The Project Gutenberg EBook of Amparo, by Manuel Fernndez y Gonzlez

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Title: Amparo
       (Memorias de un loco)

Author: Manuel Fernndez y Gonzlez

Release Date: November 19, 2008 [EBook #27295]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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MANUEL FERNNDEZ Y GONZLEZ

AMPARO

(MEMORIAS DE UN LOCO)

SEGUNDA EDICIN

MADRID

EST. TIP. DE RICARDO F

Cedaceros, nm. 11

1888.

_Es propiedad._




EPLOGO


He pasado de los treinta aos, funesta edad de tristes desengaos, que
dijo Espronceda.

Me he arrancado mi primera cana.

La experiencia se ha encargado de arrancarme una a una todas mis
ilusiones, o por mejor decir de secar todas mis creencias.

Hoy slo tengo dos:

Creo en un Dios incomprensible.

Creo que la vida es un sueo

La primera verdad la ha dicho la Biblia.

La segunda la ha dicho Caldern.

Si alguien dijo la primera antes que la Biblia;

Si alguien dijo la segunda antes que Caldern, quede sentado que yo no
conozco fuera de aquel admirable libro y de aquel admirable poeta, al o
a los que haya o hayan dicho aquellas dos verdades.

Lo que yo s decir, por experiencia propia, es que nadie cree las
verdades hasta que se las hace conocer la experiencia.

La experiencia, en general, tiene una manera muy dura de dar a conocer
las verdades.

Si se nos permite que supongamos que la vida es un camino sobre el cual
marchamos con los ojos vendados, se nos permitir tambin suponer que la
experiencia es un poste colocado en medio de nuestro camino, hacia el
que marchamos a ciegas, y contra el cual nos rompemos las narices.

Pero en cambio, y por mucho que el golpe nos haya dolido, encontramos
una verdad que no conocamos;

El reverso de una medalla;

La anttesis de una bella idea;

El interior de un _sepulcro blanqueado_;

Sarcasmo y podredumbre.

De lo que se deduce que: costndonos el conocimiento de cada verdad una
contusin, y siendo infinitas las verdades que nos obligan a descubrir
las ilusiones que debemos a nuestro amor propio, un hombre no puede
llegar a tener experiencia, sin encontrarse completamente descoyuntado.

Un hombre lleno de experiencia es un rbol muerto, metafricamente
hablando, contra el cual zumba desapiadadamente el _huracn de las
pasiones_, valindonos de otra metfora.

Y sin embargo de que, y continuamos en el estilo metafrico, ya no tiene
ni frutos ni hojas que el huracn pueda arrancarle, le arranca las
extremidades de las ramas secas.

Despus viene el rayo y le hace trizas.

Despus la lluvia del invierno le pudre.

Dnde estaba el hermoso rbol?

Hasta sus races se han podrido.

Ese rbol no ha existido.

Ha sido un hermoso sueo de primavera.

Una horrible pesadilla de verano.

S; Dios que ha hecho su criatura para que sea destruida, es
incomprensible.

La vida que pasa sin dejar tras s vestigio alguno es un sueo.

Quede sentado que la Biblia es un gran libro;

Que Caldern era un gran poeta;

Y que yo soy lo que quieran mis lectores que sea.

* * *

Esto escriba yo una noche que no tena sueo.

Eran las tres.

Estaba en calzoncillos blancos y tena fro.

No tena un cuarto y estaba desesperado.

Un viejo reloj de pared me dejaba or un montono tic-tac.

El ruido de un pndulo cuando se est en cierta disposicin de nimo, es
un ruido que crispa los nervios.

No s a quien he odo decir que el clera morbo es una enfermedad
nerviosa.

De modo, que cuando no se tiene sueo, cuando no se tiene dinero, y se
tiene fro, y se oye el tic-tac de un pndulo, en medio del silencio de
la noche, se est muy expuesto a ser un _caso_.

Por lo mismo, y cediendo a un laudable sentimiento de conservacin
propia, voy a meterme de nuevo en la cama y a buscar la vida en el
sueo.

Porque, si la vida es sueo, el sueo debe ser vida.

Y esto es tan exacto, como que, si la vida del hombre son las ilusiones,
nada ms comparable a la vida que el hermoso sueo de un sediento que
cree estar echado de bruces sobre una fuente cristalina;

O el de un pobre que cuente oro;

O el de un enamorado que besa y devora a una mujer hermosa;

O el de un diputado de la oposicin que se mete debajo del brazo una
cartera;

O el de un hambriento que come en la fonda del <sc>Cisne</sc>.

(Entre parntesis: la fonda del <sc>Cisne</sc> es de un amigo mo, y puedo
recomendarle cualquiera de mis lectores, para que en un cubierto de a
duro le ponga un plato ms.)

* * *

Me he metido en la cama, pero no he conseguido dormirme.

La realidad huye de m: el sueo me persigue.

Soemos, ya que no podemos vivir.

Soemos escribiendo.

Escribir es muy fcil, sobre todo cuando se escribe mal.

Por eso tenemos en Espaa tantos literatos;

Y tantos poetas;

Y tantos periodistas;

Y tantos sabios.

Esto consiste en que en Espaa todos estamos aburridos, o tenemos fro o
hambre, y nos distraemos escribiendo.

Tambin es cierto que son muy pocos los que se distraen leyndonos.

Por eso en Espaa los escritores no tenemos un cuarto.

Hay diez musas.

O por mejor decir, no hay diez musas sino una.

Antes haba nueve.

La una, que las ha matado, es una musa horrible que vive de dar muerte.

Esa musa es el <sc>Hambre</sc>.

El hambre es la musa de los espaoles.

Quin dijo esto? Quin lo dijo?

Venturita.

No seor: don Ventura.

Aun no seor: el excelentsimo seor don Ventura de la Vega.

El que abandona a _Csar_ por el _Marqus de Caravaca_;

La tragedia por la zarzuela;

La fama por el dinero.

Bien saba Vega lo que se deca cuando dijo que la musa diez era el
hambre.

Nosotros hemos dicho que el hambre es la musa nica de los espaoles.

Y si no, quin les inspir la revolucin de julio?

Porque una revolucin no es otra cosa que una poesa diablica, para
producir, la cual es necesario que a todo un pueblo se le calienten los
cascos.

Quin fue, pues, la musa que inspir al pueblo de Madrid aquella
sinfona infernal de los _tres das_ y aquel poema berroqueo en quince
cantos de las barricadas?

Fue la libertad.

S, seor: pero la libertad en su sentido real, tangible y comestible:
el deseo de comer libremente.

Quin inspir tantas cosas inspiradas como se dijeron y se escribieron?

La necesidad de comer.

Es verdad que no hemos comido tanto como esperbamos: que el banquete no
ha correspondido al programa... pero...

Se conoce que estoy de muy mal humor, en que he ido a meterme con botas
y espuelas bajo la jurisdiccin o en la jurisdiccin del seor fiscal de
imprenta.

Por lo mismo, y para evitar una cornada, tomemos de nuevo el olivo de la
bella literatura.

Esto es: levantemos ante el seor fiscal, como en seal de paz, un ramo
de oliva.

Dicen que en el Saladero es muy fcil convertirse en _caso_. [* Esto se
escriba durante el clera.]

Es necesario, pues, evitar de todo punto que le pongan a uno en
salmuera.

Pero diris, y con razn: el autor est loco:

Perdonad: una palabra.

Tened en cuenta que he empezado mi novela por el eplogo: es decir, que
la he acometido por la cola.

Este eplogo, reducido a su verdadera expresin deba constar nicamente
de estas palabras:

<sc>El autor se ha vuelto loco</sc>.

O bien si no os agrada el modismo:

<sc>El autor ha enloquecido</sc>.

O bien:

El autor no ha logrado todava encontrar su juicio, y se lo pide a sus
lectores.

* * *




MEMORIAS DE UN LOCO


Era ya muy tarde, o por mejor decir muy temprano.

Los relojes de la villa de Madrid haban marcado las tres de la maana.

No haba alumbrado; pero el reflejo de la nieve que cubra las calles
haca la noche muy clara, aunque el cielo estaba muy oscuro.

Sala yo de una de esas casas...

Pero antes de que os diga la casa de donde sala, debo deciros quin soy
yo.

Soy un hombre ni feo ni hermoso, que acabo de cumplir treinta y seis
aos, y que en la poca en que pongo la fecha de mis memorias tena
veinticuatro.

Soy una persona decente, porque soy rico, y lo fue mi padre y tambin lo
fueron mis abuelos.

Porque soy rico y persona decente me fastidiaba en aquella poca.

Ahora no me fastidio: ahora agonizo.

Pero en aquella poca estaba hastiado.

A los veinticuatro aos haba viajado mucho, y de mis viajes slo haba
sacado en limpio una suma enorme de recuerdos embrollados.

Mi pensamiento era una especie de torre de Babel.

En mi continuo trato con toda clase de gentes slo haba encontrado una
verdad.

Que nuestro hombre y nuestra mujer no existen.

O, precisando ms la frase, que nuestro amigo y nuestra amante son dos
fantasmas soados por nuestro deseo.

Sin embargo, muchos hombres me han ofrecido su bolsa y su vida, y muchas
mujeres su cuerpo y su alma.

Yo tomaba lo que estos hombres y estas mujeres me vendan a beneficio de
inventario, y pona en cuenta corriente sus sacrificios frente a mi
dinero.

Lo que significa que descubr otra verdad que se contiene en los
siguientes versos:

    Pues el amor y la amistad se venden,
    lo que hay que procurarse es el dinero.

Si yo hubiera sido pobre, me hubiera afanado por adquirirle, para tener
un da el placer de estrechar las manos de muchos amigos y ser
estrechado entre los brazos de muchas amantes.

Pero como era rico, me encontr en posicin de entrar en el mundo de las
afecciones por la puerta principal desde el momento en que me decid a
ser _hombre de mundo_.

Y tuve amigos y amantes... a docenas.

Pero comprend que estos amigos y estas amantes no merecan ni aun los
honores de la farsa.

Acab por hastiarme y pens en el suicidio.

El hasto es la modorra del espritu, su condensacin, su no hay ms
all; su mortaja, su atad, su _pulvis es_.

Un hombre hastiado es un muerto que anda; un muerto que en vez de
apestar a los vivos es apestado por ellos.

Me decid por el suicidio.

Pero no adopt el medio vulgar de darme un pistoletazo, de suspenderme,
de sumergirme, de darme de pualadas o de beber cido prsico.

Tales medios no los adoptan ms que los desesperados de mal gnero.

Los que temen a los acreedores.

Los que han sido bastante necios para referir su existencia a la
posesin de una mujer.

Los etctera, etctera.

Un hombre hastiado debe morir noblemente luchando brazo a brazo con el
hasto, forzndole, estrechndole, entrando de lleno en los excesos de
todo gnero, hasta caer bajo los estragos de una vida monstruosa,
absurda.

Yo lo adopt todo: la crpula, la orga el desorden, el placer...

Yo esperaba que apareciese la tisis.

Pero la tisis huy espantada de m.

Intilmente forc mi organizacin, procur gastarme.

Mi organizacin resisti como una mquina de acero.

Entonces me entregu resignado a mi destino.

Como si un genio fatal y poderoso se hubiese propuesto oponerse a mi
voluntad, se me hizo imposible el suicidio, a no ser apelando al medio
ruidoso y poco decente de levantarme la tapa de los sesos, o de hacerme
matar en un duelo.

Me reduje, pues, a satisfacer las necesidades materiales, y no pudiendo
vencer al hasto, le acept con dignidad.

En este estado, pues, me encontraba a las tres de la maana, aquella en
que las calles de Madrid estaban cubiertas de nieve.

Sala yo de una de esas casas, donde todo es permitido, donde se re, se
bebe, se habla libremente, se fuma y se est medio tendido y con el
sombrero puesto.

Una de esas casas, en cada una de las cuales tiene abierta una candente
y luminosa pgina el mundo.

Donde las mujeres se presentan tales cuales son, arrojada la careta del
decoro.

Donde los hombres hacen gala de sus vicios.

Yo no gozaba all; pero estaba mejor que en otras partes, porque all al
menos vea claro, y no estaba obligado a fingir ni a violentarme.

* * *

Adelantaba yo maquinalmente a lo largo de una calle.

Aquella calle era corcobada de configuracin y ciega de luces.

Haca un fro de cuarenta grados y nevaba.

De repente brill una luz a lo lejos, y un cuerpo humano proyect sobre
la pared una gigantesca sombra.

Y, sin embargo, lo que produca aquella sombra gigantesca era una nia.

Aquella nia era una trapera.

Iba sola, y la acompaaba un perro.

Yo llevaba en la boca un cigarro sin encender, y con intencin de
encenderle me dirig a la trapera.

La muchacha tena muy poca ropa, y el perro muchas lanas.

Sin embargo, la muchacha pareca resistir admirablemente el fro, y el
perro tiritaba.

La muchacha cantaba a media voz, sin duda por temor de interrumpir con
su canto el sueo de los vecinos, y revolva los montones de despojos
con su gancho, buscando trapos que, cuando encontraba, arrojaba en la
cesta.

Al acercarme, el perro gru y adelant hacia m de una manera
amenazadora.

La muchacha entonces me mir y seguidamente llam a su perro.

--Eh! quieto, Mustaf! le dijo, dejndome or una voz infantil y
fresca, al par que armoniosa y grave: no ves que es un caballero?

El perro retrocedi, y yo me acerqu ms.

La muchacha me mir de nuevo.

Hay miradas que son una historia.

Hay miradas que son un poema.

Hay miradas que son una stira.

Hay miradas que dilatan el alma.

Hay las por el contrario que la comprimen.

La mirada de la traperita me refiri una historia muy sencilla.

La historia de una vida de sufrimiento.

La mirada de la traperita fue un poema que poda haberse reducido a
estas dos palabras:

Sufro y espero.

Estas dos palabras son la historia del gnero humano.

Sufrir y esperar.

Qu sufra aquella nia?

La pobreza con todas sus consecuencias, acaso.

Qu esperaba?

Quin sabe lo que puede esperar una criatura!

La muchacha era toda ojos: unos hermossimos, rasgados y elocuentes ojos
negros.

Aquellos ojos se descataban de una manera enrgica, y parecan ms
grandes y ms negros que lo que lo eran en realidad, sobre un semblante
flaco, muy plido, muy triste.

A pesar de la tristeza de aquel semblante, los ojos sonrean, pero con
la triste sonrisa de la resignacin.

Su mirada dilat mi alma, la hizo aspirar una pasin pura.

Yo creo que fue compasin hacia aquella nia lo que me hizo sentir su
mirada.

Y a ms de la compasin un no s qu misterioso, que no era amor ni
deseo porque ni deseo ni amor poda inspirarme aquella pobre criatura.

Sin embargo, han pasado doce aos desde que la vi la primera vez, y an
no he podido olvidar su primera mirada.

Me sonro con ella como se sonre a un hermano querido.

Me dio _paz_ con su mirada en el alma.

* * *

Han cado dos lgrimas sobre el papel.

Siempre que las lgrimas asoman a mis ojos tiemblo de miedo.

Porque cuando mis ojos se arrasan, me sobreviene al poco tiempo uno de
esos horribles ataques, en que no pudiendo resistir lo ntimo del dolor
de mi corazn, grito y me revuelco, y me destrozo: y entonces vienen las
ligaduras y el lecho de tormento y el horrible casco de nieve.

Me creen loco!

Es necesario pues olvidar, procurar olvidar; secar las lgrimas y
esconder estas memorias.

La mir frente a frente, y ella me mir durante algunos segundos con una
curiosidad infantil.

--Encienda usted, caballero, me dijo, levantando su farol y abrindole.

Encend mi cigarro.

Luego volv a mirar a la traperita que cerr el farol y se puso a
rebuscar de nuevo con su gancho.

Yo, no s por qu, permaneca inmvil junto a ella.

--Cunto ganas buscando trapos? la dije.

--Segn: me contest: diez cuartos, doce, dos reales. Antes se ganaba
ms; pero ahora... hay muchos traperos y pocos trapos.

--Y no tienes ms oficio que ste?

--No seor.

--Y con diez cuartos te mantienes?

--Como pan unos das, y otros pan y queso. Adems, la seora Adela gana
otro tanto.

La seora Adela! Aquel calificativo antepuesto a un nombre hasta cierto
punto aristocrtico, caus en m un efecto inesplicable.

--Quin es la seora Adela? la pregunt.

--Es una mujer que me ha criado.

Y al pronunciar estas palabras, cre notar en su entonacin algo de
doloroso, algo de impaciente, algo que revelaba que no era la seora
Adela lo mejor del mundo para la traperita.

Comprend que tena delante una pobre existencia necesitada de amparo.

Nunca mi hasto de la vida lleg hasta el punto de hacerme indiferente a
las desgracias ajenas.

Met la mano en mi bolsillo y saqu una moneda.

Era una onza.

Yo haba pensado darla un napolen.

Sin embargo, alargu la mano hacia la nia y la entregu la onza.

La chica la tom, prob su peso y se puso gravemente seria.

--Gracias, caballero! me dijo, devolvindome la onza. Me basta con lo
que gano.

Y se puso de nuevo a revolver y a buscar, guardando un profundo
silencio, y visiblemente contrariada.

--Por qu no has tomado ese dinero? la dije.

La muchacha no contest.

Me obstin, y entonces, alzndose con una dignidad y una firmeza
supremas, me dijo:

--Si no sigue usted su camino, caballero y me deja en paz, llamar al
sereno.

A tal arranque tom mi partido: arroj la onza en la cesta de la
muchacha, y me alej.

--Por favor, caballero, me dijo corriendo tras de m y con acento entre
suplicante y colrico: usted est equivocado y tira su dinero. Crame
usted: tome usted su onza: yo le doy las gracias y... no hablemos ms.

--Y de qu modo puedo yo hacer para favorecerte? dije volviendo y
tomando la onza.

--Dios me favorecer; est usted seguro de ello. Dios y...

La muchacha call, tembl y fij una mirada ansiosa en el fondo de la
calle.

Guiado por su mirada, mir y vi otra trapera que se acercaba.

--La seora Adela! exclam la muchacha, y se puso con un ardor febril a
su interrumpido trabajo, mientras Mustaf grua sordamente.

Tard poco en llegar una mujer harapienta, alta, huesosa, como de
treinta y cinco a cuarenta aos, que fij en m una mirada insolente.

--Qu quiere este caballero? pregunt con acento de amenaza a la pobre
nia.

--Me ha pedido fuego para un cigarro, contest temblando la traperita.

Yo cre deber atajar la conversacin.

--Es usted la seora Adela? la dije.

--S, seor: qu se le ofrece a usted? contest secamente.

--Necesito hablar con usted a solas.

--Ah! Necesita usted hablarme! Pues vamos.

Y se puso en marcha.

Not que la traperita arrojaba sobre aquella mujer y sobre m, una
mirada llena de ansiedad.

Seguimos la seora Adela y yo a lo largo de la calle, y nos detuvimos a
la puerta de uno de esos cafetines, asilos de tahres y vagos, cuya
puerta se cierra a la hora prescrita en los bandos, pero que se abre
durante toda la noche a todo el que llega.

Llam, abrieron, y la seora Adela y yo entramos.

Nos sentamos junto a una mesa, y la trapera pidi aguardiente.

Entonces, a la luz de un mechero de gas inmediato, pude observar ciertos
rasgos de distincin degradada en el semblante angular y huesoso de
aquella mujer: del mismo modo, no era difcil comprender que an era
joven; que si pareca vieja, lo deba a excesos, y que en otro tiempo
debi ser notablemente hermosa.

Sus manos, ese indudable signo, por el que se conocer siempre a una
persona distinguida, eran an bellas: su mirada altiva y fija.

Estaba, pues, metido en una verdadera aventura.

--Me parece que adivino de lo que quiere usted hablarme;--me dijo
mirndome con una extraa fijeza; y sin dejarme tiempo para contestar
aadi:--sin duda se trata de Amparo.

--Se llama Amparo!

--Y es una hermosa muchacha: est flaca y sobre todo mal vestida; pero
con un mes de buen trato...

--Y usted la vendera, la dije con repugnancia sin dejarla concluir.

--Hoy todo se compra y se vende, me contest con sarcasmo: se vende el
amor, se vende la amistad.

--Y se venden las hijas!

--Amparo no es mi hija, me contest con precipitacin y con acento
singular. Hace catorce aos la encontr en la calle.

--Y sus padres no la reclamaron?

--No.

--Pero si usted no es su madre, al menos la ha criado usted.

--Por lo mismo quiero que sea feliz, dijo la trapera con su duro acento,
que me causaba una sensacin fra, punzante, indefinible.

--Y para que sea feliz la vende usted?

--La mujer no es feliz ms que vendindose; vendindose muy cara
mientras es hermosa, arrancando al amor que compra, dinero para cuando
slo puede buscarse la caridad; la caridad!...

Y despus de haber pronunciado con acento de blasfemia su ltima
palabra, se bebi de un trago una copa de aguardiente.

--Pues usted, la dije con desprecio, no ha sabido, por lo que se ve,
aprovechar sus buenos tiempos.

--Es que yo no me he vendido, me contest con una expresin singular:
por lo mismo la vendo a ella.

--Creo que ella no piensa venderse.

--Har lo que yo quiera.

--Pues bien: me encargo de esa muchacha.

--No me gustan las palabras de sentido ambiguo. Sepamos claramente de lo
que tratamos. Cundo ha conocido usted a Amparo?

--Esta noche.

--La ha hablado usted?

--Muy poco.

--Y cmo entenderemos eso de encargarse usted de ella?

--Creo que puede ocuparse en otro trabajo ms cmodo y beneficioso, que
en el de recoger trapos.

--S, ciertamente.

--Por ejemplo: puede entrar en un taller.

--Es verdad: repuso aquella mujer, cuyo semblante se haba cubierto con
la expresin de la mayor reserva; pero es el caso, que cosiendo se gana
muy poco, y que hay que pasar por un aprendizaje, durante el cual nada
se gana.

--Cunto suele durar ese aprendizaje?

--Acaso un ao.

--No hablemos ms: venga usted conmigo.

Pagu: salimos del caf y llev a aquella mujer a mi casa.

Mi criado Mauricio se asombr al verme entrar con tan mala compaa, y
mucho ms cuando me encerr con ella en mi gabinete.

--De hoy en adelante, la dije, puede usted contar con doce duros
mensuales. Adems, como supongo que carecern ustedes de todo, tome
usted estos dos billetes de a mil reales, y emplelos en ropas y
utensilios. Todos los meses venga usted por la cantidad que asigno a
Amparo.

--Gracias, dijo framente aquella mujer, y se despidi de m.

Cuando me qued solo, busqu el cuaderno donde estaban consignadas mis
obligaciones, y anot lo siguiente:

Doscientos cuarenta reales para Amparo.

Yo haba hecho esto por temperamento, por costumbre, no por caridad.

Me acost y me dorm.

Cuando despert al da siguiente, haba perdido el recuerdo de aquella
aventura.

* * *

Entr Mauricio y me dijo:

--Ah est una muchacha que pregunta por usted. Vino a las diez y ha
vuelto otras tres veces a ver si se haba usted levantado.

--Una muchacha! exclam con extraeza.

--S, s, seor, y no es maleja: dice que se llama Amparo.

--Ah! Que entre, que entre.

Poco despus entr Amparo.

La acompaaba su perro.

Vena peinada y limpia, pero muy pobre y muy ligeramente vestida.

Me salud con gracia y con la misma digna lisura con que hubiera
saludado a un conocido antiguo.

Sonrea tristemente y estaba encendida, sobreescitada.

El perro fijaba en m una atenta e inteligente mirada.

--Perdone usted, caballero, me dijo Amparo, si he venido a incomodarle,
pero he credo que deba venir a verle.

--Y por qu, hija ma?

--Por qu? Con qu objeto ha dado usted dinero a la seora Adela? me
contest con precipitacin y con vergenza.

--No hablemos de eso, la dije, la seora Adela lo sabe.

--Nada me ha dicho, sino que ya no recogeremos ms trapos; que
compraremos vestidos y camas.

--Cmo! No tenais camas?

--No, seor: ese es mucho lujo para nosotras, dijo sonriendo
tristemente: cuando se ha trabajado mucho, y sobre todo, cuando, se est
acostumbrado a ello, se duerme muy bien sobre un ruedo.

De la misma manera que otros se muestran neciamente soberbios con su
opulencia, Amparo se mostraba noblemente orgullosa con su miseria.

--Y bien, repuse: si nada te ha dicho esa mujer, cmo sabes que yo la
he dado dinero?

--Anoche, cuando usted se alej con ella, apagu mi farol y me fui
detrs: esper a que saliesen ustedes del caf, los segu y vi que
entraban en esta casa. Esta maana cuando la seora Adela me ense dos
papeles encarnados, cuando le...

--Sabes leer?

--S, seor, contest sin el ms leve asombro de vanidad Amparo; cuando
le lo que en aquellos papeles estaba impreso y vi que eran billetes de
banco... dinero, adivin que aquel dinero vena de usted.

--Y bien, qu?

--Necesito saber con qu objeto se ha desprendido usted de esa cantidad.

--Bah! bah! Con qu objeto? Con el de que no pases ms noches malas;
con el de que aprendas un oficio y puedas ser la honrada mujer de un
artesano.

--El padre Ambrosio me ha dicho que hay en el mundo personas
caritativas; pero me ha dicho tambin que muchas veces se toma la
caridad por pretexto.

--Y quin es el padre Ambrosio?

--Un religioso exclaustrado de la Merced, que vive hace muchos aos en
la misma casa de vecindad donde yo vivo; un digno ministro del Altsimo;
mi padre; la gua que Dios me ha dado vindome desamparada en el mundo.

--Ah! un religioso!

--El infeliz no ha podido hacer otra cosa que ensearme a leer y a
escribir y procurar encaminarme a la virtud. Es muy pobre, pero... es
un sabio! Lo poco que s se lo debo, y, sobre todo, l me ha hecho
conocer que la mayor riqueza es la honra; la mayor felicidad tener la
conciencia tranquila; el mayor mrito a los ojos de Dios, sufrir
resignadamente la pobreza.

--De modo que t, pobre, miserable, destinada a un trabajo rudo y
penoso, mal alimentada, mal vestida, sin fuego con que calentarte, sin
lecho en que dormir, ests resignada con tu suerte?

--S, seor, contest Amparo repitiendo su triste sonrisa.

--Oh! T no conoces al mundo, eres muy joven; ests soando.

--Me he criado en una casa de vecindad y tengo ya catorce aos.

--Pretendes tener experiencia?

--Oh! s! Yo s que si quisiera podra vivir cmodamente, vestir
hermosas telas, concurrir a los teatros y a los paseos. S, porque la
seora Adela me lo ha dicho, que un hombre muy rico est enamorado de
m. Lo s tanto, como que me he visto maltratada muchas veces porque me
he negado... a ser feliz, como dice la seora Adela.

--Oh! Tan joven y ya conoces el mundo!

--No he de conocerle si me he criado entre lodo?

--Pero tu lenguaje es escogido, Amparo: tus maneras rien con tu
posicin, pareces una seorita disfrazada.

--Lo debo al padre Ambrosio; lo debo a los libros que leo.

--Y...qu libros te ha dado a leer ese religioso?

--Cuando supe leer y escribir, me puso en las manos la imitacin de
Cristo del padre Kempis.

Yo no haba ledo el tal libro; pero supuse que sera un libro de
devocin como otros tantos.

--Y qu ms? aad.

--La Biblia.

--Habrs ledo, pues, el _Cantar de los cantares_!

Amparo me mir profundamente y se ruboriz, lo que demostraba que haba
ledo aquel libro, que tena talento y que haba comprendido la
intencin de mi pregunta.

--El _Cantar de los cantares_ es un admirable libro simblico, me dijo.

--Y no has ledo ms?

--S; s, seor, los sermonarios de Bossuet y de Feneln.

--Y nada profano?

--S; s, seor, la historia universal de Anquetil, el Telmaco, el
padre Mariana y las poesas de nuestros clsicos.

--Y novelas?

--Ninguna... ah! s: las de doa Mara de Zayas, los ejemplares de
Cervantes y el Quijote, esa admirable novela.

Y haba una lisura tal en la expresin de Amparo al contestarme; tal
falta, tal negacin de pretensiones, que era necesario creer que no slo
tena talento, sino tambin elevacin de ideas: y junto a esto tal
conformidad, tal resignacin con lo ingrato de su fortuna!

Yo, que me haba interesado por ella por compasin, empec a
interesarme por afecto, y por un momento sent que mi hasto por la vida
desapareca; comprend que haba encontrado algo a que poda consagrarme
dignamente: a hacer el porvenir de aquella joven tan simptica, tan
merecedora de amparo, yo era entonces impo y me dije:--Ya que la
casualidad la ha procurado un buen hombre que la eduque, yo, que soy
rico, har lo dems: el sacerdote por una parte, y el calavera de buen
corazn por otra, haremos de ella un prodigio.

Y dentro de mi corazn adopt a aquella nia.

Una adopcin paternal, pura, desinteresada.

Haba en Amparo algo que dilataba mi alma.

Ni yo poda pensar de otra manera: la corrupcin de la mujer por medio
del oro, me repugnaba: la rechazaban mi corazn y mi dignidad, y como
jams pensamos voluntariamente en lo que nos repugna, ni repar que en
Amparo existan los grmenes de una gran hermosura, ni me incit su
pureza, ni mir en ella ms que un ser dbil digno de proteccin.

Por lo mismo, me apresur a tranquilizarla respecto a mis intenciones.

La habl con la elocuencia del sentimiento, con su forma potica, porque
estaba seguro de ser comprendido por ella: con toda la espontaneidad de
mi franqueza y de mi desinters, y logr que Amparo se tranquilizase
completamente.

--Ah! me dijo con los ojos arrasados de lgrimas: Dios se lo pague a
usted!

Y Amparo me asi las manos, las estrech contra su boca, y las cubri de
lgrimas.

Despus sali.

Mustaf, que durante esta escena haba estado echado sobre la alfombra,
se levant, me mir, movi lentamente la cola, y sigui a la nia.

Empec a sentir una vaga, pero dulce ansiedad: Amparo haba causado en
m una impresin profunda, me haba hecho experimentar una sensacin
desconocida.

La recordaba (no podr deciros de qu modo) pero su recuerdo me dilataba
el alma.

Era el amor de un padre satisfecho de su hija.

Dej de pensar en la muerte.

Me detuve en el camino del suicidio.

Dej de concurrir a los lupanares.

Arregl mi vida.

Caus una dolorosa sorpresa en mis administradores, anuncindoles que
iba a dedicarme al cuidado de mis intereses.

Hice todo esto bajo la influencia de este pensamiento:--He adoptado a un
ser a quien debo procurar hacer feliz.

Amparo haba hecho en m una revolucin: me haba reconciliado con la
vida.

En recompensa, yo vari de plan respecto a su porvenir: la prctica de
un oficio mecnico me pareca indigna de ella.

Aspiraba en su nombre a ms.

Algunos podrn creer esto exagerado; s lo es, est en armona con la
exageracin de mi carcter; yo siento de una manera poderosa, y para
sentir me bastan pocas impresiones.

Amparo me haba impresionado fuertemente.

* * *

No saba donde viva.

Un da encargu a Mauricio que la buscase.

Mauricio emple cuantos medios se conocen para encontrar una persona de
la cual se saben el nombre, las seas y la condicin.

Gracias a lo bien montada que est la polica en Espaa, Mauricio, que
era uno de los mozos ms listos que he conocido, no pudo dar con ella.

Pregunt a los traperos y le contestaron que no la conocan.

Fue al Ayuntamiento y slo constaban all el nombre y el nmero de
Amparo como trapera.

Amparo empez a hacrseme una dificultad: indudablemente a fin de mes,
la seora Adela vendra en busca de su asignacin; pero yo no quera
esperar aquel plazo.

Haban pasado quince das desde mi aventura.

Era por la maana y Mauricio entr alegre.

--Ya la tenemos, exclam.

--A quin?

--A la seorita Amparo.

--Cmo! sabes dnde vive?

--Est en la antesala.

--Ah! exclam saliendo de mi gabinete y atravesando la sala; entre
usted, seora, entre usted.

Amparo entr.

Vena sencillamente vestida, un manto de sarga, un cordn de pelo al
cuello con una pequea cruz dorada, un pauelo de seda sobre los
hombros, una bata de percal, y un delantal negro; me pareci ms alta y
ms bella: vena encendida, alegre, con un bulto bajo el manto; me
salud con una sonrisa sumamente afectuosa y entr en el gabinete, sobre
una de cuyas mesas dej el bulto que traa bajo el manto, y que produjo
un sonido metlico.

--Qu es eso? la dije.

--Esto es que Dios me favorece, me contest: son tres mil reales que he
ganado a la lotera.

--Ah! exclam adivinando su intencin.

--Tres mil reales que traigo a usted.

--Y para qu quiero yo eso?

--Para qu? me contest mirndome gravemente, para que se reintegre
usted de los dos mil reales que dio a la seora Adela.

--Ah! eres orgullosa?

--No por cierto, sino que habr tantos otros desdichados!

Se me nubl el semblante, y Amparo se apresur a decir:

La caridad debe ser discreta; la caridad indiscreta hace ms dao que
beneficio; yo ya tengo todo lo que poda desear; un cuartito alegre, una
cama blanda, ropa blanca y dos vestidos de calle. Trabajo; trabajo con
ardor, y dentro de poco ser oficiala. Emplee usted esos dos mil reales
en amparar otra desdicha, y los mil restantes gurdelos usted para
drselos doce a doce duros a la seora Adela: hay para cuatro meses;
dentro de cuatro meses ganar una peseta, que era cuanto deseaba. Con
que... no hablemos ms. Ah se queda eso. Tengo que comer y estar a las
tres en el taller.

Y escapaba.

--Espera, la dije, no quieres tener nada mo?

--Oh? s, s... el recuerdo... y el agradecimiento. No basta eso?

--Bien, me quedo con ese dinero, aunque sera mejor que los mil reales
restantes se los entregases a la seora Adela.

--Los gastara en aguardiente.

--Me rindo, pero con una condicin.

--Cul?

--Ven maana a almorzar conmigo.

Medit durante un momento Amparo, y contest:

--Vendr. Afortunadamente es domingo.

Y saludndome alegremente, escap.

--Ah! tiene usted suerte, me dijo Mauricio; es una prenda de rey.

Recuerdo que Mauricio, recordando un puntapi que le vali esta
observacin, habl en lo sucesivo con el ms profundo respeto de la
_seorita Amparo_.

* * *

Fuime a una joyera y gast los tres mil reales que me haba dado
Amparo, en una bonita cruz de diamantes para ella.

La joya era de muy buen gusto, y deba parecer muy bien en el bonito
cuello de la muchacha.

Adems necesitaba dejar bien puesta mi vanidad.

Aquella inesperada devolucin la haba humillado.

Amparo me trataba por decirlo as, de potencia a potencia.

Yo no poda conservar aquel dinero.

Mi vanidad quedaba a cubierto, regalndola la cruz.

Slo con este objeto la haba convidado a almorzar conmigo.

El da siguiente a las once, Amparo estaba en mi gabinete, donde
Mauricio haba servido la mesa.

Mientras Amparo se quitaba el manto con una hechicera confianza,
Mustaf, que sin disputa era mi amigo, sentado enfrente de m, meneaba
lentamente la lanuda cola y me miraba de hito en hito.

Yo contemplaba a Amparo con el mismo placer con que se contempla una
cosa bella, fresca, pura, encontrada por acaso en el erial de la vida.

Era una nia, en toda la extensin de la frase, espigadita, esbelta, con
bonitas manos, ojos hermosos, y una montaa de cabellos negros y
brillantes, agrupados en trenzas: muy blanca, muy plida y muy delgada.

Tena la seduccin de la pureza confiada en s misma, que por nada se
alarma, que nada teme: iba de ac para all, y me lo revolva todo.

--Cmo se conoce que aqu no hay una mujer! deca: polvo por todas
partes, y un desorden!... todo lo que hay aqu es bueno y bello; pero
sera ms bello, parecera mucho mejor, si estuviese colocado en su
sitio. Y luego... estas armas! para qu son estas armas? a quin
tiene que matar un hombre honrado?

--Son objetos de arte, la dije.

--Traed: pues, a vuestro gabinete un can de a veinticuatro cincelado.

--Ah! no crees que sea necesario alguna vez?...

--Nunca!

--Ni aun por un asunto de honor?

--Me horrorizara un hombre que por una cuestin de honor hubiera matado
a un semejante suyo... y estos libros?... aadi pasando con la mayor
facilidad de un objeto a otro. Novelas!... Creo que en lo peor en que
puede ocupar un hombre su talento, es en escribir novelas.

--Por qu?

--No basta la vida real? qu necesidad hay de exagerarla?

--La novela ensea.

--La novela vicia las costumbres.

--Eso lo dir el padre Ambrosio.

--S por cierto; y basta para m que el padre Ambrosio lo diga: es un
ngel... Ah! el padre Ambrosio sabe que vengo a almorzar con usted.

--Y qu te ha dicho?

--Nada: absolutamente nada. No saba el padre Ambrosio que iba sola de
noche a recoger trapos por las calles?

Este recurso a s misma, esta manifestacin de fuerza, me encant.

--Y son estas las novelas que usted lee? dijo con severidad Amparo, que
haba ojeado uno de mis libros. Oh! esta novela en ninguna parte est
mejor que en el fuego.

Y arroj el libro a la chimenea.

Era un tomo del _Baroncito de Faublas_.

Slo haba tenido tiempo de leer algunas lneas Amparo, y se haba
puesto encendida como una guinda.

As con las tenazas el libro, y le saqu de la chimenea donde ola mal,
arrojndole a la jofaina.

Promet a Amparo hacer un auto de fe con todos mis malos libros, y
mediante esta promesa se restableci nuestra buena armona.

En seguida nos pusimos a almorzar.

Yo haba cuidado de que el almuerzo fuese muy sencillo y compuesto de
alimentos acomodados a las costumbres de Amparo.

Era, en fin, un verdadero almuerzo espaol; con el indispensable
chocolate.

Amparo coma con apetito y sin encogimiento.

Mustaf sentado junto a ella grua con impaciencia excitado por el olor
de los manjares.

Puse un plato al leal compaero de Amparo, que me dio las gracias con
una sonrisa, y acarici despus con su pequea mano la cabeza del perro
que coma con ansia.

--Ah! dijo hablando con l, esta es la primera vez que almorzamos bien,
Mustaf.

--Pues as puedes almorzar, la dije, todos los das.

Pintose una expresin de reserva en el semblante de Amparo.

Comprend que el mundo especial en que haba vivido, ese mundo que se
llama _casa de vecindad_, donde resaltan todas las miserias, todas las
adyeciones, todas las ignorancias, la haba hecho recelosa y
desconfiada.

--Puedes almorzar as todos los das, la dije, si consientes en que se
realice lo que he pensado respecto a ti.

Amparo me mir con una profunda y grave atencin, y me pregunt:

--Y qu ha pensado usted?

--He pensado, primero, en que la posicin en que te encuentras es muy
precaria.

--He nacido pobre, me contest con altivez; mi porvenir es el trabajo;
acaso con mucha aplicacin y alguna suerte podr adelantar; tener dentro
de algunos aos un taller mo.

--Y las enfermedades?

--Buena manera de alentar a los pobres!

--Es que yo quiero asegurar tu suerte.

Amparo haba dejado de comer, y not que haba perdido enteramente su
tranquila confianza; que estaba preocupada, disgustada, pesarosa de
haber ido a almorzar conmigo.

--Soy rico, muy rico; sobrino de un grande de Espaa que no tiene hijos,
ni los tendr probablemente; heredar sus rentas y su grandeza.

Nublose ms el semblante de Amparo.

--No pienso casarme jams, continu, y quiero que seas mi hija adoptiva.

Amparo me mir de una manera penetrante, como si hubiera querido
asegurarse de hasta qu punto eran verdad mis palabras y la marcada
conmocin con que las haba pronunciado.

Sin duda mis ojos dejaban ver claro lo que mi alma senta, porque la
expresin de reserva y de duda desapareci del semblante de Amparo,
sustituyndola una dulce expresin de consuelo.

--Ah! exclam: Quiere usted reemplazar a los padres que he perdido!

Y aunque procur dominar su conmocin, sus ojos se llenaron de lgrimas.

Yo gozaba, no sabr deciros qu placer; pero me senta feliz y joven, y
poderoso: me senta engrandecido.

--S, la dije, mientras ella callaba, con la vista inclinada, las
mejillas encendidas, sobresaltada: quiero que no vuelvas al taller.

--Y qu he de hacer? me dijo. Gravar a usted? vivir en el ocio? No,
no podra.

--Quiero que entres en un colegio.

--Y para qu? No: eso no puede ser. Yo no acepto la adopcin de usted.

--Ya te he dicho que estoy resuelto a no casarme jams. Aunque soy
joven, mi corazn est ya gastado; es muy viejo. Nada espera, nada
desea.

--Oh! no me diga usted eso! no quiero creerlo! una vida as debe ser
horrible!

--Horrible, s! muy horrible! por lo mismo es necesario que un deber
me ligue al mundo; a la vida: representa t ese deber.

--Bien; me dijo, mirndome con una expresin que no pude comprender,
acepto, ser su hija adoptiva de usted... pero en un convento.

--En un convento! monja t!

--S; una vez monja, mi porvenir est asegurado.

--Pero t, que empiezas ahora a vivir... renunciar de tal modo a la
esperanza!

--Es lo nico que aceptar de usted, un dote reducido, cuanto baste...

--No.

--Pues no hablemos ms de ello.

Y se levant.

--Te vas ya? la dije.

--S, seor; no quiero pasar mucho tiempo fuera de casa.

--Pero volvers?

--Acaso no.

--Y por qu?

--Oh! me ha hecho usted sufrir! adis.

--Espera. No quiero obligarte a que vuelvas; pero por si no nos volvemos
a ver, acepta esta memoria ma.

Y tom de sobre la repisa de la chimenea el estuche que contena la cruz
que haba comprado para ella el da anterior, y se lo di.

--Y qu es esto? me dijo abrindolo; ah! una cruz! la conservar, la
conservar siempre en memoria de usted.

Y aprovechando el estupor que haba causado en m el extrao aspecto, la
profunda conmocin que not en ella, al expresarme su deseo de ser
monja, escap.

Cuando quise detenerla son el golpe de una puerta que se cerraba, y
luego sent que bajaba rpidamente las escaleras.

Abr el balcn, y la vi alejarse por la acera opuesta en paso lento y
con la cabeza baja.

Mustaf la segua cabizbajo tambin.

--Ella volver, me dije: y cuando menos, la seora Adela vendr por su
asignacin a fin de mes.

Haba en mi corazn algo que me haca desear volverla a ver; y sin
embargo aquel no s qu vago, dulce ntimo, estaba muy lejos de ser
amor.

Y era ms que caridad.

O yo no comprenda la caridad, y me engaaba.

O yo no comprenda el amor; y me engaaba tambin.

Esto quera decir, que respecto a ciertas sensaciones, mi corazn era
inocente, o mejor dicho, estaba virgen.

Lo que s puedo deciros es: que el recuerdo de Amparo se fij en mi
pensamiento, fresco, puro, consolador, lleno de encantos y de consuelos.

Si es verdad que estoy loco, mi locura empez el da que almorc con
ella.

* * *

El no verla me tena de muy mal humor.

La esperaba.

Sin embargo, Amparo no vena.

Pas el tiempo, y lleg el ltimo da del mes.

Yo esperaba que la seora Adela sera puntual, y no me enga.

Se me present ms pobremente vestida que lo que yo esperaba, y sin
saludarme ni sentarse me dijo:

--Vengo a...

--S, por la asignacin de Amparo, la interrump.

--Eso es.

Abr mi cartera y la di un billete de quinientos reales.

--No puedo devolver a usted lo que sobra, me dijo.

--Lo mismo es, la contest.

--Ah! es usted muy generoso! Gracias en su nombre; que usted lo pase
bien.

Y se iba.

--Espere usted, la dije: tenemos que hablar.

--Ah! tenemos que hablar! va usted comprendiendo que es hermosa,
demasiado hermosa, para mantenerse respecto a ella en los inflexibles
lmites de la caridad?

--No se trata de eso.

--Pues no comprendo entonces...

--Qu sabe usted acerca del origen de esa nia?

--Bah! y qu le importa a usted? A no ser que...

Y aquella mujer me mir con un recelo hostil.

--Sera gracioso que quisiera usted casarse con una muchachuela! aadi
con sarcasmo.

--Tampoco se trata de eso; pero si usted tuviera algn antecedente...
ayundndome usted y gastando cuanto fuese necesario, acaso lograramos
encontrar a sus padres.

--Y para qu quiere ms padres que usted?

Necesit hacer un esfuerzo para contener la clera que me causaba la
fra insolencia de aquella mujer.

--En ltimo resultado, la dije, se niega usted a indicarme?...

--Nada s; la recog. Ignoro quin era; pero debe ser hija de buenos
padres: las ropas que la envolvan eran ricas; llevaba, adems, un
magnfico medalln guarnecido de brillantes, y entre la faja un papel
que deca:--Est bautizada, y se llama... he olvidado el nombre; el
que tiene ahora se lo pusieron en la confirmacin.

--Es extrao que haya usted olvidado su nombre; pero an queda el
medalln?

--No por cierto; le vend: era necesario criarla... yo era pobre.

--Pero no recuerda usted lo que el medalln contena?

--S por cierto: un retrato de mujer.

--Y las seas de esa mujer?

--Las mismas de Amparo: alguna ms edad; pero tan hermosa como ella; un
parecido exacto... Y es lstima que ese retrato se haya extraviado,
porque era una prueba indudable... pero a bien que el retrato existe en
Amparo... en engordando la muchacha un poco ms... el mejor da
encuentra a sus padres en la calle.

Todas estas contestaciones haban sido pronunciadas con una intencin
maligna; comprend que exista un misterio terrible entre aquella mujer
y la pobre Amparo, y no insist.

La dej ir.

Haba concebido el pensamiento de apelar a la ley para poner en claro la
procedencia de Amparo.

Y como si hubiese comprendido mi pensamiento, aquella mujer me arroj al
salir una insolente mirada de desafo.

* * *

Aquel mismo da fui a consultar a uno de los abogados de ms fama.

Me escuch con atencin, y cuando hube concluido, me dijo:

--No veo el medio de arrancar a esa mujer su secreto: el tormento est
abolido hace muchos aos; por consecuencia, si esa mujer tiene un gran
inters en ocultar la procedencia de la protegida de usted, nada
confesar. Queda sin embargo un medio.

--Cul?

--El dinero. Pagarle su secreto al precio que pida.

Di las gracias al abogado por su luminoso consejo; le pagu la consulta
y sal.

Pas un mes.

En vano esper a Amparo.

La Adela se me present de nuevo.

La pregunt por ella.

--Ah! est desconocida, me dijo; ha engordado. Ya se ve! la cuido
bien, o por mejor decir, la cuidamos bien. La enviar por ac.

--Ponga usted precio a su secreto, la dije desentendindome de su
observacin, y entrando de lleno en mi objeto.

--Es usted muy joven, me dijo, para que pueda haber perdido una hija de
la edad de Amparo; sin embargo, pudiera ser que algn amigo hubiera a
usted encargado le buscase una nia perdida.

Y la Adela me miraba de una manera fija, escudriadora.

--Se obstina usted en no confiarme?... la dije.

--Nada s respecto a ella, me contest.

Acab de convencerme de que nada recabara de aquella mujer; la di
dinero; la encargu dijese a Amparo que deseaba verla, y la desped.

* * *

A los pocos das, y cuando acababa de levantarme, me sorprendi un
fuerte campanillazo a la puerta.

Abri Mauricio; sent pasos apresurados, y poco despus se precipit en
mi gabinete Amparo.

Mustaf la segua cojeando.

Amparo se asi a m, y me mir plida, aterrada, anhelante. Mustaf
grua dolorosamente.

Vena Amparo en el mayor desorden: deshecho el peinado; una de sus manos
envuelta en un pauelo.

Durante algn tiempo nada me dijo; ni yo, sorprendido, acert a decirla
nada: luego pareci como que despertaba de un sueo, de una horrible
pesadilla, y exclam con un acento ardiente y lleno de ansiedad:

--Ah! Gracias a Dios!

Y se separ de m, se dej caer en un silln, se cubri el rostro con
las manos y rompi a llorar.

Mustaf se acerc a ella cojeando; se sent, me mir, y sigui con sus
dolientes gruidos.

Sospech no s qu horrible cosa, y me aterr.

--Pero qu sucede? la pregunt alentando apenas.

--Sucede, contest Amparo, mirndome al travs de sus lgrimas, que esa
infame mujer ha querido hacerme infeliz.

No pude contestarla: sent que toda mi sangre se reconcentraba a mi
corazn.

--Pero afortunadamente, continu Amparo, Mustaf me ha salvado,
acometiendo a aquel hombre, y dndome tiempo para escapar; es verdad que
el pobre ha sufrido un horrible bastonazo, y que yo he salido del lance
herida...

--Herida! exclam.

--S; el horrible viejo me segua! las escaleras son estrechas y
empinadas; ca, di con la cabeza en la barandilla, y casi me he roto una
mano; pero al fin estoy aqu; aqu, con usted que me defender.

No la pregunt ms.

Y para qu?

Todo estaba explicado.

Envi a Mauricio por un facultativo que se encarg de la curacin de
Amparo y de Mustaf.

La herida de la cabeza de la nia, era leve, pero profunda y grave la de
la mano.

Mustaf tena casi roto un hueso.

Amparo se vio obligada a quedarse en casa.

Dos horas despus, cuando estuvo ms tranquila, la dije:

--No puedes volver a vivir con esa infame.

--Oh! Dios mo! no! imposible!

--No puedes vivir tampoco conmigo.

--No, no; de ningn modo.

--Tampoco puedes vivir sola.

--Dios mo! y qu hacer?

Y despus de algunos instantes de triste silencio, aadi:

--El convento! es preciso! preciso de todo punto!

--No te dar el dote.

--Me pondr a servir.

--Y sirviendo, estars expuesta a cada paso, a peligros como el de que
has escapado milagrosamente hoy.

--Pero por qu cerrarme el refugio del claustro? exclam llorando.

--Si has de agitarte de ese modo, te dejo sola: agitndote,
afligindote, puedes empeorar, tienes calentura, y slo te he hablado
porque ests en la casa de un soltero, porque es necesario evitar las
interpretaciones. He pensado en que el padre Ambrosio podra adoptarte,
ya que te repugna mi adopcin.

--Oh! s! s! exclam.

--Pero es necesario que no seas gravosa al padre Ambrosio.

--Oh! Dios mo! otra dificultad!

--La dificultad est salvada. Entra en un colegio.

Quedose Amparo pensativa, y al cabo me dijo:

--Mande usted llamar de mi parte al padre Ambrosio.

Me dio las seas de la habitacin del religioso, y Mauricio fue a
buscarle.

* * *

Media hora despus, un hombre alto, delgado, plido, como de sesenta
aos muy modestamente vestido con ropas que demostraban un antiguo y
continuo trato con el cepillo, entr lleno de ansiedad.

Era uno de esos hombres que llevan el corazn en la cara.

Un corazn todo sentimiento, todo dulzura, todo abnegacin, todo
caridad.

Y en los ojos, la mirada inteligente y serena.

Y en la frente, la severidad y la majestad de la virtud, la conciencia
de s misma.

Me salud con encogimiento, y me estrech la mano con efusin.

--Le conozco a usted, me dijo con la voz trmula; le conozco a usted
mucho, aunque nunca le he visto hasta ahora.

--Yo tambin le conozco a usted, le contest, encantado por lo simptico
de su mirada, de su espontaneidad, de su palabra.

Estrech entre sus dos manos la ma, y sin disimular su impaciencia, me
dijo:

--Dnde est?

Le seal la alcoba, y los dej en libertad de hablar.

La conferencia fue larga, al fin el padre Ambrosio sali profundamente
conmovido y me lleg la vez de demostrar mi impaciencia.

--Acepta? le pregunt.

Se sent en un silln, sac una caja de pasta negra, me ofreci un
polvo, tom otro, y me dijo:

--Nos encontramos en una situacin sobre manera extraa: una joven,
embellecida por Dios con cuantas virtudes pueden hacer respetable a una
criatura, sola, pobre, desventurada, se encuentra entre nosotros dos;
puesta primero, bajo la proteccin espiritual de un pobre exclaustrado,
y amparada despus, de una manera noble, desinteresada admirable, por un
joven rico, viciado en el gran mundo, casi impo, pero que tiene un
excelente corazn. Pero he dicho mal: nuestra situacin no es extraa.
Nos ha reunido la Providencia de Dios!

--En efecto; en el conocimiento de nosotros tres, hay mucho de
providencial, le dije, ms por ser corts con el buen exclaustrado, que
porque yo creyese en la Providencia. Ya he dicho antes que en aquella
poca era yo impo.

--Pues ya lo creo! dijo con el entusiasmo de un poeta el padre
Ambrosio; mi vida era triste, llena de sufrimientos, llena de recuerdos,
combatida por pasiones que haba exacerbado la desgracia, y... si hace
diez aos, no hubiera encontrado a mi paso a esa nia que se arrastraba
sobre sus manecitas en los corredores de la casa de vecindad donde me
haba llevado a vivir mi pobreza... Yo lo haba perdido todo; parientes,
amigos, afectos, hasta la paz de mi celda, de la cual me arrojaron las
necesidades de la nacin... la planta marchita y enferma que vegeta
sobre un terreno ingrato, siente con delicia, y parece reanimarse al
soplo de las auras de la maana. Yo, muy semejante a una planta enferma,
sent una impresin de consuelo un da que, sentado al sol en la puerta
de mi tabuco, sent junto a m, apoyando sus manecitas en mis rodillas,
y sonrindose (Dios me perdone) como deben sonrer los ngeles, una nia
como de cuatro a cinco aos.--Era Amparo.--Necesitaba afectos, y mi alma
se volvi a aquella existencia pura, a aquella nia que estaba muy
pobremente vestida, enflaquecida por el hambre. Supe que no tena
padres, que estaba en poder de una mujer de la misma vecindad, que la
haba encontrado en la calle. Y aquel desamparo en la infancia, aquella
miseria en un ser tan dbil, me hicieron concebir el mismo pensamiento
que usted concibi cuando la encontr en medio de la noche recogiendo
trapos. He hecho... cuanto he podido... en cambio, ella me ha dado
acaso, la salvacin de mi alma, porque estaba desesperado... y Amparo ha
sido para m un amparo de Dios, porque me ha obligado a amarla: porque
amndola, he llenado mi corazn con un afecto, y he podido consolarme y
esperar con resignacin el fin de mi jornada.

--Creo que Amparo ha ejercido sobre m una influencia muy semejante a la
que ha ejercido sobre usted.

--Oh! s! me ha bastado con lo que Amparo me ha dicho de usted, y con
verle despus una sola vez, para comprenderle: tiene usted el alma
virgen, sedienta, cansada de un mundo donde no vive bien: hastiada de
todo, escptica, porque ha perdido la esperanza, y ha encontrado usted
en Amparo algo de lo que buscaba y no haba podido encontrar. Lo ha
encontrado usted de noche, recogiendo los despojos del lujo y de la
miseria, teniendo por nico amigo un perro, por nico amparo Dios! Y
porque tiene usted el alma virgen y llena de entusiasmo y de
sentimiento, ha hecho usted lo que nadie hubiera hecho; y porque Dios
quiere que crea usted en l, le ha presentado a usted de la manera ms
bella, el dulce consuelo de la expansin de la caridad.

--Que Dios quiere que crea en l? dije moviendo tristemente la cabeza,
quisiera creer; envidio a los que creen. Y ya que como usted dice nos ha
reunido la Providencia, sea usted mi misionero en buena hora. Le prometo
escucharle y...

--No ser yo quien haga a usted creer en Dios, me dijo solemnemente el
padre Ambrosio, ser ella!

--Oh! acaso! El afecto que me inspira es profundo. Pero dejando el
terreno en que nos hemos metido, y en el cual tendremos lugar de volver
a entrar, porque nuestro conocimiento ser largo y nuestro trato
frecuente, vengamos a la situacin del momento. Mis proyectos respecto a
Amparo, se reducen a arrancarla legalmente del dominio de esa mujer; yo
haba pensado adoptarla, pero soy demasiado joven y me ha parecido mejor
que la adopte usted legalmente.

--Oh! s! despus de lo que ha acontecido hoy a esa infeliz, yo la
hubiera adoptado de todos modos.

--Despus quiero perfeccionar su educacin, ponindola a nivel de las
jvenes de nuestro gran mundo; casarla luego de una manera brillante a
beneficio de un magnfico dote...

--Dejemos obrar a la Providencia, me interrumpi el exclaustrado; yo la
adopto y acepto para ahora la proteccin de usted; y puesto que usted
rechaza, como rechazo yo, la idea del claustro, que se la haba metido
de una manera tenaz en la cabeza, entr en buen hora en un colegio:
afortunadamente soy confesor de un matrimonio muy digno; l es un
antiguo y honrado cobachuelista; ella, antes de casarse, fue maestra de
nias en una ciudad de provincia, y hace algunos aos, despus de
casada, tiene en Madrid un colegio de seoritas, que poco a poco ha ido
desarrollndose y que es al fin uno de los ms favorecidos. Esta es cosa
concluida, aceptada. Ella lo resista; pero yo que pienso que el mejor
uso que puede hacer un hombre de su fortuna es favorecer a sus
semejantes, la he convencido.

--Pues en ese caso, le dije, voy a principiar desde este momento.

El padre Ambrosio se qued en casa, autorizando en ella la presencia de
Amparo y yo, despus de informarme por ella de la habitacin de la
Adela, me fui a buscar al comisario de polica de su distrito.

* * *

Despus de algunas soeces equivocaciones de este funcionario, respecto a
mi inters por Amparo, a quien no se por qu, conoca, entr de lleno en
la exposicin del objeto que me llevaba por primera vez a tratar con
tales gentes.

Quera yo evitar de todo punto un ruidoso procedimiento judicial, para
arrancar a Amparo del dominio de aquella malvada, y cuando el comisario
me hubo escuchado, me dijo:

--Pues es muy sencillo de hacer lo que usted desea; pero no deja de ser
comprometido.

--Comprendo; se trata?...

--De un abuso de autoridad.

--Pero cuando se abusa de la autoridad para el bien...

--Se puede ir a presidio lo mismo que cuando se abusa para el mal.

--Ya sabe usted mi nombre...

--S, s seor: s que la influencia de usted basta para sacarme de un
atolladero... sin embargo...

--S que deben recompensarse estos servicios, aad sacando algunos
billetes y ponindolos sobre la mesa bajo mi mano.

--Es urgente la resolucin de ese negocio? me dijo el comisario.

--Urgentsima.

--Entonces haga usted que ese exclaustrado, ese padre Ambrosio, venga a
verme al momento, y descuide usted; es asunto de dos horas; una renuncia
de la adopcin de _la Adela_ sobre _la Amparo_; la adopcin en forma de
_ese fraile_; un testimonio de escribano, y... santas pascuas. Si la
Adela resiste, con arreglo a la queja de usted, la llevo a la
Galera[**], y doy parte al gobernador. Pero no resistir, yo se lo
aseguro a usted; s perfectamente cmo se hacen estas cosas: cuando se
ha dado un paso en vago como el que ha dado esa mujer... cuando est
ofendida la moral pblica...

[** Prisin de mujeres en Madrid. Nota para los que no conozcan la villa
y corte.]

--Bien, bien; quedamos convenidos?

--S, seor. Enveme usted _el fraile_.

--Le enviar al momento. Adis.

--Servidor de usted, caballero.

Sal dejando sobre la mesa del comisario algunos billetes de banco.

No s como el bueno del funcionario arregl el negocio, pero el
resultado fue que la Adela renunci por ante escribano a todo dominio
sobre Amparo, y el padre Ambrosio la adopt con todas las formalidades
prescritas por las leyes.

Todo aquello se hizo en muy pocas horas.

Amparo no pas la noche en mi casa.

Se la haba trasladado en un coche, previo dictamen del facultativo, al
colegio de que era directora doa Gregoria de... hija de confesin del
padre Ambrosio.

Me olvidaba decir que Mustaf haba ingresado tambin en el colegio.

Di orden a mi administrador general de que pagase a doa Gregoria mil
reales mensuales por la pensin de Amparo, y aquel asunto qued para m
enteramente concluido.

La casualidad, segn yo, o la Providencia Divina, segn el padre
Ambrosio, haban arrojado delante de m un gran infortunio. Yo haba
cumplido con mi deber, segn mis convicciones, y estaba tranquilo.

Pero una vez satisfecho este deber, una vez pasada la novedad de mi
aventura, comprend que Amparo no era bastante para arrancarme del
hasto; para reconciliarme con la vida.

Esta decepcin de mi esperanza me fue sumamente dolorosa.

Amparo era para m una obligacin contrada que ningn sacrificio me
costaba, porque yo era muy rico.

No me haba inspirado amor, sino caridad.

La caridad estaba satisfecha, y haba desaparecido el encanto.

Es cierto que yo senta hacia ella un afecto profundo; que me interesaba
su porvenir... pero su porvenir estaba asegurado. Por otra parte, yo no
tena herederos forzosos; mis padres haban muerto cuando era muy joven,
y poda nombrar a Amparo mi heredera universal.

Ninguna dificultad, ningn inters representaba Amparo que me ligase a
la vida.

Me haba galvanizado por un momento, hacindome sentir, a m, cadver
ambulante.

Volvi mi tedio.

Sin embargo, fui a verla todos los das mientras dur su enfermedad,
luego algunas veces a la semana...

Amparo se mostraba silenciosa, retrada, como cohartada, delante de m.

Yo vea en aquel encogimiento, orgullo, altivez, pesar de verse obligada
a aceptar mis beneficios.

Esto me disgustaba.

Lleg un da en que cre que haba sido un imbcil; que haba ido,
respecto a Amparo, ms all de donde deba.

Hasta llegu a creer que el padre Ambrosio era un hipcrita, y doa
Gregoria una mujer interesada.

Cuando un hombre llega a disgustarse de la vida; cuando rompe el vnculo
de afectos que le unen a la sociedad; cuando, en fin, llega a dudar de
todo, o por mejor decir a no creer en nada... cuando se hace
excptico...

Un excptico es la calumnia viviente.

Un excptico es con suma facilidad malvado.

* * *

Dej de ver a Amparo.

Y, sin embargo, el recuerdo de Amparo estaba fijo, siempre fijo en mi
alma.

Es que halago un sueo, deca yo.

Y el sueo, o Amparo, se hacan ms persistentes en mi pensamiento.

Por entonces, mi to el duque de... me llam al pueblo, a donde, cansado
como yo de todo, se haba retirado.

Fui y vi con asombro, que mi to haba tenido la fortuna de lograr
crearse una familia _sui generis_ con sus perros, sus patos, sus conejos
y sus gallinas.

Entraban en esta familia, las flores del jardn, y las legumbres de la
huerta.

Envidi con todo mi corazn a mi to.

--Te he llamado, me dijo, para un asunto de inters: cuando digo que es
de inters el asunto, claro est que a quien interesa es a ti, porque a
m ya no me interesa nada.

--Oh! s por cierto! los perros, los patos, las gallinas.

--Tengo poder bastante para hacer completamente feliz la vida de esos
animales: ellos por su parte me pagan cumplidamente, siendo mis
cortesanos, y casi amndome: estoy seguro de que uno solo de mis perros
me sea ingrato, y de que uno de mis conejos pretenda robarme o
engaarme: las flores me recompensan de mis cuidados por ellas, dndome
su fragancia y sus colores; y... en fin... y hablando formalmente,
repito que nada me interesa en el mundo ms que t, que no me necesitas;
y si no creyera en Dios y le temiera, hace mucho tiempo que... pero no
hablemos de eso. El asunto que te interesa, consiste en que me suscitan
dificultades a la posesin del mayorazgo que tengo en Italia.

--Y qu le importa a usted?

--A m! pues no me ha de importar? no eres t mi heredero? No sabes
que la fuerza de mis rentas est en Italia?

--Y bien, qu quiere usted?

--Que vayas all a ayudar con buenos patacones nuestro derecho, que de
todo hay necesidad: te dar un poder en forma, y... ests delgado,
plido, hijo mo; vete a la hermosa Npoles; enamora, gasta, distrete;
temo que te me mueras como se me muri mi hermano... y mi temor es muy
natural. Diablo! eres lo nico que queda de mi familia...

--Ir a Npoles, to.

--Pues bien: hablemos ahora cuanto quieras, de mis patos, mis gallinas,
mis conejos, mis perros y mis flores.

Ocho das despus, me desped de mi to y me puse en camino para Italia.

Llegu, vi y venc.

Es decir, vi a los jueces, y reforc mi derecho, o, por mejor decir, el
derecho de mi to, con tales razones, que quedaron allanadas todas las
dificultades que se haban levantado contra su pacfica posesin de los
bienes que tena en Italia.

Escrib a mi to, participndole el buen resultado del negocio, y
manifestndole que, no teniendo nada que hacer en Espaa, iba a
completar mis viajes yendo a Oriente.

Mi to me contest envindome libramientos por valor de algunos miles de
duros, para que pudiese hacer el viaje como corresponda _a mi clase_.

Me llev conmigo a Mauricio, y...

Aqu vendra bien una descripcin detallada de lo que vi... pero yo no
haca mi viaje para instruirme, sino para distraerme, y no tom un solo
apunte, ni hice una sola pregunta.

Me contentaba con ver, y el misterio de lo desconocido que siempre tena
ante los ojos, me distraa.

Sin recibir una sola carta de Europa, sin escribir, sin leer un solo
peridico europeo, estuve viajando por Oriente durante cuatro aos,
vistiendo, comiendo y viviendo como los naturales del pas en que me
encontraba, y permaneciendo en un lugar hasta que me cansaba de l.

Y hubiera andado errante, sabe Dios cuanto tiempo, si no me hubiera
quedado solo.

Mauricio, el pobre Mauricio, me haba abandonado.

Y bien contra su voluntad por cierto.

La bala de la espingarda de un griego de Missolongi, le haba servido de
medio para su ltimo viaje.

Para su viaje a la eternidad.

Ya se ve! el bueno de Mauricio haba conocido por una extraa
casualidad a una hija del tal griego, que tena los ojos ms negros y
ms habladores del mundo, y, sin duda, por casualidad haba encontrado
tambin el medio de introducirse de noche en los jardines del griego.

La casualidad hizo tambin que el padre se apercibiese de los amores de
su hija con un extranjero, y... ya os lo he dicho: una bala fue a
hospedarse en la cabeza de mi domstico, que puesto en la calle por su
matador, apenas tuvo tiempo para declarar... que despus de haberle
herido... el padre haba extrangulado a su hija.

Este drama me impresion fuertemente, y escap.

Sin detenerme un solo da, sin pararme en ninguna parte, me traslad a
Pars.

Esta poblacin era para m muy familiar, tena en ella multitud de
amigos y toda clase de medios para pasar la vida al galope por medio de
placeres.

Pero era el caso que los placeres no existan para m.

O por mejor decir, yo no exista para los placeres.

Me hastiaba todo!

La amistad me daba risa. El amor asco.

Todos los hombres me parecan malos cmicos, que charlaban un papel
aprendido de memoria.

En cuanto a las mujeres... las mujeres! las miraba con odio.

He all, me deca, esa eterna mentira engalanada, que en todas partes
re, que a todas partes lleva su hediondo misterio. He all ese ser que
se venga del hombre, extravindole y degradndole, de la degradante
posicin del dbil, a que el egosmo del hombre le ha relegado. Ved la
corrupcin arrastrndose por los salones, coronada de rosas.

Yo era indudablemente injusto.

Pero qu desgraciado no lo es?

Yo haba nacido para amar, y del amor slo haba encontrado la frmula,
la frase.

Pero la realizacin, el hecho, tena para m el encanto de lo
desconocido, de lo imposible.

El amor para m no era otra cosa que un sentimiento mitho.

Hijo como todos los mithos, del entusiasmo, del sueo, en una palabra,
de la poesa.

El amor para m era un idilio irrealizable.

Las mujeres que hablaban de amor me irritaban: parecanme los
profanadores del templo que iban a vender a l sus mercancas.

Amparo sola surgir de tiempo en tiempo, como una excepcin entre el
embrollado caos de mi escptico pensamiento.

Amparo, con toda su poesa, embellecida por su abandono, grata para m,
por la proteccin que la dispensaba.

Pero acaso mi escepticismo no haba alcanzado tambin a ella?

Acaso no la haba credo una muchachuela picardeada en una casa de
vecindad y amaestrada por un fraile hipcrita?

Acaso no haba huido de ella como quien huye de un peligro?

Porque debo confesar, que desde el da en que almorz conmigo, comprend
con terror que Amparo podra arrastrarme a un amor nuevo, desconocido
para m; y tanto ms terrible, cuanto ms accesible al amor estaba mi
alma.

No la haba olvidado un solo momento: viva dentro de m, no podr
deciros cmo; era una idea vaga, ntima, que se haba asimilado a mi
manera de ser, a la que me haba acostumbrado, que me acompaaba
siempre, que viva conmigo.

Pero indeterminada, misteriosa, montona, muda con el mudismo de lo
incomprendido, como una de esas inscripciones cuneiformes que los
fillogos ms profundos se esfuerzan en vano por descifrar.

Qu representaba Amparo para m?

Un ser dbil, o una estafadora que me explotaba a ttulo de caridad.

La duda es una cosa horrible.

Cuando la duda se convierte en una idea fija... cuando queris aclarar
esa duda y no podis... cuando el ser que esa duda os inspira ha logrado
convertirse en la asimilacin de vuestro deseo... cuando se ha
constituido en vuestro recuerdo... oh! esa duda... esa duda es la
muerte de vuestra razn... esa duda os trae a una jaula de locos...

Pero yo no dudo, no; Dios mo! yo no puedo dudar de ella! si dudo...
no es de su virtud... no... no es de su pureza... dudaba... pero
ahora... ahora, mi duda y mi locura es otra... yo pienso que Amparo no
ha existido... yo pienso que Amparo slo ha sido para m un hermoso
sueo de primavera... yo pienso que ha sido un fantasma soado por mi
deseo.

* * *

He pasado muchos das, sin escribir en mis memorias.

O, mejor dicho: hoy, antes de quedarme solo, cuando pensaba haber
despertado de uno de esos sueos densos, en que nada se siente; sueo de
tinieblas en que nada se ve; sueo que es la negacin de la existencia y
del que se despierta, antes de acabarse de dormir, espeluznados,
estremecidos, fros como si se hubiera sentido el contacto de la mano
de la muerte; cuando slo cre, repito, despertar de un sueo horrible,
me han dicho que he estado un mes delirando, furioso, nombrando a
Amparo, amenazndola, apostrofndola, insultndola, prodigndola los
eptetos ms degradantes.

Yo no recuerdo nada de esto.

Me he mirado al espejo y he visto...

Oh! el aspecto de mi miseria me ha hecho llorar.

Mi llanto ha sido una elega muda a mi destruccin.

Porque yo soy una ruina.

El espejo, que no miente, me lo ha dicho.

Y luego, hay en mis ojos una cosa que me espanta; algo de fuego
recndito all lejos, muy lejos, en la inmensidad, en lo infinito,
dentro del foco de mi mirada.

Mis cabellos estn blancos y rgidos, mi piel rida y arrugada, mi boca
contrada.

Y luego estoy flaco, muy flaco.

Debajo de mi piel, que me viene muy ancha, se pueden contar mis
ligamentos y mis arterias.

Ah! sin duda estoy loco... loco!

Bah! no hay que afligirse por eso.

Yo creo que el mundo no es otra cosa que un gran hospital de locos que
se comprenden y que se despedazan, comprendindose, y que slo se
encierran en hospitales ms pequeos a los locos a quienes no comprende
nadie... o acaso, acaso, llame el mundo locos a los que tienen razn.

La verdad es que yo veo continuamente hombres que se creen muy cuerdos y
a m me parecen los ms rematados.

Me causan risa y lstima.

* * *

No me acuerdo de lo que he hecho o dicho durante ese mes.

S, indudablemente ha pasado un mes, sin que yo le sienta pasar.

Ayer el rosal que tengo en mi ventana, estaba cubierto de rosas; hoy las
rosas estn muertas, deshojadas... slo las queda el ptalo negro y
seco.

Ayer me trajeron un nido de ruiseores.

Estaban triponcillos y desnudos; tenan hambre, y abran, piando en
coro, unas desmesuradas bocas amarillas: hoy estn enteramente cubiertos
de su plumaje pardo, saltan en la jaula, y ensayan sus primeros trinos.

Ayer mi cuadrante marcaba el medioda natural a las doce y tres minutos
y hoy le marca a las doce y treinta y tres.

Ha pasado un mes en que no he vivido.

Un mes, en que el no ser me ha envejecido veinte aos.

Ayer an era joven: hoy soy ya anciano.

* * *

Ah! ya me acuerdo... ya comprendo.

Vivo yo en un pequeo aposento; en este aposento hay algunos muebles muy
sencillos.

En este aposento hay una reja que da sobre un jardn... sobre un
pobrecillo jardn descuidado, en que las malvas locas se extienden
libremente, y que es mi pequeo mundo.

Hay adems una puerta muy fuerte, que tiene una rejilla muy espesa.

Esta puerta da a un pasadizo oscuro, por donde entran, como por una
cerbatana, gritos estridentes, alaridos, bramidos, imprecaciones,
carcajadas, cantares, ruidos; son de cadenas que se arrastran,
chasquidos de puertas que se cierran, una tempestad continua de sonidos
discordantes, secos, desentonados, agudos, horribles; algunas veces, de
noche, muy tarde, suele avanzar, jadeante y cansado, por decirlo as, un
canto triste, dulce, suspirante, siempre el mismo, cuyas palabras, no
se entienden, pero cuyo sentimiento se adivina; canto con el que vuela
por la estrecha cruja, apagndose, perdindose, gastndose al rozar las
paredes, el alma de un ser que llora cantando: suave oleada que se
escapa de un ocano de sentimiento, y que acaricia mi alma y la
consuela.

He preguntado de qu cuerpo se exhalaba aquella alma, y me han dicho:

--Es una pobre mujer que ha perdido a su esposo y a su hija, y se ha
vuelto loca.

Yo amo a esa loca.

Quisiera saber su historia.

He ofrecido dinero, todo el que quiera, al que me traiga la historia de
esa loca, y ha sido en vano.

La infeliz ha concentrado, ha sintetizado, ha simbolizado su historia en
esa meloda inventada por ella; en ese eterno canto sin palabras... y no
sabe ms.

No pudiendo conocer su historia, quise conocerla a ella.

Ofrec, compr la realizacin de mi deseo, y me sacaron de mi tumba,
para llevarme a otra tumba... ms pequea, ms oscura, ms horrible.

All, replegada en un rincn, medio desnuda, temblando de fro, haba
una mujer.

Una joven con los cabellos canos...

Una ruina como yo...

Sin embargo, mis ojos vieron su hermosura... aquella mujer debi tener
los cabellos negros y brillantes, y los ojos negros y llenos del fuego
del amor.

La mir, me mir, se arranc de su rincn, y se vino a asir los hierros
de su jaula.

Me contempl con fijeza, se sonri, y me dijo:

T tambin!

Y luego se volvi a su rincn, y enton su eterna meloda.

Y entonces, cerca de m, a mis espaldas, me estremeci una voz de mujer.

Aquella voz haba pronunciado, conmovida y trmula, una palabra de
conmiseracin para la pobre loca.

Aquella voz me hizo temblar; me volv y vi delante de m una mujer, un
viejo y un nio.

Y la mujer... oh Dios mo! la mujer lanz al verme un grito horrible, y
yo... yo... hace un momento que despierto... hace un momento que
recuerdo...

Era ella!... Amparo!... viva!... al lado de otro hombre!... delante
de m!...

Oh! es imposible! imposible de todo punto! mi razn perturbada por
la vista de aquella loca infeliz!...

Pero el acento de aquella mujer, reposado, grave, sonoro...

Y sus ojos, y su frente, y sus cabellos...

Y su terror al verme...

Oh! no! no puede ser! un acento parecido... un terror natural en
ella... porque yo, al escuchar aquel acento, me volv amenazador,
terrible, a la persona que lo haba producido...

No, no poda ser Amparo.

Los muertos no se levantan de su tumba.

Indudablemente no era ella, como no es ella ese blanco fantasma que veo
algunas veces durante mi delirio de pie e inmvil junto a mi lecho.

* * *

Acab de fastidiarme en Pars.

Ms an, empec a sentir un deseo punzante de ver a Amparo.

Como estaba acostumbrado a hacer mi voluntad, apenas el deseo de verla
se me hizo exigente; me puse en camino.

Llegu a Madrid, y como haba alentado una ilusin acaso para entretener
mi hasto, y esta ilusin era la atmsfera en que viva, sin tomarme ms
tiempo que el necesario para lavarme y mudar de traje me present en el
colegio.

Sali a abrirme una persona desconocida, que me mir con extraeza.

--Doa Gregoria...? dije.

--No vive aqu, me contest la criada y me dio con la puerta en las
narices.

No viva all! sin embargo, yo no me haba equivocado; era la misma
casa.

Sal dudando, y mir a los balcones del cuarto principal.

All estaba la muestra, la antigua muestra del colegio, una Minerva
coronando a una nia.

Sin embargo, all no viva doa Gregoria.

El acento con que la criada me haba contestado, demostraba claramente
que no la conoca.

Acaso haba dejado la enseanza y traspasado el colegio; quin sabe?

Volv a subir la escalera y llam.

Se abri la puerta y... un perro viejo, lanudo, Mustaf, en una palabra,
se abalanz a m, loco de alegra, ladrando, ahullando, gruendo,
saltando... haba encontrado al fin un amigo... haba encontrado a
Amparo.

Sin hablar ni una palabra a la criada que me miraba con asombro, segu a
Mustaf que en medio de sus caricias se diriga hacia el interior.

En aquel momento escuch el preludio de un piano.

Qu haba de misterioso en aquel sonido que penetraba en mi alma, que
me traa algo del alma de Amparo?

Porque yo no dudaba de que ella era la que produca aquel sonido...

Hay, sin disputa, en nosotros, un sentido ntimo, una intuicin
poderosa, sabia, que nunca se engaa, que nos habla continuamente, que
nos avisa, que nos dirige, que nos ilumina, que es la inspiracin del
poeta, el fuego del entusiasmo, la adivinacin, y al mismo tiempo la
razn, la percepcin de que no est al alcance de nuestros sentidos.

Y esta intuicin, este fenmeno de nuestro ser, no comprendido an, me
deca:

Ella es la que produce esa armona sentida, dulce, lnguida; esa
armona que gime; esa exhalacin; de un alma que sufre y llora como slo
puede sufrir y llorar Amparo, de una manera dulce, resignada, potica:
esa es su alma trasmitida por sus dedos a las cuerdas de un
instrumento.

Y contuve con un ademn a la criada que iba a anunciarme, y con una
caricia acall las ruidosas manifestaciones de alegra de Mustaf.

La criada permaneci inmvil y admirada en el lugar en que se
encontraba, y Mustaf, como si me hubiera comprendido, call y se
encamin a la puerta de la sala, en la cual se sent, dirigiendo
alternativamente sus miradas a la persona que haba dentro y a m.

El piano continuaba lanzando magnficas pero fugitivas armonas, como si
obedeciese a una mano distrada, pero maestra: yo me acercaba todo
conmovido, trmulo, desconcertado hacia el lugar de donde parta el
sonido, y como si aquel sonido hubiera sido el medio de una atraccin
irresistible.

Al fin aquellas armonas desordenadas, inconexas, no escritas, emanadas
por s mismas, sin conciencia de quin las produca, se ordenaron, se
desarrollaron, crecieron, interpretando un magnfico canto de
sentimiento, y luego una voz de mujer, como yo no haba odo jams, tan
extensa, tan grave, tan dulce, tan elocuente, tan pura, cant.

Yo no s lo que cant: cuando el sentimiento se desarrolla, cuando
domina, cuando inunda todo nuestro ser, la razn calla: yo no apreciaba,
yo no comparaba, senta, y aquel sentimiento me dominaba, me arrastraba
hacia la mujer que produca en m aquel sentimiento.

Cuando llegu a la puerta me detuve y lanc al interior una mirada
ansiosa: sentada de espaldas a m, delante de un piano estaba una mujer.

Segua cantando.

Yo me acerqu silenciosamente, atraves la habitacin y qued de pie,
inmvil, detrs de ella.

Ella continu cantando; pero de repente, como si mi ser se hubiera hecho
sentir del suyo, a pesar de que no me vea, de que no la tocaba, de que
no produca el menor ruido, de que contena mi respiracin, volvi la
cabeza y me mir de una manera profunda, tranquila, con una de esas
largas miradas que slo duran un momento, y luego espir el sonido del
piano, y ella se puso plida, contuvo un grito, se levant y qued
inmvil delante de m.

Por un momento ni ella ni yo hablamos.

Yo la contemplaba.

Nunca haba visto tan soberana hermosura; nunca tanta majestad y tanta
sencillez: estaba fascinado, trmulo, y sin embargo yo no conoca a
aquel ser divino, a aquel ser a quien no me atrevo a llamar mujer.

No, no la conoca: era para m enteramente nueva.

--Ah! perdone usted--la dije,--me he equivocado... buscaba...
dispnseme usted... a los pies de usted.

--Buscaba usted a Amparo!--me dijo.

--S... en efecto, una joven...

--Que encontr usted hace seis aos a media noche en la calle...

Y los ojos de la joven se llenaron de lgrimas...

--Amparo!--exclam, reconocindola al fin.

--S, yo soy Amparo--me contest dominndose y sonriendo tristemente; yo
soy su protegida de usted.

Y call, me indic el sof, y fue a sentarse junto a l en un silln.

Seguimos guardando silencio por algn tiempo.

Yo la contemplaba con asombro.

Quisiera poder describirla.

Pero es imposible.

Slo puedo daros una descripcin incompletsima; yo slo puedo deciros
que era una joven de veinte aos, alta, esbelta, admirablemente formada,
con ojos negros, grandes, brillantes, hermosos hasta lo infinito; frente
blanca, tersa, pura como el marfil; vamos: es imposible, lo veo: a una
mujer hermosa se la pinta, no se la describe, y an pintndola, por ms
que el retrato sea obra de un gran artista, slo tendris el remedo,
porque faltar all la vida; porque una fisonoma no se reproduce en un
solo rasgo, en una sola manifestacin; porque no pueden fijarse,
reproducirse las ondulaciones del alma; esa sonrisa a la que sucede una
gravedad triste, esa mirada anhelante que vacila y tiembla delante de
vuestra mirada y se aparta de vos para volver a buscaros, ya ms serena
ms cauta, rehecha de la primera impresin; esa boca entreabierta y pura
que deja escapar un hlito ardiente y entrecortado; ese seno que se
alza y se deprime obedeciendo a ese hlito; no, no; el pintor slo puede
reproducir el alma en un momento dado, y el alma, que es la luz del
semblante, no se reproduce, no se manifiesta en una sola sensacin... es
imposible que yo pueda daros una idea de Amparo.

Lo que s puedo deciros es que estaba completamente transformada: slo
conservaba de lo que haba sido, la cicatriz de la herida que se haba
hecho en la mano derecha al huir de la infamia: por lo dems los
grmenes morales y fsicos que en ella existan cuando yo sal seis aos
antes de Madrid, se haban desarrollado: en lo moral no era ya pobre
muchacha de maneras humildes, viva y tmida a un tiempo, recelosa y
confiada, conocedora slo de la miseria y resignada por un instinto de
fuerza a su pobreza: era en el aspecto una dama en la que nada poda
echarse de menos, ni las maneras sueltas, dignas y sin afectacin del
gran mundo, ni el gusto ms exquisito en el traje, ni la posesin de s
misma, ni la ausencia de toda afectacin, de todo encogimiento: quedaba
siempre en ella la mirada lcida, anhelante; la dulce palidez, la
triste sonrisa, la expresin melanclica y profundamente resignada; pero
no era aquella la resignacin que se refiere a los dolores fsicos, a
las privaciones, al trabajo, a la carencia de todo lo necesario: era una
resignacin ms terrible, porque se refera al infortunio del alma; a la
carencia de esas expansiones, sin las cuales un ser humano no es otra
cosa que un cadver a quien su propio cuerpo sirve de atad ambulante.
En lo fsico la transformacin haba sido tambin maravillosa: haba
crecido: sus formas antes flacas se haban redondeado, modelado,
armonizado, dulcificado hasta lo infinito: se desprenda de ella tal
fuerza de vida, su piel era tan intensamente blanca, tan sedosa, tan
bellamente plida, con una palidez nacarada; sus cabellos eran tan
negros, tan brillantes, tan ricos, que su peinado pareca estar hecho
por un escultor griego sobre bano; las cejas negras y las pestaas
negras tambin, espesas, convexas, dando fuerza con su sombra a su
mirada, velndola, amortiguando su brillo; su boca pequea, de color
vivo, fresco y puro; el corte general de la cabeza, lo esbelto del
cuello, lo redondo de los hombros, la altura virginal del seno, y los
brazos que se vean entre los encajes de una bata de seda a listas, la
suelta plegadura de esta bata que revelaba la ausencia de esos
ahuecadores con que las raquticas mujeres de nuestros das encubren la
flacura de sus formas, todo esto la daba una fuerza de voluptuosidad
irresistible, y para aumentar esta voluptuosidad, se desprenda de ella,
de su expresin, de sus miradas, de su actitud, tal perfume de castidad,
que era necesario creer que su cuerpo como su alma estaba virgen.

Y sin embargo, aquella boca entreabierta y suspirante, aquella mirada
vaga y tmida, aquella palidez mate, revelaban que en ella arda el
fuego sagrado; que estaba ansiosa de amor.

Pero a quin poda amar Amparo?

Dnde el ser que pudiera llenar aquella alma tan entusiasta, tan
apasionada por lo bello, que se remontaba en sus aspiraciones al cielo y
viva con pena en la tierra.

Dnde el alma en que pudiera reclinarse, confundirse, vivir aquella
alma desterrada?

Porque estas aspiraciones y estas necesidades de su alma estaban
impresas sobre el semblante de Amparo.

Y fue tan franca en los primeros momentos de nuestra vida la expresin
de aquel semblante, que comprend que Amparo amaba, que amaba con toda
su alma y que amaba sin esperanza.

Y al comprender esto sent al mismo tiempo celos y remordimientos.

Celos porque no era yo el hombre a quien ella amaba.

Remordimientos porque, elevando su educacin, haba elevado su espritu,
la haba aumentado sus aspiraciones, y la haba hecho por consecuencia
infeliz.

Porque a pesar de su magnfica hermosura, ni tena nombre ni dote.

Amparo era una expsita; Amparo slo tena necesidades.

Y es tan positivista el siglo <sc>xix</sc>!

En otros tiempos la hermosura y la virtud podrn haber sido un magnfico
dote: hoy el dote est sobre la virtud y sobre la hermosura: los viejos
son los nicos que se casan con las mujeres jvenes, honradas y bonitas.

El siglo <sc>xix</sc>, bajo cualquiera faz que se le mire, es el siglo de la
sangre y del lodo.

El siglo de la compraventa.

El siglo del incesto y del adulterio.

El siglo corruptor y corrompido.

El siglo en que la acepcin de las palabras ms notables est viciada.

El siglo en que todo es mentira menos el dinero.

Qu podis esperar de un siglo en el cual el que invoca con entusiasmo
la patria, el amor y la fraternidad, o lo que es lo mismo la caridad, se
pone en ridculo!

De un siglo en que...!

El siglo <sc>xx</sc> har la historia del siglo <sc>xix</sc>.

* * *

Qu poda esperar Amparo?

Una vida de sufrimiento.

Porque Amparo tena la desgracia de flotar, soando, en alas de su
entusiasmo, en una regin a la cual slo poda alzarse su deseo.

* * *

Todo lo que acabo de apuntar lo observ, lo compar, lo pens, lo deduje
en un momento en que estuvimos callando, ella turbada con la mirada
baja, y yo contemplndola absorto y enamorado.

S, enamorado, y enamorado como un loco.

Sin embargo, un mismo pensamiento, sin duda, nos hizo ponernos la
mscara de la conveniencia.

Yo cre que deba apelar a toda mi fuerza de espritu para mostrarme con
ella en la verdadera posicin en que poda colocarme: esto es, en la
posicin que me encontraba seis aos antes.

Amparo deba ser siempre para m la misma: una protegida a quien yo
dispensaba cuanta proteccin deba de una manera enteramente
desinteresada: lo dems me pareca repugnante.

Y ella... ella levant al fin los ojos. Su semblante no mostraba ms
expresin que la del respeto, la del agradecimiento: era la misma nia
de seis aos antes, pero hermosa, hermossima, con un traje de seda, en
una habitacin amueblada con gusto y confiada y tranquila a mi lado,
como si se hubiera tratado de su padre.

Pero se transparentaba bajo aquella tranquilidad algo de doloroso: se
comprenda que la careta la haca dao.

--Con que hasta tal punto me haba olvidado usted--me dijo
sonriendo--que no me ha reconocido?

--Se ha transformado usted de una manera completa--le contest.

--Creo que quien se ha transformado es usted.

--Yo! no por cierto, siempre el mismo, se lo juro a usted.

--Y ese _usted_? ese encogimiento...? Yo... yo soy siempre la misma:
siempre contenta, siempre amndole a usted, siempre dando gracias a Dios
por el bien que me ha hecho...

--Me parece, Amparo--la dije conmovido--que sufres, que no eres feliz,
que ests contrariada.

--Ah! ya vuelve usted a ser el que era: el _usted_ me haca dao: por
lo dems veamos lo que soy: una muchacha que en vez de vivir en un
tabuco, vive en un bonito cuarto: que viste seda y que borda, cose,
canta, atormenta un piano y ensea lo que se ensea en Espaa en un
colegio. Esta es toda la diferencia: por lo dems, pienso hoy de la
misma manera que pensaba el da en que almorc con usted.

--Ah! Te acuerdas!

--S me acuerdo. Y en prueba de mi buena memoria: contina usted
cansado de la vida? No espera usted nada? No desea usted nada?

--Oh!--la contest:--nada espero, nada deseo...

--Y en esos largos viajes...

--Slo he encontrado motivo para hastiarme ms.

--Siempre el mismo! Siempre sin esperanza! exclam de una manera
particular, y sin que por su acento pudiera yo conocer su intencin.

--Esto en m es una enfermedad incurable, la dije: tratemos de ti... y
t... qu esperas? qu deseas?

--Yo... me contest mirndome fijamente, pienso como pensaba hace seis
aos.

--No recuerdo!

--Pienso buscar la paz y la felicidad en Dios.

--Ah! vuelves a lo del convento!

--S.

--Pero es extrao... No amas?

--No.

--Eso es imposible. Una joven como t...

--Una joven como yo... que no se pertenece; que slo puede dar a un
hombre inconvenientes; que no tiene apellido para sus hijos, no se casa
y una mujer como yo cuando no piensa casarse no ama.

--El amor es un sentimiento: no se ama porque se quiere amar.

--S, s; concedido: comprendo que se ama porque se ama. Pero he tenido
la suerte de no enamorarme.

--De seguro no habr faltado...

--Y qu importa? yo me he guardado muy bien de amar.

--Pero... lo que yo quera est ya conseguido: eres toda una dama...

--S, es verdad, soy directora de un colegio, y salgo todos los das a
dar lecciones de lenguas.

--Pero y bien... este siglo no mira ms que las apariencias: acepta un
dote cuantioso; cierra el colegio...

--Ah! Es que quiere usted comprarme un marido!

La contestacin de Amparo, aunque pronunciada en medio de una alegre
risa y con gran ligereza, tena un fondo de dolor y de dignidad ofendida
que no podan desconocerse.

--No hablemos ms de eso; la dije: hars lo que quieras, todo menos ser
monja. Hablemos de otra cosa. Qu se ha hecho de doa Gregoria?

--Ha muerto hace dos aos, me contest tristemente.

--Ah! Pobre mujer!

--No por cierto; muri con la resignacin de una cristiana entre mis
brazos.

--Y su marido?

--Est empleado en provincias.

--Y el padre Ambrosio?

--Sigue viviendo en su casa de vecindad.

--Y t?... cmo ests al frente del colegio?

--Antes de que muriera doa Gregoria lo estaba ya. Haba sufrido un
examen, y al morir doa Gregoria, era necesario cerrar el
establecimiento o encargarme yo de l... Entonces, el bueno de D. Toms
se convino a que se le pagasen los muebles, y... en dos aos nada le
debo; estoy establecida... soy independiente, tengo un pequeo
capital... lo que basta para mi dote... y ya que usted ha venido, me voy
al claustro... decididamente... me voy a buscar la paz.

--Es que yo no quiero.

--Y qu quiere usted que haga? Cul es su voluntad de usted? Quiere
usted que me case? Me casar. Pero me casar con un pobre.

--No, no es eso...

--Pues el convento...

--El colegio...

--Una soltera sola no est bien en el mundo.

--Y te casaras slo por darme gusto?

--No me pertenezco: usted es mi padre: mi amor y mi agradecimiento me
mandan obedecer a usted: si as no fuera, hace mucho tiempo que habra
tomado un partido cualquiera. Pero no quise tomarle sin conocimiento de
usted. Y como no saba donde usted se encontraba... como durante seis
aos no ha escrito usted una sola carta...

--Y para qu?

--Para qu? Para que yo no hubiese tenido ansiedad, para que yo hubiese
estado tranquila.

--Ah! El no saber de m...

--Hubiera sido una infame si no me hubiera interesado la suerte de
usted. Le amo a usted como amara a mis padres... y mire usted...

Y Amparo se levant y abri la puerta de un gabinete.

--All no entra nadie ms que yo, dijo.

--Y aquella luz? la pregunt sealando una que arda delante de una
Virgen de los Dolores pintada al leo.

--Esa luz arde delante de la Virgen desde el da en que usted sali de
Madrid.

Y entonces los ojos de Amparo se llenaron de lgrimas.

No s si hubiera cometido alguna imprudencia, porque en aquel momento
son una campana.

--Adis--me dijo tendindome una mano--es la hora de comer y mis nias
me esperan. Vuelva usted.

Sal enamorado y desesperado.

Enamorado porque Amparo hablaba a mi corazn, a mi voluptuosidad, a mi
razn; desesperado porque nada haba visto en Amparo ms que una
ardiente expresin de agradecimiento. Amparo pareca enamorada de un
imposible. Yo por mi parte haba tenido bastante sangre fra para no
hacerla sospechar el verdadero inters que me inspiraba.

* * *

Volv a mi casa preocupado, dominado por el efecto que haba causado en
m la vista de Amparo.

Pretend formar una idea exacta acerca del sentimiento que me inspiraba:
al recordar su mirada, opaca, llena de una vida ardiente, su sonrisa
triste, amarga en medio de su resignacin, sus encantos uno por uno, y
despus el magnfico conjunto de aquellos detalles admirables: el no s
qu misterioso, vago, indefinible que emanaba de sus miradas, de su
sonrisa, de su acento, de su actitud, de todo su ser, de su alma
exhalada siempre en una manifestacin sentida, dulce, extremadamente
simptica, mi corazn me deca inflamado de un ardor desconocido para
m:

--Necesito que sea ma, enteramente ma.

Y al expresar mi corazn la devorante necesidad de poseerla, mi razn me
gritaba severa:

--Es necesario que sea tu esposa.

De la misma manera que no he podido describiros a Amparo, no puedo
haceros comprender de qu manera la deseaba, de qu manera la amaba.

La deseaba como jams haba ansiado otra mujer. Parecame que las
mujeres con las cuales haba estragado mi corazn y mis sentidos eran de
otra especie que Amparo: me pareca que Amparo era la mujer... ella sola
la mujer: esa mitad preciosa de la vida del hombre; la compensacin de
su fatiga, la alegra de sus pesares, el aliento de su corazn, la mitad
del cuerpo y del alma de nuestro hijo, de ese dulce punto de unin donde
van a confundirse en una dos existencias; la mujer con la cual nos
identificamos, que siente con nosotros como nosotros sentimos con ella;
que sufre cuando sufrimos; que goza cuando gozamos; que se muestra
orgullosa por pertenecernos, y fuerte por nuestra fuerza; que asida de
nuestro brazo se encamina tranquila a la tumba, y muere contenta y feliz
si en su lecho de muerte se ve rodeada del amor de una familia en la
cual se mira multiplicada, joven, fuerte, hermosa como en los das de su
juventud.

Yo al desear a Amparo, deseaba la familia... yo quera rodearme de esos
testimonios de la inmortalidad humana que se llaman hijos. (Porque yo
entonces, vuelvo a repetirlo, era impo y no poda referirme a la
inmortalidad sino refirindome a la maldad.) Yo necesitaba, en fin, la
piedra del hogar, consagrado por el amor y por la virtud.

La amaba... voy a procurar deciros las manifestaciones ntimas del amor
que me inspiraba Amparo.

Era un amor, ni todo espritu, ni todo materia. Era un amor humano: el
amor del hombre hacia la mujer: una atraccin incontrastable me
arrastraba en mi pensamiento a confundirme con ella: parecame sentirla
engrandeciendo mi ser, absorbindose enteramente su cuerpo y su alma,
respirando en su aliento, latiendo en su corazn, viviendo en su vida...
Oh! El lenguaje humano es miserable... no tiene palabras para el
sentimiento, es impotente para traducir el alma. Yo la amaba como a m
mismo, ms que a m mismo: la amaba haca mucho tiempo: para conocer que
la amaba necesit verla en el esplendor de su hermosura, en el lujo de
su transformacin, y entonces comprend que yo no estaba hastiado sino
sediento; que en m no haba muerto nada; que mi vida haba pasado entre
un marasmo fatigoso producido por el lodo del mundo en que hasta
entonces me haba revolcado.

Aquella transicin de la trapera a la dama, de la nia a la mujer,
transicin para m violenta puesto que alejado de ella durante seis aos
no haba podido asistir a la elaboracin lenta, gradual, lgica de
aquella transformacin; fue para m...

Suponed por un momento que el sol no existe: que slo os alumbra una luz
artificial: que habis recorrido el mundo armado de una linterna,
tropezando aqu, cayendo all, buscando no s qu quimera de vuestro
pensamiento; que habis aplicado la luz de vuestra linterna al semblante
de todo el que habis encontrado, y habis visto un rostro repugnante
del cual habis apartado los ojos con hasto; que habis seguido siempre
adelante buscando vuestro fantasma y os habis cansado al fin; habis
arrojado la linterna y os habis quedado a oscuras, exclamando:

--El mundo es la horrible verdad de lo monstruoso, de lo deforme: la
vida una carga insoportable; el hombre nuestro hermano no existe; la
mujer nuestra ayuda es sueo. El que tiene vida en ese mundo de
horribles verdades muere; no hay Dios: no hay humanidad. El mundo es
hijo del acaso: el hombre es un reptil como otro cualquiera.

Y suponed que cuando acabis de pronunciar esa blasfemia aparece de
repente el sol en una explosin de luz y de armona: que llevis una
mano a vuestros ojos que se deslumbran, y otra sobre vuestro corazn que
se enternece lleno de una nueva vida, y que cuando volveis a abrir los
ojos os encontris de nuevo en las tinieblas, enardecido por el prximo
y candente recuerdo de la luz divina que os ha deslumbrado, de la
armona de los cielos que ha reanimado vuestro ser... y despus de haber
supuesto esto suponed vuestra desesperacin, vuestro dolor.

Dios existe: existe la luz; pero Dios est irritado contra vos, no ha
hecho la luz para que brille en vuestros ojos; no ha hecho la armona
para que deleite vuestros odos: sois un ser condenado: Dios es un ser
vengativo.

Yo haba buscado en el mundo sin encontrarle el amor tal cual yo le
comprenda... le haba buscado en vano y me haba dicho:

--Nuestro amigo y nuestra amante son dos fantasmas soados por nuestro
deseo.

Dios no puede haber dado a su hechura aspiraciones imposibles.

Si no ha podido drselas y las tiene no existe Dios.

O Dios es el acaso.

Amparo fue para m el sol de la vida: la mujer que sala del edn y se
pona delante de m... la prueba material de que Dios ha dado a cada
aspiracin del hombre una realizacin.

Amparo realizaba mis sueos: era la mujer que yo haba buscado en vano,
la mujer que hablaba a mi corazn y a mis sentidos; pero... Amparo no me
amaba: si me hubiera amado yo lo hubiera comprendido; Amparo me
consideraba como su protector, como su padre: Amparo se resignaba a
cumplir mi voluntad hasta el punto de casarse con el hombre que yo la
designase... y Amparo amaba... Amparo sufra... sus ojos, mi alma haban
apurado su sufrimiento... Amparo no era ma... haba visto por un
momento mi fantasma y me le arrebataba Dios.

Dios castigaba mi impiedad.

* * *

Pasaron algunos das sin que yo fuese a ver a Amparo.

Tena miedo de verla.

Tema echar a perder intilmente mi papel de protector, de padre,
dejndome arrebatar a una situacin ridcula en un momento de olvido.

En estos das mi administrador general se empe en darme cuentas, y me
vi obligado a ceder, para que tuviese ocasin de convencerme de que era
hombre de bien.

Pas por alto una multitud de partidas; pero no pude menos de reparar en
una data.

Estaba figurada en estos trminos:

A doa Amparo, por encargo especial del seor, cuatro mil reales.

--Cuatro mil reales!--dije con extraeza--ese no ser el total de la
data.

--S, s por cierto, seor, doa Amparo no ha recibido ms.

--Y en qu consiste? No mand a usted que entregase todos los meses
mil reales a doa Gregoria?

--S, s, seor, pero doa Gregoria me dijo al cuarto mes que no reciba
ms... por aquel ao... que a la seorita la bastaba para un ao aquella
cantidad y...

--Usted debi insistir.

--Insist... pero yo no poda obligar a doa Gregoria...

--Y al ao siguiente...

--Fui el primero de enero con cuatro mil reales...

--Pero no constan.

--Es que doa Gregoria no los quiso recibir.

--Es usted un torpe.

--Yo puedo sacar a un deudor la cerilla de los odos y se la saco, si no
encuentro otro medio de cobrar, para lo cual soy muy listo; pero no se
me ocurre que haya en lo humano un medio para hacer tomar dinero a una
persona que no quiere tomarlo; lo cual afortunadamente es muy raro.

--Pero qu razones dio a usted doa Gregoria?

--Con las palabras ms dulces del mundo, deshacindose en elogios y en
palabras de agradecimiento hacia usted, me dijo que la seorita Amparo,
ayudndola en el cuidado de las nias del colegio, ganaba lo bastante
para sus necesidades.

No supe qu contestar. Amparo volva a hacerse superior a m.

Mi administrador continu impasible relatndome sus cuentas.

Al fin en las de dos aos antes, ley lo siguiente:

--Cargo: recibido de doa Amparo, cuatro mil reales.

No pude contenerme: mi irritacin estall; mi administrador es un
asesino: apur con l la suma de los dicterios conocidos y por conocer y
le destitu.

Amparo se engrandeca a mis ojos.

No puedo decir que me humillaba su dignidad, porque la amaba de tal modo
que su dignidad era la dignidad ma; pero la posicin en que ella se
haba colocado respecto a m me desesperaba.

Con que lo que nicamente haba hecho por ella haba sido darla la
mano, ayudarla a salir de la precaria situacin en que se encontraba?
Con que slo me deba agradecimiento? Con que el mayor trabajo de la
obra de su transformacin haba sido suyo?

El dinero es la piedra de toque del corazn humano.

Amparo haba arrancado de en medio de entre nosotros dos el dinero.

Amparo se haba colocado delante de m a una inmensa altura.

Elevndose, elev ante mis ojos a la mujer, a la humanidad, y me oblig
a confesar que exista la virtud sobre la tierra.

Y mi corazn y mi cabeza me decan:

--La amas, necesitas su amor para vivir.

Y mi desesperacin me deca:

--Amparo no te ama.

Entonces blasfemaba yo.

--No hay Dios, deca!

* * *

Fui a verla.

Haban pasado ocho das desde mi visita de vuelta de viaje.

Tir con fuerza de la campanilla y me hice anunciar.

Amparo sali hasta el recibimiento y me tendi la mano con la mayor
naturalidad.

--Otra vez no pida usted que le anuncien,--me dijo sonriendo.

Y me llev a la sala asido de la mano.

El contacto de aquella preciosa mano, que estrechaba dulcemente la ma
con una noble confianza, como se estrecha la mano de un protector a
quien se ama, me causaba una impresin que en vano querra explicar:
parecame que aquella mano me transmita otra vida ms pura, ms fcil;
me embriagaba en un goce lnguido y tranquilo...

Indudablemente yo estaba enamorado de remate y divinizaba todo lo que
perteneca a Amparo; todo lo que emanaba de ella.

Pero yo iba preparado, y tuve bastante fuerza de voluntad para no
mostrarme ni ms ni menos interesado por ella que como lo estaba seis
aos antes.

Ella estaba perfectamente tranquila, alegre, confiada y retena mi mano
en la suya, no como la retiene un amante, sino como retiene una hija la
mano de su padre, de quien ha estado separada muchos aos.

La contempl durante algn tiempo sin perder ni un instante el cuidado
de m mismo, temiendo que una mirada, un accidente cualquiera la hiciese
conocer el verdadero inters que me inspiraba.

Yo era entonces un cmico que representaba dolorosamente su papel.

--Me alegro--la dije al fin.

--Y de qu se alegra usted?--me contest mirndome con gravedad.

--Me parece que eres feliz.

--Oh! s; completamente feliz--me contest--ya lo creo: al cabo le
tenemos a usted.

--Le tenemos!--exclam con extraeza.

--S, s por cierto, el padre Ambrosio y yo. Y aun el mismo Mustaf,
mrele usted echado entre nosotros y mirndole de hito en hito. A pesar
de que es ya viejo no se ha olvidado de usted; no es usted para l una
persona desconocida... Ha ido a verle a usted el padre Ambrosio?

--No por cierto, y me hubiera alegrado mucho de verle.

--No se habr atrevido... es tan tmido.

--Yo ir a verle cuando salga de aqu; pero es necesario que me digas
donde vive.

Amparo se levant y escribi las seas que me entreg.

Tena un precioso carcter espaol.

--Escribes muy bien--la dije.

--Es mi obligacin. Se olvida usted de que soy _maestra de escuela_?

--Quisiera verte entre las nias.

--Eso no puede ser. Pero figrese usted que me ve: toda una madre de
familia: me pongo muy seria, rio mucho, las castigo con tratarlas
secamente, y las premio con un beso.

--Ah! Ah!

--Y paso buenamente la vida: no s si es soberbia, pero se me figura,
creo que el magisterio cuando se ejerce sobre nios es un sacerdocio
que impone sagrados deberes; y es tan dulce el cumplimiento del deber!
Y cuando un ser cuya razn empieza a desarrollarse bajo nuestra
influencia es una nia, todo cuidado es poco, porque de la nia se hace
la mujer, la madre de familia, y la madre de familia, mal que les pese a
los que niegan toda participacin a la mujer en el desarrollo social, es
la que siembra el fruto que ha de coger la sociedad: formad buenas
madres de familia, y habris formado una generacin llena de virtud, de
entusiasmo, de valor, de abnegacin, de amor patrio, de virilidad, de
grandeza: los hijos son la madre: si la madre es buena, el hijo es
bueno; pero si la madre ha dado a sus hijos el pernicioso ejemplo de las
discordias domsticas, la falta de sufrimiento y de abnegacin, el
escndalo continuo, el repugnante espectculo de preferencias odiosas
respecto a este o al otro de sus hijos; si esos jvenes corazones no han
tenido ningn buen ejemplo que imitar; si slo han debido a su madre un
amor indiscreto y caprichoso, caricias exageradas, castigos inmotivados,
se pervierten, se desnaturalizan embotando o perdiendo todos sus buenos
instintos y constituyendo un ser artificial formado por una mala
educacin. Oh! Las madres! Las madres!

Y Amparo inclin la cabeza profundamente pensativa.

Como ven mis lectores, nuestra conversacin no poda ir ms apartada del
punto a que mi amor hacia Amparo hubiera querido llevarla.

Este alejamiento de nuestra conversacin de mi idea fija, me favoreca
ayudndome a mantenerme firme.

Durante dos horas, Amparo, haciendo casi sola la conversacin, me dej
conocer cunto vala su moral: vinimos al fin a recaer en mis viajes; me
pregunt acerca de las civilizaciones extranjeras, y sin haber hablado
ni una sola palabra de su pasado ni de sus proyectos, me desped de
ella.

* * *

Fui a ver al padre Ambrosio algunos das despus.

Cuando entr en la casa de vecindad, al primero a quien pregunt me
indic la puerta del aposento del exclaustrado.

Al asomar a ella, di un paso atrs.

Le haba sorprendido... mondando patatas.

Pero ya era tarde.

El padre Ambrosio me vio, se levant, dej sobre una pequea mesa el
plato donde tena las patatas mondadas, y me sali alegremente al
encuentro; con timidez s; pero no con una timidez de vergenza, sino
con su timidez caracterstica.

--Ah!--exclam--usted por aqu, cuanto me alegro. Yo debiera haber ido
a verle a usted.

--Oh! de ningn modo.

--S, s, pero no me he atrevido.

--Ha hecho usted muy mal en no... atreverse.

--Dejemos, pues, estos cumplimientos: yo me alegro mucho de verle a
usted: y cmo le va a usted...? Sintese usted aqu en el silln...,
pngase usted el sombrero..., as...: y qu me dice usted de nuestra
hija? aadi sentndose en una vieja arca: es un prodigio...; a m ha
acabado por hacerme feliz, me ha regenerado... qu nia, Dios mo, qu
nia! Ya puedo morir tranquilo, porque Amparo no necesita ya de nadie,
de nadie ms que de Dios.

--Me pregunta usted qu pienso de Amparo! contest: con usted puedo ser
franco: pienso lo que piensa un hombre de una mujer que realiza todos
sus sueos, todos sus deseos, todas sus aspiraciones: de la mujer a
quien ama.

--Ama usted a Amparo! exclam el padre Ambrosio ponindose mortalmente
plido.

--S; la amo con toda mi alma.

--Y se lo ha dicho usted?

--No, ni se lo dir nunca.

Se tranquiliz el padre Ambrosio.

--Yo haba previsto desde hace mucho tiempo, me dijo, que usted acabara
por amarla, y me halagaba la esperanza de que mutuamente se haran
ustedes felices. El amor en usted le vi yo nacer hace seis aos y...
pero a que soar... Amparo no sera feliz con usted.

--Ama acaso a otro?

--Yo creo que s.

--Yo tambin lo he credo.

--Sufre... Algunas veces la he sorprendido llorando, y he comprendido la
causa de sus lgrimas: he comprendido que estaba enamorada. Un da la
sorprend mirando un retrato.

--Un retrato! pero de quin?

--No lo s. Al verme se puso vivamente encarnada, se volvi y ocult el
retrato en el pecho. Yo nada la pregunt, nada la dije; Amparo, con la
fuerza de voluntad que Dios la ha dado, se seren, y nada me dijo del
retrato, ni de mi sorpresa involuntaria; dej pasar algunos das, y a la
primera confesin la dije:

--T sufres, Amparo.

--Tengo el alma triste, me contest.

--Tienes triste el alma porque amas?

--Yo... No seor... No amo a nadie: yo no puedo amar: yo no dara a mis
hijos una madre sin nombre.

--S franca conmigo, repuse: amas acaso a tu protector?

--Que si le amo...! Ya se ve que le amo, me contest con la mayor
naturalidad: acaso no es mi padre?

--No, no me refiero yo a ese amor, sino a otro ms ntimo: el amor que
tiene una mujer al hombre de quien deseara ser esposa.

--No, no le amo as, ni le podra amar nunca de ese modo; me lo
impedira el respeto que me inspira.

--Pues, si no amas a tu protector, a quin amas?

--A nadie.

--Y el retrato que ocultaste al verme el otro da?

--Ah! el retrato de mi madre!

--El retrato de su madre, exclam interrumpiendo al religioso; pues qu,
ha encontrado Amparo a su madre? Habr alguna razn que la impida...?

--Lo mismo la pregunt; pero ella me contest: es el retrato fantstico
de mi buena madre, con quien sueo todas las noches; en quien pienso
todos los das; un rostro que yo he dibujado recordando mis sueos...
Maana le ver usted.

No supe qu contestar.

La haca llorar la vista de la reproduccin material de un fantasma.

En efecto, al da siguiente me mostr una bellsima cabeza de mujer como
de cuarenta aos, y haba all algo... en el semblante triste de aquel
fantasma estaba el alma de Amparo.

Call el religioso, y yo qued profundamente pensativo.

Me haba dado a conocer un nuevo rasgo del carcter romancesco de
Amparo.

--Pues bien, si ella no puede amarme, le dije, continuar comprimiendo
dentro de mi corazn el amor que me inspira: procurar que no salga
delante de ella ni en mis palabras, ni en mi mirada, ni en mi semblante
la ms leve manifestacin de ese amor. Si no puedo vencerle, volver a
mis viajes.

--Mucho me temo que no sea ella la primera en apartarse de nosotros.

--Cmo!

--Ella ama: estoy seguro de ello: y ama con toda la vehemencia, con toda
la firmeza de su alma: una de dos, o la persona a quien ama no repara en
ella, o no pertenece a esta vida. Amparo... acaba de decrmelo hoy por
la maana, est resuelta a meterse en un convento, y me ha mandado
practicar las primeras diligencias.

--Oh! No, de ningn modo, exclam. Monja! Monja Amparo! No puede ser.

--Ya es tarde, me dijo: es necesario decir a usted toda la verdad. Iba a
decrsela a usted; pero al revelarme usted que la amaba... tembl...
call, no me atrev...; pero... en quince das que han pasado desde que
la vio usted por ltima vez, Amparo ha entrado en un convento, y dentro
de tres das ms debe tomar el hbito de novicia. Esta maana me dio
esta carta para usted. Comprende usted ahora por qu no me atreva a ir
a su casa?

Yo estaba aterrado, y apenas pude leer una carta que me dio el padre
Ambrosio, y que contena estas palabras:

Convento de.... Perdone usted si por m misma he tomado tan grave
resolucin. Yo no poda permanecer ms en el mundo, y usted se opone
formalmente a que yo entre en el claustro. Perdneme usted otra vez.
Pero mi corazn necesita paz y he venido a buscarla a esta santa
casa.--Su siempre agradecida. Amparo.

Sin despedirme del padre Ambrosio sal comprimindome las sienes con las
manos.

Mi cabeza se rompa.

Aquella carta haba sido para m un golpe de muerte, y apenas pude salir
a la calle.

No s lo que me sucedi: slo recuerdo que al volver en m me encontr
en un lecho extrao rodeado de una familia desconocida, y con un mdico
a la cabecera.

Mi indisposicin haba sido un accidente pasajero.

Muy pronto, a consecuencia de los auxilios que se me prodigaron, volv
al uso de mis facultades.

Me encontr en la trastienda de una barbera.

Una buena mujer me aplicaba a las narices un pao mojado con vinagre.

Su marido, lanceta en mano, estaba a punto de sangrarme.

Imped que lo hiciese, y les rogu que me procurasen un carruaje.

Aquella buena gente me sirvi de la manera ms solcita, y se neg de
todo punto a recibir la gratificacin que yo les ofreca.

Es un bello rasgo, exclusivo de los espaoles, el negarse a recibir una
recompensa cuando creen que han debido hacer lo que han hecho, y este
hecho se refiere a la caridad.

Es una bella manera de igualar al pobre con el rico.

En esos casos la palabra _gracias_ del fuerte, vale tanto como _el Dios
se lo pague_ del desvalido.

Esto suponiendo, que el rico que da las _gracias_ tiene corazn.

Yo adoro la caridad: los hombres que tienen caridad son mis hermanos.

* * *

Dbil, con la cabeza llena de una vaguedad febril, con el corazn
fuertemente agitado, fui conducido a mi casa, donde hube de meterme en
cama.

El efecto que haba causado en m la resolucin suprema de Amparo, mi
terror por perderla, mi ansiedad, mi duda acerca de recobrarla, me
decan claro que Amparo haba llegado a constituirse para m en ese ser
que es la mitad de nuestra existencia.

Senta en el corazn un vaco doloroso; una hambre aguda, permtaseme
esta frase, vaco que slo ella poda llenar, hambre que slo ella poda
extinguir.

Nunca mi voluntad luch tan poderosamente contra una dificultad que casi
tena para m el carcter de un imposible.

Amparo hua del mundo y se encerraba con la desesperacin de su
misterioso amor en un convento.

Yo me desesperaba: yo tena celos de un fantasma: yo aborreca al hombre
que Amparo amaba.

Ninguna solucin me vena al pensamiento bastante a consolarme, ya que
no a curarme de mi desesperacin.

Yo, como todos los desesperados, como todos los vencidos, me hubiera
credo feliz con muy poco: con vivir a su lado como su hermano.

Este tmido deseo me inspir un pensamiento, y la inspiracin de este
pensamiento llev mi mano al cordn de la campanilla, del que tir
fuertemente.

--Vaya usted mismo al instante, dije a mi ayuda de cmara, a la calle
tal, tal nmero, tal cuarto; diga usted al padre Ambrosio que deseo
verle al momento, que estoy enfermo, que le espero con impaciencia;
lleve usted un carruaje, y trigase usted al padre Ambrosio.

Media hora despus, el exclaustrado entraba en mi alcoba.

* * *

Acercose a m con la ms viva solicitud.

--Oh! Dios mo!--dijo, comprendindolo todo--con qu tanto la ama
usted?

--Amparo me ha convertido en un nio--le respond.

--Que feliz hubiera sido amndole a usted!

--No pensemos en eso. Le he llamado a usted, no para hablarle de mi
amor, sino para pedirle que me ayude, que me auxilie.

--Y en qu? Cmo?

--Yo comprendo que Amparo ha entrado en el convento desesperada.

--Es verdad: Amparo que nada espera en el mundo, se ha arrojado
sollozando en los brazos de Dios.

--Pero Dios est en todas partes.

--Indudablemente.

--Por ejemplo: en mi casa puede encontrar a Dios como en el convento.

--Y de qu modo puede estar Amparo en su casa de usted sino como su
esposa?

--Cabalmente: eso es: quiero casarme con ella.

Volvi a ponerse plido el padre Ambrosio como cuando le dije que la
amaba.

--Si usted pide a Amparo su mano--me dijo gravemente--se casar con
usted: si usted la abre sus brazos, se arrojar en ellos... pero olvida
usted que ella ama?... Que ella al ser de usted apurar un sacrificio
mortal? No ha comprendido usted a Amparo?

--S; y del mismo modo que la comprendo a ella, quisiera que usted me
comprendiese.

--Comprendo que la ama usted, que la desea, que quiere casarse con ella.

--Quiero darla nicamente mi nombre, y con mi nombre, mi posicin;
quiero arrancarla de la exageracin del claustro; si desea soledad, en
mi casa la tendr; independiente de m su habitacin, si lo desea, ser
una especie de celda; si acepta mi brazo, si me presta el suyo, nos
apoyaremos el uno en el otro; seremos hermanos. Su virtud estar a
cubierto de toda murmuracin, sin que ella se vea reducida a un
encarcelamiento eterno, a prcticas fatigosas, a rivalidades y a
pasiones de mujeres irritadas por el secuestro, desnaturalizadas,
convertidas en un ser de distinta especie por el aislamiento. Amparo
tiene el corazn demasiado grande para que no sufra comprimido por los
caprichos monjunos y por las mil penalidades sordas y continuas del
claustro; en una palabra: Amparo se ha arrojado en una tumba, y es
necesario sacarla de ella antes que la tierra de esa tumba la cubra y la
sofoque. Es necesario que Amparo sea mi hermana y que viva a mi lado
bajo el pretexto de que es mi mujer.

--Y est usted seguro de que un da no se irritar su amor y abusar en
su posicin? Sabe usted el inmenso sacrificio que ser para Amparo
pertenecer a un hombre a quien no ama?

--Era necesario para que llegase ese caso que yo dejara de amarla, y que
adems abdicase de mi corazn y de mi orgullo.

--Con que decididamente quiere usted casarse con ella?

--S.

--Y con qu pretexto la haremos la proposicin?

--Con ninguno; usted la dir nicamente la verdad.

--La verdad! La dir que usted la ama!

--No: eso no sera la verdad. El amor que como mujer me inspira, no es
la causa de nuestro matrimonio. La causa de nuestro matrimonio es su
aislamiento. Yo no me haba de casar nunca; necesito por otra parte a mi
lado un afecto dulce, tranquilo. Hgala usted comprender que me caso con
ella... por la misma razn porque la arranqu de su miseria.

--Por caridad!

--No; no nombremos la palabra caridad: me caso por afecto... por
inters... porque la amo como si fuese mi hermana... quitemos a la
verdad lo que pueda tener de humillante... ya sabe usted que las habemos
con un corazn altivo.

--Bien; la hablar, pero desconfo: por lo mismo, y como esta comisin
es harto delicada, quiero que est usted presente.

--Yo!... de ningn modo.

--Hay un medio: en el locutorio puede usted estar a un lado de la reja
sin que ella le vea.

--Eso es repugnante.

--Necesito que usted asista a esta grave conversacin... comprndame
usted y disculpe como debe mi franqueza.

--Pero yo confo ciegamente en usted.

--Y yo desconfo del buen xito de mi mensaje. Por lo mismo, quiero que
usted asista a mi lado.

--Y si yo resistiese?

--Resistira yo.

--Pues bien: iremos.

* * *

Dos das despus estbamos en uno de los locutorios del convento de...
el padre Ambrosio y yo.

Colocado junto a la pared en que estaba la reja del locutorio, Amparo no
poda verme.

El padre Ambrosio estaba sentado en un silln delante de la reja
cabizbajo y profundamente pensativo.

Yo, detrs de l a poca distancia, escuchaba con toda el alma en los
odos.

Oyose abrir una puerta, y luego un paso reposado de mujer, el crujir de
un vestido, y luego el gruido carioso e impaciente de un perro.

--Ah! Es usted?--dijo Amparo.

--S, yo soy, hija ma, que vengo a sacarte del convento.

--Y cmo? Por qu? Para qu?

--Tu protector conoce, como conozco yo, que no tienes vocacin al
claustro.

--Eso importa poco, porque tengo menos vocacin al mundo.

--Tu protector comprende que has entrado aqu desesperada.

--No lo niego.

--Quiere que tu suerte sea menos triste.

--Eso depende de Dios.

--Pero Dios se vale de los hombres.

Guard Amparo silencio durante un momento. Mustaf segua abalanzndose
a la reja y gruendo.

--Yo no poda permanecer en la difcil posicin en que me
encontraba--dijo al fin ella--me vea expuesta a atrevimientos de todo
gnero. No poda tener a mi lado ms que personas extraas... y luego...
en fin... si el claustro es una tumba... es lo que me conviene...
sufrir, concentrar mi dolor hasta que el dolor me mate... le sufrir
resignadamente, y Dios me perdonar. Yo no puedo vivir como viva, padre
Ambrosio... no... no... era un tormento para m... Dgale usted que yo
le agradezco con toda mi alma el inters que por m se toma. Que mi
felicidad depende de un milagro de Dios, y que... dentro de poco ese
milagro ser imposible.

--Amparo--repuso con autoridad y con firmeza el exclaustrado--las
exageraciones jams producen buenos resultados. Empiezas a vivir...

--Yo creo que ya he vivido toda mi vida.

--Sea como t quieras; pero estamos perdiendo el tiempo. Tengo que
hacerte una grave proposicin.

--De su parte?

--De su parte.

--Y cul?

--Te pide formalmente tu mano.

Sucedi uno de esos solemnes silencios que se hacen or; uno de esos
silencios cuya duracin no se puede contar: uno de esos silencios que
son ms elocuentes que todas cuantas palabras pudieran imaginarse para
reemplazarles.

Luego Amparo dijo con la voz trmula, como aterrada: con acento
incomprensible:

--Lo manda l?

--El desea que t... vivas mejor... que... en fin...

--No, no quiero explicaciones de ningn gnero, repuso con una
precipitacin entrecortada Amparo... comprendo... lo comprendo todo. Lo
manda l?

--El lo quiere... porque...

--No, ni una palabra ms, padre Ambrosio: dgale usted que si l
quiere... yo tambin quiero...; pero pronto... pronto por Dios... que yo
pare al fin donde Dios quiera que vaya a parar.

Y entonces no pudo contenerse y rompi a llorar, luego se oy un paso
precipitado, y la puerta que se cerraba.

--Vea usted su obra, me dijo con desesperacin y aun con ira el padre
Ambrosio. Hemos desgarrado el corazn de esa pobre Amparo.

--No importa, le dije saliendo con l del locutorio. El tiempo la
demostrar mis intenciones, y cuando las reconozca recobrar la paz.

Y salimos del convento.

* * *

Aquel mismo da escrib a mi to una carta que slo contena estas
breves palabras.

Me caso con una mujer digna de m, y espero que saliendo por un momento
de su retiro, venga usted a presenciar nuestra unin.

Aquel mismo da tambin puse en movimiento mi casa.

Invadironla tapiceros, renov el mueblaje, aument mis trenes y mi
servidumbre, y prepar la servidumbre particular de Amparo.

En cuanto a las habitaciones de sta, no perdon gasto ni cuidado, y
qued satisfecho.

El dormitorio, el tocador, el cuarto de labor y el gabinete de Amparo
eran sumamente bellos y ricos, en medio de una gran sencillez.

Slo se esperaba para efectuar el casamiento la llegada de mi to.

Pero en vez de l lleg a vueltas de correo la lacnica carta siguiente:

Cuando t te casas, tu esposa debe ser un prodigio. Me alegro de tu
resolucin, porque el matrimonio te dar una vida nueva. _Quiera Dios
que seas ms feliz que yo lo he sido_. Ofrece a tu, para m incgnita,
consorte, todo el cario que la corresponde por mi parte como cosa tuya,
y si te pareciere bien, daos ella y t por convidados a estas orillas en
el esto prximo.

Yo conoca a mi to y saba que no haba de venir.

As, pues, la tarde del mismo da en que recib esta carta, el padre
Ambrosio fue por Amparo al convento.

Se me present ricamente vestida de blanco, coronada de rosas blancas y
ms plida que las rosas de su corona.

Al darme la mano al pie de la escalera la sent estremecerse; pero aquel
estremecimiento pas, y continu serena hablando conmigo con suma
naturalidad de cosas indiferentes.

La ceremonia fue muy triste: el padre Ambrosio nos dio la bendicin, mi
administrador general y mi mayordomo fueron nuestros testigos.

Nadie ms asisti.

Despus de esto, Amparo qued sola conmigo.

Yo estaba sobrecogido.

No saba hasta qu punto era grave el paso que acababa de dar.

Y la gravedad de este paso no me asustaba por m; me asustaba por ella.

Al preguntarla el padre Ambrosio si quera ser mi esposa, un
estremecimiento profundo agit su mano, la sent fra y pronunci un
_s_ apenas articulado.

Despus cuando nos quedamos solos, me mir frente a frente, plida y
conmovida, sus ojos se llenaron de lgrimas y luego me asi las manos y
exclam con un acento profundamente doloroso y sentido:

--Me ha consagrado usted su vida, a m, a la pobre muchacha abandonada,
a la infeliz trapera. Dios se lo pague a usted. Quiera Dios que yo
pudiera hacer a usted feliz!

--Yo soy feliz, la contest, conque t vivas tranquila, conque seas mi
hermana. Ha sido necesario dar este paso para arrancarte del convento.
Yo contino mi vida sin deseos y sin esperanza, consagrada a ti, que
continas siendo mi hija.

Aprovech un pretexto y fui por un instante a encerrarme en mi gabinete.
All seguro de no ser odo, de no ser visto, romp a llorar: si no
hubiera llorado mi corazn se hubiera roto.

Yo la hubiera estrechado entre mis brazos, la hubiera arrancado
frentico aquella corona de rosas blancas...

De seguro Amparo hubiera sido para m una esposa sumisa...

Pero... yo quera su amor... y ella... ella se haba casado conmigo
porque se lo mandaba yo! por agradecimiento!

Tema hablarla de mi amor; tema indicrselo; tema que ella se
violentase, que se fingiese enamorada de m para pagarme con un
sacrificio inmenso mi proteccin... No! Esto no poda ser... yo deba
continuar con mi careta puesta... es ms: deba mostrarme contento,
feliz... slo me quedaba un recurso: estar poco tiempo a su lado y
viajar mucho; evitar un momento de olvido.

Yo era infeliz.

Pero era indudablemente menos infeliz que lo hubiera sido siendo ella
monja.

No s qu alegra misteriosa inundaba mi alma. Si no era ma, no sera
de otro...

Era una posicin de cierto gnero, y acaso... con la costumbre de
verme... quin sabe?

Yo esperaba.

Vivira el hombre a quien amaba Amparo?

La habra seducido este hombre?... La habra abandonado?...

La duda! Horrible espectro que ennegrece nuestra alma con su sombra!

Habis dudado alguna vez de vuestra esposa o de vuestra madre...?

Porque si no habis dudado alguna vez de cualquiera de esos dos seres
que son vuestro corazn y vuestro nombre, no comprenderis lo terrible
de la duda cuando se refiere a objetos tan sagrados.

Yo me encontraba en una situacin enteramente excepcional, y sufra
todas sus consecuencias.

Sin embargo, las aceptaba, y cien veces que hubiera sido necesario
hubiera vuelto a casarme con Amparo.

Cmo llenaba mi alma! Cmo la enloqueca! Cmo la desesperaba!

Cunto la haba divinizado mi amor!

Todo en ella para m era perfecto.

Todo en ella para m era ardiente.

Era un ngel de fuego que me preceda, me llevaba, me arrastraba, no
saba a donde.

Ahora ya lo s.

Ese ngel divino me ha trado a una casa de locos.

* * *

Volv a su lado perfectamente tranquilo.

Es decir fingiendo de una manera perfecta una perfecta tranquilidad.

Ella estaba sentada en un silln junto a la chimenea y arreglaba
tranquilamente el fuego.

Cuando me sinti se reclin en el silln, y me dijo sonriendo, con la
cabeza echada atrs sobre el respaldo:

--Que feliz soy, Luis!

Era la primera vez que Amparo pronunciaba mi nombre de una manera tan
familiar.

Ahora recuerdo que es tambin la primera vez en que yo le escribo en
estas memorias.

En efecto, yo me llam Luis.

Admirome aquella tranquilidad, aquella familiaridad, aquella sonrisa,
aquel no s qu seductor, incitante que emana de ella.

Sin duda Amparo haba tomado su partido aceptando por entero el
sacrificio.

Este pensamiento me desgarr el alma.

Sin embargo me mantuve firme.

--Yo tambin soy feliz--la dije--yo necesitaba el afecto desinteresado,
noble y puro de una hermana, y le tengo en ti.

--Oh! yo le amo a usted como si fuera mi padre... y cunta
generosidad, Dios mo! Cmo no ha retrocedido usted ante la idea de que
el mundo donde vive pretenda averiguar quin soy y de dnde vengo?

--Nada me importa eso: lo que me estremeca era que sin vocacin...

--Y se ha sacrificado usted por m...! se ha imposibilitado de ser
feliz maana...! si encuentra usted una mujer que le enamore...!
vamos no s en qu he estado pensando...! yo no he debido...! si por
un acaso...! pero no... no puede ser...!

Acerc un silln al mo y me dijo plida y conmovida.

--Estamos en una situacin solemne, Luis: en una situacin en que acaso
no se han encontrado dos personas solas: debemos ser francos... Ser
acaso?

Y se detuvo.

--Contina, contina; parece que te cuesta trabajo lo que me vas a
decir.

--S, s; lo confieso; pero es preciso, es mi deber: habiendo llegado al
punto en que nos encontramos, es necesario que yo sepa... lo que debo
hacer para...

--Para qu?

--Para ser digna de tanto beneficio.

Y luego haciendo un supremo esfuerzo aadi de una manera penosa:

--Luis: me ama usted?

--Yo! no!--la contest sonriendo, porque haba adivinado la pregunta y
me haba preparado.

--No! es decir... que se ha casado usted conmigo... por... caridad!

--Amparo, hija ma--la dije--tu gran corazn te atormenta: crees que he
hecho un sacrificio inmenso... que te he sacrificado mi libertad! no...
te engaas: estoy muerto para el amor, para ese amor ardiente que nos
embriaga y nos arroja a los pies de una mujer... no, hija ma, no; eres
demasiado pura para que mi corazn, gastado ya, pueda amarte ms que con
ese otro amor desinteresado de la amistad; si no hubieras pretendido
entrar en un convento, yo... nada te hubiera propuesto: te hubiera
tratado como un hermano y nada ms: el da en que te hubieras casado con
un hombre de tu eleccin hubiera sido completamente feliz. Pero te
obstinabas, no s por qu en ser monja: habas dado un paso decisivo, y
era necesario dar otro paso contrario, decisivo tambin; me daba miedo
tu resolucin... t estabas sin duda desesperada...

--No--me contest tristemente.

--T has amado, Amparo; amas.

--Es decir que somos hermanos...? que es usted tan generoso que no
mira en m siempre ms que a la pobre Amparo?

--No hay en m generosidad, ms hay afecto.

--Pues bien: si somos hermanos, podemos hablar con franqueza.

Yo la observaba y vi que su frente se haba serenado.

--S, hablemos con franqueza--la dije.

--Pues bien: he amado a un hombre.

--A un hombre digno de ti?

--Digno de m! digno de ser adorado, digno de una felicidad que le ha
negado Dios!

--Joven?

--Joven y hermoso.

--Y l te amaba?

--S--me contest, con su triste sonrisa habitual.

--Y entonces... por qu no os habis casado?

--Ha muerto!--exclam Amparo.

Y se cubri el rostro con las manos y rompi a llorar.

Pero de una manera desconsolada, como si su alma entera se exhalase en
aquel llanto.

--Pero--me dijo entre sus lgrimas--a usted le amo tambin: le amo de
una manera profunda; como a mi hermano... ms... ms an... como amara
a mi madre... por hacerle a usted feliz dara mi vida... y cuando el
padre Ambrosio me dijo que quera usted casarse conmigo...

--Te aterraste!

--No, no: en el momento de hacerme el padre Ambrosio la proposicin en
nombre de usted, me dije: se casa conmigo por caridad: por arrancarme de
esta sepultura a que he venido desesperada: en l la caridad es la vida:
no amarguemos su vida y consent. Pero cuando me qued sola se me
ocurri que tal vez podra haber en usted ms que caridad: acaso me ame,
pens: si me ama... yo le pertenezco, yo soy suya, yo debo amarle.

--Y tu amor?

--Es verdad! por eso debamos hablar con franqueza y hemos hablado: en
m hay dos amores: uno puro, desinteresado, noble, profundo: el que
usted me inspira: mi amor antes de hija, ahora de hermana: el otro amor
es un desdichado amor, sin esperanza: un amor que enluta mi alma y la
desespera: si un da me sorprende usted llorando, no lo extrae usted:
yo cuidar mucho que los extraos no vean el dolor en mi semblante; todo
el mudo me creer feliz, y lo ser, en efecto, al lado de usted; pero...
permtame usted que llore alguna vez por mi amor perdido; por el amor
del hombre que Dios no me ha querido conceder. Esto no debe serle a
usted doloroso, porque no me ama sino como un hermano; no puede usted
temer que el objeto de mi amor manche su nombre, porque es imposible, de
todo punto imposible que pueda mancharle.

--Me hars amar por ti a ese fantasma: fantasma para m puesto que ha
muerto y no s ni quiero saber su nombre.

--Oh, s! yo le amar siempre, siempre, con toda mi alma. Usted no
tendr celos, no es verdad?

--Siento nicamente que ese hombre haya muerto... porque al fin,
viviendo l, hubieras sido su esposa...

--No hablemos nunca de esto ms: nunca... nunca: ha sido una explicacin
precisa. Ahora, mi buen hermano, suplico a usted me diga cul es mi
aposento. Necesito descanso; reposo; he sufrido mucho.

--Vamos a tener dentro de un momento al lado personas extraas; es
necesario que delante de ellas no me hables de usted.

Aquello era ir de mal en peor.

Comprend que no poda vivir al lado de Amparo sin que muy pronto me
olvidase del todo y me convirtiese en su tirano.

En el tirano de una vctima resignada.

Acaso no tena el reciente recuerdo de su repugnancia y de su terror al
sentir sobre su frente mis labios?

No, yo deba respetar aquella pasin viva; yo no deba ser infame; yo no
deba cobrar mis beneficios a tanta costa para Amparo.

Pero no pude resistir a una tentacin.

Su aposento y el mo, para cubrir las apariencias, slo estaban
separados por un gabinete y se comunicaban por dos puertas de escape.

Me retir a mi aposento, cambi lentamente el traje negro que me haba
puesto para la ceremonia por el de casa, dej pasar, con una impaciencia
mortal algn tiempo, y luego abr silenciosamente la puerta de escape de
mi alcoba, y me acerqu, sin causar el ms leve ruido, a la otra puerta
de escape del dormitorio de Amparo.

Al frente, tras un bello prtico de bambes con cortinas de muselina
bordada, estaba su lecho.

Antes, esto es, entre la puerta desde donde yo observaba y el prtico de
la alcoba, haba un espacio cuadrado, y en su parte media, una mesa
arrimada a la pared.

Sobre la mesa haba una lmpara con bomba de cristal opaca que esparca
una luz velada a poca distancia.

Lo dems del dormitorio estaba en sombra; en una media sombra
fantstica.

Sentada en un silln, junto a la mesa; apoyado en ella un precioso
brazo, que dejaban descubierto hasta el codo los encajes de la ancha
manga de su traje; apoyado el rostro en su mano, sola, inmvil,
profundamente pensativa estaba Amparo.

Tena ceida an la corona de rosas blancas.

Los brillantes de la especie de ajorca rabe, que yo la haba enviado en
el canastillo de boda y que rodeaba el brazo en cuya mano apoyaba su
cabeza, me dejaban ver, heridos por la luz, destellos vivsimos, pero
inmviles.

Amparo pareca una estatua de cera vestida de blanco.

Su mirada fija, abstrada, profunda, como vuelta hacia adentro, hacia su
alma, o como lanzada sin objeto a la inmensidad, al infinito, mirada que
no vea, dilatada, lcida, brillante, llena de vida, pero de una vida
que espantaba, dejaba comprender la desesperacin profunda, pero
resignada, paciente, intensamente dolorosa de un alma desolada.

Nunca haba yo llegado a concebir tanto dolor y tanta resignacin: nunca
una agona tan lenta; nunca un sufrimiento tan agudo, soportado,
apurado, dominado con tanto valor: en Amparo no haba esa expresin de
disgusto, de rabia, de lucha impotente; expresin de ngel rebelde y
condenado, que es una blasfemia muda; una blasfemia en imagen.

Era la vctima resignada al sacrificio.

La vctima humilde y fuerte, el alma cristiana que sufre la miseria de
la vida en su manifestacin ms dolorosa sin rebelarse contra la
voluntad de Dios.

En vano esper que Amparo diese una muestra de debilidad ni de
impaciencia.

Continuaba inmvil y tranquila: pero con una tranquilidad que me
desgarraba el alma.

Yo sufra de mil maneras distintas.

Primero, el inmenso infortunio de Amparo.

Despus mi propio infortunio.

Luego senta celos; unos horribles celos.

Yo no poda dudar que un amor malogrado, un amor sin esperanza, era la
causa de la desolacin de Amparo.

Yo hubiera dado toda mi vida, por sentirme amado un solo momento y de
aquel modo por Amparo.

Adems, al contemplarla tan hermosa, idealizada, transfigurada, casi me
atrever a decir, divinizada por el sufrimiento, senta hervir mi
sangre, latir mi corazn, abrasarse mi cabeza.

Yo estaba loco.

La misma fuerza de mi locura me contena, impeda que yo lo olvidase
todo, que empujase la dbil puerta que me separaba de ella y que me
arrojase en sus brazos.

Yo blasfemaba.

Acusaba de injusto, de cruel, de tirano, a Dios que me haca comprender
de una manera tan horrible el tormento de Tntalo.

Estaba inmvil; como petrificado.

La mirada de Amparo aunque no poda verme, caa sobre mi mirada,
absorbiendo mi alma, torturndola.

Lentamente fui perdiendo la conciencia de m mismo.

Un sopor extrao se apoder de m.

Amparo empez a tomar lentamente un aspecto fantstico; a abrillantarse
su mirada, a resplandecer; su figura se aisl en medio de una niebla
vaga, azulada: desapareci a mi vista todo lo que la rodeaba, y qued
ella sola, inmvil siempre, pero como suspendida en medio de un espacio
indefinible, en que ni haba luz ni sombra.

Luego la vi alzarse lentamente, arrancarse su corona de rosas, y luego
irse despojando de sus joyas, de sus ropas; vi enteramente su hermoso
cuello: sus redondos hombros; luego su cabellera destrenzada agrupndose
de una manera maravillosa a ambos lados de su semblante; al fin se
volvi y se alej lentamente; se abrieron las cortinas de la alcoba y
volvieron a cerrarse.

Amparo haba desaparecido; la fascinacin haba cesado, y volv a sentir
la vida real.

A mi vez me retir en silencio y me acost.

Me acost para apurar una horrible noche de fiebre y delirio.

* * *

Por qu haba yo encontrado seis aos antes, sola en medio de la noche,
recogiendo trapos a aquella nia?

Por qu me haba causado compasin su miseria?

Yo maldeca mi caridad; la caridad que tan feliz me haba hecho, y que
tan feliz haba hecho a Amparo.

Y me deca:

La caridad es una debilidad; la caridad es la mana de los imbciles;
la caridad se vuelve contra quien la practica.

Por qu sent caridad hacia Amparo?

Porque era un insensato.

* * *

Al da siguiente Amparo se me present tranquila y afectuosa; en vano
busqu alrededor de sus ojos ese crculo lvido que imprime una noche de
insomnio y de fiebre.

En vano esa palidez vaga del cansancio.

Amparo estaba fresca, sonriente; pareca feliz.

--Has dormido bien?--la dije.

--Y por qu no? nunca se duerme mejor que cuando nada se desea, cuando
se ha obtenido todo lo que se anhelaba: y t Luis? ests plido,
pareces triste; si continas as, creer que te has sacrificado a mi
felicidad.

--Oh! no: yo crea que t... que sufras; pero veo con placer que me he
engaado; te prometo dormir esta noche tan bien como t.

--Pues tranquilzate completamente, me contest; yo nada deseo, nada
quiero ms que tu amor... tu amor tal cual le siento, tal cual yo le
siento por ti; hermanos, siempre hermanos; dos y uno... no es cierto
que es una felicidad que podamos amarnos de este modo?

--Oh! si el mundo conociese la verdad de nuestra posicin, qu dira?

--Se burlara de nosotros, porque el mundo, que nunca profundiza, que
nunca pasa ms all de las apariencias, es muy injusto, o por mejor
decir, muy ciego. Pero si el mundo supiese que entrambos hemos amado y
sufrido; que de nuestro sufrimiento y de nuestra lucha slo hemos sacado
la conciencia ilesa, comprendera nuestra mutua posicin; t has dejado
enterrado tu amor en el lodazal de tu juventud; ha muerto all sofocado,
no existe para ti; yo amo a un fantasma imposible y entrambos, con el
corazn vaco para ese amor ardiente, que Dios ha puesto en el alma del
hombre y de la mujer, satisfechos el uno del otro, nos apoyamos
mutuamente y nos amamos con un amor infinitamente ms puro. Debemos,
pues, dar gracias de nuestra felicidad a Dios.

* * *

Me haba yo engaado la noche antes?

Era en efecto feliz Amparo?

O era que tena tanta fuerza, tanto poder para ocultar su sufrimiento
como para soportarle?

* * *

Nunca me pareci un da tan largo.

Cuando nos separamos aquella noche ya bastante tarde, corr a mi
acechadero.

Amparo no estaba inmvil como la noche anterior; tena un cofrecito
sobre la mesa y sacaba de l papeles escritos, que lea y ordenaba.

Amparo con la cabeza inclinada sobre el pecho, lloraba leyendo aquellos
papeles.

Lloraba de una manera desconsoladora, comprimiendo sus sollozos.

Era que la noche antes, sobrecogida, aturdida del golpe, por llamar as
su casamiento conmigo, la intensidad del dolor haba comprimido sus
lgrimas, anegado sus sollozos?

Era indudable que Amparo se renda a su dolor.

Era indudable que Amparo sufra una desgracia inmensa.

Y lea y relea aquellos papeles.

Cartas sin duda del hombre a quien amaba!

Despus vi en sus manos un medalln que sac tambin del cofrecito,
pareca un retrato.

Amparo le estrech contra sus labios, le separ de ellos, le mir de una
manera ansiosa, y exclam:

--Oh Dios mo, Dios mo! tened compasin de m!

* * *

Se puso a escribir lentamente.

Con mucha frecuencia se abstraa y pasaba sin escribir un largo
intervalo.

Luego volva a escribir.

Pas as gran parte de la noche, y despus recogi en el cofre los
papeles y el retrato, guard cuidadosamente el cofre en un armario, se
desnud y desapareci tras las cortinas de su alcoba.

Yo no supe ya qu pensar de Amparo.

Pero me cubr con el ms perfecto disimulo, como ella se cubra conmigo.

Nos tratbamos como si hubiramos vivido juntos desde nuestros primeros
aos.

Las gentes nos crean el matrimonio ms feliz del mundo.

La tranquilidad aparente de Amparo cuando yo era testigo de su agona
nocturna, de sus lgrimas y de lo intenso, de lo vivo, de lo inalterable
de su amor hacia aquel hombre, que era para m un misterio, la
tranquilidad ficticia de Amparo, repito, me irritaba.

Durante un mes pude sufrir la lucha entablada entre mi razn y mis
celos; pero lleg un da en que me estremec.

Empezaba a perder la razn; antes de perderla enteramente tom una
resolucin decisiva; la de separarme de Amparo, que era para m un
tormento y un peligro, con el pretexto de un viaje para ir a visitar a
mi to.

Amparo nada me dijo cuando la anunci este viaje, ms que las siguientes
palabras:

--Espero que volvers pronto.

Aquella noche sal de Madrid en una silla de postas.

Mi resolucin era, no volver a ver ms a Amparo.

* * *

Pero para cumplir una resolucin es necesario ser dueo de s mismo, y
yo no lo era.

Pareca... voy a procurar explicarme: pareca que mi alma haba quedado
fuertemente asida a Amparo, y que cada vuelta de las ruedas de la silla
de postas que me conduca, estiraba mi alma, hacindome sufrir un
tormento inexplicable.

Lleg un punto en que no pude resistir ms.

Haban pasado algunas horas de una tortura aguda que se haca ms
dolorosa a medida que me alejaba de ella.

Mand al conductor que volviese a Madrid.

Luego, le ofrec una recompensa por cada minuto que ganase.

La silla de postas volaba.

Yo me haba propuesto apurar mi destino cediendo sin resistencia a los
impulsos de mi corazn.

Haba resuelto quitarme mi doloroso disfraz y morir poseyendo a Amparo.

A medida que este pensamiento tomaba consistencia, estimulaba al
conductor prometindole ms.

La silla apenas tocaba con las ruedas al camino.

A pesar de esta agudez no pudimos llegar a Madrid hasta el medio da.

Cuando llegu a mi casa, sub anhelante las escaleras como si hubiese
estado mucho tiempo ausente de ella.

Dominado an por la fiebre entr en las habitaciones de Amparo.

No estaba en ellas.

Pregunt a mi ayuda de cmara, y me dijo:

--La seora acaba de salir.

--Y adnde?

--Han trado una carta y la seora apenas la ha ledo se ha puesto
plida, ha pedido a Teresa una mantilla, y con el traje de casa,
acompaada de la misma Teresa, ha salido precipitadamente.

--A pie?

--S, seor, a pie.

--Y no sabe usted adnde ha ido?

--Nada ha dicho la seora.

Desped a mi ayuda de cmara y me qued solo pasendome por mi cuarto,
aterrado, sintiendo no s qu recelos.

Yo no saba qu pensar de Amparo; era para m un misterio.

De repente una idea poco digna, pero disculpable en la situacin en que
me encontraba, me llev a su dormitorio:

En el armario me haba dicho, encierra el cofrecillo donde tiene el
retrato que besa, y los papeles que lee llorando. Si es necesario
forzar el armario y conocer a ese hombre, leer esas cartas, sabr a
qu atenerme.

Afortunadamente no me vi obligado a violentar nada: el armario tena
puesta la llave en la cerradura.

Antes de abrir el armario, cerr las puertas para evitar una sorpresa
casual de los criados.

Luego abr temblando el espejo que serva de puerta al armario.

En una tabla, cuidadosamente pegado a un rincn, estaba el cofrecillo.

En aquella misma tabla haba otro objeto.

Un gancho de trapero.

El gancho representaba su pasado.

Acaso el cofrecillo constitua su presente.

Acaso yo al abrir aquel cofrecillo determinara su porvenir.

Cuando el porvenir es sombriamente misterioso, tememos conocerle: como
el preso por una causa grave teme conocer la sentencia del juez.

Durante algunos minutos vacil; dud si deba desentraar el misterio
que guardaba aquel cofrecillo, o si prefera la duda a la verdad.

Tres veces extend mi mano hacia el cofrecillo, y tres veces la retir.

Pero por terrible que sea la verdad es preferible a la duda.

Me apoder al fin del cofrecillo, le puse sobre la mesa y le abr.

Al abrirle mi corazn no lata.

Lo primero que vi fue un pequeo estuche.

Le abr y encontr... la cruz de brillantes que le haba regalado el da
que por primera vez almorz conmigo.

La existencia en el cofrecillo de aquella cruz, me dio no s qu
aliento, qu esperanza vaga, qu alegra ntima.

Luego segu en mi inspeccin:

Buscaba el retrato y le hall cuidadosamente envuelto en un papel muy
usado.

Necesit hacer un violento esfuerzo para mirar aquel retrato; pero
cuando le mir...

Oh! Dios mo! cuando le mir cre morir!

El retrato que Amparo besaba llorando; que estrechaba contra su corazn
y contra sus labios contemplando el cual pasaba inmvil hora tras
hora... aquel retrato...

Aquel retrato era el mo!

* * *

Me habra yo engaado?

Habra otro retrato en el cofrecillo? sera aquel otro el que besaba
Amparo.

Revolv, busqu y encontr otro retrato.

Pero era un retrato de mujer, y tena el marco negro.

Yo estaba seguro de que el retrato que besaba Amparo estaba contenido en
un medalln dorado.

Aquel retrato era el mo.

* * *

Sent una vaguedad fra en mi cabeza: mis ojos se oscurecieron, no pude
sostenerme de pie, y me sent en el mismo silln en que ella se sentaba.

Y all, replegado sobre m mismo, con la cabeza entre mis manos, cre
revolviendo mi destino; pasar mis dudas y mis celos; calmarse lentamente
mi desesperacin; desaparecer mi presente de haca un momento, e ir
creciendo aquel mi otro presente que haca un momento haba nacido.

Sent comprimirse mi corazn, como necesitado de arrojar de s un peso
insoportable, y luego sent que mi corazn se dilataba y llor en un
llanto largo, tranquilo, dulce, toda la hiel que haba ido depositndose
en mi corazn.

Y luego me sent inflamado de un fuego dulce, para m desconocido; de un
fuego que pareca aislar dentro de s mismo mi alma, purificarla,
levantarla hasta el cielo; pareciome tenerla en contacto con Dios,
bendecida por l; luego me sent completamente abstrado,
espiritualizado, fuera del contacto de todo lo terreno, y pareciome
tocar con mi espritu el espritu de Dios, del Dios justo y bueno que
premia a los que lloran; y cre en Dios y le confes con la inmensidad
de mi pensamiento.

Y ya no dud, no: y al consagrar mi felicidad a Dios, me alc fuerte y
tranquilo, lleno de vida y de juventud y de esperanza.

Aquel sueo de redencin y de paz haba pasado, y su reciente recuerdo
difunda en mi ser una calma inefable; ya mi aliento no sala ronco y
fatigoso de mi pecho: la vida me era fcil: el sol que penetraba por las
ventanas del jardn, tena color de gloria: mis ojos vean luz: mi pecho
respiraba aire: parecame que el espacio era armnico, que todo me
sonrea, que todo se asociaba a mi felicidad.

Al fin haba encontrado aquel amor infinito, necesidad ardiente de mi
alma.

Al fin Dios me dejaba ver el ngel de fuego que deba ser paz y mi
gloria sobre la tierra.

Amparo me amaba.

Yo era el hombre ms rico de la tierra; todo lo que haba ansiado lo
tena.

* * *

Los que no hayis amado con toda vuestra alma y sin esperanza, no podis
comprender lo que acabo de deciros.

Os reiris de m, y creeris hacerme mucho favor llamndome solamente
loco.

Yo escribo para los que sufren; para los que lloran.

Los que no veis la vida sino al travs del escepticismo, no podis
comprenderme.

Callad! porque si estoy loco, mi libro es una verdad.

La verdad de la locura.

Estis vosotros seguros de que tenis razn?

Ah! ah! ah!

* * *

Puse otra vez los dos retratos y el estuche en el cofrecillo, ste en su
lugar, cerr el armario, y no sabiendo adnde haba ido Amparo, me
resign a esperar su vuelta con la menor impaciencia posible.

Al pasar por su gabinete vi una carta abierta sobre un velador.

Aquella carta era sin duda la que haba causado la precipitada salida de
Amparo.

La le y palidec como ella haba palidecido.

El padre Ambrosio haba sido atacado de una congestin cerebral, y el
mdico que le asista lo participaba a Amparo.

Entonces comprend por qu Amparo haba salido de casa con tal
precipitacin.

Yo sal del mismo modo, y recorr en algunos minutos la distancia que
separaba mi casa de la del exclaustrado.

La primera persona que encontr en la habitacin del religioso, sentada
y triste junto a una puerta cuyas cortinas estaban corridas, fue a
Amparo.

Al verme se levant de una manera nerviosa, y sus ojos se fijaron en m
con una alegra inmensa, pero aquella alegra tuvo la duracin de un
relmpago.

--Ah!--dijo--yo no esperaba... que volviseis tan pronto.

--Oh! s--la dije--no puedo vivir separado de ti.

Y acercndome a ella, la abrac y la bes en la boca de una manera
ardiente.

Amparo dio un grit, se retir y me mir de una manera profunda.

Yo me rehice.

--He visto la carta en que te anunciaban el triste estado de nuestro
amigo--la dije.

--Oh! s--dijo ella rehacindose a su vez--yo corr, vol;
pero...--aadi tristemente--todos hemos llegado tarde.

--Ha muerto!

--No: pero no hay esperanza; se ha hecho cuanto puede hacerse.

Amparo call y qued profundamente triste.

--Y ests... sola?

--S... el infeliz duerme; Teresa ha ido a casa para que vengan Juan y
Mara; he mandado traer una cama; me siento mala, desesperada, Luis; era
mi padre.

* * *

El buen exclaustrado muri aquella misma tarde.

Amparo volvi a casa desolada, impresionada fuertemente; se encerr en
su aposento, y yo respet su dolor.

* * *

Me vi obligado a continuar durante algunos das mi antiguo papel de
hermano.

Al fin, una maana, Amparo me dijo:

--Sintate a mi lado, Luis.

Me sent en el sof junto a ella.

--Necesito que me expliques--me dijo--ciertas cosas que no comprendo
bien. Desde que has vuelto de tu extrao viaje eres otro.

--Otro?

--S por cierto, antes sufras; ahora no sufres; antes no tenas ni fe
ni esperanza; ahora... Luis; yo veo en tus ojos otra vida... Luis; t
has encontrado la felicidad que buscabas... yo quiero saber la causa de
tu felicidad.

Amparo tena menos paciencia que yo, y pasaba la primera el lmite que
tcitamente nos habamos sealado.

Quise facilitarla el camino adelantndome a ella.

--Te engaas, Amparo--la dije--yo no soy feliz, bajo el punto de vista
que t crees.

--Oh! s, s; yo no me engao--me respondi.

--Pues te has estado engaando hasta ahora; por mejor decir, yo he
sabido engaarte.

-T!

-S.

--Cmo!

--T no has conocido mis celos.

--Tus celos! amas acaso!

--S, con toda mi alma, con toda mi fe, con todo mi entusiasmo.

Y la rodee un brazo a la cintura.

--Oh! qu es esto! Dios mo!--exclam Amparo levantndose plida como
un cadver.

--Mis celos son justos--dije fingindome desesperado--tu amor hacia un
ser misterioso, te hace horrible toda demostracin de amor por mi parte.

Amparo continuaba de pie, aterrada, muda, plida, fijando en m una
mirada llena de ansiedad, de temor, de duda; vida, dolorosa,
suplicante, llena de impaciencia.

Yo la atraje a m y la sent sobre mis rodillas sin que ella opusiese
resistencia; inclin la cabeza sobre el pecho, luego la alz, me mir
destellando de sus magnficos ojos negros un fuego casi divino, y me
dijo con las manos puestas sobre mis hombros con la boca entreabierta,
los labios trmulos, embriagndome con el perfume de su aliento.

--Luis! Luis! ten compasin de m!

Y luego reclin la cabeza sobre mis hombros, y rode sus frescos brazos
a mi cuello.

--Yo te amo!--la dije con voz opaca y ardiente rozando con mis labios
sus mejillas.

Amparo se estremeci y rompi a llorar.

--Te amo--continu--no s desde cuando! me parece que te he amado toda
mi vida; que te amaba antes de nacer.

Amparo se estrech ms contra m.

--He callado, porque deba callar; he sufrido cuanto he podido sufrir;
pero ya no puedo sufrir ms, porque tengo celos.

Amparo levant su cabeza de sobre mi hombro, y me mir con una expresin
triste, grave, solemne, al travs de sus lgrimas.

Luego me dijo con voz opaca y reconcentrada:

--Celos t! celos por mi amor y celos de otro hombre! Esto es
horrible! Esto no puede ser!

Fue para m tan inesperada esta exclamacin de Amparo, que me estremec,
y brotaron a mis ojos, sin duda, todos mis enamorados deseos, porque las
mejillas de Amparo se coloraron, y pas por sus labios una indicacin de
sonrisa inefable.

--Con que yo lo soy para ti?--aadi--con que has sufrido y has
callado y has mentido, como yo he sufrido, mentido y callado? con que
por una obcecacin mutua hemos estado a punto de ser los ms
desgraciados de la tierra?

--Pero ese hombre? ese hombre a quien amas? es imposible de tu
deseo?...

--Ese hombre, eres t--me dijo exhalando en un grito inmenso toda su
alma, y dejndose caer abandonada y trmula entre mis brazos.

--Oh! qu feliz soy--aadi sollozando de placer--Dios! y t!

* * *

La memoria es un don funesto.

La memoria, que nos trae en la desgracia, el encendido recuerdo de la
felicidad perdida!

Oh! la memoria!

Si Satans no tuviese memoria, no estara condenado!

* * *

Despus de esto haba en el manuscrito que me haba entregado mi amigo
el loquero del hospital de Zaragoza, algunas hojas rasgadas.

Psome de muy mal humor esta laguna que apareca de repente, acaso en la
parte ms interesante de la historia de aquel pobre loco; y tanto ms,
cuanto en algunos girones de hojas que haban quedado adheridos, se
lean algunas frases que demostraban que Luis no haba sido muy feliz
despus de su matrimonio.

Pero para subsanar en cierto modo esta falta, quedaban ntegras ms all
de las hojas rasgadas, algunas otras escritas con seguridad, y aun nos
atreveremos a decir con reflexin, en estado de razn completa.

He aqu aquellas pginas:

* * *

He despertado de un largo sueo.

No s cunto tiempo ha durado mi sueo.

Pero ha debido de ser largo.

Me he encontrado en una prisin.

Esto es; en un pequeo aposento, cuya puerta demasiado fuerte, tiene una
rejilla espesa, y al que da luz una ventana con reja que corresponde a
un jardn abandonado.

En este aposento he visto algunos muebles modestos, y una cama de forma
extraa, inclinada, y a lo largo de cuyas maderas hay algunas correas.

Estas correas demuestran que algunas veces ha habido necesidad de
sujetar en aquel lecho, a la persona que en l durmiese.

Estando ese lecho en mi aposento, o yo en el aposento donde est ese
lecho, claro es que la persona a que alguna vez se han visto en la
necesidad de sujetar, soy yo.

Y por qu razn ha podido haber esa necesidad de sujetarme?

Yo no me acuerdo de nada.

Tengo un recuerdo confuso de una noche en que beb demasiado, en que me
escit demasiado, en que arda mi cabeza, en que me pareca sentir
dentro de ella un vaco doloroso.

Recuerdo que entonces tena yo veinte y cuatro aos; que era
desgraciado, porque la vida era para m montona, porque me haba
hastiado de todo.

Recuerdo que yo buscaba una vida artificial, en los excesos, en el abuso
de los licores fuertes.

He debido pasar mucho tiempo sin la conciencia de mi existencia, o
mejor dicho, el perodo de mi existencia, cuyos sucesos no recuerdo, ha
debido de ser largo.

Porque me he mirado a un espejo que tengo aqu colgado en la pared, y me
he encontrado viejo, enfermo, horriblemente demacrado, con todas las
seales de la tisis.

He encontrado en mi mesa un manuscrito: manuscrito mo, no puedo dudar
de ello.

Ese manuscrito me ha dicho que he estado loco, que he soado.

Que he vivido muchos aos, entregado a una pesadilla dolorosa y que
despierto para morir.

He recobrado indudablemente la razn.

Al entrar un hombre con mi comida me ha mirado con asombro, y me ha
llamado: seor duque.

Con que ha muerto mi pobre to!

Con que es verdad lo que dice ese manuscrito!

Quin sabe?

He preguntado acerca de m mismo, acerca de mi to, y nada ha sabido
contestarme el director del establecimiento.

Un da me trajeron aqu porque estaba enteramente loco.

Un curador, nombrado judicialmente, ha cuidado de mis bienes, porque yo
no tengo parientes.

He mandado llamar a ese hombre.

--Qu sabe usted de la causa de mi locura? le he preguntado.

--Nada puedo contestar a vuecencia, me ha respondido, sino que fue
recogido de las calles pblicas por donde vuecencia discurra
diariamente perdida la razn: ningn pariente se present a reclamar la
curadura de vuecencia como demente, y esa curadura se me ha conferido
por providencia judicial: vuecencia ha recobrado la razn, y estoy
dispuesto a darle cuentas.

--No se trata ahora de eso. Soy yo viudo?

--Lo ignoro, seor: en Zaragoza se sabe nicamente que un da lleg
vuecencia en una silla de posta, procedente de Madrid, a la fonda de las
Cuatro naciones, en donde tom el mejor aposento: en el pasaporte de
vuecencia constaban su nombre y su ttulo: muy luego se comprendi que
vuecencia estaba gravemente enfermo: al cabo su enfermedad se agrav: lo
que antes era una monomana tranquila, se convirti en una locura
furiosa, y fue preciso...

--Bien, bien; pero para reconocer mi ttulo y mi nombre debi
identificarse mi persona.

--S, seor.

--Y no consta en las diligencias judiciales mi estado?

--No, seor.

--Y nadie me conoca en Zaragoza?

--No, seor.

--Pues bien, es necesario que usted, u otra persona de confianza, vayan
a Madrid: yo dar a usted, o a esa persona, cartas para mis antiguos
amigos. Necesito saber un perodo de mi historia que durante mi
enfermedad he olvidado.

* * *

Este hombre, que es un honrado propietario aragons, ha partido para
Madrid.

Pero me temo que cuando vuelva...

Esta tos seca, lenta, sin esfuerzo...

Me he visto obligado a guardar cama.

* * *

Amparo!

Una mujer formada por la educacin, sostenida por la virtud, por lo
exquisito de su sentimiento!

Esta mujer debe de haber sido un sueo mo.

Esta mujer no ha existido.

Ha sido un hermoso sueo de primavera.

Una horrible pesadilla de verano:

Esa mujer!

Y si ella hubiese existido?

Si no hubiera sido el sueo de un loco sediento de amor?

Oh! qu horrible desgracia!

He rasgado la parte ms dolorosa de ese sueo o de esas memorias.

La he rasgado y la he quemado temeroso de volver a la locura si leo
mucho ese fragmento horrible.

Pero su recuerdo est fijo en mi memoria.

Un da entr yo en mi casa, como suele entrarse por casualidad, sin ser
notado.

En el gabinete de mi mujer hablaba un hombre.

Uno de mis mayores amigos.

Pretenda una cosa horrible.

Pretenda que ella me hiciera traicin.

* * *

Yo mat a aquel hombre.

Le mat como mata un caballero a un infame que le ha ofendido.

En duelo, con peligro de mi vida.

* * *

Todo esto ha debido ser un sueo.

* * *

Pero que sueo tan horrible!

Y si no ha sido sueo. Qu verdad tan aterradora!

Parece que Dios me ha dicho:

Tu dudaste de m, y me negaste al cabo:

Yo tuve compasin de ti, y te envi en Amparo un ngel de redencin;

Despus te sujet a una prueba;

Te hice sufrir una injuria;

T no supiste perdonar la injuria y levantaste tu mano armada contra un
hombre y le mataste.

T no eras merecedor de la felicidad.

El ngel que yo te haba dado, vio sangre humana en tu frente y se
horroriz de ti...

Y el horror le mat.

Le mat como un tsigo lento.

Y el hijo, el hermoso hijo que el amor de Amparo te haba dado, privado
de la ternura de su madre, muri tambin...

Y t enloqueciste.

Y como Can el maldito, fuiste separado de tus hermanos.

* * *

Si esto ha sido verdad... Oh Dios mo! tu justicia ha sido severa;
severa e implacable.

Si ha sido un sueo, para qu me has dado ese ardiente sueo, Dios mo,
ese sueo escrito por mi mano, que me hace dudar, que me envenena el
alma?

Ser acaso ese sueo un castigo a mi impiedad, a los impuros desrdenes
de mi juventud?

* * *

Cunto tarda ese hombre que ha ido a Madrid!

Me siento cada da ms dbil.

Cada da escribo con ms dificultad.

Ignoro si podr concluir.

* * *

Escribo estas ltimas lneas en el lecho.

Apenas tiene fuerza mi mano para sostener la pluma.

Tal vez ese hombre no llegue a tiempo.

Odme por la ltima vez:

No dudis de Dios: si sois desgraciados, aceptad resignadamente la
desgracia: si Dios os da la felicidad, no os hagis indignos de ella; y
nunca, oyendo la voz de vuestras pasiones, siguiendo a ese fantasma que
se llama honor, echis sangre sobre vuestra frente: sufrid y perdonad,
no sea que os pregunte Dios cuando en un momento de desesperacin le
pidis cuenta de vuestra desgracia:

Can! qu has hecho con tu hermano Abel?

* * *

Aqu concluan las memorias del loco. Tuve la tentacin de
esclarecerlas, pero me detuvo el temor de encontrar en el
esclarecimiento de estas memorias algo demasiado horrible.

Si hemos presentado a nuestros lectores una obra incompleta,
perdnennos, porque no hemos podido hacer ms.

FIN





End of the Project Gutenberg EBook of Amparo, by Manuel Fernndez y Gonzlez

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK AMPARO ***

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in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     https://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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