The Project Gutenberg EBook of Mi tio y mi cura, by Alice Cherbonnel

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Title: Mi tio y mi cura

Author: Alice Cherbonnel

Release Date: November 2, 2008 [EBook #27121]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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BIBLIOTECA DE LA NACIN

JUAN DE LA BRTE

MI TO Y MI CURA

OBRA PREMIADA
POR LA ACADEMIA FRANCESA

[Illustration]

BUENOS AIRES

1902




PROEMIO


Las costumbres y usos de nuestros tiempos han convertido la novela, que
antao fue mero pasatiempo y solaz, en una necesidad: todo el mundo lee,
o quiere leer algo que llene los vacos de los ocios domsticos, o las
treguas del trabajo. Pero no todas las novelas son aceptables. La
novela, como todo lo humano, es bipolar, y consiguientemente de bien y
mal susceptible.

Si una novela buena es un beneficio, una mala o perniciosa es ms que un
dao.

Nuestra librera nacional carece en general de libros bien escritos e
interesantes que puedan ir a manos de todo el mundo; las casas
editoriales espaolas no se ocupan en traducir ms que las novelas de
escndalo, vulgo: sensacin. Que hasta ese grado de incapacidad moral
hemos llegado!

Y si a alguien se le ocurre publicar alguna obra inofensiva, suele ser
elegida con tan mal tino, que es las ms de las veces insulsa y anodina,
y su falta de inters coopera al falso descrdito de las obras buenas.

Pero si el naturalismo y mercantilismo modernos han hallado modo de
fabricar, con el fango del vicio, muecos que, vidriados con un barniz
de pseudociencia y dorados a fuego de pasin, llegan a encantar a un
grupo de lectores, no desesperen por eso los que aun suean con la vida
del arte humano, del verdadero arte, que sin desdear nuestras miserias
de carne, asciende hasta las regiones del alma para implantar su trono.
Ese arte existe todava. Aunque la sed comercial lo desdee, no por eso
dejan sus cultores el trabajo, y las estatuas, complejas que forman y
funden en sus cerebros esos artfices, surgen diariamente a la
publicidad reflejando en un todo, lo reflejable de nuestra vida, es
decir, lo que tiene luz.

Ese arte existe. Y cmo! tal vez ms brillante y vigoroso que nunca.
Francia, Espaa, Inglaterra y Rusia lo atestiguan; por ms que una
conspiracin de silencio pretende ahogar ciertos nombres, su fuerza
vital es mayor que la de los que pretenden sepultarlos. Llevan lo bello
en las entraas.

La presente novela de Juan de la Brte, coronada con el premio Montyon
por la Academia Francesa, el mayor de los que dicha corporacin dispone
para obras literarias, es una obra interesante, rica en vida y frescura,
y atravesada por esa rfaga de poesa que orea los sudores de la vida,
cuando la vida es vida.

Baste decir en su elogio que en el breve lapso de dos aos el pblico
parisiense ha exigido treinta y nueve ediciones de esta obra, lo que es
mucho decir, respecto de un libro donde no hay olores acres, ni cuadros
condenables, ni ms barro que el de la tierra, los das en que llueve.

RAFAEL FRAGUEIRO.




I.


Soy tan chica, que bien pudiera drseme la calificacin de enana, si mi
cabeza, mis pies y mis manos no estuviesen en perfecta proporcin con mi
estatura.

Mi rostro no tiene ni el desmesurado largo, ni la anchura ridcula que
se atribuye a la cara de los enanos y en general a la de todos los seres
diformes, y la finura y delicadeza de mis extremidades pueden ser
codiciados por ms de una hermosa dama.

Sin embargo, lo exiguo de mi tamao me ha hecho verter a hurtadillas
bastantes lgrimas.

Y digo a hurtadillas, porque mi liliputiense cuerpo ha encerrado una
alma altiva y orgullosa, incapaz de mostrar a nadie el espectculo de
sus debilidades... y menos a mi ta. Este era mi modo de sentir a los
quince aos. Pero los acontecimientos, las penas, las preocupaciones,
las alegras, en una palabra, el curso de la vida, ha flexibilizado
caracteres mucho ms rgidos que el mo.

Era mi ta la mujer ms desagradable del mundo y yo la hallaba psima,
en la medida de lo que poda juzgar mi entendimiento que aun no haba
visto ni comparado nada. Su fisonoma era angulosa y vulgar, su voz
chillona, su andar pesado y su estatura ridculamente alta.

A su lado, yo pareca un pulgn, una hormiga.

Cuando le hablaba, tena que levantar la cabeza, tanto como si hubiese
querido examinar la copa de un lamo. Era de origen plebeyo, y como la
mayora de los de su raza, estimaba ms que cualquier otra cualidad la
fuerza fsica y profesaba por mi mezquina persona un profundo desprecio.

Sus cualidades morales eran una fiel reproduccin de las fsicas, y
formaban un conjunto de rudeza y asperidades; ngulos agudos contra los
cuales rompanse diariamente las narices los infortunados que vivan con
ella.

Mi to, hidalgo campesino, cuya tontera fue proverbial en la comarca,
cas con ella, por falta de ingenio y por debilidad de carcter. Muri
poco despus de su casamiento y yo no alcanc a conocerle. Cuando fui
capaz de reflexin, atribu a mi ta esta muerte prematura, pues me
pareca con fuerzas suficientes para dar rpidamente en tierra, no digo
ya con un pobre to como el mo, sino con todo un regimiento de maridos.

Tena yo dos aos, cuando mis padres se fueron al otro mundo,
abandonndome al capricho de los acontecimientos de la vida, y de mi
consejo de familia. Dejronme los restos, no del todo malos, de una
fortuna: cerca de cuatrocientos mil francos en tierras que producan
una buena renta.

Mi ta consinti en educarme. No le gustaban los nios, pero como su
marido haba sido mal administrador, se vio pobre, y calcul con
satisfaccin, que la holgura entrara en su casa junto conmigo.

Que casa ms fea! Grande, deteriorada y mal dirigida; en medio de un
patio cuajado de estircol, fango, gallinas y conejos. Detrs de ella
extendase un jardn en el que crecan entremezcladas y en desorden
todas las plantas de la creacin y sin que nadie se preocupara de ellas.

Creo que no haba recuerdos en memoria humana, de que se hubiera visto
nunca por all, un jardinero que podase los rboles o arrancase las
malezas, que brotaban a gusto, sin que ni a mi ta ni a mi se nos
ocurriese ocuparnos de ello.

Esta selva virgen me desagradaba, porque desde nia he tenido un gusto
innato por el orden.

La propiedad se llamaba de Zarzal. Estaba como perdida en el fondo de la
campaa, a media legua de una iglesia y de una aldehuela compuesta de
una veintena de chozas. No haba castillo, castillejo ni casa solariega
en cinco leguas a la redonda. Vivamos en completo aislamiento.

Mi ta iba algunas veces a C***, la ciudad ms prxima al Zarzal. Pero
como yo deseaba ardientemente acompaarla, no me llevaba nunca.

Los nicos acontecimientos de nuestra vida eran la llegada de los
arrendatarios que venan a pagar censos y arrendamientos y las visitas
del cura.

Oh, qu excelente hombre era mi cura!

Vena a casa tres veces por semana, pues en un arranque de celo, carg
con la obligacin de atascar mi cerebro con cuanta ciencia le era
conocida.

Y continu en su empeo con perseverancia, por ms que yo ejercitaba su
paciencia. No porque tuviese la cabeza dura, no: aprenda con facilidad.
Pero la pereza era mi pecado favorito; la amaba y la mimaba a despecho
de los derroches de elocuencia del cura y de sus mltiples esfuerzos
para extirpar de mi alma esa planta malfica.

Adems, y esto era lo ms grave, la facultad de raciocinar se desarroll
en mi rpidamente. Entraba en discusiones que le volvan loco, y me
permita apreciaciones que a menudo chocaban y heran sus ms caras
opiniones.

Contrariarle, fastidiarle, rebatirle sus ideas, sus gustos y sus
afirmaciones, era para mi un placer inmenso. Me hizo arder la sangre y
me avivaba el ingenio. Creo que l experimentaba la misma sensacin, y
que lo hubiera desolado perdiendo mis hbitos ergotistas y la
independencia de mis ideas.

Mas yo no pensaba semejante cosa, porque llegaba al colmo de la
satisfaccin, cuando le vea agitarse en la silla, desgrearse los
cabellos con desesperacin, y embadurnarse la nariz con rap,
olvidndose de todas las reglas del aseo, olvido que no se produca sino
en los casos serios.

Con todo, si hubiese sido por l solo, creo que hubiera resistido muchas
veces al demonio tentador. Mi ta haba tomado la costumbre de asistir a
las lecciones, aunque no comprendiese nada y bostezara diez veces por
hora.

Ahora bien, la contradiccin, aunque no fuera dirigida a ella, le
causaba furor: furor tanto ms grande, cuanto que no se atreva a decir
nada delante del cura.

Por otra parte, el verme discutir le pareca una monstruosidad en el
orden fsico y moral. As es que yo nunca la emprenda directamente con
ella, porque era bruta y yo tena miedo que me pegara. Por ltimo, mi
voz, dulce y musical no obstante (de lo que me jacto), produca sobre
sus nervios auditivos un efecto desastroso.

Con todo lo dicho, se comprender que me fuese imposible, absolutamente
imposible, dejar de poner en obra mi malicia, para hacer rabiar a mi ta
y atormentar a mi cura.

Sin embargo, yo quera al pobre cura; le quera mucho, y saba que a
pesar de mis absurdos razonamientos, los que a veces llegaban hasta la
impertinencia, me profesaba el mayor cario. No slo era yo su oveja
preferida, sino tambin el objeto de su predileccin, su obra, la hija
de su corazn y de su inteligencia, y a este amor paternal se mezclaba
un tinte de admiracin por mis aptitudes, mis palabras y por todas mis
acciones.

Haba tomado su tarea con gran ahnco; se haba propuesto instruirme,
velar por mi como un ngel tutelar a pesar de mi mala cabeza, mi lgica
y mis arranques. Adems, esta tarea pronto lleg a ser la cosa ms
agradable de su vida, la mejor si no la nica distraccin de su montona
existencia.

Lloviera, ventease, nevase o granizara; con calor, con fro o con
tormenta, vea yo aparecer al cura, enfaldada la sotana hasta las
rodillas y el sombrero debajo del brazo. No s si lo he visto nunca con
l puesto. Tena la mana de caminar con la cabeza al aire, sonriendo a
los viandantes, a los pjaros, a los rboles, a las flores del campo.

Robusto y regordete, pareca que rebotaba sobre la tierra, que hollaba
con paso vivo y se hubiera pensado que le deca:--Eres buena y te
amo!--Estaba contento de la vida, de s mismo, de todo el mundo. Su
benvola cara, rosada y fresca, rodeada de cabellos blancos, recordbame
esas rosas tardas que florecen an bajo las primeras nieves.

Cuando entraba en el patio, gallinas y conejos acudan a su voz para
mascullar algunos mendrugos de pan, que deslizaba en sus bolsillos antes
de salir de la casa parroquial. Petrilla, la moza del corral, sala a
hacerle su reverencia, luego Susana la cocinera, apresurbase a abrirle
la puerta y a introducirle en el saln, donde me daba las lecciones.

Mi ta plantada en un silln, con el donaire de un pararrayos algo
grueso, levantbase al verle, saludbale con aire desabrido y se lanzaba
a galope al captulo de mis fechoras. Hecho lo cual volva a sentarse
lijeramente, tomaba la aguja de tejer, pona su gato favorito sobre las
rodillas y esperaba (o no la esperaba) la ocasin de decirme algo
desagradable.

El bondadoso cura oa con paciencia aquella voz ronca que rompa el
tmpano. Encorvaba las espaldas como si el chubasco hubiera sido para l
y semisonriente amenazbame con el ndice. A Dios gracias conoca a mi
ta desde haca mucho.

Instalbamonos junto a una mesita, que habamos colocado cerca de la
ventana. Esta posicin tena la doble ventaja de tenernos bastante
alejados de mi ta entronizada al lado de la estufa, en el fondo de la
habitacin, y luego, de permitirme seguir el vuelo de las golondrinas y
las moscas, u observar en invierno los efectos de la escarcha y nieve en
los rboles del jardn.

El cura colocaba cerca de s la caja de rap, un gran pauelo a cuadros
sobre el brazo del silln y la leccin comenzaba.

Cuando no haba sido muy grande mi pereza, las cosas iban bien, mientras
se tratase de deberes a corregir, porque aunque fuesen siempre de lo ms
corto posible, por lo menos estaban hechos con prolijidad. Mi letra era
clara y mi estilo fcil.

El cura sacuda la cabeza con aire satisfecho, tomaba rap con
entusiasmo y repeta en todos los tonos:

--Bien, muy bien!

Durante todo este tiempo entretename yo en contar las manchas de su
sotana y en imaginarme lo que parecera con peluca negra, calzn corto y
casaca de terciopelo rojo, como la que mi to abuelo ostentaba en su
retrato.

La idea del cura en trusas y de peluca era tan chistosa, que me haca
rer a carcajadas.

Entonces, exclamaba mi ta:

--Tonta, bobeta!

Y algunas otras lindezas por el estilo, que tenan el privilegio de ser
tan parlamentarias como explcitas.

El cura me miraba sonriendo y repeta dos o tres veces:

--Ah juventud! hermosa juventud!

Y un recuerdo retrospectivo de sus quince aos le haca esbozar un
suspiro.

Despus de esto pasbamos a la recitacin de memoria, y ya las cosas no
marchaban tan bien. Era la hora crtica el momento de la conversacin,
de las opiniones personales, de las discusiones y hasta tambin de las
reyertas.

El cura amaba los hombres de la antigedad, los hroes, las acciones
casi fabulosas en las que ha sido actor importante el valor fsico. Esta
preferencia era curiosa, porque, cabalmente, no haba sido formado con
el barro de que se hace los hroes.

Yo haba notado que no le gustaba volver a su casa de noche, y este
descubrimiento, aunque me le haca ms simptico, porque yo misma era
muy medrosa, no poda dejarme ninguna ilusin sobre su coraje.

Adems, su buena alma plcida, tranquila, amiga del reposo, de la
rutina, de sus ovejas y del cuerpo que la posea, no haba soado nunca
con el martirio, y le vea palidecer, tanto cuanto sus rosadas mejillas
le permitan, cuando lea el relato de los suplicios aplicados a los
primeros cristianos.

Hallaba muy hermoso el entrar en el Paraso de un salto heroico, pero
pensaba que era muy dulce avanzar hacia la eternidad tranquilamente y
sin prisa. Careca de los impulsos que inspiran el deseo de la muerte,
para ver ms pronto a Dios. Absolutamente: estaba decidido a irse sin
murmurar, cuando llegara su hora, pero deseaba sinceramente, que llegara
lo ms tarde posible.

Declaro que mi carcter, que no brilla por la cuerda heroica, est de
acuerdo con esta moral fcil y dulce.

Pero con todo, le daba por los hroes; los admiraba, los elogiaba y los
amaba tanto ms cuanto que indudablemente senta que dado el caso, era
incapaz de imitarlos.

En cuanto a mi, yo no divida ni sus gustos, ni sus admiraciones.
Experimentaba una pronunciada antipata por griegos y romanos. Haba
resuelto por un trabajo sutil de mi imaginacin, que estos ltimos se
parecan a mi ta... o que mi ta se les pareca, como se quiera, y
desde el da en que hice esta comparacin, los romanos fueron juzgados,
condenados y ejecutados en mi foro interno.

Sin embargo, el cura se obstinaba en chapuzar conmigo en la historia
romana, y yo por mi lado me encaprichaba en no interesarme en ella. Los
hombres de la Repblica no me entusiasmaban y los emperadores
confundanse en mi cabeza. Por ms que el cura lanzaba exclamaciones de
sorpresa, se enfadaba y razonaba, era intil: nada modificaba mi
insensibilidad y mi idea personal.

Por ejemplo, narrando la historia de Mucio Scvola, yo terminaba as:

--Quem su mano derecha para castigarla por haberse equivocado, lo que
prueba que no era sino un imbcil.

El cura que un momento antes me escuchaba con aire complacido, se
estremeca de indignacin:

--Un imbcil, seorita! y porqu?

--Porque la prdida de su mano no reparaba su error--respondale,--que
por ello Prsena no quedaba ni ms ni menos vivo, ni resucitaba el
secretario.

--Bien, chiquita; pero Prsena se asust y levant el sitio
inmediatamente.

--Eso, seor cura, no prueba sino que Prsena era un mandria.

--Concedido. Pero Roma quedaba libre, y gracias a quin? gracias a
Scvola, gracias a su acto heroico!

Y el cura, que aunque temblaba ante la idea de quemarse la yema del dedo
chico, no por eso dejaba de admirar a Mucio Scvola, se exaltaba y
afanaba para hacerme apreciar a su hroe.

--Sostengo lo que he dicho--replicaba yo tranquilamente;--no era ms que
un imbcil y un gran imbcil.

El cura exclamaba sofocado:

--Muchas tonteras oyen los mortales, cuando los nios pretenden
raciocinar.

--Seor cura, vos mismo me habis enseado el otro da, que la razn es
la ms bella facultad del hombre.

--Sin duda, sin duda, cuando el hombre sabe servirse de ella. Por otra
parte hablaba de los hombres hechos y no de las chiquilinas.

--Seor cura, los pajaritos prueban sus fuerzas al borde del nido.

Y el excelente hombre, un poco desconcertado, se desgreaba el pelo con
energa, lo que daba a su cabeza el aspecto de la de un lobo, polvoreada
de blanco.

--Haces mal en discutir tanto, hijita ma--decame algunas veces;--es un
pecado de orgullo. No ser siempre yo quien te conteste, y cuando ests
en lucha con la vida sabrs que no se discute con ella, sino que se la
sufre.

Mas me importaba un bledo la vida. Tena un cura para ejercitar mi
lgica y esto me bastaba.

Cuando le haba fastidiado, hastiado y hostilizado mucho, esforzbase en
dar a su fisonoma una severa expresin, pero se vea obligado a
renunciar a su proyecto, porque su boca risuea siempre, rehusaba en
absoluto obedecerle. Entonces me deca:

--Seorita de Lavalle, repasar usted sus emperadores romanos, y trate
de no confundir a Tiberio con Vespasiano.

--Dejemos a esos individuos, seor cura--respondale yo;--me aburren.
No sabis que si hubieseis vivido en sus tiempos os habran asado vivo,
o arrancado la lengua y las uas, o picado en pedacitos menuditos,
menuditos, como picadillo de pastel?

Ante tan lgubre cuadro, estremecase ligeramente el cura y se iba a
paso rpido y breve, sin dignarse responderme.

Cuando su descontento llegaba al apogeo, me llamaba seorita de Lavalle.
Este ceremonioso nombre era la ms viva manifestacin de su enojo, y yo
senta remordimientos hasta que le volva a ver de nuevo con los
cabellos al viento y la sonrisa en los labios.




II.


Mi ta me maltrat mientras fui chica y yo tena tal miedo de sus golpes
que la obedeca sin discutir.

Hasta el da en que cumpl diez y seis aos me peg an, pero fue por
ltima vez.

A partir de ese da, fecundo para mi en acontecimientos ntimos, estall
de pronto una revolucin que ruga sordamente en mi espritu desde haca
algunos meses, y cambi completamente mi modo de ser para con mi ta.

Por aquel tiempo el cura y yo repasbamos la historia de Francia, que me
jactaba de conocer muy bien. Si bien es cierto que dadas las lagunas y
restricciones de mi texto, mi saber era el mayor posible.

Profesaba el cura por sus reyes un amor rayano en la veneracin, y sin
embargo, no quera a Francisco I. Esta antipata era tanto ms singular,
cuanto que Francisco I fue valiente y se ha hecho popular.

Pero no le gustaba al cura, que no desperdiciaba nunca la ocasin de
criticarle; as es que por espritu de contradiccin lo eleg yo por
favorito.

El da a que me he referido ms arriba, deba yo dar la leccin
concerniente a mi amigo. Largo tiempo revis la vspera buscando algn
medio para hacerlo brillar a los ojos del cura. Desgraciadamente yo no
poda hacer ms que citar las expresiones de mi historia, al emitir
opiniones que se apoyaban ms en una impresin que no en un
razonamiento.

Haca una hora que me devanaba los sesos reflexionando, cuando atraves
mi mente una brillante idea.

--La biblioteca!--exclam.

E inmediatamente atraves corriendo un largo pasadizo y penetr por
primera vez en una pieza de regular tamao enteramente atestada de
estantes verdes cubiertos de libros reunidos entre ellos por los tenues
hilos de una multitud de telaraas.

Esta pieza comunicaba con los departamentos que despus de la muerte de
mi to, se haban cerrado para no abrirse ms, y ola de tal modo a
tasto y moho que casi me asfixi. Apresureme a abrir la ventana, que era
muy pequea, no tena postigos ni persianas y daba sobre el jardn; en
seguida proced a mis investigaciones. Mas cmo descubrir a Francisco I
en medio de todos aquellos volmenes?

Ya iba a abandonar la partida, cuando el ttulo de un librito me hizo
prorrumpir en un grito de alegra.

Eran las biografas de los reyes de Francia hasta Enrique IV inclusive.
Tena adjunto un grabado bastante bueno, representando a Francisco I,
vestido con el esplndido traje de los Valois. Lo examin con asombro.

--Y es posible--me dije,--que haya hombres tan lindos como ste?

El bigrafo, que no participaba de la antipata del cura por mi hroe,
haca sin ninguna restriccin el elogio de su belleza, de su valor, de
su espritu caballeresco y de la inteligente proteccin que diera a las
letras y a las artes.

Terminaba con dos lneas sobre su vida privada y supe lo que ignoraba
completamente y era que:

Francisco I llevaba vida alegre y amaba prodigiosamente a las mujeres.
Y que prefiri grande y sinceramente a la hermosa dama Ana de Pisseleu,
a quien dio el condado de Etampes, que erigi en ducado para serle
agradable.

De estas pocas palabras, saqu yo las siguientes conclusiones: Primero,
como haba descubierto desde haca un mes que mi existencia era
montona, que me faltaban muchas cosas, que la posesin de un cura, una
ta, conejos y gallinas no constituan la felicidad, coleg que una vida
alegre era evidentemente el reverso de la ma, y por consiguiente
Francisco I haba dado, eligindola, pruebas de mucho juicio.

Segundo, que dicho rey profesaba ciertamente la santa virtud de la
caridad predicada por mi cura, puesto que amaba tanto a las mujeres.

Tercero, que Ana de Pisseleu era una persona muy feliz, y que a mi
tambin me hubiera gustado mucho, que un rey me diera un condado
erigido en ducado, para serme agradable.

--Bravo!--exclam lanzando el libro hasta el techo y recogindolo
inmediatamente. Ya tengo con qu confundir al cura y convertirlo a mi
opinin.

Por la noche rele en mi cama la pequea biografa.

--Qu hombre tan simptico este Francisco I!--me dije.--Mas porqu el
autor habla slo de su afecto a las mujeres? Porqu no ha puesto que
quera tambin a los hombres? En fin, despus de todo, cada cual tiene
sus gustos. Pero si voy a juzgar a las mujeres por mi ta, pienso que
voy a preferir considerablemente a los hombres.

Luego record que el bigrafo era de sexo masculino, y pens que sin
duda habra tenido por corts, amable y modesto, dejarse en el tintero y
pasar en silencio a sus congneres.

Y me dorm sobre esta luminosa idea.

Levanteme contentsima al da siguiente.

En primer lugar tena diez y seis aos, despus la personita que se
miraba al espejo, tena una carita que no le disgustaba; luego hice dos
o tres piruetas pensando en la estupefaccin del cura ante mi nueva
ciencia.

Cuando lleg, rosado y risueo, haca mucho tiempo que llevada por mi
impaciencia me haba instalado junto a la mesa. Al verle, me lati el
corazn, como late el de los grandes capitanes la vspera de una
batalla.

Veamos, hija ma--me dijo as que hubo corregido los deberes y esbozado
una mueca al notar su laconismo,--pasemos a Francisco I y examinmosle
bajo todas sus faces.

Arrellanose cmodamente en el silln, tom con una mano la tabaquera y
con la otra su pauelo, y mirndome de soslayo, preparose a sostener la
discusin que prevea.

Yo me lanc de golpe a mi asunto; me agit, me anim, me entusiasm e
hice incapi sobre las cualidades elogiadas en mi historia, tras de lo
cual pas a mis conocimientos particulares.

--Y qu hombre ms encantador seor cura! Su porte era majestuoso, su
fisonoma noble y hermosa; tena una barba tan bonita, recortada en
punta y unos ojos tan lindos!

Me detuve un instante para tomar aliento, y el cura, espantado,
enderesndose tieso como esos diablillos de resorte encerrados en cajas
de cartn, exclam:

--De dnde ha sacado usted todas esas tonteras, seorita?

--Ese es mi secreto--repliqu yo con una sonrisita misteriosa.

Y quemando mis navos:

--Seor cura: yo no s lo que os puede haber hecho ese pobre Francisco
I. No sabis que tena mucho juicio? Llevaba vida alegre, y amaba
prodigiosamente a las mujeres.

Y los ojos del cura se abrieron de tal modo que tuve miedo de verlos
reventar.

--San Miguel, San Bernab!--exclam dejando caer su tabaquera con un
ruido tan seco, que el gato extendido en una poltrona salt a tierra con
un desesperado maullido.

Mi ta que dorma, se despert sobresaltada y grit:

--Ah, bestia!

Dirigindose a mi, y no al gato y sin saber de qu se trataba. Pero este
epteto compona invariablemente el exordio y la peroracin de todos sus
discursos.

Esperaba por cierto producir un gran efecto; pero con todo, qued algo
confusa ante la fisonoma, verdaderamente extraordinaria del cura.

Pero no tard en continuar imperturbablemente:

--Am especialmente a una linda dama a la que dio un ducado. Confesad,
seor cura, que era muy bueno, y que hubiera sido muy agradable hallarse
en lugar de Ana de Pisseleu!

--Santa Madre de Dios!--murmur el cura con una voz sin fuerzas,--esta
nia est poseda.

--Qu hay?--grit mi ta, traspasndose el rodete con una de sus agujas
de tejer.--chela afuera si se permite impertinencias.

--Hijita ma--continu el cura--dnde has aprendido lo que acabas de
decir?

--En un libro--respond lacnicamente, sin nombrar la biblioteca.

--Y cmo puedes repetir tales abominaciones?

--Abominaciones!--interrump escandalizada;--qu seor cura, os parece
abominable que Francisco I fuese generoso y amase a las mujeres? Que
vos no las amis?

--Que dice? rugi mi ta, que habindome escuchado atentamente desde
haca unos instantes, sac de mi pregunta los pronsticos ms
desastrosos. Desfachatada! sin...

--Calma, seora, calma!--interrumpi el cura, a quien pareca que en
aquel momento le hubiesen quitado de encima un peso enorme.

--Djeme usted explicarme con Reina. Veamos, qu encuentras digno de
alabanza en la conducta de Francisco I?

--Caramba! pues es bien simple--respond con tono desdeoso, pensando
que mi cura envejeca y empezaba a comprender con dificultad.--Todos los
das me predicis el amor al prjimo, y me parece que Francisco I pona
en prctica vuestro precepto preferido: Ama a tu prjimo como a ti
mismo, por amor de Dios.

No bien hube terminado mi frase, el cura enjugando su rostro, sobre el
que gruesas gotas de sudor corran, echose hacia atrs en su silln y
con ambas manos sobre el vientre, se entreg a una homrica risa, que
dur tanto, que me hizo saltar lgrimas de contrariedad y de despecho.

--Por cierto--aad, con temblorosa voz,--he sido bien tonta en
fatigarme para estudiar mi leccin y haceros admirar a Francisco I.

--Mi buena hijita--djome por fin, recobrando su seriedad y empleando su
expresin favorita cuando estaba contento de mi,--lo que me extra
mucho, mi buena hijita, no saba que profesaras tal admiracin por las
personas que practican la caridad.

--En todo caso, eso no es un motivo de risa--respondle bruscamente.

--Vamos, vamos, no nos enojemos.

Y el cura aplicndome una palmadita en la mejilla, abrevi mi leccin,
me dijo que vendra al da siguiente y dirigiose a confiscar la llave de
la biblioteca, que yo ignoraba conociese.

No haba an el cura salido del patio, cuando mi ta se abalanz sobre
mi sacudindome el hombro hasta la dislocacin.

--Bachillera, atrevida!--voce,--qu has hecho para que el cura se
haya ido tan pronto?

--Por qu se enfada usted--le repliqu,--si no sabe de lo que se trata?

--Ah! Conque yo no s? Conque no he odo lo que le decas al cura,
desfachatada?

Y juzgando que las palabras no bastaban para demostrar su clera, me dio
una bofetada, me peg con fuerza, y me ech como a un perrillo.

Corr a mi cuarto y me atrincher slidamente. Lo primero que hice fue
quitarme la bata y comprobar por medio del espejo que los dedos secos y
flacos de mi ta haban dejado marcas azules en mis hombros.

--Ah, vil esclava!--me dije mostrndole los puos a mi imagen en el
espejo,--soportars por ms tiempo semejantes cosas? Ser posible, que
por cobarda, no te atrevas a sublevarte?

Durante un rato me reprend duramente; vino luego la reaccin, ca sobre
una silla y llor mucho.

--Qu he hecho yo--pensaba, para que me trate as? Qu odiosa
mujer!--Y en seguida:--por qu pona el cura una cara tan chusca,
mientras yo recitaba mi leccin?

Y me ech a rer mientras las lgrimas me rodaban por las mejillas. Pero
por ms que intent profundizar este problema, no di con la solucin.

Pseme despus a contemplar melanclicamente el jardn, por la ventana
abierta, e iba ya recobrando mi sangre fra, cuando me pareci reconocer
la voz de mi ta que conversaba con Susana. Me inclin un poco para
escuchar la conversacin.

--Usted hace mal--deca Susana,--la pequea ya no es una nia. Si usted
la maltrata, se quejar al seor de Pavol, que se la llevar.

--No faltaba ms. Pero cmo quiere usted que piense en su to? Apenas
sabe que existe.

--Bah! la pequea es avisada; le bastar un momento de memoria, para
enviaros a paseo, si la mortificis, y sus buenas rentas desaparecern
con ella.

--Ah! tenis razn... No le pegar ms, pero...--Se alejaban y no o el
final de la frase.

Despus de la comida, a la que no quise asistir, sal en busca de
Susana.

Susana haba sido amiga de mi ta, antes de ser su cocinera. Rean diez
veces al da, pero ninguna de las dos poda pasarse sin la otra.

No se me creer con facilidad, si digo que Susana quera sinceramente a
mi ta; sin embargo, es la pura verdad.

Mas si perdonaba a mi ta su elevacin en la escala social, se
desquitaba sin duda alguna con el prjimo, con las circunstancias y con
la vida, porque refunfuaba siempre.

Tena el semblante spero de un salteador de caminos, vesta
constantemente zagalejo corto y calzaba zapatos bajos, aunque nunca
fuera a la ciudad a vender leche, ni trotara su imaginacin como la de
la lechera de la fbula.

--Susana--djele colocndome delante de ella, con aire
resuelto,--conque yo soy rica?

--Quin os ha dicho tal sandez, seorita?

--Eso no te importa, Susana; lo que quiero es que me contestes y me
digas dnde vive mi to de Pavol.

--Quiero, quiero!--rezong Susana,--se acab la nia a fe ma. dos a
pasear, seorita; no os dir nada, porque nada s.

--Mientes, Susana, y te prohbo que me contestes as. He odo lo que
decas a mi ta, no hace mucho.

--Pues bien, seorita, si habis odo no tenis necesidad de hacerme
hablar.

Susana me volvi la espalda y no quiso contestar a ninguna de mis
preguntas.

Regres a mi cuarto, muy exasperada, y permanec por mucho tiempo de
codos en la ventana; desde all tom por testigos a la luna, las
estrellas y los rboles, de que formaba la inquebrantable resolucin de
no dejarme tocar ms, de no tener miedo de mi ta en adelante, y de
emplear todo mi ingenio en desagradarla.

Y dejando caer los ptalos de una flor, que deshojaba, arroj al mismo
tiempo mis miedos, mi pusilanimidad y mis anteriores timideces.
Comprend que ya no era la misma, y me dorm consolada.

Esa noche so que mi ta, transformada en dragn, luchaba contra
Francisco I, que la parta con una gran espada. Me tomaba entre sus
brazos y hua conmigo, mientras que el cura nos contemplaba desolado,
enjugndose el rostro con su pauelo a cuadros. Torcalo en seguida con
todas sus fuerzas y caa el sudor a chorros, lo mismo que si lo hubiera
empapado en el arroyo.




III.


No bien nos instalamos en nuestra mesa al da siguiente, el cura y yo,
abriose con estrpito la puerta y vimos entrar a Petrilla, con la cofia
en la nuca y los zuecos llenos de paja en la mano.

--Qu hay? Fuego?--interrog mi ta.

--No, seora; pero a buen seguro que est el diablo en casa. La vaca ha
ido a dar al cebadal que creca tan hermoso y lo arrasa todo y yo no
puedo darle alcance; los capones andan por los tejados y los conejos en
la huerta.

--En la huerta!--exclam mi ta que se levant lanzndome una colrica
mirada, porque la tal huerta era un sitio sagrado para ella y el objeto
de sus nicos amores.

--Mis lindos capones!--gru Susana, que juzg oportuno aparecer y unir
su nota sombra a la nota chillona de su ama.

--Ah, piel de Judas!--grit mi ta.

Y se precipit detrs de las sirvientes cerrando furiosa la puerta de un
golpazo.

--Seor cura--dije yo inmediatamente,--creis que en el universo entero
haya otra mujer tan abominable como mi ta?

--Qu es eso, qu es eso, mi hijita? Qu quiere decir eso?

--Sabis lo que ha hecho ayer, seor cura? Me ha pegado!

--Pegado!--repiti el cura con aire incrdulo, tan imposible le pareca
que alguien se atreviera a tocar, ni aun con un dedo, a un ser tan
delicado como mi persona.

--S, pegado! Y si no me creis, os voy a mostrar las marcas.

Y ya empec a desprenderme la bata. El cura me mir con aire espantado.

--Es intil, es intil, basta con que me lo digas, te creo--exclam
precipitadamente, con el rostro carmes y bajando pdicamente los ojos
hacia las puntas de sus zapatos.

--Pegarme el da de mi santo, el da en que cumpla diez y seis
aos!--y continu yo abrochando mi bata.--Sabis que la detesto?

Y con el puo cerrado golpe sobre la mesa, lo que me doli bastante.

--Veamos, veamos, mi buena hijita--djome conmovido el cura,--clmate y
cuntame lo que t le hiciste.

--Nada. En cuanto os fuisteis, me apellid desfachatada y se lanz sobre
mi como una furia. Ah, qu odiosa!

--Vamos, Reina, vamos, bien sabes que hay que perdonar las ofensas.

--S, est fresca!--exclam empujando hacia atrs mi silla y ponindome
a pasear a grandes pasos por la sala; no la perdonar jams, jams!

Levantose tambin el cura y comenz a caminar en contra ma, de manera
que continuamos la conversacin cruzndonos continuamente, como el Ogro
y el Pulgarcillo, cuando el monstruo le persigue por haberle robado una
de las botas de siete leguas.

--Reina, Reina, es necesario que seas razonable y aceptes esta
humillacin con espritu de penitencia, por tus pecados.

--Mis pecados!--repliqu, detenindome y alzando levemente los
hombros,--bien sabis vos, seor cura, que son tan pequeos, tan
pequeos, que no vale la pena hablar de ellos.

--De veras!--dijo el cura, no pudiendo contener una sonrisa.--Entonces,
ya que eres una santa, recibe tus contrariedades con paciencia, por amor
de Dios.

--Oh, no, a fe ma!--le repliqu decididamente.--Quiero amar a Dios,
pero creo que l me ama lo bastante para no estar contento al verme
desgraciada.

--Qu cabeza!--exclam el cura.--Bonita educacin la ma!

--En fin--continu yo, emprendiendo la marcha nuevamente,--quiero
vengarme, y me vengar.

--Reina, eso est muy mal. Cllate y escchame.

--La venganza es el placer de los dioses,--prosegu yo, dando un salto
para cazar un moscardn que revoloteaba sobre mi cabeza.

--Vamos, hijita, hablemos con seriedad.

--Pero si yo hablo seriamente--respond, detenindome delante de un
espejo, para comprobar con cierta complacencia, que la animacin me
sentaba.--Ya veris, seor cura, empuar un sable y degollar a mi ta
como Judith a Holofernes.

--Esta chica est hidrfoba!--exclam desolado el cura.--Estese un
momento quieta, seorita, y no diga disparates.

--Convenido, seor cura; pero entonces declarad que Judith no vala ni
un cntimo.

Recostose el cura en la chimenea, e introdujo delicadamente una narigada
de rap en sus fosas nasales.

--Permteme, hijita, eso depende del punto de vista en que uno se
coloque.

--Qu poco lgico sois! Hallis esplndida la accin de Judith porque
libert a unos cuantos ruines israelitas, que no valan seguramente lo
que yo, y que no os deban interesar, puesto que hace tanto tiempo que
estn muertos y enterrados... y os parece mal que haga lo mismo por mi
propia libertad? Y eso que yo gracias a Dios, estoy viva!--aad,
girando varias veces sobre mis talones.

--Veo que tienes buena opinin de ti--respondi el cura, que haca
esfuerzos por tomar severo aspecto.

--Ah, excelente!

--Bueno, y ahora; quieres o no quieres escucharme?

--Estoy cierta--continu yo, siguiendo mi idea,--de que Holofernes era
infinitamente ms simptico que mi ta, y de que me hubiera entendido
con l perfectamente. Por lo tanto, no alcanzo a ver lo que me impedira
imitar a Judith.

--Reina!--exclam el cura, golpeando el suelo con el pie.

--No os enojis, os ruego, mi querido cura; tranquilizaos, no matar a
mi ta, tengo otro medio de vengarme.

--Cuntame eso--dijo el excelente hombre apaciguado ya y dejndose caer
sobre un canap.

Yo me sent a su lado.

--Bueno. Habis odo hablar de mi to de Pavol?

--S, por cierto. Vive cerca de V***

--Muy bien. Cmo se llama su propiedad?

--El Pavol.

--Entonces, escribiendo a mi to al castillo de Pavol, cerca de V***
llegara la carta?

--Sin duda.

--Pues bien, seor cura; he hallado mi venganza. No sabis que si mi
ta no me quiere, quiere en cambio muchsimo a mis pesos?

--Pero, hija ma de dnde has sacado semejante cosa?--djome
escandalizado el cura.

--Se lo he odo decir a ella misma; as es que estoy segura de lo que
afirmo. Y lo que teme, sobre todo, es que yo me queje al seor de Pavol,
y le pida que me lleve a su casa. La amenazar con escribirle a mi to,
y no estoy muy lejos--continu despus de un instante de reflexin,--de
hacerlo el da menos pensado.

--Bah! siquiera eso es una cosa inocente--dijo sonriendo el buen cura.

--Veis, veis: vos mismo me aprobis!--exclam batiendo palmas.

--S, hasta cierto punto, hija ma, porque es evidente que no se te debe
pegar; pero te prohbo toda impertinencia. No te sirvas de tus armas
sino en caso de legtima defensa, y recuerda que si tu ta tiene
defectos, t en cambio, debes respetarla y no ser agresiva.

Yo hice una mueca petulante.

--No os prometo nada... o ms bien, mirad, hablando con franqueza, os
prometo hacer justamente todo lo contrario de lo que acabis de decirme.

--Esto es una verdadera insubordinacin!... Reina, concluir por
enfadarme.

--Es ms que una insubordinacin--repliqu gravemente,--es una
revolucin.

--Me va a hacer perder la paciencia y la vida!--murmur el
cura.--Seorita de Lavalle, hacedme el favor de someteros a mi
autoridad.

--Escuchad--prosegu con zalamera,--os quiero con todo mi corazn, aun
ms; sois la nica persona que quiero en el mundo.

La faz del cura se dilat radiante.

--Pero detesto, execro a mi ta; mis ideas no cambiarn a ese respecto.
Tengo mucho ms talento que ella...

Aqu, el cura, cuyo rostro se haba nublado, me interrumpi con una
mordaz exclamacin.

--No protestis--prosegu yo, mirndole de soslayo,--bien sabis que
sois de m misma opinin.

--Qu educacin, qu educacin!--murmur el cura con tono lastimero.

--Seor cura, tranquilizaos, mi salvacin no peligra; tarde o temprano
nos encontraremos en el cielo. Contino: teniendo, pues, mucho ms
talento que mi ta, me ha de ser fcil atormentarla de palabra. Anoche
me he comprometido conmigo misma a fastidiarla y he tomado a la luna y a
las estrellas por testigo.

--Hija ma--djome con seriedad el cura,--no me quieres or, y te
arrepentirs.

--Bah, lo veremos!... Ah viene mi ta; est furiosa, porque soy yo
quien solt la vaca, los conejos y los capones, para quedar a solas con
vos. Echadle una sobarbada; os garantizo que me ha pegado muy fuerte;
tengo marcas negras en los hombros.

Entr mi ta como un huracn, y el cura completamente estupefacto, no
tuvo tiempo para contestarme.

--Ven ac, Reina--grit ella, con la faz amoratada por la ira y la
desordenada carrera que haba tenido que dar en pos de los conejos.

Yo le hice un gran saludo, y le dije, dirigiendo un gesto de
inteligencia a mi aliado.

--Os dejo con el cura.

Felizmente la ventana estaba abierta.

Salt sobre una silla, trep al alfizar y me deslic hacia el jardn,
con gran pasmo de mi ta, que se haba plantado en la puerta para
cortarme la retirada.

Declaro que fing escaparme, pero que en realidad me qued escondida
detrs de un laurel y que ca en un acceso de jbilo sin igual, oyendo
los reproches del cura y las furibundas exclamaciones de mi ta.

Y a la tarde, durante la comida, ostent el benigno aspecto de un perro
a quien se le arrebata un hueso.

Rea a Susana, quien a su vez la enviaba a paseo, pegbale al gato,
arrojaba sobre la mesa los cubiertos haciendo un barullo espantoso, y
por ltimo, exasperada por mi actitud impasible y burlona, tom una
botella y la tir por la ventana.

Inmediatamente tom yo un plato de arroz, del que aun no se haba
servido y lo lanc detrs de la botella.

--Ah miserable pilla!--vocifer mi ta, lanzndose sobre m.

--No se me acerque--le dije retrocediendo;--si me llega a tocar, esta
noche misma escribo a mi to de Pavol.

--Ah!...--dijo mi ta, quedando petrificada y con el brazo extendido.

--Si no es esta noche--prosegu,--ser maana o pasado, porque no quiero
que se me pegue.

--Tu to no te creer--grit mi ta.

--Ya lo creo que s! Los dedos de usted han dejado huella en mis
hombros. S que es muy bueno y me ir con l.

No tena por cierto ninguna nocin a cerca del carcter de mi to,
puesto que slo contaba seis aos cuando lo vi por primera y ltima
vez. Pero me pareci que deba hacerle creer que saba mucho a su
respecto, y que de ese modo daba pruebas de una gran diplomacia.

Y sal majestuosamente, dejando a mi ta desahogndose entre los brazos
de Susana.




IV.


Declarada estaba la guerra y desde entonces pas todo mi tiempo en
luchar con la seora de Lavalle. Antes de ello, apenas me atreva a
abrir la boca delante de mi ta, excepcin hecha de las veces en que el
cura se hallaba como tercero entre nosotros; me impona silencio antes
de que hubiese concluido mi frase.

Declaro que este proceder rame penoso en extremo, pues soy charlatana
por naturaleza. Resarcame algo con el cura, pero esto era absolutamente
insuficiente; tan es as que tom la costumbre de hablar en alta voz
conmigo misma. Y muy a menudo acaeca, que me plantara delante del
espejo, y conversase durante horas enteras con mi propia imagen.

Oh, fiel amigo! mi querido espejo! amable confidente de mis
pensamientos ntimos!

No s si los hombres han reflexionado alguna vez sobre la influencia
enorme que este mueblecito puede ejercer sobre un talento. Notad que no
especifico el sexo de este talento, estando convencidsima de que los
individuos barbudos se complacen tanto como nosotras en observar sus
cualidades externas.

Si escribiera una obra filosfica, desarrollara este tema: De la
influencia del espejo sobre el corazn y la inteligencia del hombre.

No niego que tal vez fuera mi tratado nico en su especie, y que de
ninguna manera se asemejara a la filosofa en que Kant, Fichte,
Schelling y otros, han gastado toda su vida, para su mayor gloria y gran
felicidad de la posteridad que los lee con un placer tanto ms intenso,
cuanto que absolutamente no la comprende. No, mi tratado no correra
tras las obras de estos seores; sera claro, explcito, prctico con un
tantico de causticidad, y sera preciso poseer en alto grado el gusto
por la contradiccin para no convenir que estas cualidades no son la
distintiva de las mencionadas filosofas. Mas no hallando
suficientemente madura mi inteligencia para tamaa obra, contntome con
profesar a mi espejo sincero afecto, y con mirarme largo tiempo en l
todos los das por espritu de gratitud.

Bien s, que ante tal declaracin, algunos de esos caracteres montaraces
y bruscos que todo lo ven negro, insinuarn que la coquetera entra por
mucho en la simpata que siento por mi espejo. Dios mo! nadie es
perfecto; fijaos bien, querido lector, que si sois de buena fe, lo que
no es muy seguro, confesaris que el inters personal, por no decir algo
peor, ocupa el primer puesto en la mayora de vuestros sentimientos.

Pero volviendo a mi asunto, dir que, habiendo roto completamente con
mis antiguos terrores, no trat ya de moderar mi locuacidad delante de
mi ta. No pas da en que no tuviramos a la hora de la comida
discusiones que amenazaban degenerar en tempestades.

Aunque no conociese yo su origen todava, no tard en descubrir que era
ignorante como un topo y que experimentaba gran contrariedad cuando
apoyaba mis opiniones en mi saber o en el del cura. Por otra parte,
jams titubeaba yo en dar la calificacin de histricas a ideas sacadas
de mi propia mente. Desgraciadamente, rame imposible luchar contra su
experiencia personal, y cuando me afirmaba que las cosas se pasaban de
tal o cual modo en el mundo, y los hombres no eran ms que pillos, unos
agentes de Satans, me mora de rabia porque no poda contestarle nada.
Que tena bastante buen sentido para comprender que los personajes con
quienes viva, no podan darme ms que una imperfectsima idea del
gnero humano, en las circunstancias comunes de la vida.

Todos los domingos coma el cura en casa. Y sin duda tena sus motivos
secretos para no elogiar delante de mi al rey de la Creacin
(exceptuando sus hroes antiguos cuyas audacias no poda temer), pues no
opona sino debilsimas protestas a las afirmaciones de mi ta.

La comida del domingo constaba invariablemente de un pollo o de un
capn, de una ensalada, de huevos duros y de leche cuajada en verano.

El cura, que en su casa coma bastante mal y cuyo paladar saba apreciar
el arte de Susana, llegaba restregndose las manos y proclamando su
apetito.

Pronto nos sentbamos a la mesa, y el principio de la conversacin era
no menos invariable que la lista de la comida.

--Hace buen tiempo--adelantaba mi ta, cuya frase, si llova, no se
modificaba sino en el adjetivo.

--Esplndido!--responda alegremente el cura,--da gusto caminar con un
sol tan hermoso.

Si hubiera llovido, nevado, helado o cado granizo, piedras o azufre,
del mismo modo hubiese el cura manifestado su satisfaccin explayndose
sobre lo agradable de un cuarto hermticamente cerrado o ya elogiando el
encanto de un buen fuego.

--Pero no hace calor--continuaba mi ta,--y es sorprendente! en mi
tiempo, por Pascua, ya nos vestamos de blanco!

--Os sentaban los trajes blancos?--preguntbale yo rpidamente.

Mi ta que no dejaba de prever alguna impertinencia, me diriga una
mirada preventiva antes de responder:

--S, por cierto; bastante.

--Oh!--exclamaba yo, con un tono que no permita ninguna duda a cerca
de mi ntima conviccin.

--Y en mi tiempo--continuaba,--las nias no hablaban sino cuando se les
diriga la palabra.

--Entonces usted no hablaba cuando joven, ta?

--Cuando me hacan alguna pregunta y nada ms.

--Y todas las nias se os asemejaban, ta?

--S, por cierto, sobrina.

--Qu poca horrible!--suspiraba yo, levantando los ojos al cielo.

Mirbame el cura con aire de reproche, y la seora de Lavalle paseaba
sus miradas sobre los diversos objetos que yacan sobre el mantel,
evidentemente con la tentacin de tirarme con alguno a la cabeza.

Llegada la conversacin a este punto... agudo, decaa de pronto, hasta
el momento en que los acerbos sentimientos de mi ta, regolfados por los
esfuerzos de su voluntad, estallaban de golpe, como una mquina sometida
a excesiva presin. Su furia se desbordaba sobre la creacin entera.
Hombres, mujeres, nios, todo caa. De los mseros hombres no quedaba,
al final de la comida, ms que una horrible mezcla, no ya de carnes y
huesos machacados, sino de monstruos de toda especie.

--Los hombres no valen ni la soga para ahorcarles,--deca en el idioma
armonioso y elegante que le era peculiar.

El cura que estaba en la desoladora conviccin de no ser una mujer,
bajaba la cabeza y pareca lleno de contricin.

--Herejes, bandidos!--prosegua mirndome con un aire terrible, como si
yo hubiese pertenecido a la especie en cuestin.

--Hum!--haca el cura.

--No piensan ms que en gozar y en comer!--continuaba mi ta, que se
acordaba de la miseria que le haba legado su marido.--Agentes del
diablo!

--Hum, hum!--prosegua el cura, moviendo la cabeza.

--Seor cura!--exclamaba yo impaciente--hum, hum! no es un argumento
muy convincente.

--Permitidme, permitidme--contestaba el buen hombre, perturbado en el
saboreo de su comida;--creo que la seora de Lavalle va ms all de su
idea al emplear esta expresin: agentes del diablo; pero tambin es
cierto, que hay muchos hombres, que no son acreedores de una gran
confianza.

--Entonces vos sois como Francisco I, prefers las mujeres?--deca yo
con mi airecito cndido.

--Voto a bros!--exclamaba mi ta, que haba substituido algunas
palabras demasiado enrgicas, por esta frase aprendida a su esposo y que
le pareca muy aristocrtica--voto a bros! cllate, necia!

Pero el cura le haca una sea misteriosa y la excelente seora se
morda los labios.

--Y vuestros hroes, seor cura? Y vuestros griegos? Y vuestros
romanos?

--Oh, los hombres de hoy no se parecen a los de antes!--replicaba el
cura convencido de que deca una gran verdad.

--Y los curas?--continuaba yo.

--Los curas estn fuera de combate--respondame con bondadosa sonrisa.

Esta clase de conversacin, sembrada de sobreentendidos, gozaba del
privilegio de exasperarme enormemente. Tena conciencia de que un mundo
de ideas y sentimientos, que por otra parte no tardara en descubrir, me
estaba cerrado. Dudaba, que el juicio de mi ta sobre la humanidad fuese
absolutamente justo, y comprenda que ignoraba muchas cosas, y que
corra el riesgo de quedar por largo tiempo en mi ignorancia.

Una maana, meditando sobre esta lamentable situacin, ocurriseme la
idea de consultar a las tres personas que me era dado ver todos los
das: Juan el quintero, Petrilla y Susana.

Como esta ltima haba vivido en C***, decid que sus apreciaciones
deban de estar basadas en una gran experiencia y por consiguiente la
dej para postre.

Arropndome en una capucha, tom mis zuecos y me dirig hacia la quinta,
situada a un kilmetro de la casa.

Chapuzando, chapoteando y enterrndome, llegu hasta donde estaba Juan
que limpiaba su arado.

--Buen da, Juan!

--Buen da, seorita!--contest Juan, quitando su bonete de lana, lo
que permiti a sus cabellos que se pararan tiesos sobre la cabeza. Esta
era una peculiaridad de su temperamento; siempre que no estaban
sometidos a presin, se entregaban a ese pequeo ejercicio.

--Vengo a consultarle sobre una cosa muy, pero muy importante--djele,
haciendo hincapi sobre el adverbio para despertar su inteligencia que
yo saba dispuesta a andar a la briba, as que se la interrogaba.

--Mande usted, seorita.

--Dice mi ta, que todos los hombres son unos bandidos, qu piensa
usted a este respecto, Juan?

--Unos bandidos!--repiti Juan, que agrand los ojos como si percibiera
un monstruo delante de s.

--S, pero es la opinin de mi ta, y quiero tener la de usted.

--Caramba! s, con todo, bien podra ser.

--Pero eso no es una opinin, Juan. Vamos a ver, cree usted s o no,
que los hombres sean generalmente unos bandidos?

Juan apoy la punta de su nariz sobre el ndice de su mano derecha, lo
que es signo seguro de profunda meditacin.

Despus de haber reflexionado un minuto me dio esta respuesta, neta y
decisiva:

--igame seorita, le dir a usted: puede ser que sea as, y puede ser
que no.

--Cerncalo!--djele indignada al contemplar tal fenmeno de estupidez.

Abri los ojos, abri la boca, abri las manos, y hubiera abierto toda
su persona, si hubiese podido, para expresar ms su asombro.

Volv al patio de el Zarzal, renegando del barro, de mis zuecos, de Juan
y de m misma.

--Petrilla, ven!--grit.

Petrilla que limpiaba los cacharros de la lechera, acudi
inmediatamente, con un manojo de ortigas en la mano, desnudos los brazos
y roja la cara como una manzana, y la cofia en la nuca, segn su
costumbre.

--Cul es tu opinin acerca de los hombres?--pregunele de pronto.

--Acerca de los hom...

Y Petrilla, de manzana se volvi amapola, dej caer sus ortigas, tom
una punta de su delantal, levant la pierna izquierda y qued posada
sobre la derecha mirndome de un modo embobado.

--Y? Responde! Qu piensas de los hombres?

--Seorita, usted sin duda quiere jugar.

--No, no. Hablo seriamente. Contesta pronto.

--Caramba! seorita--respondiome Petrilla, parndose de nuevo sobre sus
piernas,--si son buenos mozos, creo que se ven cosas algo ms
desagradables.

Este modo de examinar la cuestin, me dio que pensar.

--No hablo de lo fsico--prosegu yo, alzando los hombros,--sino de lo
moral.

--Yo los encuentro muy simpticos, por cierto--respondi Petrilla,
brillndole los ojos.

--Cmo! no los tienes por herejes, bandidos y agentes del diablo?

Petrilla se ech a rer a carcajadas.

--Vea seorita, el modo de hablar de esos herejes es tan dulce, que...

Aqu se interrumpi para darse un gran coscorrn en la cabeza. Torci su
delantal, baj los ojos, y me pareci que estaba por tomar las de
Villadiego.

--Y despus? Termina!

--Seguramente, seorita, me vais a hacer decir disparates... y me voy.

Y dirigindome la ms hermosa de sus reverencias, desapareci en las
profundidades de su lechera con cuya puerta me dio en la nariz.

--Por qu dira disparates?... Vamos; no tengo ms que recurrir a
Susana; lo que falta es que no quiera hablar.

Entr a la cocina. Susana se preparaba, armada de una escoba, a hacerla
funcionar activamente.

Me pareci que estaba en uno de sus malos das, y pens que sera
conveniente emplear algunas precauciones oratorias antes de plantear mi
pregunta.

--Qu lindas y brillantes estn tus cacerolas!--djele con amabilidad.

--Se hace lo que se puede--refunfu Susana,--y a quien no le guste, que
se queje.

--Mira, Susana, t que haces tan bien el guiso de pollo, quieres
ensearme a hacerlo?

--Eso no os incumbe, seorita; quedaos en vuestros departamentos y
dejadme tranquila en mi cocina.

No surtiendo ningn efecto mis medios de corrupcin, enderec el fuego
hacia otro punto.

--Sabes una cosa, Susana? Sabes que debes haber sido muy linda en tu
juventud? En tanto--pensaba, a parte, que si me hubiera tocado ser su
marido, la hubiese puesto a asar en el horno para zafarme de ella.

Haba tocado la cuerda sensible, porque Susana dignose sonrerme.

--Todos tenemos nuestra primavera, seorita.

--Susana--prosegu yo, aprovechando aquella repentina blandura para
llegar ms rpidamente a mi objeto,--tengo ganas de hacerte una
pregunta...

--Cul es tu opinin sobre los hombres... y las mujeres?--aad
pensando que era un rasgo de ingenio el extender mis estudios sobre
ambos sexos.

Apoyose Susana sobre su escoba, tom su aspecto ms avinagrado y me
respondi con una conviccin contundente:

--Seorita, las mujeres no valen mucho; pero los hombres no valen nada.

--Oh!--protest yo, ests segura de ello?

--Tan cierto, como que os lo digo, seorita.

Y aplic un escobazo a los restos de legumbres que se hallaban por
tierra, y los hizo desaparecer con tanta destreza, como si hubieran
representado a los bpedos, blanco de su antipata.

Retreme a mi cuarto a meditar el misantrpico axioma enunciado por
Susana, bastante desalentada, pensando que yo no vala gran cosa, y que
a mis desconocidos amigos, los hombres, se les daba el humillante valor
del cero.




V.


Sin embargo, mis estudios me parecieron insuficientes y decid
continuarlos con ayuda de las novelas de la biblioteca.

Un lunes, da de feria, mi ta, el cura y Susana tuvieron que ir a C***
Mi ta decidi, como siempre, que yo quedara al cuidado de Petrilla, y
fue esta vez la primera, que en mi vida, me encant tal decisin. Estaba
ms que segura de mi libertad de accin, puesto que Petrilla se ocupaba
ms de la vaca lechera que de mis inspiraciones. Para estas excursiones
traa el quintero al patio, a las ocho de la maana, una especie de
carromato, que en el lugar llamaban _maringola_. Apareca mi ta de
tiros largos, con la cabeza cubierta por un sombrero redondo, de fieltro
negro, al que haba adicionado un barbiquejo de un color violeta
desvado. Plantbaselo audazmente en la punta del rodete. Hiciera calor
o fro, arropbase con pieles, pues haba adoptado desde su casamiento
la idea de que una seora de distincin no deba ponerse en camino sin
llevar sobre s el cuero de algn animal.

Crea firmemente que, vestida de ese modo, quedaban borradas las mculas
de su origen.

Sentbase en el fondo del carricoche, en una silla sobre la que se pona
un almohadn, a fin de que no sufriera esa delicada porcin del
individuo, cuyo nombre evita toda decente pola.

Susana, que estaba encargada de dirigir el caballo que se manejaba solo,
colocbase hacia la derecha en el banco de adelante y el cura suba a su
lado.

Y ya as, simultneamente, volvanse hacia m.

--No hagas travesuras--deca mi ta,--y cuidadito con ir a la huerta!

--No me revuelva la cocina!--gritaba Susana,--y para almorzar,
contntese con la ternera fiambre.

El cura no deca ni palabra, pero me sonrea con cario y haca un gesto
que quera decir:

--Lo que es por mi, de buena gana te llevara; pero ella no ha querido.

Este memorable lunes, sucedi lo mismo de siempre. Di algunos pasos
sobre la carretera y pronto les vi desaparecer, zarandeados como
rganas.

Sin perder un segundo puse en ejecucin mi proyecto, desde tiempo atrs
maduro. Tratbase de tomar posesin de la biblioteca, cuya llave
ocurrisele confiscar malhadadamente al cura; pero no era nia yo para
desalentarme por tan poco.

Corr a buscar una escalera, que arrastr hasta la ventana de la
biblioteca, y con esfuerzos sobrehumanos consegu levantarla y apoyarla
slidamente contra la pared. Trep con agilidad por los escalones, romp
un cristal con una piedra, que llevaba en la mano, y quitando luego los
pedazos de vidrios que quedaban an en el marco, pas por la abertura
aquella la parte superior de mi cuerpo y me dej resbalar hacia adentro.

Ca de cabeza sobre el piso, me hice un enorme chichn en la frente y al
otro da me trajo el cura un ungento para disolverlo.

As que me levant y despert del aturdimiento en que el golpe me haba
sumido, fue mi primer cuidado, urgar en los cajones de una vieja
escribana, en busca de una llave igual a la que haba hecho desaparecer
el cura. Mis pesquisas no duraron mucho; despus de dos o tres
infructuosas experiencias di con lo que buscaba.

Despus de haber suprimido tanto como me fue posible, los indicios de la
fractura de la ventana, me instal en un silln, y mientras reposaba de
mis fatigas hirieron mi vista las obras de Walter Scott, colocadas en
frente de m. Tom al azar una de ellas, y me retir, llevando a mi
cuarto, como si hubiera sido un tesoro, _La linda joven de Perth_.

En mi vida haba ledo una novela, y ca en un xtasis, en un
arrobamiento de que no podra dar idea. Aunque viviese novecientos
sesenta y nueve aos como el buen Matusalm, no olvidara jams la
impresin que me hizo la lectura de _La linda joven de Perth_.

Experimentaba la misma alegra, que debe sentir un prisionero a quien se
saca del calabozo y se transporta entre rboles, flores y sol; o ms
bien el jbilo de un msico que oye ejecutar por primera vez y de un
modo ideal la obra de su corazn y de su mente.

El mundo que me era desconocido, y que con tanta inconsciencia anhelaba
conocer, se me revelaba de pronto. Tan repentinamente entr la luz en mi
inteligencia, que crea haber sido hasta entonces estpida e idiota. Me
entusiasm, me embriagu con aquella novela repleta de color, de vida y
de movimiento.

Cuando baj por la noche al comedor, donde el cura, que coma con
nosotros, me esperaba con impaciencia, baj soando.

Mirome l con profunda lstima, y me pregunt con el mayor inters, cmo
me haba pasado aquel accidente.

--Accidente?--exclam sorprendida.

--Tienes la frente amoratada, mi pequea Reina.

--La tonta habr subido a algn rbol o a alguna escalera--observ mi
ta.

--S, a una escalera--respond,--es verdad.

--Pobrecita!--exclam el cura desolado,--y caste de boca?

Yo hice una inclinacin afirmativa.

--Y te has puesto rnica, hijita?

--Bah, no vale la pena!--prosigui mi ta;--comed vuestra sopa, seor
cura, y no os ocupis de esa atolondrada; bien merecido le est.

El cura no dijo, pues, nada, me hizo una sea amistosa y me examin
furtivamente.

Mas yo no prestaba mayor atencin a lo que suceda en torno mo. Pensaba
en la encantadora Catalina Glover, en el noble Enrique Smith, de quien
me haba enamorado, provisionalmente, y hete aqu, que sin el menor
prembulo estall en sollozos.

--Dios mo!--exclam el cura levantndose rpidamente.--Querida
Reinita, mi buena hijita!

--No le hagis caso est enojada porque no la hemos llevado a C***.

Pero el cura, que saba que yo odiaba el llanto y que era bastante
orgullosa como para demostrar delante de mi ta una pena causada por
ella, se me acerc, me pregunt en secreto por qu lloraba y se esforz
en consolarme.

--No es nada, mi bueno y querido cura--djele yo enjugando mis lgrimas
y echndome a rer.--Tengo horror del dolor fsico, me duele la cabeza y
luego, debo estar horrorosa.

--Como de costumbre--dijo mi ta.

El cura me mir con aire preocupado. No estaba contento de mi
explicacin; pensaba que algo anormal haba pasado durante el da. Me
aconsej que me acostara sin prdida de tiempo; y lo hice con toda
diligencia.

Estaba avergonzada de haberlos divertido con mi llanto; tanto ms cuanto
que yo misma no saba por qu haba llorado. Fue de placer o de
fastidio? No hubiera podido decirlo, y me adormec con la idea de que
era intil tratar de analizarlo.

Durante el mes que sigui, devor la mayor parte de las obras de Walter
Scott. Desde aquel entonces hasta hoy he tenido, ciertamente, alegras
reales y profundas, pero por grandes que hayan sido, no sabra decir si
han sobrepujado mucho en intensidad a las que sent mientras mi
inteligencia brotaba de su niebla, como de su crislida, una mariposa.

Pasaba de arrobamiento a arrobamiento, de xtasis a xtasis. Y me
olvidaba de todo, para no pensar ms que en mis novelas y en los
personajes que excitaban mi imaginacin.

Cuando el cura me explicaba un problema, pensaba yo en Rebecca a quien
haba dejado en coloquio con el templario; cuando me daba una leccin de
historia, vea desfilar ante mis ojos los encantadores hroes, entre los
que mi corazn inconstante haba elegido ya una quincena de maridos, y
cuando me reprenda, no le oa ni la mitad, hallndome ocupada en
confeccionar un traje parecido al de Isabel de Inglaterra o al de Amy
Robsart.

--Qu has estudiado hoy?--preguntbame al llegar.

--Nada.

--Cmo nada?

--Me fastidia el estudio--deca yo con tono cansado.

El pobre cura estaba consternado. Preparaba largos discursos y me los
espetaba de un tirn, pero producan el mismo efecto que si los hubiera
dirigido a un piel roja.

Por ltimo sbitamente me volv triste. Si bien mi ta no me pegaba,
desquitbase en cambio dicindome cosas chocantes.

Haba adivinado que me dola ser tan pequea y no perda ocasin de
herir ese punto vulnerable; me llamaba fenmeno y me repeta que era
fea.

Poco tiempo antes, hallbame yo misma muy linda y tena mucho ms
confianza en mi opinin, que en la de mi ta. Pero trabando relacin con
las heronas de Walter Scott, surgi en mi espritu la duda. Eran tan
lindas, que yo me desolaba pensando que era necesario parecrseles para
ser amada.

El cura perda poco a poco su sonrisa y su color. Observbame con
desconsuelo, y pasaba el tiempo en sorber narigadas de rap, con olvido
de todas las reglas del arte, y en tratar de adivinar mi secreto, para
lo que empleaba maquiavlicos medios; pero yo era impenetrable.

Vile un da dirigirse hacia la biblioteca, pero buen cuidado tena yo de
no dejar la llave en la cerradura; volvi sobre sus pasos moviendo la
cabeza y pasndose las manos entre el cabello que, ms alborotado que
nunca, produca el efecto de un penacho.

Yo me haba escondido tras una puerta y le o murmurar cuando pas cerca
de mi:

--Volver con la llave.

Esta decisin me contrari profundamente. Con seguridad iba a descubrir
mi secreto, y no iba a poder continuar mis lecturas queridas.

Inmediatamente corr a buscar otras novelas ms, que llev a mi cuarto y
las reemplac en los estantes con libros tomados al azar; pero a pesar
de mis precauciones, tena, por cierto, que el cuadro de papel con que
haba substituido al vidrio roto, era un indicio acusador.

Ese da, examinando unas cartas halladas en la escribana, descubr el
origen de mi ta. Era un arma contra ella, y resolv no tardar en
usarla.

Al da siguiente, en el almuerzo, estuvo de muy mal humor. En tal
disposicin de nimo, si no hallaba pretexto para provocarme, lo
inventaba.

Soaba yo con el amable Buckingham, que me pareca delicioso con su
insolencia, sus hermosos trajes, sus lazos de cintas y su ingenio, y me
preguntaba por qu causa se desesperaba Alicia Bridgeworth, de verse en
su casa, cuando mi ta me dijo sin prembulos.

--Qu fea est usted hoy, Reina!

Yo salt en la silla.

--Aqu tiene--le dije pasndole el salero.

--No pido la sal, tonta. Se est volviendo tan estpida como fea.

Es de notar que mi ta no me tuteaba nunca. Desde el da en que fue
mujer de mi to, crey ponerse a la altura de su situacin, suprimiendo
el t de su vocabulario. Trataba de usted hasta a sus conejos.

--No soy de su opinin--le repuse secamente,--me encuentro muy linda.

--Qu disparate!--exclam mi ta.--Linda, usted! Un fenmeno del alto
de la estufa!

--Es mejor parecerse a una planta delicada que a un hombre
malogrado--repliquele.

Pero mi ta crea firmemente que haba sido una belleza y no soportaba
bromas al respecto.

--He sido linda, seorita; tan linda que a mi y a mi hermana los vecinos
nos llamaban unas diosas.

--Su hermana se pareca a usted, mi ta?

--Mucho; ramos mellizas.

--Qu desgraciado sera su marido!--dije yo con tono convencido.

Mi ta lanz una imprecacin, que no dejar repetir a mi pluma.

--Al fin y al cabo--prosegu con calma,--usted tiene naturalmente el
gusto de una mujer del pueblo, mientras que yo, yo...

Pero qued boquiabierta a mitad de la frase; mi ta acababa de romper un
plato con el mango de su cuchillo. Lo que yo haba dicho, inutilizaba
todos sus esfuerzos para ocultarme su origen, y me vengaba completamente
de toda su maldad para conmigo.

--Es usted una serpiente!--exclam con voz estrangulada.

--No lo creo, mi ta.

--Una serpiente!

--Ya lo ha dicho,--respond tranquilamente.

--Una serpiente cobijada en mi seno!--repiti mi ta, que estaba
demasiado colrica para hacer gastos de imaginacin.

Mov la cabeza, y pens que a ser yo serpiente, seguramente rehusara
hallarme en semejante situacin.

--Permitidme--prosegu,--he estudiado ese animal en mi historia natural,
y nunca he visto que tuviese la costumbre de cobijarse en el seno de
nadie.

Mi ta, que se desconcertaba siempre que haca yo alusin a mis
lecturas, no contest nada, pero la expresin de su fisonoma, me
pareci tan poco tranquilizadora que me esquiv cantando a desgaitarme:

--rase que se era, un to de Pavol, de Pavol, de Pavol!

Nos hallbamos a mediados de Junio. Las mariposas volaban por todas
partes, las moscas zumbaban, el aire estaba impregnado de mil perfumes;
en una palabra, el da me pareci tan esplndido que olvid mi prudencia
ordinaria. Tom mi libro y fui a instalarme en un prado a la sombra de
una parva de heno.

Se me oprima el corazn pensando en las palabras de mi ta. La verdad
es que era desolador el ser tan pequeita, tan pequeita. Quin podra
amarme as? Pero me consolaba leyendo _Peveril del Pic_. Era esta una de
mis novelas preferidas, entre las de Walter Scott, precisamente a causa
de Fenella, cuya altura era a buen seguro, ms exigua que la ma.

Yo amaba, idolatraba a Buckingham. Me encolerizaba con Fenella, porque
le deca cosas verdaderamente muy duras, y en el momento en que se
escapa por la ventana, detuve mi lectura para exclamar.

--Ah, tontuela, un hombre tan delicioso!

Al pronunciar estas palabras levant los ojos, y lanc un gran grito al
ver al cura de pie, delante de m.

Estaba cruzado de brazos y me miraba estupefacto. Pareca tan
consternado como ese personaje de los cuentos de hadas, que ve sus
diamantes trocados en avellanas.

Me levant algo avergonzada, pues le haba engaado abominablemente.

--Oh, Reina!...--comenz.

--Mi querido cura--exclam yo estrechando a Peveril del Pic contra mi
corazn,--dejadme continuar, os lo ruego, os lo suplico!

--Reina, mi Reinita, nunca hubiera credo eso en ti.

Esta dulzura me enterneci, tanto ms que no tena la conciencia muy
limpia, mas con una tctica eminentemente femenina me apresur a cambiar
de asunto.

--Era una distraccin, seor cura, soy tan desgraciada.

--Desgraciada, Reina?

--Creis que sea divertido tener una ta como la ma? No me pega ya, es
cierto, pero me dice cosas que me apenan mucho.

Qu bien conoca a mi cura! Ya haba olvidado su resentimiento y sus
sermones; tanto ms cuanto que en mis palabras haba un gran fondo de
verdad.

--Y es por eso, que ests tan triste, hijita?

--S, por cierto, seor cura. Figuraos que mi ta me repite en todos los
tonos que soy un fenmeno, que soy fea como un susto.

Y mis ojos se llenaron de lgrimas, como que el tal tema me dola en el
alma.

El buen cura muy emocionado, restregose la nariz, con aire perplejo. Muy
distante estaba de participar de las ideas de mi ta a ese respecto y
miraba el modo que podra emplear para disipar mi tristeza, sin
despertar en mi alma ni el orgullo, ni la vanidad, ni ningn elemento de
pecado.

--Vamos, Reina; es preciso no apegarse mucho a cosas que pronto se
desvanecen.

--Entretanto, esas cosas existen--repliqu, coincidiendo, en el
pensamiento, a dos siglos de distancia, con la ms linda mujer de
Francia.

--Por otra parte encontrars personas que no pensarn como la seora de
Lavalle.

--Es usted de esas personas seor cura? Me encuentra usted bonita?

--Pero... s--respondi el cura, con aire lastimoso.

--Muy bonita?

--Pero... s--respondi en el mismo tono el cura.

--Ah, qu contenta estoy!--exclam saltando.--Cmo os quiero, seor
cura!

--Todo esto est muy bien, Reina; pero has cometido una grave falta. Te
has introducido en la biblioteca con riesgo de desnucarte, y has ledo
libros, que probablemente yo no te hubiera dado nunca.

--Walter Scott, seor cura; son de Walter Scott! Mi literatura habla
muy bien de l.

Y le cont todas las impresiones. Habl con volubilidad y mucho tiempo,
radiante de ver que no solamente se olvidaba el cura de reirme, sino
que escuchaba con inters lo que le refera.

En vista de mi entusiasmo y mi alegra, reaparecidos como por encanto,
le volvieron tambin sbitamente los colores y el aire risueo.

--Bien--me dijo,--te permito leer a Walter Scott; sin embargo, yo mismo
lo reeler para hablar de ello contigo, pero promteme no volver a hacer
ms travesuras.

Se lo promet de todo corazn, y desde entonces tuvimos nuevo asunto
para discusiones y porfas, porque naturalmente, nunca fuimos de la
misma opinin.

Con todo, pronto el inters que me inspiraban mis novelas, fue
desvanecido por un acontecimiento sorprendente, inaudito, que acaeci en
el Zarzal, algunas semanas despus. Uno de esos acontecimientos que no
conmueven las bases de los imperios, pero que siembran perturbaciones en
el corazn o en la imaginacin de las jvenes.




VI.


Era un domingo.

Los domingos asistamos regularmente a la misa cantada, que era el nico
oficio de la maana, pues el cura no tena teniente. Mi ta entraba
primero en nuestro banco blasonado; seguala yo, Susana luego y Petrilla
cerraba la marcha.

Nuestra iglesia era vieja y pobre.

El primitivo color de las paredes desapareca bajo una especie de moho
verdoso producto de la humedad; el piso en vez de ser unido, estaba
formado por una cantidad de baches y montculos que invitaban a los
fieles a romperse la nuca y a aprovechar de su presencia en un sitio
santificado, para subir ms pronto al cielo; el altar estaba adornado
con figuras de ngeles, pintadas por el carretero de la aldea quien se
las echaba de artistas; dos o tres santos se contemplaban con sorpresa,
admirados de verse tan feos. Cuantas veces he pensado, mirndolos, que a
ser yo santa y representarme los mortales de tan odiosa manera, sera
absolutamente sorda a sus plegarias; pero tal vez los santos no tienen
mi carcter. Por una ventana sin vidrios mostraba una rosa su frente
perfumada, y con su frescura y belleza pareca protestar del mal gusto
del hombre.

Poseamos un harmonium, del que vibraban slo tres notas; a veces el
nmero creca hasta cinco, pues este instrumento era caprichoso y andaba
segn la temperatura, como los romadizos de nuestro sochantre, quien
ruga durante dos horas con una conviccin tan ingenua y profunda de que
posea una hermosa voz, que era imposible criticarle.

El sitial del celebrante estaba colocado en el fondo de un precipicio,
de modo, que desde mi asiento no se vea ms que la cabeza y el busto
del cura que pareca estar en penitencia. Los monaguillos se hacan
mueca detrs de l sin que se le ocurriera sospecharlo.

Despus del Evangelio, se quitaba delante de nosotros la casulla, como
que las cosas pasaban en familia, y despus de tropezar en algunos
pozos, llegaba al plpito.

Creo que no hay entre todos los seres humanos, que se agitan en la
superficie del globo, ninguno que no haya soado, una vez por lo menos,
en el curso de su existencia.

Sea de elevada o nfima posicin, no puede el hombre vivir sin deseos, y
el cura sufriendo la ley comn, haba soado durante treinta aos de su
vida la posesin de un plpito.

Desgraciadamente, era muy pobre, ranlo igualmente sus feligreses y mi
ta que era la nica que le hubiera podido ayudar, no responda a sus
tmidas insinuaciones; a ms de ser srdidamente avara cuando se trataba
de dar, no profesaba la menor consideracin por los antojos de su
prjimo.

A fuerza de economas, encontrose al fin el cura con doscientos francos
en su poder. Y entonces resolvi realizar su sueo del modo que pudiera.

Una maana le vi llegar fuera de s.

--Mi Reinita, ven, ven conmigo--exclam.

--A dnde, seor cura?

--A la iglesia; ven pronto.

--Pero a estas horas no hay misa.

--Ya lo s; pero quiero que veas algo esplndido.

Tena un aspecto tan radiante, su dulce fisonoma respiraba tal
contento, que todava me ro al recordarlo, y su jbilo es para mi uno
de los mejores recuerdos de aquel tiempo.

No caminaba: volaba, y llegamos en un soplo a la iglesia. Acabbase de
colocar el plpito, y el cura, en xtasis ante l, me dijo en baja voz:

--Mira Reinita, mira! No es una feliz ocurrencia? Al fin poseemos un
plpito. No tiene aspecto muy slido, pero sin embargo es bastante
bueno. He realizado el sueo de mi vida. Nunca se debe desesperar de
nada, hijita, nunca.

Mirbalo yo, un tanto desconcertada, porque no poda negarme que mi
imaginacin me haba representado un plpito, como algo de grande y
monumental. Y lo que yo tena a la vista era una especie de caja de
madera blanca apoyada en soportes de hierro tan poco elevados que,
hablando en puridad, se hubiera podido prescindir de peldaos para
entrar en ella. Pero un plpito sin escalera no se ha visto nunca; as
es que para salvaguardar el honor se haba logrado colocar dos gradas,
de quince centmetros de alto cada una.

--Mira, Reina, mira qu buen efecto produce--decame el cura.--Cuando
tenga un poco de plata, le har dar una mano de pintura, o ms bien, lo
pintar yo mismo; eso me divertir y ser ms econmico. La verdad es
que pudiera ser un poco ms alto, pero bueno es no tener demasiada
ambicin.

Y el sencillo y excelente hombre, giraba con admiracin, alrededor del
plpito. Y no se hubiese sentido ms feliz aunque sus tableros hubieran
sido pintados por Rafael o esculpidos por Miguel ngel.

A l no se le ocurra que la realidad como siempre ay! no se pareca al
ensueo; no se empeaba en hacer comparaciones y disfrutaba de su
felicidad sin preocupacin alguna.

--Yo he hecho el plano, hijita, y por cierto que he tenido una
esplndida idea. Sin embargo, la medalla tiene un reverso, y debo
declarar que me he endeudado un poco; me cobran algo ms de lo que haba
supuesto, pero parece que siempre sucede eso cuando se manda hacer
alguna cosa. Pensaba comprarme un abrigo este invierno; pues bien, Dios
mo, haremos abstraccin de l; he ah todo.

Oh, s! su alegra es para mi uno de los mejores recuerdos de aquel
tiempo.

Nunca he visto un hombre tan feliz, ni adornar una dicha mediocre con la
esplendidez que lo haca el cura con los reflejos de su buen natural, y
de su espritu algo infantil.

--Si es que parece exactamente un plpito!--deca riendo y
restregndose las manos.

Yo abrigaba algunas dudas al respecto, pero ocult mi decepcin, y me
extasi lo mejor que pude ante aquel objeto extraordinario, que a causa
de la forma irregular de la iglesia, hallbase colocado en un hueco, de
tal suerte que cuando predicaba el cura, las tres cuartas partes del
auditorio no vean ms que un brazo y un mechn de cabellos blancos que
se agitaban con elocuencia, segn las diversas fases del discurso.

Sentase tan contento el cura al decir: Voy a subir al plpito que
tuvimos que resignarnos a tener sermn todos los domingos.

No bien abra la boca, tomaban las feligreses una postura cmoda para
echar un sueecito. Petrilla aprovechaba del sopor general para lanzar
alguna ojeada al banco vecino al nuestro, y Reina de Lavalle se
preparaba a meditar sobre las vicisitudes de la vida representadas por
una ta y el aburrimiento de los sermones.

No s por qu le gustaba al cura hablar sobre las pasiones humanas, pero
un da que se haba dejado arrastrar por el calor de la improvisacin,
le hice en la comida preguntas tan indiscretas y apuradas que se
propuso no abordar ms tales asuntos delante de m. En adelante
contentose en discurrir sobre la pereza, la embriaguez, la ira y otros
vicios que no excitaban ni mi curiosidad ni mi charla.

Durante una hora nos pona a la vista la gran iniquidad en que estbamos
sumidos. Luego, cuando nuestro estado moral se haca completamente
lamentable, bajaba con nosotros con aire radioso a los infiernos, y nos
haca palpar los suplicios que merecan las almas manchadas por el
pecado; tras de lo cual, pasando por un atrevido giro de frase a menos
horribles ideas, emerga poco a poco de las regiones infernales,
permaneca algunos instantes sobre la tierra, nos depositaba
tranquilamente en el cielo, y descenda del plpito, con el paso
triunfal de un conquistador que acaba de cortar algn nudo gordiano.

El auditorio se despertaba entonces con sobresalto, excepto Susana que
gozaba demasiado oyendo hablar mal de la humanidad, para dormirse, y que
se baaba en agua de rosas, mientras el cura fustigaba a sus ovejas con
sus flores retricas.

Era, pues, un domingo. Haca un calor asfixiante y volviendo a casa,
Susana nos dijo:

--Tendremos tormenta antes de que concluya el da.

Esta profeca me agrad; una tormenta era un feliz incidente en mi vida
montona, y a pesar de mi miedo, me gustaban el trueno y los
relmpagos, aunque sola temblar de pies a cabeza cuando los estallidos
se sucedan con mucha rapidez.

Durante la primera parte de la tarde, err como alma en pena, por el
jardn y el bosquecillo. Me mora de aburrimiento y pensaba con
melancola, en que nunca me pasara ninguna aventura, y en que estaba
condenada a vivir perpetuamente al lado de mi ta.

Cuando volv a casa, a eso de las cuatro, sub al corredor del primer
piso, y con la cara pegada contra un vidrio, me entretuve en seguir con
los ojos el movimiento de las nubes que se amontonaban sobre el Zarzal y
nos traan la tormenta anunciada por Susana.

Preguntbame de dnde venan y lo que haban visto en su curso, lo que
me, podran contar, a mi que no saba nada de la vida y del mundo, a mi
que ansiaba ver y conocer. Se haban formado tras aquel horizonte que yo
nunca haba franqueado y que me esconda misterios, esplendores (a lo
menos, as crea yo), alegras y goces sobre los que meditaba en
silencio.

Distrjeme de mis reflexiones al notar que Petrilla, escondida en un
rincn, se dejaba besar por un gran palurdo que le haba pasado un brazo
alrededor del talle.

Abr de golpe la ventana y grit batiendo las manos:

--Muy bien, Petrilla! Ya veo a usted seorita.

Petrilla, espantada, tom sus zuecos en la mano y corri a guarecerse
en el establo. El gran palurdo se quit el sombrero y me examin con una
estpida sonrisa que le henda la boca hasta las orejas.

Reame con todas mis ganas, cuando un coche, que yo no haba odo llegar
entr en el patio. Baj de l un hombre, dijo algunas palabras al
sirviente que le acompaaba, y mir en torno de s en busca de alguien a
quien hablar.

Pero Petrilla, cuyo bonete blanco vea yo asomar a travs de la abertura
enrejada del establo, no se mova, y su enamorado se haba precipitado
de bruces detrs de un pajar. Y en cuanto a mi, sorprendida por tal
aparicin, haba entornado uno de los postigos de la ventana, y
observaba los acontecimientos sin hacer un movimiento.

De dos saltos salv el desconocido los deteriorados peldaos de la
escalinata, y busc una campanilla que no haba existido jams; en vista
de lo cual y no siendo la paciencia su cualidad dominante, comenz a dar
golpes de puo contra la puerta.

Mi ta y Susana surgieron delante de l, y certifico que desde ese
instante tuve la ms favorable opinin a cerca de su valor, pues no
demostr ningn espanto. Salud levemente, y luego comprend por sus
gestos que habindole asustado el cielo amenazante, peda permiso para
guarecerse en el Zarzal.

En esos momentos, en efecto, estall con gran violencia la tormenta, y
no dio ms tiempo que para poner a cubierto el caballo y el coche.

Se ha dicho que la soledad nos hace tmidos, mas en ciertos casos
produce el efecto contrario. No habindome rozado con nadie, no habiendo
nunca comparado nada, tena la mayor confianza en m misma, e ignoraba
por completo ese extrao sentimiento que anula las ms brillantes
facultades y hace estpidos a los hombres superiores.

Con todo, ante esta aventura, que pareca evocada por mis pensamientos,
latiome el corazn con fuerza, y vacil tanto en entrar al saln, que
estaba an en la puerta cuando lleg el cura hecho una sopa, pero
contento.

--Seor cura--exclam yo, corriendo hacia l,--hay un hombre en el
saln.

--Y qu hay con eso, Reina? Un arrendatario, supongo.

--No, no seor cura, es un verdadero hombre.

--Cmo, un verdadero hombre?

--Quiero decir que no es ni un cura ni un labriego; es joven y est bien
vestido. Entremos pronto.

Entramos y estuve a punto de lanzar un grito de sorpresa al notar que mi
ta ostentaba una expresin genuinamente amable, y que sonrea
agradablemente al desconocido que, sentado en frente de ella, pareca
estar tan a sus anchas como en su propia casa.

Bien es cierto que slo su aspecto bastaba para serenar el nimo ms
hosco. Era alto, bastante grueso, de rostro radiante, franco y
expansivo. Sus rubios cabellos estaban cortados al ras, y tena bigotes
de puntas retorcidas, una boca bien dibujada y dientes blancos, que una
risa franca y natural enseaba a menudo. Toda su persona respiraba
alegra y amor a la vida.

Levantose al vernos entrar y aguard un instante que mi ta nos
presentase. Pero el tal ceremonial era tan desconocido para ella, como
para los habitantes de Greenlandia, y se present l mismo bajo el
nombre de Pablo de Couprat.

--De Couprat!--exclam el cura;--sois tal vez hijo del excelente
comandante de Couprat, a quien he conocido en otro tiempo?

--Mi padre es, en efecto, comandante, seor cura. Le habis conocido?

--Y me ha prestado servicios hace muchos aos. Qu noble y excelente
hombre!

--S que mi padre es querido por todo el mundo--respondi el seor de
Couprat, con el rostro ms radiante que nunca.--Y el comprobarlo es
siempre para mi una nueva dicha.

--Pero--continu el cura,--no sois pariente del seor de Pavol?

--Exactamente: primo en tercer grado.

--Pues he aqu a su sobrina--dijo el cura presentndome.

A pesar de mi inexperiencia not muy bien que la mirada del seor de
Couprat expresaba alguna admiracin.

--Me felicito de conocer tan encantadora prima--djome con aplomo y
tendindome la mano.

Esta lisonja provoc en mi un pequeo escalofro agradable y puse mi
mano entre la suya sin la menor turbacin.

--No primo, exactamente--dijo el cura narigueando su rap con
jbilo;--el seor de Pavol es slo to poltico de Reina; su esposa era
una seorita de Lavalle.

--No importa--exclam el seor de Couprat,--no renuncio a nuestro
parentesco. Mucho ms, cuanto que si se buscase bien, se encontraran
matrimonios entre mi familia y la de los de Lavalle.

Pusmonos a charlar como tres buenos amigos, y me pareci que siempre
nos habamos visto, conocido y querido. Senta esa extraa impresin,
que hace suponer que lo que sucede inmediatamente bajo nuestros ojos, ha
pasado ya en una poca remota, tan remota, que no se ha guardado de ello
ms que un recuerdo vago y casi desvanecido.

Pero por ms que en mi mente pasaba revista a todos los hroes de novela
que conoca, no hallaba ninguno que fuese tan rochonchito como mi nuevo
hroe. Era gordo, no haba la menor duda, pero tan bueno, tan alegre,
tan gracioso, que pronto este defecto fsico se transform a mi vista en
una cualidad trascendental.

Hasta no tardaron en parecerme desprovistos de atractivos mis
imaginarios hroes.

A pesar de su figura elegante y siempre esbelta, quedaban borrados,
radicalmente borrados por ese buen muchacho vivo y alegre a quien yo
adoraba mentalmente como un tesoro de cualidades.

Mientras tanto, aunque la tormenta hubiese calmado, no cesaba la lluvia,
y como se acercaba la hora de comer, mi ta invit a Pablo de Couprat a
compartir nuestra mesa.

Inmediatamente declar que tena una hambre de canbal y acept con un
desenfado que me encant.

Me esquiv un instante para ir a afrontar el mal humor de Susana.

--Susana--dije entrando con agitacin en la cocina,--el seor de Couprat
come con nosotros. Tenemos algn pollo gordo, leche, fresas, cerezas?

--Ah, Seor! cunta cosa!--refunfu Susana;--hay lo que hay y nada
ms.

--Has dicho una gran verdad, Susana; pero contstame. Un capn ser
bastante?

--No es un capn, seorita, es un pavo; mire usted.

Y Susana, con un sensible mpetu de orgullo, abri el asador y me hizo
admirar el ave que bien cebada por sus cuidados y los de Petrilla,
pesaba por lo menos doce libras. La piel dorada levantbase de trecho en
trecho, probando as la delicadeza y blandura de la carne que cubra, y
ofreca a mis ojos un satisfactorio espectculo.

--Bravo!--dije yo.--Pero Susana habr resultado bien la cuajada? Hay
mucha? Y, mira, sazona bien la ensalada!

--Tengo costumbre de hacer bien cuanto hago, seorita. Por otra parte
ese seor no es ni un prncipe ni un emperador, segn pienso. Es un
hombre como otro cualquiera y se conformar con lo que le den.

--Susana, un hombre como otro cualquiera!--exclam indignada.--Entonces
no lo has visto?

--Ya lo creo que lo he visto, seorita, y hasta puedo afirmar que lo he
odo. Acaso le es permitido a ningn cristiano aporrear de ese modo la
puerta de una casa decente? Con todo, enamoriscaos de l si queris, que
a m...

Abr la boca para contestarle agriamente, pero contvome la prudencia,
pues pens que por vengarse y contrariarme, era muy capaz Susana de
chamuscar el pavo.

Poco tiempo despus pasamos al comedor, y no pude menos que echar una
mirada desolada sobre los tapices sucios y usados que caan en jirones.
Y luego Susana tena un modo tan original de tender la mesa! Tres
saleros a guisa de centro de mesa campeaban en medio del mantel, los
cubiertos estaban colocados con descuido, las botellas en fila una tras
otra, mientras que el nico botelln del agua hallbase colocado de tal
modo que cada comensal tena seguramente que dislocarse para alcanzarlo,
puesto que la mesa era enormemente ancha.

Esa fue la primera vez que tuve en mi vida la conviccin de que el
fantstico gusto de Susana violaba todas las leyes de la simetra.

Pero el seor de Couprat tena uno de esos caracteres felices, que saben
tomar todas las cosas por el lado mejor. Y adems posea la facultad de
adaptarse al medio en que se hallaba.

Inspeccion la mesa con aire alegre, tom la sopa sin cesar de hablar,
felicit a Susana por su cocina y lanz verdaderos gritos de jbilo a la
aparicin del pavo.

--Es preciso convenir, seor cura--dijo,--que la vida es una dulce
invencin y que Herclito era un estpido de marca mayor.

--No hablemos mal de los filsofos--respondi el cura,--suelen tener
algo bueno.

--Usted es, seor cura, la benevolencia en persona. En cuanto a mi, si
fuera gobierno, soltara a los locos y en su lugar encerrara a los
filsofos, teniendo cuidado de no aislar los unos de los otros, para que
as pudieran devorarse mejor.

--Quin es Herclito?--pregunt mi ta.

--Un imbcil, seora, que pasaba su tiempo en lloriquear. Puede darse
Dios mo! una cosa ms ridcula?

Y decir que por eso lo han hecho pasar a la posteridad...

--Tal vez--insinu yo,--viviera con varias tas, y eso le habra agriado
el carcter.

El seor de Couprat se detuvo sorprendido y estall luego en una
carcajada.

El cura abri tamaos ojos, pero mi ta, en brega con el pavo, al que
trinchaba con arte, fuerza es confesarlo, no me oy.

--La historia, primita, no dice nada al respecto.

--En todo caso--continu yo,--libraos de atacar a los antiguos; el seor
cura os arrancara los ojos.

--Cunto me han hecho rabiar esos bandidos! Slo he guardado de ellos
un recuerdo: el de las penitencias que me han ocasionado.

--Permitid--dijo el cura, que hizo un esfuerzo por sacar a la orilla a
sus amigos que iban en camino de ahogarse por completo en mi
opinin,--permitid; no podis negar algunas bellas virtudes, algunos
actos heroicos que...

--Ilusiones, ilusiones!--interrumpi Pablo de Couprat. Eran unos
pilletes insoportables, pero hoy que estn muertos se les atava con
increbles virtudes, para humillar a los pobres que vivimos y valemos
ms que ellos. Dios mo, qu ave ms esplndida!

Y hablando sin cesar, coma con apetito y entusiasmo sin iguales.

Los trozos se amontonaban en su plato y desaparecan con una tan notable
velocidad, que lleg un momento en el que mi ta, el cura y yo quedamos
con el tenedor en el aire, contemplndole con honda admiracin.

--Ya os haba prevenido--nos dijo riendo,--que tena una hambre de
canbal, lo que me sucede trescientas sesenta y cinco veces por ao.

--Cunto dinero debis gastar en comer!--exclam mi ta que tena la
habilidad de ver el lado mercantil de las cosas y de decir lo que no
deba decirse.

--Veintitrs mil trescientos setenta y siete francos, seora--respondi
con toda seriedad mi nuevo primo.

--No es posible! murmur mi ta, estupefacta.

--Parece que sois completamente feliz--le dijo el cura restregndose las
manos.

--Si soy feliz, seor cura? Ya lo creo. Pero hablando francamente,
veamos, el ser desgraciado acaso es natural?

--Algunas veces--respondi sonriendo el cura.

--Oh, bah! los que son desdichados, lo son por su culpa muchas veces,
porque entienden la vida al revs. La desgracia no existe; lo que existe
es la tontera humana.

--Pues he ah una desgracia.

--Bastante negativa, seor cura, y no porque mi vecino sea tonto he de
deducir que se le deba imitar.

--Os gustan las paradojas verdad?

--No; pero me fastidio cuando veo tanta gente amargarse la vida a causa
de una enfermiza imaginacin. Me parece que esas personas no comen lo
suficiente, que viven de alondras y de huevos pasados por agua, y que
descomponen el cerebro al mismo tiempo que el estmago. Amo la vida y
pienso que todos debieran hallarla hermosa y ver que no tiene ms que un
defecto: el de acabarse tan pronto.

El pavo, la ensalada y la cuajada, todo haba sido devorado, y mi ta
miraba con expresin poco risuea la osamenta del voltil con la que
haba contado para banquetear durante algunos das.

bamos a levantarnos de la mesa, cuando entreabri la puerta Susana y
metiendo la cabeza por la abertura, nos dijo con arrogancia:

--He hecho caf; lo traigo?

--Quin te ha mandado...--comenz mi ta.

--S, s--dije interrumpindola con vehemencia,--traelo en seguida.

Yo la hubiera abrazado de buena gana por tan feliz idea; pero mi ta no
comparta mi opinin. Desapareci para ir a reir a Susana y slo la
volvimos a ver en la sala.

--Tenis una excelente cocinera, prima ma,--dijo Pablo de Couprat,
paladeando su caf.

--S, pero tan rezongona...

--Eso no es ms que un detalle...

--Y qu os parece mi ta?--le pregunt en tono confidencial.

--Pero... bastante majestuosa--respondi de Couprat, algo en aprieto.

--Ah, majestuosa!... queris decir... desagradable?

--Reina!--murmur el cura.

--Bueno. Hablemos de otra cosa, seor cura; pero la verdad es que yo
quisiera tener el buen humor de mi primo y descubrir las buenas
cualidades de mi ta.

--Tened un poco de filosofa prctica, primita; eso es una slida base
de felicidad, y la nica filosofa que me parece que tenga sentido
comn.

--Qu lstima que no seis mi ta! Cmo nos querramos!

--En cunto a eso respondo de ello!--exclam riendo,--y no tendramos
necesidad de filosofar para alcanzar tal resultado. Pero si os es lo
mismo, preferira no cambiar de sexo y ser vuestro to.

--No quisiera otra cosa, porque no soy como Francisco I, no; tengo por
las mujeres una acentuada antipata.

--De veras?--pregunt riendo,--conocis los gustos de Francisco I?

Hizo el cura un gesto desesperado y de Couprat lo contest con una
expresiva guiada, como dicindole:

--No os asustis; ya comprendo.

Esta pantomima me atac los nervios e hice un violento esfuerzo para
interpretar su oculta significacin.

--A propsito de to--dije luego--conocis mucho al seor de Pavol?

--S, bastante; mi propiedad dista slo una legua de la suya.

--Y qu tal es su hija?

--Jugu a menudo con ella, mientras fuimos nios; pero desde hace cuatro
aos la he perdido de vista. Dicen que es muy linda.

--Cunto me gustara estar en Pavol!--exclam.--Nos veramos con
frecuencia.

--Quin sabe, primita? Tal vez no os agradara, cuando me conocierais
ms. Sin embargo, puedo asegurar que soy un buen muchacho, y excepcin
de una gran pasin por los pavos y un gusto loco por las mujeres lindas,
no s que tenga el ms mnimo vicio.

--Amar a las mujeres lindas; eso no es un defecto. Lo que es yo, detesto
las personas feas, a mi ta, por ejemplo. Pero asimilar un pavo a una
mujer bonita, no es cosa muy halagea para esta ltima, primo mo.

--Es cierto, convengo en que mi frase ha sido desgraciada.

--Os lo perdono--le dije con vivacidad.--Segn eso, me hallis linda?

Haca por lo menos dos horas que yo me deca en mi foro interno, que era
preciso no dejar escapar la ocasin de aclarar, por medio de una opinin
neta y competente, un asunto de tanto inters para m. Desde el
principio de la comida aguardaba con impaciencia el momento de lanzar mi
pregunta. No porque tuviese dudas acerca de la respuesta, no; pero eso
de orse decir, bien directamente y en la cara, y por un hombre que no
sea cura, que una es linda, vamos! eso es verdaderamente delicioso.

--Linda, prima ma? Si sois encantadora! Nunca he visto ni ms bellos
ojos ni boca ms bonita.

--Qu dicha, y que amables son los hombres! a pesar de lo que dice mi
ta.

--Qu vuestra seora ta no ama a los hombres? La verdad es que ya pas
para ella la edad de la coquetera.

--La coquetera... Jams se me habla de eso. Os parece que se debe ser
coqueta?

--Sin duda, primita; a mis ojos eso es una cualidad, pero coqueta en el
buen sentido de la palabra.

--Vos no me habis enseado eso, seor cura--exclam.

El desdichado cura pasaba durante esta conversacin por un adelanto de
las penas del purgatorio. Se enjugaba el rostro y con dificultad tragaba
su caf, que le saba a amargura.

--El seor de Couprat se burla de ti.

--Es cierto eso, primo?

--De ninguna manera--respondi Pablo, que pareca que se diverta
grandemente.--Segn mi modo de ver, una mujer que no es algo coqueta no
es una mujer.

--Pues entonces tratar de serlo.

--Seorita de Lavalle--dijo el cura levantndose,--pasemos al saln.

--Bah!--pens,--ya est enojado el cura. Sin embargo, no he dicho nada
malo.

La lluvia haba cesado, las nubes se haban dispersado e invit a Pablo
a dar un paseo por el jardn. Y htenos escapados sin pedir permiso,
seguidos por el cura que nos lanzaba miradas casi lgubres pensando que
su querida ovejita estaba en vas de descarrilarse.

Corramos como nios por entre las hierbas hmedas, empapndonos los
pies y las piernas y riendo a carcajadas. Conversbamos y charlbamos;
sobre todo yo que le contaba los acontecimientos de mi vida, mis
pequeas tristezas, mis ensueos y mis antipatas.

Oh, que tarde tan dulce, encantadora y deliciosa!

De Couprat trep a un cerezo, y el rbol violentamente sacudido dej
caer sobre mi toda su carga de lluvia. Con la boca llena de cerezas, y
de lo alto de las ramas, exclam que las gotas de agua brillaban en mis
hermosos cabellos como un aderezo ideal, y que en su vida haba visto
nada ms lindo.

--Y Susana, que pretende que es un hombre como otro cualquiera--me deca
yo,--cmo es posible ser tan tonta?

Volvimos a la sala, donde se hizo una gran fogata para secarnos.
Sentados el uno al lado del otro, Pablo y yo continuamos misteriosamente
nuestra conversacin.

Mi ta asombrada de mi audacia y de la libertad y alegra que irradiaba
en mis ojos, no deca nada. El cura, aunque arrobado vindome contenta,
no estaba, sin embargo, tan preocupado como para que se le olvidase
terciar entre nosotros.

Qu velada tan agradable!

Por ltimo, de Couprat levantose para despedirse y le acompaamos hasta
el patio.

Salud afectuosamente al cura y dio las gracias a mi ta; luego acercose
a mi, me tom la mano y me dijo en voz baja:

--Hubiera deseado que esta velada no terminara nunca, prima ma.

--Y yo?... Pero volveris no es cierto?

--Seguramente, y dentro de poco, segn espero.

Aproxim mi mano a sus labios, y preciso es que la naturaleza humana
tenga un gran fondo de perversidad, porque este homenaje me caus un
placer tan nuevo, tan intenso y tan perfecto, que tuve la idea impropia
de... Dios mo, lo dir! S, tuve la idea (que no ejecut) de arrojarme
a su cuello y de besarle las mejillas a pesar de mi ta, y a pesar del
cura que nos vigilaba como un dragn de nueva especie, como un excelente
dragn regordete y bondadoso.




VII.


Despus de la partida del seor de Couprat viv varios das en una
especie de beatitud que me sera difcil describir. Experimentaba
mltiples sensaciones, que se externaban con brincos y piruetas, pues
fue este ltimo ejercicio, durante largo tiempo, mi manera de expresar
una cantidad de sensaciones.

Despus que haba saltado bastante, me acostaba sobre la hierba, y
mirando al cielo discurra sobre una cantidad de cosas sin pensar
absolutamente en nada. Este exquisito estado moral, durante el cual el
alma vive en una especie de somnolencia, en una tranquilidad soadora
semejante al sueo, a pesar de que est bien despierta, me ha dejado un
dulcsimo recuerdo. Tan es as, que de esa poca data mi pasin por la
bveda celeste, que siempre, desde entonces me ha parecido digna de
hermanarse a mis pensamientos, sean stos tristes o alegres, serios o
frvolos.

Despus de permitir a mi imaginacin que se extraviara por senderos
sombros, tanto, que galopaba a tropezones, dejbala volver a la luz y
contemplar al seor de Couprat. Rea al recuerdo de su franca fisonoma,
de su vida abierta y de sus dientes blancos. Halagbame el beso que
haba estampado en mi mano y senta una alegra real, pensando en que si
hubiera seguido mi impulso le habra besado las mejillas.

Permanec largo tiempo en medio de estas dulces ideas y sensaciones
hasta que lleg un da en que me pregunt por qu razn pasaba mi alma
por tan diversas fases?

Pero en llegando a este delicadsimo problema, comenzaba mi imaginacin
a entrar en tinieblas, y luchaba en ellas con vaporosas ideas; tan
vaporosas que al fin abandonaba con desaliento la partida, para pensar
directamente en una boca que me haba gustado, en unos ojos que me
haban sonredo y en una expresin de fisonoma que haba decidido no
olvidar jams.

Mas en aquel mundo de fantasmas, mis ideas, no me daban ni un momento de
reposo, y a poco recaa en poder de ellas.

Y as discurriendo por las regiones de lo vago, y tratando de comparar
ciertas impresiones mas con otras de las de mis heronas preferidas, vi
hacerse la luz sobre un importante punto.

Descubr que estaba enamorada y que el amor es la cosa ms encantadora
del mundo. Este descubrimiento me colm de la mayor alegra.

Ante todo, porque vea embellecerse mi vida con un encanto, que no
dejaba por eso de ser real, y luego, porque si yo amaba, era seguramente
correspondida. En efecto, amaba al seor de Couprat porque me haba
parecido hechicero; por consiguiente, mi aspecto debi producir en su
corazn el mismo sentimiento, puesto que l me hallaba encantadora. Mi
lgica, hija de una completa inexperiencia, no alcanzaba a ms y por
consiguiente bastaba para justificar mis razonamientos y hacerme feliz.

Un descubrimiento trae otro, as es que llegu a pensar que podra muy
bien la caridad no desempear ms que un papel muy secundario en la
simpata de Francisco I por las mujeres en general y en particular por
Ana de Pisseleu; que el amor no se pareca al cario, puesto que yo
quera mucho a mi cura, y sin embargo, no deseaba abrazarle, mientras
que no me hubiera hecho de rogar para saltar al cuello de Pablo de
Couprat, y por ltimo, que era ridculo emplear subterfugios y tonos
misteriosos para hablar de una cosa tan natural y en la que no haba ni
sombra de mal.

--Un cura--pensaba yo,--debe tener sobre el amor ideas errneas y
extraordinarias, porque puesto que no puede casarse, no puede amar. Sin
embargo, Francisco I era casado y... no comprendo nada de todo esto, y
tengo que saberlo.

Exista tal caos en mis ideas que a pesar de mis desdeosas prevenciones
a cerca de la opinin de mi cura, resolv dilucidar con l este
escabroso asunto.

El pobre cura comprenda perfectamente, que mi espritu se hallaba en
una inmensa confusin, pero tena bastante talento y buen sentido para
no aparecer dando importancia a impresiones que con slo la provocacin
de una confidencia hubieran podido tomar cuerpo. Procuraba distraerme
por todos los medios a su alcance y dndose el trabajo de venir todos
los das al Zarzal, prolongaba indefinidamente la leccin.

Estbamos sentados junto a la ventana. Mi ta, enferma desde algn
tiempo, permaneca en su cuarto; yo andaba por las nubes y el cura se
afanaba en explicarme mis problemas.

--Ve lo que has hecho, Reina: has multiplicado kilogramos por gramos, y
aqu, dados 2/5 multiplicados por...

--Seor cura, a que no adivinis cul es la cosa ms arrobadora que hay
sobre la tierra?

--No, Reina, qu cosa?

--El amor, seor cura.

--De qu estis hablando hija ma?--exclam inquieto el buen anciano.

--Oh! de algo que conozco perfectamente--respond, sacudiendo la cabeza
con aire de suficiencia.--Lo que no me explic es por qu no me habis
hablado nunca de ello, puesto que es una cosa que se ve todos los das.

--He ah el efecto de las novelas, seorita; toma usted a lo serio cosas
que son puramente imaginarias.

--Qu mal hacis en hablar contra vuestra conviccin; bien sabis que
se ama en la vida y que el amor es una cosa encantadora!

--Ese es un asunto que no atae a las jvenes, Reina, y no debis hablar
de l.

--Qu no atae a las jvenes? Y son ellas las que aman y son amadas!

--Desgraciado de mi--exclam el cura,--que tengo que habrmelas con
semejante cabeza.

--No hablis mal de mi cabeza, seor cura; la quiero mucho, sobre todo,
desde que el seor de Couprat la ha hallado tan bonita.

--El seor de Couprat se ha redo de ti, Reina. Est segura que te ha
tomado por una chiquilina sin importancia.

--Nada de eso--repliqu ofendida,--nada de eso, puesto que me ha besado
la mano. Y sabis qu se me ocurri en ese momento?

--Vamos a ver--respondi el cura que estaba como sobre espinas.

--Pues estuve a punto de saltarle al cuello.

--Qu tontera! No se salta al cuello de nadie que no se conoce.

--Ya s, ya s, pero l... Por otra parte, si hubiera sido una mujer, no
se me hubiera ocurrido eso.

--Por qu, Reina! Ests diciendo sandeces.

--Oh! porque...

Sigui una pausa a tan profunda respuesta, y mientras tanto miraba yo de
reojo al cura, que se zarandeaba y tomaba rap para disimular y tomar
una actitud que fuera conveniente.

--Mi buen cura--le dije con voz insinuante,--si fueseis tan amable
como...

--Qu ms, Reina?

--Digo... os hara algunas preguntitas ms sobre ciertos temas que me
andan por la mente.

Arrellanose el cura en su silln como hombre que toma sbitamente una
gran resolucin.

--Bueno, Reina; te escucho. Ms vale que hablemos franca y abiertamente
de lo que te preocupa que no que andes quebrndote la cabeza con
divagaciones.

--Yo no me quiebro nada, seor cura, y no divago; nicamente pienso
mucho en el amor porque...

--Por qu?

--No, nada. Ante todo, decidme por qu si vos me besarais la mano, lo
hallara ridculo y no muy agradable que digamos, aunque os quiero con
todo mi corazn, mientras que sucede exactamente lo contrario cuando se
trata del seor de Couprat?

--Cmo, cmo? Qu dices Reina?

--Digo que me ha sido muy agradable el que el seor de Couprat besara mi
mano, mientras que si fuerais vos...

--Pero, hija ma, tu pregunta es absurda, y la impresin de que hablas
nada significa, ni vale la pena de ocuparse de ella.

--Oh! esa no es mi opinin. Pienso a menudo en ello y he aqu lo que
llevo descubierto; si la accin del seor de Couprat me ha sido grata,
es porque es joven y podra ser mi marido, mientras que vos sois viejo,
y luego un cura no se puede casar nunca.

--S, s--respondi maquinalmente el cura.

--Porque siempre se quiere a su marido verdad?

--Sin duda alguna, sin duda.

--Bueno. Ahora, seor cura, decidme si se da el caso de que los hombres
amen a varias mujeres.

--Yo no s eso--repsome fastidiado el cura.

--S, s, debis saberlo. Por otra parte un marido puede amar a otra
mujer, que la propia, puesto que Francisco I amaba a Ana de Pisseleu y
era casado.

--Francisco I era un perdido--exclam el cura exasperado,--y ese
Buckingham, a quien quieres tanto, era otro.

--Cada cual tiene su carcter--respondle,--y no s por qu se les hara
un crimen porque amaran a varias mujeres. La reina Claudia y la seora
de Buckingham, pareceranse sin duda a mi ta. Por otra parte he
descubierto que no se gobierna al corazn, y ellos no podran dejar de
amar, como yo no...

--Qu, Reina?

--Nada, seor cura. Lo que yo temo es tener una inclinacin a los
perdidos, porque Buckingham es lo ms interesante...

--Pero en fin, hijita, desde que lees a Walter Scott, he tratado de
hacerte comprender ciertas cosas y parece que todo ha sido intil.

--Escuchad, seor cura; vuestras explicaciones no son muy claras, y hay
tanta vaguedad en mis ideas!... Todo esto es tan extrao--continu como
soando.--Por ltimo, explicadme por qu el amor excita vuestra
indignacin?

--Basta, Reina--dijo el cura fuera de s.--Tienes un modo de formular
las preguntas que es imposible responderte. Te hablo seriamente: hay
temas de los que no debes hablar, y que no puedes comprender, porque
eres demasiado joven.

Coloc el cura su sombrero bajo el brazo y se alej. Corr sobre sus
pasos y le grit desde la puerta:

--Podis decir todo cuanto queris, pero conozco bien el amor; es lo
ms encantador que hay en el mundo! Viva el amor!

En dos das no vino al Zarzal el cura; entristecime yo por haberle
fastidiado tanto, y el tercer da me encamin hacia la casa parroquial,
para disculparme. Le hall en la cocina, frente a un frugal desayuno al
que haca los honores con tantos bros como apetito.

--Seor cura--le dije en tono relativamente humilde,--estis enojado?

--Algo, Reinita, algo; no quieres hacerme caso nunca.

--Os prometo seor cura, no volver a hablar ms del amor.

--Trata, sobre todo, Reina, de no cavilar sobre cosas que no comprendes.

--Oh! que no comprendo...--exclam yo, estallando inmediatamente,--en
cuanto a eso comprendo y muy bien, y contra todos los curas de la tierra
sostendr que...

--Bah!--exclam desalentado el cura,--ya has faltado a tu promesa de
hace un momento.

--Es cierto, seor cura; pero os afirmo que un cura no entiende nada de
todo esto.

--Ni tampoco Reina de Lavalle. Luego ir a darte leccin, hijita.

As termin la discusin ms grave que he sostenido con mi cura.

Entretanto pasaban los das y los das y como Pablo de Couprat no
volviera, mi sistema nervioso se conmovi y dio muestras de una
irritabilidad de mal augurio.

Un mes despus de mi memorable aventura haba perdido todas mis
esperanzas, toda mi tranquilidad y con ayuda del hasto llegu a una
sombra tristeza.

Entonces fue cuando el cura se indispuso con mi ta y cuando sta le
ech de casa.

Sentada bajo la ventana del jardn, pude escuchar la siguiente
conversacin:

--Seora--dijo el cura, vengo a hablaros de Reina.

--Sobre?

--La nia se aburre, seora. La visita del seor de Couprat ha abierto a
su espritu horizontes nuevos, que ya haban clareado con la lectura de
algunas novelas. Le hace falta distraccin.

--Distraccin! Y dnde queris que halle yo eso? No me puedo mover:
estoy enferma.

--Por eso, seora, no cuento con usted para distraerla. Es necesario
escribir al seor de Pavol y rogarle quiera tener a Reina en su casa
durante algn tiempo.

--Escribir al seor de Pavol! No por cierto. Despus la chica no
querra volver aqu.

--Es probable, pero esa es una consideracin de segundo orden, de la que
nos ocuparemos ms tarde. Luego, Reina est llamada a vivir en sociedad
hoy o maana, y creo de necesidad que cambie su modo de vivir y vea
muchas cosas de las que no tiene la menor idea.

--No soy de esa opinin, seor cura. Reina, no saldr de aqu.

--Pero, seora--replic el cura que se acaloraba,--os repito, que es
urgente. Reina est triste, su imaginacin es rpida y cavila mucho,
estoy cierto que se cree enamorada del seor de Couprat.

--Poco me importa eso--repuso mi ta, que era incapaz de comprender las
razones del cura.

--Se ha dicho que la soledad es el abogado del diablo, seora, y es
exactamente cierto respecto de la juventud. La soledad hace dao a
Reina, y algunas distracciones le harn olvidar lo que al fin de cuentas
no es ms que una niera.

--Qu ideas ms extravagantes tiene un cura!--pens yo.--Tratar de
niera una cosa tan seria y creer que yo pueda olvidar algn da al
seor de Couprat.

--Seor cura--contest mi ta, con su voz ms spera,--ocupaos de lo que
os concierne, que yo proceder a mi gusto, no al vuestro.

--Seora, quiero a esta nia con todo mi corazn, y no puedo permitir
que sufra--replic el cura con una entonacin que no le conoca.

Usted la ha enterrado en el Zarzal, no le ha dado nunca la menor
distraccin, y puedo decir que sin mi hubiera crecido y vegetado en la
ignorancia y el embrutecimiento, como una planta salvaje y enervada. Le
repito que es preciso escribir al seor de Pavol.

--Esto es demasiado--exclam mi ta, furiosa;--no soy yo el ama en mi
casa? Salid, seor cura, y no volvis a poner los pies aqu.

--Muy bien, seora; ahora s lo que debo hacer, y veo claramente que si
no he tomado antes una determinacin, ha sido por el placer egosta de
ver constantemente a mi Reinita.

El cura hallome en la avenida, completamente desconsolada.

--Pero es posible, seor cura?... Echado a la calle por m... Qu va a
ser de nosotros, si no nos vemos ms?

--Qu has odo la discusin, hijita?

--S, s, como que estaba junto a la ventana. Ah, qu mujer! qu...

--Vamos, vamos, Reina, un poco de calma--prosigui el cura que estaba
tembloroso y encendido.--Esta misma noche escribir a tu to.

--Escribid pronto, mi querido cura. Lo que quiero es que venga a
buscarme en seguida.

--Espermoslo--respondi al cura, sonriendo al mismo tiempo con bondad y
con tristeza.

Pero sus muchas obligaciones le impidieron escribir al seor de Pavol
esa misma noche, y al da siguiente, mi ta que luchaba desde algunas
semanas con sus achaques, cay gravemente enferma. Cinco das despus,
la muerte llamaba a las puertas del Zarzal, y cambiaba la faz de mi
existencia.




VIII.


Inmediatamente de la muerte de mi ta, que no me llam ni una sola vez
durante su enfermedad, y a quien cuid con abnegacin Susana, me refugi
en la casa parroquial.

El cura haba escrito al seor de Pavol para notificarle que la seora
de Lavalle se hallaba enferma, pero los progresos de su mal fueron tan
rpidos, que mi to recibi el despacho que le anunciaba el desenlace
fatal, antes que hubiese contestado a la carta del cura. Y nos
telegrafi, en seguida, participndonos que no le era posible asistir al
entierro.

Al otro da recibimos una carta en la que deca, que no del todo
repuesto despus de un ataque de gota, le era imposible trasladarse al
Zarzal y le rogaba al cura que me condujera algunos das ms tarde a
C***, pues esperaba, en ese entonces, estar tan aliviado como para ir a
recibirme all.

Mi ta fue enterrada sin lujo ni pompa. No era amada y parti para el
otro mundo sin gran cortejo de simpatas.

Yo volv del entierro, haciendo esfuerzos para sentir un poco de
tristeza, pero no pude conseguirlo. Por grandes que fueran los reproches
de mi conciencia, un sentimiento de libertad se agitaba en mi cabeza y
en mi corazn. Sin embargo, si hubiese conocido entonces la frase de un
hombre clebre me la hubiera apropiado, y aseguro que hubiese exclamado
en un soberbio arranque de misantropa:

--No s lo que pasa en el corazn de un degradado, mas conozco el de una
nia decente, y lo que veo me espanta.

Pero como dicha frase me era totalmente desconocida, no pude servirme de
ella para satisfacer a los manes de mi ta.

Mi to haba sealado para mi partida el 10 de Agosto; estbamos a 8 y
pas esos dos das con el cura, cuya bondadosa fisonoma se demudaba de
hora en hora ante la idea de nuestra separacin.

El martes por la maana, hizome preparar un buen almuerzo, y nos
instalamos por ltima vez, el uno frente al otro, con intencin de
reponer fuerzas. Pero cada bocado nos ahogaba y me costaba un triunfo
contener el llanto.

El pobre cura haba pasado una noche de insomnio. Estaba demasiado
triste para poder dormir y por otra parte como no le era posible
acompaarme hasta C***, haba escrito esa noche a mi to una carta de
diez y siete carillas en la que, segn supe despus, le enumeraba todas
mis cualidades pequeas, grandes y medianas. Los defectos brillaban por
su ausencia.

--Mi hijita querida--me dijo despus de un largo silencio,--no te
olvidars de tu viejo cura?

--Jams, jams--respondile con vehemencia.

--No debes tampoco olvidar mis consejos. Desconfa de tu imaginacin,
Reinita. Comprola a una hermosa llama que alumbra y vivifica una
inteligencia cuando se la alimenta con discrecin; pero si se le da
mucho combustible, se trueca en una fogata que incendia la casa, y los
incendios no dejan tras de s ms que escorias y cenizas.

--Tratar, seor cura, de gobernar con tino la llama; pero os aseguro
que me gustan mucho las fogatas.

--Pues cuidado con el incendio! No juguemos con el fuego, Reinita!

--Nada ms que una fogatita, seor cura; si es de lo ms lindo que puede
darse. Y si se tiene miedo del incendio, con echar un poco de agua fra
sobre el fuego...

--Mas, dnde encontrars el agua fra, mi hijita?

--Ah! todava lo ignoro, pero puede que lo sepa algn da.

--Quiera Dios, que no sea as--exclam el cura.--El agua fra, mi hijita
querida, son los desengaos y los pesares, y rogar da a da,
ardientemente, para que sean alejados de tu senda.

Asaltbame el llanto oyendo hablar as al cura, y beb un gran vaso de
agua para calmar mi emocin.

--Antes de dejaros, debo preveniros que creo que tengo un gusto muy
marcado por la coquetera.

--S, que tal es el lado flaco de todas las mujeres,--me dijo el cura
con su bondadosa sonrisa;--pero no es bueno abusar, Reina. Por otra
parte el trato social te ensear a equilibrar tus sentimientos, sin
contar con que tu to te sabr guiar bien.

--Qu cosa hermosa debe ser la sociedad, seor cura! Estoy cierta de
que agradar, siendo tan linda...

--Sin duda, s, sin duda, pero desconfa de los cumplimientos exagerados
y de la vanidad.

--Bah! Es tan natural el deseo de agradar; nada de malo hay en ello.

--Hum! he ah una moral de manga algo ancha respondi el cura
revolvindose el cabello. Lo bueno es que tal modo de pensar es de tu
edad, y a Dios gracias! aun no te ha llegado el tiempo de exclamar con
el Eclesiasts: Todo es vanidad y nada ms que vanidad!

--Qu exagerado es ese Eclesiasts! Y luego es tan viejo. Se me ocurre
que sus ideas han de andar fuera de moda.

--Vamos, vamos, callmonos. Bien s que las Santas Escrituras y los
pensamientos de un pobre cura de campo no pueden ser comprendidos por
una seorita joven y linda y bastante enamorada de s misma.

Y me mir sonriendo; pero sus labios temblaban, porque se acercaba la
hora de la partida.

--Ten cuidado de abrigarte bien en el camino, Reina.

--Pero, seor cura, si estamos en Agosto, con un calor para ahogarse.

--Cierto es--respondi el cura, que con la preocupacin perda la
cabeza.--Entonces no te abrigues mucho, no sea que luego te resfres.

Nos levantamos de la mesa despus de haber hecho infructuosos esfuerzos
para mascullar algunas migas de pan y pastel.

--Ah!, cunto siento--exclam, estallando en sollozos,--cunto siento
dejaros, mi querido cura!

--No lloremos, no lloremos; es absurdo--dijo el cura, sin darse cuenta
que por sus mejillas rodaban dos lagrimones.

--Ah! seor cura--continu yo, presa de un repentino remordimiento,
cmo os he hecho enojar!

--No, no; has sido la alegra de mi vida, toda mi felicidad.

--Qu va a ser de vos sin mi, mi pobre cura?

No respondi. Dio dos o tres pasos por la sala, sonose con fuerza y
logr dominar la emocin que oprima su garganta y que estuvo prxima a
reventar en sollozos.

El carruaje estaba ya en la puerta. Petrilla, con su traje de gala deba
acompaarme hasta C*** y dejarme en brazos de mi to. Conducanos el
arrendatario, porque Susana, entregada a su dolor, permaneca
provisionalmente al cuidado del Zarzal. Orden a Juan que marchara, y
el cura y yo seguimos detrs a pie, por un buen trecho, con el objeto de
estar juntos un poco ms.

--Os escribir todos los das, seor cura.

--No te pido tanto, hijita ma: Escrbeme solamente una vez por mes;
pero con toda intimidad.

--Os escribir todo, completamente todo, hasta mis ideas sobre el amor.

--Veremos--replic el cura con sonrisa incrdula.--Hars una vida tan
nueva para ti, tan llena de distracciones que no cuento mucho con tu
exactitud.

Juan haba detenido el carricoche y nos aguardaba. Era preciso partir.
Llorando con toda mi alma tom las manos del cura y exclam:

--Seor cura, la vida tiene momentos bastante malos.

--Eso pasar, pasar--respondi con voz entrecortada.--Adis, mi hijita
querida; no me olvides y precvete, precvete...

Y me ayud a subir precipitadamente al carromato.

Coloqueme en el antiguo sitio de mi ta, aplastado de un lado por un
bal sin cerradura y del otro por los innumerables atados que componan
mi equipaje, confeccionados por Petrilla con extravagantes formas.

--Adis, mi cura, adis mi viejo cura!--exclam.

Hizo un gesto carioso y se volvi rpidamente. Vile, a travs de mis
lgrimas, alejarse a toda prisa y ponerse el sombrero, prueba
irrecusable de que se encontraba su nimo no solamente en la ms
violenta agitacin, sino completamente trastornado.

Luego que hube sollozado unos diez minutos, juzgu a propsito seguir el
consejo de Petrilla, que me repeta en todos los tonos:

--Es preciso ser razonable, seorita, es preciso ser razonable.

Met mi pauelo en el bolsillo, y me puse a reflexionar.

Verdaderamente, la vida es una cosa muy rara. Quin habra dicho,
quince das antes, que mis sueos se realizaran tan pronto, y que iba a
ver tan pronto al seor de Couprat?

Esta halagadora idea, dispers las ltimas nubes que obscurecan mi
nimo, y pens en la hermosura del firmamento, en las dulzuras de la
vida y en el talento que tienen las tas cuando se van al otro mundo.

Mis segundas ideas fueron dedicadas a mi to. Preocupbame mucho de la
impresin que iba a producirle, pues tena perfecta conciencia de que el
vestido negro y el original sombrero con que me haba ataviado Susana,
eran muy ridculos. Este desgraciado sombrero me causaba verdaderas
torturas, es decir, torturas morales. Hecho de un crespn que databa de
la muerte del seor de Lavalle, tena el aspecto de una galleta elegida
por las babosas para teatro de sus correras. Evidentemente me afeaba, y
como tal idea no era soportable, me lo quit de la cabeza, hice de l
un envoltijo y me lo ech al bolsillo, cuya amplitud y profundidad
hacan honor al talento prctico de Susana.

Atormentbame tambin el temor de parecer estpida, pues bien saba yo
que muchas cosas que pareceran naturales para todo el mundo, seran
para mi un manantial de sorpresas y admiraciones.

As es que resolv, para no poner en riesgo de burla mi amor propio,
disimular cuidadosamente mis asombros.

Tales preocupaciones no me permitieron encontrar largo el camino y me
crea an muy lejos de C*** cuando nos hallbamos en sus puertas. Nos
dirigimos directamente a la estacin, atravesando la ciudad con toda la
rapidez de que eran capaces las piernas secas, de nuestro jamelgo.

Como mi to, no era ni corpulento ni delgado, habamelo figurado alto y
enjuto de carnes. Figuraos, pues, mi extraeza, cuando vi un hombrecillo
de andar pesado acercarse al carricoche y exclamar:

--Buen da, mi sobrina; casi, casi, estoy por creer que he tenido que
esperar.

Diome la mano para bajar del coche, y me bes cordialmente, tras de lo
cual, midindome de pies a cabeza me dijo:

--No ms alta que una elfa, pero terriblemente linda.

--Es tambin mi opinin, mi to,--djele bajando los ojos con modestia.

--Ah esa es tu opinin!

--Ya lo creo. Y la de mi cura y la de... Mas, aqu tenis una carta que
me ha dado el cura para vos, mi to.

--Y porqu no ha venido?

--No poda: algunas ceremonias religiosas le retenan en su parroquia.

--Lo siento; me hubiera alegrado mucho vindole. No tienes sombrero,
sobrina?

--S, to; est en mi bolsillo.

--En tu bolsillo? Y porqu?

--Porque es espantoso.

--Buena razn! A quin se ha visto llevar el sombrero en el bolsillo?
No se viaja sin sombrero, hijita. Pntelo pronto, en tanto que yo hago
registrar tu equipaje.

Algo desconcertada por esta especie de reprimenda, me coloqu el
sombrero en la cabeza, no sin comprobar que un viaje en un bolsillo era
muy poco higinico para tal producto de la industria humana.

Tocome en seguida despedirme de Juan y de Petrilla.

--Ah, seorita--djome Petrilla,--siento tanto dejaros, como sentira si
dejase la mejor de mis vacas.

--Mil gracias!--repsele entre risa y lloro. Besmonos y adis.

Bes las mejillas duras y rojas de Petrilla sobre las que, segn me
temo, algn patn de dulce charla haba depositado ya algunos besos
furtivos y sonoros.

--Adis, Juan!

--Hasta la vista seorita--dijo Juan, riendo estpidamente, lo que es un
modo de demostrar emocin como cualquier otro.

Pocos minutos despus, hallbame en el tren, sentada frente a mi to,
completamente desorientada y aturdida por el movimiento del trfico y
por la novedad de mi posicin.

As que me repuse algo, examin al seor de Pavol.

Mi to, de altura mediana, bien formado, de espaldas anchas, manos
gruesas, coloradotas y poco cuidadas, no ofreca a primera vista un
aspecto aristocrtico. No hablaba mucho y siempre hacalo con lentitud.
Complacase a veces en usar expresiones enrgicas que producan un
efecto muy singular dada la calma con que eran pronunciadas. No tena
ms de sesenta aos; sin embargo, como era vctima de frecuentes ataques
de gota, su nimo estaba algo quebrado a causa del sufrimiento fsico.
Mas, si no tena ya la vivacidad de la respuesta, aun su boca, por un
movimiento casi imperceptible, expresaba todos los matices que existen
entre la irona, la astucia y la burla franca o solapada, y he visto
gente pulverizada por mi to antes de que sus labios pronunciaran la
palabra.

No era yo, como es natural, suficientemente avezada para hacer tan
pronto un estudio profundo del seor de Pavol, pero le observaba con el
mayor inters. l, por su parte, lanzaba de cuando en cuando sobre mi
una mirada de observacin, mientras lea la carta que yo le haba
trado, como para comprobar que mi fisonoma no contradeca los datos
del cura.

--Me miras con demasiada tenacidad, sobrina, me encuentras tal vez buen
mozo?

--De ningn modo.

Mi to hizo una ligera mueca.

--Eso es franqueza, o yo no entiendo jota. Y por qu ests tan plida?

--Porque me muero de miedo, to.

--Miedo, y de qu?

--Marchamos tan rpidamente. Es espantoso!

--Comprendo; es la primera vez que viajas. Tranquilzate, no hay ningn
peligro.

--Y mi prima, to, est en el Pavol?

--Por cierto, y est muy deseosa de conocerte.

Dirigiome mi to algunas preguntas acerca de mi ta, y de mi vida en el
Zarzal; luego tom un diario y no abri la boca hasta llegar a V***.

Subimos entonces en un land tirado por dos caballos, que deba
conducirnos al Pavol. Y amontonamos, como se pudo, los paquetes groseros
de mi equipaje, los que, entre parntesis, me tenan vejada con la
triste figura que hacan en tan elegante vehculo.

Apenas instalada en l, me dio mi to una bolsa de golosinas para
confortarme, y se sumi en la lectura de un nuevo diario.

Esta manera de conducirse comenz a fastidiarme. A ms de que no es de
mi carcter el poder permanecer callada mucho tiempo, tena una gran
cantidad de preguntas que satisfacer.

De modo que cuando estuve harta del placer de verme en un carruaje
hermoso, suave y bien almohadillado, atrevime a romper el silencio.

--To--le dije,--si quisierais no leer ms, podramos conversar un poco.

--Con mucho gusto, sobrina--respondi mi to doblando inmediatamente su
diario.--Cre serte grato dejndote entregada a tus pensamientos. De
qu vamos a disertar? De la cuestin de Oriente, de economa poltica,
de trajes de muecas o de las costumbres de los cafres?

--Todo eso me importa poco, y respecto a las costumbres de los cafres,
creo, to, que s tanto como vos.

--Es muy posible--replic el seor de Pavol, sorprendido de mi
aplomo.--Pues bien, elige tema.

--Decidme, to, no sois algo impo?

--Eh! qu diablo dices, sobrina?

--Os pregunto, to, si no sois algo hereje y tarambana.

--Te burlas de mi? exclam mi to.

--No os enojis, mi to; comienzo un estudio de costumbres ms
interesante que el de los cafres. Quiero saber si mi ta tena razn al
decir que todos los hombres eran unos herejes.

--Que, le faltaba el sentido comn?

--Tuvo mucho el da que se fue al otro mundo; pero fue la nica
vez--respond con calma.

El seor de Pavol me mir con evidente sorpresa.

--Ah, sobrina! Tienes una claridad para expresarte! Qu, no te
llevabas bien con la seora de Lavalle?

--Cabal. Me era muy antiptica y me ha pegado ms de una vez.
Preguntdselo al cura, a quien ech a la calle porque me defenda. Y
cmo es posible, to, que me hayis dejado tanto tiempo con ella? Era
una mujer de baja estofa, y vos no la querais mucho que digamos.

--Cuando tus padres murieron, Reina, mi mujer estaba muy enferma, y me
felicit de que mi cuada se hubiera querido encargar de t. Te volv a
ver cuando tenas seis aos; te encontr entonces alegre, y bien tratada
y despus, a fe, casi, casi te olvid; lo que siento profundamente hoy,
puesto que no eras feliz.

--Me tendris siempre a vuestro lado, desde ahora, to?

--S, por cierto--respondi el seor de Pavol, con vivacidad.

--Cuando digo siempre... digo hasta mi casamiento, porque yo, me casar
pronto.

--Te casars pronto! Cmo es eso? tienes an la leche en los labios y
hablas de casarte. Las jvenes del da tienen furia por casarse.

--Que mi prima no es de mis mismas ideas?

--S--respondi mi to, algo ceudo.

--Tanto mejor--dije restregndome las manos.--Y mi prima es alta?

--Alta y linda--respondi complacido el seor de Pavol,--una diosa en
carne y hueso y la alegra de mis ojos. De aqu a un instante te
convencers de ello, pues ya llegamos.

En efecto, entrbamos a una gran calle de olmos que conduca al
castillo.

Mi prima nos aguardaba sobre la escalinata.

Me recibi en sus brazos con la majestuosidad de una reina que otorga
una gracia a un sbdito.

--Dios mo, qu hermosa sois!--le dije, contemplndola con sorpresa.

Por cierto que es muy raro hallar bellezas indiscutibles; la de mi prima
se impona y no poda ser discutida. No gustaba siempre, porque su
fisonoma era altiva y a veces algo dura, pero aun los que menos la
admiraban, veanse obligados a decir con mi to: Es terriblemente linda.

Tena cabellos castaos, que le nacan desde el borde de la frente; un
perfil griego de pureza perfecta, un cutis soberbio, y ojos azules con
pestaas obscuras y bien trazadas cejas.

De elevada estatura y bien desarrollada, hubiera representado ms de
diez y ocho aos, si su boca, a pesar de un arco algo desdeoso que
amenazaba acentuarse con el correr del tiempo, no hubiese tenido
movimientos infantiles. Su porte y su gesto eran acompasados y algo al
descuido, aunque armoniosos sin rebuscamiento. Un amigo del seor de
Pavol dijo en broma un da que a los veinticinco aos se parecera rasgo
a rasgo a Juno; el nombre le qued.

Mi admiracin por mi esplndida prima se troc en verdadera pasin y mi
to se diverta con mi encariamiento y mi entusiasmo.

--No has visto nunca mujeres lindas, sobrina?

--No he visto nada; como que he pasado mi vida en un desierto.

--Podas mirarte al espejo, Reina; el seor de Couprat te haba dicho
que eras linda.

--Pablo de Couprat?--exclam.

--Cierto--dijo mi to,--me he olvidado hablarte de l. Parece que se
guareci en el Zarzal un da de tormenta.

--Bien lo recuerdo--respond ruborizndome.

--Vendr a almorzar el lunes, Blanca?

--S, pap, el comandante ha escrito aceptando la invitacin. Quin te
ha vestido as, Reina?

--Susana, una reduccin de mi ta en cuestin de mal gusto y
estupidez--contest con fastidio.

--Desde maana remediaremos la miseria de tu guardarropa, sobrina. Ten,
sin embargo, un poco de respeto por la memoria de la seora de Lavalle.
No la queras, pero ha muerto: descanse en paz! Vamos a comer; en
seguida Juno te acompaar a tus habitaciones.

Una parte de la noche, me la pas en la ventana, soando deliciosamente,
y contemplando las masas sombras de los elevados rboles de aquel
Pavol, donde yo deba rer, llorar, divertirme, desolarme y ver
cumplirse mi destino.

Me sent tan feliz, que aquella noche mi cura no fue en mis recuerdos
ms que un punto imperceptible.




IX.


Mas, suplico que no se me crea de corazn liviano e inconstante, porque
este olvido fue solamente momentneo y tres das despus de mi llegada
al Pavol, escriba a mi cura la siguiente carta:

Mi querido cura: Tengo tantas cosas que deciros, tantos descubrimientos
que participaros, tantas confidencias que haceros, que no s por dnde
empezar. Figuraos que aqu es el cielo ms lindo que en el Zarzal, que
los rboles son ms altos, las flores ms frescas, que todo es risueo,
que un to es una feliz invencin de la naturaleza, y que mi prima es
bella como una hada.

Por ms que me digis, me riis y me prediquis, mi querido cura, no
me quitaris de la cabeza que si Francisco I amaba mujeres tan lindas
como Blanca de Pavol, tena por cierto, mucho juicio. Vos mismo, seor
cura, os enamorarais de ella, si la vierais. Sin embargo, os declaro,
sus modales de reina me intimidan algo, a mi, a quien nada intimida. Y
luego es alta... me hubiera gustado mucho ms que fuera baja... me
hubiese consolado.

No os hablar de mi to, porque s que lo conocis, pero me parece
desde luego que lo voy a querer mucho y l lo mismo a m.

Es una gran dicha tener linda cara, seor cura, mucho mayor de lo que
vos me decais; se agrada a todo el mundo. Cuando sea abuela, les
contar a mis nietecillos, que se fue el primer descubrimiento
delicioso que hice al entrar a la vida. Pero de aqu a all, hay tiempo.

Aunque mi vida sea aqu una continua sorpresa, ya estoy, con todo,
bastante acostumbrada al Pavol y al lujo que me rodea. Sin embargo,
muchas veces lanzara exclamaciones de asombro si no me retuviera el
miedo de quedar en ridculo; oculto mis impresiones, pero a vos, querido
cura, bien puedo deciros que a menudo me sorprendo y embeleso.

Anteayer fuimos a V*** para comprarme un ajuar, puesto que los trabajos
de Susana son decididamente unas atrocidades. No nos hagamos ilusiones,
mi pobre cura; a pesar de vuestra admiracin por ciertos vestidos mos,
he llegado aqu hecha un mamarracho, un mamarracho horrible.

Cun agradable cosa es una ciudad! Me he extasiado y maravillado ante
las calles, las tiendas, las casas, las iglesias, y Blanca se ha redo
de mi, porque ella llama a V*** una bicoca. Qu dira del Zarzal!
Despus de una sesin de tres horas en casa de la modista, mi prima, que
es muy devota, se fue a confesar; mientras yo acompaada de la sirvienta
hice algunas compras. Mi to habame dado dinero para que lo gastara en
cosas tiles y prcticas; pero querris creer que no s darme cuenta de
lo til ni de lo prctico?

Empec por entrar a una confitera y llenarme de masas y pastelillos;
humildemente acsome. Mi cura: tengo una gran pasin por las masas y los
pastelillos. Entregada estaba a este ejercicio tan agradable como
provechoso (con lo que estaris de acuerdo, porque al fin y al cabo,
tenemos obligacin de alimentar este cuerpo de barro), cuando not en
una tienda de enfrente unos objetos muy bonitos. Atraves en seguida y
me compr cuarenta y dos hombrecillos de terracota: todos los que haba
en la casa. Despus de tal compra, no slo no me qued un cntimo, sino
que me haba endeudado; pero qu importa? puesto que soy rica. Mi prima
ri mucho; pero mi to me reprendi. Pretendi hacerme comprender que la
razn debe ser el lastre de la cabeza humana; que sirve en todo tiempo,
y que sin ella no se hace ms que tonteras. Por ejemplo: se compra
cuarenta y dos hombrecillos de terracota, en vez de proveerse de medias
y camisas. Escuch su discurso en actitud contrita y humillada, querido
cura, pero al final, que fue muy bien dicho, mi carcter indmito dio a
la razn un cuerpo desairado, una nariz larga, romana, y una fisonoma
seca y desabrida: este personaje se pareca a mi ta de tal modo, que
incontinenti tom ojeriza a la razn. Tal ha sido el resultado de la
elocuencia desplegada por mi to. El caso es que tengo diseminados en mi
cuarto cuarenta y dos hombrecillos que lloran, ren y gesticulan, y que
por lo menos estoy contenta.

Ayer por la noche he hablado con Blanca, del amor, seor cura. Cmo me
decais que no exista sino en los libros y que no tena nada que ver
con las jvenes?

Ah, mi cura, mi cura; mucho me temo que me hayis engaado muchas
veces como a una tonta!

Frecuentaremos la sociedad as que pasen las primeras semanas de luto.
Mi to dice que soy muy joven todava; pero tampoco puedo quedar sola en
el Pavol. Si quisieran obligarme a ello, bien sabis, seor cura, que no
me quedaran ms que dos caminos que tomar: tirarme por la ventana o
prender fuego al castillo.

Parece que tengo mucha razn en creer en un gran xito, pues adems de
ser linda, poseo un buen dote.

Blanca me ha enseado que una linda cara sin dote vale poco; pero que
las dos cosas reunidas forman un conjunto perfecto y un caso raro. Soy,
pues, mi querido cura, un manjar sabroso, delicado y suculento que ser
codiciado, solicitado y tragado en un abrir y cerrar de ojos, si es que
lo permito. Pero tranquilizaos, no lo permitir; no lo permitir a menos
que... Pero chist!

Por ltimo, seor cura, os dir sin explicaros el por qu, que aguardo
el lunes con impaciencia. Ese da suceder algo que har latir mi
corazn, un acontecimiento que desde ahora me da ganas de saltar a ms
no poder, de arrojar al aire el sombrero, de bailar y de hacer locuras.
Dios mo, que cosa linda es la vida!

Sin embargo, nada es perfecto en la tierra; vos no estis aqu, y os
extrao mucho. No puedo deciros cunto os extrao, mi pobre cura! Me
gustara tanto haceros admirar el castillo y sus jardines tan bien
arregladitos y tan poco parecidos al Zarzal. Todo est en orden, hasta
en sus ms mnimos detalles, y de veras, me creo en el paraso terrenal.
A cada momento tengo nuevos motivos de alegra y admiracin, y a cada
instante tambin quisiera haceros partcipe de ellos; os busco, os
llamo, pero los ecos de este hermoso parque permanecen mudos.

Adis, mi querido cura, no os beso, porque no se besa a un cura (no s
porqu); pero os envo todo cuanto hay para vos en mi corazn, y ese
todo est lleno de cario.

Os quiero con toda el alma, seor cura.--_Reina_.

Una maana, hallbame an en mi lecho, semidormida, morrongueando con
beatitud, abriendo de cuando en cuando un ojo, para contemplar mi cuarto
alegre y confortable, mis hombrecillos de terracota y los rboles que
vea por la ventana abierta, cuando entr Blanca, de bata, cabellos
sueltos y cara preocupada.

--Ests tan linda como la ms linda de las heronas de Walter Scott--le
dije contemplndola con admiracin.

--Reinita me dijo sentndose a los pies de mi cama,--vengo a charlar
contigo.

--Me alegro. Pero no estoy bien despierta todava y puede que mis
ideas...

--Aun cuando se trate de casamiento?--prosigui Blanca, que ya conoca
mi opinin sobre tema tan serio.

--De casamiento? Ya estoy despierta--exclam, incorporndome
rpidamente.

--Deseas casarte, Reina?

--Si deseo casarme! Vaya con la pregunta! Ya lo creo, y lo ms pronto
posible. Amo a los hombres, los quiero mucho ms que a las mujeres,
excepto cuando las mujeres son tan lindas como t.

--No se debe decir que se ama a los hombres--dijo Blanca con tono
severo.

--Por qu?

--No s bien el por qu, pero te aseguro que el decirlo no es propio de
una nia.

--Tanto peor!... Yo pienso as; respond hundindome en mis frazadas.

--Qu nia!--exclam Blanca, mirndome con una especie de piedad que me
pareci chocante.--He venido a hablarte de pap, Reina.

--Qu pasa?

-Escucha: Yo, como t, quiero casarme hoy o maana. Pap ha rechazado ya
varios partidos, pero eso no me importa mucho, porque no tengo prisa.
Esperara tranquilamente hasta los veinte aos; pero deseara saber si
siempre se opondr a que me case.

--Pregntaselo.

--Ah! ah est el busilis--prosigui Blanca, algo turbada;--te declaro
que pap me da miedo, o ms bien dicho, me intimida.

Me levant, apoyndome en el codo, y sorprendida separ los cabellos que
me caan sobre la cara, para ver mejor a mi prima. Desde aquel instante,
Blanca se vino a bajo, para mi, de las nubes olmpicas en que la haba
colocado, y descubr bajo aquel cuerpo de Juno, una nia que no volvera
jams a intimidarme.

--A mi no me asusta nadie--exclam, tomando mi almohada y largndola de
paseo al medio del cuarto.

Blanca me mir con asombro.

--Qu haces, Reina?

--Oh! es una costumbre. Cuando estaba en el Zarzal, lanzaba siempre mi
almohada por los aires, para hacer rabiar a Susana, a quien este modo de
proceder sacaba de quicio.

--Como Susana no est aqu, te aconsejo que renuncies a tal costumbre.
Pero, volviendo a lo que decamos, dime, te sientes con valor como para
tener con mi padre una discusin sobre el matrimonio, que tan sin cesar
critica?

--S, s; mi especialidad es la discusin. Ya vers. Hoy mismo ataco a
mi to y arreglo todo.

Durante la comida dirig a mi prima toda una serie de gestos para
notificarle que iba a entrar en batalla.

Mi to, que presenta un peligro, nos observaba de reojo, y Blanca, ya
desconcertada con eso, me incitaba a desistir de mi empresa. Pero yo
ech pelillos al mar, tos con fuerza, y salt resueltamente al
palenque.

--To, se puede tener hijos sin casarse?

--No por cierto--respondiome el to, a quien hizo gracia la pregunta.

--Sera una desgracia, si desapareciera la humanidad?

--Hum! he ah una cuestin difcil de resolver. Los filntropos
responderan: s; los misntropos: no.

--Con todo su opinin, to?

--No he pensado nada al respecto. Sin embargo, como hallo que la
Providencia hace bien cuanto hace, voto por la perpetuacin de la humana
especie.

--Entonces, to, no sois consecuente con vuestras ideas, cuando
criticis el matrimonio.

--Ah, s?--dijo mi to.

--Puesto que no se puede tener hijos sin casarse y votis al mismo
tiempo por la propagacin del gnero humano, se deduce de ah que debis
aceptar el matrimonio para todo el mundo.

--Caramba!--prosigui el seor de Pavol moviendo los labios con tal
expresin de burla, que Blanca se enrojeci, eso se llama argumentar!
Qu es; pues, segn t, el matrimonio, sobrina?

--El matrimonio--exclam entusiasmada,--es la ms hermosa de las
instituciones que existen en la tierra. La unin perpetua con la
persona amada, y se canta y se baila y se besan la mano... Ah, s, es
encantador!

--Se besan la mano? Por qu la mano, sobrina?

--Porque yo... en fin, yo pienso as--exclam dedicando a mi pasado una
sonrisa llena de misterios.

--El matrimonio entrega una vctima al verdugo--murmur mi to.

--Ah!

Juno y yo protestamos con la mayor energa.

--Y quin es la vctima, pap?

--El hombre, canarios!

--Pues, peor para los hombres--repliqu, que se defiendan. Lo que es yo,
estoy decidida a volverme verdugo.

--Pero a qu quieren venir a parar ustedes, seoritas?

--A esto, mi to: a que Blanca y yo, somos partidarias sinceras del
matrimonio, y que hemos resuelto poner en prctica nuestras teoras. Y
yo, deseo que sea cuanto antes.

--Reina!--grit mi prima estupefacta con mi audacia.

--No digo, sino la verdad, Blanca; nicamente dir que t, te resuelves
a esperar un tiempo; pero yo no tengo esa paciencia.

--De veras, sobrina? Sin embargo, supongo que no tienes inclinacin por
nadie.

--S, por cierto--dijo Blanca riendo,--a quin conoce?

Desde que estaba en el Pavol, mucho haba pensado en mi amor y en Pablo
de Couprat, y ms de una vez habame preguntado si deba o no revelar
tal secreto a mi prima. Pero despus de madurar bien la cosa, llegu a
resolver con el rabe, que el silencio es oro. Pero a pesar de eso, al
escuchar la afirmacin de Blanca, estuve a punto de divulgarlo; sin
embargo, logr dominarme.

--En todo caso, amar a alguien, maana o pasado; porque no se puede
vivir sin amar.

--Y de dnde has sacado, esas ideas, Reina?

--Pero, de la vida, to--le respond tranquilamente.--Recordad las
heronas de Walter Scott: recordad cunto aman y cmo son amadas.

--Ah!... y el cura te ha permitido leer novelas y te ha dado
conferencias sobre el amor?

--Pobre cura! Si supierais lo que le he hecho rabiar con eso! Y en
cuanto a las novelas, to, no quera dejrmelas leer de ningn modo.
Lleg hasta llevarse la llave de la biblioteca; pero, rompiendo un
vidrio, entr por la ventana.

--Pues ya prometas! Y en seguida te diste a soar y divagar acerca
del amor?

--Nunca divago, y sobre todo, sobre ese tema; porque s bien de lo que
trato.

--Canarios!--dijo mi to riendo.--Sin embargo, acabas de decirnos que
no quieres a nadie.

--Es cierto!--repliqu rpidamente, medio turbada con mi
indiscrecin.--Pero no creis to, que la reflexin pueda suplir a la
experiencia?

--Cmo no! Ya lo creo! sobre todo, tratndose de semejante asunto. Y
luego me parece que t tienes buena cabeza.

--Tengo lgica, to, de ah todo. Decid y no se ama a ms hombre que al
marido?

--A ningn otro--respondi sonriendo el seor de Pavol.

--Pues bien, si no se ama ms que a su marido; como si se ama al marido,
naturalmente es, porque se siente amor y ya que no se puede vivir sin
amar, concluyo, que es necesario casarse.

--S, pero no antes de haber cumplido los veintiuno, seoritas.

--Oh, eso no me importa!--respondi Blanca.

--Pero a mi si me importa! De ningn modo aguardar cinco aos.

--Aguardars cinco aos, Reina, a no ser que se d algn caso
extraordinario.

--Y qu llamis un caso extraordinario, to?

--Un partido tan conveniente que fuera absurdo rechazarlo.

Esta modificacin del programa del to me dio tanta alegra, que me
levant para brincar.

--Entonces, no esperar!--exclam escapndome. Y corr a mi cuarto, en
donde no tard Juno en aparecer con su aire majestuoso.

--Qu desfachatada eres, Reina!

--Desfachatada! As es como agradeces el que haya hecho lo que t
misma me has pedido?

--Es que dices las cosas muy pan, pan...

--As es mi modo: al pan, pan; y al vino, vino.

--Y despus, se hubiera dicho que te gozabas en mortificar a pap.

--Oh, no! me dolera mucho contrariarle; su cara burlona me gusta y lo
quiero con locura. Conque, as no cambiemos las cosas, Blanca; el que
nos ha hecho rabiar es l, atacando el matrimonio, y t no puedes
quejarte de mi, por que al fin y al cabo sabes lo que queras saber.

--Eso es cierto! dijo Blanca con aire soador.

Pronto, y a sus expensas, supo el seor de Pavol, que si las mujeres
hechas no valen nada, menos valen an las jvenes, pues pisotean sin
pestaear las ideas de sus padres y sus tos.




X.


El lunes, me levant lo ms contenta. Haba soado esa noche con Pablo
de Couprat, y me despert lanzando un grito de alegra.

Aumentaba mi jbilo el placer de estrenar un vestido como jams haba
usado, y as que estuve ataviada, me contempl largo rato en silenciosa
admiracin. Y en seguida me ech a brincar y saltar en un acceso de
exuberante felicidad, y en un corredor, casi, casi, doy a mi to contra
el suelo.

--A donde vas as, sobrina?

--A todos los cuartos, to, para mirarme en todos los espejos. No veis
qu bien estoy?

--S, en efecto, no ests mal.

--No es cierto que con un traje bien hecho, tengo un lindo talle?

--Lindsimo!--respondi el seor de Pavol, besndome en las mejillas y
encantado con mi alegra.

--Ah! to, qu feliz soy! Opino que el caso extraordinario se
presentar muy pronto.

Tras esto segu mi camino y me precipit como una tromba marina en el
cuarto de Juno.

--Mira!--exclam, girando con tanta rapidez sobre m misma, que mi
prima no poda ver ms que un torbellino.

--Pero sosigate, Reina--me dijo ella con su calma de siempre.--Cundo
sers medida en tus movimientos? S, tu traje te sienta.

--Mira, qu piececito.

--Ah, presuntuosa de nacimiento! Quin dira que una campesina como
t, llegara tan pronto a tanta coquetera?

--Ya te admirars ms. S que la coquetera es una cualidad muy seria.

--Es la primera vez que lo oigo. Quin te ha enseado eso? Supongo que
no habr sido el cura.

--No, no; una persona que entenda algo en la materia. Vendr a
almorzar alguien ms que los de Couprat, Blanca?

--S, el cura y dos amigos de mi padre.

Nos instalamos en el saln en espera de nuestros invitados y pronto
apareci mi to acompaado del comandante de Couprat, al que me
present.

Dios mo, qu aspecto tan simptico, el del comandante!

Sus ojos eran lmpidos como los de un nio y sus cabellos y bigotes
blancos como nieve. Su fisonoma era tan bondadosa y benvola, que me
record la de mi cura, aunque no hubiera entre ellas verdadera
semejanza. Inmediatamente me sent atrada hacia l y comprend tambin
que la simpata era recproca.

--Una parientita, de quien ya he odo hablarme dijo, tomndome las
manos:--deja que te bese, hijita, he sido muy amigo de tu padre.

Me dej besar de buen grado, no sin decir para mis adentros, que hubiera
sido mucho mejor que en tan delicada operacin le hubiese reemplazado su
hijo.

Por fin entr... De buena gana habra dado todo mi dote y mi hermoso
vestido a ms, por el derecho de correr a l y abrazarle con todas mis
fuerzas.

Dio un apretn de manos a mi prima, y me salud tan ceremoniosamente,
que qued cortada.

--Dadme la mano--le dije,--bien sabis que nos conocemos.

--No me atreva a...

--Qu tontera!

--Qu es eso, Reina?--refunfu mi to.

--Una flor algo silvestre--dijo el comandante mirndome con
cario,--pero una hermosa flor.

Estas palabras no bastaron para disipar el fastidio que senta sin saber
por qu, y permanec por algn tiempo silenciosa y quieta en mi asiento,
observando al seor de Couprat que conversaba risueamente con Blanca.
Ah, cmo me gustaba! Cmo me lata el corazn mientras lo vea rer con
aquella risa fresca, con aquellos blancos dientes y con aquellos ojos
francos con los que haba soado tanto en mi espantosa casa vieja. Y mi
ta, mi cura, Susana, el jardn hmedo de lluvia, y el cerezo a que se
haba trepado, desfilaban por mi mente como sombras fugitivas.

No tard en tomar parte en la conversacin, y ya haba recobrado una
parte de mi buena alegra cuando pasamos al comedor.

Colocada entre el cura y Pablo de Couprat, me dirig inmediatamente a
ste, preguntndole:

--Por qu no volvisteis al Zarzal?

--No he podido disponer de mis acciones, seorita.

--Y habis, por lo menos, deseado ir?

--Muchsimo, os lo aseguro.

--Y entonces por qu no me disteis la mano al entrar?

--Es que segn la etiqueta la iniciativa os corresponda, seorita.

--Ah! la etiqueta? Sin embargo, en el Zarzal, no os acordabais de
ella.

--Estbamos en condiciones especiales, y bien lejos de la sociedad, por
cierto,--respondi sonriendo.

--A caso la sociedad prohbe que seamos amables?

--No, al contrario; pero las conveniencias reprimen a menudo los mpetus
del cario.

--Pues es una tontera--dije secamente.

Pero su explicacin me satisfizo y recobr todos mis bros.

Sin embargo, conversando con l, not que no daba la misma importancia
que yo a las palabras que me haba dicho en el Zarzal. Pero me senta
tan feliz, vindole y habindole, que en aquel momento, esta pequea
decepcin pas por mi alma sin herirla.

El seor de Couprat nos hizo saber que habra varios bailes en el mes de
Octubre.

--Me alegro--respondi Juno.

--Me ensears a bailar--le dije saltando sobre mi silla.

--Pido que se me permita ser el profesor--exclam Pablo de Couprat.

--Pablo es un notable bailarn--dijo el comandante,--todas las seoras
desean bailar con l.

--Y luego es tan buen mozo--aad yo.

El comandante y su hijo echronse a rer; el cura y los dos amigos de mi
to me miraron sonriendo y moviendo la cabeza, con modo paternal. Mas el
rostro de mi to tom una expresin de descontento y mi prima levant
las cejas, con un movimiento que le era peculiar, para demostrar su
disgusto; movimiento tan lleno de desdn, que estuve por creer que haba
dicho una necedad.

Despus del almuerzo dimos una vuelta por el bosque. Haba vuelto a
encontrar mi alegra y hablaba sin cesar, divertindome en imitar el
modo y la voz de uno de nuestros invitados cuyos defectos exteriores me
haban llamado la atencin.

--Reina, eres muy mal educada--deca Blanca.

--Habla as--respond, apretndome la nariz para imitar la voz de mi
vctima.

El seor de Couprat rea, pero Juno se envolva en una imponente
dignidad que no me infunda respeto.

Llego un momento en que me hall junto a l, mientras que mi prima
caminaba delante de nosotros con aire distrado. Not que l la miraba
mucho, y le interrogu con la mayor inocencia de corazn:

--Es muy linda verdad?

--Linda, muy linda!--respondiome con una voz tan apagada que me hizo
estremecer.

Un presentimiento y una duda atravesaron mi espritu; pero a los diez y
seis aos, esa clase de impresiones vuelan y desaparecen, como las
mariposas que revolotean en torno de nosotros, as es que estuve lo ms
alegre hasta el instante en que nuestros invitados se despidieron del
seor de Pavol.

As que se fueron, retirose mi to a su gabinete y me hizo comparecer
ante l.

--Reina, has estado ridcula.

--Por qu, to?

--No se le dice a un joven, que es buen mozo.

--Pero si me parece que lo es.

--Motivo de ms, para no decrselo.

--Cmo!--contest yo sorprendida.--Entonces deba decirle que lo
hallaba feo?

--No debas de haber tocado ese punto. Ten cualquier opinin, pero
gurdala para ti.

--Sin embargo, mi to, lo ms natural es decir lo que se piensa.

--No en sociedad, sobrina. La mitad de las veces es necesario decir lo
que no se piensa y ocultar lo que se piensa.

--Qu horrible mxima!--exclam asustada.--No la podr poner en
prctica jams.

--Ya llegars a ello; mientras tanto, observa la etiqueta.

--Y dale con la etiqueta!--respond, marchndome de mal humor.

Por la noche cuando me puse a soar en la ventana como tena por
costumbre, una inquietud indefinible y oculta turb mis ensueos. Pens
en aquel da, con tanta impaciencia esperado, y no pude negarme que las
cosas no haban pasado segn mis deseos. Qu era lo que yo haba
esperado? Lo ignoraba, pero me espet yo misma un discurso para
convencerme de que el seor de Couprat estaba enamorado de mi, y la
peroracin dio trmino con un enternecimiento de mal augurio.

Al da siguiente, mis inquietudes haban desaparecido a pesar de todo,
pero por la tarde recib una larga misiva de mi cura, llena de buenos
consejos y con este final:

Reinita: tu carta ha venido a consolarme y alegrarme en mi soledad, te
ruego que no te canses de escribirme. No s que hacerme sin ti, y no voy
al Zarzal, de miedo de llorar como un nio. Me reprocho mi egosmo,
puesto que eres feliz, pero como dice la Escritura, la carne es dbil, y
mi parroquia, mis deberes y mis oraciones no me han hecho olvidarte
todava.

Adis, querida y buena hijita ma, terminar esta carta dicindote:
desconfa de la imaginacin.

Y esta frase, produjo una impresin desagradable en mi nimo agitado.




XI.


Haca tres semanas que me hallaba en el Pavol y mi to pretenda que en
ese lapso de tiempo, haba embellecido tanto, que s me llegara a
encontrar el cura, no le fuera posible reconocerme. Comparbame a esas
plantas de mucha savia, que brotan hermosas en terreno ingrato, porque
son lozanas de por s, pero que trasplantadas a tierras propicias a su
naturaleza, se desarrollan de pronto de un modo increble. Cuando me
miraba al espejo, convencame de que mis ojos pardos tenan nuevo
brillo, mi boca ms frescura, y de que mi tez de meridional, adquira
matices rseos y delicados, que me producan vivsima satisfaccin.

Sin embargo, algunos das despus del almuerzo de que he hablado,
descubr de un modo cierto que me haba engaado groseramente, creyendo
con toda simpleza, que el seor de Couprat estuviese enamorado m. Sin
embargo, como nunca he sido pesimista, me apresur a argir para
consolarme. Djeme que los corazones no deben estar precisamente
formados de la misma manera; que si algunos se dan en un minuto, otros
tienen la facultad de meditar y estudiar antes de enamorarse; que si el
seor de Couprat no me amaba an, eso tena que suceder hoy o maana,
dado que era evidente, que exista entre nuestros gustos y caracteres
respectivos una innegable semejanza. De modo que aunque la decepcin
hubiese sido grande, no conmovi profundamente mi tranquilidad por buen
nmero de das. Me expanda en un ambiente simptico a todos mis gustos
y me regocijaba al calor de mi felicidad, como un lagarto al resplandor
del sol.

Mi prima tocaba muy bien el piano. El comandante que era fantico por la
msica vena al Pavol varias veces por semana y su hijo le acompaaba
siempre. De todos modos, siempre tena la puerta franca, pues lo
autorizaban para ello el haber sido compaero de infancia de Blanca y
los vnculos del parentesco que unan a las dos familias. A ms, mi to
miraba esta intimidad con buenos ojos, porque de acuerdo con el
comandante y a pesar de sus paradojas sobre el matrimonio, deseaba
ardientemente, casar a su hija con el seor de Couprat, pues hallaba y
con razn, que entraba en la categora de los casos extraordinarios.

Slo ms tarde me di cuenta de este proyecto, al mismo tiempo que de
otras cosas, que me hubiera sido fcil comprender antes si hubiese
tenido ms experiencia.

Generalmente llegaban a la hora de almorzar. Pablo, dotado del apetito
que sabemos, almorzaba copiosamente y merendaba slidamente a las tres.
Despus de esto, Blanca me daba una leccin de baile, mientras l
ejecutaba con bro un vals propio. Otras veces el profesor era l; mi
prima iba al piano, y el comandante y mi to nos contemplaban con
complacencia, mientras yo giraba en brazos del seor de Couprat, en
medio de una alegra indecible. Qu lindos das!

No hacamos un proyecto en que l no estuviera incluido. Su comunicativa
alegra, su espritu conciliador, y el talento para organizar e inventar
travesuras, que posea en grado sumo, hacan de l un irreemplazable
compaero, amenizaban nuestra existencia y alimentaban mi amor. Diestro,
hbil, complaciente, se prestaba a todo, y todo saba hacer. Cuando
descomponamos un reloj o rompamos una pulsera o cualquier otro objeto,
Blanca y yo decamos:

--Cuando venga Pablo, lo compondr.

Pintaba a menudo y nos enseaba sus trabajos. Es el nico punto en que
nunca hemos podido estar de acuerdo. Yo experimentaba una intensa
antipata por las artes, pero sobre todo, por la msica, puesto que la
maldita etiqueta no permite taparse los odos, mientras que es lo ms
fcil no mirar un cuadro o darle la espalda. Con todo, cuando el seor
de Couprat tocaba valses, lo escuchaba con gusto y largo rato; mas, era
l lo que me gustaba y no los valses. Anoto de paso este sentimiento,
porque analizndole, un da llegu a un terrible descubrimiento.

--Para qu pintis rboles, primo? El rbol ms feo, es mucho mejor que
todas esas manchas verdes que echis sobre el lienzo.

--De ese modo comprendis el arte, prima?

--No pensis que Juno es mil veces ms linda que su retrato?

--S, por cierto, lo creo.

--Y esas florecitas azules que ponis en los rboles, qu son?

--Eso es un pedazo de cielo, prima.

Hice una pirueta y exclam con aire pattico:

--Oh cielos, oh rboles, oh naturaleza!, cuntos crmenes se cometen
en vuestro nombre!

Mi to tena muchos amigos en V***, estaba emparentado con la mayor
parte de las familias de la regin y tena mesa puesta para todos. Raro
era el da que no tuvisemos algunos invitados a almorzar o a comer.
Esto era para mi un medio de conocer las maneras sociales y aprender,
como me haba dicho el cura, a equilibrar mis sentimientos. Pero debo
advertir, que no equilibraba mucho que digamos, y que no lograba nunca
disimular pensamientos e impresiones tan chocantes como impertinentes.

Mi to y Juno, completamente rgidos en cuanto al captulo de las
conveniencias sociales, me dirigan algunas reprimendas elocuentes; pero
se las llevaba el viento. Con una tenacidad verdaderamente desoladora no
perda la ocasin de hacer un disparate o decir alguna majadera.

--Has estado muy inconveniente con la seora de A***, Reina.

--En qu, hipcrita Juno? Le he dejado ver, que no me gustaba, y nada
ms.

--Cabalmente, en eso consiste la inconveniencia, sobrina.

--Es tan fea, to. Y de veras, no siento mucha afeccin por las mujeres;
son burlonas, malas, y miden de pies a cabeza a la gente, como si en vez
de ser personas fueran animales curiosos.

--Cmo te atreves t a reprocharlos el que sean burlonas, Reina, cuando
no te ocupas en otra cosa sino en remedar las ridiculeces de los dems?

--S, pero soy linda; por consiguiente, me est permitido hacerlo. El
seor de C..., me lo dijo el otro da.

--No alcanzo a ver la consecuencia... Y por otra parte, crees que los
hombres no te midan tambin de pies a cabeza?

--S, pero es para admirarme, mientras que las mujeres, si me miran, es
buscando defectos, y si no los hallan, los inventan. Ya ves, como he
observado una porcin de cosas.

--Ya lo vemos, sobrina. Pero trata de observar tambin, que la
correccin es una apreciable cualidad.

Cuando nuestros invitados masculinos eran jvenes, nos hacan la corte a
Blanca y a mi, y lo que es yo me diverta bastante; pero cuando eran
viejos... Dios mo! surga siempre la poltica a darme jaqueca. Oh!
Cunto me ha aburrido la poltica!

Llegaban irritadsimos contra las tropelas del gobierno, pero hablaban
de ellas con cierta discrecin hasta que algn bonapartista fogoso
exclamaba, que deba fusilarse a todos los republicanos, para
aterrorizarles. La ingenuidad de la frase haca rer, pero esta
hecatombe imaginaria era la seal de zafarrancho para las exageraciones
y desatinos. Ya nos metamos de cabeza en la poltica y no salamos
hasta el fin de la comida. Todos estaban de acuerdo en cuanto a abominar
a la repblica y a los republicanos, pero en el momento en que algunos
de los convidados desembolsaba la formita de gobierno que tena buen
cuidado de llevar siempre consigo, no pasaba mucho, no, sin que se
cambiaran miradas furibundas y se pusieran las caras a modo de tomates.

Envolvase el legitimista en la dignidad de sus tradiciones, de su
fidelidad y de sus anhelos y trataba de revolucionario al imperialista;
mientras que ste, en su foro interno, trataba de imbcil al
legitimista. Pero como la urbanidad no le permita emitir su opinin
gritaba para resarcirse como un desesperado. En seguida se caa a plomo
sobre los republicanos; se les abrumaba de invectivas, se les deportaba,
se les fusilaba, se les decapitaba y se les haca picadillo; pues
bonapartistas y legitimistas se unan en un odio comn, para barrer de
la faz de la tierra a tales bpedos. Se peroraba apasionadamente, se
gesticulaba, se salvaba a la patria y se ponan como remolachas... lo
que no obstaba ay! para que las cosas siguieran su camino. Mi to, de
tiempo en tiempo, lanzaba en medio de estas divagaciones, una salida
ingeniosa, o una frase sensata y colocaba la discusin en un terreno ms
elevado que el del inters personal y las simpatas individuales. Nada
legitimista, y sin tener opinin determinada, no dejaba de ver que la
Francia, desde haca un siglo, marcha con la cabeza baja, y que siendo
esa una postura anormal, concluir por perder el equilibrio y caer en un
precipicio en el que la enterraran.

Se rea de las ruindades y estupideces de todos los partidos, pero a
menudo era presa de desalientos, que se reflejaban en alguna ocurrencia
chistosa. Jams lo vi exaltarse; se conservaba en calma, en medio a los
variados rugidos de sus huspedes, seguro siempre, de que suya sera la
ltima palabra, pues vea claro y lejos. Sin embargo, sus antipatas
eran vehementes y execraba a los republicanos.

No quiero decir con esto, que fuese tan apasionado como para no saber
guardar un justo medio: hubiese aceptado una repblica, si la hubiese
credo posible, y se inclinaba ante la constancia de ciertos hombres,
que luchan de buena fe por una utopa.

Algunas veces le oa llamar a nuestros gobernantes, jugadores de
raqueta, comparando las leyes que las dos cmaras se envan diariamente
una a otra, a volantes que los franceses, boquiabiertos, miran pasar con
ojos plcidos, hasta el momento en que caen sobre sus respetables
narices y se las aplastan.

De donde saqu yo, para mi gobierno, algunas deducciones que referir a
su tiempo.

Al seor de Pavol le agradaba conversar y aun discutir. Y aunque hablaba
poco, escuchaba con inters. Bajo una corteza rstica esconda
conocimientos generales, elevado buen gusto y gran criterio unido a una
altura de vistas especial. No era ni un santo, ni un devoto. Supongo
que, como la mayora de los hombres, habra tenido sus flaquezas y sus
errores; pero crea en un Dios, en el alma, en la virtud, y no
consideraba la incredulidad, la mala fe y el espritu de impiedad y
difamacin como signo de virilidad intelectual.

Gustbale or desarrollar sus sistemas a los materialistas y
librepensadores, y su silencio burln hablaba elocuentemente, mientras
observaba a su interlocutor juntando las cejas de tal modo que le
ocultaban los ojos casi por completo. Y luego con la mayor tranquilidad,
les replicaba:

--Caramba! seor, sabis que os admiro? Habis llegado casi a la
perfecta humildad del Evangelio. Me avergenzo de no poder seguir
vuestras huellas, pero mi orgullo es tan endiablado, que me impedir
siempre parangonarme con la oruga que se arrastra a mis pies o al cerdo
que se revuelca en mi corral.

Estaba siempre en guerra con el consejo municipal de su distrito; no le
gustaban los aldeanos, y pretenda que no hay nada ms pillo y canalla
que un campesino. As, aunque se le estimaba y respetaba, no era
querido. Sin embargo, haca grandes limosnas y no desperdiciaba ocasin
para ejercitar su bondad; pero jams se dejaba envolver por la malicia y
astucia de los buenos labriegos.

Por ltimo, si mi to no haba seguido carrera alguna, si no haba sido
ni mdico, ni abogado, ni ingeniero, ni soldado, ni diplomtico, ni aun
ministro, llenaba su cometido en la vida, conservando las sanas
tradiciones, respetando lo que es respetable, no dejndose arrastrar por
las divagaciones de la poca, y usando de su influencia para encaminar
al bien y a la justicia algunos corazones. En una palabra, mi to era un
hombre de talento, de corazn y de bien. Yo le quera mucho, y si no
hubiese hablado nunca de poltica, le hubiera credo sin defectos. En la
vida privada era ejemplar. Quera con locura a su hija, y en cuanto a
mi, pronto me tom cario.

--Qu cosa horrible son los gobiernos!--deca yo al seor de
Couprat.--Sera necesario suprimirlos todos; por lo menos as no se
oira hablar de poltica. Hay que suprimir dos cosas: el piano y la
poltica.

--S, por cierto, y soy de vuestra opinin--me respondi riendo.

--Ah... qu no os gusta el piano? Sin embargo, cuando Blanca toca la
escuchis con placer; por lo menos, o as parece.

--Es que Blanca tiene mucho talento.

Esta explicacin me produjo la fastidiosa sensacin, que causan los
mosquitos rondando alrededor de nuestros odos cuando dormimos: nos
incomodan sin turbarnos completamente el sueo. Evidentemente, la razn
que me daba no era aceptable, porque a pesar del talento de Juno, yo que
no amaba el piano, senta ganas de gritar y de escaparme cada vez que
ella ejecutaba alguna sonata de Mozart o de Beethoven. Qu dos hombres
que pueden vanagloriarse de haber aburrido a la humanidad! Yo me
desesperaba pensando en sus mujeres.

En medio de esta dulce vida de esperanzas, y pequeas inquietudes
desvanecidas por una amabilidad, o por las distracciones de una
existencia tan nueva para mi, llegamos al fin de Septiembre. Y entonces
mi to, con el aspecto fnebre de un hombre que va al cadalso, se
prepar a llevarnos a las tertulias anunciadas por el seor de Couprat.




XII.


Puedo asegurar que mi espritu de observacin no se ejercit en mi
primer baile. Slo me queda de esa fiesta algo as como la impresin de
un placer delirante, y el recuerdo de las necedades que dije, y eso
porque me costaron una buena reprimenda al da siguiente.

De cuando en cuando, Juno golpebame el brazo con su abanico y me deca
al odo, que me pona en ridculo; pero era como hablar con una tapia;
pues yo me alejaba sin orla, revoloteando con mis compaeros.

A veces, mi caballero crea oportuno entablar conversacin.

--No hace mucho que vivs aqu, seorita?

--No seor; seis semanas, ms o menos.

--Y dnde vivais antes de venir al Pavol?

--En el Zarzal; una quinta espantosa, con una espantosa ta que gracias
a Dios! ha muerto.

--En todo caso, vuestro nombre seorita es de los ms conocidos; en 1423
haba un caballero de Lavalle que se parapet en el monte de San Miguel.

--S? Y qu haca all ese caballero?

--Defender el monte atacado por los ingleses.

--En lugar de bailar? Qu tonto!

--Tratis as, seorita, a vuestros abuelos y al herosmo?

--Mis abuelos! Nunca he pensado en ellos! y del herosmo se me da un
bledo.

--Pero qu os ha hecho el pobre herosmo?

--Es que como los romanos eran heroicos, segn parece y yo detesto a los
romanos... Pero, bailemos, en vez de charlar.

Y partamos, girando.

Mi felicidad lleg a su apogeo al verme, danzando con el seor de
Couprat, en aquel saln lleno de luces, a la vista de tantas seoras
riqusimamente ataviadas, y entre aquella sociedad de la que me hallaba
tan lejos poco antes. Pablo bailaba mucho mejor que los dems. Aunque
fuese alto y pequesima yo, sola acariciarme las mejillas su lindo
bigote rubio y retorcido, y sent algunas tentaciones de las que no
hablar por no escandalizar al prjimo.

Embriagada por la alegra y las lisonjas que zumbaban a mi derredor,
dije todas las tonteras inimaginables; pero conquist a todos los
hombres y desesper a todas las muchachas.

El cotilln despert en mi el mayor entusiasmo, y cuando mi to, que
tena todo el aire de un mrtir, nos hizo seas de que era hora de
partir, exclam, desde el extremo del saln:

--To, no me sacaris de aqu, sino por la fuerza armada.

Pero tuve que prescindir de ella, y seguir a Juno, que hermosa y
correcta, como de costumbre, se apresur a obedecer a su padre, sin
hacer caso de mis recriminaciones.

Ya en mi cuarto y al desnudarme, me vino una locura irresistible. Tom
mi almohada y me puse a valsar con ella por el cuarto, cantando a toda
voz.

Juno, cuyo cuarto no estaba lejos del mo, acudi semiasustada.

--Reina! qu haces?

--Ya ves, bailar!

--Dios, mo! qu nia eres!

--Querida Blanca, si la humanidad tuviese ingenio, da y noche bailara.

--Vamos, Reina, hace fro y puedes resfriarte; acustate.

Arroj mi almohada a un rincn y me met en la cama. Blanca sentose a
los pies e improvis una arenga. Esforzose en probarme que la calma es
una gran cualidad en todos los actos de la vida; que cada cosa debe
hacerse a su tiempo y lugar, y que, despus de todo, no le pareca que
una almohada fuese un compaero de danza muy agradable y...

--En cuanto a eso estoy conforme! djele interrumpindola,--slo son
agradables los bailarines de carne y hueso, sobre todo, si tienen
bigotes: bigotes rubios, por ejemplo. Un bigotito que os acaricia la
mejilla al bailar ah! de veras, es deli...

En esto me dorm, y no despert hasta las tres de la tarde.

As que estuve vestida, me mand llamar el seor de Pavol. Acud
inmediatamente con el presentimiento de que en el cerebro de mi to
germinaba un sermn. Al ver su aire solemne comprend lo acertado de mis
conjeturas y como siempre me ha gustado la comodidad tanto en los
sermones, como en las dems circunstancias de la vida, aproxim un
silln y me arrellan en l, confortablemente; entrelac las manos sobre
mis rodillas y cerr los ojos con aire de profundo recogimiento.

Al cabo de dos segundos, no escuchando ni media palabra, exclam:

--Y? Empezad, pues, to!

--Hazme el servicio de enderezarte, Reina y de tomar una actitud ms
respetuosa.

--Pero to--repuse abriendo los ojos, asombrada;--no ha sido mi
intencin faltaros al respeto, y si me he puesto en esa actitud era para
oros mejor.

--Sobrina, me vas a hacer perder la cabeza.

--Puede ser, to, respond tranquilamente, mi cura tambin me deca
muchas veces que le hara morir de pesar.

--Hablando francamente crees que tenga ganas de que me lleve el diablo
por causa de una chicuela mal educada, como t?

--Os dir primero, que no creo que nunca os llevar el diablo, y
segundo, que me desolara si os perdiera, pues os quiero con todo mi
corazn.

--Hum!... es una suerte! Quieres decirme ahora porqu a pesar de mis
lecciones y consejos, te has comportado anoche de una manera tan
inconveniente?

--Especificad las acusaciones, to.

--Sera cosa de nunca acabar, pues todo lo que has hecho, ha sido
inconveniente; parecas una loca. Entre muchas necedades, has llamado
por su nombre de pila al seor de Couprat, as que le viste; yo estaba
cerca de ti, y he visto que al caballero, que en ese momento te daba el
brazo, le pareci muy chocante.

--Oh, eso s! lo creo capaz de todo; pareca un ganso!

--Yo no soy un ganso, Reina, y te digo que es una inconveniencia.

--Pero, to, es nuestro primo, lo vemos todos los das. Blanca y yo le
llamamos siempre Pablo cuando hablamos de l, y aun cuando nos dirigimos
a l directamente.

--Eso puede pasar en la intimidad, pero no en el mundo, donde nadie est
obligado a conocer el parentesco ni el grado de relacin de las
personas.

--As es que, segn vos, debe uno portarse de un modo en su casa y de
otro delante de gente?

--Eso es lo que me esfuerzo en hacerte comprender, sobrina.

--Pues, eso es ni ms ni menos, una hipocresa.

--En nombre del cielo, s hipcrita, no te pido otra cosa. Parece
adems, que has dicho a cinco o seis jvenes que eran muy buenos mozos.

--Cierto, ya lo creo!--exclam en un mpetu de simpata al recordar a
mis compaeros.--Tan guapos, tan educados, tan atentos! Por otra parte
les haba trampeado piezas y para que no se contrariaran...

--Por el momento, a quien contraras mucho es a mi, Reina; hace siete
semanas que Blanca y yo tratamos de hacerte comprender que es necesario
mesurar nuestros movimientos lo mismo que nuestras tristezas y alegras,
y sin embargo, no yerras disparate. Tienes talento, eres coqueta y
desgraciadamente para mi, tienes una cara demasiado bonita y...

--Al fin y al cabo!--interrump, satisfecha,--as es como me gustan los
sermones.

--No me interrumpas, Reina, te hablo seriamente.

--Vamos a ver, to, razonemos: la primera vez que me visteis, me
dijisteis: eres terriblemente linda.

--Y qu hay con eso, sobrina?

--Qu hay? Que con ello veris, que uno no puede refrenar siempre un
movimiento primo.

--Tal vez, pero se debe tratar de reprimirlo siempre, y sobre todo,
hacerme caso. A pesar de tu poca edad y tu corta estatura, tienes el
aspecto de una mujer; trata pues de tener la dignidad, que te
corresponde.

--La dignidad!--exclam,--y para qu?

--Cmo para qu?

--No comprendo, to. Cmo me predicis dignidad, cuando el gobierno
tiene tan poca?

--No veo la relacin... Qu nueva locura es esa?

--No decs to, que el gobierno pasa el tiempo jugando al volante? La
verdad es que tal conducta en un gobierno es una falta de dignidad. Y
entonces, por qu los simples particulares hemos de tener ms que los
ministros y los senadores?

Mi to se ech a rer.

--Difcil es reirte, Reina; como la anguila, te escurres entre los
dedos. Pero a pesar de todo, te aseguro, que si no me obedeces no te
dejar ir ms a ninguna tertulia.

--Oh, si hicieseis semejante cosa, merecerais las torturas de la
Inquisicin!

--Como la Inquisicin est abolida no se me torturar; pero tu me
obedecers, tenlo por cierto. No quiero que una sobrina ma adquiera
hbitos y maneras, que si se pueden excusar hoy por sus pocos aos,
maana la podrn hacer pasar por... hum!

--Por qu, to?

El seor de Pavol tuvo un violento ataque de tos.

--Hum! por una mujer criada en las selvas, o algo por el estilo.

--Y tal apreciacin no ira muy descaminada, puesto que el Zarzal y una
selva son la misma cosa.

--En fin, sobrina, convncete de que te he hablado seriamente; vete y
reflexiona.

Comprend que no se poda tomar a broma este formidable reto. Me encerr
en mi cuarto donde reflexion veintiocho minutos y medio, durante los
cuales sent germinar en mi corazn el loable deseo de trabar relacin
con la mesura.




XIII.


Muy pronto llegu a descubrir que muchas veces la fama de sabidura de
que gozan los proverbios no es hurtada; que en ciertos casos, querer es
poder y que con un poquito de buena voluntad me sera fcil poner en
prctica los consejos de mi to.

No quiero decir con esto, que no haya vuelto a cometer necedades desde
entonces, oh, no! eso suceda an, bastante a menudo, pero logr
volverme seria y adquirir un sosiego relativo.

Por otra parte, si mi to me haba reprendido haba sido en previsin
del porvenir, porque entonces me hallaba en un medio social en el que
mis acciones y palabras eran juzgadas con la mayor indulgencia. Era
aquella una sociedad amena, y educada, llena de tradiciones de cortesa,
y en las que contaba sin saberlo con gran nmero de parientes y
allegados.

En obsequio a mi nombre, a mi belleza, y a mi dote furonme perdonados
muchsimos pecados. Era la nia mimada de las matronas, que narraban con
cario ancdotas de mis abuelos y bisabuelos y de otros antepasados
cuyos hechos y proezas deban haber sido muy notables, para que
aquellas bondadosas marquesas hablaran de ellos con tanto entusiasmo.

Comprend, con satisfaccin, que para algo sirven en la vida los
abuelos, y que su gida polvorosa defiende las osadas y caprichos de
las nietecillas criadas en el fondo de los bosques.

Era la nia mimada de los maridos en perspectiva, que en mis hermosos
ojos, vean brillar mi dote; la nia mimada de los bailarines, a quienes
mi coquetera diverta, y confieso en voz baja, muy baja, que senta una
felicidad inmensa en jugar con los corazones y en metamorfosear las
cabezas en veletas.

Oh, coquetera, qu encanto en cada letra de tu nombre!

Era preciso que este sentimiento fuese innato en mi, porque despus de
asistir a dos o tres reuniones conoca todos sus detalles, astucias y
matices.

Quisiera ser predicador, nada ms que para predicar la coquetera a mi
auditorio y rehusar la absolucin a las penitentes sin talento para
dedicarse a tan encantador pasatiempo.

Con tales ideas, quiz no permanecera mucho tiempo en el seno de la
iglesia, pero en mi corta carrera, creo que hara bastantes proslitos.
Compadezco a los hombres, que creen conocer todo, e ignoran los placeres
ms finos y delicados. A mis ojos; arrastran una vida de bolonios.

Mientras que yo me zarandeaba y hera corazones, Blanca pasaba hermosa
y altiva, demasiado segura de su belleza, para preocuparse de hacerla
admirar; demasiado correcta para rebajarse hasta las emociones y
pilleras que hacan mi felicidad.

Sin embargo, as que la primera efervescencia se calm, me di cuenta de
que el seor de Couprat tardaba mucho tiempo en enamorarse de m. Me
vea bajo todas las fases, vestida de baile, de visita, de calle,
coqueta, seria, y a veces, aunque debo confesarlo, raras veces,
melanclica, y a pesar de toda esta diversidad de aspectos, que
ahuyentaban la monotona, no slo no se me declaraba, sino que pareca
tratarme como a una chica. Y la frase de mi cura: Est cierta de que te
ha tomado por una chiquilina sin consecuencia, comenzaba a preocuparme
enormemente.

A pesar de mi coquetera y mis numerosas distracciones, ni un solo
instante, decay mi amor. La animacin de mi vida impedame, sin duda,
pensar en l constantemente, y por eso me explico mi ceguedad; pero
nunca se me ocurri poder hallar otro hombre ms encantador que Pablo de
Couprat.

Sin embargo, en la corte que me circua, muchos cortesanos ofrecan una
semejanza real con los tipos de Walter Scott, que tanto haba admirado.
Y muchas veces me he preguntado cmo haba podido conmoverme mi hroe,
alegre y regordete, cuando mi imaginacin estaba bajo la influencia de
personajes quimricos, que tan poco se le parecan. He aqu un tema
psicolgico que abandono a la meditacin de los filsofos, porque yo, no
tengo tiempo para profundizarlo; sealo el hecho, saludo a la filosofa
y paso.

El 25 de Octubre, asistimos al ltimo baile, en un castillo situado
cerca del Pavol.

Esa noche fui con un vestido azul celeste; estaba extraordinariamente
linda y tuve un xito loco. Tan loco, que en la semana siguiente fui
pedida por cinco. Pero yo estaba intranquila, febril, atormentada, y
contra mi costumbre, no me goc en el delirio que causaba mi belleza.

Aguardaba al seor de Couprat con impaciencia, para observarlo con ojos
que comenzaban a ver claro. Generalmente llegaba muy tarde, en compaa
de tres o cuatro jvenes que componan la alta sociedad a la moda de la
regin. Estos jvenes hastiados desde la ms tierna edad, tenan por muy
aburrido, fatigoso e incmodo el baile; contentbanse con hacer algunas
invitaciones con dejadez e impertinencia. No as Pablo de Couprat,
demasiado educado y franco para no bailar con el aspecto alegre y
satisfecho que las circunstancias requeran.

Con todo, debo decir que mi bro disipaba el tedio de aquellas vctimas
de la experiencia, como un rayo de sol disipa leve bruma. Saba
agasajarles y hacerles girar a voluntad de mis caprichos tanto que mi
to deca:

--Si tiene el diablo en el cuerpo.

Sea tenido por infame el que mal piense!

Con despecho, not que Pablo bailaba a menudo con Blanca y que a mi me
invitaba pocas veces y sin mucho entusiasmo ni insistencia.

Redobl mi coquetera para atraer su atencin; pero poco se le import.
Su corazn y su mente estaban lejos de mi, y me arrincon en un ngulo
de la sala, negndome rotundamente a bailar ms.

Ocultbame casi tras unos tapices que separaban el saln de una salita,
y desde all sorprend la conversacin de dos respetables matronas,
cuyas simpatas me haba conquistado.

--Reina est muy guapa esta noche, y como siempre, es la reina del
baile.

--Sin embargo, Blanca de Pavol es ms linda.

--S, pero es menos atrayente. Es una reina altiva, mientras que la
seorita de Lavalle es una deliciosa princesita de cuentos de hadas.

--Princesa, esa es la palabra; se ve en toda ella la raza, y lo que
chocara en otras, en ella es encantador.

--Se susurra que es cosa decidida el matrimonio de su prima con el seor
de Couprat.

--As he odo decir.

Durante algunos minutos, orquesta, matronas y parejas ejecutaron a mis
ojos una danza sin nombre, y para no caerme, tuve que sujetarme de las
colgaduras que me ocultaban.

Cuando me repuse de aquel atolondramiento, el brillante saln me pareca
velado por un crespn negro, y con gran sorpresa de Juno, fui a rogarle
que nos furamos inmediatamente, sin aguardar el cotilln.

Mientras regresbamos al Pavol, yo me deca:

--No es cierto, estoy segura de que no es cierto. A qu afligirme
tanto?

Con todo, me desnud llorando y con el presentimiento de que una gran
desgracia se cerna sobre m.

Sin embargo, como no hay nada ms voluble que una cabeza de diez y seis
aos, al siguiente da volviome la experanza, y clasifiqu la charla de
aquellas dos seoras de murmuraciones sin alcance.

Resolv observar cuidadosamente al seor de Couprat y me hall en tal
disposicin de espritu, que con el menor indicio hubiera dado cuerpo a
las ms fugitivas impresiones.

En la tarde de aquel da nefasto, nos encontrbamos todos en el saln.
El comandante y mi to jugaban al ajedrez; Blanca tocaba una sonata de
Beethoven, y yo, recostada en un silln espiaba con los prpados
entornados la actitud y la fisonoma de Pablo Couprat.

Sentado junto al piano, algo atrs de Juno, escuchaba con gravedad, sin
cesar de mirarla. Aquella impresin seria no le sentaba, y hubiera
podido decirse, que estaba aburrido. Me confirm en esta opinin,
observando que trataba de ahogar algunos intempestivos bostecillos.
Entonces fue cuando me acord de pronto, de la satisfaccin que yo
senta siempre que l tocaba sus valses y sus danzas. Comprend que no
me gustaba la msica sino el msico, y que a l le pasaba lo mismo
respecto de Blanca. No se le daba un bledo de Beethoven; pero estaba
enamorado de Blanca, y hasta las cosas que le eran antipticas le
gustaban en la mujer amada.

Juno termin su horrible sonata, y Pablo dijo en un arranque de
entusiasmo, cuyo oculto motivo comprend:

--Qu genial ese Beethoven! Y vos, prima, lo interpretis
maravillosamente.

--Pues lo que es vos, Pablo, habis bostezado y bien!--exclam
ponindome de pie tan bruscamente, que los jugadores de ajedrez,
lanzaron un gruido furibundo.

--Creo que dormas, Reina.

--No, no dorma, y te aseguro que Pablo ha bostezado mientras t
interpretabas tu maldito Beethoven.

--Reina detesta tanto la msica, que atribuye a los dems, sus propias
impresiones.

--Buenos descubrimientos me obligan a hacer mis propias
impresiones!--respond con voz temblona.

--Qu te pasa, Reina? Has de estar de mal humor porque no has dormido
anoche.

--No estoy de mal humor, Juno, pero detesto la hipocresa, y repito y
sostengo y sostendr hasta la muerte que Pablo ha bostezado que era un
gusto.

Despus de esta salida, me escap del saln con la tranquilidad de un
torbellino, dejando estupefactos a todos los que estaban en l.

Me encerr en mi cuarto, y pasendome de largo a largo, renegu de mi
ceguedad, y me di de coscorrones, siguiendo la costumbre de Petrilla,
cuando se hallaba en algn aprieto. Pero los coscorrones a ms de que
pueden descompaginar los sesos, no han sido nunca eficaz remedio de
amores degradados, y me dej caer sobre un sof profundamente
desalentada.

Como en otras circunstancias anlogas, me acord de frases y detalles,
que segn yo me deca, deban de haberme dado luz, no digo, una vez,
sino veinte.

El sentimiento dominante en mi, en medio de otros muy confusos era una
viva clera; pero mi altivez me hizo jurar que nadie conocera mi dolor.

En aquel momento fui sincera, y cre que me sera fcil disimular mis
impresiones, cuando tena por costumbre lo contrario.

Atravesaba por una de esas situaciones en que el individuo ms manso
siente violentos deseos de estrangular a alguien y de romper cualquier
cosa. Los nervios que no se pueden calmar con lgrimas, tienen que
estallar de cualquier modo y a mi me dio con mis hombrecillos de
terracota cuyas muecas y sonrisas me parecieron de pronto odiosas y
ridculas. Inmediatamente los arroj por la ventana, sintiendo un
extrao placer al orlos quebrarse sobre los guijarros de la alameda.

Tocole uno a la veneranda cabeza de mi to que pasaba por all. La
suerte que llevaba sombrero; pero, con todo, hallando este
procedimiento fuera de todas las leyes de la buena educacin, no pudo
contenerse y respondi con una expresiva exclamacin.

--En qu, demonios, te ocupas, sobrina?

--Tiro mis hombrecillos por la ventana, to--respondle, aproximndome
al alfizar, del que haba permanecido retirada para arrojar con mayor
fuerza mis proyectiles.

--Vaya un motivo para romperle a uno la cabeza!

--Os pido perdn, to, pero no os haba visto.

--Que te has vuelto loca repentinamente? Por qu rompes as tus
chucheras?

--Me incomodan, me aburren, me impacientan... Mirad, ah va el resto!

Envi cinco de una vez, cerr la ventana de pronto y dej al seor de
Pavol refunfuando contra las sobrinas y sus caprichos.

A la noche me sermone, pero le escuch con la mayor impasibilidad, pues
en medio de mis graves preocupaciones, aquella msera reprimenda era un
globo de jabn que estallaba sobre mi cabeza.

Despus de comer, fui a contemplar mis hombrecillos que yacan
lastimosamente en la alameda. Rotos, pulverizados! lo mismo que mis
ilusiones y mi felicidad, que crea perdidos para siempre.




XIV.


Tal vez os admiris de mi falta de perspicacia, pero quin, aun sin
tener la excusa de mis diez y seis aos, no ha demostrado una ceguedad
increble, por lo menos una vez en la vida? Quisiera saber si existe un
solo hombre que no se haya tratado de imbcil, descubriendo un hecho,
que aunque muy visible, no llegaba a ver. Ah! es muy fcil llamarse
perspicaz, como tambin es fcil parecerlo, cuando se nos ponen los
puntos sobre las es.

Desde entonces fue para mi un verdadero suplicio el ver al seor de
Couprat, y observar todas las atenciones y delicadezas de que colmaba a
Blanca. Cunto lloraba en silencio! pero eso s, nunca, nunca sent
celos de Juno.

Dios mo! no; yo era una criatura que amaba sincera y profundamente,
pero sin que la ms mnima sombra de pasin feroz se mezclase a mi amor.
Contra el nico que senta una ira continua era contra el seor de
Couprat. Era el cabro emisario cargado de todo mi mal humor y mis penas.
No me cansaba de zaherirlo y repetirle cosas agridulces. En seguida me
refugiaba en mi cuarto, en el que me paseaba a grandes pasos, echndome
discursos.

Oh, qu talento, enamorarse de una mujer cuyo carcter no se le parece
en nada! l, tan alegre, tan charlatn, tan charlatn como yo, por
cierto! Blanca es seria, silenciosa e idlatra de la etiqueta, mientras
que a l estoy segura, que lo desespera. En cambio nosotros
armonizbamos tan bien! Cmo no lo ha visto? Pero Blanca es tan buena
como linda; la conoce desde hace mucho, y luego, al corazn no se le
ordena...

Desgraciadamente todos estos hermosos raciocinios no me consolaban.

De noche sollozaba en mi cama y a veces, hasta entre sueos, y a pesar
de la firme resolucin de ocultar mis impresiones, al cabo de quince
das todos los habitantes del Pavol, se asombraban de mis maneras
caprichosas. Por la maana estaba tan alegre que rea horas y, horas;
pero por la tarde, sentbame a la mesa con aspecto sombro y no
despegaba los labios durante toda la comida.

Este silencio tan en oposicin con mis hbitos, preocupaba bastante al
seor de Pavol.

--Qu es lo que pasa en tu cabecita, Reina?

--Nada, to.

--Te aburres? Quieres viajar?

--Oh no, no, to! Por nada dejara el Pavol.

--Si quieres casarte decididamente, eres libre de ello, no soy un
tirano. Te pesaran las negativas con que has acogido las propuestas
de matrimonio que se han sucedido en estos ltimos das?

--No, no, to, he abandonado por completo mis antiguas ideas; no quiero
casarme.

Estos desdichados partidos, aumentaban mi fastidio. Ya no poda or
hablar de matrimonio sin sentir deseos de llorar. Aunque el seor de
Pavol no me apremiaba para que aceptase alguno, me demostraba, sin
embargo, las ventajas de cada uno de ellos e insista algo, para que yo
por lo menos consintiese en tratar a mis enamorados.

Hasta les hubiera calificado con mucha facilidad de casos
extraordinarios y entre los numerosos descubrimientos que diariamente
haca, no fue la inconsecuencia de mi to, uno de los que menos me
llamaron la atencin.

Aqu para nosotros, pienso que estaba algo asustado con la carga de la
sobrina que le haba cado en suerte. Me dej completamente libre para
elegir y se content con mis razones sin pies ni cabeza, para rechazar a
mis pretendientes.

--Y no eras t la que tenas tanta prisa por casarte, Reina?--me
pregunt Blanca.

--No me casar, si no encuentro lo que deseo.

--Ah! y qu deseas?

--No lo s an--respondile con la garganta oprimida.

Blanca me tom la cara con ambas manos y me mir con atencin.

--Quisiera leer en tu pensamiento, Reinita. Amas a alguien? A Pablo?

--Te juro, que no--djele, zafndome de su caricia,--no quiero a nadie,
y cuando quiera, lo sabrs en seguida.

Si la muerte no fuese una cosa tan imponente, estoy segura de que en
aquel momento me hubiera dejado matar antes que declarar mi amor por un
hombre que amaba a otra y mucho ms siendo sta prima ma. Felizmente no
se trataba de horca ni de guillotina, porque mucho me temo que en
presencia de ellas, probablemente habra flaqueado mi estoicismo.

--Hago lo mismo que t, Blanca, espero.

--Yo no tengo la suerte de mi lobezna del Zarzal--respondiome
sonriendo,--cinco pedidos a la vez: figrate!

--No me hables ms de esto, te ruego; el recordarlo me fastidia, me
oprime, me asfixia.

Por desgracia a un sexto pretendiente que reuna las cualidades ms
raras, extraordinarias y completas, se le antoj de improviso colocarse
en el nmero de mis adoradores.

Ay! cosechaba yo lo que haba sembrado! pues desde mi entrada en la
sociedad no haba hecho otra cosa que pregonar, que pensaba casarme lo
ms pronto posible.

Hzome llamar mi to y tuvimos una larga conferencia.

--Reina, el seor de Le Maltour, solicita tu mano.

--Que le aproveche, to.

--Te gusta?

--Al contrario.

--Por qu? Exponme las razones, pero buenas razones; no como las del
otro da que no valan nada.

--Tampoco vuestros partidos no eran presentables, to.

--Vamos al seor P. muy bien...

--Oh, un hombre de treinta aos, casi un patriarca!

--Y el seor de C.?

--Un hombre espantoso!

--Y el seor de N... mozo de mrito y muy inteligente.

--Bah! le cont los cabellos y no tena ms que catorce! A los
veintisis aos!

--Ah!... y el pequeo D?...

--No me gustan los trigueos. Y luego, es una nulidad completa. Una vez
casado, querra a su persona, a sus corbatas, a mi dote y nada ms.

--Te concedo todo eso. Pero vuelvo al barn de Le Maltour; qu le
reprochas?

--Es un hombre que no ha bailado conmigo, sino cuadrillas, porque no s
valsar a tres tiempos--exclam con indignacin.

--Horrible falta!; Te lo repito, Reina, creo que es absurdo casarse tan
joven; pero a pesar de tu dote y tu belleza, creo que no volvers a
hallar jams un partido semejante. Es un joven bien parecido y tengo las
mejores informaciones respecto a su moralidad y su carcter, fortuna
inmensa, familia honorable y muy antigua.

--Ah, s, abuelos! como dice Blanca--interrump con desdn. Tengo
horror a los abuelos, to.

--Por qu?

--Gente que no pensaba ms que en pelear y romperse la cabeza. Qu
idiotez!

--Ah! pues mira, s tambin que el escribiente del tribunal de V...
gusta de ti; no tiene abuelos, quieres que le diga que en vista de
ello, la seorita de Lavalle est dispuesta a casarse con l?

--No os burlis de mi, to; bien sabis que soy aristcrata hasta la
punta de los dedos--respond, aprovechndome de la ocasin para admirar
mis afiladas manos.

--Es lo que creo, si no engaa tu aspecto. Y ahora, sobrina, yeme bien.
Aun no conoces al seor de Le Maltour, para formar opinin de l, y
quiero absolutamente que le trates con intimidad antes de que des una
contestacin definitiva. Voy a escribirle a la seora de Le Maltour, que
la resolucin depende de ti, y que autorizo a su hijo a que se presente
en el Pavol cuando le plazca.

--Muy bien, mi to, haced lo que queris.

Cinco minutos despus paseaba yo por el bosque, presa de la ms violenta
agitacin.

--Ah, quiere salir con la suya!--decame mordiendo el pauelo para
ahogar los sollozos;--ya ver cmo recibo a su Le Maltour. Quiero que en
cuatro das desaparezca de mi vista.

Mi to no ve ni comprende nada. Me engaaba. Mi to, a pesar de mi
repentina resolucin de disimulo, vea claramente, pero se conduca con
prudencia. No poda impedir al seor de Couprat que amara a su hija, ni
renunciar al proyecto que tanto l como el comandante acariciaban desde
haca tiempo. Por otra parte, convencidsimo que mi cario no era
profundo y que era ms bien una niada, pensaba que el mejor remedio
para tal capricho era el de enderezar mis pensamientos hacia un hombre
que enamorado de mi, se hiciera amar, fundndose en este axioma: el amor
atrae al amor.

Su razonamiento, si no hubiese fallado por la base, hubiera sido
perfecto.

Dos das ms tarde llegaron al Pavol la seora de Le Maltour y su hijo,
con la sonrisa en los labios y la esperanza en la mirada. La excelente
seora me dijo cien amabilidades a las que contest con la cara ceuda
de un portero de jesuitas.

El barn era un buen muchacho... aguardad, no quiero decir con esto que
fuera un tonto; al contrario! Era inteligente y listo, pero no tena ms
que veintitrs aos. Era tmido y estaba muy enamorado, circunstancia
que no le despejaba la mente, pero que sera una ingratitud de mi parte,
el criticarla.

Al da siguiente volvi sin su madre y trat de conversar conmigo.

--Sents, seorita, que se haya terminado la temporada de los bailes?

--S--le respond en un tono tan brusco como el de Susana.

--Os divertisteis la otra noche en casa de los C?...

--No.

--Sin embargo, me pareci una fiesta brillante. Qu lindo vestido
llevabais! Os gusta el azul?

--Puesto que lo uso...

El seor de Le Maltour tosi levemente, para darse valor.

--Os gustan los viajes, seorita?

--No.

-Es sorprendente. Os hubiera credo de carcter emprendedor y viajero.

--Qu idiotez! Tengo miedo a todo!

La conversacin dur un poco ms en este tono.

Desconcertado por mi laconismo y el inters con que con la mayor
impertinencia del mundo, segua yo las evoluciones de una mosca que se
paseaba por un brazo de mi poltrona, levantose el barn, algo cortado y
abrevi la visita.

Acompaole mi to hasta la puerta del jardn, y volvi enojado en busca
ma.

--Esto no puede continuar as, Reina. Es una insolencia caramba! tanto
para mi como para ese pobre mozo, que es tmido y a quien desconciertas
por completo. El seor de Le Maltour no es una persona a quien se pueda
tratar como a un ttere, sobrina. Nadie te obliga a casarte con l, pero
quiero que le trates con amabilidad. Bien sabe Dios si tienes buena
lengua cuando quieres. Trata de que eso suceda maana; el seor de Le
Maltour almorzar con nosotros.

--Bueno, to, hablar, perded cuidado.

--Pero no vayas a decir tonteras.

--Me inspirar en la ciencia, to--le contest majestuosamente.

--Cmo? en...

--No os aflijis, har lo que me exigs, hablar sin cesar.

--No, sobrina, no se trata de...

Dej que mi to confiara sus pensamientos a los muebles del saln, y
corr a la biblioteca en busca de lo que necesitaba para poner en
prctica la idea que acababa de ocurrrseme.

Y llev a mi cuarto la filosofa de Malebranche y un estudio sobre la
Tartaria.

El Malebranche casi me dio un arrebato cerebral y lo dej para arrojarme
sobre la Tartaria, que me ofreci ms recursos.

Hasta media noche estuve estudiando atentamente, no sin protestar de
cuando en cuando contra los habitantes de Bukharia, que se rebozan con
nombres tan extravagantes. Sin embargo, consegu recordar algunos
detalles del pas y varias palabras extraas, cuya significacin
ignoraba por completo. Me acost restregndome las manos.

--Veremos--me deca,--si Le Maltour resiste a esta prueba. Ah mi
querido to, convenceos de que he de salir con la ma y de que de aqu a
pocas horas me habr deshecho de ese intruso!

Al da siguiente el barn se present con el aspecto desconcertado, del
que camina sobre vidrios. Yo le recib tan amablemente, que se repuso,
al mismo tiempo que se disiparon los temores del seor de Pavol.

Los de Couprat y el cura almorzaban con nosotros. Oprimaseme el corazn
al ver a Pablo conversando alegremente con Blanca, mientras que yo me
hallaba condenada a soportar las atenciones tmidas del seor Le
Maltour, cuya cara bonita me atacaba los nervios.

--He cambiado de idea desde ayer--le dije repentinamente;--me gustan
muchsimo los viajes.

--Comparto vuestro gusto, seorita; viajar es la ms interesante
distraccin.

--Y vos habis viajado?

--S, algo.

--Conocis los Ruddar, los Shakird-Pische, los Usbecks, los Tadjies,
los Molahs, los Dehbaschi, los Pend-Baschi y los Alamanos?--le
interrogu de un tirn mezclando razas, clases y dignidades.

--Y qu es todo eso?--pregunt aturdido el barn.

--Cmo! no habis ido nunca a Tartaria?

--No, jams.

--No haber estado en Tartaria!--exclam con desdn.--A lo menos
conoceris a Nasr-Ullah-Bahadin-Kham-Melia-el-Munemim-Bird-Bhic-Blor y
el diablo a cuatro?

Aad algunas slabas de mi cosecha al nombre de Nasr-Ullah, para hacer
mayor efecto, pensando que la sombra de ese buen hombre no saldra de la
tumba a echrmelo en cara. Mi to y los invitados mordanse los labios
para no rerse al ver la fisonoma del seor de Le Maltour, que delataba
el mayor desconcierto y Blanca exclam:

--Has perdido la cabeza, Reina?

--No, absolutamente. Le pregunto al seor si comparte mi simpata por
Nasr-Ullah, un hombre que segn parece, posea todos los vicios. Pasaba
la vida degollando al prjimo, sumiendo a los embajadores en calabozos
donde los dejaba pudrir, y por ltimo, era un hombre de energa, que
ignoraba por completo ese horrible defecto, que se llama timidez. Y su
pas qu pas! All reinan todas las enfermedades y por eso mismo me
gustara llevar a mi marido. La tisis, la viruela, vmitos que duran
seis meses, lceras, lepra, un gusano que llaman richta, que roe a las
personas, y para extirparlo se...

--Basta, Reina, basta. Djanos almorzar tranquilos.

--Qu queris to? La Tartaria me atrae. Y a vos?--pregunt al barn.

--Lo que decs de ella, no es muy halageo.

--Para los que no tienen sangre en las venas--respond
despreciativamente.--Cuando me case, ir a Tartaria.

--A Dios gracias, no depender de ti, sobrina.

--Ya lo creo que s, to; har mi voluntad, no la de mi marido, a quien
llevar a Bukharia para que le coman los gusanos.

--Cmo? Comido por...--murmur tmidamente el barn.

--S seor, lo que habis odo. He dicho: comido por los gusanos, porque
segn mi modo de ver la ms encantadora luz de la vida de una mujer, es
la de la viudez...

El alto y poderoso barn Le Maltour, aunque de raza de hroes, no
resisti a esa prueba. Y comprendiendo el sentido oculto de mis
caprichos _trtaros_, se fue y no volvi ms.

Mi to se enoj, pero no se me import. Hice una pirueta y le dije con
aire sentencioso:

--To, quien quiere el fin pone los medios.




XV.


Siempre cumpl la promesa que hice al cura, y le escriba con
puntualidad dos veces por semana.

Esta costumbre le pareci tan dulce y halagadora, que cuando interrump
de golpe la regularidad de nuestra correspondencia, qued sumergido en
inquietudes y tristeza.

Absorta por mis quebrantos, permanec quince das sin darle seales de
vida; despus, cediendo a sus instancias, comenc a expedirle misivas
por el estilo de sta:

Seor Cura:--Acabo de descubrir que los hombres son estpidos. No os
parece as? Y echando al diablo las conveniencias sociales, os abrazo.

O de esta otra:

Ah, mi pobre cura, creo que he descubierto el manantial de agua fra,
de que hablbamos tres meses ha! La felicidad no existe, es un engao,
un mito; todo lo que queris, menos realidad!

Adis! Si la muerte no nos volviese tan feos, querra morir! Morir,
s, mi cura! Habis ledo bien!

l me contestaba correo por correo.

Hijita querida:--Qu significa el tono de tus ltimas cartas? Hace
tres semanas parecas tan feliz en medio de la gloria y la alegra de
tus xitos sociales. No, no, Reinita, la felicidad no es un mito, y ser
tu herencia; pero en este momento la imaginacin te domina, te ofusca, y
por consiguiente, impdete ver con claridad. No has seguido mi consejo,
Reina; has abusado de tus fogatas, verdad? Pobre hijita; venme a ver, y
conversaremos de tus preocupaciones.

Yo le respond:

Seor Cura:--La imaginacin es una tonta, la vida un estropajo, y la
sociedad un harapo que brilla mucho desde lejos, pero que bien mirado,
no sirve para nada, a no ser para colocarla en un rbol a guisa de
espantapjaros. Tengo ganas de entrar en la Trapa, mi querido cura. Ah!
si tuviese seguridad de que de cuando en cuando se me permitira bailar
con apuestos caballeros, como algunos que conozco, tened por por cierto
que ira a refugiarme all y a enterrar mi juventud y mi belleza. Pero
creo que este gnero de distracciones no est muy de acuerdo con la
regla de la Orden. Dadme algunos datos al respecto, seor cura, y
convenceos de que no sois sino un soador optimista al pretender que la
felicidad existe y que me est destinada. Vivs como un ratn dentro de
un queso, no porque seis egosta, e ignoris las catstrofes que pueden
estallar sobre la cabeza de las gentes que viven en el mundo.

Ya no tengo ilusiones, mi buen cura. Soy una viejecilla arrugada,
apocada y descalabrada, (en lo moral, se entiende, porque, hoy por hoy,
estoy ms linda que nunca), una viejecilla que ya no cree en nada, que
no espera nada, y que no se da cuenta de cmo la tierra es tan tonta,
como para seguir girando todava, cuando mis ensueos y quimeras estn
destrozados, pulverizados y reducidos a tomos imperceptibles.

Si se pudiera, despojar a mi persona moral de esta envoltura de carne,
que, estoy de acuerdo en ello, engaa al ojo del observador, mi persona
moral digo, no sera ms que un esqueleto, un rbol muerto,
completamente muerto, sin savia y sin hojas, un rbol que tiende hacia
el cielo sus largos brazos secos y descarnados. Con tal de que lo moral
no arruine a lo fsico...

Ah, seor cura, tiemblo con slo pensarlo! No es cierto que es
terrible no abrigar la menor ilusin a los diez y seis aos?

Hasta la vista, mi viejo cura.

Dos das despus de haber expedido esta epstola, que deba dar al cura
la ms triste idea del estado de mi alma, decidi mi to llevarnos a
paseo al monte San Miguel.

Ese da haba algo nefasto en el ambiente; lo present. Mi to y el
comandante haban celebrado la vspera una conferencia secreta y
prolongada. Pablo pareca inquieto, nervioso y mi prima tena aspecto
soador.

Mi to y Juno, que tenan pasin por el monte San Miguel, me lo
hicieron conocer con fruicin; y en cuanto a mi, tras de no importrseme
mucho el arte arquitectnico, miraba todo a travs del sombro velo de
mi mal humor positivamente insoportable.

--Cmo cansa el trepar por tantos escalones!--deca yo, quejndome a
cada paso.

--No son ms que seiscientos, prima.

--Oh! entonces me quedo aqu.

--Vamos, sobrina, caramba! al fin y al cabo no estis enferma de
reumatismo.

Y mi to, me contaba la historia del monte y el incidente de Montgomery,
mientras subamos por aquellos peldaos hollados por tantas
generaciones.

Pero qu se me daba a mi de Montgomery, de los bastiones, de la
maravillosa abada, de las inmensas salas, ni del mundo de recuerdos que
duerme all desde hace siglos? Me hubiera guardado bien de despertarlos,
puesto que tena que observar cosas cien veces ms interesantes en el
rostro del regordete caballero que colmaba a Blanca de atenciones y
cumplidos, sin pensar siquiera en m.

Qu estpida haba sido yo! No ver antes su amor.

Por serla grato, se extasiaba ante la menor piedrecilla, mientras que
yo, de tiempo en tiempo, le lanzaba miradas terribles; pero ni se
dignaba notarlas.

--Henos ya en la sala de los caballeros. Veamos, Reina, qu dices de
ella?

--Digo, to, que si los caballeros estuviesen en ella, tendra algn
encanto.

--Que no lo encuentras en ella misma?

--De ningn modo. Veo grandes chimeneas, pilares con esculturillas
arriba, pero ni un caballero a quien hacer girar la cabeza... bah, todo
eso no sirve para nada!

--Nunca se me haba ocurrido este modo de apreciar la arquitectura
feudal--exclam, riendo, mi to.

Atravesamos corredores obscuros, que me amedrentaron.

--Nos vamos a romper la mollera--gema yo, aferrndome al brazo del
comandante, mientras que Pablo ofreca el suyo a Blanca.

--Estamos tristes, Reinita?--me pregunt quedo el comandante.

--Hablis como mi cura--respond emocionada.

--Vamos a ver: Queris tener confianza en mi?

--Yo no tengo tristezas ni confianza en nadie--contest de mal
modo.--Susana deca que los hombres eran unos papanatas, y yo comparto
las opiniones de Susana.

--Oh, oh!--dijo el comandante, mirndome con un aire tan bondadoso, que
tuve miedo de estallar en sollozos;--tanta misantropa en tanta
juventud!

No contest nada, y como en aquel momento llegbamos a una espaciosa
terraza, me escap de su brazo y corr a esconderme tras una enorme
arcada. Apoy la cabeza sobre una de aquellas vetustas piedras y me ech
a llorar.

--Ah!--pensaba,--cunta razn tena mi cura, al decirme, hace mucho
tiempo, mucho, que no se discute con la vida, sino que se le sufre! Toda
mi lgica no vale nada ante las circunstancias. Qu triste es, Dios
mo, qu triste es verse tratada como una chiquilina sin importancia!

Y miraba a travs de mis lgrimas, aquellos arenales tan clebres, que
me parecan desolados, y aquel monumento cuya mole me oprima y causaba
vrtigos; pero sin darme cuenta de ello, senta una especie de alivio en
la afinidad misteriosa que haba entre aquella naturaleza triste y mis
propios pensamientos; en la contemplacin de aquellos murallones que
arrojaban su sombra melanclica sobre la tierra y el pasado.

De vuelta a casa y ya en el tren, me interrog mi to.

--Y bien, Reina, en resumidas cuentas, cul es tu impresin sobre el
monte San Miguel?

--Que all, ser muy fcil morir de miedo, y enfermar de reumatismo.

En el trayecto de la estacin de V*** al Pavol, reflexionaba yo, en la
poca duracin de las cosas de la tierra. No haca an tres meses que
recorra el mismo camino, bajo la influencia de mis ensueos de
felicidad, y con la embriaguez de mis hiptesis alegres a cerca del
porvenir, que cra tan bello!... mientras que entonces, me pareci el
camino cubierto con jirones de mi dicha.

Era bastante tarde, cuando llegamos al castillo; sin embargo, mi to
llam a Blanca a su despacho dicindole que tena que hablar con ella
muy seriamente. Y yo me acost, llorando con todas mis fuerzas, y con la
conviccin de que la espada de Damocles penda sobre mi cabeza.

Desde algn tiempo atrs, Juno se haba hecho ms ntima conmigo. Todas
las maanas vena a sentarse a mi cama y conversbamos indefinidamente.
Al da siguiente a las siete, entr en mi cuarto con aspecto sereno,
tranquilo y con aquella encantadora sonrisa que transformaba su altanera
fisonoma, y que tal vez slo yo conoca bien.

--Reina--djome sin prembulos--Pablo ha pedido mi mano.

El hilo se haba roto y la espada de Damocles me cay sobre el corazn.
Qu poco sentido comn el de ese rey! Atar una espada de tanto peso
con un hilo tan dbil! No dice la historia que fue de un cabello? estoy
por creerlo.

Sin duda alguna, yo esperaba esta revelacin, pero mientras los hechos
no se verifican, qu criatura humana no abriga en el fondo de su
corazn un poco de esperanza? Palidec tanto, que Blanca lo not, por
ms que la alcoba estaba sumida en una media sombra.

--Qu tienes, Reina? Ests enferma?

--Un calambre--murmur con voz dbil.

--Voy a buscar ter--dijo, levantndose diligentemente.

--No, no--prosegu, haciendo un violento esfuerzo para recuperar mi
altivez que se desvaneca.--Ya ha pasado, Blanca, ya ha pasado.

--Sufres de eso a menudo, Reinita?

--No... algunas veces. No es nada; no hablemos ms de ello.

Blanca se pas la mano por la frente, como quien quiere arrojar un
importuno pensamiento, pero yo continu conversando con tanta entereza,
que en breve pareci libre de su preocupacin.

--Y t, Juno, qu piensas decidir?

--Mi padre me ha dicho, Reina, que este matrimonio colmara todas sus
aspiraciones.

--Y a ti te gusta?

--Esa unin me gusta, por cierto; rene todas las conveniencias, pero
hasta ahora, yo no amo a Pablo sino como a primo.

--Qu defecto le encuentras?

--No le encuentro ninguno, a no ser el de no gustarme lo bastante. Es un
excelente joven, pero no es mi tipo. No es tan lindo como yo quisiera, y
luego ese apetito normando que le caracteriza... Preciso te ser
convenir conmigo que est desprovisto de poesa!

--Sin embargo, comer cuando se tiene ganas, me parece una cosa muy
natural--respond conteniendo mis lgrimas.

--En fin qu quieres? Pienso que nuestros caracteres no se avienen.

--Entonces, lo desairas, Juno?

--He pedido un mes para contestar, Reinita. Me encuentro perpleja; pues
temo causar una decepcin a mi padre. Por otra parte, ese casamiento
rene bajo los otros puntos de vista todo lo que yo puedo desear; en fin
es un cumplido caballero.

--Mas, supuesto que no le amas, Blanca...

--Mi padre me asegura que le amar despus, y que para ser felices en el
hogar, no es necesario el amor.

--Cmo puedes creer semejante cosa?--exclam saltando de
indignacin.--De veras que mi to profesa doctrinas abominables.

A esto Blanca me respondi con toda calma, que su padre era el buen
sentido en persona y que haba notado siempre que rara vez se equivocaba
en sus apreciaciones y que por consiguiente se hallaba dispuesta a darle
odos.

--Pablo te quiere mucho, Juno--murmur yo casi sin voz.

--S, desde hace tiempo.

--Lo sabas?

--Sin duda; una mujer siempre se da cuenta de esas cosas. Y t, no lo
habas notado?

--S... algo--le contest, enviando a mi pasada estupidez un suspiro
lleno de melancola.

Blanca no dej despus de explicarme la tardanza de Pablo en pedir su
mano; aquella demora no obedeca ms que al temor de una negativa.

Yo pensaba lo mismo y me vest febrilmente, pensando que influida por su
padre, concluira por dar su consentimiento.

Yo en su lugar, habra dicho que s en un segundo, y me hubiera casado
quince das despus.

Ay! mis sueos se haban desvanecido... y ca en un enorme desaliento.




XVI.


Convnose en que Pablo pasara algn tiempo sin venir al Pavol, y cosa
increble, inaudita! desde el da en que Blanca dej de verle, pareci
casi decidida a otorgarle su mano.

Hablbamos de l constantemente, hasta combinbamos los trajes de boda,
y yo daba pruebas de una resignacin estoica, digna de los antiguos
hombres.

Pero esta resignacin era slo aparente.

Mi desaliento aumentaba, mis ojos se circuan de ojeras, y conclu por
pensar que no sindome soportable la vida lejos del hombre que amaba, lo
ms sencillo era irme al otro mundo.

Evidentemente, este proyecto era bastante doloroso, pero me aferr a l
con entusiasmo; lo meditaba y lo acariciaba, con una alegra casi
enfermiza. Pero con todo, juro por mi honor, que jams se me pas por la
idea asfixiarme, o tragar veneno, medios de finalizar tan gratos a las
gentes de nuestra poca. No; le no s en qu libro, que una joven haba
muerto de pena a causa de un amor contrariado, y decret que seguira su
ejemplo.

Tomada esta resolucin, y confirmndome mi desmejorada cara en mis
pensamientos lgubres, pens que sera correcto y conveniente advertir
al cura, y que por otra parte no poda morir sin estrecharle la mano.

Bien determinada a ello, entr una maana en el despacho de mi to y le
ped permiso para ir al Zarzal.

--Ms vale escribir al cura que venga, Reina.

--No podr, to; nunca tiene un cntimo.

--Es que no es nada divertido el viaje.

--No es preciso que vos me acompais, to, por eso os ruego que no lo
hagis, me estorbarais. Quiero ir sola con la vieja ama de llaves, si
es que me lo permits.

--Haz como quieras. Mi carruaje, te llevar hasta C***, donde te ser
fcil hallar otro que te lleve hasta el Zarzal. Cundo quieres ir?

--Maana temprano, to; deseo sorprender al cura. Ah! me quedar a
dormir en la casa parroquial.

--Bueno. Te mandar el coche a C***, de aqu dos das. Trata, pues, de
hallarte all de vuelta, pasado maana a las tres.

Y me mir atentamente por bajo de sus espesas cejas, restregndose la
barba con aire preocupado.

--Ests enferma, Reina?

--No, to.

--Sobrinita--djome atrayndome a s, he llegado casi a desear que no se
cumplan mis deseos.

Le mir asombrada, porque tena la firme conviccin de que no habra
visto nada.

Contesele con mucha sangre fra, que ignoraba lo que quera decirme, que
era muy feliz, y que haca votos para que todos sus proyectos tuvieran
xito. Me abraz con cario y se retir.

Part, pues, al siguiente da de maana, sin querer aceptar la compaa
de Blanca que deseaba ir conmigo.

En el camino medit en las palabras de mi to.

--Lo sabe todo--pens.--Dios mo, cun poco perspicaz soy, a pesar de
mis pretensiones! Aun cuando el casamiento de Juno no se verifique, de
qu me servira, si Pablo est enamorado de ella? Ahora, ya no puede
querer a otra. No entiendo a mi to.

Ya no crea como antes, que fuese posible enamorarse de muchas a la vez.
Juzgando por mi, pensaba que un hombre no puede amar dos veces en su
vida, sin ofrecer al mundo el espectculo de un fenmeno extraordinario.

Una vez reglamentados as los latidos del corazn de la gente barbuda,
mis pensamientos tomaron otro curso, y me regocij con la idea de ver a
mi cura. Y decid saltarle al cuello, para demostrar el desprecio que
profesaba a la etiqueta.

Una vez en la casa parroquial, no entr por la puerta, sino por el claro
de una empalizada, que conoca desde tiempo inmemorial y me dirig a
paso de carga hacia la ventana del comedor donde el cura deba estar
almorzando.

Esta ventana era muy baja, pero yo era tan chica, que para mirar hacia
adentro de la habitacin tuve que subirme a un tronco de rbol que
coloqu contra el muro a modo de banco.

Pas la cabeza con toda precaucin por entre medio de la yedra, que
formaba espeso marco a la ventana, y descubr a mi cura.

Estaba en la mesa y coma con aire triste. Sus lozanas mejillas haban
perdido parte de su color y redondez, y los abundantes cabellos blancos
no estaban revueltos como en otros tiempos, sino que se achataban sobre
el crneo, con indecible desolacin.

--Ah, mi pobre y bondadoso cura!

Salt del tronco, corr a la puerta, perd mi sombrero en la carrera, y
me precipit en el comedor, como una bomba.

El cura se levant sorprendido. Su dulce y amable fisonoma resplandeci
de jbilo al apercibirme, y por no romper con las tradiciones de la
etiqueta, sino en un mpetu de ternura y emocin, me arroj en sus
brazos y llor largo rato sobre su pecho.

S que no hay nada ms impropio en el mundo que llorar sobre el pecho de
un cura, que mi to, Juno y todas las matronas de la tierra se habran
cubierto la faz ante tan escandaloso espectculo; pero mi ingreso en la
escuela de la compostura databa de muy poco tiempo para hacerme perder
la espontaneidad de mi naturaleza. Por otra parte, tengo por seguro que
slo los tontos, los farsantes y las personas sin corazn pueden tener
la pretensin de no sacrificar jams las leyes de la conveniencia social
ante un sentimiento sincero y profundo.

--La vida es un harapo, mi cura, un msero harapo--exclam sollozando.

--Hemos llegado a eso, querida hijita? De veras, has llegado ya a tal
conclusin? No, no; no es posible.

Y el pobre cura, que a la vez lloraba y rea, mirbame con
enternecimiento, me pasaba la mano por la frente y me hablaba como a un
pajarillo herido, cuyas quebradas alas hubiera querido curar con
caricias y frases cariosas.

--Vamos, Reina, vamos hijita querida, clmate un poquito, clmate--me
dijo separndome con dulzura.

--Tenis razn--respondle, relegando el pauelo al fondo de mi
bolsillo.--Desde hace tres meses se me predica la tranquilidad y la
calma, y no he sabido aprovecharme, como veis, de los consejos.
Comamos, seor cura!

Me quit los guantes y la capa y por uno de esos cambios repentinos,
desde algn tiempo frecuentes en mi, me ech a rer y me sent a la mesa
alegremente.

--Conversaremos cuando hayamos comido, mi querido cura, estoy muerta de
hambre.

--Y no tengo casi nada que darte.

--Oh! aqu hay judas; a mi me gustan mucho las judas! Y pan casero!
Es un banquete!

--Y has venido sola, Reina?

--Ah, caramba! es verdad: el ama de llaves ha quedado en el coche, a
espaldas de la iglesia. Mandadla buscar, seor cura, y que de paso le
digan que recoja mi sombrero que vuela por el jardn.

El buen cura fue a dar sus rdenes y volvi a sentarse enfrente de m.
Mientras que yo coma con excelente apetito, a pesar de m... tisis y
mis penas, l, que ya no se acordaba de comer, me contemplaba con una
admiracin que trataba de disimular, pero infructuosamente.

--Me hallis linda, no es verdad, seor cura?

--Digo... s, algo, Reina.

--Ah, mi cura, si me confesase ahora cuntos pecadazos tendra de que
acusarme! Ya no son, no, los pecadillos de antes, que conocais tan
bien.

Y sin dejar de comer, le describa mis complacencias vanidosas, mis
impresiones, mis trajes, mis ideas nuevas. l rea, tomaba rap
continuamente, con su antiguo aspecto bondadoso, y me contemplaba, por
cierto, sin pensar en reirme.

--No voy camino del infierno, seor cura?

--No me parece, mi buena hijita. Son cosas de tu edad. Eres tan joven.

--Joven, mi pobre cura? Ah, si pudierais ver el fondo de mi alma! Os
he escrito, que no era ms que un esqueleto, y es la verdad.

--En todo caso, no lo pareces.

--Ya hablaremos de ello de aqu a un rato, seor cura, y os
convenceris.

As que saci mi apetito, levant la mesa la sirvienta, se encendi un
esplndido fuego en el hogar, y nos sentamos, el cura y yo, cada uno a
un lado de la chimenea.

--Veamos, pues, Reina, hablemos seriamente. Qu tienes que contarme?

Adelant mis piececitos hacia las llamas del hogar y respond
tranquilamente.

--Mi cura, me muero.

Algo impresionado, cerr el cura bruscamente la entreabierta tabaquera,
en la que estaba a punto de introducir los dedos.

--No tienes aspecto de eso, hijita.

--Cmo! no me veis ojerosa y con mis labios plidos?

--No, Reina; al contrario, tus labios estn rosados y tu rostro denota
una floreciente salud. Pero de qu te mueres?

Antes de contestarle, mir en torno mo pensando en que iba a pronunciar
una palabra, que jams haba odo pronunciar aquella modesta sala; una
palabra tan rara, que probablemente hara caer sobre mi cabeza en un
movimiento de sorpresa e indignacin al viejo reloj sin mquina que se
incrustaba en un rincn, y a las imgenes piadosas de las paredes.

--Y bien, Reina?

--Pues bien, seor cura, me muero de... amor.

El reloj, las imgenes y los muebles conservaron su inmovilidad y el
mismo cura no dio ms que un salto pequeito.

--Estaba seguro de ello--dijo pasndose la mano por la cabellera blanca,
que haba reconquistado su revuelta actitud de los buenos
tiempos,--estaba seguro. Tu imaginacin ha hecho de las suyas, Reina.

--No se trata de la imaginacin, seor cura, sino del corazn, puesto
que amo.

--Oh tan joven, tan nia!

--Qu tiene que ver eso? Os repito que me muero de amor por el seor de
Couprat.

--Ah! conque es l?

--Qu me tomis por una veleta, mi cura?

--Pero, Reinita, en vez de morir, sera mejor que te casaras con l.

--Eso sera lgico, querido cura, muy lgico; pero por desgracia, no le
gusto.

Esta asercin le pareci tan extraordinaria, que permaneci algunos
instante como petrificado.

--Eso no es posible!--exclam y con tal conviccin que no pude ahogar
la risa.

--No slo no me ama, sino que ama a otra; est enamorado de Blanca y ha
pedido su mano.

Le cont lo que haba pasado en el Pavol pocos das antes; mis
descubrimientos, mi ceguedad y las vacilaciones de Juno. Y coron esta
narracin llorando a lgrima viva, como que mi tristeza era real y
verdadera.

El cura, que hasta entonces no haba podido decidirse a tomar en serio
mis penas y mis palabras, ofreca en aquel instante la imagen viva de la
consternacin. Aproxim su silla a la ma, me tom de la mano y se
esforz en hacerme entrar en razn.

--Tu prima vacila; tal vez no se realice el casamiento.

--Y que me importara eso, si la ama? No se puede querer dos veces.

--Sin embargo, sucede.

--Oh, no lo creo; sera espantoso! Mi pobre cura, soy muy desgraciada.

--Se lo has dicho a tu to?

--No; pero ha adivinado lo que pasaba por m. Y de todos modos para
qu? No puede obligar a Pablo a quererme y olvidar a su hija. Yo no
quisiera que supiese que le amo; preferira morir.

Un largo silencio sucedi a este arranque de orgullo.

Ambos mirbamos el fuego como dos buenos hechiceros que intentaran leer
el secreto del porvenir en las llamas y carbones encendidos.

Mas, llamas y carbones permanecan mudos y yo lloraba silenciosamente,
cuando el cura prosigui semisonriendo.

--Sin embargo, no se parece a Francisco I, ni a Buckingham.

-Ah! seor cura--repliqu rpidamente,--si Francisco I y Buckingham
estuvieran aqu, no se haran rogar mucho para amarme, y yo estara
contentsima.

Hum! El cura hall la respuesta desprovista de ortodoxia y susceptible
de enojosas interpretaciones, y abandonando inmediatamente tan escabroso
tema, me aconsej resignacin.

--Pienso, Reina, que eres muy joven; que esta prueba pasar y que
tienes delante de ti una larga vida.

--Sabed, mi cura, que no soy de carcter resignado. Si vivo, no me
casar nunca; mas no vivir: estoy tsica. Escuchad!

Y trat de toser de un modo cavernoso.

--No juegues con tu salud. A Dios gracias, ests muy bien.

--Bueno--dije levantndome,--veo que no queris creerme. Aprovechemos
del buen tiempo y de los ltimos momentos de vida que me quedan, para ir
al Zarzal, seor cura.

Y nos pusimos en camino hacia mi antigua morada bajo un agradable sol de
Noviembre, infinitamente menos dulce y confortador que el cario y el
rostro del cura.

Con que gusto miraba sus cabellos agitados por el viento, su andar
ligero y su aire de regocijo, tantas veces espiados por mi, desde la
ventana de la galera, mientras que la lluvia azotaba los vidrios y
muga y silbaba el viento entre las puertas desvencijadas de la vetusta
casa!

Despus de hacer una visita a Petrilla y Susana, recorr la casa de
arriba abajo. De veras, no debiramos medir el tiempo por la cantidad
de das pasados sino por el nmero y vivacidad de las impresiones! Pocas
semanas antes sala de la antigua morada, y sin embargo, si se me
hubiese asegurado que en vez de das eran aos los que haban pasado por
mi, lo hubiera credo sin dificultad.

Conduje al cura al jardn. Pobre selva virgen! Me recordaba das
tristes; sin embargo, sent cierto placer recorrindolo en todo sentido.

Y luego, asedibame la mente el recuerdo de algunas horas deliciosas,
recuerdo todava encantador para mi, a pesar de la amargura de las
decepciones que haban sucedido a un instante de felicidad.

--Os acordis, seor cura?--djele indicndole el cerezo, a que haba
trepado Pablo.

--Pensemos en otra cosa, Reinita.

--Acaso me es dable, seor cura? Si supierais cunto le quiero! Os
aseguro que no tiene defectos.

Una vez en este terreno ningn poder humano me hubiera podido detener,
tanto ms cuanto que en el Pavol me vea obligada a ocultar mis
impresiones. Habl por tanto rato, que el cura qued como aturdido.

Pasamos la tarde en charlar y disputar. El cura despleg todo su talento
oratorio, para probarme que la resignacin es una virtud llena de
sabidura y fcil de alcanzar.

--Ah, mi cura--le responda con toda seriedad,--no sabis lo que es el
amor!

--Creme, Reina, con un poco de buena voluntad olvidars y te
sobrepondrs fcilmente a esta prueba. Eres tan joven.

Tan joven... Este era su estribillo. No se sufre lo mismo a los diez y
seis aos como a cualquiera otra edad? Estos ancianos son
incomprensibles.

Yo, por mi parte, le contestaba meneando la cabeza:

--No comprendis, mi cura, no comprendis!

Al da siguiente, mientras nos pasebamos por el jardn, le dije:

--Seor cura, esta noche he concebido una idea.

--Veamos la idea, hijita.

--Tengo ganas de que seis cura del Pavol.

--No se puede quitar a otro su puesto, Reina.

--El que est actualmente, es muy viejo, seor cura; espo con tierna
atencin los sntomas de su decrepitud. No os gustara reemplazarle?

--S, evidentemente. No obstante, sentira abandonar mi parroquia;
treinta aos hace que estoy en ella, y he concluido por amarla.

--Habis concluido por amarla? Entonces no os ha gustado siempre.

--No, Reina; bien sabes lo triste que es. Tal vez nunca has pensado en
que yo tambin he sido joven. Mis sueos no eran por el estilo de los
tuyos, hijita, pero he soado con una vida activa; hubiera deseado ver y
or muchas cosas, pues no era un tonto, y anhelaba recursos
intelectuales, que me han faltado siempre. Luego, antes de conocerte, no
tena cario ni amistad en torno mo. Pero uno se sobrepone al fastidio
y a los pesares, Reina; todo est en quererlo. Era muy feliz desde haca
tiempo, antes de tu partida del Zarzal; haba olvidado los largos das
tan tristes de mi juventud.

El buen cura me miraba con aire soador, y yo que, vindole siempre
alegre y satisfecho, no haba pensado nunca en que hubiera podido
sufrir alguna vez, me sent enternecida ante una resignacin tan
verdadera, tan dulce y tan sin hiel.

--Sois un santo, mi cura--le dije tomndole la mano.

--Chut! No digamos tonteras, mi hijita. Esa vida algo estrecha me ha
hecho sufrir, pero tal es la suerte de todos mis colegas de carcter
joven y activo.

Te he hablado de ello para hacerte comprender que todo se puede
soportar, y que la felicidad y la alegra se encuentran siempre, cuando
se sufren con valor las pruebas y tribulaciones.

Todo lo comprenda perfectamente; sin embargo, el pobre cura predicaba
en desierto.

Era demasiado joven para no tener ideas absolutas, y pensaba con toda
conviccin, que en cuestin de pesares, nada es comparable a un amor
desgraciado.

--Si el curato del Pavol se ve vacante algn da, Reina, lo aceptar con
jbilo; desgraciadamente este cambio no depende de m.

--Lo s, lo s, pero mi to conoce mucho al seor obispo, y arreglara
todo.

El cura me acompa hasta C***, y cuando me vio instalada en el elegante
_landeau_ de mi to, exclam:

--Cunto me alegro, Reina, de verte en tu lugar! Qu diferencia entre
este coche y el carromato de Juan!

--Pronto me veris en un hermoso castillo. Voy a rezar una novena para
que el cura del Pavol se vaya al cielo. Es una idea muy caritativa,
puesto que est decrpito y enfermo. Tendris una esplndida iglesia y
un plpito, seor cura, pero un verdadero y espacioso plpito.

Arrancaron los caballos, y me asom a la ventanilla para poder ver por
ms tiempo a mi viejo cura, que me haca seales de cariosa despedida,
sin pensar en ponerse el sombrero, pues una feliz y dichosa esperanza
haba nacido en su corazn.




XVII.


Esta visita al cura slo me hizo un bien pasajero.

El saludable efecto de sus palabras se desvaneci rpidamente, y reca
en mis negros pensamientos: mi to, protestando siempre contra las
mujeres, las sobrinas, sus cabecitas flojas y sus caprichos, hablaba de
conducirnos a Pars para distraerme, cuando felizmente se precipitaron
los acontecimientos.

Pocos das antes del proyectado viaje, el seor de Pavol recibi carta
de un amigo que le peda permiso para conducir al castillo a uno de sus
parientes, un cierto seor de Kerveloch, antiguo agregado de embajada.
Mi to contest con premura que le sera muy grato recibir al seor de
Kerveloch, y le invit a almorzar, sin presumir que sala al paso a un
acontecimiento que, desvaneciendo sus sueos, deba resucitarme la
esperanza.

El segundo da despus de escrita esta carta (tengo mis motivos para
acordarme eternamente de tan clebre da)--el segundo da, haca un
tiempo espantoso.

Segn nuestra costumbre, nos hallbamos reunidos en el saln. Blanca
preocupada y sentada cerca del fuego, responda con monoslabos al seor
de Couprat. Este testarudo enamorado, no habiendo podido soportar su
destierro, haba reaparecido en el Pavol a las cuarenta y ocho horas.

Mi to lea el diario, y yo me haba refugiado en el hueco de una
ventana.

Alternativamente trabajaba con nervioso entusiasmo, pues tena pasin
por las labores de aguja, o contemplaba el firmamento obscuro y la
lluvia que caa sin interrupcin; escuchaba el rugido del viento, de ese
viento de Noviembre que parece llorar quejumbrosamente, y me senta
fatigada, triste y sin el menor presentimiento feliz, aunque en aquellos
instantes acuda a mi la felicidad arrastrada por el rpido trote de dos
briosos corceles.

De rato en rato y a hurtadillas, yo echaba una miradita a Pablo. Miraba
a Blanca con una expresin tal, que me daban ganas de estrangularla.

--Qu aire de idiota tiene!--decame yo, mirndola as, con los ojazos
fijos y casi atontados.

--S!; pero si yo estuviera en el lugar de Blanca, y me contemplara del
mismo modo, lo encontrara encantador y ms lindo que nunca! Oh,
inconsecuencia humana! Y clav mi aguja con tanta rabia, que la quebr.

En ese momento, omos el ruido de un carruaje que llegaba al castillo.

Mi to dobl su diario, Juno aplic el odo diciendo:--Tenemos
visitas!--Y algunos segundos despus eran introducidos en la sala, el
amigo de mi to y su agregado de embajada.

No s porqu tal ttulo estaba unido en mi mente a la vejez y a la
calvicie. Sin embargo, el seor de Kerveloch, no slo no era ni viejo ni
calvo, sino que, excepcin hecha de Francisco I (en su retrato), yo no
haba visto jams ningn hombre tan bello.

As que entr se me ocurri que en su hermosa cabeza bullan ideas
matrimoniales. Tena treinta aos; su estatura era suficientemente
elevada para que Pablo a su lado, se transformase en pigmeo; era su
expresin inteligente y altiva, y tal que nadie le hubiera otorgado la
aureola de la santidad a primera ni a segunda vista. Fro, pero corts
hasta en los menores detalles, tena maneras elegantsimas y una
posesin de s que inmediatamente subyugaron a Blanca.

l por su parte, la contempl con admiracin, y cuando a la despedida,
le vi cerca de ella, comprob con secreta alegra que era imposible
imaginar una pareja ms bella.

Y creo que todos pensaron lo mismo, porque Pablo nos dej con cara
entristecida. Juno toc diez veces seguidas el ltimo pensamiento de
Weber u otro aburrimiento por el estilo, indicio en ella de gran
preocupacin, mientras que mi to nos observaba de un modo perspicaz y
burln.

El seor de Kerveloch vino a almorzar al Pavol al siguiente da; tres
despus peda la mano de Blanca, y apenas haban pasado dos semanas de
esto, cuando yo escriba al cura.

Mi querido cura: El hombre es un animalito voluble, instable y
caprichoso; una veleta que gira a todos los antojos de la imaginacin y
de las circunstancias... Al decir el hombre, comprendo la humanidad
entera, porque es mi persona el animalito a que me refiero.

Ya no estoy desesperada, ni tengo ganas de morir, mi cura. Me parece
que el sol ha recobrado todo su esplendor, creo que el porvenir me
reserva alegras, y que es una suerte que el universo exista.

Blanca se casa, seor cura. Blanca se casa con el conde de Kerveloch.
Dios mo, qu pareja tan linda! Y decir que no ha faltado ms que un
tomo, una lnea, para que aceptase al seor de Couprat. Un hombre a
quien no amaba y cuyo apetito le chocaba... por comer mucho... Qu
consideracin tan absurda! No es natural y lgico comer bien, cuando se
tiene salud?

Si me preguntis cmo han podido variar tan bruscamente las cosas en el
Pavol, difcilmente os lo podra explicar. Todo lo que s es que un da,
un hermoso da, no, llova a torrentes, pero no importa. Un da, digo,
lleg el seor de Kerveloch, conducido por un amigo de mi to. Vindole
entrar, adivin que traa intenciones, y supuse tambin que le gustara
a Blanca, porque tena todas las cualidades que ella pretende en un
marido. El seor de Kerveloch la contempl como hombre que sabe apreciar
la belleza y pocos das despus solicitaba el honor de unirse a ella,
como dicen mi to y la etiqueta.

Juno sali de su habitual indiferencia, y declar con entusiasmo, que
jams le haba gustado tanto un apuesto caballero y que se negaba
redondamente a dar su mano al seor de Couprat.

Y ah tenis todo, mi querido cura. Desde entonces he vuelto como
antes, a soar con las estrellas; suelto la rienda a mi imaginacin y la
dejo galopar hasta cansarse, y cuando estoy sola bailo y salto en mi
cuarto, que es un gusto. Ah, mi querido cura, no s porqu os quiero
hoy ocho o diez veces ms que de costumbre! Vuestra dulce fisonoma me
parece hoy ms risuea que nunca, vuestro cario ms tierno y vuestros
hermosos cabellos blancos ms delicados.

Esta maana he contemplado los bosques sin hojas, y me han parecido
verdes y lozanos; al cielo plomizo lo he hallado azul, y me he
reconciliado de pronto, con la imaginacin. Toda mi vida me arrepentir
de haberla tratado tan duramente como lo hice el otro da. Es una hada,
mi querido cura, una hada rica de encantos, de poder y de poesa, que al
tocar con su varilla mgica las cosas ms insignificantes y feas las
engalana con su propia belleza.

Qu voluble es el animalito humano! No vuelvo de mi sorpresa. En qu
estriban la esperanza y la alegra? A qu desesperarse, cuando se
resuelven tan bien las cosas, sin que uno tenga arte ni parte en el
arreglo? Pero por qu estoy tan alegre cuando mi porvenir no est
decidido todava, y cuando creo que es imposible amar dos veces? Qu
caos, mi cura! En este mundo todo es misterio, y el alma un abismo
insondable. Creo que alguien, no s dnde, ha emitido esta idea; tal vez
la haya ledo ayer mismo, pero no es plagio; la hubiera podido inventar.
No obstante, as que mi imaginacin se apacigua, un pnico irresistible
se apodera de mis alegres ideas, y corren, vuelan, se escapan y
desaparecen a menudo, sin que yo pueda alcanzarlas. Porque al fin, seor
cura, l la ama. Qu horrible frase, aplicada como la aplico en este
instante!

Me habis dicho que no era una cosa rara enamorarse dos veces en la
vida, seor cura; estis bien seguro? Estis convencido de ello? Dicen
que el amor atrae al amor; si conociera mi secreto me querra? Vos que
sois un hombre de criterio, seor cura, no hallis que los
conocimientos sociales son una idiotez? Probablemente bastara una
declaracin ma para hacer la felicidad de toda mi vida, cuando, he
aqu, que unas leyes inventadas por alguna cabeza sin discernimiento, me
prohben seguir mis inclinaciones, revelar mis pensamientos ntimos, y
declarar mi amor a la persona que amo. La verdad es que tambin en el
fondo de mi corazn siento un cierto no s qu, que me obligara a
guardar silencio y...  cundo os digo que el alma es un abismo
insondable! Mi querido cura, veo una procesin de ideas lgubres que
avanzan hacia mi Dios mo, que mal equilibrado est el hombre!

Las circunstancias, sin duda alguna, modifican las ideas. Mi to va ms
lejos y pretende que slo los imbciles no cambian de opinin; pero
sucede con el corazn lo mismo que con la cabeza?

Dadme luz, mi viejo cura.

Cuando el seor de Pavol decida algo, to tardaba en ejecutarlo.
Partiendo de este principio, seal el 15 de Enero para verificar el
matrimonio de Blanca.

Fuerte haba sido para l la decepcin; pero no pens en contrariar a su
hija, y mucho menos conociendo mi amor. Era franco, leal, sensato e
incapaz de encapricharse en una idea, sobre todo, comprometiendo la
felicidad de una sobrina.

Pablo soport su desgracia con gran serenidad. No senta ninguna
veleidad feroz; era lo mismo que la criaturita que le amaba tan
entraablemente sin que siquiera lo sospechara.

Certifico que jams se le pas por la mente envenenar a su rival, ni
atravesarlo de parte a parte en ningn claro de bosque solitario y
potico.

Cuando vio sus ilusiones hechas humo, vino de visita con el comandante.
Tendi la mano a Blanca, y le dijo con voz franca y natural:

--Prima, no deseo ms que vuestra felicidad, y espero que seguiremos
siendo siempre buenos amigos.

Pero este comportamiento de hroe de comedia, no le libraba de sentir
hondo pesar. Sus visitas al Pavol, furonse haciendo cada da ms raras,
y le notaba muy cambiado, moral y fsicamente.

Entonces volva a llorar a escondidas, y me enojaba con l. Le hubiera
sido tan fcil quererme! Era tan lgico y racional comprender que
nuestras dos naturalezas armonizaban y que yo le quera con locura!

De veras, si los hombres fueran siempre lgicos, el mundo andara
mejor.




XVIII.


El quince de Enero el tiempo estuvo soberbio, aunque hizo un fro seco y
pronunciado. El campo, cubierto de escarcha, tena un aspecto encantado.
Juno, extremadamente plida, estaba tan linda con su traje blanco que no
me cansaba de mirarla. Y la comparaba a aquella naturaleza fra y
esplndida que ataviada con brillante blancura, pareca haberse puesto
al unsono de su belleza.

Despus de almorzar subi a su cuarto para cambiar de vestido. Baj muy
emocionada; nos abrazamos todos patticamente y... camino de Italia.

--Qu lindo viaje! qu lindo viaje!-pensaba yo.

Mis mltiples emociones me haban cansado y tena sed de soledad. Dej,
pues, a mi to entenderse con sus invitados como pudiera, tom una capa
de pieles y me dirig hacia un sitio del parque, por el que senta
especial preferencia.

El parque estaba atravesado por un arroyuelo angosto y rpido, y a
cierta altura de su curso, se ensanchaba y formaba una cascada que al
caer entre piedras hbilmente dispuestas, tomaba un aspecto imponente y
pintoresco.

A pocos pasos de la cascada, cay una vez un rbol con las races en una
margen y la copa en otra. Qued algn tiempo en esa posicin y cuando en
la siguiente primavera quiso mi to hacerle sacar de all, se apercibi
que el rbol haba brotado vigorosamente a lo largo del tronco. Hizo
colocar otro al lado de aqul y entrelazar sus ramas, plantar lianas
entre ellos y con el tiempo ramas y lianas hicieron una red tan compacta
como para que mi to se jactara de tener un original puente rstico, que
se poda atravesar sin ms peligro que el de enredarse en los gajos y
caer al agua.

Este sitio solitario, bastante alejado del castillo, era el lugar que
haba escogido yo para mis meditaciones.

Me detuve junto al puente cargado de escarcha, a pensar en el porvenir y
a admirar los enormes copos de nieve, pendientes de la cascada al ser
sorprendidos en su lquido curso por el hielo.

No s cuanto tiempo hara que me hallaba all, sin preocuparme del fro
que me helaba la cara, cuando vi llegar hacia a mi al dulce objeto de mi
ternura, como dira el poeta.

El tal objeto pareca melanclico y de muy mal humor. Vena apaleando
los rboles con un bastn que haba tomado en un momento de distraccin
del cuarto de mi to, y la polvareda blanca que los cubra, saltaba y
se esparca sobre l.

Yo le daba la espalda a medias, pero es de pblica notoriedad que las
mujeres vemos de espaldas; as es, que yo no perda ni uno solo de sus
movimientos.

Ya cerca de mi, cruz los brazos, mir la cascada inmvil, el puente,
los rboles, y no abri la boca. Yo, en tanto, retena el aliento y me
haca la ocupada en una ramita de pino que acababa de quebrar, pero, sin
que l se fijara, le miraba de soslayo.

--Prima...

--Primo...?

Esper unos instantes el final del discurso. En esto, viendo que se
atascaba en el exordio, me dign dar una media vuelta hacia el orador
para alentarle.

Frunci las cejas y exclam con ansia:

--Tengo ganas de levantarme la tapa de los sesos.

--Muy buena idea!--repsele yo con tono seco,--ir a vuestro entierro.

Esta repuesta le caus tanta sorpresa, que dej caer los brazos y me
mir con fijeza.

--Y no harais nada por evitar que me suicidase, prima?

-No por cierto-respond muy tranquila. A qu entrometerme en lo que no
me importa? Me gusta la libertad, y si tenis ganas de abandonar este
valle de lgrimas... oh, Dios mo! no movera un dedo para impedroslo.
Que cada cual haga su gusto en vida.

Y me puse a observar de nuevo mi rama de pino, mientras que el objeto de
mi amor, desconcertado por el modo indiferente con que miraba yo su
lgubre proyecto, quedaba desconcertado.

--Pens, prima, que abrigarais algn cario por m. La primera vez que
nos vimos me encontrasteis tan amable.

--Ay, primo! de qu vale la opinin de una campesinilla, reducida a la
sociedad de un cura, una ta spera y una cocinera dscola?

--Es decir, que no me otorgabais vuestras simpatas nada ms que por no
ser cura, y tener una cara menos marchita que la de la seora de
Lavalle?

--Lo habis dicho, primo.

l me miraba furioso, retorcindose el bigote con despecho, y
ponindose, mal humorado el sombrero, ech a andar por el puente. Oh,
cmo comprenda yo los movimientos de su alma! Se senta feliz, feliz de
encontrar un pretexto para reir, y la pegaba conmigo y del mismo modo
que me haba desquitado yo de mis amarguras, con mis hombrecillos de
barro y con el infortunado barn de Le Maltour.

--Vuestra ta era horrible, seorita,--me dijo volvindose bruscamente.

--Mis lindos ojos compensaban su fealdad,--respond en igual tono.

--Qu buena mesa! Qu buen servicio! Todo andaba sin pies ni cabeza.

--S; pero qu pavo! Cmo no moristeis de una indigestin? Lo cre
sinceramente, hasta el da en que os volv a ver aqu, Dios mo... en
perfecta salud.

--S que es absolutamente imposible el quedarse, discutiendo con vos,
con la ltima palabra. No soy, sin embargo, un primo insoportable. Qu
os he hecho?

--Pero, nada. Os doy una prueba de ello, prometindoos acompaar vuestro
cuerpo a la ltima mansin.

--Mi cuerpo!--exclam con doloroso escalofro.--Aun no estoy muerto,
seorita. Sabed que no me matar y que parto para Rusia.

--Buen viaje, primo!

Se haba alejado, y creyendo no verle en mucho tiempo, cruc las manos
con desaliento y dej correr mis lgrimas, cuando le vi volver sobre sus
pasos.

--Vamos, Reina, no nos hagamos los malos. Por qu nos enoja... Pero
qu... estis llorando?

--Pensaba en Juno--repuse logrando hacerlo con voz segura.

--Tenis razn, primita. Os quedis muy sola. Queris tenderme la mano?

--Con mucho gusto, Pablo.

Ay! no la bes, pero la oprimi con melancola; pensaba en una mano ms
bella, que haba soado poseer.

Y parti para no volver.

A pesar del fro, que ni senta, me sent llorando junto al puente y
contemplaba inclinada hacia el arroyo, caer mis lgrimas sobre el
hielo.

Decir que se iba a saltar la tapa de los sesos! Para eso es necesario
que la quiera prodigiosamente.

Bien s que no lo har, pero es muy posible que est tan enamorado de
ella, como yo de l, y veo que no le podr olvidar jams. No es una
intrepidez enamorarse as de una mujer que no le convena, mientras que
cerca de l, una almita?...

--Qu haces ah, Reina?--me interrog mi to, que haba venido sin que
yo le sintiese.

Me levant rpidamente, avergonzada de no poder ocultar mi emocin.

--Cmo! Lloramos?

--Qu tontos son los hombres, to!

--Gran verdad, sobrina. Y por eso lloras?

--Pablo dice que va a levantarse la tapa de los sesos,--prosegu
llorando.

--Le crees capaz de semejante crimen?

--No,--contest sonriendo, a despecho de mis lgrimas.--Tal atrocidad es
incompatible con su carcter, pero ya la idea slo prueba que...

--Ya s, ya s sobrina, la idea prueba que ama a mi hija; pero, creeme,
la olvidar muy pronto, y cuando vuelva, trataremos de que su corazn no
se equivoque ms.

--Entonces, to, pensis, que un hombre puede querer dos veces en su
vida sin ser un fenmeno?

El seor de Pavol me acarici las mejillas, mirndome con una
conmiseracin provocada tanto por mi pesar como por mi inexperiencia.

--Pobre sobrinita! Los hombres que aman una sola vez son ms raros que
el Pico de la Aguja Verde.

--Entonces, to, el hombre es un animal indigno.

Sin embargo, yo estaba ms contenta que escandalizada, y no peda ms
que poder aprovechar de la indignidad inherente a la naturaleza humana.

--Con todo, Juno es tan linda.

--Mira este puente que te gusta tanto, Reina. Antes que las ramas y
plantas que lo cubran hayan retoado, Pablo la habr olvidado y antes de
que las hojas tengan tiempo de marchitarse otra vez, habr vuelto al
Pavol y...

Sonri expresivamente, y se march sin terminar su frase. Yo le mir
alejarse sorprendida, pensando que son muy originales los tos que
predicen el porvenir con tanto aplomo.

--Todo est muy bien,--me dije encaminndome lentamente hacia el
castillo,--pero si su corazn cambia, puede enamorarse de otra mujer
durante sus viajes. Casualmente dicen que las rusas son muy lindas. Ser
preciso mandarle a Laponia.

Ech a correr con todas mis fuerzas y llegu a la puerta del castillo en
momentos en que el comandante suba a su carruaje.

Le tom del brazo y llevndole a parte le dije:

--Comandante Pablo se va a Rusia?

--S, su viaje est decidido.

--He pensado... si quisierais que... En fin, sera mejor...

Sin duda alguna, la cosa era mucho ms difcil de decir que lo que yo me
haba imaginado. Mi altivez pona obstculos y me aconsejaba callar.

-Y qu, hijita? Habla pronto, mira que me hielo aqu.

--Los dados estn echados--exclam en voz alta golpeando el suelo con el
pie.

Mi altivez y yo saltamos el Rubicn y dije bajando los ojos:

--Mi querido comandante, aconsejad a Pablo que vaya entre los
esquimales, os lo suplico.

--Y por qu entre los esquimales?

--Porque las mujeres de por all son espantosas--balbuce,--mientras que
las rusas son lindsimas.

El buen comandante me levant la cara, roja de confusin, y me contest
sencillamente:

--Est bien, le aconsejar, que vaya a Laponia.

--Cunto os quiero!--exclam con los ojos llenos de lgrimas y
estrechndole la mano.--Decidle que no permanezca mucho tiempo en las
chozas de esas gentes; no sea cosa que enferme. Dicen que apestan.

Mi to llegaba. Al verle me separ diciendo:

--Comandante, un hombre de honor no tiene ms que una palabra; mantened
la vuestra.

Sub a mi cuarto, con la desagradable conviccin de que haba seguido
por completo el ejemplo del gobierno, pisoteando todos los principios
de la dignidad.

Pero bah! si uno no se ayudara un poco en la vida, cmo podramos
salir del paso?

Esta reflexin acall mis remordimientos. Me sent en mi escritorio y
escrib:

Todo ha concluido, seor cura. Se han casado y se han ido felices,
encantados. Hubiera dado diez aos de mi vida por hallarme en lugar de
Juno. Con quien, vos sabis. Cundo ser eso?

Sabis lo que me ha dicho mi to? Me ha asegurado que los hombres que
aman slo una vez son tan raros como el Pico de la Aguja Verde. Mi cura,
mi querido cura, os lo suplico, aplicad maana vuestra misa para que el
seor de Couprat no sea el Pico de la Aguja Verde.

Hasta la vista, seor cura; espero que pronto seris cura de Pavol.




XIX.


El nico acontecimiento del fin de invierno, fue en efecto la
instalacin del cura en la parroquia del Pavol, y me parece intil
demostrar con palabras el jbilo de ambos al hallarnos cerca y sin temor
de prxima separacin.

Con qu delicia le vea subir al plpito y predicar contra la iniquidad
de los hombres!

Por las tardes llegaba al castillo como antes al Zarzal, con la sotana
remangada, la teja bajo el brazo y la melena al viento.

Reanudamos nuestras charlas, discusiones y disputas.

Me pareca que el tiempo andaba con pies de plomo, y las cartas de Juno
que respiraban la ms completa felicidad, no eran a propsito para darme
paciencia. As es que sin cesar iba a casa del cura, a confesarle mis
cuitas, inquietudes, esperanzas y protesta contra la espera que me vea
obligada a soportar.

Saba, que el objeto de mi amor ay! no haba hallado de su gusto el
viaje a Laponia. Pasebase tranquilamente en San Petersburgo, y las
hermosas eslavas me daban un miedo horrible.

--Estis seguro de que no se enamorar de una rusa, seor cura?

--Es de esperarse, Reinita.

--Es de esperarse... Contestadme de un modo ms categrico, mi cura. En
qu pensis? Oh! no es posible que se enamore de una extranjera;
decidme que no es posible y que pronto me querr.

--Lo deseo ardientemente, pobre hijita ma; pero haras bien en suponer
lo contrario y prepararte de antemano.

--Me vais a hacer morir de impaciencia, con vuestra resignacin, seor
cura.

--Cun poco juiciosa eres, Reina!

--El juicio, segn mi opinin, consiste en querer la felicidad. Decidme
que me querr, seor cura, decdmelo.

--No deseo otra cosa, hijita querida,--respondame el cura, quien a
pesar de su horror al sufrimiento fsico hubiera sido capaz de seguir el
ejemplo de Mucio Scvola, si la realizacin de mis anhelos hubiese
dependido de semejante sacrificio.

Pero a pesar de tener cerca a mi cura, de la bondad de mi to y de la de
todos cuantos me rodeaban, me iba entristeciendo enormemente da por
da.

Gustbame recorrer sola los senderos del bosque y permaneca durante
horas enteras junto a la cascada, recordando nuestra ltima entrevista y
pensando en lo que hara si me le viese aparecer alegre y encantador,
con aquella expresin en los ojos que me haba agradado tanto en el
Zarzal y que despus no haba vuelto a ver brillar para m.

Este amor por la soledad, creca diariamente en razn directa de mi
melancola. En fin, poco a poco perd toda mi locuacidad, y si el seor
de Pavol, no hubiera tomado a lo serio mi amor desde haca tiempo, este
solo hecho habra bastado para probarle su intensidad.

Seis meses pasronse as.

Un da, el aniversario de mi llegada al Pavol, hallbame sentada en el
jardn de la casa parroquial. Dos horas antes, un chaparrn haba
refrescado la atmsfera y regado las flores del cura.

Entretenase l en buscar babosas, mientras que yo, bajo la influencia
de dulces pensamientos, apoyaba mi frente contra el muro y me dejaba
arrebatar por risueas esperanzas.

Slo turbaban mis reflexiones el caer de las gotas de agua que
doblegaban las hojas con su peso y el olor de la tierra hmeda que me
recordaba las mejores horas de mi vida.

De tiempo en tiempo, decame el cura:

--Pero sabes que es curioso. Qu cantidad de babosas! Creers, Reina,
que he encontrado ya ms de quinientas?

Yo levantaba indolentemente la cabeza, y contemplaba sonriendo al buen
cura que continuaba con ardor en sus pesquisas. Luego volva a mis
quimeras y conclua por quedar sumida en una vaga somnolencia.

Me despertaron el rechinar de la barrera que cerraba el cerco del jardn
y el sonido de una voz llena de alegra que me caus el ms recio
sacudimiento que sent en mi vida.

--Buen da, seor cura! Cmo estis? Cunto me alegro de veros! Reina
dnde est?

Reina estaba siempre en el mismo sitio, fija, y sin poder articular una
palabra.

--Ah, all est!--exclam Pablo, acercndose a mi a grandes pasos.

--Querida primita, estoy contento! Dios mo! Cun contento estoy de
volver a veros!

Tom mi mano y la bes.

Aseguro que lo que pas en seguida fue ajeno a mi voluntad, y no debis
pensar mal de m.

Luchaba, lo afirmo, con todas mis fuerzas contra la tentacin; pero
cuando sent sus labios sobre mi mano, cuando comprend que no inspiraba
esta accin una banal cortesa sino un sentimiento ms profundo, cuando
le vi inclinarse hacia mi con una expresin inquieta, afectuosa,
especial, cien veces ms arrebatadora que la que me haba hecho pensar
tantas y tantas veces... no pude contenerme. Aquello era ms poderoso
que mi energa, y la fatalidad, en quien creo desde entonces, me arroj
en sus brazos.

Apenas tuve tiempo de sentir el abrazo que respondi a mi impulso.

Avergonzada y confusa ca sobre el banco, ocultando el rostro entre las
manos, no sin haber entrevisto la fisonoma del cura, cuyo aspecto, a
la vez estupefacto, espantado y encantado, ha vuelto despus muchas
veces a mi mente.

--Querida Reina--murmur Pablo a mi odo;--si hubiese conocido antes
vuestro secreto, no hubiera permanecido lejos tanto tiempo.

Yo no respond, porque lloraba.

Tom por fuerza una de mis manos y la retuvo entre las suyas, mientras
que yo, dominada por una timidez que no haba sentido jams, volv a un
lado la cara y haca esfuerzos por librarme.

--Djame esta mano tan pequeita y linda; me pertenece. Vuelve la cara
hacia ac, Reina.

Mir de frente a aquellos hermosos ojos francos que me sonrean, y
exclam:

--Alabado sea Dios! Mi to tena razn; no sois el Pico de la Aguja
Verde.

--El Pico de la Aguja Verde?--pregunt sorprendido.

--S, mi to pretenda... pero qu importa eso? Quin os ha dicho lo
que ignorabais al partir?

--Mi padre, el seor de Pavol, y un montn de cosas que he venido
recordando desde hace dos meses.

--Es cierto, entonces, que el amor atrae al amor?

--Nada es ms cierto, mi querida novia.

Oh, qu dulce nombre! S, ramos novios y guardamos silencio, mientras
que el cura lloraba de alegra.

Aturdan con sus cantos los gorriones y se escapaban las babosas de la
prisin en que las haba puesto el cura.

Por cierto que el gorrin no es un pjaro muy agradable que digamos; su
plumaje es incoloro y feo, su canto carece de meloda y algunas personas
lo acusan de ladrn y de inmoral, lo que me resisto a creer. No s
tampoco que las babosas hayan pasado alguna vez por animalitos poticos,
y sin embargo, desde el instante de que acabo de hablar tengo locura por
gorriones y babosas.

Yo estaba en vilo, crea soar... No me cansaba de mirarle, de escuchar
su voz querida y de sentir mi mano estrechada por las suyas. Sin
embargo, el recuerdo de aqulla que l haba amado me trabajaba el
espritu, y me turbaba mi jbilo, pero con todo no me atreva a
nombrrsela.

--Sabe mi to, que estis aqu, Pablo?

--Si vengo del Pavol; he querido absolutamente venir slo a buscarte.
No te recuerda nada este jardn humedecido, Reina?

No respond directamente a su pregunta; slo le dije:

--Pero vos... tenis un triste recuerdo del Zarzal...

--Cmo! Nunca he pasado rato ms delicioso.

--Oh--repuse mirndole solapadamente,--si mi ta era horrible.

--No, no; no tan horrible; algo vulgar tal vez, pero parecais ms
encantadora...

--Y la mesa tan mal puesta. Todo tan...

--Nunca he comido tan bien. Aquella mansin desmantelada te haca valer
como si fueras una flor hermosa que parece ms delicada, cuando ms fea
e inculta es la tierra en que brota.

--Os habis vuelto poeta en vuestro viaje.

--Oh! no, absolutamente, Reinita.

Pas mi brazo bajo el suyo y me llev hacia un lado.

--No poeta, pero s enamorado de ti, prima. Escchame bien: te amo con
toda la sinceridad de mi corazn.

Sabore la dulzura de esta frase y la de la mirada que la acompaaba,
pensando que era una suerte que los hombres fueran inconstantes.

Como semejante cambio me pareca inaudito, no pude evitar el
preguntarle:

--Pero es cierto: ya no la queris nada, nada?

--Te hablara del modo que lo hago, si no fuera as?--replic
seriamente.--No tienes confianza en mi lealtad?

--Oh, s!--dije cruzando mis manos sobre su brazo, en un mpetu de
cario.

Era muy cierto; porque despus de tal respuesta no me turb ms la
imagen de Blanca.

Le amaba sin la menor idea de celos o inquietud, y mereca tan perfecta
confianza.

--Mira, ah vienen mi padre y el seor de Pavol.

--Qu tal, sobrina? Qu dices de mis predicciones?

--Sois muy poco discreto to--le dije,--ruborizndome.

--Fue el comandante quien revel el secreto; haca mucho tiempo que lo
conoca.

--Oh! mucho no; desde hace ocho meses.

--No, desde la primera vez que te vi, querida hijita.

--Es posible.

--Y Pablo no ha ido a Laponia--continu, rindose, mi to.

Qu gran dicha es vivir entre buenas gentes! Vivamente sent esa
felicidad al ver de qu modo gozaban todos con mi alegra, y con cunta
delicadeza y bondad me daban bromas sobre el famoso secreto que, sin
saberlo, haba divulgado a todo viento.

Entonces comenz esa hermosa poca de noviazgo, exquisita, poca sin
igual en la vida. Nada tan delicioso como esos das de amor ingenuo, de
fe, de ilusiones completas y de nieras. Ah, cunto compadezco a los
que no han amado as! Cunto compadezco a los que se dejan arrastrar
por sus locuras lejos del hogar comn y del amor legtimo! En fin,
nunca, nunca, por ms elocuencia que se despliegue para probrmelo,
nadie me convencer de que pueda haber verdadero amor, sin tener la
estimacin por base.

Pasbamos los das ms agradables del mundo en la casa parroquial, bajo
la vigilancia del cura. Le mirbamos recorrer su jardn de un lado a
otro; reforzar sus plantas con rodrigones, arrancar las hierbas dainas
y detenerse a menudo en medio de sus faenas para lanzarnos una mirada
investigadora, con el objeto de hacernos comprender que era un Mentor
formal.

A veces me acercaba a aquel excelente hombre y me extasiaba con l
admirando una flor, un fruto, un arbusto y sola decirle:

--Os acordis, mi cura, del tiempo en que me querais persuadir de que
el amor no es la cosa ms encantadora del mundo?

--Oh! mi hijita, creo que ni el mismo Bossuet hubiera podido
convencerte.

--Y, no tena razn?

--As parece--y sonrea bondadosamente.

El da de mi casamiento amaneci radiante; nunca me pareci ms azul la
bveda del cielo. Despus me han dicho que estaba nublado, pero no lo
creo.

Una muchedumbre simptica y amiga se apiaba en la iglesia. Y murmuraba:

--Qu linda novia! Qu tranquila est! Qu cara de felicidad!

La verdad es que yo estaba extraordinariamente tranquila.

Y porqu me iba a agitar? No se realizaba mi sueo ms querido? No se
abra para mi un porvenir que no empaaba la ms leve nubecilla.

As, confusamente repar en algunas seoras de edad que me sonrean al
pasar, y sent una inmensa lstima por ellas, al ver que eran demasiado
viejas para casarse.

El rgano resonaba tan alegremente, que en ese momento modifiqu algo
mis ideas acerca de la msica. El altar estaba cuajado de flores,
deslumbrante de luz, y todos los detalles del arreglo dirigido por el
gusto artstico de Blanca, me encantaban los ojos.

Mi marido me coloc en el dedo el anillo nupcial con trmula mano, y
mordindose su lindo bigote para disimular el temblor de sus labios.
Estaba ms emocionado que yo y su mirada me deca lo que deseo que me
repita eternamente...

Y tambin la cara de mi cura estaba radiante de felicidad.





End of the Project Gutenberg EBook of Mi tio y mi cura, by Alice Cherbonnel

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MI TIO Y MI CURA ***

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