The Project Gutenberg EBook of La gloria de don Ramiro, by Enrique Larreta

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org


Title: La gloria de don Ramiro
       una vida en tiempos de Felipe segundo

Author: Enrique Larreta

Release Date: September 6, 2009 [EBook #29920]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GLORIA DE DON RAMIRO ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at https://www.pgdp.net









BIBLIOTECA DE LA NACION

ENRIQUE LARRETA

LA GLORIA

DE

DON RAMIRO

UNA VIDA EN TIEMPOS DE FELIPE SEGUNDO

EDICIN DEFINITIVAMENTE CORREGIDA POR EL AUTOR

BUENOS AIRES
1911

Este libro fue comenzado por el autor en diciembre de 1903 y entregado a
la imprenta el 24 de julio de 1908.

_Es propiedad del autor y queda hecho el depsito que marca la ley._

Imp. de LA NACIN.--Buenos Aires




PRIMERA PARTE




I


Ramiro sola quedarse hasta la noche en el ltimo piso del torren,
escuchando los cuentos y parleras de las mujeres.

All terminaba la tiesura solariega. All se canturriaba y se rea. All
el aire exterior, en los das templados, entraba libremente por las
ventanas, trayendo vago perfume de fogatas campesinas y el sordo rumor
de los molinos y batanes en el Adaja.

Qu holganza para el nio hallarse lejos de la facha torva del abuelo,
y encima de aquellas cuadras silenciosas del casern, donde se
acostumbraba encender velones y candelabros durante el da! Cuadras slo
animadas por las figuras de los tapices; fnebres estrados, brumosos de
sahumerio, que su madre, vestida siempre de monjil, cruzaba como una
sombra.

Las criadas le queran de veras. Todas miraban con respetuosa ternura al
prvulo triste y hermoso que no haba cumplido an doce aos y pareca
llevar en la frente el surco de misterioso pesar. Todas rivalizaban en
complacerle, en agasajarle.

Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas, se hablaba de cosas
fciles que l comprenda, y, casi siempre, al anochecer, se contaban
historias. Aejas historias, sin tiempo ni comarca. Unas sombras, otras
milagreras y fascinadoras. Consejas de tesoros ocultos, de ageros, de
princesas, de ermitaos. Una vieja esclava, herrada en la frente, saba
cuentos de aparecidos. Ramiro la escuchaba con singular atencin, cada
vez ms goloso de pavura y de misterio.

La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi todo el plano de la
torre. Las vigas no haban perdido el oro de la aosa pintura, y la faja
de escudos nobiliarios, que corra en lo alto de las cuatro paredes,
luca intacto su tinte de gules y sinople. En el rincn ms obscuro
dorma un antiguo telar descompuesto. No se haba pensado nunca en
repararlo, y se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraa, conservando
todava entre sus maderos, los hilos de una estamea comenzada, quiz,
en el reinado anterior.

En el grosor de las paredes, cada ventana formaba un hueco profundo, con
sendos poyos de piedra. Ramiro se sentaba de costumbre sobre uno de
ellos, y pasaba las horas largas mirando hacia afuera, con el codo
apoyado en el alfizar.

Una de las ventanas, la que abra hacia el nordeste, dominaba casi todo
el casero. Desde aquella altura, Avila de los Santos, inclinada hacia
el Adaja y ceida estrechamente por su torreada y bermeja muralla, ms
que una ciudad, semejaba gran castillo roquero. El nio oteaba los
corrales y los patios, el interior de los conventos, el caparacho de las
iglesias. A corta distancia, en el sitio ms eminente, la catedral
levantaba su torren de fortaleza, almenado y pardusco.

Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista grandiosa: el
Valle-Ambls, toda la nava, toda la dehesa, el ro, las montaas. Fuera
de los sotos ribereos, la vegetacin era escasa. Raras encinas, negras
a distancia, moteaban apenas los pedregosos collados. Paisaje de una
coloracin austera, sequiza, mineral, donde el sol reverberaba
extensamente. Paisaje hurao y apacible como el alma de un monje.

Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y bardagueras, el
curso del Adaja, esparcido sobre la arena como galn de plata que se
deshila. En el fondo, la sierra de Avila levantaba sus picos ms altos
chapados de nieve. De ordinario, un bulto de nubes asomaba por detrs
de la Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla, sombreando los
picachos y suspendiendo sobre la falda largos vellones horizontales.

Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de iglesia. Sentadas en
redondeles de esparto, extendan sobre el suelo las viejas vestiduras,
cambiando el hilo desdorado, rehaciendo la rada guirnalda, el smbolo
eucarstico, la orla de santos; y, a veces, tambin, alguna alcornica
leyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era un trabajo
piadoso. Aquellos ternos y frontales pertenecan a los conventos. Los
monjes aseguraban que cada puntada equivala para Dios a una cuenta del
rosario.

Haba gticos terciopelos que se plegaban angulosamente, terciopelos
acartonados y finos del tiempo de Isabel y Fernando, donde una lnea
segura iba inscribiendo el tenue contorno de una granada sobre el fondo
verde o carmes; donosas telas de plata que parecan aprisionar entre la
urdimbre un viejo rayo de luna; brocados y brocateles amortecidos por el
polvillo del tiempo, a modo de vidrieras religiosas. El resplandor del
poniente prestaba rara vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminando
de soslayo las sedas multicolores, cuyos tintes vinosos haban madurado
como zumos aejos en los cajones de las sacristas.

La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecan
llegar del exterior y posarse en la estancia. Ramiro, asomado a una de
las ventanas, miraba morir el crepsculo. En el fondo de las callejas ya
era de noche.

Purpreo reflejo baaba en lo alto las almenas de la muralla, prestando
un rubor de coral al tronco de uno que otro pino en los huertos. La
ventana de una casa frontera acababa de alumbrarse, y vease ir y venir,
por delante de la luz, la sombra de un hidalgo que rezaba sus Horas.
Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y monacal, y, en medio
de aquel recogimiento, el nio crey escuchar un coro lejano, un himno
alucinante. Eran acaso las monjas agustinas. Por momentos, un hlito
sagrado pareca pasar entre las voces y estremecerlas como llamas de
cirios.

Ramiro record las descripciones que su madre le haca del Paraso y del
Purgatorio.

       *       *       *       *       *

Casi todas las tardes, antes del toque de oraciones, se presentaba en la
cuadra un viejo escudero. El ruido de sus botas en los peldaos era
inconfundible. Sin embargo, el hombre apareca de sorpresa, abriendo la
puerta de un puetazo. Luego, levantando por detrs, con la punta del
espadn, bufonamente, la capa, se quitaba el chapeo y, hacindole barrer
el piso con la pluma, saludaba de esta guisa a las mozas, cual si fueran
infantas de Espaa. Un arcn, forrado de bayeta amarilla, le serva de
asiento. Cuando traa las botas enlodadas acercbase al brasero para
secarse las suelas.

Era natural de Turgano, en Castilla la Vieja. Siendo muy nio, haba
dado muerte, con una navaja, al hijo de un alguacil. Despus de cuatro
aos de crcel, como sus padres quisieran colocarle en una tienda de
platero, se desgarr para siempre. Su repugnancia por todo oficio
mecnico y un exceso de voluntad errabunda le arrojaron por el camino
soldadesco. Ms de la mitad de su vida la pas sirviendo al Emperador
Carlos Quinto y al actual monarca Don Felipe Segundo, en los galeones y
galeazas armados a la ligera para tomar represalias sobre los pueblos
desprevenidos o caer de improviso sobre algn cargamento del turco.
Conoca las islas del Levante y los menores recovecos de los golfos.
Soldado y marino a la vez, la sarna, las bubas, las enfermedades
vergonzosas que se toman en los puertos, las heridas de pica, de espada,
de saeta, las porradas y quemaduras de los asaltos, fueron las especias
en que se guis de continuo su azarosa ventura. Haba estado dos veces a
punto de morir en la horca. El ao 1560 cay prisionero del turco, en
los Gelves. Llevado a Constantinopla, y puesto al remo de una galera
que cargaba materiales para el Palacio del Sultn, fue uno de los que
mataron a los guardas a pedradas, huyendo a Sicilia con el bajel.

El hbito del acecho continuo y de los ataques sbitos como picotazos,
haba dejado un gesto de resolucin instantnea en sus ojos enrgicos.
Ojos grises de ave de presa, pupilas duras donde chispeaba todava la
brasa de su orgullo, como en los tiempos en que arrastraba sus
castellanas espuelas por las losas de Npoles.

Era su historia una ristra de hazaas ms o menos honrosas; pero, lleno
de altiva indolencia, no busc nunca salir de la clase de soldado,
calzando a la vejez el guante escuderil y acogindose a la tarea
tranquila de acompaar por las calles a las seoras de la nobleza.

A ms de los lances de su propia existencia, contbales a las criadas
retazos de libros de caballeras, as como tambin tradiciones fabulosas
de Avila y Segovia. Saba canciones de barberos y caminantes, toda la
vida en verso del moro Abindarrez; e innumerables letrillas que cantaba
con spera voz, al son de una vihuela, dndose vuelta los prpados para
remedar a los ciegos.

Fiera y plida cicatriz sealaba en lo alto su frente bronceada por el
mar.

Aquella tarde, apenas se hubo sentado en el cofre y puesto a referir
algunos comadreos del mercado, una de las mozas, pasndose ella misma el
dedo sobre las cejas, le pregunt:

--Dec, seor Medrano: quin os labr esa guirnalda?

El escudero baj un momento los ojos sin responder, y sacando de su
escarcela de badana un lienzo encarnado, sonose con l las narices.
Dicho movimiento era a veces el anuncio de prolija narracin.

El nio, apoyado ahora en la rodilla del antiguo soldado, jugaba con su
espada, como de costumbre, tanteando los filos, curioseando las manchas
de la hoja, o blandindola ante s, con infantil arrogancia; pero al
advertir la expresin pensativa del hombre, hinc el acero en el piso
y, apoyando ambas manos en la gruesa empuadura, se dispuso a
escucharle.

Medrano comenz de mal gesto. Era un antiguo episodio del desastre de
los Gelves. Hablaba despacio, con acento semejante al son de un atambor
destemplado, y ms de una vez sus ojos se humedecieron al recordar las
vergenzas de aquella jornada.

Describa el desorden y la fuga de las naves cristianas al presentarse
de improviso la armada turquesca. Estas encallaban en los bajos;
aqullas, por querer escapar velozmente, quebraban sus entenas; otras se
entregaban sin combatir. El, para bien de su honra, se hallaba en el
fuerte. Contaba entonces los horrores del asedio, las enfermedades
desconocidas, las heridas monstruosas, el hambre, la sed! Habl de
soldados que se escapaban de noche para comerse los cadveres de los
turcos; de mujeres enloquecidas, arrancndose unas a otras los pechos a
mordiscos; de madres espaolas que se arrojaban con sus criaturas de lo
alto de las murallas. Cuando el General don Alvaro de Sande obr su
funesta salida, l fue de los escogidos para acompaarle.

Habase puesto de pie para describir mejor aquellos instantes de lucha
desesperada.

--Ya bamos llegando a las galeras--deca.--Los moros escopeteros,
despus de consumir toda la plvora, no podan ofendernos, atajados por
nuestras picas; pero uno de ellos, cosa de no creerse, hincose l mesmo
en el vientre la ma, y dando de esta suerte varios pasos ensartado,
como lo digo, logr llegarse hasta m y alargarme, pesia a tal!, una
cuchillada bien bellaca en la frente. Dejemos esto!--exclam por fin,
con el semblante alterado por el rencor, y sentndose otra vez en el
cofre.

Una de las criadas canturri:

    Los Gelves, madre, no son buenos de tomar!

Pero el antiguo soldado agreg sin orla:

--Cundo verase libre la cristiandad de estos aliados del Demonio! A
las veces me digo: quin otro, llegado el caso, lograr contenellos
agora que falta don Juan, el de Lepanto?

Al escuchar aquella ltima frase, Ramiro, apartndose del escudero y
alzando la espada, repuso con asombrosa expresin:

--Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don Juan, si el Rey me
seala.

Algunas criadas se sonrieron, y el nio, mirndolas en el rostro,
exclam nuevamente, golpeando con el pie en el solado:

--Yo he de hacer lo mesmo, digo e an ms he de hacer, con la ayuda de
Dios e la Virgen!

Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera acababa de abrirse y
una hermosa mujer, extremadamente plida, toda vestida de negro,
penetraba en la estancia. Era doa Giomar, la madre de Ramiro. Sus ojos
fosforescan en la penumbra como humedecidos por lgrimas recientes, y
su voz, de un timbre demasiado bajo tal vez, modul con severa dulzura:

--Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no ha menester destos
alardes. Por qu le habis dado la espada?

El nio, volviendo el rostro hacia ella, se adelant a responder:

--Ese no quera, madre, e yo se la tom con engao.

--Otras sern, hijo mo--repuso entonces la llorosa mujer--, las armas
que has de esgrimir cuando entres al servicio de Dios y de su Santa
Iglesia; y harto mejor estuviera agora en tus manos algn libro de
religin que no ese hierro.

Callose un instante, y el nio, vindola llevarse a los ojos el
estrujado paizuelo, solt al punto la espada, y corriendo hacia ella,

--Por esto lloris?--la pregunt.

--No, hijo mo--repuso la madre, dominada por la congoja.--Conduleme
una nueva triste por dems. Ya no volveremos a ver a la Madre Teresa de
Ahumada... Entr en el gozo del Seor, como una santa, antiyer, en Alba
de Tormes.

Un murmullo de ayes y suspiros se levant en la obscuridad de la
estancia. Algunas mujeres sollozaron.

       *       *       *       *       *

El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquias
tocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanas
cantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepsculo. Hubirase
dicho que la ciudad se haca toda armoniosa, metlica, vibrante, y
resonaba como un solo bronce, en el transporte de su plegaria.

Doa Guiomar, dejndose caer de hinojos, enton en alta voz las palabras
del _Angelus_. Todos, imitando su movimiento, se dispusieron a
responder.

El escudero balbuce las avemaras alzando el rostro y juntando las
palmas como los nios.

Las ventanas, abiertas, dejaban penetrar una paz penumbrosa y el primer
aliento somnfero de la noche.




II


igo de la Hoz y su hija Guiomar se establecieron en Avila el ao de
1570, viniendo de Valsan, junto a Segovia, donde tenan su heredad. El
viaje se resolvi bruscamente, y, una maana lluviosa de octubre, la
carroza de hule verdusco, sin cascabel ni sonaja en las colleras,
penetr en la ciudad, por la Puerta del Mercado Grande, como una hora
despus de la salida del sol.

Desde entonces el padre y la hija llevaron en Avila una vida de
misterio, saliendo slo muy de maana, en sillas cubiertas, para
asistir, cada cual por su lado, a la misa de alba, en alguna de las
iglesias vecinas.

El antiguo solar en que se alojaron, y que junto con trescientas fanegas
de tierra, en el Valle-Ambls, hered el hidalgo de su mujer doa
Brianda del Aguila, estaba situado sobre una plazuela, a pocos pasos de
la Puerta de la Mala Ventura.

Cuadrado torren de sillera se levantaba en el ngulo sudeste,
recortando sobre el cielo su imponente corona de matacanes y morunas
almenas. Era una mole altanera y fosca, manchada a trechos de una costra
rojiza semejante a la herrumbre. Estrechas ventanas de prisin la
agujereaban al azar, y una perlada moldura, que pareca simbolizar el
rosario, ornaba la base de las cuatro garitas y uno que otro antepecho.
El resto del casern era ruin y semibrbaro. Grandes piedras
irregulares, retostadas por el sol, asomaban entre la argamasa de los
muros. Cerca del suelo, una oblicua saetera, semejante al ojo de enorme
cerradura, haba servido en otro tiempo para defender la puerta a
flechazos. Las rejas eran toscas y tristes.

La portada abarcaba casi todo el ancho de la torre. Era una de esas
portadas enfticas y seoriles, tan comunes en Avila de los Caballeros.
Formaban el dintel inmensas dovelas de un solo trozo, abiertas en
semicrculo y encuadradas por gtica moldura rectangular. A uno y otro
lado, en cada una de las enjutas, un escudo esculpido alternaba en sus
cuarteles los blasones de las principales familias avilesas: el
pajarraco de los Aguilas, los roeles de los Blzques, la cabria y el
mazo de los Bracamontes. Hermosos clavos tachonaban el maderaje de la
puerta, y un cincelado aldabn, arrancado quiz de algn alczar
andaluz, colgaba del postigo. Hacia la derecha, otra aldaba ms alta
serva para llamar desde el caballo sin apearse. En el zagun, frente a
una Virgen de bulto, con el Hijo muerto en las faldas, arda
continuamente un farolillo.

El patio era un espacioso rectngulo, encuadrado por claustrales
galeras, sin ms ornamento que los grandes escudos nobiliarios labrados
en los chapiteles. Tupida y alta maleza creca por doquier, respetando,
tan slo, uno que otro espacio cubierto por restos de quebradas losas,
que, as esparcidas entre la hierba, hacan pensar en el osario de
ruinoso convento.

El hidalgo no pens nunca en reparar el abandono de aquel recinto, donde
l mismo se holgaba, como en inculta campia. Unas veces iba y vena
bajo el sol, espantando a su paso las mariposas; otras, pasbase horas
enteras asomado al viejo pozo de carcomido brocal, cavando pensamientos
y contemplando, a la vez, su propio rostro que el agua reflejaba en su
espejo circular y profundo. Aquellas galeras parecan aprisionar para
el anciano pertinaces memorias; y el aire mismo se inmovilizaba entre
ellas, como impregnado de quietud monacal y campesino silencio.

El padre y la hija slo habitaban el piso alto del casern. La majestad
y la incuria reinaban a la par en las estancias. A lo largo de las
polvorientas paredes, donde los tapices flamencos desplegaban
obscuramente sus fbulas, pendan o se apoyaban viejos retratos de
familia y toda clase de muebles seoriles, unos hallados en la casa y
otros trados de Valsan por el hidalgo. Cuando se caminaba por los
estrados, las baldosas, rotas o sueltas, resonaban bajo las alfombras de
Turqua. Sobrecielos de tela de oro y brocatel, que hacinaban polvo y
telaraa en sus pliegues antiguos, ornaban los lechos hereditarios
rodos por la carcoma. Las ventanas se abran rara vez; pero ricos
pebeteros de plata disimulaban el hedor hongoso y ratonil con su
incesante sahumerio.

Encerrado desde el amanecer hasta la noche en la librera del palacio,
don igo dejaba deslizar las horas muertas, meditando o leyendo. Haba
trado de Segovia gran acopio de cronicones de Espaa, mucho libro de
caballeras, no pocos de devocin, _Las Epstolas_ de Sneca, _De
Oficiis_ de Cicern, un Salustio, un Valerio Mximo, un Virgilio y
algunos tratados de matemtica celeste, a ms de una esfera armilar con
zodaco de bronce. Agregbanse los impresos y manuscritos que fue
encontrando en la casa, y entre los cuales aparecieron varios librotes
arbigos, que hizo quemar al pronto, en medio del patio, en presencia de
un cannigo de la Iglesia Mayor.

Al poco tiempo los volmenes se amontonaron sobre el suelo. Cuerpo que
el hidalgo tomaba en sus manos casi nunca volva a los estantes. Para
qu? Le quedaban tan pocos aos de vida! Los ataques de gota se
repetan, cada vez ms prximos, y un mal oculto y febril le iba
desecando el hmedo radical y rebutiendo los hipocondrios. A veces el
sopor le venca, y su boca entreabierta dejaba escapar un balbuceo de
pesadilla, como si la calor del sueo hiciera bullir en su cerebro las
representaciones de su pasada existencia.

Vesta siempre de negro o de pardo, sin otra gala que la venera de oro y
la roja espadilla de Santiago, bordada en todos los sayos y ferreruelos.
En invierno, para ajustarse a la antigua regla de su orden, slo usaba
humildes pieles corderinas. Ayunaba dos cuaresmas al ao: una, desde el
da de _Quatour Coronatorum_ hasta el da de Navidad; otra desde el
Domingo de Carnestolendas hasta la Pascua de Resurreccin.

Era su cuerpo menudo, su rostro cetrino y como hecho de raigambre. El
corto bigote, negro todava, contrastaba con su barbilla cenicienta. Sus
ojos eran vidriosos, monsticos, tristes. Su humor sombro. Crea
descender de un rey de Aragn, y haca remontar su apellido,
etimolgicamente, hasta un cnsul romano. El libro becerro de Segovia
nombraba siempre algn antepasado suyo en las anuales correras de los
caballeros contra los moros de Jan, de Sevilla, de Andjar.

Hasta los cincuenta y dos aos de edad, despreciando todo trabajo como
indigno de sus manos hidalgas, y viviendo exclusivamente de los censos
de sus tierras y de los escudos de oro que, uno a uno, iba sacando de un
cofre, llev una vida ociosa y retirada en su posesin de Valsan o en
su Casa de los Picos en Segovia, sin ms accidente de bulto que sus
bodas con una dama de ilustre familia abulense que, un ao despus de
casada, muri de sobreparto. Pero apenas estall la rebelin de los
moriscos, a fines de 1568, don igo, sintiendo hervir en su sangre el
atvico rencor, reuni un da en su casa a sus amigos y parientes
demostroles con elocuentes razones el imperioso deber de ayudar al
soberano contra aquellos perros infieles. Muchos resolvieron
acompaarle. Volc entonces gran parte de su hacienda para armar, a su
costa, una verdadera mesnada, como los infanzones antiguos.

A las rdenes del Marqus de Mondjar, sealose en las refriegas por una
clera irrefrenable, que ms de una vez pudo costarle la vida,
arrojndole completamente solo entre los enemigos, en la saa de las
persecuciones. Predicaba la guerra sin cuartel y la castracin general.

El fue quien hizo descubrir al famoso caudillo Aben-Djahvar, por medio
de espantosos tormentos, dos escondites de armas en Sierra Nevada.

En el paso de Alfajarali recibi en medio de la frente el puntazo de un
cuchillo corvo que un morisco, de aquellos que peleaban coronados de
rosas en seal de martirio, le arroj desde lejos. Pero, en lo ms rudo
de la campaa, tuvo que retirarse a su heredad, desarzonado por un
terrible ataque de gota, recibiendo poco despus el hbito de Santiago,
en pago de sus servicios.

Hasta los ltimos aos de su vida sola consolarse de sus mayores
pesares recordando los episodios de aquella fiera vendimia de la
Alpujarra.

       *       *       *       *       *

Haba heredado de sus mayores el sentimiento heroico de la honra y un
seoril desprecio por todos los afanes del inters y del lucro. Tanto en
Avila como en Segovia, desdeando la administracin personal de la
propia hacienda, entregola por entero, con las llaves de sus arcas y las
funciones de maestresala, a un mayordomo flamenco, cuya probidad crea
asegurar, de tiempo en tiempo, mediante alguna demostracin caballeresca
de confianza y uno que otro aforismo de las Partidas. Fuera del vino de
Madrigal, guardado en pellejos taberniles, no se hallaba provisin
alguna en la casa, y, continuamente, los criados salan a mercar a
crdito en la vecindad lo que se iba necesitando.

Las angustias de dinero no tardaron en sobrevenir; pero el hidalgo, cuya
altivez no aceptaba las humillaciones de la economa, fue empeando uno
a uno sus bienes a los genoveses. Si la premura era grande, haca
descolgar un tapiz, negociar una joya o pagar ciertos gastos con las
piezas de su innumerable vajilla, cuyos platos, fundidos en las minas de
Amrica, hacan fcilmente las veces de monedas enormes. El era, sin
embargo, harto sobrio. Un caldo de torrezno, que se serva en una sopera
con candado para defenderlo de la voracidad de los pajes, un huevo, y
algn hojaldre relleno de picadillo con pebre, bastaban a cualquiera de
sus colaciones. Algunos viernes, como un acto ritual, beba una taza de
vino y probaba algunos bocados de cerdo, para diferenciarse de moros y
judos.




III


Guiomar y don igo se vean tan slo a las horas de la comida y de la
cena. El anciano, sentado a la cabecera, y su hija, hacia un extremo de
la tabla, entre Ramiro y el Capelln, permanecan todo el tiempo sin
hablarse. En medio del angustioso mutismo, cualquier rumor, el choque de
la platera, las pisadas de un paje, el grito de los buhoneros en la
calle, cobraba un eco solemne.

Al levantarse, cuando la gota se lo consenta, el anciano caminaba
algunos instantes a lo largo de la cuadra. Guiomar y su hijo se
acurrucaban junto al brasero. Oase el tic-tac de un cuadrante. Nadie
hablaba.

No hubiera podido decirse, al pronto, si era una aversin recndita o un
dolor compartido lo que motivaba dicha reserva. Cada uno se informaba
del otro por medio de la servidumbre. Para Guiomar su aposento,
inmediato al oratorio, tena austeridades de celda, y cuando cruzaba
las dems habitaciones, pareca visitar una casa extraa, dejando tras
s como flotante congoja. Su lozana de otros tiempos, y el mismo brillo
de sus pupilas, mantenido entonces a favor de melindroso pestaeo, todo
huy prematuramente de su rostro, macerado por los pesares; y el negro
monjil ahuyent para siempre los tafetanes de colores y las graciosas
basquias de la adolescencia.

Antes de que cumpliera los quince aos, don igo la haba prometido en
casamiento a su primo Lope de Alcntara, con quien le ligaba, fuera de
un fraternal afecto, una noble emulacin en la fidelidad y el
sacrificio. Era el tal Lope un caballero cincuentn de infelice rostro,
y slo adornado de las ms severas virtudes. La doncella senta por l
invencible repugnancia; pero incapaz de afrontar el nimo recio de su
padre, se resign a ser ofrecida como tributo de aquella ejemplar
amistad, que era ya citada por todos en Segovia.

Como a toda hidalgela, vedronla desde temprano la lectura de los
libros de caballeras, que tanto abundaban en la casa, pintndoselos
como obras de pura vanidad y de sutil incitacin al pecado. Por eso, tal
vez, comenz a sacarlos, uno a uno, furtivamente, de la biblioteca
paterna y a saborearlos de noche, en la cama, a la luz de un veln,
cuando todos dorman.

La impresin de aquellas aventuras estrafalarias fue para ella como un
filtro hechiceril. Ya no pensaba sino en bizarro y generoso caballero
que viniese a libertarla y la llevase lejos, muy lejos, en la grupa del
palafrn. Comenz a vivir en la amorosa cavilacin, en los coloquios y
raptos de las historias, soando despierta, olvidando la vida
cuotidiana, dando respuestas absurdas y palpando las cosas, como una
sonmbula, sin saber lo que buscaba. Aficionose a los olores, a los
jubones recamados de canutillos y aljfar. Aliose como nunca las manos
y la guedeja. Los confesores la previnieron; pero ya no era tiempo.

Una tarde de verano, en Segovia, contemplando desde su habitacin el
rojo deshojamiento del crepsculo sobre el valle del Eresma, vio pasar
por la calle a un arrogante galn que se detuvo a mirarla. Iba vestido a
lo soldado, con harta pluma en el sombrero. Una daga cubierta de piedras
preciosas brillaba sobre sus gregescos acuchillados.

Aquella escena muda se repiti varias veces. Algunas noches una voz
llorosa y sombra cantaba debajo de su ventana, al son de una guzla. El
billete atado a una piedra no se hizo esperar. Por fin los garfios de
una escala de seda se engancharon a su balcn, y su labio sorbi, sobre
Segovia dormida, el deliquio del primer beso nocturno.

Cuando se hubo rendido por entero al pecado, y la arrancaron de su
embriaguez los primeros anuncios de la maternidad, crey enloquecerse.
Sin esperar, revel todo a su padre. Entretanto el seductor desapareca
de Segovia. Medrano fue encargado de ir en su busca. Poco despus, en
Arvalo, el mismo desconocido se present al escudero, declarando su
nombre y su raza. Era un morisco.

--Decid a vuestro amo--exclam al despedirse--que yo quise herille su
honra por vengar a mi padre el valiente Aben-Djahvar, a quien l hizo
sufrir en Almera despiadado tormento; pero que, si l consiente agora
en casar a su hija conmigo, ir a postrarme a sus plantas.

El hidalgo, al recibir aquel terrible mensaje, se abalanz sobre Guiomar
con la daga desnuda; pero, sintindose desvanecer, y creyendo que se
mora, la maldijo el fruto que llevaba en el vientre.

Qu das los que siguieron! Lope de Alcntara fue informado de todo, y
aquel hombre, loco de amor o de lealtad, al escuchar la exasperada
relacin de boca de su amigo, en vez de enfurecerse, exigi que se
realizaran al punto sus bodas; y a los tres das de casado se parti
solo para Flandes.

Algunos meses despus don igo reciba una carta de su amigo Sancho
Dvila hacindole saber la manera admirable como su yerno haba
sacrificado la vida en un encuentro con los hugonotes de Francia.

Guiomar, como si hubiera asido con ambas manos la herida abierta en su
pecho por tanto dolor, pareci escurrir fuera de s el exceso de aquella
sangre culpable, cuyos ardores haban mancillado su honra. Enfermiza
palidez enmascar su rostro. Sus manos tomaron impresionante blancura
entre sus vestidos de luto; y su alma se inclin toda entera hacia el
rayo de luz de la esperanza divina. A pesar de su preez, someti su
cuerpo a las ms arduas penitencias, imitando, dentro de su casa, en lo
que era posible, la nueva reforma del Carmelo.

Cuando se acercaba el da del parto, don igo resolvi cambiar de
residencia y se trasladaron, para siempre, a Avila de los Santos. All
vino al mundo Ramiro, un 21 de diciembre, da de Santo Toms, el ao de
1570, bajo la constelacin de Saturno y los signos de Acuario y
Capricornio.




IV


Respirando aquel aire claustral de tristeza y de encierro, con el
azoramiento instintivo de los nios en las grandes desgracias, sin una
alegra, sin un compaero de su edad, gobernado por seres taciturnos que
hablaban de continuo en voz baja, vivi Ramiro los obscuros das de su
niez. La menor expansin infantil, su misma sonrisa, hallaban siempre
un dedo sobre un labio. A los siete aos de edad sumiose en un mutismo
melanclico, pasando horas enteras en algn escondite, las manos quedas
y el rostro como apenado. Haba algo de monstruoso en el contraste de
sus tiernas facciones con el ceo de aquella frente cargada, al parecer,
de adultos pensamientos.

Desde temprano, su madre rodrigole en la dureza de implacable devocin.
Asista con l todos los das a la misa de alba en las parroquias de San
Juan o Santo Domingo; le habituaba a las oraciones difciles que
ofuscaban su mente, y a las interminables letanas que hacan retorcer
de impotencia al Demonio. Diole, adems, para su uso, un rosario de
quince misterios, como el que llevaban los monjes. Deba besar el suelo
humildemente ante las imgenes de Nuestra Seora del Carmen, y
depositar, asimismo, su sculo en el escapulario de los religiosos para
ganar indulgencias.

Despus de la primera comunin la rigidez aument. Doa Guiomar
castigaba ahora su falta ms mnima con penitencias monsticas,
inculcndole el desprecio del mundo y el terror al pecado. Todas las
noches lea; junto a su lecho, en el _Flos Sanctorum_ la historia del
santo del da y, a veces, dejando el libro, relataba ella misma los
milagros de alguna monja de la ciudad o los trabajos y prodigios de la
Madre Teresa de Jess, parienta suya por lnea materna. Decale los
coloquios diarios de aquella santa mujer con el Seor, y cmo, en medio
de la oracin, el aliento celestial la tocaba de pronto, levantando su
cuerpo a varios palmos del suelo. Aquellas cosas eran contadas por la
madre con un acento estremecido que derramaba en la noche como sagrado y
temeroso aroma de santidad.

Durante la mayor parte del da se le abandonaba a su albedro. El abuelo
no le hablaba jams. El nio, entretanto, vagando por el casern, miraba
por los vidrios a los muchachos que jugaban en la plazuela, suba a la
estancia de labor en el ltimo piso de la torre, o bajaba a la cuadra de
los pajes, en el corral, para llevarles algunas golosinas que apartaba
de sus propias colaciones. Ellos, al verle aparecer, salan a las
puertas, sonrientes y famlicos. La larga habitacin, semejante a un
ventorrillo de moros, estaba atestada de cofres de piel y de hierro, que
parecan del tiempo del Cid, y de estrechas tarimas cubiertas de mantas
inmundas. Al entrar, las narices se llenaban de un tufo acre y caliente.
Nunca faltaban sobre el piso de tierra pelculas de ajo y pedazos de
naipes. Parte de la servidumbre pasaba all varias horas del da
durmiendo o jugando como en una taberna. Colgadas de la pared veanse
las ostentosas libreas de tafetn o terciopelo galoneadas de plata.

Otras veces Ramiro curioseaba la negra cocina; el horno del pan, capaz
de abastecer a un convento; la panera, donde se guardaban los sacos del
diezmo; o, bajando por una rampa de piedra, hacia la derecha del portal,
base a palmear las mulas y el cuartago en las caballerizas
subterrneas.

La cochera no guardaba otro vehculo que la carroza de hule verde trada
de Segovia y que slo rodaba cuando sus dueos, al llegar el esto, se
retiraban a su casa de campo en el Valle de Ambls. El resto del ao
quedaba abandonada por completo en la obscura covacha. El nio penetraba
en su interior todos los das para coger el huevo que una gallina
misteriosa pona sobre los cojines de bronceado guadamacil.

       *       *       *       *       *

A los diez aos de edad Ramiro pareca tocado de Dios. Su madre le vea
internarse, como un predestinado, en la aspereza y el recogimiento. A
travs de una antepuerta oyole a veces recitar, con exaltada pasin,
endechas religiosas que ardan como llama en su labio; otras, veale
ocupado largo tiempo en copiar los hechos ms notables de Jesucristo y
de su gloriosa Madre; y observ que siempre trazaba el nombre de Nuestro
Salvador con tinta de oro y en caracteres azules el de la Santsima
Virgen. Le crey asegurado, y, parecindole a ella misma imprudente
seguirle reteniendo en aquella clausura que le amarilleaba el semblante,
resolvi que el escudero le sacara a pasear, de tiempo en tiempo.

Medrano se presentaba despus de medioda, y el nio, vestido por las
doncellas con traje de terciopelo negro, zapatos con virillas de plata,
gorra morada, una lechuguilla fresca y un corto espadn, iba a
despedirse de la madre. Ella le marcaba la crencha, con el peine, hacia
un costado, segn la manera espaola, y, hacindole rezar un Ave y un
Pater, le despachaba con un beso.

As fue conociendo Ramiro la ciudad con sus arrabales y contornos. Era
una revelacin incesante para sus ojos hastiados del cuadro montono del
casern. El afn diverso de la vida invadi bruscamente su espritu.
Adems, las fieras murallas le hablaron un lenguaje legendario y
heroico, y los templos, con sus graves sepulcros, le dijeron las glorias
del hombre y el orgullo de los linajes.

Como el escudero mantena trato frecuente con algunos clrigos de las
parroquias, oa relatar o discutir, a menudo, en los corrillos de
sacrista, las tradiciones aejas de la ciudad, y, de esta suerte, su
retentiva atesoraba admirables historias, que haban de servirle despus
para embelesar a las criadas o hacerse agasajar de barato en tabernas y
pasteleras. Ramiro aprovech de aquel saber pegadizo. El antiguo
soldado le ilustraba ante las cosas mismas, descifrando a su modo las
inscripciones y marcando con desparpajo el sitio de los sucesos. As
supo Ramiro los trgicos amores del famoso caballero Nalvillos con la
mora Aja Galiana. Fue tambin el escudero quien le cont por primera
vez, ante la Puerta de la Mala Ventura, la historia de los sesenta
rehenes de Avila, cuyas cabezas hizo hervir en aceite el Rey Alfonso _el
Batallador_; as como el arrogante sacrificio de Blasco Ximeno, que
fuese a retar, a su propio campo, al Rey alevoso y perjuro.

La famosa proeza de Ximena Blzquez fue referida sobre uno de los
inmensos torreones de la Puerta de San Vicente; y ya Ramiro no alzaba
los ojos a la muralla que no recordase el ardid de aquella hembra que,
en ausencia de los caballeros, viendo llegar a los moros almoravides,
subi a las almenas con las mujeres de la poblacin todas cubiertas de
barbas y sombreros, consiguiendo amedrentar de esta guisa a los
infieles, que se alejaron a escape de la ciudad, creyndola bien
defendida.

       *       *       *       *       *

Medrano tena en Avila numerosas amistades; pero su ms generoso
camarada, ya fuera que se tratase de beber en compaa una bota de San
Martn o de procurarse algunos doblones en un caso de apuro, era el
portugus Diego Franco, campanero de la Iglesia Mayor, que habiendo
trabajado de pelaire en Segovia, fue ms tarde tamborilero en Brujas y
en Amberes, de donde trajo su gran aficin a las campanas.

Era una fiesta para Ramiro cada una de las visitas que solan hacer, en
lo alto de las torres, a aquel bachiller de badajos, como le llamaba
el escudero.

Despus de pasar el umbral de la Iglesia, Ramiro tiraba de una cuerda
oculta detrs de la portada, y, casi al instante, all arriba, a una
altura vertiginosa para sus ojos de nio, asomaba, por un agujero
practicado en la bveda, un rostro diminuto de mujer o de hombre. Poco
despus, oase un ruido de tacones en el interior de un grueso pilar,
hacia la derecha; el cerrojo cruja, y la puertecilla, al abrirse,
presentaba al campanero, o a su esposa, trayendo en una mano el manojo
de llaves y en la otra un farol encendido.

Comenzaba entonces la ascensin por el hueco de aquella columna del
templo. Los peldaos eran tan altos que Ramiro tena que ayudarse con
las manos. Slo, de tarde en tarde, la angostura de una aspillera dejaba
penetrar un rayo de sol colorido por los vidrios y perfumado de
incienso.

La visita se realizaba comnmente en lo alto de la torre truncada, bajo
un cobertizo de tejas, reclinado cada cual sobre las tablas de una
zahurda, donde los esposos criaban una media docena de cerdos, negros
como la pez. Ramiro se entretena en curiosear los misterios de la
techumbre o en contemplar la ciudad y los horizontes, desde aquella
elevacin que produca en todo su ser el antojo de un vuelo fantstico.

Franco era mezquino de cuerpo. Cuando algo le preocupaba mascbase el
bigote nerviosamente. Su mujer, Aldonza Gonzlez, a quien todos llamaban
_la extremea_, era, en cambio, garrida y vigorosa. Ella manejaba las
dos campanas ms gruesas, dejndole a l los clarillos y esquilones.

Muchas veces, teniendo que echar algn repique de importancia, subieron
los cuatro a la torre. El escudero ayudaba, y Ramiro, aunque sacudido
hasta los tutanos, se complaca en aquellas detonaciones espantosas que
amenazaban derrumbar el campanario y lanzarle a l mismo a los aires,
como una paja, en el sonoroso turbin. Aldonza, en el entusiasmo de su
faena, mostraba todas las calzas hasta la carne.

Era una hembra casi hermosa. Su piel tierna como las natas, su labio
rojo como un pimiento de Candeleda; pero tanto su cabello bravo como su
bozo de mancebo, denotaban un natural hombruno y procaz. Manejaba al
marido como a un esclavo, descargando sobre l el exceso de vigor que
renovaba en su sangre el aire pursimo de las torres. Ramiro la
observaba de soslayo. Ella gustaba sobremanera del nio. A veces, cuando
nadie vea, levantbale en peso y acostndole sobre un escao, trataba
de animarle y hacerle rer con sus violentas cosquillas y estrujaduras.

       *       *       *       *       *

Los das de fiesta, el escudero prefera pasarlos en su propia covacha,
jugando a los naipes con sus amigos. Cuando llegaba con el nio llamaba
al punto a su hija Casilda, donosa chicuela que hechizaba el tugurio con
su hermosura, haciendo pensar en esas infanticas abandonadas de que
hablan las leyendas. La madre haba sido una espaola de Amalfi, que el
escudero rob una noche, hiriendo al padre y matando a un hermano, y
que, descubierta dos aos despus, prefiri dejarse ultimar en el
tormento antes que denunciarle.

Componan la covacha dos habitaciones con un jardincillo, en el fondo de
una casucha, detrs de San Pedro.

A pesar de la dulzura y la belleza de Casilda, Ramiro la trataba siempre
con altanera frialdad. Ella escuchaba cada palabra suya parpadeando de
admiracin. Quitbale las manchas de cal o de polvo de sus ropas,
besbale a cada instante las manos. Cuando jugaban en el jardincillo era
ella la que corra a traer la guija para la honda o la vara de la
improvisada ballesta, mientras l esperaba tieso y seoril. Sin embargo,
alguna vez al despedirse, Ramiro junt su boca con la de aquella
criatura vestida de harapos como una gitana, y este movimiento maquinal
lleg a despertarle, en el correr de los das, cierto extrao deleite,
que le recordaba el saborcillo sucio de las frutas cogidas en el suelo.




V


Despus de residir en Avila ms de nueve aos, la nica persona con
quien don igo os estrechar amistad fue el caballero don Alonso
Blzquez Serrano. Como sus heredades en el Valle-Ambls estaban
contiguas y sus mujeres haban pertenecido a la misma familia de los
Aguilas, no tardaron en conocerse.

No haba en la nobleza comunal abolengo ms preclaro que el de los
Blzquez. La historia de aquella estirpe estaba ilustrada de ms altas
proezas y famosos amores que un libro caballeresco. Don Alonso
descenda, por lnea recta de varn, del adalid Ximeno Blzquez, primer
Gobernador y Alcalde de la ciudad, cuando fue repoblada por el Conde
Raimundo de Borgoa. Blasco Ximeno, el del reto; Ximena Blzquez, la de
los sombreros, y el famoso Nalvillos, casado con la mora Aja Galiana, y
casi tan famoso como el Cid, eran sus antepasados. De muy antiguo
databa la resolucin del Consejo de que siempre que saliera gente de a
caballo de la ciudad, en servicio del Rey, hubiese de ser su caudillo o
adalid descendiente del noble Blasco Ximeno, el reptador, e no de otro
linaje. Otros su pendonero o alfrez.

En la antigua iglesia de San Pedro puede verse la capilla de los Serrano
y sus blasonados sepulcros vetustamente rodos. Era esta otra casa
clarsima y antigua. Don Alonso poda usar el blasn de los cinco lises
alternados con blancas veneras en campo de plata, o el de los leones
rampantes en campo de azur. Los honores haban resplandecido siempre en
su familia.

Su palacio, heredado de su mujer, se levantaba hacia la parte del Norte,
unido a la muralla de la ciudad, segn uso inmemorial de los mejores
linajes. Uno de los cubos almenados erguase en el fondo del huerto, y
su defensa haba correspondido siempre a los Aguilas. El hidalgo resida
breve parte del ao en el solar; la corte le atraa con imn poderoso.
En cambio, la existencia muda y monstica de Avila de los Santos, donde
pasaba horas eternas sin escuchar otra nota de vida que el taido de
alguna campana o el canto de un gallo, le exasperaba el humor como un
duro cautiverio.

Fuera del combate de Lepanto, en que, armado de ancho espadn de guzmn,
batiose bravamente en la proa de una galera, recibiendo una pelota de
arcabuz en el hombro y una lanzada en el muslo, no registraba en su vida
otra accin memorable. Pasolo casi siempre en los oficios palaciegos. A
los diez y ocho aos de edad era paje de Ruy Gmez de Silva, y a los
treinta, gentilhombre del Rey, que le hizo acordar, ms tarde, por su
comportamiento en la flota, el hbito de Calatrava.

Haba estudiado en Salamanca, residido dos aos en Miln y tres en
Venecia. El recuerdo de esta ciudad le exaltaba todava hasta el
delirio. Gustbale de disertar sobre las cosas del arte, y refera a
menudo sus plticas con el Tintoreto, a quien haba conocido
ntimamente. El latn y la dulce lengua toscana le eran tan familiares
como su propio idioma. Al hallarse solo entre sus libros antes coga las
_Metamorfosis_, o la _Jerusaln libertada_, que las speras epstolas de
San Pablo. Todos saban que haba ofrecido al Cabildo de la Catedral
hacer revestir a su costa la gtica portada de los Apstoles con un
peristilo greco-romano. Los cajones de sus bufetes estaban llenos de
ensayos poticos, en que cantaba, al modo de Boscn y Garcilaso, a Clori
y a Galatea. Llevaba concluida una traduccin de _El laberinto de amor_,
sendas glosas de los sonetos de Petrarca, y tena entre manos una feliz
imitacin de la _Arcadia_ de Sannzaro. Para l, aquella naturaleza
desolada y adusta que rodeaba, por todos lados, a su ciudad natal no
mereca un hemistiquio.

Las galas al uso, la continua genuflexin, el ambiente de los estrados y
todo el artificioso juego de sentimientos alambicados o fingidos, todo
aquel estoraque, todo aquel histrinico afeite de la vida cortesana,
agravado por los exquisitos refinamientos que, segn don igo, la
prudente malicia de los extranjeros brindaba a los espaoles para
afeminalles el valor, haban concluido por cubrir con mentirosa
envoltura la austera fibra castellana de don Alonso. Sin embargo, no se
tardaba en advertir que un alma recia como un estoque se ocultaba por
debajo del bordado terciopelo de aquella vaina de ceremonia, y que su
honra era siempre tan puntillosa como pudo serlo en el corazn o la
mejilla de los que descansaban en San Pedro, con su par de espuelas en
el calcneo. Slo que los tiempos haban hecho llegar hasta l, desde
temprano, los granos de fina sensualidad que la vida fascinadora de
Italia aventaba sobre los reinos, propagando el gusto de la pompa y del
bello vivir.

Amaba los ricos objetos, el aparato palaciego, la numerosa servidumbre.
La mucha hacienda serva ante todo, segn l, para no envilecerse en
ganarla y poder mostrar mejor la alta guisa del nimo. Era de condicin
levantada y esplndida. Pensaba que por encima de todo acto del hombre
deba palpitar un gesto generoso y brillante, como la pluma en el
sombrero.

Su lujo en el vestir burlaba las pragmticas. Nadie usaba en la corte
espada ms larga que la suya, ni lechuguilla ms eminente y ms ancha.
Haca tejer en Miln sus brocados y brocateles segn antiguos modelos
del guardarropa de familia, y slo los lapidarios de Florencia eran
dignos de grabar el onix y la cornalina para el sello de sus sortijas y
el pomo de sus dagas.

Varios aos de juventud los pas embebecido de la joven esposa de un
Consejero de Castilla, y gust mucho en la corte aquello de haber dado
dos mil escudos de oro por un lenzuelo manchado en sus sangras, que le
present el cirujano. Antonio Prez mostrbale siempre gran aficin, y
l contaba con aquella amistad y valimiento para lograr una silla en el
Consejo de Italia a la primer coyuntura.

Su amor por las cosas que concretaban una calidad exquisita de rareza o
de arte era sobradamente sincero; pero saba tambin que el culto
ostensible de aquella pasin pona una orla incomparable a la vida
seoril, y, desde temprano sirvindose de sus amigos de Miln y Venecia,
comenz a reunir en su casa un verdadero tesoro.

Los objetos que heran la imaginacin del hidalgo con ms sutil embeleso
eran sus vidrios y marfiles. Estos, fros, tersos y cuasi dorados,
provocbanle indecible entusiasmo. Tena gestos de verdadero amor para
cogerlos de los fanales y acercarlos a la luz. Hubirase dicho que sus
manos opriman con fraternidad aquella aristocrtica y plida materia,
donde los rayos de sol remedaban un rubor interno de sangre.

Hacia el centro de la cuadra principal, sobre dos largas mesas
fabricadas de minsculos espejos, las fuentes, los vasos, las copas de
Venecia entremezclaban al azar su tenuidad casi incorprea, y de una
fina manera el azogado cristal inverta como un estanque el precioso
florecimiento.

Algunos de aquellos objetos prolongaban el milagro de vivir
centenariamente. Piezas del siglo anterior, arquetipos de la generacin
innumerable, haban sido exornados de mascarones y de imprevistas
alimaas por la tenacilla de Vistori, de Ballorino, de Beroviero, en la
gran poca visionaria de la cristalera. Vidrios turbios, de un glauco
tinte lodoso como el agua de los canales, de la cual aparentaban haber
tomado toda su fantasa. Su manejo educaba la mano mejor que los
marfiles. Don Alonso los tomaba con cuidado infinito, como si un
movimiento poco armonioso pudiera quitarles la vida. Un amigo suyo, un
pintor formado en Venecia, a quien llamaban el Greco, habale enseado a
mirarlos de noche en un rayo de luna. Sobre la vaga substancia la luz
astral rielaba un reflejo fosforescente. Entonces, cual si hubiera cado
en su pupila la gota de un filtro, don Alonso crea respirar el olor de
la noche sobre las aguas, vea las escamosas estelas, las aturquesadas
blancuras de los palacios, la lobreguez de los pequeos canales
internados en el misterio.

As, por la virtud del vano cristal, aquel hidalgo, desde su reseca y
polvorosa Castilla, crease transportado a la ciudad de las lagunas,
donde pasara, bajo el negro o verde antifaz, horas inolvidables.

       *       *       *       *       *

Entre don igo y don Alonso Blzquez Serrano formose pronto esa amistad
ceida y lisonjera que suele enlazar a los descontentos. El uno clamaba
en tono altivo y proftico contra la poltica del monarca, quien, a la
vez que iba aniquilando los fueros de la antigua nobleza, toleraba en su
reino catlico la vergonzosa plaga de los moriscos. El otro, mirando de
hito en hito hacia las puertas, refera bajezas y crmenes recompensados
con grandes honores y mercedes.

Cierto da, al retirarse de una de sus visitas, Blzquez Serrano top
con Ramiro en la antecmara. El nio estaba sentado en una silla de alto
y esculpido respaldo. Sus ojos parecan contemplar fijamente alguna
imagen dolorosa de su propio cerebro. Hubirase dicho un infante
embrujado.

Don Alonso, bajo su varonil empaque, disimulaba un corazn capaz de
profundos enternecimientos que le humedecan de sbito los ojos, como a
una mujer. Haba mirado siempre a Ramiro con indiferencia; pero, al
verle ahora sumido en aquella melancola, sinti una extraa compasin
que l mismo no hubiera podido explicar. Desde entonces comenz a
agasajarle. Al siguiente da le mand buscar con su enano. Hzole
ensear toda la casa, el huerto, las murallas; y llevole l mismo a
conocer a su hija Beatriz, preciosa mujercita de diez aos, que les
recibi en gran aposento perfumado y oscuro, sentada sobre un cojn
azul, entre las dueas.

Cuando la nia se hubo puesto de pie, Ramiro se adelant tendiendo los
brazos; pero ella le contuvo con grave reverencia. Una emocin profunda,
indecible, estremeci el pecho del nio. El enano le puso la mano sobre
el hombro y salieron.




VI


La heredad de igo de la Hoz, en el Valle-Ambls, estaba situada casi
al pie de la sierra, como un cuarto de legua al poniente de Sonsoles.
Componase en un principio de un retazo de monte y de trescientas
fanegas de tierra de sembradura; pero, debido a los apuros del seor,
haba ido mermando rpidamente, hasta reducirse a un espeso carrascal y
a estrecha lonja de prado, en cuyo extremo se levantaba la ruinosa
casera de los padres de doa Brianda. La jara, el cantueso y la viciosa
maleza haban invadido los jardines que existieron. Los caminos slo se
adivinaban por la alineacin de los rboles. En el monte era difcil
avanzar. La naturaleza, enseoreada durante muchos aos de abandono, se
defenda ahora con la maraa, con el fustazo, con la espina.

En cambio, desde las ventanas altas del casern se contemplaba el
aliado verjel de don Alonso, con sus estanques repletos, sus senderos
limpios y sus alheas y arrayanes recortados graciosamente como en los
jardines de Italia. Distinguanse, asimismo, los famosos parapetos
imaginados por el hidalgo, y cuyos mosaicos de piedrecitas blancas,
negras y coloradas figuraban fbulas de Ovidio. Algunas tardes suba en
el aire rosado el agua de los surtidores, empapando al caer las
escalinatas y los follajes.

Ramiro aficionose muy pronto a la vida libre que llevaba en la heredad.
Cuando hubo cumplido los trece aos, Medrano, que sola alojarse con su
hija Casilda en las cuadras bajas del granero, enseole, en el caballejo
de un gan, todos los rudimentos de la jineta y de la brida. Adems,
haciendo l mismo una lanza ligera con sus gallardetes y cordones,
mostrole el modo de manejarla; y algunas noches, a la luz de una vela,
le ejercitaba, por medio de su propia sombra, en bajar y subir la mano
hasta el odo, para que aprendiese a embestir con gallarda.

Medrano tena, junto a su lecho, dos espadas: la una, angosta y larga
por dems, con calada guarnicin; la otra, con pesada empuadura de reja
y ancha hoja de dos filos.

--Este acero--deca sealando su fina espada escuderil--es doncel, no
sabe lo que es hundirse en la carne hasta el recazo; pero
aquste--agregaba, descolgando con un gesto de amor su joyosa de antiguo
soldado--ha sacado ms sangre que un barbero y ms almas que una monja.
Con l he hurgado las tripas a ms de un valentn, descalabrado a ms
de un rival y cortado a cercn, bonitamente, no s cunta gola
turquesca!

Ramiro le escuchaba experimentando un singular deslumbramiento y, al
empuar l mismo la espada, parecale que el corazn le creca dentro
del pecho.

Las lecciones de esgrima principiaron. El escudero palpbale sus
msculos precoces, y a medida que sus fuerzas medraban bale enseando
esas tretas misteriosas, a las cuales crea deber su buena ventura todo
soldado que llegaba a la vejez.

Ciertos das, durante las horas de la siesta, escapando a la vigilancia
de doa Guiomar, salanse los dos en busca de algn sitio umbroso del
monte. El nio aspiraba con fruicin el humo rstico de las fogatas que
ardan de ordinario en la vecina heredad; y el sol y el perfume
tornbanle al pronto extremadamente sensible.

Medrano, despus de sentarse a la sombra de algn rbol, quedbase mudo
un instante, sin otro movimiento en toda su figura que la roja pluma del
sombrero que el cfiro agitaba. Pero poco despus, incitado por la vista
del valle, cuya extensa claridad le recordaba la mar luminosa y
tranquila, ponase a referir la captura de poderosos bajeles o algn
audaz desembarco en las costas de Levante. Ramiro no perda un solo
ademn, un solo vocablo del narrador, y, por momentos, la pasin de la
lucha le alucinaba con tal mpetu que llegaba a creerse, l mismo, sobre
la cubierta del navo o entre los caballos y alfanjes de los infieles.

Otras veces, en cambio, dejndole hablar sin orle y abstrayendo su
espritu, fijaba sus grandes ojos en los muros de la ciudad, cuya
sombra, torreada y rojiza se contorneaba hacia la parte opuesta del
valle, cual inmensa corona de hierro. Soaba, entonces, que l era
llamado a cubrirla algn da de nueva honra cristiana, hasta ser
aclamado por el primero de todos en el valor y el renombre.

       *       *       *       *       *

Algunos libros de caballeras y uno que otro tratado de brida y de
jineta que sorprendi sobre el bufete de su aposento, hicieron
comprender a la madre lo que estaba aconteciendo en el nimo de su hijo.
Consult el caso con su capelln, un viejo fraile franciscano, que era a
la vez el maestro de gramtica de Ramiro, y le fueron aconsejados los
remedios de la Iglesia: la plegaria, la penitencia, el recogimiento.

El nio se someti con mansedumbre, lleno de piadosa inquietud.




VII


Era uno de esos das de bochorno canicular a que no escapa, con ser tan
empinada y ventosa, toda aquella regin de Castilla. Un aire abrasador
se amodorra en las navas, y el cielo sin nubes embravece su tinte como
el esmalte en el horno. La pea cruje bajo la rabia del sol, el rbol se
tuesta. Aqu y all, a lo largo de los caminos, la recua o el rebao
levantan grandes nubes de polvo, cual si fueran ejrcitos.

Torvo reflejo mineral flotaba sobre el Valle de Ambls. El paisaje era
an ms austero bajo aquella claridad implacable.

Comenzaba la trilla. La mies rebrillaba en las eras.

Los labriegos tenan que turnarse sin cesar para ir a beber a la sombra
de los carros. Entretanto, unos alzaban el bieldo perezosamente, otros,
tiesos como postes sobre las tablas trilladoras, giraban de mala guisa
acuciando con rabia a las mulas y a los bueyes, y apendose a cada
momento para hacerles sonar los lomos o las quijadas con sus garrotes.

Ramiro, ahitado de lecturas religiosas, cogi las _Aventuras de Silves
de la Selva_ y fuese a esconder en un obscuro recoveco del monte que
formaban tres gruesos peascos a la sombra de una encina.

Tendido en el suelo, con la sien sobre el puo, suspenda por momentos
la lectura, para sentir mejor el deleite de su escondrijo. A veces un
rayo luminoso pasaba entre el follaje y haca temblar sobre el libro una
medalla de sol. Aquella sombra le saba a la frescura barrosa que el
agua conserva en las alcarrazas.

De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo levantar la cabeza.
Mir. Era Medrano corriendo por el atajo en direccin al casero.

--Dnde vais?--gritole.

El escudero indic con breve ademn que le siguiese.

Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte, Medrano
cont brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad, Cerbero, el
perrazo que serva de guardin en los portones, se haba vuelto rabioso,
mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte. Don Alonso se hallaba
en Madrid y su hija haba quedado con las dueas, las cuales le mandaban
llamar a toda prisa para que dirigiera a los gaanes en la caza del
mastn. Ramiro tuvo un deslumbramiento sbito. Acordose de los
caballeros donceles que en las historias descabezaban endriagos,
vestiglos y fieros leones, redimiendo princesas, desbaratando
encantamientos y maleficios. Al mismo tiempo el rostro de Beatriz cruz
por su imaginacin.

Cuando el escudero iba a ceirse la ancha espada de dos filos, l, sin
pronunciar palabra, puso ambas manos en la empuadura del arma,
mirndole con expresin a la vez suplicante y resuelta. El antiguo
soldado comprendi. Tomando entonces para s la espada ms fina, dej la
otra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: Vamos presto, que nos
esperan, sali de la cuadra.

Llegaron a la mansin de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba toda
cerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera toparon con
seis hombres armados de chuzos y horquillas.

El escudero reparti las rdenes. Cada cual trepara por un punto
distinto del monte, y apenas divisase al animal dara tres fuertes voces
de auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas, dndole un
cuerno de caza y pidindole que no se moviera de aquel sitio.

       *       *       *       *       *

Algo despus, cansado de esperar, Ramiro comenz a internarse tambin
entre los rboles.

Muchos relatos, all en la torre solariega, le haban hecho saber lo
que era el peligro de la rabia y el pavor que esparca por los pueblos y
campias aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y la muerte.
Se echaban todos los cerrojos, se recogan los gatos, los perros, los
asnos, y mientras las mujeres encendan una vela a Santa Catalina y otra
a Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos salan al campo
bravamente, armados de las herramientas filosas que iban hallando.

Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peas y los hatos de podas
antiguas.

Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol caldease con sus
rayos la tierra plida y enjuta, y un retostado perfume de cantueso, de
estepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retama
surgan aqu y all, entre los plomizos peascos, haciendo brillar el
oro de sus ptalos sobre el cielo de ail.

Ramiro jadeaba. El sudor babale el rostro.

       *       *       *       *       *

Media hora despus, una de las criadas de Beatriz vea entrar en el
patio de la casa al nieto de don igo trayendo en una mano una ancha
espada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro.

--Vlame Dios y Santa Quiteria; ya le mataron!--exclam la mujer.

Luego, mirando atentamente el sangriento despojo, agreg:

--Pobre Cerbero, y cmo me echaba las manos al pecho para lamerme en el
rostro! Pero era forzoso acaballe, que can con rabia con su dueo traba.
Medrano ha sido el de la hazaa, de fijo!

--No fue Medrano.

--Y quin?

--Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato de lea, vile venir
corriendo hacia m. De una buena cuchillada hcele rodar como un bolo.
Luego hachele el pescuezo.

--Virgen Santsima y qu barragn ser cuando le crezcan las
barbas!--exclam la mujer, espantada de que aquel mancebillo hubiera
dado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie.

Luego le pidi que le siguiera; pero Ramiro, acercndose a un portillo
que abra hacia el campo, apoy un momento la espada en el muro, y
tomando el cuerno toc tres veces con fuerza. Las tres largas notas
repercutieron en los ecos de la montaa con un son legendario.

       *       *       *       *       *

La criada fuele conduciendo por una serie de cuadras sombras. Por fin,
al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oy un coro de mujeres que
invocaban plaideramente a Santa Quiteria y a Santa Catalina. Entraron.
Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras una madera
entreabierta. Qu alarido el que estall en la obscuridad cuando el
nio alz en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que goteaba sobre
el tapiz! Una de las dueas se derrumb de espaldas, presa de brusco
soponcio.

La mujer que acompaaba a Ramiro cont con alegra la proeza del
mancebo. Entonces, en medio del azorado mutismo, Beatriz se adelant sin
vacilar. Una duea la tironeaba el faldelln; pero la hija de don
Alonso, mirando aquellas manos tan tempranamente enrojecidas por el
coraje, desprendi un favor azul que adornaba sus rizos, y, llegndose a
Ramiro, se lo anud ella misma en las agujetas del jubn con sus
temblorosas manitas, blancas como la luna.




VIII


Ramiro conoci de sbito el arrobamiento del primer amor. Su soar
sobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para l la
coloracin, el ritmo y el perfume de todo lo creado.

Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se acostaron entonces como
lebreles a los pies de la nueva pasin. El rostro plido de Beatriz,
con sus grandes pupilas y sus luengas pestaas como llorosas, posbase
ahora sobre la pgina de su libro de oraciones, sobre las colgaduras del
lecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual confiaba su cuita. Fantasma
fatuo y caprichoso como una llama voltil, y ante el cual su corazn se
funda de ternura.

Comenz a componer endechas y letrillas que hubieran podido servir para
Nuestra Seora, y largos y conceptuosos discursos con que pensaba
abordar a su amada, en la primera ocasin. Algunas noches, apagando la
luz de su aposento, pasbase horas enteras asomado a la ventana. Unas
veces miraba hacia el vecino jardn sumergido en tenebroso y perfumado
silencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura. Nada
exaltaba su pasin como el suntuoso misterio de los astros. Parecale
que sus luces inquietas le hablaban un lenguaje sublime que l no
alcanzaba a comprender. Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vida
con Beatriz para renacer all, en las regiones inefables, y vagar a
solas con ella, aspirando ese cfiro divino que parece estremecer las
constelaciones.

Durante algunos das su cerebro lleg a desquiciarse. Su tez se puso
plida como la cera, y l mismo sorprendiose de su incesante suspirar y
de aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de amor y de ansia.

Algunas maanas base a ballestear palomas a lo largo del vallado que
separaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban la casa
vecina. Cun intensa fascinacin cobraron entonces para l, en la
frescura matinal y entre el canto de los pjaros, aquellas entornadas
celosas que le hacan pensar en el sueo de su amada!

Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que no
quitaba los ojos del seto. El mancebo se mostr. La nia, hzole,
entonces, disimuladamente, una seal para que siguiese ms lejos y,
cuando crey haber burlado la vigilancia de las dueas, pidiole que
pasara a su jardn.

Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acert a balbucear uno solo
de los ingeniosos conceptos que haba ordenado para decirla.

Aquel juego se repiti muchas veces. Pasebanse con los dedos enlazados,
hablando apenas y mirndose, de tiempo en tiempo, en los ojos, sin
sonrer. La doncella le llevaba a los sitios ms frondosos y ocultos.
All la naturaleza les descubra en la mariposa, en el pjaro, en el ms
menudo insecto, su impura inocencia. El mgico deseo palpitaba,
aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y calurosa del
verano.

Ramiro conserv siempre el recuerdo de ciertos instantes en que,
caminando con ella por el sendero del verde laberinto, os pasarla el
brazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra ocasin,
Beatriz subiose a un viejo columpio y comenz a balancearse con
violencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa numerosa,
loca, inesperada, vol como un enjambre de mirlos, despertando los ecos
a travs de los rboles. El viento levantaba su faldelln de un modo
inolvidable.

Hablbanse cada vez ms trmulos y ajenos a s mismos. Un decir ftil
aventaba los pensamientos. El, envolvindola en su orgullosa mirada,
soaba en la dicha de poseer como dueo absoluto aquella deliciosa
existencia. Beatriz era para l la mies lograda y suya, a salvo de todo
peligro. Sin embargo, cierto da la pregunt:

--Os holgara ser ana mi esposa?

Ella repuso:

--Tamaita me quedo. En eso pensis tan temprano?

Psose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrndose, al
parecer, ms dispuesta a rendir su mejilla y su boca all mismo, que
aquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija de
cascabel.

       *       *       *       *       *

Dicho estado venturoso no dur para Ramiro. Como a unos tres cuartos de
legua, en la direccin de Villatoro, habitaba, durante el verano, Urraca
Blzquez de San Vicente, con sus dos hijos varones. El marido, Felipe
de San Vicente, Comisario del Santo Oficio e individuo del Consejo de
las Ordenes, pasaba la mayor parte del ao en Madrid. Los dos mancebos
eran el azote de aquel rincn de la sierra. Andaban siempre juntos y se
aborrecan. Una o dos veces por semana venan a visitar a su prima
Beatriz, llegando por los caminos como demonios a todo lo que daban sus
rocines, y seguidos, de muy lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamente
la mula entre la blanca polvareda. Recogan, sobre todo el segundn, los
juramentos y palabrotas de los gaanes, y andaban siempre con la boca
hinchada de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en esa urgencia carnal
que ataca, de ordinario, a los donceles.

Beatriz prefera al mayor, que era rubio y hermoso; pero saboreaba desde
luego la femenina fruicin de esperanzarlos a la par.

Ramiro, que sola entrar ahora a la casa, top varias veces con ellos,
advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no exista solamente
para l. Not miradas, melindres, cuchicheos, e imagin todo lo que
podra suceder en aquella familiaridad del parentesco; pero su orgullo
fue ms fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo, silencioso, casi
sonriente.

Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a decirle que Gonzalo, el
mayor de los hermanos, se paseaba en compaa de Beatriz bajo los
rboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos.

Largo tiempo pas ocupado en atisbar, por distintos parajes, el vecino
jardn. De pronto, un calofro, anterior a toda idea, le corri por el
cuerpo. Volvi a mirar. S, frente a l, a corta distancia, Beatriz y su
primo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la sombra de un
olmo. El mancebo haba juntado su rostro al de la nia, pasndola el
brazo bajo la espalda, mientras ella, deshojando un rojo clavel, un
clavel rojo como la sangre, sonrea voluptuosamente.

Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la espinosa malla; pero no
pudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido spero, terrible,
brot de su pecho.

Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron.




IX


Al comenzar el invierno de aquel ao, la madre, ansiosa de ver a su hijo
en el regazo de la Iglesia, resolvi apresurar sus estudios para
enviarle, en cuanto fuera posible, al Colegio del Arzobispo, en
Salamanca.

Ramiro no haba tenido hasta entonces otros maestros que la misma doa
Guiomar para las primeras letras, y, ms tarde, para los rudimentos de
la gramtica latina, un religioso franciscano del convento de San
Antonio. Aquel fraile, de unos setenta y cinco aos de edad, no era
escaso de luces; pero, como estaba de despedida en la tierra, tomaba la
tarea de la enseanza con tolerante desdn, amodorrndose a menudo en
las lecciones. Sola decir a su discpulo:

--Pregunta, pregunta, hijo mo, que no he de ser yo quien te esconda lo
poco que he cosechado en los libros; pero no olvides que de nada te han
de valer en Purgatorio estas migajas de ciencia que nos dejaron los
sabios cristianos y gentiles.

Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo, y posea para ello,
como pocos, la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de las glorias
terrenas y de nuestro breve paso mundanal, su discurso, lleno de
monstica irona, se instalaba en el ser, cual frgido narctico,
adormeciendo las ansias. Decase que ms de uno, al escuchar sus
sermones, haba corrido a un monasterio a pedir un sayal y una celda.
Para l, fuera de la penitencia y la plegaria, todo era polvo y ceniza
en este mundo, y nuestra prolija ambicin una telaraa tejida sobre el
nido de un ave que duerme.

Hacale traducir de ordinario a Ramiro los captulos del Kempis. De
esta suerte el mancebo recogi en el fondo del alma aquellos acentos de
soledad, de sublime desprecio, de voluptuosa inmolacin.

En los fondos de la Catedral, despus de atravesar el reducido patio
donde se encienden los incensarios y se cocina el chocolate canonjil,
sbese por una escalera de pino a una serie de estancias siempre
obscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la tarde, a la luz de un
veln de tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada tarima de
un brasero, comenz Ramiro a escuchar las lecciones del nuevo preceptor
que su madre acababa de escogerle por indicacin del mismo padre
franciscano.

Llambase Lorenzo Vargas Orozco y era cannigo lectoral de la Iglesia
Mayor. Conoca a don igo y a su hija desde una maana en que fue
llamado a presenciar, en medio del corral, la quema de los libros
arbigos. Su padre haba muerto heroicamente, como capitn de
arcabuceros, en la guerra de Flandes. Era de aventajada estatura. Los
ojos grandes y algo salientes. Los caones de la barba, casi siempre a
medio rapar, daban un tinte azul a toda la parte baja del rostro. Los
dems cannigos le envidiaban, entre otras cosas, sus hermosos ademanes
en el plpito y aquella bizarra con que manejaba el manteo, aquellos
sus diversos estilos de arrebozarse con l y de derribarlo de sbito, a
modo de capa soldadesca, como quien va a desnudar varonilmente la
espada.

Su primera leccin fue un verdadero prtico de sapiencia. De pie en
medio de la estancia y sealando sobre su escritorio un apilamiento de
gruesos volmenes forrados en pergamino, prorrumpi:

--Aqu tenis, hijo mo, guardado como en pellejos, todo el zumo de la
verdad humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo filosfico me
ha hecho concluir que todo lo que sea apartarse de esta enseanza del
Angel de las Escuelas equivale a descarriar el entendimiento, con
harto peligro de caer de bruces en la hereja.

Ramiro mene la cabeza afirmativamente sin comprender, y dirigiendo la
mirada hacia los infolios vio que todos ellos llevaban el mismo ttulo:
_Summa Theologica_, en gordas letras antiguas.

--Esta obra, este monumento, este tabernculo--prosigui el
cannigo--resume tambin, probado y purificado, es cierto, en el crisol
de Santo Toms, todo el saber del Estagirita; pero, a fin de formaros en
la veneracin de este otro filsofo admirable y defenderos contra
ciertas ideas que corren como peste por las aulas, quiero leer agora, a
guisa de _vestibulum_, un opsculo que acabo de componer contra Pedro
Pomponacio y algunos espaoles que, siguiendo la singularidad de
Alejandro Afrodiseo, afirman que Aristteles sinti y escribi que el
alma racional muere con el cuerpo.

Quitando primero la despabiladera que sealaba la pgina, tom de encima
de la mesa un cuaderno manuscrito. Luego sentose junto al veln, calose
las gafas y comenz la lectura de su apologa peripattica.

Ramiro no pudo disimular su aturdimiento. Su semblante denotaba a las
claras el vrtigo.

--No os importe--le dijo el cannigo al terminar--si de esta primera vez
no cogisteis el sentido. Maana habr lectura aclaratoria.

Haba sido colegial trilinge en Salamanca, estudiando despus artes y
teologa. No haba quizs en toda Espaa otro Lectoral que conociese
como l la Sagrada Escritura. Sus explicaciones del Antiguo y Nuevo
Testamento, todos los lunes y viernes, atraan a la iglesia a los ms
doctos seglares de la ciudad y a muchos estudiosos de los conventos. Y
qu controversista! Ninguno de sus colegas de Cabildo poda seguirle a
travs de sus _primos_ y _secundos_, de sus _ergos_ y _distingos_.
Tomaba la proposicin del adversario, y en un dos por tres, con
ultrajante sonrisa, se la haca picadillo bajo aquella arte cisoria de
la dialctica que l manejaba de asombrosa manera; pero si al dejar caer
su conclusin el contrincante no se declaraba vencido tornbase al
pronto injurioso y mordaz, el labio se le crispaba hacia fuera, los
ojos se le hinchaban de clera, y era sabido que aquella mano, que
dejaba caer la bendicin desde el altar, haba zamarreado del alzacuello
a ms de un eclesistico.

Si bien no estaba dotado de una mirada filosfica precisa y penetrante,
si no era capaz de esos aletazos del espritu que sacuden la telaraa de
la rutina, su concepto teologal tena la solidez de un peasco. Quines
eran los constructores de la doctrina que l profesaba? Aristteles, los
Padres de la Iglesia Latina, Santo Toms. Pensar que algn hombre
moderno pudiera enmendar a aquellos maestros sublimes era demencia.
Cul haba sido el credo filosfico sobre el cual Espaa fundara su
envidiada grandeza? Aqul, y no otro... _Ergo_! Pero l conoca
demasiado el oculto propsito de las nuevas doctrinas, y en cuanto a los
que combatan en Espaa los principios de los escolsticos, los que
negaban la autoridad de los antiguos maestros, las especies
inteligibles, los fantasmas de la representacin y hasta la inmortalidad
del alma racional, no eran sino aliados del extranjero o instrumentos
del Demonio.

El vea a Espaa acechada por innumerables enemigos. Dado que no era
posible vencerla en guerra franca y varonil, buscbase ahora minar
aquella unidad religiosa que la haca invulnerable introduciendo en su
seno la disputa, la secta, el desorden. Herirla en su fe era enfermarle
el vigor. La hereja era ms temible que todos los ejrcitos. La hereja
era el rejalgar que, una vez en la entraa, daba al traste con la ms
firme entereza, y, segn l, ya el tsigo estaba en parte sorbido.
Valladolid era un foco de luteranos. Salamanca, un seminario de herejes.
Los discpulos de Valds y de Ramus, los secuaces de Erasmo y de Lutero
eran asaz numerosos. Su antiguo condiscpulo Francisco Snchez, _el
Brocense_, lanzaba una sucia palabrota contra Santo Toms, cuando se
invocaba su autoridad sublime en las disputas. El Cardenal Arzobispo de
Toledo, Bartolom Carranza, luteranizaba en su _Catecismo Cristiano_.
Haba llegado, pues, ese instante supremo en que una batalla se pierde
por una pausa de la voluntad. No era el caso de discutir proposiciones,
sino de extirpar de cuajo las bubas aquellas y cicatrizarlas para
siempre con el fuego purificador. Nada de complacencias, ni melindres.
La podrido a la hoguera, y amn!

Ah! qu sera de Espaa si llegara a verse desgarrada por una guerra
de religin como las naciones del Norte! Sus enemigos no dejaran
escapar la coyuntura. El francs se dara la mano con el turco, Flandes
se entendera con Albin, para el caso; y todos, a un tiempo, se
lanzaran sobre ella, desjarretndola por la espalda traidoramente, por
medio de un levantamiento general de los numerosos moriscos de Aragn y
Andaluca, que no esperaban otra cosa que una seal extranjera.

El cannigo encontraba que el Santo Oficio alargaba por dems los
procesos. Era menester no perder un instante y no olvidar que la
responsabilidad de Espaa ante el Seor era mucho ms grave que la de
cualquier nacin de la tierra, pues todo la sealaba como al pueblo
elegido, como al moderno Israel. El Altsimo manifestaba su eleccin, no
slo en los triunfos que le acordaba, sino tambin en las plagas y
desastres con que castigaba sus desfallecimientos. El hambre y la
bancarrota que la afligan al presente, as como la prdida de la
Invencible Armada, qu eran sino los azotes provocados por su
tolerancia con los moriscos y los herejes? Roma era para Dios su solio
en el mundo; Espaa, su hierro, su diestra siempre armada, su ejrcito
de arcngeles. Roma era la ciudad de Pedro, del Pontfice y del mrtir.
Espaa, la hueste de aquel Santiago Apstol que haca cruzar al fin de
las batallas su visin ecuestre y vengadora, esparciendo el pavor entre
los infieles. Pero el da en que Espaa volviese el rostro al Seor los
enemigos entraran pisoteando la sangre de sus mujeres y sus prvulos,
como los soldados de Tito en Jerusaln.

Y a pesar de aquellas duras ideas, Vargas Orozco era hombre de una
bondad profunda. Viva la vida como un rancio hidalgo espaol, con el
fondo del alma. Todo cuanto no era preciso a su modesto vivir lo
derramaba en limosnas. Interesbase con sensible corazn en las ms
prolijas aflicciones de los dems, y, ante las desgracias de familia,
que su ministerio le obligaba a presenciar de continuo, se le vea
sollozar a la par de los deudos, pronunciando patticas palabras que se
grababan en la memoria de todos como tierno y docto epitafio. Pero
cuando se entraba en el terreno de las grandes culpas colectivas, cuando
se tocaba a los sagrados mandamientos o al dogma, su corazn se cerraba
como un puo. Impregnado, desde joven, del espritu del _Antiguo
Testamento_, vibraba l mismo esa justicia rencorosa, inexorable,
tremenda, que parece rugir como un trueno a travs de los versculos.
All millares de vidas humanas eran trituradas por Jehov para salvar un
rito o expresar un precepto. Para Vargas Orozco los hombres eran
comparables a vasijas de barro, las cuales no valen sino por lo que
guardan, y que, una vez que se impregnan de una materia corrupta,
conviene destruirlas y hacer otras nuevas.

Su espritu de mortificacin era grande y su severidad de costumbres
tanto ms meritoria cuanto que se vea continuamente acosado por tenaces
tentaciones, que el Demonio haca surgir con preferencia de los mismos
pasajes de la Escritura, revestidas de suntuosidad y desprendiendo un
olor raro y voluptuoso de Oriente.

Noche y da rondaba el Tentador en torno de su alma. A veces, en las
horas de estudio, el cannigo crea percibir una ala membranosa y
repugnante que aventaba las cenizas del brasero, que se chamuscaba en la
llama del candil, que volteaba de un golpe el reloj de arena sobre sus
escritos. Pero era, sobre todo, durante la noche, en el lecho, antes de
dormirse, cuando el lectoral libraba sus combates acerbos. Un mismo
scubo, terrible de sedosidad y de hermosura, se deslizaba junto a l,
bajo las mantas, hacindole correr por sus carnes un goce diablico,
largo contacto odioso y dulcsimo que los rezos continuados no lograban
desvanecer. Otras veces una mano invisible descorra colgaduras de
alcobas. Alguna enjoyada desnudez le esperaba a l, slo a l, en el
sosiego de la noche; sus cabellos olan como un perfume derramado y su
rostro, su precioso rostro era el de alguna hija de confesin!

Qu batallas, qu luchas aqullas! Mientras el espritu clamaba de
horror, la carne traidora se refocilaba en un bao de deleite.
Arrojbase entonces al suelo, y descolgando las disciplinas, se
castigaba con ellas hasta quedar cubierto de sangre, como el Seor en la
columna. Pero apenas volva a cerrar los ojos para dormirse, el Maldito,
variando su magia, hacale experimentar de manera poderosa, invencible,
el vrtigo de la soberbia. Ora le ensayaba sobre su crneo de sacerdote
la mitra demasiado estrecha o el capelo demasiado justo; ora la triple
tiara pontificia, que pareca fabricada en un todo para su cabeza, nica
y sublime. Una aclamacin de multitud universal estallaba a sus pies, y
sentase flotar, excelso y rgido, sentado en un trono resplandeciente.

Luego, abolida la voluntad durante el sueo, acuda en cuatro pies a las
bocas pintadas de las sacerdotisas idlatras, que, extendidas bajo los
cedros, temblaban de lujuria como panteras...

       *       *       *       *       *

Si al llegar a la Catedral le decan que el cannigo no se haba
levantado an de la siesta, Ramiro esperaba pasendose por las naves. A
aquella hora la iglesia estaba casi siempre como hechizada de quietud y
de silencio. El solo rumor de un escao que remova el sacristn,
provocaba un eco prolongado y enorme. Una sombra terrosa y centenaria
dorma al pie de los altares, entre las columnas, sobre las lpidas.

Cun dominante misterio desprendan para l los sitios obscuros de la
iglesia, aquellas capillas graves, aquel bside pardo y polvoriento
donde siempre reinaba una penumbra sepulcral! Los aos se amontonaban
all dentro, unos sobre otros, insensiblemente, como hojas de un
infolio.

Ramiro hollaba las losas con respeto profundo, y su espritu se hencha
de una abstracta emocin de majestad y de muerte al recorrer las
inscripciones de los enterramientos. Algunos guardaban personajes
completamente olvidados, y decan apenas: Don Cristbal y su mujer,
Alonso, Doa Bona... Durante muchos aos dichos nombres tuvieron
quizs ilustre elocuencia; pero ahora eran menos aun que el hueso suelto
que nuestro pie remueve en los osarios.

En cambio, sus ojos descifraban con orgullo nombres de eclesisticos y
caballeros de su propio linaje: Sepultura del muy virtuoso Seor Don
Nuo Gonzalo del Aguila, arcediano de Avila... Aqu yace el noble
caballero Gonzalo del Aguila... Aqu yaze el honrrado caballero Diego
del guila, que Dios aya...; y, al mirar el ave simblica esculpida
como una divinidad domstica en los blasones de piedra, parecale que
una voz de otra vida le incitaba a la dominacin y a los honores.

Otras veces, por el contrario, su nimo daba un vuelco repentino, al
recordar, ante aquel aniquilamiento de todos los afanes del hombre bajo
una piedra roda, las palabras de su madre y del monje franciscano sobre
la vanidad y la ambicin. Pensaba entonces que l mismo no era sino un
fuego fatuo escapado de aquellos huesos ancestrales y destinado a vagar
un instante en la noche del mundo. No haba, pues, cosa mejor que vestir
el penitente sayal y preparar, entre cuatro paredes desnudas, la
salvacin eterna.

En ocasiones, cuando el tiempo alcanzaba, suba a las torres. Holgbale
contemplar la ciudad y la campia desde las ventanas del campanario, y
sus ojos solan detenerse en cierta mansin, unida a los muros, hacia la
parte del Norte. Cierta vez descubri un puntillo movedizo, un
cuerpecito minsculo que atravesaba el huerto, suba los escalones del
torren, y se asomaba luego a las troneras. Era ella seguramente. El no
haba querido volver a la casa de don Alonso, y se haba jurado olvidar
a Beatriz para siempre. Con cun victorioso despecho preguntbase
entonces: Cmo el alma del creyente poda correr en pos de un grano de
vida como aqul, de una migaja de sensualidad efmera, y a veces
emponzoada, si Dios le ofreca desde el cielo los goces infinitos y
eternos?

Tales sentimientos comenzaban a abrirse hondo cauce en el alma de
Ramiro, cuando su mismo maestro trajo la primera perturbacin al abordar
de lleno el tema de las tentaciones. Explic el origen y la naturaleza
del Demonio, la transformacin horrible de sus formas anglicas al caer
del cielo a los infiernos. Distingui la bestialidad: _omnem concubitum
cum re non ejusdem speciei_, de la demonialidad o _copula cum Dmone_,
que algunos telogos confundan, y disert, en fin, largamente sobre el
comercio con los ncubos y scubos de donde, _aliquoties nascuntur
homines_.

--Y es de este modo--afirmaba--como debe nacer el Anticristo, segn un
gran nmero de doctores, y como nacieron Rmulo y Remo, segn Tito
Livio; Platn el filsofo, segn San Jernimo; Alejandro _el Grande_,
segn Quinto Curcio; el ingls Merln, engendrado por un ncubo en una
religiosa hija de Carlomagno; y, para decirlo todo, el maldito
heresiarca que llevaba el nombre de Lutero.

Era menester mucha cautela.--La tentacin--deca--palpita por doquier.
Todo es arma y cebo para el Demonio.

Un da que Ramiro le llev en obsequio una hermossima pera, en un
cestillo de mimbre, el lectoral comenz a saborearla sin quitarle la
piel. Era una pera de las que llaman calabaciles por su doble turgencia.
De pronto, al hincar su mordedura en la parte ms gruesa, hizo un gesto
espantoso y arroj la fruta al corredor, sacudiendo los brazos y
exclamando:--_Vade retro, vade retro!_ El Enemigo acababa de mostrarle
en aquella poma ceida y abultada las formas de la mujer.

Desde entonces el mancebo comenz a vivir en una inquietud imprevista, a
concebir la virtud ms difcil y a experimentar en toda su carne,
tranquila hasta entonces, un hormigueo de instintos que mareaba por
instantes su cerebro como vapor de cubas en el lagar.

Una tarde fra de febrero, al retirarse de la leccin, y despus de
haber odo leer a su maestro un docto comentario sobre el _Cantar de los
cantares_, Ramiro top con Aldonsa junto al pilar de la escalera. Ella
le invit a subir a la torre. Un instante despus uno y otro escalaban
los peldaos. De pronto la campanera se detuvo y arrim la luz del farol
al rostro del mancebo. Ramiro se detuvo tambin, y su mano temblorosa
reconoci que la moderna Sulamita haba puesto en libertad los
cervatillos mellizos del cantar.

All se deshoj su doncellez, sobre aquellos escalones tenebrosos, donde
dorma un olor sagrado de cirios y de incienso.

Al levantar los ojos para pedir perdn por su horrible pecado, hallose
frente a frente con la figura del campanero, que, cinco o seis escalones
ms arriba, esperaba impasible, sosteniendo en la mano encendido candil.
Qu tiempo haca que estaba all? Ramiro le mir naturalmente y comenz
a descender, en la sombra, palpando los muros, sin pronunciar vocablo.

Una vez afuera camin con nueva arrogancia. La brisa que llegaba por la
calle de la Muerte y la Vida oreaba en su labio un dejo impuro y febril.




X


A los diez y siete aos, merced a un precoz desarrollo, Ramiro tom un
aspecto recio y adulto. Su ceo altivo, as como sus anchas espaldas,
imponan, a todo el que hablaba con l, un trato ceremonioso.
Generalizaba ahora el pensamiento, buscaba el oculto sentido de cada
apariencia, crea descifrar, con juvenil soberbia, los enigmas supremos.

Llevaba demasiado largo, en contra del uso, el renegrido cabello, y su
tez, extremadamente plida, como si la constante meditacin le
enflaqueciera la sangre, recordaba esa misteriosa blancura que la luna
pone en el mrmol.

El, que esper encontrar en el cannigo un consejero de humildad,
recibi de su verbo la brasa viva de la ambicin. El nuevo maestro
interrumpa a menudo sus lecciones para historiarle los grandes hechos
de aquel ilustre linaje de los Aguila, fundado por el adalid Sancho de
Estrada, venido de Asturias; y nombrbale tambin guerreros admirables,
hijos de aquella ciudad que, aunque pequea, representaba en Espaa el
primer seminario de honra y caballera. En todas partes los avileses se
sealaban por su don de mando y su saa en la lucha. Sancho Dvila,
apellidado _El rayo de la guerra_, serva ahora de ejemplar a los
flamencos.

--Quin pudiera devolverme mi mocedad y darme algunos aos de la vida
gallarda y desembarazada del soldado!--exclamaba el cannigo.

No quera decir con esto que estuviese arrepentido de la nobilsima
carrera a que le haba inclinado su constelacin, no, mil veces. Pensaba
tan slo que con un coleto de ante, un morrin y un acero toledano,
escogiendo a su guisa las comarcas, hubiera hecho mucho ms en bien de
la Santa Fe Catlica que dejando correr sus das atado con cordeles de
calumnia y de estulticia a una poltrona canonjil. Confiole a Ramiro, sin
rodeos, las sordideces y mezquindades de aquella asfixiante existencia
de sacrista, y djole el furor y la inslita crueldad con que todos sus
colegas se haban ligado en contra suya cuando se trat de ofrecerle una
silla episcopal.

--Los muy bellacos y alicortos--deca--barruntan que apenas el guila
se encarame y pueda hender el espacio, volar muy alto, muy alto.

El anhelo impaciente de una mitra era ahora ms fuerte que su virtud y
el gran pecado de su alma.

Dominado por la reverente admiracin que profesaba a su maestro, y
habindole entregado desde los primeros das todo su nimo, Ramiro mir
derechamente la senda que sealaba aquella mano sacerdotal. Ya no dud
que en la carrera de las armas, siguiendo el ejemplo de sus antepasados,
pudiera ser tan til a Dios y a la Santa Iglesia como en el claustro o
en el plpito. Diose entonces a descifrar los aejos pergaminos de su
familia y a leer la historia de los grandes capitanes de Roma y Espaa.
Al pronto, las representaciones de su propio porvenir se confundieron y
conformaron a los grandes episodios antiguos. Alucinado por la lectura,
llegaba a creerse, l mismo, el hroe de la narracin. Fue sucesivamente
Julio Csar, el Cid, el Gran Capitn, Hernn Corts, don Juan de
Austria. Al tomar en sus manos _Los Comentarios_, era l quien conduca
las cohortes a travs de las Galias; pero, en los _idus_ de marzo, ms
sagaz que el dictador, atisbaba la traicin de Junio Bruto y,
escondiendo una espada bajo la toga, entraba a la Curia y mataba uno a
uno a los conjurados. Venca a los moros en innmeras batallas, brindaba
a la Espaa el reino de Npoles o el imperio de Moctezuma; y, por fin,
de pie en el castillo de una nave inverosmil, destrua para siempre
toda la flota del turco, en un nuevo Lepanto prodigioso, que su
imaginacin soaba segn las estampas.

El resultado fue que lleg a creerse elegido por Dios para continuar la
tradicin de las glorias inolvidables. Suprimi de su campo mental lo
mediano, lo prolijo, lo paciente. Todo lo que no era sbito y heroico le
dejaba impasible, sintiendo en s mismo una confianza, una certidumbre
absoluta de alcanzar de un golpe los honores ms altos y de llegar a
ser, en poco tiempo, uno de los primeros paladines de la Fe Catlica en
la tierra.

Una tarde, sentado sobre una pea en la hondonada que corre entre el
Convento de la Encarnacin y los muros de la ciudad, Ramiro, dejaba
rodar sus pensamientos.

Aquel sitio nico exaltaba su alma, hacindole escuchar, en su ilusin,
gritos de guerra, suspiros de xtasis.

Jubilosa coloracin de oro hmedo brillaba en las colinas. Haba llovido
hasta las tres de la tarde, y la tempestad se alejaba hacia el naciente,
abriendo grandes claros de ncar etreo. Caprichoso penacho de nubes
doradas y purpreas se alargaba por encima de la ciudad, conservando
todava el movimiento de la rfaga que lo haba retorcido. La spera
muralla reflejaba una amarillez alucinante, que pareca nacer de ella
misma.

Hablbase con insistencia, en aquellos das, de una posible sublevacin
de todos los moriscos de Espaa, ayudados por el turco. En algunos
palacios de la ciudad se celebraban frecuentes reuniones, donde se
cambiaban noticias y se discutan pareceres. La casa del seor de la Hoz
era al presente, todos los mircoles y domingos, un hormiguero de
eclesisticos y grandes seores. Su campaa de la Alpujarra y su
conocido encono contra los falsos conversos seal, desde el primer
momento, a don igo como un jefe de asamblea. Ramiro pensaba ahora si
de todo aquello no surgira la ocasin de iniciar su renombre.

Pasaron dos menestrales. El mancebo comprendi que eran oficiales de
cantera por el polvo de piedra que blanqueaba sus manos. Venan
hablando de comida y de jornal:

--Yo, viendo que ninguno se meneaba, me plant como un pino ante el
maestro, e le dije que, con el salario que l nos daba no alcanzbamos a
llenar la olla a los nuestros, e que con la sopa de torrezno y el vil
mendrugo de hogaza que de l recebamos, se nos iba secando la enjundia.

--Qu os respondi?

--Respondi: malos monjes serais vosotros, picaronazos. Sabed que
harais morir de envidia a muchos obispos.

--Eso dijo?

--Cabal.

--Paciencia, Martn.

Ramiro mene la cabeza con un gesto de enfado.

Pas un monje franciscano montado en un borrico ceniciento. Santa
leticia brillaba en su rostro. Su desnuda pierna vellosa asomaba por
debajo del sayal. Castigaba a su caballera con un gajo de bardaguera.
Al buen fraile se le importaba una higa del aspecto de su figura...

Ramiro consider la fuerza de aquella dicha superior que as se burlaba
de todas las vanidades del hombre.

Vio llegar despus una mujer vieja y espigada, la nariz corva, morena la
tez, la mirada abstrada. Su negro ropaje andrajoso estremecase en el
cfiro como un libro quemado. Caminaba lentamente golpeando el suelo con
el bastn. A pesar de aquel aspecto de miseria, llevaba ambos brazos
ornados de brazaletes de alquimia, y un doble collar de cuentas, que
imitaban la turquesa, caa sobre su pecho. Al llegar junto a Ramiro,
mirole fijamente, apoyando ambas manos en el bculo. El mancebo sac una
moneda para ofrecrsela. Pero la mujer preguntole:

--Sois muslim o castellanuelo?

--Cristiano viejo, por la gracia de Dios--contest Ramiro.

La mujer rehus la limosna, y tendiendo el brazo:

--Yo vengo a desengaarvos agora, descreyentes, servidores de las
dolas--exclam con voz agorera y fatal.--Echaris a Agar y a su fiyo,
est escribto, y con ellos irase la dicha. Ya no habr quien vos riegue
la vega, ni quien enseoree el arado, ni quien sepa sembrar y recoger,
ni quien os adobe olores finos. El torno, quin sabr manejallo? Oh!,
los de Islam, estis con las manos agrillonadas; pero la sufrencia es
buena ventura. Sabed que el paraso es prometido a los sufrientes y
sern honrados en gradas altas y aventajadas!

Ramiro no pudo vencerse y ense la palma para que le predijera su
destino.

--Tu jofor, tu jofor!--balbuci la morisca.

Pero apenas hubo tomado en las suyas aquella mano delgada y enrgica,
soltola de pronto.

Ramiro, al volver instintivamente la cabeza, hallose con la figura del
cannigo que, de vuelta de la Encarnacin, le haba reconocido y se
acercaba.

--_Chiromanciam habemus_--grit el lectoral.

Ramiro sonriose. El cannigo sac entonces una moneda de plata y se la
alarg a la mujer. La morisca tomola temblando y comenz a alejarse
lentamente. Un instante despus, maestro y discpulo escuchaban el rodar
de la moneda sobre los guijarros.

Entonces, de vuelta a la ciudad y en busca de la Puerta del Adaja, el
cannigo compuso la siguiente oracin:

--Ya ves, hijo mo, el amor que nos tiene esta raza de Ismael. He ah
una anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una loba
hambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna. Aparentan
haberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van como arrastrados
de los cabellos a aprender la doctrina, y slo el temor les hace llevar
sus hijos a nuestras iglesias para recibir el bautismo. Pero, ansi que
llegan a sus casas, les roen la mollera con un trozo de cacharro o el
filo de un cuchillo, lavndoles en seguida prolijamente para quitalles
hasta el ltimo resto de la crisma sacramental. Luego vuelven a
bautizalles a su manera, con nombres moros que llevan en secreto hasta
la muerte. No comen jams de res alguna que no haya sido degollada por
manos infieles, dirigiendo la cabeza del animal hacia el Oriente, hacia
la Meca, hacia el _alquibla_, como ellos mesmos se expresan. No beben
vino ni prueban puerco, para distinguirse de nosotros, y, a puerta
cerrada, observan su cuaresma y todos los ritos de su secta diablica.
Yo he visto en el fondo de sus casas, en Andaluca, baos de mrmol o
azulejos, donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, segn
su costumbre infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabal
con sus voceros salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a las
sonajas, a los entretenimientos lbricos de la danza y a los paseos de
fuentes y pensiles que corrompen y reblandecen el nimo.

Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que hubo escupido
reciamente, prosigui:

--En los lugares pblicos hacen acatamiento a la Santo Cruz, claro est;
pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o humilladero, le
hacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he sorprendido en las
cercanas de Talavera algo horrible. Varios de estos perros malditos
haban ido por lea a un bosque del contorno. Uno de ellos, al regresar,
tuvo que descargar su vientre, y habiendo hecho una cruz de dos astillas
de roble, la clav bien derecha en la inmundicia, y dejola. Yo fui el
primer cristiano, sin duda, que atin a pasar por aquel sitio. Viendo a
mi amada cruz en tal estado, corr por ella, e hincndola entre la raz
de una encina, me puse a adoralla. Consrvola an celosamente, por la
injuria que sufri, como si fuera hecha de los huesos de un mrtir de
Roma.

El sol acababa de ocultarse. Los cerros del poniente recortaban escueto
y pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro y discpulo llegaron
hasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron en direccin al
medioda. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros peascos, el agua
del Adaja despeda un resplandor de oro gneo. Las iglesias haban
concluido de tocar las oraciones, y la prxima campana de la ermita de
San Segundo conservaba todava un zumbido sooliento.

--Qu hacer--continu diciendo el cannigo--con este enemigo casero
tantas veces perdonado? Qu hacer con este siervo alevoso, que de da
nos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha de noche
nuestro sueo con la mano crispada sobre corvo pual? Tu abuelo, Ramiro,
me ha dicho, y nadie sabe como l estas cosas, que esos arrieros y
trajineros moriscos que topamos por las carreteras durmiendo al sol
junto a sus botijos, llevan y traen mensajes sediciosos de Aragn a
Granada y de Granada a Aragn, pasando por Castilla; y no hay ya quien
ignore que la conspiracin cuenta con todos los moriscos del reino.

La luz se apagaba en el cielo; pero el cannigo peroraba cada vez ms
exaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la alocucin
solemne que intentara pronunciar en alguna asamblea.

--Algunos dicen que la expulsin de los moriscos traera la ruina de
Espaa. La avaricia moderna, seores--exclam esta vez.--Ah! ya son
contados aquellos clarsimos varones de antao que preferan un grano de
honra a todas las alcancas repletas del moro y del judo. Hogao, los
nobles de Aragn son los ms saudos encubridores y abogados destos
perros infieles; y llena est Castilla de cristianos viejos,
engolosinados con el dinero moruno, que siguen su ejemplo. Piensan que
con los hijos de Mahoma se ira el lucrar y el sabroso vivir, y sus
tierras se cubriran de hierbas malignas. Aqu mesmo, en la ciudad de
los Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayora del
Ayuntamiento est en contra de la expulsin. Y qu mucho--aadi,
bajando la voz y hablando casi al odo del mancebo,--si la Inquisicin,
la Santa Inquisicin, recibe cincuenta mil sueldos al ao de las aljamas
aragonesas?

Dirigindose a personajes ilusorios, que l vea animarse, sin duda, en
el teatro de su imaginativa, prosigui:

--Decs que la expulsin reducira a menos de la mitad la riqueza del
reino? Tanto mejor, seores golosos. Qu estado ms digno y saludable
para una repblica cristiana que la pobreza? Los bienes superfluos
traen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el agua rebalsada
cra sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa y los nimos
pierden la primitiva rudeza, a la par de las espadas que se afinan como
alfileres y se les recubre de terciopelo y pedrera para no amedrentar a
las damas en los estrados. Livio afirma que la mucha prosperidad y
abundancia de Roma, le acarrearon todos los males, y que por esta causa
llegaron los romanos a los extremos del vicio. Si consultamos a
Juvenal--volvi a decir,--l nos declara que no hay linaje de maldad en
que los romanos no cayesen desde que abandonaron la pobreza. Fue acaso
opulento el pueblo de Israel, el pueblo de Dios? Si hemos de vivir con
la opinin, dice nuestro Sneca, jams seremos ricos; si con la
naturaleza, jams seremos pobres. Yo s decir que nunca he visto
emprestar a los usureros para comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vi
que el uno lo busca para caballos, el otro para galas, el otro para
rameras. Vuelvan, pues, enhorabuena, aquellos siglos dorados, o siglos
de bellotas, como tambin se les llama. Cesen este loco rodar de
carrozas y estos desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de vino, ambas
cosas hurtadas a su seor. Renazcan las antiguas virtudes severas, la
mesa parva, la rica devocin, y que la mengua de las vestiduras nos haga
llegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento.

Haba terminado y escupi varias veces.

Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las callejuelas estaban
llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones encendan sus
candiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino resplandor
anaranjado. Un viejo sentado a una ventana, con la sien pegada a la
reja, miraba al cielo rezando su rosario. En otra ventana, sin luz, era
una joven la que rezaba. Su rostro tomaba el tinte ceniciento de la hora
y su pupila fosforesca de modo extrao.

Como s aquella quietud le hubiera incitado a destapar el silo ms hondo
de su conciencia, el lectoral, que haba dado por concluido su
discurso, prorrumpi de nuevo, aunque en un tono menos oratorio y ms
dulce:

--El nimo compasivo slo debemos empleallo, hijo mo, en las ocasiones
privadas y menudas de la vida, segn lo manda la ley evanglica. Nuestro
propio instinto nos ofrece una grande enseanza cuando nos hace salvar
una mosca que se ahoga en un vidrio y otras veces pone en nuestra mano
retorcido lienzo y nos las hace matar a centenares sobre la mesa y el
muro. Alargue aqul su limosna al pordiosero, aunque lleve en su mano un
Alcorn; compadzcase ste del hurfano y la viuda, aunque sean de la
secta maldita de Mahoma; ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, o
pida de su cntaro a la infiel, como Jess a la Samaritana; nada digo,
que todo esto lo ensea el mesmo Evangelio, que es ley individual y pan
de cada da; pero, sonada la hora grande y justiciera, sepamos cumplir
sin melindres los designios del Seor, porque hay otra ley, hijo
mo--agreg levantando la mano y la voz como un antiguo profeta,--otra
ley ms anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento, donde Dios
mesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impos, diciendo
a Moiss: Pondrs con mi favor el cuchillo a la garganta del Amorrheo,
del Cananeo, del Pherezeo, del Hetheo, del Heveo, del Jebuseo hasta
quitalles la vida; agregando: y no tengas con ellos misericordia,
_nec misereberis earum_. Y as mismo, por boca del profeta Samuel,
mandole decir a Sal que destruyera a los Amalecitas, sin perdonar
hombres, ni mujeres, ni nios aunque fuesen de leche, a fin de no dejar
rastro ninguno de ellos ni de sus haciendas. Nosotros debemos tambin,
como un acto expiatorio, descepar de cuajo de nuestro suelo esta planta
ponzoosa. No echemos en olvido que somos, en los modernos tiempos, el
pueblo de Dios, como lo fue Israel en los antiguos. Nada debe
extraarnos que pueblos semibrbaros como Inglaterra, Alemania, Bohemia,
Hungra se contaminen; pero cmo habemos de tolerar nosotros, de quien
Dios no aparta su confianza, al siervo idlatra y blasfemo en nuestra
propia heredad? Ya sea por la expulsin sempiterna, ya por el total
exterminio, si el caso lo pide, haciendo en ellos un Vesper Siciliano,
antes que lo hagan ellos con nosotros, el cielo nos ordena, a las
claras, rematar la obra de purificacin.

--El miedo a la sangre, hijo mo--prosigui diciendo el cannigo,--es un
bajo instinto del hombre. Jehov se espanta del vicio, de la impiedad,
de un solo pecado, pero no de la sangre vertida justicieramente. La
sangre es el riego necesario de toda buena germinacin, y el Seor la
hace correr a su tiempo con la misma benignidad con que escurre los
nublados sobre los surcos. Las vidas humanas no valen sino por lo que
resulta de su sacrificio, como los granos de incienso. Ahora, si se
quieren remedios ms suaves, tambin los hallaremos en la Escritura.

Medit un instante y continu:

--Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idlatra de Efraim: Dales a
stos, Seor... Qu les dars a stos? Dales vientres sin hijos y tetas
enjutas. Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella nos manda que lo
que se ejecut con las gentes de Efraim lo realicemos nosotros con los
falsos conversos. Su Santidad, se entiende, lo permitir, y mdicos hay
que saben cmo y con qu hacer con ellos y ellas este remedio; y sera
un blando acabar, poco a poco.

Habl as, con tono doctrinal y apacible, sin asomo de saa. El mancebo
le escuch sorbiendo sus palabras como precioso jugo de sabidura.
Haban llegado, entretanto, a la plazuela de la Catedral. El templo
levantaba su mole religiosa y guerrera en la calma cerlea del
anochecer. Un ltimo reflejo dorado se apagaba en sus almenas.

El aire traa un tufillo de sartenes. El cannigo despidiose de Ramiro,
y, al ir a penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo para decirle que
el seor de San Vicente le mandaba llamar. La casa estaba a pocos pasos,
en el barrio de San Gil.




XI


El seor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las rdenes,
Comisario de la Santa Inquisicin y antiguo gentilhombre del Rey,
recibi cordialmente al cannigo, tomndole una y otra mano en las
suyas. Luego, despus de haber echado los cerrojos a las puertas,
preguntole con brusquedad y misterio:

--Podra vuesamerced, seor cannigo, indicar algn hombre seguro para
una dificultosa misin en servicio de Su Majestad y del reino? Advierta
vuesamerced--agreg--que debe ser de harta limpieza de sangre, de mucha
religin, de mucho ardid y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerte
que sus idas y venidas puedan achacarse a un amoro, por ejemplo.

El lectoral comenz a estrujarse el labio inferior, como si buscara
arrancarse por aquel medio el nombre propio que convena. De pronto,
despus de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y respondi
con viveza.

--S, tal. Ya le tengo.

--Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que habr
escogido con acierto--replic entonces el hidalgo, acostndose, casi, en
el silln y estirando hacia el brasero sus piernas metidas en calzas de
velludo pardo.

En seguida, con verbosidad soolienta, entrecortada slo por los speros
esfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta, fuele diciendo
que, segn recientes averiguaciones, los moriscos preparaban un
levantamiento general en todo el reino, y que era menester sorprenderles
con las manos en la masa.

--Tenemos sospechas--agreg--de que en esta ciudad existe un escondite
de conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes sediciosos de
Aragn y Valencia. Pero todo esto, seor cannigo, precisamos saberlo
con certeza, pues la mayora del Ayuntamiento aboga por ellos, y
abundan en toda Espaa seores de ttulo que, por no ver sus tierras
abandonadas, les tienden solapadamente la mano.

Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin atender a
su edad y a sus dolencias, aquella difcil misin, que l quera
compartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio le pusiera
en mejores condiciones para conocer las dotes o defectos de algn vecino
de la ciudad. Con la voz cada vez ms ronca y ms baja, pas luego a
explicar las instrucciones que el cannigo deba transmitir a su agente.
El mismo se narcotizaba con su propio discurso. Ya era imposible
comprenderle. Su palabra vacilaba, se extingua. Entonces, escupiendo,
por ltima vez, dobl la cabeza sobre el hombro, y quedose dormido.

El lectoral no supo qu hacer. Los cerrojos estaban echados y las mechas
del veln crepitaban en ese momento, amenazando apagarse. No haba,
tampoco, un solo libro sobre la mesa, y l haba olvidado su breviario.
Pens entonces que no hay situacin en la existencia que resista a un
esfuerzo superior de filosofa y, olvidando la circunstancia y la hora,
psose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento que, haba
logrado fcilmente los altos honores, hasta ser uno de los ms
influyentes personajes de la comuna, tenido en gran predicamento por el
Rey. Su estatura era menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, su
barba rojiza. Haba en todo su rostro una tristeza cmica de bufn. Su
labio inferior se alargaba hacia afuera con lbrico y tembloroso gesto.

La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de las
ms ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una Mara de La
Cerda y exornaban su rbol genealgico Juan Mercado, primer caballero de
Miln, Toms de San Vicente, llamado _el Valeroso_, y, sobre todo, Ruy
Lpez de Avalos, condestable de Castilla. Los caballeros de su nombre
podan reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la iglesia de
Santa Mara del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellana
del Condestable. As tambin, en Avila, tenan derecho a ser enterrados
en la parroquia de Santo Tom, donde existe la capilla de su linaje; en
Santo Toms el Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de San
Vicente, en cuya iglesia estaban pintadas las armas de aquella familia
sobre los asientos de la capilla mayor, segn uso calificado y antiguo.

Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo velln donde la luz del
aceite pona ahora toques purpreos, el cannigo pens en las razas
antiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos del Norte;
y cerrando, a su vez, los ojos, so con repugnancia en brbaros rubios
y en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color de naranja, como
sealadas, desde entonces, por un reflejo infernal.

De pronto, la puerta se sacudi con estrpito, y oyose en el corredor
una voz desesperada que comenz a gritar:

--A m! A m! Socorro! Soy muerto!

El cannigo salt del asiento, descorri el cerrojo y abri. Era un
lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar de
sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a
arrojarse a los pies de su seor.

--Qu sucede?--pregunt mal despierto el hidalgo.

--Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. Agora llega,
ah est!--agreg el lacayo, sealando hacia el corredor y temblando de
pies a cabeza como endemoniado.

En efecto: instantes despus, entr el hijo segundo, loco de ira y la
boca contrada por una mueca de exterminio. Al topar con el sacerdote
levant la mano derecha hacia atrs y la lumbre del candil hizo
centellear, en el aire, su larga espada desnuda.

El Seor de San Vicente mene de un lado a otro la cabeza, con sonrisa
agria, dolorosa. Entonces el segundn acercose al lacayo y pinchole el
rostro con el acero.

--Teneos, en nombre de Cristo!--grit reciamente el cannigo, asindole
el brazo.

El mancebo se contuvo y envain la hoja de golpe, mientras el criado
examinaba su propia sangre en los dedos.

--No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo maldito,
sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano hacer mofa
de m--rugi el segundn, mirando de hito en hito a su padre y
recorriendo a trancos la cuadra.--Vuestra es la culpa, seor, que me
habis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores,
las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisis, adems, cubrille de
joyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo,
la espada ms rica, y gastar en sus galas ms de lo que podis. Oste!
Ha poco le disteis el medalln de los rubes, luego vuestra daga de oro
y un talabarte bordado, y a m nada, nada!, y me dejis andar por la
ciudad pobre y andrajoso como un villanejo. Para un hermano el festn,
para el otro el hueso y la asadura. No nos pari voto a Cristo! el
mesmo vientre?

Afeminando la voz de modo burlesco, continu:

--Idos a Amrica o a Flandes, hijo mo, o entrad ms bien en la Iglesia,
y os daremos nuestra capellana de Santa Mara del Castillo, en
Madrigal: es lo que me decs todo el ao. Pero aquesto no basta. Sabis
harto bien que soy amado de Beatriz desde nio y queris asimesmo que le
deje la dama a mi hermano. Es con ese pensamiento que me dejis podrir
sobre las carnes estas ruines bayetas, para que no pueda mostrarme ante
mujer alguna. Mirad esta espadeja si no parece de vil estudiante. Ah!,
pero ruda y basta como es, sabr vengar el entuerto. Oste! Hace un ao,
seor, que os ped un arns para el rocn, y ni esto--exclam, haciendo
sonar la ua del pulgar en los dientes.--Agora os llega este caparazn
y, despreciando mi demanda, se lo mandis a l, que ya tiene sobrados.
Todava este puerco--exclam sealando al lacayo--me lo ensea de lejos
con sorna; se lo pido para mirallo, y echa a correr dando voces.

Don Felipe segua moviendo, de tiempo en tiempo, la cabeza, sin levantar
la mirada.

--Ah, seor!--prosigui el segundn--la postre no os sabr tan dulce
como esperis, No! No!--grit bruscamente, golpeando con el tacn en
el suelo y dando dos alaridos que resonaron de trgica manera,
semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se desat, dejando
desnuda su pierna muy blanca y vellosa.

Esta vez el hidalgo se atrevi a decir:

--Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois el segundo. En
cuanto a Beatriz, vos mesmo sabis que ama a Gonzalo desde la infancia.

El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante de su padre, y cara a
cara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga, terrible, volvi
a gritar:

--No! No!...

En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su espada, el joyel de
la gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba or rumores de
metal y de seda.

--Seguro estoy--dijo soberbio, increpando a su hermano, despus de haber
saludado al cannigo--que reais a nuestro padre.

--As es verdad--contest el hidalgo;--me rea porque os enviaba ese
caparazn, con que me obsequia el alcalde de Toledo.

El lacayo se adelant a ofrecrselo. Las armas de la familia estaban
bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el terciopelo
turqu, y, en toda la tela, el aljfar perlaba como cuajado roco los
arabescos de plata y de oro.

Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvid un momento a las personas
que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo valenzuela. El
rostro de Beatriz, tras las celosas cruz por su espritu. Luego, como
despertando:

--Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoa--exclam.--Peor
para l si no sabe aceptar su condicin.

Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo en
las orejas de un tigre. El segundn, tendiendo en el aire sus manos
crispadas por el ansia fratricida, lanz de su boca fiero torrente de
insultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmvil y
descolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga.

De pronto, al escndalo de las voces, doa Urraca, la mujer del hidalgo,
apareci en la puerta cual brusca visin. Todos volvieron el rostro
hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. Hembra grave
y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tez
era plida y morena, su empaque soberbioso. Hubirase dicho una flor de
hierro.

--Qu pensar vuesamerced--exclam, dirigindose al lectoral--de tamaa
vergenza?

Luego, encarndose con su esposo:

--Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobarda. Poco falta ya
para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas.

El hidalgo bajaba cada vez ms la cabeza, y sus manos frotaban
nerviosamente los brazos del silln.

Doa Urraca prosigui:

--Qu sangre villana llevis en esas venas, seor, que no os deja
volver por la honra de vuestra casa?

Herido por aquel ultraje, el hidalgo aties de pronto su cuerpo.

--Ya os he dicho mil veces, seora--replic levantando la frente y
mostrando sus ojos humedecidos,--que mi sangre es tan clara y tan limpia
como las mejores de Espaa. El seor cannigo que est aqu presente, y
que conoce harto bien mi abolengo, podr atestiguallo. Por
ventura--agreg ponindose en pie--es cosa de nada un linaje que viene
de Sancho de San Vicente y de doa Mara de la Cerda, y que cuenta con
dos condestables de Castilla?

Su mujer le respondi con una sonrisa, entreabriendo apenas un extremo
de su boca. En seguida, y habindose despedido del lectoral, levant su
preciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los ojos a los
mancebos, djoles con imperio:

--Vosotros seguidme.

Volvi las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareci. Los dos
hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse por
el corredor el golpeteo de las espuelas.

Cuando el cannigo, ansiando retirarse, pregunt a don Felipe si poda
decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado seor tard
un buen rato en darse cuenta de la consulta. Mene, por fin, la cabeza
afirmativamente y le dijo que pona, del todo, en sus manos aquella
delicada misin.

Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sac de la faltriquera un
viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, psose a sollozar como
una mujer.




XII


El lectoral pas toda la noche con la pupila abierta en la obscuridad,
como un bho. Imposible dormir, y en todo su cuerpo una comezn
inusitada. No era la conocida mordedura de las bestezuelas habituales.
No. Era un ardor en la sangre, un hormigueo de voluntad, de impaciencia.

Antes del primer canto del gallo, descorri las mantas del lecho, y en
un santiamn, con verdadera brevedad eclesistica, hallose vestido.
Cogi entonces sus Horas Cannicas, y, como sola hacerlo a menudo,
descendi a la iglesia para subir en seguida a la segunda plataforma del
almenado _Cimborio_, que forma a la vez el bside de la Catedral y el
torren ms ancho y ms fuerte de la muralla.

Era a fines de abril. El hlito del alba apacigu en todo su ser la
irritacin del insomnio, como una ablucin de rocio.

La niebla tomaba en torno vago irisamiento, cual si el amanecer
encendiera su primer rubor en el naciente.

No se escuchaba rumor alguno. Avila dorma.

La esquila de algn convento dio un toque tmido, quedo, necesario.

El cannigo aspiraba con delicia un olor de piedra hmeda y de hierbas
invisibles que sus pies hollaban al caminar.

Algunas formas rectangulares iban apareciendo, aqu y all, como
suspendidas en la atmsfera. Los techos insinuaban su confusin en tonos
lechosos, ms o menos intensos. El cannigo senta nacer y flotar una
confianza nueva, una bondad respirable, una media luz gozosa y virginal,
que l asemejaba a la claridad que la eucarista difunde en el alma.

Las torres y contrafuertes del templo fingan majestuosa visin entre el
cendal de la aurora; y, a uno y otro lado, los cubos de la muralla se
alejaban, solemnes y espectrales, cada vez ms vaporosos, hasta
desaparecer por completo. El cannigo sinti, como nunca, la evocacin
legendaria de las almenas. Galaor, Esplandin, Amads, Lanzarote...
desfilaron. Era la hora en que los caballeros andantes dejaban los
castillos. Sus armaduras reflejaban la claridad nebulosa...

Un gallo cant.

Hizo a un lado el recuerdo de aquellas historias dominantes, que le
haban robado tantas horas de oracin y de estudio, y, como no era fcil
leer aun el Oficio, dej de caminar y apoy el codo en la piedra.

Junto a l, sin miedo alguno, gorriones entumecidos se secaban el
plumaje sobre el parapeto. Otros se tomaban del pico amorosamente. Ya se
distinguan, a pocos pasos, las rojas amapolas y las borrajas azules,
abriendo sus ptalos entre las hierbas infinitas que crecan sobre el
adarve, con ms vigor que en el campo. La niebla comenz a disiparse, a
hacerse ms nacarada, ms difana. Luenga barra purprea se encendi en
el naciente, comparable a un alfanje de cobre.

En la ciudad las callejuelas se ahondan. El palacio del Arzobispo
destaca, en torno del patio, su enorme techumbre. La piedra roda de la
Catedral, las enormes almenas redondeadas por los siglos se tien de
aurora.

Bien pronto el cannigo ve aparecer, a lo lejos, sobre las colinas, las
sombras grises de los campesinos que se dirigen al Mercado Grande, junto
a San Pedro.

Comienza extenso rumor, cantos de corral, golpes de martillos en las
bigornias, crujir de cerrojos, voces indefinidas.

El sol acaba de asomar sobre el perfil de un collado. Es un ascua
desnuda, atizada, flamgera, gneo carbunclo, que lanza hacia lo alto
dos rayos sublimes. El lectoral recuerda los dos cuernos de llama de
Moiss; y resuenan, al pronto, en su memoria los versculos de la
Escritura que dictan la ley elemental y el deber de castigar a los
adoradores del becerro.

--He aqu--exclama--que el Seor se sirve agora de este signo, harto
elocuente, para incitarme al castigo del pueblo avariento y blasfemo de
Mahoma.

Una gran emocin sagrada dilata su fantasa. Va a cumplir un santo
deber; y quin sabe si al encomendar a Ramiro la importante misin no le
encamina derecho a los ms grandes honores.

Desde algn tiempo, el cannigo cifraba toda su esperanza en aquel
mancebo de alto linaje, que l vena adiestrando para llevarle despus
como halcn en el dedo. El seor de San Vicente haba dicho que
comunicara el resultado de las indagaciones a la Junta de Madrid. No
sacara l mismo de esta empresa el bculo y la mitra?

No haban sonado an las doce campanadas de medioda cuando Vargas
Orozco mand en busca de su discpulo.

Sentronse en un escao de la sala capitular.

Ramiro escuch a su maestro con la sumisin acostumbrada. Vivaz,
enrgica, perentoria fue la consigna. Deba recorrer a menudo el arrabal
de Santiago, introducindose en los patios, en las posadas, en los
bodegones, hasta sorprender alguna pltica reveladora. Era preciso
hallar, cuanto antes, el rastro, y caer de sorpresa, en flagrante
conspiracin, aunque se arriesgase la vida. Termin con estas palabras:

--Alguien opina que, a fin de no ser sospechado, conviene simular un
amoro. Pensad, de todos modos, que lo haris con un santo propsito.

Haban dejado la sala capitular y caminaban ahora por las naves de la
iglesia. El cannigo volvi a decir:

--Tomad ejemplo, hijo mo, de estos graves sepulcros do descansan
aquellos varones antiguos, que ponan a riesgo diario su vida por servir
a Dios y ennoblecer su linaje. Miradles sucederse, desde tiempos
remotsimos, trabados como vrtebras y traspasndose unos a otros ese
tutano de la honra que agora se alberga en vos mesmo.

Ramiro sinti un calofro. Era la virtud habitual de aquel vocablo que
acababa de pronunciar el cannigo: la honra! Divinidad vaga, de
confusos mandamientos; pero cuyo solo nombre le haca latir ms ligero
el corazn y le encenda puntilloso calor en el rostro. Su rosario,
envuelto en la guarnicin de la espada, golpeaba el metal con las
cuentas.

--Esto que agora emprenderis--agreg el lectoral--ser en servicio de
la santa Iglesia de Cristo. Si queris llegar muy lejos, dejaos conducir
por ella, sin examinar demasiado la postura o la senda que sus sabios
designios os indiquen.

Pasando por una puerta del crucero entraron en la claustra.

En el patio el sol arda sobre las piedras, y la extraa crestera
plateresca destacaba su crdeno granito sobre el ndigo ardiente del
cielo. Insectos transparentes se levantaban del herboso jardn y
navegaban en la luz.

Bajo las bvedas, junto a la capilla de las Cuevas, dos alarifes,
rompiendo un trozo de pared, acababan de descubrir un sepulcro. Ramiro y
el cannigo se acercaron. No haba inscripcin alguna; slo un tosco
relieve que representaba a Nuestra Seora y al Nio, como si aquello
bastase en la muerte. Nuevo golpe de piqueta ahond la abertura, y una
nubecilla cenicienta levantose como el humo en el aire. Uno de los
obreros introdujo la mano y sac un pequeo objeto de metal. Era una
espuela, un acicate verdoso y rodo. El cannigo tomolo respetuosamente
en la mano, y levantndolo hasta el morado rayo de sol que entraba a
travs de la vidriera, comenz a decir, como alguien que delira:

--Cuntas veces una aparicin de alquiceles en el horizonte le habr
hecho batir el ijar, heroica y sanguinaria! He aqu, Ramiro, el emblema
de la caballera, el blasn de la bota y la sonaja del honor. Su solo
ruido en las losas ennoblece toda la traza del hidalgo.

Sonriose un momento, mostrando su fuerte dentadura, y luego, con gesto
grave y casi compungido, prosigui:

--Lstima es que algn epitafio, docto y elegante, no nos diga la casa
y los honores del antiguo caballero, cuyas son estas cenizas!

Por fin, entregando la espuela, para que fuera colocada otra vez en el
sepulcro, termin de este modo:

--Vuelve a descansar con los huesos de tu dueo, reliquia de la vieja
honra cristiana, mientras nosotros rezamos una oracin por el alma
desconocida, que seguirs ennobleciendo en la muerte.

Quitose el sombrero, e inclinando la cabeza, musit una plegaria. Ramiro
le imit.




XIII


El comienzo de la difcil empresa vino a recoger su desparramada
energa. Hasta entonces, Ramiro divagaba por el mundo desmesurado y
quimrico de las ambiciones nacientes. Pasbase las horas y las horas
imaginando hazaas inauditas o exaltando ansias de imperio y de
grandeza, que l miraba luego colmarse una a una, a lo largo del
porvenir, como tinajas de subterrneo tesoro.

El recogimiento extremaba su fiebre. No contaba con un solo compaero de
su edad. Desde temprano, a pesar de la oposicin de su madre, busc el
trato de algunos mancebos. Lleg a conocer a un Nez Vela, a un
Valdivieso, a los dos hermanos Rengifo, a Diego Dvila, a Nuo Zimbrn.
So con amistades heroicas, fue todo franqueza y ardor, ofreciendo, sin
ambages, en rebosante copa, la lealtad de su pecho; pero no tard en
advertir que sigiloso encono crispaba todos los labios en su presencia y
que su mano calurosa no estrechaba sino dedos laxos y fros. En cambio,
los dems se agasajaban entre ellos, y aquella hostilidad comn hacia
l, aquella tcita conspiracin, pareca estrecharles mayormente.

--Por qu? Por qu?--se preguntaba sin cesar con varonil mansedumbre y
sin querer pensar en la venganza,--por qu no me ha sido dado lograr
esa cordialidad que se le brinda a cada paso a un imbcil y a veces a un
malvado, a un feln?--No maliciaba an el peligro de aquel ingenuo
aliento de orgullo y de fuerza a que todas sus frases trascendan.

Por fin, pasendose una tarde por la Ra, con Miguel Rengifo, el nico
amigo que le quedaba, djole en un momento de afectivo calor:

--Si yo medro, Miguel, e despus de algn hecho sealado me hacen
gobernador de una plaza, os he de llamar junto a m para haceros mi
primer capitn.

Rengifo, a quien todos llamaban _el enano_, por su mezquina estatura,
gir sobre sus talones y respondi con enfado:

--Y por qu no he de ser yo quien medre, e os llame junto a m, e os
haga mi capitn?

Aquel amigo no volvi a presentarse. Ramiro embozose entonces una y dos
veces en su propia altivez, y acept la soledad, volviendo la espalda.

       *       *       *       *       *

Da a da, cada vez ms alerta, visitaba Ramiro el arrabal de Santiago.
El temor del peligro le haba dejado para siempre desde los primeros
aos de mocedad. Consideraba ahora, con fatalista desenfado, la propia
vida y la ajena. El orgullo de su misin vino a duplicar su ardimiento.
Era un agente de Su Majestad, portador de grave secreto de gobierno.
Quin sabe si no se le haba escogido deliberadamente, desde la Corte,
con la traza de una casual designacin. De todos modos, aunque as no
fuera, el monarca oira muy pronto su nombre.

A veces, al caminar por las revueltas callejuelas de la morera,
imaginaba haber descubierto toda la trama de la conjura, y parecale ver
ante s la figura sobrehumana de Felipe Segundo, acercndose gravemente
y echndole al cuello la venera de un hbito.

Sala maanero, sin mula ni lacayo, y vestido de ropas sencillas que no
atrajesen la mirada; pero llevando, eso s, la hermosa espada templada
en Toledo, con que le haba obsequiado su to abuelo don Rodrigo del
Aguila, una daga de provecho y el consabido coleto de ante, por debajo
del jubn.

Dejaba casi siempre la ciudad por la puerta de Antonio Vela, y simulando
un andar ocioso y errante, bajaba por algn atajo de la cuesta del
medioda. En el reducido arrabal de Santiago haba ms trfago y rumor
que en la ciudad entera. La fecundidad de la raza palpitaba al aire y
al sol. Los encalados zaguanes vomitaban hacinamientos de chiquillos
casi desnudos, sobre la sucia calzada. Se comerciaba a gritos. A cada
instante estallaba una gresca. Oase el continuo rumor sooliento de
tornos y telares, semejante al de populosa plegaria en alguna mezquita.

Los hombres vestan casi todos a la espaola; algunos llevaban
gregescos de lienzo, como la gente de mar. Las mujeres, saya de colores
aldeanos y juboncillo corto. Era placentero ver llegar por las callejas
la figura ondulante de una joven a veces descalza; pero luciendo, s, en
su primoroso peinado alguna rosa amarilla o algn sangriento clavel,
prendido con garbo en las trenzas. Su cadera se ofreca y se esquivaba
al andar. Su sonrisa era mejor que los collares. Los hombres se detenan
para contemplarla. Algunos la susurraban al odo palabras en algaraba.
Otros levantaban la cabeza y sorban el aire como camellos,
libidinosamente.

Sin preguntar el precio, arrojando sobre el tablero alguna moneda
excesiva, Ramiro sola comprar un perfumado jubn para alguna mozuela, o
zapatos infantiles con que despus obsequiaba a las madres moriscas.
Comenz sus paseos con el corazn encogido por el odio; pero, poco a
poco, su misma caridad, aunque fingida, sus mismos gestos protectores, y
la dulzura que recoga de todo los rostros, le fueron ablandando la
entraa y hacindole descubrir, a cada paso, nuevo embeleso en aquella
vida graciosa y sensual de los musulmanes.

Los bodegones eran los mejores sitios de espionaje. El ms concurrido se
levantaba frente a la iglesia de Santiago. Dirigalo un morisco a quien
llamaban _el Nazareno_, por su semejanza quiz con algn Crucifijo muy
barbado y negruzco de las ermitas. A las diez de la maana o a las seis
de la tarde, caa a aquel fign toda clase de gentes. Trajineros que
dejaban en el patio el macho y el botijo, labradores del valle que
entraban secndose con todo el brazo el sudor de la frente, zapateros,
olleros, caldereros y tejedores del arrabal. Ramiro cruzaba tambin las
piernas sobre el esparto, y pidiendo cualquier golosina, ponase a
observar por debajo del aludo sombrero. Cierta maana pas al trascorral
y vio matar una ternera con la cabeza dirigida hacia el naciente. Dos
ancianos inclinaron el rostro balbuceando una oracin, y, al notar que
aquel mancebo no se inclinaba como ellos, le miraron con asombro. Ramiro
se retir orgulloso del secreto que acababa de sorprender; pero no tard
en advertir que los alguaciles que caan al fign presenciaban a menudo
aquellos ritos diablicos, y que _el Nazareno_ los cohechaba con solo un
rubio y chispeante buuelo, recin sacado de la sartn.

Ramiro acab por atraer la atencin. Le hablaron en algaraba y no pudo
contestar. Varios gaanes de la dehesa le reconocieron y, desde
entonces, las miradas se tornaron cada vez ms hostiles.

Una tarde, de vuelta a su casa, al pasar junto a unos rboles, por
detrs de la iglesia de Santa Cruz, oy de pronto una fuerte detonacin
y a la vez breve silbido que pas por encima de su cabeza. Volvi la
mirada. A su izquierda, blanca y redonda nubecilla flotaba en el aire.
Le haban disparado un arcabuzazo. Desenvain la espada y recorri
velozmente el paraje en todo sentido. No haba nadie. Al continuar su
camino y al descubrirse instintivamente, advirti, a uno y otro lado de
la cumbre de su sombrero, dos agujeritos redondos.

No dej por eso de volver al bodegn del arrabal. Los moriscos le
reciban ahora con extrao semblante, hablndose entre ellos. Cierta vez
le invitaron a beber, ofrecindole un vaso lleno hasta el borde. La idea
del hechizo o del veneno cruz por su espritu. Iba a aceptar, sin
embargo, cuando un personaje venerable, vestido como caballero y
luciendo en el cinto corva daga cubierta de pedrera, se levant
sbitamente del ms obscuro rincn y, una vez junto a l, le dijo,
detenindolo el brazo:

--Beba vuesamerced en esta taza, menos indigna de un hidalgo.

Y ofreciole su obscura taza de acero, llena tambin, y ornada de hermosa
atauja de oro purpreo.

Ramiro bebi resueltamente, confiado en su destino.

El hombre de la daga mir a los dems con expresin inexplicable.

No era nuevo su rostro para Ramiro. Recordaba haberlo visto repetidas
veces en su vida y, en ocasiones, haba regresado a su casa preocupado
con aquel encontradizo, que se cruzaba con l, tan a menudo, en las
puertas de la ciudad. No sera el mismo personaje misterioso que haba
dado muerte al jabal, en aquella partida de caza?...

Ramiro, al dejar la pastelera, iba comparando en su memoria el
semblante del hombre con la figura casi desvanecida de su recuerdo,
representndose, a la vez, toda la escena lejana...

Hara cosa de diez aos. Don Alonso Blzquez haba invitado a una
cacera a muchos caballeros de la ciudad. Ramiro y su madre asistieron.
Era un da de octubre. El iba con otros mancebillos entre las damas, y
parecale verlas todava vestidas de terciopelo verde o leonado, y
galopando en sus hacaneas, por los campos luminosos, en seguimiento de
los hidalgos.

Bravo jabal, volviendo de los cebaderos, logr traspasar la fila de
cazadores; luego, atravesando un seto compacto y espinoso, entrose por
un bosque de encinas, en direccin a la sierra. Soltadas las trallas,
los perros alcanzaron a la res y consiguieron pararla, a corta
distancia, mientras los monteros buscaban vanamente un boquete en el
vallado. Entretanto, a cada navajada del puerco, aculado contra un
rbol, rodaba un can por el suelo, derramando las tripas. La lucha se
haca cada vez ms feroz. Los alanos le asan de las orejas, los
ventores de las patas traseras, los perneadores de donde podan, y no
era posible ayudarlos. Las damas geman al ver morir, uno a uno, a los
hermosos lebreles amarillos y blancos. De pronto un caballero, venido
quin sabe de dnde, pas hacia la derecha de la comitiva sobre lustroso
corcel y, hacindole tomar un impulso inverosmil, salt del otro lado
del cerco. Ech pie a tierra en seguida, y, desviando a uno de los
ventores, asi con una mano el cerro de la fiera metindole con la otra
el pual por los sobacos. El jabal se desplom; y el caballero,
volviendo a montar, y saltando otra vez el vallado, salud con la gorra
a las damas, alejndose a escape. Su gran capa amarilla flameaba en el
viento, como bandera que se lleva el enemigo. Todos le miraron atnitos.
Ramiro recordaba que su madre, no habiendo visto nunca una cacera, se
desmay; y parecale ahora que aquel cazador misterioso no era otro que
el personaje que acababa de ofrecerle, en el fign, su vaso de acero y
de oro purpreo.

--A qu pensar en esto?--se dijo por ltimo.--Lo que importa es que
estos perros sospechan y buscan el modo de librarse de m. Un amoro!
Sin esta mscara no podr continuar.

Algunos rostros de tejedoras, de fruteras, de simples mozas de cntaro,
desfilaron por su mente.

El sol se haba puesto. Las calles estaban desiertas. Un rumor de
celosas reson junto a l y, antes de que pudiera admirar la blancura
de un brazo, cargado de brazaletes, que asom entre las maderas, una
flor, un rojo y ancho clavel, golpeole con viveza en el rostro. Ramiro
se acerc a atisbar por la abertura. No se vea sino la hueca lobreguez
de una estancia. Sin embargo, escuchbase por momentos una risa tenue y
temblorosa comparable al ceceo del agua en las fuentes.

Despus de esperar en vano, subi hacia la ciudad. El torren del
Alczar destacaba su sombra formidable sobre el cielo lmpido y verdoso.
Era casi de noche.




XIV


Al da siguiente, Ramiro descendi, como de costumbre, por la cuesta de
Santa Mara de Gracia y dirigiose a los sitios ms frecuentados del
arrabal de Santiago, dispuesto a escoger su aventura.

Bajo aquel medioda radiante de junio, la plaza del Rollo presentaba el
aspecto de un mercado berberisco.

Hacia el poniente, en una callejuela entoldada, se aglomeraban, a la
sombra, sobre el suelo, las vistosas mercaderas. Un anciano, vendedor
de perfumes, aspiraba l mismo sus pomos, fingiendo indecible deleite
para tentar a las mozas. Ramiro cruza aquel sitio y advierte algo ms
lejos un tumulto de curiosos que se agolpa junto a las carniceras.

--Alguna gresca de matarifes, alguna muerte--se dijo.

Pero luego record que era sbado, y que aquel da de la semana los
jiferos moriscos, siguiendo vieja costumbre, tenan la obligacin de
alimentar a su costa a las aves de caza de los seores de la ciudad.
Haba presenciado muchas veces la escena, siendo nio. Se acerc.

Era un gran corro de gente, como el que rodea a los juglares y
bailadoras.

Los moriscos iban y venan trayendo la carne en espuertas o cacharros,
mientras los impvidos halconeros esperaban, tranquilamente, junto a las
aves. Deba ser harto grande la pasin de los avileses por la caza de
altanera, a juzgar por aquel sinnmero de pjaros.

Veanse nebles, de dedos luengos y finos, que miraban con altivo
desprecio el varal y queran ser llevados siempre en la mano; harto
halcn zorzaleo, con la pinta amarilla como gota de azufre, y las patas
cargadas de cascabeles para aturdirles el ardor; cenicientos alfaneques
de Tremecn, de pupila siniestra; sagres de Asturias con plumas entre
los dedos; gerifaltes de Noruega, blancos como gaviotas; y uno que otro
de aquellos que llamaban _letrados_ en Castilla, por sus alas escritas,
a lo ancho, como las fojas de un libro. Haba tambin melanclicos
laneros de Galicia, bahars de Mallorca, rubios tagarotes de Berbera; y
no faltaban, por cierto, los ilustres gavilanes de Pedroche, que slo se
dignaban caminar sobre un pao de tinte vistoso. Los azores abundaban.
Azores de Noruega, de Cerdea, de Esclavonia; y aquellos que hizo traer
de Algeciras don Alonso Blzquez Serrano, ms chicos que los otros, pero
que bajaban dos nades a un tiempo y apresaban la liebre sin la ayuda
del galgo.

All dos halconeros, por distraer a la muchedumbre, le ponan y le
quitaban el capirote a un rabioso gerifalte. Aqu otro, con la librea de
los Dvila, soltando la lonja a un azor, le dejaba subir en los aires,
para hacerle descender en seguida con presteza, agitando el seuelo en
forma de codorniz.

Ramiro observ con admiracin aquellas aves sanguinarias, aquellos
pjaros taciturnos y crueles, pavor de las raleas y nicos dignos de
posarse sobre el guante de un rey. Eran los hidalgos de la innumerable
volatera, los conquistadores, los capitanes, la prez de los aires. El
pico famlico, la ua feroz, el ala pica y rauda, lanzbanse sobre
cualquier pajarote, por temible que fuese, y parecan complacerse en las
heridas monstruosas que reciban a menudo en las alturas. Sin habrselo
formulado jams, el mancebo reconoca un emblema de su nimo en aquellos
avechuchos que, aun dormidos sobre la percha, lanzaban, a uno y otro
lado, picotazos bravos, soando en presas imaginarias.

En cierto instante, sinti que le tocaban el hombro, y, al volver la
cabeza, hallose con una figura que no se haba borrado de su memoria.
Los mismos collares la adornaban; pero vesta un ropaje menos haraposo y
siniestro que el de aquella tarde, junto a La Encarnacin. Era la
anciana a que l llamaba en su recuerdo: la hechicera.

--No vos fizo dao, ayer noche, el clavel?--pregunt la mujer,
mirndole en el rostro con azucarada sonrisa.

Luego, misteriosamente, bajando la voz:

--Si la vieses t! Es la hembra ms hermosa de Castiella. No hace ms
cosa en el da que perfumarse e cantar.

El mancebo record el incidente de aquella flor que una mano de mujer
habale arrojado al rostro la vspera. La anciana continuaba:

--Es hur del cielo ms alto. Si te place tratalla, vente agora a la
zaga de m, sin hablarme.

Ramiro la sigui desde lejos.

Cuando hubo llegado a la puerta de una casa algo apartada, la mujer
llamole con vago ademn. Entraron en un patio miserable. Los pilares
eran de negruzca y carcomida madera. Aoso granado retorca su ramaje
junto a un aljibe. La cal reverberante, el azul denso del cielo, y las
flores rojas de las malvas en las ventanas formaban hechicera
desarmona. Atravesaron cuadras atestadas de camas y traspontines, como
en los ventorrillos morunos. Sin embargo, algunos crucifijos en las
paredes y una que otra Virgen de talla sobre los bargueos, hacan
pensar en una casa cristiana.

Al cruzar otro patio, toparon con una silla de manos cerrada por
cortinas de cuero. La anciana dijo entonces que, para llegar hasta la
hermosa del clavel, era forzoso dejarse conducir en aquel encierro a
otra casa de la morera. Ramiro hizo con los hombros y el labio doble
gesto de indiferencia. A una voz de la mujer llegaron dos silleteros con
sus anchas correas. El mancebo no quiso meditar demasiado el grave
peligro que corra al entregarse de aquel modo a cualquier treta
criminal, y entr en la silla sonriendo. Los cueros estaban cosidos
entre s, de tal suerte que no dejaban penetrar el ms dbil rayo de
luz. La silla avanzaba. Por fin, despus de largo lapso de tiempo,
difcil de apreciar, se detuvo.

Ramiro, al descender, hallose en una cuadra ruinosa y obscura. La
anciana vendole los ojos con negra tira de lienzo y, tomndole de la
mano, comenz a conducirle a lo largo de algn corredor subterrneo, a
juzgar por el fro que senta en las espaldas y el olor terroso del
ambiente.

Record pasajes semejantes que haba ledo en las historias de
caballera, y pens que todo aquello deba ser el principio de algn
episodio memorable, digno de ser recordado en los venideros tiempos.

--Si mi constelacin--decase ahora a s mismo--no anuncia que he de
morir de esta guisa, todos los ardides sern vanos. Si, por el
contrario, ste ha de ser mi acabar, a qu resistirme?

Bajaron algunos peldaos y la anciana silb junto a l. Oyose entonces
un cerrojo que caa y el rechinar de la puerta. Tenue resplandor embebi
el lienzo que llevaba sobre los ojos y un fuerte sahumerio embriag su
sentido.

Desceida la venda por los dedos de la mujer, hallose en rabe estancia
con azulejos en las paredes y techo de maderos entrelazados. Un hombre
obeso, vestido de larga tnica azul, se alejaba. Haba viejos divanes
contra los muros, alcatifas y sofras sobre el piso de mrmol, dos arcos
policromos y dorados hacia el fondo; y aqu y all algunas tablecillas
incrustadas de marfil y de ncar. Sobre una de ellas, un sahumador de
cobre desprenda tres hilos acelerados y rectos de perfume. La mujer,
dejndole solo, se intern por las otras habitaciones gritando:

--Aixa! Aixa!--en el silencio.

Al volver, acercose a la pared, y desprendiendo sutilmente una tabla
pintada, quit de aquel modo el tabique interior de una hornacina,
abierta en todo el grueso del muro. De esas hornacinas que un arco
minsculo decora, y donde los musulmanes guardan, llenas de agua
escogida, nforas, ms o menos hermosas, cuyo consuelo cantan las
inscripciones en voladoras alabanzas que suben hasta los astros. En
aquel momento slo aparecan en su interior dos babuchas femeninas color
de cinabrio. A un gesto de la mujer, Ramiro, quitndose la gorra,
introdujo la cabeza, y mir hacia la estancia contigua. Pareciole
soar!

Era un cuarto de abluciones, lleno de paz secreta y somnfera. La luz
slo entraba por algunos agujeros de la bveda, a travs de gruesos
cristales en forma de estrellas que imitaban el color del carbunclo, del
zafiro, del topacio, del berilo. Hacia la parte opuesta, vease una
alcoba profunda cubierta de almohadas, para saborear la languidez que
sucede a los baos.

Pero no era la ancha pila cavada en el centro de la estancia y revestida
de mrmol, ni los cristales en forma de estrellas, ni los almadraques de
terciopelo y de brocado lo que el mancebo observ con avidez sino la
desnuda belleza de una joven sumergida en el agua.

La quietud dejaba flotar o embeberse la suelta cabellera, enrojecida por
el hen; cabellera esponjada y enorme que haca pensar en los copos
destinados a tejer todo un manto. Algunos mechones, que conservaban la
oleosidad de los ungentos, pendan de uno de los bordes. Era tambin
su guedeja o las serpientes fascinadas de algn extrao sortilegio?...
Ramiro admir la dulzura de los prpados orlados de sombra, bajo las
cejas alargadas por el kohl; y aquella rara sonrisa, aquella sonrisa de
ensueo, que estremeca levemente sus labios, como si un vuelo invisible
mantuviera sobre ellos cosquillosa frescura.

De pronto, la mujer abri los ojos temerosamente, y sus grandes pupilas
se dirigieron hacia el mismo sitio del muro en que se hallaba Ramiro.
El, sin embargo, no haba hecho el menor movimiento.

En ese instante, una criada, vestida slo de angosta falda verde y
amarilla, presentose en la estancia, apoyando en sus morenos pechos
desnudos un dorado azafate, sobre el cual venan los pomos, los botes,
los pinceles, las tenacillas y otros menudos objetos que el mancebo no
alcanz a distinguir. Poco despus, arrodillada al borde del bao,
psose a disolver sobre el cuerpo de su seora una substancia rosada y
corrediza, que desprenda almizclado perfume. La joven se estremeci de
pronto, como un pez sorprendido, entreabriendo luego los labios, cual si
aspirara en el ambiente un ansia diseminada; y sus ojos volvieron a
mirar hacia la misma parte del muro.

Por fin, se incorpor; y la empapada cabellera estirose fuera del agua,
rgida, pesada, rumorosa, al modo de las algas, cuando la ola desciende.

Entonces aparecieron, en su intacta firmeza, los dos fuertes pechos
bruidos y cuasi dorados como copas de mbar; y el mancebo sinti correr
por toda su carne la tentacin de aquella cintura cogida y de las
abultadas caderas, irisadas por la humedad y la penumbra.

La mujer camin hacia la alcoba, con claro rumor de ajorcas y
brazaletes, dejando la huella acuosa de sus pies en el mrmol. Cuando la
criada la hubo secado prolijamente y desgrasado sus cabellos con una
tierra cenicienta, ella extendiose de espaldas sobre las almohadas y
entregose, como muerta, al pincel y al ungento.

Poco despus, el hombre de la tnica azul, que Ramiro viera al entrar,
presentose. Traa en sus manos navaja y baca de barbero. Acercndose,
con celoso respeto, psose a rasurar a la hermosa morisca, segn el uso
de Oriente.

En ese instante, por encima de sus sentidos vidos, Ramiro escuch en su
conciencia un grito de indignacin ante aquella prctica lasciva de los
baos y aquel culto libidinoso de la propia carne. La sublime castidad,
el asctico abandono, el desprecio y la mortificacin del harapo
corrupto de nuestro cuerpo, la santa fetidez de los religiosos, los
admirables anacoretas, dejndose podrir las ropas sobre la piel, como un
anticipo de la sepultura: San Hospicio, comido por los piojos; San
Macario, sumergido en el cieno; Santa Mara Egipciaca, resecada por el
sol como un cuero; Santa Pelagia, habitando entre sus propios
excrementos; Santa Isabel, bebiendo el agua de lavar a los tiosos; en
fin: la sublime aspiracin abriendo su corola de pureza sobre el
estercolero corporal; y luego la penitencia, la disciplina, el cilicio,
todo pas por su mente como a la luz del relmpago.

Pero la severa visin no pudo persistir. Los sentidos tiraban de las
trallas. El turbin de la virilidad apagaba la luces interiores. All
estaba ante l una mujer hermosa y desnuda, a dos pasos de su boca, de
su juventud!

Dominado por aquella tentacin, vibrando con ella, cual un junco en el
torrente, Ramiro no vio que la criada, describiendo un rodeo, se diriga
a tomar las babuchas en el hueco del muro.

La mujer, al encontrarse en aquel sitio con una cabeza humana, lanz un
grito de espanto.

Un momento despus abriose la puerta que comunicaba con la cuadra del
bao, y el mancebo vio aparecer a la hermosa morisca, con los cabellos
retenidos por linda almadraba de hilo de oro y esmeraldas redondas. Un
blanco velo caa desde su cabeza hasta los anchos calzones de verde
tafetn, adornados con glandes. Sin mirar a Ramiro, acercose a la
hornacina, haciendo como que examinaba el ardid; luego, volviendo su
rostro, arroj su indignacin contra la anciana, en las slabas
guturales y fuertes de su algaraba. Denso rubor, como el aterciopelado
carmn de las rosas, coloreaba sus mejillas; pero en seguida, al
reconocer al mancebo, una sonrisa hospitalaria, hechicera, talismnica,
que mostr la blancura de sus dientes, torn, al pronto, su semblante
claro y tranquilo como la luna.

--Ah!, eres t, seor don Ramiro?--exclam.--Bienvenido seas! Perdn,
si ayer os hice dao con la flor, en la calleja. Buscaba te la echar al
sombrero.

--No me hizo dao la flor--replic Ramiro,--pero s vuestra risa.

--Calla! Rea del gozo de verte a un palmo de m. Yo me estuve encogida
cabe la reja, e no me catabas.

Volviendo a la cuadra del bao, ella extendiose de pechos en la alcoba,
ofreciendo a Ramiro una almohada para sentarse. Platicaron largo tiempo.
Era para el mancebo un coloquio extrao, casi fabuloso. La sarracena
preguntaba, sin cesar, como los nios. El fleco de medallas, que colgaba
sobre su frente, aumentaba el misterio de sus pupilas. A cada momento
ofrecale a Ramiro en sus dedos, cargados de sortijas, algunas alcorzas;
y ella a su vez rea y rea al morderlas, rea como una mujer
semibrbara, con cierta animalidad incomprensible y deliciosa; mientras
sus pestaas, largusimas e inquietas, parecan desprender ilusorio
polvillo de lujuria y de nigromancia.




XV


Cuando Ramiro hallose de nuevo en su casa, entre los objetos familiares
de su aposento, y, desceida la espada, quitado el capotillo,
desajustado el jubn, se arroj sobre la cama, pareciole que su
existencia se internaba en el enredo de una historia novelesca. Senta
ese indeciso vivir, esa suspensin de contacto con la realidad, ese
columpiamiento sobre la vida, que producen en nuestro ser las grandes
aventuras del alma. Adems, la tentacin descabalaba su juicio, cortaba
en pedazos sus ideas y no las dejaba ligarse. En vano la conciencia
quera formular el peligro que sus sentimientos catlicos haban de
correr bajo el hechizo de mujer tan hermosa. Bocas sin rostro,
clamantes, agoreras, pasaban en la obscuridad interior vociferando
presagios indescifrables. El no quera escuchar y se burlaba de sus
recelos. Estaba tan seguro de su profunda fe religiosa! Aun cuando
fuera una infiel, qu importaba? Aquel deleite sera un instante, un
guio de ojo en su vida. Saciado el deseo, sabra arrojar bien lejos el
vaso, antes de llegar a las hondarras. Y acaso, no era dado esperar que
aquella mujer le transmitiese, entre una y otra caricia, el secreto que
buscaba? Ah!, entonces s que estaba seguro de la absolucin del
cannigo. Pensad que lo haris con un santo propsito. No eran stas
sus mismas palabras? No se le haba aconsejado que buscara un amoro
para facilitar su comisin?

Volvi a la casa del arrabal, no una vez, sino muchas. Comprendi que
era intil resistir. A toda hora, el perfume de la mujer le embriagaba.
Estaba en el ambiente, en su boca, en sus manos, en sus vestidos. Era el
dejo axilar, mezclado a un perfume de jazmn y de algalia. Sus besos
hmedos, anchos, tenaces, se le quedaban en los labios.

Ella no le hizo sufrir la tortura de una larga impaciencia. A la segunda
visita, despus de perfumarse los cabellos, rindiose con frenes tan
severo, que el amor pareca entre sus brazos acto ritual y sagrado. Sus
labios se entreabran con doble sonrisa de deleite y sufrimiento, como
si hubiera querido remedar el primer goce doloroso de las vrgenes.

El imn de aquella sensualidad se fue haciendo cada vez ms potente. Ya
era raro el da en que Ramiro no pasaba algunas horas con Aixa. A veces,
junto a ella, sentase sobresaltado por una onda de tribulacin, que le
arrugaba el sobrecejo y fijaba sus pupilas. Aixa, entonces, tomndole
los labios con los suyos, le reventaba contra los dientes un beso
delicioso y tibio como un dtil; y, cada vez, la sorprendente caricia le
llenaba de sensualidad y de luz todo el ser.

Por fin, olvidando por completo la investigacin que tena que realizar,
destemplado por el amor, relajado por la molicie, Ramiro fue aceptando,
insensiblemente, todos los refinamientos que constituan la vida
habitual de su manceba. Apenas llegado, Aixa tantebale con horror sus
ropas velludas y espesas, ofrecindole, en cambio, para aquellas horas
de placer, alguna vestidura de seda, alguna delgadsima tnica de
cendal, perfumada de almizcle.

Sus pies conocieron la holgura de las babuchas. Sus cabellos el halago
de la gaza, con que ella se los circundaba indefinidamente, hasta
prenderla por delante con empenachado joyel. Dejose friccionar por el
esclavo y extender sobre sus miembros las esferitas de perfume; dejose,
por gracia, obscurecer los prpados con el kohl; y su horror fantico
hacia los baos se fue desvaneciendo cuando su amada le inici en las
dulzuras del amor bajo aquella agua saturada de nardos, sobre la cual
ella haca deshojar puados de rosas, unas muy plidas y otras como
sangrientas, para simbolizar las dobles delicias de su cuerpo.

A veces, espiando el momento supremo del ansia, cuando las fuertes
pupilas del mancebo tomaban un tinte nebuloso, a la manera de las
charcas en la tempestad, la morisca, desprendindose de sus brazos, le
preguntaba:

--Dasme tambin toda el alma? Toda? Tendrs el mesmo amor e la mesma
creencia que tu Aixa, t?

Ramiro responda que s con la cabeza; pero como ella, retirndose hasta
el fondo de la alcoba, le demandaba de nuevo:

--Lo juras? Lo juras?

El, buscndola, musitaba como ebrio:

--S; lo juro! Lo juro!

Otras veces, en las horas de saciedad, la sarracena se ergua sobre las
almohadas, y, con los labios temblorosos, declamaba algn pasaje
evanglico del Alcorn. Ramiro crea reconocer las palabras del Nuevo
Testamento, dichas en el modo de los moriscos de Espaa.

Ella, sagazmente, salmodiaba el captulo de Mara:

Loor a Mara... Alabad el da en que se alej de su familia hacia el
saliente, tom un velo para cubrirse, y nosotros le enviamos a Chibril,
nuestro espritu en forma humana.--Soy el mensajero a ti, de parte de
Dios, dijo el ngel, vengo a anunciarte un hijo bendecido.--De dnde
podr venirme este hijo, respondi la virgen, que nunca se ha allegado a
m ningn hombre, ni he sido mala?...--Tu hijo ser el milagro y la
dicha del universo.

Djole tambin el encuentro de Jess con la calavera, leyenda antigua,
con olor de osamenta y color de otro mundo, importuna como la muerte.

El recontamiento de la doncella Carcayona era a la vez deslumbrador y
pavoroso. Echada de boca junto a l, con los ojos entoldados por el
ancho fleco de medallas, el mentn en la mano, las uas sobre el labio,
sinuosa y desnuda, balbuceaba las palabras de la paloma de oro con cola
de perlas, y al llegar a la descripcin de las delicias celestiales
envolvale en sus brazos, frescos como las fuentes del Salsabil y
Alcafur, juntando frentica su rostro con el suyo.

Con el correr de los das, cuando hubieron llegado a la apasionada
compenetracin de sus almas, uno y otro se dijeron los pesares ms
ntimos. En los instantes de languidez Ramiro senta pasar sobre su
frente, a modo de ala espectral, la idea de la brevedad de todas las
cosas humanas. En una ocasin de aqullas, al sentir en su pecho la
respiracin soolienta de la mujer, djola con melanclica dulzura:

--Y pensar, Aixa, que vendr, tal vez, un da en que al encontrarnos por
alguna calleja nos miraremos con odio.

--Ser o no ser--respondi la sarracena.--Los destinos van colgados de
nuestro cuello.

Luego, como si creyera que el instante acechado a travs de tantos das
acababa de presentarse, descendi de la alcoba, cogi de encima de un
taburete rojiza caja de marfil, y habiendo sacado de su interior un
librejo centenario, prorrumpi:

--Todo se cambia, es cierto; y acaso vern un da venidero en que me
dars al verdugo t; pero en aqueste libro, que fizo el sabio
Abentofail, se ensea la dicha que no muda sino para crecer.

En seguida, con voz velada, misteriosa, agreg:

--Est en palabras harto ascondidas.

Declar entonces que ella no hubiese alcanzado nunca su sentido a no ser
la ayuda de un hombre que se hallaba entonces en Avila.

Ramiro, al or aquella ltima frase, cambi de postura sobre los
almohadones, y su mirada expres una curiosidad impaciente.

--Es fcil conocello--dijo entonces la morisca, con acento claro y
jubiloso;--lleva siempre en el cinto una daga con vaina de oro
guarnecida de diamantes de Krichna, de berilos de Khazbah, de perlas de
El-Katif, y el pomo de la daga es de piedra imn y chupa toda la sangre
de un hombre en un guio de ojo. Su barba es limpia y blanca como la
plata, y su rostro es bellido como la luna en su catorceno da. Nunca
re, camina despacio.

Al dejar caer aquellas alabanzas, una a una, como perlas sobre sonoro
azafate, la sarracena observ de soslayo el semblante del mancebo. En
seguida, con una alteza de lenguaje y de gesto que Ramiro no haba
advertido en ella hasta entonces, expres que no haba en este mundo
dicha comparable a la de aquel que lograba sumergirse en la
contemplacin del Ser nico, verdadero, permanente, teniendo siempre
fijo el pensamiento en su majestad y esplendor, a fin de que la muerte
le sobrecogiera en dicho estado.

Segn Aixa, el libro de Abentofail enseaba el acceso a la Suprema
Visin.

Sentndose en las gradas de la alcoba, comenz la lectura. El libro
estaba escrito en arbigo; pero ella verta las frases al espaol,
resumiendo luego, a su manera, los captulos. Su voz temblaba. Algo
sutil y sagrado se esparca como una luz sobre toda su persona. Los
prpados bajos cobraban una pureza de otro mundo; y Ramiro la escuchaba
cada vez ms absorto, sintiendo surgir en su cerebro adversas
cavilaciones.

Era preciso, segn aquella enseanza, disminuir da a da los propios
alimentos, para distanciarse de la materia corruptible. Luego se
emprendera el remedo de los astros, porque los astros eran inmaculados,
extticos, inmutables, fuera del mundo de la corrupcin. Sus esencias
inteligentes contemplaban al Ser nico en la eternidad; y nada ayudaba a
abstraerse de todo el mundo sensible y caer en la embriaguez, en el
supremo delirio, como la imitacin de su movimiento por medio de la
danza, de la rotacin indefinida. Entonces se manifestaba la Esfera
Sublime, cuya esencia est inmune de materia, y no es la esencia del Ser
nico ni la de la Esfera misma, sino que es a la manera de la imagen del
sol en un espejo bruido, que no es el espejo ni el sol, ni tampoco nada
diferente.

El mancebo quedose confuso. Acababa de escuchar expresiones de la
mstica cristiana. Adems, el semblante de aquella mujer, su palidez, su
mirada, su estremecimiento, revelaban que el xtasis comenzaba a
inundarla el corazn.

Terminada la lectura, la sarracena se puso en pie y encaminose
lentamente a coger otro manto. Al levantar la tapa de un cofre y extraer
de su interior una tela de seda teida de azafrn y toda bordada de
arabescos multicolores, un intenso perfume se difundi en el ambiente,
como si acabara de abrirse alguna ventana hacia especioso vergel, todo
maduro de aromas.

Cubierta slo de aquel velo amarillo, cuyos caireles tocaban el suelo,
Aixa plantose en el fondo de la cuadra con las manos en las caderas, los
codos en alto, la cabeza hacia atrs. Dos rosas rojas ardan como llamas
sobre sus cobrizos cabellos. Su cuerpo comenz a quebrarse hacia uno y
otro lado con lenta contorsin. Un gesto a la vez lastimero y anhelante
agrandaba su gruesa boca palidecida. Ella apretaba las piernas.
Hubirase dicho que algo doloroso, delicioso, la penetraba
profundamente.

De pronto, de una estancia vecina surgi el son ronco y claro de una
msica. Un son montono y brbaro de tamboril y dulzaina; doble son
ardiente como las arenas, obscuro como los bazares.

Aixa golpe entonces las losas con los pies, haciendo repiquetear el oro
y el marfil que recargaba sus tobillos, y, con los ojos abstrados, gir
sobre s misma, esparciendo perfumada frescura, cual hmeda flor
sacudida de pronto. Luego psose a girar ligero, muy ligero, ms ligero
todava, frenticamente!, hasta que todo su cuerpo no fue sino un huso
difano, un huevo dorado, loco, veloz, con un fino rumor de medallas y
brazaletes.

La danza conclua, la rotacin era cada vez ms lenta. Aixa trababa sus
pies, por instantes, y su cabeza, cargada quin sabe de qu prodigiosas
visiones, se inclin por fin sobre el hombro.

Ramiro, echado de boca en el lecho, no haba apartado un instante los
ojos de su amada, y al verla vacilar de aquel modo lamentable, corri a
sostenerla. Pero ya Aixa habase acostado ella misma sobre las losas,
apretando los dientes y dejando escapar un gemir tembloroso, como si
tiritase de fro. Su gran peinado, entremezclado de ptalos y de joyas,
se derramaba ahora por el suelo. Luminosa beatitud comenzaba a baarla
el semblante. Su palidez sobrepuj las alburas del mundo, el azahar, los
lirios, la nieve. Ramiro record la descripcin de los arrobos de la
madre Teresa de Jess y de otras siervas admirables del Seor, y
acordose tambin de su propia madre, cuando, despus de larga plegaria
en el oratorio, se desplomaba de sbito, como herida de dulcsima
muerte. Era la misma palidez pattica, el mismo temblor de los labios,
el mismo estiramiento de los prpados sobre las pupilas ebrias de
claridad. No, no poda ser una jorguina. Haba hablado el lenguaje de
los msticos y sin filtros, sin ensalmos, sin unturas, con la sola
contemplacin, acababa de remontarse a las ms altas regiones del
xtasis.

El la llam varias veces:--Aixa! Aixa! Aixa!--palpndola los brazos,
las mejillas, la garganta, los pechos; pero ella enmudeca, cadavrica y
glacial sobre el mrmol. Quiso calentarla la boca con la suya; y, presa
l mismo de perversa tentacin, la cubri de apasionadas caricias.

Nunca la hall ms extraa y ms dulce. Era la golosina entremezclada
con nieve; y su aliento: ideal e inquietante, como el de las flores
sobre la muerte.




XVI


Ramiro llegaba siempre hasta Aixa con el mismo secreto de la primera
vez. Todo se reproduca: el viaje, la venda, el silbido... Pero cierto
da, comprendiendo lo que le importaba conocer el trayecto, sac la
daga, perfor con ella los cueros de la silla, y mir. Su sorpresa fue
grande al advertir que los conductores no hacan sino dar vueltas y
revueltas dentro del mismo patio de la casa. El aljibe, el granado, una
jaula suspendida de un pilar, y la misma anciana, sentada a la sombra,
sobre una tinaja, pasaban y repasaban ante el intersticio,
indefinidamente. No haba, pues, tal viaje a travs de la morera.
Adems, casi todos los das que siguieron, presentbase en el patio el
morisco del precioso pual, y despus de hablar un instante con la
anciana, se internaba de nuevo en las habitaciones.

Otro incidente vino a preocuparle. Un medioda, al llegar a la casa
misteriosa ms temprano que de costumbre, sorprendi, apostado en la
calleja, al campanero de la Iglesia Mayor. El portugus gir sobre sus
talones y se puso a caminar hacia el naciente.

--Segura estoy--dijo la anciana a Ramiro--que este perro vase agora a
juntar con Gonzalo, que le espera hacia aquella parte--agreg, sealando
en la direccin de Santo Toms:--Algn lazo os quieren armar, seor
caballero.

Aixa le revel por fin un modo ms oculto de llegar hasta ella.
Hacindole penetrar en una estancia contigua a la cuadra del bao,
levant el extremo de un tapiz colgado del muro y una anchurosa abertura
mostr el cuadro resplandeciente y profundo de la dehesa y las montaas.
Dicha abertura haba sido cavada en el mismo escarpamiento. Desde abajo,
era imposible descubrirla; dos grandes peascos la ocultaban. Sin
embargo, el acceso no era difcil.

Bajando de la ciudad hacia el valle y describiendo largo rodeo, Ramiro
entraba ahora por aquella ventana, cuyo escalamiento exaltaba su
caballeresca fantasa. Aixa le esperaba en el vano, tendindole los
brazos para ayudarle a subir. Pero ya no pasaban todas las horas sobre
las vistosas almohadas; llegada la tarde, la morisca le llevaba a una
terraza descubierta que avanzaba hacia el medioda.

Era un sitio de contemplacin y de plegaria. Los cantos formaban en
torno alto y rojizo parapeto, por encima del cual la vista dominaba el
paisaje del valle y las sierras. La cazoleta enviaba al cielo la ofrenda
esbelta y continua de algn precioso perfume. Un solo ciprs, harto
anciano, ergua en aquel paraje su obscura aspiracin; y, en el centro,
una alberca reflejaba, con quietud hipntica, la tristeza del rbol, el
hilo de sahumerio, las nubes, las constelaciones, y, a veces, tambin:
la luna; tan precisa, tan clara, que Aixa, quitndose de los cabellos su
almadraba de gemas redondas, hundala con sagrado gesto en el agua, y
luego, como si creyera haber apresado aquella curva diadema que al menor
contacto se desgranaba en infinitos fragmentos, llevbase la red a la
boca y gema de un modo apasionado, tembloroso, incomprensible, mientras
sus empapadas sortijas relucan en la penumbra.

Hallbanse una tarde asomados sobre las peas, y contemplando en
silencio, con las manos confundidas, la serenidad fascinadora de las
montaas en el crepsculo, cuando Ramiro, al volver de pronto la cabeza,
hallose con la figura del misterioso morisco, inmvil y taciturno en
medio de la terraza.

Aixa, para desvanecer la sorpresa del mancebo, les present con una
larga sonrisa. Un momento despus, sentados sobre un tapiz, hablaban
tranquilamente. El morisco, en castizo castellano, informose de los
principales seores de la ciudad, de sus genealogas, de sus
parentescos.

Entretanto, Aixa escuchaba la conversacin palpitando de jbilo, y su
mirada pasaba de uno a otro semblante como si comparase las facciones.

El sol iba a ocultarse. Vago perfume de mejorana y de cantueso suba de
los barrancos. Era una tarde calurosa y calma. El cielo, el valle, el
casero, todo se pintaba de prpura diluida. El mismo ciprs embermejaba
hacia el poniente su follaje negruzco. Ramiro experiment como nunca la
religiosidad de esa hora en que los campanarios se revisten de oro y de
grana para entonar la anglica salutacin; y pens que se hallaba acaso
entre dos seres de una fe diferente a la suya, entre dos falsos
conversos. Rezaran con l las avemaras?

El y ellos callaban.

De pronto, como el peregrino sediento que escucha un vocero de caravana
ms all del horizonte, el morisco inclin todo su cuerpo, hacia el
costado, y llevndose la mano al odo, aguz su atencin. Ramiro crey
distinguir entonces una voz como lejana, un canto sigiloso y triste.
Era, sin duda, la voz del almudano, la convocacin exterior del
_idzan_, en algn terrado vecino. Aixa y el morisco se levantaron y, en
medio del tapiz, con el rostro hacia el naciente, sacerdotales,
hierticos, realizaron las cuatro prosternaciones del azala de la tarde.
Cuando hubieron terminado, asomronse uno y otro sobre las peas, y,
entrelazando sus brazos, la mirada fija en el mismo punto del horizonte,
entonaron la siguiente plegaria, con ese acento peculiar del que recita
palabras ilustres, cuyos ecos estn siempre despiertos en la memoria.

Ella dijo:

El amor santo y el insomnio se audan como una cuerda para darme
tormento.

El replic:

Mi corazn se halla acongojado por la ausencia. Gime al asomar el alba,
gime cuando el sol toca el poniente.

Y siguieron alternando:

Si el viento sopla de parte de la comarca olorosa, huele a almizcle
toda la tierra y revilca en mi pecho el deseo de visitalla.

Oh!, t que conduces los camellos hacia el lugar del amado, cuando
llegues al sepulcro del natural de Tehama, del ms excelente de los
hombres, del alto, del amoroso, saldalo de la mi parte, pues l sabe el
remedio de mi sufrencia; y cuando admires los clarores de la tierra de
Neched, haz presente el recordamiento de mi pasin, pues no hay para mi
otro quibla que el sepulcro del profeta.

Al escuchar tales palabras, en un instante como aqul, el mancebo sinti
que una horrible blasfemia haba sido lanzada al rostro del Seor; y un
acento sobrehumano, cual la voz de un arcngel, le grit en la
conciencia su deber ante la iglesia de Cristo y ante la memoria de sus
mayores.

Aixa continu:

Marchronse de madrugada los mensajeros hacia los vergeles de Meca y de
Medina, y me han dejado en rehenes. Marcharon sobre los camellos. El
kebir los conduce cantando y con sos va mi corazn para la tierra
amorosa del Hechaz. Mi corazn pertenece a la caravana. Seguir la
polvareda de los camellos.

El respondi:

Nada hay capaz de apagar el fuego de mi pasin como el agua de Zemzem.
Dichoso el que la bebe! De m la salutacin para la gente que da
vueltas en torno del Hatim y de la estacin de Abraham y del templo de
la Cava.

Se hizo un silencio como cuando termina un rito. Ramiro sinti vivo
impulso de levantarse y escupir en el rostro a aquel hombre.

El morisco cruz los brazos, y Aixa recostose como una hija sobre su
pecho.

En ese instante una metlica vibracin lleg de la ciudad. Luego la
campana de Santiago reson a corta distancia. Otras, ms lejanas,
respondieron. La catedral dejaba caer sus campanadas bajas y solemnes,
y, en seguida, todas las iglesias a la vez, en alucinador concierto,
tocaban las oraciones.

Ramiro cay de rodillas, como si un dardo venido de lo alto le hubiese
traspasado de pronto, y las avemaras manaron de su pecho bullidoras y
clidas. Sus ojos cerrados vean una pavorosa negrura sobre la cual
desfilaban llameantes imgenes de purgatorio. Se humill, se anonad, se
redujo bajo el remordimiento, pidiendo perdn sin cesar, por algo
odioso, por algo enorme, aborrecible, que senta ahora por primera vez,
en todo su peso, en todo su horror, sobre su propia conciencia.

Aixa y el morisco, asidos fuertemente, sin hablarse, no apartaban los
ojos del mancebo.

La ciudad prolongaba el lloro y el canto de sus bronces en el piadoso
anochecer.




XVII


Dos das despus, don Alonso Blzquez Serrano, saliendo de visitar al
seor de la Hoz, topaba con Ramiro en la escalera. El mancebo descendi
para acompaarle.

Cuando llegaron al patio, don Alonso, arrimndose a una columna, como si
buscara ocultarse de los lacayos, djole sin ambages que algunas
personas comenzaban a murmurar de sus frecuentes visitas al barrio de
Santiago. Ramiro dio por disculpa su errabunda curiosidad y el deseo de
indagar aquellas sospechosas costumbres de los conversos.

--Bien respondido--replic don Alonso--si fuera yo algn oficioso
impertinente y no el amigo fiel de vuestra casa, que os ha mirado
siempre como a un hijo.

Una pausa subray la intencin de aquella frase.

--Corren acerca de vuesa merced--aadi, tratando de atenuar con una
sonrisa la dureza de las palabras--las ms peregrinas especies. Unos
propalan que os hallis en inteligencias con los moriscos para
transmitilles todo lo que sobre ellos se resuelve; otros, que os han
comprado la conciencia con presentes y dinero; y no falta, en fin, quien
asegure que tenis hecho pacto con el Demonio por intermedio de una
vieja hechicera del arrabal. Huelga decir que as creo yo en estas
patraas como en las consejas de vestiglos y gigantes; pero, si he de
hablar cabalmente, no encuentro que la simple curiosidad baste a
explicar vuestros cotidianos paseos por la morera.

Contrajo su labio el mancebo con un gesto de clera, y la sangre
encendiole de sbito el rostro. Qu hacer? Bajando la cabeza dio
algunos pasos, yendo y viniendo por delante del caballero, y, en
seguida, trmulo de orgullo, revel la comisin secreta que haba
recibido en nombre de Su Majestad.

--Ah! Harto bien se me alcanza--agreg--de dnde pueden venir esas
aleves calumnias y en qu pecho habr de hundir la espada cuando
determine vengarme.

Don Alonso apret en sus manos la mano estremecida del mancebo, y
mirndole de un modo profundo, con los ojos brillantes de emocin, le
dijo:

--Nunca dud de la honra de quien lleva una sangre tan calificada y tan
limpia como la vuestra; pero hulgame declarar que las palabras que
acabo de oros me quitan del alma una incomprensible pesadumbre. Ea,
dadme esos brazos!

Se estrecharon ceremoniosamente.

Subiendo a la silla de manos don Alonso, dirigiose a su morada,
resuelto a favorecer la alianza de su hija Beatriz con aquel mancebo en
cuya frente altanera haba credo leer el horscopo de los grandes
honores.

       *       *       *       *       *

La escena de la terraza y el reciente discurso del padre de Beatriz
desgarraron para Ramiro el hechizo amoroso en que estaba viviendo. Cruda
claridad mostrbale ahora las sinuosidades hipcritas de su conducta, el
olvido total del deber, las falsas confesiones a los pies del ministro
de Dios. Todo por una mujer de otra raza cuya ley religiosa no haba
querido indagar demasiado para que el grito de la conciencia no viniese
a perturbar su lascivia. Qu saba de nuevo? Qu leve indicio haba
logrado sorprender despus de visitar da a da aquella casa, cuyos
muros guardaban, quiz, el secreto de la conspiracin?

Su voluntad se enhest. Estaba dispuesto a desagraviar a Dios mediante
cualquier herosmo, por arduo que fuese. Haba encontrado en mucho libro
de religin ejemplos de grandes pecadores que redimieron su vida
abominable con un solo instante de profundo arrepentimiento. Se
descepara del pecho aquel amor de la sarracena y jugara su vida en
algn golpe inaudito de audacia. Entonces, cuando las gentes se
inclinaran ante l y nadie osara dudar de su honra, habra llegado el
momento de vengarse de Gonzalo de San Vicente, pues no poda ser sino l
quien, ayudado del campanero, propalaba por la ciudad las malvadas
invenciones que le haba referido el hidalgo.

Volvi varias veces a la morera y a la casa misteriosa. Ya el cuerpo de
la sarracena le dejaba en el sentido un olor imaginario de untura
brujeril y de husmo. Con qu goce tan grande comenz a experimentar los
primeros impulsos de desapego. Rabiosa fruicin de tortura se mezclaba
ahora a todas sus caricias. Instantes hubo en que medit el modo mejor
de suprimir para siempre a aquella hembra demasiado hermosa, cuya
fascinacin poda resurgir ms adelante en su camino. Imaginaba, all en
lo ms hondo de su conciencia, llevarla algn oculto veneno, o hacerla
perecer, sin arma alguna, cindola la garganta; y, as, muerta por sus
propias manos, ante el solo testimonio de Dios, sumergirla en el agua,
con todos sus botes de olor y de tintura, para que la pila diablica le
sirviera de sepulcro. Pero haba odo decir que algunas mujeres cobraban
al morir inolvidable belleza. Comprendi entonces la virtud santa del
fuego, la destruccin sin igual de la hoguera, que no dejaba sino un
negro amasijo, repelente.

Ella, en cambio, le reciba cada vez ms apasionada, ms deseosa, ms
enferma de ansia, como si toda su alma presintiera el alejamiento y
quisiese adherirse al objeto de su amor, con la crispacin de una mano
sobre precioso cristal que se escurre. Ya no le hablaba con aquel acento
superior y feliz. Su clara sonrisa se obscureci, se llen de miedo,
semejante a un agua viva al anochecer. Sollozos desolados, desesperados,
la sofocaban ahora, a cada instante; y aquellas gotas cidas que corran
hasta su labio, aquel olor de llanto y de angustia apresuraron su
prdida. Al sentirla bajo su voluntad como un tapiz que se puede
arrollar o desarrollar, con el pie, segn el antojo, Ramiro hallose otra
vez dueo de s mismo; y su propio gesto victorioso despert en su nimo
instintos de crueldad. Golpe y estruj a su amada ms de una vez para
arrancarla el secreto de la conspiracin. Parecale que tena sobrado
derecho de atormentar a la mujer que haba pretendido hundirle en la
apostasa y el perjurio.

La idea del Demonio oculto en el cuerpo de aquella fascinadora cruzbale
por la mente, y sentase orgulloso de haber luchado con semejante
enemigo, cual Jacob en las tinieblas; y ahora, a su vez, tomaba aquellas
blancas manos de Dalila, aquellas manos de traicin y de engao, y,
demandando la palabra reveladora, estrujaba unos con otros los dedos,
sobre las duras sortijas; mientras ella, con los ojos baados en
lgrimas, miraba hacia lo alto, sin exhalar un gemido.

Ramiro apresuraba los instantes, escudriaba en cada visita todos los
recovecos, hacase ensear las otras estancias, palpaba disimuladamente
los muros esperando descubrir algn secreto resorte. Ella, en cambio, no
haca sino pedirle, sin cesar, que huyesen juntos de Castilla. Era la
cantinela montona, el ruego nico, desesperado. Junto a Granada, sobre
el Genil, decale, tena una casa toda blanca como su cuerpo, con una
puertecita roja para l, slo para l; y rea con una risa servil,
lasciva, y cuasi llorosa.

Cierta vez, al acompaarle hasta la ventana, Gulinar, la vieja morisca,
le manifest que una genia, surgida del agua de la alberca, le haba
revelado lo que pasaba por l.

--Es secreto--agreg--que a ti mismo se te asconde.

Nombrole a Beatriz y djole los pormenores de su desengao y los
sentimientos indiscernibles que se movan en su corazn. El doloroso
recuerdo, que l crea inhumado para siempre, apareca ahora evocado por
aquella mujer, extendido, sacudido ante sus ojos, cual emocionante
ropaje de otros tiempos. Musitando, en seguida, misteriosa frase, la
anciana sac de la gaveta de un mueble una figurilla de lienzo. La
cabeza, sin facciones, estaba toda erizada de crin hspida y espesa. La
cintura era ceida, la falda ampulosa; dos largos punzones traspasaban
de parte a parte la garganta. Ramiro saba harto bien lo que aquello
significaba, y tembl por la doncella, ante el pavoroso recurso de la
hechicera.

Esa misma tarde, pasendose con el Cannigo por la plazuela de la
catedral, refiriole Ramiro, por primera vez, su entrada en la casa de
los moriscos y el comienzo de su aventura con Aixa, como si todo acabara
de suceder. El Cannigo, haciendo crujir la arenilla de las losas bajo
la suela del zapato, le escuchaba atentamente, oprimiendo con ambas
manos el Libro de Horas contra su pecho. Por fin, respondi:

--Vuestro propio discurso, hijo mo, hceme pensar que os hallis en
grave peligro de hechizamiento. Dicha hembra ha de ser alguna famosa
jorguina, de las que usan filtros diablicos, cuyo poder slo pueden
resistirlo uno que otro cuerpo endurecido en la penitencia. No me
extraa lo que acabis de referir acerca de su grande hermosura
corporal, pues el Demonio pone en sus rasgos los cebos ms sotiles de la
tentacin y l mesmo suele alojarse en sus personas, como se comprueba
de continuo. Urge, Ramiro, desatar ese udo de una sola cuchillada, como
nos cuentan los antiguos del rey Alejandro. Por la disposicin y los
tapujos de esa casa, tengo para m que ha de ser sitio de clandestinas
reuniones, y pienso agora que si llegrades a introduciros en ella, a
eso de las diez de la noche, cuando nadie os espera, les sorprenderais,
de fijo, con las manos en el pastel. Es parroquia de Santiago. El os ha
de asistir en la empresa. Ah!, si tuviera yo vuestra mocedad o no
llevara, al menos, estos hbitos graves!

Ramiro acordose al pronto de la ventana de la escarpa. Ya estaba
resuelto. Se despidi del Cannigo prometindole que esa misma noche
tentara la sorpresa.

Vargas Orozco permaneci todava un instante con el mentn apoyado en el
libro y los ojos fijos en el suelo. Su negra figura eclesistica
prestaba un aspecto fnebre a la solitaria plazuela, donde el anochecer
pareca tamizar un polvo fosco de herrumbre. La corriente de aire que
llegaba por la calle de la Vida y la Muerte, agitaba su manteo. Enorme
mitra ilusoria, resplandeciente de amatistas y topacios, se encenda y
apagaba, y volva a encenderse a sus pies, sobre las losas obscuras.

       *       *       *       *       *

Probando apenas algunos bocados, Ramiro dej secretamente su casa, ya
entrada la noche. Haba escogido su daga ms fuerte y la espada que le
diera don Rodrigo del Aguila, el mayordomo de la Emperatriz. Bajo la
capa, y colgada del cinto, llevaba tambin una rodela toledana.
Sentase grande y temible como los hroes de las caballerescas
historias. Baj hacia el arrabal. Era una noche difana de plenilunio.
Oase la extensa estridulacin de los grillos en el valle y el croar
numeroso de las ranas y los sapos hacia el Adaja. Uno que otro animal,
invisible en la sombra, haca latir su cencerro.

Las montaas parecan soar misteriosamente, como seres sublimes, en el
plateado silencio; y todas las cosas de la naturaleza exhalaban
deliciosa respiracin de beatitud, de sosiego, de frescura.

La fantasa clara y augusta de la noche prodjole al mancebo una emocin
peculiar que se repeta en su nimo desde la infancia y que vino a
distraer su ardimiento. Hubiera preferido para aquella empresa un cielo
en que slo brillasen las constelaciones hablando al espritu de los
muertos tutelares, del amor, del glorioso destino. La luna era trgica,
espectral, agorera. Su resplandor haca pensar en mortajas errantes, en
animales endemoniados, en fantasmas de monjes que celebraban los oficios
entre las ruinas de los conventos demolidos. Las brujas realizaban sus
conjuros y adobaban sus ungentos a favor de aquella lumbre malfica,
que desconcertaba las potencias y pareca atraer la sangre del hombre.

Un pjaro invisible grazn en los aires, a su izquierda. Sera una
corneja!

Al acercarse al barranco, en cuya escarpa se abra la secreta abertura,
Ramiro ocultose tras el tronco de una encina para otear el contorno. Del
lado del naciente, una, dos, tres sombras humanas se acercaban con
sigilo. Llegaron, miraron a un lado y a otro, escalaron las peas y
desaparecieron por la ventana. Un momento despus un grupo ms numeroso
bajaba por el atajo. Luego un solo hombre, luego tres ms, y, por fin,
otro grupo de diez a quince personas. La negra abertura tragaba como
boca de hormiguero. Cuando hubo transcurrido ms de una hora sin que
nadie llegase, Ramiro emprendi a su vez el escalamiento. La ventana
estaba entreabierta. Descorri el tapiz. Densa obscuridad llenaba la
primera habitacin. Vole una pierna y luego la otra. Su broquel golpe
los azulejos.

Comenz a avanzar, en direccin a la cuadra del bao, hurgoneando la
sombra con el estoque.




XVIII


Era una herida ancha y redonda como una cornada. La mano alevosa haba
hincado el pual en el pecho, a la altura del corazn, buscando
rabiosamente la vscera.

Ramiro senta ahora que los bordes se despegaban de nuevo; y, al menor
cambio de postura, el dolor, un dolor fulguroso, parta de la llaga
hacia todo su cuerpo, semejante a una dispersin de centellas.

Durante los ltimos das en la casa de los moriscos, creyose curado para
siempre; pero el descendimiento desde lo alto de la ventana y el mismo
viaje en silla de manos hasta la ciudad haban reabierto la herida bajo
las vendas. Luego, la llegada a su casa, las preguntas de la madre, el
trfago de la servidumbre, el cambio de ropas, y, en fin, todos los
incidentes de su regreso despertaron la sobreexcitacin y la calentura.

Los mdicos, despus de sangrarle copiosamente, ordenaron que le dejasen
dormir. Se hallaba, al fin, completamente solo y en su propio lecho. La
habitacin estaba a obscuras. Slo un polvoroso haz de sol entraba por
alguna rendija, estampando en el tapiz un valo ardiente que pareca
chamuscar el tejido. Infinitos corpsculos suban y bajaban como tomos
de silencio. Acababa de sonar el toque de la una.

Afuera el sol quema, el muro se cuece. Ramiro escucha esos quietos
rumores de la ciudad adusta y monacal, el canto de un gallo, el taido
de una campana de monasterio, la menuda pisada de un borrico en las
losas. La calentura le martilla las sienes. En medio de la estancia,
sobre un taburete, hay un pebetero encendido. El sahumerio se ilumina
al atravesar el rayo luminoso, aclarando los muebles y haciendo
entrever, por momentos, las figuras de un tapiz que cuelga del muro.

El hubiera querido identificarse con la paz de aquellas cosas
familiares, y adormirse, como en los aos de la niez, entre la frescura
de las holandas, sahumadas de romero y de tomillo en los viejos arcones;
pero su cabeza herva de un modo insufrible. Una abolicin mortal sola
bajarle de la garganta a los pies, suprimiendo todas las sensaciones
ordinarias de peso y de contacto; y slo el cerebro conservaba la
vibracin de la vida. Parecale entonces flotar en los aires y
columpiarse a grandsima altura. La fiebre trotaba, galopaba por los
campos del pavor y la demencia, y su crneo llenbase, cual ptrida
calabaza, de monstruoso gusaneo de visiones, que suban unas sobre las
otras con esfuerzo incesante, glutinoso, desesperado.

Despus de largo lapso de tiempo, despert, puede decirse, de aquel
calenturiento delirio. La fiebre se haba alejado como una tormenta.
Fro sudor le mojaba las sienes. Su razn se aclaraba. Haban entrado
personas a la habitacin? Ya era de noche, sin duda. No se escuchaba
ruido alguno en la casa. Abajo, en la calle, son un rumor de pasos
numerosos que fue decreciendo. Era tal vez una ronda nocturna.

Entonces, la primera tentacin de su espritu fue rememorar, una vez
ms, toda su aventura. Vagos, confusos al principio, los novelescos
pormenores reaparecieron en forma de emocin ms que de imagen, hasta
recobrar, por fin, su nitidez y su ordenamiento, guiados por el orgullo.

Vease de nuevo saltando la ventana, descorriendo el tapiz y caminando
luego a tientas, en direccin a la cuadra del bao, con el estoque
tendido en la sombra. All, la luz de la luna al pasar por los cristales
del techo, daba a toda la sala desconcertante aspecto de cueva
sepulcral. Qu transformacin la de aquella alcoba donde haba pasado
tantas horas lascivas e indolentes! La puerta que daba al saln de los
divanes no estaba del todo cerrada. Con qu valeroso contento advirti,
hacia el rincn obscuro, el trazo de luz!

Crea hallarse ahora con el ojo arrimado a la rendija. El Cannigo no se
haba equivocado. De treinta a cuarenta moriscos, vestidos algunos con
sus ropas musulmanas, deliberaban, sentados en rueda. Ramiro observ que
el personaje de la daga guarnecida de piedras no se hallaba presente. La
sarracena iba entretanto de divn en divn. Los hombres la besaban las
manos y los brazos con respetuosa sensualidad.

Deteniendo a intervalos el curso de las imgenes, Ramiro rebuscaba
todava el sentido de las escenas que se sucedieron ante l. Qu poda
significar aquella reparticin de largas agujas de espartaero, cuya
punta ensayaban algunos en su propia mano; y, luego, aquel sordo clamor
colectivo, simulando todos en el aire el gesto homicida? Qu dijo en su
discurso aquel viejo de africano rostro que vociferaba y gesticulaba
junto al hachn encendido, produciendo de tiempo en tiempo, con su gorro
escarlata recubierto de conchas marinas, fuerte castaetazo para avivar
la atencin? Algn emisario de Berbera que les provocaba a sacudir el
yugo de los cristianos... Todo era enigma, misterio, otros seres, otro
mundo.

Prodjose de pronto un gran silencio. Las miradas se dirigieron hacia la
puerta de entrada. Se esperaba a alguien. Por fin, las hojas se abrieron
de par en par, y un hombre venido de afuera, anunci:

--El baj!

Sorda exclamacin de regocijo escapose de todos los pechos. Las pupilas
se dilataron, los cuerpos se irguieron. Quin le hubiera dado
presenciar hasta el fin aquella escena! Era, sin duda, un enviado
secreto del Sultn de Turqua el que llegaba.

A no ser el roce de su daga contra el cerrojo hubiese podido seguir
atisbando sin que nadie sospechara su presencia. Pero aquel
imperceptible rumor hizo incorporar instantneamente a la hermosa
morisca. Crea verla an caminando hacia l, de modo lento, sus enormes
ojos clavados con espanto en la abertura. Haba adivinado: apenas hubo
entrado en la cuadra del bao, exclam:

--Eres t, Ramiro! Eres t!

Luego, la brega muda, terrible. El queriendo mirar, ella tomndole de
las ropas, del hombro, de la garganta, y dicindole al odo, quedo, muy
quedo: No, no!, desesperadamente. Ya entraban por la otra puerta que
acababa de abrirse algunos hombres con hachas encendidas, cuando su
amada le puso la mano sobre los ojos.

El golpe brutal que l la diera entonces con la bota en el vientre, y el
alarido de la mujer al caer de espaldas sobre los mrmoles, conservaban
an, en su recuerdo, actual y tremenda realidad. La calentura le
rebrotaba en la sangre al evocar en seguida el movimiento simultneo de
los moriscos, levantndose de las almohadas y acudiendo en tumulto.

Era el gran pasaje de su vida y se complaca en perpetuar su doble sabor
de coraje y de muerte. Aquellos hombres, que parecan ablandados,
emasculados por la servidumbre, se abalanzaron con presteza admirable,
desnudando sus armas y descaando los hachones. El vio entonces, con
certidumbre absoluta, sin fin inmediato; y se dispuso a vender caro su
martirio. Recordaba que su valor no haba desfallecido un segundo. Su
virilidad irradi hacia todos sus miembros un calor de bravura.

Como un delirante, profera, ahora, interjecciones soberbias, creyendo
menear an en la mano el acero mortfero; y la lucha, entre el
resplandor de las antorchas y de los haces de luna, se reconstruy en su
imaginacin: Habiendo retrocedido algunos pasos, dibuj con la espada en
el aire un reto circular y magnfico, prestando a la hoja terrible
apariencia. Luego lanzose de un lado y de otro desarmando y
acuchillando. Hubirase dicho que esgrima en su mano un puado de
estoques. Hiri primero a un mozo de larga cabellera, metindole muy
hondo la punta en el pecho. A otro, que pretendi intimidarlo agitando
su alfanje, cruzole el rostro con veloz cuchillada. De dos puntazos
secos le revent las pupilas a un anciano, ricamente vestido, que se
adelant espectral, en el fulgor de la luna. Los moriscos se apartaban,
amedrentados. Entonces, Ramiro, cubrindose con su rodela, y ebrio de
sanguinario furor, comenz a repartir estocadas en el tumulto,
sintiendo, a cada golpe, el crujido de las ropas y la blandura de los
cuerpos que reciban la punta como pellejos de vino.

Nadie gritaba. Era una escena muda. Los que caan se quejaban apenas con
el aliento. De pronto vio plantarse ante l a esbelto mancebo armado de
larga espada espaola. Hubo como un estremecimiento de ansiedad. Las
dentaduras brillaron. Pero a las primeras tretas el adversario
desapareci en la tiniebla.

Instantes despus, Ramiro sinti que le abrazaban por detrs,
fuertemente, y en seguida un dolor en el pecho, a la altura del corazn,
un dolor profundo, que le hizo caer el arma de la mano. Recordaba su
desfallecimiento y su grito de confesin!, al sentirse morir, y el fro
del agua, en su mano colgante. Todos los brazos se atropellaron para
ultimarlo, y, entre vivo y muerto, pudo entrever todava, a la humosa
luz de las teas, al misterioso morisco, al hombre de la daga que,
abrindose paso entre los dems, se echaba sobre l y le cubra con su
cuerpo, repitiendo un mismo grito en algaraba:

--Ebni! Ebni!...

Luego sobrevino el desmayo.

Qu sorpresa, qu estupor, al siguiente da, cuando, al volver en s,
hallose en la pieza contigua sobre un lecho perfumado, y asistido de
Aixa, de la anciana y del generoso personaje que acababa de salvarle la
vida. Y en los das que siguieron qu hospitalaria ternura la de
aquellos infieles! El hombre rebuscaba en libros arbigos combinaciones
de simples que Gulinar, la vieja morisca, iba a coger en el contorno; y
Aixa lavaba y vendaba la herida con manos embalsamadas de amor. Un
ungento, trado de la China hasta Arabia por los soldados, y de Arabia
hasta Occidente por los mercaderes, y que el moro aquel guardaba en
precioso bote de marfil, oper el prodigio de su mejoramiento.

Durante las horas apacibles, las mujeres se alternaban contndole, como
a un nio, historias resplandecientes, comparables a collares de
pedrera y que hacan soar en pases lejanos y venturosos.

Las palabras de adis del musulmn, al dejar, una tarde de septiembre,
la casa misteriosa, quedaron grabadas en su recuerdo. El sol se
ocultaba. Ramiro, cuya herida comenzaba a guarecer, hallbase sentado
junto a la ventana que abra sobre el valle. El hombre entr lentamente
y se detuvo ante l. Por primera vez le vea llegar con espuelas. Era lo
nico que denunciaba para el odo su andar silencioso. Melanclica
arrogancia ennobleca todo su porte, y sus gestos eran varoniles y
refinados.

--Voy a dejarte--exclam.--La maldicin de los creyentes ha cado sobre
m. Me arrojan por haberte salvado la vida. No importa! Slo quiero
pedirte, como nica paga, que si has de denunciallos a la justicia,
avises a estas dos buenas mujeres, con holgado tiempo, para que puedan
huir.

Ramiro accedi con un signo de cabeza.

--Lo prometes por tu honra?--preguntole en seguida.

--S--contest el mancebo.

--Lo juras?

--Lo juro.

--Eso basta--replic el musulmn; agregando:--Al, para l la oracin y
la gloria, te atraiga algn da a nuestra santa ley! Deja, Ramiro, el
espionaje a los villanos. No persigas al desgraciado morisco y hazte
referir lo que fueron aquellos Djahvar de Crdoba, espejos de ciencia,
flores de caballera, y cuya sangre palpita, agora, en esta cuadra.

El moro se inclin un momento, ponindole la mano sobre el hombro.
Cuando levant la cabeza, sus ojos hmedos relucan en la penumbra.
Entonces, desprendiendo de su cinto el precioso pual, pidiole a Ramiro
que lo aceptara como recuerdo suyo. Salt luego la ventana. Un hombre le
esperaba abajo en la dehesa con un caballo enjaezado. Ramiro le haba
visto montar y alejarse.




XIX


Era necesario, pensaba ahora Ramiro, vencer el hervor de su memoria y
determinar, en aquella tregua de la calentura, lo que haba de decir, al
siguiente da, cuando su madre penetrara de nuevo en la estancia.
Comprenda, l mismo, que poda expirar en pocas horas o caer en un
largo estado de inconsciencia, y, aunque los falsos conversos habran
tomado ya sus medidas para escapar a la justicia, era un supremo deber
revelar lo que haba presenciado. Sin embargo, su palabra estaba
empeada. El saba lo que era para un honrado caballero semejante
compromiso. Religioso y heroico sentimiento le asaltaba a la sola la
idea del juramento. Cuntos antepasados suyos habran afrontado la
muerte por un aceto, por un lo juro! Y tanto ms en Avila, donde se
hallaba la Baslica de San Vicente, la ms famosa iglesia _juradera_ del
reino. No importaba que el pacto fuese contrado con infieles. Recordaba
haber ledo en las crnicas que el Emperador Alfonso haba estado a
punto de hacer descabezar a su esposa y al Arzobispo don Rodrigo por
haber violado su regia palabra, empeada a los alfaques toledanos.

El Cannigo lleg al amanecer y pidi que le dejasen a solas con el
mancebo. Apenas se hubo sentado junto a la cama, con voz demasiado
resonante para la hora y la ocasin, le pregunt:

--Qu ha sido esto?

Encendido de nuevo por la fiebre, Ramiro respondi que no era tiempo de
declararse en aquel particular, sino de encomendar su alma a Dios; y,
as, pidiole que le administrara, cuanto antes, los Sacramentos.

--No puede ser--replic el lectoral; alegando que si le escuchaba como
confesor, no podra usar de sus revelaciones, en adelante.

Ramiro refiri entonces, con acento moribundo, de qu modo haba cado
en plena conspiracin y cmo le sorprendieron y acuchillaron.

El Cannigo haba visto morir a mucha gente y, al mirar ahora aquel
aflojamiento de la mandbula y aquellos ojos descoloridos, pens que su
discpulo preparaba el hato para el viaje sempiterno, y que la muerte no
volcara su reloj muchas veces ms junto a aquella cabecera. No haba
tiempo que perder.

--Valor, valor, hijo mo--exclam.--Si habis de morir o no de esta
cuita, slo Dios lo sabe. Pero no olvidis que la muerte se nos presenta
sin llamar, como alguacil de casa y corte, cuando resuelve llevarnos.
Ea, sus! valeroso cachorro.

Exigiole las seas de la casa misteriosa y de algunos conspiradores.
Record el mancebo su compromiso y, sin nimo para escoger las palabras,
cerr los ojos y enmudeci. El lectoral se desesperaba. Llambale al
odo, pasebase a grandes trancos por la cuadra y, volviendo otra vez
junto a l, le tocaba en el hombro.

Al medioda, Ramiro, cuyo espritu haba realizado laborioso camino,
hizo llamar al lectoral.

--Cree vuesa merced--le pregunt--que existe algn medio honroso de
anular un juramento prestado a un infiel y con el cual me temo que estoy
daando la causa de nuestra Santa Iglesia? No podra escribrsele,
sobre el particular, al Nuncio de Su Santidad en la Corte?

--Si habis hecho promesa jurada a algn infiel--respondi el
Cannigo--en contra de la Santa Iglesia de Cristo, no son menester
Nuncio, Papa, ni Concilio; sino un confesor cualquiera que os saque del
alma tamao pecado mortal. Si es, como imagino, juramento promisorio,
requerais juicio de discusin, como lo apellida Santo Toms; es, a
saber: el claro discernimiento de lo que hacais; y ste os falt,
puesto que estabais queriendo tomar a Dios como cmplice de un delito
contra su Iglesia. Aun para el humano derecho, tal juramento no obliga
ni engendra perjurio: Ca el juramento, que es cosa santa--dice, si mal
no recuerdo, la ley del Rey Sabio--no fue establecido para mal facer;
mas para las cosas derechas, facer e guardar. Luego dividi el asunto
en dos partes. De un lado pona los compromisos caballerescos y
legtimos, que la misma Iglesia amparaba como algo sacrosanto, ms
precioso que la vida; del otro, los pactos ilcitos, los juramentos
anatemas, en contra de la majestad de Dios o el inters de la Iglesia, y
de los cuales era menester desligarse, sin demora, pues si la muerte
sorprenda a un alma con semejante pecado, arrojbala derecho a las
peores torturas del infierno; sobre todo si el juramento era hecho en
favor de los enemigos de la religin.

Aquella elocuencia logr efecto instantneo sobre Ramiro. Ya no
vacilaba. La sola evocacin del infierno, en instante como aqul, le
hizo pensar vivamente. Record las innumerables ofensas a Su Divina
Majestad durante el amancebamiento con la infiel y pareciole que su
compromiso era una enorme piedra que el Demonio acababa de atarle al
cuello. Refiri, pues, al Cannigo todo lo que hiciera desde que le dej
en la plazuela de la Catedral aquella tarde. Dijo la doble manera de
llegar a la casa de los moriscos y las seas de Aixa, de Gulinar y de
algunos conspiradores. Crey con esto limpiar el alma de la mcula
horrible de sus amores de renegado, mostrando, por fin, al Seor, que ya
no quedaban en su corazn ni vestigios del pasado apegamiento.

Al siguiente da, Ramiro cay en un estado casi agnico. Slo doa
Guiomar, acompaada de Casilda y de una antigua doncella, le asistieron.

Haba perdido mucha sangre. Adems de la copiosa hemorragia que
enrojeci los mrmoles del bao, los dos mdicos, despus de docta
disputa acerca del sitio en que debiera practicarse la sangra,
resolvieron abrir cada cual la suya, y, en el espacio de pocas horas,
fue sangrado del brazo y del tobillo.

Su desfallecimiento era como lento bogar hacia el morir. La calentura le
exaltaba breves instantes, pero luego sobrevena la extenuacin. La
carne toda se senta fenecer. Era una sensacin glacial, tenebrosa. Su
sentido evocaba el olor de pavorosa cripta de convento que visit,
siendo nio, en las sierras; vea de nuevo los innumerables esqueletos
apilados en la sombra, y alcanzaba aun a pensar con orgulloso espanto en
el annimo de toda aquella lea humana entremezclada por el monstico
desprecio.

Un velo fnebre revesta su espritu, a travs del cual slo nociones
enormes y supremas transparentaban. La culpa, el remordimiento, el
castigo, eran las rocas que formaban el paisaje desolado y terrible de
su conciencia.

As pas tres o cuatro das, entre el delirio y el letargo. La gangrena
difunda su fetidez por las estancias vecinas. Las ms famosas reliquias
pedidas a los conventos y a otras familias de la ciudad y puestas en
contacto, desde un principio, con la misma carne reabierta, haban
resultado impotentes. Dos veces recibi Ramiro la Extremauncin,
administrada por su primer maestro, el viejo fraile franciscano. Doa
Guiomar le daba ya por perdido. Por fin, a indicacin de varias amigas,
mand en busca de una conversa del arrabal que realizaba curas
milagrosas. La mujer lav la herida copiosamente con un cocimiento,
aplic un emplasto, prescribi un brebaje y recomend que no acercasen
cosa alguna a la llaga si no queran corromperla. Dos das despus
cesaba el delirio y la calentura decreca.

Al sentirse renacer, como aquella Ave Fnix citada por tantos autores
sacros y profanos, sabore Ramiro con lnguida avidez la delicia de
vivir. Todo le azoraba, y el milagro del mundo volva a maravillarle.
Sentado ahora junto a la vidriera, miraba con pensativa puerilidad las
nubes espesas de aquel principio de invierno. Su razn formulaba de
nuevo las preguntas elementales que acosaron su niez. Dnde se
redondea el granizo? Quin hace resonar los atambores del trueno?
Quin fabrica los vientos? De d vienen?...

Otras veces oteaba la ciudad. Los hidalgos caserones le hablan un
lenguaje de soberbia y de triunfo. La honra fiera de los abolengos; las
riquezas conquistadas en pases lejanos y fabulosos; las heroicas
aventuras de los hijos de Avila que, ahora mismo, esperados por sus
esposas en la quietud de los hogares, guerreaban en las ms diversas
comarcas del mundo, para aportar algn da a su nido roquero la presa de
gloria: he ah las diversas expresiones de todo aquel blasonado granito
que sus ojos contemplaban sin fatigarse.

Su ambicin, segada por el sufrimiento, rebrotaba ahora con savia ms
fuerte. Consider que Dios no le haba llamado porque le reservaba para
algn servicio insigne en la tierra. Acababa de pasar por la primera
prueba de las vidas predestinadas. Record la biografa de los hroes.
El comienzo de la fortuna orill casi siempre los despeaderos. La hoja
mejor batida era aquella que haba estado ms cerca de partirse en la
bigornia. Nueva confianza en su destino ergua ahora su herclea
voluntad, y sentase como ebrio de ilusin, llegando a decirse a s
mismo las frases admirativas que su sola presencia provocara muy pronto
por doquier. Luego examinaba, ponderaba. Qu linaje en Castilla ms
claro y antiguo que el suyo? Su sangre era limpia como el diamante.
Adems, estaba destinado a recibir uno de los ms opulentos mayorazgos
de Segovia. Pens sin inquietud en los mancebos de las otras familias,
demasiado seguro de no ser sobrepujado por ninguno de ellos en saber, en
ardid, en denuedo.

La gloria volva a sonrerle cual una esclava impaciente y desnuda,
ofrecindole sus brazos, su fascinacin y sus cantares.




XX


Sentado junto al brasero, con la mirada fija en las vigas de la
techumbre, Ramiro soaba. La puerta que daba a la galera se abri muy
despacio y una figura enlutada entr en la habitacin. Era su madre.

Las tocas monacales, adheridas con ventosas a la frente, ocultbanla los
cabellos; su rostro desprenda luminoso blancor. Era ya el ser sin
carnalidad, sin escoria. La luz penetraba el alabastro de sus manos
seoriles, aguzadas por la aspiracin continua de la plegaria. Ella
sola interponerlas ante la luz de los candelabros para considerar el
aviso fnebre de sus propias falanges y meditar en el fin que a todos
nos espera.

Ramiro la mir con asombro. Los rasgos de doa Guiomar estaban
visiblemente demudados por alguna grave pesadumbre. Habl muy quedo y
con lentitud cautelosa, como quien teme denunciar su verdadera
cavilacin. Dijo que el Cannigo acababa de referirle los pormenores del
lance con los moriscos.

--Parceme--exclam gravemente--que te pudiste ahorrar tanto riesgo,
tratndose de enemigos villanos, para los cuales con algunos corchetes
bastaba.

Expres en seguida la vanidad de aquellos sacrificios, el engao y
desengao de toda accin ambiciosa.

--Esto lo hiciste--agreg--por punto de honra. Harta dicha ser que no
te desluzcan la jornada mediante alguna calumnia. Quien, como t,
Ramiro, ha de emprender el santo camino de la Iglesia, qu pudo buscar
por ese atajo que no fuera desvanecimiento y vanagloria? En fin, alabada
sea su Divina Majestad, si todo esto lo manda para hacerte vomitar, como
a otro San Ignacio, la ponzoa del mundo. No olvides, hijo mo, de qu
modo tan patente el Seor ha querido arrancarte de los mesmos brazos de
la muerte, que todos lo habemos tenido por milagro, y mira bien cmo te
cumple pagar esa segunda vida que te concede.

Despus de breve silencio, manifestole que, apenas se hallase
restablecido, sera el caso de pensar en su partida para Salamanca. El
seor Obispo haba prometido hallarle, para despus, algn ventajoso
destino, a menos que prefiriese ingresar a las rdenes.

Ramiro escuch en silencio la homila sin traslucir en su semblante la
menor impresin.

Era un momento de solemne ansiedad para la madre. Su ser estaba suspenso
entre el regocijo y el temor, esperando la palabra o el gesto que
expresara para ella todo el bien o el mal que la vida poda reservarle.
En ese momento un lacayo penetr presuroso en la cuadra anunciando que
don Alonso Blzquez suba las escaleras.

El mancebo ech, al pronto, una mirada a sus vestidos, estirose las
calzas, apretose las agujetas del jubn, pidi a su madre una
lechuguilla fresca; y luego, un espejo, un peine y un bote de unto para
aderezarse el cabello. Hizo esto ltimo con visible complacencia,
hermoseando la expresin ante su propia imagen.

Faltbale alguna joya. Pidi impaciente la cadena de oro, que su madre
echole, con sus propias manos, al cuello. En seguida, sealando un
contador de taracea, djole que le alcanzara la daga con piedras
preciosas que encontrara en la naveta del centro. Doa Guiomar, al
tomar en sus manos el pual, quedose perpleja. Luego, desnudando la hoja
despaciosamente, y clavando los ojos en la arbiga inscripcin que el
hierro tena, psose a temblar con todo su cuerpo, como quien ve
levantarse ante s pavoroso fantasma.

El lacayo volvi, y quedose alzando la antepuerta. La madre no tuvo ms
tiempo que el de alargar el arma a su hijo y echar sobre las ascuas
algunos granos de incienso que sac de su escarcela.

En el vano luminoso, sin que faltara el esquinado golpe de colgadura,
don Alonso, todo vestido de negro, apareci, como un retrato en su
marco. La engomada golilla atiesaba su rostro. Hizo una reverencia y
adelantose con rtmicos pasos a besar una y otra mano a la hija de su
amigo.

A la vez que se quitaba los guantes, y cual pudiera hacerlo un rey
generoso, felicit a Ramiro, relacionando su accin con las grandes
cosas que hicieron los Aguilas, los Hoces, los Arias, los Alcntaras, en
servicio de Dios y del reino; y, de tiempo en tiempo, mesndose el
encrespado copete, diriga hacia la madre una mirada sospechosa y fugaz.
Otras veces, para encarecer la sinceridad de su discurso, llevbase al
pecho la diestra. Las sortijas de Florencia resplandecan. Sus manos
eran harto hermosas y su extrema blancura denunciaba el uso nocturno del
sebillo en los guantes descabezados.

--El servicio que vuesa merced ha prestado a la Iglesia y al Rey--djole
a Ramiro, antes de despedirse,--dejando a una parte el largo padecer,
que eso no se mira en hombres de vuestra sangre, no puede quedar sin
recompensa. Maana debo partir para la Corte. Yo he de pretender para
vuesa merced el hbito de Alcntara; no faltar quien desee complacerme.
Vuesa merced--agreg--no tendr con esto ms trabajo que reunir sus
pergaminos para la probanza de limpieza, e ser como probar la lumbre
del sol.

Expres Ramiro su reconocimiento y, con los ojos como deslumbrados,
estrech en las suyas aquella mano generosa.

Apenas el cortesano se hubo alejado por la galera, doa Guiomar
arrojose a los pies de Ramiro, abrazndose a sus rodillas. Con el rostro
oculto y sacudida, por los sollozos, pronunciaba palabras
incomprensibles; mientras su hijo repeta, asindola de los hombros:

--Alzaos, madre; alzaos! Qu os pasa? Qu os hace llorar?

Ella levant por fin su empapado rostro, y despus de un instante:

--Una gran desdicha--respondi,--la ms grande, la ms cruel que poda
acaecerme: tu olvido de Dios, Ramiro; tu perdicin!

--Mi olvido de Dios, madre? Esto decs?

--S: el Demonio ha vencido en tu alma. Las vanidades y los premios del
mundo te desvanecen. Cuando don Alonso te hablaba del hbito pareciome
ver brillar en tus ojos una lumbre de infierno. Quin te pudo mudar de
esta suerte? Qu hechizo te han echado en el corazn?

Luego, con la frase entrecortada por el llanto:

--Ya no eres, no, el hijo aquel de mis entraas que caminaba tan radioso
por el camino de la humildad y la penitencia, y que ofreci desde nio
su vida al Seor, aquel mi Ramiro!... aquel mi mancebillo santo!

Con estas palabras ocult de nuevo el rostro entre las manos, sin
levantarse. Pero un momento despus, aquella madre desgarrada por el
dolor, aquel ser que slo pareca capaz de ruegos y de lgrimas, psose
en pie de un solo impulso, irguiendo su talle ante Ramiro. Era una
transformacin asombrosa, una ballestada del nimo. Todo el bro de la
estirpe brill un momento en aquella frente de abadesa indignada. Con
voz casi hombruna y justiciera, exclam:

--Basta de blanduras. As como os hallis en estado, saldris para
Salamanca a proseguir vuestros estudios; all escogeris, luego, entre
la Iglesia y las Ordenes. Aquesta es mi voluntad.

Esto dicho, se alej gravemente, dejando en la estancia, a ms del olor
de cera de sus vestidos, algo pattico, algo inexorable, que Ramiro
sinti flotar sobre su cabeza cual una maldicin suspendida.

La cuadra se llenaba de sombra; pero la hija del escudero no tard en
presentarse, protegiendo con su mano las llamas de un dorado veln, y
alumbrada ella misma como imagen entre cirios.




XXI


En pocos aos, la letrgica mansin habase convertido en la ms
visitada y rumorosa de Avila del Rey. Cierto da, don Alonso Blzquez
Serrano congreg en casa de don igo a algunas personas principales
para tratar del asunto de los conversos. La reunin se repiti. El
nmero de los invitados se fue acrecentando. A la simple jcara se
agregaron los bdigos y los hojaldres. Tal fue el origen del
aristocrtico mentidero del seor de la Hoz.

Mircoles y domingos, dormida la siesta, acudan a su palacio los
varones ms linajudos y doctos de la ciudad. La charla de aquella
reunin acab por convertirse en un verdadero gobierno; los mismos
regidores iban a consultar all sus dictmenes. Era un xito imprevisto.
Sin embargo, el seor de la Hoz estaba muy lejos de haberlo codiciado.
Al principio, una contrariedad profunda, un verdadero pnico domstico
se apoder de su espritu ante la ocupacin inesperada de su vivienda, y
perdi mucho tiempo buscando y rebuscando en su memoria el involuntario
ademn o la frase imprudente que hubieran podido provocarla. Slo para
l mismo era obscura la razn. Aquel anciano despilfarrado y enfermo,
que no poda convertirse en un rival para nadie, era el dueo de casa
guisado por la Providencia. Don igo, aunque enlazado por su casamiento
a los ms antiguos linajes de la ciudad, habase conservado
completamente ajeno a las seculares cuadrillas de San Juan y San
Vicente, en que se hallaba dividida la nobleza de la comuna; y las salas
de su mansin eran amplias, la servidumbre numerosa, la pastelera
excelente.

El bullidor concurso llenaba los salones. A ms del grupo principal,
compuesto de los ms encumbrados personajes, formbanse corrillos de
tonsurados humildes y seglares de poca monta. En ellos se refugiaba,
evitando la plena luz, el desconocido ceremonioso que comenzaba a
introducirse en la reunin, sin que nadie supiese quin le traa; el
hidalguejo tagarote, amigo de un amigo de don igo y venido al olor del
agasajo, el alfrez del Alczar, el capelln de monjas, el escribano de
nmero...

Muy pronto se le descubri al seor de la Hoz su vanidad dominante, y
casi no hubo tertuliano que no le consultara acerca de la cuestin
actual de los conversos, o le dirigiese alguna pregunta admirativa sobre
sus heroicos servicios en la campaa de la Alpujarra. De lisonja en
lisonja, furonle creando una fama grandiosa que a nadie mortificaba, y
ya las gentes de la ciudad pronunciaban su nombre con profundo respeto,
como si en verdad se tratara de uno de los ms clebres capitanes de
aquella guerra santa y vengadora.

Don igo acab por aficionarse a su propia tertulia. Aument el nmero
de los criados, renov las libreas, adquiri nuevos braseros de plata,
nuevos velones y candelabros, desempe de los genoveses sus mejores
tapices. El encargado del chocolate y los vinos era el segundo sacristn
de San Pedro, amigo de Medrano. Tres esclavos amasaban la harina. Un
famoso repostero de Madrigal preparaba las pastas, un morisco la aloja.
El maestresala, vestido como un gentilhombre flamenco, comandaba a la
servidumbre con signos casi imperceptibles. Al anochecer, de vuelta a
sus casas, las visitas desfilaban entre doble hilera de lacayos
apostados a lo largo de los pasadizos, hasta la puerta de la calle, cada
cual con un hacha de cera encendida. Gastbase tanta luminaria como en
la Iglesia Mayor. Todo era fastuoso y seoril.

Ramiro pens que, al hacer su reaparicin en la asamblea, todos los
rostros se volveran hacia l, y que hasta los varones ms graves se
adelantaran a cumplimentarle por su proeza. Guarecido casi de su
herida, pero flaco y sin fuerzas, visti una tarde su traje ms lujoso,
se ci la daga del morisco y presentose en la sala pequea, que haca
las veces de primer recibimiento. Fuera del capelln de la Anunciacin y
de un religioso franciscano de San Antonio, las personas que all
estaban volvieron a verle con ultrajante naturalidad; y, al mentar, uno
que otro, su jornada, lo hicieron en trminos tales, que parecan
referirse a la diligencia ms o menos provechosa de algn alguacil. El
desengao le dej confundido, y, no sintindose con aliento para pasar a
la cuadra contigua, donde se hallaban los magnates y prelados, agazapose
en el ms obscuro rincn, entre un grupo de religiosos. El franciscano,
arrimando su taburete, le dijo en voz baja:

--Nonada habelles descubierto la madriguera a esos lobos! Claro est
que vuestra merced habr de tener tambin sus envidiosos y
calumniadores; pero no pare mientes en eso, que lo que agora dicen habr
de llevrselo el viento como la paja.

--Y piensa vuesa Reverencia que alguien murmure?--pregunt Ramiro.

--Habladuras, habladuras--replic el religioso con ademn de
desprecio.

--No disimule vuesa Reverencia si quiere probarme su aficin, que nunca
daa saber por dnde habemos de ser combatidos.

--Vamos, invenciones de bellacos... que vuestra merced ha estado a punto
de renegar de la fe de Nuestro Seor Jesucristo... que llevaba noticias
a los conversos... que la ria fue por cuestin de la paga...

En ese instante, hacia la derecha del mancebo, un desconocido, con galas
de soldado, exclam, reteniendo a un lacayo por el gregesco:

--Ea, seor Antoico, no nos alargue la penitencia y arrmenos por
piedad otro plato de bdigos y unos vidriecicos del San Martn, que
fenecemos!

El tono de penuria famlica con que modul aquella frase, apretndose al
mismo tiempo el estmago, hizo rer a sus vecinos. Alguien le habl en
voz baja, y l, mirando de soslayo al mancebo, tapose la boca como
avergonzado.

Entretanto don Alonso platicaba, en la sala contigua, con algunos
seores que acababan de llegar. En cierto momento al volver el rostro y
al advertir, a distancia, la presencia de Ramiro, hizo un gesto de
asombro y se dirigi a saludarle:

--Enhorabuena--exclam, alargando los brazos.--Grata seal es sta;
pero, por qu tan esquivo? Todos aquellos seores estn golosos de ver
y escuchar a vuesamerced.

--Sintome, seor, harto mohno y sin fuerzas.

--Holgrame de or relatar a vuesa merced, ante un concurso como ste,
todo su lance con los moriscos, punto por punto.

--Otro da ser, seor. Agora temo que el mucho hablar me encienda la
calentura.

A la vez que Ramiro dejaba caer estas palabras, don Alonso observ, con
inquieta curiosidad, la daga sarracena, recubierta de pedrera, que el
mancebo llevaba en el cinto, y, sin poder dominar su sorpresa, tomndola
por fin en su mano, exclam:

--Donoso pual. Es acaso algn arma de los agelos?

--No, seor. Dimela, como recuerdo, el viejo morisco que no quiso
permitir que los dems me acabasen a cuchilladas.

El hidalgo contrajo su semblante, y poniendo la diestra sobre el hombro
de Ramiro, djole quedamente, para que slo l le escuchara:

--Por la honra de su nombre, vulvase vuesa merced a su aposento y
esconda esa daga donde nadie la vea, que yo s lo que le importa.

--Llvola, seor, como una preciada prenda que recuerda mi accin.

--Vuesa merced no debe sentirse de mi insistencia, que es fuerza que la
lealtad sea por momentos amarga.

--Qu recelo es se? Vlame Dios!

--Pues vamos, es esto: sobran bellacos que han dado en inventar cmo,
cundo y por qu vuesa merced ha recibido dineros y presentes de los
conversos, e si agora ven esa joya en su cinto la ensearn como prueba.

Ramiro comprendi. Anonadado por la terrible fatalidad, llevose la mano
a la frente y, sin poder articular una sola palabra, una sola
exclamacin, salud a don Alonso y volvi a encerrarse en su aposento.

       *       *       *       *       *

De ordinario, cuando la reunin comenzaba, haca ya varias horas que don
Alonso Blzquez se hallaba instalado en su silln predilecto, frente a
don igo, platicando sin tregua. Llegaba casi siempre al medioda para
retirarse despus del toque de oraciones. Eso cuando l mismo no se
invitaba a cenar, y echaba de sobremesa un partida de _triunfo_ con el
anciano. La intimidad acordbale fueros especiales, movase como en su
propia casa, se chanceaba con los religiosos, sabale el nombre a todos
los criados. Su situacin era, sin duda, la ms prominente. Su vieja
amistad con el Conde de Chinchn y su parentesco con el Marqus de
Velada era causa de que los menos informados le atribuyesen grande
influencia en la Corte, ilusin que l mismo alimentaba repitiendo a
menudo las dos o tres frases que Su Majestad le haba dirigido en su
larga vida de pretendiente y mostrando hacia el Monarca una admiracin
tan grande como el odio recndito que, en verdad, senta por aquel
espectro coronado, cuya sola mirada le cuajaba los tutanos.

Todos conocan su lealtad impecable y aquel su empeo de aguijonear
ambiciones: Qu espera vuesamerced, seor Den, para pretender la
mitra que tanto se merece? El peor enemigo de vuesa merced, seor
Alfrez, es su propia modestia, que s yo de muchos que, con la mitad de
los servicios que todos le conocemos, gobiernan plazas y comandan
ejrcitos. Si vuesa merced no se enfada, en mi prximo viaje a la
corte... y dejaba caer en el odo del soldado alguna deslumbradora
promesa.

Movase la conversacin, casi siempre, en derredor de los temas que l
decantaba. Tena el orgullo de la verbosidad. Dirigirle una pregunta era
como abrir una compuerta de regado. Su inundante palabra se derramaba
sin trmino sobre las superficies, sin que su voz, alta y acatarrada,
cambiase de tono. Si parlaba de sus viajes y aventuras, de maestros
clebres, de objetos preciosos, o filosofaba cultamente sobre el amor,
su discurso cobraba todo el garbo de su persona; pero al disertar sobre
el gobierno de la Monarqua, el disimulo cortesano hacale adoptar un
lenguaje incoloro y mortecino, lleno de circunloquios y de prolijas
salvedades acerca de la secreta razn de muchas resoluciones de los
prncipes.

En cambio, el seor Diego de Bracamonte, de la casa de Fuente el Sol,
descendiente de Mosn Rub de Bracamonte y emparentado con la ms clara
nobleza de Castilla, juzgaba, lleno de heroico desenfado, la poltica
del Rey.

La arrogancia de aquel hombre se ergua almenada y sola. El discurso
flameaba en su boca cual sedicioso pendn. Aun su mirada y su ademn
eran temerarios. Todos presentan que aquella cabeza no estaba segura
sobre el soberbio cogote y esperaban por momentos alguna catstrofe;
pero el hidalgo demostraba importrsele una higa de la delacin y del
riesgo, perorando an con ms vivo coraje cuando se hallaban presentes
el seor Corregidor don Alonso de Crcamo o el fraile dominico en quien
todos sospechaban un espa del Santo Oficio y del Monarca. Su reto
infanzn y feudal no bajaba la voz; y pareca volar, como un cartel
atado a una saeta, por encima de las murallas, hacia la Corte.

Era largo y cenceo. Los terciopelos o gorgoranes formaban como un fofo
plumaje sobre su pajaresca armazn. La lechuguilla bale siempre harto
holgada. El mostacho, el tuzado cabello y la aguda barba cabra
comenzaban a encanecer; pero las cejas conservbanse retintas, como dos
plumas de tordo. Su pellejo era plido, su mirada spera, su gesto macho
y soberbioso. Adivinbasele, desde lejos, la clera fcil. No era muy
docto; pero nunca faltaba en sus discursos uno que otro texto latino
sobre la decadencia de las repblicas.

El menosprecio que el Soberano haca continuamente de la opinin de las
Cortes, los nuevos pechos y arbitrios particulares que se imponan sin
consultarlas, el Ordenamiento del Rey Alfonso anulado, las franquicias
rotas, los fueros moribundos: tales eran los tpicos predilectos de sus
arengas. El Gobierno se haba convertido, segn l, en un potro de
extraer caudales y estrangular alientos. Espaa, que haba sobrepujado
en valor a Grecia y a Roma, temblaba ahora de miedo bajo la pola de
los privados y el balbuceo del confesor Diego de Chaves. Todo era
hambre, cohecho, terror. Ya era muerta la varonil altivez de donde
nacieron la proeza rara y la denodada aventura. Hoy la hombra de bien
era desacato; el fuero, sedicin; la dignidad, rebelda. Los honores y
mercedes que antao se ganaban por las grandes cosas que hacan los
caballeros, hogao las lograba cualquier menestral mediante un bolsillo
de ducados.

--Es cosa derecha--preguntaba--que el Rey se haga de caudales vendiendo
hidalguas como trastos de almoneda o recargando a la nobleza de nuevos
tributos y hacindola pechera y villana? Y todo ello para que Flandes
est cada vez menos seguro; para que el francs, a quien ya le tenamos
del collar del jubn, vuelva a provocarnos, y el ingls degelle, tale y
saquee, a su guisa, en nuestras costas. Fuimos los dueos de la riqueza,
y agora somos los mendigos. Mucha gala soldadesca sobre la sarna y la
hambre, mucha orgullosa pluma en el sombrero para abajarlo a cada puerta
pidiendo un mendrugo. Hartos aos ha que las Cortes vienen voceando la
protesta unnime del reino; no se ha querido escuchallas. Ya veremos en
qu para aqueste menosprecio.

Hablaba en pie, con el estoque apretado bajo el sobaco. A veces la
carraspera le dificultaba el discurso; acercbase entonces a alguno de
los braseros y espectoraba sobre las ascuas. Su grande amigo don Enrique
Dvila, seor de Navamorcuende y Villatoro, escuchbale absorto y
vibrante, con las pupilas inflamadas por la pasin, acabando casi
siempre por dejar el asiento y plantarse a pocos pasos de Bracamonte,
como hechizado. El contagio de la rebelin se apoderaba de algunos
oyentes. Marcos Lpez, cura de Santo Tom, aseguraba que Santiago
Apstol se le haba aparecido una noche dicindole que, si la nobleza
castellana no volva por el respeto de sus fueros, Espaa estaba
perdida. El mdico Valdivieso y el licenciado Daza Zimbrn alentaban a
Bracamonte con exclamaciones fervientes; mientras Hernn de Guillamas,
que haba sido procurador de Avila en las Cortes de Madrid, refera con
patritico dolor, en apoyo de don Diego, la mofa que el Rey haca de los
dictmenes de todo el reino congregado.

Los dems, sobre todo los hombres de iglesia, bajaban los ojos e
inmovilizaban el semblante. A la menor interrupcin no faltaba quien
entremetiese otro asunto. Cualquier futileza era bien recibida, con tal
que evitara, a los ms, la inquietud de aquel verbo incendiario de
Bracamonte que agitaba las ms graves cuestiones, a modo de encendida
antorcha que golpeara a lo largo las aejas colgaduras.

Entonces Gaspar Vela Nez o Gonzalo de Ahumada, llegados recientemente
del Per, referan cosas de Amrica: alimaas y frutos fabulosos,
segundones miserables enriquecidos de sbito por algn tesoro enterrado,
huacas repletas de joyas, victorias enormes en que la sangre enjabonaba
los dedos y era preciso encordelar la espada y la pica para que no se
escurriesen. Tales relatos alucinaban el cerebro de aquellos hijos de
Castilla, habituados a imaginar ante el ms escueto horizonte todos los
espejismos de la aventura. Algunos entrecerraban los prpados para
soar mejor en las comarcas lejanas, donde se llegaba de golpe a la
riqueza, sin la infamante paciencia del mercader, y vean pasar por su
imaginacin tierras inverosmiles, en las cuales el pie topaba a cada
paso con venas de oro desnudo.

Los que llegaban de Italia traan obsequios y misivas y daban las
ltimas noticias acerca del turco. Los que eran soldados de Flandes,
como Antonio Dvila, _el verrugoso_, o Pedro Rengifo, el de la
cuchillada en la frente, comentaban la tctica de Farnesio y referan
innumerables herosmos de los soldados de Espaa.

El imperio de la raza brillaba en los semblantes y formaba calurosa
armona de orgullo. Aquellos hombres de guerra, que traan en sus botas
lodo reseco de los ms diversos pases, eran, segn el blasn de Isabel
y Fernando, el haz de flechas y el yugo del orbe. Uno que otro meditaba
los presagios de decadencia; pero los ms curbanse mayormente del color
de una pluma o del rumor de las propias espuelas.

Otras veces llegbale el turno a los telogos. Sus rivalidades eran
disimuladas, pero profundas. Despus de enredar, con escolstica
destreza, la inevitable disputa, acababan por responderse en docto y
ponzooso latn que agriaba la reunin.

Un rebullicio de colmena llenaba las cuadras. La atmsfera era densa y
candente. Ni el perfume de los guantes, ni el copioso sahumerio de los
pebeteros, lograba dominar el tufo de trasudado sayal que desprendan
los religiosos. Las maderas de las ventanas cerrbanse de ordinario a
las tres de la tarde. El herraje de los braseros pareca atizarse
entonces en la sombra; pero, inmediatamente, llegaba la larga hilera de
servidumbre trayendo una aurora de luminaria, que resplandeca en la
palidez de los rostros, en la blancura de las lechuguillas, en el sayal
amarillento de los dominicos, haciendo chispear las veneras de las
Ordenes militares y los preciosos joyeles sobre los terciopelos y
brocados.

Casi todos aquellos hombres eran enjutos. La ambicin o la penitencia,
ayudadas a menudo por tercianas prolijas y rebeldes, desgrasaban las
carnes y labraban ictricos surcos en los rostros. Rostros a la vez
altaneros y tristes, do el bro sola disimular terrores y la constante
aspiracin hacia Dios iluminaba en lo alto las visionarias pupilas.




XXII


La turbia claridad que bajaba de las nubes alumbraba apenas el libro.
Ramiro lea por tercera vez el mismo pasaje de La vanidad del mundo:

Si fingiramos que la tierra estuviese en el cielo estrellado y la
tornase Dios clara como una de las estrellas, no se podra de ac abajo
divisar por su pequeez. Y si en respecto del firmamento es la tierra
como un punto, cunto ser menor puntillo respecto del cielo empreo?
Pues qu dejas, menospreciando el mundo, aunque fueses seor dl, sino
un angosto nido de hormigas, por los reales y anchos palacios del
cielo?

Aquellas palabras del padre Fr. Diego de Estella traspasaron
luminosamente su espritu. Sealando la pgina e inclinando su cuerpo
sobre el brazo del silln, mir pensativamente hacia afuera, a travs de
los viejos vidrios sujetos por tosca malla de plomo. Espeso nublado,
cuya cepa deba prolongarse hacia el naciente, asomaba por encima de las
murallas. A pesar de tener cabe s un brasero con lumbre, Ramiro senta
colarse por las rendijas ese estremecimiento glacial de la atmsfera que
anuncia la nevasca. Las losas de la calle y los sillares de los palacios
tomaban tonos lvidos, ateridos. El viento ululaba.

Era uno de esos das de invierno en que el alma se siente apartadiza y
domstica y todo el ser se arrellana en su propio egosmo. Cun mgico
sentido toman entonces las cuatro paredes del aposento, entre las cuales
el continuo soar ha ido adhiriendo a las cosas compaeras indefinida
confidencia y algo como nuestro propio dejo espiritual! El cerrojo lanza
al caer una interjeccin uraa y reconfortante, y el ascua nos recibe
con su ardiente fascinacin que amodorra las ansias y desapega de todos
los afanes del siglo.

Una enorme hostilidad se cerna. El cielo estaba ceudo, el aire maligno
y poblado, quiz, de espritus daosos. Las lgubres consejas,
escuchadas all en la torre, siendo nio, volvan a la memoria del
mancebo. A veces un remolino de polvo y de briznas, junto a alguna
chimenea, le inquietaba. Hubirase dicho que un miedo mudo haca
palidecer todas las cosas, la teja, la ventana cerrada, el rbol de los
patios. Algunos campesinos bajaban presurosos hacia la Puerta de Don
Antonio Vela, acuciando sus machos y borricos. Ramiro adivinaba en la
direccin del Sudeste, por detrs de las sierras, un agazapamiento de
vendaval, pronto a lanzarse sobre la dehesa, destechando cabaas,
reventando los trojes, descuajando los rboles.

Cun sabrosa aquella su pereza junto a la lumbre! So en la paz de los
monasterios, en la asctica fruicin de la celda durante los das y
noches del invierno, en la deliciosa somnolencia de los rezos en los
coros obscuros, entre el olor eclesistico de los viejos barnices, de la
cera, del incienso.

El brutal desengao que sufriera, das antes, al presentarse en la
reunin, habale llenado el pecho de asco y rencor hacia los hombres.

--Por cuestin de la paga!--repeta por momentos, recordando las
palabras del religioso.--De quin poda venir aquella especie si no de
su rival? Deba tambin perdonarle con el heroico perdn de los santos?

La frase de doa Guiomar: Harta dicha ser que no os desluzcan la
jornada mediante alguna calumnia, tomaba ahora en su mente acento de
profeca.

Para qu afanarse, pues, en el siglo, si toda honra estaba a la merced
de cualquier lengua malvada? Y aunque as no fuera: De qu valan las
glorias y loores del mundo, de este nido de hormigas, como lo
apellidaba el inspirado religioso? No era, acaso, todo ello castillo de
caas para el fuego de la muerte? Qu ms vala el paso de un hombre
sobre la tierra?... Cualquier frgil baratija duraba ms que su dueo.
Otros galanes haban de aderezarse quiz, el juvenil mostacho ante aquel
su espejo, cuando l no fuera sino un hato de podredumbre. La copa de
Venecia pasaba de padres a hijos ms vividora que las manos soberbias
que la alzaban en los festines. Qu pensar? Qu hacer?

El mismo se asombraba de las oscilaciones extremas de su nimo.

Volvi a mirar hacia la calle.

Una hora pas. Era un domingo de fines de febrero. La esquila de la
Catedral acababa de tocar tres campanadas. Los visitantes de costumbre
iban llegando; unos en sillas, envueltos en capisayos aforrados de
martas; otros a pie, embozados completamente en sus ferreruelos o en sus
capas de lluvia, y manteniendo apenas una abertura por donde escapaba el
aliento blanquecino. Los clrigos se arrebozaban con sus lobas; los
dominicos, en sus manteos; los franciscanos y carmelitas traan el
rostro cubierto bajo la puntiaguda capilla y los brazos cruzados por
dentro de las mangas. Ramiro vio llegar a Vargas Orozco con la nariz
amoratada por el fro; el paje caudatario le sostena por detrs la cola
superflua. Crey reconocer a don Pedro Valderrbano por las calzas de
velludo amarillo y sus pantuflos con pieles. Cuatro valentones
custodiaban la silla de don Enrique Dvila, tres de ellos con alabarda y
rodela, el otro con hermosa ballesta incrustada de marfil.

Ramiro, sin deseos de llegarse al estrado, abri de nuevo La vanidad
del mundo. En ese instante, despus de anunciarse con el golpecito de
costumbre, entr Casilda en la habitacin. Un estremecimiento inusitado
agitaba sus pestaas. Acercose al escritorio, removi la arquilla de
las obleas, requiri las torcidas del veln, estir las holandas del
lecho. Palpbalo todo con gesto bobo y encogido, como si quisiera
comunicar o pedir alguna cosa y no se hallase con nimo.

--Buscas algo?--la pregunt el mancebo.

--Nada, seor; slo que mi padre me manda llamar y miro porque todo
quede bien aparejado para la noche.

La idea de recompensar con alguna ddiva los cuidados que aquella
muchacha le haba prodigado, durante tantos das de sufrimiento, le
asalt a Ramiro por la primera vez. Djola entonces:

--Abre la naveta de la izquierda de aquel bufetillo. Ves una escarcela
verde? Bien, trela.

Cogi tres ducados y alargselos, exclamando:

--Toma para alfileres, Casilda.

Ella, al sentir en la palma de la mano el fro de las monedas, dejolas
caer al pronto, sobre la mesa, como si hubiese tocado un reptil. El
rostro se le enrojeci de vergenza, y su pecho, henchido por la
emocin, dej escapar un suspiro. Luego sonri tristemente, diciendo:

--Ah! vuestra merced ha pensado?... No, no, por Dios!

--Tanta honrilla, muchacha? No puedo hacerte, acaso, un obsequio?

--No, seor; gracias. A lo que vena me mueve otro inters. Deseo decir
a vuestra merced--agreg vacilando un instante y bajando la voz--algo
que sucede en esta casa.

--S, ya imagino: que el lacayo... que la criada... que la duea... Me
lo dirs otra vez.

--Nada de eso, seor. Es negocio harto apurado. Un negocio... cmo
decir? que importa; que, con ser yo tan necia, se me alcanza que la
justicia ha de caer ana sobre esta casa y todo el dao que se puede
seguir a vuestra merced.

--Bien, aguija; aclrate presto. Qu sucede?

Casilda tembl como sacudida por aquel acento imperioso, y luego repuso:

--Sucede, seor, que muchos de estos caballeros que aqu vienen, acabada
la visita, se juntan abajo en secreto, en una cuadra vecina de aquella
en que yo guardo mi cofre; y encienden lumbre, y dicen palabras contra
el Rey y hablan de levantar bandera.

--Por quin sabes todo eso?

--Lo escuch yo mesma, yendo a buscar un manto, el domingo pasado, ya de
noche.

--Dilo todo, date prisa.

--Al entrar o unas voces que parecan salir de una alacena; pero, como
yo no temo a los duendes, la abr para ver lo que era. Vaca lo estaba;
pero las voces se escuchaban como si fuesen en la mesma cuadra y eran en
la de al lado, e decan lo que ya dejo expresado a vuestra merced. A mi
ver, deben ser muchos seores, y entre ellos est el seor cura de Santo
Tom, con su catarro, y el seor de Bracamonte, con su voz tan spera, y
el de...

Un golpe dado en la puerta que comunicaba con la galera cort su
narracin.

--Quin?--demand Ramiro.

--Yo soy--respondi Vargas Orozco, abriendo l mismo la hoja y
penetrando en la estancia. Luego, habiendo mirado de soslayo a Casilda,
aproximose a Ramiro, y sin tomar asiento, le pregunt:

--Os lo ha referido?

--Qu?

--Lo que acontece en esta casa.

--A qu quiere aludir vuesa merced?

--A las reuniones secretas de don Diego, y los otros, en el piso bajo,
conducidos por el maestresala.

En seguida, alzando la voz, y sealando hacia las cuadras vecinas:

--A la enorme felona--grit--de esos malos caballeros!

--Por Dios, hable vuesa merced ms bajo, que pueden olle--interrumpi
Ramiro, agregando:--De suerte que vuesa merced lo sabe tambin por...

--Por esta rapaza--contest el Cannigo sealando a Casilda.

El dilogo se desarroll vivamente y qued convenido que, antes de que
terminara la reunin, iran los dos a cerciorarse de la verdad,
escondindose en la cuadra que indicaba Casilda. Al principio, el
mancebo manifest no poca repugnancia por aquel espionaje, declarando
que a l le pareca ms derecho requerir con franqueza a don Enrique
Dvila o al mismo Bracamonte; pero el Cannigo le hizo pensar en la
necesidad de una previa certidumbre; y, al referirse al peligro de que
su llaga se reabriese en el trfago de las escaleras, le dijo:

--Si tal os sucede, hijo mo, haris de cuenta que os hicisteis herir,
una vez ms, en servicio del Rey y de la honra de vuestra casa.

Seguidamente, uno y otro, se dirigieron al estrado. Ya un crecido nmero
de visitas rodeaba a don igo. Don Pedro de Valderrbano, hidalgo viejo
y socarrn, se paseaba solo, observando maquinalmente los muebles y
mirando las figuras de los tapices. Otros seores hablaban, en pie,
junto a las vidrieras, por donde entraba una luz opaca y mortecina.
Ramiro, despus de cumplir con los saludos de ceremonia, sentose junto a
un ancho brasero, en torno del cual se parlaba de guerra.

Don Enrique Dvila juzgaba la tctica de Farnesio, mientras alzaba en su
mano un vaso de plata con una piedra bezoar incrustada en el borde. Un
criado escancibale el vino de San Martn con demasiada frecuencia.
Estaba ricamente vestido de terciopelo morado, con ropilla de lo mismo,
forrada de pieles.

Su intemperante condicin responda a su estatura gigantesca. Cuando
quera dominar alguna congoja, reventaba uno o dos caballos a fuerza de
locas carreras por el camino de Villatoro. El juego era la nica pasin
que lograba punzarle. Peinaba sin crencha, hacia atrs. Su tez era
barrosa y trasnochada. Sus ojos pequeos.

Ramiro no escuch sino el final de su discurso:

--Diga, vuesa merced, que una vez que Farnesio hubo dejado las
provincias para penetrar en Francia, debi librar batalla campal al
Bearns, desbaratalle en seguida, quitalle las vituallas, aduearse de
Pars e decir luego a nuestro rey: Seale agora Su Majestad la persona
que ha de sentarse en este trono. De esta suerte, aunque exponiendo a
Flandes, hubiramos extendido el poder de nuestras armas y limpiado a
aquella monarqua de la pestilencia luterana.

--Qu brava guisa de guerrear!--dijo don Pedro Valderrbano, con tono
amistoso y burlesco.--En un qutame all esas pajas desbarata vuesa
merced un ejrcito, le coge las vituallas, cae de sopetn sobre una
poderosa ciudad y se la aduea. Piense vuesa merced, seor don Enrique,
que no hay batalla que no se gane desde una silla de vaqueta, cabe el
brasero.

El regidor Gaspar Gonzlez Heredia, queriendo amortiguar el picante de
aquella fisga, agreg con seriedad, dirigindose a don Enrique:

--Quiz el ejrcito del Duque no era suficiente para tamaa empresa, y
hay quien presenta al Bearns como hombre de mucho ardid y coraje, que
pelea a la cabeza de sus soldados.

--Con eso--le replic el licenciado Daza Zimbrn, que alardeaba de
tctico--no demostrara ese mucho ardid que dice vuesa merced; pues el
jefe de un reino poderoso, como apunta a serlo el Bearns, ya que ha de
dar la batalla, no debe hallarse en la refriega, entre sus soldados; que
si l mesmo fuere muerto o vencido, el reino todo se pierde, como
aconteci a los persas y medos, vencidos por Alejandro, muerto el rey
Daro, y en Espaa muerto el rey don Rodrigo, y en Hungra, en nuestros
tiempos, muerto el rey Ludovico, en la batalla que dio temerariamente a
los turcos.

Prodjose un rumor de admiracin.

--Y vuesas paternidades habis recibido nuevas cartas de
Francia?--pregunt don Alonso al padre Jaime Rodrguez, de la Compaa
de Jess.

--Casi todas se quedan por el camino. Este mes slo una ha logrado
llegarnos. Trae algunos pormenores de la primera acometida del Bearns
sobre Pars, en diciembre pasado.

--Sepamos, sepamos.

--Parecer ser que el Bearns se acerc, ya pasada la media noche, cuando
todos los vecinos dorman; pero, por un caso, en que se echa de ver la
mano de Dios, los herejes apoyaron sus escalas en la Puerta Papal, donde
se hallaban a la sazn algunos religiosos de nuestra Compaa. Al asomar
los primeros asaltantes, nuestros hermanos dan repetidas voces de
alarma. Los vecinos despiertan, tcase a rebato, y el hereje se retira
desengaado.

--Grande gloria para vuestra religin--dijo alguno.

--Un venturoso accidente en verdad--respondi el padre Rodrguez.

Entonces el dominicano fray Gonzalo Jimnez, Guardin del Convento de
Santo Toms y Calificador del Santo Oficio, djole con aparente
mansedumbre:

--Ya tenis blasn para hacer labrar a la puerta de vuestras casas.

--Cul sera, segn vuesa Reverencia, seor Guardin?

--_Anseres Capitolini_, los famosos gansos del Capitolio; y no se dir
que os falta aejo abolengo.

Todos saban la enemistad que separaba a aquellas dos religiones; pero
nadie esperaba una ofensa semejante; as que las palabras del padre
Rodrguez: An no sera bastante humilde para nosotros, se perdieron
en un murmullo de estupor. Formronse entonces plticas diversas. Una
predomin y todos acabaron por escuchar. El capelln de la
Iglesia-Hospital de la Anunciacin, Miguel Gonzlez Vaquero, hablaba con
el dominico Crisstomo del Peso, de los milagros de doa Mara Vela,
monja de Santa Ana. El capelln gozaba fama de santo. Su palidez
cenicienta haca pensar en terribles austeridades, y a la vez, sus
grandes ojos claros emanaban conmovedora dulzura.

--Son tan grandes--deca--las mercedes que Dios la hace y tan apegadas
sus razones al amor divino, que no cabe dudar.

--De su humildad y otras virtudes dgame cuanto quiera vuesa merced,
seor capelln; pero de sus revelaciones muy poco, porque soy menos
inclinado a creellas.

--Igual cosa o decir a vuesa Paternidad, en cierta ocasin, de la madre
Teresa de Jess.

--En verdad, muchas veces dije: esperemos a ver en qu para esta monja,
que no es bueno dar fe tan presto a sus virtudes y revelaciones; no
tanto porque dudase de ella, cuanto por juzgar que as conviene para
mujeres. Pero ahora declaro que la dicha Teresa ha dado a entender ser
posible en ellas la perfeccin evanglica.

--Y as mesmo doa Mara, padre Crisstomo. Harta experiencia tengo de
su caridad y oracin para saber si hay lazo o engao de Satans.

--Me dicen que fue vuesa merced--pregunt el licenciado Zimbrn,
dirigindose al capelln--quien aconsej administralla el santo Vitico
para hacella aflojar las mandbulas.

--No, no; fue el padre Julin, el padre Julin.

--Vuesa merced presenci el milagro?

--Cuando yo entraba en la celda, ya doa Mara tena abierta su boca
hacia el divino remedio; toda la faz encendida como una lmpara. Ms de
nueve das pas con los dientes tan apretados, que el hombre ms fuerte
no hubiera logrado separrselos y sin que fuera posible hacella pasar
una gota de caldo.

La conversacin recay, como de costumbre, en la crnica de los
asombrosos milagros que se realizaban de continuo en aquella ciudad.

Otra monja de Santa Ana oa todas las noches una voz que le denunciaba
las asechanzas del Demonio en torno de la celda de tal o cual religiosa.
En el convento de San Jos, Catalina Dvila, presa de sbito
arrobamiento, habase levantado varios palmos del suelo al leer una
anotacin de mano de Teresa de Jess, en los Morales de San Gregorio.
Sor Angela de la Encarnacin era estrujada y abofetea la por Satans a
la vista de todas sus compaeras, y, ltimamente, arrojada por l, desde
lo alto de una galera al jardincillo del convento, no recibi dao
alguno. Adems, todos los lunes, que es el da que corresponde a la
Oracin en el Huerto, sudaba a imitacin de Nuestro Seor, tanta sangre
de toda su piel, que era preciso mudarla dos o tres tnicas al da.

Al hablar de aquellas cosas, las voces temblaban de modo extrao y los
semblantes ms recios se ablandaban y palidecan como oreados por un
soplo divinal.

La ciudad entera, odorfera de santidad, pareca haberse levantado hasta
una regin convecina de Dios y flotar en pleno prodigio, entre el vuelo
cuasi visible de los ngeles. Las almas ardan como los perfumados
carbones de aquel mstico brasero, hurgoneadas por la penitencia,
atizadas por el aleteo de la incesante plegaria. El milagro estaba en
todas partes. Posbase aqu y all, a modo de un ave inverosmil y
familiar. Se hablaba de l con regocijo, pero sin espanto.

El nombre de Teresa de Jess, la religiosa andante, la gardua de almas,
la pcara sublime, reapareca con frecuencia en los dilogos. Muchos de
los que all se reunan eran sus parientes, algunos haban parlado y
chanceado con ella en los locutorios de la Encarnacin y de San Jos;
otros, ms ancianos, la conocieron muchacha, con harto amor a las galas
y a los olores y poniendo motes a los galanes. Referanse con el mismo
entusiasmo sus prodigios que sus gracejos, y todos se complacan en
hablar llanamente de un ser que los ojos del alma vean ahora en la
gloria del Paraso.

--Grande injusticia ha sido llevarnos la gran reliquia de su
cuerpo--dijo Alonso de Valdivieso, al terminar la narracin de una
graciosa entrevista que tuvo con ella en Medina del Campo.

--Esa trapacera se la debemos al Duque de Alba--replic el seor de
Navamorcuende.

Entonces, aprovechando del vocero que suscitaron aquellas palabras de
don Enrique, un padre carmelita refiri en voz baja a Ramiro que, no
haca mucho, temiendo que se llevasen nuevamente de rondn el cuerpo
milagroso, una hermana lega del convento de Alba de Tormes, en medio de
una noche de tempestad, habase dirigido al sepulcro de la madre Teresa,
y descubriendo el cadver, abriole el pecho con un filoso cuchillo,
meti la mano por la herida y arranc el corazn. Luego, aquella
sobrehumana mujer, poniendo la reliquia entre dos platos de roble, se lo
llev consigo a la celda. Al siguiente da, el inconfundible perfume que
embalsamaba los claustros, denunci el sublime sacrilegio.

Enfebrecido por el confuso rumor de los dilogos y el aire denso de la
sala, Ramiro tuvo que reconcentrarse un momento, sintindose penetrar
hasta el fondo del ser por la pasin que exhalaban aquellos ltimos
relatos. Acababa de comprobar una vez ms que, a la primera mencin de
los prodigios de una humilde enclaustrada, todos los otros temas
decaan; y los ms recios hidalgos, orgullosos de sus linajes, de sus
caudales, de sus cicatrices, inclinaban la cabeza como empequeecidos
ante la sublimidad de la gloria penitente.

Y de nuevo, la voz ajena y sosegada que sola susurrar en el fondo de su
conciencia, le habl de esta manera:

Abandona la brega de los hombres. No hay vida ms heroica, ms fuerte,
vida ms vida que la de aquel que, desnudndose por entero del vano
ropaje mundanal, sigue la senda de Cristo Nuestro Seor. Ese acrecienta
como ninguno las potencias del alma, y, en un mismo da, asedia o se
defiende, toma castillos o levanta cestones y palizadas, libra
grandiosos combates, pone en fuga legiones inmensas, conquista mundos
ignorados y maravillosos. Slo aqul tiende su vuelo por los espacios de
la eternidad, logra sus simientes, conoce la verdadera gloria y vence la
vanidad, la brevedad y el terreno dolor.

S, sera religioso y quizs ermitao. Estaba resuelto. Bajando los
prpados, so, entre el murmullo creciente de la asamblea, en su futura
santidad.

       *       *       *       *       *

Un vocero en la calle, un clamor spero y bronco, que hizo retemblar
las vidrieras, desgarr su visin.

--Qu es esto?--exclamaron algunos.

Ramiro, que se hallaba prximo a una de las ventanas, se puso en pie,
abri las maderas y mir. Un grupo de villanos avanzaba hacia el solar
cruzando la plazuela. A la humosa llamarada de las antorchas, Ramiro
pudo reconocer, en medio de aquel golpe de gente, la enhiesta facha de
Bracamonte. Nueva exclamacin estall:

--Viva don Diego!

Los pasos de la turba resonaban sobre las losas de modo acompasado y
solemne.

--Son algunos vecinos que vienen acompaando a don Diego de
Bracamonte--exclam Ramiro en voz alta, volviendo el rostro hacia el
concurso.

--Parece--dijo Valderrbano,--que de algunos das a esta parte, apenas
le advierten por esas calles, se ponen a seguille, y le van regalando
todo el tiempo con sus vtores, que gelen peor de lo que suenan.

--Quiera Dios no le empujen a alguna demasa--agreg con lenta
modulacin el Cannigo lectoral.

Ramiro not que algunas miradas descendan gravedosas, mientras otras
escudriaban, uno a uno, los semblantes. Entretanto, don Enrique Dvila
responda a la frase del Cannigo con injuriante risa haciendo saltar
entre sus dedos el joyel que penda de su cadena.

--Don Enrique: Las barajas excusallas--dijo entonces el Lectoral.

--Seor Cannigo: Comenzadas acaballas--replicole el seor de
Navamorcuende, completando el conocido lema que llevaban las armas de su
familia.

Minutos despus entraba Bracamonte.

--Qu nueva?--preguntole don Enrique, dejando el asiento.

A la vez que un lacayo le quitaba de los hombros la negra capa salpicada
de nieve, Bracamonte repuso:

--Que se pretende dar parte al Santo Oficio en la causa de Antonio
Prez, para burlar de esta suerte los Fueros de Aragn.

Tras un candelabro, y con todo el rostro iluminado por el resplandor
numeroso de las bujas, el Guardin de Santo Toms prorrumpi:

--Hay, por ventura, fuero ms fuero que el de la Santa Inquisicin?
All se las arreglen, seor don Diego, que aqu estamos en Castilla.

Bracamonte, reconociendo al pronto la voz, replic sin vacilar:

--Ya sabe vuesa Reverencia que, segn los antiguos, la pendiente de la
tirana todo est en empezalla; y si a tal se atreven con Aragn, que
tan celosamente ha guardado hasta aqu sus libertades, qu no osarn
luego con nosotros, que estamos ya harto desplumados y listos para la
olla!

Ramiro sinti que le apretaban el brazo.

--Salgamos, que es tiempo--murmurole al odo el Lectoral.

Algunos tertulios se retiraban; don Alonso entre ellos.

       *       *       *       *       *

Cuando maestro y discpulo bajaron a la cuadra del piso bajo, conducidos
por Casilda, ya era de noche.

--Cae nieve--dijo la muchacha mirando hacia el patio.

Casilda no haba soado ni mentido. Despus de un largo lapso de espera,
comenz a escucharse, a travs de las tablas de la alhacena, cavada a
medio grueso en el muro divisorio, el rumor de los que iban penetrando
en la estancia vecina. No haba rendija alguna por donde se pudiese
atisbar; pero Ramiro y el Cannigo reconocan fcilmente a los
congregados, aun cuando todos bajaban la voz con evidente cautela.

--Las nuevas cartas--dijo Bracamonte--son del Barn de Brboles, de
Miguel de Gurrea y del seor de Purroy.

Leyolas. Las dos ltimas referan los sucesos recientes de Aragn y la
agitacin popular de Zaragoza. La de don Diego de Heredia, seor de
Brboles, entre otras cosas deca: Hoy somos los aragoneses los
amenazados, maana lo seris vosotros. Prestmonos fiel ayuda, hermanos
de Castilla, que nuestra Patria se pierde; pues aquellos que son tenidos
por sus padres y jueces, son malos padrastros y prevaricadores della.

--S; la repblica se pierde--agreg con brusquedad Bracamonte,
comunicando a su voz una resonancia imprudente.--Y, por ventura,
debemos asombrarnos, cuando Espaa, regida ayer por sus ms claros
varones, es hoy la presa de vidos pecheros, que, no slo buscan por
todo medio acrecentar la propia hacienda, aunque perezca la pblica,
sino que pretenden, a ms, empobrecer y destruir a la ms antigua
nobleza del reino, no dejndola, como sabemos, regentar los negocios, e
inventando contra ella, cada da, nuevos pechos y humillaciones? Si el
puntilloso honor de nuestra casta no se hubiese trocado, agora, en
acoquinamiento y bajeza, quin osara tales atrevimientos? Ea!:
mostremos que de algo vale aquella sangre delicada que heredamos de
nuestros mayores. Es tiempo ya de resoluciones varoniles. Perdamos, si
es preciso, la vida en la demanda, antes que la honra. Aragn slo
espera nuestra seal para arrojarse; Sevilla bulle y se revuelve,
Valladolid, Madrid y Toledo vendrn a la zaga, apenas nosotros
marchemos.

Un coro ardoroso de aprobacin respondi a la arenga de Bracamonte.
Luego, en medio del silencio que sobrevino, una sola voz reson, adusta,
inconfundible.

--Que no se diga que la vejez, enflaqueciendo mis fuerzas, ha
destemplado mi corazn. Sepan vuesas mercedes que toda mi hacienda queda
puesta desde hoy al servicio de esta demanda. Y si el caso lo pide,
hareme subir en silla a la muralla, que an puede mi diestra disparar un
venablo.

Al escuchar aquella voz, el Cannigo y Ramiro se buscaron uno a otro en
la obscuridad.

--Don igo! Vlame Dios!--exclam el Lectoral asiendo del brazo a su
discpulo.

--S; l es!--dijo, tan slo, el mancebo.

Escuchose entonces un rumor de interjecciones y frases entreveradas.

--Es un tirano--dijo alguien claramente.

--Su confesor--agreg el cura de Santo Tom--ha de arder en el infierno,
porque le absuelve.

Otros exclamaron:

--Que se lea el cartel que ha de pegarse en los muros.

--Es harto tarde.

--Que se lea, y partiremos.

Oyose entonces un ruido claro de papeles, y don Enrique Dvila ley el
histrico pasqun.

Si alguna nacin en el mundo deba por muchas razones y buenos respetos
ser de su Rey y seor favorecida, estimada y libertada, es slo la
nuestra; mas la cobdicia y la tirana con que hoy se procede no da lugar
a que esto se considere. Oh, Espaa, Espaa, qu bien te agradecen tus
servicios esmaltndolos con tanta sangre noble y plebeya; pues en pago
de ellos intenta el Rey que la nobleza sea repartida como pechera!
Vuelve sobre tu derecho y defiende tu libertad, pues con la justicia
que tienes te ser tan fcil; y t, Felipe, contntate con lo que es
tuyo y no pretendas lo ajeno y dudoso, ni des lugar y ocasin a que
aquellos por quienes tienes la honra que posees, defiendan la suya, tan
de atrs conservada y por las leyes de estos reinos defendida.

El vtor sordo que estall en la estancia vecina hzoles comprender al
lectoral y a Ramiro que los conjurados eran numerosos.

--Bien puesto, bien puesto, seor don Enrique--exclamaron algunos.

--Que se fije maana mismo en los muros de la Iglesia Mayor y en los
portales del Mercado.

--Dejemos escoger la ocasin a don Enrique y a don Diego, que, llegado
el caso, todos estamos dispuestos a fijarlo por nuestras manos en el
sitio que convenga.

Las sillas resonaron. Todos se levantaban para marcharse.




XXIII


Tan pronto como el Cannigo se hall de nuevo en el aposento de su
discpulo, exclam con proftico vozarrn:--Todo esto habr de concluir
sobre un cadalso.

Ramiro, dejndose caer en una silla, junto a la pequea mesa aderezada
ya para la cena, fij su mirada en el blanco mantel, que resplandeca
bajo las llamas del candelabro, y despus de largo silencio, repuso:

--Aunque as fuera, es menester seguilles. Ellos son los valientes y los
honrados. Yo he de mostrar--agreg, levantando el rostro hacia la lumbre
y golpeando con el puo sobre la mesa--que an quedan en la nobleza
castellana nimos capaces de mostrar la vieja valenta.

--Por el hbito que tengo--replic el Cannigo,--si estoy por decir que
ha entrado en esta casa alguna legin de demonios invisibles que os van
a todos revolviendo la sangre. No comprendis, hijo mo, que ese sandio
y tahr de don Enrique y esa bestia furiosa de Bracamonte no hacen sino
vomitar en palabras el hondo despecho de no haber merecido honor alguno
en su vida? Y no se os alcanza tambin que, as como fijen ese alevoso
pasqun que leyeron, sern uno y otro degollados por mano de verdugo,
con algunos incautos que han dado en seguilles? Si os place, Ramiro,
concluir como ellos sobre la infame bayeta en la Plaza del Mercado, o
iros a remar en alguna galera bajo el corbacho del cmitre adelante!; y
as figuraris en las crnicas como el vil descendiente que arroj
semejante baldn sobre su casa preclara y antiqusima.

--Soy, por ventura, nio o mujer para dejar a otros la guarda de
nuestros derechos antiguos? Mi bisagelo, Suero del Aguila, arriesg la
vida por ellos.

--Malaventurado yo--replic el Lectoral--si he de cosechar esa espiga.
No ser, vive Dios! el orgullo, el aborrecible orgullo, fuente de
tantos yerros y desgracias, lo que os hace desvariar de esta suerte?

Dando luego algunos pasos a lo largo de la cuadra, en uno y otro
sentido, comenz a decir, con la entonacin grandiosa y el ademn vasto
y pulpitable que usaba en ciertas ocasiones:

--Dnde est el tirano? Dnde la sinrazn? Hasta cundo abusaris de
la real paciencia? Quin que no sea un mentecato puede decir que la
repblica se pierde? Hubo, por ventura, en los siglos otra nacin ms
temida y envidiada que lo es hoy da la espaola? Somos los amos de la
tierra firme y del mar; tenemos asido al mundo de las greas. El tercio
de Flandes o de Italia han hecho palidecer la fama de la falange
macednica y de la romana cohorte; y al solo rumor de unas espuelas
espaolas tiemblan por doquiera los populachos. Oh, necios! Conociose
jams un monarca que fuese a la vez tan justiciero y tan grande como
Felipe? Seguro estoy de que en los venideros tiempos, para formar un
trasunto de su vida, tendrn que juntar la piedad de David con la
sabidura de Salomn, los triunfos de Alejandro con la prudencia de
Marco Aurelio. Adems, cmo olvidar lo que ha hecho y hace diariamente
por descepar del mundo la hereja? Y an hay descontentos en Espaa!
An quedan malos vasallos que buscan el modo de trabar el paso a este
prncipe ungido por el Seor! Si pensarn los muy bellacos y avarientos
que tanta grandeza no merece el nombre de tal si se les toma a ellos
una hilacha tan slo del capotillo?...

Sigui hablando de esta guisa, yendo y viniendo. Ramiro le escuchaba
atentamente, seducido por la inesperada emocin de aquella catilinaria
que, con decir todo lo contrario de lo que vociferaba en sus discursos
Bracamonte, exaltbale, asimismo, de modo heroico y soberbio.

Un criado trajo la primera vianda. El Cannigo se sent, y, apenas se
hubo llevado a los dientes un grueso bocado de pernil, vio penetrar en
la estancia a la madre de Ramiro. Pareca ms animada que de costumbre.
Habl casi con jbilo, empleando uno que otro gracejo mstico al
suplicar a su hijo que no hiciese esperar demasiado al Seor, y que, as
como se hallase con fuerzas, montara, luego luego en el cuartago, camino
de Salamanca.

--A vuesa merced, seor Cannigo, toca agora dar a esta alma el empelln
que ha menester--agreg con inusitada sonrisa, al retirarse.

Cuando quedaron solos, el mancebo, enmudecido por las tumultuosas
impresiones que jugaban con su nimo, levantose nerviosamente y,
acercndose a la ventana, abri las maderas. Avila, recubierta de nieve,
resplandeca bajo el mgico claror de la luna como una ciudad de
encantamiento.

Ramiro orden al lacayo que se llevase las candelas.

Los rincones de la estancia se llenaron de sombra; pero, al mismo
tiempo, la claridad sideral traspas la polvorienta vidriera y qued
suspendida en el ambiente a modo de un velo soado y alucinador.

Ramiro admir el fantstico arminio que revesta las techumbres y las
almenas en la noche difana; y so en cosas del Cielo, en claras
armonas del Paraso, en el alma de Teresa de Jess gozando de Dios,
entre la innumerable blancura de los serafines!

--Sabis lo que pienso, Ramiro?--exclam de pronto el Cannigo, con
todo el busto hundido en la obscuridad;--pienso que vuestra virtuosa
madre acaba de hablaros por boca de ngel, como se dice, y que agora
ms que nunca, en presencia del riesgo propincuo que corren a la vez
vuestra alma y vuestra honra, os debis echar sin tardanza en brazos de
la Santa Iglesia. Ella slo puede asosegaros esos bullentes borbotones
del cerebro y salvaros de caer en la pasin del orgullo, en esa
peligrosa y aborrecible pasin que nos convierte en un fruto mollar para
el Demonio. Dios queriendo, hijo mo, yo ser muy pronto promovido a
Obispo de Cartagena o de Orense, como lo asegura don Alonso. Lejos de la
mentecatez y la envidia, no tardar mi nombre en correr por toda Espaa.
Mi saber saldr de la cueva cabildera cual generoso vino olvidado, y
encender, por doquier, el espritu de los hombres. Se me pedir a cada
ocasin mi dictamen desde la Corte, y el Rey mesmo acabar por decir:
Esto piensa su seora, Lorenzo Vargas Orozco, y no habr ms que
agregar. Entonces, Ramiro, uno de mis primeros pensamientos ser
llamaros a mi lado; y all dar principio la verdadera ocasin que el
Cielo os depara. Al fin lo comprendo. Por ah, por ah! Dios lo
quiere!

Ramiro medit. Sentado ahora en la silla, junto a la ventana, miraba
hacia lo alto, con el rostro comparable a un claro marfil. Por ltimo,
inclinndose hacia el maestro, sin bajar la mirada, con tono pausado y
casi doliente, repuso:

--A las vegadas, yo mesmo pienso que Dios lo quiere, como dice vuesa
merced, y me lo expresa arrancndome all del abrazo de la muerte,
mostrndome aqu las bajezas del mundo y la vanidad de todas las glorias
humanas, o hablndome con el ruego de mi madre, como acaba de hacello.
Clamo, entonces, con todas mis potencias, hacia su Divina Majestad,
demandndola una de esas mercedes que hace diariamente a algunas almas y
que manifiestan de un golpe su predileccin; pero, nada, nada me
responde, e todo mi ser desengaado tiene que replegar de nuevo su
ardimiento, en la hondura, en la tiniebla. Yo quisiera--agreg en voz
bien alta, tendiendo ambos brazos hacia la verdosa claridad, en la cual
sus manos resplandecieron de modo perturbador,--yo quisiera subir de un
solo mpetu a una de las moradas de arrobamiento que describe la Madre
Teresa de Jess; gozar, aunque fuera un instante, de ese deliquio, de
ese xtasis, en que ella caa de continuo; llegar a Dios, en fin, de un
solo y soberano vuelo del alma, y anegarme, abismarme en su
contemplacin.

Hizo una breve pausa y prosigui:

--O, a lo menos, un prodigio, un prodigio patente, mediante el cual el
Seor me significase su complacencia: desprenderme del suelo durante la
plegaria, ver sealarse en mi cuerpo una llaga de la Pasin, escuchar
una palabra de una de esas imgenes de Nuestra Seora que tantos
milagros han obrado en esta ciudad con toscos villanos y campesinos; o
recibir, en fin, de lo alto, alguna locucin que yo debiese, a mi vez,
transmitir a los hombres. Pero hasta agora nada! Mi cuerpo semeja un
costal lleno de cantos, mis manos siguen tan mondas como siempre, y el
cielo mudo y cerrado para m. Cuanto a las imgenes de Nuestra Seora de
las Vacas e de la Soterraa, a fuerza de mirallas e mirallas, tiemblan e
oscilan, como entre el humo de un cirio; pero hablarme, eso nunca; y
qu negrura en la mente, qu sequedad, qu apretamiento ac en el
corazn! ah!...

Llevose las manos al pecho.

--En qu peligro estis, hijo mo! Agora hecho de ver, y en quien menos
lo deseara, el dao que pueden hacer en las almas de corta experiencia y
estudio, los escritos milagreros, quitndoles toda humildad e
despertando en ellas las aprehensiones sobrenaturales, con gran regocijo
del Demonio. La tal Teresa y todos cuantos escribieron o escriben sobre
mstica, en lengua vulgar, van haciendo harto mal por Espaa, incitando
al desprecio del duro camino escolstico y engolosinando a los incautos
con visiones y revelaciones, coloquios y xtasis, y todos los sueos que
engendra la beodez contemplativa. Todo eso, Ramiro, no es otra cosa que
el humo de la antorcha viva de la verdad, e los que buscan slo ese humo
pronto se enceguecen, e no pudiendo ni queriendo escudriar los secretos
de la Escritura y de la ardua enseanza escolstica, esperan que Dios se
los revele, de una vez, en un rapto, e hablar con El, cara a cara, como
si fuera con el Corregidor o el Obispo. A un paso estis, Ramiro, de las
peores herejas que apestan a Espaa, e mucho me temo que, llevado por
esa gula espiritual, os hundis, sin sabello, en la locura de los
begardos, o alguien os denuncie al Santo Oficio de alumbrado o de
quietista.

--Yo no hago sino anhelar para m lo que encarece en sus escritos la
madre Teresa de Jess, a quien todos tienen por santa--exclam
nerviosamente el mancebo.

--Y por ventura--replic a su vez el Cannigo--no han sido bastante
aviso los ejemplos de la beata de Piedrahita, de Magdalena de la Cruz y
de la Priora de Lisboa, para inculcarnos un advertido recelo acerca de
toda revelacin mujeril? Ah, hijas de Eva!--exclam esta vez,
removiendo los brazos en la sombra con un ademn que Ramiro no alcanz a
distinguir.

Luego, como si hubiera logrado al fin desasirse de algn odioso
pensamiento, prosigui:

--Ya os he dicho otras veces que ese trato con Dios se usaba y era
lcito en la ley vieja, y el mesmo Seor lo reclamaba, como vemos en
Isaas, donde reprende a los hijos de Israel, diciendo: _V, filii
desertores, dicit Dominus, ut faceretis concilium, et non ex me... Qui
ambulatis, ut descendatis in giptum, et os meum non interrogastis_. Y
vemos en la divina Escritura que Moiss preguntaba a Dios continuamente,
y asimesmo David y otros reyes de Israel; y Dios les responda, hablaba
con ellos y no se enojaba, porque an no estaba asentada la fe. Pero,
agora, bajo la ley nueva, todo est consumado y la fe fundamentada _per
scula, sculorum_; y no hay para qu preguntar a Dios como antes,
porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es su ms soberana
palabra, nos lo habl todo junto, de una vez, y no tiene ms que
hablar. De aqu, Ramiro, que el que agora pregunta a Dios o le pide
revelaciones, le importuna y enfada sobremanera. Mejor hicirades, pues,
en apretaros las agujetas y arremeter con la Escritura y Santo Toms,
que ste es macizo sustento y lo otro golosina de arrabal; ste, camino
spero, pero seguro; aqul, el atajo peligroso; sta, la bienhechora
luz; lo otro, el humo irritante que perturba la visin y el cerebro.

La obscuridad embozndole el rostro favoreca su discurso. Slo quedaba
la pura emanacin de la mente; y las ideas parecan brillar con ms
fuerza en la sombra, como las ascuas de los braseros.




XXIV


Dos das despus sobrevino un hecho inesperado. Sera algo ms de la
una. Sentado, como de costumbre, junto a la ventana, Ramiro hojeaba al
azar el _Cordial_, el _Arte de bien morir_, el _Contemptus Mundi_. La
vidriera dejaba pasar una luz plomiza y melanclica. No se escuchaba en
la estancia otro rumor que el de las pginas en el silencio. De pronto,
una onda ignota, un soplo, algo inexplicable, hzole mirar hacia afuera.
La calle estaba gris y solitaria; pero un instante despus, viniendo del
lado de Medioda, aparecieron dos lacayos, con la librea amarilla y azul
de los Blzquez, en seguida un alto escudero con traje de grana y botas
de camino, y, por ltimo, en silla de manos, Beatriz. Doa Alvarez, la
duea, caminaba detrs, golpeando las losas con el bculo.

La nia dejbase conducir con garbo desdeoso de infanta. El negro velo
descubra tan slo el ruedo de la saya, donde un plateado galn chapeaba
tres veces el terciopelo turqu. Ramiro se levant. Toda la gracia de la
mujer pasaba ahora ante l, delicada y terrible. La blancura de aquel
rostro, oreado por el cierzo, haca pensar en las hostias; y era, en
verdad, como el vitico de su amor, el vitico de su pasin, olvidada y
moribunda.

Una vez frente a la ventana, Beatriz insinu un vago saludo, haciendo
florecer en su labio una sonrisilla mortificante. Algo ms lejos, cuando
iba a dejar la plazuela, volviendo su rostro hacia aquella mscara
triste que se borraba por momentos detrs del reflejo acuoso de los
vidrios, torn a sonrer; y as, acompaando con la cabeza el blando
vaivn de la silla, desapareci con su gente.

Ramiro arroj el _Arte de bien morir_ sobre una mesa cubierta de libros.

A la maana siguiente, el criado que vino a despertarle quedose
perplejo. Su seor no se haba quitado las ropas para dormir.

       *       *       *       *       *

Pasaron los das, largos das de prisin, que l acortaba con la
lectura, o pintando al leo, con asombrosa destreza, sobre tablas de
nogal, figuras de Vrgenes y de Santos. El Cannigo vena a visitarle a
menudo y le incitaba siempre a que abrazara la carrera eclesistica.
Cierto da le dijo:

--La causa de las moriscas va a principiarse. No tardarn en llamaros a
testificar.

Como estaba junto a la ventana, y miraba en aquel momento hacia la
calle, exclam:

--Ah pasa Gonzalo de San Vicente. De fijo que el que va con l es algn
maestro de espada; siempre anda en esa compaa. Van diciendo algunos
que el Rey quiere hacelle regidor, a pesar de sus pocos aos, y que, si
esto sucede, don Alonso Blzquez le dar su hija Beatriz en matrimonio.
Su padre don Felipe es gran caballero y fiel servidor del Rey y de la
Iglesia.

Luego, mirando un almendro que asomaba por detrs de un tejado y cuyos
gajos comenzaban a cubrirse de flores, agreg:

--Agora llega la estacin libidinosa.

Entretanto, Ramiro se hastiaba. Su herida no acababa de cerrarse. Un
crculo tumefacto rodeaba la morosa cicatriz, pronta a reabrirse al
menor esfuerzo. El cirujano, despus de un docto discurso sobre la
influencia de los planetas en los humores crudos y semicocidos de la
gangrena, haba terminado por decirle que no podra salir hasta fines de
marzo, y nunca antes de haberle sangrado todava una docena de veces,
_ex carpo manus_; pues, segn l, haba an vicio de sangre, presencia
de postulante permitente, ausencia de repugnante, y ocasin; luego no
haba ms que pedir.

La Semana Santa lleg. Los das se redoraban en la primera sonrisa del
ao, y los rboles reventaban sus yemas, sus yemas rubias y vellosas
como los pequeuelos de las aves. La ciudad, invadida por las gentes de
los contornos, resonaba como una colmena. La maana del mircoles Ramiro
vio cruzar la plazuela, sobre hermoso rocn, a su antiguo rival Gonzalo
de San Vicente. El aderezo de la silla era de terciopelo azul, con las
armas de su linaje bordadas haca atrs, con oro y con seda. Dos lacayos
le precedan. Iba a pasar, sin duda, por la casa de Beatriz, o a verla
salir de alguna iglesia. Blanco penacho de plumas, sujeto a su gorra por
un joyel de diamantes, temblaba en el aire de la maana. Ramiro sinti
impulsos de salir al balcn y lanzar un denuesto contra aquel galancete,
rubio como un extranjero, blanco y sonrosado como una hembra.




XXV


No bien despabilada todava, la guedeja en desorden, los ojos medrosos
de luz, y desperezando, ora un brazo, ora el otro, Beatriz, sentada al
borde del lecho, dejbase vestir por sus esclavas y doncellas.

Era el sbado santo y faltaba menos de una hora para la misa de Gloria
en la Iglesia Mayor. Un reloj acababa de golpear nueve campanadas.

Costbale mucho levantarse tan temprano. La caricia matinal de las
holandas la amorteca la voluntad, hacindola soar en goces
indefinidos.

Las parleras de doa Alvarez, y adems las desnudas estatuas de metal y
de mrmol, tradas de Italia por don Alonso, haban disipado desde
temprano su inocencia.

Leocadia, su criada favorita, despus de restregarla y besarla los pies
repetidas veces, estirbala ahora, sobre las piernas, las ceidas medias
color de bronce, cuya seda reflej, sobre la escultural perfeccin,
firme trazo de luz. Luego, habindola calzado las rojas chinelas
perfumadas con mbar, levant delicadamente la camisa de noche y diola
un beso en la carne. La nia la contuvo con ambas manos, exhalando
melindrosa quejumbre.

La misma doncella sac despus de un arcn otra camisa con puntas y vino
a ofrecrsela sobre un azafate. Entonces, Beatriz, cogiendo y
desplegando aquella prenda olorosa y encintada, cerr, tras s, los
damascos amarillos que pendan del sobrecielo. Sus piernas, ms fuertes
que el resto de su persona, quedaron asomando por la abertura. Preciosos
rapacejos de diamantes exornaban las ligas.

Tibio perfume, que no vena de ningn pomo de olor, ni arquilla de
esencias, sino del lecho entreabierto y de las ropas de la vspera,
abandonadas sobre los taburetes, sahumaba el ambiente de la alcoba.

Una criada aparejaba en el tocador las toallas, el aguamanil, la
jofaina. Otra, el pattico albayalde para la tez y el sanguinolento bote
para amapolar levemente las mejillas. Beatriz dejose apenas lavar. El
fro del agua la haca golpear en el suelo con el chapn. La criada la
pasaba, entonces, sobre la garganta y los hombros, a modo de un cfiro,
el pao humedecido. En cambio, ella aceptaba con delicia los perfumes.
Para qu ms? Acaso el mbar, el agua de ngel, la algalia, no dejaban
el cuerpo oloroso cual mazo de flores?

Dos esclavas de Italia la servan de rodillas. La ms joven saba
alargar los ojos con el kohl, a la usanza turquesca. Llevaba aretes
enormes y un turbante verde con listas gualdas y purpurinas. Era
lnguida y rubia, como una virgen del Sanzio. Don Alonso la haba
comprado a un capitn de galeras; y, cuando el hidalgo regresaba de la
Corte, era ella quien le llevaba al lecho, todas las noches, el
cocimiento aromatizado para dormir.

Beatriz pidi su libro de devocin, para meditar, a su modo, el Misterio
del da, mientras la aderezaban la lacia cabellera, cuya negrura imitaba
a trechos la morada vislumbre del palisandro.

Una cascada de sol, traspasando los vidrios, entraba de sesgo en la
estancia. El don rutilante y divino chispeaba en los objetos de plata,
en el ncar y el metal de las incrustaciones, en el galn de las
colgaduras, cayendo sobre el tapiz como una lluvia de oro de la
mitologa. Afuera, el resplandor matinal iluminaba las cornisas ms
altas; y el cielo, sin una nube, iba disipando su niebla.

Habanla alcanzado el devocionario entreabierto. La miniatura
representaba a Nuestro Seor subiendo en los aires, con blanco
estandarte en la diestra, mientras los guardas caan despavoridos en
torno del sepulcro. Ley con infantil dificultad la epstola de San
Pablo a los colosios, siguiendo la lnea con el ndice. Luego la
narracin de San Mateo: Mara Magdalena y la otra Mara camino del
sepulcro, la piedra removida, las resplandecientes palabras del ngel
anunciando la Resurreccin.

La imagen de aquel milagro de los milagros la conmovi profundamente. Un
jbilo indecible la inundaba al imaginar a Jess en su glorioso vuelo,
despus de las angustias del Calvario. Haba que rer, que cantar; haba
que vestir las telas ms ricas y escoger las joyas mejores. Jess haba
resucitado! Tom en la mano el espejo y ensay ante el cristal
prolongada sonrisa, enseando los dientes.

Por fin, vestida de amarillento brocado que los toques de plata y las
rojizas labores asemejaban a una tela de casulla, el cabello rizado con
primor por debajo de la toca de plumas y terciopelo, levantada por el
corcho de los chapines, enjoyada como una Milagrosa, aliada,
abullonada, crujiente, comenz a pasearse por la habitacin, mirando,
por encima de su hombro, las cenefas de la nacarada basquia y la pompa
del faldelln. Sus orejas diminutas balanceaban las arracadas de
diamantes de una abuela.

Las criadas la seguan como a una paloma que se escurre. Una buscaba
ajustarle las viras del zapato; otra, enderezarle el cinturn de tela de
oro recamado de aljfar. Leocadia, tomando un gran buche de agua de
olor, afin entre sus dientes un chorro continuo, y, girando en torno,
rociolo con maestra, desde el ruedo de la saya hasta la almidonada
gorguera.

Una esclava vino a anunciar que las sillas de manos esperaban en el
recibimiento.

--Llamen a Alvarez--exclam Beatriz.

Un instante despus llegaba la duea con mucho rumor de cuentas y
gorgoranes. Las criadas se retiraron. Entonces, doa Alvarez, mirando a
la nia al travs de sus anteojos, prorrumpi:

--Infantica preciosa! estrella de Beln! Alabado sea Dios, que os
hizo bella y salada como una perla del mar!

Beatriz, mirndose en el espejo, afectaba, entretanto, los ms diversos
visajes. Ora entornaba los prpados con desmayadizo temblor, como si
respirara un perfume doloroso; ora los abra desmesuradamente; y
resumiendo, a la vez, su boca de carmn, pareca ofrecerla a un galn
imaginario, como confitada fresa, como incitante golosina purprea.

La duea la pregunt casi al odo:

--Pas por esta calle?

--De quin decs?--repuso la nia.

--De Gonzalo.

--Lo s yo acaso?

--S que debi. Vile entrar muchas veces en la iglesia. Os buscaba como
sabueso que va oliendo las hierbas.

--Bah!

--Harto galn le veris, que es regalo de los ojos con su traje color de
acero y sus mil botoncillos y guarniciones; y vlame Dios! qu plumas
tan bizarras! Todas las nias volvan la cabeza para miralle. Qu ser
cuando le pongan de regidor, como dicen? Parecis uno y otro nacidos
bajo la mesma constelacin. Lucida pareja! El ser el ncar y vos la
perla, seora ma!

--A qu iglesia fuiste?

--A la Mayor. Ya bendijeron el fuego y el cirio. Yo me hice dar, por un
cannigo amigo, del incienso y del estoraque. Donosa fiesta! El templo
gele mejor que un vergel. Dmonos prisa, que llegaremos tarde.

Tomndola el cristal, echola encima un manto y trjola con presteza la
estufilla de martas, donde Beatriz introdujo una y otra manita,
remedando el empaque de las seoras.

Una vez en la calle, la hija de don Alonso apoyose contra el respaldo de
la silla para contrarrestar el vaivn, y, al lento paso de los
silleteros, cruz entre la muchedumbre, tiesa y vistosa como una imagen,
la boca pa, los ojos recoletos.

Un lacayo llevaba por delante la almohada postratoria con el escudo de
los Blzquez ricamente bordado.




XXVI


Avila resplandeca en el oro hmedo y blanquecino de la maana, como una
pequea Jerusaln. La religiosa emocin la hencha, la perfumaba. Las
flores de los rboles, asomando por encima de las tapias, pendan sobre
las callejuelas. Impaciente alegra pareca bajar de las campanas
silenciosas y difundirse sobre todo el casero. Beatriz aspir aquella
flotante sublimidad, presintiendo algo misterioso y cercano que iba a
conmover su existencia.

El villanaje circulaba con pena por las calles, y la nia miraba con
asco a los labriegos, que dejaban al pasar un tufo de requesn, y hacan
crujir sobre las losas el dominguero calzado. Algunos semblantes
traslucan el asombro del hecho remotsimo que la Iglesia festejaba, y
las pupilas iban como pujadas hacia afuera con estupor semejante al de
San Juan y San Pedro camino del sepulcro.

Al llegar a la plazoleta de la Catedral, el escudero tuvo que hacer
apartar a los rsticos para dar paso a la silla. A ms de las cabaas y
caseros de los contornos, muchos pueblos comarcanos haban volcado
buena parte de su gente en aquella reducida plazuela, que apenas si
bastaba para los vecinos. Los ms diversos ropajes ardan bajo la mgica
luz, en movedizo apiamiento multicolor. Veanse sayas rojas o verdes
como los pimientos, color de almagre como las calabazas, moradas como
las berenjenas, capas y coletos pardos como la piel de los tubrculos,
negras ropas de ancianos que iban tomando la torcida color de las
alubias, vistosos dengues y paolones donde pareca haberse reventado
toda la hortaliza. No faltaban las zagalas de gloga, en trenzas y en
corpio, zagalas de Sotalvo, de Tornadizos, de Fontiveros, lavanderas o
pastoras, que no haban logrado quitarse el olor de las lejas o el tufo
de los chotos y cervatillos. Hombres secos y taciturnos, de afeitada
boca monstica y aludo sombrero, contemplaban el desfile de los seores,
apoyados en sus varas de respeto o en el cogote de los borricos. Las
mujeres hablaban alegremente. Las ms acaudaladas traan mandiles de
relumbrn, y casi todas, collares de coral, pendientes mudjares y
plateadas cruces y medallas que semejaban ex-votos de camarn. Buena
parte de aquella gente haba dejado sus lejanas chozas o alqueras antes
del amanecer, a la luz de las estrellas.

--Atrs os digo!--gritaba all un corchete ebrio de poder, empujando
malamente a los rsticos, a fin de conservar el humano callejn por
donde iban llegando a la iglesia damas y caballeros.

--Quiere el seor alguacil que le hurguemos las patas a esa seora
mula?--le replicaba una moza de la ciudad.

--Atrs os digo, y van dos.

--Pus quite esos dedos!

--Mire la Antonia, que no estamos hoy de mercado.

Los buhoneros aprovechaban para vender.

--Seora hermosa, por un real se lleva este rosario.

--Darete, a lo ms, un cuarto.

--Trasero o delantero?

--Oste con el bellaco!

       *       *       *       *       *

El templo estaba henchido de muchedumbre y todo jaspeado en lo alto de
sol y de incienso. Los largos resplandores que bajaban de las vidrieras
coloran de tintes espectrales la piedra y el alabastro, esmaltaban el
oro de los plpitos, pavonaban el obscuro nogal. Beatriz fue a
arrodillarse con las damas nobles, entre el coro y la capilla mayor. Los
dignatarios, resplandecientes de joyas y de veneras, ocupaban los
escaos del centro.

El canto de las letanas segua resonando bajo las bvedas, potente,
montono, sublime. Por fin los diconos aparecen recubiertos de blancas
vestiduras.

Principiada la misa, Beatriz advirti que Gonzalo de San Vicente,
vestido como dijera la duea, se arrodillaba sobre el guante, hacia la
nave opuesta, observndola de hito en hito al santiguarse. Ella
correspondi con tierna mirada, y, bajando luego la cabeza, suspir
profundamente volviendo los ojos al libro.

Su Seora don Jernimo Manrique de Lara ofertaba el incienso con sus
manos huesosas y plidas. El humazo litrgico llen en un instante, cual
milagrosa nube, todo el presbiterio, envolviendo al preste y a los
diconos, amortiguando los oros, y cubriendo con asoleado velo de
perfume las pinturas del retablo.

De pronto, la voz del pontfice entona las primeras palabras del
_Gloria_, y como si fuera el estruendoso derrumbe de ese tmulo de
silencio y de dolor que la Iglesia levanta desde la maana del jueves,
desculganse a un tiempo de lo alto, el trueno de los atabales, el
alarido de las chirimas, el turbin resoplante del rgano y, all
arriba, all afuera, en el aire, en el sol, estalla a la vez el
acelerado repique de todas las campanas, frenticas, locas, delirantes,
cantando y echando a los vientos el regocijo sublime y milenario de la
Resurreccin.

En ese instante, Beatriz, al levantar la frente, vio a su derecha,
contra una columna del crucero, el fantasma... la persona misma de
Ramiro!

El rgano y los bronces seguan resonando. Un vendaval de religiosa
alegra doblegaba las cabezas de la multitud arrodillada. Beatriz se
sinti desfallecer, confundiendo en el mismo transporte la resurreccin
del Seor y la presencia del plido mancebo, cuyo rostro figursele, al
pronto, la faz descarnada y admirable de la Pasin.

Con las ltimas palabras del Evangelio, Ramiro comenz a retirarse,
lentamente.

Arrimose al sepulcro de Diego del Aguila, apoyando su sien contra el
muro, como si esperara un consejo de aquel antiguo caballero de su
linaje, dormido all dentro, en la honra. La gente sala por todas las
puertas de la iglesia. Ramiro vio que su rival se estacionaba junto a
una pila, con los dedos puestos al borde, esperando seguramente a
Beatriz.

--Es fuerza vencer aqu mesmo!--se dijo. Y, empujado por irresistible
movimiento, fue a colocarse, casi oculto, tras la misma columna. De esta
suerte, cuando Beatriz se hall a pocos pasos y Gonzalo se adelant a
ofrecerla el agua bendita en los dedos, Ramiro moj a su vez,
brevemente, los suyos, y los alarg tambin hacia ella, con gesto
imperioso y tranquilo. Sorprendida por aquel doble ademn, la doncella
vacil; pero, en seguida, bajando los ojos, tendi al pasar su
temblorosa mano hacia la mano de Ramiro.

Los dos mancebos se miraron un instante de un modo terrible. Gonzalo
tom una expresin iracunda; mientras Ramiro, alzando la cabeza y
levantando por detrs su capa con el estoque, le observaba por arriba
del hombro, con una sonrisa ms insultante que toda palabra.

Cuando Ramiro, al salir del templo, puso de nuevo los pies en la soleada
plazuela, pareciole que aquellos vecinos y forasteros, palacios y
torres, cosas y seres, no eran sino el teatro aparejado por Dios para
los episodios de su historia; y que l era toda la vida, y toda la vida
un engendro de su alma. El demonio del orgullo levantole en los espacios
sobre el hormiguero de los hombres, y, otra vez, bajo el sol
embriagador, sinti en su frente el beso o la mordedura de invisible
quimera.

Todo el da lo pas vagando por la ciudad. Densos perfumes primaverales
desbordaban las tapias de los huertos y flotaban en las callejuelas. El
se senta tambin renacer con las flores y los follajes.

Aunque la herida le molestaba, sali de nuevo a pasearse despus de
cenar. Las constelaciones temblaban en el azul inmenso y liso de la
noche. Record que la Iglesia festejaba anticipadamente la Resurreccin
y que el cuerpo de Jess haba permanecido en el sepulcro hasta la
maana siguiente, y con aquella idea, al levantar los ojos al cielo,
parecale aspirar los aromas del divino sudario y como una sagrada
frescura que bajara de las estrellas.

Una vez en su estancia, y despus de unos minutos de descanso, sinti en
el costado el fulguroso dolor de otros tiempos. La llaga estaba
reabierta. Al otro da el cirujano le prescribi nueva reclusin.

Para su dicha, el escudero presentose una hora despus, y, habindole
odo quejarse, se atrevi a decirle:

--Esto me recuerda un flechazo que recib en las costas de Trpoli. Vino
la gangrena y no me dejaba. Creyndome un da curado, baj de la flota,
y dale otra vez. Por fin un amigo segoviano arrimome un cao de arcabuz
bien rojo a la llaga, y poco despus pude pasearme.

Propsole el mismo remedio. El mancebo se prest, y un candente barrote
aplicado a la herida le dej curado para siempre.




XXVII


Los das inmediatos desarrollaron para Ramiro una de esas bregas
interiores que semejan la alternativa de un anciano y un mancebo. El
entendimiento razona, aconseja, predice; mientras la voluntad,
sintindose por fin reducida, se dispone a obedecer. Llega luego la
accin, y no queda sino el vuelco del azar y el ardor de la sangre.

Pocos das despus de la conminacin de su madre, en un instante de
fervor y remordimiento, haba prometido a Su Divina Majestad ingresar a
la Orden del Carmelo apenas terminase sus estudios, y aquel voto,
lanzado en rapto de pasin, vealo ahora suspendido a una altura
inaccesible encima de su nimo. Sin embargo, era menester cumplir. Lo
contrario sera perderse para esta vida y para la otra, pues el Seor no
perdonaba semejantes perjurios.

Entonces los malos espritus emergieron como sirenas. Uno susurraba que
aquel sacrificio sera inseguro y estril, pues l no era hombre capaz
de arrancarse del pecho el ansia de vivir soberbiamente, de triunfar en
el siglo, de poner su garra sobre todas las presas de la voluptuosidad y
del orgullo. Otro le deca con hipcrita blandura: Tiempo habr de
vestir el sayal; pero antes precisas correr mundo y conocer todo el mal
de la vida, para salir templado de ese fuego purgativo como el acero de
las espadas. Slo as podrs llegar a comprender la grandeza del sublime
reverso realizado en los claustros.

Pero l rechazaba con indignacin estos discursos, reconociendo la
elocuencia acomodaticia del Tentador.

En cuanto a Beatriz, no haba para qu seguir pensando en ella. Lo que
l busc ya estaba conseguido. Haba humillado a su rival y mostrdole
que, si l lo quisiera, la hija de Blzquez Serrano sera su desposada.
A qu ms?

       *       *       *       *       *

Una tarde calurosa de fines de abril fuese a dar una vuelta por el
camino exterior que corre al pie de los muros. Dej la ciudad, como de
costumbre, por la puerta de Antonio Vela. No haba llovido en todo el
mes. El valle, con sus panes demasiado mohnos, mostraba, all abajo, un
aspecto sediento y polvoroso. Al llegar a la esquina del Alczar dobl
hacia la izquierda, y sigui caminando sin detenerse.

Aislada entre las peas y baada por los ltimos resplandores de la
tarde, la baslica romnica de San Vicente reluca cual cobrizo
relicario; mientras los dos inmensos torreones de la puerta vecina se
revestan de sombra cuasi nocturna. Ramiro levant la mirada para
contemplar el delgado puente de piedra que une sus almenas y que en ese
instante contorneaba su arco negrusco sobre un cielo de oro y de llamas.

Al viento del Sur, que haba levantado desde la maana continuos
remolinos de polvo a lo largo de las carreteras, suceda ahora una calma
de paisaje pintado. Voces largas y jubilosas resonaban a cada instante
sobre las colinas. Ramiro dejose invadir por aquella languidez, por
aquella holganza crepuscular que desunce los bueyes y refresca en cada
cabaa la frente y el pecho de los labriegos.

Entr a la ciudad, y, al cruzar la plazuela de Sofraga, vio en torno a
la fuente ocho o diez mozas de cntaro que dejaban correr la hora entre
cuentos y decires, la boca llena de risa. Aguijoneado l mismo por la
sed, mir como un bblico milagro aquel fluido abundoso que, surgiendo
de la sequiza muralla, empapaba los bordes del piln y se volcaba por la
calleja.

Detuvo el paso y recostose en el muro frontero.

Una de las mozas era muy blanca y garrida. Con el cntaro en la cadera,
y apoyando el vientre contra el duro granito, estirose con ansia hasta
recibir en la boca el largo beso del agua. Cuando se irgui de nuevo, su
empapado corpio mostr los hombros y los pechos como si estuviesen
desnudos.

La hermosa mujer, con su anhelante movimiento, antojsele a Ramiro una
figura de lascivia. Nunca como aquella tarde, despus del largusimo
encierro, sinti de modo tan fuerte la tentacin de la mujer. Sera, en
verdad, un soplo maldito ese incentivo que llegaba en las ondas del
aire, ese almizcle indefinido de la hembra, que haca temblar a los
santos y contra el cual los conventos levantaban sus poderosas murallas
sin aberturas? No fue, acaso, el Divino Alfarero quien torneara con
visible complacencia las formas de aquella nfora maravillosa? Cmo
poda ser tan grande pecado gustar sus delicias? Ah! por qu tanto
miedo y tanta pena? Por qu no gozar de una bella criatura como del
fruto de un rbol? Por qu aquellas que le expresaban con cautelosa
mirada su deseo no venan a ofrecrsele ingenuamente, una a una, como en
los sueos? Por qu tanto pavor entremezclado al ms delicioso consuelo
del mundo?

A lo largo de la calleja del Tostado llegaba un grupo de gente.

Instantes despus, el mancebo se hall sorprendido por Beatriz y doa
Alvarez. Una y otra venan en sillas de manos. El negro manto de la
doncella estaba cubierto de arena blanquizca y su tez descolorida por el
polvo; las pestaas, cenicientas; los cabellos resecos y como canosos.
Llegaban, sin duda, de alguna finca de los alrededores.

Al pasar junto a la fuente, Beatriz no pudo reprimirse, e inclinado su
cuerpo, pidi con el gesto a las mozas que la alargasen un cntaro.
Luego, echando el velo hacia atrs y pegando su boca al barro
humedecido, diose a beber como una zagala. Entonces doa Alvarez,
levantando su bastn, dejolo caer sobre el cacharro, diciendo con voz
baja y severa:

--La hija de un Blzquez no bebe en la ra.

La nia obedeci, y sonriendo a su antiguo galn, que se acercaba
hacindose encontradizo, murmur dulcemente:

--El otro domingo vuelve mi padre de la corte. Vaya vuesa merced a
saludalle.




XXVIII


Llegado que fue el prximo domingo, Ramiro se engalan como nunca y, a
las tres de la tarde, fuese a visitar a don Alonso. La sangre, la
imaginacin, el orgullo tiraban en un solo sentido como los trapos de
una barca en el viento. Adems, no le faltaron razones para demostrarse
a s mismo que aquel paso era del todo oportuno, pues si haba de partir
en breve, no hallara mejor ocasin para desligar a don Alonso de la
promesa del hbito y declarar al padre y a la hija el objeto de su
viaje.

Cuando Ramiro penetr en la cuadra de las pinturas, Blzquez Serrano
regalaba a sus amigos con la sorpresa de un nuevo cuadro adquirido en la
corte.

--Algunos--deca--lo atribuyen a Rafael de Urbino, y a mi fe, yo veo
patente en este lienzo su sabio colorir y su consumada maestra de los
perfiles.

La mueca de muda admiracin, la mano que se encartucha como un anteojo,
la que requiere las gafas y las va distanciando lentamente para volver a
acercarlas, y toda suerte de frases e interjecciones de contagioso
entusiasmo alternaban en derredor del caballete de taracea.

El docto seor de Mjica exclam por ltimo:

--Es digno de Apeles y de Parracio.

Ramiro hubiera querido tambin expresar su parecer. Estaba convencido de
que a la mayor parte de aquellos seores se le alcanzaba muy poco del
arte de la pintura. Sin embargo, todos manifestaban el mismo delirio y
exaltaban a los grandes maestros como no lo hicieran con los hroes y
los santos. Consider entonces el privilegio de aquella gloria que nadie
quera desconocer; acordose de los famosos pintores adulados por reyes y
pontfices, y pens que l mismo, ejercitando su asombrosa vocacin,
hubiera llegado muy pronto a la fama universal, al placer, a la riqueza,
con slo un haz de pinceles. Pero l no habra hecho aquella pintura
alfeicada y femenina, aquella pintura sin contraste y sin misterio.
Senta desde nio la fruicin de los interiores sombros, donde las
pupilas descansan de la refraccin implacable de las tierras y un solo
rayo de sol revela bruscamente el color y la forma. Para l la pintura
deba seguir tambin ese anhelo, consolar el sentido y tornar ms fuerte
y ms hondo el ensueo, como el claroscuro de las estancias.

Don Alonso, al advertir que Ramiro se acercaba, tomole afable las manos
y, despus de un momento, preguntole en voz baja:

--Quiere vuesa merced pasar al estrado? All encontrar a mi hija
Beatriz con algunos galanes y amigas que ella ha reunido. Toda gente
moza y danzante.

Ramiro se inclin, y el caballero le condujo en persona a lo largo de
las galeras; pero antes de entrar en el estrado le detuvo un momento
para decirle:

--Quera comunicar a vuesa merced que el negocio del hbito habr que
olvidallo por un tiempo, pues Su Majestad...

--Mejor as, seor--interrumpi Ramiro,--pues yo mesmo no s agora si lo
aceptara.

--Y qu dira vuesa merced--continu don Alonso--si le nombraran
regidor, como al hijo de San Vicente?

--Regidor? Si yo no hubiera de tomar el camino que presumo, algo ms
alta sera mi ambicin. O Csar o nada!--agreg Ramiro sonriendo.

Hallose abandonado de pronto en medio de una cuadra tenebrosa, sin
distinguir rostro alguno. Hizo entonces una pausada reverencia,
adivinando, por detrs de la barandilla, doncellas y galanes que
acababan de enmudecer. Por fin una voz exclam:

--Llguese vuesa merced a la tarima.

Era Beatriz. Haba que avanzar y avanz; pero despus de algunos pasos
felices, llevose por delante una bandeja de metal donde vidrios y
porcelanas se entrechocaron terriblemente. Oyose una risa tenue como un
cfiro. Fue a caminar en opuesto sentido, y una jcara que haba rodado
sobre el tapiz cruji bajo su pie como una nuez aplastada. Alguien hizo
sonar por mofa la cuerda de un rabel. La risa aument.

Estaba trmulo, y quizs la misma emocin hzole distinguir bruscamente
a las doncellas sentadas a la morisca, sobre almohadas de terciopelo, y
a los sonrientes galanes que las atendan, doblando la rodilla sobre el
corcho. Ramiro, despus de los saludos, fue a postrarse junto a Beatriz.
Su confusin era enorme. La nia le preguntaba por los suyos, y l
responda como aturdido, no pudiendo pensar en otra cosa que en su
grotesca aparicin. Vergenza mayor no haba pasado jams. Qu gesto,
qu palabra podra hacerle recobrar su apostura?

Todos pedan a Beatriz que danzara, y ella se excusaba dbilmente. Sus
ojos fosforecan como lucirnagas, y la extremada blancura de su tez
venca la obscuridad, semejante al lirio en la noche. Galanes y
doncellas hablaban en lenguaje artificioso. Cada pareja escurra un
concepto con apurada exquisitez; el sol, la luna, las estrellas servan
para expresar, de modos innumerables, las excusas, las querellas, los
rendimientos. Se templaban guitarras y vihuelas y oase un murmullo
preparatorio.

De pronto, Beatriz se levant. Ofrecisele de compaero el alfrez
Antonio de Castro, recin llegado de Npoles y que juraba _per Baco!_ a
cada instante, para hacer rer a las nias.

Todos pedan danzas diferentes: la pavana, la alemana, el pie del gibao,
la gallarda. El alfrez dijo, a su vez: _per Baco_: la gallarda!, y,
tomando la mano de Beatriz, interpuso entre sus dedos y los de ella un
paizuelo perfumado.

Dieron cinco pasos y despus los perdieron. Los instrumentos sonaban con
anticuada languidez y el lucido soldado conduca majestuosamente a la
nia con la pompa seoril de aquella danza de los abuelos. Ella le
miraba embebecida; ora ofrecindose como una criatura del aire levantada
por la onda de las vihuelas; ora evitndole con apicarado temor en algn
apresuramiento del ritmo. Su embeleso embriagaba, enloqueca. Un lacayo
acababa de abrir las maderas de una ventana, y la nia pasaba ahora, de
la sombra a la claridad, como una visin, arrastrando en pos de s la
bruma de los sahumadores. A cada gesto picante, a cada mudanza difcil,
estallaba en la tarima una brusca aclamacin. Ramiro sentase reducido,
anonadado por aquel triunfo. Era un sentimiento imprevisto. Parecale
por momentos que su alma toda se iba tambin en pos de aquel faldelln,
como el humo rastrero.

Concluida la gallarda, todos pidieron, a una, el baile del polvillo.
Beatriz fuese a mirar por la rendija de una puerta, temiendo que su
padre se presentase; y, despus de apostar en aquel sitio al alfrez,
adelantose hacia la ventana, de modo que toda la hojuela de oro y el
abalorio de su vestido rebullese en la luz. Entonces, recogindose
apenas la falda con ambas manos, y mirndose ella misma los pies, psose
a repicar sobre el tapiz oriental un loco chapineo, tan recogido que
hubiese podido bailarlo en un plato.

Ella cantaba:

    Pisar yo el polvico
    tan a menudico,

y los que estaban en la tarima contestaban a un tiempo, al son de las
guitarras:

    Pisar yo el polv
    tan a menud.

--_Per Baco! Per Baco!_--gritaba el alfrez, punteando el comps con
las palmas.

Beatriz postrose por fin como extenuada sobre el almohadn de
terciopelo, junto a Ramiro. El perfume de sus ropas pareca ms intenso.
Leocadia se le acerc de rodillas, ofrecindola el chocolate en una
jcara de oro.

--No, treme un barro--la dijo Beatriz.

La criada ofreciole al punto, sobre una salvilla, los destrozos de un
bcaro de Mjico que acababa de romper. La nia cogi un casquillo de
aquella tierra comestible y, llevndoselo a la boca, comenz a
devorarlo, hacindolo rechinar entre sus dientes. Otras amigas la
imitaron.

Ramiro hubiera querido sustraerla a todas las cortesanas y alabanzas de
los dems; sentase receloso de cada palabra. Psose a hablarla de s
mismo, de ellos mismos, recordando los das de la niez. A una pregunta
de la doncella, confiola rpidamente el compromiso que haba contrado
con su madre de partir en breve para Salamanca, a fin de completar sus
estudios.

--Tengo por seguro--djole entonces Beatriz--que vuesa merced ha de
llegar a ser un gran sabio; pero no le alabo la aficin; ms bien
sentara a su bizarra alguna guerra. Para m, digo yo, un soldado vale
mil bachilleres.

--Gloria no pequea procura as mesmo el saber--repuso Ramiro.

--Cul ms grande para un galn que haber matado muchos turcos o
franceses con la propia espada que lleva? Mi padre estuvo en una gran
batalla en la mar. Mire vuesa merced al alfrez que ha peleado mucho,
pero mucho, y agora viene a danzar con nosotros, como si tal... As
quisiera ver a vuesa merced y an mejor.

--Tanto admiris al alfrez?

--Es harto gracioso y valiente.

Tres doncellas y dos mancebos taan ahora vihuelas de arco, un rabel y
un clavicordio. Era una msica que se entraba en las almas.

Ramiro sentase como embriagado por vicioso licor y todo extrao, todo
ajeno a s mismo. Sus sentimientos familiares haban huido muy lejos,
dejndole a solas con una imperiosa pasin surgida de pronto de algn
silo del alma y ante la cual todos los instintos corran a someterse
cual humilde servidumbre. El no saba lo que pensaba ni lo que iba a
decir, y por eso mismo, palp mejor que nunca ese obscuro fondo del ser,
encima del cual, lo que l llamaba su sentimiento, su albedro, su
conciencia, no eran sino burbujas de un profundo hervor incomprensible.
Dejose llevar.

La palabra de Beatriz le sorprendi:

--Cun pensativo hase quedado vuesa merced. Sufre malencolas?

Ramiro no quiso contestar.

--Ah! no. Ser la herida aquella que harale dao a las veces.

--Esa ya cerr, Beatriz--replic entonces el mancebo;--otra es la que
agora vase reabriendo y hacindome morir.

--Morir?

--Un regalado morir que es vida, pues si ans no me matara, yo muriera.

--Ingenioso!...

--Exquisita llaga que me punza con sabrosos recuerdos.

Beatriz suspir. La msica exhalaba ilusoria frescura como un volar de
espritus ideales. Ramiro entreabri sus labios con una sonrisa
voluptuosa. De pronto, con voz muy queda, e inclinando el cuerpo hacia
ella, prosigui:

--Acurdome agora de cuando me asomaba de noche a mi ventana, all en la
heredad. Todos en vuestra casa dorman, y vos mesma. Yo pensaba entonces
que el escuro perfume de los jardines era vuestro aliento, y mis
pupilas, fijas en la altura, queran adivinar lo que saban y aun saben
de nosotros las estrellas!... Yo os adoro, Beatriz!...

La nia suspir otra vez, y Ramiro sinti que su manita buscaba la suya.
Sus dedos se entrelazaron, se cieron apasionadamente.

--Cun dichoso me siento!--balbuce entonces Ramiro.--Decidme que
apagaris mis enojos y me amaris de veras. Ah! Cundo ser que pueda
llamaros mi esposa, mi Beatriz, ma! toda ma!

Su aliento busc la mejilla cndida de la doncella.

En este instante alguien nombr a Gonzalo de San Vicente y Beatriz
oprimiole la mano para que le dejase escuchar. Pedro Valdivieso refera
que el mismo don Felipe acababa de traer a su hijo, en nombre de Su
Majestad, el nombramiento de Regidor.

Cuatro lacayos entraron en la sala con ocho candelabros encendidos y un
momento despus llegaba el dueo de casa con algunos seores. Doncellas
y galanes se levantaron. Don Alonso llam a su hija para que hiciese la
reverencia a su pariente el seor Mrquez de las Navas.




XXIX


Dos das despus, Ramiro recibi de una vendedora de rosarios un favor
de raso verde. Beatriz se lo enviaba. El no se atrevi a ponerlo en su
gorra, como lo hacan otros galanes amartelados; pero decidi llevarlo
consigo entre el jubn y la ropilla. Necesitaba, a su vez, de un
intermediario seguro. Cohechar a doa Alvarez le repugnaba. Hizo llamar
a Casilda.

La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en silencio los mensajes e
base a repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte llev tambin una
sortija de diamantes y trajo una muy seoril, con florentino sello
burilado en una crislita. Casilda fue excelente recadera, y, segn
andaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba secretos,
aunque no lo buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de Gonzalo de
San Vicente hablaban a menudo con doa Alvarez; y que Pedro, el hermano
menor, apenas se embriagaba en alguna taberna, ponase a gritar, dando
puetazos sobre las mesas, que as que Gonzalo llegara a casarse con la
hija de don Alonso, l les dara, a uno y otro, de pualadas, la misma
noche de la boda.

       *       *       *       *       *

Muy pronto, el da de Santa Rita y Santa Quiteria, deba Ramiro salir
para Salamanca. Una vez all, y al cabo de algunas semanas, comunicara
a su madre las disposiciones de su nimo. Quizs al hallarse en aquella
ciudad asombrosa, pasmo del orbe, entre los vivientes dechados de
piedad y sabidura, su corazn le empujara irresistiblemente hacia la
gloria espiritual de los soldados de Cristo. Pero si no era as, si su
vocacin no se revelaba de modo patente, estaba resuelto a tomar otra
senda. Un cuantioso patrimonio, pensaba, iba a caer bien pronto en sus
manos.

El corto plazo que le restaba dedicole especialmente a Beatriz. Rondaba
en torno de su casa por la maana y por la tarde. Veces veala aparecer
detrs de las vidrieras; veces, convinindose de antemano por intermedio
de Casilda, sala de la ciudad e iba a sentarse sobre un canto, frente
al lienzo de muralla que corresponda a su mansin, hasta verla asomar
entre almena y almena.

La vspera de la partida Ramiro pas ms de una hora en aquel sitio,
esperando que Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba un gran
silencio. El galn no apartaba los ojos de la rugosa muralla, a cuyo pie
la roca grantica, rebajada por manos inmemoriales, remeda el embate de
un mar. La nia asom, por fin; y algo blanco, un papel, un billete,
comenz a descender en el aire con vacilante ondulacin. Qu signos
preciosos traeran para l aquellas alas mensajeras? Cul habra sido
el acento escogido por su amada para poner un pedazo de su alma en la
solemne despedida? Recibi el papel en el sombrero y lo abri. Deca:

     Aun ms de lo que os amo os amara si, en llegando a Salamanca, me
     escogieseis vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano, una
     gallarda vihuela de lindo sonar. Quisiera viniese, luego luego, por
     medio de algn viajante, pues tengo harta necesidad. Dcenme que el
     cura de San Juan debe volver esta semana.

Dichoso viaje, mi seor bachiller.

                                  Beatriz.

Hago escrebir este papel por la duea, pues me he lisiado ayer un
     dedo, jugando en el huerto con los amigos.

Doa Guiomar haba puesto en movimiento a la numerosa servidumbre. Al
da siguiente, de maanita, todo estaba aparejado; y, llegada la hora,
sacronse a la calle, por la puerta principal, las acmilas cargadas, el
cuartago para Ramiro y el macho rucio para el Cannigo, quien deba
acompaarle hasta Castellanos de la Caada.

Ramiro subi a despedirse de su abuelo. Don igo se dej besar la
diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad haba cado de pronto
sobre l, enfriando para siempre el ltimo calor de su intelecto. Su
chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos moreno, como los
limones que se resecan.

A su vez, doa Guiomar abraz a su hijo esforzndose en sonrer bajo las
lgrimas; y, para poder seguirle con la mirada, subi con sus doncellas
a la torre del casern.




XXX


Hijo mo: Tardo eres ya en contestar a una madre que te quiere ms que
a s. Hasta hoy, que es da de Pentecosts, no me han llegado otras
nuevas que las que trajo de palabra el licenciado Carmona.

As comenzaba la segunda carta de doa Guiomar a su hijo.

Por fin, cierta maana, un religioso carmelita, de regreso de Alba de
Tormes, sac ante ella, del hueco de la manga, el ansiado papel. Ramiro
contaba primero su entrevista con el Rector del Colegio del Arzobispo,
en cuyas propias manos haba dejado todas las cartas que llevaba. Luego
refera su previo ingreso a las Escuelas Menores.

Es de maravillarse--deca--que, siendo aqu vieja costumbre atormentar
a los _nuevos_ con las ms crueles invenciones, as que yo penetr en el
claustro, mirando a todos muy speramente, la mano puesta en la
guarnicin de la espada y haciendo arrastrar a lo bravo la rodajilla, no
hubo ninguno que osara menearse. No s de qu suerte; pero todos conocen
mi hazaa con los moriscos. Un barbudo estudiante djome ayer que, desde
que l viene a las escuelas, no tiene memoria de otro _nuevo_ que haya
escapado a los gargajos. Luego agregaba: Os acordis, madre, de aquel
capitn Antonio de Quiones, que iba a nuestra casa? A se le vi en
Castellanos y quiso llevarme consigo a perseguir corsarios. Viendo mi
resistencia, me dijo: Mire vuesa merced que no le hizo Dios para
fraile, sino para soldado. Cuidado no se equivoque, que le ha de pesar.
En Cartagena le espero hasta el da de San Pedro y San Pablo.

Era todo el contenido de la carta. Algn tiempo despus lleg otra ms
breve, en que comunicaba tan slo que en el Colegio del Arzobispo le
exigan ahora las pruebas de limpieza de sangre. Esto--agregaba--ha
sido siempre de prctica con todos los que buscaron ingresar, y eso que
estn all los mejores linajes de Espaa. Pero no bastaba, acaso, con
saber mis apellidos y que soy hijo vuestro y descendiente de tan claros
agelos, para excusar toda probanza? En un principio asaltome el antojo
de enviar los reposteros de mis mulas para que se enterasen de nuestros
blasones. Pero es fuerza acomodarse a la regla!

Doa Guiomar le envi con un criado antiguo, en buena cabalgadura, un
lacnico billete dicindole que regresara cuanto antes, porque su abuelo
se hallaba muy malo. En efecto: don igo, consumido por un mal
misterioso, pasaba terriblemente a mejor vida, con los labios
estremecidos por incesante plegaria. Aquella triste carne, manando
humores, anticipaba al sepulcro su trabajo siniestro. Una sutil fetidez
se extenda por toda la casa. Las dueas y los criados se apretaban las
narices al pasar frente a la puerta del enfermo. Entretanto, doa
Guiomar no se apartaba un instante de su cabecera, como si quisiese
ofrecer al Seor la doble tortura fsica y moral que prolongaba para
ella aquel cerrado aposento.

Ramiro regres lo ms pronto que pudo. Al entrar a la ciudad por la
Puerta del Puente, uno de los guardas le dijo:

--Vuestra merced llega tarde. Ya se llevaron al agelo.

Don igo haba sido enterrado la vspera.

Cuando el mancebo penetr en las cuadras que habitaba el anciano,
pareciole, a los primeros pasos, que no podra seguir adelante, tal era
la hediondez que flotaba en el confinado ambiente. El lecho estaba como
lo haba dejado la agona, y la almohada con la seal de lo que ya no
volvera a cavilar y a soar sobre su blandura. Los botes de medicinas,
el penado, el almirez, las tazas, las vendas, todo haba quedado
revuelto y confundido sobre los muebles, haciendo pensar en la ansiedad
de la lucha postrera.

Entr a la librera y, al mirar los volmenes amontonados sobre el suelo
y las gafas de asta marcando la pgina de un infolio, para continuar
otro da la lectura; al ver, colgada de un clavo, la calza amarilla,
donde el anciano guardaba los pinceles con que pintaba los rtulos; y
ms all, hacia un rincn, el taburete para la pierna gotosa,
ennegrecido por la grasa de los ungentos, sinti en su espritu una
profunda tristeza. Aqul era el trmino de todos nuestros afanes. All
estaba, en el escurrimiento de aquel ser, esa leccin, ese consejo,
siempre ambiguo, que incita a la vez al goce y a la penitencia.

Cuando todo se hubo serenado y el solar cay de nuevo en su muda
monotona, doa Guiomar llam a solas a su hijo y le declar, en breves
palabras, el estado en que don igo les dejaba el antiguo patrimonio.
Estaban completamente arruinados. Se haba vivido, hasta entonces,
demorando el derrumbe final a fuerza de expedientes extremos, empeando
a los genoveses, uno a uno, todos los bienes, y vendiendo, por ltimo,
en montn, platera, joyas, tapices. El mayordomo flamenco, que era,
segn ella, la nica persona que conoca en la casa el manejo del
patrimonio, y que hubiera ingeniado tal vez nuevos arbitrios, acababa de
marcharse para su pas, a recoger una herencia. No les quedaba sino el
solar, empeado casi por entero, y algunos escudos guardados en un
cofre, que pronto se agotaran. Era forzoso, pues, vender el casern y
resignarse a vivir en alguna casa modesta de los arrabales.

--De todos modos--aadi doa Guiomar--ya no precisas de muchos dineros.
La santa Iglesia demanda bienes ms puros; y agora pienso que puedes
cursar la Teologa en el mesmo seminario de esta ciudad.

Ramiro escuch a su madre con verdadero estupor.

Arruinados! Era posible? Y todos los cuantiosos caudales que venan
hasta ellos, por incontables alianzas, desde los ms remotos
antepasados, todas aquellas mercedes de los Reyes, todos aquellos
seoros de Segovia, todas aquellas casas y heredades en Avila y su
tierra, que aparecan mentados a cada paso en sus pergaminos?

En otras circunstancias no le hubiese importado la pobreza; saba que la
falta de hacienda empujaba a las aventuras heroicas. Pero, ahora, su
instinto presenta un amoroso desastre, a causa de aquellos bienes
perdidos. Baj la cabeza en silencio y, despus de un instante de
meditacin, declar de lleno a su madre algo que l mismo no haba
determinado todava: la intencin de casarse con Beatriz; y, sin que su
voz se alterase, djola tambin el gran delito que sera seguirla
esperanzando con su falsa vocacin eclesistica.

Doa Guiomar no pestae siquiera; pero sus manos restregaron
nerviosamente los brazos del silln en que estaba sentada. Entonces
Ramiro, doblando ante ella la rodilla, tomole con frenes ambas manos, y
mirndola fijamente en los ojos, la pidi que ayudase sus designios y
que, por amor de Dios, no vendiera el solar; que pensase en la impresin
que producira en el nimo de don Alonso y de su hija aquel acto
menguado.

--Yo tratar con los ginoveses--agreg;--algo quedar que entregalles;
an restan muebles y mi daga de piedras; pero, por mi honra!, no
vendis el solar, madre, no vendis, no vendis el solar!

Ella se levant lentamente, la mano izquierda sobre el pecho:

--Con lo que acabas de decir--repuso--mi vida en el siglo ha terminado.
Eres agora el seor. Ordena, y que Su Divina Majestad te perdone.

Su expresin era extraa. El demasiado dolor la haca sonrer. Camin
hacia la mesa. Removi la mecha del veln, la limpi, la retorci
debidamente. Luego, sin pronunciar un vocablo, sali de la estancia.




SEGUNDA PARTE




I


El rey don Felipe Segundo era llamado, con razn, _el Prudente_.

Grandes fueron los tumultos y demasas de Aragn; sin embargo, a fines
del ao de 1591 todo pareci terminar en paz y concordia bajo la
simulada clemencia del Monarca. Los seores rebeldes, perdido el recelo,
volvan a Zaragoza y ofrecan su mesa a los oficiales del ejrcito
castellano. Haba llegado el momento de la regia venganza.

Cierta maana, el Justicia Mayor, don Juan de Lanuza, al subir las
gradas de la Catedral, hallose arrestado en nombre del Rey. Un capitn
de arcabuceros le esperaba desde temprano, fingiendo examinar las
estampas de una tienda de libros.

Prenderis a don Juan de Lanuza, y hacedle cortar luego la cabeza, tal
era la orden manuscrita de Felipe Segundo.--Y quin me condena?--haba
preguntado el Justicia al or la lectura de la sentencia.--El Rey
mismo--le respondieron.--Nadie puede ser mi juez--replic--sino Rey y
reino juntos en Cortes.

Al otro da el primer magistrado de Aragn era degollado por mano de
verdugo. De este modo el Rey ajusticiaba la justicia y desgarraba para
siempre los fueros de varios siglos. Otros seores y, entre ellos, don
Diego de Heredia, barn de Brboles, y don Juan de Luna, seor de
Purroy, haban de seguir igual suerte, despus de soportar feroces
tormentos. El duque de Villahermosa y el conde de Aranda perecieron
misteriosamente en sus prisiones. Algunos rebeldes, que no gozaban del
seoril derecho de morir descabezados, fueron arrastrados por las
calles, en un sern de infamia, hasta el garrote.

As qued vengada la defensa de Antonio Prez y roto para siempre el
bro de aquel soberbio Aragn, que slo cada tres aos se dignaba
arrojar en las arcas del Rey su arrogante limosna.

De igual modo los pueblos de Castilla haban sido escarmentados aos
antes por el Emperador, cuando el alzamiento de las Comunidades; pero
todava sola advertirse en ellos uno que otro conato levantisco, como
el que hace erguir sobre las patas traseras a los rocines castrados. No
ya los seores, sino que tambin los pecheros comenzaban a vociferar.
Era premioso repetir el ejemplo. Una altanera ciudad acababa de ofrecer
la ocasin.

El 21 de octubre, a la vez que el ejrcito real, de paso para Francia,
penetraba en Aragn, aparecieron en Avila, pegadas a las puertas o
paredes de la Iglesia Mayor, del templo de San Juan, de las Carniceras
Nuevas, de la casa de los Valderrbano y en otros sitios pblicos de la
ciudad, siete copias de aquel sedicioso pasqun que Ramiro y el Cannigo
oyeron leer una tarde a don Enrique Dvila en el piso bajo del casern.

Al da siguiente, el Corregidor don Alonso de Crcamo despach un correo
al Escorial. La respuesta de Su Majestad fue tan slo un negro puado de
ministros para que formasen la causa. Se esperaba un castigo leve, y los
ms chocarreros componan letrillas y jcaras sobre el asunto.

El da 14 de febrero de 1592 fueron publicadas las sentencias. A don
Diego de Bracamonte, a don Enrique Dvila y al licenciado Daza Zimbrn
se les condenaba a ser degollados. El cura de Santo Tom Marcos Lpez
sufrira privacin del sacerdocio y beneficio, confiscacin de la mitad
de sus bienes, diez aos de galeras y destierro _ad vitam_; el
escribano de nmero Antonio Daz, azotes, diez aos de galeras y el
mismo destierro.

Para muchos la intervencin de la Providencia era patente, y a su amparo
el prncipe, extrayendo de cada ocasin un ejemplo, completaba su obra.
Nada de albedros diseminados, nada de figureras ni arrogancias que
estorbasen el poder. La unidad era el primer precepto de su Arte Real,
la unidad invulnerable y absoluta, a imagen y semejanza de aquella otra
unidad que gobernaba los orbes. No ms voluntad que la suya, no ms
pensamiento que el suyo, no ms fe que la que l mismo profesaba. El
soberano del moderno Israel deba revestirse de las tres potencias
tutelares: la ley, la espada y el efod, y ser a un tiempo el Moiss, el
Josu y el Aarn de su pueblo. Todos los tronos y las sedes le serviran
de escala para elevarse hasta los cielos y recibir l solo la consigna
del Altsimo. Su sombra cubrira las comarcas y los mares; y las
naciones le miraran como al nuevo arcngel, armado del hierro y la
llama, vencedor de Satn.

Entretanto Espaa se consuma. La fiebre de aquel monstruoso delirio le
secaba los miembros. El Rey peda, exiga sin tregua, hidrpico de
tributos; y, a veces, su mano, al escurrir la ubre enjuta de los
pueblos, no sacaba sino sangre. No era posible dejar sin paga a los
ejrcitos y abandonar el cohecho de los prncipes y cardenales; y la
bancarrota creca, se envedijaba, se enmaraaba cual inmensa madeja de
pasadilla. Las deudas tenan aliento de fiebre, la real hacienda
jadeaba; cada ao se gastaban los ingresos de cinco aos venideros.

Qu expediente, qu arbitrio quedaba por ensayar? En un tiempo apa
las remesas de oro y de plata que llegaban de las Indias para
particulares; merc las hidalguas, los juros, los empleos; invit a los
clrigos a legitimar sus hijos sacrlegos mediante un puado de reales;
grav la exportacin de la lana; impuso contribucin sobre el pan y
sobre el vino, antes libres; se apoder de la sal; confisc los
maestrazgos del mar; dobl el almojarifazgo, y triplic en poco tiempo
la terrible alcabala. Los pueblos desmolados se echaban a morir. Avila,
Toro, Crdoba y Granada se negaron a aceptar el encabezamiento de 1576.
En las naciones extraas el solo nombre de Felipe Segundo haca
palidecer a los banqueros. Los Fugger dieron por fin un nudo a la bolsa
y volvieron la espalda. Otros no saban si continuar o romper para
siempre, como el judo que ha prestado a un tahr de luenga espada. Los
genoveses, entretanto, se defendan con la usura. A partir del ao 1590,
el desbarajuste fue pavoroso para la hacienda del Rey. Las Cortes,
corrompidas por el Monarca, haban exigido a las ciudades ocho millones
de ducados.

Y la pobreza y el hambre arreciaban como flagelos de Dios. Un hechizo
malfico pareca esterilizar los terruos, parar los molinos, los
tornos, los telares, descoyuntar el brazo del menestral. Muchos no
saban ya cmo ganar el sustento y salan a hurtarlo donde lo hallasen.
Se viva en la incertidumbre del bocado; el pan se hizo una presa. Las
trapaceras del hambre formaron una arte honrosa y sutil, que tuvo su
romancero y sus manuales, sus poetas y bachilleres. El mal atacaba ms
duramente a los hidalgos de patrimonio extinguido, cuya estirpe clara y
antigua no les permita infamar sus manos en los oficios. Ms de uno
coma del mendrugo que hurtaba su paje, y suspiraba con digna tristeza,
bajo la capa, al aspirar, de paso, el sabroso calor de las pasteleras.
El estudiante imit, para vivir, los ardides perrunos. Sus piernas de
lebrel eran el terror del comercio. Fue entonces el glorioso tiempo de
la olla comn. Los conventos se hincharon de monjes; sus porteras, de
sopistas. El hospital y la crcel fueron buscados como refugios
venturosos, donde se coma regularmente y como de milagro. Millares de
infelices se fraguaban pstulas sangrientas o perpetraban delitos para
ser alimentados. Las calles estaban llenas de limosneros fingidos; los
campos, de falsos anacoretas; los puertos, de famlicos hidalgos que
venan a pedir una plaza en los galeones.

A esta angustia de las entraas se agregaba la zozobra del nimo, la
honrosa inquietud de verse marcado por la sospecha, tan slo, del Santo
Oficio, o de atraer el castigo del poder sobrehumano del Rey. Y
entretanto pareca que el mismo viento murmurase calumnias y que la
delacin se agazapara bajo el lecho en que se dorma, entre los pliegues
de las antepuertas, en el rincn de los oratorios. Muchos, como don
Alonso, recelaban de sus propios labios durante el sueo, y evitaban
adormirse en los sillones, entre el paso de la servidumbre.

Toda altivez era funesta y el mismo silencio no era seguro. _Ne contumax
silentium, ne suspecta libertas._ La idea temblaba en el cerebro, y no
hubo pluma que osara estampar lo que el alma ocultaba en su cripta ms
honda. En cambio se hablaba con delicia de los pases lejanos y de la
inviolable paz de los claustros.

No faltaba, sin embargo quien amase, de veras, al Monarca, sintiendo
triunfar o sufrir en l su propio orgullo fantico; la mayora, bajo la
pavorosa coercin, acababa por encomiarle.

La virilidad pareci resumirse entonces en la propia sangre atosigando
las vsceras, y el antiguo valor tom la forma del estoico desdn de
todos los males. Era el encantamiento inexplicable de las tiranas. Ms
de uno repugnado de su propio servilismo, a una simple seal del
Monarca, se hubiera abierto impasiblemente las venas, como Sneca o
Petronio.

El humor espaol se hizo reservado y sombro. Una verdadera peste de
melancola se propag por todo el pas como un vaho de purgatorio,
inficionando las almas.

Los hidalgos vestan de luto; la madera al uso era el bano. Jams fue
tan lgubre el aparato de la muerte.

El espritu se empe en extraer sus ideas primordiales del sepulcro
mismo y de sus terribles podredumbres.

       *       *       *       *       *

Ramiro lleg de Salamanca el domingo 16 de febrero de 1592, dos das
despus de publicadas las sentencias. El Cannigo fue a visitarlo y
enumerole una a una las condenaciones. No pareci muy satisfecho al
decirle que a don Enrique Dvila y al licenciado Daza les haban
otorgado la apelacin. En cuanto a don Diego, sera ajusticiado al
siguiente da.

--Ya veis, hijo mo--agreg,--que vuestro abuelo se ha marchado a
tiempo. Bien se dice que en una buena olla puede hacerse un mal cocido.
Cuidad vos agora, hijo mo, las palabras, y teneos muy quedo, por un
espacio.

--Y quin ha dado los nombres?--pregunt Ramiro.

--Alguno ser--replic el lectoral--que no quiso ver a Espaa destrozada
otra vez por la revuelta, como en tiempos del Emperador.

Cont en seguida, sin dar lugar a otra pregunta, que los agentes de Su
Majestad haban sospechado de don Alonso, y que, durante la ausencia del
caballero, entraron de rondn en su casa, revolviendo hasta la ltima
gaveta y llevndose un gran fajo de papeles.

--En dnde ser ajusticiado don Diego?--volvi a preguntar bruscamente
Ramiro. Su mirada pensativa pareca inmovilizada por algn pensamiento
dominador.

--En el Mercado Chico--replic el Cannigo.--Ayer le fue notificada la
sentencia, hoy debe haberse confesado para recibir el Santsimo
Sacramento, y maana le sacan de la Alhndiga, a medioda, para llevarle
a degollar. Ya es cosa convenida que ningn noble ha de ir a saludalle,
y que, fuera de los villanos, que siempre han sido golosos de esta clase
de espectculos, veranle slo en la mula las gentes de ley y las
Comunidades y Cofradas.

Al escuchar aquel saudo lenguaje, Ramiro declar con vehemencia que si
los nobles avileses no iban a despedirse de Bracamonte, en aquel trance
final, eran todos unos malos caballeros.

--Nadie ignora--exclam--que el don Diego, a ms de su antiguo y
glorioso linaje, ha sido siempre un hombre de mucha honra, y que, sin
duda, su trgico fin lo debe a la alteza de su nimo. De m puedo decir
que he de ir en pos de l hasta el pie del cadalso, sin pensar en mi
propio inters ni en la razn o sin razn de su condena.

Pronunci estas palabras con tal arrogancia, que su confesor y maestro
crey necesario arrugar el sobrecejo y levantar la cabeza antes de
responderle.

--Haced lo que os plazca--le dijo;--pero cuidad que vuestra inadvertida
juventud no os enderece por donde tal vez no queris caminar. Don Diego
ser, como decs, harto infanzn, aun que de cepa gabacha y no espaola,
sea dicho de paso; pero lo cierto es que ha sido agora traidor y aleve
con su Rey.

--Don Diego--repuso Ramiro con el rostro demudado--es gran caballero y
no pudo ser jams aleve ni traidor como dice vuesa merced.

--Pues yo repito--replic de mala manera el lectoral, mostrando los
dientes y golpeando dos veces en la mesa con el puo--que don Diego es
traidor y cobarde.

--Y yo digo que miente vuesa merced!--grit Ramiro, ebrio de clera.

El Cannigo dio un paso hacia adelante con la diestra en alto y pronta a
asestar el bofetn; pero el terrible ceo de Ramiro le contuvo.
Balbuceando, entonces, palabras entrecortadas, llevose ambas manos al
rostro. Aquellos instantes fueron solemnes. El insulto flotaba
irreparable, y pareca hacerse or, otra y otra vez, en el silencio. El
Cannigo musitaba, gema, suspiraba, con el rostro cubierto. Por fin,
bajando las manos, embozose con furia, y, despus de buscar la salida
como un ciego a lo largo del muro, desapareci de la cuadra, dando con
el pie, hacia atrs, un terrible portazo.

Ramiro sinti que todo su maquinal apegamiento hacia aquel hombre
acababa de trocarse en sbito rencor. La crispada y hostil actitud, que
an conservaba, suscitbale nuevos impulsos de odio contra su vctima.

Cuando comenz a serenarse, dijo en voz alta, sentndose en el silln:

--No he menester de l, ni de nadie!




II


Pocos das para Avila ms tristes que aquel lunes, 17 de febrero de
1592. La ciudad despert en una expectativa siniestra. El horror del
suplicio inminente pareca flotar por todas partes mezclado a la niebla
de la maana.

En medio del Mercado Chico se levantaba un gran cubo negro, el cadalso;
y las rfagas del Norte sacudan contra el esqueleto de pino la bayeta
patibularia. Fnebres ministros de justicia se agitaban en derredor. A
eso de las diez trajeron el bufete, los candelabros, el crucifijo. Ms
tarde los mozos del verdugo vinieron con el tajo y las dos negras
almohadas para el reo. La llovizna caa por momentos, fina, glacial.

El trfago de todos los das comenzaba; pero los vecinos iban y venan
ms graves que de costumbre, coceando la nieve de la vspera. Algunos
hablaban misteriosamente al encontrarse; otros discutan en los mesones
con inslita nerviosidad sin alzar demasiado la voz, pero arrufando el
hocico y tomndose a veces las partes viriles con toda la mano, para dar
ms vigor a sus bravatas y juramentos.

Con sus puertas y ventanas sin abrir, los caserones de la nobleza tenan
el aspecto de rostros patticos y enmudecidos. Aspirbase en el aire ese
espanto, ese asco de muerte judicial que anonada la razn; y una sombra
de infamia envolva a Avila entera. El ms altivo de sus caballeros iba
a ser ajusticiado en nombre del Rey. No hubiera sido mengua mayor
arrasar las ochenta y ocho torres, que esperaban ahora, con extraa
lividez, la rotura de aquella cerviz, donde pareca haberse encarnado la
fiereza de la muralla.

Corri la voz de que, a las dos de la tarde, don Diego sera sacado de
la Alhndiga. Aquel edificio corresponda como prisin a los nobles y se
levantaba entre la torre del Homenaje y la del Alczar, por la parte de
afuera, frente al Mercado Grande. Cuando Ramiro lleg ante el blasonado
frontis, los empleados de la justicia regia y comunal se aglomeraban y
zumbaban como moscas a uno y otro lado del portaln y en torno a la
fuente; mientras las cofradas y las rdenes esperaban, en larga hilera,
desde la plaza del Mercado hasta ms all del convento de Santa Mara de
Gracia. Los monjes rezaban. No se llegaba a percibir de sus rostros sino
los raspados mentones, por debajo de las capillas; sus manos cruzadas
por dentro de las mangas, dejaban colgar los rosarios. Todas las voces,
todos los balbuceos de franciscanos, dominicos, agustinos, jernimos,
teatinos, carmelitas, se unan en un coro uniforme, que aumentaba la
pavura, cual dolorosa plegaria de otro mundo. La persistente llovizna
escarchaba los hbitos y pareca embeber todas las cosas en su tristeza.
Algunas mujeres plaan.

Ms de una hora pas Ramiro codeandose con el vulgacho. No haba sino
gente baja, curiosos de la ciudad, mujeres del mercado con los brazos
desnudos, muchachos arrabaleros, algunos gaanes de la dehesa, harto
morisco, y una que otra ramera de manto amarillo y medias coloradas.

Por fin un portero sac del zagun de la Alhndiga una mula cubierta de
fnebre gualdrapa con dos redondos agujeros ribeteados de blanco a la
altura de los ojos. Se produjo un movimiento general. Tres alguaciles
montaron en sus caballos.

Ramiro miraba hacia uno y otro lado por ver si hallaba algn conocido,
cuando una brusca exclamacin brot de la multitud y fue a rebotar
contra la inmensa muralla. Don Diego de Bracamonte acababa de aparecer
en la puerta de la prisin. Caminaba a su izquierda el Guardin de los
descalzos, fray Antonio de Ulloa.

Lo primero que hera la mirada era la palidez plomiza de su semblante,
acentuada por la negrura del capuz que le haban echado sobre los
hombros. El bigote y la barba haban encanecido del todo. Avanzaba
tieso, indmito, solemne, mirando hacia las nubes y pisando con fuerza,
como el que marcha entero en la honra.

Ramiro experiment rpido calofro, y cuando, al verle montar en la
infamante cabalgadura, advirti que sus manos estaban ligadas por negro
listn y que de su pie derecho penda una cadena, sinti que hubiera
dado all mismo la vida por libertar a aquel hombre magnfico, vctima
de su rancia altivez castellana. Era el ltimo Cid, el ltimo
_reptador_, llevado al suplicio por viles sayones asalariados. Cerr
entonces los ojos un momento para contener su emocin, y pareciole or
de nuevo los discursos del hidalgo en la asamblea, aquellos discursos
que salan de su boca como los hierros de la hornalla, chisporroteantes
y temibles. Ya no volvera a perorar con el pie derecho en la tarima del
brasero y el estoque bajo el sobaco. Iba a morir!

El cortejo penetr en la ciudad por la puerta del Mercado Grande, tom
la calle de San Jernimo y luego la de Andrn. Caminaban por delante las
cofradas de la Caridad y la Misericordia taendo sus plaideras
campanillas. Una voz spera y poderosa gritaba, de trecho en trecho, el
pregn de la muerte.

Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro seor a ese hombre,
por culpable en haberse puesto en partes pblicas unos papeles
desvergonzados contra Su Majestad Real. Manda muera por ello.

Ramiro caminaba a la par del alguacil Pedro Ronco, que iba montado en su
famoso rocn todo negro. Los religiosos entonaban una salmodia lgubre
que daba terror. Detrs de ellos vena Bracamonte en la mula, cual si
fuera el espectro del orgullo. Su lgubre continente haca estallar, en
las puertas y ventanas, el sollozo de las mujeres, que invocaban a Santa
Catalina, a los Santos Mrtires y a la Santsima Virgen. Las ropas
negras de los alguaciles y corchetes despedan, con la humedad, un tufo
de orines trasnochados. Doce pobres, con sendas hachas encendidas,
esperaban a la puerta de San Juan, y su oracin temblaba a la par de las
llamas humosas que el viento doblaba y estremeca.

Una vez en la plaza, al llegar al pie del cadalso, don Diego se ape de
la mula y subi serenamente las gradas. Hincose, y pidi un libro de
horas para confesarse con fray Antonio. Ramiro, colocado muy cerca,
escuch las palabras del _Miserere_, del Credo, de las Letanas.

Lloviznaba. La plaza estaba repleta de muchedumbre. Algunos curiosos
haban logrado encaramarse a los tejados, hacia la parte del poniente.
Por fin el verdugo se acerc a decir que ya era tiempo. El escribano de
la comisin requiri por tres veces a Bracamonte que hiciera confesin
abierta del crimen. Ramiro oyole decir que don Enrique Dvila y el
licenciado Daza eran inocentes y que slo l era culpable. El escribano
exigi que lo jurase. Entonces escuchose una voz entera que repuso:

--No me sigis predicando, que no dir ms.

Seguidamente, don Diego se puso de pie y sus ojos fueron atrados por el
madero contra el cual haba de ser descabezado; su rostro cobr una
blancura terrible, pero se sobrepuso al instante, y, levantando la
frente, mir por ltima vez la ciudad, el cielo, la luz preciosa de la
vida. Todos creyeron que iba a pronunciar algunas palabras, y oyose
vasto rumor que reclamaba silencio. Ramiro, por su parte, busc atraer
su mirada, para dirigirle un ltimo saludo; pero aquel espritu ya
estaba lejos de la tierra y se anticipaba a la muerte.

Por fin, cual si hubiera distinguido algn signo de lo alto, don Diego
encaminose a recibir la negra venda en los ojos, y, sentndose en la
almohada, cogi por detrs el madero con sus propias manos, ajust la
cabeza, y alzando la barba ofreci el pescuezo al espantoso cuchillo.

Ramiro observ adrede la plida testa muerta de sbito y que, asida de
los cabellos, fue mostrada hacia los cuatro lados de la plaza, en nombre
del Rey. Entonces, con gesto amplio, magnfico, para que todos le
vieran, quitose la gorra, exclamando:

--Dios reciba tu alma, gran caballero!

Dos alguaciles escucharon la frase. Uno de ellos quiso prenderle all
mismo; pero el otro le contuvo. Ramiro se retir.

Al pasar frente a la iglesia de San Juan, un lacayo entregole un billete
lacrado. Don Diego de Valderrbano le comunicaba que, a las seis de la
tarde, se reuniran en su casa varios amigos, a fin de pedir permiso al
Corregidor para enterrar ellos mismos el cuerpo de Bracamonte; y en muy
graves palabras le invitaba a acompaarles en la demanda.

Aquella noche algunos caballeros enlutados atravesaban la ciudad a la
luz de las hachas, llevando sobre los hombros largo atad, que fueron a
depositar en la capilla de Mosen Rub. Valderrbano, al dejar la
iglesia, apoyose en el hombro de Ramiro y llor tiernamente.




III


Ramiro no pudo dormir en toda la noche. Lgubres visiones le robaban el
sueo, y los pormenores del suplicio se reproducan en su memoria,
suscitados por la tiniebla y el silencio. Era hermoso morir con aquella
valenta. Sin embargo, en caso semejante, l hubiera hablado a la
muchedumbre. Inventaba entonces en su cabeza discursos extraordinarios.
Pero, por debajo de su enhiesta arrogancia, su instinto rastrero hacale
meditar en el poder del Soberano, en aquel poder irresistible, absoluto,
que, a la vez que dispensaba los ms grandes honores, poda suprimir la
existencia ms bizarra con un trazo de pola.

A la hora del alba, cuando la nueva luz comenz a sealar las rendijas
de la ventana, el amor de Beatriz se encendi como nunca en su pecho.
Pens en ella apasionadamente. Pens con frenes en el goce de vivir y
de amar, animando junto a l la ilusin de una boca bajo la suya, de
sedosa cabellera perfumada, entre sus propias holandas.

Su primer pensamiento, al levantarse, fue irle a pasear la calle a la
doncella. Consider que las personas que venan todos los das a dar el
psame por la muerte de don igo le ocuparan la tarde. Era menester
escapar. A la una comenz a engalanarse. Cuando el criado le echaba por
fin sobre los hombros el capotillo de negro terciopelo atrencillado, una
duea vino a decirle que Beatriz suba las escaleras, y que, no estando
ataviada an doa Guiomar, era necesario entretener a la visita.

--Ah! cmo viene hacia m!--exclam Ramiro para su coleto; y dando un
ltimo toque a sus cabellos, sali de la estancia.

Slo poda recibirla en el antiguo estrado, pues los dems haban sido
desguarnidos por los usureros. Reflexion, sin embargo, que, a pesar de
su vejez y abandono, aquel saln trascenda a grandeza grave y a rancio
abolengo. Levant el cerrojo y entr.

Era una cuadra larga y angosta, diversamente alhajada segn el estilo
flamenco, italiano y mudjar de los tiempos del Emperador. Desde la
muerte de doa Brianda del Aguila permaneci sin abrirse, como esas
salas de los cuentos orientales que encierran pavoroso misterio. Don
igo y su hija prefirieron, a su vez, otras estancias ms fciles de
renovar. Decase que en su recinto la Santa Junta de los Comuneros haba
celebrado su primera reunin clandestina; y por mucho tiempo corri
entre el vulgo la leyenda de que los espectros de los ajusticiados, se
congregaban all dentro, en las noches de luna. Por eso tal vez, nadie
quiso habitar aquella casa durante un cuarto de siglo.

Los criados no ignoraban estas historias, y sus dedos haban temblado
sobre los cerrojos cuando doa Guiomar orden que se abriesen las
puertas para velar en el antiguo estrado de doa Brianda el cadver de
su padre.

Era, sin duda, extrao el aspecto de aquel recinto. Entapizaba sus muros
viejo terciopelo azul, podrido en lo alto por el agua de las goteras y
coriceo, reseco hacia los bordes, como el velludo que se desprende y
retuerce sobre las viejas arcas mortuorias. A uno y otro lado se vean
sillas de roble incrustadas de marfil, y bargueos, bufetes, contadores,
donde el trabajo de la carcoma remedaba los ojos del alcornoque. Terrosa
adherencia mataba el brillo del bronce, del ncar, de la concha.
Muebles cuasi espectrales! Las antepuertas, los tapices y todas las
colgaduras, cubiertas de telaraa, pendan con hipntica apariencia, y
el polvo aclaraba, a manera de luz, los pliegues de medio siglo. Ramiro,
al entrar, oy carreras furtivas bajo los muebles. Un taladro dej de
roer.

La barandilla, desdorada por la mano nerviosa de antiguos galanes,
divida en dos partes el estrado, y, sobre la encorchada tarima,
almohadas polvorientas conservaban an la presin de cuerpos femeninos.
Un residuo ilusorio de remotos galanteos pareca perdurar a manera de
viejo perfume o como un polvo de ramilletes en los cofrecillos de las
ancianas.

Cosas fenecidas! Hubirase dicho que aquel carcomido aparato no
esperaba sino la primera brisa exterior para desvanecerse de sbito.

Seis retratos descoloridos habitaban espectralmente la estancia.

Ramiro esperaba junto a un brasero, que guardaba an la ceniza de los
ltimos saraos. Oyose un rumor de chapines y un crujir de sedas en la
galera, y Beatriz apareci vestida de negro y olorosa como un sahumador
encendido.

Mientras Ramiro se inclinaba con donaire, la doncella dej caer su manto
hacia atrs. Doa Alvarez, que la acompaaba, quedose en la estancia
vecina.

--Solos!--se dijo el mancebo.

Uno y otro temblaban. Una irradiacin misteriosa estremeca en torno de
ellos lo ignorado. La nia mir con extraeza los muebles y las
colgaduras, toda aquella vejez, toda aquella podredumbre; luego psose a
observar uno a uno los retratos. Siguiendo su mirada y sintindose
incapaz, bajo la viva emocin, de formular algn concepto cortesano,
Ramiro profiri:

--Son nuestros antepasados: los Aguilas, claros varones y mujeres, que
murieron hace mucho.

Hizo una pausa y continu:

--Nosotros tambin pasaremos como ellos, Beatriz!

Y al pronunciar esta frase hundi su mirada en los ojos de la doncella
con doble y profunda expresin de sensualidad y de tristeza.

Una de las pinturas representaba un busto de mujer. Listada caperuza
adherida a la frente ocultaba del todo los cabellos.

--Quin quisiera llevar agora una toca como sa! Antes morir!--observ
la nia, agregando:--Mirad: tena en el cuello un lunar como el mo.

Bajndose entonces la gorguera mostrole a Ramiro la terneza de su
garganta. El mancebo se sinti desconcertado ante aquella blanqusima
piel donde minsculo lunar exasperaba el deseo cual voluptuosa pimienta.

De pronto, girando sobre sus corchos como en una mudanza de baile,
Beatriz exclam:

--Basta de muertos!--agregando con cortesana sonrisa:--Bien s que sois
de sangre muy clara y que podis referir grandes cosas de los agelos;
pero holgrame en oros contar las vuestras algn da.

--Tiempo queda--repuso el mancebo, sintiendo subir a sus mejillas
inesperado rubor.

--Mi padre--aadi Beatriz,--siendo un mancebillo, marchose a la guerra.
Esto lo digo slo por aguijaros.

--Desde ya me obligo; pero no crea ninguno que he de padecer en la
guerra ms que aqu, ni que han de ser en ella ms arduos los peligros,
ni ms duros los cautiverios, ni ms propincua la muerte.

--Incomprensible os volvis.

--Decidme--exclam Ramiro sonriendo:--qu batalla habr por el mundo
ms dura que mi porfa, qu adarve ms spero que vuestro corazn, qu
infieles ms temibles que esos vuestros ojos, mi seora?

--Muy tierno me requebris. Quiero pensar que lo decs de vero.

Los dos callaron.

Estaban ambos vestidos de terciopelo negro atrencillado con aforros de
seda, y slo sus rostros y sus manos recogan la claridad escasa de la
penumbra. Un rayo de sol, turbio de corpsculos, entraba tras una madera
entreabierta, iluminando, sobre la pared del fondo, una gran tapicera
que atrajo la mirada de Beatriz.

Avanzaron hacia la luz, y subiendo a la tarima, uno y otro hicieron una
mueca involuntaria. Respirbase all rara hediondez. Ramiro comprendi.
Acababa de reconocer un olor inconfundible, un olor respirado, al llegar
de Salamanca, en el cuarto de don igo; y toda duda qued desvanecida
al advertir sobre el suelo las gotas de cera de los hachones.

La tapicera representaba un asunto de amor. Ramiro la haba descifrado
das antes, con el auxilio de un padre dominico. Vease, hacia la
izquierda, a Mara Padilla, la favorita de don Pedro, sentada en
fabuloso jardn, amarillo y azul. Un pavo real abra su fastuosa
pantalla junto a un estanque. Apoyando suavemente la diestra en el
hombro de la dama, el Rey de Castilla, vestido de rojo capisayo
descolorido, ensebala sobre el dedo un halcn montano con capirote de
prpura. Una ondulacin, un aliento espectral pareca mover por
instantes la tela.

Ramiro dijo brevemente lo que haba ledo en las historias sobre
aquellos amores, y a l mismo le pareci que sus palabras diseminaban
lbrico perfumo. Las pupilas de Beatriz se encendieron.

Uno y otro fijaron la mirada en las dos galantes figuras, y sus retinas
slo tomaron el vivo bermelln de aquellas dos bocas intactas, que
parecan retardar la voluptuosa caricia en los aos.

Ramiro pens que de un momento a otro poda llegar alguna persona, su
madre misma, y romper el embeleso de un coloquio a solas, que no
volvera tal vez a ofrecerse, en mucho tiempo. Prepar en su espritu la
frase decisiva. Estaba resuelto a poner su destino a los pies de aquella
mujer. Dio algunos pasos hacia el muro para recobrar su entereza. Un
ngulo de la tapicera estaba doblado hacia adentro; l lo cogi
maquinalmente e hizo dar a la tela brusca socollada. Entonces sucedi un
hecho harto extrao: envueltas en una nube de polvo, inesperadas,
sorprendentes, salieron por debajo de la colgadura innumerables
polillas. Era un verdadero enjambre espantado, indeciso, de maripositas
grises, hechas como de tierra, que desprendan una arena finsima al
volar y resplandecan por instantes, a modo de lucirnagas, en el rayo
de sol.

Muchos de aquellos insectos fueron a posarse sobre los vestidos de
Beatriz, adhirindose al jubn y a la saya y cubriendo su manto. La nia
repeta el mismo ademn de repugnancia y de miedo, sin atreverse a
tocarlos; mientras Ramiro, alargando sus dedos, se los quitaba, uno a
uno, entre sonriente y avergonzado.

Enredadas en un rizo, dos de aquellas palomitas aleteaban sin cesar. El
mancebo, al ir a cogerlas, retuvo a Beatriz pasndola el brazo por
detrs de la espalda. El rayo de sol la daba de lleno en el rostro, y,
en medio de toda la vejez, de la descomposicin, de la muerte que le
rodeaba, Ramiro vio una cosa hechicera, deliciosa, toda vida, toda
juventud, toda sangre, que palpitaba bajo su ansia. Era la boca, aquella
boca roja de Beatriz, que el demonio carnal la haba enseado a salivar
brevemente, y a ensanchar y contraer, de inquietante manera. Ramiro
cerc con su brazo el cuello de la nia oprimindola con dulzura. Sinti
entonces el impulso frentico de poner sus labios sobre los labios de la
doncella, de beber y morder en ellos el amor, la lujuria, el delirio,
locamente!, y la atrajo por fin hacia l con rabiosa vehemencia.

Beatriz lanz un grito:

--Alvarez!

Uno y otro volvieron el rostro. La duea contorneaba su forma ancha y
sombra en el luminoso vano de la puerta, que acababa de abrirse.

--Las polillas! Las polillas!--volvi a gritar Beatriz, sacudindose
el manto.

Un instante despus, cuando la duea terminaba apenas de borrar en los
vestidos de su seora la ltima seal de los insectos, un lacayo vino a
decir que doa Guiomar esperaba en su aposento. Ramiro no quiso
acompaar a Beatriz, un movimiento pudoroso le impulsaba a evitar en
aquel momento la mirada de su madre. Inclinose, pues, con muda
reverencia, y se alej por los corredores.

       *       *       *       *       *

Aquella tarde, aquella noche y en los das que siguieron, Ramiro record
sin cesar el coloquio del estrado.

Parejas con la tirnica pasin, su orgullo viril creca ilimitadamente.
Ni una brizna de desconfianza brot en su cerebro, ni una sola reflexin
adversa. Sentase ms seguro que nunca. El grito de Beatriz no fue sino
el clamor de su voluntad totalmente rendida. La haba sentido vibrar
entre sus brazos con el mismo estremecimiento de la sarracena y otras
mujeres, cuando l las atraa para besarlas; y parecale llevar an en
la mano el loco latir de aquel corazn bajo el duro azabache.

En cambio, l tambin quedaba herido por Beatriz, y quiz para siempre.
Ya no poda concebir el resto de su vida sin el amor y la total posesin
de la doncella. Para qu soar, ambicionar, afanarse, si no lograba la
caricia que acababa de escapar a su ansia? Qu era el mundo y sus
loores sin aquella victoria? Cmo soportar que otro hombre?...

Su ensueo amoroso oscilaba entre el arrobamiento y las fiebres impuras.
Unas veces el alma alcanzaba de un solo rapto las beatitudes de la
pasin ideal; otras, la sangre clamaba impaciente por la suprema
codicia. Ora soaba que sus labios sorban el xtasis en los labios de
su amada, cual paradisaco roco; ora, que sus deseos eran las abejas
temibles cayendo en enjambre sobre una fruta entreabierta.

Luego imaginaba lo que hara, cuando fuera su esposo para apartarla de
la irritada sensualidad de los que hubieran sido sus galanes: La
llevara a un pas muy lejano, a alguna nsula salvaje; o se encerrara
con ella en una morada que no tuviese ms abertura que el ferrado
portn, para no dejarla salir sino muy de maana a la iglesia ms
prxima, bajo un manto amplio y espeso que la ocultara todo el rostro y
slo dejase a los dems su sombra pasajera y arrebujada. Si alguno osaba
requebrarla al pasar o seguirla con descaro, ya sabra l despacharlo al
otro mundo por el ms listo de los correos, con una oblea harto roja en
medio del pecho.

Una noche, metido en la cama, fuese quedando dormido sin apagar el
candil. La llama sobredoraba sus visiones. Estaba casado con Beatriz y
era capitn de corazas en alguna tierra de Amrica. Encontraba un tesoro
inmenso, cientos de vasijas sepulcrales repletas de oro. Salvaba al
ejrcito en una terrible sorpresa. Ganaba l mismo numerosas batallas.
Era hecho Virrey...

Al da siguiente un alguacil de la Santa Inquisicin diole, en su propia
mano, una cdula por la cual se le llamaba a testificar, por segunda
vez, en el proceso de los moriscos.




IV


Llegaron das en que don Alonso Blzquez Serrano crey sentir el acecho
de las peores especies demonacas descritas por los telogos. Su nima
brioso y brillante se hundi, sin remedio, en las ms obscuras regiones
de la melancola. Un pavor enfermizo le agitaba continuamente. Su
elocuencia trocose en mutismo; su antigua arrogancia, en el ms profundo
convencimiento de la propia indignidad; su exaltado amor a la vida, en
el desvo total de todo goce, de todo triunfo.

Hacia qu corredor lleno de celadas haba enderezado sus pasos? Qu
escalera de maleficios habase puesto a descender a la vejez? Todo se le
tornaba contrario; y l mismo se comparaba al infelice Laoconte sofocado
por la serpiente.

--Por qu, por qu? oh cielos!--exclamaba a veces, dirigiendo la
mirada hacia lo alto, como si protestara contra el ensaamiento de la
divinidad.

Por el contrario, en los instantes de contricin, acusbase a s mismo
de graves culpas imaginarias; y rememorando las paganas orgas de otro
tiempo, sus viejas patraas de burlador, su aficin a las riquezas, su
desmedida vanagloria, llegaba a considerarse como un pecador
empedernido, como un alma obscura y miserable manchada por toda clase de
crmenes.

La adversidad haba esperado para llagarle el corazn los aos de
senectud; y, a la par de los abrumadores quebrantos, el mismo mundo
material cobraba una vida hostil en torno suyo. Hasta las cosas
familiares entraban en el temeroso encantamiento: una inmvil colgadura,
un pao negro, un antiguo retrato de familia, un espejo, una daga,
exhalaban a veces, para l un sentido perturbador, vahos de espanto y de
demencia. Hubirase dicho que ciertos objetos buscaban expresarle
lgubres presagios.

Hzose entonces ms devoto que nunca, redobl las penitencias, invent
cilicios especiales y feroces disciplinas, sumergiose en incesante
plegaria. Su espritu, hastiado del mundo, buscaba ahora confortarse con
el ensueo de la otra vida; pero all tambin hallose con tremenda
incertidumbre: el destino de su alma, su salvacin! La eternidad de los
castigos infernales fue muy pronto una idea vertiginosa, que anonadaba
su mente. Entretanto, Jess y la Virgen ya no eran las claras figuras
desprendidas de los cuadros de Italia, sino luengos y plidos espectros,
baados en un sudor de purgatorio, y cuyas pupilas parecan contemplar
continuamente el dolor de las nimas condenadas.

Aquel caballero filsofo, que se haba burlado siempre de los bajos
temores, y para quien el riesgo diario de las aventuras haba sido la
mejor espuela del nimo, humillaba ahora su frente, cargada de miedo, y
temblaba de una nada, de una visin, de una sombra. El anochecer era la
hora terrible. La ltima luz del crepsculo, agonizando estremecida en
los interiores, le sumerga en ansiedad inexplicable. A veces, imgenes
de cadalsos, de quemaderos, de arcas mortuorias, aparecan en la
penumbra; llamaba entonces a sus criados con brusquedad, y, mandando
cerrar las ventanas, haca encender sobre las mesas, sobre los
contadores, sobre todos los muebles, numerosos candelabros, candelabros
trados de todas las estancias. Pero aun en medio de aquella
deslumbradora luminaria, de aquel incendio de cera que reverberaba en su
rostro, veasele palidecer y pasarse la crispada mano por la frente,
como si buscara arrancarse, a pedazos, alguna visin.

No faltaban, por cierto, razones a su dolencia. Los desengaos
cortesanos fueron el comienzo de su desgracia. Don Alonso, durante la
bienandanza de Antonio Prez, haba ofrecido en su honor festines y
caceras, llegando a obtener de sus labios la espontnea promesa de
hacerle otorgar, en la primera ocasin, una silla en el Consejo de
Italia. Luego, cuando la estruendosa cada del privado, y aun despus de
la fuga, el caballero avils, fiel a sus principios de lealtad, fue
quizs el nico palaciego que osara defenderle. Esto bast. Una consigna
sigilosa baj de lo alto. Se le hizo sufrir toda suerte de
humillaciones, se le posterg en las ceremonias, se le vej ante las
damas, sus memoriales fueron a dar a los braseros. Algunos eclesisticos
le abordaban dulcemente y le proponan, cual si fuera por mero
esparcimiento, teolgicos problemas que rozaban el dogma. Estaba
perdido. Aquel hijodalgo que crea no conocer el miedo conoci el
terror, un terror sobrenatural, un terror por encima del coraje del
hombre. Era el maleficio, el aojo del Rey.

Su varonil empaque tom entonces un aspecto doblegado y taciturno. Su
tez cobr un tinte macilento. Las antiguas cuartanas reaparecieron.

En aquella sazn, un pintor, a quien llamaban el Greco, hzole su
retrato. Peregrina pintura, en la cual poda descifrarse el secreto
ntimo del hombre, mejor que en su semblante verdadero, como si el
artista hubiese untado el pincel en la substancia viviente del rencor,
de la melancola, del orgullo. Alta lechuguilla exornaba el rostro
amarillado y pattico. Se vea que el interno brasero de las pasiones
extremas desecaba la carne y atosigaba y torca los humores. El iris y
la pupila, estriados de biliosas agujas, verdegueaban bajo un fluido
transparente, que pareca renovarse sin cesar, como el de una mirada
viva, y la boca se encoga bajo el mostacho, como si luchara por
contener algn altivo denuesto. Mscara tiesa de cortesano disfrazando a
medias la honra colrica, el bro estrangulado.

Al mismo tiempo un apaciguamiento mstico y una luz de religiosa
esperanza parecan envolver la figura y formar la atmsfera del cuadro.

Cuando don Alonso, ahitado de la corte y viendo venir la ancianidad,
determin refugiarse en su propia mansin, contando repartir los aos
que le restaban entre el amor de su hija y el goce tranquilo de los
tesoros de curiosidad y de arte, aglomerados en las seoriles estancias,
nuevos infortunios, cada vez ms inesperados y violentos, vinieron a
buscarle all mismo y a poner en peligro su honra, su libertad, su
linaje y hasta su ltimo resto de dicha en la tierra.

Don Alonso amaba a Beatriz con amor ciego y tolerante de padre mundano.
La educacin que l la diera no haba consistido sino en ceder a todos
sus antojos, en seguir embobado todos los sesgos de su veleidoso
espiritillo. Una caricia de aquella manita diablesca, un oportuno
gimoteo, bastaban para que el ruego ms descabellado le pareciese al
hidalgo la ms razonable exigencia. Con esta blandura corruptora crea
agregar al propio afecto el de la madre ausente, a quien el nacimiento
de su nica hija habala costado la vida.

Tomole maestros de danza, de canto, de vihuela; de todas las cosas que
se aprenden sin dolor y ofrecen ms tarde nuevos licores a la juvenil
embriaguez. Espantbale someter aquella cabecita de ngel pelinegro a
cualquier esfuerzo penoso. A los quince aos, la nia saba apenas
deletrear. El arte de la labor le era desconocida. Su squito de dueas,
antes la serva para mantener en torno suyo el aparato ceremonial, que
para custodiar su persona; y como su padre pasaba tanto tiempo en la
corte, Beatriz gobernaba el solar a su antojo, cual infanta levantisca.
Sin embargo, doa Alvarez, que haba aprendido su oficio en las grandes
casas de Madrid, sola dirigirla, ante los extraos, severos
apercibimientos, que ella escuchaba con mohn mentiroso de enfado,
comprendiendo que todo aquello contribua a presentarla como una joya
delicadsima, como un ser exquisito y precioso rodeado de las ms
atildadas precauciones.

De esta guisa, sabiamente aleccionada, comenz a llenar Beatriz su
misin en la tierra: rer, vestir hechiceramente, hacer cada vez ms
ligera su danza, salpicar a cada giro del faldelln un roco de
fascinacin. De alambique en alambique, lleg a ser una verdadera
quintaesencia de cortesana y de embeleso. Todo lo que era pesado o boto
para el amor desapareci de su menuda persona, no quedando sino lo
vivaz, lo mondo, lo agudo, lo picante, el grano concentrado de especia,
el clavo de olor, capaz de perfumar a un tiempo innumerables deseos.

A pesar de su celoso cario, don Alonso deseaba casarla temprano, con
algn mancebo capaz de mantener el lustre de la sangre. Ramiro se le
impuso con predileccin exclusiva. Todo, en aquel descendiente de
ilustres caballeros, la precoz seriedad, el porte, el discurso, le
inspiraban el presentimiento de una vida llamada a las ms heroicas
empresas. Adems, haba notado que cada vez que pronunciaba su nombre
delante de Beatriz, el rostro de la doncella se coloreaba al pronto de
instantneo rubor. Llevola tan slo una vez a la corte para no poner en
peligro su propsito, y trat de alejar a los hermanos San Vicente, cuya
familiaridad deba inspirar a Ramiro perpetua desconfianza. Para esto
orden a doa Alvarez que, as como Gonzalo o Pedro se presentasen de
visita, estando l ausente, les hiciera decir que Beatriz no poda
recibirles mientras su padre no regresara de la corte.

El segundn fue el primero en llegar. Al escuchar la consigna, pens que
fuera cosa de la servidumbre, y como vena de una taberna, quiso entrar
de buen o mal grado, amenazando abrirse paso con la espada; pero los
porteros, dispuestos a morir en el umbral, permanecieron inconmovibles.

Gonzalo, por su parte, tom un camino ms seguro: el soborno de doa
Alvarez. Como los cuartos se trocaron en reales y los reales en
doblones, la duea se fue ablandando como correaje en el unto, y el
mancebo pudo contar, en la misma alcoba de su amada, con una nueva
Celestina de prodigiosos ardides.

El rumor de aquel violento desaire corri por la ciudad y fue el origen
de un odio acerbo entre las dos familias. Doa Urraca tom a su cargo la
venganza. El favor de que gozaba su marido en la corte, a ms del cargo
de comisario del Santo Oficio, seran armas sobradas para abatir algn
da la soberbia de su pariente.

Por aquel tiempo, cierta noche de verano, don Alonso encontr sobre un
bufete de su cmara un papel misterioso. Interrog a los criados y a las
dueas. Nadie supo responder. Se le deca, sin firma alguna, que Ramiro
era hijo de moro. Riose de aquella ridcula especie, y mientras
despedazaba el papel, record la anterior invencin sobre la complicidad
del mancebo con los conspiradores de la morera. Los meses pasaron. Por
fin, pocos das antes de la muerte de don igo, volvi a recibir un
billete en el cual le manifestaban que Ramiro era hijo de doa Guiomar
de la Hoz y de un moro de Crdoba; y que si acuda tal da, a tal sitio
y a tal hora, se le hara conocer toda la historia del nacimiento.

Don Alonso dirigiose al lugar de la cita, acompaado de un solo lacayo.
Era una cuesta, poco antes de llegar a la Encarnacin, donde el rumor de
una fuente ablanda la aspereza del paraje. Cuando le pareci que haba
sido burlado, un hombre menudo y encogido sali por detrs de una
encina. Era Diego Franco, el campanero de la Catedral. Gorra en mano, y
acechando al hablar con sus ojos pequeos y vivos todo el contorno,
repiti la historia que Medrano le haba referido, en lo alto de la
torre, durante una hora de beodez. Juraba por todos los santos, daba los
ms verosmiles indicios, y afirmaba que cuando doa Guiomar se haba
casado con el caballero Lope de Alcntara ya estaba preada del moro.

Slo entonces, relacionando con aquella narracin ciertos pormenores que
l haba observado indiferentemente en casa de don igo, concibi don
Alonso la primera sospecha. Pens en la llegada tan misteriosa del padre
y la hija para no volver, nunca ms, a su casa de Segovia; en el
nacimiento de Ramiro en Avila a los pocos meses; en la vida claustral
que llevaron durante algunos aos; en la constante melancola de doa
Guiomar; en la escasa afeccin del anciano por su nieto; en el silencio
que rodeaba la memoria de aquel Lope de Alcntara, muerto, sin embargo,
tan gloriosamente por su Rey. La denuncia resultaba asaz verosmil. Qu
hacer? Haba un medio de saberlo: preguntrselo derechamente a don
igo. Pero su viejo amigo estaba concluyendo.--No importa--se dijo, y,
aquella misma tarde, se dirigi a la casa del moribundo.

El anciano estaba rgido en el lecho. Como se esperaba su muerte por
momentos, habanle vestido el manto todo blanco que prescriba para
aquel ltimo trance la regla de Santiago. Sostena su cabeza el mismo
cojn de cuero verde sobre el cual su esposa doa Brianda haba exhalado
el ltimo suspiro.

Don Alonso pidi que les dejaran a solas. Cuando todos se retiraron, el
moribundo baj tristemente los ojos hacia el amigo. Entonces Blzquez
Serrano pidiole disculpas de venir a turbar aquellos momentos de
saludable meditacin; pero se trataba, dijo, de un asunto harto grave y
vena a exigirle el postrer homenaje a la amistad que les haba ligado
hasta entonces.

--Vuesa merced se va--exclam;--pero yo quedo, y solamente la palabra de
vuesa merced puede auxiliarme en esta cuita.

Luego declar su deseo de casar a Beatriz con Ramiro, y refiri la
denuncia que acababa de llegarle.

--Yo sospecho que vuestro nieto es vctima de una villana calumnia; pero
en caso contrario--aadi don Alonso acercando su rostro al rostro del
anciano y tomando el tratamiento familiar,--en caso contrario, vos, mi
grande amigo, no permitiris que esa desventura se extienda hasta mi
casa. Por Nuestro seor Jesucristo, decidme, aqu a solas, agora que
nadie nos escucha: es esto verdad?

Don igo pareca no haber odo un solo vocablo, como si su espritu
flotara en regin demasiado lejana; pero de pronto sus grandes ojos,
donde la vida se apagaba como la ltima penumbra en agua inmvil y
triste, comenzaron a manar, sin el menor movimiento de los prpados, un
humor abundoso, un flujo de lgrimas. Poco despus, entreabri
lentamente la boca, y una sola slaba, pronunciada con fuerza, como por
otro ser invisible, una slaba que era todo un inmenso dolor, reson en
el silencio:

--S!--dijo don igo.

Y fue un s espectral, lgubre, un largo s de otro mundo. Ultimo
aliento, ltima burbuja de aquel espritu que se hunda para siempre en
el mar de la eternidad.

       *       *       *       *       *

Pocos das despus aparecieron en Avila los pasquines sediciosos, y
aunque don Alonso, prevenido y aconsejado por el mismo don Diego,
habase marchado la vspera a la corte, el seor de San Vicente y su
esposa, en una pltica de sobremesa, soplaron su nombre al doctor Pareja
de Peralta, alcalde de corte enviado por el Rey. La intimidad de
Blzquez Serrano con los culpables haca verosmil la denuncia, con slo
presentarle como a uno de esos vasallos hipcritas que dan su sonrisa al
monarca y el corazn a los rebeldes, y se hacen encontradizos en
palacio, justamente cuando va a estallar en algn punto del reino la
mina que ellos mismos ayudaron a socavar.

Una carta de su maestresala trjole la primer advertencia. Por ella supo
don Alonso que, en la tarde del 21 de octubre, un hato de ministros de
justicia haba invadido su mansin, penetrando en todas las cuadras,
revolviendo armarios y arcones, descajonando hasta el ltimo escritorio
y concluyendo por llevarse un gran fajo de papeles y un sello de
amatista con las armas de Bracamonte. El y otros criados haban querido
impedirlo, pero el alguacil les haba amenazado con la horca, invocando
el nombre de Su Majestad.

Don Alonso resolvi trasladarse a Avila, sin prdida de tiempo, para
tranquilizar a su hija y desbaratar las calumnias. La intriga estaba
hbilmente urdida y, aunque los mismos papeles secuestrados comprobaban
su inocencia, el sofisma procesal tortur los hechos y los vocablos. Por
fin, la generosa intervencin del prior de Santo Toms vino a socorrerle
al borde mismo del derrumbadero, paralizando la causa.

Sin embargo, pocos das despus de la ejecucin de Bracamonte, y no sin
prevenir de antemano al Corregidor, marchose don Alonso para Madrid, con
el propsito de pedir amparo a su amigo el Conde de Chinchn y arrojarse
a los pies del soberano protestando de su inocencia.

Felipe Segundo se hallaba todava en El Escorial, y don Alonso prosigui
su viaje con una carta del Conde. Durante el camino, reclinado en los
cojines del coche, fue componiendo en su mente dramtico discurso, con
el cual contaba conmover el corazn del monarca. Ensayaba la mmica y la
voz, trocaba un vocablo por otro, rehaca toda una frase y, lleno de
confianza, cumplimentbase a s mismo por el hallazgo de un epteto ms
culto o de un hiprbaton ms elegante.

Dos das tard en hacerse conceder una audiencia. El Caballerizo Mayor
le condujo.

El Rey se hallaba en la antecmara de su celda, y llenos estaban los
vecinos corredores de gente togada, de frailes, de clrigos, de
cortesanos. Todo un mundo vestido de ropas negras o pardas que se mova
con actividad silenciosa y grave.

El sol de otoo inundaba el cuartujo monstico donde eran recibidos los
embajadores. Don Alonso respir al entrar un tufo de ungentos
medicinales. Dos anchos bufetes cargados de papeles ocupaban el fondo.
En uno de ellos trabajaba Rodrigo Vsquez, en el otro un hombrecillo
hirsuto y barbinegro que don Alonso no conoca. Fray Diego de Chaves,
acercndose a una de las ventanas, psose a mirar hacia el campo.

El monarca ms poderoso de la tierra, el rey taciturno y papelero,
estaba sentado en una silla frailuna, con una pierna extendida sobre un
taburete y el codo apoyado en una tosca mesa de roble, anotando sin
cesar, con su propia mano, pilas enormes de documentos. En pie, a su
izquierda, Santoyo, su ayuda de Cmara, tomaba las fojas y espolvoreaba
de arenilla la reciente escritura.

Felipe Segundo deba de estar harto enfermo. Su tez haba cobrado opaco
blancor de yeso humedecido.

No se oa en la estancia otro murmullo que el rasguear incesante de las
polas en el papel.

Afuera el aire resplandeca y el cielo azul brillaba como un lmpido
esmalte sobre la austera y rocosa campia. Por momentos el Rey levantaba
la cabeza para meditar, y la luz que entraba por los vidrios destea
del todo sus pupilas quietas y aceradas de serpiente.

Don Alonso esperaba junto a la puerta, y, para distraer su emocin,
desviaba por momentos los ojos hacia una extraa pintura suspendida del
muro: loca apariencia, de zodaco infernal, lleno de condenados y
demonios.

Aquel monarca no precisaba del aparato de los tronos. Cuando lleg el
momento de entregarle la esquela del Conde y doblar ante l la rodilla,
don Alonso sintiose temblar de la cabeza a los pies. El Rey ley
brevemente. Luego, su boca fra, violcea y duramente crispada hacia
adentro, como si mordiese ya la acre ceniza de todas las glorias del
mundo, dej escapar, moviendo levemente los labios, una voz apenas
perceptible:

--Si fueseis tan leal vasallo como el Conde asegura--dijo--bien
pudisteis prevenirnos de la aleve traicin que se tramaba a vuestra
vista.

Don Alonso quiso entonces decir lo que llevaba ordenado en su memoria;
pero sus ojos se encontraron con los del Rey, y su razn, inhibida de
pronto, no hall sino vocablos importunos, deshilados, inocuos:

--Vuesa Majestad no debe dudar... yo nunca imagin... soy todo
inocente!

El Rey le detuvo con un ceo y sus labios volvieron a moverse. Pero esta
vez nadie, ni acercando el odo a su rostro, hubiera podido distinguir
una sola palabra. Era como el montono zumbido de un insecto, el mismo
lenguaje incomprensible y sordo que exasperaba a los emisarios de otros
soberanos.

Por ltimo, la mano que descansaba asida a la cadena de oro del toisn,
una mano de cadavrica blancura, levantose en el aire sealando la
puerta; y como don Alonso vacilara, el regio ademn acentuose con un
estremecimiento perentorio del ndice. Toda rplica hubiera sido fatal.
El caballero obedeci.

       *       *       *       *       *

Cuando Blzquez Serrano se hall de nuevo a solas, en su coche, camino
de Avila, el fuego de la honra comenz a encenderle la sangre. Ya no
quera seguir meditando en la enormidad del ultraje recibido, buscaba
slo la forma de la venganza. Pens con admiracin y con envidia en su
amigo Antonio Prez; pens en huir como l a una corte extranjera y
lanzar desde all contra el tirano las silbadoras saetas de su rencor.
De esta suerte hara eterno su nombre, y su honra vengada pondrase a la
par de la grandeza del Rey. Al concebir esta idea, una puerta ilusoria
abriose de pronto en su imaginacin, y sus ojos vieron de nuevo la
figura sobrehumana de Felipe Segundo siguindole con la mirada a lo
largo de los caminos. Todo su bro se desplom. Hallose anonadado,
vencido, por algo irresistible, como el poder de un hechizo funesto.
Ahora s que su garganta senta la hez nauseabunda de las ambiciones
palaciegas! Asaltole frentica ansia de dejar de existir para el siglo,
de entregar lo que le restaba de vida al servicio de Dios, entre los
cuatro muros de una celda.

Al da siguiente, al acercarse a Avila, orden al cochero que se llegase
al convento de Santo Toms. Quera hablar de paso con el Prior.

Era un medioda fro y luminoso de fines de octubre. Los arrieros
moriscos dorman al borde de la carretera, junto a sus botijos, echados
panza arriba, como asesinados. La ciudad de las herrumbradas murallas y
poderosos torreones pareca hartarse de sol. Reinaba en torno un sosiego
resplandeciente y adusto. Don Alonso record el verso de Alighieri:

    Loco e in Inferno detto Malebolge,
    Tutto di pietra e di color ferrigno,
    Come la cerchia che d'intorno il volge.

Entr derecho a la celda de su amigo atravesando el Patio del Silencio.
Abri la puerta con suavidad. El religioso dormitaba extendido de
espaldas sobre rstica tarima; su boca, entreabierta, sonrea
dichosamente. Una de sus piernas colgaba fuera del lecho, y el pantuflo,
sostenido slo por los dedos del pie, rozaba las losas. Blzquez
Serrano, antes de despertarle, contemplole unos minutos con envidiosa
admiracin.

Una hora despus sala del convento resuelto a ingresar a las rdenes.

Quiso entrar a su palacio por la puerta del corral, y subi
cautelosamente las escaleras, pasando por la librera y avisando
silencio a los criados que se adelantaban a recibirle.

Cun hondo movimiento de fastidio produjeron ahora en su nimo aquellos
vastos salones, donde haba aglomerado con obstinada pasin tanto objeto
valioso, escogido y adquirido por l, en sus viajes!

Oh tediosas vanidades! Cunta pena intil, cunta ceguera, cunta
puerilidad significaban aquellas frusleras entre el amargo realismo de
la existencia! Para qu tanto afn disipado en colorir y labrar
marfiles y leos, en retorcer la pasta quemante del vidrio, en incrustar
ataujas ante la expectativa de la muerte?

Y qu decir de la pompa de los estrados, del boato de las colgaduras,
del aparato de las libreas!

Ah, tantos aos sin encontrar la verdad! Pero ahora, al menos, la vea
ante sus ojos como escrita en letras de fuego sobre el muro: librarse
cuanto antes de la pesadumbre de la riqueza, ir en pos de la quietud, de
la humildad, del escondrijo espiritual, lejos de la intriga mundana,
lejos de los rostros crispados por la codicia y el odio, y dirigir todas
las potencias del alma hacia el supremo objetivo de la salvacin! Era ya
un anciano y no poda ofrecer al Seor sino un pasado de crmenes y un
aparato caedizo y funesto de vanagloria.

Habase sentado en un silln de la librera, esperando que aderezaran su
lecho.

--An queda remedio--se dijo de pronto, y levantose bruscamente para
hacer llamar a su confesor y consultarle, sin demora, la reciente
determinacin de ingresar a las rdenes. Pero, al acercarse a una
puerta, su odo comenz a escuchar un acompaamiento de rabel y una voz
juvenil y melodiosa. Despeg azoradamente los labios. Su hija!

De estancia en estancia fuese acercando a la alcoba. La puerta mal
cerrada dejaba una abertura, pero don Alonso no pudo ver sino a la duea
que, sentada sobre un almohadn, segua el comps con la cabeza,
entrecerrando los ojos. Beatriz cantaba:

      Ventura quiso qu'os viese,
    amor que luego os amase,
    ausencia que n'os mirase
    porqu'en veros no muriese:
    todo lo hizo ventura,
    ventura fue conosceros,
    conosceros fue quereros,
    quereros fue desventura.

      Presentes penas mortales
    causan dolor verdadero;
    sus muestras hacen seales
    del triste mal venidero:
    la muerte siento venir,
    porque ventura consiente,
    qu'el grave dolor presente
    descubre lo por venir.

Con el ltimo acento de aquella vieja cancin castellana, doa Alvarez
exclam:

--Pascua de flores, ngel de alcorza! Quin fuera vuestro galn para
escuchar a vuestras plantas ese blando taer y esa voz tan regalada, que
hace correr las lgrimas de puro deleite! Yo s de uno que dara las
nias de sus ojos por slo haberos escuchado agora, seora ma.

--De Ramiro dices?--pregunt la doncella.

--Callad con ese espectro de noche, verdacho como una aceituna,
soberbioso y figurero como un rey de farndula, que no le quisiera yo
para m, con ser viuda y quintaona. De otro digo, rubio como un ngel y
el ms alindado de los galanes. Ah, quin me diera vuestra doncellez
para dejarle hacer su deseo!

--Qu nuevo presente os ha enviado el regidor? Qu manto, qu sortija,
qu conservas?

--A m con eso? Bien sabe Dios cun limpias estn aquestas manos
hidalgas de grasa corredera.

--Es gentil hombre en verdad don Gonzalo--interrumpi Beatriz poniendo
su ndice en la mejilla, con pensativo mirar.

Luego, atiesando graciosamente su cuerpo, exclam:

--Yo no s, Alvarez, lo que pasa en mi corazn. A las veces slo quiero
acordarme de Ramiro, y me siento como hechizada. Ah, y qu celos me
asaltan! Tengo celos no s de quin, celos rabiosos de todos los
estrados, de todas las celosas e aun de la fontana de la plazuela con
sus mozas de cntaro. No echara sobre mis ropas o mis cabellos algn
polvo de brujas el da aquel de las polillas?

--Bien pudo ser, pues ha sido harto aficionado a las mozas moriscas del
arrabal, que han debido ensearle, de seguro, los filtros, el
aojamiento, las nminas y todas sus tretas malditas.

--Sois una perra--como dice Leocadia.

--Buena borrasca es ella.

--Otras veces, de noche, metida en la cama, dame pavor, Alvarez, pensar
en Ramiro. Parceme que viene a matarme, que est escondido en algn
rincn de mi cmara haciendo mover las colgaduras y crujir los arcones;
y a la maana siguiente hulgame orte hablar de Gonzalo. Donoso lo es
en verdad el seor regidor. Me quiere desde que yo era ans, ans, y qu
rendido y alfeicado. Pero mi padre dice que el linaje de los San
Vicente no vale dos habas.

--Eso dir--interrumpi la duea;--pero yo recuerdo haber odo afirmar
al seor cannigo Miguel de la Higuera, gran sabidor de abolengos, que
los seores de San Vicente eran de muy antigua casa, que guerre mucho
con los moros, y vienen de una Mara de la Cerda, y cuentan con dos
condestables de Castilla, y tienen sus armas pintadas en los sitiales de
la capilla mayor de San Vicente de esta ciudad. Acaso no va predicando
la alteza de la casta el mesmo continente de don Gonzalo? Viose nunca
un mancebo ms corts, ms bizarro? Cul otro ms diestro en las armas,
cul otro danza y tae como l? Narciso en lindeza, Aquiles en valenta,
en msica un Orfeo. Y qu recato para penar, qu constancia en el
querer. A mi fe, seora, que si l no consigue hablaros una vez tan
slo, una de estas noches, mataris con vuestro rigor al galn ms
gentil que jams vieron los ojos.

--Eso no podra ser sin dao para mi honra--repuso brusca y nerviosa
Beatriz.

Luego, como olvidando aquel pensamiento, prosigui:

--Ciertamente Gonzalo es harto rendido. Cuanto ms dura soy con l ms
parece desearme. Yo le quiero, le quiero de veras, Alvarez. En cambio
Ramiro tan pronto se derrite como se enfada; hoy es arrope, maana
vinagre. Ms orgulloso no lo hay. Yo no debiera pensar ms en l y dar
mi mano al regidor; pero ans que cierro los ojos, le veo en mi mente
con su lindo rostro tan plido, la capa levantada por el estoque y la
gran pluma negra que estila--agreg figurndola con el gesto al costado
de su cabeza.--Nunca me acontece confundir sus pasos en la calle, cuando
corro a la vidriera. Sus espuelas araan las losas, tric, tric, tric,
tric, y a veces la contera va dando contra el muro, tac, tac... Mi padre
dice que Ramiro desciende de los linajes ms antiguos y claros de
Castilla.

--Tric, tric, tac, tac--remed burlescamente la duea.

--Licenciado no le quiero, pero si volviese ana de alguna guerra, con
la jineta de capitn!

       *       *       *       *       *

Don Alonso no perdi una sola palabra de aquel dilogo. Hubo un momento
en que sinti el impulso de entrar en la alcoba e intervenir francamente
en la pltica; pero el temor de aparecer ante su hija como un hombre
capaz de allegar el odo a la rendija de las puertas le contuvo.

Aquella misma tarde hizo llamar a Beatriz, y ordenndole reserva,
refiriole con pulcras palabras la historia del nacimiento de Ramiro. En
seguida, aludiendo a las pretensiones amorosas del mancebo, acab por
decir, con la mano en alto y la voz estremecida y solemne:

--Antes morir, hija ma, antes morir que mancillar nuestra clarsima
sangre con sangre de moros!




V


Afuera, en la ciudad, torvo sosiego de siesta castellana.

La luz del medioda arde rabiosa en los ptreos paredones, caldea los
hierros, requema el musgo de los tejados.

Las calles estn solitarias y mudas; pero, de tarde en tarde, la spera
voz de algn morisco, vendedor de legumbres, profana el monstico
silencio, haciendo refunfuar a ms de un hidalgo adormido en la
obscuridad de su alcoba.

Los gallos cantan roncos y soolientos.

Ramiro recorre de un extremo a otro el destartalado saln.

--Qu ha sucedido?

El polvo seala sobre las paredes desnudas la marca vertical de los
paos; y uno que otro clavo conserva an hilachas y jirones de
terciopelo turqu. Dirase que brbaros instrusos han arrancado todos
los tapices y antepuertas, con premura de saqueo, y quebrado hasta la
ltima baldosa del piso al arrollar las alfombras y llevarse los
muebles, no dejando otra cosa que una mesa florentina de bano
incrustada de marfil y una silla de roble.

La cuadra semeja un granero despus de vendida la cosecha, y su olor
habitual de vejez y de encierro se levanta an ms intenso de aquella
desvastacin.

Sin embargo, los antiguos retratos de los Aguila han sido suspendidos
nuevamente de la pared.

Ramiro medita. Doble surco sombro arruga su entrecejo. Su rostro est
ms enjuto, la frente ms plida, la nariz ms aguilea; pero toda su
persona conserva el boato de costumbre. Hermosa cadena reluce sobre sus
negros vestidos de gorgorn. Espuelas de oro resuenan en sus tacones.

La fnebre capa de catorceno ha sido plegada cuidadosamente sobre el
respaldo de la silla.

Su vida remolinea ahora con sbito regolfo ante la conspiracin
imprevista de sus enemigos; y su voluntad parece cubrirse de espuma
contra los obstculos, a manera de bravo torrente.

Cmo dudar? Se ha buscado desjarretarle el bro y cubrirle de infamia.
Unos, como el corregidor y los inquisidores, en castigo de haberse
quitado la gorra ante la cabeza cortada de Bracamonte; otros, como San
Vicente y el alfrez, por la rabia de los celos; y los dems, por el
envidioso temor de verle escalar los ms altos honores. Cmo explicar
si no, la insistente acusacin de complicidad con los moriscos? Quin
poda pensar de veras, que un hombre de su casta fuera capaz de
semejante atentado contra Dios, contra el reino, contra su propia honra?

Entretanto, reconfortbase al recordar el despreciativo gesto con que
haba respondido a las capciosas preguntas del Tribunal. Hubiera deseado
quedarse ah, sin agregar una sola palabra, mirndoles fieramente desde
lo alto de su orgullo; pero cuando el calificador Quiroga seal con
maliciosa expresin la daga sarracena que haban encontrado en la gaveta
de su escritorio, fuerza fue referir toda la aventura desde el comienzo,
haciendo constar la razn de su amancebamiento con Aixa, describiendo la
escena de la lucha, los cuidados de las mujeres y del morisco, y
explicando, en fin, el origen de aquel presente, que guardaba como una
honrosa prenda de su jornada.

No pudo, sin embargo, presentar ni un solo testigo; pero, Aixa, la
infiel, su propia vctima, casi enloquecida por el tormento, en vez de
tomar la venganza que se le brindaba tan fcil y terrible, confirm su
relato y su inocencia, acusndole de prfido cristiano y de mal
caballero, que no haba sabido respetar la palabra comprometida.
Felizmente los jueces no pudieron comprender la mirada de angustiosa
pasin que la sarracena le dirigi, por ltima vez, al ser arrastrada de
nuevo a la tortura.

Vino luego la declaracin del Cannigo, y no volvieron a molestarle.

Ya quedaba libre; pero quin quitara de su honra la mcula de
semejante calumnia! Ah, un agravio alevoso como aqul mereca,
asimismo, secreta venganza! Pens en Gonzalo, y, como si su espada fuera
parte viva de su persona, pareciole sentir a lo largo del envainado
acero una fruicin homicida, brbaro goce de sangre y de muerte.

Detvose un momento, y aproximose a una de las ventanas. El cuadro
invariable que haba contemplado tantas veces desde la infancia se
manifestaba ahora con otro sentido. La taciturna ciudad dentro del alto
cerco almenado que suprima todo horizonte; la adusta soberbia de los
caserones, evocando nombres tantas veces pronunciados, con todo el
entretejo de odios, de envidias, de imposturas; el andar rutinero y
villano de la existencia comunal que cada minucia recordaba, y, en fin,
tanta sordidez, tanta monotona, saltronle a los ojos hacindole
considerar la estrechura de crcel que haba bastado a su ardimiento.

Las palabras de Beatriz en el estrado le volvan a la memoria. S, era
preciso dejar alguna vez la alcndara y volar hacia la heroica cetrera!
A l mismo se le alcanzaba que no era airoso ligar su nombre al de
aquella descendiente de ilustres adalides sin ofrecerla, primero, alguna
bandera de nave mahometana, o una corona mural ganada en los asaltos de
Flandes.

Qu haba realizado hasta ahora que mereciera inscribirse en las
crnicas? Qu eran sus mejores hechos sino proezas de nio? Esta
reflexin hzole sonrer con ambiciosa amargura, mientras sus ojos,
enrojecidos de pronto, dejaban asomar una lgrima.

Resolvi, all mismo, marcharse a Cartagena, por ver si encontraba
todava al capitn Antonio de Quiones, Quin sabe si no topaban al
poco tiempo con alguna flota turquesca!

Estaba dispuesto a errar sin descanso por el mundo, hasta llevar al cabo
alguna empresa que hiciera resonar su nombre entre las gentes. Ya nada
le ataba el albedro. Ya era libre y seor; su madre haba abandonado el
mundo, dos meses antes, entrando al convento de San Jos, y acababan de
enviarla, en compaa de otras novicias, a una casa de la Orden, en la
ciudad de Crdoba.

Sentose ante la mesa.

El esquiln de la Catedral golpe tres campanadas tranquilas.

--Las tres--se dijo,--y el paje no llega con la merienda.

Acordose entonces que no haba podido entregarle dinero alguno, pues
todo lo que restaba en su bolsa lo haba invertido en el joyel de
diamantes para Beatriz.

Cumpliran los perros genoveses la promesa de traerle los ciento
cincuenta ducados?

La noche antes durmiose sin haber comido un solo bocado de pan desde la
maana; y los das anteriores, si no hubieran sido el pernil y las
berzas que trajo Casilda!

Otro da sin sustento! Ofrecera aquella nueva penitencia al Seor. El
hambre era santa.

La puerta abriose de pronto, y Pablillos, vestido de viejo traje color
de badana, entr de un salto en la cuadra, sosteniendo en sus brazos un
cesto de mimbre repleto de alubias, nabos, cebollas, longanizas y uas
de vaca; una codorniz dejaba colgar hacia afuera su cabecita muerta.

--Cmo hubiste esas provisiones, muchacho?--preguntole Ramiro con
sequedad, sospechando alguna trapacera.

--Guiado, seor, de las tres virtudes teologales del hambre, que son:
ingenio, audacia y presteza--respondi el pcaro, remedando la gravedad
de los doctores.

En ese momento, una dbil aldabada en la puerta de la calle despert los
ecos del casern.

--Son los genoveses--exclam Ramiro.--Corre a abrilles, Pablillos. No
puede ser otra gente la que llama a esta hora con tanta prudencia.

--Y mientras vuesa merced recibe a esos perros, yo pondr a guisar estos
dones de nuestra redonda madre--replic Pablillos; y se retir por la
galera columpiando la canasta encima de su cabeza.

Era hijo de una partera de Cdiz y de un famoso farsante zamorano;
Ramiro le haba tomado a su servicio en Salamanca. Cierto medioda, al
cruzar el largo puente del Tormes, viole sorbiendo sol, la espalda
contra el pretil, los brazos en cruz y los ojos fijos en el cielo, como
si esperara, cual otro San Pablo, ver bajar de las nubes, en el pico de
un pjaro, el milagroso mendrugo.

La pinta era buena. Haba estofa para un paje, Ramiro preguntole:

--Muchacho: buscas amo?

Los ojos le rebrillaron y, quitndose la gorra, adelantose paso a paso,
con el encogimiento ondulante y lloroso de los perros sin dueo.

Desde entonces, vestido de galas lacayunas, sirviole de criado, cursando
l mismo en las Escuelas, pues era de aprovechada condicin. Ramiro se
le fue aficionando por la cnica destreza con que venca o esquivaba las
mayores dificultades, y, al despedir ahora a toda la servidumbre, quiso
conservar a Pablillos, que, con el escudero y Casilda, eran los ltimos
puntales de su decadencia.

Oyose rumor de pasos en la galera. Alguien golpe la puerta con los
nudillos.

--Entrad--dijo Ramiro.

Y los genoveses se presentaron.

Eran dos prestamistas del antiguo barrio judo de Santa Escolstica. El
uno, joven, con el cabello tuzado sobre la frente, facciones infantiles
y enorme corpachn de verdugo. El otro, anciano, ojillos vinosos, nariz
avarienta, y la piel del pescuezo crdena y granulosa como el colodrillo
de los pavos. El primero traa aretes de coral; el segundo, varias
sortijas adornadas con las vistosas piedras que fabricaban en Venecia
los margaritaios.

El viejo entreg un bolsillo de cuero henchido de monedas, diciendo:

--Su seora pu contar. Son ciento cincuenta.

--No he menester--respondi Ramiro guardando el talego.

--Su seora sabe--agreg el prestamista--que el ltimo da de cueste
ao deber dejar el palacio.

--S--respondi Ramiro secamente, y cruz los brazos en silencio como
invitando a los genoveses a que se retirasen.

El anciano escudriaba todo el saln por ver si quedaba todava alguna
cosa olvidada, hasta que al distinguir los retratos medit un instante y
exclam:

--Si su seora quiere dar estas pinturas, le adelantaremos veinte
ducados, y, despus, si su seora quiere habitar otro palacio se las
ritornaremos por poco ms.

Ramiro se puso en pie bruscamente. Qu haba escuchado? Vender los
retratos de sus mayores! La ofensiva propuesta le hizo sentir de un modo
brutal toda la hondura de su cada. Era posible que el solo hecho de la
ruina del patrimonio diera alientos a un villano como aqul para
proponer, cara a cara, a un hombre de su estirpe, semejante comercio?
Venir a pedirle precio por los sagrados emblemas del abolengo! Ah, no!
Antes mendigar por los caminos, antes devorarse los dedos que mercar,
por unas viles monedas, aquellas imgenes, que l siempre conservara,
para que auspiciaran su porvenir y le recordasen, en cada ocasin, de
cerca o de lejos, ejemplos de piedad y de honra.

Dijo:

--Spase el perro usurero que harto se me alcanza hacia donde encamina
su intencin, y spase tambin que, aunque juntara todo el oro que ha
robado hasta aqu, y el que ha de robar en lo venidero, por arte de su
puerca avaricia, nunca tendra con qu pagar un aico, tan slo, de
estos retratos, que valen para m mucho ms que todas las riquezas de
las Indias.

Una sonrisa de orgullo apunt por debajo de su gesto implacable, como si
confiara en que el espritu inmortal de sus antepasados acababa, de
presenciar aquel movimiento, que les iba dedicado como una ofrenda.
Seguidamente, sealando la puerta, orden a los genoveses que se
alejasen.

Un instante despus llegaba Pablillos con la humeante colacin.

Ramiro comi con dignidad, sin dejar que su semblante tradujera el bajo
deleite de las entraas; mientras el paje, en pie, junto a la silla,
relataba su reciente aventura:

A la hora en que los porteros duermen la siesta, se haba dirigido a la
tienda de Pedro Gil, en el Mercado Chico, diciendo que su amo, don Diego
de Valderrbano, acababa de llegar de la sierra y mandaba en busca de
tal y cual cosa para su plato, que cuanto antes se lo remitiesen porque
vena con harta necesidad. Luego, dejando la tienda, fuese a esperar a
la puerta de aquel seor, escondiendo la gorra por debajo de la ropilla
y pasendose por el zagun, como si fuera un criado de la casa. Las
provisiones no tardaron en llegar, y l las recibi de mal gesto,
diciendo con enfado al mozo que las traa: Por poco ms te vuelves con
todo, galpago, que tena orden de mi Seor de no lo recibir si no
llegaba luego, luego. Apenas el mozo hubo vuelto las espaldas cuando el
portero habl por la mirilla. El se adelant sin vacilar y pidiole que
le excusara, pues el sol estaba tan en su fuerza que haba entrado a
guarecerse a la sombra y descansar un momento del pesado fardo que
llevaba.

Ramiro quiso indignarse, pero el bien del sustento le ablandaba la
voluntad. Sac una moneda y disela al paje para que pagara sin tardanza
su latrocinio, ordenndole en seguida que almohazara su caballo y
aparejase el arns, las ropas y las armas para un largo viaje que tena
que emprender al siguiente da.

La cabeza contra el respaldo, los codos en los brazos del silln y los
dedos entrelazados, cerr luego los ojos para que los instantes le
parecieran ms veloces, mientras llegaba la respuesta de Beatriz, que
deba traerle Casilda.

Viendo, ora la hechicera boca de su amada, que apareca y desapareca,
ora un mar de olas inverosmiles, flotas a la vela, abordajes heroicos,
armas y banderas extraas, fuese quedando dormido. Un ratn sali de la
cueva y otros le siguieron. El nmero se acrecentaba sin cesar y todos
devoraban con desconfiada premura las migajas cadas en torno de la
mesa. De pronto Ramiro levant una pierna para cruzarla sobre la otra, y
a un tiempo, como un solo ser, todos los roedores dispararon hacia los
muros en instantnea fuga. Luego reaparecieron, se aproximaron, y
cobrando confianza, rodearon por completo el asiento del joven hidalgo.

Cuando Casilda regres, Ramiro dorma profundamente. La muchacha
contemplole un buen rato, temiendo quiz despertarle. Los cabellos
retintos del joven dejaban caer dos lacios mechones sudorosos sobre la
frente, los prpados estaban como aureolados de misterio, y sobre la
palidez mate del rostro, el labio acentuaba su carminoso brillo. Casilda
llamole:

--Mi seor! mi seor!

La recadera traa malas noticias. Haba seguido el procedimiento de
costumbre, hacindose anunciar por Leocadia; pero esta vez la seora no
haba querido recibirla.

--Pero supo--pregunt Ramiro--que yo te mandaba?

La muchacha respondi con una sonrisa.

--Subiste a sus cuartos? Os vio?

--Viome harto bien, y yo mostr, desde lejos, el billete de vuestra
merced; pero mandome decir que se estaba aderezando para salir al
estrado, y que no poda en ese momento ocuparse de esquelas.

--Eso dijo?

--Eso, seor.

--Y no mandaste, al menos, el billete con alguna criada?

--Y si vuestra merced se enfadaba, luego, conmigo?

Ponindose en pie, el mancebo repuso:

--Enfdome agora de veros tan necia.

Los ojos de la muchacha se enrojecieron, su mano estrujaba el rojo
mandil. Ramiro, en vez de ablandarse ante aquella humildad, enfureciose
mayormente. Tom de un hombro a Casilda e hzola girar con violencia,
gritando:

--Fuera de aqu la bellaca!

Ella corri hacia la puerta, y oyose al pronto sofocado gimoteo que se
alejaba por la galera.

Era posible que Beatriz no hubiera querido recibir su mensaje? El
orgullo hzole buscar la explicacin en su propia conducta. Pero qu
inconstancia, qu desvo poda reprochrsele? No le paseaba la calle
todos los das, no iba luego a esperar fuera de la ciudad, frente al
torren de su huerto? No le enviaba joyas, no la compona sonetos y
endechas, como el ms rendido de los amantes?

De cavilacin en cavilacin, dej llegar la noche sin salir de la
cuadra. Dos horas despus de cenar, djole al paje:

--Puedes irte a dormir.

--No ha odo vuesa merced--pregunt el muchacho--algo as como un
rechinar de eslabones en la estancia vecina y unos golpecillos como de
huesos?

--Estarase alguno robando la argamasa del muro.

--No es bueno hacer mofa, seor, que si fuera algn nima ensabanada!
Yo tiemblo!

Pablillos se retir, y Ramiro sali a la galera. La piedra, el
ambiente, la tierra herbosa del patio, todo se refrigeraba en la clara
noche de luna. Ramiro se apoy en el antepecho y levant las pupilas.
Grandes nubes iluminadas viajaban en el augusto silencio.

El resplandor del astro baaba slo dos lados de la galera; espectral
claridad que haca pensar en apariciones. La sombra se ahondaba bajo los
arcos temerosamente.

Lleno de amorosa incertidumbre, Ramiro no poda pensar sino en Beatriz,
y vea su rostro sobre todo lo que miraba. Vealo sobre el muro, o en el
veto de las tinieblas; vealo en los cielos, indeterminado y sublime,
confundiendo su belleza con el hechizo de la noche. Otras veces era toda
su persona revestida de blancura nupcial y vagando bajo los arcos o
entre las hierbas, como una sonmbula. Ramiro hallbase embebecido. La
solemne dulzura del ambiente se difunda en su alma, y su sentido crea
respirar el perfume de las corolas innumerables abiertas abajo, entre
las losas y desteidas al par de los tallos por la fantstica ceniza de
la luna. No se escuchaba el ms leve murmullo. El sosiego era profundo,
pero su espritu no se senta verdaderamente solo. Algo como el hlito
de otra presencia llegaba hasta l desde los sitios tenebrosos.

Una hora pas. La claridad caminaba sobre el muro frontero. Hacia la
derecha otro ngulo del patio comenz a iluminarse. Nuevo arco ornado de
rosetas de piedra apareca, y Ramiro, al mirar en aquella direccin,
advirti la forma de una mujer asomada como l hacia la noche. Era
Casilda. Su seno henchase por momentos y sus ojos brillaban demasiado,
cual si estuvieran humedecidos.

Ramiro se sorprendi de su propia emocin. Aquella compaera de infancia
cobraba ahora imprevista idealidad. Casilda era tambin una mujer, mujer
bella entre todas. Fruta sazonada en el propio huerto y desdeada a
fuerza de mirarla siempre a la merced de la mano. Pens que con un breve
signo, pens que chistndola apenas vendra hacia l, y a la primera
caricia darase mansamente como una esclava. Pens en reyes ancianos que
entregaran su corona por un instante de aquella voluptuosidad que l
poda gozar all mismo. S: un solo rumor del aliento, y la preciosa
criatura vendra a henchir de deleite su noche solitaria.

Pero no, su corazn estaba demasiado herido, demasiado inquieto, y por
eso tal vez el amor de Beatriz se levantaba ahora ms tirnico, ms
exclusivo que nunca, como el nico amor concebible.

Irguiose, y sin ser visto ni sentido por la doncella, fue a echarse solo
sobre la cama, y a soar en aquel beso que Beatriz haba espantado con
su grito, en aquella boca tentadora y terrible que palpitaba y
mariposeaba desde entonces por delante de su alma.




VI


A la maana siguiente, a la hora de costumbre, Ramiro encaminose a la
calle de Beatriz. Pas y repas muchas veces por delante del palacio. La
ventana no se entreabri siquiera.

A la tarde sali por la Puerta de San Vicente y fue a sentarse frente a
la muralla. La figurita diminuta que asomaba de ordinario all arriba,
sobre las almenas, con el rostro vuelto hacia l, no apareci, ni
volvera a aparecer nunca ms!

En los das siguientes, recorri, sin descanso, yendo y viniendo, la
calle de su amada. Cun terrible desengao el que baj hasta l desde
las verdes celosas! No hay lenguaje ms cruel para el enamorado que el
de esas maderas cerradas sin piedad, y que parecen rechazar o mofarse en
nombre de una mujer.

Un colrico estupor le exaltaba y le desconcertaba a la vez; ira
inmensa, refrenada ante el enigma, pero pronta a caer como un peasco
sobre el culpable. Por debajo de aquel desvo de Beatriz haba que
buscar la nueva intriga de sus rivales. Ella era inocente y vctima de
la misma impostura. Quin sabe qu sospecha habran logrado incrustarla
en el corazn!

Sin embargo, no quera pensar por ahora en Gonzalo. Segn su altiva
costumbre, buscaba disimularse a s mismo toda intencin de venganza, de
suerte que la clera slo estallara en el instante del infalible
castigo.

Quiso la casualidad que uno de aquellos das, al pasar Ramiro bajo las
ventanas de Beatriz, don Alonso llegase por la misma calle en direccin
a su morada, llevado en silla de manos y rodeado de escasa servidumbre.
Ramiro le salud con franqueza, quitndose del todo la gorra. El hidalgo
baj rpidamente los ojos y respondi apenas con leve inclinacin:

--Qu es esto, Santsima Virgen!--se dijo el mancebo.

Sintiose tentado de volver sobre sus pasos e interpelar derechamente a
don Alonso. Pero no!...

Llegado a su casa, y ahondando cada vez ms sus cavilaciones, crey
encontrar una nueva cifra. A la misteriosa calumnia agregbase quiz la
noticia verdadera de su ruina. Don Alonso habra sido informado; y quin
sabe si los aos, enfrindole el corazn, no le haban tornado
calculador y avariento.

Sobrevnole de nuevo el asco de aquel ruin lugar, como le llamara, en
cierto instante de tedio, el mismo don Alonso. Ciudad crcel, segn l,
donde la holganza enmoheca los nimos ms nobles; donde la excesiva
proximidad de los mismos orgullos haca germinar rivalidades
monstruosas; donde se viva bajo continuo espionaje, y cada rendija
tena una mirada, cada colgadura un odo, cada soplo una lengua; donde
todo impulso generoso topaba con muros ms agobiantes que los que
retajaban el escaso recinto de la ciudad, y, donde, en fin, slo podan
librarse del desengao y del hasto aquellos que tenan el ala asaz
nervuda para tender a cada momento su vuelo hacia Dios. Ahora comprenda
el abandono que iban haciendo de sus moradas tantos caballeros, para
irse a vivir a la corte o a buscar fortuna y honra en Flandes, en
Italia, en las Indias.

A fuerza de meditar en su propia situacin, asaltole un pensamiento
irresistible: probar la suerte, someter todo el oro que haba recibido
de los usureros al azar de un instante. Multiplicara, tal vez, su
caudal en proporciones fantsticas. Viose ya subyugando el capricho de
la fortuna y asindola del pescuezo como a una mujer que se resiste.
Llenara su cofre y sera poderoso por algunos meses. Era todo lo que
deseaba. Se creera en la ciudad que haba logrado restaurar su
patrimonio, y don Alonso volvera a abrirle los brazos.

El haba entrado una vez, en compaa de otro mancebo, a un garito
prximo a la Puerta del Puente, donde acudan a diario muy principales
caballeros de la ciudad. All se haba encontrado con don Enrique
Dvila, encerrado ahora en el castillo de Turgano por la conspiracin
de los pasquines; con Valdivieso, con Heredia, con los hermanos Verdugo,
con Antonio Muxica, y muchos otros conocidos, sin exceptuar a Gonzalo y
Pedro de San Vicente. Calose su sombrero de fieltro, y, echndose a los
hombros la segoviana capa, se dirigi, precedido de su paje, a la casa
de juego.

La luna no haba salido an, y al bajar por la Ra, hacia el Adaja,
Ramiro contemplaba las constelaciones. Quin hubiera podido leer en
aquella escritura suntuosa y estremecida!

A eso de las cinco de la maana estaba de vuelta en su aposento.

--Y no dijo vuesa merced alguna oracin al entrar a la tablajera o al
arrimarse a la mesa?--preguntole el paje, continuando la pltica que
traan desde el portal.

--Deja eso, Pablillos, que no es tiempo ahora de pensar en lo que hice o
no hice.

--Es que yo creo que si vuesa merced... Cuando yo estaba en Salamanca y
poname a jugar con otros como yo, cada vez que recitaba cierta oracin
que yo me s, les sacaba todos los cuartos.

--Fue ans como llegaste a reunir tanta hacienda?

--No se burle vuesa merced, que andaba yo amancebado, en aquel tiempo,
con la hembra menos guardosa del mundo.

Pablillos habale tomado ya el sombrero y los guantes y, al quitarle la
capa, exclam como espantado:

--Hanle robado a vuesa merced la cadena? Vive Dios!

--Fuese la soga tras el caldero, Pablillos.

--La jug tambin vuesa merced?

--Juguela.

--Vuesa merced ha perdido entonces todo su caudal?

--Todo.

--Ah, cunta desgracia! Y cmo habr de comprar las provisiones para
maana y los das venideros?

--Eso pinsalo t, que eres villano--exclam Ramiro muy cerca de la
clera.

--No tan villano, seor, que es bien sabido que los Martnez fueron
siempre de muy limpia sangre castellana, y que, a no ser el incendio que
destruy todo el solar de mis padres, podra yo ensear agora a vuesa
merced tamaotes pergaminos de mi hidalgua.

Luego, despus de haber quitado a su amo las calzas, balbuce con
cautelosa humildad:

--Vuesa merced recordar que los ginoveses, segn me ha dicho,
ofrecieron veinte ducados por los retratos de sus mayores.

Ramiro estaba ya metido en el lecho, y, hurtando su rostro a la luz
para dormirse, repuso como entre dientes:

--Dselos, dselos, Pablillos; pero que entiendan...

El resto de la frase perdiose entre las mantas.




VII


Amargo fue el despertar del joven hidalgo. Pablillos le trajo el dinero
de los genoveses, a quienes llev los retratos con la primera lumbre del
alba; pero despus de referir los pormenores de la diligencia, le dijo:

--Debo comunicar tambin a vuesa merced, que, al cruzar la plazuela,
top con Pedro San Vicente, el segundn, quien pareca estarme
esperando. Me ha declarado, con mucho misterio, que don Alonso Blzquez
tiene resuelto entrar de religioso tan pronto case a la hija, e que su
hermano el mayorazgo le pasea la calle a la seora Beatriz, entrada la
noche, e que hace menos de una hora ha recibido un papel que no puede
ser sino della, dndole una cita para hoy; pues a travs de una
antepuerta hale odo exhalar muchos suspiros, diciendo: S, bella
namorada ma. S que he de ir! Hoy mesmo, hoy mesmo. Mal que os pese,
seor Ramirillo. Y encargome no dejara de referir esto ltimo, palabra
por palabra, a vuesa merced, por lo mucho que le importa.

--Quin acoge razones de un ebrio?--repuso Ramiro, desdeosamente.

Pero no por eso dej de experimentar sbito calofro que le baj hasta
las plantas.

Hizo llamar a Medrano y refiriole su extraa situacin, el menosprecio
de Beatriz, la frialdad de don Alonso y lo que acababa de decirle su
paje.

El escudero palideci de pronto y, mesndose la barba, repuso:

--Amor de nia, agua en cestilla--luego alzando la frente:--No ser
alguna treta de Franco, el campanero?

Ramiro, pensando que poda referirse al asunto de los moriscos, mene
la cabeza negativamente. Acto continuo, como hombre resuelto a desatar
el nudo de modo harto breve, vistiose el coleto de ante y ciose la
espada que le diera don Rodrigo del Aguila. Luego, desnudando la hoja,
oprimi con ambas manos la guarnicin sobre su pecho, para rezar de
aquella guisa una larga plegaria. En acabando persignose con la
empuadura, y haciendo correr a lo largo del acero indefinible mirada,
envainolo otra vez en silencio.

Todo qued convenido. Orden a Medrano que fuese a rondar la casa de
Beatriz. Quera saber lo que pasaba, instante por instante, por si era
verdad lo del billete. El por su parte ira a esperar junto a la Puerta
de San Vicente, y Pablillos hara de correo.

Eran pasadas las once de la maana cuando Ramiro y su criado dejaron la
ciudad, tomando, hacia la izquierda, el camino exterior que corre, por
la parte de Medioda, al pie de los muros. El muchacho caminaba por
delante con el gesto despejado y feliz, y aunque llevaba el estmago ms
hueco que un atambor, su instinto atisbaba cierto olorcillo de aventura
que haca para l las veces de sustento. Su amo no era hombre de muchos
memoriales, y si el otro se presentaba con la msica bajo las ventanas
de la seora, habra de seguro una gresca digna de las calles de
Salamanca. El, por su parte, crea poseer las mejores piernas del reino;
y, a no ser que le cegaran de improviso hacindole entrar la cabeza en
el vientre de alguna guitarra, como le haba acontecido cierta vez,
riberas del Tormes, estaba seguro de su persona.

La maana era fresca y radiosa. Pablillos senta en su sangre hervor de
vida, escozor de danza, cerril impulso de zapatear la tierra y lanzar a
los vientos largos cantares agudos que rebotasen en los collados. La
primavera prestaba a los trigales undoso brillo de sedas; verde y
plateada casulla sobre el buriel de los terruos! El sol chispeaba en la
mica de las peas, en la reja de los arados, en el agua del ro,
fingiendo como un chubasco de luz, a lo lejos, sobre las sierras de
Villatoro. Todo pareca impregnado de claridad y de matutino frescor,
hasta el taer de las campanas, el sonido de los yunques, y el cantar de
los tejedores y caldereros en el morisco arrabal de Santiago. Algunas
mujeres quemaban al pie de la cuesta montones de hojarasca, y un perfume
rstico, mejor que el incienso, sahumaba deliciosamente el contorno.
Ramiro record sin quererlo sus amores con la sarracena.

Cuando hubo llegado a la Puerta de San Vicente, djole al paje que
esperara en aquel sitio, mientras l iba a situarse frente a la muralla
del Norte.

Pas el medioda sin que Ramiro recibiese aviso alguno. A eso de las
cinco de la tarde, Pablillos vino a comunicarle que don Alonso acababa
de salir de su casa en una silla cubierta, y que, segn les haba dicho
un viejo lacayo, aquel seor, despus de algn tiempo, pasaba la noche
en el convento de Santo Toms.

La tarde mora. Ramiro se sent sobre una pea, con el rostro casi
oculto por el ala del fieltro. El suelo violceo pareca ondular a sus
pies bajo la vibracin alucinadora de la penumbra.

De tiempo en tiempo, el joven hidalgo levantaba la cabeza y perda la
mirada en el contorno, indiferente a la magia del cielo y a las
seducciones del paisaje; pero recogiendo en el alma, de un modo
instintivo, la reciedumbre de aquel sitio de pasin y de sublime
violencia.

El sol, antes de ocultarse, exalt con su gloria muriente el oro del
cielo. Las pupilas de Ramiro se dilataron.

Desolada melancola ba de pronto la imponente rudeza de la muralla.
Ramiro imagin que las torres se sucedan a espacios iguales, como los
_paternoster_ del rosario; que las almenas figuraban las avemaras, y la
Catedral, con su saliente cimborio, el hueco crucifijo lleno de
reliquias de santos y caballeros.

Cuando Pablillos volvi a presentarse sin ninguna noticia, su amo le
manifest que se iba a rezar a las cuevas de San Vicente, y encaminose,
en efecto, a echarse a los pies de la Virgen de la Soterraa.

Al acercarse a la baslica hundi la mano en la faltriquera y extrajo el
rosario de quince misterios que le haba ofrecido su primer preceptor
Fray Antonio de Jess. Era un viejo rosario de Tierra Santa, cuyas
cuentas, hechas de hueso de camello, haban sido ensartadas en fuerte y
apretado cordn de seda blanca.

Lleva siempre contigo esta soga de estrangular demonios, habale dicho
el franciscano al ofrecrselo.

La iglesia estaba sola y obscura. Una lmpara de plata arda en la
capilla mayor. Misterioso como nunca pareciole ahora el extrao
monumento dorado y azul de los Mrtires. Baj a la cripta. La milagrosa
imagen estaba rodeada de cirios ardientes. Dos mujeres, echadas de
pechos en el suelo, geman hacia un rincn, cubiertas completamente por
sus mantos, haciendo pensar en dos enormes murcilagos moribundos.

Rez con fervor los quince misterios, y cuando crey que la sombra le
permitira caminar por las calles sin ser reconocido, se dirigi a la
ciudad, entrando a ella por la puerta vecina y yendo a situarse a pocos
pasos de la casa de Beatriz.

Esper mucho tiempo.

De pronto, un bulto humano rozole y pas. Algo despus vio llegar una
ronda. Un corchete vena por delante meneando hacia uno y otro lado la
humosa y enrejada linterna. Aquella luz alumbraba con crudeza los
semblantes de los ministros. Ramiro reconoci al alguacil Pedro Ronco
por la facha imponente. Las cejas y el mostacho parecan trazados con un
tizn sobre su tez color sebo. El ruido autoritario de los pies y las
espadas fuese alejando.

Escuchose luego una voz:

--Seor! Mi seor!

Era Pablillos.

Refiri que, un momento antes, un hombre enmascarado se haba detenido
frente a la casa de don Alonso, y que a tiempo que Medrano le mandaba
con aquella noticia, apareci un nuevo enmascarado, el cual, acercndose
al primero, le interpel con dureza. Ya parecan irse a las manos,
cuando acert a pasar la ronda. Haciendo abatir las mscaras y arrimada
la lumbre a los rostros, el alguacil Pedro Ronco reconoci a los dos
hermanos San Vicente, ordenando con fieras amenazas al segundn que se
alejara al punto, si no quera acabar en la crcel. El mayorazgo
retirose tambin; pero, segn el escudero, no tardara en volver al
mismo sitio.

Ramiro fue a colocarse en la esquina ms prxima. Encontrndose all con
Medrano, dijo a ste y al paje que le dejasen solo.

La luna deba asomar hacia el naciente, pues la muralla comenzaba a
contornear por ese lado sus triangulares almenas.

Ms de una hora pas Ramiro sin apartar los ojos de la casa de Beatriz.
Parecale por momentos que el postigo de la puerta se entreabra y se
cerraba. De pronto, un cuerpo de mujer asom por la abertura. Las
blancas tocas y la singular corpulencia denunciaban a doa Alvarez. Cada
vez sacaba fuera mayor parte del busto, cobrando confianza. Por fin,
chist quedo, muy quedo, varias veces. Nadie responda. El postigo
cerrose.

Cuando Ramiro comenzaba a pensar que Gonzalo no volvera tal vez a
presentarse aquella noche, vio llegar a lo largo de la calle, la figura
de un hombre que fue a detenerse ante la casa de Beatriz, al pie de las
ventanas.

Ramiro desenvain la espada, y tomndola de la hoja por encima de la
capa, adelantose, prestamente, rozando la pared ms obscura. Era
Gonzalo! Aunque su rostro estaba cubierto por el negro tafetn,
reconociole, al pronto, por la pluma blanca, sujeta a la gorra con
hermoso joyel de diamantes, y la capa cenicienta que llevaba, tambin,
noches pasadas, en la casa de juego.

Al tiempo que el joven regidor iba a golpear la puerta con los nudillos,
Ramiro, corriendo hacia l, asiole el brazo en el aire. Luego,
estrujndole con fuerza la mscara sobre el rostro, acab por
arrancrsela con rabioso tirn. San Vicente desenvain a su vez, y
exclamando: Muera!, se arroj sobre su rival. Pero ste le esperaba
ya con el acero tendido.

Gonzalo se detuvo, y blandiendo furiosamente la espada, grit de nuevo:

--Pida perdn el alevoso.

--Vos a m, villano, por vuestras calumnias menguadas.

--Muera entonces el perro morisco!--volvi a gritar San Vicente.

--Hablad ms quedo, seor regidor; no sea que os preste ayuda la ronda.

--No la he menester.

--Pues busquemos, si os place, algn sitio ms apartado, donde el rumor
de las espadas no haga asomar a alguna duea pensando que es el oro de
vuestra bolsa.

--Vamos donde gustis.

Los dos envainaron, y Ramiro tom por la angosta calleja, en la
direccin del Nordeste, hacia un paraje solitario dentro de los muros,
que l haba observado en uno de sus paseos.

Gonzalo marchaba a la izquierda, y su capa gris semejaba una tela de
plata entre la incierta claridad de la noche.

Llegados que fueron ante un viejo portaln, Ramiro se detuvo y trat de
violentar el cerrojo. Gonzalo ayud con el hombro. Por fin, despus de
un vano forcejeo, convinieron en escalar juntos la tapia. Gonzalo apoy
su pie en el muslo de Ramiro y, cuando se hubo encaramado, tendi desde
arriba la mano a su rival, ayudndose uno a otro como en los desafos de
los libros caballerescos y como lo hicieran Amads, Rugero o Esplandin,
con su valiente cortesana.

Era una cantera abandonada. La roca, formando una sola mole en forma de
colina, no haba permitido levantar vivienda alguna sobre su ptreo
caparacho, antiguo como el mundo. La muralla se levantaba hacia la
derecha, almenada, fosca, solemne y revestida de sombras formidables.

Detenindose en el paraje ms llano, los dos mancebos derribaron al
suelo sus capas. Gonzalo arroj tambin lejos de s la rodela que
llevaba colgada del cinto. El cielo, todo entoldado, de nubes
transparentes, esparca sobre la callada ciudad una lumbre misteriosa de
amanecer. Hacia el naciente, nacarada aureola rodeaba la escondida perla
del plenilunio.

Los aceros se cruzaron.

Gonzalo paraba los golpes con maestra, acechando el instante. Ramiro, a
su vez, desplegaba una esgrima aparatosa y soldadesca, con molinetes
fantsticos, y su boca, entreabierta por el ansia homicida, dejaba
rebrillar la dentadura.

San Vicente, a pesar de su destreza sentase vacilar ante aquella
mscara cruel, toda confianza, toda vigor, toda coraje; y, por fin,
temiendo que el corazn le flaqueara, hizo una falsa y enviole a Ramiro
una punta derecha y veloz como un dardo. El arma atraves de parte a
parte el coleto por el costado, rozando la carne. Ramiro, entonces,
iluminado por una centella de instinto, dio dos grandes pasos hacia
adelante, para dejar aprisionada en el cuero la hoja del adversario; y
tomando su propia espada, como quien alza un pual, clavsela de golpe
en medio del pecho. Luego se la hundi ferozmente, a travs del
justillo, toda entera, toda, toda, hasta los gavilanes.

Gonzalo exclam:

--Esto es hecho!

Y, lanzando por la boca una onda negrusca, desplomose.

Sus brazos y sus piernas se sacudieron un instante; y su cabeza, sin
vida, se dobl, se acost de lado, sobre la piedra.

Al mirar extendido a sus plantas el cuerpo exnime de su rival, Ramiro
elev una oracin jaculatoria a la Virgen de la Soterraa. Estaba
vengado! La fuente del orgullo derramaba ahora por todo su cuerpo un
goce inmenso y bravo. Sinti erguirse en la brisa, como una cresta de
gallo, la pluma de su sombrero, y experiment en los talones una extraa
sensacin de fuerza invencible. Hubiera querido lanzar, con toda su voz,
hacia la luna, el grito de guerra de sus mayores.

Asaltado por sbito pensamiento, se agach hacia el cadver, y
desciendo las agujetas, sac de entre el jubn y la ensangrentada
camisa un billete sin sobrescrito. Lo despleg. La claridad era dbil;
pero, al mirar hacia el cielo, observ que la luna iba a pasar muy
pronto tras una grieta de las nubes. Poco despus sus ojos leyeron las
siguientes palabras:

Srvase vuesa merced venir esta noche pasadas las once. Golpee primero
tres veces y luego otras dos, muy quedo, en el postigo. Yo le abrir.
Cruce el patio y el huerto y suba a la torre de la muralla. Mi seora
ir luego a hablar con vuesa merced.

Vuestra fiel servidora, _Alvarez_.

Tomose la frente con ambas manos, Era posible! Sera verdad que
Beatriz?... No habra en todo aquello algn ardid infame de la duea?
Fcil era saberlo. Contuvo su meditacin, e, instantneamente, con
nerviosa premura, cambi su negro sombrero por la gorra de Gonzalo.
Arrastrando en seguida el cadver hasta el borde de una cavidad que
negreaba al pie de los muros, empujolo con el pie reciamente para que
rodara hasta el fondo. Luego, recogiendo la clara capa del muerto,
embozose con ella, haciendo de lo suyo un lo que apret bajo el brazo.

Cuando se dispona a saltar de nuevo la tapia, vio asomar por detrs dos
rostros obscuros. Tuvo un estremecimiento. Eran Medrano y Pablillos, que
haban presenciado desde all toda la escena. Al caer a la calle, el
escudero recibiole sobre su pecho, exclamando:

--Famosa estocada, voto a Cristo! Huyamos, huyamos presto, no sea que
vuelva la ronda.

Ramiro ordenoles esta vez con imperio que fueran a esperarle al solar,
y, dndoles la capa y el sombrero, enderez resueltamente a la casa de
Beatriz.

Llegado ante la puerta, advirti en el suelo la mascarilla negra de
Gonzalo; cogindola con presteza se la puso en el rostro.

Golpe tres veces y luego otras dos con los nudillos. El pao de la capa
desprenda afeminado perfume. Su espritu comenz a divagar. Vio y dej
de ver varias veces una almohada de Aixa engalanada con hilo de oro y
piedras preciosas. Observ que los clavos de la puerta figuraban cabezas
de leones. Llam de nuevo. El exceso de emocin le embriagaba. Por fin,
el cerrojo cruji levemente y el postigo entreabriose; doa Alvarez
asom la cabeza, y despus de haberle observado un instante, le dijo en
voz baja:

--Albricias, seor don Gonzalo!

Luego, abriendo del todo el postigo y sacudiendo la mano con
impaciencia:

--Presto, presto--agreg;--cruce vuesa merced el patio y el huerto, y
suba a la torre.

Cuando Ramiro se hall en lo alto del cubo, desde cuya plataforma haba
visto atardecer siendo nio, en compaa del enano, apoy su espalda
contra las almenas y se puso a esperar. Incomprensible apata le
inundaba: una inconsciencia, una vaguedad de emocin, comparables al
comienzo de la embriaguez. Su razn meditaba sin comprender. La frescura
de la noche hacale sonrer.

Abajo, profundamente, los altozanos ondulaban con color fosco de acero.
El convento de la Encarnacin, con sus tristes paredes plidas, adorma
en la noche su sosiego santo. Tenue claridad flotaba sobre la morada de
pureza y de pasin, como si sus tapias encerrasen algn milagroso huerto
de lirios. Nubes bajas, resquebrajadas como tmpanos, cubran el cielo,
dejando transparentar esa temerosa luz cenicienta favorable a todos los
ensalmos. Los gallos cantaban por momentos, como si comenzase la aurora.
Un perro lati de modo lgubre al pie de la muralla.

De pronto, oyose en la escalera sedoso crujir de vestidos.

Ramiro se irgui.

Cubierta de un velo obscuro, una mujer acababa de aparecer sobre la
torre; su mano, enguantada, abati con gracia el embozo. La plida tez
de Beatriz resplandeci entonces con blancura de mrmol, y sus lustrosos
cabellos, ceidos por un aro de oro, tomaron en la noche azulenco pavn
de armadura sombra. Dos mechones se desprendieron de los dems,
vibrando en el aire cual doble serpiente.

Anchos galones de plata recamaban la falda color zafiro, mientras la
tela del jubn desapareca bajo cuentas y canutillos, cota de abalorio
cabrilleando sin cesar como el agua intranquila. La doncella levant el
rostro con los ojos entrecerrados, quedndose inmvil un instante. Sus
labios parecan sorber la fluida claridad que bajaba del cielo.

Ramiro se sinti como enloquecido ante aquella aparicin. Todo su ser no
fue sino un brusco frenes, una llama que se estira para devorar el velo
cercano. Era Beatriz la que estaba ante l, su Beatriz, su seora,
divinizada por la magia de la noche y del silencio. Olvid su sospecha;
olvid el papel de doa Alvarez y el drama reciente; olvid como un
ebrio, como un insano, que llevaba las ropas de otro hombre; olvid la
mscara que ocultaba su rostro; y pareciole que, despus de un sueo
desesperante, se encontraba por fin con su amada, esposo y seor, sobre
la torre de encantado castillo. Camin hacia ella y asiola con dulzura.
Beatriz se resisti dbilmente; en su labio, humedecido, temblaba una
lucecilla azul, una gota de luna!

Fue al principio un beso ideal, casi incorpreo, tomado con el aliento,
en la quietud, en la altura, sobre el sueo de la ciudad y las tierras;
pero, al pronto, el indeciso contacto acab por despertar los sentidos,
y las bocas se ligaron, se apretaron fuertemente, bajo el masculino
furor. Beatriz gimi sin poder esquivarse, mientras Ramiro senta correr
por su cuerpo sobrehumano deleite. Al fin lograba la ansiada, la soada
caricia! Era el beso de ella, el beso de Beatriz, tantas veces
imaginado! Pero, de pronto, en medio de aquel loco transporte, un
relmpago de razn brill en su cerebro. La realidad acababa de herirle
de sbito. Fue algo espantoso. Con la boca estremecida an sobre el
rostro de la doncella, pens de repente que estaba con la capa y la toca
del muerto; que llevaba sobre el rostro una mscara; que Beatriz crea
hallarse en brazos de Gonzalo, y, en fin, que aquel beso era el beso de
otro, el triunfo de otro, la caricia suprema destinada a otro labio, a
otro hombre!

En ese instante la nia, levantando su rostro, exclam con pasin:

--Ah, Gonzalo, cun dichosa me hacis!

Y tendi de nuevo su boca insaciada.

Ramiro recibi de lleno el aletazo de la demencia. Todo su ser rechin
cual la hoja gnea que el espadero sumerge de golpe en el agua. Senta
que su mente giraba en una vorgine de negrura, y escuchaba dentro de su
cerebro el ladrido de las potencias tenebrosas de la venganza; no viendo
sino una sola idea, una sola necesidad, una sola justicia: el
exterminio, la muerte!

Tom, sin embargo, sin poder resistirlo, el nuevo beso de Beatriz,
devolviendo aquella caricia con una mordedura salvaje. Ella grit entre
los dientes, y sus esfuerzos fueron tan desesperados que logr por fin
desasirse. Entonces el mancebo, quitndose de golpe la mscara, rugi
dos veces:

--Ramera! Ramera!--ensendola el rostro.

La nia no pudo modular ni una sola palabra. Su boca, entreabierta,
negra de horror, dej escapar un quejido sordo, aciago, indefinible. El
echose sobre ella, arrollndola al pie del parapeto y tapndole la boca
con el manto para ahogar sus gemidos. Busc su daga, y ya iba a
desenvainarla, cuando un instinto rpido le contuvo. Una correa!, un
cordel! Dnde? Algo que pudiera anudarse. Intent locamente
desprenderse el cinturn, las ligas, los tirantes de la espada, el mismo
cintillo del sombrero. De pronto su mano convulsa roz las cuentas del
rosario de Fray Antonio que colgaba de la faltriquera, e inspirado por
el Infierno, tomolo sin vacilar, rompiolo con los dientes junto al
crucifijo, dej caer algunas cuentas, y envolvindolo al cuello de
Beatriz, tir con ambas manos, tir en uno y otro sentido, hasta
apretar, por fin, sobre aquella delicada garganta, un nudo terrible.

Luego descendi. Cruz el huerto y el patio. La duea esperaba dormida
junto al postigo. El abri sin despertarla y sali; pero cuando hubo
dado algunos pasos por la callejuela, crey escuchar, detrs de la
puerta, la voz de doa Alvarez. Apresurando entonces el paso dej caer
de intento en las losas la gorra y la capa de San Vicente.

Cruza la plazuela de la Catedral, atraviesa la Ra, llega al casern. El
escudero le espera a la puerta. Uno y otro desaparecen por el postigo.




VIII


Habiendo despedido a su paje con algunos doblones y convenido con
Medrano el da en que haban de encontrarse en el pueblecillo de
Cebreros, Ramiro abandon la ciudad, al da siguiente, a la hora del
alba.

Escogi para salir la puerta de Antonio Vela. Al contemplar a su derecha
el arrabal de Santiago, vnole a la memoria su amancebamiento con la
hermosa morisca y pens que aquella mujer haba sido la causa de toda su
malaventura, de todos sus yerros y desengaos. Quin sabe si no haba
mediado algn hechizamiento! Acordose de su mirada ltima delante del
Tribunal, y la sola evocacin de aquellas pupilas llnole el ser de
supersticiosa inquietud.

Cuando hubo llegado a las primeras colinas del naciente detuvo su
cabalgadura. El claro camino corra hacia el porvenir, en la coloracin
deliciosa de la maana. Seguirlo era ir en pos de vida nueva. A uno y
otro lado los rayos rastreros del sol hacan brillar los tomillares
cubiertos de roco. Volvi el rostro. La ciudad le llamaba con una voz
de tedio, de perfidia, y la fiera muralla, toda roja en el amanecer,
hzole pensar en el encarnado capucho del verdugo.

Volver era morir, morir cubierto de pecados, perder el alma para la
eternidad.

Al llegar a la primera encrucijada se detuvo. No pensaba, no quera
pensar nunca ms en la hija de Don Alonso a quien l crea haber dado
muerte la noche antes. Pero la conciencia le vena repitiendo que si se
llegaba a descubrir el cuerpo de Gonzalo San Vicente la justicia caera,
de fijo, sobre Pedro, creyndole el matador de su hermano y de Beatriz.
Un inocente sera condenado en su lugar.

Meneado en uno y otro sentido por tempestuosa cavilacin, resolvi
seguir el consejo del cielo. Rez un _paternoster_ y un avemara, hizo
girar a su rocn hasta ponerlo con la cabeza hacia el Norte, y, soltando
la rienda, picolo con fuerza. El caballo se encabrit, pero un rato
despus se alejaba milagrosamente de la querencia, a todo galope, camino
de Cebreros.

--Dios lo quiere!--pens Ramiro.--Un ngel lo aguija!

No tard en internarse en la fragosidad de la sierra. Perdido a las
veces por el gesto vago de los pastores que solan sealarle algn
sendero de cabras al borde de los abismos, y cruzando, bajo un viento
desesperante, las crueles parameras, donde le asalt, ms de una vez, el
deseo de acostarse de pechos sobre la arena y dejarse morir, lleg por
fin a Cebreros, un da lluvioso, a la hora de la siesta.

Par en un mesn de los arrabales, y llegada la noche, acostose sobre
una manta, entre pellejos de vino. Las voces de algunos hombres que se
hallaban en la misma cuadra no le dejaban dormir. Un clrigo anciano y
un labrador se hacan las primeras preguntas:

--Y adnde camina vuestra merced?, puede saberse?

--Gustoso. Voy camino de la corte, para pasar despus a Toledo.

--Es de aquel lugar vuestra merced?

--Soy de Tornadizos; pero llvame, al fin de los aos, el deseo de
presenciar un auto de la fe. Adems, el capelln de las Clarisas es algo
pariente mo, y quiero visitalle.

--Bien, bien... Yo soy de aqu mesmo, quiere decir de la nava. All he
nacido e vivido los aos que tengo, que son para esta Pascua de Navidad
sesenta y tres cabales. Mi padre, que Dios haya, era hidalgo de sangre;
pero tuvo que tomar el oficio de pelambrero por no ver morir de miseria
a los muchos hijos que tuvo. Fin de un mal que llaman...

El clrigo aprovech de aquella perplejidad para recobrar la palabra, y
psose a referir que, pocos das antes, haban pasado por su pueblo dos
moriscas de Avila, conducidas en un carro verde, a la Inquisicin de
Toledo. A una de ellas, famosa hechicera, diola el Diablo por aadidura
un rostro hermossimo. Uno de los guardas habale dicho, punto por
punto, el delito de ambas mujeres.

Ramiro escuch entonces la adulterada historia de la conspiracin por l
descubierta.

--Adems, un mozo de mulas que viajaba con esa gente--dijo el
clrigo--me asegur que la hermosa morisca, valindose de un bebedizo
diablico, haba logrado hechizar a uno de los mancebos ms bizarros y
piadosos de de ciudad tan cristiana, hacindole renegar en poco tiempo
de la fe de Nuestro Seor Jesucristo y entrar en la conjura.

--Vlame Dios e la Virgen Santsima!--exclam el labrador,
santigundose con espanto.

Ramiro se incorpor sobre las mantas. Aquel gran pecado, aquel gran
baldn de su vida haba tomado cuerpo, haba pasado los muros de Avila,
y viajaba ahora por ventas y caminos.

El vinoso vapor de los pellejos, el tufo que llegaba del establo y el
continuo lanceteo de las pulgas taberniles agravaron su estado de
angustia, figurndosele una viva parbola de su envilecimiento. Sentase
humillado y contrito ante Dios; pero su orgullo se exaltaba con agresiva
arrogancia al pensar en los hombres.

Despus de tres das, como Medrano no llegaba, Ramiro resolvi continuar
sin esperarle. Era una maana esplendorosa de principios de mayo. Haba
sacado, l mismo su cuartago al soportal del mesn, y ya iba a poner el
pie en el estribo, cuando sus ojos, un tanto ofuscados por el reflejo de
las encaladas paredes, vieron venir, sobre una jaca, a un donoso
pajecillo que pareca hacerle seas desde lejos. Lleg por fin el tal
pajecillo junto a l, y, apendose de la cabalgadura, encogido y
lloroso, demandole una y otra mano para besrselas.

Era Casilda, con ropas de lacayo; pero sus pestaas, su guedeja y todas
sus facciones estaban tan cubiertas de polvo, que Ramiro tard en
reconocerla. Dijo que el mismo da de su partida, a eso de las dos de la
tarde, Diego Franco, el campanero, haba regresado a la Iglesia con un
tajo en el rostro, y que interrogado por los seores Cannigos no haba
querido responder una sola palabra. Agreg en seguida, que su padre
haba sido llevado a la crcel hasta tanto se averiguara la verdad de
aquella cuchillada.

--Manda decir a vuestra merced que prosiga su viaje, e se quite las
barbas, e camine mucho, mucho, ocultando su nombre.

Luego, bajando los prpados y ruborizndose bajo el polvo blanquecino
que velaba su rostro, agreg que ella vena a ponerse a su servicio y
que estaba dispuesta a seguirle como paje, adondequiera que fuese.

--No--respondi Ramiro con frialdad;--ms falta hacis a vuestro padre
que a m. Volveos de prisa y decidle muy secretamente que yo sigo para
Toledo, adonde he de esperalle.

Viendo que el clrigo y el labrador salan en ese instante de la posada,
quitose con rapidez la sortija que llevaba en la mano derecha y disela
a la muchacha, diciendo:

--Tomad esta joya por si puede ayudaros en algo.

Y, con un breve saludo, mont en el rocn y pic las espuelas.

Cruzando llanuras estriles y pardas, entrecortadas por una que otra
serrana de aspecto semejante al lomo esquilado de las mulas, evitando
los pueblos, y durmiendo a cielo abierto donde le tomaba la noche, lleg
una maana a la vista de la clebre ciudad de los concilios y
espaderas, sin ms incidente de importancia, en el camino, que una
sorpresa de salteadores, cuyo jefe, el famoso golfn Avendao, admirado
de su valor, hzole devolver las joyas y el dinero y ofreci recibirle
en su banda como segundo.

A la vez que la campana de la Catedral daba las doce badajadas de
medioda, su cabalgadura cruzaba, paso a paso, el asoleado puente de
Alcntara.

Estaba en Toledo.




TERCERA PARTE




I


Ramiro pas las dos primeras semanas vagando al azar por las callejas y
plazas de Toledo, sin compaa, sin paje, sin amor, solitario en el
tumulto.

La curiosidad forastera sacbale del lecho ms temprano que de
costumbre, y, casi todas las maanas, cruzando el Zocodover y tomando la
calle de las Armas, base al puente de San Martn, con el paso
desocupado y tranquilo que cuadraba a un hombre de su estirpe. De esta
suerte, yendo y viniendo a lo largo de la calzada, o recostado
ociosamente contra el parapeto, dejaba correr una o dos horas, sin ms
ocupacin que la de ver llegar el abasto campesino en el deleitoso
amanecer. Sus ojos se holgaban en observar la confusin de trajes
versicolores, de fachas rudas y curtidas, de espuertas rebosantes, y el
polvoroso tropel de borricos, de bueyes, de rebaos. Era el acopio
cuotidiano de la Vega y de las dehesas de los contornos, acudiendo a la
ciudad por aquel puente vertiginoso que el sol matinal sobredoraba. Era
toda la serna, toda la nava, toda la sizla con sus olores rsticos, sus
balidos, su campanilleo, sus cantares. A veces, por unos pocos ochavos,
el joven avils tomaba de los cestos algunas uvas de Mozamboroz o
Ajofrn, enfriadas por el roco.

Harto penoso rale volver a pasar bajo los arcos sucesivos del antiguo
torren almenado que guarnece la cabecera. Sus piernas se hundan en una
ola brusca de cabras o de carneros; aqu un borrico le estropeaba la
bota con la pezua, all una vaquera de la sagra le apartaba de un
manotn. No haba quien no se aturdiese bajo la oquedad de aquella
puerta, donde los gaanes se complacan en hacer estallar sus alaridos,
y los cencerros pastoriles resonaban como esquilones.

Ms tarde, despus de admirar el artificio de Juanelo, que remontaba el
agua del ro hasta el Alczar, o de recorrer, uno a uno, los escaparates
de las espaderas, base a visitar las iglesias; y, casi siempre, una
hora antes del toque de oraciones, sin ms que levantarse el mostacho
con los dedos, entraba en el Zocodover y ponase a pasear por la plaza o
por debajo de los soportales, hasta la noche. La barba a medio crecer,
la palidez del semblante, las botas de camino, el aludo sombrero, el
largo espadn y sus radas y polvorientas ropas, dbanle toda la traza
de algn soldado de Flandes, salido apenas del hospital de Santa Cruz.

Aquella existencia ignorada, sin vanidad ni pasin, fuele sumergiendo en
un estado semejante a la placidez de las convalecencias. Olvidado casi
de la tragedia que dejaba a su espalda, dando su libertad por segura, y
sin otro torcedor que el que iba renovando en su conciencia el recuerdo
de sus amores con la morisca, malbarat las ltimas joyas y vendi su
embarazoso rocn, para juntar de esta suerte algunos doblones que le
evitaran por algn tiempo las ruines urgencias del dinero.

Ya no era su desventurado amor ni la muerte de la traidora Beatriz lo
que clamaba en su pecho. Todo aquello haba sido como una hoja trgica
doblada para siempre, un accidente de la fatalidad que no dejaba cuenta
alguna en su contra.--La esposa o la desposada que nos burla--habase
dicho a s mismo--se troca, al pronto, en nuestro peor enemigo; una vez
descubierta no queda sino darle muerte sin piedad, y despus olvidarla,
olvidarla del todo, barrer del corazn hasta su nombre, inhumar su
recuerdo como un harapo de pestfero. He ah la vieja ley de la honra.
En cambio, el breve relato del clrigo, en la venta de Cebreros, haba
renovado en su espritu cavilaciones y remordimientos que l
consideraba abolidos para siempre. De modo imprevisto, las escenas
lejanas de su amancebamiento con Aixa se reanimaron en su memoria con
torturante viveza, y lleg a pensar que los dems pecados de su vida no
sumaban todos un pecado como aqul, y que su alma estaba perdida para la
eternidad si no lograba purgar tamaa traicin contra el reino, contra
la memoria de sus mayores y contra la Santa Iglesia de Cristo.

Al mismo tiempo, un extrao temor comenzaba a agitarle. Qu era aquello
del jugo de hierbas hechiceriles que le haban hecho beber sin que l lo
advirtiera? No habra mediado, en verdad, como el clrigo deca, algn
filtro, algn bebedizo diablico? Acordose de la mirada tan profunda,
tan extraa, que su antigua manceba le haba dirigido ante el Tribunal
de la Inquisicin, al ser arrastrada de nuevo a la tortura, y pens en
algn terrible aojamiento, cuya influencia pudiera prolongarse durante
todo el resto de su vida.

--Qu impulso incomprensible--preguntbase entonces--acababa de
encaminarle a Toledo, adonde ella misma haba de ser conducida por los
peones del Santo Oficio?

Esta ltima reflexin hacale estremecer por momentos y le llenaba de
miedo sobrehumano; pero, a veces, una voz interior y complaciente le
susurraba que su Divina Majestad haba querido traerle a la ciudad
justiciera para que viese desecar con el fuego su antigua charca de
lujuria.

Ciertos das, pasaba las horas largas vagando por la Catedral, como en
una selva de piedra toda florecida de vidrios ardientes; y, meditando a
un tiempo su pecado, postrbase de hinojos, aqu y all, a la sombra de
las capillas. Pero en los instantes de aguda congoja prefera una de
esas iglesias ntimas, como San Andrs, San Torcuato, Santo Domingo el
Real, San Juan de la Penitencia, donde se apelotonaba junto a un altar
solitario, con el rostro entre las palmas. Otras veces devanaba su
tribulacin caminando y caminando por las calles, al azar de su
capricho.

Toledo le subyugaba con su complicado misterio. Era una ciudad muy
distinta de su ciudad natal. Avila, a ms de ser tan reducida, era neta
y comprensible. En cambio, nada ms fcil que extraviarse en el toledano
arabesco de callejuelas. Aqu el cielo se vea casi siempre como desde
el fondo de un foso y su ail sobrecargado se recortaba estrechamente
entre el doble cobertizo negruzco de los aleros. En algunas calles,
angostas como corredores, las fachadas se levantaban siempre obscuras, y
slo en lo alto arda, sobre la cal, la brusca faja de sol.

Sobre estos canales de sombra, los balcones cerrados suspendan su cofre
de espionaje y de misterio. A veces un brazo blanco como la nieve
asomaba entre las maderas y arrojaba hacia Ramiro una flor o una
alcorza. Los fieros portones, erizados de hierro, hacan pensar en la
cautela de los antiguos serrallos. Ramiro atisbaba un tufo de Oriente;
todo trascenda para l a magia, a nigromancia, a Alcorn; y el odio
religioso, exaltado por su remordimiento, le contraa el corazn cuando
atravesaba los barrios de la morera, entre las covachas atestadas de
sedas multicolores, de bonetes de grana, de cereales, de especias, de
perfumes. Los muros hasta la altura de un hombre, estaban ennegrecidos
por el mismo roce indolente que adelgaza los pilares de las mezquitas.
El converso, con sus velludas piernas cruzadas sobre el mostrador,
llamaba a los compradores golpeando con fuerza el platillo de su balanza
de cobre. Era la misma grrula, las mismas gesticulaciones, las mismas
amenazas bestiales e inofensivas del arrabal de Santiago; pero mucho ms
tumultuosas. A veces, al pasar junto a una ventana, Ramiro escuchaba el
rumor de una zambra, y su imaginacin evocaba, a pesar suyo, los pies
desnudos de Aixa, haciendo martillar las ajorcas, su boca pintada y sus
pestaas cargadas de amor y de hechizamiento. Buscaba entonces, hacia
una y otra parte, los signos graves de la religin: los humilladeros,
los paredones conventuales y la misma cruz vencedora, en lo alto de los
campanarios, donde brillaba todava el esmaltado azulejo incrustado por
los infieles.

El recordaba aejas historias que haba ledo o escuchado referentes a
Toledo, lbricas historias que desprendan, como ropas de amantes, un
olor de fiebre y de lascivia. Por eso aquella ciudad le hablaba ahora
con el lenguaje de su propio dolor, cual si fuera el trasunto corpreo
de su alma.

Toledo era la ciudad arrepentida y penitente, la ciudad expiatoria. Sus
monasterios iban borrando con sangre y con lgrimas el oprobio de los
serrallos, la lubricidad de los baos y los divanes. Las tremendas
virginidades monsticas desvanecan al fin, para siempre, la sombra de
las Jarifas y las Galianas. El hisopo purific las mezquitas exorcisando
los mihrabs y las albercas de las abluciones. Muchas capas de cal haban
ocultado y carcomido los arabescos. Las voces frenticas de los monjes,
en los coros obscuros, ahogaban en la memoria hasta el ltimo eco del
canto de los almudanos. La cera y el aceite ardan de continuo. Los
antiguos alminares lloraban con campanas catlicas su remordimiento.

Un ensueo de otra vida, un ansia de salvacin eterna brillaba en la
pupila febriciente de los hidalgos, vestidos casi todos de negro. Las
moradas mismas tenan semblante monstico. Vivase en ellas una
existencia de silencio, de sombra. Un farolillo alumbraba continuamente
en sus zaguanes obscuros alguna imagen de Nuestra Seora, como en la
portera de los beaterios, y las celosas diseminaban en el ambiente
perfumes de iglesia. Aquella ciudad, profanada por los judos y los
moros, antojbasele a Ramiro, sumida como un solo ser, en inmenso dolor
religioso; y, a la hora del crepsculo, crea respirar a travs de sus
calles, errante hlito de vigilia, un aliento febril de insomnio, de
penitencia.

El tambin tena que exorcisar su corazn, borrar otras lascivias y
perjurios, y abatir del todo la deshonrosa memoria que se levantaba
como un peasco entre Dios y su alma.

       *       *       *       *       *

Una tarde, sentado en un poyo del Zocodover, lig Ramiro amistad con el
viejo espadero Domingo de Aguirre. Era la hora de la siesta. Se hubiera
dicho que la campanada de la una caa sobre Toledo cual hipntico
ensalmo. Todo se hunda, al pronto, en el mismo encantamiento. Hasta los
vendedores errantes se postraban junto a su mercanca, donde les tomaba
el golpe de badajo. En la plaza, ms de uno se terciaba el embozo y se
quedaba dormido. Toda la gente ociosa y corrillera, rufianes,
pordioseros, soldados invlidos, menestrales sin trabajo, seores de la
hoja con encerado bigote y calzas de color, y ms de un hidalguejo de
poca monta, se confundan en aquel reposo comn bajo la lumbre
meridiana. El casero recortaba cegadoras blancuras sobre un cielo de
zafiro. Los gallos cantaban a lo lejos en los cigarrales.

Ramiro observaba menudamente aquellos hacinamientos de capas verdachas y
parduscas. Entretanto, sentado a su derecha, el espadero le miraba de
hito en hito, como si deseara entablar amistad. Por fin, en voz muy baja
y sealando el arma que Ramiro llevaba suspendida del talabarte,
prorrumpi:

--Da licencia el caballero para mirar en la mano esa hermosa espada que
lleva?

Ramiro se la ofreci buenamente.

El hombre, despus de haber desenvainado como un palmo de hoja, observ
atentamente el recazo:

--No en vano--agreg--me haba guiado esta joya. He aqu la marca de mi
padre, Hortuo de Aguirre, que Dios haya!

Desnudndola entonces del todo, asiola de la punta con la otra mano, y,
arquendola como un junco, dejola escapar en seguida con viveza. El
metal vibr como una campana que sonara muy lejos.

--Ah, ya no se forjan espadas de este jaez, seor hidalgo!--agreg
Domingo de Aguirre.--El acero es cada da ms sucio y el temple ms
ruin.

--Dcese, en verdad--contest Ramiro,--que habis perdido algunos
secretos de antao.

--En cuanto a secretos, seor, nunca los hubo. El agua del Tajo es la
mesma, sus lodos no han cambiado, el fuego es siempre el fuego, y en
punto a lo que habra que hacer todos lo saben. Lo que se ha perdido es
la honra. Hoy todo es interese y malicia. Fuera de uno que otro como
Ayala o Jusepe de la Hera, ya no buscan sino hacer pronto y llenar la
alcanca. En mi tiempo batamos cada espada como si nos estuviesen
mirando el mundo entero y Dios mesmo. Si no sala honrada e cumplida,
como era menester, no la ponamos en la lonja por todo el oro de las
Indias. Ah, cuando estaba yo por rematar una hoja e sacbala por ltima
vez de las ascuas, color de hgado, y le untaba la rionada para ponella
a enfriar punta arriba, me temblaba el corazn, seor hidalgo!

Ramiro observ de reojo a su interlocutor. Llevaba una hermosa ropilla
color de avellana que dejaba entrever el jubn de terciopelo carmes. Un
cintillo de oro chispeaba en torno de su alto sombrero. Su rostro
cetrino, ancho y abultado hacia la frente, se iba enangostando como un
higo moreno, hasta concluir en la puntiaguda barbilla. Bajo cejas negras
todava, brillaban dos ojillos penetrantes y nerviosos, que haban
vivido catando el tinte justo de los hierros y siguiendo el arabesco de
las ataujas. El fuego haba chamuscado sus manos verrugosas y obscuras
como sarmientos. Su boca grave y su adusto mirar expresaban pundonor y
firmeza.

Aunque Ramiro haba mirado siempre con aristocrtico desprecio a todo
aquel que envileca sus manos en los oficios mecnicos, pens esta vez
que la sabia fabricacin de las armas debiera estar exenta de villana,
como faena preclara puesta al servicio de las ms altas empresas.
Adems, haba odo decir que los seores toledanos no desdeaban el
trato de los espaderos insignes y que las fraguas de la ciudad eran
sitio de reunin y de esparcimiento de los nobles.

Aquellos artfices eran merecedores sin duda de un respeto especial.
Encerrados en el humoso taller, domeaban como cclopes el hierro tenaz
y el fuego bravo, y se iban transmitiendo de generacin en generacin
el rudo sacerdocio de su maestra. La pasin de la raza les haba
demandado para su uso ms alto aquellos aceros nicos, aquella insigne
herramienta de la honra y la dominacin. Sus dagas, sus rodelas, sus
estoques, sus armaduras, haban hecho tan famosa a Toledo como los
concilios.

Domingo de Aguirre, habiendo vuelto la espada, apoyaba ahora ambas manos
en la suya y continuaba diciendo:

--Qu mucho, seor, que las armas no sean ya lo que fueron, cuando
vemos que la nacin entera va camino de su perdicin?

Ramiro hizo un gesto de asombro.

--S, seor caballero; Espaa se pierde. Las Cortes claman y el Rey no
las oye. Al pechero se le va quebrando el espinazo bajo el fardo de los
tributos, las industrias estn enfermas del gusano de la alcabala, las
ciudades mohnas, los campos miserables. Agora toda la arte del privado
est en saquear a los pueblos. Roerles hoy todo el esquilmo, hasta la
sangre, aunque maana perezcan. Daca, daca, y vnguese Menga contra el
que venga.

--Y piensa vuesa merced--replic Ramiro--que por tributo ms o menos
debiramos abandonar las guerras honrosas que van asentando nuestro
renombre por todo el mundo y harn de la nacin espaola el asombro de
los siglos venideros?

Hizo dicha interrupcin con acento corts, sin nimo de contrariar
aquella verbosidad que comenzaba a interesarle y que por momentos le
traa a la memoria las palabras de Bracamonte.

--Guerras honrosas, seor, eran las de antao, cuando se ganaban reinos
a punta de espada,--repuso el espadero;--pero no stas en que todo se
logra o se pierde por achaques de doblones. Cree acaso vuesa merced que
los tercios van agora a la guerra por la gloria o por hacer triunfar
nuestra santa religin? Hoy da, como hago yo decir al soldado de un
entrems, que ha poco compuse...

Hizo una pausa, mond el pecho, y, como un figurante, recit el
siguiente discurso:

--Hoy da, voto a Cristo!, no hay escudo que defienda como el que suena
en la bolsa, atambor que haga marchar mejor que los doblones, reales ms
lucidos que los de plata. Antao se arriesgaba la vida por la gloria del
rey, hogao por su rostro acuado en Segovia. Gnanse los ducados con
ducados, las plazas de Francia con sus propias pistolas, y juro por San
Andrs!, que antes que hacer cuartos a los herejes holgrame hacer
cuartos de mis ochavos.

--Ingenioso lenguaje--exclam Ramiro. Luego, levantando la cabeza y
abarcando con la mirada todo el mbito del Zocodover, pregunt
bruscamente:--Puede decirme vuesa merced si es sta la plaza donde
celebra sus autos el Santo Oficio?

--Aqu mesmo.

--Y son tan lucidos como se dice?

--Los de agora no son autos, sino autillos--contest el espadero,
agregando en seguida con melanclico semblante:--Ah cun poco
vividoras, seor hidalgo, las glorias de este mundo! Apenas vase
poniendo la cereza escura y mollar como conviene, cata ah el gusanillo.
No ya los autos, sino que los mesmos juegos o alegras de agora qu
tienen que ver con lo que presenciaron mis ojos de mancebo? Qu se hizo
aquella gala e aquella grandeza? Quin ver otra vez aquellas entradas
de prncipes e aquellas fiestas antiguas, e aquellas luminarias y
disfraces, e aquellas bizarras coheteras de botafuegos y voladores?
Qu fue de aquellos regocijos, cuando las cuadrillas que iban a justar
pasaban con sus marlotas de seda, e las mozas de la manceba, ataviadas
de oro fino e de cendales, danzaban al son del tamboril por las calles
entoldadas? S, seor hidalgo, Toledo no es ya Toledo--exclam esta vez,
meneando el ndice negativamente.--Con la corte se marcharon los ms
grandes seores, y sus artfices, que tanta fama la dieron, son agora
como grano agorgojado. Sabe vuesa merced que hasta los torcedores de la
seda, compelidos a ello por el exceso de los tributos, van cayendo en la
fraude y el encubrimiento, y que unos le agregan sal o aceite para
hacella ms pesada, doblan el hilo bueno con el crudo e sin torcer e
toman esclavos o moriscos para abaratar los jornales? Ah!, ya no es la
mesma, no, esta cabeza de las Espaas!

La siesta estaba por terminarse. Algunos bultos daban signos indudables
de despertar. Dos alguaciles caminaban al sol.

Aguirre, explicando en seguida las franquicias de su arte, acab
diciendo:

--Vuesa merced sabe, sin duda, que el oficio de espadero es hidalgo, y
antes limpia que desluce la sangre, que sin eso no lo hubiera ejercido
mi padre, ni yo mesmo; pues nuestra casa viene de muy antiguo y entronca
all por los tiempos del Rey Sabio, con los seores de Haro, que es como
decir el primer linaje de Espaa.




II


En los das que siguieron Ramiro estrech rpidamente su amistoso trato
con el nuevo conocido. Aguirre fuele revelando esas bellezas de la
antigua ciudad que el forastero no descubre por s solo y que parecen
cantar a somormujo, como los grillos. Casi siempre los paseos
terminaban en la fragua de Jusepe de la Hera. Al ver entrar al famoso
maestro, los oficiales suspendan un instante su trabajo y los que
estaban cubiertos se quitaban respetuosamente la gorra.

All vio Ramiro, por primera vez, manipular las espadas gneas, y
contempl con heroico deslumbramiento tantos aceros que iban a lanzarse
en seguida hacia las ms diversas comarcas, frenticos de sangre y de
honra.

Unos eran acostados sobre los yunques para recibir el castigo de los
martillos; otros lanzaban un grito viviente, animal, al ser hundidos de
pronto en el agua de las tinajas; a stos, ya listos, les baaban de
sebo, como al hombre que le engrasan despus de la tortura, o les
llevaban al vecino taller para sufrir las incrustaciones de la atauja.

De toda aquella fosca suciedumbre de cisco y de hierro surgan sin cesar
cosas esplndidas: cascos de irisado pavn incrustados de oro purpreo,
rodelas de justa donde el amor mandaba inscribir un mote demasiado
indeleble, dagas de forma sarracena que llevaban en la hoja un limpio
nombre cristiano, estoques de gala para el Rey, espadas de provecho
encargadas con impaciencia por capitanes de Flandes.

Oase el jadear de los fuelles y el repique de las bigornias. Por
momentos un hombre casi desnudo bajo el chamuscado mandil, abriendo el
portillo de un horno, que reflejaba en sus carnes sudorosas resplandores
de infierno, arrojaba el puado de arena o asa con las tenazas algn
trozo de armadura, que semejaba la corteza de algn fruto rojo y
fantstico.

Hacia el fondo, el patio encalado abra una fascinacin de aire libre; y
los rayos del sol pasaban a travs de un parral, varias veces
centenario. All se agasajaba a las visitas, y ms de un seor de ttulo
vena a escoger en persona una hoja para su espada.

Haca ms de cinco aos que Aguirre haba abandonado el oficio. Era
hombre adinerado y viva a lo seor. Su casa, junto a Santiago del
Arrabal, estaba curiosamente alhajada. Aos atrs, sola reunir en ella
a sus amigos en animados banquetes, ennoblecidos por el encanto de la
msica, segn el uso de Italia; pero, ltimamente, una extraa tristeza,
un desapego de todos los halagos del mundo, un creciente anhelo de
terminar su vida en las rdenes, le iban ganando el corazn y el
cerebro. Era profundamente piadoso. Formaba parte de varias cofradas y
hermandades. Cuando se prosternaba en las iglesias ante alguna imagen de
Nuestra Seora de la Merced, a la cual tena particular devocin, su
labio temblaba sin cesar, y los ojos, echados hacia el cielo, se le
quedaban en blanco.

Cierta vez, como aquel hombre volviera a hablarle de su abolengo,
Ramiro, olvidando la reserva que las circunstancias exigan, declar su
verdadero nombre y la historia de su linaje. En seguida, sin mayores
rodeos, cont su desgraciado amor y la doble muerte de su rival y de su
amada.

--Bien hizo vuesa merced--respondi el espadero tranquilamente.--Ay del
varn que no hace lo mesmo! Tanto ms, cuanto que habiendo matado en
buena lid al galn, cobr vuesa merced el derecho de castigar de igual
modo a la hembra. Ah, si yo dijera tambin mi desengao!

Aguirre enmudeci y no volvieron a hablar de estos asuntos.

Slo cuando Ramiro advirti, cierta maana, que de todo el dinero que le
pagara un morisco por las joyas y el rocn, quedbanle nicamente en la
escarcela tres escudos de oro y algunos reales de plata, comenz a
barruntar los momentos de angustia que podan sobrevenir. Qu hacer? No
haba para qu pensar, claro est, en un oficio mecnico antes la
muerte! y mucho menos en vivir de la bolsa de un menestral, como su
amigo el espadero. Qu hacer, qu hacer?

Al cabo de mucho cavilar, slo dos soluciones quedaron en pie. Veces
pensaba en irse a buscar una cueva entre los montes de los alrededores
para imitar la santa vida de los anacoretas; veces en ir a reunirse con
Gaspar de Avendao, el golfn, que tan caballerosamente le ofreciera
hacerle su segundo. Estaba resuelto a escoger uno  otro camino; pero la
vacilacin era grande.

Por fin, decidiose a confiar su cuita al espadero, y ste prometiole
hablar por l al Conde de Fuensalida, para que le recibiese como paje de
su cmara, Ramiro saba harto bien que el entrar al servicio de un seor
tan poderoso como aqul y de sangre tan insigne, antes acarreaba lustre
que desdoro, y acept.

Recibi la plaza de gentilhombre con el cargo de ayudar al repostero de
plata. El tena que traer la baca de lavarse las manos, las toallas y
el limn cuando el Conde se levantaba, y alcanzar asimismo la aljofaina,
doblando la rodilla, segn el ceremonial. Tocbale tambin ofrecer,
sobre un azafate, la golilla y el lienzo de narices, acercar el orinal
que presentaba el mozo de retrete, y sostener la cajeta de instrumentos
cuando el cirujano curaba al Conde una antigua fuente del muslo.

En un principio, la existencia aparatosa de palacio sedujo su fantasa;
pero ms adelante, cuando tuvo que vestir la rotosa librea de un
gentilhombre difunto, padecer un hambre perruna en medio de tanta
grandeza y complicarse con los dems oficiales en las ms ruines
trapaceras para conseguir algn resto de manjar, vinironle mpetus de
salir de Toledo y correr a los campos dondequiera que fuese. Para mayor
desventura, tocole como compaero de cuadra un hidalgo andaluz, sucio y
meloso como un gitano, y de quien los dems referan las ms chocarreras
historias.

En cambio, desde los primeros das sintiose atrado por el porte y la
franqueza del escribano de raciones Alonso de Velasco, natural de
Zamora. Cierta maana Velasco hallole sentado en el escao de un
recibimiento con el rostro medio vuelto hacia el muro y la mano en la
frente.

--Qu os sucede, seor del Aguila; filosofis o dorms?--preguntole.

--Meditaba, seor Velasco--repuso Ramiro,--en los graves desengaos de
este mundo, y que cuando yo era mancebillo daba por seguro llegar a ser
algn da un Hernn Corts o un Gonzalo de Crdoba; e agora he venido a
parar en el ms ruin y cuitado de los pajes. Si mis ojos fueran capaces
de llorar!

--Ah! yo pudiera haceros un gran seor--exclam Velasco con las pupilas
iluminadas por misterioso pensamiento.

--A m?

--S; pero temo no guardis el secreto como importa.

--Veisme acaso cara de moro?--respondi Ramiro con enfado.

--Pues bajemos a la plaza e os lo dir.

Cuando estuvieron sentados en un poyo frente a la Catedral, el escribano
de raciones tom primero la palabra y pregunt:

--Habis odo hablar de la arte notoria?

--S; pero ignoro lo que sea.

--Pues qu dirais si de una sola vez, sin ms que seguir durante un
corto espacio las prcticas y devociones que cierto sabio os ha de
prescribir, e sin haber menester libros, ni hacienda ni quebrantos, os
vierais dueo de todos los secretos del rey Salomn e por ende sabidor
del bien y del mal de todas las cosas, de los signos de los astros, del
lenguaje de las animalias y os pudierais hacer invisible cuando os fuese
conveniente, o ver a travs de la tierra do corren las venas del oro e
do se asconden las piedras preciosas; e hacer, en fin, en este mundo
todo lo que vuestra alma e vuestros sentidos puedan codiciar, sin ms
ley que el antojo?

--Con una sola de las cosas que habis dicho, seor Velasco--contest
Ramiro con sorna,--cualquier hombre se hiciera rey del mundo.

--Rey del mundo, rey del mundo... Raimundo!--musit pensativamente su
interlocutor.

--Que si alguno--agreg Ramiro completando su pensamiento--pudiera
hacerse invisible a voluntad, no hubiera empresa que no fuese para l un
juego de nios, y todos los ejrcitos querran tenerle por capitn y
todas las naciones por emperador.

--Luego consents en acompaarme esta noche a la casa de ese sabio,
para quien yo os ped, no ha mucho, el da, el ao e la hora de vuestro
nacimiento, e que ya os conoce como a un hijo, sin haberos visto jams,
e que os ha de poner arriba de todos los hombres e a la par de los
ngeles?... Os res?

--Parceme--contest Ramiro--que habis topado con algn hechicero de
marca. Pero, sea en hora buena, vamos donde queris, que ya me prometo
salvaros de alguna peligrosa brujera.

Ramiro y su compaero no pudieron dejar el palacio hasta las diez y
media de la noche. El claro de luna cortaba a trechos, con blancuras de
mortaja, la lobreguez de las calles, y, estampaba en el suelo de las
plazoletas la sombra de las torres y las techumbres. Las tejas tenan un
color azul encantado, y algunas ventanas, en plena claridad, suspendan
en lo alto, barruntos de amor y de aventura. Loco bullicio de guitarras
y lades suba de todos los barrios en el sosegado ambiente de la noche.

Al cruzar una esquina oyeron hacia la izquierda ruido de cuchilladas y
luego una voz ronca que grit fuertemente: Confesin! Confesin!

Ramiro quiso acudir; pero Velasco le retuvo diciendo:

--Sigamos, que no somos frailes ni corchetes.

--Aqu es--exclam de pronto el escribano de raciones, al detenerse
frente a una covacha del barrio de San Miguel.

Despus de cruzar dos patios, treparon una carcomida escalera y
llegaron, por fin, sobre un terrado, ante la puertecita de un desvn.
Velasco silb tres veces muy quedo y pronunci en seguida una palabra
incomprensible. La puertecita abriose, y entraron.

Estaban en una cuadra angosta y profunda. Hacia la derecha, pequeo aras
marmreo, cubierto de una piel de cordero, se diseaba con misterioso
claroscuro. No brillaba all otra luz que la de un rayo de luna que
entraba por la polvorosa vidriera, y daba de lleno en las pginas de un
libro enorme como un himnario, abierto sobre un facistol de forja todo
negro. Veanse, adems, hacia una y otra parte, algunos hornillos, largo
anteojo de latn y de cobre, un alambique, cuya trompa pasaba por un
agujero a la cuadra vecina, y otros muchos objetos adivinados apenas en
la penumbra astral de la estancia.

--Esperad--exclam Velasco,--esperad; no nos alleguemos an.

Ramiro se detuvo fijando la mirada en la extraa figura pintada en el
infolio, dentro de dos tringulos de oro entrelazados.

Nadie vena.

De pronto la pgina del libro, produciendo el rumor peculiar de la
vitela, se levant lentamente, lentamente, y se dobl del todo por s
sola! Ramiro se estremeci de la cabeza a los pies herido por el terror
del misterio. Sus manos temblaban. Entonces, como las imgenes que
descubre con pena el nebuloso amanecer, una forma humana, inclinada
sobre el libro, fuese perfilando prodigiosamente. Era un hombre en pie,
de espaldas, inmvil. Primero diseose la larga cabellera, en seguida el
capisayo con martas que le llegaba hasta ms abajo de las rodillas,
luego el brazo derecho y por fin la mano sobre la pgina. Cuando estuvo
del todo aparente, volvi la cabeza y se adelant, despacio, muy
despacio, hacia Ramiro. Su rostro, de una extrema palidez de marfil,
estaba surcado de hondas arrugas verticales, que iban a perderse entre
la barba canosa, barba ensortijada por los dedos nerviosos, durante las
horas de meditacin. Los prpados estaban recargados de fatiga y de
insomnio. Psole a Ramiro la mano en el cuello, y el mancebo sinti la
repelente aspereza de aquella piel quemada por los cidos.

El hombre dijo:

--Nacido bajo el dominio de Saturno, frentico de mando y de gloria.
Soberbioso y magnnimo. Capricornio ha labrado este ceo.

Levantole despus el rostro hacia la luna, y mirndole fijamente la
pupila, habl de este modo:

--Oh! aqu veo la rotura de un aojamiento. El demonio entra y sale por
ella cuando le place. No importa: una Salom le hechiz, una virgen le
salvar. Esperad--dijo despus,--y tomando de encima del altar un
estoque de plata, dirigiole la punta hacia los ojos.

El mancebo sinti un soplo glacial en la frente.

--Os confesaris de toda vuestra vida sin hablar palabra de m, pena de
perdicin--agreg entonces el mago, dejando el acero.--Comulgaris siete
das en siete iglesias distintas, ayunaris a pan y agua todo los
viernes, rezando las oraciones que os ha de ensear este hermano durante
los siete primeros das de la luna nueva; luego, volveris y os har el
ms fuerte de los hombres, porque vuestra constelacin es nica.

Ramiro removi entonces los labios para preguntar si en todo aquello no
haba nada que fuera contrario a la Santa Iglesia de Cristo; pero el
mago, ponindole el dedo en la boca, abri un libro al azar, y ley:

Aqul no puede ser el mayor Seor que tiene temor de alguna cosa.

Ms vale la libertad en el querer, en el recordar y en el saber que
poseer un reino o un imperio.

Al terminar esta lectura se desvaneci nuevamente en la atmsfera cual
vana visin.

Cuando estuvieron otra vez en la calle, Ramiro pregunt:

--Cmo llamis a este hombre?

--Mosn Raimundo.

--Y sabis de qu suerte se hace invisible?

--Yo entiendo que mediante la piedra heliotropio, tratada de misteriosa
manera.

--Y si es dueo de tanto poder, cmo no se hace l mesmo seor de algn
imperio?--agreg Ramiro, con la voz estremecida.

--Porque stos componen la familia santa de los magos, a la cual
pertenecieron los tres Reyes Gaspar, Baltasar y Melchor, y el famoso
Simn, e nuestro Rey Alfonso a quien llamaban el Sabio; e los de agora,
en castigo de no haber podido esclarecer ciertos secretos, cuya cifra se
perdi en el incendio de una gran librera de la antigedad, siguen
ascondidos en sus covachas, estudiando sin cesar; pero ans que uno de
ellos pueda decir: _Eureka!_, volvern a tomar el gobierno del mundo
que antes les perteneci, segn rezan los ms antiguos documentos.

Esa noche, el alma del mancebo irguiose en el delirio. Costole mucho
dormirse, y su sueo fue un tumultuoso desfilar de triunfos, de tesoros,
de mujeres enjoyadas y lbricas. Aquel estado dur varios das, y al
errabundear por las calles, gozbase en repetir la frase deslumbradora:
Para haceros el ms fuerte de los hombres, porque vuestra constelacin
es nica. El no dudaba de la promesa del sabio, y ya escoga en su
pensamiento lo que haba de realizar cuando Mosn Raimundo le revelase
los secretos de la magia. La conciencia le recordaba, entretanto, la
absoluta reprobacin de la Iglesia contra las artes ocultas y todo
linaje de adivinaciones; pero su voluntad, mordida por la tentacin y
ansiosa de triunfar a todo trance en el mundo, clamaba por el prodigio.
Los falaces argumentos se aglomeraban. Conjurara, ante todo, el
hechizo de la sarracena y sera despus el fuerte, el nico, el
caballero de Dios, el lleno de poder y de gloria!...

Comenz las oraciones y los ayunos.

Llegado el momento de la confesin, Ramiro pidiole al espadero que le
indicase algn sacerdote de preclaro entendimiento. Aguirre le condujo a
la casa de don Antonio de Mendoza, cannigo de la Catedral y antiguo
arcediano de Guadalajara. Don Antonio, varn de grandes luces sagradas y
gentiles, habitaba un antiguo palacio de su familia junto a San Juan de
la Penitencia. Sus amplios salones, tapizados de cardenalicio damasco,
al uso de Roma, congregaban todos los domingos, a medioda, numerosa
academia. All, el noble de ttulo se codeaba con el hbil estafador de
retablos o con el humilde maestro que forjaba con sus manos una hermosa
reja de presbiterio.

Ramiro no se sinti con nimo bastante para descubrir su pecho de la
primera vez, y resolvi confesarse gradualmente, concurriendo entretanto
a la reunin de los domingos. Escuch, entonces, los ms imprevistos
discursos, obscenas historias de convento, fablas chocarreras de
clrigos amancebados; oyole decir al cannigo Zapata que el Papa era un
asno; oyole contar al capitn Palominos, con cnico donaire, que en la
campaa de Portugal, despus de un da entero de combate, sus soldados,
penetrando en una iglesia de Oporto, se bebieron el agua de las pilas, y
que a l, por ser el capitn, le ofrecieron el aceite de la lmpara del
Santsimo.

Como no se tocara a la entereza del dogma, don Antonio escuchaba sin
enfado las ms licenciosas parleras y an gustaba de poner en aprieto a
los religiosos y de azuzar contra ellos a los chocarreros de la
academia.

Era harto aficionado a los perfumes y hacalos componer, segn frmulas
exquisitas, por las monjas de Santa Ana. Al sentarse, cruzaba la pierna
para lucir la calza de seda y la hebilla de oro del zapato. Sus blancas
manos regordetas parecan de mujer; pero los ojos aguileos y fuertes y
la bronca voz, cuyos tonos profundos comunicaban su vibracin a los
objetos convecinos, denotaban hombra y reciedumbre. Sus breviarios
ostentaban en la cubierta las armas de los Mendozas. Cuando pasaba de
uno en otro saln, un paje caudatario, con morada librea, sostena por
detrs el extremo de su larga cola de chamelote.

Las dos primeras veces que Ramiro fue a echarse a los pies del Cannigo
top en los corredores con una dama arrebujada en su manto. En la ltima
visita, como nadie se presentase a conducirle, abri l mismo
equivocadamente la puerta de un camarn y hallose con una preciosa
mujer, acostada a lo largo de un divn moruno de terciopelo. La falda,
levantada hasta ms all de las ligas, destapaba sus piernas macizas y
cortas, que las medias de ncar cean tentadoramente. Colgado de la
pared, admirable incensario de plata velaba el ambiente con nebuloso
sahumerio. La dama se incorpor con un grito de espanto y Ramiro cerr
de nuevo la puerta. Un rato despus el Cannigo le mandaba decir con un
paje que volviera pasado el toque de oraciones.

Le recibi en una sala contigua a su oratorio. Estaba con el semblante
encendido y, mientras el mancebo le contaba, por fin, la historia de sus
amores con la morisca, don Antonio, entrecerrando los ojos, arrimaba de
tiempo en tiempo su paizuelo a la canilla de un barrilillo de mbar,
colocado a su derecha, sobre un taburete de taracea.

Cuando Ramiro termin su relato, aquel hombre de iglesia, guiado sin
duda por su aguzado instinto de confesor, comenz a discurrir sobre las
brujas o xorguinas, sobre la magia, los hechizos, las nminas y otras
supersticiones semejantes, que eran como la telaraa del Diablo, donde
muchsimas almas iban a prenderse para la eternidad. Ramiro aprovech
para inquirir si la arte notoria era contraria a la Santa Iglesia de
Cristo.

--La habis ensayado alguna vez, hijo mo?--pregunt melfluamente el
Cannigo.

El mancebo tard en contestar. Inesperado calofro le corri del rostro
a las manos. Las pupilas del confesor se clavaron fijamente en las
suyas.

--An no--respondi por fin Ramiro con la voz vacilante;--pero oigo
encomialla a los dems.

--Necio yo, que nunca he de poner el dedo en la llaga!--exclam
entonces don Antonio, con orgullosa sonrisa.--Ya se ve
claramente--volvi a decir, dirigindose al mancebo--que aquellos amores
os han dejado en el corazn su maldita pestilencia.

En seguida, levantndose de la silla y fingiendo un enojo implacable,
agreg:

--_Vade retro! vade retro!_ seor hipcrita, seor apestado, seor
brujo, lea de Satans! Spase el galancete que su alma estn en
propincuo peligro de perdicin, si es que ya no la tiene vendida al
infierno, y que a no existir el secreto sacramental sera entregado aqu
mismo a los familiares del Santo Oficio. _Nego absolutionem, nego,
nego!_ Haga desde hoy penitencia sin tasa, explguese los demonios, que
el cura de su parroquia le enjabone y le enjuague, y cuidado no remate
su vida en el palo del quemadero. _In nomine meo dmonia ejicient.
Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo! Obmutesce et exi ab eo!_
No digo ms.

Ramiro baj las escaleras sobndose los prpados y dialogando consigo en
voz alta, como un loco. Aquel hombre terrible acababa de hablarle
inspirado seguramente por el cielo. No poda ser sino Dios quien lanzaba
por su intermedio ese anuncio, esa agnicin, esa amenaza tremenda,
buscando salvarle; no poda ser sino el soplo divino lo que haba
rasgado de arriba abajo su embozo de soberbia, dejndole desnudo y
enmudecido, a imagen del primer hombre despus de su falta.

Como entrevistas a la luz de los relmpagos, las mayores culpas de su
vida se reanimaron en su conciencia. Viose sobre el pecho de la morisca
olvidado por entero de su fe, de su honra, de su patria; acordose de sus
fementidas confesiones, de los pensamientos lascivos que l mismo
suscitaba durante la misa al observar codiciosamente las formas de las
mujeres prosternadas, de las muchas rebeliones de su orgullo contra los
claros mandamientos del Seor, de semanas enteras en que no haba
querido imponerse ninguna mortificacin ni rezar una sola vez el
rosario. A qu achacar todo aquello sino a sus amores con Aixa? Sin
duda la infiel, con hipcrita dulzura, habale instilado en el alma su
propia pestilencia. El clrigo de la venta de Cerebros, Mosn Raimundo y
el Cannigo Mendoza todos decan la verdad. Comenz a sentir en torno de
su pecho la impresin de una serpiente que le cea. Ansiedad nueva y
horrible: la brega con el Demonio! Lleg a la conviccin de que el
hechizo conservaba toda su fuerza y no se rompera hasta que Aixa no
desapareciera del mundo. El auto de fe que iba a realizarse qued para
l como la suprema esperanza.

Esa misma tarde, Ramiro, dej el palacio del Conde de Fuensalida, y se
aloj en la posada del Sevillano.

Das despus, al cruzar las Cuatro Calles en compaa de Domingo de
Aguirre, poco antes del toque de oraciones, vio venir, a lo largo de la
Calcetera, una vistosa procesin con mucho ruido de atabales y
ministriles.

--Es el pregn del Santo Oficio que viene anunciando el auto de la
fe--exclam el espadero.--Si vuesa merced lo desea podemos aproximarnos.




III


Era una de esas maanas de junio en que la ciudad de los concilios
parece susurrar en algaraba canciones de Oriente. El cielo, sin una
nube, tiende su tafetn ms azul; aqu y all, la cal ensea, bajo los
tejados morenos, su riente blancura; rosas y claveles arden en los
balcones, y en lo alto de algunas callejuelas deliciosamente sombras
vese espejear el azulejo de las cpulas y alminares.

Pero a la vez que el ter, el esmalte, la flor, exaltaban sobre Toledo
aquel resto de gracia sarracena, la mayor parte de los vecinos haba
cambiado sus trajes de costumbre por tristes ropas de luto. En las
plazuelas y encrucijadas quedaban aun los negros tingladillos sobre los
cuales frailes de todas las rdenes predicaran la vspera con elocuencia
pavorosa; y en la Calle Ancha, en la Lencera, en la Lonja y en torno a
la parroquia de San Vicente, fnebres terciopelos y bayetones pendan de
casi todas las ventanas, enlutando los muros.

Entretanto el Zocodover herva de muchedumbre desde las primeras horas
de la maana. La nueva de que una bruja morisca, dotada por el Demonio
de asombrosa hermosura, sera condenada en el auto de fe de aquel ao
lleg en pocos das a los ms escondidos lugarejos de los contornos, y
no faltaron peregrinos que contaran por las ventas la historia de la
conspiracin y del mancebo renegado.

Ramiro esperaba impaciente a la puerta de la posada. Domingo de Aguirre
haba prometido venir a buscarle para asistir juntos al auto.

Poco despus, uno y otro, describiendo largo rodeo, entraban a la plaza
por la Calle Ancha, contando presenciar desde all el desfile de la
procesin. De una ventana baja, un caballero que reconoci a Domingo de
Aguirre les ofreci dos taburetes. Subiendo sobre ellos consiguieron
dominar todo el mbito del Zocodover, henchido de apretada y rumorosa
muchedumbre.

Hacia la parte del poniente, y baado ahora por el sol de la maana, se
levantaba el inmenso y enlutado cadalso, que ocuparan en breve, segn
la costumbre, la Santa Inquisicin, el Ayuntamiento, el Cabildo, la
nobleza, los dignatarios y toda la clereca. Los reos deban colocarse
en otro cadalso ms angosto, pero de igual altura, que abarcaba el
costado meridional.

Conturbado hasta el fondo del alma por la solemne expectativa, el joven
avils pasaba sobre las cosas una mirada atnita y somera. Apenas si
vea brillar confusamente sobre el tablado las labores de plata de los
negros terciopelos, las armas de la Inquisicin y del Rey bordadas
sobre el morado dosel que exornaba los sitiales carmeses, y, hacia el
centro de la plaza, el oro del frontal color de sangre que prescriba la
liturgia de aquel tremendo holocausto. Sin embargo, al dirigir la vista
hacia la alta cruz pintada de verde y cubierta por largo velo sombro,
que se levantaba en medio del altar, entre doce hachones ardientes,
sinti un brusco estremecimiento, como si Dios mismo acabara de hablarle
con su grfico lenguaje.

La plaza no poda contener mayor nmero de gente, y se escuchaba sin
cesar el vocero de los curiosos que pujaban y rean a la entrada de
las callejuelas. Del Arco de la Sangre llegaban alaridos y maldiciones,
y la muchedumbre se agitaba hacia aquella parte, como el agua de los
torrentes al entrar en los lagos. Cada balcn, cada ventana, cada
tribuna, era un compacto racimo de damas y caballeros; adems, numeroso
gento, encaramado quin sabe por dnde, recubra las techumbres; y todo
aquello hormigueaba, herva, zumbaba con la grandiosa palpitacin de una
multitud embriagada de sol y confundida en la misma impaciencia.

Por fin las campanas de San Vicente comienzan a repicar anunciando la
salida de los reos, y a ambos lados de la Calle Ancha, los soldados
acuestan las alabardas conteniendo con pena al gento, cuyo forcejeo
incesante amenaza romper la doble valla de madera que viene de las
crceles y circunda uno y otro cadalso.

La procesin se acerca. Un resplandor de alabardas cruza la Calcetera.

Al pensar que la sarracena iba a pasar junto a l dentro de breves
instantes, Ramiro hundi la mano en la faltriquera y asi fuertemente su
crucifijo de bronce.

Encabezaban el desfile los soldados de la fe, orgullosos de las plumas
flamantes de sus chapeos y de las doradas cadenas de alquimia que les
prestaba el Santsimo Tribunal. Eran soldados de ocasin, armados de
alabardas, de picas, de mosquetes. Caminaban con paso solemne, entre
desconfiados y fieros, sin atreverse a mirar a las ventanas. Venan en
seguida los doce clrigos de la parroquia de San Vicente con su
estandarte; y luego, de dos en dos, montados en obscuros corceles, los
Grandes de Espaa y ttulos de Castilla, todos vestidos de negro, pero
recubiertos de joyas. Algunos haban hecho bordar en sus ferreruelos el
hbito de la Santa Inquisicin. Ramiro reconoci al Conde de Fuensalida
por el ceido traje de gorgorn bordado de oro, que semejaba de lejos
damasquinada armadura. La plebe les miraba absorta y enmudecida, y no se
escuchaba otro rumor que el de los cascos sobre las piedras. Hubirase
dicho un desfile de animadas estatuas ecuestres y funerarias.

La llegada de los primeros penitenciados suscit de nuevo el vocero
popular. Ms de veinte infelices sin gorra, sin cinto, sin caperuza,
pasaban ahora abrumados de vergenza y sosteniendo en la mano una vela
amarilla sin encender. Eran los que haban abjurado de sus errores y
seran reconciliados ante el altar. Casi todos lloraban, postrndose a
los pies de los religiosos que iban con ellos, o besndoles las manos y
el sayal con profundos gemidos. Unos traan al pescuezo, en seal de los
centenares de azotes que haban de recibir, una cuerda anudada varias
veces, a lo largo, y el pueblo contaba en voz alta los nudos, entonando
un coro compungido y socarrn, a fin de aumentar el oprobio; otros se
sealaban a distancia por la bayeta amarilla de los sambenitos, y la
experta multitud deduca las culpas y condenaciones con slo observar
los pintarrajos de aquellos capotes de infamia que, ora llevaban un aspa
roja, media o entera, ora las dos aspas del martirio de San Andrs.

Tradas por los fmulos del Tribunal, en lo alto de luengos mstiles
verdes, y balancendose por encima de la procesin, venan en seguida
hasta seis figuras humanas hechas de paja y estamea. Impvidos
muecones con grandes ojos de betn y boca de almagre, peleles
siniestros, cuyas piernas, demasiado livianas, danzaban continuamente
en el vaco, remedando la pataleta de los ahorcados.

Al advertir el gesto de asombro de Ramiro, el espadero exclam:

--Estas son las efigies de los muertos y fugitivos las cuales sern
agora condenadas en su lugar con celosa justicia.

A lo largo de la calle, la gente de las ventanas y balcones comenzaba a
agitarse con extrao movimiento; los hombres se asomaban cuanto podan,
las mujeres se santiguaban y persignaban a escape, levantando los ojos
al cielo. Poco despus todos los labios proferan una misma exclamacin:

--Los relajados!

El espadero tuvo que acercar su boca al odo de Ramiro para decirle:

--Son los que han de morir.

Las voces crecieron y se propagaron de modo atronador; y poco despus,
de un extremo al otro del Zocodover, el populacho ruga con salvaje
fiereza, vido de aquella hez de maldicin y de espanto.

Ramiro se empin sobre el taburete.

Dos familiares del Santo Oficio y cuatro soldados custodiaban a cada uno
de los reos, mientras un fraile dominicano le predicaba continuamente
ponindole ante los ojos el santo signo de la cruz. Todos llevaban, a
ms del sambenito, el bonete trgico y burlesco, la amarilla coroza,
cubierta de terribles pinturas de llamas y demonios. El terror, el
coraje, la pertinacia, el arrepentimiento y hasta la misma alegra,
alternaban en aquellos rostros malditos. Era una procesin de aquelarre,
una cfila de infierno, y hasta la luz matinal se tornaba siniestra al
alumbrar de lleno las palideces patibularias, las femeninas guedejas
lodosas de sudores febriles y polvo subterrneo, las atroces pupilas que
parecan conservar an la expresin de terror y de splica que tomaron
en el tormento.

Era prohibido tocar a los reos; pero el populacho se desquitaba
cubrindoles de escarnios y maldiciones.

--Ah! ah! mrtires del Diablo, ya veris cmo escuece!

--Que os echen dos puados de sal y un tantico de organo!

--Que le metan a sa un cohete por debajo del rabo pa que le conozco su
madre cuando la quema!

Una mujer grit desde una ventana:

--Arrepentos, desdichados; pensad en los infiernos!

Pero un muchacho, sacando medio cuerpo fuera de la valla, respondi
desde abajo, alzando los puos:

--No! No! Al fuego y a cenar con el Demonio!

Entonces nueva explosin de odio santo y homicida estall en todas las
gargantas:

--Al fuego! al fuego!

Y los condenados comenzaron a desfilar entre un clamor sibilante y
bravo comparable a la crepitacin de un incendio.

No falt quien reconociera entre los condenados a un cerero de Orgaz que
crea ser San Juan Bautista en persona y predicaba una nueva doctrina
por los pueblos. El pobre hombre, detenindose por instantes, alzaba la
mano y figuraba el gesto del Precursor en el Jordn. Una plida doncella
que, segn algunos, era la monja renegada de que se hablaba en Toledo,
escuchaba los insultos de la muchedumbre con infantil expresin de
curiosidad y de ternura. A veces, apoyndose en el hombro del religioso
y echando la cabeza hacia atrs, rea gozosamente, como una ebria. Un
morisco, a quien todos conocan en los suburbios por sus plticas
obscenas, ejecutaba de tiempo en tiempo un movimiento bestial y
acelerado para remedar la fornicacin; los familiares tenan que
zamarrearle con violencia. Pas una anciana, seca y erguida, con las
manos ligadas por detrs y la boca cubierta por negra mordaza. Ramiro no
tard en reconocer a Gulinar. Por fin el hombre que les haba
proporcionado los taburetes exclam, mirando a lo largo de la calle:

--Agora llega la morisca que hechiz al mancebo cristiano.

Todas las bocas callaron.

Aixa avanzaba lentamente, con las pupilas fijas en el cielo. Sus odos
escuchaban quiz rabeles divinos y voces inefables, y su espritu,
infinitamente lejos de la tierra, presenta las delicias del Alchanna y
las sublimes recompensas que su religin promete a los mrtires. Sin
embargo, su flexible cuerpo conservaba los resabios de la tentacin y de
la danza, y sus pies desnudos se movan cadenciosos como si hicieran or
todava el martilleo de las ajorcas. La palidez de su rostro daba terror
y sus labios enseaban los dientes con esa sonrisa incomprensible que
suele asomar a la boca de los cadveres.

Despus de observarla un momento, Ramiro tuvo que cerrar los ojos y
apoyarse contra el muro, apretando de nuevo el crucifijo para sellar,
para incrustar en su propia carne la imagen del Redentor. El resto del
desfile violo pasar como en un sueo: innumerables religiosos de todos
los hbitos; familiares a caballo con varas de bano enriquecidas de
plata; eclesisticos en mulas enlutadas; el arca de las sentencias sobre
una acmila que arrastraba por el suelo los flecos de oro de su morada
cobertura; el rojo estandarte de la fe; blancor de golillas y cabrilleo
de joyas sobre los trajes retintos.

Por fin el espadero, despus de decirle el nombre de algunos regidores,
tocole el codo y exclam:

--Este que viene agora es el Cardenal-Arzobispo, observe vuesamerced su
venerable presencia.

Sobre fornido corcel de pelo bayo, don Gaspar de Quiroga,
Cardenal-Arzobispo de Toledo, Inquisidor General y Consejero de Estado,
avanzaba con imponente rigidez, rodeado de pajes y alabarderos. Era el
papa de Espaa y la sagrada mscara del Rey. Despus de la sombra
procesin, sus rojas vestiduras exaltaban el nimo como un toque de
chirimas. Salvo la morada muceta inquisitorial todo era para los ojos,
desde el sombrero hasta la calza, un solo golpe de prpura. Su ceo
expresaba el rigor sacrosanto, sus ojos no pestaeaban siquiera. Pas
implacable, como el tormento; pomposo y sombro, como el tremendo
holocausto que iba a presidir; rojo, como la hoguera. La luz matinal
haca resplandecer con viveza el silln de plata repujada y todo el oro
y el alfjar de la gualdrapa color de amatista que caa hasta los cascos
del palafrn. Nadie os romper con un vtor el respetuoso silencio.

Ms de media hora emple toda aquella procesin en ocupar sus asientos;
la gradera mayor qued recubierta de insigne muchedumbre. Los
inquisidores se colocaron en el centro; el estado eclesistico hacia el
septentrion; la ciudad y los caballeros, hacia el medioda.

Los reos, acompaados de los familiares y religiosos, llenaron a su vez
el otro cadalso.

Todas las miradas se dirigieron entonces hacia el tablado de abominacin
y de infamia. La curiosidad era inmensa. All comparecan de costumbre
hechiceras que tenan pacto con el demonio y guisaban en sus nocturnos
aquelarres toda suerte de daos contra las gentes; judaizantes, que
asesinaban nios cristianos para embeber en su sangre una hostia
consagrada y celebrar con ella nefandas ceremonias; luteranos, que
buscaban demoler la santa Iglesia de Cristo difundiendo por Espaa la
peste de la hereja; alevosos moriscos, que seguan predicando las
bellaqueras de su secta y el deber de la rebelin y la venganza.

Los que haban de morir ocupaban los asientos ms altos. Situado a la
entrada de la calle, Ramiro les observaba de costado, sin poder
distinguir a la sarracena.

Dos horas ms y aquellas vctimas infames arderan en la hoguera como
los chivos expiatorios de la Escritura; los pueblos y los campos
quedaran purificados y el Dios del moderno Israel, al aspirar desde el
cielo el abundante olor del sacrificio, aplacara su clera y dejara
caer su bendicin sobre la ciudad justiciera, ms catlica que Roma, ms
celosa que la antigua Jerusaln.

El rito comenzaba. Un obispo acercose al altar. Los diconos le tomaron
la admirable mitra cuajada de gemas simblicas ofrecida por el Cabildo.
Poco despus densa nube de incienso ascenda en el espacio luminoso como
en los primeros sacrificios de la Antigua Ley. Terminados el sermn y la
misa, el relator ley el juramento del pueblo, y Ramiro uni su voz al
_s, juro!_ brusco y atronador, proferido a la vez por toda la
multitud, y que, al decir de los campesinos, se escuchaba a ms de una
legua a la redonda.

Un cantor de la Catedral ley en seguida la carta de los delitos y
supersticiones contra la fe; y acto continuo los que haban abjurado de
sus errores fueron conducidos a la jaula de madera, que se levantaba en
medio de la plaza, para que escuchasen, uno a uno, en presencia del
pueblo, la lectura de sus causas y condenaciones, antes de ser
reconciliados.

Aquella parte del auto produca de costumbre un hasto general. La
multitud, anhelosa de ver comparecer a los relajados, daba, a cada
instante, signos de impaciencia. Aguirre bostez varias veces, y Ramiro,
entrecerrando los prpados, apoy la cabeza contra la negra colgadura
que penda de una ventana.

Defensores de la fornicacin, varios bgamos, judaizantes arrepentidos,
falsos sacerdotes, un pordiosero que se haca pasar en las aldeas por
comisario del Santo Oficio y algunos gaanes que haban proferido
blasfemias y juramentos, eran condenados a la pena de azotes, a prisin,
a galeras.

Una animacin distrada circulaba por toda la plaza, y muchos prelados y
dignatarios dejaban sus asientos para ir a tomar un refrigerio o una
breve colacin detrs de la gradera. En las ventanas y balcones las
damas dejaban caer sus velos mostrando su famosa blancura y recibiendo
refrescos y frutas confitadas de mano de los galanes. Ramiro senta a
travs de sus pestaas asoleado movimiento de sedas en las tribunas.
Galante murmullo bajaba ahora hasta l y parecale respirar por
instantes femeninos perfumes. Oanse risas claras y festivas. Encima de
su cabeza, el caballero que les haba ofrecido los taburetes hablaba a
media voz con una dama. Escuch sin quererlo:

--Decid miedo y no desvo, mi seora; que no quisiera caer cual nuevo
Icaro.

La mujer replic:

--Pues pedid al amor, y no al antojo, sus alas de verdad, que sas nunca
se derriten con llevar ellas mes mas el fuego.

--Ah, esa tez, esa boca!

--Por Dios, don Gonzalo, haceisme dao con las sortijas!

Al or aquel nombre Ramiro se enderez con viveza y abri del todo los
ojos para disipar con la luz el doloroso recuerdo.

El sol, inclinado hacia el poniente, reverberaba en las fachadas
fronteras y haca resplandecer en las ventanas y balcones las joyas, el
azabache, la blanca piel de los guantes, los abanicos dorados.

Llegoles por fin el turno a los que haban de morir. La poderosa emocin
aplac todos los rumores.

Aquellos infelices, que antes de dos o tres horas formaran horroroso
amasijo de cuerpos carbonizados, suban a la jaula y escuchaban sus
sentencias, unos impasibles, otros enloquecidos por el terror y haciendo
temblar en la mano la vela verde encendida.

Gulinar fue arrastrada como una muerta; el espanto la hizo abjurar de
sus creencias. En cambio, Aixa, apartndose del religioso, subi los
peldaos con la resolucin misteriosa de los sonmbulos. Ramiro oy
sorprendido que se la condenaba como relapsa, por haber sido
reconciliada, cinco aos antes, en un autillo de Murcia. Del tablado, de
los techos, de los balcones, de toda la plaza, miles de voces la
incitaban al arrepentimiento; pero muchos, que deseaban verla quemar en
el brasero sin que fuese antes estrangulada, protestaban a gritos. No
fue posible arrancarla una sola palabra; y cuando el religioso que la
acompaaba seal la cruz verde cubierta por el velo sombro, ella
volvi su rostro alargando el brazo derecho con un gesto de abominacin.
Entonces espantoso bramido, semejante a la explosin de una mina,
estall a la vez en todo el Zocodover. Oanse vociferaciones brutales e
inmundas. Algunos campesinos se frotaban los ojos con sus amuletos
gallegos de azabache o con la cruz de sus rosarios, y rezaban en voz
alta. Junto a Ramiro una aldeana harto hermosa, con retintos cabellos
achatados sobre la frente y las orejas cubiertas por grandes conos de
plata, gritaba sin descanso: A hechizar demonios! A hechizar
demonios! Religiosos de todas las rdenes se ponan de pie en las
graderas y levantaban las manos para acallar a la muchedumbre.

       *       *       *       *       *

Eran ya pasadas las cuatro de la tarde cuando el Secretario del Santo
Oficio entreg los relajados al Corregidor y a sus tenientes.

Los reos fueron montados sobre esculidos jumentos, y la trgica
procesin enderez por la Calle de las Armas, camino del quemadero. El
auto continuaba, pero los familiares, segn la nueva costumbre, subieron
en sus caballos para presenciar el suplicio. La mayor parte del
populacho se precipit como un torrente en pos de ellos. Aguirre se
haba retirado haca ms de una hora, y Ramiro, bajando del taburete, se
confundi con la muchedumbre, avanzando luego, sin ideas, sin designios,
cual trgico despojo que arrastran las olas.

Despus de seguir durante algunos minutos la ribera del Tajo, el humano
tropel se detuvo en un paraje llano y descubierto, al comienzo de la
Vega. Ramiro, movido ahora por misterioso impulso, hendi la muchedumbre
hasta llegar a la fila de alabarderos. Sus ojos vieron entonces, a
pocos pasos, sobre ancho terrapln de arena y de granito, seis palos de
agarrotar con sus respectivas argollas, varias pilas de lea y una
enorme cruz pintada de blanco. Hasta el smbolo de la sublime caridad
tomaba en aquel paraje un aspecto repelente y cruel.

Confusa aglomeracin de frailes, de verdugos, de alguaciles, cubri al
instante el ancho quemadero, rodeando a los condenados.

Con muy poca emocin vio Ramiro estrangular a los arrepentidos. Algunos,
al morir, dejaban caer la coroza; otros la conservaban sobre su horrible
cabeza colgante.

El sol, casi oculto tras larga nube cenicienta, baaba de dorado rubor
la llanura, las colinas, las casuchas blanqueadas del vecino arrabal de
Antequeruela.

La tarde era lcida y benigna. Un olor de tierra humedecida llegaba de
la Vega. A esa hora, ms de una mano morisca abra las acequias para
embeber los regados.

La figura de Aixa apareci de pronto al borde del brasero. Sus amarillas
ropas de infamia cubiertas de rojos pintarrajos absorban la lumbre del
poniente y cobraban sobre ella un esplendor brbaro y fatdico.
Hubirase dicho la sacerdotisa de algn espantoso culto de inmolacin y
de xtasis pronta a arrojar su sagrado cuerpo a las llamas. Un fraile
dominico la predicaba sin descanso, y ora usando del ruego, ora de la
amenaza, agitaba ante sus ojos la imagen de Cristo crucifijado. Por fin,
todos oyeron la spera voz del religioso, que grit como enloquecido:

--Ultima vez: decid que abjuris de vuestras creencias diablicas!

Aixa mene la cabeza negativamente. Los alguaciles, los tenientes y
otros religiosos le mostraron todos a un tiempo la pila de lea
preparada para el suplicio. Ella volvi a menear del mismo modo la
cabeza. Entonces, el dominico, asindola de los hombros, la empuj hacia
el verdugo.

Como si aquel movimiento hubiera soltado las trallas a la furia
popular, veinte o treinta energmenos, hombres y mujeres, rompiendo la
fila de los soldados, se precipitaron sobre el brasero para despedazar a
la infiel. En cambio, los que queran verla morir en las llamas
prorrumpieron a un tiempo en el mismo grito de protesta:

--No la matis! No la matis!

Los verdugos se armaron con rajas de lea, y Ramiro advirti que el
hierro de una alabarda acababa de alzarse todo rojo de sangre. Sin
embargo, un labriego logr llegar hasta la morisca y asestarla un
garrotazo en el hombro; una vieja la hinc por la espalda la hoja de una
tijera atada a un carrizo; un dardo, venido quin sabe de dnde, se le
clav en el costado.

En ese momento, cuatro sayones, aprovechando de la creciente confusin,
levantaron a Aixa sobre la pila de lea, y habindola desvestido hasta
la cintura, comenzaron a ligarla contra el madero. Ella ablandaba su
cuerpo y echaba los brazos atrs para facilitar el suplicio. El ocaso
hizo resplandecer cual claro marfil su admirable desnudez.

Cuando las primeras llamas, casi invisibles, lamieron sus plantas, Aixa,
alzando los ojos al cielo, fij su mirada en el delgado creciente de la
luna, que brillaba apenas, por encima de la ciudad, entre nubecillas de
oro.

Los leos, atizados con fuelles enormes, comenzaron a chisporrotear. El
humo se inflamaba por momentos, formando lenguas amarillentas y fugaces
que se perdan en el espacio. Aixa no se mova. Sus largos cabellos
flamearon. El refajo que haban dejado sobre sus piernas ardi
bruscamente. Una horrible convulsin corri por todo su cuerpo.
Entonces, imponente columna de humo y de pavesas la envolvi de sbito,
ascendiendo acelerada y terrible en la penumbra de la tarde. El fuego
ruga. De pronto, una primera rfaga nocturna, desviando hacia atrs la
densa humareda, dej ver la cabeza de Aixa colgando del madero cual
espantoso fruto de pesadilla.

Ante aquella visin Ramiro experiment en toda su carne un
estremecimiento profundo e imprevista congoja le contrajo la garganta al
recordar las bellezas y delicias del precioso cuerpo que el fuego
acababa de destruir. Pero, una presencia misteriosa dentro de su alma
sofoc al nacer ese primer movimiento de ternura, hacindole considerar
que aquel humo sombro de la hornaza era su abominable pecado, su
lascivia, su deshonra, levantndose en partculas muertas para
desvanecerse, para desaparecer del todo y por siempre en la inmensidad y
en los vientos.

Esforzose en experimentar inmenso desahogo; esforzose en pensar con
alegra que los ojos terribles de la sarracena haban chirriado en las
llamas; que su carne maldita era ahora ardiente despojo cayendo a
pedazos en la hoguera; que su misterioso poder y sus hechizos diablicos
se haban hundido con su alma en la negrura de los infiernos; y
sintiendo correr las lgrimas por su rostro, postrose de rodillas entre
los pies de la muchedumbre, exclamando con fuerza:

--Oh, santa, santa Inquisicin, tu justicia me redime, tu hoguera me
salva!

Ya los cadveres de los otros ajusticiados ardan en montn sobre enorme
pila incendiada, mientras las gentes del pueblo remolineaban en torno
con los rostros iluminados por el movedizo resplandor, y mostrndose
entre las llamas los miembros humanos que el fuego retorca y levantaba
por instantes como si conservasen an restos de vida y de sufrimiento. A
veces oase un silbo peculiar y luego una chirriante crepitacin, cual
si una pella de sebo cayera sobre las brasas, y Ramiro escuchaba encima
de su cabeza soeces exclamaciones y carcajadas espantosas que
desconcertaban su entendimiento.

Asfixiado por el trgico hedor que desprenda el humano holocausto,
tuvo, por fin, que levantarse, y, envolvindose el rostro con la capa,
se alej a toda prisa en direccin a la ciudad, hablando consigo mismo y
aglomerando oraciones y jaculatorias. La sombra ennegreca los
senderos.

Hacia el ocaso, al borde del cielo humoso y sombro, angosta faja de
crepsculo se apagaba despacio como la muriente lumbre de un horno.




IV


Desvelado por la grandiosa esperanza que acababa de encenderse en su
pecho, no le fue posible dormir un instante en toda la noche. A la vez,
su pensamiento arrastraba, a pesar suyo, las ms importunas imgenes del
pasado, comparable al ro torrentoso que se enturbia con sus propias
orillas.

Senta Ramiro ansias inmensas de soledad y el horror de toda voz
extraa, de todo ajeno semblante.

Pasadas las cinco de la tarde dej la posada y dirigiose a los speros
collados del medioda. Al cruzar el puente de San Martn, una tapada se
le interpuso en el camino y con gracioso ademn abri y cerr
sbitamente su velo, ensendole el rostro. Fue como un relmpago. Sin
embargo, Ramiro reconoci al instante los ojos de Casilda, y en vez de
detenerse, terciose la capa y enderez a toda prisa hacia la otra
ribera.

Despus de errar ms de media hora, en la direccin del sudeste, sin
alejarse del ro, vio asomar una cruz entre los cantos. Era la cruz de
una ermita construida al borde del abismo. Acercose; y a pesar de su
profunda tribulacin, la sorpresa del cuadro dejole absorto un momento,
hacindole presentir un sentido provechoso para su alma.

Frente a l, en la margen opuesta, Toledo se extenda de naciente a
poniente, escalonando sobre el alto pen sus tejados grises, sus
plidas paredes, sus torres numerosas. Liso y vertiginoso escarpamiento
caa desde la ciudad hasta el fondo de la angostura, cubierto al parecer
de vieja ceniza deleznable, como si el fuego de Dios hubiese pasado por
all, arrasando toda raz y toda simiente. Ramiro pens con religioso
espanto en las cuestas del eterno castigo que los rprobos tienen que
trepar con los pies y con las manos, para caer de nuevo en las ondas
inflamadas, y volver a trepar y a caer sin perdn y sin tregua,
indefinidamente.

Sentose sobre un peasco.

El ro se deslizaba a una hondura terrible entre rocas herrumbradas y
fieras. Pareciole un ro de culpas y expiaciones, como los que forja la
imaginacin al pensar en los infiernos. Hubirase dicho que dolorosos
espectros pasaban en procesin, all abajo, rozando las ondas con sus
colgantes velos obscuros.

Entretanto el casero tomaba, con la hora, desolada blancura de huesos
en el yermo, y toda la ciudad, mirada a distancia, a travs de la
vibradora penumbra, pareca una ciudad de otro mundo, una ciudad fuera
de la vida y del tiempo, mstica y anhelosa como los salmos.

En la parte ms elevada, sobresala el Alczar baado en melanclico
reflejo crepuscular. Ramiro record con misteriosa inspiracin que
aquellos muros haban alojado a uno de los reyes ms gloriosos de la
historia, a un monarca de monarcas que acab por arrojar el cetro y la
corona para refugiarse en escondido monasterio; y, al pronto, el
fantasma del Emperador Carlos Quinto apareci ante sus ojos con el
rostro medio oculto por la capilla de un hbito.

Ah! aquel sayal sobre el dueo del mundo...!

El sol se ocult detrs de los cerros, y la ciudad tom una coloracin
mustia y violcea, cual si fuera contemplada al travs de transparente
amatista. Algunas vidrieras que haban flameado un instante se apagaron.
Ramiro dejose penetrar por el sagrado recogimiento, presintiendo un
signo, una voz de lo alto. En ese instante las campanas de la ciudad
rompieron a tocar las oraciones. Los taidos concertaban a distancia un
canto prolongado y conmovedor que haca pensar en las letanas de la
muerte, y hubirase dicho que la pea que sustentaba los numerosos
campanarios vibraba a su vez como la caja de un rgano. Ramiro acordose
de las campanas de Avila, de las tardes de su niez en la torre
solariega y de su madre, siempre llorosa, siempre enlutada, siempre
taciturna.

Rez las avemaras. Estaba redimido, estaba purificado, pero senta su
pecho vido y triste, como un arroyo sin agua. Quiso entrar en la ermita
para verter al pie del altar su congoja profunda. Levantose. El suelo y
las rocas oscilaban a su alrededor; su cuerpo, aligerado, iba a
desprenderse, sin duda, de la tierra. De pronto, un fuego, una inflamada
saeta, venida de lo alto, se le entr por el pecho, sumergindole
durante algunos segundos en un estado delicioso, gozado slo con el
alma.

Luego, todo pas. Crey entonces que haba sido trasverberado como la
Madre Teresa de Jess, y que Dios acababa de abajarse hasta l en todo
su poder y misericordia, para hacerle probar un sorbo, apenas, de los
goces que le esperaban cuando su alma, vencedora del mundo, se entregase
por fin, con soberana pasin, a la soledad y a la penitencia.

Un instante despus regresaba a la ciudad en busca de un convento donde
le cambiaran las ropas de caballero por un sayal de ermitao.




V


Vestido de spero buriel y sosteniendo con el bordn, por encima del
hombro, la humilde barjuleta que le aparejaron para el viaje las
religiosas franciscanas de San Juan de la Penitencia, marchose Ramiro de
Toledo, a la maana siguiente, tomando a travs de los montes la
direccin del medioda.

Llevaba todo el cabello hacia atrs, la frente sin ceo, los ojos
humedecidos.

Camin muchos das, de sol a sol, bebiendo de bruces en los arroyos y
comiendo los mendrugos que le daban los labradores. Ms de un compasivo
caminante le ofreci llevarle en el anca de su cabalgadura; pero l
sonrea santamente y marcaba en el polvo con ms fuerza la huella de sus
sandalias. Dorma en el corral de las ventas o al borde de los caminos,
donde le tomaba la noche.

Por fin, una madrugada, despus de largusimo viaje, lleg a divisar
desde lo alto de un cerro la blanca ciudad de Crdoba, baada en el
rubor hmedo y radioso del amanecer. Se hizo sealar desde all, por una
frutera que pasaba, el convento de las monjas del Carmen, y al pensar
que bajo aquella cercana techumbre se hallaba su madre, sinti que los
sollozos le entrecortaban el aliento.

Sin querer acercarse a la ciudad, y apartndose de los senderos,
descubri por fin, en el flanco de la montaa, una gruta escondida entre
malezas y arbustos. Haba en su interior una mesa hecha de ramas de
alcornoque sin descorchar, un tintero de raz de naranjo, un taburete,
un azadn y varios cacharros hundidos en el lodo. De la parte ms alta,
colgaba un antiguo traje de caballero, y adems, semejante a dos
perniles ahumados, un par de botas de camino con sus espuelas.

Esa misma noche, al encender el candil que llevaba consigo, y al ir a
acostarse sobre un montn de hojarasca, hacia el fondo de la gruta,
hallose con el cuerpo momificado de un viejo anacoreta, que apretaba
todava entre sus manos resecas las cuentas del rosario. Ramiro dejose
caer de rodillas y alz los brazos al cielo, dando gracias a Dios por
haberle puesto, a la vez, en su camino, el anhelado refugio y el ejemplo
de aquella muerte.

Al otro da, por la maana, dio sepultura al ermitao y orden lo mejor
que pudo el interior del obscuro escondrijo, donde haba resuelto pasar
todo el resto de su existencia.

Muy pronto una sublime voluptuosidad inund su corazn. La continua
plegaria, el total desprecio del mundo y, sobre todo, las arduas e
ingeniosas penitencias que se impuso, le hicieron conocer el inefable
orgullo de la santidad; orgullo grandioso que le dilataba el alma
infinitamente, y le alzaba con sublime vuelo sobre las miserias del
hombre. Se compar a los admirables anacoretas de la Tebaida, y tuvo por
seguro que en los tiempos venideros su historia sera leda en hogares y
refectorios para edificacin de las almas.

Las religiosas de Toledo habanle puesto en el zurrn algunos libros de
mstica. Conducido por aquellas lecturas, Ramiro se propuso recorrer las
tres vas espirituales descritas en los tratados, y lograr al fin la
posesin de esa gloria mxima que haba buscado hasta ahora por
engaosos caminos.

Pero la llama de los primeros das no pudo mantenerse; ya no volvi a
sentir aquellos arrobos que encendan en la cripta de su alma las
lmparas de fuego de que hablaba Fray Juan de la Cruz. La noche de fro
y de tinieblas cay sobre su corazn; la lobreguez y la humedad de su
guarida comenzaron a hastiarle; la lectura se le hizo insufrible.

Algunas tardes, deseando respirar libremente, sala a pasearse por la
montaa hasta la noche. La brisa era siempre deliciosa y traa de los
cortijos un perfume de azahares que reblandeca la voluntad y alejaba
toda idea de penitencia. Sonrisas de mujeres, carmines de labios
entreabiertos, maliciosos pestaeos, aparecan ante l en la penumbra
rosada o bajo la sombra azul de los rboles.

Una apata, una pereza invencible comenz a postrar como un ensalmo sus
miembros y su espritu, hasta hacerle pasar la mayor parte del da
tendido en la cama del anacoreta, ocupado en contar los hoyuelos de la
roca o las gotas de agua que caan de las vertientes. Las lagartijas,
las cucarachas, los ratones y muchos insectos que le eran desconocidos,
acabaron por trepar sobre su cuerpo, y l, en vez de espantarlos,
mantena completa inmovilidad, a fin de observar de cerca todos sus
movimientos.

Pas semanas enteras sin rezar el rosario y sin bajar a la ciudad para
or la misa del domingo y pedir provisiones, como era su costumbre.

Cierta maana escuch una voz de mujer a pocos pasos de la gruta:

      Cantan de Oliveros e cantan de Roldn
    e non de Zurraqun, c fue gran barragn.

      Cantan de Roldn o canta de Olivero
    e non de Zurraqun, c fue gran caballero.

Era un doble estribillo que Medrano, el escudero, no se cansaba de
repetir. Pareciole la voz de Casilda. No sera algn engao de los
sentidos? Levantose y mir un momento hacia afuera. Una mujer, cubierta
de un velo verdoso, bajaba de prisa por la cuesta; y la cancin caa y
se alejaba con ella graciosamente.

Otra maana, recogiendo lea por el contorno, descubri al pie de un
rbol una espada cubierta de herrumbre. Llevola a su escondrijo y
frotola fuertemente con la arena humedecida. Era un arma seoril: varios
anillos de plata cean la negra vaina de cuero; la hoja tena la marca
de Hortuo; la guarnicin era calada y fina, como una randa.

Aquel trivial incidente vino a arrancarle de su pereza. Desde entonces
pasaba horas y horas acicalando la espada en sus menores intersticios; y
se complaca en sacarla a la luz para hacer correr una llama de sol a lo
largo de la hoja, en empuarla y blandirla con fuerza, en hacerla
resoplar en el viento.

Ya no sala nunca hacia el bosque que no la llevase consigo; y a veces,
mirando hacia una y otra parte, como si alguien pudiera sorprenderle,
hincaba la punta de cierto modo en el tronco de los rboles para
recordar la terrible estocada con que haba dado muerte a Gonzalo.

Su sangre se enardeci de nuevo, y su espritu, inflado otra vez con el
viento de la honra, volvi a soar en los triunfos y loores de la vida y
en todas las hazaas que l hubiera podido realizar por el mundo.

Hallbase una tarde del mes de Septiembre sentado sobre un alto peasco,
y meditando la idea de visitar en breve a su madre, cuando vio subir por
la cuesta, sobre una mula parda, a un anciano enjuto y esbelto que
agachaba la cabeza y miraba con singular atencin hacia la gruta.

El hombre volvi a pasar a la maana siguiente, mirando siempre con la
misma curiosidad.

Por fin, un da en que Ramiro lleg a sentir de modo insufrible el
tormento del hambre, el anciano misterioso acert a pasar a la hora del
anochecer, llevando por delante, sobre la silla, un cesto pequeo lleno
de hogaza y una ristra de cebollas colgada del hombro.

Ramiro camin hacia l, exclamando:

--Dadme, por Dios, una cebolla y un poco de pan!

El hombre prosigui su camino.

Ramiro, entonces, con voz amenazadora y ms fuerte, repiti:

--Por el amor de Dios, dadme un poco de pan!

Pero el desconocido, sujetando apenas la mula, contest secamente:

--Mejor sera ir a ganalle con vuestros brazos. Pensis acaso que esa
roosa pereza borra crmenes y perjurios?

El se le cruz en el camino, y asiendo con una mano el freno de la
cabalgadura, levant con la otra su crucifijo de bronce, repitiendo:

--Dadme, os digo, unas migajas, en nombre de Nuestro Seor Jesucristo!

Entonces, el anciano, inclin su cuerpo hacia adelante y, por toda
respuesta, escupi dos veces con brbara osada la santa imagen del
Redentor. Ramiro exhal un grito de espanto. Su cuerpo vacilaba
combatido por dos impulsos adversos. Por fin, corriendo con mpetu a la
cueva, cogi la espada y se vino derecho hacia el hombre, con la
intencin de darle muerte all mismo. Pero al levantar la punta para
hundirla en aquel pecho sacrlego, una voz recia y dominante, una voz
que penetr en sus entraas, le contuvo de golpe:

--Ah! Ramiro, Ramiro, slo falta agora que acuchilles al hombre que te
engendr!

Al pronunciar estas palabras, el caminante quitose el ancho sombrero que
llevaba, a fin de descubrir su cabeza y mostrar mejor todo el rostro.
Ramiro experiment profunda conmocin. Acababa de reconocer al
misterioso personaje del arrabal de Santiago, al abnegado morisco que le
haba salvado la vida, dejndole despus, como recuerdo, la valiosa daga
sarracena.

--S, yo te engendr en la altiva doa Guiomar--prosigui el anciano--y
tu agelo prefiri casalla en seguida con el viejo don Lope, en odio a
mi raza y a mi creencia. Luego, all en Avila, te di la vida por segunda
vez, sacndote de entre las dagas de los creyentes; y fui expulsado de
Castilla como traidor. Pero t, Ramiro, me pagaste en buena moneda
cristiana, faltando a tu juramento y entregando a la Inquisicin a la
infelice Gulinar y a Aixa, a Aixa la jarifa, a Aixa la santa, para que
fuesen arrojadas a la hoguera, despus de haberte curado y regalado con
tanto amor como ellas te tenan!

Las lgrimas brotaron de sus ojos, y con voz temblorosa, exclam por
fin:

--Ah! No quiero maldecirte, porque la maldicin de un padre es siempre
escuchada por Al...; no, no me atrevo a maldecirte...!

Con estas palabras agit su mano izquierda hacia atrs, y taloneando
fuertemente la mula, dej caer al suelo toda la hogaza, desapareciendo
en seguida entre los peascos.

Ramiro le mir partir sin llamarle, y caminando hacia la cueva, fue a
sentarse en el rincn ms obscuro, oprimiendo el crucifijo contra su
pecho.

Qu haba escuchado? Su padre? Un morisco!

Todos los enigmas de su vida acudan a su memoria: la soledad de su
infancia, la dureza del abuelo para con l, la continua y llorosa
melancola de doa Guiomar, las especies tan extraas que haba
suscitado su lance con los conversos, el sbito desvo de Beatriz, el
denuesto de Gonzalo en la callejuela... el abnegado amor de aquel
hombre de otra fe, de otra raza!; y vio que todo resultaba harto
comprensible a la luz de la espantosa revelacin.

Sera verdad? Sera, en efecto, hijo de moro? Ah! Ms valiera
entonces romperse las venas y dejar que toda su sangre se derramase
sobre el lodo de la ignorada caverna. Su razn cay en espantosa
vorgine. Las ideas parecan ulular y remolinear como los vientos en una
noche de vendaval. No quera, no quera pensar, y se hincaba las uas en
la frente para aturdirse, agitaba los brazos en las tinieblas, resoplaba
con furia como un hombre enajenado por el terror; pero la cavilacin era
cada vez ms inexorable, ms elocuente, ms honda. Unas veces rea de
su propia credulidad, desechando como el ms grande de los absurdos las
palabras del moro; otras llegaba a sentir total convencimiento, y se
sorprenda de no haber concebido hasta ahora ninguna sospecha en medio
de tantos indicios.

De pronto, el mismo horror de aquella incertidumbre, le yergue sobre los
talones. Enciende la candileja. Un pensamiento instantneo acaba de
cruzar por su mente. Sube al escabel, descuelga los viejos vestidos y
las botas que penden de lo alto de la gruta. Un bolsillo de monedas
suena en los gregescos.

Cuando hubo cambiado el sayal por aquellas ropas de otro tiempo y ceido
la espada, sali de la cueva y se puso a errar en la noche. No le
quedaba ahora otra idea que huir sin descanso hacia el mar, otra
esperanza que los galeones.

Soaba en alguna regin de las Indias, donde las plantas, las frutas,
las aves, las estrellas, todo fuera nuevo para l y nada le recordase la
tierra vieja y maligna en que haba nacido, aquella tierra en que todo
era adversidad, maleficio, embrujamiento. Slo as podra escapar a la
maldicin que le persegua quiz desde el vientre de la madre.

Camin incansablemente, empujado como Ashavero, por un viento misterioso
que no mova las hojas de los rboles, y que l, con todas sus fuerzas,
no hubiera podido resistir.

De noche, en las ventas, al verle aparecer con el anticuado traje y la
luenga barba en desorden, ms de un gan empinaba de golpe la taza de
vino y se escapaba al corral hacindose cruces.

En cambio, de da, al cruzar por los pueblos, los chiquillos se mofaban
de su estampa y le arrojaban por detrs cscaras de nueces y puados de
polvo.

Con el dinero que haba encontrado en los gregescos compr una mula
para abreviar el camino y un capote para cubrirse, y de este modo,
despus de innumerables peripecias, lleg, por fin, a la ciudad de
Cdiz, a mediados de diciembre.

El mismo da, recorriendo las calles, vio una bandera de compaa
colgada de una ventana; pregunt por el capitn y le dijeron que se
haba marchado la vspera para Jerez. Iba a retirarse, cuando un
soldado, que estaba sentado en un poyo, junto a la puerta, exclam:

--Si vuesa merc, seor caballero, quiere hablar con Pablo Martnez, el
alfrez, ah le tiene a su derecha.

Ramiro volvi el rostro y su asombro fue inmenso al ver cruzar la calle
a su antiguo paje vestido con galas de soldado.

Pablillos llegaba apenas de Flandes. En una escaramuza, cerca de
Groninga, dos compaas de escopeteros espaoles, sorprendidas por una
carga del enemigo, volvieron la espalda para salvarse. Slo Pablillos
permaneci en su puesto sin hacer el menor ademn. Al siguiente da le
hallaron en el mismo paraje, tendido boca abajo; haba perdido el habla
y estaba cubierto de contusiones. Esto le vali la bandera. Algunos
dijeron entonces que el miedo no le haba dejado menearse; otros, que se
haba agazapado bajo la curea de una culebrina; pero ahora los nuevos
soldados le miraban como a un hroe, y toda la poblacin como a una
gloria gaditana. Al reconocer a Ramiro, le prometi ayudarle en lo que
pudiese, y cuando supo su resolucin de entrar en la compaa como
soldado, llevole en persona a comprar lo que hubiera menester para
embarcarse. Deban zarpar para el Per a fines de diciembre.

       *       *       *       *       *

El da veinticuatro de aquel mes, pasadas las seis de la tarde, tres
gruesos galeones dejaban la baha, desplegando una a una sus velas
numerosas, que tomaban al pronto en el crepsculo vivo tinte de oro y de
sangre.

En uno de ellos iba Ramiro asomado a la borda, y tendiendo su mirada, su
imaginacin y toda su alma hacia la fabulosa esperanza del horizonte.

Las tres farolas de popa se encendieron, y las naves tomaron la ruta de
Amrica.

Entretanto, all en la ribera, hacia la punta de San Felipe, una
muchacha, con los zapatos despedazados y echada de pechos sobre la
ltima roca, miraba, sollozando, aquellas luces mortecinas, cada vez ms
pequeas, cada vez ms lejanas; y la marea, aislando poco a poco el
escollo, jugaba con su manto verduzco, apagaba sus lamentos, se llevaba
sus lgrimas, y le murmuraba al odo enorme y despiadada cancin que
rea con las espumas.




EPILOGO


En el Per, el ao de 1605, en la Ciudad de los Reyes.

Es una noche de fines de octubre. La ciudad duerme bajo el brillo de las
constelaciones y sus campanarios se levantan, aqu y all, ms obscuros
que la sombra. Lucirnagas y cocuyos encindense a millares encima de
los huertos y atraviesan los rboles tenebrosos. El hmedo ambiente est
henchido de perfumes, y yese, como en la quietud de los campos, el
concierto de los grillos y las ranas, slo entrecortado por la voz de
los serenos o los pasos de algn trasnochador que vuelve de los garitos.

Poco a poco, soolienta vislumbre enrojece en lo alto los cerros de San
Cristbal y Amancaes. Una brisa sutil y lnguida llega del mar. Los
gallos no han cantado todava.

No lejos de la Plaza Mayor, en el huertecillo de humilde vivienda, una
mujer, cuya blanca vestidura parece relucir en la sombra, va y viene por
los senderos cual inquieto fantasma. Es Rosa, la hija menor de Gaspar
Flores y Mara de Oliva. Todas las maanas, antes de la salida del sol,
junta piadosamente, en el jardn cultivado por ella, las flores que un
instante despus ha de llevar a la Virgen del Rosario, en la vecina
iglesia de Santo Domingo.

Aun en las noches ms obscuras sus pupilas reconocen las corolas mejor
abiertas, y parcele que todas claman hacia ella con msticas voces,
anhelosas de morir sobre la pureza de los altares.

Hacia un ngulo del huerto, la puertecita de encalada celda recorta en
la obscuridad el dorado resplandor de un candil encendido. Es la ermita
domstica construida por Rosa para entregarse a la contemplacin y la
penitencia sin abandonar a sus padres y a sus hermanos.

No ha escogido esa vida guiada por el remordimiento o los pesares. Ha
nacido santa. Es milagrosa desde la cuna. Su primer aliento difundi en
su morada un hlito del Paraso. Es el lirio conventual, bendecido por
Dios en la tierra y en la simiente. Dirase que los ngeles mueven y
aderezan todo lo que ella pone bajo su intento. Las personas que la
visitan advierten claridades y frescuras de otra vida en torno de su
persona; y, de noche, se la reconoce en las ms obscuras estancias por
la misteriosa luz que desprenden sus cabellos.

No ha cumplido an veinte aos y nadie ignora en Lima los asombrosos
prodigios con que el Seor la favorece. Slo ella encuentra natural que
los pjaros se posen sobre su hombro o acompaen con sus trinos las
fervorosas canciones que improvisa al son de la vihuela; o que, en los
das de gran necesidad, cuando su madre o sus hermanas se sienten
enfermas, maravillosas labores aparezcan, en un instante, bajo su aguja,
recubriendo una a una las telas, sin agotar los ovillos.

Comprende desde temprano que el sufrimiento y la pobreza son para Dios
las ms altas dignidades de esta vida; y visita de continuo los
hospitales, entra en las covachas de los cholos y los indios, buscando
las fiebres, las llagas, la lepra; asila en su oratorio a las ancianas
que escarban las basuras de los muladares para buscar el sustento; cura
con sus manos a bubosos y cancerosos abandonados por sus parientes.

Su hermosura es a la vez anglica y perturbadora. Tiene del cirio el
candor y la llama. Sus grandes ojos, que arden con misteriosa fiebre,
van encendiendo, a pesar suyo, sbitas pasiones en el corazn de ricos y
virtuosos caballeros. Su madre quiere casarla, y la obliga a ataviarse
como las otras doncellas; pero Rosa pone en cada gala una oculta
mortificacin. La guirnalda de flores con que debe adornarse la frente,
lleva por debajo una corona de espinas; sus guantes de olor estn
embebidos en un custico que desuella las manos. Por fin, acosada de
amenazas y violencias, declara su voto irrevocable de virginidad y su
secreto desposorio con Jesucristo.

Una noche, despus de haber trabajado hasta muy tarde, a la luz del
candil, so que aderezaba la saya para sus bodas espirituales, bordando
sobre briscada estofa los Nueve Coros anglicos y los smbolos de la
Trinidad y de la Santa Eucarista. De pronto parcele que la quitan la
aguja de las manos. Un ngel plido, y de rizos muy negros, reluce de
sbito ante ella, y le ofrece una corona de lgrimas y alba vestidura
formada de postillas de lepra que la enva Nuestro Seor, desplegando,
en seguida, el velo nupcial, incorpreo velo, slo visible para el alma,
un velo hecho de suspiros y sollozos de este mundo.

       *       *       *       *       *

Rosa abre el postigo con delicada cautela, para no despertar a los que
duermen, y sale de la casa, oprimiendo contra su pecho las flores que ha
de ofrecer a la Virgen. Camina lentamente, agitando apenas los pliegues
cndidos y simples de su tnica. Dirase que la poderosa fragancia la
desvanece por momentos.

Tierno rubor enciende por encima de los tejados los palos de la aurora.
Algunos techos de paja cuelgan hacia la calle como rubios cabellos
humedecidos. Las puertas se abren, una a una. Al pasar junto a las rejas
se aspiran monjiles sahumerios recin encendidos en los estrados. Aqu y
all, un brazo desnudo asoma sin rumor entre las celosas y riega los
albahaqueros. Oyese la tmida canturria de las esclavas que lavan los
patios y los zaguanes.

Rosa entra a la iglesia hollando con religioso respeto las losas
sombras. Dos hachas de cera arden en el fondo, junto a la capilla
mayor. Su luz llorosa y vacilante hace entrever, dentro de negro atad,
las manos entrecruzadas de un muerto y el amarillento sayal con que lo
han amortajado. Ni una flor, ni una plegaria, ni un pao mortuorio.

La doncella se aproxima.

Un fraile dominico, con barba y sin tonsura, dormita a pocos pasos del
fretro, sentado en un escao. Rosa camina hacia l. El novicio abre
entonces los ojos y murmura, como espantado:

--Vive Dios! Con ella soaba, y la vea venir con ese sayal, con ese
velo, con esas flores!

Luego, reprimiendo su asombro, agrega dulcemente:

--El Seor os conduce, nia santa. Qu labios podrn rezar mejor que
los vuestros por el alma de este difunto?

--Quin era...?--pregunta Rosa, observando el rostro del muerto.

--A punto fijo, no lo s yo tampoco--responde el religioso.--Jams quiso
revelar su nombre ni su origen; pero puedo decir que el Caballero
Trgico, como todos le llambamos, ha sido un gran arrepentido, y que la
peregrina historia de su conversin debiera publicarse a boca llena para
ejemplo de pecadores.

El fraile vacila un instante, pero clavando en la joven una mirada de
arrobamiento, cual si hablase a una santa aparicin, agrega con voz
estremecida:

--Yo le conoc en Huancavelica, har cosa de seis aos. Form all una
banda de facinerosos, para la cual quiso el Demonio sealarme, y
salamos a descubrir enterrados, que llaman, y huacas antiguas, y minas
ocultas; y todo lo alcanzbamos a fuerza de cuerda y de hierro.
Prendamos a los caciques y les dbamos tormento, e si no queran
declarar, nos bamos sobre sus chozas y nos hartbamos de sangre. Ah!,
no hubo saa como la nuestra. Despus caamos a esta ciudad de Lima, a
consumir en los vicios el fruto de nuestros crmenes... Mucho ms
pudiera decir, sino que no es la ocasin.

Rosa suspir; y el novicio, pasndose la mano por el rostro, alz la
cabeza y prosigui su relato:

--Oh alta potencia de Dios, y por cuntos medios mandas la luz a las
almas hundidas en la tiniebla! Habis de saber que, una vez, ese que
agora duerme el sueo de la eternidad, viniendo conmigo a comulgar a
esta parroquia, pues nunca abandon el sumo Sacramento, os vio salir
por la puerta de la sacrista, y, dejndome al punto, se puso a
seguiros. Habiendo sabido despus cun piadosa erais y cun alejada de
todas las vanidades y pasiones del siglo, determin, sin embargo,
seduciros, o robaros a viva fuerza. Para eso, cierta maana, hizome
llevar una litera junto a vuestra casa, mientras l se diriga a saltar
la tapia del huerto...

Yo le vi volver, a la hora, con otro semblante. Al llegar junto a m,
echome los brazos al cuello, exclamando: Es una santa, una esposa de
Cristo; es El quien habla por sus labios!, y gema como un hombre que no
osa arrancarse del pecho el dardo con que acaban de herirle. Desde
entonces psose a observaros de lejos, y os vio derramar por todas
partes vuestra cristiana bondad. Una envidia santa traspas su corazn
encallecido al escuchar las bendiciones de los miserables y al ver a
tanto desgraciado que se echaba de hinojos en el suelo para besaros los
pies. Abandon sus galas, reparti joyas y dinero entre los
menesterosos, y, habindome contagiado su nuevo frenes, llevome consigo
a los campos, para borrar con el bien todo el mal que habamos sembrado
por ellos. Por mi fe! Yo nunca pude imaginar remordimiento tan
profundo, y qu hazaas de caridad y de penitencia! Dios perdone sus
pecados, y quiera darme tiempo a m mesmo para purgar los mos en esta
santa casa de religiosos.

--Y cul ha sido su muerte?--volvi a preguntar la doncella, con
expresin tmida y ansiosa, sentndose en el extremo del escao.

--Su muerte--respondi el novicio--dice harto bien lo que fue su
contricin. All por el mes de agosto, un indgena, a quien l curaba de
un terrible dolor en los huesos, fue compelido en Huancavelica a
trabajar en la mina que llaman La Hedionda. El Caballero Trgico quiso
ponerse en su lugar y, disfrazado de salvaje, pasaba todos los das ms
de cinco horas en las entraas de la tierra. Contrajo de esta suerte una
fiebre tan brava, que en menos de una semana le priv de todo
movimiento. Yo no hall cosa mejor que cargarle sobre una mula y
traelle a este Convento del Rosario, donde, despus de largo padecer, ha
fenecido anoche a las nueve, edificando a los religiosos con sus acentos
de humildad y de sublime confianza en la misericordia de Dios. Y agora
debo deciros--agreg por fin con voz entrecortada por la emocin--que en
sus ltimos instantes mezclaba vuestro nombre al nombre de Cristo y de
Nuestra Seora, doncella santa.

Rosa acercose al atad. Cmo dudar? Se hallaba ante el cadver de aquel
desconocido que haba saltado una maana las tapias de su huerto, y a
quien ella, sin darle tiempo a que desplegase los labios, habl
largamente sobre el divino y verdadero amor, con palabras dictadas, sin
duda, por el cielo.

Fij entonces sus pupilas, con profunda atencin, en el descarnado
rostro, y al reparar en la beatitud inefable que baaba los prpados,
comprendi que aquellos ojos hablan contemplado, antes de extinguirse,
alguna visin deslumbradora del Paraso.

Dejole caer una flor sobre el pecho, y otra, y otra despus...

El alba aclaraba apenas el templo con lvidos resplandores que bajaban
de las vidrieras, y la vieja niebla de incienso, adormecida en las
naves, se rasgaba por instantes, como si los ngeles volasen en la
penumbra.

Rosa de Santa Mara arrodillose piadosamente, y murmur una plegaria por
el alma de aquel muerto.

Y sta fue la gloria de don Ramiro.

FIN





End of Project Gutenberg's La gloria de don Ramiro, by Enrique Larreta

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GLORIA DE DON RAMIRO ***

***** This file should be named 29920-8.txt or 29920-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        https://www.gutenberg.org/2/9/9/2/29920/

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at https://www.pgdp.net


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
https://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     https://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
