio que en alguna ocasin,
aprovechando un descuido, haba mirado por el anteojo del Provisor,
saba que era de poderosa atraccin; desde los segundos corredores,
mucho ms altos que el campanario, haba l visto perfectamente a la
Regenta, una guapsima seora, pasearse, leyendo un libro, por su huerta
que se llamaba el Parque de los Ozores; s, seor, la haba visto como
si pudiera tocarla con la mano, y eso que su palacio estaba en la
rinconada de la Plaza Nueva, bastante lejos de la torre, pues tena en
medio de la plazuela de la catedral, la calle de la Ra y la de San
Pelayo. Qu ms? Con aquel anteojo se vea un poco del billar del
casino, que estaba junto a la iglesia de Santa Mara; y l, Celedonio,
haba visto pasar las bolas de marfil rodando por la mesa. Y sin el
anteojo qui! en cuanto se vea el balcn como un ventanillo de una
grillera. Mientras el aclito hablaba as, en voz baja, a Bismarck que
se haba atrevido a acercarse, seguro de que no haba peligro, el
Magistral, olvidado de los campaneros, paseaba lentamente sus miradas
por la ciudad escudriando sus rincones, levantando con la imaginacin
los techos, aplicando su espritu a aquella inspeccin minuciosa, como
el naturalista estudia con poderoso microscopio las pequeeces de los
cuerpos. No miraba a los campos, no contemplaba la lontananza de montes
y nubes; sus miradas no salan de la ciudad.

Vetusta era su pasin y su presa. Mientras los dems le tenan por sabio
telogo, filsofo y jurisconsulto, l estimaba sobre todas su ciencia de
Vetusta. La conoca palmo a palmo, por dentro y por fuera, por el alma y
por el cuerpo, haba escudriado los rincones de las conciencias y los
rincones de las casas. Lo que senta en presencia de la heroica ciudad
era gula; haca su anatoma, no como el fisilogo que slo quiere
estudiar, sino como el gastrnomo que busca los bocados apetitosos; no
aplicaba el escalpelo sino el trinchante.

Y bastante resignacin era contentarse, por ahora, con Vetusta. De Pas
haba soado con ms altos destinos, y an no renunciaba a ellos. Como
recuerdos de un poema heroico ledo en la juventud con entusiasmo,
guardaba en la memoria brillantes cuadros que la ambicin haba pintado
en su fantasa; en ellos se contemplaba oficiando de pontifical en
Toledo y asistiendo en Roma a un cnclave de cardenales. Ni la tiara le
pareciera demasiado ancha; todo estaba en el camino; lo importante era
seguir andando. Pero estos sueos segn pasaba el tiempo se iban
haciendo ms y ms vaporosos, como si se alejaran. As son las
perspectivas de la esperanza, pensaba el Magistral; cuanto ms nos
acercamos al trmino de nuestra ambicin, ms distante parece el objeto
deseado, porque no est en lo porvenir, sino en lo pasado; lo que vemos
delante es un espejo que refleja el cuadro soador que se queda atrs,
en el lejano da del sueo.... No renunciaba a subir, a llegar cuanto
ms arriba pudiese, pero cada da pensaba menos en estas vaguedades de
la ambicin a largo plazo, propias de la juventud. Haba llegado a los
treinta y cinco aos y la codicia del poder era ms fuerte y menos
idealista; se contentaba con menos pero lo quera con ms fuerza, lo
necesitaba ms cerca; era el hambre que no espera, la sed en el desierto
que abrasa y se satisface en el charco impuro sin aguardar a descubrir
la fuente que est lejos en lugar desconocido.

Sin confesrselo, senta a veces desmayos de la voluntad y de la fe en
s mismo que le daban escalofros; pensaba en tales momentos que acaso
l no sera jams nada de aquello a que haba aspirado, que tal vez el
lmite de su carrera sera el estado actual o un mal obispado en la
vejez, todo un sarcasmo. Cuando estas ideas le sobrecogan, para
vencerlas y olvidarlas se entregaba con furor al goce de lo presente,
del podero que tena en la mano; devoraba su presa, la Vetusta
levtica, como el len enjaulado los pedazos ruines de carne que el
domador le arroja.

Concentrada su ambicin entonces en punto concreto y tangible, era mucho
ms intensa; la energa de su voluntad no encontraba obstculo capaz de
resistir en toda la dicesis. l era el amo del amo. Tena al Obispo en
una garra, prisionero voluntario que ni se daba cuenta de sus prisiones.
En tales das el Provisor era un huracn eclesistico, un castigo
bblico, un azote de Dios sancionado por su ilustrsima.

Estas crisis del nimo solan provocarlas noticias del personal: el
nombramiento de un Obispo joven, por ejemplo. Echaba sus cuentas: l
estaba muy atrasado, no podra llegar a ciertas grandezas de la
jerarqua. Esto pensaba, en tanto que el beneficiado don Custodio le
aborreca principalmente porque era Magistral desde los treinta.

Don Fermn contemplaba la ciudad. Era una presa que le disputaban, pero
que acabara de devorar l solo. Qu! Tambin aquel mezquino imperio
haban de arrancarle? No, era suyo. Lo haba ganado en buena lid. Para
qu eran necios? Tambin al Magistral se le suba la altura a la cabeza;
tambin l vea a los vetustenses como escarabajos; sus viviendas viejas
y negruzcas, aplastadas, las crean los vanidosos ciudadanos palacios y
eran madrigueras, cuevas, montones de tierra, labor de topo.... Qu
haban hecho los dueos de aquellos palacios viejos y arruinados de la
Encimada que l tena all a sus pies? Qu haban hecho? Heredar. Y
l? Qu haba hecho l? Conquistar. Cuando era su ambicin de joven la
que chisporroteaba en su alma, don Fermn encontraba estrecho el recinto
de Vetusta; l que haba predicado en Roma, que haba olfateado y
gustado el incienso de la alabanza en muy altas regiones por breve
tiempo, se crea postergado en la catedral vetustense. Pero otras veces,
las ms, era el recuerdo de sus sueos de nio, precoz para ambicionar,
el que le asaltaba, y entonces vea en aquella ciudad que se humillaba a
sus plantas en derredor el colmo de sus deseos ms locos. Era una
especie de placer material, pensaba De Pas, el que senta comparando sus
ilusiones de la infancia con la realidad presente. Si de joven haba
soado cosas mucho ms altas, su dominio presente pareca la tierra
prometida a las cavilaciones de la niez, llena de tardes solitarias y
melanclicas en las praderas de los puertos. El Magistral empezaba a
despreciar un poco los aos de su prxima juventud, le parecan a veces
algo ridculos sus ensueos y la conciencia no se complaca en repasar
todos los actos de aquella poca de pasiones reconcentradas, poco y mal
satisfechas. Prefera las ms veces recrear el espritu contemplando lo
pasado en lo ms remoto del recuerdo; su niez le enterneca, su
juventud le disgustaba como el recuerdo de una mujer que fue muy
querida, que nos hizo cometer mil locuras y que hoy nos parece digna de
olvido y desprecio. Aquello que l llamaba placer material y tena mucho
de pueril, era el consuelo de su alma en los frecuentes decaimientos del
nimo.

El Magistral haba sido pastor en los puertos de Tarsa y era l, el
mismo que ahora mandaba a su manera en Vetusta! En este salto de la
imaginacin estaba la esencia de aquel placer intenso, infantil y
material que gozaba De Pas como un pecado de lascivia.

Cuntas veces en el plpito, ceido al robusto y airoso cuerpo el
roquete, cndido y rizado, bajo la seoril muceta, viendo all abajo, en
el rostro de todos los fieles la admiracin y el encanto, haba tenido
que suspender el vuelo de su elocuencia, porque le ahogaba el placer, y
le cortaba la voz en la garganta! Mientras el auditorio aguardaba en
silencio, respirando apenas, a que la emocin religiosa permitiera al
orador continuar, l oa como en xtasis de autolatra el chisporroteo
de los cirios y de las lmparas; aspiraba con voluptuosidad extraa el
ambiente embalsamado por el incienso de la capilla mayor y por las
emanaciones calientes y aromticas que suban de las damas que le
rodeaban; senta como murmullo de la brisa en las hojas de un bosque el
contenido crujir de la seda, el aleteo de los abanicos; y en aquel
silencio de la atencin que esperaba, delirante, crea comprender y
gustaba una adoracin muda que suba a l; y estaba seguro de que en tal
momento pensaban los fieles en el orador esbelto, elegante, de voz
melodiosa, de correctos ademanes a quien oan y vean, no en el Dios de
que les hablaba. Entonces s que, sin poder l desechar aquellos
recuerdos se le presentaba su infancia en los puertos; aquellas tardes
de su vida de pastor melanclico y meditabundo.--Horas y horas, hasta el
crepsculo, pasaba soando despierto, en una cumbre, oyendo las esquilas
del ganado esparcido por el cueto y qu soaba? que all, all abajo,
en el ancho mundo, muy lejos, haba una ciudad inmensa, como cien veces
el lugar de Tarsa, y ms; aquella ciudad se llamaba Vetusta, era mucho
mayor que San Gil de la Llana, la cabeza del partido, que l tampoco
haba visto. En la gran ciudad colocaba l maravillas que halagaban el
sentido y llenaban la soledad de su espritu inquieto. Desde aquella
infancia ignorante y visionaria al momento en que se contemplaba el
predicador no haba intervalo; se vea nio y se vea Magistral: lo
presente era la realidad del sueo de la niez y de esto gozaba.

Emociones semejantes ocupaban su alma mientras el catalejo, reflejando
con vivos resplandores los rayos del sol se mova lentamente pasando la
visual de tejado en tejado, de ventana en ventana, de jardn en jardn.

Alrededor de la catedral se extenda, en estrecha zona, el primitivo
recinto de Vetusta. Comprenda lo que se llamaba el barrio de la
_Encimada_ y dominaba todo el pueblo que se haba ido estirando por
Noroeste y por Sudeste. Desde la torre se vea, en algunos patios y
jardines de casas viejas y ruinosas, restos de la antigua muralla,
convertidos en terrados o paredes medianeras, entre huertos y corrales.
La Encimada era el barrio noble y el barrio pobre de Vetusta. Los ms
linajudos y los ms andrajosos vivan all, cerca unos de otros,
aquellos a sus anchas, los otros apiados. El buen vetustente era de la
Encimada. Algunos fatuos estimaban en mucho la propiedad de una casa,
por miserable que fuera, en la parte alta de la ciudad, a la sombra de
la catedral, o de Santa Mara la Mayor o de San Pedro, las dos
antiqusimas iglesias vecinas de la Baslica y parroquias que se
dividan el noble territorio de la Encimada. El Magistral vea a sus
pies el barrio linajudo compuesto de caserones con nfulas de palacios;
conventos grandes como pueblos; y tugurios, donde se amontonaba la plebe
vetustense, demasiado pobre para poder habitar las barriadas nuevas all
abajo, en el Campo del sol, al Sudeste, donde la Fbrica Vieja levantaba
sus augustas chimeneas, en rededor de las cuales un pueblo de obreros
haba surgido. Casi todas las calles de la Encimada eran estrechas,
tortuosas, hmedas, sin sol; creca en algunas la yerba; la limpieza de
aquellas en que predominaba el vecindario noble o de tales pretensiones
por lo menos, era triste, casi miserable, como la limpieza de las
cocinas pobres de los hospicios; pareca que la escoba municipal y la
escoba de la nobleza pulcra haban dejado en aquellas plazuelas y
callejas las huellas que el cepillo deja en el pao rado. Haba por
all muy pocas tiendas y no muy lucidas. Desde la torre se vea la
historia de las clases privilegiadas contada por piedras y adobes en el
recinto viejo de Vetusta. La iglesia ante todo: los conventos ocupaban
cerca de la mitad del terreno; Santo Domingo solo, tomaba una quinta
parte del rea total de la Encimada: segua en tamao las Recoletas,
donde se haban reunido en tiempo de la Revolucin de Septiembre dos
comunidades de monjas, que juntas eran diez y ocupaban con su convento y
huerto la sexta parte del barrio. Verdad era que San Vicente estaba
convertido en cuartel y dentro de sus muros retumbaba la indiscreta voz
de la corneta, profanacin constante del sagrado silencio secular; del
convento ampuloso y plateresco de las Clarisas haba hecho el Estado un
edificio para toda clase de oficinas, y en cuanto a San Benito era
lbrega prisin de mal seguros delincuentes. Todo esto era triste; pero
el Magistral que vea, con amargura en los labios, estos despojos de que
le daba elocuente representacin el catalejo, poda abrir el pecho al
consuelo y a la esperanza contemplando, fuera del barrio noble, al Oeste
y al Norte, grficas seales de la fe rediviva, en los alrededores de
Vetusta, donde construa la piedad nuevas moradas para la vida
conventual, ms lujosas, ms elegantes que las antiguas, si no tan
slidas ni tan grandes. La Revolucin haba derribado, haba robado;
pero la Restauracin, que no poda restituir, alentaba el espritu que
reedificaba y ya las Hermanitas de los Pobres tenan coronado el
edificio de su propiedad, tacita de plata, que brillaba cerca del
Espoln, al Oeste, no lejos de los palacios y _chalets_ de la Colonia, o
sea el barrio nuevo de americanos y comerciantes del reino. Hacia el
Norte, entre prados de terciopelo tupido, de un verde obscuro, fuerte,
se levantaba la blanca fbrica que con sumas fabulosas construan las
Salesas, por ahora arrinconadas dentro de Vetusta, cerca de los
vertederos de la Encimada, casi sepultadas en las cloacas, en una casa
vieja, que tena por iglesia un oratorio mezquino. All, como en nichos,
habitaban las herederas de muchas familias ricas y nobles; haban
dejado, en obsequio al Crucificado, el regalo de su palacio ancho y
cmodo de all arriba por la estrechez insana de aquella pocilga,
mientras sus padres, hermanos y otros parientes regalaban el perezoso
cuerpo en las anchuras de los caserones tristes, pero espaciosos de la
Encimada. No slo era la iglesia quien poda desperezarse y estirar las
piernas en el recinto de Vetusta la de arriba, tambin los herederos de
pergaminos y casas solariegas, haban tomado para s anchas cuadras y
jardines y huertas que podan pasar por bosques, con relacin al rea
del pueblo, y que en efecto se llamaban, algo hiperblicamente, parques,
cuando eran tan extensos como el de los Ozores y el de los Vegallana. Y
mientras no slo a los conventos, y a los palacios, sino tambin a los
rboles se les dejaba campo abierto para alargarse y ensancharse como
queran, los mseros plebeyos que a fuerza de pobres no haban podido
huir los codazos del egosmo noble o regular, vivan hacinados en casas
de tierra que el municipio obligaba a tapar con una capa de cal; y era
de ver cmo aquellas casuchas, apiadas, se enchufaban, y saltaban unas
sobre otras, y se metan los tejados por los ojos, o sean las ventanas.
Parecan un rebao de retozonas reses que apretadas en un camino,
brincan y se encaraman en los lomos de quien encuentran delante.

A pesar de esta injusticia distributiva que don Fermn tena debajo de
sus ojos, sin que le irritara, el buen cannigo amaba el barrio de la
catedral, aquel hijo predilecto de la Baslica, sobre todos. La Encimada
era su imperio natural, la metrpoli del poder espiritual que ejerca.
El humo y los silbidos de la fbrica le hacan dirigir miradas recelosas
al Campo del Sol; all vivan los rebeldes; los trabajadores sucios,
negros por el carbn y el hierro amasados con sudor; los que escuchaban
con la boca abierta a los energmenos que les predicaban igualdad,
federacin, reparto, mil absurdos, y a l no queran orle cuando les
hablaba de premios celestiales, de reparaciones de ultra-tumba. No era
que all no tuviera ninguna influencia, pero la tena en los menos.
Cierto que cuando all la creencia pura, la fe catlica arraigaba, era
con robustas races, como con cadenas de hierro. Pero si mora un obrero
bueno, creyente, nacan dos, tres, que ya jams oiran hablar de
resignacin, de lealtad, de fe y obediencia. El Magistral no se haca
ilusiones. El Campo del Sol se les iba. Las mujeres defendan all las
ltimas trincheras. Poco tiempo antes del da en que De Pas meditaba
as, varias ciudadanas del barrio de obreros haban querido matar a
pedradas a un forastero que se titulaba pastor protestante; pero estos
excesos, estos paroxismos de la fe moribunda ms entristecan que
animaban al Magistral.--No, aquel humo no era de incienso, suba a lo
alto, pero no iba al cielo; aquellos silbidos de las mquinas le
parecan burlescos, silbidos de stira, silbidos de ltigo. Hasta
aquellas chimeneas delgadas, largas, como monumentos de una idolatra,
parecan parodias de las agujas de las iglesias....

El Magistral volva el catalejo al Noroeste, all estaba la _Colonia_,
la Vetusta novsima, tirada a cordel, deslumbrante de colores vivos con
reflejos acerados; pareca un pjaro de los bosques de Amrica, o una
india brava adornada con plumas y cintas de tonos discordantes.

Igualdad geomtrica, desigualdad, anarqua cromticas. En los tejados
todos los colores del iris como en los muros de Ecbtana; galeras de
cristales robando a los edificios por todas partes la esbeltez que poda
suponrseles; alardes de piedra inoportunos, solidez afectada, lujo
vocinglero. La ciudad del sueo de un indiano que va mezclada con la
ciudad de un usurero o de un mercader de paos o de harinas que se
quedan y edifican despiertos. Una pulmona posible por una pared maestra
ahorrada; una incomodidad segura por una fastuosidad ridcula. Pero no
importa, el Magistral no atiende a nada de eso; no ve all ms que
riqueza; un Per en miniatura, del cual pretende ser el Pizarro
espiritual. Y ya empieza a serlo. Los indianos de la Colonia que en
Amrica oyeron muy pocas misas, en Vetusta vuelven, como a una patria, a
la piedad de sus mayores: la religin con las formas aprendidas en la
infancia es para ellos una de las dulces promesas de aquella Espaa que
vean en sueos al otro lado del mar. Adems los indianos no quieren
nada que no sea de buen tono, que huela a plebeyo, ni siquiera pueda
recordar los orgenes humildes de la estirpe; en Vetusta los descredos
no son ms que cuatro pillos, que no tienen sobre qu caerse muertos;
todas las personas pudientes creen y practican, como se dice ahora.
Pez, don Frutos Redondo, los Jacas, Antolnez, los Argumosa y otros y
otros ilustres Amrico Vespucios del barrio de la Colonia siguen
escrupulosamente en lo que se les alcanza las costumbres _distinguidas_
de los Corujedos, Vegallanas, Membibres, Ozores, Carraspiques y dems
familias nobles de la Encimada, que se precian de muy buenos y muy
rancios cristianos. Y si no lo hicieran por propio impulso los Pez, los
Redondo, etc., etc., sus respectivas esposas, hijas y dems familia del
sexo dbil obligaranles a imitar en religin, como en todo, las
maneras, ideas y palabras de la envidiada aristocracia. Por todo lo cual
el Provisor mira al barrio del Noroeste con ms codicia que antipata;
si all hay muchos espritus que l no ha sondeado todava, si hay mucha
tierra que descubrir en aquella Amrica abreviada, las exploraciones
hechas, las _factoras_ establecidas han dado muy buen resultado, y no
desconfa don Fermn de llevar la luz de la fe ms acendrada, y con ella
su natural influencia, a todos los rincones de las bien alineadas casas
de la Colonia, a quien el municipio midi los tejados por un rasero.

Pero, entre tanto, De Pas volva amorosamente la visual del catalejo a
su Encimada querida, la noble, la vieja, la amontonada a la sombra de la
soberbia torre. Una a Oriente otra a Occidente, all debajo tena, como
dando guardia de honor a la catedral, las dos iglesias antiqusimas que
la vieron tal vez nacer, o por lo menos pasar a grandezas y esplendores
que ellas jams alcanzaron. Se llamaban, como va dicho, Santa Mara y
San Pedro; su historia anda escrita en los cronicones de la Reconquista,
y gloriosamente se pudren poco a poco vctimas de la humedad y hechas
polvo por los siglos. En rededor de Santa Mara y de San Pedro hay
esparcidas, por callejones y plazuelas casas solariegas, cuya mayor
gloria sera poder proclamarse contemporneas de los ruinosos templos.
Pero no pueden, porque delata la relativa juventud de estos caserones su
arquitectura que revela el mal gusto decadente, pesado o recargado, de
muy posteriores siglos. La piedra de todos estos edificios est
ennegrecida por los rigores de la intemperie que en Vetusta la hmeda no
dejan nada claro mucho tiempo, ni consienten blancura duradera.

Don Saturnino Bermdez, que juraba tener documentos que probaban al
inteligente en herldica venirle el Bermdez del rey Bermudo en persona,
era el ms perito en la materia de contar la historia de cada uno de
aquellos caserones, que l consideraba otras tantas glorias nacionales.
Cada vez que algn Ayuntamiento radical emprenda o proyectaba siquiera
el derribo de algunas ruinas o la expropiacin de algn solar por
utilidad pblica, don Saturnino pona el grito en el cielo y publicaba
en _El Lbaro_, el rgano de los ultramontanos de Vetusta, largos
artculos que nadie lea, y que el alcalde no hubiera entendido, de
haberlos ledo; en ellos pona por las nubes el mrito arqueolgico de
cada tabique, y si se trataba de una pared maestra demostraba que era
todo un monumento. No cabe duda que el seor don Saturnino, siquiera
fuese por bien del arte, menta no poco, y abusaba de lo romnico y de
lo mudjar. Para l todo era mudjar o si no romnico, y ms de una vez
hizo remontarse a los tiempos de Fruela los fundamentos de una pared
fabricada por algn modesto cantero, vivo todava. Estos lapsus del
erudito no lastimaban su reputacin, porque los pocos que podan
descubrirlos los consideraban piadosas exageraciones, anacronismos
benemritos, y los dems vetustenses no lean nada de aquello. Mas no
por esto dejaba el sabio de sacar a relucir la retrica, en que crea,
ostentando atrevidas imgenes, figuras de gran energa, entre las que
descollaban las ms temerarias personificaciones y las epanadiplosis ms
cadenciosas: hablaban las murallas como libros y solan decir: tiemblan
mis cimientos y mis almenas tiemblan; y tal puerta cochera hubo que
hizo llorar con sus discursos patticos; por lo cual sola terminar el
artculo del arquelogo diciendo: En fin, seores de la comisin de
obras, _sunt lacrimae rerum!_.

Ms de media hora emple el Magistral en su observatorio aquella tarde.
Cansado de mirar o no pudiendo ver lo que buscaba all, hacia la Plaza
Nueva, adonde constantemente volva el catalejo, separose de la ventana,
redujo a su mnimo tamao el instrumento ptico, guardolo cuidadosamente
en el bolsillo y saludando con la mano y la cabeza a los campaneros,
descendi con el paso majestuoso de antes, por el caracol de piedra. En
cuanto abri la puerta de la torre y se encontr en la nave Norte de la
iglesia, recobr la sonrisa inmvil, habitual expresin de su rostro,
cruz las manos sobre el vientre, inclin hacia delante un poco con
cierta languidez entre mstica y romntica la bien modelada cabeza, y
ms que anduvo se desliz sobre el mrmol del pavimento que figuraba
juego de damas, blanco y negro. Por las altas ventanas y por los
rosetones del arco toral y de los laterales entraban haces de luz de
muchos colores que remedaban pedazos del iris dentro de las naves. El
manteo que el cannigo mova con un ritmo de pasos y suave contoneo iba
tomando en sus anchos pliegues, al flotar casi al ras del pavimento,
tornasoles de plumas de faisn, y otras veces pareca cola de pavo real;
algunas franjas de luz trepaban hasta el rostro del Magistral y ora lo
tean con un verde plido blanquecino, como de planta sombra, ora le
daban viscosa apariencia de planta submarina, ora la palidez de un
cadver.

En la gran nave central del trascoro haba muy pocos fieles, esparcidos
a mucha distancia; en las capillas laterales, abiertas en los gruesos
muros, sumidas en las sombras, se vea apenas grupos de mujeres
arrodilladas o sentadas sobre los pies, rodeando los confesonarios. Aqu
y all se oa el leve rumor de la pltica secreta de un sacerdote y una
devota en el tribunal de la penitencia. En la segunda capilla del Norte,
la ms obscura, don Fermn distingui dos seoras que hablaban en voz
baja. Sigui adelante. Ellas quisieron ir tras l, llamarle, pero no se
atrevieron. Le esperaban, le buscaban, y se quedaron sin l.

--Va al coro--dijo una de las damas. Y se sentaron sobre la tarima que
rodeaba el confesonario, sumido en tinieblas. Era la capilla del
Magistral. En el altar haba dos candeleros de bronce, sin velas,
sujetos con cadenillas de hierro. Delante del retablo estaba un Jess
Nazareno de talla; los ojos de cristal, tristes, brillaban en la
obscuridad; los reflejos del vidrio parecan una humedad fra. Era el
rostro el de un anmico; la expresin amanerada del gesto anunciaba una
idea fija petrificada en aquellos labios finos y en aquellos pmulos
afilados, como gastados por el roce de besos devotos.

Sin detenerse pas el Magistral junto a la puerta de escape del coro;
lleg al crucero; la valla que corre del coro a la capilla mayor estaba
cerrada. Don Fermn, que iba a la sacrista, dio el rodeo de la nave del
trasaltar flanqueada por otra cruja de capillas. Frente a cada una de
estas, empotrados en la pared del bside haba haces de columnas entre
los que se ocultaban sendos confesonarios, invisibles hasta el momento
de colocarse enfrente de ellos. All comnmente ataban y desataban
culpas los beneficiados. De uno de estos escondites sali, al pasar el
Provisor, como una perdiz levantada por los perros, el seor don
Custodio el beneficiado, plido el rostro, menos las mejillas
encendidas con un tinte crdeno. Sudaba como una pared hmeda. El
Magistral mir al beneficiado sin sonrer, pinchndole con aquellas
agujas que tena entre la blanda crasitud de los ojos. Humill los suyos
don Custodio y pas cabizbajo, confuso, aturdido en direccin al coro.
Era gruesecillo, adamado, tena aires de comisionista francs vestido
con traje talar muy pulcro y elegante. El cuerpo bien torneado se lo
cea, debajo del manteo ampuloso, un roquete que pareca prenda
mujeril, sobre la cual ostentaba la muceta ligera, de seda, propia de su
beneficio. Este don Custodio era un enemigo domstico, un beneficiado de
la oposicin. Crea, o por lo menos propalaba todas las injurias con que
se quera derribar al Provisor, y le envidiaba por lo que pudiera haber
de cierto en el fondo de tantas calumnias. De Pas le despreciaba; la
envidia de aquel pobre clrigo le serva para ver, como en un espejo,
los propios mritos. El beneficiado admiraba al Magistral, crea en su
porvenir, se le figuraba obispo, cardenal, favorito en la corte,
influyente en los ministerios, en los salones, mimado por damas y
magnates. La envidia del beneficiado soaba para don Fermn ms
grandezas que el mismo Magistral vea en sus esperanzas. La mirada de
este fue en seguida, rpida y rastrera, al confesonario de que sala el
envidioso. Arrodillada junto a una de las celosas vio una joven plida
con hbito del Carmen.

No era una seorita; deba de ser una doncella de servicio, una
costurera, o cosa as, pens el Magistral. Tena los ojos cargados de
una curiosidad maliciosa ms irritada que satisfecha; se santigu, como
si quisiera comerse la seal de la cruz, y se recogi, sentada sobre
los pies, a saborear los pormenores de la confesin, sin moverse del
sitio, pegada al confesonario lleno todava del calor y el olor de don
Custodio.

El Magistral sigui adelante, dio vuelta al bside y entr en la
sacrista. Era una capilla en forma de cruz latina, grande, fra, con
cuatro bvedas altas. A lo largo de todas las paredes estaba la
cajonera, de castao, donde se guardaba ropas y objetos del culto.
Encima de los cajones pendan cuadros de pintores adocenados, antiguos
los ms, y algunas copias no malas de artistas buenos. Entre cuadro y
cuadro ostentaban su dorado viejo algunas cornucopias cuya luna
reflejaba apenas los objetos, por culpa del polvo y las moscas. En medio
de la sacrista ocupaba largo espacio una mesa de mrmol negro, del
pas. Dos monaguillos con ropn encarnado, guardaban casullas y capas
pluviales en los armarios. El _Palomo_, con una sotana sucia y escotada,
cubierta la cabeza con enorme peluca echada hacia el cogote, acababa de
barrer en un rincn las inmundicias de cierto gato que, no se saba
cmo, entraba en la catedral y lo profanaba todo. El perrero estaba
furioso. Los monaguillos se hacan los distrados, pero l, sin
mirarles, les aluda y amenazaba con terribles castigos hipotticos,
repugnantes para el estmago principalmente. El Magistral sigui
adelante fingiendo no parar mientes en estos pormenores groseros, tan
extraos a la santidad del culto. Se acerc a un grupo que en el otro
extremo de la sacrista cuchicheaba con la voz apagada de la
conversacin profana que quiere respetar el lugar sagrado. Eran dos
seoras y dos caballeros. Los cuatro tenan la cabeza echada hacia
atrs. Contemplaban un cuadro. La luz entraba por ventanas estrechas
abiertas en la bveda y a las pinturas llegaba muy torcida y menguada.
El cuadro que miraban estaba casi en la sombra y pareca una gran mancha
de negro mate. De otro color no se vea ms que el frontal de una
calavera y el tarso de un pie desnudo y descarnado. Sin embargo, cinco
minutos llevaba don Saturnino Bermdez empleados en explicar el mrito
de la pintura a aquellas seoras y al caballero que llenos de fe y con
la boca abierta escuchaban al arquelogo. El Magistral encontraba casi
todos los das a don Saturnino en semejante ocupacin. En cuanto llegaba
un forastero de alguna importancia a Vetusta, se buscaba por un lado o
por otro una recomendacin para que Bermdez fuese tan amable que le
acompaara a ver las antigedades de la catedral y otras de la Encimada.
Don Saturnino estaba muy ocupado todo el da, pero de tres a cuatro y
media siempre le tenan a su disposicin cuantas personas decentes, como
l deca, quisieran poner a prueba sus conocimientos arqueolgicos y su
inveterada amabilidad. Porque adems del primer anticuario de la
provincia, crea ser--y esto era verdad--el hombre ms fino y corts de
Espaa. No era clrigo, sino anfibio. En su traje pulcro y negro de los
pies a la cabeza se vea algo que Frgilis, personaje darwinista que
encontraremos ms adelante, llamaba la adaptacin a la sotana, la
influencia del medio, etc.; es decir, que si don Saturnino fuera tan
atrevido que se decidiera a engendrar un Bermdez, este saldra ya
dicono por lo menos, segn Frgilis. Era el arquelogo bajo, traa el
pelo rapado como cepillo de cerdas negras; procuraba dejar grandes
entradas en la frente y se conoca que una calvicie precoz le hubiera
lisonjeado no poco. No era viejo: La edad de Nuestro Seor Jesucristo,
deca l, creyendo haber aventurado un chiste respetuoso, pero algo
mundano. Como lo de parecer cura no estaba en su intencin, sino en las
leyes naturales, don Saturno--as le llamaban--despus de haber perdido
ciertas ilusiones en una aventura seria en que le tomaron por clrigo,
se dejaba la barba, de un negro de tinta china, pero la recortaba como
el boj de su huerto. Tena la boca muy grande, y al sonrer con
propsito de agradar, los labios iban de oreja a oreja. No se sabe por
qu entonces era cuando mejor se conoca que Bermdez no se quejaba de
vicio al quejarse del pcaro estmago, de digestiones difciles y sobre
todo de perpetuos restriimientos. Era una sonrisa llena de arrugas, que
equivala a una mueca provocada por un dolor intestinal, aquella con que
Bermdez quera pasar por el hombre ms _espiritual_ de Vetusta, y el
ms capaz de comprender una pasin profunda y alambicada. Pues debe
advertirse que sus lecturas serias de cronicones y otros libros viejos
alternaban en su ambicioso espritu con las novelas ms finas y
psicolgicas que se escriban por entonces en Pars. Lo de parecer
clrigo no era sino muy a su pesar. l se encargaba unas levitas de
tricot como las de un lechuguino, pero el sastre vea con asombro que
vestir la prenda don Saturno y quedar convertida en sotana era todo uno.
Siempre pareca que iba de luto, aunque no fuera. Sin embargo, pocas
veces quitaba la gasa del sombrero porque se tena por pariente de toda
la nobleza vetustense, y en cuanto mora un aristcrata estaba de
psame. All, en el fondo de su alma, se crea nacido para el amor, y su
pasin por la arqueologa era un sentimiento de la clase de sucedneos.
Al ver en las novelas ms acreditadas de Francia y de Espaa que los
personajes de mejor sociedad sentan sobre poco ms o menos las mismas
comezones de que l era vctima, ya no vacil en pensar que lo que le
haba faltado haba sido un escenario. Las muchachas de Vetusta eran
incapaces de comprenderle, as como l se confesaba a solas que no se
atrevera jams a acercarse a una joven para decirle cosa mayor en
materia de amores.

Tal vez las casadas, algunas por lo menos, podran entenderle mejor. La
primera vez que pens esto tuvo remordimientos para una semana; pero
volvi la idea a presentarse tentadora, y como en las novelas que
saboreaba suceda casi siempre que eran casadas las heronas, pecadoras
s, pero al fin redimidas por el amor y la mucha fe, vino en averiguar y
dar por evidente que se poda querer a una casada y hasta decrselo, si
el amor se contena en los lmites del ms acendrado idealismo. En
efecto, don Saturno se enamor de una seora casada; pero le sucedi con
ella lo mismo que con las solteras; no se atrevi a decrselo. Con los
ojos s se lo daba a entender, y hasta con ciertas parbolas y alegoras
que tomaba de la Biblia y otros libros orientales; pero la seora de sus
amores no haca caso de los ojos de don Saturno ni entenda las
alegoras ni las parbolas; no haca ms que decir a espaldas de
Bermdez:

--No s cmo ese don Saturno puede saber tanto: parece un mentecato.

Esta seora que llamaban en Vetusta la Regenta, porque su marido, ahora
jubilado, haba sido regente de la Audiencia, nunca supo la ardiente
pasin del arquelogo. Este joven sentimental y amante del saber se
cans de devorar en silencio aquel amor nico y procur ser veleidoso,
aturdirse, y esto ltimo poco trabajo le costaba, porque nunca se vio
hombre ms aturdido que l en cuanto una mujer quera marearle con una o
dos miradas. Cuatro aos haca que no perda baile, ni reunin de
confianza, ni teatro, ni paseo, y todava las damas, cada vez que le
vean bailando un rigodn (no se atreva con el wals ni con la polka)
repetan:

--Pero este Bermdez est desconocido!

Todos, todos empeados en que era un cartujo! Esto le desesperaba.
Cierto que jams haba probado las dulzuras groseras y materiales del
amor carnal; pero eso le constaba al pblico? Cierto que primero
faltaba el sol que don Saturnino a misa de ocho; pero esta devocin, as
como el comulgar dos veces al mes, en nada empeca (su estilo) a los
ttulos de hombre de mundo que l reclamaba. Y si las gentes supieran!
Quin era un embozado que de noche, a la hora de las criadas, como
dicen en Vetusta, sala muy recatadamente por la calle del Rosario,
torca entre las sombras por la de Quintana y de una en otra llegaba a
los porches de la plaza del Pan y dejaba la Encimada aventurndose por
la Colonia, solitaria a tales horas? Pues era don Saturnino Bermdez,
doctor en teologa, en ambos derechos, civil y cannico, licenciado en
filosofa y letras y bachiller en ciencias: el autor ni ms ni menos, de
_Vetusta Romana_, _Vetusta Goda_, _Vetusta Feudal_, _Vetusta Cristiana_,
y _Vetusta Transformada_, a tomo por Vetusta. Era l, que sala
disfrazado de capa y sombrero flexible. No haba miedo que en tal guisa
le reconociera nadie. Y adnde iba? A luchar con la tentacin al aire
libre; a cansar la carne con paseos interminables; y un poco tambin a
olfatear el vicio, el crimen pensaba l, crimen en que tena seguridad
de no caer, no tanto por esfuerzos de la virtud como por invencible
pujanza del miedo que no le dejaba nunca dar el ltimo y decisivo paso
en la carrera del abismo. Al borde llegaba todas las noches, y sola ser
una puerta desvencijada, sucia y negra en las sombras de algn callejn
inmundo. Alguna vez desde el fondo del susodicho abismo le llamaba la
tentacin; entonces retroceda el sabio ms pronto, ganaba el terreno
perdido, volva a las calles anchas y respiraba con delicia el aire
puro; puro como su cuerpo; y para llegar antes a las regiones del ideal
que eran su propio ambiente, cantaba la _Casta diva_ o _el Spirto
gentil_ o _el Santo Fuerte_, y pensaba en sus amores de nio o en alguna
herona de sus novelas.

Ah, cunta felicidad haba en estas victorias de la virtud! Qu clara
y evidente se le presentaba entonces la idea de una Providencia! Algo
as deba de ser el xtasis de los msticos! Y don Saturno apretando el
paso volva a su casa ebrio de idealismo, mojando los embozos de la capa
con las lgrimas que le haca llorar aquel bao de idealidad, como l
deca para sus adentros. Su enternecimiento era eminentemente piadoso,
sobre todo en las noches de luna.

Encerrado en su casa, en su despacho, despus de cenar, o bien escriba
versos a la luz del petrleo o manejaba sus librotes; y por fin se
acostaba, satisfecho de s mismo, contento con la vida, feliz en este
mundo calumniado donde, dgase lo que se quiera, an hay hombres buenos,
nimos fuertes. Esta voluptuosidad ideal del bien obrar, mezclndose a
la sensacin agradable del calorcillo del suave y blando lecho,
converta poco a poco a don Saturno en otro hombre; y entonces era el
imaginar aventuras romnticas, de amores en Pars, que era el pas de
sus ensueos, en cuanto hombre de mundo. Sola volver a sus novelas de
la hora de dormirse la imagen de la Regenta, y entablaba con ella, o
con otras damas no menos guapas, dilogos muy sabrosos en que pona el
ingenio femenil en lucha con el serio y varonil ingenio suyo; y entre
estos dimes y diretes en que todo era espiritualismo y, a lo sumo, vagas
promesas de futuros favores, le iba entrando el sueo al arquelogo, y
la lgica se haca disparatada, y hasta el sentido moral se perverta y
se desplomaba la fortaleza de aquel miedo que poco antes salvara al
doctor en teologa.

A la maana siguiente don Saturno despertaba malhumorado, con dolor de
estmago, llena el alma de pesimismo desesperado y de flato el
cuerpo.--Memento homo!--deca el infeliz, y se arrojaba del lecho con
tedio, procurando una reaccin en el espritu mediante agudos y
terribles remordimientos y propsitos de buen obrar, que facilitaba con
chorros de agua en la nuca y lavndose con grandes esponjas. Tal vez era
la limpieza, esa gran virtud que tanto recomienda Mahoma, la nica que
positivamente tena el ilustre autor de _Vetusta Transformada_. Despus
de bien lavado iba a misa sin falta, a buscar el hombre nuevo que pide
el Evangelio. Poco a poco el hombre nuevo vena; y por vanidad o por fe
crea en su regeneracin todas las maanas aquel devoto del Corazn de
Jess. Por eso el espritu no envejeca: era el estmago, el pcaro
estmago el que no haca caso de la fervorosa contricin del pobre
hombre. Y que le dijeran a don Saturno que la materia no es vil y
grosera!

Aquel da haba recibido antes de comer un billete perfumado de su
amiguita Obdulia Fandio, viuda de Pomares. Qu emocin! No quiso abrir
el misterioso pliego hasta despus de tomar la sopa. Por qu no soar?

Qu era aquello? O. F. decan dos letras enroscadas como culebras en el
lema del sobre.--De parte de doa Obdulia, haba dicho el criado.
Aquella seora, todo Vetusta lo saba, era una mujer despreocupada, tal
vez demasiado; era una original.... Entonces... acaso... por qu no?...
una cita.... Ellos, al fin, se entendan algo, no tanto como algunos
maliciaban, pero se entendan.... Ella le miraba en la iglesia y
suspiraba. Le haba dicho una vez que saba ms que el Tostado, elogio
que l supo apreciar en todo lo que vala, por haber ledo al ilustre
hijo de vila. En cierta ocasin ella haba dejado caer el pauelo, un
pauelo que ola como aquella carta, y l lo haba recogido y al
entregrselo se haban tocado los dedos y ella haba dicho:--Gracias,
Saturno. Saturno, sin don.

Una noche en la tertulia de Visitacin Olas de Cuervo, Obdulia le haba
tocado con una rodilla en una pierna. l no haba retirado la pierna ni
ella la rodilla; l haba tocado con el suyo el pie de la hermosa y ella
no lo haba retirado.... Una cucharada de sopa se le atragant. Bebi
vino y abri la carta.

Deca as: Saturnillo: usted que es tan bueno querr hacerme el
obsequio de venir a esta su casa a las tres de la tarde? Le espero
con.... Hubo que dar vuelta a la hoja.

--Impaciencia--pens el sabio. Pero deca: ...Le espero con unos amigos
de Palomares que quieren visitar la catedral acompaados de una persona
inteligente... etc., etc.. Don Saturno se puso colorado como si
estuviera en ridculo delante de una asamblea.

--No importa--se dijo--esta visita a la catedral es un pretexto.

Y aadi:--Bien sabe Dios que siento la profanacin a que se me
invita!

Se visti lo ms correctamente que supo, y despus de verse en el espejo
como un Lovelace que estudia arqueologa en sus ratos de ocio, se fue a
casa de doa Obdulia.

Tal era el personaje que explicaba a dos seoras y a un caballero el
mrito de un cuadro todo negro, en medio del cual se vea apenas una
calavera de color de aceituna y el taln de un pie descarnado.
Representaba la pintura a San Pablo primer ermitao; el pintor era un
vetustense del siglo diez y siete, slo conocido de los especialistas en
antigedades de Vetusta y su provincia. Por eso el cuadro y el pintor
eran tan notables para Bermdez.

El seor de Palomares vesta un gabn de verano muy largo, de color de
pasa, y llevaba en la mano derecha un jipijapa impropio de la estacin,
pero de cuatro o cinco onzas--su precio en la Habana--y por esto pensaba
que poda usarlo todo el otoo. Se crea el seor Infanzn en el caso de
comprender el entusiasmo artstico del sabio mejor que las seoras,
quien por su natural ignorancia tenan alguna disculpa si no se pasmaban
ante un cuadro que no se vea. Busc alguna frase oportuna y por de
pronto hall esto:

--Oh! mucho! evidentemente! conforme!

Despus inclin la cabeza hacia el pecho, como para meditar, pero en
realidad de verdad--estilo de Bermdez--para descansar, con una reaccin
proporcionada, de la postura incmoda en que el sabio le haba tenido un
cuarto de hora. Por fin el del jipijapa exclam:

--Me parece, seor Bermdez, que ese famossimo cuadro del ilustre....

--Cenceo.--Pues; del ilustrsimo Cenceo; lucira ms si....

--Si se pudiera ver--interrumpi la esposa del seor Infanzn.

Este fulmin terrible mirada de reprensin conyugal y rectific
diciendo:

--Lucira ms... si no estuviera un poquito ahumado.... Tal vez la
cera... el incienso....

--No seor; qu ahumado!--respondi el sabio, sonriendo de oreja a
oreja--. Eso que usted cree obra del humo es la ptina; precisamente el
encanto de los cuadros antiguos.

--La ptina!--exclam el del pueblo convencido--. S, es lo ms
probable. Y se jur, en llegando a Palomares, mirar el diccionario para
saber qu era ptina.

En aquel momento el Magistral se acercaba a saludar a don Saturno;
reconoci a Obdulia y se inclin sonriente; pero menos sonriente que al
saludar a Bermdez. Despus dobl la cabeza y parte del cuerpo ante los
de Palomares que le fueron presentados por el sabio.

--El seor don Fermn de Pas, Magistral y provisor de la dicesis....

--Oh! oh! ya! ya!--exclam Infanzn que haca mucho admiraba de
lejos al seor Magistral. La seora del lugareo manifest deseos de
besar la mano del Provisor, pero la mirada del marido la contuvo otra
vez, y no hizo ms que doblar las rodillas como si fuera a caerse. El
Magistral hablaba en voz alta de modo que sus palabras resonaban en las
bvedas y los dems con el ejemplo se arrimaron tambin a gritar. Pronto
las carcajadas de Obdulia Fandio, frescas, perladas, como las llamaba
don Saturno, llenaron el ambiente, profanado ya con el olor mundano de
que haba infestado la sacrista desde el momento de entrar. Era el olor
del billete, el olor del pauelo, el olor de Obdulia con que el sabio
soaba algunas veces. Mezclado al de la cera y del incienso le saba a
gloria al anticuario, cuyo ideal era juntar as los olores msticos y
los erticos, mediante una armona o componenda, que crea l deba de
ser en otro mundo mejor la recompensa de los que en la tierra haban
sabido resistir toda clase de tentaciones.

Obdulia, que disimulaba mal su aburrimiento mientras se hablaba de
cuadros, ojivas, arcos peraltados, dovelas y otras tonteras que no
haba entendido nunca, se anim con la presencia del Magistral de quien
era hija de confesin, por ms que l haba procurado varias veces
entregarla a don Custodio, hambriento de esta clase de presas. Aquella
mujer le crispaba los nervios a don Fermn; era un escndalo andando. No
haba ms que notar cmo iba vestida a la catedral. Estas seoras
desacreditan la religin. Obdulia ostentaba una capota de terciopelo
carmes, debajo de la cual salan abundantes, como cascada de oro, rizos
y ms rizos de un rubio sucio, metlico, artificial. Ocho das antes el
Magistral haba visto aquella cabeza a travs de las celosas del
confesonario completamente negra! La falda del vestido no tena nada de
particular mientras la dama no se mova; era negra, de raso. Pero lo
peor de todo era una coraza de seda escarlata que pona el grito en el
cielo. Aquella coraza estaba apretada contra algn armazn (no poda ser
menos) que figuraba formas de una mujer exageradamente dotada por la
naturaleza de los atributos de su sexo. Qu brazos! qu pecho! y todo
pareca que iba a estallar! Todo esto encantaba a don Saturno mientras
irritaba al Magistral, que no quera aquellos escndalos en la iglesia.
Aquella seora entenda la devocin de un modo que podra pasar en otras
partes, en un gran centro, en Madrid, en Pars, en Roma; pero en Vetusta
no. Confesaba atrocidades en tono confidencial, como poda referrselas
en su tocador a alguna amiga de su estofa. Citaba mucho a su amigo el
Patriarca y al campechano obispo de Nauplia; propona rifas catlicas,
_organizaba_ bailes de caridad, novenas y jubileos a puerta cerrada,
para las personas decentes... mil absurdos! El Magistral le iba a la
mano siempre que poda, pero no poda siempre. Su autoridad, que era
absoluta casi, no consegua sujetar aquel azogue que se le marchaba por
las junturas de los dedos. La doa Obdulita le fatigaba, le mareaba. Y
ella que quera seducirle, hacerle suyo como al obispo de Nauplia, aquel
prelado tan fino que no se separaba de ella cuando vivieron en el hotel
de la Paix, en Madrid, tabique en medio! Las miradas ms ardientes, ms
negras de aquellos ojos negros, grandes y abrasadores eran para De Pas;
los adoradores de la viuda lo saban y le envidiaban. Pero l maldeca
de aquel bloqueo.

--Necia, si creer que a m se me conquista como a don Saturno?.

A pesar de esta cordial antipata, siempre estaba afable y corts con la
viuda, porque en este punto no distingua entre amigos y enemigos. Era
menester que una persona estuviese debajo de sus pies, aplastada, para
que don Fermn no usase con ella de formas irreprochables. La urbanidad
era un dogma para el Magistral lo mismo que para Bermdez, pero sacaban
de ella muy diferente partido.

Mientras se hablaba de lo mucho bueno que haba en la catedral y el
lugareo se pasmaba y su seora repeta aquellas admiraciones, Obdulia
se miraba como poda, en las altas cornucopias.

El Magistral se despidi. No poda acompaar a aquellas seoras, lo
senta mucho... pero le esperaba la obligacin... el coro. Todos se
inclinaron.

--Lo primero es lo primero--dijo el de Palomares, aludiendo a la
Divinidad y haciendo una genuflexin (no se sabe si ante la Divinidad o
ante el Provisor.)

Afortunadamente, segn don Fermn, nada les servira su inutilidad,
mientras que Bermdez era una crnica viva de las antigedades
vetustenses.

Don Saturno estir las cejas y dio seales de querer besar el suelo;
despus mir a Obdulia con mirada seria, penetrante, como con una sonda,
como dicindole:

--Ya lo oyes; soy yo, el primer anticuario de Vetusta, segn la opinin
del mejor telogo, quien se declara esclavo tuyo. Todo esto quiso decir
con los ojos; pero ella no debi de entenderlo, porque se despidi del
Magistral dejndole el alma, por conducto de las pupilas, entre los
pliegues amplios y rtmicos del manteo. De este se despoj don Fermn,
despus de acercarse a un armario y muy gravemente visti el ajustado
roquete, la seoril muceta y la capa de coro.

--Qu guapo est!--dijo desde lejos Obdulia, mientras los lugareos
admiraban con la fe del carbonero otro cuadro que alababa don Saturnino.

Dieron vuelta a toda la sacrista. Cerca de la puerta haba algunos
cuadros nuevos que eran copias no mal entendidas de pintores clebres. A
la Infanzn debieron de agradarle ms que las maravillas de Cenceo, sin
duda porque se vean mejor. Pero su prudente esposo, considerando que
Bermdez pasaba con afectado desdn delante de aquellos vivos y
flamantes colores, dio un codazo a su mujer para que entendiera que por
all se pasaba sin hacer aspavientos. Entre aquellos cuadros haba una
copia bastante fiel y muy discretamente comprendida del clebre cuadro
de Murillo _San Juan de Dios_, del Hospital de incurables de Sevilla. A
la seora de pueblo le llam la atencin la cabeza del santo, que desde
que se ve una vez no se olvida.

--Oh, qu hermoso!--exclam sin poder contenerse.

Mir don Saturno con sonrisa de lstima y dijo:

--S, es bonito; pero muy conocido.

Y volvi la espalda a San Juan, que llevaba sobre sus hombros al
pordiosero enfermo, entre las tinieblas.

El seor Infanzn dio un pellizco a su mujer; se puso muy colorado y en
voz baja la reprendi de esta suerte:

--Siempre has de avergonzarme. No ves que eso no tiene... ptina?

Salieron de la sacrista.--Por aqu--dijo Bermdez sealando a la
derecha; y atravesaron el crucero no sin escndalo de algunas beatas que
interrumpieron sus oraciones para descoser y recortar la coraza de fuego
de Obdulia. La falda de raso, que no tena nada de particular mientras
no la movan, era lo ms subversivo del traje en cuanto la viuda echaba
a andar. Ajustbase de tal modo al cuerpo, que lo que era falda pareca
apretado calzn ciendo esculturales formas, que as mostradas, no
convenan a la santidad del lugar.

--Seores, vamos a ver el Panten de los Reyes--murmur muy quedo el
arquelogo, que iba ya preparando sendos trocitos de su _Vetusta Goda_ y
de su _Vetusta Cristiana_. Y en honor de la verdad se ha de decir que un
rey se le iba y otro se le vena; esto es, que los mezclaba y confunda,
siendo la falda de Obdulia la causa de tales confusiones, porque el
sabio no poda menos de admirar aquella atrevidsima invencin, nueva en
Vetusta, mediante la que aparecan ante sus ojos graciosas y
significativas curvas que l nunca viera ms que en sueos. Con gran
pesadumbre comprenda el devoto anticuario que el contraste del lugar
sagrado con las insinuaciones talares de la Fandio, en vez de apagar
sus fuegos interiores, era alimento de la combustin que deploraba, como
si a una hoguera la echasen petrleo....

Entraron en la capilla del Panten. Era ancha, obscura, fra, de tosca
fbrica, pero de majestuosa e imponente sencillez. El taconeo
irrespetuoso de las botas imperiales, color bronce, que enseaba Obdulia
debajo de la falda corta y ajustada; el estrpito de la seda frotando
las enaguas; el crujir del almidn de aquellos bajos de nieve y espuma
que tal se le antojaban a don Saturno, quien los haba visto otras
veces; hubieran sido parte a despertar de su sueo de siglos a los reyes
all sepultados, a ser cierto lo que el arquelogo dijo respecto del
descanso eterno de tan respetables seores:

--Aqu descansan desde la octava centuria los seores reyes don..., y
pronunci los nombres de seis o siete soberanos con variantes en las
vocales, en sentir del lugareo, que siguiendo corrupciones vulgares,
deca _ue_ en vez de _oi_ y otros adefesios.

Estaba el del pueblo profundamente maravillado de la sabidura y
elocuencia de don Saturnino.

Dentro de una cripta cavada en uno de los muros, haba un sepulcro de
piedra de gran tamao cubierto de relieves e inscripciones ilegibles.
Entre el sepulcro y el muro haba estrecho pasadizo, de un pie de ancho
y del otro lado, a la misma distancia, una verja de hierro. En la parte
interior la obscuridad era absoluta. Del lado de la verja quedaron los
lugareos. Bermdez, y en pos de l Obdulia, se perdieron de vista en el
pasadizo sumido en tinieblas. Despus de la enumeracin de don Saturno,
hubo un silencio solemne. El sabio haba tosido, iba a hablar.

--Encienda usted un fsforo, seor Infanzn--dijo Obdulia.

--No tengo... aqu. Pero se puede pedir una vela.

--No seor, no hace falta. Yo s las inscripciones de memoria... y
adems, no se pueden leer.

--Estn en latn?--se atrevi a decir la Infanzn.

--No seora, estn borradas.

No se hizo la luz. El arquelogo habl cerca de un cuarto de hora.
Recit, fingiendo el pcaro que improvisaba, los captulos 1., 2., 3.
y 4. de una de sus _Vetustas_ y ya iba a terminar con el eplogo que
copiaremos a la letra, cuando Obdulia le interrumpi diciendo:

--Dios mo! Habr aqu ratones? Yo creo sentir....

Y dio un chillido y se agarr a don Saturno que, patrocinado por las
tinieblas, se atrevi a coger con sus manos la que le oprima el hombro;
y despus de tranquilizar a Obdulia con un apretn enrgico, concluy de
esta suerte:

--Tales fueron los preclaros varones que galardonaron con el alboroque
de ricas preseas, envidiables privilegios y pas fundaciones a esta
Santa Iglesia de Vetusta, que les otorg perenne mansin ultratelrica
para los mortales despojos; con la majestad de cuyo depsito creci
tanto su fama, que presto se vio siendo emporio, y goz hegemona,
digmoslo as, sobre las no menos santas iglesias de Tuy, Dumio, Braga,
Iria, Coimbra, Viseo, Lamego, Celeres, Aguas Clidas _et sic de
coeteris_.

--Amn!--exclam la lugarea sin poder contenerse; mientras Obdulia
felicitaba a Bermdez con un apretn de manos, en la sombra.




--II--


El coro haba terminado: los venerables cannigos dejaban cumplido por
aquel da su deber de alabar al Seor entre bostezo y bostezo. Uno tras
otro iban entrando en la sacrista con el aire aburrido de todo
funcionario que desempea cargos oficiales mecnicamente, siempre del
mismo modo, sin creer en la utilidad del esfuerzo con que gana el pan de
cada da. El nimo de aquellos honrados sacerdotes estaba gastado por el
roce continuo de los cnticos cannicos, como la mayor parte de los
roquetes, mucetas y capas de que se despojaban para recobrar el manteo.
Se notaba en el cabildo de Vetusta lo que es ordinario en muchas
corporaciones: algunos seores prebendados no se hablaban; otros no se
saludaban siquiera. Pero a un extrao no le era fcil conocer esta falta
de armona: la prudencia disimulaba tales asperezas, y en conjunto
reinaba la mayor y ms jovial concordia. Haba apretones de mano,
golpecitos en el hombro, bromitas sempiternas, chistes, risas, secretos
al odo. Algunos, taciturnos, se despedan pronto y abandonaban el
templo; no faltaba quien saliera sin despedirse.

Cuando entraba el Magistral, el ilustrsimo seor don Cayetano
Ripamiln, aragons, de Calatayud, apoyaba una mano en el mrmol de la
mesa, porque los codos no llegaban a tamaa altura, y exclamaba despus
de haber olfateado varias veces, como perro que sigue un rastro:

        --Hame dado en la nariz olor de...

La presencia del Provisor contuvo al seor Arcipreste, que, cortando la
cita, aadi:

--Parece que hemos tenido faldas por aqu, seor De Pas?

Y sin esperar respuesta hizo picarescas alusiones corteses, pero un poco
verdes, a la hermosura esplendorosa de la viudita.

Era don Cayetano un viejecillo de setenta y seis aos, vivaracho,
alegre, flaco, seco, de color de cuero viejo, arrugado como un pergamino
al fuego, y el conjunto de su personilla recordaba, sin que se supiera a
punto fijo por qu, la silueta de un buitre de tamao natural; aunque,
segn otros, ms se pareca a una urraca, o a un tordo encogido y
despeluznado. Tena sin duda mucho de pjaro en figura y gestos, y ms,
visto en su sombra. Era anguloso y puntiagudo, usaba sombrero de teja de
los antiguos, largo y estrecho, de alas muy recogidas, a lo don Basilio,
y como lo echaba hacia el cogote, pareca que llevaba en la cabeza un
telescopio; era miope y correga el defecto con gafas de oro montadas en
nariz larga y corva. Detrs de los cristales brillaban unos ojuelos
inquietos, muy negros y muy redondos. Terciaba el manteo a lo
estudiante, sola poner los brazos en jarras, y si la conversacin era
de asunto teolgico o cannico, extenda la mano derecha y formaba un
anteojo con el dedo pulgar y el ndice. Como el interlocutor sola ser
ms alto, para verle la cara Ripamiln torca la cabeza y miraba con un
ojo solo, como tambin hacen las aves de corral con frecuencia. Aunque
era don Cayetano cannigo y tena nada menos que la dignidad de
arcipreste, que le vala el honor de sentarse en el coro a la derecha
del Obispo, considerbase l digno de respeto y aun de admiracin no por
estos vulgares ttulos, ni por la cruz que le haca ilustrsimo, sino
por el don inapreciable de poeta buclico y epigramtico. Sus dioses
eran Garcilaso y Marcial, su ilustre paisano. Tambin estimaba mucho a
Melndez Valds y no poco a Inarco Celenio. Haba venido a Vetusta de
beneficiado a los cuarenta aos; treinta y seis haba asistido al coro
de aquella iglesia y poda tenerse por tan vetustense como el primero.
Muchos no saban que era de otra provincia. Adems de la poesa tena
dos pasiones mundanas: la mujer y la escopeta. A la ltima haba
renunciado; no a la primera, que segua adorando con el mismo pudibundo
y candoroso culto de los treinta aos. Ni un solo vetustense, aun
contando a los librepensadores que en cierto restaurant coman de carne
el Viernes Santo, ni uno solo se hubiera atrevido a dudar de la castidad
casi secular de don Cayetano. No era eso. Su culto a la dama no tena
que ver nada con las exigencias del sexo. La mujer era el sujeto
potico, como l deca, pues se preciaba de hablar como los poetas de
mejores siglos y al asunto sola llamarlo sujeto. Senta desde su
juventud, imperiosa necesidad de ser galante con las damas, frecuentar
su trato y hacerlas objeto de madrigales tan inocentes en la intencin,
cuanto llenos de picarda y pimienta en el concepto. Hubo en el Cabildo
pocas de negra intransigencia en que se persigui la mana de Ripamiln
como si fuera un crimen, y se habl de escndalo, y de quemar un libro
de versos que public el Arcipreste a costa del marqus de Corujedo,
gran protector de las letras. Por este tiempo fue cuando se quiso
excomulgar a don Pompeyo Guimarn, personaje que se encontrar ms
adelante.

Pas aquella galerna de fanatismo, y el Arcipreste, que no lo era
entonces, sobrenad con su cargamento de buclicas inocentadas,
bienquisto de todos, menos de conejos y perdices en los montes. Pero
cun lejanos estaban aquellos tiempos! Quin se acordaba ya de
Melndez Valds, ni de las _glogas y Canciones por un Pastor de
Blbilis_, o sea don Cayetano Ripamiln? El romanticismo y el
liberalismo haban hecho estragos. Y haba pasado el romanticismo, pero
el gnero pastoril no haba vuelto, ni los epigramas causaban efecto por
maliciosos que fueran. No era don Cayetano uno de tantos cannigos
_laudatores temporis acti_, como deca l; no alababa el tiempo pasado
por sistema, pero en punto a poesa era preciso confesar que la
revolucin no haba trado nada bueno.

--Vivimos en una sociedad hipcrita, triste y mal educada--sola l
decir a los jvenes de Vetusta, que le queran mucho--. Ustedes, por
ejemplo, no saben bailar. Dganme, si no, de dnde se sacan que puede
ser buena crianza el coger a una seorita por la cintura y apretarla
contra el pecho?

Crea que se bailaba en los salones la polka ntima que l, aos atrs,
haba visto bailar en Madrid, con ocasin de cierto viaje curioso.

--En mi tiempo bailbamos de otra manera.

El Arcipreste olvidaba de buena fe que l nunca haba bailado ms que
con alguna silla. Eso s; all, cuando seminarista, haba sido gran
taedor de flauta y bailarn sin pareja. De todas maneras, figurndose
con la abundante y potica fantasa que Dios le haba dado, los
rigodones en que haba lucido garbo y talle, sola, en _petit
comit_--segn deca--terciar el manteo, colocar la teja debajo del
brazo, levantar un poco la sotana y bailar unos solos muy pespunteados y
conceptuosos, llenos de piruetas, genuflexiones y hasta trenzados.

Reanse de todo corazn los muchachos y el buen Arcipreste quedaba en
sus glorias, logrando con los pies triunfos que ya su pluma no alcanzaba
en los tiempos de prosa a que habamos llegado.

Esto de los bailes sola acontecer en las tertulias a donde el setentn
acuda sin falta, porque desde que los mdicos le haban prohibido
escribir y hasta leer de noche, no poda pasar sin la sociedad ms
animada y galante. El tresillo le aburra y los concilibulos de
cannigos y obispos de levita, como l deca siempre, le ponan triste.
No era liberal ni carlista. Era un sacerdote. La juventud le atraa y
prefera su trato al de los ms sesudos vetustenses. Los poetillas y
gacetilleros de la _localidad_ tenan en l un censor socarrn y
malicioso, aunque siempre corts y afable. Encontrbase en la calle, por
ejemplo, con Trifn Crmenes, el poeta de ms alientos de Vetusta, el
eterno vencedor en las justas incruentas, de la gaya ciencia; le llamaba
con un dedo, acercaba su corva nariz a la ancha oreja del vate y
decale:

--He visto aquello.... No est mal; pero no hay que olvidar lo de
_versate manu_. Los clsicos, Trifoncillo, los clsicos sobre todo!
Dnde hay sencillez como aquella:

        Yo he visto un pajarillo
        posarse en un tomillo?

Y recitaba la tierna poesa de Villegas hasta el ltimo verso, con
lgrimas en los ojos y agua en los labios. La mayora del cabildo
absolva de esa falta de formalidad al Arcipreste a condicin de que se
le tuviera por chocho.

--Y aun as y todo--deca un cannigo muy buen mozo, nuevo en Vetusta y
en el oficio, pariente del ministro de Gracia y Justicia--aun as y todo
no se puede llevar en calma la imprudencia con que habla de todo; suelta
la sin hueso y juzga precipitadamente, y emplea vocablos y alusiones
impropias de una dignidad.

A este mismo seor cannigo que embozadamente le haba reprendido
algunas veces por la pimienta de sus epigramas, sola taparle la boca el
Arcipreste diciendo:

--Nada, nada, repito lo que mi paisano y queridsimo poeta Marcial dej
escrito para casos tales, es a saber:

        _Lasciva est nobis pagina, vita proba est._

Con lo cual daba a entender, y era verdad, que l tena los verdores en
la lengua, y otros, no menos cannigos que l, en otra parte. Y no era
de estos das el ser don Cayetano muy honesto en el orden aludido, sino
que toda la vida haba sido un boquirroto en tal materia, pero nada ms
que un boquirroto. Y esta era la traduccin libre del verso de Marcial.

El Arcipreste estaba muy locuaz aquella tarde. La visita de Obdulia a la
catedral haba despertado sus instintos anafrodticos, su pasin
desinteresada por la mujer, dirase mejor, por la seora. Aquel olor a
Obdulia, que ya nadie notaba, sentalo an don Cayetano.

El Magistral contestaba con sonrisas insignificantes. Pero no se
marchaba. Algo tena que decir al Arcipreste. No era De Pas de los que
solan quedarse al tertuln, como llamaban a la sabrosa pltica de la
sacrista despus del coro. Si haca bueno, los del tertuln
acostumbraban salir juntos a paseo por una carretera o ir al Espoln. Si
llova o amenazaba, prolongaban el palique hasta que el _Palomo_ haca
un discreto ruido con las llaves de la catedral y cada cannigo se iba a
su casa. No se crea por esto que eran ntimos amigos los aficionados a
platicar despus del coro. Aconteca all lo que es ley general de los
corrillos. Entre todos murmuraban de los ausentes, como si ellos no
tuvieran defectos, estuvieran en el justo medio de todo y en la vida
hubieran de separarse. Pero marchaba uno, y los dems le guardaban
cierto respeto por algunos minutos. Cuando ya deba de estar en su casa
el temerario, alguno de los que quedaban, deca de repente:

--Como ese otro.... Y todos saban que aquel gesto de sealar a la puerta
y tales palabras significaban:

--Fuego graneado! Y no le quedaba hueso sano a _ese otro_.

El Arcipreste no era de los que menos murmuraban.

l le haba puesto el apodo que llevaba sin saberlo, como una maza, al
seor Arcediano don Restituto Mourelo. En el cabildo nadie le llamaba
Mourelo, ni Arcediano, sino Glocester. Era un poco torcido del hombro
derecho don Restituto--por lo dems buen mozo, casi tan alto como el
pariente del ministro--, y como este defecto incurable era un obstculo
a las pretensiones de gallarda que siempre haba alimentado, discurri
hacer de tripas corazn, como se dice, o sea sacar partido, en calidad
de gracia, de aquella tacha con que estaba sealado. En vez de
disimularlo subrayaba el vicio corporal torcindose ms y ms hacia la
derecha, inclinndose como un sauce llorn. Resultaba de aquella extraa
postura que pareca Mourelo un hombre en perpetuo acecho, adelantndose
a los rumores, avanzada de s mismo para saber noticias, cazar
intenciones y hasta escuchar por los agujeros de las cerraduras.
Encontraba el Arcediano, sin haber ledo a Darwin, cierta misteriosa y
acaso cabalstica relacin entre aquella manera de _F_ que figuraba su
cuerpo y la sagacidad, la astucia, el disimulo, la malicia discreta y
hasta el maquiavelismo cannico que era lo que ms le importaba. Crea
que su sonrisa, un poco copiada de la que usaba el Magistral, engaaba
al mundo entero. S, era cierto que don Restituto disfrutaba de dos
caras: iba con los de la feria y volva con los del mercado; disimulaba
la envidia con una amabilidad pegajosa y finga un aturdimiento en que
no incurra nunca.--Pero, deca el Arcipreste, ni su amabilidad engaa a
todos, ni aunque sea un redomado vividor es tan Maquiavelo como l
supone.

Hablaba, siempre que poda, al odo del interlocutor, guiaba los ojos
alternativamente, gustaba de frases de segunda y hasta tercera
intencin, como cubiletes de prestidigitador, y era un hipcrita que
finga ciertos descuidos en las formas del culto externo, para que su
piedad pareciese espontnea y sencilla. Todo se volva secretos. Deca
l que abra el corazn por nica vez al primero que quera orle.

--Por la boca muere el pez, ya lo s. No soy yo de los que olvidan que
en boca cerrada no entran moscas; pero con usted no tengo inconveniente
en ser explcito y franco, acaso por la primera vez en mi vida. Pues
bien, oiga usted el secreto.

Y lo deca. Hablaba en voz baja, con misterio. Entraba en la sacrista
muchas veces diciendo de modo que apenas se le oa:

--Buen tiempo tenemos, seores! Mucho dure!

Ripamiln, que aos atrs iba de tapadillo al teatro alguna rara vez,
escondindose en las sombras de una platea de proscenio o sea _bolsa_,
vio una noche el drama titulado: _Los hijos de Eduardo_, arreglado por
Bretn de los Herreros, y en cuanto sali a escena Glocester, el Regente
jorobado y torcido y lleno de malicias, exclam:

--Ah est el Arcediano!

La frase hizo fortuna y Glocester fue en adelante don Restituto Mourelo
para toda Vetusta ilustrada. All estaba, oyendo con fingida
complacencia los chistes picarescos del Arcipreste, cuya lengua tema,
presente y ausente. Cuando don Cayetano volva la espalda, pues hablaba
girando con frecuencia sobre los talones, Glocester guiaba un ojo al
Den y barrenaba con un dedo la frente. Quera aludir a la locura del
poeta buclico. El cual continuaba diciendo:

--No seores, no hablo a humo de pajas; yo s la vida que llevaba esta
seora viuda en la corte, porque era muy amiga del clebre obispo de
Nauplia, a quien yo trat all con gran intimidad. En una fonda de la
calle del Arenal tuve ocasin de conocer bien a esa Obdulia, a quien
antes apenas saludaba aqu, a pesar de que ramos contertulios en casa
del Marqus de Vegallana. Ahora somos grandes amigos. Es epicurista. No
cree en el sexto.

Hubo una carcajada general. Slo el Provisor se content con sonrer,
inclinarse y poner cara de santo que sufre por amor de Dios el escndalo
de los odos. El Arcediano rio sin ganas.

La historia de Obdulia Fandio profan el recinto de la sacrista, como
poco antes lo profanaran su risa, su traje y sus perfumes.

El Arcipreste narraba las aventuras de la dama como lo hubiera hecho
Marcial, salvo el latn.

--Seores, a m me ha dicho Joaquinito Orgaz que los vestidos que luce
en el Espoln esa seora....

--Son bien escandalosos...--dijo el Den.

--Pero muy ricos--observ el pariente del ministro.

--Y muchos; nunca lleva el mismo; cada da un perifollo nuevo--aadi el
Arcediano--; yo no s de dnde los saca, porque ella no es rica; a pesar
de sus pretensiones de noble, ni lo es ni tiene ms que una renta
miserable y una viudedad irrisoria....

--Pues a eso voy--interrumpi triunfante don Cayetano--. Me ha dicho el
chico de Orgaz, que acab la carrera de mdico en San Carlos, que estos
ltimos aos Obdulita serva en Madrid a su prima Tarsila Fandio, la
clebre querida del clebre....

--S qu?--Que le serva de trotaconventos, digmoslo as. Es decir,
no tanto: pero vamos, que la acompaaba y... claro, la otra,
agradecida... le manda ahora los vestidos que deja, y como los deja
nuevos y tiene tantos y tan ricos....

El cabildo, que finga or por educacin, nada ms, al Arcipreste, se
interesaba de veras con la crnica. Ripamiln saboreaba la pltica
lasciva slo por lo que tena de gracejo. Los dems empezaron a
estorbarse oyendo juntos aquellas murmuraciones. El Arcipreste clavaba
los ojuelos negros y punzantes en el Magistral, confesor de Obdulia;
pareca buscar su testimonio.

El Provisor no estaba all ms que para hablar a solas con don Cayetano.
Sufra sus impertinencias con calma. Le estimaba. Le perdonaba aquellos
inocentes alardes de erotismo retrico porque conoca sus costumbres
intachables y su corazn de oro. Eran muy buenos amigos, y Ripamiln el
ms decidido y entusistico partidario de don Fermn en las luchas del
cabildo. Otros le seguan por inters, muchos por miedo; don Cayetano,
incapaz de temer a nadie, le serva y le amaba porque, segn l, era el
nico hombre superior de la catedral. El Obispo era un bendito,
Glocester un taimado con ms malicia que talento; el Magistral un sabio,
un literato, un orador, un hombre de gobierno, y lo que vala ms que
todo, en su concepto, un hombre de mundo. Cuando se le hablaba de los
supuestos cohechos del Provisor, de su tirana, de su comercio srdido,
se indignaba el anciano y negaba en redondo hasta los casos de simona
ms probables. Si le traan a cuento el captulo de las aventuras
amorosas, que no pasaban de ser rumores annimos, sin fundamento que
hiciera prueba, el Arcipreste sonrea al negar, dando a entender que
aquello era posible, pero importaba menos.

--La verdad es que don Fermn es muy buen mozo, y, si las beatas se
enamoran de l vindole gallardo, pulcro, elegante y hablando como un
Crisstomo en el plpito, l no tiene la culpa ni la cosa es contraria a
las sabias leyes naturales.

El Magistral saba todo lo que Ripamiln pensaba de l y le consideraba
el ms fiel de sus parciales. Por eso le esperaba. Tena que hacerle
ciertas preguntas que, no tratndose del Arcipreste, podran ser
peligrosas. Glocester haba olido algo.

--Cmo no se marchaba el Magistral? Cmo sufra aquella jaqueca? No,
pues l tampoco dejaba el puesto. Era el de Mourelo el ms cordial
enemigo que tena el Provisor. Precisamente el trabajo de maquiavelismo
ms refinado del Arcediano consista en mantener en la apariencia buenas
relaciones con el dspota, pasar como partidario suyo y minarle el
terreno, prepararle una cada que ni la de don Rodrigo Caldern.
Vastsimos eran los planes de Glocester, llenos de vueltas y revueltas,
emboscadas y laberintos, trampas y petardos y hasta mquinas infernales.
Don Custodio el beneficiado era su lugarteniente. Este le haba dado
aquella tarde la noticia de que la Regenta estaba en la capilla del
Magistral esperndole para confesar. Novedad estupenda. La Regenta, muy
principal seora, era esposa de don Vctor Quintanar, Regente en varias
Audiencias, ltimamente en la de Vetusta, donde se jubil con el
pretexto de evitar murmuraciones acerca de ciertas dudosas
incompatibilidades; pero en realidad porque estaba cansado y poda vivir
holgadamente saliendo del servicio activo. A su mujer se la sigui
llamando la Regenta. El sucesor de Quintanar era soltero y no hubo
conflicto; pas un ao, vino otro regente con seora y aqu fue ella.
La Regenta en Vetusta era ya para siempre la de Quintanar de la ilustre
familia vetustense de los Ozores. En cuanto a la _advenediza_ tuvo que
perdonar y contentarse con ser: la _otra_ Regenta. Adems, el conflicto
durara poco; ya empezaba a usarse el nombre de Presidente y pronto
habra nombre distinto para cada cual. Entretanto la Regenta era la de
Ozores. La cual siempre haba sido hija de confesin de don Cayetano,
pero este, que de algunos aos a esta parte slo confesaba a algunas
pocas personas, seoras casi todas, de alta categora, escogidsimos
amigos y amigas, al cabo se haba cansado tambin de esta leve carga,
pesada para sus aos; y resuelto a retirarse por completo del
confesonario, haba suplicado a sus hijas de confesin que le librasen
de este trabajo y hasta sealado sucesor en tan grave e interesante
ministerio; sucesor diferente segn las personas. Esta especie de
herencia, o mejor, sucesin _inter vivos_, era muy codiciada en el
cabildo y por todos los dependientes del clero catedral. Antes de la
reaccin religiosa que en Vetusta, como en toda Espaa, haban producido
los excesos de los libre-pensadores improvisados en tabernas, cafs y
congresos, era el Arcipreste el confesor de la nata de la Encimada,
porque tena la manga ancha en ciertas materias; pero ya la moda haba
cambiado, se hilaba ms delgado en asuntos pecaminosos y el Magistral
que se iba con pies de plomo era preferido. Sin embargo, unas por
costumbre, otras por no dar un desaire a don Cayetano, y algunas por
seguir contentas con aquel sistema de la manga ancha, algunas damas
continuaban asistiendo al tribunal del latitudinario, hasta que l mismo
se cans y con buenos modos empez a sacudirse las moscas.

Don Custodio, joven ardentsimo en sus deseos, crea demasiado en los
milagros de fortuna que hace la confesin auricular y atribua a ellos
sin razn los progresos del Magistral; por esto acechaba la sucesin del
Arcipreste con ms avaricia que todos, con pasin imprudente. Haba
averiguado que doa Olvido, la orgullosa hija nica de Pez, uno de los
ms ricos americanos de _La Colonia_ haba pasado, tiempo atrs, del
confesonario de Ripamiln al de don Fermn. Esto era ya una gollera.
Pero oh escndalo! ahora (don Custodio lo haba averiguado escuchando
detrs de una puerta), ahora el chocho del poeta buclico dejaba al
Magistral la ms apetecible de sus joyas penitenciarias, como lo era sin
duda la digna y virtuosa y hermossima esposa de don Vctor Quintanar.
Y don Custodio senta la alegrica baba de la envidia manar de sus
labios! Despus de haber tropezado en el trasaltar con el Provisor, se
haba dirigido hacia el trascoro, y dentro de la capilla del _otro_,
haba visto, mirando de soslayo, dos seoras; _nuevas_ sin duda, pues no
saban que aquella tarde no _se sentaba_ don Fermn. Haba vuelto a
pasar, haba mirado mejor y con disimulo, y pudo conocer, a pesar de las
sombras de la capilla, que una de aquellas damas era la Regenta en
persona.

Entr en el coro, y se lo dijo a Glocester. El Arcediano aspiraba a esta
sucesin particular; crea pertenecerle por razn de su dignidad el
honor de confesar a doa Ana Ozores. Con el Obispo no haba que contar;
el Den era un viejo que no haca ms que comer y temblar; en una
procesin de desagravios cuatro borrachos le haban dado un susto, del
que slo se repuso su estmago; digera muy bien, pero no discurra; no
pensaba ms que lo suficiente para seguir vegetando y asistiendo al
coro; tampoco haba que contar con l. El Arcipreste renunciaba a la
Regenta, pues qu dignidad segua? la suya; la jerarqua indicaba al
Arcediano. Se trataba, pues, de un atropello, de una injusticia que
clamaba al cielo, y no poda clamar al Obispo, porque este era esclavo
de don Fermn. Esta opinin de Glocester la aprobaba don Custodio; no
tena el beneficiado la pretensin excesiva de coger para s tan buen
bocado, pero quera que a lo menos no se lo comiera su enemigo. Adulaba
a Glocester y le animaba a luchar por la justa causa de sus derechos.
Glocester, halagado, y con color de remolacha, dijo al odo del
confidente:

--Ser libre eleccin de esa seora?--Y separndose un poco, para ver
el efecto de su malicia, mir al beneficiado con ojos llenos de
picaresca intencin, mientras los carrillos crdenos e hinchados
delataban un buche de risa, prxima a derramarse por las comisuras de
los labios.

--Puede ser--contest don Custodio, subrayando las palabras, para darse
por enterado de la intencin del otro.

Mientras el Arcipreste profanaba los cuatro lados de la cruz latina, que
era sacrista, con el relato mundano de la vida y milagros de Obdulia
Fandio, Glocester, sonriendo, pensaba en los motivos que poda tener el
Magistral para or a don Cayetano, en vez de correr al confesonario al
pie del cual le esperaba la ms codiciada penitente de Vetusta la noble.

Se juraba a s mismo el Maquiavelo del cabildo no abandonar el puesto
sin saber a qu atenerse.

El Magistral haba resuelto no entrar aquel da en la capilla que
llamaban suya. Confesar aquella tarde hubiera sido una excepcin,
motivo para dar que decir. Estaran all todava aquellas seoras? Al
bajar de la torre y pasar por el trascoro las haba visto, las haba
conocido, eran la Regenta y Visitacin; estaba seguro. Cmo haban
venido sin avisar? Don Cayetano deba de saberlo. Cuando una seora de
las principales, como era la Regenta, quera hacerse hija de confesin
del Magistral, le avisaba en tiempo oportuno, le peda hora. Las
personas desconocidas, las mujeres de pueblo no se atrevan a tanto, y
las pocas de esta clase que confesaban con l acudan en montn a la
capilla obscura cuyos secretos envidiaba don Custodio; all esperaban el
turno de las penitentes annimas. Estas humildes devotas ya saban
cules eran los das de descanso para el Magistral. Aquel era uno y por
eso la capilla estuvo desierta hasta que llegaron las dos seoras.
Visitacin se confesaba cada dos o tres meses, no conoca a punto fijo
los das _fastos_ y _nefastos_, ignoraba cundo se sentaba el Provisor y
cundo no. La Regenta vena por primera vez, por qu no le haba
avisado? El suceso era bastante solemne y haba de sonar lo suficiente
para merecer preliminares ms ceremoniosos. Era orgullo? Era que
aquella seora pensaba que l haba de beber los vientos para averiguar
cundo vendra a favorecerle con su visita?... Era humildad? Era que
con una delicadeza y un buen gusto cristiano y no comn en las damas de
Vetusta, quera confundirse con la plebe, confesar de incgnito, ser una
de tantas?. Esta hiptesis le halagaba mucho al Magistral. Le pareca
un rasgo potico y sinceramente religioso. Estaba cansado de Obdulias y
Visitaciones. El poco seso de estas, y otras damas, les haca ser
irreverentes, groseras, s, groseras, con el sacramento y en general
con todo el culto. Se tomaban confianzas que eran profanaciones;
adquiran pronto una familiaridad importuna que daba ocasin a las
calumnias de los necios y de los mal intencionados.

No era l un don Custodio, ignorante de lo que es el mundo, lleno de
ensueos, ambicioso de cierto oropel eclesistico, que tal vez se gana
en el confesonario, para que le halagasen todava revelaciones
imprudentes, que slo servan para inundarle el alma de hasto. Esperaba
algo nuevo, algo ms delicado, algo selecto. Saba, por rumores, que el
Arcipreste haba aconsejado a la Regenta que acudiese a la capilla del
Magistral, puesto que l se retiraba del confesonario. Pero don Cayetano
nada le haba dicho. Adems, como en materia de confesin los buenos
clrigos son muy reservados, Ripamiln, que saba tratar en serio los
asuntos serios, nunca haba hablado al Magistral de lo que poda ser la
Regenta, juzgada desde el tribunal sagrado. Aquella tarde esperaba De
Pas saber algo. Pero Glocester no se marchaba. Ya no se hablaba de
Obdulia, ni de su prima la de Madrid, su modelo; se hablaba del tiempo;
y Glocester no se mova. Se haban ido despidiendo todos los seores
cannigos; quedaban los tres y el _Palomo_, que abra y cerraba cajones
con estrpito y murmuraba; maldiciones sin duda.

Don Cayetano contuvo su verbosidad, comprendi que algo deseaba decirle
el Magistral, que estorbaba Glocester; record de repente que l tambin
quera hablar al Provisor, y como en casos tales no se morda la lengua,
cort la conversacin diciendo:

--Ah! pcara memoria! don Fermn, una palabra, con permiso del seor
Arcediano... es decir, no es una palabra, tenemos que hablar largo...
son intereses espirituales.

Glocester se mordi los labios; salud con el torcido tronco, hacindose
un arco de puente, y sali de la sacrista diciendo para su alzacuello
morado y blanco:

--Este vejete chocho y mal educado me las ha de pagar todas juntas!.

El Arcipreste se burlaba de la diplomacia y del maquiavelismo del
Arcediano con salidas de tono, indirectas del Padre Cobos y otros
expedientes por el estilo.

--Si todos fueran como yo, Glocester no sabra qu hacer de su
habilidad y disimulo. Ay de los zorros, si las gallinas no fuesen
gallinas!.

Glocester sala siempre por la puerta del claustro, abierta al extremo
Norte del crucero; por all llegaba antes a su casa: pero esta vez quiso
salir por la puerta de la torre, porque as pasaba junto a la capilla
del Magistral. Mir; no haba nadie. Entonces se detuvo, volvi a mirar
con ahnco, dio un paso dentro de la capilla; no haba nadie; estaba
seguro. Luego aquellas seoras se haban ido sin confesin; luego el
Magistral se permita el lujo de desairar nada menos que a la Regenta!.
El Arcediano vio un mundo de intrigas que podan fundarse en este
descuido del Provisor. Tom agua bendita en una pila grande de mrmol
negro, y mientras se santiguaba, inclinndose frente al altar del
trascoro, deca para s:

--Este ser el taln de Aquiles. Ese desaire te costar caro. Lo
explotar.

Y sali de la catedral haciendo clculos por los dedos, que se le
antojaban cbalas, asechanzas, espionaje, intrigas y hasta postigos
secretos y escaleras subterrneas.

El Arcipreste haba abierto la boca al or a De Pas que la Regenta
estaba en la catedral, segn le haban dicho, y que l no haba corrido
a saludarla y a confesarla, si a eso vena, como era de suponer.

--Pero qu pensar ese ngel de bondad?--gritaba don Cayetano, asustado
de veras.

--A ver, Rodrguez (el _Palomo_) corre a la capilla del seor Magistral,
y si est all una seora....

Era intil. Entraba en aquel momento Celedonio el aclito que se meti
en la conversacin diciendo:

--No seor, ya se han ido. Eran doa Visita y la seora Regenta. Se han
ido. Yo habl con ellas. Les dije que hoy no se sentaba el seor
Magistral; y doa Visita que ya quera irse antes, cogi del brazo a
doa Ana y se la llev.

--Y qu decan?--pregunt don Cayetano.

--Doa Ana callaba. Doa Visita estaba incomodada porque la seora
Regenta haba querido venir sin mandar antes un recado. Creo que fueron
a paseo, porque doa Visita dijo no s qu del Espoln.

--Al Espoln!--grit Ripamiln, cogiendo con una mano un brazo del
Magistral y con la otra la teja--. Al Espoln!

--Pero don Cayetano!--Es cuestin de honra para m; de ese desaire
tengo yo culpa en cierto modo.

--Pero si no fue desaire--repeta el Provisor dejndose llevar, y con el
rostro hermoseado por una especie de luz espiritual de alegra que lo
inundaba.

--S, seor; y de todos modos, desaire o no, yo quiero dar una
explicacin a mi querida amiga.... Al Espoln! Por el camino
hablaremos; quiero que V. conozca bien a esa mujer, psicolgicamente,
como dicen los pedantes de ahora; es una gran mujer, un ngel de bondad
como le tengo dicho; un ngel que no merece un feo.

--Pero, si no hubo feo.... Yo le explicar a V.... Yo no saba....

Y hablaban en voz baja, porque ya iban andando por la nave Sur de la
catedral, dirigindose a la puerta. La ltima capilla de este lado era
la de Santa Clementina. Era grande, construida siglos despus que las
otras capillas, en el diez y siete. Tena cuatro altares en el centro;
las paredes estaban adornadas con profusin de hojarasca, arabescos y
otros cosmticos del gnero decadente a que perteneca.

El Magistral y el Arcipreste oyeron voces dentro de la capilla. De Pas
no par la atencin en ellas, pero Ripamiln se detuvo, olfateando, y
tendi el cuello en actitud de escuchar.

--As Dios me valga, son ellos!--dijo pasmado.

--Quin?--Ellos; la viudita y don Saturno; reconozco el chirrido de
ese grillo destemplado.

Y el Arcipreste que manifestara poco antes tanta prisa por salir del
templo, se empe en entrar en Santa Clementina. El Magistral le sigui,
para ocultar su deseo de llegar al Espoln cuanto antes.

Eran _ellos_, en efecto.

En medio de la capilla, don Saturnino sudando copiosamente, cubierta la
levita de telaraas y manchas de cal, rojo el rostro, crdenas las
orejas, arengaba a su auditorio, con un brazo extendido en direccin de
la bveda. Estaba indignado, al parecer, y su indignacin la comunicaba
de grado o por fuerza a los Infanzones.

--Seores--exclamaba--ya lo ven ustedes: esta capilla es el lunar, el
feo lunar, el borrn dir mejor, de esta joya gtica. Han visto ustedes
el panten, de severa arquitectura romnica, sublime en su desnudez; han
visto el claustro, ojival puro; han recorrido las galeras de la bveda,
de un gtico sobrio y nada amanerado; han visitado la cripta llamada
Capilla Santa de reliquias, y han podido ver un trasunto de las
primitivas iglesias cristianas; en el coro han saboreado primores del
relieve, si no de un Berruguete, de un Palma Artela, desconocido, pero
sublime artfice; en el retablo de la Capilla mayor han admirado y
gustado con delicia los arranques geniales, s, geniales puedo decir,
del cincel de un Grijalte; y _reasumiendo_, en toda la Santa Baslica
han podido corroborar la idea de que este templo es obra de arte severo,
puro, sencillo, delicado... _Empero_ aqu, seores, forzoso es
confesarlo, el mal gusto desbordado, la hinchazn, la redundancia se han
dado cita para labrar estas piedras en las que lo amanerado va de la
mano con lo extravagante, lo recargado con lo deforme. Esta Santa
Clementina, hablo de su capilla, es una deshonra del arte, la ignominia
de la catedral de Vetusta.

Call un momento para limpiar el sudor de la frente y del cogote con el
pauelo perfumado de Obdulia, porque el suyo estaba empapado tiempo
haca en elocuencia liquefacta.

Los Infanzones sudaban tambin. El marido tena en la cabeza una olla de
grillos. Haba odo en hora y media un curso peripattico--a pie y
andando todo el tiempo!--de arqueologa y arquitectura y otro curso de
historia pragmtica. El desgraciado ya confunda a los califas de
Crdoba con las columnas de la Mezquita, y ya no saba cules eran ms
de ochocientos, si las columnas o los califas; el orden drico, el
jnico y el corintio, los mezclaba con los Alfonsos de Castilla, y ya
dudaba si la fundacin de Vetusta se deba a un fraile descalzo o al
arco de medio punto; _reasumiendo_, como deca el sabio; senta nuseas
invencibles y apenas oa al arquelogo, preocupndole ms sus esfuerzos
por contener impulsos del estmago cuya expansin hubiera sido una
irreverencia.

--Si estuviramos en un barco, no sera tan inoportuno--pensaba--pero
en una catedral!

El Infanzn estaba en rigor como en alta mar, y cada vez que oa decir
la nave del Norte, la nave del Sur, la nave principal, se crea al
frente de una escuadra y se figuraba que don Saturno apestaba a brea.
Pero el pobre lugareo segua diciendo que s a todo.

Estaba conforme, aquello era una profanacin. Qu pesadez la de
aquellos doseletes, la de aquellas hornacinas! Vaya si eran pesados!
Como que el Infanzn tema que se le cayeran encima; porque se meneaban,
sin duda. Pero buen Dios! aada para sus adentros; si el gnero
plateresco es cargante y pesadsimo dnde habr cosa ms plateresca que
este seor don Saturnino?.

Se le pas por la imaginacin si estara burlndose de ellos porque eran
de un pueblo de pesca. Pero, no; aquella cara no deba de mentir;
hablaba de veras; era verdad lo del rey Veremundo y lo de la emigracin
de la pia prsica a las columnas rabes; slo que todo aquello qu le
importaba a l que era un compromisario!

La digna esposa de Infanzn tambin estaba cansada, aburrida, despeada,
pero no aturdida. Haca ms de una hora que no oa palabra de cuanto
hablaba aquel charlatn, sin vergenza, libertino. Oh, si no fuera
porque su marido todo lo consideraba inconveniencia y falta de
educacin! Si no fuera porque estaban en la casa de Dios!... Estaba
escandalizada, furiosa. Bonito papel iban representando ella y el
bobalicn de su marido! Le haba hecho seas, pero intilmente. l
pensaba que aluda a lo de la arquitectura y se haca el distrado. Y
la doa Obdulita? No, y que pareca maestra en aquel teje maneje. No
haban desperdiciado ni una sola ocasin. Claro! y as les haban
trado y llevado por desvanes y bodegas, muertos de cansancio. En cuanto
estaba obscuro... claro!... se daban la mano. Ella lo haba visto una
vez y supuesto las dems. Y l la pisaba el pie... y siempre juntos; y
en cuanto haba algo estrecho queran pasar a la una... y pasaban qu
desenfreno! Pero de dnde le vena a su marido la amistad de aquella
seorona?. Hasta celos senta la noble lugarea. No hablaba ni palabra;
y si Obdulia y Bermdez hubieran estado menos preocupados con el
Renacimiento, hubiesen notado el ceo y la sequedad de la antes amable y
corts seora de pueblo. Don Saturno reanud su discurso. Se trataba de
probar sus injuriosas afirmaciones.

--Vase si no--continuaba--lo que salta a los ojos, a los del alma
quiero decir, de toda persona de gusto. Malhaya el dignsimo Obispo,
salvo el respeto debido, malhaya el dignsimo Obispo don Garca Madrejn
que consinti este confuso acervo de adornos y follajes, quinta esencia
de lo barroco, de la profusin manirrota y de la falsedad. Cartelas,
medallas, hornacinas (y sealaba con el dedo), capiteles, frontones
rotos, guirnaldas, colgadizos, hojarasca, arabescos, que pululis por
las decoraciones de puertas, ventanas, tragaluces y pechinas; en nombre
del arte, de la santa idea de sobriedad y la no menos inmortal e
inmaculada de armona, yo os condeno a la maldicin de la historia!

--Pues oiga usted--se atrevi a decir la Infanzn sin mirar a su
esposo--; diga usted lo que quiera, esta capilla me parece a m muy
bonita; y me parece en cambio muy feo profanar el templo... blasfemando
as de Dios y sus santos!

Ea, se haba cansado; quera dar la batalla al libertino y escoga, con
un pudor evidente, el terreno neutral, del arte, puro y desinteresado.
Adems le gustaba de veras la capilla y no quera ms contemplaciones.

El lugareo crey que su mujer se haba vuelto loca.

Estara mareada como l. Quiso hablar, pero no lo consigui en cuanto
quiso. Obdulia solt al aire una carcajada, que oy don Cayetano desde
fuera. Don Saturno, cortado y sospechando algo del motivo de aquella
inesperada oposicin, se content con inclinarse a lo Magistral y torcer
la boca y las cejas de una manera inventada por l mismo frente al
espejo. Quera aquello decir que un Bermdez no disputaba con seoras.
Slo contest:

--Seora... yo no profano nada.... El Arte....

--S profana usted!--Pero mujer, pero Carolina!--Oh! djela usted,
seor Infanzn; yo respeto todas las opiniones.

Y temiendo que la lugarea llevase la mejor parte en lo de profanar o no
profanar, se apresur a aadir:

--Por lo dems, ya usted comprender, amigo mo, que yo sigo los cnones
de la belleza clsica condenando enrgicamente el gusto barroco.... Esto
es plateresco....

--Churrigueresco!--exclam el compromisario queriendo as compensar la
protesta disparatada de su mujer.

--Churrigueresco!--repiti--da nuseas!--y se vio claramente que las
senta.

--Churrigueresco!--pudo decir otra vez.

--Rococ!--concluy Obdulia.

En aquel momento el Arcipreste se inclinaba para saludarla como si fuera
a besarle las botas color bronce.

Salieron a la calle todos juntos. Don Saturno se apresur a despedirse.
De sus mejillas brotaba fuego. Iba a cuerpo y tena mucho fro. El
viento caliente le saba a cierzo.

--Temo una pulmona!--dijo, mientras escapaba abrochndose la levita
por la cintura.

Necesitaba saborear a solas las emociones de aquella tarde.

Amaba y crea ser amado.




--III--


Aquella tarde hablaron la Regenta y el Magistral en el paseo. El
Arcipreste procur que se encontraran y por su confianza con la Regenta
facilit la entrevista.

Pocas veces haban cruzado la palabra la hermosa dama y el Provisor, y
nunca haba pasado la conversacin de los lugares comunes a que obliga
el trato social.

Doa Ana Ozores no era de ninguna cofrada. Pagaba una cuota mensual en
las Escuelas Dominicales, pero no asista a las lecciones ni a las
conferencias; viva lejos del crculo en que el Provisor reinaba. Este
visitaba poco a las personas que no podan o no queran servirle en sus
planes de propaganda. Cuando el seor don Vctor Quintanar era Regente
de Vetusta, el Magistral le visitaba en todas las solemnidades en que
exigan este acto de cortesa las costumbres del pueblo; estas visitas
las pagaba con la exactitud que usaba en estos asuntos el seor
Quintanar, el ms cumplido caballero de la ciudad, despus de Bermdez.
Los cumplimientos del Magistral fueron escaseando, sin saberse por qu,
cuando se jubil don Vctor, y por fin cesaron las visitas. Don Vctor y
don Fermn se hablaban algunas veces en la calle, en el Espoln; se
saludaban siempre con la mayor amabilidad. Se estimaban mutuamente. Las
calumnias con que la maledicencia persegua a De Pas tenan un aislador
en don Vctor; por su conducto no se propagaban, y aun tomaba a su cargo
deshacer su perniciosa influencia. Doa Ana jams haba hablado a solas
con el Magistral, y despus que cesaron las visitas apenas volvi a
verle de cerca. A lo menos ella no lo recordaba. Don Cayetano, que saba
esto, hizo un simulacro de presentacin diplomtica en el tono jocoserio
que nunca abandonaba. Ellos, la Regenta y el Magistral, haban hablado
poco; todo casi se lo haba dicho Ripamiln y lo dems Visitacin, que
acompaaba a la de Quintanar. Doa Ana volvi pronto a su casa. Se
recogi temprano aquella noche.

De la breve conversacin de la tarde no recordaba ms que esto: que al
da siguiente, despus del coro, el Magistral la esperaba en su capilla.
Le haba indicado, aunque por medio de indirectas, que convena, al
mudar de confesor, hacer confesin general.

Haba hablado con mucha afabilidad, con voz meliflua, pero poco, con
cierto tono fro, y algo distrado al parecer. No le haba visto los
ojos. No le haba visto ms que los prpados, cargados de carne blanca.
Debajo de las pestaas asomaba un brillo singular.

Cerca del lecho, arrodillada, rez algunos minutos la Regenta.

Despus se sent en una mecedora junto a su tocador, en el gabinete,
lejos del lecho por no caer en la tentacin de acostarse, y ley un
cuarto de hora un libro devoto en que se trataba del sacramento de la
penitencia en preguntas y respuestas. No daba vuelta a las hojas. Dej
de leer. Su mirada estaba fija en unas palabras que decan: _Si comi
carne_...

Mentalmente y como por mquina repeta estas tres voces, que para ella
haban perdido todo significado; las repeta como si fueran de un idioma
desconocido.

Despus, saliendo de no saba qu pozo negro su pensamiento, atendi a
lo que lea. Dej el libro sobre el tocador y cruz las manos sobre las
rodillas. Su abundante cabellera, de un castao no muy obscuro, caa en
ondas sobre la espalda y llegaba hasta el asiento de la mecedora, por
delante le cubra el regazo; entre los dedos cruzados se haban enredado
algunos cabellos. Sinti un escalofro y se sorprendi con los dientes
apretados hasta causarle un dolor sordo. Pas una mano por la frente; se
tom el pulso, y despus se puso los dedos de ambas manos delante de los
ojos. Era aquella su manera de experimentar si se le iba o no la vista.
Qued tranquila. No era nada. Lo mejor sera no pensar en ello.

Confesin general!. S, esto haba dado a entender aquel seor
sacerdote. Aquel libro no serva para tanto. Mejor era acostarse. El
examen de conciencia de sus pecados de la temporada lo tena hecho desde
la vspera. El examen para aquella confesin general poda hacerlo
acostada. Entr en la alcoba. Era grande, de altos artesones, estucada.
La separaba del tocador un intercolumnio con elegantes colgaduras de
_satn_ granate. La Regenta dorma en una vulgarsima cama de matrimonio
dorada, con pabelln blanco. Sobre la alfombra, a los pies del lecho,
haba una piel de tigre, autntica. No haba ms imgenes santas que un
crucifijo de marfil colgado sobre la cabecera; inclinndose hacia el
lecho pareca mirar a travs del tul del pabelln blanco.

Obdulia, a fuerza de indiscrecin, haba conseguido varias veces entrar
all.

--Qu mujer esta Anita!

Era limpia, no se poda negar, limpia como el armio; esto al fin era
un mrito... y una pulla para muchas damas vetustenses.

Pero aada Obdulia:--Fuera de la limpieza y del orden, nada que
revele a la mujer elegante. La piel de tigre, tiene un _cachet_? Ps...
qu s yo. Me parece un capricho caro y extravagante, poco femenino al
cabo. La cama es un horror! Muy buena para la alcaldesa de Palomares.
Una cama de matrimonio! Y qu cama! Una grosera. Y lo dems? Nada.
All no hay sexo. Aparte del orden, parece el cuarto de un estudiante.
Ni un objeto de arte. Ni un mal _bibelot_; nada de lo que piden el
_confort_ y el buen gusto. La alcoba es la mujer como el estilo es el
hombre. Dime cmo duermes y te dir quin eres. Y la devocin? All la
piedad est representada por un Cristo vulgar colocado de una manera
contraria a las _conveniencias_.

--Lstima--conclua Obdulia, sin sentir lstima--, que un _bijou_ tan
precioso se guarde en tan miserable joyero!.

Ah! deba confesar que el juego de cama era digno de una princesa.
Qu sabanas! Qu almohadones! Ella haba pasado la mano por todo
aquello, qu suavidad! El satn de aquel cuerpecito de regalo no
sentira asperezas en el roce de aquellas sbanas.

Obdulia admiraba sinceramente las formas y el cutis de Ana, y all en el
fondo del corazn, le envidiaba la piel de tigre. En Vetusta no haba
tigres; la viuda no poda exigir a sus amantes esta prueba de cario.
Ella tena a los pies de la cama la caza del len, pero estampada en
tapiz miserable!

Ana corri con mucho cuidado las colgaduras granate, como si alguien
pudiera verla desde el tocador. Dej caer con negligencia su bata azul
con encajes crema, y apareci blanca toda, como se la figuraba don
Saturno poco antes de dormirse, pero mucho ms hermosa que Bermdez
poda representrsela. Despus de abandonar todas las prendas que no
haban de acompaarla en el lecho, qued sobre la piel de tigre,
hundiendo los pies desnudos, pequeos y rollizos en la espesura de las
manchas pardas. Un brazo desnudo se apoyaba en la cabeza algo inclinada,
y el otro penda a lo largo del cuerpo, siguiendo la curva graciosa de
la robusta cadera. Pareca una impdica modelo olvidada de s misma en
una postura acadmica impuesta por el artista. Jams el Arcipreste, ni
confesor alguno haba prohibido a la Regenta esta voluptuosidad de
distender a sus solas los entumecidos miembros y sentir el contacto del
aire fresco por todo el cuerpo a la hora de acostarse. Nunca haba
credo ella que tal abandono fuese materia de confesin.

Abri el lecho. Sin mover los pies, dejose caer de bruces sobre aquella
blandura suave con los brazos tendidos. Apoyaba la mejilla en la sbana
y tena los ojos muy abiertos. La deleitaba aquel placer del tacto que
corra desde la cintura a las sienes.

--Confesin general!--estaba pensando--. Eso es la historia de toda
la vida. Una lgrima asom a sus ojos, que eran garzos, y corri hasta
mojar la sbana.

Se acord de que no haba conocido a su madre.

Tal vez de esta desgracia nacan sus mayores pecados.

Ni madre ni hijos. Esta costumbre de acariciar la sbana con la
mejilla la haba conservado desde la niez.--Una mujer seca, delgada,
fra, ceremoniosa, la obligaba a acostarse todas las noches antes de
tener sueo. Apagaba la luz y se iba. Anita lloraba sobre la almohada,
despus saltaba del lecho; pero no se atreva a andar en la obscuridad y
pegada a la cama segua llorando, tendida as, de bruces, como ahora,
acariciando con el rostro la sbana que mojaba con lgrimas tambin.
Aquella blandura de los colchones era todo lo _maternal_ con que ella
poda contar; no haba ms suavidad para la pobre nia. Entonces deba
de tener, segn sus vagos recuerdos, cuatro aos. Veintitrs haban
pasado, y aquel dolor an la enterneca. Despus, casi siempre, haba
tenido grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su
memoria; una porcin de necios se haban conjurado contra ella; todo
aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de nia, la injusticia de
acostarla sin sueo, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba
todava y le inspiraba una dulcsima lstima de s misma. Como aquel a
quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a
levantarse, siente sensacin extraa que podra llamarse nostalgia de
blandura y del calor de su sueo, as, con parecida sensacin, haba Ana
sentido toda su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca haban
oprimido su cabeza de nia contra un seno blando y caliente; y ella, la
chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera. Recordaba vagamente un
perro negro de lanas, noble y hermoso; deba de ser un terranova.--Qu
habra sido de l?--. El perro se tenda al sol, con la cabeza entre
las patas, y ella se acostaba a su lado y apoyaba la mejilla sobre el
lomo rizado, ocultando casi todo el rostro en la lana suave y caliente.
En los prados se arrojaba de espaldas o de bruces sobre los montones de
yerba segada. Como nadie la consolaba al dormirse llorando, acababa por
buscar consuelo en s misma, contndose cuentos llenos de luz y de
caricias. Era el caso que ella tena una mam que le daba todo lo que
quera, que la apretaba contra su pecho y que la dorma cantando cerca
de su odo:

        Sbado, sbado, morena,
        cay el pajarillo en trena
        con grillos y con cadenaaa....

Y esto otro:

        Estaba la pjara pinta
        a la sombra de un verde limn....

Estos cantares los oa en una plaza grande a las mujeres del pueblo que
arrullaban a sus hijuelos....

Y as se dorma ella tambin, figurndose que era la almohada el seno de
su madre soada y que realmente oa aquellas canciones que sonaban
dentro de su cerebro. Poco a poco se haba acostumbrado a esto, a no
tener ms placeres puros y tiernos que los de su imaginacin.

Pensando la Regenta en aquella nia que haba sido ella, la admiraba y
le pareca que su vida se haba partido en dos, una era la de aquel
angelillo que se le antojaba muerto. La nia que saltaba del lecho a
obscuras era ms enrgica que esta Anita de ahora, tena una fuerza
interior pasmosa para resistir sin humillarse las exigencias y las
injusticias de las personas fras, secas y caprichosas que la criaban.

--Vaya una manera de hacer examen de conciencia!--pens doa Ana algo
avergonzada.

Sali descalza de la alcoba, cogi el devocionario que estaba sobre el
tocador y corri a su lecho. Se acost, acerc la luz y se puso a leer
con la cabeza hundida en las almohadas. _Si comi carne_, volvieron a
ver sus ojos cargados de sueo; pero pas adelante. Una, dos, tres
hojas... lea sin saber qu. Por fin, se detuvo en un rengln que deca:

--Los parajes por donde anduvo....

Aquello lo entendi. Haba estado, mientras pasaba hojas y hojas,
pensando, sin saber cmo, en don lvaro Mesa, presidente del casino de
Vetusta y jefe del partido liberal dinstico; pero al leer: Los parajes
por donde anduvo, su pensamiento volvi de repente a los tiempos
lejanos. Cuando era nia, pero ya confesaba, siempre que el libro de
examen deca pase la memoria por los lugares que ha recorrido, se
acordaba sin querer de la barca de Trbol, de aquel gran pecado que
haba cometido, sin saberlo ella, la noche que pas dentro de la barca
con aquel Germn, su amigo.... Infames! La Regenta senta rubor y
clera al recordar aquella calumnia. Dej el libro sobre la mesilla de
noche--otro mueble vulgar que irritaba el buen gusto de Obdulia--apag
la luz... y se encontr en la barca de Trbol, a medianoche, al lado de
Germn, un nio rubio de doce aos, dos ms que ella. l la abrigaba
solcito con un saco de lona que haban encontrado en el fondo de la
barca. Ella le haba rogado que se abrigara l tambin. Debajo del saco,
como si fuera una colcha, estaban los dos tendidos sobre el tablado de
la barca, cuyas bandas obscuras les impedan ver la campia; slo vean
all arriba nubes que corran delante de la cara de la luna.

--Tienes fro?--preguntaba Germn.

Y Ana responda, con los ojos muy abiertos, fijos en la luna que corra,
detrs de las nubes:

--No!--Tienes miedo?--Ca!--Somos marido y mujer--deca l.

--Yo soy una mam! Y oa debajo de su cabeza un rumor dulce que la
arrullaba como para adormecerla; era el rumor de la corriente.

Se haban contado muchos cuentos. l haba contado adems su historia.
Tena pap en Colondres y mam tambin.

--Cmo era una mam?

Germn lo explicaba como poda.

--Dan muchos besos las mams?

--S.--Y cantan?--S, yo tengo una hermanita que le cantan. Yo ya soy
grande.

--Y yo soy una mam! Despus vena la historia de ella. Viva en
Loreto, una aldea, algo lejos de la ra por aquel lado, pero tocando con
el mar por all arriba, por el arenal. Viva con una seora que se
llamaba aya y doa Camila. No la quera. Aquella seora aya tena
criados y criadas y un seor que vena de noche y le daba besos a doa
Camila, que le pegaba y deca: Delante de ella no, que es muy
maliciosa.

Le decan que tena un pap que la quera mucho y era el que mandaba los
vestidos y el dinero y todo. Pero l no poda venir, porque estaba
matando moros. La castigaban mucho, pero no la pegaban; eran encierros,
ayunos y el castigo peor, el de acostarse temprano. Se escapaba por la
puerta del jardn y corra llorando hacia el mar; quera meterse en un
barco y navegar hasta la tierra de los moros y buscar a su pap. Algn
marinero la encontraba llorando y la acariciaba. Ella le propona el
viaje, el marinero se rea, le deca que s, la coga en los brazos,
pero el pcaro la llevaba a casa del aya y la volvan al encierro. Una
tarde se haba escapado por otro camino, pero no encontraba el mar.
Haba pasado junto a un molino; un perro le haba cerrado el paso al
atravesar el puente de la acequia, hecho con un tronco hueco de castao;
Ana se haba echado sobre el tronco porque se mareaba viendo el agua
blanca que ladraba debajo como el perro enfrente de ella. El perro haba
pasado por encima de Anita; no haba querido morderla. Ella entonces,
desde la otra orilla, le llam y le dijo:

--Chito, toma, ah tienes eso.

Era su merienda que llevaba en un bolsillo; un poco de pan con manteca
mojado en lgrimas.

Casi siempre coma el pan de la merienda salado por las lgrimas. Cuando
estaba sola lloraba de pena; pero delante del aya, de los criados y del
hombre, lloraba de rabia. Haba encontrado despus del molino un bosque
y lo haba cruzado corriendo, cantando, y eso que tena an los ojos
llenos de llanto, pero cantaba de miedo. Al salir del bosque haba visto
un prado de yerba muy verde y muy alta....

--Y all estaba yo, verdad?--grit Germn.

--Es verdad.--Y te dije si queras embarcarte en la barca de Trbol,
que el barquero haba sido mi criado, y yo era de Colondres, que est al
otro lado de la ra.

--Es verdad. La Regenta recordaba todo esto como va escrito, incluso el
dilogo; pero crea que, en rigor, de lo que se acordaba no era de las
palabras mismas, sino de posterior recuerdo en que la nia haba animado
y puesto en forma de novela los sucesos de aquella noche.

Despus se haban dormido. Ya era de da cuando los despert una voz que
gritaba desde la orilla de Colondres. Era el barquero que vea su barca
en un islote que dejaba el agua en medio de la ra al bajar la marea. El
barquero los ri mucho. A ella la condujo a Loreto un hijo de aquel
hombre; pero en el camino los hall un criado del aya. Andaban
buscndola por todo el mundo. Crean que se haba cado al mar. Doa
Camila estaba enferma del susto, en cama. El hombre que besaba al aya
cogi a Anita por un brazo y se lo apret hasta arrancarle sangre. Pero
ella no llor.

Le preguntaron dnde haba pasado la noche y no quiso contestar por
temor de que castigaran a Germn si se saba. La encerraron, no le
dieron de comer aquel da, pero no declar nada. A la maana siguiente
el aya hizo llamar al barquero de Trbol. Segn aquel hombre, los nios
se haban concertado para pasar juntos una noche en la barca. Quin lo
dira? Ana confes al cabo que haban dormido juntos, pero que haba
sido sin querer. Su propsito haba sido hacerse dueos de la barca una
noche, aunque los rieran en casa, pasar de orilla a orilla ellos solos,
tirando por la cuerda, y despus volverse l a Colondres y ella a
Loreto. Pero el agua de la ra se haba marchado, la barca tropez en
el fondo con las piedras en mitad del pasaje y por ms esfuerzos que
haban hecho no haban conseguido moverla. Y se haban acostado y se
haban dormido. De haber podido romper la cuerda que sujetaba la lancha
se hubieran ido a la tierra del moro, porque Germn saba el camino por
el mar; ella hubiera buscado a su pap y l hubiera matado muchos moros;
pero la cuerda era muy fuerte. No pudieron romperla y se acostaron para
contarse cuentos de dormir.

Lo mismo haba referido Germn al barquero, pero no se crey la
historia.

Qu escndalo! doa Camila cogi a Anita por la garganta y por poco la
ahoga. Despus dijo un refrn desvergonzado en que se insultaba a su
madre y a ella, segn comprendi mucho ms tarde, porque entonces no
entenda aquellas palabras.

Doa Camila culpaba al hombre que le daba besos, de las picardas de la
nia.

--T le has abierto los ojos con tus imprudencias.

Anita no entenda y el hombre, el seor del aya, rea a carcajadas.

Desde aquel da el hombre la miraba con llamaradas en los ojos, y
sonrea, y en cuanto sala de la habitacin el aya le peda besos a
ella, pero nunca quiso drselos.

Vino un cura y se encerr con Ana en la alcoba de la nia y le pregunt
unas cosas que ella no saba lo que eran. Ms adelante meditando mucho,
acab por entender algo de aquello. Se la quiso convencer de que haba
cometido un gran pecado. La llevaron a la iglesia de la aldea y la
hicieron confesarse. No supo contestar al cura y este declar al aya que
no serva la nia para el caso todava, porque por ignorancia o por
malicia, ocultaba sus pecadillos. Los chicos de la calle la miraban
como el hombre que besaba a doa Camila; la cogan por un brazo y
queran llevrsela no saba a dnde. No volvi a salir sin el aya. A
Germn no haba vuelto a verle.

--He escrito a tu pap dicindole lo que t eres. En cuanto cumplas los
once aos, irs a un colegio de Recoletas.

Esta amenaza de doa Camila no pas de amenaza, pero Ana no senta salir
de Loreto, ir donde quiera.

Desde entonces la trataron como a un animal precoz. Sin enterarse bien
de lo que oa, haba entendido que achacaban a culpas de su madre los
pecados que la atribuan a ella....

Al llegar a este punto de sus recuerdos la Regenta sinti que se
sofocaba, sus mejillas ardan. Encendi luz, apart de s la colcha
pesada y sus formas de Venus, algo flamenca, se revelaron exageradas
bajo la manta de finsima lana de colores ceida al cuerpo. La colcha
qued arrugada a los pies.

Aquellos recuerdos de la niez huyeron, pero la clera que despertaron,
a pesar de ser tan lejana, no se desvaneci con ellos.

--Qu vida tan estpida!--pens Ana, pasando a reflexiones de otro
gnero.

Aumentaba su mal humor con la conciencia de que estaba pasando un cuarto
de hora de rebelin. Crea vivir sacrificada a deberes que se haba
impuesto; estos deberes algunas veces se los representaba como potica
misin que explicaba el por qu de la vida. Entonces pensaba:

--La monotona, la insulsez de esta existencia es aparente; mis das
estn ocupados por grandes cosas; este sacrificio, esta lucha es ms
grande que cualquier aventura del mundo.

En otros momentos, como ahora, tascaba el freno la pasin sojuzgada;
protestaba el egosmo, la llamaba loca, romntica, necia y deca:--Qu
vida tan estpida!

Esta conciencia de la rebelin la desesperaba; quera aplacarla y se
irritaba. Senta cardos en el alma. En tales horas no quera a nadie, no
compadeca a nadie. En aquel instante deseaba or msica; no poda haber
voz ms oportuna. Y sin saber cmo, sin querer se le apareci el Teatro
Real de Madrid y vio a don lvaro Mesa, el presidente del Casino, ni
ms ni menos, envuelto en una capa de embozos grana, cantando bajo los
balcones de Rosina:

_Ecco ridente il ciel..._ La respiracin de la Regenta era fuerte,
frecuente; su nariz palpitaba ensanchndose, sus ojos tenan fulgores de
fiebre y estaban clavados en la pared, mirando la sombra sinuosa de su
cuerpo ceido por la manta de colores.

Quiso pensar en aquello, en Lindoro, en el Barbero, para suavizar la
aspereza de espritu que la mortificaba.

--Si yo tuviera un hijo!... ahora... aqu... besndole, cantndole....

Huy la vaga imagen del rorro, y otra vez se present el esbelto don
lvaro, pero de gabn blanco entallado, saludndola como saludaba el rey
Amadeo.

Mesa al saludar humillaba los ojos, cargados de amor, ante los de ella
imperiosos, imponentes.

Sinti flojedad en el espritu. La sequedad y tirantez que la
mortificaban se fueron convirtiendo en tristeza y desconsuelo....

_Ya no era mala_, ya senta como ella quera sentir; y la idea de su
sacrificio se le apareci de nuevo; pero grande ahora, sublime, como una
corriente de ternura capaz de anegar el mundo. La imagen de don lvaro
tambin fue desvanecindose, cual un cuadro disolvente; ya no se vea
ms que el gabn blanco y detrs, como una filtracin de luz, iban
destacndose una bata escocesa a cuadros, un gorro verde de terciopelo y
oro, con borla, un bigote y una perilla blancos, unas cejas grises muy
espesas... y al fin sobre un fondo negro brill entera la respetable y
familiar figura de su don Vctor Quintanar con un nimbo de luz en torno.
Aquel era el sujeto del sacrificio, como dira don Cayetano. Ana Ozores
deposit un casto beso en la frente del caballero.

Y sinti vehementes deseos de verle, de besarle en realidad como al
cuadro disolvente.

Mala hora, sin duda, era aquella. Pero la casualidad vino a favorecer el
anhelo de la casta esposa. Se tom el pulso, se mir las manos; no vea
bien los dedos, el pulso lata con violencia, en los prpados le
estallaban estrellitas, como chispas de fuegos artificiales, s, s,
estaba mala, iba a darle el ataque; haba que llamar; cogi el cordn de
la campanilla, llam. Pasaron dos minutos. No oan?... Nada. Volvi a
empuar el cordn... llam. Oy pasos precipitados. Al mismo tiempo que
por una puerta de escape entraba Petra, su doncella, asustada, casi
desnuda, se abri la colgadura granate y apareci el cuadro disolvente,
el hombre de la bata escocesa y el gorro verde, con una palmatoria en la
mano.

--Qu tienes, hija ma?--grit don Vctor acercndose al lecho. Era
el ataque, aunque no estaba segura de que viniese con todo el aparato
nervioso de costumbre; pero los sntomas los de siempre; no vea, le
estallaban chispas de brasero en los prpados y en el cerebro, se le
enfriaban las manos, y de pesadas no le parecan suyas.... Petra corri
a la cocina sin esperar rdenes; ya saba lo que se necesitaba, tila y
azahar.

Don Vctor se tranquiliz. Estaba acostumbrado al ataque de su querida
esposa; padeca la infeliz, pero no era nada.

--No pienses en ello, que ya sabes que es lo mejor.

--S, tienes razn; acrcate, hblame, sintate aqu.

Don Vctor se sent sobre la cama y _deposit_ un beso paternal en la
frente de su seora esposa. Ella le apret la cabeza contra su pecho y
derram algunas lgrimas. Notadas que fueron las cuales por don Vctor
exclam este:

--Ves? ya lloras; buena seal. La tormenta de nervios se deshace en
agua; est conjurado el ataque, vers como no sigue.

En efecto, Ana comenz a sentirse mejor. Hablaron. Ella manifest una
ternura que l le agradeci en lo que vala. Volvi Petra con la tila.

Don Vctor observ que la muchacha no haba reparado el desorden de su
traje, que no era traje, pues se compona de la camisa, un pauelo de
lana, corto, echado sobre los hombros y una falda que, mal atada al
cuerpo, dejaba adivinar los encantos de la doncella, dado que fueran
encantos, que don Vctor no entraba en tales averiguaciones, por ms que
sin querer aventur, para sus adentros, la hiptesis de que las carnes
deban de ser muy blancas, toda vez que la chica era rubia
azafranada....

Con la tila y el azahar Anita acab de serenarse. Respir con fuerza;
sinti un bienestar que le llen el alma de optimismo.

Qu solcita era Petra! y su Vctor qu bueno!.

Y haba sido hermoso, no caba duda. Verdad era que sus cincuenta y
tantos aos parecan sesenta; pero sesenta aos de una robustez
envidiable; su bigote blanco, su perilla blanca, sus cejas grises le
daban venerable y hasta heroico aspecto de brigadier y aun de general.
No pareca un Regente de Audiencia jubilado, sino un ilustre caudillo en
situacin de cuartel.

Petra, temblando de fro, con los brazos cruzados, unos blanqusimos
brazos bien torneados, se retir discretamente, pero se qued en la sala
contigua esperando rdenes.

Ana se empe en que Quintanar--casi siempre le llamaba as--bebiese
aquella poca tila que quedaba en la taza.

Pero si don Vctor no crea en los nervios! Si estaba sereno! Muerto
de sueo, pero tranquilo.

No importaba. Era un capricho. No lo conoca l, pero se haba
asustado.

--Que no, hija ma; que te juro....

--Que s, que s... Don Vctor tom tila y acto continuo bostez
enrgicamente.

--Tienes fro?--Fro yo! Y pens que dentro de tres horas, antes de
amanecer, saldra con gran sigilo por la puerta del parque--la huerta de
los Ozores--. Entonces s que hara fro, sobre todo, cuando llegaran al
Montico, l y su querido Frgilis, su Plades cinegtico, como le
llamaba.

Iban de caza; una caza prohibida, a tales horas, por la Regenta. Anita
no dej a Vctor tan pronto como l quisiera. Estaba muy habladora su
querida mujercita. Le record mil episodios de la vida conyugal siempre
tranquila y armoniosa.

--No quisieras tener un hijo, Vctor?--pregunt la esposa apoyando la
cabeza en el pecho del marido.

--Con mil amores!--contest el ex-regente buscando en su corazn la
fibra del amor paternal. No la encontr; y para figurarse algo parecido
pens en su reclamo de perdiz, escogidsimo regalo de Frgilis.

--Si mi mujer supiera que slo puedo disponer de dos horas y media de
descanso, me dejara volver a la cama.

Pero la pobrecita lo ignoraba todo, deba ignorarlo. Ms de media hora
tard la Regenta en cansarse de aquella locuacidad nerviosa. Qu de
proyectos! qu de horizontes de color de rosa! Y siempre, siempre
juntos Vctor y ella.

--Verdad?--S, hijita ma, s; pero debes descansar; te exaltas
hablando....

--Tienes razn; siento una fatiga dulce.... Voy a dormir.

l se inclin para besarle la frente, pero ella echndole los brazos al
cuello y hacia atrs la cabeza, recibi en los labios el beso. Don
Vctor se puso un poco encarnado; sinti hervir la sangre. Pero no se
atrevi. Adems, antes de tres horas deba estar camino del Montico con
la escopeta al hombro. Si se quedaba con su mujer, adis cacera.... Y
Frgilis era inexorable en esta materia. Todo lo perdonaba menos faltar
o llegar tarde a un madrugn por el estilo.

--Slvense los principios--pens el cazador.

--Buenas noches, trtola ma!

Y se acord de las que tena en la pajarera.

Y despus de _depositar_ otro beso, por propia iniciativa, en la frente
de Ana, sali de la alcoba con la palmatoria en la diestra mano; con la
izquierda levant el cortinaje granate; volviose, salud a su esposa con
una sonrisa, y con majestuoso paso, no obstante calzar bordadas
zapatillas, se restituy a su habitacin que estaba al otro extremo del
casern de los Ozores.

Atraves un gran saln que se llamaba el estrado; anduvo por pasillos
anchos y largos, lleg a una galera de cristales y all vacil un
momento. Volvi pies atrs, desanduvo todos los pasillos y discretamente
llam a una puerta.

Petra se present en el mismo desorden de antes.

--Qu hay? se ha puesto peor?

--No es eso, muchacha--contest don Vctor.

Qu desfachatez! Aquella joven no consideraba que estaba casi
desnuda?.

--Es que... es que... por si Anselmo se duerme y no oye la seal de don
Toms (Frgilis)... Como es tan bruto Anselmo.... Quiero que t me llames
si oyes los tres ladridos... ya sabes... don Toms....

--S, ya s. Descuide usted, seor. En cuanto ladre don Toms ir a
llamarle. No hay ms?--aadi la rubia azafranada, con ojos
provocativos.

--Nada ms. Y acustate, que ests muy a la ligera y hace mucho fro.

Ella fingi un rubor que estaba muy lejos de su nimo y volvi la
espalda no muy cubierta. Don Vctor levant entonces los ojos y pudo
apreciar que eran, en efecto, encantos los que no velaba bien aquella
chica.

Se cerr la puerta del cuarto de Petra y don Vctor emprendi de nuevo
su majestuosa marcha por los pasillos.

Pero antes de entrar en su cuarto se dijo:

--Ea; ya que estoy levantando voy a dar un vistazo a mi gente.

En un extremo de la galera de cristales haba una puerta; la empuj
suavemente y entr en la casa-habitacin de sus pjaros que dorman el
sueo de los justos.

Con la mano que llevaba libre hizo una pantalla para la luz de la
palmatoria, y de puntillas se acerc a la canariera. No haba novedad.
Su visita inoportuna no fue notada ms que por dos o tres canarios, que
movieron las alas estremecindose y ocultaron la cabeza entre la pluma.
Sigui adelante. Las trtolas tambin dorman; all hubo ciertos
murmullos de desaprobacin, y don Vctor se alej por no ser indiscreto.
Se acerc a la jaula del tordo ms filarmnico de la provincia, sin
vanidad. El tordo estaba enhiesto sobre un travesao, _con los hombros
encogidos_; pero no dorma. Sus ojos se fijaron de un modo impertinente
en los de su amo y no quiso reconocerle. Toda la noche se hubiera estado
el animalejo mira que te mirars, con aire de desafo, sin bajar la
mirada; le conoca bien; era muy aragons. Y cmo se pareca a
Ripamiln!. Sigui adelante. Quiso ver la codorniz; pero la salvaje
africana se daba de cabezadas, asustada, contra el techo de lienzo de su
jaula chata y la dej tranquilizarse. Ante el reclamo de perdiz qued
extasiado. Si algn pensamiento impuro manchara acaso su conciencia poco
antes, la contemplacin del reclamo, aquella obra maestra de la
naturaleza, le devolvi toda la elevacin de miras y grandeza de
espritu que convena al primer ornitlogo y al cazador sin rival de
Vetusta.

Equilibrado el nimo, volvi don Vctor al amor de las sbanas.

En aquella estancia dorman aos atrs, en la cama dorada de Anita, l y
ella, amantes esposos. Pero... haban coincidido en una idea.

A ella la molestaba l con sus madrugones de cazador; a l le molestaba
ella porque le haca sacrificarse y madrugar menos de lo que deba, por
no despertarla. Adems, los pjaros estaban en una especie de destierro,
muy lejos del amo. Traerlos cerca estando all Anita sera una crueldad;
no la dejaran dormir la maana. Pero l con qu deleite hubiera
saboreado el primer silbido del tordo, el arrullo voluptuoso de las
trtolas, el montono ritmo de la codorniz, el chas, chas cacofnico,
dulce al cazador, de la perdiz huraa!

No se recuerda quin, pero l piensa que Anita, se atrevi a manifestar
el deseo de una separacin en cuanto al tlamo--_quo ad thorum_--. Fue
acogida con mal disimulado jbilo la proposicin tmida, y el matrimonio
mejor avenido del mundo dividi el lecho. Ella se fue al otro extremo
del casern, que era caliente porque estaba al Medioda, y l se qued
en su alcoba. Pudo Anita dormir en adelante la maana, sin que nadie
interrumpiera esta delicia; y pudo Quintanar levantarse con la aurora y
recrear el odo con los cercanos conciertos matutinos de codornices,
tordos, perdices, trtolas y canarios. Si algo faltaba antes para la
completa armona de aquella pareja, ya estaba colmada su felicidad
domstica, por lo que toca a la concordia.

Y a este propsito sola decir don Vctor, recordando su magistratura:

--La libertad de cada cual se extiende hasta el lmite en que empieza
la libertad de los dems; por tener esto en cuenta, he sido siempre
feliz en mi matrimonio.

Quiso dormir el poco tiempo de que dispona para ello, pero no pudo. En
cuanto se quedaba trasvolado, soaba que oa los tres ladridos de
Frgilis.

Cosa extraa! Otras veces no le suceda esto, dorma a pierna suelta y
despertaba en el momento oportuno.

Habra sido la tila! Volvi a encender luz. Cogi el nico libro que
tena sobre la mesa de noche. Era un tomo de mucho bulto. Caldern de
la Barca decan unas letras doradas en el lomo. Ley.

Siempre haba sido muy aficionado a representar comedias, y le deleitaba
especialmente el teatro del siglo diecisiete. Deliraba por las
costumbres de aquel tiempo en que se saba lo que era honor y
mantenerlo. Segn l, nadie como Caldern entenda en achaques del
puntillo de honor, ni daba nadie las estocadas que lavan reputaciones
tan a tiempo, ni en el discreteo de lo que era amor y no lo era, le
llegaba autor alguno a la suela de los zapatos. En lo de tomar justa y
sabrosa venganza los maridos ultrajados, el divino don Pedro haba
discurrido como nadie y sin quitar a El castigo sin venganza y otros
portentos de Lope el mrito que tenan, don Vctor nada encontraba como
El mdico de su honra.

--Si mi mujer--deca a Frgilis--fuese capaz de caer en liviandad digna
de castigo....

--Lo cual es absurdo aun supuesto...--Bien, pero suponiendo ese
absurdo... yo le doy una sangra suelta.

Y hasta nombraba el albitar a quien haba de llamar y tapar los ojos,
con todo lo dems del argumento. Tampoco le pareca mal lo de prender
fuego a la casa y vengar secretamente el supuesto adulterio de su mujer.
Si llegara el caso, que claro que no llegara, l no pensaba prorrumpir
en preciosa tirada de versos, porque ni era poeta ni quera calentarse
al calor de su casa incendiada; pero en todo lo dems haba de ser, dado
el caso, no menos rigoroso que tales y otros caballeros parecidos de
aquella Espaa de mejores das.

Frgilis opinaba que todo aquello estaba bien en las comedias, pero que
en el mundo un marido no est para divertir al pblico con emociones
fuertes, y lo que debe hacer en tan apurada situacin es perseguir al
seductor ante los tribunales y procurar que su mujer vaya a un convento.

--Absurdo! absurdo!--gritaba don Vctor--jams se hizo cosa por el
estilo en los gloriosos siglos de estos insignes poetas.

--Afortunadamente--aada calmndose--yo no me ver nunca en el doloroso
trance de escogitar medios para vengar tales agravios; pero juro a Dios
que llegado el caso, mis atrocidades seran dignas de ser puestas en
dcimas calderonianas.

Y lo pensaba como lo deca. Todas las noches antes de dormir se daba un
atracn de honra a la antigua, como l deca; honra habladora, as con
la espada como con la discreta lengua. Quintanar manejaba el florete, la
espada espaola, la daga. Esta aficin le haba venido de su pasin por
el teatro. Cuando _trabajaba_ como aficionado, haba comprendido en los
numerosos duelos que tuvo en escena la necesidad de la esgrima, y con
tal calor lo tom, y tal disposicin natural tena, que lleg a ser
poco menos que un maestro. Por supuesto, no entraba en sus planes matar
a nadie; era un espadachn lrico. Pero su mayor habilidad estaba en el
manejo de la pistola; encenda un fsforo con una bala a veinticinco
pasos, mataba un mosquito a treinta y se luca con otros ejercicios por
el estilo. Pero no era jactancioso. Estimaba en poco su destreza; casi
nadie saba de ella. Lo principal era tener aquella sublime idea del
honor, tan propia para redondillas y hasta sonetos. l era pacfico;
nunca haba pegado a nadie. Las muertes que haba firmado como juez, le
haban causado siempre inapetencias, dolores de cabeza, a pesar de que
se crea irresponsable.

Lea, pues, don Vctor a Caldern, sin cansarse, y prximo estaba a ver
cmo se atravesaban con sendas quintillas dos valerosos caballeros que
pretendan la misma dama, cuando oy tres ladridos lejanos. Era
Frgilis!.

Doa Ana tard mucho en dormirse, pero su vigilia ya no fue impaciente,
desabrida. El espritu se haba refrigerado con el nuevo sesgo de los
pensamientos. Aquel noble esposo a quien deba la dignidad y la
independencia de su vida, bien mereca la abnegacin constante a que
ella estaba resuelta. Le haba sacrificado su juventud: por qu no
continuar el sacrificio? No pens ms en aquellos aos en que haba una
calumnia capaz de corromper la ms pura inocencia; pens en lo presente.
Tal vez haba sido providencial aquella aventura de la barca de Trbol.
Si al principio, por ser tan nia, no haba sacado ninguna enseanza de
aquella injusta persecucin de la calumnia, ms adelante, gracias a
ella, aprendi a guardar las apariencias; supo, recordando lo pasado,
que para el mundo no hay ms virtud que la ostensible y aparatosa. Su
alma se regocij contemplando en la fantasa el holocausto del general
respeto, de la admiracin que como virtuosa y bella se le tributaba. En
Vetusta, decir la Regenta era decir la perfecta casada. Ya no vea Anita
la _estpida existencia_ de antes. Recordaba que la llamaban madre de
los pobres. Sin ser beata, las ms ardientes fanticas la consideraban
buena catlica. Los ms atrevidos Tenorios, famosos por sus temeridades,
bajaban ante ella los ojos, y su hermosura se adoraba en silencio. Tal
vez muchos la amaban, pero nadie se lo deca.... Aquel mismo don lvaro
que tena fama de atreverse a todo y conseguirlo todo, la quera, la
adoraba sin duda alguna, estaba segura; ms de dos aos haca que ella
lo haba conocido, pero l no haba hablado ms que con los ojos, donde
Ana finga no adivinar una pasin que era un crimen.

Verdad era que en estos ltimos meses, sobre todo desde algunas semanas
a esta parte, se mostraba ms atrevido... hasta algo imprudente, l que
era la prudencia misma, y slo por esto digno de que ella no se irritara
contra su infame intento... pero ya sabra contenerle; s, ella le
pondra a raya helndole con una mirada.... Y pensando en convertir en
carmbano a don lvaro Mesa, mientras l se obstinaba en ser de fuego,
se qued dormida dulcemente.

En tanto all abajo, en el parque, miraba al balcn cerrado del tocador
de la Regenta, don Vctor, plido y ojeroso, como si saliera de una
orga; daba pataditas en el suelo para sacudir el fro y deca a
Frgilis, su amigo....

--Pobrecita! cun ajena estar, all en su tranquilo sueo, de que su
esposo la engaa y sale de casa dos horas antes de lo que ella
piensa!...

Frgilis sonri como un filsofo y ech a andar delante. Era un seor ni
alto ni bajo, cuadrado; vesta cazadora de pao pardo; iba tocado con
gorra negra con orejeras y por nico abrigo ostentaba una inmensa
bufanda, a cuadros, que le daba diez vueltas al cuello. Lo dems todo
era utensilios y atributos de caza, pero sobrios, como los de un Nemrod.

Don Vctor, al llegar a la puerta del parque, volvi a mirar hacia el
balcn, lleno de remordimientos.

--Anda, anda, que es tarde--murmur Frgilis.

No haba amanecido.




--IV--


La familia de los Ozores era una de las ms antiguas de Vetusta. Era el
tal apellido de muchos condes y marqueses, y pocos nobles haba en la
ciudad que no fueran, por un lado o por otro, algo parientes de tan
ilustre linaje.

Don Carlos, padre de Ana, era el primognito de un segundn del conde de
Ozores. Don Carlos tuvo dos hermanas, Anunciacin y gueda, que con su
padre habitaron mucho tiempo el casern de sus mayores. La rama
principal, la de los condes, viva aos haca emigrada.

El primognito del segundn quiso tener una carrera, ser algo ms que
heredero de algunas caseras, unos cuantos foros y un palacio achacoso
de goteras. Fue ingeniero militar. Se port como un valiente; en muchas
batallas demostr grandes conocimientos en el arte de Vauban, construy
duraderos y bien dispuestos fuertes en varias costas, y lleg pronto a
coronel de ejrcito, comandante del cuerpo. Cansado de casamatas,
cortinas, paralelas y castillos, procurose un empleo en la corte y fue
perdiendo sus aficiones militares, quedndose slo con las cientficas:
prefiri la fsica, las matemticas a las aplicaciones de tales
ciencias, al arte, y cada da fue menos guerrero. Pero al mismo tiempo
se entregaba a las delicias de Capua, y por fin, despus de muchos
amoros, tuvo un amor serio, una pasin de sabio (o cosa parecida) que
ya no es joven.

Loco de amor se cas don Carlos Ozores a los treinta y cinco aos con
una humilde modista italiana que viva en medio de seducciones sin
cuento, honrada y pobre. Esta fue la madre de Ana que, al nacer, se
qued sin ella.

--Menos mal!--pensaban las hermanas de don Carlos all en su casern
de Vetusta.

Su matrimonio haba originado al coronel un rompimiento con su familia.
Se escribieron dos cartas secas y no hubo ms relaciones.

--Si viviera mi padre--pensaba Ozores--de fijo perdonaba este matrimonio
desigual.

--Si viviera padre, morira del disgusto!--decan las solteronas
implacables.

Toda la nobleza vetustense aprobaba la conducta de aquellas seoritas,
que vieron un castigo de Dios en el desgraciado puerperio de la modista
italiana, su cuada indigna.

El palacio de los Ozores era de don Carlos; sus hermanas se lo dijeron
en otra carta fra y lacnica:

Estaban dispuestas a abandonarlo, si l lo exiga; slo le pedan que
pensase cmo se haba de conservar aquel resto precioso de tanta
nobleza.

El coronel contest que por Dios y todos los santos continuasen
viviendo donde haban nacido, que l se lo suplicaba por bien de la
misma finca, que sin ellas se vendra a tierra. Las solteronas, sin
contestar ni transigir en lo del matrimonio, se quedaron en el palacio
para que no se derrumbara.

A don Carlos le doli mucho que ni siquiera se le preguntase por su
hija. La nobleza vetustense opin que muerto el perro no se acabase la
rabia; que la muerte providencial de la modista no era motivo suficiente
para hacer las paces con el infame don Carlos ni para enterarse de la
suerte de su hija.

Tiempo haba para proteger a la nia, sin menoscabo de la dignidad, si,
como era de presumir, la conducta loca de su padre le arrastraba a la
pobreza. Adems, se corri por Vetusta que don Carlos se haba hecho
masn, republicano y por consiguiente ateo. Sus hermanas se vistieron de
negro y en el gran saln, en el estrado, recibieron a toda la
aristocracia de Vetusta, como si se tratara de visitas de duelo.

La estancia estaba casi a obscuras; por los grandes balcones no se
dejaba pasar ms que un rayo de luz; se hablaba poco, se suspiraba y se
oa el aleteo de los abanicos.

--Cunto mejor hubiese sido que se hubiera vuelto loco!--exclam el
marqus de Vegallana, jefe del partido conservador de Vetusta.

--Qu... loco!--contest una de las hermanas, doa Anunciacin--. Diga
usted, marqus, que ojal Dios se acordase de l, antes que verle as.

Hubo unnime aprobacin por seas. Muchas cabezas se inclinaron
lnguidamente; y se volvi a suspirar. Aquello del republicanismo no
necesitaba comentarios.

Don Carlos, en efecto, se haba hecho liberal de los avanzados; y de los
estudios fsicos matemticos haba pasado a los filosficos; y de
resultas era un hombre que ya no crea sino lo que tocaba, hecha
excepcin de la libertad que no la pudo tocar nunca y crey en ella
muchos aos. La vida de liberal en ejercicio de aquellos tiempos tena
poco de tranquila. Don Carlos se dedic a filsofo y a conspirador, para
lo cual crey oportuno pedir la absoluta.

--Yo ingeniero, no podra conspirar nunca (crea en el espritu de
cuerpo); como particular puedo procurar la salvacin del pas por los
medios ms adecuados.

No hay que pensar que era tonto don Carlos, sino un buen matemtico,
bastante instruido en varias materias. Pudo reunir una mediana
biblioteca donde haba no pocos libros de los condenados en el ndice.
Amaba la literatura con ardor y era, por entonces, todo lo romntico que
se necesitaba para conspirar con progresistas.

Lo que pudiera haber de falso y contradictorio en el carcter de don
Carlos, era obra de su tiempo. No le faltaba talento, era apasionado y
se asimilaba con facilidad ideas que entenda muy pronto, pero no se
distingua por lo original ni por lo prudente. Su amor propio de
libre-pensador no haba llegado a esa jerarqua del orgullo en que slo
se admite lo que uno crea para s mismo. De todas maneras, era
simptico.

De sus defectos su hija fue la vctima. Despus de llorar mucho la
muerte de su esposa, don Carlos volvi a pensar en asuntos que a l se
le antojaban serios, como v. gr., propagar el libre examen dentro de
crculo determinado de espaoles; procurar el triunfo del sistema
representativo en toda su integridad. Tanto vala entonces esto como
dedicarse a bandolero sin proteccin, por lo que toca a la necesidad de
vivir a salto de mata. Un conspirador no puede tener consigo una nia
sin madre. Le hablaron de colegios, pero los aborreca. Tom un aya,
una espaola inglesa que en nada se pareca a la de Cervantes, pues no
tena encantos morales, y de los corporales, si de alguno dispona,
haca mal uso. Esto lo ignoraba don Carlos, que admiti el aya en
calidad de catlica liberal. Se le haba dicho:

--Es una mujer ilustrada, aunque espaola; educada en Inglaterra donde
ha aprendido el noble espritu de la tolerancia.

Y adems, curaba el entendimiento y el corazn a los nios con pldoras
de la Biblia y pastillas de novela inglesa para uso de las familias.
Era, en fin, una hipocritona de las que saben que a los hombres no les
gustan las mujeres beatas, pero tampoco descredas, sino, as un trmino
medio, que los hombres mismos no saben cmo ha de ser. La hipocresa de
doa Camila llegaba hasta el punto de tenerla en el temperamento, pues
siendo su aspecto el de una estatua anafrodita, el de un ser sin sexo,
su pasin principal era la lujuria, satisfecha a la inglesa: una lujuria
que pudiera llamarse metodista si no fuera una profanacin.

Tuvo que emigrar don Carlos, y Ana qued en poder de doa Camila, que
por imprudencia imperdonable de Ozores se vio disponiendo a su antojo de
la mayor parte de las rentas de su amo, cada vez ms flacas, pues las
conspiraciones cuestan caras al que las paga.

Aconsejaron los mdicos aires del campo y del mar para la nia y el aya
escribi a don Carlos que un su amigo, Iriarte, el que le haba
recomendado a doa Camila, venda en una provincia del Norte, limtrofe
de Vetusta, una casa de campo en un pueblecillo pintoresco, puerto de
mar y saludable a todos los vientos. Ozores dio rdenes para que se
vendiese como se pudiera en la provincia de Vetusta la poca hacienda
que no haba malbaratado antes, y la mitad del producto de tan loca
enajenacin la dedic a la compra de aquella quinta de su amigo Iriarte.
La otra mitad fue destinada al socorro de los patriotas ms o menos
autnticos. En Vetusta no le quedaba ms que su palacio que habitaban,
sin pagar renta, las solteronas. La casa de campo y los predios que la
rodeaban y pertenecan, valan mucho menos de lo que poda presumir el
conspirador, si juzgaba por lo que le costaban, pero l no paraba
mientes en tal materia: se iba arruinando ni ms ni menos que su patria;
pero as como la lista civil le dola lo mismo que si la pagase l
entera, de las mangas y capirotes que hacan con sus bienes le importaba
poco. No era todo desprendimiento; vagamente vea en lontananza un
porvenir de indemnizaciones patriticas que aunque estaban en el
programa de su partido, a l no le alcanzaron.

A las nuevas haciendas de don Carlos se fueron Anita, el aya, los
criados y tras ellos el _hombre_, como llam siempre la nia al
personaje que turbaba no pocas veces el sueo de su inocencia. Era
Iriarte, el amante de doa Camila y antiguo dueo de la casa de campo.

El aya haba procurado seducir a don Carlos; saba que su difunta esposa
era una humilde modista, y ella, doa Camila Portocarrero que se crea
descendiente de nobles, bien poda aspirar a la sucesin de la italiana.
Crey que don Carlos se haba casado por compromiso, que era un hombre
que se casaba con la servidumbre. Conoca este tipo y saba cmo se le
trataba. Pero fue intil. En el poco tiempo que pudo aprovechar para
hacer la prueba de su sabio y complicado sistema de seduccin, don
Carlos no ech de ver siquiera que se le tenda una red amorosa. Por
aquella poca era l casi sansimoniano. Emigr Ozores y doa Camila jur
odio eterno al ingrato, y consagr, con la paciencia de los reformistas
ingleses, un culto de envidia pstuma a la modista italiana que haba
conseguido casarse con aquel estuco. Anita pag por los dos.

El aya afirmaba en todas partes, entre interjecciones aspiradas, que la
educacin de aquella seorita de cuatro aos exiga cuidados muy
especiales. Con alusiones maliciosas, vagas y envueltas en misterios a
la condicin social de la italiana, daba a entender que la ciencia de
educar no esperaba nada bueno de aquel retoo de meridionales
concupiscencias. En voz baja deca el aya que la madre de Anita tal vez
antes que modista haba sido bailarina.

De todas suertes, doa Camila se rode de precauciones pedaggicas y
prepar a la infancia de Ana Ozores un verdadero gimnasio de moralidad
inglesa. Cuando aquella planta tierna comenz a asomar a flor de tierra
se encontr ya con un rodrign al lado para que creciese derecha. El aya
aseguraba que Anita necesitaba aquel palo seco junto a s y estar atada
a l fuertemente. El palo seco era doa Camila. El encierro y el ayuno
fueron sus disciplinas.

Ana que jams encontraba alegra, risas y besos en la vida, se dio a
soar todo eso desde los cuatro aos. En el momento de perder la
libertad se desesperaba, pero sus lgrimas se iban secando al fuego de
la imaginacin, que le caldeaba el cerebro y las mejillas. La nia
fantaseaba primero milagros que la salvaban de sus prisiones que eran
una muerte, figurbase vuelos imposibles.

Yo tengo unas alas y vuelo por los tejados, pensaba; me marcho como
esas mariposas; y dicho y hecho, ya no estaba all. Iba volando por el
azul que vea all arriba.

Si doa Camila se acercaba a la puerta a escuchar por el ojo de la
llave, no oa nada. La nia con los ojos muy abiertos, brillantes, los
pmulos colorados, estaba horas y horas recorriendo espacios que ella
creaba llenos de ensueos confusos, pero iluminados por una luz difusa
que centelleaba en su cerebro.

Nunca peda perdn; no lo necesitaba. Sala del encierro pensativa,
altanera, callada; segua soando; la dieta le daba nueva fuerza para
ello. La herona de sus novelas de entonces era una madre. A los seis
aos haba hecho un poema en su cabecita rizada de un rubio obscuro.
Aquel poema estaba compuesto de las lgrimas de sus tristezas de
hurfana maltratada y de fragmentos de cuentos que oa a los criados y a
los pastores de Loreto. Siempre que poda se escapaba de casa; corra
sola por los prados, entraba en las cabaas donde la conocan y
acariciaban, sobre todo los perros grandes; sola comer con los
pastores. Volva de sus correras por el campo, como la abeja con el
jugo de las flores, con material para su poema. Como Poussin coga
yerbas en los prados para estudiar la naturaleza que trasladaba al
lienzo. Anita volva de sus escapatorias de salvaje con los ojos y la
fantasa llenos de tesoros que fueron lo mejor que goz en su vida. A
los veintisiete aos Ana Ozores hubiera podido contar aquel poema desde
el principio al fin, y eso que en cada nueva edad le haba aadido una
parte. En la primera haba una paloma encantada con un alfiler negro
clavado en la cabeza; era la reina mora; su madre, la madre de Ana que
no pareca. Todas las palomas con manchas negras en la cabeza podan
ser una madre, segn la lgica potica de Anita.

La idea del libro, como manantial de mentiras hermosas, fue la
revelacin ms grande de toda su infancia. Saber leer! esta ambicin
fue su pasin primera. Los dolores que doa Camila le hizo padecer antes
de conseguir que aprendiera las slabas, perdonselos ella de todo
corazn. Al fin supo leer. Pero los libros que llegaban a sus manos, no
le hablaban de aquellas cosas con que soaba. No importaba; ella les
hara hablar de lo que quisiese.

Le enseaban geografa; donde haba enumeraciones fatigosas de ros y
montaas, vea Ana aguas corrientes, cristalinas y la sierra con sus
pinos altsimos y soberbios troncos; nunca olvid la definicin de isla,
porque se figuraba un jardn rodeado por el mar; y era un contento. La
historia sagrada fue el man de su fantasa en la aridez de las
lecciones de doa Camila. Adquiri su poema formas concretas, ya no fue
nebuloso; y en las tiendas de los israelitas, que ella bord con franjas
de colores, acamparon ejrcitos de bravos marineros de Loreto, de pierna
desnuda, musculosa y velluda, de gorro cataln, de rostro curtido,
triste y bondadoso, barba espesa y rizada y ojos negros.

La poesa pica predomina lo mismo que en la infancia de los pueblos en
la de los hombres. Ana so en adelante ms que nada batallas, una
Ilada, mejor, un Ramayana sin argumento. Necesitaba un hroe y le
encontr: Germn, el nio de Colondres. Sin que l sospechara las
aventuras peligrosas en que su amiga le meta, se dejaba querer y acuda
a las citas que ella le daba en la barca de Trbol.

Nada le deca de aquellas grandes batallas que le obligaba a ganar en
el extremo Oriente, en las que ella le asista haciendo el papel de
reina consorte, con arranques de amazona. Algunas veces le propuso,
hablndole al odo, viajes muy arriesgados a pases remotos que l ni de
nombre conoca. Germn aceptaba inmediatamente, y estaba dispuesto a
convertirse en diligencia si Ana aceptaba el cargo de mula, o viceversa.
No era eso. La nia quera ir a tierra de moros de verdad, a matar
infieles o a convertirlos, como Germn quisiera. Germn prefera
matarlos; y dicho y hecho se metan en la barca, mientras el barquero
dorma a la sombra de un cobertizo en la orilla. A costa de grandes
sudores conseguan un ligero balanceo del gran navo que tripulaban y
entonces era cuando se crean bogando a toda vela por mares nunca
navegados.

Germn gritaba:--Orza!... a babor, a estribor! hombre al agua!...
un tiburn!...

Pero tampoco era aquello lo que quera Anita; quera marchar de veras,
muy lejos, huyendo de doa Camila. La nica ocasin en que Germn
correspondi al tipo ideal que de su carcter y prendas se haba forjado
Anita, fue cuando acept la escapatoria nocturna para ver juntos la luna
desde la barca y contarse cuentos. Este proyecto le pareci ms viable
que el de irse a Morera y se llev a cabo. Ya se sabe cmo entendi la
grosera y lasciva doa Camila la aventura de los nios. Era de tal
ndole la maldad de esta hembra, que daba por buenas las desazones que
el lance pudiera causarle, por la responsabilidad que ella tena, con
tal de ver comprobados por los hechos sus pronsticos.

--Como su madre!--deca a las personas de confianza--. _improper!
improper!_ Si ya lo deca yo! El instinto... la sangre.... No basta la
educacin contra la naturaleza.

Desde entonces educ a la nia sin esperanzas de salvarla; como si
cultivara una flor podrida ya por la mordedura de un gusano. No esperaba
nada, pero cumpla su deber. Loreto era una aldea, y como doa Camila
refera la aventura a quien la quisiera or, llorando la infeliz,
rendida bajo el peso de la responsabilidad (y ella poco poda contra la
naturaleza), el escndalo corri de boca en boca, y hasta en el casino
se supo lo de aquella confesin a que se oblig a la reo. Se discuti el
caso fisiolgicamente. Se formaron partidos; unos decan que bien poda
ser, y se citaban multitud de ejemplos de precocidad semejante.

--Cranlo ustedes--deca el amante de doa Camila--el hombre nace
naturalmente malo, y la mujer lo mismo.

Otros negaban la verosimilitud del hecho cuando menos.

--Si ponen ustedes eso en un libro nadie lo creer.

Ana fue objeto de curiosidad general. Queran verla, desmenuzar sus
gestos, sus movimientos para ver si se le conoca en algo.

--Lo que es desarrollada lo est y mucho para su edad...--deca el
hombre de doa Camila, que saboreaba por adelantado la lujuria de lo
porvenir.

--En efecto, parece una mujercita. Y se la devoraba con los ojos; se
deseaba un milagroso crecimiento instantneo de aquellos encantos que no
estaban en la nia sino en la imaginacin de los socios del casino.

A Germn, que no pareci por Loreto, se le atribuan quince aos. Por
este lado no haba dificultad. Doa Camila se crey obligada en
conciencia a indicar algo a la familia. Al padre no; sera un golpe de
muerte. Escribi a las tas de Vetusta.

Era el ltimo porrazo! El nombre de los Ozores deshonrado! porque al
fin Ozores era la nia, aunque indigna.

Entonces doa Anuncia, la hermana mayor, escribi a don Carlos, porque
el caso era apurado. No le contaba el lance de la deshonra _c_ por _b_,
porque ni saba cmo haba sido, ni era decente referir a un padre tales
escndalos, ni una seorita, una soltera, aunque tuviese ms de cuarenta
aos, poda descender a ciertos pormenores. Se le escribi a don Carlos
nada ms que esto: que era preciso llevar consigo a Anita, pues si la
nia no viva al lado de su padre, corra grandes riesgos, si no estaba
en peligro inminente, el honor de los Ozores. Don Carlos entonces no
poda restituirse a la patria, como l deca.

Pasaron aos, pudo y quiso acogerse a una amnista y volvi desengaado.
Doa Camila y Ana se trasladaron a Madrid y all vivan parte del ao
los tres juntos, pero el verano y el otoo los pasaban en la quinta de
Loreto.

La calumnia con que el aya haba querido manchar para siempre la pureza
virginal de Anita se fue desvaneciendo; el mundo se olvid de semejante
absurdo, y cuando la nia lleg a los catorce aos ya nadie se acordaba
de la grosera y cruel impostura, a no ser el aya, su hombre, que segua
esperando, y las tas de Vetusta. Pero se acordaba y mucho Ana misma. Al
principio la calumnia habale hecho poco dao, era una de tantas
injusticias de doa Camila; pero poco a poco fue entrando en su espritu
una sospecha, aplic sus potencias con intensidad increble al enigma
que tanta influencia tena en su vida, que a tantas precauciones
obligaba al aya; quiso saber lo que era aquel pecado de que la acusaban,
y en la maldad de doa Camila y en la torpe vida, mal disimulada, de
esta mujer, se afil la malicia de la nia que fue comprendiendo en qu
consista tener honor y en qu perderlo; y como todos daban a entender
que su aventura de la barca de Trbol haba sido una vergenza, su
ignorancia dio por cierto su pecado. Mucho despus, cuando su inocencia
perdi el ltimo velo y pudo ella ver claro, ya estaba muy lejos aquella
edad; recordaba vagamente su amistad con el nio de Colondres, slo
distingua bien el recuerdo del recuerdo, y dudaba, dudaba si haba sido
culpable de todo aquello que decan. Cuando ya nadie pensaba en tal
cosa, pensaba ella todava y confundiendo actos inocentes con verdaderas
culpas, de todo iba desconfiando. Crey en una gran injusticia que era
la ley del mundo, porque Dios quera, tuvo miedo de lo que los hombres
opinaban de todas las acciones, y contradiciendo poderosos instintos de
su naturaleza, vivi en perpetua escuela de disimulo, contuvo los
impulsos de espontnea alegra; y ella, antes altiva, capaz de oponerse
al mundo entero, se declar vencida, sigui la conducta moral que se le
impuso, sin discutirla, ciegamente, sin fe en ella, pero sin hacer
traicin nunca.

Ya era as cuando su padre volvi de la emigracin. No le satisfizo
aquel carcter.

No se le haba dicho que la nia era un peligro para el honor de los
Ozores? Pues l vea, por el contrario, una muchacha demasiado tmida y
reservada, de una prudencia exagerada para sus aos. Ya le pesaba de
haber entregado su hija a la gazmoera inglesa que, segn l, no
serva para la raza latina. Volva de la emigracin muy latino.
Afortunadamente all estaba l para corregir aquella educacin viciosa.
Despidi a doa Camila y se encarg de la instruccin de su hija. En el
extranjero se haba hecho don Carlos ms filsofo y menos poltico. Para
Espaa no haba salvacin. Era un pueblo gastado. Amrica se tragaba a
Europa, adems. Le preocupaban mucho las carnes en conserva que venan
de los Estados Unidos.

--Nos comen, nos comen. Somos pobres, muy pobres, unos miserables que
slo entendemos de tomar el sol.

l s era pobre, y ms cada da, pero achacaba su estrechez a la
decadencia general, a la falta de sangre en la raza y otros disparates.
Le quedaban la biblioteca, que haba mejorado, y los amigos, nuevos, por
supuesto.

Todos los das se pona a discusin delante de Ana, al tomar caf, la
divinidad de Cristo. Unos le llamaban el primer demcrata. Otros decan
que era un smbolo del sol y los apstoles las constelaciones del
Zodiaco.

Ana procuraba retirarse en cuanto poda hacerlo sin ofender la
susceptibilidad de aquel libre-pensador que era su padre. Con qu
tristeza pensaba la nia, sin querer pensarlo, que los amigos de su
padre eran personas poco delicadas, habladores temerarios! Y su mismo
pap, esto era lo peor, y haba que pensarlo tambin, su querido pap
que era un hombre de talento, capaz de inventar la plvora, un reloj, el
telgrafo, cualquier cosa, se iba volviendo loco a fuerza de filosofar,
y no saba vivir con una hija que ya entenda ms que l de asuntos
religiosos.

Aquella sumisin exterior, aquel sacrificio de la vida ordinaria, de
las relaciones vulgares a las preocupaciones y a las injusticias del
mundo no eran hipocresa en Anita, no eran la careta del orgullo; pero
no poda juzgarse por tales apariencias de lo que pasaba dentro de ella.
As como en la infancia se refugiaba dentro de su fantasa para huir de
la prosaica y necia persecucin de doa Camila, ya adolescente se
encerraba tambin dentro de su cerebro para compensar las humillaciones
y tristezas que sufra su espritu. No osaba ya oponer los impulsos
propios a lo que crea conjuracin de todos los necios del mundo, pero a
sus solas se desquitaba. El enemigo era ms fuerte, pero a ella le
quedaba aquel reducto inexpugnable.

Nunca le haban enseado la religin como un sentimiento que consuela;
doa Camila entenda el Cristianismo como la Geografa o el arte de
coser y planchar; era una asignatura de adorno o una necesidad
domstica. Nada le dijo contra el dogma, pero jams la dulzura de Jess
procur explicrsela con un beso de madre. Mara Santsima era la Madre
de Dios, en efecto; pero una vez que Ana volvi del campo diciendo que
la Virgen, segn le constaba a ella, lavaba en el ro los paales del
Nio Jess, doa Camila, indignada, exclam:

--_Improper!_ quin le inculcar a esta chiquilla estas sandeces del
vulgo?

En este particular don Carlos aprobaba el criterio de doa Camila;
precisamente l crea que el Misterio de la Encarnacin era como la
lluvia de oro de Jpiter; y remontndose ms, en virtud de la Mitologa
comparada, encontraba en la religin de los indios dogmas parecidos.

Ana en casa de su padre dispona de pocos libros devotos. Pero en
cambio, saba mucha Mitologa, con velos y sin ellos.

Slo aquello que el rubor ms elemental manda que se tape, era lo que
ocultaba don Carlos a su hija. Todo lo dems poda y deba conocerlo.
Por qu no? Y con multitud de citas explicaba y recomendaba Ozores la
educacin _omnilateral_ y _armnica_, como la entenda l.

--Yo quiero--conclua--que mi hija sepa el bien y el mal para que
libremente escoja el bien; porque si no qu mrito tendrn sus obras?

Sin embargo, si su hija fuese funmbula y trabajase en el alambre, don
Carlos pondra una red debajo, aunque perdiese mrito el ejercicio.

De las novelas modernas algunas le prohiba leer, pero en cuanto se
trataba de arte clsico de verdadero arte, ya no haba velos, poda
leerse todo. El romntico Ozores era clsico despus de su viaje por
Italia.

--El arte no tiene sexo!--gritaba--. Vean ustedes, yo entrego a mi
hija esos grabados que representan el arte antiguo, con todas las
bellezas del desnudo que en vano querramos imitar los modernos. Ya no
hay desnudo! Y suspiraba.

La Mitologa lleg a conocerla Anita como en su infancia la historia de
Israel.

--_Honni soit qui mal y pense!_--repeta don Carlos; y lo otro de: _Oh,
procul, procul estote prophani_.

Y no tomaba ms precauciones.

Por fortuna en el espritu de Ana la impresin ms fuerte del arte
antiguo y de las fbulas griegas, fue puramente esttica; se excit su
fantasa, sobre todo, y, gracias a ella, no a don Carlos, aquel
inoportuno estudio del desnudo clsico no caus estragos.

La muchacha envidiaba a los dioses de Homero que vivan como ella haba
soado que se deba vivir, al aire libre, con mucha luz, muchas
aventuras y sin la frula de un aya semi-inglesa.

Tambin envidiaba a los pastores de Tecrito, Bion y Mosco; soaba con
la gruta fresca y sombra del Cclope enamorado, y gozaba mucho, con
cierta melancola, trasladndose con sus ilusiones a aquella Sicilia
ardiente que ella se figuraba como un nido de amores. Pero como de
abandonarse a sus instintos, a sus ensueos y quimeras se haba
originado la nebulosa aventura de la barca de Trbol, que la avergonzaba
todava, miraba con desconfianza, y hasta repugnancia moral, cuanto
hablaba de relaciones entre hombres y mujeres, si de ellas naca algn
placer, por ideal que fuese. Aquellas confusiones, mezcla de malicia y
de inocencia, en que la haban sumergido las calumnias del aya y los
groseros comentarios del vulgo, la hicieron fra, desabrida, huraa para
todo lo que fuese amor, segn se lo figuraba. Se la haba separado
sistemticamente del trato ntimo de los hombres, como se aparta del
fuego una materia inflamable. Doa Camila la educaba como si fuera un
polvorn. Se haba equivocado su natural instinto de la niez; aquella
amistad de Germn haba sido un pecado, quin lo dira? Lo mejor era
huir del hombre. No quera ms humillaciones. Esta aberracin de su
espritu la facilitaban las circunstancias. Don Carlos no tena ms
amistad que la de unos cuantos hongos, filosofastros y conspiradores;
estos caballeros deban de estar solos en el mundo; si tenan hijos y
mujer, no los presentaban ni hablaban de ellos nunca. Anita no tena
amigas. Adems don Carlos la trataba como si fuese ella el arte, como si
no tuviera sexo. Era aquella una educacin neutra. A pesar de que
Ozores peda a grito pelado la emancipacin de la mujer y aplauda cada
vez que en Pars una dama le quemaba la cara con vitriolo a su amante,
en el fondo de su conciencia tena a la hembra por un ser inferior, como
un buen animal domstico. No se paraba a pensar lo que poda necesitar
Anita. A su madre la haba querido mucho, le haba besado los pies
desnudos durante la luna de miel, que haba sido exagerada; pero poco a
poco, sin querer, haba visto l tambin en ella a la antigua modista, y
la trat al fin como un buen amo, suave y contento. Fuera por lo que
fuere, l crea cumplir con Anita llevndola al Museo de Pinturas, a la
Armera, algunas veces al Real y casi siempre a paseo con algunos
libre-pensadores, amigos suyos, que se paraban para discutir a cada diez
pasos. Eran de esos hombres que casi nunca han hablado con mujeres. Esta
especie de varones, aunque parece rara, abunda ms de lo que pudiera
creerse. El hombre que no habla con mujeres se suele conocer en que
habla mucho de la mujer en general; pero los amigotes de Ozores ni esto
hacan; eran pinos solitarios del Norte que no suspiraban por ninguna
palmera del Medioda.

Aunque Ana llegaba a la edad en que la nia ya puede gustar como mujer,
no llamaba la atencin; nadie se haba enamorado de ella. Entre doa
Camila y don Carlos haban ajado las rosas de su rostro; aquella
turgencia y expansin de formas que al amante del aya le arrancaban
chispas de los ojos, haban contenido su crecimiento; Anita iba a
transformarse en mujer cuando pareca muy lejos an de esta crisis;
estaba delgada, plida, dbil; sus quince aos eran ingratos: a los diez
tena las apariencias de los trece, y a los quince representaba dos
menos. Como todava no se ha convenido en mantener a costa del Erario a
los filsofos, don Carlos que no se ocupaba ms que en arreglar el mundo
y condenarlo tal como era, se vio pronto en apurada situacin econmica.

--Ya estaba cansado; bastante haba combatido en la vida, segn l, y
no se le ocurri buscar trabajo; no quera trabajar ms. Prefiri
retirarse a su quinta de Loreto, accediendo a las splicas de Anita que
se lo peda con las manos en cruz. La pobre muchacha se aburra mucho en
Madrid. Mientras a su imaginacin le entregaban a Grecia, el Olimpo, el
Museo de Pinturas, ella, Ana Ozores, la de carne y hueso, tena que
vivir en una calle estrecha y obscura, en un msero entresuelo que se le
caa sobre la cabeza. Ciertas vecinas queran llevarla a paseo, a una
tertulia y a los teatros extraviados que ellas frecuentaban. La pobreza
en Madrid tiene que ser o resignada o cursi. Aquellas vecinas eran
cursis. Anita no poda sufrirlas; le daban asco ellas, su tertulia y sus
teatros. Pronto la llamaron el comino orgulloso, la mona sabia. Los seis
meses de aldea los pasaba mucho mejor, aun con ser aquel lugar el de su
antiguo cautiverio y el de la aventura de la barca, y la calumnia
subsiguiente. Pero de cuantos podran recordarle aquella _vergenza_,
slo vea ella al seor Iriarte, el hombre del aya, que visitaba a don
Carlos y miraba a la nia con ojos de cosechero que se prepara a recoger
los frutos.

Cuando don Carlos decidi vivir en Loreto todo el ao, para hacer
economas, Ana le bes en los ojos y en la boca y fue por un da entero
la nia expansiva y alegre que haba empezado a brotar antes de ser
trasplantada al invernadero pedaggico de doa Camila. Otros aos se
llevaba a la aldea algn cajn de libros; esta vez se mand con el
maragato la biblioteca entera, el orgullo legtimo de don Carlos.

Un da de sol, en Mayo, Ana que se preparaba a una vida nueva, por
dentro, cantaba alegre limpiando los estantes de la biblioteca en la
quinta. Colocaba en los cajones los libros, despus de sacudirles el
polvo, por el orden sealado en el catlogo escrito por don Carlos.

Vio un tomo en francs, forrado de cartulina amarilla; crey que era una
de aquellas novelas que su padre le prohiba leer y ya iba a dejar el
libro cuando ley en el lomo: _Confesiones de San Agustn_.

Qu haca all San Agustn?

Don Carlos era un libre-pensador que no lea libros de santos, ni de
curas, ni de _neos_, como l deca. Pero San Agustn era una de las
pocas excepciones. Le consideraba como filsofo.

Ana sinti un impulso irresistible; quiso leer aquel libro
inmediatamente. Saba que San Agustn haba sido un pagano libertino, a
quien haban convertido voces del cielo por influencia de las lgrimas
de su madre Santa Mnica. No saba ms. Dej caer el plumero con que
sacuda el polvo; y en pie, baados por un rayo de sol su cabeza pequea
y rizada y el libro abierto, ley las primeras pginas. Don Carlos no
estaba en casa. Ana sali con el libro debajo del brazo; fue a la
huerta. Entr en el cenador, cubierto de espesa enredadera perenne. Las
sombras de las hojuelas de la bveda verde jugueteaban sobre las hojas
del libro, blancas y negras y brillantes; se oa cerca, detrs, el
murmullo discreto y fresco del agua de una acequia que corra despacio
calentndose al sol; fuera de la huerta sonaban las ramas de los altos
lamos con el suave castaeteo de las hojas nuevas y claras que
brillaban como lanzas de acero.

Ana lea con el alma agarrada a las letras. Cuando conclua una pgina,
ya su espritu estaba leyendo al otro lado. Aquello s que era nuevo.
Toda la Mitologa era una locura, segn el santo. Y el amor, aquel amor,
lo que ella se figuraba, pecado, pequeez; un error, una ceguera. Bien
haba hecho ella en vivir prevenida. Record que en Madrid dos
estudiantes le haban escrito cartas a que ella no contestaba. Era su
nica aventura, despus de la vergenza de la barca de Trbol. El santo
deca que los nios son por instinto malos, que su perversin innata
hace gozar y rer a los que los aman; pero sus gracias son defectos; el
egosmo, la ira, la vanidad los impulsan.

--Es verdad, es verdad--pensaba ella arrepentida.

Pero entonces haca falta otra cosa. Aquel vaco de su corazn iba a
llenarse? Aquella vida sin alicientes, negra en lo pasado, negra en lo
porvenir, intil, rodeada de inconvenientes y necedades iba a terminar?
Como si fuera un estallido, sinti dentro de la cabeza un s tremendo
que se deshizo en chispas brillantes dentro del cerebro. Pasaba esto
mientras segua leyendo; an estaba aturdida, casi espantada por aquella
voz que oyera dentro de s, cuando lleg al pasaje en donde el santo
refiere que pasendose l tambin por un jardn oy una voz que le deca
_Tole, lege_ y que corri al texto sagrado y ley un versculo de la
Biblia.... Ana grit, sinti un temblor por toda la piel de su cuerpo y
en la raz de los cabellos como un soplo que los eriz y los dej
erizados muchos segundos.

Tuvo miedo de lo sobrenatural; crey que iba a aparecrsele algo....
Pero aquel pnico pas, y la pobre nia sin madre sinti dulce corriente
que le suavizaba el pecho al subir a las fuentes de los ojos. Las
lgrimas agolpndose en ellos le quitaban la vista.

Y llor sobre las _Confesiones de San Agustn_, como sobre el seno de
una madre. Su alma se haca mujer en aquel momento.

Por la tarde acab de leer el libro. Dej los ltimos captulos que no
entenda.

De noche, en la biblioteca, discutan don Carlos, un clrigo de Loreto y
varios aficionados a la filosofa y a la buena sidra, que prodigaba el
arruinado Ozores por tal de tener contrincantes. Deca que pensar a
solas es pensar a medias. Necesitaba una oposicin. El capelln quera
dejar bien puesto el pabelln de la Iglesia y pasar agradablemente las
noches que se hacan eternas en Loreto, aun en primavera.

Ana, sentada lejos, casi hundida y perdida en una butaca grande de
gutapercha, de grandes orejas, donde haba ella soado mucho despierta,
soaba tambin ahora con los ojos muy abiertos, inmviles. Pensaba en
San Agustn; se le figuraba con gran mitra dorada y capa de raso y oro,
recorriendo el desierto en un frica que poblaba ella de fieras y de
palmeras que llegaban a las nubes. Era, como en la infancia, un
delicioso imaginar; otro canto de su poema. Slo con recordar la dulzura
de San Agustn al reconciliarse en su ctedra con un amigo que asisti a
orle, del cual viva separado, senta Ana inefable ternura que le haca
amar al universo entero en aquel obispo.

En el mismo instante juraba don Carlos que el cristianismo era una
importacin de la Bactriana.

No estaba seguro de que fuera Bactriana lo que haba ledo, pero en sus
disputas de la aldea era poco escrupuloso en los datos histricos,
porque contaba con la ignorancia del concurso.

El capelln no saba lo que era la Bactriana; y as le pareca el ms
ridculo y gracioso disparate la ocurrencia de traer de all el
cristianismo.

Y muerto de risa deca:--Pero hombre, buena _Batrania_ te d Dios;
dnde ha ledo eso el seor Ozores?

El capelln no era un San Agustn--pensaba Anita--; no, porque San
Agustn no bebera sidra ni refutara tan mal argumentos como los de su
padre. No importaba, el clrigo tena razn y eso bastaba; deca grandes
verdades sin saberlo. Don Carlos en aquel momento se puso a defender a
los maniqueos.

--Menos absurdo me parece creer en un Dios bueno y otro malo, que creer
en Jehov Elom que era un dspota, un dictador, un polaco.

Su padre era maniqueo! Buenos pona a los maniqueos San Agustn, que
tambin haba credo errores as. Pero su padre llegara a convertirse;
como ella, que tena lleno el corazn de amor para todos y de fe en Dios
y en el santo obispo de Hiponax.

Despus, buscando en la biblioteca, hall el _Genio del Cristianismo_,
que fue una revelacin para ella. Probar la religin por la belleza, le
pareci la mejor ocurrencia del mundo. Si su razn se resista a los
argumentos de Chateaubriand, pronto la fantasa se declaraba vencida y
con ella el albedro.

--Valiente mequetrefe era el seor Chateaubriand, segn don Carlos. l
tena sus obras porque el estilo no era malo.--Se hablaba muy mal de
Chateaubriand por aquel tiempo en todas partes. Despus ley Ana _Los
Mrtires_. Ella hubiera sido de buen grado Cimodocea, su padre poda
pasar por un Demodoco bastante regular, sobre todo despus de su viaje a
Italia que le haba hecho pagano. Pero Eudoro? dnde estaba Eudoro?
Pens en Germn. Qu habra sido de l?

Difcil le fue encontrar entre los libros de su padre otros que
hablasen, para bien se entiende, de religin. Un tomo del _Parnaso
Espaol_ estaba consagrado a la poesa religiosa. Los ms eran versos
pesados, obscuros, pero entre ellos vio algunos que le hicieron mejor
impresin que el mismo Chateaubriand. Unas quintillas de Fray Luis de
Len comenzaban as:

        Si quieres, como algn da,
        alabar rubios cabellos,
        alaba los de Mara,
        ms dorados y ms bellos
        que el sol claro al medioda.

El poeta eclesistico que olvidaba otros cabellos para alabar los de
Mara, le pareci sublime en su ternura; aquellos cinco versos
despertaron en el corazn de Ana lo que puede llamarse el _sentimiento
de la Virgen_, porque no se parece a ningn otro. Y aquella fue su
locura de amor religioso.

Mara, adems de Reina de los Cielos, era una Madre, la de los
afligidos. Aunque se le hubiese presentado no hubiera tenido miedo. La
devocin de la Virgen entr con ms fuerza que la de San Agustn y la de
Chateaubriand en el corazn de aquella nia que se estaba convirtiendo
en mujer. El Ave Mara y la Salve adquirieron para ella nuevo sentido.
Rezaba sin cesar. Pero no bastaba aquello, quera ms, quera inventar
ella misma oraciones.

Don Carlos tena tambin el _Cantar de los cantares_, en la versin
potica de San Juan de la Cruz. Estaba entre los libros prohibidos para
Anita.

--A m no me la dan--deca don Carlos guiando un ojo--; esta _amada_
podr ser la Iglesia, pero... yo no me fo... no me fo....

Y disparataba sin conciencia; porque l, incapaz de calumniar a sus
semejantes, cuando se trataba de santos y curas crea que no estaba de
ms.

Ana ley los versos de San Juan y entonces sinti la lengua expedita
para improvisar oraciones; las recitaba en verso en sus paseos
solitarios por el monte de Loreto que ola a tomillo y caa a pico sobre
el mar.

Versos _a lo San Juan_, como se deca ella, le salan a borbotones del
alma, hechos de una pieza, sencillos, dulces y apasionados; y hablaba
con la Virgen de aquella manera.

Notaba Anita, excitada, nerviosa--y senta un dolor extrao en la cabeza
al notarlo--una misteriosa analoga entre los versos de San Juan y
aquella fragancia del tomillo que ella pisaba al subir por el monte.

Verdad era que de algn tiempo a aquella parte su pensamiento, sin que
ella quisiese, buscaba y encontraba secretas relaciones entre las cosas,
y por todas senta un cario melanclico que acababa por ser una jaqueca
aguda.

Una tarde de otoo, despus de admitir una copa de cumn que su padre
quiso que bebiera detrs del caf, Anita sali sola, con el proyecto de
empezar a escribir un libro, all arriba, en la hondonada de los pinos
que ella conoca bien; era _una obra_ que das antes haba imaginado,
una coleccin de poesas A la Virgen.

Don Carlos le permita pasear sin compaa cuando suba al monte de los
tomillares por la puerta del jardn; por all no poda verla nadie, y al
monte no se suba ms que a buscar lea.

Aquel da su paseo fue ms largo que otras veces. La cuesta era ardua,
el camino como de cabras; pavorosos acantilados a la derecha caan a
pico sobre el mar, que deshaca su clera en espuma con bramidos que
llegaban a lo alto como ruidos subterrneos. A la izquierda los
tomillares acompaaban el camino hasta la cumbre, coronada por pinos
entre cuyas ramas el viento imitaba como un eco la queja inextinguible
del ocano. Ana suba a paso largo. El esfuerzo que exiga la cuesta la
excitaba; se senta calenturienta; de sus mejillas, entonces siempre
heladas, brotaba fuego, como en lejanos das. Suba con una ansiedad
apasionada, como si fuera camino del cielo por la cuesta arriba.

Despus de un recodo de la senda que segua, Ana vio de repente nuevo
panorama; Loreto qued invisible. Enfrente estaba el mar, que antes oa
sin verlo; el mar, mucho mayor que visto desde el puerto, ms pacfico,
ms solemne; desde all las olas no parecan sacudidas violentas de una
fiera enjaulada, sino el ritmo de una cancin sublime, vibraciones de
placas sonoras, iguales, simtricas, que iban de Oriente a Occidente. En
los ltimos trminos del ocaso columbraba un anfiteatro de montaas que
parecan escala de gigantes para ascender al cielo; nubes y cumbres se
confundan, y se mandaban reflejados sus colores. En lo ms alto de
aquel _cumulus_ de piedra azulada Ana divis un punto; saba que era un
santuario. All estaba la Virgen. En aquel momento todos los celajes del
ocaso se rasgaban brotando luz de sus entraas para formar una aureola
a la Madre de Dios, que tena en aquella cima su templo. La puesta del
sol era una apoteosis. Las velas de las lanchas de Loreto, hundidas en
la sombra del monte, all abajo, parecan palomas que volaban sobre las
aguas.

Al fin lleg Ana a la _hondonada de los pinos_. Era una caada entre dos
lomas bajas coronadas de arbustos y con algunos ejemplares muy lucidos
del rbol que le daba nombre. El cauce de un torrente seco dejaba ver su
fondo de piedra blanquecina en medio de la caada; un pjaro, que a la
nia se le antoj ruiseor, cantaba escondido en los arbustos de la loma
de poniente. Ana se sent sobre una piedra cerca del cauce seco. Se
crea en el desierto. No haba all ruido que recordara al hombre. El
mar, que ya no vea ella, volva a sonar como murmullo subterrneo; los
pinos sonaban como el mar y el pjaro como un ruiseor. Estaba segura de
su soledad. Abri un libro de memorias, lo puso en sus rodillas, y
escribi con lpiz en la primera pgina: A la Virgen.

Medit, esperando la inspiracin sagrada.

Antes de escribir dej hablar al pensamiento.

Cuando el lpiz traz el primer verso, ya estaba terminada, dentro del
alma, la primera estancia. Sigui el lpiz corriendo sobre el papel,
pero siempre el alma iba ms deprisa; los versos engendraban los versos,
como un beso provoca ciento; de cada concepto amoroso y rtmico brotaban
enjambres de ideas poticas, que nacan vestidas con todos los colores y
perfumes de aquel decir potico, sencillo, noble, apasionado.

Cuando todava el pensamiento segua dictando a borbotones, tuvo la mano
que renunciar a seguirle, porque el lpiz ya no poda escribir; los
ojos de Ana no vean las letras ni el papel, estaban llenos de lgrimas.
Senta latigazos en las sienes, y en la garganta mano de hierro que
apretaba.

Se puso en pie, quiso hablar, grit; al fin su voz reson en la caada;
call el supuesto ruiseor, y los versos de Ana, recitados como una
oracin entre lgrimas, salieron al viento repetidos por las resonancias
del monte. Llamaba con palabras de fuego a su Madre Celestial. Su propia
voz la entusiasm, sinti escalofros, y ya no pudo hablar: se doblaron
sus rodillas, apoy la frente en la tierra. Un espanto mstico la domin
un momento. No osaba levantar los ojos. Tema estar rodeada de lo
sobrenatural. Una luz ms fuerte que la del sol atravesaba sus prpados
cerrados. Sinti ruido cerca, grit, alz la cabeza despavorida... no
tena duda, una zarza de la loma de enfrente se mova... y con los ojos
abiertos al milagro, vio un pjaro obscuro salir volando de un matorral
y pasar sobre su frente.




--V--


La seorita doa Anunciacin Ozores haba llegado a los cuarenta y siete
aos sin salir de la provincia de Vetusta. Era por consiguiente una gran
molestia, tal vez un peligro, aventurarse a recorrer en veinte horas de
diligencia la carretera de la costa que llegaba hasta Loreto. La
acompaaron en su viaje don Cayetano Ripamiln, cannigo respetable por
su condicin y sus aos, y una antigua criada de los Ozores.

Haba muerto don Carlos de repente, de noche, sin confesin, sin ningn
sacramento. El mdico deca que algn derrame, algn vaso....
Materialismo puro. Doa Anuncia vea la mano de Dios que castiga sin
palo ni piedra. Esto no impidi que durante el viaje manifestase la
seorita de Ozores, vestida de riguroso luto, un dolor apenas mitigado
por la resignacin cristiana.

Ana, la hija de la modista, haba cado en cama; estaba sola, en poder
de criados; no haba ms remedio que ir a recogerla. Ante aquella muerte
concluan las diferencias de familia.

--Muerto el perro se acab la rabia,--haba dicho uno de los nobles de
Vetusta.

Doa Anuncia y don Cayetano encontraron a la joven en peligro de muerte.
Era una fiebre nerviosa; una crisis terrible, haba dicho el mdico; la
enfermedad haba coincidido con ciertas transformaciones propias de la
edad; propias s, pero delante de seoritas no deban explicarse con la
claridad y los pormenores que empleaba el doctor. Don Cayetano poda
orlo todo, pero doa Anuncia hubiera preferido metforas y perfrasis.
El desarrollo contenido, la crtica y misteriosa metamorfosis, la
crislida que se rompe, todo eso estaba bien; pero el mdico aada
unos detalles que doa Anuncia no vacilaba en calificar de groseros.

--Qu gentes trataba mi hermano!--deca poniendo los ojos en blanco.

Quince das haba vivido sola en poder de criados aquella pobre nia,
hurfana y enferma, pues doa Anuncia no se decidi a emprender el viaje
de las veinte horas hasta que se le pidi esta obra de caridad en nombre
de su sobrina moribunda. Ana estaba ya enferma cuando la sobrecogi la
catstrofe. Su enfermedad era melanclica; senta tristezas que no se
explicaba. La prdida de su padre la asust ms que la afligi al
principio. No lloraba; pasaba el da temblando de fro en una
somnolencia poblada de pensamientos disparatados. Sinti un egosmo
horrible lleno de remordimientos. Ms que la muerte de su padre le dola
entonces su abandono, que la aterraba. Todo su valor desapareci; se
sinti esclava de los dems. No bastaba la fuerza de sufrir en silencio,
ni el refugiarse en la vida interior; necesitaba del mundo, un asilo.
Saba que estaba muy pobre. Su padre, pocos meses antes de morir, haba
vendido a vil precio a sus hermanas el palacio de Vetusta. Aquel era el
ltimo resto de su herencia. El producto de tan mala venta haba servido
para pagar deudas antiguas. Pero quedaban otras. La misma quinta estaba
hipotecada y su valor no poda sacar a nadie de apuros. En manos del
filsofo no haba hecho ms que ir perdiendo.

--Es decir, que estoy casi en la miseria.

Sus derechos de orfandad, que le dijeron que seran una ayuda irrisoria,
poco ms que nada, tardara en cobrarlos; no tena quien le explicase
cmo y dnde se pedan. Estaba sola, completamente sola; qu iba a ser
de ella? Los amigos del filsofo no le sirvieron de nada. No saban ms
que discutir. El capelln no apareci por all; la muerte repentina de
don Carlos ola un poco a azufre.

Un da, tres o cuatro despus de enterrado su padre, Ana quiso
levantarse y no pudo. El lecho la sujetaba con brazos invisibles. La
noche anterior se haba dormido con los dientes apretados y temblando de
fro. Haba querido escribir a sus tas de Vetusta y no haba podido
coordinar las palabras; hasta dudaba de su ortografa.

Tuvo pesadillas, y aunque hizo esfuerzos para no declararse enferma, el
mal pudo ms, la rindi. El mdico habl de fiebre, de grandes cuidados
necesarios; le hizo preguntas a que ella no saba ni quera contestar.
Estaba sola y era absurdo. El doctor dijo que no tena con quien
entenderse; aadi pestes de la incuria de los criados.

--La dejarn a usted morir, hija ma.

Ana dio gritos, se asust mucho, se sinti muy cobarde; llorando y con
las manos en cruz pidi que llamaran a sus tas, unas hermanas de su
padre que vivan en Vetusta y que tena entendido que eran muy buenas
cristianas.

Las tas sentan un vago remordimiento por la compra del casern.
Comprendan que vala ms, mucho ms de lo que haban pagado por l,
abusando de la situacin apurada de don Carlos, que adems era un
aturdido en materia de intereses. l, que haba renegado de la fe de
los Ozores!--Por no ser vctima de una mixtificacin.

Se presentaba ocasin de tranquilizar la conciencia amparando a la
desventurada hija del hermano de sus pecados.

Doa Anuncia pudo apreciar mejor la grandeza de su buena obra cuando vio
que Ana estaba en la calle o poco menos. La quinta que ellas haban
imaginado digna de un Ozores, aunque fuese extraviado, era una casa de
aldea muy pintada, pero sin valor, con una huerta de medianas
utilidades. Y adems estaba sujeta a una deuda que mal se podra enjugar
con lo que ella vala. Estaba fresca Anita. Ni rico haba sabido hacerse
el infeliz ateo. Perder el alma y el cuerpo, el cielo y la tierra!
Negocio redondo. Pero, en fin, a lo hecho pecho.

Haba echado sobre sus hombros una carga bien pesada: mas quin no
tiene su cruz?

Ana tard un mes en dejar el lecho.

Pero doa Anuncia se aburra en Loreto, donde no haba sociedad; y el
viaje, la vuelta a Vetusta, se precipit contra los consejos del
mediquillo grosero, que prodigaba los trminos tcnicos ms
transparentes.

En cuanto llegaron a Vetusta, la hurfana tuvo un retraso en su
convalecencia, segn el mdico de la casa, que era comedido y no
llamaba las cosas por su nombre.

El retraso fue otra fiebre en que la vida de Ana peligr de nuevo.

Las seoritas de Ozores y la nobleza de Vetusta suspendieron el juicio
que iba a merecerles la hija de don Carlos y de la modista italiana
hasta poder reunir datos suficientes. Mientras la joven estuvo entre la
vida y la muerte, doa Anuncia encontr irreprochable su conducta.

En honor de la verdad, nada haba que decir contra su educacin ni
contra su carcter: haca muy buena enferma. No peda nada; tomaba todo
lo que le daban, y si se le preguntaba:

--Cmo ests, Anita?

--Algo mejor, seora--contestaba la joven siempre que poda.

Otras veces no contestaba porque le faltaban fuerzas para hablar. Y a
veces no oa siquiera.

Durante la nueva convalecencia no fue impertinente.

No se quejaba; todo estaba bien; no se permita excesos.

En el crculo aristocrtico de Vetusta, a que pertenecan naturalmente
las seoritas de Ozores, no se hablaba ms que de la abnegacin de estas
santas mujeres.

Glocester, o sea don Restituto Mourelo, cannigo raso a la sazn, deca
con voz meliflua y misteriosa en la tertulia del marqus de Vegallana:

--Seores, esta es la virtud antigua; no esa falsa y grrula filantropa
moderna. Las seoritas de Ozores estn llevando a cabo una obra de
caridad que, si quisiramos analizarla detenidamente, nos dara por
resultado una larga serie de buenas acciones. No slo se trata de echar
sobre s la enorme carga de mantener, y creo que hasta vestir y calzar,
a una persona que las sobrevivir, segn todas las probabilidades, carga
que es de por vida o vitalicia por consiguiente; sino que adems esa
joven representa una abdicacin, que me abstengo de calificar, una
abdicacin de su seor padre....

--Una abdicacin abominable--se atrevi a decir un barn tronado.

--Abominable--aadi Glocester inclinndose--. Representa una alianza
nefasta en que la sangre, a todas luces azul, de los Ozores, se mezcl
en mal hora con sangre plebeya; y lo que es lo peor... segn todos
sabemos, representa esa nia la poco meticulosa moralidad de su madre,
de su infausta....

--S, seor--interrumpi la marquesa de Vegallana, que no toleraba los
discursos de Glocester--; s seor, su madre era una perdida, corriente;
pero la chica se presenta bien, segn dicen sus tas; es muy dcil y muy
callada.

--Ya lo creo que calla; como que no puede hablar an de pura debilidad.

Esto lo dijo el mdico de la aristocracia, don Robustiano, que asista a
Anita.

Aquella noche se acord en la tertulia acoger a la hija de don Carlos
como una Ozores, descendiente de la mejor nobleza. No se hablara para
nada de su madre; esto quedaba prohibido, pero ella sera considerada
como sobrina de quien tantos elogios mereca.

Gran consuelo recibieron doa Anuncia y doa gueda al saber por el
mdico esta resolucin de la nobleza vetustense.

Ana estaba muchas horas sola. Sus tas tenan costumbre de
trabajar--hacer calceta y colcha--en el comedor; la alcoba de la
sobrina estaba al otro extremo de la casa.

Adems, las ilustres damas pasaban mucho tiempo fuera del triste casern
de sus mayores. Visitaban a lo mejor de Vetusta, sin contar la visita al
Santsimo y la Vela, que les tocaba una vez por semana. Asistan a todas
las novenas, a todos los sermones, a todas las cofradas, y a todas las
tertulias de buen tono. Coman dos o tres veces por semana fuera de
casa. Lo ms del tiempo lo empleaban en pagar visitas. Esta era la
ocupacin a que daban ms importancia entre todas las de su atareada
existencia. No pagar una visita _de clase_, les pareca el mayor crimen
que se poda cometer en una sociedad civilizada. Amaban la religin,
porque ste era un timbre de su nobleza, pero no eran muy devotas; en su
corazn el culto principal era el de la clase, y si hubieran sido
incompatibles la Visita a la Corte de Mara y la tertulia de Vegallana,
Mara Santsima, en su inmensa bondad, hubiera perdonado, pero ellas
hubieran asistido a la tertulia.

La etiqueta, segn se entenda en Vetusta, era la ley por que se
gobernaba el mundo; a ella se deba la armona celeste.

Suprimida la etiqueta, las estrellas chocaran y se aplastaran
probablemente. Qu saba de estas cosas la sobrinita? Esta era la
cuestin. Las miradas de doa gueda, algo ms gruesa, ms joven y ms
bondadosa que su hermana, iban cargadas de estas preguntas cuando se
clavaban en Anita al darle un caldo.

La hurfana sonrea siempre; daba las gracias siempre. Estaba conforme
con todo. Las tas vean con impaciencia que se prolongaba aquel estado.
La nia no acababa de sanar, ni recaa; no se presentaba ninguna
solucin. Adems, as no se poda conocer su verdadero carcter. Aquella
sumisin absoluta poda ser efecto de la enfermedad. Don Robustiano dijo
que eso era.

Una tarde, tal vez creyendo que dorma la sobrinilla o sin recordar que
estaba cerca, en el gabinete contiguo a su alcoba hablaron las dos
hermanas de un asunto muy importante.

--Estoy temblando, a qu no sabes por qu?--deca doa Anuncia.

--Si ser por lo mismo que a m me preocupa?

--Qu es?--Si esa chica...--Si aquella vergenza...--Eso!--Te
acuerdas de la carta del aya?

--Como que yo la conservo.--Tena la chiquilla doce o catorce aos,
verdad?

--Algo menos, pero peor todava.

--Y t crees... que...--Bah! Pues claro.--Si ser una Obdulita?

--O una Tarsilita. Te acuerdas de Tarsila que tuvo aquel lance con
aquel cadete, y despus con Alvarito Mesa no s qu amoros?

--Todo era inocencia--decan los bobalicones de aqu.

--Pues mira la inocencia; creo que en Madrid tiene as los amantes
(juntando y separando los dedos.)

--Si es claro, si genio y figura...--Cuando falta una base firme...
--Si sabr una!...--Pues, Obdulita? Ya ves lo que se dijo el ao
pasado; despus se neg, se asegur que era una calumnia...--A m,
que soy tambor de marina!

--Si sabr una!--Si una hubiera querido! Y suspir esta seorita de
Ozores. Suspir su hermana tambin.

Ana que descansaba, vestida, sobre su pobre lecho, salt de l a las
primeras palabras de aquella conversacin. Plida como una muerta, con
dos lgrimas heladas en los prpados, con las manos flacas en cruz, oy
todo el dilogo de sus tas.

No hablaban a solas como delante de los seores _de clase_; no eran
prudentes, no eran comedidas, no rebuscaban las frases. Doa Anuncia
deca palabras que la hubieran escandalizado en labios ajenos. La
conversacin tard en volver al pecado de Ana, a la vergenza de que les
hablaba la carta de doa Camila. La hurfana oa, desde su alcoba,
historias que sublevaban su pudor, que le enseaban mil desnudeces que
no haba visto en los libros de Mitologa. Pero aquellas mujeres ya se
haban olvidado de ella. Tarsila, Obdulia, Visitacin, otro pimpollo que
se escapaba por el balcn en compaa de su novio, la misma marquesa de
Vegallana, sus hijas, sus sobrinas de la aldea, todo Vetusta, la de
clase inclusive, sala all a la vergenza, en aquella venganza
solitaria de las dos seoritas incasables de Ozores. En aquel mundo de
flaquezas, de escndalos, quin recordaba ya la aventura, poco conocida
al cabo, de la sobrinilla enferma?

Volvieron sin embargo las solteronas al punto de partida; segn ellas,
se trataba de un marinero que haba abusado de la inocencia o de la
precocidad de la nia. Se discuti, como en el casino de Loreto, la
verosimilitud del delito desde el punto de vista fisiolgico. Hablaron
aquellas seoritas como dos comadronas matriculadas. Qu riqueza de
datos! Qu empirismo tan provisto de documentos! Doa Anuncia tena la
boca llena de agua. Buscaba a cada momento el recipiente de porcelana
que estaba a los pies de su butaca.

En cuanto a la moral, tampoco era el caso grave, porque en Vetusta
nadie deba de saber nada. Lo malo sera que aquella muchacha hubiera
seguido con vida tan disoluta. Pero no haba motivo para creerlo. Nada
ms haban sabido que la condenase. Sobre todo, pronto se haba de ver.

Ana, que tuvo valor para sufrir hasta la ltima palabra, comprendi que
sus tas lo perdonaban todo menos las apariencias: que con tal de ser en
adelante como ellas, se olvidaba lo pasado, fuese como fuese. Cmo eran
ellas ya lo iba conociendo. Pero estudiara ms.

Haba habido algunos minutos de silencio.

Doa gueda lo rompi diciendo:

--Y yo creo que la chica, si se repone, va a ser guapa.

--Creo que era algo raqutica, por lo menos estaba poco desarrollada....

--Eso no importa; as fu yo, y despus que...--Ana sinti brasas en las
mejillas--empec a engordar, a comer bien y me puse como un rollo de
manteca.

Y suspir otra vez doa gueda, acordndose del rollo que haba sido.

Doa Anuncia haba tenido sus motivos para no engordar: unos amores
romnticos rabiosos. De aquellos amores le haban quedado varias
canciones a la luna, en una especie de canto llano que ella misma
acompaaba con la guitarra. Una de las canciones comenzaba diciendo:

        Esa luna que brilla en el cielo
        melanclicamente me inspira:
        es el ltimo son de mi lira
        que por ltima vez reson.

Se trataba de un condenado a muerte.

El bello ideal de doa Anuncia haba sido siempre un viaje a Venecia con
un amante; pero una vez que el siglo estaba _metalizado_ y las muchachas
no saban enamorarse, ella quera utilizar, si era posible, la hermosura
de Ana, que si se alimentaba bien sera guapa como su padre y todos los
Ozores, pues lo traan de raza. S, era preciso darle bien de comer,
engordarla. Despus se le buscaba un novio. Empresa difcil, pero no
imposible. En un noble no haba que pensar. Estos eran muy finos, muy
galantes con las de su clase, pero si no tenan dote se casaban con las
hijas de los americanos y de los pasiegos ricos. Lo saban ellas por una
dolorosa experiencia. Los chicos _innobles_, que pudiera decirse, de
Vetusta, no eran grandes proporciones; pero aunque se quisiera
apencar--apencar deca doa gueda en el seno de la confianza--, con
algn abogadote, ninguno de aquellos bobalicones se atrevera a enamorar
a una Ozores, aunque se muriese por ella. La nica esperanza era un
americano. Los indianos deseaban ms la nobleza y se atrevan ms,
confiaban en el prestigio de su dinero. Se buscara por consiguiente un
americano. Lo primero era que la chica sanase y engordase.

Ana comprendi su obligacin inmediata; sanar pronto.

La convalecencia iba siendo impertinente. Toda su voluntad la emple en
procurar cuanto antes la salud.

Desde el da en que el mdico dijo que el comer bien era ya oportuno,
ella, con lgrimas en los ojos, comi cuanto pudo. A no haber odo
aquella conversacin de las tas, la pobre hurfana no se hubiera
atrevido a comer mucho, aunque tuviera apetito, por no aumentar el peso
de aquella carga: ella. Pero ya saba a qu atenerse. Queran engordarla
como una vaca que ha de ir al mercado. Era preciso devorar, aunque
costase un poco de llanto al principio el pasar los bocados.

La naturaleza vino pronto en ayuda de aquel esfuerzo terrible de la
voluntad. Ana quera fuerzas, salud, colores, carne, hermosura, quera
poder librar pronto a sus tas de su presencia. El cuidarse mucho, el
alimentarse bien le pareci entonces el deber supremo. El estado de su
nimo no contradeca estos propsitos.

Aquellos accesos de religiosidad que ella haba credo revelacin
providencial de una vocacin verdadera, haban desaparecido. Ellos
determinaron la crisis violenta que puso en peligro la vida de Ana, pero
al volver la salud no volvieron con ella: la sangre nueva no los traa.

En los insomnios, en las exaltaciones nerviosas, que tocaban en el
delirio, las visiones msticas, las intuiciones poderosas de la fe, los
enternecimientos repentinos le haban servido de consuelo unas veces y
de tormento otras. Haba notado con tristeza que aquella fe suya era
demasiado vaga; crea mucho y no saba a punto fijo en qu; su desgracia
ms grande, la muerte de su padre, no haba tenido consuelo tan fuerte
como ella lo esperaba en la piedad que haba credo tan firme y tan
honda, aunque tan nueva. Para aquella ausencia, para la necesidad que
senta de creer que vera a su padre en otro mundo, servale sin embargo
la religin; pero muy poco para consuelo de los propios males, para
remediar las angustias del egosmo asustado, de los apuros del momento
que nacan de la soledad y la pobreza. El pnico de su abandono, que fue
el sentimiento que venci a todos, no lo curaba la fe.

--La Virgen est conmigo--pensaba Ana en el lecho, all en Loreto, y
acababa por llorar, por rezar fervorosamente y sentir sobre su cabeza
las caricias de la mano invisible de Dios; pero sobrevena un ataque
nervioso, senta la congoja de la soledad, de la frialdad ambiente, del
abandono sordo y mudo, y entonces las imgenes msticas no acudan.
Haca falta un amparo visible. Por eso pens en sus tas a quien no
conoca, de las que saba poco bueno, y dese su presencia, crey
firmemente en la fuerza de la sangre, en los lazos de la familia.

Durante la convalecencia de la primera fiebre, las primeras fuerzas que
tuvo las gast el cerebro imaginando poemas, novelas, dramas y poesas
sueltas. Comenzaba este componer constante, este imaginar sin tregua por
ser agradable entretenimiento y adems halagaba su vanidad; pero al fin
era un tormento. Todo lo que imaginaba le pareca excelente, y al
contemplar la belleza que acababa de crear, la admiraba tanto que
lloraba enternecida, lloraba lo mismo que cuando pensaba en el amor del
Nio Jess y de su Santa Madre. En algunos momentos de reflexin serena
examinaba con disgusto la semejanza de aquellas dos emociones. Tan
profunda y sinceramente enternecida se senta al contemplar la belleza
artstica que ella creaba, como contemplando la hermosura de la idea de
Dios. Sera que uno y otro sentimiento eran religiosos? O era que en
la vanidad, en el egosmo estaba la causa de aquel enternecimiento? De
todas suertes ella padeca mucho. Se le figuraba que toda la vida se le
haba subido a la cabeza; que el estmago era una mquina parada, y el
cerebro un horno en que arda todo lo que ella era por dentro. El pensar
sin querer, contra su voluntad, algo complicado, original, delicado,
exquisito, lleg a causarle nuseas, y se le antoj envidiar a los
animales, a las plantas, a las piedras.

En la convalecencia de la segunda fiebre, en Vetusta, volvi esta
actividad indomable del pensamiento a molestarla; pero poco despus de
comenzar a comer bien, mediante aquellos esfuerzos supremos, not que
unas ruedas que le daban vueltas dentro del crneo se movan ms
despacio y con armnico movimiento. Ya no imaginaba tantos hroes y
heronas, y los que le quedaban en la cabeza eran menos fantsticos, sus
sentimientos menos alambicados, y se complaca en describir su belleza
exterior; los colocaba en parajes deliciosos y pintorescos y acababan
todas las aventuras en batallas o en escenas de amor.

Al despertar todas las maanas se sorprenda Anita con una sonrisa en el
alma y una plcida pereza en el cuerpo. Las tas le permitan levantarse
tarde, y gozaba con delicia de aquellas horas. Para ella su lecho no
estaba ya en aquel casern de sus mayores, ni en Vetusta, ni en la
tierra; estaba flotando en el aire, no saba dnde. Ella se dejaba
columpiar dentro de la blanda barquilla en aquel navegar areo de sus
ensueos.... Y mientras los personajes de su fantasa se decan ternezas,
ella les preparaba un suculento almuerzo en un jardn de fragancias
pursimas y penetrantes. Ana aspiraba con placer voluptuoso los aromas
ideales de sus visiones turgentes.

Algunas veces, por desgracia, el prncipe ruso vestido con pieles finas
o el noble escocs que luca torneada y robusta pantorrilla con media de
cuadros brillantes, se convertan de repente en un caballero enfermo del
hgado, plido, delgado, tocado con sombrero de jipijapa, que se
despeda de la seora de sus pensamientos diciendo:

--Adiosito. Ahorita vuelvo,--con un balanceo de hamaca en los
diminutivos. Era el indiano que vean en lontananza ella y las tas.

Doa gueda era muy buena cocinera; conoca el empirismo del arte, y
adems lo profesaba por principios. Saba de memoria _El Cocinero
Europeo_, un libro que contiene el arte de confeccionar todos los
platos de las cocinas inglesa, francesa, italiana, espaola y otras.
Pero sala por un ojo de la cara el guisar como el _Europeo_, segn doa
gueda. Cuando se trataba de una gran comida o merienda de la
aristocracia, ella diriga las operaciones en la cocina del marqus de
Vegallana y entonces recurra al _Europeo_. En su casa haba muy poco
dinero y all se contentaba con las recetas que heredara de sus mayores.
Maravillas y primores de la cocina casera comi Anita en cuanto el
estmago pudo tolerarlas. Doa gueda con unos ojos dulzones,
intilmente grandes, que nadie haba querido para s, miraba extasiada a
la convaleciente que iba engordando a ojos vistas, segn las de Ozores.
Mientras la joven saboreaba aquellos manjares tributando un elogio a la
cocinera a cada bocado, doa gueda, satisfecha en lo ms profundo de su
vanidad, pasaba la mano pequea y regordeta con dedos como chorizos
llenos de sortijas, por el cabello ondeado entre rubio y castao de la
sobrinita de sus pecados, como ella deca. El artista y su obra se
dedicaban mutuas sonrisas entre plato y plato.

Doa Anuncia no cocinaba, pero iba a la compra con la criada y traa lo
mejor de lo ms barato. Ayudbala a comprar bien un antiguo catedrtico
de psicologa, lgica y tica, gran partidario de la escuela escocesa y
de los embutidos caseros. No se fiaba mucho ni del testimonio de sus
sentidos ni de las longanizas de la plaza. Era muy amigo de doa Anuncia
y la ayudaba a regatear.

La solterona despus del mercado recorra las casas de la nobleza para
pregonar aquel exceso de caridad con que ella y su hermana daban ejemplo
al mundo.

--Si ustedes la vieran--deca--est desconocida; se la ve engordar.
Parece un globo que se va hinchando poco a poco. Verdad es que aquella
gueda tiene unas manos.... En fin, ustedes saben por experiencia cmo
guisa mi hermanita. Yo me desvivo por la nia. En casa no entendemos la
caridad a medias. Todos los das se ve recoger a un pariente pobre,
para qu? para ahorrar un criado o una doncella; se le arroja un
mendrugo y no se le paga soldada. Pero nosotras entendemos la caridad de
otro modo. En fin, ustedes vern a la nia. Y que va a ser guapa. Ya
vern ustedes.

En efecto, la nobleza iba en romera a ver el prodigio, a ver engordar a
la nia.

El elemento masculino not mucho antes que el femenino la extraordinaria
belleza de Anita. Pocos meses despus de la fiebre, Ana haba crecido
milagrosamente, sus formas haban tomado una amplitud armnica que tena
orgullosa a la nobleza vetustense. La verdad era que el tipo
aristocrtico no se perda, pese a la chusma que no quiere clases.
Aquella nia en cuanto la haban separado de una vida vulgar, en poder
de un padre extraviado y liberalote, y la haban alimentado bien, haba
recobrado el tipo de la raza. Se vot por unanimidad que era
hermossima. La plebe opinaba lo mismo que la nobleza, y la clase media
era de igual parecer. En poco tiempo se consolid la fama de aquella
hermosura y Anita Ozores fue por aclamacin la muchacha ms bonita del
pueblo. Cuando llegaba un forastero, se le enseaba la torre de la
catedral, el Paseo de Verano, y, si era posible, la sobrina de las de
Ozores. Eran las tres maravillas de la poblacin.

Doa gueda agradeca este triunfo como Fidias pudiera haber agradecido
la admiracin que el mundo tribut a su Minerva.

--Es una estatua griega!--haba dicho la marquesa de Vegallana, que se
figuraba las estatuas griegas segn la idea que le haba dado un
adorador suyo, amante de las formas abultadas.

--Es la Venus _del Nilo_!--deca con embeleso un pollastre llamado
Ronzal, alias el Estudiante.

--Ms bien que la de Milo la de Mdicis--rectificaba el joven y ya sabio
Saturnino Bermdez, que saba lo que quera decir, o poco menos.

--Es _un_ Fidias!--exclamaba el marqus de Vegallana, que haba viajado
y recordaba que se deca: un Zurbarn, un Murillo, etc., etc.,
tratndose de cuadros.

Y Bermdez se atreva a rectificar tambin:

--En mi opinin ms parece de Praxteles.

El marqus se encoga de hombros.

--Sea Praxteles. Las seoras eran las que podan juzgar mejor, porque
muchas de ellas haban conseguido ver a Anita como se ven las estatuas.
No saban si era _un_ Fidias o _un_ Praxteles, pero s que era una real
moza; un _bijou_, deca la baronesa tronada que haba estado ocho das
en la Exposicin de Pars.

Su belleza salv a la hurfana. Se la admiti sin reparo en _la clase_,
en la intimidad de la clase por su hermosura. Nadie se acordaba de la
modista italiana.--Tampoco Ana deba mentarla siquiera, segn orden
expresa de las tas--. Se haba olvidado todo, incluso el republicanismo
del padre, todo: era un perdn general. Ana era de la clase; la honraba
con su hermosura, como un caballo de sangre y de piel de seda honra la
caballeriza y hasta la casa de un potentado.

Las seoritas nobles no envidiaban mucho a Anita, porque era pobre. Para
ellas la hermosura era cosa secundaria; daban ms valor a la dote y a
los vestidos, y crean que las proporciones--los novios
aceptables--haran lo mismo. Saban a qu atenerse. En las tertulias, en
los bailes, en las excursiones campestres no le faltaran a _la sobrina_
adoradores; los muchachos de la aristocracia eran casi todos libertinos
ms o menos disimulados; les atraera la hermosura de Ana, pero no se
casaran con ella. Cada nia aristcrata no necesitaba ms cuidado que
prohibir a su novio formal--el futuro esposo--_hacer el amor_ a la
hurfana, a lo menos en presencia de su futura. Si Anita se descuidaba,
pensaban las herederas, poda verse comprometida sin ninguna utilidad.
Dentro de la nobleza no era probable que se casara. Los nobles ricos
buscaban a las aristcratas ricas, sus iguales; los nobles pobres
buscaban su acomodo en la parte nueva de Vetusta, en la Colonia india,
como llamaban al barrio de los americanos los aristcratas. Un indiano
plebeyo, un _vespucio_--como tambin los apellidaban--pagaba caro el
placer de verse suegro de un ttulo, o de un caballero linajudo por lo
menos.

El clculo de las tas respecto al matrimonio de Ana no se haba
modificado a pesar de la gran hermosura de su sobrina. Por guapa no se
casara con un noble; era preciso abdicar, dejarla casarse con un
ricacho plebeyo. Entre tanto, se necesitaba mucha vigilancia y tener
advertida a la nia.

--En el gran mundo de Vetusta--deca doa Anuncia--es preciso un ten
con ten muy difcil de aprender.

Aunque la explicacin de este equilibrio o ten con ten era un poco
embarazosa, y ms para una seorita que oficialmente deba ignorarlo
todo, y en este caso estaba doa Anuncia, convinieron las hermanas en
que era indispensable dar instrucciones a la chica.

Pocas veces se permita Ana manifestar deseos, gustos o repugnancias, y
menos estas, tratndose de los gustos y predilecciones de sus tas; pero
una noche no pudo menos de expresar su opinin al volver sola de la
tertulia ntima de Vegallana.

--Te has divertido mucho?--pregunt doa Anuncia, que se haba quedado
en el comedor, junto a la gran chimenea, leyendo el folletn de _Las
Novedades_. (Era liberal en materia de folletines.)

--No, seora; no me he divertido. Y no quisiera volver all sin alguna
de ustedes. Cuando voy sola....

--Qu?--exclam doa Anuncia, invitando a su sobrina con el tono spero
de aquel monoslabo a que no profiriese censura de ningn gnero contra
la tertulia de su predileccin.

--Cuando voy sola... me aburren demasiado aquellos caballeritos.

No era esto lo que quera decir. Bien lo comprendi su ta; pero quera
ms claridad y replic:

--Aburren!Aburren! Explquese usted, seorita. Es que le parece poco
fina la sociedad de Vetusta?

Por el usted y la irona comprendi Ana que doa Anuncia se haba
disgustado.

--No es eso, ta; es que hay algunos... muy atrevidos.... No s qu se
figuran. Ustedes no quieren que yo sea obscura, seria, huraa....

--Claro que no...--Pues que no sean ellos atrevidos. Si Obdulia les
consiente ciertas cosas... yo no quiero, yo no quiero.

--Ni yo quiero tampoco que t te compares con Obdulia. Ella es... una
cualquier cosa, que no s cmo la admiten en la tertulia; y por darse
tono, por decir que es ntima de la marquesa y de sus hijas, pasa por
todo. T eres de la clase.

--Es que no slo Obdulia es la que tolera... lo que yo no quiero
tolerar. Las mismas Emma, Pilar y Lola consienten confianzas....

--No me toques a las hijas del marqus!--grit la ta, ponindose en
pie y dejando caer el Werther sobre la rada alfombra.

--Soy una bestia, pens; deb haber callado. Cada vez que faltaba a su
propsito de no contradecir a las tas, senta una especie de
remordimiento, como el del artista que se equivoca.

Entr doa gueda. Haba odo la conversacin desde el gabinete. Las dos
hermanas se miraron. Era llegada la ocasin de explicar lo del ten con
ten.

--Oye, Anita--dijo con voz meliflua la perfecta cocinera--; t eres una
nia; y aunque nosotras poco sabemos del mundo, tenemos alguna
experiencia, por lo que se observa.

--Eso es; por lo que observamos en los dems.

--En el mundo en que has entrado, y al que perteneces de derecho, es
necesario... un ten con ten especial.

--Un ten con ten, eso.--Sobre todo en el trato con los hombres. T
habrs notado que en pblico los de la clase jams faltan a la ms
estricta y meticulosa... eso, decencia.

--Que es lo principal--dijo doa Anuncia, como quien recita el declogo.

--Nunca habrs visto a Manolito, ni a Paquito, ni al baroncito, ni al
vizconde, ni a Mesa, que no es noble, pero anda con ellos, propasarse
en lo ms mnimo.... Pero en el trato ntimo, el que no es ms que de la
clase, ya es otra cosa.

--Otra cosa muy distinta--dijo doa Anuncia, comprendiendo que a ella,
por mayor en edad, le tocaba seguir explicando el ten con ten.

--Como todos somos parientes--continu--de cerca o de lejos, nos
tratamos como tales; y ni porque se te acerquen mucho para hablarte, ni
porque hagan alusiones picarescas, y siempre llenas de gracia, a la
hermosura de tus hombros, a lo torneado de lo poco, poqusimo de
pantorrilla que te hayan visto al bajarte del coche; por nada de eso, ni
aun por algo ms, con tal que no sea mucho, debes asustarte, ni
escandalizarte, ni darte por ofendida.

--De ninguna manera--apoy doa gueda.

--Lo contrario es dar a entender una malicia que no debes tener. Tu
inocencia te sirve para tolerar todo eso.

--As hacen Pilar, Emma y Lola.

--Pero...--Pero, hija...--Pero, si lo que no es de esperar....

--De ninguna manera...--Alguno se propasase a mayores, lo que se llama
mayores, sobre todo, tomndolo en serio y obsequindote (palabra de la
juventud de doa Anuncia), obsequindote en regla, entonces no te fes;
djale decir, pero no te dejes tocar. Al que te proponga amores
formales, no le toleres pellizcos, ni nada que no sea inofensivo.
Escandalizarse es ridculo, es como no saber con qu se come alguna
cosa....

--Es una falta de educacin entre la clase....

--Y tolerar demasiado es exponerse. T no te has de casar con ninguno de
ellos....

--Ni gana, ta--dijo Anita sin poder contenerse, pesndole en seguida de
haberlo dicho.

Doa gueda sonri.

--Eso de la gana te lo guardas para ti--exclam doa Anuncia, puesta en
pie otra vez, y dejando caer el Werther al suelo.

--Eres muy orgullosa--aadi.

--Djala; el que no se consuela....

--Tienes razn; estn verdes. Pero lo que importa es que t no olvides
lo que te digo. Es necesario que dejes antes de entrar en casa de la
marquesa ese aire displicente y ese tonillo seco, porque es una
impertinencia. Lo que est bien, muy bien, y ya ves como lo bueno se te
alaba, es que en pblico mantengas el severo continente que merece no
menos elogios del pblico que tu palmito y buen talle.

--S, hija ma--interrumpi doa gueda--. Es necesario sacar partido
de los dones que el Seor ha prodigado en ti a manos llenas.

Ana se mora de vergenza. Estos elogios eran el mayor martirio. Se
figuraba sacada a pblica subasta. Doa gueda y despus su hermana
trataron con gran espacio el asunto de la cotizacin probable de aquella
hermosura que consideraban obra suya. Para doa gueda la belleza de Ana
era uno de los mejores embutidos; estaba orgullosa de aquella cara, como
pudiera estarlo de una morcilla. Lo dems, lo que se refera a la
esbeltez, lo haba hecho la raza, deca doa Anuncia, que se picaba de
esbelta, porque era delgada.

Al ventilar semejante negocio, el tipo de la trotaconventos de saln,
que slo se diferencia de las otras en que no hace ruido, asomaba a la
figura de aquellas solteronas, como anuncio de vejez de bruja; la
chimenea arrojaba a la pared las sombras contrahechas de aquellas
seoritas, y los movimientos de la llama y los gestos de ellas producan
en la sombra un embrin de aquelarre.

Lo que eran los hombres, y especialmente los indianos, lo que no les
gustaba, la manera de marearlos, lo que haba que conceder antes, lo que
no se haba de tolerar despus, todo esto se discuti por largo, siempre
concluyendo con la protesta de que era hija tanta sabidura de la
observacin en cabeza ajena.

--Por lo dems, ni tu ta gueda ni yo manifestamos nunca aficin al
matrimonio.

As fue como se le explic a la hurfana lo del ten con ten.

Aquella noche llor en su lecho Ana como lloraba bajo el poder de doa
Camila. Pero haba cenado muy bien. Al despertar sinti la deliciosa
pereza que era casi el nico placer en aquella vida. Como entonces ya no
haba motivo para no madrugar y el trabajo la reclamaba en aquella casa
desde muy temprano, procuraba despertar mucho antes de lo necesario para
gozar de aquellos sueos de la maana, rebozada con el dulce calor de
las sbanas.

Uno a uno despreciaba todos los elogios que a su hermosura tributaban
los seoritos nobles y los abogadetes de Vetusta y cuantos la vean;
pero al despertar, como una neblina de incienso bien oliente envolvan
su voluptuoso amanecer del alma aquellas dulces alabanzas de tantos
labios condensadas en una sola, y con deleite saboreaba Ana aquel
perfume. Y como la historia ha de atreverse a decirlo todo, segn manda
Tcito, spase que Anita, casta por vigor del temperamento, encontraba
exquisito deleite en verificar la justicia de aquellas alabanzas. Era
verdad, era hermosa. Comprenda aquellos ardores que con miradas unos,
con palabras misteriosas otros, daban a entender todos los jvenes de
Vetusta. Pero el amor? era aquello el amor? No, eso estaba en un
porvenir lejano todava. Deba de ser demasiado grande, demasiado
hermoso para estar tan cerca de aquella miserable vida que la ahogaba,
entre las necedades y pequeeces que la rodeaban. Acaso el amor no
vendra nunca; pero prefera perderlo a profanarlo. Toda su resignacin
aparente era por dentro un pesimismo invencible: se haba convencido de
que estaba condenada a vivir entre necios; crea en la fuerza superior
de la estupidez general; ella tena razn contra todos, pero estaba
debajo, era la vencida. Adems su miseria, su abandono, la preocupaban
ms que todo; su pensamiento principal era librar a sus tas de aquella
carga, de aquella obra de caridad que cada da pregonaban ms
solemnemente las viejas.

Quera emanciparse; pero cmo? Ella no poda ganarse la vida
trabajando; antes la hubieran asesinado las Ozores; no haba manera
decorosa de salir de all a no ser el matrimonio o el convento.

Pero la devocin de Ana ya estaba calificada y condenada por la
autoridad competente. Las tas, que haban maliciado algo de aquel
misticismo pasajero, se haban burlado de l cruelmente. Adems, la
falsa devocin de la nia vena complicada con el mayor y ms ridculo
defecto que en Vetusta poda tener una seorita: la literatura. Era este
el nico vicio grave que las tas haban descubierto en la joven y ya se
le haba cortado de raz.

Cuando doa Anuncia top en la mesilla de noche de Ana con un cuaderno
de versos, un tintero y una pluma, manifest igual asombro que si
hubiera visto un _rewlver_, una baraja o una botella de aguardiente.
Aquello era una cosa hombruna, un vicio de hombres vulgares, plebeyos.
Si hubiera fumado, no hubiera sido mayor la estupefaccin de aquellas
solteronas. Una Ozores literata!.

--Por all, por all asomaba la oreja de la modista italiana que, en
efecto, deba de haber sido bailarina, como insinuaba doa Camila en su
clebre carta.

El cuaderno de versos se haba presentado a los padres graves de la
aristocracia y del cabildo.

El marqus de Vegallana, a quien sus viajes daban fama de instruido,
declar que los versos eran libres.

Doa Anuncia se volva loca de ira.

--Con que indecentes, libres? Quin lo dijera! La bailarina....

--No, Anuncita, no te alteres. Libres quiere decir blancos, que no
tienen consonantes; cosas que t no entiendes. Por lo dems, los versos
no son malos. Pero ms vale que no los escriba. No he conocido ninguna
literata que fuese mujer de bien.

Lo mismo opin el barn tronado, que haba vivido en Madrid mantenido
por una poetisa traductora de folletines.

El seor Ripamiln, cannigo, dijo que los versos eran regulares, acaso
buenos, pero de una escuela romntico-religiosa que a l le empalagaba.

--Son imitaciones de Lamartine en estilo pseudoclsico; no me gustan,
aunque demuestran gran habilidad en Anita. Adems, las mujeres deben
ocuparse en ms dulces tareas; las musas no escriben, inspiran.

La marquesa de Vegallana, que lea libros escandalosos con singular
deleite, conden los versos por mojigatos. Que no se le mezclase a ella
lo humano con lo divino. En la iglesia como en la iglesia, y en
literatura ancha Castilla. Adems, no le gustaba la poesa; prefera
las novelas en que se pinta todo a lo vivo, y tal como pasa. Si sabra
ella lo que era el mundo! En cuanto a la _sobrinita_, era indudable que
haba que cortarle aquellos arranques de falsa piedad novelesca. Para
ser literata, adems, se necesitaba mucho talento. Ella lo hubiera sido
a vivir en otra atmsfera. Lo que haban visto aquellos ojos!. Y
recordaba unas _Aventuras de una cortesana_, que haba ella proyectado
all en sus verdores, ricos de experiencia.

Tan general y viva fue la protesta del _gran mundo_ de Vetusta contra
los conatos literarios de Ana, que ella misma se crey en ridculo y
engaada por la vanidad.

A solas en su alcoba algunas noches en que la tristeza la atormentaba,
volva a escribir versos, pero los rasgaba en seguida y arrojaba el
papel por el balcn para que sus tas no tropezasen con el cuerpo del
delito. La persecucin en esta materia lleg a tal extremo, tales
disgustos le caus su afn de expresar por escrito sus ideas y sus
penas, que tuvo que renunciar en absoluto a la pluma; se jur a s misma
no ser la literata, aquel ente hbrido y abominable de que se hablaba
en Vetusta como de los monstruos asquerosos y horribles.

Las amiguitas, que haban sabido algo, y nunca tenan qu censurar en
Ana, aprovecharon este flaco para _ponerla en berlina_ delante de los
hombres, y a veces lo consiguieron. No se saba quin--pero se crea que
Obdulia--haba inventado un apodo para Ana. La llamaban sus amigas y los
jvenes desairados _Jorge Sandio_.

Mucho tiempo despus de haber abandonado toda pretensin de poetisa, an
se hablaba delante de ella con maliciosa complacencia de las literatas.
Ana se turbaba, como si se tratase de algn crimen suyo que se hubiera
descubierto.

--En una mujer hermosa es imperdonable el vicio de escribir--deca el
baroncito, clavando los ojos en Ana y creyendo agradarla.

--Y quin se casa con una literata?--deca Vegallana sin mala
intencin--. A m no me gustara que mi mujer tuviese ms talento que
yo.

La marquesa se encoga de hombros. Crea firmemente que su marido era un
idiota. A qu llamarn talento los maridos!--pensaba satisfecha de lo
pasado.

--Yo no quiero que mi mujer se ponga los pantalones--aada el afeminado
baroncito. Y la marquesa, vengando en l lo de su marido, deca:--Pues
hijo mo, sern ustedes un matrimonio _sans-culotte_.

Fuera de estas defensas relativas de la marquesa, era unnime la
opinin: la literata era un absurdo viviente.

--Tenan razn en este punto aquellos necios, lleg a pensar Ana; no
escribira ms. Pero ella se vengaba de las burlas, desprecindolas y
desdeando los obsequios de aquellos que su orgullo tena por majaderos
aristocrticos. Admita el culto que se tributaba a su hermosura, pero
como algunos hombres eminentes desvanecidos, uno por uno despreciaba a
los fieles que se prosternaban ante el dolo. Para ella eran
incompatibles el amor y cualquiera de aquellos nobles audaces antes,
cobardes ya ante su desdn supremo. Era demasiado crdula en cuanto se
refera a las cosas vanas y repugnantes del mundo en que viva; para
tales materias prefera las advertencias de doa Anuncia al propio
criterio. Al principio se le haba figurado que ella, con un poco de
arte, hubiera podido conquistar a cualquiera de aquellos nobles ricos
que se divertan con todas y se casaban con la de mayor dote. Pero le
pareci una indignidad asquerosa semejante idea; ni una sola vez trat
de ensayar sus recursos y prefiri creer a su ta: aquellos aristcratas
interesados no eran maridos posibles. Se acostumbr a esta idea y miraba
a sus amigos y parientes como a los figurines de las sastreras: en
efecto, los vea tan enclenques de espritu que se le antojaban de papel
marquilla.

Los _pollos_ de la aristocracia acabaron por confesar que Ana era una
excepcin; o calculaba ms que sus mismas tas, o era una virtud
efectiva.

--Qu diablo, alguna haba de haber!. Los seductores de la clase
media que anhelaban siempre _meter la cabeza_ en la aristocracia,
declararon lo mismo: Ana era invulnerable.

--Esperar algn prncipe ruso--deca Alvarito Mesa, que viva entre
plebeyos y nobles. Alvarito no haba dicho nunca a Anita: buenos ojos
tienes. Eran dos orgullos paralelos.

Se fue a Madrid Mesa, a cepillar un poco el provincialismo. Dejaba ya
en Vetusta muchas vctimas de su buen talle y arte de enamorar, pero los
mayores estragos pensaba hacerlos a la vuelta.

La tarde en que lvaro tom la diligencia, Ana haba salido a paseo con
sus tas por la carretera de Madrid. Encontraron el coche. lvaro las
vio y salud desde la berlina. Se encontraron los ojos de Ana y de
Mesa. Se miraron como si hasta aquel momento nunca se hubieran visto
bien.

--Buenos ojos--pens el Tenorio--no saba yo a lo que saben, hasta
ahora.

Y continu:--Esa ser una de las primeras.

Ms de una hora fue viendo aquella nube de polvo que pareca de luz y en
medio los ojos de _la sobrina_.

La _sobrina_ tambin llev a casa la imagen de don lvaro entre ceja y
ceja.

Y pensaba:--Ese era de los menos malos. Pareca ms distinguido; y no
era pesado; tena cierta dignidad... era comedido... fro con
elegancia... el menos tonto sin duda.

El pesimismo la hizo repetir muchos das seguidos:

--Se ha ido el menos tonto.

Pero al mes ya no se acordaba de don lvaro; ni don lvaro de Ana en
cuanto lleg a Madrid.--Oh! el convento, el convento; ese era su
recurso ms natural y decoroso. El convento o el americano.

El confesor de Anita, Ripamiln, oy la proposicin de la joven como
quien oye llover.

--Ta, ta, ta, ta!--dijo en voz alta sin pensar que estaba en la
iglesia--. Hija ma, las esposas de Jess no se hacen de tu maderita.
Haz feliz a un cristiano, que bien puedes, y djate de vocaciones
improvisadas. La culpa la tiene el romanticismo con sus dramas
escandalosos de monjitas que se escapan en brazos de trovadores con
plumero y capitanes de forajidos. Has de saber, Anita ma, que yo tengo
para ti un novio, paisano mo. Vulvete a casa, que all ir yo y te
hablar del asunto. Aqu sera una profanacin.

El candidato de Ripamiln era un magistrado, natural de Zaragoza, joven
para oidor y algo maduro, aunque no mucho, para novio. Tena entonces la
seorita doa Ana Ozores diez y nueve aos y el seor don Vctor
Quintanar pasaba de los cuarenta. Pero estaba muy bien conservado. Ana
suplic a don Cayetano que nada dijese a sus tas de aquella proporcin,
hasta que ella tratase algn tiempo a Quintanar; porque si doa Anuncia
saba algo, impondra al novio sin ms examen.

--Nada ms justo; prefiero que estas cosas las resuelva el corazn;
Moratn, mi querido Moratn, nos lo ensea gallardamente en su comedia
inmortal: _El s de las nias_.

Se qued en ello. Quin hubiera dicho a doa Anuncia que aquel novio
soado, que ya empezaba a tardar, pasaba todos los das cerca de ellas,
en el Espoln, el Paseo de invierno, o en la carretera de Madrid, orlada
de altos lamos que se juntaban a lo lejos! Ana haba notado que todas
las tardes se encontraban con don Toms Crespo, el ntimo de la casa, y
un caballero que se la coma con los ojos. Don Toms era una de las
pocas personas a quien ella estimaba de veras, por ver en l prendas
morales raras en Vetusta, a saber: la tolerancia, la alegra expansiva,
y la despreocupacin en materias supersticiosas.

El caballero las miraba de lejos, mientras don Toms se detena a
saludarlas. Aquel seor era Quintanar; el magistrado. Efectivamente, no
estaba mal conservado. Era muy pulcro de traje y de aspecto simptico.

Era _un forastero_, palabra de sentido especial en Vetusta, para las
seoritas de Ozores, que no le haban visto an en ninguna casa _de las
suyas_.

--Es un magistrado--les haba dicho Crespo un da--; un aragons muy
cabal, valiente, gran cazador, muy pundonoroso y gran aficionado de
comedias; representa como Carlos Latorre. Sobre todo en el teatro
antiguo es lo que hay que ver.

Esto era todo lo que las tas saban del novio que se les preparaba a
escondidas.

Una tarde Crespo, enterado de que la nia ya saba algo, sin
encomendarse a Dios ni al diablo, detuvo a las de Ozores en la carretera
de Castilla y les present al seor don Vctor Quintanar, magistrado.
Las acompaaron aquellos seores durante el paseo y hasta dejarlas en el
sombro portal del casern de Ozores. Doa Anuncia ofreci la casa a don
Vctor. Este pensaba que las tas conocan su honesta pretensin, y al
da siguiente, de levita y pantaln negros, visit a las nobles damas.
Ana le trat con mucha amabilidad. Le pareci muy simptico.

La nica persona con quien ella se atreva a hablar algo de lo que le
pasaba por dentro era don Toms Crespo, libre, deca l, de todas las
preocupaciones, inclusive la de no tenerlas, que era de las ms tontas.

Ana observaba mucho. Se crea superior a los que la rodeaban, y pensaba
que deba de haber en otra parte una sociedad que viviese como ella
quisiera vivir y que tuviese sus mismas ideas. Pero entre tanto Vetusta
era su crcel, la necia rutina, un mar de hielo que la tena sujeta,
inmvil. Sus tas, las jvenes aristcratas, las beatas, todo aquello
era ms fuerte que ella; no poda luchar, se renda a discrecin y se
reservaba el derecho a despreciar a su tirano, viviendo de sueos.

Pero Crespo era una excepcin, un amigo verdadero, que entenda a medias
palabras lo que las tas, el barn, etc., etc., no hubieran entendido en
tomos como casas.

A don Toms le llamaban _Frgilis_, porque si se le refera un desliz de
los que suelen castigar los pueblos con hipcritas aspavientos de
moralidad asustadiza, l se encoga de hombros, no por indiferencia,
sino por filosofa, y exclamaba sonriendo:

--Qu quieren ustedes? Somos _frgilis_; como deca el otro.

_Frgilis_ quera decir frgiles. Tal era la divisa de don Toms: la
fragilidad humana.

l mismo haba sido frgil. Haba credo demasiado en las leyes de la
adaptacin al medio. Pero de esto ya se hablar en su da. Ocho aos ms
adelante brillaba en todo su esplendor su noble mana de perdonarlo
todo.

Era sagaz para buscar el bien en el fondo de las almas, y haba
adivinado en Anita tesoros espirituales.

--Mire usted, don Vctor--le deca a su amigo--esa nia merece un rey, y
por lo menos un magistrado que pronto ser Regente, como usted, v. gr.
Figrese usted una mina de oro en un pas donde nadie sabe explotar las
minas de oro; eso es Anita en mi querida Vetusta. En Vetusta lo mejor es
el arbolado.

--Deje usted la flora, don Toms.

--Tiene usted razn, me pierdo.... Deca que Anita es una mujer de primer
orden. Ve usted qu hermoso es su cuerpecito que le tiene a usted hecho
un caramelo? Pues cuando vea usted su alma, se derretir como ese
caramelo puesto al sol. Debo advertir a usted que para m un alma buena
no es ms que un alma sana; la bondad nace de la salud.

--Es usted un poco materialista, pero yo no me enfado. Deca usted que
la nia....

--Soy cuerno! seor mo; y usted dispense. A m no hay que ponerme
motes. Aborrezco los sistemas. Lo que digo es que slo creo en la bondad
que da la naturaleza; a un rbol la salud ha de entrarle por las
races... pues es lo mismo, el alma....

Y segua filosofando para venir a parar en que Anita era la mejor
muchacha de Vetusta.

Crespo, segn l dijo, tom un da por su cuenta a la joven para
recomendarle al seor Quintanar.

Era el nico novio digno de ella. Los cuarenta aos y pico eran como
los de los rboles que duran siglos, una juventud, la primera juventud.
Ms viejo es un perro de diez aos que un cuervo de ciento, si es cierto
que los cuervos duran siglos.

Ana apreciaba en mucho los consejos de Frgilis. Admiti el trato de
Quintanar, pero a beneficio de inventario y con las dems condiciones
que haba impuesto a don Cayetano; no sabran nada las tas. Don Vctor
acept aquella manera de ser pretendiente.--Mire usted--deca
Frgilis--el secretillo es la salsa de estos negocios; la chica picar
ms pronto... ya ver usted como pica....

Ana pasaba el tiempo sin sentir al lado de Quintanar.

Tena ideas puras, nobles, elevadas y hasta poticas.

No se tea las canas, era sencillo, aunque en el lenguaje algo
declamador y altisonante. Este vicio lo deba a los muchos versos de
Lope y Caldern que saba de memoria; le costaba trabajo no hablar como
Sancho Ortiz o don Gutierre Alfonso.

Pero a solas se deca Anita:--No es una temeridad casarse sin amor?
No decan que su vocacin religiosa era falsa, que ella no serva para
esposa de Jess porque no le amaba bastante? Pues si tampoco amaba a don
Vctor, tampoco deba casarse con l.

Consultado Ripamiln, contest:

--Que entre un magistrado, que no es Presidente de Sala siquiera, y el
Salvador del mundo, haba mucha diferencia. No confesaba Anita que le
agradaba don Vctor? S. Pues cada da le encontrara ms gracia.
Mientras que en el convento, la que empieza sin amor acaba desesperada.

Don Cayetano, que saba ponerse serio, llegado el caso, procur
convencer a su amiguita de que su piedad, si era suficiente para una
mujer honrada en el mundo, no bastaba para los sacrificios del claustro.

--Todo aquello de haber llorado de amor leyendo a San Agustn y a San
Juan de la Cruz no vala nada; haba sido cosa de la edad crtica que
atravesaba entonces. En cuanto a Chateaubriand, no haba que hacer caso
de l. Todo eso de hacerse monja sin vocacin, estaba bien para el
teatro; pero en el mundo no haba Manriques ni Tenorios, que escalasen
conventos, a Dios gracias. La verdadera piedad consista en hacer feliz
a tan cumplido y enamorado caballero como el seor Quintanar, su paisano
y amigo.

Ana renunci poco a poco a la idea de ser monja. Su conciencia le
gritaba que no era aqul el sacrificio que ella poda hacer. El claustro
era probablemente lo mismo que Vetusta; no era con Jess con quien iba a
vivir, sino con _hermanas_ ms parecidas de fijo a sus tas que a San
Agustn y a Santa Teresa. Algo se supo en el crculo de la nobleza de
las veleidades msticas de Anita, y las que la haban llamado _Jorge
Sandio_ no se mordieron la lengua y criticaron con mayor crueldad el
nuevo antojo.

Se confesaba que era virtuosa, en cuanto no se le conoca ningn
_trapicheo_; pero esto era poco para creerse con vocacin de santa.

Por ventura las dems eran unas tales?.

--Es guapa, pero orgullosa--deca la baronesa tronada, que tena a su
marido y a su hijo enamorados en vano de la sobrinita.

No fue Ana quien apresur su resolucin, como esperaba Frgilis; fueron
las tas que descubrieron un novio para la nia. El nuevo pretendiente
era el americano deseado y temido, don Frutos Redondo, procedente de
Matanzas con cargamento de millones. Vena dispuesto a edificar el mejor
_chalet_ de Vetusta, a tener los mejores coches de Vetusta, a ser
diputado por Vetusta y a casarse con la mujer ms guapa de Vetusta. Vio
a Anita, le dijeron que aquella era la hermosura del pueblo y se sinti
herido de punta de amor. Se le advirti que no le bastaban sus onzas
para conquistar aquella plaza. Entonces se enamor mucho ms. Se hizo
presentar en casa de las Ozores y pidi a doa Anuncia la mano de la
sobrina.

Despus doa Anuncia se encerr en el comedor con doa gueda, y
terminada la conferencia compareci Anita. Doa Anuncia se puso en pie
al lado de la chimenea pseudo-feudal: dej caer sobre la alfombra _La
Etelvina_, novela que haba encantado su juventud, y exclam:

--Seorita... hija ma; ha llegado un momento que puede ser decisivo en
tu existencia. (Era el estilo de _La Etelvina._) Tu ta y yo hemos hecho
por ti todo gnero de sacrificios; ni nuestra miseria, a duras penas
disimulada delante del mundo, nos ha impedido rodearte de todas las
comodidades apetecibles. La caridad es inagotable, pero no lo son
nuestros recursos. Nosotras no te hemos recordado jams lo que nos debes
(se lo recordaban al comer y al cenar todos los das), nosotras hemos
perdonado tu origen, es decir, el de tu desgraciada madre, todo, todo ha
sido aqu olvidado. Pues bien, todo esto lo pagaras t con la ms negra
ingratitud, con la ingratitud ms criminal, si a la proposicin que
vamos a hacerte contestaras con una negativa... incalificable.

--Incalificable--repiti doa gueda--. Pero creo intil todo este
sermn--aadi--porque la nia saltar de alegra en cuanto sepa de lo
que se trata.

--Eso quiero; saber en qu puedo yo servir a ustedes a quien tanto debo.

--Todo.--S, todo, querida ta.

--Como supongo--prosigui doa Anuncia--que ya no te acordars siquiera
de aquella locura del monjo....

--No seora...--En ese caso--interrumpi doa gueda--como no querrs
quedarte sola en el mundo el da que nosotras faltemos....

--Ni tendrs ningn amorcillo oculto, que sera indecente....

--Y como nosotras no podemos ms....

--Y como es tu deber aceptar la felicidad que se te ofrece....

--Te morirs de gusto cuando sepas que don Frutos Redondo, el ms rico
del Espoln, ha pedido hoy mismo tu mano.

Ana, contra el expreso mandato de sus tas, no se muri de gusto. Call;
no se atreva a dar una negativa categrica.

Pero doa Anuncia no necesit ms para dar rienda suelta al basilisco
que llevaba dentro de sus entraas. Su sombra en las sombras de la
pared, pareca ahora la de una bruja gigantesca; otras veces,
multiplicndose por los saltos de la llama y por los saltos y
contorsiones de la vieja, figuraba todo el infierno desencadenado; haba
momentos en que la sombra de la seorita de Ozores tena tres cabezas en
la pared y tres o cuatro en el techo, y se dira que de todas ellas
salan gritos y alaridos, segn lo que vociferaba doa Anuncia sola.

Doa gueda misma estaba horrorizada.

La sobrina permaneci ocho das encerrada en su alcoba despus de
aquella escena. Al cumplirse el novenario de la encerrona, que algo
tena de arresto, doa Anuncia se present tranquila, digna, severa a
leer la sentencia. No le faltara a la hija de la bailarina--quin
dudaba ya que la modista haba bailado?--no le faltara una cama en el
palacio de sus mayores; pero ellas, las tas, no tenan qu poner a la
mesa; todo lo haba comido la nia.

Ana escribi a Frgilis.

Y al da siguiente don Vctor Quintanar, de tiros largos, como el da de
la primera visita, entr en el estrado de los Ozores. Vena a pedir la
mano de Ana, a quien crea no ser indiferente.

Daba aquel paso antes de lo que pensaba, porque acababa de ser
ascendido; iba a Granada en calidad de Presidente de Sala y quera
llevarse a su esposa, si su ardiente deseo era cumplido. Contaba con su
sueldo y algunas vias y no pocos rebaos en la Almunia de don Godino.
Nunca hubiera sido osado a pedir la mano de tan preclara, ilustre y
hermosa joven sin poder ofrecerle, ya que no la opulencia, una _aurea
mediocritas_, como haba dicho el latino.

Doa Anuncia qued deslumbrada.... Don Godino... _mediocritas_... la
cruz de Isabel la Catlica!... Era mucha tentacin.

Frgilis haba advertido a don Vctor, al ponerle la cruz al pecho, que
a doa Anuncia la enamoraban los discursos que no entenda y las
condecoraciones.

Quintanar mientras hablaba se senta en ridculo; pero la vieja estaba
fascinada.

Don Frutos, pensaba ella haba aplastado terrones en los suburbios de
Vetusta, doce aos antes; se acordaba de haberle visto en mangas de
camisa.

La Ozores contest: Que ella no poda disponer de la mano de su
sobrina, aunque la joven consintiera, sin consultar, sin tomar la venia
de la nobleza, de la clase.

Los seores del margen, los de la Audiencia, eran la segunda
aristocracia en Vetusta, aunque no figuraban tanto como en otros das.

La justicia era respetada con un terror supersticioso heredado de muchos
siglos. Los ms soliviantados liberales de Vetusta que hablaban de
anarqua y de quemarlo todo, temblaban ante la voz de un ujier de la
Sala de lo Criminal que gritaba porque un testigo cruzaba las piernas:

--Guarden ceremonia! La aristocracia, la primera, opin que Anita haca
una boda loca.

La hizo. Don Frutos se volvi a Matanzas, prometiendo volver vengado, es
decir, con muchos ms millones. Cumpli su promesa.

Pas un mes, y Ana Ozores de Quintanar, con su caballeresco esposo sala
por la carretera de Castilla en la berlina de aquella diligencia en que
haba visto marchar a don lvaro Mesa por el mismo camino.

Toda Vetusta fue a despedirlos; la nobleza y la clase media. Frgilis
tena lgrimas en los ojos.

--En cuanto puedan ustedes dar la vuelta... hay que darla--deca con un
pie en el estribo y la cabeza dentro del coche--. Ser usted la Regenta
de Vetusta, Anita.

--No lo permite la ley, por causa de las tas--contestaba don Vctor.

--Bah, bah! Ya se arreglara eso.... Ser usted la Regenta.

Don Cayetano quiso tambin subir al estribo, pero no pudo.

Doa Anuncia y doa gueda haban quedado en el estrado, casi a
obscuras, suspirando, rodeadas de algunos amigos y amigas, quiz los
mismos que les dieran en otra ocasin aquel psame por la muerte civil
de don Carlos.

--Y ella va contenta--deca el barn.

--Uf! Ya lo creo.--La juventud es ingrata...--Seores, que va a
arrancar, _desapartarse_--grit el zagal de la diligencia.

Y parti el coche. Don Vctor oprima entre las suyas las manos de
aquella esposa que le envidiaba un pueblo entero.

Un adis! llen los mbitos de la Plaza Nueva: era un adis triste de
verdad, era la despedida de la maravilla del pueblo; Vetusta en masa
vea marchar a la nueva Presidenta de Sala como pudiera haber visto que
le llevaban la torre de la catedral, otra maravilla.

Entre tanto, Ana pensaba que tal vez no haba entre aquella muchedumbre
que admiraba su hermosura otro ms digno de poseerla que aquel don
Vctor, a pesar de sus cuarenta y pico, pico misterioso.

Cuando, ya cerca de la noche, mientras suban cuestas que el ganado
tomaba al paso, el nuevo Presidente de Sala le preguntaba si era l por
su ventura el primer hombre a quien haba querido, Ana inclinaba la
cabeza y deca con una melancola que le sonaba al marido a voluptuoso
abandono:

--S, s, el primero, el nico.

No le amaba, no; pero procurara amarle.

Cerr la noche. Ana, apoyada la cabeza en las sobadas almohadillas de
aquel coche viejo, cerraba los ojos, finga dormir y escuchaba el ruido
atronador y confuso de vidrios, hierro y madera de la diligencia
desvencijada, y se le antojaba or en aquel estrpito los ltimos
gritos de la despedida.

Ni uno solo de aquellos hombres que quedaban all abajo le haba hablado
de amor, de amor cierto, ni se lo haba inspirado. Repasando todos los
aos de la intil juventud, recordaba, como la mayor delicia que pudiera
cargarse al captulo de amor tal vez, alguna mirada de algn desconocido
en uno de aquellos paseos por las carreteras orladas de rboles poblados
de gorriones y jilgueros.

Entre ella y los jvenes de la sociedad en que viva, pronto haba
puesto el orgullo de Ana y la necedad de los otros un muro de hielo.

No se casaran con ella, haba dicho doa Anuncia, porque era pobre;
pero ella les tomaba la delantera, y los despreciaba por fatuos y
adocenados.

Si alguno haba querido tratarla como a Obdulia, pronto haba encontrado
un desdn altivo y una irona cruel capaces de helar una brasa.

Tal vez, aunque no era seguro, ni mucho menos, entre aquellos hombres
que la admiraban de lejos, devorndola con los ojos, habra alguno digno
de ser querido... pero las tas se encargaban de mantener las distancias
que exiga el tono, y los pobres abogadillos, o lo que fueran, tal vez
demcratas tericos, respetaban aquellas preocupaciones, y participaban
a su pesar, de ellas. No se acercaban. Todos los que haban producido
en Ana algn efecto, aunque no grande, hablando con los ojos, eran
cualquier cosa menos proporciones. En Vetusta la juventud pobre no sabe
ganarse la vida, a lo sumo se gana la miseria; muchachos y muchachas se
comen a miradas, se quieren, hasta se lo dicen... pero _lo dejan_; falta
una posicin; las muchachas pierden su hermosura y acaban en beatas;
los muchachos dejan el luciente sombrero de copa, se embozan en la capa
y se hacen jugadores.

Los que quieren medrar salen del pueblo; all no hay ms ricos que los
que heredan o hacen fortuna lejos de la soolienta Vetusta.

Entre americanos, pasiegos y mayorazguetes fatuos, burdos y grotescos
hubiera podido escoger, segua pensando Ana. Que lo dijera don Frutos
Redondo.... Pero adems, para qu engaarse a s misma? No estaba en
Vetusta, no poda estar en aquel pobre rincn la realidad del sueo, el
hroe del poema, que primero se haba llamado Germn, despus San
Agustn, obispo de Hiponax, despus Chateaubriand y despus con cien
nombres, todo grandeza, esplendor, dulzura delicada, rara y
escogida....

Y ahora estaba casada. Era un crimen, pero un crimen verdadero, no como
el de la barca de Trbol, pensar en otros hombres. Don Vctor era la
muralla de la China de sus ensueos. Toda fantstica aparicin que
rebasara de aquellos cinco pies y varias pulgadas de hombre que tena al
lado, era un delito. Todo haba concluido... sin haber empezado.

Abri Ana los ojos y mir a su don Vctor que a la luz de una lmpara de
viaje, calada hasta las orejas una gorra de seda, lea tranquilamente,
algo arrugado el entrecejo, _El Mayor Monstruo los celos o el Tetrarca
de Jerusaln_, del inmortal Caldern de la Barca.




--VI--


El Casino de Vetusta ocupaba un casern solitario, de piedra ennegrecida
por los ultrajes de la humedad, en una plazuela sucia y triste cerca de
San Pedro, la iglesia antiqusima vecina de la catedral. Los socios
jvenes queran mudarse, pero el cambio de domicilio sera la muerte de
la sociedad segn el elemento serio y de ms arraigo. No se mud el
Casino y sigui remendando como pudo sus goteras y dems achaques de
abolengo. Tres generaciones haban bostezado en aquellas salas estrechas
y obscuras, y esta solemnidad del aburrimiento heredado no deba
trocarse por los azares de un porvenir dudoso en la parte nueva del
pueblo, en la Colonia. Adems, decan los viejos, si el Casino deja de
residir en la Encimada, adis Casino. Era un aristcrata.

Generalmente el saln de baile se enseaba a los forasteros con orgullo;
lo dems se confesaba que vala poco.

Los dependientes de la casa vestan un uniforme parecido al de la
polica urbana. El forastero que llamaba a un mozo de servicio poda
creer, por la falta de costumbre, que venan a prenderle. Solan tener
los camareros muy mala educacin, tambin heredada. El uniforme se les
haba puesto para que se conociese en algo que eran ellos los criados.

En el vestbulo haba dos porteros cerca de una mesa de pino. Era
costumbre inveterada que aquellos seores no saludaran a los socios que
entraban o salan. Pero desde que era de la Junta Ronzal, que haba
visto otros usos en sus cortos viajes, los porteros se inclinaban al
pasar un socio sin importancia, y hasta dejaban or un gruido, que bien
interpretado poda tomarse por un saludo; si era un individuo de la
Junta se levantaban de su silla cosa de medio palmo, si era Ronzal se
levantaban un palmo entero y si pasaba don lvaro Mesa, presidente de
la sociedad, se ponan de pie y se cuadraban como reclutas.

Despus del vestbulo se encontraban tres o cuatro pasillos convertidos
en salas de espera, de descanso, de conversacin, de juego de domin,
todo ello junto y como quiera. Ms adelante haba otra sala ms lujosa,
con grandes chimeneas que consuman mucha lea, pero no tanta como
decan los mozos. Aquella lea suscitaba graves polmicas en las juntas
generales de fin de ao. En tal estancia se prohiba el estridente
domin, y all se juntaban los ms serios y los ms importantes
personajes de Vetusta. All no se deba alborotar porque al extremo de
oriente, detrs de un majestuoso portier de terciopelo carmes, estaba
la sala del tresillo, que se llamaba el gabinete rojo. En este haba de
reinar el silencio, y si era posible tambin en la sala contigua. Antes
estaba el tresillo cerca de los billares, pero el ruido de las bolas y
los tacos molestaba a los tresillistas que se fueron al gabinete rojo,
donde estaba entonces el de lectura. El gabinete de lectura se fue cerca
de los billares. La sala del tresillo jams reciba la luz del sol:
siempre permaneca en tinieblas caliginosas, que hacan palpables las
tristes llamas de las bujas semejantes a lmparas de minero en las
entraas de la tierra.

Don Pompeyo Guimarn, un filsofo que odiaba el tresillo, llamaba a los
del gabinete rojo los monederos falsos. Se le figuraba que en aquel
antro donde se penetraba con silencio misterioso, donde se contena toda
alegra, toda expansin del nimo, no se poda hacer nada lcito. Los
ms bulliciosos muchachos al entrar en el gabinete del tresillo se
revestan de una seriedad prematura; parecan sacerdotes jvenes de un
culto extrao. Entrar all era para los vetustenses como dejar la toga
pretexta y tomar la viril. Jugando o viendo jugar estaba siempre algn
joven plido, ensimismado, que afectaba despreciar los vanos placeres
hastiado tal vez, y preferir los serios cuidados del solo y el codillo.
Examinar con algn detenimiento a los habituales sacerdotes de este
culto ceremonioso y circunspecto de la espada y el basto, es conocer a
Vetusta intelectual en uno de sus aspectos caractersticos.

En efecto, aunque el jefe de Fomento aseguraba que todos los vetustenses
eran unos chambones, no era esto ms que un pretexto para subir al
_cuarto del crimen_ en busca de ms pinges y rpidas ganancias; porque
jugar se jugaba en el Casino de Vetusta con una perfeccin que ya era
famosa. No faltaban los inexpertos, y aun estos eran necesarios, porque
si no quin ganara a quin? Pero contra la afirmacin del jefe de
Fomento protestaban los hechos. De Vetusta y slo de Vetusta salieron
aquellos insignes tresillistas que, una vez en esferas ms altas,
tendieron el vuelo y llegaron a ocupar puestos eminentes en la
administracin del Estado, debindolo todo a la ciencia de los estuches.

Hay cuatro mesas en sendas esquinas y otros dos pares en medio. De las
ocho, la mitad estn ocupadas. Alrededor, sentados o en pie varios
mirones, los ms esclavos de su vicio. Se habla poco. Las ms veces para
pedir un cigarro de papel. Se dan pocos consejos. No se necesitan o no
sirven. Basilio Mndez, empleado del Ayuntamiento, es el mejor _espada_
de los presentes. Es plido y flaco. No se sabe si viste de artesano o
de persona decente, como dicen en Vetusta. El sueldo no le bastaba para
sus necesidades; tiene mujer y cinco hijos; se ayuda con el tresillo; se
le respeta. Juega como quien trabaja sin gusto; de mal humor; es brusco;
apenas contesta si le hablan. l va a su negocio: una casa de tres pisos
que est construyendo a costa del tresillo junto al Espoln. A su lado
est don Matas el procurador: juega al tresillo para huir del _monte_.
Cuando la suerte le es adversa _arriba_, baja y se expone a ganar al
tresillo todo lo que puede y a perder muy poco, porque si pierde lo
deja. El que descansa en este momento, porque acaba de repartir las
cartas, y juegan cuatro, es la gallina de los huevos de oro del
Procurador y de don Basilio. Le van matando, pero por consuncin. Es un
mayorazgo de aldea; le llaman Vinculete. Antes vena de su pueblo
durante las ferias a jugar al tresillo; despus se hizo diputado
provincial para venir a jugar al tresillo tambin, y por fin se hizo
vecino de Vetusta para no separarse nunca de aquellos _espadas_ a quien
admiraba, de camino que les haca ricos sin sospecharlo. El tresillo de
su pueblo no le diverta.

Vinculete jugaba desde las tres de la tarde hasta las dos de la maana,
sin ms descanso que el preciso para cenar de mala manera. Don Basilio y
el Procurador alternaban en el cuidado de desplumarle; se relevaban;
pero a veces le desplumaban a un tiempo. El cuarto jugador era
cualquiera. En las otras mesas las partidas eran ms iguales. Jugaban
muchos forasteros, casi todos empleados.

Es un axioma que en el juego se conoce la buena educacin. Haba all
muchas personas muy bien educadas, pero como reinaba la mayor confianza
sola orse frases como estas:

--Le digo a usted, que me lo ha dado usted.

--Yo le digo a usted, que no.--Yo le digo a usted, que s.--Pues
miente usted.--Valiente crianza tiene usted.--Mejor que la de usted....
Se trataba de un duro falso. Para que la armona pudiera subsistir, por
una especie de equilibrio que la naturaleza estableca entre los
temperamentos, resultaba que unos tresillistas eran temerones y de un
genio endiablado, y otros, v. gr. Vinculete, pacficos como corderos y
miedosos como palomas.

Don Basilio aseguraba que el mayorazguete no jugaba con toda la limpieza
necesaria.

Vinculete sola sostener los fueros de su dignidad, y entonces gritaba
el del Ayuntamiento:

--Conmigo nadie se insolenta! Y daba un puetazo en la mesa.

Vinculete callaba y segua recibiendo codillos.

Estas disputas, nada frecuentes, interrumpan el silencio pocos
instantes; la calma renaca pronto y volva aquello a ser un templo
jams profanado por ros de sangre.

El gabinete de lectura, que tambin serva de biblioteca, era estrecho y
no muy largo. En medio haba una mesa oblonga cubierta de bayeta verde y
rodeada de sillones de terciopelo de Utrecht. La biblioteca consista en
un estante de nogal no grande, empotrado en la pared. All estaban
representando la sabidura de la sociedad el _Diccionario_ y la
_Gramtica_ de la Academia. Estos libros se haban comprado con motivo
de las repetidas disputas de algunos socios que no estaban conformes
respecto del significado y aun de la ortografa de ciertas palabras.
Haba adems una coleccin incompleta de la _Revue des deux mondes_, y
otras de varias ilustraciones. La _Ilustracin francesa_ se haba dejado
en un arranque de patriotismo; por culpa de un grabado en que aparecan
no se sabe qu reyes de Espaa matando toros. Con ocasin de esta medida
radical y patritica se pronunciaron en la junta general muchos y muy
buenos discursos en que fueron citados oportunamente los hroes de
Sagunto, los de Covadonga, y por ltimo los del ao ocho. En los cajones
inferiores del estante haba algunos libros de ms slida enseanza,
pero la llave de aquel departamento se haba perdido.

Cuando un socio peda un libro de aquellos, el conserje se acercaba de
mal talante al pedigeo y le haca repetir la demanda.

--S seor, la crnica de Vetusta....

--Pero usted, sabe que est ah?

--S, seor, ah est...

--El caso es...--y se rascaba una oreja el seor conserje--como no hay
costumbre....

--Costumbre de qu?--En fin, buscar la llave. El conserje daba media
vuelta y marchaba a paso de tortuga.

El socio, que haba de ser nuevo necesariamente para andar en tales
pretensiones, poda entretenerse mientras tanto mirando el mapa de Rusia
y Turqua y el _Padre nuestro_ en grabados, que adornaban las paredes de
aquel centro de instruccin y recreo. Volva el conserje con las manos
en los bolsillos y una sonrisa maliciosa en los labios.

--Lo que yo deca, seorito... se ha perdido la llave.

Los socios antiguos miraban la biblioteca como si estuviera pintada en
la pared.

De los peridicos e ilustraciones se haca ms uso; tanto que aquellos
desaparecan casi todas las noches y los grabados de mrito eran
cuidadosamente arrancados. Esta cuestin del hurto de peridicos era de
las difciles que tenan que resolver las juntas. Qu se haca? Se les
pona grillete a los papeles? Los socios arrancaban las hojas o se
llevaban papel y hierro. Se resolvi ltimamente dejar los peridicos
libres, pero ejercer una gran vigilancia. Era intil. Don Frutos
Redondo, el ms rico americano, no poda dormirse sin leer en la cama el
_Imparcial_ del Casino. Y no haba de trasladar su lecho al gabinete de
lectura. Se llevaba el peridico. Aquellos cinco cntimos que ahorraba
de esta manera, le saban a gloria. En cuanto al papel de cartas que
desapareca tambin, y era ms caro, se tom la resolucin de dar un
pliego, y gracias, al socio que lo peda con mucha necesidad. El
conserje haba adquirido un humor de alcaide de presidio en este trato.
Miraba a los socios que lean como a gente de sospechosa probidad; les
guardaba escasas consideraciones. No siempre que se le llamaba acuda, y
sola negarse a mudar las plumas oxidadas.

Alrededor de la mesa caban doce personas. Pocas veces haba tantos
lectores, a no ser a la hora del correo. La mayor parte de los socios
amantes del saber no lean ms que noticias.

El ms digno de consideracin, entre los abonados al gabinete de
lectura, era un caballero apopltico, que haba llevado granos a
Inglaterra y se crea en la obligacin de leer la prensa extranjera.
Llegaba a las nueve de la noche indefectiblemente, tomaba _Le Figaro_,
despus _The Times_, que colocaba encima, se pona las gafas de oro y
arrullado por cierto silbido tenue de los mecheros del gas, se quedaba
dulcemente dormido sobre el primer peridico del mundo. Era un derecho
que nadie le disputaba. Poco despus de morir este seor, de apopleja,
sobre _The Times_, se averigu que no saba ingls. Otro lector asiduo
era un joven opositor a fiscalas y registros que devoraba la _Gaceta_
sin dejar una subasta. Era un Alcubilla en un tomo: saba de memoria
cuanto se ha hecho, deshecho, arreglado y vuelto a destrozar en nuestra
administracin pblica.

A su lado sola sentarse un caballero que tena un vicio secreto:
escribir cartas a los peridicos de la corte con las noticias ms
contradictorias. Firmaba El Corresponsal y siempre que un papel de
Madrid deca Lo de Vestusta era cosa de l. Al da siguiente desmenta
en otro peridico sus noticias y resultaba que Lo de Vetusta no era
nada. As se haba hecho un redomado escptico en materia de prensa.
Si sabra l cmo se hacan los peridicos!. Cuando franceses y
alemanes vinieron a las manos, _El Corresponsal_ dudaba de la guerra:
era cosa de los bolsistas acaso; no se convenci de que algo haba hasta
la rendicin de Metz.

El poeta Trifn Crmenes tambin acuda sin falta a la hora del correo.
Pasaba revista a varios peridicos con febril ansiedad y desapareca en
seguida con un desengao ms en el alma. Era que no se lo haban
publicado. Se trataba de alguna poesa o cuento fantstico que haba
mandado a cualquier peridico y que no acababa de salir. Crmenes, que
en los certmenes de Vetusta se llevaba todas las rosas naturales, no
poda conseguir que sus versos tuvieran cabida en las prensas
madrileas; y eso que empleaba en las cartas con que recomendaba las
composiciones, la finura del mundo. La frmula sola ser esta: Muy
seor mo y de mi ms distinguida consideracin: adjuntos le remito unos
versos para que, si los estima dignos de tan sealado honor, vean la luz
pblica en las columnas de su acreditado peridico. Escritos sin
pretensiones..., etc., etc.. Pero, nada: no salan. Peda, despus de
un ao, que se los devolvieran. Pero no se devolvan los originales.
Aprovechaba el borrador y publicaba aquello en _El Lbaro_, el peridico
reaccionario de Vetusta.

Otro lector constante era un vejete semi-idiota que jams se acostaba
sin haber ledo todos los _fondos_ de la prensa que llegaba al Casino.
Deleitbale singularmente la prosa amazacotada de un peridico que tena
fama de hbil y circunspecto. Los conceptos estaban envueltos en tales
eufemismos, pretericiones y circunloquios, y tan se quebraban de
sutiles, que el viejo se quedaba siempre a buenas noches.

--Qu habilidad!--deca sin entender palabra.

Por lo mismo crea en la habilidad, porque si l la echara de ver ya no
la habra.

Una noche despert a su esposa el lector de fondos diciendo:

--Oye, Paca, sabes que no puedo dormir?... A ver si t entiendes esto
que he ledo hoy en el peridico. No deja de dejar de parecernos
reprensible.... Lo entiendes t, Paca? Es que les parece reprensible
o que no? Hasta que lo resuelva no puedo dormir....

Estos y otros lectores asiduos se pasan los peridicos de mano en mano,
en silencio, devorando noticias que leen repetidas en ocho o diez
papeles. As se alimentan aquellos espritus que antes de las once de la
noche se van a dormir satisfechos, convencidos de que el cajero de tal
parte se ha escapado con los fondos.

Lo han ledo en ocho o diez fuentes distintas. Todos estos caballeros
respetables y dignos de estima viven esclavos de tamaa servidumbre, la
servidumbre del noticierismo cortesano. Mucho ms de la mitad del caudal
fugitivo de sus conocimientos consiste en los recortes de la
_Correspondencia_ que los peridicos pobres se van echando, como
pelotas, de tijeras en tijeras.

Muchas veces, cuando reinaba aquel silencio de biblioteca, en que
pareca orse el ruido de la elaboracin cerebral de los sesudos
lectores, de repente un estrpito de terremoto haca temblar el piso y
los cristales. Los socios antiguos no hacan caso, ni levantaban los
ojos; los nuevos, espantados, miraban al techo y a las paredes esperando
ver desmoronarse el edificio.... No era eso. Era que los seores del
billar azotaban el pavimento con las mazas de los tacos. Era proverbial
el ingenioso buen humor de los seores socios.

A las once de la noche no quedaba nadie en el gabinete de lectura. El
conserje, medio dormido, doblaba los papeles, daba media vuelta a la
llave del gas, y dejaba casi en tinieblas la estancia. Y se volva a
dormir a la conserjera.

Entonces era cuando entraba don Amadeo Bedoya, capitn de artillera, en
traje de paisano, embozado en un carrick de ancha esclavina. Miraba
bien... no haba nadie... la obscuridad le favoreca. Se acercaba al
estante con mucha cautela; sacaba una llave, abra el cajn inferior,
tomaba un libro, dejaba otro que vena oculto bajo la esclavina,
esconda el primero entre sus pliegues y cerraba el cajn. Se acercaba a
la mesa, despus de respirar fuerte, silbaba la marcha real, y finga
echar un vistazo a los peridicos. Peridicos a l! Por hacer que
hacemos estaba all cinco minutos, y sala triunfante. No era un ladrn,
era un biblifilo. La llave de Bedoya era la que el conserje haba
perdido. Don Amadeo era el don Saturnino Bermdez de tropa. Haba sido
un bravo militar; pero como hubiera tenido el honor aos atrs de ser
elegido presidente de un _Ateneo de infantera_, y vstose en la
necesidad de estudiar y pronunciar un discurso, se encontr con gran
sorpresa excelente orador en su opinin y la de los jefes, y de una en
otra vino a parar en hombre de letras, hasta el punto de jurarse
solemnemente y con la energa que tan bien sienta en los defensores de
la patria, ser un erudito. Empez a llamar la atencin de los
vetustenses aquel militar que saba de letras ms que muchos paisanos, y
el mismo Bedoya se animaba al trabajo con la gracia de lo que a l se le
antojaba contraste de la artillera y la literatura. Poco a poco lleg a
ser miembro, ya correspondiente, ya de nmero, de muchas sociedades
cientficas, artsticas y literarias. Despuntaba en la Arqueologa y en
la Botnica, sobre todo en la relacin de esta a la Horticultura. Era
un especialista en las enfermedades de la patata, y tena un trabajo
sobre el particular que no acababa de premiarle el Gobierno. Tambin le
daba el naipe por la biografa militar. Saba de varios tenientes
generales que haban sido otros tantos Farnesios y Spnolas, sin que lo
sospechara el mundo; y sacaba a relucir la historia de tal brigadier que
si, conforme no mand, hubiera mandado la accin de tal parte, hubiera
conquistado la gloria de un Napolen, en vez de perder las posiciones,
como en efecto las haba perdido el general inepto.

De esta clase de biografas de personas que pudieron ser importantes,
estaban las fuentes en libros como aquellos que haba en el cajn
inferior del estante del Casino. Ms ejemplares habra por el mundo,
pero no se saba de ellos, y Bedoya era de esa clase de eruditos que
encuentran el mrito en copiar lo que nadie ha querido leer. En cuanto
l vea en el papel de su propiedad los prrafos que iba copiando con
aquella letra inglesa esbelta y pulcra que Dios le haba dado, ya se le
antojaba obra suya todo aquello. Pero su fuerte eran las antigedades.
Para l un objeto de arte no tena mrito aunque fuese del tiempo de
No, si no era suyo. As como Bermdez amaba la antigedad por s misma,
el polvo por el polvo, Bedoya era ms subjetivo como l deca,
necesitaba que le perteneciera el objeto amado. Si l pudiera hablar!
Tamaitos se quedaran Bermdez y el Magistral y _tutti quanti_. Pero
no poda hablar. Ira a presidio probablemente, si hablara. En fin, en
puridad, tena...--y miraba a los lados al decirlo--tena un precioso
manuscrito de Felipe II, un documento poltico de gran importancia. Lo
haba robado en el archivo de Simancas. Cmo? ese era su orgullo.

As es que Bedoya, seguro de aquella superioridad, miraba por encima del
hombro a los dems anticuarios y callaba. Callaba por miedo al presidio.

El _cuarto del crimen_, la sala de los juegos de azar, y ms
concretamente de la ruleta y el monte estaba en el segundo piso. Se
llegaba a ella despus de recorrer muchos pasillos obscuros y estrechos.
La autoridad no haba turbado jams la calma de aquel refugio repuesto y
escondido del arte aleatorio, ni en los tiempos de mayor moralidad
pblica. A ruegos de los gacetilleros, singularmente el del _Lbaro_, se
persegua cruelmente la prostitucin, pero el juego no se poda
perseguir. En cuanto a las infames que comerciaban con su cuerpo, como
deca Crmenes escribiendo de incgnito los fondos del _Lbaro_, cmo
no haban de ser maltratadas, si diariamente se publicaban excitaciones
de este gnero en la prensa local?

Casi todos los das sala a luz una gacetilla que se titulaba, por
ejemplo: _Esas palomas!_ o _Fuego en ellas!_ y en una ocasin el
mismsimo don Saturnino Bermdez escribi su gacetilla correspondiente
que se llamaba a secas: _Meretrices_, y acababa diciendo: de la
impdica _scortum_.

Volviendo al juego, si algn gobernador enrgico haba amenazado a los
socios del Casino con darles un susto, los jugadores influyentes le
haban pronosticado una cesanta. Lo ordinario siempre fue que hiciese
la vista gorda, y no faltaron a veces subvenciones en la forma ms
decorosa posible, como decan las partes contratantes. Los jugadores
vetustenses tenan una virtud: no trasnochaban. Eran hombres ocupados
que tenan que madrugar. Tal mdico se recoga a las diez despus de
perder las ganancias del da: se levantaba a las seis de la maana,
recorra todo el pueblo entre charcos y entre lodo, desafiaba la nieve,
el granizo, el fro, el viento; y despus de mprobo trabajo, volva,
como con una ofrenda ante el altar, a depositar sobre el tapete verde
las pesetas ganadas. Abogados, procuradores, escribanos, comerciantes,
industriales, empleados, propietarios, todos hacan lo mismo. En el
tresillo, en el gabinete de lectura, en el billar, en las salas de
conversacin, de domin y ajedrez, haba siempre las mismas personas,
los aficionados respectivos; pero el cuarto del crimen era el lugar
donde se reunan todos los oficios, todas las edades, todas las ideas,
todos los gustos, todos los temperamentos.

No en balde se afirmaba que Vetusta se distingua por su acendrado
patriotismo, su religiosidad y su aficin a los juegos prohibidos. La
religiosidad y el patriotismo se explicaban por la historia; la aficin
al juego por lo mucho que llova en Vetusta. Qu haban de hacer los
socios, si no se poda pasear? Por eso propona don Pompeyo Guimarn, el
filsofo, que la catedral se convirtiera en paseo cubierto. _Risum
teneatis!_ contestaba Crmenes en la gacetilla del _Lbaro_.

La religiosidad, aunque en la forma lamentable de la supersticin, se
manifestaba en el mismo vicio de la tafurera. Se contaban en el Casino
portentos de credulidad de los jugadores ms famosos. Un comerciante,
liberal y nada timorato, tena depositados en la puerta de aquel centro
de recreo un par de zapatos viejos. Llegaba al Casino, calzaba los
zapatos de suela rota y suba a probar fortuna. Juraba que jams
llevando botas nuevas le haba favorecido la suerte. Vena a ser un
jugador de la orden de los descalzos. Entre su fe y cierta maliciosa
experiencia le daban ganancias seguras. Un ao hizo una esplndida
novena a San Francisco, a la cual acudi toda _Vetusta edificada_, como
deca Bermdez.

Despus que Bedoya sala del Casino, pasando sin ser visto de los
porteros, que dorman suavemente, no quedaban all ms socios que ocho o
diez trasnochadores jurados. Pocos y siempre los mismos. Unos eran
personajes averiados que haban contrado la costumbre de trasnochar en
Madrid, otros elegantes y calaveras de Vetusta que los imitaban. Pero de
esta tertulia de ltima hora tendremos que hablar ms adelante, porque a
ella asistan personajes importantes de esta historia.

Eran las tres y media de la tarde. Llova. En la sala contigua al
gabinete viejo estaban los socios de costumbre, los que no jugaban a
nada y los seis que jugaban al ajedrez. Estos haban colocado el
respectivo tablero junto a un balcn, para tener ms luz. En el fondo de
la sala pareca que iba a anochecer. Sobre una mesa de mrmol brillaba
entre humo espeso de tabaco, como una estrella detrs de niebla, la
llama de una buja que serva para dar lumbre a los cigarros. Ocultos en
la sombra de un rincn, alrededor de aquella mesa, arrellanados en un
divn unos, otros en mecedoras de paja, estaban media docena de socios
fundadores, que de tiempo inmemorial acudan a las tres en punto a tomar
caf y copa. Hablaban poco. Ninguno se permita jams aventurar un
aserto que no pudiera ser admitido por unanimidad. All se juzgaba a los
hombres y los sucesos del da, pero sin apasionamiento; se condenaba,
sin ofenderle, a todo innovador, al que haba hecho algo que saliese de
lo ordinario. Se elogiaba, sin gran entusiasmo, a los ciudadanos que
saban ser comedidos, corteses e incapaces de exagerar cosa alguna.
Antes mentir que exagerar. Don Saturnino Bermdez haba recibido ms de
una vez el homenaje de una admiracin prudente en aquel crculo de
seores respetables. Pero en general preferan a esto hablar de
animales: v. gr., del instinto de algunos, como el perro y el elefante,
aunque siempre negndoles, por supuesto, la inteligencia: el castor
fabrica hoy su vivienda lo mismo que en tiempo de Adn; no hay
inteligencia, es instinto. Hablaban tambin de la utilidad de otros
irracionales; el cerdo, del cual se aprovechaba todo, la vaca, el gato,
etc., etc. Y an les pareca ms interesante la conversacin si se
refera a objetos inanimados. El derecho civil tambin les encantaba en
lo que atae al parentesco y a la herencia. Pasaba un socio cualquiera,
y si no le conoca alguno de aquellos fundadores preguntaba:

--Quin es ese?--Ese es hijo de... nieto de... que cas con... que era
hermana de....

Y como las cerezas, salan enganchados por el parentesco casi todos los
vetustenses. Esta conversacin terminaba siempre con una frase:

--Si se va a mirar, aqu todos somos algo parientes.

La meteorologa tampoco faltaba nunca en los tpicos de las
conferencias. El viento que soplaba tena siempre muy preocupados a los
socios benemritos. El invierno actual siempre era ms fro que todos
los que recordaban, menos uno.

Tambin a veces se murmuraba un poco, pero con el mayor comedimiento,
sobre todo si se hablaba de clrigos, seoras o autoridades.

A pesar de la amenidad de tales conversaciones, el grupo de venerables
ancianos, con los que slo haba un joven y ste calvo, prefera al ms
grato palique el silencio; y a l se consagraba principalmente aquella
especie de siesta que dorman despiertos. Casi siempre callaban.

No lejos de ellos, y por cierto molestndolos a veces no poco, haba dos
o tres grupos de alborotadores, y a lo lejos se oa el antiptico
estrpito del domin, que haban desterrado de su sala los venerables.
Los del domin eran siempre los mismos: un catedrtico, dos ingenieros
civiles y un magistrado. Rean y gritaban mucho; se insultaban, pero
siempre en broma. Aquellos cuatro amigos, ligados por el seis doble,
hubieran vendido la ciencia, la justicia y las obras pblicas por salvar
a cualquiera de la partida. En el saln de baile, donde no se permita
jugar ni tomar caf, se paseaban los seores de la Audiencia y otros
personajes, v. gr., el marqus de Vegallana, los das de mucha agua,
cuando l no poda dar sus paseos.

La animacin estaba en los grupos de alborotadores antes citados.

--All no se respetaba nada ni a nadie--decan los viejos del
rincn.--Aunque estaban a dos pasos de ellos, rara vez se mezclaban las
conversaciones. Los ancianos callaban y juzgaban.

--Qu atolondramiento!--dijo un _venerable_ en voz baja.

--Observe usted,--le respondieron--que rara vez hablan de intereses
reales de la provincia.

--nicamente cuando viene el seor Mesa....

--Oh, es que el seor Mesa... es otra cosa.

--S, es mucho hombre. Muy entendido en Hacienda y eso que llaman
Economa poltica.

--Yo tambin creo en la Economa poltica.

--Yo no creo, pero respeto mucho la memoria de Flrez Estrada, a quien
he conocido.

Todo menos disputar; en cuanto asomaba una discusin, se le echaba
tierra encima y a callar todos.

En la mesa de enfrente, gritaba un seor que haba sido alcalde liberal
y era usurero con todos los sistemas polticos; malicioso, y enemigo de
los curas, porque as crea probar su liberalismo con poco trabajo.

--Pero, vamos a ver--deca--quin le ha asegurado a usted que el
Magistral no ha querido confesar a la Regenta?

--Me lo ha dicho quien vio por sus ojos a doa Anita entrar en la
capilla de don Fermn y a don Fermn salir sin saludar a la Regenta.

--Pues yo los he visto saludarse y hablar en el Espoln.

--Es verdad--grit un tercero--yo tambin los vi. De Pas iba con el
Arcipreste y la Regenta con Visitacin. Es ms, el Magistral se puso muy
colorado.

--Hombre, hombre!--exclam el ex-alcalde fingiendo escandalizarse.

--Pues yo s ms que todos ustedes--vocifer un pollo que imitaba a
Zamacois, a Lujn, a Romea, el sobrino, a todos los actores cmicos de
Madrid, donde acababa de licenciarse en Medicina.

Baj la voz, hizo una sea que significaba sigilo; todos los del corro
se acercaron a l, y con la mano puesta al lado de la boca, como una
mampara, dejando caer la silla en que estaba a caballo, hasta apoyar el
respaldo en la mesa, dijo:

--Me lo ha contado Paquito Vegallana; el Arcipreste, el clebre don
Cayetano, ha rogado a Anita que cambie de confesor, porque....

--Hombre, hombre! qu sabes t por qu?--interrumpi el enemigo del
clero--. El secreto de la confesin!

--Bueno, bueno! Yo lo s de buena tinta. Paquito me lo ha dicho.
Mesa--y baj mucho ms la voz--Mesa le pone varas a la Regenta.

Escndalo general. Murmullo en el rincn obscuro.

Aquello era demasiado.

Se poda murmurar, hablar sin fundamento, pero no tanto. Vaya por el
Magistral y el secreto de la confesin; pero tocar a la Regenta! Era un
imprudente aquel sietemesino, sin duda.

--Seores, yo no digo que la Regenta tome varas, sino que lvaro quiere
ponrselas; lo cual es muy distinto.

Todos negaron la probabilidad del aserto.

--Hombre... la Regenta... es algo mucho!

El pollo se encogi de hombros.

--Estaba seguro. Se lo haba dicho el marquesito, el ntimo de Mesa.

--Y, vamos a ver--pregunt el seor Foja, el ex-alcalde--qu tiene que
ver eso de las varas que Mesa quiere poner a la Regenta con el
Magistral y la confesin?

No quera dejar su presa. No siempre en el Casino se poda hablar mal de
los curas.

--Pues tiene mucho que ver; porque el Arcipreste ha pedido auxilio al
otro; quiere dejarle la carga de la conciencia de la otra.

--Muchacho, muchacho, que te resbalas--advirti el padre del
deslenguado, que estaba presente y admiraba la desfachatez de su hijo,
adquirida positivamente en Madrid, y muy a su costa.

--Quiero decir que Anita es muy cavilosa, como todos sabemos--y segua
bajando la voz, y los dems acercndose, hasta formar un racimo de
cabezas, dignas de otra Campana de Huesca--es cavilosa y tal vez haya
notado las miradas... y dems eh? del otro... y querr curar en
salud... y el Arcipreste no est para casos de conciencia complicados, y
el Magistral sabe mucho de eso.

El corro no pudo menos de sonrer en seal de aprobacin.

Al pap del maldiciente se le caa la baba, y guiaba un ojo a un amigo.
No caba duda que los chicos slo en Madrid se despabilaban. Caro
cuesta, pero al fin se tocan los resultados.

El desparpajo del muchacho sola suscitar protestas, pero luego venca
la elocuencia de sus maliciosos epigramas y del retintn manolesco de
sus gestos y acento.

Empezaba entonces el llamado gnero flamenco a ser de buen tono en
ciertos barrios del arte y en algunas sociedades. El mediquillo vesta
pantaln muy ajustado y combinaba sabiamente los cuernos que entonces se
llevaban sobre la frente con los mechones que los toreros echan sobre
las sienes. Su peinado pareca una peluca de marquetera.

Se llamaba Joaqun Orgaz y _se timaba_ con todas las nias casaderas de
la poblacin, lo cual quiere decir que las miraba con insistencia y
tena el gusto de ser mirado por ellas. Haba acabado la carrera aquel
ao y su propsito era casarse cuanto antes con una muchacha rica. Ella
aportara el dote y l su figura, el ttulo de mdico y sus habilidades
flamencas. No era tonto, pero la esclavitud de la moda le haca parecer
ms adocenado de lo que acaso fuera. Si en Madrid era uno de tantos, en
Vetusta no poda temer a ms de cinco o seis rivales importadores de
semejantes maneras. En los meses de vacaciones aprovechaba el tiempo
buscando el trato de las familias ricas o nobles de Vetusta. Se haba
hecho amigo ntimo de Paquito Vegallana y, aunque de lejos, algo le
tocaba del esplendor que irradiaba el clebre Mesa, flor y nata de los
elegantes de Vetusta. Orgaz le llamaba lvaro por lo muy familiar que
era el trato de Paco y de Mesa, y como l tuteaba a Paquito... por eso.

Se anim Joaqun con el buen xito de sus murmuraciones y sostuvo que
era cursi aquel respeto y admiracin que inspiraba la Regenta.

--Es una mujer hermosa, hermossima; si ustedes quieren, de talento,
digna de otro teatro, de volar ms alto... si ustedes me apuran dir que
es una mujer superior--si hay mujeres as--pero al fin es mujer, _et
nihil humani_...

No saba lo que significaba este latn, ni a dnde iba a parar, ni de
quin era, pero lo usaba siempre que se trataba de debilidades posibles.

Los socios rieron a carcajadas. Hasta en latn sabe maldecir el
pillastre!, pens el padre, ms satisfecho cada vez de los sacrificios
que le costaba aquel enemigo.

Joaquinito, encarnado de placer, y un poco por el ans del mono que
haba bebido, crey del caso coronar el edificio de su gloria cantando
algo nuevo. Se puso en pie, estir una pierna, gir sobre un tacn y
cant, o _se_ cant, como l deca:

        breme la puerta,
        puerta del postigo....

--Era preciso acabar con las preocupaciones del pueblo. La Regenta!
Dejara de ser de carne y hueso? Y lvaro siempre haba sido
irresistible.... Orgaz hijo suspendi el baile, que haba emprendido
mientras haca observaciones. En la sala vecina haban sonado unas
pisadas que hacan temblar el pavimento.

--Ah est el ingls--dijo entre dientes el flamenco; y se puso un poco
plido.

En efecto, era Ronzal. Pepe Ronzal--alias Trabuco, no se sabe por
qu--era natural de Pernueces, una aldea de la provincia. Hijo de un
ganadero rico, pudo hacer sus estudios, que ya se ver qu estudios
fueron, en la capital. Aficionado al monte, como Vinculete al tresillo,
desde la adolescencia, ni durante las vacaciones quera volver a
Pernueces, ganoso de no perder ni unas judas. No pudo concluir la
carrera. No bast la tradicional benevolencia de los profesores para que
Trabuco consiguiera hacerse licenciado en ambos derechos.

Una vez le preguntaron en un examen:

--Qu es un testamento, hijo mo?

--Testamento... ello mismo lo dice, es el que hacen los difuntos.

Adems de Trabuco le llamaban el Estudiante, por una antonomasia irnica
que l no comprenda.

Pas el tiempo; muri el ganadero, Pepe Ronzal dej de ser el
Estudiante, vendi tierras, se traslad a la capital y empez a ser
hombre poltico, no se sabe a punto fijo cmo ni por qu.

Ello fue que de una mesa de colegio electoral pas a ser del
Ayuntamiento, y de concejal pas a diputado provincial por Pernueces. Si
nunca pudo sacudir de s la prstina ignorancia, en el andar, y en el
vestir y hasta en el saludar, fue consiguiendo paulatinos progresos, y
se necesitaba ser un poco antiguo en Vetusta para recordar todo lo
agreste que aquel hombre haba sido. Desde el ao de la Restauracin en
adelante pasaba ya Ronzal por hombre de iniciativa, afortunado en amores
de cierto gnero y en negocios de quintas. Era muy decidido partidario
de las instituciones vigentes. Se peinaba por el modelo de los sellos y
las pesetas, y en cuanto al calzado lo usaba fortsimo, blindado. Crea
que esto le daba cierto aspecto de noble ingls.

--Yo soy muy ingls en todas mis cosas--deca con nfasis--sobre todo
en las botas.

_Militaba_ en el partido ms reaccionario de los que turnaban en el
poder.

--Dadme un pueblo sajn, deca, y ser liberal.

Ms adelante fue liberal sin que le dieran el pueblo sajn, sino otra
cosa que no pertenece a esta historia.

Era alto, grueso y no mal formado; tena la cabeza pequea, redonda y la
frente estrecha; ojos montaraces, sin expresin, asustados, que no mova
siempre que quera, sino cuando poda. Hablar con Ronzal, verle a l
animado, decidor, disparatando con gran energa y entusiasmo, y notar
que sus ojos no se movan, ni expresaban nada de aquello, sino que
miraban fijos con el pasmo y la desconfianza de los animales del monte,
daba escalofros.

Era de buen color moreno y tena la pierna muy bien formada. En lo que
se haba adelantado a su tiempo era en los pantalones, porque los traa
muy cortos. Siempre llevaba guantes, hiciera calor o fro, fuesen
oportunos o no. Para l siempre haba el guante sido el distintivo de la
finura, como deca, del seoro, segn deca tambin. Adems, le sudaban
las manos.

Aborreca lo que ola a plebe. Los _republicanitos_ tenan en l un
enemigo formidable. Un da de San Francisco no puso colgaduras en los
balcones del Casino el conserje. Ronzal, que era ya de la Junta, quiso
arrojar por uno de aquellos balcones al msero dependiente.

--Seor--gritaba el conserje--si hoy es San Francisco de Paula!

--Qu importa, animal?--respondi Trabuco furioso--. No hay Paula que
valga: en siendo San Francisco es da de gala y se cuelga!

As entenda l que serva a las Instituciones.

Con rasgos como este fue hacindose respetar poco a poco.

Lo que es cara a cara ya nadie se rea de l. No le falt perspicacia
para comprender que el mundo daba mucho a las apariencias, y que en el
Casino pasaban por ms sabios los que gritaban ms, eran ms tercos y
lean ms peridicos del da. Y se dijo:

Esto de la sabidura es un complemento necesario. Ser sabio.
Afortunadamente tengo energa--tena muy buenos puos--y a testarudo
nadie me gana, y disfruto de un pulmn como un manolito (monolito, por
supuesto.) Sin ms que esto y leer _La Correspondencia_ ser el
Hipcrates de la provincia.

Hipcrates era el maestro de Platn, maestro al cual nunca llam
Scrates Trabuco, ni le haca falta.

Desde entonces ley peridicos y novelas de Pigault--Lebrun y Paul de
Kock, nicos libros que poda mirar sin dormirse acto continuo. Oa con
atencin las conversaciones que le sonaban a sabidura; y sobre todo
procuraba imponerse dando muchas voces y quedando siempre encima.

Si los argumentos del contrario le apuraban un poco, sacaba lo que no
puede llamarse el Cristo, porque era un _rotin_, y blandindolo gritaba:

--Y conste que yo sostendr esto en todos los terrenos! en todos los
terrenos!

Y repeta lo de terreno cinco o seis veces para que el otro se fijara en
el tropo y en el garrote y se diera por vencido.

Comprenda que all las discusiones de menos compromiso eran las de ms
bulto y de cosas remotas, y as, era su fuerte la poltica exterior.
Cuanto ms lejos estaba el pas cuyos intereses se discutan, ms le
convena. En tal caso el peligro estaba en los _lapsus_ geogrficos.
Sola confundir los pases con los generales que mandaban los ejrcitos
invasores. En cierta desgraciada polmica hubo de venir a las manos con
el capitn Bedoya que le negaba la existencia del general Sebastopol.

Tambin crey que su fama de hombre de talento se afianzara probando
sus fuerzas en el ajedrez y aplic a este juego mucha energa. Una tarde
que jugaba en presencia de varios socios y llevaba perdidas muchas
piezas, vio su salvacin en convertir en reina un peoncillo.

--Este va a reina!--exclam clavando con los suyos los ojos del
adversario.

--No puede ser.--Cmo que no puede ser?

Y el contrario, por instinto, retir una pieza que estorbaba el paso del
pen que deba ir a reina.

--A reina va, y lo hago cuestin personal--aadi envalentonado Trabuco,
dndose un puetazo en el pecho.

Y el contrario, sin querer, le dej otra casilla libre.

Y as, de una en otra, jugndose la vida en todas ellas, convirti el
pen en reina, y gan el juego el enrgico diputado provincial de
Pernueces.




--VII--


Estas y otras calidades distinguan a Pepe Ronzal, a quien Joaquinito
Orgaz tena mucho miedo. Tal vez saba el de Pernueces que Joaqun
imitaba perfectamente sus disparates y manera de decirlos. Adems,
Ronzal aborreca a don lvaro Mesa y a cuantos le alababan y eran
amigos suyos. Joaqun era ua y carne del Marquesito--el hijo del
marqus de Vegallana--y este el amigo ntimo de don lvaro.

--Buenas tardes, seores--dijo Ronzal sentndose en el corro.

Dej los guantes sobre la mesa, pidi caf y se puso a mirar de hito en
hito a Joaqun, que hubiera querido hacerse invisible.

--De quin se murmura, pollo?--pregunt el diputado dando una palmada
en el muslo no muy lucido del sietemesino.

Para piernas, Ronzal. En efecto, las estir al lado de las del joven
para que pudiesen comparar aquellos seores. Joaqun contest:--De
nadie. Y encogi los hombros.--No lo creo. Estos madrileitos siempre
tienen algo que decir de los infelices provincianos.

--As es la verdad--dijo el ex-alcalde--. Su amigo de usted el Provisor,
era hoy la vctima.

Ronzal se puso serio.--Hola!--dijo--tambin _espifor_? (Espritu
fuerte en el francs de Trabuco.)

--Se trataba--aadi Foja--de las varas que toma o no toma cierta dama,
hasta hoy muy respetada, y de los refuerzos espirituales que su
atribulada conciencia busca o no busca en la direccin moral de don
Fermn.... Je, je!...

Ronzal no entenda.--A ver, a ver; exijo que se hable claro.

Joaquinito mir a su pap como pidiendo auxilio.

El seor Orgaz se atrevi a murmurar:

--Hombre, eso de exigir...--S, seor; exigir. Y hago la cuestin
personal!

--Pero qu es lo que usted exige?--pregunt el muchacho agotando su
valor en este rasgo de energa.

--Exijo lo que tengo derecho a exigir, eso es; y repito que hago la
cuestin personal.

--Pero qu cuestin?

--Esa! Joaquinito volvi a encogerse de hombros, plido como un muerto.
Comprendi que el tener razn era all lo de menos. A Ronzal ya le
echaban chispas los ojos montaraces. Se haba embrollado y esto era lo
que ms le irritaba siempre, perder el discurso a lo mejor.

--S, seor, esa cuestin; y quiero que se hable claro!

Ni l mismo saba lo que exiga.

Foja se encarg de poner las cosas claras.

--El seor Ronzal quiere que se le explique si se piensa que es l quien
pone las varas que esa seora toma o deja de tomar.

--Eso es!--dijo Ronzal, que no pensaba en tal cosa, pero que se sinti
halagado con la suposicin.

--Quiero saber--aadi--si se piensa que yo soy capaz de poner en tela
de juicio la virtud de esa seora tan respetable....

--Pero qu seora?

--Esa, don Joaquinito, esa; y de m no se burla nadie.

La disputa se acalor; tuvieron que intervenir los seores venerables
del rincn obscuro; tan grave fue el incidente. Se pusieron por
unanimidad de parte del seor Ronzal, si bien reconocan que se enfadaba
demasiado. Le explicaron el caso, pues an no haba dejado que le
enterasen. No se trataba de Ronzal. Se haba dicho all con ms o menos
prudencia, que el seor Magistral iba a ser en adelante el confesor de
la seora doa Ana de Ozores de Quintanar, porque esta ilustre y
virtuossima dama, huyendo de las asechanzas de un galn, que no era el
seor Ronzal....

--Es Mesa--interrumpi Joaqun.

--Pues miente quien tal diga--grit Trabuco muy disgustado con la
noticia--. Y ese seor don Juan Tenorio puede llamar a otra puerta, que
la Regenta es una fortaleza inexpugnable. Y en cuanto al que trae tales
cuentos a un establecimiento pblico....

--El Casino no es un establecimiento pblico--interrumpi Foja.

--Y se hablaba entre amigos, en confianza--aadi Orgaz, padre.--Y
eso del don Juan Tenorio vaya usted a decrselo a Mesa--grit Orgaz
hijo desde la puerta, dispuesto a echar a correr si la pulla pona fuera
de s al brbaro de Pernueces.

No hubo tal cosa. Se puso como un tomate Trabuco, pero no se movi, y
dijo:

--Ni Mesa ni San Mesa me asustan a m! y yo lo que digo, lo digo cara
a cara y a la faz del mundo, _surbicesorbi_ (a la ciudad y al mundo en
el latn ronzalesco.) No parece sino que don Alvarito se come los nios
crudos, y que todas las mujeres se le...--y dijo una atrocidad que
escandaliz a los seores del rincn obscuro.

--Silencio!--se atrevi a decir bajando la voz Joaquinito, sin dejar la
puerta.

--Cmo silencio? A m nadie... caballerito!

Se oy una carcajada sonora, retumbante, que hel la sangre del fogoso
Ronzal. No caba duda, era la carcajada de Mesa. Estaba hablando con
los seores del domin en la sala contigua. Le acompaaban Paco
Vegallana y don Frutos Redondo. Llegaron a donde estaba Ronzal. Este
haba vuelto a sentarse y se quejaba de que se le haba enfriado el
caf, que tomaba a pequeos sorbos. Haba hecho una sea a los del
corro. Quera decir que callaba por pura discrecin.

Don lvaro Mesa era ms alto que Ronzal y mucho ms esbelto. Se vesta
en Pars y sola ir l mismo a tomarse las medidas. Ronzal encargaba la
ropa a Madrid; por cada traje le pedan el valor de tres y nunca le
sentaban bien las levitas. Siempre iba a la penltima moda. Mesa iba
muchas veces a Madrid y al extranjero. Aunque era de Vetusta, no tena
el acento del pas. Ronzal pareca gallego cuando quera pronunciar en
perfecto castellano. Mesa hablaba en francs, en italiano y un poco en
ingls. El diputado por Pernueces tena soberana envidia al Presidente
del Casino.

Ningn vetustense le pareca superior al hijo de su madre ni por el
valor, ni por la elegancia ni por la fortuna con las damas, ni por el
prestigio poltico, si se exceptuaba a don lvaro. Trabuco tena que
confesarse inferior a este que era su bello ideal. Ante su fantasa el
Presidente del Casino era todo un hombre de novela y hasta de poema.
Creale ms valiente que el Cid, ms diestro en las armas que el Zuavo,
su figura le pareca un figurn intachable, aquella ropa el eterno
modelo de la ropa; y en cuanto a la fama que don lvaro gozaba de audaz
e irresistible conquistador, reputbala autntica y el ms envidiable
patrimonio que pudiera codiciar un hombre amigo de divertirse en este
pcaro mundo. Aunque pasaba la vida propalando los rumores maliciosos
que corran acerca del origen de la regular fortuna que se atribua al
Presidente, l, Ronzal, no crea que ni un solo cntimo hubiese
adquirido de mala fe.

Ronzal era reaccionario dentro de la dinasta y Mesa, dinstico
tambin, figuraba como jefe del partido liberal de Vetusta que acataba
las Instituciones. En todas partes le vea enfrente, pero vencedor.
Mandaban los de Ronzal, este era diputado de la comisin permanente, y
sin embargo, entraba don lvaro en la Diputacin, y l quedaba en la
sombra; no era Mesa de la casa, tena all una exigua minora, y desde
el portero al Presidente todos se le quitaban el sombrero, y don lvaro
para aqu, y don lvaro para all; y no haba alcalde de don lvaro que
no viese aprobadas sus cuentas, ni quinto de Mesa que no estuviera
enfermo de muerte, ni en fin, expediente que l moviese que no volara.

Y sobre todo las mujeres! Muchas veces en el teatro, cuando todo el
pblico fijaba la atencin en el escenario, un espectador, Ronzal, desde
la platea del proscenio clavaba la mirada en el elegante Mesa, aquel
_gallo_ rubio, plido, de ojos pardos, fros casi siempre, pero
candentes para dar hechizos a una mujer. Aquella pechera, aquel
_plastn_ (como deca Ronzal) inimitable, de un brillo que no saban
sacar en Vetusta, que no vena en las camisas de Madrid, atraa los ojos
del diputado provincial como la luz a las mariposas. Atribua
supersticiosamente al _plastn_ gran parte en las victorias de amor de
su enemigo.

l, Ronzal, tambin luca mucho la pechera, pero insensiblemente tenda
al chaleco cerrado y a la corbata acartonada. Volva a ver la pechera
del otro, y volva l a los chalecos abiertos. Miraba a Mesa Ronzal, y
si aplauda su modelo aborrecido aplauda l, pero pausadamente y sin
ruido, como el otro. Pona los codos en el antepecho del palco y cruzaba
las manos, y se volva para hablar con sus amigos aquel don lvaro de
una manera singular que Trabuco no supo imitar en su vida. Si Mesa
paseaba los gemelos por los palcos y las butacas, segua Ronzal el
movimiento de aquellos que se le antojaban dos caones cargados de
mortfera metralla: infeliz de la mujer a quien apuntara aquel asesino
de corazones! Seora o seorita ya la tena Ronzal por muerta de amor o
deshonrada cuando menos.

Mejor que todos conoca las vctimas que el don Juan de Vetusta iba
haciendo, le espiaba, segua, como sus miradas, sus pasos, interpretaba
sus sonrisas, y ms de una vez (antes morir que confesarlo), ms de una
vez esper el tiempo que sola tardar el otro en cansarse de una dama
para procurar cogerla en las torpes y groseras redes de la seduccin
ronzalesca.

En tales ocasiones sola encontrarse con que aquellos platos de segunda
mesa se los coma Paco Vegallana, el Marquesito.

Todo esto saba Trabuco, pero no lo deca a nadie.

Negaba las conquistas de Mesa.

--Ya est viejo--sola decir--; no digo que all en sus verdores, cuando
las costumbres estaban perdidas, gracias a la gloriosa... no digo que
entonces no haya tenido alguna aventurilla.... Pero hoy por hoy, en el
actual momento histrico--el de Pernueces se creca hablando de esto--la
moralidad de nuestras familias es el mejor escudo.

Estas conversaciones se repetan todos los das; el objeto de la
murmuracin variaba poco, los comentarios menos y las frases de efecto
nada. Casi poda anunciarse lo que cada cual iba a decir y cundo lo
dira.

Don lvaro not que su presencia haba hecho cesar alguna conversacin.
Estaba acostumbrado a ello. Saba el odio que le consagraba el de
Pernueces y la admiracin de que este odio iba acompaada. Le diverta y
le convena la inquina de Ronzal, gran propagandista de la leyenda de
que era Mesa el hroe; y aquella leyenda era muy til, para muchas
cosas. Tambin haba conocido la imitacin grotesca del Estudiante--l
le llamaba as todava--y se complaca en observarle como si se mirase
en un espejo de _la Rigolade_. No le quera mal. Le hubiera hecho un
favor, siendo cosa fcil. Algunos le haba hecho tal vez, sin que el
otro lo supiera.

Aunque sin aludir ya a la Regenta, se volvi a hablar de mujeres
casadas.

Ronzal, como otros das, defenda en tesis general la moralidad
presente, debida a la restauracin.

--Vamos, que usted, Ronzalillo, en estos tiempos de moralidad...--dijo
el alcalde, con su malicia de siempre.

Sonri un momento Trabuco, pero recobrando la serenidad exclam:

--Ni yo ni nadie; cranme ustedes. En Vetusta la vida no tiene
incentivos para el vicio. No digo que todo sea virtud, pero faltan las
ocasiones. Y la sana influencia del clero, sobre todo del clero
catedral, hace mucho. Tenemos un Obispo que es un santo, un Magistral....

--Hombre, el Magistral... no me venga usted a m con cuentos.... Si yo
hablara.... Adems, todos ustedes saben....

El que empleaba estas reticencias era Foja.

--El seor Magistral--dijo Mesa, hablando por primera vez al corro--no
es un mstico que digamos, pero no creo que sea solicitante.

--Qu significa eso?--pregunt Joaquinito Orgaz.

Se lo explic Foja. Se discuti si el Magistral lo era. Dijeron que no
Ronzal, Orgaz padre, el Marquesito, Mesa y otros cuatro; que s Foja,
Joaquinito y otros dos.

Ganada la votacin, para contentar a la minora, el presidente del
Casino declar imparcialmente que el verdadero pecado del Provisor era
la simona.

El Marquesito, licenciado en derecho civil y cannico se hizo explicar
la palabreja.

Segn don lvaro, la ambicin y la avaricia eran los pecados capitales
del Magistral, la avaricia sobre todo; por lo dems era un sabio; acaso
el nico sabio de Vetusta; un orador incomparablemente mejor que el
Obispo.

--No es un santo--aada--pero no se puede creer nada de lo que se dice
de doa Obdulia y l, ni lo de l y Visitacin; y en cuanto a sus
relaciones con los Pez, yo que soy amigo de corazn de don Manuel, y
conozco a su hija desde que era as--media vara--protesto contra todas
esas calumniosas especies.

(Ronzal apunt la palabra: l crea que se deca especias.)

--Qu especies?--pregunt el Marquesito, que para eso estaba all.

--No lo sabes? Pues dicen que Olvidito est supeditada a la voluntad de
don Fermn; que no se casa ni se casar porque l quiere hacerla monja,
y que don Manuel autoriza esto, y....

--Y yo juro que es verdad, seor don lvaro--grit Foja.

--Pero cree usted, tambin que el Magistral haga el amor a la nia?

--Eso es lo que yo no s.--Ni lo otro--dijo Ronzal. Mesa le mir
aprobando sus palabras con una inclinacin de cabeza y una afable
sonrisa.

--Seores--aadi Trabuco, animndose--esto es escandaloso. Aqu todo se
convierte en poltica. El seor Magistral es una persona muy digna por
todos conceptos.

--Djolo Blas.--Lo digo yo!--Como si lo dijera el gato. Hubo una
pausa. El ex-alcalde no era un Joaquinito Orgaz.

Aquello de gato peda sangre, Ronzal estaba seguro, pero no saba cmo
contestar al liberalote.

Por ltimo dijo:--Es usted un grosero. Foja, que saba insultar, pero
tambin perdonaba los insultos, no se tuvo por ofendido.

--Yo lo que digo lo pruebo--replic--; el Magistral es el azote de la
provincia: tiene embobado al Obispo, metido en un puo al clero; se ha
hecho millonario en cinco o seis aos que lleva de Provisor; la curia de
Palacio no es una curia eclesistica sino una sucursal de los Montes de
Toledo. Y del confesonario nada quiero decir; y de la Junta de las
Paulinas tampoco; y de las nias del Catecismo... chitn, porque ms
vale no hablar; y de la Corte de Mara... pasemos a otro asunto. En fin,
que no hay por dnde cogerlo. Esta es la verdad, la pura verdad: y el
da que haya en Espaa un gobierno medio liberal siquiera, ese hombre
saldr de aqu con la sotana entre piernas. He dicho.

El ex-alcalde entenda as la libertad; o se persegua o no se persegua
al clero. Esta persecucin y la libertad de comercio era lo esencial. La
libertad de comercio para l se reduca a la libertad del inters.
Todava era ms usurero que clerfobo.

Aunque maldiciente, no sola atreverse a insultar a los curas de tan
desfachatada manera, y aquel discurso produjo asombro.

Cmo aquel socarrn, marrullero, siempre alerta, se haba dejado llevar
de aquel arrebato? No haba tal cosa. Estaba muy sereno. Bien saba su
papel. Su propsito era agradar a don lvaro, por causas que l conoca;
y aunque el presidente del Casino fingiera defender al cannigo, a Foja
le constaba que no le quera bien ni mucho menos.

--Seor Foja--respondi Mesa, seguro de que todos esperaban que l
hablase--hay cuando menos notable exageracin en todo lo que usted ha
dicho.

--_Vox populi_...

--El pueblo es un majadero--grit Ronzal--. El pueblo crucific a
Nuestro Seor Jesucristo, el pueblo dio la cicuta a Hipcrates.

--A Scrates--corrigi Orgaz, hijo, vengndose bajo el seguro de la
presencia de don lvaro.

--El pueblo--continu el otro sin hacer caso--mat a Luis diez y seis....

--Adis! ya se desat--interrumpi Foja.

Y cogiendo el sombrero aadi:

--Abur, seores; donde hablan los sabios sobramos los ignorantes.

Y se aproxim a la puerta.--Hombre, a propsito de sabios--dijo don
Frutos Redondo, el americano, que hasta entonces no haba hablado--.
Tengo pendiente una apuesta con usted, seor Ronzal... ya recordar
usted... aquella palabreja.

--Cul?--Avena. Usted deca que se escribe con _h_...

--Y me mantengo en lo dicho, y lo hago cuestin personal.

--No, no; a m no me venga usted con circunloquios; usted haba apostado
unos callos....

--Van apostados.--Pues bueno ajaj! Que traigan el Calepino, ese que
hay en la biblioteca.

--Que lo traigan! Un mozo trajo el diccionario. Estas consultas eran
frecuentes.

--Bsquelo usted primero con _h_--dijo Ronzal con voz de trueno a
Joaquinito, que haba tomado a su cargo, con deleite, la tarea de
aplastar al de Pernueces.

Don Frutos se baaba en agua de rosa. Un milln, de los muchos que
tena, hubiera dado l por una victoria as. Ahora veran quin era ms
bruto. Guiaba los ojos a todos, rea satisfecho, frotaba las manos.

--Qu callada! qu callada!

Orgaz, solemnemente, busc avena con _h_. No pareci.

--Ser que la busca usted con _b_; bsquela usted con _v_ de corazn.

--Nada, seor Ronzal, no parece.

--Ahora bsquela usted sin _h_--exclam don Frutos, ya muy serio,
queriendo tomar un continente digno en el momento de la victoria.

Ronzal estaba como un tomate. Mir a Mesa, que fingi estar distrado.

Por fin Trabuco, dispuesto a jugar el todo por el todo, se puso en pie
en medio de la sala y cogi bruscamente el diccionario de manos de
Orgaz, que crey que iba a arrojrselo a la cabeza. No; lo lanz sobre
un divn y gritando dijo:

--Seores, sostenga lo que quiera ese libraco, yo aseguro, bajo palabra
de honor, que el diccionario que tengo en casa pone avena con _h_.

Don Frutos iba a protestar, pero Ronzal aadi sin darle tiempo:

--El que lo niegue me arroja un ments, duda de mi honor, me tira a la
cara un guante, y en tal caso... me tiene a su disposicin; ya se sabe
cmo se arreglan estas cosas.

Don Frutos abri la boca. Foja, desde la puerta, se atrevi a decir:

--Seor Ronzal, no creo que el seor Redondo, ni nadie, se atreva a
dudar de su palabra de usted. Si usted tiene un diccionario en que lleva
_h_ la avena, con su pan se lo coma; y aun calculo yo qu diccionario
ser ese.... Debe de ser el diccionario de Autoridades....

--S seor; es el diccionario del Gobierno....

--Pues ese es el que manda; y usted tiene razn y don Frutos confunde la
avena con la Habana, donde hizo su fortuna....

Don Frutos se dio por satisfecho. Haba comprendido el chiste de la
avena que se haba de comer el otro y fingi creerse vencido.

--Seores--dijo--corriente, no se hable ms de esto; yo pago la callada.

Casi siempre pasaba l all por el ms ignorante, y el ver a Ronzal
objeto de burla general, le puso muy contento.

Se qued en que aquella noche cenaran todos los del corro a costa de
don Frutos. Raro desprendimiento en aquel corazn amante de la
economa! Ronzal crey que una vez ms se haba impuesto a fuerza de
energa; y ahora delante de don lvaro! Acept la cena y el papel de
vencedor; por ms que estaba seguro de que en su casa no haba
diccionario. Pero ya que Foja lo deca....

Haba cesado la lluvia. Se disolvi la reunin, despidindose hasta la
noche. Aquellos eran, fuera de Orgaz padre, los ordinarios
trasnochadores.

La cena sera a ltima hora. Mesa ofreci asistir a pesar de sus muchas
ocupaciones.

Cunto envidi esta frase Ronzal! Comprendi que todos haban
interpretado lo mismo que l aquellas ocupaciones. Eran ay! cita de
amor. Tal vez con la Regenta! pens el de Pernueces; y se prometi
espiarlos.

Don lvaro Mesa, Paco Vegallana y Joaqun Orgaz salieron juntos. El
Marquesito comprendi que a don lvaro le estorbaba Orgaz.

--Oye, Joaqun, ahora que me acuerdo no sabes lo que pasa?

--T dirs.--Que tienes un rival temible.--En qu... plaza?--Tienes
razn, olvidaba tus muchas empresas.... Se trata de Obdulia.

--Hola, hola--dijo Mesa, sonriendo de pura lstima--; con que tiene
usted en asedio a la viudita?

--S--dijo Paco--es... el Gran Cerco de Viena.

Joaqun, a pesar de lo flamenco, se turb, entre avergonzado y hueco.
Saba positivamente que don lvaro haba sido amante de Obdulia, porque
ella se lo haba confesado. El nico! segn la dama. Pero Orgaz
sospechaba que haba heredado aquellos amores Paco. Obdulia juraba que
no.

--Pues tu rival es don Saturnino Bermdez, el descendiente de cien
reyes, ya sabes, mi primo, segn l.... Ayer creo que hubo un escndalo
en la catedral, que el _Palomo_ tuvo que echarlos poco menos que a
escobazos: qu creas t, que Obdulia slo tena citas en las
carboneras? Pues tambin en los palacios y en los templos...

        _Pauperum tabernas, regumque turres._

Joaquinito, fingiendo mal buen humor, pregunt:

--Pero t cmo sabes todo eso?

--Es muy sencillo. La seora de Infanzn... ya sabe este quin es.

--S--dijo Mesa--la de Palomares....

--Esa, fue a la catedral con Obdulia, las acompa el arquelogo, y en
la capilla de las reliquias, en los stanos, en la bveda, en todas
partes creo que se daban unos... apretones.... La Infanzn se lo cont a
mam que se mora de risa; la lugarea estaba furiosa.... Hoy mi madre,
para divertirse--ya sabes lo que a la pobre le gustan estas
cosas--quera ver a Obdulia y a don Saturno juntos, en casa, a ver qu
cara ponan, aludiendo mam a lo de ayer. La llam, pero Obdulia se
disculp diciendo que esta tarde tena que pasarla en casa de Visitacin
para hacer las empanadas de la merienda... ya sabes, la de la tertulia
de la otra....

--S, ya s.--Con que all las tienes, con los brazos al aire... y...
ya sabes... en fin, que est el horno para pasteles.

--En honor de la verdad--observ Mesa--la viuda est apetitosa en tales
circunstancias. Yo la he visto en casa de este, con su gran mandil
blanco, su falda bajera ceida al cuerpo, la pantorrilla un poco al aire
y los brazos _un_ todo al fresco... colorada, excitadota....

El flamenco trag saliva.--Es la mujer X--dijo sin poder contenerse--.
Y l?--aadi.

--Quin?--El sabihondo ese...--Ah! don Saturnino? Pues tampoco fue
a casa. Contest muy fino en una esquela perfumada, como todas las
suyas, que parecen de _cocotte_ de sacrista....

--Qu contest?

--Que estaba en cama y que hiciera mam el favor de mandarle la receta
de aquella purga tan eficaz que ella conoce. El pobre Bermdez sera
feliz, dado que te desbanque, si no fueran esas irregularidades de las
vas digestivas. Joaqun sigui algunos minutos hablando de aquellas
bromas y se despidi.

--Pobre diablo!--dijo Mesa.

--Es pesado como un plomo. Callaron. Vegallana miraba de soslayo a su
amigo de vez en cuando. Don lvaro iba pensativo. Aquel silencio era de
esos que preceden a confidencias interesantes de dos amigos ntimos.

Aquella amistad era como la de un padre joven y un hijo que le trata
como a un camarada respetable y de ms seso. Pero adems Paco vea en su
Mesa un hroe. Ni el ser heredero del ttulo ms envidiable de Vetusta,
ni su buena figura, ni su partido con las mujeres, envanecan a Paco
tanto como su intimidad con don lvaro. Cuarenta aos y alguno ms
contaba el presidente del Casino, de veinticinco a veintisis el futuro
Marqus y a pesar de esta diferencia en la edad congeniaban, tenan los
mismos gustos, las mismas ideas, porque Vegallana procuraba imitar en
ideas y gustos a su dolo. No le imitaba en el vestir, ni en las
maneras, porque discretamente, al notar algunos conatos de ello, don
lvaro le haba hecho comprender que tales imitaciones eran ridculas y
cursis. Burlndose de Trabuco haba apartado a Paco, que tena instintos
de verdadero elegante, de tales propsitos. Y as era el Marquesito
original, vesta a la moda, segn la entenda su sastre de Madrid, que
le tomaba en serio, que le cuidaba, como a parroquiano inteligente y de
mrito. No exageraba ni por ajustar demasiado la ropa ni por dejarla muy
holgada, ni se exceda en los picos de los cuellos, ni en las alas de
los sombreros.

Procuraba tener estilo indumentario para no parecerse a cualquier
figurn. No crea en los sastres de Vetusta y ni unas trabillas
compraba en su tierra. Nadie era sastre en su patria. En verano prefera
los sombreros blancos, los chalecos claros y las corbatas alegres. La
esencia del vestir bien estaba en la pulcritud y la correccin, y el
peligro en la exageracin adocenada. Era blanco, sonrosado, pero sin
rastro de afeminamiento, porque tena hermosa piel, buena sangre, mucha
salud; las mujeres le alababan sobre todo la boca, dientes inclusive, la
mano y el pie. Hasta en aquellos lugares donde el hombre suele perder
todo encanto, porque es el deber, lograba conquistas verdaderas y de
ello se pagaba no poco el Marquesito, que trataba con desdn a las
queridas ganadas en buena lid, y con grandes miramientos y hasta cario
a las que le costaban su dinero. Su literatura se haba reducido a la
_Historia de la prostitucin_ por Dufour, a _La Dama de las Camelias_ y
sus derivados, con ms algunos panegricos novelescos de la mujer cada.
Crea en el buen corazn de las que llamaba Bermdez meretrices y en la
corrupcin absoluta de las clases superiores. Estaba seguro de que si no
vena otra irrupcin de Brbaros, el mundo se pudrira de un da a otro.
Lo lamentaba, pero lo encontraba muy divertido.

Adems, pensaba que el buen casado necesita haber corrido muchas
aventuras. l estaba destinado a cierta heredera tan esculida como
virtuosa, y haba puesto por condicin, para comprometer su mano, que le
dejaran muchos aos de libertad en la que se preparara a ser un buen
marido.

La duda que le atormentaba y consultaba con Mesa era esta:

--Debo casarme pronto para que mi mujer no llegue a mis brazos hecha
una vieja? Debo preferir tomarla vieja y ser libre ms tiempo para
disfrutar de otras lozanas?

No pensaba l, por supuesto, abstenerse del amor adltero en casndose:
pero y la comodidad? y el andar a salto de mata, ocultndose como un
criminal?

Prefera seguir preparndose para ser un buen esposo.

Despus de Mesa, pocos seductores haba tan afortunados como el
Marquesito. La vanidad sola ayudarle en sus conquistas; no pocas
mujeres se rendan al futuro marqus de Vegallana; pero otras veces, y
esto era lo que l prefera, vencan sus ojos azules, suaves y amorosos,
su manera de entender los placeres.

--Para gozar--deca--las de treinta a cuarenta. Son las que saben ms y
mejor, y quieren a uno por sus prendas personales.

Como una dama rica y elegante deja vestidos casi nuevos a sus doncellas,
Mesa ms de una vez dejaba en brazos de Paco amores apenas usados. Y
Paco, por ser quien era el otro, los tomaba de buen grado. Tanto le
admiraba.

Paco era de mediana estatura y cogido del brazo de su amigo pareca
bajo, porque Mesa era ms alto que el buen mozo de Pernueces.

--A dnde vamos?--pregunt Vegallana, queriendo provocar as la
confidencia que esperaba.

Don lvaro se encogi de hombros.

--Puede ser que est ella en mi casa.

--Quin?--Anita. Bah! Don lvaro sonri, mirando con cario paternal
a Paco.

Le cogi por los hombros y le atrajo hacia s, mientras deca:
--Muchacho, t eres _l'enfant terrible_! Qu ingenuidad! Pero quin
te ha dicho a ti?...

--Estos. Y puso Paco dos dedos sobre los ojos.

--Qu has visto? No puede ser. Yo estoy seguro de no haber sido
indiscreto.

--Y ella?--Ella... no estoy seguro de que sepa que me gusta.

--Bah! Estoy seguro yo.... Y ms; estoy seguro de que le gustas t.

Una mano de Mesa tembl ligeramente sobre el hombro de Vegallana.

El Marquesito lo sinti, y vio en el rostro de su amigo grandes
esfuerzos por ocultar alegra. Los ojos fros del _dandy_ se animaron.
Chup el cigarro y arroj el humo para ocultar con l la expresin de
sus emociones.

Anduvieron algunos pasos en silencio.

--Qu has visto t... en ella?

--Hola, hola! Parece que pica.

--Ya lo creo! Y dnde creers que pica?

Vegallana se volvi para mirar a Mesa.

Este seal el corazn con ademn joco-serio.

--Puf!--hizo con los labios Paco.

--Lo dudas?--Lo niego.--No seas tonto. T no crees en la posibilidad
de enamorarse?

--Yo me enamoro muy fcilmente....

--No es eso.--Y te pones colorado?--S; me da vergenza, qu
quieres? Esto debe de ser la vejez.--Pero, vamos a ver, qu sientes?

Mesa explic a Paco lo que senta. Le enga como engaaba a ciertas
mujeres que tenan educacin y sentimientos semejantes a los del
Marquesito. La fantasa de Paco, sus costumbres, la especial perversin
de su sentido moral le hacan afeminado en el alma en el sentido de
parecerse a tantas y tantas seoras y seoritas, sin malos humores,
ociosas, de buen diente, criadas en el ocio y el regalo, en medio del
vicio fcil y corriente.

Era muy capaz de un sentimentalismo vago que, como esas mujeres, tomaba
por exquisita sensibilidad, casi casi por virtud. Pero esta virtud para
damas se rige por leyes de una moral privilegiada, mucho menos severa
que la desabrida moral del vulgo. Paco, sin pensar mucho en ello, y sin
pensar claramente, esperaba todava un amor puro, un amor grande, como
el de los libros y las comedias; comprenda que era ridculo buscarlo y
se declaraba escptico en esta materia; pero all adentro, en regiones
de su espritu en que l entraba rara vez, vea vagamente _algo mejor_
que el ordinario galanteo, algo ms serio que los apetitos carnales
satisfechos y la vanidad contenta. Necesitaba para que todo eso saliera
a la superficie, para darse cuenta de ello, que fantasa ms poderosa
que la suya provocase la actividad de su cerebro; la elocuencia de
Mesa, insinuante, corrosiva, era el incentivo ms a propsito. En un
cuarto de hora, empleado en recorrer calles y plazuelas, don lvaro hizo
sentir al otro aquellos algos indefinidos del amor dosimtrico, que era
la ms alta idealidad a que llegaba el espritu del Marquesito.

S, todo aquello era puro. Se trataba de una mujer casada, es verdad;
pero el amor ideal, el amor de las almas elegantes y escogidas no se
para en barras. En Pars, y hasta en Madrid, se ama a las seoras
casadas sin inconveniente. En esto no hay diferencia entre el amor puro
y el ordinario.

Importaba mucho al jefe del partido liberal dinstico de Vetusta que
Paquito le creyera enamorado de aquella manera sutil y alambicada. Si se
convenca de la pureza y fuerza de esta pasin, le ayudara no poco. La
amistad entre los Vegallana y la Regenta era ntima. Paco jams haba
dicho una palabra de amor a su amiga Anita, y esta le estimaba mucho; lo
poco expansiva que era ella con Paco lo haba sido mejor que con otros;
en la casa del Marqus, adems, se la poda ver a menudo; en otras casas
pocas veces. Si Mesa quera conseguir algo, no era posible prescindir
de Paquito. Supongamos que Ana consenta en hablar con don lvaro a
solas, dnde poda ser? En casa del Regente? Imposible, pensaba el
seductor; esto ya sera una traicin formal, de las que asustan ms a
las mujeres; semejantes enredos no poda admitirlos la Regenta: por lo
menos al principio. La casa de Paco era un terreno neutral; el lugar ms
a propsito para comenzar en regla un asedio y esperar los
acontecimientos. Don lvaro lo saba por larga experiencia. En casa de
Vegallana haba ganado sus ms heroicas victorias de amor. Su orgullo le
aconsejaba que no hiciera en favor de Ana Ozores una excepcin que a
todo Vetusta le parecera indispensable.

Por lo mismo, quera l vencer all para que vieran.

Haba de ser en el saln amarillo, en el clebre saln amarillo. Qu
saba Vetusta de estas cosas? Tan mujer era la Regenta como las dems;
por qu se empeaban todos en imaginarla invulnerable? Qu blindaje
llevaba en el corazn? Con qu unto singular, milagroso, haca
incombustible la carne flaca aquella hembra? Mesa no crea en la virtud
absoluta de la mujer; en esto pensaba que consista la superioridad que
todos le reconocan. Un hombre hermoso, como l lo era sin duda, con
tales ideas tena que ser irresistible.

Creo en m y no creo en ellas. Esta era su divisa.

Para lo que serva aquel supersticioso respeto que inspiraba a Vetusta
la virtud de la Regenta era, bien lo conoca l, para aguijonearle el
deseo, para hacerle empearse ms y ms, para que fuese poco menos que
verdad aquello del enamoramiento que le estaba contando a su amiguito.

l era, ante todo, un hombre poltico; un hombre poltico que
aprovechaba el amor y otras pasiones para el medro personal. Este era
su dogma haca ms de seis aos. Antes conquistaba por conquistar. Ahora
con su cuenta y razn; por algo y para algo. Precisamente tena entre
manos un vastsimo plan en que entraba por mucho la seora de un
personaje poltico que haba conocido en los baos de Palomares. Era
otra virtud. Una virtud a prueba de bomba; del gran mundo. Pues bien,
haba empezado a minar aquella fortaleza. Era todo un plan! Esperaba en
el buen xito, pero no se apresuraba. No se apresuraba nunca en las
cosas difciles. l, el conquistador a lo Alejandro, el que haba
rendido la castidad de una robusta aldeana en dos horas de pugilato, el
que haba deshecho una boda en una noche, para sustituir al novio, el
Tenorio repentista, en los casos graves proceda con la paciencia de un
estudiante tmido que ama platnicamente. Haba mujeres que slo as
sucumban; a no ser que abundasen las ocasiones de los ataques bruscos
con seguridad del secreto; entonces se acortaban mucho los plazos del
rendimiento. La seora del personaje de Madrid era de las que exigan
aos. Pero el triunfo en este caso aseguraba grandes adelantos en la
carrera, y esto era lo principal en Mesa, el hombre poltico. Ahora se
empezaba a hablar en Vetusta de si l pona o no pona los ojos en la
Regenta. Vergenza le daba confesrselo a s propio! Dos aos haca
que ella deba creerle enamorado de sus prendas! S, dos aos llevaba de
prudente sigiloso culto externo, casi siempre mudo, sin ms elocuencia
que la de los ojos, ciertas idas y venidas y determinadas actitudes ora
de tristeza, ora de impaciencia, tal vez de desesperacin. Y mayor
vergenza todava! otros dos aos haba empleado en merecer el poeta
Trifn Crmenes, enamorado lricamente de la Regenta. Bien lo haba
conocido don lvaro, y aunque el rival no le pareca temible, era muy
ridculo coincidir con tamao personaje en la fecha de las operaciones y
en el sistema de ataque. Pero al principio no haba ms remedio, haba
que proceder as. Claro es que el poeta se haba quedado muy atrs; no
haba pasado de esta situacin, poco lisonjera: la Regenta no saba que
aquel chico estaba enamorado de ella. Le vea a veces mirarla con fijeza
y pensaba:

Qu distrado es ese poetilla de _El Lbaro_! deben de tenerle muy
preocupado los consonantes. Y en seguida se olvidaba de que haba
Crmenes en el mundo. Entonces ya no le quedaba al poeta ms testigo de
su dolor que Mesa, la nica persona del mundo que entenda el sentido
oculto y hondo de los versos erticos de Crmenes. Aquellas elegas
parecan charadas, y slo poda descifrarlas don lvaro dueo de la
clave.

Esta parte ridcula, segn l, de su empeo, pona furioso unas veces al
gentil Mesa y otras de muy buen humor. Era chusco! l, rival de
Trifn! Haba que dar un asalto. Ya deba de estar aquello bastante
preparado. Aquello era el corazn de la Regenta.

El presidente del Casino apreciaba el progreso de la cultura por la
lentitud o rapidez en esta clase de asuntos. Vetusta era un pueblo
primitivo. Dgalo si no lo que a l le pasaba con Anita Ozores. Verdad
era que en aquellos dos aos haba rendido otras fortalezas. Pero
ninguna aventura haba sido de las ruidosas; nada poda saber la Regenta
de cierto y el amor y la constancia del discreto adorador deban de ser
para ella cosa poco menos que segura. La prudencia y el sigilo eran
dotes positivas de don lvaro en tales asuntos. Sus aventuras actuales
pocos las conocan; las que sonaban y hasta refera l siempre eran
antiguas. Con esto y la natural vanidad que lleva a la mujer a creerse
querida de veras, la Regenta poda, si le importaba, creer que el
Tenorio de Vetusta haba dejado de serlo para convertirse en fino,
constante y platnico amador de su gentileza. Esto era lo que l quera
saber a punto fijo. Creera en l? le sacrificara la tranquilidad de
la conciencia y otras comodidades que ahora disfrutaba en su hogar
honrado?

Algunas insinuaciones tal vez temerarias le haban hecho perder terreno,
y con ellas haba coincidido el cambio de confesores de la Regenta.

Todo se puede echar a perder ahora, haba pensado don lvaro. La
devocin sera un rival ms temible que Crmenes; el Magistral un
cancerbero ms respetable que don Vctor Quintanar, mi buen amigo.

No haba ms remedio que jugar el todo por el todo.

Haba llegado la poca de la recoleccin: seran calabazas? No lo
esperaba; los sntomas no eran malos; pero, aunque se lo ocultase a s
mismo, no las tena todas consigo. Por eso le irritaba ms la
supersticiosa fe de Vetusta en la virtud de aquella seora; le irritaba
ms porque l, sin querer, participaba de aquella fe estpida.

Y con todo, yo tengo datos en contra, pensaba, ciertos indicios. Y
adems, no crea en la mujer fuerte. Seor, si hasta la Biblia lo dice!
Mujer fuerte? Quin la hallar?.

Si hubiese conocido Paco Vegallana estos pensamientos de su amigo, que
probaban la falsedad de su amor, le hubiera negado su eficaz auxilio en
la conquista de la Regenta. Slo el amor fuerte, invencible, poda
disculparlo todo. A lo menos as lo deca la moral de Paco. Queriendo
tanto y tan bien como deca don lvaro, nada de ms hara la Regenta en
corresponderle. Una mujer casada, peca menos que una soltera cometiendo
una falta, porque, es claro, la casada... no se compromete.

--Esta es la moral positiva!--deca el Marquesito muy serio cuando
alguien le opona cualquier argumento--. S, seor, esta es la moral
moderna, la cientfica; y eso que se llama el Positivismo no predica
otra cosa; lo inmoral es lo que hace dao positivo a alguien. Qu dao
se le hace a un marido _que no lo sabe_?.

Crea Paco que as hablaba la filosofa de ltima novedad, que l
estimaba excelente para tales aplicaciones, aunque, como buen
conservador, no la quera en las Universidades.

Por qu? Porque el saber esas cosas no es para chicos.

Cuando llegaron al portal del palacio de Vegallana, su futuro dueo
tena lgrimas en los ojos. Tanto le haba ablandado el alma la
elocuencia de Mesa! Qu grande contemplaba ahora a su don lvaro!
Mucho ms grande que nunca. Con que el escptico redomado, el hombre
fro, el _dandy_ desengaado, tena otro hombre dentro? Quin lo
pensara! Y qu bien casaban aquellos colores (aquellos matices
delicados, quera decir Paco), aquel contraste de la aparente
indiferencia, del elegante pesimismo con el oculto fervor ertico, un si
es no es romntico!. Si en vez de la _Historia de la prostitucin_
Paquito hubiese ledo ciertas novelas de moda, hubiera sabido que don
lvaro no haca ms que imitar--y de mala manera, porque l era ante
todo un hombre poltico--a los hroes de aquellos libros elegantes. Sin
embargo, algo encontraba Paco en sus lecturas parecido a Mesa; era este
una Margarita Gauthier del sexo fuerte; un hombre capaz de redimirse por
amor. Era necesario redimirle, ayudarle a toda costa.

Y que perdonase don Vctor Quintanar, incapaz de ser escptico, fro y
prosaico por fuera, romntico y dulzn por dentro.

Cuando suban la escalera, Paco Vegallana, el muchacho de ms partido
entre las mozas del dem, estaba resuelto:

1. A favorecer en cuanto pudiese los amores, que l daba por seguros,
de la Regenta y Mesa. Y

2. A buscar para uso propio, un acomodo neo-romntico, una _pasin
verdad_, compatible con su aficin a las formas amplias y a las
turgencias hiperblicas, que l no llamaba as por supuesto.

--Quin est arriba?--pregunt a un criado, seguro de que estara la
Regenta porque se lo daba el corazn.

--Hay dos seoras.--Quines son? El criado medit.--Una creo que es
doa Visita, aunque no las he visto; pero se la oye de lejos... la
otra... no s.

--Bueno, bueno--dijo Paco, volvindose a Mesa--. Son ellas. Estos das
Visita no se separa de Ana.

A Mesa le temblaron un poco las piernas, muy contra su deseo.

--Oye--dijo--llvame primero a tu cuarto. Quiero que all me expliques,
como si te fueras a morir, la verdad, nada ms que la verdad de lo que
hayas notado en ella, que puede serme favorable.

--Bien; subamos. Paco se turb. La verdad de lo que haba notado... no
era gran cosa. Pero bah! con un poco de imaginacin... y precisamente
l estaba tan excitado en aquel momento....

Las habitaciones del Marquesito estaban en el segundo piso. Al llegar al
vestbulo del primero, oyeron grandes carcajadas.... Era en la cocina.
Era la carcajada eterna de Visita.

--Estn en la cocina!--dijo Mesa asombrado y recordando otros tiempos.

--Oye--observ Paco--no esperaba Visita a Obdulia en su casa para hacer
empanadas y no s qu mas?

--S, ella lo dijo.--Entonces... cmo est aqu Visitacin?

--Y qu hacen en la cocina?

Una hermosa cabeza de mujer, cubierta con un gorro blanco de fantasa,
apareci en una ventana al otro lado del patio que haba en medio de la
casa. Debajo del gorro blanco flotaban graciosos y abundantes rizos
negros, una boca fresca y alegre sonrea, unos ojos muy grandes y
habladores hacan gestos, unos brazos robustos y bien torneados, blancos
y macizos, rematados por manos de mueca, mostraban, levantndolo por
encima del gorro, un pollo pelado, que palpitaba con las ansias de la
muerte; del pico caan gotas de sangre.

Obdulia, dirigindose a los atnitos caballeros, hizo ademn de retorcer
el pescuezo a su vctima y grit triunfante:

--Yo misma! he sido yo misma! As a todos los hombres!...

Era Obdulia! Obdulia! Luego no estaba la otra.




--VIII--


El marqus de Vegallana era en Vetusta el jefe del partido ms
reaccionario entre los dinsticos; pero no tena aficin a la poltica y
ms serva de adorno que de otra cosa. Tena siempre un favorito que era
el jefe verdadero. El favorito actual era (oh escndalo del juego
natural de las instituciones y del turno pacfico!) ni ms ni menos, don
lvaro Mesa, el jefe del partido liberal dinstico. El reaccionario
crea resolver sus propios asuntos y en realidad obedeca a las
inspiraciones de Mesa. Pero este no abusaba de su poder secreto. Como
un jugador de ajedrez que juega solo y lo mismo se interesa por los
blancos que por los negros, don lvaro cuidaba de los negocios
conservadores lo mismo que de los liberales. Eran panes prestados. Si
mandaban los del Marqus, don lvaro reparta estanquillos, comisiones y
licencias de caza, y a menudo algo ms suculento, como si fueran
gobierno los suyos; pero cuando venan los liberales, el marqus de
Vegallana segua siendo rbitro en las elecciones, gracias a Mesa, y
daba estanquillos, empleos y hasta prebendas. As era el turno pacfico
en Vetusta, a pesar de las apariencias de encarnizada discordia. Los
soldados de fila, como se llamaban ellos, se apaleaban all en las
aldeas, y los jefes se entendan, eran ua y carne. Los ms listos algo
sospechaban, pero no se protestaba, se procuraba sacar tajada doble,
aprovechando el secreto.

Vegallana tena una gran pasin: la de tragarse leguas, o sea dar
paseos de muchos kilmetros.

Le aburran las intrigas de politiquilla.

Era cacique honorario; el cacique en funciones, su mano derecha, Mesa.
Don lvaro era al Marqus en poltica lo que a Paquito en amores, su
Mentor, su Ninfa Egeria. Padre e hijo se consideraban incapaces de
pensar en las respectivas materias sin la ayuda de su Pitonisa. Aqu
estaba el secreto de la poltica de Vegallana, conocido por pocos.

Los ms, al salir de una junta del Saln de Antigedades, solan
exclamar:

--Qu cabeza la de este Marqus! Naci para amaos electorales, para
manejar pueblos.

--No, y los aos no le rinden; siempre es el mismo.

Y todo lo que alababan era obra del otro, de Mesa.

Cuando este quera castigar a alguno de los suyos, le pona enfrente de
un candidato reaccionario a quien haba que dejar el triunfo. El Marqus
agradeca a don lvaro su abnegacin, y le pagaba dicindole, por
ejemplo:

--Oiga usted, mi correligionario, Fulano quiere tal cosa, pero a m me
carga ese hombre; haga usted que triunfe el pretendiente liberal. Y
entonces Mesa premiaba los servicios de algn servidor fidelsimo.

Quin le hubiera dicho a Ronzal que l deba el verse diputado de la
Comisin a una de estas sabias combinaciones!

El Marqus deca que la fatalidad le haba llevado a militar en un
partido reaccionario; el nacimiento, los compromisos de clase; pero su
temperamento era de liberal. Tena grandes amistades personales en
las aldeas, y reparta abrazos por el distrito en muchas leguas a la
redonda. Durante las elecciones, cuando muchos, casi todos, le crean
manejando la complicada mquina de las influencias, el nico servicio
positivo y directo que prestaba era el de agente electoral. Peda un
puado de candidaturas a Mesa y las reparta por las parroquias
electorales que visitaba en sus paseos de Judo Errante.

Cuando emprenda una excursin por camino desconocido, contaba los
pasos, aunque hubiese medidas oficiales, porque no se fiaba de los
kilmetros del Gobierno. Contaba los pasos y los millares los sealaba
con piedras menudas que meta en los bolsillos de la americana. Llegaba
a casa y descargaba sobre una mesa aquellos sacos para contar ms
satisfecho las piedras miliarias. Aquella noche en la tertulia se
hablaba en primer trmino del paseo de Vegallana.

--A dnde bueno, Marqus?--le preguntaba un amigo que le encontraba en
el campo.

--A Cardona por la Carbayeda... mil ciento uno... mil ciento dos...
tres... cuatro...--y segua marcando el paso, apoyndose en un palo con
nudos y ahumado, como el de los aldeanos de la tierra.

Aquel garrote, la sencilla americana y el hongo flexible de anchas alas
eran la garanta de su popularidad en las aldeas. Tena todo el orgullo
y todas las preocupaciones de sus compaeros en nobleza vetustense,
pero afectaba una llaneza que era el encanto de las almas sencillas.

Tena otra mana, corolario de sus paseos, la mana de las pesas y
medidas. Saba en nmeros decimales la capacidad de todos los teatros,
congresos, iglesias, bolsas, circos y dems edificios notables de
Europa. Covent Garden tiene tantos metros de ancho por tantos de largo,
y tantos de altura; y hallaba el cubo en un decir Jess. El Real tiene
tantos metros cbicos menos que la Gran pera. Menta cuando quera
deslumbrar al auditorio, pero poda ser exacto, asombrosamente exacto si
se le antojaba. A m hechos, datos, nmeros--deca--; lo dems...
filosofa alemana.

En arquitectura le preocupaban mucho las proporciones. Para que hubiese
proporcin entre la catedral y la plazuela, convendra retirar tres o
cuatro metros la catedral. Y l lo hubiera propuesto de buen grado. Era
el enemigo natural de D. Saturnino Bermdez en materia de monumentos
histricos y ornato pblico. Todo lo quera alineado. Soaba con las
calles de Nueva York--que nunca haba visto--y si le sacaban este
argumento:

--Pero la nobleza se opone por su propia esencia a esas igualdades.

Contestaba:--Seor mo, _distingue tempora_... (no quera decir eso)
no tergiversemos, no involucremos, _post hoc ergo propter hoc_ (tampoco
quera decir eso.) La verdadera desigualdad est en la sangre, pero los
tejados deben medirse todos por un rasero. As lo hace Amrica, que nos
lleva una gran ventaja.

La Colonia, la parte nueva de Vetusta, merced a la influencia poderosa
del Marqus, por un rasero se haba medido.

No haba una casa ms alta que otra.

Protestaban algunos americanos que queran hacer palacios de ocho pisos
para ver desde las guardillas el campanario de su pueblo; pero el
Municipio, bajo la presin del Marqus, nivelaba todos los tejados
dejando para otras esferas de la vida las naturales desigualdades de la
sociedad en que vivimos, como deca el Marqus en un artculo annimo
que public en _El Lbaro_.

La Marquesa tena a su esposo por un grandsimo majadero, condicin que
ella crea casi universal en los maridos. Ella s que era liberal. Muy
devota, pero muy liberal, porque lo uno no quita lo otro. Su devocin
consista en presidir muchas cofradas, pedir limosna con gran descaro a
la puerta de las iglesias, azotando la bandeja con una moneda de cinco
duros, regalar platos de dulce a los cannigos, convidarles a comer,
mandar capones al Obispo y fruta a las monjas para que hicieran
conservas. La libertad, segn esta seora, se refera principalmente al
sexto mandamiento. Ella no haba sido ni mala ni buena, sino como todas
las que no son completamente malas, pero tena la virtud de la ms
amplia tolerancia. Opinaba que lo nico bueno que la aristocracia de
ahora poda hacer era divertirse. No poda imitar las virtudes de la
nobleza de otros tiempos? Pues que imitara sus vicios. Para la Marquesa
no haba ms que Luis XV y Regencia. Los muebles de su saln amarillo y
la chimenea de su gabinete estaban copiados de una sala de Versalles,
segn aseguraban el tapicero y el arquitecto; pero el amor de la
Marquesa a lo mullido y almohadillado haba ido introduciendo grandes
modificaciones en el saln Regencia.

El capitn Bedoya, el gran anticuario, murmuraba del saln amarillo
diciendo:

--La Marquesa se empea en llamar aquello estilo de la Regencia; por
dnde? como no sea de la regencia de Espartero.... Los muebles eran
lujosos, pero estaban maltratados y lo que era peor, desde el punto de
vista arqueolgico, convertidos en flagrantes anacronismos.

Les haba hecho sufrir varios cambios, aunque siempre sobre la base del
amarillo, cubrindolos con damasco, primero, con seda brochada despus,
y ltimamente con raso basteado, _capiton_ que ella deca, en
almohadillas muy abultadas y menudas, que a don Saturnino se le
antojaban impdicas. El tapicero protest en tiempo oportuno; en el
saln sentaba mal lo _capiton_, segn su dogma, pero la Marquesa se
rea de estas imposiciones oficiales. En los dems muebles del saln,
espejos, consolas, colgaduras, etc., se haba pasado de lo que
entendiera el mueblista por Regencia a la mezcla ms escandalosa, segn
el capricho y las comodidades de la Marquesa. Si se le hablaba de mal
gusto, contestaba que la moda moderna era lo _confortable_ y la
libertad. Los antiguos cuadros de la escuela de Cenceo sin duda, pero
al fin venerables como recuerdos de familia, los haba mandado al
segundo piso, y en su lugar puso alegres acuarelas, mucho torero y mucha
manola y algn fraile pcaro; y con escndalo de Bedoya y de Bermdez
hasta haba colgado de las paredes cromos un poco verdes y nada
artsticos. En el gabinete contiguo, donde pasaba el da la Marquesa, la
anarqua de los muebles era completa, pero todos eran cmodos; casi
todos servan para acostarse; sillas largas, mecedoras, marquesitas,
confidentes, taburetes, todo era una conjuracin de la pereza; en
entrando all daban tentaciones de echarse a la larga. El sof de panza
anchsima y turgente con sus botones ocultos entre el raso, como
pistilos de rosas amarillas, era una muda anacrentica, acompaada con
los olores excitantes de las cien esencias que la Marquesa arrojaba a
todos los vientos.

La excelentsima seora doa Rufina de Robledo, marquesa de Vegallana,
se levantaba a las doce, almorzaba, y hasta la hora de comer lea
novelas o haca crochet, sentada o echada en algn mueble del gabinete.
La gran chimenea tena lumbre desde Octubre hasta Mayo. De noche iba al
teatro doa Rufina siempre que haba funcin, aunque nevase o cayeran
rayos; para eso tena carruajes. _Si no haba teatro_, y esto era muy
frecuente en Vetusta, se quedaba en su gabinete donde reciba a los
amigos y amigas que quisieran hablar de sus cosas, mientras ella lea
peridicos satricos con caricaturas, revistas y novelas. Slo
intervena en la conversacin para hacer alguna advertencia del gnero
de los epigramas del Arcipreste, su buen amigo. En estas breves
interrupciones, doa Rufina demostraba un gran conocimiento del mundo y
un pesimismo de buen tono respecto de la virtud. Para ella no haba ms
pecado mortal que la hipocresa; y llamaba hipcritas a todos los que no
dejaban traslucir aficiones erticas que podan no tener. Pero esto no
lo admita ella. Cuando alguno _sala garante_ de una virtud, la
Marquesa, sin separar los ojos de sus caricaturas, mova la cabeza de un
lado a otro y murmuraba entre dientes postizos, como si rumiase
negaciones. A veces pronunciaba claramente:

--A m con esas... que soy tambor de marina.

No era tambor, pero quera dar a entender que haba sido ms fiel a las
costumbres de la Regencia que a sus muebles. Sus citas histricas solan
referirse a las queridas de Enrique VIII y a las de Luis XIV.

En tanto, el saln amarillo estaba en una discreta obscuridad, si haba
pocos tertulios. Cuando pasaban de media docena, se encenda una lmpara
de cristal tallado, colgada en medio del saln. Estaba a bastante
altura; slo poda llegar a la llave del gas Mesa, el mejor mozo. Los
dems se quejaban. Era una injusticia.

--Para qu poner tan alta la lmpara?--decan algunos un tanto
ofendidos.

Doa Rufina se encoga de hombros.

--Cosas de ese--responda--aludiendo a su marido.

No era muy escrupuloso el Marqus en materia de moral privada; pero una
noche haba entrado palpando las paredes para atravesar el saln y
llegar al gabinete, cuya puerta estaba entornada; su mano tropez con
una nariz en las tinieblas, oy un grito de mujer--estaba seguro--y
sinti ruido de sillas y pasos apagados en la alfombra. Call por
discrecin, pero orden a los criados que colocaran ms alta la lmpara.
As nadie podra quitarle luz ni apagarla. Pero result una desigualdad
irritante, porque Mesa, ponindose de puntillas, llegaba todava a la
llave del gas.

De las tres hijas de los marqueses, dos, Pilar y Lola, se haban casado
y vivan en Madrid; Emma, la segunda, haba muerto tsica. Aquella
escasa vigilancia a que la Marquesa se crea obligada cuando sus hijas
vivan con ella, haba desaparecido. Era el nico consuelo de tanta
soledad. En tiempo de ferias, doa Rufina haca venir alguna sobrina de
las muchas que tena por los pueblos de la provincia. Aquellas lugareas
linajudas esperaban con ansia la poca de las ferias, cuando les tocaba
el turno de ir a Vetusta. Desde nias se acostumbraban a mirar como
temporada de excepcional placer la que se pasaba con la ta, en medio de
lo _mejorcito_ de la capital. Algunos padres timoratos oponan algunos
argumentos de aquella moralidad privada que no preocupaba al Marqus,
pero al fin la vanidad triunfaba y siempre tena su sobrina en ferias la
seora marquesa de Vegallana. Las sobrinitas ocupaban los aposentos de
las hijas ausentes;--el de Emma no volvi a ser habitado, pero se
entraba en l cuando haca falta--. Las muchachas animaban por algunas
semanas con el ruido de mejores das aquellas salas y pasillos, alcobas
y gabinetes, demasiado grandes y tristes cuando estaban desiertos. De
noche, sin embargo, no faltaba algazara en el piso principal, hubiera
sobrinas o no. En el segundo, de da y de noche haba aventuras, pero
silenciosas. Un personaje de ellas siempre era Paquito. Cuando estaba
sereno, juraba que no haba cosa peor que perseguir a la servidumbre
femenina en la propia casa; pero no poda dominarse. _Videor meliora_,
le deca don Saturno sin que Paco le entendiese. En la tertulia de la
Marquesa, con sobrinas o sin ellas, predominaba la juventud. Las
muchachas de las familias ms distinguidas iban muy a menudo a hacer
compaa a la pobre seora que se haba quedado sin sus tres hijas.
Previamente se daba cita al novio respectivo; y cuando no, esperaban los
acontecimientos. All se improvisaban los noviazgos, y del saln
amarillo haban salido muchos matrimonios _in extremis_, como deca
Paquito creyendo que _in extremis_ significaba una cosa muy divertida.
Pero lo que sala ms veces, era asunto para la crnica escandalosa. Se
respetaba la casa del Marqus, pero se despellejaba a los tertulios. Se
contaba cualquier aventurilla y se aada casi siempre:

--Lo ms odioso es que esas... tales hayan escogido para sus... cuales
una casa tan respetable, tan digna. Los liberales avanzados, los que no
se andaban con paos calientes, sostenan que la casa era lo peor.

Sin embargo, los maldicientes procuraban ser presentados en aquella casa
donde haba tantas aventuras.

Aunque algo se haban relajado las costumbres y ya no era un crculo tan
estrecho como en tiempo de doa Anuncia y doa gueda (q. e. p. d.) el
_de la clase_, an no era para todos el entrar en la tertulia de
confianza de Vegallana. Los mismos tertulios procuraban cerrar las
puertas, porque se daban tono as, y adems no les convenan testigos.
Estaban mejor en _petit comit_. El espritu de tolerancia de la
Marquesa haba contagiado a sus amigos. Nadie espiaba a nadie. Cada cual
a su asunto. Como el ama de la casa autorizaba sobradamente la tertulia,
las mams que nada esperaban ya de las vanidades del mundo, dejaban ir a
las nias solas. Adems, nunca faltaban casadas todava ganosas de
cuidar la honra de sus retoos o de divertirse por cuenta propia. Y
quin duda que estas se haran respetar? All estaba Visitacin por
ejemplo. Algunas madres haba que no pasaban por esto; pero eran las
ridculas, as como los maridos que seguan conducta anloga. Algn
cannigo sola dar mayores garantas de moralidad con su presencia,
aunque es cierto que no era esto frecuente, ni el cannigo paraba all
mucho tiempo. El clero catedral prefera visitar a la Marquesa de da. A
los escrupulosos se les llamaba hipcritas y adelante.

La Marquesa saba que en su casa se enamoraban los jvenes un poco a lo
vivo. A veces, mientras lea, notaba que alguien abra la puerta con
gran cuidado, sin ruido, por no distraerla; levantaba los ojos; faltaba
Fulanito: bueno. Volva a notar lo mismo, volva a mirar, faltaba
Fulanita, bueno y qu? Segua leyendo. Y pensaba: Todos son personas
decentes, todos saben lo que se debe a mi casa, y en cuestin de
_peccata minuta_... all los interesados. Y encoga los hombros. Este
criterio ya lo aplicaba cuando vivan con ella sus hijas. Entonces
segua pensando: Buenas son mis nenas; si alguno se propasa, las
conozco, me avisarn con una bofetada sonora... y lo dems... nieras;
mientras no avisan, nieras. En efecto, sus hijas se haban casado y
nadie se las haba devuelto quejndose de lesin enormsima. Si haba
habido algo, seran nieras. Y la otra haba muerto porque Dios haba
querido. Una tisis, la enfermedad de moda. Cuando se haba tratado de
sus hijas, al notar algn sntoma de peligro, siempre haba puesto con
franqueza y maestra el oportuno remedio, sin escndalo, pero sin
rodeos.

Pero con las amiguitas que ahora iban a acompaarla por las noches, no
tomaba ninguna precaucin.

--Madres tienen, deca, o con su pan se lo coman.

Y aada siempre lo de:

--Mientras no falten a lo que se debe a esta casa....

Uno de los que ms partido haban sacado de estas ideas de la Marquesa y
de su tertulia era Mesa.

Pero a aquel hombre se le poda perdonar todo. Qu tacto! qu
prudencia! qu discrecin!.

Entre monjas podra vivir este hombre sin que hubiera miedo de un
escndalo.

A Paco, a su adorado Paco, le haba puesto cien veces por modelo la
habilidad y el sigilo de Mesa al sorprender al hijo de sus entraas en
brazos de alguna costurera, planchadora o doncella de la casa.

Su Paco era torpe, no saba....

--Es indecente que yo te sorprenda en tus desmanes, muchacho!... No
llegas al plato y te quieres comer las tajadas.... Aprende primero a ser
cauto y despus... tu alma tu palma.

Y aada, creyendo haber sido demasiado indulgente:

--Adems, esas aventuras... no deben tenerse en casa.... Pregunta a
Mesa. Era su madre quien haba iniciado al Marquesito en el culto que
tributaba al Tenorio vetustense.

La Marquesa, viendo incorregible a su hijo, tom el partido de subir
siempre al segundo piso tosiendo y hablando a gritos.

En la poca en que venan las sobrinas, haba adems de tertulia
conciertos, comidas, excursiones al campo, todo como en los mejores
tiempos. La alegra corra otra vez por toda la casa; no haba rincones
seguros contra el atrevimiento de los amigos ntimos; y en los
gabinetes, y hasta en las alcobas donde estaba an el lecho virginal de
las hijas de Vegallana, sonaban a veces carcajadas, gritos comprimidos,
delatores de los juegos en que consista la vida de aquella Arcadia
casera.

Aquella Arcadia la vea don lvaro con ojos acariciadores; en aquella
casa tena el teatro de sus mejores triunfos; cada mueble le contaba una
historia en ntimo secreto; en la seriedad de las sillas panzudas y de
los sillones solemnes con sus brazos e dolos orientales, encontraba una
garanta del eterno silencio que les recomendaba. Pareca decirle la
madera de fino barniz blanco: No temas; no hablar nadie una palabra.
En el saln amarillo vea el galn un libro de memorias, de memorias
dulces y alegres, no cuando Dios quera, sino ahora y siempre; las
prendas por su bien halladas eran los tapices discretos, la seda de los
asientos, basteada, turgente, blanda y muda; la alfombra tupida que se
pareca al mismo Mesa en lo de apagar todo rumor que delatase secretos
amorosos.

El Marqus pasaba por todo. Eran cosas de su mujer.

Si no haba podido moralizarla a ella, mal haba de moralizar a sus
tertulios. l viva en el segundo piso.

Haba comprendido que el saln amarillo haba ido perdiendo poco a poco
la severidad propia de un estrado, y se haba decidido a convertir en
_sala de recibir_ la del segundo, que estaba sobre el saln Regencia.

La Marquesa jams suba al nuevo estrado. Toda visita, fuese de quien
fuese, la reciba abajo. Las del Marqus, cuando eran de cumplido, se
moran de fro en el saln de antigedades. El saln de antigedades y
el despacho del Marqus, constituan, como l deca, la parte seria de
la casa. En el despacho todo era de roble mate; nada, absolutamente
nada, de oro; madera y slo madera. Vegallana tena en mucho la
severidad de su despacho; nada ms serio que el roble para casos tales.
La sobriedad del mueblaje rayaba en pobreza.

--Mi celda!--deca el Marqus con afectacin.

Daba fro entrar all y Vegallana entraba pocas veces. De las paredes
del _saln de antigedades_ pendan tapices ms o menos autnticos, pero
de notoria antigedad.

Era lo nico que al capitn Bedoya le pareca digno de respeto en aquel
museo de trampas, segn su expresin. El Marqus tena la vanidad de ser
anticuario por su dinero; pero le costaba mucha plata lo que resultaba
al cabo obra de los _truqueurs_, palabra del capitn. El implacable
Bedoya, asiduo tertulio de la Marquesa, compadeca a Vegallana y hasta
le despreciaba; pero por no disgustarle, no haba querido darle pruebas
inequvocas de una triste verdad, a saber: que sus muebles Enrique II
del saln de antigedades, eran menos viejos que el mismo Marqus. Este
los tena por autnticos, por coetneos del hijo del rey caballero; los
haba comprado l mismo en Pars!... Pues Bedoya, al que le aduca este
argumento en casa de Vegallana, le llamaba aparte, y sin que nadie los
viera, suba con l al segundo piso; se encerraba en el saln de
antigedades, y con el mismo sigilo de ladrn con que sacaba libros del
Casino, se diriga a una silla Enrique II, le daba media vuelta, buscaba
cierta parte escondida de un pie del mueble; all haba hecho l varios
agujeros con un cortaplumas y los haba tapado con cera del color de la
silla; quitaba la cera con el cortaplumas, raspaba la madera y... oh
triunfo! esta no se deshaca en polvo; saltaba en astillas muy pequeas,
pero no en polvo.

--Ve usted?--deca Bedoya.

--Qu?--La madera es nueva; si fuese del tiempo que el Marqus supone,
se deshara en polvo; la madera vieja siempre deja caer el polvo de los
roedores: eso lo conocemos nosotros, no los aficionados, que no tienen
ms que dinero y credulidad; esto es _truquage_, puro _truquage_!

Pona la cera en los agujeros, dejaba la silla en su sitio, y descenda
triunfante diciendo por la escalera:

--Con que ya ve usted! Slo que al pobre Marqus, por supuesto, no hay
que decirle una palabra!

Mucho sinti Paco Vegallana en el primer momento, encontrar en su casa
a Obdulia aquella tarde. No estaba l para bromas. Las confidencias de
don lvaro le haban enternecido, y su espritu volaba en una atmsfera
ideal; aquel airecillo romntico le haca en las entraas sabrosas
cosquillas, ms punzantes por la falta de uso. Pocas veces se hallaba l
en semejante disposicin de nimo.

Obdulia y Visitacin, desde la ventana de la cocina que daba al patio,
les llamaban a grandes voces, riendo como locas.

--Aqu! aqu! a trabajar todo el mundo!--gritaba Visita chupndose
los dedos llenos de almbar.

--Pero qu es esto, seoras? No estaban ustedes en casa de Visita
preparando la merienda?

Visita se ruboriz levemente.

Se celebr a carcajadas el chasco que se llevara el pobre Joaquinito
Orgaz, que haba ido _a caza_ de Obdulia....

Obdulia lo explic todo. En casa de Visita faltaban los moldes de cierto
flan invencin de la difunta doa gueda Ozores; adems, el horno de la
cocina no tena tanto hueco como el de la cocina de la Marquesa; en fin,
no le adornaban otras condiciones tcnicas, que no entendan ellos.
Vamos, que ni los emparedados, ni los flanes, ni los almbares se
habran podido hacer en la cocina de Visita, y sin decir agua va!
haban trasladado su campamento a casa de Vegallana.

La idea les haba parecido muy graciosa a Obdulia y a Visita. Haban
sorprendido a la Marquesa que dorma la siesta en su gabinete. Salvo el
haberla despertado, todo le haba parecido bien. Y sin moverse haba
dado sus rdenes.

--A Pedro (el cocinero), a Cols (el pinche) y a las chicas, que ayuden
a estas seoras y que vayan por todo lo que necesiten.

Y doa Rufina, volvindose a las damas, haba dicho sonriente:

--Ea; ahora fuera gente loca; a la cocina y dejadme en paz.

Y se haba enfrascado en la lectura de _Los Mohicanos_ de Dumas.

Visita haca muy a menudo semejantes irrupciones en casa de cualquier
amiga. Ella entenda as la amistad. Pero si su cocina era infernal! La
chimenea devolva el humo; no se poda entrar all sin asfixiarse, ni en
el comedor, que estaba cerca. Pocos vetustenses podan jactarse de haber
visto ni el comedor ni la cocina de Visita. Y eso que tena tertulia, y
se presentaban charadas y se corra por los pasillos. Pero ella cerraba
ciertas puertas para que no pasase el humo; y deca sealando a los
estrechos y obscuros pasadizos:

--Por ah corran ustedes lo que quieran, loquillas, pero nadie me abra
esa puerta.

Toda su prodigalidad de seora que recibe de confianza, se reduca a
entregar vestidos y pauelos de estambre, todo viejo, para que los
_pollos_ de imaginacin se disfrazasen de mujeres o de turcos. Aquellas
prendas se depositaban en una alcoba donde haba una cama de excusa,
pero sin colchn ni ropa; con las cuerdas al aire. Aqul era el
vestuario de los actores y actrices de charadas. Se vestan todos juntos
porque todo se pona sobre el propio traje. Adems Visita no alumbraba
el cuarto, para qu? Desde la sala se oa a lo mejor, detrs de las
cortinillas de tafetn verde:

--Pepe que le doy a usted un cachete.

--Hola, hola, eso no estaba en el programa....

--Nios, nios, formalidad.

--Por qu no les da usted una luz, Visita?

--Seores, porque esos locos son capaces de quemar la casa....

--Tiene razn Visita, tiene razn--gritaban desde dentro Joaqun Orgaz o
el Pepe de la bofetada.

Donde Visitacin demostraba su intimidad con los amigos, su franqueza y
trato sencillsimo era en casa de los dems. All haca locuras.

Hablaba mucho, a gritos, con diez carcajadas por cada frase. Se le haba
alabado su aturdimiento gracioso a los quince aos, y ya cerca de los
treinta y cinco an era un torbellino, una cascada de alegra, segn le
deca en el lbum Crmenes el poeta. Lo que era una catarata de mala
crianza, segn doa Paula, la madre del Provisor, que nunca haba
querido pagarle las visitas. Pero catarata, cascada, torbellino, todo lo
era con cuenta y razn. Su aturdimiento era obra de un estudio profundo
y minucioso: se aturda mientras su ojo avizor buscaba la presa... algn
dije, una golosina, cualquier cosa menos dinero. Crea, o mejor, finga
creer, que las cosas no valen nada, que slo la moneda es riqueza.

--Seora, le debo a usted dos cuartos de la limosna que dio usted por m
el otro da.

--Deje usted, Visita, vaya una cantidad... no me avergence usted.

--No faltaba ms!... Tome usted.... Y qu alfiletero tan mono!

--No vale nada.--Es precioso!--Est a su disposicin.

--No me lo diga usted dos veces...--Est a su disposicin... vaya una
alhaja!

--S? Pues me lo llevo... mire usted que yo soy una urraca....

Y s que era una urraca, como que as la llamaba doa Paula: la urraca
ladrona.

Donde haca estragos era en los comestibles.

Llegaba a casa de una vecina riendo a carcajadas.

--Sabes lo que me pasa? Nada, que no parece; hemos perdido la llave del
armario o de la alacena... y aqu me tienes muerta de hambre. A ver, a
ver, dame algo, socarrona; o meriendo, o me caigo de hambre.

Dos veces a la semana se jugaba en su casa a la lotera o a la aduana.
Se dejaba un fondo para una merienda en el campo; se nombraba una
comisin para que lo preparase todo. Sus miembros eran invariablemente
Visita y un primo suyo. Visita, por economa, y porque le daban asco el
pastelero y el confitero, fabricaba por su cuenta, y bajo su direccin,
los hojaldres, los almbares, todo lo que poda hacerse en su cocina.
Despus resultaba que en su cocina no se poda hacer nada. El pcaro
humo! El casero, que no ensanchaba el horno... diablos coronados! Dios
la perdonara.

El caso es que recurra en el apuro a la cocina de Vegallana, u otra de
buena casa, las ms veces a aquella. All se haca todo. Visita dispona
de los criados del Marqus; previo el consentimiento del cocinero, por
lo que respecta a la cocina, sacaba algunas provisiones de la despensa;
mandaba a la tienda por azcar, pasas, pimienta, sal, diablos
coronados! si el seor Pedro no abra los cajones de sus armarios; que
viniera todo lo que se necesitaba. Dinero? Deje usted, ah tengo yo
cuenta. Despus todo aquello apareca en la cuenta del Marqus.
Equivocaciones; como haban ido sus criados a comprar.... Se coman la
merienda. En la primera noche de tertulia se hacan los comentarios.

--Visita, qu tal, nos hemos empeado?

--Poca cosa... un piquillo...--Pues a ver, a ver, que se pague.--Nada
ms justo.--A escote.--Dejen ustedes, se quieren ustedes callar? No
se hable de eso, no merece la pena.

Visita tena principio para algunas semanas y postres para meses. Su
esposo era un humilde empleado del Banco, pero de muy buena familia,
pariente de ttulos. Si Visita no se ingeniara cmo se mantendra aquel
decente pasar que era indispensable para continuar siendo parientes de
la nobleza?

Cuando Visitacin era soltera, se dijo--de quin no se dice!--si haba
saltado o no haba saltado por un balcn... no por causa de incendio,
sino por causa de un novio que algunos presuman que haba sido Mesa.
Todas eran conjeturas; cierto nada. Como ella era algo ligera... como no
guardaba las apariencias....

Ya nadie se acordaba de aquello; segua siendo aturdida, tena fama de
golosa y de _gorrona_--segn la expresin que se usaba en Vetusta como
en todas partes--pero nada ms. Era insoportable con su alegra
intempestiva; mas en materia grave, en lo que no admite parvedad de
materia, nadie la acusaba, a lo menos pblicamente. Por supuesto, que no
se cuenta tal o cual descuidillo....

Era alta, delgada, rubia, graciosa, pero no tanto como pensaba ella; sus
ojos pequeuelos que cerraba entornndolos hasta hacerlos invisibles,
tenan cierta malicia, pero no el encanto voluptuoso por lo picante, que
ella supona. Al tocarla la mano cuando no tena guante, notaba el
tacto el pringue de alguna golosina que Visita acababa de comer.

Don lvaro en el seno de la confianza hablaba con desprecio de
Visitacin y haca gestos mal disimulados de asco. Aseguraba que tena
un pie bonito y una pantorrilla mucho mejor de lo que podra esperarse;
pero calzaba mal... y enaguas y medias dejaban mucho que desear... ya se
le entenda. Y sola limpiar los labios con el pauelo despus de decir
esto.

Paco Vegallana, juraba que usaba aquella seora ligas de balduque, y que
l le haba conocido una de bramante. Todo esto, por supuesto, se deca
nada ms entre hombres, y haban de ser discretos.

Los bajos de Obdulia, en cambio, eran irreprochables; no as su
conducta: pero de esto ya no se hablaba de puro sabido. Ella, sin
embargo, negaba a cada uno de sus amantes todas sus relaciones
anteriores, menos las de Mesa. Eran su orgullo. Aquel hombre la haba
fascinado, para qu negarlo? Pero slo l. Era viuda y jams recordaba
al difunto; pareca la viuda de Alvarito; era su nico pasado!.

Aquella tarde estaban guapas las dos; era preciso confesarlo. Por lo
menos Paco Vegallana lo confesaba ingenuamente. Y sin que renunciara a
consagrar el resto del da al idealismo, en buen hora despertado por las
relaciones de su amigo, consinti el Marquesito en pasar a la cocina de
su casa, al oler lo que guisaban aquellas seoras.

En la cocina de los Vegallana se reflejaba su positiva grandeza. No, no
eran nobles tronados: abundancia, limpieza, desahogo, esmero,
refinamiento en el arte culinario, todo esto y ms se notaba desde el
momento de entrar all.

Pedro, el cocinero, y Cols, su pinche, preparaban la comida ordinaria,
y pareca que se trataba de un banquete. Por toda la provincia tena
esparcidos sus dominios el Marqus, en forma de arrendamientos que all
se llaman caseros, y a ms de la renta, que era baja, por consistir el
lujo en esta materia en no subirla jams, pagaban los colonos el tributo
de los mejores frutos naturales de su corral, del ro vecino, de la caza
de los montes. Liebres, conejos, perdices, arceas, salmones, truchas,
capones, gallinas, acudan mal de su grado a la cocina del Marqus, como
convocados a nueva Arca de No, en trance de diluvio universal. A todas
horas, de da y de noche, en alguna parte de la provincia se estaban
preparando las provisiones de la mesa de Vegallana; poda asegurarse.

A media noche, cuando los hornos estaban apagados y dorma Pedro, y
dorma el amo, y nadie pensaba en comer, all a dos leguas de Vetusta,
en el ro Celonio velaba un pobre aldeano tripulando miserable barca
medio podrida y que haca mucha agua. Debajo de pen sombro, que como
torre inclinada amenaza caer sobre la corriente, y hace ms obscura la
obscuridad del ro en el remanso, acechaba el paso del salmn, empuando
un haz de paja encendida, cuya llama se refleja en las ondas como estela
de fuego. Aquel salmn que pescaba el colono del magnate a la luz de una
hoguera porttil, era el mismo que ahora estaba sangrando, todo lonjas,
esperando el momento de entregarse a la parrilla, sobre una mesa de
pino, blanca y pulcra.

Tambin de noche, cerca del alba, emprenda su viaje al monte el casero
que se preciaba de regalar a su _seor_ las primeras arceas, las mejores
perdices; y all estaban las perdices, sobre la mesa de pino, ofreciendo
el contraste de sus plumas pardas con el rojo y plata del salmn
despedazado. All cerca, en la despensa, gallinas, pichones, anguilas
monstruosas, jamones monumentales, morcillas blancas y morenas, chorizos
purpurinos, en aparente desorden yacan amontonados o pendan de
retorcidos ganchos de hierro, segn su gnero. Aquella despensa devoraba
lo ms exquisito de la fauna y la flora comestibles de la provincia. Los
colores vivos de la fruta mejor sazonada y de mayor tamao animaban el
cuadro, algo melanclico si hubiesen estado solos aquellos tonos
apagados de la naturaleza muerta, ya embutida, ya salada. Peras
amarillentas, otras de asar, casi rojas, manzanas de oro y grana,
montones de nueces, avellanas y castaas, daban alegra, variedad y
armoniosa distribucin de luz y sombra al conjunto, suculento sin ms
que verlo, mientras al olfato llegaban mezclados los olores punzantes de
la qumica culinaria y los aromas suaves y discretos de naranjas,
limones, manzanas y heno, que era el blando lecho de la fruta.

Y todo aquello haba sido movimiento, luz, vida, ruido, cantando en el
bosque, volando por el cielo azul, serpeando por las frescas linfas,
luciendo al sol destellos de todo el iris, al pender de las ramas, en
vega, prados, ros, montes.... Indudablemente Vegallana saba ser un
gran seor!, pensaba suspirando Visita, que soaba muerta de envidia
con aquella despensa, exposicin permanente de lo ms apetecible que
cra la provincia.

El Marqus sonrea cuando le hablaban de ampliar el sufragio. Y qu?
no son casi todos colonos mos? no me regalan sus mejores frutos? los
que me dan los bocados ms apetitosos me negarn el voto insustancial,
_flatus vocis_?.

El ajuar de la cocina abundante, rico, ostentoso, despeda rayos desde
todas las paredes, sobre el hogar, sobre mesas y arcones; era digno de
la despensa; y Pedro, altivo, displicente, ordenaba todo aquello con voz
imperiosa; mandaba all como un tirano. Coma lo mejor; mantena las
tradiciones de la disciplina culinaria; vigilaba el servicio del comedor
desde lejos, pues no era un cocinero vulgar, egida slo de pucheros y
peroles, sino un capitn general metido en el fuego y atento a la mesa.
No era viejo. Tena cuarenta aos muy bien cuidados; amaba mucho, y se
crea un lechuguino, en la esfera propia de su cargo, cuando dejaba el
mandil y se vesta de seorito.

Cols era un pinche de vocacin decidida, colorado y vivo, de ojos
maliciosos y manos listas. Los dos personajes, a ms de la robusta
montaesa que tena a su servicio Visita, ayudaban a las damas en su
tarea. Pedro, sin dejar lo principal, que era la comida de sus amos,
colaboraba sabiamente. Haba empezado por tolerar nada ms aquella
irrupcin de la merienda. La cocina daba espacio para todo; aquello no
vala nada, y otorg el cocinero su indispensable permiso con un desdn
mal disimulado. Poco a poco pas del estado de tolerancia al de
proteccin: primero se rebaj hasta dar algunos consejos a la montaesa,
despus le dio un pellizco. Se anim aquello.

--Cols, ponte a la disposicin de esas seoras--dijo Pedro con voz
solemne.

Porque el mandato de la Marquesa no haba bastado; el pinche obedeca a
Pedro y Pedro a su deber. Si la Marquesa le hubiera exigido algo
contrario a sus convicciones de artista no hubiese conseguido ms que
su dimisin. Era su lenguaje. Lea muchos peridicos antes de
convertirlos en cucuruchos.

Cuando Obdulia, picada por la frialdad del altivo cocinero, comenz a
seducirle con miradas de medio minuto y algn choque involuntario, Pedro
se rindi, y de rato en rato daba algunos toques de maestro a la
merienda de Visita.

Lleg a ms; quiso enamorar a doa Obdulia con pruebas de su habilidad,
y acuda siempre que se presentaba una cuestin terica o una dificultad
prctica.

Qu se echa ahora?

Qu se tuesta primero?

Cuntas vueltas se les da a estos huevos?

Cmo se envuelve esta pasta?

Lleva esto pimienta o no la lleva?

Ser una indiscrecin poner aqu canela?

El almbar est en su punto?

Cmo se baten estas claras?.

A todo dieron cumplida respuesta la inteligencia y habilidad de Pedro.
Cuando no bastaba una explicacin, pona l la mano en el asunto y era
cosa hecha.

Obdulia, que haba aprendido en Madrid de su prima Tarsila a premiar con
sus favores a los ingenios preclaros, a los hijos ilustres del arte y de
la ciencia; no de otro modo que la tarde anterior haba vuelto loco de
placer y voluptuosidad al seor Bermdez, en premio de su erudicin
arqueolgica, ahora vino a otorgar fortuitos y subrepticios favores al
cocinero de Vegallana con miradas ardientes, como al descuido, al or
una luminosa teora acerca de la grasa de cerdo; un apretn de manos, al
parecer casual, al remover una masa misma, al meter los dedos en el
mismo recipiente, v. gr. un perol. El cocinero estuvo a punto de caer
de espaldas, de puro goce, cuando, por motivo del punto que le convena
al dulce de melocotn, Obdulia se acerc al dignsimo Pedro y sonriendo
le meti en la boca la misma cucharilla que ella acababa de tocar con
sus labios de rub (este rub es del cocinero.)

Al personaje del mandil se le apareci en lontananza la conquista de
aquella seora como una recompensa final, digna de una vida entera
consagrada a salpimentar la comida de tantos caballeros y damas, que
gracias a l haban encontrado ms fcil y provocativo el camino de los
dulces y sustanciales amores.

Pedro lleg a donde pocas veces; a consentir que las criadas de la casa
intervinieran en los asuntos de los negros pucheros de hierro. l amaba
a la mujer, a todas las mujeres, pero no crea en sus facultades
culinarias; otro era su destino. La cocina y la mujer son trminos
antitticos, palabras que haba aprendido en sus cucuruchos de papel
impreso. La libertad y el gobierno son antitticos, haba ledo en un
peridico rojo, y aplicaba la frase a la cocina y a la mujer. Lo que
pensaba todo Vetusta de las literatas, lo pensaba Pedro de las
cocineras. Las llamaba marimachos.

Si se le deca que los cocineros son ms caros y gastan ms, responda:

--Amigo, el que no sea rico que no coma.

Por lo dems, l era socialista, pero en otras materias.

Cuando entraron en la cocina los seoritos, Pedro volvi a su continente
habitual, al gesto displicente que usaba con las criadas y con los
_caseros_ que traan las provisiones desde la aldea, remota a veces. El
fogn era un dios y l su Pontfice Mximo; los dems sacrificaban en
las aras del fogn y Pedro celebraba misteriosamente y en silencio.
Volvi a su gesto desdeoso, porque as entenda el respeto a los amos.
Apenas contestaba si le hablaban. No tard en ver por sus ojos que _la
donna  movile_, como cantaba l a menudo. Obdulia, en cuanto entraron
los otros, le olvid por completo. Antes haba olvidado a don
Saturnino, que yaca en el lecho del dolor con sendos parches de sebo
en las sienes, entregado al placer de rumiar los dulces recuerdos de
aquella tarde arqueolgica!

La conversacin de metafsica ertica que Mesa y Paco acababan de dejar
no les permita, al principio, participar de aquel entusiasmo
gastronmico y culinario a que estaban entregadas las damas. Verdad es
que la hora de comer se acercaba y aquellos olores excitaban el apetito.
Pero el ideal no come. Mesa gozaba del arte supremo de entrar en
carboneras, cocinas y hasta molinos, sin coger tiznes, grasa, ni harina.
Estaba en la cocina del Marqus como en el saln amarillo, a sus anchas
y sin tropezar con nada. All mismo haba repartido l besos en muy
distintas y apartadas pocas. No haba tal vez un rincn de aquella casa
libre de semejantes recuerdos para don lvaro. En cuanto a Paquito, no
se diga. Su primer amor haba sido una criada que tena su dormitorio en
lo que hoy era despensa. Saba el Marquesito andar por la cocina a
obscuras, a gatas, y ya haba medido con su agazapado cuerpo las
dimensiones de la carbonera provisional que haba cerca del fogn.

No tardaron los seoritos, a pesar del ideal, en tomar parte ms activa
en el entusiasmo alegre y expansivo de aquellas artistas. Tambin ellos
eran pintores. Y, a pesar de las burlas casi irrespetuosas del pinche y
de la sonrisa insultante de Pedro, los dos caballeros quisieron probar
sus habilidades metiendo la mano en pastas y almbares y en cuanto se
preparaba. Paco se puso perdido. Mesa estaba como un armio metido a
marmitn.

Obdulia haba tropezado quinientas veces con el Marquesito; se rozaban
sus brazos, sus rodillas, las manos sobre todo, durante minutos, y
fingan no pensar en ello. Un movimiento brusco de la dama, que traa
falda corta, recogida y apretada al cuerpo con las cintas del delantal
blanco, dej ver a Paco parte, gran parte de una media escocesa de un
gusto nuevo. Siempre haba considerado el joven aristcrata como una
antinomia del amor aquella preferencia que l daba a la escultura humana
con velos, sobre el desnudo puro. Por qu le excitaba ms el velo que
la carne? No se lo explicaba. Vea la rolliza pantorrilla de una aldeana
descalza de pie y pierna y nada! vea una media hasta ocho dedos ms
arriba del tobillo... y adis idealismo! Y as fue esta vez. Es ms; si
la media de Obdulia no hubiera sido escocesa, tal vez el mozo no hubiese
perdido la tranquilidad de su reposo idealista; pero aquellos cuadros
rojos, negros y verdes, con listillas de otros colores, le volvieron a
la torpe y grosera realidad, y Obdulia not en seguida que triunfaba.

Para la viuda, uno de los placeres ms refinados era una sesin alegre
con uno de sus antiguos amantes; aquello de no principiar por los
preliminares le pareca delicioso. Despus, los recuerdos tenan un
encanto! Saborear como cosa presente un recuerdo! Qu mayor dicha?
Paco haba sido su amante. Ella hubiera preferido a Mesa, que estaba en
las mismas condiciones y era mucho ms antiguo. Pero lvaro estaba
hecho un salvaje! La trataba como don Saturnino, antes de atreverse;
con la finura del mundo y la miraba con la indiferencia fra y honrada
con que la miraba el seor Obispo. Estaba segura de que ni al Obispo ni
a Mesa les sugera su presencia jams un deseo carnal. Era intratable
aquel don lvaro. Tambin lo era el Obispo. Y sin embargo, bien lo saba
Dios, ella le haba sido fiel--a Mesa, por supuesto--; todava le amaba
o cosa parecida. Le hubiera preferido siempre a todos. Pero l no quera
ya. Aquello se haba acabado.

Se haban cansado de jugar a los cocineros. Visita era la que todava
encontraba placer en registrar cacerolas, y revolver vasares, armarios y
alacenas. Siempre hablaba con alguna golosina en la boca. Pedro not que
guardaba en una faltriquera terrones de azcar y papeles de azafrn
puro, que se consuma en la cocina del Marqus, con gran envidia de la
urraca ladrona. Tambin almacen entre las faldas un paquete de t
superior.

Cada uno de estos hurtos los amenizaba con carcajadas, explicaciones
humorsticas que ya no hacan rer. Todos saban que aqul era el vicio
de doa Visita.

Las seoras dejaron a los criados el cuidado de la merienda y se fueron
a lavar las manos, y arreglar traje y peinado. Ya saban dnde estaba el
tocador para tales casos. Era la habitacin donde haba muerto la hija
segunda de los Marqueses. Ya nadie pensaba en esto. All estaba el
lecho, pero no quedaba de la pobre nia ni una prenda, ni un recuerdo.

Mesa y Paco entraron con las seoras por qu no? Se conocan demasiado
para fingir escrpulos. Adems, no se les haba de ver nada como dijo
Obdulia. Paco y la viuda se lavaron juntos las manos en una misma
jofaina; los dedos se enroscaban en los dedos dentro del agua. Era un
placer muy picante, segn ella. Esto les record mejores das. El sol
que se acercaba al ocaso, entraba hasta los pies de la cama y envolva
en una aureola a aquella pareja de aturdidos. El calor del fogn, las
bromas y la faena haban encendido brasas en las mejillas de Obdulia;
una oreja le echaba fuego. Estaba excitada, quera algo y no saba qu.
No era cosa de comer de fijo, porque haba probado de cien golosinas y
hasta algo de la comida del Marqus por chanza.

Visitacin y Mesa, ms tranquilos, conversaban al balcn, apoyados en
el hierro fro del antepecho. No volveran la cara; estaba ella
segura. Entre estos camaradas, jams se falta a ciertos pactos tcitos.

El Marquesito solt una carcajada.

--De qu te res?--dijo Obdulia.

--De Joaquinito Orgaz, el flamenco que andar buscndote por todas
partes. Es chusco eh?

Obdulia medit y al fin ri a carcajadas. Era chusco en efecto. Se
haba sentado sobre la cama de la difunta. Los pies de la viuda se
movan oscilando como pndulos. Se vea otra vez la media escocesa.
Ahora se vean dos. Obdulia suspir. Se habl de lo pasado. En rigor,
siempre se haban querido; haba _algo_ que les una a pesar suyo. Se
tronaba porque la constancia es imposible y hasta al cabo; eran
ridculas unas relaciones muy largas; esto lo haban aprendido los dos
en Madrid. Los matrimonios deben aburrirse a los dos aos, a ms tardar;
los arreglos pueden tirar algo ms, poco.

--Pero verdad--dijo Obdulia, ponindose ms guapa--que esto de
encontrarse de vez en cuando se parece un poco a un buen da de sol en
invierno, en esta tierra maldita del agua y la niebla?

--Magnfico!--exclam Paco--es verdad; una cosa senta yo que no saba
explicarme... y era eso.

Y como le pareciera alambicado y potico este sentimiento, se consagr a
enamorar de todo corazn a la viuda por aquella tarde.

Era lo que llamaba ella saborear los recuerdos.

Visitacin tambin tena brasas en las mejillas y sus ojos pequeos los
haban hermoseado el calor de la cocina y la animacin de la broma,
arrancndoles reflejos de fingida pasin. Su pelo de un rubio obscuro
era rizoso y caa en mechones revueltos sobre su frente. Hablaban ella y
don lvaro como hermanos cariosos. l haba sido su primer amor serio,
es decir, el primero que le haba hecho cometer imprudencias, como, v.
gr., saltar de noche por un balcn. Pero estaba ya tan lejos todo
aquello! La vida haba puesto por medio todos sus prosaicos cuidados.

La necesidad de acudir a cada paso con expedientes a restaar las
heridas del crdito, a conjurar la bancarrota, haba convertido el
espritu de _aquella loca_ al positivismo vulgar, y haba atajado las
demasas erticas de su fantasa juvenil.

Haca muy buena casada, en opinin de las gentes; esto es, atenda con
gran esmero y diligencia a la hacienda y a los quehaceres domsticos.

Mesa y Visita no tenan en el invierno de sus amores aquellos das de
sol de que hablaba Obdulia. Pero cuando se vean a solas y alguno de
ellos tena algn cuidado o preocupacin, de esos que piden confidentes
y consejeros, se lo decan todo, o casi todo; se hablaban en voz baja,
muy cerca uno de otro, y volvan a llamarse de t como antao. Parecan
un matrimonio bien avenido, aunque sin amor ya a fuerza de aos.

--Bah!--deca Visitacin con un poco de tristeza verdadera, que daba
inters al ocaso de su hermosura--; bah! t has cado esta vez de
veras, te lo conozco yo. Pero tambin te digo una cosa: que te va a
costar tu trabajo....

Mesa hablaba de la Regenta con Visita con ms franqueza que con Paco.
Su _poltica_ tena que ser diferente. Al Marquesito haba que hablarle
de amor puro, por los motivos explicados antes; a Visita de una
conquista ms. Comprenda don lvaro que Visitacin quera precipitar a
la Regenta en el agujero negro donde haban cado ella y tantas otras.
Visita era amiga de Ana desde que esta haba venido a Vetusta con su ta
doa Anunciacin y con Ripamiln, el hoy Arcipreste. Admiraba a su
amiguita, elogiaba su hermosura y su virtud; pero la hermosura la
molestaba como a todas, y la virtud la volva loca. Quera ver aquel
armio en el lodo. La aburra tanta alabanza. Toda Vetusta diciendo:
La Regenta, la Regenta es inexpugnable!. Al cabo llegaba a cansar
aquella cancin eterna. Hasta el modo de llamarla era tonto. La
Regenta! Por qu? No haba otra? Ella lo haba sido en Vetusta poco
tiempo. Su marido haba dejado la carrera muy pronto, a qu vena
aquello de Regenta por aqu, Regenta por all? Poco tiempo tena la
mujer del empleado del Banco para consagrarle a estas malas pasiones de
pura fantasa y mala intencin; necesitaba la atencin para la prosa de
la vida que era bien difcil; pero algn desahogo haba de tener: pues
bien, este, procurar que Ana fuese al fin y al cabo como todas. No se
separaba de ella en cuanto poda: a la iglesia, al paseo, al teatro,
iban juntas casi siempre, aunque Ana iba pocas veces. La del Banco,
desde que haba descubierto algn inters por don lvaro en su amiga y
en Mesa deseos de vencer aquella virtud, no pensaba ms que en
precipitar lo que en su concepto era necesario. No crea a nadie capaz
de resistir a su antiguo novio.

En cuanto estaban solos, hablaban de aquel asunto.

lvaro negaba que hubiese por su parte amor; era un capricho fuerte
arraigado en l por las dificultades.

Visita finga preferir que fuese una pasin verdadera; disimulaba el
placer ntimo que encontraba en las afirmaciones del otro.

--Ya lo sabes, Visita; amar no es para todas las edades.

--No hablemos de eso.--Se quiere una vez y despus... se las arregla
uno como puede.

Mesa al decir esto encoga los hombros con un gesto de desesperacin
humorstica que a l y a sus adoratrices se les antojaba muy
interesante, byroniano (si las adoratrices saban de Byron.)

--Y ella es hermosa, Alvarn, hermosa, hermosa; eso te lo juro yo.

--S, eso a la vista est.

--No, no todo est a la vista como comprendes. Y como ella no hace lo
que esa otra (apuntaba con el dedo pulgar hacia atrs, donde se oa el
cuchicheo de Paco y Obdulia), como Ana jams se aprieta con cintas y
poleas las enaguas y la falda... ni se embute.... Si la vieras!

--Me lo figuro.--No es lo mismo. Hubo una pausa. Y continu Visita:

--Ves esa cara dulce, apacible, que slo tiene algo de pasin en los
ojos, y esa, como a la sombra debajo de las pestaas, contenida...?

--Verdad que tiene razn Frgilis?

--Qu dice ese sonmbulo?

--Que la Regenta se parece mucho a la Virgen de la Silla.

--Es verdad; la cara s...--Y la expresin; y aquel modo de inclinar la
cabeza cuando est distrada; parece que est acariciando a un nio con
la barba redonda y pura....

--Hola, hola! el pintor!

Las chispas de los ojos de la jamona saltaron como las de un brasero
aventado.

--Dice que no est enamorado y la compara con la Virgen!...

--Creo que la pobre siente mucho no tener un hijo.

Visita encogi los hombros, y despus de pasar algo amargo que tena en
la garganta, dijo con voz ronca y rpida:

--Que lo tenga. Mesa disimul la repugnancia que le produjo aquella
frase.

--Pero, ay, Alvarn! si la pudieras ver en su cuarto, sobre todo
cuando le da un ataque de esos que la hacen retorcerse!... Cmo salta
sobre la cama! Parece otra.... Entonces, no s por qu, me explico yo el
capricho de la piel de tigre que dicen que le regal un ingls
americano. Te acuerdas de aquel baile fantstico que bailaban los Bufos
que vinieron el ao pasado?

--S, qu?--Te acuerdas de aquella danza de las Bacantes? Pues eso
parece, slo que mucho mejor; una bacante como seran las de verdad, si
las hubo all, en esos pases que dicen. Eso parece cuando se retuerce.
Cmo se re cuando est en el ataque! Tiene los ojos llenos de
lgrimas, y en la boca unos pliegues tentadores, y dentro de la
remonsima garganta suenan unos ruidos, unos ayes, unas quejas
subterrneas; parece que all dentro se lamenta el amor siempre callado
y en prisiones qu s yo! Suspira de un modo, da unos abrazos a las
almohadas! Y se encoge con una pereza! Cualquiera dira que en los
ataques tiene pesadillas, y que rabia de celos o se muere de amor.... Ese
estpido de don Vctor con sus pjaros y sus comedias, y su Frgilis el
de los gallos en injerto, no es un hombre. Todo esto es una injusticia;
el mundo no deba ser as. Y no es as. Sois los hombres los que habis
inventado toda esa farsa.

Call un poco, perdido el hilo del discurso, y aadi:

--Yo me entiendo. Despus de calmarse volvi a su asunto.

--Si la vieras! Es que no es as como se quiera. Vers... tiene los
brazos....

Y describa minuciosamente, con los pormenores que ella poda explicar a
un hombre que haba sido su amante y era su camarada, todas las
turgencias de Ana, su perfeccin plstica, los encantos velados, como
deca Crmenes en el _Lbaro_. Pero les daba su nombre propio unas
veces, y cuando no lo tenan, o ella lo ignoraba, usaba caprichosos
diminutivos inventados en otro tiempo por lvaro en el entusiasmo de las
ms dulces confianzas. Aquellos nombres, afeminados aunque fuesen
masculinos, estaban grabados como si fuesen de fuego en la memoria de
Visita; no salan a sus labios sino al hablar con lvaro y pocas veces.
Le saban a gloria a la del Banco. Pero despus le quedaba un dejo
amargo.... Todo aquello ya como si no: el marido, los hijos, la plaza,
los criados, el casero... diablos coronados!.

Visita iba sealando en su cuerpo, sin coquetera, sin pensar en lo que
haca, las partes correspondientes de la Regenta, que describa con
entusiasmo; y dijo al terminar su descripcin apuntando hacia atrs:

--Se precia esa otra de buenas formas.... Buena comparacin tiene!

La cita era sabia y oportuna. Visitacin supona a don lvaro enterado
de lo que era aquella otra y no haba comparacin!

Quien ahora tragaba saliva era el Presidente del Casino, colorado como
una amapola. Ya tena l en sus ojos, casi siempre apagados, las chispas
que saltaban de los de Visita.

--Pero te ha de costar mucho trabajo....

--Puede que no tanto--dijo Mesa, sin contenerse.

--Ella tragar... ya trag el anzuelo.

--Crees t?--S, estoy segura. Pero no te fes; puedes marcharte con
una tajada y dejar el pez en el agua.

--Como yo vea el momento de tirar...--Mucho tiempo llevas pensndolo.

--Quin te lo ha dicho?

--Estos. Y puso los dedos sobre los ojos.--Y lo de ella, cmo lo
sabes?

--Curiosn! el que no est enamorado!...

--Enamorado? ni por pienso... pero es natural que quiera saber cmo
est ella... para echar mis cuentas.

--Ella no est como un guante, pero por dentro andar la procesin.
Menudean los ataques de nervios. Ya sabes que cuando se cas cesaron,
que despus volvieron, pero nunca con la frecuencia de ahora. Su humor
es desigual. Exagera la severidad con que juzga a las dems, la aburre
todo. Pasa unas encerronas!

--Ta, ta, ta! eso no es decir nada.

--Es mucho.--Nada en mi favor.--T qu sabes? Mira, si le hablan de
ti palidece o se pone como un tomate, enmudece y despus cambia de
conversacin en cuanto puede hablar. En el teatro, en el momento en que
t vuelves la cara, te clava los ojos, y cuando el pblico est ms
atento a la escena y ella cree que nadie la observa, te clava los
gemelos. Pero la observo yo; por curiosidad, claro; porque a m, en
ltimo caso qu? Su alma su palma.

--No eres su amiga ntima?

--Su amiga, s. ntima? Ella no tiene ms intimidades que las de dentro
de su cabeza. Tiene ese defectillo; es muy cavilosa y todo se lo guarda.
Por ella no sabr nunca nada.

Un momento de silencio.--A no ser que ahora se lo cuente todo al
Magistral.... Ya sabrs que le ha tomado de confesor.

--S, eso dicen; creo que es cosa del Arcipreste que se cansa de asistir
al confesonario.

--No, es cosa de ella; tiene otra vez sus proyectos de misticismo.

Visita llamaba misticismo a toda devocin que no fuera como la suya, que
no era devocin.

--Ana, cuando chica, all en Loreto, tuvo ya, segn yo averig,
arranques as... como de loca... y vio visiones... en fin desarreglos.
Ahora vuelve; pero es por otra causa (y seal al corazn.) Est
enamorada, Alvarico, no te quepa duda.

Don lvaro sinti un profundo y tiernsimo agradecimiento. Le daban una
fe en s mismo aquellas palabras!

No quera saber ms: o mejor, comprendi que nada positivo poda aadir
Visita.

Vio en el rostro de aquella mujer una amargura que revelaban ciertos
msculos, mientras otros luchaban por borrar aquel gesto. Su voz
temblaba un poco. Daba lstima. A lo menos la sinti Mesa.

--Deja eso--dijo, acercndose a su amiga--. No hablemos de otros;
hablemos de nosotros. Ests guapsima....

--Ahora... con esas? (Pareca que hablaba con lengua metlica.)

--Tontina... si t no fueras tan desconfiada....

--Qu novedades son estas?--preguntaron los labios y la lengua de
placas de acero.

--Novedades... las llamas novedades... ingrata?

Don lvaro acerc su rostro al de la dama golosa. Nadie pasaba por la
calle. Era de las ms desiertas; creca yerba entre las piedras. Aquel
silencio era el que llamaba solemne y aristocrtico don Saturnino.

Los que estaban detrs, Obdulia y Paco, no vean; don lvaro estaba
seguro. Se aproxim ms a Visita.

Son una bofetada; y despus la carcajada estrepitosa de la del Banco,
que dio un paso atrs, huyendo de don lvaro.

--Loca!... idiota!...--gimi Mesa limpiando su mejilla que sinti
hmeda y pegajosa.

--Vuelve por otra! A m que soy tambor de marina, como dice la
Marquesa.

La dama, completamente tranquila, sonriente, se meti un terrn de
azcar en la boca.

Era su sistema. Se prohiba a s misma, por desconfianza, las dulzuras
de los engaos de amor, y los compensaba con golosinas, que se pegaban
al rin.

Mesa record con tristeza, mezclada de remordimiento, la noche en que
aquella mujer saltaba por un balcn, llena de fe y enamorada.

Por una esquina de la calle, del lado de la catedral, apareci una
seora que los del balcn reconocieron al momento. Era la Regenta. Vena
de negro, de mantilla; la acompaaba Petra, su doncella. Pronto
estuvieron debajo de ellos. Ana iba distrada, porque no levant la
cabeza.

--Anita, Anita--grit Visitacin.

Entonces Mesa pudo ver el rostro de la Regenta, que sonrea y saludaba.
Nunca la haba visto tan hermosa. Traa las mejillas sonrosadas, y ella
era plida; tambin pareca haber estado al lado de un fogn como Visita
y Obdulia; en sus ojos haba un brillo seco, destellos de alegra que se
difundan en reflejos por todo el rostro. Vena con cara de sonrer a
sus ideas.

Y adems de esto not Mesa que le haba mirado sin conmoverse, sin
turbarse, como a Visita, ni ms ni menos; hasta en su saludo, ms franco
y expansivo que otras veces, haba visto una especie de desaire, la
expresin de una indiferencia que le irritaba. Era como si le hubiera
dicho: gozquecillo, t no muerdes, no te temo. Se vera. Por lo pronto
aquella afabilidad era desprecio. Qu haba pasado en la catedral? Qu
hombre era aquel don Fermn que en una sola conferencia haba cambiado
aquella mujer?

Todo esto pens en un momento, irritado, con vehemente deseo de salir de
dudas y vacilaciones. Pero nada le sali al rostro. Salud con su aire
grave, con aquel aire de gentleman que tanto le envidiaba Trabuco, su
admirador y mortal enemigo.

--Has confesado?--S, ahora mismo.

--Con el Magistral, por supuesto?

--S, con l.--Qu tal? Excelente, verdad? Qu te deca yo? No
subes?

--No, ahora no puedo. Obdulia oy la voz de Ana y corri al balcn, sin
cuidarse de reparar el desorden de su traje y peinado.

--Ana, sube, anda, tonta!--grit la viuda mientras devoraba a la
Regenta con los ojos de pies a cabeza.

Para Obdulia las dems mujeres no tenan ms valor que el de un maniqu
de colgar vestidos; para trapos ellas; para todo lo dems, los hombres.

Ana se excus otra vez; tena que hacer. Salud con graciosa sonrisa y
sigui adelante. Un momento se haban encontrado sus ojos con los de
Mesa, pero no se haban turbado ni escondido como otras veces; le
haban mirado distrados, sin que ella procurase evitar _el contacto_ de
aquellas pupilas cargadas de lascivia y de amor propio irritado,
confundido con el deseo.

Todos callaban en el balcn mientras la Regenta se alejaba y desapareca
por la calle desierta. Todos la siguieron con la mirada hasta que dobl
la esquina. Obdulia dijo, queriendo afectar un tono algo desdeoso:

--Va muy sencilla. Y se volvi al gabinete.--Cmetela!...--grit al
odo de lvaro Visita con voz en que asomaba un poco de burla. Y aadi
muy seria:

--Cuidado con el Magistral, que sabe mucha teologa parda!...




--IX--


En la Plaza Nueva, en una rinconada sumida ya en la sombra est el
palacio de los Ozores, de fachada ostentosa, recargada, sin elegancia,
de sillares ennegrecidos, como los del Casino, por la humedad que trepa
hasta el tejado por las paredes.

Al llegar al portal Ana se detuvo; se estremeci como si sintiera fro.
Mir hacia la bocacalle prxima; por all el horizonte se abra lleno de
resplandores. La calle del guila era una pendiente rpida que dejaba
ver en lontananza la sierra y los prados que forman su falda, verdes y
relucientes entonces. Cruzaban la plaza y pasaban sobre los tejados
golondrinas grrulas, inquietas, que iban y venan, como si hiciesen sus
visitas de despedida, prximo el viaje de invierno.

--Oye, Petra, no llames; vamos a dar un paseo....

--Las dos solas?--S, las dos... por los prados... a campo traviesa.

--Pero, seorita, los prados estarn muy mojados....

--Por algn camino... extraviado... por donde no haya gente. T que eres
de esas aldeas, y conoces todo eso, no sabes por dnde podremos ir sin
que encontremos a nadie?

--Pero, si estar todo hmedo....

--Ya no; el sol habr secado la tierra.... Yo traigo buen calzado.
Anda... vamos, Petra!

Ana suplicaba con la voz como una nia caprichosa y con el gesto como
una mstica que solicita favores celestiales.

Petra mir asombrada a su seora. Nunca la haba visto as. Qu era de
aquella frialdad habitual, de aquella tranquilidad que pareca recelo y
desconfianza disimulados?

Tena la doncella algo ms de veinticinco aos; era rubia de color de
azafrn, muy blanca, de facciones correctas; su hermosura poda excitar
deseos, pero difcilmente producir simpatas. Procuraba disimular el
acento desagradable de la provincia y hablaba con afectacin
insoportable. Haba servido en muchas casas principales. Era buena para
todo, y se aburra en casa de Quintanar, donde no haba aventuras ni
propias ni ajenas. Amos y criados parecan de estuco. Don Vctor era un
viejo tal vez amigo de los amores fciles, pero jams haba pasado su
atrevimiento de alguna mirada insistente, pegajosa, y algn piropo
envuelto en circunloquios que no le comprometan. El ama era muy
callada, muy cavilosa; o no tena nada que tapar o lo tapaba muy bien.
Sin embargo, Petra haba adquirido la conviccin de que aquella seora
estaba muy aburrida. Aprovechaba la doncella las pocas ocasiones que se
le ofrecan para procurarse la confianza de la Regenta. Era solcita,
discreta, y finga humildad, virtud, la ms difcil en su concepto.

Un paseo a campo traviesa, despus de confesar, solas, en una tarde
hmeda, daba mucho en qu pensar a Petra. Ella no deseaba otra cosa,
pero insista en su oposicin por ver adnde llegaba el capricho del
ama. Otras haban empezado as.

Bajaron por la calle del guila. A su extremo, pasaba, perpendicular, la
carretera de Madrid.

--Por ah no--dijo el ama--. Por aqu; vamos hacia la fuente de
Mari--Pepa.

--A estas horas no hay nadie por estos sitios, y el piso ya estar seco;
todava da el sol. Mire usted, all est la fuente.

Petra mostr a su seora all abajo, en la vega, una orla de lamos que
pareca en aquel momento de plata y oro, segn la iluminaban los rayos
oblicuos del poniente. El camino era estrecho, pero igual y firme; a los
lados se extendan prados de yerba alta y espesa y campos de hortaliza.
Huertas y prados los riegan las aguas de la ciudad y son ms frtiles
que toda la campia; los prados, de un verde fuerte, con tornasoles
azulados, casi negros, parecen de tupido terciopelo. Reflejando los
rayos del sol en el ocaso deslumbran. As brillaban entonces. Ana
entornaba los ojos con delicia, como bandose en la luz tamizada por
aquella frescura del suelo.

Setos de madreselva y zarzamora orlaban el camino, y de trecho en trecho
se ergua el tronco de un negrillo, robusto y achaparrado, de enorme
cabezota, como un as de bastos, con algunos retoos en la calvicie,
varillas dbiles que la brisa sacuda, haciendo resonar como castauelas
las hojas solitarias de sus extremos.

--Mire usted, seora, cosa ms rara! a ninguna de esas ramas le queda
ms hoja que la ms alta, la de la punta....

Despus de esta observacin, y otras por el estilo, Petra se paraba a
coger florecillas en los setos, se pinchaba los dedos, se enganchaba el
vestido en las zarzas, daba gritos, rea; iba tomando cierta confianza
al verse sola con su ama, en medio de los prados, por caminos de mala
fama, solitarios, que saban de ella tantas cosas dignas de ser
calladas.

Petra no se fiaba de la piedad repentina de la Regenta.

Ms de una hora de confesin! La carita como iluminada al levantarse
con la absolucin encima... y ahora este paseo por los campos... y
rer... y permitirle ciertas libertades.... No me fo; esperemos.

La doncella de Ana era amiga de llegar en sus clculos y fantasas a las
ltimas consecuencias. Ya vea en lontananza propinas sonantes, en
monedas de oro. Pero aquel sesgo religioso que tomaba la cosa--daba por
supuesto que haba algo--traa complicaciones que ofrecan novedad para
la misma Petra, que haba visto lo que ella y Dios y aquellos y otros
caminos solitarios saban.

Llegaron a la fuente de Mari--Pepa. Estaba a la sombra de robustos
castaos, que tenan la corteza acribillada de cicatrices en forma de
iniciales y algunas expresando nombres enteros. La orla de lamos que se
vea desde lejos serva como de muralla para hacer el lugar ms
escondido y darle sombra a la hora de ponerse el sol; por oriente se
levantaba una loma que daba abrigo al apacible retiro formado por la
naturaleza en torno del manantial. Aunque situado en una hondonada,
desde all se vea magnfico paisaje, porque a la parte de occidente
otras ondas del terreno que semejaban un oleaje de verdura, dejaban
contemplar los lejanos trminos, y all confundido con la neblina el
Corfn, una montaa que esconda sus crestas en las nubes y caa a pico
sobre valles ocultos detrs de colinas y montes ms prximos. El sol
sesgaba el ambiente en que pareca flotar polvo luminoso, detrs del
cual apareca el Corfn con un tinte crdeno.

Ana se sent sobre las races descubiertas de un castao que daba sombra
a la fuente. Contemplaba las laderas de la montaa iluminada como por
luces de bengala, y casi entre sueos oa a su lado el murmullo discreto
del manantial y de la corriente que se precipitaba a refrescar los
prados. Sobre las ramas del castao saltaban gorriones y pinzones que no
cerraban el pico y no acababan nunca de cantar formalmente, distrados
en cualquier cosa, inquietos, revoltosos y vanamente grrulos. Hojas
secas caan de cuando en cuando de las ramas al manantial; flotaban
dando vueltas con lenta marcha, y, acercndose al cauce estrecho por
donde el agua sala, se deslizaban rpidas, rectas, y desaparecan en la
corriente, donde la superficie tersa se converta en rizada plata. Una
nevatilla (en Vetusta _lavandera_) picoteaba el suelo y brincaba a los
pies de Ana, sin miedo, fiada en la agilidad de sus alas; daba vueltas,
barra el polvo con la cola, se acercaba al agua, beba, de un salto
llegaba al seto, se esconda un momento entre las ramas bajas de la
zarzamora, por pura curiosidad, volva a aparecer, siempre alegre,
pizpireta; qued inmvil un instante como si deliberase; y de repente,
como asustada, por aprensin, sin el menor motivo, tendi el vuelo recto
y rpido al principio, ondulante y pausado despus y se perdi en la
atmsfera que el sol oblicuo tea de prpura. Ana sigui el vuelo de la
_lavandera_ con la mirada mientras pudo. Estos animalitos, pens,
sienten, quieren y hasta hacen sus reflexiones.... Ese pajarillo ha
tenido una idea de repente; se ha cansado de esta sombra y se ha ido a
buscar luz, calor, espacio. Feliz l! Cansarse es tan natural!. Ella
misma, la Regenta, estaba bien cansada de aquella sombra en que haba
vivido siempre. Sera algo nuevo, algo digno de ser amado aquello que
el Magistral le haba prometido? Cuando ella le haba dicho que en la
adolescencia haba tenido antojos msticos, y que despus sus tas y
todas las amigas de Vetusta le haban hecho despreciar aquella vanidad
piadosa qu haba contestado el Magistral? Bien se acordaba; le zumbaba
todava en los odos aquella voz dulce que sala en pedazos, como por
tamiz, por los cuadradillos de la celosa del confesonario. Le haba
dicho, con unas palabras muy elocuentes, que ella no poda repetir al
pie de la letra, algo parecido a esto: Hija ma, ni aquellos anhelos de
usted, buscando a Dios antes de conocerle, eran acendrada piedad, ni los
desdenes con que despus fueron maltratados tuvieron pizca de
prudencia. Pizca haba dicho, estaba ella segura. La elocuencia del
Magistral en el confesonario no era como la que usaba en el plpito;
ahora lo notaba. En el confesonario aprovechaba las palabras familiares
que dicen tan bien ciertas cosas que jams haba visto ella en los
libros llenos de retrica. Y le haba puesto una comparacin: Si usted,
hija ma, se baa en un ro, y revolviendo el agua al nadar, por juego,
como solemos hacer, encuentra entre la arena una pepita de oro,
pequesima que no vale una peseta, se creer usted ya millonaria?
pensar que aquel descubrimiento la va a hacer rica? que todo el ro
va a venir arrastrando monedas de cinco duros con la carita del rey y
que todo va a ser para usted? Eso sera absurdo. Pero, por esto va a
tirar con desdn la pepita y a seguir jugueteando con el agua, moviendo
los brazos y haciendo saltar la corriente al azotarla con los pies y sin
pensar ya nunca ms en aquel poquito de oro que encontr entre la
arena?. Estaba muy bien puesta la comparacin. Ella se haba visto con
su traje de bao, sin mangas, braceando en el ro, a la sombra de
avellanos y nogales, y en la orilla estaba el Magistral con su roquete
blanqusimo, de rodillas, pidindole, con las manos juntas, que no
arrojase la pepita de oro. La elocuencia era aquello, hablar as, que se
viera lo que se deca. Se haba entusiasmado con aquel fluir de palabras
dulces, nuevas, llenas de una alegra celestial; haba abierto su
corazn delante de aquel agujero con varillas atravesadas. Tambin ella
haba dicho muchas palabras que no haba usado en su vida hablando con
los dems. Entonces el Magistral, all dentro, callaba; y cuando ella
termin, la voz del confesonario temblaba al decir: Hija ma, esa
historia de sus tristezas, de sus ensueos, de sus aprensiones merece
que yo medite mucho. Su alma es noble, y slo porque en este sitio yo no
puedo tributar elogios al penitente, me abstengo de sealar dnde est
el oro y dnde est el lodo... y de hacerle ver que hay ms oro de lo
que parece. Sin embargo, usted est enferma; toda alma que viene aqu
est enferma. Yo no s cmo hay quien hable mal de la confesin; aparte
de su carcter de institucin divina, aun mirndola como asunto de
utilidad humana no comprende usted, y puede comprender cualquiera que
es necesario este hospital de almas para los enfermos del espritu?. El
Magistral haba hablado de las consultas que los peridicos protestantes
establecen para dilucidar casos de conciencia. Las seoras
protestantes, que no tienen padre espiritual, acuden a la prensa. No es
esto ridculo?. El Provisor haba sonredo con la voz.

Y haba continuado diciendo lo que en sustancia era esto: No deba ella
acudir all slo a pedir la absolucin de sus pecados; el alma tiene,
como el cuerpo, su teraputica y su higiene; el confesor es mdico
higienista; pero as como el enfermo que no toma la medicina o que
oculta su enfermedad, y el sano que no sigue el rgimen que se le indica
para conservar la salud, a s mismos se hacen dao, a s propios se
engaan; lo mismo se engaa y se daa a s propio el pecador que oculta
los pecados, o no los confiesa tales como son, o los examina de prisa y
mal, o falta al rgimen espiritual que se le impone. No bastaba una
conferencia para curar un alma, ni acudir con enfermedades viejas y
descuidadas era querer sanar de veras. De todo esto se deduca
racionalmente, aparte todo precepto religioso, la necesidad de confesar
a menudo. No se trataba de cumplir con una frmula: confesar no era eso.
Era indispensable escoger con cuidado el confesor, cuando se trataba de
ponerse en cura; pero, una vez escogido, era preciso considerarle como
lo que era en efecto, padre espiritual, y hablando fuera de todo sentido
religioso, como hermano mayor del alma, con quien las penas se desahogan
y los anhelos se comunican, y las esperanzas se afirman y las dudas se
desvanecen. Si todo esto no lo ordenase nuestra religin, lo mandara el
sentido comn. La religin es toda razn, desde el dogma ms alto hasta
el pormenor menos importante del rito.

Aquella conformidad de la fe y de la razn encantaba a la Regenta.
Cmo tena ella veintisiete aos y jams haba odo esto? No se haba
atrevido a preguntrselo al Magistral, pero tiempo habra.

Un gorrin con un grano de trigo en el pico, se puso enfrente de Ana y
se atrevi a mirarla con insolencia. La dama se acord del Arcipreste,
que tena el don de parecerse a los pjaros.

Era un buen seor Ripamiln; pero qu manera de confesar! Una rutina
que nunca le haba enseado nada. A no ser su matrimonio, nada haba
sacado de aquellas confesiones. Deca el pobre hombre que se saba de
memoria los pecados de la Regenta y la interrumpa siempre con su
eterno:--'Bien, bien, adelante: qu ms? adelante... reza tres
Padrenuestros, una Salve y reparte limosnas'. Qu hombre tan raro!
Cundo le haba hablado don Cayetano de si tena ella este o el otro
temperamento? Pues el Magistral en seguida: le haba dicho que era un
temperamento especial, que todo esto y ms haba que tener en cuenta.
Esto era completamente nuevo.

Adems, la haba halagado mucho el notar que don Fermn le hablaba como
a persona ilustrada, como a un hombre de letras: le haba citado
autores, dando por supuesto que los conoca, y al usar sin reparo
palabras tcnicas se guardaba de explicrselas.

Y qu _elevacin_! Qu era la virtud? Qu era la santidad? Aquello
haba sido lo mejor. La virtud era la belleza del alma, la pulcritud, la
cosa ms fcil para los espritus nobles y limpios. Para un perezoso
enemigo de la ropa limpia y del agua, la pulcritud es un tormento, un
imposible; para una persona decente (as haba dicho) una necesidad de
las ms imperiosas de la vida. La religin no presentaba como una senda
ardua la de la virtud, sino para los que viven sumidos en el pecado;
pero el hombre nuevo siempre estaba despierto en nosotros; no haba ms
que darle una voz y acuda. La virtud comienza por un esfuerzo ligero,
si bien contrario al hbito adquirido; al da siguiente el esfuerzo era
menos costoso y su eficacia mayor por la _velocidad adquirida_, por la
_inercia del bien_, esto era mecnico (as lo haba dicho el seor De
Pas.) La virtud poda definirse; el equilibrio estable del alma. Adems,
era una alegra; un buen da de sol; rfagas de aire fresco embalsamado;
el alma virtuosa se converta en una pajarera donde gorjeaban alegres
los dones del Espritu Santo animando el corazn en las tristezas de la
vida. Aquella melancola de que ella se quejaba, era nostalgia de la
virtud a que llegara, y por la que suspiraba su espritu como por su
patria. La virtud era cuestin de arte, de habilidad. No slo se
consegua por el ayuno, por el ascetismo; este era un medio muy santo,
pero haba otros. En la vida bulliciosa de nuestras ciudades se puede
aspirar tambin a la perfeccin. (En aquel momento se figuraba la
Regenta como una Babilonia aquella Vetusta que le pareciera siempre tan
pequea, tan montona y triste.) Ella que haba ledo a San Agustn no
recordaba que el santo Obispo gustaba de la msica religiosa, no por el
deleite de los sentidos, sino porque elevaba el alma? Pues as todas las
artes, as la contemplacin de la naturaleza, la lectura de las obras
histricas, y de las filosficas, siendo puras, podan elevar el alma y
ponerla en el diapasn de la santidad al unsono de la virtud. Por qu
no? Ah! y despus, cuando se llegaba ms arriba, a la seguridad de s
mismo, cuando ya no se tema la tentacin sino con temor prudente, se
encontraban edificantes muchos espectculos que antes eran peligrosos.
As, por ejemplo, la lectura de libros prohibidos, veneno para los
dbiles, era purga para los fuertes. Al que llega a cierto grado de
fortaleza, la presencia del mal le edifica a su modo por el contraste.
El Magistral no haba dicho si l era tan fuerte como todo eso, pero
ella supona que s. De todas maneras, la virtud y la piedad eran cosas
bien diferentes de lo que le haban enseado sus tas y la devocin
vulgar (as la llam para sus adentros) que haba aprendido como una
rutina. S, la religin verdadera se pareca en definitiva a sus
ensueos de adolescente, a sus visiones del monte de Loreto ms que a la
sosa y estpida disciplina que la haban enseado como piedad seria y
verdadera. Y cuntas ms lecciones le haba prometido el Magistral para
otro da! Cuntas cosas nuevas iba a saber y a sentir! Y qu dicha
tener un alma hermana, hermana mayor, a quien poder hablar de tales
asuntos, los ms interesantes, los ms altos sin duda!

De la _cuestin personal_, esto es, de los pecados de Ana, se haba
hablado poco; el Magistral generalizaba en seguida. No tena datos,
necesitaba conocer la mujer.

Al recordar esto sinti la Regenta escrpulos. Le haba dado la
absolucin y ella no haba dicho nada de su inclinacin a don lvaro!
--S, inclinacin. Ahora que consideraba vencido aquel impulso
pecaminoso, quera mirarlo de frente. Era inclinacin. Nada de disfrazar
las faltas. Haba hablado, sin precisar nada, de malos pensamientos,
pero le pareca indecoroso e injusto para con ella misma, hasta grosero,
personificar aquellas tentaciones, decir que se trataba de un solo
hombre de tales prendas, y sealar los peligros que haba. Pero deba
haberlo hecho? Tal vez. Sin embargo, no hubiera sido poner en berlina a
don Vctor sin por qu ni para qu, puesto que ella le era fiel de hecho
y de voluntad y se lo sera eternamente? Y con todo, debi haber
especificado ms en aquella parte de la confesin. Estaba bien
absuelta? Podra comulgar tranquila al da siguiente? Eso no, de ningn
modo; no comulgara; se quedara en la cama fingiendo una jaqueca: de
tarde ira a reconciliar, y al otro da la comunin. Este era el mejor
plan. La resolucin de no comulgar a la maana siguiente le dio una
alegra de nia; era como un da de asueto. Poda pasar la noche
pensando en la religin, en la virtud en general, por aquel sistema
nuevo, y no preocuparse todava con el cuidado de recibir al Seor
dignamente. Era una prrroga; un respiro. Y ya no le pareca impropio
dar rienda suelta a su alegra, aquella alegra causada por fuerzas
morales puramente y que tal vez era la alborada del da esplendoroso de
la virtud.

Qu feliz sera aquel Magistral, anegado en luz de alegra virtuosa,
llena el alma de pjaros que le cantaban como coros de ngeles dentro
del corazn! As l tena aquella sonrisa eterna, y se paseaba con tanto
garbo por el Espoln en medio de perezosos del alma, de espritus
pequeos y... vetustenses. Y qu color de salud!

Vetusta, Vetusta encerraba aquel tesoro! Cmo no sera Obispo el
Magistral? Quin sabe! Por qu era ella, aunque digna de otro mundo,
nada ms que una seora ex-regenta de Vetusta? El lugar de la escena era
lo de menos; la variedad, la hermosura estaba en las almas. Ese
pajarillo no tiene alma y vuela con alas de pluma, yo tengo espritu y
volar con las alas invisibles del corazn, cruzando el ambiente puro,
radiante de la virtud. Se estremeci de fro. Volvi a la realidad.
Todo qued en la sombra. El sol ocultaba entre nubes pardas y espesas,
detrs de la cortina de lamos, el ltimo pedazo de su lumbre que se le
haba quedado atrs, como un trapillo de prpura. La sombra y el fro
fueron repentinos. Un coro estridente de ranas despidi al sol desde un
charco del prado vecino. Pareca un himno de salvajes paganos a las
tinieblas que se acercaban por oriente. La Regenta record las carracas
de Semana Santa, cuando se apaga la luz del ngulo misterioso y se
rompen las cataratas del entusiasmo infantil con estrpito horrsono.

--Petra! Petra!--grit.

Estaba sola. Adnde haba ido su doncella?

Un sapo en cuclillas, miraba a la Regenta encaramado en una raz gruesa,
que sala de la tierra como una garra. Lo tena a un palmo de su
vestido. Ana dio un grito, tuvo miedo. Se le figur que aquel sapo haba
estado oyndola pensar y se burlaba de sus ilusiones.

--Petra! Petra! La doncella no responda. El sapo la miraba con una
impertinencia que le daba asco y un pavor tonto.

Lleg Petra. Vena sudando, muy encarnada, con la respiracin fatigosa.
Le caan hasta los ojos rizos dorados y menudos. Como haba visto tan
ensimismada a la seora, se haba llegado al molino de su primo Antonio
que estaba all cerca, a un tiro de fusil.

Ana le fij los ojos con los suyos, pero ella desafi aquella mirada de
inquisidor. Su primo Antonio, el molinero, estaba enamorado de la
doncella; el ama lo saba. Petra pensaba casarse con l, pero ms
adelante cuando fuera ms rico y ella ms vieja. De vez en cuando iba a
verle para que no se apagase aquel fuego con que ella contaba para
calentarse en la vejez. Miraba el molino como una caja de ahorros donde
ella iba depositando sus economas de amor. Ana sin saber por qu,
sinti un poco de ira. Cmo seran aquellos amores de Petra y el
molinero? Qu le importaba a ella...?. Pero la manera de mirar a
Petra, estudiando los pormenores de su traje, algo descompuesto, la
fatiga que no poda ocultar, el sudor, el color de sus mejillas,
revelaba una curiosidad que quera ocultar en vano la Regenta. Qu
haba hecho en el molino aquella mujer?. Este pensamiento balad,
obsesin estpida que era casi un dolor, absorba toda la atencin de
Ana, a su pesar.

--Vamos, vamos, que es tarde.--S, seora; es tarde. Entraremos en casa
cuando ya estn encendidos los faroles.

--No, no tanto.--Ya ver usted.--Si no te hubieras detenido en la
fragua de tu primo....

--Qu fragua? Es un molino, seora.

A Petra le supo a malicia lo que era una equivocacin.

Cuando llegaban a las primeras casas de Vetusta, obscureca. La luz
amarillenta del gas brillaba de trecho en trecho, cerca de las ramas
polvorientas de las raquticas acacias que adornaban el boulevard,
nombre popular de la calle por donde entraban en el pueblo.

--Cmo me has trado por aqu?

--Qu importa? Petra se encogi de hombros. En vez de subir por la
calle del guila haban dado un rodeo y entraban por una de las pocas
calles nuevas de Vetusta, de casas de tres pisos, iguales, cargadas de
galeras con cristales de colores chillones y discordantes. La acera de
tres metros de anchura, una acera hiperblica para Vetusta, estaba
orlada por una fila de faroles en columna, de hierro pintado de verde, y
por otra fila de rboles, prisioneros en estrecha caja de madera, verde
tambin. Por esto se llamaba _El boulevard_, o lo que era en rigor,
_Calle del Triunfo de 1836_. Al anochecer, hora en que dejaban el
trabajo los obreros, se converta aquella acera en paseo donde era
difcil andar sin pararse a cada tres pasos. Costureras, chalequeras,
planchadoras, ribeteadoras, cigarreras, fosforeras, y armeros,
zapateros, sastres, carpinteros y hasta albailes y canteros, sin contar
otras muchas clases de industriales, se daban cita bajo las acacias del
Triunfo y paseaban all una hora, arrastrando los pies sobre las piedras
con estridente sonsonete.

Haba comenzado aquel paseo aos atrs como una especie de parodia;
imitaban las muchachas del pueblo los modales, la voz, las
conversaciones de las seoritas, y los obreros jvenes se fingan
caballeros, cogidos del brazo y paseando con afectada jactancia. Poco a
poco la broma se convirti en costumbre y merced a ella la ciudad
solitaria, triste de da, se animaba al comenzar la noche, con una
alegra exaltada, que pareca una excitacin nerviosa de toda la
pobretera, como decan los tertulios de Vegallana. Era la fuerza de
los talleres que sala al aire libre; los msculos se movan por su
cuenta, a su gusto, libres de la monotona de la faena rutinaria. Cada
cual, adems, sin darse cuenta de ello, estaba satisfecho de haber hecho
algo til, de haber trabajado. Las muchachas rean sin motivo, se
pellizcaban, tropezaban unas con otras, se amontonaban, y al pasar los
grupos de obreros creca la algazara; haba golpes en la espalda,
carcajadas de malicia, gritos de mentida indignacin, de falso pudor, no
por hipocresa, sino como si se tratara de un paso de comedia. Los
remilgos eran fingidos, pero el que se propasaba se expona a salir con
las mejillas ardiendo. Las virtudes que haba all saban defenderse a
bofetadas. En general, se mova aquella multitud con cierto orden. Se
paseaba en filas de ida y vuelta. Algunos seoritos se mezclaban con los
grupos de obreros. A ellas les sola parecer bien un piropo de un
estudiante o de un hortera; pero la indignacin fingida era mayor cuando
un _levita_ se propasaba y siempre acompaaba a la protesta del pudor el
sarcasmo. Aquellas jvenes, que no siempre estaban seguras de cenar al
volver a casa, insultaban al transente que las llamaba hermosas,
suponiendo que el _futraque_ tena _carpanta_, o sea hambre. A lo sumo
concedan que comera caamones. Los expertos no se aturdan por estos
improperios convencionales, que eran all el buen tono; insistan y
acababan por sacar tajada, si la haba. La virtud y el vicio se codeaban
sin escrpulo, iguales por el traje que era bastante descuidado. Aunque
haba algunas jvenes limpias, de aquel montn de hijas del trabajo que
hace sudar, sala un olor picante, que los habituales transentes ni
siquiera notaban, pero que era moleslo, triste; un olor de miseria
perezosa, abandonada. Aquel perfume de harapo lo respiraban muchas
mujeres hermosas, unas fuertes, esbeltas, otras delicadas, dulces, pero
todas mal vestidas, mal lavadas las ms, mal peinadas algunas. El
estrpito era infernal; todos hablaban a gritos, todos rean, unos
silbaban, otros cantaban. Nias de catorce aos, con rostro de ngel,
oan sin turbarse blasfemias y obscenidades que a veces las hacan rer
como locas. Todos eran jvenes. El trabajador viejo no tiene esa
alegra. Entre los hombres acaso ninguno haba de treinta aos. El
obrero pronto se hace taciturno, pronto pierde la alegra expansiva, sin
causa. Hay pocos viejos verdes entre los proletarios.

Ana se vio envuelta, sin pensarlo, por aquella multitud. No se poda
salir de la acera. Haba mucho lodo y pasaban carros y coches sin cesar;
era la hora del correo y aquel el camino de la estacin.

Los grupos se abran para dejar paso a la Regenta. Los mozalbetes ms
osados acercaban a ella el rostro con cierta insolencia, pero la belleza
bondadosa de aquella cara de Mara Santsima les impona admiracin y
respeto.

Las chalequeras no murmuraban ni rean al pasar Ana.

--Es la Regenta!--Qu guapa es! Esto decan ellas y ellos. Era una
alabanza espontnea, desinteresada.

--Ol, salero! Viva tu mare!--se atrevi a gritar un andaluz con
acento gallego.

Su entusiasmo le cost una _galleta_--un coscorrn--de un su amigo, ms
respetuoso.

--So bruto, mira que es la Regenta!

Era popular su hermosura. A Petra tambin le decan los pollastres que
era un arcngel; iba contenta. Ana sonrea y aceleraba el paso.

--Dnde nos hemos metido...--Qu importa? ya ve usted que no se la
comen.

Muchas seoritas podran aprender crianza de estos pela-gatos.

Alguna otra vez haba pasado la Regenta por all a tales horas, pero en
esta ocasin, con una especie de doble vista, crea ver, sentir all, en
aquel montn de ropa sucia, en el mismo olor picante de la _chusma_, en
la algazara de aquellas turbas, una forma de placer del amor; del amor
que era por lo visto una necesidad universal. Tambin haba cuchicheos
secretos, al odo, entre aquel estrpito; rostros lnguidos, ceos de
enamorados celosos, miradas como rayos de pasin.... Entre aquel cinismo
aparente de los dilogos, de los roces bruscos, de los tropezones
insolentes, de la brutalidad jactanciosa, haba flores delicadas,
verdadero pudor, ilusiones puras, ensueos amorosos que vivan all sin
conciencia de los miasmas de la miseria.

Ana particip un momento de aquella voluptuosidad andrajosa. Pens en s
misma, en su vida consagrada al sacrificio, a una prohibicin absoluta
del placer, y se tuvo esa lstima profunda del egosmo excitado ante las
propias desdichas. Yo soy ms pobre que todas estas. Mi criada tiene a
su molinero que le dice al odo palabras que le encienden el rostro;
aqu oigo carcajadas del placer que causan emociones para m
desconocidas....

En aquel momento tuvieron que detenerse entre la multitud. Haba un
drama en la acera. Un joven alto, de pelo negro y rizoso, muy moreno,
vestido con blusa azul, gritaba:

--La mato! la mato! Dejadme, que quiero matarla.

Sus compaeros le sujetaban; queran llevrsela. El mozo echaba fuego
por los ojos.

--Qu es eso?--pregunt Petra.

--Nada--dijo uno--celucos.--S--grit una joven--pero si ella se
descuida la ahoga.

--Bien merecido lo tiene; es una tal. El joven de la blusa azul sali
del paseo, a viva fuerza, casi arrastrado por sus amigos. Al pasar junto
a la Regenta la mir cara a cara, distrado, pensando en su venganza;
pero ella sinti aquellos ojos en los suyos como un contacto violento.
Eran los _celucos_! As miraban los celos! Era una belleza infernal,
sin duda, la de aquellos ojos, pero qu fuerte, qu humana!

Dejaron ama y criada por fin el boulevard y entraron en la calle del
Comercio. De las tiendas salan haces de luz que llegaban al arroyo
iluminando las piedras hmedas cubiertas de lodo. Delante del escaparate
de una confitera nueva, la ms lujosa de Vetusta, un grupo de _pillos_
de ocho a doce aos discutan la calidad y el nombre de aquellas
golosinas que no eran para ellos, y cuyas excelencias slo podan
apreciar por conjeturas.

El ms pequeo lama el cristal con xtasis delicioso, con los ojos
cerrados.

--Esa se llama _pitisa_--dijo uno en tono dogmtico.

--Ay qu farol!; si eso es un _pionono_, si sabr yo....

Tambin aquella escena enterneci a la Regenta. Siempre senta apretada
la garganta y lgrimas en los ojos cuando vea a los nios pobres
admirar los dulces o los juguetes de los escaparates. No eran para
ellos; esto le pareca la ms terrible crueldad de la injusticia. Pero,
adems, ahora aquellos granujas discutiendo el nombre de lo que no
haban de comer, se le antojaban compaeros de desgracia, hermanitos
suyos, sin saber por qu. Quiso llegar pronto a casa. Aquel enternecerse
por todo la asustaba. Tema el ataque, estaba muy nerviosa.

--Corre, Petra, corre--dijo con voz muy dbil.

--Espere usted, seora... all... parece que nos hacen sea... s, a
nosotras es. Ah, son ellos, s...--Quin?--El seorito Paco y don
lvaro.

Petra not que su ama temblaba un poco y palideca.

--Dnde estn? A ver si podemos, antes que....

Ya no podan escapar. Don lvaro y Paco estaban delante de ellas. El
Marquesito las detuvo haciendo una cortesa exagerada, que era una de
sus maneras de _hacer esprit_, como deca ya el mismo Ronzal. Mesa
salud muy formalmente.

De la confitera nueva salan chorros de gas que deslumbraban a los
vetustenses, no acostumbrados a tales despilfarros de gas. Don lvaro
vea a la Regenta envuelta en aquella claridad de batera de teatro y
not en la primer mirada que no era ya la mujer distrada de aquella
tarde. Sin saber por qu, le haba desanimado la mirada plcida, franca,
tranquila de poco antes, y sin mayor fundamento, la de ahora, tmida,
rpida, miedosa, le pareci una esperanza ms, la sumisin de Ana, el
triunfo. No sera tanto, pero l se alegraba de verse animado. Sin fe
en s mismo no dara un paso. Y haba que dar muchos y pronto.

En Vetusta llueve casi todo el ao, y los pocos das buenos se
aprovechan para respirar el aire libre. Pero los paseos no estn
concurridos ms que los das de fiesta. Las seoritas pobres, que son
las ms, no se resignan a ensear el mismo vestido una tarde y otra y
siempre. De noche es otra cosa; se sale de trapillo, se recorre la parte
nueva, la calle del Comercio, la plaza del Pan, que tiene soportales,
aunque muy estrechos, el boulevard un poco ms tarde, cuando ya est
durmiendo la _chusma_. Y el pretexto es comprar algo. En una casa hacen
falta tantas cosas! Se entra en las tiendas, pero se compra poco. La
calle del Comercio es el ncleo de estos paseos nocturnos y algo
disimulados. Los caballeros van y vienen por la ancha acera y miran con
mayor o menor descaro a las damas sentadas junto al mostrador. Con un
ojo en las novedades de la estacin y con otro en la calle, regatean los
precios, y cazan lisonjas y seas al vuelo. Los mancebos son casi todos
catalanes; pero pronuncian el castellano con suficiente correccin. Son
amables, guapos casi todos. Los ms tienen la barba cortada a lo
Jesucristo. Muchos ojos negros almibarados y rosas en las mejillas.
Inclinan la cabeza con una languidez entre romntica y cachazuda;
aquello lo mismo puede significar: Seorita, _abrigo_ una pasin
secreta, que.... Seorita, ni la paciencia de Job... pero tendr
paciencia.

--Oh, le estoy cansando a usted!--dice Visitacin a un rubio con
cuello marinero, a quien ha hecho ya cargar con cincuenta piezas de
percal.

--Ah, no seora! Es mi obligacin... y adems lo hago con la mejor
voluntad.... El mancebo ha de ser incansable, para eso est all.

Visitacin siempre tiene que hacer un mandiln para la criada, pero no
se decide nunca. Otras noches es ella la que est desnuda.

--Me va a coger el invierno sin un hilo sobre mi cuerpo.

El mancebo sonre con amabilidad, figurndose de buen grado a la dama
delgada, pero de buenas formas, tiritando en camisa bajo los rigores de
una nevada....

--No sea usted malo! No sea usted tan material!--responde ella,
turbndose como una nia aturdida que sospecha haber sido indiscreta, y
clava en el mancebo los ojos risueos, arrugaditos, que Visitacin cree
que echan chispas. El cataln finge que se deja seducir por aquellos
ojos y en cada vara rebaja un perro chico.

Visitacin triunfa. Pero no sabe que el mismo percal se lo vendi a
Obdulia rebajando un perro grande, y con una ganancia superior a la que
poda esperar el mancebo sonriente y con barba de judo.

Las bellas vetustenses, como dice el gacetillero de _El Lbaro_, no
saben salir de las tiendas de modas. Lo ven todo, lo revuelven todo, y
les queda tiempo para _marear_ a los horteras y tomar varas al sesgo
(frase de Orgaz) de los seoritos que pasean por la acera disputando en
voz alta para anunciar su presencia. Domina all una alegra bulliciosa,
la alegra sin motivo que es la ms expansiva y contentadiza. Quin lo
dira? No slo _el elemento joven de ambos sexos_ (de _El Lbaro_) sino
las personas formales; magistrados, catedrticos, autoridades, abogados,
hasta clrigos, estn deseando todo el da, sin darse cuenta, la hora de
las tiendas, los das que _hace bueno_ y pueden las damas
decorosamente coger la mantilla y echarse a la calle. Es aquella una
hora de cita que, sin saberlo ellos mismos, se dan los vetustenses para
satisfacer la necesidad de verse y codearse, y or ruido humano. Es de
notar que los vetustenses se aman y se aborrecen; se necesitan y se
desprecian. Uno por uno el vetustense maldice de sus conciudadanos, pero
defiende el carcter del pueblo _en masa_, y si le sacan de all suspira
por volver. En el paseo de la noche, que viene a ser subrepticio, a lo
menos as lo llama don Saturnino, hay adems el atractivo que le presta
la fantasa. El gas no es para prodigado por un Ayuntamiento lleno de
deudas, y un farol aqu, otro a cincuenta pasos (si no hace luna; en las
noches romnticas no hay gas) no deslumbran ni quitan a la noche su
misterio. Se ve lo que no hay. Cada cual, segn su imaginacin, atribuye
a los que pasan la figura que quiere.

--Parecen otras las chicas--dicen los pollos.

Los vetustenses gozan la ilusin de creerse en otra parte sin salir de
su pueblo. Todo se vuelve caras nuevas, que despus no son nuevas.

--Quin son sas?--y resulta que son las de Mnguez, es decir, las
eternas Mnguez, las de ayer, las de antes de ayer, las de siempre.
Pero mientras la ilusin dura!... En los pueblos donde pocas veces se
tienen espectculos gratuitos lo es y ms interesante el de contemplarse
mutuamente. Un paseo, _cogido por los cabellos_, es un placer delicado,
intenso que gozan con delicia inefable las masas proletarias de la
honrada clase media espaola.

Hay estudiante que se acuesta satisfecho con media docena de miradas
recogidas ac y all, en sus idas y venidas por el Espoln o por la
calle del Comercio; y nia casadera que tiene para ocho das con una
flor amorosa que fingi desdear por impertinente y que saborea a sus
solas, mientras borda unas zapatillas durante siete das mortales,
detrs del cristal que azota la lluvia incansable. As se explica aquel
entrar y salir en los comercios, aquel rer por cualquier cosa, aquel
encontrar gracia en cada frase de un hortera, en la diablura de un
estudiante que mete la cabeza por un escaparate abierto. Todo es
movimiento, risa, algazara. Este pueblo es el mismo que asiste
silencioso, grave, estirado a los paseos de solemnidad, y compungido,
cabizbajo, lleno de uncin (de _El Lbaro_), a los sermones, a las
novenas, a los oficios de Semana Santa y hasta al miserere. Ana crea
ver en cada rostro la llama de la poesa. Las vetustenses le parecan
ms guapas, ms elegantes, ms seductoras que otros das: y en los
hombres vea aire distinguido, ademanes resueltos, corte romntico; con
la imaginacin iba juntando por parejas a hombres y mujeres segn
pasaban, y ya se le antojaba que viva en una ciudad donde criadas,
costureras y seoritas, amaban y eran amadas por molineros, obreros,
estudiantes y militares de la reserva.

Slo ella no tena amor; ella y los nios pobres que laman los
cristales de las confiteras eran los desheredados. Una ola de rebelda
se mova en su sangre, camino del cerebro. Tema otra vez el ataque.

--Qu era aquello, Seor, qu era aquello?. Por qu en da
semejante, cuando su espritu acababa de entrar en vida nueva, vida de
vctima, pero no de sacrificio estril, sin testigos, si no acompaado
por la voz animadora de un alma hermana; por qu en ocasin tan
importuna se presentaba aquel afn de sus entraas, que ella crea cosa
de los nervios, a mortificarla, a gritar guerra! dentro de la cabeza, y
a volver lo de arriba abajo? No haba estado en la fuente de Mari--Pepa
entregada a la esperanza de la virtud? No se abran nuevos horizontes a
su alma? No iba a vivir para algo en adelante? Oh! quin le hubiera
puesto al seor Magistral all! Su mano tropez con la de un hombre.
Sinti un calor dulce y un contacto pegajoso. No era el Magistral. Era
don lvaro, que vena a su lado hablando de cualquier cosa. Ella apenas
le oa, ni quera atribuir a su presencia aquel cambio de temperatura
moral, que lamentaba para sus adentros, en tanto que vea a las jvenes
y a las jamonas vetustenses coquetear en la acera, y en las tiendas
deslumbrantes de gas. Don lvaro opinaba lo contrario, que bastaba su
presencia y su contacto para adelantar los acontecimientos. Para tener
idea de lo que Mesa pensaba del prestigio de su _fsico_, hay que
figurarse una mquina elctrica con conciencia de que puede echar
chispas. l se crea una mquina elctrica de amor. La cuestin era que
la mquina estuviese preparada. Era fatuo hasta ese extremo, pero dgase
en su abono que nadie lo saba, y que poda citar numerosos hechos que
acreditaban el motivo de aquella vanidad monstruosa. Se crea hombre de
talento--l era principalmente un poltico--; confiaba en su
experiencia de hombre de mundo, y en su arte de Tenorio, pero
humildemente se declaraba a s mismo que todo esto no era nada comparado
con el prestigio de su belleza corporal. Para seducir a mujeres
gastadas, ahtas de amor, mimosas, de gustos estragados, tal vez no
basta la figura, ni es lo principal siquiera; pero las vrgenes
_honradas_ (conoca l otra clase) y las casadas honestas se rinden al
buen mozo.

--No conozco seductores corcovados ni enanos--deca, encogindose de
hombros, las pocas veces que con sus amigos ntimos hablaba de estas
cosas: sola ser despus de cenar fuerte--. Se me habla de extravos
del gusto? Eso es lo excepcional. Pero nadie querr ser en el amor lo
que es el asaftida en los olores; y sin embargo, las damas romanas de
la decadencia....

Paco Vegallana acuda entonces con el testimonio de las lecturas
tcnico-escandalosas. Describa todas las aberraciones de la lubricidad
femenil en lo antiguo, en la Edad-media y en los tiempos modernos. No
haba nada nuevo. Lo mismo que hacen las parisienses ms pervertidas,
lo saban y hacan las meretrices de Babilonia y de Cerbatana. Paco
padeca distracciones cada vez que se remontaba a la historia antigua.
Esta Cerbatana era Ecbtana, pero l la llamaba as por equivocacin
indudablemente. Ya saba a qu ciudad se refera. Era una que tena
muchas murallas de colores diferentes. Lo haba ledo en la _Historia de
la prostitucin_; en la de Dufour no, en otra que conoca tambin. Era
un sabio.

--Yo he ledo--aada don lvaro en casos tales--que ha habido
princesas y reinas encaprichadas y _metidas_ con monos, as como suena,
monos.

--S seor--acuda Paco a decir--, lo afirma Vctor Hugo en una novela
que en francs se llama _El hombre que re_ y en espaol _De orden del
rey_.

--Pero fuera de eso, que es lo excepcional--continuaba Mesa
diciendo--hay que desengaarse, lo que buscan las mujeres es un buen
_fsico_.

--Eso creo yo--sola afirmar Ronzal--la mujer es as _urbicesorbi_ (en
todas partes, en el latn de Trabuco.)

Adems, don lvaro era profundamente materialista y esto no lo confesaba
a nadie. Como en l lo principal era el poltico, transiga con la
religin de los mayores de Paco y se rea de la separacin de la Iglesia
y el Estado. Es ms, le pareca de mal tono llevar la contraria a los
catlicos de buena fe. En Pars haba aprendido ya en 1867, cuando fue a
la exposicin, que lo _chic_ era el creer como el carbonero. Sport y
catolicismo, esta era la moda que continuaba imperando. Pero es claro
que lo de creer era decir que se crea. l no tena fe alguna, ni
bendita la falta, a no ser cuando le entraba el miedo de la muerte.
Cuando caa enfermo y se encontraba en la fonda solo, abandonado de todo
cario verdadero, entonces senta sinceramente, a pesar de haber corrido
tanto, no ser un cristiano sincero. Pero sanaba y deca: Bah! todo
eso es efecto de la debilidad. Sin embargo, bueno era _ilustrarse_,
fundar en algo aquel materialismo que tan bien casaba con sus dems
ideas respecto del mundo y la manera de explotarlo. Haba pedido a un
amigo libros que le probasen el materialismo en pocas palabras. Empez
por aprender que ya no haba tal metafsica, idea que le pareci
excelente, porque evitaba muchos rompecabezas. Ley _Fuerza y materia_
de Buchner y algunos libros de Flammarion, pero estos le disgustaron;
hablaban mal de la Iglesia y bien del cielo, de Dios, del alma... y
precisamente l quera todo lo contrario. Flammarion no era _chic_.
Tambin ley a Moleschott y a Virchov y a Vogt traducidos, cubiertos con
papel de color de azafrn. No entendi mucho pero se iba al grano: todo
era masa gris; corriente, lo que l quera. Lo principal era que no
hubiese infierno. Tambin ley en francs el poema de Lucrecio _De rerum
natura_: lleg hasta la mitad. Deca bien el poeta, pero aquello era muy
largo. Ya no vea ms que tomos, y su buena figura era un feliz
conjunto de molculas en forma de gancho para prender a todas las
mujeres bonitas que se le pusieran delante. As estaba por dentro Mesa
en punto a creencias, pero a estos subterrneos no haba llegado el
mismo Paco, que era buen catlico, segn Mesa. Aquello era para l
solo, mientras estaba en Vetusta. En sus viajes a Pars sacaba el fondo
del bal y el fondo del materialismo. A sus queridas, cuando no eran
demasiado beatas y estaban muy enamoradas, procuraba imbuirlas en sus
ideas acerca del tomo y la fuerza. El materialismo de Mesa era fcil
de entender. Lo explicaba en dos conferencias. Cuando la mujer se
convenca de que no haba metafsica, le iba mucho mejor a don lvaro.
Al recordar una hembra de las convertidas al epicuresmo sola decir
don lvaro con una llama en los ojos muy abiertos:

--Qu mujer aquella!.--Y suspiraba. Aquella mujer nunca haba sido
una vetustense. Las vetustenses tampoco crean en la metafsica, no
saban de ella, pero no pasaban por ciertas cosas.

Don lvaro iba al lado de Ana convencido de que su presencia bastaba
para producir efectos deletreos en aquella virtud en que l mismo
crea. Las palabras eran por entonces, y sin perjuicio, lo de menos. l
tambin sola hablar con elocuencia, al alma vaya! pero en otras
circunstancias; ms adelante.

Paco iba detrs sin desdear la conversacin de Petra, que se mirlaba
hablando con el Marquesito. En materia de amor la criada no crea en las
clases y conceba muy bien que un noble se encaprichara y se casase con
ella verbigracia. No deca que don Paquito estuviera en tal caso, ni
mucho menos; pero le alababa el pelo de oro y la blancura del cutis, y
por algo se empieza.

--Debe de aburrirse usted mucho en Vetusta, Ana--deca don lvaro.

Buscaba en vano manera natural de llevar la conversacin a un punto por
lo menos anlogo al que pensaba tratar muy por largo, llegada la ocasin
oportuna.

--S, a veces me aburro. Llueve tanto!

--Y aunque no llueva. Usted no va a ninguna parte.

--Ser que usted no se fija en m; bastante salgo.

Estas palabras, apenas dichas, le parecieron imprudentes. Era ella
quien las haba pronunciado? As hablaba Obdulia con los hombres; pero
ella, Ana!

Don lvaro se vio en un apuro. Qu pretenda aquella seora? Provocar
una conversacin para aludir a lo que haba entre ellos, que en rigor
no era nada que mereciese comentarios? Deba l extraar aquella
inadvertencia de Ana? Que no se fijaba en ella! Era coquetera vulgar
o algo ms alambicado que l no se explicaba? Quera dar por nulo todo
lo que ambos saban, las citas, sin citarse, en tal iglesia, en el
teatro, en el paseo? Quera negar valor a las miradas fijas, intensas,
que a veces le otorgaba como favor celestial que no debe prodigarse?

El primer impulso de Ana haba sido inconsciente.

Haba hablado como quien repite una frase hecha, sin sentido; pero
despus pens que aquella respuesta poda servir para desanimar a Mesa
dndole a entender que ella no haba entrado en aquel pacto de
sordomudos. Pero esto mismo era inoportuno. Era demasiado negar, era
negar la evidencia.

Don lvaro tema aventurar mucho aquella noche, y crey lo menos
ridculo hacerse el interesante, segn el estilo que empleaban los
vetustenses para tales materias. Y dijo con el tono de una galantera
vulgar, obligada:

--Seora, usted donde quiera tiene que llamar la atencin, aun del ms
distrado.

Y como esto le pareci cursi y algo anfibolgico, aadi algunas
palabras, no menos vulgares y fras.

No comprenda l todava que aquello de _hacerse el interesante_, si
hubiera sido ridculo tratndose de otras mujeres, era la mejor arma
contra la Regenta. Ana lo olvid todo de repente para pensar en el dolor
que sinti al or aquellas palabras. Si habr yo visto visiones? Si
jams este hombre me habr mirado con amor; si aquel verle en todas
partes sera casualidad; si sus ojos estaran distrados al fijarse en
m? Aquellas tristezas, aquellos arranques mal disimulados de
impaciencia, de despecho, que yo observaba con el rabillo del ojo--ay!
s, esto era lo cierto, con el rabillo!--seran ilusiones mas, nada
ms que ilusiones? Pero si no poda ser!. Y senta sudores y
escalofros al imaginarlo. Nunca, nunca accedera ella a satisfacer las
ansias que aquellas miradas le revelaban con muda elocuencia; sera
virtuosa siempre, consumara el sacrificio, su don Vctor y nada ms, es
decir, nada; pero la nada era su dote de amor. Mas renunciar a la
tentacin misma! Esto era demasiado. La tentacin era suya, su nico
placer. Bastante haca con no dejarse vencer, pero quera dejarse
tentar!

La idea de que Mesa nada esperaba de ella, ni nada solicitaba, le
pareca un agujero negro abierto en su corazn que se iba llenando de
vaco. No, no; la tentacin era suya, su placer el nico! Qu hara
si no luchaba? Y ms, ms todava, pensaba sin poder remediarlo, ella no
deba, no poda querer; pero ser querida por qu no? Oh de qu manera
tan terrible acababa aquel da que haba tenido por feliz, aquel da en
que se presentaba un compaero del alma, el Magistral, el confesor que
le deca que era tan fcil la virtud! S, era fcil, bien lo saba ella,
pero si le quitaban la tentacin no tendra mrito, sera prosa pura,
una cosa vetustense, lo que ella ms aborreca....

Don lvaro, que si no era tan buen poltico como se figuraba, de
diplomacia del galanteo entenda un poco, comprendi pronto que, sin
saber cmo, haba acertado.

En la voz de la Regenta, en el desconcierto de sus palabras, not que le
haba hecho efecto la sequedad de la vulgarsima galantera. Esperaba
ya una declaracin? Pero si maana va a comulgar! Qu mujer es esta?
Una hermossima mujer!--aadi el materialista en sus adentros al
mirarla a su lado con llamas en los ojos y carmn en las mejillas.

Haban llegado al portal del casern de los Ozores, y se detuvieron. El
farol dorado que penda del techo alumbraba apenas el ancho zagun.
Estaban casi a obscuras. Haca algunos minutos que callaban.

--Y Petra? Y Paco?--pregunt la Regenta alarmada.

--Ah vienen, ahora dan vuelta a la esquina.

Anita senta seca la boca; para hablar necesitaba humedecer con la
lengua los labios. Lo vio Mesa que adoraba este gesto de la Regenta, y
sin poder contenerse, fuera de su plan, _natura naturans_, exclam:

--Qu monsima! qu monsima!

Pero lo dijo con voz ronca, sin conciencia de que hablaba, muy bajo, sin
alarde de atrevimiento. Fue una fuga de pasin, que por lo mismo
importaba ms que una flor inspida, y no era una desfachatez. Poda
tomarse por una declaracin, por una brutalidad de la naturaleza
excitada, por todo, menos por una osada impertinente, imposible en el
ms cumplido caballero.

Ana fingi no or, pero sus ojos la delataron, y brillando en la sombra,
buscando a don lvaro que haba retrocedido un paso en la obscuridad, le
pagaron con creces las delicias que aquellas palabras dejaron caer como
lluvia benfica en el alma de la Regenta.

--Es ma--pens don lvaro con deleite superior al que l mismo esperaba
en el da del triunfo.

--Quieren ustedes subir a descansar?--pregunt la dama a los
caballeros, al ver llegar a Paco.

--No, gracias. Yo volver luego con mam a buscarte.

--A buscarme?--S; no te lo ha dicho ese? Hoy vas al teatro con
nosotros. Hay estreno; es decir, un estreno de don Pedro Caldern de la
Barca, el dolo de tu marido. No sabes? Ha venido un actor de Madrid,
Perales, muy amigo mo, que imita a Calvo muy bien. Hoy hacen _La vida
es Sueo_... No faltaba ms! Tienes que venir. Una solemnidad! Mam se
empea. Espera vestida.

--Pero, criatura, si maana tengo que comulgar....

--Eso qu importa?--Vaya si importa!--Lo dejas para otro da. En
fin, ya arreglars eso con mam; porque ella viene a buscarte.

Y sin atender a ms, sali del portal el aturdido Marquesito.

Petra ya estaba dentro, en el patio, haciendo como que no oa. Ya saba
a qu atenerse; era aquel. Por lo menos aquel era uno. El Marquesito la
haba entretenido a ella para dejar solos a los otros. Se le conoca en
que estaba tan fro. No le haba dado ni un mal abrazo en lo obscuro.
Escuch. Oy que don lvaro se despeda con una voz temblona y muy
humilde.

--Ir usted al teatro?

--No, de fijo no--contest la Regenta, cerrando detrs de s la puerta y
entrando en el patio.




--X--


A las ocho en punto, la berlina de la Marquesa vena arrancando chispas
por las mal empedradas calles de la Encimada; llegaba a la Plaza Nueva y
se detena delante del casern arrinconado.

La Marquesa, de azul y oro, luciendo asomos de encantos que fueron, hoy
mustios collados, con las canas teidas de negro y el tinte empolvado de
blanco, entraba en el comedor de la Regenta abriendo puertas con
estrpito.

--Cmo? qu es esto? no te has vestido?

--Qu terca!--exclam Paquito, que acompaaba a su madre.

Don Vctor inclin la cabeza y encogi los hombros, dando a entender que
no era responsable de aquella terquedad.

l, s, estaba dispuesto. En efecto, se abrochaba los guantes y luca
su levita de tricot muy ajustada.

Ana sonri a la Marquesa.--Pero, seora, si es una locura. Por qu se
ha molestado usted?

--Cmo locura? Ahora mismo te vas a vestir. Pues ya que me he
molestado, como t dices, no ser en vano. Ea! arriba; o aqu mismo,
delante de estos seores te peino, te calzo y te visto.

--Eso es--dijo Paco--te vestimos, te peinamos....

Don Vctor inst tambin.

--_La vida es Sueo_, hija ma, es el portento de los portentos del
teatro.... Es un drama simblico... filosfico.

--S, ya s, Quintanar....

--Y Perales, que lo dice tan bien, mi amigo Perales.

--Y que habr tanta gente--aadi la Marquesa.

--Por Dios, seora: con mil amores, si no fuera.... No voy otras veces?
Pero si maana tengo que comulgar!

--Ta, ta, ta, ta! y qu tiene eso que ver? Lo sabe la gente? Vas t
al teatro a pecar?

--El arte es una religin!--advirti don Vctor consultando el reloj,
temeroso de perder lo de

        Hipgrifo violento que corriste parejas con el viento.

Despus supo que esto lo supriman. Qu escndalo!.

--Pero, nia--prosigui--demasiado nos honra la Marquesa.

--Qu honra ni qu calabazas?... pero ha de venir.

--No seora; es intil insistir.

Disputaron mucho tiempo; pero al fin doa Rufina, que tambin quera ver
empezar, cedi y se llev a don Vctor, que hizo algunos remilgos.

--Ya que ella es tan terca, me quedar yo tambin.--No faltaba ms!
--exclam la Regenta asustada--. No vas otras noches?

Don Vctor insisti otro poco en quedarse, en perder aquel drama de
dramas.

Pero al fin Ana se vio sola en el comedor, cerca de aquella chimenea de
campana, churrigueresca, exuberante de relieves de yeso, pintada con
colores de lagarto; la chimenea, al amor de cuya lumbre leyera en otros
das tantos folletines la seorita doa Anunciacin Ozores, que en paz
descansa. Ahora no haba all fuego; la hornilla, descubierta, era un
agujero de tristeza.

Petra recogi el servicio del caf. Andaba perezosa. Entr y sali
muchas veces. El ama no la vea siquiera, miraba, sin mover los
prpados, a la hornilla negra y fra. La doncella se coma con los ojos
a la seora. No va al teatro! Aqu pasa algo. Estorbar? Me
necesitar?.

--Querr algo la seora?--pregunt.

Sobresaltada la Regenta, respondi:

--Yo?... qu?... Nada; vete.

Despus de todo, era una tontera haber dado aquel desaire a la
Marquesa, estando decidida a no comulgar al da siguiente. Pero, y por
qu no haba de comulgar? Era ella una beata con escrpulos necios?
Qu tena que echarse en cara? En qu haba faltado? Todo Vetusta en
aquel momento estaba gozando entre ruido, luz, msica, alegra; y ella
sola, sola, all en aquel comedor obscuro, triste, fro, lleno de
recuerdos odiosos o necios, huyendo la ocasin de dar pbulo a una
pasin que halagara a la mujer ms presuntuosa. Era esto pecar? Nada
tena ella que ver con don lvaro. Poda l estar todo lo enamorado que
quisiera, pero ella jams le otorgara el favor ms insignificante.
Desde ahora, ni mirarle siquiera. Estaba decidida. Qu haba que
confesar? Nada. Para qu reconciliar? Para nada. Poda comulgar sin
miedo; s, madrugara, comulgara. Pero bastaba, bastaba por Dios, de
pensar en aquello! Se volva loca. Aquel continuo estudiar su
pensamiento, acecharse a s misma, acusarse, por ideas inocentes, de
malos pensamientos, era un martirio. Un martirio que aada a los que la
vida le haba trado y segua trayendo sin buscarlos. Pero qu haba de
hacer sino cavilar una mujer como ella? En qu se haba de divertir?
En cazar con liga o con reclamo como su marido? En plantar eucaliptus
donde no queran nacer, como Frgilis?.

En aquel momento vio a todos los vetustenses felices a su modo,
entregados unos al vicio, otros a cualquier mana, pero todos
satisfechos. Slo ella estaba all como en un destierro. Pero ay! era
una desterrada que no tena patria a donde volver, ni por la cual
suspirar. Haba vivido en Granada, en Zaragoza, en Granada otra vez, y
en Valladolid; don Vctor siempre con ella; qu haba dejado ni a
orillas del Ebro, el ro del Trovador, ni a orillas del Genil y el
Darro? Nada; a lo ms, algn conato de aventura ridcula. Se acord del
ingls que tena un carmen junto a la Alhambra, el que se enamor de
ella y le regal la piel del tigre cazado en la India por sus criados.
Haba sabido ms adelante que aquel hombre, que en una carta--que ella
rasg--la juraba ahorcarse de un rbol histrico de los jardines del
Generalife 'junto a las fuentes de eterna poesa y voluptuosa frescura',
aquel pobre Mr. Brooke se haba casado con una gitana del Albaicn. Buen
provecho; pero de todas maneras era una aventura estpida. La piel del
tigre la conservaba, por el tigre, no por el ingls. Esta historia no
la saba bien Obdulia; crea que se trataba de un norte-americano; se lo
haba dicho Visitacin...

Por qu no haba ido al teatro? Tal vez all hubiera podido alejar de
s aquellas ideas tristes, desconsoladoras que se clavaban en su cerebro
como alfileres en un acerico. Si estaba siendo una tonta. Por qu no
haba de hacer lo que todas las dems?. En aquel instante pensaba como
si no hubiera en toda la ciudad ms mujeres honestas que ella. Se puso
en pie; estaba impaciente, casi airada. Mir a la llama de la lmpara
suspendida sobre la mesa.... La ofenda aquella luz. Sali del comedor;
entr en su gabinete; abri el balcn, apoy los codos en el hierro y la
cabeza en las manos. La luna brillaba en frente, detrs de los soberbios
eucaliptus del _Parque_, plantados por Frgilis. Duraba aquel viento sur
blando, templado, perezoso; a veces rfagas vivas movan como sonajas de
panderetas las hojas, que empezaban a secarse y sonaban con timbre
metlico. Eran como estremecimientos de aquella naturaleza prxima a
dormir su sueo de invierno.

Ana oa ruidos confusos de la ciudad con resonancias prolongadas,
melanclicas; gritos, fragmentos de canciones lejanas, ladridos. Todo
desvanecido en el aire, como la luz blanquecina reverberada por la
niebla tenue que se cerna sobre Vetusta, y pareca el cuerpo del viento
blando y caliente. Mir al cielo, a la luz grande que tena en frente,
sin saber lo que miraba; sinti en los ojos un polvo de claridad
argentina; hilo de plata que bajaba desde lo alto a sus ojos, como telas
de araa; las lgrimas refractaban as los rayos de la luna.

Por qu lloraba? A qu vena aquello? Tambin ella era bien necia.
Tena miedo de estos enternecimientos que no servan para nada. La
luna la miraba a ella con un ojo solo, metido el otro en el abismo; los
eucaliptus de Frgilis inclinando leve y majestuosamente su copa, se
acercaban unos a otros, cuchicheando, como dicindose discretamente lo
que pensaban de aquella loca, de aquella mujer sin madre, sin hijos, sin
amor, que haba jurado fidelidad eterna a un hombre que prefera un buen
macho de perdiz a todas las caricias conyugales.

Aquel Frgilis, el de los eucaliptus, haba tenido la culpa. Se lo
haba metido por los ojos. Y haca ocho aos y todava pensaba en esta
mala pasada de Frgilis como si fuera una injuria de la vspera. Y si
se hubiera casado con don Frutos Redondo? Acaso le hubiera sido infiel.
Pero aquel don Vctor era tan bueno, tan caballero! Pareca un padre, y
aparte la fe jurada, era una villana, una ingratitud engaarle. Con don
Frutos hubiera sido tal vez otra cosa. No hubiera habido ms remedio.
Sera tan brutal, tan grosero! Don lvaro entonces la hubiera robado,
s, y estaran al fin del mundo a estas horas. Y si Redondo se
incomodaba, tendra que batirse con Mesa. Ana contempl a don Frutos,
el msero tendido sobre la arena, ahogndose en un charco de sangre,
como la que ella haba visto en la plaza de toros, una sangre casi
negra, muy espesa y con espuma...

Qu horror!. Tuvo asco de aquella imagen y de las ideas que la haban
trado.

Qu miserable soy en estas horas de desaliento! Qu infamias estoy
pensando!.... Se ahogaba en el balcn. Quiso bajar a la huerta, al
_Parque_; sin pedir luz ni encenderla, alumbrada por la luna, atraves
algunas habitaciones buscando la escalera del parterre; pero al pasar
cerca del despacho de Quintanar, cambi de propsito y se dijo: Entrar
ah; ese debe de tener fsforos sobre la mesa. Voy a escribir al
Magistral; le dir que me espere maana de tarde; necesito reconciliar;
yo no puedo recibir la comunin as; se lo contar todo, todo, lo de
dentro, lo de ms adentro tambin.

El despacho estaba a obscuras; all no entraba la luna. Ana avanz
tentando las paredes. A cada paso tropezaba con un mueble. Se arrepinti
de haberse aventurado sin luz en aquella estancia que no tena un pie
cuadrado libre de estorbos. Pero ya no era cosa de volverse atrs. Dio
un paso sin apoyarse en la pared, sigui de frente, con las manos de
avanzada para evitar un choque....

--Ay! Jess! Quin va? quin es? quin me sujeta?--grit
horrorizada.

Su mano haba tocado un objeto fro, metlico, que haba cedido a la
opresin, y en seguida oy un chasquido y sinti dos golpes simultneos
en el brazo, que qued preso entre unas tenazas inflexibles que opriman
la carne con fuerza. Con toda la que le dio el miedo sacudi el brazo
para librarse de aquella prisin, mientras segua gritando:

--Petra! luz! quin est aqu?

Las tenazas no soltaron la presa; siguieron su movimiento y Ana sinti
un peso, y oy el estrpito de cristales que se quebraban en el
pavimento al caer en compaa de otros objetos, resonantes al chocar con
el piso. No se atreva a coger con la otra mano las tenazas que la
opriman, y no se libraba de ellas aunque segua sacudiendo el brazo.
Busc la puerta, tropez mil veces; ya sin tino, todo lo echaba a
tierra; sonaba sin cesar el ruido de algo que se quebraba o rodaba con
estrpito por el suelo. Lleg Petra con luz.

--Seora!, seora! qu es esto? Ladrones!--No, calla! Ven ac,
qutame esto que me oprime como unas tenazas.

Ana estaba roja de vergenza y de ira. Senta una indignacin tan grande
como la clera de Aquiles, el hijo de Peleo.

Petra intent arrancar el brazo de su ama de aquella trampa en que haba
cado.

Era una mquina que, segn Frgilis y Quintanar, sus inventores,
servira para coger zorros en los gallineros en cuanto acabasen ellos de
vencer cierta dificultad de mecnica que retardaba la aplicacin del
artefacto.

Era necesario que el hocico del animal tocase en un punto determinado;
si tocaba, inmediatamente caa sobre su cabeza una barra metlica y otra
idntica le sujetaba por debajo de la quijada inferior. La fuerza del
resorte no era suficiente para matar al ladrn de corral, pero s para
detenerlo, merced a ciertos ganchos incruentos sabiamente preparados. Ni
Frgilis ni Quintanar queran sangre; no pretendan ms que tener bien
sujeto al delincuente cogido infraganti. Si estos inventores no hubieran
sabido armonizar los intereses de la industria con los estatutos de la
sociedad protectora de animales, lo hubiera pasado mal aquella noche la
Regenta. Por fortuna, Quintanar era correccionalista; quera la enmienda
del culpable, pero no su destruccin. Los zorros que l cazara
sobreviviran. No faltaba para que la mquina fuese perfecta, ms que
esto: que los ladrones de gallinas viniesen a tropezar con el botn del
resorte endiablado, como haba tropezado aquella seora.

Ni Petra ni su ama conocan el uso de aquel artefacto que tuvieron que
destrozar--y buenos sudores les cost--para separarlo del brazo que
magullaba. Petra contena la risa a duras penas. Se content con decir:

--Qu _estropicio_!--apuntando a los pedazos de loza, cristal, y otras
materias incalificables que yacan sobre el piso.

--Si hubiera sido yo, me despeda don Vctor.... Ay, seora! si ha roto
usted tres de esos tiestos nuevos... y el cuadro de las mariposas se ha
hecho pedacitos! y se ha roto una vitrina de herbario! y....

--Basta! deja esa luz ah, vete--interrumpi la Regenta.

Petra insisti gozndose en la disimulada clera de su ama.

--Quiere usted, que traiga rnica, seora? Mire usted, tiene el brazo
amoratado... ya lo creo... apenas mordera con fuerza ese demonio de
guillotina... pero, qu ser eso? usted lo sabe?

--Yo... no... no; djame. Treme un poco de agua.

--Ya lo creo; y tila, si est usted plida como una muerta. Pero por
qu andaba usted a obscuras, seora? Qu susto! pero qu susto!...
Qu demonches de diablura ser eso? Pues para cazar gorriones no es....
Y lo hemos roto... mire usted... pero no hubo remedio.

Petra sali, volviendo con rnica que no quiso aplicarse la Regenta;
despus vino con tila, recogi los restos de los cachivaches y los puso
sobre mesas y armarios como si fueran reliquias santas. Senta un jbilo
singular viendo aquella ruina de objetos que ella tena que considerar
como vasos sagrados de un culto desconocido.

--Si hubiera sido yo!--repeta entre dientes, al juntar los ltimos
pedazos, puesta en cuclillas.

Gozaba con delicia de aquella catstrofe, desde el punto de vista de su
irresponsabilidad.

Ana baj a la huerta, olvidada ya de la carta que quera escribir. Le
dola el brazo. Le dola con el escozor moral de las bofetadas que
deshonran. Le pareca una vergenza y una degradacin ridcula todo
aquello. Estaba furiosa. Su don Vctor! Aquel idiota! S, idiota; en
aquel momento no se volva atrs. Qu dira Petra para sus adentros!
Qu marido era aquel que cazaba con trampa a su esposa?. Mir a la
luna y se le figur que le haca muecas burlndose de su aventura. Los
rboles seguan hablndose al odo, murmurando con todas las hojas;
comentaban con irnica sonrisilla el lance de la guillotina, como deca
Petra.

Qu hermosa noche! Pero quin era ella para admirar la noche serena?
Qu tena que ver toda aquella poesa melanclica de cielo y tierra con
lo que le suceda a ella?.

Si pensara Quintanar que una mujer es de hierro y puede resistir, sin
caer en la tentacin, manas de un marido que inventa mquinas absurdas
para magullar los brazos de su esposa. Su marido era botnico,
ornitlogo, floricultor, arboricultor, cazador, crtico de comedias,
cmico, jurisconsulto; todo menos un marido. Quera ms a Frgilis que a
su mujer. Y quin era Frgilis? Un loco; simptico aos atrs, pero
ahora completamente _ido_, intratable; un hombre que tena la mana de
la aclimatacin, que todo lo quera armonizar, mezclar y confundir; que
injertaba perales en manzanos y crea que todo era uno y lo mismo, y
pretenda que el caso era adaptarse al medio. Un hombre que haba
llegado en su orga de disparates a injertar gallos ingleses en gallos
espaoles: Lo haba visto ella! Unos pobrecitos animales con la cresta
despedazada, y encima, sujeto con trapos un mun de carne cruda,
sanguinolenta qu asco! Aquel Herodes era el Plades de su marido. Y
haca tres aos que ella viva entre aquel par de sonmbulos, sin ms
relaciones ntimas. Bastaba, bastaba, no poda ms; aquello era la gota
de agua que hace desbordar... caer en una trampa que un marido coloca
en su despacho como si fuera el monte! no era esto el colmo de lo
ridculo!.

La exageracin de aquel sentimiento de clera injustsima, pueril, la
hizo notar su error. Ella s que era ridcula! Irritarse de aquel
modo por un incidente vulgar, insignificante!. Y volvi contra s todo
el desprecio. Qu culpa tiene l de que yo entre a deshora, sin luz en
su despacho? Qu motivo racional de queja tena ella? Ninguno. Oh! no
haba pretexto, no haba pretexto para la ingratitud....

Pero no importaba; ella se mora de hasto. Tena veintisiete aos, la
juventud hua; veintisiete aos de mujer eran la puerta de la vejez a
que ya estaba llamando... y no haba gozado una sola vez esas delicias
del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y
hasta de la historia. El amor es lo nico que vale la pena de vivir,
haba ella odo y ledo muchas veces. Pero qu amor? dnde estaba ese
amor? Ella no lo conoca. Y recordaba entre avergonzada y furiosa que su
luna de miel haba sido una excitacin intil, una alarma de los
sentidos, un sarcasmo en el fondo; s, s, para qu ocultrselo a s
misma si a voces se lo estaba diciendo el recuerdo?: la primer noche, al
despertar en su lecho de esposa, sinti junto a s la respiracin de un
magistrado; le pareci un despropsito y una desfachatez que ya que
estaba all dentro el seor Quintanar, no estuviera con su levita larga
de tricot y su pantaln negro de castor; recordaba que las delicias
materiales, irremediables, la avergonzaban, y se rean de ella al mismo
tiempo que la aturdan: el gozar sin querer junto a aquel hombre le
sonaba como la frase del mircoles de ceniza, _quia pulvis es!_ eres
polvo, eres materia... pero al mismo tiempo se aclaraba el sentido de
todo aquello que haba ledo en sus mitologas, de lo que haba odo a
criados y pastores murmurar con malicia.... Lo que aquello era y lo que
poda haber sido!... Y en aquel presidio de castidad no le quedaba ni el
consuelo de ser tenida por mrtir y herona.... Recordaba tambin las
palabras de envidia, las miradas de curiosidad de doa gueda (q. e. p.
d.) en los primeros das del matrimonio; recordaba que ella, que jams
deca palabras irrespetuosas a sus tas, haba tenido que esforzarse
para no gritar: Idiota! al ver a su ta mirarla as. Y aquello
continuaba, aquello se haba sufrido en Granada, en Zaragoza, en Granada
otra vez y luego en Valladolid. Y ni siquiera la compadecan. Nada de
hijos. Don Vctor no era pesado, eso es verdad. Se haba cansado pronto
de hacer el galn y paulatinamente haba pasado al papel de barba que le
sentaba mejor. Oh, y lo que es como un padre se haba hecho querer, eso
s!; no poda ella acostarse sin un beso de su marido en la frente. Pero
llegaba la primavera y ella misma, ella le buscaba los besos en la boca;
le remorda la conciencia de no quererle como marido, de no desear sus
caricias; y adems tena miedo a los sentidos excitados en vano. De todo
aquello resultaba una gran injusticia no saba de quin, un dolor
irremediable que ni siquiera tena el atractivo de los dolores poticos;
era un dolor vergonzoso, como las enfermedades que ella haba visto en
Madrid anunciadas en faroles verdes y encarnados. Cmo haba de
confesar aquello, sobre todo as, como lo pensaba? y otra cosa no era
confesarlo.

Y la juventud hua, como aquellas nubecillas de plata rizada que
pasaban con alas rpidas delante de la luna... ahora estaban plateadas,
pero corran, volaban, se alejaban de aquel bao de luz argentina y
caan en las tinieblas que eran la vejez, la vejez triste, sin
esperanzas de amor. Detrs de los vellones de plata que, como bandadas
de aves cruzaban el cielo, vena una gran nube negra que llegaba hasta
el horizonte. Las imgenes entonces se invirtieron; Ana vio que la luna
era la que corra a caer en aquella sima de obscuridad, a extinguir su
luz en aquel mar de tinieblas.

Lo mismo era ella; como la luna, corra solitaria por el mundo a
abismarse en la vejez, en la obscuridad del alma, sin amor, sin
esperanza de l... oh, no, no, eso no!.

Senta en las entraas gritos de protesta, que le pareca que reclamaban
con suprema elocuencia, inspirados por la justicia, derechos de la
carne, derechos de la hermosura. Y la luna segua corriendo, como
despeada, a caer en el abismo de la nube negra que la tragara como un
mar de betn. Ana, casi delirante, vea su destino en aquellas
apariencias nocturnas del cielo, y la luna era ella, y la nube la vejez,
la vejez terrible, sin esperanza de ser amada. Tendi las manos al
cielo, corri por los senderos del _Parque_, como si quisiera volar y
torcer el curso del astro eternamente romntico. Pero la luna se aneg
en los vapores espesos de la atmsfera y Vetusta qued envuelta en la
sombra. La torre de la catedral, que a la luz de la clara noche se
destacaba con su espiritual contorno, transparentando el cielo con sus
encajes de piedra, rodeada de estrellas, como la Virgen en los cuadros,
en la obscuridad ya no fue ms que un fantasma puntiagudo; ms sombra en
la sombra.

Ana, lnguida, desmayado el nimo, apoy la cabeza en las barras fras
de la gran puerta de hierro que era la entrada del _Parque_ por la calle
de Tras-la-cerca. As estuvo mucho tiempo, mirando las tinieblas de
fuera, abstrada en su dolor, sueltas las riendas de la voluntad, como
las del pensamiento que iba y vena, sin saber por dnde, a merced de
impulsos de que no tena conciencia.

Casi tocando con la frente de Ana, metida entre dos hierros, pas un
bulto por la calle solitaria pegado a la pared del _Parque_.

Es l! pens la Regenta que conoci a don lvaro, aunque la aparicin
fue momentnea; y retrocedi asustada. Dudaba si haba pasado por la
calle o por su cerebro.

Era don lvaro en efecto. Estaba en el teatro, pero en un entreacto se
le ocurri salir a satisfacer una curiosidad intensa que haba sentido.
Si por casualidad estuviese en el balcn.... No estar, es casi seguro,
pero si estuviese?. No tena l la vida llena de felices accidentes
de este gnero? No deba a la buena suerte, a la _chance_ que deca don
lvaro, gran parte de sus triunfos? Yo y la ocasin! Era una de sus
divisas. Oh! si la vea, la hablaba, le deca que sin ella ya no poda
vivir, que vena a rondar su casa como un enamorado de veinte aos
platnico y romntico, que se contentaba con ver por fuera aquel
paraso.... S, todas estas sandeces le dira con la elocuencia que ya se
le ocurrira a su debido tiempo. El caso era que, por casualidad,
estuviese en el balcn. Sali del teatro, subi por la calle de Roma,
atraves la Plaza del Pan y entr en la del guila. Al llegar a la Plaza
Nueva se detuvo, mir desde lejos a la rinconada... no haba nadie al
balcn.... Ya lo supona l. No siempre salen bien las corazonadas. No
importaba.... Dio algunos paseos por la plaza, desierta a tales horas....
Nadie; no se asomaba ni un gato. Una vez all por qu no continuar el
cerco romntico?. Se rea de s mismo. Cuntos aos tena que remontar
en la historia de sus amores para encontrar paseos de aquella ndole!
Sin embargo de la risa, sin temor al barro que deba de haber en la
calle de Tras-la-cerca, que no estaba empedrada, se meti por un arco de
la Plaza Nueva, entr en un callejn, despus en otro y lleg al cabo a
la calle a que daba la puerta del _Parque_. All no haba casas, ni
aceras ni faroles; era una calle porque la llamaban as, pero consista
en un camino maltrecho, de piso desigual y fangoso entre dos paredones,
uno de la Crcel y otro de la huerta de los Ozores. Al acercarse a la
puerta, pegado a la pared, por huir del fango, Mesa crey sentir la
corazonada verdadera, la que l llamaba as, porque era como una
adivinacin instantnea, una especie de doble vista. Sus mayores
triunfos de todos gneros haban venido as, con la corazonada
verdadera, sintiendo l de repente, poco antes de la victoria, un valor
inslito, una seguridad absoluta; latidos en las sienes, sangre en las
mejillas, angustia en la garganta.... Se par. Estaba all la Regenta,
all en el Parque, se lo deca aquello que estaba sintiendo.... Qu
hara si el corazn no le engaaba? Lo de siempre en tales casos; jugar
el todo por el todo! Pedirla de rodillas sobre el lodo, que abriera; y
si se negaba, saltar la verja, aunque era poco menos que imposible;
pero, s, la saltara. Si volviera a salir la luna! No, no saldra; la
nube era inmensa y muy espesa; tardara media hora la claridad.

Lleg a la verja; l vio a la Regenta primero que ella a l. La conoci,
la adivin antes.

--Es tuya!--le grit el demonio de la seduccin--; te adora, te
espera.

Pero no pudo hablar, no pudo detenerse. Tuvo miedo a su vctima. La
supersticin vetustense respecto de la virtud de Ana la sinti l en s;
aquella virtud como el Cid, ahuyentaba al enemigo despus de muerta
acaso; l huir; lo que nunca haba hecho! Tena miedo... la primera
vez!

Sigui; dio tres, cuatro pasos ms sin resolverse a volver pie atrs,
por ms que el demonio de la seduccin le sujetaba los brazos, le atraa
hacia la puerta y se le burlaba con palabras de fuego al odo
llamndole: Cobarde, seductor de meretrices!... Atrvete, atrvete
con la verdadera virtud; ahora o nunca!....

--Ahora, ahora!--grit Mesa con el nico valor grande que tena--;
y ya a diez pasos de la verja volvi atrs furioso, gritando:

--Ana! Ana! Le contest el silencio. En la obscuridad del _Parque_ no
vio ms que las sombras de los eucaliptus, acacias y castaos de Indias;
y all a lo lejos, como una pirmide negra el perfil de la
_Washingtonia_, el nico amor de Frgilis, que la plant y vio crecer
sus hojas, su tronco, sus ramas.

Esper en vano.--Ana, Ana--volvi a decir quedo, muy quedo--; pero slo
le contestaban las hojas secas, arrastradas por el viento suave sobre la
arena de los senderos.

Ana haba huido. Al ver tan cerca aquella tentacin que amaba, tuvo
pavor, el pnico de la honradez, y corri a esconderse en su alcoba,
cerrando puertas tras de s, como si aquel libertino osado pudiera
perseguirla, atravesando la muralla del _Parque_. S, senta ella que
don lvaro se infiltraba, se infiltraba en las almas, se filtraba por
las piedras; en aquella casa todo se iba llenando de l, tema verle
aparecer de pronto, como ante la verja del _Parque_.

Ser el demonio quien hace que sucedan estas casualidades?, pens
seriamente Ana, que no era supersticiosa.

Tena miedo; vea su virtud y su casa bloqueadas, y acababa de ver al
enemigo asomar por una brecha. Si la proximidad del crimen haba
despertado el instinto de la inveterada honradez, la proximidad del amor
haba dejado un perfume en el alma de la Regenta que empezaba a
infestarse.

Qu fcil era el crimen! Aquella puerta... la noche... la
obscuridad.... Todo se volva cmplice. Pero ella resistira. Oh! s!
aquella tentacin fuerte, prometiendo encantos, placeres desconocidos,
era un enemigo digno de ella. Prefera luchar as. La lucha vulgar de la
vida ordinaria, la batalla de todos los das con el hasto, el ridculo,
la prosa, la fatigaban; era una guerra en un subterrneo entre fango.
Pero luchar con un hombre hermoso, que acecha, que se aparece como un
conjuro a su pensamiento; que llama desde la sombra; que tiene como una
aureola, un perfume de amor... esto era algo, esto era digno de ella.
Luchara.

Don Vctor volvi del teatro y se dirigi al gabinete de su mujer. Ana
se le arroj a los brazos, le ci con los suyos la cabeza y llor
abundantemente sobre las solapas de la levita de tricot.

La crisis nerviosa se resolva, como la noche anterior, en lgrimas, en
mpetus de piadosos propsitos de fidelidad conyugal. Su don Vctor, a
pesar de las mquinas infernales, era el deber; y el Magistral sera la
gida que la salvara de todos los golpes de la tentacin formidable.
Pero Quintanar no estaba enterado. Vena del teatro muerto de sueo--no
haba dormido la noche anterior!--y lleno de entusiasmo
lrico-dramtico. Francamente, aquellos enternecimientos peridicos le
parecan excesivos y molestos a la larga. Qu diablos tena su
mujer?.

--Pero, hija, qu te pasa? t ests mala....

--No, Vctor, no; djame, djame por Dios ser as. No sabes que soy
nerviosa? Necesito esto, necesito quererte mucho y acariciarte... y que
t me quieras tambin as.

--Alma ma, con mil amores!... pero... esto no es natural, quiero
decir... est muy en orden, pero a estas horas... es decir... a estas
alturas... vamos... que.... Y si hubiramos reido... se explicara
mejor... pero as sin ms ni ms.... Yo te quiero infinito, ya lo sabes;
pero t ests mala y por eso te pones as; s, hija ma, estos
extremos....

--No son extremos, Quintanar--dijo Ana sollozando y haciendo esfuerzos
supremos para idealizar a D. Vctor que traa el lazo de la corbata
debajo de una oreja.

--Bien, vida ma, no sern; pero t ests mala. Ayer amag el ataque, te
pusiste nerviosilla... hoy ya ves cmo ests.... T tienes algo.

Ana movi la cabeza negando.--S, hija ma; hemos hablado de eso en el
palco la Marquesa, don Robustiano y yo. El doctor opina que la vida que
llevas no es sana, que necesitas dar variedad a la actividad cerebral y
hacer ejercicio, es decir, distracciones y paseos. La Marquesa dice que
eres demasiado formal, demasiado buena, que necesitas un poco de aire
libre, ir y venir... y yo, por ltimo, opino lo mismo, y estoy
resuelto--esto lo dijo con mucha energa--estoy resuelto a que termine
la vida de aislamiento. Parece que todo te aburre; t vives all en tus
sueos.... Basta, hija ma, basta de soar. Te acuerdas de lo que te
pas en Granada? Meses enteros sin querer teatros, ni visitas, ni ms
que escapadas a la Alhambra y al Generalife; y all leyendo y papando
moscas te pasabas las horas muertas. Resultado: que enfermaste y si no
me trasladan a Valladolid, te me mueres. Y en Valladolid? Recobraste la
salud gracias a la fuerza de los alimentos, pero la melancola mal
disimulada segua, los nervios erre que erre.... Volvemos a Vetusta, casi
pasando por encima de la ley, y nos coge el luto de tu pobre ta gueda
que se fue a juntar con la otra, y con ese pretexto te encierras en este
casern y no hay quien te saque al sol en un ao. Leer y trabajar como
si estuvieras a destajo.... No me interrumpas; ya sabes que rio pocas
veces; pero ya que ha llegado la ocasin, he de decirlo todo; eso es,
todo. Frgilis me lo repite sin cesar: Anita no es feliz.

--Qu sabe l?--Bien sabes que l te quiere, que es nuestro mejor
amigo.

--Pero por qu dice que no soy feliz? En qu lo conoce?...

--No lo s; yo no lo haba notado, lo confieso, pero ya me voy
inclinando a su parecer. Estas escenas nocturnas....

--Son los nervios, Quintanar.

--Pues guerra a los nervios caracoles!

--S...--Nada; fallo; que debo condenar y condeno esta vida que haces,
y desde maana mismo otra nueva. Iremos a todas partes y, si me apuras,
le mando a Paco o al mismsimo Mesa, el Tenorio, el simptico Tenorio,
que te enamoren.

--Qu atrocidad!...--Programa!--grit don Vctor--: al teatro dos
veces a la semana por lo menos; a la tertulia de la Marquesa cada cinco
o seis das, al Espoln todas las tardes que haga bueno; a las reuniones
de confianza del Casino en cuanto se inauguren este ao; a las meriendas
de la Marquesa, a las excursiones de la _high life_ vetustense, y a la
catedral cuando predique don Fermn y repiquen gordo. Ah! y por el
verano a Palomares, a baarse y a vestir batas anchas que dejen entrar
el aire del mar hasta el cuerpo... ea, ya sabes tu vida. Y esto no es un
programa de gobierno, sino que se cumplir en todas sus partes. La
Marquesa, don Robustiano y Paquito me han prometido ayudarme, y
Visitacin, que estaba en la platea de Pez, tambin me dijo que contara
con ella para sacarte de tus casillas.... S, seora, saldremos de
nuestras casillas. No quiero ms nervios, no quiero que Frgilis diga
que no eres feliz....

--Qu sabe l?--Ni quiero llantos que me quitan a m el sueo. Cuando
lloras sin saber por qu, hija ma, me entra una comezn, un miedo
supersticioso.... Se me figura que anuncias una desgracia.

Ana tembl, como sintiendo escalofros.

--Ves? tiemblas; a la cama, a la cama, ngel mo; todos a la cama; yo
me estoy cayendo.

Bostez don Vctor y sali del gabinete despus de depositar un casto
beso en la frente de su mujer.

Entr en su despacho. Estaba de mal humor. Aquella enfermedad
misteriosa de Ana--porque era una enfermedad, estaba seguro--le
preocupaba y le molestaba. No estaba l para templar gaitas: los nervios
le eran antipticos; estas penas sin causa conocida no le inspiraban
compasin, le irritaban, le parecan mimos de enfermo; l quera mucho a
su mujer, pero a los nervios los aborreca.... Adems en el teatro haba
tenido una discusin acalorada: un majadero, un sietemesino que
estudiaba en Madrid, haba dicho que el teatro de Lope y de Caldern no
deba imitarse en nuestros das, que en las tablas era poco natural el
verso, que para los dramas de la poca era mejor la prosa. Imbcil!
que el verso es poco natural! Cuando lo natural sera que todos, sin
distincin de clases, al vernos ultrajados prorrumpiramos en quintillas
sonoras! La poesa ser siempre el lenguaje del entusiasmo, como dice el
ilustre Jovellanos. Figurmonos que yo me llamo Benavides y que Carvajal
quiere quitarme la honra

        a obscuras, como el ladrn
        de infame merecimiento;

pues dnde habr cosa ms natural que incomodarme yo, y exclamar con
Tirso de Molina (representando):

        A satisfacer la fama
        que me habis hurtado vengo:
        mi agravio es len que brama;
        un len por armas tengo,
        y Benavides se llama.
        De vuestros torpes amores
        dar venganza a mi enojo,
        mostrando a mis sucesores
        la nobleza de un len rojo
        en sangre de dos traidores...?.

Don Vctor se fij en un velador, que era Carvajal, y ya iba a
concederle la palabra, para que dijese en son de disculpa:

        Desde que sois mi cuado
        ni de palabras me afrento..., etc.,

cuando vio con espanto sobre el mueble los restos de su herbario, de sus
tiestos, de su coleccin de mariposas, de una docena de aparatos
delicados que le servan en sus variadas industrias de fabricante de
jaulas y grilleras, artista en marquetera, coleccionador, entomlogo y
botnico, y otras no menos respetables.

--Dios mo! qu es esto!--grit en prosa culta--quin ha causado esta
devastacin...? Petra! Anselmo!--y se colg del cordn de la
campanilla.

Entr Petra sonriente.--Qu ha sido esto?--Seor, yo no he sido....
Habrn entrado los gatos.

--Cmo los gatos! Por quin se me toma a m?

Don Vctor alborotaba pocas veces; pero si se tocaba a los cacharros de
su museo, como l llamaba aquella exposicin permanente de manas, se
transformaba en un Segismundo. En efecto, sin darse cuenta de ello,
comenz a parodiar a Perales a quien acababa de ver dando patadas en la
escena y gritando como un energmeno.

--A ver, Anselmo! que venga Anselmo que le voy a tirar por el balcn si
no me explica esto.

Anselmo compareci. Tampoco haba sido l.

En medio de su clera vio Quintanar en un rincn la trampa de los
zorros, despedazada, inservible.

--Esto ms! Vive Dios! Yo que iba a dar en cara a Frgilis.... Pero,
seor, quin anduvo aqu!

Acudi Ana, porque lleg a su cuarto el ruido.

Lo explic todo.--Pero t, Petra--aadi--por qu no le has dicho la
verdad al seor?

--Seora, yo... no saba si deba....

--Si debas qu?--pregunt don Vctor con expresin de no comprender.

--Si deba...--Al amo no hay que ocultarle nunca nada--dijo la Regenta
clavando los ojos altaneros en la criada.

Petra sonri torciendo la boca, y baj la cabeza.

Don Vctor miraba a todos con entrecejo de estupidez pasajera. Se qued
solo en su despacho meditando sobre las ruinas de sus inventos, mquinas
y colecciones.

--Dios mo! si estar loca la pobrecita!--deca entre suspiros
Quintanar, con las manos en la cabeza. Se acost decidido a consultar
seriamente _lo_ de su mujer. Pronto descansaban todos en la casa, menos
Petra, que en medio de un pasillo, con una palmatoria en la mano,
espiaba el silencio del hogar honrado con miradas cargadas de preguntas.

Haba visto ella muchas cosas en su vida de servidumbre.... En aquella
casa iba a pasar algo. Qu habra hecho la seora en la huerta? No se
le haba figurado a ella or all, hacia la puerta del _Parque_, una
voz...? Sera aprensin... pero... algo, algo haba all. Qu papel la
reservaran? Contaran con ella? Ay de _ellos_ si no!. Y con una
delicia morbosa, la rubia lbrica olfateaba la deshonra de aquel hogar,
oyendo a lo lejos los ronquidos de Anselmo; otro estpido que jams
haba venido a buscarla en el secreto de la noche...




--XI--


El magistral era gran madrugador. Su vida llena de ocupaciones de muy
distinto gnero, no le dejaba libre para el estudio ms que las horas
primeras del da y las ms altas de la noche. Dorma muy poco. Su doble
misin de hombre de gobierno en la dicesis y sabio de la catedral le
impona un trabajo abrumador; adems, era un clrigo de mundo; reciba y
devolva muchas visitas, y este cuidado, uno de los ms fastidiosos,
pero de los ms importantes, le robaba mucho tiempo. Por la maana
estudiaba filosofa y teologa, lea las revistas cientficas de los
jesuitas, y escriba sus sermones y otros trabajos literarios. Preparaba
una _Historia de la Dicesis de Vetusta_, obra seria, original, que
dara mucha luz a ciertos puntos obscuros de los anales eclesisticos de
Espaa. De este libro, sin conocerlo, hablaba muy mal don Saturnino
Bermdez, cuando estaba un poco alegre, despus de comer. Uno de sus
secretos era, que el Magistral mereca el nombre de sabio, pero no
precisamente el de arquelogo; nadie sirve para todo.

Don Fermn escriba a la luz tenue y blanca del crepsculo; la maana
estaba fresca; de vez en cuando, por va de descanso, De Pas se
entretena en soplarse los dedos. Meditaba. Tena los pies envueltos en
un mantn viejo de su madre. Cubrale la cabeza un gorro de terciopelo
negro, rado; la sotana bordada de zurcidos, pardeaba de puro vieja, y
las mangas de la chaqueta que vesta debajo de la sotana relucan con el
brillo triste del pao muy rozado. Aquel traje srdido, que tal
contraste mostraba con la elegancia, riqueza y pulcritud que ante el
mundo luca el Magistral, desapareca concluido el trabajo, al
aproximarse la hora de las visitas probables. Entonces vesta don Fermn
un cmodo, flamante y bien cortado balandrn, y en un rincn de la
alcoba se escondan las zapatillas de orillo y el gorro con mugre; el
zapato que admiraba Bismarck, el delantero, y el solideo que brillaba
como un sol negro, ocupaban los respectivos extremos del importante
personaje. En su despacho slo reciba a los que quera deslumbrar por
sabio; en Vetusta y toda su provincia la sabidura no deslumbraba a casi
nadie, y as la mayor parte de las visitas pasaban al saln inmediato.

Pocos podan jactarse de conocer la casa del Provisor de arriba abajo;
casi nadie haba visto ms que el vestbulo, la escalera, un pasillo, la
antesala y el saln de cortinaje verde y sillera con funda de tela
gris; y aun el saln medio se vea porque estaba poco menos que a
obscuras. Uno de los argumentos que empleaban los que defendan la
honradez del Provisor, consista en recordar la modestia de su ajuar y
de su vida domstica.

Justamente se haba hablado de esto la tarde anterior en el Espoln, en
un corrillo de murmuradores, clrigos unos, seglares otros.

--Entre su madre y l, puede que no gasten doce mil reales al ao--deca
muy serio Ripamiln, el venerable Arcipreste--. l viste bien, eso s,
con elegancia, hasta con lujo, pero conserva mucho tiempo la ropa, la
cuida, la cepilla bien, y esta partida del presupuesto viene a ser
insignificante. Recuerden ustedes, seores, lo que nos duraba un
sombrero de teja en los ominosos tiempos en que no nos pagaba el
Gobierno. Y en lo dems, qu gastan? Doa Paula con su hbito negro de
Santa Rita, total estamea, su mantn apretado a la espalda, y su
pauelo de seda para la cabeza, bien pegado a las sienes, ya est
vestida para todo el ao. Y comer? Yo no les he visto comer, pero todo
se sabe; el catedrtico de Psicologa, Lgica y tica, que saben ustedes
que es muy amigo mo, aunque partidario de no s qu endiablada escuela
escocesa, y que se pasa la vida en el mercado cubierto, como si aquello
fuese la Stoa o la Academia, pues ese filsofo dice que jams ha visto a
la criada del Provisor comprar salmn, y besugo slo cuando est barato,
muy barato. Pues y la casa? La casa, todos ustedes lo saben, es una
cabaa limpia, es la casa de un verdadero sacerdote de Jess. Lo mejor
es lo que conocemos todos, el saln; y vlgate Dios por saln! A la
moda del rey que rabi: solemne, pulcro, eso s; pero qu de trampas
tapa aquella obscuridad! Quin nos dice que las sillas de damasco verde
no tienen abiertas las entraas? Las han visto ustedes alguna vez sin
funda? Y la consola panzuda, antiqusima, de un dorado que fue, con su
reloj de msica sin msica y sin cuerda? Seores, no se me diga: el
Magistral es pobre y cuanto se murmura de cohechos y simonas es infame
calumnia.

--Todo esto es verdad--contest Foja, el ex-alcalde usurero, que estaba
presente siempre en conversaciones de este gnero. Pareca nacido para
murmurar.

--No se puede negar que viven como miserables, pero lo mismo hace el
seor Capalleja y ese es millonario. Los avaros siempre son los ms
ricos. Para tener dinero, tenerlo. Doa Paula esconde su gato, un
gatazo! Y las casas que compra el Magistral por esos pueblos? Y las
fincas que ha adquirido doa Paula en Matalerejo, en Toraces, en Caedo,
en Somieda? Y las acciones del Banco?

--Calumnia, pura calumnia! usted no ha visto las escrituras; usted no
ha visto las plizas; usted no ha visto nada....

--Pero s quien lo ha visto.--Quin?--El mundo entero!--grit don
Santos Barinaga, que siempre acuda a maldecir de su mortal enemigo el
Provisor--. El mundo entero!... Yo... yo.... Si yo hablara!... pero
ya hablar!

--Bah, bah, bah, don Santos; usted no puede ser juez ni testigo en este
proceso.

--Por qu?--Porque usted aborrece al Magistral.

--Claro que s...--Y enseaba los puos apretados.

--Y ya me las pagar!--Pero usted, le aborrece por aquello de quin
es tu enemigo? El de tu oficio. Usted vende objetos del culto: clices,
patenas, vinajeras, lmparas, sagrarios, casullas, cera y hasta
hostias....

--S, seor; y a mucha honra seor Arcipreste.

--Hombre, eso ya lo s; pero usted, vende eso y....

--Hola! hola!--interrumpi Foja--. Preciosa confesin! Dato
precioso! Don Cayetano confiesa que don Santos y don Fermn son
enemigos porque son del mismo oficio. Luego reconoce el eminente
Ripamiln que es cierto lo que dice el mundo entero: que, contra las
leyes divinas y humanas, el Magistral es comerciante, es el dueo, el
verdadero dueo de _La Cruz Roja_, el bazar de artculos de iglesia, al
que por fas o por nefas todos los curas de todas las parroquias del
obispado han de venir _velis nolis_ a comprar lo que necesitan y lo que
no necesitan.

--Permtame usted, seor Foja o seor diablo....

--Y el vulgo, es claro, es malicioso; y como da la pcara casualidad de
que _La Cruz Roja_ ocupa los bajos de la casa contigua a la del
Provisor; y como da la picarsima casualidad de que sabemos todos que
hay comunicacin por los stanos, entre casa y casa....

--Hombre, no sea usted barulln ni embustero.

--Poco a poco, seor cannigo, yo no soy barullero, ni miento, ni soy
obscurantista, ni admito ancas de nadie y menos de un cura.

--No ser usted obscurantista, pero tiene la moliera a obscuras para
todo lo que no sea picarda. Qu tiene que ver que al seor Barinaga,
al bueno de don Santos, se le haya metido en la cabeza que su comercio
de quincalla y cera va a menos por una competencia imaginaria que, segn
l, le hace el Provisor? Qu tiene que ver eso, alma de cntaro, con
que el bazar, como lo llama, de _La Cruz Roja_, tenga stanos y el
Magistral sea comerciante aunque lo prohban los cnones y el Cdigo de
comercio? Sea usted liberal, que eso no es ofender a Dios, pero no sea
usted un boquirroto y mire ms lo que dice.

--Oiga usted, don Cayetano; ni la edad, ni el ser aragons, le dan a
usted derecho para desvergonzarse....

--Poco ruido! Poco ruido! seor Fierabrs--repuso el cannigo
terciando el manteo.

Es de advertir que el tono de broma en que estas palabras fuertes se
decan les quitaba toda gravedad y aire de ofensa. En Vetusta el buen
humor consiste en soltarse pullas y _frescas_ todo el ao, como en
perpetuo Carnaval, y el que se enfada desentona y se le tiene por mal
educado.

--Es que yo--grit el ex-alcalde--mato un cannigo como un mosquito....

--Ya lo supongo; con alguna calumnia. Venga usted ac, viborezno
libre-pensador, Voltaire de monterilla, Lutero con cascabeles; segn ese
disparatado modo de pensar que usa vuecencia, tambin se podr asegurar
lo que dice el vulgo de los prstamos del Magistral al veinte por
ciento.

--_Non capisco_--respondi el ex-alcalde, que saba italiano de peras.

--S me entiende usted, pero hablar ms claro. No es usted otro libelo
infamatorio con lengua y pies--que viera yo cortados--de los muchos que
sacrifican la honra del Magistral? Pues si don Santos le maldice porque
le roba los parroquianos de su tienda de quincalla, usted le aborrecer
por lo de la usura; quin es tu enemigo?

--Poco a poco, seor Ripamiln, que se me sube el humo a las narices.

--Dir usted que se le baja, porque lo tiene usted en lugar de sesos.

--Me ha llamado usted usurero!

--Eso; clarito.--Yo empleo mi capital honradamente, y ayudo al
empresario, al trabajador; soy uno de los agentes de la industria y
recojo la natural ganancia.... Estas son habas contadas; y si estos curas
de misa y olla que ahora se usan, supieran algo de algo, sabran que la
Economa poltica me autoriza para cobrar el anticipo, el riesgo y,
cuando hay caso, la prima del seguro....

--Del seguro se va usted, seor economista cascaciruelas....

--Yo contribuyo a la circulacin de la riqueza....

--Como una esponja a la circulacin del agua....

--Y los curas son los znganos de la colmena social....

--Hombre, si a znganos vamos....

--Los curas son los mostrencos...--Si a mostrencos vamos, conoca yo un
alcaldito en tiempos de la _Gloriosa_...

--Qu tiene usted que decir de la _Gloriosa_? Me parece que la
Revolucin le hizo a usted Ilustrsimo seor....

--Hizo un cuerno! Me hicieron mis mritos, mis trabajos, mis... seor
ciruelo!

--Djese usted de insultos y explique por qu he de ser yo enemigo
personal del Provisor. Reparto yo dinero por las aldeas al treinta por
ciento? Y el dinero que yo presto procede de capellanas _cuyo soy_ el
depositario sin facultades para lucrar con el inters del depsito? Mis
rentas proceden de los cristianos bobalicones que tienen algo que ver
con la curia eclesistica? Robo yo en esos montes de Toledo que se
llaman _Palacio_?

--De manera, que si usted empieza a disparatar y a pasarse a mayores, yo
le dejo con la palabra en la boca....

--Con usted no va nada, don Cayetano o don Fuguillas; usted podr ser un
viejecito verde, pero no es un... un Magistral... un Provisor... un
Candelas eclesistico.

Todos los presentes, menos don Santos, convinieron en que aquello era
demasiado fuerte:

--Hombre, un Candelas!... Don Santos Barinaga grit:--No seores, no
es un Candelas, porque aquel espejo de ladrones caballerosos era muy
generoso, y robaba con exposicin de la vida.

Adems, robaba a los ricos y daba a los pobres.

--S, desnudaba a un santo para vestir a otro.

--Pues el Provisor desnuda a todos los santos para vestirse l. Es un
pillo, a fe de Barinaga, un pillo que ya s yo de qu muerte va a morir.

Barinaga ola a aguardiente. Era el olor de su bilis.

Don Cayetano se encogi de hombros y dio media vuelta. Y mientras se
alejaba iba diciendo:

--Y estos son los liberales que quieren hacemos felices.... Y ahora
rabian porque no les dejan decir esas picardas en los peridicos....

Conversaciones de este gnero las haba a diario en Vetusta; en el
paseo, en las calles, en el Casino, hasta en la sacrista de la
Catedral.

De Pas saba todo lo que se murmuraba. Tena varios espas, verdaderos
esbirros de sotana. El ms activo, perspicaz y disimulado, era el
segundo organista de la Catedral, que ya haba sido delator en el
seminario. Entonces iba al paraso del teatro a sorprender a los
aprendices de cura aficionados a Tala o quien fuese. Era un presbtero
joven, chato, favorito de la madre del Provisor doa Paula. Se
apellidaba Campillo.

A don Fermn no le importaba mucho lo que dijeran, pero quera saber lo
que se murmuraba y a dnde llegaban las injurias.

No pensaba en tal cosa el Magistral aquella maana fra de octubre,
mientras se soplaba los dedos meditabundo.

Una cosa era lo que debiera estar pensando y otra lo que pensaba sin
poder remediarlo. Quera buscar dentro de s fervor religioso, acendrada
fe, que necesitaba para inspirarse y escribir un prrafo sonoro,
rotundo, elocuente, con la fuerza de la conviccin; pero la voluntad no
obedeca y dejaba al pensamiento entretenerse con los recuerdos que le
asediaban. La mano fina, aristocrtica, trazaba rayitas paralelas en el
margen de una cuartilla, despus, encima, dibujaba otras rayitas,
cruzando las primeras; y aquello semejaba una celosa. Detrs de la
celosa se le figur ver un manto negro y dos chispas detrs del manto,
dos ojos que brillaban en la obscuridad. Y si no hubiese ms que los
ojos!

--Pero aquella voz! Aquella voz transformada por la emocin
religiosa, por el pudor de la castidad que se desnuda sin remordimiento,
pero no sin vergenza ante un confesonario!....

Qu mujer era aquella? Haba en Vetusta aquel tesoro de gracias
espirituales, aquella conquista reservada para la Iglesia, y l el amo
espiritual de la provincia, no lo haba sabido antes?.

El pobre don Cayetano era hombre de algn talento para ciertas cosas,
para lo formal, para las superficialidades de la vida mundana; pero qu
saba l de dirigir un alma como la de aquella seora?

Don Fermn no perdonaba al Arcipreste el no haberle entregado mucho
antes aquella joya que l, Ripamiln, no saba apreciar en todo su
valor. Y gracias que, por pereza, se haba decidido a dejarle aquel
tesoro.

Don Cayetano le haba hablado con mucha seriedad de la Regenta.

--Don Fermn--le haba dicho--usted es el nico que podr entenderse
con esta hija ma querida, que a m iba a volverme loco si continuaba
contndome sus aprensiones morales. Soy viejo ya para esos trotes. No la
entiendo siquiera. Le pregunto si se acusa de alguna falta y dice que
eso no. Pues entonces? y sin embargo, dale que dale. En fin, yo no
sirvo para estas cosas. A usted se la entrego. Ella, en cuanto le
indiqu la conveniencia de confesar con usted acept, comprendiendo que
yo no daba ms de m. No doy, no. Yo entiendo la religin y la moral a
mi manera; una manera muy sencilla... muy sencilla.... Me parece que la
piedad no es un rompe-cabezas.... En suma, Anita--ya sabe usted que ha
escrito versos--es un poco romntica. Eso no quita que sea una santa;
pero quiere traer a la religin el romanticismo, y yo guarda, Pablo! no
me encuentro con fuerzas para librarla de ese peligro. A usted le ser
fcil.

El Arcipreste se haba acercado ms al Provisor, y estirando el cuello,
de puntillas, como pretendiendo, aunque en vano, hablarle al odo, haba
dicho despus:

--Ella ha visto visiones... pseudo-msticas... all en Loreto... al
llegar la edad... cosa de la sangre... al ser mujercita, cuando tuvo
aquella fiebre y fuimos a buscarla su ta doa Anuncia y yo. Despus...
pas aquello y se hizo literata.... En fin, usted ver. No es una seora
como estas de por aqu. Tiene mucho tesn; parece una malva, pero otra
le queda; quiero decir, que se somete a todo, pero por dentro siempre
protesta. Ella misma se me ha acusado de esto, que conoca que era
orgullo. Aprensiones. No es orgullo; pero resulta de estas cosas que es
desgraciada, aunque nadie lo sospeche. En fin, usted ver. Don Vctor es
como Dios le hizo. No entiende de estos perfiles; hace lo que yo. Y como
no hemos de buscarle un amante para que desahogue con l--aqu volvi a
rer don Cayetano--lo mejor ser que ustedes se entiendan.

El Magistral al recordar este pasaje del discurso del Arcipreste se
acord tambin de que l se haba puesto como una amapola.

Lo mejor ser que ustedes se entiendan!. En esta frase que don
Cayetano haba dicho sin asomos de malicia, encontraba don Fermn motivo
para meditar horas y horas.

Toda la noche haba pensado en ello. Algn da llegaran a entenderse?
Querra doa Ana abrirle de par en par el corazn?

El Magistral conoca una especie de Vetusta subterrnea: era la ciudad
oculta de las conciencias. Conoca el interior de todas las casas
importantes y de todas las almas que podan servirle para algo. Sagaz
como ningn vetustense, clrigo o seglar, haba sabido ir poco a poco
atrayendo a su confesonario a los principales creyentes de la piadosa
ciudad. Las damas de ciertas pretensiones haban llegado a considerar en
el Magistral el nico confesor de buen tono. Pero l escoga hijos e
hijas de confesin. Tena habilidad singular para desechar a los
importunos sin desairarlos. Haba llegado a confesar a quien quera y
cuando quera. Su memoria para los pecados ajenos era portentosa.

Hasta de los morosos que tardaban seis meses o un ao en acudir al
tribunal de la penitencia, recordaba la vida y flaquezas. Relacionaba
las confesiones de unos con las de otros, y poco a poco haba ido
haciendo el plano espiritual de Vetusta, de Vetusta la noble; desdeaba
a los plebeyos, si no eran ricos, poderosos, es decir, nobles a su
manera. La _Encimada_ era toda suya; la _Colonia_ la iba conquistando
poco a poco. Como los observatorios meteorolgicos anuncian los
ciclones, el Magistral hubiera podido anunciar muchas tempestades en
Vetusta, dramas de familia, escndalos y aventuras de todo gnero. Saba
que la mujer devota, cuando no es muy discreta, al confesarse delata
flaquezas de todos los suyos.

As, el Magistral conoca los deslices, las manas, los vicios y hasta
los crmenes a veces, de muchos seores vetustenses que no confesaban
con l o no confesaban con nadie.

A ms de un liberal de los que renegaban de la confesin auricular,
hubiera podido decirle las veces que se haba embriagado, el dinero que
haba perdido al juego, o si tena las manos sucias o si maltrataba a su
mujer, con otros secretos ms ntimos. Muchas veces, en las casas donde
era recibido como amigo de confianza, escuchaba en silencio las reyertas
de familia, con los ojos discretamente clavados en el suelo; y mientras
su gesto daba a entender que nada de aquello le importaba ni comprenda,
acaso era el nico que estaba en el secreto, el nico que tena el cabo
de aquella madeja de discordia. En el fondo de su alma despreciaba a los
vetustenses. Era aquello un montn de basura. Pero muy buen abono, por
lo mismo, l lo empleaba en su huerto; todo aquel cieno que revolva, le
daba hermosos y abundantes frutos.

La Regenta se le presentaba ahora como un tesoro descubierto en su
propia heredad. Era suyo, bien suyo; quin osara disputrselo?

Recordaba minuto por minuto aquella hora--y algo ms--de la confesin
de la Regenta.

Una hora larga!. El cabildo no hablara de otra cosa aquella maana
cuando se juntaran, despus del coro, los seores cannigos del
tertuln.

Don Custodio, el beneficiado, haba pasado la tarde anterior sobre
espinas; primero con el cuidado de ver llegar a la Regenta, despus
espiando la confesin, que duraba, duraba escandalosamente. Iba y
vena, fingiendo ocupaciones, por la nave de la derecha y pasaba ya
lejos, ya cerca de la capilla del Magistral. Haba visto primero a otras
mujeres junto a la celosa y a doa Ana en oracin, junto al altar. Al
pasar otra vez haba visto ya a la Regenta con la cabeza apoyada en el
confesonario, cubierta con la mantilla... y vuelta a pasar y ella
quieta... y otra vez... y siempre all, siempre lo mismo.

--Don Custodio--le deca Glocester, el ilustre Arcediano, que haba
notado sus paseos--qu hay?, ha venido esa dama?

--Una hora! una hora!--Confesin general. Ya usted ve....

Y ms tarde:--Qu hay?--Hora y media!--Le estar contando los
pecados de sus abuelos desde Adn.

Glocester haba esperado en la sacrista el final de aquel escndalo.

El arcediano y el beneficiado vieron a la Regenta salir de la catedral y
juntos se fueron hablando del suceso para esparcir por la ciudad tan
descomunal noticia.

No pensaban hacer comentarios. El hecho, puramente el hecho. Dos
horas!.

En efecto, haba sido mucho tiempo. El Magistral no lo haba sentido
pasar; doa Ana tampoco. La historia de ella haba durado mucho. Y
adems, haban hablado de tantas cosas! Don Fermn estaba satisfecho de
su elocuencia, seguro de haber producido efecto. Doa Ana jams haba
odo hablar as.

Aquel anhelo que senta De Pas, antes de conversar en secreto con
aquella seora, haba sido un anuncio de la realidad. S, s, era
aquello algo nuevo, algo nuevo para su espritu, cansado de vivir nada
ms para la ambicin propia y para la codicia ajena, la de su madre.
Necesitaba su alma alguna dulzura, una suavidad de corazn que
compensara tantas asperezas.... Todo haba de ser disimular, aborrecer,
dominar, conquistar, engaar?.

Record sus aos de estudiante telogo en San Marcos, de Len, cuando se
preparaba, lleno de pura fe, a entrar en la Compaa de Jess. All,
por algn tiempo, haba sentido dulces latidos en su corazn, haba
orado con fervor, haba meditado con amoroso entusiasmo, dispuesto a
sacrificarse _en Jess_... Todo aquello estaba lejos! No le pareca ser
el mismo. No era algo por el estilo lo que crea sentir desde la tarde
anterior? No eran las mismas fibras las que vibraban entonces, all en
las orillas del Bernesga, y las que ahora se movan como una msica
plcida para el alma?. En los labios del Magistral asom una sonrisa de
amargura. Aunque todo ello sea una ilusin, un sueo, por qu no
soar? Y quin sabe si esta ambicin que me devora no es ms que una
forma impropia de otra pasin ms noble? Este fuego, no podr arder
para un afecto ms alto, ms digno del alma? No podra yo abrasarme en
ms pura llama que la de esta ambicin? Y qu ambicin! Bien mezquina,
bien miserable. No valdr ms la conquista del espritu de esa seora
que el asalto de una mitra, del capelo, de la misma tiara...?.

El Magistral se sorprendi dibujando la tiara en el margen del papel.

Suspir, arroj aquella pluma, como si tuviera la culpa de tales
pensamientos, que ya se le antojaban vanos, y sacudiendo la cabeza se
puso a escribir.

El ltimo prrafo deca:

El suceso tan esperado por el mundo catlico, la definicin del dogma
de la infalibilidad pontificia haba llegado por fin en el glorioso da
de eterna memoria, el 18 de Julio de 1870: _haec dies quam fecit
Dominus_....

El Magistral continu: Confirmbase al fin de solemne modo la doctrina
del cuarto Concilio de Constantinopla que dijo: _Prima salus est rectae
fidei regulam custodire_; confirmbase la doctrina que los griegos
profesaron con aprobacin del segundo Concilio lionense, y se declaraba
y defina, _sacro approbante Concilio_, que el Romano Pontfice, _quum
ex cathedra loquitur_, goza plenamente, _per assistentiam divinam_, de
aquella infalibilidad de que el Divino Redentor ha querido proveer a su
Iglesia....

Don Fermn solt la pluma y dej caer la cabeza sobre las manos.

Ignoraba lo que tena, pero no poda escribir. Sera el asunto? Acaso
no estara l aquella maana para tratar materia tan sublime. La
infalibilidad! Terrible, pero valentsimo dogma: un desafo formidable
de la fe, rodeada por la incredulidad de un siglo que se re. Era como
estar en el Circo entre fieras, y llamarlas, azuzarlas, pincharlas....
Mejor! as deba ser. El Magistral haba sido desde el principio de la
batalla entusistico partidario de la declaracin. Era el valor, la
voluntad enrgica, la afirmacin del imperio, una aventura teolgica,
parecida a las de Alejandro Magno en la guerra y las de Coln en el
mar.

Haba defendido el dogma heroico en Roma en el plpito, con elocuencia
entonces espontnea, con calor, como si el infalible fuera l. Llamaba a
Dupanloup cobarde. En Madrid haba llamado mucho la atencin predicando
en las Calatravas, al volver de Roma con el buen Obispo de Vetusta. El
tema haba sido tambin la infalibilidad. Los peridicos le haban
comparado con los mejores oradores catlicos, con Monescillo, con
Manterola, eclesisticos como l, con Nocedal, con Vinader, con Estrada,
legos.

Y nada, no haba pasado de ochavo. La Iglesia es as, pensaba De Pas,
con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la mesa, olvidado
ya del Papa infalible; la Iglesia proclama la humildad y es humilde como
ser abstracto, colectivo, en la jerarqua, para contener la impaciencia
de la ambicin que espera desde abajo. Yo me luc en Roma, admir a los
fieles en Madrid, deslumbro a los vetustenses y ser Obispo cuando
llegue a los sesenta. Entonces har yo la comedia de la humildad y no
aceptar esa limosna. Los intrigantes suben; los amigos, los aduladores,
los lacayos medran sin necesidad de sermones; pero nosotros, los que
hemos de ascender por nuestro mrito apostlico, no podemos ser
impacientes, tenemos que esperar en una actitud digna de sumisin y
respeto. Farsa, pura farsa! Oh, si yo echase a volar mi dinero!...
Pero mi dinero es de mi madre, y adems yo no quiero comprar lo que es
mo, lo que merezco por mi cabeza, no por mis arcas. No quedbamos en
que era yo una lumbrera? No se dijo que en m tena firme columna el
templo cristiano? Pues si soy una columna, por qu no me echan encima
el peso que me toca? Soy columna o palillo de dientes, seor Cardenal,
en qu quedamos?.

El Magistral, que estaba solo y seguro de ello, dio un puetazo sobre la
mesa.

--Voy, seorito--grit una voz dulce y fresca desde una habitacin
contigua.

El Magistral no oy siquiera. En seguida entr en el despacho una joven
de veinte aos, alta, delgada, plida, pero de formas suficientemente
rellenas para los contornos que necesita la hermosura femenina. La
palidez era de un tono suave, delicado, que haca muy buen contraste con
el negro de andrina de los ojos grandes, soadores, de movimientos
bruscos; unos ojos que pareca que hacan gimnasia, obligados da y
noche a las contorsiones msticas de una piedad maquinal, mitad postiza
y falsificada. Las facciones de aquel rostro se acercaban al canon
griego y casaba muy bien con ellas la dulce seriedad de la fisonoma. En
esta figura larga, pero no sin gracia, espiritual, no flaca, solemne,
hiertica, todo estaba mudo menos los ojos y la dulzura que era como un
perfume elocuente de todo el cuerpo.

Era la doncella de doa Paula, Teresina. Dorma cerca del despacho y de
la alcoba del _seorito_. Esta proximidad haba sido siempre una
exigencia de doa Paula. Ella habitaba el segundo piso, a sus anchas; no
quera ruido de curas y frailes entrando y saliendo; pero tampoco
consenta que su hijo, su pobre Fermn, que para ella siempre sera un
nio a quien haba que cuidar mucho, durmiese lejos de toda criatura
cristiana. La doncella haba de tener su lecho cerca del _seorito_, por
si llamaba, para avisar a la madre, que bajaba inmediatamente.

En casa el Magistral era _el seorito_. As le nombraba el ama delante
de los criados y era el tratamiento que ellos le daban y tenan que
darle.

A doa Paula, que no siempre haba sido _seora_, le sonaba mejor _el
seorito_ que un usa. Las doncellas de doa Paula venan siempre de su
aldea; las escoga ella cuando iba por el verano al campo. Las
conservaba mucho tiempo. La condicin de dormir cerca del seorito, por
si llamaba, se les impona con una naturalidad edemaca. Ni las
muchachas ni el Magistral haban opuesto nunca el menor reparo. Los ojos
azules, claros, sin expresin, muy abiertos, de doa Paula, alejaban la
posibilidad de toda sospecha; por los ojos se le conoca que no toleraba
que se pusiese en tela de juicio la pureza de costumbres de su hijo y la
inocencia de su sueo; ni al mismo Provisor le hubiera consentido media
palabra de protesta, ni una leve objecin en nombre del qu dirn. Qu
haban de decir? All la castidad de ella, que era viuda, y la de su
hijo, que era sacerdote, se tenan por indiscutibles; eran de una
evidencia absoluta; ni se poda hablar de tal cosa. Don Fermn
continuaba siendo un nio que jams crecera para la malicia. Este era
un dogma en aquella casa. Doa Paula exiga que se creyera que ella
crea en la pureza perfecta de su hijo. Pero todo en silencio.

Teresina entr abrochando los corchetes ms altos del cuerpo de su
hbito negro (de los Dolores) y en seguida at cerca de la cintura en la
espalda el pauelo de seda tambin negro que le cruzaba el pecho.

--Qu quera el seorito? se siente mal? traer ya el caf?

--Yo?... hija ma... no... no he llamado.

Teresina sonri. Se pas una mano mrbida y fina por los ojos, abri un
poco la boca, y aadi:

--Apostara... haber odo....

--No, yo no. Qu hora es?

Teresina mir al reloj que estaba sobre la cabeza del Magistral. Le dijo
la hora y ofreci otra vez el caf, todo sonriendo con cierta
coquetera, contenida por la expresin de piedad que all era la librea.

--Y madre?--Duerme. Se acost muy tarde. Como estn con las cuentas
del trimestre....

--Bien; treme el caf, hija ma.

Teresina, antes de salir, puso orden en los muebles, que no pecaban de
insurrectos, que estaban como ella los haba dejado el da anterior;
tambin toc los libros de la mesa, pero no se atrevi con los que
yacan sobre las sillas y en el suelo. Aqullos no se tocaban. Mientras
Teresina estuvo en el despacho, el Magistral la sigui impaciente con la
mirada, algo fruncido el entrecejo, como esperando que se fuera para
seguir trabajando o meditando.

Hasta que tuvo el caf delante no record que l sola decir misa; que
era un seor cura. La tena? Haba prometido decirla? No pudo resolver
sus dudas. Pero la seguridad con que Teresa proceda le tranquiliz.

Ni doa Paula ni Teresa olvidaban jams estos pormenores. Ellas eran las
encargadas de or la campana del coro, de apuntar las misas, de cuanto
se refera a los asuntos del rito. De Pas cumpla con estos deberes
rutinarios, pero necesitaba que se los recordasen. Tena tantas cosas
en la cabeza! Sus olvidos eran dentro de casa, porque fuera se jactaba
de ser el ms fiel guardador de cuanto la Sinodal exiga, y daba
frecuentes lecciones al mismo maestro de ceremonias.

Tom el caf y se levant para dar algunos paseos por el despacho;
quera distraerse, sacudir aquellos pensamientos importunos que no le
permitan adelantar en su trabajo.

Teresina entraba y sala sin pedir permiso, pero andaba por all como el
silencio en persona; no haca el menor ruido. Llev el servicio del
caf, volvi a buscar un jarro de estao y el cubo del lavabo; entr de
nuevo con ellos y una toalla limpia. Entr en la alcoba, dejando las
puertas de cristales abiertas, y se puso a _levantar_ la cama, operacin
que consista en sacudir las almohadas y los colchones, doblar las
sbanas y la colcha y guardarlas entre colchn y colchn, tender una
manta sobre el lecho y colocar una sobre otras las almohadas sacudidas,
pero sin funda. El Magistral dorma algunos das la siesta, y doa
Paula, por economa, le preparaba as la cama. Hacerla formalmente
hubiera sido un despilfarro de lavado y planchado.

Don Fermn volvi a sentarse en su silln. Desde all vea, distrado,
los movimientos rpidos de la falda negra de Teresina, que apretaba las
piernas contra la cama para hacer fuerza al manejar los pesados
colchones. Ella azotaba la lana con vigor y la falda suba y bajaba a
cada golpe con violenta sacudida, dejando descubiertos los bajos de las
enaguas bordadas y muy limpias, y algo de la pantorrilla. El Magistral
segua con los ojos los movimientos de la faena domstica, pero su
pensamiento estaba muy lejos. En uno de sus movimientos, casi tendida de
brazos sobre la cama, Teresina dej ver ms de media pantorrilla y
mucha tela blanca. De Pas sinti en la retina toda aquella blancura,
como si hubiera visto un relmpago; y discretamente, se levant y volvi
a sus paseos. La doncella jadeante, con un brazo oculto en el pliegue de
un colchn doblado, se volvi de repente, casi tendida de espaldas sobre
la cama. Sonrea y tena un poco de color rosa en las mejillas.

--Le molesta el ruido, seorito?

El Magistral mir a la hermosa beata que en aquel momento no conservaba
ningn gesto de hipocresa. Apoyando una mano en el dintel de la puerta
de la alcoba, dijo el amo sonriente como la criada:

--La verdad, Teresina... el trabajo de hoy es muy importante. Si te es
igual, vuelve luego, y acabars de arreglar esto cuando yo no est.

--Bien est, seorito, bien est--respondi la criada, muy seria, con
voz gangosa y tono de canto llano.

Y con mucha prisa, haciendo saltar la ropa cerca del techo, acab de
levantar la cama y sali de las habitaciones del seorito.

El cual pase tres o cuatro minutos entre los libros tumbados en el
suelo, por los senderos que dejaban libres aquellos parterres de
teologa y cnones. Despus de fumar tres pitillos volvi a sentarse.
Escribi sin descanso hasta las diez. Cuando el sol se le meti por los
puntos de la pluma, levant la cabeza, satisfecho de su tarea.

Mir al cielo. Estaba alegre, sin nubes. El buen tiempo en Vetusta vale
ms por lo raro. El Magistral se frot las manos suavemente. Estaba
contento. Mientras haba escrito, casi por mquina, una defensa, _calamo
currente_, de la Infalibilidad, con destino a cierta Revista Catlica
que lean catlicos convencidos nada ms, haba estado madurando su plan
de ataque.

Pensaba lo mismo que la Regenta: que haba hecho un hallazgo, que iba a
tener un alma hermana.

l, que lea a los autores enemigos, como a los amigos, recordaba una
potica narracin del impo Renan en que figuraban un fraile de all de
Suecia o Noruega, y una joven devota, alemana, si le era fiel la
memoria. De todas suertes, eran dos almas que se amaban en Jess, a
travs de gran distancia. No haba en aquellas relaciones nada de
sentimentalismo falso, pseudo-religioso; eran afectos puros, nada
parecidos a los amores de un Lutero, ni siquiera de un Abelardo; era la
verdad severa, noble, inmaculada del amor mstico; amor anafrodtico,
incapaz de mancharse con el lodo de la carne ni en sueos. Por qu
recordaba ahora esta leyenda, piadosa y novelesca? Qu tena l que ver
con un monje romntico y fantico, mstico y apasionado, de la
Edad-media... y sueco? l era el Magistral de Vetusta, un cura del siglo
diecinueve, un _carca_, un obscurantista, un zngano de la colmena
social, como deca Foja el usurero....

Y al pensar esto, mirndose al espejo, mientras se lavaba y peinaba, De
Pas sonrea con amargura mitigada por el dejo de optimismo que le
quedaba de sus reflexiones de poco antes.

Estaba desnudo de medio cuerpo arriba. El cuello robusto pareca ms
fuerte ahora por la tensin a que le obligaba la violencia de la
postura, al inclinarse sobre el lavabo de mrmol blanco. Los brazos
cubiertos de vello negro ensortijado, lo mismo que el pecho alto y
fuerte, parecan de un atleta. El Magistral miraba con tristeza sus
msculos de acero, de una fuerza intil.

Era muy blanco y fino el cutis, que una emocin cualquiera tea de
color de rosa. Por consejo de don Robustiano, el mdico, De Pas haca
gimnasia con pesos de muchas libras; era un Hrcules. Un da de
revolucin un patriota le haba dado el quin vive! en las afueras,
cerca de la noche. De Pas rompi el fusil de chispa en las espaldas del
aguerrido centinela, que le haba querido coser a bayonetazos, porque no
se entregaba a discrecin. Nadie supo aquella hazaa, ni el mismo don
Santos Barinaga que andaba a caza de las calumnias y verdades que
corran contra _La Cruz Roja_, como l llamaba, colectivamente, al
Provisor y a su madre. En cuanto al miliciano, haba callado, jurando
odio eterno al clero y a los fusiles de chispa. Era uno de los que al
murmurar del Magistral aadan:

--Si yo hablara!.

Mientras estaba lavndose, desnudo de la cintura arriba, don Fermn se
acordaba de sus proezas en el juego de bolos, all en la aldea, cuando
aprovechaba vacaciones del seminario para ser medio salvaje corriendo
por breas y vericuetos; el mozo fuerte y velludo que tena enfrente, en
el espejo, le pareca un _otro yo_ que se haba perdido, que haba
quedado en los montes, desnudo, cubierto de pelo como el rey de
Babilonia, pero libre, feliz.... Le asustaba tal espectculo, le llevaba
muy lejos de sus pensamientos de ahora, y se apresur a vestirse. En
cuanto se abroch el alzacuello, el Magistral volvi a ser la imagen de
la mansedumbre cristiana, fuerte, pero espiritual, humilde: segua
siendo esbelto, pero no formidable. Se pareca un poco a su querida
torre de la catedral, tambin robusta, tambin proporcionada, esbelta y
bizarra, mstica; pero de piedra. Qued satisfecho, con la conciencia
de su cuerpo fuerte, oculto bajo el manteo epiceno y la sotana flotante
y escultural.

Iba a salir. Teresina apareci en el umbral, seria, con la mirada en el
suelo, con la expresin de los santos de cromo.

--Qu hay?--Una joven pregunta si se puede ver al seorito.

--A m?--don Fermn encogi los hombros--. Quin es?

--Petra, la doncella de la seora Regenta.

Al decir esto los ojos de Teresina se fijaron sin miedo en los de su
amo.

--No dice a qu viene?

--No ha dicho nada ms.--Pues que pase. Petra se present sola en el
despacho, vestida de negro, con el pelo de azafrn sobre la frente, sin
rizos ni ondas, con los ojos humillados, y con sonrisa dulce y candorosa
en los labios.

El Magistral la reconoci. Era una joven que se haba obstinado en
confesar con l y que lo haba conseguido a fuerza de tenacidad y
paciencia; pero despus haba tenido que desairarla varias veces, para
que no le importunase. Era de las infelices que creen los absurdos que
la calumnia propala para descrdito de los sacerdotes. Confesaba cosas
de su alcoba, se desnudaba ante la celosa entre llanto de falso
arrepentimiento. Era hermosa, incitante; pero el Magistral la haba
alejado de s, como hara con Obdulia, si las exigencias sociales no lo
impidiesen.

Petra se present como si fuese una desconocida; como si persona tan
insignificante debiera de estar borrada de la memoria de personaje tan
alto. Tal vez en otras circunstancias no hubiera tenido buen
recibimiento; pero al saber que vena de parte de doa Ana, sinti el
clrigo dulce piedad, y perdon de repente a aquella extraviada criatura
sus insinuaciones vanas y perversas de otro tiempo. Fingi tambin no
reconocerla.

Teresina los espiaba desde la sombra en el pasadizo inmediato. El
Magistral lo presuma y habl como si fuera delante de testigos.

--Es usted criada de la seora de Quintanar?

--S, seor; su doncella.

--Viene usted de su parte?--S, seor; traigo una carta para Usa.

Aquel usa hizo sonrer al Provisor, que lo crey muy oportuno.

--Y no es ms que eso?

--No, seor.--Entonces...--La seora me ha dicho que entregara a Usa
mismo esta carta, que era urgente y los criados podran perderla... o
tardar en entregarla a Usa.

Teresina se movi en el pasillo. La oy el Magistral y dijo:

--En mi casa no se extravan las cartas. Si otra vez viene usted con un
recado por escrito, puede usted entregarlo ah fuera... con toda
confianza.

Petra sonri de un modo que ella crey discreto y retorci una punta del
delantal.

--Perdneme Usa...--dijo con voz temblorosa y ruborizndose.

--No hay de qu, hija ma. Agradezco su celo.

Don Fermn estaba pensando que aquella mujer podra serle til, no saba
l cundo, ni cmo, ni para qu. Sinti deseos de ponerla de su parte,
sin saber por qu esto poda importarle. Tambin se le pas por la
imaginacin decir a la Regenta que era poco edificante la conducta de
aquella muchacha. Pero todo era prematuro. Por ahora se content con
despedirla con un saludo seoril, corts, pero fro. Cuando Petra iba a
atravesar el umbral, ocup la puerta por completo una mujer tan alta
casi como el Magistral y que pareca ms ancha de hombros; tena la
figura cortada a hachazos, vesta como una percha. Era doa Paula, la
madre del Provisor. Tena sesenta aos, que parecan poco ms de
cincuenta. Debajo de un pauelo de seda negro que cubra su cabeza,
atado a la barba, asomaban trenzas fuertes de un gris sucio y lustroso;
la frente era estrecha y huesuda, plida, como todo el rostro; los ojos
de un azul muy claro, no tenan ms expresin que la semejanza de un
contacto fro, eran ojos mudos; por ellos nadie sabra nada de aquella
mujer. La nariz, la boca y la barba se parecan mucho a las del
Magistral. Un mantn negro de merino ceido con fuerza a la espalda
angulosa, caa sin gracia sobre el hbito, negro tambin, de estamea
con ribetes blancos. Pareca doa Paula, por traje y rostro, una
amortajada.

Petra salud un poco turbada. Doa Paula la midi con los ojos, sin
disimulo.

--Qu quera usted?--pregunt, como pudo haberlo preguntado la pared.

Petra se repuso y, casi con altanera, contest:

--Era un recado para el seor Magistral.

Y sali del despacho. En la puerta de la escalera la recibi con afable
sonrisa Teresina y se despidieron con sendos besos en las mejillas,
como las seoritas de Vetusta. Eran amigas, ambas de la aristocracia de
la servidumbre. Se respetaban sin perjuicio de tenerse envidia. Petra
envidiaba a Teresina la estatura, los ojos y la casa del Magistral.
Teresina envidiaba a Petra su desenvoltura, su gracia, su conocimiento
de las maneras finas y de la vida de ciudad.

--Qu te quiere esa seora?--pregunt doa Paula en cuanto se vio a
solas con su hijo.

--No s; an no he abierto la carta.

--Una carta?--S, esa. Don Fermn hubiera deseado a su madre a cien
leguas. No poda ocultar la impaciencia, a pesar del dominio sobre s
mismo, que era una de sus mayores fuerzas; ansiaba poder leer la carta,
y tema ruborizarse delante de su madre. Ruborizarse? s, sin motivo,
sin saber por qu; pero estaba seguro de que, si abra aquel sobre
delante de doa Paula, se pondra como una cereza. Cosas de los nervios.
Pero su madre era como era.

Doa Paula se sent en el borde de una silla, apoy los codos sobre la
mesa, que era de las llamadas de ministro, y emprendi la difcil tarea
de envolver un cigarro de papel, gordo como un dedo. Doa Paula fumaba;
pero desde que eran de la catedral fumaba en secreto, slo delante de
la familia y algunos amigos ntimos.

El Magistral dio dos vueltas por el despacho y en una de ellas cogi
disimuladamente la carta de la Regenta y la guard en un bolsillo
interior, debajo de la sotana.

--Adis, madre; voy a dar los das al seor de Carraspique.

--Tan temprano?--S, porque despus se llena aquello de visitas y
tengo que hablarle a solas.

--No la lees?--Qu he de leer?--Esa carta.--Luego, en la calle; no
ser urgente.

--Por si acaso; lela aqu, por si tienes que contestar en seguida o
dejar algn recado; no comprendes?

De Pas hizo un gesto de indiferencia y ley la carta.

Ley en alta voz. Otra cosa hubiera sido despertar sospechas. No estaba
su madre acostumbrada a que hubiera secretos para ella. Adems, qu
poda decir la Regenta? Nada de particular.

        Mi querido amigo: hoy no he podido ir a comulgar; necesito ver a usted
        antes; necesito reconciliar. No crea usted que son escrpulos de esos
        contra los que usted me prevena; creo que se trata de una cosa seria.
        Si usted fuera tan amable que consintiera en orme esta tarde un
        momento, mucho se lo agradecera su hija espiritual y affma.
        amiga, q.b.s.m.,

        ANA DE OZORES DE QUINTANAR.

--Jess, qu carta!--exclam doa Paula con los ojos clavados en su
hijo.

--Qu tiene?--pregunt el Magistral, volviendo la espalda.

--Te parece bien ese modo de escribir al confesor? Parece cosa de doa
Obdulia. No dices que la Regenta es tan discreta? Esa carta es de una
tonta o de una loca.

--No es loca ni tonta, madre. Es que no sabe de estas cosas todava....
Me escribe como a un amigo cualquiera.

--Vamos, es una pagana que quiere convertirse.

El Magistral call. Con su madre no disputaba.

--Ayer tarde no fuiste a ver al seor de Ronzal.

--Se me pas la hora de la cita....

--Ya lo s; estuviste dos horas y media en el confesonario, y el seor
Ronzal se cans de esperar y no tuvo contestacin que dar al seor
Pablo, que se volvi al pueblo creyendo que t y Ronzal y yo y todos
somos unos mequetrefes sin palabra, que sabemos explotarlos cuando los
necesitamos y cuando ellos nos necesitan los dejamos en la estacada.

--Pero, madre, tiempo hay; el chico est en el cuartel, no se los han
llevado; no salen para Valladolid hasta el sbado... hay tiempo....

--S, hay tiempo para que se pudra en el calabozo. Y qu dir Ronzal?
Si t que ests ms interesado te olvidas del asunto, qu har l?

--Pero, seora, el deber es primero.

--El deber, el deber... es cumplir con la gente, Fermo! Y por qu se
le ha antojado al espantajo de don Cayetano encajarte ahora esa
herencia?

--Qu herencia? De Pas daba vueltas en una mano al sombrero de teja, de
alas sueltas, y se apoyaba en el marco de la puerta, indicando deseo de
salir pronto.

--Qu herencia?--repiti.

--Esa seora; esa de la carta, que por lo visto cree que mi hijo no
tiene ms que hacer que verla a ella.

--Madre, es usted injusta.--Fermo, yo bien s lo que me digo. T...
eres demasiado bueno. Te endiosas y no ves ni entiendes.

Doa Paula crea que endiosarse vala tanto como elevar el pensamiento a
las regiones celestes.--El Arcediano y don Custodio--prosigui--hicieron
anoche comidilla de la confesata en la tertulia de doa Visitacin,
esa tarasca; s seor, comidilla de la confesata de la
otra; y si haba durado dos horas o no haba durado dos horas....

El Magistral se santigu y dijo:

--Ya murmuran? Infames!

--S, ya! ya! y por eso hablo yo: porque estas cosas, en tiempo. Te
acuerdas de la Brigadiera? Te acuerdas de lo que me dio que hacer
aquella miserable calumnia por ser t noble y confiadote?... Fermo, te
lo he dicho mil veces; no basta la virtud, es necesario saber
aparentarla.

--Yo desprecio la calumnia, madre.--Yo no, hijo.--No ve usted cmo a
pesar de sus dicharachos yo los piso a todos?

--S, hasta ahora; pero quin responde? Tantas veces va el cntaro a la
fuente.... Don Fortunato es una malva, corriente; no es un Obispo, es un
borrego, pero....

--Le tengo en un puo!--Ya lo s, y yo en otro; pero ya sabes que es
ciego cuando se empea en una cosa; y si Su Ilustrsima polichinela da
otra vez en la mana de que pueden decir verdad los que te calumnian,
ests perdido.

--Don Fortunato no se mueve sin orden ma.

--No te fes, es porque te cree infalible; pero el da que le hagan ver
tus escndalos....

--Cmo ha de ver eso, madre?

--Bueno, ya me entiendes; creerlos como si los viera; ese da estamos
perdidos; la malva, el polichinela, el borrego ser un tigre, y del
Provisorato te echa a la crcel de corona.--Madre... est usted
exaltada... ve usted visiones.

--Bueno, bueno; yo me entiendo. Doa Paula se puso en pie y arroj la
punta del pitillo apurada y sucia.

Prosigui:--No quiero ms cartitas; no quiero conferencias en la
catedral; que vaya al sermn la seora Regenta si quiere buenos
consejos; all hablas para todos los cristianos; que vaya a orte al
sermn y que me deje en paz.

--Con que Glocester?...--S, y don Custodio.--Y a usted quin le ha
dicho?...

--El Chato.--Campillo?--El mismo.--Pero qu han visto? Qu pueden
decir esos miserables? cmo se habla de estas cosas en una tertulia de
seoras? cmo entiende esta gente el respeto a las cosas sagradas?

--Ta, ta, ta, ta! Envidia, pura envidia. Respeto? Dios lo d. El
Arcediano querra confesar a la de Quintanar, es natural, l es muy
amigo de darse tono, y de que digan.... Dios me perdone! pero creo que
le gusta que murmuren de l, y que digan si enamora a las beatas o no
las enamora.... Es un faroln... y un malvado!

--Madre, usted exagera; cmo un sacerdote?...

--Fermo, t eres un papanatas; el mundo est perdido: por eso todos
piensan mal y por eso hay que andar con cien ojos.... Hay que aparentar
ms virtud que se tiene, aunque se sea un ngel. No sabes que de
nosotros dicen mil perreras? Glocester, don Custodio, Foja, don Santos
y el mismsimo don lvaro Mesa, con toda su diplomacia, pasan la vida
desacreditndote. Si hacemos y acontecemos en palacio (doa Paula empez
a contar por los dedos); si nos comemos la dicesis; si entramos en el
Provisorato desnudos y ahora somos los primeros accionistas del Banco;
si t cobras esto y lo otro; si nuestros paniaguados andan por ah como
esponjas recogiendo el oro y el moro, para venir a soltarlo en la
alberca de casa; si el Obispo es un maniqu en nuestras manos; si
vendemos cera, si vendemos aras, si t hiciste cambiar las de todas las
parroquias del Obispado para que te compraran a ti las nuevas; si don
Santos se arruina por culpa nuestra y no del aguardiente; si t robas a
los que piden dispensas; si te comes capellanas; si yo cobro diezmos y
primicias en toda la dicesis; si....

--Basta, madre, basta por Dios!

--Y por contera tus amoros, tus abusos de consejero espiritual. T
(vuelta a contar por los dedos, pero adems con pataditas en el suelo,
como llevando el comps) tienes fanatizado a medio pueblo; las de
Carraspique se han metido monjas por culpa tuya, y una de ellas est
muriendo tsica por culpa tuya tambin, como si t fueras la humedad y
la inmundicia de aquella pocilga; t tienes la culpa de que no se case
la de Pez, la primera millonaria de Vetusta, que no encuentra novio que
le agrade... por culpa tuya.

--Madre...--Qu ms? Hasta les parece mal que ensees la doctrina a
las nias de la Santa Obra del Catecismo....

--Miserables!--S, miserables; pero van siendo muchos miserables, y el
da menos pensado nos tumban.

--Eso no, madre--grit el Magistral perdiendo el aplomo, con las
mejillas crdenas y las puntas de acero, que tena en las pupilas,
erizadas como dispuestas a la defensa--. Eso no, madre! Yo los tengo a
todos debajo del zapato, y los aplasto el da que quiero. Soy el ms
fuerte. Ellos, todos, todos, sin dejar uno, son unos estpidos; ni mala
intencin saben tener.

Doa Paula sonri, sin que su hijo lo notase. As te quiero pens, y
sigui diciendo:

--Pero el nico flaco que podemos presentarles es este, Fermo; bien lo
sabes; acurdate de la otra vez.

--Aquella era una... mujer perdida.--Pero te enga verdad?

--No, madre; no me enga; qu sabe usted?

Los ojos de doa Paula eran un par de inquisidores. Aquello de la
Brigadiera nunca haba podido aclararlo. Slo saba, por su mal, que
haba sido un escndalo que apenas se pudo sofocar antes que fuera
tarde. A De Pas le repugnaban tales recuerdos. Eran cosas de la
juventud. Qu necedad temer que l volviese a descuidarse ahora, a los
treinta y cinco aos! Entonces, en la poca de la Brigadiera no tena l
experiencia, le halagaba la vanagloria, le seduca y mareaba el incienso
de la adulacin.

Si mi madre me viera por dentro, no tendra esos temores con que ahora
me mortifica.

Doa Paula insisti en pintarle los peligros de la calumnia; saba que
le lastimaba el alma, pero a su juicio era un dolor necesario, porque
tema para su hijo la cada de Salomn.

La madre de don Fermn crea en la omnipotencia de la mujer. Ella era
buen ejemplo. No tema que las intrigas del Cabildo pudiesen gran cosa
contra el prestigio de su Fermn, que era el instrumento de que ella,
doa Paula, se vala para estrujar el Obispado. Fermn era la ambicin,
el ansia de dominar; su madre la codicia, el ansia de poseer. Doa Paula
se figuraba la dicesis como un lagar de sidra de los que haba en su
aldea; su hijo era la fuerza, la viga y la pesa que expriman el fruto,
oprimiendo, cayendo poco a poco; ella era el tornillo que apretaba; por
la espiga de acero de su voluntad iba resbalando la voluntad, para ella
de cera, de su hijo; la espiga entraba en la tuerca, era lo natural.
Era mecnico como deca don Fermn explicando religin. Pero a una
mujer otra mujer pensaba el tornillo. Su hijo era joven todava,
podan seducrselo, como ya otra vez haban intentado y acaso
conseguido. Ella crea en la influencia de la mujer, pero no se fiaba
de su virtud. La Regenta, la Regenta! dicen que es una seora incapaz
de pecar, pero quin lo sabe?. Algo haba odo de lo que se murmuraba.
Era amiga de algunas beatas de las que tienen un pie en la iglesia y
otro en el mundo; estas seoras son las que lo saben todo, a veces
aunque no haya nada. Le haban dicho, sobre poco ms o menos, y sin
estilo flamenco, lo mismo que Orgaz contaba en el Casino dos das antes:
que don lvaro estaba enamorado de la Regenta, o por lo menos quera
enamorarla, como a tantas otras. Aquel don lvaro era un enemigo de su
hijo. Lo saba ella. Ni el mismo don Fermn le tena por enemigo, por
ms que varias veces haba adivinado en l un rival en el dominio de
Vetusta. Pero doa Paula tena superior instinto; vea ms que nadie en
lo que interesaba al podero de su hijo. Aquel don lvaro era otro buen
mozo, listo tambin, arrogante, hombre de mundo; tena el prestigio del
amor, contaba con las mujeres respectivas de muchos personajes de
Vetusta, y a veces con los personajes mismos, gracias a las mujeres;
era el jefe de un partido, el brazo derecho, y la cabeza acaso, de los
Vegallana... poda disputar a Fermn, con fuerzas iguales acaso, el
dominio de Vetusta, de aquella Vetusta que necesitaba siempre un amo y
cuando no lo tena se quejaba de la falta _de carcter_ de los hombres
importantes. Y por qu no haba de estar ya Mesa disputando ese
dominio? No caba en lo posible que la Regenta, aquella santa, y el don
Alvarito, se entendieran y quisieran coger en una trampa al pobre
Fermo?. Estas malas artes, por complicadas y sutiles que fuesen, las
supona fcilmente doa Paula en cualquier caso, porque ella pasaba la
vida entregada a combinaciones semejantes. De estas sospechas no
comunic a su hijo ms que lo suficiente para prevenirle contra la
Regenta y sus confesiones de dos horas. No cit el nombre de Mesa. En
los labios le retozaba esta pregunta:

Pero de qu demontres hablasteis dos horas seguidas?.

No se atrevi a tanto. Al fin su hijo era un sacerdote y ella era
cristiana.

Preguntar aquello le pareca una irreverencia, un sacrilegio que hubiera
puesto a Fermo fuera de s, y no haba para qu.

--Adis, madre--dijo don Fermn cuando doa Paula call por no atreverse
con la pregunta sacrlega.

Ya estaba en la escalera el Magistral cuando oy a su madre que deca:

--De modo que hoy tampoco vas a coro?

--Seora, si ya habr concluido....

--Bueno, bueno!--qued murmurando ella--no ganamos para multas.

Por fin el Magistral se vio fuera de su casa, con el placer de un
estudiante que escapa de la frula de un dmine implacable.

El sol brillaba acercndose al cenit. Sobre Vetusta ni una sola nube. El
cielo pareca andaluz.

S, pero el buen humor del Magistral se haba nublado; su madre le haba
puesto nervioso, airado, no saba contra quin.

Aquel era su tirano: un tirano consentido, amado, muy amado, pero
formidable a veces. Y cmo romper aquellas cadenas? A ella se lo deba
todo. Sin la perseverancia de aquella mujer, sin su voluntad de acero
que iba derecha a un fin rompiendo por todo qu hubiera sido l? Un
pastor en las montaas, o un cavador en las minas. l vala ms que
todos, pero su madre vala ms que l. El instinto de doa Paula era
superior a todos los raciocinios. Sin ella hubiera sido l arrollado
algunas veces en la lucha de la vida. Sobre todo, cuando sus pies se
enredaban en redes sutiles que le tenda un enemigo, quin le libraba
de ellas? Su madre. Era su gida. S, ella primero que todo. Su
despotismo era la salvacin; aquel yugo, saludable. Adems, una voz
interior le deca que lo mejor de su alma era su cario y su respeto
filial. En las horas en que a s mismo se despreciaba, para encontrar
algo puro dentro de s, que impidiera que aquella repugnancia llegase a
la desesperacin, necesitaba recordar esto: que era un buen hijo,
humilde, dcil... un nio, un nio que nunca se haca hombre. l que
con los dems era un hombre que sola convertirse en len!.

Pero ahora senta una rebelin en el alma. Era una injusticia aquella
sospecha de su madre. En la virtud de la Regenta crea toda Vetusta, y
en efecto era un ngel. l s que no mereca besar el polvo que pisaba
aquella seora. Quin poda temer de quin?.

En este momento comprendi la causa de su malhumor repentino. La madre
haba hablado de las calumnias con que le queran perder... de las
demasas de ambicin, orgullo y srdida codicia que le imputaban, de la
influencia perniciosa en la vida de muchas familias que se le
achacaba... pero era todo calumnia? Oh, si la Regenta supiese quin era
l, no le confiara los secretos de su corazn. Por un acto de fe,
aquella seora haba despreciado todas las injurias con que sus enemigos
le perseguan a l, no haba credo nada de aquello y se haba acercado
a su confesonario a pedirle luz en las tinieblas de su conciencia, a
pedirle un hilo salvador en los abismos que se abran a cada paso de la
vida. Si l hubiera sido un hombre honrado, le hubiera dicho all
mismo:--Calle usted, seora! yo no soy digno de que la majestad de su
secreto entre en mi pobre morada; yo soy un hombre que ha aprendido a
decir cuatro palabras de consuelo a los pecadores dbiles; y cuatro
palabras de terror a los pobres de espritu fanatizados; yo soy de miel
con los que vienen a morder el cebo y de hiel con los que han mordido;
el seuelo es de azcar, el alimento que doy a mis prisioneros, de
acbar;... yo soy un ambicioso, y lo que es peor, mil veces peor,
infinitamente peor, yo soy avariento, yo guardo riquezas mal adquiridas,
s, mal adquiridas; yo soy un dspota en vez de un pastor; yo vendo la
Gracia, yo comercio como un judo con la Religin del que arroj del
templo a los mercaderes..., yo soy un miserable, seora; yo no soy digno
de ser su confidente, su director espiritual. Aquella elocuencia de ayer
era falsa, no me sala del alma, yo no soy el _vir bonus_, yo soy lo
que dice el mundo, lo que dicen mis detractores.

Como el pensamiento le llevaba muy lejos, el Magistral sinti una
reaccin en su conciencia, reaccin favorable a su fama.

Hagmonos ms justicia pens sin querer, por el instinto de
conservacin que tiene el amor propio.

Y entonces record que su madre era quien le empujaba a todos aquellos
actos de avaricia que ahora le sacaban los colores al rostro.

Era su madre la que atesoraba; por ella, a quien lo deba todo, haba
l llegado a manosear y mascar el lodo de aquella sordidez poco
escrupulosa. Su pasin propia, la que espontneamente haca en l
estragos era la ambicin de dominar; pero esto no era noble en el
fondo? y no era justo al cabo? No mereca l ser el primero de la
dicesis? El Obispo no le reconoca de buen grado esta superioridad
moral? Bastante haca l contentndose, por ahora, con no mandar ms que
en Vetusta. Oh! estaba seguro. Si algn da su amistad con Ana Ozores
llegaba al punto de poder l confesarse ante ella tambin y decirle cul
era su ambicin, ella, que tena el alma grande, de fijo le absolvera
de los pecados cometidos. Los de su madre, aquellos a que le haba
arrastrado la codicia de su madre eran los que no tenan disculpa, los
feos, los vergonzosos, los inconfesables.

Mientras tales pensamientos le atormentaban y consolaban sucesivamente,
iba el Magistral por las aceras estrechas y gastadas de las calles
tortuosas y poco concurridas de la Encimada; iba con las mejillas
encendidas, los ojos humildes, la cabeza un poco torcida, segn
costumbre, recto el airoso cuerpo, majestuoso y rtmico el paso,
flotante el ampuloso manteo, sin la sombra de una mancha.

Contestaba a los saludos como si tuviese el alma puesta en ellos,
doblando la cintura y destocndose como si pasara un rey; y a veces ni
vea al que saludaba.

Este fingimiento era en l segunda naturaleza. Tena el don de estar
hablando con mucho pulso mientras pensaba en otra cosa.

Doa Paula haba vuelto a entrar en el despacho de su hijo. Registr la
alcoba. Vio la cama _levantada_, tiesa, muda, fresca, sin un pliegue;
sali de la alcoba; en el despacho repar el sof de reps azul, las
butacas, las correctas filas de libros amontonados sobre sillas y tablas
por todas partes; se fij en el orden de la mesa, en el del silln, en
el de las sillas. Pareca olfatear con los ojos. Llam a Teresina; le
pregunt cualquier cosa, haciendo en su rostro excavaciones con la
mirada, como quien anda a minas; se meti por los pliegues del traje,
correcto, como el orden de las sillas, de los libros, de todo. La hizo
hablar para apreciar el tono de la voz, como el timbre de una moneda. La
despidi.

--Oye...--volvi a decir--. Nada, vete.

Se encogi de hombros.--Es imposible--dijo entre dientes--; no hay
manera de averiguar nada.

Y, saliendo del despacho, dijo todava:

--Qu capricho de hombres!.

Y subiendo la escalera del segundo piso, aadi:

--Es como todos, como todos; siempre fuera!.




--XII--


Don Francisco de Ass Carraspique era uno de los individuos ms
importantes de la Junta Carlista de Vetusta, y el que hizo ms
_sacrificios pecuniarios_ en tiempo oportuno. Era poltico porque se le
haba convencido de que la causa de la religin no prosperara si los
buenos cristianos no se metan a gobernar. Le dominaba por completo su
mujer, fantica ardentsima, que aborreca a los liberales porque all
en la otra guerra, los _cristinos_ haban ahorcado de un rbol a su
padre sin darle tiempo para confesar. Carraspique frisaba con los
sesenta aos, y no se distingua ni por su valor ni por sus dotes de
gobierno; se distingua por sus millones. Era el mayor contribuyente que
tena en la provincia la soberana subrepticia de don Carlos VII. Su
religiosidad (la de Carraspique) sincera, profunda, ciega, era en l
toda una virtud; pero la debilidad de su carcter, sus pocas luces
naturales y la mala intencin de los que le rodeaban, convertan su
piedad en fuente de disgustos para el mismo don Francisco de Ass, para
los suyos y para muchos de fuera.

Doa Luca, su esposa, confesaba con el Magistral. Este era el pontfice
infalible en aquel hogar honrado. Tenan cuatro hijas los Carraspique;
todas haban hecho su primera confesin con don Fermn; haban sido
educadas en el convento que haba escogido don Fermn; y las dos
primeras haban profesado, una en las Salesas y otra en las Clarisas.

El palacio de Carraspique, comprado por poco dinero en la quiebra de un
noble liberal, que muri del disgusto, estaba enfrente del casern de
los Ozores, en la Plaza Nueva, podrida de vieja.

El Magistral se dej introducir en el estrado por una criada sesentona,
que ladraba a los pobres como los perros malos. A los curas les lamera
los pies de buen grado.

--Espere usted un poco, seor Magistral, haga el favor de sentarse; el
seor est all dentro y sale en seguida... (Con voz misteriosa y
agria.) Est ah el mdico... ese empecatado primo de la seora.

--S, ya, don Robustiano: pues qu hay, Fulgencia?

--Creo que Sor Teresa est algo peor... pero no es para tanto alarmar a
los pobrecitos seores. Verdad, seor Magistral, que la pobre seorita
no est de cuidado?

--Creo que no, Fulgencia; pero qu dice el mdico? Viene de all?

--S, seor, de all; y ah dentro daba gritos... viene furioso... es un
loco. No s cmo le llaman a l. El parentesco, es cosa del parentesco.

El saln era rectangular, muy espacioso, adornado con gusto severo, sin
lujo, con cierta elegancia que naca de la venerable antigedad, de la
limpieza exquisita, de la sobriedad y de la severidad misma. El nico
mueble nuevo era un piano de cola de Erard.

Lleg al saln don Robustiano y sali Fulgencia hablando entre dientes.

El mdico era alto, fornido, de luenga barba blanca. Vesta con el
arrogante lujo de ciertos personajes de provincia que quieren revelar en
su porte su buena posicin social. Era una hermosa figura que se
defenda de los ultrajes del tiempo con buen xito todava. Don
Robustiano era el mdico de la nobleza desde muchos aos atrs; pero si
en poltica pasaba por reaccionario y se burlaba de los progresistas, en
religin se le tena por volteriano, o lo que l y otros vetustenses
entendan por tal. Jams haba ledo a Voltaire, pero le admiraba tanto
como le aborreca Glocester, el Arcediano, que no lo haba ledo
tampoco. En punto a letras, las de su ciencia inclusive, don Robustiano
no poda alzar el gallo a ningn mediquillo moderno de los que se moran
de hambre en Vetusta. Haba estudiado poco, pero haba ganado mucho. Era
un mdico de mundo, un doctor de buen trato social. Aos atrs, para l
todo era flato; ahora todo era _cuestin de nervios_. Curaba con buenas
palabras; por l nadie saba que se iba a morir. Sola curar de balde a
los amigos; pero si la enfermedad se agravaba, se inhiba, mandaba
llamar a otro y no se ofenda. l no serva para ver morir a una
persona querida.

Al lado de sus enfermos siempre estaba de broma.

--Con que se nos quiere usted morir, seor Fulano? Pues vive Dios, que
lo hemos de ver..., etc..

Esta era una frase sacramental; pero tena otras muchas. As se haba
hecho rico. No usaba muchos trminos tcnicos, porque, segn l, a los
profanos no se les ha de asustar con griego y latn. No era pedante,
pero cuando le apuraban un poco, cuando le contradecan, invocaba el
sacrosanto nombre de la ciencia, como si llamase al comisario de
polica.

La ciencia manda esto; la ciencia ordena lo otro.

Y no se le haba de replicar.

Aparte la ciencia, que no era su terreno propio, don Robustiano poda
apostar con cualquiera a campechano, alegre, simptico, y hasta hombre
de excelente sentido y no escasa perspicacia. Pecaba de hablador.

Al Magistral no le poda tragar, pero tema su influencia en las casas
nobles y le trataba con fingida franqueza y amabilidad falsa.

De Pas le tena a l por un grandsimo majadero, pero le tributaba la
cortesa que empleaba siempre en el trato, sin distinguir entre
majaderos y hombres de talento.

--Oh, mi seor don Fermn! cunto bueno.... Llega usted a tiempo, amigo
mo; el primo est inconsolable. Buen da de su santo! Le he dicho la
verdad, toda la verdad; y, es claro, ahora que la cosa no tiene remedio,
se desespera.... Es decir, remedio... yo creo que s... pero estas ideas
exageradas que... en fin, a usted se le puede hablar con franqueza,
porque es una persona ilustrada.

--Qu hay, don Robustiano? Viene usted de las Salesas?

--S, seor; de aquella pocilga vengo.

--Cmo est Rosita?

--Qu Rosita? Si ya no hay Rosita! Si ya se acab Rosita; ahora es Sor
Teresa, que no tiene rosas ni en el nombre, ni en las mejillas.

Don Robustiano se acerc al Magistral; mir a todos los rincones, a
todas las puertas, y con la mano delante de la boca, dijo:

--Aquello es el acabose!

El Magistral sinti un escalofro.

--Usted cree?--S, creo en una catstrofe prxima. Es decir, distingo,
distingo en nombre de la ciencia. Yo, Somoza, no puedo esperar nada
bueno; yo, hombre de ciencia, necesito declarar, primero: que si la nia
sigue respirando en aquel _medio_... no hay salvacin, pero si se la
saca de all... tal vez haya esperanza; segundo: que es un crimen, un
crimen de lesa humanidad no poner los medios que la ciencia aconseja....
Seor Magistral, usted que es una persona ilustrada, cree usted que la
religin consiste en dejarse morir junto a un albaal? Porque aquello es
una letrina; s seor, una cloaca.

--Ya sabe usted que es una residencia interina. Las Salesas estn
haciendo, como usted sabe, su convento junto a la fbrica de plvora.

--S, ya s; pero cuando el convento est edificado y las mujeres puedan
trasladarse a l, nuestra Rosita habr muerto.

--Seor Somoza, el cario le hace a usted, acaso, ver el peligro mayor
de lo que es.

--Cmo mayor, seor De Pas? Querr usted saber ms que la ciencia? Ya
le he dicho a usted lo que la ciencia opina: segundo: que es un crimen
de lesa humanidad.... Oh! Si yo cogiera al curita que tiene la culpa
de todo esto! Porque aqu anda un cura, seor Magistral, estoy seguro...
y usted dispense... pero ya sabe usted que yo distingo entre clero y
clero; si todos fueran como usted.... A que mi seor don Fermn no
aconseja a ningn padre que tenga cuatro hijas como cuatro soles, que
las haga monjas una por una a todas, como si fueran los carneros de
Panurgo?

El Magistral no pudo menos de sonrer, recordando que los carneros de
Panurgo no haban sido monjas ni frailes. Pero don Robustiano repeta lo
de los carneros de Panurgo, sin saber qu ganado era aquel, como no
saba otras muchas cosas. Ya queda dicho que l no lea libros: le
faltaba tiempo.

Don Fermn pensaba: Sern indirectas las necedades de este majadero?.

--Yo sospecho--continu el doctor--que mi pobre Carraspique est
supeditado a la voluntad de algn fantico, v. gr. el Rector del
Seminario. No le parece a usted que puede ser el seor Escosura, ese
Torquemada _pour rire_, el que ha trado a esta casa tanta desgracia?

--No, seor; no creo que sea ese, ni que haya en esta casa tanta
desgracia como usted dice.

--Van ya dos nias al hoyo!

--Cmo al hoyo?--O al convento, llmelo usted hache.

--Pero el convento no es la muerte; como usted comprende, yo no puedo
opinar en este punto....

--S, s, comprendo y usted dispense. Pero en fin, ya que existen
conventos, seor, que los construyan en condiciones higinicas. Si yo
fuera gobierno, cerraba todos los que no estuvieran reconocidos por la
ciencia. La higiene pblica prescribe....

El seor Somoza expuso latamente varias vulgaridades relativas a la
renovacin del aire, a la calefaccin, aeroterapia y dems asuntos de
folletn semicientfico. Despus volvi a la desgracia de aquella casa.

--Cuatro hijas y dos ya monjas! Esto es absurdo.

--No, seor; absurdo no, porque son ellas las que libremente escogen....

--Libremente! libremente! Rase usted, seor Magistral, rase usted,
que es una persona tan ilustrada, de esa pretendida libertad. Cabe
libertad donde no hay eleccin? Cabe eleccin donde no se conoce ms
que uno de los trminos en que ha de consistir?

Don Robustiano hablaba casi como un filsofo cuando se acaloraba.

--Si a m no se me engaa--continu--; si yo conozco bien esta comedia.
No ve usted, seor mo, que yo las he visto nacer a todas ellas, que
las he visto crecer, que he seguido paso a paso todas las vicisitudes de
su existencia? Ver usted el sistema.

Don Robustiano se sent, y prosigui diciendo:

--Hasta que tienen quince o diecisis aos las hijas de mis primos no
ven el mundo. A los diez o los once van al convento; all sabe Dios lo
que les pasa; ellas no lo pueden decir, porque las cartas que escriben
las dictan las monjas y estn siempre cortadas por el mismo patrn,
segn el cual, aquello es el Paraso. A los quince aos vuelven a
casa; no traen voluntad; esta facultad del alma, o lo que sea, les queda
en el convento como un trasto intil. Para dar una satisfaccin al
mundo, a la opinin pblica, desde los quince a los dieciocho o
diecinueve, se representa la farsa piadosa de hacerles ver el siglo...
por un agujero. Esta manera de ver el mundo es muy graciosa, mi seor
don Fermn. Recuerda usted el convite de la cigea? Pues eso. Las
nias ven el mundo, dentro de la redoma, pero no lo pueden catar. A los
bailes? Dios nos libre. Al teatro? Abominacin. A la novena, al
sermn! y de Pascuas a Ramos un paseto con la mam por el Espoln o el
Paseo de Verano; los ojitos en el suelo; no se habla con nadie; y en
seguida a casa. Despus viene la gran prueba: el viaje a Madrid. All se
ven las fieras del Retiro, el Museo de Pinturas, el Naval, la Armera;
nada de teatros ni de bailes que an son ms peligrosos que en Vetusta:
correr calles, ver mucha gente desconocida, despearse y a casa. Las
nias vuelven a su tierra diciendo de todo corazn que se han aburrido
en la Corte, que su convento de su alma, que cunto ms se divertan
all con las Madres y las compaeras. Vuelta a Vetusta. Un mozalbete se
enamora de cualquiera de las nias... _Vade retro!_ Se le despide con
cajas destempladas. En casa se rezan todas las horas cannicas;
maitines, vsperas... despus el rosario con su coronilla, un
padrenuestro a cada santo de la Corte Celestial; ayunos, vigilias; y
nada de balcn, ni de tertulia, ni de amigas, que son peligrosas.... Eso
s, tocar el piano si se quiere y coser a discrecin. Como artculo de
lujo se permite a las nias que se ran a su gusto con los chistes del
Arcediano, el diplomtico seor Mourelo, alias Glocester. Suelta el buen
mozo torcido una gracia babosa, las nias la ren, al pap se le cae la
baba tambin msero Carraspique! y _tutti contenti_. El Arcediano no es
el cura que hay aqu oculto, no; ese representa la parte contraria, el
demonio o el mundo; pero, como es natural, a las nias les parece que el
atractivo mundanal reducido al gracejo de Mourelo es poca cosa; y, en
cambio, el claustro ofrece goces puros y cierta libertad, s seor,
cierta libertad, si se compara con la vida archimonstica de lo que yo
llamo la Regla de doa Luca, mi prima carnal. Oh, seor de Pas, fcil
victoria la de la Iglesia! Las nias en vista de que Vetusta es andar de
templo en templo con los ojos bajos; Madrid ir de museo en museo
rompindose los pies y tropezando; el hogar un cuartel mstico, con
chistes de cura por todo encanto, resuelven _libremente_ meterse
monjas, para gozar un poco de... de autonoma, como dicen los
liberalotes, que nos dan una libertad parecida a la que gozan las hijas
de Carraspique.

El Magistral oy con paciencia el discurso del mdico y, por decir algo,
dijo:

--No podr usted negar que en esta casa el trato es jovial, franco; a
cien leguas de toda gazmoera.

--Otra farsa! No s quin diablos ha enseado a mi prima esta comedia.
El que entra aqu piensa que es calumnia lo que se cuenta de la rigidez
monstica de este hogar honrado, pero aburrido. Las apariencias engaan.
Esta alegra sin saber por qu, estas bromitas de clerigalla, y usted
dispense, esta tolerancia formal, puramente exterior, sin disimulos para
tapar la boca a los profanos.

El Magistral miraba al mdico con gran curiosidad y algo de asombro.
Cmo aquel hombre de tan escasas luces discurra as en tal materia?
Saba Somoza que era l y nadie ms el _cura oculto_, el jefe
espiritual de aquella casa? Si lo saba cmo le hablaba as? Tambin
los tontos tenan el arte de disimular?.

Entr Carraspique en el saln. Traa los ojos hmedos de recientes
lgrimas. Abraz al Magistral y le suplic fervorosamente que fuese a
las Salesas a ver cmo estaba su hija; l no tena valor para ir en
persona. Don Fermn prometi ir aquel mismo da.

Somoza volvi a describir la falta de _condiciones higinicas_ del
convento.

--Pero qu quieres que haga, primo mo?

--Hijo, yo nada; yo no quiero nada, porque s cmo sois. Pero lo que
digo es lo siguiente: la nia est muy enferma, y no por culpa suya; su
naturaleza era fuerte; en su _constitucin_ no hay vicio alguno; pero no
le da el sol nunca y se la est comiendo la humedad; necesita calor y
no lo tiene; luz y all le falta; aire puro y all se respira la peste;
ejercicio y all no se mueve; distracciones y all no las hay; buen
alimento y all come mal y poco..., pero no importa; Dios est
satisfecho por lo visto. Cul es la perfeccin? La vida entre dos
alcantarillas. El mundo est perdido? Pues vmonos a vivir metiditos en
un... inodoro.

Y como esta palabra, si bien le pareca culta, no expresaba lo que l
quera, sino lo contrario, aadi:

--En un inodoro... que es la _anttesis_--as dijo--de un inodoro.

--En fin, seores--prosigui--ustedes defienden el absurdo y ah no
llega mi paciencia. Resumen; la ciencia ofrece la salud de Rosita con
aires de aldea, all junto al mar; vida alegre, buenos alimentos, carne
y leche sobre todo... sin esto... no respondo de nada.

Cogi el sombrero y el bastn de puo de oro; salud con una cabezada al
Magistral y sali murmurando:

--A lo menos San Simen Estilita estaba sobre una columna, pero no era
una columna... de este orden; no era un estercolero.

Doa Luca se present y con un gesto displicente contest a las
palabras de su primo que haba odo desde lejos:

--Es un loco, hay que dejarle.--Pero nos quiere mucho--advirti
Carraspique.

--Pero es un loco... hacindole favor.

El Magistral, con buenas palabras, vino a decir lo mismo. No haba que
hacer caso de Somoza; era un sectario. Ciertamente, el convento
provisional de las Salesas no era buena vivienda, estaba situado en un
barrio bajo, en lo ms hondo de una vertiente del terreno, sin sol;
all desahogaban las mal construidas alcantarillas de gran parte de la
Encimada, y, en efecto, en algunas celdas la humedad traspasaba las
paredes, y haba grietas; no caba negar que a veces los olores eran
insufribles; tales miasmas no podan ser saludables. Pero todo aquello
durara poco; y Rosita no estaba tan mal como el mdico deca. El de las
monjas aseguraba que no, y que sacarla de all, sola, separarla de sus
queridas compaeras, de su vida regular, hubiera sido matarla.

Despus don Fermn consider la cuestin desde el punto de vista
religioso. Haba algo ms que el cuerpo. Aquellos argumentos puramente
humanos, mundanos, que se podan oponer a Somoza y otros como l, eran
lo de menos. Lo principal era mirar si haba escndalo en precipitarse y
tomar medidas que alarmasen a la opinin. Por culpa de ellos, por culpa
de un excesivo cario, de una extremada solicitud, podan dar pbulo a
la maledicencia. Qu esperaban sino eso los enemigos de la Iglesia? Se
dira que el convento de las Salesas era un matadero; que la religin
conduca a la juventud lozana a aquella letrina a pudrirse.... Se
diran tantas cosas! No, no era posible tomar todava ninguna medida
radical. Haba que esperar. Por lo dems, l ira a ver a Sor
Teresa....

--S, don Fermn, por Dios!--exclam doa Luca, juntando las
manos--segura estoy de que recobrar la salud aquella querida nia, si
usted le lleva el consuelo de su palabra.

No se atreva a llamarla su hija. La crea de Dios, slo de Dios.

Despus se habl de otra cosa. Aunque no se haba tratado nunca
directamente del asunto, se haba convenido, por un acuerdo tcito, que
las dos nias ltimas no seran monjas, a no haber en ellas una vocacin
superior a toda resistencia prudente y moderada. Este implcito convenio
era una imposicin de la conciencia, o del miedo a la opinin del mundo.
La mayor de aquellas dos nias tena un pretendiente. El Magistral vena
a desahuciarlo. Era un impo.

--Un impo Ronzal? Su amigo de usted!--se atrevi a decir Carraspique.

--S; don Francisco, mi amigo; pero lo primero es lo primero. Yo
sacrifico al amigo tratndose de la felicidad de su hija de ustedes.

Una lgrima de las pocas que tena rod por el rostro de la seora de la
casa. Ms esttico y ms simtrico hubiera sido que las lgrimas fueran
dos; pero no fue ms que una; la del otro ojo debi de brotar tan
pequea, que la sequedad de aquellos prpados, siempre enjutos, la trag
antes que asomara.

La lgrima era de agradecimiento. El Magistral les sacrificaba el
nombre y hasta la conveniencia de un amigo, de un gran amigo, de un
defensor, de un partidario suyo, de todo un Ronzal el diputado. Bien
haca ella en entregar las llaves del corazn y de la conciencia a tal
hombre, a aquel santo, pensara mejor.

Ronzal, alias Trabuco, aspiraba a la mano de una Carraspique, fuere cual
fuere, porque su presupuesto de gastos aumentaba y el de ingresos
disminua; y don Francisco de Ass era un millonario que educaba muy
bien a sus hijas. Pero el Magistral tena otros proyectos.

--Un impo Ronzal?--pregunt asustado Carraspique.

--S, un impo... relativamente. No basta que la religin est en los
labios, no basta que se respete a la Iglesia y hasta se la proteja; en
la poltica y en el trato social es necesario contentarse con eso muchas
veces, en los tiempos tristes que alcanzamos, pero eso es otra cosa.
Ronzal, comparado con otros... con Mesa, por ejemplo, es un buen
cristiano; aun el mismo Mesa, que al cabo no se ha separado de la
Iglesia, es catlico, religioso... comparado con don Pompeyo Guimarn el
ateo. Pero ni Mesa, ni Ronzal son hombres de fe y menos de piedad
suficiente.... Dara usted una hija a don lvaro?

--Antes muerta!--Pues Ronzal, aunque se llama conservador y quiere la
unidad catlica y otros principios que contiene nuestra poltica, no es
buen cristiano, no lo es como se necesita que lo sea el marido de una
Carraspique.

Aquel calor con que defenda los intereses espirituales de la familia,
les llegaba al alma a los amos de la casa.

Ronzal fue desahuciado. El Magistral habl todava de otros asuntos.
Haba que hacer nuevos desembolsos. Limosnas, grandes limosnas para
Roma; para las Hermanitas de los pobres, que iban a comprar una casa;
limosna para la Santa Obra del Catecismo; limosna para la novena de la
Concepcin, porque habra que pagar caro un predicador, jesuita, que
vendra de lejos. Era mucho, s; pero si los buenos catlicos que
todava tenan algo no se sacrificaban qu sera de la fe? Si otros
pudieran!.

Suspir doa Luca al or esto. Haba comprendido. El Magistral quera
decir que si l fuese rico, su dinero sera de San Pedro y de las
instituciones piadosas. Y pensar que haba quien calumniaba a aquel
santo suponindole cargado de oro!.

Don Fermn antes de salir de aquella casa, donde su imperio no tena
lmites, volvi a prometer una visita a las Salesas.

Pero no haba que alarmarse, ni perder la paciencia.

--En el ltimo trance, se atrevi a decir cuando ya lo crey oportuno,
suceda lo que Dios quiera; si es preciso sufrir por bien de la fe una
prueba terrible, se sufrir; porque el nombre de cristiano obliga a eso
y a mucho ms.

All don Fermn no deca que la virtud era fcil.

Era poco menos que imposible. La salvacin se consegua a costa de mucho
padecer, y la alcanzaban muy pocos. La voz del Magistral en el estilo
terrorista no era menos dulce que cuando sus ideas eran tambin melosas.
La de salvacin sonaba como la flauta del dios Pan; al decir Dios
misericordioso pero justo aquella lengua imitaba el susurro del aura
entre las flores....

Nunca hablaba del fuego del Infierno a los Carraspique. Eran tormentos
de la conciencia los que les ofreca para el caso probable de no
salvarse, a pesar de tantos disgustos.

Doa Luca encontraba a don Fermn algo flojo aquella maana. No hablaba
con la sublime uncin de otras veces. Su pesimismo piadoso le sala a
duras penas de los labios. Not la buena seora que su director
espiritual hablaba como quien piensa en otra cosa.

Sali el Magistral.

Cuando se vio solo en el portal, sin poder contenerse, descarg un
puetazo sobre el pasamano de mrmol del ltimo tramo de la suntuosa
escalera.

--No hay remedio, no hay remedio!--dijo entre dientes--no he de
empezar ahora a vivir de nuevo. Hay que seguir siendo el mismo.

Otros das, al salir de aquella casa haba gozado el placer fuerte,
picante, del orgullo satisfecho; el dominio de las almas, que all
ejerca en absoluto, le daba al amor propio una dulce complacencia....
Pero ahora, nada de eso. No sala contento. Haba procurado abreviar la
visita suprimiendo palabras en sus piadosas arengas.

Aquel idiota de don Robustiano le haba puesto de mal humor. Eso deba
de ser.

Necesitaba arrojar la careta, dar rienda suelta a su mal nimo, pisar
algo con ira.... Se dirigi a _Palacio_.

As se llamaba por antonomasia el del Obispo. Sumido en la sombra de la
Catedral, ocupaba un lado entero de la plazuela hmeda y estrecha que
llamaban La Corralada. Era el palacio un apndice de la Baslica,
coetneo de la torre, pero de peor gusto, remendado muchas veces en el
siglo pasado y el presente. Con emplastos de cal y sinapismos de barro
pareca un invlido de la arquitectura; y la fachada principal,
renovada, recargada de adornos churriguerescos, sobre todo en la puerta
y el balcn de encima, le daba un aspecto grotesco de viejo verde.

El Magistral dej atrs el zagun, grande, fro y desnudo, no muy
limpio; cruz un patio cuadrado, con algunas acacias raquticas y
parterres de flores mustias; subi una escalera cuyo primer tramo era de
piedra y los dems de castao casi podrido; y despus de un corredor
cerrado con mampostera y ventanas estrechas, encontr una antesala
donde los familiares del Obispo jugaban al tute. La presencia del
Provisor interrumpi el juego. Los familiares se pusieron de pie y uno
de ellos hermoso, rubio, de movimientos suaves y ondulantes, de
pulqurrimo traje talar, perfumado, abri una mampara forrada de damasco
color cereza. De lo mismo estaba tapizada toda la estancia que se vio
entonces y que atraves De Pas sin detenerse.

--Dnde estar, don Anacleto?

--Creo que tiene visitas--respondi el paje--. Unas seoras....

--Qu seoras? Don Anacleto encogi los hombros con mucha gracia y
sonri.

Don Fermn vacil un momento, dio un paso atrs; pero en seguida volvi
a adelantarlo y abri una puerta de escape por donde desapareci.

Despus de cruzar salas y pasadizos lleg al _saln claro_, como se
llamaba en Palacio el que destinaba el Obispo a sus visitas
particulares. Era un rectngulo de treinta pies de largo por veinte de
ancho, de techo muy alto cargado de artesones platerescos de nogal
obscuro. Las paredes pintadas de blanco brillante, con medias caas a
cuadros doradas y estrechas, reflejaban los torrentes de luz que
entraban por los balcones abiertos de par en par a toda aquella alegra.
Los muebles forrados de damasco amarillo, barnizados de blanco tambin,
de un lujo anticuado, bonachn y simptico, rean a carcajadas, con sus
contorsiones de madera retorcida, ora en curvas panzudas, ora en
columnas salomnicas. Los brazos de las butacas parecan puestos en
jarras, los pies de las consolas hacan piruetas. No haba estera ni
alfombra, a no contar la que renda homenaje al sof; era de moqueta y
representaba un canastillo de rosas encarnadas, verdes y azules. Era el
gusto de S. I. De las paredes del Norte y Sur pendan sendos cuadros de
Cenceo, pero retocados con colores chillones que daban gloria; los
otros muros los adornaban grandes grabados ingleses con marco de bano.
All estaban Judit, Ester, Dalila y Rebeca en los momentos crticos de
su respectiva historia. Un Cristo crucificado de marfil, sobre una
consola, delante de un espejo, que lo retrataba por la espalda, miraba
sin quitarle un ojo a su Santa Madre de mrmol, de doble tamao que l,
colocada sobre la consola de enfrente. No haba ms santos en el saln
ni otra cosa que revelase la morada de un mitrado.

El Ilustrsimo Seor don Fortunato Camoirn, Obispo de Vetusta, dejaba
al Provisor gobernar la dicesis a su antojo; pero en su saln no haba
de tocar. Por esto haban valido poco las amonestaciones de don Fermn
para que Fortunato se abstuviese de adornar los balcones con jaulas
pobres, pero alegres, en que saltaban y alborotaban aturdiendo al mundo,
jilgueros y canarios, que en honor de la verdad, parecan locos.

--Gracias que no llevo mis pjaros a la catedral para que canten el
Gloria cuando celebro de Pontifical. Cuando yo era prroco de las
Veguellinas, jilgueros y alondras y hasta pardales cantaban y silbaban
en el coro y era una delicia orlos.

Fortunato era un santo alegre que no poda ver una irreverencia donde se
poda admirar y amar una obra de Dios.

Glocester, el maquiavlico Arcediano, opinaba que el Obispo--pero este
era su secreto--no estaba a la altura de su cargo.

--No basta ser bueno--deca--para gobernar una dicesis. Ni los
poetas sirven para ministros, ni los msticos para Obispos.

Esta opinin era la ms corriente entre el clero del Obispado. Los
seores de la junta carlista crean lo mismo. Jams haban podido
contar para nada con el Obispo!

Qu resultaba de aquella excesiva piedad? Que S. I. se abandonaba en
brazos del Provisor para todo lo referente al gobierno de la dicesis.
Esto, segn unos, era la perdicin del clero y el culto, segn otros una
gran fortuna; pero todos convenan en que el bueno de Camoirn no tena
voluntad.

Era cierto que haba aceptado la mitra a condicin de escoger, sin que
valieran recomendaciones, una persona de su confianza en quien depositar
los cuidados del gobierno eclesistico. El Magistral era sin duda el
hombre de ms talento que l haba conocido. Adems, doa Paula, cuando
su hijo era un humilde seminarista, haba servido en calidad de ama de
llaves a Camoirn, a la sazn cannigo de Astorga. Desde entonces
aquella mujer de hierro haba dominado al pobre santo de cera. El hijo,
ayudado por la madre, continu la tirana, y, como decan ellos, le
tenan en un puo. Y l estaba as muy contento.

Cmo haba llegado a Obispo? En una poca de nombramientos de intriga,
de complacencias palaciegas, para aplacar las quejas de la opinin se
busc un santo a quien dar una mitra y se encontr al cannigo Camoirn.

Lleg a Vetusta echando bendiciones y recibindolas del pueblo. Con gran
escndalo de su corazn sencillo y humilde se contaban maravillas de su
virtud y casi le atribuyeron milagros. En cierta ocasin, cuando haca
su visita a las parroquias de los vericuetos, en el rin de la montaa,
jinete en un borrico, bordeando abismos, entre la nieve, se le present
una madre desesperada con su hijo en los brazos. Una vbora haba
mordido al nio.

--Slvamelo, slvamelo!--gritaba la madre, de rodillas, cerrando el
paso al borrico.

--Si yo no s! si yo no s!--gritaba el Obispo desesperado, temiendo
por la vida del angelillo.

--S, s, t que eres santo!--replicaba la madre con alaridos.

--El cauterio! el cauterio! pero yo no s...

--Un milagro! un milagro!...--repeta la madre.

La vida de Fortunato la ocupaban cuatro grandes cuidados: el culto de la
Virgen, los pobres, el plpito y el confesonario.

Tena cincuenta aos, la cabeza llena de nieve, y su corazn todava se
abrasaba en fuego de amor a Mara Santsima. Desde el seminario, y ya
haba llovido despus, su vida haba sido una oda consagrada a las
alabanzas de la Madre de Dios. Saba mucha teologa, pero su ciencia
predilecta consista en la doctrina de los Misterios que se refieren a
la Mujer _sine labe concepta_. De memoria hubiera podido repetir cuanto
han dicho los Santos Padres y los Msticos en honor de la Virgen, y
saba alabarla en estilo oriental, con metforas tomadas del desierto,
del mar, de los valles floridos, de los montes de cedros; en estilo
romntico--que irritaba al Arcipreste--y en estilo familiar con frases
de cario paternal, filial y fraternal.

Tena escritos cinco libros, que primero se vendan a peseta y despus
se regalaban, titulados as: _El Rosal de Mara_ (en verso)--_Flores de
Mara_--_La devocin_ _de la Inmaculada_--_El Romancero de Nuestra
Seora_--_La Virgen y el dogma_.

Nunca se le haba aparecido la Reina del Cielo, pero consuelos se los
daba a manos llenas; y el espritu se lo inundaba de luz y de una
alegra que no podan obscurecer ni turbar todas las desdichas del
mundo, al menos las que l haba padecido.

En limosnas se le iba casi todo el dinero que le daba el gobierno y
mucho de lo que l haba heredado. Pero ay del sastre si le quera
engaar cobrndole caros los remiendos de sus pantalones! No saba l
lo que eran remiendos? No haba zurcido su ropa y cosido botones S. I.
muchas veces? En cuanto al zapatero, que era de los ms humildes,
aguzaba el ingenio para que las piezas y medias suelas que pona a los
zapatos del Obispo estuvieran bien disimuladas.

--Pero, seor--gritaba el ama de llaves, doa rsula, heredera en el
cargo de doa Paula--; si usted pide milagros. Cmo no se han de
conocer las puntadas? Compre usted unos zapatos nuevos, como Dios manda,
y ser mejor.

--Y quin te dice a ti, bachillera, que Dios manda comprar zapatos
nuevos mientras el prjimo anda sin zapatos? Si ese remendn supiera su
oficio, pareceran estos una gloria.

El Obispo tena sus motivos para exigir que los remiendos del calzado no
se conocieran. El Provisor todos los das le pasaba revista, como a un
recluta, mirndole de hito en hito cuando le crea distrado: y si
notaba algn descuido de indumentaria que acusara pobreza indigna de un
mitrado, le reprenda con acritud.

--Esto es absurdo--deca De Pas--. Quiere usted ser el Obispo de _Los
miserables_, un Obispo de libro prohibido? Hace usted eso para darnos
en cara a los dems que vamos vestidos como personas decentes y como
exige el decoro de la Iglesia? Cree usted que si todos luciramos
pantalones remendados como un afilador de navajas o un limpia-chimeneas,
llegara la Iglesia a dominar en las regiones en que el poder habita?

--No es eso, hijo mo, no es eso--responda el Obispo sofocado, con
ganas de meterse debajo de tierra.

Si es una gloria veros vestidos de nuevo; si as debe ser; si ya lo s.
Crees t que no gozo yo mirndoos a ti y a don Custodio y al primo del
ministro, tan buenos mozos, tan relucientes, tan lechuguinos con vuestro
sombrero de teja cortito, abierto, felpudo...?, pues ya lo creo... si
eso es una bendicin de Dios; si as debe ser.... Pero sabes t quin
es Rosendo? Es un grandsimo pillo que me pide tres pesetas por unas
medias suelas, y ni siquiera tapa un agujerito que le puede salir a la
piel.... Estos son nuevos, palabra de honor que son nuevos, pero se ren;
qu le hemos de hacer si tienen buen humor?

Durante algunos aos Fortunato haba sido el predicador de moda en
Vetusta. Su antecesor rara vez suba al plpito, y el verle a l en la
ctedra del Espritu Santo casi todos los das, despert la curiosidad
primero, despus el inters y hasta el entusiasmo de los fieles. Su
elocuencia era espontnea, ardiente; improvisaba; era un orador
verdadero, vala ms que en el papel, en el plpito, en la ocasin.
Hablaba de repente, llamas de amor mstico suban de su corazn a su
cerebro, y el plpito se converta en un pebetero de poesa religiosa
cuyos perfumes inundaban el templo, penetraban en las almas. Sin pensar
en ello, Fortunato posea el arte supremo del escalofro; s, los senta
el auditorio al or aquella palabra de uncin elocuente y santa. La
caridad en sus labios era la necesidad suprema, la belleza suma, el
mayor placer. Cuando Fortunato bajaba de la ctedra deseando a todos la
gloria por los siglos de los siglos, la uncin del prelado corra por el
templo como una influencia magntica; pareca que si se tocaban los
cuerpos iban a saltar chispas de caridad elctrica; el entusiasmo, la
conversin, se lean en miradas y sonrisas; en aquellos momentos los
vetustenses tomaban en serio lo de ser todos hermanos.

Pero esto haba sido al principio. Despus... el pblico empez a
cansarse. Decan que el Obispo _se prodigaba demasiado_. El Magistral
no se prodigaba.

--Estudia ms los sermones--decan unos.

--Es ms profundo, aunque menos ardiente.

--Y ms elegante en el decir.--Y tiene mejor figura en el plpito.

--El Magistral es un artista, el otro un apstol.

Haca mucho tiempo que Glocester, el Arcediano, no se explicaba por qu
gustaba el Obispo como predicador. l confesaba que no entenda
aquello. Era demasiado florido. Para Glocester no pasaba de _mera
retrica_ aquello de abrasarse en amor del prjimo. Le sonaba a hueco.

--Y el dogma? Y la controversia? El Obispo nunca hablaba mal de
nadie; para l como si no hubiera un grosero materialismo ni una hidra
revolucionaria, ni un satnico _non serviam_ librepensador.

En concepto de Glocester, Camoirn haba comenzado a desacreditarse en
los _sermones de la Audiencia_. Todos los viernes de Cuaresma la Real
Audiencia Territorial pagaba y oa con religiosa atencin o mstica
somnolencia un sermn que alguna notabilidad del plpito vetustense
predicaba en Santa Mara, la iglesia antiqusima.

--Pues bien--deca Glocester--all no se habla por hablar, ni lo
primero que viene a la boca; all no basta abrasarse en fuego divino; es
necesario algo ms, so pena de ofender la ilustracin de aquellos
seores. Se habla a jurisconsultos, a hombres de ciencia, seor mo, y
hay que tentarse la ropa antes de subir a la ctedra sagrada. El Obispo
haba hablado a los _seores del margen_, a la Audiencia Territorial ni
ms ni menos mal que al comn de los fieles.

El actual regente--que no era Quintanar--haba dicho, en confianza, a un
oidor que _el sermn no tena miga_. El oidor haba corrido la noticia,
y el fiscal se atrevi a decir que el Obispo no se iba al grano.

Para irse al grano Glocester. Aquel mismo ao en que Fortunato lo haba
hecho tan mal, en concepto de los seores magistrados, se luci en su
sermn de viernes el sinuoso Arcediano. Ya lo anunciaba l muchos das
antes.

--Seores, no llamarse a engao; a m hay que leerme entre lneas; yo
no hablo para criadas y soldados; hablo para un pblico que sepa... eso,
leer entre lneas.

La musa de Glocester era la irona. Aquel viernes memorable, Mourelo se
present en el plpito sonriente, como sola (ocho das antes se haba
desacreditado el Obispo), salud al altar, salud a la Audiencia y se
dign saludar al catlico auditorio. Su mirada escudri los rincones de
la Iglesia para ver si, conforme le haban anunciado, algn
libre-pensadorzuelo de Vetusta, de esos que estudian en Madrid y vuelven
podridos, estaba oyndole. Vio dos o tres que l conoca, y pens: Me
alegro; ahora veris lo que es bueno. El regente--que no era
Quintanar--con el entrecejo arrugado y la toga tersa, sentado en medio
de la nave en un silln de terciopelo y oro, contemplaba al predicador,
preparndose a separar el grano de la paja, dado que hubiera de todo.
Otros magistrados, menos inclinados a la crtica, se disponan a dormir
disimuladamente, valindose de recursos que les suministraba la
experiencia de estrados.

Glocester se fue al grano en seguida. La antfrasis, el eufemismo, la
alusin, el sarcasmo, todos los proyectiles de su retrica, que l crea
solapada y hbil, los arroj sobre el impo Arouet, como l llamaba a
Voltaire siempre. Porque Mourelo andaba todava a vueltas con el pobre
Voltaire; de los modernos impos saba poco; algo de Renan y de algn
apstata espaol, pero nada ms. Nombres propios casi ninguno: el
grosero materialismo, el asqueroso sensualismo, los cerdos de los
establos de Epicuro y otras colectividades as hacan el gasto; pero
nada de Strauss ni de las luchas exegticas de Tubinga y Gtinga: amigo,
esto quedaba para el Magistral, con no poca envidia de Glocester.

Voltaire, y a veces el extraviado filsofo ginebrino, pagaban el pato.
Pero no; otro caballo de batalla tena el Arcediano: el paganismo, la
antigua idolatra. Aquel da, el viernes, estuvo oportunsimo burlndose
de los egipcios. Al regente le cost trabajo contener la risa, que
procuraba excitar Glocester.

Aquellos grandsimos puercos que adoraban gatos, puerros y cebollas, le
hacan mucha gracia al orador sagrado. Con qu sandunga les tomaba el
pelo a los egipcios!, segn expresin de Joaquinito Orgaz, religioso
por buen tono y que crea sinceramente que era un disparate la
idolatra.

--S, Seor Excelentsimo, s, catlico auditorio, aquellos habitantes
de las orillas del Nilo, aquellos ciegos cuya sabidura nos mandan
admirar los autores impos, adoraban el puerro, el ajo, la cebolla.
_Risum teneatis! Risum teneatis!_ repeta encarndose con el perro
de San Roque, que estaba con la boca abierta en el altar de enfrente. El
perro no se rea.

Cerca de media hora estuvo abrumando a los Faraones y sus sbditos con
tales cuchufletas. Dnde tenan la cabeza aquellos hombres que
adoraban tales inmundicias?.

Ronzal, Trabuco, que admir aquel sermn, dos meses despus sacaba
partido de las citas de Glocester en las discusiones del Casino, y
deca:

--Seores, lo que sostengo aqu y en todos los terrenos, es que si
proclamamos la libertad de cultos y el matrimonio civil, pronto
volveremos a la idolatra, y seremos como los antiguos egipcios,
adoradores de Isis y _Busilis_; una gata y un perro segn creo.

El regente opin, y con l toda la Territorial, que el seor Mourelo,
arcediano, haba estado a mayor altura que el seor Obispo. Esto cundi
por las tertulias, corrillos y paseos, y cuantos pretendan pasar plaza
de personas instruidas, lamentaron que no hubiera ms fondo en los
sermones del prelado, que no se preparase y que _se prodigara tanto_.

Al cabo, la opinin lleg a decir esto, aunque ya sin el visto bueno de
Glocester:

--Que haba que desengaarse; el verdadero predicador de Vetusta era el
Magistral.

Pronto fue tal opinin un lugar comn, una frase hecha, y desde entonces
la fama del Obispo como orador se perdi irremisiblemente. Cuando en
Vetusta se deca algo por rutina, era imposible que idea contraria
prevaleciese.

Y as, fue en vano que en cierto sermn de Semana Santa Fortunato
estuviera sublime al describir la crucifixin de Cristo.

Era en la parroquia de San Isidro, un templo severo, grande; el recinto
estaba casi en tinieblas; tinieblas como reflejadas y multiplicadas por
los paos negros que cubran altares, columnas y paredes; slo all, en
el tabernculo, brillaban plidos algunos cirios largos y estrechos,
lamiendo casi con la llama los pies del Cristo, que goteaban sangre; el
sudor pintado reflejaba la luz con tonos de tristeza. El Obispo hablaba
con una voz de trueno lejano, sumido en la sombra del plpito; slo se
vea de l, de vez en cuando, un reflejo morado y una mano que se
extenda sobre el auditorio. Describa el crujir de los huesos del pecho
del Seor al relajar los verdugos las piernas del mrtir, para que
llegaran los pies al madero en que iban a clavarlos. Jess se encoga,
todo el cuerpo tenda a encaramarse, pero los verdugos forcejeaban;
ellos venceran. Dios mo! Dios mo!, exclamaba el Justo, mientras
su cuerpo dislocado se rompa dentro con chasquidos sordos. Los verdugos
se irritaban contra la propia torpeza; no acababan de clavar los pies....
Sudaban jadeantes y maldicientes; su aliento manchaba el rostro de
Jess.... Y era un Dios! el Dios nico, el Dios de ellos, el nuestro,
el de todos! Era Dios!... gritaba Fortunato horrorizado, con las manos
crispadas, retrocediendo hasta tropezar con la piedra fra del pilar;
temblando ante una visin, como si aquel aliento de los sayones hubiese
tocado su frente, y la cruz y Cristo estuvieran all, suspendidos en la
sombra sobre el auditorio, en medio de la nave. La inmensa tristeza, el
horror infinito de la ingratitud del hombre matando a Dios, absurdo de
maldad, los sinti Fortunato en aquel momento con desconsuelo inefable,
como si un universo de dolor pesara sobre su corazn. Y su ademn, su
voz, su palabra supieron decir lo indecible, aquella pena. l mismo,
aunque de lejos, y como si se tratara de otro, comprendi que estaba
siendo sublime; pero esta idea pas como un relmpago, se olvid de s,
y no qued en la Iglesia nadie que comprendiera y sintiera la elocuencia
del apstol, a no ser algn nio de imaginacin fuerte y fresca que por
vez primera oa la descripcin de la escena del Calvario.

A las pausas elocuentes, cargadas de efectos patticos, a que obligaba
al Obispo la fuerza de la emocin, contestaban abajo los suspiros de
ordenanza de las beatas, plebeyas y aldeanas, que eran la mayora del
auditorio. Eran los sollozos indispensables de los das de Pasin, los
mismos que se exhalaban ante un sermn de cura de aldea, mitad suspiros,
mitad eruptos de la vigilia.

Las seoras no suspiraban; miraban los devocionarios abiertos y hasta
pasaban hojas. Los inteligentes opinaban que el prelado se haba
descompuesto, tal vez se haba perdido. Aquello era sacar el Cristo.
El plpito no era aquello. Glocester, desde un rincn, se escandalizaba
para sus adentros. Pero _eso_ es un cmico! pensaba; y pensaba
repetirlo en saliendo. Crea haber encontrado una frase: Pero _eso_ es
un cmico!.

El Magistral no era cmico, ni trgico, ni pico. No le gustaba sacar
el Cristo. En general prescinda en sus sermones de la epopeya
cristiana y pocas veces predic en la Semana de Pasin. Rehua los
lugares comunes, segn don Saturnino Bermdez. La verdad era que De
Pas no tena en su imaginacin la fuerza plstica necesaria para pintar
las escenas del Nuevo Testamento con alguna originalidad y con vigor.
Cada vez que necesitaba repetir lo de: _Y el verbo se hizo carne_ en
lugar del pesebre y el Nio Dios vea, dentro del cerebro, las letras
encarnadas del Evangelio de San Juan, en un cuadro de madera en medio de
un altar: _Et Verbum caro factum est_.

En cierta poca, cuando era joven, al pensar en estas cosas la duda le
haba atormentado tantas veces con punzadas de remordimiento, si quera
figurarse la vida de Jess, que ya tena miedo de tales imgenes; hua
de ellas, no quera quebraderos de cabeza. Bastante tena l en qu
pensar. Era un iconoclasta para sus adentros. Le faltaba el gusto de
las artes plsticas; y, sin atreverse a decirlo, opinaba que los
cuadros, aunque fuesen de grandes pintores, profanaban las iglesias. Del
dogma le gustaba la teologa pura, la abstraccin, y al dogma prefera
la moral. La vocacin de la filosofa teolgica y el prurito de la
controversia haban nacido ya en el seminario; su espritu se haba
empapado all de la pasin de escuela, que suple muchas veces al
entusiasmo de la verdadera fe. La experiencia de la vida haba
despertado su aficin a los estudios morales. Lea con deleite los
_Caracteres de La Bruyre_; de los libros de Balmes slo admiraba _El
Criterio_ y--quien se lo hubiera dicho al seor Carraspique!--en las
novelas, prohibidas tal vez, de autores contemporneos, estudiaba
costumbres, temperamentos, buscaba observaciones, comparando su
experiencia con la ajena.

Cuntas veces sonrea el Magistral con cierta lstima al leer en un
autor impo las aventuras ideales de un presbtero! Qu de escrpulos!
qu de sinuosidades! cuntos rodeos para pecar! y despus qu de
remordimientos! Estos liberales--aada para s--ni siquiera saben tener
mala intencin. Estos curas se parecen a los mos como los reyes de
teatro se parecen a los reyes.

Los sermones de don Fermn tenan por asunto casi siempre o la lucha con
la impiedad moderna, la controversia de actualidad, o los vicios y
virtudes y sus consecuencias. l prefera esta ltima materia. De vez en
cuando, para conservar su fama de sabio entre las _personas ilustradas_
de Vetusta, la emprenda con los infieles y herejes. Pero no se
remontaba a los egipcios, ni siquiera a Voltaire. Los herejes que
descuartizaba el Magistral eran frescos. Atacaba a los protestantes; se
burlaba con gracia de sus discusiones, buscaba con arte el lado flaco de
sus doctrinas y de su disciplina eclesistica. Describiendo a veces los
Consistorios de Berln haca pensar al auditorio: Pero aquellos
desgraciados estn locos!.

No era su afn pintar a los enemigos como criminales encenagados en el
error, que es delito, sino como duros de mollera. La vanidad del
predicador comunicaba luego con la de sus oyentes y se haca una sola;
naca el entusiasmo cordial, magntico de dos vanidades conformes.

Lstima que tantos y tantos millones de hombres como viven en las
tinieblas de la idolatra, de la hereja, etc., no tuviesen el talento
natural de los vetustenses apiados en el crucero de la catedral,
alrededor del pblico! La salvacin del mundo sera un hecho.

El empeo constante del Magistral en la _ctedra_ era demostrar
matemticamente la verdad del dogma. Prescindamos por un momento del
auxilio de la fe, ayudmonos slo de nuestra razn.... Ella basta para
probar.... Gran inters pona en que la razn bastase! La razn no
explica los misterios, es verdad: pero explica que no se
expliquen.--Esto es mecnico, repeta, descendiendo gustoso al estilo
familiar. En tales momentos su elocuencia era sincera; cuando traa
entre ceja y ceja un argumento, cuando se esforzaba en demostrar por su
_a+b_ teolgico-racional cualquier artculo de fe, hablaba con calor,
con entusiasmo. Entonces, slo entonces se descompona un poco; dejaba
los ademanes acompasados, suaves, acadmicos, y encoga las piernas, se
bajaba como un cazador en acecho, para disparar sobre el argumento
contrario, daba palmadas rpidas, sin medida sobre el plpito, se
arrugaba su frente, se erizaban las puntas de acero que tena en los
ojos, y la voz se transformaba en trompeta desapacible y algo ronca....
Pero ay! esto era perderse. _Su_ pblico no entenda aquello... y De
Pas volva a ser quien era, se ergua, doblaba las puntas de acero y
tornaba a descargar citas sobre los abrumados vetustenses, que salan de
all con jaqueca y diciendo:

Qu hombre! qu sabidura! cundo aprender estas cosas? Sus das
deben de ser de cuarenta y ocho horas!.

Las damas, aunque admiraban tambin aquello de que Renan copia a los
alemanes, y lo de que no hay ms sabios que el P. Secchi y otros cinco o
seis jesuitas, con lo dems de Gtinga y de Tubinga y lo del
orientalista Oppert, etc., etc., preferan or al Magistral en sus
_sermones de costumbres_ y l tambin prefera agradar a las seoras.
Si en los asuntos dogmticos buscaba el auxilio de _la sana razn_, en
los temas de moral iba siempre a parar a la utilidad. La salvacin era
un negocio, el gran negocio de la vida. Pareca un Bastiat del plpito.
El inters y la caridad son una misma cosa. Ser bueno es _entenderla_.
Los muchos indianos que oan al Magistral sonrean de placer ante
aquellas frmulas de la salvacin.

Quin se lo hubiera dicho! despus de haber hecho su fortuna en
Amrica, ahora en el _pas natal_, sin moverse de casa, podan ganar
fcilmente el cielo. Haban nacido de pies!. Segn De Pas, los
malvados eran otros tontos, como los herejes. Y tambin aquello era
mecnico, tambin lo demostraba por _a+b_. Pintaba a veces, con rasgos
dignos de Molire o de Balzac, el tipo del avaro, del borracho, del
embustero, del jugador, del soberbio, del envidioso, y despus de las
vicisitudes de una existencia msera resultaba siempre que _lo peor era
para l_.

Su estudio ms acabado era el del joven que se entrega a la lujuria. Le
presentaba primero fresco, colorado, alegre, como una flor, lleno de
gracia, de sueos de grandezas, esperanza de los suyos y de la patria...
y despus, seco, fro, hastiado, mustio, intil.

Casi siempre se olvidaba de decir la que les esperaba a las vctimas del
vicio en el otro mundo. Aquella moral utilitaria la entendan las
seoras y los indianos perfectamente. El resumen que hacan de ella en
sus adentros era este:

Guarda Pablo!. Qu razn tiene!, pensaban muchas damas al orle
hablar del adulterio. Las ms de estas eran _mujeres honradas_ que no
haban sido adlteras, que no haban hecho ms que _tontear, como
todas_. En ocasiones se les figuraba a las apasionadas de don Fermn que
el imprudente contaba desde el plpito lo que ellas le haban dicho en
el confesonario.

Tambin en el tribunal de la penitencia haba derrotado el Provisor al
Obispo.

Cuando Camoirn lleg a Vetusta, se vio acosado por el _bello sexo_ de
todas las clases: todas queran al Obispo por padre espiritual. Pero en
el confesonario se desacredit antes que en el plpito. Era tan soso! Y
tena la manga muy estrecha y sin gracia. Preguntaba poco y mal. Hablaba
mucho y a todas les deca casi lo mismo. Adems, era demasiado
madrugador y ni siquiera guardaba consideraciones a las seoras
delicadas. Se pona en el confesonario al ser de da.

Se le fue dejando poco a poco. Aquello de tener que mezclarse en la
capilla de la Magdalena (del trasaltar) con multitud de criadas y beatas
pobres, tena poca gracia. Y el Obispo las iba llamando por _rigorosa
antigedad_, como en una peluquera, sin tener en cuenta si eran amas o
criadas. Era demasiado _hacer el apstol_. Se le dej.

Pronto se vio rodeado nada ms de populacho madrugador. Canteros,
albailes, zapateros y armeros carlistas, beatas pobres, criadas tocadas
de misticismo ms o menos autntico, chalequeras y ribeteadoras, este
fue su pueblo de penitentes bien pronto. Por eso l se quejaba, muy
afligido, de las malas costumbres y de los muchos nacimientos ilegtimos
que deba de haber, segn su cuenta. Si tratara con seoritas!.

En una ocasin lleg a decirle al Gobernador civil:

--Hombre, no estara en sus atribuciones de usted prohibir el paseo de
la zapatilla?

Aluda el Obispo al paseo de los artesanos en el _Boulevard_, entre luz
y luz.

Crea que de all y de los bailes peseteros del teatro naca la
corrupcin creciente de Vetusta.

As era el buen Fortunato Camoirn, prelado de la dicesis exenta de
Vetusta la muy noble ex-corte; aquel humilde Obispo a quien el Provisor
en cuanto entr en el saln reprendi con una mirada como un rayo.

El Obispo estaba sentado en un silln y las dos seoras en el sof.

Eran Visita, la del Banco, y Olvido Pez, la hija de Pez el Americano,
el segundo millonario de la Colonia.

El Obispo al ver al Magistral se ruboriz, como un estudiante de latn
sorprendido por sus mayores con la primera tagarnina.

Qu era aquello?, quera decir la mirada del Magistral, que salud a
las seoras inclinndose con gracia y coquetera inocente. Unas
seoras con el Obispo! Y ningn caballero las acompaaba! Esto era
nuevo.

Cosas de Visitacin. Se trataba de seducir a su Ilustrsima para que
fuese a honrar con su presencia el solemne reparto de premios a la
virtud, _organizado_ por cierto circulo filantrpico. El crculo se
llamaba _La Libre Hermandad_, nombre feo, poco espaol y con olor nada
santo. En tal sociedad haba una junta de caballeros y otra _agregada_
de damas _protectrices_ (gramtica del Presidente del crculo.)

_La Libre Hermandad_ se haba fundado con ciertos aires de institucin
independiente _de todo yugo religioso_, y su primer presidente fue el
seor don Pompeyo Guimarn, que de milagro no estaba excomulgado y que
no comulgaba jams.

Era el crculo algo como una oposicin a _Las Hermanitas  de los
Pobres_, a la _Santa Obra del Catecismo_, a las _Escuelas Dominicales_,
etc., etc. Desde luego se le declar la guerra por el elemento religioso
y a los pocos meses no haba un pobre en todo el Ayuntamiento de Vetusta
que quisiera las limosnas, los premios, ni la enseanza de _La Libre
Hermandad_.

Las nias de las _Escuelas Dominicales_ y los chiquillos del
_Catecismo_, que cantaban por las calles en vez de coplas profanas el

        Santo Dios, Santo Fuerte,
        Santo Inmortal,

y lo de

        Venid y vamos todos
        con flores a Mara,

inventaron un cantar contra el Crculo. Deca as:

        Los nios pobres no quieren
        ir a la Libre Hermandad,
        los nios pobres prefieren
        la Cristiana Caridad.

La _cristiana caridad_ y la perfeccin de la rima revelaban el estilo de
don Custodio el beneficiado, que era--a tanto haba llegado--director de
las Escuelas Dominicales de nias pobres.

La Libre Hermandad se hubiera muerto de consuncin sin el valeroso
sacrificio de su Presidente. Comprendi el seor Guimarn que los
tiempos no estaban para secularizar la caridad y las primeras letras y
present su dimisin sacrificndose, deca, no a las imposiciones del
fanatismo, sino al bien de los nios abandonados. Con la dimisin de
don Pompeyo y la feliz idea de crear la junta agregada de damas
_protectrices_ gan algo la sociedad benfica, y ya no se la hizo
guerra sin cuartel. Pero an no haba lavado su pecado original que
llevaba en el nombre. El Provisor despreciaba el tal crculo.

Visitacin fue la primera dama agregada, por su prurito de agregarse a
todo. Actualmente era la tesorera de las _protectrices_.

Se trataba ahora de borrar los ltimos vestigios de hereja o lo que
fuese, congracindose con la catedral y rogando al seor Obispo que
presidiera el solemne reparto de premios aquel ao. Pero quin le
pona el cascabel al gato?--Visitacin, la del Banco. Quin ms a
propsito para tales atrevimientos? Por el bien parecer pidi que en su
visita le acompaase otra dama de _viso_. Ninguna quiso ir, no se
atrevan. Se vot y se nombr a Olvido Pez, por la representacin de su
pap y lo bienquista que era la joven en Palacio.

--S--deca en la junta Visitacin--que venga Olvido; as no creer el
Magistral que el tiro va contra l; porque, como a m no me puede
ver....

Y era verdad; el Magistral despreciaba a la del Banco y la tena por una
grandsima cualquier cosa. Era de las pocas seoras que ayudaban al
Arcediano en su conspiracin contra el Vicario general. Sin embargo,
Visita confesaba a veces con don Fermn, a pesar de los desaires de
este. Ya saba l a qu iba all aquella buena pcora, pero chasco se
llevaba; la confesaba por los mandamientos y se acab.

--Y qu ms? adelante; y qu ms? estilo Ripamiln. A buena parte iba
la correveidile de Glocester.

Fortunato ya haba dado palabra de honor de ir a la solemne sesin de La
Libre Hermandad. Esto y el ver all a la de Pez, su ms fiel devota,
agrav el mal humor del Vicario. Le cost trabajo estar fino y corts y
lo consigui gracias a la costumbre de dominarse y disimular. Visitacin
se complaca en adivinar la clera del Provisor y le abrumaba a chistes,
y le mareaba con aquel atolondramiento que a l se le pona en la boca
del estmago.

--Pero, seoras mas--dijo De Pas--hablemos con formalidad un momento.

--Qu? cmo se entiende? quiere usted recoger velas, que se desdiga
S. I.?

--Creo, que...--Nada, nada! La palabra es palabra. Nos vamos, nos
vamos; ea, ea, conversacin; no oigo nada.... Vamos, Olvido... no oigo...
no oigo....

Por una especie de milagro acstico cada palabra de Visitacin sonaba
como siete; pareca que estaba all perorando toda la junta de
_protectrices_.

Se levant y se dirigi a la puerta llevando como a remolque a la de
Pez.

El Magistral protest en vano: Aquella sociedad la haba fundado un
ateo, era enemiga de la Iglesia....

--No hay tal--grit desde la puerta Visita--; si as fuera, no
figuraramos nosotras como damas agregadas.

--Yo lo soy--advirti la de Pez--por empeo de esta que convenci a
pap.

--Pero, seores, si _La Libre Hermandad_ ha cantado ya la palinodia; si
desde que ingresamos en ella nosotras, se acab lo de la libertad y toda
esa jarana....

--Tiene razn--se atrevi a decir el Obispo, a quien todava engaaba el
aturdimiento postizo de la del Banco--; tiene razn esa loquilla....

--No tiene tal!--grit el Provisor, perdiendo un estribo por lo
menos--. No tiene tal; y esto ha sido... una imprudencia.

Visita volvi la cara y sac la lengua. Cmo le trata! pens,
envidiando a un hombre que osaba llamar imprudente al Obispo.

Las damas salieron: S. I. qued corrido; y despus de indicar al
Magistral que las acompaara por los pasillos estrechos y enrevesados,
se puso en salvo, encerrndose en el oratorio, para evitar
explicaciones.

El Magistral no pens en buscarle.

La de Pez iba con la cabeza baja. Tema tambin una reprensin del
prebendado. Este aprovech un momento en que Visita se detuvo para
saludar a una familia que ella haba recomendado al Obispo, y
acercndose al odo de la joven dijo en tono de paternal autoridad:

--Ha hecho usted mal, pero muy mal en acompaar a esta... loca.

--Pero si me votaron...--Si usted no fuera de esa junta...--Pap
espera a usted hoy a comer. Iba a escribirle yo misma, pero dese usted
por convidado.

--Bueno, bueno; no le gusta a usted or las verdades?

--Lo que digo es que pap...--Pues hoy no puedo ir... a comer. Estoy
convidado hace das... otro Francisco que... pero all nos veremos
dentro de una hora; en cuanto despache de prisa y corriendo....

Se despidieron; las damas salieron a la calle, y el Provisor entr,
dejando atrs pasillos, galeras y salones, en las oficinas del gobierno
eclesistico.

Lleg a su despacho el seor vicario general, y sin saludar a los que
all le esperaban, se sent en un silln de terciopelo carmes detrs de
una mesa de ministro cargada de papeles atados con balduque. Apoy los
codos en el pupitre y escondi la cabeza entre las manos. Saba que le
esperaban, que pretendan hablarle, pero finga no notarlo. Esta era una
de las maneras que usaba para hacer sentir el peso de su tirana; as
humillaba a los subalternos; desprecindolos hasta no verlos a los dos
pasos. Primero era su mal humor. Un mal humor de color de pez. La bilis
le llegaba a los dientes. Por qu? Por nada. Ningn disgusto grave le
haban dado; pero tantas pequeeces juntas le haban echado a perder
aquel da que haba credo feliz al ver el sol brillante, al lavarse
alegre frente al espejo. Primero su madre tratndole como a un
chiquillo, recordndole las calumnias con que le perseguan; despus las
noticias alarmantes y las bromas necias del mdico, luego aquella
Visitacin, La Libre Hermandad, Olvidito faltando a la disciplina... y
sobre todo aquel demonio de Obispo abrumndole con su humildad,
recordndole nada ms que con su presencia de liebre asustada toda una
historia de santidad, de grandeza espiritual enfrente de la historia
suya, la de don Fermn... que... para qu ocultrselo a s mismo? era
poco edificante.... Aquel paralelo eterno que estaba haciendo Fortunato
sin saberlo, irritaba al Magistral. Y ahora le irritaba ms que nunca.
Ahora le pareca que la superioridad intelectual del vicario era nada
enfrente de la grandeza moral del Obispo. l era la nica persona que
saba comprender todo el valor de Fortunato. Qu poticas, qu nobles,
qu espirituales le parecan ahora la virtud del otro, su elocuencia, su
culto romntico de la Virgen! Y las propias habilidades qu ruines, qu
prosaicas! su carcter fuerte y dominante, qu ridculo en el fondo!
A quin dominaba l? A escarabajos!.

--Qu hay?--grit con voz agria, levantando la cabeza y mirando a los
escarabajos que tena enfrente.

Eran un clrigo que pareca seglar y un seglar que pareca clrigo; mal
afeitados los dos, peor el sacerdote, que mostraba el rostro lleno de
pas negras speras; vestan ambos de paisano, pero como los curas de
aldea; el alzacuello del clrigo era blanco y estaba manchado con vino
tinto y sudor grasiento; el cuello de la camisa del otro pareca tambin
un alzacuello; usaba corbatn negro abrochado en el cogote.

Don Carlos Pelez, notario eclesistico que desempeaba otros dos o tres
cargos en Palacio, no todos compatibles, se jactaba de ser una de las
personas ms influyentes en la curia eclesistica y aun en el nimo del
seor Provisor. Bien iba a probarlo ahora interponiendo su favor para
arrancar al msero prroco de Contracayes, aldea de la montaa, de las
garras de la disciplina. Haba habido _un soplo_, cosa de envidiosos, y
el Provisor saba que Contracayes (el cura) tena la debilidad de
convertir el confesonario en escuela de seduccin. De Pas haba querido
echar todo el peso de la censura eclesistica y las ms severas penas
sobre Contracayes; pero gracias a los ruegos del notario haba
consentido, antes de proceder, en celebrar una conferencia con el
prroco montas, prometiendo que, si adverta en l verdadero
arrepentimiento, se contentara con un castigo de carcter reservado,
que en nada perjudicara la fama del clrigo, gran elector, y muy buen
partidario de la causa ptima.

--Qu hay?--repiti el Magistral, sonriendo por mquina al notario.
Pelez seal a su compaero, que era un buen mozo, moreno, de cejas
muy pobladas, ceo adusto, ojos de color de avellana que echaban fuego,
boca grande, orejas puntiagudas, cuello muy robusto y abultada nuez.
Pareca todo l tiznado, y no lo estaba; tena tanto de carbonero como
de cura; aquel matiz de las pas negras entre la carne amoratada de las
mejillas se hubiera credo que le cubra todo el cuerpo. Nunca se haba
visto enfrente del Provisor, a quien tema por los rayos que manejaba,
pero nada ms hasta el punto que un gigantn salvaje puede temer a quien
puede aplastar, en ltimo caso, de una puada. Not don Fermn que
Contracayes estaba ms aturdido que atemorizado. Salud el cura con un
gruido, y el Provisor no contest siquiera.

El notario se volvi todo mieles; se sent de soslayo en una silla para
dar a entender al cura que estaba all como en su casa; hablaba con el
lenguaje ms familiar posible, sin pecar de irreverente; se permita
bromitas y estuvo a punto de declarar que el pecado de solicitacin no
era de los ms feos y que se podra echar tierra fcilmente al asunto. Y
como el Magistral arrugase el ceo, Pelez mud de conversacin y habl
con falso aturdimiento de las ltimas elecciones y hasta aludi a las
hazaas de cierto cura de la montaa que conoca l, que haba metido el
resuello en el cuerpo a una pareja de la guardia civil. Contracayes
sonri como un oso que supiera hacerlo.

El Magistral estaba pensando en la manera de solicitar a sus penitentes
que tendra aquel salvaje.... Hubo un momento de silencio. No se haba
hablado palabra del _negocio_ y hasta el mismo Pelez comprendi que
haba que abordar la _cuestin espinosa_. Don Fermn, recordando de
repente su mal humor, sus contratiempos del da, se puso en pie y
encarndose con el prroco--que tambin se levant como si fueran a
atacarle--dijo con voz spera:

--Seor mo, estoy enterado de todo, y tengo el disgusto de decirle que
su asunto tiene muy mal arreglo. El concilio Tridentino considera el
delito que usted ha cometido, como semejante al de hereja. No s si
usted sabr que la Constitucin _Universi Domini_ de 1622, dada por la
santidad de Gregorio XV le llama a usted y a otro como usted execrables
traidores, y la pena que seala al crimen de solicitar _ad turpia_ a las
penitentes, es seversima; y manda adems que sea usted degradado y
entregado al brazo secular.

El prroco abri los ojos mucho y mir espantado al notario, que, a
espaldas de don Fermn, le gui un ojo.

--Benedicto XIV--continu el Magistral--confirm respecto de los
solicitantes las penas impuestas por Sixto V y Gregorio XV... y, en fin,
por donde quiera que se mire el asunto est usted perdido....

--Yo crea...--Crea usted mal, seor mo! Y si usted duda de mi
palabra, ah tiene usted en ese estante a Giraldi _Expositio juris
Pontificii_ que en el tomo II, parte 1., trata la cuestin con gran
copia de datos....

El seor Pelez estaba acostumbrado al estilo del Provisor, que nunca
era ms erudito que al echar la zarpa sobre una vctima.

--Seor--se atrevi a decir Contracayes, algo amostazado y perdiendo
mucha parte del miedo--; con la palabra de V. S. tengo ya bastante, y no
es de los sagrados cnones de lo que me quejo, sino de mi mala suerte
que me hizo resbalar y caer donde otros muchos, muchsimos que conozco
resbalan pero no caen.

El Magistral se volvi de pronto, como si le hubiesen mordido en la
espalda.

--Salga usted de aqu, seor insolente, y no me duerma usted en
Vetusta!...--grit.

--Pero, seor...--Silencio digo! silencio y obediencia o duerme usted
en la crcel de la corona....

Y el Magistral descarg un puetazo formidable sobre la mesa-escritorio.

--Pues para este viaje no necesitbamos alforjas!--grit Contracayes,
no menos furioso, volvindose al consternado Pelez, que no haba
previsto aquel choque de dos malos genios.

--Pero, seores, calma...--Fuera de aqu, so tunante!--grit el
Magistral terciando el manteo, descomponindose contra su
costumbre...--. Desgraciado de ti! Date por perdido, mal clrigo....

--Pero yo qu he dicho, seor?--exclam el prroco, que se asust un
poco ante la actitud de aquel hombre, en quien reconoca la superioridad
moral de un Jpiter eclesistico.

En cuanto conoci que su autoridad se acataba, De Pas fue amansando el
oleaje de su clera; y al fin, plido, pero con voz ya serena:

--Salga usted--dijo sealando a la puerta--, salga usted... libre por
ser un loco... pero ni dos horas permanezca en la ciudad, ni hable con
alma viviente de lo ocurrido aqu... y en cuanto a su crimen execrable,
yo me entender, sin necesidad de ver a usted, con el seor Pelez, y l
le comunicar lo que resolvamos.

El clrigo quiso humillarse, pedir perdn....

--Salga usted inmediatamente. Sali. Pelez temblando y lvido se
atrevi a decir:

--Cunto siento!... seor Magistral....

--No sienta usted nada. Han venido ustedes en mal da. Estoy nervioso.
Quise asustarle, imponerle respeto por el terror... y no cont con mi
mal humor; me he exaltado de veras, me he dejado llevar de la ira....

--Oh, no, eso no! l s que es un animal, un salvaje....

--S, es un salvaje... pero por lo mismo deb tratarle de otro modo.

--Lo que yo no perdono es el disgusto....

--Deje usted, deje usted; hablaremos de ese bribn... otro da. Hoy no
puedo... hoy... me sera imposible prometer a usted suavizar los rigores
de la ley que est terminante.

--S, ya s... pero, como nunca se aplica....

--Porque no hay pruebas... como ahora. Y alguna vez se ha de empezar. En
fin, ya digo que hablaremos.... Necesito estar solo....

Sali tambin Pelez y De Pas, entonces a solas con su pensamiento, dej
que le subiera al rostro la sangre amontonada por la vergenza...

Qu degradacin! pens; y se puso a dar paseos por el despacho, como
una fiera en su jaula.

Cuando se sinti ms sereno, toc un timbre. Entr un joven alto,
tonsurado, plido y triste, tsico probablemente. Era un primo del
Magistral que haca all veces de secretario.

--Qu habis odo?

--Voces; nada.--El cura de Contracayes, que es un salvaje....

--S, ya s...--Qu hay?--Nada urgente.--De modo que puedo irme? No
me necesitis....

--No; hoy no.--Bueno, pues me voy... me duele la cabeza... no estoy
para nada.... Pero no se lo digas a mi madre.... Si sabe que dej el
despacho tan pronto... creer que estoy enfermo....

--S, s, eso s.

--Ah! oye; la licencia para el oratorio de los de Pez, vino ya?

--S.--Est corriente, puedo llevrmela ahora?

--Ah la tienes, en ese cartapacio.

--Va en regla todo? Podr doblar el coadjutor de Parves?...

--Todo va en regla.--Aqu veo una tarjeta de don Saturno Bermdez. A
qu vino?

--A lo de siempre, a que no hagamos caso del pobre don Segundo, el cura
de Tamaza, que reclama el dinero de las misas de San Gregorio que le ha
hecho decir don Saturno....

--Y que no le quiere pagar.--Es su costumbre. Est empeado con todo el
clero. Ha salvado a medio purgatorio (el joven tonsurado tosi con
violencia por contener la risa), a medio purgatorio a costa de sus
_ingleses_.

--El cura de Tamaza es un vocinglero....

--Pero pide lo que le deben...--Pero no se puede hacer nada....
Quieres t que yo me ponga de punta con el obispillo de levita?

--Eso no. Lo pagaramos en el _Lbaro_ que l inspira y que ahora te
trata bien. A propsito de peridicos; ayer vena en _La Caridad_ de
Madrid, una correspondencia de Vetusta, y, mucho me engao, o en ella
andaba la mano de Glocester.

--Qu deca?--Tontunas, que los carlistas estaban enseoreados de
algunas dicesis en que, contra el derecho, eran vicarios generales los
que no podan serlo, sino interinamente y por gracia especial; pero que
por ciertos servicios a la causa del Pretendiente, los superiores
jerrquicos hacan la vista gorda.

--De modo, que yo no puedo ser vicario general?

--Por lo visto no; porque entre los casos de excepcin citan los
prebendados de oficio y traen a cuento no s qu disposiciones de los
Papas....

--S, ya s; un Breve de Paulo V y dos o tres de Gregorio XV.
Majaderos! Y milagro ser que no vengan tambin con lo de ser natural
de la dicesis. Idiotas! Qu poco sentido prctico tienen esos falsos
catlicos!... Glocester debe de ser el corresponsal de ese papelucho;
esas agudezas romas son de l. Puf! qu enemigos, Seor, qu enemigos!
bestias, nada ms que bestias!

El Magistral respiraba con fuerza, como aparentando ahogarse en aquel
ambiente de necedad....

Quiso marcharse, sin ver a ningn clrigo ni seglar de los que esperaban
en la antesala y en la oficina contigua... pero no pudo defenderse de
las invasiones; el seor Carraspique asom las narices por una puerta....

--Se puede? Era Carraspique!. Adelante, hubo que decir.

Vena a recomendar el pronto despacho de una expedicin a la agencia de
Preces; y algunos asuntos de capellanas....

Hubo que acudir a los registros, consultar a los empleados. El
Magistral, distrado, se aventur a pasar del despacho a la oficina y
all se vio rodeado de litigantes, de pretendientes, casi todos muy
afeitados, todos vestidos de negro, o con sotana o con levita que lo
pareca. La oficina no ostentaba el lujo del despacho ni mucho menos;
era grande, fra, sucia; el mobiliario indecoroso, y tena un olor de
sacrista mezclado con el peculiar de un cuerpo de guardia. Los
empleados tenan la palidez de la abstinencia y la contemplacin, pero
producida por los miasmas del covachuelismo, miserable, srdido y
malsano, complicado aqu con la ictericia de los rapavelas.

Haba una mesa en cada esquina, y alrededor de todas curas y legos que
hablaban, gesticulaban, iban y venan, insistan en pedir algo con temor
de un desaire; los empleados, ms tranquilos, fumaban o escriban,
contestaban con monoslabos, y a veces no contestaban. Era una oficina
como otra cualquiera con algo menos de malos modos y un poco ms de
hipocresa impasible y cruel.

Cuando entr el Provisor, disminuy el ruido; los ms se volvieron a l,
pero el _jefe_ se content con poner una mano delante de la cara como
rechazando a todos los importunos y se fue a una mesa a preguntar por un
expediente de mansos. Lo que l deca; en las oficinas de Hacienda
pblica no daban razn; los expedientes de mansos dorman el sueo
eterno, cubiertos de polvo.

El seor Carraspique daba pataditas en el suelo.

--Estos liberales!--murmuraba cerca del Magistral.

--Qu Restauracin ni qu nio muerto! Son los mismos perros con
distintos collares....

--El Estado se burla de la Iglesia, s seor, eso es evidente, no hay
concordato que valga; todo se promete, y no se hace nada....

Dos curas se acercaron humildemente al Magistral.... Eran de la aldea;
tambin ellos queran saber si los expedientes de mansos....

--Nada, nada, seores, ya lo oyen ustedes--dijo el Provisor en voz alta,
para que se enterasen todos los presentes y no le aburrieran ms--en las
oficinas del gobierno civil dicen que se resolvern los expedientes uno
a uno, porque no hay criterio general aplicable, es decir, que no se
resolvern nunca los expedientes dichosos....

De Pas se vio cogido por la rueda que le sujetaba diariamente a las
fatigas cannico-burocrticas: sin pensarlo, contra su propsito, se
encenag como todos los das en las complicadas cuestiones de su
gobierno eclesistico, mezcladas hasta lo ms ntimo con sus propios
intereses y los de su seora madre; con cien nombres de la disciplina,
muchos de los cuales significaban en la primitiva Iglesia poticos,
puros objetos del culto y del sacerdocio, se disfrazaba all la eterna
cuestin del dinero; espolios, vacantes, medias annatas, patronato,
congruas, capellanas, estola, pie de altar, licencias, dispensas,
derechos, cuartas parroquiales... y otras muchas docenas de palabras
iban y venan, se combinaban, repetan y suplan, y en el fondo siempre
sonaban a metal y siempre el lucro del Provisor, el de su madre, iba
agarrado a todo. Nunca haba puesto los pies all doa Paula, pero su
espritu pareca presidir el mercado singular de la curia eclesistica.
Ella era el general invisible que diriga aquellas cotidianas batallas;
el Magistral era su instrumento inteligente.

Como todos los das, se presentaron aquella maana cuestiones turbias
que el Provisor acostumbraba resolver como por mquina, con el criterio
de su ganancia, con habilidad pasmosa, y con la ms correcta forma, con
pulcritud aparente exquisita. Ms de una vez, sin embargo, al resolver
una injusticia, un despojo, una crueldad til, vacil su nimo (estaba
nervioso, no saba qu hierba haba pisado), pero el recuerdo de su
madre por un lado, la presencia de aquellos testigos ordinarios de su
frescura, de su habilidad y firmeza, por otro, y en gran parte la fuerza
de la inercia, la costumbre, le mantenan en su puesto; fue el de
siempre, resolvi como siempre, y nadie tuvo all que pensar si el
Provisor se habra vuelto loco, ni l necesit inventar cuentos para
engaar a su madre. Doa Paula poda estar satisfecha de su hijo; de su
hijo; no del soador necio y casquivano que aquella maana se turbaba al
leer una carta insignificante, y se alegraba sin saber por qu al ver un
sol esplendoroso en un cielo difano. El sol, el cielo! qu le
importaban al Vicario general de Vetusta? No era l un curial que se
haca millonario para pagar a su madre deudas sagradas y para saciar con
la codicia la sed de ambiciones fallidas?.

S, s; eso era l; y no haba que hacerse ilusiones, ni buscar nueva
manera de vivir. Deba estar satisfecho y lo estaba.

--Hora y media en la oficina!--se dijo al salir del palacio, entre
avergonzado y contento--; y l que crea no haber pasado all veinte
minutos!.

Cuando se vio otra vez al aire libre, en la Corralada, De Pas respir
con fuerza... se le figuraba aquel da, que salir de Palacio era salir
de una cueva. De tanto hablar all dentro, tena la boca seca y amarga
y se le antojaba sentir un saborcillo a cobre. Se encontraba un aire de
monedero falso. Se apresur a dejar la plazuela que cubra de sombra la
parda catedral... huy hacia las calles anchas, dej la Encimada con sus
resonantes aceras gastadas y estrechas, su triste soledad solemne, su
hierba entre los guijarros, sus caserones ahumados, sus rejas de hierro
encorvadas, y busc la Colonia, saliendo por la plaza del Pan, la calle
del Comercio y el Boulevard, de cuyos arbolillos caan hojas secas sobre
anchas losas. El manteo del Magistral las atraa, las arrastraba por la
piedra en pos de s con un ruido de marejada rtmico y grrulo.

All se vea ya mucho cielo; todo azul; enfrente la silueta del Corfn,
azulada tambin. Aquello era la alegra, la vida. Capellanas, bulas,
medias annatas, reservas! qu tena que ver el mundo, el ancho, el
hermoso mundo con todo eso? Saba aquel gigante de piedra, el Corfn
grave, majestuoso, tranquilo, lo que eran agencias ni si la haba de
preces, ni por qu costaba dinero el sacar licencias de cualquier
cosa?.

Iba el Magistral por el Boulevard adelante, saludando a diestro y
siniestro, asustado con que se le ocurrieran a l estos pensamientos de
buclica religiosa. Precisamente siempre haba sido enemigo de las
Arcadias eclesisticas y profesaba una especie de positivismo prosaico
respecto de las necesidades temporales de la Iglesia. Estara enfermo?
Se ira a volver loco? Sin poder l remediarlo, mientras el aire
fresco--el viento haba cambiado del medioda al noroeste--le llenaba
los pulmones de voluptuosa picazn, la fantasa, sin hacer caso de
observaciones ni mandatos, segua herborizando y se haba plantado en
los siglos primeros de la Iglesia, y el Magistral se vea con una cesta
debajo del brazo recogiendo de puerta en puerta por el Boulevard y el
Espoln las ricas frutas que Pez, don Frutos Redondo y dems
_Vespucios_ de la Colonia, arrancaban con sus propias manos en aquellos
jardines que, en efecto, iba viendo a un lado y a otro detrs de verjas
doradas, entre follaje deslumbrante y lleno de rumores del viento y de
los pjaros.

El hotel de Pez era el primero de los seis que adornaban la calle
Principal, flanquendola por la parte del Sur. Era un gran cubo que
pareca una torre atalaya de las que hay a lo largo de la costa en la
provincia de Vetusta, recuerdo, segn dicen, de la defensa contra los
Normandos.

El seor de Pez no tema ningn desembarco de piratas, pues el mar
estaba a unas cuantas leguas de su palacio, pero crea que la
_elegancia slida_ consista en fabricar muros muy espesos, en
desperdiciar los mrmoles, y, en fin, en trabajos _ciclopios_, segn su
incorrecta expresin. En lo ms alto del frontispicio haba en vez de un
escudo, que el seor Pez no tena, un gran semicrculo de jaspe negro y
en medio, en letras de oro, esta elocuente leyenda: _1868_, que no
indicaba ms que la fecha de la construccin ciclpea. En las esquinas
del terrado de gran balaustrada que coronaba el castillo, sendas guilas
de hierro pintadas de verde probaban a levantar el vuelo. Aquellas
guilas, segn el seor Pez, hacan juego con otras dos bordadas en la
alfombra de su despacho. No era el bueno de don Francisco el ms rico
americano de la Colonia; algunos millones ms tena don Frutos, pero al
_Vespucio_ de las guilas ni don Frutos ni San Frutos ni nadie le pona
el pie delante tocante al rumbo y l era el nico vetustense que haca
visitas en coche y tena lacayos de librea con galones a diario, si bien
a estos lacayos jams consegua hacerles vestirse con la pulcritud,
correccin y severidad que l haba observado en los congneres de la
Corte.

Veinticinco aos haba pasado Pez en Cuba sin or misa, y el nico
libro religioso que trajo de Amrica fue el _Evangelio del pueblo_ del
seor Henao y Muoz; no porque fuese Pez demcrata, Dios le librase!
sino porque le gustaba mucho el estilo cortado. Crea firmemente que
Dios era una invencin de los curas; por lo menos en la Isla no haba
Dios. Algunos aos pas en Vetusta sin modificar estas ideas, aunque
guardndose de publicarlas; pero poco a poco entre su hija y el
Magistral le fueron convenciendo de que la religin era un freno para el
socialismo y una seal infalible de buen tono. Al cabo lleg Pez a ser
el ms ferviente partidario de la religin de sus mayores.
Indudablemente, deca, la Metrpoli debe ser religiosa. Y se hizo
religioso; daba todo el dinero que se le peda para el culto, y si
muchas veces al disparatar lo haca en menoscabo del dogma, siempre
estaba dispuesto a retractarse y a cambiar aquel dislate por otro
inofensivo.

Por dos brechas haba logrado entrar la religin, en forma de Magistral,
en la fortaleza de aquel espritu libre-pensador y berroqueo: los dos
flacos de Pez eran el amor a su hija y la mana del buen tono.

Deca Olvido con voz aguda y en tono de reprensin:

--Pap, eso es cursi; y don Francisco abominaba de aquello que antes
le pareciera excelente.

El Magistral dominaba por completo a Olvidito y Olvido mandaba en su
pap por la fuerza del cario y por su conocimiento de lo que llamaban
all buen tono.

Olvido era una joven delgada, plida, alta, de ojos pardos y orgullosos;
no tena madre y haca la vida de un idolillo prximamente, suponiendo
actividad y conciencia en el dolo. La servan negros y negras y un
blanco, su padre, el esclavo ms fiel. Ni un capricho haba dejado de
satisfacer en su vida la nia. A los dieciocho aos se le ocurri que
quera ser desgraciada, como las heronas de sus novelas, y acab por
inventar un tormento muy romntico y muy divertido. Consista en
figurarse que ella era como el rey Midas del amor, que nadie poda
quererla por ella misma, sino por su dinero, de donde resultaba una
desgracia muy grande efectivamente. Cuantos jvenes elegantes, de buena
posicin, nobles o de talento relativo, se atrevieron a declararse a
Olvido, recibieron las fatales calabazas que ella se haba jurado dar a
todos con una frmula invariable. El amor no era su lote; no crea en
el amor. Poco a poco se fue apoderando de su nimo aquella farsa
inventada por ella y tom la nia en serio su papel de reina Midas;
renunci al amor, antes de conocerlo, y se dedic al lujo con toda el
alma. Am el arte por el arte: ella era la que ms riqueza ostentaba en
paseos, bailes y teatro; lleg a ser para Olvido una religin el traje.
No luca dos veces uno mismo. Llegaba tarde al paseo, daba tres o cuatro
vueltas, y cuando ya se senta bastante envidiada, a casa, sin dignarse
jams pasar los ojos sobre ningn individuo del sexo fuerte en estado de
merecer. Los vetustenses llegaron a mirarla como un maniqu cargado de
artculos de moda, que slo diverta a las seoritas. Era una gran
proporcin en quien no haba que pensar.

Olvido espera un prncipe ruso era la frase consagrada.

Cuando un incauto forastero se atreva a probar fortuna, se le llamaba
el prncipe ruso por irona hasta que sala con las manos en la
cabeza.

A la de Pez se le ocurri despus, cansada de no tener en el corazn
ms que trapos, hacerse devota. Busc al Magistral con buenos modos,
como al Magistral le gustaba que le buscasen, y lo encontr. Se
entendieron. Para don Fermn aquella muchacha delgada, fra, seca, no
era ms que el camino que conduca a don Francisco, que empleaba sus
millones en comprar influencia. Pero Olvido tuvo la mala ocurrencia de
enamorarse msticamente (as se deca ella) del Magistral. Este se hizo
el desentendido, aprovech aquella nueva necedad de la nia para ganar
al padre cuanto antes, y como no vio ningn peligro para nadie en la
pasin imaginaria de la americanilla antojadiza, no la apart de su
lado, como haba hecho con otras mujeres menos tmidas y ms temibles
para la carne. De Pas tena un proyecto: casar a Olvido con quien l
quisiera; crea poder conseguirlo; pero an no haba candidato; aquella
proporcin deba ser el premio de algn servicio muy grande que se le
hiciera a l, no saba cundo ni en qu necesidad fuerte.

Aquella maana se le recibi en el _hotel--Pez_ como siempre, bajo
palio, segn la frase de don Francisco.

Pisando aquellas alfombras, vindose en aquellos espejos tan grandes
como las puertas, hundiendo el cuerpo, voluptuosamente, en aquellas
blanduras del lujo cmodo, ostentoso, francamente loco, prdigo y
deslumbrador, el Magistral se senta trasladado a regiones que crea
adecuadas a su gran espritu; l, lo pensaba con orgullo, haba nacido
para aquello; pero su madre codiciosa, la fortuna propia insuficiente
para tanto esplendor, el estado eclesistico, la necesidad de aparentar
modestia y casi estrechez, le tenan alejado del ambiente natural... que
era aquel.... El Magistral al entrar en estos salones y gabinetes
suavizaba ms sus modales suaves y con fcil elegancia, manejaba el
manteo y plegaba la sotana y mova manos, ojos y cuello con una
distincin profana que no llegaba nunca a la desfachatez del cura que
reniega del pudor de los hbitos al pisar los palacios del gran mundo...
o sus sucedneos. De Pas nunca dejaba de ser el Magistral; pero
demostraba, sin ms que moverse, sonrer o mirar, que el prebendado, sin
dejar de serio, poda ser hombre de sociedad como cualquiera. Unase
esta gracia a las cualidades fsicas de que estaba adornado, a su fama
de hombre elocuente, de gran influencia y de talento, y, como deca la
marquesa de Vegallana, era un cura muy presentable.

Don Francisco Pez y su hija suplicaron a don Fermn que comiera con
ellos; no tenan a nadie, sera una comida de familia... los tres solos.

--Los tres solos!--deca Olvido dejando de ser sorbete por un momento.

El Magistral de pies, en el umbral de una puerta, con una colgadura de
terciopelo cogida y arrugada por su blanca mano, se inclinaba con
gracia, sonrea, y mova la cabeza pequea y bien torneada diciendo:
_no_ con el gesto... con cierta coquetera _epicena_.

--Anda, pap! sujtale--deca Olvido con voz suplicante, arrastrando
las slabas que parecan salir de la nariz.

--Imposible.--Es muy terco, hija, djale... no quiere que le
agradezcamos la licencia del oratorio y el permiso para doblar la misa
para don Anselmo.

--Agradzcaselo usted a Su Santidad.

--S, que por mi cara bonita me entrega Su Santidad esta gracia....

El Magistral sonrea, dispuesto a escapar si queran asirle.

--Pero, vamos a ver, una razn, d usted una razn--grit Olvido, otra
vez restituida a su natural frigorfico.

El Magistral se puso un poco encarnado.

Tuvo que mentir.--Estoy convidado en casa de otro Francisco hace tres
das; no puedo faltar, sera un desaire... ya sabe usted lo que son
estos pueblos... qu diran....

No haba tal cosa. Nadie le haba convidado a comer. Le esperaba su
madre como todos los das.

Sin embargo, al negarse a aceptar aquel convite espontneo y cordial,
que en cualquier otra ocasin le hubiera halagado, obedeca a un
presentimiento. No saba por qu se le figuraba que le iban a convidar
en casa de Vegallana, ltima visita que pensaba hacer. Por qu le
haban de convidar? Adems all coman a la francesa, aunque doa Rufina
sola cambiar las horas y comer a la que se le antojaba. De todas
suertes, los das de Paquito Vegallana no solan celebrarlos con
_gaudeamus_, ni l estaba invitado ni... con todo... dej aquella visita
para ltima hora. Y por qu haba de preferir la mesa de los marqueses
a la de Pez, no menos esplndida? Aunque quiso rehuir la contestacin a
esta pregunta capciosa, la conciencia se la dio como un estallido en los
odos, antes que pudiera l preparar una mentira. Es que la Regenta
come a veces con los marqueses, especialmente en das como este, porque
a ella la miran como una de la familia.

Y qu le importaba a l ni la familia, ni la Regenta, ni la comida de
los marqueses?.

Despus de visitar a otros dos Pacos de importancia y a una Paca beata,
el Magistral, con un tantico de hambre, de hambre sana, entr por los
prticos de la plaza Nueva en la calle de Los Cannigos, atraves la de
Recoletos y lleg a la de la Ra, y al portero del marqus de Vegallana,
que era un enano vestido con librea caprichosa, le pregunt con voz
temblorosa:

--Est el seorito?

En aquel momento se abra la puerta del patio con estrpito y sonaban
dentro carcajadas. El Magistral reconoci la voz de Visita que gritaba:

--Pues no seor! no son azules....

--S, seora, azules con listas blancas--responda Paco, batiendo
palmas.

--A que no? a que no?

--Tonta, tonta--deca otra voz ms suave desde una ventana del primer
piso--no le creas; si no se ha visto nada... si estaba yo ms abajo y no
vi nada....

Esta voz era la de Ana Ozores. Al Magistral le zumbaron los odos... y
entr en el patio.




--XIII--


El sol entraba en el saln amarillo y en el gabinete de la Marquesa por
los anchos balcones abiertos de par en par; estaba convidado tambin,
as como el vientecillo indiscreto que mova los flecos de los
guardamalletas de raso, los cristales prismticos de las araas, y las
hojas de los libros y peridicos esparcidos por el centro de la sala y
las consolas. Si entraban raudales de luz y aire fresco, salan
corrientes de alegra, carcajadas que iban a perder sus resonancias por
las calles solitarias de la Encimada, ruido de faldas, de enaguas
almidonadas, de manteos crujientes, de sillas tradas y llevadas, de
abanicos que aletean.... Lo mejor de Vetusta llenaba el saln y el
gabinete. Doa Rufina vestida de azul elctrico, empolvada la cabeza que
adornaban flores naturales que parecan, sin que se supiera por qu, de
trapo, doa Rufina reinaba y no gobernaba en aquella sociedad tan de su
gusto, donde cannigos rean, aristcratas fatuos hacan el pavo real,
muchachuelas coqueteaban, jamonas lucan carne blanca y fuerte,
diputados provinciales salvaban la comarca, y elegantes de la legua
imitaban las amaneradas formas de sus congneres de Madrid.

La Marquesa tendida en una silla larga, forrada de satn, estaba en la
galera de su gabinete respirando con delicia el aire fresco de la
calle. Se disputaba a gritos. Cerca de ella, triunfante, en pie, con un
abanico de ncar en la mano derecha, dndose aire voluptuosamente,
ostentaba Glocester su buena figura torcida. Con la mano izquierda
sujetaba, como con un clavo romano, los pliegues del manteo, que caa
con gracia camino del suelo, detenindose en brillante montn de tela
negra sobre la falda de color cereza de la siempre llamativa Obdulia
Fandio; quien a los pies de la Marquesa y a los pies del Arcediano,
sentada en un taburete histrico (robado al saln arqueolgico del
Marqus) se inclinaba ms graciosa que recatada y honesta sobre el
regazo de su noble amiga. Estas tres personas formaban grupo en el
balcn de galera, y desde el gabinete, sentados aqu y all, y algunos
en pie, oan a Glocester tres cannigos ms, el capelln de la casa, don
Aniceto, tres damas nobles, la gobernadora civil, Joaquinito Orgaz, y
otros dos pollos vetustenses, de los que estudiaban en la Corte.

Se discuta a gritos, entre carcajadas, con chistes repetidos de
generacin en generacin y de pueblo en pueblo, y con frases hechas
inveteradas, si la mujer puede servir a Dios lo mismo en el siglo que en
el claustro; y si se necesita ms virtud para atreverse a resistir las
tentaciones que asedian en el mundo a una buena madre y fiel esposa, que
para encerrarse en un convento.

Todas las seoras menos una, alta, gruesa y vestida con hbito del
Carmen (una seora que pareca un fraile) sostenan que tiene ms
mrito la buena casada del siglo que la esposa de Jess.

La gobernadora se exaltaba; accionaba con el abanico cerrado sobre su
cabeza y llamaba _seor mo_ al Arcediano.

Glocester defenda el claustro, pero batindose en retirada por
galantera, sonriendo y abanicndose.

En el saln se hablaba de poltica local. Gran conflicto haban creado
al Gobierno, en opinin de todos los del corro, el alcalde presidente
del Ayuntamiento y la viuda del marqus de Corujedo exigiendo el mismo
estanquillo, el importante estanquillo del Espoln para sus respectivos
recomendados.

El jefe econmico haba dicho que all el gobernador; lo estaba
refiriendo l a los presentes. El gobernador haba consultado al
Gobierno por telgrafo (lo acababa de decir la gobernadora), y el
Gobierno tena que decidir entre desairar a la dama conservadora que
dispona de ms votos en Vetusta o a uno de los ms firmes apoyos de la
causa del orden, que era el seor alcalde.

Los pareceres se dividan. El marqus de Vegallana y Ripamiln, que
estaban en medio del grupo, volvindose a todos lados, opinaban que
_ellos gobierno_, daran el estanco a la viuda. Primero que todo eran
las seoras!.

Trabuco, o sea Pepe Ronzal, de la comisin provincial, crea con la
mayora de los presentes, el jefe econmico inclusive, que la razn de
Estado aconsejaba preferir la pretensin del alcalde, aunque este, segn
malas lenguas, quera el estanco para una su ex-concubina.

--Ya ven ustedes, eso es un escndalo!--deca el Marqus, que tena
todos sus hijos ilegtimos en la aldea--; ese hombre no sabe
recatarse....

--Yo paso por eso--deca el Arcipreste--; lo malo no es que l quiera
pagar deudas sagradas, lo malo es haberlas contrado.... Pero la otra
es una dama!...

Mientras en el saln y en el gabinete se discuta as y de otras muchas
maneras, por las habitaciones interiores del primer piso, por el
comedor, por los pasillos, por la escalera que conduca al patio y a la
huerta, corran alegres, revoltosos, Paco Vegallana, que celebraba sus
das, Visitacin, Edelmira, sobrina de la Marquesa (una nia de quince
aos que pareca de veinte), don Saturnino Bermdez y el seor de
Quintanar; la Regenta y don lvaro Mesa presenciaban los juegos
inocentes de los otros desde una ventana del comedor que daba al patio.

Quintanar le haba pedido a Paco un batn para reemplazar la levita de
tricot que se le enredaba en las piernas. El batn le vena ancho y
corto. Era de alpaca muy clara.

El Magistral se encontr en la escalera con Visitacin y Quintanar que
buscaban por los rincones la petaca del ex-regente que Edelmira y Paco
haban escondido. Don Saturnino Bermdez, plido y ojeroso, con una
sonrisa corts que le llegaba de oreja a oreja, vena detrs, solo,
tambin hecho un loquillo de la manera ms desgraciada del mundo. Daba
tristeza verle divertirse, saltar, imitar la alegra bulliciosa de los
otros. Pero, amigo, era su obligacin: era pariente, era de los ntimos
de la casa, de los que se quedaban a comer, y necesitaba hacer lo que
los dems, correr, alborotar, y hasta dar pellizcos a las seoras, si a
mano vena. Siempre se quedaba solo; si quera decir algo a la Regenta,
a Visitacin o a Edelmira, le dejaban las damas con la palabra en la
boca, sin poder remediarlo, distradas. No era falta de educacin, sino
que los prrafos de Bermdez eran tan complicados, constaban de tantos
incisos y colones, que orle uno entero sera obra de regla. Cuando vio
al Magistral vio el cielo abierto; ya tena pretexto para volver a ser
formal. Le salud con la finura que le era caracterstica y se dispuso
a acompaarle al saln. Paco le haba saludado de lejos, deprisa y mal,
porque en aquel momento hua con la petaca de Quintanar a esconderla en
la huerta, seguido de Edelmira, su ms rolliza y vivaracha y colorada
prima.

--Es loco ese chico, cuando se pone a enredar--dijo Bermdez disculpando
a su pariente, y como recibiendo en calidad de deudo de los marqueses al
seor Magistral.

Don Fermn mir de soslayo a la Regenta y a don lvaro que hablaban en
la ventana del comedor. Hizo como que no los vea, y con un poco de
fuego en las mejillas, se dej llevar por don Saturnino hasta el saln.

Los seores graves le recibieron con las ms lisonjeras muestras de
respeto y estimacin.

--Oh, seor Magistral!--Oh cunto bueno!--Aqu est el Antonelli de
Vetusta.

El Marqus le dio un abrazo que envidi un cura pequeo, paniaguado de
la casa.

Ripamiln estrech la mano de don Fermn con cario efusivo; y juntos
pasaron al gabinete.

Los tres cannigos se levantaron; la seora que pareca un fraile sonri
satisfecha y murmur:

--Ah, seor Provisor!...

--Gracias a Dios, seor perdido...--grit la Marquesa incorporndose un
poco y alargando una mano, que desde lejos, y gracias a su buena
estatura, pudo estrechar el Magistral con gallarda, haciendo un arco
sobre el cuerpo gentil, color cereza, de Obdulia, que desde all abajo
pareca querer tragar al buen mozo en los abismos de los grandes ojos
negros.--El Arcediano se qued con el abanico abierto, inmvil, como
aspa de molino sin aire. Comprendi de repente que acababa de ser
desbancado; de papel principal se converta en partiquino. En efecto, su
discurso, que escuchaban con deleite curas y damas, se ahog sin que
nadie lo echase de menos. Glocester se sinti eclipsado de tal modo, que
hasta crey tener fro, como si de pronto se hubiera escondido el sol.

Siempre suceda lo mismo; haba motivo para aborrecer a aquel hombre.
Sin embargo, Mourelo, a fuer de cannigo de mundo, ocult una vez ms
sus sentimientos y tendi la mano a su enemigo, acompaando la accin
con una catarata de gritos guturales con que significaba su inmensa
alegra.

--Hola, hola, hola!...--y daba palmaditas en el hombro al otro.

El Magistral no pudo saborear tranquilamente aquel triunfo vulgar,
ordinario, porque sin querer pensaba en el grupo de la ventana del
comedor. Mientras responda con modestia y discrecin a todos aquellos
amigos, su imaginacin estaba fuera.

Pasaban minutos y minutos y los del comedor no venan.

Comera en casa de la Marquesa, Anita? Entonces no ira a reconciliar
aquella tarde, como rezaba su carta....

La aparente cordialidad y la alegra expansiva de todos los presentes,
ocultaban un fondo de rencores y envidias. Aquellas seoras, clrigos y
caballeros particulares estaban divididos en dos bandos enemigos en
aquel instante; el bando de los envidiados y el de los envidiosos; el de
los convidados a comer, que eran pocos, y el de los no convidados.
Aunque se hablaba tanto de tantas cosas, la idea que preocupaba a todos
era la del convite. No se aluda a l y no se pensaba en otra cosa.
Empezaron las despedidas, y los que se iban disimulaban el despecho,
cierta vergenza; se crean humillados, casi en ridculo. Muchacho haba
que saludaba torpemente y sala como corrido. Las seoras eran las que
peor fingan tranquilidad e indiferencia. Algunas salan ruborizadas.
Glocester era de los que no estaban convidados. La duda que le
mortificaba era esta: Y l? estaba convidado De Pas?. No lo saba, y
no quera marcharse sin averiguarlo. Como pasaba el tiempo, y ya
gabinete y saln quedaban poco a poco despejados, el Magistral crey que
deba irse. Se acerc a la Marquesa, pero no tuvo valor para despedirse
y le habl de cualquier cosa. En aquel momento entr Visitacin en el
gabinete, echando fuego por ojos y mejillas, habl aparte, y con
permiso de aquellos seores a la Marquesa y a Obdulia: las tres
rodearon al Magistral y con permiso de los seores--que ya no eran ms
que el Arcediano y dos pollos vetustenses insignificantes--, tuvieron
con l un concilibulo en que hubo risas, protestas del Magistral,
mimosas y elegantes en los gestos que las acompaaban. En los murmullos
de las damas haba splicas en quejidos, coqueteras sin sexo, otras con
l, aunque honestamente sealadas; Glocester, que finga atender a lo
que le decan los pollos insulsos, devoraba con el rabillo del ojo a
los del grupo. No caba duda, le estaban suplicando que se quedase a
comer. Termin el concilibulo, salieron Obdulia y Visitacin,
corriendo, alborotando, haciendo alarde de la confianza con que trataban
a los marqueses, y los jvenes se despidieron. Quedaban en el gabinete
la Marquesa, el Magistral y Glocester. Hubo un momento de silencio. El
Arcediano se dio un minuto de prrroga para ver si el otro se despeda
tambin. En el saln se oy la voz de algunos que decan adis al
Marqus... ya no quedaban en la casa ms que los convidados....
Glocester, sacando fuerzas de flaqueza, se levant, tendi la mano a
doa Rufina, y sali diciendo chistes, haciendo venias y prodigando
risas falsas. Iba ciego; ciego de vergenza y de ira. Convidar al
otro... a un prebendado de oficio... y desairarle a l... que era
dignidad! Siempre el enemigo triunfante!... Pero ya las pagara todas
juntas.

En el portal, mientras se echaba el manteo al hombro (y eso que haca
calor) pens esta frase: esta seora Marquesa es una...
trotaconventos, es una Celestina!... Se quiere perder a esa joven! Se
quiere _metrselo_ por los ojos!.... Y sali a la calle pensando
atrocidades y buscando frmula _decorosa_ para comunicar al prjimo lo
que pensaba.

Los convidados eran: Quintanar y seora, Obdulia Fandio, Visitacin,
doa Petronila Rianzares (la seora que pareca un fraile), Ripamiln,
lvaro Mesa, Saturnino Bermdez, Joaqun Orgaz, y a ltima hora el
Magistral con algunos otros vetustenses ilustres, v. gr., el mdico
Somoza. Edelmira se cuenta como de la casa, pues en ella era husped.

Otros aos no se celebraban de esta manera los das de Paco; los
celebraba l fuera de casa. Pero esta vez se haba improvisado aquella
fiesta de confianza y se coma a la espaola, por excepcin, para
visitar por la tarde, en los coches de la casa, la quinta del Vivero,
donde el Marqus tena un palacio rodeado de grandes bosques y una
fbrica de curtidos, montada a la antigua. Se trataba de ir a ver los
perros de caza y uno del monte de San Bernardo que Paco haba comprado
das antes. Eran su orgullo. Despus de las mujeres venales, el
Marquesito adoraba los animales mansos, sobre todo perros y caballos.

Lo de convidar al Magistral haba sido un _complot_ entre Quintanar,
Paco y Visitacin. La idea se deba a la del Banco. Era una broma que
quera darle a Mesa; quera ver al confesor y al diablo, al tentador,
uno en frente de otro. A Quintanar se le dijo que se convidaba a De Pas
para ver a Obdulia coquetear con el clrigo, y al pobre Bermdez,
enamorado de la viuda, rabiar en silencio. A Quintanar le pareci bien
la ocurrencia, pero dijo que l se lavaba las manos, por lo que haba
de irreverente en el propsito; a pesar de que ya se saba que l
consideraba a los curas tan hombres como los dems.

--Por otra parte--aadi el ex-regente--me alegro de que don Fermn coma
con nosotros, porque de este modo se le quitar a mi mujer la idea
empecatada de ir a reconciliar esta tarde.... Quiero que se acostumbre a
ver a su nuevo confesor de cerca, para que se convenza de que es un
hombre como los dems.... Eso es... y salvo el respeto debido... a ver si
ustedes me lo emborrachan....

Paco no quera perjudicar a Mesa en sus planes, a los cuales tal vez
obedeca en parte la fiesta de aquel da; pero encontr muy gracioso y
picante el molestar al seor Magistral, si, como Visitacin sospechaba,
a este ilustre cannigo le disgustaba ver a la Regenta entregada al
brazo secular de Mesa.

Visitacin haba dicho a Paco de buenas a primeras, que ella lo saba
todo, que lvaro tampoco para ella tena secretos.

--Pero y Ana? Te ha dicho algo?

--Ana? En su vida; buena es ella. Pero djate....

--Por supuesto que no se trata ms que de una _cosa_... _espiritual_...

--Ya lo creo... espiritualsima....

--Porque sino, nosotros... no nos prestaramos... ya ves... el pobre don
Vctor....

--Ya se ve!... Bromas, chico, nada ms que bromas; pero ya veras como
al Provisor le saben a cuerno quemado (as hablaba Visitacin con sus
amigos ntimos.)

--Le consolar Obdulia, que le asedia y le prefiere a don Saturno, al
mitrado y a mi amigo Joaqun.

--Pero l la aborrece... es muy escandalosa... no le gustan as...

--T s que le odias a l....

--Me cargan los hipcritas, chico.... Y oye; a ti te conviene que el
Magistral se quede.

--Por qu?--Porque Obdulia te dejar en paz, y podrs cultivar a la
primita.... Oh, eso s que no te lo perdono! Protejo la inocencia... yo
vigilar...

--No seas boba... basta que est en mi casa para que yo la respete....

--Ay, ay! qu bueno es eso... mire el seor del respeto... no me
fo....

Edelmira haba interrumpido el dilogo y sin ms se convino en rogar a
la Marquesa que convidase, con reiteradas splicas, si era preciso, al
seor Magistral.

Visitacin lo arregl todo en un minuto.

Como siempre. Donde ella estaba, nadie haca nada ms que ella. Pasaba
la vida ocupada en su gran pasin de tratar asuntos de los dems, de
chupar golosinas ajenas, y comer fuera de casa. All quedaba el modesto
marido, el humilde empleado del Banco, de cuerpo pequeo, de rostro de
ngel envejecido, atusando el bigotillo gris y cuidando de la prole.
Visitacin lo exiga as. No haba de hacerlo ella todo. Quin guiaba
la casa? Quin la salvaba en los apuros? Quin conjuraba las
cesantas? Quin sorteaba las dificultades del presupuesto? Quin era
all el gran arbitrista rentstico? Visitacin. Pues que la dejasen
divertirse, salir; no parar en casa en todo el da. Adems, era mujer de
tal despacho que su ajuar quedaba dispuesto para todo el da, la casa
limpia, la comida preparada antes que en otros lugares se diese un
escobazo y se encendiese lumbre. Algo sucio iba todo, pero ya tranquila
la conciencia, sala a caza de noticias, de chismes, de terrones de
azcar y de recomendaciones la seora del Banco que estaba en todas
partes y siempre en activo servicio.

Su nueva campaa, la ms importante acaso de su vida, la llamaba ella
_para meterle por los ojos a ese_: el dativo que se supla era Anita.
Quera meterle a don lvaro por los ojos, y despus de la conversacin
de la tarde anterior con Mesa, no pensaba en otra cosa. Por la maana
haba ido a casa de Quintanar, quien se paseaba por su despacho en
mangas de camisa, con los tirantes bordados colgando: representaban, en
colores vivos de seda fina, todos los accidentes de la caza de un
ciervo fabuloso de cornamenta inverosmil. Ocupbase don Vctor en
abrochar un botn del cuello; morda el labio inferior, y estiraba la
cabeza hacia lo alto, como si pidiera ayuda a lo sobrenatural y divino.
Visitacin entr en el despacho equivocada....

--Ah! usted dispense--dijo--estorbo?

--No, hija, no; llega usted a tiempo. Este pcaro botn....

Y mientras le abrochaba, la dama, sin quitarse los guantes, el botn del
cuello, don Vctor comenz a darle cuenta de sus propsitos irrevocables
de distraer a su mujer....

--Mi programa es este. Y se lo expuso _c_ por _b_.

Visitacin lo aprob en todas sus partes y juntos se fueron al tocador
de Ana, que deprisa y como ocultndose, cerraba en aquel instante la
carta que poco despus don Fermn lea delante de su madre.

Casi a viva fuerza haban hecho Visitacin y Quintanar que Ana se
vistiera, como Dios manda, y saliese con ellos. Visita se haba
separado en la plaza de la Catedral para ir al asunto de la _Libre
Hermandad_. En casa de Vegallana se volveran a ver. La Marquesa haba
escrito muy temprano a los Quintanar convidndoles a comer y
anuncindoles el programa del da. Ana disput con su marido; quera ir
a reconciliar, se lo haba dicho as en una carta al Provisor, no era
cosa de traerle y llevarle.--Nada, nada! Don Vctor estaba dispuesto a
ser inflexible....

--Reconciliars, si te encuentras con fuerzas para ello, despus de
comer en casa del Marqus; y pronto, para ir en seguida al Vivero....
No transijo!

Y se fueron a dar los das a varios Franciscos y Franciscas. A la una y
cuarto estaban en casa del Marqus.

Lo primero que vio Ana fue a don lvaro.

Tuvo miedo de ponerse encarnada, de que le temblase la voz al contestar
al corts saludo de Mesa. Mir a su marido, algo asustada, pero
Quintanar estrechaba la mano de don lvaro con cariosa efusin. Le era
muy simptico, y aunque se trataban poco, cada vez que se hablaban
estrechaban los lazos de una amistad incipiente que _amenazaba_ ser
ntima y duradera. Don lvaro tena para Quintanar el raro mrito de no
ser terco: en Vetusta todos lo eran segn el buen aragons; pero aquel
modelo de caballeros elegantes no insista en mantener una opinin
descabellada, siempre conclua por darle la razn a Quintanar, quien
deca a espaldas del buen mozo: Si este se fuera a Madrid hara
carrera... con esa figura, y ese aire, y ese talento social!... Oh, ha
de ser un hombre!.

Ana tom la resolucin repentina de dominarse, de tratar a don lvaro
como a todos, sin reservas sospechosas, pensando que en rigor nada
haba, ni poda, ni deba haber entre los dos.

Cuando, pocos minutos despus, hbilmente la sitiaba junto a una ventana
del comedor, mientras Vctor iba con Paco a las habitaciones de este a
ponerse el batn ancho y corto, la Regenta necesit recordar, para
mantenerse fra y serena, que nada serio haba habido entre ella y aquel
hombre; que las miradas que podan haberle envalentonado no eran
compromisos de los que echa en cara ningn hombre de mundo. Ana hablaba
de los hombres de mundo por lo que haba ledo en las novelas; ella no
los haba tratado en este terreno de prueba.

Don lvaro se guard de aludir al encuentro de la noche anterior; nada
dijo de la escena rpida del parque; pero habl con ms confianza; en un
tono familiar que nunca haba empleado con ella. Se haban hablado pocas
veces y siempre entre mucha gente. Ana trataba a todo Vetusta, pero con
los hombres siempre haban sido poco ntimas sus relaciones. Slo Paco y
Frgilis eran amigos de confianza. No era expansiva; su amabilidad
invariable no animaba, contena. Visita aseguraba que aquel corazoncito
no tena puerta. Ella no haba encontrado la llave, por lo menos.

Don lvaro habl mucho y bien, con naturalidad y sencillez, procurando
agradar a la Regenta por la bondad de sus sentimientos ms que por el
brillo y originalidad de las ideas. Se vea claramente que buscaba
simpata, cordialidad, y que se ofreca como un hombre de corazn sano,
sin pliegues ni repliegues. Rea con franca jovialidad, abriendo
bastante la boca y enseando una dentadura perfecta. Ana encontr de muy
buen gusto el sesgo que Mesa daba a su extraa situacin. Cuando don
lvaro callaba, ella volva a sus miedos; se le figuraba que l tambin
volva a pensar en lo que mediaba entre ambos, en la aparicin diablica
de la noche anterior, en el paseo por las calles, y en tantas citas
implcitas, buscadas, indagadas, solicitadas sin saber cmo por l;
cobarde, criminalmente consentidas por ella.

Don Vctor era poco ms alto que Ana; don lvaro tena que inclinarse
para que su aliento, al hablar, rozase blandamente la cabeza graciosa y
pequea de la dama. Pareca una sombra protectora, un abrigo, un apoyo;
se estaba bien junto a aquel hombre como una fortaleza. Ana, mientras
oa, con la frente inclinada, mirando las piedras del patio, slo poda
vislumbrar de soslayo el gabn claro, pulqurrimo del buen mozo. Don
lvaro al moverse con alguna viveza, dejaba al aire un perfume que Ana
la primera vez que lo sinti reput delicioso, despus temible; un
perfume que deba marear muy pronto; ella no lo conoca, pero deba de
tener algo de tabaco bueno y otras cosas puramente masculinas, pero de
hombre elegante solo. A veces la mano del interlocutor se apoyaba sobre
el antepecho de la ventana; Ana vea, sin poder remediarlo, unos dedos
largos, finos, de cutis blanco, venas azules y uas pulidas ovaladas y
bien cortadas. Y si bajaba los ojos ms, para que el otro no creyese que
le contemplaba las manos, vea el pantaln que caa en graciosa curva
sobre un pie estrecho, largo, calzado con esmero ultra-vetustense. No
poda haber pecado ni cosa parecida en reconocer que todo aquello era
agradable, pareca bien y deba ser as.

Ana oa vagamente los ruidos de la cocina donde Pedro dispona con voces
de mando los preparativos de la comida; el rumor de los surtidores del
patio y las carcajadas y gritos de su marido, de Visita, de Edelmira y
de Paco, que iban y venan por las escaleras, por los corredores, por la
huerta, por toda la casa.

No haba visto al Provisor entrar. Visita se acerc a la ventana para
decirle al odo:

--Hijita, si quieres, puedes confesar ahora porque ah tienes al padre
espiritual... ya comer contigo.

Ana se estremeci y se separ de Mesa sin mirarle.

--Hola, hola--dijo don Vctor que entraba dando el brazo a la robusta y
colorada Edelmira-mujercita ma, con que se est usted de palique con
ese caballero?...

Pues aqu me tiene usted con mi parejita, eso es, en justa venganza.

Slo Edelmira ro la gracia, que tena para ella novedad. Pasaron todos
al saln donde estaban los dems convidados. Obdulia hablaba con el
Magistral y Joaquinito Orgaz; el Marqus discuta con Bermdez, que
inclinaba la cabeza a la derecha, abra la boca hasta las orejas
sonriendo, y con la mayor cortesa del mundo pona en duda las
afirmaciones del magnate.

--S, seor, yo derribaba San Pedro sin inconveniente y haca el
mercado....

--Oh, por Dios, seor Marqus!... No creo que usted... se atreviera...
sus ideas.

--Mis ideas son otra cosa. El mercado de las hortalizas no puede seguir
al aire libre, a la intemperie.

--Pero San Pedro es un monumento y una gloriosa reliquia.

--Es una ruina.--No tanto.... El Magistral intervino huyendo de Obdulia,
que le asediaba ya, segn haban previsto Paco y Visita.

Al entrar en el saln la Regenta, De Pas interrumpi una frase pausada y
elegante, porque no pudo menos, y se inclin saludando sin gran
confianza.

Detrs de Ana apareci Mesa, que traa la mejilla izquierda algo
encendida y se atusaba el rubio y sedoso bigote. Vena mirando al
frente, como quien ve lo que va pensando y no lo que tiene delante. El
Magistral le alarg la mano que Mesa estrech mientras deca:

--Seor Magistral, tengo mucho gusto....

Se trataban poco y con mucho cumplido. Ana los vio juntos, los dos
altos, un poco ms Mesa, los dos esbeltos y elegantes, cada cual segn
su gnero; ms fornido el Magistral, ms noble de formas don lvaro,
ms inteligente por gestos y mirada el clrigo, ms correcto de
facciones el elegante.

Don lvaro ya miraba al Provisor con prevencin, ya le tema; el
Provisor no sospechaba que don lvaro pudiera ser el enemigo tentador de
la Regenta; si no le quera bien, era por considerar peligrosa para la
propia la influencia del otro en Vetusta, y porque saba que sin ser
adversario declarado y boquirroto de la Iglesia, no la estimaba. Cuando
le vio con Anita en la ventana, conversando tan distrados de los dems,
sinti don Fermn un malestar que fue creciendo mientras tuvo que
esperar su presencia.

Ana le sonri con dulzura franca y noble y con una humildad pudorosa que
aluda, con el rubor ligero que la mostraba, a los secretos confesados
la tarde anterior. Record todo lo que se haban dicho y que haba
hablado como con nadie en el mundo con aquel hombre que le haba
halagado el odo y el alma con palabras de esperanza y consuelo, con
promesas de luz y de poesa, de vida importante, empleada en algo bueno,
grande y digno de lo que ella senta dentro de s, como siendo el fondo
del alma. En los libros algunas veces haba ledo algo as, pero qu
vetustense saba hablar de aquel modo? Y era muy diferente leer tan
buenas y bellas ideas, y orlas de un hombre de carne y hueso, que tena
en la voz un calor suave y en las letras silbantes msica, y miel en
palabras y movimientos. Tambin record Ana la carta que pocas horas
antes le haba escrito, y este era otro lazo agradable, misterioso, que
haca cosquillas a su modo. La carta era inocente, poda leerla el mundo
entero; sin embargo, era una carta de que poda hablar a un hombre, que
no era su marido, y que este hombre tena acaso guardada cerca de su
cuerpo y en la que pensaba tal vez.

No trataba Ana de explicarse cmo esta emocin ligeramente voluptuosa se
compadeca con el claro concepto que tena de la clase de amistad que
iba naciendo entre ella y el Magistral. Lo que saba a ciencia cierta
era que en don Fermn estaba la salvacin, la promesa de una vida
virtuosa sin aburrimiento, llena de ocupaciones nobles, poticas, que
exigan esfuerzos, sacrificios, pero que por lo mismo daban dignidad y
grandeza a la existencia muerta, animal, insoportable que Vetusta la
ofreciera hasta el da. Por lo mismo que estaba segura de salvarse de la
tentacin francamente criminal de don lvaro, entregndose a don Fermn,
quera desafiar el peligro y se dejaba mirar a las pupilas por aquellos
ojos grises, sin color definido, transparentes, fros casi siempre, que
de pronto se encendan como el fanal de un faro, diciendo con sus
llamaradas desvergenzas de que no haba derecho a quejarse. Si Ana,
asustada, otra vez buscaba amparo en los ojos del Magistral, huyendo de
los otros, no encontraba ms que el teln de carne blanca que los
cubra, aquellos prpados insignificantes, que ni discrecin expresaban
siquiera, al caer con la casta oportunidad de ordenanza.

Pero al conversar, don Fermn no tena inconveniente en mirar a las
mujeres; miraba tambin a la Regenta, porque entonces sus ojos no eran
ms que un modo de puntuacin de las palabras; all no haba
sentimiento, no haba ms que inteligencia y ortografa. En silencio y
cara a cara era como l no miraba a las seoras si haba testigos.

Don lvaro vio que mientras la conversacin general ocupaba a todos los
convidados, que esperaban en el saln, en pie los ms, la voz que les
llamase a la mesa; Ana disimuladamente se haba acercado al Magistral y
junto a un balcn le hablaba un poco turbada y muy quedo, mientras
sonrea ruborosa.

Mesa record lo que Visitacin le haba dicho la tarde anterior:
_cuidado con el Magistral que tiene mucha teologa parda_. Sin que nadie
le instigara era l ya muy capaz de pensar groseramente de clrigos y
mujeres. No crea en la virtud; aquel gnero de materialismo que era su
religin, le llevaba a pensar que nadie poda resistir los impulsos
naturales, que los clrigos eran hipcritas necesariamente, y que la
lujuria mal refrenada se les escapaba a borbotones por donde poda y
cuando poda. Don lvaro, que saba presentarse como un personaje de
novela sentimental e idealista, cuando lo exigan las circunstancias,
era en lo que llamaba _El Lbaro_ el santuario de la conciencia, un
cnico sistemtico. En general envidiaba a los curas con quienes
confesaban sus queridas y los tema. Cuando l tena mucha influencia
sobre una mujer, la prohiba confesarse. Saba muchas cosas. En los
momentos de pasin desenfrenada a que l arrastraba _a la hembra_
siempre que poda, para hacerla degradarse y gozar l de veras con algo
nuevo, obligaba a su vctima a desnudar el alma en su presencia, y las
aberraciones de los sentidos se transmitan a la lengua, y brotaban
entre caricias absurdas y besos disparatados confesiones vergonzosas,
secretos de mujer que Mesa saboreaba y apuntaba en la memoria. Como un
mal clrigo, que abusa del confesonario, saba don lvaro flaquezas
cmicas o asquerosas de muchos maridos, de muchos amantes, sus
antecesores, y en el nmero de aquellas crnicas escandalosas entraban,
como parte muy importante del caudal de obscenidades, las pretensiones
lbricas de los _solicitantes_, sus extravos, dignos de lstima unas
veces, repugnantes, odiosos las ms. Orgulloso de aquella ciencia, Mesa
generalizaba y crea estar en lo firme, y apoyarse en hechos repetidos
hasta lo infinito al asegurar que la mujer busca en el clrigo el
placer secreto y la voluptuosidad espiritual de la tentacin, mientras
el clrigo abusa, sin excepciones, de las ventajas que le ofrece una
institucin cuyo carcter sagrado don lvaro no discuta... delante de
gente, pero que negaba en sus soledades de materialista en octavo
francs, de materialista a lo _commis-voyageur_.

No pensaba, Dios le librase, que el Magistral buscara en su nueva hija
de penitencia la satisfaccin de groseros y vulgares apetitos; ni l se
atrevera a tanto, ni con dama como aquella era posible intentar
semejantes atropellos... pero por lo fino, por lo fino (repeta
pensndolo) es lo ms probable que pretenda seducir a esta hermosa
mujer, desocupada, en la flor de la edad y sin amar. S, este cura
quiere hacer lo mismo que yo, slo que por otro sistema y con los
recursos que le facilita su estado y su oficio de confesor.... Oh!
deba acudir antes para impedirlo, pero ahora no puedo, an no tengo
autoridad para tanto. Estas y otras reflexiones anlogas pusieron a
Mesa de mal humor y airado contra el Magistral, cuya influencia en
Vetusta, especialmente sobre el sexo dbil y devoto, le molestaba mucho
tiempo haca.

--De modo que esta tarde ya no puede ser?--deca Ana con humilde voz,
suave, temblorosa.

--No seora--respondi el Magistral, con el timbre de un cfiro entre
flores--; lo principal es cumplir la voluntad de don Vctor, y hasta
adelantarse a ella cuando se pueda. Esta tarde, alegra y nada ms que
alegra. Maana temprano....

--Pero usted se va a molestar... usted no tiene costumbre de ir a la
Catedral a esa hora....

--No importa, ir maana, es un deber... y es para m una satisfaccin
poder servir a usted, amiga ma....

No era en estas palabras, de una galantera vulgar, donde estaba la
dulzura inefable que encontraba Ana en lo que oa: era en la voz, en los
movimientos, en un olor de _incienso espiritual_ que pareca entrar
hasta el alma.

Quedaron en que a la maana siguiente, muy temprano, don Fermn
esperara en su capilla a la Regenta para reconciliar.

--Y mientras tanto, no pensar en cosas serias; divertirse, alborotar,
como manda el seor Quintanar, que adems de tener derecho para
mandarlo, pide muy cuerdamente. Es muy posible que sus... tristezas de
usted, esas inquietudes... (el Magistral se puso levemente sonrosado, y
le tembl algo la voz, porque estaba aludiendo a las confidencias de la
tarde anterior), esas angustias de que usted se queja y se acusa tengan
mucho de nerviosas y tambin puedan curarse, en la parte que al mal
fsico corresponde, con esa nueva vida que le aconsejan y le exigen. S,
seora, por qu no? Oh, hija ma, cuando nos conozcamos mejor, cuando
usted sepa cmo pienso yo en materia de _placeres mundanos_... (Eran sus
frases) los _placeres del mundo_ pueden ser, para un alma firme y bien
alimentada, pasatiempo inocente, hasta soso, insignificante; distraccin
til, que se aprovecha como una medicina inspida, pero eficaz....

Ana comprenda perfectamente. Quera decir el Magistral que cuando ella
gozase las delicias de la virtud, las diversiones con que poda
solazarse el cuerpo le pareceran juegos pueriles, vulgares, sin gracia,
buenos slo porque la distraan y daban descanso al espritu.
Entendido. Despus de todo, as era ahora; la divertan tan poco los
bailes, los teatros, los paseos, los banquetes de Vetusta!.

Quintanar se acerc, y como oyera a don Fermn repetir que era higinico
el ejercicio y muy saludable la vida alegre, distrada, aplaudi al
Magistral con entusiasmo, y aun aument su satisfaccin cuando supo que
ya no reconciliara Ana aquella tarde.

--Absurdo!--dijo don Fermn--; esta tarde al campo... al Vivero....

--A comer, a comer!--grit la Marquesa desde la puerta del saln donde
acababa de recibir la noticia.

--Santa palabra!--exclam el Marqus.

Cada cual dijo algo en honor del nuncio, y todos hablando, gesticulando,
contentos, sin ceremonias, que eran excusadas en casa de doa Rufina,
pasaron al comedor. Los marqueses de Vegallana saban tratar a sus
convidados con todas las reglas de la etiqueta empalagosa de la
aristocracia provinciana; pero en estas fiestas de amigos ntimos, de
que a propsito se exclua a los parientes linajudos que no gustaban de
ciertas confianzas, se portaban como pudiera cualquier plebeyo rico,
aunque sin perder, aun en las mayores expansiones, algunos aires de
distincin y seoro vetustense que les eran ingnitos. El Marqus tena
el arte de saber darse tono _a la pata la llana_, como l deca en la
prosa ms humilde que habl aristcrata.

La comida era de confianza, ya se saba. Esto quera decir que el
Marqus y la Marquesa, no prescindiran de sus manas y caprichos
gastronmicos en consideracin a los convidados; pero estos seran
tratados a cuerpo de rey; la confianza en aquella mesa no significaba
la escasez ni el desalio; se prescinda de la librea, de la vajilla de
plata, heredada de un Vegallana, alto dignatario en Mjico, de las
ceremonias molestas, pero no de los vinos exquisitos, de los aperitivos
y entremeses en que era notable aquella mesa, ni, en fin, de comer lo
mejor que produca la fauna y la flora de la provincia en agua, tierra y
aire. Otros aristcratas disputaban a Vegallana la supremaca en
cuestin de nobleza o riqueza, pero ninguno se atreva a negar que la
cocina y la bodega del Marqus eran las primeras de Vetusta.

Ordinariamente la Marquesa se haca servir por muchachas de veinte
abriles prximamente, guapas, frescas, alegres, bien vestidas y limpias
como el oro.

--Ello ser de mal tono--deca--cosa de pobretes, pero todos mis
convidados quedan contentos de tal servicio.

--Porque tengo observado--aada--que a las seoras no les gustan, por
regla general, los criados; no se fijan en ellos, y a los hombres
siempre les gustan las buenas mozas, aunque sea en la sopa.

Paquito haba acogido con entusiasmo la innovacin de su mam diciendo:
Eso es! Esta servidumbre de doncellas parece que alegra; me recuerda
las horchateras y algunos cafs de la Exposicin.... Al Marqus le era
indiferente el cambio. De todas suertes l no pecaba en casa ni siquiera
dentro del casco de la poblacin.

El comedor era cuadrado, tena vistas a la huerta y al patio mediante
cuatro grandes ventanas rasgadas hasta cerca del techo, no muy alto. En
cada ventana haba acumulado la Marquesa flores en tiestos, jardineras,
jarrones japoneses, ms o menos autnticos y contrastaban los colores
vivos y metlicos de esta exposicin de flores con los severos tonos del
nogal mate que asombraban el artesonado del techo y se mostraban en
molduras y tableros de los grandes armarios corridos, de cristales, que
rodeaban el comedor en todo el espacio que dejaban libres los huecos y
un gran sof arrimado a un testero. Tambin adornaban las paredes, all
donde caban, cuadros de poco gusto, pero todos alusivos a las mltiples
industrias que tienen relacin con el comer bien. All la caza del
tiempo que se le antojaba a Vegallana del feudalismo; la castellana en
el palafrn, el paje a sus pies con el azor en el puo levantado sobre
su cabeza; la garza all en las nubes, de color de yema de huevo; ms
atrs el amo de aquellos bosques, del castillo roquero y del pueblecillo
que se pierde en lontananza.... En frente una escena de novela de
Feuillet; caza tambin; pero sin garza, ni azor, ni seor feudal: un
rincn del bosque, una dama que monta a la inglesa, y un jinete que le
va a los alcances dispuesto, segn todas las seas, a besarle una mano
en cuanto pueda cogerla.... En otra parte una mesa revuelta; ms all un
bodegn de un realismo insufrible despus de comer. Y por ltimo, en el
techo, en la vertical del centro de mesa, en un medalln, el retrato de
don Jaime Balmes, sin que se sepa por qu ni para qu. Qu hace all el
filsofo cataln? El Marqus no ha querido explicarlo a nadie. A
Bermdez le parece un absurdo; Ronzal dice que es _un anacronismo_;
pero a pesar de estas y otras murmuraciones, conserva en el medalln a
Balmes y no da explicaciones el jefe del partido conservador de Vetusta.

A la Marquesa le parece esta una de las tonteras menos cargantes de su
marido.

Se sentaron los convidados: no hubo ms sillas destinadas que las de la
derecha e izquierda respectivas de los amos de la casa. A la derecha de
doa Rufina se sent Ripamiln y a su izquierda, el Magistral; a la
derecha del Marqus doa Petronila Rianzares y a la izquierda don Vctor
Quintanar. Los dems donde quisieron o pudieron. Paco estaba entre
Edelmira y Visitacin; la Regenta entre Ripamiln y don lvaro; Obdulia
entre el Magistral y Joaqun Orgaz, don Saturnino Bermdez entre doa
Petronila y el capelln de los Vegallana. Don Vctor tena a su
izquierda a don Robustiano Somoza, el rozagante mdico de la nobleza,
que coma con la servilleta sujeta al cuello con un gracioso nudo.

El Marqus, antes que los dems comiesen la sopa se sirvi un gran plato
de sardinas, mientras hablaba con doa Petronila del derribo de San
Pedro, que a la dama le pareca ignominioso. Los convidados en tanto se
entretenan con los variados, ricos y raros entremeses. Ya lo saban!
estaban en confianza y haba que respetar las costumbres que todos
conocan. Vegallana empezaba siempre con sus sardinas; devoraba unas
cuantas docenas, y en seguida se levantaba, y discretamente desapareca
del comedor. Siguiendo uso inveterado todos hicieron como que no notaban
la ausencia del Marqus; y en tanto lleg y se sirvi la sopa. Cuando el
amo de la casa volvi a su asiento, estaba un poco plido y sudaba.

--Qu tal?--pregunt la Marquesa entre dientes, ms con el gesto que
con los labios.

Y su esposo contest con una inclinacin de cabeza que quera decir:

--Perfectamente!--y en tanto se serva un buen plato de sopa de
tortuga. El Marqus ya no tena las sardinas en el cuerpo.

Otro misterio como el de Balmes en el techo.

La Marquesa haca sus comistrajos singulares, en que nadie reparaba ya
tampoco; coma lechuga con casi todos los platos y todo lo rociaba con
vinagre o lo untaba con mostaza. Sus vecinos conocan sus caprichos de
la mesa y la servan solcitos, con alardes de larga experiencia en
aquellas combinaciones de aderezos avinagrados en que ayudaban al ama de
la casa. Ripamiln, mientras discuta acalorado con su querido amigo don
Vctor, en pie, moviendo la cabeza como con un resorte, arreglaba la
ensalada tercera de la Marquesa, con una habilidad de mquina en buen
uso, y la seora le dejaba hacer, tranquila, aunque sin quitar ojo de
sus manos, segura del acierto exacto del diminuto cannigo.

--Seor mo!--gritaba Ripamiln, mientras disolva sal en el plato de
doa Rufina batiendo el aceite y el vinagre con la punta de un
cuchillo--; seor mo! yo creo que el seor de Carraspique est en su
perfecto derecho; y no s de dnde le vienen a usted esas ideas
disolventes, que en cuarenta aos que llevamos de trato no le he
conocido....

--Oiga usted, mal clrigo!--exclam Quintanar, que estaba de muy buen
humor y empezaba a sentirse rejuvenecido--; yo bien s lo que me digo, y
ni t ni ningn calaverilla ochentn como t me da a m lecciones de
moralidad. Pero yo soy liberal....

--Pamplinas.--Ms liberal hoy que ayer, maana ms que hoy....

--Bravo! bravo!--gritaron Paco y Edelmira, que tambin se sentan muy
jvenes; y obligaron a don Vctor a chocar las copas.

Todo aquello era broma; ni don Vctor era hoy ms liberal que ayer, ni
trataba de usted a Ripamiln, ni le tena por calavera; pero as se
manifestaba all la alegra que a todos los presentes comunicaba aquel
vino transparente que luca en fino cristal, ya con reflejos de oro, ya
con misteriosos tornasoles de gruta mgica, en el amaranto y el violeta
obscuro del Burdeos en que se baaban los rayos ms atrevidos del sol,
que entraba atravesando la verdura de la hojarasca, tapiz de las
ventanas del patio. Por qu no alegrarse? por qu no rer y
disparatar? Todo era contento: all en la huerta rumores de agua y de
rboles que meca el viento, cnticos locos de pjaros dicharacheros; de
las ventanas del patio venan perfumes trados por el airecillo que
haca sonajas de las hojas de las plantas. Los surtidores de abajo eran
una orquesta que acompaaba al bullicioso banquete; Pepa y Rosa vestidas
de colorines, pero con trajes de buen corte ceido, airosas, limpias
como armios, sinuosas al andar de faldas sonoras, risueas, rubia la
una, morena como mulata la que tena nombre de flor, servan con gracia,
rapidez, buen humor y acierto, enseando a los hombres dientes de
perlas, inclinndose con las fuentes con coquetona humildad, de modo
que, segn Ripamiln, aquella buena comida presentada as era miel sobre
hojuelas.

Los de la mesa correspondan a la alegra ambiente; rean, gritaban ya,
se obsequiaban, se alababan mutuamente con pullas discretas, por medio
de antfrasis; ya se saba que una censura desvergonzada quera decir
todo lo contrario: era un elogio sin pudor.

En la cocina haba ecos de la alegra del comedor; Pepa y Rosa cuando
entraban con los platos venan sonriendo todava al espectculo que
dejaban all dentro; en toda la casa no haba en aquel momento ms que
un personaje completamente serio: Pedro el cocinero.

Ya se divertira despus; pero ahora pensaba en su responsabilidad; iba
y vena, diriga aquello como una batalla; se asomaba a veces a la
puerta del comedor y rectificaba los ligeros errores del servicio con
miradas magnticas a que obedecan Pepa y Rosa como autmatas,
disciplinadas a pesar de la expansin y la algazara, cual veteranos.

Despus de Pedro los menos bulliciosos eran la Regenta y el Magistral; a
veces se miraban, se sonrean, De Pas diriga la palabra a Anita de rato
en rato, tendiendo hacia ella el busto por detrs de la Marquesa, para
hacerse or; don lvaro los observaba entonces, silencioso, cejijunto,
sin pensar que le miraba Visitacin, que estaba a su lado. Un pisotn
discreto de la del Banco le sacaba de sus distracciones.

--Pican, pican--deca Visita.--El qu?--preguntaba la Marquesa que
coma sin cesar y muy contenta entre el bullicio--qu es lo que pica?

--Los pimientos, seora. Y don lvaro agradeca a Visitacin el aviso y
volva a engolfarse en el palique general, ocultando como poda su
aburrimiento que para sus adentros llamaba soberano.

Cosa ms rara! Estaba tocando el vestido y a veces hasta senta una
rodilla de la Regenta, de la mujer que deseaba--cundo se vera l en
otra?--y sin embargo se aburra, le pareca estar all de ms, seguro de
que aquella comida no le servira para nada en sus planes, y de que la
Regenta no era mujer que se alegrase en tales ocasiones, a lo menos por
ahora.

Sera una gran imprudencia dar un paso ms; si yo aprovechase la
excitacin de la comida me perdera para mucho tiempo en el nimo de
esta seora; estoy seguro de que ella tambin se siente excitadilla, de
que tambin est pensando en mis rodillas y en mis codos, pero no es
tiempo todava de aprovechar estas ventajas fisiolgicas.... Esta ocasin
no es ocasin.... Veremos all en el Vivero; pero aqu nada, nada; por
ms que pinche el apetito. Y estaba ms fino con Anita, la obsequiaba
con la distincin con que l saba hacerlo, pero nada ms. Visitacin
vea visiones. Qu era aquello?. Miraba pasmada a Mesa, cuando nadie
lo notaba, y abra los ojos mucho, hinchando los carrillos, gesto que
daba a entender algo como esto:

Me pareces un papanatas, y me pasma que ests hecho un doctrino cuando
yo te he puesto a su lado con el mejor propsito....

Mesa, por toda respuesta, se acercaba entonces a ella, le pisaba un
pie; pero la del Banco le reciba a pataditas, con lo que daba a
entender que era tambor de marina y que segua dominando en ella el
criterio que haba presidido a la bofetada de la tarde anterior.

Paco no se atreva a pisar a su _prima nueva_, pero la tena encantada
con sus bromas de seorito fino, que vivi y _la corri_ en Madrid.
Adems ola tan bien el primo y a cosas tan frescas y al mismo tiempo
tan delicadas y elegantes! All, en su pueblo Edelmira haba pensado
mucho en el Marquesito, a quien haba visto dos o tres veces siendo ella
muy nia y l un adolescente. Ahora le vea como nuevo y superaba en
mucho a sus sueos e imaginaciones; era ms guapo, ms sonrosado, ms
alegre y ms gordo. El Marquesito vesta aquella tarde un traje de
alpaca fina, de color de garbanzo, chaleco del mismo color de piqu y
calzaba unas babuchas de verano que Edelmira consideraba el colmo de la
elegancia, aunque pareca cosa de turcos. Los dijes del primo, la camisa
de color, la corbata, las sortijas ricas y vistosas, las manos que
parecan de seorita, todo esto encantaba a Edelmira que era tambin muy
amiga de la limpieza y de la salud.

Paco haba ido aproximando una rodilla a la falda de la joven; al fin
sinti una dureza suave y ya iba a retroceder, pero la nia permaneci
tan tranquila, que el primo se dej aquella pierna arrimada all como si
la hubiese olvidado. La inocencia de Edelmira era tan poco espantadiza
que Paco hubiera podido propasarse a pisarle un pie sin que ella
protestase a no sentirse lastimada. Adems, pensaba la joven, estas son
cosas de aqu; la tradicin contaba mayores maravillas de la casa de
los tos.

Obdulia, sentada enfrente, miraba a veces con languidez a la rozagante
pareja. Se acordaba del sol de invierno de la tarde anterior. Paco ya
lo haba olvidado! no pensaba ms que en aquella hermosura fresca,
oliendo a yerba y romero que le vena de la aldea a alegrarle los
sentidos. Pero la viuda, despus de consagrar un recuerdo triste a sus
devaneos de la vspera, se volvi al Magistral insinuante, provocativa;
procuraba marearle con sus perfumes, con sus miradas de _teln rpido_ y
con cuantos recursos conoca y podan ser empleados contra semejante
hombre y en tales circunstancias. De Pas responda con mal disimulado
despego a las coqueteras de Obdulia y no le agradeca siquiera el
holocausto que le estaba ofreciendo de los obsequios de Joaqun Orgaz
que ella desdeaba con mal disimulado nfasis.

A Joaquinito le llevaban los demonios. Aquella mujer era una... tal...
y lo deca en flamenco para sus adentros.

Pues no le estaba poniendo varas al Provisor?. Esto que no lo notaban,
o fingan no verlo, los dems convidados, lo estaba observando l por lo
que le importaba. Pero no se daba por vencido, insista en galantear a
la viuda, fingiendo no ver lo del Magistral. Ordinariamente Obdulia y
Joaquinito se entendan. Seor! si haba llegado a darle cita en una
carbonera! Verdad era que l no poda vanagloriarse de haber tomado
aquella plaza... desmantelada; no haba gozado los supremos favores...
todava; pero, en fin, anticipos... arras... o como quiera llamarse, eso
s. Oh! como l llegara a vencer por completo, y as lo esperaba, ya le
pagara ella aquellos desdenes caprichosos, aquellos cambios de humor, y
aquella humillacin de posponerle a un _carca_.

El que no esperaba nada, el que estaba desengaado, triste hasta la
muerte, era don Saturnino Bermdez. Despus de la escena de la Catedral
donde crea haber adelantado tanto--bien a costa de su conciencia--no
haba vuelto a ver a Obdulia; y aquella maana, al acercarse a ella para
decirle cunto haba padecido con la ausencia de aquellos das (si bien
ocultando los restreimientos que le haban tenido obseso y en cama), al
ir a rezarle al odo el discursito que traa preparado--estilo Feuillet
pasado por la sacrista--Obdulia le haba vuelto la espalda y no una
vez, sino tres o cuatro, dndole a entender claramente, que _non erat
hic locus_, que a l slo se le tolerara en la iglesia.

As eran las mujeres! as era singularmente aquella mujer! Para qu
amarlas? Para qu perseguir el ideal del amor? O, mejor dicho, para
qu amar a las mujeres vivas, de carne y hueso? Mejor era soar, seguir
soando. As pensaba melanclico Bermdez, que tena el vino triste,
mientras contestaba distrado, pero muy framente, a doa Petronila
Rianzares que se ocupaba en hacer en voz baja un panegrico del
Magistral, su dolo. Bermdez miraba de cuando en cuando a la Regenta, a
quien haba amado en secreto, y otras veces a Visitacin, a quien haba
querido siendo l adolescente, all por la poca en que la del Banco,
segn malas lenguas, se escap con un novio por un balcn. Ni siquiera
Visitacin le haba hecho caso en su vida; jams le haba mirado con los
ojillos arrugados con que ella crea encantar; no era desprecio; era que
para las seoras de Vetusta, Bermdez era un sabio, un santo, pero no un
hombre. Obdulia haba descubierto aquel varn, pero haba despreciado en
seguida el descubrimiento.

El Magistral, Ripamiln, don Vctor, don lvaro, el Marqus y el mdico
llevaban el peso de la conversacin general; Vegallana y el Magistral
tendan a los asuntos serios, pero Ripamiln y don Vctor daban a todo
debate un sesgo festivo y todos acababan por tomarlo a broma. El Marqus
en cuanto se sinti fuerte, merced al sabio equilibrio gstrico de
lquidos y slidos que l estableca con gran tino, insisti en su
espritu de reformista de cal y canto. Ea! que quera derribar a San
Pedro; y que no se le hablase de sus ideas; aparte de que l no era un
fantico, ni el partido conservador deba confundirse con ciertas
doctrinas ultramontanas, aparte de esto, una cosa era la religin y otra
los intereses locales; el mercado cubierto para las hortalizas era una
necesidad. Emplazamiento? uno solo, no admita discusin en esto, la
plaza de San Pedro; pero cmo? dnde? Mediante el derribo de la
ruinosa iglesia.

Doa Petronila protestaba invocando la autoridad del Magistral. El
Magistral votaba con doa Petronila, pero no esforzaba sus argumentos.
Ripamiln, que tena los ojillos como dos abalorios, gritaba:

--Fuera ese iconoclasta! Las hortalizas, las hortalizas! Eso quiere
decir que a V. E., seor Marqus, la religin, el arte y la historia le
importan menos que un rbano?

--Bravo, paisano!--grit don Vctor, en pie, con una copa de Champaa
en la mano.

--No hay formalidad, no se puede discutir--deca el Marqus--; este
Quintanar aplaude ahora al otro y antes se llamaba liberal.

--Pero qu tiene que ver?

--No quiere usted derribar la iglesia, pero quera exclaustrar a las
hijas de Carraspique....

--Una sencilla secularizacin.

--Vctor, Vctor, no disparates...--se atrevi a decir sonriendo la
Regenta.

--Son bromas--advirti el Magistral.

--Cmo bromas?--grit el mdico--. A fe de Somoza, que sin don Vctor
ataca a mi primo Carraspique en broma, yo empuo la espada, le ataco en
serio y las caas se vuelven lanzas. Seores, aquella nia se pudre....

Se acab la discusin, sin causa, o por causa de los vapores del vino,
mejor dicho. Todos hablaban; Paco quera tambin secularizar a las
monjas; Joaquinito Orgaz comenz a decir chistes flamencos que hacan
mucha gracia a la Marquesa y a Edelmira. Visitacin lleg a levantarse
de la mesa para azotar con el abanico abierto a los que manifestaban
ideas poco ortodoxas. Pepa y Rosa y las dems criadas sonrean
discretamente, sin atreverse a tomar parte en el desorden, pero un poco
menos disciplinadas que al empezar la comida. Pedro ya no se asomaba a
la puerta. Se haban roto dos copas.

Los pjaros de la huerta se posaban en las enredaderas de las ventanas
para ver qu era aquello y mezclaban sus gritos grrulos y agudos al
general estrpito.

--El caf en el cenador!--orden la Marquesa.

--Bien, bien!--gritaron don Vctor y Edelmira, que cogidos del brazo y
a los acordes de la marcha real (deca el ex-regente), que tocaba all
dentro Visitacin en un piano desafinado, se dirigieron los primeros a
la huerta, seguidos de Paco, empeado en ceir las canas de don Vctor
con una corona de azahar. La haba encontrado en un armario de la alcoba
de su hermana Emma. All iba a dormir Edelmira. Salieron todos a la
huerta, que era grande, rodeada, como el parque de los Ozores, de
rboles altos y de espesa copa, que ocultaban al vecindario gran parte
del recinto. Don Vctor, Paco y Edelmira corran por los senderos all
lejos entre los rboles. Don lvaro daba el brazo a la Marquesa, y
delante de ellos, detenida por la conversacin de doa Rufina iba Anita,
mordiendo hojas del boj de los parterres, con la frente inclinada, los
ojos brillantes y las mejillas encendidas. El Magistral se haba quedado
atrs, en poder de doa Petronila Rianzares que le hablaba de un asunto
serio: la casa de las Hermanitas de los Pobres que se construa cerca
del Espoln, en terrenos regalados por doa Petronila con admiracin y
aplauso de toda Vetusta catlica. Era la de Rianzares viuda de un
antiguo intendente de la Habana, quien la haba dejado una fortuna de
las ms respetables de la provincia; gran parte de sus rentas la
empleaba en servicio de la Iglesia, y especialmente en dotar monjas,
levantar conventos y proteger la causa de Don Carlos, mientras estuvo en
armas el partido. Crease poco menos que papisa y se hubiera atrevido a
excomulgar a cualquiera provisionalmente, segura de que el Papa
sancionara su excomunin; trataba de potencia a potencia al Obispo, y
Ripamiln, que no la poda ver porque era un marimacho, segn l, la
llamaba el Gran Constantino, aludiendo al Emperador que protegi a la
Iglesia. Piensa la buena seora que por haber sabido conservar con
decoro las tocas de la viudez y por levantar edificios para obras pas
es una santa y poco menos que el Metropolitano. Tena razn el
Arcipreste; doa Petronila no pensaba ms que en su proteccin al culto
catlico y opinaba que los dems deban pasarse la vida alabando su
munificencia y su castidad de viuda.

No reconoca entre todo el clero vetustense ms superior que el
Magistral, a quien consideraba ms que al Obispo; era todo un gran
hombre que por humildad viva postergado. El Magistral trataba a la de
Rianzares como a una reina, segn el Arcipreste, o como si fuera el
obispo-madre; ella se lo agradeca y se lo pagaba siendo su abogado ms
elocuente en todas partes. Donde ella estuviera, que no se murmurase; no
lo consenta.

Cuando llegaron al cenador donde se empezaba a servir el caf, la de
Rianzares inclinaba su cabeza de fraile corpulento cerca del hombro del
Magistral, diciendo con los ojos en blanco, y llena de miel la boca:

--Vamos! amigo mo!... se lo suplico yo... acompeme al Vivero... sea
amable... por caridad....

El Magistral no menos dulce, suave y pegajoso, reciba con placer aquel
incienso, detrs del cual habra tantas talegas.

--Seora... con mil amores... si pudiera... pero... tengo que hacer, a
las siete he de estar....

--Oh, no, no valen disculpas.... Aydeme usted, Marquesa, aydeme usted a
convencer a este pcaro.

La Marquesa ayud, pero fue intil. Don Fermn se haba propuesto no ir
al Vivero aquella tarde; comprenda que eran all todos ntimos de la
casa menos l; ya haba aceptado el convite porque... no haba podido
menos, por una debilidad, y no quera ms debilidades. Qu iba a hacer
l en aquella excursin? Saba que al Vivero iban todos aquellos locos,
Visitacin, Obdulia, Paco, Mesa, a divertirse con demasiada libertad, a
imitar muy a lo vivo los juegos infantiles. Ripamiln se lo haba dicho
varias veces. Ripamiln iba sin escrpulo, pero ya se saba que el
Arcipreste era como era; l, De Pas, no deba presenciar aquellas
escenas, que sin ser precisamente escandalosas... no eran para vistas
por un cannigo formal. No, no haba que prodigarse; siempre haba
sabido mantenerse en el difcil equilibrio de sacerdote sociable sin
degenerar en mundano; saba conservar su buena fama. La excesiva
confianza, el trato sobrado familiar daara a su prestigio; no ira al
Vivero. Y buenas ganas se le pasaban, eso s; porque aquel seor Mesa
se haba vuelto a pegar a las faldas de la Regenta, y ya empezaba don
Fermn a sospechar si tendra propsitos _non sanctos_ el clebre don
Juan de Vetusta.

La Marquesa, sin malicia, como ella haca las cosas, llam a su lado a
Anita para decirla:

--Ven ac, ven ac, a ver si a ti te hace ms caso que a nosotras este
seor displicente.

--De qu se trata?--De don Fermn que no quiere venir al Vivero.

El don Fermn, que ya tena las mejillas algo encendidas por culpa de
las libaciones ms frecuentes que de costumbre, se puso como una cereza
cuando vio a la Regenta mirarle cara a cara y decir con verdadera pena:

--Oh, por Dios, no sea usted as, mire que nos da a todos un disgusto;
acompenos usted, seor Magistral....

En el gesto, en la mirada de la Regenta poda ver cualquiera y lo vieron
De Pas y don lvaro, sincera expresin de disgusto: era una contrariedad
para ella la noticia que le daba la Marquesa.

Por el alma de don lvaro pas una emocin parecida a una quemadura; l,
que conoca la materia, no dud en calificar de celos aquello que haba
sentido. Le dio ira el sentirlo. Quera decirse que aquella mujer le
interesaba ms de veras de lo que l creyera; y haba obstculos, y de
qu gnero! Un cura! Un cura guapo, haba que confesarlo.... Y
entonces, los ojos apagados del elegante Mesa brillaron al clavarse en
el Magistral que sinti el choque de la mirada y la resisti con la
suya, erizando las puntas que tena en las pupilas entre tanta blandura.
A don Fermn le asust la impresin que le produjo, ms que las
palabras, el gesto de Ana; sinti un agradecimiento dulcsimo, un calor
en las entraas completamente nuevo; ya no se trataba all de la vanidad
suavemente halagada, sino de unas fibras del corazn que no saba l
cmo sonaban. Qu diablos es esto! pens De Pas; y entonces
precisamente fue cuando se encontr con los ojos de don lvaro; fue una
mirada que se convirti, al chocar, en un desafo; una mirada de esas
que dan bofetadas; nadie lo not ms que ellos y la Regenta. Estaban
ambos en pie, cerca uno de otro, los dos arrogantes, esbeltos; la ceida
levita de Mesa, correcta, severa, ostentaba su gravedad con no menos
dignas y elegantes lneas que el manteo ampuloso, hiertico del clrigo,
que reluca al sol, cayendo hasta la tierra.

Ambos le parecieron a la Regenta hermosos, interesantes, algo como San
Miguel y el Diablo, pero el Diablo cuando era Luzbel todava; el Diablo
Arcngel tambin; los dos pensaban en ella, era seguro; don Fermn como
un amigo protector, el otro como un enemigo de su honra, pero amante de
su belleza; ella dara la victoria al que la mereca, al ngel bueno,
que era un poco menos alto, que no tena bigote (que siempre pareca
bien), pero que era gallardo, apuesto a su modo, como se puede ser
debajo de una sotana. Se tena que confesar la Regenta, aunque pensando
un instante nada ms en ello, que la complaca encontrar a su salvador,
tan airoso y bizarro; tan distinguido como deca Obdulia, que en esto
tena razn. Y sobre todo, aquellos dos hombres mirndose as por ella,
reclamando cada cual con distinto fin la victoria, la conquista de su
voluntad, eran algo que rompa la monotona de la vida vetustense, algo
que interesaba, que poda ser dramtico, que ya empezaba a serlo. El
honor, aquella quisicosa que andaba siempre en los versos que recitaba
su marido, estaba a salvo; ya se sabe, no haba que pensar en l; pero
bueno sera que un hombre de tanta inteligencia como el Magistral la
defendiera contra los ataques ms o menos temibles del buen mozo, que
tampoco era rana, que estaba demostrando mucho tacto, gran prudencia y
lo que era peor, un inters verdadero por ella. Eso s, ya estaba
convencida, don lvaro no quera vencerla por capricho, ni por vanidad,
sino por verdadero amor; de fijo aquel hombre hubiera preferido
encontrarla soltera. En rigor, don Vctor era un respetable estorbo.

Pero ella le quera, estaba segura de ello, le quera con un cario
filial, mezclado de cierta confianza conyugal, que vala por lo menos
tanto, a su modo, como una pasin de otro gnero. Y adems, si no fuera
por don Vctor, el Magistral no tendra por qu defenderla, ni aquella
lucha entre dos hombres _distinguidos_ que comenzaba aquella tarde
tendra razn de ser. No haba que olvidar que don Fermn no la quera
ni la poda querer para s, sino para don Vctor.

Cuando Ana se perda en estas y otras reflexiones parecidas, se oy la
voz de Obdulia que daba grandes chillidos pidiendo socorro. Los que
tomaban pacficamente caf bajo la glorieta, acudieron al extremo de la
huerta.

--Dnde estn? dnde estn?--preguntaba asustada la Marquesa.

--En el columpio! en el columpio!--dijo el mdico don Robustiano.

Era un columpio de madera, como los que se ofrecen al pblico madrileo
en la romera de San Isidro, aunque ms elegante y fabricado con esmero;
en uno de los asientos, que imitaban la barquilla de un globo, en
cuclillas, sonriente y plido, don Saturnino Bermdez, como a una vara
del suelo inmvil, haca la figura ms ridcula del mundo, con plena
conciencia de ello, y ms ridculo por sus conatos de disimularlo,
procurando dar a su situacin unos aires de tolerable, que no poda
tener. En el otro extremo, en la barquilla opuesta, que se haba
enganchado en un puntal de una pared, restos del andamiaje de una obra
reciente, ostentaba los llamativos colores de su falda y su exuberante
persona Obdulia Fandio agarrada a la nave como un nufrago del aire,
muy de veras asustada, y coqueta y aparatosa en medio del susto y de lo
que ella crea peligro.

--No se mueva usted, no se mueva usted--gritaba don Vctor, haciendo
aspavientos debajo de la barquilla, y probablemente viendo lo que a
Obdulia, en aquel trance a lo menos, no le importaba mucho ocultar.

--No te muevas, no te muevas, mira que si te caes te matas...--deca
Paco, que buscaba algo para desenganchar el columpio.

--Tres metros y medio--dijo el Marqus que lleg a tiempo de dar la
medida exacta del batacazo posible, a ojo, como l haca siempre los
clculos geomtricos.

El caso es que ni don Vctor, ni Paco, ni Orgaz podan por su propia
industria arbitrar modo de subir a la altura de aquel madero y librar a
Obdulia.

--Tuvo la culpa Paco--deca Visitacin, ceidas con una cuerda las
piernas, por encima del vestido--. Empuj demasiado fuerte, para que se
cayera Saturno y, zas! subi la barquilla all arriba y al bajar... se
enganch en ese palo.

Obdulia no se mova, pero gritaba sin cesar.

--No grites, hija--deca la Marquesa, que ya no la miraba por no
molestarse con la incmoda postura de la cabeza echada hacia atrs--; ya
te bajarn....

Prob el Marqus a encaramarse sobre una escalera de mano de pocos
travesaos, que serva al jardinero para recortar la copa de los
arbolillos y las columnas de boj. Pero el Marqus, aun subido al palo
ms alto no llegaba a coger la barquilla del columpio, de modo que
pudiera hacer fuerza para descolgarla.

--Que llamen a Diego... a Bautista...--deca la Marquesa.

--S, s; que venga Bautista!...--gritaba Obdulia recordando la fuerza
del cochero.

--Es intil--advirti el Marqus--. Bautista tiene fuerza pero no
alcanza; es de mi estatura... no hay ms remedio que buscar otra
escalera....

--No la hay en el jardn...--Sabe Dios dnde parecer...

--Por Dios! por Dios!... que ya me mareo, que me caigo de miedo.

Entonces don lvaro, a quien Ana haba dirigido una mirada animadora y
suplicante, se decidi. Rato haca que se le haba ocurrido que l,
gracias a su estatura, podra coger cmodamente la barquilla y
arrancarla de sus prisiones... pero qu le importaba a l Obdulia?
Poda hacer una figura ridcula, mancharse la levita. La mirada de Ana
le hizo saltar a la escalera. Por fortuna era gil. La Regenta le vio
tan airoso, tan pulcro y elegante en aquella situacin de farolero como
paseando por el Espoln.

--Bravo! bravo!--gritaron Edelmira y Paco al ver los brazos del buen
mozo entre los palos de la barquilla del columpio.

--No me tires! No me tires!--grit Obdulia que sinti las manos de su
ex-amante debajo de las piernas. Visita le dio un pellizco a Edelmira a
quien ya tuteaba. La chica se fij en la intencin del pellizco porque
se haba fijado en el tratamiento. Le haba llamado de t!

--Est usted tranquila; no va con usted nada--respondi don lvaro... ya
arrepentido de haber cedido al ruego tcito de Anita.

Empleaba largos preparativos para colocar los brazos de modo que hiciera
la fuerza suficiente para levantar el columpio a pulso.... Al intentar el
primer esfuerzo, que desde luego reput intil, pens en la cara que
estara poniendo el Magistral.

--Apa!...--grit abajo Visitacin para mayor ignominia.

--No puede usted, no puede usted!... no lo mueva usted, es peor!...
Me voy a matar!--grit la Fandio.

Los dems callaban.--Estate quieta!--dijo en voz baja, ronca y furiosa
don lvaro, que de buena gana la hubiera visto caer de cabeza.

E intent el segundo esfuerzo sin fortuna.

Aquello no se mova. Sudaba ms de vergenza que de cansancio. Un hombre
como l deba poder levantar a pulso aquel peso.

--Deje usted, deje usted, a ver si Bautista--dijo la Marquesa--...
demonio de chicos!

--Bautista no alcanza--observ otra vez el Marqus--. Otra escalera...
que vayan a las cocheras.... All debe de haber....

Don lvaro dio el tercer empujn.... Intil. Mir hacia abajo como
buscando modo de librarse de parte del peso. En el otro cajn, debajo de
sus narices, en actitud humilde y ridcula, vio a don Saturnino en
cuclillas, inmvil, olvidado por todos los presentes. Mesa no pudo
menos de sonrer, a pesar de que le estaban llevando los demonios. Con
deseos de escupirle mir a Bermdez, que le sonrea sin cesar, y dijo
con calma forzada:

--Hombre! pues tiene gracia! Ah se est usted? usted se piensa que
yo hago juegos de Alcides y se me pone ah en calidad de plomo?...

Carcajada general.--S, ranse ustedes--clam Obdulia--pues el lance
es gracioso.

--Yo...--balbuce Bermdez--usted dispense... como nadie me deca
nada... cre que no estorbaba... y adems... crea que al bajarme...
pudiese empeorar la situacin de esa seora... alguna sacudida.

--Ay, no, no! no se baje usted--grit la viuda con espanto.

--Cmo que no?--rugi furioso don lvaro--. Quiere usted que yo
levante este armatoste con los dos encima y a pulso?

--Es... que... yo no veo modo... si no me ayudan... est tan alto
esto....

--Una vara escasa--advirti el Marqus.

Paco tom en brazos a don Saturno y le sac del cajn nefando.

--Ahora--dijo--nosotros te ayudaremos, empujando desde aqu abajo....

--Eso es intil--observ el Magistral con una voz muy dulce--; como el
madero aquel se ha metido entre los dos palos de la banda... si no se
alza a pulso todo el columpio... no se puede desenganchar.

--Es claro--bramaba desde arriba el otro; y prob otra vez su fuerza.

Pero Bermdez pesaba muy poco por lo visto, porque don lvaro no movi
el pesado artefacto.

El elegante se crea a la vergenza en la picota, y de un brinco, que
procur que fuese gracioso, se puso en tierra. Sacudiendo el polvo de
las manos y limpiando el sudor de la frente, dijo:

--Es imposible! Que se busque otra escalera.

--Ya poda estar buscada...--Si yo alcanzase...--insinu entonces el
Magistral, con modestia en la voz y en el gesto.

--Es verdad, dijo la Marquesa, usted es tambin alto.

--S llega, s llega--grit Paco, que quiso verle hacer tteres.

--S, alcanza usted--concluy Vegallana padre--. Como tenga usted
fuerza.... Y aqu nadie le ve.

Lo difcil era subir a lo alto de la escalera sin hacer la triste figura
con el traje talar.

--Qutese usted el manteo--observ Ripamiln.

--No hace falta--contest De Pas, horrorizado ante la idea de que le
vieran en sotana.

Y sin perder un pice de su dignidad, de su gravedad ni de su gracia,
subi como una ardilla al travesao ms alto, mientras el manteo flotaba
ondulante a su espalda.

--Perfectamente--dijo metiendo los brazos por donde poco antes haba
introducido los suyos Mesa.

Aplausos en la multitud. Obdulia comprimi un chillido de mal gnero.

Doa Petronila, exttica, con la boca abierta, exclam por lo bajo:

--Qu hombre! Qu lumbrera!

Sin gran esfuerzo aparente, con soltura y gracia, el Magistral suspendi
en sus brazos el columpio, que libre de su prisin y contenido en su
descenso por la fuerza misma que lo levantara, baj majestuosamente.
Somoza, Paco y Joaqun Orgaz ayudaron a Obdulia a salir del cajn
maldito. El Magistral tuvo una verdadera ovacin. Paco le admir en
silencio: la fuerza muscular le inspiraba un terror algo religioso; l
haba malgastado la suya en las lides de amor. Tena bastante carne,
pero blanda. Don lvaro disimul difcilmente el bochorno. Mayor
puerilidad! pero estaba avergonzado de veras. Adems, l, que miraba a
los curas como flacas mujeres, como un sexo dbil especial a causa del
traje talar y la lenidad que les imponen los cnones, acababa de ver en
el Magistral un atleta; un hombre muy capaz de matarle de un puetazo si
llegaba esta ocasin inverosmil. Recordaba Mesa que muchas veces
(especialmente con motivo de las elecciones en las aldeas) haba l
dicho, v. gr.: Pues el seor cura que no se divierta, que no abuse de
la ventaja de sus faldas, porque si me incomodo le cojo por la sotana y
le tiro por el balcn. Siempre se le haba figurado, por no haberlo
pensado bien, que a los curas, una vez perdido el respeto religioso, se
les poda abofetear impunemente; no les supona valor, ni fuerza, ni
sangre en las venas.... Y ahora... aquel cannigo, que tal vez era un
poco rival suyo, le daba aquella leccioncita de gimnasia, que muy bien
poda ser una saludable advertencia.

La gratitud de Obdulia no tena lmites, pero el Magistral crey
necesario buscrselos mostrndose fro, seco y dndola a entender que
no lo haba hecho por ella. La viuda, sin embargo, insisti en
sostener que le deba la vida.

--Indudablemente!--corroboraba doa Petronila, que no sospechaba cmo
quera pagar Obdulia aquella vida que deca deber al Magistral.

Ana admir en silencio la fuerza de su padre espiritual, en la que no
vio ms que un smbolo fsico de la fortaleza del alma; fortaleza en que
ella tena, indudablemente, una defensa segura, inexpugnable, contra las
tentaciones que empezaban a acosarla.

Visita subi entonces al columpio, pero con las piernas atadas: no
quera que se le viesen los bajos.

Obdulia protest.--Cmo? pues se vea algo? no quiero! no quiero!
por qu no se me ha advertido? Esto es una traicin.

--Tiene razn esta seora--dijo don Vctor--igualdad ante la ley; fuera
esa cuerda.

Edelmira subi al columpio sin atarse. No haba para qu tomar
precauciones, no se vea nada.

Don Vctor y Ripamiln se columpiaron tambin, pero se mareaban.

--Ya estn los coches--grit la Marquesa desde lejos; y corrieron todos
al patio.

La Marquesa, doa Petronila, la Regenta y Ripamiln subieron a la
carretela descubierta; carruaje de lujo que haba sido excelente pero
que estaba anticuado y torpe de movimientos. El tronco de caballos
negros era digno del rey. Los dems se acomodaron en un coche antiguo de
viaje, slido, pero de mala facha, tirado por cuatro caballos; era el
que serva ordinariamente al Marqus en sus excursiones por la
provincia, para llevar y traer electores unas veces y otras para cazar
acaso en terreno vedado. Se decan tantas cosas del coche de camino! Su
figura se aproximaba a las sillas de posta antiguas, que todava hacen
el servicio del correo en Madrid desde la Central a las Estaciones. Lo
llamaban la _Gndola_ y el _Familiar_ y con otros apodos.

Al Magistral se le hizo un poco de sitio, entre Ripamiln y Anita, con
palabra solemne de dejarle en el Espoln, donde l tena que buscar a
cierta persona. (No haba tal cosa, era un pretexto para cumplir su
propsito de no ir al Vivero.)

--Le secuestramos--haba dicho Obdulia....

--S, s, secuestrarlo, es lo mejor: no se le dejar apearse--aadi
doa Petronila.

--No; protesto... entonces no subo. Subi; y la carretela sali
arrancando chispas de los guijarros puntiagudos por las calles estrechas
de la Encimada. Detrs iba la _Gndola_, atronando al vecindario con
horrsono estrpito de cascabeles, latigazos, cristales saltarines, y
voces y carcajadas que sonaban dentro.

Todava calentaba el sol y las damas de la carretela improvisaron con
las sombrillas un toldo de colores que tambin cobijaba al Magistral y
al Arcipreste. Ripamiln, casi oculto entre las faldas de doa
Petronila, a quien llevaba enfrente, iba en sus glorias; no por su
contacto con el Gran Constantino, sino por ir entre damas, bajo
sombrillas, oliendo perfumes femeniles, y sintiendo el aliento de los
abanicos; salir al campo con seoras! la buclica cortesana, o poco
menos! El bello ideal del poeta setentn, del eterno amador platnico de
Filis y Amarilis con corpio de seda, se estaba cumpliendo.

El Magistral iba un poco avergonzado: le pesaba, por un lado--y por otro
no--la casualidad, o lo que fuera, de ir tocando con Ana. Tocando
apenas, por supuesto; ni ella ni l se movan. l estaba turbado, ella
no; iba satisfecha a su lado; segua figurndoselo como un escudo bien
labrado y fuerte. Ella le quitaba el sol, y l la defenda de don
lvaro. Si este seor viniera al Vivero... no se atrevera el otro tal
vez a acercarse... y si no... va... se va a atrever... claro, como all
cada cual corre por su lado, y Vctor es capaz de irse con Paco y
Edelmira a hacer el tonto, el chiquillo.... No, pues lo que es que le
temo no quiero que lo conozca; de modo que si se acerca... no huir. Si
este quisiera venir!....

--Don Fermn--le dijo, cerca ya del Espoln, con voz humilde, con el
respeto dulce y sosegado con que le hablaba siempre--. Don Fermn por
qu no viene usted con nosotros? Poco ms de una hora... creo que
volveremos hoy ms pronto... venga usted... venga usted!

De Pas senta unas dulcsimas cosquillas por todo el cuerpo al or a la
Regenta; y sin pensarlo se inclinaba hacia ella, como si fuera un imn.
Afortunadamente las otras damas y el Arcipreste iban muy enfrascados en
una agradable conversacin que tena por objeto despellejar a la pobre
Obdulia. Ripamiln citaba, como sola en tal materia, al Obispo de
Nauplia, la fonda de Madrid, los vestidos de la prima cortesana, etc.,
etc. No cabe negar que la resolucin del Magistral estuvo a punto de
quebrantarse, pero le pareci indigno de l mostrar tan poca voluntad y
temi adems lo que poda suceder en el Vivero. l no poda hacer el
cadete; si don lvaro quera buscar el desquite de la derrota del
columpio y le desafiaba en otra cualquier clase de ejercicio, l, con su
manteo y su sotana, y su canonja a cuestas, estaba muy expuesto a
ponerse en ridculo. No, no ira. Y sinti al afirmarse en su propsito
una voluptuosidad intensa, profunda: era el orgullo satisfecho. Bien
saba l la fuerza que tena que emplear para resistir la tentacin que
sala de aquellos labios ms seductores cuanto menos maliciosos; por lo
mismo apreci ms la propia energa, el temple de su alma, que
indudablemente haba venido al mundo para empresas ms altas que luchar
con obscuros vetustenses.

Volvi los ojos blandos a su amiga y poniendo en la voz un tono de
cariosa confianza, nuevo, algo parecido, segn not la Regenta, al que
haba usado Mesa aquella tarde en el balcn del comedor, contest el
Magistral muy quedo:

--No debo ir con ustedes.... Y el gesto indescriptible, dio a entender
que lo senta, pero que como l era cura... y ella se haba confesado
con l... y Paco y Obdulia y Visita eran un poco locos, y en Vetusta
los ociosos, que eran casi todos, murmuraban de lo ms inocente....

Todo eso, aunque no lo quisiera decir aquel gesto, entendi la Regenta;
y se resign a habrselas otra vez con Mesa sin el amparo del Provisor.

No hablaron ms. Se detuvo el carruaje; el Magistral se levant y salud
a las damas. La Regenta le sonri como hubiera sonredo muchas veces a
su madre si la hubiera conocido. De Pas no saba sonrer de aquella
manera; la blandura de sus ojos no serva para tales trances, y contest
mirando con chispas de que l no se dio cuenta... ni Ana tampoco.

Estaban en la entrada del Espoln, _el paseo de los curas_, segn
antiguo nombre. All se ape don Fermn entre lamentos de doa
Petronila.

--Es usted muy desabrido--dijo la Marquesa, permitindose un tono
familiar que empleaba con todos los cannigos menos con don Fermn.

Y hasta se propas a darle con el abanico cerrado en la mano. Quera
significar as su deseo de estrechar la amistad algo fra que mediaba
entre el Provisor y los Vegallana. Bien lo comprendi y lo agradeci De
Pas. Intimar con los Vegallana era intimar con don Vctor y su esposa,
ya lo saba l; siempre estaban juntos unos y otros, en el teatro, en
paseo, en todas partes, y la Regenta coma en casa del Marqus muy a
menudo. De modo que, para verla, all mucho mejor que en la catedral.
Todo esto se le pas por las mientes al Magistral en el poco tiempo que
necesit para quitar el pie del estribo y hacer el ltimo saludo a las
seoras dando un paso atrs.

--Anda, Bautista!--grit la Marquesa; y la carretela sigui su marcha
ante la expectacin de sacerdotes, damas y caballeros particulares que
paseaban en el Espoln, chiquillos que jugaban en el prado vecino y
artesanos que trabajaban al aire libre.

Los ojos del Magistral siguieron mientras pudieron el carruaje. La
Regenta le sonrea de lejos, con la expresin dulce y casta de poco
antes, y le saludaba tmidamente sin aspavientos con el abanico....
Despus no se vio ms que el anguloso perfil de Ripamiln, que mova los
brazos como las aspas de un molino de muecas.

El otro coche pas como un relmpago. De Pas vio una mano enguantada que
le saludaba desde una ventanilla. Era una mano de Obdulia, la viuda
eternamente agradecida. No saludaba con las dos, porque la izquierda se
la oprima dulce y clandestinamente Joaquinito Orgaz, quien jams hizo
ascos a platos de segunda mesa, en siendo suculentos.




--XIV--


Era el Espoln un paseo estrecho, sin rboles, abrigado de los vientos
del Nordeste, que son los ms fros en Vetusta, por una muralla no muy
alta, pero gruesa y bien conservada, a cuyos extremos ostentaban su
arquitectura achaparrada sendas fuentes monumentales de piedra obscura,
revelando su origen en el ablativo absoluto _Rege Carolo III_, grabado
en medio de cada mole como por obra del agua resbalando por la caliza
aos y ms aos. Del otro lado limitaban el paseo largos bancos de
piedra tambin; y no tena el Espoln ms adorno, ni atractivo, a no ser
el sol, que, como lo hubiera toda la tarde, calentaba aquella muralla
triste. Al abrigo de ella paseaban desde tiempo inmemorial los muchos
clrigos que son principal ornamento de la antigua corte vetustense; por
invierno de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de
ponerse el sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a ms de abrigado,
solitario y lo que llamaban all _recogido_, pero esto cuando la Colonia
no exista. Ahora lo mejor de la poblacin, el ensanche de Vetusta iba
por aquel lado, y si bien el Espoln y sus inmediaciones se respetaron,
a pocos pasos comenzaba el ruido, el movimiento y la animacin de los
hoteles que se construan, de la barriada _colonial_ que se levantaba
como por encanto, segn _El Lbaro_, para el cual diez o doce aos eran
un soplo por lo visto.

Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su
intransigencia en cuestiones dogmticas, morales y hasta disciplinarias,
y si se quiere polticas, no haba puesto nunca malos ojos a la
proximidad del progreso urbano, y antes se felicitaba de que Vetusta se
_transformase de da en da_, de modo que a la vuelta de veinte aos _no
hubiera quien la conociese_. Lo cual demuestra que la civilizacin bien
entendida no la rechazaba el clero, as parroquial como catedral de la
_Vetusta catlica_ de Bermdez.

Hubo ms; aunque tradicionalmente el Espoln vena siendo patrimonio de
sacerdotes, magistrados melanclicos y _familias de luto_, como algunas
seoras notasen que el _Paseo de los curas_ era ms caliente que todos
los dems, comenzaron en tertulias y cofradas a tratar la cuestin de
si deba trasladarse el paseo de invierno al Espoln. Don Robustiano
Somoza, que ante todo era higienista pblico, gritaba en todas partes:

--Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un siglo;
pero aqu no se puede luchar con las preocupaciones, con el fanatismo.
Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el retiro han
cogido, all en tiempo de la sopa boba, han cogido para s el mejor
sitio de recreo, el ms abrigado, el ms higinico....

En fin, que algunas seoras de las ms encopetadas se atrevieron a
romper la tradicin, y desde Octubre en adelante, hasta que volva
Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el Espoln. Tras
aqullas fueron atrevindose otras; los _pollos_ advirtieron que el
Paseo de los curas era ms corto y ms estrecho que el Paseo Grande, y
esto les convena. Y en un ao se transform en _Paseo de invierno_ el
apetecible Espoln, secularizndose en parte.

Algunos clrigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y acabaron por
abandonar _su_ Espoln desparramndose por las carreteras.

--El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario recreo! El siglo
lo invada todo!. Y la emprendan por el camino de Castilla y otras
calzadas polvorosas entre las filas interminables de lamos y robles.

Pero el elemento joven, los ms de los cannigos y beneficiados, los que
vestan con ms pulcritud y elegancia, los que usaban el sombrero de
canal suelta el ala, ancho y corto, se resignaron, y toleraron la
invasin de la Vetusta elegante. No tuvieron inconveniente, o lo
disimularon, en codearse con damas y caballeros; despus de todo, ellos
no haban ido a buscar el gento, el bullicio mundanal; ellos seguan
_en su casa_, en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia
de los intrusos.

Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense debase en parte el
gran esmero que se echaba de ver de poco ac en el traje de muchos
sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la
capital, tan envidiada por sus colegas de la montaa, que segn ellos
mismos se embrutecan a ojos vistas, la juventud dorada acuda sin falta
todas las tardes de otoo y de invierno que haca bueno al Espoln; iba
lo que se llama reluciente; parecan diamantes negros, y sin que nadie
tuviera nada que decir, presenciaban las idas y venidas de las jvenes
elegantes; y los que eran observadores podan notar las seales del
amor, de la coquetera, en gestos, movimientos, risas, miradas y
rubores. Pero nada ms.

Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato,
segn frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas
mescolanzas de curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto
que no tena un tiro de piedra de largo, y que tendra cinco varas
escasas de ancho.

--No seor--le deca al Obispo--; yo no comprendo que pueda ser cosa
inocente e inofensiva que un sacerdote tropiece con los codos de todas
las seoritas majas del pueblo.... El Obispo crea que las seoritas
eran incapaces de tales tropezones. Si fuesen aquellas empecatadas del
boulevard, las chalequeras....

Pronto se olvid la protesta del Rector del Seminario.

--Quin hace caso de ese seor?--deca Visitacin la del Banco--un
hombre cerril; santo, eso s, pero montaraz. En fin, un hombre que me
ech a m de la sacrista de Santo Domingo siendo yo tesorera del
Corazn de Jess!

--Un hombre as--aseveraba Obdulia--deba pasar la vida sobre una
columna....

--Como San Simn _Estilista_--acudi Trabuco, que estaba presente.

Desde Pascua florida hasta el equinoccio de otoo prximamente, los
curas se quedaban casi solos en el Espoln; pero en Octubre volvan
algunas seoras que tenan miedo a la humedad y a _la influencia del
arbolado_ all arriba en el paseo de Verano. La tarde en que el carruaje
de los Vegallana dej al Magistral a la entrada del Espoln, paseaban
all muchos clrigos y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero
pocas seoras. Sin embargo, las que haba bastaron para comentar con
abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el
Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios
ojos--cada cual--le acababan de ver al lado de la Regenta. En
nombrando el ruin de Roma..., haban dicho muchos al ver aparecer la
carretela. Los curas, valga la verdad, tambin hablaban del suceso
_inopinado_, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba en
medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don
Custodio, el ms almibarado presbtero de Vetusta. No sola el liberal
usurero acompaarse de sotanas, pero aquella tarde haba juntado a los
tres enemigos del Magistral la importancia de los acontecimientos.

--Qu desfachatez!--deca Foja.

--Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es
disimulo--adverta Mourelo.

--Y yo que no quera creer a usted cuando me deca que se haba quedado
a comer con ellos....

--Ya ve usted!--exclam Glocester triunfante.

--Y a dnde van los otros?

--Al Vivero, de fijo; ya sabe usted... a brincar y saltar como potros....

--Esas son las clases conservadoras!

--No, seor; esa es la excepcin....

--Y mire usted que venir en carruaje descubierto....

--Y junto a ella...--Y apearse aqu--se atrevi a decir el beneficiado.

--Justo; tiene razn este... apearse aqu...

--Seor Arcediano, permtame usted decirle que su colega de usted est
dejado de la mano de Dios.

--Ya lo creo! ya lo creo! y lo siento.... Pero ese Obispo, ese bendito
seor.... En fin, qu quiere usted?--indic Glocester sonriendo con
malicia.

En aquel momento se le ocurri una frase y para exponerla a su auditorio
con toda solemnidad se detuvo, extendi la mano, como separando a los
otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al odo, a
voces:

--Amigo mo, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios!

Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el
Magistral pas al lado de los murmuradores. Los dos clrigos le
saludaron muy cortsmente y Glocester dando un paso hacia l, le
acarici con una palmadita familiar sobre el hombro.

La envidia se lo coma, pero Glocester no era hombre que gastase menos
disimulo. O era diplomtico o no lo era.

El Magistral se content con escupirle para sus adentros.

Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la
amabilidad de costumbre, por mquina, sin ver apenas a quien saludaba.
Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a indicarse; y
mano sobre mano--ya se sabe que eran muy hermosas--a paso lento (que
buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado a correr...
detrs de los coches del Marqus) anduvo por all un cuarto de hora
desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de que todos o los
ms hablaban de l; y de la confesin de dos horas o tres o cuatro.
Sabra Dios cuntas seran ya!--Aquel Glocester y su don Custodio
habran tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.... Las cosas que
diran ya los enemigos! Pero qu le importaba a l? Lo que ahora le
pesaba era no haber seguido al Vivero; de todos modos haban de
murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a
l le importaban, esas no haban de creer nada malo porque l, como
haca Ripamiln, como haban hecho otros sacerdotes, fuese a las
posesiones de Vegallana.

Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del
Magistral, paseaban por el Espoln; pero no se atrevan a acercarse al
ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a pesar de su
sonrisita dulce, clavada all desde que se vea en la calle. As como a
los delicados de la vista la claridad les hace arrugar los prpados, a
don Fermn le haca sonrer; pareca aquella sonrisa con que siempre le
vea el pblico, un efecto extrao de la luz en los msculos de su
rostro.

Pero esto no engaaba a los que le conocan bien--los ms muy a su
costa--. El primero que se atrevi a acercarse fue el Den que llegaba
entonces al paseo. El mismo De Pas le sali al encuentro. El Den no
hablaba casi nunca, y paseando menos. Se emparejaron y don Fermn sigui
como si estuviera solo. Se acerc despus el cannigo pariente del
ministro y hubo que hablar y en seguida se agreg un _obispo de levita_
(frase que haca fortuna por aquella poca) y la conversacin se anim;
se habl de poltica y de intrigas palaciegas; de mil cosas que le
parecan al Magistral necedades, dicharachos indignos de sacerdotes.
Pero y l? en qu iba pensando l? Aquello s que era pueril,
ridculo y hasta pecaminoso. Pues no se haba puesto a fijarse, porque
iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en
los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no
parecan hombres, que haba afeminamiento carnavalesco en aquella
indumentaria...? mil locuras! lo cierto era que le estaba dando
vergenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que l
otras veces ostentaba con majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una
abertura lateral, como algunas tnicas... pero entonces se veran las
piernas--qu horror!--, los pantalones negros, el varn vergonzante que
lleva debajo el cura.

--Qu opina usted?--le pregunt el obispo laico en aquel instante,
detenindose, ponindosele delante para intimarle la respuesta.

No saba de qu hablaban, se le haba ido el santo al cielo con los
cortes de la sotana.

--La verdad es que la cuestin--dijo--la cuestin... merece pensarse.

--Pues eso digo yo!--grit el otro, triunfante, y le dej seguir
andando.

--Ven ustedes? el seor Provisor opina lo mismo que yo; dice que merece
estudiarse la cuestin, que es ardua... yo lo creo!

El Magistral respir; pero antes de exponerse a otra pregunta
_inopinada_, como dira Mourelo, se despidi de aquellos seores
asegurando que tena que hacer en Palacio.

No poda ms; aquella tarde la compaa de sus colegas le asfixiaba;
toda aquella tela negra colgando le abrumaba; poda decir cualquier
desatino si continuaba all. Y se march a paso largo. Su ltima mirada
fue para la lontananza del camino del Vivero por donde haba visto
desaparecer entre nubes de polvo los coches.

Estamos buenos! iba pensando por las calles. Era enemigo de dar
nombres a las cosas, sobre todo a las difciles de bautizar. Qu era
aquello que a l le pasaba?

No tena nombre. Amor no era; el Magistral no crea en una pasin
especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor;
esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresa del pecado haba
recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil
formas de la lujuria. Lo que l senta no era lujuria; no le remorda la
conciencia. Tena la conviccin de que aquello era nuevo. Estara malo?
Seran los nervios? Somoza le dira de fijo que s.

De todas maneras, haba sido una necedad, y tal vez una grosera, haber
desairado a aquellas seoras. Qu estaran diciendo de l en el
Vivero?.

Suba el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pas por la
puerta del Gobierno civil y all dentro, en medio del patio, vio un pozo
que l saba que estaba ciego. Se acord de que Ripamiln le haba
hablado varias veces de un pozo seco que haba en el Vivero. Paco
Vegallana, Obdulia, Visita y dems gente loca--haba dicho el
Arcipreste--se entretienen en cortar helechos, yerbas, ramas de rboles
y arrojarlo todo al pozo, y cuando ya llega la hojarasca cerca de la
boca... zas! se tiran ellos dentro, primero uno, despus otro y a veces
dos o tres a un tiempo.... Al mismo Ripamiln, con toda su
respetabilidad, le haban hecho descender a aquel agujero, y por cierto
que para sacarlo se haba necesitado una cuerda.... El Magistral tena
aquel pozo, que no haba visto, delante de los ojos, y se figuraba a
Mesa dentro de l, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos
esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!... Tendra ella
tan reprensible condescendencia? Se dejara echar al pozo? Don Fermn
estaba en ascuas. Qu le importaba a l? Pues estaba en ascuas.

Andaba a la ventura, sin saber a dnde ir. Se encontr a la puerta de su
casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le haba visto, apret el
paso bajando por un callejn que conduca a la plazuela de Palacio, a la
Corralada.

Mi madre! pens. No se haba acordado de ella en toda la tarde.

Haba comido fuera de casa sin avisar! doa Paula consideraba esta
falta de disciplina domstica como pecado de calibre. Pocas veces los
cometa su hijo, y por lo mismo la impresionaban ms.

Cmo no se me ocurri mandarle un recado! pero... por quin? no era
ridculo decirle a la Marquesa: seora necesito que mi madre sepa que no
como hoy con ella? Aquella esclavitud en que viva... contento, s,
contento, no le humillaba... pero no convena que la conociese el mundo.
Y ahora, por qu no se haba quedado en casa? Bastante tiempo haba
pasado fuera... volvera pie atrs, desafiara el mal humor de su
madre? No, no se atreva; no estaba el suyo para escenas fuertes, le
horrorizaba la idea de una filpica embozada, como solan ser las de su
madre, de un discurso de moral utilitaria.... De fijo le hablara de las
necedades que le haban contado por la maana.... Y si le deca: he
comido... con la Regenta, en casa del Marqus, bueno iba a estar
aquello! Pero, Seor qu luego, qu luego haba empezado la gentuza, la
miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella amistad! en dos das
todo aquel run run, su madre con los odos llenos de calumnias, de
malicias, y el alma de sospechas, de miedos y aprensiones!... y qu
haba? nada; absolutamente nada; una seora que haba hecho confesin
general y que probablemente a estas horas estara metida en un pozo
cargado de yerba seca en compaa del mejor mozo del pueblo. Y l qu
tena que ver con todo aquello? l, el Vicario general de la dicesis!
Oh, s! volvera a casa, se impondra a su madre, le dira que era
indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar
apariencias, para qu? l no tena nada que tapar en aquel asunto; no
era un nio, despreciaba la calumnia, etc.

Entr en palacio. La sombra de la catedral, prolongndose sobre los
tejados del casern triste y achacoso del Obispo, lo obscureca todo;
mientras los rayos del sol poniente tean de prpura los trminos
lejanos, y prendan fuego a muchas casas de la Encimada, reflejando
llamaradas en los cristales.

El Magistral lleg hasta el gabinete en que el Obispo correga las
pruebas de una pastoral.

Fortunato levant la cabeza y sonri.

--Hola, eres t? Don Fermn se sent en un sof. Estaba un poco
mareado; le dola la cabeza y senta en las fauces ardor y una sequedad
pegajosa; se ahogaba en aquel recinto cerrado y estrecho; el alcohol le
haba perturbado. Nunca beba licores y aquella tarde, distrado, sin
saber lo que estaba haciendo, haba apurado la copa de chartreuse o no
saba qu, servida por la Marquesa.

Fortunato lea las pruebas y segua sonriendo. No pareca temer ya al
Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con l de miedo a que
le reprendiese por su condescendencia con las seoras _protectrices_ de
la Libre Hermandad. De Pas not el cambio.

--Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras borradas?... yo
no veo bien.

De Pas se acerc y ley.

--Chico apestas!... qu has bebido?

Don Fermn irgui la cabeza y mir al Obispo sorprendido y ceudo.

--Que apesto? por qu?

--A bebida hueles... no s a qu... a ron... qu s yo.

De Pas encogi los hombros dando a entender que la observacin era
impertinente y balad. Se apart de la mesa.

--A propsito. Por qu no has avisado a tu madre?

--De qu?--De que comas fuera...--Pero usted sabe?...--Ya lo creo,
hijo mo. Dos veces estuvo aqu Teresina de parte de Paula; que dnde
estaba el seorito, que si haba comido aqu. No, hija, no; tuve que
salir yo mismo a decrselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le haba
pasado algo al seorito, que la seora estaba asustada; que yo deba de
saber algo....

El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba
mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretenda siquiera
disimularlos.

--Yo--continu Fortunato--les dije que no se apurasen; que habras
comido en casa de Carraspique, o en casa de Pez; como los dos estn de
das.... Y eso habr sido, verdad? Con Carraspique habrs comido?

--No, seor!--Con Pez?--No, seor! Mi madre... mi madre me trata
como a un nio!

--Te quiere tanto, la pobrecita...--Pero esto es demasiado....

--Oye--exclam el Obispo dejando de leer pruebas--de modo que an no
has vuelto a casa?

El Magistral no contest; ya estaba en el pasillo. De lejos haba dicho:

--Hasta maana;--y haba cerrado detrs de s la puerta del gabinete con
ms fuerza de la necesaria.

--Tiene razn el muchacho--se qued pensando el Obispo que trataba al
Magistral como un padre dbil a un hijo mimado--. Esa Paula nos maneja a
todos como muecos.

Y continu corrigiendo la Pastoral.

De Pas tom por el callejn arriba, desandando el camino; pero al llegar
cerca de su casa se detuvo. No saba qu hacer. La chartreuse o lo que
fuera--si sera cognac!?--segua molestndole y conoca ya l mismo
que le ola mal la boca.

Si se me acercase Glocester ahora, maana todo Vetusta sabra que yo
era un borracho....

No subo, no subo. Buena estar mi madre! Y yo no estoy para or
sermones ni aguantar pullas ni traducir reticencias.... Hasta Teresa
anda en ello! Dos veces a palacio!... El nio perdido.... Esto es
insufrible!....

El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro
agudos, despus otros graves, roncos, vibrantes.

De Pas, como si su voluntad dependiese de la mquina del reloj, se
decidi de repente y tom por la calle de la derecha, cuesta abajo; por
la que ms pronto podra volver al Espoln.

Se olvid de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pens ms
que en los coches del Marqus que deban de estar de vuelta.

El Vicario general de Vetusta, a buen paso tom el camino del Vivero,
despus de dejar las calles torcidas de la Encimada y lleg al Espoln
cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el paseo. No pensaba
en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y venidas eran
indignas del Provisor del Obispado; esto lo pens despus; ahora slo
tena esta idea. Habrn pasado ya? No, no deban de haber pasado;
apenas haba tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca....

As como as, la brisa que ya empieza a soplar, me quitar este calor,
este aturdimiento, esta sed.... El agua de las fuentes monumentales
murmuraba a lo lejos con melanclica monotona en medio del silencio en
que yaca el paseo triste, solitario. Al acercarse al piln de la fuente
de Oeste, De Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de
hierro que apretaba con sus dientes un len de piedra, y saciar sus
ansias en el chorro bullicioso, incitante.... No se atrevi y dio la
vuelta, continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente,
iguales ansias, iguales tentaciones.... Media vuelta y atrs. As estuvo
paseando media hora. La sed le abrasaba... por qu no se iba? porque no
quera dejarlos pasar sin verlos; sin ver los coches, se entiende. Ana
volvera, era natural, en la carretela, y al pasar junto a un farol
podra verla, sin ser visto, o por lo menos sin ser conocido. La sed que
esperase. El reloj de la Universidad dio tres campanadas. Tres cuartos
de hora! Andara adelantado.... No.... La catedral, que era la autoridad
cronomtrica, ratific la afirmacin de la Universidad; por lo que
pudiera valer _el reloj del Ayuntamiento_, que no haba podido
secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacnicamente por sus
colegas, exponiendo su opinin con una voz aguda de esquiln cursi.

--Pero qu hace all esa gente?--se pregunt el Magistral, aunque
aadiendo para satisfaccin de su conciencia que a l, por supuesto, no
le importaba nada.

Hasta entonces no haba reparado en unos chiquillos, de diez a doce
aos, _pillos de la calle_, que jugaban all cerca, alrededor de un
farol, de los que sealaban el lmite del paseo y de la carretera en los
espacios que dejaban libres los bancos de piedra. Entre los pillastres
haba una nia, que haca de _madre_. Se trataba del _zurrigame la
melunga_, juego popular al alcance de todas las fortunas. La _madre_
estaba sentada al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro;
un pauelo muy sucio en forma de ltigo, atado con un soberbio nudo por
el medio, era el zurriago que representaba all el poder coercitivo. La
nia haraposa empuaba el lienzo por un extremo y el otro iba pasando de
mano en mano por el corro de chiquillos.

--Na!...--deca la _madre_.

--Narigudo...--contest un pillo rubio, el ms fuerte de la compaa,
que siempre se colocaba el primero por derecho de conquista.

El pauelo pas a otro.

--Na?--Narices.--Otro. Na?--Napolen.--Ay qu mainate! qu es
Napolen?--grit el Sansn del corro acercndose a su afectsimo amigo y
ponindole un codo delante de las narices.

--Napolen... ay que redis! es un duro.

--Qu ha de ser!--No hay ms cera!

--Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por
farolero.

--Qu ms da, si no es eso?--dijo la nia poniendo paces--. A ver el
otro. Na? na?

--Natalia.... Tampoco. No acert ninguno.

--Otra rueda.--Da seas, tsica!--escupi ms que dijo el dictador.

Y abriendo las piernas y agachndose como dispuesto a correr detrs de
los compaeros a latigazos, dio una vuelta al pauelo alrededor de la
mano y aadi:

--Da seas que se entiendan o te rompo el alma!

Y tiraba por el ltigo como queriendo arrancarlo del poder de la
_madre_.

--Seas... seas... a que no aciertas?

--A que s?...--No tires...--Pues da seas...--Es una cosa muy
rica! muy rica! muy rica!

--Que se come?--Pues claro... siendo muy rica...--Dnde la hay?--La
comen los seores...--Eso no vale, so tsica! qu s yo lo que comen
los seores?

--Pues alguna vez puede ser que la hayas visto.

--De qu color?--Amarilla, amarilla...--Naranjas, redis!--aull el
pillastre y dio un tirn al pauelo, preparndose a emprenderla a
latigazos con sus compaeros.

--Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!...

Los dems pilletes ya se haban puesto en salvo y corran por la
carretera y el Espoln.

--Venir! venir! que no es eso...--grit la _madre_.

--Que s es! bacalao! te rompo... pues no son amarillas las
naranjas?... y no son cosa rica?

--Pero naranjas las comes t tambin.

--Claro, si se las robo a la seoa Jeroma en el puesto....

--Pues no es eso. Otro.--Na? na? Un nio flaco, plido, casi desnudo,
tom la punta del pauelo; le brillaban los ojos... le temblaba la
voz... y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo:

--Natillas!...--_Zurrigame la melunga!_--grit entusiasmada la
_madre_--, _castaas de catalunga!_ Y todos corrieron, mientras el
vencedor iba detrs con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a
sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza.

El _Rojo_ no quera correr: protestaba.

--Redis! qu son natillas?--gritaba poniendo la mano delante de la
cara, mientras tmidamente el _Ratn_ le castigaba con simulacros de
azotes.

Y aada furioso el _Rojo_:

--Di: a la oreja! tsica o te baldo!

--A la oreja! a la oreja!

El _Ratn_ se vio acosado por todos sus colegas que se le colgaron de
las orejas.

--_Zurrigame la melunga!_--volvi a gritar la _madre_, y los pillos se
dispersaron otra vez.

En aquel momento el Magistral se acerc a la nia.

La _madre_ dio un grito de espantada. Crea que era su padre que vena a
recogerla a bofetadas y a puntapis como sola.

--Dime, hija ma... has visto pasar dos coches?

--Para dnde?--contest ella ponindose en pie.

--Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con
cascabeles... hace poco....

--No seor, me parece que no.... Espere usted, seor cura, a ver si
esos... _A la oreja madre! a la oreja madre!_--grit, y la bandada de
mochuelos acudi al farol delante del _Ratn_. Al ver al Provisor,
todos, menos el _Rojo_, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que
tenan gorra, y le besaron la mano por turno nada pacfico. Unos se
limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no.

--Habis visto pasar dos coches para arriba?

--S.--No.--Dos.--Tres.--Para abajo.--Mentira, mainate... si te
inflo!... Para arriba, seor cura.

--Era una galera.--Un coche, farol!--Dos carros eran, mainate.--Te
rompo!...--Te inflo!... El Magistral no pudo averiguar nada. Se
inclin a creer que haban pasado. Pero no dej el paseo; continu dando
vueltas y limpindose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho
el pringue, y en el piln de una de las fuentes se lav un poco los
dedos.

Los pilletes se dispersaron. Qued solo don Fermn con un murcilago que
volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocndole con las alas
diablicas. Tambin el murcilago lleg a molestarle, apenas pasaba
volvase, cada vez era ms reducida la rbita de su vuelo.

Deben de ser dos, pens el Magistral, que cada vez que vea al
animalucho encima senta un poco de fro en las races del pelo.

La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las ltimas claridades
plidas del crepsculo. Sobre la sierra, cuyo perfil sealaba una faja
de vapor tenue y luminoso, brillaban las estrellas del carro, la Osa
mayor, y Aldebarn, por la parte del Corfn, casi rozando la cresta ms
alta de la cordillera obscura, luca solitario en una regin desierta
del cielo. La brisa se dorma y el silbido de los sapos llenaba el campo
de perezosa tristeza, como cntico de un culto fatalista y resignado.
Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de
silencio profundo. En la Colonia, ms cercana, todo callaba.

Don Fermn no era aficionado a contemplar la noche serena; lo haba sido
mucho tiempo haca, en el Seminario, en los Jesuitas y en los primeros
aos de su vida de sacerdote... cuando estaba delicado y tena aquellas
tristezas y aquellos escrpulos que le coman el alma. Despus la vida
le haba hecho hombre, haba seguido la escuela de su madre... una
aldeana que no vea en el campo ms que la explotacin de la tierra.
Aquello que se llamaba en los libros la poesa, se le haba muerto a l
aos atrs; ya lo creo, haca muchos aos.... Las estrellas! qu pocas
veces las haba mirado con atencin desde que era cannigo!... De Pas se
detuvo, se descubri, limpi el sudor de la frente y se qued mirando a
los astros que brillaban sobre su cabeza sumidos en el abismo de lo
alto. Tena razn Pitgoras; pareca que cantaban. En aquel silencio
oa los latidos de la sangre de su cabeza... y tambin se le figur or
otro ruido... as como de campanillas que sonasen muy lejos.... Eran
ellos? Eran los coches que volvan? La carretela no llevaba cascabeles,
pero los caballos de la Gndola s... O seran cigarras, grillos...
ranas... cualquier cosa de las que cantan en el campo acompaando el
silencio de la noche?... No... no; eran cascabeles, ahora estaba
seguro... ya sonaban ms cerca, con cierto comps... cada vez ms cerca.

--Deben de ser ellos! qu tarde!--dijo en voz alta, acercndose a la
cuneta de la carretera, a la sombra de un farol de los del paseo.

Esper algunos minutos, con la cabeza tendida en direccin del Vivero,
espiando todos los ruidos.... Vio dos luces entre la obscuridad lejana,
despus cuatro... eran ellos, los dos coches.... El ruido rtmico de los
cascabeles se hizo claro, estridente; a veces se mezclaban con l otros
que parecan gritos, fragmentos de canciones.

--Qu locos, vienen cantando!.

Ya se oa el rumor sordo y como subterrneo de las ruedas... el aliento
fogoso de los caballos cansados... y, por fin, la voz chillona de
Ripamiln.... Ahora callaban los del coche grande. La carretela iba a
pasar junto al Magistral, que se apret a la columna de hierro, para no
ser visto. Pas la carretela a trote largo. De Pas se hizo todo ojos. En
el lugar de Ripamiln vio a don Vctor de Quintanar, y en el de la
Regenta a Ripamiln; s, los vio perfectamente. No vena la Regenta en
el coche abierto! Vena con los otros! Y al marido le haban echado a
la carretela con el cannigo, la Marquesa y doa Petronila!... Luego don
lvaro y ella venan juntos... y acaso venan todos borrachos, por lo
menos alegres!

Qu indecencia! pens, sintiendo el despecho atravesado en la
garganta.

Y sin saber que parodiaba a Glocester, aadi:

--Se la quieren echar en los brazos! Esa Marquesa es una Celestina de
aficin!.

Y venan cantando!.

Los coches se alejaban; suban por la calle principal de la Colonia, sin
algazara; las luces de los faroles se bamboleaban, se ocultaban y
volvan a aparecer, cada vez ms pequeas...

Ahora callan! pens don Fermn. Peor, mucho peor!.

Los cascabeles volvieron a sonar como canto lejano de grillos y cigarras
en noche de esto....

El Magistral olvidado de las estrellas dej el Espoln y subi a buen
paso por la calle principal de la Colonia, en pos de los coches de
Vegallana.

Si no fuera por vergenza hubiera echado a correr por la cuesta arriba.
Para qu? Para nada. Por desahogar el mal humor, por emplear en algo
aquella fuerza que senta en sus msculos, en su alma ociosa, molesta
como un hormigueo....

Al pasar junto al jardn de Pez, la luz de gas que brillaba entre las
filigranas de hierro de la verja, en un globo de cristal opaco, le hizo
ver su sombra de cura dibujada fantsticamente sobre la polvorienta
carretera.

Se avergonz, testigo l mismo de sus locuras; y contuvo el paso.

Debo de estar borracho. Esto tiene que pasar. Bah! no faltaba ms,
siempre he sido dueo de m... y ahora haba de empezar a ser... un
majadero....

Se acord de su cita con la Regenta. Sinti un alivio su furor sordo.
Pronto es maana.... A las ocho ya sabr yo.... S lo sabr... porque se
lo preguntar todo. Por qu no? A mi manera.... Tengo derecho....

Lleg al boulevard, estaba solitario: ya haba terminado el paseo de los
Obreros: subi por la calle del Comercio, por la plaza del Pan, y al
llegar a la plaza Nueva mir a la Rinconada. En el casern de los Ozores
no vio ms luz que la del portal.

--No los habrn dejado en casa? Estn juntos todava?. Y sin pensar
lo que haca, sigui hasta la calle de la Ra, por el mismo camino que
haba andado a medioda. Los balcones de casa del Marqus estaban
tambin ahora abiertos; pero la luz no entraba por ellos, sala a cortar
las tinieblas de la calle estrecha, apenas alumbrada por lejanos faroles
de gas macilento. De Pas oy gritos, carcajadas y las voces roncas y
metlicas del piano desafinado.

--Sigue la broma!--se dijo mordindose los labios--. Pero yo qu hago
aqu? Qu me importa todo esto?... Si ella es como todas... maana lo
sabr. Estoy loco! estoy borracho!... Si me viera mi madre!. En la
pared de la casa de enfrente la luz que sala por los balcones
interrumpa con grandes rectngulos la sombra, y por aquella claridad
descarada y chillona pasaban figuras negras, como dibujos de linterna
mgica. Unas veces era un talle de mujer, otras una mano enorme, luego
un bigote como una manga de riego; esto vio De Pas frente al balcn del
gabinete; frente a los del saln las sombras de la pared eran ms
pequeas, pero muchas y confusas; y se movan y mezclaban hasta marear
al cannigo.

No bailan, pens. Pero esta idea no le consolaba.

Ms all del balcn del gabinete haba otro cerrado. Era el de la
habitacin en que haba muerto la hija de los Marqueses. El Magistral
recordaba haber estado all, de rodillas, con un hacha de cera en la
mano, mientras le daban a la pobre joven el Seor. Haca mucho tiempo.
Aquel balcn se abri de repente. De Pas vio una figura de mujer que se
apretaba a las rejas de hierro y se inclinaba sobre la barandilla, como
si fuera a arrojarse a la calle. Confusamente pudo columbrar unos brazos
que opriman a la dama la cintura; ella forcejeaba por desasirse.
Quin era?. Imposible distinguirlo; pareca alta, bien formada; lo
mismo poda ser Obdulia que la Regenta. Es decir, la Regenta no poda
ser; no faltaba ms! Y el de los brazos? quin era? por qu no sala
al balcn?. De Pas estaba seguro de no ser visto, en completa
obscuridad, en un portal de enfrente. No pasaba nadie; pero podan
pasar... y qu se pensara si le vean all, espiando a los convidados
del Marqus?... Deba marcharse... s; pero hasta que aquellos bultos se
retirasen del balcn no poda moverse. La dama desconocida, de espalda a
la calle, ahora, inclinando la cabeza hacia el interlocutor invisible,
hablaba tranquilamente y se defenda como por mquina, con leves
manotadas felinas, de unas manos que de vez en cuando intentaban cogerla
por los hombros.

Estn a obscuras! no hay luz en esa habitacin... qu escndalo!,
pens don Fermn, que segua inmvil.

La del balcn hablaba, pero tan quedo que no era posible conocerla por
la voz; era un murmullo cargado de eses, completamente annimo.

Por supuesto que ella no es, meditaba el del portal.

A pesar de estas reflexiones que no podan ser ms racionales, no
estaba tranquilo. La obscuridad del balcn le sofocaba, como si fuese
falta de aire. La cabeza de la sombra de mujer desapareci un momento;
hubo un silencio solemne y en medio de l son claro, casi estridente,
el chasquido de un beso bilateral, despus un chillido como el de Rosina
en el primer acto del _Barbero_.

El Magistral respir. No era ella, era Obdulia. En el balcn no
quedaba nadie; Don Fermn sali del portal arrimado a la pared y se
alej a buen paso. No era ella, de fijo no era ella, iba pensando. Era
la otra.




--XV--


En lo alto de la escalera, en el descanso del primer piso, doa Paula,
con una palmatoria en una mano y el cordel de la puerta de la calle en
la otra, vea silenciosa, inmvil, a su hijo subir lentamente con la
cabeza inclinada, oculto el rostro por el sombrero de anchas alas.

Le haba abierto ella misma, sin preguntar quin era, segura de que
tena que ser l. Ni una palabra al verle. El hijo suba y la madre no
se mova, pareca dispuesta a estorbarle el paso, all en medio, tiesa,
como un fantasma negro, largo y anguloso.

Cuando De Pas llegaba a los ltimos peldaos, doa Paula dej el puesto
y entr en el despacho. Don Fermn la mir entonces, sin que ella le
viese.

Repar que su madre traa parches untados con sebo sobre las sienes;
unos parches grandes, ostentosos.

Lo sabe todo pens el Provisor. Cuando su madre callaba y se pona
parches de sebo, daba a entender que no poda estar ms enfadada, que
estaba furiosa. Al pasar junto al comedor, De Pas vio la mesa puesta con
dos cubiertos. Era temprano para cenar, otras noches no se extenda el
mantel hasta las nueve y media; y acababan de dar las nueve.

Doa Paula encendi sobre la mesa del despacho el quinqu de aceite con
que velaba su hijo.

l se sent en el sof, dej el sombrero a un lado y se limpi la frente
con el pauelo. Mir a doa Paula.

--Le duele la cabeza, madre?--Me ha dolido. Teresina!--Seora.--La
cena! Y sali del despacho. El Provisor hizo un gesto de paciencia y
sali tras ella. No era todava hora de cenar, faltaban ms de cuarenta
minutos... pero quin se lo deca a ella?.

Doa Paula se sent junto a la mesa, de lado, como los cmicos malos en
el teatro. Junto al cubierto de don Fermn haba un palillero, un taller
con sal, aceite y vinagre. Su servilleta tena servilletero; la de su
madre no.

Teresina, grave, con la mirada en el suelo, entr con el primer plato,
que era una ensalada.

--No te sientas?--pregunt al Provisor su madre.

--No tengo apetito... pero tengo mucha sed....

--Ests malo?--No, seora... eso no.--Cenars ms tarde?

--No, seora, tampoco.... El Magistral ocup su asiento enfrente de doa
Paula, que se sirvi en silencio.

Con un codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano, De Pas
contemplaba a su seora madre, que coma de prisa, distrada, ms plida
que sola estar, con los grandes ojos azules, claros y fros fijos en un
pensamiento que deba de ver ella en el suelo.

Teresina entraba y sala sin hacer ruido, como un gato bien educado.
Acerc la ensalada al seorito.

--Ya he dicho que no ceno.--Djale, no cena. Ella no lo haba odo,
hombre.

Y acarici a la criada con los ojos.

Nuevo silencio. De Pas hubiera preferido una discusin inmediatamente.
Todo, antes que los parches y el silencio. Estaba sintiendo nuseas y no
se atreva a pedir una taza de t. Se mora de sed, pero tema beber
agua.

Doa Paula hablaba con Teresa ms que de costumbre y con una amabilidad
que usaba muy pocas veces.

La trataba como si hubiera que consolarla de alguna desgracia de que en
parte tuviera la misma doa Paula la culpa. Esto al menos crey notar el
Magistral.

Faltaba algo que estaba en el aparador y el ama se levantaba y lo traa
ella misma.

Pidi azcar don Fermn para echarlo en el vaso de agua y su madre dijo:

--Est arriba la azucarera, en mi cuarto.... Deja, ir yo por ella.

--Pero, madre...--Djame. Teresina qued a solas con su amo y mientras
le serva agua dejando caer el chorro desde muy alto, suspir
discretamente.

De Pas la mir, un poco sorprendido. Estaba muy guapa; pareca una
virgen de cera. Ella no levant los ojos. De todas maneras, le era
antiptica. Su madre la mimaba y a los criados no hay que darles alas.

Baj doa Paula y cuando sali Teresina dijo, mientras miraba hacia la
puerta:

--La pobre no s cmo tiene cuerpo.

--Por qu?--pregunt don Fermn que acababa de or el primer trueno.

Su madre, que estaba en pie junto a l revolviendo el azcar en el vaso,
le mir desde arriba con gesto de indignacin.

--Por qu? Ha ido esta tarde dos veces a Palacio, una vez a casa del
Arcipreste, otra a casa de Carraspique, otra a casa de Pez, otra a casa
del Chato, dos a la Catedral, dos a la Santa Obra, una vez a las
Paulinas, otra... qu s yo! Est muerta la pobre.

--Y a qu ha ido?--contest De Pas al segundo trueno.

Pausa solemne. Doa Paula volvi a sentarse y haciendo alarde de una
paciencia, que ni la de un santo, dijo, con mucha calma, pesando las
slabas:

--A buscarte, Fermo, a eso ha ido.--Mal hecho, madre. Yo no soy un
chiquillo para que se me busque de casa en casa. Qu dira Carraspique,
qu dira Pez?... Todo eso es ridculo....

--Ella no tiene la culpa; hace lo que le mandan. Si est mal hecho,
reme a m.

--Un hijo no rie a su madre.--Pero la mata a disgustos; la compromete,
compromete la casa... la fortuna, la honra... la posicin... todo... por
una... por una.... Dnde ha comido usted?

Era intil mentir, adems de ser vergonzoso. Su madre lo saba todo de
fijo. El Chato se lo habra contado. El Chato que le habra visto
apearse de la carretela en el Espoln.

--He comido con los marqueses de Vegallana; eran los das de Paquito; se
empearon... no hubo remedio; y no mand aviso... porque era ridculo,
porque all no tengo confianza para eso....

--Quin comi all?

--Cincuenta, qu s yo?

--Basta, Fermo, basta de disimulos!--grit con voz ronca la de los
parches. Se levant, cerr la puerta, y en pie y desde lejos prosigui:

--Has ido all a buscar a esa... seora... has comido a su lado... has
paseado con ella en coche descubierto, te ha visto toda Vetusta, te has
apeado en el Espoln; ya tenemos otra Brigadiera.... Parece que necesitas
el escndalo, quieres perderme.

--Madre! madre!--Si no hay madre que valga! te has acordado de tu
madre en todo el da? No la has dejado comer sola, o mejor dicho, no
comer? te import nada que tu madre se asustara, como era natural? Y
qu has hecho despus hasta las diez de la noche?

--Madre, madre, por Dios! yo no soy un nio....

--No, no eres un nio; a ti no te duele que tu madre se consuma de
impaciencia, se muera de incertidumbre.... La madre es un mueble que
sirve para cuidar de la hacienda, como un perro; tu madre te da su
sangre, se arranca los ojos por ti, se condena por ti... pero t no eres
un nio, y das tu sangre, y los ojos y la salvacin... por una
mujerota....

--Madre!--Por una mala mujer!--Seora!--Cien veces, mil veces
peor, que esas que le tiran de la levita a don Saturno, porque esas
cobran, y dejan en paz al que las ha buscado; pero las seoras chupan la
vida, la honra... deshacen en un mes lo que yo hice en veinte aos....
Fermo... eres un ingrato!... eres un loco!

Se sent fatigada y con el pauelo que traa a la cabeza improvis una
banda para las sienes.

--Va a estallarme la frente!--Madre, por Dios! sosiguese usted.
Nunca la he visto as... Pero qu pasa? qu pasa?... Todo es
calumnia.... Y qu pronto... qu pronto... la han urdido! Qu
Brigadiera ni qu seoronas... si no hay nada de eso... si yo le juro
que no es eso... si no hay nada!

--No tienes corazn, Fermo, no tienes corazn.

--Seora, ve usted lo que no hay... yo le aseguro....

--Qu has hecho hasta las diez de la noche? Rondar la casa de esa
gigantona... de fijo....

--Por Dios, seora! esto es indigno de usted. Est usted insultando a
una mujer honrada, inocente, virtuosa; no he hablado con ella tres
veces... es una santa....

--Es una como las otras.--Cmo qu otras?

--Como las otras.--Seora! Si la oyeran a usted!

--Ta, ta, ta! Si me oyeran me callara. Fermo... a buen entendedor....
Mira, Fermo... t no te acuerdas, pero yo s... yo soy la madre que te
pari sabes? y te conozco... y conozco el mundo... y s tenerlo todo en
cuenta... todo.... Pero de estas cosas no podemos hablar t y yo... ni a
solas... ya me entiendes... pero... bastante buena soy, bastante he
callado, bastante he visto.

--No ha visto usted nada...--Tienes razn... no he visto... pero he
comprendido y ya ves... nunca te habl de estas... porqueras, pero
ahora parece que te complaces en que te vean... tomas por el peor
camino....

--Madre... usted lo ha dicho, es absurdo, es indecoroso que usted y yo
hablemos, aunque sea en cifra, de ciertas cosas....

--Ya lo veo, Fermo, pero t lo quieres. Lo de hoy ha sido un escndalo.

--Pero si yo le juro a usted que no hay nada; que esto no tiene nada que
ver con todas esas otras calumnias de antao....

--Peor; peor que peor.... Y sobre todo lo que yo temo es que el otro se
entere, que Camoirn crea todo eso que ya dicen.

--Que ya dicen! En dos das!

--S, en dos; en medio... en una hora.... No ves que te tienen ganas?
que llueve sobre mojado?... Hace dos das? Pues ellos dirn que hace
dos meses, dos aos, lo que quieran. Empieza ahora? Pues dirn que
ahora se ha descubierto. Conocen al Obispo, saben que slo por ah
pueden atacarte.... Que le digan a Camoirn que has robado el copn... no
lo cree... pero eso s; acurdate de la Brigadiera!...

--Qu Brigadiera... madre... qu Brigadiera!... Es que no podemos
hablar de estas cosas... pero... si yo le explicara a usted....

--No necesito saber nada... todo lo comprendo... todo lo s... a mi
modo. Fermo, te fue bien toda la vida dejndote guiar por tu madre, en
estas cosas miserables de tejas abajo? Te fue bien?

--S, madre ma, s!

--Te saqu yo o no de la pobreza?

--S, madre del alma!--No nos dej tu pobre padre muertos de hambre y
con el agua al cuello, todo embargado, todo perdido?

--S, seora, s... y eternamente yo....

--Djate de eternidades... yo no quiero palabras, quiero que sigas
creyndome a m; yo s lo que hago. T predicas, t alucinas al mundo
con tus buenas palabras y buenas formas... yo sigo mi juego. Fermo, si
siempre ha sido as, por qu te me tuerces? Por qu te me escapas?

--Si no hay tal, madre.--S hay tal, Fermo. No eres un nio, dices...
es verdad... pero peor si eres un tonto.... S, un tonto con toda tu
sabidura. Sabes t pegar pualadas por la espalda, en la honra? Pues
mira al Arcediano, torcido y todo, las da como un maestro... ah tienes
un ignorante que sabe ms que t.

Doa Paula se haba arrancado los parches, las trenzas espesas de su
pelo blanco cayeron sobre los hombros y la espalda; los ojos apagados
casi siempre, echaban fuego ahora, y aquella mujer cortada a hachazos
pareca una estatua rstica de la Elocuencia prudente y cargada de
experiencia.

La tempestad se haba deshecho en lluvia de palabras y consejos. Ya no
se rea, se discuta con calor, pero sin ira. Los recuerdos evocados,
sin intencin pattica, por doa Paula, haban enternecido a Fermo. Ya
haba all un hijo y una madre, y no haba miedo de que las palabras
fuesen rayos.

Doa Paula no se enterneca, tena esa ventaja. Llamaba mojigangas a las
caricias, y quera a su hijo mucho a su manera, desde lejos. Era el suyo
un cario opresor, un tirano. Fermo, adems de su hijo, era su capital,
una fbrica de dinero. Ella le haba hecho hombre, a costa de
sacrificios, de vergenzas de que l no saba ni la mitad, de vigilias,
de sudores, de clculos, de paciencia, de astucia, de energa y de
pecados srdidos; por consiguiente no peda mucho si peda intereses al
resultado de sus esfuerzos, al Provisor de Vetusta. El mundo era de su
hijo, porque l era el de ms talento, el ms elocuente, el ms sagaz,
el ms sabio, el ms hermoso; pero su hijo era de ella, deba cobrar los
rditos de su capital, y si la fbrica se paraba o se descompona, poda
reclamar daos y perjuicios, tena derecho a exigir que Fermo continuase
produciendo.

En Matalerejo, en su tierra, Paula Races vivi muchos aos al lado de
las minas de carbn en que trabajaba su padre, un miserable labrador que
ganaba la vida cultivando una mala tierra de maz y patatas, y con la
ayuda de un jornal. Aquellos hombres que salan de las cuevas negros,
sudando carbn y con los ojos hinchados, adustos, blasfemos como
demonios, manejaban ms plata entre los dedos sucios que los campesinos
que removan la tierra en la superficie de los campos y segaban y
amontonaban la yerba de los prados frescos y floridos. El dinero estaba
en las entraas de la tierra; haba que cavar hondo para sacar provecho.
En Matalerejo, y en todo su valle, reina la codicia, y los nios rubios
de tez amarillenta que pululan a orillas del ro negro que serpea por
las faldas de los altos montes de castaos y helechos, parecen hijos de
sueos de avaricia. Paula era de nia rubia como una mazorca; tena los
ojos casi blancos de puro claros, y en el alma, desde que tuvo uso de
razn, toda la codicia del pueblo junta. En las minas, y en las fbricas
que las rodean, hay trabajo para los nios en cuanto pueden sostener en
la cabeza un cesto con un poco de tierra. Los ochavos que ganan as los
hijos de los pobres son en Matalerejo la semilla de la avaricia arrojada
en aquellos corazones tiernos: semilla de metal que se incrusta en las
entraas y jams se arranca de all. Paula vea en su casa la miseria
todos los das; o faltaba pan para cenar o para comer; el padre gastaba
en la taberna y en el juego lo que ganaba en la mina.

La nia fue aprendiendo lo que vala el dinero, por la gran pena con que
los suyos lo lloraban ausente. A los nueve aos era Paula una espiga
tostada por el sol, larga y seca; ya no se rea: pellizcaba a las amigas
con mucha fuerza, trabajaba mucho y esconda cuartos en un agujero del
corral. La codicia la hizo mujer antes de tiempo; tena una seriedad
prematura, un juicio firme y fro.

Hablaba poco y miraba mucho. Despreciaba la pobreza de su casa y viva
con la idea constante de volar... de volar sobre aquella miseria. Pero
cmo? Las alas tenan que ser de oro. Dnde estaba el oro? Ella no
poda bajar a la mina.

Su espritu observador not en la iglesia un filn menos obscuro y
triste que el de las cuevas de all abajo. El cura no trabajaba y era
ms rico que su padre y los dems cavadores de las minas. Si ella fuera
hombre no parara hasta hacerse cura. Pero poda ser ama como la seora
Rita. Comenz a frecuentar la iglesia; no perdi novena, ni rogativas,
ni misiones, ni rosario y siempre sala la ltima del templo. Los
vecinos de Matalerejo haban enterrado la antigua piedad entre el
carbn; eran indiferentes y tenan fama de herejes en los pueblos
comarcanos. Por esto pudo notar la seorita Rita la piedad de Paula bien
pronto. La hija de Antn Races, le dijo al seor cura, tira para
santa, no sale de la iglesia. El cura habl a la chicuela, y asegur a
Rita que era una Teresa de Jess en ciernes. En una enfermedad del ama,
el prroco pidi a Races su hija para reemplazar a Rita en su servicio.
Rita san pero Paula no sali de la Rectoral. Se acab el ir y venir
con el cesto de tierra. Se visti de negro, y por amor de Dios se olvid
de sus padres. A los dos aos la seora Rita sala de la casa del cura
enseando los puos a Paula y llevndose en un cofre sus ahorros de
veinte aos. El cura muri de viejo y el nuevo prroco, de treinta aos,
admiti a la hija de Races como parte integrante de la casa Rectoral.
Paula era entonces una joven alta, blanca, fresca, de carne dura y piel
fina, pero mal hecha. Una noche, a las doce, a la luz de la luna sali
de la Rectoral, que estaba en lo alto de una loma rodeada de castaos y
acacias, cien pasos ms abajo de la iglesia. Llevaba en los brazos un
pauelo negro que envolva ropa blanca. Detrs de ella sali una sombra,
con gorro de dormir y en mangas de camisa.... Al ver que la seguan,
Paula corri por la callejuela que bajaba al valle. El del gorro la
alcanz, la cogi por la saya de estamea y la oblig a detenerse;
hablaron; l abra los brazos, pona las manos sobre el corazn, besaba
dos dedos en cruz; ella deca no con la cabeza. Despus de media hora de
lucha, los dos volvieron a la Rectoral; entr l, ella detrs y cerr
por dentro despus de decir a un perro que ladraba:

--Chito, Nay, que es el amo! Paula fue el tirano del cura desde aquella
noche, sin mengua de su honor. Un momento de flaqueza en la soledad le
cost al prroco, sin saciar el apetito, muchos aos de esclavitud.
Tena fama de santo; era un joven que predicaba moralidad, castidad,
sobre todo a los curas de la comarca, y predicaba con el ejemplo. Y una
noche, reparando al cenar que Paula era mal formada, angulosa, sinti
una lascivia de salvaje, irresistible, ciega, excitada por aquellos
ngulos de carne y hueso, por aquellas caderas desairadas, por aquellas
piernas largas, fuertes, que deban de ser como las de un hombre. A la
primera insinuacin amorosa, brusca, significada ms por gestos que por
palabras, el ama contest con un gruido, y fingiendo no comprender lo
que le pedan; a la segunda intentona, que fue un ataque brutal, sin
arte, de hombre casto que se vuelve loco de lujuria en un momento, Paula
dio por respuesta un brinco, una patada; y sin decir palabra se fue a su
cuarto, hizo un lo de ropa, smbolo de despedida, porque tena all
muchos bales cargados de trapos y otros artculos, y sali diciendo
desde la escalera:

--Seor cura! yo me voy a dormir a casa de mi padre.

La transaccin le cost al clrigo humillarse hasta el polvo, una
abdicacin absoluta. Vivieron en paz en adelante, pero l vio siempre en
ella a su seor de horca y cuchillo; tena su honor en las manos; poda
perderle. No le perdi. Pero una noche, cuando el cura cenaba, tarde,
despus de estudiar, Paula se acerc a l y le pidi que la oyese en
confesin.

--Hija ma a estas horas?

--S, seor, ahora me atrevo... y no respondo de volver a atreverme
jams.

Le confes que estaba encinta.

Francisco De Pas, un licenciado de artillera, que entraba mucho en casa
del cura, de quien era algo pariente, la haba requerido de amores y
ella le haba contestado a bofetadas--el cura se puso colorado; se
acord de la patada que haba recibido l--pero el licenciado haba sido
terco, y haba vuelto a requebrarla, y a prometerla casarse en cuanto
sacaran el estanquillo que le tenan prometido los del Gobierno; ella se
haba tranquilizado y desde entonces admita al habla aquel buque
sospechoso. Segn costumbre de la tierra, iba el de artillera a hablar
con Paula a media noche, no por la reja, que no las hay en Matalerejo,
sino en el corredor de la panera, una casa de tablas sostenida por
anchos pilares a dos o tres varas del suelo. All dorma ella en el
verano. Francisco falt una noche a lo convenido, fue audaz, pas del
corredor al interior de la panera; luch Paula, luch hasta caer
rendida--lo juraba ante un Cristo--, rendida por la fuerza del
artillero. Desde aquella noche le tom ojeriza, pero quera casarse con
l. De aquella traicin acaso naci Fermn a los dos meses de haber
unido el buen prroco a Paula y Francisco con lazo inquebrantable. Todos
los vecinos dijeron que Fermn era hijo del cura, quien dot al ama con
buenas peluconas. Francisco De Pas no era interesado; siempre haba
tenido intencin de casarse con Paula, pero los vecinos le haban
llenado el alma de sospechas y espinas, y l, creyendo que poda el cura
estar rindose de un licenciado, hizo lo que hizo. Pero aquella noche
que fue como la de una batalla a obscuras, terrible, le convenci de la
inocencia del prroco y de la virtud de Paula. Aquello no se finga;
mucho saba el artillero de las trampas del mundo, de las doncellas
falsas, pero l se fue a su casa al alba persuadido de que haba
vencido, bien o mal, una honra verdadera. Y volvi a su proyecto de
casarse con el ama del cura. As se lo jur a ella, de rodillas, como l
haba visto a los galanes en los teatros, all por el mundo
adelante.--Yo te pedir a tus padres y al cura maana mismo.--No--dijo
ella--, ahora no. Y siguieron vindose. Cuando Paula estuvo segura de
que haba fruto de aquella traicin, o de las concesiones subsiguientes,
dijo a su novio: Ahora se lo digo al amo y t, cuando l te llame, te
niegas a casarte, dices que dicen que no eres t solo... que en
fin...--S, s, ya entiendo.--Lo que sospechabas, animal!--S, ya
s.--Pues eso.--Y despus?--Despus deja que el cura te ofrezca... y
no digas que bueno a la primer promesa; deja que suba el precio... ni a
la segunda. A la tercera date por vencido....

Y as fue. Paula arranc de una vez al pobre prroco de Matalerejo, el
ms casto del Arciprestazgo, el resto del precio que ella haba puesto
al silencio. Con qu fervor predicaba el buen hombre despus la
castidad firme! Un momento de debilidad te pierde, pecador; basta un
momento! Un deseo, un deseo que no sacias siquiera, te cuesta la
salvacin (y todos tus ahorros, y la paz del hogar, y la tranquilidad
de toda la vida, aada para sus adentros.)

Paula compr grandes partidas de vino y lo venda al por mayor a los
taberneros de Matalerejo; empez bien el comercio gracias a su
inteligencia, a su actividad. Ella trabajaba por los dos. Francisco era
muy _fantstico_, segn su mujer. Le gustaba contar sus hazaas, y hasta
sus aventuras, esto en secreto, despus de colocar unos cuantos pellejos
de Toro, al beber en compaa del parroquiano. Era rumboso y en el calor
de la amistad improvisada en la taberna, abra crditos exorbitantes a
los taberneros, sus consumidores. Esto origin reyertas trgicas; hubo
sillas por el aire, cuchillos que acababan por clavarse en una mesa de
pino, amenazas sordas y reconciliaciones expresivas por parte del
artillero; secas, fras, nada sinceras por parte de su mujer. La mana
de dar al fiado lleg a ser un vicio, una pasin del manirroto
licenciado. Le gustaba darse tono de rico y despreciaba el dinero con
gran prosopopeya. Los pases que l haba visto! las mujeres que l
haba seducido, all muy lejos!. Sus amigos los taberneros que no
haban visto ms ro que el de su patria, le engaaban al segundo vaso.
Mientras l se perda en sus recuerdos y en sus sueos pretritos, que
daba por realizados, sus compadres interrumpindole, entre alabanzas y
admiraciones, le sacaban pellejos y ms pellejos de vino pagaderos....
De eso no haba que hablar. El hombre es honrado deca el artillero
y aada: Si yo tengo un duro pongo por ejemplo, y un amigo, por una
comparacin, necesita ese duro... y quien dice un duro dice veinte
arrobas de vino, pongo por caso.... Pocos aos necesit, a pesar de la
prosperidad con que el comercio haba empezado, para tocar en la
bancarrota. Se atrevi un parroquiano a no pagar y tras l fueron otros,
y al fin no le pagaba casi nadie. Paula que haba dominado a dos curas,
y estaba dispuesta a dominar el mundo, no poda con su marido. Lo que
t quieras, tienes razn, deca l, y a la media hora volva a las
andadas. Si ella se irritaba, se le acababa a l lo que llamaba la
paciencia, y una vez en el terreno de la fuerza el artillero venca
siempre; fuerte era como un roble Paula, pero Francisco haba sido el
ms arrogante mozo de nuestro ejrcito, y tena msculos de oso. Haba
nacido en lo ms alto de la montaa y hasta los veinte aos haba
servido en los Puertos, cuidando ganado. Cuando la pobreza llam a las
puertas, y Paula se decidi a dejar su comercio, De Pas decret dedicar
los pocos cuartos que sacaron libres a la industria ganadera. Tom vacas
en parcera y se fue con su mujer y su hijo a su pueblo, a vivir del
pastoreo, en los ms empinados vericuetos. All pas la niez y lleg a
la adolescencia Fermn, a quien su madre haba deseado hacer
clrigo.--Pastor y vaquero ha de ser, como su abuelo y como su padre,
gritaba el licenciado cada vez que la madre hablaba de mandar al nio a
aprender latn con el cura de Matalerejo. El comercio de ganado no fue
mejor que el de vino. A Francisco se le ocurri que l haba sido
siempre un gran tirador; se consagr a la caza y persegua corzos,
jabales, y hasta con el oso, las pocas veces que se le presentaba, se
atreva. Una tarde de invierno vio Paula llegar a la aldea cuatro
hombres que conducan a hombros el cuerpo destrozado de su marido en
unas angarillas improvisadas con ramas de roble. Haba cado de lo alto
de una pea abrazado a la osa mal herida que perseguan los vaqueros
haca una semana. Muri con gloria el artillero, pero su viuda se
encontr abrumada de trampas, de deudas y para sarcasmo de la suerte,
duea de crditos sin fin que no se cobraran jams. Volvi a
Matalerejo, despus de perder por embargo cuanto tena. Llevaba aquellos
papeles intiles y el hijo que haba de ser clrigo. Era Fermn ya un
mozalbete como un castillo; sus 15 aos parecan veinte; pero Paula
haca de l cuanto quera, le manejaba mejor que a su padre. Le hizo
estudiar latn con el cura, el mismo que haba dado la dote perdida por
el difunto. Haba que adelantar tiempo y Fermn lo adelant; estudiaba
por cuatro y trabajaba en los quehaceres domsticos de la Rectoral;
cuidaba la huerta adems y as ganaba comida y enseanza. Iba a dormir a
la cabaa de su madre, que a la boca de una mina haba levantado cuatro
tablas, para instalar una taberna. Los gastos del nuevo comercio, que no
subieron a mucho, corrieron an por cuenta del prroco, quien hizo el
desinteresado ms por caridad que por miedo. Ya no tema lo que pudiera
decir Paula ni ella crea tampoco en la fuerza del arma con que en un
tiempo haba amenazado terrible, cruel y fra.

La taberna prosperaba. Los mineros la encontraban al salir a la
claridad y all, sin dar otro paso, apagaban la sed y el hambre, y la
pasin del juego que dominaba a casi todos. Detrs de unas tablas, que
dejaban pasar las blasfemias y el ruido del dinero, estudiaba en las
noches de invierno interminables el _hijo del cura_, como le llamaban
cnicamente los obreros, delante de su madre, no en presencia de Fermn,
que haba probado a muchos que el estudio no le haba debilitado los
brazos. El espectculo de la ignorancia, del vicio y del embrutecimiento
le repugnaba hasta darle nuseas y se arrojaba con fervor en la sincera
piedad, y devoraba los libros y ansiaba lo mismo que para l quera su
madre: el seminario, la sotana, que era la toga del hombre libre, la que
le podra arrancar de la esclavitud a que se vera condenado con todos
aquellos miserables si no le llevaban sus esfuerzos a otra vida mejor,
una digna del vuelo de su ambicin y de los instintos que despertaban en
su espritu. Paula padeci mucho en esta poca; la ganancia era segura y
muy superior a lo que pudieran pensar los que no la vean a ella
explotar los brutales apetitos, ciegos, y nada escogidos de aquella
turba de las minas; pero su oficio tena los peligros del domador de
fieras; todos los das, todas las noches haba en la taberna pendencias,
brillaban las navajas, volaban por el aire los bancos. La energa de
Paula se ejercitaba en calmar aquel oleaje de pasiones brutales, y con
ms ahnco en obligar al que rompa algo a pagarlo y a buen precio.
Tambin pona en la cuenta, a su modo, el perjuicio del escndalo. A
veces quera Fermn ayudarla, intervenir con sus puos en las escenas
trgicas de la taberna, pero su madre se lo prohiba:

--T a estudiar, t vas a ser cura y no debes ver sangre. Si te ven
entre estos ladrones, creern que eres uno de ellos.

Fermn, por respeto y por asco obedeca, y cuando el estrpito era
horrsono, tapaba los odos y procuraba enfrascarse en el trabajo hasta
olvidar lo que pasaba detrs de aquellas tablas, en la taberna. Algo ms
que las reyertas entre los parroquianos ocultaba Paula a su hijo. Aunque
ya no era joven, su cuerpo fuerte, su piel tersa y blanca, sus brazos
fornidos, sus caderas exuberantes excitaban la lujuria de aquellos
miserables que vivan en tinieblas. _La Muerta_ es un buen bocado, se
deca en las minas. La llamaban la Muerta por su blancura plida; y
creyendo fcil aquella conquista, muchos borrachos se arrojaban sobre
ella como sobre una presa; pero Paula los reciba a puadas, a patadas,
a palos; ms de un vaso rompi en la cabeza de una fiera de las cuevas y
tuvo el valor de cobrrselo. Estos ataques de la lujuria animal solan
ser a las altas horas de la noche, cuando el enamorado salvaje se
eternizaba sobre su banco, para esperar la soledad. Fermn estudiaba o
dorma. Paula cerraba la puerta de la calle, porque la autoridad le
obligaba a ello. No despeda al borracho, aunque conoca su propsito,
porque mientras estaba all haca consumo, suprema aspiracin de Paula.
Y entonces empezaba la lucha. Ella se defenda en silencio. Aunque l
gritase, Fermn no acuda; pensaba que era una ria entre mineros.
Adems, le teman unos por fuerte, otros por hijo, y procuraban vencer
sin que l se enterase. Pero nunca vencan. A lo sumo un abrazo furtivo,
un beso como un rasguo. Nada. Paula despreciaba aquella baba. Ms asco
le daba barrer las inmundicias que dejaban all aquellos osos de la
cueva.

Todo por su hijo; por ganar para pagarle la carrera, lo quera telogo,
nada de misa y olla. All estaba ella para barrer hacia la calle aquel
lodo que entraba todos los das por la puerta de la taberna; a ella la
manchaba, pero a l no; l all dentro con Dios y los santos, bebiendo
en los libros de la ciencia que le haba de hacer seor; y su madre all
fuera, manejando inmundicia entre la que iba recogiendo ochavo a ochavo
el porvenir de su hijo; el de ella, tambin, pues estaba segura de que
llegara a ser una seora. All en la Montaa, en cuanto Fermn haba
aprendido a leer y escribir, le haba obligado a ensearle a ella su
ciencia. Lea y escriba. En la taberna, entre tantas blasfemias, entre
los aullidos de borrachos y jugadores, ella devoraba libros, que peda
al cura.

Ms de una vez la guardia civil tuvo que visitarla y cada poco tiempo
iba a la cabeza del partido a declarar en causa por lesiones o hurto.

El cura, Fermn, y hasta los guardias, que estimaban su honradez, la
haban aconsejado en muchas ocasiones que dejase aquel trfico
repugnante; no la aburra pasar la vida entre borrachos y jugadores que
se convertan tan a menudo en asesinos?

No, no y no!. Que la dejasen a ella. Estaba haciendo bolsn sin que
nadie lo sospechase.... En cualquier otra industria que emprendiese, con
sus pocos recursos, no podra ganar la dcima parte de lo que iba
ganando all. Los mineros salan de la obscuridad con el bolsillo
repleto, la sed y el hambre excitadas; pagaban bien, derrochaban y
coman y beban veneno barato en calidad de vino y manjares buenos y
caros. En la taberna de Paula todo era falsificado; ella compraba lo
peor de lo peor y los borrachos lo coman y beban sin saber lo que
tragaban, y los jugadores sin mirarlo siquiera, fija el alma en los
naipes.

El consumo era mucho, la ganancia en cada artculo considerable. Por eso
no haba prendido ya fuego a la taberna con todos _los ladrones_ dentro.

No dej el trfico hasta que los estudios y la edad de Fermn lo
exigieron. Hubo que dejar el pas y por recomendaciones del prroco de
Matalerejo, Paula fue a servir de ama de llaves al cura de La Virgen del
Camino, a una legua de Len, en un pramo. Fermn, tambin por
influencia de Matalerejo (el cura), y del prroco de la Virgen del
Camino, entr en San Marcos de Len en el colegio de los Jesuitas, que
pocos aos antes se haban instalado en las orillas del Bernesga. El
muchacho resisti todas las pruebas a que los PP. le sometieron;
demostr bien pronto gran talento, sagacidad, vocacin, y el P. Rector
lleg a decir que aquel chico haba nacido jesuita. Paula callaba, pero
estaba resuelta a sacar de all a su hijo en tiempo oportuno, cuando
ella pudiera asegurarle un porvenir fuera de aquella santa casa. No le
quera jesuita. Le quera cannigo, obispo, quin sabe cuntas cosas
ms. l hablaba de misiones en el Oriente, de tribus, de los mrtires
del Japn, de imitar su ejemplo; lea a su madre, con los ojos
brillantes de entusiasmo, los peridicos que hablaban de los peligros
del P. Sevillano, de la compaa, all en tierra de salvajes. Paula
sonrea y callaba. Bueno estara que despus de tantos sacrificios el
hijo se le convirtiera en mrtir! Nada, nada de locuras; ni siquiera la
locura de la cruz. En el Santuario de la Virgen del Camino se maneja
mucha plata el da que se abre el tesoro de la Virgen, en presencia de
la Autoridad civil; pero el cura es pobre.

Paula vea pasar por sus manos los duros y las pesetas, pero aquello era
como agua del mar para el sediento; no sacaba nada en limpio de revolver
trigo y plata de la milagrosa Imagen. Su fama de perfecta ama de cura
corri por toda la provincia; el prroco de la Virgen tena la
imprudencia de alabar su talento culinario, su despacho, su integridad,
su pulcritud, su piedad y dems cualidades delante de otros clrigos, a
la mesa, despus de comer bien y beber mejor. Cundi la fama de Paula, y
un cannigo de Astorga se la arrebat al cura de la Virgen. Fue una
traicin y Paula una ingrata. Sin embargo, el cannigo era un santo, la
traicin no haba sido suya. Don Fortunato Camoirn no era capaz de
traiciones. Le propusieron un ama de llaves y la acept, sin sospechar
que a los pocos meses sera l su esclavo.

Nada convena a Paula como un amo santo. Al ao de servir al cannigo
Camoirn se vanagloriaba de haberle salvado varias veces de la
bancarrota: sin ella hubiera tirado la casa por la ventana: todo hubiera
sido de los pobres y de los tunantes y holgazanes que le saqueaban con
la ganza de la caridad. Paula puso en orden todo aquello. Camoirn se
lo agradeci y sigui dando limosna a hurtadillas, pero poca; lo que
poda sisar al ama. Era el cannigo incapaz de gobernarse en las
necesidades premiosas de la vida, no entenda palabra de los intereses
del mundo, y al poco tiempo lleg a comprender que Paula era sus ojos,
sus manos, sus odos, hasta su sentido comn. Sin Paula acaso, acaso le
hubieran llevado a un hospital por loco y pobre.

Aquel imperio fue el ms tirnico que ejerci en su vida el ama de
llaves. Lo aprovech para la carrera de Fermn: el cannigo comprendi
que deba mirar al estudiante como a cosa suya; si Paula le consagraba
la vida a l, l deba consagrar sus cuidados y su dinero y su
influencia al hijo de Paula. Adems, el mozo le enamoraba tambin; era
tan discreto, tan sagaz como su madre y ms amable, ms suave en el
trato. Pero haba que sacarle de San Marcos; lo aseguraba Paula, el mozo
lo deseaba, y sobre todo la salud quebrantada del aprendiz de jesuita lo
exiga. Se le sac y entr en el Seminario, a terminar la teologa. Fue
presbtero, y obtuvo un economato de los buenos, y fue llamado a
predicar en San Isidro de Len, y en Astorga, y en Villafranca y donde
quiera que el cannigo Camoirn, famoso ya por su piedad, tena
influencia. Cuando a Fortunato le ofrecieron el obispado de Vetusta, l
vacil; mejor dicho, se propuso pedir de rodillas que le dejaran en paz:
pero Paula le amenaz con abandonarle.--Eso era absurdo!. Solo ya no
podra vivir. No por usted, seor; por el chico es necesario aceptar.
--Acaso tena razn. Camoirn acept por el chico... y fueron todos a
Vetusta. Pero all se le busc al Obispo una ama de llaves y Paula
sigui ejerciendo desde su casa sus funciones de suprema inspeccin.
Fermn fue medrando, medrando; el muchacho vala, pero ms vala su
madre. Ella le haba hecho hombre, es decir, cura; ella le haba hecho
nio mimado de un Obispo, ella le haba empujado para llegar adonde
haba subido, y ella ganaba lo que ganaba, poda lo que poda... y l
era un ingrato!

A esta conclusin llegaba el Magistral aquella noche, en que, despus de
larga conversacin con su madre, se encerr en su despacho a repasar en
la memoria todo lo que l saba de los sacrificios que aquella mujer
fuerte haba emprendido y realizado por l, porque l subiera, porque
dominase y ganara riquezas y honores.

--S, era un ingrato! un ingrato! y el amor filial le arrancaba dos
lgrimas de fuego que enjugaba, sorprendido de sentir humedad en
aquellas fuentes secas por tantos aos.

Cmo lloraba l? Cosa ms rara! Sera el alcohol la causa de aquel
llanto? Acaso. Sera... lo que haba sucedido aquel da? Tal vez todo
mezclado. Oh, pero tambin, tambin el amor que l tena a su madre era
cosa tierna, grande, digna, que le elevaba a sus propios ojos.

Abri el balcn del despacho de par en par. Ya haba salido la luna, que
pareca ir rodando sobre el tejado de enfrente. La calle estaba
desierta, la noche fresca; se respiraba bien; los rayos plidos de la
luna y los soplos suaves del aire le parecieron caricias. Qu cosas
tan nuevas, o mejor tan antiguas, tan antiguas y tan olvidadas estaba
sintiendo! Oh, para l no era nuevo, no, sentir oprimido el pecho al
mirar la luna, al escuchar los silencios de la noche; as haba l
empezado a ponerse enfermucho, all en los Jesuitas: pero entonces sus
anhelos eran vagos y ahora no; ahora anhelaba... tampoco se atreva a
pedir claridad y precisin a sus deseos.... Pero ya no eran tristezas
msticas, ansiedades de filsofo atado a un telogo lo que le angustiaba
y produca aquel dulce dolor que pareca una perezosa dilatacin de las
fibras ms hondas.... La sonrisa de la Regenta se le present unida a
la boca, a las mejillas, a los ojos que la dieran vida... y record una
a una todas las veces que le haba sonredo. En los libros aquello se
llamaba estar enamorado platnicamente; pero l no crea en palabras.
No; estaba seguro que aquello no era amor. El mundo entero, y su madre
con todo el mundo, pensaban groseramente al calificar de pecaminosa
aquella amistad inocente. Si sabra l lo que era bueno y lo que era
malo! Su madre le quera mucho, a ella se lo deba todo, ya se sabe,
pero... no saba ella sentir con suavidad, no entenda de afectos finos,
sublimes... haba que perdonarla. S, pero l necesitaba amor ms blando
que el de doa Paula... ms ntimo, de ms fcil comunin por razn de
la edad, de la educacin, de los gustos... l, aunque viviera con su
madre querida, no tena hogar, hogar suyo, y eso deba ser la dicha
suprema de las almas serias, de las almas que pretendan merecer el
nombre de grandes. Le faltaba compaa en el mundo; era indudable.

De una casa de la misma calle, por un balcn abierto, salan las notas
dulces, lnguidas, perezosas de un violn que tocaban manos expertas. Se
trataba de motivos del tercer acto del _Fausto_. El Magistral no conoca
la msica, no poda asociarla a las escenas a que corresponda, pero
comprenda que se hablaba de amor. El or con deleite, como oa, aquella
msica insinuante, ya era molicie, ya era placer sensual, peligroso:
pero... deca tan bien aquel violn las cosas raras que estaba
sintiendo l!

De repente se acord de sus treinta y cinco aos, de la vida estril que
haba tenido, fecunda slo en sobresaltos y remordimientos, cada vez
menos punzantes, pero ms soporferos para el espritu. Se tuvo una
lstima tiernsima; y mientras el violn gema diciendo a su modo:

        _Al palido chiaror_
        _che vien degli astri d'or_
        _dami ancor contemplar il tuo viso..._


el Magistral lloraba para dentro, mirando a la luna a travs de unas
telaraas de hilos de lgrimas que le inundaban los ojos.... Mirbala ni
ms ni menos como deca Trifn Crmenes en _El Lbaro_ que la
contemplaba l, todos los jueves y domingos, los das de folletn
literario.

Medrados estamos! pens don Fermn al dar en idea tan extravagante. Y
entonces volvi a ocurrrsele que en aquel sentimentalismo de ltima
hora deba de tener gran parte la copa de cognac, o lo que fuese.

Abajo era da de cuentas. Muy a menudo se las tomaba doa Paula al buen
Froiln Zapico, el propietario de _La Cruz Roja_ ante el pblico y el
derecho mercantil. Froiln era un esclavo blanco de doa Paula; a ella
se lo deba todo, hasta el no haber ido a presidio; le tena agarrado,
como ella deca, por todas partes y por eso le dejaba figurar como dueo
del comercio, sin miedo de una traicin. Le llamaba de t y muchas veces
animal y pillastre. l sonrea, fumaba su pipa, siempre pegada a la
boca, y deca con una calma de filsofo cnico: Cosas del alma. Vesta
de levita, y hasta usaba guantes negros en las procesiones. Tena que
parecer un seor para dar aire de verosimilitud a su propiedad de _La
Cruz Roja_, el comercio ms prspero de Vetusta, el nico en su gnero,
desde que el msero de don Santos Barinaga se haba ido arruinando.

Doa Paula haba casado a Froiln con una criada de las que ella tomaba
en la aldea, una de las que haban precedido a Teresa en sus funciones
de doncella cerca del seorito. Haba dormido como Teresa ahora, a
cuatro pasos del Magistral.

Este matrimonio era una recompensa para Juana, la mujer de Froiln.
Zapico oy la proposicin de su ama con aire socarrn. Crea
comprender. Pero l era muy filsofo: no se paraba en ciertos requisitos
que otros miran mucho. El ama, al proponerle el matrimonio, haba
pensado: Esto es algo fuerte; pero ay de l si se subleva!. Froiln
no se sublev. Juana era muy buena moza y saba cuidar a un hombre. Se
cas Zapico, y al da siguiente de la boda, doa Paula, que le miraba de
soslayo, con un gesto de desconfianza, tal vez algo arrepentida de
haber estirado mucho la cuerda observ que el novio estaba muy
contento, muy amable con ella, y hecho un almbar con su mujer.

Gordas las tragas, Froiln, eres un valiente, pensaba ella admirndole
y desprecindole al mismo tiempo.

Y l sonrea con ms socarronera que nunca.

Buen chasco se haba llevado la seora; si ella supiera... pensaba l
fumando su pipa. Pero es claro que jams dijo a doa Paula el secreto de
aquella noche en que hubo sorpresas muy diferentes de las que supona la
seora.

Era el nico secreto que haba entre ama y esclavo; la nica mala pasada
que ella le haba querido jugar.... Y como tampoco haba tenido mal
resultado, sino muy beneficioso para Zapico, este segua estimando a
doa Paula. Ella, al verle tan contento, nada resentido, rabiaba por
atreverse a preguntar; y l, muy satisfecho con el engao del ama que
haba sido en su provecho, rabiaba por decir algo; pero los dos
callaban. No haba ms que ciertas miradas mutuas que ambos sorprendan
a veces. Se encontraban a menudo cavando cada cual con los ojos en el
rostro del otro para encontrar el secreto.... Pero nada de palabras. Doa
Paula encoga los hombros y Froiln rea pasando la mano por las barbas
de puerco-espn que tena debajo del mentn afeitado.

All lo serio era el dinero. Las cuentas siempre ajustadas, limpias.
Froiln era fiel por conveniencia y por miedo. En aquella casa el
recuento de la moneda era un culto. Desde nio se haba acostumbrado don
Fermn a la seriedad religiosa con que se trataban los asuntos de
dinero, y al respeto supersticioso con que se manejaba el oro y la
plata. All abajo, en la trastienda de La Cruz Roja, a la que no se
pasaba, desde la casa del Magistral por stanos, como supona la
maledicencia, sino por ancha puerta abierta en la medianera en el piso
terreno, doa Paula, subida a una plataforma, ante un pupitre verde,
repasaba los libros del comercio y en serones de esparto y bolsas
grasientas contaba y recontaba el oro, la plata y el cobre o el bronce
que Froiln iba entregndole, en pie, en una grada de la plataforma, ms
baja que la mesa en que el ama repasaba los libros. Pareca ella una
sacerdotisa y l un aclito de aquel culto platnico. El mismo don
Fermn, las veces que presenciaba aquellas ceremonias, senta un vago
respeto supersticioso, sobre todo si contemplaba el rostro de su madre,
ms plido entonces, algo parecido a una estatua de marfil, la de una
Minerva amarilla, la Palas Atenea de la Crusologa.

Aquella noche el Magistral no quiso complacer a su madre bajando a la
trastienda, le daba asco; imaginaba que abajo haba un gran foco de
podredumbre, aguas sucias estancadas. Oa vagos rumores lejanos del
chocar de los cuartos viejos, de la plata y del oro, de cristalino
timbre. Aquellos ruidos apagados por la distancia suban por el hueco de
la escalera, en el silencio profundo de toda la casa. El violn volvi a
rasgar el silencio de fuera con notas temblorosas, que parecan titilar
como las estrellas. Ya no se trataba de las ansias amorosas de Fausto
en la mirada casta y pura de Margarita; ahora el instrumentista
arrastraba perezosamente por las cuerdas del violn los quejidos de la
Traviata momentos antes de morir.

El Magistral vio aparecer por una esquina de la calle un bulto que se
acercaba con paso vacilante, y que caminaba ya por la acera, ya por el
arroyo. Era don Santos Barinaga, que volva a su casa,--tres puertas ms
arriba de la del Magistral, en la acera de enfrente--. De Pas no le
conoci hasta que le vio debajo de su balcn. Pero antes, al pasar junto
a la casa donde sonaba el violn, Barinaga, que vena hablando solo, se
detuvo y call. Se quit el sombrero, que era verde, de figura de cono
truncado, y alzando la cabeza escuch con aire de inteligente. De vez en
cuando haca signos de aprobacin.... Conoca aquello; era la
_Traviata_ o el _Miserere del Trovador_, pero en fin cosa buena.

Perfecta... mente, dijo en voz alta; que sea muy enhorabuena,
Agustinito... eso... eso... el cultivo de las artes... nada de
comercio... en esta tierra de ladrones. Eh...?

Es el hijo del cerero, aadi mirando a un lado, hacia el suelo; como
contndoselo a otro que estuviese junto a l y ms bajo. El violn call
y don Santos dio media vuelta, como buscando las notas que se haban
extinguido. Entonces vio frente por frente, iluminado por un farol, un
rtulo de letras doradas que deca: La Cruz Roja.

Barinaga se cubri, dio una palmada en la copa del sombrero verde y
extendiendo un brazo, mientras se tambaleaba en mitad del arroyo,
grit:--Ladrones! S, seor--dijo en voz ms baja--, no retiro una sola
palabra... ladrones; usted y su madre seor Provisor... ladrones!

Barinaga hablaba con el letrero de la tienda, pero el Magistral sinti
brasas en las mejillas, y antes que pudiera notar su presencia el
vecino, se retir del balcn y sin el menor ruido, poco a poco, entorn
las vidrieras hasta no dejar ms que un intersticio por donde ver y or
sin ser visto. Para mayor seguridad baj la luz del quinqu y lo meti
en la alcoba. Volvi al balcn, a espiar las palabras y los movimientos
de aquel borracho a quien despreciaba todo el ao y que aquella noche,
sin que l supiera por qu, le asustaba y le irritaba. Otras veces, a la
misma hora, le haba sentido en la calle murmurar imprecaciones,
mientras l velaba trabajando; pero nunca haba querido levantarse para
or las necedades de aquel perdido. Bien saba que les atribua a l y a
su madre la ruina del comercio de quincalla de que viva; pero quin
haca caso de un miserable, vctima del aguardiente?

Barinaga segua diciendo:--S, seor Provisor, es usted un ladrn, y un
simoniaco, como le llama a usted el seor Foja... que es un liberal...
eso es, un liberal probado....

Y como La Cruz Roja no responda, don Santos dirigindose a su propia
sombra que se le iba subiendo a las barbas, segn se acercaba a la
puerta cerrada del comercio, tomndola por el mismsimo seor De Pas, le
dijo:

--Seor obscurantista! apaga luces!... usted ha arruinado a mi
familia... usted me ha hecho a m hereje... masn, s, seor, ahora soy
masn... por vengarme... por... abajo la clerigalla!

Esto lo dijo bastante alto para que lo oyese el sereno, que daba vuelta
a la esquina. El borracho sinti en los ojos la claridad viva y
desvergonzada de un ngulo de luz que brotaba de la linterna de Pepe,
su buen amigo.

El sereno, aquel Pepe, conoci a don Santos y se acerc sin acelerar el
paso.

--Buenas noches, amigo; t eres un hombre honrado... y te aprecio...
pero este carcunda, este comehostias, este _rapa-velas_, este maldito
tirano de la Iglesia, este Provisor... es un ladrn, y lo sostengo....
Toma un pitillo.

Tom el pitillo Pepe, escondi la linterna, arrim a la pared el chuzo y
dijo con voz grave:

--Don Santos, ya es hora de acostarse; quiere que abra la puerta?

--Qu puerta?--La de su casa...--Yo no tengo ya casa... yo soy un
pordiosero... no lo ves? no ves qu pantalones, qu levita?... Y mi
hija... es una mala pcora... tambin me la han robado los curas, pero
no ha sido este.... Este me ha robado la parroquia... me ha arruinado...
y don Custodio me roba el amor de mi hija.... Yo no tengo familia.... Yo
no tengo hogar... ni tengo puchero a la lumbre.... Y dicen que bebo!...
qu he de hacer, Pepe?... Si no fuera por ti... por ti y por el
aguardiente... qu sera de este anciano?...

--Vamos, don Santos, vamos a casa...--Te digo que no tengo casa...
djame... hoy tengo que hacer aqu... Vete, vete t... Es un secreto...
ellos creen... que no se sabe... pero yo lo s... yo les espo... yo les
oigo.... Vete... no me preguntes... vete....

--Pero no hay que alborotar, don Santos; porque ya se han quejado de
usted los vecinos... y yo... qu quiere usted....

--S, t... es claro, como soy un pobre.... Vete, djame con esta ralea
de bandidos... o te rompo el chuzo en la cabeza.

El sereno cant la hora y sigui adelante.

Don Santos le convidaba a veces a _echar_ una copa... qu haba de
hacer? Adems, no sola alborotar demasiado.

Qued solo Barinaga en la calle, y el Magistral arriba, detrs de las
vidrieras entreabiertas, sin perder de vista al que ya llamaba para sus
adentros su vctima....

Don Santos volvi a su monlogo, interrumpido por entorpecimientos del
estmago y por las dificultades de la lengua.

--Miserables!--deca con voz pattica, de bajo
profundo--miserables!... Ministro de Dios!... ministro de un
cuerno!... El ministro soy yo, yo, Santos Barinaga, honrado
comerciante... que no hago la forzosa a nadie... que no robo el pan a
nadie... que no obligo a los curas de toda la dicesis... eso, eso, a
comprar en mi tienda clices, patenas, vinajeras, casullas, lmparas
(iba contando por los dedos, que encontraba con dificultad), y dems,
con otros artculos... como aras; s seor que nos oigan los sordos,
seor Magistral! usted ha hecho renovar las aras de todas las iglesias
del obispado... y yo que lo supe... adquir una gran partida de
ellas..., porque cre que era usted... una persona decente... un
cristiano.... Buen cristiano te d Dios! Jess... que era un gran
liberal, como el seor Foja... eso es... un republicano... no venda
aras... y arrojaba a los mercaderes del templo!... Total, que estoy
empeado, embargado, desvalijado... y usted ha vendido cientos de aras
al precio que ha querido... se sabe todo, todo, seor apaga-luces...
_don_ Simn el Mago.... Torquemada.... Calomarde!... Ven ustedes este
santurrn? pues hasta vende hostias... y cera... ha arruinado tambin
al cerero.... Y papel pintado... l mismo ha hecho empapelar el Santuario
de Palomares... que lo diga la sociedad de Mareantes de aquel puerto...
si es un ladrn... si lo tengo dicho... un ladrn, un Felipe segundo...
igalo usted, so pillo! yo no tengo esta noche qu cenar... no habr
lumbre en mi cocina... pedir una taza de t... y mi hija me dar un
rosario.... Sois unos miserables!... (Pausa.) Vaya un siglo de las
luces! (sealando al farol) me ro yo... de las luces... para qu
quiero yo faroles si no cuelgan de ellos a los ladrones?... Rayos y
truenos! y esa revolucin?... el petrleo!... venga petrleo!...

Call un momento el borracho, y a tropezones lleg a la puerta de La
Cruz Roja. Aplic el odo al agujero de una cerradura, y despus de
escuchar con atencin, ri con lo que llaman en las comedias risa
sardnica.

--Ja, ja, ja!--vena a decir, con la garganta y las narices--... Ya
estn dndole vueltas!... All dentro, bien os oigo, miserables, no os
ocultis... bien os oigo repartiros mi dinero, ladrones; ese oro es mo;
esa plata es del cerero.... Venga mi dinero, seora doa Paula... venga
mi dinero, caballero De Pas, o somos caballeros o no... mi dinero es
mo! Digo, me parece? Pues venga!

Volvi a callar y a aplicar el odo a la cerradura.

El Magistral abri el balcn sin ruido y se inclin sobre la barandilla
para ver a don Santos.

--Oir algo? Parece imposible....

Y volviendo la cabeza hacia el interior obscuro y silencioso de la casa
escuch tambin con atencin profunda.... S, l oa algo... era el
choque de las monedas, pero el ruido era confuso, poda conocerse
sabiendo antes que estaban contando dinero... pero desde la calle no
deba de orse nada... era imposible.... Mas la idea de que la
alucinacin del borracho coincidiese con la realidad le disgustaba ms
todava, le asustaba, con un miedo supersticioso....

--Esos miserables tienen ah toda la moneda de la dicesis!... Y todo
eso es mo y del cerero.... Ladrones!... Caballero Magistral,
entendmonos; usted predica una religin de paz... pues bien, ese dinero
es mo....

Se irgui don Santos; volvi a descargar una palmada sobre el sombrero
verde, y extendiendo una mano y dando un paso atrs, exclam:

--Nada de violencias... brase a la justicia! En nombre de la ley,
abajo esa puerta!

--Seor don Santos, a la cama!--dijo el sereno, ya de vuelta--. No
puedo consentir que usted siga escandalizando....

--Abra usted esa puerta, derrbela usted, seor Pepe. Usted representa
la ley... pues bien... ah estn contando mi dinero.

--Ea, ea, don Santos basta de desatinos.

Y le cogi por un brazo, para llevrselo por fuerza.

--Porque soy pobre... ingrato!--dijo Barinaga cayendo en profundo
desaliento.

Se dej arrastrar. El Magistral, desde su balcn, escondido en la
obscuridad, los sigui con la mirada, sin alentar, olvidado del mundo
entero menos de aquel don Santos Barinaga que le haba estado arrojando
lodo al rostro, desde el charco de su embriaguez lastimosa.

Don Fermn estaba como aterrado, pendiente el alma de los vaivenes de
aquel borracho, de las palabras que ms eructaba que deca: Poda una
copa de cognac, una comida algo fuerte, un poco de Burdeos, producir
aquella irritacin en la conciencia, en el cerebro o donde fuera?. No
lo saba, pero jams la presencia de una de sus vctimas le haba
causado aquellos escalofros trgicos que se le paseaban ahora por el
cuerpo. Se figuraba la tienda vaca, los anaqueles desiertos, mostrando
su fondo de color de chocolate, como nichos preparados para sus
muertos.... Y vea el hogar fro, sin una chispa entre la ceniza....
Quin pudiera enviarle a aquel pobre viejo la taza de t por que
suspiraba en su extravo; o caldo caliente... algo de lo que sirve a los
enfermos y a los ancianos en sus desfallecimientos!

Don Santos y el sereno llegaron, despus de buen rato, a la puerta de la
tienda de Barinaga, que era tambin entrada de la casa. El Magistral oy
retumbar los golpes del chuzo contra la madera. No abran. Al Provisor
le consuma la impaciencia. Se habr dormido esa beatuela?, pens.

A sus odos llegaban confusas y con resonancia metlica las palabras del
sereno y de Barinaga; pareca que hablaban un idioma extrao.

Repiti Pepe los golpes, y al cabo de dos minutos se abri un balcn y
una voz agria dijo desde arriba.

--Ah va la llave! El balcn se cerr con estrpito. Entr don Santos
en la tienda, que era como el Magistral se la haba representado, y
dejndose alumbrar por el sereno atraves el triste almacn donde
retumbaban los pasos como bajo una bveda, y subi la escalera
lentamente, respirando con fatiga. El sereno sali, despus de entregar
la llave al amo de la casa. Cerr de un golpe y se fue calle arriba.
Obscuridad y silencio. El Magistral abri entonces su balcn de par en
par y tendi el cuerpo sobre la barandilla, hacia la casa de Barinaga,
pretendiendo or algo.

Al principio pareca aprensin lo que oa, como si sonara dentro del
cerebro... pero despus, cuando se vio luz detrs de los cristales, el
Magistral pudo asegurar que all dentro rean, arrojaban algo sobre el
piso de madera....

Celestina, la hija de Barinaga, era una beata ofidiana, confesaba con
don Custodio y trataba a su padre como a un leproso que causa horror. El
bando del Arcediano y del beneficiado haba querido sacar gran partido
de la situacin del infeliz don Santos para combatir al Magistral; para
ello conquistaron a Celestina; pero Celestina no pudo conquistar a su
padre. Beba el seor Barinaga y en esto ya no se poda culpar de su
miseria al Provisor. Es claro, diran los partidarios de don Fermn,
todo lo gasta en aguardiente, est siempre borracho y espanta la
parroquia cmo se quiere que el clero consuma los gneros de un
perdido... que adems es un hereje? Esta era otra triste gracia. A pesar
de las amonestaciones y malos tratos de su hija, Barinaga no haba
querido pasarse al partido contrario; se haba hecho libre-pensador y
renegaba de todo el culto y de todo el clero.--Nada, nada; repeta,
todos son iguales; lo que dice don Pompeyo Guimarn; el mal est en la
raz; fuego en la raz! abajo la clerigalla!. Y cuanto ms borracho,
ms de raz quera cortar. En vano su hija le daba tormento domstico
para convertirle. Slo consegua hacerle llorar desesperado, como el
infeliz rey Lear, o que montase en clera y le arrojase a la cabeza
algn trasto. Ella pasaba plaza de mrtir, pero el mrtir era l.

Como don Santos haba sospechado, Celestina no quiso darle t, ni tila,
ni nada; no haba nada. No haba fuego, ni eran aquellas horas.... Hubo
gritos, llantos y trastos por el aire. El Magistral, gracias al silencio
de la noche, oa vagos rumores de la reyerta, que se alargaba, como si
no hubiera sueo en el mundo. A l se le cerraban los ojos, pero no
saba qu fuerza le clavaba al balcn....

Aborreca en aquel momento a Celestina. Record que era la joven que
haba visto das antes a los pies de don Custodio junto a un
confesonario del trasaltar. Aquella tarde no la haba reconocido. Tena
facha de sabandija de sacrista... de cualquier cosa.

Los rumores continuaban. De vez en cuando se oa el ruido de un golpe
seco. Detrs de la vidriera iluminada pasaba de tarde en tarde un cuerpo
obscuro.

El sereno cant las doce a lo lejos.

Poco despus ces el ruido apagado y confuso de voces.

El Magistral esper. No volvi el rumor. Ya no rean.

La claridad de la vidriera desapareci de repente.

El Magistral sigui espiando el silencio. Nada; ni voces ni luz.

El sereno volvi a cantar las doce... ms lejos.

De Pas respir con fuerza y dijo entre dientes:

--Ya estar durmindola!

Y se oy el ruido discreto de un balcn que se cierra con miedo de
turbar el silencio de la noche.

Pisando quedo, entr don Fermn en su alcoba.

Detrs del tabique oy el crujir de las hojas de maz del jergn en que
dorma Teresa, y despus un suspiro estrepitoso.

El Magistral encogi los hombros y se sent en el lecho.

Las doce, haba dicho el sereno, ya era maana! es decir, ya era hoy;
dentro de ocho horas la Regenta estara a sus pies confesando culpas que
haba olvidado el otro da.

--Sus pecados!--dijo a media voz el Provisor, con los ojos clavados en
la llama del quinqu--si yo tuviese que confesarle los mos!... Qu
asco le daran!

Y dentro del cerebro, como martillazos, oa aquellos gritos de don
Santos:

Ladrn... ladrn... _rapavelas_!.

FIN DE LA PRIMERA PARTE





La Regenta

por

Leopoldo Alas Clarn

Librera de Fernando F, Madrid

1900.




TOMO II




--XVI--


Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele
lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa
y hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del
viaje del invierno. Puede decirse que es una irona de buen tiempo lo
que se llama el _veranillo de San Martn_. Los vetustenses no se fan de
aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiar
de pasar la vida a nado durante la estacin odiosa que se prolonga hasta
fines de Abril prximamente. Son anfibios que se preparan a vivir debajo
del agua la temporada que su destino les condena a este elemento. Unos
protestan todos los aos hacindose de nuevas y diciendo: Pero ve
usted qu tiempo!. Otros, ms filsofos, se consuelan pensando que a
las muchas lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. O el
cielo o el suelo, todo no puede ser.

Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los aos, al or las
campanas doblar tristemente el da de los Santos, por la tarde, senta
una angustia nerviosa que encontraba pbulo en los objetos exteriores,
y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de _otro_ invierno
hmedo, montono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos
bronces.

Aquel ao la tristeza haba aparecido a la hora de siempre.

Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de
estao, la taza y la copa en que haba tomado caf y ans don Vctor,
que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la
taza yaca medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo
impregnado del caf fro derramado. Todo esto miraba la Regenta con
pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos
objetos que contemplaba le parta el alma; se le figuraba que eran
smbolo del universo, que era as, ceniza, frialdad, un cigarro
abandonado a la mitad por el hasto del fumador. Adems, pensaba en el
marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una
mujer. Ella era tambin como aquel cigarro, una cosa que no haba
servido para uno y que ya no poda servir para otro.

Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las
campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en
toda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeci. Aquellos
martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune,
irresponsable, mecnica del bronce repercutiendo con tenacidad
irritante, sin por qu ni para qu, slo por la razn universal de
molestar, creala descargada sobre su cabeza. No eran _fnebres
lamentos_, las campanadas como deca Trifn Crmenes en aquellos versos
del _Lbaro_ del da, que la doncella acababa de poner sobre el regazo
de su ama; no eran fnebres lamentos, no hablaban de los muertos, sino
de la tristeza de los vivos, del letargo de todo; _tan, tan, tan!_
cuntos! cuntos! y los que faltaban! qu contaban aquellos taidos?
tal vez las gotas de lluvia que iban a caer en aquel _otro_ invierno.

La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y mir _El
Lbaro_. Vena con orla de luto. El primer fondo, que, sin saber lo que
haca, comenz a leer, hablaba de la brevedad de la existencia y de los
acendrados sentimientos catlicos de la redaccin. Qu eran los
placeres de este mundo? Qu la gloria, la riqueza, el amor?. En
opinin del articulista, nada; palabras, palabras, palabras, como haba
dicho Shakespeare. Slo la virtud era cosa slida. En este mundo no
haba que buscar la felicidad, la tierra no era el centro de las almas
_decididamente_. Por todo lo cual lo ms acertado era morirse; y as, el
redactor, que haba comenzado lamentando lo _solos que se quedaban_ los
muertos, conclua por envidiar su buena suerte. _Ellos_ ya saban lo que
haba _ms all_, ya haban resuelto el gran problema de Hamlet: _to be
or not to be_. Qu era el ms all? Misterio. De todos modos el
articulista deseaba a los difuntos el descanso y la gloria eterna. Y
firmaba: Trifn Crmenes. Todas aquellas necedades ensartadas en
lugares comunes; aquella retrica fiambre, sin pizca de sinceridad,
aument la tristeza de la Regenta; esto era peor que las campanas, ms
mecnico, ms fatal; era la fatalidad de la estupidez; y tambin qu
triste era ver ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su original
sublimes, all manoseadas, pisoteadas y por milagros de la necedad
convertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas por
las inmundicias de los tontos!... Aquello era tambin un smbolo del
mundo; las cosas grandes, las ideas puras y bellas, andaban confundidas
con la prosa y la falsedad y la maldad, y no haba modo de separarlas!.
Despus Crmenes se presentaba en el cementerio y cantaba una elega de
tres columnas, en tercetos entreverados de silva. Ana vea los renglones
desiguales como si estuvieran en chino; sin saber por qu, no poda
leer; no entenda nada; aunque la inercia la obligaba a pasar por all
los ojos, la atencin retroceda, y tres veces ley los cinco primeros
versos, sin saber lo que queran decir.... Y de repente record que ella
tambin haba escrito versos, y pens que podan ser muy malos tambin.
Si habra sido ella una _Trifona_? Probablemente; y qu desconsolador
era tener que echar sobre s misma el desdn que mereciera todo! Y con
qu entusiasmo haba escrito muchas de aquellas poesas religiosas,
msticas, que ahora le aparecan amaneradas, rapsodias serviles de Fray
Luis de Len y San Juan de la Cruz! Y lo peor no era que los versos
fueran malos, insignificantes, vulgares, vacos... y los sentimientos
que los haban inspirado? Aquella piedad lrica? Haba valido algo? No
mucho cuando ahora, a pesar de los esfuerzos que haca por volver a
sentir una reaccin de religiosidad.... Si en el fondo no sera ella
ms que una literata vergonzante, a pesar de no escribir ya versos ni
prosa? S, s, le haba quedado el espritu falso, torcido de la
poetisa, que por algo el buen sentido vulgar desprecia!.

Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de s misma, que la
exageracin la oblig a retroceder y no par hasta echar la culpa de
todos sus males a Vetusta, a sus tas, a D. Vctor, a Frgilis, y
concluy por tenerse aquella lstima tierna y profunda que la haca tan
indulgente a ratos para con los propios defectos y culpas.

Se asom al balcn. Por la plaza pasaba todo el vecindario de la
Encimada camino del cementerio, que estaba hacia el Oeste, ms all del
Espoln sobre un cerro. Llevaban los vetustenses los trajes de
cristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eran
la mayora de los transentes; hablaban a gritos, gesticulaban alegres;
de fijo no pensaban en los muertos. Nios y mujeres del pueblo pasaban
tambin, cargados de coronas fnebres baratas, de cirios flacos y otros
adornos de sepultura. De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo de
cordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona de
siemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos porttiles. Era
el luto oficial de los ricos que sin nimo o tiempo para visitar a sus
muertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las _personas
decentes_ no llegaban al cementerio; las seoritas emperifolladas no
tenan valor para entrar all y se quedaban en el Espoln paseando,
luciendo los trapos y dejndose ver, como los dems das del ao.
Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajes
eran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de costumbre,
el gesto algo ms compuesto.... Se paseaba en el Espoln como se est en
una visita de duelo en los momentos en que no est delante ningn
pariente cercano del difunto. Reinaba una especie de discreta alegra
contenida. Si en algo se pensaba alusivo a la solemnidad del da era en
la ventaja positiva de no contarse entre los muertos. Al ms filsofo
vetustense se le ocurra que no somos nada, que muchos de sus
conciudadanos que se paseaban tan tranquilos, estaran el ao que viene
con los otros; cualquiera menos l.

Ana aquella tarde aborreca ms que otros das a los vetustenses;
aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia de lo que
se haca, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecnica igualdad como el
rtmico volver de las frases o los gestos de un loco; aquella tristeza
ambiente que no tena grandeza, que no se refera a la suerte incierta
de los muertos, sino al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponan a
la Regenta sobre el corazn, y hasta crea sentir la atmsfera cargada
de hasto, de un hasto sin remedio, eterno. Si ella contara lo que
senta a cualquier vetustense, la llamara romntica; a su marido no
haba que mentarle semejantes penas; en seguida se alborotaba y hablaba
de rgimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo menos apiadarse de
los nervios o lo que fuera.

Aquel programa famoso de distracciones y placeres formado entre
Quintanar y Visitacin, haba empezado a caer en desuso a los pocos
das, y apenas se cumpla ya ninguna de sus partes. Al principio Ana se
haba dejado llevar a paseo, a todos los paseos, al teatro, a la
tertulia de Vegallana, a las excursiones campestres; pero pronto se
declar cansada y opuso una resistencia pasiva que no pudieron vencer D.
Vctor y la del Banco.

Visita encoga los hombros. No se explicaba aquello. Qu mujer era
Ana! Ella estaba segura de que lvaro le pareca retebin, lvaro segua
su persecucin con gran maa, lo haba notado, ella le ayudaba, Paquito
le ayudaba, el bendito D. Vctor ayudaba tambin sin querer... y nada.
Mesa preocupado, triste, bilioso, daba a entender, a su pesar, que no
adelantaba un paso. Andara el Magistral en el ajo?. Visita se impuso
la obligacin de espiar la capilla del Magistral; se enter bien de las
tardes que se sentaba en el confesonario, y se daba una vuelta por all,
mirando por entre las rejas con disimulo para ver si estaba la _otra_.
Despus averigu que la haban visto confesando por la maana a las
siete. Hola! all haba gato. No presuma la del Banco las
atrocidades que se le haban pasado por la imaginacin a Mesa; no
pensaba, Dios la librara, que Ana fuera capaz de enamorarse de un cura
como la escandalosa Obdulia o la de Pez, tonta y manitica que
despreciaba las buenas proporciones y cuando chica coma tierra; Ana era
tambin romntica (todo lo que no era parecerse a ella lo llamaba Visita
romanticismo), pero de otro modo; no, no haba que temer, sobre todo tan
pronto, una pasin sacrlega; pero lo que ella tema era que el
Provisor, por hacer guerra al otro--las razones de pura moralidad no se
le ocurran a la del Banco--empleara su grandsimo talento en convertir
a la Regenta y hacerla beata. Qu horror! Era preciso evitarlo. Ella,
Visita, no quera renunciar al placer de ver a su amiga caer donde ella
haba cado; por lo menos verla padecer con la tentacin. Nunca se le
haba ocurrido que aquel espectculo era fuente de placeres secretos
intensos, vivos como pasin fuerte; pero ya que lo haba descubierto,
quera gozar aquellos extraos sabores picantes de la nueva golosina.
Cuando observaba a Mesa en acecho, cazando, o preparando las redes por
lo menos, en el coto de Quintanar, Visitacin senta la garganta
apretada, la boca seca, candelillas en los ojos, fuego en las mejillas,
asperezas en los labios. l dir lo que quiera, pero est _chiflado_,
pensaba con un secreto dolor que tena en el fondo una voluptuosidad
como la produce una esencia muy fuerte; aquellos pinchazos que senta
en el orgullo, y en algo ms guardado, ms de las entraas, los
necesitaba ya, como el vicioso el vicio que le mata, que le lastima al
gozarlo; era el nico placer intenso que Visitacin se permita en
aquella vida tan gastada, tan vulgar, de emociones repetidas. El dulce
no la empalagaba, pero ya le saba poco a dulce; aquella nueva
pasioncilla era cosa ms vehemente. Quera ver a la Regenta, a la
impecable, en brazos de D. lvaro; y tambin le gustaba ver a D. lvaro
humillado ahora, por ms que deseara su victoria, no por l, sino por la
cada de la otra. Invent muchos medios para hacerles verse y hablarse
sin que ellos lo buscasen, al menos sin que lo buscase Ana. Paco, sin la
mala intencin de Visita, la ayudaba mucho en tal empresa. Aunque en la
primer ocasin oportuna D. lvaro se haba hecho ofrecer por el mismo
Quintanar el casern de los Ozores, y ya haba aventurado algunas
visitas, comprendi que por entonces no deba ser aquel el teatro de sus
tentativas, y donde se insinuaba era en el Espoln, con miradas y otros
artificios de poco resultado, o en casa de Vegallana y en las
excursiones al Vivero con ms audacia, aunque no mucha, pero con escasa
fortuna. Ana pona todas las fuerzas de su voluntad en demostrar a D.
lvaro que no le tema. Le esperaba siempre, desafiaba sus malas artes;
sin jactancia le daba a entender que le tena por inofensivo.

Las excursiones al Vivero se haban repetido con frecuencia durante todo
Octubre. Ana vea a Edelmira y a Obdulia, que se haba declarado maestra
de la nia colorada y fuerte, correr como locas por el bosque de robles
seculares perseguidas por Paco Vegallana, Joaqun Orgaz y otros
_ntimos_; vealas arrojarse intrpidas al pozo que estaba cegado y
embutido con hierba seca, y en estas y otras escenas de buclica
picante llenas de alegra, misteriosos gritos, sorpresas, sustos,
saltos, roces y contactos, no haba encontrado ms que una tentacin
grosera, fuerte al acercarse a ella, al tocarla, pero repugnante de
lejos, vista a sangre fra. D. lvaro haba notado que por este camino
poco se podra adelantar, por ahora, con la Regenta.--Nada ms ridculo
en Vetusta que el romanticismo. Y se llamaba romntico todo lo que no
fuese vulgar, pedestre, prosaico, callejero. Visita era el papa de aquel
dogma anti-romntico. Mirar a la luna medio minuto seguido era
romanticismo puro; contemplar en silencio la puesta del sol... dem;
respirar con delicia el ambiente embalsamado del campo a la hora de la
brisa... dem; decir algo de las estrellas... dem; encontrar expresin
amorosa en las miradas, sin necesidad de ponerse al habla... dem; tener
lstima de los nios pobres... dem; comer poco... oh! esto era el
colmo del romanticismo.

--La de Pez no come garbanzos--deca Visita--porque eso no es
romntico.

La repugnancia que por los juegos locos del Vivero senta Anita, era
romanticismo refinado en opinin de la del Banco. Se lo deca ella a don
lvaro:

--Mira, chico, eso es hacer la tonta, la literata, la mujer superior, la
platnica.... Que yo me escame y no deje acercarse a esos mocosos que
luego se van _dando pisto_ al Casino con sus demasas, no tiene nada de
particular, porque... en fin, yo me entiendo; pero ella no tiene motivo
para desconfiar, porque ni Paco ni Joaqun se van a atrever a tocarle el
pelo de la ropa.... Todo eso es romanticismo, pero a m no me la da; por
aquello de _pulviss_.

En eso confiaba Mesa, en el _pulviss_ de Visita; pero se impacientaba
ante aquel _romanticismo_ de la Regenta. l crea firmemente que no
haba ms amor que uno, el material, el de los sentidos; que a l haba
de venir a parar aquello, tarde o temprano, pero tema que iba a ser
tarde; la Regenta tena la cabeza a pjaros, y no haba que aventurar ni
un mal pisotn, so pena de exponerse a echarlo a rodar todo.

Adems pensaba don lvaro, el da que yo me atreva, por tener ya
preparado el terreno, a intentar un ataque franco, _personal_ (era la
palabra tcnica en su arte de conquistador), no ha de ser en el campo,
aunque parece que es el lugar ms a propsito. He notado que esta mujer
enfrente de la naturaleza, de la bveda estrellada, de los montes
lejanos, al aire libre, en suma, se pone seria como un colchn, calla, y
se _sublimiza_, all a sus solas. Est hermossima as, pero no hay que
tocar en ella. Ms de una vez, en medio del bosque del Vivero, a solas
con Ana, don lvaro se haba sentido en ridculo; se le haba figurado
que aquella seora, a quien estaba seguro de gustar en el saln del
Marqus, all le despreciaba. Veala mirarle de hito en hito, levantar
despus los ojos a las copas de los aosos robles, y se haba dicho:
Esta mujer me est midiendo; me est comparando con los rboles y me
encuentra pequeo; ya lo creo!.

Lo que no saba don lvaro, aunque por ciertos sntomas favorables lo
presumiese a veces su vanidad, era que la Regenta soaba casi todas las
noches con l. Irritaba a la de Quintanar esta insistencia de sus
ensueos. De qu le serva resistir en vela, luchar con valor y fuerza
todo el da, llegar a creerse superior a la obsesin pecaminosa, casi a
despreciar la tentacin, si la flaca naturaleza a sus solas, abandonada
del espritu, se renda a discrecin, y era masa inerte en poder del
enemigo? Al despertar de sus pesadillas con el dejo amargo de las malas
pasiones satisfechas, Ana se sublevaba contra leyes que no conoca, y
pensaba desalentada y agriado el nimo en la inutilidad de sus
esfuerzos, en las contradicciones que llevaba dentro de s misma.
Parecale entonces la humanidad compuesto casual que serva de juguete a
una divinidad oculta, burlona como un diablo. Pronto volva la fe, que
se afanaba en conservar y hasta fortificar--con el terror de quedarse a
obscuras y abandonada si la perda--volva a desmoronar aquella
torrecilla del orgulloso racionalismo, retoo impuro que renaca mil
veces en aquel espritu educado lejos de una saludable disciplina
religiosa. Se humillaba Ana a los designios de Dios, pero no por esto
desapareca el disgusto de s misma, ni el valor para seguir la lucha se
recobraba.... Contribuan estos desfallecimientos nocturnos a contener
los progresos de la piedad, que el Magistral procuraba despertar con
gran prudencia, temeroso de perder en un da todo el terreno adelantado,
si daba un mal paso.

Ni en la maana en que la Regenta reconcili con don Fermn, antes de
comulgar, ni ocho das ms tarde, cuando volvi al confesonario, ni en
las dems conferencias matutinas en que declar al padre espiritual
dudas, temores, escrpulos, tristezas, dijo Ana aquello que al
determinarse a rectificar su confesin general se haba propuesto decir:
no habl de la gran tentacin que la empujaba al adulterio--as se
llamaba--mucho tiempo haca.

Busc subterfugios para no confesar aquello, se enga a s misma, y el
Magistral slo supo que Ana viva de hecho separada de su marido, _quo
ad thorum_, por lo que toca al tlamo, no por reyerta, ni causa alguna
vergonzosa, sino por falta de iniciativa en el esposo y de amor en ella.
S, esto lo confes Ana, ella no amaba a su don Vctor como una mujer
debe amar al hombre que escogi, o le escogieron, por compaero; otra
cosa haba: ella senta, ms y ms cada vez, gritos formidables de la
naturaleza, que la arrastraban a no saba qu abismos obscuros, donde no
quera caer; senta tristezas profundas, caprichosas; ternura sin objeto
conocido; ansiedades inefables; sequedades del nimo repentinas, agrias
y espinosas, y todo ello la volva loca, tena miedo no saba a qu, y
buscaba el amparo de la religin para luchar con los peligros de aquel
estado. Esto fue todo lo que pudo saber el Magistral sobre el
particular; nada de acusaciones concretas. l tampoco se atreva a
preguntar a la Regenta lo que tratndose de otra hubiera sido
necesariamente parte de su hbil interrogatorio. Aunque la curiosidad le
quemaba las entraas, aguantaba la comezn y se contentaba con sus
conjeturas: lo principal, lo primero no era querer saber a la fuerza ms
de lo que ella espontneamente quera decir; lo principal, lo primero
era mostrarse discreto, desapasionado, superior a los defectos vulgares
de la humanidad.

En estas primeras conferencias, se deca el Magistral no se trata an
de estudiarla bien a ella, sino de hacerme agradable, de imponerme por
la grandeza de alma; debo hacerla ma por obra del espritu y despus...
ella hablar... y sabr lo del Vivero, que me parece que no fue nada
entre dos platos.

De lo que haba pasado en la excursin del da de San Francisco de Ass
y en otras sucesivas procur De Pas enterarse en las conversaciones que
tuvo con su amiga fuera de la Iglesia; dentro del cajn sagrado no
haba modo decoroso de preguntar ciertas menudencias a una mujer como
Anita.

La Regenta agradeca al Magistral su prudencia, su discrecin. Vea con
placer que ms se aplicaba el bendito varn a prepararle una vida
virtuosa mediante la consabida _higiene espiritual_, que a escudriar lo
pasado y las turbaciones presentes con preguntas de microscopio, como l
las haba llamado hablando de estas cosas.

Lo principal era no violentar el espritu indisciplinado de la Regenta;
haba que hacerla subir la cuesta de la penitencia sin que ella lo
notase al principio, por una pendiente imperceptible, que pareciese
camino llano; para esto era necesario caminar en zig-zas, hacer muchas
curvas, andar mucho y subir poco... pero no haba remedio; despus, ms
arriba, sera otra cosa; ya se le hara subir por la lnea de mxima
pendiente. As, con estas metforas geomtricas pensaba el Magistral en
tal asunto, para l muy importante, porque la idea de que se le escapase
aquella penitente, aquella amiga, le daba miedo.

Una maana ella le habl por fin de sus ensueos; cada palabra iba
cubierta con un velo; pocas bastaron al Magistral para comprender; la
interrumpi, le ahorr la molestia de rebuscar las pocas frases cultas
con que cuenta nuestro rico idioma para expresar materias escabrosas; y
aquel da pudo ser, merced a esto, la conferencia tan ideal y delicada
en la forma como todas las anteriores. Pero l entr en el coro menos
tranquilo que sola. Arrellanado en su sitial del coro alto, manoseando
los relieves lbricos de los brazos de su silla, De Pas, mientras los
colegiales ponan el grito en el cielo, comentaba, como si rumiara, las
revelaciones de la Regenta.

Soaba! la fortaleza de la vigilia desvanecase por la noche, y sin
que ella pudiese remediarlo, la mortificaban visiones y sensaciones
importunas, que a tener responsabilidad de ellas seran pecado
cierto.... En plata, que doa Ana soaba con un hombre.... Don Fermn
se revolva en la silla de coro, cuyo asiento duro se le antojaba lleno
de brasas y de espinas. Y en tanto que el dedo ndice de la mano derecha
frotaba dos prominencias pequeas y redondas del artstico bajo-relieve,
que representaba a las hijas de Lot en un pasaje bblico, l, sin pensar
en esto, es claro, procuraba arrancar a las tinieblas de su ignorancia
el secreto que tanto le importaba: con quin soaba la Regenta? Era
una persona determinada...? Y ponindose colorado como una amapola en la
penumbra de su asiento, que estaba en un rincn del coro alto, pensaba:
ser yo?

Entonces le zumbaban los odos, y ya no oa las voces graves del
sochantre y de los salmistas, ni el rum rum del hebdomadario, que all
abajo grua recitando de mala gana los latines de _Prima_.

No, no caera en la tentacin de convertir aquella dulcsima amistad
naciente, que tantas sensaciones nuevas y exquisitas le prometa, en
vulgar escndalo de las pasiones bajas de que sus enemigos le haban
acusado otras veces. Verdad era que la idea de ser objeto de los
ensueos que confesaba la Regenta, le halagaba; esto no poda negarlo,
cmo engaarse a s mismo? Si apenas poda mantenerse sentado sobre la
tabla dura! Pero esta delicia de la vanidad satisfecha no tena que ver
con su propsito firme de buscar en Ana, en vez de grosero hartazgo de
los sentidos, empleo digno de la gran actividad de su corazn, de su
voluntad que se destrua ocupndose con asunto tan miserable como era
aquella lucha con los vetustenses indmitos. S, lo que l quera era
una aficin poderosa, viva, ardiente, eficaz para vencer la ambicin,
que le pareca ahora ridcula, de verse amo indiscutible de la dicesis.
Ya lo era, aunque discutido, y aquello deba bastarle.

A qu aspirar a un dominio absoluto imposible? Adems, quera que su
inters por doa Ana ocupase en su alma el lugar privilegiado de
aquellos otros anhelos de volar ms alto, de ser obispo, jefe de la
iglesia espaola, vicario de Cristo tal vez. Esta ambicin de algunos
momentos, descabellada, pueril, locura que pasaba, pero que volva,
quera vencerla, para no padecer tanto, para conformarse mejor con la
vida, para no encontrar tan triste y desabrido el mundo.... Y slo por
medio de una pasin noble, ideal, que un alma grande sabra comprender,
y que slo un vetustense miserable, ruin y malicioso poda considerar
pecaminosa, slo por medio de esa pasin caba lograr tan alto y tan
loable intento.--S, s--conclua el Magistral: yo la salvo a ella y
ella, sin saberlo por ahora, me salva a m.

Y cantaban los del coro bajo: _Deus, in ajutorium meum intende_.

La tarde de _Todos los Santos_ Ana crey perder el terreno adelantado en
su curacin moral; la aridez del alma de que ella se haba quejado a D.
Fermn, y que este, citando a San Alfonso Ligorio, le haba demostrado
ser debilidad comn, y hasta de los santos, y general duelo de los
msticos; esa aridez que parece inacabable al sentirla, la envolva el
espritu como una cerrazn en el ocano; no le dejaba ver ni un rayo de
luz del cielo.

Y las campanas toca que tocars!. Ya pensaba que las tena dentro del
cerebro; que no eran golpes del metal sino aldabonazos de la neuralgia
que quera enseorearse de aquella mala cabeza, olla de grillos mal
avenidos.

Sin que ella los provocase, acudan a su memoria recuerdos de la niez,
fragmentos de las conversaciones de su padre, el filsofo, sentencias de
escptico, paradojas de pesimista, que en los tiempos lejanos en que las
haba odo no tenan sentido claro para ella, mas que ahora le parecan
materia digna de atencin.

De lo que estaba convencida era de que en Vetusta se ahogaba; tal vez
el mundo entero no fuese tan insoportable como decan los filsofos y
los poetas tristes; pero lo que es de Vetusta con razn se poda
asegurar que era el peor de los poblachones posibles. Un mes antes
haba pensado que el Magistral iba a sacarla de aquel hasto, llevndola
consigo, sin salir de la catedral, a regiones superiores, llenas de luz.
Y capaz de hacerlo como lo deca deba de ser, porque tena mucho
talento y muchas cosas que explicar; pero ella, ella era la que caa de
lo alto a lo mejor, la que volva a aquel enojo, a la aridez que le
secaba el alma en aquel instante.

Ya no pasaba nadie por la Plaza Nueva; ni lacayos, ni curas, ni
chiquillos, ni mujeres de pueblo; todos deban de estar ya en el
cementerio o en el Espoln....

Ana vio aparecer debajo del arco de la calle del Pan, que une la plaza
de este nombre con la Nueva, la arrogante figura de don lvaro Mesa,
jinete en soberbio caballo blanco, de reluciente piel, crin abundante y
ondeada, cuello grueso, poderosa cerviz, cola larga y espesa. Era el
animal de pura raza espaola, y hacale el jinete piafar, caracolear,
revolverse, con gran maestra de la mano y la espuela; como si el
caballo mostrase toda aquella impaciencia por su gusto, y no excitado
por las ocultas maniobras del dueo. Salud Mesa de lejos y no vacil
en acercarse a la Rinconada, hasta llegar debajo del balcn de la
Regenta.

El estrpito de los cascos del animal sobre las piedras, sus graciosos
movimientos, la hermosa figura del jinete llenaron la plaza de repente
de vida y alegra, y la Regenta sinti un soplo de frescura en el alma.
Qu a tiempo apareca el galn! Algo sospech l de tal oportunidad al
ver en los ojos y en los labios de Ana, dulce, franca y persistente
sonrisa.

No le neg la delicia de anegarse en su mirada, y no trat de ocultar el
efecto que en ella produca la de don lvaro. Hablaron del caballo, del
cementerio, de la tristeza del da, de la necedad de aburrirse todos de
comn acuerdo, de lo inhabitable que era Vetusta. Ana estaba locuaz,
hasta se atrevi a decir lisonjas, que si directamente iban con el
caballo tambin comprendan al jinete.

Don lvaro estaba pasmado, y si no supiera ya por experiencia que
aquella fortaleza tena muchos rdenes de murallas, y que al da
siguiente podra encontrarse con que era lo ms inexpugnable lo que
ahora se le antojaba brecha, hubiese credo llegada la ocasin de dar el
ataque _personal_, como llamaba al ms brutal y ejecutivo. Pero ni
siquiera se atrevi a intentar acercarse, lo cual hubiera sido en todo
caso muy difcil, pues no haba de dejar el caballo en la plaza. Lo que
haca era aproximarse lo ms que poda al balcn, ponerse en pie sobre
los estribos, estirar el cuello y hablar bajo para que ella tuviese que
inclinarse sobre la barandilla si quera orle, que s quera aquella
tarde.

Cosa ms rara! En todo estaban de acuerdo: despus de tantas
conversaciones se encontraba ahora con que tenan una porcin de gustos
idnticos. En un incidente del dilogo se acordaron del da en que Mesa
dej a Vetusta y encontr en la carretera de Castilla a Anita que volva
de paseo con sus tas. Se discuti la probabilidad de que fuese el mismo
coche y el mismo asiento el que poco despus ocupaba ella cuando sali
para Granada con su esposo....

Ana se senta caer en un pozo, segn ahondaba, ahondaba en los ojos de
aquel hombre que tena all debajo; le pareca que toda la sangre se le
suba a la cabeza, que las ideas se mezclaban y confundan, que las
nociones morales se deslucan, que los resortes de la voluntad se
aflojaban; y viendo como vea un peligro, y desde luego una imprudencia
en hablar as con don lvaro, en mirarle con deleite que no se ocultaba,
en alabarle y abrirle el arca secreta de los deseos y los gustos, no se
arrepenta de nada de esto, y se dejaba resbalar, gozndose en caer,
como si aquel placer fuese una venganza de antiguas injusticias
sociales, de bromas pesadas de la suerte, y sobre todo de la estupidez
vetustense que condenaba toda vida que no fuese la montona, sosa y
necia de los inspidos vecinos de la Encimada y la Colonia.... Ana senta
deshacerse el hielo, humedecerse la aridez; pasaba la crisis, pero no
como otras veces, no se resolvera en lgrimas de ternura abstracta,
ideal, en propsitos de vida santa, en anhelos de abnegacin y
sacrificios; no era la fortaleza, ms o menos fantstica, de otras veces
quien la sacaba del desierto de los pensamientos secos, fros,
desabridos, infecundos; era cosa nueva, era un relajamiento, algo que al
dilacerar la voluntad, al vencerla, causaba en las entraas placer, como
un soplo fresco que recorriese las venas y la mdula de los huesos.

Si ese hombre no viniese a caballo, y pudiera subir, y se arrojara a
mis pies, en este instante me venca, me venca. Pensaba esto y casi lo
deca con los ojos. Se le secaba la boca y pasaba la lengua por los
labios. Y como si al caballo le hiciese cosquillas aquel gesto de la
seora del balcn, saltaba y azotaba las piedras con el hierro; mientras
las miradas del jinete eran cohetes que se encaramaban a la barandilla
en que descansaba el pecho fuerte y bien torneado de la Regenta.

Callaron, despus de haber dicho tantas cosas. No se haba hablado
palabra de amor, es claro; ni don lvaro se haba permitido galantera
alguna directa y sobrado significativa; mas no por eso dejaban de estar
los dos convencidos de que por seas invisibles, por efluvios, por
adivinacin o como fuera, uno a otro se lo estaban diciendo todo; ella
conoca que a don lvaro le estaba quemando vivo la pasin all abajo;
que al sentirse admirado, tal vez amado en aquel momento, el
agradecimiento tierno y dulce del amante y el amor irritado con el
agradecimiento y con el seuelo de la ocasin le derretan; y Mesa
comprenda y senta lo que estaba pasando por Ana, aquel abandono,
aquella flojedad del nimo. Lstima, pensaba el caballero, que me coja
tan lejos, y a caballo, y sin poder apearme decorosamente, este _momento
crtico_!.... Al cual momento groseramente llamaba l para sus adentros
el _cuarto de hora_.

No haba tal cuarto de hora, o por lo menos no era aquel cuarto de la
hora a que aluda el materialista elegante.

Todo Vetusta se aburra aquella tarde, o tal se imaginaba Ana por lo
menos; pareca que el mundo se iba a acabar aquel da, no por agua ni
fuego sino por hasto, por la gran culpa de la estupidez humana, cuando
Mesa apareciendo a caballo en la plaza, vistoso, alegre, vena a
interrumpir tanta tristeza fra y cenicienta con una nota de color vivo,
de gracia y fuerza. Era una especie de resurreccin del nimo, de la
imaginacin y del sentimiento la aparicin de aquella arrogante figura
de caballo y caballero en una pieza, inquietos, ruidosos, llenando la
plaza de repente. Era un rayo de sol en una cerrazn de la niebla, era
la viva reivindicacin de sus derechos, una protesta alegre y
estrepitosa contra la apata convencional, contra el silencio de muerte
de las calles y contra el ruido necio de los campanarios....

Ello era, que sin saber por qu, Ana, nerviosa, vio aparecer a don
lvaro como un nufrago puede ver el buque salvador que viene a sacarle
de un pen aislado en el ocano. Ideas y sentimientos que ella tena
aprisionados como peligrosos enemigos rompieron las ligaduras; y fue un
motn general del alma, que hubiera asustado al Magistral de haberlo
visto, lo que la Regenta sinti con deleite dentro de s.

Don lvaro no recordaba siquiera que la Iglesia celebraba aquel da la
fiesta de Todos los Santos; haba salido a paseo porque le gustaba el
campo de Vetusta en Otoo y porque senta opresiones, ansiedades que se
le quitaban a caballo, corriendo mucho, bandose en el aire que le iba
cortando el aliento en la carrera...

Perfectamente! Mesa con aquella despreocupacin, pensando en su
placer, en la naturaleza, en el aire libre, era la realidad racional, la
vida que se complace en s misma; los otros, los que tocaban las
campanas y _conmemoraban_ maquinalmente a los muertos que tenan
olvidados, eran las bestias de reata, la eterna Vetusta que haba
aplastado su existencia entera (la de Anita) con el peso de
preocupaciones absurdas; la Vetusta que la haba hecho infeliz.... Oh,
pero estaba an a tiempo! Se sublevaba, se sublevaba; que lo supieran
sus tas difuntas; que lo supiera su marido; que lo supiera la hipcrita
aristocracia del pueblo, los Vegallana, los Corujedos... toda la
clase... se sublevaba.... As era el cuarto de hora de Anita, y no como
se lo figuraba don lvaro, que mientras hablaba sin propasarse, estaba
pensando en dnde podra dejar un momento el caballo. No haba modo; sin
violencia, que poda echarlo todo a perder, no se poda buscar pretexto
para subir a casa de la Regenta en aquel momento.

Gran satisfaccin fue para don Vctor Quintanar, que volva del Casino,
encontrar a su mujer conversando alegremente con el simptico y
caballeroso don lvaro, a quien l iba cobrando una aficin que, segn
frase suya, no sola prodigar.

--Estoy por decir--aseguraba--que despus de Frgilis, Ripamiln y
Vegallana, ya es don lvaro el vecino a quien ms aprecio.

No pudiendo dar a su amigo los golpecitos en el hombro, con que sola
saludarle, los aplic a las ancas del caballo, que se dign a mirar
volviendo un poco la cabeza al humilde infante.

       --Hola, hola, hipgrifo violento
        que corriste parejas con el viento--

dijo don Vctor, que manifestaba a menudo su buen humor recitando versos
del Prncipe _de nuestros ingenios_ o de algn otro de los _astros de
primera magnitud_.

--A propsito de teatro, don lvaro con que esta noche el buen Perales
nos da por fin _Don Juan Tenorio_?... Algunos beatos haban intrigado
para que hoy no hubiera funcin.... Mayor absurdo!... El teatro es
moral, cuando lo es, por supuesto; adems la tradicin... la
costumbre.... Don Vctor habl largo y tendido de la moralidad en el
arte, separndose a veces del hipgrifo violento que se impacientaba con
aquella disertacin acadmica.

Don lvaro aprovech la primera ocasin que tuvo para suplicar a
Quintanar que obligase a su esposa a ver el _Don Juan_.

--Calle usted, hombre... vergenza da decirlo... pero es la verdad.... Mi
mujercita, por una de esas rarsimas casualidades que hay en la vida...
nunca ha visto ni ledo el _Tenorio_! Sabe versos sueltos de l, como
todos los espaoles, pero no conoce el drama... o la comedia, lo que
sea; porque, con perdn de Zorrilla, yo no s si.... Demonio de animal,
me ha metido la cola por los ojos!...

--Seprese usted un poco, porque este no sabe estarse quieto.... Pero
dice usted que Anita no ha visto el Tenorio, eso es imperdonable!

Aunque a don lvaro el drama de Zorrilla le pareca inmoral, falso,
absurdo, muy malo, y siempre deca que era mucho mejor el Don Juan de
Molire (que no haba ledo), le convena ahora alabar el poema popular
y lo hizo con frases de gacetillero agradecido.

Quintanar no le perdonaba a Zorrilla la ocurrencia de atar a Meja codo
con codo, y le pareca indigna de un caballero la aventura de don Juan
con doa Ins de Pantoja. As cualquiera es conquistador. Pero fuera
de esto juzgaba _hermosa creacin_ la de Zorrilla... aunque las haba
mejores en nuestro teatro moderno. A don lvaro se le antojaba muy
verosmil y muy ingenioso y oportuno el expediente de sujetar a don Luis
y meterse en casa de su novia en calidad de prometido....

Aventuras as las haba l llevado a feliz trmino, y no por eso se
crea deshonrado; pues el amor no se anda con libros de caballeras, y
unas eran las empresas del placer, y otras las de la vanagloria; cuando
se trataba de estas, lo mismo l que don Juan, saban proceder con todos
los requisitos del punto de honor.--Pero esta opinin tambin se la
call el jefe del partido liberal dinstico de Vetusta, y uni sus
ruegos a los de don Vctor para obligar a doa Ana a ir al teatro
aquella noche.

--Si es una perezosa; si ya no quiere salir; si ha vuelto a las andadas,
a las encerronas... y... pero... lo que es hoy no tienes escape!...

En fin, tanto insistieron, que Ana, puestos los ojos en los de Mesa,
prometi solemnemente ir al teatro.

Y fue. Entr a las ocho y cuarto (la funcin comenzaba a las ocho) en el
palco de los Vegallana en compaa de la Marquesa, Edelmira, Paco y
Quintanar.

El teatro de Vetusta, o sea _nuestro Coliseo de la plaza del Pan_, segn
le llamaba en elegante perfrasis el gacetillero y crtico de _El
Lbaro_, era un antiguo corral de comedias que amenazaba ruina y daba
entrada gratis a todos los vientos de la rosa nutica. Si soplaba el
Norte y nevaba, solan deslizarse algunos copos por la claraboya de la
lucerna. Al levantarse el teln pensaban los espectadores sensatos en la
pulmona, y algunos de las butacas se embozaban prescindiendo de la
buena crianza. Era un axioma vetustense que al teatro haba que ir
abrigado. Las ms distinguidas seoritas, que en el Espoln y el Paseo
Grande lucan todo el ao vestidos de colores alegres, blancos, rojos,
azules, no llevaban al coliseo de la Plaza del Pan ms que gris y negro
y matices infinitos del castao, a no ser en los das de gran etiqueta.
Los cmicos temblaban de fro en el escenario, dentro de la cota de
malla, y las bailarinas aparecan azules y moradas dando diente con
diente debajo de los polvos de arroz.

Las decoraciones se haban ido deteriorando, y el Ayuntamiento, donde
predominaban los enemigos del arte, no pensaba en reemplazarlas. Como en
la comedia que representan en el bosque los personajes del _Sueo de una
noche de verano_, la fantasa tena que suplir en el teatro de Vetusta
las deficiencias del lienzo y del cartn. No haba ya ms bambalinas que
las del _saln regio_, que figuraban en sabia perspectiva artesonado de
oro y plata, y las de cielo azul y sereno. Pero como en la mayor parte
de nuestros dramas modernos se exige _sala decentemente amueblada_, sin
artesones ni cosa parecida, los directores de escena solan decidirse en
tales casos por el cielo azul. A veces los telones y bastidores se
hacan los remolones o precipitaban su cada, y en una ocasin, el buen
Diego Marsilla, atado a un rbol codo con codo se encontr de repente en
el camarn de doa Isabel de Segura, con lo que el drama se hizo
inverosmil a todas luces. La decoracin de bosque se haba desplomado.

Ya estaban los vetustenses acostumbrados a estos que llamaba Ronzal
anacronismos, y pasaban por todo, en particular las _personas decentes_
de palcos principales y plateas, que no iban al teatro a ver la funcin,
sino a mirarse y despellejarse de lejos. En Vetusta las seoras no
quieren las butacas, que, en efecto, no son dignas de seoras, ni
butacas siquiera; slo se degradan tanto las cursis y alguna dama de
aldea en tiempo de feria. Los pollos elegantes tampoco frecuentan la
sala, o patio, como se llama todava. Se reparten por palcos y plateas
donde, apenas recatados, fuman, ren, alborotan, interrumpen la
representacin, por ser todo esto de muy buen tono y fiel imitacin de
lo que muchos de ellos han visto en algunos teatros de Madrid. Las mams
desengaadas dormitan en el fondo de los palcos; las que son o se tienen
por dignas de lucirse, comparten con las jvenes la seria ocupacin de
ostentar sus encantos y sus vestidos obscuros mientras con los ojos y la
lengua cortan los de las dems. En opinin de la dama vetustense, en
general, el arte dramtico es un pretexto para pasar tres horas cada dos
noches observando los trapos y los trapicheos de sus vecinas y amigas.
No oyen, ni ven ni entienden lo que pasa en el escenario; nicamente
cuando los cmicos hacen mucho ruido, bien con armas de fuego, o con una
de esas anagnrisis en que todos resultan padres e hijos de todos y
enamorados de sus parientes ms cercanos, con los consiguientes
alaridos, slo entonces vuelve la cabeza la buena dama de Vetusta, para
ver si ha ocurrido all dentro alguna catstrofe de verdad. No es mucho
ms atento ni impresionable el resto del pblico ilustrado de la culta
capital. En lo que estn casi todos de acuerdo es en que la zarzuela es
superior al _verso_, y la estadstica demuestra que todas las compaas
de _verso_ truenan en Vetusta y se disuelven. Las partes de por medio
suelen quedarse en el pueblo y se les conoce porque les coge el invierno
con ropa de verano, muy ajustada por lo general. Unos se hacen vecinos y
se dedican a coristas endmicos para todas las peras y zarzuelas que
haya que cantar, y otros consiguen un beneficio en que ellos pasan a
primeros papeles y, ayudados por varios jvenes aficionados de la
poblacin representan alguna obra de empeo, ganan diez o doce duros y
se van a otra provincia a tronar otra vez. Estos artistas de _verso_
tambin paran a veces en la crcel, segn el gobierno que rige los
destinos de la Nacin. Suele tener la culpa el empresario que no paga y
adems insulta el hambre de los actores. Al considerar esta mala suerte
de las compaas dramticas en Vetusta, podra creerse que el vecindario
no amaba la escena, y as es en general: pero no faltan clases enteras,
la de mancebos de tienda, la de los cajistas, por ejemplo, que cultivan
en teatros caseros _el difcil arte de Tala_, y con _grandes
resultados_ segn _El Lbaro_ y otros peridicos _locales_.

Cuando Ana Ozores se sent en el palco de Vegallana, en el sitio de
preferencia, que la Marquesa no quera ocupar nunca, en las plateas y
principales hubo cuchicheos y movimiento. La fama de hermosa que gozaba
y el verla en el teatro de tarde en tarde, explicaba, en parte, la
curiosidad general. Pero adems haca algunas semanas que se hablaba
mucho de la Regenta, se comentaba su cambio de confesor, que por cierto
coincida con el afn del seor Quintanar, de llevar a su mujer a todas
partes. Se discuta si el Magistral hara de su partido a la de Ozores,
si llegara a dominar a don Vctor por medio de su esposa, como haba
hecho en casa de Carraspique. Algunos ms audaces, ms maliciosos, y que
se crean ms enterados, decan al odo de sus _ntimos_ que no faltaba
quien procurase contrarrestar la influencia del Provisor. Visitacin y
Paco Vegallana, que eran los que podan hablar con fundamento, guardaban
prudente reserva; era Obdulia quien se daba aires de saber muchas cosas
que no haba.

--La Regenta, bah! la Regenta ser como todas....

Las dems somos tan buenas como ella... pero su temperamento fro, su
poco trato, su orgullo de mujer intachable, le hacen ser menos expansiva
y por eso nadie se atreve a murmurar.... Pero tan buena como ella son
muchas....

Las reticencias de la Fandio eran todava recibidas con desconfianza,
en casi todas partes. Pero con motivo de condenar su mala lengua, corra
de boca en boca, el asunto de sus murmuraciones vagas y cobardes.
Obdulia meditaba poco lo que deca, hablaba siempre aturdida, por
mquina, pensando en otra cosa; iba sacndole filo a la calumnia sin
sospecharlo. Adems el mayor crimen que poda haber en la Regenta, y no
crea ella que a tanto llegase, era seguir la corriente. En Madrid y en
el extranjero, esto es el pan nuestro de cada da; pero en Vetusta
fingen que se escandalizan de ciertas libertades de la moda, las mismas
que se las toman de tapadillo, entre sustos y miedos, sin gracia, del
modo cursi como aqu se hace todo. Pero qu se puede esperar de unas
mujeres que no se baan, ni usan las esponjas ms que para lavar a los
_bebs_!. Obdulia, cuando hablaba con algn forastero, desahogaba su
desprecio describiendo la hipocresa anticuada y la suciedad de las
mujeres de Vetusta.

--Crame usted, repeta, no sabe su cuerpo lo que es una esponja, se
lavan como gatas y se la pegan al marido como en tiempo del rey que
rabi. Cunta porquera y cunta ignorancia!.

Ana, acostumbrada muchos aos haca, a la mirada curiosa, insistente y
fra del pblico, no reparaba casi nunca en el efecto que produca su
entrada en la iglesia, en el paseo, en el teatro. Pero la noche de aquel
da de Todos los Santos, recibi como agradable incienso el tributo
espontneo de admiracin; y no vio en l como otras veces, curiosidad
estpida, ni envidia ni malicia. Desde la aparicin de don lvaro en la
plaza, el humor de Ana haba cambiado, pasando de la aridez y el hasto
negro y fro, a una regin de luz y calor que baaban y penetraban todas
las cosas: aquellas bruscas transformaciones del nimo, las atribua
supersticiosamente a una voluntad superior, que rega la marcha de los
sucesos preparndolos, como experto autor de comedias, segn convena al
destino de los seres. Esta idea que no aplicaba con entera fe a los
dems, la crea evidente en lo que a ella misma le importaba; estaba
segura de que Dios le daba de cuando en cuando avisos, le presentaba
coincidencias para que ella aprovechase ocasiones, oyese lecciones y
consejos. Tal vez era esto lo ms profundo en la fe religiosa de Ana;
crea en una atencin directa, ostensible y singular de Dios a los actos
de su vida, a su destino, a sus dolores y placeres; sin esta creencia no
hubiera sabido resistir las contrariedades de una existencia triste,
sosa, descaminada, intil. Aquellos ocho aos vividos al lado de un
hombre que ella crea vulgar, bueno de la manera ms molesta del mundo,
manitico, insustancial; aquellos ocho aos de juventud sin amor, sin
fuego de pasin alguna, sin ms atractivo que tentaciones efmeras,
rechazadas al aparecer, crea que no hubiera podido sufrirlos a no
pensar que Dios se los haba mandado para probar el temple de su alma y
tener en qu fundar la predileccin con que la miraba. Se crea en sus
momentos de fe egosta, admirada por el Ojo invisible de la Providencia.
El que todo lo ve y la vea a ella, estaba satisfecho, y la vanidad de
la Regenta necesitaba esta conviccin para no dejarse llevar de otros
instintos, de otras voces que arrancndola de sus abstracciones, le
presentaban imgenes plsticas de objetos del mundo, amables, llenas de
vida y de calor.

Cuando descubri en el confesonario del Magistral un _alma hermana_, un
espritu _supra-vetustense_ capaz de llevarla por un camino de flores y
de estrellas a la regin luciente de la virtud, tambin crey Ana que el
hallazgo se lo deba a Dios, y como aviso celestial pensaba
aprovecharlo.

Ahora, al sentir revolucin repentina en las entraas en presencia de un
gallardo jinete, que vena a turbar con las corvetas de su caballo, el
silencio triste de un da de marasmo, la Regenta no vacil en creer lo
que le decan voces interiores de independencia, amor, alegra,
voluptuosidad pura, bella, digna de las almas grandes. Sus horas de
rebelin nunca haban sido tan seguidas. Desde aquella tarde ningn
momento haba dejado de pensar lo mismo; que era absurdo que la vida
pasase como una muerte, que el amor era un derecho de la juventud, que
Vetusta era un lodazal de vulgaridades, que su marido era una especie de
tutor muy respetable, a quien ella slo deba la honra del cuerpo, no el
fondo de su espritu que era una especie de subsuelo, que l no
sospechaba siquiera que existiese; de aquello que don Vctor llamaba los
nervios, asesorado por el doctor don Robustiano Somoza, y que era el
fondo de su ser, lo ms suyo, lo que ella era, en suma, de aquello no
tena que darle cuenta. Amar, lo amar todo, llorar de amor, soar
como quiera y con quien quiera; no pecar mi cuerpo, pero el alma la
tendr anegada en el placer de sentir esas cosas prohibidas por quien no
es capaz de comprenderlas. Estos pensamientos, que senta Ana volar por
su cerebro como un torbellino, sin poder contenerlos, como si fuesen
voces de otro que retumbaban all, la llenaban de un terror que la
encantaba. Si algo en ella tema el engao, vea el sofisma debajo de
aquella grrula turba de ideas sublevadas, que reclamaban supuestos
derechos, Ana procuraba ahogarlo, y como engandose a s misma, la
voluntad tomaba la resolucin cobarde, egosta, de _dejarse ir_.

As lleg al teatro. Haba cedido a los ruegos de D. lvaro y de D.
Vctor sin saber cmo; temiendo que aquello era una cita y una promesa;
y sin embargo iba. Cuando se vio sola delante del espejo en su tocador,
se le figur que la Ana de enfrente le peda cuentas; y formulando su
pensamiento en perodos completos dentro del cerebro, se dijo:

--Bueno, voy; pero es claro que si voy me comprometo con mi honra a no
dejar que ese hombre adquiera sobre m derecho alguno; no s lo que
pasar all, no s hasta qu punto alcanza este aliento de libertad que
ha venido de repente a inundar la sequedad de dentro; pero el ir yo al
teatro es prueba de que all no ha de haber pacto alguno que ofenda al
decoro; no saldr de all con menos honor que tengo.

Y despus de pensar y resolver esto, se visti y se pein lo mejor que
supo, y no volvi a poner en tela de juicio puntos de honra, peligros,
ni compromisos de los que D. Vctor tanto gustaba ver en versos de
Caldern y de Moreto.

El palco de Vegallana era una platea contigua a la del proscenio, que en
Vetusta llamaban bolsa, porque la separa un tabique de las otras y queda
aparte, algo escondida. La bolsa de enfrente--izquierda del actor--,
era la de Mesa y otros elegantes del Casino; algunos banqueros, un
ttulo y dos americanos, de los cuales el principal era D. Frutos
Redondo, sin duda alguna. Don Frutos no perda funcin; a este le
gustaba el verso, el verso y tente tieso como l deca, y se declaraba
a s mismo, con la autoridad de sus millones de pesos, _inteligente de
primera fuerza_, en achaques de comedias y dramas. No veo la tostada!
deca D. Frutos, que haba aprendido esta frase poco culta y poco
inteligible en los artculos de fondo de un peridico serio. No veo la
tostada, deca, refirindose a cualquier comedia en que no haba una
leccin moral, o por lo menos no la haba al alcance de Redondo; y en no
viendo l la tostada, condenaba al autor y hasta deca que defraudaba a
los espectadores, hacindoles perder un tiempo precioso. De todas partes
quera sacar provecho don Frutos, y prueba de ello es que deca, por
ejemplo:

Que Manrique se enamora de Leonor, y que el conde tambin se enamora, y
se la disputan hasta que ella y el perdulario del poeta amn de la
gitana, se van al otro barrio, y qu? qu ensea eso? qu vamos
aprendiendo? qu voy yo ganando con eso? Nada.

A pesar de D. Frutos y sus altercados de crtica dramtica, la bolsa de
D. lvaro, que as se llamaba en todas partes, era la ms _distinguida_,
la que ms atraa las miradas de las mams y de las nias y tambin las
de los pollos vetustenses que no podan aspirar a la honra de ser
abonados en aquel rincn aristocrtico, elegante, donde se reunan los
_hombres de mundo_ (en Vetusta el mundo se andaba pronto) presididos por
el jefe del partido liberal dinstico. La mayor parte de los all
congregados, haban vivido en Madrid algn tiempo y todava imitaban
costumbres, modales y gestos que haban observado all. As es que a
semejanza de los socios de un club madrileo, hablaban a gritos en su
palco, conversaban con los cmicos a veces, decan galanteras o
desvergenzas a coristas y bailarinas, y se burlaban de los grandes
ideales romnticos que pasaban por la escena, mal vestidos, pero llenos
de poesa. Todos eran escpticos en materia de moral domstica, no
crean en virtud de mujer nacida--salvo D. Frutos, que conservaba
frescas sus creencias--, y despreciaban el amor consagrndose con toda
el alma, o mejor, con todo el cuerpo, a los amoros; crean que un
hombre de mundo no puede vivir sin querida, y todos la tenan, ms o
menos barata; las cmicas eran la carnaza que preferan para tragar el
anzuelo de la lujuria rebozado con la vanidad de imitar costumbres
corrompidas de pueblos grandes. Bailarinas de desecho, cantatrices
invlidas, matronas del gnero serio demasiado sentimentales en su
juventud pretrita, eran perseguidas, obsequiadas, regaladas y hasta
aburridas por aquellos seductores de campanario, incapaces los ms de
intentar una aventura sin el amparo de su bolsillo o sin contar con los
humores herpticos de la dama perseguida, o cualquier otra enfermedad
fsica o moral que la hiciesen fcil, trada y llevada.

El nico conquistador serio del bando era D. lvaro y todos le
envidiaban tanto como admiraban su fortuna y hermosa estampa. Pero nadie
como Pepe Ronzal, alias Trabuco y antes El Estudiante, abonado de la
bolsa de enfrente, la vecina al palco de Vegallana. Trabuco era el
ncleo de la que se llamaba _la otra bolsa_ y haba procurado rivalizar
en elegancia, _sans faon_ y _mundo_ con los de Mesa. Pero a su palco
concurran _elementos heterogneos_, muchos de los cuales lo echaban
todo a perder; y no eran escpticos sino cnicos, ni seductores ms o
menos autnticos, sino compradores de carne humana. Los abonados de esta
_otra bolsa_ eran Ronzal, Foja, Pez (que adems tena palco para su
hija), Bedoya, un escribano famoso por su lujuria que le costaba mucho
dinero, por su arte para descubrir vrgenes en las aldeas y por sus
buenas relaciones con todas las Celestinas del pueblo; un escultor no
comprendido, que no colocaba sus estatuas y se dedicaba a especulaciones
de arquelogo embustero; el juez de primera instancia, que se divida a
s mismo en dos entidades, 1. el juez, incorruptible, intratable,
puerco-espn sin pizca de educacin, y 2. el hombre de sociedad,
perseguidor de casadas de mala fama, consuelo de todas las que lloraban
desengaos de amores desgraciados; y tres o cuatro vejetes verdes del
partido conservador, concejales, que todo lo convertan en poltica.
Pero si estos eran los que pagaban el palco, a l concurran cuantos
socios del Casino tenan amistad con cualquiera de ellos. Ronzal haba
protestado varias veces.--Seores, parece esto la _cazuela_! haba
dicho a menudo, pero en balde. All iba Joaquinito Orgaz, y cuantos
sietemesinos madrileos pasaban por Vetusta, y hasta los que haban
nacido y crecido en el pueblo y no lucan ms que un barniz de la corte.
Y como la bolsa del _otro_ era respetada y slo se atrevan a visitarla
personas de posicin, a Ronzal le llevaban los diablos. Desde su bolsa
hasta se arrojaban perros-chicos a la escena, para exagerar la falta de
compostura de los de enfrente. Algunos insolentes fumaban all a vista
del pblico y dejaban caer bolas de papel sobre alguna respetable calva
de la orquesta. De vez en cuando les llamaban al orden desde el paraso
o desde las butacas, pero ellos despreciaban a la multitud y la miraban
con aires de desafo. Hablaban con los amigos que ocupaban las bolsas
de los palcos principales, y hacan seas ostentosas y nada pulcras a
ciertas seoritas cursis que no se casaban nunca y vivan una juventud
eterna, siempre alegres, siempre estrepitosas y siempre desdeando las
preocupaciones del recato. Estas damas eran pocas; la mayora pecaban
por el extremo de la seriedad insulsa, y en cuanto se vean expuestas a
la contemplacin del pblico, tomaban gestos y posturas de estatuas
egipcias de la primera poca.

Cuando haba estreno de algn drama o comedia muy aplaudidos en Madrid,
en el palco de Ronzal se discuta a grito pelado y sola predominar el
criterio de un acendrado provincialismo, que pareca all lo ms natural
tratndose de arte. No haba salido de Vetusta ningn dramaturgo
ilustre, y por lo mismo se miraba con ojeriza a los de fuera. Eso de que
Madrid se quisiera imponer en todo, no lo toleraban en la bolsa de
Ronzal. Se lleg en alguna ocasin a declarar que se despreciaba la
comedia porque los madrileos la haban aplaudido mucho, y en Vetusta
no se admitan imposiciones de nadie, no se segua un juicio hecho. La
pera, la pera era el delirio de aquellos escribanos y concejales:
pagaban un dineral por or un cuarteto que a ellos se les antojaba
contratado en el cielo y que sonaba como sillas y mesas arrastradas por
el suelo con motivo de un desestero.

--Se acuerdan ustedes de la Pallavicini! Qu voz de arcngel!--deca
Foja, socarrn, escptico en todo, pero creyente fantico en la msica
de los cuartetos de pera de lance.

--Oh, como el bartono Battistini, yo no he odo nada!--responda el
escribano, que estimaba la voz de bartono, por lo _varonil_, ms que
la del tenor y la del bajo.

--Pues ms varonil es la del bajo--deca Foja.

--No lo crea usted. Y usted qu dice, Ronzal?

--Yo... distingo... si el bajo es cantante.... Pero a m no me vengan
ustedes con msica... saben ustedes lo que yo digo? Que la msica es
el ruido que menos me incomoda.... Ja! ja! ja! Adems, para tenor ah
tenemos a Castelar... ja! ja! ja!.

El escribano rea tambin el chiste y los concejales sonrean, no por la
gracia, si no por la intencin.

Aunque el palco de los Marqueses tocaba con el de Ronzal, pocas veces
los abonados del ltimo se atrevan a entablar conversacin con los
Vegallana o quien all estuviera convidado. Adems de que el tabique
intermedio dificultaba la conversacin, los ms no se atrevan, de
hecho, a dar por no existente una diferencia de clases de que en teora
muchos se burlaban.

Todos somos iguale, decan muchos burgueses de Vetusta, la nobleza ya
no es nadie, ahora todo lo puede el dinero, el talento, el valor, etc.,
etc.; pero a pesar de tanta alharaca, a los ms se les conoca hasta en
su falso desprecio que participaban desde abajo de las preocupaciones
que mantenan los nobles desde arriba.

En cambio los de la bolsa de don lvaro saludaban a los Vegallana;
sonrean a la Marquesa, asestaban los gemelos a Edelmira y hacan seas
al Marqus, y a Paco, que solan visitar aquel rincn _comm'il faut_.

Tambin esto lo envidiaba Ronzal, que era amigo poltico de Vegallana;
pero trataba poco a la Marquesa.

--Es demasiado borrico!--deca doa Rufina cuando le hablaban de
Trabuco; y procuraba tenerle alejado tratndole con frialdad
ceremoniosa.

Ronzal se vengaba diciendo que la Marquesa era republicana y que
escriba en _La Flaca_ de Barcelona, y que haba sido una cualquier cosa
en su juventud. Estas calumnias le servan de desahogo y si le
preguntaban el motivo de su inquina, contestaba: Seores, yo me debo a
la causa que defiendo, y veo con tristeza, con grande, con profunda
tristeza que esa seora, la Marquesa, doa Rufina, _en una palabra_,
desacredita el partido conservador-dinstico de Vetusta.

Despus de saborear el tributo de admiracin del pblico, Ana mir a la
bolsa de Mesa. All estaba l, reluciente, armado de aquella pechera
blanqusima y tersa, la envidia de las envidias de Trabuco. En aquel
momento don Juan Tenorio arrancaba la careta del rostro de su venerable
padre; Ana tuvo que mirar entonces a la escena, porque la inaudita
demasa de don Juan haba producido buen efecto en el pblico del
paraso que aplauda entusiasmado. Perales, el imitador de Calvo,
saludaba con modesto ademn algo sorprendido de que se le aplaudiese en
escena que no era de empeo.

--Mire usted el pueblo!--dijo un concejal de la _otra bolsa_,
volvindose a Foja, el ex-alcalde liberal.

--Qu tiene el pueblo?

--Que es un majadero! Aplaude la gran felona de arrancar la careta a
un enmascarado....

--Que resulta padre--aadi Ronzal--; circunstancia agravante.

--El hombre abandonado a sus instintos es naturalmente inmoral, y como
el pueblo no tiene educacin....

El juez aprob con la cabeza, sin separar los ojos de los gemelos con
que apuntaba a Obdulia, vestida de negro y rojo y sentada sobre tres
almohadones en un palco contiguo al de Mesa.

Ana empez a hacerse cargo del drama en el momento en que Perales deca
con un desdn gracioso y elegante:

        Son plticas de familia
        de las que nunca hice caso...

Era el cmico alto, rubio--aquella noche--flexible, elegante y suelto,
luca buena pierna, y le sentaba de perlas el traje fantstico, con
pretensiones de arqueolgico, que cea su figura esbelta. Don Vctor
estaba enamorado de Perales; l no haba visto a Calvo y el imitador le
pareca excelente intrprete de las comedias de capa y espada. Le haba
odo decir con nfasis musical las dcimas de _La vida es sueo_, le
haba admirado en _El desdn con el desdn_, declamando con soltura y
gran meneo de brazos y piernas las sutiles razones que comienzan as:

        Y porque veis que es error
        que haya en el mundo quien crea
        que el que quiere lisonjea,
        escuchad lo que es amor.

y concluyen:

        A su propia conveniencia
        dirige amor su fatiga,
        luego es clara consecuencia
        que ni con amor se obliga
        ni con su correspondencia.

Y don Vctor le reputaba excelentsimo cmico. No par hasta que se lo
presentaron; y a su casa le hubiera hecho ir si su mujer fuera otra. En
general don Vctor envidiaba a todo el que dejaba ver la contera de una
espada debajo de una capa de grana, aunque fuese en las tablas y slo de
noche. Conoci que Anita contemplaba con gusto los ademanes y la figura
de don Juan y se acerc a ella el buen Quintanar dicindole al odo con
voz trmula por la emocin:

--Verdad, hijita, que es un buen mozo? Y qu movimientos tan
artsticos de brazo y pierna!... Dicen que eso es falso, que los hombres
no andamos as... Pero debiramos andar! y as seguramente andaramos y
gesticularamos los espaoles en el siglo de oro, cuando ramos dueos
del mundo; esto ya lo deca ms alto para que lo oyeran todos los
presentes. Bueno estara que ahora que vamos a perder a Cuba, resto de
nuestras grandezas, nos diramos esos aires de seores y midiramos el
paso....

La Regenta no oa a su marido; el drama empezaba a interesarla de veras;
cuando cay el teln, qued con gran curiosidad y dese saber en qu
paraba la apuesta de don Juan y Meja.

En el primer entreacto D. lvaro no se movi de su asiento; de cuando en
cuando miraba a la Regenta, pero con suma discrecin y prudencia, que
ella not y le agradeci. Dos o tres veces se sonrieron y slo la ltima
vez que tal osaron, sorprendi aquella correspondencia Pepe Ronzal, que,
como siempre, segua la pista a los telgrafos de su aborrecido y
admirado modelo.

Trabuco se propuso redoblar su atencin, observar mucho y ser una tumba,
callar como un muerto. Pero aquello era grave, muy grave!. Y la
envidia se lo coma.

Empez el segundo acto y D. lvaro not que por aquella noche tena un
poderoso rival: el drama. Anita comenz a comprender y sentir el valor
artstico del D. Juan emprendedor, loco, valiente y trapacero de
Zorrilla; a ella tambin la fascinaba como a la doncella de doa Ana de
Pantoja, y a la Trotaconventos que ofreca el amor de Sor Ins como una
mercanca.... La calle obscura, estrecha, la esquina, la reja de doa
Ana... los desvelos de Ciutti, las trazas de D. Juan; la arrogancia de
Meja; la traicin _interina_ del Burlador, que no necesitaba, por una
sola vez, dar pruebas de valor; los preparativos diablicos de la gran
aventura, del asalto del convento, llegaron al alma de la Regenta con
todo el vigor y frescura dramticos que tienen y que muchos no saben
apreciar o porque conocen el drama desde antes de tener criterio para
saborearle y ya no les impresiona, o porque tienen el gusto de madera de
tinteros; Ana estaba admirada de la poesa que andaba por aquellas
callejas de lienzo, que ella transformaba en slidos edificios de otra
edad; y admiraba no menos el desdn con que se vea y oa todo aquello
desde palcos y butacas; aquella noche el paraso, alegre, entusiasmado,
le pareca mucho ms inteligente y culto que el _seoro_ vetustense.

Ana se senta transportada a la poca de D. Juan, que se figuraba como
el vago romanticismo arqueolgico quiere que haya sido; y entonces
volviendo al egosmo de sus sentimientos, deploraba no haber nacido
cuatro o cinco siglos antes.... Tal vez en aquella poca fuera
divertida la existencia en Vetusta; habra entonces conventos poblados
de nobles y hermosas damas, amantes atrevidos, serenatas de Trovadores
en las callejas y postigos; aquellas tristes, sucias y estrechas plazas
y calles tendran, como ahora, aspecto feo, pero las llenara la poesa
del tiempo, y las fachadas ennegrecidas por la humedad, las rejas de
hierro, los soportales sombros, las tinieblas de las rinconadas en las
noches sin luna, el fanatismo de los habitantes, las venganzas de
vecindad, todo sera dramtico, digno del verso de un Zorrilla; y no
como ahora suciedad, prosa, fealdad desnuda. Comparar aquella Edad
media soada--ella colocaba a D. Juan Tenorio en la Edad media por culpa
de Perales--con los espectadores que la rodeaban a ella en aquel
instante, era un triste despertar. Capas negras y pardas, sombreros de
copa alta absurdos, horrorosos... todo triste, todo negro, todo
desmaado, sin expresin... fro... hasta D. lvaro parecale entonces
mezclado con la prosa comn. Cunto ms le hubiera admirado con el
ferreruelo, la gorra y el jubn y el calzn de punto de Perales!...
Desde aquel momento visti a su adorador con los arreos del cmico, y a
este en cuanto volvi a la escena le dio el gesto y las facciones de
Mesa, sin quitarle el propio andar, la voz dulce y meldica y dems
cualidades artsticas.

El tercer acto fue una revelacin de poesa apasionada para doa Ana. Al
ver a doa Ins en su celda, sinti la Regenta escalofros; la novicia
se pareca a ella; Ana lo conoci al mismo tiempo que el pblico; hubo
un murmullo de admiracin y muchos espectadores se atrevieron a volver
el rostro al palco de Vegallana con disimulo. La Gonzlez era cmica por
amor; se haba enamorado de Perales, que la haba robado; casados en
secreto, recorran despus todas las provincias, y para ayuda del
presupuesto conyugal la enamorada joven, que era hija de padres ricos,
se decidi a pisar las tablas; imitaba a quien Perales la haba mandado
imitar, pero en algunas ocasiones se atreva a ser original y haca
excelentes papeles de virgen amante. Era muy guapa, y con el hbito
blanco de novicia, la cabeza prisionera de la rgida toca, muy coloradas
las mejillas, lucientes los ojos, los labios hechos fuego, las manos en
postura hiertica y la modestia y castidad ms lmpida en toda la
figura, interesaba profundamente. Deca los versos de doa Ins con voz
cristalina y trmula, y en los momentos de ceguera amorosa se dejaba
llevar por la pasin cierta--porque se trataba de su marido--y llegaba a
un realismo potico que ni Perales ni la mayor parte del pblico eran
capaces de apreciar en lo mucho que vala.

Doa Ana s; clavados los ojos en la hija del Comendador, olvidada de
todo lo que estaba fuera de la escena, bebi con ansiedad toda la poesa
de aquella celda casta en que se estaba filtrando el amor por las
paredes. Pero esto es divino! dijo volvindose hacia su marido,
mientras pasaba la lengua por los labios secos. La carta de don Juan
escondida en el libro devoto, leda con voz temblorosa primero, con
terror supersticioso despus, por doa Ins, mientras Brgida acercaba
su buja al papel; la proximidad casi sobrenatural de Tenorio, el
espanto que sus hechizos supuestos producen en la novicia que ya cree
sentirlos, todo, todo lo que pasaba all y lo que ella adivinaba,
produca en Ana un efecto de magia potica, y le costaba trabajo
contener las lgrimas que se le agolpaban a los ojos.

Ay! s, el amor era aquello, un filtro, una atmsfera de fuego, una
locura mstica; huir de l era imposible; imposible gozar mayor ventura
que saborearle con todos sus venenos. Ana se comparaba con la hija del
Comendador; el casern de los Ozores era su convento, su marido la regla
estrecha de hasto y frialdad en que ya haba profesado ocho aos
haca... y don Juan... don Juan aquel Mesa que tambin se filtraba
por las paredes, apareca por milagro y llenaba el aire con su
presencia!.

Entre el acto tercero y el cuarto don lvaro vino al palco de los
marqueses.

Ana al darle la mano tuvo miedo de que l se atreviera a apretarla un
poco, pero no hubo tal; dio aquel tirn enrgico que l siempre daba,
siguiendo la moda que en Madrid empezaba entonces; pero no apret. Se
sent a su lado, eso s, y al poco rato hablaban aislados de la
conversacin general.

Don Vctor haba salido a los pasillos a fumar y disputar con los
pollastres vetustenses que despreciaban el romanticismo y citaban a
Dumas y Sardou, repitiendo lo que haban odo en la corte.

Ana, sin dar tiempo a don lvaro para buscar buena embocadura a la
conversacin, dej caer sobre la prosaica imaginacin del petimetre, el
chorro abundante de poesa que haba bebido en el poema gallardo,
fresco, exuberante de hermosura y color del maestro Zorrilla.

La pobre Regenta estuvo elocuente; se figur que el jefe del partido
liberal dinstico la entenda, que no era como aquellos vetustenses de
cal y canto que hasta se sonrean con lstima al or tantos versos
bonitos, sonorosos, pero sin miga, segn asegur don Frutos en el
palco de la marquesa.

A Mesa le extra y hasta disgust el entusiasmo de Ana. Hablar del
_Don Juan Tenorio_ como si se tratase de un estreno! Si el _Don Juan_
de Zorrilla ya slo serva para hacer parodias!... No fue posible tratar
cosa de provecho, y el tenorio vetustense procur ponerse en la cuerda
de su amiga y hacerse el sentimental disimulado, como los hay en las
comedias y en las novelas de Feuillet: mucho _sprit_ que oculta un
corazn de oro que se esconde por miedo a las espinas de la realidad...
esto era el colmo de la _distincin_ segn lo entenda don lvaro, y as
procur aquella noche presentarse a la Regenta, a quien estaba visto
que haba que enamorar por todo lo alto.

Ana que se dejaba devorar por los ojos grises del seductor y le enseaba
sin pestaear los suyos, dulces y apasionados, no pudo en su exaltacin
notar el amaneramiento, la falsedad del idealismo copiado de su
interlocutor; apenas le oa, hablaba ella sin cesar, crea que lo que
estaba diciendo l coincida con las propias ideas; este espejismo del
entusiasmo vidente, que suele aparecer en tales casos, fue lo que vali
a don lvaro aquella noche. Tambin le sirvi mucho su hermosura varonil
y noble, ayudada por la expresin de su pasioncilla, en aquel momento
irritada. Adems el rostro del buen mozo, sobre ser correcto, tena una
expresin espiritual y melanclica, que era puramente de apariencia;
combinacin de lneas y sombras, algo tambin las huellas de una vida
malgastada en el vicio y el amor.--Cuando comenz el cuarto acto, Ana
puso un dedo en la boca y sonriendo a don lvaro le dijo:

--Ahora, silencio! Bastante hemos charlado... djeme usted or.

--Es que... no s... si debo despedirme....

--No... no... por qu?--respondi ella, arrepentida al instante de
haberlo dicho.

--No s si estorbar, si habr sitio....

--Sitio s, porque Quintanar est en la bolsa de ustedes... mrele
usted.

Era verdad; estaba all disputando con don Frutos, que insista en que
el _Don Juan Tenorio_ careca de la miga suficiente.

Don lvaro permaneci junto a la Regenta.

Ella le dejaba ver el cuello vigoroso y mrbido, blanco y tentador con
su vello negro algo rizado y el nacimiento provocador del moo que suba
por la nuca arriba con graciosa tensin y convergencia del cabello.
Dudaba don lvaro si deba en aquella situacin atreverse a acercarse un
poco ms de lo acostumbrado. Senta en las rodillas el roce de la falda
de Ana, ms abajo adivinaba su pie, lo tocaba a veces un instante. Ella
estaba aquella noche... _en punto de caramelo_ (frase simblica en el
pensamiento de Mesa), y con todo no se atrevi. No se acerc ni ms ni
menos; y eso que ya no tena all caballo que lo estorbase. Pero la
buena seora se haba _sublimizado_ tanto! y como l, por no perderla de
vista, y por agradarla, se haba hecho el romntico tambin, el
_espiritual_, el _mstico_... quin diablos iba ahora a arriesgar un
ataque _personal y pedestre_!... Se haba puesto aquello en una
_tessitura_ endemoniada!. Y lo peor era que no haba probabilidades de
hacer entrar, en mucho tiempo, a la Regenta por el aro; quin iba a
decirle: bjese usted, amiga ma, que todo esto es volar por los
_espacios imaginarios_? Por estas consideraciones, que le estaban dando
vergenza, que le parecan ridculas al cabo, don lvaro resisti el
vehemente deseo de pisar un pie a la Regenta o tocarle la pierna con sus
rodillas....

Que era lo que estaba haciendo Paquito con Edelmira, su prima. La
robusta virgen de aldea pareca un carbn encendido, y mientras don
Juan, de rodillas ante doa Ins, le preguntaba si no era verdad que en
aquella apartada orilla se respiraba mejor, ella se ahogaba y tragaba
saliva, sintiendo el pataleo de su primo y oyndole, cerca de la oreja,
palabras que parecan chispas de fragua. Edelmira, a pesar de no haber
desmejorado, tena los ojos rodeados de un ligero tinte obscuro. Se
abanicaba sin punto de reposo y tapaba la boca con el abanico cuando en
medio de una situacin culminante del drama se le antojaba a ella rerse
a carcajadas con las ocurrencias del Marquesito, que tena unas cosas....

Para Ana el cuarto acto no ofreca punto de comparacin con los
acontecimientos de su propia vida... ella an no haba llegado al cuarto
acto. Representaba aquello lo porvenir? Sucumbira ella como doa
Ins, caera en los brazos de don Juan loca de amor? No lo esperaba;
crea tener valor para no entregar jams el cuerpo, aquel miserable
cuerpo que era propiedad de don Vctor sin duda alguna. De todas
suertes, qu cuarto acto tan potico! El Guadalquivir all abajo....
Sevilla a lo lejos.... La quinta de don Juan, la barca debajo del
balcn... la _declaracin_ a la luz de la luna.... Si aquello era
romanticismo, el romanticismo era eterno!.... Doa Ins deca:

        Don Juan, don Juan, yo lo imploro
        de tu hidalga condicin...

Estos versos que ha querido hacer ridculos y vulgares, manchndolos con
su baba, la necedad prosaica, pasndolos mil y mil veces por sus labios
viscosos como vientre de sapo, sonaron en los odos de Ana aquella noche
como frase sublime de un amor inocente y puro que se entrega con la fe
en el objeto amado, natural en todo gran amor. Ana, entonces, no pudo
evitarlo, llor, llor, sintiendo por aquella Ins una compasin
infinita. No era ya una escena ertica lo que ella vea all; era algo
religioso; el alma saltaba a las ideas ms altas, al sentimiento
pursimo de la caridad universal... no saba a qu; ello era que se
senta desfallecer de tanta emocin.

Las lgrimas de la Regenta nadie las not. Don lvaro slo observ que
el seno se le mova con ms rapidez y se levantaba ms al respirar. Se
equivoc el hombre de mundo; crey que la emocin acusada por aquel
respirar violento la causaba su gallarda y prxima presencia, crey en
un influjo _puramente fisiolgico_ y por poco se pierde.... Busc a
tientas el pie de Ana... en el mismo instante en que ella, de una en
otra, haba llegado a pensar en Dios, en el amor ideal, puro, universal
que abarcaba al Creador y a la criatura.... Por fortuna para l, Mesa no
encontr, entre la hojarasca de las enaguas, ningn pie de Anita, que
acababa de apoyar los dos en la silla de Edelmira.

El altercado de don Juan y el Comendador hizo a la Regenta volver a la
realidad del drama y fijarse en la terquedad del buen Ulloa; como se
haba empeado la imaginacin exaltada en comparar lo que pasaba en
Vetusta con lo que suceda en Sevilla, sinti supersticioso miedo al ver
el mal en que paraban aquellas aventuras del libertino andaluz; el
pistoletazo con que don Juan saldaba sus cuentas con el Comendador le
hizo temblar; fue un presentimiento terrible. Ana vio de repente, como a
la luz de un relmpago, a don Vctor vestido de terciopelo negro, con
jubn y ferreruelo, baado en sangre, boca arriba, y a don lvaro con
una pistola en la mano, enfrente del cadver.

La Marquesa dijo despus de caer el teln que ella no aguantaba ms
Tenorio.

--Yo me voy, hijos mos; no me gusta ver cementerios ni esqueletos;
demasiado tiempo le queda a uno para eso. Adis. Vosotros quedaos si
queris.... Jess! las once y media, no se acaba esto a las dos....

Ana, a quien explic su esposo el argumento de la segunda parte del
drama, prefiri llevar la impresin de la primera que la tena
encantada, y sali con la Marquesa y Mesa.

Edelmira se qued con don Vctor y Paco.

--Yo llevar a la nia y usted djeme a sa en casa, seora
Marquesa--dijo Quintanar.

Mesa se despidi al dejar dentro del coche a las damas. Entonces apret
un poco la mano de Anita que la retir asustada.

Don lvaro se volvi al palco del Marqus a dar conversacin a don
Vctor. Eran panes prestados: Paco necesitaba que le distrajeran a
Quintanar para quedarse como a solas con Edelmira; Mesa, que tantas
veces haba utilizado servicios anlogos del Marquesito, fue a cumplir
con su deber.

Adems, siempre que se le ofreca, aprovechaba la ocasin de estrechar
su amistad con el simptico aragons que haba de ser su vctima,
andando el tiempo, o poco haba de poder l.

Con mil amores acogi Quintanar al buen mozo y le expuso sus ideas en
punto a literatura dramtica, concluyendo como siempre con su teora del
honor segn se entenda en el siglo de oro, cuando el sol no se pona en
nuestros dominios.

--Mire usted--deca don Vctor, a quien ya escuchaba con inters don
lvaro--mire usted, yo ordinariamente soy muy pacfico. Nadie dir que
yo, ex-regente de Audiencia, que me jubil casi por no firmar ms
sentencias de muerte, nadie dir, repito que tengo ese punto de honor
quisquilloso de nuestros antepasados, que los pollastres de ah abajo
llaman inverosmil; pues bien, seguro estoy, me lo da el corazn, de que
si mi mujer--hiptesis absurda--me faltase... se lo tengo dicho a Toms
Crespo muchas veces... le daba una sangra suelta.

(--Animal!--pens don lvaro.)

--Y en cuanto a su cmplice... oh! en cuanto a su cmplice.... Por de
pronto yo manejo la espada y la pistola como un maestro; cuando era
aficionado a representar en los teatros caseros--es decir cuando mi edad
y posicin social me permitan trabajar, porque la aficin an me
dura--comprendiendo que era muy ridculo batirse mal en las tablas, tom
maestro de esgrima y dio la casualidad de que demostr en seguida
grandes facultades para el arma blanca. Yo soy pacfico, es verdad,
nunca me ha dado nadie motivo para hacerle un rasguo... pero figrese
usted... el da que.... Pues lo mismo y mucho ms puedo decir de la
pistola. Donde pongo el ojo... pues bien, como deca, al cmplice lo
traspasaba; s, prefiero esto; la pistola es del drama moderno, es
prosaica; de modo que le matara con arma blanca.... Pero voy a mi
tesis.... Mi tesis era... qu?... usted recuerda?

Don lvaro no recordaba, pero lo de matar al cmplice con arma blanca le
haba alarmado un poco.

Cuando Mesa ya cerca de las tres, de vuelta del Casino, trataba de
llamar al sueo imaginando voluptuosas escenas de amor que se prometa
convertir en realidad bien pronto, al lado de la Regenta, protagonista
de ellas, vio de repente, y ya casi dormido, la figura vulgar y
bonachona de don Vctor. Pero le vio entre los primeros disparates del
ensueo, vestido de toga y birrete, con una espada en la mano. Era la
espada de Perales en el Tenorio, de enormes gavilanes.

Anita no recordaba haber soado aquella noche con don lvaro. Durmi
profundamente.

Al despertar, cerca de las diez, vio a su lado a Petra, la doncella
rubia y taimada, que sonrea discretamente.

--Mucho he dormido, por qu no me has despertado antes?

--Como la seorita pas mala noche....

--Mala noche?... yo?--S, hablaba alto, soaba a gritos....

--Yo?--S, alguna pesadilla.--Y t... me has odo desde?...

--S, seora no me haba acostado todava; me qued a esperar por el
seor, porque Anselmo es tan bruto que se duerme.... Vino el amo a las
dos.

--Y yo he hablado alto...--Poco despus de llegar el seor. l no oy
nada; no quiso entrar por no despertar a la seorita. Yo volv a ver si
dorma... si quera algo... y cre que era una pesadilla... pero no me
atrev a despertarla....

Ana se senta fatigada. Le saba mal la boca y tema los amagos de la
jaqueca.

--Una pesadilla!... Pero si yo no recuerdo haber padecido....

--No, pesadilla mala... no sera... porque sonrea la seora... daba
vueltas....

--Y... y... qu deca?

--Oh... qu deca! no se entenda bien... palabras sueltas...
nombres....

--Qu nombres?...--Ana pregunt esto encendido el rostro por el
rubor--... qu nombres?--repiti.

--Llamaba la seora... al amo.

--Al amo?--S... s, seora... deca: Vctor! Vctor!

Ana comprendi que Petra menta. Ella casi siempre llamaba a su marido
Quintanar.

Adems, la sonrisa no disimulada de la doncella aumentaba las sospechas
de la seora.

Call y procur ocultar su confusin.

Entonces acercndose ms a la cama y bajando la voz Petra dijo, ya
seria:

--Han trado esto para la seora....

--Una carta? De quin?--pregunt en voz trmula Ana, arrebatando el
papel de manos de Petra.

Si aquel loco se habra propasado!... Era absurdo.

Petra, despus de observar la expresin de susto que se pint en el
rostro del ama, aadi:

--De parte del seor Magistral debe de ser, porque lo ha trado Teresina
la doncella de doa Paula.

Ana afirm con la cabeza mientras lea.

Petra sali sin ruido, como una gata. Sonrea a sus pensamientos.

La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con una
cruz morada sobre la fecha, deca as:

        Seora y amiga ma: Esta tarde me tendr usted en la capilla de cinco a
        cinco y media. No necesitar usted esperar, porque ser hoy la nica
        persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba hoy sentarme, pero me ha
        parecido preferible avisar a usted para esta tarde por razones que le
        explicar su atento amigo y servidor,

               FERMN DE PAS.

No deca capelln. Cosa extraa! Ana se haba olvidado del Magistral
desde la tarde anterior; ni una vez sola, desde la aparicin de don
lvaro a caballo haba pasado por su cerebro la imagen grave y airosa
del respetado, estimado y admirado padre espiritual! Y ahora se
presentaba de repente dndole un susto, como sorprendindola en pecado
de infidelidad. Por la primera vez sinti Ana la vergenza de su
imprudente conducta. Lo que no haba despertado en ella la presencia de
don Vctor, lo despertaba la imagen de don Fermn.... Ahora se crea
infiel de pensamiento, pero cosa ms rara! infiel a un hombre a quien
no deba fidelidad ni poda debrsela.

Es verdad, pensaba; habamos quedado en que maana temprano ira a
confesar... y se me haba olvidado! y ahora l adelanta la confesin....
Quiere que vaya esta tarde. Imposible! No estoy preparada.... Con estas
ideas... con esta revolucin del alma.... Imposible!.

Se visti deprisa, cogi papel que tena el mismo olor que el del
Magistral, pero ms fuerte, y escribi a don Fermn una carta muy dulce
con mano trmula, turbada, como si cometiera una felona. Le engaaba;
le deca que se senta mal, que haba tenido la jaqueca y le suplicaba
que la dispensase; que ella le avisara....

Entreg a Petra el papel embustero y la dio orden de llevarlo a su
destino inmediatamente, y sin que el seor se enterase.

Don Vctor ya haba manifestado varias veces su no conformidad, como l
deca, con aquella frecuencia del sacramento de la confesin; como tema
que se le tuviese por poco enrgico, y era muy poco enrgico en su casa
en efecto, alborotaba mucho cuando se enfadaba.

Para evitar el ruido, molesto aunque sin consecuencias, Ana procuraba
que su esposo no se enterase de aquellas frecuentes escapatorias a la
catedral.

No poda presumir el buen seor que por su bien eran!.

Petra haba sido tomada por confidente y cmplice de estos inocentes
tapadillos. Pero la criada, fingiendo creer los motivos que alegaba su
ama para ocultar la devocin, sospechaba horrores.

Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba:

Lo que yo me tema, a pares; los tiene a pares; uno diablo y otro
santo. _As en la tierra como en el cielo!_.

Ana estuvo todo el da inquieta, descontenta de s misma; no se
arrepenta de haber puesto en peligro su honor, dando alas (siquiera
fuesen de sutil gasa espiritual) a la audacia amorosa de don lvaro; no
le pesaba de engaar al pobre don Vctor, porque le reservaba el cuerpo,
su propiedad legtima... pero pensar que no se haba acordado del
Magistral ni una vez en toda la noche anterior, a pesar de haber estado
pensando y sintiendo tantas cosas sublimes!

Y por contera, le engaaba, le deca que estaba enferma para excusar el
verle... le tena miedo!... y hasta el estilo dulce, casi carioso de
la carta era traidor... aquello no era digno de ella! Para don Vctor
haba que guardar el cuerpo, pero al Magistral no haba que reservarle
el alma?.




--XVII--


Al obscurecer de aquel mismo da, que era el de Difuntos, Petra anunci
a la Regenta, que paseaba en el _Parque_, entre los eucaliptus de
Frgilis, la visita del Sr. Magistral.

--Enciende la lmpara del gabinete y antes hazle pasar a la
huerta...--dijo Ana sorprendida y algo asustada.

El Magistral pas por el patio al

_Parque_. Ana le esperaba sentada dentro del cenador. Estaba hermosa la
tarde, pareca de septiembre; no durara mucho el buen tiempo, luego se
caera el cielo hecho agua sobre Vetusta....

Todo esto se dijo al principio. Ana se turb cuando el Magistral se
atrevi a preguntarle por la jaqueca.

Se haba olvidado de su mentira!. Explic lo mejor que pudo su
presencia en el Parque a pesar de la jaqueca.

El Magistral confirm su sospecha. Le haba engaado su dulce amiga.

Estaba el clrigo plido, le temblaba un poco la voz, y se mova sin
cesar en la mecedora en que se le haba invitado a sentarse.

Seguan hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que don
Fermn abordase el motivo de su extraordinaria visita.

El caso era que el motivo... no poda explicarse. Haba sido un arranque
de mal humor; una salida de tono que ya casi senta, y cuya causa de
ningn modo poda l explicar a aquella seora.

El Chato, el clrigo que serva de esbirro a doa Paula, tena el vicio
de ir al teatro disfrazado. Haba cogido esta aficin en sus tiempos de
espionaje en el seminario; entonces el Rector le mandaba al _paraso_
para delatar a los seminaristas que all viera; ahora el Chato iba por
cuenta propia. Haba estado en el teatro la noche anterior y haba visto
a la Regenta. Al da siguiente, por la maana, lo supo doa Paula, y al
comer, en un incidente de la conversacin, tuvo habilidad para darle la
noticia a su hijo.

--No creo que esa seora haya ido ayer al teatro.

--Pues yo lo s por quien la ha visto.

El Magistral se sinti herido, le doli el amor propio al verse en
ridculo por culpa de su amiga. Era el caso que en Vetusta los beatos y
todo el _mundo devoto_ consideraban el teatro como recreo prohibido en
toda la Cuaresma y algunos otros das del ao; entre ellos el de _Todos
los Santos_. Muchas seoras abonadas haban dejado su palco desierto la
noche anterior, sin permitir la entrada en l a nadie para sealar as
mejor su protesta. La de Pez no haba ido, doa Petronila o sea El Gran
Constantino, que no iba nunca, pero tena abonadas a cuatro sobrinas,
tampoco les haba consentido asistir.

Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesin del Magistral, por
devota en ejercicio, se haba presentado en el teatro en noche
prohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no respetar piadosos
escrpulos, pues precisamente ella no frecuentaba semejante sitio.... Y
precisamente aquella noche....

El Magistral haba salido de su casa disgustado. A l no le importaba
que fuese o no al teatro por ahora, tiempo llegara en que sera otra
cosa; pero la gente murmurara; don Custodio, el Arcediano, todos sus
enemigos se burlaran, hablaran de la escasa fuerza que el Magistral
ejerca sobre sus penitentes.... Tema el ridculo. La culpa la tena l
que tardaba demasiado en ir apretando los tornillos de la devocin a
doa Ana.

Lleg a la sacrista y encontr al Arcipreste, al ilustre Ripamiln,
disputando como si se tratara de un asalto de esgrima, con aspavientos y
manotadas al aire; su contendiente era el Arcediano, el seor Mourelo,
que con ms calma y sonriendo, sostena que la Regenta o no era devota
de buena ley, o no deba haber ido al teatro en noche de _Todos los
Santos_.

Ripamiln gritaba:--Seor mo, los deberes sociales estn por encima de
todo....

El Den se escandaliz.

--Oh! oh!--dijo--eso no, seor Arcipreste... los deberes religiosos...
los religiosos... eso es....

Y tom un polvo de rap extrado con mal pulso de una caja de ncar. As
sola l terminar los perodos complicados.

--Los deberes sociales... son muy respetables en efecto--dijo el
cannigo pariente del Ministro, a quien la proposicin haba parecido
regalista, y por consiguiente digna de aprobacin por parte de un primo
del Notario mayor del reino.

--Los deberes sociales--replic Glocester tranquilo, con almbar en las
palabras, pausadas y subrayadas--los deberes sociales, con permiso de
usted, son respetabilsimos, pero quiere Dios, consiente su infinita
bondad que estn siempre en armona con los deberes religiosos....

--Absurdo!--exclam Ripamiln dando un salto.

--Absurdo!--dijo el Den, cerrando de un bofetn la caja de ncar.

--Absurdo!--afirm el cannigo regalista.

--Seores, los deberes no pueden contradecirse; el deber social, por ser
tal deber, no puede oponerse al deber religioso... lo dice el respetable
Taparelli....

--Tapa qu?--pregunt el Den--. No me venga usted con autores
alemanes.... Este Mourelo siempre ha sido un hereje....

--Seores, estamos fuera de la cuestin--grit Ripamiln--el caso es....

--No estamos tal--insisti Glocester, que no quera en presencia de don
Fermn sostener su tesis de la escasa religiosidad de la Regenta.

Tuvo habilidad para llevar la disputa al _terreno filosfico_, y de all
al teolgico, que fue como echarle agua al fuego. Aquellas venerables
dignidades profesaban a la sagrada ciencia un respeto singular, que
consista en no querer hablar nunca de _cosas altas_.

A don Fermn le bast lo que oy al entrar en la sacrista para
comprender que se haba comentado lo del teatro. Su mal humor fue en
aumento. Lo saba toda Vetusta, su influencia moral haba perdido
crdito... y la autora de todo aquello, tena la crueldad de negarse a
una cita. l se la haba dado para decirle que no deba confesar por
las maanas, sino de tarde, porque as no se fijaba en ellos el pblico
de las beatas con atencin exclusiva.... Debe usted confesar entre
todas, y adems algunos das en que no se sabe que me siento; yo le
avisar a usted y entonces... podremos hablar ms por largo. Todo esto
haba pensado decirle aquella tarde, y ella responda que.... estaba
con jaqueca!.--En casa de Pez tambin le hablaron del escndalo del
teatro. Haban ido varias damas que haban prometido no ir; y haba ido
Ana Ozores que nunca asista.

El Magistral sali de casa de Pez bufando; la sonrisa burlona de
Olvido, que se celaba ya, le haba puesto furioso....

Y sin pensar lo que haca, se haba ido derecho a la plaza Nueva, se
haba metido en la Rinconada y haba llamado a la puerta de la
Regenta.... Por eso estaba all.

Quin iba a explicar semejante motivo de una visita?

Al ver que Ana haba mentido, que estaba buena y haba buscado un
embuste para no acudir a su cita, el mal humor de D. Fermn ray en ira
y necesit toda la fuerza de la costumbre para contenerse y seguir
sonriente.

Qu derechos tena l sobre aquella mujer? Ninguno. Cmo dominarla si
quera sublevarse? No haba modo. Por el terror de la religin?
Patarata. La religin para aquella seora nunca podra ser el terror.
Por la persuasin, por el inters, por el cario? l no poda jactarse
de tenerla persuadida, interesada y menos enamorada de la manera
espiritual a que aspiraba.

No haba ms remedio que la diplomacia. Humllate y ya te ensalzars,
era su mxima, que no tena nada que ver con la promesa evanglica.

En vista de que los asuntos vulgares de conversacin llevaban trazas de
sucederse hasta lo infinito, el Magistral, que no quera marcharse sin
hacer algo, puso trmino a las palabras insignificantes con una pausa
larga y una mirada profunda y triste a la bveda estrellada.--Estaba
sentado a la entrada del cenador.

Ya haba comenzado la noche, pero no haca fro all, o por lo menos no
lo sentan. Ana haba contestado a Petra, al anunciar esta que haba luz
en el gabinete:

--Bien; all vamos. El Magistral haba dicho que si doa Ana se senta
ya bien, no era malo estar al aire libre.

El silencio de don Fermn y su mirada a las estrellas indicaron a la
dama que se iba a tratar de algo grave.

As fue. El Magistral dijo:--Todava no he explicado a usted por qu
pretenda yo que fuese a la catedral esta tarde. Quera decirle, y por
eso he venido, adems de que me interesaba saber cmo segua, quera
decirle que no creo conveniente que usted confiese por la maana.

Ana pregunt el motivo con los ojos.

--Hay varias razones: don Vctor, que, segn usted me ha dicho, no gusta
de que usted frecuente la iglesia y menos de que madrugue para ello, se
alarmar menos si usted va de tarde... y hasta puede no saberlo siquiera
muchas veces. No hay en esto engao. Si pregunta, se le dice la verdad,
pero si calla... se calla. Como se trata de una cosa inocente, no hay
engao ni asomo de disimulo.

--Eso es verdad.--Otra razn. Por la maana yo confieso pocas veces, y
esta excepcin hecha ahora en favor de usted hace murmurar a mis
enemigos, que son muchos y de infinitas clases.

--Usted tiene enemigos?--Oh, amiga ma! cuenta las estrellas si
puedes--y seal al cielo--el nmero de mis enemigos es infinito como
las estrellas.

El Magistral sonri como un mrtir entre llamas.

Doa Ana sinti terribles remordimientos por haber engaado y olvidado a
aquel santo varn, que era perseguido por sus virtudes y ni siquiera se
quejaba. Aquella sonrisa, y la comparacin de las estrellas le llegaron
al alma a la Regenta. Tena enemigos! pens, y le entraron vehementes
deseos de defenderle contra todos.

--Adems--prosigui don Fermn--hay seoras que se tienen por muy
devotas, y caballeros, que se estiman muy religiosos, que se divierten
en observar quin entra y quin sale en las capillas de la catedral;
quin confiesa a menudo, quin se descuida, cunto duran las
confesiones... y tambin de esta murmuracin se aprovechan los enemigos.

La Regenta se puso colorada sin saber a punto fijo por qu.

--De modo, amiga ma--continu De Pas que no crea oportuno insistir en
el ltimo punto--de modo, que ser mejor que usted acuda a la hora
ordinaria, entre las dems. Y algunas veces, cuando usted tenga muchas
cosas que decir, me avisa con tiempo y le sealo hora en un da de los
que no me toca confesar. Esto no lo sabr nadie, porque no han de ser
tan miserables que nos sigan los pasos....

A la Regenta aquello de los das excepcionales le pareca ms arriesgado
que todo, pero no quiso oponerse al bendito don Fermn en nada.

--Seor, yo har todo lo que usted diga, ir cuando usted me indique;
mi confianza absoluta est puesta en usted. A usted solo en el mundo he
abierto mi corazn, usted sabe cuanto pienso y siento... de usted espero
luz en la obscuridad que tantas veces me rodea....

Ana al llegar aqu not que su lenguaje se haca entonado, impropio de
ella, y se detuvo; aquellas metforas parecan mal, pero no saba decir
de otro modo sus afanes, a no hablar con una claridad excesiva.

El Magistral, que no pensaba en la retrica, sinti un consuelo oyendo a
su amiga hablar as.

Se anim... y habl de lo que le mortificaba.

--Pues, hija ma, usando o tal vez abusando de ese poder discrecional
(sonrisa e inclinacin de cabeza) voy a permitirme reir a usted un
poco....

Nueva sonrisa y una mirada sostenida, de las pocas que se toleraba.

Ana tuvo un miedo pueril que la embelleci mucho, como pudo notar y not
De Pas.

--Ayer ha estado usted en el teatro. La Regenta abri los ojos mucho,
como diciendo irreflexivamente:--Y eso qu?

--Ya sabe usted que yo, en general, soy enemigo de las preocupaciones
que toman por religin muchos espritus apocados.... A usted no slo le
es lcito ir a los espectculos, sino que le conviene; necesita usted
distracciones; su seor marido pide como un santo; pero ayer... era da
prohibido.

--Ya no me acordaba.... Ni crea que.... La verdad... no me pareci...

--Es natural, Anita, es naturalsimo. Pero no es eso. Ayer el teatro era
espectculo tan inocente, para usted, como el resto del ao. El caso es
que la Vetusta devota, que despus de todo es la nuestra, la que
exagerando o no ciertas ideas, se acerca ms a nuestro modo de ver las
cosas... esa respetable parte del pueblo mira como un escndalo la
infraccin de ciertas costumbres piadosas....

Ana encogi los hombros. No entenda aquello.... Escndalo! Ella que
en el teatro haba llegado, de idea grande en idea grande, a sentir un
entusiasmo artstico religioso que la haba edificado!.

El Magistral, con una mirada sola, comprendi que su cliente (l era un
mdico del espritu) se resista a tomar la medicina; y pens,
recordando la alegora de la cuesta:--No quiere tanta pendiente,
hagmosela parecida a lo llano.

--Hija ma, el mal no est en que usted haya perdido nada; su virtud de
usted no peligra ni mucho menos con lo hecho... pero... (vuelta al tono
festivo) y mi orgullito de mdico? Un enfermo que se me rebela... ah
es nada! Se ha murmurado, se ha dicho que las hijas de confesin del
Magistral no deben de temer su manga estrecha cuando asisten al _Don
Juan Tenorio_, en vez de rezar por los difuntos.

--Se ha hablado de eso?--Bah! En San Vicente, en casa de doa
Petronila--que ha defendido a usted--y hasta en la catedral. El seor
Mourelo dudaba de la piedad de doa Ana Ozores de Quintanar....

--De modo... que he sido imprudente... que he puesto a usted en
ridculo?...

--Por Dios, hija ma! dnde vamos a parar! Esa imaginacin, Anita,
esa imaginacin! cundo mandaremos en ella? Ridculo! Imprudente!...
A m no pueden ponerme en ridculo ms actos que aquellos de que soy
responsable, no entiendo el ridculo de otro modo... usted no ha sido
imprudente, ha sido inocente, no ha pensado en las lenguas ociosas. Todo
ello es nada, y figrese usted el caso que yo har de hablillas
insustanciales.... Todo ha sido broma...; para llegar a un punto ms
importante, que atae a lo que nos interesa, a la curacin de su
espritu de usted... en lo que depende de la parte moral. Ya sabe que yo
creo que un buen mdico (no precisamente el seor Somoza, que es persona
excelente y mdico muy regular), podra ayudarme mucho.

Pausa. El Magistral deja de mirar a las estrellas, acerca un poco su
mecedora a la Regenta y prosigue:

--Anita, aunque en el confesonario yo me atrevo a hablar a usted como un
mdico del alma, no slo como sacerdote que ata y desata, por razones
muy serias, que ya conoce usted; a pesar de que all he llegado a
conocer bastante aproximadamente a la realidad, lo que pasa por usted...
sin embargo, creo...--le temblaba la voz; tema arriesgar
demasiado--creo... que la eficacia de nuestras conferencias sera mayor,
si algunas veces hablramos de nuestras cosas fuera de la Iglesia.

Anita, que estaba en la obscuridad, sinti fuego en las mejillas y por
la primera vez, desde que le trataba, vio en el Magistral un hombre, un
hombre hermoso, fuerte; que tena fama entre ciertas gentes mal pensadas
de enamorado y atrevido. En el silencio que sigui a las palabras del
Provisor, se oy la respiracin agitada de su amiga.

D. Fermn continu tranquilo:

--En la iglesia hay algo que impone reserva, que impide analizar muchos
puntos muy interesantes; siempre tenemos prisa, y yo... no puedo
prescindir de mi carcter de juez, sin faltar a mi deber en aquel sitio.
Usted misma no habla all con la libertad y extensin que son precisas
para entender todo lo que quiere decir. All, adems, parece ocioso
hablar de lo que no es pecado o por lo menos camino de l; hacer la
cuenta de las buenas cualidades, por ejemplo, es casi profanacin, no se
trata all de eso; y, sin embargo, para nuestro objeto, eso es tambin
indispensable. Usted que ha ledo, sabe perfectamente que muchos
clrigos que han escrito acerca de las costumbres y carcter de la mujer
de su tiempo, han recargado las sombras, han llenado sus cuadros de
negro... porque hablaban de la mujer del confesonario, la que cuenta sus
extravos y prefiere exagerarlos a ocultarlos, la que calla, como es
all natural, sus virtudes, sus grandezas. Ejemplo de esto pueden ser,
sin salir de Espaa, el clebre Arcipreste de Hita, Tirso de Molina y
otros muchos....

Ana escuchaba con la boca un poco abierta. Aquel seor hablando con la
suavidad de un arroyo que corre entre flores y arena fina, la encantaba.
Ya no pensaba en las torpes calumnias de los enemigos del Magistral; ya
no se acordaba de que aquel era hombre, y se hubiera sentado sin miedo,
sobre sus rodillas, como haba odo decir que hacen las seoras con los
caballeros en los tranvas de Nueva--York.

--Pues bien--prosigui don Fermn--nosotros necesitamos toda la verdad;
no la verdad fea slo, sino tambin la hermosa. Para qu hemos de curar
lo sano? Para qu cortar el miembro til? Muchas cosas, de las que he
notado que usted no se atreve a hablar en la capilla, estoy seguro de
que me las expondra aqu, por ejemplo, sin inconveniente... y esas
confidencias amistosas, familiares, son las que yo echo de menos.
Adems, usted necesita no slo que la censuren, que la corrijan, sino
que la animen tambin, elogiando sincera y noblemente la mucha parte
buena que hay en ciertas ideas y en los actos que usted cree
completamente malos. Y en el confesonario no debe abusarse de ese
anlisis justo, pero en rigor, extrao al tribunal de la penitencia.... Y
basta de argumentos; usted me ha entendido desde el primero
perfectamente. Pero all va el ltimo, ahora que me acuerdo. De ese
modo, hablando de nuestro pleito fuera de la catedral, no es preciso que
usted vaya a confesar muy a menudo, y nadie podr decir si frecuenta o
no frecuenta el sacramento demasiado; y adems, podemos despachar ms
pronto la cuenta de los pecados y pecadillos, los das de confesin.

El Magistral estaba pasmado de su audacia. Aquel plan, que no tena
preparado, que era slo una idea vaga que haba desechado mil veces por
temeraria, haba sido un atrevimiento de la pasin, que poda haber
asustado a la Regenta y hacerla sospechar de la intencin de su
confesor. Despus de su audacia el Magistral temblaba, esperando las
palabras de Ana.

Ingenua, entusiasmada con el proyecto, convencida por las razones
expuestas, habl la Regenta a borbotones; como sola de tarde en tarde,
y dio a los motivos expuestos por su amigo, nueva fuerza con el calor de
sus poticas ideas.

Oh, s, aquello era mejor; sin perjuicio de continuar en el templo la
buena tarea comenzada, para dar a Dios lo que era de Dios, Ana aceptaba
aquella amistad piadosa que se ofreca a or sus confidencias, a dar
consejos, a consolarla en la aridez de alma que la atormentaba a menudo.

El Magistral oa ahora recogido en un silencio contemplativo; apoyaba la
cabeza, oculta en la sombra, en una barra de hierro del armazn de la
glorieta, en la que se enroscaban el jazmn y la madreselva; la
locuacidad de Ana le saba a gloria, las palabras expansivas, llenas de
partculas del corazn de aquella mujer, exaltada al hablar de sus
tristezas con la esperanza del consuelo, iban cayendo en el nimo del
Magistral como un riego de agua perfumada; la sequedad desapareca, la
tirantez se converta en muelle flojedad. Habla, habla as, se deca
el clrigo, bendita sea tu boca!.

No se oa ms que la voz dulce de Ana, y de tarde en tarde, el ruido de
hojas que caan o que la brisa, apenas sensible aquella noche, remova
sobre la arena de los senderos.

Ni el Magistral ni la Regenta se acordaban del tiempo.

--S, tiene usted cien veces razn--deca ella--yo necesito una palabra
de amistad y de consejo muchos das que siento ese desabrimiento que me
arranca todas las ideas buenas y slo me deja la tristeza y la
desesperacin....

--Oh, no, eso no, Anita; la desesperacin! qu palabra!

--Ayer tarde, no puede usted figurarse cmo estaba yo.

--Muy aburrida, verdad? Las campanas?...

El Magistral sonri...--No se ra usted: sern los nervios, como dice
Quintanar, o lo que se quiera, pero yo estaba llena de un tedio
horroroso, que deba ser un gran pecado... si yo lo pudiera remediar.

--No debe decirse as--interrumpi el Magistral, poniendo en la voz la
mayor suavidad que pudo--. No sera un pecado ese tedio si se pudiera
remediar, sera un pecado si no se quisiera remediar; pero a Dios
gracias se quiere y se puede curar... y de eso se trata, amiga ma.

Anita, a quien las confesiones emborrachaban, cuando saba que entenda
su confidente todo, o casi todo lo que ella quera dar a entender, se
decidi a decir al Magistral _lo dems_, lo que haba venido detrs del
hasto de aquella tarde.... No ocult sino lo que ella tena por causa
puramente ocasional; no habl de don lvaro ni del caballo blanco.

--Otras veces--deca--aquella sequedad se convierte en llanto, en ansia
de sacrificio, en propsitos de abnegacin... usted lo sabe; pero ayer,
la exaltacin tom otro rumbo... yo no s... no s explicarlo bien... si
lo digo como yo puedo hablar... al pie de la letra es pecado, es una
rebelin, es horrible... pero tal como yo lo senta no....

El Magistral oy entonces lo que pas por el alma de su amiga durante
aquellas horas de revolucin, que Ana reputaba ya clebres en la
historia de su solitario espritu. Aunque ella no explicaba con
exactitud lo que haba sentido y pensado, l lo entenda perfectamente.

Ms trabajo le cost adivinar cmo poda haber llegado Ana a pensar en
Dios, a sentir tierna y profunda piedad con motivo de don Juan Tenorio.

Ana deca que acaso estaba loca, pero que aquello no era nuevo en ella;
que muchas veces le haba sucedido en medio de espectculos que nada
tenan de religiosos, sentir poco a poco el influjo de una piedad
consoladora, lgrimas de amor de Dios, esperanza infinita, caridad sin
lmites y una fe que era una evidencia.... Un da despus de dar una
peseta a un nio pobre para comprar un globo de goma, como otros que
acababan de repartirse otros nios, haba tenido que esconder el rostro
para que no la viesen llorar; aquel llanto que era al principio muy
amargo, despus, por gracia de las ideas que haban ido surgiendo en su
cerebro, haba sido ms dulce, y Dios haba sido en su alma una voz
potente, una mano que acariciaba las asperezas de dentro.... Qu saba
ella? No poda explicarse. Y suplicaba al Magistral que la entendiese.
Pues la noche anterior haba pasado algo por el estilo, al ver a la
pobre novicia, a Sor Ins, caer en brazos de don Juan... ya vea el
Magistral qu situacin tan poco religiosa... pues bien, ella de una en
otra, al sentir lstima de aquella inocente enamorada... haba llegado a
pensar en Dios, a amar a Dios, a sentir a Dios muy cerca... ni ms ni
menos que el da en que regal a un nio pobre un globo de colores. Qu
era aquello? Demasiado saba ella que no era piedad verdadera, que con
semejantes arrebatos nada ganaba para con Dios... pero, no seran
tampoco ms que nervios? Seran indicios peligrosos de un espritu
aventurero, exaltado, torcido desde la infancia?.

Haba de todo. El Magistral, procurando vencer la exaltacin que le
haba comunicado su amiga, quiso hablar con toda calma y prudencia.
Haba de todo. Haba un tesoro de sentimiento que se poda aprovechar
para la virtud; pero haba tambin un peligro. La noche anterior el
peligro haba sido grande (y esto lo deca sin saber palabra de la
presencia de don lvaro en el palco de Anita) y era necesario evitar la
repeticin de accesos por el estilo.

Haba hablado la Regenta de ansiedades invencibles, del anhelo de volar
ms all de las estrechas paredes de su casern, de sentir ms, con ms
fuerza, de vivir para algo ms que para vegetar como otras; haba
hablado tambin de un amor universal, que no era ridculo por ms que se
burlasen de l los que no lo comprendan... haba llegado a decir que
sera hipcrita si aseguraba que bastaba para colmar los anhelos que
senta el cario suave, fro, prosaico, distrado de Quintanar,
entregado a sus comedias, a sus colecciones, a su amigo Frgilis y a su
escopeta....

--Todo aquello--aadi el Magistral despus de presentarlo en
resumen--de puro peligroso rayaba en pecado.

--S, dicho as, como yo lo he dicho, s... pero como lo siento, no;
oh! estoy segura de que, tal como lo siento, nada de lo que he dicho es
pecado... sentirlo; peligro habr, no lo niego, pero pecado no! Por lo
dems (cambio de voz) dicho... hasta es ridculo, suena a romanticismo
necio, vulgar, ya lo s... pero no es eso, no es eso!

--Es que yo no lo entiendo como usted lo dice, sino como usted lo
siente, amiga ma, es necesario que usted me crea; lo entiendo como
es.... Pero as y todo, hay peligro que raya en pecado, por ser
peligro.... Djeme usted hablar a m, Anita, y ver como nos entendemos.
El peligro que hay, deca, raya en pecado... pero aado, ser pecado
claramente si no se aplica toda esa energa de su alma ardentsima a un
objeto digno de ella, digno de una mujer honrada, Ana. Si dejamos que
vuelvan esos accesos sin tenerles preparada tarea de virtud, ejercicio
sano... ellos tomarn el camino de atajo, el del vicio; cralo usted,
Anita. Es muy santo, muy bueno que usted, con motivo de dar a un nio un
globo de colores, llegue a pensar en Dios, a sentir eso que llama usted
la presencia de Dios; si algo de pantesmo puede haber en lo que usted
dice, no es peligroso, por tratarse de usted, y yo me encargara, en
todo caso, de cortar ese mal de raz; pero ahora no se trata de eso. No
es santo, ni es bueno, amiga ma, que al ver a un libertino en la celda
de una monja... o a la monja en casa del libertino y en sus brazos,
usted se dedique a pensar en Dios, con ocasin del abrazo de aquellos
sacrlegos amantes. Eso es malo, eso es despreciar los caminos naturales
de la piedad, es despreciar con orgullo egosta la sana moral,
pretendiendo, por abismos y cieno y toda clase de podredumbre, llegar a
donde los justos llegan por muy diferentes pasos. Dispnseme si hablo
con esta severidad: en este momento es indispensable.

Hizo una pausa el Magistral para observar si Ana suba con dificultad
aquella pendiente que le pona en el camino.

Ana callaba, meditando las palabras del confesor, recogida, seria,
abismada en sus reflexiones. Sin darse cuenta de ello, le agradaba
aquella energa, complacase en aquella oposicin, estimaba ms que
halagos y elogios las frases fuertes, casi duras del Magistral.

El cual prosigui, aflojando la cuerda:

--Es necesario, y urgente, muy urgente, aprovechar esas buenas
tendencias, esa predisposicin piadosa; que as la llamar ahora, porque
no es ocasin de explicar a usted los grados, caminos y descaminos de la
gracia, materia delicadsima, peligrosa.... Deca que hay que aprovechar
esas tendencias a la piedad y a la contemplacin, que son en usted muy
antiguas, pues ya vienen de la infancia, en beneficio de la virtud... y
por medio de cosas santas. Aqu tiene usted el porqu de muchas
ocupaciones del cristiano, el por qu del culto externo, ms visible y
hasta aparatoso en la religin verdadera que en las fras confesiones
protestantes. Necesita usted objetos que le sugieran la idea santa de
Dios, ocupaciones que le llenen el alma de energa piadosa, que
satisfagan sus instintos, como usted dice, de amor universal.... Pues
todo eso, hija ma, se puede lograr, satisfacer y cumplir en la vida,
aparentemente prosaica y hasta cursi, como la llamara doa Obdulia, de
una mujer piadosa, de una... _beata_, para emplear la palabra fea,
_escandalosa_. S, amiga ma--el Magistral rea al decir esto--lo que
usted necesita, para calmar esa sed de amor infinito... es ser _beata_.
Y ahora soy yo el que exige que usted me comprenda, y no me tome la
letra y deje el espritu. Hay que ser beata, es decir, no hay que
contentarse con llamarse religiosa, cristiana, y vivir como un pagano,
creyendo esas vulgaridades de que lo esencial es el fondo, que las
menudencias del culto y de la disciplina quedan para los espritus
pequeos y comineros; no, hija ma, no, lo esencial es todo; la forma es
fondo: y parece natural que Dios diga a una mujer que pretende amarle:
Hija, pues para acordarte de m no debes necesitar que a Zorrilla se le
haya ocurrido pintar los amores de una monja y un libertino; ven a mi
templo, y all encontrarn los sentidos incentivo del alma para la
oracin, para la meditacin y para esos actos de fe, esperanza y caridad
que son todo mi culto en resumen....

Anita, al or este familiar lenguaje, casi jocoso, del Magistral, con
motivo de cosas tan grandes y sublimes, sinti lgrimas y risas
mezcladas, y llor riendo como Andrmaca.

La noche corra a todo correr. La torre de la catedral, que espiaba a
los interlocutores de la glorieta desde lejos, entre la niebla que
empezaba a subir por aquel lado, dej or tres campanadas como un
aviso. Le pareca que ya haban hablado bastante. Pero ellos no oyeron
la seal de la torre que vigilaba.

Petra fue la que dijo, para s, desde la sombra del patio:

--Las ocho menos cuarto! Y no llevan traza de callarse....

La doncella arda de curiosidad, aventuraba algunos pasos de puntillas
hacia la glorieta, esquivando tropezar con las hojas secas para no hacer
ruido; pero tena miedo de ser vista y retroceda hasta el patio, desde
donde no poda or ms que un murmullo, no palabras. Sinti que Anselmo
abra la puerta del zagun y que el amo suba. Corri Petra a su
encuentro. Si le preguntaba por la seora, estaba dispuesta a mentir, a
decir que haba subido al segundo piso, a los desvanes, donde quiera, a
tal o cual tarea domstica; iba preparada a ocultar la visita del
Magistral sin que nadie se lo hubiera mandado; pero crea llegado el
caso de adelantarse a los deseos del ama y de su amigo don Fermn. No
le haban hecho llevar cartas _sin necesidad de que lo supiera don
Vctor_? Pues qu necesidad haba de que supiera que llevaban ms de
una hora de palique en el cenador, y a obscuras?.

Quintanar no pregunt por su mujer; no era esto nuevo en l; sola
olvidarla, sobre todo cuando tena algo entre manos. Pidi luz para el
despacho, se sent a su mesa, y separando libros y papeles, dej encima
del pupitre un envoltorio que tena debajo del brazo. Era una mquina de
cargar cartuchos de fusil. Acababa de apostar con Frgilis que l haca
tantas docenas de cartuchos en una hora, y vena dispuesto a intentar la
prueba. No pensaba en otra cosa. Lleg la luz. Quintanar mir con ojos
penetrantes de puro distrados a Petra. La doncella se turb.

--Oye.--Seor?...--Nada.... Oye...--Seor?...--Anda ese reloj?
--S, seor, le ha dado usted cuerda ayer....

--De modo que son las ocho menos diez?

--S, seor.... Petra temblaba, pero segua dispuesta a mentir si le
preguntaba por el ama.

--Bien; vete. Y don Vctor se puso a atacar con rapidez cartuchos y ms
cartuchos.

En tanto el Magistral haba explicado latamente lo que quera dar a
entender con lo de la vida beata.

Era ya tiempo de que Ana procurase entrar en el camino de la
perfeccin; los trabajos preparativos ya podan darse por hechos; si
otras iban a la iglesia, a las cofradas y dems lugares ordinarios de
la vida devota con un espritu rutinario que haca nulas respecto a la
perfeccin moral aquellas prcticas piadosas; ella, Ana, poda sacar
gran utilidad para la ocupacin digna de su alma de aquellos mismos
lugares y quehaceres. Qu haba sido Santa Teresa? Una monja, una
fundadora de conventos; cuntas monjas haba habido que no haban
pasado de ser mujeres vulgares? La vida de una monja puede caer en la
rutina tambin, ser poco meritoria a los ojos de Dios, y nada til para
satisfacer las ansias de un alma ardiente. Y, sin embargo, a la Santa
Doctora; qu mundos tan grandes, qu Universo de soles no la haba dado
aquella vida del claustro? La gran actividad va en nosotros mismos, si
somos capaces de ella. Pero hay que buscar la ocasin en las ocupaciones
de la vida buena. Era necesario que Anita frecuentase en adelante las
fiestas del culto; que oyese ms sermones, ms misas, que asistiera a
las novenas, que fuese de la sociedad de San Vicente, pero socia activa,
que visitara a los enfermos y los vigilara, que entrase en el Catecismo;
al principio tales ocupaciones podran parecerla pesadas,
insustanciales, prosaicas, desviadas del camino que conduce a la vida de
la piedad acendrada, pero poco a poco ira tomando el gusto a tan
humildes menesteres; ira penetrando los misteriosos encantos de la
oracin, del culto pblico, que si parece hasta frvolo pasatiempo en
las almas tibias, en el vulgo de los fieles, que estn en el templo nada
ms con los sentidos, es edificante espectculo para quien siente
devocin profunda.

--Ver usted--deca el Magistral--como llega un da en que no necesita a
Zorrilla ni poeta nacido para llorar de ternura y elevarse, de una en
otra, como usted dice, hasta la idea santa de Dios. Tiene la Iglesia,
amiga ma, tal sagacidad para buscar el camino de las entraas! Ver
usted, ver usted cmo reconoce la sabidura de Nuestra Madre en muchos
ritos, en muchas ceremonias y pompas del culto que ahora pueden
antojrsele indiferentes, insignificantes. Nuestras fiestas! Qu cosa
ms hermosa, querida hija ma! Llegar, por ejemplo, la Noche-buena y
usted emplear su imaginacin poderosa en representarse las escenas de
pura poesa del Nacimiento de Jess.... Volvern a ser para usted las que
ya parecan vulgaridades de villancicos, grandes poemas, manantial de
ternura, y llorar pensando en el Nio Dios.... Y usted me dir entonces
si aquellas lgrimas son ms dulces y frescas que las que anoche le
arrancaba el bueno de don Juan Tenorio....

--A los sermones de cualquiera, no hay para qu ir--prosigui De
Pas--por ms que a veces la palabra de un pobre cura de aldea encierra
en su sencillez tosca tesoros de verdad, enseanzas lacnicas
admirables, rasgos de filosofa profunda y sincera, parbolas nuevas
dignas de la Biblia; pero como esto es pocas veces, conviene acudir a
los sermones de oradores acreditados. Oiga usted al seor Obispo en los
das que l quiere lucirse.... Oiga usted... a otros buenos predicadores
que hay.... Y si no fuera vanidad intolerable, aadira igame usted a m
algunos das de los que Dios quiere que no me explique mal del todo. S,
porque as como hay cosas que no pueden decirse desde el plpito, que
exigen el confesonario o la conferencia familiar, hay otras que piden la
ctedra, que sera ridculo decirlas de silla a silla... por ejemplo,
algo de lo que yo tengo que advertir a usted respecto de esas vagas y
aparentes visiones de Dios en idea... tocadas, hija ma, de pantesmo,
sin que usted se d cuenta de ello.

Ms habl el Magistral para exponer el plan de vida devota a que haba
de entregarse en cuerpo y alma su amiga desde el da siguiente, y
termin tratando con detenimiento especial la cuestin de las lecturas.

Recomend particularmente la vida de algunos santos y las obras de Santa
Teresa y algunos msticos.

Basta con leer la vida de la Santa Doctora y la de Mara de Chantal,
Santa Juana Francisca, por supuesto, sabiendo leer entre lneas, para
perfeccionarse, no al principio, sino ms adelante. Al principio es un
gran peligro el desaliento que produce la comparacin entre la propia
vida y la de los santos. Ay de usted si desmaya porque ve que para
Teresa son pecados muchos actos que usted crea dignos de elogio! Pasar
usted la vergenza de ver que era vanidad muy grande creerse buena mucho
antes de serlo, tomar por voces de Dios voces que la Santa llama del
diablo... pero en estos pasajes no hay que detenerse.... No hay que
comparar... hay que seguir leyendo... y cuando se haya vivido algn
tiempo dentro de la disciplina sana... vuelta a leer, y cada vez el
libro sabr mejor, y dar ms frutos.

Si nos proponemos llegar a ser una Santa Teresa, adis todo! se ve la
infinita distancia y no emprendemos el camino. A dnde se ha de llegar,
eso Dios lo dir despus; ahora andar, andar hacia adelante es lo que
importa.

Y a todo esto hemos de vestir de estamea, y mostrar el rostro
compungido, inclinado al suelo, y hemos de dar tormento al marido con la
inquisicin en casa, y con el huir los paseos, y negarse al trato del
mundo? Dios nos libre, Anita, Dios nos libre.... La paz del hogar no es
cosa de juego.... Y la salud? la salud del cuerpo, dnde la dejamos?
Pues no se trataba de ponernos en cura? No estbamos ahora hablando
del espritu y su remedio? Pues el cuerpo quiere aire libre,
distracciones honestas, y todo eso ha de continuar en el grado que se
necesite y que indicarn las circunstancias.

Una rfaga de aire fro hizo temblar a la Regenta y arremolin hojas
secas a la entrada del cenador. El Magistral se puso en pie, como si le
hubieran pinchado, y dijo con voz de susto:

--Caramba! debe de ser muy tarde. Nos hemos entretenido aqu
charlando... charlando...

No le hara gracia que don Vctor los encontrase a tales horas en el
parque, dentro del cenador solos y a la luz de las estrellas.... Pero
esto que pens se guard de decirlo. Sali de la glorieta hablando en
voz alta, pero no muy alta, aparentando no temer al ruido, pero
temindolo.

Ana sali tras l, ensimismada, sin acordarse de que haba en el mundo
maridos, ni das, ni noches, ni horas, ni sitios inconvenientes para
hablar a solas con un hombre joven, guapo, robusto, aunque sea clrigo.

El Magistral, como equivocando el camino, se dirigi hacia la puerta del
patio, aunque pareca lo natural subir por la escalera de la galera y
pasar por las habitaciones de Quintanar.

En el patio estaba Petra, como un centinela, en el mismo sitio en que
haba recibido al Provisor.

--Ha venido el seor?--pregunt la Regenta.

--S, seora--respondi en voz baja la doncella--; est en su despacho.

--Quiere usted verle?--dijo Ana volvindose al Magistral.

Don Fermn contest:--Con mucho gusto...--Disimulan, disimulan
conmigo!--, pens Petra con rabia.

--Con mucho gusto... si no fuera tan tarde... deba estar a las ocho en
palacio... y van a dar las ocho y media... no puedo detenerme...
saldele usted de mi parte.

--Como usted quiera.--Adems, estar abismado en sus trabajos... no
quiero distraerle... saldr por aqu... Buenas noches, seora, muy
buenas noches.

--Disimulan--volvi a pensar Petra, mientras abra la puerta que
conduca al zagun.

Entonces, el Magistral se acerc a la Regenta y deprisa y en voz baja
dijo:

--Se me haba olvidado advertirle que... el lugar ms a propsito
para... verse... es en casa de doa Petronila. Ya hablaremos.

--Bien--contest la Regenta.--Lo he pensado, es el mejor.--S, s,
tiene usted razn.

Subi Ana por la escalera principal y sali al portal don Fermn. En la
puerta se detuvo, mir a Petra mientras se embozaba, y la vio con los
ojos fijos en el suelo, con una llave grande en la mano, esperando a que
pasara l para cerrar. Pareca la estatua del sigilo. De Pas la acarici
con una palmadita familiar en el hombro y dijo sonriendo:

--Ya hace fresco, muchacha. Petra le mir cara a cara y sonri con la
mayor gracia que supo y sin perder su actitud humilde.

--Ests contenta con los seores?

--Doa Ana es un ngel.

--Ya lo creo. Adis, hija ma, adis; sube, sube, que aqu hay
corrientes... y ests muy coloradilla... debes de tener calor....

--Salga usted, salga usted, y por m no tema.

--Cierra ya, hija ma, puedes cerrar.

--No seor, si cierro no ver usted bien hasta llegar a la esquina....

--Muchas gracias... adis, adis.

--Buenas noches, D. Fermn. Esto lo dijo Petra muy bajo, sacando la
cabeza fuera del portal, y cerr con gran cuidado de no hacer cualquier
ruido.

D. Fermn! pens el Magistral. Por qu me llama esta D. Fermn?
Qu se habr figurado? Mejor, mejor.... S, mejor. Conviene tenerla
propicia como a la otra.

La otra era Teresina, su criada. Petra subi y se present en el tocador
de doa Ana sin ser llamada.

--Qu quieres?--pregunt el ama, que se estaba embozando en su chal
porque senta mucho fro.

--El seor no me ha preguntado por la seora. Yo no le he dicho... que
estaba aqu D. Fermn.

--Quin?--Don Fermn.--Ah! Bien, bien... para qu? qu importa?

Petra se mordi los labios y dio media vuelta murmurando:

--Orgullosa! si creer que no tenemos ojos?... Pues si a una no le
diera la gana... pero yo lo hago por el otro....

S, Petra lo haca por el otro, por el Magistral, a quien quera agradar
a toda costa. Tena sus planes la rubia lbrica.

Don Vctor Quintanar se present media hora despus a su mujer con
manchas de plvora en la frente y en las mejillas.

No supo nada de la visita nocturna del Magistral. No pregunt nada:
para qu decrselo?.

A la maana siguiente, antes de salir el sol, Frgilis entr en el
Parque de Ozores por la puerta de atrs, con la llave que l tena para
su uso particular. El amigo ntimo de Quintanar, era el dictador en
aquel pueblo de rboles y arbustos. Los das que no iban de caza, el
seor Crespo se los pasaba recorriendo sus _dominios_, que as llamaba
al parque de Quintanar; podaba, injertaba, plantaba o trasplantaba,
segn las estaciones y otras circunstancias. Estaba prohibido a todo el
mundo, incluso al dueo del bosque, tocar en una hoja. All mandaba
Frgilis y nadie ms. En cuanto entr, se dirigi al cenador. Recordaba
haber dejado encima de la mesa de mrmol o de un banco, en fin, all
dentro, unas semillas preparadas para mandar a cierta exposicin de
floricultura. Busc, y sobre una mecedora encontr un guante de seda
morada entre las semillas esparcidas y mezcladas sobre la paja y por el
suelo.

Solt un taco madrugador y cogi el guante con dos dedos, levantndolo
hasta los ojos.

--Quin diablos ha andado aqu?--pregunt a las auras matutinas.

Guard el guante en un bolsillo, recogi las semillas que no haba
llevado el viento, y con gran cuidado volvi a escoger y separar los
granos. Se trataba de una singularsima especie de pensamientos
monocromos, invencin suya.

Cuando sinti ruido en la casa, llam a gritos.

--Anselmo, Petra, Servanda, Petra!...

Apareci Petra con el cabello suelto, en chambra, y mal tapada con un
mantn viejo del ama. Pareca la aurora de las doradas guedejas; pero
Frgilis, mal humorado, se encar con la aurora.

--Oye, t, buena pcora, qu demonio de obispo entra aqu por la noche
a destrozarme las semillas?...

--Qu dice usted que no le entiendo?--contest Petra desde el patio.

--Digo que ayer me retir yo de la huerta cerca del obscurecer, que dej
all dentro unas semillas envueltas en un papel... y ahora me encuentro
la simiente revuelta con la tierra en el suelo, y sobre una butaca este
guante de cannigo.... Quin ha estado aqu de noche?

--De noche! Usted suea, D. Toms.

--Ira de Dios! De noche digo....

--A ver el guante...--Toma--contest Frgilis, arrojando desde lejos la
prenda....

--Pues... est bueno! ja, ja, ja... buen cannigo te d Dios.... Lo que
entiende usted de modas, don Toms.... Pues no dice que es un guante de
cannigo?...

--Pues de quin es?--De mi seora.... No ve usted la mano... qu
chiquita... a no ser que haya _cannigas_ tambin.

--Y se usan ahora guantes morados?

--Pues claro... con vestidos de cierto color....

Frgilis encogi los hombros.

--Pero mis semillas, mis semillas quin me las ha echado a rodar?

--El gato, qu duda tiene? el gatito pequeo, el moreno, el mismo que
habr llevado el guante a la glorieta... es lo ms urraca!...

En la pajarera de Quintanar cant un jilguero.

--El gato! El moreno!...--dijo Frgilis, moviendo la cabeza--qu
gato... ni qu...

Una sonrisa serfica ilumin su rostro de repente, y volvindose a
Petra, seal a la galera:

--Es mi macho! es mi macho! oyes? estoy seguro... es mi macho!... y
tu amo que deca... que su canario... que iba a cantar primero...
oyes... oyes? es mi macho, se lo he prestado quince das para que lo
viese vencer... es mi macho!

Frgilis olvid el guante y el gato, y qued arrobado oyendo el
repiqueteo estridente, fresco, alegre del jilguero de sus amores.

Petra escondi en el seno de nieve apretada el guante morado del
Magistral.




--XVIII--


Las nubes pardas, opacas, anchas como estepas, venan del Oeste,
tropezaban con las crestas de Corfn, se desgarraban y deshechas en
agua, caan sobre Vetusta, unas en diagonales vertiginosas, como
latigazos furibundos, como castigo bblico; otras cachazudas,
tranquilas, en delgados hilos verticales. Pasaban y venan otras, y
despus otras que parecan las de antes, que haban dado la vuelta al
mundo para desgarrarse en Corfn otra vez. La tierra fungosa se
descarnaba como los huesos de Job; sobre la sierra se dejaba arrastrar
por el viento perezoso, la niebla lenta y desmayada, semejante a un
penacho de pluma gris; y toda la campia entumecida, desnuda, se
extenda a lo lejos, inmvil como el cadver de un nufrago que chorrea
el agua de las olas que le arrojaron a la orilla. La tristeza resignada,
fatal de la piedra que la gota eterna horada, era la expresin muda del
valle y del monte; la naturaleza muerta pareca esperar que el agua
disolviera su cuerpo inerte, intil. La torre de la catedral apareca a
lo lejos, entre la cerrazn, como un mstil sumergido. La desolacin del
campo era resignada, potica en su dolor silencioso; pero la tristeza
de la ciudad negruzca; donde la humedad sucia rezumaba por tejados y
paredes agrietadas, pareca mezquina, repugnante, chillona, como
canturia de pobre de solemnidad. Molestaba; no inspiraba melancola sino
un tedio desesperado. Frgilis prefera mojarse a campo raso, y
arrastraba consigo a Quintanar lejos de Vetusta, cerca del mar, a las
praderas y marismas solitarias de Palomares y Roca Tajada, donde
fatigaban el monte y la llanura, persiguiendo perdices y chochas en lo
espeso de los altozanos nemorosos; y en las planicies escuetas,
melanclicos y quejumbrosos alcaravanes, nubes de estorninos, tordos de
agua, patos marinos, y bandadas obscuras de peguetas diligentes. Para
estas excursiones lejanas, don Vctor contaba con el beneplcito de su
esposa. Se sala al ser de da, en el tren correo, se llegaba a Roca
Tajada una hora despus, y a las diez de la noche entraban en Vetusta
silenciosos, cargados de ramilletes de pluma y como sopa en vino. All
en las marismas de Palomares, don Vctor sola echar de menos el teatro.
Si el tren saliese dos horas antes, menos mal!. Frgilis no echaba de
menos nada. Su devocin a la caza, a la vida al aire libre, en el campo,
en la soledad triste y dulce, era profunda, sin rival: Quintanar
comparta aquella aficin con su amor a las farsas del escenario.
Frgilis en el teatro se aburra y se constipaba. Tena horror a las
corrientes de aire, y no se crea seguro ms que en medio de la campia,
que no tiene puertas.

Crespo tena bien definida y arraigada su vocacin: la naturaleza;
Quintanar haba llegado a viejo sin saber cul era su destino en la
tierra, como l deca, usando el lenguaje del tiempo romntico, del que
le quedaban algunos resabios. Era el espritu del ex-regente, de blanda
cera; fcilmente tomaba todas las formas y fcilmente las cambiaba por
otras nuevas. Crease hombre de energa, porque a veces usaba en casa un
lenguaje imperativo, de bando municipal; pero no era, en rigor, ms que
una pasta para que otros hiciesen de l lo que quisieran. As se
explicaba que, siendo valiente, jams hubiese tenido ocasin de mostrar
su valor luchando contra una voluntad contraria. l sostena que en su
casa no se haca ms que lo que l quera, y no echaba de ver que
siempre acababa por querer lo que determinaban los dems. Si Ana Ozores
hubiera tenido un carcter dominante, don Vctor se hubiese visto en la
triste condicin de esclavo: por fortuna, la Regenta dejaba al buen
esposo entregado a las veleidades de sus caprichos y se contentaba con
negarle toda influencia sobre los propios gustos y aficiones. Aquel
programa de diversiones, alegra, actividad bulliciosa, que haba
publicado a son de trompeta Quintanar, se cumpla slo en las partes y
por el tiempo que a su esposa le parecan bien; si ella prefera quedar
en casa, volver a sus ensueos, don Vctor que haba prometido y hasta
jurado no ceder, poco a poco ceda; procuraba que la retirada fuese
honrosa, finga transigir y crea a salvo su honor de hombre enrgico y
amo de su casa, permitindose la audacia de gruir un poco, entre
dientes, cuando ya nadie le oa. Los criados le imponan su voluntad,
sin que l lo sospechara. Hasta en el comedor se le haba derrotado.
Amante, como buen aragons, de los platos fuertes, del vino espeso, de
la clsica abundancia, haba ido cediendo poco a poco, sin conocerlo, y
coma ya mucho menos, y pasaba por los manjares ms fantsticos que
suculentos, que agradaban a su mujer. No era que Anita se los
impusiese, sino que las cocineras preferan agradar al ama, porque all
vean una voluntad seria, y en el seor slo encontraban un predicador
que les aburra con sermones que no entendan. Hasta en el estilo se
notaba que Quintanar careca de carcter. Hablaba como el peridico o el
libro que acababa de leer, y algunos giros, inflexiones de voz y otras
cualidades de su oratoria, que parecan seales de una _manera_
original, no eran ms que vestigios de aficiones y ocupaciones pasadas.
As hablaba a veces como una sentencia del Tribunal Supremo, usaba en la
conversacin familiar el tecnicismo jurdico, y esto era lo nico que en
l quedaba del antiguo magistrado. No poco haba contribuido en
Quintanar a privarle de originalidad y resolucin, el contraste de su
oficio y de sus aficiones. Si para algo haba nacido, era, sin duda,
para cmico de la legua, o mejor, para aficionado de teatro casero. Si
la sociedad estuviera constituida de modo que fuese una carrera
suficiente para ganarse la vida, la de cmico aficionado, Quintanar lo
hubiera sido hasta la muerte y hubiera llegado a _trabajar_, frase suya,
tan bien como cualquiera de esos _otros primeros galanes_ que recorren
las capitales de provincia, a guisa de buhoneros.

Pero don Vctor comprendi que el cmico en Espaa no vive de su honrado
trabajo si no se entrega a la vergenza de servir al pblico el arte en
las compaas de comediantes de oficio; comprendi adems que l
necesitaba con el tiempo _crear una familia_, y entr en la carrera
judicial a regaadientes. Quiso la suerte, y quisieron las buenas
relaciones de los suyos, que Quintanar fuera ascendiendo con rapidez, y
se vio magistrado y se vio regente de la Audiencia de Granada, a una
edad en que todava se senta capaz de representar el _Alcalde de
Zalamea_ con toda la energa que el papel exige. Pero la espina la
llevaba en el corazn; reconoca que el cargo de magistrado es
delicadsimo, grande su responsabilidad, pero l... era ante todo un
artista. Aborreca los pleitos, amaba las tablas y no poda pisarlas
_dignamente_! Este era el torcedor de su espritu. Si le hubiese sido
lcito representar comedias, quizs no hubiera hecho otra cosa en la
vida, pero como le estaba prohibido por el decoro y otra porcin de
serias consideraciones, procuraba buscar otros caminos a la comezn de
ser algo ms que una rueda del poder judicial, complicada mquina; y era
cazador, botnico, inventor, ebanista, filsofo, todo lo que queran
hacer de l su amigo Frgilis y los vientos del azar y del capricho.

Frgilis haba formado a su querido Vctor, al cabo de tantos aos de
trato ntimo a su imagen y semejanza, en cuanto era posible. Sala
Quintanar de la servidumbre ignorada de su domicilio para entrar en el
poder dictatorial, aunque ilustrado, de Toms Crespo, aquel pedazo de su
corazn, a quien no saba si quera tanto como a su Anita del alma. La
simpata haba nacido de una pasin comn: la caza. Pero la caza antes
no era ms que un ejercicio de hombre primitivo para el aragons; cazaba
sin saber lo que eran las perdices, ni las liebres y conejos, por
dentro; Frgilis estudiaba la fauna y la flora del pas de camino que
cazaba, y adems meditaba como filsofo de la naturaleza. Crespo hablaba
poco, y menos en el campo; no sola discutir, prefera sentar su opinin
lacnicamente, sin cuidarse de convencer a quien le oa. As la
influencia de la filosofa naturalista de Frgilis lleg al alma de
Quintanar por aluvin: insensiblemente se le fueron pegando al cerebro
las ideas de aquel _buen hombre_, de quien los vetustenses decan que
era un _chiflado_, un tontiloco.

Frgilis despreciaba la opinin de sus paisanos y compadeca su pobreza
de espritu. La humanidad era mala pero no tena la culpa ella. El
_oidium_ consuma la uva, el _pintn_ daaba el maz, las patatas tenan
su peste, vacas y cerdos la suya; el vetustense tena la envidia, su
oidium, la ignorancia su pintn, qu culpa tena l?. Frgilis
disculpaba todos los extravos, perdonaba todos los pecados, hua del
contagio y procuraba librar de l a los pocos a quien quera. Visitaba
pocas casas y muchas huertas; sus grandes conocimientos y prctica hbil
en arboricultura y floricultura, le hacan rbitro de todos los
_parques_ y jardines del pueblo; conoca hoja por hoja la huerta del
marqus de Corujedo, haba plantado rboles en la de Vegallana, visitaba
de tarde en tarde el jardn ingls de doa Petronila; pero ni conoca de
vista al Gran Constantino, al obispo madre, ni haba entrado jams en el
gabinete de doa Rufina, ni tena con el marqus de Corujedo ms trato
que el del Casino. Se entenda con los jardineros.--En cuanto las
lluvias de invierno se inauguraban, despus del irnico verano de San
Martn, a Frgilis se le caa encima Vetusta y slo pasaba en su recinto
los das en que le reclamaban sus rboles y sus flores.

Quintanar le segua muerto de sueo, encerrado en su uniforme de
cazador, de que se rea no poco Frgilis, quien usaba la misma ropa en
el monte y en la ciudad, y los mismos zapatos blancos de suela fuerte,
claveteada. Se metan en un coche de tercera clase, entre aldeanos
alegres, frescos, colorados; Quintanar dormitaba dando cabezadas contra
la tabla dura; Frgilis reparta o tomaba cigarros de papel, gordos; y
ms decidor que en Vetusta, hablaba, jovial, expansivo, con los hijos
del campo, de las cosechas de ogao y de las nubes de antao; si la
conversacin degeneraba y caa en los pleitos, torca el gesto y dejaba
de atender, para abismarse en la contemplacin de aquella campia triste
ahora, siempre querida para l que la conoca palmo a palmo.

Ana envidiaba a su marido la dicha de huir de Vetusta, de ir a mojarse a
los montes y a las marismas, en la soledad, lejos de aquellos tejados de
un rojo negruzco que el agua que les caa del cielo haca una
inmundicia.

Ah, s! ella estaba dispuesta a procurar la salvacin de su alma, a
buscar el camino seguro de la virtud; pero cunto mejor se hubiera
abierto su espritu a estas grandezas religiosas en un escenario ms
digno de tan sublime poesa! Cun difcil era admirar la creacin para
elevarse a la idea del Creador, en aquella Encimada taciturna, calada de
humedad hasta los huesos de piedra y madera carcomida; de calles
estrechas, cubiertas de hierba-hierba alegre en el campo, all smbolo
de abandono--, lamidas sin cesar por las goteras de los tejados, de
montono y eterno ruido acompasado al salpicar los guijarros
puntiagudos!....

No se explicaba la Regenta cmo Visitacin iba y vena de casa en casa,
alegre como siempre, risuea, sin miedo al agua ni menos al fango del
arroyo... sin pensar siquiera en que llova, sin acordarse de que el
cielo era un sudario en vez de un manto azul, como debiera. Para Visita
era el tiempo siempre el mismo, no pensaba en l, y slo le serva de
tpico de conversacin en las visitas de cumplido.

La del Banco, como pajarita de las nieves, saltaba de piedra en piedra,
esquivaba los charcos, y de paso, dejaba ver el pie no mal calzado, las
enaguas no muy limpias, y a veces algo de una pantorrilla digna de mejor
media.--Tampoco a Obdulia el agua la encerraba en casa, ni la entumeca:
tambin alegre y bulliciosa corra de portal en portal, desafiando los
ms recios chaparrones, riendo a carcajadas si una gota indiscreta
mojaba la garganta que palpitaba tibia; era de ver el arte con que sus
bajos, con instintos de armio, cruzaban todo aquel peligro del cieno,
inmaculados, copos de nieve calada, dibujos y hojarasca sonante de
espuma de Holanda; tentacin de Bermdez el arquelogo espiritualista.

Notaba Ana con tristeza y casi envidia que en general los vetustenses se
resignaban sin gran esfuerzo con aquella vida submarina, que duraba gran
parte del otoo, lo ms del invierno y casi toda la primavera. Cada cual
buscaba su rincn y parecan no menos contentos que Frgilis huyendo a
las llanuras vecinas del mar a mojarse a sus anchas.

La Marquesa de Vegallana se levantaba ms tarde si llova ms; en su
lecho blindado contra los ms recios ataques del fro, disfrutaba
deleites que ella no saba explicar, leyendo, bien arropada, novelas de
viajes al polo, de cazas de osos, y otras que tenan su accin en Rusia
o en la Alemania del Norte por lo menos. El contraste del calorcillo y
la inmovilidad que ella gozaba con los grandes fros que haban de
sufrir los hroes de sus libros, y con los largos paseos que se daban
por el globo, era el mayor placer que gozaba al cabo del ao doa
Rufina. Or el agua que azota los cristales all fuera, y estar
compadecindose de un pobre nio perdido en los hielos... qu delicia
para un alma tierna, _a su modo_, como la de la seora Marquesa!

--Yo no soy sentimental--deca ella a D. Saturnino Bermdez, que la oa
con la cabeza torcida y la sonrisa estirada con clavijas de oreja a
oreja--yo no soy sentimental, es decir, no me gusta la sensiblera...
pero leyendo ciertas cosas, me siento bondadosa... me enternezco...
lloro... pero no hago alarde de ello.

--Es el don de lgrimas, de que habla Santa Teresa, seora,--responda
el arquelogo; y suspiraba como echando la llave al cajn de los
secretos sentimentales.

El Marqus haca lo que los gatos en enero. Desapareca por temporadas
de Vetusta. Deca que iba a preparar las elecciones. Pero sus _ntimos_
le haban odo, en el secreto de la confianza, despus de comer bien, a
la hora de las confesiones, que para l no haba afrodisaco mejor que
el fro. Ni los mariscos producen en m el efecto del agua y la nieve.
Y como sus aventuras eran todas rurales, sala el buen Vegallana a
desafiar los elementos, recorriendo las aldeas, entre lodo, hielo y
nieve en su coche de camino. Y as preparaba las elecciones, buscando
votos para un porvenir lejano, segn frase picaresca de D. Cayetano
Ripamiln, siempre dispuesto a perdonar esta clase de extravos.

La tertulia de la Marquesa vea el cielo abierto en cuanto el tiempo se
meta en agua. Los que tenan el privilegio envidiable y envidiado de
penetrar en aquella estufa perfumada, bendecan los chubascos que daban
pretexto para asistir todas las noches al gabinete de doa Rufina. Qu
haban de hacer si no? A dnde haban de ir?--En la chimenea ardan los
bosques seculares de los dominios del Marqus; aquellas encinas feudales
se carbonizaban con majestuosos chirridos. A su calor no se contaban
_antiguas consejas_, como presuma Trifn Crmenes que haba de suceder
por fuerza en todo _hogar seorial_, pero se murmuraba del mundo
entero, se inventaban calumnias nuevas y se amaba con toda la franqueza
prosaica y sensual que, segn Bermdez, era la caracterstica del
presente momento histrico, desnudo de toda presea ideal y potica.--El
gabinete no era grande, eran muchos los muebles, y los contertulios se
tocaban, se rozaban, se opriman, si no haba otro remedio. Quin
pensaba en los aguaceros?

En las reuniones de segundo orden, que abundaban en Vetusta, la humedad
excitaba la alegra; cada cual se iba al agujero de costumbre y era de
or, por ejemplo, la algazara con que entraban en el portal de la casa
de Visita los que la favorecan una vez por semana honrando sus
salones, que eran sala y gabinete; eran de or las carcajadas, las
bromas de los tertulios guarecidos bajo los paraguas que reciban con
estrpito las duchas de los tremendos _serpentones_ de hojalata.... Todos
despreciaban el agua, pensando en los placeres esotricos de la lotera
y de las charadas representadas.

--En cuanto al elemento devoto de Vetusta, (frase del _Lbaro_) se
metan en novenas as que el tiempo se meta en agua. El elemento devoto
era todo el pueblo en llegando el mal tiempo, y hasta los socios _de
Viernes santo_, unos perdidos que se juntaban durante la Semana de
Pasin a comer de carne en la fonda, hasta esos acudan al templo, si
bien a criticar a los predicadores y mirar a las muchachas. Este fervor
religioso de Vetusta comenzaba con la Novena de las nimas, poco
popular, y la muy concurrida del Corazn de Jess, no cesando hasta que
se celebraba la ms famosa de todas, la de los Dolores, y la poco menos
favorecida de la Madre del Amor Hermoso, en el florido Mayo, esta
ltima. Pero adems de las Novenas tenan las almas piadosas otras
muchas ocasiones de alabar a Dios y sus santos, en solemnidades tan
notables como las fiestas de Pascua y las de Cuaresma, especialmente en
los Sermones de la Audiencia, pagados por la Territorial todos los
viernes de aquel tiempo santo y de meditacin, segn Crmenes.

El temporal retras no poco el cumplimiento de aquel plan de higiene
moral, impuesto suavemente por don Fermn a su querida amiga. Ana
aborreca el lodo y la humedad; le crispaba los nervios la frialdad de
la calle hmeda y sucia, y apenas sala del sombro casern de los
Ozores. Haba confesado otras dos veces antes de terminar Noviembre,
pero no se haba decidido a ir a casa de doa Petronila, ni el Magistral
se atrevi a recordarle aquella cita. El Gran Constantino saba ya por
su querido y admirado seor De Pas, quien la visitaba ms a menudo
ahora, que doa Ana deseaba ayudarla en sus santas labores y en la
administracin de tantas obras piadosas como ella diriga y pagaba
sabiamente.

--Cundo viene por ac ese ngel hermossimo?--preguntaba el Obispo
madre, en estilo de novena, cargado de superlativos abstractos.

Las beatas que servan de cuestores de palacio en el del Gran
Constantino, las del _cnclave_, como las llamaba Ripamiln, esperaban
con ansiedad mstica y con una curiosidad maligna a la nueva compaera,
que tanto prestigio traera con su juventud y su hermosura a la piadosa
y complicada empresa de salvar el mundo en Jess y por Jess; pues nada
menos que esto se proponan aquellas devotas de armas tomar, militantes
como coraceros.

Pero Ana, sin saber por qu, senta una vaga repugnancia cuando pensaba
en ir a casa de doa Petronila; le pareca mejor ver al Magistral en la
iglesia, all encontraba ella el fervor religioso necesario para
confesar sus ideas malas, sus deseos peligrosos. El Magistral comenz a
impacientarse; la Regenta no suba la cuesta, persista en sus
peligrosos anhelos pantesticos, que as los calificaba l, se empeaba
en que era piedad aquella ternura que senta con motivo de espectculos
profanos, y declaraba francamente que las lecturas devotas le sugeran
reflexiones probablemente herticas, o por lo menos, poco a propsito
para llegar a la profunda fe que el Magistral exiga como preparacin
absolutamente indispensable para dar un paso en firme. Otras veces los
libros piadosos la hacan caer en somnolencia melanclica o en una
especie de marasmo intelectual que pareca estupidez. En cuanto a la
oracin, Ana deca que recitar de memoria plegarias era un ejercicio
intil, soporfero, que irritaba los nervios; las repeta cien veces,
para fijar en ellas la atencin, y llegaba a sentir nuseas antes de
conseguir un poco de fervor.... Nada, nada de eso; no hay cosa peor que
rezar as, responda el Magistral; a la oracin ya llegaremos; por ahora
en este punto basta con sus antiguas devociones. Y, aunque temiendo los
peligros de la fantasa de Ana, por no perder terreno, tena que dejarla
abandonarse a los espontneos arranques de ternura piadosa que venan
sin saber cmo, a lo mejor, provocados por cualquier accidente que
ninguna relacin pareca tener con las ideas religiosas. El miedo a las
expansiones naturales de aquel espritu ardiente le haba hecho cambiar
el plan suave de los primeros das por aquel otro expuesto en el cenador
del Parque, ms parecido a la ordinaria disciplina a que l someta a
los penitentes; pero ya vea don Fermn que era preciso volver a la
blandura y dejar al instinto de su amiga ms parte en la ardua tarea de
ganar para el bien aquellos tesoros de sentimiento y de grandeza ideal.
Este sistema de la cuerda floja retrasaba el triunfo, pero le permita a
l presentarse a los ojos de Ana ms simptico, hablando el lenguaje de
aquella vaguedad romntica que ella crea religiosidad sincera, y no
pasaba de ser una idolatra disimulada, segn don Fermn. No, l no se
dejaba seducir por pantesmos, aunque fuesen tan bien parecidos como el
de su amiga.

De lo que l estaba seguro era del efecto profundo y saludable que en
semejante mujer tenan que producir las bellezas del culto el da en que
ella las presenciara con atencin y dispuesto el nimo a las sensaciones
msticas por aquella excitacin nerviosa, de cuyos accesos tantas
noticias tena ya el confesor diligente.

Cuando ella volva a hablarle de aburrimiento, del dolor del hasto, de
la estupidez del agua cayendo sin cesar, l repeta: A la iglesia, hija
ma, a la iglesia; no a rezar; a estarse all, a soar all, a pensar
all oyendo la msica del rgano y de nuestra excelente capilla, oliendo
el incienso del altar mayor, sintiendo el calor de los cirios, viendo
cuanto all brilla y se mueve, contemplando las altas bvedas, los
pilares esbeltos, las pinturas suaves y misteriosamente poticas de los
cristales de colores.... Poca gracia le haca a don Fermn esta
retrica a lo Chateaubriand; siempre haba credo que recomendar la
religin por su hermosura exterior, era ofender la santidad del dogma,
pero saba hacer de tripas corazn y amoldarse a las circunstancias.
Adems, sin que l quisiera pensar en ello, le halagaba la esperanza de
encontrar a menudo en la catedral, en las Conferencias de San Vicente,
en el Catecismo, a su amiga, que all le vera triunfante luciendo su
talento, su ciencia y su elegancia natural y sencilla.

Pero cada da era mayor la repugnancia de Anita a pisar la calle; la
humedad le daba horror, la tena encogida, envuelta en un mantn, al
lado de la chimenea monumental del comedor ttrico, horas y horas, de
da y de noche. Don Vctor no paraba en casa. Si no estaba de caza,
entraba y sala, pero sin detenerse; apenas se detena en su despacho.
Le haba tomado cierto miedo. Varias mquinas de las que estaban
inventando o perfeccionando se le haban sublevado, erizndose de
inesperadas dificultades de mecnica racional. All estaban cubiertos de
glorioso polvo sobre la mesa del despacho diablicos artefactos de acero
y madera, esperando en posturas interinas a que don Vctor emprendiese
el estudio _serio_ de las matemticas, de todas las matemticas, que
tena aplazado por culpa de la compaa dramtica de Perales. En tanto
Quintanar, un poco avergonzado en presencia de aquellos juguetes
irnicos que se le rean en las barbas, esquivaba su despacho siempre
que poda; y ni cartas escriba all. Adems; las colecciones botnicas,
mineralgicas y entomolgicas yacan en un desorden catico, y la pereza
de emprender la tarea penosa de volver a clasificar tantas yerbas y
mosquitos tambin le alejaba de su casa. Iba al Casino a disputar y a
jugar al ajedrez; haca muchas visitas y buscaba modo de no aburrirse
metido en casa. Mejor, pensaba Ana sin querer. Su don Vctor, a quien
en principio ella estimaba, respetaba y hasta quera todo lo que era
menester, a su juicio, le iba pareciendo ms insustancial cada da: y
cada vez que se le pona delante echaba a rodar los proyectos de vida
piadosa que Ana poco a poco iba acumulando en su cerebro, dispuesta a
ser, en cuanto mejorase el tiempo, una _beata_ en el sentido en que el
Magistral lo haba solicitado. Mientras pensaba en el marido abstracto
todo iba bien; saba ella que su deber era amarle, cuidarle, obedecerle;
pero se presentaba el seor Quintanar con el lazo de la corbata de seda
negra torcido, junto a una oreja; vivaracho, inquieto, lleno de
pensamientos insignificantes, ocupado en cualquier cosa balad, tomando
con todo el calor natural lo ms mezquino y digno de olvido, y ella sin
poder remediarlo, y con ms fuerza por causa del disimulo, senta un
rencor sordo, irracional, pero invencible por el momento, y culpaba al
universo entero del absurdo de estar unida para siempre con semejante
hombre. Sala don Vctor dejando tras s las puertas abiertas, dando
rdenes caprichosas para que se cumplieran en su ausencia; y cuando Ana
ya sola, pegada a la chimenea taciturna, de figuras de yeso ahumado,
quera volver a su propedutica piadosa, a los preparativos de vida
virtuosa, encontraba anegada en vinagre toda aquella sentimental fbrica
de su religiosidad, y calificaba de hipocresa toda su resignacin. Oh
no, no! yo no puedo ser buena! yo no s ser buena; no puedo perdonar
las flaquezas del prjimo, o si las perdono, no puedo tolerarlas. Ese
hombre y este pueblo me llenan la vida de prosa miserable; diga lo que
quiera don Fermn, para volar hacen falta alas, aire.... Estos
pensamientos la llevaban a veces tan lejos que la imagen de don lvaro
volva a presentarse brindando con la protesta, con aquella amable,
brillante, dulcsima protesta de los sentidos poetizados, que haba
clavado en su corazn con pualadas de los ojos el elegante _dandy_ la
tarde memorable de _Todos los Santos_. Entonces Ana se pona en pie,
recorra el comedor a grandes pasos, hundida la cabeza en el embozo del
chal apretado al cuerpo, daba vuelta alrededor de la mesa oval, y
acababa por acercarse a los vidrios del balcn y apretar contra ellos la
frente. Sala, cruzando el estrado triste, pasillos y galeras; llegaba
a su gabinete y tambin all se apretaba contra los vidrios y miraba con
ojos distrados, muy abiertos y fijos, las ramas desnudas de los
castaos de Indias, y los soberbios eucaliptos, cubiertos de hojas
largas, metlicas, de un verde mate, temblorosas y resonantes. Si no
llova mucho, Frgilis sola andar por all; ms tiempo faltaba
Quintanar de casa que Frgilis de la huerta. Ana acababa por verle.
Aquel haba sido su nico amigo en la triste juventud, en el tiempo de
la servidumbre miserable; y ahora casi le odiaba; l la haba casado; y
sin remordimiento alguno, sin pensar en aquella torpeza, se dedicaba
ahora a sus rboles, que podaba sin compasin, que injertaba a su gusto,
sin consultar con ellos, sin saber si ellos queran aquellos tajos y
aquellos injertos.... Y pensar que aquel hombre haba sido
inteligente, amable! Y ahora... no era ms que una mquina agrcola,
unas tijeras, una segadora mecnica, a quin no embruteca la vida de
Vetusta!.

Frgilis, si vea a su querida Ana detrs de los cristales, la saludaba
con una sonrisa y volva a inclinarse sobre la tierra; aplastaba un
caracol, cortaba un vstago importuno, afirmaba un rodrign y segua
adelante, arrastrando los zapatos blancos sobre la arena hmeda de los
senderos.... Y Ana vea desaparecer entre las ramas aquel sombrero
redondo, flexible, siempre gris, aquel tapabocas de cuadros de pana
eternamente colgado al cuello, aquella cazadora parda y aquellos
pantalones ni anchos ni estrechos, ni nuevos ni viejos, de ramitos
borrosos de lana verde y roja alternando sobre fondo negro.

A menudo visitaban a la Regenta la del Banco y el Marquesito.--Paco
estaba admirado de la heroica resistencia de la de Ozores; no comprenda
l que su dolo, su don lvaro tardase tanto en conquistar una voluntad,
en rendir una virtud, si la voluntad estaba ya conquistada.

--Ella est enamorada de ti, de eso estoy seguro--deca Paco a Mesa
en el Casino, a ltima hora, cuando slo quedaban all los
trasnochadores de oficio.

Estaban los dos sentados junto a un velador cubierto con fina y blanca
servilleta; cenaban con sendas medias botellas de Burdeos al lado, y
llegaban al momento necesario de la expansin y las confidencias; Mesa
melanclico, pasando a tragos la nostalgia de lo infinito, que tambin
tienen los _descredos_ a su modo, inclinaba mustia la gallarda y fina
cabeza de un rubio plido, y pareca un poco ms viejo que de ordinario.
Callaba, y coma y beba. Paco, con la boca llena, pero no por modo
grosero, sino casi elegante, hablaba, brillante la pupila, rojas las
mejillas, con el sombrero echado hacia el cogote.

--Ella est enamorada, de eso estoy seguro... pero t... t no eres el
de otras veces... parece que la temes. Nunca quieres venir conmigo a su
casa... y eso que don Vctor nunca est, siempre anda con el espiritista
de Frgilis por esos montes.

Paco crea que Frgilis era espiritista, opinin muy generalizada en
Vetusta.

--En su casa no se puede adelantar nada. Es una mujer rara...
histrica... hay que estudiarla bien. Dejadme a m.

No quera confesar que se tena por derrotado: crea firmemente que Ana
estaba entregada al Magistral. No quera aquella conversacin; se senta
ahora humillado con la proteccin de Paco, solicitada meses antes por
l. Sin saberlo, el Marquesito le haca dao cada vez que le hablaba de
tal asunto y le propona planes de ataque y medios para entrar en la
plaza por sorpresa. Cundo haba necesitado l, Mesa, socorros por el
estilo? Cundo haba permitido a nadie saber el cmo y a qu hora
venca a una mujer?... Y esta seora le humillaba as! Cmo se reira
de l Visita, aunque lo disimulaba; y el mismo Paco! qu pensara? Ah
Regenta, Regenta, si venzo al fin!... ya me las pagars!. Pero ya no
esperaba vencer; lidiaba desesperado. En vano, siempre que el tiempo lo
permita, montaba en su hermoso caballo blanco de pura raza espaola;
pasaba y repasaba la Plaza Nueva, y algunas veces vea detrs de los
cristales, en la Rinconada, a la de Quintanar, que le saludaba amable y
tranquila; pero no era el caballo talismn como l haba credo, porque
la escena de la tarde aqulla no se repiti nunca. S, lo que yo tema,
no fue ms que un cuarto de hora que no pude aprovechar. Crea con fe
inquebrantable que ya su nico recurso sera la ocasin dificilsima,
casi imposible, de un ataque brusco, brbaro, coincidiendo con otro
cuarto de hora. Pero esto no colmaba su deseo, no satisfaca su amor
propio, sera un placer efmero y una venganza... y adems era casi
imposible! Pocas veces se haba atrevido a visitar a la Regenta, que no
le reciba si no estaba don Vctor en casa. Quintanar, en cambio, le
abra los brazos y le estrechaba con efusin, cada da ms enamorado,
como l deca, de aquel hermoso figurn: qu arrogante primer galn en
comedia de costumbres hara el dignsimo don lvaro! Pero ya que las
tablas no le llamasen por qu no se haca diputado a Cortes? Mesa
haba nacido para algo ms que cabeza de ratn; era poco ser jefe de un
partido, que nunca era poder, en una capital de segundo orden. Por qu
no se iba a Madrid con un acta en el bolsillo?

Cuando le diriga estas preguntas lisonjeras, don lvaro inclinaba la
cabeza y miraba con gesto compungido a la Regenta como diciendo:

--Por usted, por el amor que la tengo estoy yo en este miserable
rincn!.

--Usted es de la madera de los ministros....

--Oh... don Vctor... no crea usted que eso me halaga.... Ministro!
Para qu? Yo no tengo ambicin poltica.... Si milito en un partido es
por servir a mi pas, pero la poltica me es antiptica... tanta
farsa... tanta mentira....

--Efectivamente, en los Estados Unidos slo son polticos los
perdidos... pero en Espaa... es otra cosa... un hombre como usted....
Subira mi don lvaro como la espuma.

Pero don lvaro suspiraba y volva los ojos a la Regenta.... Por lo
dems, l segua considerando que ante todo era un hombre poltico. Lo
de ir a Madrid lo dejaba para ms adelante. Ahora haca diputados desde
Vetusta y se quedaba all; pero en cuanto tuviera ms blanda a la seora
del ministro, l volara, l volara... seguro de no dar un batacazo.
Estos eran sus planes. Pero adems aquella resistencia de Ana, que haba
credo vencer si no en pocas semanas en pocos meses, era un nuevo motivo
para retrasar el cambio de vecindad.

Cmo ir a Madrid sin vencer a aquella mujer? Y aquella mujer pareca ya
invencible.

Desde la noche de Todos los Santos, Mesa, vergenza le daba
confesrselo a s mismo, no haba adelantado un paso. Ocho das haba
estado sin conseguir hablar a solas un momento con Ana, y cuando logr
tal intento fue para convencerse de que aquella exaltacin de la tarde
dichosa haba pasado acaso para siempre.

Visitacin se volva loca. Su marido, el seor Cuervo, y sus hijos
coman los garbanzos duros, se lavaban sin toalla porque ella haba
salido con las llaves, como siempre, y no acababa de volver. Cmo
haba de volver si aquella empecatada de Regenta no se daba a partido, y
resista al hombre irresistible con heroicidad de roca?. El msero
empleado del Banco retorca el bigotillo engomado y con voz de tiple
deca a la muchedumbre de sus hijos que lloraban por la sopa:

--Silencio, nios, que mam rie si se come sin ella.

Y la sopa se enfriaba, y al fin apareca Visitacin, sofocada,
distrada, de mal humor. Vena de casa de Vegallana donde haba
conseguido que Ana y lvaro se hablaran a solas un momento, por
casualidad... que haba preparado ella. Pero buena conversacin te d
Dios! l haba salido mordindose el bigote y le haba dicho a ella, a
Visita: Djame en paz! al querer darle una broma. Djame en paz!
seal de que no daba un paso. Visitacin senta ahora una vergenza
retrospectiva; recordaba el tiempo que haba ella tardado en ceder, lo
comparaba con la resistencia de Ana y... se le encendan las mejillas de
clera, de envidia, de pudor malo, falso. Algo le deca en la conciencia
que el oficio que haba tomado era miserable... pero buena estaba ella
para or consejos de comedia moral y gritos interiores; aquel anhelo
villano era una pasin cada da ms fuerte, era de un saborcillo
agridulce y picante que prefera ya a todas las dulzuras de la
confitera. Era una pasin, una cosa que recordaba la juventud, aunque
al mismo tiempo pareca sntoma de la vejez. En fin, ella no trataba de
resistir, y haba llegado a creer que sera capaz de arrojar a su amiga
a la fuerza en brazos del antiguo amante. De todos modos, en casa de
Visita faltaba la limpieza de suelo y muebles, de sala y cocina, y no
era su hogar una taza de plata, y da hubo que el marido no encontr
camisa en el armario y se fue al Banco... con un camisoln de su mujer,
que simulaba bien o mal un cuello marinero.

Pero tanto afn era intil; ni Visita, ni Paco, ni los paseos a caballo
de Mesa, conseguan rendir a la Regenta. Y si al menos se viera que
era indiferencia aquella fortaleza! Pero, no; a leguas se vea, segn
los tres, que Ana estaba interesada. Esto era lo que les irritaba ms,
sobre todo a Visita. Don lvaro no hablaba de este mal negocio con la
del Banco, por ms que ella le hurgaba. Con Paco nicamente desahogaba,
y pocas veces.--Pero Ana crea en un complot y esto la ayudaba no poco
en su defensa. Iba de tarde en tarde a casa de Vegallana, a pesar de
protestas pesadas, insufribles de Quintanar, que repeta:

--Qu dirn esos seores, Anita, qu dirn los Marqueses!

Si don lvaro perda la esperanza, el Magistral tampoco estaba
satisfecho. Vea muy lejos el da de la victoria; la inercia de Ana le
presentaba cada vez nuevos obstculos con que l no haba contado.
Adems, su amor propio estaba herido. Si alguna vez haba ensayado
interesar a su amiga descubrindole, o por va de ejemplo o por alarde
de confianza, algo de la propia historia ntima, ella haba escuchado
distrada, como absorta en el egosmo de sus penas y cuidados. Ms
haba; aquella seora que hablaba de grandes sacrificios, que pretenda
vivir consagrada a la felicidad ajena, se negaba a violentar sus
costumbres, saliendo de casa a menudo, pisando lodo, desafiando la
lluvia; se negaba a madrugar mucho, y alegando como si se tratase de
cosa santa, las exigencias de la salud, los caprichos de sus nervios.
El madrugar mucho me mata; la humedad me pone como una mquina
elctrica. Esto era humillante para la religin y _depresivo_ para don
Fermn; era, de otro modo, un jarro de agua que le enfriaba el alma al
Provisor y le quitaba el sueo.

Una tarde entr De Pas en el confesonario con tan mal humor, que
Celedonio el monaguillo le vio cerrar la celosa con un golpe violento.
Don Fermn bajaba del campanario, donde, segn sola de vez en cuando,
haba estado registrando con su catalejo los rincones de las casas y de
las huertas. Haba visto a la Regenta en el parque pasear, leyendo un
libro que deba de ser la historia de Santa Juana Francisca, que l
mismo le haba regalado. Pues bien, Ana, despus de leer cinco minutos,
haba arrojado el libro con desdn sobre un banco.

--Oh! oh! estamos mal!--haba exclamado el clrigo desde la torre:
conteniendo en seguida la ira, como si Ana pudiera or sus quejas.
Despus haban aparecido en el parque dos hombres, Mesa y Quintanar.
Don lvaro haba estrechado la mano de la Regenta que no la haba
retirado tan pronto como debiera; aunque no fuese ms que por estar
vindolos l!. Don Vctor haba desaparecido y el seductor de oficio y
la dama se haban ocultado poco a poco entre los rboles, en un recodo
de un sendero. El Magistral sinti entonces impulsos de arrojarse de la
torre. Lo hubiera hecho a estar seguro de volar sin inconveniente. Poco
despus haba vuelto a presentarse don Vctor, el tonto de don Vctor,
con sombrero bajo y sin gabn, de cazadora clara, acompaado de don
Toms Crespo, el del tapabocas; los dos se haban ido en busca de los
otros y los cuatro juntos se presentaron de nuevo, ante el objetivo del
catalejo que temblaba en las manos finas y blancas del cannigo. Don
Vctor levantaba la cabeza, extenda el brazo, sealaba a las nubes y
daba pataditas en el suelo. Ana haba desaparecido otra vez, haba
entrado en la casa, olvidando a Santa Juana Francisca sobre el banco, y
a los dos minutos estaba otra vez all con chal y sombrero; y los cuatro
haban salido por la puerta del parque, que abri Frgilis con su llave.
Iban al campo!

Cuando don Fermn se vio encerrado entre las cuatro tablas de su
confesonario, se compar al criminal metido en el cepo.

Aquel da las hijas de confesin del Magistral le encontraron distrado,
impaciente; le sentan dar vueltas en el banco, la madera del armatoste
cruja, las penitencias eran desproporcionadas, enormes.

En vano esper, con loca esperanza, ver a la Regenta presentarse en la
capilla, por casualidad, por impulso repentino, como quiera que fuese,
presentarse, que era lo que l quera, lo que l necesitaba. Verdad era
que no haban quedado en tal cosa; ocho das faltaban para la prxima
confesin, por qu haba de venir? Por que s, por que l lo
necesitaba, porque quera hablarla, decirle que aquello no estaba bien,
que l no era un saco para dejarlo arrimado a una pared, que la piedad
no era cosa de juego y que los libros edificantes no se tiran con desdn
sobre los bancos de la huerta; ni se pierde uno entre los rboles de
Frgilis sin ms ni ms, en compaa de un buen mozo materialista y
corrompido. Pero, no, no pareci por la capilla Ana. Sabe Dios dnde
estaran. Qu expedicin era aquella? Necedades de don Vctor; haba
levantado el brazo sealando a las nubes; aquello pareca como responder
del buen tiempo; en efecto, la tarde estaba hermosa, poda asegurarse
que no llovera... pero y qu? Era esa razn suficiente para salir con
el enemigo al campo? Porque aquel era el enemigo, s, don Fermn volva
a sospecharlo. La Regenta, sin embargo, jams se haba acusado de una
aficin singular; hablaba de tentaciones en general y de ensueos
lascivos, pero no confesaba amar a un hombre determinado. Y Ana, su
dulce amiga, no menta jams y menos en el tribunal santo. Pero entonces
con quin soaba? El Magistral record la dulcsima hiptesis que haba
acariciado algn da... y ahora se opona esta otra que le haca saltar
dentro del cajn de celosas: supongamos que suea con... ese
caballero. Sali de la capilla furioso, sin disimularlo apenas.
Encontr en el trascoro a don Custodio y no le contest al saludo; entr
en la sacrista y amenaz al _Palomo_ con la cesanta, porque el gato
haba vuelto a ensuciar los cajones de la ropa. Pas despus al palacio
y el Obispo sufri una fuerte reprensin de las que en tono casi
irrespetuoso, avinagrado, espinoso, sola enderezarle su Provisor. El
buen Fortunato estaba en un apuro, no tena dinero para pagar una cuenta
de un sastre que haba hecho sotanas nuevas a los familiares de S. I. Y
el sastre, con las mejores maneras del mundo, peda los cuartos en un
papel sobado, lleno de letras gordas, que el Obispo tena entre los
dedos. El alfayate llamaba serensimo seor al prelado, pero peda lo
suyo.

Fortunato, temblorosa la voz, solicitaba un prstamo. El Magistral se
hizo rogar, y ofreci anticipar el dinero despus de humillar cien veces
al buen pastor que tomaba al pie de la letra las metforas religiosas.

A qu haban venido las sotanas nuevas? Y sobre todo, por qu las
pagaba l, Fortunato, de su bolsillo? Si saba que no tena un cuarto,
porque toda la paga reparta antes de cobrarla, por qu se
comprometa?. Fortunato confes que pareca un subteniente de los
sometidos a descuento; dijo que quera salir de aquella vida de trampas.

--Yo no s lo que debo ya a tu madre, Fermn, debe de ser un
dineral?.

--S, seor, un dineral, pero lo peor no es que usted nos arruine, sino
que se arruina tambin, y lo sabe el mundo y esto es en desprestigio de
la Iglesia.... Empearse por los pobres.... Ser un tramposo de la caridad.
Hombre, por Dios, dnde vamos a parar? Cristo ha dicho: reparte tus
bienes y sgueme, pero no ha dicho: reparte los bienes de los dems....

--Hablas como un sabio, hijo mo, hablas como un sabio, y si no fuera
indecoroso, peda al ministro que me pusiera a descuento, a ver si me
correga.

Despus entr en las oficinas De Pas y all tuvieron motivo para
acordarse mucho tiempo de la visita. Todo lo encontr mal; revolvi
expedientes, descubri abusos, sacudi polvo, amenaz con suspender
sueldos, neg todo lo que pudo, prepar dos o tres castigos, para varios
prrocos de aldea y por fin dijo, ya en la puerta, que no daba un
cuarto para una suscripcin de los marineros nufragos de Palomares.

--Seor--le dijo llorando un pobre pescador de barba blanca, con un
gorro cataln en la mano--seor, que este ao nos morimos de hambre!
que no da para borona la costera del besugo!...

Pero el Magistral sali sin responder siquiera, pensando en Ana y en
Mesa; y a la media hora, cuando paseaba por el Espoln solo y a paso
largo, olvidando el comps de su marcha ordinaria, le repeta en los
sesos, no saba qu voz: besugo, besugo!

Por qu se acordaba l del besugo?. Y encogi los hombros irritado
tambin con aquella obsesin de estpido.

--No faltaba ms que ahora me volviera loco.

Pasaron ocho das y a la hora sealada Anita se present de rodillas
ante la celosa del confesonario.

Despus de la absolucin enjug una lgrima que caa por su mejilla, se
levant y sali al prtico. All esper al Magistral y juntos, cerca ya
del obscurecer, llegaron a casa de doa Petronila.

Estaba sola el Gran Constantino; repasaba las cuentas de la _Madre del
Amor Hermoso_, con sus ojazos de color de avellana asomados a los
cristales de unas gafas de oro. Era muy morena, la frente muy huesuda,
los prpados salientes, ceja gris espesa, como la gran mata de pelo
spero que cea su cabeza; barba redonda y carnosa, nariz de correccin
insignificante, boca grande, labios plidos y gruesos. Era alta, ancha
de hombros, y su larga viudez casta pareca haber echado sobre su cuerpo
algo como matorral de pureza que le daba cierto aspecto de virgen
vetusta. El vestido era negro, hbito de los Dolores, con una correa de
charol muy ancha y escudo de plata chilln, ostentoso, en la manga,
ceida a la mueca de gan con presillas de abalorios.

Estaba sentada delante de un escritorio de armario con figuras
chinescas, doradas, incrustadas en la madera negra. Se levant, abraz a
la Regenta y bes la mano del Magistral. Les suplic, despus de
agradecer la sorpresa de la visita, que la dejasen terminar aquel
embrollo de nmeros; y dama y clrigo se vieron solos en el saln
sombro, de damasco verde obscuro y de papel gris y oro. Ana se sent en
el sof, el Magistral a su lado en un silln. Las maderas de los
balcones entornados dejaban pasar rayos estrechos de la luz del da
moribundo; apenas se vean Ana y De Pas. Del gabinete de la derecha
sali un gato blanco, gordo, de cola opulenta y de curvas elegantes; se
acerc al sof paso a paso, levant la cabeza perezoso, mirando a la
Regenta, dej or un leve y mimoso quejido gutural, y despus de frotar
el lomo familiarmente contra la sotana del Provisor, sali al pasillo
con lentitud, sin ruido, como si anduviera entre algodones. Ana tuvo
aprensin de que ola a incienso el blanqusimo gato; de todas maneras,
pareca un smbolo de la devocin domstica de doa Petronila. En toda
la casa reinaba el silencio de una caja almohadillada; el ambiente era
tibio y estaba ligeramente perfumado por algo que ola a cera y a
estoraque y acaso a espliego.... Ana senta una somnolencia dulce pero
algo alarmante; se estaba all bien, pero se tema vagamente la asfixia.

Doa Petronila tardaba. Una criada, de hbito negro tambin, entr con
una lmpara antigua de bronce, que dej sobre un velador despus de
decir con voz de monja acatarrada: Buenas noches! sin levantar los
ojos de la alfombra de fieltro, a cuadros verdes y grises.

Volvieron a quedar solos Ana y su confesor.

Interrumpiendo un silencio de algunos minutos dijo el Magistral con una
voz que se pareca a la del gato blanco:

--No puede usted imaginar, amiguita ma, cunto le agradezco esta
resolucin....

--Hubiera usted hablado antes...--Bastante he hablado, picarilla...
--Pero no como hoy, nunca me dijo usted que era un desaire que yo le
haca y que ya saban estas seoras el negarme a venir.... Llova
tanto!... Ya sabe usted que a m la humedad me mata, la calle mojada me
horroriza.... Yo estoy enferma... s, seor, a pesar de estos colores y
de esta carne, como dice don Robustiano, estoy enferma; a veces se me
figura que soy por dentro un montn de arena que se desmorona.... No s
cmo explicarlo... siento grietas en la vida... me divido dentro de
m... me achico, me anulo.... Si usted me viera por dentro me tendra
lstima.... Pero, a pesar de todo eso, si usted me hubiese hablado como
hoy antes, hubiese venido aunque fuera a nado. S, don Fermn, yo ser
cualquier cosa, pero no desagradecida. Yo s lo que debo a usted, y que
nunca podr pagrselo. Una voz, una voz en el desierto solitario en que
yo viva, no puede usted figurarse lo que vala para m... y la voz de
usted vino tan a tiempo.... Yo no he tenido madre, viv como usted
sabe... no s ser buena; tiene usted razn, no quiero la virtud sino es
pura poesa, y la poesa de la virtud parece prosa al que no es
virtuoso... ya lo s... Por eso quiero que usted me gue.... Vendr a
esta casa, imitar a estas seoras, me ocupar con la tarea que ellas me
impongan.... Har todo lo que usted manda; no ya por sumisin, por
egosmo, porque est visto que no s disponer de m; prefiero que me
mande usted.... Yo quiero volver a ser una nia, empezar mi educacin,
ser algo de una vez, seguir siempre un impulso, no ir y venir como
ahora.... Y adems necesito curarme; a veces temo volverme loca.... Ya se
lo he dicho a usted; hay noches que, desvelada en la cama, procuro
alejar las ideas tristes pensando en Dios, en su presencia. Si l est
aqu, qu importa todo?. Esto me digo, pero no vale, porque, ya se lo
he dicho, me saltan de repente en la cabeza, ideas antiguas, como
dolores de llagas manoseadas, ideas de rebelin, argumentos impos,
preocupaciones necias, tercas, que no s cundo aprend, que vagamente
recuerdo haber odo en mi casa, cuando viva mi padre. Y a veces se me
antoja preguntarme, si ser Dios esta idea ma y nada ms, este peso
doloroso que me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo por
probarme a m misma la presencia de Dios?...

--Anita, Anita... calle usted... calle usted, que se exalta! S, s,
hay peligro, ya lo veo, gran peligro... pero nos salvaremos, estoy
seguro de ello; usted es buena, el Seor est con usted... y yo dara mi
vida por sacarla de esas aprensiones.... Todo ello es enfermedad, es
flato, nervios... qu s yo? Pero es material, no tiene nada que ver
con el alma... pero el contacto es un peligro, s, Anita; no ya por m,
por usted es necesario entrar en la vida devota prctica.... Las obras,
las obras, amiga ma! Esto es serio, necesitamos remedios enrgicos. Si
a usted le repugnan a veces ciertas palabras, ciertas acciones de estas
buenas seoras, no se deje llevar por la imaginacin, no las condene
ligeramente; perdone las flaquezas ajenas y piense bien, y no se cuide
de apariencias.... Y ahora, hablando un poco de m, si usted pudiera
penetrar en mi alma, Anita! yo s que jams podr pagarle esta hermosa
resolucin de esta tarde....

--Habl usted de un modo!

--Habl con el alma...--Yo estaba siendo una ingrata sin saberlo....

--Pero al fin... vida nueva; no es verdad, hija ma?

--S, s, padre mo, vida nueva....

Callaron y se miraron. Don Fermn, sin pensar en contenerse, cogi una
mano de la Regenta que estaba apoyada en un almohadn de crochet, y la
oprimi entre las suyas sacudindola. Ana sinti fuego en el rostro,
pero le pareci absurdo alarmarse. Los dos se haban levantado, y
entonces entr doa Petronila, a quien dijo De Pas sin soltar la mano de
la Regenta....

--Seora ma, llega usted a tiempo; usted ser testigo de que la oveja
ofrece solemnemente al pastor no separarse jams del redil que escoge....

El Gran Constantino bes la frente de Ana.

Fue un beso solemne, apretado, pero fro.... Pareca poner all el sello
de una cofrada mojado en hielo.




--XIX--


Don Robustiano Somoza, en cuanto asomaba Marzo, atribua las
enfermedades de sus clientes a la _Primavera mdica_, de la que no tena
muy claro concepto; pero como su misin principal era consolar a los
afligidos y sola satisfacerles esta explicacin climatolgica, el
mdico buen mozo no pensaba en buscar otra. La _Primavera mdica_ fue la
que _postr en cama_, segn don Robustiano, a la Regenta, que se acost
una noche de fines de Marzo con los dientes apretados sin querer, y la
cabeza llena de fuegos artificiales. Al despertar al da siguiente,
saliendo de sueos poblados de larvas, comprendi que tena fiebre.

Quintanar estaba de caza en las marismas de Palomares; no volvera hasta
las diez de la noche. Anselmo fue a llamar al mdico y Petra se instal
a la cabecera de la cama, como un perro fiel. La cocinera, Servanda, iba
y vena con tazas de tila, silenciosa, sin disimular su indiferencia;
era nueva en la casa y vena del monte. Mucho tiempo haca que Anita no
haba tenido uno de aquellos impulsos cariosos de que sola ser objeto
don Vctor, pero aquel da, a la tarde, sobre todo al obscurecer, llor
ocultando el rostro, pensando en el esposo ausente. Cunto deseaba su
presencia! slo l podra acompaarla en la soledad de enfermo que
empezaba aquel da. En vano la Marquesa, Paco, Visitacin y Ripamiln
acudieron presurosos al tener noticia del mal; a todos los recibi
afablemente, sonri a todos, pero contaba los minutos que faltaban para
las diez de la noche. Su Quintanar! Aqul era el verdadero amigo, el
padre, la madre, todo. La Marquesa estuvo poco tiempo junto a su amiga
enferma; le toc la frente y dijo que no era nada, que tena razn
Somoza, la primavera mdica... y habl de zarzaparrilla y se despidi
pronto. Paco admiraba en silencio la hermosura de Ana, cuya cabeza
hundida en la blancura blanda de las almohadas le pareca una joya en
su estuche. Observ Visita que ms que nunca se pareca entonces Ana a
la Virgen de la Silla. La fiebre daba luz y lumbre a los ojos de la
Regenta, y a su rostro rosas encarnadas; y en el sonrer pareca una
santa. Paco pens sin querer, que estaba apetitosa. Se ofreci mucho,
como su madre, y sali. En el pasillo dio un pellizco a Petra que traa
un vaso de agua azucarada. Visita dej la mantilla sobre el lecho de su
amiga y se prepar a meterse en todo, sin hacer caso del gesto
impertinente de Petra. Quin se fiaba de criados? Afortunadamente
estaba ella all para todo lo que hiciera falta.

Por lo dems, tu Quintanar del alma hemos de confesar que tiene sus
cosas; a quin se le ocurre irse de caza dejndote as?.

--Pero qu saba l....

--Pues no te quejabas ya anoche?

--Ese Frgilis tiene la culpa de todo....

--Y quien anda con Frgilis se vuelve loco ni ms ni menos que l. No
es ese Frgilis el que injertaba gallos ingleses?

--S, s, l era.

--Y el que dice que nuestros abuelos eran monos? Valiente mono mal
educado est l... pero, mujer, si ni siquiera viste de persona
decente.... Yo nunca le he visto el cuello de la camisa... ni
_chistera_...

Somoza volvi a las ocho de la noche; a pesar de la primavera mdica, no
estaba tranquilo; mir la lengua a la enferma, le tom el pulso, le
mand aplicar al sobaco un termmetro que sac l del bolsillo, y cont
los grados. Se puso el doctor como una cereza.... Mir a Visita con torvo
ceo y echndose a adivinar exclam con enojo:

--Estamos mal!... Aqu se ha hablado mucho.... Me la han aturdido,
verdad? Como si lo viera... mucha gente, de fijo... mucha
conversacin!...

Entonces fue Visita quien sinti encendido el rostro. Somoza haba
adivinado. No saba medicina, pero saba con quin trataba. Recet;
censur tambin a don Vctor por su intempestiva ausencia; dijo que un
loco haca ciento; que Frgilis saba tanto de darwinismo como l de
herrar moscas; dio dos palmaditas en la cara a la Regenta,
complacindose en el contacto; y cerrando puertas con estrpito sali,
no sin despedirse hasta maana temprano, desde lejos.

Visitacin, mientras sentada a los pies de la cama devoraba una buena
racin de dulce de conserva, aseguraba con la boca llena que Somoza y la
carabina de Ambrosio todo uno. La del Banco crea en la medicina casera
y renegaba de los mdicos. Dos veces la haba sacado a ella de peligros
puerperales una famosa matrona sin matrcula ni Dios que lo fund: Di
t que todo es farsa en este mundo. Cmo decir que ests peor porque
se ha procurado distraerte! animal! qu sabr l lo que es una mujer
nerviosa, de imaginacin viva! De fijo que si no estoy yo aqu, te
consumes todo el da pensando tristezas, y dndole vueltas a la idea de
tu Quintanar ausente; 'que por qu no estar aqu, que si es buen
marido, que ya no es un nio para no reflexionar'... y qu s yo; las
cosas que se le ocurren a una en la soledad, estando mala y con motivo
para quejarse de alguno.

Ana estudiaba el modo de or a Visita sin enterarse de lo que deca,
pensando en otra cosa, nica manera de hacer soportable el tormento de
su palique. A las diez y cuarto entr en la alcoba don Vctor,
chorreando pjaros y arreos de caza, con grandes polainas y cinturn de
cuero; detrs vena don Toms Crespo, Frgilis, con sombrero gris
arrugado, tapabocas de cuadros y zapatos blancos de triple suela.
Quintanar dej caer al suelo un impermeable, como Manrique arroja la
capa en el primer acto del Trovador; y en cuanto tal hizo, salt a los
brazos de su mujer, llenndole de besos la frente, sin acordarse de que
haba testigos.

Ay, s! aquello era el padre, la madre, el hermano, la fortaleza dulce
de la caricia conocida, el amparo espiritual del amor casero; no, no
estaba sola en el mundo, su Quintanar era suyo. Eterna fidelidad le
jur callando, en el beso largo, intenso con que pag los del marido. El
bigote de don Vctor pareca una escoba mojada; con la humedad que traa
de las marismas roci la frente de su esposa; pero ella no sinti
repugnancia, y vio oro y plata en aquellos pelos tiesos que parecan un
cepillo de yerbas hechas ceniza por la raz y tostadas por las puntas.
Tambin don Vctor opin que aquello no sera nada, pero de todos
modos, lament en el alma no haber venido en el tren de las cuatro y
media.

--Ya lo ves, Crespo, si hubiera obedecido a aquella corazonada. S,
seora--aadi dirigindose a Visita--que lo diga este, no s por qu se
me figur que deba volver ms temprano a casa....

--Oh, s, de eso est usted seguro. Hay presentimientos--grit la del
Banco, que se dispona a narrar tres o cuatro adivinaciones suyas.

--Pero este tuvo la culpa.... Frgilis encogi los hombros y tom el
pulso a la enferma, que le apret la mano, perdonndoselo todo. La
verdad era que don Vctor haba querido volver temprano... para no
perder el teatro. Pero esto no se poda decir. Frgilis, en silencio,
tuvo una vez ms ocasin de negar la existencia de los avisos
sobrenaturales.--Se haba destocado y su cabello espeso, de color
montaraz, cortado por igual, pareca una mata, una muestra de las
breas. Cerraba los ojos grises y arrugaba el entrecejo; le enojaba la
luz, tropezaba con los muebles, ola al monte; traa pegada al cuerpo la
niebla de las marismas y pareca rodeado de la obscuridad y la frescura
del campo. Tena algo de la fiera que cae en la trampa, del murcilago
que entra por su mal en vivienda humana llamado por la luz.... Y cerca de
Ana nerviosa, aprensiva, febril, semejaba el smbolo de la salud
queriendo _contagiar_ con sus emanaciones a la enferma.

Cuando quedaron solos marido y mujer, despus de conseguir, no sin
trabajo, que Visita renunciara a sacrificarse quedndose a velar a su
amiga, Ana volvi a solicitar los brazos del esposo y le dijo con voz en
que temblaba el llanto:

--No te acuestes todava, estoy muy asustadiza, te necesito, estte
aqu, por Dios, Quintanar....

--S, hija, s, pues no faltaba ms...--Y solcito, carioso le cea el
embozo de las sbanas a la espalda sonrosada, de raso, que l no miraba
siquiera. Pero la Regenta not luego que su marido estaba preocupado.

--Qu tienes? Tienes aprensin? Crees que estoy peor de lo que
dicen... y quieres disimular....

--No, hija, no... por amor de Dios... no es eso....

--S, s; te lo conozco yo; pues no temas, no; yo te aseguro que esto
pasar; lo conozco yo; ya sabes cmo soy, parece que me amaga una
enfermedad... y despus no es nada.... Ahora, s, estoy muy nerviosa, se
me figura a lo mejor que me abandona el mundo, que me quedo sola,
sola... y te necesito a ti... pero esto pasa, esto es nervioso....

--S, hija, claro, nervioso. Y sin poder contenerse se levant diciendo:

--Vida ma, soy contigo. Y sali por la puerta de escape.

--A ver--grit en el pasillo--; Petra, Servanda, Anselmo, cualquiera...
se llev la perdiz don Toms?

Anselmo registr las aves muertas, depositadas en la cocina, y contest
desde lejos:

--S, seor; aqu no hay perdices!

--Ira de Dios! Pardiez! Malhaya! Siempre el mismo! Si es ma, si la
mat yo... si estoy seguro de que fue mi tiro.... Es lo ms
vanidoso!... Anselmo! oye esto que digo: maana al ser de da,
entiendes? te _personas_ en casa de don Toms, y le pides de mi parte,
con la mayor energa y seriedad, la perdiz, est como est, entiendes?
y que no es broma, y aunque est pelada, que quiero que me la
restituya... _Suum cuique_. Ana oy los gritos y se apresur a perdonar
aquella debilidad inocente de su esposo. Todos los cazadores son as,
pens con la benevolencia de la fiebre incipiente.

Volvi don Vctor y la sonrisa dulce, cristiana de su esposa, le
restituy la calma, ya que la perdiz no poda.

Hasta la una y media no _concili el sueo_ su mujer, y _entonces y slo
entonces_, pudo don Vctor disponerse a dormir.

Una vez en mangas de camisa ante su lecho, consider que era un
contratiempo serio la enfermedad de su queridsima Ana. l no estaba
alarmado, bien lo saba Dios; no haba peligro; si lo hubiese lo
conocera en el susto, en el dolor que le estara atormentando; no haba
susto, no haba dolor, luego no haba peligro. Pero haba contratiempo;
por de pronto, adis teatro para muchos das, y aunque se trataba ahora
de una compaa de zarzuela, que era un _gnero hbrido_, sin embargo,
l confesaba que empezaba a saborear las bellezas suaves y sencillas de
la zarzuela seria, y haba encontrado noches pasadas cierto _color local
en Marina_, y _sabor_ de poca en _El Domin Azul_, sin contar con los
amores contrarios del _Juramento_, que eran cosa delicada. Pero y la
expedicin con el Gobernador de la provincia, para inaugurar el
ferrocarril econmico de Occidente? Y las partidas de domin con el
Ingeniero jefe en el Casino? Y los paseos largos que necesitaba para
hacer bien la digestin?. La idea de no salir de casa en muchos das,
le aterraba.... Se acost de muy mal humor. Apag la luz. La obscuridad
le sugiri un remordimiento. Era un egosta, no pensaba en su pobrecita
mujer, sino en su comodidad, en sus caprichos. Y, como en desagravio,
para engaarse a s propio, suspir con fuerza y exclam en voz alta:

--Pobrecita de mi alma! Y se durmi satisfecho. Despert con la cabeza
llena de proyectos, como sola; pero de repente pens en Ana, en la
fiebre y se llen su alma de tristeza cobarde.... Sabe Dios lo que
sera aquello!. La botica, los jaropes que l aborreca, el miedo a
equivocar las dosis, el pavor que le inspiraban las medicinas verdosas,
creyendo que podan ser veneno (para don Vctor el veneno, a pesar de
sus estudios fsico-qumicos, siempre era verde o amarillo), las
equivocaciones y torpezas de las criadas, las horas de hasto y silencio
al pie del lecho de la enferma, las inquietudes naturales, el estar
pendiente de las palabras de Somoza, el hablar con todos los que
quisieran enterarse de la misma cosa, de los grados de la enfermedad...
todas estas incomodidades se aglomeraron en la imaginacin de don
Vctor, que escupi bilis repetidas veces, y se levant lleno de lstima
de s mismo. Fue a la alcoba de su mujer y se olvid de repente de todo
aquello: Ana estaba mal, haba delirado; no haban querido despertarle,
pero la seora haba pasado una noche terrible segn Petra, que haba
velado.

Somoza lleg a las ocho.--Qu es? qu tiene? hay gravedad?

Don Vctor con las manos cruzadas, apretadas, convulso, preguntaba estas
cosas delante de la enferma, que aunque aletargada, oa.

El mdico no contest. Recet y sali al gabinete.

--Qu hay? qu hay?--repeta all Quintanar con voz trmula y muy
bajo--... Qu hay?

Don Robustiano le mir con desprecio, con odio y con indignacin...

Qu hay! qu hay! eso pronto se pregunta; don Robustiano no saba
lo que iba a hacer, pero pareca algo gordo por las seas; esto pens,
pero dijo:

--Hay... que andar en un pie, tener mucho cuidado, no dejarla en poder
de criadas, ni de Visitacin, que la aturde con su chchara...; eso hay.

--Pero es cosa grave, es cosa grave?

--Ps... es y no es. No, no es grave; la ciencia no puede decir que es
grave... ni puede negarlo. Pero hijo, usted no entiende de esto.... Se
trata de una hepatitis? puede... tal vez hay gastroenteritis... tal
vez... pero hay fenmenos reflejos que engaan....

--De modo que no son los nervios? Ni la primavera mdica?...

--Hombre, los nervios siempre andan en el ajo... y la primavera... la
sangre... la savia nueva... es claro... todo influye... pero usted no
puede entender esto....

--No, seor, no puedo. En mis ratos de ocio he ledo libros de medicina,
conozco el Jaccoud... pero semejante lectura me daba ganas de... vamos,
senta nuseas y se me figuraba or la sangre circular, y crea que era
as... una cosa como el depsito del Lozoya, con canales, compuertas en
el corazn....

--Bueno, bueno; por m no disparate usted ms. Hasta la tarde; si hay
novedad, avisar. Ah, y no echarle encima demasiada ropa, ni dejar... que
entre Visitacin... que la aturde. La ciencia prohbe terminantemente
que esa seora protectora de comadronas parteras meta aqu la pata!...

Cuatro das despus, don Robustiano mandaba en su lugar a un mdico
joven, su protegido; crea llegado el caso de inhibirse; ya se saba, l
no poda asistir a las personas muy queridas cuando llegaban a cierto
estado....

El sustituto era un muchacho inteligente, muy estudioso. Declar que la
enfermedad no era grave, pero s larga, y de convalecencia penosa. No le
gustaba usar los nombres vulgares y poco exactos de las enfermedades, y
empleaba los tcnicos si le apuraban, no por ridcula pedantera, sino
por salir con su gusto de no enterar a los profanos de lo que no importa
que sepan, y en rigor no pueden saber. Ello fue que Anita crey que se
mora, y padeci an ms que en el tiempo del mayor peligro, cuando
empezaron a decirle que estaba mejor. Al saber que haba pasado seis
das en aquella torpeza con intervalos de exaltacin y delirio, extra
mucho que se le hubiese hecho tan corto aquel largo martirio.

La debilidad la tena an ms que rendida, exaltada y vidriosa. Todo lo
vea de un color amarillento plido; entre los objetos y ella, flotaban
infinitos puntos y circulillos de aire, como burbujas a veces, como
polvo y como telaraas muy sutiles otras: si dejaba los brazos tendidos
sobre el embozo de su lecho y miraba las manos flacas, surcadas por
haces de azul sobre fondo blanco mate, crea de repente que aquellos
dedos no eran suyos, que el moverlos no dependa de su voluntad, y el
decidirse a querer ocultar las manos, le costaba gran esfuerzo. Sus
mayores congojas eran el tomar el primer alimento: unos caldos
inspidos, desabridos, que don Vctor enfriaba a soplos, soplando con fe
y perseverancia, dando a entender su celo y su cario en aquel modo de
soplar. El ideal del caldo, segn Quintanar, nunca lo _realizaban_ las
criadas de Vetusta. De esto hablaba l, mientras Ana senta sudores
mortales que parecan sacarle de la piel la ltima fuerza, y hasta el
nimo de vivir. Cerraba los ojos, y dejaba de sentirse por fuera y por
dentro; a veces se le escapaba la conciencia de su unidad, empezaba a
verse repartida en mil, y el horror dominndola produca una reaccin de
energa suficiente a volverla a su _yo_, como a un puerto seguro; al
recobrar esta conciencia de s, se senta padeciendo mucho, pero casi
gozaba con tal dolor, que al fin era la vida, prueba de que ella era
quien era. Si don Vctor hablaba a su lado, sin querer Ana segua
entonces el pensamiento de su esposo, y contra su deseo, la atencin se
fijaba en los juicios de Quintanar, y la inteligencia les aplicaba
rigorosa crtica, un anlisis sutil y doloroso para la enferma, que al
pulverizar a pesar suyo las sinrazones del marido, padeca tormento
indescriptible, en el cerebro segn ella.

Vea al mdico muy preocupado con el _tronco_ y sin pensar en los
dolores inefables que ella senta en lo ms suyo, en algo que sera
cuerpo, pero que pareca alma, segn era ntimo. Todos los das haba
que palpar el vientre y hacer preguntas relativas a las funciones ms
humildes de la vida animal; don Vctor, que no se fiaba de su memoria,
siempre reloj en mano, llevaba en un cuaderno un registro en que
asentaba con pulcras abreviaturas y con estilo gongorino, lo que al
mdico importaba saber de estos pormenores.

Mientras dur el temor de la gravedad, el amante esposo no pens ms que
en la enferma y cumpli como bueno; si era a veces importuno,
descuidado, o poco hbil, era sin conciencia. Despus empez a
aburrirse, a echar de menos la vida ordinaria, y exageraba al decir las
horas que pasaba en vela. Para resistir mejor su cruz, decidi tomarle
aficin al oficio de enfermero y lo consigui: lleg a ser para l tan
divertido como hacer prticos ojivales de marquetera, el preparar
menjurjes y pintarle el cuerpo a su mujer con yodo; soplar y limpiar
caldos y consultar el reloj para contar los minutos y hasta los
segundos; operacin en que lleg a poner una exactitud que impacientaba
a Petra y a Servanda. Esperaba con afn la visita del mdico, primero
para hacerse decir veinte veces que Ana iba mejor, mucho mejor, y
adems, para gozar con la conversacin alegre, ajena a todas las
enfermedades del mundo, que segua a la parte facultativa de la visita.
El sustituto de Somoza no era hablador, pero se diverta oyendo a
Quintanar, y este lleg a profesar gran cario a Bentez, que as se
llamaba. El contraste de los cuidados vulgares, insignificantes; de la
alcoba estrecha y llena de una atmsfera pesada; de la vida montona de
casa, con los grandes intereses de la Europa, la guerra de Rusia, el
aire libre, la ltima zarzuela, encantaba a don Vctor, que llevaba la
conversacin a cosas frescas, grandes y de muchos accidentes. Tambin le
gustaba discutir con Bentez y sondearle, como l deca. Uno de los
problemas que ms preocupaban al amo de la casa, era el de la pluralidad
de los mundos habitados. l crea que s, que haba habitantes en todos
los astros, la generosidad de Dios lo exiga; y citaba a Flammarin, y
las cartas de Feijo y la opinin de un obispo ingls, cuyo nombre no
recordaba Mister no s cuntos, porque para l todos los ingleses eran
Mister.

Desde que el mdico declar que la mejora, aunque lenta, sera continua
probablemente, Quintanar, muy contento, no permiti que se dudase de
aquella no interrumpida marcha en busca de la salud. Su egosmo
candoroso, pero fuerte, estaba cansado de pensar en los dems, de
olvidarse a s mismo, no quera ms tiempo de servidumbre, y si Ana se
quejaba, su marido torca el gesto, y hasta lleg a hablar con voz
agridulce de la paciencia y de la formalidad.

--No seamos nios, Ana; t ests mejor, eso que tienes es efecto de la
debilidad... no pienses en ello... es aprensin; la aprensin hace ms
vctimas que el mal. Y repeta infaliblemente la parbola del clera y
la aprensin.

La idea de una recada, de un estancamiento siquiera, le pareca
subversiva, una maquinacin contra su reposo. l no era de piedra. No
podra resistir....

Ya no tena compasin de la enferma; ya no haba all ms que nervios...
y empez a pensar en s mismo exclusivamente. Entraba y sala a cada
momento en la alcoba de Ana; casi nunca se sentaba, y hasta lleg a
fastidiarle el registro de medicinas y dems pormenores ntimos. El
mdico tuvo que entenderse con Petra. Quintanar inventaba sofismas y
hasta mentiras para estar fuera, en su despacho, en el Parque. Qu
gran cosa eran el Arte y la Naturaleza! En rigor todo era uno, Dios el
autor de todo. Y respiraba don Vctor las auras de abril con placer
voluptuoso, tragando aire a dos carrillos. Volvi a componer sus
maquinillas, so con nuevos inventos, y envidi a Frgilis la
aclimatacin del Eucaliptus globulus en Vetusta.

La Regenta not la ausencia de su marido; la dejaba sola horas y horas
que a l le parecan minutos. Cuando las congojas la anegaban en mares
de tristeza, que parecan sin orillas, cuando se senta como aislada del
mundo, abandonada sin remedio, ya no llamaba a Quintanar, aunque era el
nico ser vivo de quien entonces se acordaba; prefera dejarle tranquilo
all fuera, porque si vena le haca dao con aquel desdn grrulo y
absurdo de los padecimientos nerviosos.

Una tarde de color de plomo, ms triste por ser de primavera y parecer
de invierno, la Regenta, incorporada en el lecho, entre murallas de
almohadas, sola, obscuro ya el fondo de la alcoba, donde tomaban
posturas trgicas abrigos de ella y unos pantalones que don Vctor
dejara all; sin fe en el mdico creyendo en no saba qu mal incurable
que no comprendan los doctores de Vetusta, tuvo de repente, como un
amargor del cerebro, esta idea: Estoy sola en el mundo. Y el mundo era
plomizo, amarillento o negro segn las horas, segn los das; el mundo
era un rumor triste, lejano, apagado, donde haba canciones de nias,
montonas, sin sentido; estrpito de ruedas que hacen temblar los
cristales, rechinar las piedras y que se pierde a lo lejos como el
gruir de las olas rencorosas; el mundo era una contradanza del sol
dando vueltas muy rpidas alrededor de la tierra, y esto eran los das;
nada. Las gentes entraban y salan en su alcoba como en el escenario de
un teatro, hablaban all con afectado inters y pensaban en lo de fuera:
su realidad era otra, aquello la mscara. Nadie amaba a nadie. As era
el mundo y ella estaba sola. Mir a su cuerpo y le pareci tierra. Era
cmplice de los otros, tambin se escapaba en cuanto poda; se pareca
ms al mundo que a ella, era ms del mundo que de ella. Yo soy mi
alma, dijo entre dientes, y soltando las sbanas que sus manos
opriman, resbal en el lecho, y qued supina mientras el muro de
almohadas se desmoronaba. Llor con los ojos cerrados. La vida volva
entre aquellas olas de lgrimas. Oy la campana de un reloj de la casa.
Era la hora de una medicina. Era aquella tarde el encargado de drsela
Quintanar y no apareca. Ana esper. No quiso llamar y se inclin hacia
la mesilla de noche. Sobre un libro de pasta verde estaba un vaso. Lo
tom y bebi. Entonces ley distrada en el lomo del libro voluminoso:
_Obras de Santa Teresa. I_.

Se estremeci, tuvo un terror vago; acudi de repente a su memoria
aquella tarde de la lectura de San Agustn en la glorieta de su huerto,
en Loreto, cuando era nia, y crey or voces sobrenaturales que
estallaban en su cerebro; ahora no tena la cndida fe de entonces. Era
una casualidad, pura casualidad la presencia de aquel libro mstico
coincidiendo con los pensamientos de abandono que la entristecan, y
despertando ideas de piedad, con fuerte impulso, con calor del alma,
serias, profundas, no impuestas, sino como reveladas y acogidas al punto
con abrazos del deseo.... Pero no importaba, fuera o no aviso del cielo,
ella tomaba la leccin, aprovechaba la coincidencia, entenda el sentido
profundo del azar. No se quejaba de que estaba sola, no haba cado
como desvanecida por la idea del abandono?... Pues all estaban aquellas
letras doradas: _Obras de Santa Teresa. I_. Cunta elocuencia en un
letrero! Ests sola! pues y Dios?.

El pensamiento de Dios fue entonces como una brasa metida en el corazn;
todo ardi all dentro en piedad; y Ana, con irresistible mpetu de fe
ostensible, viva, material, fortsima, se puso de rodillas sobre el
lecho, toda blanca; y ciega por el llanto, las manos juntas temblando
sobre la cabeza, balbuciente, exclam con voz de nia enferma y amorosa:

--Padre mo! Padre mo! Seor! Seor! Dios de mi alma!

Sinti escalofros y ondas de mareo que suban al cerebro; se apoy en
el fro estuco, y cay sin sentido sobre la colcha de damasco rojo.

A pesar de la prohibicin de don Vctor, vino el retroceso, recay la
enferma, y se volvi a los sustos, a los apuros, a las noches en vela;
el mdico volvi a ser un orculo, los pormenores de alcoba negocios
arduos, el reloj un dictador lacnico.

Ana tuvo aquellas noches sueos horribles. Al amanecer, cuando la luz
plida y cobarde se arrastraba por el suelo, despus de entrar laminada
por los intersticios del balcn, despertaba sofocada por aquellas
visiones, como nufrago que sale a la orilla.... Parecale sentir todava
el roce de los fantasmas groseros y cnicos, cubiertos de peste; oler
hediondas emanaciones de sus podredumbres, respirar en la atmsfera
fra, casi viscosa, de los subterrneos en que el delirio la
aprisionaba. Andrajosos vestiglos amenazndola con el contacto de sus
llagas purulentas, la obligaban, entre carcajadas, a pasar una y cien
veces por angosto agujero abierto en el suelo, donde su cuerpo no caba
sin darle tormento. Entonces crea morir. Una noche la Regenta reconoci
en aquel subterrneo las catacumbas, segn las descripciones romnticas
de Chateaubriand y Wisseman; pero en vez de vrgenes de blanca tnica,
vagaban por las galeras hmedas, angostas y aplastadas, larvas,
asquerosas, descarnadas, cubiertas de casullas de oro, capas pluviales y
manteos que al tocarlos eran como alas de murcilago. Ana corra, corra
sin poder avanzar cuanto anhelaba, buscando el agujero angosto,
queriendo antes destrozar en l sus carnes que sufrir el olor y el
contacto de las asquerosas cartulas; pero al llegar a la salida, unos
la pedan besos, otros oro, y ella ocultaba el rostro y reparta monedas
de plata y cobre, mientras oa cantar responsos a carcajadas y le
salpicaba el rostro el agua sucia de los hisopos que beban en los
charcos.

Cuando despert se sinti anegada en sudor fro y tuvo asco de su propio
cuerpo y aprensin de que su lecho ola como el ftido humor de los
hisopos de la pesadilla...

Ira a morir? Eran aquellos sueos repugnantes emanaciones de la
sepultura, el sabor anticipado de la tierra? Y aquellos subterrneos y
sus larvas eran imitacin del infierno? El infierno! Nunca haba
pensado en l despacio; era una de tantas creencias irreflexivas en ella
como en los ms de los fieles; crea en el Infierno como en todo lo que
mandaba creer la Iglesia, porque siempre que su pensamiento se haba
revelado, ella lo haba sometido con acto de pretendida fe, haba dicho
creo a ciegas, tomando las palabras y la resolucin de creer por la
creencia. Pero otra cosa era en esta ocasin: el Infierno ya no era un
dogma englobado en otros: ella haba sentido su olor, su sabor... y
comprenda que antes, en rigor, no crea en el Infierno. S, s, era
material o lo pareca, por qu no? Qu vana se le antojaba ahora a la
Regenta la filosofa superficial del optimismo bullanguero, del
espiritualismo abstracto, bonachn, sin sentido de la realidad triste
del mundo! Haba infierno! Era as... la podredumbre de la materia para
los espritus podridos.... Y ella haba pecado, s, s, haba pecado.
Qu diferentes criterios el que ahora aplicaba a sus culpas, y el que
el mundo sola tener y con el cual ella se haba absuelto de ciertas
_ligerezas_ que ya le pesaban como plomo!. Y recordaba mximas y
aforismos religiosos que haba odo al Magistral, sin penetrar su
terrible severidad, aquel sentido lgubre y hondo que no parecan tener
en los labios finos, suaves, llenos de silbantes sonidos del pulqurrimo
cannigo.

Ya haba subido el sol gran trecho del cielo, ya calentaba la maana con
tibias caricias de un Abril de Vetusta; en la casa crean postrada o
dormida a la Regenta y no abran las maderas del balcn, ni interrumpan
el descanso de la enferma. Ana senta el da en el melanclico regalo
que su mismo lecho, tantas veces aborrecido, le prestaba en aquellas
horas de la maana de primavera; otra vez volva la vida a moverse en
aquel cuerpo mustio, asolado, como campo de batalla; la vida iba
avanzando por aquel terreno de su victoria, dudosa de ella todava. El
cerebro recobraba los dominios de la lgica, su salud; la memoria,
firme, no era ya un tormento ni se mezclaba con visiones y disparates.

Ana, contenta de que la dejasen sola, de que la creyesen dormida o en
sopor, repasaba en su conciencia aquellos pecados de que quera
acusarse; era relator la memoria, fiscal la imaginacin, y poco a poco,
segn las olas de salud suban en su marea, la enferma, perdido el
terror con que despertara, oa la acusacin con dulce curiosidad
creciente; la idea del infierno se desvaneca, como mueren las
vibraciones de una placa, lejos ya de las sensaciones de asco y terror;
aquellas culpas recordadas, que eran la vida, la realidad ordinaria,
pasaban por el cerebro de Ana como un alimento, daban calor, fuerza al
nimo, y, sin que el remordimiento se extinguiera, el relato adquira
ms y ms inters.

Pasaron entonces por el recuerdo todos los das que siguieron al
entumecimiento del rigoroso temporal, cuando el espritu de Ana haba
dejado aquella especie de vida de culebra invernante. Record la romera
de San Blas, en la carretera de la Fbrica Vieja; aquella tarde de sol
que era una fiesta del cielo; la torre de la catedral all arriba, como
en la cspide de un monumento, encaje de piedra obscura sobre fondo de
naranja y de violeta de un cielo suave, listado, de nubes largas,
estrechas, ondeadas, quietas sobre el abismo, como esperando a que se
acostara el sol para cerrar el horizonte.... Sin saber cmo, San Blas
anunciaba la primavera; Ana esperaba ya aquellos das en que, con largos
intervalos de mal tiempo, aparece un poco de luz que arranca vibraciones
de alegra y resplandor al verde dormido de los campos vetustenses;
aquellos das que son algo mejor que Abril y Mayo; su esperanza. Las
ideas tristes haban volado como pjaros de invierno, Ana se haba visto
en el paseo de San Blas rodeada del mundo, agasajada, y a su lado iba
don lvaro Mesa, enamorado, triste de tanto amor, resignado, carioso
sin inters, suave y tierno, sin esperanza. Algo as como el mismo
encanto del da; en rigor, el invierno, nada, pero en la tranquilidad y
tibia y vaga alegra del ambiente, una delicia que saboreaba con
inefable gozo la Regenta.

As don lvaro; no sera jams suya, eso no; ese verano ardiente no
vendra, ni siquiera le consentira hablarle claro, insistir en sus
pretensiones; pero tenerle a su lado, _sentirle_ quererla, adorarla, eso
s: era dulce, era suave, era un placer tranquilo, profundo.... Ella le
miraba con llamaradas que apagaba al brotar de los ojos, le sonrea como
una diosa que admite el holocausto, pero una diosa humilde, maternal,
llena de caridad y de gracia, sino de amor de fuego. Tal haba sido el
paseo de San Blas.

Desde aquella tarde Mesa haba recobrado parte de sus esperanzas; crey
otra vez en la influencia _del fsico_ y se propuso estar al lado de Ana
la mayor cantidad de tiempo posible. Era una villana, pero recurri a
la ciega amistad de don Vctor. En el Casino se sentaba a su lado, tena
la paciencia de verle jugar al domin o al ajedrez, y terminada la
partida le coga del brazo, y, como sola llover, paseaban por el saln
largo, el de baile, obscuro, triste, resonante bajo las pisadas de las
cinco o seis parejas que lo medan de arriba abajo a grandes pasos, que
tenan por el furor de los tacones, algo de protesta contra el mal
tiempo. Veterano del Casino haba que llevaba andado en aquel saln
camino suficiente para llegar a la luna. Paseaban los dos amigos, y
Mesa iba entrando, entrando por el alma del jubilado regente y tomando
posesin de todos sus rincones.

Don Vctor lleg a creer que a Mesa ya no le importaban en el mundo ms
negocios que los de l, los de Quintanar, y sin miedo de aburrirle,
tardes enteras le tena amarrado a su brazo, dando vueltas por las
tablas temblonas del saln, parndose a cada pasaje interesante del
relato o siempre que haba una duda que consultar con el amigo. Don
lvaro sufra el tormento pensando en la venganza. Mucho tiempo se haba
resistido su delicadeza, o lo que fuese, a emprender aquel camino
subterrneo y traidor, pero ya no poda menos. Adems qu diablo!
mayores bellaqueras haba en la historia de sus aventuras.

Don Vctor se paraba, soltaba el brazo del confidente, levantaba la
cabeza para mirarle cara a cara, y deca, por ejemplo:

--Mire usted, aqu en el secreto de la... pues... contando con el sigilo
de usted.... Frgilis tiene tambin sus defectos. Yo le quiero ms que un
hermano, eso s, pero l... l me tiene en poco... cralo usted.... No me
lo niegue usted, es intil, yo le conozco mejor: me tiene en poco, se
cree muy superior. Yo no le niego ciertas ventajas. Sabe ms
arboricultura, conoce mejor los cazaderos, es ms constante que yo en el
trabajo... pero tirar mejor que yo! hombre por Dios! Y el talento
mecnico? l es torpe de dedos y tardo de ingenio.--Y don Vctor,
parndose otra vez, casi al odo de don lvaro aada--: Dir la
palabra: un rutinario!

Quintanar era inagotable en el captulo de las quejas y de la envidia
pequea, al pormenor, cuando se trataba de su amigo ntimo, de su
Frgilis; se senta dominado por l y desahogaba la colerilla sorda,
cobarde, bonachona en el fondo, en estas confidencias; Mesa era una
especie de rival de Frgilis que asomaba; don Vctor encontraba cierta
satisfaccin maligna en la infidelidad incipiente.

Don lvaro callaba y oa. Slo cuando trataba don Vctor de su buena
puntera se quedaba un poco preocupado. Le pareca imposible que se
pudiera hablar tanto de un hombre tan insignificante como don Toms
Crespo, a quien l crea loco de nacimiento.

Anocheca, segua lloviendo, los mozos de servicio encendan dos o tres
luces de gas en el saln, y Quintanar conoca por esta sea y por el
cansancio, que le arrancaba sudor copioso, que haba hablado mucho;
senta entonces remordimientos, se apiadaba de Mesa, le agradeca en el
alma su silencio y atencin, y le invitaba muchas veces a tomar un vaso
de cerveza alemana en su casa.

La frase era:--Vamos a la Rinconada? Mesa, callando, segua a don
Vctor.

Una intuicin singular le deca al ex-regente que pagaba bien al amigo
su atencin llevndoselo a casa. Por qu don lvaro haba de tener
gusto en seguirle? Si se lo hubieran preguntado a Quintanar, no hubiese
podido responder. Pero se lo daba el corazn; lo haba observado, sin
fijarse en la observacin: a Mesa le gustaba entrar en la casa de la
Rinconada.

Sola llevarle al despacho, a su museo como l deca; all le explicaba
el mecanismo de aquellos intrincados maderos y resortes y, convencido de
la ignorancia de su amigo, le engaaba sin conciencia. Lo que no
consenta don lvaro era que se pasase revista a las colecciones de
yerbas y de insectos: le mareaba el fijar sucesiva y rpidamente la
atencin en tantas cosas intiles.--El nico _bicho_ que le era
simptico a don lvaro era un pavo real disecado por Frgilis y su
amigo.--Sola acariciarle la pechuga, mientras Quintanar disertaba:

--Bueno--deca don Vctor--pues pasaremos a mi gabinete, ya que usted
desprecia mis colecciones.--Anselmo, la cerveza al gabinete.

El gabinete era otro museo: estaban all las armas y la indumentaria.
Una panoplia antigua completa, otras dos modernas muy brillantes y
bordadas; escopetas, pistolas y trabucos de todas pocas y tamaos
llenaban las paredes y los rincones. En arcas y armarios guardaba don
Vctor con el cario de un coleccionador los trajes de aficionado que
haba lucido en mejores tiempos. Si se entusiasmaba hablando de sus
marchitos laureles, abra las arcas, abra los armarios, y seda, galones
y plumas, abalorios y cintajos en mezcla de colores chillones saltaban a
la alfombra, y en aquel mar de recuerdos de trapo perda la cabeza
Quintanar. En una caja de latn, entre yerba, guardaba como oro en pao,
un objeto, que a primera vista se le antoj a Mesa una serpiente; en
efecto, yaca enroscado y era verdinegro el bulto.... No haba que
temer... don Vctor domaba fieras; aquello era la cadena que l haba
arrastrado representando el Segismundo de _La vida es sueo_, en el
primer acto.

--Mire usted, amigo mo, a usted puedo decrselo; no es inmodestia;
reconozco, cmo no? la superioridad de Perales en el teatro antiguo, su
Segismundo es una revelacin, concedo, revela mejor que el mo la
filosofa del drama, pero... no me gustaba su modo de arrastrar la
cadena; pareca un perro con maza; yo la manejaba con mucha mayor
verosimilitud y naturalidad; arrastraba la cadena, crame usted, como si
no hubiese arrastrado otra cosa en mi vida. Tanto, que una noche, en
Calatayud, me arrojaron todo ese hierro al escenario, como smbolo de mi
habilidad. Por poco se hunde el tablado. Guardo esa cadena como el mejor
recuerdo de mi efmera vida artstica.

Mesa esperaba la presencia de Ana y as poda resistir la conversacin
de su amigo, pero muchas veces la Regenta no pareca por el gabinete de
su marido, y el galn tena que contentarse con el bock de cerveza y el
teatro de Caldern y Lope.

Pero ya estaba en casa. Poco a poco fue atrevindose a ir a cualquier
hora y Ana, sin sentirlo, se lo encontr a su lado como un objeto
familiar. Iba siendo Mesa al casern lo que Frgilis a la huerta.

Aquel procedimiento rastrero, de villano, debi irritarla, pero no la
irrit; tuvo que confesar que no despreciaba ni aborreca a don lvaro,
a pesar de que sus intenciones eran torcidas, miserables; quera abusar
de la confianza de don Vctor. Pero y si no quera? Si se contentaba
con estar cerca de ella, con verla y hablarla a menudo y tenerla por
amiga? Veramos. Si l se propasaba, estaba segura de resistir y hasta
valor senta para echarle en cara su crimen, su bajeza y arrojarle de
casa.

Pasaron das y Ana cada vez estaba ms tranquila. No, no se propasaba;
no haca ms que admirarla, amarla en silencio. Ni una palabra
peligrosa, ni gesto atrevido; nada de acechar ocasiones, nada de buscar
_escenas_; una honradez cabal; el amor que respeta la honra, la pasin
que se alimenta de ver y respirar el ambiente que rodea al ser amado. El
placer que ella senta, tambin tena que confesrselo, era el ms
intenso que haba saboreado en su vida. Poco decir era por que haba
gozado tan poco!. Al sentir cerca de s a don lvaro, segura de que no
haba peligro, respiraba con delicia, dejaba el espritu en una
somnolencia moral que la tena bajo los efectos del opio. Comparaba ella
la situacin a la aventura de flotar sobre mansa corriente perezosa,
sombra, a la hora de la siesta; el agua va al abismo, el cuerpo
flota... pero hay la seguridad de salir de la corriente cuando el
peligro se acerque; basta con un esfuerzo, dos golpes de los brazos y se
est fuera, en la orilla.... Ya saba Ana en sus adentros que aquello no
estaba bien, por que ella no poda responder de la prudencia de don
lvaro. Pero, no estaba segura de s misma? s pues entonces! por
qu no dejarle venir a casa, contemplarla, mostrar los cuidados de una
madre, la fidelidad de un perro?. Adems, quien mandaba en casa era su
marido, no era ella. Buscaba ella a Mesa? No. Mandaba ella a
Quintanar que le trajese? No. Pues bastaba. Obrar de otro modo hubiera
sido alarmar al esposo sin motivo, infundir sospechas sin fundamento,
tal vez robar a don Vctor para siempre la paz del alma. Lo mejor era
callar, estar alerta, y... gozar la tibia llama de la pasin de soslayo;
que con ser poco tal calor era la ms viva hoguera a que ella se haba
arrimado en su vida.

Y al Magistral no se le deca nada de esto. Para qu? No haba pecado.
Haba ocasin, pero no se buscaba. Adems, Ana, puesto que defenda su
virtud, crea prudente ocultar todo lo que fueran personalidades al
confesor. Si creca el peligro, hablara. Mientras tanto, no.

Entonces fue cuando el Provisor vio con su catalejo, desde el campanario
de la catedral, los preparativos de una expedicin al campo en la que
acompaaban a la Regenta Mesa, Frgilis y Quintanar. No fue aquella
sola; muchas veces, en cuanto vea un rayo de sol, a don Vctor se le
antojaba aprovechar el buen tiempo y echar una cana al aire en los
ventorrillos de la carretera de Castilla o en los de Vistalegre, en
compaa de las personas que ms quera en Vetusta, a saber: su cara
esposa, Frgilis... y don lvaro. El pobre Ripamiln era invitado, pero
deca que si no le llevaban en coche.... El espritu no faltaba, pero
los huesos no tienen espritu.

Se coma, all arriba, lo que sala al paso, lo que daban los pasmados
venteros: chorizos tostados, chorreando sangre, unas migas, huevos
fritos, cualquier cosa; el pan era duro, mejor! el vino malo, saba a
la pez, mejor! esto le gustaba a Quintanar: y en tal gusto coincida
con su esposa, amiga tambin de estas meriendas aventuradas, en las que
encontraba un condimento picante que despertaba el hambre y la alegra
infantil. En aquellos altozanos se respiraba el aire como cosa nueva;
se calentaban a los rayos del sol con voluptuosa pereza, como si el sol
de Vetusta, de all abajo, fuera menos benfico. Notaba Ana que en
aquella altura, en aquel escenario, mitad pastoril, mitad de novela
picaresca, entre arrieros, maritornes y seores de castillos, a lo don
Quijote, se despertaba en ella el instinto del arte plstico y el
sentido de la observacin; reparaba las siluetas de rboles, gallinas,
patos, cerdos, y se fijaba en las lneas que pedan el lpiz, vea ms
matices en los colores, descubra grupos artsticos, combinaciones de
composicin sabia y armnica, y, en suma, se le revelaba la naturaleza
como poeta y pintor en todo lo que vea y oa, en la respuesta aguda de
una aldeana o de un zafio gan, en los episodios de la vida del corral,
en los grupos de las nubes, en la melancola de una mula cansada y
cubierta de polvo, en la sombra de un rbol, en los reflejos de un
charco, y sobre todo en el ritmo recndito de los fenmenos, divisibles
a lo infinito, sucedindose, coincidiendo, formando la trama dramtica
del tiempo con una armona superior a nuestras facultades perceptivas,
que ms se adivina que de ella se da testimonio. Este nuevo sentido de
que tena conciencia Ana en estas expediciones a los ventorrillos altos
de Vistalegre, camino de Corfn, le inundaba de visiones el cerebro y la
suma en dulce inercia en que hasta el imaginar acababa por ser una
fatiga. Entonces la sacaban de sus xtasis naturalistas una atencin
delicada de Mesa o una salida de buen humor intempestivo de Quintanar.
Don Vctor crea que en el campo, sobre todo si se merienda, no se debe
hacer ms que locuras; y, por supuesto, era segn l indispensable que
alguien se disfrazase cambiando, por lo menos, de sombrero. l sola en
tales ocasiones buscar un aldeano que usara la antigua montera del pas;
se la peda en prstamo y se presentaba cubierto con aquel trapo de pana
negra al respetable concurso. Se rean por complacerle. Se merendaba
casi siempre al aire libre, contemplando all abajo el casero parduzco
de Vetusta; la catedral pareca desde all hundida en un pozo, y muy
chiquita; esbelta, pero como un juguete; detrs el humo de las fbricas
en la barriada de los obreros en el campo del Sol, y ms all los campos
de maz, ahora verdes con el alcacer, los prados, los bosques de
castaos y robles... las colinas de un verde obscuro y la niebla, por
fin, confundindose con los picachos de los puertos lejanos. Se
filosofaba mientras se coma, tal vez con los dedos, salchichn o
chorizos mal tostados, queso duro, o tortillas de jamn, lo que fuese;
se hablaba al descuido, lentamente, pensando en cosas ms hondas que las
que se deca, con los ojos clavados en la lontananza, detrs de la cual
se vela el recuerdo, lo desconocido, la vaguedad del sueo; se hablaba
de lo que era el mundo, de lo que era la sociedad, de lo que era el
tiempo, de la muerte, de la otra vida, del cielo, de Dios; se evocaba la
infancia, las fechas lejanas en que haba una memoria comn; y un
sentimentalismo, como desprendido de la niebla que bajaba de Corfn, se
extenda sobre los comensales buclicos y su filosofa de sobremesa.

Comenzaba la brisa; picaba un poco y tena sus peligros, pero halagaba
la piel; sala una estrella; el cuarto de luna (que a don Vctor le
pareca la plegadera de oro que le haban regalado en Granada), tomaba
color, es decir, luz. La conversacin, ya perezosa, daba entonces en la
astronoma y se paraba en el concepto de lo infinito; se acababa por
tener un deseo vago de or msica. Entonces Quintanar recordaba que se
cantaba aquella noche _El Relmpago_ o _Los Magyares_; levantaba el
campo, y paso a paso, volvan a la soolienta Vetusta dejndose resbalar
por la pendiente suave de la carretera. Frgilis dejaba el brazo a la
Regenta, que indefectiblemente lo buscaba; y Mesa resignado, firme en
su propsito de ser prudente mientras fuera necesario, se emparejaba con
don Vctor, que tal vez se permita cantar a su modo el _spirto gentil_
o la _casta diva_; aunque prefera recitar versos, sin que jams se le
olvidase decir con Gngora:

        A su cabaa los gua
        que el sol deja el horizonte,
        y el humo de su cabaa
        les va sirviendo de Norte.

Los sapos cantaban en los prados, el viento cuchicheaba en las ramas
desnudas, que chocaban alegres, inclinndose, preadas ya de las nuevas
hojas; y Ana, apoyndose tranquila en el brazo fuerte del mejor amigo,
olfateaba en el ambiente los anuncios inefables de la primavera. De esto
hablaban ella y Frgilis. Crespo, satisfecho, tranquilo, apacible, en
voz baja, como respetando el primer sueo del campo, su dolo, dejaba
caer sus palabras como un roco en el alma de Ana, que entonces
comprenda aquella adoracin tranquila, aquel culto potico, nada
romntico, que consagraba Frgilis a la naturaleza, sin llamarla as,
por supuesto. Nada de _grandes sntesis_, de cuadros disolventes, de
filosofa pantestica; pormenores, historia de los pjaros, de las
plantas, de las nubes, de los astros; la experiencia de la vida natural
llena de lecciones de una observacin riqusima. El amor de Frgilis a
la naturaleza era ms de marido que de amante, y ms de madre que de
otra cosa. En aquellos momentos, al volver a Vetusta con Ana del brazo,
se haca elocuente, hablaba largo y sin miedo, aunque siempre
pausadamente; en su voz haba arrullos amorosos para el campo que
describa, y temblaba en sus labios el agradecimiento con que oa a otra
persona palabras de cario y de inters por rboles, pjaros y flores.
Ana envidiaba en tales horas aquella existencia de rbol inteligente, y
se apoyaba y casi recostaba en Frgilis como en una encina venerable. Y
detrs vena el otro, ella lo senta. A veces hablaba con Ana don lvaro
y Ana contestaba con voz afable, como en pago de su prudencia, de su
paciencia y de su martirio.... Porque, sin duda, sufrir tanto tiempo a
Quintanar era un martirio.

Don lvaro sudaba de congoja. Don Vctor se le colgaba del brazo,
levantaba los ojos al cielo y se diverta en encontrar parecidos entre
los nubarrones de la noche y las formas ms vulgares de la tierra.

--Mire usted, mire usted, aquel cmulus es lo mismo que Ripamiln;
figreselo usted con la teja en la mano....

--Aquel cirrus negro parece la moa de un torero....

Don lvaro, al llegar a la Rinconada, mientras dejaba pasar delante a
don Vctor, que traa llavn, levantaba el puo cerrado sobre la cabeza
del insoportable amigo.... No descargaba el golpe... no... pero.... Ya
lo descargara!.

Oh! pensaba, lo que es ahora estoy en mi derecho. Ojo por ojo.

As viva Ana, menos aburrida si no contenta, sin grandes
remordimientos, aunque no satisfecha de s misma. Ni permita a don
lvaro acercarse, alentar esperanzas que ella sustentase, ni le
rechazaba con el categrico desdn que la virtud, lo que se llama la
virtud, exiga. Estas medias tintas de la moralidad le parecan entonces
a ella las ms conformes a la flaca naturaleza humana. Por qu he de
creerme ms fuerte de lo que soy?.

Tambin volvi a frecuentar la casa de Vegallana. Fue muy bien recibida;
la del Banco se la coma a besos, le hablaba de modas, le mandaba
patrones a casa, y le recordaba visitas que tena que pagar y a que ella
la acompaaba, porque don Vctor se negaba a perder el tiempo en estos
cumplidos.

--Seor--gritaba l--yo no sirvo para eso; no se me haga a mi hablar del
tiempo, del mal servicio de criadas, de la caresta de los comestibles.
Exjase de m cualquier cosa menos hacer visitas de cumplido!

--Yo soy artista, no sirvo para esas nimiedades--deca para sus
adentros.

Visitacin procuraba meterle a Ana, a manos llenas, por los ojos, por la
boca, por todos los sentidos, el demonio, el mundo y la carne; el buen
tiempo la ayudaba.

La Regenta no tomaba con gran calor aquellas diversiones, pero las
prefera a su estril soledad, en que buscando ideas piadosas encontraba
tristezas, un hasto hondo y el rencoroso espritu de protesta de la
carne pisoteada, que bramaba en cuanto poda. Era mejor vivir como
todos, dejarse ir, ocupar el nimo con los pasatiempos vulgares, sosos,
pero que, al fin, llenan las horas....

En esta situacin estaba cuando el Magistral le dijo en el confesonario
que se perda; que l la haba visto arrojar con desdn sobre un banco
de csped la historia de Santa Juana Francisca.... Aquella tarde De Pas
estuvo ms elocuente que nunca; ella comprendi que estaba siendo una
ingrata, no slo con Dios, sino con su apstol, aquel apstol todo
fuego, razn luminosa, lengua de oro, de oro lquido.... La voz del
sacerdote vibraba, su aliento quemaba, y Ana crey or sollozos
comprimidos. Era preciso seguirle o abandonarle; l no era el capelln
complaciente que sirve a los grandes como lacayo espiritual; l era el
padre del alma, el padre, ya que no se le quera or como hermano. Haba
que seguirle o dejarle. Y despus haba hablado de lo que l mismo
senta, de sus ilusiones respecto de ella. S, Ana (Ana la haba
llamado, estaba ella segura), yo haba soado lo que pareca anunciarse
desde nuestra primer entrevista, un espritu compaero, un hermano
menor, de sexo diferente para juntar facultades opuestas en armnica
unin; yo haba soado que ya no era Vetusta para m crcel fra, ni
semillero de envidias que se convierten en culebras, sino el lugar en
que habitaba un espritu noble, puro y delicado, que al buscarme para
caminar en la va santa de salvacin, sin saberlo, me guiaba tambin por
esa va; yo esperaba que usted fuese lo que aquella historia que
llorando me contaba, prometa... lo que usted me prometi cien veces
despus.... Pero no, usted desconfa de m, no me cree digno de su
direccin espiritual, y para satisfacer esas ansias de amor ideal que
siente, tal vez ya busca en el mundo quien la comprenda y pueda ser su
confidente.

--No, no--repeta Ana llorando; pero l haba seguido hablando de su
despecho, cada vez ms triste, cada vez con ms ardor en las palabras y
en el aliento.... Y haban concluido por reconciliarse, por prometerse
nueva vida, verdadera reforma, eficaz cambio de costumbres; y ella
exaltada le haba dicho: Quiere usted que hoy mismo le acompae a casa
de doa Petronila?. S, s; eso, lo mejor es eso, haba contestado
l. Y haban ido juntos sin pensar ni uno ni otro lo que hacan.

Desde aquella tarde haba empezado para la Regenta la vida de la devota
prctica; pero dur poco la eficacia de aquel impulso en que no haba
piedad acendrada sino gratitud, el deseo de complacer al hombre que
tanto trabajaba por salvarla, y que era tan elocuente y que tanto vala.
Ana a veces, no pudiendo elevar su atencin a las cosas invisibles, a la
contemplacin piadosa, procuraba preparar este viaje mstico pensando en
el Magistral. Oh, qu grande hombre! Y qu bien penetraba en el
espritu, y qu bien hablaba de lo que parece inefable, de los
subterrneos de las intenciones, de las delicadezas del sentimiento! Y
cunto le deba ella! Por qu tanto inters si aquella pecadora no lo
mereca?. Las lgrimas se agolpaban a los ojos de Ana. Lloraba de
gratitud y de admiracin. Y no pudiendo meditar sobre cosas santas,
piadosas, ponase la mantilla y corra a la conferencia de San Vicente,
o a la Junta del Corazn o al Catecismo, o a misa... donde
correspondiera. Pero la fe era tibia; por all no se iba a donde ella
haba deseado. Adems, se conoca; saba que ella, de entregarse a Dios,
se entregara de veras; que mientras su devocin fuese callejera,
ostentosa y distrada, ella misma la tendra en poco, y cualquier pasin
mala, pero fuerte, la hara polvo.

Mas resuelta a huir de los extremos, a ser _como todo el mundo_,
insisti en seguir a las _dems beatas_ en todos sus pasos, y aunque sin
gusto, entr en todas las cofradas, fue hija y hermana, segn se
quiso, de cuantas juntas piadosas lo solicitaron.

Divida el tiempo entre el mundo y la iglesia: ni ms ni menos que doa
Petronila, Olvido Pez, Obdulia y en cierto modo la Marquesa. Se la vio
en casa de Vegallana y en las Paulinas, en el Vivero y en el Catecismo,
en el teatro y en el sermn. Casi todos los das tenan ocasin de
hablar con ella, en sus respectivos crculos, el Magistral y don lvaro,
y a veces uno y otro en el mundo y uno y otro en el templo; lugares
haba en que Ana ignoraba si estaba all en cuanto mujer devota o en
cuanto mujer de sociedad.

Pero ni De Pas ni Mesa estaban satisfechos. Los dos esperaban vencer,
pero a ninguno se le acercaba la hora del triunfo.

--Esta mujer--deca don lvaro--es _peor_ que Troya.

--El remedio ha sido peor que la enfermedad--pensaba don Fermn.

Ana vea en los pormenores de la vida de beata mil motivos de
repugnancia; pero prefera apartar de ellos la atencin: no dejaba que
el espritu de contradiccin buscase las debilidades, las groseras, las
miserias de aquella devocin exterior y bullanguera. No quera censurar,
no quera ver.

Pero a s misma se comparaba al cadver del Cid venciendo moros. No era
ella, era su cuerpo el que llevaban de iglesia en iglesia.

Y volvi la inquietud honda y sorda a minar su alma. Esperaba ya otra
poca de luchas interiores, de aridez y rebelin.

Una noche, despus de or un sermn soporfero, entr en su tocador casi
avergonzada de haber estado dos horas en la iglesia como una piedra;
oyendo, sin piedad y sin indignacin, sin lstima siquiera, necedades
montonas, tristes; viendo ceremonias que nada le decan al alma....

--Oh, no, no--se dijo, mientras se desnudaba--yo no puedo seguir as...

Y luego, sacudiendo la cabeza, y extendiendo los brazos hacia el techo,
haba aadido en voz alta, para dar ms solemnidad a su protesta:

--Salvarme o perderme! pero no aniquilarme en esta vida de idiota....
Cualquier cosa... menos ser como _todas esas_!

Y a los pocos das cay enferma.

Cuando esta historia de su tibieza y de sus cobardes y perezosas
transacciones con el mundo pasaba por la memoria de Ana, con formas
plsticas, teatrales--gracias a la salud que volva a rodar con la
sangre--, senta la dbil convaleciente remordimientos que ella se
complaca en creer intensos, punzantes. Oh! qu diferencia entre
aquel sopor moral en que viva pocas semanas antes, y la agudeza de su
conciencia ahora, all postrada, sin poder levantar el embozo de la
colcha con la mano, pero con fuerza en la voluntad para levantar el
plomo del pecado, que la abrumaba con su pesadumbre!.

Esta s que era resolucin firme! Iba a ser buena, buena, de Dios,
slo de Dios; ya lo vera el Magistral. Y l, don Fermn, sera su
maestro vivo, de carne y hueso; pero adems tendra otro; la santa
doctora, la divina Teresa de Jess... que estaba all, junto a su
cabecera esperndola amorosa, para entregarle los tesoros de su
espritu.

Ana, burlando los decretos del mdico, prob en los primeros das de
aquella segunda convalecencia a leer en el libro querido: iba a l como
un nio a una golosina. Pero no poda. Las letras saltaban, estallaban,
se escondan, daban la vuelta... cambiaban de color... y la cabeza se
iba.... Esperara, esperara. Y dejaba el libro sobre la mesilla de
noche, y con delicia que tena mucho de voluptuosidad, se entretena en
imaginar que pasaban los das, que recobraba la energa corporal; se
contemplaba en el Parque, en el cenador, o en lo ms espeso de la
arboleda leyendo, devorando a su Santa Teresa. Qu de cosas la dira
ahora que ella no haba sabido comprender cuando la leyera distrada,
por mquina y sin gusto!.

La impaciencia pudo ms que las rdenes del mdico, y antes de dejar el
lecho, cuando empezaron a permitirle otra vez incorporarse entre
almohadones, algo ms fuerte ya, Ana hizo nuevo ensayo y entonces
encontr las letras firmes, quietas, compactas; el papel blanco no era
un abismo sin fondo, sino tersa y consistente superficie. Ley; ley
siempre que pudo. En cuanto la dejaban sola, y eran largas sus
soledades, los ojos se agarraban a las pginas msticas de la Santa de
vila, y a no ser lgrimas de ternura ya nada turbaba aquel coloquio de
dos almas a travs de tres siglos.




--XX--


Don Pompeyo Guimarn, presidente dimisionario de la _Libre Hermandad_,
natural de Vetusta, era de familia portuguesa; y don Saturnino Bermdez,
el arquelogo y etngrafo, que divida a todos sus amigos en celtas,
beros y celtberos, sin ms que mirarles el ngulo facial y a lo sumo
palparles el crneo, aseguraba que a don Pompeyo le quedaba mucho de la
gente lusitana, no precisamente en el crneo, sino ms bien en el
abdomen. Don Pompeyo no deca que s ni que no; cierto era que el tena
un poco de panza, no mucho, obra de la edad y la vida sedentaria; que
andaba muy tieso, porque crea que quien era recto como espritu,
digmoslo as, deba serlo como fsico; pero en punto a los vestigios
de raza y nacin l se declaraba neutral: quera decir que le era
indiferente esta cuestin, toda vez que tan espaol consideraba a un
portugus como a un castellano como a un extremeo. De modo, que siempre
que se le hablaba de tal asunto acababa por hacer una calorosa defensa
de la unin ibrica, unin que deba iniciarse en el arte, la industria
y el comercio para llegar despus a la poltica.

Adems qu le importaban a don Pompeyo estos accidentes del nacimiento?
Su inteligencia andaba siempre por ms altas regiones. l en este mundo
era principalmente un _altruista_, palabreja que, preciso es confesarlo,
no haba conocido hasta que con motivo de una disputa filosfica de la
que sali derrotado, el amor propio un tanto ofendido le llev a leer
las obras de Comte. All vio que los hombres se dividan en egostas y
_altruistas_ y l, a impulsos de su buen natural, se declar _altruista_
de por vida; y, en efecto, se la pas metindose en lo que no le
importaba. Tena algunas haciendas, pocas, la mayor parte procedentes de
bienes nacionales; y de su renta viva con mujer y cuatro hijas
casaderas.

Coma sopa, cocido y principio; cada cinco aos se haca una levita,
cada tres compraba un sombrero alto lamentndose de las exigencias de la
moda, porque el viejo quedaba siempre en muy buen uso. A esto lo llamaba
l su _aurea mediocritas_. Pudo haber sido empleado; pero con quin?
si aqu nunca hay gobiernos!. Cargos gratuitos los desempeaba siempre
que se le ofrecan, porque sus conciudadanos le tenan a su disposicin,
sobre todo si se trataba de dar a cada uno lo suyo. A pesar de tanta
modestia y parsimonia en los gastos, los maliciosos atribuan su
exaltado liberalismo y su descreimiento y desprecio del culto y del
clero a la procedencia de sus tierras. Claro, decan las beatas en los
corrillos de San Vicente de Pal, y los ultramontanos en la redaccin de
_El Lbaro_, claro, como lo que tiene lo debe a los despojos impos de
los liberalotes! Cmo no ha de aborrecer al clero si se est comiendo
los bienes de la Iglesia?. A esto hubiera objetado don Pompeyo, si no
despreciara tales hablillas, abroquelado en el santuario de su
conciencia, hubiera contestado que don Leandro Lobezno, el obispo de
levita, el Preste Juan de Vetusta, el serfico presidente de la Juventud
Catlica, era millonario gracias a los bienes nacionales que haba
comprado cierto to a quien heredara el don Leandro. Pero no, don
Pompeyo no contestaba. l aborreca el fanatismo, pero perdonaba a los
fanticos.

No era l un filsofo? Bien saba Dios que s.--Esto de que bien lo
saba Dios era una frase hecha, como l deca, que se le escapaba sin
querer, porque, en verdad sea dicho, don Pompeyo Guimarn no crea en
Dios. No hay para qu ocultarlo. Era pblico y notorio. Don Pompeyo era
el ateo de Vetusta. El nico! deca l, las pocas veces que poda
abrir el corazn a un amigo. Y al decir el nico! aunque afectaba
profundo dolor por la ceguedad en que, segn l, vivan sus
conciudadanos, el observador notaba que haba ms orgullo y satisfaccin
en esta frase que verdadera pena por la falta de propaganda. l daba
ejemplo de atesmo por todas partes, pero nadie le segua.

En Vetusta no se aclimataba esta planta; l era el nico ejemplar,
robusto, inquebrantable eso s, pero el nico. Y don Pompeyo senta
remordimientos cuando se sorprenda deseando que jams cundiese _la
doctrina racional, salvadora_, que por tal la tena. Todos le llamaban
el _Ateo_, pero la experiencia haba convencido a los ms fanticos de
que no morda. Era el len enamorado de una doncella, deca
elegantemente Glocester, una fiera sin dientes. Hasta las ms
recalcitrantes beatas pasaban al lado del _Ateo_ sin echarle una mala
maldicin: era como un oso viejo, ciego y con bozal que anduviese
domesticado, de calle en calle, divirtiendo a los chiquillos; ola mal
pero no pasaba de ah. Sin embargo, varias veces se haba pensado en
darle un disgusto serio para que se convirtiera o abandonase el pueblo.
Esto dependa del mayor o menor celo apostlico de los obispos. Uno hubo
(despus lleg a cardenal), que pens seriamente en excomulgar a don
Pompeyo. Este recibi la noticia en el Casino--todava iba al Casino
entonces--. Una sonrisa angelical se dibuj en su rostro: as debi de
sonrer el griego que dijo: pega, pero escucha. La boca se le hizo agua:
aquella excomunin le haca cosquillas en el alma: qu ms poda
ambicionar! En seguida pens en tomar una postura moral digna de las
circunstancias. Nada de aspavientos, nada de protestas.--Se content con
decir--: El seor obispo no tiene derecho de excomulgar a quien no
comulga; pero venga en buen hora la excomunin... y ah me las den
todas.

Su mujer y cuatro hijas pensaban de muy distinta manera. En vano quiso
ocultarlas que el rayo amenazaba su hogar tranquilo. La casa de don
Pompeyo se convirti en un mar de lgrimas; hubo sncopes; doa
Gertrudis cay en cama. El infeliz Guimarn sinti terribles
remordimientos: sinti adems inesperada debilidad en las piernas y en
el espritu. No que l se convirtiera! eso jams! pero su Gertrudis,
sus nias! y lloraba el desgraciado; y volvindose del lado hacia donde
caa el palacio episcopal enseaba los puos y gritaba entre suspiros y
sollozos:--Me tienen atado, me tienen atado esos hijos de la
aberracin y la ceguera! desgraciado de m! pero ms dignos de
compasin ellos que no ven la luz del medio da, ni el sol de la
Justicia. Ni aun en tan amargos instantes insultaba al obispo y dems
alto clero. Tuvo que transigir; tuvo que tolerar lo que al principio le
sublevaba slo pensado, que sus hijas se _moviesen_, que sus amigos
pusieran en juego sus relaciones para que el obispo se metiera el rayo
en el bolsillo.... Se consigui, no sin trabajo, y sin necesidad de que
don Pompeyo se retractase de sus errores. Se ech tierra al atesmo de
Guimarn. l call una temporada, pero luego volvi a la carga,
incansable en aquella propaganda, que, en el fondo de su corazn,
deseaba infructuosa, por el gusto de ser el nico ejemplar de la, para
l, preciosa especie del ateo. Sus principales batallas las daba en el
Casino, donde pasaba media vida (despus lo abandon por motivos
poderosos.) Los vetustenses eran, en general, poco aficionados a la
teologa; ni para bien ni para mal les agradaba hablar de las cosas _de
tejas arriba_. Los _avanzados_ se contentaban con atacar al clero,
contar chascarrillos escandalosos en que hacan principal papel curas y
amas de cura; en esta amena conversacin entraban tambin con gusto
algunos conservadores muy ortodoxos. Si crean haber llegado demasiado
lejos y teman que alguien pudiera sospechar de su acendrada
religiosidad, se aada, despus de la murmuracin escandalosa:--Por
supuesto que estas son las excepciones.--No hay regla sin excepcin,
deca don Frutos el americano.--La excepcin confirma la regla, aada
Ronzal el diputado. Y hasta haba quien dijera:--Y hay que distinguir
entre la religin y sus ministros.--Ellos son hombres como nosotros....
Los avanzados presentaban objeciones, defendan la solidaridad del dogma
y el sacerdote, y entonces el mismo don Pompeyo tena que ponerse de
parte de los reaccionarios, hasta cierto punto y decir:--Seores, no
confundamos las cosas, el mal est en la raz.... El clero no es malo ni
bueno; es como tiene que ser.... Al or tal, todos se levantaban en
contra, unos porque defenda al clero y otros porque atacaba el dogma.
Bien deca l que estaba completamente solo, que era el _nico_.--De
aquellas discusiones, que buscaba y provocaba todos los das, afirmaba
l que sala su espritu, llammosle as, lleno de amargura (y no era
verdad, el remordimiento se lo deca), lleno de amargura porque en
Vetusta nadie pensaba; se vegetaba y nada ms. Mucho de intrigas, mucho
de politiquilla, mucho de intereses materiales mal entendidos; y nada de
filosofa, nada de elevar el pensamiento a las regiones de lo ideal.
Haba algn erudito que otro, varios canonistas, tal cual jurisconsulto,
pero pensador ninguno. No haba ms pensador que l. Seores, deca a
gritos despus de tomar caf, cerca del gabinete del tresillo, si aqu
se habla de las graves cuestiones de la inmortalidad del alma, que yo
niego por supuesto, de la Providencia, que yo niego tambin, o toman
ustedes la cosa a broma, a guasa, como dicen ustedes, o slo se
preocupan con el aspecto utilitario, egosta, de la cuestin: si Ronzal
ser inmortal, si don Frutos prefiere el aniquilamiento a la vida futura
sin recuerdo de lo presente.... Seores qu importa lo que quiera don
Frutos ni lo que prefiera Ronzal? La cuestin no es esa; la cuestin es
(y contaba por los dedos) si hay Dios o no hay Dios; si caso de haberlo,
piensa para algo en la msera humanidad, si....

--Chitn! silencio! gritaban desde dentro los del tresillo; y don
Pompeyo bajaba la voz, y el corro se alejaba de los tresillistas, lleno
de respeto, obedientes todos, convencidos de que aquello del juego era
cosa mucho ms seria que las teologas de don Pompeyo, ms prctica, ms
respetable.--Miren ustedes, deca Ronzal, que todava no era sabio, yo
creo todo lo que cree y confiesa la Iglesia, pero la verdad, eso de que
el cielo ha de ser una contemplacin eterna de la Divinidad... hombre,
eso es pesado.--Y qu? objetaba el americano don Frutos, en voz baja
tambin, temeroso de nuevo aviso de los tresillistas; y qu? Yo me
contento con pasar la vida eterna mano sobre mano. Bastante he trabajado
en este mundo. Peor sera eso que dicen que dice _Alancardan_, o san
Cardan, o san Diablo! pues... que.... No saba cmo explicarlo el pobre
don Frutos. Ello vena a ser que en murindonos bamos a otra estrella,
y de all a otra, a pasar otra vez las de Can, y ganarnos la vida. La
idea de volver, en Venus o en Marte, a buscar negros al frica y
comprarlos y venderlos a espaldas de la ley, le pareca absurda a
Redondo y le volva loco. Antes el aniquilamiento, como dice el ateo!
conclua limpiando el copioso sudor de la frente, provocado por aquel
esfuerzo intelectual, tan fuera de sus hbitos.--Con esta cuestin de la
inmortalidad, era con la que abra don Pompeyo brecha en el alczar de
la fe de los socios, pero siempre concluan por cerrar aquella brecha
con las salvedades de rbrica.--Por supuesto. Dios sobre todo....
Doctores tiene la Iglesia....

Y en ltimo caso, don Pompeyo ya les iba aburriendo con sus teologas.
Le dejaban solo. Los tresillistas se quejaron a la junta. Tuvo que
cambiar de mesa y de sala, si quiso seguir predicando atesmo.

Este era el estado del libre examen en Vetusta! pensaba Guimarn con
tristeza mezclada de orgullo.

En el billar tampoco queran teologa racional. Don Pompeyo, ms
abandonado cada da, se colocaba taciturno, como Jeremas podra pararse
en una plaza de Jerusalem, se colocaba, abierto de piernas, delante de
la mesa pequea, la de carambolas, y largo rato contemplaba a aquellos
ilusos que pasaban las horas de la brevsima existencia, viendo chocar
o no chocar tres bolas de marfil. Algunas veces tropezaba la maza de un
taco con el abdomen de don Pompeyo.

--Usted dispense, seor Guimarn.

--Est usted dispensado, joven--responda el pensador rascndose la
barba con una irona trgica, profunda, y sonriendo, mientras mova la
cabeza dando a entender que estaba perdido el mundo.

Aburrido de tanta _superficialidad_ suba al _cuarto del crimen_, a ver
a los partidarios del azar. All oa el nombre de Dios a cada momento,
pero en trminos que no le parecan nada filosficos.

--Don Pompeyo, tiene usted razn!--gritaba un perdido al despedirse de
la ltima peseta--tiene usted razn, no hay Providencia!

--Joven, no sea usted majadero, y no confunda las cosas!

Y sala furioso del Casino. No se poda ir all.

Cuando _estall la Revolucin de Septiembre_, Guimarn tuvo esperanzas
de que el librepensamiento tomase vuelo. Pero nada. Todo era hablar mal
del clero! Se cre una sociedad de filsofos... y result espiritista;
el jefe era un estudiante madrileo que se diverta en volver locos a
unos cuantos zapateros y sastres. Sali ganando la Iglesia, porque los
infelices menestrales comenzaron a ver visiones y pidieron confesin a
gritos, arrepintindose de sus errores con toda el alma. Y nada ms: a
eso se haba reducido la _revolucin religiosa_ en Vetusta, como no se
cuente a los que _coman de carne_ en Viernes Santo.

Don Pompeyo no crea en Dios, pero crea en la Justicia. En
figurndosela con J mayscula, tomaba para l cierto aire de divinidad,
y sin darse cuenta de ello, era idlatra de aquella palabra abstracta.
Por la _justicia_ se hubiera dejado hacer tajadas.

La Justicia le obligaba a reconocer que el actual obispo de Vetusta,
don Fortunato Camoirn, era una persona respetable, un varn virtuoso,
digno; equivocado, equivocado de medio a medio, pero digno. Tena un
ideal? pues don Pompeyo le respetaba.

Don Pompeyo no lea, meditaba. Despus de las obras de Comte (que no
pudo terminar), no volvi a leer libro alguno; y en verdad, l no los
tena tampoco. Pero meditaba.

Algunas veces discuta con Frgilis, en quien reconoca la _madera de un
libre pensador_, pero mal educado. No le quera bien. Ese es
pantesta! deca con desdn. Ese adora la naturaleza, los animales, y
los rboles especialmente... adems, no es filsofo; no quiere pensar en
las grandes cosas, slo estudia nimiedades.... Est muy hueco porque
despus de cien mil ensayos ridculos, aclimat el Eucaliptus en
Vetusta.... Y qu? Qu problema metafsico resuelve el Eucaliptus
globulus? Por lo dems yo reconozco que es ntegro... y que sabe... que
sabe... por ms que su decantado darwinismo... y aquella locura de
injertar gallos ingleses....

Guimarn fue varias veces derrotado por Frgilis en sus polmicas.
Frgilis era apstol ferviente del transformismo; le pareca absurdo y
hasta ridculo hacer ascos al abolengo animal.... Don Pompeyo, aunque se
senta seducido por aquella teora que _dejaba_ un subido y delicioso
olor a hertica y atea, no se decida a creerse descendiente de cien
orangutanes; sonrea como si le hiciesen cosquillas... pero no se
determinaba a decir s ni a decir no.

Mi ltima afirmacin es la duda.... Se me hace cuesta arriba. Pero de
todas suertes su atesmo quedaba en pie; para negar a Dios con la
constancia y energa con que l lo negaba, no haca falta leer mucho, ni
hacer experimentos, ni meterse a cocinero qumico. Mi razn me dice
que no hay Dios; no hay ms que Justicia!.

Frgilis mientras don Pompeyo afirmaba estas cosas, le miraba sonriendo
con benevolencia; y con un poco de burla, en que haba algo de caridad,
le deca:

--Pero, seor Guimarn, tan seguro est usted de que no hay Dios?.

--S, seor mo! mis principios son fijos! fijos! entiende usted? Y
yo no necesito manosear librotes y revolver tripas de cristianos y de
animales, para llegar a mi conclusin categrica.... Si su ciencia de
usted, despus de tanta retorta, y tanto protoplasma y dems zarandajas,
no da por resultado ms que esa duda, gurdese la ciencia de los libros
en donde quiera, que yo no la he menester!.

El honrado Guimarn daba media vuelta y se iba furioso, llena el alma de
rencores y envidias pasajeras, y Frgilis segua sonriendo y mova la
cabeza a un lado y a otro.

Si le preguntaban qu opinaba del

_Ateo_, deca:

--Quin, don Pompeyo? Es una buena persona. No sabe nada, pero tiene
muy buen corazn.

Guimarn jur--tena que parar en ello--jur no poner jams los pies en
el Casino.

--Lo que se ha hecho all conmigo no se hace con ningn cristiano.

Tena el estilo sembrado de frases y modismos puramente ortodoxos, pero
protestaba en seguida contra aquellas metforas y solecismos del
lenguaje.

Lo que haban hecho con l haba sido celebrar el aniversario 25 de la
exaltacin de Po Nono al Pontificado, colgando los tapices de gala y
sacando a relucir los aparatos de gas, con que iluminaban la fachada en
las grandes solemnidades.

Don Pompeyo se dirigi a la junta en papel de oficio citando los
artculos del Reglamento que, en su opinin, prohiban semejantes
muestras de jbilo por parte de una corporacin que, por su calidad de
crculo de recreo, no deba, no poda tener religin positiva
determinada.

Y en el saln daba gritos, mientras los mozos colgaban los tapices de
los balcones; haca aspavientos, e invocaba la tolerancia religiosa, la
libertad de cultos y hasta la sesin del juego de pelota.

--Pero, hombre--le deca Ronzal, con deseos de pegarle--qu le importa
a usted que el Casino cuelgue e ilumine? Qu le ha hecho a usted la
Santidad de Po Nono?

--Qu me ha hecho la Santidad?... Se lo dir a usted, s seor, se lo
dir a usted. Po Nono me era... hasta simptico... reconoca en l un
hombre de buena fe.... Pero la infalibilidad ha puesto entre los dos una
muralla de hielo; un abismo que no se puede salvar.... Un hombre
infalible! Comprende usted eso, Ronzal?

--S, seor, perfectamente. Es la cosa ms clara....

--Pues explquemelo usted.--Entendmonos, seor Guimarn, si usted
quiere examinarme... sepa usted que yo... no aguanto ancas!...

--No se trata aqu de la grupa de nadie... sino de que usted pruebe la
infali....

--La _infalibidad_?

--S, seor... la infalibilidad... la in... fa... li... bi... li....

--Oiga usted, seor don Pompeyo, que a m las canas no me asustan! y si
usted se burla, yo hago la cuestin personal....

--Cmo personal? Tambin usted es infalible?

--Seor Guimarn!

--En resumen, seor mo....

--Eso es, _reasumiendo_...

--Yo me borro de la lista...--Pues tal da har un ao!

Ronzal no demostr el por qu de la infalibilidad, pero don Pompeyo se
borr de la lista del Casino.

Perdi aquel refugio de sus horas desocupadas que eran muchas, y anduvo
como alma en pena vagando de caf en caf hasta que al cabo de algunos
aos tropez con don Santos Barinaga en el _Restaurant y caf de la
Paz_, donde todas las noches el enemigo implacable del Magistral se
preparaba a mal morir bebiendo un cognac con honores de espritu de
vino.

Entablaron amistad que lleg a ser ntima. Don Santos haba sido siempre
un buen catlico; es ms, de la Iglesia viva, pues su comercio era de
objetos del culto.

Pero desde que el monopolio mal disfrazado de competencia de La Cruz
Roja haba empezado a _labrar su ruina_, iba sintiendo cada da ms
vacilante el alczar de su fe... y ms vacilantes las piernas. Empezaba,
como otros muchos, por negar la virtud del sacerdocio y, adems--esto no
se sabe que lo hayan hecho otros heresiarcas--, coincida en l aquel
desprecio de los ordenados _in sacris_ con la aficin desmesurada al
alcohol en sus varias manifestaciones.

Poco trabajo le cost a Guimarn hacer un proslito de don Santos. De
da en da y de copa en copa avanzaba la impiedad en aquel espritu; y
lleg a creer que Jesucristo no era ms que una constelacin; disparate
que haba ledo don Pompeyo en un libro viejo que compr en la feria.
Guimarn tena la impiedad fra del filsofo, Barinaga los rencores del
sectario, la ira del apstata.

Cuando le pareca al buen tendero que iba demasiado lejos en sus
negaciones, para ocultar el miedo, se pona de pie, copa en mano, y
deca solemnemente:

--En ltimo caso, si me equivoco, si blasfemo... toda la responsabilidad
caiga sobre ese pillo... sobre ese _rapavelas_... sobre ese maldito don
Fermn!...

El caf de la Paz era grande, fro; el gas amarillento y escaso pareca
llenar de humo la atmsfera cargada con el de los cigarros y las
cocinas; a la hora en que los dos amigos conferenciaban estaba desierto
el saln; los mozos, de chaqueta negra y mandil blanco, dormitaban por
los rincones. Un gato pardo iba y vena del mostrador a la mesa de don
Santos, se le quedaba mirando largo rato, pero convencido de que no
deca ms que disparates, bostezaba, y daba media vuelta.

Guimarn vea con gran satisfaccin los progresos de la impiedad en
aquel espritu lleno de pasin; no haba llegado don Santos al atesmo,
pero este era un grado de perfeccin filosfica que tal vez le vena
muy ancho al antiguo comerciante de clices y patenas. Don Pompeyo se
contentaba con arrancarle las races y retoos de toda religin
positiva. No le agradaba verle cada vez ms _enfrascado_ en el
aguardiente y el cognac; pero don Santos si no beba no daba pie con
bola, no entenda palabra de lugares teolgicos. Haba que dejarle
beber.

A las diez y media de la noche salan juntos; don Pompeyo daba el brazo
a don Santos y le acompaaba hasta dejarle bastante lejos del caf,
porque si no se volva solo. En la esquina de una calleja se despedan
con largo apretn de manos, y Guimarn, sereno y satisfecho, se
restitua a su hogar tranquilo donde le esperaban su amante esposa y
cuatro hijas que le adoraban.

Don Santos quedaba solo en batalla con las quimeras del alcohol, con
nieblas en el pensamiento y en los ojos. Su pie vacilaba; el pudor
entregado a s mismo, luchaba por encontrar una marcha y un continente
decoroso; pero en vano, un movimiento en zig-zag agitaba todo el cuerpo
del enfermo; cada paso era un triunfo; la cabeza se tena mal sobre los
hombros... y de la faringe del borracho salan, como arrullos de
trtola, gritos sofocados de protesta, de una protesta montona,
inarticulada, que era a su modo expresin de una idea fija, o mejor, de
un odio clavado en aquel cerebro con el martillo de la mana. A todas
las manchas de las paredes, a todas las sombras de los faroles les
contaba, gruendo, la historia de su ruina, y no haba piedra de aquel
camino, que no supiese la escandalosa leyenda de la fortuna del
Magistral.

Si Barinaga tom de don Pompeyo su apostasa, Guimarn se contagi con
el odio de don Santos al Provisor y a doa Paula. Era escandaloso,
ciertamente, aquel trfico indigno!. Los dos viejos fueron trompas de
la fama contra la honra del Provisor. Don Santos alborot la vecindad
muchas noches; no bast la intervencin del sereno; lleg a dar puadas,
bastonazos y hasta patadas en la puerta de la _Cruz Roja_. El dueo del
establecimiento se quej a la autoridad, creci el escndalo, los
enemigos del Magistral atizaron la discordia, en todas partes se
gritaba: Cmo se entiende? van a prender a don Santos despus de
haberle arruinado?

Se atrevera la autoridad a tomar una _medida represiva_?.

En el cabildo, Glocester, el maquiavlico Arcediano, hablaba al odo de
los cannigos de descrdito colectivo, de lo que la iglesia, y la
catedral sobre todo, perdan con aquellas _algaradas_ (frase de
Glocester). El beneficiado don Custodio apoyaba al seor Mourelo.

--Y si fuera eso lo peor!--deca el Arcediano.

Y entonces comenzaba el segundo captulo de la murmuracin.

Lo peor era que, con razn o sin ella, pero no sin que las apariencias
diesen motivo para las hablillas, se deca que el Magistral quera
seducir, y en camino estaba, nada menos que a la Regenta.

--Hombre, eso no!--gritaba el chantre--ella est hecha una santa;
despus de su enfermedad, desde que estuvo si la entrega o no la
entrega, su vida es ejemplar. Si antes era una seora virtuosa, como hay
muchas, ahora es una perfecta cristiana. Est ms delgadilla, ms
plida, pero hermossima... quiero decir, que edifica, que es una
santa... vamos... una santa....

--Seor, yo quiero hechos... y el pblico no se fa de santidades... se
fa de hechos....

Y Glocester citaba muchos hechos: la frecuencia de las confesiones de
Anita Ozores, lo mucho que duraban las visitas del Provisor al Casern,
las visitas de la Regenta a doa Petronila....

--Cmo! Y qu? qu tenemos con esas visitas? Tambin va usted a
creer que doa Petronila se presta?...

--Seor... yo no creo ni dejo de creer... yo cito hechos y digo lo que
dice el pblico.... El escndalo crece....

Era verdad. Tal maa se daban Glocester y don Custodio y otros seores
del cabildo, algunos empleados de la curia eclesistica, y entre el
elemento lego Foja y don lvaro; este por debajo de cuerda y
contenindose en lo que se refera a la simona y despotismo que se
achacaba al Provisor. En el Casino tampoco se hablaba de otra cosa. Ya
todos aseguraban haber encontrado a don Santos dando patadas a la puerta
de la Cruz Roja y desafiando a gritos al Magistral. Haba bandos: unos
reclamaban la intervencin de la autoridad, otros sostenan _el derecho
del pataleo_ de Barinaga.

El Chato iba y vena, espiaba en todas partes, y dos o tres veces al da
entraba en casa del Provisor a dar parte de las murmuraciones a su jefe,
a doa Paula, que le pagaba bien.

La madre de don Fermn viva en perpetua zozobra; pero no desmayaba. Ya
que l quera perderse, all estaba ella para salvarle. Era lo
principal visitar al Obispo, conseguir que la murmuracin, la calumnia o
lo que fuese, no llegara a su Ilustrsima. Doa Paula pasaba gran parte
del da y de la noche en palacio. Su lugarteniente rsula, el ama de
llaves del Obispo, tena orden de no dejar a ninguna persona sospechosa
llegar a la cmara de su dueo; los familiares, gente devota de doa
Paula, hechuras suyas, obedecan a la misma consigna. El Magistral,
aunque le disgustaba emplearse en tal oficio, tambin espiaba y
vigilaba; el instinto de conservacin le obligaba a secundar los planes
de su madre.

Doa Paula y don Fermn hablaban poco; se defendan por acuerdo tcito;
empleaban el mismo sistema de resistencia sin comunicrselo. Estaba la
madre irritada. Su hijo la engaaba, la perda. Para ella doa Ana
Ozores, la dichosa Regenta, era ya _barragana_ (esta palabra deca en
sus adentros) barragana de su Fermo.

Por all iba a romper la soga; por all haca agua el barco. Si se
hablaba tanto de los abusos de la curia eclesistica, de la _Cruz Roja_
y de don Santos, era porque el _otro negocio_, el ms escandaloso, el de
las _faldas_ traa consigo los dems. Esto pensaba ella. Lo otro es
antiguo; ya nadie haca caso de esas hablillas por viejas, por gastadas,
pero con el escndalo nuevo, con lo de esa mala pcora, hipcrita y
astuta, todo se renueva, todo toma importancia, y muchos pocos hacen un
mucho. Si Fortunato sabe algo, cree algo, nos hundimos. Al dueo de la
Cruz Roja se le prohibi or los golpes que descargaba en la puerta
todas las noches el borracho de don Santos. No se volvi a pensar en
pedir auxilio a la autoridad. Se compr al sereno y se le dio orden de
que evitara el ruido ante todo. Era intil. Muchos vecinos ya esperaban
con curiosidad maliciosa la hora del alboroto y salan a los balcones a
presenciar la escena.

Pero doa Paula tena adems que seguir los pasos a su hijo.

El Chato haba visto a la Regenta y al Magistral entrar juntos al
anochecer en casa de doa Petronila. Y ya lo saba doa Paula. Pero
tambin les haba visto don Custodio y se lo haba dicho a Glocester y
despus los dos a toda Vetusta.

En tanto, en el caf de la Paz haba ya pblico para or a don Pompeyo y
a don Santos maldecir de las religiones positivas y especialmente del
seor Vicario general, como llamaba siempre a De Pas el seor Guimarn.
Entre el _pueblo bajo_ corra la historia de las aras, de la ruina de
don Santos, de los millones del Magistral depositados en el Banco; con
tal motivo algunos obreros de la Fbrica vieja hablaban de ahorcar al
clero en masa. A esto lo llamaban cortar por lo sano.

Los trabajadores carlistas dudaban; tena entre ellos amigos el
Magistral, pero si le respetaban por sacerdote, le teman por rico... y
sospechaban algo. De lo que no hablaba la multitud era del asunto de
_las faldas_. All cuando la Revolucin, se haba dicho si tena o no
tena don Fermn aventuras en los barrios bajos; pero ya nadie se
acordaba por all de tales cuentos. Los obreros que entonces llevaban la
voz en la propaganda revolucionaria haban muerto, o haban envejecido,
o se haban dispersado, o estaban desengaados de _la idea_; la
generacin nueva no era clerfoba ms que a ratos; era amiga de la
taberna, no del club. Se hablaba slo de revolucin social; y ya se
deca que los curas no son ni ms ni menos malos que los dems
_burgueses_. Malo era el fanatismo, pero el _capital_ era peor. No haba
en los barrios bajos un elemento de activa propaganda contra las
sotanas. El Magistral era all ms despreciado que aborrecido. Pero el
escndalo de don Santos el de los Cristos, como le llamaban; dos o tres
rasgos de despotismo en la curia eclesistica, el dineral que costaba
casarse--como si antes no costara lo mismo--y las acciones del Banco,
volvieron a encender los odios, y esta vez se habl de colgar al
Provisor y _dems clerigalla_.

Quien ms gozaba con aquella propaganda de infamia, despus de Glocester
que la crea obra suya exclusivamente, era don lvaro Mesa. Ya
aborreca de muerte al Magistral. Era el primer hombre y _con faldas_!
que le pona el pie delante: el primer rival que le disputaba una
presa, y con trazas de llevrsela!. Tal vez se la haba llevado ya.
Tal vez la fina y corrosiva labor del confesonario haba podido ms que
su sistema prudente, que aquel sitio de meses y meses, al fin del cual
el _arte_ deca que estaba la rendicin de la ms robusta fortaleza. Yo
pongo el cerco, pero quin sabe si l ha entrado por la mina?. El
dandy vetustense sudaba de congoja recordando lo mucho que haba
padecido bajo el poder de don Vctor Quintanar, que segn su cuenta, en
pocos meses de ntima amistad le haba _declamado_ todo el teatro de
Caldern, Lope, Tirso, Rojas, Moreto y Alarcn. Y todo, para qu? Para
que el diablo haga a esa seora caer en cama, tomarle miedo a la muerte,
y de amable, sensible y condescendiente (que era el primer paso),
convertirse en arisca, timorata, mstica... pero mstica de verdad. Y
quin se la haba puesto as? El Magistral, qu duda caba? Cuando l
comenzaba a preparar la escena de la declaracin, a la que haba de
seguir de cerca la del _ataque personal_, cuando la prxima primavera
prometa eficaz ayuda... se encuentra con que la seora tiene fiebre.
La seora no recibe, y estuvo sin verla quince das. Se le permita
llegar al gabinete, preguntarle cmo estaba... pero no entrar en la
alcoba. l haba ido a visitarla todos los das, pero como si no, no le
dejaban verla. Y oh rabia! el Magistral, l lo haba visto, pasaba sin
obstculo, y estaba solo con ella. La lucha era desigual. Durante la
primera convalecencia, que dur pocos das, se le permiti a l tambin
entrar en la alcoba dos o tres veces, pero nunca pudo hablar a solas con
Ana. Y lo ms triste haba sido despus; cuando la segunda arremetida
del mal, que fue tan peligrosa, cedi el paso poco a poco a la salud.
Ana le recibi en su gabinete. Pero cmo! Por de pronto estaba bastante
delgada, y plida como una muerta. Hermossima, eso s, hermossima...
pero a lo romntico. Con mujeres de aquellas carnes y de aquella sangre
no luchaba l. Estaba entregada a Dios. Claro! Apenas coma! No poda
levantar un brazo sin cansarse. Don lvaro calculaba, furioso de
impaciencia, cunto tiempo tardara aquella _naturaleza_ en adquirir la
fuerza necesaria para volver a sentir los impulsos sensuales, que eran
la fe viva del seor Mesa y su esperanza. Tardara mucho. Mientras
tanto l no podra emprender nada de provecho. Y el Magistral estaba
haciendo all su agosto; embutiendo aquel cerebro dbil de visiones
celestes.... Ana era otra para l. No le miraba jams, y las pocas
palabras con que contestaba a las preguntas de carioso inters, eran
corteses, afables, pero fras, como cortadas por patrn. A veces se le
ocurra a l si se las dictara el Magistral. Una tarde coma la
Regenta en presencia de su esposo, don lvaro y De Pas. Le costaba
lgrimas cada bocado. El Magistral opinaba que a la fuerza no deba
comer. Entonces Mesa tom con mucho calor la defensa del alimento
obligatorio.

--Yo creo, con permiso de este seor cannigo, que lo principal aqu es
sentirse bien; y pronto, para que no se apodere la anemia de ese
organismo....

--Oh, amigo mo--replic el Magistral, sonriendo con mucha
amabilidad--la anemia, usted sabe mejor que yo que puede venir a pesar
del alimento.... Adems, comer no es lo mismo que alimentarse....

--Pues, con permiso del seor cannigo, yo aconsejara carne cruda,
mucha carne a la inglesa...

Oh! le corra prisa; hubiera dado sangre de un brazo por verla correr
por aquellas venas que se figuraba exhaustas. La vida, la fuerza a todo
trance, para aquella mujer!. Hasta habl un da don lvaro de
transfusiones. La ciencia haba adelantado mucho en esta materia.

Somoza sola aprobar moviendo la cabeza y diciendo:

--Mucho! mucho! oh, s, la ciencia! mucho!... la transfusin!...
claro! Tena cierto miedo a los conocimientos mdicos de don lvaro.
Aquel hombre que iba a Pars y traa aquellos sombreros blancos y citaba
a Claudio Bernard y a Pasteur... deba de saber ms que l de medicina
moderna... porque l, Somoza, no lea libros, ya se sabe, no tena
tiempo.

Pero la Regenta mejoraba; volva la sangre, aunque poco a poco; los
msculos se fortalecan y redondeaban... y la frialdad y la reserva no
desaparecan. Don Vctor siempre el mismo para su don lvaro; seguan
las confidencias acompaadas de cerveza... pero Ana jams se presentaba.
Si don lvaro se atreva a preguntar por ella, don Vctor finga no or,
o mudaba de conversacin; si el otro insista, Quintanar suspiraba y
encogiendo los hombros deca:

--Djela usted... estar rezando!

--Rezando!... Pero tanto rezar puede matarla....

--No... si... no reza... es decir... oracin mental... qu s yo?...
cosas de ella. Hay que dejarla.

Y suspiraba otra vez. S, haba que dejarla. Pero a solas, don lvaro se
mesaba los rubios y finos cabellos quin lo dira! se llamaba animal,
bestia, bruto, como si no fuera todo lo mismo, y se deca:

--Me he portado como un cadete! Me ha perdido la timidez.... Deb dar el
_ataque personal_ una noche que la encontr a obscuras... o aquella
tarde del cenador....

Pero no lo haba dado.... Y ahora no haba remedio. Un da lleg Ana _al
extremo_ de retirar la mano, que l solicitaba con la suya extendida.
Busc un pretexto con la habilidad rpida que tienen las mujeres... y...
no le dio la mano. No volvi a tocarle aquellos dedos suaves. Y es ms,
apenas la vea.

--Oh, a l, a don lvaro Mesa le pasaba aquello! Y el ridculo? Qu
dira Visita, qu dira Obdulia, qu dira Ronzal, qu dira el mundo
entero!

Diran que un cura le haba derrotado. Aquello peda sangre! S, pero
esta era otra. Si don lvaro se figuraba al Magistral vestido de
levita, acudiendo a un duelo a que l le retaba... senta escalofros.
Se acordaba de la prueba de fuerza muscular en que el cannigo le haba
vencido delante de Ana misma. Aquel valor que l senta ante una sotana,
por la esperanza irreflexiva de que la mansedumbre obliga al clrigo a
no devolver las bofetadas, aquel valor desapareca pensando en los puos
de don Fermn. No haba salida. No haba ms que acabar con l ayudando
a Foja, ayudando a Glocester, a todos los enemigos del tirano
eclesistico.

Por las tardes, pasendose en el Espoln, donde ya iban quedndose a sus
anchas curas y magistrados, porque el mundanal ruido se iba a la sombra
de los rboles frondosos del Paseo Grande, don lvaro sola cruzarse con
el Provisor; y se saludaban con grandes reverencias, pero el seglar se
senta humillado, y un rubor ligero le suba a las mejillas. Se le
figuraba que todos los presentes les miraban a los dos y los comparaban,
y encontraban ms fuerte, ms hbil, ms airoso al vencedor, al cura.
Don Fermn era el de siempre; arrogante en su humildad, que ms quera
parecer cortesa que virtud cristiana; sonriente, esbelto, armonioso al
andar, enftico en el sonsonete rtmico del manteo ampuloso, pasaba
desafiando el qu dirn, con imperturbable sangre fra. Solan juntarse
en el Espoln los tres mejores mozos del Cabildo: el chantre, alto y
corpulento; el pariente del ministro, ms fino, ms delgado, pero muy
largo tambin, y don Fermn, el ms elegante y poco menos alto que la
dignidad. Gastaban entre los tres muchas varas de pao negro reluciente,
inmaculado; eran como firmes columnas de la Iglesia, enlutadas con
fnebres colgaduras. Y a pesar de la tristeza del traje y de la seriedad
del continente, don lvaro adivinaba en aquel grupo una seduccin para
las vetustenses; iba all el prestigio de la Iglesia, el prestigio de la
gracia, el prestigio del talento, el prestigio de la salud, de la fuerza
y de la carne que medr cuanto quiso... l se figuraba tres monjas
hermosas, buenas mozas, que tuviesen adems talento, gracia; se las
figuraba paseando por el Espoln... y estaba seguro de que los ojos de
los hombres se iran tras ellas. Pues lo mismo deba de suceder trocados
los sexos. Y, en efecto, en los saludos que las seoras que todava
paseaban en el Espoln dedicaban a los tres buenos mozos del Cabildo, a
las tres torres davdicas, crea ver el Presidente del Casino ocultos
deseos, declaraciones inconscientes de la lascivia refinada y
contrahecha.

Cada da aumentaba en don lvaro la supersticin del confesonario, cada
da crea ms poderosa la influencia del cura sobre la mujer que le
cuenta sus culpas. Y mirando a las damas que iban y venan, unas
elegantes, lujosas, otras enlutadas o con hbito humilde, todas deseando
a su modo agradar, todas procurndolo, Mesa imaginaba secretos hilos
invisibles que iban de faldas a faldas, de la sotana a la basquia, del
cura a la hembra.

En suma, don lvaro tena celos, envidia y rabia. Su materialismo
subrepticio era ms radical que nunca. Nada, nada, fuerza y materia, no
hay ms que eso, pensaba.

Y si no fuera porque los partidos avanzados nunca son poder o lo son
poco tiempo, se hubiera declarado demagogo y enemigo de la religin del
Estado.

Lleg al extremo de proponer en la Junta del Casino que no se celebrara
en adelante ninguna fiesta de orden religioso colgando e iluminando los
balcones. Ronzal se opuso, pero el Presidente se impuso y se vot
aquella abstencin. Haba triunfado al cabo don Pompeyo Guimarn!

Don lvaro quera que el ateo volviese al Casino, haca falta aquel
refuerzo a los que se empeaban en deshonrar al Magistral. Foja y
Joaquinito Orgaz, que capitaneaban la partida de los murmuradores,
propusieron a don lvaro que fuera una comisin a buscar a don Pompeyo
para restituirlo al Casino, de donde nunca debi haber salido. Se
celebrara la _restauracin_ de Guimarn con una buena cena. Paco el
Marquesito, que como buen aristcrata se crea obligado a ser religioso
_en la forma por lo menos_, se opuso al principio a los proyectos de
Foja y Orgaz, pero considerando que su amigo, su dolo Mesa deseaba
tener all al otro para que le ayudara a desacreditar al Provisor, y
considerando que iban a divertirse de veras en el _gaudeamus_ de la
noche, fall que deba ayudar y ayudaba a los enemigos del Magistral y
se agreg a la comisin que fue a buscar a don Pompeyo.

Fueron: el seor Foja, ex-alcalde, Paco Vegallana y Joaqun Orgaz.

Los recibi el seor Guimarn en su despacho, lleno de peridicos y
bustos de yeso, baratos, que representaban bien o mal a Voltaire,
Rousseau, Dante, Francklin y Torcuato Tasso, por el orden de colocacin
sobre la cornisa de los estantes, llenos de libros viejos.

Usaba don Pompeyo en casa bata de cuadros azules y blancos, en forma de
tablero de damas. Acogi a los comisionados con la amabilidad que le
distingua y ocultando mal la sorpresa.

A qu vendran aquellos seores? Querran darle alguna broma? No lo
esperaba. De todos modos el ver all al hijo del marqus de Vegallana
le inundaba el alma de alegra, aunque l no quisiera reconocerlo.

Cuando supo de lo que se trataba, por boca de Foja, tuvo que levantarse
para ocultar la emocin. Sinti que la hebilla del chaleco estallaba en
su espalda.

--Seores--pudo decir al cabo con voz temblorosa--si un juramento
solemne no me obligara a permanecer en el ostracismo que voluntariamente
me impuse hace tantos aos, o mejor dicho, que me impusieron el
fanatismo y la injusticia, si eso no fuera, yo volvera con mil amores
al seno de aquella sociedad de la que fu fundador con otros seis o
siete amigos. Y cmo no, seores, si all corrieron los mejores das,
para m, en plticas provechosas y amenas con el elemento ms culto de
la poblacin? All la tolerancia sola tener su asiento; y las personas,
los personajes en quien ms arraigadas estn ciertas ideas venerables al
fin, porque son profesadas con sinceridad y vienen hasta cierto punto de
abolengo, obligan por la raza, esos mismos personajes, entre los cuales
cuento al pap de este joven ilustrado, a mi buen amigo y condiscpulo
el excelentsimo seor marqus de Vegallana, respetaban mis opiniones,
como yo las suyas. Lo que ustedes hacen ahora nunca lo agradecer yo
bastante. Pero lo principal ya se ha logrado; la libertad del
pensamiento vuelve a brillar en el Casino.... Mi aspiracin se ha
realizado. Ahora, por lo que a m toca, seores, debo declarar que no
puedo romper un voto solemne, un juramento... y no ir con ustedes,
aunque bien quisiera.

La comisin insisti, conociendo en la cara de don Pompeyo que
venceran.

Foja present un argumento de mucha fuerza.

--Dice usted, seor don Pompeyo, que por su gusto vendra con nosotros,
se restituira al Casino.

--Con mil amores! Esa es la palabra... me restituira....

--Que nicamente le retrae el juramento....

--Eso, el juramento solemne de no poner en mi vida all los pies.

--Pero qu solemnidad ni qu castauelas? y usted dispense que me
exprese as. El que jura, pone a Dios por testigo; pero usted no cree en
Dios... luego usted no puede jurar.

--Perfectamente--dijo Joaquinito Orgaz; de _p_ y _p_ y _w_ y se puso en
pie para hacer una pirueta flamenca.

Crea Joaqun que en casa de un ateo de profesin, de un loco, en otros
trminos, la buena crianza estaba de ms.

Don Pompeyo se qued mirando a Orgaz asombrado de su desfachatez,
mientras consideraba el argumento de Foja.

No tena qu contestar.

Al cabo dijo:--La verdad es... que jurar... yo no puedo jurar...
pero... metafricamente.... Adems, puedo prometer por mi honor....

--Pero amigo, en aquella ocasin usted no prometi por su honor; jur
usted no poner all los pies... todo Vetusta recuerda sus palabras de
usted.

Don Pompeyo sinti vapores en la cabeza al or que todo Vetusta
recordaba sus palabras.

Pero insisti, aunque ms dbilmente cada vez, en su negativa.

Foja gui el ojo al Marquesito. Empez entonces este el ataque, y
Guimarn no pudo resistir ms. Se rindi.

El hijo de Vegallana, del primer aristcrata, vena a suplicarle que
volviera al Casino! Oh, aquello era demasiado. No pudo sostener la
fortaleza de su resolucin.

--Despus de todo--dijo--en el mero hecho de haberse restablecido la
legislacin que yo invocaba... ya puedo pisar sin desdoro aquel
pavimento....

--Pues claro que puede usted pisar. Nada, nada; pngase usted la levita,
que la cena espera.

--Qu cena?--S, seor; se ha acordado por el elemento vencedor, por
los que solicitan la presencia de usted, obsequiarle con un banquete...
y vamos a cenar juntos unos doce amigos....

Don Pompeyo no saba si deba aceptar.... No le dejaron ser modesto; y
corri aturdido a ponerse la levita y el sombrero de copa alta. Estaba
deslumbrado y crea sentir alrededor de su cuerpo un bao; un bao de
agua rosada.

La presencia del Marquesito era el principal factor de aquella alegra.
Oh! al fin la aristocracia era algo, algo ms que una palabra, era un
elemento histrico, una grandeza positiva... poda haber nobleza y no
haber Dios... qu duda caba?.

Una hora despus en el comedor del Casino que ocupaba una cruja del
segundo piso, no lejos de la sala de juego, se sentaban a la mesa
presidida por don Pompeyo Guimarn, don lvaro Mesa, enfrente del
protagonista, y en agradable confusin despus, sin pensar en
preferencias de sitio, Paco Vegallana, Orgaz padre e hijo, Foja, don
Frutos Redondo (que acuda a todas las cenas fuesen del partido
religioso o poltico que fuesen), el capitn Bedoya, el coronel
Fulgosio, desterrado por republicano, famoso por sus malas pulgas y
buena espada, un tal Juanito Reseco, que escriba en los peridicos de
Madrid y vena a Vetusta, su patria, a darse tono de vez en cuando, y
adems un banquero y varios jvenes de la _bolsa_ de Mesa,
trasnochadores abonados del Casino.

Pocas veces coma en la fonda don Pompeyo, y como sus relaciones con los
poderosos de la tierra eran muy poco ntimas, casi nunca vea una mesa
bien puesta. As le pareca digno de Baltasar aquel vulgarsimo aparato
de restaurant provinciano. El mantel adamascado, ms terso que fino; los
platos pesados, gruesos; de blanco mate con filete de oro; las
servilletas en forma de tienda de campaa dentro de las copas grandes,
la fila escalonada de las destinadas a los vinos; las conchas de
porcelana que ostentaban rojos pimientos, crdena lengua de escarlata,
hmedas aceitunas, pepinillos rozagantes y otros entremeses; la gravedad
aristocrtica de las botellas de Burdeos, que guardaban su aromtico
licor como un secreto; los reflejos de la luz quebrndose en el vino y
en las copas vacas y en los cubiertos relucientes de plata Meneses; el
centro de mesa en que se ergua un ramillete de trapo con guardia de
honor de dos floreros cilndricos con pinturas chinescas, de cuya boca
salan imitaciones groseras de no se saba qu plantas, pero que a don
Pompeyo le recordaban la cabellera rubia y estoposa de alguna _miss_ de
circo ecuestre; las cajas de cigarros, unas de madera olorosa, otras de
latn; los talleres cursis y embarazosos cargados con aceite y vinagre
y con ms especias que un barco de Oriente...; todo contribua a
deslumbrar al buen ateo, que contemplaba sonriendo y fascinado el
conjunto claro, alegre, fresco, vivo, lleno de promesas, de la mesa an
pulcra, correcta, intacta.

Se comenz a comer sin mucho ruido; todos se esforzaban en decir
chistes. Joaquinito se burlaba del servicio y hablaba de Fornos... y de
La Taurina y el Puerto, donde se cenaba _por todo lo flamenco_.

Todos coman mucho, menos don Pompeyo, a quien la emocin apretaba la
garganta. Desde el segundo plato comenz a atormentarle un cuidado.
Estoy, pens, en el ineludible compromiso de brindar; tengo que
improvisar un discurso. Y ya no comi bocado que le aprovechase. Oa
hablar como quien oye llover: sonrea a derecha e izquierda, contestaba
con monoslabos, pero l pensaba en su brindis; las orejas se le
convertan en brasas y a veces senta nuseas y temblor de piernas. En
resumidas cuentas, estaba pasando un mal rato. l esperaba que las cosas
sucedieran as: hablara primero don lvaro, hara un elogio de la
constancia con que l, don Pompeyo, haba sostenido la idea santa de la
libertad de pensamiento, y prometera en nombre de la Junta que el
Casino jams tendra religin, como no deba tenerla el Estado. Despus
hablaran Foja, el Marquesito y otros, abundando en las mismas ideas...
y por ltimo l, Guimarn, tendra que levantarse a... _hacer el
resumen_. Y mientras coma y beba por mquina preparaba su arenga, sin
poder pasar del exordio, que quera original, sin afectacin, modesto
sin falsa humildad.... Estos jvenes... debieron haberme avisado
ayer... y entonces tendra yo tiempo.

Contra lo que esperaba el _ateo_, la conversacin, al llegar el
Champaa, haba tomado un rumbo que no poda llevarla a los asuntos
serios que l crea propios de aquella solemnidad. Se hablaba de
mujeres. Casi todos echaban de menos la edad de las ilusiones, no por
las ilusiones, sino por la secreta fuerza, que segn ellos era su
origen. Se declaraban, aun los jvenes, en la edad triste en que el amor
es de cabeza, pura imaginacin. Slo Paco, franco y noble, confesaba que
se senta mejor que nunca, a pesar de haber vivido tanto como
cualquiera.

Uno de los compaeros de bolsa de Mesa, viejo verde de cincuenta aos,
el seor Palma, banquero, lamentaba que la juventud no fuese eterna, y
con lgrimas en los ojos, de pie, con una copa ya vaca en la mano,
expona su sistema filosfico de un pesimismo desgarrador, como deca el
capitn Bedoya. Hubo interrupciones y entonces la conversacin tom un
vuelo ms alto; Guimarn se dign prestar atencin. Se hablaba ya de la
otra vida, y de la moral, que era relativa segn la opinin de la
mayora.

Foja, plido, desencajado, con voz temblorosa, sostena que no haba
moral de ninguna clase--y tambin se puso de pie--; que el hombre era un
animal de costumbres; que cada cual barra para adentro.

--_Homo homini lupus_--advirti Bedoya el capitn.

El coronel Fulgosio le mir con respeto y aprob la proposicin sin
entenderla.

--Eso es la lucha por la existencia--dijo muy serio Joaquinito Orgaz.

--No hay ms que materia...--aadi Foja, que slo en sus borracheras
expona sus opiniones filosficas.

--Fuerza y materia--dijo Orgaz padre--que lo haba odo a su hijo.

--Materia... y pesetas--rectific Juanito Reseco--con voz aguda,
estridente y cargada de una irona que Orgaz padre no poda comprender.

--Eso es--grit el orador Palma; y sigui brindando por todas las
excelencias naturales que l echaba de menos en su miserable cuerpo de
anmico incurable.

Se volvi al amor y a las mujeres, y comenzaron las confesiones,
coincidiendo con el caf y los licores, sacatrapos del corazn. Entre la
ceniza de los cigarros, las migas de pan, las manchas de salsa y vino,
rodaron el nombre y el honor de muchas seoras. All se poda decir
todo, estaban solos, todos eran unos. Mesa hablaba poco, era su
costumbre en tales casos. Tema estas expansiones en que se toma por
amigo a cualquiera y en que se dicen secretos que en vano despus se
querra recoger. Mientras los dems referan aventuras vulgares, sin
gloria, l atento a sus pensamientos, con un codo apoyado en la mesa y
la barba apoyada en la mano, fumaba un buen cigarro besando el tabaco
con cario y voluptuosa calma; los ojos animados, hmedos, llenos de
reflejos de la luz y de reflejos elctricos del vino, se fijaban en el
techo. Las dems figuras de la cena eran vulgares, su embriaguez no
tena dignidad, ni gracia la libertad de sus posturas. Mesa estaba
hermoso; se notaba mejor que nunca la esbeltez y armona de sus formas
de buen mozo elegante; en su rostro correcto los vapores de la gula no
impriman groseras tintas, sino cierta espiritualidad entre melanclica
y lasciva; se vea al hombre del vicio, pero sacerdote, no vctima:
dominaba l a su borrachera, _morigerada_, seoril, discreta. Don
lvaro, a solas entre aquellos pobres diablos, soaba despierto,
enternecido. En aquellos momentos se crea enamorado de veras, y se
crea y se senta de veras interesante. Aunque l era sensualista qu
diablo! la sensualidad, pensaba, tambin tiene su romanticismo. El
_claire de lune es claire de lune_ aunque la luna sea un cacho de hierro
viejo, una herradura de algn caballo del sol.

Y pasaban por su memoria y por su imaginacin recuerdos de noches de
amor, no todas claras ni todas poticas, pero muchas, muchas noches de
amor. Y sinti comezn de hablar, de contar sus hazaas. Este prurito
era nuevo en l; no lo haba sentido hasta que la Regenta le haba
humillado con su resistencia.

Dos o tres veces intervino en la algazara para dar su dictamen tan lleno
de experiencia en asuntos amorosos. Y todos se volvieron a l, y
callaron los dems para orle. Entonces habl, sin poder remediarlo,
para satisfacer secreto impulso de rehabilitarse con su historia. Habl
el maestro. Quit el codo de la mesa y apoy en ella los dos brazos
cruzando las manos, entre cuyos dedos oprima el cigarro, cargado con
una pulgada de ceniza; inclin un poco la cabeza, con cierto misticismo
bquico, y con los ojos levantados a la luz de la araa, con palabra
suave, tibia, lenta, comenz la confesin que oan sus amigos con
silencio de iglesia. Los que estaban lejos se incorporaban para
escuchar, apoyndose en la mesa o en el hombro del ms cercano.
Recordaba el cuadro, por modo miserable, la _Cena_ de Leonardo de Vinci.

La atencin profunda del auditorio, el inters que se asomaba a las
miradas y a las bocas entreabiertas, sedujeron al Tenorio de Vetusta, le
halagaron y habl como podra hablar sobre el pecho de un amigo. Joaqun
Orgaz y el Marquesito oan con recogimiento de sectario al maestro.
Aquella era palabra de sabidura.

Unas veces las aventuras eran romnticas, peligrosas, de audacia y
fortuna; las ms probaban la flaqueza de la mujer, sea quien sea; otras
demostraban la necesidad de prescindir de escrpulos; muchas el buen
xito de la constancia, de la astucia y de la rapidez en el ataque.

De vez en cuando el silencio era interrumpido por carcajadas
estrepitosas; era que una aventura cmica alegraba al concurso,
sacndole de su estupor malsano y corrosivo. Entre la admiracin general
serpeaba la envidia abrazada a la lujuria: las tenias del alma. Los ojos
brillaban secos.

El arte del seductor se extenda sobre aquel mantel, ya arrugado y
sucio; anfiteatro propio del cadver del amor carnal.

Mesa se dejaba ver por dentro, ms que por complacer a sus oyentes, por
orse a s mismo, por saber que l era todava quien era.

Las trazas del amor eran casi siempre malas artes; era un soador el
que pensase otra cosa. Alguna vez se le haba arrojado a Mesa a los
brazos una mujer loca de puro enamorada; pero estas aventuras eran muy
raras. Adems: si la mujer no fuera tan lasciva a ratos, las victorias
escasearan; por amor puro se entregan pocas. Ms hace la ocasin que la
seduccin. La seduccin debe transformarse en ocasin.

Lleg el caso de contar cmo haba podido don lvaro vencer a la hija de
un maestro de la Fbrica vieja, muy honrado, que velaba por el honor de
su casa como un Argos. Angelina tena padre, madre, abuela, hermanos;
ella era pura como un armio.... Mesa haba empezado por seducir a los
parientes. En cada casa entraba segn lo exiga la vida de aquel hogar.

Jugaba al escondite con los nios, les fabricaba pajaritas de papel,
jugaba al domin con la abuela, serva a la madre de devanadera, oa con
paciencia y fingida atencin las lucubraciones socialistas y
humanitarias del padre, encantaba a todos; llegaba a ser el tertulio
necesario, el pao de lgrimas, el consejero, el mejor ornamento de la
casa; la llenaba con su hermosa presencia; era dulce, carioso, tena
blanduras de padrazo; cuidaba de los intereses domsticos como si fueran
propios, hasta pona paz entre los criados y los amos. As iba entrando,
entrando en el corazn de todos; los amores con Angelina (o quien fuera,
pues de tales aventuras haba tenido muchas) comenzaban en secreto; y
poco a poco, junto a la camilla, una mesa cubierta con gran tapete
debajo del cual hay un brasero; en el balcn al obscurecer, en cuantas
ocasiones poda, se acercaba, se apretaba contra su vctima, la llenaba
de deseos de l, de su arrogante belleza varonil y simptica; despus
hablaba de amor como en broma, con un tono de paternal amparo que
pareca la misma inocencia; y cualquier da o cualquiera noche, en una
merienda en el campo, despus de la cena de Noche-buena, mientras los
dems de la familia rean alegres, descuidados, la pasin de Angelina
llegaba al paroxismo, la ocasin echaba el resto y la deshonra entraba
en la casa, y el amigo ntimo, el favorito de todos, sala para no
volver nunca.

Los que oan a don lvaro se figuraban presenciar aquellas escenas de
amistad ntima, tranquilas, dulces, llenas de expansin y confianza; en
el rostro del seductor, en sus ademanes, en las sonrisas, en la voz, se
reflejaban, por virtud del recuerdo, la bondad suave, el aire bonachn y
entraable, la franqueza sencilla, noble, familiar, la habilidad
casera, todas las artes y cualidades que hacan vencer a Mesa en lides
tales.

--Otras veces, amigos, haba que recurrir a la fuerza. Renunciar a una
victoria que se consigue con los puos y sudando gotas como garbanzos,
entre araazos y coces, es ser un platnico del amor, un _cursi_; el
verdadero don Juan del siglo, y de todos los siglos tal vez, vence como
puede; es romntico, caballeresco, pundonoroso cuando conviene; grosero,
violento, descarado, torpe si hace falta.

Nunca se le olvidara a don lvaro un combate de amor que dur tres
noches, y fue ms glorioso para la vencida que para el vencedor. La
escena representaba una panera, casa de madera sostenida por cuatro pies
de piedra, como las habitaciones paldicas sustentadas por troncos, y
las de algunos pueblos salvajes. En la panera dorma Ramona, aldeana, y
cerca de su lecho de madera pintada de azul y rojo, que rechinaba a cada
movimiento del jergn, yaca la cosecha de maz de su casera, en montn
deleznable que suba al techo.

All fue la batalla. Y don lvaro, como si lo estuviera pasando todava,
describa la obscuridad de la noche, las dificultades del escalo, los
ladridos del perro, el crujir de la ventana del corredor al saltar el
pestillo; y despus las quejas de la cama frgil, el gruir del jergn
de grrulas hojas de mazorca, y la protesta muda, pero enrgica, brutal
de la moza, que se defenda a puadas, a patadas, con los dientes,
despertando en l, deca don lvaro, una lascivia montaraz, desconocida,
fuerte, invencible.

Hubo momentos en que pele, como Csar en Munda, por la vida. Era
Ramona, seores, morena; su carne de can, dura, tersa, y aquellos
brazos que yo deseaba enlazados a mi cuerpo, en arrebato amoroso, me
probaban su fuerza dando tortura a los mos, oprimidos, inertes. Mi
deseo era ms poderoso, porque tena un incentivo ms picante que la
pimienta: conoca yo que Ramona gozaba, gozaba como una loca en la
refriega. Segura de no ser vencida por la fuerza, enamorada a su modo
del _seorito_, sobre todo por su audacia, acostumbrada a tales devaneos
mudos, gimnsticos, callaba, forcejeaba, morda con deleite, magullaba
con voluptuosidad brbara, y encontraba placer de salvaje en el martirio
de mis sentidos, que tocaban su presa, y se sentan dominados por ella.
La cama se hundi; rodamos por el suelo; y rodando llegamos al monte de
maz. Entonces sali la luna; entraron sus rayos por la ventana que yo
dejara abierta, y vi a mi robusta aldeana, en pie, hundida una pierna
entre los granos de oro y la rodilla de la otra clavada sobre mi pecho.
Me intimaba la muerte o la huida, amenazndome con una medida para
ridos, cajn enorme de madera con chapas de hierro. Hu, hu por la
ventana; del corredor de la panera salt al callejn como pude, y tuve
que emprender, ya sin fuerzas, nueva lucha con el perro. (Pausa.) Pero
volv a la noche siguiente. El perro ladr menos. La ventana no estaba
cerrada, el pestillo estaba descompuesto; Ramona no dorma, me esperaba;
en cuanto me sinti, descarg tremendo bofetn sobre mi rostro. No
importaba. Volvimos a la lucha; los mismos incidentes; rodamos, nos
anegamos en maz; yo tragu muchos granos. Y tampoco venc aquella
noche. Sal de all por un armisticio, con promesas de futura victoria.
Y a la noche tercera luch todava; me haba engaado; el premio me
cost batalla nueva, y slo pude recogerlo entre molestias sin cuento,
por culpa del maz deleznable, curioso, importuno, entremetido. Ramona,
ya rendida, se quejaba tambin. Nos hundamos, olvidados de todo; y si
no estuviera mandado que lo cmico no acabe en trgico, en buena
retrica, en aquel montn inquieto hubieran encontrado sepultura lvaro
y Ramona sofocados por uno de nuestros ms humildes cereales.

Aplausos y carcajadas ahogaron la voz del narrador. Y entonces don
lvaro, gozoso, entusiasmado, quiso deslumbrar a su auditorio con el
contraste de aventuras romnticas, en que l apareca como un caballero
de la Tabla Redonda.

Y a todo esto don Pompeyo Guimarn olvidaba su exordio, interesado a su
pesar en las aventuras erticas del _frvolo_ Presidente del Casino.
Paco Vegallana haba hecho beber al ateo, sin que este lo sintiera, ms
de lo que la justicia manda. No estaba borracho, pero se senta mal y a
su pesar encontraba cierto deleite en or aquellas escenas escandalosas
que en otra ocasin le hubieran indignado.

Mesa al fin, cansado, y algo arrepentido de haber hablado tanto, puso
trmino a sus confesiones, y volvindose a don Pompeyo le invit a usar
de la palabra.

--Don Pompeyo--dijo, y se puso en pie tambalendose, lo cual probaba
que, si no el vino, sus recuerdos le haban embriagado--don Pompeyo;
puesto que sta es la hora de las grandes revelaciones, es preciso que
usted nos diga cul es el fondo de su alma....

--Seores--interrumpi el ateo--el fondo de mi alma lo traigo en la
superficie para que el mundo se entere.

--Bravo! bravo!--grit el concurso.

Y se vertieron y rompieron algunas copas.

--Propongo--grit Juanito Reseco, encaramado en una silla--que en vista
de ese rasgo de genio... se le permita llamarnos de t y estar a la
recproca.

--Admitido! Aprobado!--Pues bien--prosigui Juanito--; oh t,
Pompeyo, pomposo Pompeyo; voy a darte un disgusto. T piensas que en
Vetusta no hay ms ateos que t...

--Caballerito!--Pues yo soy otro; _anch'io... so pittore_. Slo que t
eres un ateo progresista, un ateo fantico, un telogo patas arriba....
T pasas la vida mirando al cielo... pero lo miras cabeza abajo y por
debajo de tus piernas. Y aunque hay contradiccin aparente en eso de
patas arriba y patas abajo... todo se concilia, o se resuelve la
antinomia como dicen los filsofos cursis, considerando que el ser
bpedo no es para todos....

--Caballerito... no comprendo esa jerga filosfica. Antes que usted
naciera, estaba yo cansado de ser ateo, y si lo que usted se propone es
insultar mis canas, y mi consecuencia....

--Deca que eres un telogo patas arriba; pues sabe que en el mundo
civilizado ya nadie habla de Dios ni para bien ni para mal. La cuestin
de si hay Dios o no lo hay, no se resuelve... se disuelve. T no puedes
entender esto, pero oye lo que te importa; t, fantico de la negacin,
morirs en el seno de la Iglesia, del que nunca debiste haber salido.
_Amen dico vobis_.

Y cay Juanito debajo de la mesa.

A todos haba indignado su discurso, menos a Mesa que extendiendo su
mano hacia l, exclam:

--Perdonadle... porque ha bebido mucho!

--Ese Juanito--deca el coronel a don Frutos el americano--me parece un
gran pedante.

--Es un hambriento con ms orgullo que don Rodrigo en la horca.

Se habl de religin otra vez. Don Frutos expuso sus creencias con una
palabra aqu, otra all, haciendo islas y continentes de vino tinto
sobre el mantel y suplicando con los ojos que le terminasen las
clusulas.

Insista don Frutos en que l senta que su alma era inmortal: haba
otro mundo, adems de las Amricas, otro mundo mejor al cual iban las
almas de los que no haban robado en las carreteras. Adems Dios era
misericordioso, haca la vista gorda. Y por supuesto, quera don Frutos
ir a ese mundo mejor con el recuerdo de la mala vida pasada, porque si
no, vaya una gracia!

--Para qu querr don Frutos acordarse de lo bruto que ha sido sobre la
haz de la tierra?--preguntaba Foja al odo de Orgaz hijo.

--Seores--grit Joaqun--si en la otra vida no hay _cante_ o es cante
adulterado, renuncio al ms all!

Y dio un salto sobre la mesa agarrndose a una columna y comenz un
baile flamenco con perfeccin clsica. No faltaron jaleadores, y sonaban
las palmas mientras cantaba el mediquillo con voz ronca y melancola de
chulo:

        a coooosa
        que maravilla mam
        ver al Frascueeeelo
        la pantorriiiilla mam...

Don Pompeyo senta escalofros. Qu degradacin! Meditaba y vea dos
Orgaz hijo sobre la mesa.

--Me han embriagado con sus herejas... quiero decir... con sus
blasfemias...--dijo al Marquesito, que callaba, pensando que todo
aquello era muy soso sin mujeres.

Joaqun grit:--All va una a la salud de don Pompeyo.

Y comenz una copla impa y brutal alusiva a una sagrada imagen.

--Alto ah, seor mo!--exclam indignado el buen Guimarn al or el
penltimo verso--. Mi salud no necesita de semejantes indecencias: y lo
que ustedes hacen con tamaas blasfemias indecorosas es la causa, el
caldo gordo del clero; porque tenga usted entendido, joven inexperto y
procaz, que por el mundo han pasado muchas religiones positivas, y hoy
se ha credo esto y maana lo otro; pero de lo que nunca han prescindido
los pueblos cultos, ni ahora, ni en la antigedad, es de la buena
crianza, y del respeto que nos debemos todos.

--Bien, muy bien!--dijeron todos, incluso Joaqun.

--Y yo estoy cansado de que se me tome a m por un iconoclasta; s,
iconoclasta soy, pero iconoclasta del vicio, apstol de la virtud y
heresiarca de las tinieblas que envuelven la inteligencia y el corazn
de la humanidad.

--Bravo!bravo!--Y si por alguien se ha credo que yo puedo
fraternizar con el escndalo, aunarme con la desfachatez y adherirme a
la orga, protesto indignado, que a muy otra cosa he venido aqu. Y creo
llegado el momento de que se hable con alguna formalidad.

--Perfectamente--interrumpi Foja--el seor Guimarn ha hablado como un
libro, y eso que no los lee, pero no importa, ha hablado como el libro
de su conciencia, segn l dice. Aqu, seores, nos hemos reunido para
celebrar la vuelta del seor Guimarn al hogar domstico, llammoslo
as, del Casino. Pero ah! seores diputados, por qu ha vuelto al
Casino el seor Guimarn? _Tatiste question_, como dice Trabuco, a quien
siento no ver entre nosotros. (Aplausos, risas.) Pues ha vuelto porque
nos hemos emancipado de la repugnante tutela del fanatismo, y ha vuelto
a fundar una sociedad cuya sesin inaugural estis celebrando, acaso sin
saberlo. Esta sociedad que, desde luego, no se llamar de la templanza,
se propone perseguir a los fariseos, arrancar las caretas de los
hipcritas y arrancar del cuerpo social de Vetusta las sanguijuelas
msticas que chupan su sangre. (Estrepitosos aplausos. Paco se abstiene
y piensa lo mismo que antes: que faltan chicas.) Seores... guerra al
clero usurpador, invasor, inquisidor; guerra a esa parte del clero que
comercia con las cosas santas, que se vale de subterrneos para entrar
con sus tentculos de plipo en las arcas de la _Cruz Roja_...

--Ah, ah le duele!...

--A ese clero que condena a la tisis del hambre a dignos comerciantes, a
padres de familia; a ese clero que dispersa los hogares y hunde en
alcantarillas inmundas, mal llamadas celdas, a las vrgenes del Seor, y
que entiende que las entrega a Jess entregndolas a la muerte.
(Frenticos aplausos.) Juremos todos ser trompetas del escndalo, para
que tanto sea, y a tales odos llegue, que la ruina del enemigo comn
sea un hecho. Porque, seores, nadie como yo respeta al clero
parroquial, ese clero honrado, pobre, humilde... pero el alto clero...
muera... y sobre todo... muera el seor Provisor... el....

--Muera! muera!--contestaron algunos: Joaqun, el coronel, que
estaba sereno, pero quera que muriese el Magistral, y otros dos o tres
comensales borrachos.

Cuando se levantaron de la mesa amaneca. Se haba hablado mucho ms; se
haba contado la historia del Provisor tal como la narraba la leyenda
escandalosa. Convinieron, hasta los ms prudentes, en que era preciso
fundar seriamente aquella sociedad propuesta por Foja. Se acord
juntarse a cenar una vez al mes y hacer gran propaganda contra el
Magistral. Al salir, repartidos en grupos, se decan en voz baja:

--Todo esto lo ha preparado Mesa; don Fermn es su rival y l quiere
arruinarle, aniquilarle.

--Pero quin llevar el gato al agua?

--Qu gato?--O la gata?--El Magistral.--lvaro.--O los dos...
--O ninguno.--En fin--advirti Foja--yo ni quito ni pongo rey....

--Pero ayudo a mi seor--concluy el coro.

Mesa, Paco Vegallana y Joaqun Orgaz acompaaron a don Pompeyo a su
casa. Era una maana de Junio alegre, tibia, sonrosada. El sol anunciaba
sus rayos en los colores vivos de las nubes de Oriente. Los pasos de los
trasnochadores retumbaban en las calles de la Encimada como si
anduvieran sobre una caja sonora. Aunque no haca fro, todos haban
levantado el cuello de la levita o lo que fuese. Don Pompeyo iba
taciturno. Abri la puerta de su casa con su llavn; entr sin hacer
ruido; y a poco cerraba los ojos, metido en su lecho, por no ver la
claridad acusadora que entraba por las rendijas de los balcones
cerrados. Aquello de acostarse de da era una revolucin que mareaba a
Guimarn; dudaba ya si las leyes del mundo seguan siendo las mismas. Al
cerrar los ojos sinti que su lecho, siempre inmvil, tambin se
sublevaba bajando y subiendo. Poco despus se crea en el Ocano,
encerrado en un camarote, vctima del mareo y corriendo borrasca.

Se levant a las doce y no quiso hablar con su mujer y sus hijas de la
cena, de la dichosa cena. Sin embargo, aunque se prometi no verse en
otra; pocas horas despus, en el Casino, donde le recibieron con
muestras de simpata y de jbilo, ofreca solemnemente volver a las
andadas, acudir a los _gaudeamus_ mensuales en que se dara cuenta de
los trabajos de la _sociedad innominada_ que haba fundado
_inter-pocula_.

Doa Paula supo por el Chato, a quien se lo cont un mozo del restaurant
del Casino, cuanto se haba hablado en la cena inaugural, y lo que
pretendan aquellos seores. Cuando el Magistral oy a su madre que se
haba gritado: Muera el Provisor encogi los hombros, se levant y
sali de casa.

--Este chico anda tonto... yo no s lo que tiene; parece que no est en
este mundo.... Oh, maldita Regenta! Esa mala pcora me lo tiene
embrujado!

Al mes siguiente se celebr la segunda sesin de la _Innominada_; se
bebi, se emborracharon los que solan y se dio cuenta de los trabajos
de propaganda. Foja particip que se haba entendido en secreto con el
Arcediano, don Custodio y otros _enemigos capitulares_ (as dijo) del
Provisor. Se saban muchos escndalos nuevos; el elemento eclesistico y
el secular, de comn acuerdo para librar a Vetusta del enemigo general,
tramaban la ruina del monstruo; pronto se llegara a poner en manos del
Obispo las pruebas de aquellas prevaricaciones de todas clases de que
se acusaba a don Fermn de Pas. Lo peor de todo, lo que hara saltar al
Obispo, era lo que se refera al abuso indecoroso del confesonario. Se
contaban horrores; en fin, ello dira.

Don lvaro propuso que las cenas mensuales se suspendiesen hasta el
Otoo y suplic que se guardase el ms profundo secreto. Adems, l,
sintindolo, tena que privarse en adelante de asistir a tales
reuniones; su espritu all quedaba, pero l, don lvaro, por razones
poderosas, que suplicaba a los presentes respetaran, se abstendra de
acudir a tan agradables banquetes.

Quince das despus, a mediados de Julio, entraba una tarde el
Presidente del Casino en el casern de los Ozores. Iba a despedirse. Don
Vctor le recibi en el despacho. Estaba el amo de la casa en mangas de
camisa, como sola en cuanto llegaba el verano, aunque no tuviera mucho
calor. Para l venan a ser ideas inseparables el esto y aquel traje
ligero. Quintanar al ver a don lvaro suspir, le tendi ambas manos,
despus de dejar un libro negro sobre la mesa y exclam:

--Oh mi queridsimo Mesa! Ingrato! cunto tiempo sin parecer por
aqu...

--Vengo a despedirme. Me voy a dar una vuelta por las provincias,
despus a los baos de Sobrn y a mediados de Agosto estar de vuelta en
Palomares, por no perder la costumbre.

--De modo que hasta Septiembre...--Hasta fines de Septiembre no nos
veremos....

Don lvaro hablaba alto, como si quisiera que le oyesen en toda la casa.

Don Vctor lament aquella ausencia. Suspir. Era un nuevo
contratiempo, nuevo asunto de tristeza.

Not don lvaro que su amigo estaba menos decidor que antes, que se
mova y gesticulaba menos.

--Ha estado usted malo?--Qui! quin? yo? ni pensarlo! Pues qu,
tengo mala cara? Dgame usted con franqueza... tengo mala cara?...
Plido... tal vez? plido?...

--No, no, nada de eso. Pero... se me figura que est usted menos alegre,
preocupado... qu s yo....

Don Vctor suspir otra vez. Tras una pausa pregunt, con tono
quejumbroso:

--Ha ledo usted eso?--Qu es eso?--Kempis, la _Imitacin de
Jesucristo_...

--Cmo? usted! tambin usted?...

--Es un libro que quita el humor. Le hace a uno pensar en unas cosas...
que no se le haban ocurrido nunca.... No importa. La vida, de todas
maneras, es bien triste. Vea usted. Todo es pasajero. Usted se nos va....
Los marqueses se van.... Visita se va.... Ripamiln ya se march...
Vetusta antes de quince das se quedar sola; de la Colonia... ni un
alma queda.... De la Encimada se ausenta lo mejor... quedan los pobres...
los jornaleros... y nosotros. Nosotros no salimos este ao. Y qu
triste es un verano entero en Vetusta! El csped del paseo grande se
pone como un ruedo de esparto... no se ve un alma por all, en las
calles no hay ms que perros y policas.... Mire usted, prefiero el
invierno con todas sus borrascas y su agua eterna... qu s yo... a m
el fro me anima.... En fin, felices ustedes los que se van....

Y don Vctor suspir otra vez.

--Voy a llamar a mi mujer. Querr usted decirla adis, verdad? Es
natural.

--No... si est ocupada... no la moleste usted....

--No faltaba ms. Ocupada... ella siempre est ocupada... y
desocupada... qu s yo. Cosas de ella.

Sali. Don lvaro tom en las manos el Kempis; era un ejemplar nuevo,
pero tena manoseadas las cien primeras pginas, y llenas de registros.
Nunca haba ledo l aquello. Lo miraba como una caja explosiva. Lo dej
sobre la mesa con miedo y con ciertas precauciones.

Ana entr en el despacho. Vesta hbito del Carmen. Segua plida, pero
haba vuelto a engordar un poco. A Mesa le lati el corazn y se le
apret la garganta, con lo que se asust no poco.

Aquella mujer despertaba en l, ahora, una ira sorda mezclada de un
deseo intenso, doloroso. La miraba como el descubridor de una isla o un
continente, a quien la tempestad arrastrara lejos de la orilla, tal vez
para siempre, antes de poner el pie en tierra. Qu saba l si jams
aquella mujer sera suya?. Su orgullo no renunciaba a ella. Pero otras
voces le decan: Renuncia para siempre a la Regenta. Ya se vera. Pero
era doloroso aplazar otra vez, y saba Dios hasta cundo, toda
esperanza, todo proyecto de conquista.

Quera observar en el rostro de Ana la huella de una emocin, al decirle
que se marchaba sin saber cundo volvera. Pero Ana oy la noticia como
distrada; ni un solo msculo de su rostro se movi.

--Nosotros--dijo--nos quedamos este verano en Vetusta. Yo no puedo
baarme y el mdico me ha dicho que el aire del mar ms podra hacerme
dao que provecho por ahora.

--Vetusta se pone muy triste por el verano....

--No... no me parece.... Don Vctor los dej solos.

Don lvaro clav los ojos en el rostro de Ana con audacia y ella levant
los suyos, grandes, suaves, tranquilos y mir sin miedo al seductor, a
la tentacin de aos y aos. Sinti l que perda el aplomo, crey que
iba a decir o hacer alguna atrocidad; y sin poder contenerse, se puso en
pie delante de ella.

--Se marcha usted ya? Si yo me arrojo a sus pies ahora, qu pasa
aqu? se pregunt don lvaro. Y sin saber lo que haca, tendi la mano
enguantada y dijo temblando:

--Anita... si usted quiere... algo para las provincias....

--Que usted se divierta mucho, lvaro...--contest ella sin asomo de
irona. Pero a l se le figur que se burlaba de su torpeza ridcula, de
su miedo estpido... y sinti vehementes deseos de ahogarla. La mano de
la Regenta toc la de Mesa sin temblar, fra, seca.

Sali el buen mozo tropezando con el pavo real disecado y despus con la
puerta. En el pasillo se despidi de su amigo Quintanar.

La Regenta sac del seno un crucifijo y sobre el marfil caliente y
amarillo puso los labios, mientras los ojos rebosando lgrimas, buscaban
el cielo azul entre las nubes pardas.




--XXI--


Ana ley en su lecho, a escondidas de don Vctor, los cuarenta captulos
de la _Vida de Santa Teresa escrita por ella misma_.

Fue en aquella convalecencia larga, llena de sobresaltos, de pasmos y
crisis nerviosas. Don Vctor, a quien los remordimientos, durante la
recada de su mujer, haban hecho jurar que hasta verla salva, sana,
jams se apartara de ella, falt al juramento en cuanto la crey fuera
de peligro. Un da se aventur a dar una vuelta por el Casino; despus
iba a ver los peridicos: ms adelante jugaba una partida de ajedrez, y
ya se sabe lo pesado que es este juego. Al fin, sin dar pretexto
alguno, estaba fuera toda la tarde. La casa se le caa encima. Empezaba
el calor--porque don Vctor, en cuestin de temperatura, se rega por el
calendario--y ya se saba que l no poda trabajar en su despacho en
cuanto el sudor le molestaba; necesitaba el aire libre; mucho paseo,
mucha naturaleza.

La Marquesa, Visitacin, Obdulia, doa Petronila y otras amigas que
haban hecho compaa a la Regenta mientras dur el mal tiempo, ahora la
visitaban cada dos o tres das y las visitas eran breves. Haca un sol
hermoso, das azules, sin una nube en el cielo; haba que aprovechar el
buen tiempo; era la poca del ao en que Vetusta se anima un poco: haba
teatro, paseos concurridos, con msica, forasteros... una exposicin de
minerales.--Hasta Petra pidi una tarde permiso a la seora para ir a
ver un arco de carbn que haban construido....

Ana pasaba horas y ms horas en la soledad de su casern: a su lecho
llegaban los ruidos lejanos de la calle apagados, como aprensin de los
sentidos. All abajo, en la cocina, quedaba Servanda, y a veces Petra.
Anselmo silbaba en el patio, acariciando un gato de Angola, su nico
amigo.

La Regenta senta ms la soledad con tal compaa; aquellos criados
indiferentes, mudos, respetuosos, sin cario, le hacan echar de menos
la humanidad que compadece. Petra le era antiptica. La tema sin saber
por qu. Para tranquilizarse un tanto, cuando las congojas nerviosas la
invadan, preguntaba a la doncella:

--Anda don Toms por la huerta?

Si Frgilis estaba en el Parque, senta un amparo cerca de s. Se
calmaba. Crespo suba una vez cada tarde a verla; pero no se sentaba
casi nunca. Estaba cinco minutos en el gabinete, paseando del balcn a
la puerta, y se despeda con un gruido carioso.

Ana, a quien tanto molestaba aquel abandono en los momentos de debilidad
en que los nervios exaltados la mortificaban con tristeza y desconsuelo,
cuando estaba serena, sobre todo despus de dormir algunas horas o de
tomar alimento con gusto, llegaba a sentir un placer sutil, casi
voluptuoso en aquella soledad. El balcn del gabinete daba al Parque:
incorporndose en el lecho, vea detrs de los cristales las copas de
algunos rboles que brillaban con la hoja nueva, rumorosa, tersa y
fresca. Gorjeos de pjaros y rayos de un sol vivo, fuerte y alegre la
hablaban de la vida de fuera, de la naturaleza que resucitaba, con
esperanza de salud y alegra para todos.

Ella tambin iba a renacer, iba a resucitar, pero a qu mundo tan
diferente! Cun otra vida iba a ser de la que haba sido! se preparaba
a s misma una vida de sacrificios, pero sin intermitencias de malos
pensamientos y de rebelin sorda y rencorosa, una vida de buenas obras,
de amor a todas las criaturas, y por consiguiente a su marido, amor en
Dios y por Dios. Pero entretanto, mientras no poda moverse de aquella
prisin de sus dolores, el alma volaba siguiendo desde lejos al espritu
sutil, sencillo, a pesar de tanta sutileza, de la santa enamorada de
Cristo.

Ana viva ahora de una pasin; tena un dolo y era feliz entre
sobresaltos nerviosos, punzadas de la carne enferma, miserias del barro
humano de que, por su desgracia, estaba hecha. A veces leyendo se
mareaba; no vea las letras, tena que cerrar los ojos, inclinar la
cabeza sobre las almohadas y _dejarse desvanecer_. Pero recobraba el
sentido, y a riesgo de nuevo pasmo volva a la lectura, a devorar
aquellas pginas por las cuales en otro tiempo su espritu distrado,
creyndose, vanamente, religioso, haba pasado sin ver lo que all
estaba, con hasto, pensando que las visiones de una mstica del siglo
diecisis no podan edificar su alma aprensiva, delicada, triste.

La debilidad haba aguzado y exaltado sus facultades; Ana penetraba con
la razn y con el sentimiento en los ms recnditos pliegues del alma
mstica que hablaba en aquel papel spero, de un blanco sucio, de letra
borrosa y apelmazada. Pasmbase de que el mundo entero no estuviese
convertido, de que toda la humanidad no cantara sin cesar las alabanzas
de la santa de vila. Oh, bien deca aquel bendito, dulce, triste y
tierno fray Luis de Len: la mano de Santa Teresa, al escribir, era
guiada por el Espritu Santo, y por eso enciende el corazn de quien la
saborea.

S, bien encendido tena el suyo Ana; no ms, no ms dolos en la
tierra. Amar a Dios, a Dios por conducto de la santa, de la adorada
herona de tantas hazaas del espritu, de tantas victorias sobre la
carne.

Pensando en ella senta a veces punzante deseo de haber vivido en tiempo
de Santa Teresa; o si no: qu placer celestial si ella viviese ahora!
Ana la hubiera buscado en el ltimo rincn del mundo; antes la hubiera
escrito derritindose de amor y admiracin en la carta que le dirigiese.
No estaba la Regenta acostumbrada a convertir sus arrebatos religiosos
en oraciones mentales, segn los prudentes consejos del Magistral; su
educacin pagana, dislocada, confusa, daba extraas formas a la piedad
sincera, asomaba con todos sus resabios de incoherencia y ligereza
despus de tantos aos.

Deseaba encontrar semejanzas, aunque fuesen remotas, entre la vida de
Santa Teresa y la suya, aplicar a las circunstancias en que ella se vea
los pensamientos que la mstica dedicaba a las vicisitudes de su
historia.

El espritu de imitacin se apoderaba de la lectora, sin darse ella
cuenta de tamao atrevimiento.

La Santa haba encontrado refuerzo de piedad en el _Tercer Abecedario_
por Fr. Francisco de Osuna, y Ana mand a Petra a las libreras a buscar
aquel libro. No pareci el _Tercer Abecedario_, el Magistral no lo tena
tampoco. Pero mejor era su suerte en lo tocante al confesor. Veinte
aos lo haba buscado Teresa de Jess como convena que fuera, y no
pareca. Ana recordaba entonces a su Magistral y lloraba enternecida.
Qu grande hombre era y cunto le deba! Quin sino l haba sembrado
aquella piedad en su alma?.

En cuanto pudo levantarse, uno de sus primeros cuidados fue escribir a
don Fermn una carta con que haba soado ella muchas noches, que era
uno de sus caprichos de convaleciente. La escribi sin que lo supiera
Quintanar, que le tena prohibidos _toda clase de quebraderos de
cabeza_.

De Pas visitaba a menudo a la Regenta, y estaba encantado de los
progresos que la piedad ms pura haca en aquel espritu. Pero ella
quera escribirle; de palabra no se atreva a decir ciertas cosas
ntimas, profundas; adems no poda decirlas; y sobre todo, la retrica,
que era indispensable emplear, porque a ideas grandes, grandes palabras,
le pareca amanerada, falsa en la conversacin, de silla a silla.

La carta, de tres pliegos, la llev Petra a casa del Provisor; la
recibi Teresina sonriente, ms plida y ms delgada que meses atrs,
pero ms contenta. El Magistral se encerr en su despacho para leer.
Cuando su madre le llam a comer, don Fermn se present con los ojos
relucientes y las mejillas como brasas. Doa Paula miraba a su hijo y a
Teresina alternativamente, encoga los hombros cuando no la vean ni la
doncella, que iba y vena con platos y fuentes, ni su hijo que miraba al
mantel distrado, comiendo por mquina y muy poco. Teresina era ya toda
del seorito; nada deca al ama de las cartas que a don Fermn
entregaba. Las traa Petra que llamaba a la puerta con sea particular,
bajaba Teresa, en silencio se besaban como las seoritas, en ambas
mejillas, cuchicheaban, rean sin ruido y se daban algn pellizco. Petra
reconoca cierta superioridad en la otra, la adulaba, alababa la mata de
pelo negro, los ojos de Dolorosa, el cutis y dems prendas envidiables
de su amiga. Teresina prometa futuras ventajas a Petra, y se despedan
con ms besos.

--Quin ha estado ah?--preguntaba doa Paula.

Era un pobre o uno del pueblo.--Nunca se deca la verdad. Doa Paula no
sospechaba nada contra la lealtad de la doncella. Registrndole el bal,
en su ausencia, haba encontrado varias alhajas que bien valdran dos
mil reales. Haba sonredo entre satisfecha y envidiosa. Dos mil reales
valdra aquello... s... era demasiado... era un escndalo. Si el decoro
lo permitiese... si no fuese por vergenza... exigira que se le dejase
a ella recompensar a las gentes como merecan, sin despilfarros ociosos.
El descubrimiento la satisfaca; aquello era obra suya al fin y al cabo,
pero los dos mil reales le dolan: tambin eran suyos.

Al da siguiente de recibir la carta, muy temprano, el Magistral sali
de casa, fue al Paseo Grande, busc un lugar retirado en los jardines
que lo rodean; y sin ms compaa que los pjaros locos de alegra, y
las flores que hacan su tocado lavndose con roco, volvi a leer
aquellos pliegos en que Ana le mandaba el corazn desledo en retrica
mstica. Ya casi saba de memoria algunos prrafos de los que le
parecan ms interesantes y para l ms halageos; y como la alegra le
inundaba el corazn, se senta hecho un chiquillo aquella maana
sonrosada de un da de fines de Mayo, nublado, fresco, antes de que el
sol rasgara el toldo blanquecino con tonos de rosa que cubra la
lontananza por Oriente.

Se puso de pie el Magistral, mir a todos lados por encima del seto de
boj que rodeaba su escondite, y al verse solo, solo de seguro, se le
ocurri mezclar a la chchara insustancial y armoniosa de los pjaros
que saltaban de rama en rama sobre su cabeza, su voz ms dulce y
meldica, recitando aquellas palabras de espiritual hermosura que la
Regenta le haba escrito.

Ya tengo el don de lgrimas, ley el Magistral en voz alta como
dicindoselo a jilgueros y gorriones, petirrojos y dems vecinos de la
enramada, ya lloro, amigo mo por algo ms que mis penas; lloro de amor,
llena el alma de la presencia del Seor a quien usted y la santa querida
me ensearon a conocer. No tema que vuelva la pereza a detenerme en casa
olvidada de mi salvacin; ya s que la tibieza es muerte, ledo tengo lo
que dice nuestra querida Madre y Maestra hablando de sus pecados: no
haca caso de los veniales y esto fue lo que me destruy. Yo ni de los
mortales hice caso, y aunque usted me adverta del peligro, segu mucho
tiempo ciega; pero Dios me mand a tiempo (creo yo que era a tiempo;
verdad, hermano mo?) me mand a tiempo el mal; vi en las pesadillas de
la fiebre el Infierno, y vilo como nuestra Santa en agujero angustioso,
donde mi cuerpo estrujado padeca tormentos que no se pueden describir;
y a m adems, por la carne aterida y erizada me pasaban llagas
asquerosas unos fantasmas que eran diablos vestidos por irrisin, de
clrigos, con casullas y capas pluviales. En fin, de esto ya le habl.
Pero no slo del terror naci mi piedad, que ahora creo que va de veras,
sino tambin de amor de Dios, y de un deseo vehemente de seguir a
millones de millones de leguas a mi modelo inmortal. Y para decirlo
todo, sepa que en mucho, en mucho, debo al afn de no ser ingrata esta
voluntad firme de hacerme buena. Santa Teresa vivi muchos aos sin
encontrar quien pudiera guiarla como ella quera; yo, ms dbil, recib
ms pronto amparo de Dios por mano de quien quisiera llamar mi padre y
prefiere que no le llame si no hermano mo; s, hermano mo, hermano muy
querido, me complazco en llamrselo, aqu, ahora, segura del secreto,
sin odos profanos que entenderan las palabras con la impureza ruin que
ellos llevarn dentro de s, feliz yo mil veces que a la primera ocasin
en que tuve idea de ser buena, hall quien me ayudara a serlo. Y cunto
tiempo tard en entenderle del todo! Pero mi hermano, mi hermano mayor
querido me perdona verdad? Y si necesita pruebas, si quiere que sufra
penitencias, hable, mande, ver como obedezco. Mas no extrao haber
querido tanto tiempo lo que la Santa declara haber querido tambin
concertar vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos
sensuales. Ahora esto se acab. Usted dir por dnde hemos de ir; yo
ir ciega. De la confianza cariosa de que me hablaba el otro da, al
salir yo de aquel paroxismo, estoy tambin enamorada, quiero tambin que
sea como lo dijo mi hermano. Y hasta en eso seguiremos, adems de esos
monjes alemanes o suecos de que usted me habl, a la misma Teresa de
Jess que, como usted sabe, con buenas palabras y creo yo que hasta
bromas alegres que tena, con pursima intencin, con un clrigo amigo
suyo, consigui apartarle del pecado. Recuerdo lo que dice: aquel
confesor le tena gran aficin, pero estaba perdido por culpa de unos
amores sacrlegos; habale hechizado una mujer con malas artes, con un
idolillo puesto al cuello, y no ces el mal hasta que la Santa, por la
gran aficin que su confesor le tena, logr que l le entregase el
hechizo, aquel dolo que era prenda del amor infame; y usted sabe que
ella lo arroj al ro y el clrigo dej su pecado y muri despus libre
de tan gran delito. Amistades as ayudan en la vida, que sin ellas es
como un desierto, y los que de ellas pudieran sospechar son los
malvados, que no han de saberlas, porque son incapaces de entender como
se debe cosa tan buena y que tanto sirve para la salvacin de los
dbiles. Aqu el dbil no es el confesor, sino la penitente; usted no
tiene hechizos colgados del cuello, ni tenemos dolos que echar al
ro... yo soy la pecadora, aunque ningn hombre me hizo el mal que
aquella mujer al clrigo hechizado; slo quise a mi marido, y de este ya
sabe usted de qu modo estoy enamorada; no con pasin que quite a Dios
cosa suya, sino con el suave afecto y los tiernos cuidados que se le
deben. En esto he mejorado mucho; porque fray Luis de Len me ense en
su _Perfecta casada_ que en cada estado la obligacin es diferente; en
el mo mi esposo mereca ms de lo que yo le daba, pero advertida por el
sabio poeta y por usted, ya voy poniendo ms esmero en cuidar a mi
Quintanar y en quererle como usted sabe que puedo. Y por cierto que he
de poner por obra un proyecto que tengo, que es convertirle poco a poco
y hacerle leer libros santos en vez de patraas de comedias. Algo he de
conseguir, que l es dcil y usted me ayudar. Tambin en esto imitar a
nuestra Doctora, que puso empeo en traer a mayor piedad a su buen
padre, que ya tena mucha....

Estos ltimos prrafos ya no los lea el Magistral en voz alta, sino que
haba vuelto a sentarse y lea sin ruido y para dentro. Aunque algunos
celos tena de Santa Teresa, de la que vea enamorada a su amiga,
estaba satisfecho, y el gozo le saltaba por ojos, mejillas y labios.
Aquello era vivir; lo dems era vegetar. Ana era, al fin, todo aquello
que l haba soado, lo que una voz secreta le haba dicho el da en que
ella se haba acercado por primera vez a su confesonario. Segua el
Magistral ocultndose a s mismo las ramificaciones carnales que pudiera
tener aquella pasin ideal que ya se confesaban los dos _hermanos_; no
quera pensar en esto, no quera sustos de conciencia ni peligros de
otro gnero, no quera ms que gozar aquella dicha que se le entraba por
el alma.

Al leer lo de hermano mayor querido, le daba el corazn unos brincos
que causaban delicia mortal, un placer doloroso que era la emocin ms
fuerte de su vida; pues bueno, esto bastaba, esto era el hecho, la
realidad; qu falta haca darle un nombre? Lo que importaba era la
cosa, no el nombre. Adems, acabase aquello como acabase, l estaba
seguro de que nada tena que ver lo que l senta por Ana con la vulgar
satisfaccin de apetitos que a l no le atormentaban. Cuando pensaba
as, oy el Magistral a su espalda, detrs del rbol en que se apoyaba,
al otro lado del seto, una voz de nio que recitaba con canturia de
escuela _Veritas in re est res ipsa, veritas in intellectu..._ Era un
seminarista de primer ao de filosofa que repasaba la primera leccin
de la obra de texto, Balmes. El Magistral se alej sin ser visto,
pensando entonces en los aos en que l tambin aprenda que la verdad
en la cosa es la cosa misma. Ahora le importaba muy poco la cosa misma,
y la verdad y todo... no quera ms que hundir el alma en aquella pasin
innominada que le haca olvidar el mundo entero, su ambicin de clrigo,
las trampas srdidas de su madre de que l era ejecutor, las calumnias,
las cbalas de los enemigos, los recuerdos vergonzosos, todo, todo,
menos aquel lazo de dos almas, aquella intimidad con Ana Ozores.
Cuntos aos haban vivido cerca uno de otro sin conocerse, sin
sospechar lo que les guardaba el destino! S, el destino, pensaba el
Magistral, no quera decirse a s mismo la Providencia; nada de
teologa, nada de quebraderos de cabeza que haban hecho de su
adolescencia y primera juventud un desierto estril por donde slo
pasaban fantasmas, aprensiones de loco, figuras apocalpticas. Bastaba
para siempre de todo aquello. Ni aquello ni lo que haba seguido: la
ceguera de los sentidos, la brutalidad de las pasiones bajas,
subrepticiamente satisfechas hasta el hartazgo; esto era vergonzoso, ms
que por nada por el secreto, por la hipocresa, por la sombra en que
haba ido envuelto; ahora, sin aprensin, sin escrpulos, sin tormentos
del cerebro, la dicha presente; aquella que gozaba en una maana de Mayo
cerca de Junio, contento de vivir, amigo del campo, de los pjaros, con
deseos de beber roco, de oler las rosas que formaban guirnaldas en las
enramadas, de abrir los capullos turgentes y morder los estambres
ocultos y encogidos en su cuna de ptalos. El Magistral arranc un botn
de rosa; con miedo de ser visto; sinti placer de nio con el contacto
fresco del roco que cubra aquel huevecillo de rosal; como no ola a
nada ms que a juventud y frescura, los sentidos no aplacaban sus
deseos, que eran ansias de morder, de gozar con el gusto, de escudriar
misterios naturales debajo de aquellas capas de raso.... El Magistral,
perdindose por senderos cubiertos por los rboles, bajaba hacia Vetusta
cantando entre dientes, y tiraba al alto el capullo que volva a caer en
su mano, dejando en cada salto una hoja por el aire; cuando el botn ya
no tuvo ms que las arrugadas e informes de dentro, don Fermn se lo
meti en la boca y mordi con apetito extrao, con una voluptuosidad
refinada de que l no se daba cuenta.

Lleg a la catedral. Entr en el coro. El Palomo barra. Don Fermn le
habl con caricias en la voz. Le deba muchos desagravios. Cuntos
sofiones intiles haba sufrido el pobre perrero! Ahora le halagaba,
alababa su celo, su amor a la catedral; el Palomo, pasmado y agradecido,
se deshaca en cumplidos y buenas palabras. De Pas se acerc al
facistol, hoje los libros grandes del rezo y hasta solfe un poco en
voz baja, leyendo la msica sealada con notas cuadradas, de un
centmetro por lado. Todo estaba bien. Los rganos all arriba extendan
su lengetera en rayas verticales y horizontales, deslumbrantes;
parecan dos soles cara a cara. ngeles dorados tocaban el violn cerca
de la bveda, a la que trepaban los relieves platerescos de los rganos;
detrs del coro, en lo alto de las naves laterales, las ventanas y
rosetones dejaban pasar la luz deshacindola en rojo, azul, verde y
amarillo.

En un lado san Cristbal sonrea con boca encarnada de una cuarta,
partida por un plomo, al Nio de la Bola, que mantena un mundo verde
sobre su mano amarilla. En frente vio el Magistral el pesebre de Beln
cuadriculado tambin por rayas opacas. Jess sonrea a la mula y al buey
en su cuna de heno color naranja. Don Fermn miraba todo aquello como
por la primera vez de su vida. Haca un fresco agradable en la iglesia y
el olor de humedad mezclado con el de la cera le pareca fino,
misteriosamente simblico y a su modo voluptuoso. Aquella maana cumpli
en el coro como el mejor, y sinti no ser hebdomadario para lucirse.
Glocester, al verle tan alegre y decidor, amable con amigos y enemigos
ocultos se dijo: Disimula! Pues a disimulo no me ha de ganar este
simonaco!. Y se deshizo en amabilidad, cortesa y bromas lisonjeras.
Bueno era l.

--Ha visto usted--deca al salir de la catedral don Custodio--qu
satisfecho est el Provisor?

Y contestaba Glocester, al odo del beneficiado:

--Es que ya no tiene vergenza; se ha puesto el mundo por montera.

--Debe de haber pasado algo gordo...--A qu crimen alude usted?

--Al de adulterio...--Ps... yo creo que... todava estn algo verdes.
Sin embargo, por l no quedar, y el crimen es el mismo....

A Glocester le disgustaba figurarse al Magistral vencedor de la Regenta.
Era caso de envidia. Pero convena suponerlo, para cargar el delito a la
cuenta de los muchos que atribuan al enemigo.

Don Fermn, a las once, record que era da de conferencia en la Santa
Obra del Catecismo de las Nias. l era el director de aquella
institucin docente y piadosa, que celebraba sus sesiones en el crucero
de la Iglesia de Santa Mara la Blanca. Senta el humor ms apropsito
para el caso. Con mucho gusto entr en aquel templo risueo, alegre, con
sus adornos flamgeros de piedra blanca esponjosa. En medio del recinto
se levantaba una plataforma de tabla de pino, de quita y pon; sobre ella
a un lado haba tres filas de bancos sin respaldos, y enfrente de ellos
una mesa cubierta de damasco viejo, manchado de cera, presidida por un
silln de pana roja y varios taburetes de igual pao. El silln era para
el Magistral, los taburetes para los capellanes catequistas, y en los
bancos se sentaban las nias de siete a catorce aos que aprendan la
doctrina cristiana, ms algo de liturgia, historia sagrada y cnticos
religiosos.

Cuando De Pas entr en el templo hubo un murmullo en los bancos de la
plataforma, semejante al rumor de una rfaga que rueda sobre las copas
de los rboles.

Tom el amado director agua bendita, y despus de santiguarse, subi,
radiante de alegra evanglica, las gradas de la plataforma; se frot
las manos y a una nia de ocho aos que encontr de pie al paso, la
sujet suavemente; y mientras l miraba a la bveda y morda el labio
inferior, oprima contra su cuerpo la cabeza rubia, y entre los dedos de
la mano estrujaba, sin lastimarla, una oreja rosada.

--Qu pjaro me habr dicho a m que doa Rufinita no quiere ser buena,
y enreda en la iglesia y descompone el coro cuando canta?

Carcajada general. Las nias ren de todo corazn y el templo retumba
devolviendo el eco de la alegra desde la bveda blanca, llena de luz
que penetra por ventanas anchas de cristales comunes.

Todo lo que dice all el Magistral se re; es un chiste. Nios y
clrigos estn como en su casa. Los pocos fieles esparcidos por la
Iglesia son beatas que rezan con devocin; no se piensa en ellas. A
veces son espectadores de aquella algazara algunos adolescentes y pollos
con cascarn que tienen en los bancos de la plataforma sus amores. Los
catequistas, jvenes todos, no ven con buenos ojos a tales seoritos que
vienen con propsitos profanos.

El Magistral no se sent en el silln de la presidencia. Prefera pasear
por el tablado, haciendo eses, inclinando el cuerpo con ondulaciones de
palmera, acercndose de vez en cuando a los bancos llenos de alegra
para azotar una mejilla con suave palmada, o decir al odo de un
angelito con faldas un secreto que excita la curiosidad de todas y
origina siempre una broma de las que sabe preparar don Fermn de modo
que acaben en leccin moral o religiosa. Tambin los catequistas
alegres, graciosos, vivarachos, van y vienen, reprenden a las educandas
con palabras de miel y sonrisas paternales, y se meten entre banco y
banco mezclando lo negro de sus manteos redundantes con las faldas
cortas de colores vivos, y el blanco de nieve de las medias que cien
pantorrillas de mujer a las que el traje largo no dio todava patente de
tales. En la primera fila se mueven, siempre inquietas, sobre la dura
tabla, las nias de ocho a diez aos, anafroditas las ms, hombrunas
casi en gestos, lneas y contornos, algunas rodeadas de precoces
turgencias, que sin disimulo deja ver su traje de inocentes; algo
avergonzadas, sin conciencia clara de ello, de su desarrollo temprano.
Mirando estos capullos de mujer, don Fermn recordaba el botn de rosa
que acababa de mascar, del que un fragmento arrugado se le asomaba a los
labios todava. En las siguientes filas estaban las educandas de doce y
trece primaveras, presumidillas, entonadas; y detrs de estas las
seoritas que frisaban con los quince, flor y nata de la hermosura
vetustense algunas de ellas, casi todas iniciadas en los misterios
legendarios del amor de devaneo, muchas prximas a la transformacin
natural que revela el sexo, y dos o tres, pequeas, plidas y recias,
mujeres ya, disfrazadas de nias, con ojos pensadores cargados de
malicia disimulada. Cuando comenzaban las lecciones y los ensayos de
coro, las nias se levantaban, se repartan en secciones por el
tablado, formaban crculos, los deshacan, como bailarinas de pera; y
los catequistas dirigiendo aquellos remolinos ordenados, aspiraban,
entre tanta juventud verde, aromas espirituales de voluptuosidad
quinti-esenciada con cierta dentera moral que les encenda las mejillas
y los ojos, y causaba en su naturaleza robusta efectos anlogos a los
del kirschen o del ajenjo.

El Magistral, como el pez en el agua, entre aquellas rosas que eran
suyas y no del Ayuntamiento como las del _Paseo grande_, se recreaba en
los ojos de las que ya los tenan transparentes de malicia; y, ms
sutilmente, encontraba placer en manosear cabellos de ngeles menores.
Lleg la hora de los discursos, despus de los cnticos, en que la voz
de algunas revelaba, mejor que su cuerpo, los misterios fisiolgicos por
que estaban pasando. Una joven de quince aos, catorce oficialmente, se
adelant, y colocada cerca de la mesa recit con desparpajo una filpica
un tanto moderada por los eufemismos de la retrica jesutica, contra
los materialistas modernos, que negaban la inmortalidad del alma. Era
rubia, de un blanco de jaspe, de facciones correctas, a excepcin de la
barba, que apuntaba hacia arriba; tena el torso de mujer, y debajo de
la falda ajustada se dibujaban muslos poderosos, macizos, de curvas
armoniosas, de seduccin extraa. Tena los ojos azules claros; el metal
de la voz, vibrante, poco agradable, hiertico en su monotona,
expresaba bien el fanatismo casi inconsciente de un alma que preparaban
para el convento. La rubia hermosa, con brazos de escultura griega, no
entenda cabalmente lo que iba diciendo, pero adivinaba el sentido de su
arenga, y le daba el tono de intolerancia y de soberbia que le
convena. Tambin ella pareca una estatua de la soberbia y de la
intolerancia: una estatua hermossima. Sus compaeras, los catequistas,
el escaso pblico esparcido por la nave la oan con asombro, sin pensar
en lo que deca, sino en la belleza de su cuerpo y en el tono imponente
de su voz metlica. Era la obediencia ciega de mujer, hablando; el
smbolo del fanatismo sentimental, la iniciacin del _eterno femenino_
en la eterna idolatra. El Magistral, con la boca abierta, sin sonrer
ya, con las agujas de las pupilas erizadas, devoraba a miradas aquella
arrogante amazona de la religin, que labraba con arte la naturaleza,
por fuera, y l por dentro, por el alma. S, era obra suya aquel
fanatismo deslumbrador; aquella rubia era la perla de su museo de
beatas; pero todava estaba en el taller. Cuando aquel vestido gris, que
no tapaba los pies elegantes y algo largos, y dejaba ver dos dedos de
pierna de matrona esbelta, llegase al suelo, la maravilla de su estudio
saldra a luz, el pblico la admirara y para s la guardara la
Iglesia.

La historia sagrada estaba a cargo de una morena regordeta, de facciones
finas, de expresin dulce, tmida y nerviosa. Apretaba con el cuerpo del
vestido tempranos frutos naturales, como si fueran una vergenza; y ms
que en su oracin pensaba en que los muchachos que miraban desde abajo,
podan verla las pantorrillas, que tapaba mal la falda, a pesar de los
esfuerzos de la castidad instintiva. No pudo terminar la historia de los
Macabeos que tena a su cargo. Se le puso un nudo en la garganta, le
zumbaron los odos y todo el lado derecho de la cabeza se qued de
repente fro y el cutis plido. Se pona enferma de vergenza. Tuvo que
salir de la Iglesia. El desparpajo de otras oradoras precoces hizo
olvidar la escena triste y desairada de la nia pusilnime, que haba
salido llorando. El Magistral reanim tambin el espritu de la escuela
con chascarrillos morales y aplogos joco-msticos. Las muchachas se
moran de risa, se retorcan en los bancos, y dejaban ver a los profanos
y a los catequistas, relmpagos de blancura debajo de las faldas que
movan indiscretas, sin pensar en ello muchas, algunas sin pensar en
otra cosa.

Cuando sali don Fermn de Santa Mara la Blanca, tena la boca hecha
agua engomada. Aquellas sensaciones, que le haban invadido por
sorpresa, le recordaban aos que quedaban muy atrs. No le gustaba
aquello; era poca formalidad. Diablo de chicas! iba pensando. De
todas suertes, lo que le pasaba probaba que an era joven, que no era
por necesidad disfrazada de idealismo por lo que se juraba ser
platnico, siempre platnico, o por lo menos indefinidamente, en sus
relaciones con la fiel y querida amiga. Volvi su pensamiento a la
Regenta, y aquel vago y picante anhelo con que saliera de la iglesia se
convirti en deseo fuerte y definido de ver a doa Ana, de agradecerle
su carta y decrselo con la ms eficaz elocuencia que pudiera.

Tuvo bastante fortaleza para contener sus ansias y dejar para la tarde
la visita. Su madre le habl como siempre, de lo que se murmuraba, y l
encogi los hombros. Oa la voz dura y seca de doa Paula anunciando,
por asustarle, el cataclismo de su fortuna, la ruina de su honra, como
si le hablase de los cataclismos geolgicos del tiempo de No. Le
pareca que era otro Provisor aquel de quien el pblico se quejaba.
Ambicin, simona, soberbia, sordidez, escndalo!... qu tena l que
ver con todo aquello? Para qu perseguan a aquel pobre don Fermn si
ya haba muerto? Ahora el don Fermn era otro, otro que despreciaba a
sus vecinos y ni siquiera se tomaba la molestia de quererlos mal. l
viva para su pasin, que le ennobleca, que le redima. Si le apuraban,
dara una campanada. El Magistral gozaba encontrando dentro de s
semejante hombre, ms fuerte que nunca, decidido a todo, enamorado de la
vida que tiene guardados para sus predilectos estos sentimientos
intensos, avasalladores. La realidad adquira para l nuevo sentido, era
ms realidad. Se acordaba de las dudas de los filsofos y los ensueos
de los telogos y le daban lstima. Los unos negando el mundo, los otros
_volatilizndolo_, parecanle desocupados dignos de compasin. La
filosofa era una manera de bostezar. La vida era lo que senta l, l
que estaba en el rin de la actividad, del sentimiento. Una mujer
deslumbrante de hermosura por alma y cuerpo, que en una hora de
confesin le haba hecho ver mundos nuevos, le llamaba ahora su _hermano
mayor querido_, se entregaba a l, para ser guiada por las sendas y
trochas del misticismo apasionado, potico.... Afortunadamente l tena
arte para todo: sabra ser mstico, hasta donde hiciera falta, perderse
en las nubes sin olvidar la tierra. Recordaba que aos atrs haba
pensado en escribir novelas, en hacer una _sibila_ verdaderamente
cristiana, y una _Fabiola_ moderna; lo haba dejado, no por sentirse con
pocas facultades, sino porque le haca dao gastar la imaginacin. Las
novelas era mejor vivirlas.

Cosas as pensaba, dando golpecitos con un cuchillo sobre una corteza de
pan, mientras su madre narraba las cbalas de Glocester y las
maquinaciones de los _conjurados_ del Casino.

En cuanto pudo el Magistral escap de casa, prometiendo ir a sondear al
Obispo. Tom el camino de la Plaza Nueva. El casern de la Rinconada le
pareci envuelto en una aureola.

Le recibieron Ana y don Vctor en el comedor. Ya era amigo de confianza.
Durante las dos enfermedades de la Regenta, el Magistral haba prestado
muchos servicios a don Vctor, y este aunque le era algo antiptico el
Magistral, se los haba agradecido. Pero ya empezaba Quintanar, que
siempre haba sido regalista, a sospechar algo malo de la _influencia
del sacerdocio_ en su hogar, o sea el _imperio_. El clero era
absorbente. Sobre todo don Fermn haba sido un poco jesuita.
Jesuita! El casuismo!... El Paraguay!... _Caveant consules!_.
Aunque la cortesa, ley suprema, le obligaba al ms fino trato, no menos
que la gratitud, don Vctor estuvo un poco fro con el cannigo, pero de
modo que el otro no lo ech de ver siquiera. Not que estorbaba all el
amo de la casa, pero nada ms.

Ana afectuosa, lnguida todava, haba estrechado la mano a su confesor,
que sin darse cuenta, prolong cuanto pudo el contacto. Don Vctor los
dej solos a eso de las seis. Le esperaban en el Gobierno civil para una
junta de ganaderos. Se trataba de traer sementales del extranjero. Pero
don Vctor trataba principalmente de que le eligiesen segundo
vicepresidente y reclamaba para Frgilis la primera secretara.
Frgilis haba jurado renunciarla, pero no importaba; de todas suertes
la eleccin era una honra para ellos, aunque lo negase el sarraceno de
Toms. Quintanar contaba con el gobernador. Sali.

La Regenta sonri a don Fermn y dijo:

--Dir usted que soy una loca; para qu escribirle cuando podemos
hablar todos los das? No pude menos. Soy tan feliz! y debo en tanta
parte a usted mi felicidad! Quise contener aquel impulso y no pude. A
veces me reprendo a m misma porque pienso que robo a Dios muchos
pensamientos, para consagrarlos al hombre que se sirvi escoger para
salvarme.

El Magistral se senta como estrangulado por la emocin. La Regenta
hablaba ni ms ni menos como l la haba hecho hablar tantas veces en
las novelas que se contaba a s mismo al dormirse.

No vacil en referir todo lo que haba pasado por l desde que leyera
aquella carta. El mundo sin una amistad como la suya era un pramo
inhabitable; para las almas enamoradas de lo Infinito, vivir en Vetusta
la vida ordinaria de los dems era como encerrarse en un cuarto estrecho
con un brasero. Era el suicidio por asfixia. Pero abriendo aquella
ventana que tena vistas al cielo, ya no haba que temer.

La Regenta habl de Santa Teresa con entusiasmo de idlatra; el
Magistral aprobaba su admiracin, pero con menos calor que empleaba al
hablar de ellos, de su amistad, y de la piedad acendrada que vea ahora
en Anita. Don Fermn tena celos de la Santa de vila.

Adems, vea a su amiga demasiado inclinada a las especulaciones
msticas, tema que cayera en el xtasis, que tena siempre
complicaciones nerviosas, y era preciso evitar que pudiesen culparle a
l de otra enfermedad probable, si Ana segua aquel camino peligroso.
Aconsej la actividad piadosa. En su estado y en el tiempo en que viva
la pura contemplacin tena que dejar mucho espacio a las buenas obras.
Si ahora senta Anita cierta pereza de rozarse otra vez con el mundo, se
deba a la convalecencia de que en rigor no haba salido; pero cuando
el vigor volviera por completo ya no la asustara la accin, el ir y
venir; el trabajar en la obra de piedad a que se la invitaba.

Desde aquel da el Magistral influy cuanto pudo en aquel espritu que
dominaba por entonces, para arrancarle de la contemplacin y atraerle a
la vida activa. Si se remontaba demasiado, le olvidara a l, que al
fin era un ser finito. Santa Teresa haba dicho, y Ana recordaba a cada
momento que tena: '...Una luz de parecerle de poca estima todo lo que
se acaba', y como don Fermn haba de acabarse, le espantaba la idea de
que por eso Ana llegase a tenerle en poco.

No hubiera sido el temor vano si las cosas hubiesen seguido como los
primeros meses. Aunque tanto quera a su confesor, Ana muchas horas le
olvidaba por completo como a todas las cosas del mundo.

Encerrada en su alcoba o en su tocador, que ya tena algo de oratorio,
sin necesidad de estmulos exteriores, perdida en las soledades del
alma, de rodillas o sentada al pie de su lecho, sobre la piel de tigre,
con los ojos casi siempre cerrados, gozaba la voluptuosidad dctil de
imaginar el mundo anegado en la esencia divina, hecho polvo ante ella.
Vea a Dios con evidencia tal, que a veces senta deseos vehementes de
levantarse, correr a los balcones y predicar al mundo, mostrndole la
verdad que ella palpaba; y entonces le costaba trabajo reconocer la
realidad de las criaturas. Qu pequeas eran! qu frgiles! cunto
ms tenan de apariencia que de nada! Lo nico que en ellas vala no era
de ellas, era de Dios, era cosa prestada. Dichas! dolores! palabras
nada ms; cmo apreciarlos y distinguirlos si lo poco, lo nada que
duraban no daba tiempo a ello?. Ana recordaba la vida de unos mosquitos
muy pequeos que crecan todas las maanas a la orilla del ro, volaban
desde la ribera sobre las aguas, y en medio de ellas moran y eran pasto
de unos peces que contaban todos los das con aquel alimento. Pues as
era el vivir para todas las criaturas, un rayo de sol que se cruza, para
volver a la sombra de que se vino. Y estos pensamientos, que
antiguamente la atormentaban, ahora le daban alegra. Porque el vivir
era el estar sin Dios, el morir renacer en l, pero renunciando a s
mismo.

Y como si sus entraas entrasen en una fundicin, Ana senta
chisporroteos dentro de s, fuego lquido, que la evaporaba... y llegaba
a no sentir nada ms que una idea pura, vaga, que aborreca toda
determinacin, que se complaca en su simplicidad. Prolongaba cuanto
poda aquel estado; tena horror al movimiento, a la variedad, a la
vida.

Entonces sola don Vctor asomar la cabeza, con su gorro de borla
dorada, por la puerta de escape que abra con cautela, sin ruido....
Anita no le oa; y l, un poco asustado, con una emocin como crea que
la tendra entrando en la alcoba de un muerto, se retiraba, de
puntillas, con un respeto supersticioso. A dos cosas tena horror: al
magnetismo y al xtasis. Ni electricidad ni misticismo! Una vez le
haba dado una bofetada a un chusco que le haba cogido por la levita,
en el gabinete de fsica de la Universidad, para hacerle entrar en una
corriente elctrica. Don Vctor haba sentido la sacudida, pero acto
continuo zas! haba santiguado al gracioso. El magnetismo, en que
crea, (aunque estaba en mantillas, segn l, esta ciencia) le asustaba
tambin; y en cuanto a ver a su Divina Majestad, o figurrsele, le
pareca emocin superior a sus fuerzas. Yo no necesito de eso para
creer en la Providencia. Me basta con una buena tronada para reconocer
que hay un ms all y un Juez Supremo. Al que no le convence un rayo, no
le convence nada.

Pero respetaba la religiosidad exaltada de su esposa desde que vea que
iba de veras.

Llegaba de la calle; llamaba con una aldabonada suave... suba la
escalera procurando que sus botas no rechinasen, como solan, y
preguntaba a Petra en voz baja, con cierto misterio triste:

--Y la seora? dnde est?

Como si preguntara cmo va la enferma?--As andaba por todo el casern,
como si estuviera muriendo alguno. Sin darse cuenta del porqu, don
Vctor se figuraba el misticismo de su mujer como una cefalalgia muy
aguda. Lo principal era no hacer ruido. Si el gato de Anselmo mayaba
abajo, en el patio, don Vctor se enfureca, pero sin dar voces, gritaba
con timbre apagado y gutural:

--A ver! ese gato! que se calle o que lo maten!

Entraba en su despacho. Volva entonces a sus mquinas y colecciones; a
veces tena que clavar, serrar o cepillar. Cmo no hacer ruido? Sobre
todo, el martillo atronaba la casa. Quintanar lo forr con bayeta negra,
como un catafalco, y as clavaba, los martillazos apagados tenan una
resonancia mate, fnebre, de mal agero, que llenaba de melancola a don
Vctor. Los canarios, jilgueros y tordos de su pajarera, que hacan
demasiado ruido, fueron encerrados bajo llave, para que no llegasen sus
cnticos profanos al tocador-oratorio de la Regenta.

Se acostumbr don Vctor de tal modo a hablar en voz baja, que hasta en
la huerta, pasendose con Frgilis, eran sus palabras un rumorcillo
leve.

--Pero, hombre, parece que hablas con sordina...--deca Crespo
malhumorado.

Quintanar le consultaba acerca del _estado_ de Ana.

--A ti qu te parece de esto?

--Ps... all ella. Sus razones tendr.

--Yo creo Toms, aqu para _interinos_... que Anita se nos hace santa,
si Dios no lo remedia. A m me asusta a veces. Si vieses qu ojos en
cuanto se distrae! Ello sera un honor para la familia...
indudablemente, pero... ofrece sus molestias.... Sobre todo, yo no sirvo
para esto. Me da miedo lo sobrenatural. Tendr apariciones?

Frgilis se permita la confianza de no contestar a las que estimaba
sandeces de su amigo.

Tambin l pensaba en Anita. La vea muchas veces desde la huerta, en su
gabinete, sentada, arrodillada, o de bruces al balcn mirando al cielo.
Ella casi nunca reparaba en l; no era como antes que le saludaba
siempre. Aquello de Ana tambin era una enfermedad, y grave, slo que l
no saba clasificarla. Era como si tratndose de un rbol, empezara a
echar flores, y ms flores, gastando en esto toda la savia; y se quedara
delgado, delgado, y cada vez ms florido; despus se secaban las races,
el tronco, las ramas y los ramos, y las flores cada vez ms hermosas,
venan al suelo con la lea seca; y en el suelo... en el suelo... si no
haba un milagro, se marchitaban, se pudran, se hacan lodo como todo
lo dems. As era la enfermedad de Anita. En cuanto al contagio, que
deba de haberlo habido, l lo atribua al Magistral. Se acordaba del
guante morado. Mucho tiempo lo haba tenido olvidado, pero un da se le
ocurri preguntar a la Regenta si las seoras usaban guantes de seda
morada y ella se haba redo. Era, por consiguiente, un guante de
cannigo. Ripamiln no los usaba casi nunca. No quedaba ms cannigo
probable que el Magistral; el nico bastante listo para meter aquellas
cosas en la cabeza de Ana. Del Magistral era el guante, sin duda. Y
Petra andaba en el ajo. Era encubridora. De qu? Esta era la cuestin.
De nada malo deba de ser. Anita era virtuosa. Pero la virtud era
relativa como todo; y sobre todo Anita era de carne y hueso. Frgilis no
tema lo presente si no lo futuro; lo que poda suceder. No vea una
falta sino un peligro. Algo haba odo de lo que se murmuraba en
Vetusta, aunque en su presencia no se atrevan las malas lenguas a poner
en tela de juicio el honor de los Quintanar. Se le miraba como hermano
de don Vctor. De todas maneras, l estara alerta. Y segua velando
por los rboles de don Vctor y por su honor tal vez en peligro.

Petra tampoco vea claro. Estaba desorientada. La conducta de su ama le
pareca propia de una loca. A qu vena aquella santidad? A quin
engaaba? Oh! si no fuera porque ella quera tener contento al
Magistral, no servira ms tiempo a la hipcrita que la utilizaba como
correo secreto y no le daba una mala propina, ni le deca palabra de sus
trapicheos ni le pona una buena cara, a no ser aquella de beata
bobalicona con que engaaba a todos.

Petra se encerraba en su cuarto. Colgada de un clavo a la cabecera de su
cama de madera, tena una cartera de viaje, sucia y vieja. All guardaba
con llave sus ahorros, ciertas sisas de mayor cuanta, y algunos papeles
que podan comprometerla. De all sacaba el guante morado del Magistral,
del que a nadie haba hablado. Era una prueba, no saba de qu, pero
adivinaba que sin saber ella cmo ni cundo, aquella prenda poda llegar
a valer mucho.

Y qu probaba aquel guante respecto a la santidad de la seora? Que
era una hipcrita. Si no fuera por el Magistral!.

Los Vegallana y sus amigos estaban asustados. El Marqus crea en la
santidad de Anita; la Marquesa encoga los hombros; tema por la cabeza
de aquella chica. Visitacin estaba _volada_, furiosa. Sus planes por
tierra! Ana resista! No era de tierra como ella!. Obdulia Fandio no
envidiaba la santidad de su amiga la Regenta, sino _el ruido que meta_,
lo mucho que se hablaba de ella por todo el pueblo. Jams haba hecho
_tanta sensacin_ ella, la viudita, con el vestido ms escandaloso, como
Ana con su hbito y su _beatera_. Qu atrasado, pero qu atrasado
estaba aquel miserable lugarn!.

Entretanto Ana recobraba el apetito, la salud volva a borbotones. Tena
sueos castos, tales se le antojaban, sin sujeto humano, como deca
Ripamiln, pero dulces, suaves. Senta, medio dormida, a la hora de
amanecer sobre todo, palpitaciones de las entraas que eran agradable
cosquilleo; otras veces, como si por sus venas corriese arroyo de leche
y miel, se le figuraba que el sentido del gusto, de un gusto exquisito,
intenso, se le haba trasladado al pecho, ms abajo, mejor, no saba
dnde, no era en el estmago, era claro pero tampoco en el corazn, era
en el medio. Despertaba sonriendo a la luz. Su pensamiento primero, sin
falta, era para el Seor. Oa los gritos de los pjaros en la huerta,
encontraba en ellos sentido mstico, y la piedad matutina de Ana era
optimista. El mundo era bueno, Dios se recreaba en su obra. Cada da
encontraba la Regenta mayor consistencia en la idea de las cosas
finitas; ya no le costaba tanto trabajo reconocer su realidad: volvan
los seres materiales a tener para ella la poesa inefable del dibujo;
la plasticidad de los cuerpos era una especie de bienestar de la
materia, una prueba de la solidez del universo; y Ana se senta bien en
medio de la vida. Pensaba en las armonas del mundo y vea que todo era
bueno, segn su gnero. La idea de Dios, la emocin profunda, intensa
que le causaba la evidencia de la divinidad presente, no se deslucan,
no se borraban; pero Dios ya no se le apareca en la idea de su soledad
sublime, sino presidiendo amorosamente el coro de los mundos, la
creacin infinita. Empez a olvidar algunas noches la lectura de Santa
Teresa. Segua enamorada de la Doctora sublime, pero algunas opiniones
de la Santa prefera pasarlas por alto, estaban en pugna con las ideas
propias; al fin no en balde haban pasado tres siglos. Empez Ana a
comprender mejor lo que el Magistral le quera decir al hablarle de
actividad piadosa.

Es verdad, se deca, no he de vivir en este egosmo de recrearme en
Dios; necesito, s, trabajar ms y ms en la oracin mental y en la
contemplacin, para ver ms y ms cada da en esa regin de luz en que
el alma penetra, pero... y mis hermanos? La caridad exige que se piense
en los dems. Ya puedo, ya puedo salir, vivir, sacrificarme por el
prjimo; ya estoy fuerte, Dios lo ha permitido.

El Magistral, mientras duraba la debilidad, le haba prohibido
incorporarse para rezar de rodillas sus oraciones de la maana. Pero
ella en cuanto sinti aquella bienhechora fortaleza de los msculos, que
es como el amor propio del cuerpo, gozose en distender los miembros que
volvan a cubrirse de rosas plidas, otra vez repletos de vida
circulante. Y sin descender del lecho, sobre las sbanas tibias,
levemente mecida por los muelles del colchn al incorporarse, rezaba,
toda de blanco, sumidas las rodillas redondas y de raso en la blandura
apetecible. Rezaba, y a veces en el entusiasmo de su fervor religioso
acercaba el rostro al Cristo inclinado sobre la cabecera, y besaba las
llagas de la imagen llorando a mares. Pensaba que aquellas lgrimas
dulces eran la miel mezclada que corra dentro y ahora saltaba por los
ojos en raudal inagotable. Cuando estuvo mejor, an ms fuerte, huy la
pereza del colchn y salt al suelo y rez sobre la piel de tigre. An
quera ms dureza, y separaba la piel y sobre la moqueta que forraba el
pavimento hincaba las rodillas. Pens en el cilicio, lo dese con fuego
en la carne, que quera beber el dolor desconocido, pero el Magistral
haba prohibido tales tormentos sabrosos.

El primer objeto a que Ana quiso aplicar su caridad ardiente, fue la
conversin de su marido. Santa Teresa haba trabajado por la piedad de
su padre, que ya era cristiano de los buenos, pero habale ella querido
ms piadoso todava. Ana se propuso emplear su celo en ganar para Dios
el alma de su don Vctor, que vena tambin a ser su padre.

La suavidad, la dulzura, la elocuencia, las caricias fueron los medios,
lcitos todos, que emple con arte de maestro. Quintanar tard en
conocer que su Anita, su querida Anita quera convertirle a la piedad
verdadera. Al principio slo not que su mujer se haca ms
comunicativa, cariosa a todas horas, como antes lo era despus de los
ataques nerviosos y en ausencias o enfermedades. Quera discutir por
pasar el rato? Enhorabuena; l amaba la discusin. Y sostena la tesis
contraria para mantener animado el debate. Pero, amigo, la Regenta haba
ido haciendo la cuestin personal; ya no se trataba de si Cristo haba
redimido a todas las _Humanidades_ repartidas por los planetas, de una
sola vez, o yendo de estrella en estrella a sufrir en todas muerte de
cruz; ahora se trataba ya de si don Vctor confesaba muy de tarde en
tarde, si perda o no muchas misas, (y s que las perda). Adems, los
libros en que apacentaba el espritu eran vanos; comedias, mentiras
ftiles y peligrosas.

--T nunca has ledo vida de santos, verdad?

--S, hija, s, y autos sacramentales....

--No es eso.... Quintanar; hablo de _La Leyenda de Oro_ y del _Ao
Cristiano_ de Croiset, por ejemplo.

--Sabes, hija ma?... Yo prefiero los libros de meditacin....

--Pues toma el _Kempis_, la _Imitacin de Cristo_... lee y medita.

Y se lo hizo leer. Y entre _Kempis_ y la Regenta, y el calor que
empezaba a molestarle, y la prohibicin de los baos le quitaron el
humor al digno magistrado. Ya no lea, al dormirse, a Caldern, sino a
Job y al dichoso Kempis. Vaya unas cosas que deca aquel demonche de
fraile o lo que fuese! No, y lo que es razn tena, es claro; el mundo,
bien mirado, era un montn de escorias. l no poda quejarse, en su vida
no haba habido desengaos terribles, grandes contrariedades, aparte de
la muy considerable de no haber sido cmico; pero en tesis general, el
mundo estaba perdido. Y adems, esto de hacerse viejo, que le tocaba a
l como a cada cual, era un gravsimo inconveniente. En la muerte no
quera pensar, porque eso le pona malo, y Dios no manda que enfermemos.
La muerte... la muerte... l tena as... una vaga y disparatada
esperanza de no morirse.... La medicina progresa tanto! Y adems, se
poda morir sin grandes dolores, por ms que Frgilis lo negaba. En
fin, no quera pensar en la muerte. Pero poco a poco Kempis fue
tiznndole el alma de negro y don Vctor lleg a despreciar las cosas
por efmeras. Una tarde, en su _Parque_, contemplaba a Frgilis que
estaba a sus pies agachado plantando cebolletas, embebecido en su
operacin.

Valiente filsofo era Frgilis!. Don Vctor le miraba desde la altura
de su pesimismo prestado, y le despreciaba y compadeca. Plantar
cebolletas! No prohiba San Alfonso Ligorio plantar rboles en general
y edificar casas, que al cabo de los aos mil se caen? Pues entonces,
para qu plantar cebolletas, si todo era un soplo, nada?....

Corriente, pero aquello de disgustarse de todo era poco divertido. Qu
iba l a hacer mano sobre mano un verano entero sin baos, ni bromas en
las aguas de Termasaltas?.

Y quedaba el rabo por desollar. La cuestin de salvarse o no salvarse.
Aquello era serio. A l le daba el corazn que se salvara; pero los
santos escritores presentaban como tan difcil la cosa, que ya le
inquietaban ciertas dudas.... Si no habra sido l toda su vida
bastante bueno? Haba que pensar en esto; pero Dios mo! l no quera
quebraderos de cabeza! Ya, cuando lo de la jubilacin, fundada en una
enfermedad que no tena, le haba costado gran trabajo arreglar sus
papeles y pedir recomendaciones, y la jubilacin era cosa temporal...
con que la salvacin del alma, la jubilacin eterna como quien deca
apenas iba a exigir esfuerzos, expedientes, y tambin recomendaciones!
Era preciso entregarse a su esposa para que le ayudase en tan arduo
negocio.

La Regenta conoci bien pronto que don Vctor se entregaba. Aunque ella
hubiera querido ms acendrada piedad, tuvo que contentarse con el dolor
de atricin que claramente manifestaba su marido. Y no tuvo escrpulo en
asustarle un poco ms de lo que estaba, recordndole las penas del
Infierno, aunque estos recursos de terror le repugnaban a ella.
Quintanar mostraba gran empeo en sostener que el fuego de que se
trataba no era material, era simblico.

--No es de fe--repeta--en mi opinin, creer que ese fuego es fsico,
material; es un smbolo, el smbolo del remordimiento.

Algo le tranquilizaba la idea de que le tostasen con smbolos en el caso
desesperado de no salvarse, como deseaba seriamente.

El primer esfuerzo que hizo Anita para salir de casa, tuvo por objeto
llevar a su don Vctor a la Iglesia. Confesaron los dos con el
Magistral.

A don Vctor al comulgar le atormentaba la idea de que no haba
confesado un pecadillo considerable: tena sus dudas respecto de la
infalibilidad pontificia.

El cannigo Dllinger, de quien no saba ms sino que exista y que se
haba separado de la Iglesia, le seduca por su tenacidad, que le
recordaba la de su tierra, Aragn, el reino ms noble y testarudo del
Universo.

Los das para la Regenta se deslizaban suavemente.

El Magistral, su maestro, y don Vctor, su discpulo, eran los
compaeros de su vida al parecer sosa, montona, pero _por dentro_ llena
de emociones. Segua encontrando en la oracin mental delicias
inefables. Dios era no menos amable como Padre de las criaturas, como
Director de la gran fbrica de la inmensa arquitectura, que en la pura
contemplacin de su Idea. Adems, pensaba Anita, fuera orgullo aspirar
ahora a la visin de la Divinidad directamente; me faltan muchos pasos,
muchas _moradas_. Ya llegar si el Seor lo tiene as dispuesto. Ahora
debo hacer lo que dice el Magistral; ya que las fuerzas vuelven a mi
cuerpo, aprovecharlas en una actividad piadosa, que es lo que l llama
higiene del espritu. La ociosidad me volvera al pecado, como volva a
la misma Santa Teresa. Si para ella tena tan grave peligro qu ser
para m!.

Anita reciba las pocas visitas que don lvaro se atreva a hacerle, sin
alterarse, tranquila en su presencia, y tranquila despus que se
marchaba. Procuraba apartar de l su pensamiento, con la conciencia de
que era aquel recuerdo una llaga del espritu que tocndola dolera.
Tuvo valor para mostrarse fra con l, para cortar el paso a la
confianza, para negarle la mano, para todo, hasta para verle
despedirse.... Pero en cuanto le vio salir tropezando, ciego de amor y
pena, crea ella, una lstima infinita le inund el alma, y tembl de
miedo; su seno se hinch con un suspiro... y la carne flaca tropez con
el Cristo amarillento de marfil que el Magistral haba regalado a su
amiga para que lo llevase sobre el pecho.

Ana bes la imagen y volvi los ojos al cielo.

--Jess, Jess, t no puedes tener un rival. Sera infame, sera
asqueroso....

Y record la ira de Jess cuando se apareca a Teresa que le olvidaba.

--Sera engaar a Dios, engaar al Magistral pensar en ese hombre ni un
solo instante, ni siquiera para compadecerle.... Oh! qu hipcrita,
qu gazmoa miserable sera yo si tal hiciera! Qu romanticismo del
gnero ms ridculo y repugnante sera el mo, si despus de tanta
piedad que yo cre profunda, vocacin de mi vida en adelante, volviera
una pasin prohibida a enroscarse en el corazn, o en la carne, o donde
sea!... No, no! Ridculo, villano, infame, vergonzoso, adems de
criminal! Mil veces no! Quiero morir, morir, Seor, antes que caer otra
vez en aquellos pensamientos que manchan el alma y le clavan las alas al
suelo, entre lodo....

Pero al da siguiente de la despedida de don lvaro, Ana despert
pensando en l. Ya no estaba en Vetusta. Mejor. La terrible tentacin
le volva la espalda, hua derrotada.... Mejor... era un favor especial
de Dios.

Aquella tarde baj al parque, a la hora en que don lvaro se haba
despedido el da anterior.

Veinticuatro horas haca ya. Otras veces haba estado das y das sin
verle, y le pareca muy tolerable la ausencia y corta. Pero estas
veinticuatro horas eran de otra manera, se contaban por minutos... que
es como se cuentan las horas. Y bien, lo normal, lo constante, lo que
deba ser ya siempre, era aquello... el no verle.... Veinticuatro horas y
despus otras tantas... y as... toda la vida.

Haca mucho calor. Ni debajo del toldo espeso de los castaos de Indias,
ahora cargados de anchas hojas y penachos blancos, poda Ana respirar
una rfaga de aire fresco. Su pensamiento quera elevarse, volar al
cielo, pero el calor, de unos 30 grados, que en Vetusta es mucho, le
derreta las alas al pensamiento y caa en la tierra, que arda, en
concepto de Ana.

Y para que no se le antojase volar ms en toda la tarde, se present en
el parque Visitacin Olas de Cuervo, a quien el verano _sentaba_ bien,
y dejaba lucir trajes de percal fantsticos y baratos. Vena alegre,
vaporosa, y con las apariencias de un torbellino; daba gana de cerrar
los ojos al verla acercarse. En la calle la haba querido abrazar un
mozo de cordel. La aventura, ridcula y todo, la haba rejuvenecido,
haba encendido chispas en sus ojuelos, y ea! vena con afn de
abrazar ella tambin. Abraz a la Regenta, se la comi a besos... y
despus de contarla el _paso de comedia_ del mozo de cordel, grit de
repente:

--A propsito, no te ha contado Vctor lo de lvaro?

Visita tena cogida por las muecas a su amiga. Estaba tomndola el
pulso a su modo.

Clav con sus ojos menudos los de Ana y repiti:

--No sabes lo de lvaro?

El pulso se alter, lo sinti ella con gran satisfaccin. A m con
santidades, pens; _pulviss_, como dijo el otro.

--Qu le pasa? qu se ha marchado? Ya lo s.

--No, no es eso.--Qu? No se ha marchado?

Nueva alteracin del pulso, segn Visita.

--S, hija, s, se ha marchado, pero vers cmo. Ya sabes que tena
relaciones con la seora de ese que es o fue ministro, no recuerdo, en
fin ya sabes quin es, ese que viene a baos a Palomares.

--S, s, bien...--Pues bueno; esta maana, lo ha visto medio Vetusta,
al ir Mesa a tomar el tren de Madrid, el correo, el que sube... ests?
se encontr con esa ministra, que es muy guapa por cierto, en medio del
andn. Figrate! Total, que ella bajaba para Palomares, donde ha
comprado una especie de chalet o demonios; bueno, pues, ctate que
nuestro Alvarito, en vez de tomar el tren que suba, el de Madrid, toma
el que baja, da rdenes a su criado, para que recoja corriendo el
equipaje y se meta en el reservado que traa la ministra, un coche saln
con cama y dems. Y el marido no vena, por supuesto; ella, dos criados
y los _bebs_ como dice Obdulia. Figrate! Todo Vetusta, que estaba en
la estacin esta maana por casualidad, se ha hecho cruces. Es mucho
lvaro. Pero ella? qu te parece de ella? A eso vamos; a lo
escandalosas que son esas seoronas de Madrid. Y eso que esta tiene fama
de virtuosa, uf! yo lo creo!... La virtuossima seora ministra de
Gracia y salero... pero, seor, cmo demonches se llama ese tipo de
ministro!...

Ana recordaba perfectamente cmo se llamaba aquel tipo de ministro,
pero no quiso decirlo; sinti que palideca, por un fro de muerte que
le subi al rostro; dio media vuelta, y disimulando cuanto pudo, se
recost en un rbol. Fingi entretenerse en rayar la corteza del tronco,
y mudando de conversacin, pregunt a Visita por un nio que tena
enfermo.

Pero Visita era tambor de marina, como decan ella y la Marquesa; de
otro modo, que nadie se la pegaba; conoci la turbacin de Ana, y con
gran jbilo, confirm para sus adentros la teora del _pulviss_ o sea
de la ceniza universal.

Ana tena celos; luego, tena amor; no hay humo sin fuego.

Se despidi al poco rato; ya haba dado su noticia, ya saba lo que
quera; no era cosa de perder el tiempo; necesitaba hacer en otra parte
otra buena obra por el estilo. Se march, como la marejada que se
retira. Dej los senderos blancos como si los hubiesen peinado. La
escoba almidonada de enaguas y percal engomado dej su rastro de rayas
sinuosas y paralelas grabado en la arena.

Ana tuvo miedo. La tentacin, la vieja tentacin de don lvaro, le haba
sabido a cosa nueva; se le figur un momento que aquel dolor que
sintiera al saber lo de la ministra, era ms de las entraas que sus
dems penas; era un dolor que la aturda, que peda remedio a gritos
desde dentro.... Por la primera vez, despus de su enfermedad, sinti la
rebelin en el alma.

Oh, no; no quera volver a empezar. Ella era de Jess, lo haba jurado.
Pero el enemigo era fuerte, mucho ms de lo que ella haba credo. Otras
veces haba desafiado el peligro; ahora temblaba delante de l. Antes la
tentacin era bella por el contraste, por la hermosura dramtica de la
lucha, por el placer de la victoria; ahora no era ms que formidable;
detrs de la tentacin no estaba ya slo el placer prohibido,
desconocido, seductor a su modo para la imaginacin; estaban adems el
castigo, la clera de Dios, el infierno. Todo haba cambiado; su
vocacin religiosa, su pacto serio con Jess la obligaban de otro modo
ms fuerte que los lazos demasiado sutiles del deber vagamente admitido
por la conciencia, sin pensar en sancin divina. Antes no quera pecar
por dignidad, por gratitud, porque... no. Ahora el pecado era algo ms
que el adulterio repugnante, era la burla, la blasfemia, el escarnio de
Jess... y era el infierno. Si caa en los lazos de la tentacin, quin
la consolara cuando viniese el remordimiento tardo? cmo llamar a
Jess otra vez? cmo pensar en Teresa, que jams haba cado? No, no la
llamara, preferira morir desesperada y sola. Pero despus? El
infierno, aquella verdad tremenda, sublime en su mal sin trmino.

--T vencers, Dios mo, t vencers--exclam en voz alta, hablando con
las nubecillas rosadas que imitaban en el cielo las olas del mar en
calma.

Aquella noche llor la Regenta lgrimas que salan de lo ms profundo de
sus entraas, de rodillas sobre la piel de tigre, con la cabeza hundida
en el lecho, los brazos tendidos ms all de la cabeza, las manos en
cruz.

Desde el da siguiente el Magistral not con mucha alegra, que Ana
volva su piedad del lado por donde l quera llevarla. Menos
contemplacin y ms devociones, obras piadosas y culto externo, que
entretiene la imaginacin.

Con un entusiasmo que tena sus remolinos que atraan las voluntades,
Ana se consagr a la piedad activa, a las obras de caridad, a la
enseanza, a la propaganda, a las prcticas de la devocin complicada y
bizantina, que era la que predominaba en Vetusta. Aquellas
exageraciones, que tal le haban parecido en otro tiempo, ahora las
encontraba justificables, como los amantes se explican las mil tonteras
ridculas que se dicen a solas.

No haba en los amores humanos un vocabulario infantil, ridculo, sin
sentido para los profanos? S, lo haba, ella no poda asegurarlo por
experiencia, pero lo haba ledo y el corazn se lo confirmaba. Pues
bien, el amor de Dios, a su manera, poda tener sus nieras, sus
nimiedades, ridculas para las almas fras, indiferentes. Hasta lleg a
comprender los superlativos de letana de doa Petronila o sea el gran
Constantino.

Al Magistral mismo se atreva la Regenta a hablarle con cierto mimo, con
una confianza llena de palabras de sentido nuevo y convenido, con un
estilo que podra llamarse humorismo piadoso. Y adems se permita Ana
interesarse por los bienes puramente temporales de su confesor. No le
dejaba pasar debilidades, exponerse a un constipado. Buena la haramos
si usted se me muriese! todo esto, seor mo, es egosmo, ni Dios ni
usted han de agradecerlo.

Con estas palabras, y con las sonrisas que las acompaaban, el Magistral
tena para rumiar ocho das de felicidad inefable. S, inefable. l no
se explicaba qu era aquello. No sospechaba que en el mundo, en el
pcaro mundo se poda gozar as. A los treinta y seis aos, cuando l
crea que ya nadie poda ensearle nada, una seora inocente, joven, sin
mundo, vena a mostrarle un universo nuevo, donde sin ms que una
sonrisita, una palabra que era como la letra de una msica que haba en
el modo de decirla, se vea uno de repente entre los ngeles, gozando
como en el Paraso, sin querer nada ms, sin pensar en nada ms.
Gozando, gozando y gozando!.

Ni por las mientes se le pasaba reflexionar sobre su situacin. Era
aquello pecado? Era aquello amor del que est prohibido a un sacerdote?
Ni para bien ni para mal se acordaba don Fermn de tales preguntas. Peor
para ellas si se hubiera acordado.

--Usted nunca me habla de s mismo!--le deca Ana con tono de
reconvencin, una maana de Agosto, en el parque, metindole una rosa de
Alejandra, muy grande, muy olorosa, por la boca y por los ojos. Estaban
solos. Tcitamente haban convenido en que aquellas expansiones de la
amistad eran inocentes. Ellos eran dos ngeles puros que no tenan
cuerpo. Anita estaba tan segura de que para nada entraba en aquella
amistad la carne, que ella era la que se propasaba, la que daba primero
cada paso nuevo en el terreno resbaladizo de la intimidad entre varn y
hembra.

El Magistral con la cara llena del roco de la flor y el corazn ms
fresco todava, contest:

--Hablarle de m mismo? Para qu! Yo tengo, por razn de mi oficio en
la Iglesia militante, la mitad de mi vida entregada a la calumnia, al
odio, a la envidia, que la devoran y hacen de ella lo que quieren: se me
persigue, se me preparan asechanzas, hasta hay sociedades secretas que
tienen por objeto derribarme, como ellos dicen, de lo que llaman el
poder.... Todo eso es miseria, Ana, yo lo desprecio. Puedo asegurar a
usted que yo no pienso ms que en la otra mitad de m mismo, que es la
que traigo aqu, la que vive en la paz dulce de la fe, acompaada de
almas nobles, santas, como la de una seora... que usted conoce... y a
quien no aprecia en todo lo que vale....

Y el Magistral sonri como un ngel, mientras aspiraba con delicia el
perfume de rosa de Alejandra, que Ana sin resistencia haba dejado en
manos del clrigo.

Ella se puso seria, quiso explicaciones. Se le persegua, se le
calumniaba... tena enemigos... y l sin decir nada a su amiga. Estaba
bueno!. Algo haba odo ella mucho tiempo haca, pero vagamente. Se
acusaba al Magistral, a lo que poda entender, de vicios tan torpes, de
tan miserables delitos, que lo grosero de la calumnia la haca de puro
inverosmil inofensiva casi.

La Regenta haba despreciado y hasta olvidado aquellos rumores que
llegaban de tarde en tarde a sus odos. Pero ya que el Magistral mismo
se quejaba, daba a entender que aquella persecucin le dola, era
necesario saber ms, procurar el consuelo de aquel corazn atribulado,
buscar remedios eficaces, ayudar al justo perseguido, calumniado, que
adems del justo era el padre espiritual, el hermano mayor del alma, el
faro de luz mstica, el gua en el camino del cielo.

Aquella maana de Agosto el Provisor la seal como una de las ms
felices de su vida. Ana le oblig a hablar, a contrselo todo. l,
elocuente, con imaginacin viva, fuerte y hbil, improvis de palabra
una de aquellas novelas que hubiera escrito a no robarle el tiempo
ocupaciones ms serias. Se sentaron en el cenador. Don Fermn dijo,
primero, sonriendo, que l tambin quera confesarse con ella. Crea
Ana que era perfecto? Que no haba pasiones debajo de la sotana? Ay
s! Demasiado cierto era por desgracia. La confesin del Magistral se
pareci a la de muchos autores que en vez de contar sus pecados
aprovechan la ocasin de pintarse a s mismos como hroes, echando al
mundo la culpa de sus males, y quedndose con faltas leves, por confesar
algo.

De aquella confidencia, Ana sac en limpio que el Magistral, como ella
crea, era un alma grande, que no haba tenido ms delito que cierta
vaga melancola en la juventud y una ambicin noble, _elevada_, en la
edad viril. Pero aquella ambicin haba desaparecido ante otra ms
grande, ms pura, la de salvar las almas buenas, la de ella por ejemplo.
Ana, al or aquello, cerraba los ojos para contener el llanto, y se
juraba en silencio consagrarse a procurar la felicidad de aquel hombre a
quien tanto deba, que tan grande se le mostraba, que prefera vivir
cerca de ella para guiarla en el camino de la virtud, a ser obispo,
cardenal, pontfice. Y le calumniaban! Y tena enemigos! Y haba
habido tiempo en que queran ponerle en ridculo, por que ella, Anita,
segua entregada a las vanidades del mundo, a pesar de ser hija de
confesin de don Fermn! Oh, ya veran, ya veran en adelante!.

Qu cosa mejor que aquella pasin ideal, aquel afn por una buena
obra, aquella abnegacin, a que se propona entregarse, para combatir la
tentacin cada vez ms temible del recuerdo de Mesa, que estaba en
Palomares enamorado de la ministra?.

De Pas ya no saba dnde iba a parar aquello.

Ana le admiraba, le cuidaba, estaba por decir que le adoraba, de tal
suerte, que el peligro cada da era mayor. Aunque la pasin que l
senta nada tena que ver con la lascivia vulgar (estaba seguro de ello)
ni era amor a lo profano, ni tena nombre ni le haca falta, poda ir a
dar no se saba dnde. Y el Magistral estaba seguro de que al menor
descuido de la carne, intrusa, temible, la Regenta saltara hacia atrs,
se indignara y l perdera el prestigio casi sobrenatural de que estaba
rodeado. Adems, suponiendo que aquello parase en un amor sacrlego y
adltero, miserablemente sacrlego, por haber tenido tales comienzos,
adis encanto! Ya saba l lo que era esto. Una locura grosera de
algunos meses. Despus un dejo de remordimiento mezclado de asco de s
mismo; verse despreciable, bajo, insufrible; y despus ira y orgullo, y
ambicin vulgar y huracanes en la Curia eclesistica.--No, no. La
Regenta deba de ser otra cosa. Haba que hacer a toda costa que aquello
no pudiese degenerar en amor carnal que se satisface. Y sobre todo, lo
de antes, que la Regenta se llamara a engao; era seguro.

Y despus de una pausa, pensaba el Magistral:

Y en ltimo caso, ello dir.

Don Vctor estaba cada da ms triste. Por una parte aquel dolor de
atricin, aquel miedo a no salvarse a pesar de ser tan bueno, de no
haber hecho mal a nadie; por otro lado, el calor, aquel sudor continuo,
aquellas noches sin dormir... la soledad de Vetusta... la yerba agostada
del Paseo grande, la falta de espectculos.... Y adems que nadie le
comprenda. Frgilis era un estuco: en tratndose de cosas espirituales
ya se saba que no haba que contar con l. Ni el verano le sofocaba, ni
el invierno le encoga: era un marmolillo. Y a su mujer y al Magistral
el esto de Vetusta, aquella tristeza de calles y paseos no les
disgustaba!. Iba don Vctor al Casino: ni un alma. Algn magistrado sin
vacaciones que jugaba al billar con un mozo de la casa. En el gabinete
de lectura, Trifn Crmenes repasando _Ilustraciones_ antiguas; en el
tresillo ni un socio; no le quedaba ms que el domin, que le era
antiptico por el ruido de las fichas y por aquello de estar sumando sin
parar. Su contendiente de ajedrez estaba en unos baos. Claro! _todo
el mundo_ se estaba baando. Aunque don Vctor otros veranos, si bien
pasaba junto al mar un mes, no se baaba ms que dos o tres veces, ahora
echaba de menos todos los das la frescura de las olas. En el Casino
lea los peridicos de _La Costa_: conciertos nocturnos al aire libre,
giras campestres, regatas, de todo esto hablaban; cunta gente! cunta
msica! teatro, circo! barcos, grandes vapores ingleses... y el mar...
el mar inmenso.... Aquello era divertirse! Don Vctor suspiraba y se
volva a casa.

--No estaba la seora.

Pero estaba Kempis. All, abierto, sobre la mesilla de noche. Sin poder
resistir el impulso, Quintanar tomaba el libro, despus de quitarse el
_chaquet_ de alpaca y quedarse en mangas de camisa: tomaba el libro y
lea.... Vuelta al miedo! a la tristeza, a la languidez espiritual.
Era en efecto el mundo una lacera, como deca el texto, y sobre todo en
el verano. Vetusta era un pueblo moribundo. Aquella misma verdura de los
rboles, tan desnudos en invierno, era bien venida en primavera, pero
causaba ahora hasto: casi se deseaba la rama escueta, que tiene mejor
dibujo. Hasta era capaz de hacerse artista de veras don Vctor a fuerza
de triste y aburrido.

Y Ana volva contenta de la calle. Mejor, ms vala que alguno lo
pasara bien: l no era egosta.

Pero qu gracia le encontrara su mujer a la soledad de Vetusta?
Adems, no estaba all el Kempis sangrando, probando, como tres y dos
son cinco, que en el mundo nunca hay motivo para estar alegre? Verdad
era que su Anita era feliz por razones ms altas. l no poda llegar a
tal grado de piedad. Tema a Dios, reconoca su grandeza, es claro!
haba hecho las estrellas, el mar, en fin, todo!... Pero una vez
reconocido este Infinito Poder, l, Vctor Quintanar, segua
aburrindose en aquel pueblo abandonado, sin teatro, sin paseos, sin
mar, sin regatas, sin nada de este mundo. Oh, si no fuera por sus
pjaros!.

En tanto Ana, cada da ms activa, procuraba olvidar, y muchas veces lo
consegua, lo que llamaba la tentacin, que cada vez era ms formidable;
y cuanto ms temida ms fuerte. Pero hua de ella, acogase a la piedad,
y visitaba con celo apostlico y ardiente caridad las moradas miserables
de los pobres hacinados en pocilgas y cuevas; llevaba el consuelo de la
religin para el espritu y la limosna para el cuerpo; solan
acompaarla doa Petronila Rianzares o alguna otra dama de su cnclave;
pero tambin iba sola. De cuantas ocupaciones le impona la vida devota,
esta era la que ms le agradaba.

El verano robaba gran parte del contingente de aquellos ejrcitos
piadosos del Corazn de Jess, la Corte de Mara, el Catecismo, las
Paulinas y dems instituciones anlogas; muchas seoras iban a baos o a
la aldea. Pero el ncleo quedaba: era el grupo numeroso y considerable
de beatas ilustres que rodeaban al Gran Constantino, a doa Petronila.
Durante los meses del calor disminuan bastante las limosnas, pero se
hablaba mucho en las cofradas, preparando las fiestas de Otoo y de
Invierno; y adems, se murmuraba un poco de las ausentes. La Regenta,
sin entrar jams en estos concilibulos, los perdonaba como falta leve,
que ella, cargada de otras ms graves, no tena derecho a censurar.

Don Fermn y Ana se vean todos los das; en el casern de los Ozores,
unas veces, otras en el Catecismo, en la catedral, en San Vicente de
Pal, y ms a menudo en casa de doa Petronila. El obispo madre siempre
estaba ocupada; los dejaba solos en el saln obscuro, y ella, con
permiso de sus amigos, se iba a arreglar sus cuentas o lo que fuese.

Vetusta era de ellos: la soledad del verano pareca darles posesin del
pueblo; hablaban en el prtico de la catedral mucho tiempo para
despedirse, sin miedo de ser vistos; como si aquella soledad de la
iglesia se extendiera a todo el pueblo. Anita encontraba la vida de
Vetusta ms tolerable que en invierno. En este particular no se
entendan ella y su marido.

Don Fermn hubiera deseado que la estacin no pasara, que los ausentes
se quedaran por all. Su madre haba ido a Matalerejo a cobrar rentas y
preparar la recoleccin; a recoger intereses de mucho dinero esparcido
por aquellas montaas. Teresina era el ama de casa. Alegre todo el da,
activa, solcita, llenaba el hogar del Magistral de cantares religiosos
a los que daba, sin saber cmo, sentido profano, aire de la calle. Aquel
tono alegre era ms picante por el contraste con el rostro de Dolorosa
de la joven. Teresina haba tomado un poco de color, y los ojos,
rodeados de ligeras sombras, eran ms profundos, ms hermosos que nunca
en aquella obscuridad dulce y misteriosa de las pupilas. Amo y criada
estaban contentos. La libertad les saba a gloria. Cada cual haca lo
que quera. No estaba doa Paula, no haba que dar cuentas a nadie. Y no
faltaba nada. El seorito lo tena todo a su tiempo y en su sitio como
siempre. Ya poda vivir sin la seora.

El Magistral sala y entraba sin temor de interrogatorios insidiosos; si
volva tarde, no importaba. Todo, todo le sonrea. Ojal fuera eterno
el verano! Hasta sus enemigos haban cedido en la calumnia; ya no se
murmuraba tanto; muchos de los calumniadores veraneaban; a los que
quedaban les faltaba auditorio. Don Santos Barinaga no sala de casa,
estaba enfermo. Slo Foja, que no veraneaba, por economa, procuraba
mantener el fuego sagrado de la murmuracin en el Casino, entre cuatro o
cinco socios aburridos, que iban all media hora a tomar caf. En fin,
pareca aquello una suspensin de hostilidades. Bien venido fuera; don
Fermn aceptaba la lucha, si se ofreca, pero prefera la paz. Sobre
todo ahora, que tena ms que hacer, algo mejor y ms dulce que odiar y
perseguir a miserables, dignos de desprecio y de lstima.

Aquella felicidad que saboreaba De Pas como un gastrnomo los bocados,
aquella libertad, aquella pereza moral que el verano haca ms
voluptuosa para su cuerpo robusto, los sueos vagos de amor sin nombre,
la deliciosa realidad de ver a la Regenta a todas horas y mirarse en sus
ojos y orla dulcsimas palabras de una amistad misteriosa, casi
mstica, hacan desear a don Fermn que el sol se detuviera otra vez,
que el tiempo no pasara. Aquel agosto, tan triste para don Vctor, era
para el Magistral el tiempo ms dichoso de su vida.

Cuando oa, desde su despacho, muy temprano, el Santo Dios, Santo
Fuerte, que cantaba como si fueran malagueas, Teresina, que haca la
limpieza all fuera, tentaciones senta de cantar l tambin. No
cantaba, pero se levantaba, sala al pasillo.

--Teresina, el chocolate--gritaba alegre, frotndose las manos.

Y pasaba al comedor. La doncella, a poco, llegaba con el desayuno en
reluciente jcara de china con ramitos de oro. Cerraba tras s la
puerta, y se acercaba a la mesa; dejaba sobre ella el servicio, extenda
la servilleta delante del seorito... y esperaba inmvil a su lado.

Don Fermn, risueo, mojaba un bizcocho en chocolate; Teresa acercaba el
rostro al amo, separando el cuerpo de la mesa; abra la boca de labios
finos y muy rojos, con gesto cmico sacaba ms de lo preciso la lengua,
hmeda y colorada; en ella depositaba el bizcocho don Fermn, con
dientes de perlas lo parta la criada, y el _seorito_ se coma la otra
mitad.

Y as todas las maanas.




--XXII--


Alegre, rozagante, como nuevo volvi de los baos de Termasaltas el
seor Arcediano don Restituto Mourelo, dispuesto a emprender otra
campaa, que esperaba fuese la ltima y decisiva, contra el despotismo
del simonaco y lascivo y srdido enemigo de la Iglesia que, apoderado
del nimo del seor Obispo, tena sojuzgada a la dicesis. Con esta
perfrasis aluda al seor Provisor el diplomtico Glocester.

El primer disgustillo que tuvo De Pas aquel verano fue esta noticia, que
le dieron en el coro, por la maana.

Ha llegado Glocester. No le tema, ni a l ni a nadie... pero estaba
tan cansado de luchar y aborrecer!.

Mourelo se encontr con otros muchos murmuradores de refresco y con los
_de depsito_ que no estaban menos ganosos de romper el fuego contra el
comn enemigo. Todos ardan en el santo entusiasmo de la maledicencia.
Los que venan de las aldeas y pueblos de pesca, traan hambre de
cuentos y chismes; la soledad del campo les haba abierto el apetito de
la murmuracin; por aquellas montaas y valles de la provincia, de
quin se iba a maldecir? Su Vetusta querida! Oh, no hay como los
centros de civilizacin para despellejar cmodamente al prjimo. En los
pueblos se habla mal del mdico, del boticario, del cura, del alcalde;
pero ellos, los vetustenses, los de la capital cmo han de contentarse
con tan miserable comidilla?. _Civis romanus sum!_ deca Mourelo:
Quiero murmuracin digna de m. Aplastemos, con la lengua, al coloso,
no al mdico de Termasaltas por ejemplo.

Y Foja y los dems que se haban quedado, tambin ansiaban la vuelta de
los ausentes, para contarles las novedades y comentarlas todos juntos.
La animacin de Vetusta renaca en cabildo, cofradas, casinos, calles y
paseos cuando los del veraneo empezaban a aparecer. Las amistades
falsas, gastadas hasta hacerse insoportables durante el comn
aburrimiento de un invierno sin fin, ahora se renovaban; los que volvan
encontraban gracia y talento en los que haban quedado y viceversa;
todos rean los chistes y las picardas de todos. Poco a poco los
crculos de la murmuracin se animaban, la calumnia encenda los hornos,
y los ltimos que llegaban, los regazados, encontraban aquello hecho una
gloria. Qu ocurrencias, qu fina malicia, qu perspicacia! Oh, el
ingenio vetustense!.

El Magistral fue aquel ao la vctima de las dionisacas de la injuria;
no se hablaba ms que de l.

Don Santos Barinaga, el rival mercantil de _La Cruz Roja_, la vctima
del monopolio ilegal y escandaloso de doa Paula y su hijo; el pobre don
Santos, se mora sin remedio, segn don Robustiano Somoza, el mdico de
la aristocracia cuyas ideas no eran sospechosas.

--Y de qu dirn ustedes que se muere?--preguntaba Foja en un
corrillo, delante de la catedral, al salir de misa de doce.

--Se morir de borracho--contestaba Ripamiln.

--No seor, se muere de hambre!...

--Se muere de aguardiente.--De hambre!... Y llegaba don Robustiano al
corro y _hablaba la ciencia_:

--Yo no acuso a nadie, la ciencia no acusa a nadie; otra es su misin.
Yo no niego que el alcoholismo crnico tenga parte en la enfermedad de
Barinaga, pero sus efectos, sin duda, hubieran podido _cohonestarse_
(as deca) con una buena alimentacin. Adems, hoy da el pobre don
Santos ya no tiene dinero ni para emborracharse, ya no puede beber de
pura miseria.... Y aunque ustedes no comprendan esto, la ciencia declara
que la privacin del alcohol precipita la muerte de ese hombre, enfermo
por abuso del alcohol....

--Cmo es eso, hombre?--preguntaba el Arcipreste.

--A ver explquese usted--deca Foja.

Don Robustiano sonrea; mova la cabeza con gesto de compasin y se
dignaba explicar aquello. Don Santos, aunque se pasmasen aquellos
seores, a pesar de morir envenenado por el alcohol, necesitaba ms
alcohol para _tirar_ algunos meses ms. Sin el aguardiente, que le
mataba, se morira ms pronto.

--Pero don Robustiano, cmo puede ser eso?

--Seor Foja, ah ver usted. Conoce usted a Todd?

--A quin?--A Todd.--No seor.--Pues no hable usted. Sabe usted lo
que es el poder hipotrmico del alcohol? Tampoco; pues cllese usted.

Sabe usted con qu se come el poder diafortico del citado alcohol?
Tampoco; pues sonsoniche. Niega usted la accin hemosttica del alcohol
reconocida por Campbell y Chevrire? Har usted mal en negarla; se
entiende, si se trata del uso interno. De modo que no sabe usted una
palabra....

--Pues por eso pregunto.... Pero oiga usted, seor mo, por mucho que
usted sepa y diga lo que quiera el seor Todd; ni la ciencia, ni santa
ciencia, tienen derecho para calumniar a don Santos Barinaga; harto
tiene el pobre con morirse de hambre y de disgustos, sin que usted por
haber ledo, sabe Dios dnde y con cunta prisa, un articulillo acerca
del aguardiente, digmoslo as, se crea autorizado para insultar a mi
buen amigo y llamarle borrachn en trminos tcnicos.

--Poco a poco--grit Ripamiln--en eso estoy yo conforme con la ciencia
y con el seor Somoza su legtimo representante. No s si un clavo saca
otro clavo en medicina, ni si la mancha de la borrachera con otra verde
se quita, pero don Santos es un tonel en persona y tiene ms espritu de
vino en el cuerpo que sangre en las venas; es una mecha empapada en
alcohol... prenda usted fuego y ver...

--Yo, seor Ripamiln, para confundir a este progresista trasnochado no
necesito que me ayude la Iglesia; me sobra y me basta con la ciencia que
es, en definitiva, mi religin.

Y volvindose a Foja aada el mdico:

--Oiga usted, seor decurin retirado, conoce usted la accin del
alcohol en las flegmasas de los bebedores? no mienta usted, porque no
la conoce.

--Vyase usted a paseo, seor Fraigerundio de hospital! El embustero
ser usted! Pues hombre! bonita mana saca el seor doctor; hacrsenos
el sabio ahora. A la vejez viruelas.

--Menos insultos y ms hechos.

--Menos botarga y ms sentido comn....

--Caballero miliciano, yo soy el hombre de ciencia y usted es un
doceaista en conserva.... Chomel admite, y con l todo el que tenga dos
dedos de frente, que en las enfermedades de los borrachos es
imprescindible la administracin de los espirituosos....

--Pero si yo niego la menor, so alcornoque!

--En medicina no hay mayores ni menores, ni judas ni contrajudas,
seor tahr.

--La menor es que sea borracho Barinaga....

--De modo que si usted me niega los... prodromos del mal....

Don Robustiano se puso colorado al pensar que haba dicho un disparate.

--Qu hipdromos ni qu hipoptamos; yo defiendo a un ausente....

--En fin, una palabra para concluir: niega usted que si a un borracho
se le priva por completo del alcohol, es lo ms fcil que se presente un
decaimiento alarmante, un verdadero colapso?...

--Mire usted, seor pedantn, si sigue usted rompindome el tmpano con
esas palabrotas, le cito yo a usted cincuenta mil versos y sentencias en
latn y le dejo bizco; y si no oiga usted:

        _Ordine confectu, quisque libellus habet:_
        _quis, quid, coram quo, quo jure petatur et a quo._
        _Cultus disparitas, vis, ordo, ligamen, honestas..._


Ripamiln se retorca de risa. Somoza, furioso, gritaba; y se oa:
colapso... flegmasa... cardiopata... y el ex-alcalde, sin atender,
continuaba mezclando latines:

        Masculino es fustis, axis
        turris, caulis, sanguis collis...
        piscis, vermis, callis follis.

El mdico y el prestamista estuvieron a punto de venir a las manos. No
se pudo averiguar de qu se mora don Santos, pero a la media hora se
corra por Vetusta que, por culpa del Provisor, se haban pegado y
desafiado Foja y Somoza, y no se saba si el mismo Ripamiln haba
recogido alguna bofetada.

Por algunos das vino a eclipsar al valetudinario Barinaga, que, en
efecto, se consuma en la miseria, un suceso de gravedad suma, segn
Glocester y Foja y bandos respectivos: La hija de Carraspique, sor
Teresa, agonizaba en el _inmundo asilo_ de las Salesas, en la celda que
era, segn Somoza, un _inodoro_, por no decir todo lo contrario.

Y dicho y hecho. Rosa Carraspique en el mundo, sor Teresa en el
convento, muri de una tuberculosis, segn Somoza, de una tisis caseosa,
segn el mdico de las monjas, que era dualista en materia de tisis.

Pero lo que no dud ningn enemigo del Provisor fue que la culpa de
aquella muerte la tena don Fermn, fuese lo que quiera de los pulmones
de la chica.

Doa Paula y don lvaro llegaron a Vetusta el mismo da, aquel en que
_vol al cielo un ngel ms_, en opinin de Trifoncito Crmenes, que
segua siendo romntico, contra los consejos de don Cayetano.

Un peridico liberal del pueblo, _El Alerta_, publicaba una tras otra
estas dos gacetillas, que pusieron a don Fermn de un humor endiablado.

_Bien venido_.--De vuelta de su excursin veraniega ha llegado a esta
capital el ilustre caudillo del partido liberal dinstico de Vetusta, el
Ilmo. Sr. D. lvaro Mesa. Dicen los numerosos amigos que han acudido a
visitar a nuestro distinguido correligionario, que viene dispuesto a
proseguir su campaa de propaganda sensatamente liberal, as en el orden
poltico como en el moral y cannico y religioso. Cuente con nuestro
humilde apoyo para vencer los obstculos tradicionales que aqu opone al
verdadero progreso un despotismo teocrtico de que est ya todo Vetusta
hasta los pelos, como se dice vulgarmente.

_En paz descanse_.--Ha fallecido en su celda del convento de las
Salesas la seorita doa Rosa Carraspique y Somoza, hija del conocido
capitalista ultramontano don Francisco de Ass, monja profesa con el
nombre de sor Teresa. Mucho tendramos que decir si quisiramos hacernos
eco de todos los comentarios a que ha dado lugar esta desgracia
inopinada. Slo diremos que, en concepto de los facultativos ms
acreditados, no ha sido extraa a la prdida que lamentamos la falta de
condiciones higinicas del edificio miserable que habitan las Salesas.
Pero adems, se nos ocurre preguntar: Es muy higinico que _ciertos
roedores_ se introduzcan en el seno del hogar para ir minando poco a
poco y con influencia deletrea y _pseudo-religiosa_, la paz de las
familias, la tranquilidad de las conciencias?

Si todos los elementos liberales, sin exageraciones, de nuestra culta
capital no anan sus esfuerzos para combatir al poderoso tirano
hierocrtico que nos oprime, pronto seremos todos vctimas del fanatismo
ms torpe y descarado.--R. I. P..

Ripamiln, con mal acuerdo, y sin que lo supiera el Magistral, se
decidi a tomar la pluma y publicar en el _Lbaro_ un articulejo, sin
firma, defendiendo a su amigo, a las Salesas, y a la gramtica,
maltratada por el peridico progresista, segn el cannigo. Aparte,
deca entre otras cosas, de que no sabemos si la monja profesa es el
seor Carraspique o su hija, quiere decirme el periodista
cascaciruelas, etc., etc...?.

Aquel cascaciruelas delat al Arcipreste; era su estilo humorstico: lo
conocieron todos.

En Vetusta los insultos y murmuraciones en letras de molde llamaban
mucho la atencin. En vano publicaba Crmenes odas y elegas, nadie las
lea; pero la gacetilla ms insignificante que pudiera molestar un poco
a cualquier vecino, era leda, comentada das y das, y cuando haba
tiroteo de sueltos o comunicados, los _habituales abonados_ no queran
mejor diversin.

Por todo lo cual fue mayor el escndalo, y no se habl en mucho tiempo
ms que de la _influencia deletrea_ del Magistral y de la muerte de sor
Teresa.

--Sobre su conciencia tiene esa desgracia.

--Es un vampiro espiritual, que chupa la sangre de nuestras hijas.

--Esto es una especie de contribucin de sangre que pagamos al
fanatismo.

--Esto es una especie de tributo de las cien doncellas.

El Magistral hubiera querido poder despreciar tantos disparates, tales
absurdos, pero a su pesar le irritaban. Crey al principio que su
pasin noble, sublime, le levantara cien codos sobre todas aquellas
miserias, pero el oleaje de la falsa indignacin pblica salpicaba su
alma, llegaba tan arriba como su deliquio sin nombre; y la ira le
borraba del cerebro muchas veces las ms puras ideas, las impresiones
ms dulces y risueas. Se pona loco de clera, y ms y ms le irritaba
el no poder dominar sus arrebatos. Adems, el mal era cierto; no por
ser desatinada la acusacin de los necios era menos poderosa y temible.
Notaba el Magistral que su poder se tambaleaba, que el esfuerzo de
tantos y tantos miserables serva para minarle el terreno.... En muchas
casas empezaba a notar cierta reserva; dejaron de confesar con l
algunas seoras de liberales, y el mismo Fortunato, el Obispo, a quien
tena De Pas en un puo, se atreva a mirarle con ojos fros y llenos de
preguntas que entraban por las pupilas del Magistral como puntas de
acero.

Volvi la poca del paseo en el Espoln, y don Fermn al pasear all su
humilde arrogancia, su hermosa figura de buen mozo mstico, observaba
que ya no era aquello una marcha triunfal, un camino de gloria; en los
saludos, en las miradas, en los cuchicheos que dejaba detrs de s, como
una estela, hasta en la manera de dejarle libre el paso los transentes,
notaba asperezas, espinas, una sorda enemistad general, algo como el
miedo que est prximo a tener sus peculiares valentas insolentes.

Y en casa, doa Paula ceuda, silenciosa, desconfiada, preparndose para
una tormenta, recogiendo velas, es decir, dinero, realizando cuanto
poda, cobrando deudas, con fiebre de deshacerse de los gneros de la
_Cruz Roja_. No pareca sino que se preparaba una liquidacin. A qu
vena aquello?. Doa Paula no daba explicaciones. Saba a qu
atenerse: su hijo, su Fermo, estaba perdido; aquella _pjara_, aquella
Regenta, santurrona en pecado mortal, le tena ciego, loco; saba Dios
lo que pasara en aquel casern de los Ozores! Qu escndalo! Todo se
lo iba a llevar la trampa. Haba que prepararse. Oh, podran arrojarla
de Vetusta, pero ella no se ira sin llevarse medio pueblo entre los
dientes.

Por eso morda con aquel furor que asustaba a su hijo.

Fermo, el _seorito_, pensaba a solas, en su despacho de Fausto
eclesistico. Solo, estoy solo, ni mi madre me consuela! Qu he de
hacer? Entregarme con toda el alma a esta pasin noble, fuerte.... Ana,
Ana y nada ms en el mundo! Ella tambin est sola, ella tambin me
necesita.... Los dos juntos bastamos para vencer a todos estos necios y
malvados.

Plido, casi amarillo, agitado, muy nervioso, llegaba De Pas al lado de
su amiga mstica, cada vez ms hermosa, de nuevo fresca y rozagante, de
formas llenas, fuertes y armoniosas. La dulzura pareca una aureola de
Anita. La salud haba vuelto, purificada con cierta uncin de idealidad,
al cuerpo de arrogante transtiberina de aquel modelo de _madona_.

Don Vctor Quintanar se haba restituido a su amistad ntima con don
lvaro Mesa, en cuanto regres este de Palomares, y al poco tiempo not
el Magistral que el converso se le rebelaba. Si bien segua creyndose
profundamente piadoso, don Vctor haca distinciones sospechosas entre
la religin y el clero, entre el catolicismo y el ultramontanismo. Yo
soy tan catlico como el primero, esta era su frase cada vez que deca
alguna hereja o algo parecido; pero se meta a interpretar a su modo
los textos del Antiguo y Nuevo Testamento y hasta se atreva a decir
delante de curas y seoras, que el hombre virtuoso es siempre un
sacerdote, y que un bosque secular es el templo ms propio de la
religin pura, y que Jesucristo haba sido liberal, con otros
disparates. No era esto lo peor, sino que la Regenta y don Fermn
notaban en Quintanar cierta frialdad cada vez que los vea juntos y el
Magistral tuvo que fingirse distrado ante algunos desaires
disimulados.

Don lvaro no iba a casa de los Ozores sino muy de tarde en tarde y slo
haca visitas de cumplido, muy breves. Por qu as? preguntaba don
Vctor. Y con medias palabras, su amigo le daba a entender que la
Regenta le reciba con mala voluntad y que a l no le gustaba estorbar.
Adems, no era l solo el que se retraa. El mismo Paco, el Marquesito,
que en otro tiempo no haca ms que entrar y salir, ahora apenas pareca
por aquella casa. Visitacin tambin iba de tarde en tarde, la Marquesa
casi nunca, y as de todos los amigos y amigas; el Magistral y slo el
Magistral. Aquel buen seor haca el vaco en derredor de la Regenta.
Ella estaba contenta, no pareca echar de menos a nadie; pero l, don
Vctor, no era de la misma opinin; quera trato, conversacin, amena
compaa.

Segua confesando y comulgando cada dos meses, pero _Kempis_ segua
cubierto de polvo entre libros profanos; conservaba el miedo al infierno
Quintanar, pero no quera prescindir por completo de las ventajas
positivas que le ofreca su breve existencia sobre el haz de la tierra.
Y sobre todo no quera que el fanatismo se enseorease de su casa. Los
consejos que para excitarlo le daba Mesa, all en el Casino, los tomaba
muy en cuenta don Vctor, y siempre se estaba preparando para ponerlos
por obra, pero no se atreva. No llegaba a ms su audacia que a poner un
gesto de vinagre de cuando en cuando, muy de tarde en tarde, al enemigo,
al Magistral; pero como este finga no comprender aquellas indirectas
mmicas, no se adelantaba nada.

Don Vctor lleg a reconocer, pero sin confesarlo a nadie, que l era
menos enrgico de lo que haba credo; no, no tena fuerza para
oponerse al _jesuitismo_ que haba invadido su hogar. Oh, por algo l
vacilaba antes de consentir a De Pas apoderarse del nimo de su esposa!
S... al fin haba sido jesuita.... Quintanar acab por comparar el
poder del Provisor en el casern de los Ozores, con el que tuvieron los
jesuitas en el Paraguay. S, mi casa es otro Paraguay. Y cada da se
encontraba ms incapaz de oponerse a la _perniciosa influencia_. No
saba ms que poner mala cara y parar poco en casa.

Con esto slo consigui que la Regenta y el Magistral conviniesen en
verse ms a menudo fuera del casern y menos veces en l. Mejor era
hablarse en casa de doa Petronila. Para qu molestar al pobre don
Vctor? Ya que amistades nocivas le apartaban otra vez del buen camino y
le envenenaban el alma con insinuaciones malvolas, con sospechas torpes
e impas, ms vala dejarle en paz, apartar de su vista el espectculo
inocente, mas para l poco agradable, de dos almas hermanas que viven
unidas, con lazo fuerte, en la piedad y el idealismo ms potico.

En casa de doa Petronila, en el saln de balcones discretamente
entornados, de alfombra de fieltro gris, era donde pasaban horas y horas
los dos amigos del alma, hablando de intereses espirituales, como deca
el gran Constantino, sin ms testigo que el gato blanco, cada vez ms
gordo, que iba y vena sin ruido, y se frotaba el lomo contra las faldas
de la Regenta y el manteo del Magistral, cada da ms familiarmente.

Anita notaba en don Fermn una palidez interesante, grandes cercos
amoratados junto a los ojos, y una fatiga en la voz y en el aliento que
la pona en cuidado.

Le suplicaba que se cuidase, se lo peda con voz de madre cariosa que
ruega al hijo de sus entraas que tome una medicina. l responda
sonriendo, echando fuego por los ojos, que no tena nada, que era
aprensin, que no haba que pensar en su cuerpo miserable.

Algunos das haba en sus dilogos pausas embarazosas; el silencio se
prolongaba molestndoles como un hablador importuno.

Los dos guardaban un secreto. Cuando crean conocerse uno a otro hasta
el ltimo rincn del alma, estaba pensando cada cual en la mala accin
que cometa callando lo que callaba.

El Magistral padeca mucho siempre que Ana le hablaba de la salud que l
perda. Si ella supiera!.

Resuelto a que su amistad con aquel ngel hermoso no acabase de mala
manera, en una aventura de grosero materialismo llena de remordimientos
y dejos repugnantes; seguro de que aquella mujer pona en aquel lazo
piadoso toda la sinceridad de un alma pura, y que degradarla, caso de
que se pudiera, sera hacerle perder su mayor encanto; el Magistral que
viva ya nada ms de esta refinada pasin que segn l no tena nombre,
luchaba con tentaciones formidables, y slo consegua contrarrestar las
rebeliones sbitas y furiosas de la carne con armisticios vergonzosos
que le parecan una especie de infidelidad. En vano pensaba: qu le
importa a mi doa Ana que mi corpachn de cazador montas viva como
quiera cuando me aparto de ella? Nada de mi cuerpo me pide ella; el alma
es toda suya, y nada del alma pongo al saciar, lejos de su presencia,
apetitos que ella misma sin saberlo excita; en vano pensaba esto, porque
agudos remordimientos le pinchaban cada vez que Ana, solcita, dulce y
sonriente le peda con las manos en cruz que se cuidara, que no
entregase todas sus horas al trabajo y a la penitencia. Qu sera de
ella sin l?.

--Figurmonos que usted se me muere: qu va a ser de m?.

Es horroroso, es horroroso, pensaba el Magistral, pasar plaza de santo
a sus ojos, y ser un pobre cuerpo de barro que vive como el barro ha de
vivir. Engaar a los dems no me duele; pero a ella! Y no hay ms
remedio. Quera que le consolase el reflexionar que _por ella_ era todo
aquello, que por ella haba l vuelto a sentir con vigor las pasiones de
la juventud que creyera muertas, y que por ella, por respetar su pureza,
se encenagaba l en antiguos charcos; pero esta idea no le consolaba, no
apagaba el remordimiento.

Algunas semanas pasaba Teresina triste, temerosa de haber perdido su
dominio sobre el _seorito_; entonces era cuando el Magistral viva al
lado de Ana libre de congojas, tranquilo en su conciencia; pero poco a
poco el tormento de la tentacin reapareca; sus ataques eran ms
terribles, sobre todo ms peligrosos, que los del remordimiento; la
castidad de Ana, su inocencia de mujer virtuosa, su piedad sincera, la
fe con que crea en aquella amistad espiritual, sin mezcla de pecado,
eran incentivo para la pasin de don Fermn y hacan mayor el peligro;
por que ella que no tema nada malo, viva descuidada sin ver que su
confianza, su cariosa solicitud, aquella dulce intimidad, todo lo que
deca y haca era lea que echaba en una hoguera. Y volva De Pas, para
evitar mayores males, a sus precauciones, que eran el contento de
Teresina, lo que ella crea con orgullo su victoria.

Ana tambin tena su secreto. Su piedad era sincera, su deseo de
salvarse firme, su propsito de ascender de morada en morada, como deca
la santa de vila, serio; pero la tentacin cada da ms formidable.
Cuanto ms horroroso le pareca el pecado de pensar en don lvaro, ms
placer encontraba en l. Ya no dudaba que aquel hombre representaba para
ella la perdicin, pero tampoco que estaba enamorada de l cuanto en
ella haba de mundano, carnal, frgil y perecedero. Ya no se hubiera
atrevido, como en otro tiempo, a mirarle cara a cara, a verle a su lado
horas y horas, a probarle que su presencia la dejaba impasible: no,
ahora huir de l, de su sombra, de su recuerdo; era el demonio, era el
poderoso enemigo de Jess. No haba ms remedio que huir de l; esto era
humildad, lo de antes orgullo loco. A la gracia y slo a la gracia deba
el vivir pura todava; abandonada a s misma, Ana se confesaba que
sucumbira; si el Seor aflojara la mano un momento, don lvaro podra
extender la suya y tomar su presa. Por todo lo cual no quera ni verle.
Pero, sin querer, pensaba en l. Desechaba aquellos pensamientos con
todas sus fuerzas, pero volvan. Qu horrible remordimiento! Qu
pensara Jess? y tambin qu pensara el Magistral... si lo supiera? A
la Regenta le repugnaba, como una villana, como una bajeza aquella
predileccin con que sus sentidos se recreaban en el recuerdo de Mesa
apenas se les dejaba suelta la rienda un momento. Por qu Mesa? El
remordimiento que la infidelidad a Jess despertaba en ella, era de
terror, de tristeza profunda, pero se envolva en una vaguedad ideal que
lo atenuaba; el remordimiento de su infidelidad al amigo del alma, al
hermano mayor, a don Fermn era punzante, era el que traa aquel asco de
s misma, el tormento incomparable de tener que despreciarse. Adems,
Anita no se atreva a confesar aquello con el Magistral. Hubiera sido
hacerle mucho dao, destrozar el encanto de sus relaciones de pura
idealidad. Volva a valerse de sofismas para callar en la confesin
aquella flaqueza: ella no quera en cuanto mandaba en su pensamiento,
lo apartaba de las imgenes pecaminosas; hua de don lvaro, no pecaba
voluntariamente. Habra pecado involuntario? De esto habl un da con
el Magistral, sin decirle que la consulta le importaba por ella misma.
Don Fermn contest que la cuestin era compleja... y le cit autores.
Entre ellos record Ana que estaba Pascal en sus _Provinciales_; ella
tena aquel libro, lo ley... y crey volverse loca. Oh, el ser bueno
era adems cuestin de talento. Tantos distingos, tantas sutilezas la
aturdan. Pero sigui callando el tormento de la tentacin. Arma
poderosa para combatirla fue la ardiente caridad con que la Regenta se
consagr a defender y consolar a De Pas cuando sus enemigos desataron
contra l los huracanes de la injuria, que Ana crea de todo en todo
calumniosa.

La idea de sacrificarse por salvar a aquel hombre a quien deba la
redencin de su espritu, se apoder de la devota. Fue como una pasin
poderosa, de las que avasallan, y Ana la acogi con placer, porque as
alimentaba el hambre de amor que senta, de amor, que tuviese objeto
sensible, algo finito, una criatura. S, s, pensaba, yo combatir la
inclinacin al mal, enamorndome de este bien, de este sacrificio, de
esta abnegacin. Estoy dispuesta a morir por este hombre, si es
preciso.... Pero no haba modo de poner por obra tales propsitos. Ana
buscaba y no encontraba manera de sacrificarse por el Magistral. Qu
poda ella hacer para contrarrestar la violencia de la calumnia? Nada.
Nada por ahora. Pero tena esperanza; tal vez se presentara un modo de
utilizar en beneficio del _pobre mrtir_ aquella abnegacin a que estaba
resuelta.... Mientras llegaba el momento, no poda ms que consolarle, y
esto saba hacerlo de modo que el Magistral tena que emplear esfuerzos
de titn para contenerse y no demostrarle su agradecimiento puesto de
rodillas y besndole los pies menudos, elegantes y siempre muy bien
calzados.

Y en tanto Foja, Mourelo, don Custodio, Guimarn, _El Alerta_ y, entre
bastidores, don lvaro y Visitacin Olas de Cuervo, trabajaban como
titanes por derrumbar aquella montaa que tenan encima; el poder del
Magistral.

Si la muerte de sor Teresa fue un golpe que hizo temblar al Provisor en
aquel alto asiento en que se le figuraban sus enemigos, y si pudo por
algn tiempo dejar en la sombra al pobre don Santos Barinaga, al cabo de
algunas semanas este volvi a brillar dentro de su aureola de vctima y
la compasin fementida del pblico marrullero se volvi a l, solcita,
con cuidados de madrastra que representa la comedia de la _segunda
madre_. A los vetustenses, en general, les importaba poco la vida o la
muerte de don Santos; nadie haba extendido una mano para sacarle de su
miseria; hasta seguan llamndole borracho; pero en cambio todos se
indignaban contra el Provisor, todos maldecan al autor de tanta
desgracia, y quedaban muy satisfechos, creyendo, o fingiendo creer, que
as la caridad quedara contenta.

Oh, en este siglo, gritaba Foja en el Casino, en este siglo calumniado
por los enemigos de todo progreso, en este siglo _materialista_ y
_corrompido_, no se puede ya impunemente insultar los sentimientos
filantrpicos del pueblo, sin que una voz unnime se levante a protestar
en nombre de la humanidad ultrajada. El pobre don Santos Barinaga,
vctima del monopolio escandaloso de la _Cruz Roja_, muere de hambre en
los desiertos almacenes donde un tiempo brillaban los vasos sagrados,
patenas y copones, lmparas y candeleros con otros cien objetos del
culto; muere en aquel rincn y muere de inanicin, seores, por culpa
del simoniaco que todos conocemos: muere, s, morir; pero el que se
burla con artificios de nuestro cdigo mercantil y de las leyes de la
Iglesia, comerciando a pesar de ser sacerdote; el que mata de hambre al
pobre ciudadano seor Barinaga, ese no se gozar en su obra mucho
tiempo, porque la indignacin pblica sube, sube, como la marea... y
acabar por tragarse al tirano!...

Pero a pesar de este discurso y otros por el estilo, a Foja no se le
ocurra mandar una gallina a don Santos para que le hiciesen caldo.

Y como l obraban todos los defensores tericos del comerciante
arruinado. Decan a una que mora de hambre y nadie al visitarle le
llevaba un pedazo de pan. Y hasta le visitaban pocos. Foja sola entrar
y salir en seguida; en cuanto se cercioraba de la miseria y de la
enfermedad del pobre anciano, ya tena bastante; sala corriendo a decir
pestes del _otro_, del Provisor: as crea servir a la buena causa del
progreso y de la _humanidad solidaria_.

La fama bien sentada de hereje que haba conquistado en los ltimos
tiempos el buen don Santos, retraa a muchas almas piadosas que de buen
grado le hubieran socorrido.

Y solamente las _Paulinas_ fueron osadas a acercarse al lecho del vejete
para ofrecerle los auxilios materiales de la sociedad y los espirituales
de la Iglesia.

Fue en vano. Afortunadamente deca don Pompeyo Guimarn al referir el
lance, afortunadamente estaba yo all para evitar una indignidad.

Don Santos haba dado plenos poderes a su amigo don Pompeyo para
rechazar en su nombre _toda sugestin del fanatismo_.

Guimarn estaba muy satisfecho con aquella _misin delicada_ e
importante, que exiga grandes dotes de energa y arraigadas
convicciones por su parte.

En efecto, llegaron al zaquizam desnudo y fro en que yaca aquella
vctima del alcoholismo crnico los enviados de _San Vicente de Pal_,
que eran doa Petronila, o sea el gran Constantino, y el beneficiado don
Custodio, la hija de Barinaga, la beata paliducha y seca, los recibi
abajo, en la tienda vaca, lloriqueando. Hablaron los tres en voz baja;
don Custodio deca las palabras, llenas de silbidos suaves--imitacin
del Magistral--al odo de su hija de penitencia; la consolaba, y ella
levantando los ojos llenos de lgrimas los fijaba como quien se acomoda
en sitio conocido y frecuentado, en los del clrigo de almbar.
Subieron, de puntillas, dispuestos a intentar un ataque contra el
enemigo.

--Con que est arriba don Pompeyo?--pregunt en la escalera don
Custodio.

--S; no sale de casa estos das; mi padre me arroja a m de su lado y
clama por ese hereje chocho....

Don Pompeyo Guimarn oy la voz del beneficiado y le son a cura. Se
prepar a la defensa, y procur tomar un continente digno de un
libre-pensador convencido y prudentsimo. Ech las manos cruzadas a la
espalda, y se puso a medir la pobre estancia a grandes pasos, haciendo
crujir la madera vieja del piso, de castao comido por los gusanos. En
la alcoba contigua, sin puerta, separada de la sala por una cortina
sucia de percal encarnado, se oan los quejidos frecuentes y la
respiracin fatigosa del enfermo.

--Quin est ah?--pregunt don Santos con voz dbil, sin ms energa
que la de una ira impotente.

--Creo que son ellos; pero no tema usted. Aqu estoy yo. Usted silencio,
que no le conviene irritarse. Yo me basto y me sobro.

Entr el enemigo; y aunque vena de paz y don Pompeyo se haba propuesto
ser muy prudente, en cuanto doa Petronila abri el pico, el ateo
extendi una mano y dijo interrumpiendo:

--Dispnseme usted, seora, y dispense este digno sacerdote catlico...
vienen ustedes equivocados; aqu no se admiten limosnas condicionales....

--Cmo condicionales?...--pregunt don Custodio, con muy buenos modos.

--No se sulfure usted, amigo mo, que otra me parece que es su misin en
la tierra; mire usted como yo hablo con toda tranquilidad....

--Hombre, me parece que yo no he dicho....

--Usted ha dicho cmo condicionales? y a m no se me impone nadie,
vista por los pies, vista por la cabeza. Yo no odio al clero
sistemticamente, pero exijo buena crianza en toda persona culta....

--Caballero, no venimos aqu a disputar, venimos a ejercer la caridad....

--Condicional...--Qu condicional, ni qu calabazas!--grit doa
Petronila, que no comprenda por qu se haba de tener tantos
miramientos con un ateo loco--. Usted no tiene--aadi--autoridad alguna
en esta casa; esta seorita es hija de don Santos y con ella y con l es
con quien queremos entendernos. Venimos a ofrecer espontneamente los
auxilios que nuestra sociedad presta....

--A condicin de una retractacin indigna, ya lo s. Don Santos ha
delegado en m todos los poderes de su autonoma religiosa, y en su
nombre, y con los mejores modos les intimo la retirada....

Y don Pompeyo extendi una mano hacia la puerta y estuvo un rato
contemplando su brazo estirado y su energa.

Pero tuvo que bajar el brazo, porque doa Petronila replic que no
estaba dispuesta a recibir rdenes de un entrometido....

--Seora, aqu los entrometidos son ustedes. No se les ha llamado, no se
les quiere; aqu slo se admite la caridad que no pide cdula de
comunin.

--Nosotros tampoco pedimos cdula....

--Seor cura, a m no me venga usted con argucias de seminario; la
filosofa moderna ha demostrado que el escolasticismo es un tejido de
puerilidades, y yo s a lo que vienen ustedes. Quieren comprar las
arraigadas convicciones de mi amigo por un plato de lentejas; una taza
de caldo por la confesin de un dogma; una peseta por una apostasa...
esto es indigno!

--Pero, caballero!...--Seor cura, acabemos. Don Santos est dispuesto
a morir sin confesar ni comulgar, no reconoce la religin de sus
mayores. Estas son sus condiciones irrevocables; pues bien, a ese precio
consienten ustedes en asistirle, cuidarle, darle el alimento y las
medicinas que necesita?

--Pero, seor mo...--Ah!... seor de usted... ya deca yo! Ve usted
como a m la escolstica no me confunde?

--Todo eso y mucho ms--dijo el Gran Constantino--queremos tratarlo con
el interesado.

--Pues no ser....--Pues s ser....--Seora, salvo el sexo, estoy
dispuesto a arrojarles a ustedes por las escaleras si insisten en su
procaz atentado....

Y don Pompeyo se coloc delante de la cortina de percal para cortar el
paso al obispo-madre.

--Quin va? quin va?--grit desde dentro Barinaga ronco y jadeante.

--Son las Paulinas--respondi Guimarn.

--Rayos y truenos! fuera de mi casa.... No tiene usted una escoba, don
Pompeyo? Fuego en ellas... infames... y no anda ah un cura tambin?...

--S, seor, anda...--Ser el Magistral, el ladrn, el _rapavelas_, el
que me ha despojado... y vendr a burlarse... oh, si yo me levanto!...
pero usted qu hace que no les balda a palos? Fuera de mi casa.... La
justicia... ya no hay justicia? no hay justicia para los pobres?

--Tranquilcese usted, que no es el Magistral.

--S es, s es; lo s yo; no ve usted que es el amo del cotarro, el
presidente de las Paulinas?... Entre usted, entre usted, so bandido... y
ver usted con qu arma digna de usted le aplasto los cascos....

--Calma, calma, amigo mo; yo me basto y me sobro para despedir con
buenos modos a estos seores.

--No, no, si es el Provisor djele usted que entre, que quiero matarle
yo mismo.... Quin llora ah?

--Es su hija de usted.--Ah grandsima hipocritona, si me levanto, mala
pcora! la que mata a su padre de hambre, la que echa cuentas de rosario
y pelos en el caldo, la que me echa en las narices el polvo de la sala,
la que se va a misa de alba y vuelve a la hora de comer... infame, si
me levanto!

--Padre, por Dios, por Nuestra Seora del Amor Hermoso, tranquilcese
usted.... Est aqu doa Petronila, est un seor sacerdote....

--Ser tu don Custodio... el que te me ha robado... el majo del
cabildo... ah, barragana, si os cojo a los dos!...

--Jess, Jess! vmonos de aqu--grit doa Petronila buscando la
escalera.

Pero no pudieron marchar tan pronto porque la hija de don Santos cay
desmayada. La bajaron a la tienda, para librarla de los gritos furiosos
y de las injurias de su padre. Qued el campo por don Pompeyo, que
volvi a sus paseos y despus fue a la cocina a espumar el puchero
miserable de don Santos.

All no haba ms caridad que la de l. Cierto que no poda ser prdigo
con su amigo, porque la propia familia tan numerosa tena apenas lo
necesario; pero solicitud, atenciones no le faltaran al enfermo.

Volvi a poco soplando un lquido plido y humeante en el que flotaban
partculas de carbn.

Se lo hizo beber a don Santos, sujetndole la cabeza que temblaba y sin
permitirle tomar la taza con su flaca mano, que temblaba tambin.

De esta manera qued el campo libre y por don Pompeyo, el cual no
pensaba ms que en asegurar _el triunfo de sus ideas_, para lo que era
necesario estar de guardia todo el tiempo posible al lado del enfermo, y
as evitar que la hija de don Santos introdujese all subrepticiamente
el elemento clerical.

Guimarn madrugaba para correr a casa de Barinaga; estaba all casi
siempre hasta la hora de cenar, y esta _necesidad material_ la
despachaba en un decir Jess, dando prisa a la criada, a su mujer, a las
nias.

--Ea, ea... menos chchara, la sopa... que me esperan....

Coma, recoga los mendrugos de pan que quedaban sobre la mesa, un poco
de azcar y otros desperdicios, se los meta en un bolsillo y echaba a
correr.

Algunas noches entraba en su hogar gritando:

--A ver! a ver! las zapatillas y el frasco del ans, que hoy velo a
don Santos.

La esposa de don Pompeyo suspiraba y entregaba las zapatillas suizas y
el frasco del aguardiente, y el amo de la casa desapareca.

Foja, los Orgaz, Glocester como particular, no como sacerdote, don
lvaro Mesa, los socios librepensadores que coman de carne
solemnemente en Semana Santa, algunos de los que asistan a las cenas
secretas del Casino, los redactores del _Alerta_ y otros muchos enemigos
del Provisor visitaban de vez en cuando a don Santos; todos compadecan
aquella miseria entre protestas de clera mal comprimida. Oh el hombre
que haba reducido a tal estado al seor Barinaga era bien miserable,
mereca la pblica execracin. Pero nada ms. Casi nadie se atreva a
dejar all una limosna por no ofender la susceptibilidad del enfermo.
Muchos se ofrecan a velarle en caso de necesidad.

Don Pompeyo reciba las visitas como si l fuera el amo de casa;
Celestina tena que tolerarlo porque su padre lo exiga.

--l es mi nico hijo... descastada... mi nico padre... mi nico
amigo... t eres la que ests aqu de ms... mala entraa!...
mojigata!...--gritaba desde su alcoba el borracho moribundo.

La enfermedad se agrav con las fuertes heladas con que termin aquel
ao noviembre.

El primer da de diciembre Celestina se propuso, de acuerdo con don
Custodio, dar el ltimo ataque para conseguir que su padre admitiera los
Sacramentos.

Al entrar, por la maana, a eso de las ocho, don Pompeyo Guimarn, que
vena soplndose los dedos, la beata le detuvo en la tienda abandonada,
fra, llena de ratones.

Emple la joven toda clase de resortes; pidi, suplic, se puso de
rodillas con las manos en cruz, llor... Despus exigi, amenaz,
insult: todo fue intil.

--Hable usted con su pap--deca Guimarn por toda contestacin--. Yo
no hago ms que cumplir su voluntad.

Celestina, desesperada, se acerc al lecho de su padre, llor otra vez,
de rodillas, con la cabeza hundida en el flaco jergn, mientras don
Santos repeta con voz pausada, dbil, que tena una majestad especial,
compuesta de dolor, locura, abyeccin y miseria:

--Mojigata, sal de mi presencia! Como hay Dios en los cielos, abomino
de ti y de tu clerigalla.... Fuera todos.... Nadie me entre en la tienda,
que no me dejarn un copn... ni una patena.... Esa lmpara, seor
bandido! y t, hija de perdicin, no ocultes debajo del mandil... eso...
eso... ese sacramento.... Fuera de aqu!...

--Padre, padre, por compasin... admita usted los santos
sacramentos!...

--Me los han robado todos... y las lmparas... y t los ayudas... eres
cmplice.... A la crcel!

--Padre, seor, por compasin de su hija... los Sacramentos... tome
usted... tome usted....

--No, no quiero... seamos razonables. Una partida de sacramentos...
para qu? Si la tomo... ah se pudrir en la tienda.... El Provisor les
prohbe comprar aqu... Ellos, los pobrecitos curas de aldea... qu han
de hacer?... Infelices!... Le temen... le temen.... Infame!
Infelices!

Y don Santos se incorpor como pudo, inclin la cabeza sobre el pecho, y
llor en silencio.

Y repeta de tarde en tarde:--Infelices!... Celestina sali de la
alcoba sollozando.

Su padre haba perdido la cabeza. Ya no podra confesar si no recobraba
la razn... slo por milagro de Dios.

--Ni puede, ni quiere, ni debe--exclam don Pompeyo cruzado de brazos,
inflexible, dispuesto a no dejarse enternecer por el dolor ajeno.

El da de la Concepcin, muy temprano, el mdico Somoza dijo que don
Santos morira al obscurecer.

El enfermo perda el uso de la poca razn que tena muy a menudo; se
necesitaba alguna impresin fuerte para que volviese a discurrir lo poco
que saba. La entrada de don Robustiano, o sea de la ciencia, le haca
volver la atencin a lo exterior. Al medio da le anunci Celestina que
quera verle el seor Carraspique. Aquel honor inesperado puso al
moribundo muy despierto, Carraspique, sin saludar a don Pompeyo, que se
qued, siempre cruzado de brazos, a la puerta de la alcoba, se coloc a
la cabecera de Barinaga en compaa de un clrigo, el cura de la
parroquia. Era este un anciano de rostro simptico, de voz dulce,
hablaba con el acento del pas muy pronunciado. Carraspique, a quien en
otro tiempo haba pedido dinero prestado don Santos, tena alguna
autoridad sobre el enfermo; no se hablaban muchos aos haca, pero se
estimaban a pesar de las ideas y de la frialdad que el tiempo haba
trado. Barinaga, con buenos modos, usando un lenguaje culto, que no era
ordinario en l, se neg a las pretensiones del ilustre carlista y
sincero creyente D. Francisco Carraspique.

--Todo es intil... la Iglesia me ha arruinado... no quiero nada con la
Iglesia.... Creo en Dios... creo en Jesucristo... que era... un grande
hombre... pero no quiero confesarme, seor Carraspique, y siento...
darle a usted este disgusto. Por lo dems... yo estoy seguro... de que
esto que tengo... se curara... o por lo menos... se... se... con
aguardiente.... Crea usted que muero por falta de lquidos... gaseosos...
y slidos....

Don Santos levant un poco la cabeza y conoci al cura de la parroquia.

--Don Antero... usted tambin... por aqu... Me alegro... as... podr
usted dar fe pblica... como escribano... espiritual... digmoslo as...
de esto que digo... y es todo mi testamento: que muero, yo, Santos
Barinaga... por falta de lquidos suficientemente... alcohlicos... que
muero... de... eso... que llama el seor mdico.... Colasa... o Cols...
segundo....

Se detuvo, la tos le sofocaba. Hizo un esfuerzo y trayendo hacia la
barba el embozo sucio de la sbana rota, continu:

--tem: muero por falta de tabaco.... Otros... muero... por falta de
alimento... sano.... Y de esto tienen la culpa el seor Magistral, y mi
seora hija....

--Vamos, don Santos--se atrevi a decir el cura--no aflija usted a la
pobre Celesta. Hablemos de otra cosa. Ni usted se muere, ni nada de eso.
Va usted a sanar en seguida.... Esta tarde le traer yo, con toda
solemnidad, lo que usted necesita, pero antes es preciso que hablemos a
solas un rato. Y despus... despus... recibir usted el Pan del alma....

--El pan del cuerpo!--grit con supremo esfuerzo el moribundo, irritado
cuando poda--. El pan del cuerpo es lo que yo necesito!... que as me
salve Dios... muero de hambre! S, el pan del cuerpo... que muero de
hambre... de hambre!...

Fueron sus ltimas palabras razonables. Poco despus empezaba el
delirio. Celestina lloraba a los pies del lecho. Don Antero, el cura, se
paseaba, con los brazos cruzados, por la sala miserable, haciendo
rechinar el piso. Guimarn con los brazos cruzados tambin, entre la
alcoba y la sala, admiraba lo que l llamaba la muerte del justo.
Carraspique haba corrido a Palacio.

Lleg y todo se supo; el Obispo rezaba ante una imagen de la Virgen, y
al or que don Santos se negaba a recibir al Seor, y a confesar,
levant las manos cruzadas... y con voz dulcemente majestuosa y llena de
lgrimas, exclam:

--Madre ma, madre de Dios, ilumina a ese desgraciado!...

Estaba plido el buen Fortunato; le temblaba el labio inferior, algo
grueso, al balbucear sus plegarias ntimas.

El Magistral se paseaba a grandes pasos, con las manos a la espalda, en
la cmara roja, cubierta de damasco.

Carraspique, que vesta el luto reciente de su hija, miraba a don Fermn
con los ojos arrasados en lgrimas.

Don Fermn padeca, pensaba el pobre don Francisco y sin querer, con
gran remordimiento, l se alegraba un poco, gozaba el placer de una
venganza... irracional... injusta... todo lo que se quiera... pero
gozaba acordndose de su hija muerta.

S, don Fermn padeca. Aquella necedad del tendero de enfrente era una
complicacin.

De Pas ya no era el mismo que senta remordimientos romnticos aquella
noche de luna al ver a don Santos arrastrar su degradacin y su miseria
por el arroyo; ahora no era ms que un egosta, no viva ms que para su
pasin; lo que podra turbarle en el deliquio sin nombre que gozaba en
presencia de Ana, eso aborreca; lo que pudiera traer una solucin al
terrible conflicto, cada vez ms terrible, de los sentidos enfrenados y
de la eternidad pura de su pasin, eso amaba. Lo dems del mundo no
exista. Y ahora don Santos mora escandalosamente, mora como un
perro, habra que enterrarle en aquel pozo inmundo, desamparado, que
haba detrs del cementerio y que serva para los _enterramientos
civiles_; y de todo esto iba a tener la culpa l, y Vetusta se le iba a
echar encima. Ya empezaba el rum rum del motn, el Chato vena a cada
momento a decirle que la calle de don Santos y la tienda se llenaban de
gente, de enemigos del Magistral... que se le llamaba asesino en los
grupos--porque l obligaba al Chato a decirle la verdad sin
rodeos--asesino, ladrn.... El Magistral al llegar a este pasaje de sus
reflexiones, sin poder contenerse, golpe el pavimento con el pie.
Carraspique dio un salto. El Obispo, saliendo de su oratorio, con las
manos en cruz, se acerc al Provisor.

--Por Dios, Fermo, por Dios te pido que me dejes....

--Qu?...--Ir yo mismo; ver a ese hombre... quiero verle yo... a m me
ha de obedecer... yo he de persuadirle.... Que traigan un coche si no
quieres que me vean, una tartana, un carro... lo que quieras.... Voy a
verle, s, voy a verle....

--Locuras, seor, locuras!--rugi el Provisor sacudiendo la cabeza.

--Pero Fermo, es un alma que se pierde!...

--No hay que salir de aqu... Ir... el Obispo... a un hereje
contumaz..., absurdo....

--Por lo mismo, Fermo...--Bueno! bueno! _Los Miserables_, siempre la
comedia.... La escena del Convencional, no es eso? don Santos es un
borracho insolente que escupira al Obispo con mucha frescura; don
Pompeyo discutira con Su Ilustrsima si haba Dios o no haba Dios....
No hay que pensar en ello. Absurdo moverse de aqu!

Hubo algunos momentos de silencio. Carraspique, nico testigo de la
escena, temblaba y admiraba con terror el poder del Magistral y su
energa.

Era verdad, tena a S. I. en un puo. Despus continu don Fermn:

--Adems, sera intil ir all. El seor Carraspique lo ha dicho....
Barinaga ya ha perdido el conocimiento, verdad? Ya es tarde, ya no hay
que hacer all. Est ya como si hubiese muerto.

Carraspique, aunque con mucho miedo, animado por su afn piadoso de
salvar a don Santos, se atrevi a decir:

--Sin embargo, tal vez.... Se ven muchos casos....

--Casos de qu?--pregunt el Magistral con un tono y una mirada que
parecan navajas de afeitar--. Casos de qu?--repiti porque el otro
callaba.

--Puede pasar el delirio y volver a la razn el enfermo.

--No lo crea usted. Adems, all est el cura... para eso est don
Antero.... Su Ilustrsima no puede... no saldr de aqu!

Y no sali. El que entraba y sala era el Chato, Campillo, que hablaba
en secreto con don Fermn y volva a la calle a recoger rumores y a
espiar al enemigo. El cual se presentaba amenazador en la calle estrecha
y empinada en que viva don Santos, casi enfrente de la casa del
Magistral. Era la calle de _los Cannigos_, una de las ms feas y ms
aristocrticas de la Encimada.

Al obscurecer de aquel da no se poda pasar sin muchos codazos y
tropezones por delante de la tienda triste y desnuda de Barinaga. Sus
amigos, que haban aumentado prodigiosamente en pocas horas,
interceptaban la acera y llegaban hasta el arroyo divididos en grupos
que cuchicheaban, se mezclaban, se disolvan.

Por all andaban Foja, los dos Orgaz y algunos otros de los socios del
Casino que asistan a las cenas mensuales en que se conspiraba contra el
Provisor. El ex-alcalde se multiplicaba, entraba y sala en casa de don
Santos, bajaba con noticias, le rodeaban los amigos.

--Est espirando.--Pero conserva el conocimiento?

--Ya lo creo, como usted y como yo. Era mentira. Barinaga mora
hablando, pero sin saber lo que deca; sus frases eran incoherentes;
mezclaba su odio al Magistral con las quejas contra su hija. Unas veces
se lamentaba como el rey Lear y otras blasfemaba como un carretero.

--Y diga usted, seor Foja, hay arriba algn cura? Dicen que ha venido
el mismo Magistral....

--El Magistral? No faltaba ms! Sera aadir el sarcasmo a la...
al.... No vendr, no. Quien est arriba es don Antero, el cura de la
parroquia, el pobre es un bendito, un fantico digno de lstima y cree
cumplir con su deber... pero como si cantara. Don Santos era un hombre
de convicciones arraigadas.

--Cmo era? pues ha muerto ya?--pregunt uno que llegaba en aquel
momento.

--No seor, no ha muerto. Digo eso, porque ya est ms all que ac.

--Tambin don Pompeyo se ha portado con mucha energa, segn dicen....

--Tambin...--Pero estando sano es ms fcil.

--Y como no va con l la cosa....

--Morir esta noche.--El mdico no ha vuelto.--Somoza aseguraba que
morira esta tarde.

--Pues por eso no ha vuelto, porque se ha equivocado....

--El cura dice que durar hasta maana.

--Y muere de hambre.--Dicen que lo ha dicho l mismo.

--S, seor, fueron sus ltimas palabras sensatas, advirti Foja
contradicindose.

--Dicen que dijo: --El pan del cuerpo es el que yo necesito, que as
me salve Dios muero de hambre!.

A Orgaz hijo se le escap la risa, que procur ahogar con el embozo de
la capa.

--S, rase usted, joven, que el caso es para bromas.

--Hombre, no me ro del moribundo... me ro de la gracia.

--Profundsima leccin deba llamarla usted. Se muere de hambre, es un
hecho; le dan una hostia consagrada, que yo respeto, que yo venero,
pero no le dan un panecillo.--As habl un maestro de escuela perseguido
por su liberalismo... y por el hambre.

--Yo soy tan catlico como el primero--dijo un maestro de la Fbrica
Vieja, de larga perilla rizada y gris, socialista cristiano a su
manera--soy tan catlico como el primero, pero creo que al Magistral se
le debera arrastrar hoy y colgarlo de ese farol, para que viese salir
el entierro....

--La verdad es, seores--observ Foja--que si don Santos muere fuera
del seno de la Iglesia, como un judo, se debe al seor Provisor.

--Es claro.--Evidente.--Quin lo duda?--Y diga usted, seor Foja,
no le enterrarn en sagrado, verdad?

--Eso creo: los cnones estn sangrando; quiero decir que la Sinodal
est terminante.--Y se puso algo colorado, porque no saba si los
cnones sangraban o no, ni si la Sinodal hablaba del caso.

--De modo que le van a enterrar como un perro!

--Eso es lo de menos--dijo el maestro de la Fbrica--toda la tierra est
consagrada por el trabajo del hombre.

--Y adems en murindose uno....

--Ms despacio, seores, ms despacio--interrumpi Foja que no quera
desperdiciar el arma que le ponan en las manos para atacar al
Magistral--. Estas cosas no se pueden juzgar filosficamente.
Filosficamente es claro que no le importa a uno que le entierren donde
quiera. Pero y la familia? Y la sociedad? Y la honra? Todos ustedes
saben que el local destinado en nuestro cementerio _municipal_--y
subray la palabra--a los cadveres no catlicos, digmoslo as...

Orgaz hijo sonri.--Ya s, joven, ya s que he cometido un _lapsus_.
Pero no sea usted tan material.

Aquel grupo de progresistas y socialistas serios mir _en masa_ al
mediquillo impertinente con desprecio.

Y dijo el socialista cristiano:--Aqu lo que sobra es la materia; la
letra mata, caballero, y tengo dicho mil veces que lo que sobran en
Espaa son oradores....

--Pues usted no habla mal ni poco; acurdese del club difunto, seor
Parcerisa....

Y Orgaz hijo dio una palmadita en el hombro al de la fbrica.

Parcerisa sonri satisfecho. La conversacin se extravi. Se discuti si
el Ayuntamiento disputaba o no con suficiente energa al Obispo la
administracin del cementerio.

En tanto suban y bajaban amigas y amigos, curas y legos que iban a ver
al enfermo o a su hija. Don Pompeyo haba hecho llevar a Celestina a su
cuarto y all reciba la beata a sus correligionarias y a los sacerdotes
que venan a consolarla. Guimarn no dejaba entrar en la sala ms que a
los espritus fuertes, o por lo menos, si no tan fuertes como l, que
eso era difcil, partidarios de dejar a un moribundo espirar en la
confesin que le parezca, o sin religin alguna si lo considera
conveniente.

--Muerte gloriosa!--deca don Pompeyo al odo de cualquier enemigo del
Provisor que vena a compadecerse a ltima hora de la miseria de
Barinaga--. Muerte gloriosa! Qu energa! Qu tesn! Ni la muerte
de Scrates... porque a Scrates nadie le mand confesarse.

Los que suban o bajaban, al pasar por la tienda abandonada echaban una
mirada a los desiertos estantes y al escaparate cubierto de polvo y
cerrado por fuera con tablas viejas y desvencijadas.

Sobre el mostrador, pintado de color de chocolate, un veln de petrleo
alumbraba malamente el triste almacn cuya desnudez daba fro. Aquellos
anaqueles vacos representaban a su modo el estmago de don Santos. Las
ltimas existencias, que haba tenido all aos y aos cubiertas de
polvo, las haba vendido por cuatro cuartos a un comerciante de aldea;
con el producto de aquella liquidacin miserable haba vivido y se haba
emborrachado en la ltima parte de su vida el pobre Barinaga. Ahora los
ratones roan las tablas de los estantes y la consuncin roa las
entraas del tendero.

Muri al amanecer. Las nieblas de Corfn dorman todava sobre los
tejados y a lo largo de las calles de Vetusta. La maana estaba templada
y hmeda. La luz cenicienta penetraba por todas las rendijas como un
polvo pegajoso y sucio. Don Pompeyo haba pasado la noche al lado del
moribundo, solo, completamente solo, porque no haba de contarse un
perro faldero que se mora de viejo sin salir jams de casa. Abri
Guimarn el balcn de par en par; una rfaga hmeda sacudi la cortina
de percal y la triste luz del da de plomo cay sobre la palidez del
cadver tibio.

A las ocho se sac a Celestina de la casa mortuoria y _el cuerpo_,
metido ya en su caja de pino, lisa y estrecha, fue depositado sobre el
mostrador de la tienda vaca, a las diez. No volvi a parecer por all
ningn sacerdote ni beata alguna.

--Mejor--deca don Pompeyo, que se multiplicaba.

--Para nada queremos cuervos--exclamaba Foja, que se multiplicaba
tambin.

--Esto tiene que ser una manifestacin--deca del ex-alcalde a muchos
correligionarios y otros enemigos del Magistral reunidos en la tienda,
al pie del cadver--. Esto tiene que ser una manifestacin: el gobierno
no nos permite otras, aprovechemos esta coyuntura. Adems, esto es una
iniquidad: ese pobre viejo ha muerto de hambre, asesinado por los
acaparadores sacrlegos de la _Cruz Roja_. Y para mayor deshonra y
ludibrio, ahora se le niega honrada y cristiana sepultura, y habr que
enterrarle en los escombros, all, detrs de la tapia nueva, en aquel
estercolero que dedican a los entierros civiles esos infames....

--Muerto de hambre y enterrado como un perro!--exclam el maestro de
escuela perseguido por sus ideas.

--Oh, hay que protestar muy alto!

--S, s!--Esto es una iniquidad!--Hay que hacer una manifestacin!

Hablaban tambin muchos conjurados con trazas de curiales de Palacio;
eran amigos del Arcediano, del implacable Mourelo, que conspiraba desde
la sombra.

--A ver usted, seor Sousa, usted que escribe los telegramas del
_Alerta_... es preciso que hoy retrasen ustedes un poco el nmero para
que haya tiempo de insertar algo....

--S, seor, ahora mismo voy yo a la imprenta y con la mayor energa que
permite la ley, la pcara ley de imprenta, redactar all mismo un
suelto convocando a los liberales, amigos de la justicia, etc., etc....
Descuide usted, seor Foja.

--Llame usted al suelto: _Entierro civil_.

--S, seor; as lo har.

--Con letras grandes.--Como puos, ya ver usted.

--Eso podr servir de aviso a todo el pueblo liberal....

--Vendrn los de la Fbrica?

--Ya lo creo!--exclam Parcerisa--. Ahora mismo voy yo all a calentar
a la gente. Esto no nos lo puede prohibir el gobierno....

--Como no se alborote.... El entierro fue cerca del anochecer. Slo as
podan asistirlos de la Fbrica.

Llova. Caan hilos de agua perezosa, diagonales, sutiles.

La calle se cubri de paraguas.

El Magistral, que espiaba detrs de las vidrieras de su despacho, vio un
fondo negro y pardo; y de repente, como si se alzase sobre un pavs,
apareci por encima de todo una caja negra, estrecha y larga, que al
salir de la tienda se inclin hacia adelante y se detuvo como vacilando.
Era don Santos que sala por ltima vez de su casa. Pareca dudar entre
desafiar el agua o volver a su vivienda. Sali; se perdi el atad entre
el oleaje de seda y percal obscuro. En el balcn que haba sobre la
puerta, entre las rejas asom la cabeza de un perro de lanas negro y
sucio: el Magistral lo mir con terror. El faldero estir el pescuezo,
procur mirar a la calle y se le erizaron las orejas. Ladr a la caja, a
los paraguas y volvi a esconderse. Lo haban olvidado en la sala,
cerrada con llave por don Pompeyo.

Guimarn, de levita negra presida el duelo.

Delante del fretro, en filas, iban muchos obreros y algunos
comerciantes al por menor, con ms, varios zapateros y sastres, rezando
Padrenuestros.

Guimarn haba propuesto que no se dijese palabra.

No haba muerto el gran Barinaga, aquel mrtir de las ideas, dentro de
ninguna confesin cristiana; luego era contradictorio....

--Deje usted, deje usted--haba advertido Foja con mal gesto--. No
seamos intransigentes, no extrememos las cosas. Es de ms efecto que se
rece.

--Esto no es una manifestacin anti-catlica--observ el maestro de
escuela.

--Es anti-clerical--dijo otro liberal probado.

--El tiro va contra el Provisor--manifest un lampio, de la polica
secreta de Glocester.

As pues, se convino que se rezara y se rez. _Requiescat in pace_,
deca Parcerisa, que rezaba delante, con voz solemne, al terminar cada
oracin.

Y contestaban los de la fila, que llevaban hachas encendidas:
_Requiescat in pace_.

Ni el latn ni la cera le gustaban a don Pompeyo, pero haba que
transigir.

Todo aquello era una contradiccin, pero Vetusta no estaba preparada
para un verdadero entierro civil.

Las mujeres del pueblo, que cogan agua en las fuentes pblicas, las
ribeteadoras y costureras que paseaban por la calle del Comercio, y por
el Boulevard, arrastrando por el lodo con perezosa marcha los pies mal
calzados; las criadas que con la cesta al brazo iban a comprar la cena,
se arremolinaban al pasar el entierro y por gran mayora de votos
condenaban el atrevimiento de enterrar a un cristiano (sinnimo de
hombre) sin necesidad de curas. Algunas buenas mozas, mal pergeadas,
alababan la idea en voz alta.

Hubo una que grit:--As, que rabien los de la pitanza!

Esta imprudencia provoc otra del lado contrario.

--_Anday_, judos!--exclamaba una moza del partido azotando con un
zueco la espalda de muchos de sus conocidos, peones de albail y
canteros.

Detrs del duelo iba una escasa representacin del sexo dbil; pero,
segn las de la cesta y las de las fuentes pblicas, eran malas
mujeres.

--Anda t, _pendn_!

--Adnde vais, _pingos_?

Y las correligionarias de don Pompeyo rean a carcajadas, demostrando
as lo poco arraigado de sus convicciones. La noche se acercaba; el
cementerio estaba lejos, y hubo que apretar el paso.

La lluvia empez a caer perpendicular, pero en gotas mayores, los
paraguas retumbaban con estrpito lgubre y chorreaban por todas sus
varillas. Los balcones se abran y cerraban, cuajados de cabezas de
curiosos.

Se miraba el espectculo generalmente con curiosidad burlona, con algo
de desprecio. Pero por lo mismo se declaraba mayor el delito del
Magistral. Aquel pobre don Santos haba muerto como un perro por culpa
del Provisor; haba renegado de la religin por culpa del Provisor,
haba muerto de hambre y sin sacramentos por culpa del Provisor.

Y ahora los revolucionarios, que de todo sacan raja, aprovechan la
ocasin para hacer una de las suyas....

Y por culpa del Provisor....

No se puede estirar demasiado la cuerda.

Ese hombre nos pierde a todos.

Estos eran los comentarios en los balcones. Y despus de cerrarlos,
continuaban dentro las censuras. Muchas amistades perdi De Pas aquella
tarde.

Sin que se supiera cmo, lleg a ser un _lugar comn_, verdad evidente
para Vetusta, que Barinaga haba muerto como un perro por culpa del
Magistral.

Los amigos que le quedaban a don Fermn reconocan que no se poda
luchar, por aquellos das a lo menos, contra aquella afirmacin injusta,
pero tan generalizada.

El entierro dej atrs la calle principal de la Colonia, que estaba
convertida en un lodazal de un kilmetro de largo, y empez a subir la
cuesta que terminaba en el cementerio. El agua volva a azotar a los del
duelo en diagonales, que el viento haca penetrar por debajo de los
paraguas. Llova a latigazos. Una nube negra, en forma de pjaro
monstruoso, cubra toda la ciudad y lanzaba sobre el duelo aquel
chaparrn furioso. Pareca que los arrojaba de Vetusta, silbndoles con
las fauces del viento que soplaba por la espalda.

Se suba la cuesta a buen paso. La percalina de que iba forrado el
fretro miserable se haba abierto por dos o tres lados; se vea la
carne blanca de la madera, que chorreaba el agua. Los que conducan el
cadver le zarandeaban. La fatiga y cierta supersticin inconsciente les
haba hecho perder gran parte del respeto que mereca el difunto. Todos
los hachones se haban apagado y chorreaban agua en vez de cera. Se
hablaba alto en las filas.

--De prisa, de prisa! se oa a cada paso.

Algunos se permitan decir chistes alusivos a la tormenta. En el duelo
haba ms circunspeccin, pero todos convenan en la necesidad de
apretar el paso.

Aquel furor de los elementos despert muchas preocupaciones taciturnas.

Don Pompeyo llevaba los pies encharcados, y era sabido que la humedad le
haca mucho dao, le pona nervioso y con esto se le achicaba el nimo.

--No hay Dios, es claro, iba pensando, pero si le hubiera, podra
creerse que nos est dando azotes con estos diablos de aguaceros.

Llegaron a lo alto, a la cima de aquella loma. La tapia del cementerio
se destacaba en la claridad plomiza del cielo como una faja negra del
horizonte. No se vea nada distintamente. Los cipreses, detrs de la
tapia, se balanceaban, parecan fantasmas que se hablaban al odo,
tramando algo contra los atrevidos que se acercaban a turbar la paz del
camposanto.

En la puerta se detuvo el cortejo. Hubo algunas dificultades para
entrar. Se haban olvidado ciertos pormenores y la mala fe del
enterrador--tal vez la del capelln tambin--pona obstculos
reglamentarios.

--A ver, dnde est Foja!--grit don Pompeyo, que no se encontraba con
nimo para dar otra batalla al obscurantismo clerical.

Foja no estaba all. Nadie le haba visto en el duelo.

Don Pompeyo sinti el nimo desfallecer. Estoy solo; ese capitn Araa
me ha dejado solo.

Sac fuerzas de flaqueza, y ayudado por la indignacin general, se
impuso. El cortejo entr en el cementerio, pero no por la puerta
principal, sino por una especie de brecha abierta en la tapia del
corraln inmundo, estrecho y lleno de ortigas y escajos en que se
enterraba a los que moran fuera de la Iglesia catlica. Eran muy pocos.
El enterrador actual slo recordaba tres o cuatro entierros as.

El duelo se despidi sin ceremonia; a latigazos lo despeda el viento
con disciplinas de agua helada.

Don Pompeyo Guimarn sali del cementerio el ltimo. Era su deber.

Haba cerrado la noche. Se detuvo solo, completamente solo, en lo alto
de la cuesta. A su espalda, a veinte pasos tena la tapia fnebre. All
detrs quedaba el msero amigo, abandonado, pronto olvidado del mundo
entero; estaba a flor de tierra... separado de los dems vetustenses que
haban sido, por un muro que era una deshonra; perdido, como el
esqueleto de un rocn, entre ortigas, escajos y lodo.... Por aquella
brecha penetraban perros y gatos en el cementerio civil.... A toda
profanacin estaba abierto.... Y all estaba don Santos... el buen
Barinaga que haba vendido patenas y viriles... y crea en ellos... en
otro tiempo. Y todo aquello era obra suya... de don Pompeyo; l, en el
caf--restaurant de la Paz, haba comenzado a demoler el alczar de la
fe... del pobre comerciante!....

Un escalofro sacudi el cuerpo de Guimarn. Se abroch. Haba sido
_otra_ imprudencia venir sin capa.

Entonces sinti que no senta ya el agua.... Era que ya no llova.
Sobre Vetusta brillaban entre grandes espacios de sombra algunas luces
plidas, las estrellas; y entre las sombras de la ciudad aparecan
puntos rojizos simtricos: los faroles.

Guimarn volvi a temblar; sinti la humedad de los pies de nuevo... y
apret el paso. Hubo ms, se le figur que le seguan; que a veces le
tocaban sutilmente las faldas de la levita y el cabello del cogote.... Y
como estaba solo, seguramente solo... no tuvo inconveniente en emprender
por la cuesta abajo un trote ligero, con el paraguas debajo del brazo.

No, no hay Dios, iba pensando, pero si lo hubiera estbamos
frescos....

Y ms abajo: Y de todas maneras, eso de que le han de enterrar a uno de
fijo, sin escape, en ese estercolero... no tiene gracia.

Y corra, sintiendo de vez en cuando escalofros.

Don Pompeyo tuvo fiebre aquella noche.

Ya lo deca l; la humedad!.

Delir. Soaba que l era de cal y canto y que tena una brecha en el
vientre y por all entraban y salan gatos y perros, y alguno que otro
diablejo con rabo.




--XXIII--


_Tecum principium in die virtutis tuae in splendorum sanctorum, ex
utero ante luciferum genui te._ Esto ley la Regenta sin entenderlo
bien; y la traduccin del _Eucologio_ deca: T poseers el principado
y el imperio en el da de tu podero y en medio del resplandor que
brillar en tus santos: yo te he engendrado de mis entraas desde antes
del nacimiento del lucero de la maana.

Y ms adelante lea Ana con los ojos clavados en su devocionario:
_Dominus dixit ad me: Filius meus es tu, ego hodie genui te. Alleluia._
S, s, aleluya! aleluya! le gritaba el corazn a ella... y el rgano
como si entendiese lo que quera el corazn de la Regenta, dejaba
escapar unos diablillos de notas alegres, revoltosas, que luego llenaban
los mbitos obscuros de la catedral, suban a la bveda y pugnaban por
salir a la calle, remontndose al cielo... empapando el mundo de msica
retozona. Deca el rgano a su manera:

        Adis, Mara Dolores,
        marcho maana
        en un barco de flores
        para la Habana.

y de repente, cambiaba de aire y gritaba:

        La casa del seor cura
        nunca la vi como ahora...

y sin pizca de formalidad, se interrumpa para cantar:

        Arriba, Manolillo,
        abajo, Manol,
        de la quinta pasada
        yo te libert;
        de la que viene ahora
        no s si podr...
        arriba, Manolillo,
        Manolillo Manol.

Y todo esto era porque haca mil ochocientos setenta y tantos aos haba
nacido en el portal de Beln el Nio Jess.... Qu le importaba al
rgano? Y sin embargo, pareca que se volva loco de alegra... que
perda la cabeza y echaba por aquellos tubos cnicos, por aquellas
trompetas y caones, chorros de notas que parecan lucecillas para
alumbrar las almas.

El templo estaba obscuro. De trecho en trecho, colgado de un clavo en
algn pilar, un quinqu de petrleo con reverbero, interrumpa las
tinieblas que volvan a dominar poco ms adelante. No haba ms luz que
aquella esparcida por las naves, el trasaltar y el trascoro, y los
cirios del altar y las velas del coro que brillaban a lo lejos, en alto,
como estrellitas. Pero la msica alegre botando de pilar en capilla, del
pavimento a la bveda, pareca iluminar la catedral con rayos del alba.

Y no eran ms que las doce. Empezaba la _misa del gallo_.

El rgano, con motivo de la alegra cristiana de aquella hora sublime,
recordaba todos los aires populares clsicos en la tierra vetustense y
los que el capricho del pueblo haba puesto en moda aquellos ltimos
aos. A la Regenta le temblaba el alma con una emocin religiosa dulce,
risuea, en que rebosaba una caridad universal; amor a todos los hombres
y a todas las criaturas... a las aves, a los brutos, a las hierbas del
campo, a los gusanos de la tierra... a las ondas del mar, a los suspiros
del aire.... La cosa era bien clara, la religin no poda ser ms
sencilla, ms evidente: Dios estaba en el cielo presidiendo y amando su
obra maravillosa, el Universo; el Hijo de Dios haba nacido en la tierra
y por tal honor y divina prueba de cario, el mundo entero se alegraba y
se ennobleca; y no importaba que hubiesen pasado tantos siglos, el amor
no cuenta el tiempo; hoy era tan cierto como en tiempo de los Apstoles,
que Dios haba venido al mundo; el motivo para estar contentos todos los
seres, el mismo. Por consiguiente, el organista haca muy bien en
declarar dignos del templo aquellos aires humildes, con que sola
alegrarse el pueblo y que cantaban las vetustenses en sus bailes
bulliciosos a cielo abierto. Aquel recuerdo de canciones efmeras, que
haban sido un poco de aire olvidado, le pareca a la Regenta una
delicada obra de caridad por parte del msico.... Recordar lo ms
humilde, lo que menos vale, un poco de viento que pas... y dignificar
las emociones profanas del amor, de la alegra juvenil, haciendo resonar
sus cantares en el templo, como ofrenda a los pies de Jess... todo esto
era hermoso, segn Ana; la religin que lo consenta, maternal,
cariosa, artstica.

No haba all barreras, en aquel momento, entre el templo y el mundo;
la naturaleza entraba a borbotones por la puerta de la iglesia; en la
msica del rgano haba recuerdos del verano, de las romeras alegres
del campo, de los cnticos de los marineros a la orilla del mar; y haba
olor a tomillo y a madreselva, y olor a la playa, y olor arisco del
monte, y dominndolos a todos olor mstico, de poesa inefable... que
arrancaba lgrimas.... La vigilia exaltaba los nervios de la Regenta....
Su pensamiento al remontarse se extraviaba y al difundirse se
desvaneca.... Apoy la cabeza contra la panza churrigueresca de un altar
de piedra, nuevo, que era el principal de la capilla en que estaba,
sumida en la sombra. Apenas pensaba ya, no haca ms que sentir.

La verja de bronce dorado, que separaba la capilla mayor del crucero, se
interrumpa en ambos extremos para dejar espacio a los plpitos de
hierro, todos filigrana. Servan de atriles para la Epstola y el
Evangelio, sendas guilas doradas con las alas abiertas. Ana vio
aparecer en el plpito de la izquierda del altar la figura de Glocester,
siempre torcida pero arrogante: la rica casulla de tela briscada
despeda rayos herida por la luz de los ciriales que acompaaban al
cannigo. El Arcediano, en cuanto call el rgano, como quien quiere
interrumpir una broma con una nota seria, ley la epstola de San Pablo
Apstol a Tito, captulo segundo, dndole una intencin que no tena.
Agradbale a Glocester tener ocupada por su cuenta la atencin del
pblico, y lea despacio, sealando con fuerza las terminaciones en _us_
y en _i_ y en _is_: por el tono que se daba al leer no pareca sino que
la epstola de San Pablo era cosa del mismo Glocester, una
composicioncilla suya. El rgano, como si hubiera odo llover, en cuanto
termin el presuntuoso Arcediano, solt el trapo, abri todos sus
agujeros, y volvi a regar la catedral con chorritos de canciones
alegres, el fuelle pareca soplar en una fragua de la que salan chispas
de msica retozona; ahora tocaba como las gaitas del pas, imitando el
modo tosco e incorrecto con que el gaitero jurado del Ayuntamiento
interpretaba el brindis de la _Traviata_ y el Miserere del _Trovador_.
Por ltimo, y cuando ya Ripamiln asomaba la cabecita vivaracha sobre el
antepecho del otro plpito para cantar el Evangelio, el organista la
emprendi con la _mandilona_:

        Ahora s que estars contentn
        mandiln,
        mandiln,
        mandiln.

Los carlistas y liberales que llenaban el crucero celebraron la gracia,
hubo cuchicheos, risas comprimidas y en esto vio la Regenta un signo de
paz universal. En aquel momento, pensaba ella, unidos todos ante el Dios
de todos, que naca, las diferencias polticas eran nimiedades que se
olvidaban.

Ripamiln no pudo menos de sonrer, mientras colocaba, con gran
dificultad, el libro en que haba de leer el Evangelio de San Lucas,
sobre las alas del guila de hierro.

El Arcediano, en la escalera del plpito esperaba con los brazos
cruzados sobre la panza; cerca de l y haciendo guardia estaban dos
aclitos con los ciriales; uno era Celedonio.

_Secuentia Sancti Evangelii secundum Lucaaam!_... cant Ripamiln,
muerto de sueo y aprovechndose del canto llano para bostezar en la
ltima nota.

_In illo tempore!_... continu... En aquel tiempo se promulg un
edicto mandando empadronar a todo el mundo. Fue cosa de Csar Augusto,
muy aficionado a la Estadstica. Este empadronamiento fue hecho por
Cirino, que despus fue gobernador de la Siria. Ripamiln se dorma
sobre el recuerdo de Cirino, pero al llegar al empadronamiento de Jos
se anim el Arcipreste, figurndose a los santos esposos camino de
Bethlehem (o mejor Beln.) Y sucedi que hallndose all le lleg a
Mara la hora de su alumbramiento; y dio a luz a su Hijo primognito y
envolviole en paales y recostole en un pesebre. Ripamiln lea ahora
pausadamente, a ver si se enteraba el pblico. Cuando lleg a los
pastores que estaban en vela, cuidando sus rebaos, don Cayetano record
su grandsima aficin a la gloga y se enterneci muy de veras.

Ms enternecida estaba la Regenta, que segua en su libro la sencilla y
sublime narracin. El Nio Dios! El Nio Dios! Ella comprenda ahora
toda la grandeza de aquella Religin dulce y potica que comenzaba en
una cuna y acababa en una cruz. Bendito Dios! las dulzuras que le
pasaban por el alma, las mieles que gustaba su corazn, o algo que tena
un poco ms abajo, ms hacia el medio de su cuerpo!... Y aquel
Ripamiln all arriba, aquel viejecillo que contaba lo del parto como si
acabara de asistir a l! Tambin Ripamiln estaba hermoso a su manera.

En tanto el _pblico_ empezaba a impacientarse, se iba acabando la
formalidad, y en algunos rincones se oan risas que provocaba algn
chusco. En la nave del trasaltar, la ms obscura, escondidos en la
sombra de los pilares y en las capillas, algunos seoritos se divertan
en echar a rodar sobre el juego de damas del pavimento de mrmol
monedas de cobre, cuyo profano estrpito despertaba la codicia de la
gente menuda; bandos de pilletes que ya esperaban ojo avizor la
tradicional profanacin, corran tras las monedas, y al caer tantos
sobre una sola en racimo de carne y andrajos, excitaban la risa de los
fieles, mientras ellos se empujaban, pisaban y mordan disputndose el
ochavo miserable.

Pero llegaba la _ronda_ y el racimo de pillos se deshaca, cada cual
corra por su lado. La _ronda_ la presida el seor Magistral, de
roquete y capa de coro; en las manos, cruzadas sobre el vientre, llevaba
el bonete; a derecha e izquierda, como dndole guardia caminaban con
paso solemne aclitos con sendas hachas de cera. La _ronda_ daba vueltas
por el trascoro, las naves y el trasaltar. Se vigilaba para evitar
abusos de mayor cuanta. La obscuridad del templo, los excesos de la
colacin clsica, la falta de respeto que el pueblo crea tradicional en
la _misa del gallo_, hacan necesarias todas estas precauciones.

Haba otra clase de profanaciones que no poda evitar la ronda.
Apibase el pblico en el crucero, oprimindose unos a otros contra la
verja del altar mayor, y la valla del centro, debajo de los plpitos, y
quedaban en el resto de la catedral muy a sus anchas los pocos que
preferan la comodidad al calorcillo humano de aquel montn de carne
repleta. Como la religin es igual para todos, all se mezclaban todas
las clases, edades y condiciones. Obdulia Fandio, en pie, oa la misa
apoyando su devocionario en la espalda de Pedro, el cocinero de
Vegallana, y en la nuca senta la viuda el aliento de Pepe Ronzal, que
no poda, ni tal vez quera, impedir que los de atrs empujasen. Para la
de Fandio la religin era esto, apretarse, estrujarse sin distincin
de clases ni sexos en las grandes solemnidades con que la Iglesia
conmemora acontecimientos importantes de que ella, Obdulia, tena muy
confusa idea. Visitacin estaba tambin all, ms cerca de la capilla,
con la cabeza metida entre las rejas. Paco Vegallana, cerca de
Visitacin, finga resistir la fuerza annima que le arrojaba, como un
oleaje, sobre su prima Edelmira. La joven, roja como una cereza, con los
ojos en un San Jos de su devocionario y el alma en los movimientos de
su primo, procuraba huir de la valla del centro contra la cual
amenazaban aplastarla aquellas olas humanas, que all en lo obscuro
imitaban las del mar batiendo un peasco, en la negrura de su sombra.
Todo el _elemento joven_ de que hablaba _El Lbaro_ en sus crnicas del
pequesimo _gran mundo_ de Vetusta, estaba all, en el crucero de la
catedral, oyendo como entre sueos el rgano, dirigiendo la colacin de
Noche-buena, viendo lucecillas, sintiendo entre temblores de la pereza
pinchazos de la carne. El sueo traa impos disparates, ideas que eran
profanaciones, y se desechaban para atenerse a los pecados veniales con
que brindaba la realidad ambiente. Miradas y sonrisas, si la distancia
no consenta otra cosa, iban y venan enfilndose como podan en aquella
selva espesa de cabezas humanas. Se tosa mucho y no todas las toses
eran ingenuas. En aquella quietud soporfera, en aquella obscuridad de
pesadilla hubieran permanecido aquellos caballeritos y aquellas
seoritas hasta el amanecer, de buen grado. Obdulia pensaba, aunque es
claro que no lo deca sino en el seno de la mayor confianza, pensaba,
que el _hacer el oso_, que era a lo que llamaba _timarse_ Joaqun Orgaz,
si siempre era agradable, lo era mucho ms en la iglesia, porque all
tena un _cachet_. Y para la viuda las cosas con _cachet_ eran las
mejores.

En la inmoralidad que acusaba aquella aglomeracin de malos
cristianos, estaba pensando precisamente don Pompeyo Guimarn, que, mal
curado de una fiebre, haba consentido en cenar con don lvaro, Orgaz,
Foja y dems trasnochadores en el Casino y haba venido con ellos a la
misa del gallo.

S, le remorda la conciencia, en medio de su embriaguez!, pero el
hecho era que estaba all. Haban empezado por emborracharle con un
licor dulce que ahora le estaba dando nuseas, un licor que le haba
convertido el estmago en algo as como una perfumera... puf! qu
asco!; despus le haban hecho comer ms de la cuenta y beber,
ltimamente, de todo. Y cuando l se preparaba a volverse a su casa, si
alguno de aquellos seores tena la bondad de acompaarle oh colmo de
las bromas pesadas y ofensivas! haban dado con l en medio de la
catedral, donde no haba puesto los pies haca muchos aos. Haba
protestado, haba querido marcharse, pero no le dejaron, y l tampoco se
atreva a buscar solo su casa; y en la calle haca fro.

--Seores--dijo en voz baja a don lvaro y a Orgaz--conste que protesto,
y que obedezco a fuerza mayor, a la fuerza de la borrachera de ustedes,
al permanecer en semejante sitio.

--Bien, hombre, bien!--Conste que esto no es una abdicacin....

--No... qu ha de ser... abdicacin....

--Ni una profanacin. Yo respeto todas las religiones, aunque no profeso
ninguna.... Qu dir el mundo si sabe que yo vengo aqu... con una
compaa de borrachos matriculados? Reconozco en el _Palomo_ el derecho
de arrojarme del templo a latigazos o a patadas....

--Ya lo sabemos, hombre...--pudo balbucear Foja--.

En resumen: don Pompeyo reconoce que l aqu representa lo mismo... que
los perros en misa.

--Comparacin exacta... eso, yo aqu lo mismo que un perro.... Y adems
esto repugna.... Oigan ustedes a ese organista, borracho como ustedes
probablemente: convierte el templo del Seor, llammoslo as, en un
baile de candil... en una orga.... Seores, en qu quedamos, es que ha
nacido Cristo o es que ha resucitado el dios Pan?

--Y Pun, Pin, Pun!... yo soy el general.... Bum Bum.

Esto lo cant bajito Joaqun Orgaz, tocando el tambor en la cabeza de
Guimarn. Y acto continuo el mediquillo sali de la capilla obscura
donde se representaba tal escena, y se fue a buscar una aguja en un
pajar, como l dijo, esto es, a buscar a Obdulia entre la multitud. Y la
encontr, emparedada entre el formidable Ronzal y el cocinero de Paco.
Joaqun dio media vuelta y se volvi al lado de don Pompeyo.

La capilla desde la que oa misa la Regenta estaba separada slo por una
verja alta de la en que se haban escondido los trasnochadores del
Casino. Ana oy la voz de Orgaz que disuada al ateo de su propsito de
abandonar el templo. Pero de una capilla a otra no se distinguan las
personas, slo se vean bultos.

Cuando pas la ronda fue otra cosa; las hachas de los aclitos dejaron a
Anita ver a una claridad temblona y amarillenta la figura arrogante del
Magistral al mismo tiempo que la esbelta y graciosa de don lvaro, que
con los ojos medio cerrados, semi-dormido, con la cabeza inclinada, y
cogido a la verja que separaba las capillas, pareca atender a los
oficios divinos con el recogimiento propio de un sincero cristiano.

El Magistral tambin pudo ver a la Regenta y a don lvaro, casi juntos,
aunque mediaba entre ellos la verja. Le tembl el bonete en las manos;
necesit gran esfuerzo para continuar aquella procesin que en aquel
instante le pareci ridcula.

Mesa no vio ni al Magistral ni a la Regenta, ni a nadie. Estaba medio
dormido en pie. Estaba borracho, pero en la embriaguez no era nunca
escandaloso. Nadie sospechaba su estado.

Ana sigui viendo a don lvaro aun despus que la ronda se alej con sus
luces soolientas. Sigui vindole en su cerebro; y se le antoj vestido
de rojo, con un traje muy ajustado y muy airoso. No saba si era aquello
un traje de Mefistfeles de pera o el de cazador elegante, pero estaba
el enemigo muy hermoso, muy hermoso.... Y estaba all cerca, detrs de
aquella reja, si daba tres pasos poda tocarla a ella!. El rgano se
despeda de los fieles con las mayores locuras del repertorio; un aire
que Ana haba odo por primera vez al lado de Mesa, en la romera de
San Blas, aquel mismo ao.... Cerr los ojos, que se le haban llenado de
lgrimas.... Por dnde la tomaba ahora la tentacin! Se haca
sentimental, tierna, evocaba recuerdos, la autoridad de los recuerdos,
que era siempre cosa sagrada, dulce, entraable.... Qu haba pasado en
aquella romera de San Blas? Nada, y sin embargo, ahora recordando
aquella tarde, por culpa del organista, Ana vea a don lvaro a su lado,
muerto de amor, mudo de respeto, y a s misma se vea, contenta en lo
ms hondo del alma... ay s, ay s!... en unas honduras del alma, o del
cuerpo, o del infierno... a que no llegaban las suaves plticas del
misticismo y fraternidad de que segua gozando en compaa de aquel
seor cannigo que acababa de pasar por all, con las manos cruzadas
sobre el vientre, rodeado de monaguillos.

Cuando Ana procur sacudir, moviendo la cabeza, aquellas imgenes
importunas y pecaminosas, el templo iba quedndose vaco. Tuvo ella fro
y casi casi miedo a la sombra de un confesonario en que se apoyaba. Se
levant y sali de la catedral, que empezaba a dormirse.

El rgano se haba callado como un borracho que duerme despus de
alborotar el mundo. Las luces se apagaban....

En el prtico encontr Ana al Magistral.

Don Fermn estaba plido; lo vio ella a la luz de una cerilla que
encendieron por all. Cuando volvi la obscuridad, De Pas se acerc a la
Regenta y con una voz dulce en que haba quejas le pregunt:

--Se ha divertido usted en misa?

--Divertirme en misa!--Quiero decir... si le ha gustado... lo que
tocan... lo que cantan....

Not Ana que su confesor no saba lo que deca.

En aquel momento salan del prtico; en la calle haba algunos grupos de
rezagados. Haba que separarse.

--Buenas noches, buenas noches!--dijo el Magistral con tono de mal
humor, casi con ira.

Y embozndose sin decir ms, tom a paso largo el camino de su casa.

Ana sinti deseos de seguirle: ella no saba por qu pero le tena
enfadado: qu haba hecho ella? Pensar, pensar en el enemigo, gozar con
recuerdos vitandos... pero... de todo eso cmo poda tener don Fermn
noticia?... Y se haba marchado as! Una profunda lstima y una
gratitud que pareca amor invadieron el nimo de Ana en aquel
instante.... Oh! por qu ella no poda ahora ir con aquel hombre,
llamarle, consolarle... probarle que era la de siempre, que ella no le
volva la espalda como tantas otras?.... S, s, le volvan la espalda
a l, el santo, el hombre de genio, el mrtir de la piedad... le volvan
la espalda las que antes se le disputaban, y todo por qu? por viles
calumnias. Ella no, ella crea en l... le seguira ciega al fin del
mundo; saba que entre l y Santa Teresa la haban salvado del
infierno.... Pero no se poda correr detrs de l para consolarle, para
decirle todo esto. Qu hubiera pensado, sin ir ms lejos, Petra la
doncella que estaba all, a su lado, silenciosa, sonriente, cada da ms
antiptica, y ms servicial... y ms insufrible!.

Petra, mientras hablaron el Magistral y Ana, se haba separado
discretamente dos pasos. Al ver al Provisor escapar y embozarse con
tanto garbo, pens la criada:

Estn de monos y sonri.

La Regenta tom el camino de la Plaza Nueva. Iba andando medio dormida;
estaba como embriagada de sueo y msica y fantasa.... Sin saber cmo se
encontr en el portal de su casa pensando en el Nio Jess, en su cuna,
en el portal de Beln. Ella se figuraba la escena como la representaba
un _nacimiento_ que haba visto aquella noche a primera hora.

Cuando se qued sola en su tocador, se puso a despeinarse frente al
espejo; suelto el cabello, cay sobre la espalda.

Era verdad, ella se pareca a la Virgen: a la Virgen de la Silla...
pero le faltaba el nio; y cruzada de brazos se estuvo contemplando
algunos segundos.

A veces tena miedo de volverse loca. La piedad hua de repente, y la
dominaba una pereza invencible de buscar el remedio para aquella
sequedad del alma en la oracin o en las lecturas piadosas. Ya meditaba
pocas veces. Si se paraba a evocar pensamientos religiosos, a contemplar
abstracciones sagradas, en vez de Dios se le presentaba Mesa.

Crea que haba muerto aquella Ana que iba y vena de la desesperacin
a la esperanza, de la rebelda a la resignacin, y no haba tal; estaba
all, dentro de ella; sojuzgada, s, perseguida, arrinconada, pero no
muerta. Como San Juan Degollado daba voces desde la cisterna en que
Herodas le guardaba, la Regenta rebelde, la pecadora de pensamiento,
gritaba desde el fondo de las entraas, y sus gritos se oan por todo el
cerebro. Aquella Ana prohibida era una especie de tenia que se coma
todos los buenos propsitos de Ana la devota, la _hermana_ humilde y
cariosa del Magistral.

El Nio Jess! Qu dulce emocin despertaba aquella imagen! Pero por
qu haba servido el evocarla para dar tormento al cerebro? La necesidad
del amor maternal se despertaba en aquella hora de vigilia con una
vaguedad tierna, anhelante.

Ana se vio en su tocador en una soledad que la asustaba y daba fro....
Un hijo, un hijo hubiera puesto fin a tanta angustia, en todas aquellas
luchas de su espritu ocioso, que buscaba fuera del centro natural de la
vida, fuera del hogar, pbulo para el afn de amor, objeto para la sed
de sacrificios!...

Sin saber lo que haca, Ana sali de sus habitaciones, atraves el
estrado, a obscuras, como sola, dej atrs un pasillo, el comedor, la
galera... y sin ruido, lleg a la puerta de la alcoba de Quintanar. No
estaba bien cerrada aquella puerta y por un intersticio vio Ana
claridad. No dorma su marido. Se oa un rum rum de palabras.

Con quin habla ese hombre?. Acerc la Regenta el rostro a la raya de
luz y vio a don Vctor sentado en su lecho; de medio cuerpo abajo le
cubra la ropa de la cama, y la parte del torso que quedaba fuera
abrigbala una chaqueta de franela roja; no usaba gorro de dormir don
Vctor por una supersticin respetable; l incapaz de sospechar de su
Ana la falta ms leve, hua de los gorros de noche por una preocupacin
literaria. Deca que el gorro de dormir era una punta que atraa los
atributos de la infidelidad conyugal. Pero aquella noche haba tenido
fro, y a falta de gorro de algodn o de hilo, se haba cubierto con el
que usaba de da, aquel gorro verde con larga borla de oro. Ana vio y
oy que en aquel traje grotesco Quintanar lea en voz alta, a la luz de
un candelabro elstico clavado en la pared.

Pero haca ms que leer, declamaba; y, con cierto miedo de que su marido
se hubiera vuelto loco, pudo ver la Regenta que don Vctor,
entusiasmado, levantaba un brazo cuya mano oprima temblorosa el puo de
una espada muy larga, de soberbios gavilanes retorcidos. Y don Vctor
lea con nfasis y esgrima el acero brillante, como si estuviera
armando caballero al espritu familiar de las comedias de capa y espada.

Admitida la situacin en que se crea Quintanar, era muy noble y
verosmil accin la de azotar el aire con el limpio acero. Se trataba de
defender en hermosos versos del siglo diez y siete a una seora que un
su hermano quera descubrir y matar, y don Vctor juraba en quintillas
que antes le haran a l tajadas que consentir, siendo como era
caballero, atrocidad semejante.

Pero como la Regenta no estaba en antecedentes sinti el alma en los
pies al considerar que aquel hombre con gorro y chaqueta de franela que
reparta mandobles desde la cama a la una de la noche, era su marido,
la nica persona de este mundo que tena derecho a las caricias de ella,
a su amor, a procurarla aquellas delicias que ella supona en la
maternidad, que tanto echaba de menos ahora, con motivo del portal de
Beln y otros recuerdos anlogos.

Iba la Regenta al cuarto de su marido con nimo de conversar, si estaba
despierto, de hablarle de la misa del gallo, sentada a su lado, sobre el
lecho. Quera la infeliz desechar las ideas que la volvan loca,
aquellas emociones contradictorias de la piedad exaltada, y de la carne
rebelde y desabrida; quera palabras dulces, intimidad cordial, el calor
de la familia... algo ms, aunque la avergonzaba vagamente el quererlo,
quera... no saba qu... a que tena derecho... y encontraba a su
marido declamando de medio cuerpo arriba, como mueco de resortes que
salta en una caja de sorpresa.... La ola de la indignacin subi al
rostro de la Regenta y lo cubri de llamas rojas. Dio un paso atrs
Anita, decidiendo no entrar en el teatro de su marido... pero su falda
mene algo en el suelo, porque don Vctor grit asustado:

--Quin anda ah!

No respondi Ana.--Quin anda ah?--repiti exaltado don Vctor, que
se haba asustado un poco a s mismo con aquellos versos fanfarrones.

Y algo ms tranquilo, dijo a poco:

--Petra! Petra! Eres t, Petra?

Una sospecha cruz por la imaginacin de Ana; unos celos grotescos, tal
los reput, se le aparecieron casi como una forma de la tentacin que la
persegua.

Si aquel hombre sera amante de su criada?.

--Anselmo! Anselmo!--aadi don Vctor en el mismo tono suave y
familiar.

Y Ana se retir de puntillas, avergonzada de muchas cosas, de sus
sospechas, de su vago deseo que ya se le antojaba ridculo, de su
marido, de s misma...

Oh, qu ridculo viaje por salas y pasillos, a obscuras, a las dos de
la madrugada, en busca de un imposible, de una grotesca farsa... de un
absurdo cmico... pero tan amargo para ella!.... Y Ana, sin querer,
como siempre, mientras iba a tientas por el saln, pero sin tropezar,
pensaba: Y si ahora, por milagro, por milagro de amor, lvaro se
presentase aqu, en esta obscuridad, y me cogiese, y me abrazase por la
cintura... y me dijera: t eres mi amor...; yo infeliz, yo miserable, yo
carne flaca, qu hara sino sucumbir... perder el sentido en sus
brazos.... S, sucumbir!, grit todo dentro de ella; y desvanecida,
busc a tientas el sof de damasco y sobre l, tendida, medio desnuda,
llor, llor sin saber cunto tiempo.

Una campanada del reloj del comedor la despert de aquella somnolencia
de fiebre; tembl de fro y a tientas otra vez, el cabello por la
espalda, la bata desceida, y abierta por el pecho, lleg Ana a su
tocador; la luz de esperma que se reflejaba en el espejo estaba prxima
a extinguirse, se acababa... y Ana se vio como un hermoso fantasma
flotante en el fondo obscuro de alcoba que tena enfrente, en el cristal
lmpido. Sonri a su imagen con una amargura que le pareci diablica...
tuvo miedo de s misma... se refugi en la alcoba, y sobre la piel de
tigre dej caer toda la ropa de que se despojaba para dormir. En un
rincn del cuarto haba dejado Petra olvidados los zorros con que
limpiaba algunos muebles que necesitaban tales disciplinas; y pensando
ella misma en que estaba borracha... no saba de qu, Ana, desnuda,
viendo a trechos su propia carne de raso entre la holanda, salt al
rincn, empu los zorros de ribetes de lana negra... y sin piedad azot
su hermosura intil una, dos, diez veces.... Y como aquello tambin era
ridculo, arroj lejos de s las prosaicas disciplinas, entr de un
brinco de bacante en su lecho; y ms exaltada en su clera por la
frialdad voluptuosa de las sbanas, algo hmedas, mordi con furor la
almohada. A fuerza de no querer pensar, por huir de s misma, media hora
despus se qued dormida.

Aquella misma maana, a las ocho, Ana, sola, pasaba por delante de la
casa del Magistral. A qu haba ido all? Aquel no era camino de la
catedral. Una vaga esperanza de encontrar a don Fermn, de verle al
balcn, de algo que ella no poda precisar, le haba hecho tomar por la
calle de los Cannigos. No top con el suyo. Se dirigi a la catedral y
se sent sobre la tarima que haba en medio del crucero, desde el coro a
la capilla del Altar mayor. Apoyada la cabeza en la valla dorada, fra
como un carmbano, la Regenta estuvo oyendo misa desde lejos, rezando
oraciones que no terminaban y soando despierta hasta que concluy el
coro. Vio entrar en l a su amigo, a su De Pas, a quien sonri cariosa,
con la dulzura que a l le entraba por las entraas como si fuera fuego;
el Magistral no sonri, pero su mirada fue intensa; dur muy poco, pero
dijo muchas cosas, acus, se quej, inquiri, perdon, agradeci... Y
pas don Fermn. Entr en el coro y se fue a su rincn. Terminadas las
horas cannicas, el Magistral sali, se inclin ante el Altar, se
dirigi a la sacrista, y a poco volvi a verle la Regenta, sin roquete,
muceta ni capa, con manteo y el sombrero en la mano. Otra vez se
miraron.

Ahora sonrieron los dos. Ana se levant cinco minutos despus. Sin
necesidad de decrselo, ni por seas, acudieron ambos a una cita.... Se
encontraron a poco en el saln de doa Petronila Rianzares donde haban
muchas seoras y tres clrigos. All se haba reunido la flor y nata de
lo que llamaba _El Alerta_ _el elemento levtico_ de la poblacin.
Aquellas seoras de respetable aspecto las ms, guapas y jvenes
algunas, celebraban con alegra evanglica el natalicio de Nuestro Seor
Jesucristo como si el Hijo de Mara hubiese venido al mundo
exclusivamente para ellas y otras cuantas personas distinguidas. La
Natividad del Seor se les antojaba algo como una fiesta de familia.
Doa Petronila, con una manteleta de raso negro, antiqusima, mal
cortada, reciba a su _mundo devoto_ como si estuviese ella de
cumpleaos. Todo se volva all sonrisas, apretones de manos, elogios
mutuos, carcajadas sonoras, que reflejaban el interior contento de
aquellas almas en gracia de Dios. El Magistral fue recibido en triunfo.
Qu fino! qu atento! Una hora despus tena que subir al plpito, en
la catedral, a predicar un sermn de los de tabla, y sin embargo acuda
antes a dar las Pascuas a su amiga doa Petronila! Qu hombre! qu
ngel! qu pico de oro! qu lumbrera!.

El descrdito de don Fermn no haba llegado al crculo de doa
Petronila; all nadie dudaba de la virtud del Provisor, nadie la
discuta. Si alguno de los presentes, fuera de aquel saln venerable, se
atreva a calumniar a aquel santo, no se saba, no se quera saber, pero
en casa del gran Constantino nadie osara poner en tela de juicio la
santidad del Crisstomo vetustense.

Por poco tiempo consiguieron verse solos Ana y don Fermn. Fue en el
gabinete de doa Petronila. Ella los encontr...; pero sonrindoles y
saludando con la mano les dijo, desde la puerta:

--Nada, nada... vena por unos papeles.... Ya volver...

Ana iba a llamarla: no haba secretos, por qu se retiraba aquella
seora?... esto quera decirle, pero un gesto del Magistral la contuvo.

--Djela usted--dijo De Pas con un tono imperioso que a la Regenta
siempre le sonaba bien. Eso quera ella, que el Magistral mandase,
dispusiera de ella y de sus actos.

Ana volvi hacia De Pas, que estaba cerca del balcn y le sonri como
poco antes en la catedral. Aquella sonrisa peda perdn y bendeca.

Don Fermn estaba plido, le temblaba la voz. Estaba ms delgado que por
el verano. En esto pensaba Anita.

--Estoy tan cansado!--dijo l y suspir con mucha tristeza.

Ana se sent a su lado, al verle dejarse caer en una butaca.

--Estoy tan solo!--Cmo solo...? No entiendo.

--Mi madre me adora, ya lo s... pero no es como yo; ella procura mi
bien por un camino... que yo no quiero seguir ya... usted sabe todo
esto, Ana.

--Pero... por qu est usted solo? y... los dems?

--Los dems... no son mi madre. No son nada mo. Qu tiene usted, Ana?
se pone usted mala? qu es esto? llamar...

--No, no, de ningn modo.... Un escalofro... un temblor... ya pas...
esto no es nada.

--Tendr usted un ataque?

--No... el ataque se presenta con otros sntomas... deje usted... deje
usted. Esto es fro... humedad... nada.... Callaron. De Pas vio que Ana
contena el llanto que quera saltar a la cara.

--Qu sucede aqu? yo necesito saberlo todo, tengo derecho... creo que
tengo derecho....

Ana cay de rodillas a los pies de su _hermano mayor_, y sollozando pudo
decir:

--S, todo, todo lo sabr usted... pero aqu no, en la Iglesia....
Maana... temprano....

--No, no, esta tarde!... El Magistral se puso de pie. Sin que lo viese
ella, que tena escondida la cabeza entre las manos, levant los brazos
y llev los puos crispados a los ojos. Dio dos vueltas por el gabinete.
Volvi a paso largo al lado de la Regenta que segua de rodillas,
sollozando y ahogando el llanto para que no sonase.

--Ahora, Ana, ahora es mejor... aqu... an hay tiempo....

--Aqu no, no.... Ya es hora... va usted a llegar tarde....

--Pero qu es esto... qu pasa? por caridad... seora... por compasin,
Ana... no ve usted que tiemblo como una vara verde.... Yo no soy un
juguete.... Qu pasa... qu debo temer...? Ayer ese hombre estaba
borracho... l y otros pasaron delante de mi casa... a las tres de la
madrugada.... Orgaz le llamaba a gritos: lvaro! lvaro! aqu vive...
tu rival... eso deca, tu rival... la calumnia ha llegado hasta
ah!...

Ana mir espantada al Provisor.... Pareca que no comprenda sus
palabras....

--S, seora, les pesa de nuestra amistad, y quieren separarnos, y as
podrn conseguirlo... echan lodo en medio... y se acab...

Era la primera vez que el Magistral hablaba as. Jams se haban
acordado en sus conversaciones de aquel peligro, de aquella calumnia; l
pensaba en ella, pero no convena a sus planes decir a la Regenta: yo
soy hombre, t eres mujer, el mundo juzga con la malicia.... Pero ahora,
sin poder contenerse, haba dicho: _tu rival_, con fuerza... aunque
aquellas palabras pudiesen asustar a la Regenta.

S, s, l tambin era hombre, poda ser rival, por qu no?. No se
conoca; se paseaba por el gabinete como una fiera en la jaula;
comprenda que en aquel momento dira todo lo que le sugiriese la pasin
exaltada, el amor propio herido.... Despus le pesara de haber
hablado... pero no importaba, ahora quera desahogar. Ay! no era el
Fermn de antao.

Ana se levant, esper a que el Magistral llegase en sus paseos al
extremo del gabinete y dijo:

--No me ha comprendido usted.... Yo soy la que est sola... usted es el
ingrato.... Su madre le querr ms que yo... pero no le debe tanto como
yo.... Yo he jurado a Dios morir por usted si haca falta.... El mundo
entero le calumnia, le persigue... y yo aborrezco al mundo entero y me
arrojo a los pies de usted a contarle mis secretos ms hondos.... No
saba qu sacrificio podra hacer por usted.... Ahora ya lo s... Usted
me lo ha descubierto.... Hablan de mi honra... miserables! yo no
sospechaba que se pudiera hablar de eso... pero bueno, que hablen... yo
no quiero separarme del mrtir que persiguen con calumnias como a
pedradas.... Quiero que las piedras que le hieran a usted me hieran a
m... yo he de estar a sus pies hasta la muerte.... Ya s para qu
sirvo yo! Ya s para qu nac yo! Para esto.... Para estar a los pies
del mrtir que matan a calumnias....

--Silencio! Silencio, Anita... que vuelve esa seora....

El Magistral, que ahora estaba rojo, y tena los pmulos como brasas, se
acerc a la Regenta, le oprimi las manos y dijo ronco, estrangulado por
la pasin:

--Ana, Ana!... Sin falta esta tarde.... Y ahora a la catedral... junto
al altar de la Concepcin... en frente del plpito....

--Hasta la tarde; pero vaya usted tranquilo... casi todo lo que tena
que decir... est dicho....

--Pero ese hombre!...--De ese hombre... nada. La voz de doa Petronila
se haba odo cuando el Magistral avis que llegaba. Hablaba desde lejos
la seora de Rianzares, que deca:

--All va, all va el seor Magistral, est en mi gabinete solo,
repasando su sermn sin duda....

Y entr cuando Ana se volva un poco para ocultar a su amigo la
confusin que l hubiera ledo en el rostro de ella, a no haber tenido
que atender a doa Petronila que gritaba:

--Vamos, listo, listo... que le esperan... que creo que ha empezado la
misa....

El Magistral desapareci por la puerta de la alcoba, por donde haba
entrado el ama de la casa.

Mir el gran Constantino a la Regenta y tomndole la cabeza con ambas
manos la bes con estrpito en la frente; y despus dijo:

--Pero qu hermossima est hoy esta rosa de Jeric!

--A la catedral, a la catedral!--gritaron los del saln.

Y llegaron Ana y el obispo-madre al trascoro al mismo tiempo que De Pas
suba con majestuoso paso al plpito, donde Ripamiln cantara al
comenzar el da el Evangelio de San Lucas.

Buscaron sitio al pie del altar de la Concepcin.

--Desde aqu se ve perfectamente--dijo doa Petronila.

E inclinndose hacia Ana, aadi en voz baja y melosa:

--Mrele usted, est hoy lo que se llama hermossimo ese apstol de los
gentiles! Qu roquete! Parece de espuma.... En el nombre del Padre...,
del Hijo... y del Espritu.... Santo...




--XXIV--


--Pero, y si l se empea en que vaya?

--Es muy dbil... si insistimos, ceder.

--Y si no cede, si se obstina?

--Pero, por qu?--Porque... es as. No s quin se lo ha metido por la
cabeza, dice que le pongo en ridculo si no voy.... Y nos alude... habla
del que tiene la culpa de esto... dice que l no es amo de su casa, que
se la gobiernan desde fuera.... Y despus, que la Marquesa est ya algo
fra con nosotros por causa de tantos desaires... qu s yo!

--Bien, pues si todava se obstina... entonces... tendremos que ir a ese
baile dichoso. No hay que enfadarle. Al fin es quien es. Y el otro anda
con l? Tan amigotes siempre?

--Ya se sabe que a casa no le lleva....

--Y es de etiqueta el baile?--Creo... que s...--Hay que ir
escotada?--Ps... no. Aqu la etiqueta es para los hombres. Ellas van
como quieren; algunas completamente _subidas_.

--Nosotros iremos... _subidos_ eh?

--S, es claro.... Cundo toca la catedral? pasado? pues pasado ir a
la capilla con el vestido que he de llevar al baile.

--Cmo puede ser eso?...

--Siendo... son cosas de mujer, seor curioso. El cuerpo se separa de la
falda... y como pienso ir obscura... puedo llevar el cuerpo a
confesar... y veremos el cuello al levantar la mantilla. Y quedaremos
satisfechos.

--As lo espero. Don Fermn qued satisfecho del vestido, aunque no de
que _furamos_ al baile. El vestido, segn pudo entrever acercando los
ojos a la celosa del confesonario, era bastante subido, no dejaba ver
ms que un ngulo del pecho en que apenas caba la cruz de brillantes,
que Ana llev tambin a la Iglesia para que se viera cmo haca el
conjunto.

Y la Regenta fue al baile del Casino, porque como ella esperaba, don
Vctor se empe en que se fuera, y se fue.

Aquel acto de energa, verdaderamente extraordinario, le haca pensar al
ex-regente, mientras suban la escalera del casern negruzco del Casino,
que l, don Vctor, hubiera sido un regular dictador. Le faltaba un
teatro, pero no carcter. Que lo dijera su mujer, que mal de su grado
suba colgada de su brazo, hermossima, casi contenta, pese a todos los
confesores del mundo. Ya no estbamos en el Paraguay: A l jesuitas!.

Era lunes de Carnaval. El da anterior, el domingo se haba discutido
con mucho calor en el Casino si la sociedad abrira o no abrira sus
salones aquel ao. Era costumbre inveterada que aquel _crculo
aristocrtico_ (como le llamaba el _Alerta_, a cuyos redactores no se
convidaba nunca, porque se empeaban en asistir de _jaquet_) diese
baile, pero jams de trajes, el lunes de Carnaval.

--Por qu no ha de ser este ao como los dems?--preguntaba Ronzal, que
acababa de hacerse un frac en Madrid.

--Porque este ao el Carnaval est muy desanimado por culpa de los
Misioneros, por eso--responda Foja, a quien haba metido en la Junta
directiva don lvaro.

--La verdad es--dijo el presidente, Mesa--que nos exponemos a un
desaire. La mayor parte de las seoritas _comm'il faut_ estn entregadas
en cuerpo y alma a los jesuitas, creo que muchas traen cilicios debajo
de la camisa.

--Qu horror!--exclam don Vctor, que estaba presente, aunque no era
de la Junta. (Pero por no separarse de Mesa.)

--S, seor, cilicios--corrobor Foja--. Amigo, el Magistral no puede
tanto. No ha conseguido que sus hijas de confesin usen cilicios y otras
invenciones diablicas.

--Porque tampoco se lo ha propuesto--contest Ronzal.

Don lvaro observ que Quintanar se pona colorado. Le haba sabido mal
la alusin de Foja. S, aluda a su mujer al hablar del Magistral; con
l iba la pulla.

--Lo cierto es--continu el ex-alcalde--que nos exponemos a un desaire,
como dice muy bien el presidente. La flor y nata de la _conservadura_,
que son las que animan esto, no vendr; las conozco bien: ahora se
divierten en jugar a las santas. Ahora son msticas... zurriagazo y
tente tieso, ja, ja, ja!

--A m se me ocurre una cosa--dijo Mesa--. Exploremos el terreno.
Hagamos que los socios que tienen relaciones con las familias
distinguidas se enteren de si las nias vienen o no. Si ellas asisten,
las dems, las de reata, vendrn de fijo, _malgr_ todos los jesuitas y
padres descalzos del mundo.

--Magnfico! Magnfico!

--Pues nada, a trabajar, a trabajar. Cada cual ofreci traer a quien
pudiera.

Don Vctor, a quien otra pulla de Foja haba picado mucho, no pudo menos
de decir:

--Yo, seores... respondo de traer a mi mujer. Esa no baila pero hace
bulto.

--Oh, gran adquisicin!--dijo un socio--; si doa Ana viene, ser un
gran ejemplo, porque ella, hace tanto tiempo retirada... oh! ser un
gran ejemplo.

--Efectivamente. Que se corra que viene la Regenta y se llenar esto con
lo mejorcito.

--Seor Quintanar--dijo el ex-alcalde--se le declara a usted benemrito
del Casino... si consigue traer a su seora la Regenta.

--Pues s seor que vendr!... En mi casa, seor Foja, una ligera
insinuacin ma es un decreto sancionado....

Y don Vctor se fue a casa maldiciendo de la hora en que se le haba
ocurrido asistir a la Junta.

Por qu habra ofrecido l lo que no haba de cumplir?.

Sin embargo, la palabra era palabra.

Tiempo haca que Quintanar no lea a Kempis, ni pensaba ya en el
infierno con horror. De su piedad pasajera slo le quedaba la conviccin
de que son necesarias las buenas obras adems de la fe para salvarse, y
la costumbre de persignarse al levantarse, al salir de casa, al dormir,
etc., etc. Haba vuelto a Caldern y Lope con ms entusiasmo que nunca.
Se encerraba en su despacho o en su alcoba y recitaba grandes
_relaciones_ como l deca, de las ms famosas comedias, casi siempre
con la espada en la mano. As le haba sorprendido su mujer, sin que l
lo supiera nunca, la noche de Noche buena. Verdad es que haba cenado
fuerte el buen seor y se le haba ocurrido celebrar a su modo el
Nacimiento de Jess.

Pero si la propia religiosidad haba volado, o se haba escondido en
pliegues recnditos del alma, donde l no la encontraba, don Vctor
respetaba la piedad ajena.

No obstante, se deca a s mismo, animndose al ataque, mi mujer ya no
va para santa; respeto como antes su piedad, pero ya no me da miedo; ya
es una devota como otras muchas, va y viene, y no se detiene; la novena,
la misa, la cofrada, la visita al Santsimo... pero ya no tenemos
aquellas encerronas con que a m me asustaba, como si tuviramos un
para-rayos en casa. Ea, pues, me atrevo, se lo digo....

Y se lo dijo. Se lo dijo cuando acababan de comer. Con gran sorpresa del
enrgico marido que no quera que su casa fuese un nuevo Paraguay
(alusin que no entendi Ana), la esposa no resisti tanto como l
esperaba; se rindi pronto. Pero l lo achac a la propia energa.
Comprende que yo no he de ceder y no se obstina.

Cuando Ana consult con el Magistral en casa de doa Petronila, ya tena
dado su consentimiento. Pero pensaba retirarlo si el cannigo deca _non
possumus_.

Todo se arregl, menos la conciencia de Ana que sigui intranquila.
Por qu haba dicho que s despus de una dbil resistencia? A qu
iba ella al baile? Por obedecer a su marido, es claro; pero por qu
estaba segura de que meses antes no le hubiera obedecido y ahora s?.

No lo saba; no quera saberlo. No quera atormentarse ms.

El baile y ella qu tenan que ver? qu le importaba a ella, a la
_hermana_ de don Fermn el santo, el mrtir, que bailasen o no las
muchachas insulsas de Vetusta en el saln estrecho y largo del Casino?
Nada, nada.

As pensaba mientras se dejaba peinar por su doncella y con las propias
manos sujetaba la cruz de diamantes sobre el fondo blanco de aquel
ngulo de carne que el cuerpo subido del vestido obscuro dejaba ver.

Ronzal, de la comisin que reciba a las seoras, se apresur, en cuanto
asomaron los de Quintanar en el vestbulo, a ofrecer a la Regenta su
brazo. Cul? el derecho, sin duda el derecho pens. Grande fue su
pena al notar que Paco Vegallana ofreca a Olvido Pez que entraba al
mismo tiempo, no el brazo derecho, sino el izquierdo. De todos modos
entr en el saln triunfante con su pareja... de un minuto. Tuvo tiempo
suficiente, sin embargo, para participar del triunfo de Ana. Las
conversaciones se suspendieron, las miradas se clavaron en la hija de la
italiana. Hubo un rumor de asombro:

--La Regenta!--La Regenta!--Quin lo dira!

--Pobre Magistral!--Y qu hermosa!--Pero qu sencilla!...

Esta exclamacin fue de Obdulia.

--Qu sencilla, pero qu hermosa!...

--La virgen de la Silla...--La Venus del Nilo, como dice Trabuco.

Esto lo dijo Joaqun Orgaz. El crculo de la nobleza se abri para
acoger en su seno a la _Hija prdiga de la Sociedad_, como acert a
decir el barn de la Barcaza, que _in illo tempore_ haba estado muy
enamorado de Anita, a pesar de la seora baronesa e hijas.

La marquesa de Vegallana, todava de azul elctrico, se levant de su
silla de raso carmes con respaldo de nogal, y abraz sin que pareciera
mal, a su querida Anita.

--Hija, gracias a Dios, crea que era el desaire ciento uno.

La Marquesa tambin haba puesto empeo en que Ana asistiera al baile y
a la cena, que tendra la _lite_ en _petit comit_. Todos estos
galicismos los haba importado Mesa.

--Pero qu divina, Ana, pero qu divina!--le deca a la Regenta cara a
cara, y con voz gangosa, la hija mayor del Barn, Rudesinda, que segn
don Saturnino Bermdez, era una _belleza ojival_. En efecto, pareca una
torrecilla gtica, aunque, por ciertas curvas del busto, sobre todo del
cuello, a la Marquesa se le antojaba un caballo de ajedrez.

Por lo dems, a ella y a sus dos hermanas, las llamaban los plebeyos
Las tres desgracias, y a su seor padre, barn de la Barcaza, el barn
de la _Deuda flotante_, aludiendo al ttulo y a los muchos acreedores
del magnate.

Sola esta familia, digna de mejores rentas, pasar gran parte del ao en
Madrid, y las _nias_ (de veintisis aos la menor) cuando estaban en
pblico ante los vetustenses fingan disimular su desprecio de todo lo
que les rodeaba. Refugibanse en el crculo aristocrtico, donde
tambin entraban, por especial privilegio, Visitacin y Obdulia,
pariente de nobles. Las seoritas de la clase media (y cuenta que en
Vetusta el gobernador civil y familia entraban en la aristocracia) se
vengaban de aquel desdn mal disimulado contndoles los huesos de la
pechuga a las del barn y a otras jvenes aristcratas. Daba la
casualidad de que casi todas las nias nobles de Vetusta eran flacas.

Ana se sent al lado de la marquesa de Vegallana, nica persona que le
era simptica entre todas las del corro. Entonces anunciaba la orquesta
un rigodn.

Y no fue vana su amenaza; a los dos minutos aquellos violines y violas,
clarinetes y flautas, a quienes acompaaba en su laboriosa gestacin
armnica un plano de Erard, comenzaron a llenar el aire con sus acordes,
como se prometa decir en _El Lbaro_ del da siguiente Trifn Crmenes,
el cual haba osado preguntar a la hija segunda del barn si le
favoreca. Mal gesto puso Fabiolita, que as se llamaba, pero una sea
de su padre la oblig _a favorecer_ a Trifn, aunque se propuso no
contestarle, si l se atreva a hablar, ms que con monoslabos. El
barn de la Deuda Flotante crea en el poder de la prensa peridica,
pero su hija no. Enfrente de esta pareja se coloc resplandeciente
Ronzal, el gallardo Trabuco, diputado de la comisin y miembro de la
Junta directiva del Casino. La pechera que luca Ronzal no poda ser ms
brillante. Estaba l orgulloso de aquella pechera, de aquel frac
madrileo, de aquellas botas sin tacones que eran la ltima moda, lo ms
_chic_, como ya empezaba a decirse en Vetusta. Pero no estaba tan
satisfecho de sus conocimientos y habilidad en el _arte de Terpscore_
(otra frase que Trifn se propona emplear.) Tena a su lado Trabuco,
como pareja a Olvido Pez, que no le miraba siquiera. Pero l no
pensaba en esto, pensaba en que, segn vea, tarde ya, le tocaba romper
la marcha; su _bis a bis_ era Trifn, y Trifn haba empezado a ponerse
en movimiento. Trabuco sudaba antes de haber motivo para ello. A cada
momento se meta los dedos de la mano derecha entre el cuello de la
camisa y lo que l llamaba _mi pescuezo_ cuando apostaba la cabeza por
cualquier cosa. Aquel movimiento le pareca muy elegante y sobre todo
era muy socorrido. Mientras la de Pez daba a entender con su aire
melanclico y aburrido que su reino no era de este mundo, y que Ronzal
haba hecho demasiado atrevindose a invitarla a bailar, el diputado
pona los cinco sentidos en no equivocarse, en no pisar el vestido ni
los pies a ninguna seorita y en imitar servilmente las idas y venidas y
las genuflexiones de Trifn. Mal poeta era Crmenes, pero el rigodn lo
conoca muy a fondo. Bien se lo envidiaba Ronzal. La de Pez y la del
barn al pasar cerca una de otra se sonrean discretamente, como
diciendo:--Vaya todo por Dios! o bien qu par de cursis nos han
tocado en suerte! Pero Ronzal, como si cantaran; pensaba en la pechera,
en el cuello de la camisa, y en las colas de los vestidos. A su derecha
tena Trabuco a Joaqun Orgaz que hablaba sin cesar con su pareja, una
americana muy rica y muy perezosa. Como el saln era estrecho y las
costumbres vetustenses un poco descuidadas, las parejas, mientras no les
tocaba moverse, se sentaban en la silla que tenan detrs de s muy
cerca. Ronzal, que no poda sentarse, porque no tena dnde, pensaba que
aquello era una corruptela, y era verdad. La de Pez y la del barn
apenas se tenan en pie; se dejaban caer sobre su silla respectiva, como
si cada figura del rigodn fuera un viaje alrededor del mundo.

Despus del rigodn vino un wals. Ronzal se retir a fumar un cigarro de
papel. l no bailaba wals, no haba podido aprender nunca. Todas las
puertas del saln estaban atestadas de socios... que no tenan frac. Un
frac en Vetusta supona _cierta posicin_. Muchos _pollos_ se figuraban
que semejante prenda exiga la fortuna de un Montecristo.

Y como el baile era de etiqueta, la ms florida juventud se quedaba a la
puerta. Unos fingan desdear el ridculo placer de dar vueltas por all
como una peonza... _para nada_. Otros hacan alardes de desidia, de
escepticismo, de cualquier cosa que fuera incompatible con el frac,
segn ellos. Y algunos, ms ingenuos, confesaban la penuria de su
presupuesto, maldecan de las exigencias sociales... y se reservaban
para ltima hora. Porque a ltima hora bailaban, pese a Ronzal, los de
levita, los de _jaquet_ y hasta los de cazadora. No faltaba ms!.

Saturnino Bermdez, que tena frac, y clac y todo lo necesario, lleg un
poco tarde al saln. Se detuvo en una puerta... y... tembl. No poda
remediarlo.... La emocin de entrar en los salones en da solemne era
para l semejante a la de echarse al agua. Y en efecto, cualquier
observador hubiera dicho que aquel hombre crea estar en aquel umbral a
la orilla del Ocano. Contestaba Saturno con sonrisas muy corteses a las
bromas de los envidiosos sin frac que le decan:

--Vamos, hombre, lncese usted... valor!

--Ya... ya... voy... no si... ya voy....

Y sujet bien los guantes, y se arregl el lazo de la corbata, y se
asegur de que el pauelo estaba en su sitio, y... tambin pas dos
dedos por la tirilla de la camisola. Por ltimo... a la una, a las
dos... (a las dos se compuso el peinado con los dedos, sin recordar que
traa la cabeza como un recluta) y despus de este ademn automtico,
muy frecuente en los que van a arrojarse al bao de cabeza... despus de
esto al agua! Saturno entra en el saln, saludando a diestro y
siniestro, y aunque parece que su propsito es enterarse de quin est
all, en el _fuero interno_ bien sabe l que lo que busca es un rincn
de un divn o una silla, que le sirva de puerto en aquella arriesgada
navegacin por los mares del _gran mundo_. Pero poco a poco se
acostumbra al agua, es decir, al saln, y ya est all muy tranquilo, y
baila y dice galanteras en unos prrafos tan largos y complicados, que
nadie se los agradece.

Ana al principio tena sueo. Eran las doce. No pensaba ms que en lo
que pasaba ante sus ojos. No quera reflexionar. Al entrar en el Casino
se haba dicho: Se acercar don lvaro a saludarme?. Y haba sentido
miedo y estuvo tentada a fingirse enferma para volver a casa. Pero
aquella idea pas. lvaro no acababa de parecer por all. La Marquesa
hablaba como una cotorra. Anita contestaba con sonrisas.... De pronto
apareci Visitacin la del Banco, que vesta un traje de organd con
flores de trapo por arriba y por abajo. El escote era exagerado.

--Chica, vienes escandalosa--le dijo la Marquesa, mientras le morda la
cara al besarla, para apagar as la risa.

Visita mir como pudo hacia donde haba mirado doa Rufina, y contest
sin turbarse:

--Bah, no me parece! Pero no sera extrao, porque ni tiempo he tenido
para mirarme al espejo.... Aquellos demonios de hijos! Su padre que no
tiene energa, que no sabe engaarlos!... no me los poda quitar de
encima.

Pero Ana, qu es esto? t aqu? pero fesima ma, qu es esto? qu
bula tenemos?...

Y al decir esto estaba ya la del Banco con los brazos abiertos frente a
la Regenta, y chocaban las rodillas de una dama con las de la otra.

La que estaba de pie inclinaba el cuerpo hacia atrs.

Media hora despus, Visita, un poco escondida detrs del cortinaje de un
balcn, refera una historia a la Regenta, que la oa atenta, vuelta
hacia el rincn de su amiga.

El baile se animaba, la maledicencia y los recelos ridculos de la
etiqueta fra e irracional de nobles y plebeyos codendose, dejaban el
puesto a otros vicios y pasiones. Ronzal ya no pareca a la de Pez un
_hombre tosco_, sino un hombre; las del barn se humanizaban, las nias
de _la clase media_ olvidaban los huesos que enseaba la nobleza, y
pensaban en la alegra ambiente, se entregaban al baile con furor
invencible, como ansiando beber en aquella atmsfera perfumada,
demasiado perfumada tal vez, el licor desconocido que pudiera saciar sus
vagos anhelos. Las cursis, si eran bonitas ya no parecan cursis; ya no
se pensaba en la _reina del baile_, en el _mejor traje_, en las joyas
ms ricas; la juventud buscaba a la juventud, algo de amor volaba por
all; ya haba miradas de fuego, sonrisas perezosas que presentan
imposibles, celos dramticos que daban al conjunto un tono de grandeza.
Las nias ms recatadas, y hasta las ms parecidas a muecas de resorte,
hacan pensar en la mujer que traan debajo de aquellos vestidos
vulgares y de aquella educacin falsa y desabrida.

Ana, a las dos de la maana se levant de su silla por vez primera y
consinti en dar una vuelta por el saln, en un intermedio del baile.
Visita iba a su lado callada, pensativa, satisfecha de lo que acababa de
hacer. Haba referido a la Regenta la historia de don lvaro desde
principios del verano pasado hasta la fecha. La del Banco echaba fuego
por ojos y mejillas. Saboreaba el triunfo de su elocuencia. Ana
disimulaba mal la impresin viva y profunda que le causaron las palabras
de su amiga. Don lvaro haba vencido la virtud de la _ministra_, haba
sido su amante todo el verano en Palomares... y despus se haba burlado
de ella, no haba querido seguirla a Madrid. Esta era en resumen la
historia. Y el final as, lo recordaba Ana palabra por palabra:

Cuando lvaro me lo cont todo, haba dicho Visita, le pregunt, porque
ya sabes que nos tratamos con mucha confianza, pues bien, le pregunt:

Pero, chico, cmo diablos dejaste a esa mujer siendo tan hermosa,
influyente... y tan lista como dices? Por qu no seguirla a Madrid?

Y lvaro me contest muy triste, ya sabes qu cara pone cuando habla
as, me contest:

Pche... para amoros basta el verano. El invierno es para el amor
verdadero. Adems, la ministra, como t la llamas, a pesar de todos sus
encantos no consigui lo que yo quera... hacerme olvidar... lo que no
te importa. Y despus de suspirar como t sabes que l suspira, aadi
lvaro: Dejar a Vetusta? Ay, no, eso no.... Y chica, palabra de honor,
le dio un temblorcico as como un escalofro.... Ya ves, dijo luego,
queriendo sonrer, me ofrecan un distrito, un distrito de cunero, _sine
cura_ admirable (sine cura, dijo)... apetitoso bocado... pero, qui!...
yo estoy atado a una cadena... y la beso en vez de morderla. Y me apret
la mano, chica, y se fue yo creo que para que no le viera llorar.

Esto era lo ms sustancial de las confidencias de Visita. Ana saludaba a
diestro y siniestro, hablaba con muchos amigos, pero no pensaba ms que
en aquella confesin de don lvaro. De que era verosmil responda el
efecto que su presencia, la de Ana, haba producido aquella noche en el
Casino.... Ahora, ahora mismo, mientras se paseaba, llegaba a sus odos
el rumor dulce, ms dulce que todos los rumores, de la alabanza
contenida, de la admiracin estupefacta... de la galantera sincera y
discreta.... Por qu don lvaro no haba de estar tan enamorado como la
historia de Visita daba a entender?.

--Oye, t--dijo la del Banco, volvindose de repente a la
Regenta--quin ser esa cadena?

--Qu cadena?--pregunt con voz temblorosa Anita.

--Bah, la que sujeta a Mesa, la mujer que le tiene enamorado de veras.
Ah, infame! quien tal hizo que tal pague.... Pero quin ser?

--Qu... s yo...--Te atreveras t a preguntrselo?

--Dios me libre.--Debe de ser casada...--Jess!--Mira, esta noche le
voy a sentar junto a ti, a ver, si despus de la cena se atreve a
decrtelo.... Pregntaselo t misma....

--Visitacin! t ests loca....

--Ja, ja, ja... ah le tienes... ah le tienes.... Ya me contars....

La de Olas de Cuervo solt el brazo de Ana y desapareci entre los
grupos que dificultaban el trnsito por el saln estrecho.

La Regenta vio enfrente de s a don lvaro, del brazo de Quintanar, su
inseparable amigo.

El frac, la corbata, la pechera, el chaleco, el pantaln, el clac de
Mesa, no se parecan a las prendas anlogas de los dems. Ana vio esto
sin querer, sin pensar apenas en ello, pero fue lo primero que vio. Se
le figuraban ya todos los caballeros que andaban por all, don Vctor
inclusive, criados vestidos de etiqueta; todos eran camareros, el nico
seor Mesa. De todas maneras estaba bien don lvaro; de frac era como
mejor estaba. En todas partes pareca hermoso, dominaba a todos con su
arrogante figura; all, en el baile, debajo de aquella araa de cristal,
que casi tocaba con la cabeza, era ms elegante, ms bizarro, ms airoso
que en cualquier otro sitio. El baile animado, ardiendo de voluptuosidad
fuerte y disimulada, era el cuadro propio para servir de fondo a la
figura que ella, la pobre Ana, haba visto tantas veces en sueos.

Todo esto pas por el cerebro de la Regenta mientras Mesa, sin ocultar
la emocin que le pona plido, se inclinaba con gracia, y alargaba
tmidamente una mano.

Antes que ella quisiera, Ana sinti sus dedos entre los del enemigo
tentador... debajo de la piel fina del guante la sensacin fue ms
suave, ms corrosiva. Ana la sinti llegar como una corriente fra y
vibrante a sus entraas, ms abajo del pecho. Le zumbaron los odos, el
baile se transform de repente para ella en una fiesta nueva,
desconocida, de irresistible belleza, de diablica seduccin. Temi
perder el sentido... y sin saber cmo, se vio colgada de un brazo de
Mesa.... Y entre un torbellino de faldas de color y de ropa negra,
oyendo a lo lejos la madera constipada de los violines y los chirridos
del bronce, que a ella se le antojaba msica voluptuosa, pudo comprender
que la arrastraban fuera del saln. Gritaba la Marquesa, rea a
carcajadas Obdulia, sonaba la voz gangosa de una hija del Barn... y
atrs quedaba el ruido del wals que comenzaba.

A dnde la llevaban?. A cenar.

--A cenar, hija ma--le dijo al odo Quintanar--. Y por Dios, Anita,
que no se te ocurra negarte... sera un desaire!...

La Marquesa de Vegallana y su tertulia, ms la del barn de la Barcaza y
Pepe Ronzal cenaron en el gabinete de lectura. Todo fue cosa de Trabuco.
Convdesele, haba dicho Mesa y la vanidad satisfecha le inspirar
maravillas. En efecto Ronzal, abusando de su cargo en la Junta
directiva, acapar lo mejor del restaurant, tom por asalto el gabinete
de lectura, quit peridicos de la mesa y puso manteles, cerr con llave
la puerta, hizo que entrara el servicio por una de escape que estaba
cerca del armario de libros, y all pudo cenar la flor y nata de la
nobleza vetustense con sus paniaguados y amigos de confianza. Obdulia se
encarg desde el primer momento de premiar el celo y la actividad de
Trabuco, que estaba loco de contento. Todas las damas le felicitaron por
su energa para cerrar aquello con llave y por el buen gusto de la mesa.
Los ojos montaraces le echaban chispas, pero no se movan. Obdulia le
sent a su lado. Feliz Ronzal aquella noche!

Ana se encontr sentada entre la Marquesa y don lvaro. Enfrente don
Vctor, un poco alegre, finga enamorar a Visitacin y recitaba versos
de sus poetas adorados y repeta hasta parecer un martillo:

        Qu delito comet
        para odiarme, ingrata fiera?
        quiera Dios... pero no quiera
        que te quiero ms que a m.

--Por Dios y por las once mil... cllese usted, Quintanar--deca la
Marquesa.

Pero el otro continuaba, siempre declamando para su Visitacin:

        En fin, seora, me veo
        sin m, sin Dios y sin vos,
        sin vos porque no os poseo...

Y Visitacin le tapaba la boca con las manos.

--Escandaloso, escandaloso! gritaba.

Las de la Deuda Flotante sonrean y se miraban como dicindose:--Buena
sociedad la de la Marquesa!

El Marqus le deca en tanto al barn:

--Como estamos en confianza!...

--Oh, perfectamente, perfectamente!

Y buscaba el de la Barcaza una silla junto a una jamona aristcrata que
estaba sola.

Paco tena otra vez en Vetusta a su prima Edelmira y le haca el amor
por todo lo alto, aunque a su madre no le gustaba, porque era feo
engaar a una prima.

Joaqun Orgaz haba prometido cantar _por lo flamenco_ a los postres.

La cena era breve pero buena, platos fuertes, buen Burdeos, buena
champaa; en fin, como deca el Marqus, primero mar y pimienta, despus
fantasa y alcohol.

Todos, las baronesas inclusive, se rean de los plebeyos que all fuera
seguan bailando y tenan que contentarse con los helados que se
servan sobre las mesas de billar.

De vez en cuando daban golpes en la puerta por fuera.

--Quin est ah?--gritaba Ronzal con su alabada energa.

--Mi abrigo... caf con leche... tengo ah dentro mi abrigo....

--Ja, ja, ja...--contestaban los de dentro.

--Est esto que arde!--le deca Joaqun Orgaz a una nia del barn, que
sonrea y miraba al techo.

S arda aquello, pero sin faltar a las reglas del buen tono
vetustense, deca el Marqus al Barn, que estaba ya como un tomate y
cada vez ms cerca de la jamona.

La Marquesa tena sueo, pero as y todo le gustaba la broma.

--As debiera ser siempre--le deca a Saturnino que estaba decidido a
emborracharse para no desentonar.

--Este poblachn se va poniendo lo ms soso. Verdad, pollo?

--So... s... si... mo...--Saturno bebi una copa de champaa acto
continuo. Lo de pollo le haba halagado.

A la Marquesa se le ocurri el disparate, tal vez sugerido por las
nieblas del sueo, de mirar muy fijamente a Bermdez, y ponerle unos
ojos que ella saba que _in illo tempore_ mareaban a cualquiera.

--Por qu no se casa usted?--pregunt doa Rufina seria y melanclica,
al parecer.

Bermdez sostuvo la mirada de la ilustre dama y olvid por un momento
los cincuenta aos de la Marquesa. Suspir... y en seguida se le subi
la champaa a las narices, tosi, se puso casi negro, medio asfixiado y
la Marquesa tuvo que darle palmadas en la espalda.

Cuando Saturnino volvi en s, la de Vegallana tena los ojos cerrados y
slo los abra de tarde en tarde para mirar a la Regenta y a Mesa.

El idilio senil con que so un instante Bermdez se haba deshecho...
y eso que l ya se haba acordado de Ninon de Lencls para justificar a
los ojos del mundo unas relaciones con doa Rufina!

En tanto don lvaro le estaba refiriendo a Ana la misma historia que
ella haba odo ya a Visita, aunque en forma muy distinta.

No haba podido la Regenta resistir a la tentacin de preguntarle si se
haba divertido mucho aquel verano....

Mesa vio el cielo abierto en aquella pregunta.

Supo _hacerse el interesante_, lo cual poco trabajo le costaba
tratndose de Ana, que cada da iba descubriendo en l, aun sin verle,
ms encantos diablicos.

El ruido, las luces, la algazara, la comida excitante, el vino, el
caf... el ambiente, todo contribua a embotar la voluntad, a despertar
la pereza y los instintos de voluptuosidad.... Ana se crea prxima a una
asfixia moral.... Encontraba a su pesar una delicia intensa en todos
aquellos vulgares placeres, en aquella seduccin de una cena en un
baile, que para los dems era ya goce gastado.... Senta ella ms que
todos juntos los efectos de aquella atmsfera envenenada de lascivia
romntica y seoril, y ella era la que tena all que luchar contra la
tentacin. Haba en todos sus sentidos la irritabilidad y la delicadeza
de la piel nueva para el tacto. Todo le llegaba a las entraas, todo era
nuevo para ella. En el _bouquet_ del vino, en el sabor del queso Gruyer,
y en las chispas de la champaa, en el reflejo de unos ojos, hasta en el
contraste del pelo negro de Ronzal y su frente plida y morena... en
todo encontraba Anita aquella noche belleza, misterioso atractivo, un
valor ntimo, una expresin amorosa....

--Qu colorada est Anita!--le deca Paco a Visitacin por lo bajo.

--Claro, de un lado la pone as la proximidad de lvaro.

--Y del otro?--Del otro la ponen as... las majaderas de su esposo
que me est dando jaqueca.

En efecto, estaba inaguantable don Vctor con sus versos, por buenos que
fueran.

lvaro, en cuanto vio a la Regenta en el saln, sinti lo que l llamaba
la corazonada. _Aquella cara_, aquella palidez repentina le dieron a
entender que la noche era suya, que haba llegado el momento de
arriesgar algo.

Nunca haba desistido de conquistar aquella plaza.

No faltaba ms! Pero comprendiendo que mientras reinase en el corazn
de Ana lo que l llamaba el misticismo ertico (era tan grosero como
todo esto al pensar) no podra adelantar un paso, se haba retirado,
haba levantado el campo hasta mejor ocasin. Adems, esperaba que la
ausencia, la indiferencia fingida y la historia de sus amores con la
_ministra_ le prepararan el terreno.

Por supuesto, conclua, siempre y cuando que la fortaleza no se haya
rendido al caudillo de la iglesia. Si el Magistral es aqu el amo...
entonces no tengo que esperar nada... y adems, ya no vale tanto la
victoria.

Sin buscar l la ocasin, se la ofreca aquella noche: le haban puesto
a la Regenta a su lado... la corazonada le deca que adelante... pues
adelante. Lo primero que quera averiguar era lo del _otro_, si el
Magistral mandaba all.

En su narracin tuvo que alterar la verdad histrica, porque a la
Regenta no se le poda hablar francamente de amores con una mujer casada
(tan atrasada estaba aquella seora), pero vino a dar a entender, como
pudo, que l haba despreciado la pasin de una mujer codiciada por
muchos... porque... porque... para el hijo de su madre los amoros ya no
eran ni siquiera un pasatiempo, desde que el amor le haba cado encima
del alma como un castigo.

El rostro de la dama al decir Mesa aquello y otras cosas por el estilo,
todas de novela perfumada, le dej ver al gallo vetustense que el
Magistral no era dueo del corazn de Anita. Pero como en la anatoma
humana nos encontramos con muchos ms rganos que el corazn, Mesa no
se dio por satisfecho porque pens: Suponiendo que Ana est enamorada
de m, necesito todava saber si la carne flaca no me ha buscado un
sucedneo.

No, don lvaro no se haca ilusiones. A esta modestia material y grosera
le obligaba su filosofa, que cada vez le pareca ms firme.

Ana sinti que un pie de don lvaro rozaba el suyo y a veces lo
apretaba. No recordaba en qu momento haba empezado aquel contacto; mas
cuando puso en l la atencin sinti un miedo parecido al del ataque
nervioso ms violento, pero mezclado con un placer material tan intenso,
que no lo recordaba igual en su vida. El miedo, el terror era como el de
aquella noche en que vio a Mesa pasar por la calle de la Traslacerca,
junto a la verja del parque; pero el placer era nuevo, nuevo en absoluto
y tan fuerte, que le ataba como con cadenas de hierro a lo que ella ya
estaba juzgando crimen, cada, perdicin.

Don lvaro habl de amor disimuladamente, con una melancola bonachona,
familiar, con una pasin dulce, suave, insinuante.... Record mil
incidentes sin importancia ostensible que Ana recordaba tambin. Ella no
hablaba pero oa. Los pies tambin seguan su dilogo; dilogo potico
sin duda, a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de la
sensacin engrandeca la humildad prosaica del contacto.

Cuando Ana tuvo fuerza para separar todo su cuerpo de aquel placer del
roce ligero con don lvaro, otro peligro mayor se present en seguida:
se oa a lo lejos la msica del saln.

--A bailar, a bailar!--gritaron Paco, Edelmira, Obdulia y Ronzal.

Para Trabuco era el paraso aquel baile que l llam clandestino, all,
entre los mejores, lejos del vulgo de la clase media....

Se entreabri la puerta para or mejor la msica, se separ la mesa
hacia un rincn, y apretndose unas a otras las parejas, sin poder
moverse del sitio que tomaban, se empez aquel baile improvisado.

Don Vctor grit:--Ana a bailar! lvaro, cjala usted....

No, quera abdicar su dictadura el buen Quintanar; don lvaro ofreci el
brazo a la Regenta que busc valor para negarse y no lo encontr.

Ana haba olvidado casi la polka; Mesa la llevaba como en el aire, como
en un rapto; sinti que aquel cuerpo macizo, ardiente, de curvas dulces,
temblaba en sus brazos.

Ana callaba, no vea, no oa, no haca ms que sentir un placer que
pareca fuego; aquel gozo intenso, irresistible, la espantaba; se dejaba
llevar como cuerpo muerto, como en una catstrofe; se le figuraba que
dentro de ella se haba roto algo, la virtud, la fe, la vergenza;
estaba perdida, pensaba vagamente....

El presidente del Casino en tanto, acariciando con el deseo aquel tesoro
de belleza material que tena en los brazos, pensaba.... Es ma! ese
Magistral debe de ser un cobarde! Es ma.... Este es el primer abrazo de
que ha gozado esta pobre mujer. Ay s, era un abrazo disimulado,
hipcrita, diplomtico, pero un abrazo para Anita!

--Qu sosos van lvaro y Ana!--deca Obdulia a Ronzal, su pareja.

En aquel instante Mesa not que la cabeza de Ana caa sobre la limpia y
tersa pechera que envidiaba Trabuco. Se detuvo el buen mozo, mir a la
Regenta inclinando el rostro y vio que estaba desmayada. Tena dos
lgrimas en las mejillas plidas, otras dos haban cado sobre la tela
almidonada de la pechera. Alarma general. Se suspende el baile
clandestino, don Vctor se aturde, ruega a su esposa que vuelva en s...
se busca agua, esencias... llega Somoza, pulsa a la dama, pide... un
coche. Y se acuerda que Visita y Quintanar lleven a aquella seora a su
casa, bien tapada, en la berlina de la Marquesa. Y as fue. En cuanto
Ana volvi en s, pidiendo mil perdones por haber turbado la fiesta, don
Vctor, de muy mal humor, ya sin miedo, la llen el cuerpo de pieles, la
emboz, se despidi de la amable compaa y con la del Banco se llev a
la Regenta a la cama.

El humo! el calor, la falta de costumbre, la polka despus de cenar,
las luces!... Cualquier cosa, en fin, aquello no vala nada. Poda
continuar la fiesta. Y continu. Los del saln se haban enterado: A
la Regenta le haba dado el ataque. La haban hecho bailar a la
fuerza. Pero pronto se olvid el incidente, para comentar la conducta
de aquellas seoras y caballeros que se encerraban en el gabinete de
lectura a cenar y bailar como si el Casino no fuese de todos....

A las seis de la madrugada, al despedirse Paco de Mesa con un apretn
de manos, a la puerta del Casino, el Marquesito exclam:

--Bravo! Al fin! Eh?

Mesa tard en contestar; se abroch su gabn entallado de color de
ceniza, hasta el cuello; se apret a la garganta un pauelo de seda
blanco, y al cabo dijo:

--Ps.... Veremos. Lleg a su casa, la fonda; llam al sereno que tard en
venir; pero en vez de reirle como sola, le dio dos palmadas en el
hombro y una propina en plata.

--Qu contento viene el seorito!... Del baile, eh?

--Seor Roque, del baile.... Y al acostarse, al dejar en una percha una
prenda de abrigo interior, de franela, murmur a media voz don lvaro,
como hablando con el lecho, a cuyo embozo echaba mano:

--Lstima que la campaa me coja un poco viejo!...




--XXV--


Al da siguiente Glocester delante del Magistral, sin compasin, refera
en la catedral todo lo que haba sucedido en el baile. La aristocracia
se haba encerrado en un gabinete, en el gabinete de lectura, para cenar
y bailar, y doa Ana Ozores, la mismsima Regenta que viste y calza, se
haba desmayado en brazos del seor don lvaro Mesa.

El Magistral, que no haba dormido aquella noche, que esperaba noticias
de Ana con fiebre de impaciencia, dio media vuelta como un recluta; era
la primera vez que el pual de Glocester, aquella lengua, le llegaba al
corazn. Plido, temblorosa la barba hasta que la sujet mordiendo el
labio inferior, don Fermn mir a su enemigo con asombro y con una
expresin de dolor que llen de alegra el alma torcida del Arcediano.
Aquella mirada quera decir venciste, ahora s, ahora me ha llegado a
las entraas el veneno. De Pas estaba pensando que los miserables, por
viles, dbiles y necios que parezcan, tienen en su maldad una grandeza
formidable. Aquel sapo, aquel pedazo de sotana podrida, saba dar
aquellas pualadas!. Despus don Fermn se acord de su madre; su madre
no le haba hecho nunca traicin, su madre era suya, era la misma carne;
Ana, la otra, una desconocida, un cuerpo extrao que se le haba
atravesado en el corazn....

Sin disimular apenas, disimulando muy mal su dolor que era el ms hondo,
el ms fro y sin consuelo que recordaba en su vida, sali De Pas de la
sacrista, y anduvo por las naves de la catedral vacilante, sin saber
encontrar la puerta. Ignoraba a dnde quera ir, le faltaba en absoluto
la voluntad... y al notar que algunos fieles le observaban, se dej caer
de rodillas delante del altar de una capilla. All estuvo meditando lo
que hara. Ir a casa de la Regenta? Absurdo. Sobre todo tan temprano.
Pero su soledad le horrorizaba... tena miedo del aire libre, quera un
refugio, todo era enemigo. Su madre, su madre del alma. Sali del
templo, corri, entr en su casa. Doa Paula barra el comedor; un
pauelo de percal negro le cea la cabeza sobre la plata del pelo
espeso y duro, como un turbante.

--Vienes del coro?--S, seora. Doa Paula sigui barriendo.

Don Fermn daba vueltas alrededor de la mesa, alrededor de su madre.
All estaba el consuelo nico posible, all el regazo en que llorar...
all la nica compasin verdadera, all el nico contagio posible de la
pena; aquel veneno que a l le mataba slo sera veneno, saliendo de l
para su madre. El deseo de partir el dolor le apretaba la garganta con
angustias de muerte.... Y no poda, no poda hablar.... Era una crueldad
de su madre no adivinar los tormentos del hijo. Doa Paula le miraba
como los dems, como la gente con que haba tropezado en la calle, sin
conocer que mora desesperado. Y no poda l hablar!.

--Qu tienes, hombre? qu haces aqu? te estoy llenando de polvo la
ropa nueva....

Don Fermn sali del comedor. Entr en el despacho. Teresina haca la
cama del seorito. No le oy entrar porque cantaba y la hoja del jergn
sacudida le llenaba de estrpito los odos. El seorito como huyendo,
sali del despacho tambin. Sali de casa. Lleg a la de doa Petronila
Rianzares. La seora estaba en misa. Esper paseando por la sala, con
las manos a la espalda unas veces, otras cruzadas sobre el vientre. El
gato pulcro y rollizo entr y salud a su amigo con un conato de
quejido. Y se le enred en los pies, haciendo eses con el cuerpo.
Pareca que el gato saba ya algo de aquella traicin. El sof donde
sola sentarse Ana llam al Magistral con la voz de los recuerdos. En un
extremo del asiento haba un muelle algo flojo, la tela estaba arrugada;
all se sentaba ella. De Pas se sent en la butaca al lado de aquella
tela floja. Cerr los ojos, y una pereza de vivir que pareca sueo o
sopor le embarg el nimo. Quera detener el tiempo. Ya deseaba que
tardase en volver doa Petronila: le asustaba la actividad, tena miedo
de cualquier resolucin; todo sera peor. La muerte ya estaba en el
alma. Los recuerdos lejanos bullan en el cerebro, como preparndose a
bailar la danza macabra del delirio de la agona. Sinti el olor de una
rosa muy grande que Ana oprima contra los labios de su buen amigo, de
su hermano mayor; la msica de las palabras se mezclaba con el aroma de
la flor en mstica composicin.... Ay, s, amor, y buen amor era todo
aquello.... Era _un enamorado_; el amor no era todo lascivia, era tambin
aquella pena del desengao, aquella soledad repentina, aquel dolor
dulce y amargo, todo junto, capaz de redimir la culpa ms grave.
Deber... sacerdocio... votos... castidad... todo esto le sonaba ahora a
hueco: parecan palabras de una comedia. Le haban engaado, le haban
pisoteado el alma, esto era lo cierto, lo positivo, esto no lo haban
inventado Obispos viejos: el mundo, el mundo era el que le daba aquella
enseanza. Ana era suya, sta era la ley suprema de justicia. Ella, ella
misma lo haba jurado; no se saba para qu era suya, pero lo era....
El Magistral se puso en pie de repente: el tiempo volaba, lo acababa de
sentir l como un bofetn; podan estar conspirando los otros con el
tiempo y contra l; tal vez estaban juntos ya a aquellas horas....
Infame, infame! y le haba ido a ensear la cruz de diamantes a la
capilla... para que viese el traje en que le iba a deshonrar... s a
deshonrar... l era all el dueo, el esposo, el esposo espiritual...
don Vctor no era ms que un idiota incapaz de mirar por el honor
propio, ni por el ajeno... aquello era la mujer!.

Sali al pasillo y grit:

--Vino doa Petronila?

--Ahora llama, contestaron. Entr la de Rianzares. Don Fermn le cort
el saludo en la boca.

--Ahora mismo hay que llamarla--dijo.

--A quin... a Ana?--S, ahora mismo. Don Fermn volvi a sus paseos.
No quera conversacin. La de Rianzares, sierva de aquel hombre, call y
entr en el gabinete.

Pas media hora. Son la campanilla de la puerta. Ana vio al gran
Constantino que abra.

--Qu pasa?--Don Fermn... ah en la sala....

--Ah!... me alegro. Entr la Regenta y doa Petronila se fue hacia la
cocina, al otro extremo de la casa. Si llaman, que no estoy, dijo a la
criada. Y pas al oratorio que tena cerca de su alcoba.

De Pas vio a la Regenta ms hermosa que nunca: en los ojos traa fuego
misterioso, en las mejillas el color del entusiasmo, de las conferencias
ntimas, espirituales; una aureola de una gloria desconocida para l
pareca rodear a aquella mujer que encerraba en el breve espacio de un
contorno adorado todo lo que vala algo en la vida, el mundo entero,
infinito, de la pasin nica.

--Qu es esto?--dijo, ronco de repente, don Fermn, plantado, como con
races, en medio de la sala.

--Lo que yo quera, que nos viramos en seguida. Yo estoy loca, esta
noche cre que me mora... ayer... hoy... no s cundo.... Estoy loca....

Se ahogaba al hablar. De Pas sinti una lstima que le pareci
vergonzosa.

--Ya lo s todo; no necesito historias....

--Qu es todo?--Lo de ayer... lo de hoy.... El baile, la cena; qu es
esto, Ana, qu es esto?...

--Qu baile! qu cena! no es eso.... Me emborracharon... qu s yo...
pero no es eso.... Es que tengo miedo... aqu, Fermn, aqu, en la
cabeza.... Tener lstima de m! Que tenga alguno lstima de m! Yo no
tengo madre.... Yo estoy sola...

Era verdad, no tena madre como l, estaba ms sola que l. Entonces
el amor de don Fermn sinti la lstima inefable que slo el amor puede
sentir; se acerc a la Regenta, le tom las manos.

--A ver, a ver, qu ha sido? a m me han dicho... pero qu ha sido... a
ver...--deca la voz trmula y congojosa del Magistral.

Ana, entre sollozos, refiri lo que poda referir de sus angustias, de
sus miedos, de sus tormentos, de aquellas horas de fiebre. Despus que
se vio en su lecho, mil espantosas imgenes la asaltaron entre los
recuerdos confusos del baile.... Crey que volva a caer de repente en
aquellos pozos negros del delirio en que se senta sumergida en las
noches lgubres de su enfermedad.... Despus la idea del mal que haba
hecho la haba horrorizado.... Y Ana se interrumpa al ver al Magistral
quedarse lvido, y como rectificando aada, el mal... es decir... el
no haber sido bastante buena.... La enfermedad haba sido una leccin,
una leccin olvidada, y aquella maana, al sentir en el lecho la misma
flaqueza, aquel desgajarse de las entraas, que parecan pulverizarse
all dentro, aquel desvanecerse la vida en el delirio... la conciencia
haba visto, como a la luz de un fogonazo, horrores de vergenza, de
castigo, el espejo de la propia miseria, el reflejo del cieno triste que
se lleva en el alma... y despus... la locura, sin duda la locura... un
dudar de todo espantoso, repentino, obstinado, doloroso. Dios, el mismo
Dios ya no era para ella ms que una idea fija, una mana, algo que se
mova en su cerebro royndolo, como un sonido de tic-tac, como el del
insecto que late en las paredes y se llama el _reloj de la muerte_.

--Oh s, estuve loca--segua Anita espantada todava--estuve loca una
hora... qu hora? un siglo.... Ya no peda ms que salud, reposo... la
conciencia clara de m misma.... Pero, ay, no! Dios, mi Dios querido...
yo... todo, todos desaparecamos. Todo era polvo all dentro!

Y los ojos de Ana fijos en el espanto, vean sobre la alfombra una
imagen confusa del recuerdo formidable....

De Pas callaba. Tambin l tuvo un momento la sensacin fra del terror.
La locura pas por su imaginacin como un mareo.

Si se le volviera loca!. Una ola de prpura inund el rostro del
clrigo. Primero haba visto desvanecerse dentro de aquella cabeza de
gracia musical lo que l amaba debajo de aquella hermosura, el alma de
la Regenta, su pensamiento; despus pens en aquella hermosura exterior
inclume, en la esperanza de saciar su amor sin miedo de testigos, solo,
solo l con un cuerpo adorado....

--Salvarme, quiero salvarme!--grit Ana de repente volviendo a la
realidad--... quiero volver a nuestro verano, al verano dulce,
tranquilo... s, tranquilo al cabo; a nuestro hablar sin fin de Dios,
del cielo, del alma enamorada de las ideas de arriba... s, quiero que
mi hermano me salve, que Teresa me ilumine, que el espejo de su vida no
se obscurezca a mis ojos, que Dios me acaricie el alma.... Fermn, esto
es confesar... aqu... no importa el lugar; donde quiera... s,
confesar....

--Eso quiero yo, Ana; saber... saberlo todo. Yo tambin padezco, yo
tambin cre morirme, aqu mismo... sentado ah... donde otras veces
hablbamos del cielo... y de nosotros. Ana, yo soy de carne y hueso
tambin; yo tambin necesito un alma hermana, pero fiel, no traidora....
S, cre que mora....

--Por m, por culpa ma, verdad? Morir por ser yo traidora, si menta,
si me manchaba?...

--S, s... hay que decirlo todo... pronto....

--No, no.--S... s...--No... si no digo eso... si lo dir todo...
pero qu es todo? Nada.... Si... yo no fu... si me llevaron a la
fuerza... no, eso no. No s cmo; no s por qu ced. Y all... hay una
mujer muy mala....

--No, no acusemos a los dems.... Los hechos, quiero los hechos. Yo los
dir; los s yo.

--Pero qu?--Ese hombre, Mesa; Ana... qu pas con ese hombre?...

Ana recogi sus fuerzas, atendi a la realidad, a lo que le preguntaban,
con intensidad, luchando con el confesor, batindose por su inters que
era ocultar lo ms hondo de su pensamiento. Al fin aquello no era el
confesonario; adems, era caridad mentir, callar a lo menos lo peor.

--Yo no le amo--fue lo primero que pudo decir despus que consigui
dominarse. Ya no pensaba en su locura, pensaba en defender su secreto.

--Pero anoche... hoy... no s a qu hora... qu hubo?

--Bail con l.... Fue Quintanar... lo mand Quintanar....

--Disculpas no, Ana! eso no es confesar.

Ana mir en torno.... Aquello no era la capilla, a Dios gracias. Este
sofisma de hipcrita era en ella candoroso. Estaba segura de que un
_deber superior_ la mandaba mentir. Decirle al Magistral que ella
estaba enamorada de Mesa? Primero a su marido!.

--Bail con l porque quiso mi marido.... Me hicieron beber... me sent
mal... estaba mareada... me desmay... y me llevaron a casa.

--El desmayo fue... en los brazos de ese hombre?

--En brazos!... Fermn!

--Bien, bien.... As... lo o yo.... Oigmoslo todos! Quiere decirse...
bailando con l....

--Yo no recuerdo... tal vez...--Infame!...--Fermn... por Dios,
Fermn!

Ana dio un paso atrs.--Silencio... no hay que gritar... no hay que
hacer aspavientos... yo no como a nadie... a qu ese miedo?... Doy yo
espanto, verdad?... Por qu? yo... qu puedo? yo quin soy? yo...
qu mando? Mi poder es espiritual.... Y usted esta noche no crea en
Dios....

--En mi Dios! Fermn, caridad....

--S, usted lo ha dicho.... Y ese es el camino. Yo sin Dios... no soy
nada.... Sin Dios puede usted ir a donde quiera, Ana... esto se acab...
Estoy en ridculo, Vetusta entera se re de m a carcajadas.... Mesa me
desprecia, me escupir en cuanto me vea.... El padre espiritual... es un
pobre diablo. Oh, pero por quien soy.... Miserable.... Me insulta porque
estoy preso!...

El Magistral se sacudi dentro de la sotana, como entre cadenas, y
descarg un puetazo de Hrcules sobre el testero del sof.

Despus procur recobrar la razn, se pas las manos por la frente;
requiri el manteo; busc el sombrero de teja, se obstin en callar,
busc a tientas la puerta y sali sin volver la cabeza.

Crey que Ana le seguira, le llamara, llorara.... Pero pronto se
sinti abandonado. Lleg al portal. Se detuvo, escuch... Nada, no le
llamaban. Desde la calle mir a los balcones. Ninguno se abra. No le
seguan ni con los ojos. Aquella mujer se quedaba all. Todo era
verdad.

Le engaaba; era una mujer. Pero cul! la suya! la de su alma! S,
s, de su alma! Para eso la haba querido. Pero las mujeres no entendan
esto.... La ms pura quera otra cosa. Y pasaban por su memoria mil
horrores. La carnaza amontonada de muchos aos de confesonario. La
conciencia le record a Teresina. A Teresina plida y sonriente que
deca, dentro del cerebro: Y t...?. l era hombre; se contestaba.
Y apretaba el paso. Yo la quera para mi alma.... Y su cuerpo tambin
queras, deca la Teresina del cerebro, el cuerpo tambin... acurdate.
S, s... pero... esperaba... esperara hasta morir... antes que
perderla. Porque la quera entera.... Es mi mujer... la mujer de mis
entraas.... Y quedaba all atrs, ya lejos, perdida para siempre!....

Ana, inmvil, haba visto salir al Magistral sin valor para detenerle,
sin fuerzas para llamarle. Una idea con todas sus palabras haba sonado
dentro de ella, cerca de los odos. Aquel seor cannigo estaba
enamorado de ella!. S, enamorado como un hombre, no con el amor
mstico, ideal, serfico que ella se haba figurado. Tena celos, mora
de celos.... El Magistral no era el hermano mayor del alma, era un hombre
que debajo de la sotana ocultaba pasiones, amor, celos, ira.... La
amaba un cannigo!. Ana se estremeci como al contacto de un cuerpo
viscoso y fro. Aquel sarcasmo de amor la hizo sonrer a ella misma con
amargura que lleg hasta la boca desde las entraas.--Su padre, don
Carlos el libre pensador, se le apareci de repente, en mangas de
camisa, disputando junto a una mesa, all en Loreto, con un cura y
varios amigotes ateos, o progresistas. Recordaba Ana, como si acabara de
orlas, frases de su padre y de aquellos seores: el clero corrompa
las conciencias, el clrigo era como los dems, el celibato
eclesistico era una careta. Todo esto que haba odo sin entenderlo
volva a su memoria con sentido claro, preciso, y como otras tantas
lecciones de la experiencia.... Queran corromperla! Aquella casa...
aquel silencio... aquella doa Petronila.... Ana sinti asco, vergenza y
corri a buscar la puerta. Sali sin despedirse. Lleg a su casa. Don
Vctor atronaba el mundo a martillazos. Construa un puente modelo que
pensaba presentar en la exposicin de San Mateo. Ya no forraba el
martillo con bayeta, no, el hierro chocaba contra el hierro, el
estrpito era horrsono.--All era l el amo, prueba de ello que su
mujer haba ido al baile: se haba acabado el Paraguay, no ms
misticismo; una prudente piedad heredada de nuestros mayores y basta y
sobra. Por lo dems, actividad, industria y arte... mucha comedia, mucha
caza, y mucho martillazo. Zas, zas, zas, pum! Viva la vida!. As
pensaba don Vctor, ceida al cuerpo la bata escocesa, y clava que te
clavars, en su nuevo taller, en un cuartucho del piso bajo, con puerta
al patio. El sol llegaba a los pies de Quintanar arrancando chispas de
los abalorios y cinta dorada de las babuchas semi-turcas. El carpintero
silbaba, el tordo, el mejor tordo de la provincia, que Quintanar llevaba
de habitacin en habitacin, silbaba tambin colgada de un alambre su
jaula. Ana contempl en silencio a su marido.--Era su padre! Le
quera como a su padre! Hasta se pareca un poco a don Carlos. Aquel sol
de Febrero, promesa de primavera; aquel ambiente fresco que convidaba a
la actividad, al movimiento; aquellos martillazos, aquellos silbidos,
aquellas nubecillas ligeras que cruzaban el cuadrado azul a que serva
de marco el alero del tejado... todo aquello edificaba. Aquella era
su casa, all era ella la reina, aquella paz era suya!. Al dejar el
martillo para coger la sierra don Vctor vio a su mujer.

Se sonrieron en silencio. El sol rejuveneca a Quintanar. Adems era un
gran carpintero. Sus inventos podan ser ms o menos fantsticos, su
mecnica idealista, pero haca de una tabla lo que quera. Y qu
limpieza!.

Ana alab el arte de su marido.

l se anim: se puso colorado de satisfaccin y le prometi un costurero
para la semana siguiente. Todo, todo, obra de mis manos.

La Regenta olvid un momento el desencanto de aquella maana. Cuando
volvi a su memoria se encontr con que no era don Fermn un malvado,
sino un desgraciado, pero de todas suertes le pareca absurdo enamorarse
siendo cannigo. En todas las combinaciones del amor romntico haba
dado la imaginacin de Ana muchas veces, menos en aqulla. Se conceba
el amor sacrlego de un sacerdote de pera, pero el de un prebendado
con alzacuello morado!. Adems la honradez protestaba tambin con su
repugnancia instintiva. Pero De Pas era digno de compasin. Doa
Petronila era la que no tena perdn. Oh, si alguna vez volva ella a
hablar con el Magistral, como era probable, porque al fin deban mediar
explicaciones, no sera ciertamente en casa de aquella vieja. Qu se
haba propuesto aquella seora? Qu estara pensando de ella, de Ana?.

Cuando volvi de la calle don Vctor muy contento, cantando trozos de
zarzuela, propuso a su mujer, de repente, acceder a la splica de la
Marquesa que los haba convidado a tomar caf, despus de almorzar, para
ir juntos a paseo... a ver las mscaras.

--Quintanar, por Dios! Basta de broma... basta de carnaval.... No
quiero ms fiestas.... Estoy cansada.... Ayer me hizo dao el baile... no
quiero ms... no quiero ms.... No te obedec ayer...? Basta por Dios,
basta.

--Bueno, hija, bueno... no insisto. Y call don Vctor, perdiendo parte
de su alegra. No se atrevi a hacer uso de aquella energa que Dios le
haba dado. No haba para qu estirar demasiado la cuerda.

Pero l, por supuesto, fue a tomar caf y a paseo.

Ana se qued sola. Desde el balcn abierto de su tocador se oa la
msica lejana del Paseo Grande donde se celebraba el carnaval. Aquella
msica confusa, que pareca rfagas intermitentes, le llen el alma de
tristeza. Pens en Mesa, el tentador, y pens en el Magistral
enamorado, celoso... indefenso. Ahora la compasin era infinita.... Al
fin haba sido quien haba abierto su alma a la luz de la religin, de
la virtud.... Ana pens en la fe quebrantada, agrietada, como si la
hubiese sacudido un terremoto. El Magistral y la fe iban demasiado
unidos en su espritu para que el desengao no lastimara las creencias.
Adems, ella siempre haba amado ms que credo. Don Fermn haba
procurado asegurar en ella el temor de Dios y de la Iglesia, la
espiritualidad vaga y soadora.... Pero de los dogmas haba hablado poco.
Ana estaba sintiendo que la fantasa haba tenido en su piedad ms
influencia de la que conviniera para la solidez de aquel edificio. Ya
estaban lejos los das del misticismo supuesto, de la contemplacin....
Entonces estaba enferma, la lectura de Santa Teresa, la debilidad, la
tristeza, le haban encendido el alma con visiones de pura idealidad....
Pero con la salud haba vencido la piedad activa, irreflexiva; el
Magistral haba eclipsado a la santa, se haba hablado ms de aquella
dulce hermandad en la virtud que de Dios mismo.... Ahora comprenda
muchas cosas. Don Fermn la quera para s...

Todo aquello era una preparacin. Para qu?.

Oh, Mesa era ms noble, luchaba sin visera, mostrando el pecho,
anunciando el golpe.... No haba abusado de su amistad con don Vctor, no
haba insistido. Pero los dos la amaban!. La tristeza de Ana
encontraba en este pensamiento un consuelo dulce sino intenso. Ella no
podra ser de ninguno; del Magistral no poda ni quera.... Le deba
eterna gratitud... pero otra cosa... sera un absurdo repugnante. Daba
asco. Bueno estara empezar a querer en el mundo cerca de los treinta
aos... y a un clrigo!... La vergenza y algo de clera encendan el
rostro de Ana. Pero ese hombre esperara que yo... en mi vida!....

Como aquella tarde pas muchos das la Regenta. Las mismas ideas
cruzaban, combinadas de mil maneras, por su cerebro excitado.

Cuando senta la presencia de Mesa en el deseo, hua de ella
avergonzada, avergonzada tambin de que no fuera un remordimiento
punzante el recuerdo del baile, sobre todo el del contacto de don
lvaro. Pero no lo era, no. Vealo como un sueo; no se crea
responsable, claramente responsable de lo que haba sucedido aquella
noche. La haban emborrachado con palabras, con luz, con vanidad, con
ruido... con champaa.... Pero ahora sera una miserable si consenta a
don lvaro insistir en sus provocaciones. No quera venderse al sofisma
de la tentacin que le gritaba en los odos: al fin don lvaro no es
cannigo; si huyes de l te expones a caer en brazos del otro. Mentira,
gritaba la honradez. Ni del uno ni del otro ser. A don Fermn le quiero
con el alma, a pesar de su amor, que acaso l no puede vencer como yo
no puedo vencer la influencia de Mesa sobre mis sentidos; pero de no
amar al Magistral de modo culpable estoy bien segura. S, bien segura.
Debo huir del Magistral, s, pero ms de don lvaro. Su pasin es
ilegtima tambin, aunque no repugnante y sacrlega como la del otro....
Huir de los dos!.

No haba ms refugio que el hogar. Don Vctor con su Frgilis y todos
los cacharros del museo de manas, don Vctor con el teatro espaol a
cuestas.

Pero la casa tena tambin su poesa. Ana se esforz en encontrrsela.
Si tuviera hijos le daran tanto que hacer! Qu delicia! Pero no los
haba. No era cosa de adoptar a un hospiciano. De todas suertes Ana
comenz a trabajar en casa con afn... a cuidar a don Vctor con
esmero.... A los ocho das comprendi que aquello era una hipocresa
mayor que todas. Las labores de su casa estaban hechas en poco tiempo.
Por qu fingirse a s misma satisfecha con una actividad insuficiente,
insignificante, que no distraa el pensamiento ni media hora? Don Vctor
agradeca en el alma aquella solicitud domstica, pero en lo que tocaba
a l hubiera preferido que las cosas siguiesen como hasta all. Nadie le
cosa un botn a su gusto ms que l mismo; limpiarle el despacho era
martirizarle a l, a don Vctor; la cama era intil hacrsela con esmero
porque de todas maneras haba de descomponerla l, sacudir las almohadas
y poner el embozo a su gusto. Cuando Ana volvi a dejar los quehaceres
domsticos en la antigua marcha, don Vctor se lo agradeci en el alma
tambin y respiro a sus anchas. Aquellas injerencias de su querida
esposa eran dignas de eterno agradecimiento... pero molestas para l.
Ms sabe el loco en su casa... Don lvaro no se apresuraba. Esta vez
estaba seguro. Pero no quera _brusquer_--segn pensaba l en
francs--un ataque. La teora del _cuarto de hora_ era una teora
incompleta. Algo haba de eso, pero en ciertos casos los cuartos de
hora de una mujer slo los encuentra un buen relojero. Pensaba dejar que
pasara la Cuaresma. Al fin se trataba de una beata que ayunara y
comera de vigilia. Mal negocio. La Pascua florida ofreca la mejor
ocasin. El mundo, despus de resucitar Nuestro Seor Jesucristo, parece
ms alegre, ms lcitos sus placeres; la primavera, ya adelantada,
ayuda... las fiestas, a que l hara que don Vctor llevase a su mujer,
seran aguijones del deseo. Oh!... s, en la Pascua nos veramos.

Adems, quera l prepararse para la campaa. Estaba debilucho. Aquel
verano en Palomares haba hecho una especie de bancarrota de salud. La
seora ministra haba amado mucho. Estas exageraciones de las mujeres
vencidas siempre estaban en razn directa del cuadrado de las
distancias. Es decir, que cuanto ms lejos estaba una mujer del vicio,
ms exagerada era cuando llegaba a caer. La Regenta, si caa iba a ser
exageradsima. Y se preparaba Mesa. Ley libros de higiene, hizo
gimnasia de saln, pase mucho a caballo. Y se neg a acompaar a Paco
Vegallana en sus aventurillas fciles y pagaderas a la vista. El diablo
harto de carne... le deca Paco. Y don lvaro sonrea y se acostaba
temprano. Madrugaba. El Paseo Grande era ya todo perfumes, frescura y
cnticos al amanecer. Los pjaros, saltando de rama en rama preparaban
los nidos para los huevos de Abril; se dira que eran tapiceros de la
enramada que adornaban los salones del Paseo Grande para las fiestas de
la primavera. Empezaba Marzo con calores de Junio; desde muy temprano
calentaba y picaba el sol. Aquella primavera anticipada, frecuente en
Vetusta, era una burla de la naturaleza; despus volva el invierno,
como en sus mejores das, con fros, escarchas y lluvia, lluvia
interminable. Pero don lvaro aprovechaba aquel intervalo de luz y
calor, que no por efmero le agradaba menos; no era l de los que medan
la felicidad por la duracin; es ms, no crea en la felicidad, concepto
metafsico segn l, crea en el placer que no se mide por el tiempo.
Una maana, en el saln principal del Paseo Grande, solitario a tales
horas porque pocos confiaban en aquel anticipo de primavera, vio don
lvaro all lejos la silueta de un clrigo. Era alto, sus movimientos
seoriles. Era el Magistral. Estaban solos en el paseo; tenan que
encontrarse, iban uno enfrente del otro, por el mismo lado. Se saludaron
sin hablar. Don lvaro tuvo un poco de miedo, de aprensin de miedo. Si
este hombre, pens, enamorado de la Regenta, desairado por ella, se
volviera loco de repente al verme, creyndome su rival y se echara sobre
m a puetazo limpio aqu, a solas.... Mesa recordaba la escena del
columpio en la huerta de Vegallana.

El Magistral pens por su parte al ver a don lvaro: Si yo me arrojara
sobre este hombre y como puedo, como estoy seguro de poder, le
arrastrara por el suelo, y le pisara la cabeza y las entraas!.... Y
tuvo miedo de s mismo. Haba ledo que en las personas nerviosas,
imgenes y aprensiones de este gnero provocan los actos
correspondientes. Se acord de cierto asesino de los cuentos de Edgar
Poe.... Su mirada fue insolente, provocativa. Salud como diciendo con
los ojos: Toma! ah tienes esa bofetada. Pero el saludo y la mirada
de Mesa quisieron decir: Vaya usted con Dios; no entiendo palabra de
eso que usted me quiere decir.

Y siguieron cada cual por su lado, pero a la maana siguiente no
volvieron al Paseo Grande ni uno ni otro. Buscaban all contrario
objeto: el Magistral paseaba mucho para gastar fuerzas intiles; Mesa
para recobrar fuerzas perdidas y que esperaba le hiciesen mucha falta
dentro de poco. Cada cual se fue a pasear en adelante por sitios
extraviados. Teman otro encuentro.

Pero pronto tuvieron que quedarse en casa.

Como era de esperar, el invierno volvi con todos sus rigores, rindose
a carcajadas de los incautos que se crean en plena primavera. Los
pjaros se escondieron en sus agujeros y rincones. Los rboles floridos
padecieron los furores de la intemperie, como engalanadas damiselas que
en da de campo, vestidas con percales alegres, adornos vistosos y
delicados de seda y tul, se ven sorprendidas por un chubasco, al aire
libre, sin albergue, sin paraguas siquiera. Las florecillas blancas y
rosadas de los frutales caan muertas sobre el fango: el granizo las
despedazaba; todo volva atrs; aquel ensayo de primavera temprana haba
salido mal; vuelta a empezar, cada mochuelo a su olivo.

Esto fue a la mitad de la Cuaresma. Vetusta se entreg con reduplicado
fervor a sus devociones. Los jesuitas misioneros haban pasado tambin
por all como una granizada; las flores de amor y alegra que sembrara
el carnaval las destruyeron a penitencia limpia el Padre Maroto, un
artillero retirado que predicaba a caonazos y sacaba el Cristo, y el
Padre Goberna, un melifluo padre francs que pronunciaba el castellano
con la garganta y las narices y hablaba de _Gomogga_ y citaba las
grandezas de Nnive y de Babilonia, ya perdidas, al cabo de los aos
mil, como prueba de la pequeez de las cosas humanas. Ello era que
Vetusta estaba metida en un puo. Entre el agua y los jesuitas la tenan
triste, aprensiva, cabizbaja. El aspecto general de la naturaleza,
parda, disuelta en charcos y lodazales, ms que a pensar en la brevedad
de la existencia convidaba a reconocer lo poco que vale el mundo. Todo
pareca que iba a disolverse. El Universo, a juzgar por Vetusta y sus
contornos, ms que un sueo efmero, pareca una pesadilla larga, llena
de imgenes sucias y pegajosas. El Padre Goberna, que saba dar _color
local_ a sus oraciones, no deca en Vetusta que no somos ms que un poco
de polvo, sino un poco de barro. Polvo en Vetusta? Dios lo diera.

El mal tiempo se llev la resignacin tranquila, perezosa de Anita
Ozores. Con la lluvia pertinaz, machacona, volvieron antiguas
aprensiones repentinas, protestas de la voluntad, y aquellos cardos que
le pinchaban el alma. Y ahora no tena al Magistral para ayudarla!

Cada da se senta ms sola, ms abandonada y ya empezaba a pensar que
haba sido injusta con el Provisor pensando de l tan mal y dejndole
huir desesperado con aquellas sospechas que llevaba clavadas en el
corazn como un dardo envenenado. Por qu ella no haba sentido ms
aquel desengao, aquella profanacin de una amistad pura, desinteresada,
ideal?--Tal vez porque el ser amada, fuera por quien fuera, no poda
saberle mal aunque ella tuviese que desdear y hasta vituperar aquel
amor. Tal vez porque saba que el remedio de aquella separacin estaba
en sus manos. No poda ella, el da tal vez prximo, en que necesitara
consuelo espiritual, correr al confesonario y persuadir al confesor, a
don Fermn, de que ella no era lo que l se figuraba?. Y acaso deba
hacerlo cuanto antes. Por qu haba de estar pensando De Pas lo que no
haba? S, haba que decirle la verdad, esto es, la verdad de lo que no
haba; don lvaro no haba conseguido mayor favor de Ana Ozores, esto
era lo cierto.

Pero antes de buscar al Magistral, Ana quiso fortificar el espritu por
s misma. Senta la fe vacilante, los sofismas vulgares de don
Carlos--el libre-pensador--venan a atormentarla a cada instante.
Comenzaba por dudar de la virtud del sacerdote y llegaba a dudar de la
iglesia, de muchos dogmas.... Pero entonces corra a la iglesia. Saltando
charcos, desafiando chaparrones iba de parroquia en parroquia, de novena
en novena, y pasaba tambin mucho tiempo en la nave fra de algn templo
a la hora en que los fieles solan dejarlos desiertos. Se sentaba en un
banco y meditaba. Sonaba y resonaba en la bveda la tos de un viejo que
rezaba en una capilla escondida; los pasos de un monaguillo irreverente
retumbaban sobre la tarima de un altar, y como un refuerzo del silencio
llegaba a los odos un rumor tenue de los ruidos de Vetusta. Ana peda a
la soledad y al silencio perezoso de la iglesia, algo como una
inspiracin, o como un perfume de piedad que crea ella deba
desprenderse de aquellas paredes santas, de los altares, que a la luz
blanca del da ostentaban sus santos de yeso y madera barnizada como
gastados por el roce de las oraciones y el humo de la cera. Aquellas
imgenes a la luz del da recordaban vagamente las decoraciones de un
teatro vistas al sol y a los cmicos en la calle sin los esplendores del
gas de las bateras. Pero Anita no pensaba en esto. Buscaba all la fe
que se desmoronaba. Por qu se desmoronaba? Qu tena que ver la
Iglesia con el Magistral? No poda aquel seor haberse enamorado de
ella... y ser verdad sin embargo todo lo que dice el dogma? Claro que
s. Pero rezaba para creer. Oh, malo sera que el Magistral no saliese
inocente de aquella prueba.... Si l, si el hermano mayor no era ms que
un hipcrita... haba que dar la razn en muchas cosas a don Carlos, al
que despus de todo era su padre. S, s, era su padre, aquel padre que
haba llorado ella con lgrimas del corazn, el que deca que la
religin es un homenaje interior del hombre a Dios, a un Dios que no
podemos imaginar como es, y que no es como dicen las religiones
positivas, sino mucho mejor, mucho ms grande!... Era su padre quien
deca todas estas herejas!. Y rezaba, rezaba porque el meditar ya no
serva para nada bueno.--Y una voz interior severa y algo pedantesca
gritaba despus de todo aquello: Pero entendmonos, aunque don Carlos
tuviera razn, aunque Dios sea ms grande, ms bueno que todo lo que
pudieran decir y pensar los libros de los hombres, no por eso perdona
los pecados de que la conciencia acusa a todos. Don lvaro estar
prohibido, sea Dios como sea. El mal es el mal de todas suertes. Eso s,
se deca la Regenta, que encontraba consuelo en esta resolucin; aunque
la fe caiga, yo seguir combatiendo esta pasin de mis sentidos, que
seguir siendo mala....

Empez a notar que el templo solitario no excitaba su devocin; aquellas
paredes fras, aquella especie de descanso de los santos a las horas en
que cesa la adoracin, le recordaban por extraas analogas que
estableca el cerebro, enfermo acaso, le recordaban la fatiga de los
reyes, la fatiga de los monstruos de ferias, la fatiga de cmicos,
polticos, y cuantos seres tienen por destino darse en pblico
espectculo a la admiracin material y boquiabierta de la necia
multitud.... La iglesia sin culto activo, la iglesia descansando, lleg a
parecerle a ella tambin algo como un teatro de da. El sacristn y el
aclito subiendo al retablo, hombrendose con la imagen de madera,
colocando los cirios con simetra, consultando las leyes de la
perspectiva, le parecan al cabo cmplices de no saba qu engao....
Adems de todas estas aprensiones sacrlegas, tentacin malsana del
espritu enfermo, causa de tanta lucha, senta el tormento de la
distraccin; las oraciones comenzaban y no concluan; el estribillo de
tal o cual piadosa leyenda llegaba a darle nuseas; la soledad se
poblaba de mil imgenes, diablillos de la distraccin; el silencio era
enjambre de ruidos interiores. Todo esto le oblig a dejar el templo
solitario. Volvi a las horas del culto. Conoca que en la nueva piedad
que buscaba deban tomar parte importante los sentidos. Busc el olor
del incienso, los resplandores del altar y de las casullas, el aleteo de
la oracin comn, el susurro del _ora pro nobis_ de las _masas
catlicas_, la fuerza misteriosa de la oracin colectiva, la parsimonia
sistemtica del ceremonial, la gravedad del sacerdote en funciones, la
misteriosa vaguedad del cntico sagrado que, bajando del coro nada ms,
parece descender de las nubes; las melodas del rgano que hacan
recordar en un solo momento todas las emociones dulces y calientes de la
piedad antigua, de la fe inmaculada, mezcla de arrullo maternal y de
esperanza mstica.

La novena de los Dolores tuvo aquel ao en Vetusta una importancia
excepcional, si se ha de creer lo que deca _El Lbaro_.

Por lo menos el templo de San Isidro, donde se celebraba, se adorn como
nunca. Tal semilla de piedad postiza y rumbosa haban dejado los PP.
Goberna y Maroto. No se poda, como en la novena de la Concepcin,
colgar el templo de azul y plata, ni colocar un templete de cartn
delante del retablo del altar mayor imitando capilla gtica de
marquetera; pero todo lo que fue compatible con los siete Dolores de la
Virgen se hizo: el lujo fue majestuoso, triste, fnebre. Todo era negro
y oro. La capilla de la catedral se traslad en masa al coro de San
Isidro reforzada por algunas partes rezagadas de la ltima compaa de
zarzuela, que haba tronado en Vetusta.--Los sermones se encomendaron a
_otro jesuita_, el Padre Martnez, que vino de muy lejos y cobrando muy
caro. En la mesa de petitorio, colocada frente al altar mayor a espaldas
del cancel de la puerta principal, pedan limosna y vendan libros
devotos, medallas y escapularios las damas de ms alta alcurnia, las ms
guapas y las ms entrometidas.

La lluvia, el aburrimiento, la piedad, la costumbre, trajeron su
contingente respectivo al templo que estaba todas las tardes de bote en
bote. No caba un vetustense ms.

Los jvenes laicos de la ciudad, estudiantes los ms, no se distinguan
ni por su excesiva devocin ni por una impiedad prematura; no pensaban
en ciertas cosas; los haba carlistas y liberales, pero casi todos iban
a misa a ver las muchachas. A la novena no faltaban; se desparramaban
por las capillas y rincones de San Isidro, y terciando la capa, el
rostro con un tinte romntico o picaresco, segn el carcter, _se
timaban_, como decan ellos, con las nias casaderas, ms recatadas,
mejores cristianas, pero no menos ganosas de tener lo que ellas llamaban
_relaciones_. Mientras el P. Martnez repeta por centsima vez--y ya
llevaba ganados unos cinco mil reales--que como el dolor de una madre no
hay otro, y echaba, sin pizca de dolor propio, sobre la imagen enlutada
del altar, toda la retrica averiada de su oratoria de un barroquismo
mustio y sobado; el amor sacrlego iba y vena volando invisible por
naves y capillas como una mariposa que la primavera manda desde el campo
al pueblo para anunciar la alegra nueva.

Ana Ozores, cerca del presbiterio, arrodillada, recogiendo el espritu
para sumirlo en acendrada piedad, oa el _rum rum_ lastimero del
plpito, como el rumor lejano de un aguacero acompaado por ayes del
viento cogido entre puertas. No oa al jesuita, oa la elocuencia
silenciosa de aquel hecho patente, repetido siglos y siglos en millares
y millares de pueblos: la piedad colectiva, la devocin comn, aquella
elevacin casi milagrosa de un pueblo entero prosaico, empequeecido por
la pobreza y la ignorancia, a las regiones de lo ideal, a la adoracin
de lo Absoluto por abstraccin prodigiosa. En esto pensaba a su modo la
Regenta, y quera que aquella ola de piedad la arrastrase, quera ser
molcula de aquella espuma, partcula de aquel polvo que una fuerza
desconocida arrastraba por el desierto de la vida, camino de un ideal
vagamente comprendido.

Call el P. Martnez y comenz el rgano a decir de otro modo, y mucho
mejor, lo mismo que haba dicho el orador de lujo. El rgano pareca
sentir ms de corazn las penas de Mara.... Ana pens en Mara, en
Rossini, en la primera vez que haba odo, a los diez y ocho aos, en
aquella misma iglesia, el _Stabat Mater_... Y despus que el rgano dijo
lo que tena que decir, los fieles cantaron como coro monstruo bien
ensayado el estribillo montono, solemne, de varias canciones que caan
de arriba como lluvia de flores frescas. Cantaban los nios, cantaban
los ancianos, cantaban las mujeres. Y Ana, sin saber por qu, empez a
llorar. A su lado un nio pobre, rubio, plido y delgado, de seis aos,
sentado en el suelo junto a la falda de su madre cubierta de harapos,
cantaba sin pestaear, fijos los ojos en la Dolorosa del altar porttil;
cantaba, y de repente, por no se sabe qu asociacin de ideas, call,
volvi el rostro a su madre y dijo:--Madre, dame pan!

Cantaba un anciano junto a un confesonario, con voz temblorosa, grave y
dulce... olvidado de las fatigas del trabajo a que el hambre le
obligaba, contra los fueros de la vejez. Cantaba todo el pueblo y el
rgano, como un padre, acompaaba el coro y le guiaba por las regiones
ideales de inefable tristeza consoladora, de la msica.

Y haba infames, pens Ana, que queran acabar con aquello! Oh, no,
no, yo no! Contigo, Virgen santa, siempre contigo, siempre a tus pies;
estar con los tristes, sa es la religin eterna, vivir llorando por las
penas del mundo, amar entre lgrimas.... Y se acord del Magistral.
Oh qu ingrata, qu cruel haba sido con aquel hombre! Qu triste,
qu solo le haba dejado!... Vetusta le insultaba, le escarneca, le
despreciaba, despus de haberle levantado un trono de admiracin; y
ella, ella que le deba su honra, su religin, lo ms precioso, le
abandonaba y le olvidaba tambin.... Y por qu? Tal vez, casi de fijo,
por aprensiones de la vanidad y de la malicia torpe y grosera. Ah!,
porque ella estaba tocada del gusano maldito, del amor de los sentidos;
porque ella estaba rendida a don lvaro si no de hecho con el
deseo--esta era la verdad--porque ella era pecadora haba de serlo
tambin el _hermano de su alma_, el padre espiritual querido? qu
pruebas tena ella? No poda ser aprensin todo, no poda la vanidad
haber visto visiones? Cundo De Pas se haba insinuado de modo que
pudiera sospecharse de su pureza? No haban estado mil veces solos, muy
cerca uno de otro, no se haban tocado, no haba ella, tal vez con
imprudencia, aventurado caricias inocentes, someros halagos que hubieran
hecho brotar el fuego si lo hubiera habido all escondido?... Y est
abandonado! Se burlan de l hasta en los peridicos; hasta los impos
alaban a los misioneros, para rebajar la influencia del Magistral; la
moda y la calumnia le han arrinconado, y yo como el vulgo miserable, me
pongo a gritar tambin, crucifcale, crucifcale!... Y el sacrificio
que haba prometido? Aquel gran sacrificio que yo andaba buscando para
pagar lo que debo a ese hombre?....

En aquel momento cesaron los cnticos del pueblo devoto; sigui silencio
solemne; despus hubo toses, estrpito de suelas y zuecos sobre la
piedra resbaladiza del pavimento... una impaciencia contenida. Hacia la
puerta sonaba el _tic, tac_, de las monedas con que Visitacin y la
Marquesa golpeaban la bandeja para llamar la atencin de la caridad
distrada. Rechinaban los canceles; haba en el aire un cuchicheo tenue.
En el coro daban seales de vida violines y flautas con quejidos y
suspiros ahogados; se oa el ruido de las hojas del papel de msica.
Gru un violn. Cayeron dos golpes sobre una hojalata.... Silencio otra
vez.... Comenz el _Stabat Mater_.

La msica sublime de Rossini exalt ms y ms la fantasa de Ana; una
resolucin de los nervios irritados brot en aquel cerebro con fuerza de
mana: como una alucinacin de la voluntad. Vio, como si all mismo
estuviese, la imagen de su resolucin, s... ella... ella, Ana a los
pies del Magistral, como Mara a los pies de la Cruz. El Magistral
estaba crucificado tambin por la calumnia, por la necedad, por la
envidia y el desprecio... y el pueblo asesino le volva las espaldas y
le dejaba all solo... y ella... ella... estaba haciendo lo mismo! Oh,
no, al Calvario, al Calvario! al pie de la cruz del que no era su hijo,
sino su padre, su hermano, el hermano y el padre del espritu.

La Virgen le deca que s, que estaba bien hecho; que aquella
resolucin era digna de un cristiano. Donde quiera que hay una cruz con
un muerto, se puede llorar al pie, sin pensar en lo que era el que est
all colgado; mejor se podr llorar al pie de la cruz de un mrtir.
Hasta del mal ladrn le estaba dando lstima en aquel momento. Cunta
mayor lstima le dara del Magistral que, segn ella, no era ladrn, ni
malo ni bueno!. La forma del sacrificio, el da, la ocasin, todo
estaba sealado: se jur no volverse atrs; aquella exaltacin era lo
que ella necesitaba para poder vivir; si ms tarde el cansancio, la
relajacin de aquellas fibras tirantes traan a su nimo la cobarda,
los reparos mundanales, prosaicos, el miedo al qu dirn, no hara
caso... ira derecha a su propsito sin vacilar, sin deliberar ms.
Hara lo que haba resuelto. Y tranquila, segura de s misma, volvi su
pensamiento a la Madre Dolorosa, y se arroj a las olas de la msica
triste con un arranque de suicida.... S, quera matar dentro de ella la
duda, la pena, la frialdad, la influencia del mundo necio, circunspecto,
_mirado_... quera volver al fuego de la pasin, que era su ambiente.




--XXVI--


Desde el da en que presidi el entierro de don Santos Barinaga, don
Pompeyo no volvi a tener hora buena, de salud completa. Los escalofros
que le hicieron temblar en el cementerio y se repitieron, cada vez ms
fuertes, durante la enfermedad que sigui a la gran mojadura, volvan de
cuando en cuando. Guimarn estaba triste sin cesar; aquel sol de
Justicia que adoraba, tena sus eclipses y el espectculo de la maldad
ambiente desanimaba al buen ateo hasta el punto de hacerle dudar del
progreso definitivo de la Humanidad. Laurent deca bien, estbamos
nosotros mucho ms adelantados que los brbaros. Pero haba cada pillo
todava! Y la amistad? La amistad era cosa perdida. Paquito Vegallana,
lvaro Mesa, Joaquinito Orgaz, el respetable, o al parecer respetable
seor Foja, que se decan tan amigos suyos, le haban engaado como a un
chino; se haban burlado de l. Eran unos libertinos que renegaban en
sus comilonas de la religin positiva para seducirle a l y librarse del
miedo del infierno. Don Pompeyo rompi bruscamente sus relaciones con
todos aquellos espritus frvolos y no volvi a poner los pies en el
Casino. Tom esta resolucin el da de Navidad, cuando supo que por
Vetusta se corra que l, don Pompeyo Guimarn, el hombre que ms
respetaba todos los cultos, sin creer en ninguno, haba profanado la
catedral oyendo borracho la Misa del gallo. Se lleg a decir que haba
llevado al templo, debajo de la capa, una botella de ans del mono....
Del mono!... l... don Pompeyo!.... No volvi al Casino. Aquellos
infames que le haban embriagado o poco menos, obligndole despus a
penetrar en el templo, eran muy capaces de haber inventado en seguida la
calumnia con que queran perderle. Qu autoridad iba a tener en
adelante aquel atesmo que se emborrachaba para celebrar las fiestas del
cristianismo, y que asista a los santos oficios a blasfemar y hacer
eses por las respetables naves de la baslica?.

Bastante tena l sobre su alma con el entierro civil de Barinaga y la
consiguiente ojeriza que gran parte del pueblo haba tomado al seor
Magistral!.

No, no quera ms luchas religiosas. Ya iba siendo viejo para tamaas
empresas. Mejor era callar, vivir en paz con todos. La muerte de
Barinaga le haca temblar al recordarla. Morir como un perro! Y yo
que tengo mujer y cuatro hijas!.

Se hizo misntropo. Siempre sala solo, al obscurecer, y volva pronto a
casa.

Una noche le llam la atencin un ruido de colmena que vena de la parte
de la catedral. Oy cohetes. Qu era aquello? La torre estaba iluminada
con vasos y faroles a la veneciana. A sus pies, en el atrio estrecho y
corto, de resbaladizo pavimento de piedra, cerrado por verja de hierro
tosco y fuerte, se agolpaba una multitud confusa, como un montn de
gusanos negros. De aquel fermento humano brotaban, como burbujas,
gritos, carcajadas, y un zumbido sordo que pareca el ruido de la marea
de un mar lejano.

Don Pompeyo, que daba diente con diente, de fro con fiebre, se detuvo
en lo ms alto de la calle de la Ra para contemplar aquella muchedumbre
apiada a los pies de la torre, en tan estrecho recinto, cuando poda
extenderse a sus anchas por toda la plazuela. Ya saba lo que era. _Los
catlicos_ celebraban un aniversario religioso. Pero cmo? Oh
ludibrio!. Don Pompeyo se acerc al atrio: observ desde fuera. Lo
mejor y lo peor de Vetusta estaba all amontonado; las chalequeras, los
armeros, la flor y nata del paseo del Boulevard, aquel gran mundo del
andrajo, con sus hedores de miseria, se codeaba insolente y vocinglero
con la _Vetusta elegante_ del Espoln y de los bailes del Casino: y para
colmo del escndalo, segn don Pompeyo, _so capa_ de celebrar una fiesta
religiosa la juventud dorada del clero vetustense, todos aquellos
_licenciados de seminario_ como l los llamaba con psima intencin,
paseaban tambin por all, apretados, prensados, con sus manteos y
todo, en aquel embutido de carne lasciva, a obscuras, casi sin aire que
respirar, sin ms recreo que el poco honesto de sentir el roce de la
especie, el instinto del rebao, mejor, de la piara!. Y separando los
ojos de aquella podredumbre en fermento, de aquella _gusanera
inconsciente_, volviolos Guimarn a lo alto, y mir a la torre que con
un punto de luz roja sealaba al cielo.... Aqu no hay nada cristiano,
pens, ms que ese montn de piedras!.

Huy de la catedral, triste, aprensivo, dudando de la Humanidad, de la
Justicia, del Progreso... y apretando los dientes para que no chocasen
los de arriba con los de abajo. Entr en su casa.... Pidi tila, se
acost... y al verse rodeado de su mujer y de sus hijas que le echaban
sobre el cuerpo cuantas mantas haba en casa, el ateo empedernido sinti
una dulce ternura nerviosa, un calorcillo confortante y se dijo: Al
fin, hay una religin, la del hogar.

A la maana siguiente despert a toda la casa a campanillazos. Se
senta mal. Que llamasen a Somoza. Somoza dijo que aquello no era nada.
Ocho das despus propuso a la seora de Guimarn el arduo problema de
lo que all se llamaba la preparacin del enfermo. Haba que
prepararle, a qu? A bien morir.

De las cuatro hijas de don Pompeyo dos se desmayaron en compaa de su
madre al or la noticia.

Las otras dos, ms fuertes, deliberaron. Quin le pona el cascabel al
gato? Quin propona a su seor padre que recibiera los Sacramentos?

Se lo propuso la hija mayor, Agapita.

--Pap, t que eres tan bueno, querras darme un disgusto, drselo a
mam, sobre todo, que te quiere tanto... y es tan religiosa?...

--No prosigas, Agapita querida--dijo el enfermo con voz meliflua, dbil,
mimosa--. Ya s lo que pides. Que confiese. Est bien, hija ma. Cmo
ha de ser? Hace das que esperaba este momento. El seor de Somoza es
tan angelical que no quera darme un susto; pero yo conoca que esto iba
mal. He pensado mucho en vosotras, en la necesidad de complaceros. Slo
os pido una cosa... que venga el seor Magistral. Quiero que me oiga en
confesin el seor De Pas; necesito que me oiga, y que me perdone.

Agapita llor sobre el pecho flaco de su padre. Desde la sala haban
odo el dilogo Somoza y la hija menor de Guimarn, Perpetua. Media
hora despus toda Vetusta saba el milagro. _El Ateo_ llamaba al
Magistral para que le ayudara a bien morir!.

Don Fermn estaba en cama. Su madre echada a los pies del lecho, como un
perro, grua en cuanto olfateaba la presencia de algn importuno. El
Magistral se quejaba de neuralgia; el ruido menor le sonaba a patadas en
la cabeza. Doa Paula haba prohibido los ruidos, todos los ruidos. Se
andaba de puntillas y se procuraba volar.

Teresina crey que el recado de las seoritas de Guimarn era cosa
grave, y mereca la pena de infringir la regla general.

--Estn ah de parte de la seora y seoritas de Guimarn....

--De Guimarn!--dijo el Magistral que estaba despierto, aunque tena
los ojos cerrados.

--De Guimarn! T ests loca...--dijo doa Paula muy bajo.

--S, seora, de Guimarn, de don Pompeyo, que se est muriendo y quiere
que le vaya a confesar el seorito.

Hijo y Madre dieron un salto; doa Paula qued en pie, don Fermn
sentado en su lecho.

Se hizo entrar a la criada de Guimarn y repetir el recado.

La criada lloraba y describa entre suspiros la tristeza de la familia y
el consuelo que era ver al seor pedir los Santos Sacramentos.

El Magistral y doa Paula se consultaron con los ojos. Se entendieron.

--Te har dao?

--No. Que voy ahora mismo.

--Salid. Que el seorito est muy enfermo, pero que lo primero es lo
primero y que va all ahora mismo.

Quedaron solos hijo y madre.--Ser una broma de ese tunante?

--No seora; es un pobre diablo. Tena que acabar as. Pero yo no saba
que estaba enfermo.

De Pas hablaba mientras se vesta ayudado por su madre, que busc en el
fondo de un bal la ropa de ms abrigo.

--Fermo, y si t te pones malo de veras... es decir, de cuidado?...

--No, no, no. Deje usted. Esto no admite espera... y mi cabeza s. Es
preciso llegar all antes que se sepa por ah... No comprende usted?

--S, claro; tienes razn.

Callaron. El Magistral se cogi a la pared y al hombro de su madre para
tenerse en pie.

En su despacho se sent un momento.

--Mandamos por un coche?...--S, es claro; ya deba estar hecho eso. A
Benito, aqu en la esquina....

Entr Teresa.--Esta carta para el seorito.

Doa Paula la tom, no conoci la letra del sobre.

Fermn s; era la de Ana, desfigurada, obra de una mano temblorosa....

--De quin es?--pregunt la madre al ver que Fermn palideca.

--No s... ya la ver despus. Ahora al coche... a ver a Guimarn....

Y se puso de pies, escondi la carta en un bolsillo interior, y se
dirigi a la puerta con paso firme.

Doa Paula, aunque sospechaba, no saba qu, no se atrevi esta vez a
insistir. Le daba lstima de aquel hijo que enfermo, triste, tal vez
desesperado, iba por ella a continuar la historia de su grandeza, de sus
ganancias; iba a rescatar el crdito perdido buscando un milagro de los
ms sonados, de los ms eficaces y provechosos, un milagro de
conversin. Era un hroe. Cunto haba padecido durante aquella
cuaresma!. Ella, doa Paula, haba acabado por adivinar que su hijo y
la Regenta no se vean ya; haban reido por lo visto. Al principio el
egosmo de la madre triunf y se alegr de aquel rompimiento que
supona. Conoci que su hijo no se humillara jams a pedir una
reconciliacin, que antes morira desesperado como un perro, all, en
aquel lecho donde haba cado al cabo, despus de pasear la clera
comprimida por toda Vetusta y sus alrededores, de da y de noche. Pero
la desesperacin taciturna de su Fermo, complicada con una enfermedad
misteriosa, de mal aspecto, que poda parar en locura, asust a la madre
que adoraba a su modo al hijo; y noche hubo en que, mientras velaba el
dolor de su Fermo pens en mil absurdos, en milagros de madre, en ir
ella misma a buscar a la infame que tena la culpa de aquello, y
degollarla, o traerla arrastrando por los malditos cabellos, all, al
pie de aquella cama, a velar como ella, a llorar como ella, a salvar a
su hijo a toda costa, a costa de la fama, de la salvacin, de todo, a
salvarle o morir con l.... De estas ideas absurdas, que rechazaba
despus el buen sentido, le quedaba a doa Paula una ira sorda,
reconcentrada, y una aspiracin vaga a formar un proyecto extrao, una
intriga para cazar a la Regenta y hacerla servir para lo que Fermo
quisiera... y despus matarla o arrancarle la lengua....

Los primeros das, despus de separarse Ana y De Pas, era el Magistral
quien preguntaba ms a menudo a Teresina, afectando indiferencia, pero
sin que su madre le oyera: Ha habido algn recado, alguna carta para
m?. Despus, tambin doa Paula, a solas tambin, preguntaba a la
doncella, con voz gutural, estrangulada: Han trado algn recado...
algn papel... para el seorito?.

No, no haban trado nada. La cuaresma haba pasado as, haba comenzado
la semana de Dolores, estaba concluyendo... y nada.

Debe de ser de ella, pens doa Paula cuando vio el papel que present
Teresina. Sinti ira y placer a un tiempo.

El Magistral senta en los odos huracanes. Tema caerse. Pero estaba
dispuesto a salir. Tambin se jur negarse a leer la carta delante de su
madre, aunque ella lo pidiera puesta en cruz. Aquella carta era de l,
de l solo. Lleg el coche. Una carretela vieja, desvencijada, tirada
por un caballo negro y otro blanco, ambos desfallecidos de hambre y
sucios.

Doa Paula, que haba acompaado a su hijo hasta el portal, dijo con
nfasis al cochero:

--A casa de don Pompeyo Guimarn... ya sabes....

--S, s... Dobl el coche la esquina; don Fermn corri un cristal y
grit:

--Despacio, al paso. Mir la carta de Ana. Rompi el sobre con dedos que
temblaban y ley aquellas letras de tinta rosada que saltaban y se
confundan enganchadas unas con otras. Adivin ms que descifr los
caracteres que se evaporaban ante su vista dbil.

Fermn: necesito ver a usted, quiero pedirle perdn y jurarle que soy
digna de su carioso amparo; Dios ha querido iluminarme otra vez; la
Virgen, estoy segura de ello, la Virgen quiere que yo le busque a usted,
que le llame. Pens en ir yo misma a su casa. Pero temo que sea
indiscrecin. Sin embargo, ir, a pesar de todo, si es verdad que est
usted enfermo y que no puede salir. Dnde le podr hablar? Estoy segura
de que por caridad a lo menos no dejar sin respuesta mi carta. Y si la
deja, all voy. Su mejor amiga, su esclava, segn ha jurado y sabr
cumplir.--ANA.

De Pas dej de sentir sus dolores, no pens siquiera en esto; mir al
cielo, iba a obscurecer. Cogi con mano febril la blusa azul del cochero
que volvi la cabeza.

--Qu hay seorito?

--A la Plaza Nueva... a la Rinconada....

--S, ya s... pero ahora?

--S, ahora mismo, y a escape.

El coche sigui al paso. Si est don Vctor, que no lo quiera Dios,
basta con que Ana me mire, con que me vea all... Si no est... mejor.
Entonces hablar, hablar....

Y cansado por tantos esfuerzos y sorpresas, don Fermn dej caer la
cabeza sobre el sobado reps azul del testero y en aquel rincn obscuro
del coche, ocultando el rostro en las manos que ardan, llor como un
nio, sin vergenza de aquellas lgrimas de que l solo sabra.

No estaba don Vctor en casa.

El Magistral estuvo en el casern de los Ozores desde las siete hasta
ms de las ocho y media. Cuando sali, el cochero dorma en el pescante.
Haba encendido los faroles del coche y esperaba, seguro de cobrar caro
aquel sueo. Don Fermn entr en casa de don Pompeyo a las nueve menos
cuarto. La sala estaba llena de curas y seglares devotos. Todas las
hijas de Guimarn salieron al encuentro del Provisor, cuyo rostro
reluca con una palidez que pareca sobrenatural. Se hubiera dicho que
le rodeaba una aureola.

Tres veces se haba mandado aviso a casa del Magistral para que viniera
en seguida. Don Pompeyo quera confesar, pero con De Pas y slo con De
Pas: deca que slo al Magistral quera decir sus pecados y declarar sus
errores; que una voz interior le peda con fuerza invencible que llamara
al Magistral y slo al Magistral.

Doa Paula contestaba que su hijo haba salido a las siete, en coche, en
cuanto haba recibido aviso, que haba ido derecho a casa de Guimarn.
Pero como no llegaba, se repetan los recados. Doa Paula estaba
furiosa. Qu era de su hijo? Qu nueva locura era aquella?

Al fin las de Guimarn, en vista de que el Provisor no pareca, llamaron
al Arcediano, a don Custodio, al cura de la parroquia, y a otros
clrigos que ms o menos trataban al enfermo. Todo intil. l quera al
Magistral; la voz interior se lo peda a gritos. Glocester al lado de
aquel lecho de muerte se mora de envidia y estaba verde de ira, aunque
sonrea como siempre.

--Pero, seor don Pompeyo, hgase usted cargo de que todos somos
sacerdotes del Crucificado... y siendo sincera su conversin de usted....

--S seor, sincera; yo nunca he engaado a nadie. Yo quiero
reconciliarme con la iglesia, morir en su seno, si est de Dios que
muera....

--Oh, no, eso no...--Tal creo yo; pero de todas suertes... quiero
volver al redil... de mis mayores... pero ha de ser con ayuda del seor
don Fermn; tengo motivos poderosos para exigir esto, son voces de mi
conciencia....

--Oh, muy respetable... muy respetable.... Pero si ese seor Magistral no
parece....

--Si no parece, cuando el peligro sea mayor, confesar con cualquiera de
ustedes. Entre tanto quiero esperarle. Estoy decidido a esperar.

El cura de la parroquia no consigui ms que el Arcediano. De don
Custodio no hay que hablar. Todos aquellos seores sacerdotes estaban
all en ridculo, segn opinin de Glocester. La verdad era que un
color se les iba y otro se les vena.

--Ser esto un complot?--dijo Mourelo al odo de don Custodio.

Despus de tanto hacerse esperar lleg el Magistral.

Las hijas de Guimarn le llevaron en triunfo junto a su padre.

De Pas pareca un santo bajado del cielo; una alegra de arcngel
satisfecho brillaba en su rostro hermoso, fuerte en que haba reflejos
de una juventud de aldeano robusto y fino de facciones; era la juventud
de la pasin, rozagante en aquel momento. Mientras Guimarn estrechaba
la mano enguantada del Provisor, este, sin poder traer su pensamiento a
la realidad presente, segua saboreando la escena de dulcsima
reconciliacin en que acababa de representar papel tan importante. Ana
era suya otra vez, su esclava! ella lo haba dicho de rodillas,
llorando.... Y aquel proyecto, aquel irrevocable propsito de hacer ver
a toda Vetusta en ocasin solemne que la Regenta era sierva de su
confesor, que crea en l con fe ciega!.... Al recordar esto, con todos
los pormenores de la gran prueba ofrecida por Ana, don Fermn sinti que
le temblaban las piernas; era el desfallecimiento de aquel deleite que
l llamaba moral, pero que le llegaba a los huesos en forma de soplo
caliente. Pidi una silla. Se sent al lado del enfermo y por primera
vez vio lo que tena delante; un rostro plido, avellanado, todo huesos
y pellejo que pareca pergamino claro. Los ojos de Guimarn tenan una
humedad reluciente, estaban muy abiertos, miraban a los abismos de ideas
en que se perda aquel cerebro enfermo, y parecan dos ventanas a que se
asomaba el asombro mudo.

Quedaron solos el enfermo y el confesor.

De Pas se acord de su madre, de los Jesuitas, de Barinaga, de
Glocester, de Mesa, de Foja, del Obispo, y aunque con repugnancia se
decidi a sacar todo el partido posible de aquella conversin que se le
vena a las manos. En un solo da cunta felicidad! Ana y la influencia
que se haban separado de l volvan a un tiempo; Ana ms humilde que
nunca, la influencia con cierto carcter sobrenatural. S, l estaba
seguro de ello, conoca a los vetustenses; un entierro les haba hecho
despreciar a su tirano, otro entierro les hara arrodillarse a sus pies,
fanatizados unos, asustados por lo menos los dems. Mientras hablaba con
don Pompeyo de la religin, de sus dulzuras, de la necesidad de una
Iglesia que se funde en revelaciones positivas, el Magistral preparaba
todo un plan para sacar provecho de su victoria.... Ya que aquel
tontiloco se le meta entre los dedos, no sera en vano. Los otros
tontos, los que crean que Guimarn era ateo de puro malvado y de puro
sabio, miraran aquella conquista como cosa muy seria, como una ganancia
de incalculable valor para la Iglesia.

El ateo! Aunque todos le tenan por inofensivo, crean los ms en su
maldad ingnita y en una misteriosa superioridad diablica. Y aquel
diablo, aquel malhechor se arrojaba a los pies del seor espiritual de
Vetusta.... Oh! qu gran efecto teatral!... No, no sera l bobo, su
madre tena razn, haba que sacar provecho.... Y despus, aquello no era
ms que una preparacin para otro triunfo ms importante; no se haba
dicho que hasta la Regenta le abandonaba? Pues ya se vera lo que iba a
hacer la Regenta.... Don Fermn se ahogaba de placer, de orgullo; se le
atragantaban las pasiones mientras don Pompeyo tosa, y entre esputo y
esputo de flema deca con voz dbil:

--Puede usted creer... seor Magistral... que ha sido un milagro esto...
s, un milagro.... He visto coros de ngeles, he pensado en el Nio
Dios... metidito en su cuna... en el portal de Belem... y he sentido una
ternura... as... como paternal... qu s yo!... Eso es sublime, don
Fermn... sublime.... Dios en una cuna... y yo ciego... que negaba!...
pero dice usted bien.... Yo me he pasado la vida pensando en Dios,
hablando de l... slo que al revs... todo lo entenda al revs....

Y continuaba su discurso incoherente, interrumpido por toses y por
sollozos.

Despus el Magistral le hizo callar y escucharle.

Habl mucho y bien don Fermn. Era necesario para obtener el perdn de
Dios que don Pompeyo, antes de sanar, porque sin duda sanara--y eso
pensaba l tambin--diese un ejemplo edificante de piedad. Su conversin
deba ser solemne, para escarmiento de pcaros y enseanza saludable de
los creyentes tibios.

--Puede usted hacer un gran beneficio a la Iglesia, a quien tantos males
ha hecho....

--Pues usted dir... don Fermn... yo soy esclavo de su voluntad....
Quiero el perdn de Dios y el de usted... el de usted a quien tanto he
ofendido hacindome eco de calumnias.... Y crea usted que yo no le quera
a usted mal, pero como mi propsito era combatir el fanatismo, al clero
en general... y adems Barinaga slo as poda ser conquistado.... Oh
Barinaga! infeliz don Santos! Estar en el infierno, verdad, don
Fermn? Infeliz! Y por mi culpa!

--Quin sabe.... Los designios de Dios son inescrutables.... Y adems,
puede contarse con su bondad infinita.... Quin sabe!... Lo principal
es que nosotros demos ahora un notable ejemplo de piedad acendrada....
Esta leccin puede traer muchas conversiones detrs de s. Ah, don
Pompeyo, no sabe usted cunto puede ganar la Religin con lo que usted
ha hecho y piensa hacer!...

A la maana siguiente toda Vetusta edificada se preparaba a acompaar el
Vitico que por la tarde deba ser administrado al seor Guimarn. Era
Domingo de Ramos. No se respiraba por las calles del pueblo ms que
religin.

--El papel Provisor sube!--deca Foja furioso al odo de Glocester, a
quien encontr en el atrio de la catedral, al salir de misa.

--Esto es un complot!--Lo que es un idiota ese don Pompeyo.

--No, un complot.... La verdad era que el _papel Provisor_ suba mucho
ms de lo que podan sus enemigos figurarse.

As como no se explicaba fcilmente por qu el descrdito haba sido tan
grande y en tan poco tiempo, tampoco ahora poda nadie darse cuenta de
cmo en pocas horas el espritu de la opinin se haba vuelto en favor
del Magistral, hasta el punto de que ya nadie se atreva delante de
gente a recordar sus vicios y pecados; y no se hablaba ms que de la
conversin milagrosa que haba hecho.

No importaba que Mourelo gritase en todas partes:

--Pero si no fue l, si fue un arranque espontneo del ateo.... Si as
hacen todos los espritus fuertes cuando les llega su hora....

Nadie haca caso del murmurador. Milagro s lo haba, pero lo haba
hecho el Magistral. Ya nadie dudaba esto. Era un gran hombre, haba
que reconocerlo.--Doa Paula, por medio del Chato y otros ayudantes,
doa Petronila, su cnclave, Ripamiln, el mismo Obispo, que haba
abrazado al Magistral en la catedral poco despus de bendecir las
palmas, todos estos, y otros muchos, eran propagandistas entusiastas de
la gloria reciente, fresca de don Fermn, de su triunfo palmario sobre
las huestes de Satn.

Foja, Mourelo, don Custodio, por consejo de Mesa que habl con el
ex-alcalde, desistieron de contrarrestar la poderosa corriente de la
opinin, favorable hasta no poder ms, a don Fermn.

Ms vala esperar; ya pasara aquella racha y volvera toda Vetusta a
ver al milagroso don Fermn de Pas tal como era, _en toda su horrible
desnudez_.

Despus que comulg don Pompeyo con toda la solemnidad requerida por las
circunstancias, teniendo a su lado al _cura de cabecera_, a don Fermn y
a Somoza, el mdico, Vetusta entera, que haba acudido a la casa y a las
puertas de la casa del converso, se esparci por todo el recinto de la
ciudad hacindose lenguas de la uncin con que mora el ateo, a quien
ahora todos concedan un talento extraordinario y una sabidura
descomunal, y pregonando el celo apostlico del Provisor, su tacto, su
influencia evanglica, que pareca cosa de magia o de milagro.

Terminada la ceremonia religiosa, hubo junta de mdicos. Somoza se haba
equivocado como sola. Don Pompeyo estaba enfermo de muerte, pero poda
durar muchos das: era fuerte... no haba ms que orle hablar.

Somoza mantuvo su opinin con energa heroica. Cierto que poda durar
algunos das ms de los que l haba anunciado, el seor Guimarn; pero
la ciencia no poda menos de declarar que la muerte era inminente. Poda
durar, s, el enfermo, mil y mil veces s, pero debido a qu?
Indudablemente a la influencia moral de los Sacramentos. No que l, don
Robustiano Somoza, hombre cientfico ante todo, creyese en la eficacia
material de la religin: pero sin incurrir en un fanatismo que pugnaba
con todas sus convicciones de hombre de ciencia, como tena dicho, poda
admitir y admita, aleccionado por la experiencia, que lo psquico
influye en lo fsico y viceversa, y que la conversin repentina de don
Pompeyo podra haber determinado una variacin en el curso natural de su
enfermedad... todo lo cual era extrao a la ciencia mdica como tal y
sin ms.

En efecto, don Pompeyo dur hasta el mircoles Santo.

Trifn Crmenes, desde el da en que se supo la conversin de Guimarn,
concibi la empecatada idea de consagrar una _hoja literaria_ del
_lbaro_ al importantsimo suceso. Pero haba que esperar a que el
enfermo saliese de peligro o se fuera al otro mundo. Esto ltimo era lo
ms probable y lo que ms convena a los planes de Crmenes, el cual
desde el domingo de Ramos tena a punto de terminar una largusima
composicin potica en que se _cantaba_ la muerte del ateo felizmente
restituido a la fe de Cristo. La oda elegaca, o elega a secas, lo que
fuera, que Trifn no lo saba, comenzaba as:

        Qu me anuncia ese fnebre lamento...?

El poeta iba y vena de la _casa mortuoria_ como l la llamaba ya para
sus adentros, a la redaccin, de la redaccin a la casa mortuoria.

--Cmo est?--preguntaba en voz muy baja, desde el portal.

La criada contestaba:--Sigue lo mismo. Y Trifn corra, se encerraba
con su elega y continuaba escribiendo:

        Duda fatal, incertidumbre impa!...
        Parada en el umbral, la Parca fiera
        ni ceja ni adelanta en su porfa;
        como sombra de horror, calla y espera...

Pasaban algunas horas, volva a presentarse Trifn en casa del
moribundo; con voz meliflua y tenue deca:

--Cmo sigue don Pompeyo?

--Algo recargado--le contestaban. Volva a escape a la redaccin,
anhelante, haba que trabajar con ahnco, poda morirse aquel seor y
la poesa quedar sin el ltimo pergeo.... Y escriba con _pulso
febril_:

        Mas ay! en vano fue; del almo cielo
        la sentencia se cumple; inexorable...

No saba Trifn lo que significaba almo, es decir, no lo saba a punto
fijo, pero le sonaba bien.

Cuando la criada de Guimarn le contestaba: Que el seor haba pasado
mejor la noche, Crmenes, sin darse cuenta de ello, torca el gesto, y
senta una impresin desagradable parecida a la que experimentaba cuando
llegaba a convencerse de que un peridico de Madrid no le publicara los
versos que le haba remitido. l no quera mal a nadie, pero lo cierto
era que, una vez tan adelantada la elega, don Pompeyo le iba a hacer un
flaco servicio si no se mora cuanto antes.

Muri. Muri el mircoles Santo. El Magistral y Trifn respiraron.
Tambin respir Somoza. Los tres hubieran quedado en ridculo a suceder
otra cosa. En cuanto a Crmenes, termin sus versos de esta suerte:

        No le lloris. Del bronce los taidos
        himnos de gloria son; la Iglesia santa
        le recogi en su seno... etc.

Al pobre Trifn le salan los versos montados unos sobre otros: igual
defecto tena en los dedos de los pies.

El entierro del ateo fue una solemnidad como pocas. _Acompaaron a la
ltima morada el cadver del finado_ las autoridades civiles y
militares; una comisin del Cabildo presidida por el Den, la Audiencia,
la Universidad, y adems cuantos se preciaban de buenos o malos
catlicos. La viuda y las hurfanas reciban especial favor y consuelo
con aquella pblica manifestacin de simpata. El Magistral iba
presidiendo el duelo de familia: no era pariente del difunto, pero le
haba sacado de las garras del Demonio, segn Glocester, que se qued en
la sala capitular murmurando. Aquello ms que el entierro de un
cristiano fue la apoteosis pagana del po, felice, triunfador Vicario
general. En efecto, el pueblo se lo enseaba con el dedo: Aquel es,
aquel es, deca la muchedumbre sealando al Apstol, al Magistral.

Los milagros que doa Paula haba hecho correr entre las masas
impresionables e iliteratas no son para dichos. El mismo seor Obispo,
en su ltimo sermn a las beatas pobres y clase de tropa, criadas de
servicio, etc., etc., haba aludido al triunfo de aquel hijo predilecto
de la Iglesia....

--No habr ms remedio que agachar la cabeza y dejar pasar el
temporal--deca Foja.

Los que estaban furiosos eran los libre-pensadores que coman de carne
en una fonda todos los viernes Santos.

Aquel don Pompeyo les haba desacreditado!

Vaya un libre-pensador!

Era un gallina! Muri loco! Le dieron hechizos! Qu hechizos?
Morfina.

El clero, milagros del clero...

Le convirtieron con opio... La debilidad hace sola esos milagros...

Sobre todo era un badulaque....

El jueves Santo lleg con una noticia que haba de hacer poca en los
anales de Vetusta, anales que por cierto escriba con gran cachaza un
profesor del Instituto, autor tambin de unos comentarios acerca de la
jota Aragonesa.

En casa de Vegallana la tal noticia _estall como una bomba_. Volva la
Marquesa, toda de negro, de pedir en la mesa de Santa Mara con
Visitacin; volva tambin Obdulia Fandio que haba pedido en San
Pedro, a la hora en que visitaban los _monumentos_ los oficiales de la
guarnicin; y todas aquellas seoras, en el gabinete de la Marquesa
reunidas, escuchaban pasmadas lo que solemnemente deca el gran
Constantino, doa Petronila Rianzares, que haba recaudado veinte duros
en la mesa de petitorio de San Isidro. Y deca el obispo-madre:

--S, seora Marquesa, no se haga usted cruces, Anita est resuelta a
dar este gran ejemplo a la ciudad y al mundo....

--Pero Quintanar... no lo consentir...

--Ya ha consentido... a regaadientes, por supuesto. Ana le ha hecho
comprender que se trataba de un voto sagrado, y que impedirle cumplir su
promesa sera un acto de despotismo que ella no perdonara jams....

--Y el pobre calzonazos dio su permiso?--dijo Visita, colorada de
indignacin--. Qu maridos de la isla de San Balandrn!--aadi
acordndose del suyo.

La Marquesa no acababa de santiguarse. Aquello no era piedad, no era
religin; era locura, simplemente locura. La devocin racional,
_ilustrada_, de buen tono, era aquella otra, pedir para el Hospital a
las corporaciones y particulares a las puertas del templo, regalar
estandartes bordados a la parroquia; pero vestirse de mamarracho y
darse en espectculo!....

--Por Dios, Marquesa! Cualquiera que la oyera a usted la tomara por
una demagoga, por una _Suera_.

--Pues yo, qu he dicho?

--Pues le parece a usted poco? llamar mamarracho a una _nazarena_...

La Marquesa encogi los hombros y volvi a santiguarse. Obdulia tena la
boca seca y los ojos inflamados. Senta una inmensa curiosidad y cierta
envidia vaga...

Ana iba a darse en espectculo! cierto, esa era la frase. Qu ms
hubiera querido ella, la de Fandio, que darse en espectculo, que
hacerse mirar y contemplar por toda Vetusta?

--Y el traje? cmo es el traje? sabe usted...?

--Pues no he de saber?--contest doa Petronila, orgullosa porque
estaba enterada de todo--. Ana llevar tnica talar morada, de
terciopelo, con franja _marrn fonc_....

--Marrn fonc?--objet Obdulia--... no dice bien... oro sera mejor.

--Qu sabe usted de esas cosas?... Yo misma he dirigido el trabajo de
la modista; Ana tampoco entiende de eso y me ha dejado a m el cuidado
de todos los pormenores.

--Y la tnica es de vuelo?

--Un poco...--Y cola?--No, ras con ras...--Y calzado?
sandalias...?

--Calzado! qu calzado? El pie desnudo....

--Descalza!--gritaron las tres damas.

--Pues claro, hijas, ah est la gracia.... Ana ha ofrecido ir
descalza....

--Y si llueve?--Y las piedras?--Pero se va a destrozar la piel...
--Esa mujer est loca...--Pero dnde ha visto ella a nadie hacer esas
diabluras?

--Por Dios, Marquesa, no blasfeme usted! Diabluras un voto como este,
un ejemplo tan cristiano, de humildad tan edificante....

--Pero, cmo se le ha ocurrido... eso? Dnde ha visto ella eso?...

--Por lo pronto, lo ha visto en Zaragoza y en otros pueblos de los
muchos que ha recorrido.... Y aunque no lo hubiera visto, siempre sera
meritorio exponerse a los sarcasmos de los impos, y a las burlas
disimuladas de los fariseos y de las fariseas... que fue justamente lo
que hizo el Seor por nosotros pecadores.

--Descalza!--repeta asombrada Obdulia.--La envidia creca en su pecho.
Oh, lo que es esto--pensaba--indudablemente tiene _cachet_. Sale de lo
vulgar, es una _boutade_, es algo... de un buen tono superfino....

El Marqus entr en aquel momento con don Vctor colgado del brazo.

Vegallana vena consolando al msero Quintanar, que no ocultaba su
tristeza, su decaimiento de nimo.

Doa Petronila se despidi antes de que el atribulado ex-regente pudiera
echarle el tanto de culpa que la corresponda en aquella aventura que l
reputaba una desgracia.

--Vamos a ver, Quintanar--pregunt la Marquesa con verdadero inters y
mucha curiosidad....

--Seora... mi querida Rufina... esto es... que como dice el poeta...

        No podan vencerme... y me vencieron...!

--Djese usted de versos, alma de Dios.... Quin le ha metido a Ana eso
en la cabeza?

--Quin haba de ser? Santa Teresa... digo... no... el Paraguay.

--El Para...?--No, no es eso. No s lo que me digo.... Quiero decir....
Seores, mi mujer est loca.... Yo creo que est loca.... Lo he dicho mil
veces.... El caso es... que cuando yo crea tenerla dominada, cuando yo
crea que el misticismo y el Provisor eran agua pasada que no mova
molino... cuando yo no dudaba de mi poder discrecional en mi hogar... a
lo mejor zas! mi mujer me viene con la embajada de la procesin.

--Pero si en Vetusta jams ha hecho eso nadie....

--S tal--dijo el Marqus--. Todos los aos va en el entierro de Cristo,
Vinagre, o sea don Belisario Zumarri, el maestro ms sanguinario de
Vetusta, vestido de nazareno y con una cruz a cuestas....

--Pero, Marqus, no compare usted a mi mujer con Vinagre.

--No, si yo no comparo...--Pero, seores, seores, digo yo--repeta
doa Rufina--cundo ha visto Ana que una seora fuese en el Entierro
detrs de la urna con hbito, o lo que sea, de nazareno?...

--S, verlo, s lo ha visto. Lo hemos visto en Zaragoza... por ejemplo.
Pero yo no s si aquellas eran seoras de verdad....

--Y adems, no iran descalzas--dijo Obdulia.

--Descalzas! y mi mujer va a ir descalza? Ira de Dios! eso s que
no!... Pardiez!

Gran trabajo cost contener la indignacin colrica de don Vctor. El
cual, ms calmado, se volvi a casa, y entre tener _otra explicacin_
con su seora o encerrarse en un significativo silencio, prefiri
encerrarse en el silencio... y en el despacho.

A s mismo no se poda engaar. Comprenda que la resolucin de Ana era
irrevocable.

El Viernes Santo amaneci plomizo; el Magistral muy temprano, en cuanto
fue de da, se asom al balcn a consultar las nubes. Llovera?
Hubiera dado aos de vida porque el sol barriera aquel toldo ceniciento
y se asomara a iluminar cara a cara y sin rebozo aquel da de su
triunfo.... Dos das de triunfo! El mircoles el entierro del ateo
convertido, el viernes el entierro de Cristo, y en ambos l, don Fermn
triunfante, lleno de gloria, Vetusta admirada, sometida, los enemigos
tragando polvo, dispersos y aniquilados!.

Tambin Ana mir al cielo muy de maana, y sin poder remediarlo pens
si lloviera! Lo deseaba y le remorda la conciencia de este deseo.
Estaba asustada de su propia obra. Yo soy una loca--pensaba--tomo
resoluciones extremas en los momentos de la exaltacin y despus tengo
que cumplirlas cuando el nimo decado, casi inerte, no tiene fuerza
para querer. Recordaba que de rodillas ante el Magistral le haba
ofrecido aquel sacrificio, aquella prueba pblica y solemne de su
adhesin a l, al perseguido, al calumniado. Se le haba ocurrido
aquella tremenda traza de mortificacin propia en la novena de los
Dolores, oyendo el _Stabat Mater_ de Rossini, figurndose con
calenturienta fantasa la escena del Calvario, viendo a Mara a los pies
de su hijo, _dum pendebat filius_, como deca la letra. Haba recordado,
como por inspiracin, que ella haba visto en Zaragoza a una mujer
vestida de Nazareno, caminar descalza detrs de la urna de cristal que
encerraba la imagen supina del Seor, y sin pensarlo ms, haba
resuelto, se haba jurado a s misma caminar as, a la vista del pueblo
entero, por todas las calles de Vetusta detrs de Jess muerto, cerca de
aquel Magistral que padeca tambin muerte de cruz, calumniado,
despreciado por todos... y hasta por ella misma.... Y ya no haba
remedio, don Fermn, despus de una oposicin no muy obstinada, haba
accedido y aceptaba la prueba de fidelidad espiritual de Ana; doa
Petronila, a quien ya no miraba como tercera repugnante de aventuras
sacrlegas, se haba ofrecido a preparar el traje y todos los pormenores
del _sacrificio_... Y ahora, cuando era llegado el da, cuando se
acercaba la hora, se le ocurra a ella dudar, temer, desear que se
abrieran las cataratas del cielo y se inundara el mundo para evitar el
trance de la procesin!.

Ana pensaba tambin en su Quintanar. Todo aquello era por l, cierto;
era preciso agarrarse a la piedad para conservar el honor, pero no
haba otra manera de ser piadosa? No haba sido un arrebato de locura
aquella promesa? No iba a estar en ridculo aquel marido que tena que
ver a su esposa descalza, vestida de morado, pisando el lodo de todas
las calles de la Encimada, _dndose en espectculo_ a la malicia, a la
envidia, a todos los pecados capitales, que contemplaran desde aceras y
balcones aquel _cuadro vivo_ que ella iba a representar? Buscaba Ana el
fuego del entusiasmo, el frenes de la abnegacin que haca ocho das,
en la iglesia, oyendo msica, le haban sugerido aquel proyecto; pero el
entusiasmo, el frenes, no volvan; ni la fe siquiera la acompaaba. El
miedo a los ojos de Vetusta, a la malicia boquiabierta, la dominaba por
completo; ya no crea, ni dejaba de creer; no pensaba ni en Dios, ni en
Cristo, ni en Mara, ni siquiera en la eficacia de su sacrificio para
restaurar la fama del Magistral: no pensaba ms que en _el escndalo_ de
aquella exhibicin. S, escndalo era; la mujer de su casa, la esposa
honesta, protestaba dentro de Ana contra el espectculo prximo.... No,
no estaba segura de que su abnegacin fuese buena siquiera; acaso era
una desfachatez; la paz de su casa, el recato del hogar, lo decan con
silencio solemne... y Ana sudaba de congoja.... Lo que haba
prometido!.

No llovi. El toldo gris del cielo continu echado sobre el pueblo todo
el da. Una hora antes de obscurecer sali la procesin del Entierro de
la iglesia de San Isidro.

--Ya llega, ya llega!--murmuraban los socios del Casino apiados en
los balcones, codendose, pisndose, estrujndose, los msculos del
cuello en tensin, por el afn de ver mejor el extrao espectculo, de
contemplar a su sabor a la dama hermosa, a la perla de Vetusta, rodeada
de curas y monagos, a pie y descalza, vestida de nazareno, ni ms ni
menos que el seor Vinagre, el cruelsimo maestro de escuela.

Como una ola de admiracin preceda al fnebre cortejo; antes de llegar
la procesin a una calle, ya se saba en ella, por las apretadas filas
de las aceras, por la muchedumbre asomada a ventanas y balcones que la
Regenta vena guapsima, plida, como la Virgen a cuyos pies caminaba.
No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido
en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete
espadas, que vena detrs, no merecan la atencin del pueblo devoto; se
esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos.... En frente del
Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio
churrigueresco de piedra obscura, estaban, detrs de colgaduras carmes
y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa,
Visitacin, Obdulia, las del barn y otras muchas damas de la llamada
aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba
plida de emocin. Se mora de envidia. El pueblo entero pendiente de
los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de sus
gestos!... Y vena descalza! Los pies blanqusimos, desnudos,
admirados y compadecidos por multitud inmensa!. Esto era para la de
Fandio el bello ideal de la coquetera.

Jams sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a
negro encaje bordado y bien ceido; jams su espalda de curvas
vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, haban
atrado as, ni con cien leguas, la atencin y la admiracin de un
pueblo entero, por ms que los luciera en bailes, teatros, paseos y
tambin procesiones.... Toda aquella carne blanca, dura, turgente,
significativa, principal, era menos por razn de las circunstancias, que
dos pies descalzos que apenas se podan entrever de vez en cuando debajo
del terciopelo morado de la _nazarena_! Y era natural; todo Vetusta,
segua pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies
descalzos, por qu? porque hay un _cachet_ distinguidsimo en el modo
de la exhibicin, porque... esto es cuestin de _escenario_. Cundo
llegar? preguntaba la viuda, lamindose los labios, invadida de una
envidia admiradora, y sintiendo extraos dejos de una especie de lujuria
bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Senta Obdulia en
aquel momento as... un deseo vago... de... de... ser hombre.

Hombre era, y muy hombre, el maestro de escuela Vinagre, don Belisario,
que se disfrazaba de Nazareno en tan solemne da, segn costumbre
inveterada y era el ms terrible Herodes de primeras letras los dems
das del ao. Todos los chiquillos de su escuela, que le aborrecan de
corazn, se agolpaban en calles, plazas y balcones, a ver pasar al seor
maestro, con su cruz de cartn al hombro y su corona de espinas al
natural, que le pinchaban efectivamente, como se conoca por el
movimiento de las cejas y la expresin dolorosa de las arrugas de la
frente. Deseaban los muchachos cordialmente que aquellas espinas le
atravesasen el crneo. El entierro de Cristo era la venganza de toda la
escuela.

Vinagre, en su afn de mortificar a cuantas generaciones pasaban por su
mano, se gozaba en lastimar a la suya, en su propia persona. Pero no
slo el prurito de darse tormento como a cada hijo de vecino, le haba
inspirado aquella diablura de coronarse de espinas y dar un gustazo a
los recentales de su rebao pedaggico, sino que era gran parte en
aquella exhibicin anual la pcara vanidad. El saber que una vez al ao,
l, Vinagre, don Belisario, era objeto de la _espectacin general_, le
llenaba el alma de gloria. Nadie se haba atrevido a seguir su ejemplo;
l era el nico Nazareno de la poblacin y gozaba de este privilegio
tranquilamente muchos aos haca.

La competencia de doa Ana Ozores en vez de molestarle le colm de
orgullo. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, en cuanto la vio salir de
San Isidro, se emparej con ella, la salud muy cortsmente, y con su
cruz a cuestas y todo supo demostrar que l era ante todo, y aun camino
del Calvario, un cumplido caballero; si haba charcos l era el que se
meta por ellos para evitar el fango a los pies desnudos y de ncar de
aquella ilustre seora, su compaera. Ana iba como ciega, no oa ni
entenda tampoco, pero la presencia grotesca de aquel compaero
inesperado la hizo ruborizarse y sinti deseos locos de echar a correr.
La haban engaado, nada le haban dicho de aquella caricatura que iba
a llevar al lado. Oh, si ella tuviese todava aquel espritu
sinceramente piadoso de otro tiempo, esta nueva mortificacin, este
escarnio, esta saturacin de ridculo le hubiera agradado, porque as el
sacrificio era mayor, la fuerza de su abnegacin sublime.

Vinagre admir como todo el pueblo, especialmente el pueblo bajo, los
pies descalzos de la Regenta. En cuanto a l luca deslumbradora bota de
charol, con perdn de la propiedad histrica. Demasiado saba Vinagre
que las botas de charol no existan en tiempo de Augusto, ni aunque
existieran las haba de llevar Jess al Calvario; pero l no era ms que
un devoto, un devoto que en todo el ao no tena ocasin de lucirse;
haba que perdonarle la vanidad de ostentar en aquella ocasin sus botas
como espejos, que slo se calzaba en tan solemne da.

Ya llegan, ya llegan! repitieron los del Casino y las seoras de la
Audiencia cuando la procesin llegaba de verdad. Ahora no era un rumor
falso, eran _ellos_, era el Entierro.

Cesaron los comentarios en los balcones.

Todas las almas, ms o menos ruines, se asomaron a los ojos.

Ni un solo vetustense all presente pensaba en Dios en tal instante.

El pobre don Pompeyo, el ateo, ya haba muerto.

Visitacin, la del Banco, en vez de mirar como todos hacia la calle
estrecha por donde ya asomaban los pendones tristes y desmayados, las
cruces y ciriales, observaba el gesto de don lvaro Mesa, que estaba
solo, al parecer, en el ltimo balcn de la fachada del Casino, en el de
la esquina. Todo de negro, abrochada la levita ceida hasta el cuello,
don lvaro, plido, morda de rato en rato el puro habano que tena en
la boca, sonrea a veces y se volva de cuando en cuando a contestar a
un interlocutor, invisible para Visita.

Era don Vctor Quintanar. Los dos amigos se haban encerrado en la
secretara del Casino, a ruegos del ex-regente, que quera ver, sin ser
visto, lo que l llamaba la _subida al Calvario de su dignidad_. Detrs
de Mesa, que daba buena sombra, temblando sin saber por qu,
impaciente, casi con fiebre, Quintanar se dispona a ver todo lo que
pudiera.

--Mire usted--deca--si yo tuviera aqu una bomba Orsini... se la
arrojaba sin inconveniente al seor Magistral cuando pase triunfante por
ah debajo. Secuestrador!

--Calma, don Vctor, calma; esto es el principio del fin. Estoy seguro
de que Ana est muerta de vergenza a estas horas. Nos la han
fanatizado, qu le hemos de hacer? pero ya abrir los ojos; el exceso
del mal traer el remedio.... Ese hombre ha querido estirar demasiado la
cuerda; claro que esto es un gran triunfo para l... pero Ana tendr que
ver al cabo que ha sido instrumento del orgullo de ese hombre.

--Eso, instrumento, vil instrumento! La lleva ah como un triunfador
romano a una esclava... detrs del carro de su gloria....

Don Vctor se embrollaba en estas alegoras, pero lo cierto era que l
se figuraba a don Fermn de Pas, en medio de la procesin, y de pie en
un carro de cartn, como l haba visto entrar al bartono en el
escenario del Real, una noche que cantaba el _Poliuto_.

Don lvaro no finga su buen humor. Estaba un poco excitado, pero no se
senta vencido; l se atena a sus experiencias. Aquel clrigo no haba
tocado en la Regenta, estaba seguro. Sonrea de todo corazn, sonrea a
sus pensamientos, a sus planes. Claro que les molestaba a los nervios
aquel espectculo en que aparentemente el rival se mostraba triunfando a
la romana, segn don Vctor, pero... no haba tocado en ella.

Quintanar, desde su escondite, vio asomar entre los balaustres negros
del balcn una cruz dorada, remate de un pendn viejo y venerable. Se
puso de pies sobre la silla, siempre sin poder ser visto desde la calle,
y reconoci a Celedonio con una cruz de plata entre los brazos.

Mesa, dejando detrs de s a su amigo, ocup el medio del balcn,
arrogante y desafiando las miradas de los clrigos que pasaban debajo de
l.

Los tambores vibraban fnebres, tristes, empeados en resucitar un dolor
muerto haca diez y nueve siglos; a don Vctor s le sonaba aquello a
himno de muerte; se le figuraba ya que llevaban a su mujer al patbulo.

El redoble del parche se destacaba en un silencio igual y montono.

En la calle estrecha, de casas obscuras, se anticipaba el crepsculo;
las largas filas de hachas encendidas, se perdan a lo lejos hacia
arriba, mostrando la luz amarillenta de los pbilos, como un rosario de
cuenta, doradas, roto a trechos. En los cristales de las tiendas
cerradas y de algunos balcones, se reflejaban las llamas movibles,
suban y bajaban en contorsiones fantsticas, como sombras lucientes, en
confusin de aquelarre. Aquella multitud silenciosa, aquellos pasos sin
ruido, aquellos rostros sin expresin de los colegiales de blancas albas
que alumbraban con cera la calle triste, daban al conjunto apariencia de
ensueo. No parecan seres vivos aquellos seminaristas cubiertos de
blanco y negro, plidos unos, con cercos morados en los ojos, otros
morenos, casi negros, de pelo en matorral, casi todos cejijuntos,
preocupados con la idea fija del aburrimiento, mquinas de hacer
religin, reclutas de una leva forzosa del hambre y de la holgazanera.
Iban a enterrar a Cristo, como a cualquier cristiano, sin pensar en l;
a cumplir con el oficio. Despus venan en las filas clrigos con
manteo, militares, zapateros, y sastres vestidos de seores, algunos
carlistas, cinco o seis concejales, con traje de seores tambin. Iba
all Zapico, el dueo ostensible de la Cruz Roja, esclavo de doa Paula.
El Cristo tendido en un lecho de batista, sudaba gotas de barniz.
Pareca haber muerto de consuncin. A pesar de la miseria del arte, la
estatua supina, por la grandeza del smbolo infunda respeto
religioso.... Representaba a travs de tantos siglos un duelo sublime.
Detrs vena la Madre. Alta, esculida, de negro, plida como el hijo,
con cara de muerta como l. Fija la mirada de idiota en las piedras de
la calle, la impericia del artfice haba dado, sin saberlo, a aquel
rostro la expresin muda del dolor espantado, del dolor que rebosa del
sufrimiento. Mara llevaba siete espadas clavadas en el pecho. Pero no
daba seales de sentirlas; no senta ms que la muerte que llevaba
delante. Se tambaleaba sobre las andas. Tambin esto era natural. Desde
su altura dominaba la muchedumbre, pero no la vea. La Madre de Jess no
miraba a los vetustenses.... Don lvaro Mesa, al pasar cerca de sus pies
la Dolorosa tuvo miedo, dio un paso atrs en vez de arrodillarse. El
choque de aquella imagen del dolor infinito con los pensamientos de don
lvaro, todos profanacin y lujuria, le espant a l mismo. Estaba
pensando que Ana, despus de _aquella locura_ que cometa por el
confesor, por De Pas, hara otras mayores por el amante, por Mesa.

All iba la Regenta, a la derecha de Vinagre, un paso ms adelante, a
los pies de la Virgen enlutada, detrs de la urna de Jess muerto.
Tambin Ana pareca de madera pintada; su palidez era como un barniz.
Sus ojos no vean. A cada paso crea caer sin sentido. Senta en los
pies, que pisaban las piedras y el lodo un calor doloroso; cuidaba de
que no asomasen debajo de la tnica morada; pero a veces se vean.
Aquellos pies desnudos eran para ella la desnudez de todo el cuerpo y de
toda el alma. Ella era una loca que haba cado en una especie de
prostitucin singular!; no saba por qu, pero pensaba que despus de
aquel paseo a la vergenza ya no haba honor en su casa. All iba la
tonta, la literata, Jorge Sandio, la mstica, la fatua, la loca, la loca
sin vergenza. Ni un solo pensamiento de piedad vino en su ayuda en
todo el camino. El pensamiento no le daba ms que vinagre en aquel
calvario de su recato. Hasta recordaba textos de Fray Luis de Len en la
_Perfecta Casada_, que, segn ella, condenaban lo que estaba haciendo.
Me ceg la vanidad, no la piedad, pensaba. Yo tambin soy cmica, soy
lo que mi marido. Si alguna vez se atreva a mirar hacia atrs, a la
Virgen, senta hielo en el alma. La Madre de Jess no la miraba, no
haca caso de ella; pensaba en su dolor cierto; ella, Mara, iba all
porque delante llevaba a su Hijo muerto, pero Ana, a qu iba?....

Segn el Magistral, iba pregonando su gloria. Don Fermn no presida
este entierro como el del mircoles, pero celebraba con l su nuevo
triunfo. Caminaba cerca de Ana, casi a su lado en la tila derecha, entre
otros seores cannigos, con roquete, muceta y capa; empuaba el cirio
apagado, como un cetro. l era el amo de todo aquello. l, a pesar de
las calumnias de sus enemigos haba convertido al gran ateo de Vetusta
hacindole morir en el seno de la Iglesia; l llevaba all, a su lado,
prisionera con cadenas invisibles a la seora ms admirada por su
hermosura y grandeza de alma en toda Vetusta; iba la Regenta edificando
al pueblo entero con su humildad, con aquel sacrificio de la carne
flaca, de las preocupaciones mundanas, y era esto por l, se le deba a
l slo. No se deca que los jesuitas le haban eclipsado? Que los
Misioneros podan ms que l con sus hijas de confesin? Pues all
tenan prueba de lo contrario. Los jesuitas obligaban a las vrgenes
vetustenses a ceir el cilicio? Pues l descalzaba los ms floridos pies
del pueblo y los arrastraba por el lodo... all estaban, asomando a
veces debajo de aquel terciopelo morado, entre el fango. Quin poda
ms?. Y despus de las sugestiones del orgullo, los temblores cardacos
de la esperanza del amor. Qu seran, cmo seran en adelante sus
relaciones con Ana?. Don Fermn se estremeca. Por de pronto mucha
cautela. Tal vez el da en que dej la puerta abierta a los celos la
asust y por eso tard en volver a buscarme. Cautela por ahora...
despus... ello dir. De Pas senta que lo poco de clrigo que quedaba
en su alma desapareca. Se comparaba a s mismo a una concha vaca
arrojada a la arena por las olas. l era la cscara de un sacerdote.

Al pasar delante del Casino, frente al balcn de Mesa, Ana miraba al
suelo, no vio a nadie. Pero don Fermn levant los ojos y sinti el
topetazo de su mirada con la de don lvaro; el cual recul otra vez,
como al pasar la Virgen, y de plido pas a lvido. La mirada del
Magistral fue altanera, provocativa, sarcstica en su humildad y dulzura
aparentes: quera decir _Vae Victis!_ La de Mesa no reconoca la
victoria; reconoca una ventaja pasajera... fue discreta, suavemente
irnica, no quera decir: Venciste, Galileo sino hasta el fin nadie
es dichoso. De Pas comprendi, con ira, que el del balcn no se daba
por vencido.

--Va hermossima!--decan en tanto las seoras del balcn de la
Audiencia.

--Hermossima!--Pero se necesita valor!--Amigo, es una santa.--Yo
creo que va muerta--dijo Obdulia--; qu plida! qu _parada_! parece
de escayola.

--Yo creo que va muerta de vergenza--dijo al odo de la Marquesa,
Visita.

Doa Rufina suspiraba con aires de compasin. Y advirti:

--Lo de ir descalza ha sido una barbaridad. Va a estar en cama ocho das
con los pies hechos migas.

La baronesa de La Deuda Flotante, definitivamente domiciliada en
Vetusta, se atrevi a decir encogiendo los hombros:

--Dgase lo que se quiera; estos extremos no son propios... de personas
decentes.

El Marqus apoy la idea muy eruditamente.

--Eso es piedad de transtiberina.--Justo--dijo la baronesa, sin
recordar en aquel instante lo que era una transtiberina.

Como en la Audiencia, en todos los balcones de la carrera, despus de
pasar la procesin y haber contemplado y admirado la hermosura y la
valenta de la Regenta, se murmuraba ya y se encontraba inconvenientes
graves en aquel rasgo de inaudito atrevimiento.

Foja en el Casino, lejos de Mesa y don Vctor, deca pestes del
Magistral y la Regenta. Todo eso es indigno. No sirve ms que para dar
alas al Provisor. Lo que ha hecho la Regenta lo pagarn los curas de
aldea. Adems, la mujer casada la pierna quebrada y en casa.

--Sin contar--aada Joaqun Orgaz--con que esto se presta a
exageraciones y abusos. El ao que viene vamos a ver a Obdulia Fandio
descalza de pie... y pierna, del brazo de Vinagre.

Se ri mucho la gracia. Pero tambin se not que Orgaz deca aquello
porque no haba sacado nada de sus pretensiones amorosas, o por lo
menos, no haba sacado bastante.

El populacho religioso admiraba sin peros ni distingos la humildad de
aquella seora. Aquello era imitar a Cristo de verdad. Emparejarse,
como un cualquiera, con el seor Vinagre el nazareno; y recorrer
descalza todo el pueblo!... Bah! era una santa!.

En cuanto a don Vctor, al pasar debajo de su balcn el Magistral y Ana
pregunt a Mesa:

--Estn ya ah?

--S, ah van.... Y el mismo esposo estir el cuello... y asom la
cabeza.... Lo vio todo. Dio un salto atrs.

--Infame! es un infame! me la ha fanatizado!

Sinti escalofros. En aquel instante la charanga del batalln que iba
de escolta comenz a repetir una marcha fnebre.

Al pobre Quintanar se le escaparon dos lgrimas. Se le figur al or
aquella msica que estaba viudo, que aquello era el entierro de su
mujer.

--nimo, don Vctor--le dijo Mesa volvindose a l, y dejando el
balcn--. Ya van lejos.

--No; no quiero verla otra vez. Me hace dao!

--nimo.... Todo esto pasar...

Y apoy Mesa una mano en el hombro del viejo.

El cual, agradecido, enternecido, se puso en pie; procur ceir con los
brazos la espalda y el pecho del amigo, y exclam con voz solemne y de
sollozo:

--Lo juro por mi nombre honrado! Antes que esto, prefiero verla en
brazos de un amante!

--S, mil veces, s--aadi--bsquenle un amante, sedzcanmela; todo
antes que verla en brazos del fanatismo!...

Y estrech, con calor, la mano que don lvaro le ofreca.

La marcha fnebre sonaba a los lejos. El _chin, chin_ de los platillos,
el _rum rum_ del bombo servan de marco a las palabras grandilocuentes
de Quintanar.

--Qu sera del hombre en estas tormentas de la vida, si la amistad no
ofreciera al pobre nufrago una tabla donde apoyarse!

--_Chin, chin, chin! bom, bom, bom!_--S, amigo mo! Primero
seducida que fanatizada!...

--Puede usted contar con mi firme amistad, don Vctor; para las
ocasiones son los hombres....

--Ya lo s, Mesa, ya lo s... Cierre usted el balcn, porque se me
figura que tengo ese bombo maldito dentro de la cabeza!




--XXVII--


--Las diez! Has odo? el reloj del comedor ha dado las diez.... Te
parece que subamos?...

--Espera un poco; espera que suene la hora en la catedral.

--En la catedral! Pero se oye desde aqu, muchacha? Se oye el reloj
de la torre desde aqu?... Mira que es media legua larga....

--Pues s, se oye, en estas noches tranquilas ya lo creo que se oye.
Nunca lo habas notado? Espera cinco minutos y oirs las campanadas...
tristes y apagadas por la distancia....

--La verdad es que la noche est hermosa....

--Parece de Agosto.--Cuando contemplo el cielo,

        de innumerables luces rodeado
        y miro hacia el suelo...

perdname, hija ma, sin querer me vuelvo a mis versos....

--Y qu? mejor, Quintanar: eso es muy hermoso. _La Noche Serena_ ya lo
creo. Hace llorar dulcemente. Cuando yo era nia y empezaba a leer
versos, mi autor predilecto era ese.

El recuerdo de Fray Luis de Len pas como una nubecilla por el
pensamiento de Ana que sinti un poco de melancola amarga. Sacudi la
cabeza, se puso en pie y dijo:

--Dame el brazo, Quintanar; vamos a dar una vuelta por la galera de los
perales, mientras la seora torre de la catedral se decide a cantar la
hora....

--Con mil amores, _mia sposa cara_.

La pareja se escondi bajo la bveda no muy alta de una galera de
perales franceses en espaldar. La luna atravesaba a trechos el follaje
nuevo y sembraba de charcos de luz el suelo a lo largo del obscuro
camino.

--Mayo se despide con una esplndida noche--dijo Ana, apoyndose con
fuerza en el brazo de su marido.

--Es verdad; hoy se acaba Mayo. Maana Junio. Junio la caa en el puo.
Te gusta a ti pescar? El ro Soto, ya sabes, ese que est ah en
pasando la Pumarada de Chusquin.

--S, ya s... donde se baan Obdulia y Visita algunos veranos antes de
ir al mar.

--Justo, ese... pues el ro Soto lleva truchas exquisitas, segn me dijo
el Marqus. Quieres que escriba a Frgilis, que nos mande dos caas con
todos sus accesorios?

--S, s, magnfico! Pescaremos.

Don Vctor, satisfecho, sujet mejor el brazo de su mujer que colgaba
del suyo, y la tom la mano como un tenor de pera. Y cant:

        Lasciami, lasciami
        oh lasciami partir...

Call y se detuvo. Un rayo de luna le alumbraba las narices. Mir a su
esposa, que tambin volvi el rostro hacia su marido.

--Te gustan los Hugonotes? Te acuerdas? Qu mal los cantaba aquel
tenor de Valladolid.... Pero oye... mira que idea... hermosa idea....
Figrate aqu, en medio del Vivero, ah, junto al estanque, figrate a
Gayarre o a Masini cantando... en esta noche tranquila, en este
silencio... y nosotros aqu, debajo de esta bveda... oyendo...
oyendo.... Las peras deberan cantarse as... Qu nos falta a nosotros
ahora? Msica nada ms que msica.... El panorama hermoso... la brisa...
el follaje... la luna... pues esto con acompaamiento de un buen
cuarteto... y el paraso! Oh, los versos... los versos a veces no dicen
tanto como el pentagrama. Estoy por la cancin, por la poesa que se
acompaa en efecto de la lira o de la forminge.... T sabes lo que era
la forminge, _phorminx_?

Ana sonri y le explic el instrumento griego a su buen esposo.

--Chica, eres una erudita. Otra nubecilla pas por la frente de Ana.

El reloj de la catedral, a media legua del Vivero, dio las diez,
pausadas, vibrantes, llenando el aire de melancola.

--Pues es verdad que se oye--dijo Quintanar.

Y despus de un silencio, comentario de la hora, aadi:

--Vamos a cenar?--A cenar!--grit Ana. Y soltando el brazo de don
Vctor corri, levantando un poco la falda de la _matine_ que vesta,
hasta perderse en la obscuridad de la bveda. Quintanar la sigui dando
voces:

--Espera, espera... loca, que puedes tropezar.

Cuando sali a la claridad, con el cielo por techo, vio en lo alto de la
escalinata de mrmol, con una mano apoyada en el cancel dorado de la
puerta de la casa, a su querida esposa que extenda el brazo derecho
hacia la luna, con una flor entre los dedos.

--Eh, qu tal, Quintanar? Qu tal efecto de luna hago?...

--Magnfico! Magnfica estatua... original pensamiento... oye: La
Aurora suplica a Diana que apresure el curso de la noche....

Ana aplaudi y atraves el umbral. Don Vctor entr detrs dicindose a
s mismo en voz alta:

--Hija ma! Es otra.... Ese Bentez me la ha salvado.... Es otra....
Hija de mi alma!

Cenaron en la vajilla de los marqueses. Los dos tenan muy buen apetito.
Ana hablaba a veces con la boca llena, inclinndose hacia Quintanar que
sonrea, mascaba con fuerza, y mientras blanda un cuchillo aprobaba con
la cabeza.

--La casa es alegre hasta de noche--dijo ella.

Y aadi:--Toma, mndame esa manzana....

--Mndame la manzana, mndame la manzana... dnde he odo yo eso?...
Ah ya....

Y se atragant con la risa.--Qu tienes, hombre?--Es de una
zarzuela.... De una zarzuela de un acadmico.... Vers... se trata de la
marquesa de Pompadour: un seor Beltrand anda en su busca; en un molino
encuentra una aldeana... y como es natural se ponen a cenar juntos, y a
comer manzanas por ms seas.

--Como t y yo .--Justo. Pues bueno, la aldeana, como es natural
tambin, coge un cuchillo.

--Para matar a Beltrand....

--No, para mondar la manzana....

--Eso ya es inverosmil.

--Lo mismo opinan Beltrand y la orquesta. La orquesta se eriza de
espanto con todos sus violines en trmolo y pitando con todos sus
clarinetes; y Beltrand canta, no menos asustado:

_(Cantando y puesto en pie)_

        Cielos! monda la manzana;
        es la marquesa
        de Pompadour!...
        de Pompadour!...

Ana solt el trapo. Ri de todo corazn el disparate del acadmico y la
gracia de su marido. La verdad era que Quintanar pareca otro.

Petra sirvi el t.--Ha vuelto Anselmo de Vetusta?--pregunt el amo.

--S, seor, hace una hora....

--Ha trado los cartuchos?

--S, seor.--Y el alpiste?--S, seor.--Pues dile que maana muy
temprano tiene que volver a la ciudad, con un recado para el seor
Crespo. Deja... voy yo mismo a enterarle.... Escribir dos letras; no te
parece, Ana? ese Anselmo es tan bruto....

Sali el amo del comedor. Petra dijo, mientras levantaba el mantel:

--Si la seorita quiere algo... yo tambin pienso ir maana al ser de
da a Vetusta... tengo que ver a la planchadora... si quiere que lleve
algn recado... a la seora Marquesa... o....

--S: llevars dos cartas; las dejar esta noche sobre la mesa del
gabinete y t las cogers maana, sin hacer ruido, para no despertarnos.

--Descuide usted. Una hora despus don Vctor dorma en una alcoba
espaciosa, estucada, con dos camas. En el gabinete contiguo Ana escriba
con pluma rpida y que pareca silbar dulcemente al correr sobre el
papel satinado.

--No tardes; no escribas mucho, que te puede hacer dao. Ya sabes lo que
dice Bentez.

--S, ya s; calla y duerme.

Ana escribi primero a su mdico, que era en la actualidad el antiguo
sustituto de Somoza. Bentez, el joven de pocas palabras y muchos
estudios, observador y taciturno, haba permitido a su enferma, a la
Regenta, que escribiera, si este ejercicio la distraa, a ciertas horas
en que la aldea no ofrece ocupacin mejor. Escrbame usted a m, por
ejemplo, de vez en cuando, dicindome lo que sabe que importa para mi
pleito. Pero si se siente mal de esas aprensiones dichosas no me d
pormenores, bastan generalidades....

Ana escriba: ...Buenas noticias. Nada ms que buenas noticias. Ya no
hay aprensiones: ya no veo hormigas en el aire, ni burbujas, ni nada de
eso; hablo de ello sin miedo de que vuelvan las visiones: me siento
capaz de leer a Maudsley y a Luys, con todas sus figuras de sesos y
dems interioridades, sin asco ni miedo. Hablo de mi temor a la locura
con Quintanar como de la mana de un extrao. Estoy segura de mi salud.
Gracias, amigo mo; a usted se la debo. Si no me prohibiera usted
_filosofar_, aqu le explicara por qu estoy segura de que debo al plan
de vida que me impuso la felicidad inefable de esta salud serena, de
este placer refinado de vivir con sangre pura y corriente en medio de la
atmsfera saludable... pero nada de retrica; recuerdo cunto le
disgustan las frases.... En fin, estoy como un reloj, que es la expresin
que usted prefiere. El rgimen respetado con religiosa escrupulosidad.
El miedo guarda la via, ser esclava de la higiene. Todo menos volver a
las andadas. Contino mi diario, en el cual no me permito el lujo de
perderme en _psicologas_ ya que usted lo prohbe tambin. Todos los
das escribo algo, pero poco. Ya ve que en todo le obedezco. Adis. No
retarde su visita. Quintanar le saluda... roncando. Ronca, es un hecho.
_En aquel tiempo_ la Regenta hubiera mirado esto como una desgracia
suya, que le mandaba exprofeso el _destino_ para ponerla a prueba. Un
marido que ronca! Horror... basta. Veo que tuerce usted el gesto.
Perdn. No ms chchara. A Frgilis que venga con usted o antes. Diga lo
que quiera mi esposo, si Crespo no viene a prepararme la caa y a
convencer a las truchas de que se dejen pescar no haremos nada. Adis
otra vez. La esclava de su rgimen, q. b. s. m.,

               _Anita Ozores de Quintanar_.

Despus de firmar y cerrar esta carta, Ana se puso a continuar otra que
haba empezado a escribir por la maana.

Ahora la pluma corra menos, se detena en los perfiles.

Por un capricho la Regenta procuraba imitar la letra de la carta a que
contestaba y que tena delante de los ojos.

...No se queje de que soy demasiado breve en mis explicaciones. Ya le
tengo dicho, amigo mo, que Bentez me prohbe, y creo que con razn,
analizar mucho, estudiar todos los pormenores de mi pensamiento. No ya
el hacerlo, slo el pensar en hacerlo, en desmenuzar mis ideas, me da la
aprensin de volver a sentir aquella horrorosa debilidad del cerebro....
No hablemos ms de esto. Bastante hago si le escribo, pues prohibido me
lo tienen. Pero entendmonos. Lo prohibido no es escribir a usted.
Hablo ahora claro? Lo prohibido es escribir mucho, sea a quien sea, y
sobre todo de asuntos serios.

Qu cundo volvemos a Vetusta? No lo s. Fermn, no lo s.

Que yo estoy mucho mejor. Es verdad. Pero quien manda, manda. Bentez
es enrgico, habla poco pero bien; ha prometido curarme si se le
obedece, abandonarme si se le engaa o se desprecian sus mandatos. Estoy
decidida a obedecer. Usted me lo ha dicho siempre: lo primero es que
tengamos salud.

Que hay tibieza tal vez? No, Fermn, mil veces no. Yo le convencer
cuando vuelva.

Que rezo poco? Es verdad. Pero tal vez es demasiado para mi salud. Si
yo dijera a Quintanar o a Bentez el dao que me hace, sana y todo,
repetir oraciones!... Que en mis cartas no hablo ms que de don Vctor y
del mdico. Pero de qu quiere que le hable? Aqu no veo ms que a mi
marido; y Bentez me acaba de salvar la vida, tal vez la razn.... Ya s
que a usted no le gusta que yo hable de mis miedos de volverme loca...
pero es verdad, los tuve y le hablo de ellos, para que me ayude a
agradecer al mdico (de quien tanto hablo) mi _salvacin intelectual_.
Para qu me hubiera querido mi _hermano_ _mayor del alma_, sin el
alma, o con el alma obscurecida por la locura?...

Que se acab esto y se acab lo otro...? No y no. No se acab nada. A
su tiempo volver todo. Menos el visitar a doa Petronila. No me
pregunte usted por qu, pero estoy resuelta a no volver a casa de esa
seora. Y... nada ms. No _puedo ser ms larga_. Me est prohibido
(otra vez!). Acabo de cenar. Su ms fiel amiga y penitente agradecida.

_Ana Ozores_.

P. D.--Qu se conoce que tengo buen humor? Tambin es verdad. Me lo da
la salud. Si lo tuviera malo y pensara mal, creera que a usted le pesa
de mi buen humor, a juzgar por el _tono_ con que lo dice. Perdn por
todas las faltas.

Anita ley toda esta carta. Tach algunas palabras; medit y volvi a
escribirlas encima de lo tachado.

Y mientras pasaba la lengua por la goma del sobre, moviendo la cabeza a
derecha e izquierda, encogi los hombros y dijo a media voz:

--No tiene por qu ofenderse. Se acost en el lecho blanco y alegre que
estaba junto al de Quintanar.

El viejo madrugaba ms que Ana, y sala a la huerta a esperarla. A las
ocho tomaban juntos el chocolate en el invernculo que l llamaba con
cierto orgullo enftico _la serre_.

--Si esto fuera nuestro!...--pensaba a veces Quintanar contemplando
las plantas exticas de los anaqueles atestados y de los jarrones
etruscos y japoneses ms o menos autnticos.

La Regenta no pensaba en los ttulos de propiedad del Vivero; gozaba de
la naturaleza, de la salud y del relativo lujo que haban acumulado los
Vegallana en su famosa quinta, sin fijarse en nada ms que gozar. Viva
all como en un bao, en cuya eficacia crea.

Don Vctor sali de la huerta y atravesando prados, pumaradas y tierras
de maz, busc entre las casuchas vecinas la bajada al ro Soto, y por
su orilla el lugar ms a propsito para sentar sus reales y pescar, en
cuanto volviese Anselmo con los trastos necesarios.

Ana, durante las horas del calor, que ya era respetable, subi a su
gabinete, y despus de leer un poco, tendida sobre el lecho blanco, se
acerc al escritorio de palisandro, y hoje su libro de memorias.
Siempre haca lo mismo; antes de empezar a escribir en l repasaba
algunas pginas, a saltos....

Ley la primera que casi saba de memoria. La ley con cario de
artista. Deca as, en letra slo para Ana inteligible, nerviosa y
rapidsima:

Memorias!... Diario!... por qu no? Bentez lo consiente.

_Memorias de Juan Garca_, podra decir algn chusco.... Pero como esto
no ha de leerlo nadie ms que yo.... Qu es ridculo? Qu ha de ser!
Ms ridculo sera abstenerme de escribir (ya que es ejercicio que me
agrada y no me hace dao, tomado con medida), slo porque si lo supiera
el _mundo_ me llamara cursilona, literata... o romntica, como dice
Visita. A Dios gracias, estos miedos al qu dirn ya han pasado. La
salud me ha hecho ms independiente. Sobre todo qu han de decir si
nadie ha de leerlo? Ni Quintanar. Nunca ha entendido mi letra cuando
escribo deprisa. Estoy sola, completamente sola. Hablo conmigo misma,
secreto absoluto. Puedo rer, llorar, cantar, hablar con Dios, con los
pjaros, con la sangre sana y fresca que siento correr dentro de m.
Empecemos por un himno. Hagamos versos en prosa. Salud, salve! A ti
debo las ideas nuevas, este vigor del alma, este olvido de larvas y
aprensiones... y el equilibrio del nimo, que me trajo la calma
apetecida.... Suspendo el himno porque Quintanar jura que se muere de
hambre y me llama desde abajo, desde el comedor, con una aceituna en la
boca.... Ya bajo, ya bajo!... All voy!..

       *       *       *       *       *

El Vivero, Mayo 1... Llueve, son las cinco de la tarde y ha llovido todo
el da. _In illo tempore_, me tendra yo por desgraciada sin ms que
esto. Pensara en la pequeez--y la humedad--de las cosas humanas, en
el gran aburrimiento universal, etc., etc.... Y ahora encuentro natural y
hasta muy divertido que llueva. Qu es el agua que cae sobre esas
colinas, esos prados y esos bosques? El tocado de la naturaleza. Maana
el sol sacar lustre a toda esa verdura mojada. Y adems, aqu en el
campo, la lluvia es una msica. Mientras Quintanar duerme la siesta
(costumbre nueva) y ronca (achaque antiguo y digno de respeto) yo abro
la ventana y oigo

        el rumor de la lluvia
        sobre las hojas
        y el ruido de las alas
        de las palomas

que se esponjan sobre los tejadillos de su palomar cuadrado, entrando y
saliendo por las ventanas angostas. Ese palomar tiene algo de serrallo o
de casa de vecindad, segn se mire. La vida comn con sus horas de
hasto, de descuido, de pereza pblica se refleja en las posturas de
esas palomas, en sus pasos cortos, en el sacudir de las alas. Hay
parejas que se juntan por costumbre, _por deber_, pero se aburren como
si cada cual estuviese en el desierto. De repente el macho, supongo que
ser el macho, tiene una idea, un remordimiento, _improvisa_ una pasin
_que est muy lejos de sentir_, y besa a la hembra, y hace la rueda y
canta el _rucutucua_ y se eriza de plumas.... Ella, sorprendida, sin
sacudir la pereza corresponde con tibias caricias, y a poco, ambos
fatigados, soolientos, encontrando en la molicie de mojarse inmviles,
inflados, mayor voluptuosidad que en los devaneos, vuelven a su
quietismo, tranquilos, sin rencores, sin engao, sin quejarse de la
mutua displicencia. Racionales palomas!--Quintanar ronca; yo escribo....
Pie atrs. Esto no iba bien. Haba algo de irona; la irona siempre
tiene algo de bilis.... Los amargos abren el apetito... pero ms vale
tenerlo sin necesitarlos. A otra cosa.

       *       *       *       *       *

Llueve todava. No importa. Todo el diluvio no me arrancara hoy un
gesto de impaciencia. La ventana est cerrada, los regueros del agua
resbalando por el cristal me borran el paisaje. Vctor ha salido con
Frgilis (segunda visita del buen Crespo, el nico grande hombre que
conozco de vista.) Bajo un paraguas de Pinn de Pepa--el casero de los
marqueses--recorren, como cobijados en una tienda de campaa, el bosque
de encinas que mi marido llama siempre seculares. Van a comprobar no s
qu experimento de qumica, invencin de Frgilis, segn l. Dios les
haga felices y les conserve los pies secos. Hoy me siento inclinada a la
historia, a los recuerdos. No los temo. Poco ms de cinco semanas han
pasado y ya me parece de la historia antigua todo aquello.

Qu tres das! Yo me figuraba estar prostituida de un modo extrao
(aqu la letra de la Regenta se hace casi indescifrable para ella
misma.) Todo Vetusta me haba visto los pies desnudos, en medio de una
procesin, casi casi del brazo de Vinagre! Y tres das con los pies
abrasados por dolores que me avergonzaban, inmvil en una butaca! Llam
a Somoza que se excus. Vino el sustituto Bentez, silencioso, fro;
pero comprend que me observaba con atencin cuando yo no le miraba.
Deba de creer que yo me iba volviendo loca. l lo niega, dice que todo
aquello lo explica la exaltacin religiosa y la exquisita moralidad con
que decid sacrificarme al bien del que crea ofendido por mis
pensamientos y desaires. Bentez cuando se decide a hablar parece
tambin un confesor. Yo le he dicho secretos de mi vida interior como
quien revela sntomas de una enfermedad. Conoca yo cuando le hablaba de
estas cosas, que l, a pesar de su rostro impasible, me estaba
aprendiendo de memoria.... El mal subi de los pies a la cabeza. Tuve
fiebre, guard cama... y sent aquel terror... aquel terror pnico a la
locura. De esto no quiero hablar ni conmigo misma. Lo dejo por hoy; voy
al piano a recordar la _Casta diva_... con un dedo.

       *       *       *       *       *

Pas Ana, sin querer leerlas, algunas hojas. En ellas haba escrito la
historia de los das que siguieron al de la procesin, famosa en los
anales de Vetusta. S, se haba credo prostituida; aquella publicidad
devota le pareca una especie de sacrificio babilnico, algo como
entregarse en el templo de Belo para la vigilia misteriosa. Adems
senta vergenza; aquello haba sido como lo de ser literata, una cosa
ridcula, que acababa por parecrselo a ella misma. No osaba pisar la
calle. En todos los transentes adivinaba burlas; cualquier murmuracin
iba con ella, en los corrillos se le antojaba que comentaban su locura.
Haba sido ridcula, haba hecho una tontera; esta idea fija la
atormentaba. Si quera huir de ella, se la recordaba sin cesar el dolor
de sus pies, que ardan, como abrasados de vergenza; aquellos pies que
haban sido del pblico, desnudos una tarde entera.

Si quera consolarse con la religin y el amparo del Magistral, su mal
era mayor, porque senta que la fe, la fe vigorosa, puramente ortodoxa,
se derreta dentro de su alma. En cuanto a Santa Teresa haba concluido
por no poder leerla; prefera esto al tormento del anlisis irreverente
a que ella, Ana, se entregaba sin querer al verse cara a cara con las
ideas y las frases de la santa. Y el Magistral? Aquella compasin
intensa que la haba arrojado otra vez a las plantas de aquel hombre ya
no exista. Los triunfos haban desvanecido acaso a don Fermn. De todas
suertes, Ana ya no le tena lstima; le vea triunfante abusar tal vez
de la victoria, humillar al enemigo...; ahora vea ella claro; por lo
menos no vea tan turbio como antes. Ella haba sido tal vez un
instrumento en manos de su _hermano mayor_. Cierto que de Pas no haba
vuelto a manifestar con movimientos patticos que le descubrieran, ni
celos, ni amor, ni cosa parecida; Ana le observaba con miradas de
inquisidor, de las que algo le remorda la conciencia, y sin embargo no
pudo notar sntomas de pasin mundana. Vea ella mal? Disimulaba l
bien? O era que no haba nada? Ello fue que la devocin antigua no
volvi, que la fe se desmoronaba, que las antiguas teoras que sin darse
entonces cuenta de ellas haba odo a su padre, Ana las senta dentro de
s.

Un pantesmo vago, potico, bonachn y romntico, o mejor, un desmo
campestre, a lo Rousseau, sentimental y optimista a la larga, aunque
tristn y un poco fosco; esto, todo esto mezclado era lo que encontraba
ahora Ana dentro de s y lo que se empeaba en que fuera todava pura
religin cristiana. No quera ella ni apostatar, ni filosofar siquiera;
tambin esto le pareca ridculo, pero sin querer las ideas, las
protestas, las censuras venan en tropel a su mente y a su corazn. Esto
era nuevo tormento. A pesar de todo segua confesando a menudo con don
Fermn. Le guardaba ahora una fidelidad consuetudinaria; tema los
remordimientos si faltaba a lo que crea deber a aquel hombre. Tema
sobre todo que si rompa sus relaciones devotas con l, volviese una
reaccin de lstima, arrepentimiento y piedad imaginaria que la
arrastrase a otra locura como la del viernes Santo. Tantas ideas y
sentimientos encontrados, la vida retirada, y la conciencia de que en
ella algo padeca y se rebelaba y amenazaba estallar, fueron concausas
que trajeron las crisis nerviosas que estaba curando Bentez lo mejor
que poda.

Con toda el alma haba credo Ana que iba a volverse loca. A una
exaltacin sentimental suceda un marasmo del espritu que causaba
atona moral; la horrorizaba pensar que en tales das eran indiferentes
para ella virtud y crimen, pena y gloria, bien y mal. Dios, como deca
ella, se le haca migajas en el cerebro y entonces senta un abandono
ambiente y una flaqueza de la voluntad que la atormentaban y producan
pnico; el extremo de la tortura era el desprecio de la lgica, la duda
de las leyes del pensamiento y de la palabra, y por ltimo el
desvanecimiento de la conciencia de su unidad; crea la Regenta que sus
facultades morales se separaban, que dentro de ella ya no haba nadie
que fuese ella, Ana, principal y genuinamente... y tras esto el vrtigo,
el terror, que traa la reaccin con gritos y pasmos perifricos.

Por muchos das lo olvid todo para no pensar ms que en su salud; la
horrorizaba la idea de la locura y el miedo del dolor desconocido,
extrao, del cerebro descompuesto. Llam a Bentez con toda el alma, y
principio de la cura fue este mismo afn y el obedecer ciegamente las
prescripciones del mdico.

Si algo dijo este de alimentos, ejercicio y hasta baos, lo ms y lo
principal lo encomend al cambio de vida, a la distraccin, al aire
libre, a la alegra, a las emociones tranquilas. Al campo, al campo!
fue el grito de salvacin, y Ana y Quintanar (que buen susto haba
llevado tambin), gritaron sin cesar desde la maana a la noche: Al
campo, al campo!

Pero, dnde estaba el campo? Ellos no tenan en la provincia de Vetusta
una quinta de recreo. Don Vctor continuaba siendo propietario en
Aragn.

Ana en un arranque de valor, de un valor mucho ms heroico de lo que
poda suponer su marido, se atrevi a decir:

--Quintanar, qu te parece esta idea...? irnos a pasar unos meses,
hasta que vuelva el invierno....

--A dnde?--A tu tierra, a la Almunia de don Godino.

Don Vctor dio un salto.--Hija, por Dios!... ya soy viejo para un
traqueteo tan grande de mis pobres huesos.... La Almunia!... con mil
amores... en otro tiempo, pero ahora! Yo amo la patria, es claro, soy
aragons de corazn, y digo lo que el poeta, que es muy feliz el que no
ha visto

        ms ro que el de su patria;

pero yo soy a estas horas ms vetustense que otra cosa, y otro poeta lo
ha dicho tambin, el prncipe Esquilache:

        Porque es la patria al que dichoso fuere
        donde se nace no, donde se quiere.

La Almunia de don Godino! Dnde bamos a parar.... Y adems separarnos
de Frgilis... de don lvaro, de los Marqueses, de Bentez, imposible!

No se pens ms en ello. Ana en el fondo del alma, se alegr de lo muy
vetustense que era aquel aragons.

Esta alegra se la ocult a s propia. Crey haber cumplido con su deber
en este punto.

Pero a dnde iran a pasar aquellos meses de campo que Bentez exiga
como condicin indispensable para la salud de Ana?

Un da se hablaba de esto en casa de Vegallana. Estaban presentes a ms
de Quintanar y los Marqueses, lvaro y Paco.

--El mdico--deca el ex-regente--exige que la aldea a donde vayamos
ofrezca una porcin de circunstancias difciles de reunir.

--Veamos--dijo de Marqus.--Ha de estar cerca de Vetusta para que
Bentez pueda hacernos frecuentes visitas y para trasladar a Ana pronto
a la ciudad en caso de apuro; ha de ser bastante cmoda, amena, ofrecer
un paisaje alegre, tener cerca agua corriente, yerba fresca, leche de
vacas... qu s yo!

Don lvaro tuvo una inspiracin en aquel momento. Se acerc al odo de
Paco y dijo:

--El Vivero! Paco adivin y admir. Slo el genio tena aquellas
revelaciones!.

Sin pensar en que secundaba planes mefistoflicos, dijo en voz baja:

--Pap, no conozco ms quinta que rena las condiciones de Bentez que
una... que est a nuestra disposicin....

Y a un tiempo, alegres todos con el hallazgo, dijeron los Marqueses y su
hijo:

--El Vivero!--Bravo, bravo, eureka!--repeta el Marqus--. Paco
tiene razn, al Vivero! se van ustedes al Vivero.

Y la Marquesa:--Hermosa idea! Qu gusto! Y nos veremos a menudo antes
de irnos a baos....

Don Vctor protest.--Cmo el Vivero! Y ustedes?

--Nosotros no vamos este ao.--O iremos mucho ms tarde.--Y cuando
vayamos cabremos todos.--All hemos dormido, cada cual con entera
independencia, ms de veinte personas--advirti lvaro.

--Es claro; aquello es un convento.--No se hable ms, no se hable ms.

--Cmo que no se hable ms? Y mi delicadeza?

A pesar de la delicadeza de don Vctor, qued decretado que su mujer y
l y los criados que quisieran llevar, iran a pasar aquellos meses que
peda Bentez en el Vivero, donde seran dueos absolutos.... Nada, nada,
los Marqueses no admitieron objeciones.

--No eran parientes?.

--Cierto que s--tuvo que responder, muy orgulloso, Quintanar.

Ana al saber la noticia, comprendi que aquello era todo lo contrario de
irse a la Almunia de don Godino. Pero no quiso pensar en los peligros
que la estancia en el Vivero poda tener. Aborreca ahora las
cavilaciones. Sin embargo, sin investigar las causas de ello, sinti
durante todo aquel da una alegra de nia satisfecha en sus gustos ms
vivos, y an ms intenso fue su placer al despertar a la maana
siguiente con este pensamiento: Voy al Vivero a hacer vida de aldeana,
a correr, respirar, engordar... alegrar la vida... all el sol, el agua
corriente, el follaje... la salud... y como un acompaamiento musical
que encantaba toda aquella perspectiva, Ana senta una indecisa
esperanza que era como un sabor con perfumes... una esperanza... no
quera pensar de qu... Pero ello era que el mundo pareca alegrarse,
que la idea del Vivero la fortificaba como un placer positivo, de los
que se gozan cuando duran las ilusiones. Aquel Bentez la estaba
rejuveneciendo.

Despus de las hojas del libro de memorias que se referan, a su modo, a
la materia que va reseada brevemente, Ana encontr, y en ella se
detuvo, la pgina en que rpidamente haba reflejado sus impresiones al
entrar en el Vivero en un da de Abril que pareca de Junio, alegre,
ardiente, despejado.

Ley con deleite aquella pgina, no recrendose en el estilo, sino en
los recuerdos. Deca:

       *       *       *       *       *

El Romero y el Clavel torcieron de repente; el land se dobl sin
ruido, nos sacudi un poco, dejamos la carretera de Santianes y las
ruedas rebotaron sobre la grava nueva de la carretera estrecha del
Vivero; los sauces, como una lluvia de yerba suspendida en el aire, nos
hacan cosquillas con las puntas de sus ramas, flotando sobre la frente
como cabello movido por el viento. Se abri la gran puerta de la cerca
vieja, y los caballos arrancaron chispas del piso empedrado de la
_quintana_ vieja, despertando con el ruido resonancias en el silencio
del _palacin_ cerrado y vaco. Por mi gusto nos hubiramos quedado a
vivir en aquella casa inmensa, con dos torres de piedra parda y
soportales con columnas... pero el coche sigui al trote; el Marqus
tiene la vanidad de hacer que la entrada al Vivero _habitable_ sea por
aqu, por delante de la antigua mansin seorial.... Las ruedas vuelven a
callar, como enfundadas, Romero y Clavel machacan sin estrpito con los
cascos briosos la arena tersa, blanca y blanda de la avenida ancha y
flanqueada de pretil de mrmol con macetas y rosetones de verdura
extica.

La _casa nueva_ nos sonre enfrente y delante de la coquetona marquesina
de la entrada nos detenemos; silencio general... un momento. Habla el
sol... nosotros gozamos; la limpieza, la correccin, la elegancia
parecen all obra de la naturaleza, y el follaje, el esplendor de su
verdura, los susurros del aire discreto, la hermosura de la perspectiva,
los vuelos graciosos de miles de pjaros, parecen importacin del lujo;
riqueza y naturaleza se juntan all; el sol, cortesano del _confort_,
alumbra ms.... Cosa extraa! Yo no haba visto el Vivero hasta ahora,
lo que se llama ver, hasta ahora nunca haba comprendido esta armona
ntima del lujo y del campo. Est bien as. Debe haber rincones en la
tierra en que no haya nada feo, ni pobre ni triste.

Paco y la Marquesa, que han venido a darnos posesin del Vivero, comen
con nosotros y de tarde, al caer el sol, se vuelven a Vetusta.

Ya estamos solos. Examino toda la casa. En el piso bajo, saln, billar,
gabinete-biblioteca, galera de costura sobre el jardn, rodeada de
cristales, el comedor con paso a la estufa por la escalinata de mrmol
blanco. Qu alegra! Todo es cristal, flores, plantas de hojas
gigantescas, de colores fuertes, raros. Lo que me agrada ms es el
capricho del Marqus en el piso principal; una galera con cierre de
cristales rodea todo el edificio. He dado dos vueltas a todo el corredor
como si nunca hubiera visto el Vivero. Qu ser que todo me parece
nuevo, mejor, ms elegante, ms potico? Quintanar est encantado, y se
me figura que tiene un poco de envidia.

       *       *       *       *       *

Vida excelente. La primavera entr en mi alma. Madrugo. El bao me
fortifica y me alegra el espritu. Tendida en la pila, con la mano en el
grifo, dejo que el agua tibia me enerve, y la fantasa como en sopor se
detiene en imgenes plsticas tranquilas y suaves. Despus tiemblo
dentro de la sbana y vuelvo gozosa al calor de mi cuerpo, contenta de
la vida que siento circular por mis venas. La cabeza est firme; jams
vienen a mortificarme ideas sutiles, alambicadas.... Pienso poco,
vagamente, y los pormenores de los accidentes ordinarios que me rodean
absorben lo mejor de mi atencin. Bentez puede estar satisfecho. As la
salud volver con ms fuerza. Vivir es esto: gozar del placer dulce de
vegetar al sol.

       *       *       *       *       *

Y sin embargo hay horas en que las vibraciones de las cosas me hablan de
una msica recndita de ideas sentimientos. Qu es esta esperanza de
un bien incierto? A veces se me antoja todo el Vivero escenario de una
comedia o de una novela.... Entonces me parece ms solitario el bosque,
ms solitario el palacio. Esta soledad parece meditabunda. Est todo en
silencio reflexivo, recordando los ruidos de la alegra y del placer que
latieron aqu, o preparndose a retumbar con la algazara de fiestas
venideras.... Insisto en ello, hay aqu algo de escenario antes de la
comedia. Los vetustenses que tienen la dicha de ser convidados a las
excursiones del Vivero son los personajes de las escenas que aqu se
representan.... Obdulia, Visita, Edelmira, Paco, Joaquinito, lvaro... y
tantos otros han hablado aqu, han cantado, corrido, jugado, bailado...
redo sobre todo.... Y algo olfateo de la alegra pasada o algo presiento
de la alegra futura. S, Quintanar dice bien, esto es el paraso, qu
nos falta a nosotros en l? Segn Quintanar, nada ms que msica.... Oh,
pues por msica que no quede. Corro al saln a tocar _la donna 
movile_, con el dedo ndice, mi nico dedo msico. Qu cursi es esto
segn Obdulia!... Una dama que no sabe tocar el piano ms que con un
dedo!

       *       *       *       *       *

Quintanar es feliz. Y es tan bueno! Cmo me cuida! qu agasajos, qu
mimos! Parece otro. Piensa ms en m que en la marquetera. Pasa das
enteros sin serrar nada! No hay alma que no tenga su poesa en el fondo.
Su alegra es demasiado bulliciosa, pero es sincera. Yo no podra vivir
aqu sin l. Imagnole ausente, me veo aqu sola y tengo miedo y siento
la soledad.... Luego no me estorba, luego su compaa me agrada.

       *       *       *       *       *

Petra, la misma Petra, me gusta aqu en el campo.

Se viste como las aldeanas del pas, canta con ellas en la _quintana_,
se mete en la danza y toca la _trompa_ con maestra. Ayer, al morir el
da, junto a la Puerta Vieja tocaba, con la lengeta de hierro vibrando
entre sus labios, los aires del pas montonos y de dulce tristeza.
Pepe, el casero, cantaba cantares andaluces convertidos en
vetustenses... y Petra taa la _trompa_ quejumbrosa, y yo senta
lgrimas dulces dentro del pecho... y la vaga esperanza volva a
iluminar mi espritu. Cuanto ms triste la lengeta de la _trompa_, ms
esperanza, ms alegra dentro de m. Todo esto es salud, nada ms que
salud.

       *       *       *       *       *

He trado al Vivero algunos libros de mi padre. Haca muchos aos que no
los haba abierto. Quintanar los tena en los cajones ms altos de sus
estantes.

Qu impresiones! He encontrado entre las hojas de una _Mitologa
ilustrada_, pedacitos de yerba de Loreto... eran polvo; papeles escritos
en que reconoc mis garabatos de nia... y un marinero dibujado por mi
pluma que, segn la leyenda que tiene al pie, era _Germn_.

       *       *       *       *       *

Probablemente Bentez condenara este afn de leer y me prohibira la
desmedida aficin. Oh, qu cosas tan nuevas encuentro en estos libros
que apenas entenda en Loreto! Los dioses, los hroes, la vida al aire
libre, el arte por religin, un cielo lleno de pasiones humanas, el
contento de este mundo... el olvido de las tristezas hondas, del
porvenir incierto... un pueblo joven, sano en suma.... Quisiera saber
dibujar para dar formas a estas imgenes de la Mitologa que me
asedian.

       *       *       *       *       *

Ana, despus de leer estas y otras pginas, escribi sus impresiones de
aquellos das. Don Vctor vino a interrumpirla para anunciarle que ya
haba instalado su tienda de campaa a la orilla del ro, en el paraje
ms ameno y fresco, junto a una mancha de sombra en el agua, donde
infaliblemente habra truchas.

Desde aquella tarde pescaron. Pescaron poco, pero muy alabado. Ana lea
sentada en su banqueta de lona blanca con franjas azules, mientras
sujetaba la caa con la mano izquierda, sin ms fuerza que la necesaria
para que la corriente no la llevase.

Mientras ella, a orillas del ro Soto, a media legua de Vetusta en
compaa de su Quintanar, dejaba a las truchas escapar muertas de risa,
su imaginacin, vuelta a los tiempos y a los parajes clsicos, se baaba
en el Cefiso, aspiraba los perfumes de las rosas del Temp, volaba al
Escamandro, suba al Taigeto y saltaba de isla en isla de Lesbos a las
Cclades, de Chipre a Sicilia....

Da hubo en que viajaba con Baco, Anita, recorriendo la India, o bien
navegando en el barco prodigioso de cuyo mstil floreciente pendan
racimos y retorcidos tallos, y tuvo que saltar de repente a la prosaica
orilla del Soto, llamada por la voz del ex-regente que gritaba:

--Pero muchacha, que te estn comiendo el cebo!

No importaba; Ana era feliz y Quintanar tambin. Parece otro! se
deca ella. Parece otra! pensaba l.

El tiempo volaba. Junio se meti en calor. Vetusta en verano es una
Andaluca en primavera. Ana todas las maanas, _por la fresca_ recorra
la huerta y sacuda las ramas cargadas de cerezas acompaada de don
Vctor, Pepe el casero y Petra; llenaban grandes cestas, forradas con
hojas de higuera, de aquellos corales hmedos y relucientes; y la
Regenta senta singular voluptuosidad sana y risuea al pasar la
finsima mano blanca por las cerezas apiadas sobre la verdura de las
hojas anchas y bordadas. Aquellas cestas iban a Vetusta a casa del
Marqus y a veces a las de sus amigos. Una maana vio Ana que Petra y
Pepe llenaban de la ms colorada fruta un canastillo de paja blanca y de
colores. Ana se acerc a ayudarlos. De pronto dijo:

--Para quin es esto?--Para don lvaro--contest Petra.

--S, voy a llevrselo yo mismo a la fonda--aadi Pepe sonriendo ya a
la propina que vea en lontananza.

Ana sinti que su mano temblaba sobre las cerezas y aquel contacto le
pareci de repente ms dulce y voluptuoso.

Y cuando nadie la vea, a hurtadillas, sin pensar lo que haca, sin
poder contenerse, como una colegiala enamorada, bes con fuego la paja
blanca del canastillo. Bes las cerezas tambin... y hasta mordi una
que dej all, sealada apenas por la huella de dos dientes.

Y asustada de su desfachatez pens todo el da en la aventura, sin
vergenza.

Tambin esto era cosa de la salud!.

La vspera de San Pedro, por la noche, el Magistral recibi un B. L. M.
del marqus de Vegallana invitndole a pasar el da siguiente, desde la
hora en que le dejasen libre sus deberes de la catedral, en el Vivero en
compaa de los dueos de la quinta y de sus actuales inquilinos los
seores de Quintanar, ms otros muchos buenos amigos. Perteneca el
Vivero a la parroquia rural de San Pedro de Santianes; Pepe el casero
era aquel ao factor de la fiesta de la parroquia, y pensaba echar la
casa por la ventana, para no dejar mal al seor Marqus.

Anita, en la postdata de su ltima carta deca al confesor:

El Marqus me ha dicho que piensa invitar a usted a la romera de San
Pedro. Somos nosotros _los factores_... Supongo que no faltar usted.
Sera un solemne desaire.

No, no faltar, pensaba don Fermn dando vueltas en la cama. Ojal
tuviera valor para faltar, para despreciaros, para olvidarlo todo...
pero ya estoy cansado de luchar con esta maldita obsesin que me vence
siempre. S, si he de acabar por ir, si estoy seguro de que al fin he de
tomar el camino del Vivero, ms vale ahorrarme el tormento de la batalla
y declararme vencido. Ir.

Y no pudo dormir una hora seguida en toda la noche. Pero esto era
achaque antiguo ya. Desde que Anita _haba vuelto a engaarle_ don
Fermn no gozaba hora de sosiego.

Como el Marqus no le haba invitado a hacer el viaje en su coche, lo
cual tal vez indicaba cierta frialdad premeditada, que De Pas finga no
sentir, tuvo el seor cannigo que ir en persona a alquilar una berlina.
Mand que le esperase fuera del Espoln a las diez en punto. Fue a la
catedral, pero no pudo parar all y a las nueve y media ya estaba en
medio de la carretera de Santianes o del Vivero pasendola a lo ancho,
agitado, plido, de un humor de mil diablos.

A qu voy yo all? De fijo estar el otro. Que voy yo a hacer all?
Maldito Vivero!. La berlina tardaba. De Pas daba pataditas de
impaciencia. Por fin lleg el coche destartalado, sucio, a paso de
tortuga.

--Al Vivero, a escape!--grit don Fermn dejndose caer como un plomo
sobre el asiento duro que cruji.

Sonri el cochero, sacudi un latigazo al aire, el caballo extenuado
salt sobre la carretera dos o tres minutos, y como si aquello fuese
una falta de formalidad indigna de sus aos, que eran muchos, volvi al
paso perezoso sin protesta de nadie.

El Magistral record que en aquella misma berlina u otro coche de la
misma casa por lo menos, pocas semanas antes iba l llorando de alegra,
llena el alma de esperanzas, de proyectos que le hacan cosquillas en
los sentidos y en lo ms profundo de las entraas. Y ahora un
presentimiento le deca que todo haba acabado, que Ana ya no era suya,
que iba a perderla, y que aquel viaje al Vivero era ridculo; que si
estaba all Mesa, como era casi seguro, todas las ventajas eran del
petimetre. Vesta el Provisor balandrn de alpaca fina con botones muy
pequeos, de esclavina cortada en forma de alas de murcilago. Tena
algo su traje del que luce Mefistfeles en el _Fausto_ en el acto de la
serenata. Haba deliberado mucho tiempo a solas: qu ropa llevara?
Cada vez le pesaba ms la sotana y le abrumaba ms el manteo. El
sombrero de teja larga era odioso; demasiado corto era cursi, ridculo,
pareca cosa de don Custodio; muy cerrado, antiguo, muy abierto, indigno
de un Vicario general. Ira de levita? Vade retro! No, el cura de
levita se convierte por fuerza en cura de aldea o en clrigo liberal. El
Magistral muy pocas veces recurra a tal indumentaria. Oh, si le fuera
lcito vestir su traje de cazador, su zamarra ceida, su pantaln fuerte
y apretado al muslo, sus botas de montar, su chambergo, entonces s,
ira de paisano, y la vanidad le deca que en tal caso no tendra que
temer el parangn con el arrogante mozo a quien aborreca. S, a quien
aborreca. Don Fermn ya no se lo ocultaba a s mismo. No daba nombre a
su pasin, pero reconoca todos sus derechos y estaba muy lejos de
sentir remordimientos. l era cura, cura, una cosa ridcula, puestas
las cosas en el estado a que haban llegado. Haba comprendido que Ana
senta repugnancia ante el cannigo en cuanto el cannigo quera
demostrarle que adems era hombre. Y s era hombre vive Dios que era
hombre, y tanto y ms que el otro; capaz de deshacerle entre sus brazos,
de arrojarle tan alto como una pelota!.... Dejaba de pensar en sus
tristezas y en su clera. Miraba como tonto los accidentes del paisaje,
los palos del telgrafo que iba dejando atrs de tarde en tarde. Tuvo
que levantar los vidrios de las ventanillas porque el polvo le sofocaba.
El sol le aburra y le picaba; no haba cortinas. El viaje se haca
interminable. Aquella media legua se haba estirado indefinidamente. El
Marqus se haba portado como un grosero no ofrecindole un asiento en
su coche. La culpa la tena l que haba aceptado el convite. Pero qu
remedio?.

Oy el estrpito de cascos de caballo que machacaba la grava reciente
detrs de la berlina. Se asom a ver quines eran los jinetes y
reconoci a don lvaro y a Paco que pasaron al galope de dos hermosos
caballos blancos, de pura raza espaola.

Ellos no le vieron; el placer de la carrera los llevaba absortos y no
repararon en la msera berlina que segua al paso. Incapaz de toda noble
emulacin, el msero jaco de alquiler sigui caminando lo menos posible,
seguro de que la felicidad no estaba en el trmino de ninguna carrera de
este mundo. Para comer mal siempre se llega a tiempo. Esta era toda su
filosofa. El cochero deba de ser discpulo del caballo.

Cuando el Magistral lleg al Vivero no haba ningn convidado en la
casa, ni los Marqueses, ni los de Quintanar estaban tampoco.

Petra se le present vestida de aldeana, con una coquetera provocativa,
luciendo rizos de oro sobre la cabeza, el dengue de pana sujeto atrs,
sobre el justillo de ramos de seda escarlata muy apretado al cuerpo
esbelto; la saya de bayeta verde de mucho vuelo cubra otra roja que se
vislumbraba cerca de los pies calzados con botas de tela. Estaba hermosa
y segura de ello. Sonri al Magistral, y dijo:

--Los seores estn en San Pedro.

--Ya lo supona, hija ma, pero vengo muerto de sed y....

La aldeana fingida sirvi en la glorieta del jardn al Magistral un
refresco delicioso que improvis con arte.

--Dios te lo pague, Petrica. Y hablaron. Hablaron de la vida que hacan
all los seores.

Petra dijo que doa Ana pareca otra: qu alegre! qu revoltosa! nada
de encerrarse en la capilla horas y horas, nada de rezar siglos y
siglos, nada de leer a su Santa Teresa eternidades.... Vamos, era otra.
Y salud? Como un roble.

--El seorito Paco vino?--pregunt de repente De Pas.

--S, seor, har un cuarto de hora. Llegaron l y el seorito lvaro, a
caballo, a escape; tomaron un refresco como usted, y corrieron a San
Pedro.... Creo que no haban odo misa y quisieron coger la de la
fiesta....

En aquel momento, hacia oriente sonaron estrepitosos estallidos de
cohetes cargados de dinamita.

--Ya estn al alzar--dijo la doncella.

Petra observaba con el rabillo del ojo la impaciencia del Magistral, que
pregunt:

--La iglesia est cerca, creo, saliendo por ah por el bosque, verdad?

--S, seor; pero hay tres callejas que se cruzan y puede darse en el
ro en vez de... si quiere usted ir, le acompaar yo misma; ahora no
tengo nada que hacer all dentro....

--Si eres tan amable.... Petra ech a andar delante del Magistral. Por un
postigo salieron de la huerta y entraron en el bosque de corpulentas
encinas y robles retorcidos y speros. Ocupaba el bosque las laderas de
una loma y el altozano, que era lo ms espeso. Suba un repecho y don
Fermn vea los bajos irisados de chillona bayeta que mostraba sin miedo
Petra, ms algo de la muy bordada falda blanca y de una media de seda
calada, refinada coquetera que quitaba propiedad al traje y por lo
mismo le daba picante atractivo.

--Qu calor, don Fermn!--deca la rubia, enjugando el sudor de la
frente con pauelo de batista barata.

--Mucho, rubita, mucho--responda el Magistral, desabrochndose el
maldito balandrn y soplando con fuerza.

--Y eso que a usted la fatiga no debe rendirle, que all en Matalerejo
tengo entendido que corre como un gamo por los vericuetos....

--Quin te lo ha dicho a ti?

--Bah! Teresina...--Sois amigas, eh?--Mucho. Silencio. Los dos
meditan. El cannigo reanuda el dilogo.

--No creas; yo, aqu donde me ves, soy un aldeano; juego a los bolos que
ya ya....

Petra se detuvo y se volvi para ver a don Fermn que haca el ademn de
arrojar una bola de roble por la cncava bolera adelante....

Ri la doncella y continuando la marcha, dijo:

--No, que es usted fuerte no necesita decirlo: bien a la vista est.

Callaron otra vez. Detrs de la loma, y ya ms cerca, estallaron cohetes
de dinamita y en seguida la gaita y el tamboril de timbre tembloroso,
apagadas las voces por la distancia, resonaron al travs de la hojarasca
del bosque.

La gaita hablaba a las entraas del Provisor y de Petra, ambos aldeanos.
Volvieron a mirarse y a sonrerse.

--Ya vuelven--dijo Petra, detenindose de nuevo.

--Llegamos tarde?

--S, seor; la comitiva tomar el camino de la calleja de abajo y
cuando lleguemos nosotros a la iglesia, ya estarn en el Vivero....

--De modo....

--De modo, que es mejor volvernos. Ay, don Fermn, perdneme usted este
paseo... esta molestia!...

--No, hija, no hay de qu... al contrario.... Aqu se est bien... esta
sombra... pero yo estoy algo cansado... y con tu permiso... entre
aquellas races, sobre aquel montn verde y fresco de yerba segada...
eh? qu te parece? voy a sentarme un rato....

Y lo hizo como lo dijo. Petra, sin atreverse a sentarse y sin querer
dejar el puesto, mir al suelo ruborosa, hizo movimientos felinos, y se
puso a retorcer una punta del delantal....

--Cansado? bah!--se atrevi a decir--un mozo como usted....

La gaita y el tambor llenaban las bvedas verdes con sus chorretadas,
alegres ahora, luego melanclicas, cargadas siempre de ideales perfumes
campestres, de recuerdos amables.

El Magistral morda yerbas largas y speras y meditaba con una sonrisa
amarga entre los labios. Ironas de la suerte! El fruto que se
ofreca, que le caa en la boca, all... despreciado... y el imposible
codiciado... cuanto ms imposible, ms codiciado.... Sin embargo, para
que fuese menos ridcula su situacin en el Vivero, le pareca muy
oportuno poner por obra lo que meditaba. Y adems, a l le convena
tener de su parte a la doncella de la Regenta, hacerla suya,
completamente suya....

--Petra....

--Seor?--grit ella fingiendo susto.

--Quieres crecer? Pues bastante buena moza eres. Mira, no seas tonta...
si no tienes prisa... puedes sentarte.... As como as, yo quisiera
preguntarte... algunas cositas respecto de....

--Lo que usted quiera, don Fermn. Por aqu de fijo no pasa nadie;
porque, sobre que poca gente atraviesa el bosque para ir a la iglesia,
los que van siguen la trocha casa del leador; es muy fresca y tiene
asientos muy cmodos.

--Mejor que mejor. Hablaremos ms a gusto. Vamos all.

Se levant y emprendieron la marcha. Suban en silencio. El monte se
haca ms espeso.

La gaita y el tambor sonaban ya muy lejos, como una aprensin de ruido.

Petra, al llegar a la casa del leador, se dej caer sobre la yerba,
algo distante de don Fermn; y encarnada como su saya bajera, se atrevi
a mirarle cara a cara con ojos serios y decidores.

El Magistral se sent dentro de la cabaa.

Hablaron. Por algo don Fermn tema el momento de encontrarse con la
comitiva, como deca Petra. Cuando media hora despus entraba solo por
el postigo del bosque en la huerta, lo primero que vio fue a la Regenta
metida en el pozo seco, cargado de yerba, y a su lado a don lvaro que
se defenda y la defenda de los ataques de Obdulia, Visita, Edelmira,
Paco, Joaqun y don Vctor que arrojaban sobre ellos todo el heno que
podan robar a puados de una vara de yerba, que se ergua en la prxima
pomarada de Pepe el casero.

El Marqus gritaba desde la galera del primer piso:

--Eh, locos! locos! que os echo los perros, que destrozis la yerba de
Pepe.... Qu va a cenar el ganado? Locos!...--Pepe, no lejos del pozo,
vestido con los trapos de cristianar, ms una corbata negra que haba
credo digna de un factor, dejaba hacer, dejaba pasar, se rascaba la
cabeza y sonrea gozoso....

--Deje, seor, deje que _rebrinquen_ los seoritos, que la _erba_ yo la
apaar... en sin perjuicio....

La Regenta, con la cabeza cubierta de heno, con los ojos medio cerrados,
no pudo ver al Magistral hasta que se acab la broma y le toc salir del
pozo... con ayuda de don lvaro y los que estaban fuera.

No se avergonz de que su confesor la hubiera visto en tal situacin....
Le salud amable, bulliciosa, y volvi con Obdulia, con Visita y con
Edelmira a correr por la huerta, seguidas de Paco, Joaqun, don lvaro
y don Vctor.

Del Magistral se apoder el Marqus que le llev al saln donde estaban
la Marquesa, la gobernadora civil, la Baronesa y su hija mayor, que no
quera correr con _aquellos locos_; el Barn, Ripamiln, Bermdez, que
tampoco quera correr, Bentez el mdico de Anita, y otros vetustenses
ilustres.

--Mire usted, seor Provisor--dijo Vegallana--; la fiesta se ha dividido
en dos partes: como Pepe es el factor, ha convidado a todos los curas de
la comarca, catorce salvo error; yo les he propuesto venirse a comer
aqu con nosotros, pero como algunos de ellos son cerriles, comprend
que preferan verse libres de damas y caballeretes de la ciudad y se les
ha puesto su mesa en el palacio viejo, donde yo pienso acompaarlos.
Ahora bien, yo propona a Ripamiln que viniese conmigo, pero l no
quiere.... Si usted fuese tan amable que me acompaara, aquellos buenos
prrocos se creeran honrados infinitamente... ya ve usted, como usted
es el seor Vicario general!...

No hubo ms remedio. El Magistral tuvo que comer con el Marqus y los
curas en el palacio viejo.

Petra se encarg de presidir el servicio de la _mesa de aldea_, an
vestida de aldeana del pas, y colorada, echando chispas de oro de los
rizos de la frente, y chispas de brasa de los ojos vivos, elocuentes,
llenos de una alegra maligna que robaba los corazones de los aldeanos y
de algunos clrigos rurales.

A la hora del caf don Fermn no pudo resistir ms, se escap como pudo
y volvi a la casa nueva, donde la algazara haba llegado a ser
estrpito de los diablos. En el momento de entrar l, don Vctor (con
una montera _picona_ en la cabeza) cantaba un do con Ripamiln,
rejuvenecido, junto al piano, que tocaba como saba don lvaro, con un
puro en la boca, zarandeando el cuerpo y cerrando y abriendo los ojos
brillantes que el humo del cigarro cegaba.

Las seoras ya no estaban all. La Marquesa, la gobernadora y la
Baronesa paseaban por la huerta; la gente _joven_, Obdulia, Visita, Ana,
Edelmira y la nia del Barn, corran solas por el bosque.

Se las oa gritar, desde la galera de cristales. Obdulia, Visita y
Edelmira llamaban con aquellas carcajadas y chillidos a los hombres.

As lo comprendi Joaqun que propuso a Paco dejar el concierto de
Quintanar y don Cayetano y correr detrs de _aquellas_.

--Deja, luego--deca Paco, que gozaba mucho con las canciones
antiqusimas de Ripamiln y ya se iba cansando a ratos de su prima.

Cuando Quintanar y el Arcipreste se quedaron roncos, que fue pronto, se
dej el piano y se cumplieron los deseos de Orgaz. l, Paco, Mesa y
Bermdez salieron de la casa y entraron en el bosque. Ya no se oan los
gritos de _aquellas_. Se habran escondido?. Eso deba de ser.

A buscarlas cada cual por su lado.

Magnfico! magnfico!.

Se dispersaron y pronto dejaron de verse unos a otros.

Bermdez, en cuanto se sinti solo, se sent sobre la yerba. Un
encuentro a solas con cualquiera de aquellas seoras y seoritas en un
bosque espeso de encinas seculares, le pareca una situacin que exiga
una oratoria especial de la que l no se senta capaz. Y, sin embargo,
qu deliciosa podra ser una conferencia ntima con Obdulia o con Ana
_sobre la verde alfombra_!

El Magistral tuvo que quedarse con Ripamiln, don Vctor, el gobernador,
Bentez y otros seores graves. Bentez era joven, pero prefera hacer
la digestin sentado y fumando un buen cigarro.

Don Vctor se acerc al mdico, en el hueco de un balcn y De Pas pudo
or el dilogo que entablaron.

--Oh! no puede figurarse usted cunto le debo.

--A m, don Vctor?

--S a usted; Ana es otra. Qu alegra, qu salud, qu apetito! Se
acabaron las cavilaciones, la devocin exagerada, las aprensiones, los
nervios... las locuras... como aquella de la procesin.... Oh, cada vez
que me acuerdo se me crispan los... pues nada, ya no hay nada de
aquello. Ella misma est avergonzada de lo pasado. Se ha convencido de
que la santidad ya no es cosa de este siglo. Este es el siglo de las
luces, no es el siglo de los santos. No opina usted lo mismo, seor
Bentez?

--S seor--dijo el mdico sonriendo y chupando su cigarro.

--De modo que usted opina que mi mujer est curada del todo?...
radicalmente?...

--Doa Ana, amigo mo, no estaba enferma; se lo he dicho a usted cien
veces; lo que tena se curaba sin ms que cambiar de vida; pero no era
enfermedad... por eso no puede decirse con exactitud que se ha curado...
por lo dems... esa misma exaltacin de la alegra, ese optimismo, ese
olvido sistemtico de sus antiguas aprensiones... no son ms que el
reverso de la misma medalla.

--Cmo? usted me asusta.

--Pues no hay por qu. Doa Ana es as; extremosa... viva...
exaltada... necesita mucha actividad, algo que la estimule...
necesita....

Bentez mascaba el cigarro y miraba a don Vctor, que abra mucho los
ojos, con expresin misteriosa de lstima un poco burlesca.

--Qu necesita?--Eso... un estmulo fuerte, algo que le ocupe la
atencin con... fuerza...; una actividad... grande... en fin, eso... que
es extremosa por temperamento.... Ayer era mstica, estaba enamorada del
cielo; ahora come bien, se pasea al aire libre entre rboles y flores...
y tiene el amor de la vida alegre, de la naturaleza, la mana de la
salud....

--Es verdad; no habla ms que de la salud la pobrecita.

--Qu pobrecita! Pobrecita por qu?

--Por qu? por esos extremos... por esos estmulos que necesita....

--Y eso qu importa? Su temperamento exige todo eso....

--De modo que usted cree que ayer era devota, exageradamente devota
porque... tal vez haba quien influa en su espritu en cierto
sentido?...

--Justo. Es muy probable. Don Vctor, aturdido como sola, hablaba sin
miedo de ser odo, sin ver al Magistral, que fingiendo leer un peridico
y a ratos atender a Ripamiln, se esforzaba en no perder ni una palabra
del dilogo del balcn.

--De modo... que el cambio de Anita se debe a... otra influencia?...
su pasin por el campo, por la alegra, por las distracciones se
debe... a un nuevo influjo?

--S seor; es un aforismo mdico: _ubi irritatio ibi fluxus_.

--Perfectamente! _Ubi irritatio_... justo, _ibi_... _fluxus_!

Convencido! Pero aqu el nuevo influjo... dnde est? Veo el otro, el
clero, el jesuitismo... pero, y este? quin representa esta nueva
influencia... esta nueva _irritatio_ que pudiramos decir?...

--Pues es bien claro. Nosotros. El nuevo rgimen, la higiene, el
Vivero... usted... yo... los alimentos sanos... la leche... el aire...
el heno... el tufillo del establo... la brisa de la maana... etc., etc.

--Basta, basta; comprendido... la higiene... la leche... el olor del
ganado... magnfico!... De modo que Ana est salvada!

--S seor.--Porque esta nueva exageracin no puede llevarnos a nada
malo?...

Bentez escupi un pedazo del puro, que haba roto con los dientes, y
contest con la misma sonrisa de antes:

--A nada.--Santa Brbara!--grit Quintanar cerrando los ojos y
ponindose en pie de un salto.

Y tras el relmpago, que le haba deslumbrado, retumb un trueno que
hizo temblar las paredes. Cesaron todas las conversaciones, todos se
pusieron en pie; Ripamiln y don Vctor estaban plidos. Eran dos
hombres valientes de veras que se echaban a temblar en cuanto sonaba un
trueno.

Ripamiln, aunque algo sordo de algunos aos ac, haba odo
perfectamente la descarga de las nubes y ya se senta mal. No tena
bastante confianza para pedir un colchn con que taparse la cabeza,
segn acostumbraba hacer en su casa.

Todos los convidados, menos los dos miedosos, se acercaron a los
balcones para ver llover. Caa el agua a torrentes. All al extremo de
la huerta se vea a la Marquesa y a las seoras que la acompaaban
refugiadas bajo la cpula del Belvedere que dominaba el paisaje, en una
esquina del predio, junto a la tapia.

--Y los chicos?--pregunt Ripamiln asustado, fingiendo temer por los
dems.

Llamaba _los chicos_ a los que haban salido al bosque.

--Es verdad! Qu era de ellos? Hay que buscarlos.... Se van a poner
perdidos--exclam Quintanar, acordndose de su mujer, lleno de
remordimientos por no haberlo dicho antes.

El Magistral no pensaba en otra cosa, pero callaba. Estaba pasando un
purgatorio y aquello era ya el colmo. Los otros en el bosque... y el
cielo cayendo a cntaros sobre ellos.... A qu cosas no estara
obligando la galantera de don lvaro en aquel momento!.

--Es preciso ir a buscarlos--deca el gobernador.

--Hay que llevarles paraguas...--Y el caso es que la Marquesa est
sitiada por el chubasco all abajo y no puede disponer....

--Y el Marqus est con sus curas en el palacio viejo y no puede venir y
mandar....

Y se deliber largamente qu se hara.

--Hay que salvar a los nufragos--dijo el Barn a guisa de chiste.

El Magistral, que haba salido del saln, se present con dos paraguas
grandes de aldea, verdes, de percal. Ofreci uno a don Vctor, diciendo:

--Vamos, Quintanar, usted que es cazador... y yo que tambin lo soy...
al monte! al monte!

Y con los ojos, al decir esto, se lo coma, y le insultaba llamndole
con las agujas de las pupilas idiota, Juan Lanas y cosas peores.

--Bravo, bravo!--gritaron aquellos seores, que aplaudan el herosmo
ajeno.

Un trueno formidable, simultneo con el relmpago, estall sobre la casa
y puso plidos a los ms valientes.

--Vamos, vamos, pronto!--grit el Magistral, cuya palidez no la
causaba la tormenta. El trueno le sonaba a carcajadas de su mala suerte,
a sarcasmos del diablo que se burlaba de l y de su miserable condicin
de clrigo.

--Pero... don Fermn--se atrevi a decir Quintanar--por lo mismo que soy
cazador... conozco el peligro.... El rbol atrae el rayo.... Ah arriba
tambin hay laureles, el laurel llama la electricidad; si fueran pinos
menos mal! pero el laurel!...

--Qu quiere usted decir? Que los parta un rayo a los otros? No ve
usted que con ellos est doa Ana....

--S, verdad es... pero no podra ir Pepe con algn criado... con
Anselmo...? Usted va a mojarse el balandrn... y la sotana....

--Al monte! don Vctor, al monte!--rugi el Provisor.

Y la voz terrible fue apagada por un trueno ms horrsono que los
anteriores.

--Seores--dijo Ripamiln que estaba escondido en una alcoba--. No se
apuren ustedes, los chicos deben de estar a techo.

--Cmo a techo?...--S, Fermn, no se asuste usted. A techo... en la
casa del leador que usted no conoce; es una cabaa rstica, que el
Marqus se hizo construir con caas y csped all arriba, en lo ms
espeso del monte....

El Magistral no quiso or ms. Sali con un paraguas bajo el brazo y
dej caer el otro a los pies de don Vctor.

El cual recogi el arma defensiva, que llam escudo para sus adentros, y
sigui sin chistar al loco del Magistral, sin explicarse por qu se
empeaba en que fueran ellos a buscar a la Regenta y no los criados.

Tampoco los seores del saln comprendan aquello; y sonrean con
discreta y apenas dibujada malicia al decir que era un misterio la
conducta del Magistral.

--Tena razn don Vctor--advirti el barn--por qu no haban de haber
ido los criados?

--Adems--dijo el gobernador--eso parece una leccin a todos nosotros,
especialmente a usted que tiene por all a su hija....

El trueno que estall en aquel instante se le antoj a Ripamiln que
haba metido cien rayos en la casa.

El miedo ya era general.--Ea, ea, seores--dijo el Arcipreste desde la
alcoba--a rezar tocan; yo voy a rezar con permiso de ustedes... _In
nomine Patris_...




--XXVIII--


--Adnde van ustedes?--gritaba la Marquesa desde el _Belvedere_ al
Magistral y a don Vctor que uno tras otro, a veinte pasos de distancia,
corran por el bosque, calados ya hasta los huesos, chorreando el agua
por todos los pliegues de la ropa y por las alas del sombrero.

--Al infierno! qu s yo dnde me lleva este hombre! contest don
Vctor sin dar muchas voces, furioso, empeado en abrir el paraguas que
tropezaba con las ramas y se enredaba en las zarzas.

La Marquesa continuaba vociferando, y hablaba por seas, pero don Vctor
ya no la entenda y don Fermn ni la oa siquiera.

--Pero aguarde usted, santo varn; espere usted, deliberemos; formemos
un plan!... a dnde me lleva usted?

Por lo visto tampoco oa a Quintanar aquel santo varn, porque
continuaba subiendo a paso largo, sin mirar hacia atrs un momento.

De rama a rama, de tronco a tronco, en todas direcciones suban y
bajaban hilos de araa que se le metan por ojos y boca al ex-regente,
que escupa y se sacuda las telas sutilsimas con asco y rabia.

--Esto es un telar!--gritaba, y se envolva en los hilos como si fueran
cables, procuraba evitarlos y tropezaba, resbalaba y caa de hinojos,
blasfemando, contra su costumbre.

--Tambin es ocurrencia de chicos venir al monte a divertirse.... Si no
hay ms que araas y espinas.... Don Fermn, espere usted por las once
mil... de a caballo, que yo me pierdo y me caigo.

Un trueno le contest y le hizo arrodillarse con el susto.

No os blasfemar otra vez.--Don Fermn! don Fermn! espere usted en
nombre de la humanidad!

De Pas se detuvo, se volvi, le mir desde arriba con lstima y
disimulando la ira, y le dijo lo menos malo de cuanto se le ocurra:

--Parece mentira que sea usted cazador.

--Soy cazador en seco, compadre, pero esto es el diluvio, y un
bombardeo... y las araas se me meten en el estmago... y sobre todo a
m me gustan las acciones heroicas que tienen alguna utilidad. _Nisi
utile est id quod facimus, stulta est gloria_ ha dicho Baglivio. A
dnde vamos nosotros, a ver, dgalo usted si lo sabe?

--A buscar a doa Ana que estar... ponindose perdida....

--Qui perdida! Cree usted que son tontos? De fijo estn a techo....
Cree usted que han de estar papando... araas y nadando como nosotros?
Adems no tienen pies para volverse a casa? No saben el camino? Dir
usted que les llevamos paraguas; y para qu sirven los paraguas?

El Magistral se puso colorado. En efecto, los paraguas no servan de
nada en el bosque.

--Haga usted lo que quiera--dijo--yo sigo.

--Eso es darme una leccin--replic don Vctor algo picado y
continuando tambin la ascensin penosa.

--No seor.--S seor; eso... es ser ms papista que el Papa. Me parece
a m que mi mujer me importa ms a m que a nadie.... Y usted dispense
este lenguaje... pero, francamente, esto ha sido una quijotada.

Quintanar comprendi que aquello era una insolencia, pero estaba furioso
y no quiso recogerla.

El primer impulso de don Fermn fue descargar el puo del paraguas sobre
la cabeza de aquel hombre que se le antojaba idiota en aquella ocasin;
pero se contuvo por multitud de consideraciones... y continu subiendo
en silencio.

A lo que iba, iba; todos aquellos insultos le sonaban como le sonaran a
un nufrago los que le arrojasen desde tierra.... Dos ideas llevaba
clavadas en el cerebro con clavos de fuego: _Ubi irritatio ibi fluxus_
deca una; y la otra: estarn en la casa del leador! No crea el
Provisor en una Providencia que aprovecha juegos de la suerte,
combinaciones de teatro para dar lecciones, pero supersticiosamente
enlazaba el recuerdo de la maana, de su paseo y conversacin con Petra,
con las escenas tambin campestres en que tema groseramente ver
enredada a la Regenta.

_Ubi irritatio ibi fluxus_! iba pensando; es verdad, es verdad... he
estado ciego... la mujer siempre es mujer, la ms pura... es mujer... y
yo fu un majadero desde el primer da.... Y ahora es tarde... y la perd
por completo. Y ese infame....

Ech a correr monte arriba. Pero ese hombre est loco!, pensaba
Quintanar, que le segua jadeante, con un palmo de lengua colgando y a
veinte pasos otra vez.

El Magistral procuraba orientarse, recordar por dnde haba bajado pocas
horas antes de la casa del leador. Se perda, confunda las seales,
iba y vena... y don Vctor detrs, librndose de las araas como de
leones, de sus hilos como de cadenas.

Lo mejor es subir por la mxima pendiente, ello est hacia lo ms
alto... pero arriba hay meseta, vaya usted a buscar....

Se detuvo. Como si nada hubiera dicho don Vctor, con cara amable y voz
dulce y suplicante advirti:

--Seor Quintanar, si queremos dar con ellos tenemos que separarnos;
hgame usted el favor de subir por ah, por la derecha....

Don Vctor se neg, pero el Magistral insistiendo, y con alusiones
embozadas al miedo positivo de su compaero, logr picar otra vez su
amor propio y le oblig a torcer por la derecha.

Entonces, en cuanto se vio solo, De Pas subi corriendo cuanto poda,
tropezando con troncos y zarzas, ramas cadas y ramas pendientes.... Iba
ciego; le daba el corazn, que reventaba de celos, de clera, que iba a
sorprender a don lvaro y a la Regenta en coloquio amoroso cuando menos.
Por qu? No era lo probable que estuvieran con ellos Paco, Joaqun,
Visita, Obdulia y los dems que haban subido al bosque?. No, no,
gritaba el presentimiento. Y razonaba diciendo: don lvaro sabe mucho de
estas aventuras, ya habr l aprovechado la ocasin, ya se habr dado
trazas para quedarse a solas con ella. Paco y Joaqun no habrn puesto
obstculos, habrn procurado lo mismo para quedarse con Obdulia y
Edelmira respectivamente. Visitacin los habr ayudado. Bermdez es un
idiota... de fijo estn solos. Y vuelta a correr cuanto poda,
tropezando sin cesar, arrastrando con dificultad el balandrn empapado
que pesaba arrobas, la sotana desgarrada a trechos y cubierta de lodo y
telaraas mojadas. Tambin l llevaba la boca y los ojos envueltos en
hilos pegajosos, tenues, entremetidos.

Lleg a lo ms alto, a lo ms espeso. Los truenos, todava formidables,
retumbaban ya ms lejos. Se haba equivocado, no estaba hacia aquel lado
la cabaa. Sigui hacia la derecha, separando con dificultad las espinas
de cien plantas ariscas, que le cerraban el paso. Al fin vio entre las
ramas la caseta rstica.... Alguien se mova dentro.... Corri como un
loco, sin saber lo que iba a hacer si encontraba all lo que
esperaba..., dispuesto a matar si era preciso... ciego....

--Jinojo! que me ha dado usted un susto...--grit don Vctor, que
descansaba all dentro, sobre un banco rstico, mientras retorca con
fuerza el sombrero flexible que chorreaba una catarata de agua clara.

--No estn!--dijo el Magistral sin pensar en la sospecha que podan
despertar su aspecto, su conducta, su voz trmula, todo lo que delataba
a voces su pasin, sus celos, su indignacin de marido ultrajado,
absurda en l.

Pero don Vctor tambin estaba preocupado. No le faltaba motivo.

--Mire usted lo que me encontrado aqu--dijo y sac del bolsillo, entre
dos dedos, una liga de seda roja con hebilla de plata.

--Qu es eso?--pregunt De Pas, sin poder ocultar su ansiedad.--Una
liga de mi mujer!--contest aquel marido tranquilo como tal, pero
sorprendido con el hallazgo por lo raro.

--Una liga de su mujer! El Magistral abri la boca estupefacto,
admirando la estupidez de aquel hombre que an no sospechaba nada.

--Es decir--continu Quintanar--una liga que fue de mi mujer, pero que
me consta que ya no es suya.... S que no le sirven... desde que ha
engordado con los aires de la aldea... con la leche... etc., y que se
las ha regalado a su doncella... a Petra. De modo que esta liga... es de
Petra. Petra ha estado aqu. Esto es lo que me preocupa.... A qu ha
venido Petra aqu... a perder las ligas? Por esto estoy preocupado, y he
credo oportuno dar a usted estas explicaciones.... Al fin es de mi casa,
est a mi servicio y me importa su honra.... Y estoy seguro, esta liga es
de Petra.

Don Fermn estaba rojo de vergenza, lo senta l. Todo aquello, que
haba podido ser trgico, se haba convertido en una aventura cmica,
ridcula, y el remordimiento de lo grotesco empez a pincharle el
cerebro con botonazos de jaqueca.... Por fortuna don Vctor, segn
observ tambin De Pas, no estaba para atender a la vergenza de los
dems, pensaba en la suya; se haba puesto tambin muy colorado.
Comprendi el Magistral por qu torcidos senderos conoca el ex-regente
las ligas de su mujer.

Tambin Quintanar tena, adems de vergenza, celos.

No poda saber De Pas hasta qu punto haba llegado la debilidad de don
Vctor, que se deca a s mismo: Probablemente este clrigo, malicioso
como todos, estar sospechando... lo que no ha habido.

Lo cierto era que don Vctor, al cabo, haba cedido hasta cierto punto a
las insinuaciones de Petra.

Pero acordndose de lo que deba a su esposa, de lo que se deba a s
mismo, de lo que deba a sus aos, y de otra porcin de deudas, y sobre
todo, por fatalidad de su destino que nunca le haba permitido llevar a
trmino natural cierta clase de empresas, era lo cierto que haba
retrocedido en _aquel camino de perdicin_ desde el da en que una
tentativa de seduccin se le frust, por fingido pudor de la criada. No
haba, en suma, llegado a ser dueo de los encantos de su doncella, pero
en aquellos primeros y ltimos escarceos amorosos haba podido adquirir
la conviccin de que la Regenta le haba regalado a Petra unas ligas que
el amante esposo le haba regalado a ella.

Por qu se le haba ido la lengua delante del Magistral?.

No poda explicrselo, los celos, si as podan llamarse, le haban
hecho hablar alto. Por lo dems, l despreciaba a la rubia lbrica en el
fondo del alma... y slo en un momento de exaltacin... de la mente,
haba podido....

La tempestad ya estaba lejos... los rboles continuaban chorreando el
agua de las nubes, pero el cielo empezaba a llenarse de azul.

Por decir algo, don Vctor dijo:

--Ver usted como esto repite a la noche.... Por all abajo viene otro
mal semblante... mire usted por entre aquellas ramas....

Vamos a bajar antes que vuelva el agua--advirti De Pas, que hubiera
querido estar cinco estados bajo tierra.

Los dos se tenan miedo.

Los dos bajaron silenciosos, pensando en la liga de Petra.

Antes de llegar a la huerta se encontraron con Pepe el casero que los
llam de lejos, entre los rboles.

--Don Vctor, don Vctor... eh, don Vctor... por aqu.

--Qu pasa? Han parecido? Alguna desgracia?

--Qu desgracia? no seor, que los seoritos y las seoritas ya estaban
en casa muy tranquilos cuando ustedes estaran llegando a mitad del
monte... apenas se han mojado.... Yo sal, por orden de la seora
Marquesa, en su busca apenas comenz a llover.... Fui con el carro y el
toldo encerado a la calleja de Arreo donde saba yo que el seorito Paco
haba de parecer, porque aquel es el camino ms corto y la casa de
Chinto est all, a los cuatro pasos.... En casa de Chinto estaban todas
las seoritas, que no se haban mojado apenas... porque en el monte
cuando empieza el chaparrn se est como a techo.... De modo que todos
estn en casa muertos de risa, menos la seora doa Anita que teme por
usted y... por este seor cura....

--Pero y la seora Marquesa cmo no nos advirti?...

--Pues si dice que le llamaba a usted a voces y que usted no haca caso,
y que ella le deca que ya haba salido el carro....

Y Pepe se rea a carcajadas.--No ha sido mala broma, je, je....
Probecicos y da lstima verles... sobre todo este seor cura est hecho
un _eciomo_, perdonando la comparanza, es una sopa.... Anda, anda, y cmo
se le ha pono too el melindrn este... y la sotana parece un charco....

Tena razn Pepe. De Pas y don Vctor se miraban y se encontraban
aspecto de nufragos.

--Anden, anden, ngeles de Dios, que la mojadura puede llegar a los
huesos y darles un romantismo....

--Ya ha llegado, Pepe, ya ha llegado.

--La seorita Ana ya ti preparada ropa caliente pa ust y creo que no
falta pa este seor cura: y si no, yo tengo una camisa fina que podra
ponrsela una princesa....

El Magistral en vez de entrar en la huerta por el postigo por donde
haban salido, dio vuelta a la muralla y entr en las cocheras, de donde
hizo sacar su miserable berlina de alquiler.

Don Vctor no le vio siquiera separarse de l. Tan absorto iba.

Encontr el Magistral al Marqus que no quera dejarle marchar en aquel
estado....

--Pero si va usted a coger una pulmona.... Mdese usted.... Ah habr
ropa....

No hubo modo de convencerle.--Despdame usted de la Marquesa. En una
carrera estoy en mi casa....

Y dej el Vivero, no tan a escape como l hubiera querido, sino a un
trote falso que poco a poco se fue convirtiendo en un paso menos que
regular.

--Pero, hombre, castigue usted a ese animal--gritaba don Fermn al
cochero--. Mire usted que voy calado hasta los huesos... y quiero llegar
pronto a mi casa.

El cochero, ante la perspectiva de una propina, descarg dos tremendos
latigazos sobre los lomos del rocn, que vino a pagar as la ira
concentrada por tantas horas en el pecho del Provisor. Aquellos
latigazos los hubiera descargado el cannigo de buen grado sobre el
rostro de Mesa.

Cuando el miserable y desvencijado vehculo llegaba a las primeras
casas de los arrabales de Vetusta, obscureca. La noche, segn haba
anunciado don Vctor, amenazaba con nueva tormenta. Todo el cielo se
cubra de nubes pardas que se ennegrecan poco a poco. Ya se vean
relmpagos extensos en el horizonte por Norte y Oeste, y de tarde en
tarde zumbaba rodando un trueno all muy lejos.

Don Fermn llevaba el alma sofocada de hasto, de desprecio de s mismo.
Qu jornada! pensaba, qu jornada! No le quedaba ni el consuelo de
compadecerse; merecido tena todo aquello; el mundo era como el
confesonario lo mostraba, un montn de basura; las pasiones nobles,
grandes, sueos, aprensiones, hipocresa del vicio.... Buena prueba era
l mismo, que a pesar de sentirse enamorado por modo anglico, caa una
y otra vez en groseras aventuras, y satisfaca como un miserable los
apetitos ms bajos. Y al fin Teresina... era de su casa, pero Petra era
de la otra, de Ana. Ya no se disculpaba con los sofismas del
maquiavelismo, de la conveniencia de tener de su parte a la criada. Con
unas cuantas monedas de oro hubiera conseguido lo mismo. Y don
Vctor? Otro miserable y adems un estpido que mereca cuanto mal le
viniera encima, como l, como Ana lo merecan tambin, como lo mereca
el mundo entero que era un lodazal.... Oh, aquellos relmpagos deban
quemar el mundo entero si se quera hacer justicia de una vez!.

Lo que ms le irritaba era que su conciencia le envolva a l tambin en
el general desprecio.... Todo era pequeo, asqueroso, bajo... y l como
todo.

Y lo que haba dicho el mdico? _Ubi irritatio_... es decir que Ana
caera en brazos de don lvaro... que era fatal aquella cada!... Y
tanto misticismo, y tanto hermano mayor del alma... para qu haba
servido? Farsa, hipocresa, hipocresa inconsciente, como la propia,
como la del universo entero....

El Magistral daba diente con diente. El fro le hizo pensar en la ropa,
la ropa en su madre.

Esta es otra. Qu va a decir al verme entrar as? Tendr que inventar
una mentira. Bah! una ms, qu importa?... Y los otros all... a sus
anchas.... Podrn, si quieren, cometer sus torpezas delante del mismo
idiota del marido.... Oh, quin es aqu el marido? Quin es aqu el
ofendido? Yo, yo! que siento la ofensa, que la preveo, que la huelo en
el aire... no l que no la ve aun puesta delante de los ojos....

Idea tuvo de arrojarse del coche, y a pie, a todo correr, volver furioso
al Vivero a sorprender lo que el presentimiento le daba por seguro, lo
que no haba pasado tal vez en el bosque, pero lo que estara pasando en
la casa... entre aquellos borrachos disimulados y aquellas damas
lascivas, locas y encubridoras....

Un trueno que retumb sobre Vetusta sirvi de acompaamiento a la clera
del cannigo.

--Eso! eso!--rugi mientras abra la portezuela y se apeaba frente a
su casa--. Esto slo se arregla con rayos!.

Y entr en su casa despus de pagar al cochero.

Los rayos que quera le esperaban arriba dispuestos a estallar sobre su
cabeza.

Cuando se acost aquella noche, pensaba que en su vida haba tenido tan
formidable reyerta con su seora madre, ni haba visto jams a doa
Paula ostentar mayores parches de sebo en las sienes.

Y al dormirse, la ltima idea que le persegua, la que ms le
atormentaba con sus punzadas, era la del ridculo.

Qu aventuras tan grotescas... qu horrorosa irona de lo cmico
durante todo el da! Y... la culpa de todo la tena la odiosa, la
repugnante sotana....

Los ltimos pensamientos del Magistral fueron maldiciones. Pero a pesar
de todo durmi, rendido por tanta fatiga.

All en el Vivero los convidados haban puesto a mal tiempo buena cara,
y mientras en el palacio viejo los curas rurales, el Marqus, y algunos
otros seores de Vetusta jugaban al tresillo a primera hora y ms tarde
al monte, que llamaba el clero del campo _la santina_, en la casa nueva
todas las damas y los caballeros que haban querido correr por los
prados en la romera, procuraban divertirse como podan y se bailaba, se
tocaba el piano, se cantaba y se jugaba al escondite por toda la casa.
Ya se saba que al Vivero no se iba a otra cosa. Visitacin, Obdulia y
Edelmira tambin, eran las que conocan mejor los lugares ms
escondidos, dnde haba puertas de escape, y todo lo que exigan
aquellos juegos infantiles a que se entregaban, sin pensar en los muchos
aos que tenan varias de aquellas personas tan alegres.

A don Vctor se le recibi en triunfo; triunfo burlesco. Algunos, Visita
y Paco entre ellos, queran coronarlo, pero l prefiri correr a su
cuarto para mudarse de pies a cabeza.

Entr con l la Regenta para ayudarle.

--Y don Fermn?--pregunt.

--Tu don Fermn es un botarate, hija ma, y perdona--contest Quintanar
de mal humor, mientras se mudaba los calcetines.

Y refiri a su mujer todo lo que les haba sucedido, menos el hallazgo
de la liga.

Ana convino en que De Pas haba llevado la galantera a un extremo
ridculo, sobre todo ridculo, en un sacerdote.

--A quin le importar ms mi mujer, a l o a m?--repeta a cada
instante el marido, como supremo argumento contra el Magistral.

S, pensaba Ana, tiene razn don lvaro, ese hombre... tiene celos,
celos de amante... y lo que ha hecho hoy ha sido una imprudencia.... Debo
huir de l, tiene razn lvaro.

Mesa y Paco, en los das anteriores, haban venido varias veces al
Vivero, a caballo; Mesa haba encontrado a la Regenta expansiva,
alegre, confiada: y sin hablar palabra de amor pudo conseguir que ella
escuchase consejos que l juraba higinicos principalmente.

El misticismo era una exaltacin nerviosa.

En eso estaba Ana tambin, asustada todava con los recuerdos de sus
aprensiones.

Adems, el Magistral no era un mstico; lo menos malo que se poda
pensar de l era que se propona ganar a las seoras de categora para
adquirir ms y ms influencia.

Cuando don lvaro se atrevi a decir esto, ya sus confidencias haban
sido muy ntimas.

De amor no se hablaba; Mesa, aunque con trabajo, respetaba a la Regenta
hasta el punto de no tocarle al pelo de la ropa. Ella se lo agradeca y,
como en tiempo antiguo, procuraba aturdirse, no pensar en los peligros
de aquella amistad; y lo consegua mejor que antes.

Mi salud, pensaba, exige que yo sea como todas: basta para siempre de
cavilaciones y propsitos quijotescos y excesivos: quiero paz, quiero
calma... ser como todas. Mi honor no padecer... pero los escrpulos
me volveran a la locura, a las aprensiones horrorosas....

Y temblaba recordando las tristezas y los terrores pasados.

La pasin, menos vocinglera que antes, subrepticia, segua minando el
terreno, y a los pocos latidos de la conciencia contestaba con sofismas.

Cuando Quintanar refiri los pasos imprudentes del Magistral, Ana sinti
por un momento algo de odio. Cmo? Su mismo confesor la comprometa?
Si Vctor fuera otro, no podra haber sospechado o de don lvaro o del
cannigo mismo? Pues no estaba bien claro que todo aquello eran celos?
No faltaba ms! qu horror! qu asco! amores con un clrigo!.

Y ahora s que la imagen de don lvaro se le presentaba risuea,
elegante, fresca y viva. Al fin aquello estaba dentro de las leyes
naturales y sociales... a lo menos era cosa menos repugnante... menos
ridcula; no, lo que es ridculo, nada... pero un cannigo!....

Y le pareca que el pecado de querer a un Mesa era ya poco menos que
nada, sobre todo si serva para huir de los amores de un Magistral...
Pero qu se habra figurado aquel seor cura?.

No se acordaba la Regenta ahora de aquello del hermano mayor del alma,
ni de la lea que ella, sin mala intencin, sin asomo de coquetera,
haba arrojado al fuego de que ahora se avergonzaba. La pasin, que
ahora halagaba con su nueva vida, vencedora, prxima a estallar, le
sugera sofisma tras sofisma para encontrar repugnante, odiosa, criminal
la conducta del Provisor, y noble y caballeresca la de Mesa.

El cual, aquella misma maana en el pozo lleno de yerba, antes en el
patio de la iglesia, por las callejas, cuando venan detrs del tambor
y de la gaita, en el bosque, despus en el carro de Pepe, donde venan
juntos, casi sentada ella encima de l, sin poder remediarlo, ms tarde
en el saln, en todas partes y en todo el da le haba estado dejando
ver que la adoraba, pero no se lo haba dicho, por respeto... a fuerza
de quererla tanto.

Y comparando proceder con proceder, Anita encontraba abominable el del
clrigo.

Y le falt tiempo para decrselo a don lvaro.

En tono confidencial, que al lechuguino le supo a gloria, le fue
diciendo, cuando pudo hablarle sin que los oyeran:

--Qu le parece a usted la conducta del Magistral?

Que le haba de parecer a don lvaro? Abominable! Pues qu era lo que
l, don lvaro, tena dicho? Que no haba que fiarse del Provisor, etc.,
etc.

--S, Ana, est enamorado de usted, loco, loco... eso se lo conoc yo
hace mucho tiempo... porque... porque....

Y lvaro sonrea de un modo que lo deca todo perfectamente, y hasta con
acompaamiento de una msica dulcsima que la Regenta crea or dentro
de sus entraas; una msica que le sala de los ojos y de la boca....
qu saba ella! pero aquello era una delicia mucho ms fuerte que
todas las del _misticismo_.

Cuando hablaban as, como _otros dos hermanos del alma_, empezaba la
noche, retumbaban los truenos lejanos y vibraban en el cielo los
relmpagos que a don Fermn le sorprendieron al entrar en Vetusta. Ana y
Mesa estaban solos apoyados en el antepecho de la galera del primer
piso, en una esquina de aquel corredor de cristales que daba vuelta a
toda la casa. La mayor parte de los convidados abajo, en el saln, se
preparaban a volver a Vetusta, otros preferan aceptar la hospitalidad
que los Marqueses les ofrecan en el Vivero por aquella noche. Todo era
abajo ruido, movimiento, rdenes confusas, broma, vacilaciones, unos que
se quedaban y de repente preferan emprender el viaje, otros que se
preparaban a ocupar un asiento en un coche y volvan a la casa
prefiriendo dormir en el suelo aunque fuera. Ripamiln desde luego
acept la cama que le ofreci la Marquesa para l solo.

--Vuelve la tormenta y yo no quiero bromas con la electricidad; me
consta que la carrera de un coche atrae el rayo.... Me quedo, me quedo.

Las baronesas prefirieron desafiar la tempestad. El Barn quera ms
quedarse, pero tuvo que seguirlas. Tambin se meti en el coche el
gobernador, pero su esposa se qued con los Marqueses. Bermdez volvi a
Vetusta; Visitacin, Obdulia, Edelmira, Paco y Mesa se quedaban.

Mientras abajo se trataban a gritos y con idas y venidas tan arduas
materias, Edelmira, Obdulia, Visita, Paco y Joaqun corran como locos
por el corredor del primer piso. Visitacin estaba un poco borracha, no
tanto por lo que haba bebido como por lo que haba alborotado; Obdulia
deca que tena un clavo en la sien: haba bebido mucho ms, pero el
torbellino del baile, las emociones fuertes del escondite la mantenan
en pie firme de puro excitada. Edelmira, maestra ya en el arte de
divertirse al estilo de la casa de sus tos, estaba como una amapola y
rea y gozaba con estrpito; su alegra era comunicativa y simptica.
Paco la pellizcaba sin compasin y ella despedazaba los brazos de Paco;
Joaqun Orgaz, que haba conseguido aquella tarde algunas ventajas
positivas en el amor siempre efmero de Obdulia, pellizcaba tambin; y
haba carreras, tropezones, voces, aprietos, saltos, sustos, sorpresas.
Ahora, mientras Ana y lvaro hablaban asomados a la galera, sin miedo
al agua que les salpicaba el rostro ni a los relmpagos que rasgaban el
horizonte negro enfrente de sus ojos, los dems, en la obscuridad del
corredor estrecho jugaban a un juego de nios que se llamaba en Vetusta
_el cachipote_, y que consiste en esconder un pauelo convertido en
ltigo y buscarlo por las seas conocidas de: fro y caliente. El que lo
encuentra corre detrs de los otros a latigazos hasta llegar a la madre.
Este juego inocente daba ocasin a multitud de sabrosos incidentes entre
aquellos jugadores todos malicia. A menudo dos manos, una de hembra y
otra de varn, buscaban en el mismo agujero el _cachipote_; los que
corran se atropellaban, y la verdad histrica exige que se declare, por
ms que parezca inverosmil, que muy a menudo aquellos _chicos_ que
corran como locos todos juntos por la estrecha galera, huyendo del
ltigo, caan al suelo en confuso montn, mientras el zurriago les meda
las espaldas.

Y mientras abajo sonaba el ruido confuso y grrulo de las despedidas y
preparativos de marcha, y detrs el estrpito de los que corran en la
galera, y all en el cielo, de tarde en tarde, el bramido del trueno,
la Regenta, sin notar las gotas de agua en el rostro, o encontrando
deliciosa aquella frescura, oa por la primera vez de su vida una
declaracin de amor apasionada pero respetuosa, discreta, toda
idealismo, llena de salvedades y eufemismos que las circunstancias y el
estado de Ana exigan, con lo cual creca su encanto, irresistible para
aquella mujer que senta las emociones de los quince aos al frisar con
los treinta.

No tena valor, ni aun deseo de mandar a don lvaro que se callase, que
se reportase, que mirase quin era ella. Bastante lo miraba, bastante
se contena para lo mucho que aseguraba sentir y sentira de fijo.

No, no, que no calle, que hable toda la vida, deca el alma entera. Y
Ana, encendida la mejilla, cerca de la cual hablaba el presidente del
Casino, no pensaba en tal instante ni en que ella era casada, ni en que
haba sido _mstica_, ni siquiera en que haba maridos y Magistrales en
el mundo. Se senta caer en un abismo de flores. Aquello era caer, s,
pero _caer al cielo_.

Para lo nico que le quedaba un poco de conciencia, fuera de lo
presente, era para comparar las delicias que estaba gozando con las que
haba encontrado en la meditacin religiosa. En esta ltima haba un
esfuerzo doloroso, una frialdad abstracta, y en rigor algo enfermizo,
una exaltacin malsana; y en lo que estaba pasando ahora ella era
pasiva, no haba esfuerzo, no haba frialdad, no haba ms que placer,
salud, fuerza, nada de abstraccin, nada de tener que figurarse algo
ausente, delicia positiva, tangible, inmediata, dicha sin reserva, sin
trascender a nada ms que a la esperanza de que durase eternamente. No,
por all no se iba a la locura.

Don lvaro estaba elocuente; no peda nada, ni siquiera una respuesta;
es ms, lloraba, sin llorar por supuesto, de pura gratitud, slo porque
le oan. Haba callado tanto tiempo! Que haba mil preocupaciones,
millones de obstculos que se oponan a su felicidad? Ya lo saba l;
pero l no peda ms que lstima, y la dicha de que le dejaran hablar,
de hacerse or y de no ser tenido por un libertino _vulgar_, necio, que
era lo que el _vulgo estpido_ haba querido hacer de l.

Siempre le haba gustado mucho a Ana que llamasen al vulgo _estpido_;
para ella la seal de la _distincin_ espiritual estaba en el desprecio
del vulgo, de los vetustenses. Tena la Regenta este defecto, tal vez
heredado de su padre: que para distinguirse de la _masa de los
creyentes_, necesitaba recurrir a la teora hoy muy generalizada del
_vulgo idiota_, de la _bestialidad humana_, etc., etctera.

Por fortuna, don lvaro saba perfectamente manejar este resorte: era l
capaz de despreciar, llegado el caso, al mismo sol del medio da si se
opona a sus pasiones. Todo era preocupacin, pequeez de nimo....
Pero, tena l derecho para que Ana siguiera sus ideas y despreciase
las maliciosas y groseras aprensiones del vulgo? Oh, no; ya saba que la
_letra_ estaba contra l.... Al fin, qu era l? Un hombre que hablaba
de amor a una seora que era de otro, ante los hombres.... Ya lo saba,
s; no exiga que Ana se hiciese superior a tantas tradiciones, leyes y
costumbres, lugares comunes y rutinas como le condenaban; claro que
haba en el mundo mujeres, virtuosas como la que ms, que ya saban a
qu atenerse respecto de la letra de la ley moral que condenaba aquel
amor de Mesa; pero poda l pedir a Ana, educada por fanticos, que
haba pasado su juventud en un pueblo como Vetusta, poda pedirla que se
dignase siquiera alentar su pasin con una esperanza? Oh, no; demasiado
saba que no... bastaba con que le oyera. Cuntos aos haba estado sin
querer orle! Y lo que l haba padecido!... Pero, en fin, de esto ya
no haba que acordarse. El dolor haba sido infinito... infinito... pero
todo lo compensaba la felicidad de aquel momento. Callaba Ana, oa...
pues qu ms dicha poda l ambicionar?....

A la luz de un relmpago, la Regenta vio los ojos de lvaro brillantes
y envueltos en humedad de lgrimas.

Tambin tena las mejillas hmedas.... Ella no pens que esto poda ser
agua del cielo.

Estaba llorando aquel hombre... el hombre ms hermoso que ella haba
visto, el compaero de sus sueos, el que debi haberlo sido de su
vida!....

Pero por qu hablaba de agradecimiento? Porque ella no le
interrumpa? Si l supiera... si l supiera que no poda ni
hablar!....

Ana senta un placer _puramente material_, pensaba ella, en aquel sitio
de sus entraas que no era el vientre ni el corazn, sino en el medio.
S, el placer era _puramente material_, pero su intensidad le haca
grandioso, sublime. Cuando se gozaba tanto, deba de haber derecho a
gozar.

Cuando lvaro, creyendo bastante cargada la mina, suplic que se le
dijera algo, por ejemplo, si se le perdonaba aquella declaracin, si se
le quera mal, si se haba puesto en ridculo... si se burlaba de l,
etc., Ana, separndose del roce de aquel brazo que la abrasaba, con un
mohn de nia, pero sin asomo de coquetera, arisca, como un animal
dbil y montaraz herido, se quej... se quej con un sonido gutural,
hondo, mimoso, de vctima noble, suave. Fue su quejido como un estertor
de la virtud que expiraba en aquel espritu solitario hasta entonces....

Y se alej de lvaro, llam a Visita... la abraz nerviosa y dijo,
pudiendo al fin hablar:

--A qu jugis, locos...?

--Ahora ya a nada.... Jugbamos al cachipote, pero Paco y Edelmira estn
all en la esquina del otro frente disputando sobre quin tiene ms
fuerza, si ella o l.... Ven, ven, vers qu puos los de Edelmira.

En la ms obscura de las galeras, en un rincn, amontonados estaban los
dems compaeros de broma; Edelmira y Paco espalda con espalda, como se
baila a veces la _mueira_, sobre todo en el teatro, medan sus
fuerzas.... Paco resista con dificultad el empuje violento de su prima,
que gozando lo que ella y el diablo saban, se incrustaba en la carne de
su primo, ms blanda que la suya, empeada en vencerle y hacerle andar
hacia adelante mientras ella andaba hacia atrs. Al cabo Edelmira
venci, y Paco, silbado por los presentes, propuso luchar de frente, con
las manos apoyadas en los hombros del contrario. As se hizo y esta vez
venci Paco.

Joaqun propuso la misma lucha a Obdulia; Visita se atrevi a medir con
la Regenta sus fuerzas. Joaqun y Ana vencieron. A don lvaro, que no
tena con quin luchar, se le vino a la memoria la escena del columpio
en que le venci el maldito De Pas.... Pero ahora le tena debajo de
los pies.

Ms vala maa que fuerza.

Siguieron los ejercicios corporales; el ruido del agua, la luz de los
relmpagos, los truenos lejanos, la obscuridad ambiente, los vapores de
la comida, la estrechez del corredor, todo los animaba, los arrojaba a
la alegra aldeana, a los juegos brutales de la lascivia subrepticia,
moderados en ellos por instintos de la educacin. Pero volvieron los
pellizcos, los gritos, los puetazos de las mujeres en la cabeza de los
varones. Ana jams haba asistido a escenas semejantes; ella y don
lvaro no tomaban parte activa en la broma al principio, pero al fin le
toc a la Regenta algn pellizco, ninguno de Mesa, a este varios de
Obdulia y Visita, y, sin pensarlo, Ana en la general contienda ms de
una vez sinti su espalda oprimida por la de lvaro, y aunque hua el
contacto delicioso, de un sabor especial, en cuanto lo notaba, el
contacto volva, y Ana iba sintiendo emociones extraas, nuevas del
todo, una inquietud alarmante, sofocaciones repentinas y una especie de
sed de todo el cuerpo que hasta le quitaba la conciencia de cuanto no
fuese aquel rincn obscuro, estrecho, donde cantaban, rean, saltaban....
Como una msica lejana, dulcsima en su suavidad, recordaba todos los
pormenores de la declaracin amorosa de Mesa....

Fatigados con tanto movimiento y alardes de fuerza, choques y
excitaciones vanas, Paco y Joaqun, antes que Edelmira, Obdulia y
Visita, dejaron de correr y _enredar_; y muy serios, con la melancola
del cansancio, se pusieron a contemplar la luna que apareci en el
horizonte como una linterna en el campo de batalla de las nubes, que
yacan desgarradas por el cielo.

Paco, con regular voz de bartono, cant pedazos de _Favorita_ y de
_Sonmbula_ y Joaqun _sali por malagueas_, como l deca; en su voz
haba una tristeza que contrastaba con la alegra que le brillaba en los
ojos, clavados en los de Obdulia, quien aquella noche se haba propuesto
dar el premio de sus favores, no el principal, al gnero flamenco. Por
fortuna Joaqun se conformaba con el _accsit_.

Don Vctor, que se aburra abajo, oy cantar el _Spirto gentil_ y subi.
Le daba ahora por la msica. Cantar peras, a su modo, y or cantar a
los que _afinaban_ ms que l, era su delicia por aquella temporada, y
si todo esto se haca a la luz de la luna, miel sobre hojuelas.

Todos en un grupo, respirando el fresco de la noche, contemplando la
luna que sala por la bveda desgarrando jirones de nubes de forma
caprichosa, cantaban a la vez o por turno y hablaban en voz baja, como
respetando la majestad de la naturaleza dormida, con languidez del
cuerpo y del alma.

Don Vctor era ms soador que ninguno de los presentes. Se acerc a
Mesa, consigui entablar conversacin particular con l; y como
encontr a su amigo ms atento que nunca, ms cordial, ms afectuoso, no
tard en abrirle el alma de par en par.

Cuando ya los otros se haban cansado de la luna y de las peras y las
malagueas, don Vctor, que haba comido bien y merendado con frecuentes
libaciones, segua abriendo el pecho ante la atencin de Mesa, atencin
muda, intachable.

--Mire usted--deca el viejo--yo no s cmo soy, pero sin creerme un
Tenorio, siempre he sido afortunado en mis tentativas amorosas; pocas
veces las mujeres con quien me he atrevido a ser audaz, han tomado a mal
mis demasas... pero debo decirlo todo: no s por qu tibieza o
encogimiento de carcter, por frialdad de la sangre o por lo que sea, la
mayor parte de mis aventuras se han quedado a medio camino.... No tengo
el don de la constancia.

--Pues es indispensable.--Ya lo veo; pero no lo tengo. Mis pasiones son
fuegos fatuos; he tenido ms de diez mujeres medio rendidas... y muy
pocas, tal vez ninguna puedo decir que haya sido ma, lo que se llama
ma.... Sin ir ms lejos....

Don Vctor, en el seno de la amistad, seguro de que Mesa haba de ser
un pozo, le refiri las persecuciones de que haba sido vctima, las
provocaciones lascivas de Petra; y confes que al fin, despus de
resistir mucho tiempo, aos, como un Jos... habase cegado en un
momento... y haba jugado el todo por el todo. Pero nada, lo de siempre;
bast que la muchacha opusiera la resistencia que el fingido pudor
exiga, para que l, seguro de vencer, enfriara, cejase en su
descabellado propsito, contentndose con pequeos favores y con el
conocimiento exacto de la hermosura que ya no haba de poseer.

Y de una en otra vino a declarar el hallazgo de la liga, aunque sin
decir que haba sido de su mujer. Le pareca una debilidad indigna de un
marido de mundo regalarle ligas a su seora. Pidi consejo a Mesa
respecto de su conducta futura con Petra.

--Debo despedirla?--Tiene usted celos?--No seor; yo no soy el perro
del hortelano... aunque he de confesar que algo me disgust en el primer
momento el descubrir aquella prueba de su liviandad.

--Pero est usted seguro de que la liga es de Petra?

--Ah, s; estoy absolutamente seguro.

Y sigui Quintanar hablando, hablando, sin trazas de dejarlo.

La alcoba en que dorman Ana y don Vctor tena una ventana a la galera
precisamente del lado en que estaban conversando los dos amigos.

La Regenta abri de repente las vidrieras y llam a su marido.

--Pero, Vctor, no te acuestas hoy?

Los dos amigos se volvieron. Quintanar tena los ojos inflamados y las
mejillas encendidas.... Sus confidencias le haban rejuvenecido....

--Pero qu hora es, hija ma?

--Muy tarde.... Ya sabes que en la aldea nos recogemos temprano. Los
Marqueses ya estn recogidos.

Ahora mismo acaba de llamar la Marquesa a Edelmira, que duerme en su
cuarto.

--Bobadas de mam--dijo Paco del mal humor--apareciendo por un extremo
de la galera. Edelmira prefera dormir con Obdulia, como es natural...
y ahora doa Rufina la haca acostarse en su misma alcoba.... Bobadas....
Tonteras de mam...

--Buena est Obdulia para dormir con nadie--dijo Visita que vena del
cuarto contiguo al de Ana.

--Pues qu tiene?--Yo creo que una _mica_, una borrachera de mil
cosas, de ruido, de fatiga y hasta de vino... qu s yo; ello es que
est en la cama dando ayes y dice que all no se acuesta nadie, que
quiere dormir sola... yo me voy junto a ella; voy a poner mi cama al
lado de la suya.... Buenas noches....

Y acercndose a la ventana sujet a la Regenta por los hombros, le habl
al odo, le llen de besos estrepitosos la cara y corri a su cuarto,
haciendo antes una mueca de conmiseracin burlesca a Joaquinito Orgaz
que, cabizbajo y tristn, rondaba por los pasillos.

--Vamos, vamos, ya ves que todos se retiran. Vctor, a la cama.

Ana sonrea, hermosa y fresca con su traje sencillo de la hora de
acostarse.

--Y ustedes?--dijo Quintanar.

--Nosotros--respondi Paco--nos hemos quedado sin cama porque a la
seora gobernadora le dio el capricho de tener miedo a los truenos y
quedarse a dormir....

--De modo?...--pregunt Ana risuea.

--Que dormiremos en un sof.--Vaya, vaya, pues buenas noches.

--Espera un poco, tonta, mira qu buena noche est... hablemos aqu un
poco....

--Yo no tengo sueo; tiene razn Paco; hablemos--dijo don Vctor, que
haba entrado en su cuarto y se haba puesto las zapatillas y el gorro
de borla de oro.

--Cmo hablar? no seor..., a la cama....

Y Ana, coqueta sin querer, amenaz graciosa, provocativa, con cerrar las
ventanas y las contraventanas....

Mesa con un mohn le suplic que esperase....

Y hablando en tono confidencial, comentando los sucesos del da, las
bromas, los juegos, estuvieron a la luz de la luna cerca de una hora
todava; Ana y su marido dentro, Paco, Joaqun y lvaro en la galera....

Don Vctor estaba en sus glorias. Ver a su Anita alegre, expansiva, y
all, cerca del propio lecho, a los amigos jvenes en cuya compaa se
senta l joven tambin, qu mayor dicha? Ni la sombra de una sospecha
se le asomaba al alma al noble ex-regente. Ya todo era silencio en la
casa, todos dorman, y slo en aquel rincn de la galera, junto a
aquella ventana abierta haba el ruido suave de un cuchicheo. Hablaban a
veces dos o tres a un tiempo, pero todos en voz baja que pareca dar ms
intimidad e inters a lo que se decan. Ana esquivaba unas veces las
miradas de don lvaro, que fumaba apoyando un codo muy cerca de los de
Anita, tambin reclinada sobre el antepecho. Otras veces, las ms, los
ojos se clavaban en los ojos y sin que nadie pudiera remediarlo se
decan amores, cada vez ms elocuentes.

lvaro, de tarde en tarde, miraba de soslayo y con envidia y codicia al
interior de la alcoba.... Ana sorprendi alguna de aquellas miradas
rpidas y compadeci al enamorado galn, sin tomar a mal su curiosidad
indiscreta. Don Vctor no llevaba traza de poner fin al palique y Ana
misma se crey en el caso de decir:

--Vaya, vaya... hasta maana; Vctor, adentro, adentro.

Y cerr las vidrieras en las narices de lvaro y de los pollos. Paco y
Joaqun desaparecieron en lo obscuro del corredor. Quintanar ya estaba
de espaldas, all en el fondo de la alcoba, en mangas de camisa. Don
lvaro no se mova; y vio a la Regenta detrs de los cristales, cerrando
pausadamente las maderas; y ella en medio, en el hueco de luz, mirndole
seria, dulce... y despus cuando ya slo quedaba un intersticio le mir
risuea, juguetona. Volvi a abrir otro poco... y volvi a verle todo el
rostro.

--Adis, adis, dormir bien--dijo Ana, detrs de las vidrieras; y cerr
las contraventanas de golpe y corri el pestillo.

Como la romera de San Pedro hubo muchas durante el mes de julio por los
alrededores del Vivero. A casi todas asistieron los Marqueses y sus
amigos. Quintanar y seora esperaban a los de Vetusta en la quinta; y
unas veces a pie, otras en coche, se emprenda la marcha, se recorra
aquellas aldeas pintorescas, se oan aquellos cnticos, montonos, pero
siempre agradables, dulces y melanclicos de la danza indgena, y se
volva al obscurecer, comiendo avellanas y cantando, entre labriegos y
campesinas retozonas, confundidos seores y colonos en una mezcla que
enterneca a don Vctor, el cual deca: Vea usted, si se pudieran
realizar la igualdad y la fraternidad... no haba cosa mejor ni ms
potica.

Mesa y Paco no faltaban ni a una de estas excursiones; pero, adems,
solan visitar a la Regenta cada tres o cuatro das. A veces Ana y
Quintanar, despus de comer, a eso de las cuatro de la tarde, salan a
la carretera de Santianes a esperar a sus amigos. La soledad le iba
pesando un poco a don Vctor y aquellas visitas las agradeca en el
alma. Ana al divisar all lejos, en el extremo de la cinta larga y
estrecha de carretera las siluetas de los dos poderosos caballos blancos
de Mesa y Vegallana, senta un placer que se le antojaba infantil... y
se pona nerviosa de ansiedad, que creca segn se acercaban los bultos
y se aclaraban las figuras de caballos y jinetes.

Ni Visitacin ni Paco se atrevan ya nunca a decir nada a don lvaro
alusivo a sus pretensiones amorosas: le dejaban hacer; conocan en _la
cara de gloria_ del Tenorio que esperaba el triunfo, que tal vez lo
estaba tocando, y comprendan que el pudor, la vergenza, mejor dicho,
exiga un silencio absoluto respecto del caso. Don lvaro agradeca la
delicadeza de sus cmplices y callaba tambin, tranquilo y satisfecho.

A fines del mes comenz la dispersin general; todos los que tenan
cuatro cuartos, y muchos que no los tenan, dejaron la capital y
buscaron la frescura de la playa.

Don Vctor, loco de contento, sali del Vivero con su mujer y con Petra
y se instal en el puerto mejor de la provincia, _La Costa_, villa
floreciente ms rica que Vetusta, emporio del cabotaje y vestida muy a
la moda. Otros aos Quintanar pasaba el mes de Agosto en Palomares, a
donde iban tambin Visita, Obdulia y alguna vez los Marqueses y Mesa.

--Dos aos hace que no he veraneado!--deca Quintanar alegre como un
chiquillo.

La Regenta prefiri La Costa a Palomares porque el Magistral haba
suplicado que no se fuera a baos, y que si el mdico lo exiga que por
lo menos no se fuera a Palomares. No quiso Ana contradecir este deseo
del confesor y transigi.

Iremos a La Costa dijo en la carta en que contest a don Fermn. Tena
ste psima idea de los efectos morales de los baos de todo el
Cantbrico, y especialmente de los baos de Palomares. La mayor parte de
los penitentes volvan de aquel pueblo de pesca con la conciencia llena
de pecadillos que, si tratndose de otros casi le hacan sonrer, en la
Regenta le hubieran hecho muy poca gracia.

Comprenda don Fermn que su influencia iba disminuyendo, que la fe de
Ana se entibiaba y en cambio creca la desconfianza en ella; y como
perder del todo a su Regenta era idea que le asustaba, dando tormento al
orgullo, a los celos, haca de tripas corazn, finga no ver, y mantena
su poder espiritual claudicante con puntales de tolerancia y estribos
de paciencia. La ira la desahogaba sobre el Obispo y con la curia
eclesistica. Cada vez era su poder mayor y ms cruel su tirana. Las
ventajas de don lvaro en el nimo de Ana las pagaba el clero
parroquial, aquel clero que Foja deca respetar tanto.

Tambin Ana prefera aquel _modus vivendi_; no quera volver a las
andadas, tema que viniesen la compasin y los remordimientos y las
aprensiones a molestarla y al fin hacerla caer enferma, si por completo
rompa con el Provisor.

Me conozco, pensaba; s que, despus de todo, le tengo cierto cario, y
si abandonase su amistad, una voz insufrible me haba de estar gritando
siempre en favor suyo. Mejor es esto; ya que l disimula, y finge no ver
este cambio, y ya no se queja como al principio, dejmoslo todo as;
quiero paz, paz, no ms batallas aqu dentro.

Don lvaro, en el tono confidencial que haba adoptado despus de su
declaracin, haba venido a indicar vagamente que no convena irritar a
don Fermn, que l le crea capaz de hacer dao siempre de un modo o de
otro. Ana, aunque lvaro no se atreva a ser muy explcito en este
particular, comprenda lo que su amigo, _nuevo hermano_, quera decir y
aprobaba su prudencia.

Por todo lo cual pudo el Provisor atreverse a insinuar aquel deseo que
en otro tiempo hubiera sido impuesto en un decreto sin exposicin de
motivos.

Ana fue a La Costa. Mesa, por disimular, pas cinco das en Palomares,
despus se corri a San Sebastin, y el da de Nuestra Seora de Agosto
se present en La Costa, en un vapor de Bilbao, nuevo y reluciente.

A don Vctor le gustaba mucho, por una temporada, la vida de fonda. Se
haba instalado en la ms lujosa, de ms movimiento y ruido, situada en
el muelle. All se fue tambin Mesa, accediendo a los ruegos de su
amigo el ex-regente.

Veinte das despus volvan los tres juntos a Vetusta; Bentez felicit
a la Regenta por su notable mejora; ahora si que estaba la salud
asegurada; qu color! qu morbidez! qu _slidamente_ robusta volva!

A don Vctor se le caa la baba. Oh, el mar, si no hay como el mar, y
la mesa redonda, y la casa de baos, y los paseos por el muelle, y los
conciertos al aire libre... y los teatros y circos!. Qu contento
estaba con la vida Quintanar! Su mujer era una joya; la ms hermosa de
la provincia, como haba sido siempre, pero adems ahora suya,
completamente suya, y de un humor nuevo, alegre, activo, como el que
Dios le haba otorgado a l....

--Y yo? eh? qu tal vengo yo seor Bentez?

--Magnfico, magnfico tambin; hecho un pollo.

--Ya lo creo!--Y este galpago? Este galpago que ya va siendo viejo,
qu tal?--Y daba palmaditas en la espalda de Mesa--. Este s que
parece un chiquillo.

Y volvindose a Frgilis que estaba presente, algo triste y desmejorado,
aada Quintanar:

--En cambio t vas a escape para Villavieja.... Y eso que tanto tono
sabes darte con tu higiene, y tu vida de rbol secular. No, lo que es al
siglo no llegas, carcamal....

Y abrazaba y daba palmadas en la espalda tambin a su Frgilis para que
no tuviera celos de Mesa. Quintanar era feliz; quera que lo fueran
todos los suyos, su mujer, sus criados, y los amigos, hasta los
conocidos, el mundo entero.

Si Mesa le preguntaba en broma:

--Qu tal _Kempis_? Qu dice de esto _Kempis_?

El otro contestaba:--Quin? Qu

_Kempis_ ni qu ocho cuartos!... Voy a hacer obras en el casern. Voy a
blanquear el patio y los pasillos, a empapelar el comedor y picar la
piedra de la fachada. Vern ustedes qu hermosa queda la piedra
amarillenta despus que la piquemos. No quiero obscuridad, no quiero
negruras, no quiero tristezas.

Mesa haba convencido a la Regenta de que don Vctor, en rigor, vena a
ser una cosa as... como un padre. Siempre haba pensado ella algo por
el estilo.

Sin embargo, se le deba el honor; y a pesar de tanta intimidad, de
aquel amor confesado implcitamente, Ana poda decir que don lvaro no
haba puesto sus labios en aquella piel con cuyo contacto soaba de
fijo.

Mesa no se daba prisa. Aquella casada no era como otras; haba que
conquistarla como a una virgen; en rigor l era su primer amor y los
ataques brutales la hubieran asustado, le hubieran robado mil ilusiones.
Adems a l tambin le rejuveneca aquella situacin de amor platnico,
de intimidad dulcsima en que slo l hablaba de amor con la boca y
ambos con los ojos, la sonrisa y todo lo dems que era mudo y no era
deshonesto y grosero.

As como as el verano siempre le tena un poco lnguido y desmadejado.
Calculaba l, con aquella frivolidad afectada y natural al mismo tiempo
de materialista prctico, calculaba que all para el invierno l se
sentira fuerte como un roble y la Regenta estara suave y dcil como
una malva. Adems, una barbaridad poda, si no echarlo todo a perder,
retrasar las cosas, darles un giro menos picante y sabroso que el que
llevaban. Ello dira, ello dira y no haba de tardar.

Y en tanto la vida era una delicia. El maduro don Juan que, como l
deca, _tait dj sur le retour_, se senta transformado por la
juventud y la pasin vehemente y soadora de Anita. No recordaba don
lvaro haber deseado tanto a una mujer ni haber gozado con los amores
platnicos, segn l llamaba a todos los no consumados, como estaba
gozando entonces.

La Regenta cayendo, cayendo era feliz; senta el mareo de la cada en
las entraas, pero si algunos das al despertar en vez de pensamientos
alegres encontraba, entre un poco de bilis, ideas tristes, algo como un
remordimiento, pronto se curaba con la nueva metafsica naturalista que
ella, sin darse cuenta de ello, haba creado a ltima hora para
satisfacer su afn invencible de llevar siempre a la abstraccin, a las
generalidades, los sucesos de su vida.

Pero la misma Ana, tan dada a cavilaciones, tena poco tiempo para
ellas. Toda la vida era diversin, excursiones, comidas alegres,
teatros, paseos. Entre la casa de los Marqueses y la de Quintanar se
haba establecido una especie de convivencia de que participaban
Obdulia, Visita, lvaro, Joaqun y algunos otros amigos ntimos.

Se iba al Vivero muy a menudo; se corra por el bosque, por la galera
que rodeaba la casa, por la huerta, por la orilla del ro. Todos
parecan cmplices. Obdulia y Visita adoraban a la Regenta, eran
esclavas de sus caprichos, se la coman a besos; juraban que eran
felices vindola tan tratable, tan _humanizada_. Y jams una alusin
picaresca, ni una pregunta indiscreta, ni una sorpresa importuna. Nadie
hablaba all del peligro que slo ignoraba Quintanar. Muchas veces,
cuando una tormenta como la de San Pedro descargaba sobre el Vivero, se
quedaba all toda la comitiva a pasar la noche. Ana se encontraba, sin
buscarlo, pero sin esquivar las ocasiones, en contacto con lvaro,
apretada contra l en coches, palcos, bailes, bosques, muchas veces cada
semana.

Un da de Noviembre, de los pocos buenos del Veranillo de San Martn, se
emprendi la ltima excursin, por aquel ao, al Vivero.

La alegra era extremada, nerviosa. _Aquellos chicos_, como segua
llamndolos Ripamiln, tambin expedicionario a pesar de los aos,
aquellos chicos que tenan en la quinta de Vegallana los mejores
recuerdos de sus juegos alegres, se despedan con pesar de aquel rincn
de sus primaveras y sus otoos. Queran saborear hasta la ltima gota
de alegra loca en la libertad del campo, en las confidencias secretas y
picantes del bosque. Jams Visita _hizo la nia_ de mejor buena fe,
jams Obdulia consinti a Joaqun _ms tonteras_, segn su vocabulario
lleno de eufemismos; Edelmira y Paco hicieron unas paces rotas ocho das
antes; hasta los viejos cantaron, bailaron un minu y corrieron por el
bosque; don Vctor hizo diabluras y se cay al ro, pretendiendo
saltarlo de un brinco por cierto paraje estrecho.

Ana y lvaro, al darse la mano por la maana, al subir al coche, se
encontraron en la piel y en la sangre impresiones nuevas. La noche
anterior lvaro haba dicho que l se quera morir. No peda nada, pero
se quera morir. Ana en todo el camino de Vetusta al Vivero no dijo ms
que esto, y bajo, al odo de lvaro: Hoy es el ltimo da.

Despus de comer, a todos los amantes del Vivero les preocup la idea de
que la tarde sera muy corta. Joaqun y Obdulia saban que todo el mundo
era patria: pero como all! Edelmira y Paco suspiraban tambin por
sus escondites de la quinta, que iban a dejar muy pronto.... Antes del
ltimo arranque de locura, de las ltimas carreras por el bosque y de la
ltima alegra hubo un cuarto de hora de melancola... de cansancio
mezclado de tristeza. La tarde iba a ser corta y la ltima. Visita se
sent al piano y toc la polka de _Salacia_, un baile fantstico de gran
espectculo que se representaba aquellas noches en Vetusta. _Salacia_,
la hija del mar, sacaba a sus hermanas del ocano y no se sabe por qu a
las bacantes a bailar en la playa una danza infernal; Ana record la
impresin que aquella polka haba causado en sus sentidos.... Las
bacantes! Asia... los tirsos, la piel de tigre de Baco.--Ana saba
mucho de estos recuerdos mitolgicos y pronto haba dejado de ver el
pobre aparato escnico del teatro de Vetusta y las bailarinas prosaicas
y no todas bien formadas, para trasladarse a la imaginada regin de
Oriente donde su fantasa, a medias ilustrada, vea bosques misteriosos,
carreras frenticas de las bacantes enloquecidas por la msica
estridente y por las libaciones de perpetua orga, al aire libre. La
bacante! la fantica de la naturaleza, ebria de los juegos de su vida
lozana y salvaje; el placer sin tregua, el placer sin medida, sin miedo;
aquella carrera desenfrenada por los campos libres, saltando abismos,
cayendo con delicia en lo desconocido, en el peligro incierto de
precipicios y enramadas traidoras y exuberantes.... Mientras Visita
recordaba de mala manera en el piano aquella humilde polka de _Salacia_,
que tena de bueno lo que tena de copia, la Regenta dejaba bailar en su
cerebro todos aquellos fantasmas de sus lecturas, de sus sueos y de su
pasin irritada.

De pronto se le antoj mirar una _Ilustracin_ que estaba sobre un
centro de sala. La ltima flor deca la leyenda de un grabado en que
clav Ana los ojos. En un jardn, en Otoo, una mujer, hermosa, de unos
treinta aos, aspiraba con frenes y oprima contra su rostro una
flor... la ltima....

--Ea, ea, al monte!--grit en aquel momento Obdulia desde la
huerta--al monte, al monte! a despedirse de los rboles....

Visitacin azot con fuerza las teclas violentando el comps de su
polka... y en seguida cerr el piano con mpetu:

--Al monte! al monte!--gritaron de arriba y de abajo.

Y salieron por el postigo a despedirse de robles, encinas, espinos,
zarzas, helechos, y de la yerba fresca y verde de la otoada.

Aquella noche se prolong la fiesta en Vetusta; era la despedida del
buen tiempo; el invierno iba a volver, el diluvio estaba a la puerta....
Y se improvis una cena para todos aquellos seores. Muchos a las doce,
despus de bailar y cantar y alborotar, ya tenan apetito; se haba
comido temprano; otros no hicieron ms que probar golosinas y beber.
Como la noche se haba quedado tan serena y templada que pareca de las
primeras de Septiembre, se cen en la estufa nueva que se inaugur en
este da; era grande, alta, confortable, construida por modelo de Pars.
Don lvaro, inteligente en la materia, dijo que se pareca, en pequeo,
a la de la princesa Matilde. Cmo envidi Obdulia aquel dato! Y sinti
orgullo. Un hombre que haba sido su amante poda hablar de la _serre_
de la princesa Matilde!

Se cen all. En el saln amarillo, donde se haba bailado despus de
volver a Vetusta, mediante algunos tertulios de refresco, se apagaban
solas las velas de esperma, en los candelabros, corrindose por culpa
del viento que dejaba pasar un balcn abierto. Los criados no haban
apagado ms que la araa de cristal. Las sillas estaban en desorden;
sobre la alfombra yacan dos o tres libros, pedazos de papel, barro del
Vivero, hojas de flores, y una rota de Begonia, como un pedazo de
brocado viejo. Pareca el saln fatigado. Las figuras de los cromos
finos y provocativos de la Marquesa rean con sus posturas de falsa
gracia violentas y amaneradas. Todo era all ausencia de honestidad; los
muebles sin orden, en posturas inusitadas, parecan amotinados,
amenazando contar a los sordos lo que saban y callaban tantos aos
haca. El sof de ancho asiento amarillo, ms prudente y con ms
experiencia que todo, callaba, conservando su puesto.

Una rfaga de viento apag la ltima luz que alumbraba el cuadro
solitario. El reloj de la catedral dio las doce. Se abri la puerta del
saln y pasaron dos bultos. Las pisadas las apag en seguida la
alfombra. Por toda claridad la poca de la calle, producto de la luna
nueva y de un farol de enfrente, adulacin del municipio nuevo a la casa
del Marqus. Al abrirse la puerta se oy a lo lejos el ruido de la
servidumbre en la cocina; carcajadas y el _run, run_ de una guitarra
taida con timidez y cierto respeto a los amos; este rumor se mezclaba
con otro ms apagado, el que vena de la huerta, atravesaba los
cristales de la estufa y llegaba al saln como murmullo de un barrio
populoso lejano.

Los dos bultos eran Mesa y Quintanar, que ebrio de confidencias
persegua a su amigo ntimo con el relato de las aventuras de su
juventud, all en la Almunia de don Godino.

Don lvaro se dej caer en el sof, sooliento y soador; no oa a don
Vctor, oa la voz del deseo ardiente, brutal, que gritaba: hoy, hoy,
ahora, aqu, aqu mismo!.

Y en tanto el ex-regente, a quien aquellas sombras del saln y aquella
discreta luz del farol de enfrente y del cuarto de luna parecan muy a
propsito para confesar sus picardas erticas, continuaba el relato,
para decir de cuando en cuando, a manera de estribillo:

--Pero qu fatalidad! Cree usted que por fin la hice ma? pues, no
seor! psmese usted.... Lo de siempre, me falt la constancia, la
decisin, el entusiasmo... y me qued a media miel, amigo mo. No s qu
es esto; siempre sucede lo mismo... en el momento crtico me falta el
valor... y estoy por decir que el deseo....

Una vez, al repetir esta cancin don Vctor, a Mesa se le antoj
atender; oy lo de quedarse a media miel, lo de faltarle el valor... y
con suprema resolucin, casi con ira pens:

--Este idiota me est avergonzando, sin saberlo.... Ya que l lo quiere,
que sea.... Esta noche se acaba esto.... Y si puedo, aqu mismo....

Poco despus, los dos amigos, cansado hasta el mismo don Vctor de
confesiones, volvieron a la mesa, donde reinaba la dulce fraternidad de
las buenas digestiones despus de las cenas grandiosas. No estaba all
Anita.

Sali lvaro sin ser visto, por lo menos sin que nadie pensara en si
sala o no, y entr de nuevo en el casern. En la cocina segua la
algazara. Lo dems todo era silencio. Volvi al saln. No haba nadie.
No poda ser. Entr en el gabinete de la Marquesa.... Tampoco vio entre
las sombras ningn cuerpo humano. Todo era sillas y butacas. Sobre ellas
ningn bulto de mujer. No poda ser. Con aquella fe en sus
corazonadas, que era toda su religin, lvaro busc ms en lo obscuro...
lleg al balcn entornado; lo abri...

--Ana!--Jess!




--XXIX--


El da de Navidad venga usted a comer el pavo con nosotros. Me lo han
mandado de Len lleno de nueces. Ser cosa exquisita. Adems, tengo vino
de mi tierra, un Valdin que se masca....

Mesa no falt a su promesa, y el da de Navidad comi en el casern de
los Ozores. El saln estaba ahora empapelado de azul y oro a cuadros; la
gran chimenea churrigueresca se haba conservado con sus ondulantes
sirenas de abultado seno de yeso. Don Vctor se content con pintar de
un blanco gris _discreto_, como l deca, todas aquellas cornisas,
volutas, acantos, escocias y hojarasca.

A los postres, el amo de la casa se qued pensativo. Segua con la
mirada disimuladamente las idas y venidas de Petra, que serva a la
mesa. Despus del caf pudo notar don lvaro que su amigo estaba
impaciente. Desde aquel verano, desde que haban vivido juntos en la
fonda de La Costa, don Vctor se haba acostumbrado a la comensala de
don lvaro; le encontraba a la mesa ms decidor y simptico que en
ninguna otra parte y le convidaba a comer a menudo. Pero otras veces,
despus de charlar cuanto quera, Quintanar sola levantarse, dar una
vuelta por el Parque, vestirse, siempre cantando, y dejar as media hora
larga solos a Anita y a su amigo. Y ahora no, no se mova. Ana y lvaro
se miraban, preguntndose con los ojos qu novedad sera aquella.

La Regenta se inclin un instante para recoger una servilleta del suelo,
y don Vctor hizo a Mesa una sea que quera decir claramente:

--Me estorba esa; si se fuera... hablaramos.

Mesa encogi los hombros.

Cuando Ana levant la cabeza sonriendo a don lvaro, este, sin verlo
Quintanar, apunt a la puerta sin mover ms que los ojos.

Ana sali en seguida.--Gracias a Dios!--dijo su marido, respirando con
fuerza--. Cre que no se marchaba hoy esa muchacha.

Ni siquiera recordaba que otras veces quien se marchaba era l.

--Ahora podremos hablar.--Usted dir--respondi tranquilamente lvaro,
chupando su habano y tapndose la cara con el humo, segn su costumbre
de _enturbiar el aire_ cuando le convena.

Qu tripa se le habr roto a este?, pens con un vago recelo, que no
se explicaba siquiera.

Don Vctor acerc su silla a la del otro, y tom el tono de las grandes
revelaciones.

--Actualmente--dijo--todo me sonre. Soy feliz en mi hogar, no entro ni
salgo en la vida pblica; ya no temo la invasin absorbente de la
iglesia, cuya influencia deletrea... pero esa Petra me parece que me
quiere dar un disgusto.

Movimiento de sobresalto en Mesa.

--Explquese usted. Ha vuelto usted a las andadas?

--He vuelto y no he vuelto.... Quiero decir... ha habido escarceos...
explicaciones... treguas... promesas de respetar... lo que esa
grandsima tunanta no quiere que le respeten... en suma: ella est
picada porque yo prefiero la tranquilidad de mi hogar, la pureza de mi
lecho, de mi tlamo... como si dijramos, a la satisfaccin de efmeros
placeres.... Me entiende usted? Finge que se alborota por defender su
honor que, en resumidas cuentas, aqu nadie se atreve a amenazar
seriamente, y lo que en rigor la irrita, es mi frialdad....

--Pero qu hace? vamos a ver....

--Mire usted, lvaro, por nada de este mundo dara yo un disgusto a mi
Anita, que es ahora modelo de esposas; siempre fue buena, pero antes
tena sus caprichos, ya recuerda usted....

--S, s... al grano.--Ahora la pobrecita coincide con mis gustos en
todo. Por aqu, digo, y por aqu se va. Hasta le ha pasado aquella
exaltacin un poco selvtica, aquel amor excesivo a los placeres
buclicos, aquella exclusiva preocupacin de la salud al aire libre, del
ejercicio, de la higiene en suma.... Todos los extremos son malos, y
Bentez me tena dicho que la verdadera curacin de Ana vendra cuando
se la viese menos atenta a la salud de su cuerpo, sin volver, ni por
pienso, al cuidado excesivo y loco de su alma. Aquello era lo peor!

--Pero... no me dice usted...--All voy; Ana vive ahora en un
equilibrio que es garanta de la salud por la que tanto tiempo hemos
suspirado; ya no hay nervios, quiero decir, ya no nos da aquellos
sustos; no tiene jams veleidades de santa, ni me llena la casa de
sotanas... en fin, es otra, y la paz que ahora disfruto no quiero
perderla a ningn precio. Ahora bien.... Petra... puede y creo que quiere
comprometernos.

--Pero vamos a ver, qu hace Petra?

--Comprometer la paz de esta casa; temo que quiere dominarnos
prevalindose de mi situacin falsa, falssima... lo confieso. No
comprende usted que para Ana tendra que ser un golpe terrible cualquier
revelacin de esa... ramerilla hipcrita?

--Pero qu sucede, seor? hable usted claro y pronto!--grit Mesa
impaciente, ms interesado en el asunto de lo que su amigo poda
suponer.

--Ms bajo, lvaro, ms bajo. Qu sucede? Mucho. Petra sabe que yo
quiero evitar a toda costa un disgusto a mi mujer, porque temo que
cualquier crisis nerviosa lo echase todo a rodar y volviramos a las
andadas. Un desengao, mi escasa fidelidad descubierta, de fijo la
volvera a sus antiguas cavilaciones, a su desprecio del mundo, buscara
consuelo en la religin y ah tenamos al seor Magistral otra vez....
Antes que eso, cualquiera cosa! Es preciso evitar a toda costa que Ana
sepa que yo, en momento de ceguera intelectual y sensual fu capaz de
solicitar los favores de esa _scortum_, como las llama don Saturnino.

--Pero por qu ha de saber Ana eso? Si, despus de todo, no hay nada
que saber....

--S; lo que hay basta para clavarle un pual a la pobrecita. La conozco
yo.... Y sobre todo, si Petra dice lo que hay, mi esposa pensar lo
dems, lo que no hay.--Pero Petra?... Acabe usted. Ha dicho algo?
Ha amenazado con decir?...

--Esa es la cuestin. Habla gordo, es insolente, trabaja poco, no admite
rias y aspira a ponerse en un pie de igualdad absurdo....

--Absurdo...--Y la infame con quin creer usted que est ms altiva,
ms soberbia, ms insolente? Conmigo? Eso parecera lo natural. Pues
no seor, con Ana! Psmese usted, con Ana!

Desde la nube de humo en que estaba envuelto, don lvaro contest:

--Ya se comprende... quiere hacerle a usted la forzosa; tal vez celos!

--Eso digo yo.... Sufre que tu mujer oiga insolencias a la que quisiste
hacer tu concubina... o se lo cuento todo. Este es el lenguaje de la
conducta de esa meretriz solapada. Ahora bien: un consejo; solucin;
qu hago? sufrir en silencio? Absurdo. Adems, puede acabrsele la
paciencia a Anita, que si ha aguantado hasta ahora es por lo mucho que
le queda de cuando fue casi santa.... Pero si Ana se incomoda, si
sospecha... si... triste de m!

--Calma, hombre, calma.--Qu hacemos, lvaro, qu hacemos?

--Es muy sencillo.--Sencillo!--S, hay que echar a Petra de esta
casa.

Don Vctor salt en su silla.

--Eso es cortar el nudo...--Pues no hay ms solucin. Echarla.

Don Vctor expuso las dificultades y los peligros del remedio, pero don
lvaro prometi allanarlo todo. l saba cmo se trataba a esta gente.
Daba la casualidad feliz de que en la fonda en que l viva como nio
mimado haca tantos aos, se necesitaba una muchacha para servir a los
huspedes. Petra era que ni pintada para el caso; a ella la halagara la
proposicin; se la hara el mismo don lvaro, y si por caso extrao
resista, l sabra amenazarla de suerte que... etc., etc. En fin, don
Vctor lo dej en manos de su amigo y se fue al Casino, algo ms
tranquilo.

--Usted se queda a preparar el terreno, eh?

--S, hombre, a arreglarlo todo.

En cuanto don Vctor cerr de un golpe la puerta de la escalera, Ana
entr asustada en el comedor. Iba a hablar, pero lleg Petra a recoger
el servicio del caf y call fingiendo leer _El Lbaro_. Sali la
doncella y Ana dijo:

--Qu hay, lvaro?...

--Hay, que ya no te queda pretexto para negarme que venga de noche.

--No te entiendo...--Petra marcha de esta casa. Adis espas.

--Petra! qu marcha Petra?

--S, l me ha encargado de despedirla; dice que es insolente, que te
trata mal....

--Dios mo! ha notado l?...

--S, boba, pero no te asustes... l lo toma... por donde no quema....

Mesa explic a la Regenta el caso. La haba enterado de todo y de mucho
ms. Las tentativas del msero don Vctor eran para la Regenta, gracias
a las calumnias de lvaro, delitos consumados. Pero ella no atribua a
esto la insolencia de la criada; tema que hubiese descubierto sus
amores con Mesa y que aquella soberbia, aquel desafo constante de sus
miradas, de sus sonrisas y de sus gestos fuese amenaza de revelar a don
Vctor su secreto.

--Ya ves como no era lo que t temas, aprensiva.... Es muy posible,
probable que la pobre chica no sospeche nada, que su atrevimiento no sea
ms que una amenaza al amo....

Ana se ruboriz. Todo aquello le repugnaba. Aquel marido a quien ella
haba sacrificado lo mejor de la vida, no slo era un manaco, un hombre
fro para ella, insustancial, sino que persegua a las criadas de noche
por los pasillos, las sorprenda en su cuarto, les vea las ligas!...
Qu asco! No eran celos, cmo haban de ser celos? Era asco; y una
especie de remordimiento retrospectivo por haber sacrificado a semejante
hombre la vida. S, la vida, que era la juventud.

lvaro--segua pensando Ana--haba hecho mal en revelarle aquellas
miserias, en hacer traicin a Quintanar, por indigno que este fuera, y
sobre todo en avergonzarla a ella con las aventuras ridculas y
repugnantes del viejo. Pero como tena empeo en limpiar de toda culpa
a su Mesa, a su seor, al hombre a quien se haba entregado en cuerpo y
en alma _por toda la vida_, segn ella, pronto le disculpaba,
reflexionando que el pobre lvaro haca aquello por amor, por arrojar
del pensamiento de su Ana todo escrpulo, todo miramiento que pudiera
atarla al viejo que haba hecho de lo mejor de su vida un desierto de
tristeza.

Tampoco le agradaba a Anita ver a su lvaro metido en aquellos cuidados
domsticos de despedir criadas; y menos encontrarle tan experto en el
asunto; todo aquello, de puro prosaico y bajo, era repugnante, pero qu
remedio? lvaro lo haca por ella, por gozar tranquilamente de aquella
felicidad que tantos aos de martirio le haba costado....

Estos y todos los dems lunares que en Mesa le obligaba a descubrir de
poco ac el endiablado espritu de anlisis, camino de la locura segn
ella, procuraba Ana convertirlos en otras tantas estrellas luminosas de
pura hermosura. Si alguna vez le sobrecoga la ida de perder a don
lvaro, temblaba horrorizada, como en otro tiempo cuando tema perder a
Jess.

Las primeras palabras de amor que Ana, ya vencida, se atrevi a murmurar
con voz apasionada y tierna al odo de su vencedor, no el da de la
rendicin, mucho despus, fueron para pedirle el juramento de la
constancia...

Para siempre, lvaro, para siempre, jramelo; si no es para siempre,
esto es un bochorno, es un crimen infame, villano....

Mesa haba jurado, y segua jurando todos los das, una eternidad de
amores.

La idea de la soledad _despus de aquello_, le pareca a la Regenta ms
horrorosa que en un tiempo se le antojara la imagen del Infierno.

Con amor se poda vivir donde quiera, como quiera, sin pensar ms que en
el amor mismo...; pero sin l... volveran los fantasmas negros que ella
a veces senta rebullir all en el fondo de su cabeza, como si asomaran
en un horizonte muy lejano, cual primeras sombras de una noche eterna,
vaca, espantosa. Ana senta que acabarse el amor, aquella pasin
absorbente, fuerte, nueva, que gozaba por la primera vez en la vida,
sera para ella comenzar la locura.

S, lvaro; si t me dejaras me volvera loca de fijo; tengo miedo a mi
cerebro cuando estoy sin ti, cuando no pienso en ti. Contigo no pienso
ms que en quererte.

Esto sola decir ella en brazos de su amante, gozando sin hipocresa,
sin la timidez, que fue al principio real, grande, molesta para Mesa,
pero que al desaparecer no dej en su lugar fingimiento. Ana se
entregaba al amor para sentir con toda la vehemencia de su temperamento,
y con una especie de furor que groseramente llamaba Mesa, para s,
hambre atrasada.

l estuvo el primer mes asustado. Si los primeros das renegaba del
miedo, de la ignorancia y de los escrpulos (_absurdos en una mujer
casada de treinta aos_, segn la filosofa del Presidente del Casino),
pronto vio tan colmada la medida de sus deseos, que lleg a inquietarle
otro aspecto de sus amores. Nunca haba sido ms feliz. Quera
satisfacer el amor propio a quien la edad empezaba a dar algunos
disgustos? Pues Ana, la mujer ms hermosa de Vetusta, le adoraba; y le
adoraba por l, por su persona, por su cuerpo, por _el fsico_. Muchas
veces, si a l le daba por hablar largo, y tendido, ella le tapaba la
boca con la mano y le deca en xtasis de amor: No hables. Mesa no
echaba esto a mala parte; tambin l reconoca que lo mejor era callar,
dejarse adorar por buen mozo. Quera satisfacer caprichos de la carne
ahta, gozar delicias delicadas de los sentidos? Pues la misma
ignorancia de Ana y la fuerza de su pasin y las circunstancias de su
vida anterior y las condiciones de su temperamento y la de su hermosura
facilitaban estos alambicados goces del gallo, corrido y gastado, pero
capaz de morir de placer sin miedo. Y a pesar de tanta felicidad, Mesa
estaba intranquilo.

--Est usted desmejorado--le deca Somoza.

--Cuidado--repeta Visitacin.

Y l mismo notaba que su rostro perda la lozana apariencia que haba
recobrado en aquellos meses de buena vida, de ejercicio y abstinencia
que l, prudentemente, haba observado antes de dar el ataque decisivo a
la fortaleza de la Regenta.

S, senta que dentro de su cuerpo haba algo que haca _crac_ de
cuando en cuando. Haba polilla por all dentro. Y lo que l tema no
era la enfermedad por la enfermedad, la vejez por la vejez; no; era buen
soldado del amor, hroe del placer, sabra morir en el campo de batalla.
Su inquietud era por otro motivo. Morir, bueno; pero decaer y decaer en
presencia de Ana era horroroso; era ridculo y era infame. S; l
faltaba a su juramento envejeciendo, perdiendo fuerzas. Recordaba con
escalofros pocas pasadas en que decadencias pasajeras, producidas por
excesos de placer, le haban obligado a recurrir a expedientes
bochornosos, buenos para referirlos entre carcajadas en el Casino, a
ltima hora, a Paco, a Joaqun y dems trasnochadores, para referirlos
despus de pasados, cuando el vigor volva y ya las trazas cmicas no
eran necesarias; pero expedientes odiosos como la miseria y sus engaos.
Aquel fingir juventud, virilidad, constancia en el amor corporal,
parecale a don lvaro semejante a los recursos de la pobreza ostentosa
que describe Quevedo en el _Gran Tacao_. l tambin haba sido ms de
una vez, despus de prdigo, el Gran Tacao del amor.... Pero las trazas
antiguas seran imposibles ahora, si llegara el caso de necesitarlas....
No, antes huir o pegarse un tiro. Ana, la pobre Ana, tena derecho a
una juventud eterna e inagotable. Pero estas ideas tristes, aprensiones
de la edad, venan de tarde en tarde; lo ms del tiempo semejante
inquietud dejaba libre al Tenorio vetustense gozando de aquellos amores
que reputaba la gloria ms alta de su vida. Por su parte se confesaba
todo lo enamorado que l poda estarlo de quien no fuese don lvaro
Mesa. Despus del Presidente del Casino ningn ser de la tierra le
pareca ms digno de adoracin que su dcil Ana, su Ana frentica de
amor, como l haba esperado siempre aun en los das de mayor
apartamiento. Don lvaro no se confesaba a s mismo, que haba habido un
tiempo en que perdiera la esperanza de vencer a la Regenta. La tena
ahora tan vencida!

Mejor que nunca lo conoci cuando hubo que dar la gran batalla para
trasladar al casern de los Ozores el nido del amor adltero. Ana se
opuso, llor, suplic... no, no; eso no, lvaro, por Dios no, eso
nunca. Y resisti muchos das a las splicas del amante que se quejaba
de lo poco y deprisa y sin comodidad que gozaba de su amor. Casi siempre
se vean en casa de Vegallana; all eran sus carios furtivos,
precipitados; pero el reposado dominio de horas y horas de voluptuosa
intimidad no era posible conseguirlo, si no se buscaba lugar menos
expuesto a sobresaltos, intermitencias y disimulos. Ana se negaba a
acudir a un rincn de amores que lvaro prometa buscar; el mismo lvaro
confesaba que era difcil encontrar semejante rincn seguro en un pueblo
_tan atrasado_ como Vetusta. Adems, el lugar que l pudiera encontrar,
al cabo tena que parecerle repugnante a ella; y como en Ana la
imaginacin influa tanto, el desprecio del albergue poda llevarla a la
repugnancia del adulterio.... No haba ms remedio que tomar por asilo el
casern de los Ozores. Era lo ms seguro, lo ms tranquilo, lo ms
cmodo. Comprenda lvaro los escrpulos de Ana, pero se propuso
vencerlos y los venci. Sin embargo, si los obstculos del orden
puramente moral, los _escrpulos msticos_, como se deca lvaro con
frase tan impropia como horriblemente grosera, se dejaron a un lado, a
fuerza de pasin, los _inconvenientes materiales_, las precauciones del
miedo opusieron dificultades de ms importancia. A don lvaro se le
ocurra que sin tener de su parte a una criada, a la doncella mejor, era
todo sino imposible muy difcil; pero ni siquiera se atrevi a proponer
a Anita su idea; la vio siempre desconfiada, mostrando antipata mal
oculta hacia Petra, y comprendi adems que era muy nueva la Regenta en
esta clase de aventuras, para llegar al cinismo de ampararse de
domsticas, y menos sabiendo de ellas que eran solicitadas por su
marido.

Pero otra cosa era conquistar a la criada sin que lo supiera el ama. No
era Petra muy tentada de la risa? La aventura de la liga y otras de que
l tena noticia no probaban que era muy fcil interesar en su favor a
aquella muchacha? S. Y dicho y hecho. En ausencia de Ana y de don
Vctor, detrs de la puerta, en los pasillos, donde poda, don lvaro
comenz el ataque de Petra que se rindi mucho ms pronto de lo que l
esperaba. Pero haba un inconveniente muy grave. A la chica se le
ocurri ser, o fingirse, desinteresada, preferir los locos juegos del
amor a las propinas, ofrecer sus servicios, con discretsimas medias
palabras y buenas obras, a cambio de un cario que Mesa no estaba en
circunstancias de prodigar. Pobre Ana, qu saba ella de todas estas
complicaciones!. No saba tampoco don lvaro tanto como l crea.
Ignoraba por ejemplo que Petra poda permitirse el lujo de servirle bien
a l sin pensar en el inters, sin ms pago que el del amor con que el
gallo vetustense ya no poda ser manirroto: no era Petra enemiga del
vil metal, ni la ambicin de mejorar de suerte y hasta de _esfera_, como
ella saba decir, era floja pasin en su alma, concupiscente de arriba
abajo; pero en Mesa no buscaba ella esto; le quera por buen mozo, por
burlarse a su modo del ama, a quien aborreca por hipcrita, por
guapetona y por orgullosa; le quera por vanidad, y en cuanto a
servirle en lo que l deseaba, tambin a ella le convena por satisfacer
su pasin favorita, despus de la lujuria acaso, por satisfacer sus
venganzas. Vengbase protegiendo ahora los amores de Mesa y Ana, del
idiota de don Vctor que se pona a comprometer a las muchachas sin
saber de la misa la media; vengbase de la misma Regenta que caa, caa,
gracias a ella, en un agujero sin fondo, que estaba, sin saberlo la
hipocritona en poder de su criada, la cual el da que le conviniese
poda descubrirlo todo. Tena entre sus uas a la seora qu ms quera
ella? Todas las noches pasaba unas cuantas horas, la honra y tal vez la
vida del amo, pendiente de un hilo que tena ella, Petra, en la mano, y
si ella quera, si a ella se le antojaba, zas! todo se aplastaba de
repente... arda el mundo. Y como si esto en vez de un placer, en vez de
una gloria fuese para Petra una carga, un trabajo, el mejor mozo de
Vetusta le pagaba el servicio con _amores de seorito_ que eran los que
ella haba saboreado siempre con ms delicia, por un instinto de seoro
que siempre la haba dominado. Pero adems gozaba de otra venganza ms
suculenta que todas estas la endiablada moza. Y el Magistral? El
Magistral la haba querido engaar, la haba hecho suya; ella se haba
entregado creyendo pasar en seguida a la plaza que ms envidiaba en
Vetusta, la de Teresina. Petra saba lo bien que colocaba doa Paula a
todas las que eran por algn tiempo doncellas en su casa. Teresina, a
quien esperaba para muy pronto una colocacin de _seorona_ all en
cierta administracin de bienes del amo, casada con un buen mozo,
Teresina la haba enterado de lo que ella no haba podido observar y
adivinar, le haba abierto los ojos y llenado la boca de agua; Petra
comprenda que la casa del Magistral era el camino ms seguro para
llegar a casarse y ser _seora_ o poco menos.... La ocasin haba
llegado; despus de la romera de San Pedro crea ella que todo era
cuestin de semanas, de esperar una oportunidad; Teresina saldra pronto
bien colocada y entrara ella en su puesto.... Pero no fue as; el
Magistral no volvi a solicitar a Petra; cuando tuvo que hablarla, no
fue para asuntos que a ella directamente le importasen, fue... qu
vergenza! para comprarla como espa. Cierto es que el Provisor le
prometi para muy pronto la plaza de Teresina, con todas las ventajas
que su amiga disfrutaba e iba a disfrutar; pero de todas suertes a ella
se la haba engaado; o mejor, se haba engaado ella; pero esto no
quera reconocerlo la orgullosa rubia. Era el caso que, en su opinin,
el Magistral era amante de doa Ana haca mucho tiempo, y que la escena
del bosque del Vivero la interpret la vanidad de la criada como una
victoria de su belleza que haba hecho caer en pecado de inconstancia al
cannigo. Crey Petra que don Fermn la quera a ella ahora despus de
haber querido a su ama. Caprichos as haba visto ella muchos. Cuando se
convenci de que don Fermn, por mucho que disimulase, estaba enamorado
como un loco de la Regenta, furioso de celos, y de que no haba sido su
amante ni con cien leguas, y de que a ella, a Petra, slo la haba
querido por instrumento, la ira, la envidia, la soberbia, la lujuria se
sublevaron dentro de ella saltando como sierpes; pero las acall por de
pronto, disimul, y por entonces slo dio satisfaccin a la avaricia.
Acept las proposiciones del cannigo. Ella entrara en casa de don
Fermn el da que fuese necesario salir del casern de los Ozores, pero
entre tanto prestara all sus servicios bien pagada, mejor pagada de lo
que poda pensar. El cannigo sabra todo lo que pasaba; si doa Ana
reciba visitas, quin entraba cuando no estaba don Vctor o se quedaba
despus de salir el amo, etc., etctera.

Petra prometi decir todo lo que hubiera. Fingi no recordar siquiera
ciertas promesas de otro orden que a don Fermn se le haban escapado en
el calor de la improvisacin en aquella dichosa maana del Vivero, de
que estaba avergonzado. Cuando vio don Fermn a Petra tan propicia para
servirle por dinero, sinti ms y ms haber comenzado por el camino
absurdo, vergonzoso de una seduccin... ridcula. Aquella aventura que
le recordaba las de antao, le sonrojaba ahora, porque contradeca en
cierto modo aquel andamiaje de sofismas con que se explicaba su pasin
por la Regenta. El amor pursimo que yo tengo, todo lo disculpa.
Pero ese amor se aviene con aventuras como la del bosque? Claro que
no, le deca la conciencia. Por eso le repugnaba Petra ahora. Pero no
haba ms remedio que valerse de ella.

Petra era feliz en aquella vida de intrigas complicadas de que ella sola
tena el cabo. Por ahora a quien serva con lealtad era a Mesa; este
pagaba en amor, aunque era algo remiso para el pago, y ella le ayudaba
cuanto poda, porque ayudarle era satisfacer los propios deseos: hundir
al ama, tenerla en un puo, y burlarse sangrientamente, del _idiota del
amo_ y del indino del cannigo. Para ms adelante se reservaba la astuta
moza el derecho de vender a don lvaro y ayudar a su seor, al que
pagaba, al que haba de hacerla a ella seorona, a don Fermn. Cundo
haba de ser esto? Ello dira. Si don lvaro no se portaba bien, poda
ocurrir el caso, llegar la oportunidad; si ella se cansaba, o si
Teresina dejaba la plaza y por miedo de que otra la ocupase le convena
correr a ella, tambin poda convenir echarlo a rodar todo. Entre tanto
don Fermn no saba por Petra nada ms que noticias vagas, suficientes
para tenerle toda la vida sobre espinas, para hacerle vivir como un loco
furioso que tena adems el tormento de disimular sus furores delante
del mundo, y de doa Paula singularmente.

De modo que si don lvaro poda decir con razn: Pobre Ana, que no sabe
nada de esto! tambin Petra poda exclamar: Pobre don lvaro, que no
sabe ni la cuarta parte de lo que tanto le importa!

El presidente del Casino de Vetusta no tuvo inconveniente en engaar a
la Regenta. Era, segn l, muy justo respetar los escrpulos de aquella
adltera primeriza (otra frase grosera del seductor), que no poda
avenirse a tomar por encubridora a Petra; pero tambin era equitativo
que l, sin decrselo a doa Ana, fingiendo desconfiar tambin de la
doncella, aprovechase los servicios de esta, preciosos en tales
circunstancias. La cuestin era entrar todas las noches en la habitacin
de la Regenta por el balcn. Esto se deca pronto, pero hacerlo ofreca
serias dificultades. A dnde daba el balcn del tocador? Al parque.
Cmo se poda entrar en el parque? Por la puerta. Pero quin tena la
llave de la puerta? Una, Frgilis; con esta no haba que contar. Y la
otra?

Don Vctor. Esta poda sustrarsele, pero Petra dijo que a tanto no se
comprometa, que aquello de andar llaves en el ajo era delicado y poda
comprometerla. Lo mejor era que el seorito saltase por la pared.
Justamente don lvaro tena las piernas muy largas. De esta manera la
comedia se representaba mejor; segura doa Ana de que don lvaro saltaba
por el muro, no poda sospechar tan fcilmente que tena cmplices
dentro de casa. Despus llegar bajo el balcn, trepar por la reja del
piso bajo y encaramarse en la barandilla de hierro era cosa fcil para
tan buen mozo.

Todo esto lo haca don lvaro sin la ayuda directa, inmediata de Petra,
y doa Ana encontraba as muy verosmil todo lo que su amante deca de
su industria para entrar en el cuarto de ella. Para lo que serva Petra
era para vigilar, para evitar que don lvaro pudiera ser sorprendido al
entrar o al salir, y para darse tales trazas que doa Ana creyese que
ella, la doncella, no haba estado durante toda la noche en
circunstancias de poder notar la presencia del amante. Estaba adems
all para dar el grito de alarma si llegaba el caso, y para combinar las
horas. En el servicio de Petra haba algo de la responsabilidad de un
jefe de estacin de ferrocarril. Don lvaro saba, porque don Vctor se
lo haba confesado, que el ex-regente y Frgilis, en cuanto llegaba el
tiempo, salan de caza mucho ms temprano de lo que Ana crea. Petra era
la encargada de despertar al amo, porque Anselmo se dorma sin falta y
no cumpla su cometido: Frgilis llegaba al parque a la hora convenida,
ladraba... y bajaba don Vctor. Lleg a quejarse don Toms de que sus
ladridos no siempre despertaban al amo ni a la doncella, de que se le
haca esperar mucho tiempo, y para evitar reyertas y plantones, se
acord que Crespo y Quintanar acudiesen al parque a la misma hora sin
necesidad de ladrar a nadie. Para mayor seguridad don Vctor compr un
reloj despertador que sonaba como un terremoto y con este aviso
automtico, como l deca, acudi en adelante a la hora sealada para la
cita. Casi todas las maanas Quintanar y Crespo llegaban al Parque a la
misma hora. El tren que los llevaba a las marismas y montes de Palomares
sala este ao un poco ms tarde y no necesitaban levantarse antes del
ser de da.

Todo esto necesit saber don lvaro para no exponerse a un choque en la
va con Frgilis o con el mismsimo don Vctor. Este mismo, sin saber lo
que haca, le enter de sus horas de salida; y lo dems que necesitaba
saber de los pormenores se lo refiri Petra. As pues no haba miedo. Lo
de saltar la tapia ofreci algunas dificultades; pero una noche, por la
parte de fuera en la solitaria calleja de Traslacerca, el Tenorio
prepar removiendo piedras y quitando cal, dos o tres estribos muy
disimulados en el muro, hacia la esquina; hizo tambin con disimulo
fingidas grietas o resquicios que le permitieron apoyarse y ayudar la
ascensin, y qued as vencido el principal obstculo. Por la parte de
dentro todo fue como coser y cantar. Un tonel viejo arrimado al descuido
a la pared, y los restos de una espaldera, fueron escalones suficientes,
sin que nadie pudiese notarlo, para subir y bajar don lvaro por la
parte del parque con toda la prisa que pudieran aconsejar las
circunstancias. Aquella escalera disimulada, la comparaba don lvaro con
esas cajas de cerillas que ostentan la popular leyenda, dnde est la
pastora? dnde estaba la escala? Despus de verla una vez no se vea
otra cosa; pero al que no se la mostraban no se le apareca ella.

No faltaba ms que lo peor, persuadir a la Regenta a que abriera el
balcn. Como a ella no se le poda hablar de las garantas de seguridad
que don lvaro tena dentro de casa, nada o poco se poda oponer a sus
argumentos relativos a las sospechas probables de la antiptica Petra.
Pero al fin don lvaro que haba triunfado de lo ms, triunf de lo
menos: lleg a comprender Ana que era imposible, y tal vez ridculo,
negarse a recibir en su alcoba a un hombre a quien se haba entregado
ella por completo. Mucho vala la castidad del lecho nupcial, o
ex-nupcial mejor dicho, pero no vala ms la castidad de la esposa
misma? Entre estos sofismas y la pasin y la constancia en el pedir
dieron la victoria a Mesa, que si no pudo acallar los sobresaltos de
Ana, quien a cada ruido crea sentir el espionaje de Petra, consegua a
menudo hacerla olvidarse de todo para gozar del delirio amoroso en que
l saba envolverla, como en una nube envenenada con opio.

Y as pasaban los das, asustada Ana de que tan poco despus de la cada
fuese ella capaz de recibir a un hombre en su alcoba, ella, que tantos
aos haba sabido luchar antes de caer.

Aquella tarde de Navidad, despus de recoger el servicio del caf, Petra
sali de casa y se dirigi a la del Magistral.

La recibi doa Paula. Eran ahora muy buenas amigas. La madre del
Provisor conoca la estrecha simpata que exista entre Teresina y la
doncella de la Regenta; y por la actual criada del _seorito_, de su
hijo, saba que en el nimo de Fermn, Petra era la persona destinada a
sustituir a Teresa el da, prximo ya, en que esta alcanzara el premio
consabido de salir de all casada para administrar ciertos bienes de los
_Provisores_.

Doa Paula, que entenda a medias palabras, y aun sin necesidad de
ellas, ganosa de satisfacer aquel deseo de su hijo, segn su poltica
constante, y de satisfacerle de una manera pulcra, intachable en la
forma, anticipndose a l, haba resuelto tomar la iniciativa y ofrecer
a Petra ella misma aquel puesto que la rubia lbrica tanto ambicionaba.
La proposicin se hizo aquella tarde. Teresina iba a salir de casa de un
da a otro. Petra acept sin titubear, temblando de alegra. Hasta que
estuvo en el casern de vuelta, no se le ocurri pensar que aquella
felicidad suya acarreaba la desgracia de muchos, y hasta cierto punto su
propio dao. Adis amores con don lvaro, amores cada vez ms escasos,
ms escatimados por el libertino gracioso, que iba menudeando las
propinas y encareciendo las caricias, pero al fin _amores_ seoritos,
que la tenan orgullosa. Qu hacer? No caba duda, ser prudente, coger
el codiciado fruto, entrar en aquella _canonja_, en casa del Magistral.
Para esto era preciso echar a rodar todo lo dems, romper aquel hilo que
ella tena en la mano y del que estaban colgadas la honra, la
tranquilidad, tal vez la vida de varias personas. Al pensar esto Petra
se encogi de hombros. Se le figur ver que caa la Regenta y se
aplastaba, que caa el Magistral y se aplastaba, que caa don Vctor y
se converta en tortilla, que el mismo don lvaro rodaba por el suelo
hecho aicos. No importaba. Haba llegado el momento. Si perda la
ocasin, la vacante de Teresina, poda entrar otra y adis _seoro_
futuro. No haba ms remedio que ocupar la plaza inmediatamente. Pero
entonces haba que decrselo todo al Provisor, porque en saliendo de
aquella casa ya no poda ser espa, ni ayudar al que la pagaba a abrir
los ojos de aquel estpido de don Vctor, que, como era natural,
querra vengarse, castigar a los culpables; que sera lo que necesitaba
el cannigo, puesto que l no poda con sus manteos al hombro ir a
desafiar a don lvaro. Petra discurra perfectamente en estas materias,
porque lea folletines, la coleccin de _Las Novedades_, que dejara en
un desvn doa Anuncia, y saba quin desafa a quin, llegado el caso
de descubrirse los amores de una seora casada. El que desafa es el
marido, no un pretendiente desairado, y mucho menos siendo cura. No
haba duda, el Magistral la necesitaba a ella en el casern llegado el
momento crtico... si sala antes y despus no le serva, poda echarla
de casa por intil. Haba que hacerlo todo pronto, inmediatamente. Y
qu iba a hacer? Una traicin, eso desde luego, pero cmo...?

En esto pensaba cuando entr en el comedor, ya al obscurecer, a preparar
la lmpara. Sinti que la sujetaban por la cintura y le daban un beso en
la nuca.

Era el otro; pobre, no saba lo que le aguardaba!.

Don lvaro, despus de su conversacin con Ana, la haba hecho retirarse
y se haba quedado solo en el comedor para dar el ataque a Petra y
proponerle, entre caricias, de que cada da le pesaba ms, el cambio de
amos. No era cierto que hubiese vacante en la fonda, pero all era l
amo y se creara la vacante. Con toda la diplomacia que pudo emplear un
hombre que se crea principalmente poltico y era seductor de oficio,
ofreci a la doncella la nueva posicin, que sera divertidsima, y
lucrativa como pocas. Don Vctor le tena miedo, doa Ana tambin, cada
cual por su motivo, y l, don lvaro, sera mucho mejor servido si Petra
consenta en salir de la casa.

Ya ves, hija, t has cometido una falta, tratar a la seora con
altivez, con insolencia; esto, que es feo de por s, la asust a ella
hacindole creer que sabes algo y que abusas de tu secreto; le asust a
l que teme que vas a cantar, y me perjudica a m, como comprendes,
porque... ya ves... estando asustada ella... recelosa... pago yo. A ti
ya no te necesito en esta casa, porque yo entro y salgo ya sin guas...
y all en casa... en la fonda puedes sernos til.... Adems....

Adems, don lvaro comprenda que ya no poda pagar a Petra sus
servicios con amor, porque cada da era ms urgente economizarlo; y
llevando a la chica a la fonda, all otros huspedes hambrientos de esta
clase de bocados la distraeran y l cumplira con propinas en adelante.
En suma, ya le estorbaba Petra en el casern de los Ozores por muchos
conceptos. Pero a ella no se le podan dar tales razones.

--Seorito--dijo Petra, que a pesar de su resolucin reciente, sinti en
el orgullo una herida de tres pulgadas--no necesita apurarse tanto para
convencerme de que debo irme de esta casa.

--No, hija, lo que es, si t lo tomas por donde quema, yo no insisto.

--No seor, si no me deja usted explicarme.... Si yo quiero salir de
aqu; si precisamente... pero en cuanto a lo de irme a la fonda, no
seor. Una cosa es que una tenga sus caprichos y una buena voluntad,
entiende usted? y otra cosa que a una la regalen a los amigos, y la
lleven y la traigan... y....

--Pero, Petrica, si no es eso, si yo por tu bien....

Don lvaro bajaba la voz y Petra la levantaba.

Pero la astuta moza, que saba contenerse, cuando era por su bien, se
reprimi, y cambiando el tono, y el estilo se disculp, disimul el
enojo, y dijo que todo estaba perfectamente, y que ella misma pedira
la soldada, y se ira tan contenta, no a la fonda, sino a otra casa; una
proporcin que tena, y que no poda decir todava cul era. Por lo
dems, tan amigos, y si el seorito, don lvaro, la necesitaba, all la
tena, porque la ley era ley; y en lo tocante a callar, un sepulcro. Que
ella lo haba hecho por aficin a una persona, que no haba por qu
ocultarlo, y por lstima de otra, casada con un viejo chocho, intil y
_chiflao_ que era una compasin.

Petra enga otra vez a Mesa. Hasta le consinti nuevas caricias de
gratitud que l se jur seran las ltimas, por lo de la economa, que
le tena manitico.

Don Vctor supo aquella noche en el Casino que al da siguiente Petra
pedira la cuenta, se marchara.

Oh placer! Quintanar respir con fuerza de fuelle y abraz a su amigo.
Le deba algo mejor que la vida, la tranquilidad de su hogar
domstico.

Trabajaba don Fermn en su despacho, envueltos los pies en el mantn
viejo de su madre; escriba a la luz blanquecina y montona de la maana
nublada. Un ruido le distrajo, levant los ojos y vio en medio del
umbral a doa Paula, plida, ms plida que sola.

--Qu hay, madre?--Est ah esa Petra, la de Quintanar, que quiere
hablarte.

--Hablarme!... tan temprano? qu hora es?

--Las nueve.... Dice que es cosa urgente.... Parece que viene asustada...
le tiembla la voz....

El Magistral se puso del color de su madre, y en pie como por mquina:

--Que entre, que entre.... Doa Paula dio media vuelta y sali al
pasillo. Antes acarici a su hijo con una mirada de compasin de madre.

--Entra... dijo a Petra que, toda de negro, esperaba, con la cabeza
inclinada sobre el pecho.

Doa Paula quera comerse con los ojos el secreto de la criada. Qu
sera? Dud un momento... estuvo casi resuelta a preguntar... pero se
contuvo y dijo otra vez:

--Anda, hija ma, entra. Hija ma--pens Petra--esta me quiere en casa;
segura es mi suerte.

--Qu hay?--grit el Magistral acercndose a la criada, como queriendo
salir al paso a las noticias....

Petra vio que estaban solos... y se ech a llorar.

Don Fermn hizo un gesto de impaciencia, que no vio Petra, porque tena
los ojos humillados. Haba querido hablar el cannigo, pero no haba
podido; senta en la garganta manos de hierro, y por el espinazo y las
piernas sacudimientos y un temblor tenue, fro y constante.

--Pronto! qu pasa?...--pudo preguntar al cabo.

Petra dijo, sin cesar de gemir, que necesitaba que la oyese en
confesin, que no saba si era una buena obra o un pecado lo que iba a
hacer, que ella quera servirle a l, servir a su amo, servir a Dios,
que al fin religin era tambin el inters del prjimo, pero... tema...
no saba si deba....

--Habla!... habla!... te digo que hables pronto... qu hay, Petra?...
qu hay?...--Don Fermn, con disimulo, apoy una mano en la mesa. Hubo
una pausa--. Habla, por Dios....

--En confesin?--Petra, habla... pronto...--Seor, yo he prometido
decir a usted... todo....

--S, todo, habla.--Pero ahora no s... no s... si debo....

Don Fermn corri a la puerta, la cerr por dentro, y volvindose rpido
y con ademn descompuesto, grit, sujetando con fuerza el brazo de la
criada:

--Djate de disimulos, habla o te arranco yo las palabras!

Petra le mir cara a cara, fingiendo humildad y miedo; quera ver el
gesto que pona aquel cannigo al saber que la seorona se la pegaba.

Petra dijo, sin rodeos, que haba visto ella, con sus propios ojos, lo
que jams hubiera credo. El mejor amigo del amo, aquel don lvaro que
de da no se separaba de don Vctor... entraba de noche en el cuarto de
la seora por el balcn y no sala de all hasta el amanecer. Ella le
haba visto una noche, creyendo que soaba, porque se haba puesto a
espiar creyendo as desvanecer ciertas sospechas, pero ay! era verdad,
era verdad.... Aquel infame haba pervertido a la seorita, una santa....
Bien tema don Fermn!....

Petra segua hablando, pero haca rato que De Pas no la oa.

En cuanto comprendi de qu se trataba, antes de or las frases crudas
con que pint la rubia lbrica el asalto del casern de los Ozores por
el Tenorio vetustense, don Fermn gir sobre los talones, como si fuera
a caer desplomado, dio dos pasos inciertos y lleg al balcn contra
cuyos cristales apoy la frente. Pareca mirar a la calle. Pero tena
los ojos cerrados.

Oa a Petra sin entender bien su palique, le molestaba el ruido de la
voz aguda y lacrimosa, no lo que deca, que ya no llegaba a la atencin
del cannigo; quera mandarla callar, pero no poda, no poda hablar, no
poda moverse....

Petra habl todo lo que quiso. Cuando call, se oyeron nada ms los
ruidos apagados de la calle; las ruedas de un coche que corra muy
lejos, la voz de un mercader ambulante que pregonaba a grito limpio
paos de manos y encajes finos.

El Magistral estaba pensando que el cristal helado que oprima su frente
pareca un cuchillo que le iba cercenando los sesos; y pensaba adems
que su madre al meterle por la cabeza una sotana le haba hecho tan
desgraciado, tan miserable, que l era en el mundo lo nico digno de
lstima. La idea vulgar, falsa y grosera de comparar al clrigo con el
eunuco se le fue metiendo tambin por el cerebro con la humedad del
cristal helado. S, l era como un eunuco enamorado, un objeto digno de
risa, una cosa repugnante de puro ridcula.... Su mujer, la Regenta, que
era su mujer, su legtima mujer, no ante Dios, no ante los hombres, ante
ellos dos, ante l sobre todo, ante su amor, ante su voluntad de hierro,
ante todas las ternuras de su alma, la Regenta, su hermana del alma, su
mujer, su esposa, su humilde esposa... le haba engaado, le haba
deshonrado, como otra mujer cualquiera; y l, que tena sed de sangre,
ansias de apretar el cuello al infame, de ahogarle entre sus brazos,
seguro de poder hacerlo, seguro de vencerle, de pisarle, de patearle, de
reducirle a cachos, a polvo, a viento; l atado por los pies con un
trapo ignominioso, como un presidiario, como una cabra, como un rocn
libre en los prados, l, misrrimo cura, ludibrio de hombre disfrazado
de anafrodita, l tena que callar, morderse la lengua, las manos, el
alma, todo lo suyo, nada del otro, nada del infame, del cobarde que le
escupa en la cara porque l tena las manos atadas.... Quin le tena
sujeto? El mundo entero.... Veinte siglos de religin, millones de
espritus ciegos, perezosos, que no vean el absurdo porque no les dola
a ellos, que llamaban grandeza, abnegacin, virtud a lo que era suplicio
injusto, brbaro, necio, y sobre todo cruel... cruel.... Cientos de
papas, docenas de concilios, miles de pueblos, millones de piedras de
catedrales y cruces y conventos... toda la historia, toda la
civilizacin, un mundo de plomo, yacan sobre l, sobre sus brazos,
sobre sus piernas, eran sus grilletes.... Ana que le haba consagrado el
alma, una fidelidad de un amor sobrehumano, le engaaba como a un marido
idiota, carnal y grosero.... Le dejaba para entregarse a un miserable
lechuguino, a un fatuo, a un elegante de similor, a un hombre de yeso...
a una estatua hueca!... Y ni siquiera lstima le poda tener el mundo,
ni su madre que crea adorarle, poda darle consuelo, el consuelo de sus
brazos y sus lgrimas.... Si l se estuviera muriendo, su madre estara a
sus pies mesndose el cabello, llorando desesperada; y para aquello, que
era mucho peor que morirse, mucho peor que condenarse... su madre no
tena llanto, abrazos, desesperacin, ni miradas siquiera... l no poda
hablar, ella no poda adivinar, no deba.... No haba ms que un deber
supremo, el disimulo; silencio... ni una queja, ni un movimiento!
Quera correr, buscar a los traidores, matarlos... s? pues silencio...
ni una mano haba que mover, ni un pie fuera de casa.... Dentro de un
rato s, a coro a coro! Tal vez a decir misa... a recibir a Dios!. El
Provisor sinti una carcajada de Lucifer dentro del cuerpo; s, el
diablo se le haba redo en las entraas... y aquella risa profunda,
que tena races en el vientre, en el pecho, le sofocaba... y le
asfixiaba!...

Abri el balcn de un puetazo y el aire fro y hmedo le trajo la idea
lejana de la realidad, y oy la tos discreta de Petra, que aguardaba
all, detrs, clavndole los ojos en la nuca.

Cerr el balcn don Fermn, volviose y mir con ojos de idiota a la
rubia que enjugaba lgrimas villanas. No necesitaba un instrumento
para luchar, para hacer dao? Aquel era el nico que tena.

Petra callaba inmvil, esperando servir a su dueo.

Gozaba voluptuosa delicia viendo padecer al cannigo, pero quera ms,
quera continuar su obra, que la mandasen clavar en el alma de su ama,
de la orgullosa seorona, todas aquellas agujas que acababa de hundir en
las carnes del clrigo loco.

Una voz lenta, ronca, mate, que no pareca haber sonado en el despacho,
voz de ventrlocuo, pregunt:

--Y t, qu piensas hacer... ahora?

--Yo?... dejar aquella casa, seor... No quiere ser franco?--pens
Petra--pues que padezca; l vendr a buscarme donde quiero que me
busque. Dejar aquella casa--repiti--qu he de hacer? Yo no quiero
ayudar con mi silencio a la vergenza del amo; remediarlo no puedo, pero
puedo salir de aquella casa.

--Y a ti... no te importa el honor de don Vctor? As agradeces el
pan... que comiste tantos aos....

--Seor, yo qu puedo hacer por l?

--En saliendo nada.--Pues me echan.--Ellos?--S, ellos; ayer el
seorito lvaro, que es el que manda all... porque el amo est ciego,
ve por sus ojos: el seorito lvaro me puso de patitas en la calle. Hoy
debo despedirme. Me ofreci colocacin en la fonda; pero yo prefiero
quedar en la calle....

--Vendrs a esta casa, Petra--dijo la voz de caverna, con esfuerzos
intiles por ser dulce.

Petra volvi a llorar. Cmo pagara ella tal caridad, etc., etc.?.

Aquella ternura facilit el tratado; cediendo cada cual un poco de su
tesn, se fueron acercando al infame convenio, a la intriga asquerosa y
vil; al principio fingiendo pulcritud, invocando santos intereses,
despus olvidando estas frmulas; y por fin el Magistral ofreci a la
moza asegurar su suerte, colmar su ambicin, y ella poner ante los ojos
de Quintanar su vergenza de modo tan evidente, tan palpable que aquel
seor, si corra sangre de hombre por su cuerpo, tuviese que castigar a
los traidores como tenan bien merecido.

Al terminar aquella conferencia hablaban como dos cmplices de un crimen
difcil. El Magistral excusaba palabras, pero no las que aclaraban su
proyecto. Qu iba a hacer Petra para poner a la vista del estpido
Quintanar aquella vergenza? Revelaciones? no podan hacrsele.
Annimos? eran expuestos.... Qu! no seor, nada de eso; ha de verlo
l, repeta Petra, olvidada de sus fingimientos, con placer de artista.

Haba all dos criminales apasionados, y ningn testigo de la ignominia;
cada cual vea su venganza, no el crimen del otro ni la vergenza del
pacto.

Cuando Petra sali de casa del Magistral, este sinti dentro de s un
hombre nuevo; el hombre que hera de muerte por venganza, el criminal,
el ciego por la pasin, el asesino, s, el asesino; la otra era su
instrumento, el asesino l. Y no le pesaba, no... cien muertes, cien
muertes para los infames. Qu hara don Vctor? De qu comedia
antigua se acordara para vengar su ultraje cumplidamente? La matara
a ella primero? Ira antes a buscarle a l?....

Al da siguiente, 27 de Diciembre, don Vctor y Frgilis deban tomar el
tren de Roca--Tajada a las ocho cincuenta para estar en las Marismas de
Palomares a las nueve y media prximamente. Algo tarde era para comenzar
la persecucin de los patos y alcaravanes, pero no haba de establecer
la empresa un tren especial para los cazadores. As que se madrugaba
menos que otros aos. Quintanar preparaba su reloj despertador de suerte
que le llamase con un estrpito horrsono a las ocho en punto. En un
decir Jess se vesta, se lavaba, sala al parque donde sola esperar
dos o tres minutos a Frgilis, si no le encontraba ya all, y en esto y
en el viaje a la estacin se empleaba el tiempo necesario para llegar
algunos minutos antes de la salida del tren mixto.

De un sueo dulce y profundo, poco frecuente en l, despert Quintanar
aquella maana con ms susto que sola, aturdido por el estridente
repique de aquel estertor metlico, rpido y descompasado. Venci con
gran trabajo la pereza, bostez muchas veces, y al decidirse a saltar
del lecho no lo hizo sin que el cuerpo encogido protestara del madrugn
importuno. El sueo y la pereza le decan que pareca ms temprano que
otros das, que el despertador menta como un deslenguado, que no deba
de ser ni con mucho la hora que la esfera rezaba. No hizo caso de tales
sofismas el cazador, y sin dejar de abrir la boca y estirar los brazos
se dirigi al lavabo y de buenas a primeras zambull la cabeza en agua
fra. As contestaba don Vctor a las sugestiones de la msera carne que
pretenda volverse a las ociosas plumas.

Cuando ya tena _las ideas ms despejadas_, reconoci imparcialmente que
la pereza aquella maana no se quejaba de vicio. Deba de ser en efecto
bastante ms temprano de lo que deca el reloj. Sin embargo, l estaba
seguro de que el despertador no adelantaba y de que por su propia mano
le haba dado cuerda y pustole en la hora la maana anterior. Y con
todo, deba de ser ms temprano de lo que all deca; no podan ser las
ocho, ni siquiera las siete, se lo deca el sueo que volva, a pesar de
las abluciones, y con ms autoridad se lo deca la escasa luz del da.
El orto del sol hoy debe de ser a las siete y veinte, minuto arriba o
abajo; pues bien, el sol no ha salido todava, es indudable; cierto que
la niebla espessima y las nubes cenicientas y pesadas que cubren el
cielo hacen la maana muy obscura, pero no importa, el sol no ha salido
todava, es demasiada obscuridad esta, no deben de ser ni siquiera las
siete. No poda consultar el reloj de bolsillo, porque el da anterior
al darle cuerda le haba encontrado roto el muelle real.

Lo mejor ser llamar.

Sali a los pasillos en zapatillas.

--Petra! Petra!--dijo, queriendo dar voces sin hacer ruido.

--Petra, Petra.... Qu diablos! cmo ha de contestar si ya no est en
casa... la pcara costumbre, el hombre es un animal de costumbres.

Suspir don Vctor. Se alegraba en el alma de verse libre de aquel
testigo y semi-vctima de sus flaquezas; pero, as y todo, al recordar
ahora que en vano gritaba Petra!, senta una extraa y potica
melancola. Cosas del corazn humano!.

--Servanda! Servanda! Anselmo! Anselmo!

Nadie responda.--No hay duda, es muy temprano. No es hora de
levantarse los criados siquiera. Pero entonces? Quin me ha adelantado
el reloj?... Dos relojes echados a perder en dos das!... Cuando entra
la desgracia por una casa....

Don Vctor volvi a dudar. No podan haberse dormido los criados? No
poda aquella escasez de luz originarse de la densidad de las nubes?
Por qu desconfiar del reloj si nadie haba podido tocar en l? Y
quin iba a tener inters en adelantarle? Quin iba a permitirse
semejante broma? Quintanar pas a la conviccin contraria; se le antoj
que bien podan ser las ocho, se visti deprisa, cogi el frasco del
ans, bebi un trago segn acostumbraba cuando sala de caza aquel
enemigo mortal del chocolate, y echndose al hombro el saco de las
provisiones, repleto de ricos fiambres, baj a la huerta por la escalera
del corredor pisando de puntillas, como siempre, por no turbar el
silencio de la casa. Pero a los criados ya los compondra l a la
vuelta. Perezosos! Ahora no haba tiempo para nada.... Frgilis deba de
estar ya en el Parque esperndole impaciente....

--Pues seor, si en efecto son las ocho no he visto da ms obscuro en
mi vida. Y sin embargo, la niebla no es muy densa... no... ni el cielo
est muy cargado.... No lo entiendo.

Lleg Quintanar al cenador que era el lugar de cita.... Cosa ms rara!
Frgilis no estaba all. Andara por el parque?... Se ech la escopeta
al hombro, y sali de la glorieta.

En aquel momento el reloj de la catedral, como si bostezara dio tres
campanadas. Don Vctor se detuvo pensativo, apoy la culata de su
escopeta en la arena hmeda del sendero y exclam:

--Me lo han adelantado! Pero quin? Son las ocho menos cuarto o las
siete menos cuarto? Esta obscuridad!...

Sin saber por qu sinti una angustia extraa, tambin l tena
nervios, por lo visto. Sin comprender la causa, le preocupaba y le
molestaba mucho aquella incertidumbre. Qu incertidumbre? Estaba antes
obcecado; aquella luz no poda ser la de las ocho, eran las siete menos
cuarto, aquello era el crepsculo matutino, ahora estaba seguro.... Pero
entonces quin le haba adelantado el despertador ms de una hora?
Quin y para qu? Y sobre todo, por qu este accidente sin importancia
le llegaba tan adentro? qu presenta? por qu crea que iba a ponerse
malo?....

Haba echado a andar otra vez; iba en direccin a la casa, que se vea
entre las ramas deshojadas de los rboles, apiados por aquella parte.
Oy un ruido que le pareci el de un balcn que abran con cautela; dio
dos pasos ms entre los troncos que le impedan saber qu era aquello, y
al fin vio que cerraban un balcn de su casa y que un hombre que pareca
muy largo se descolgaba, sujeto a las barras y buscando con los pies la
reja de una ventana del piso bajo para apoyarse en ella y despus saltar
sobre un montn de tierra.

El balcn era el de Anita.

El hombre se emboz en una capa de vueltas de grana y esquivando la
arena de los senderos, saltando de uno a otro cuadro de flores, y
corriendo despus sobre el csped a brincos, lleg a la muralla, a la
esquina que daba a la calleja de Traslacerca; de un salto se puso sobre
una pipa medio podrida que estaba all arrinconada, y haciendo escala
de unos restos de palos de espaldar clavados entre la piedra, lleg,
gracias a unas piernas muy largas, a verse a caballo sobre el muro.

Don Vctor le haba seguido de lejos, entre los rboles; haba levantado
el gatillo de la escopeta sin pensar en ello, por instinto, como en la
caza, pero no haba apuntado al fugitivo. Antes quera conocerle. No
se contentaba con adivinarle.

A pesar de la escasa luz del crepsculo, cuando aquel hombre estuvo a
caballo en la tapia, el dueo del parque ya no pudo dudar.

Es lvaro! pens don Vctor, y se ech el arma a la cara.

Mesa estaba quieto, mirando hacia la calleja, inclinado el rostro,
atento slo a buscar las piedras y resquicios que le servan de estribos
en aquel descendimiento.

Es lvaro! pens otra vez don Vctor, que tena la cabeza de su amigo
al extremo del can de la escopeta.

l estaba entre rboles; aunque el otro mirase hacia el parque no le
vera. Poda esperar, poda reflexionar, tiempo haba, era tiro seguro;
cuando el otro se moviera para descolgarse... entonces.

Pero tardaba aos, tardaba siglos. As no se poda vivir, con aquel
can que pesaba quintales, mundos de plomo y aquel fro que coma el
cuerpo y el alma no se poda vivir.... Mejor suerte hubiera sido estar al
otro extremo del can, all sobre la tapia.... S, s; l hubiera
cambiado de sitio. Y eso que el otro iba a morir.

Era lvaro, y no iba a durar un minuto! Caera en el parque o a la
calleja?....

No cay; descendi sin prisa del lado de Traslacerca, tranquilo,
acostumbrado a tal escalo, conocido ya de las piedras del muro. Don
Vctor le vio desaparecer sin dejar la puntera y sin osar mover el dedo
que apoyaba en el gatillo; ya estaba Mesa en la calleja y su amigo
segua apuntando al cielo.

--Miserable! deb matarle!--grit don Vctor cuando ya no era tiempo;
y como si le remordiera la conciencia, corri a la puerta del parque, la
abri, sali a la calleja y corri hacia la esquina de la tapia por
donde haba saltado su enemigo. No se vea a nadie. Quintanar se acerc
a la pared y vio en sus piedras y resquicios _la escalera de su
deshonra_.

S, ahora lo vea perfectamente; ahora no vea ms que eso; y cuntas
veces haba pasado por all sin sospechar que por aquella tapia se suba
a la alcoba de la Regenta!. Volvi al parque; reconoci la pared por
aquel lado. La pipa medio podrida arrimada al muro, como al descuido,
los palos del espaldar roto formaban otra escala; aquella la vea todos
los das veinte veces y hasta ahora no haba reparado lo que era: una
escala! Aquello le pareca smbolo de su vida: bien claras estaban en
ella las seales de su deshonra, los pasos de la traicin; aquella
amistad fingida, aquel sufrirle comedias y confidencias, aquel
malquistarle con el seor Magistral... todo aquello era otra escala y l
no la haba visto nunca, y ahora no vea otra cosa.

Y Ana? Ana! Aquella estaba all, en casa, en el lecho; la tena en
sus manos, poda matarla, deba matarla. Ya que al otro le haba
perdonado la vida... por horas, nada ms que por horas, por qu no
empezaba por ella? S, s, ya iba, ya iba; estaba resuelto, era claro,
haba que matar, quin lo dudaba? pero antes... antes quera meditar,
necesitaba calcular... s, las consecuencias del delito... porque al
fin era delito.... Ellos eran unos infames, haban engaado al esposo,
al amigo... pero l iba a ser un asesino, digno de disculpa, todo lo que
se quiera, pero asesino.

Se sent en un banco de piedra. Pero se levant en seguida: el fro del
asiento le haba llegado a los huesos; y senta una extraa pereza su
cuerpo, un egosmo material que le pareci a don Vctor indigno de l y
de las circunstancias. Tena mucho fro y mucho sueo; sin querer,
pensaba en esto con claridad, mientras las ideas que se referan a su
desgracia, a su deshonra, a su vergenza, se mostraban reacias, huan,
se confundan y se negaban a ordenarse en forma de raciocinio.

Entr en el cenador y se sent en una mecedora. Desde all se vea el
balcn de donde haba saltado don lvaro.

El reloj de la catedral dio las siete.

Aquellas campanadas fijaron en la cabeza aturdida de Quintanar la triste
realidad.... Le haban adelantado el reloj. Quin? Petra, sin duda
Petra. Haba sido una venganza. Oh! una venganza bien cumplida. Ahora
le pareca absurdo haber tomado la poca luz del alba por da nublado. Y
si Petra no hubiera adelantado el reloj o si l no lo hubiese credo,
tal vez ignorara toda la vida la desgracia horrible... aquella
desgracia que haba acabado con la felicidad para siempre. La pereza de
ser desgraciado, de padecer, unida a la pereza del cuerpo que peda a
gritos colchones y sbanas calientes, entumecan el nimo de don Vctor
que no quera moverse, ni sentir, ni pensar, ni vivir siquiera. La
actividad le horrorizaba.... Oh, qu bien si se parase el tiempo! Pero
no, no se paraba; corra, le arrastraba consigo; le gritaba: muvete;
haz algo, tu deber; aqu de tus promesas, mata, quema, vocifera,
anuncia al mundo tu venganza, despdete de la tranquilidad para siempre,
busca energa en el fondo del sueo, de los bostezos arranca los
apstrofes del honor ultrajado, representa tu papel, ahora te toca a ti,
ahora no es Perales quien trabaja, eres t, no es Caldern quien inventa
casos de honor, es la vida, es tu pcara suerte, es el mundo miserable
que te pareca tan alegre, hecho para divertirse y recitar versos....
Anda, anda, corre, sube, mata a la dama, despus desafa al galn y
mtale tambin... no hay otro camino. Y a todo esto sin poder menear
pie ni mano, muerto de sueo, aborreciendo la vigilia que presentaba
tales miserias, tanta desgracia, que iba a durar ya siempre!.

Pero haba llegado la suya. Aquel era su drama de capa y espada. Los
haba en el mundo tambin. Pero qu feos eran, qu horrorosos! Cmo
poda ser que tanto deleitasen aquellas traiciones, aquellas muertes,
aquellos rencores en verso y en el teatro? Qu malo era el hombre! Por
qu recrearse en aquellas tristezas cuando eran ajenas, si tanto dolan
cuando eran propias? Y l, el miserable, hombre indigno, cobarde,
estaba filosofando y su honor sin vengar todava!... Haba que empezar,
volaba el tiempo!... Otro tormento! el orden de la funcin, el orden
de la trama! Por dnde iba a empezar, qu iba a decir; qu iba a hacer,
cmo la mataba a ella, cmo le buscaba a l?.

El reloj de la catedral dio las siete y media.

De un brinco se puso Quintanar en pie.

--Media hora! media hora en un minuto; y no he odo el cuarto....

Y Frgilis va a llegar... y yo no he resuelto....

Don Vctor tuvo conciencia clara de que su voluntad estaba inerte, no
poda resolver. Se despreci profundamente, pero ms profundo que el
desprecio fue el consuelo que sinti al comprender que no tena valor
para matar a nadie, as, tan de repente.

--O subo y la mato ahora mismo, antes que llegue Toms, o ya no la mato
hoy....

Volvi a caer sentado en la mecedora, y aliviada su angustia con la
laxitud del nimo, que ya no luchaba con la impotencia de la voluntad,
recobr parte de su vigor el sentimiento, y el dolor de la traicin le
pinch por la vez primera con fuerza bastante para arrancarle lgrimas.

Llor como un anciano, y pens en que ya lo era. Jams se le haba
ocurrido tal idea. Su temperamento le engaaba, fingiendo una juventud
sin fin; la desgracia al herirle de repente le destea, como un
chubasco, todas las canas del espritu.

Ay, s, era un pobre viejo; un pobre viejo, y le engaaban, se burlaban
de l. Llegaba la edad en que iba a necesitar una compaera, como un
bculo... y el bculo se le rompa en las manos, la compaera le haca
traicin, iba a estar solo... solo; le abandonaban la mujer y el
amigo....

El dolor, la lstima de s mismo, trajeron a su pensamiento ideas ms
naturales y oportunas que las que despertara, entre fantasmas de fiebre
y de insomnio, la indignacin contrahecha por las lecturas romnticas y
combatida por la pereza, el egosmo y la flaqueza del carcter.

No senta celos, no senta en aquel momento la vergenza de la deshonra,
no pensaba ya en el mundo, en el ridculo que sobre l caera; pensaba
en la traicin, senta el engao de aquella Ana a quien haba dado su
honor, su vida, todo. Ay, ahora vea que su cario era ms hondo de lo
que l mismo creyera; querala ms ahora que nunca, pero claramente
senta que no era aquel amor de amante, amor de esposo enamorado, sino
como de amigo tierno, y de padre... s, de padre dulce, indulgente y
deseoso de cuidados y atenciones!

Matarla!--eso se deca pronto--pero matarla!... Bah, bah... los
cmicos matan en seguida, los poetas tambin, porque no matan de
veras... pero una persona honrada, un cristiano no mata as, de repente,
sin morirse l de dolor, a las personas a quien vive unido con todos los
lazos del cario, de la costumbre.... Su Ana era como su hija.... Y l
senta su deshonra como la siente un padre, quera castigar, quera
vengarse, pero matar era mucho. No, no tendra valor ni hoy ni maana,
ni nunca, para qu engaarse a s mismo? Mata el que se ciega, el que
aborrece, l no estaba ciego, no aborreca, estaba triste hasta la
muerte, ahogndose entre lgrimas heladas; senta la herida, comprenda
todo lo ingrata que era ella, pero no la aborreca, no quera, no podra
matarla. Al otro s; lvaro tena que morir; pero frente a frente, en
duelo, no de un tiro, no; con una espada lo matara, aquello era ms
noble, ms digno de l. Frgilis tena que encargarse de todo. Pero
cundo? ahora? en cuanto llegase? No... tampoco se atreva a
decrselo as, de repente. Despus de hablar con alma humana de tan
vergonzoso descubrimiento, ya no haba modo de volverse atrs, esto es,
de cambiar de resolucin, de aplazar ni modificar la venganza. En cuanto
alguien lo supiera haba que proceder de prisa, con violencia; lo exiga
as el mundo, las ideas del honor; l era al fin un marido burlado.... Y
a ella habra que llevarla a un convento. Y l, se volvera a su tierra,
si no le mataba Mesa; se escondera en La Almunia de don Godino.

Al llegar aqu se acord el infeliz esposo que Ana, meses antes, le
propona un viaje a La Almunia. Tal vez si l hubiera aceptado, se
hubiese evitado aquella desgracia... irreparable! S, irreparable, qu
duda caba?.

Y Petra? Maldita sea! Petra.... Es ella quien me hace tan
desgraciado, quien me arroja en este pozo obscuro de tristeza, de donde
ya no saldr aunque mate al mundo entero; aunque haga pedazos a Mesa y
entierre viva a la pobre Ana!... Ay, Ana tambin va a ser bien
infeliz!.

La catedral dio ocho campanadas. Las ocho! Ahora deba yo despertar...
y no sabra nada.

Este pensamiento le avergonz. En su cerebro estall la palabra grosera
con que el vulgo mal hablado nombra a los maridos que toleran su
deshonra... y la ira volvi a encenderse en su pecho, sopl con fuerza y
barri el dolor tierno.... Venganza! venganza!--se dijo--o soy un
miserable, un ser digno de desprecio....

Sinti pasos sobre la arena, levant la cabeza y vio a su lado a
Frgilis.

--Hola! parece que se ha madrugado--dijo Crespo, que gustaba de ser
siempre el primero.

--Vamos, vamos--contest don Vctor, volviendo a levantarse y despus de
colgar la escopeta del hombro.

La presencia de Frgilis le haba asustado; sac fuerzas de flaqueza
para tomar un partido de repente. Se resolvi por fin. Resolvi callar,
disimular, ir a caza. All en los prados de las marismas, cuando se
quedara solo en acecho, en todo aquel da triste que iba a ser tan
largo, meditara... y a la vuelta, a la vuelta acaso tendra ya formado
su plan, y consultara con Toms y le mandara a desafiar al otro, si
era esto lo que proceda. Por ahora callar, disimular. Aquello no poda
echarse a volar as como quiera. El descubrimiento que deba a Petra no
era para revelado sin su cuenta y razn. A Frgilis poda decrsele
todo, pero a su tiempo.

Salieron del Parque. El mismo Quintanar cerr la verja con su llave.
Crespo iba delante. Mir don Vctor hacia el fondo de la huerta, hacia
el casern que ya le pareca otro... Qu haca? Era un cobarde
aplazando su venganza? No, porque... ellos no sospechaban nada, no
escaparan, no haba miedo. Silencio y disimulo, esto haca falta ahora.
Y reflexionar mucho. Cualquier cosa que hiciera iba a ser tan grave!.
Le acongojaba la idea de la inmensa responsabilidad de sus prximos
actos. El sentir que de su voluntad siempre tornadiza, impresionable y
dbil iban ahora a depender sucesos tan importantes, la suerte de varias
personas, le suma en una especie de pnico taciturno y desesperado.
Veleidades tena de llamar a Frgilis, decrselo todo, ponerlo en sus
manos todo.... Frgilis, aunque era un soador, llegado el caso tena
mejor sentido que l; sabra ser ms prctico.... Qu hara?.

Por lo pronto seguir a Toms a la estacin. Y callar. Para hablar
siempre era tiempo.

La maana segua cenicienta; nubes y ms nubes plomizas salan como de
un telar de los picos y mesetas del Corfn, caan sobre la sierra, se
arrastraban por sus cumbres, resbalaban hacia Vetusta y llenaban el
espacio de una tristeza gris, muda y sorda.

No hace fro, observ Frgilis al llegar a la estacin. No llevaba ms
abrigo que su bufanda a cuadros. Pero deca l que su cazadora vala por
la piel de un proboscidio. No le entraban balas ni catarros.

En cambio Quintanar, ceido al cuerpo el capotn espeso, tena que
hacer esfuerzos para no dar diente con diente.--No, no hace mucho
fro!--dijo, por miedo de delatarse.

Afortunadamente ste es un sonmbulo que no se fija nunca en si los
dems tienen cara de risa o cara de vinagre. Debo de estar plido,
desencajado... pero este egosta no ve nada de eso.

Entraron en un coche de tercera. En su mismo banco Frgilis encontr
antiguos conocidos. Eran dos ganaderos que volvan de Castilla y despus
de hacer noche en Vetusta buscaban el amor de su hogar all en la aldea.
Crespo, como si no hubiera en el mundo penas, ni amigos que se ahogaban
en ellas, alegre, con aquel insultante regocijo que le inspiraba a l la
helada en las maanas ms fras del ao, frotaba las manos y hablaba del
precio de las reses, y de las ventajas de la parcera, locuaz, como
nunca se le vea en Vetusta. Pareca que, segn el tren se alejaba de
los tejados de un rojo sucio, casi pardo de la ciudad triste, sumida en
sueo y en niebla, el alma de Frgilis se ensanchaba, respiraba a su
gusto aquel pulmn de hierro.

No sospechaba aquel ciego, tan inoportunamente alegre y decidor, que su
amigo, su mejor amigo, al romper la marcha el tren haba tenido
tentaciones de arrojarse al andn; y despus, de tirarse por la
ventanilla a la va, y correr, correr desalado a Vetusta, entrar en el
casern de los Ozores y coser a pualadas el pecho de una infame....

S, todo esto haba querido hacer don Vctor que se sinti morir de
vergenza y de clera contra los infames adlteros y contra s mismo, en
cuanto not que el tren se mova y le alejaba del lugar del crimen, de
su deshonra y de su venganza necesaria...

Soy un miserable, soy un miserable! gritaba por dentro Quintanar
mientras el tren volaba y Vetusta se quedaba all lejos; tan lejos, que
detrs de las lomas y de los rboles desnudos ya slo se vea la torre
de la catedral, como un gallardete negro destacndose en el fondo
blanquecino de Corfn, envuelto por la niebla que el sol tibio iluminaba
de soslayo.

Huyo de mi deshonra, en vez de lavar la afrenta, huyo de ella... esto
no tiene nombre, oh!... s lo tiene.... Y zas! el nombre que tena
aquello, segn Quintanar, estallaba como un cohete de dinamita en el
cerebro del pobre viejo.

Soy un tal, soy un tal! y se lo deca a s mismo con todas sus
letras, y tan alto que le pareca imposible que no le oyeran todos los
presentes.

Pero el tren hua de Vetusta, silbaba, le silbaba a l; y l no tena
el valor de arrojarse a tierra, de volver al pueblo... iba a tardar ms
de doce horas en ver el casern, aplazaba su venganza ms de doce
horas!....

Pasaron un tnel y no qued ya nada de Vetusta ni de su paisaje. Era
otro panorama; estaban a espaldas de la sierra; montes rojizos, lomas
montonas como oleaje simtrico se extendan cerrando el horizonte a la
izquierda de la va. El cielo estaba obscuro por aquel lado, bajas las
nubes, que como grandes sacos de ropa sucia se deshilachaban sobre las
colinas de lontananza; a la derecha campos de maz, ahora vacos,
enseaban la tierra, negra con la humedad; entre las manchas de las
tierras desnudas aparecan el monte bajo, de trecho en trecho, las
pomaradas ahora tristes con sus manzanos sin hojas, con sus ramos
afilados, que parecan manos y dedos de esqueleto. Por aquel lado el
cielo prometa despejarse, la niebla haca palidecer las nubes altas y
delgadas que empezaban a rasgarse. Sobre el horizonte, hacia el mar, se
extenda una franja lechosa, uniforme y de un matiz constante. Sobre los
castaares que semejaban ruinas y mostraban descubiertos los que eran en
verano misterios de su follaje, sobre los bosques de robles y sobre los
campos desnudos y las pomaradas tristes pasaban de cuando en cuando en
tringulo macednico bandadas de cuervos, que iban hacia el mar, como
nufragos de la niebla, silenciosos a ratos, y a ratos lamentndose con
graznar lgubre que llegaba a la tierra apagado, como una queja
subterrnea.

Mientras Frgilis hablaba de la conveniencia de abandonar el cultivo del
maz y de cultivar los prados con intensidad, don Vctor, apoyada la
cabeza sobre la tabla dura del coche de tercera miraba al cielo pardo y
vea desaparecer entre la niebla una falange de cuervos por aquel
desierto de aire. Ya parecan polvos de imprenta, despus aprensin de
la vista, despus nada.

Lugarejo, dos minutos! grit una voz rpida y ronca.

Don Vctor asom la cabeza por la ventanilla. La estacin, triste cabaa
muy pintada de chocolate y muerta de fro, estaba al alcance de su mano
o poco ms distante. Sobre la puerta, asomada a una ventana una mujer
rubia, como de treinta aos, daba de mamar a un nio.

Es la mujer del jefe. Viven en este desierto. Felices ellos pens
Quintanar.

Pas el jefe de la estacin que pareca un pordiosero. Era joven; ms
joven que la mujer de la ventana pareca.

Se querrn. Ella por lo menos le ser fiel.

Despus de esta conjetura don Vctor se dej caer otra vez en su
asiento. Cerr los ojos, tap el rostro cuanto pudo con una mano. El
tren volvi a moverse. El ruido del hierro y de la madera y la
trepidacin uniforme eran como cancin que atraa el sueo. Quintanar,
sin pensar en ello, meda el ritmo de las ruedas pesadas y crujientes
con el comps de una marcha que cantaba su tordo, aquel tordo orgullo de
la casa.... Despus midi el paso del tren con los de cierta polka... y
despus se qued dormido.

Media hora despus llegaban a la estacin en que dejaban el tren para
tomar a pie la carretera que los conduca a las marismas de Palomares.

Don Vctor despert asustado, gracias a un golpe que le dio en el hombro
Frgilis.

Haba soado mil disparates inconexos; l mismo, vestido de cannigo con
traje de coro, casaba en la iglesia parroquial del Vivero a don lvaro y
a la Regenta. Y don lvaro estaba en traje de clrigo tambin, pero con
bigote y perilla.... Despus los tres juntos se haban puesto a cantar el
Barbero, la escena del piano; l, don Vctor, se haba adelantado a las
bateras para decir con voz cascada:

Quando la mia Rosina... el pblico de las butacas haba graznado al
orle como un solo espectador.... Todas las butacas estaban llenas de
cuervos que abran el pico mucho y retorcan el pescuezo con
ondulaciones de culebra.... Una pesadilla pens Quintanar, y entre
dormido y despierto emprenda la marcha a pie por la carretera de
Palomares abajo. Estaban en Roca--Tajada; a la derecha, a pico, se
elevaba el monte Arco partido por aquel desfiladero; estrecha garganta
por donde slo caban la angosta carretera y el ro Abroo que se
cruzaban en mitad de la hoz pasando el camino, perpendicular al ro, por
un puente de piedra blanca.

Despus de almorzar en Roca--Tajada, en la taberna de Matiella,
estanquero y albail, grande amigo de Frgilis, los dos amigos cazadores
dejaron el camino real, y por prados fangosos de hierba alta, de un
verde obscuro, llegaron otra vez a las orillas del Abroo, all ms
ancho, rodeado de juncos y arena, rizado por las ondas verdes que le
mandaba el mar ya vecino.

Frgilis y Quintanar pasaron el ro en una barca, comenzaron a subir una
colina coronada por una aldea de casas blancas separadas por pomaradas y
laureles, pinos de copa redonda y ancha y lamos esbeltos. El verde de
los pinares y de los laureles y de algunos naranjos de las huertas,
sobre el verde ms claro de las praderas en declive, limpias y como
recortadas con tijeras, alegraba la cumbre resaltando bajo el cielo
lechoso y entre las paredes blancas, que se coman toda la luz del da,
difusa y como cernida a travs de las nubes delgadas. Segn suban por
la falda de la loma que era como primer escaln para la colina, el
terreno se afirmaba, la hierba aclaraba su color y menguaba. Frgilis se
detuvo y contempl el monte Arco que tena enfrente, el ro ondulante
que quedaba debajo y la franja del mar, azulada con pintas blancas, que
se vea en un rincn del horizonte, en apariencia ms alto que el ro,
como una pared obscura que suba hacia las nubes.

Quintanar se sent sobre una pea que dejaba descubierta el prado. De la
parte de Areo, cruzando sobre el ro a mucha altura, vieron venir un
bando de tordos de agua. Cuando estuvieron a tiro Frgilis dispar los
de su escopeta con tan mala suerte, que no consigui ms que dispersar
las apretadas filas.

--Tira t, bobo!--grit Crespo furioso.

Quintanar se levant, apunt, dispar y cuatro tordos de agua cayeron
heridos por los perdigones que, segn pens en aquel instante don
Vctor, deba tener en los sesos el amigo traidor, el infame don lvaro.

S, aquel tiro era el de lvaro, los tordos, inocentes, caan a pares,
y el ladrn de su honra viva. Y cosa extraa! cuando all en el
parque haba estado apuntando a la cabeza de Mesa, no recordaba que el
cartucho mortfero tena carga de perdign; suponalo lleno de postas o
de balas.

Muy contra su voluntad, a pesar de la desgracia que tena encima, el
cazador sinti el placer de la vanidad satisfecha. Frgilis haba
disparado dos tiros y... nada; disparaba l uno solo y... cuatro.... S,
cuatro, all estaban, sangrando sobre el prado, mezclando las gotas
rojas con la escarcha blanca de la hierba.

Media hora despus Frgilis tomaba el desquite matando un soberbio pato
marino. Quintanar, por gusto, mat un cuervo que no recogi.

Cazaron hasta las doce, hora de comer sus fiambres. Los perros de
Frgilis se aburran. Aquella caza en que ellos representaban un papel
secundario, les pareca una vergenza; bostezaban y obedecan mal a la
voz del amo.

Despus de comer los fiambres y de beber regulares tragos, don Vctor
sinti su pena con intensidad cuatro veces mayor. Todo lo vea claro,
toda la trascendencia de su descubrimiento del amanecer se le apareca
como un tratado clsico de historia. Lo que haba sucedido, lo que iba
a suceder, lo vea como en un panorama. Y senta comezn de hablar y
ansias de llorar. Por qu no abra el pecho al amigo del alma, al
verdadero, al nico? No se lo abri. No era tiempo.

Para perseguir un bando de peguetas que volaba de prado en prado,
siempre alerta, se separaron. Aquellos pajarracos no se coman, pero
Frgilis les tena declarada la guerra porque se burlaban de los
cazadores con una especie de irona, de sarcasmo que pareca racional.
Esperaban, _fingan_ estar descuidados, disimulaban su vigilancia, y al
ir Frgilis a disparar, escondido tras un seto... volaban los condenados
gritando como brujas sorprendidas en aquelarre. Por eso los persegua
tenaz, irritado.

Se separaron. Si las peguetas iban por un lado al escapar del prado que
cubran tindolo de negro, se encontraban con la descarga de Crespo; si
tomaban por el otro lado, disparaba don Vctor.

El cual se qued solo, sobre una loma dominando el valle. El sol no
haba conseguido disipar la niebla; se le vislumbraba detrs de un toldo
blanquecino, como si fuera una luna de teatro hecha con un poco de
aceite sobre un papel. A lo lejos gritaban las agoreras aves de
invierno, que despus aparecan bajo las nubes, volando fuera de tiro,
sin miedo al cazador, pero tristes, cansadas de la vida, supona
Quintanar.

El campo estaba melanclico. El invierno pareca una desnudez. Y a
pesar de todo, qu hermosa era la naturaleza! qu tranquilamente
reposaba!... Los hombres, los hombres eran los que haban engendrado
los odios, las traiciones, las leyes convencionales que atan a la
desgracia el corazn!. La filosofa de Frgilis, aquel pensador
agrnomo que despreciaba la sociedad con sus _falsos principios_, con
sus preocupaciones, exageraciones y violencias, se le present a
Quintanar, a quien el cuerpo repleto le peda siesta, como la filosofa
verdadera, la sabidura nica, eterna. Vetusta quedaba all, detrs de
montes y montes, qu era comparada con el ancho mundo? Nada; un punto.
Y todas las ciudades, y todos los agujeros donde el hombre, esa hormiga,
fabricaba su albergue, qu eran comparados con los bosques vrgenes,
los desiertos, las cordilleras, los vastos mares?... Nada. Y las leyes
de honor, las preocupaciones de la vida social todas, qu eran al lado
de las grandes y fijas y naturales leyes a que obedecan los astros en
el cielo, las olas en el mar, el fuego bajo la tierra, la savia
circulando por las plantas?.

Vivos deseos sinti Quintanar por un momento de echar races y ramas, y
llenarse de musgo como un roble secular de aquellos que vea coronando
las cimas del monte Areo. Vegetar era mucho mejor que vivir.

Oy un tiro lejano, despus el estrpito de las peguetas que volaban
rindose con estridentes chillidos; las vio pasar sobre su cabeza. No se
movi. Que se fueran al diablo. l estaba pensando en Toms Kempis. S,
Kempis, a quien haba olvidado, tena razn; donde quiera estaba la
cruz. Arregla, deca el sabio asceta, arregla y ordena todas las cosas
segn tu modo de ver y segn tu voluntad, y vers que siempre tienes
algo que padecer de grado o por fuerza; siempre hallars la cruz.

Y tambin recordaba lo de: Algunas veces parecer que Dios te deja,
otras veces sers mortificado por el prjimo; y lo que es ms, muchas
veces te sers molesto a ti mismo.

S, el prjimo me mortifica, y yo mismo me molesto, me hago dao hasta
sangrar el alma.... No s lo que debo hacer, ni lo que debo pensar
siquiera. Anita me engaa, es una infame s... pero y yo? No la engao
yo a ella? Con qu derecho un mi frialdad de viejo distrado y soso a
los ardores y a los sueos de su juventud romntica y extremosa? Y por
qu alegu derechos de mi edad para no servir como soldado del
matrimonio y pretend despus batirme como contrabandista del adulterio?
Dejar de ser adulterio el del hombre tambin, digan lo que quieran las
leyes?.

Le daba ira encontrarse tan filsofo, pero no poda otra cosa.
Comprenda que aquellas meditaciones le alejaban de su venganza, que en
el fondo del alma l no quera ya vengarse, quera castigar como un juez
recto y salvar su honor, nada ms. Y esto mismo le irritaba. Despus
volva la lstima tierna de s mismo, la imagen de la vejez solitaria...
y los alcaravanes, all en el cielo gris, iban cantando sus ayes como
quien recita el _Kempis_ en una lengua desconocida.

S, la tristeza era universal; todo el mundo era podredumbre; el ser
humano lo ms podrido de todo.

Y siempre sacaba en consecuencia que l no saba lo que deba hacer, ni
siquiera lo que deba pensar, ni aun lo que deba sentir.

De todas suertes, las comedias de capa y espada mentan como bellacas;
el mundo no era lo que ellas decan: al prjimo no se le atraviesa el
cuerpo sin darle tiempo ms que para recitar una rendondilla. Los
hombres honrados y cristianos no matan tanto ni tan deprisa.

De noche, en el tren, cuando volvan solos a Vetusta en un coche de
segunda, por miedo al fro de los de tercera, Frgilis que miraba el
paisaje triste a la luz de la luna, que aquella vez haba podido ms que
el sol y haba roto las nubes, Frgilis sinti un suspiro como un
barreno detrs de s, y volvi la cabeza diciendo:

--Qu te pasa, hombre? Todo el da te he visto preocupado, tristn...
qu pasa?

La lamparilla del techo que alumbraba dos departamentos, apenas rompa
las tinieblas de aquel coche que pareca caja de muerto.

Frgilis no poda ver bien el rostro de don Vctor, pero le oy, de
repente, llorar como un chiquillo, y sinti la cabeza fuerte y blanca de
Quintanar apoyada en el hombro del amigo. S, se apoyaba el pobre viejo
con cario, confianza, y con la fuerza con que se deja caer un muerto.
Pareca aquello la abdicacin de su pensamiento, de toda iniciativa.

--Toms, necesito que me aconsejes. Soy muy desgraciado; escucha...




--XXX--


--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.

--T no entras?

--No, no.... Tengo prisa, tengo que hacer.

--Me dejas solo ahora!

--Volver si quieres... pero... mejor te acostabas pronto. Maana vendr
temprano.

--Te advierto que no te he dicho que s.

--Bueno, bueno... adis.

--Espera, espera... no me dejes solo... todava. No te he dicho que s;
tal vez... lo piense ms y... me decida por seguir el camino opuesto.

--Pero por de pronto, Vctor, prudencia, disimulo.... Es decir, si no
quieres exponerte a una desgracia. Ya lo sabes....

--S, s! Bentez cree que un gran susto, una impresin fuerte....

--Eso; puede matarla.

--Est enferma!

--S, ms de lo que t crees.

--Est enferma! Y un susto, un susto grande... puede matarla.

--Eso, as como suena.

--Y yo debo subir, y guardar para m todos estos rencores, toda esta
hiel tragrmela... y disimular, y hablar con ella para que no sospeche y
no se asuste... y no se me muera de repente....

--S, Vctor, s; todo eso debes hacer.

--Pero confiesa, Toms, que todo eso se dice mejor que se hace; y
comprende que ese aldabn me inspire miedo, explcate la razn que tengo
para tenerle el mismo asco que si fuera de hierro lquido....

Call a esto Frgilis.

Llegaban de la estacin; estaban en el portal del casern de los Ozores,
que apenas alumbraba a pedazos el farol dorado pendiente del techo.

Quintanar no tena valor para subir a su casa. No quera llamar. Iban a
abrirle, iba a salir ella, Ana, a su encuentro, se atrevera a sonrer
como siempre, tal vez a ponerle la frente cerca de los labios para que
la besara.... Y l tendra que sonrer, y besar y callar... y acostarse
tan sereno como todas las noches.... Toms deba comprender que aquello
era demasiado....

Y adems, las revelaciones de Frgilis respecto a la salud de Ana le
haban cado al pobre ex-regente como una maza sobre la cabeza. Aquella
alegra, aquella exaltacin que la haban llevado... al crimen, a la
infamia de una traicin... eran una enfermedad; Ana poda morir de
repente cualquier da; una impresin extraordinaria lo mismo de dolor
que de alegra, mejor si era dolorosa, poda matarla en pocas horas....
Esto haba contestado Frgilis a la historia de su amigo. A Mesa
fusilmosle, haba dicho, si eso te consuela; pero hay que esperar, hay
que evitar el escndalo, y sobre todo hay que evitar el susto, el
espanto que sobrecogera a tu mujer si t entraras en su alcoba como
los maridos de teatro.... Ana, culpable segn las leyes divinas y
humanas, no lo era tanto en concepto de Frgilis que mereciera la
muerte.

--Quin quiere matarla? Yo no quiero eso!--haba interrumpido don
Vctor al or esto.

Pero Frgilis haba replicado:

--S quieres tal, si le dices que lo sabes todo. Lo que hay que hacer
hay que pensarlo; yo no digo que la perdones, que esa sea la nica
solucin; pero confiesa que el perdonar es una solucin tambin.

--Perdonarla es transigir con la deshonra....

--Eso ya lo veramos. T eres cristiano?

--S, de todo corazn, ms cada da.... Como que ya no veo ms refugio
para mi alma que la religin....

--Bueno, pues si eres cristiano ya veremos si debes perdonar o no. Pero
no se trata de esto todava; se trata de no cortar el camino al perdn,
antes de ver si conviene, dando a tu mujer esa pualada mortal al entrar
en su cuarto y gritar: Muera la esposa infiel! para que ella
conteste: Jess mil veces! y caiga redonda. Yo no s si dira Jess
mil veces pero de que caera estoy seguro. Y ya ves, antes de matarla
hay que ver si tenemos derecho para ello.

--No, yo no le tengo; me lo dice la conciencia....

--Y dice perfectamente. Ni yo tengo derecho para aconsejarte nada
trgico. Cuando te cas con ella, porque yo te cas, Vctor, bien te
acordars, cre hacer la felicidad de ambos....

--Y no pareca que te habas equivocado. La ma la habas hecho. La de
ella... durante ms de diez aos pareci que tambin.

--S, pareci; pero la procesin andaba por dentro....

Diez aos fue buena: la vida es corta.... No fue tan poco.

--Mira, Frgilis, tu filosofa no es para consolar a un marido en mi
situacin.... Ya s yo todo lo que t puedes decirme, y mucho ms.... Eso
no es consolarme....

--Ni yo creo que tu situacin admita consuelos ms que el del tiempo y
la reflexin lenta y larga.... Pero ahora no se trata de ti, se trata de
ella. Te empeas en coser el cuerpo con un florete o con una espada a
Mesa? Sea; pero hay que ver cundo y cmo. Hay que tener calma. Despus
de lo que sabes de la enfermedad de Ana, secreto que Bentez me impuso y
que rompo por lo apurado del caso, despus de saber que puede sucumbir
ante una revelacin semejante....

--Pero no es peor hacer lo que hace, que saber que yo lo s? Quin te
asegura a ti que no me despreciar, que no procurar huir con el otro?

--Vctor, no seas majadero! El otro... es un zascandil. No hizo ms que
esperar que cayera el fruto de maduro.... Ella no est enamorada de
Mesa.... En cuanto vea que es un cobarde y que la abandona antes que
pelear por ella... le despreciar, le maldecir... y en cambio los
remordimientos la volvern a ti, a quien siempre quiso.

--Que quiso!--S, ms que a un padre. Qu mejor prueba quieres que
todo lo pasado? Por qu se hizo mstica?... Y la pobre... tambin tuvo
que sufrir ataques... creo yo, de otro lado... de... pero en fin, de
esto no hablemos. Por qu luch, como luch sin duda? Porque te
quera... porque te quiere... te quiere mucho....

--Y me vende!--Te vende! te vende!... En fin, no hablemos de eso...
ya has dicho que no quieres mis filosofas. Ello es, que si armas
arriba una escena de honor ultrajado, en seguida hay otra de entierro.

--Hombre dices las cosas de un modo!...

--La verdad. Un drama completo. Pero en ltimo caso, si tan irritado
ests, si tan ciego te ves, si no puedes atender a razones, ni a tu
conciencia que bien claro te habla; llama, sube, alborota, quema la
casa.... O no hagas tanto, que bastar con que la espantes con tu noticia
para que Ana caiga de espaldas y le estalle dentro una de esas cosas en
que t no crees, pero que son para la vida como los alambres para el
telgrafo. Si ests furioso, si no puedes contenerte, tambin t tendrs
disculpa hagas lo que hagas. (Pausa.) Pero si no, Quintanar, no tienes
perdn de Dios.

Esto ltimo lo dijo Crespo con voz solemne, grave, vibrante que hizo a
su amigo estremecerse.

Despus de este dilogo, parte del cual mantuvieron por el camino de la
estacin a casa, y parte dentro del portal, fue cuando Quintanar se
acerc a la puerta para coger el aldabn, y cuando Frgilis exclam:

--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.

Frgilis tena prisa, quera dejar a don Vctor cuanto antes para correr
en busca de don lvaro y advertirle de que Quintanar saba su traicin,
para que se abstuviera de asaltar el parque aquella noche y acudir a la
cita, si la tena como era de suponer. Pensaba Crespo que a Vctor no se
le haba ocurrido, como no se le ocurrieron otras tantas cosas, que
aquella noche se repetira la escena de la anterior, que deba de ser ya
antigua costumbre; poda don lvaro, que no haba visto a su vctima
cuando le acechaba en el parque, volver a las andadas, sorprenderle
Quintanar, y entonces era imposible evitar una tragedia. Adems,
Frgilis tena la conviccin de que don lvaro escapara de Vetusta en
cuanto l le dijera que Quintanar iba a desafiarle. No le faltaban
motivos para creer muy cobarde al don Juan Tenorio.

Pero aquel Vctor no le dejaba marchar!.

Por fin, despus de prometer de nuevo disimular, ocultar su dolor, su
ira, lo que fuera, pero slo por aquella noche, llam el digno regente
jubilado con el mismo aldabonazo enrgico y conciso con que haca
retumbar el patio, cuando la casa era honrada y el jefe de familia
respetado y tal vez querido.

--Adis, adis, hasta maana temprano!--dijo Frgilis librndose de la
mano trmula que le sujetaba un brazo.

--Egosta, pens don Vctor al quedarse solo--; es la nica persona
que me quiere en el mundo... y es egosta!.

Se abri la puerta. Vacil un momento.... Se le figur que del patio
sala una corriente de aire helado....

Entr, y al volverse hacia el portal, para cerrar la puerta que dejaba
atrs; vio que entraba en su casa un fantasma negro, largo; que paso a
paso, por el portal adelante, se acercaba a l y que se le quitaba el
sombrero que era de teja.

--Mi seor don Vctor!--dijo una voz melosa y temblona.

--Cmo! usted? es usted... seor Magistral!... Un temblor fro, como
precursor de un sncope, le corri por el cuerpo al ex-regente, mientras
aada, procurando una voz serena:

--A qu debo... a estas horas... la honra...? qu pasa?... Alguna
desgracia?...

Pero este hombre no sabe nada? se pregunt De Pas que pareca un
desenterrado.

Mir a don Vctor a la luz del farol de la escalera y le vio desencajado
el rostro; y don Vctor a l le vio tan plido y con ojos tales que le
tuvo un miedo vago, supersticioso, el miedo del mal incierto. Hasta
llegar all, el Magistral no haba hablado, no haba hecho ms que
estrechar la mano de don Vctor e invitarle con un ademn gracioso y
enrgico al par, a subir aquella escalera.

--Pero qu pasa?--repiti don Vctor en voz baja en el primer
descanso.

--Viene usted de caza?--contest el otro con voz dbil.

--S, seor, con Crespo; pero qu sucede? Hace tanto tiempo... y a
estas horas....

--Al despacho, al despacho.... No hay que alarmarse... al despacho....

Anselmo alumbraba por los pasillos del casern a su amo a quien segua
el Magistral.

--No pregunta por Ana--pens De Pas.

--La seora no ha odo llamar, est en su tocador... quiere el seor
que la avise?--pregunt Anselmo.

--Eh? no, no, deja... digo... si el seor Magistral quiere hablarme a
solas...--y se volvi el amo de la casa al decir esto.

--Bien, s; al despacho... entremos en su despacho....

Entraron. El temblor de Quintanar era ya visible. Qu iba a decirle
aquel hombre? A qu vena?....

Anselmo encendi dos luces de esperma y sali.

--Oye, si la seora pregunta por m, que all voy... que estoy
ocupado... que me espere en su cuarto.... No es eso? No quiere usted
que estemos solos?

El Magistral aprob con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la
puerta por donde sala Anselmo.

Ya estaba all, ya haba que hablar... qu iba a decir? Terrible
trance; tena que decir algo y ni una idea remota le acuda para darle
luz; no saba absolutamente nada de lo que poda convenirle decir. Cmo
hablar sin preguntar antes? Qu saba don Vctor? esta era la
cuestin... segn lo que supiera, as l deba hablar... pero no, no era
esto... haba que comenzar por explicarse. Buen apuro. Estaba el
Magistral como si don Vctor le hubiera sorprendido all, en su
despacho, robndole los candeleros de plata en que ardan las velas.

Quintanar daba diente con diente y preguntaba con los ojos muy abiertos
y pasmados.

--Usted dir? decan aquellas pupilas brillantes y en aquel momento
sin ms expresin que un tono interrogante.

Haba que hablar.

--Tendra usted... por ah... un poquito de agua?...--dijo don Fermn,
que se ahogaba, y que no poda separar la lengua del cielo de la boca.

Don Vctor busc agua y la encontr en un vaso, sobre la mesilla de
noche. El agua estaba llena de polvo, saba mal. Don Fermn no hubiera
extraado que supiera a vinagre. Estaba en el calvario. Haba entrado en
aquella casa porque no haba podido menos: saba que necesitaba estar
all, hacer algo, ver, procurar su venganza, pero ignoraba cmo.
Estaba, cerca de las diez de la noche, en el despacho del marido de la
mujer que le engaaba a l, a De Pas, y al marido; qu haca all?,
qu iba a decir? Por la memoria excitada del Magistral pasaron todas
las estaciones de aquel da de Pasin. Mientras beba el vaso de agua, y
se limpiaba los labios plidos y estrechos, senta pasar las emociones
de aquel da por su cerebro, como un amargor de purga. Por la maana
haba despertado con fiebre, haba llamado a su madre asustado y como no
poda explicarle la causa de su mal haba preferido fingirse sano, y
levantarse y salir. Las calles, las gentes brillaban a sus ojos como un
resplandor amarillento de cirios lejanos; los pasos y las voces sonaban
apagados, los cuerpos slidos parecan todos huecos; todo pareca tener
la fragilidad del sueo. Antojbasele una crueldad de fiera, un egosmo
de piedra, la indiferencia universal; por qu hablaban todos los
vetustenses de mil y mil asuntos que a l no le importaban, y por qu
nadie adivinaba su dolor, ni le compadeca, ni le ayudaba a maldecir a
los traidores y a castigarlos? Haba salido de las calles y haba
paseado en el paseo de Verano, ahora triste con su arena hmeda bordada
por las huellas del agua corriente, con sus rboles desnudos y helados.
Haba paseado pisando con ira, con pasos largos, como si quisiera rasgar
la sotana con las rodillas; aquella sotana que se le enredaba entre las
piernas, que era un sarcasmo de la suerte, un trapo de carnaval colgado
al cuello.

l, l era el marido, pensaba, y no aquel idiota, que an no haba
matado a nadie (y ya era medio da) y que deba de saberlo todo desde
las siete. Las leyes del mundo qu farsa! Don Vctor tena el derecho
de vengarse y no tena el deseo; l tena el deseo, la necesidad de
matar y comer lo muerto, y no tena el derecho.... Era un clrigo, un
cannigo, un prebendado. Otras tantas carcajadas de la suerte que se le
rea desde todas partes. En aquellos momentos don Fermn tena en la
cabeza toda una mitologa de divinidades burlonas que se conjuraban
contra aquel miserable Magistral de Vetusta.

La sotana, azotada por las piernas vigorosas, deca: _ras, ras, ras_;
como una cadena estridente que no ha de romperse.

Sin saber cmo, De Pas haba pasado delante de la fonda de Mesa. Saba
l que don lvaro estaba en casa, en la cama. Si, como tema, don Vctor
no le haba cerrado la salida del parque de los Ozores, si nada haba
ocurrido, en el lecho estaba don lvaro tranquilo, descansando del
placer. Poda subir, entrar en su cuarto, y ahogarle all... en la cama,
entre las almohadas.... Y era lo que deba hacer; si no lo haca era un
cobarde; tema a su madre, al mundo, a la justicia.... Tema el
escndalo, la novedad de ser un criminal descubierto; le sujetaba la
inercia de la vida ordinaria, sin grandes aventuras... era un cobarde:
un hombre de corazn suba, mataba. Y si el mundo, si los necios
vetustenses, y su madre y el obispo y el papa, preguntaban por qu? l
responda a gritos, desde el plpito si haca falta: Idiotas que, por
qu mato? Por que me han robado a mi mujer, porque me ha engaado mi
mujer, porque yo haba respetado el cuerpo de esa infame para conservar
su alma, y ella, prostituta como todas las mujeres, me roba el alma
porque no le he tomado tambin el cuerpo.... Los mato a los dos porque
olvid lo que o al mdico de ella, olvid que _ubi irritatio ibi
fluxus_, olvid ser con ella tan grosero como con otras, olvid que su
carne divina era carne humana; tuve miedo a su pudor y su pudor me la
pega; la cre cuerpo santo y la podredumbre de su cuerpo me est
envenenando el alma.... Mato porque me enga; porque sus ojos se
clavaban en los mos y me llamaban hermano mayor del alma al comps de
sus labios que tambin lo decan sonriendo, mato porque debo, mato
porque puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre... porque soy
fiera....

Pero no mat. Se acerc a la portera y pregunt... por el seor obispo
de Nauplia, que estaba de paso en Vetusta.

--Ha salido--le dijeron. Y don Fermn sin ver lo que haca, dobl una
tarjeta y la dej al portero.

Y volvi a su casa. Se encerr en el despacho. Dijo que no estaba para
nadie y se pase por la estrecha habitacin como por una jaula.

Se sent, escribi dos pliegos. Era una carta a la Regenta. Ley lo
escrito y lo rasg todo en cien pedazos. Volvi a pasear y volvi a
escribir, y a rasgar y a cada momento clavaba las uas en la cabeza.

En aquellas cartas que rasgaba, lloraba, gema, imprecaba, deprecaba,
ruga, arrullaba; unas veces parecan aquellos regueros tortuosos y
estrechos de tinta fina, la cloaca de las inmundicias que tena el
Magistral en el alma: la soberbia, la ira, la lascivia engaada y
sofocada y provocada, salan a borbotones, como podredumbre lquida y
espesa. La pasin hablaba entonces con el murmullo ronco y gutural de la
basura corriente y encauzada. Otras veces se quejaba el idealismo
fantstico del clrigo como una trtola; recordaba sin rencor, como en
una elega, los das de la amistad suave, tierna, ntima, de las
sonrisas que prometan eterna fidelidad de los espritus; de las citas
para el cielo, de las promesas fervientes, de las dulces confianzas;
recordaba aquellas maanas de un verano, entre flores y roco, msticas
esperanzas y sabrosa pltica, felicidad presente comparable a la futura.
Pero entre los quejidos de trtola el viento volva a bramar sacudiendo
la enramada, volva a rugir el huracn, estallaba el trueno y un
sarcasmo cruel y grosero rasgaba el papel como el cielo negro un rayo.
Y por quin dejaba Ana la salvacin del alma, la compaa de los
santos y la amistad de un corazn fiel y confiado...! por un don Juan
de similor, por un elegantn de aldea, por un parisin de temporada, por
un busto hermoso, por un Narciso estpido, por un egosta de yeso, por
un alma que ni en el infierno la querran de puro insustancial, sosa y
hueca!.... Pero ya comprenda l la causa de aquel amor; era la impura
lascivia, se haba enamorado de la carne fofa, y de menos todava, de la
ropa del sastre, de los primores de la planchadora, de la habilidad del
zapatero, de la estampa del caballo, de las necedades de la fama, de los
escndalos del libertino, del capricho, de la ociosidad, del polvo, del
aire.... Hipcrita... hipcrita... lasciva, condenada sin remedio, por
vil, por indigna, por embustera, por falsa, por... y al llegar aqu era
cuando furioso contra s mismo, rasgaba aquellos papeles el Magistral,
airado porque no saba escribir de modo que insultara, que matara, que
despedazara, sin insultar, sin matar, sin despedazar con las palabras.
Aquello no poda mandarse bajo un sobre a una mujer, por ms que la
mujer lo mereciera todo. No, era ms noble sacar de una vaina un pual y
herir, que herir con aquellas letras de veneno escondidas bajo un sobre
perfumado.

Pero escriba otra vez, procuraba reportarse, y al cabo la indignacin,
la franqueza necesaria a su pasin estallaban por otro lado; y entonces
era l mismo quien apareca hipcrita, lascivo, engaando al mundo
entero. S, s, deca, yo me lo negaba a m mismo, pero te quera para
m; quera, all en el fondo de mis entraas, sin saberlo, como respiro
sin pensar en ello, quera poseerte, llegar a ensearte que el amor,
nuestro amor, deba ser lo primero; que lo dems era mentira, cosa de
nios, conversacin intil; que era lo nico real, lo nico serio el
quererme, sobre todo yo a ti, y huir si haca falta; y arrojar yo la
mscara, y la ropa negra, y ser quien soy, lejos de aqu donde no lo
puedo ser: s, Anita, s, yo era un hombre no lo sabas? por eso me
engaaste? Pues mira, a tu amante puedo deshacerle de un golpe; me tiene
miedo, sbelo, hasta cuando le miro; si me viera en despoblado, solos
frente a frente, escapara de m... Yo soy tu esposo; me lo has
prometido de cien maneras; tu don Vctor no es nadie; mrale como no se
queja: yo soy tu dueo, t me lo juraste a tu modo; mandaba en tu alma
que es lo principal; toda eres ma, sobre todo porque te quiero como tu
miserable vetustense y el aragons no te pueden querer, qu saben
ellos, Anita, de estas cosas que sabemos t y yo...? S, t las sabas
tambin... y las olvidastes... por un cacho de carne fofa, relamida por
todas las mujeres malas del pueblo.... Besas la carne de la orga, los
labios que pasaron por todas las pstulas del adulterio, por todas las
heridas del estupro, por....

Y don Fermn rasg tambin esta carta, y en mil pedazos ms que todas
las otras. No acertaba a arrojar en el cesto los pedacitos blancos y
negros, y el piso pareca nevado; y sobre aquellas ruinas de su
indignacin artstica se paseaba furioso, deseando algo ms suculento
para la ira y la venganza que la tinta y el papel mudo y fro.

Sali otra vez de casa; pase por los soportales que haba en la Plaza
Nueva, enfrente de la casa de los Ozores.

Qu habra pasado? Habra descubierto algo don Vctor? No; si hubiera
habido algo, ya se sabra. Don Vctor habra disparado su escopeta sobre
don lvaro, o se estara concertando un desafo y ya se sabra; no se
saba nada, nada; luego nada haba sucedido.

Dos, tres veces, ya al obscurecer, entr el Magistral en el zagun
obscuro del casern de la Rinconada. Quera saber algo, espiar los
ruidos... pero a llamar no se atreva... A qu iba l all? Quin le
llamaba a l en aquella casa donde en otro tiempo tanto vala su
consejo, tanto se le respetaba y hasta quera? Nadie le llamaba. No
deba entrar. No entr. Adems, iba pensando mientras se alejaba, si
yo me veo frente a ella, qu s yo lo que har? Si ese marido indigno,
de sangre de horchata, la perdona, yo... yo no la perdono y si la
tuviera entre mis manos, al alcance de ellas siquiera.... Sabe Dios lo
que hara. No, no debo entrar en esa casa; me perdera, los perdera a
todos.

Y volvi a la suya. Doa Paula entr en el despacho. Hablaron de los
negocios del comercio, de los asuntos de Palacio, de muchas cosas ms;
pero nada se dijo de lo que preocupaba al hijo y a la madre.

--No se poda hablar de aquello pensaba l.

--No se poda hablar de aquello, ni a solas pensaba ella.

La madre lo saba todo. Haba comprado el secreto a Petra.

Adems, ya ella, por su servicio de polica secreta, y por lo que
observaba directamente, haba llegado a comprender que su hijo haba
perdido su poder sobre la Regenta. Si antes la maldeca porque la crea
querida de su Fermo, ahora la aborreca porque el desprecio, la burla,
el engao, la heran a ella tambin. Despreciar a su hijo, abandonarle
por un barbilindo mustio como don lvaro! El orgullo de la madre daba
brincos de clera dentro de doa Paula. Su hijo era lo mejor del mundo.
Era pecado enamorarse de l, porque era clrigo; pero mayor pecado era
engaarle, clavarle aquellas espinas en el alma.... Y pensar que no
haba modo de vengarse! No, no lo haba. Y lo que ms tema doa Paula
era que el Magistral no pudiera sufrir sus celos, su ira, y cometiese
algn delito escandaloso.

La desesperaba la imposibilidad de consolarle, de aconsejarle.

A doa Paula se le ocurra un medio de castigar a los infames, sobre
todo al barbilindo agostado; este medio era divulgar el crimen, propalar
el ominoso adulterio, y excitar al don Quijote de don Vctor para que
saliera lanza en ristre a matar a don lvaro.

Y nada de esto se le poda decir a Fermo.

Doa Paula entraba, sala, hablaba de todo, observaba todos los gestos
de su hijo, aquella palidez, aquella voz ronca, aquel temblor de manos,
aquel ir y venir por el despacho.

Qu no hubiera dado ella por insinuarle el modo de vengarse! S, bien
mereca aquel hijo de las entraas que se le arrancasen aquellas espinas
del alma. Haba sido tan buen hijo! Haba sido tan hbil para
conservar y engrandecer el prestigio que le disputaban!. Desde que doa
Paula vio que no estallaba un escndalo, que don Fermn mostraba
discrecin y cautela incomparables en sus extraas relaciones con la
Regenta, se lo perdon todo y dej de molestarle con sus amonestaciones.
Y despus del triunfo de su hijo sobre la impiedad representada en don
Pompeyo Guimarn, despus de aquella conversin gloriosa, su madre le
admiraba con nuevo fervor y procuraba ayudarle en la satisfaccin de sus
deseos ntimos, guardando siempre los miramientos que exiga lo que ella
reputaba decencia.

No, no se poda hablar de aquello que tanto importaba a los dos; y al
fin doa Paula dej solo a don Fermn; subi a su cuarto. Y desde all,
en vela, se propuso espiar los pasos de su hijo, que continuaba
movindose abajo: le oa ella vagamente.

S, don Fermn, que cerr la puerta del despacho con llave en cuanto se
qued solo, se mova mucho: tena fiebre. Se le ocurran proyectos
disparatados, crmenes de tragedia, pero los desechaba en seguida.
Estaba atado por todas partes. Cualquier atrocidad de las que se le
ocurran, que poda ser sublime en otro, en l se le antojaba, ante
todo, grotesca, ridcula.

Pero aquella sotana le quemaba el cuerpo. La idea de manaco de que
estaba vestido de mscara lleg a ser una obsesin intolerable. Sin
saber lo que haca, y sin poder contenerse, corri a un armario, sac de
l su traje de cazador, que sola usar algunos aos all en Matalerejo,
para perseguir alimaas por los vericuetos; y se transform el clrigo
en dos minutos en un montas esbelto, fornido, que luca apuesto talle
con aquella ropa parda ceida al cuerpo fuerte y de elegancia natural y
varonil, lleno de juventud todava. Se mir al espejo. Aquello ya era
un hombre. La Regenta nunca le haba visto as.

En el armario haba un cuchillo de montaa.

Lo busc, lo encontr y lo colg del cinto de cuero negro. La hoja
reluca, el filo sealado por rayos luminosos, pareca tener una
expresin de armona con la pasin del clrigo. El Magistral le
encontraba _una msica_ al filo insinuante.

Poda salir de casa, ya era de noche, noche cerrada, ya habra poca
gente por las calles, nadie le reconocera con aquel traje de cazador
montas; poda ir a esperar a don lvaro a la calleja de Traslacerca, a
la esquina por donde deca Petra que le haba visto trepar una noche.
Don lvaro, si don Vctor no haba descubierto nada o si no saba que
don Vctor le haba descubierto, volvera otra vez, como todas las
noches acaso... y l, don Fermn, poda esperarle al pie de la tapia, en
la calleja, en la obscuridad... y all, cuerpo a cuerpo, obligndole a
luchar, vencerle, derribarle, matarle.... Para eso servira aquel
cuchillo!.

Doa Paula se movi arriba. Crujieron las tablas del techo.

Como si las ideas de la madre se hubiesen filtrado por la madera y cado
en el cerebro del hijo, don Fermn pens de repente:

Pero, no, todos estos son disparates; yo no puedo asesinar con un pual
a ese infame.... No tengo el valor de ese gnero. Estas son necedades de
novela. Para qu pensar en lo que no he de hacer nunca? No hay ms
remedio que utilizar el valor y las ideas romnticas y caballerescas de
don Vctor; guardar el cuchillo, mi espada tiene que ser la lengua....

Y don Fermn se despoj del chaquetn pardo, dej el sombrero de anchas
alas, desci el cinto negro, guard todas estas prendas, ms el
cuchillo, en el armario y se visti la sotana y el manteo, como una
armadura. S, aquella era su loriga, aqullos sus arreos.

Ahora mismo; voy a verle ahora mismo. Si el muy idiota fue a cazar a
Palomares, a estas horas debe de estar de vuelta o llegando; es la hora
del tren. Voy a su casa....

Y sali. Si mi madre me sale al paso le dir que me espera un enfermo,
que quiere confesar conmigo sin falta....

En efecto, al sentir a su hijo en el pasillo baj doa Paula corriendo.

--A dnde vas? l dijo su mentira. Y ella fingi creerla y le dej
marchar, porque adivin en el rostro, en la voz, en todo, que su hijo no
iba ciego, no iba a dar escndalo.

Acaso se le haba ocurrido lo mismo que a ella.

Y don Fermn de Pas lleg al casern de los Ozores, vio a don Toms
Crespo desaparecer por la plaza, entr en el portal y se decidi a
saludar a don Vctor, que abra la puerta, y subi con l; y estaba
dispuesto a hablarle, a preguntarle, a aconsejarle... a insinuarle la
venganza necesaria... y no saba cmo empezar.

Cuando acab de beber el vaso de agua que saba a polvo, el Magistral
an no saba lo que iba a decir.

Pero los ojos de Quintanar seguan preguntando pasmados, y don Fermn
habl...

--Amigo mo, lucho entre el deseo de satisfacer la impaciencia de usted
y el temor de no acertar con la embocadura del asunto que es espinoso, y
por desgracia, por mucho que se suavice la expresin, de poco agradable
acceso....

--Al grano, seor Magistral.--La hora de mi visita, el hacer yo pocas a
esta casa hace algn tiempo; todo esto contribuir...

--S, seor, contribuye...; pero adelante. Qu pasa, don Fermn? Por
los clavos de Cristo!

--De Cristo tengo yo que hablarle a usted tambin, y de sus clavos, y de
sus espinas y de la cruz....

--Por compasin...--Don Vctor, yo necesito antes de hablar que usted
me declare el estado de su nimo....

--Qu quiere usted decir?

--Est usted plido, visiblemente preocupado, bajo el peso de un gran
disgusto, sin duda; lo he notado al entrar, a la luz del farol de la
escalera....

--Y usted tambin... est.

La voz de Quintanar temblaba.--Pues eso quiero saber; si usted conoce
la causa de mi visita, en parte a lo menos, podr ahorrarme el disgusto
de abordar los preliminares enojossimos de una cuestin....

--Pero, de qu se trata? por las once mil!...

--Seor Quintanar, usted es buen cristiano, yo sacerdote; si usted tiene
algo que... decir... algn consejo que buscar.... Yo tambin vengo a
hablarle a usted de lo que s como sacerdote, pero la conciencia de
quien me lo comunic exige precisamente que yo d este paso....

Don Vctor se puso en pie de un salto.

En aquel momento estaba muy satisfecho de s mismo el Magistral, porque
acababa de ver claro. Ya saba qu camino era el suyo.

--Una persona... que le manda a usted venir a estas horas a mi casa?...

--Don Vctor, confiseme usted si usted sabe algo de un asunto que le
interesa muchsimo, y si el saberlo es la causa de esa alteracin de su
semblante.... Necesito empezar por aqu.

--S, seor; hoy s algo que no saba ayer... que me importa muchsimo
ya lo creo! ms que la vida.... Pero, si usted no habla ms claro, yo no
s si debo... si puedo....

--Ahora, s; ahora ya puedo hablar ms claro.

--Una persona... deca usted....

--Una persona que ha protegido un... crimen que perjudica a usted... ha
acudido arrepentida al tribunal de la penitencia a confesar su
complicidad bochornosa... y a decirme que la conciencia la haba
acusado, y que por medida perentoria de reparacin... haba puesto en
poder de usted el descubrimiento de esa... infamia.... Pero temiendo
nuevas desgracias, por su manera torpe de proceder... se apresuraba a
declararme lo que haba, para ver si podan evitarse ms crmenes... que
al cabo, crimen sera una violencia... una venganza sangrienta....

Don Fermn se interrumpi para callar, respetando as el dolor de don
Vctor, que se haba dejado caer sobre un sof, y apretaba la cabeza
entre las manos.

--Petra... ha sido Petra?--dijo don Vctor preguntando con el tono
especial del que ya sabe lo mismo que pregunta.

--La infeliz no comprendi al principio que su conducta poda causar
nuevos estragos. Y a eso vengo yo, don Vctor, a impedirlos si es
tiempo.... En nombre del Crucificado, don Vctor, qu ha sucedido aqu?

--Nada, pero an estamos a tiempo!--contest el marido burlado, puesto
en pie, con los puos apretados, avergonzado, como si se viera en camisa
en medio de la plaza; furioso ante la idea de que no haba habido all
_nada_, ningn crimen cuyo autor deba ser l, segn exigan las leyes
del honor... y del teatro.--Nada, nada... pero habr, habr sangre....
Y usted lo sabe? Esa mujer ha divulgado mi deshonra?... Eso ha sido
tambin una venganza, no es arrepentimiento; es venganza... pero esto
importa poco. Lo que importa es que el mundo sabe!... Desgraciado
Quintanar! Msero de m!...

Y volvi a caer sobre el sof el pobre viejo, que volva a sentir el
mismo sueo soporfero que le haba encogido el nimo por la maana.

El mundo sabe--haba dicho don Vctor--y estas palabras sugirieron a
don Fermn otra mentira provechosa.

Pero antes dijo:--Don Vctor, no extrao que en su dolor usted no tenga
tiempo ni fuerza para reflexionar... pero yo no he dicho que el mundo
supiera... yo no soy el mundo; soy un confesor.

--Pero cree usted que Petra no habr dicho?...

--Petra no; pero... por desgracia...--Adems, lo que importa aqu es mi
honra, no que el mundo sepa o ignore.... De todas maneras, pronto sabr
de mi venganza y se podr enterar de todo.

Y se puso a dar vueltas por el despacho.

De Pas se levant tambin.

--Por desgracia--continu--la maledicencia se ha apoderado hace tiempo
de ciertos rumores, de algo aparente....

Don Vctor rugi al gritar:

--Dios mo! qu es esto? esto ms? El mundo dice?... Vetusta entera
habla?...

Y se clavaba las uas en la cabeza, mesndose las canas.

Don Fermn, mientras el otro se entregaba a los arranques mmicos de su
dolor, de su vergenza, habl largo y tendido del asunto. S, por
desgracia, haca meses ya, desde el verano, desde antes acaso, se
murmuraba de la confianza y de la frecuencia con que don lvaro entraba
en el palacio de los Ozores. Esto era lo peor, despus de la desgracia
en s misma. Era lo peor porque el Magistral, que conoca las exaltadas
ideas de don Vctor respecto al honor, tema que obedeciendo a impulsos
disculpables, pero no justos, y sordo a la voz de la religin, se
arrojase a tomar venganza terrible, sobre todo de don lvaro, cuyo
crimen no poda ser ms repugnante y digno de castigo. Pero, amigo,
aunque l, el Magistral, como hombre y hombre de experiencia, se
explicaba la vehemente clera que deba de dominar a don Vctor, y
comprenda, y disculpaba hasta cierto punto, sus deseos de pronta y
terrible venganza; si tal haca como hombre, en cuanto sacerdote de una
religin de paz y de perdn, tena que aconsejar y procurar, en cuanto
pudiese, la suavidad, los procedimientos que la moral recomienda para
tales casos. Don Vctor, con el rostro entre las manos haca signos de
protesta; negaba como si quisiese arrancarse la cabeza del tronco.

Pero qu le dira, o le podra decir Quintanar al Magistral, que l no
comprendiera.... S, s, mirando las cosas como las mira el mundo,
aquello peda sangre, es ms, no ya slo por satisfacer el deseo de
vengarse, hasta para poder vivir entre las gentes con lo que llama el
mundo decoro, era necesario, segn las leyes sociales, segn lo que las
costumbres y las ideas corrientes exigan, que don Vctor buscase a
Mesa, le desafiase, le matase si posible le era, o si le coga _in
fraganti_ en el delito, o cerca de l, que le sacrificase sin
miramientos, con justicia pronta. As lo haban hecho varones
esclarecidos que eran asombro del mundo y se vean cantados y alabados
en poemas y tragedias. Todo esto lo saba el Magistral perfectamente.
Y en efecto, con tal calor y elocuencia expona las _razones_ que,
desde el punto de vista mundano, aconsejaban el derramamiento de sangre
que despus, cuando recordaba que tena que defender el partido
contrario, el de caridad, perdn y amor al prjimo, olvido de los
agravios y conformidad con la cruz; cansado ya por los esfuerzos
anteriores era otro el Magistral, se volva premioso, deca con frialdad
vulgaridades de sermn de aldea. Su propsito no lo penetraba don
Vctor, pero senta los efectos de la perfidia del cannigo. S,
pensaba el ex-regente, mientras el Magistral volva a enumerar los
sacrificios de amor propio, pundonor y otras muchas cosas que exiga la
religin a un buen cristiano a quien su mujer engaaba: s, he estado
ciego, me he portado indignamente, he debido matar a Mesa de una
perdigonada, sobre la tapia, o si no correr en seguida a su casa y
obligarle a batirse a muerte acto continuo; el mundo lo sabe todo,
Vetusta entera me tiene por... un... por un... y saltaba don Vctor
cerca del techo al orse a s mismo en el cerebro la vergonzosa palabra.

Y entonces las frases fras, desmadejadas, con que el Magistral
recomendaba el perdn, el olvido, le sonaban a hueco, a retrica vana:
Aquel santo varn no saba lo que era un ultraje de aquella especie; ni
lo que exiga la sociedad.

Para que el clrigo le dejase en paz y no le cansase ms con sus
sermones sosos y desprovistos de vida, de uncin, don Vctor fingi
ceder; y dijo que no hara ningn disparate, que meditara, que
procurara armonizar las exigencias de su honor y aquello que la
religin le peda....

Entonces se alarm don Fermn; crey que haba perdido terreno, y
volvi a la carga. Con vivos colores pint el desprecio que el mundo
arroja sobre el marido que perdona y que la malicia cree que
consiente....

Don Vctor, oyendo al Magistral, se figuraba el hombre ms despreciable
del mundo si no haca una que fuese sonada.... Oh, s, cuanto antes...
en cuanto fuera de da dara sus pasos, mandara dos padrinos a don
lvaro; haba que matarle.

Don Fermn volvi a tranquilizarse, viendo la exaltacin de la ira
pintada en el magistrado. S, haba hombre; la mquina estaba
dispuesta; el can con que l, don Fermn, iba a disparar su odio de
muerte, ya estaba cargado hasta la boca.

Don Vctor no hablaba. Grua arrimado a la pared, en un rincn...

Ya no haba qu hacer all. El Magistral se despidi. Pero al salir,
al llegar a la puerta, se volvi de repente y con ademn solemne, como
sacerdote de pera, exclam:

--Exijo a usted, como padre espiritual que he sido y creo que soy
todava, de usted, le exijo en nombre de Dios... que... si esta...
noche... sorprendiera usted... algn nuevo... atentado... si ese infame,
que ignora que usted lo sabe todo, volviera esta noche.... Yo s que es
mucho pedir... pero un asesinato no tiene jams disculpa a los ojos de
Dios, aunque la tenga a los del mundo.... Evite usted que ese hombre
pueda llegar aqu... pero... nada de sangre, don Vctor, nada de sangre
en nombre de la que verti por todos el Crucificado!...

Es verdad, pens don Vctor cuando se qued solo, es verdad! Y yo,
estpido, tonto, no haba dado en ello? Ese hombre debe volver esta
noche.... Y yo, por no matarla a ella con el susto, iba a dejar que
otra vez... otra vez!... Y no pensaba en ello!....

Se abri la puerta y entr la Regenta.

Vena plida, vesta un peinador blanco, y no haca ruido al andar. Sus
ojos parecan ms grandes que nunca, y miraban con una fijeza que daba
escalofros. A lo menos los sinti don Vctor, que dio un paso atrs, y
tuvo terror, como en presencia de un fantasma. Antes que en la traicin
de aquella mujer pens en el gran peligro que corra la vida de Ana, si
una emocin fuerte la espantaba. No le pareci su mujer a don Vctor, le
pareci la Traviata en la escena en que muere cantando. Sinti el pobre
viejo una compasin supersticiosa; aquel ser vaporoso que se le apareca
de repente en silencio, pisando como un fantasma, lo quera l en aquel
instante con amor de padre que teme por la vida de su hija, y lo tema
al mismo tiempo como a cosa del otro mundo.... Qu fcil era asesinar
con una palabra a la pobrecita enferma, que acaso no era responsable de
su delito! Oh, no, lo que es a ella no la matara, ni con pual, ni con
bala, ni con palabras fulminantes....

--Quin estaba ah?--pregunt Ana tranquila.

--El Magistral--respondi don Vctor, que supona a su mujer enterada de
lo mismo que preguntaba.

Ana se turb.--A qu vena... a estas horas?--pregunt disimulando sus
temores.

--A qu? Cosas de poltica.... Eso del obispo y el gobernador... lo de
las votaciones que corre prisa... en fin... cosas de poltica.

La Regenta no insisti. Se retir sin acercarse a su marido, que no la
busc tampoco para darle el beso en la frente con que solan despedirse
todas las noches.

Respir Quintanar cuando se vio solo. Aquello haba salido bien. No se
haba descubierto. Anita no haba podido sospechar.... Tena la
conciencia tranquila, seal de que haba hecho bien por lo pronto.

Pidi el t que era su cena los das de caza y de comida de fiambre; dio
orden a los criados de acostarse, y a las once y media, de puntillas y
sin tropezar en nada, a pesar de ir a obscuras, baj al parque en
zapatillas, armado de escopeta. La haba cargado con postas.

Oh, s! el Magistral le haba sugerido, sin querer, una buena idea.
Qu no hubiera sangre, eh? Oh, lo que es como volviese aquella noche...
mora don lvaro! Y que ardiera el mundo. Que se asustara Ana, que
cayera redonda, que le prendieran a l.... Cualquier cosa... pero como
volviera, mora. As como poco antes haba sentido la conciencia
tranquila al contener su clera delante de Ana, ahora se senta
satisfecho ante su resolucin de matar al ladrn de su honra si volva.

La noche era obscura, el fro intenso. Don Vctor no tuvo ms remedio
que volver a su cuarto por la capa. Se expona a hacer ruido, o que el
otro tuviera tiempo de venir y escalar el balcn entre tanto... pero a
cuerpo no se poda estar all. Se quedara helado. Fue, con la prisa que
pudo, a buscar la capa, y bien embozado volvi a su puesto de centinela
en el cenador, desde el cual vea el perfil de la tapia, destacndose
borrosa en el cielo negro; y vera tambin el balcn del tocador si se
abra para dar paso a don lvaro.

Oy las doce, la una, las dos... no oy las tres, porque debi de
dormitar un poco, aunque l se lo negaba a s mismo.... Y a las cuatro no
pudo resistir ya el fro y el sueo; y delirante, sin conciencia de s
mismo ni del mundo ambiente, tropezando en todo, subi a su cuarto,
busc la cama a tientas, se desnud por mquina, se envolvi entre las
sbanas y se qued dormido en un sopor de fiebre lleno de fantasmas
ardientes, de monstruos dolorosos.

Aquella tarde no asistieron al Casino a la hora del caf, como solan,
ni Mesa, ni Ronzal, ni el capitn Bedoya ni el coronel Fulgosio.

Lo cual notado que fue por Foja, el ex-alcalde, le hizo exclamar en son
de misterio:

--Seores, cuando yo digo que hay gato....

--Qu gato?--pregunt don Frutos Redondo el americano.

Estaban, como siempre a tal hora, en la sala contigua al gabinete rojo,
el del tresillo.

Todos los presentes rodearon a Foja que aadi:

--Noten ustedes que hoy no han venido ni Ronzal, ni el capitn ni el
coronel. Ciertos son los toros. Cuando el ro suena....

--Pero qu suena?--pregunt Orgaz padre, que algo saba.

Joaquinito, que se daba aires de saber muchas cosas, dijo:

--Nada, seores, yo digo a ustedes que no hay nada....

--Pues con permiso de usted yo s que hay grandes novedades. Lo s de
buena tinta.... Quintanar debe de haber mandado a estas horas sus
padrinos a don lvaro.

--Padrinos! por qu?--pregunt Redondo.

--Bah! Est usted buen cazurro. Demasiado sabe usted por qu. La verdad
es que aquello era un escndalo.

Joaqun Orgaz defendi a don lvaro.

Pero Foja no atacaba a Mesa, atacaba a don Vctor que haba consentido
tanto tiempo aquella desvergenza.

--Pero qu sabe usted si consenta? No saba nada. Y si ahora desafa
al otro, ser que descubri algo....

--O que se ha cansado de aguantar...--O no habr tal desafo.

Toda la tarde se habl all de lo mismo. Al obscurecer lleg Ronzal.
Nadie se atrevi a interrogarle al principio. Foja se cans de ser
prudente y pregunt a Trabuco dndole un golpecito en el hombro:

--Es usted padrino?--Padrino de qu?--dijo Ronzal con ceo adusto,
aire misterioso, y como hombre prudentsimo que opone un muro de hielo a
una indiscrecin.

--Padrino del duelo a muerte entre Mesa y Quintanar....

--Pero a usted quin le ha dicho?... Palabra de... quiero decir... yo
no s... yo niego.... Es usted un mentecato y un hablador insustancial
Cree usted que asuntos tan serios se vienen a tratar al caf?

--Ven ustedes? Lo que yo deca--grit Foja triunfante sin hacer caso de
los insultos.

Ronzal neg, se obstin en callar; pero se conoca que le costaba
grandes esfuerzos.

Mir el reloj muchas veces y pregunt a Joaquinito Orgaz, aparte, pero
de modo que lo oyeran los dems:

--Sabe usted si don Pedro el picador tiene todava sables de...?

Y lo dems lo dijo en voz baja.

Orgaz no saba nada; Ronzal hizo un gesto de disgusto y sali del
Casino, diciendo:

--Adis, seores.--Ven ustedes? Lo que yo deca. Duelo tenemos.
Aquellos seores se declararon en sesin permanente. Los mozos
encendieron el gas, y continu el tertuln de la tarde empalmndose con
el de la noche. Algunos fueron a cenar y volvieron. A las ocho en todo
el Casino no se hablaba ms que del duelo. Los del billar dejaron los
tacos para venir a la sala de las mentiras a cazar noticias; hasta _los
de arriba_, los del cuarto del crimen, que solan dejar que pasaran
revoluciones sin darse por entendidos, mandaron sus emisarios abajo para
saber lo que ocurra.

Un desafo en Vetusta era un acontecimiento de los ms extraordinarios.
De tarde en tarde algunos seoritos se daban de bofetadas en el Espoln,
en algn sitio pblico, pero no pasaba de ah. Los insultos no tenan
jams consecuencias. Nunca haba habido en Vetusta una sala de armas.
Haca aos, un comandante retirado haba querido ganarse la vida dando
lecciones de sable: el Marquesito, Orgaz hijo y padre, Ronzal y otros
varios comenzaron con gran aficin a dejarse dar de palos, pero pronto
se cansaron y el comandante tuvo que dedicarse a pedir un duro prestado
a cualquiera.

No se recordaba en la poblacin ms que dos desafos en que se hubiera
llegado _al terreno_; uno de Mesa, all, muchos aos atrs, cuando era
muy joven; haba sido padrino del contrario Frgilis, nico vetustense
que asisti al lance.

Nunca haba querido decir lo que haba pasado all, pero era lo cierto
que ni Mesa ni su adversario haban guardado cama un solo da despus
del duelo.

El otro desafo haba sido entre un jefe econmico y un cajero por
cuestiones de la caja. Sobre si sacaste t o saqu yo. Se haban batido
a primera sangre. El cajero haba recibido un araazo en el cuello,
porque el jefe econmico daba sablazos horizontales con el propsito de
degollar al contrario. Y no haba ms desafos _llevados al terreno_ en
las crnicas vetustenses.

Se discuti mucho aquella noche, para pasar el rato mientras llegaban
noticias, sobre la legitimidad de esta _costumbre brbara que habamos
heredado de la Edad media_.

Orgaz padre, que era algo erudito, aunque de oficio escribano, asegur
que el duelo era resto de las ordalas.

Don Frutos dijo que s sera, pero que ni ordalas ni san ordalas le
hacan a l batirse. l acuda al juez si le ofendan, y si no haba
modo, ventilaba la cuestin a palos.--Eso de que me mate un espadachn,
que no ha tenido que trabajar para ganarse la comida, no lo consentir
el hijo de mi madre.

--Sin embargo--deca Orgaz padre--hay circunstancias... el honor... la
sociedad.... Ya ve usted, Fgaro condena el duelo, y confiesa que l se
batira llegado el caso.

--Es que yo no soy un mal barbero, seor mo--grit don Frutos--tengo
algo que perder.

Hubo que explicarle a don Frutos quin era Fgaro; pero an despus de
enterado, Redondo, que sudaba ya de tanto discutir y gritar, vocifer
diciendo, que de todas maneras, al que le desafiase, l le rompa el
alma....

--Pues yo--dijo el ex-alcalde--a la justicia me atengo... una querella
criminal, la ley est terminante....

--Pues yo--exclam solemnemente Orgaz padre, puesto en pie y con voz
temblorosa--yo no hago nada de eso. Al que me desafe, si es un diestro,
le obligo a aceptar un duelo en las condiciones siguientes: (Atencin
general.) A dos pasos de distancia (se coloca, midiendo dos pasos
largos, enfrente de don Frutos que se pone muy serio y erguido) una
pistola cargada, y otra no cargada. (Orgaz palidece ante la idea de que
aquello pudiera suceder como lo cuenta.) Una, dos, tres (da las tres
palmadas) plun! y al que Dios se la d San Pedro se la bendiga! As me
bato yo. La cuestin no es ser diestro, es tener valor.

--Bravo, bravo! eso, eso!--grit gran parte del concurso, como si
oyera aquello por primera vez.

Siempre que se hablaba de desafos decan lo mismo que aquel da Foja,
don Frutos, Orgaz y otros caballeros.

En vano esperaron los socios noticias. En toda la noche no parecieron
por all ni Ronzal, ni Fulgosio, ni Bedoya, que, segn se deca, eran
los padrinos, amn de Frgilis.

Era verdad. Por ms que Crespo encarg el secreto ms absoluto a todas
las personas que tuvieron que intervenir en el triste negocio, no se
sabe cmo, aunque se sospecha que por culpa de Ronzal, pronto corri por
Vetusta el rumor de lo cierto. Petra y Ronzal haban sido los
indiscretos. Petra, por venganza, por mala ndole, haba hablado, haba
dicho a alguna amiga _lo de_ su antigua ama. Que por qu haba dejado
aquella casa? Por tal y por cual. Trabuco, a quien la honra de merecer
la confianza de Quintanar haba llenado de vanidad, no haba podido
resistir la tentacin de dejar _transparentarse_ su secreto. Ello era
que en todo Vetusta no se hablaba de otra cosa.

El Gobernador deca en su casa que no se le hablase de aquello, que su
deber de autoridad estaba en abierta contradiccin con su deber de
caballero, que deba tener odos de mercader, ojos de topo, y los
tendra....

Pas aquel da, y pas el siguiente y no se saba nada.

--Era _una papa_ lo del duelo?--preguntaba Foja en el Casino.

Y entonces revent Joaquinito Orgaz, que lo saba todo por el
Marquesito.

--No, no era broma; la cosa iba de veras. Duelo a muerte.

Pero los padrinos se haban portado mal, eran torpes, a pesar de las
nfulas del coronel Fulgosio que deca tener el cdigo del honor en la
punta de los dedos: no parecan armas, se haba hablado del sable
primero, pero no parecan sables de desafo; no haba en Vetusta sables
as, o no queran darlos los que los tenan. Se haba recurrido a la
pistola... y tampoco parecan pistolas a propsito. Yo creo--aada
Joaquinito, y Paco cree lo mismo, que esto es inverosmil y que Frgilis
quiere dar largas al asunto a ver si convence a Mesa y lo hace
marcharse de Vetusta.

--Qu indignidad!--grit Foja.

--Pues sa haba sido la primera solucin. La misma noche del da en
que, al parecer (esto se cuenta por lo menos) don Vctor descubri su
deshonra, Frgilis fue a ver a Mesa y le suplic que saliera del pueblo
cuanto antes. Mesa se lo cont _ce_ por _be_ a Paco.

--Bueno, y qu ms?

--Nada, que Mesa, como era natural, se opuso; dijo que Quintanar y todo
Vetusta podan atribuir a miedo su ausencia.--Pero Frgilis, que tiene
cierta influencia sobre don lvaro, le oblig a darle palabra de honor
de que al da siguiente tomara el tren de Madrid. Parece ser que
Quintanar tuvo en sus manos la vida de lvaro; que pudo matarle de un
tiro y no le mat. Y Frgilis invocaba esto y los derechos del marido
ultrajado para obligar a Mesa a huir. Eso no es cobarda--dice que
le dijo--eso es hacerse justicia a s mismo, usted merece la muerte por
su traicin y yo le conmut la pena por el destierro.

--Eso dijo Crespo?--Eso.--Miren Frgilis!--Tiene mucha confianza
con lvaro, que le respeta mucho.

--Bueno, y qu ms?

--Nada, que lvaro dio palabra. Pero al da siguiente, ayer por la
maana, cuando estaba ya nuestro don Juan haciendo el equipaje para
largarse, se le presentaron Frgilis y Ronzal en son de desafo. Parece
ser que muy temprano don Vctor llam a Frgilis y le oblig a buscar a
Trabuco para ir juntos a desafiar al burlador; Frgilis no tuvo ms
remedio que obedecer, porque al saber Quintanar que el otro pensaba
escapar, amenaz con seguirle al fin del mundo y llamarle cobarde en los
peridicos, en la calle.... Estaba furioso.

--Claro, las comedias!--Ello es, que Frgilis tuvo que devolver a
lvaro la promesa de huir y mandarle buscar padrinos.

--Y Mesa?--Es claro; dej el viaje y busc padrinos; queran que yo
fuese uno (mentira) pero despus... como yo soy muy amigo de ambos... en
fin, se busc otros... y no parecan.... Slo Fulgosio, que siempre se
presta a tales enredos... y Bedoya, que al fin es militar....

En general, Joaquinito estaba bien enterado. Mesa se lo haba dicho
todo al Marquesito que haba ido a verle a la fonda.

Lo que no le haba dicho era que l tena mucho miedo; que as como se
alegraba de ver rotas aquellas relaciones que iban a acabar con la poca
salud que le quedaba y a dejarle en ridculo a los mismos ojos de Ana,
le horrorizaba la idea de verse frente a frente de don Vctor con una
espada o una pistola en la mano.

La proposicin primera de Frgilis la acept inmediatamente.

Era natural! deba huir, con qu derecho iba l a procurar la muerte
del hombre que le haba perdonado la vida aquella maana y a quien l
haba robado la honra? Huira; al da siguiente, sin falta tomara el
tren.

Ya lo esperaba Frgilis, que saba a qu atenerse respecto del valor de
lvaro.

Como que haba sido testigo de aquel duelo misterioso, a que aludan los
socios del Casino. Don lvaro, por culpa de una mujer, haba sido retado
a singular combate por un forastero; todos los padrinos eran de la
guarnicin menos Frgilis, nico vetustense que presenci el lance. El
duelo era a sable, en el Montico, en una arboleda, de tarde, cerca del
obscurecer. Mesa y su adversario estaban en mangas de camisa (se
acordaba Frgilis como si hubiese sido el da anterior), estaban en
mangas de camisa, sable en mano... ambos plidos y temblando de fro y
de miedo. El cielo encapotado amenazaba desplomarse en torrentes de
lluvia. Los dos _combatientes_ miraban a las nubes. Frgilis comprendi
lo que deseaban. Comenz la lid soltera y al primer choque de los aceros
estall un trueno y empezaron a caer gotas como puos. Mesa y su
adversario temblaban como las ramas de los rboles que bata el
viento.... Tan grande fue el chaparrn que los padrinos suspendieron el
duelo... que no se continu. No haban ido a batirse contra los
elementos. Mesa qued inclume y Crespo implcitamente le dio
seguridades de que guardara el secreto de aquel trance ridculo y de la
cobarda del Tenorio vetustense.

Recordando todo esto, Frgilis trat como un zapato a Mesa aquella
noche memorable en que le intim la huida. Pero--deca bien Joaqun
Orgaz--al da siguiente tuvo que devolver su palabra a don lvaro. Ya no
deba huir. Quintanar se empeaba en batirse; era aragons y no cejara.

No s quin me le ha cambiado. Anoche pareca resuelto o poco menos a
una solucin pacfica, se contentaba con que usted desapareciera; y hoy,
cuando fui a verle me encontr al seor de Ronzal, que est presente, al
lado del lecho de mi amigo.

Ronzal salud. Mesa se haba puesto muy plido. Estaba metiendo ropa
blanca en un mundo y suspendi la tarea.

--De modo que...--Que tiene usted que buscar padrinos.

A Frgilis le haba disgustado que don Vctor, sin consultar con l,
hubiese llamado a Ronzal. Quintanar crea en la energa del diputado por
Pernueces y saba que no estimaba a don lvaro. Segn el ex-magistrado,
era un buen padrino. Error, segn Frgilis.

Lo peor fue que no hubo modo de disuadir a Quintanar.

Ni un da se ha de aplazar esto! Ya que mi deshonra es pblica, que la
reparacin lo sea, y adems terrible y rpida.

Pero si tienes fiebre, si ests malo....

No importa. Mejor. Si ustedes no van a desafiar a ese hombre, me
levanto y busco yo mismo otros padrinos.

No hubo ms remedio. Mesa, a regaadientes, y ocultando el pavor como
poda, busc sus dos padrinos.

Se convino que el duelo fuese a sable. Pero no parecan sables tiles.
Adems, surgieron dificultades sobre ciertos pormenores. Y as pas un
da.

Al siguiente por la maana se acord que se batieran a pistola.

Don Vctor form entonces su plan. Se alegr de que fuese el duelo a
pistola.

Pero tampoco parecan pistolas de desafo.

Y pas otro da. Don Vctor se levant al siguiente despus de pasar
setenta horas en la cama, con fiebre un da entero, impaciente a ratos,
angustiado otros, y siempre disimulando en presencia de Ana, que le
cuidaba solcita.

Durante aquellas largas horas de cama, con la debilidad que sucedi a la
calentura vinieron accesos de melancola, y meditaciones
filosfico-religiosas. Don Vctor sinti que el nimo aflojaba, no por
amor a la vida propia, que no crea en gran peligro ante don lvaro,
sino por miedo a los remordimientos. Cuando supo lo de las pistolas,
resolvi no matar a su contrario. Le dejara cojo. Tirara a las
piernas. El otro no era probable que le hiriese a l tirando a veinte
pasos; tendra que ser por una casualidad.

Sin que Ana sospechase nada, porque Mesa haba cumplido su palabra,
dada a Frgilis, de despedirse por escrito para un viaje electoral,
urgentsimo y breve; sin que Ana sospechase por lo menos que se trataba
de la vida o la muerte de su esposo y de su amante, sali de casa don
Vctor por la puerta del parque acompaado de Frgilis, a la hora en que
solan ir de caza.

En la calleja de Traslacerca les esperaba Ronzal. La maana estaba fra
y la helada sobre la hierba imitaba una somera nevada.

En la carretera de Santianes les esperaba un coche; dentro de l estaba
Bentez, el mdico de Ana. Al verle don Vctor palideci, pero en nada
ms se pudo notar su emocin.

Llegaron, sin hablar apenas durante el viaje, a las tapias del Vivero.
Se apearon, y rodeando la quinta del Marqus, entraron en el bosque de
robles donde meses antes don Vctor haba buscado a su mujer ayudado del
Magistral. Cuntas cosas se explicaba ahora que no haba comprendido
entonces!. No importaba; la verdad era que del furor que en su corazn
haba hecho estragos despus de la visita nocturna de don Fermn, ya no
quedaban ms que restos apagados: ya no aborreca a don lvaro, ya no se
figuraba imposible la vida mientras no muriese aquel hombre: la
filosofa y la religin triunfaban en el nimo de don Vctor. Estaba
decidido a no matar.

Llegaron a lo ms alto del bosque; all haba una meseta, y en un claro
sitio suficiente para medir ms de treinta pasos. Las ltimas
condiciones del duelo eran estas: veinticinco pasos, pudiendo avanzar
cinco cada cual. Vala apuntar en los intervalos de las palmadas que
haban de ser muy breves. Lo cierto era que Fulgosio, el coronel, nunca
haba presenciado un duelo a pistola, aunque l aseguraba haber asistido
a muchos, y Ronzal y Bedoya en su vida haban intervenido en semejantes
negocios. Frgilis slo haba visto el duelo frustrado de Mesa.
Aquellas condiciones las haba copiado el coronel de una novela francesa
que le haba prestado Bedoya. Lo nico original all era que Fulgosio
juraba que su honor de soldado no le permita autorizar un simulacro de
desafo, y que el duelo a pistola y a tal distancia y a la voz de mando
sin apuntar y entre dos _primerizos_, pues primerizo era tambin Mesa a
pistola, sera la carabina de Ambrosio.

Bedoya pens que don Vctor era buen tirador, pero no se atrevi a
presentar objeciones a su colega. La parte contraria tampoco tuvo nada
que decir.

Cuando llegaron a la meseta, lugar del duelo, don Vctor y los suyos
encontraron solo el terreno. Quince minutos despus aparecieron entre
los rboles desnudos don lvaro y sus padrinos, ms el seor don
Robustiano Somoza. Mesa estaba hermoso con su palidez mate, y su traje
negro cerrado, elegante y pulqurrimo.

A don Vctor se le saltaron las lgrimas al ver a su enemigo. En aquel
instante hubiera gritado de buena gana: perdono! perdono!... como
Jess en la cruz. Quintanar no tena miedo, pero desfalleca de
tristeza; qu amarga era la irona de la suerte! l, l iba a
disparar sobre aquel guapo mozo que hubiera hecho feliz a Anita, si diez
aos antes la hubiera enamorado! Y l... l, Quintanar, estara a estas
horas tranquilo en el Tribunal Supremo o en La Almunia de don Godino!...
Todo aquello de matarse era absurdo.... Pero no haba remedio. La prueba
era que ya le llamaban, ya le ponan la pistola fra en la mano....

Frgilis, sereno, por dignidad, pero temiendo una casualidad, la de que
Mesa tuviera valor para disparar y, por casualidad tambin, herir a
Vctor, Frgilis apret la mano a Quintanar al dejarle en su puesto de
honor.

Y se separaron testigos y mdicos a buena distancia, porque todos teman
una _bala perdida_. Don lvaro pens en Dios sin querer. Esta idea
aument su pavor; record que aquella piedad slo le acuda en las
enfermedades graves, en la soledad de su lecho de soltern....

Frgilis estaba asustado del valor de aquel hombre.

Mesa mismo se explicaba mal cmo haba llegado hasta all.

Pensando en esto, y mientras apuntaba a don Vctor, sin verle, sin ver
nada, sin fuerza para apretar el gatillo, oy tres palmadas rpidas y en
seguida una detonacin. La bala de Quintanar quem el pantaln ajustado
del petimetre.

Mesa sinti de repente una fuerza extraa en el corazn; era robusto,
la sangre bull dentro con energa. El instinto de conservacin despert
con mpetu. Haba que defenderse. Si el otro volva a disparar iba a
matarle; era don Vctor, el gran cazador!.

Mesa avanz cinco pasos y apunt. En aquel instante se sinti tan bravo
como cualquiera. Era la corazonada! El pulso estaba firme; crea tener
la cabeza de don Vctor apoyada en la boca de su pistola; suavemente
oprimi el gatillo fro y... crey que se le haba escapado el tiro.
No, no haba sido l quien haba disparado, haba sido la
_corazonada_.

Ello era que don Vctor Quintanar se arrastraba sobre la hierba cubierta
de escarcha, y morda la tierra.

La bala de Mesa le haba entrado en la vejiga, que estaba llena.

Esto lo supieron poco despus los mdicos, en la casa nueva del Vivero,
adonde se traslad, como se pudo, el cuerpo inerte del digno magistrado.
Yaca don Vctor en la misma cama donde meses antes haba dormido con el
dulce sueo de los nios.

Alrededor del lecho estaban los dos mdicos, Frgilis que tena lgrimas
heladas en los ojos, Ronzal, estupefacto, y el coronel Fulgosio lleno de
remordimientos. Bedoya haba acompaado a Mesa, que pocas horas despus
tomaba el tren de Madrid, tres das ms tarde de lo que Frgilis haba
pensado.

Pepe, el casero de los Marqueses, con la boca abierta, en pie, pasmado y
triste, esperaba rdenes en la habitacin contigua a la del moribundo.
Vio salir a Frgilis que enseaba los puos al cielo, creyndose solo.

--Qu hay, seor? Cmo est ese bendito del Seor?...

Frgilis mir a Pepe como si no le conociera; y como hablando consigo
mismo dijo:

--La vejiga llena.... La peritonitis de... no s quin.... Eso dicen
ellos.

--La qu, seor?

--Nada... que se muere de fijo!

Y Frgilis entr en un gabinete, que estaba a obscuras para llorar a
solas.

Poco despus Pepe vio salir al coronel Fulgosio y detrs a Somoza el
mdico.

--Y trasladarle a Vetusta?...--deca el militar.

--Imposible! Ni soarlo! Y para qu? Morir esta tarde de fijo.

Somoza sola equivocarse, anticipando la muerte a sus enfermos.

Esta vez se equivoc dndole a don Vctor ms tiempo de vida del que le
otorg la bala de don lvaro.

Muri Quintanar a las once de la maana.

       *       *       *       *       *

El mes de Mayo fue digno de su nombre aquel ao en Vetusta. Cosa rara!

Las nubes eternas del Corfn haban vertido todos sus humores en Marzo y
en Abril. Los vetustenses salan a la calle como el cuervo de No pudo
salir del arca, y todos se explicaban que no hubiera vuelto. Despus de
dos meses pasados debajo del agua, era tan dulce ver el cielo azul,
respirar aire y pasearse por prados verdes cubiertos de belloritas que
parecen chispas del sol!

Toda Vetusta paseaba. Pero Frgilis no pudo conseguir que Ana pusiera el
pie en la calle.

--Pero, hija ma, esto es un suicidio. Ya sabe usted lo que ha dicho
Bentez, que es indispensable el ejercicio, que esos nervios no se
callarn mientras no se los saque a tomar el aire, a ver el sol...
vamos, Anita, por Dios, sea usted razonable... tenga usted caridad...
consigo misma. Saldremos muy temprano al amanecer si usted quiere; est
el paseo grande tan hermoso a tales horas! O si no al obscurecer, a
tomar el fresco, por una carretera.... Por Dios, hija, va usted a
enfermar otra vez.

--No, no salgo...--y Ana mova la cabeza como los ciegos--. Por Dios,
don Toms, no me atormenten, no me atormenten con ese empeo.... Ya
saldr ms adelante... no s cundo. Ahora me horroriza la idea de la
calle.... Oh, no, por Dios... no! por Dios me dejen.

Y juntaba las manos y se exaltaba; y Frgilis tena que callar.

Ocho das haba estado Ana entre la vida y la muerte, un mes entero en
el lecho sin salir del peligro, dos meses convaleciente, padeciendo
ataques nerviosos de formas extraas, que a ella misma le parecan
enfermedades nuevas cada vez.

Frgilis haba dicho a la Regenta que Quintanar estaba herido all en
las marismas de Palomares, que se le haba disparado la escopeta y....
Pero Ana, espantada, adivinando la verdad, haba exigido que se la
llevase a las marismas de Palomares inmediatamente....

--No poda ser, no haba tren hasta el da siguiente....

--Pues un coche, un coche.... Se me engaa; si eso fuera cierto, usted
estara al lado de Vctor....

Frgilis explic su presencia lo menos mal que pudo.

Las mentiras piadosas fueron intiles; Ana se dispuso a salir sola, a
correr en busca de su Vctor.... Hubo que decirle una verdad; la muerte
de su esposo. Quiso verle muerto, pero no pudo moverse; cay sin sentido
y despert en el lecho. Dos das crey Frgilis tenerla engaada,
atribuyendo la desgracia a un accidente de la caza. Pero Ana crea la
verdad, no lo que le decan; la ausencia de Mesa y la muerte de Vctor
se lo explicaron todo.

Y una tarde, a los tres das de la catstrofe, en ausencia de Frgilis,
Anselmo entreg a su ama una carta en que don lvaro explicaba desde
Madrid su desaparicin y su silencio.

Cuando Crespo, al obscurecer, entr en la alcoba de Ana, la llam en
vano dos, tres veces.... Pidi luz asustado y vio a su amiga como muerta,
supina, y sobre el embozo de la cama el pliego perfumado de Mesa.

Y poco despus, mientras Bentez traa a la vida con antiespasmdicos a
la Regenta y recetaba nuevas medicinas para combatir peligros nuevos,
complicaciones del sistema nervioso, Frgilis en el tocador lea la
carta del que siempre llamaba ya para sus adentros cobarde asesino; y
despus de leer el papel asqueroso, lo arrugaba entre sus puos de
labrador y deca con voz ronca:

--Idiota! infame! grosero! idiota! Don lvaro en aquel papel que
ola a mujerzuela, hablaba con frases romnticas e incorrectas de su
crimen, de la muerte de Quintanar, de la _ceguera de la pasin_. Haba
huido porque....

--Porque tuviste miedo a la justicia, y a m tambin, cobarde!--se dijo
Frgilis.

Haba huido porque el remordimiento le arrastr lejos de _ella_... Pero
que el amor le mandaba volver. Volva? Crea Ana que deba volver? O
que deban juntarse en otra parte, en Madrid por ejemplo?. Todo era
falso, fro, necio, en aquel papel escrito por un egosta incapaz de
amar de veras a los dems, y no menos inepto para saber ser digno en las
circunstancias en que la suerte y sus crmenes le haban puesto.

Ana, que no haba podido terminar la lectura de la carta, que haba
cado sobre la almohada como muerta en cuanto vio en aquellos renglones
fangosos la confirmacin terminante de sus sospechas, no pudo por
entonces pensar en la pequeez de aquel espritu miserable que albergaba
el cuerpo gallardo que ella haba credo amar de veras, del que sus
sentidos haban estado realmente enamorados a su modo. No, en esto no
pens la Regenta hasta mucho ms tarde.

En el delirio de la enfermedad grave y larga que Bentez combati
desesperado, lo que atormentaba el cerebro de Ana era el remordimiento
mezclado con los disparates plsticos de la fiebre.

Otra vez tuvo miedo a morir, otra vez tuvo el pnico de la locura, la
horrorosa aprensin de perder el juicio y conocerlo ella; y otra vez
este terror superior a todo espanto, la hizo procurar el reposo y seguir
las prescripciones de aquel mdico fro, siempre fiel, siempre atento,
siempre inteligente.

Das enteros estuvo sin pensar en su adulterio ni en Quintanar; pero
esto fue al principio de la mejora; cuando el cuerpo dbil volvi a
sentir el amor de la vida, a la que se agarraba como un nufrago cansado
de luchar con el oleaje de la muerte obscura y amarga.

Con el alimento y la nueva fuerza reapareci el fantasma del crimen.
Oh, qu evidente era el mal! Ella estaba condenada. Esto era claro como
la luz. Pero a ratos, meditando, pensando en su delito, en su doble
delito, en la muerte de Quintanar sobre todo, al remordimiento, que era
una cosa slida en la conciencia, un mal palpable, una desesperacin
definida, evidente, se mezclaba, como una niebla que pasa delante de un
cuerpo, un vago terror ms temible que el infierno, el terror de la
locura, la aprensin de perder el juicio; Ana dejaba de ver tan claro su
crimen; no saba quin, discuta dentro de ella, inventaba sofismas sin
contestacin, que no aliviaban el dolor del remordimiento, pero hacan
dudar de todo, de que hubiera justicia, crmenes, piedad, Dios, lgica,
alma.... Ana. No, no hay nada, deca aquel tormento del cerebro; no hay
ms que un juego de dolores, un choque de contrasentidos que pueden
hacer que padezcas infinitamente; no hay razn para que tenga lmites
esta tortura del espritu, que duda de todo, de s mismo tambin, pero
no del dolor que es lo nico que llega al que dentro de ti siente, que
no se sabe cmo es ni lo que es, pero que padece, pues padeces.

Estas logomaquias de la voz interior, para la enferma eran claras,
porque no hablaba as en sus adentros sino en vista de lo que
experimentaba; todo esto lo pensaba porque lo observaba dentro de s:
llegaba a no creer ms que en su dolor.

Y era como un consuelo, como respirar aire puro, sentir tierra bajo los
pies, volver a la luz, el salir de este caos doloroso y volver a la
evidencia de la vida, de la lgica, del orden y la consistencia del
mundo; aunque fuera para volver a encontrar el recuerdo de un adulterio
infame y de un marido burlado, herido por la bala de un miserable
cobarde que hua de un muerto y no haba huido del crimen.

Y este mismo placer, esta complacencia egosta, que ella no poda
evitar, que la senta aun repugnndole sentirla, era nuevo
remordimiento.

Se sorprenda sintiendo un bienestar confuso cuando funcionaba en ella
la lgica regularmente y crea en las leyes morales y se vea criminal,
claramente criminal, segn principios que su razn acataba. Esto era
horrible, pero al fin era vivir en tierra firme, no sobre la masa
enferma movediza de disparates del capricho intelectual, no en una
especie de _terremoto_ interior que era lo peor que poda traer la
sensacin al cerebro.

Ana explic todo esto a Bentez como pudo, eludiendo el referirse a sus
remordimientos.

Pero l comprendi lo que deca y lo que callaba y declar que el
principal deber por entonces era librarse del peligro de la muerte.

--Quiere usted un suicidio?--Oh, no, eso no!--Pues si no hemos de
suicidarnos, tenemos que cuidar el cuerpo, y la salud del cuerpo exige
otra vez... todo lo contrario de lo que usted hace. Usted seora cree
que es deber suyo atormentarse recordando, amando lo que fue... y
aborreciendo lo que no debi haber sido.... Todo esto sera muy bueno si
usted tuviera fuerzas para soportar ese teje maneje del pensamiento. No
las tiene usted. Olvido, paz, silencio interior, conversacin con el
mundo, con la primavera que empieza y que viene a ayudarnos a vivir....
Yo le prometo a usted que el da en que la vea fuera de todo cuidado,
sana y salva, le dir, si usted quiere: Anita, ahora ya tiene usted
bastante salud para empezar a darse tormento a s misma.

Y Frgilis hablaba en el mismo sentido.

Y nadie ms hablaba, porque Anselmo apenas saba hablar, Servanda iba y
vena como una estatua de movimiento... y los dems vetustenses no
entraban en el casern de los Ozores despus de la muerte de don Vctor.

No entraban. Vetusta la noble estaba escandalizada, horrorizada. Unos a
otros, con cara de hipcrita compuncin, se ocultaban los buenos
vetustenses el ntimo placer que les causaba _aquel gran escndalo que
era como una novela_, algo que interrumpa la monotona eterna de la
ciudad triste. Pero ostensiblemente pocos se alegraban de lo ocurrido.
Era un escndalo! Un adulterio descubierto! Un duelo! Un marido, un
ex-regente de Audiencia muerto de un pistoletazo en la vejiga! En
Vetusta, ni aun en los das de revolucin haba habido tiros. No haba
costado a nadie un cartucho la conquista de los derechos inalienables
del hombre. Aquel tiro de Mesa, del que tena la culpa la _Regenta_,
rompa la tradicin pacfica del crimen silencioso, morigerado y
precavido. Ya se saba que muchas damas principales de la Encimada y de
la Colonia engaaban o haban engaado o estaban a punto de engaar a su
respectivo esposo, pero no a tiros!. La envidia que hasta all se
haba disfrazado de admiracin, sali a la calle con toda la amarillez
de sus carnes. Y result que envidiaban en secreto la hermosura y la
fama de virtuosa de la Regenta no slo Visitacin Olas de Cuervo y
Obdulia Fandio y la baronesa de la _Deuda Flotante_, sino tambin la
Gobernadora, y la de Pez y la seora de Carraspique y la de Rianzares o
sea el Gran Constantino, y las criadas de la Marquesa y toda la
aristocracia, y toda la clase media y hasta las mujeres del pueblo... y
quin lo dijera! la Marquesa misma, aquella doa Rufina tan liberal que
con tanta magnanimidad se absolva a s misma de las _ligerezas_ de la
juventud... y otras!

Hablaban mal de Ana Ozores todas las mujeres de Vetusta, y hasta la
envidiaban y despellejaban muchos hombres con alma como la de aquellas
mujeres. Glocester en el cabildo, don Custodio a su lado, hablaban de
escndalo, de hipocresa, de perversin, de extravos babilnicos; y en
el Casino, Ronzal. Foja, los Orgaz echaban lodo con las dos manos sobre
la honra difunta de aquella pobre viuda encerrada entre cuatro paredes.

Obdulia Fandio, pocas horas despus de saberse en el pueblo la
catstrofe, haba salido a la calle con su sombrero ms grande y su
vestido ms apretado a las piernas y sus faldas ms crujientes, a tomar
el aire de la maledicencia, a olfatear el escndalo, a saborear el dejo
del crimen que pasaba de boca en boca como una golosina que laman
todos, disimulando el placer de aquella dulzura pegajosa.

Ven ustedes? decan las miradas triunfantes de la Fandio. Todas somos
iguales.

Y sus labios decan:--Pobre Ana! Perdida sin remedio! Con qu cara
se ha de presentar en pblico? Como era tan romntica! Hasta una
cosa... como esa, tuvo que salirle a ella as... a caonazos, para que
se enterase todo el mundo.

--Se acuerdan ustedes del paseo de Viernes Santo?--preguntaba el barn.

--S, comparen ustedes.... Quin lo dira!...

--Yo lo dira--exclamaba la Marquesa--. A m ya me dio mala espina
aquella desfachatez... aquello de ir enseando los pies descalzos...
_malorum signum_.

--S, _malorum signum_--repeta la baronesa, como si dijera: _et cum
spiritu tuo_.

--Y sobre todo el escndalo!--aada doa Rufina indignada, despus de
una pausa.

--El escndalo!--repeta el coro.

--La imprudencia, la torpeza!--Eso! Eso!--Pobre don Vctor!--S,
pobre, y Dios le haya perdonado... pero l, merecido se lo tena.

--Merecidsimo.--Miren ustedes que aquella amistad tan ntima....

--Era escandalosa.--Aquello era...--Nauseabundo! Esto lo dijo el
Marqus de Vegallana, que tena en la aldea todos sus hijos ilegtimos.

Obdulia asista a tales conversaciones como a un triunfo de su fama.
Ella no haba dado nunca escndalos por el estilo. Toda Vetusta saba
quin era Obdulia... pero ella no haba dado ningn escndalo.

S, s, el escndalo era lo peor, aquel duelo funesto tambin era una
complicacin. Mesa haba huido y viva en Madrid.... Ya se hablaba de
sus amores _reanudados_ con la _Ministra_ de Palomares.... Vetusta haba
perdido dos de sus personajes ms importantes... por culpa de Ana y su
torpeza.

Y se la castig rompiendo con ella toda clase de relaciones. No fue a
verla nadie. Ni siquiera el Marquesito, a quien se le haba pasado por
las mientes recoger aquella herencia de Mesa.

La frmula de aquel rompimiento, de aquel cordn sanitario fue esta:

--Es necesario aislarla.... Nada, nada de trato con la _hija de la
bailarina italiana_!

El honor de haber resucitado esta frase perteneci a la baronesa de la
Barcaza.

Si Ripamiln hubiera podido salir de su casa, no hubiera respetado aquel
acuerdo cruel del _gran mundo_. Pero el pobre don Cayetano haba cado
en su lecho para no levantarse. All vivi, siempre contento, dos aos
ms.

Acab su peregrinacin en la tierra cantando y recitando versos de
Villegas.

La Regenta no tuvo que cerrar la puerta del casern a nadie, como se
haba prometido, por que nadie vino a verla, se supo que estaba muy
mala, y los ms caritativos se contentaron con preguntar a los criados y
a Bentez cmo iba la enferma, a quien solan llamar _esa desgraciada_.

Ana prefera aquella soledad; ella la hubiera exigido si no se hubiera
adelantado Vetusta a sus deseos. Pero cuando, ya convaleciente, volvi a
pensar en el mundo que la rodeaba, en los aos futuros, sinti el hielo
ambiente y sabore la amargura de aquella maldad universal. Todos la
abandonaban! Lo mereca, pero... de todas maneras qu malvados eran
todos aquellos vetustenses que ella haba despreciado siempre, hasta
cuando la adulaban y mimaban!.

La viuda de Quintanar resolvi seguir hasta donde pudiera los consejos
de Bentez. Pensaba lo menos posible en sus remordimientos, en su
soledad, en el porvenir triste, montono en su negrura.

En cuanto se lo permiti la fortaleza del cuerpo redivivo trabaj en
obras de aguja, y se empe, con voluntad de hierro, en encontrarle
gracia al punto de crochet y al de media.

Aborreca los libros, fuesen los que fuesen; todo raciocinio la llevaba
a pensar en sus desgracias; el caso era no discurrir. Y a ratos lo
consegua. Entonces se le figuraba que lo mejor de su alma se dorma,
mientras quedaba en ella despierto el espritu suficiente para ser tan
mujer como tantas otras.

Lleg a explicarse aquellas tardes eternas que pasaba Anselmo en el
patio, sentado en cuclillas y acariciando al gato. Callar, vivir, sin
hacer ms que sentirse bien y dejar pasar las horas, esto era algo, tal
vez lo mejor. Por all deba de irse a la muerte.... Y Ana iba sin miedo.
El morir no la asustaba, lo que quera era morir sin desvanecerse en
aquellas locuras de la debilidad de su cerebro....

Cuando Bentez la sorprenda en estas horas de calma triste y muda, le
preguntaba Ana con una sonrisa de moribunda:

--Est usted contento?

Y con otra sonrisa fra, triste, contestaba el mdico:

--Bien, Ana, bien.... Me agrada que sea usted obediente....

Pero cuando se quedaban solos Bentez y Crespo, el doctor deca:

--No me gusta Ana...--Pues yo la veo muy tranquila a ratos....

--S, pues por eso... no me gusta. Hay que obligarla a distraerse.

Y Frgilis se propuso conseguir que se distrajera.

Y por eso la rogaba que saliese con l a paseo cuando lleg aquel Mayo
risueo, seco, templado, sin nubes, pocas veces gozado en Vetusta.

Pero como no consigui nada, como Anita le peda con las manos en cruz
que la dejasen en paz, tranquila en su casern, Crespo resolvi divertir
a su pobre amiga en su misma casa.

Si l pudiera hacer que se aficionara a los rboles y a las flores!.

Por ensayar nada se perda. Ensay.

Ana, por complacerle, le escuchaba con los ojos fijos en l, sonriente,
y bajaba al parque cuando se trataba de lecciones prcticas. Frgilis
lleg a entusiasmarse, y una tarde cont la historia de su gran triunfo,
la aclimatacin del Eucaliptus globulus en la regin vetustense.

Durante la enfermedad de su amiga, don Toms Crespo, desconfiando del
celo de Anselmo y de Servanda, y sin pedir permiso a nadie, se instal
en el casern de los Ozores. Traslad su lecho de la posada en que viva
desde el ao sesenta, a los bajos del casern. El tocador y la alcoba de
Ana estaban encima del cuarto que escogi Frgilis. All, con el menor
aparato posible, sin molestar a nadie se instal para velar a la Regenta
y acudir al menor peligro.

Coma y cenaba en la posada, pero dorma en el casern.

Esto no lo supo Anita hasta que, ya convaleciente, se quej un da de
aquella soledad. Confes que de noche tena a veces miedo. Y ponindose
como un tomate el buen Frgilis advirti tmidamente que haca ms de
mes y medio l se haba tomado la libertad de venirse a dormir debajo de
la Regenta. Los criados tenan orden de no decrselo a la seora.

Desde que esto supo Ana se crey menos sola en sus noches tristes. Roto
el secreto, Frgilis tosa fuerte abajo a propsito, para que le oyera
Ana, como diciendo: No temas, estoy yo aqu.

Pero como la malicia lo sabe todo, tambin supo esto Vetusta. Se dijo
que Frgilis se haba metido a vivir de pupilo en casa de la Regenta, en
el casern nobilsimo de los Ozores.

Y decan unos:--Ser una obra de caridad. La pobre estar mal de
recursos y con la ayuda de Frgilis... podr ir tirando.

Y el _gran mundo_ echaba por los dedos la cuenta de lo que le habra
quedado a Anita. No deba de haberle quedado nada.

--Ella rentas no las tiene.--Las de su marido, las de don Vctor all
en Aragn no le pertenecen.

--La viudedad no la habr pedido....

--Sera ignominioso!...

--Ya lo creo! Reclamar la viudedad... ella... causa de la muerte del
digno magistrado!

--Sera indigno.

--Indigno.

--Y ya no est bien que viva en el casern de los Ozores.

--Claro, porque aunque se lo regal su esposo, segn dicen, l fue quien
se lo compr a las tas de Ana, y no con bienes gananciales, sino
vendiendo tierras en la Almunia.

--Sea como sea, ella no deba vivir en esa casa.

--De modo que no se sabe de qu vive.

--Vivir de eso. De mantener en su casa a Frgilis, que pagar bien.

--Eso s, porque l es un chiflado, que no tiene escrpulos... pero es
bueno.

--Bueno... relativamente--deca el Marqus que con la gota que le
empezaba a molestar iba echando una moralidad severa y un humor negro
como un carbn.

Y recordando aquel gerundio que tanto efecto haba hecho en otra
ocasin, resuma diciendo:

--De todas maneras, eso de vivir bajo el mismo techo que cobija a la
viuda infiel de su mejor amigo es... es nauseabundo!

Y nadie se atreva a negarlo.

Todos aquellos escrpulos que tena la tertulia de los Vegallana, haban
atormentado tambin a la Regenta. En cuanto se sinti bastante fuerte
para salir a la huerta, se atrevi a decir a Frgilis lo que la
atormentaba tiempo atrs.

--Yo... quisiera salir de esta casa.... Esta casa... en rigor... no es
ma.... Es de los herederos de Vctor, de su hermana doa Paquita, que
tiene hijos... y....

Frgilis se puso furioso. Cmo se entiende! Todo lo haba arreglado l
ya. Haba escrito a Zaragoza y la doa Paquita se haba contentado con
lo de la Almunia. Bastante era. El casern era de Ana legalmente y
moralmente.

Ana cedi porque no tena ya energa para contrariar una voluntad
fuerte.

Con ms ahnco se neg a firmar los documentos que Frgilis le present,
cuando se propuso pedir la viudedad que corresponda a la Regenta.

--Eso no, eso no, don Toms; primero morir de hambre!

Y en efecto, s, el hambre, una pobreza triste y molesta amenazaba a la
viuda si no solicitaba sus derechos pasivos.

Ana dijo que prefera reclamar la orfandad que le perteneca como hija
de militar.

--chele usted un galgo.... Si eso no valdr nada.... Y no s si
podramos....

Y Frgilis, no sin ponerse colorado al hacerlo, falsific la firma de
Ana, y despus de algunos meses le present la primera paga de viuda.

Y era tal la necesidad; tan imposible que por otro camino tuviera ella
lo suficiente para vivir, que la Regenta, despus de llorar y rehusar
cien veces, acept el dinero triste de la viudez y en adelante firm
ella los documentos.

Bentez y Frgilis vean en esto sntomas tristes. Aquella voluntad se
mora, pensaba Crespo; en otro tiempo Ana hubiera preferido pedir
limosna.... Ahora cede... por no luchar.

Y se le caan las lgrimas.

Si yo fuera rico... pero es uno tan pobre....

Y, aada, por supuesto, cobrar esos cuatro cuartos no es vergonzoso...
a ella se lo parece... pero no lo es.... Ese dinero es suyo.

As viva Ana. Bentez desde que desapareci el peligro inminente,
visit menos a la viuda.

Servanda y Anselmo eran fieles, tal vez tenan cario al ama, pero eran
incapaces de mostrarlo. Obedecan y servan como sombras. Le haca ms
compaa el gato que ellos.

Frgilis era el amigo constante, el compaero de sus tristezas.

Hablaba poco. Pero a ella la consolaba el pensar: est Crespo ah.

Paso a paso volva la salud a enseorearse del cuerpo siempre hermoso de
Ana Ozores.

Y con algo de remordimiento de conciencia, senta de nuevo apego a la
vida, deseo de actividad. Lleg un da en que ya no le bast vegetar al
lado de Frgilis, vindole sembrar y plantar en la huerta y oyendo sus
apologas del Eucaliptus.

Se haba prometido no salir de casa, y la casa empezaba a parecerle una
crcel demasiado estrecha.

Una maana despert pensando que aquel ao _no haba cumplido_ con la
Iglesia. Adems ya poda salir de su casern triste para ir a misa. S,
ira a misa en adelante, muy temprano, muy tapada, con velo espeso, a la
capilla de la Victoria que estaba all cerca.

Y tambin ira a confesar.

Sin tener fe ni dejar de tenerla, acostumbrada ya a no pensar en
aquellas _grandes cosas_ que la volvan loca, Anita Ozores volvi a las
prcticas religiosas, jurndose a s misma no dejarse vencer ya jams
por aquel _misticismo falso_ que era su vergenza. La visin de Dios....
Santa Teresa.... Todo aquello haba pasado para no volver.... Ya no le
atormentaba el terror del infierno, aunque se crea perdida por su
pecado, pero tampoco la consolaban aquellos estallidos de amor ideal que
en otro tiempo le daban la evidencia de lo sobrenatural y divino.

Ahora nada; huir del dolor y del pensamiento. Pero aquella piedad
mecnica, aquel rezar y or misa como las dems le pareca bien, le
pareca la religin compatible con el marasmo de su alma. Y adems, sin
darse cuenta de ello, la _religin vulgar_ (que as la llamaba para sus
adentros), le daba un pretexto para faltar a su promesa de no salir
jams de casa.

Lleg Octubre, y una tarde en que soplaba el viento Sur perezoso y
caliente, Ana sali del casern de los Ozores y con el velo tupido sobre
el rostro, toda de negro, entr en la catedral solitaria y silenciosa.
Ya haba terminado el coro.

Algunos cannigos y beneficiados ocupaban sus respectivos confesonarios
esparcidos por las capillas laterales y en los intercolumnios del
bside, en el trasaltar.

Cunto tiempo haca que ella no entraba all!

Como quien vuelve a la patria, Ana sinti lgrimas de ternura en los
ojos. Pero qu triste era lo que la deca el templo hablando con
bvedas, pilares, cristaleras, naves, capillas... hablando con todo lo
que contena a los recuerdos de la Regenta!...

Aquel olor singular de la catedral, que no se pareca a ningn otro,
olor fresco y de una voluptuosidad ntima, le llegaba al alma, le
pareca msica sorda que penetraba en el corazn sin pasar por los
odos.

Ay si renaciera la fe! Si ella pudiese llorar como una Magdalena a
los pies de Jess!.

Y por la vez primera, despus de tanto tiempo, sinti dentro de la
cabeza aquel estallido que le pareca siempre voz sobrenatural, sinti
en sus entraas aquella ascensin de la ternura que suba hasta la
garganta y produca un amago de estrangulacin deliciosa.... Salieron
lgrimas a los ojos, y sin pensar ms, Ana entr en la capilla obscura
donde tantas veces el Magistral le haba hablado del cielo y del amor de
las almas.

Quin la haba trado all? No lo saba. Iba a confesar con
cualquiera y sin saber cmo se encontraba a dos pasos del confesonario
de aquel hermano mayor del alma, a quien haba calumniado el mundo por
culpa de ella y a quien ella misma, aconsejada por los sofismas de la
pasin grosera que la haba tenido ciega, haba calumniado tambin
pensando que aquel cario del sacerdote era amor brutal, amor como el de
lvaro, el infame, cuando tal vez era puro afecto que ella no haba
comprendido por culpa de la propia torpeza.

Volver a aquella amistad era un sueo? El impulso que la haba
arrojado dentro de la capilla era voz de lo alto o capricho del
histerismo, de aquella maldita enfermedad que a veces era lo ms ntimo
de su deseo y de su pensamiento, ella misma?. Ana pidi de todo corazn
a Dios, a quien claramente crea ver en tal instante, le pidi que fuera
voz Suya aquella, que el Magistral fuera el hermano del alma en quien
tanto tiempo haba credo y no el solicitante lascivo que le haba
pintado Mesa el infame. Ana or, con fervor, como en los das de su
piedad exaltada; crey posible volver a la fe y al amor de Dios y de la
vida, salir del limbo de aquella somnolencia espiritual que era peor que
el infierno; crey salvarse cogida a aquella tabla de aquel cajn
sagrado que tantos sueos y dolores suyos saba....

La escasa claridad que llegaba de la nave y los destellos amarillentos y
misteriosos de la lmpara de la capilla se mezclaban en el rostro
anmico de aquel Jess del altar, siempre triste y plido, que tena
concentrada la vida de estatua en los ojos de cristal que reflejaban una
idea inmvil, eterna.... Cuatro o cinco bultos negros llenaban la
capilla. En el confesonario sonaba el cuchicheo de una beata como rumor
de moscas en verano vagando por el aire.

El Magistral estaba en su sitio. Al entrar la Regenta en la capilla, la
reconoci a pesar del manto. Oa distrado la chchara de la penitente;
miraba a la verja de la entrada, y de pronto aquel perfil conocido y
amado, se haba presentado como en un sueo. El talle, el contorno de
toda la figura, la genuflexin ante el altar, otras seales que slo l
recordaba y reconoca, le gritaron como una explosin en el cerebro:

--Es Ana! La beata de la celosa continuaba el rum rum de sus pecados.
El Magistral no la oa, oa los rugidos de su pasin que vociferaban
dentro.

Cuando call la beata volvi a la realidad el clrigo, y como una
mquina de echar bendiciones desat las culpas de la devota, y con la
misma mano hizo seas a otra para que se acercase a la celosa vacante.

Ana haba resuelto acercarse tambin, levantar el velo ante la red de
tablillas oblicuas, y a travs de aquellos agujeros pedir el perdn de
Dios y el del hermano del alma, y si el perdn no era posible, pedir la
penitencia sin el perdn, pedir a fe perdida o adormecida o quebrantada,
no saba qu, pedir la fe aunque fuera con el terror del infierno....
Quera llorar all, donde haba llorado tantas veces, unas con amargura,
otras sonriendo de placer entre las lgrimas; quera encontrar al
Magistral de aquellos das en que ella le juzgaba emisario de Dios,
quera fe, quera caridad... y despus el castigo de sus pecados, si ms
castigo mereca que aquella obscuridad y aquel sopor del alma....

El confesonario cruja de cuando en cuando, como si le rechinaran los
huesos.

El Magistral dio otra absolucin y llam con la mano a otra beata.... La
capilla se iba quedando despejada. Cuatro o cinco bultos negros, todos
absueltos, fueron saliendo silenciosos, de rato en rato; y al fin
quedaron solos la Regenta, sobre la tarima del altar, y el Provisor
dentro del confesonario.

Ya era tarde. La catedral estaba sola. All dentro ya empezaba la noche.

Ana esperaba sin aliento, resucita a acudir, la sea que la llamase a la
celosa....

Pero el confesonario callaba. La mano no apareca, ya no cruja la
madera.

Jess de talla, con los labios plidos entreabiertos y la mirada de
cristal fija, pareca dominado por el espanto, como si esperase una
escena trgica inminente.

Ana, ante aquel silencio, sinti un terror extrao....

Pasaban segundos, algunos minutos muy largos, y la mano no llamaba....

La Regenta, que estaba de rodillas, se puso en pie con un valor nervioso
que en las grandes crisis le acuda... y se atrevi a dar un paso hacia
el confesonario.

Entonces cruji con fuerza el cajn sombro, y brot de su centro una
figura negra, larga. Ana vio a la luz de la lmpara un rostro plido,
unos ojos que pinchaban como fuego, fijos, atnitos como los del Jess
del altar....

El Magistral extendi un brazo, dio un paso de asesino hacia la Regenta,
que horrorizada retrocedi hasta tropezar con la tarima. Ana quiso
gritar, pedir socorro y no pudo. Cay sentada en la madera, abierta la
boca, los ojos espantados, las manos extendidas hacia el enemigo, que el
terror le deca que iba a asesinarla.

El Magistral se detuvo, cruz los brazos sobre el vientre. No poda
hablar, ni quera. Temblbale todo el cuerpo, volvi a extender los
brazos hacia Ana... dio otro paso adelante... y despus clavndose las
uas en el cuello, dio media vuelta, como si fuera a caer desplomado, y
con piernas dbiles y temblonas sali de la capilla. Cuando estuvo en el
trascoro, sac fuerzas de flaqueza, y aunque iba ciego, procur no
tropezar con los pilares y lleg a la sacrista sin caer ni vacilar
siquiera.

Ana, vencida por el terror, cay de bruces sobre el pavimento de mrmol
blanco y negro; cay sin sentido.

La catedral estaba sola. Las sombras de los pilares y de las bvedas se
iban juntando y dejaban el templo en tinieblas.

Celedonio, el aclito afeminado, alto y esculido, con la sotana corta y
sucia, vena de capilla en capilla cerrando verjas. Las llaves del
manojo sonaban chocando.

Lleg a la capilla del Magistral y cerr con estrpito.

Despus de cerrar tuvo aprensin de haber odo algo all dentro; peg el
rostro a la verja y mir hacia el fondo de la capilla, escudriando en
la obscuridad. Debajo de la lmpara se le figur ver una sombra mayor
que otras veces....

Y entonces redobl la atencin y oy un rumor como un quejido dbil,
como un suspiro.

Abri, entr y reconoci a la Regenta desmayada.

Celedonio sinti un deseo miserable, una perversin de la perversin de
su lascivia: y por gozar un placer extrao, o por probar si lo gozaba,
inclin el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le bes los labios.

Ana volvi a la vida rasgando las nieblas de un delirio que le causaba
nuseas.

Haba credo sentir sobre la boca el vientre viscoso y fro de un sapo.

FIN DE LA NOVELA





End of the Project Gutenberg EBook of La Regenta, by Leopoldo Alas

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA REGENTA ***

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