Project Gutenberg's El origen del pensamiento, by Armando Palacio Valds

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Title: El origen del pensamiento

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: November 23, 2009 [EBook #30535]
[Last updated: October 7, 2011]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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EL ORIGEN

DEL

PENSAMIENTO

NOVELA

POR

D. ARMANDO PALACIO VALDS

MADRID

IMPRENTA DE LOS HIJOS DE M. G.-HERNNDEZ

Libertad, 16 duplicado, bajo.

1893

ES PROPIEDAD




I


Mario tena encendidos los pmulos y el resto de la cara bien plido: la
mano le temblaba al llevarse la cucharilla a la boca: la garganta se
resista a dar paso al caf, que tragaba apresuradamente y sin gustarlo.
Sus ojos se volvan frecuentemente hacia una de las prximas mesas donde
una familia compuesta de padre, madre y dos nias de veinte a
veinticuatro abriles tomaban igualmente caf. Los paps lean los
peridicos; las nias escuchaban distradas las notas prolongadas,
quejumbrosas, del violn.

El violn se quejaba bien amargamente aquella noche; ya sabremos por
qu. El vasto saln del caf estaba poblado de sus habituales
parroquianos. Eran, por regla general, modestos empleados que por el
mdico precio de la taza de caf se regalaban con sus familias toda la
noche escuchando al piano y al violn todas las sinfonas y todos los
nocturnos habidos y por haber, conversaban, lean los peridicos y se
daban tono de personas pudientes. Haba tambin estudiantes, militares
subalternos, comerciantes de escasa categora y artesanos de mucha. Los
domingos, la clase de horteras aportaba un contingente considerable.

De todas las calles cntricas de Madrid, la nica que conserva cierta
tranquilidad burguesa que le da aspecto honrado y amable es la calle
Mayor. Entrando por ella vienen a la memoria nuestras costumbres
patriarcales de principios del siglo, la malicia inocente de nuestros
padres, los fogosos doceaistas, la Fontana de Oro, y se extraa no ver
a la izquierda las famosas gradas de San Felipe. El caf del Siglo,
situado hacia el promedio de esta calle, participa del mismo carcter
burgus, ofrece igual aspecto apacible y honrado. Hasta la hora
presente no se han dado cita all las bellezas libres y nocturnas que
invadieron sucesivamente a temporadas muchos otros establecimientos de
la capital. Ni a primera ni a ltima hora de la noche reina all Prapo,
numen impuro, sino su hermano Himeneo, protector de los castos afectos.

Cualquiera podra observar que una de las nias, la ms llena de carnes
y redondita, pagaba algunas, no todas, de las miradas que Mario enfilaba
en aquella direccin. Cuando esto acaeca, la joven sonrea leve y
plcidamente mientras aqul haca una mueca singular que nada tena de
sonrisa, aunque pretenda serlo.

Mario era un joven delgado, no muy correcto de facciones, los labios y
la nariz grandes, los ojos pequeos y vivos, el cabello negro, crespo y
ondeado, la tez morena. Una frente alta y despejada era lo nico que
prestaba atractivo y ennobleca singularmente aquel rostro vulgar. No
slo miraba con ms recelo que entusiasmo hacia la nia de la mesa
inmediata; tambin diriga sus ojos asustados hacia la puerta de
cristales que se abra y cerraba a cada momento para dejar paso a los
tertulios. El chirrido del resorte le produca vivos estremecimientos.

--Cunto tarda hoy D. Laureano!--exclam al fin en voz alta
dirigindose al compaero que tena enfrente.

Era ste joven tambin, de rostro plido adornado con gafas; gastaba la
barba y los cabellos largos en demasa; su traje, ms desaseado que
mezquino. Ni respondi ni levant siquiera la cabeza al or la
exclamacin de su amigo, atento a la lectura del peridico que tena
entre las manos. Mario qued algo confuso por aquella indiferencia, y
aadi sacando el reloj:

--Las nueve y media ya... Otros das est aqu a las nueve.

El mismo silencio por parte del joven de la luenga barba.

Una miradita a la puerta, otra a su regordeta vecina y un sorbo de caf
fueron las tres cosas que supo hacer para indemnizarse del desdn de su
compaero. Y se propuso firmemente no volver a dirigirle la palabra.
Pero a los cinco minutos sac de nuevo el reloj y, sin acordarse de su
propsito, pregunt:

--Adolfo, sabes si D. Laureano est enfermo?

Adolfo hizo un leve movimiento de indiferencia con los hombros sin
pronunciar palabra.

--Es que como ya son cerca de las diez menos cuarto...

Adolfo era realmente un hombre superior, como se ver en el curso de la
presente historia. Hablaba poco, rea menos, y el espectculo de las
pasiones humanas no lograba turbar el vuelo elevado de sus pensamientos.
Sin embargo, al cabo de un rato, observando la impaciencia de su amigo,
traducida en vivos movimientos descompasados que hacan rechinar la
silla y ponan en peligro inminente la botella del agua y las tazas de
caf, levant los ojos hacia l, y una benvola sonrisa de compasin se
esparci por su rostro reflexivo. Mario, que admiraba profundamente a
Adolfo, se puso colorado e hizo esfuerzos colosales para estarse
quieto.

--Al fin!--exclam a los pocos instantes, viendo aparecer por la puerta
a un caballero alto, de figura distinguida, vestido con exquisita
elegancia.

Pero en vez de manifestarse alegre, como era de esperar, su fisonoma
adquiri la misma expresin que si viera un fantasma.

D. Laureano, que, aunque viejo, conservaba en su rostro fino, expresivo,
adornado con pequeo bigote, la mejor prueba de los numerosos triunfos
sobre el sexo femenino que se le atribuan, acercose lentamente, con un
cigarro puro en la boca, fijando su mirada en todas las mujeres que por
all haba sentadas. Salud alegremente a los jvenes, con la misma
libertad y franqueza que si fuera uno de ellos, dio un par de palmadas
para llamar al mozo y dirigi unas cuantas sonrisas amicales a los
parroquianos de las mesas inmediatas.

--Aqu tiene usted a Mario deshecho de impaciencia. Ya preguntaba si
estara usted enfermo--dijo Adolfo.

--Pues?... Ah, s!... No me acordaba que debo presentarle a su
Julieta... Oh! La juventud!... el amor!... Qu pena para m ver
esas cosas ya de lejos!--aadi con un suspiro.

Pero sus ojos codiciosos, atrevidos, dirigindose al mismo tiempo hacia
una hermosa mujer sentada cerca del mostrador, pregonaban bien claro que
no andaban tan lejos como deca.

--Usted me permitir que tome caf, verdad?--pregunt en tono de burla
a Mario.

ste sonri, ruborizndose.

--Tome usted lo que quiera. No hay prisa.

--Muchas gracias.

Mientras D. Laureano tomaba el caf, enfilando miradas incendiarias a la
belleza que haba descubierto, y Adolfo se enfrascaba nuevamente en la
lectura del peridico, nuestro joven enamorado cambiaba sonrisas de
inteligencia con la vecinita.

Haba estado muchsimo tiempo asistiendo al caf sin fijarse en ella. Un
da le dijo don Laureano: Sabe usted que una de las vecinitas, la ms
gruesa, no le mira a usted con malos ojos? Lo dijo por bromear; pero
bast para que nuestro joven fijase su atencin en ella, la fuese
hallando cada da ms bonita, aunque en opinin de todos no fuese ms
que pasable, se interesase un poco y concluyese por enamorarse
perdidamente. Mario no haba conocido a su madre. Su padre, hombre
pblico importante, subsecretario, consejero de Estado varias veces,
haba fallecido haca tres aos. Como acaece algunas veces, ms de las
que el vulgo imagina, D. Joaqun de la Costa, que haba tenido tantas
ocasiones de hacerse rico, muri sin dejar hacienda alguna a su hijo.
Tuvo que vivir ste exclusivamente con el empleo de doce mil reales que
le haba dado en el ministerio de Ultramar. El dinero que recab de la
almoneda de su casa lo gast muy pronto en una escapatoria que hizo a
Francia y a Italia. Como testimonio de respeto a la memoria de su padre,
el ministro que a la sazn desempeaba la cartera de Ultramar le haba
ascendido a catorce mil reales, y tal sueldo era lo nico que posea.
Alojaba en una casa de huspedes donde por tres pesetas le daban
habitacin y almuerzo. Coma siempre en casa de alguno de los amigos de
su padre. Con lo que le restaba de la paga atenda pasablemente a sus
necesidades, que no eran muchas: un traje decente, una taza de caf, al
teatro los sbados y a los conciertos los domingos de primavera. Haba,
no obstante, cierto agujero por donde se le escapaban ms pesetas de las
que poda destinar a sus placeres, colocndole a veces en situacin
angustiosa. Hay que decirlo en secreto, porque a Mario no le gustaba que
se divulgase entre sus amigos. Era aficionado a la escultura. En
modelos, vaciadores y utensilios se le iban lindamente los cuartos.

Desde muy nio haba mostrado aficin al dibujo. Su padre, por
complacerle, le puso maestro: lleg a dibujar muy correctamente. Luego
emprendi la pintura, venciendo sin trabajo la resistencia de su padre.
Senta ste verle malgastar tanto tiempo en las clases de adorno,
dejando abandonados los estudios serios. En la pintura no hizo tantos
progresos. El color ofreca para l dificultades insuperables. En
cambio, por la amistad que trab con algunos de los discpulos de la
clase de escultura en la Academia, comenz a ensayarse en el modelado,
y se sinti desde luego tan apto que sigui trabajando con ahnco. En
poco tiempo hizo progresos extraordinarios. Tantos le parecieron y tanto
le llenaron la cabeza de viento sus amiguitos, que un da tuvo la
audacia de presentarse a su padre manifestndole que quera dejar la
carrera de abogado para dedicarse exclusivamente a la escultura. No se
sabe cmo D. Joaqun le dej vivo. Su indignacin estall de tal manera
fragorosa, que el pobre Mario corri a refugiarse en su cuarto, donde
llor con abundantes lgrimas la ruina de sus ilusiones artsticas.

Mal que bien y a trompicones termin la carrera de leyes. Pero,
ocultndose cuidadosamente de su padre, segua modelando en casa de un
amigo que le facilitaba para ello su estudio. All perda horas y horas
mientras los tratados de derecho civil y cannico yacan en los rincones
de su cuarto solitarios, cubiertos de polvo, en ignominioso e inmerecido
abandono. Cuando su padre falleci, experiment profunda sensacin de
soledad y tristeza. Haba vivido siempre en total ignorancia de las
condiciones materiales de la existencia. La bondad de su padre le
consenta gastar todo su sueldo en caprichos y placeres. Era un hijo de
familia mimado que viva en su casa como en una fonda. Al revelrsele su
situacin qued sumido en profundo abatimiento. Sali de l bastante
cambiado. Sus pensamientos fueron ms graves, ms tristes, ms
prosaicos. Comprendi que era necesario cambiar de todo en todo sus
costumbres, reducir al ltimo grado posible sus necesidades y vivir
modestamente atenido al sueldo que felizmente la previsin de su padre
le haba alcanzado.

No obstante, estos sanos propsitos estaban tan frescos que se borraron
al contacto de las ocho o diez mil pesetas que la almoneda de su casa le
produjo. En vez de guardarlas como reserva para cualquier apuro o sacar
de ellas algn inters, as que las tuvo en la mano surgi en su cerebro
el pensamiento de hacer un largo viaje. Aprovechando la compasin del
ministro obtuvo licencia ilimitada y recorri durante cuatro meses las
principales ciudades de Italia y algunas de Francia, Alemania e
Inglaterra. Era el sueo de su vida. Conocer los monumentos
arquitectnicos y ver los mrmoles autnticos de la antigedad pagana
era una aspiracin intensa que en su espritu exaltado haba llegado a
convertirse en fiebre. Al subir los escalones del peristilo del museo
del Louvre y descubrir al final de larga sala, arrimada a un cortinaje
rojo, sola sobre su pedestal la clebre _Venus de Milo_, sintiose
posedo de una emocin indefinible: las piernas quisieron doblrsele, y
si no le detuviese el temor al ridculo, hubiera cado de rodillas ante
la majestad de la diosa, a semejanza de los marinos griegos, que al
arribar a la costa de Milo se apresuraban a rendir adoracin a la
hermosa _Aphrodita_. El mismo sentimiento de alegra y respeto que a
ellos les embargaba embargbale a l. Si no la crea como ellos nacida
de la espuma del mar, fecundada por la sangre de Urano, juzgbala nacida
de la mente divina de un artista que hasta ahora nadie igual jams.
Algo semejante, aunque no con tal fuerza, le acaeci en presencia del
Apolo del Belvedere, y el Fauno de Praxteles en Roma, de la Niobe y la
Venus de Cleomenes en Florencia.

Al regresar a Madrid y tocar nuevamente la prosa de los expedientes y la
vida mezquina de la casa de huspedes, experiment una sensacin de
tristeza mortal como si le hubiesen condenado a presidio. Disgustose de
la prctica de la escultura. Despus de ver las obras maestras, la
estatuaria de sus compaeros le pareca tan afectada, tan pobre, tan
ridcula, que por no parecerse a uno de ellos, hall mejor abandonar
enteramente los palillos y el cincel. Comenz a pasar horas y horas en
el caf y se aficion con frenes a la msica. Gozaba tambin con
escuchar las disputas cientficas y filosficas que su amigo Moreno
mantena con cualquiera que le llevase la contraria. Jams intervino en
ellas. Pero divertan su espritu de la muchedumbre de pensamientos
melanclicos que constantemente se cernan sobre l.

Asista ordinariamente a la misma mesa del caf, adems de Moreno y D.
Laureano, otro amigo llamado Miguel Rivera, viudo, antiguo periodista,
secretario particular en la actualidad de un ministro, hombre de
carcter festivo y alegre conversacin cuando no abata su espritu el
recuerdo de un terrible pesar que haba experimentado. Iban asimismo un
caballero de edad media, barba gris y voz de sochantre, llamado D.
Dionisio, y un jovencito sonrosado, de fisonoma dulce e interesante que
responda por Godofredo Llot.

D. Laureano no daba seales de recordar el compromiso contrado. Mario
senta al mismo tiempo pesar y alegra de este olvido porque, si
anhelaba acercarse a su dolo, tema el instante de la presentacin como
un trance apuradsimo.

--Buenas noches, seores--dijo una voz bronca, profunda.

--Hola, D. Dionisio, cmo estamos?--pregunt distradamente D.
Laureano, sin apartar la vista de la preciosa chula que haba
descubierto.

--Medianamente; horriblemente fatigado--respondi el caballero que
acababa de sentarse.

Y adopt una actitud tal de cansancio hundiendo la cabeza en el pecho,
dejando pendientes las manos y respirando con anhelo por su boca
entreabierta, que en realidad pareca deshecho por una serie de
esfuerzos colosales. Pase su mirada lnguida por los circunstantes
esperando que se le pidiese explicacin de aquel cansancio. Pero D.
Laureano atenda a su juego; Adolfo Moreno segua enfrascado en la
lectura; Miguel Rivera, que haca un rato haba llegado, se le qued
mirando fijamente y con cierta sonrisa burlona. El nico asequible en
aquel momento era Mario. A l se dirigi metindole la boca por el odo.

--Diez y siete cuartillas.

--Cmo?

--Diez y siete cuartillas. He terminado el captulo onceno.

--Ah!

--Es un trabajo espantoso. En veinte das llevo escritas cerca de
trescientas cuartillas.

--Trabaja usted demasiado, D. Dionisio--dijo con gesto de aburrimiento
Mario.

--No hay ms remedio--murmur modestamente el caballero.--Para
conseguir una plaza en la repblica de las letras, es necesario trabajar
mucho.

Era D. Dionisio Oliveros un antiguo empleado del ministerio de Ultramar,
jefe del negociado donde serva Mario, que ya muy tarde, cuando pasaba
de los cuarenta, se sinti irresistiblemente llamado a conquistar la
gloria de la literatura. Y comprendiendo, con admirable instinto, que
haba perdido mucho tiempo, quiso compensar a las musas de su largo
alejamiento por medio de una constancia y una adhesin ilimitadas. Todo
el tiempo que le dejaban libre los expedientes le pareca escaso para
cortejarlas. Dramas, comedias, poemas grandes y chicos, novelas, cuantos
gneros comprende la bella literatura, salan en atropellada procesin
de su pluma. Viva en una verdadera fiebre de produccin. Haba
publicado dos o tres cositas, en cuya impresin agot sus cortos
ahorros. Ahora se dedicaba a buscar editor o empresario, pero sin
abandonar por eso su labor incesante. Esperaban, guardadas en legajos y
admirablemente copiadas en letra inglesa, que llegase el da de ver la
luz, cuatro novelas, siete dramas, un poema, cinco comedias y un nmero
considerable de poesas lricas, que segn sus clculos podran formar
tres tomos voluminosos.

--Oiga usted, D. Dionisio--dijo Miguel Rivera, que no quitaba del
laborioso poeta sus ojos risueos.--No le han pasado a usted recado
nunca los vecinos?

--Por qu me lo haban de pasar?--pregunt sorprendido Oliveros.

--Toma! Por el ruido que usted har en las altas horas de la noche al
fabricar sus poemas.

--Yo no hago ruido ninguno--repuso el otro, amoscado.

--Ah! Pues yo pensaba que esas redondillas tan vigorosas necesitaban
grandes martillazos.

D. Laureano y Mario volvieron la cabeza para rerse. Adolfo Moreno meti
la cara por el peridico para hacer lo mismo.

--Usted siempre de broma, amigo Rivera--dijo el poeta, avergonzado.

El caf estaba en su momento lgido. Las luces, el humo del tabaco, el
aliento de los centenares de personas all reunidas, formaban una
atmsfera espesa donde slo respiraban bien los seres adaptados a ella
desde largo tiempo. El violn exhalaba sus notas arrastradas,
lamentables, quejndose siempre de un dolor tan amargo como misterioso.
La mayor parte no le comprendan; pero haba algunos seres privilegiados
y poticos, casi todos ellos del ramo de sedera, en quienes sus
lamentos hallaban eco y simpata. Dejaban de intervenir en la
conversacin de sus compaeros, se echaban hacia atrs en la silla, y
enteramente abstrados, con los ojos entornados, daban claro testimonio
de la delicadeza de sus sentimientos. Qu contraste con los del ramo de
ultramarinos, hombres por lo general incultos y zafios, incapaces de
distinguir un _nocturno_ de una _barcarola_!

D. Laureano andaba conmovido con los ojos hermossimos de aquella chula
sentada cerca del mostrador. Mientras tomaba el caf a breves sorbos no
apartaba la mirada de ella, sin atender poco ni mucho a la conversacin
de sus compaeros. As que dio fin a la taza, levantose de la silla, y
sin decir adis se alej a paso lento, solapado, balanceando el tronco
esbelto de su figura al travs de las mesas y las sillas, en direccin
del mostrador.

--Ya empez el ojeo. Matusaln toma vientos--dijo Rivera mirndole con
curiosidad.

Los dems volvieron tambin la cabeza y sonrieron.

--Qu hombre tan singular!--murmur Adolfo Moreno.--A su edad tener
las pasiones tan despiertas! Indudablemente es un caso de anomala
orgnica: el exceso de nutricin se ha prolongado mucho ms que en el
tipo comn.

Miguel Rivera le ech una mirada de reojo donde se lean mil cosas
irnicas y, ponindole una mano sobre el hombro, le dijo:

--Bien, _tcnico_, bien! Advierto con placer que cada da penetra usted
ms adentro en los misterios de la morfologa.

Adolfo hizo un gesto de mal humor, mientras los dems sonrean. Le
mortificaba profundamente el apodo que Rivera le haba puesto y las
bromas constantes que le merecan sus aficiones cientficas.
Calificbalo por detrs de hombre frvolo, ignorante, y periodista
insustancial; pero nada se atreva a replicarle, en parte, porque Miguel
le llevaba bastantes aos y, en parte tambin, porque tema a su
proverbial causticidad.

D. Laureano haba llegado al mostrador y, arrimado a l, hablaba
secretamente con el encargado. Por qu le llamaba Matusaln Rivera?
Porque, aunque parezca maravilloso, increble, D. Laureano tena cerca
de sesenta aos. Nadie le supondra ms de cuarenta y cuatro o cuarenta
y seis. Era un hombre alto, esbelto, de cabellos negros y rizados donde
slo se adverta tal cual hebra plateada, la tez fresca y sonrosada, el
pequeo bigote retorcido hacia arriba, la dentadura perfectamente
conservada. Vesta con suprema elegancia, con una distincin tan poco
afectada que aun las formas ms extravagantes impuestas por la moda
sobre su cuerpo parecan sencillas y adecuadas. Haca cuarenta aos que
llevaba la misma vida de joven alegre y elegante. Jams haba trabajado
en nada. Dos hermanos, que ya se haban muerto, honrados comerciantes
que tuvieron un almacn de tejidos en la calle de la Montera, haban
provisto con cario a sus necesidades y hasta a sus vicios mientras
vivieron. A su fallecimiento le dejaron por heredero de una regular
hacienda. Le llevaban bastantes aos, y ms que hermano fue siempre para
ellos un hijo mimado. Complacanse en verle montar a caballo, guiar un
faetn, alternar con los jvenes de la aristocracia, y se engrean
infinitamente cuando oan hablar de su elegancia, de sus queridas, de
los triunfos que obtena en sociedad. Aquellos dos pobres hombres,
encerrados en su oscura tienda, haciendo nmeros y midiendo telas todo
el da, no tenan con los goces de la existencia otro contacto. Una sola
condicin ponan a este sacrificio: que no se casase. Formando nueva
familia rompa aquel lazo filial, dejaba de ser su orgullo; la ola
perfumada del mundo ya no llegara al ttrico rincn de su almacn. D.
Laureano haca valer mucho esta prohibicin para sacarles lindamente
los cuartos: en realidad, importbale tan poco que jams se le haba
pasado por la mente enajenar su grata libertad. Aborreca de muerte el
matrimonio y la familia. Cuando algn amigo se casaba, considerbale
como un suicida. Las enfermedades y los caprichos de la esposa, los
gastos exorbitantes de la casa, el llanto de los chiquillos, las
exigencias de la nodriza, todas las miserias y contrariedades de la vida
matrimonial en suma, se ofrecan a su imaginacin con tal relieve y
saba describirlas tan grficamente que, escuchndole, a nadie le
entraba en apetito el probarlas.

Tena alquilado un cuarto en la plaza de la Independencia, con un solo
criado a su servicio. Coma fuera de casa, generalmente en el Casino.
Cuando iba a alguna reunin o le tocaba el turno del Real, el criado le
traa la ropa en un cajoncito expresamente fabricado con este objeto, y
en el mismo Casino se mudaba.

Como hombre enteramente resuelto a gozar todos los placeres de la
existencia, no limitaba sus relaciones a un crculo determinado. Tena
amigos y amigas, ms particularmente amigas, en todas las clases de la
sociedad. Era tertulio del club aristocrtico de los Salvajes, del
Casino, del Suizo, de la cervecera Inglesa y del caf del Siglo. En
todos estos lugares haba un grupo de jvenes o de viejos que le
juzgaban parte integrante de la tertulia. No haba tal. D. Laureano no
se entregaba a ninguna sociedad; saltaba de una a otra con la mayor
indiferencia. Cuando se hallaba entre los viejos del caf Suizo no se
acordaba de que le aguardaban los jvenes bulliciosos de la Gran Pea
para perpetrar alguna terrible broma; cuando charlaba con sus amiguitos
del caf del Siglo, gente de humilde posicin, pareca ignorar la
existencia de sus compaeros los duques del club de los Salvajes.
Asista ocho das seguidos a cualquiera de estas sociedades: de repente
se cansaba y tardaba en venir un mes. Miguel Rivera sola compararlo a
_Milord_, un famoso perro que asista con su amo al caf del Siglo.
Mientras le daban terrones de azcar se mostraba muy solcito y
carioso. En cuanto observaba que los platillos quedaban vacos, se
alejaba de la mesa afectando no conocerles siquiera. D. Laureano no
estaba con ellos sino mientras le divertan.

Pues si pasamos al sexo femenino, aqu s que se dilataba
desmesuradamente la esfera de sus conocimientos. Tan pronto se le vea
asiduo galanteador de una marquesa averiada, como festejando a alguna
hermosa horchatera. Una noche formaba el encanto de alguna tertulia
cursi y enamoraba a cualquier zagalilla de quince aos, dulce y tmida;
a la siguiente se le vea cenando en algn colmado con dos rameras. Su
amor no reconoca clases, ni estados, ni edades.

Tena un carcter apacible y su trato era corts y afectuoso. No
disputaba jams, pero gozaba oyendo disputar a los otros. Posea
inteligencia bastante lcida y una ilustracin que, aunque superficial,
le serva para no hacer papel desairado en ningn sitio. Tocaba el piano
medianamente, lea muchas novelas francesas y hablaba con alguna
competencia de pintura. Toleraba fcilmente los defectos del prjimo y
se haca perdonar los suyos por la frescura y la gracia con que los
confesaba. Se refera a sus vicios y se jactaba de ellos con suave
cinismo que a algunos haca gracia y a otros repugnaba. De todos modos,
era un compaero agradable y hombre con quien haba seguridad de no
tener choque alguno por palabra de ms o de menos. En todas partes
inspiraba alegra su presencia, la alegra serena, apacible que su
rostro reflejaba constantemente.

--Manuel, vas a decirme en seguida quin es esa chiquilla que est aqu
sentada a la derecha con un viejo--dijo al encargado del caf
inclinndose y metindole los labios por el odo.

--No puedo darle muchas noticias, Sr. Romadonga. Son padre e hija y me
parece que los conoce Remigio, uno de los mozos... Aguarde usted un
poco.

Llam el encargado a Remigio y ste les manifest que eran vecinos suyos
y vivan en la calle de Lavapis. El padre era viudo, de oficio sillero
y no tena ms hija que sta. La muchacha estaba aprendiendo a peinar.
Buena gente. El sillero un infeliz. La chica muy trabajadora y muy
recatada, pero con un genio de dos mil diablos. Armaba cada pelotera de
vez en cuando con la vecina del segundo, que la casa temblaba.

--As me gustan a m!--murmur D. Laureano atusndose con mano trmula
el bigote y devorando con los ojos a la hermosa chula,--Que muerdan y
araen como los gatos!

No haban pasado inadvertidas para aqulla ni las miradas apetitosas del
bizarro seor ni el concilibulo que celebraba con el encargado y el
mozo su vecino. Bien entendi que se trataba de ella y que el elegante
caballero la encontraba muy de su gusto. Moviose con inquietud en la
silla, dirigi dos o tres furtivas miradas al grupo y se llev la mano a
la cabeza para alisarse el pelo, primera y graciosa respuesta de
inteligencia que da siempre la mujer a los homenajes que le dirigen con
la vista.

--Preciosa criatura!--aadi como hablando consigo mismo.--Qu ojos!
qu tez de ncar! qu dentadura!... Las formas superiores. Debe de
ser muy joven... Lo ms que tendr sern veinte aos.

--Atiende, Concha--dijo entonces el mozo en voz alta dirigindose a la
chula.--Cuntos aos tienes?

--Qu te importa?--replic la joven.

--A m nada... pero este seor...

--Le importa menos.

--Eso no lo sabe usted--dijo D. Laureano en voz alta tambin.

--Por sabido.

--Acaba de echarte veinte aos--dijo Remigio.

--Es que no me ha reparado bien.

--Tiene usted ms?--pregunt D. Laureano.

--No lo s. Es usted por causalidad del registro civil?

Concha afectaba al hablar un tono desdeoso y pona esos ojos tan
graciosamente agresivos que caracterizan a las hijas del pueblo en
Madrid.

--Pues si usted tiene ms no los aparenta--manifest Romadonga, que era
un psiclogo prctico para quien ni el alma de las chulas ni el de las
duquesas guardaban secreto alguno.

Acercose al mismo tiempo con paso firme y sosegado a la mesa donde padre
a hija se sentaban y, haciendo una corts inclinacin de cabeza, aadi
gravemente:

--Estoy seguro de que no tiene ms y apelo al testimonio de su pap, de
cuya amabilidad espero que no me ha de engaar.

El sillero se llev con serio ademn la mano al sombrero, sonri y dijo
lleno de amabilidad:

--El 8 de Diciembre, da de Nuestra Seora, ha cumplido los diez y seis.

--Qu atrocidad!

Ea! Ya est D. Laureano en su terreno. A los cinco minutos se haba
sentado formando tringulo con el sillero y su hija. A los diez pareca
su ntimo amigo, departa con ellos familiarmente y haca rer a la
hermosa chula con la batera de chascarrillos y donaires que tena
reservados para las hijas del pueblo.

Mientras tanto el semblante de nuestro buen amigo Mario expresaba una
muda y profunda desesperacin que causaba pena. Romadonga era capaz de
pasarse toda la noche hablando con la chula. Dirigale desde su mesa
miradas intenssimas, unas veces suplicantes, otras colricas, las
cuales no adverta siquiera el viejo trovador, y si alguna vez se
tropezaban casualmente sus ojos, los de ste expresaban indiferencia
absoluta como si nada hubiese ofrecido a su amiguito. El rostro de la
vecina tambin se haba puesto sombro, y ya no se volva sino muy rara
vez hacia su afligido adorador.

Miguel Rivera se haba ido. En su lugar estaba Godofredo Llot. ste era
un joven, casi un adolescente, de rostro afeminado, cabellos rubios, tez
nacarada, ojos azules y agradable presencia.

Adolfo Moreno le acogi con sonrisa irnica.

--Has estado hoy en Nuestra Seora de Loreto, Godofredo? Acabo de leer
en _La Correspondencia_ que se han celebrado esta tarde solemnes
vsperas.

--No, no he estado--replic el chico con visible malestar, poniendo los
ojos serios y distrados para atajar, si era posible, las bromas
insulsas con que Moreno sola regalarle.

--Pues, hombre, me sorprende muchsimo, porque unas vsperas me parece a
m que no son para desperdiciar... sobre todo solemnes. Anda, que
cundo te vers en otra!

--Pues en seguida--replic Llot malhumorado.--A cada momento las hay.

--Hombre, me dejas sorprendido! Y a beneficio de quin eran stas?

--Cmo a beneficio?...

--S; a beneficio de qu cura se daba la funcin esta tarde?

Godofredo hizo un gesto de resignacin y no contest.

Adolfo gozaba extremadamente en embromar y hasta escandalizar a aquel
pobre muchacho, fervoroso creyente y dado a las devociones piadosas.

Godofredo Llot era de Alicante. Habase educado en un colegio de
jesuitas, permaneciendo all hasta los diez y ocho aos, casi los que
ahora representaba, aunque hubiese cumplido los veintitrs. Sus maestros
le haban inculcado tan profundamente el sentimiento religioso, que
apenas viva ms que para darle desahogo. Oa misa todos los das,
confesbase a menudo, aunque no tanto como sus amigos pretendan;
alumbraba con un cirio en las procesiones o llevaba en hombros alguna
imagen cuando los estatutos de la cofrada en que estaba inscrito lo
exigan. Era amigo de todos los clrigos, con quienes departa
familiarmente en las sacristas. Gozaba igualmente el honor de ser
recibido en el palacio episcopal y de que el Nuncio de Su Santidad le
llamase por su nombre cuando le besaba el anillo en el paseo. Y sobre
estas bellas cualidades que le hacan estimable y simptico en sociedad,
particularmente a las seoras, posea Godofredo algunas otras dignas de
aprecio. Era estudioso, y un escritor que comenzaba a adquirir renombre
entre los suyos. Escriba en los peridicos catlicos artculos
literarios que se distinguan por un estilo florido y pintoresco, cuyo
efecto entre las devotas suscritoras era asombroso. Respiraban tal vivo
entusiasmo por las glorias del catolicismo, una fe tan ardiente y
cierta frescura de corazn, que rara vez suelen hallarse en la
escptica juventud del da. Sobre todo al recordar las hazaas de los
hroes cristianos en la Edad Media, aquellos caballeros de armadura
resplandeciente como su conciencia, que con la cruz bendita sobre el
corazn marchaban al combate a pelear por su Dios, o al tocar el asunto
de las catedrales gticas, donde la luz se filtraba misteriosa por los
vidrios de color de sus ventanas ojivales, y cuyas elevadas torres
destacndose severas en medio de la noche parecen un dedo que seala al
cielo, realmente la pluma de Godofredo despeda vivos destellos de
elocuencia que hacan presagiar un futuro apstol, una columna en que se
apoyara el catolicismo con el tiempo. Esto se pensaba por lo menos en
las sacristas y en las redacciones de los peridicos ultramontanos,
donde se le mimaba a porfa y donde haba llegado a adquirir maravilloso
ascendiente.

Con tales ideas y piadosas inclinaciones, cmo se entiende que Llot
asistiese al caf del Siglo? l daba a tal exceso una explicacin
bastante plausible. Haba conocido a Moreno en la Universidad, en la
clase de derecho romano. Trab estrecha amistad con l conversando
largamente por los corredores en espera de las clases. Esta amistad se
rompi inopinadamente porque Moreno abandon la carrera de leyes. No
volvi a verle hasta pasados dos aos en que le hall casualmente en un
teatro. Reanudaron entonces con alegra sus relaciones. Pero, con grande
y dolorosa sorpresa suya, observ que su desgraciado amigo haba rodado
en los abismos de la incredulidad: las malas compaas le haban
pervertido por completo. Contristado hasta un punto indecible, previo el
consentimiento de su confesor, en vez de apartarse de l como de un
apestado, tuvo la caridad de proseguir su amistad, esperando que con el
tiempo y los constantes y oportunos consejos se reconciliara con la
Iglesia. Pero Moreno no quera or hablar de tal reconciliacin. Cada
vez ms ciego en su extravo, burlbase amargamente de la fe sencilla y
ardiente de su amigo. No desmayaba ste: sufra con resignacin los
sarcasmos y hasta los insultos que a menudo le diriga, esperando con
paciencia el da en que Dios le tocase en el corazn.

--Moreno, hace usted mal en burlarse de las cosas de la religin. Quin
sabe si algn da se arrepentir usted de esas bravatas!--dijo D.
Dionisio con su voz cavernosa.

--Yo?--replic vivamente Adolfo haciendo un gesto furioso, lo mismo que
si le hubiesen llamado ladrn. Pero reponindose sbito y dejando asomar
a su rostro una sonrisa sarcstica, dijo tranquilamente:--Eso queda para
ustedes los poetas, que proceden siempre, lo mismo en la vida que en la
esfera del conocimiento, por los impulsos ciegos del sentimiento. Quien
ha llegado a cierta clase de conclusiones por un mtodo rigorosamente
cientfico, no hay peligro de que cerdee jams.

--Convengo, amigo Moreno, en que los hombres de imaginacin no somos a
propsito para escudriar los problemas abstrusos de la ciencia--replic
dulcemente Oliveros, relamindose interiormente con el dictado de poeta
que el otro le haba otorgado.--Pero no me negar usted que slo por el
sentimiento se han llevado a cabo las grandes empresas, todos los actos
heroicos que registra la historia.

--No me opongo a ello: lo nico que deseo hacer constar es que ese
sentimiento que usted juzga tan elevado, tan sublime, no depende ms que
de algunas gotas de sangre de ms o de menos en el cerebro. En cuanto al
sentimiento religioso de que hablbamos, est plenamente demostrado que
no es una facultad primitiva y distintiva del hombre: slo corresponde a
un estado transitorio.

--Pero todos los pueblos tienen religin--clam profundamente D.
Dionisio.

--Se engaa usted, querido Oliveros--manifest Moreno sonriendo de
felicidad por hallarse en situacin de poder desbaratar aquel error tan
pernicioso.--Se engaa usted, no todos los pueblos tienen religin. En
el frica central existen algunos pueblos que carecen de ideas
religiosas. Los cafres Makololos tampoco las tienen muy claras, ni los
Papouas de la costa Maclay en Nueva Guinea, ni los Esquimales de la
baha de Baffin...

Entablose una acalorada disputa filosfico-religiosa con los caracteres
esenciales que ofrecen tales discusiones en los lugares cerrados
dedicados a expender licores y refrescos. Las ideas, cuando parecan
luminosas, se repetan indefinidamente y en tono cada vez ms elevado, a
fin de que se grabaran profundamente en el cerebro del contrincante.

--Es que todas las religiones tienen sus milagros!--Permtame usted,
Moreno...--Es que todas las religiones tienen sus
milagros!...--Permtame usted, Moreno; el mundo sera...--Es que, amigo
Oliveros, todas las religiones tienen sus milagros!--Pero permtame
usted, Moreno! el mundo sin religin sera...--Es que...

Cada cual, enamorado de sus proposiciones juzgndolas de todo punto
incontrovertibles, no quera escuchar siquiera las del contrario.

Apelbase con bastante frecuencia a smiles de orden corporal, que son
los que en tales casos presentan ms dificultad al adversario. Y se
tomaban como puntos de comparacin los objetos que tenan ms a la mano.

--Ve usted esta mesa?... Aqu hay materia, aqu hay forma.--Ahora
bien, si yo tomo en la mano esta copa y la trasporto desde este sitio a
este otro...--Por qu esta copa es trasparente y esta taza no lo es?...

El resultado ordinario de tales smiles es desconcertar al adversario y
destruir por entero el tejido de sus sofismas. Pero a veces, cuando el
preopinante esfuerza demasiado la argumentacin, las copas o las tazas
suelen rodar por el suelo y quebrarse. Entonces es el preopinante quien
se desconcierta y dirige con turbado semblante miradas tmidas hacia el
mostrador.

Adolfo Moreno gozaba incomparablemente en estas discusiones que le
permitan lucir sus conocimientos en las ciencias naturales. Y como
estos conocimientos solan ser tan recientes que muchas veces databan de
la noche anterior o del mismo da, su fuerza era irresistible. Qu
serie asombrosa de pormenores, cunta erudicin desplegaba en ocasiones!
Los contrarios quedaban silenciosos y confundidos y los parroquianos de
las mesas inmediatas henchidos de admiracin. Algunos de stos que
haban concluido por trabar amistad con ellos, se trasladaban en
ocasiones a la mesa de los filsofos y tomaban parte en las disputas.

Mientras la discusin religiosa se desenvolva, profunda y acalorada,
Godofredo Llot apareca agitado, convulso. Varias veces haba querido
intervenir, pero como lo haca tmidamente no se le escuchaba. Y las
impas proposiciones que su amigo sustentaba le llegaban tan al alma,
turbaban de tal manera sus facultades, que apenas tena alientos para
formular un argumento. Estaba consternado: su corazn se iba apretando
de pena. Aquella noche Moreno pareca un demonio terrible y batallador,
escupiendo con furia sus blasfemias, manifestando con cinismo infernal
su odio a los misterios de la religin.

El pobre Godofredo se sinti tan abatido que, mientras miraba con
espanto a su amigo, algunas lgrimas brotaron a sus ojos y resbalaron
por sus tersas mejillas. Nadie lo advirti, embebidos como estaban en la
disputa. Mas cuando Moreno, en un rapto de feroz incredulidad, grit
que para l nuestro Redentor no era ms que un judo exaltado, dejose
or un sollozo. Todos volvieron la cabeza. Godofredo, tapndose la cara
con las manos, lloraba amargamente.

La compasin se apoder entonces de unos y de otros. A qu conduca
aquella discusin? El que tuviese la desgracia de no creer, que se lo
callase. De todos modos, herir sin necesidad las almas timoratas, como
la de aquel pobre muchacho, era poco caritativo y adems una falta de
consideracin.

Moreno, algo amoscado, guardaba silencio, maldiciendo en su interior de
la facilidad que su amiguito tena para liquidarse.




II


Romadonga se acerc al grupo cuando la discusin religiosa acababa de
zanjarse de aquel modo imprevisto y hmedo. Mario vio el cielo abierto.
D. Laureano le hizo con sonrisa de condescendencia una sea, y nuestro
impaciente joven se dispona a levantarse cuando uno de los mozos que
servan all abajo, cerca de la puerta, se acerc al viejo tenorio y le
habl algunas palabras al odo.

--Soy con usted al momento--dijo ste a Mario.

Y se alej.

--Qu pasar?--pregunt uno de los tertulios.

--Qu ha de pasar? Lo de siempre!--repuso Mario de mal humor.--No lo
ve usted?--aadi fijndose en la puerta.

Por detrs de los cristales se trasluca la silueta de una mujer.

Al cabo de pocos instantes viose llegar de nuevo a Romadonga mordiendo
el imprescindible cigarro y con el mismo paso tranquilo, dirigiendo
miradas insolentes a las parroquianas.

--Por qu se ren ustedes?--dijo al llegar.--Se figuran que se trata
de una aventura amorosa? Pues no hay tal... Es decir, s ha sido una
aventura amorosa, pero en tiempos remotos. Ahora no es ms que una vieja
que viene a pedirme diez duros.

--Se los ha dado usted?

--Nunca! y eso que me ha dicho que tiene un hijo muriendo. No quiero
sentar precedentes funestos. Hija ma, lo siento mucho, le dije, pero yo
no mantengo clases pasivas.

No falt quien celebrase el chiste y quien admirase la firmeza de
corazn del empedernido seductor. Mario no pudo reprimir un gesto de
repugnancia. Aquel rasgo de crueldad expresado en forma tan cnica le
dio fro. Pero este fro y esta repugnancia se disiparon cuando
Romadonga, ponindole cariosamente una mano sobre el hombro, le dijo:

--A las rdenes de usted, amigo Costa.

Lo que ahora le acometi fue una extraa sensacin de terror, unos
deseos atroces, de echar a correr. Levantose, sin embargo,
automticamente y, plido y trmulo como si le condujesen al suplicio,
sigui a D. Laureano.

--Buenas noches, seores--dijo ste acercndose al patbulo.--Cmo
sigue usted, doa Carolina?... Qu tal, D. Pantalen? Y ustedes,
nias?

Todos buenos, todos buenos, y todos sonrientes, acogiendo a D. Laureano
con la misma alegra que a un bienhechor de la humanidad. La sonrisa de
la ms regordeta de las muchachas iba acompaada de un poco de carmn en
las mejillas que se propag instantneamente al resto de la cara, sin
excluir las orejas, cuando Romadonga, dando un paso atrs, dijo estas
solemnes palabras:

--Tengo el honor de presentar a ustedes a mi amigo D. Mario de la Costa.

D. Mario de la Costa, a juzgar por su palidez, estaba rezando en aquel
momento el credo, preparado a morir cristianamente. Alarg al jefe de la
familia su mano temblorosa y fra, y pregunt con voz que semejaba un
estertor:

--Cmo est usted?

El jefe de la familia estaba bueno y celebraba la ocasin de conocer al
seor de la Costa. ste volvi a alargar su mano a la esposa del jefe,
pero su garganta ya no pudo dejar salir el ms leve soplo. En cuanto a
las nias, podan sacudir la cabeza, sonrer, ruborizarse, hacer, en
suma, lo que tuvieran por conveniente. De todos modos, no lograran
obtener la ms mnima atencin por parte del joven presentado. ste
permaneci de pie e inmvil esperando el golpe fatal cuando la mano
protectora de D. Laureano le oblig a sentarse en una silla que
previamente haba acercado. Presentacin, la ms delgada de las jvenes,
se apart un poco haciendo signos de inteligencia a Romadonga, y la
silla qued colocada al lado de Carlota, la ms gruesa. Pero Mario
sorprendi aquel signo de inteligencia y la sonrisita burlona con que
fue acompaado. Inmediatamente el blanco cera de sus mejillas se torn
en un rojo ladrillo no menos interesante.

Por qu les da a todos en seguida por hablar entre s, sin cuidarse de
l para nada? Su regordeta vecina era vctima del mismo abandono. Ambos
parecan consternados. Carlota, inquieta, temblorosa, pidi auxilio a su
hermanita llamndole la atencin acerca de una manteleta que vesta
cierta seora que acababa de entrar. La cruel Presentacin no hizo caso
alguno; les ech una mirada burlona y se volvi de espaldas riendo como
una tonta. Mario tuvo fortaleza bastante para mantener a salvo su
dignidad en tan crticas circunstancias. A nadie demand socorro. Y
comprendiendo que el hombre debe hallar en s mismo recursos suficientes
para flotar en esta clase de naufragios, supo toser y sonarse muy a
propsito, limpi la ceniza del cigarro que le haba cado sobre el
pantaln con admirable oportunidad, no dejando tampoco, claro es, de
mirar con cierta insistencia las mangas de la levita a fin de descubrir
si era posible alguna mancha salvadora. Es ms, cuando gracias a estos
heroicos manejos se encontr medianamente tranquilo, tuvo serenidad
bastante para decir a su vecina sin temblarle demasiado la voz:

--Es increble el calor que aqu se desarrolla al llegar esta hora.

--Es verdad, sobre todo los domingos, en que viene tanta gente--repuso
la vecina con voz suave, dulcsima, como las notas de una flauta sonando
en un bosque de laureles y mirtos.

--Eso es!--se apresur a exclamar Mario, vivamente impresionado por
esta profunda observacin.

Inmediatamente la vecina emiti otra muchsimo ms luminosa, y es que
los das no festivos el caf estaba ms tranquilo y agradable.

Naturalmente, Mario al or esto cay en un verdadero espasmo de
admiracin, y asinti frenticamente, no slo con la boca, sino tambin
con los ojos, con el cuello, con las manos, con todos los componentes de
su organismo en suma. Y acometido a su vez del fuego de la inspiracin,
hall en las profundidades de su espritu un rasgo feliz que a l mismo
le dej sorprendido.

--Basta que haya pocas personas si stas nos agradan.

La vecina hizo un signo de aquiescencia bajando modestamente los
hermosos ojos. Mario qued tan encantado del xito de su frase que,
excitado por l, supo hallar en poco tiempo otras dos o tres no menos
felices.

Ambos quedaron en breve tan abstrados de los ruidos mundanales que
sonaban a su alrededor como si se hallasen en las profundidades de una
selva virgen. La soledad que antes les pareca aterradora hallbanla
ahora gratsima y gozaban cambiando frases de admirable sentido, como la
primera pareja creada por Dios en los jardines del Paraso.

No fue un ngel quien vino a arrojarles de l, sino el propio creador de
la mitad de la pareja, esto es, D. Pantalen Snchez, pap de las dos
nias.

--He tenido el honor, Sr. Costa, de conocer a su seor padre hace aos,
cuando era subsecretario de Hacienda. Entr en su despacho formando
parte de una comisin de almacenistas para pedirle una rebaja en el
arancel.

Mario dara cualquier cosa en aquel momento porque D. Pantalen no
hubiera tenido semejante honor. Sin embargo, pareci encantado de la
noticia. Y sobre este tema departieron algunos instantes.

Era D. Pantalen un hombre que se hallara entre los sesenta y los
sesenta y cinco aos; el cabello enteramente blanco y lo mismo el
bigote, largo, poblado y cado de puntas: conservaba el cutis fresco,
los dientes seguros y cierta firmeza y decisin en los movimientos, que
denotaban vigor corporal. La mirada profunda de sus grandes ojos
pregonaba bien claro que tampoco haba perdido el espiritual. Hablaba
reposadamente y con una gravedad afable que infunda a la vez respeto y
simpata.

Cuando le pareci oportuno suspendi la conversacin volvindose hacia
Romadonga, y Mario qued nuevamente perdido y solo. No tard, sin
embargo, haciendo un esfuerzo poderoso de ingenio como el anterior, en
hallar el camino de la selva donde le aguardaba su simptica vecina.

--El caf que sirven los domingos es peor que el de los dems das.

Y se ruboriz al expresar esta juiciosa opinin, lo mismo que si hubiera
dicho postrado de hinojos:--Te adoro, ngel mo!

--Es imposible que salga bien haciendo tan gran cantidad--repuso
Carlota, igualmente ruborizada.

Ambos se perdieron instantneamente en lo ms espeso e intrincado del
bosque.

Esta vez no fue D. Pantalen, sino su ltimo retoo, quien vino a su
encuentro.

Presentacin se volvi hacia ellos con ademn tan vivo, expresando tal
furor en su movible fisonoma, que lo mismo Mario que su dulce compaera
quedaron sorprendidos y levantaron los ojos para saber cul era la
causa. Un joven plido, de pmulos salientes, nariz remangada y ojos
claros, pero no serenos, se acercaba en aquel momento a la mesa con la
cabeza descubierta.

Mario reconoci en seguida al violinista.

--Buenas noches, D. Pantalen... Buenas noches, D. Carolina... Buenas
noches, Presentacioncita... Buenas noches, seores... Cmo siguen
ustedes? Estn ustedes bien?

La boca del joven artista se dilataba al pronunciar estas palabras con
una sonrisa que no dejaba ocioso el ms insignificante msculo, la fibra
ms diminuta de su semblante incoloro. La voz se arrastraba lenta,
gangosa por aquella formidable boca antes de salir, de tal modo que al
llegar a los odos de sus interlocutores pareca venir cargada de
saliva. Y as era en efecto.

--Buenas noches, Timoteo, buenas noches.

Todos respondieron amicalmente al saludo, menos Presentacin. Y, sin
embargo, los que la boca temerosa del artista haba dejado escapar, y
muchos otros que haban quedado dentro, a ella exclusivamente iban
dirigidos. Mientras hablaba en pie y arrimado a la mesa con los paps y
con Romadonga, sus ojos de pez, claros y fros, no se apartaban de la
gentil muchacha.

Gentil? S, Presentacin era una lindsima joven que acababa de cumplir
los veinte. Delgadita, morena, de rostro fino y expresivo, los ojos
picarescos con afectacin, los cabellos negros y pegados a la frente, la
boca tan pronto grande como chica, de una extrema movilidad, lo mismo
que los ojos, que el talle, que las manos, que todo lo dems. Una mujer,
en suma, hecha de rabos de lagartija. El reverso de su hermana Carlota,
tan redondita, tan sosegada, de una pasta tan excelente que no haba
medio de alterarla. No era bella, al decir de los inteligentes; su nariz
no estaba bien modelada; los labios eran demasiado gruesos. No obstante,
haba quien la prefera a Presentacin por la dulzura de sus grandes
ojos, suaves, hermosos, por la frescura nacarada de su tez, por lo
macizo y bien torneado de su talle. Pero eran los menos.

Presentacin se haba vuelto de espaldas por completo. Su rostro y todo
su cuerpo reflejaban agitacin violentsima que se traduca en muecas y
contorsiones y se exhalaba tambin en frases incoherentes pronunciadas
en voz baja, que ni Carlota ni Mario llegaban a comprender. La causa de
tal estado espasmdico no poda ser otra que la influencia magntica de
la mirada del violinista pesando continuamente sobre su cogote.

Carlota la contemplaba con sonrisa benvola y le deca por lo bajo:

--Calma, nia, calma!

--S, s, calma!... Que te pasase a ti lo que a m me est
pasando!--exclamaba con coraje, esforzndose en apagar la voz.

--Buenas noches, Carlotita--dijo en aquel momento Timoteo, tratando de
dar a su voz gangosa acento picaresco.--No se las he dado antes porque
la vea a usted muy entretenida.

--Abre el paraguas, Carlota--dijo Presentacin por lo bajo.

Pero no tan bajo que no llegase como un rumor a los odos del joven.
ste, sin percibir las palabras, comprendi su tristsimo sentido y
qued avergonzado y confuso.

--Buenas noches, Presentacioncita--dijo entonces abriendo la boca
desmesuradamente para sonrer.

--Buenas noches--respondi la joven sin volver la cabeza, mirando con
fijeza al frente.

--Hoy la he visto a usted en un comercio de la calle de la
Montera--profiri el artista abriendo la boca un poco ms.

--Puede ser--repuso Presentacin sin dejar de mirar al frente.

--Estaba usted comprando unas enaguas.

--Enaguas!--replic la joven con el acento ms despreciativo que pudo
hallar.--Vamos, debe usted tener los ojos en el cogote para confundir
enaguas con chambras!

Timoteo qued anonadado. Apenas pudo murmurar algunas frases de excusa.

Y he aqu por qu el violn se quejaba tan amargamente haca poco
tiempo, por qu arrastraba las notas de un modo tan lamentable.
Presenta el infortunado que las chambras jams deben confundirse con
las enaguas.

D. Carolina acudi generosamente al socorro de aquella desgracia.

--Los hombres no entienden nada de nuestra ropa, muchacha, y adems,
mirando por los cristales del escaparate no es fcil distinguir lo que
se compra.

Timoteo le dirigi una mirada de carnero moribundo agradeciendo el cable
de salvacin. Pero convencido de que era intil luchar contra un
temporal tan deshecho, renunci a agarrarse a l.

D. Carolina era del mismo corte y figura que su hija Presentacin, esto
es, delgada, nerviosa y con unos ojillos vivos y penetrantes que los
aos haban hundido y rodeado de un crculo oscuro y fruncido.

--Hija, ten un poco de educacin!--aadi por lo bajo speramente,
tratando al mismo tiempo de alargar la mano con disimulo para darle un
pellizco corroborante.

Presentacin separ las piernas instantneamente y solt una carcajada
que puso ms nerviosa y ms arrebatada a su mam. Vivan ambas en
constante guerra. Sus genios eran igualmente vivos. Pero as y todo, no
podan prescindir la una de la otra y formaban dentro de la casa un
partido. Presentacin era la preferida de su madre, como Carlota de su
padre.

--Oiga usted, Timoteo--dijo de pronto la nia volvindose hacia el
violinista con ojos risueos.--Qu era lo que usted tocaba hace poco?

--Lo ltimo?... Un _stornello_ titulado _Da de sol_.

--Qu bonito es!

--Le gusta a usted?--pregunt dilatando su boca para sonrer de tal
modo que dej estupefactos a los circunstantes a pesar de hallarse
acostumbrados a los prodigios que la naturaleza sola obrar en su
fisonoma.

--Muchsimo! Es precioso... precioso...

--Quiere usted orlo otra vez?

--Ya lo creo!

--Pues lo tocar, lo tocar, Presentacioncita--dijo el artista lleno de
condescendencia, rebosando de orgullo.

--El caso es--manifest la maligna joven con tristeza--que nos vamos a
ir pronto.

--Eso no importa. Voy a tocarlo en seguida... Ver usted.

Y se fue a buscar al pianista. ste no pareca por ningn lado. Timoteo
daba vueltas como loco por todos los rincones del caf.

--Vamos--deca en tanto Presentacin a su hermana,--el _Da de sol_ nos
librar de la lluvia.

--Pobre chico! Qu culpa tiene l de que se le escape la
saliva?--repuso aqulla sonriendo.

--Anda! Y qu culpa tengo yo?--exclam enfurecida la otra.

Mario ri la ocurrencia, irritado contra el violinista que le haba
impedido extraviarse por la floresta. Romadonga la amenaz con el dedo.

--Nia! nia!

--Qu le duele a usted, D. Laureano?

--A m nada. A Timoteo es a quien le arden las orejas... Diga usted,
cmo no han estado ustedes esta tarde en la Castellana?

--Eso cunteselo usted a mam.

--A mi, nia?--exclam vivamente doa Carolina.--Qu ests ah
diciendo? No sabes que tienes padre?--Y volvindose haca
Romadonga:--Pantalen no ha querido que hoy fusemos a paseo, sin duda
temiendo a la humedad por lo mucho que ha llovido estos das.

--Eso es... No lo he juzgado conveniente--corrobor D. Pantalen
dirigiendo una mirada tmida a su mujer.

Presentacin hizo un mohn de desdn y se volvi hacia Mario y Carlota.
Pero juzgando que era ya tiempo de dejarlos abandonados a s propios,
entabl conversacin con una seora que se refrescaba con grosella en la
mesa inmediata.

--Qu es eso, D. Rafaela, no lee usted hoy _La Correspondencia_?

--Ya la he ledo, querida... No trae ms que esquelas de defuncin.

--Pues y la noticia del matrimonio de la infanta?

--No s nada. Ya sabe usted que yo no leo ms que los anuncios.

No era una seora en la acepcin que se da usualmente a la palabra, ni
tampoco una mujer del pueblo. Participaba de ambas clases. No gastaba
sombrero ni mantilla, pero el mantn alfombrado que cubra sus hombros
era riqusimo; el vestido, de seda pura; en los dedos y en las muecas
sortijas y brazaletes de valor y en las orejas dos orlas de brillantes
con zafiro en el medio; todo lo cual pregonaba que, si D. Rafaela no
vesta de seora, no era seguramente por falta de dinero.

Nadie lo pona en duda, D. Rafaela posea en la calle de Hortaleza un
comercio de antigedades que en otro tiempo haba sido prendera y an
lo era cuando le vena bien. Unas veces predominaban los objetos
antiguos, otras los viejos. Como complemento indispensable de tal
negocio, D. Rafaela prestaba con usura. Hallarase entre los cincuenta
y sesenta aos. Gruesa, morena, de facciones abultadas y con un extenso
lunar de pelos largos, cerdosos, en la mejilla derecha, cerca de la
boca. Viva sola con una sobrina a quien dejaba cerrada en casa mientras
acuda invariablemente todas las noches a tomar un vaso de grosella y a
leer la cuarta plana de _La Correspondencia_. Era campechana, servicial
y sencilla hasta la simpleza, pero en sus negocios de prendera y
prestamista mostrbase inflexible y astuta como pocas.

--Acrquese un poquito si ha concluido de tomar su grosella.

D. Rafaela traslad su silla cerca de la joven y en seguida se pusieron
a departir amigablemente en voz baja. Claro est que el tema de su
pltica fue el acontecimiento de la noche, la presentacin de Mario a la
familia de Snchez.

--Al fin parece que eso lleva buen camino. Me alegro mucho... mucho. No
deje de decrselo a su mam, y que sea para bien. Es un chico muy
decente, y si tira a su padre... ya ve usted... Por supuesto que
Carlota, por lo guapa y bonachona, mereca un infante de Ingalaterra...
Pero, hijita, los tiempos no estn para andar a escobazos con los
hombres. As se lo digo muchas veces a la gazmoita de mi sobrina, que
hace melindres al vidriero de la esquina... Ahora, si usted me pregunta
mi sentir, le dir que el que ms me gusta de esa cuadrilla que se
sienta en el rincn es aquel muchacho rubio que llaman Godofredo. No es
que tenga que decir ni pensar nada malo de ste. Al contrario, me parece
bastante formal y simptico; guapo no lo es... para qu ms de la
verdad?... pero el otro... el otro es una alhaja, un bendito... Si le
viese usted, como yo le veo muchos das, comulgar en San Antn!...
Vamos, que enternece hallar un chico tan humilde y devoto ahora en que a
todos les da por despreciar las cosas santas y decir mil borricadas y
escandalizar a las personas honradas. A veces se pasa media hora y ms
de rodillas delante del altar de la Virgen... Hijita, qu feliz ser su
madre! Y la mujer que le lleve bien puede decir que no tiene que
envidiar a ninguna duquesa.

Presentacin se ruboriz levemente con estas palabras y dirigi una
mirada rpida hacia el rincn, tropezando sus ojos vivarachos con los
suaves y msticos de Llot, que estuvieron posados buen rato sobre ella.
D. Rafaela lo advirti bien, y adoptando un semblante enteramente
picaresco, le dijo bajando an ms la voz:

--Ya s, ya s, querida, que usted y l... vamos!... Apriete, hijita,
apriete, y que no se escape, que bien merece la pena... Al que no puedo
ver ni en pintura es a aquel otro que se come los peridicos, aquel de
las barbas y las gafas...

--Ah, s, Moreno!...

--Un moreno bien desaboro!... tan desgarbadote y tan sucio... Creo que
no tiene ms gusto que escandalizar a ese pobrecito de Godofredo.
Desalmadote! pordiosero! Puh!

Y miraba al mismo tiempo con ojos colricos a la mesa donde Adolfo
Moreno segua enfrascado en la lectura, muy lejos de pensar que en aquel
instante excitaba la clera de la prendera.

Mario y Carlota haban desaparecido, no corporalmente, pero s en
espritu. Timoteo gema y se lamentaba amargamente, por conducto de su
violn, de que la nia menor de Snchez se hubiese vuelto de espaldas y
hablase tan animadamente con la se Rafaela, sin cuidarse para nada del
_Da de sol_ ni de su intrprete. D. Carolina deca a Romadonga
mientras su marido se atusaba gravemente el triste y pacfico bigote:

--No necesito decirle, Sr. Romadonga, que entiendo perfectamente la
intencin con que su amiguito se ha hecho presentar por usted esta
noche. Saba hace tiempo que Carlota y l se miraban con buenos ojos, y
cuando lo supe yo lo supo ste, porque yo no tengo costumbre de ocultar
jams nada a mi marido. Le pregunt si le pareca mal el muchacho. Me
dijo que no, y entonces pens: bueno, pues que corra el agua por donde
quiera. El otro da me dijo Carlota: Mam, ese chico desea ser
presentado.--A m qu me cuentas? le respond. Dselo a tu pap.--Es
que yo no me atrevo... Si t te encargases...--Est bien, hija, para m
han de ser todos los apuros. Y armndome de valor me atrev a decrselo
a ste. Crea usted que temblaba como una hoja, porque no saba cmo lo
iba a tomar; tena miedo que me echase con viento fresco.
Afortunadamente, estaba de buen humor aquel da, verdad, querido?

D. Pantalen baj los prpados, manifestando de este modo solemne y
augusto que su esposa no se equivocaba acerca del estado de su espritu
en aquella ocasin.

--Me respondi que no tena inconveniente en que lo presentasen con tal
que fuese por medio de una persona respetable. Te parece bien D.
Laureano?--Perfectamente.--Pues ya est hecho. Ahora no nos resta ms
que darle a usted las gracias por la molestia que ha querido tomarse.

Romadonga levant la mano para alejar de s aquellas gracias que no
mereca, y volvi la cabeza para mirar a la hermossima chula, que en
aquel instante se levantaba del asiento para marcharse. Al pasar junto a
ellos D. Laureano le dijo familiarmente:

--Adis, Concha: hasta maana.

--Buenas noches--respondi ella sonriendo tmidamente.

Su padre se llev la mano al sombrero. Romadonga siguiola con la vista
hasta que desapareci por la cancela. Antes de trasponerla Concha se
volvi a medias y le ech una rpida mirada de latiguillo. Lo cual le
puso de tan excelente humor, que desde entonces no cerr boca y
consigui tener suspensos y embelesados con su charla insinuante lo
mismo a D. Pantalen que a su esposa.

Pero la noche corra. Haban sonado ya las once y media, hora en que
aquella respetable familia tena por costumbre retirarse. Doa Carolina
se inclin hacia el odo de su hija Carlota, y le dijo en voz baja,
aunque no lo bastante para no ser oda de Mario:

--Por mi gusto, querida, estaramos aqu un ratito ms; pero ya ves, tu
pap acostumbra a retirarse a esta hora... y ahora ms que nunca
necesitamos tenerle contento, verdad?--aadi con un guio picaresco.

Luego, volvindose a su marido:

--Pantalen, nos iremos cuando t lo ordenes.

--Bien, pues vmonos ya--respondi el venerable jefe de la familia
levantndose de la silla.

Los dems le imitaron. La se Rafaela y Romadonga manifestaron que
tambin se iban. Mario no se atrevi a acompaarlos, aunque bastantes
ganas se le pasaron. La despedida fue tmida y significativa por parte
de Carlota, franca y afectuosa por la de su hermana, propia de una
futura hermana poltica; por la de D. Carolina maternal, aunque
templada por el respeto que le mereca la autoridad de su marido; y por
ste tan corts, tan suave, tan condescendiente, que Mario se mostr
hondamente conmovido, y apenas pudo articular con voz temblorosa algunas
palabras de ofrecimiento.

Qued solo al fin. El corazn no le caba en el pecho. Permaneci un
instante inmvil contemplando la puerta, por donde acababa de
desaparecer, la ltima, su gentil Carlota. Y bajando de pronto desde las
nubes de oro y rosa donde se meca a esta tierra prosaica, se dirigi a
la mesa del rincn, donde slo se hallaba ya Adolfo Moreno. El salto no
poda ser mayor. Moreno era, en sentir de Mario, el ser ms distante de
la potica idealidad que en aquel momento inundaba su espritu, el menos
a propsito para recibir la confesin de sus impresiones. Sin embargo,
eran stas tan vivas, tan avasalladoras, que si no se desahogaba pronto
de ellas, era de temer una congestin. Sentose enfrente de su amigo,
pidi un vaso de leche y esper a que aqul, en gracia del trascendental
acontecimiento que acababa de efectuarse, se dignase hacerle algunas
preguntas. Nada. Moreno haba dejado los peridicos polticos y lea con
atencin uno ilustrado que andaba siempre de mesa en mesa metido en una
carpeta sucia y despellejada. Mario no pudo ms. Comprenda que era una
humillacin, pero no tena fuerzas para resistir al anhelo de
confesarse.

--Adolfo.

--Qu hay?--respondi ste sin apartar la vista del peridico.

--Dame la enhorabuena.

Al pronunciar estas palabras se ruboriz.

--Ah, s!--exclam el otro alzando la cabeza y mirndole con sonrisa
entre burlona y benvola.--Al cabo has logrado la dicha de sentarte a la
misma mesa que D. Pantalen Snchez.

--Como t comprenders, Adolfo, lo que menos me importa a m es D.
Pantalen. Lo que me interesaba, y mucho, era hablar con su hija. No
puedes figurarte la impresin que he sentido. Ya sabes que estaba
enamorado, pero de verdad! Pues bien, ahora lo estoy mucho ms, cien
veces ms. Qu mujer tan simptica! Qu tranquilidad, qu dulzura
respiran todas sus palabras y movimientos! Qu timbre de voz tan
delicioso! Parece que viene impregnado de la claridad y armona que
reinan en su alma. Es una voz que suena ms en el corazn que en el
odo, que nada dice a los sentidos, que despierta el anhelo de las
alegras ntimas y serenas del hogar; una voz hecha como los blsamos
para curar las heridas que el mundo nos infiere... Nada nos hemos dicho
de nuestro amor, pero en el brillo de sus ojos, en el cuidado con que
evitaba el mirarme, he gustado ms dicha que si me prometiese amarme
eternamente. El nico signo que advert de su emocin fue cuando le di
la mano al acercarme. Qu encarnada se puso la pobrecita!

Moreno continuaba sonriendo con la misma condescendencia, mientras su
amigo se desahogaba tan fogosamente. Al cabo le ataj.

--No te forjes muchas ilusiones por eso del rubor ni te subas al
trpode. El rubor es un fenmeno muy prosaico, querido. No significa ms
que un cambio de la circulacin sangunea. Las arterias, al aumentar o
disminuir de dimetro, enrojecen la piel o la hacen empalidecer. Ni te
vayas a figurar que slo las vrgenes se ruborizan, o que sea este
fenmeno privativo del ser humano. Los animales tambin se enrojecen. El
conejo es un animal tan sensible que con la ms leve impresin se tien
de carmn sus orejas, y se ha observado que los conejos jvenes se
enrojecen ms fcilmente que los viejos.

Mario qued acortado. Le mir fijamente con ojos de asombro y al fin
murmur entre triste y colrico:

--Pero, Adolfo, por Dios! qu tienen que ver ahora los conejos
jvenes?...

--No... yo no quera decirte... Es simplemente un dato fisiolgico.

Recobrose el joven y volvi a coger el hilo de sus impresiones. Las iba
narrando con entusiasmo, de un modo incoherente, como si estuviese solo.
Tal vez comprenda vagamente que lo estaba; porque Moreno, a juzgar por
su mirada distrada y su continente reflexivo, deba de hallarse en
aquel momento meditando sobre algn oscuro problema de la morfologa.

Despus de describir y pesar una por una las gracias de Carlota y
colocarla sobre un rico pedestal de mrmol ornado de bajos relieves de
Fidias, por encima de todas las mujeres de este mundo, casi a la altura
de la Niob de Praxteles, vino a soar despierto, a pintar de un modo
plstico la nica dicha a que aspiraba unindose a ella...

--No soy hombre de grandes ambiciones, Adolfo, bien lo sabes. Para ser
feliz, no necesito ms que cario, sosiego y un mediano pasar. Un
cuartito al Medioda con ventanas al campo aunque est sobre el tejado;
una mujercita sana, risuea, que venga a abrirme la puerta; orla
teclear despus de comer alguna sonata de Beethoven... y que me dejen
libre alguna hora para modelar cualquier mueco. Estoy solo en el
mundo. Apenas he conocido a mi madre. Mi padre se esforz toda la vida
en hacerme menos terrible esta prdida. Dios le bendiga por ello! Pero
el amor de una madre es insustituible, no tanto por lo vivo y profundo,
sino por lo que tiene de femenino. El hombre necesita en todos los
momentos de su vida del amor de la mujer; primero de la madre, luego de
la esposa, ms tarde de la hija. Adems, el hombre sin familia no se
comprende; es un ser incompleto, absurdo, est fuera de la naturaleza.

--Permteme, querido--manifest Moreno extendiendo la diestra con
solemnidad y acentuando an ms la superioridad de su sonrisa.--Ms vale
que no te metas a definir las leyes de la naturaleza. Esas cosas hay que
estudiarlas con atencin y t no creo que te hayas entretenido hasta
ahora en ello. El que la familia sea una ley natural y que no podamos
pasar sin ella me parece una de tantas afirmaciones gratuitas como
sientan los metafsicos. No se apoya en ningn dato experimental. Entre
los Bochimanos no existe la familia; entre algunos pueblos polinsicos
tampoco... En cambio se encuentra algo semejante establecido entre
ciertos monos ordinarios. Y desde luego entre los antropoides. El
chimpanz y el gorila suelen constituir familia.

La exhibicin de este preciossimo dato le dej tan satisfecho que, en
el exceso de su alegra, tosi dos o tres veces de un modo modesto,
indicando que estaba dispuesto a rechazar toda enhorabuena. Acto
continuo ech mano a la botella de agua, se escanci un vaso y lo apur
lentamente con majestuoso ademn, a fin de serenarse.

Mario le contemplaba fijamente.

--Mira, Adolfo--dijo al fin procurando reprimir la indignacin,--yo
nunca he dudado de tu ciencia. Reconozco que sabes mucho ms que yo, y
aunque a m no me interesen gran cosa los Bochimanos, les concedo toda
la importancia que t quieras, por ms que t mismo dices que son unos
salvajes... Pero, francamente--aadi ponindose fuertemente colorado y
clavando una mirada colrica en la mesa,--eso de que hablndote yo de mi
amor por Carlota, que es un ngel bajado del cielo, me saques a relucir
el gorila y el chimpanz, no es decente... no es decente... vamos, que
no es decente!




III


Vivi desde aquella noche memorable en un estado de exaltacin prximo a
la locura. En su casa dej de ser, con sorpresa de la patrona, el
husped silencioso, tolerante, que sta se complaca en ofrecer de
modelo a los dems. Se mostr impaciente, hurao, imperioso; armaba con
la criada cada pelotera que la vajilla retemblaba con los apstrofes;
todo porque le haba servido el almuerzo diez minutos ms tarde de lo
que le haba ordenado, o no haba podido llevarle el sombrero a
planchar. De igual modo andaba constantemente a la grea con la
planchadora sobre si los puos, sobre si los cuellos, y con la camarera
sobre si las botas, sobre si el botn de la levita. La misma D. Romana,
su respetabilsima patrona, a pesar de su continente digno y talento
persuasivo, no se libraba de las amargas recriminaciones del joven, y a
veces de sus violentsimos apstrofes.

--Pero, D. Mario--deca la diplomtica seora mientras los ricitos
postizos de su cabeza se agitaban con elocuencia,--cmo quiere usted
que la comida est sazonada o no se la sirvan fra, cmo quiere usted
que le tenga el cuarto arreglado a tiempo ni las cosas a punto, si desde
hace una temporada no tiene hora fija para nada; tan pronto se le ocurre
almorzar a las once como a las dos, unas veces se levanta a las siete de
la maana, otras duerme hasta las tres de la tarde? Y sobre esto, los
criados siempre en danza, a casa del sastre, del camisero, a llevar
cartas y recados a la calle de Ramales.

Era el mismo Evangelio lo que la buena seora alegaba. Los tirabuzones
sujetos a su frente lo corroboraban con vivos movimientos de
trepidacin. Mario cometa estos desrdenes y otros ms. La causa
estaba en la calle de Ramales, bien lo saba D. Romana; pero no se
atreva a expresarlo, aunque lo indicaba recalcando un poquito la
palabra. Es decir, no estaba en la calle de Ramales. Donde estaba
realmente era en el cerebro exaltado del joven escultor. Porque qu
culpa tena Carlota de que se levantase a las seis de la maana,
habindole dicho la noche anterior que oira misa a las diez en el
Sacramento? Ni por qu peda a grandes voces el almuerzo a las once, si
le constaba que hasta las dos lo menos no haba de salir de tiendas D.
Carolina con sus hijas? Tampoco era Carlota responsable de que nuestro
joven perdiese la razn al ver una minscula arruga en el planchado de
los puos o las botas sin el conveniente brillo, porque no tena la
costumbre de reconocer minuciosamente ni los puos ni las botas de su
novio. Es ms, aunque advirtiese la arruga del planchado o la opacidad
de las botas, era tan bonachona que se lo perdonara sin gran esfuerzo.

Al principio nuestro joven iba dos veces por semana a pasar un ratito
despus de la oficina a casa de D. Pantalen. Poco despus, un da s y
otro no; luego, todos los das. Esto sin perjuicio de verse y hablarse
diariamente en el caf del Siglo y de las salidas extraordinarias a misa
y a tiendas, en que _casualmente_ se tropezaban. Pero no bastaba todava
a calmar las ansias amorosas del escultor. Todava ide el acudir
tambin algunas maanas a casa de su novia con diferentes pretextos;
luego descaradamente y todos los das. De modo que, lo que deca
confidencialmente D. Carolina a la seora Rafaela:--Hija, estos
muchachos no me dejan tiempo para arreglar mi casa ni para vigilar la
cocina; no puedo cepillar la ropa a Pantalen, no puedo escribir una
carta, no puedo hacer una visita. Siempre clavada a la silla en el
gabinete! Luego, si Presentacin me ayudase un poco a soportar la carga;
pero que si quieres!

En efecto, cuando por algn apuro imprescindible D. Carolina la llamaba
para que se estuviese al lado de los novios, mientras ella permaneca
fuera, Presentacin levantaba los brazos al cielo exclamando:

--Dios mo, qu pecado habr cometido para desempear tan joven estos
papeles!

Y si la seora tardaba mucho, se escapaba diciendo:

--No puedo ms. Dispensadme. Cuidado con ser buenos.

En vano la pobre Carlota le gritaba ruborizada:

--Nia, nia! Por Dios, no marches!

--No puedo ms--repeta huyendo,--no puedo ms. La carga es superior a
mis fuerzas.

D. Carolina, por estas y otras contrariedades, tena frecuentes accesos
de mal humor; gritaba a sus hijas, las llenaba de improperios; a veces,
de esta marejada salpicaba tambin alguna espuma a Mario. Pero no se
daba por ofendido; al contrario, senta cierto deleite en que la mam de
su adorada le reprendiese, le tratase con tal excesiva confianza: le
pareca que de tal modo se acortaba cada vez ms la distancia que
mediaba para ser su hijo.

Pero la gran dificultad para esto y para todo en aquella casa era D.
Pantalen. No lo pareca. Mario hallaba en l un hombre grave, pero
dulce, afectuoso, de una cortesa exquisita. Apenas se le senta en la
casa. Sin embargo, D. Carolina, a quien trasmita sus rdenes, estaba
siempre pendiente de ellas, y no daba jams un paso sin consultarle y
pedirle la venia. As que nuestro joven, a fuerza de sentir su
influencia en todos los momentos sin escuchar su voz, sin ver el ademn
imperativo de su diestra, haba llegado a profesarle un respeto
profundsimo, una veneracin sin lmites, contemplando su cara
enigmtica y misteriosa como la de un dios impenetrable. Cuando le
tropezaba por los pasillos de la casa, y suceda bastantes veces, porque
el Sr. Snchez era muy dado a pasear por ellos con zapatillas, le daba
un vuelco en el corazn y le saludaba con una turbacin que, lejos de
disminuir, aumentaba cada da.--He aqu el hombre--se deca al apartarse
de l--en cuyas manos se encuentra mi felicidad o mi desgracia.

La influencia de D. Pantalen se senta en todos los momentos y se
extenda a los pormenores ms insignificantes de la vida domstica. Para
salir a tiendas, para ir a paseo, para comprarse unas botas, para
suscribirse al peridico de modas, para cambiar de panadero, se
necesitaba acudir a su autoridad suprema. Mario la encontraba
asfixiante, pero se someta.

La vida de aquel dspota no poda ser ms sencilla. Levantbase
invariablemente a las nueve de la maana, y despus de desayunarse
terminaba la lectura de _La poca_, que haba comenzado la noche
anterior. La lea toda, hasta el folletn y los anuncios, encerrado en
su habitacin, sin que bajo ningn pretexto consintiese D. Carolina que
se le fuese a interrumpir. Esta escrupulosidad concienzuda aplicada a la
lectura de un peridico, que ordinariamente suele hacerse a la ligera,
no es indicio de un carcter reflexivo a investigador, de una
inteligencia firme y ansiosa de nutrirse? El curso de la presente
historia lo dejar cumplidamente demostrado. Aquella lectura, trivial
para la mayor parte de los hombres, despertaba en el cerebro de Snchez
copiosa serie de pensamientos graves o frvolos, segn su orden.

Para meditarlos, para clasificarlos, para extraerles el jugo, se sala
al pasillo, y envuelto en su bata alfombrada y provisto de silenciosas
zapatillas suizas, paseaba grave y acompasadamente hasta la hora de
almorzar. Despus del almuerzo y de reposar algunos minutos, se sala a
dar un largo paseo contemplativo por el Retiro. Cualquiera que le viese
recorriendo lentamente, con las manos atrs y la cabeza inclinada hacia
la izquierda, los arenosos caminos del Parque, diputarale por un
ocioso, un militar retirado, un propietario, algo, en suma, vulgar y
hasta intil en la sociedad. Cun engaosas son las apariencias! Algo
as pensaban los habitantes de la ciudad de Heidelberg cuando el gran
Emmanuel Kant cruzaba de paseo con su paraguas bajo el brazo. Y si le
hallasen sentado en un banco frente al Estanque grande, inmvil, con la
mirada fija, tal vez imaginaran que aquel hombre no pensaba en nada. Y
as era, en efecto. D. Pantalen en aquellos momentos tena el
pensamiento tan inmvil como su cuerpo; yaca entregado a una sensacin
de bienestar animal, que inundaba su ser como una ola tibia y lo
paralizaba. Muchas veces duerme as el espritu cuando se prepara a una
actividad enrgica, como el luchador que reposa para disponer de toda la
fuerza de sus msculos. El genio dorma en el fondo de su alma, sin que
nadie, nadie! ni l mismo, sospechase su presencia.

D. Pantalen Snchez no era rico. Slo tena un pasar adquirido en el
comercio de gneros de punto a fuerza de economas y privaciones. Y aqu
salta una observacin, que merece ser expresada, es a saber: que casi
ninguno de los hombres que han influido poderosamente sobre sus
semejantes o han dado impulso y direccin al progreso dispusieron de
grandes bienes de fortuna. Despus de traspasar la tienda al primero y
nico de sus dependientes, slo posea en valores del Estado una renta
de ocho a diez mil pesetas. Gracias al orden y economa de su fiel
esposa podan vivir cmoda y decorosamente.

A los quince das de entrar en la casa ya nuestro joven escultor arda
en deseos de formar parte integrante de la familia. Pero no se atrevi
a expresarlo sino de un modo indirecto y vago, y con las mejillas
coloradas, a Carlota, que a su vez le respondi, ruborizada tambin, que
no se pensase todava en aquello. Pero ambos siguieron pensando, cada
cual por su lado; de tal suerte, que si sus bocas estaban calladas, se
lo decan a todas horas con los ojos. Cuando estaban juntos y se
quedaban algunos instantes silenciosos con la mirada exttica, bien
podra apostarse doble contra sencillo a que ambos pensaban en
_aquello_.

Un da, despus de larga pausa, dijo Mario repentinamente:

--Por qu no se _lo_ dices a tu mam?

--No me atrevo. Dselo t--respondi la joven anudando naturalmente la
tcita conversacin que sus pensamientos mantenan haca tiempo.

--Oh, si yo me atreviera!

Hizo coraje algunos das: al fin se atrevi. Cunta duda, cunta
vacilacin antes que las abrasadoras palabras saliesen de sus labios!

Estaba D. Carolina subida encima de una silla sujetando un visillo del
balcn. Carlota haba salido en busca de tijeras. Sin saber cmo,
aprovechndose tal vez de que la buena seora se hallaba de espaldas y
no poda anonadarle con una mirada fulgurante, dijo con voz bastante
entera:

--D. Carolina, cuando usted termine ah voy a darle un susto.

--Un susto?--repuso la seora volviendo la cabeza con sorpresa.

--S, un susto!--repiti el joven sonriendo alegremente, cada vez ms
animado.--Pero no tenga usted miedo. Es un susto puramente moral.

--Bueno!--exclam en actitud vacilante, sonriendo tambin.--No s qu
ser... Voy a concluir.

En los breves instantes que dur la operacin tuvo tiempo a perder todo
el valor que haba mostrado. De suerte que cuando D. Carolina se baj
de la silla, con la misma ligereza que una nia, y se volvi, encontrose
con un hombre desencajado, tembloroso, que daba pena mirarle.

--Usted me dir... qu susto es se?

--El que yo tengo!--debi responder Mario, pero no lo dijo. Limitose a
llevarse la mano a la boca para toser, sin gana por supuesto, y profiri
con trabajo:

--Si a usted le parece, podemos sentarnos.

--Con mucho gusto. Nada nos darn por estar de pie.

D. Carolina aparentaba indecisin y sorpresa que no senta. No se
necesitaba ser lince para comprender de qu se trataba.

--Debo ante todo... Cuando tuve el honor de ser presentado a ustedes...
Sentira muchsimo...

No hallaba medio de tomar la embocadura. Estaba cada vez ms turbado. En
aquel momento apareci en la puerta Carlota. Al ver su encantadora
figura, de formas elegantes y redondeadas, sus ojos animados, sus
mejillas frescas adornadas de un par de hoyos como dos nidos de amor,
sus labios de cereza, una verdadera rosa, en fin, de carne y hueso,
recobr de pronto todo el aplomo y dijo con voz segura:

--Me alegro de que venga Carlota y escuche lo que le voy a decir...

Carlota se acerc. En la actitud de su novio adivin en seguida lo que
pasaba.

--Pues bien, seora, lo que tengo que manifestar a usted es que, lo
mismo Carlota que yo, deseamos casarnos cuanto ms antes.

--No, no! yo no!--exclam la joven encendida en rubor y echando a
correr.

D. Carolina se mostr sorprendidsima.

--Pero eso es un escopetazo, Costa! Razn tena usted en decir que me
iba a dar un susto. Ave Mara Pursima! Quin haba de pensar!...

Y por algunos momentos no dej de hacerse cruces y proferir
exclamaciones. Repuesta al fin un poco, llam a Carlota.

--Nia, no seas ridcula, ven aqu!

Y en voz baja aadi:

--Pobrecilla! La ha puesto usted en un apuro.

Vino Carlota hecha una rosa de Alejandra por lo roja y por lo hermosa.
Sentronse los tres en el sof, la mam en el medio, y cogiendo
amorosamente las manos de su hija y mirando a Mario de reojo, se expres
de esta manera:

--A pesar del susto, no le guardo rencor. Me esperaba que algn da
haba de suceder esto, aunque, a la verdad, no tan pronto. Mentira,
Costa, si le dijese que no me es usted muy simptico y hasta que le
quiero ya como cosa propia. No tiene nada de particular. Basta que una
persona quiera a mis hijas para que la adore yo. Lo que mis hijas
desean, eso es precisamente lo que a m me complace. Soy una dbil
criatura sin voluntad propia; todo el mundo lo sabe. Hablarme a m de
que desean casarse!... Para qu? De antemano tienen ya mi
consentimiento para eso como para todo lo que se les antoje. Mi carcter
es as. Aunque me parezca prematuro el matrimonio y que convendra
esperar algo ms, porque usted no se halla, desgraciadamente, en
posicin de sostener las cargas de una familia, no lo puedo remediar...
Por m, maana mismo les echa la bendicin el cura. Es una desgracia
tener este carcter, seor Costa, crame usted. Mis amigas me dicen con
razn: T no eres una mujer, Carolina, eres un trapo. Y qu le vamos
a hacer? Cada cual es como Dios le cri. De todos modos, le agradezco
en el alma que haya contado conmigo... Demasiado s que es pura
galantera, pero lo agradezco... Vamos ahora a lo ms principal, mejor
dicho, a lo nico principal que hay en este negocio. Quin se lo dice a
Snchez? Quin le pone el cascabel al gato?

--Mamata, dselo t--manifest Carlota, cuyas mejillas no haban
perdido su vivo color rojo.

--Lo ve usted?--exclam la buena seora, volviendo el rostro lleno de
dulce condescendencia hacia Mario.--Cuando yo lo deca!... Bien, hija
ma, bien; yo se lo dir... Para m ser el desaire si lo hay. Prefiero
sufrirlo yo todo. Y para que vean ustedes adnde llega mi complacencia,
ahora mismo se lo voy a decir; ahora que est solo en su cuarto... Ea,
valor!

D. Carolina se alz del sof y dio tres o cuatro pasos.

--Si supieran ustedes cunto lo temo!--dijo parndose.--No lo puedo
remediar; siempre que voy a decir algo importante a Pantalen, me sucede
lo mismo, me pongo temblorosa; toda me aturrullo... Mire usted cmo me
tiembla la mano, Costa.

Mario apret la mano de su futura suegra, pero no pudo comprobar el
temblor. Lo nico que advirti es que estaba fra.

--S, s--dijo galantemente,--y adems est fra.

--Frisima!... Lo mismo me pasa siempre... Vaya, armmonos de valor.
Voy antes a beber una copita de Jerez para criar fuerzas... Hasta luego,
hijos mos, hasta luego y buena suerte!

Todava desde la puerta se volvi con semblante risueo, radiante de
condescendencia.

--Cmo me late el corazn!--exclam llevndose la mano al
pecho.--Adis! Buena suerte!

A quien le lata hasta querer saltrsele del pecho era al pobre Mario.
No se atrevi a mirar a Carlota. Tampoco sta volvi su rostro hacia l.
Felizmente vino a sacarlos del apuro la bella Presentacin. Entr seria,
ceuda y, sentndose cerca del balcn, exclam con un suspiro:

--Ea! Ya estoy en funciones!

Lo mismo Carlota que su novio no pudieron menos de sonrer.
Trascurrieron algunos minutos en silencio.

--Pero vamos a ver--profiri despus volvindose airada hacia
ellos,--cundo me van ustedes a dejar en paz? Se quieren ustedes casar
pronto, empachosos?

--De eso se trata--respondi gravemente Mario.

Y como la joven le mirase sorprendida, su hermana aadi tmidamente:

--Mam se lo est comunicando en este momento a pap.

La cara de Presentacin expres un gozo sincero.

--Es de veras? Cunto me alegro, hermana de mi alma!--exclam
levantndose y abrazndola con efusin.--Toma un beso, toma dos, toma
veinte!... Sea enhorabuena. Dmela usted a m tambin, Costa, y pdame
perdn por las mil iniquidades que ha hecho conmigo... Qu gusto,
Virgen de Atocha!... Ya concluyeron las centinelas. Ahora son ustedes
los que me van a guardar a m. Y que no te voy a dar poca tarea,
Carlota! Me vas a sacar a paseo todos los das, sabes? todos, sin
faltar uno. Y por la maana me llevars a misa... y despus... despus
unas vueltas entre calles para lucir este cuerpecito...

Daba saltos de alegra y bata las palmas la revoltosa nia, tanto por
la perspectiva de aquella bienandanza como por ver a su hermana feliz;
porque en el fondo no era mala, aunque Timoteo la apellidase casi todas
las noches ingrata y orgullosa con el violn.

Mas he aqu que en lo ms recio de esta alegra turbulenta aparece D.
Carolina. Nada ms que con mirarla comprendieron Mario y Carlota lo que
haba. Traa la cara larga, larga como si viniese de un entierro. Ay,
s, el entierro de las esperanzas de Mario! Mientras se acercaba
lentamente hacia ellos ejecut un sinnmero de muecas y visajes,
expresando alternativamente el dolor, la protesta y la resignacin.
Sentose de nuevo en silencio entre los dos, y en silencio tambin y con
rara energa apret las manos a Mario fijando en l al mismo tiempo una
mirada de indefinible tristeza.

--No se apure, seora--exclam ste haciendo de tripas corazn,
esforzndose por sonrer.--No puede ser? Lo siento muchsimo; pero lo
mismo Carlota que yo sabremos tener calma y esperar con paciencia.

D. Carolina se llev el pauelo a los ojos como si quisiera llorar.

--Qu es eso? No hay boda?--pregunt Presentacin; y, levantndose con
ademn desabrido, aadi:--Bah, bah! La culpa ya s yo de quin es.

No hubo ms remedio que resignarse. Don Pantalen hallaba prematuro el
matrimonio. Los hombres, segn deca su esposa, miran las cosas de un
modo prosaico; se fijan en el porvenir, en las necesidades y
obligaciones que trae consigo; todo lo ven de color negro. Nosotras
procedemos de otro modo, por entusiasmo, por cario; cuando se nos
interesa el corazn no queremos ver las dificultades. Por mi parte,
aunque no tuviese usted empleo ninguno, aunque fuese un pobre de la
calle, bastara el afecto que le tengo para que le entregase a mi hija
sin reparar en nada.




IV


Esperaron, pues, pacientemente a que Snchez se ablandara. La vida
sigui deslizndose en la misma forma que antes, creciendo de da en da
la confianza y el cario entre nuestro joven y la familia de su novia.
No sala de la casa. Cuando iban a paseo por Recoletos, Mario y Carlota
marchaban delante y detrs D. Carolina y Presentacin. Al poco tiempo
todo Madrid los conoca. Ah vienen _los novios_, se decan los
paseantes al verlos. Entre algunos chistosos comenz a llamrseles _I
promessi spossi_. Y como suele suceder, al cabo de algunos meses
llegaron a aburrir a la gente. Pero, seor! cundo se casan estos
chicos?

D. Carolina consinti al fin, a ruego de Mario, en tutearle, y hasta
llev su condescendencia a permitir que la llamase mam, todo en secreto
por supuesto y cuando Snchez no se hallaba presente. Un da que delante
de ste se le escap llamarle de t, Jesucristo, lo colorada que se
puso la buena seora! Mario estaba hechizado; la adoraba.

Pocos meses despus acaeci un cambio en la poltica. Cay el ministerio
y se form otro nuevo. El ministro de Ultramar saliente se acord de
Mario por la amistad que haba mantenido con su padre y le dej
ascendido en lo que se denomina en trminos burocrticos testamento.
Tena diez y seis mil reales de sueldo. D. Carolina mostr al saberlo
una alegra verdaderamente maternal. Tanto que a los pocos das le llev
sigilosamente hacia un rincn y le dijo con misterio que si se lo
permita iba a dar otro tiento a Snchez: desconfiaba bastante del
xito, pero iba a hacer un esfuerzo supremo... Ya veramos.

En el pecho del joven escultor renacieron sbito las esperanzas. Se puso
tan nervioso, que la bondadosa seora, para completar su caritativa
obra, mostrose propicia a ir en aquel mismo momento al cuarto del severo
esposo. Mario no pudo contenerse; poco menos que la hizo salir a
empujones de la habitacin. Ella sonrea dulcemente llamndole loco.

Qu zozobra! qu congojas las de los novios mientras permaneci por
all! Lleg a tal extremo, que Mario pobre muchacho! consinti en rezar
con Carlota algunos padres nuestros para obtener un resultado favorable.

El cielo escuch sus oraciones. D. Carolina se present al cabo de
media hora radiante de dicha. Y antes de que saliese una palabra de sus
labios, corri hacia su hija y la abraz estrechamente derramando un
torrente de lgrimas. Despus hizo lo mismo con Mario. ste experiment
tan fuerte emocin, que quiso volverse loco. Llor, ri, bail, bes las
manos a su futura suegra llamndola madre, prometindole amarla y
obedecerla siempre como un hijo sumiso; en fin, mil ridiculeces que
harn sonrer a todo el que no haya estado de veras enamorado.

Desde entonces no se habl ms que de la boda. Comenzaron a comprar la
ropa blanca; esto es, comenz el nico perodo de la existencia que
puede dar idea aproximada de lo que acontece en el cielo. Esta memorable
etapa de la ropa interior ejerci tal influencia en la felicidad de
Mario, que muchos aos despus, al pasar delante de un bazar de ropa
blanca y ver colgadas en el escaparate algunas enaguas y camisas de
seora, an senta latir su corazn conmovido. D. Carolina fue el
Espritu Santo de este almo cielo. Cuando nuestro joven la vea ponerse
las gafas y tomar entre sus dedos una chambra, frotarla cuidadosamente,
acercarla a los ojos para ver si descubra alguna prfida hebra de
algodn entre su cndido hilo, un estremecimiento de dicha inefable
corra por su cuerpo; la emocin le ahogaba; necesitaba volverse de
espaldas para no caer a sus pies y expresarle en trminos fervorosos
delante de los horteras toda la veneracin, todo el entusiasmo que su
conducta generosa le inspiraba.

Luego se fij el da: se discuti la forma en que haba de celebrarse.
Antes se haba convenido en que los novios no viviran aparte por
ahora. El pequeo sueldo de Mario no lo consenta. D. Pantalen
manifest por boca de su esposa que mientras el matrimonio no se hallase
en condiciones de establecerse, vivira en su compaa. El mismo D.
Pantalen resolvi que la boda se celebrase con un da de campo en los
Viveros, como era uso y costumbre entre el elemento distinguido del
comercio de Madrid.

Fue en el primer domingo de Agosto. Mario convid a sus amigos los
tertulios del caf del Siglo, Miguel Rivera, Adolfo Moreno, Llot,
Oliveros, Romadonga y tres o cuatro compaeros de oficina: los seores
de Snchez, a varias distinguidas familias del comercio, y entre ellas a
la del mismsimo presidente de la _Liga de Productores_, propietario de
una gran fbrica de ladrillo refractario en las afueras de Madrid. Los
esposos Snchez no mantenan amistad muy ntima con esta familia; pero
comprendiendo todo el lustre que sobre la fiesta recaera si lograban
que asistiese a ella, les escribieron una rendida carta. Los seores de
Corneta, que as se llamaba el presidente de la Liga, respondieron con
una muy amable esquela aceptando y enviando al propio tiempo una precisa
licorera, que enriqueci la serie de regalos que los novios recibieron
en aquellos das. D. Carolina los haba colocado todos en un gabinete
de la casa en medio de una bonita decoracin de percalina para que
hiciesen ms impresin. Haba muchos y muy lindos, pero entre todos
predominaba una rica coleccin de barmetros y termmetros de todas
formas y tamaos. Los amigos haban comprendido, con admirable instinto,
que nada puede interesar tanto a unos recin casados como la observacin
atenta de los fenmenos meteorolgicos.

El primer domingo de Agosto amaneci tan esplndido, tan claro y
caliente como casi todos sus colegas del esto en Madrid. Los asistentes
a las primeras misas en la iglesia de Santiago pudieron ver en una de
las capillas laterales a un joven correctamente vestido de negro hincado
delante de un confesonario. Nada tena de particular. Pero en el
confesonario de enfrente haba una joven tambin vestida de negro con la
cara pegada a la ventanilla. Esto era ya grave. As lo entendieron los
fieles, y por eso, pecando contra el tercer mandamiento, no les quitaron
ojo mientras dur la confesin.

El cura tena abrazado al joven, de suerte que los asistentes no podan
observar ms que sus piernas, que no decan nada. Pero la joven dejaba
ver un cacho de mejilla, y este cacho de mejilla, por lo suave, por lo
terso, por lo sonrosado, interesaba profundamente al auditorio, y muy
especialmente al monaguillo que ayudaba a la misa.

Son unos novios, se dijeron los fieles rebosando de curiosidad y
penetracin. En efecto, eran ellos, la fresca y simptica Carlota y el
venturoso Mario.

Despus de la ceremonia y de tomar chocolate en la morada de D.
Pantalen, trasladaronse los recin casados y su cortejo en dos grandes
mnibus a los Viveros. Los Viveros guardan entre las filas de sus
rboles enanos y bajo sus cenadores rsticos toda la poesa del comercio
madrileo. Los gremios expresan all en los das festivos que no son
insensibles al encanto misterioso de la Naturaleza ni ajenos a las
dulces emociones del campo. Como testimonios mudos pero elocuentes de
este fondo potico que algunos pretenden negar, suelen verse bajo los
frescos emparrados, donde la luz se cierne mansa y dormida, o sobre el
fino tapiz de la yerba, entre setos de boj y cinamomo, algunas cabezas
de sardina y no pocos residuos de huevos cocidos.

El Sr. Snchez, que a pesar de su temperamento meditabundo y soador no
olvidaba ningn pormenor interesante, haba contratado el da antes un
piano mecnico. No fue obstculo el calor para que aquella juventud
florida se pusiese inmediatamente a bailar con frenes. Un caballero
tuvo la ocurrencia de quitarse la levita; los dems le imitaron. Se
bail en mangas de camisa, con esa grata familiaridad que caracteriza a
los hombres de negocios en momentos de alegra. As y todo, se sudaba
como en los primeros das de la creacin. Las mejillas de las damas
echaban fuego. Ah, si pudieran utilizar el hielo que envolva en aquel
instante el corazn del violinista del caf del Siglo, qu bien se
refrescaran!

A fuerza de inteligencia y diplomacia haba logrado Timoteo que D.
Carolina le invitase a la boda. Por cierto que este rasgo de generosidad
le vali un disgusto. Su hija menor arm la de San Quintn al enterarse,
profiriendo tan pesadas palabras que la buena seora se vio necesitada a
zanjar la cuestin por el mtodo usual, con un par de pellizcos. La nia
puso el grito en el cielo. Y en estas simpticas disposiciones hacia el
violinista fue a la boda de su hermana. Qu haba de suceder! Un
desastre. A la primer coyuntura aquellos dos pellizcos se los aplic en
el alma al causante de todo.

--Presentacioncita, me hara usted el honor de bailar conmigo esta
polka?

--Gracias, no bailo.

Pocos instantes despus llega otro joven y le hace la misma invitacin.
Presentacin vacila un momento, mira de reojo al violinista, sonre
maliciosamente y se deja arrastrar al baile por tal odiossimo sujeto, a
quien desde aquel punto dedica Timoteo toda la hiel que elabora su
organismo.

Este ser repugnante y abyecto, llamado Grass, dedicaba las horas en que
no medita o ejecuta alguna accin vergonzosa, a llevar los libros de
comercio en dos camiseras de la calle del Prncipe. De aqu que
pretendiese eclipsar a todos los dems por el brillo y la forma de su
cuello a la marinera y por el esplendor de la corbata de raso azul con
lunares blancos. Timoteo senta la superioridad de Grass en este punto,
pero antes le hicieran rajas que confesarlo.

Presentacin era, con mucho, la ms linda de las nias que la industria
y el comercio haban enviado a la boda de Mario. Por eso todos los
jvenes le bailaban el agua, acudan a servirla y festejarla como un
tropel de esclavos. Quin solicitaba humildemente la honra de tener por
su abanico, quin extenda la levita sobre la yerba para que se sentase;
los unos corran a buscarle un vaso de agua cuando tena sed y se lo
presentaban con azucarillo y gotas de azahar, o con ans o con jarabe de
grosella, para que eligiese; los otros se consideraban felices con que
de lejos les enviase una ligera sonrisa. Con esto la nia, que haba
mostrado siempre marcada inclinacin a las pompas mundanas, se puso
insufrible. Pareca una sultana cruel y desptica. A fuerza de ver
inmediatamente obedecidos sus caprichos, ni saba ella misma lo que
quera. Tan pronto llamaba a un mancebo y le permita sentarse a sus
pies y le escuchaba y le miraba amablemente, como le arrojaba con ademn
feroz y viento fresco. Unas veces exiga que le contasen algo, otras les
obligaba a permanecer inmviles y silenciosos. Fortuna fue que no se le
ocurrierra mandar ahorcar de un rbol a Timoteo, porque en el estado en
que se hallaban los espritus, quin sabe lo que sucedera!

Pero el que logr presto sobreponerse a sus colegas y fijar la atencin
de la bella fue Grass. Y esto no slo por el prestigio de su corbata,
sino porque adems era hombre de iniciativa y ocurrente. Cada una de sus
frases, un poema de gracia. Cuando tena que referirse a su propia
cabeza, la llamaba la calabaza. Yo conoc en Sevilla una
seora--deca--que coma por la boca.

Posea asimismo una imaginacin fecunda y audaz para toda clase de
farsas divertidas y talento especial para imitar la voz, el gesto y el
modo de andar de cualquier persona. Corra y brincaba con agilidad
pasmosa, a pesar de su obesidad bien pronunciada. Cantaba con voz de
tiple, de tenor, de bartono y bajo, y se saba que proyectaba figuras
en la pared con la sombra de las manos de modo maravilloso. Finalmente,
era un prestidigitador consumado. A ruego de varias muchachas, hizo
algunos juegos de manos que produjeron entusiasmo en los invitados.
Claro est que para efectuarlos necesitaba ayudantes. Grass los elega
entre las jvenes ms lindas. Y aunque todas le servan con agrado y
diligencia, se distingua particularmente por su entusiasmo
Presentacin. Las diabluras que aquel hombre festivo llev a cabo con
ella, sacndole monedas del pelo, de las narices, del cuello!...

Timoteo ansiaba beber su sangre!

A las once, poco ms o menos, hizo su entrada triunfal en el Vivero la
familia del presidente de la Liga de Productores. En cuanto se tuvo
noticia de que un carruaje estaba a la puerta, la mayor parte de los
invitados abandonaron los placeres y corrieron hacia all, deseando
hacer ostensible su amistad con personas tan distinguidas, que hacan
viso en la sociedad madrilea y tenan carruaje propio. Venan el
presidente, su esposa y dos hijas. El Sr. Corneta tena la misma
elegante figura que un carnicero en da de fiesta. Pequeo, obeso,
colorado, con gabn muy largo, las enormes manos aprisionadas por
guantes de color de sangre. Llevaba la cabeza echada hacia atrs y
hablaba a gritos. Los millones, la Liga, la fbrica de ladrillo
refractario, todo le sala de una vez a la cara, pugnando por arrojarse
sobre los infelices que se le acercaban y aplastarlos. Qu modo de
tender la mano mirando hacia otro lado! Qu voz ruda e impertinente
para saludar de lejos! Imposible imaginarse una superioridad ms
protectora. Y, sin embargo, mucho ms protectoras an las miradas, las
sonrisas y los saludos de su amable esposa e hijas. Era el juicio final.
Los dos pimpollos vestan con pintoresca elegancia, y la mam, a pesar
de sus aos, no les iba en zaga. Ni feas ni bonitas, pero majestuosas;
con esa calma imponente que presta a los seres superiores la conciencia
de su gloria. Las tres venan provistas de sendos impertinentes, con los
cuales empezaron inmediatamente a llevar a cabo atentas y concienzudas
observaciones sobre los invitados, como el naturalista que estudia al
microscopio la figura y los movimientos de algunos infusorios.
Naturalmente, bajo el poder de esta mirada investigadora, las nias del
comercio se ruborizaron y los jvenes dependientes no saban dnde poner
los pies ni las manos, sobre todo las manos.

--No viene Juanito?--pregunt no se sabe quin.

--Oh, Juanito!

Las tres damas cayeron al escuchar tal pregunta en un acceso de alegra
que les impidi responder, aunque sin interrumpir por eso el estudio
microscpico de aquellos curiosos seres.

--Juanito no acostumbra a levantarse a estas horas--dijo al cabo una de
ellas.

A estas horas! Las once de la maana! Qu elegancia! qu
distincin! pensaban los dependientes a quienes el hado adverso
obligaba a levantarse de la cama a las seis todos los das.

La familia Corneta fue conducida en triunfo hacia uno de los cenadores,
donde Mario y su esposa fueron agasajados por ellos con algunas frases
amabilsimas, de las cuales tanto D. Carolina como su digno esposo D.
Pantalen conservaron por mucho tiempo vivo recuerdo.

Nadie osara poner en duda entre los convidados la inmensa superioridad
de las seoritas de Corneta en cuanto a brillo aristocrtico y gracia
protectora. Sobre todo permaneciendo calladas tales cualidades
adquiran maravilloso relieve. Cuando tomaban la palabra quiz algn
crtico escrupuloso pusiera reparos a la voz bronca un poco aguardentosa
de la menor y a las frases libres y a los ademanes harto sueltos y
descocados de la mayor. Tal vez le arrastrase su espritu analtico a
encontrar algn vago parecido entre estas distinguidas seoritas y las
jvenes que comercian con churros y buuelos en los parajes excntricos
de la poblacin. Y quin sabe! una vez puesto el pie en el camino de la
investigacin, es posible que llegara a explicar este fenmeno por las
leyes de la evolucin, viendo en l la supervivencia o degeneracin
patolgica de las aptitudes orgnicas de su abuela, que frea y venda
tales comestibles cerca de la puerta de Segovia. Pero como en aquella
florida juventud comercial no imperaban los procedimientos analticos,
se aceptaron sin controversia alguna el seoro y los privilegios de las
citadas seoritas y se las coloc en el cenador en unin de sus paps
como dioses mayores, a quienes D. Carolina y D. Pantalen y algunas
otras personas de edad asistan como dioses menores.

Por esta razn y porque nadie poda disputar a Presentacin el premio de
la belleza, aqulla continu imperando despticamente entre los jvenes
invitados. Su caballero era siempre el odioso Grass, como observaba cada
vez con mayor encono Timoteo. Pero de vez en cuando diriga intensas
miradas del lado de Godofredo Llot. Esto no lo observaba Timoteo. Aquel
piadoso joven apenas si osaba corresponder levantando de vez en cuando
hacia ella sus ojos msticos. La mayor parte del tiempo pareca no
advertir la honrosa atencin de que era objeto, embargado sin duda por
los graves pensamientos ascticos que continuamente ocupaban su mente.

Despus de almorzar, bastante despus, cerca ya de las cuatro de la
tarde, apareci a lo lejos la silueta elegantsima del primognito del
Sr. Corneta. Se acerc sonriente, benigno, y todos pudieron admirar sus
botas de gamuza, el pantaln de punto con botoncitos de ncar a los
lados y la preciosa americana de franela que cea su talle. Este arreo
campestre y el ltigo con que vena azotando suavemente las ramas de los
arbustos demostraba que haba llegado a caballo. Los jvenes
dependientes, al verle, quedaron petrificados de respeto y admiracin.
Juanito era miembro del club de los Salvajes, y en calidad de tal sola
ponerse el frac todas las noches; tena queridas, caballos, desafos y
deudas, y pronunciaba mal las erres. A pesar de esto, hay que confesar
que en aquella ocasin no abus demasiado del prestigio y la gloria que
el cielo haba derramado prvidamente sobre l. Salud al concurso con
impensada afabilidad, llevndose dos o tres veces el ltigo a las
narices, y dijo con voz bastante clara que se alegraba de encontrarse
entre tantas chicas bonitas; as; palabras textuales. Naturalmente, las
jvenes, al escuchar tan favorable sentencia, temblaron de gozo, se
ruborizaron hasta las orejas y la guardaron en el fondo de su corazn
como recuerdo de aquella dichosa tarde. Juanito estaba dotado de mil
preciosas cualidades que saltaban a la vista; pero la que realmente le
caracterizaba era la languidez. Imposible imaginarse nada ms lnguido
que este glorioso joven. Cuando hablaba, cuando sonrea, cuando se
atusaba el bigote, cuando se estiraba las piernas, una irresistible
languidez resplandeca debajo de estos actos vulgares.

Presentacin no pudo resistirla. Se encontr subyugada desde el primer
momento. En cuanto el joven Corneta, dando pruebas de buen gusto, se
acerc a ella y le hizo el honor de dirigirle algunas palabras galantes,
adis Grass! adis Godofredo tambin! Aquellos lindos ojos maliciosos
ya no tuvieron miradas sino para Corneta; aquella fresca boca movible
slo para l form sonrisas.

Timoteo observ esto con mezcla de dolor y satisfaccin. Le apenaba el
entusiasmo de su dolo por el sietemesino; pero la derrota de Grass le
llenaba de regocijo. Y en la expansin de su alegra amarga no pudo
menos de acercarse al grupo donde aquel despreciable personaje se
empeaba todava en imponerse a la atencin por medio de sus ridculos
juegos de manos. No trascurrieron dos minutos sin que le dirigiese una
pulla de mal gusto. Grass no hizo caso. Volvi a la carga con otra:
tampoco el cataln se dio por ofendido. Era hombre de buena pasta y
amigo de las bromas. Mas el violinista lleg a ponerse tan agresivo, que
al fin no pudo menos de decirle seriamente, suspendiendo su juego:

--Oiga usted, amigo, ruego a usted que sea ms comedido en las bromas;
de otro modo, me parece que no vamos a parar bien.

Timoteo sonri ferozmente. Y sin tomar nota de esta severa advertencia,
al poco rato volvi a las reticencias y sarcasmos; de tal suerte que
Grass perdi al cabo la paciencia. Ciego de ira alz la mano... y el
dulce sosiego del bosque fue turbado por una estrepitosa bofetada.

Veinte manos vinieron instantneamente a sujetarle. Otras tantas lo
menos acudieron a contener a Timoteo. Formronse dos grupos a respetable
distancia el uno del otro. Y donde todo era antes alegra y expansin
rein sbito silencio lgubre y amenazador. Los de un grupo trataban
confidencialmente de convencer a Grass de que no era sensato ofenderse
por las palabras de un badulaque como Timoteo. Los del grupo de ste le
persuadan de que una bofetada no tena valor alguno cuando la daba un
ser tan insignificante como Grass. Todos por acuerdo tcito hablaban en
falsete. No se oa ms que un murmullo suave como el de un confesonario.
Pero la voz fuerte, estridente de Timoteo rompa de vez en cuando aquel
silencio.

--Lo que yo quiero saber es por qu me pega a m ese to gordo!

Chis! chis! Un gran siseo sumerga y apagaba aquel grito interrogante.
Reinaba otra vez el silencio. Pero cuando pareca que todo iba a quedar
sofocado se oa otra vez a Timoteo que desde el centro clamaba con voz
agria:

--Es que yo deseo saber por qu me pega a m ese to gordo!

Al cabo estas preguntas peligrosas se fueron atenuando; se hicieron ms
raras y dbiles. Poco despus aquella sociedad bulliciosa volva con
ansia a los recreos inocentes.

No faltaron los brindis ni las improvisaciones poticas, ni el joven que
canta a la guitarra con poca afinacin y mucha gracia unas coplitas
picantes, ni la nia de seis u ocho aos que en esta clase de
solemnidades recita siempre, comindose la mitad de las slabas, un
monlogo de comedia. Don Dionisio Oliveros ley un largo epitalamio en
tercetos, que pudo escribir, segn confes, robando a duras penas
algunos momentos a sus abrumadoras tareas poticas, entre el tercero y
el cuarto acto de un drama. Romadonga gozaba de todo paseando su mirada
serena por los circunstantes, en particular por el sexo femenino,
recorriendo los grupos y dejando en cada uno testimonios de su gracia y
amabilidad. Al contrario de los jvenes del comercio que gustaban de
vocear, don Laureano lo haca y lo deca todo con sordina. No se le
senta cuando profera suavemente alguna frase galante que conmova y
ruborizaba a las doncellitas o haca soltar alegres carcajadas a las
matronas. Placanle, sobre todo, los apartes, las conferencias ntimas.
A pesar de los aos, sus ojos, a la vez desvergonzados y respetuosos,
dulces y chispeantes, fascinaban a las damas. Todas se hacan lenguas de
l y le pregonaban como uno de los hombres ms agradables que hubiesen
conocido en su vida.

Despus de varias tentativas haba logrado tener un aparte con la novia.
All lejos, al pie de un rbol, charlaban los dos animadamente; l
inclinando su gran torso para ponerse a la altura de ella, en actitud
insinuante; ella risuea y tan roja como una amapola.

Miguel Rivera, que paseaba con Mario, haba mirado dos o tres veces con
inquietud hacia all. Al fin, no pudiendo contenerse, exclam:

--Mira, chico, haz el favor de llamar a tu mujer, porque ese bandido de
Romadonga debe de estar dicindole alguna desvergenza.

Mario se apresur a cumplir el encargo, con gran satisfaccin de la
pobre Carlota, que estaba en brasas. Don Laureano, sin darse por
ofendido, se fue deslizando pian piano hacia otro grupo.

En este momento crtico de la jira campestre se efectu en el Vivero de
Migas Calientes un suceso insignificante en la apariencia, realmente de
una trascendencia tan grande que slo otros tiempos y otras generaciones
podrn medir por completo su alcance. En la historia del gnero humano
suele presentarse cuando menos se espera uno de esos fenmenos
humildsimos que determinan por la fuerza portentosa y oculta que
consigo traen cambios radicales, trastornos inmensos en la esfera
cientfica y ms tarde en la vida de los pueblos. Un da Newton, sentado
a la sombra de un pomar, ve caer una manzana. La cada de aquella
manzana le sugiere una idea. Se descubre la teora de la gravitacin.
Otro da Watt ve hervir un puchero. Observa cmo la tapa se levanta.
Medita sobre este hecho vulgarsimo. Se descubre la mquina de vapor.
Otro, cae por casualidad en manos de Carlos Darwin el libro de Malthus
sobre el _principio de la poblacin_. La idea de la seleccin natural se
presenta a su espritu. El origen de las especies queda descubierto. De
este orden es el hecho de que vamos a dar cuenta.

Acaeci que el Sr. Snchez, huyendo el bullicio, que no se compadeca
con su temperamento melanclico y reflexivo, se alej de los amigos y se
puso a vagar distradamente por las calles de rboles. Acaeci al mismo
tiempo que nuestro amigo Moreno, arrastrado por sus aficiones
naturalistas, haba seguido antes el mismo camino y se ocupaba en
examinar algunas yerbas y flores con una lente de que siempre vena
provisto para casos semejantes. En la confluencia de dos senderos al pie
de una mata se encontraron. Feliz encuentro que a la larga haba de dar
por resultado una de las ms grandes conquistas del espritu humano!

Moreno y Snchez se saludaron cortsmente. Ni uno ni otro podan
sospechar en aquel momento lo que tal saludo iba a representar en la
historia del progreso humano. Cambiadas algunas palabras indiferentes,
Snchez se quiso enterar de lo que Moreno haca. ste, cuya ciencia
estaba siempre al servicio de los amigos y hasta de los que no lo eran,
le mostr la rama que tena en la mano; le hizo ver con la lente la
textura de las hojas y del tallo, el tejido delicadsimo de sus fibras,
la complejidad maravillosa de su organizacin. Y una vez en el camino
didctico no quiso abandonarlo sin dar a D. Pantalen un curso de
botnica: un curso peripattico. Con las manos a la espalda,
detenindose a cada instante para comprobar prcticamente su enseanza
terica, Moreno le inici paseando en los secretos del mundo vegetal.

El espritu virgen de D. Pantalen recogi con avidez aquella enseanza,
como la tierra seca recibe la lluvia fecundante. Pocos minutos le
bastaron para enterarse de que en el mundo existan dos reinos
distintos, el uno llamado vegetal y el otro animal, que aquellas plantas
y rboles que tenan a la vista pertenecan al reino vegetal, y l y
Moreno al animal, que los rboles se nutran por la raz y por las hojas
y que se reproducan por medio de rganos que tienen a semejanza de los
animales, los cuales estn situados en lo que comnmente se llama la
_flor_, etc.

Por cierto que al hacer el examen minucioso de estos rganos Moreno tuvo
una frase feliz que caus profunda impresin en el antiguo comerciante.

--Este polvo, residuo de la digestin de la planta, es precisamente lo
que, al herir la mucosa de la nariz, nos causa esa sensacin agradable
que llamamos aroma. De suerte--aadi con sonrisa de benvola
irona--que el perfume de las flores, cantado por los poetas y que
enloquece de placer a los temperamentos romnticos, no es otra cosa en
realidad que el olor de su excremento.




V


A la manera que el grano depositado en la tierra germina bajo la accin
combinada del calor y la humedad, as las preciosas ideas depositadas
por Moreno en el cerebro del ingenioso Snchez germinaron all toda la
noche bajo la tibia temperatura de las sbanas. Hasta que el sueo vino
a apoderarse de sus facultades mentales no dej de repetirse con
creciente asombro: El excremento! Y esta idea, maravillosamente
fecunda, iba penetrando poco a poco en su ser, se apoderaba de l y le
abra repentinamente inmensos horizontes en los cuales su genio dormido
jams haba soado.

Cuando se levant por la maana tena las mejillas enrojecidas, los ojos
brillantes, todo el cuerpo en tan gil disposicin, que su digna esposa
qued, al verle entrar en el comedor, no poco sorprendida. La sorpresa
fue en aumento cuando Snchez, despus de tomar el desayuno, en vez de
retirarse a su gabinete para terminar concienzudamente la lectura de _La
poca_, se dirigi a la cocina y pregunt si haba alguna legumbre
fresca. Como la criada no hubiese trado ninguna aquel da, se apoder
al fin de una cebolla y se fue a su cuarto; destornill el objetivo de
unos gemelos de teatro, y con esta lente improvisada se pas la maana
dando cortes trasversales al vegetal y examinando detenidamente su
estructura. Por la tarde sali a dar su acostumbrado paseo por el
Retiro. Ah, este paseo tena ahora muy diversa significacin! Hasta
entonces Snchez haba paseado por puros motivos higinicos, arrastrado
de la costumbre. Su pensamiento permaneca inactivo lo mismo cuando daba
vueltas en torno del _ngel cado_ que cuando se sentaba frente al
Estanque grande y descansaba horas enteras haciendo rayas en la arena
con el bastn. Mas ahora aquellos senderos, aquellas calles de rboles
estaban iluminadas por la chispa que arda en su cerebro. Ya no las
cruzaba con la indiferencia vituperable del ignorante. La Naturaleza
comenzaba a hablarle su lenguaje grave y solemne, prometiendo revelarle
los secretos que guarda en su seno.

D. Pantalen, dndose cuenta vagamente del alto destino a que estaba
llamado y del importante papel que pronto iba a representar en el
progreso de los conocimientos humanos, respondi dignamente a los
llamamientos del reino vegetal. No daba cuatro pasos sin que se
detuviese a conversar con algn rbol del camino. Arrancaba
delicadamente una ramita y, aplicando el ojo a la lente, examinaba con
atencin sus particularidades morfolgicas. No slo los grandes rboles
aosos, que bordaban el paseo, eran objeto de su atencin investigadora.
Con admirable intuicin comprenda ya que las plantas ms diminutas
merecan el mismo examen atento que los rboles seculares, porque en
todas partes la Naturaleza revela su inmensa riqueza. Por eso brincaba a
menudo por encima de los setos y se meta por los cuadros de flores para
estudiar los organismos inferiores.

--Eh, abuelo! Qu hace usted ah plantado en medio del cuadro? No
sabe Usted que est prohibido entrar?

La voz ruda de un guarda le arrancaba inesperadamente de su profunda
contemplacin y le obligaba a volver al camino. La ciencia, el progreso,
la humanidad perdan cada vez que esto suceda inapreciables tesoros de
observacin. Mas los guardas no lo saban. El mismo D. Pantalen, en la
inconsciencia de su genio, tampoco lo sospechaba.

Durante varios das realiz, tanto en el Retiro como en el silencio de
su gabinete, estudios profundos y minuciosos sobre la estructura de
todos los vegetales que pudo procurarse. Al cabo lleg con poderosa
intuicin a persuadirse de que el mundo vegetal est constituido por un
tejido de una complicacin maravillosa; que en las frutas y las
legumbres este tejido es blando, lo cual permite que sean masticadas,
mientras en la madera duro y resistente, por cuya razn no sirve para la
alimentacin. Una vez comprobadas estas preciosas observaciones, se
apresur a formularlas por escrito en su cuaderno de notas.

Mientras D. Pantalen se alzaba de golpe con raudo vuelo a las esferas
ms altas del pensamiento, su amistad con Adolfo Moreno, origen de este
memorable suceso, se estrechaba cada vez ms. Moreno comenz a visitar
la casa; se pasaba las horas encerrado con aqul en su gabinete. Haba
hallado por fin el hombre por quien siempre suspirara; un hombre
callado, atento, que se interesase por la morfologa y que le creyese un
sabio. En efecto, Snchez lleg pronto a convencerse de que Moreno era
un hombre distinguidsimo. Al orle disertar extensamente, unas veces
sobre la fuerza repulsiva del sol, otras sobre el radimetro, ahora
sobre el estmago de las plantas, ms tarde acerca de la organizacin y
las costumbres de los colepteros, qued vivamente asombrado. Adolfo
Moreno era un ingenio universal. Economa poltica, medicina, zoologa,
qumica, astronoma, estadstica, arte de construcciones, material de
guerra, etc., todo lo abrazaba su inteligencia realmente excepcional. Y
lo ms pasmoso del caso era que cuando tocaba cualquiera de estos ramos
del saber lo haca siempre en un punto concreto y especialsimo, lo cual
probaba la solidez de sus conocimientos. Alguno de sus muchos envidiosos
quera suponer que esta especialidad no tanto dependa de la profundidad
de su ciencia cuanto de la forma en que ciertas revistas esparcen los
conocimientos tiles. Pero esta venenosa observacin no merece siquiera
que se la refute. Su fuerte era la biologa y particularmente el
desenvolvimiento fisiolgico del tipo humano.

--Me sorprende muchsimo, seor de Moreno--le dijo un da D. Pantalen,
despus de orle exponer asombrosamente durante media hora lo menos las
enfermedades de la sangre del ratn,--me extraa muchsimo que con los
grandes conocimientos que usted posee no sea usted mdico o ingeniero,
o por lo menos doctor en ciencias.

La boca de Adolfo se contrajo con una sonrisa dolorosa y sarcstica.
Sacudi la cabeza en silencio, resopl tres o cuatro veces por la nariz,
y dijo al cabo sordamente:

--Empec a prepararme hace algunos aos para la carrera de ingeniero de
minas, pero comprend muy pronto que no era sa mi vocacin verdadera, y
la dej despus de tener aprobadas algunas asignaturas. Quise estudiar
medicina, que, como usted habr comprendido, es lo que ms concuerda con
mis inclinaciones. Pues bien, al segundo ao he tenido que abandonarla
por dignidad. A que no sabe usted en qu asignatura me han dejado tres
veces _suspenso_?

Snchez le mir con ojos interrogantes.

--Vamos, imagneselo usted.

D. Pantalen hizo una mueca para significar que le era imposible.

--En fisiologa!

Ambos cayeron a la vez en un espasmo violentsimo de risa.

--Pero eso es un absurdo!--profiri al cabo con trabajo D. Pantalen.

--Ah ver usted!--repuso Moreno quitndose las gafas para limpiar los
cristales, que se haban empaado con el vapor de las lgrimas
producidas por la risa.

--Y usted se ha resignado con tal fallo? Ese tribunal mereca un severo
castigo--manifest el caballero, volviendo a su seriedad habitual.

--Yo les hubiera puesto de buena gana una correccin por mi mano...
pero... amigo don Pantalen, estoy muy dbil. El hambre me tiene muy
dbil.

--El hambre!--exclam Snchez estupefacto.

--S; el hambre, querido Snchez, el hambre. Para la lucha por la
existencia se necesitan fuerzas; para tener fuerzas se necesitan
glbulos rojos en la sangre; para que haya glbulos rojos en la sangre
precisa nutrirse... Yo no me nutro, porque no como carne.

D. Pantalen le miraba cada vez con mayor asombro. Algo haba traslucido
de la mala situacin econmica en que Moreno se hallaba; pero vindole
tomar caf muy sosegadamente todas las noches y vestir con relativa
elegancia, aunque siempre sucio y desaliado, no poda sospechar que su
estado llegase a tal extremo de necesidad. En la tertulia del Siglo muy
poco o nada se saba de sus medios de vivir. Por las frases amargas que
a menudo dejaba escapar se supona que no eran muchos, y por el cuidado
con que ocultaba su domicilio y evitaba el hablar de su familia
calculaban que deban de ser bien humildes.

--Seor Moreno, yo no pensaba...

--Pinselo usted todo, amigo Snchez, pinselo usted todo!--exclam el
joven con un gesto de resolucin desesperada.

Y despus de permanecer largo rato silencioso, con la mirada fija en el
balcn, profiri al fin sordamente:

--La Naturaleza no ha sido para m suave como para otros. Yo soy un
hombre del arroyo. Entre torbellinos de polvo, arrastrado por el viento,
un germen viene a caer cierto da en las inmundicias de la calle. Los
transentes lo pisotean, los barrenderos arrojan sobre l montones de
basura; todo parece conspirar para que el grano no germine. Pero como
guarda dentro de s una fuerza de expansin superior a la mayor parte de
sus hermanos, como tiene adems una capa dura que le preserva contra las
influencias nocivas, el germen no sucumbe. Los agentes externos
consiguen tener en suspenso por algn tiempo sus funciones biolgicas,
pero al cabo el grano logra germinar, hunde sus races en la tierra y
alza al aire su tallo. Por qu? Porque viene provisto de armas para la
lucha por la existencia... Tal es la historia de mi vida. Fui arrojado
un da en medio de la sociedad, que me rechaz, que me persigui, que
hizo todo lo posible por que sucumbiese. Lo mismo que pasa exactamente
en un bosque en la poca de la germinacin y durante el desenvolvimiento
de los rboles nuevos. Los rboles grandes me interceptaban el sol y la
lluvia benfica, me robaban el alimento de la tierra. Gracias a la
energa indomable de mi carcter pude luchar, sin embargo, y logr
triunfar. Es la ley de la seleccin que ya conoce usted. En esta gran
batalla de la existencia perecen los dbiles; slo viven los ms
aptos... He padecido en este mundo muchas privaciones, amigo Snchez,
mucha hambre y mucho fro (guarde usted el secreto); aun hoy los padezco
a menudo. Realmente necesit verme admirablemente dotado por la
Naturaleza para no haber perecido hasta ahora.

D. Pantalen se mostr profundamente interesado por estas confidencias,
y su admiracin hacia Moreno, aquel germen tan apto, creci
desmesuradamente. No se atrevi a pedirle pormenores sobre las
peripecias de la lucha ni sobre qu terreno se estaba realizando ahora.
Lo nico que se aventur a decir fue:

--Espero, seor Moreno, que no tardar usted en triunfar por completo de
los agentes externos. Un hombre de tanto mrito como usted no puede
menos de abrirse camino en el mundo.

--El mrito! el mrito!--murmur Adolfo con sonrisa sarcstica.--Ah
est precisamente el pecado. A causa de su mrito se persigue a los
hombres, como al almizclero por la bolsa donde guarda el almizcle.

Este smil zoolgico caus tan profunda sensacin en Snchez que, con la
viva imaginacin que le caracterizaba, desde aquel da, cuando tropezaba
con un hombre de mrito, no poda representrselo sin una bolsita llena
de sustancia aromtica debajo del ombligo.

Adolfo se pasaba las horas muertas en aquella casa; tantas, que era
difcil averiguar cules destinaba a la lucha por la existencia. D.
Pantalen se instrua rpidamente con las mil noticias cientficas que
diariamente le suministraba. Su inteligencia poderosa y predestinada a
las grandes investigaciones no se desenvolva como la de la mayora de
las personas, sino que dando saltos prodigiosos escalaba en poco tiempo
las cimas ms altas del saber. Las conversaciones con Moreno sugeran en
su mente grandes, profundas ideas y provocaban deseos y propsitos que
no haban de tardar en realizarse.

Como hubieran hablado durante algunos das de _Zoologa_, habindole
citado Moreno hechos muy curiosos acerca de los sentidos y el instinto
de los animales, D. Pantalen quiso hacer por su cuenta inmediatamente
algunos estudios prcticos. Pes y medit algn tiempo sobre qu clase
de animales haba de dirigir su investigacin. Descart desde luego los
invertebrados. Tena escassimas noticias de ellos. Entre los
vertebrados eligi los mamferos, y entre stos, despus de mucho
vacilar entre los perros y los gatos, decidiose al fin por los primeros.
La razn de esta preferencia no fue exclusivamente cientfica. Su hija
Presentacin tena un perrillo faldero llamado Clavel, que haba dado
repetidas pruebas de inteligencia e ilustracin. Por otra parte, en casa
no haba gatos ni D. Carolina los soportaba. Las circunstancias le
empujaban, felizmente para la civilizacin, a escribir la monografa del
perro.

Clavel era un perrillo como un puo, tan lanudo que apenas se hallaba
hueso y carne debajo de aquel felpudo sedoso con que la Naturaleza le
haba abrigado. Con esto, dotado de una inteligencia enorme y de un
temperamento excesivamente nervioso. Esto dependa, sin duda, del
desequilibrio que exista entre aquel cuerpecillo minsculo y su
espritu poderoso. Era sensible, puntilloso, tierno, irascible, terco y
goloso, reflejndose en l alternativamente mil sentimientos opuestos,
todos expresados con igual viveza. No haba ejemplar ms a propsito
para el estudio.

D. Pantalen comenz por observarle atentamente durante horas enteras.
Esta atencin inesperada escam muy pronto al Clavel. La mirada de
Snchez le pona inquieto, nervioso. A los pocos minutos no poda menos
de levantarse del sitio donde se hallaba para ir a tumbarse ms lejos.
Desde all, hacindose el dormido, observaba entreabriendo un ojo al
pap de su dueo; si le vea acercarse para seguir mirndole, se
levantaba acto continuo y sala de la habitacin de malsimo humor.

Mientras las observaciones de Snchez fueron simplemente visuales, las
cosas no pasaron de ah; pero cuando quiso poner en prctica algunos
medios de cerciorarse del instinto y los sentidos del perro, ste
comenz claramente a demostrar su desabrimiento.

--Clavel, ven aqu. Mira (y le enseaba unos guantes). Ve a mi cuarto y
treme los otros.

Que si quieres! El Clavel le echaba una mirada recelosa y daba la
vuelta con soberano desprecio.

--Toma, Clavel, toma este pauelo, llvaselo a tu ama.

Algunas veces lo coga por compromiso y lo dejaba a la mitad del camino.
Otras ladraba tres o cuatro veces para indicar que no eran de su gusto
aquellos insulsos experimentos.

Pero cuando Clavel tom realmente por lo serio las pretendidas
observaciones de D. Pantalen fue cuando ste se vali de un medio
ingenioso para convencerse de que los perros distinguan los colores.
Cort cuatro cartones iguales, dos pint de azul y dos de rojo. Dej uno
de cada color en el suelo, y tomando el otro azul se lo mostr al perro,
ordenndole que recogiese del suelo el compaero. Caso extrao! Este
acto tan sencillo como inofensivo despert profunda indignacin en el
nimo de Clavel. Gru, ladr, se revolvi como un loco por la
habitacin. ltimamente, despus que se hubo bien desahogado, se sali
de la estancia sin dejar de ladrar y gruir y vomitar amenazas de
muerte.

A la segunda vez que Snchez le present el cartn no se satisfizo con
esto. Lo cogi airado entre los dientes y en menos de un segundo lo hizo
trizas. Snchez comprendi que era necesario esperar que se calmase
aquella clera insensata. Dej trascurrir algunos das sin repetir el
experimento. Y cuando pens que haba desaparecido tal estado de
ferocidad, una maana antes de almorzar, hallndose el Clavel en el
regazo de su ama dormitando, se presenta en el gabinete con los
cartoncitos en la mano. Verlos el Clavel, lanzarse sobre el sabio a
hincarle los dientes en la mano pecadora, fue una misma cosa. Gritos,
confusin, vivsimas interjecciones. D. Pantalen, plido y secndose la
sangre con el pauelo, se retira profundamente afectado a su dormitorio.
La ciencia, la humanidad pierden una interesante monografa del perro.




VI


La familia Snchez se estrech un poquito para que cupiese Mario. En el
cuarto donde antes alojaban las dos hermanas se aposent ahora el
matrimonio. Presentacin pas a dormir en un cuartito interior, donde
antes tenan los armarios de la ropa.

Mario nad los primeros das en una gloria azul y luminosa sembrada de
estrellas, cercada de querubines alados como las que colocan los
pintores en la esquina del cuadro cuando quieren representar la muerte
de un santo. Don Pantalen era el Padre Eterno, D. Carolina la esposa
del Padre Eterno, Presentacin un ngel, y hasta la cocinera Rita
guardaba alguna semejanza con Santa Mnica, madre de San Agustn. En
cuanto a Carlota, era la misma Virgen Santsima concebida sin mancha en
el primer instante de su ser natural.

No se saciaba de mirarla. Por la maana, con un paolito rojo de seda al
cuello, los negros cabellos anudados al desgaire y un traje de percal
color lila, barriendo y arreglando el cuarto, estaba verdaderamente
deliciosa. Un poco ms tarde, haciendo el caf, cortando el pan y
distribuyendo el azcar y la manteca, le pareca la bella diosa Pomona
cargada de frutos ultramarinos. Por la tarde, lavada, peinada,
perfumada, con una linda bata color crema, sentada al lado del balcn
bordndole a l unas zapatillas, no poda darse nada ms correcto y a la
vez ms interesante. Cuando salan de paseo y se pona un sombrerito de
paja adornado con campanillas rojas y el traje negro de seda, regalo de
sus paps, era maravillosa. Por la dignidad del continente, por la
delicadeza del cutis, por su belleza sencilla y serena, no haba en todo
Madrid quien pudiese competir con ella. Pero esto no era nada si se
compara a la forma en que se le apareca los sbados. En este da
Carlota tena por costumbre lavar sus camisas. Con la cabeza ceida por
un pauelo que dejaba slo ver algunos rizos, la garganta y una buena
porcin del pecho al descubierto y los brazos por completo al aire,
estaba sencillamente sublime. Qu ondulaciones de torso! qu pureza de
lneas! qu armona! qu majestad!

Un da, con el alma llena de esta belleza plstica que nadie mejor que
l poda apreciar, le propuso, no sin ruborizarse, que le dejase tomar
apuntes de uno de sus brazos. Carlota le mir risuea y sorprendida, y
le entreg su hermoso brazo para que lo copiase. Quiso inmediatamente
modelar la cabeza, el pecho, la espalda. La joven se resisti algn
tiempo, y al fin, vindole triste, se prest a servirle de modelo.
Consideraba aquella aficin de su marido como un capricho, una mana;
pero pensando, como mujer sensata, que esta distraccin poda librarle
de otras ms peligrosas, no se opona resueltamente a ella. Limitbase
a sonrer benvolamente y a darle algunos golpecitos maternales en las
mejillas cuando le vea, lleno de ardor y entusiasmo, pasarse el da
modelando alguna Juno (la de los hermosos brazos, como la llama Homero),
que era ella, Carlota, o alguna Diana (la de las hermosas piernas), que
tambin era ella, por ms que no lo confesase.

--Qu nio eres, Mario!

En efecto, pocos o ninguno lo seran tanto a su edad.

Su alegra ruidosa, inmotivada, era realmente infantil; su inocencia
para las cosas de la vida rayaba en simpleza. Tan slo cuando se tocaba
a su arte adquiran aquellos ojos una expresin grave, concentrada, y su
palabra, por lo general incoherente, tomaba inflexiones profundas, se
haca precisa y enrgica.

Haba alquilado en la misma casa una guardilla donde modelaba libre y
tranquilamente. Para estos gastos y para los placeres del matrimonio,
pues en ropa no haba que pensar en algn tiempo, le bastaba su sueldo,
del cual nadie le peda cuentas. Por las noches algunas veces iban al
caf con la familia; otras, las ms, se escapaban a algn teatro o
vagaban cogidos del brazo por las calles solitarias, mirando los
escaparates, entrando a lo mejor en cualquier tienda para comprar
orejones o cacahuetes. Carlota empezaba a tener caprichos. Qu noches
aqullas de dicha inefable! Paseaban horas enteras charlando. Mario
dejaba que su mujercita le contase lo que pensaba hacer con el vestido
color fresa cuando la falda se ensuciase demasiado, o bien el nmero de
camisas que iba a poner apartadas y las que dedicara al uso, o las
reformas trascendentales que proyectaba en el ramo de chambras. De vez
en cuando tambin l emita tmidamente su opinin, y ella en no pocas
ocasiones la aceptaba como muy sesuda, y si no la aceptaba, por lo menos
se rea, que era mucho mejor. Todas estas cosas expresadas con voz
suave, insinuante, entre las sombras de la noche, se convertan en un
arrullo potico, delicioso, que enajenaba los sentidos de nuestro joven.
Sus pies no queran tocar el suelo. A veces el asunto de las chambras y
de las tiras bordadas le conmova tan profundamente, que sin poder
contenerse, despus de cerciorarse con rpida mirada de que nadie
cruzaba por la calle, abrazaba a su esposa con efusin y le aplicaba un
beso en la mejilla. Cierta noche se equivoc. Por la calle no cruzaba
nadie, pero en un balcn deba de haber gente, porque despus de su beso
son otro ms fuerte seguido de alegre carcajada. Carlota, ruborizada
hasta querer saltrsele la sangre, ech a correr desatinadamente, llor
de vergenza y le hizo jurar que se abstendra en adelante de tales
expansiones imprudentes.

Pues caminando por esta senda deliciosa, alumbrada por los astros ms
propicios, tapizada de flores que embalsamaban el ambiente, una espinita
vino al fin a clavarse en el pie de Mario. D. Carolina le llam aparte
un da, estando Carlota con su hermana fuera de casa, y le dijo:

--Me causa pena tener que hablarte de un asunto... No slo me causa
pena, sino que me repugna, puedes creerlo... Ya sabes que soy una
infeliz mujer que represento poco o nada en la casa... Por m, toda la
vida seguiramos lo mismo... Mi dicha consiste en veros a todos vosotros
felices... Pero, hijo mo, donde hay patrn no manda marinero. Pantalen
me ha advertido el otro da que haca tres meses que vivas con nosotros
y que an no habas contribuido con nada a los gastos de la casa...

Una ola de carmn inund repentinamente las mejillas de Mario. La
vergenza le impidi al pronto articular palabra. Aturdido hasta un
grado indecible, pudo al cabo balbucir:

--Tiene usted razn... no haba pensado... dispnseme usted... En cuanto
cobre este mes le entregar la parte que a usted le parezca...

D. Carolina, perfectamente serena, sonriendo dulcemente, repuso
ponindole una mano sobre el hombro:

--Lo mejor ser que me entregues todo el sueldo. Vosotros los jvenes no
conocis el valor del dinero. Cuando lo tenis en el bolsillo gastis
sin reparo. En este punto lo mismo eres t que tu mujer. Dmelo a m y
yo os ir facilitando poco a poco lo que necesitis.

As lo prometi sin reparar lo que haca. Cuando lleg Carlota se
apresur a comunicarle lo que con su madre le haba pasado. La joven se
puso igualmente colorada. Ambos permanecieron silenciosos un rato sin
saber qu decirse.

--Dices que mam echaba la culpa de este paso a pap?--profiri al cabo
ella.

--S, s, no cabe duda. La pobre mam es tan bondadosa! Si supieras
qu trabajo le ha costado decrmelo!... Despus de todo, no hay por qu
quejarse; tu pap tiene razn.

Carlota hizo una leve mueca de desdn y se fue a su cuarto.

Desde entonces los placeres mundanos de los recin casados sufrieron
merma considerable, quedaron reducidos casi exclusivamente a los paseos
vespertinos y nocturnos. Adis teatros, adis regalos y caprichos. Doa
Carolina se apoderaba de la paga ntegra, y a duras penas soltaba de
ella una parte insignificante. Cuando su hija, muerta de vergenza, le
peda algn dinero para Mario, la buena seora rea, echaba a broma la
peticin y la mitad de las veces no haca caso de ella. Otras deca que
la llave de la gaveta la tena su marido y no se atreva a pedrsela.
Otras, en fin, se diriga a Mario.

--Verdad, Mario, que t no has pedido dinero? que es esta manirrota la
que se vale de tu nombre para sacarme los cuartos?

El pobre no se atreva a contradecirla y se resignaba a andar con el
bolsillo vaco. Hubo necesidad de dejar la guardilla que le serva de
taller. Para seguir modelando se vio obligado a pedir licencia a
Presentacin para meter en su cuarto los trastos y aprovechar las horas
en que el comedor quedaba desembarazado. Estas molestias no bastaban,
sin embargo, a turbar su ventura.

Qu efecto tan grato y a la vez tan melanclico produca esta felicidad
en Miguel Rivera! Frecuentaba la casa, los acompaaba algunas veces en
sus paseos, les demostraba un afecto paternal y les prestaba los
servicios que poda y en todo caso el auxilio de su experiencia.
Cuntas veces, sorprendiendo sin querer alguna caricia furtiva, se le
rasaron los ojos de lgrimas recordando los contados das de su dicha
conyugal! Mario lo observaba y le haca una sea a Carlota. Esta, a
quien impresionaba vivamente la fidelidad de Rivera a su esposa muerta,
se pona grave y redoblaba sus atenciones cariosas hacia aquel buen
amigo.

Un da le dijo muy bajito metindole la boca por el odo:

--Si es nia, se llamar Maximina.

Miguel le apret la mano fuertemente y volvi la cabeza para ocultar su
emocin.

As trascurrieron dos meses ms. La dicha de Mario comenzaba a molestar
ya a los dioses. Fuerza era que pagase el tributo debido a su condicin
mortal.

En los ltimos tiempos haba descuidado bastante la oficina. Su amigo y
antiguo jefe Oliveros le haba advertido que el director no estaba
satisfecho de l. La culpa no era de Carlota, como pudiera presumirse.
Al contrario, su mujer tena buen cuidado de recordarle la hora, ponerle
el almuerzo y la ropa a punto para que no se retrasase. Pero aquella
bendita aficin a modelar el barro enajenaba sus sentidos. Cuando tena
entre manos una obra que le agradase, o no iba al ministerio, o iba
tarde. La casa estaba llena ya de adornos esculturales: cabezas, brazos,
torsos, andaban diseminados sobre las mesas y cmodas o colgados de la
pared. Carlota senta un desprecio profundo hacia estos cachivaches
aunque se abstena de manifestarlo abiertamente por miedo de disgustar a
su marido. Pero cuando se quedaba sola y tena que sacudirles el polvo,
en la displicencia con que empuaba el plumero y en el gesto desabrido
con que tarareaba cualquier cancioncilla de zarzuela se adverta
perfectamente que el arte de Fidias no haba logrado apoderarse de su
alma.

Mario fue un lunes algo tarde a la oficina, como de costumbre. En el
despacho, a ms de la de l, que era el jefe, haba otras tres mesas
para los oficiales. stos no levantaron la cabeza cuando entr, ni menos
le recibieron con las alegres chanzas que usaban de continuo, pues
nuestro joven era muy estimado de sus subordinados, por su tolerancia.
Aquel silencio lgubre le sorprendi un poco. Avanz hasta su mesa y vio
encima de la carpeta un pliego cerrado con el sobre escrito a su
nombre. Lo abri con mano trmula, presintiendo su contenido. En efecto,
era la cesanta. Qued un instante suspenso y plido; pero, reponindose
en seguida, exclam con alegre semblante:

--Caballeros, ya no soy jefe de ustedes!

--Lo habamos comprendido--dijo uno tristemente.

Y todos a la vez se alzaron de la silla y vinieron a l, expresando su
disgusto con afectuosas palabras. Mario hizo de tripas corazn. Se
mostr tranquilo, risueo; hasta se autoriz algunas bromitas. Pero
cuando despus de despedirse cariosamente sali a la calle, pens que
el mundo se le vena encima, sinti su corazn atravesado por vivo dolor
y casi se le doblaron las piernas. No se daba razn de tanta congoja.
Era un contratiempo, no una desgracia. Sin embargo, algo lloraba all en
el fondo de su alma, la ruina de su felicidad.

No quiso ir a casa directamente. Necesitaba refrescar la cabeza,
coordinar las ideas, pensar en algo que pudiera contrarrestar aquel
golpe. Pase algn tiempo entre calles: al cabo, rendido moral y
fsicamente, entr en el caf Suizo y pidi una botella de cerveza. All
en un rincn, formando tertulia con algunos seores graves, vio a su
amigo Romadonga, que le dirigi un carioso saludo con la mano. Poco
despus, aburrido de la conversacin, o quiz por su caracterstica
necesidad de variar de compaa, se vino hacia l con su paso silencioso
de gato, balanceando gentilmente el torso.

--Qu hay, hombre feliz?--dijo sentndose enfrente.--A nadie envidio
hoy en Madrid ms que a usted. Qu buenos ratitos! eh?

Mario, a quien molestaban muchsimo las bromas cnicas de D. Laureano,
hizo un esfuerzo penoso para sonrer y no contest.

--La verdad es, querido Costa, que en nuestra corta y miserable
existencia slo hay un punto luminoso, un oasis ameno, la mujer.

Chup en silencio y con placer su cigarro habano, cerr los ojos, como
para mirar el pasado, y prosigui:

--Rase usted de la caza, de la msica, de los viajes, de todos los
placeres en general. Los he gustado todos. No valen la pena de
molestarse. El nico que tiene sabor exquisito, delicado, embriagador,
es la mujer... Mejor dicho, las mujeres, si es que usted no se
ofende.... Las mujeres! muchas mujeres!... Unas por uno, otras por
otro, casi todas merecen ser amadas. La que no tiene el rostro bonito,
tiene un cuerpo escultural; si la mano es fea, el pie es un primor...
Usted no ha escogido mal, picarillo!... Carlota no tiene las facciones
correctas de su hermana, pero es una estatua. Mejor que yo lo sabr
usted. Delgada de talle y ancha de caderas, la cabeza graciosa y bien
plantada, el pecho alto, firme, valiente...

Mario estaba en brasas. Al llegar aqu no pudo reprimir un gesto de
disgusto. Don Laureano lo observ, y soltando la carcajada y ponindole
una mano sobre el hombro, exclam:

--Pero qu empeo tienen ustedes los maridos en que nadie admire a sus
mujeres! Por qu? Yo imagino que debiera ser lo contrario. La
conviccin de que slo ustedes son poseedores de sus encantos y que los
dems nos morimos de envidia, debiera ser para ustedes un manantial de
goces. Te gusta mi mujer, eh? Pues contempla y rabia. Nada ms
agradable. Ahora tambin debo de advertirle que yo no servira para
marido. Una sola mujer me aburre pronto. La misma Carlota, a pesar de
ser tan escultural, pienso que llegara a cansarme. Es cuestin de
organismo. El mo pide la variedad. A otros les basta la unidad...

Entre el hondo pesar que le embargaba y aquellas palabras desvergonzadas
que le heran como latigazos, el pobre Mario no poda disimular ya ms.
Su rostro se iba poniendo sombro por momentos. Tanto que Romadonga,
aunque no sola fijarse en el semblante de sus amigos, concluy por
preguntarle:

--Qu tiene usted? Me parece que est usted preocupado.

Mario lo neg.

--Vamos, algn disgustillo matrimonial. La ley, querido, la ley! Si el
matrimonio no fuese ms que el placer, quin no se casara? Pero
entiendo que ante todo es sacrificio y que slo conviene a los hombres
virtuosos. Por eso yo, que no me tengo por tal, he renunciado a sus
placeres como a sus dolores. Es el estado ms decoroso, ms noble, no lo
niego; pero a las naturalezas egostas y sensuales como la ma (segn
dice Godofredo Llot) les va mejor el celibato. Tiene tambin sus
quiebras; el hombre jams puede ser feliz por completo. Los solteros no
tenemos quien nos repase los calcetines ni quien nos enfre el caldo al
lado de la cama cuando estamos constipados; pero en cambio hay otras
ventajillas, y bien pesadas las de uno y otro estado, me parece que
nosotros no llevamos la peor parte.

Volvi a chupar el cigarro entornando un poco los prpados. Una sonrisa
feliz se esparca por su rostro correcto y expresivo. Cuando expona sus
teoras acerca del matrimonio sola hacerlo con moderacin: no quera
ofender a nadie. Pero all en su fuero interno diputaba a los casados
por unos mentecatos que haban venido a hacer el _primo_ a la
existencia. No se hartaba de felicitarse a s propio de haber tenido
bastante habilidad para no haber cado en la red.

--Amigo Romadonga, por esta vez se ha equivocado usted. No hay tal
disgusto matrimonial--dijo resueltamente Mario.

--Me alegro, me alegro muchsimo. Ojal no haya entre ustedes jams
motivo de discordia--repuso Matusalem con amabilidad.

Pero en su afable sonrisa se adverta un leve matiz de duda, algo que
deca: Si no han venido an las reyertas, vendrn, querido, no lo dude
usted.

--Le confieso que tengo un disgusto, pero es de orden ms inferior y ms
soportable. Acabo de saber que he quedado cesante.

Romadonga se mostr sorprendido. Despus procur poner la cara triste
adaptndose a las circunstancias. Quiso enterarse de los pormenores.

--Bah! Yo creo que eso se arreglar. No se apure usted. Su pap tena
muy buenas relaciones. En cuanto los amigos se enteren, ser usted
repuesto. Y no ha habido razn alguna para esa cesanta? Ha tenido
usted algn choque con los jefes?

Mario confes avergonzado que desde haca algn tiempo no asista a la
oficina con la asiduidad que antes.

--...Qu quiere usted, me ha vuelto otra vez la mana de modelar en
barro. Cuando tengo entre manos alguna figura que me interesa no me
acuerdo de nada. Comprendo que hago mal, pero se pasan tan buenos
ratos!

Romadonga le mir risueo, embelesado, con su acostumbrada benevolencia
para todas las locuras.

--Bravo! Es usted un hombre original. No deja de tener gracia eso de
perder un empleo por hacer figuras de barro. Comprendo que usted se
arruinara por mujeres de carne y hueso... pero por muchachas de barro o
de mrmol, eso, francamente, excede para m los lmites de lo
comprensible.

Pocos momentos despus naci en su espritu la sospecha aterradora de
que la conversacin empezaba a aburrirle. Apresurose a levantarse, y
dando algunas palmaditas amicales a su amigo en el hombro y desendole
que se arreglase pronto el asunto, se alej balanceando su figura
distinguida, como los perros cuando ya no hay terrones de azcar que
ofrecerles.




VII


No se arruinara l, no, por mujeres de mrmol. Tampoco por las de carne
y hueso, aunque lo comprendiese mejor. Hasta entonces al menos ninguna
haba logrado tomar de su bolsillo ms que lo que en cuenta corriente
haba destinado a este ramo exquisito de sus placeres. A fuerza de
experiencia y de clculo, cuando emprenda alguna nueva conquista, saba
de antemano lo que iba a costarle; trazaba su presupuesto con la
exactitud de un experto maestro de obras.

El de la pobre Concha, la hermosa chula que haca algunos meses haba
conocido en el caf del Siglo, fue de los ms modestos que en su
carrera galante haba formado.

--Estas chicas populares son el gnero ms barato, y no por eso menos
sabroso--sola decir a sus amiguitos del caf.

--Supongo, D. Laureano--replicaba alguno,--que el ms caro ser el de
las entretenidas de alto rango.

--Tampoco. Las ms caras de todas son las mujeres ricas--manifestaba
profundamente aquel hombre ingenioso y erudito, para quien la naturaleza
femenina no guardaba secreto alguno.

El cerco de Concha sigui las mismas vicisitudes que el de todas las
plazas de este orden. Sin embargo, la hija del sillero, aunque inocente
y simple como humilde menestrala, tena un genio impetuoso, arrebatado,
que en ms de una ocasin estuvo a punto de dar al traste con los
proyectos de D. Laureano, quien proceda con tiento, con la habilidad
suprema que haba logrado adquirir en cuarenta aos de prctica. Un
bloqueo prudentsimo primero, intimando poco a poco, acercndose
algunos ratos a la mesa y cambiando con la chula bromitas ms o menos
picantes. Despus, un da, con pretexto de que llevaba el mismo camino,
les acompa de noche hasta cerca de su casa. Estos acompaamientos se
hicieron frecuentes. Otro da les trajo butacas para uno de los teatros
por horas. Ms tarde les facilit entradas para las exposiciones, y
sabiendo lo aficionado que era el sillero a los toros, fingindose
ocupado, ms de la mitad de los domingos le daba el billete de su abono.
Finalmente entr en la casa.

Romadonga era hombre flexible y dctil hasta un grado increble. Con el
mismo aplomo entraba en la casa de un grande de Espaa que en la de un
menestral. En todas partes desplegaba la misma franqueza cordial, un
buen humor y una gracia que haca apetecer su compaa. Necesitaba
pretexto para visitar a menudo la pobre vivienda de Concha. Hallolo en
la ignorancia supina de sta. La infeliz no saba siquiera leer y
escribir. Romadonga, lleno de celo pedaggico, se brind a ensearla en
poco tiempo. Y todos los das sin faltar uno pasaba una hora o ms
hacindole combinar letras y slabas
(_ma-a-na-ba-ja-ra-cha-fa-lla-da-la-pa-ca-ta-ra-ga-sa-lla-da_) o seguir
con mano inexperta los trazos de un curso de escritura inglesa.

Cuando la vio medianamente impuesta en estas materias no por eso se
apag su ardor instructivo. Prosigui su obra civilizadora con creciente
entusiasmo. Y determin iniciarla en los misterios de la Geografa
ensendole cuntas son las partes del mundo y las capitales de los
principales pases, y con ms inters an en la Historia sagrada,
hacindole aprender de memoria las grandes vicisitudes por que pas el
pueblo de Dios antes de la venida de Nuestro Seor Jesucristo.

En el caf del Siglo se tena noticia de estos cursos instructivos. Se
le embromaba con ellos, se comentaban con gracia por toda la tertulia.
Pero en aquellas bromas el que marchaba delante y brillaba por su
procacidad era l mismo.

--Qu tal, D. Laureano, se va instruyendo la nia?

--Admirablemente. Tiene disposiciones asombrosas, sobre todo para la
geografa poltica. Conoce al dedillo todas las capitales del mundo.
Ayer, porque se le olvid la de Venezuela, llor como una Magdalena y se
tir de los cabellos.

--Y en Historia sagrada?

--Tampoco marcha mal. Tiene una memoria envidiable. Se sabe sin borrar
un punto ya desde la creacin hasta Abraham. Ahora se est aprendiendo
desde Abraham hasta Moiss.

Y a los pocos das, si no le embromaban, l mismo tomaba la iniciativa.

--Estoy maravillado! Hoy me relat Concha desde Moiss hasta el
cautiverio de Babilonia sin errar un punto.

--Bueno; y el amor cmo marcha?--pregunt uno.

--Eso es clase de adorno. Se deja para lo ltimo--repuso con amable y
cnica sonrisa el viejo elegante.

Pobre Concha! Qu ajena estaba de que aquel caballero tan fino, tan
suave, tan delicado, haca escarnio de su inocencia en la mesa del
caf!

Poco a poco se haba ido interesando. Don Laureano era viejo (mucho ms
de lo que ella supona, por supuesto), pero conservaba gallarda figura,
un aire distinguido y varonil que a cualquier mujer poda impresionar;
mejor todava a una humilde hija del pueblo que no haba tratado ms que
con hombres zafios y mal vestidos. Aquel seor tan pulcro despeda un
vaho de elegancia que despertaba el instinto del arte y la belleza que
en toda naturaleza femenina reside. El perfume de sus pauelos la
embriagaba, deslumbrbale el brillo de sus joyas, y las palabras
lisonjeras, insinuantes, con que la envolva sin cesar arrullaban
dulcemente su corazn virginal.

Segn trascurra el tiempo iba perdiendo paulatinamente aquel humor
chancero. Se haba hecho ms grave, ms reservada y tmida. Creci
asimismo su susceptibilidad hasta lo indecible. Cualquier broma de
Romadonga la interpretaba en el peor sentido, retorca sus frases ms
sencillas, queriendo ver en ellas algn signo de desprecio. Y con el
temperamento impetuoso de que estaba dotada, cuando menos poda
esperarse armaba una gresca de dos mil diablos, le cubra de dicterios y
le arrojaba de su presencia. D. Laureano no pareca disgustado con esta
nueva fase de su conquista, aunque se dilatase ms de lo que haba
imaginado. En esta materia haba llegado a un sibaritismo refinado. Slo
tena valor para l lo que costaba trabajo. Sin impaciencia ni inquietud
esperaba alegremente que la naranja estuviese madura para sacudir el
rbol y hacerla caer en su seno.

Para lograr este dulce desenlace apelaba a los medios que los galanes
han usado siempre en tales casos; los mismos que Ovidio recomendaba en
su _arte amatoria_. Sola llevarle regalitos de poco valor, un abanico,
un dedal, peinetas para el cabello, etc. La nia los aceptaba con
regocijo y gratitud. Cierto da el experto seductor quiso dar un avance.
Se fue a una joyera y compr una sortija con tres brillantitos en forma
de trbol: total sesenta duros. La hermosa chula tambin acept este
regalo con un gozo que le hizo prorrumpir en exclamaciones. Aquella
tarde estuvo amabilsima y jovial como nunca. Mas he aqu que a la
tarde siguiente la decoracin haba cambiado por completo. Quiz alguna
amiga o conocida, al ver la sortija, le haba hecho comprender lo que
significaba, le habra dirigido prfidas insinuaciones. Lo cierto es que
D. Laureano hall a su ninfa con un semblante ms negro y temeroso que
nube de galerna. Antes de cinco minutos estall la tormenta. Grit,
pate, le arroj la sortija a los pies y con ella todos los regalos que
le haba hecho antes. Qu se haba credo el to silbante? que ella
era una tal y una cual? Anda, que se haba llevado buen chasco!
Sortijitas a ella, eh? Ya vera lo que lograba con sus alhajas...

Romadonga aguant a pie firme y con bastante calma el chubasco. Luego
procur calmarla con sofstica dialctica que hizo poca mella en su
nimo irritado. Al fin, por s misma se fue serenando y se avino a
volverle a su gracia con tal que se llevase todos los regalos que le
haba hecho y le jurase solemnemente no traerle ms.

D. Laureano carg con todos aquellos chirimbolos. Por la noche deca en
el caf, chupando con delicia un cigarro habano:

--No hay nada en el mundo como una chula de Lavapis. Estoy hechizado
con mi Conchilla. Ni la mitad del presupuesto voy a invertir. El que
tenga la suerte de embarcarse en una de estas fragatas, puede viajar
hasta el fin del universo con tres pesetas.

Con razn lo pudo decir, pues a los pocos das haba logrado rendirla.
La pobre Concha cay en sus brazos por generosa y amante, no por
interesada.

Fue una luna de miel. Romadonga, en la alegra de su conquista, se dej
arrastrar a mil delicadas atenciones, demostrando cerca de ella una
asiduidad que rara vez haba tenido con otras. Iba a su casa dos o tres
veces al da; apenas sala de all. De noche la acompaaba paseando por
las calles ms extraviadas, donde tuviera seguridad de no tropezar a
algn conocido. Los domingos sola llevarla en coche a cualquier
pueblecito prximo; merendaban, beban lo bastante para ponerse alegres
y regresaban con las mejillas rojas, dicindose mil disparates
deliciosos. Hasta se aventur varias veces a llevarla a un palco segundo
en el teatro y a permanecer all metido detrs de las cortinas. Se
comprenda que aquel triunfo de ltima hora halagaba su amor propio, le
enajenaba de gozo.

Pero aunque ambos hacan esfuerzos de habilidad para engaar al sillero,
guardndose cuanto podan, inventando mil pretextos explicativos para
sus actos, el padre no pudo menos de advertir el nuevo gnero de
relaciones que entre ellos exista. El seor ngel era un buen hombre,
hbil en su oficio y de sentimientos honrados, pero extremadamente
pusilnime. Cuando se hizo cargo de lo que pasaba, se entristeci
profundamente, mostrose serio lo mismo con su hija que con D. Laureano,
andaba cabizbajo y mudo por la casa; pero no se atrevi a adoptar una
resolucin enrgica. Tan slo una vez dijo a Concha que no le pareca
bien la confianza que haba tomado con Romadonga. La chica rechaz con
indignacin la malvola sospecha que haba debajo de sus palabras, se
encresp de tal manera que el pobre no volvi a entrar en
explicaciones.

Se retrajo de la compaa de sus amigos. Andaba avergonzado, siempre
temiendo que le echaran en cara aquella indecente complacencia. Y as
fue. Un da, en la taberna, se lo dijeron bien clarito.

--No eres hombre si no echas al viejo de tu casa.

No, no era hombre para hacerlo el infeliz. Se avergonz, llor y quiso
retirarse. Pero un amigo le dijo:

--No te amilanes, ngel. Si no te atreves a armarle bronca al to,
bbete unas copitas de ms y le echas por el balcn.

El sillero hizo caso del consejo. Se atrac de vino, y cuando estuvo
hecho una cuba se fue para su casa dando tumbos, diciendo a voces que
iba a sentar las costuras a un caballero.

Romadonga estaba all como de costumbre. El sillero se le plant delante
con los brazos cruzados y le escupi ms que le dijo:

--Y usted qu hace aqu, vamos a ver?

--Yo?...

--S, usted...

Y descomponindose de pronto comenz a vociferar brbaramente, a
proferir blasfemias y amenazas que hacan retemblar la casa. Concha
corri a refugiarse en su cuarto. Romadonga trat de calmarle; pero
viendo que eran intiles sus esfuerzos y que la vecindad se estaba
enterando, tom el sombrero y se fue. Al bajar la escalera oy que una
vecina deca a otra:

--El seor ngel ha echado de su casa al to... Ya era tiempo!

De tal modo inopinado se cort el curso de aquellas sabrosas relaciones.
D. Laureano no cej por esto. Procur ponerse inmediatamente en
correspondencia con su amante. Hubo cartas y recaditos y entrevistas.
Como hombre que saba extraer delicadamente de este mundo amargo su jugo
azucarado, hall nuevo aliciente de placer en la contradiccin del
sillero y en el misterio que se vea obligado a desplegar. Pero Concha
no se avena tan de buen grado. Disipada la embriaguez de su padre, no
le perdon aquel acto de energa. Comenz a mortificarle con su
constante mal humor, con el descuido de sus obligaciones domsticas: la
comida fra, la cama sucia, la ropa sin coser. De vez en cuando le
diriga venenosas indirectas o burlas insolentes, de tal modo que al
pobre hombre ya le iba pesando de haberse mostrado tan digno. La
dignidad no es absolutamente indispensable para vivir; la ropa y el
alimento s. Finalmente, la resuelta chula, no pudiendo sufrir ms
aquella situacin y convencida de que su padre ira donde le llevasen si
se le sujetaba fuertemente por el cuello, acept la proposicin que
tiempo haca le haba hecho D. Laureano: irse a vivir a un cuartito
independiente que l le alquilara. Pero no haba necesidad de
escaparse. Estaba segura de que su padre cedera si Romadonga saba
hablarle con diplomacia.

Dio un salto el viejo elegante cuando Concha le propuso una entrevista
con el sillero. Sin embargo, le convenci de que su padre era un bendito
y, no estando borracho, incapaz de entregarse a ninguna violencia de
palabra y mucho menos de obra. Sobre esta base el afortunado seductor
no tuvo inconveniente en que la chula concertase el cundo y el dnde de
aquella trascendental conferencia. En casa no poda ser. La dignidad le
impeda a D. Laureano ir a la del sillero sin obtener antes una
satisfaccin. En la calle no era decoroso, ni en el caf del Siglo
prudente. Se convino en que se hablaran en el de Plateras, de la misma
calle, a las seis de la tarde, hora en que sola estar solitario.

D. Laureano lleg el primero a la cita y esper meditando los falaces
argumentos con que pretenda persuadir al sillero. Vino ste a los pocos
minutos y se acerc a la mesa acortadsimo, balbuciendo las buenas
tardes. Romadonga se apresur a levantarse, y con franqueza campechana
le puso la mano en el hombro.

--Cmo va ese valor, amigo D. ngel? En realidad no necesito
preguntarlo. Lleva usted la contestacin en la cara. Qu va usted a
tomar?

--Muchas gracias, no tomo nada.

--Hombre, tendra eso que ver!... Mozo! Unas copitas de manzanilla...
Ya sabes, de la especial... Y cmo est Concha?--aadi osadamente.

--No va mal--respondi con visible malestar el sillero.

--Le han dejado aquellas punzadas dolorosas en el estmago?... Ya le
deca yo que ella se tena la culpa. No guarda regla alguna para comer.
Su placer mayor consiste en hacer comistrajos a las horas ms
extravagantes: tomates, huevos duros, naranjas, todo revuelto con aceite
y vinagre. Se necesitara tener el estmago chapado en cobre para
resistir este desorden. Yo le di unas pastillitas que no le han venido
mal... Pero lo principal es que tenga mtodo.

D. Laureano hablaba de Concha afectando desembarazo, como si no hubiera
pasado nada, como si fuese todava el amigo ntimo de la familia. El
seor ngel asenta sonriente y turbado. Sin embargo, el aplomo y la
franca naturalidad de Romadonga fueron disipando poco a poco su
turbacin. Era un hombre tan llano, tan jovial y corriente aquel D.
Laureano!: le bastaban pocos momentos para inspirar confianza a
cualquiera y ganarle el corazn.

Como por la mano supo llevar el discurso desde la salud corporal de la
joven a las cualidades de su carcter. Era una plvora aquella criatura;
buensima en el fondo, con un corazn de cordera, pero arrebatada como
pocas. Dejndola serenarse, incapaz de hacer dao a una hormiga, pero en
un instante de clera Dios sabe adnde poda llegar...

--Por supuesto--aadi con un guio malicioso--que tiene a quien
parecerse; porque usted, seor ngel, que ordinariamente es una malva,
tiene un modo de dispararse!

El sillero levant el brazo y baj la cabeza, manifestando con mmica
expresiva que de aquello no haba que acordarse.

--No, no lo traigo a cuento en son de queja. nicamente quiero
significar que a Concha su genio le viene de herencia, y que por lo
tanto hay que perdonrselo... De todos modos, es una chica que se hace
querer, porque inmediatamente se ve que no hay all doblez, que no hay
engao...

--Eso no!--exclam el sillero atacado de sbita vanidad.--En nuestra
familia nunca se ha engaado a nadie. Podremos, si a mano viene, dar un
golpe desgraciado o una cuchillada en un pronto, pero ha de ser por
delante. Hacer traicin, jams!

No qued muy satisfecho el viejo galanteador de estas cualidades nativas
de la familia. Casi casi, al golpe desgraciado o a la cuchillada francos
y nobles prefera la traicin rastrera si no vena acompaada de
violencia en las personas.

--Perfectamente; tiene usted razn; pero los prontos hay que
refrenarlos, si no, dnde vamos a parar!... Dejemos esto y vamos al
caso. Yo me he encariado con su hija hasta el punto de que nada me
agrada ya en el mundo sin su compaa. No lo digo porque sea usted su
padre, pero no he hallado en ninguna parte una muchacha ms hermosa, ms
sencilla y al mismo tiempo mejor educada...

--Eso s! Bien criada s! En ese punto ni su madre ni yo nos hemos
descuidado. Cada pie de paliza la hemos dado, que algunas veces se iba
a la cama y no poda levantarse en cuatro das. No la hemos dejado
pasar una!... Ah est ella que no me dejar mentir.

--La prueba mejor de que tiene buen natural y que sus instintos son
finos y distinguidos es que, en vez de enamorarse de cualquier pilluelo
de su edad, ha preferido un hombre maduro como yo, educado en una esfera
ms elevada que la suya. Su falta tiene, pues, origen en las cualidades
ms admirables de su corazn. Yo creo que, en vez de sentirse
avergonzado por ello, debiera usted estar satisfecho de tener una hija
de aspiraciones tan nobles y delicadas... Bueno; ya est consumada la
falta. Y qu vamos a hacer ahora?... Pues ahora no nos toca ms que
procurar remediar en lo posible las malas consecuencias que pueda traer
consigo.

El seor ngel se puso muy grave, baj la vista y mostr seales de
inquietud.

--Mozo, echa otra copita al seor... Lo primero que salta a la vista es
que su hija de usted y yo no podemos ni debemos separarnos. Nuestros
corazones se hallan tan compenetrados, que sera una verdadera crueldad
por parte de usted o de cualquiera otra persona tratar de romper el lazo
que nos une...

--Bueno, pues csese usted con ella--murmur con timidez el sillero.

--Le dir a usted--repuso sin inmutarse D. Laureano.--Hace ya muchsimo
tiempo que no pienso en otra cosa. Mi felicidad mayor consistira en
poderla llamar esposa y presentarla en todas partes como tal... pero...
pero el hombre pocas veces consigue lo que apetece con ansia. En la
actualidad existen una porcin de obstculos que se oponen a la
realizacin de mi proyecto... Por supuesto que espero vencerlos--aadi
con un gesto soberbio de primer actor.--Vaya si los vencer!... Ahora,
si usted me preguntase cundo? cmo? yo le respondera: Querido seor
ngel, soy ante todo un hombre sincero y leal. Si le dijese tal da, de
tal manera me casar con su hija, como yo mismo no lo s, mentira, y la
mentira jams ha manchado mis labios.

Pausa. Romadonga vaca de un trago la copa que tiene delante, se limpia
con el pauelo los labios que jams manch la mentira, y prosigue:

--En estas circunstancias especiales, especialsimas, en que nos
hallamos, qu partido adoptar?... Conviene que meditemos.

Pausa y meditacin.

--Si usted no lo tomase a mal... pero temo que usted lo tome en el
sentido peor... yo, teniendo presente que a lo hecho no hay remedio y
que mi entrada en su casa es ms escandalosa y perjudicial a su decoro,
le propondra que Concha se fuese a vivir independiente en un cuartito
mientras no desaparezcan las circunstancias que me imposibilitan unirme
a ella...

El seor ngel se puso plido y reclin la frente sobre su mano, mirando
fijamente al mrmol de la mesa.

--Lo ve usted!... Ya se est usted figurando una porcin de
atrocidades!

--No me figuro ms que la verdad, don Laureano--profiri con voz
alterada el pobre hombre sin abandonar su postura.

--Convengo en que a primera vista esta proposicin parece fea; pero,
crame usted, aceptndola, evitamos mayores males. Se mudar a un barrio
lejano donde no la conozcan, cambiar de nombre mientras no pueda
ostentar el mo honrosamente, se guardar el mayor sigilo posible...

El seor ngel levant sus ojos doloridos y exclam con amargura:

--Proponer eso a un padre, D. Laureano!

--Vamos, seor ngel, tenga usted mundo!--exclam Romadonga dndole
palmaditas cariosas en el hombro.--Hoy la sociedad es muy distinta de
cuando nosotros nos criamos. Lo que a nuestros padres les pareca
imperdonable, ahora es cosa corriente... Mozo, chanos otra copa... Al
contrario, en la actualidad se considera de mal gusto y hasta cursi esa
virtud austera de nuestros mayores. Los tiempos cambian, amigo D. ngel,
y no hay ms remedio que transigir y acomodarse al progreso. La vida se
compone de transacciones.

--Proponer eso a un padre!--volvi a exclamar el pobre diablo, con la
misma amargura, vaciando la copa en el estmago.

--No se fije usted en su condicin de padre. Colquese usted en un punto
de vista ms elevado. En seguida comprender usted que es el acuerdo ms
conveniente. Si usted se obstina en retenerla en casa y consigue que
rompamos nuestras relaciones, un da u otro, crame usted, Concha caer
en la perdicin. Usted, entregado a sus quehaceres, no puede vigilarla;
yo s. Y si llega a caer, como es probable, no ser para usted un
remordimiento el pensar que la ha privado de acomodarse con un hombre
que est en posicin de sostenerla decorosamente? Adems, usted se har
viejo, no podr trabajar... Para ese caso Concha le podr ayudar,
mientras que de otra suerte...

Todava prosigui el viejo seductor por largo rato amontonando
argumentos con la fluidez insinuante que caracterizaba su discurso.

Su elocuencia, secundada poderosamente por el manzanilla, logr al cabo
marear, si no convencer, al sillero.

Una hora despus salan ambos del caf con sendas brevas en la boca,
colorados, risueos; despidindose muy afectuosamente en la primer
esquina.




VIII


Seis meses nada ms bastaron para que el genio que dorma en el fondo
del espritu de D. Pantalen Snchez se levantase y echase a andar por
la tierra. En este corto espacio de tiempo su mirada penetrante abarc
de una vez la existencia toda y sond sus inefables arcanos. En el mundo
no haba ms que hechos, hechos _constatados_, como deca un libro
traducido del francs que Moreno le haba dado.

Todas las supersticiones se borraron de pronto de su privilegiada
inteligencia: no slo la supersticin de Dios, la del alma y la moral,
inventadas por la debilidad de los hombres secundada por la ambicin de
los sacerdotes, sino ciertas nociones ridculas en que el gnero humano
se haba entretenido puerilmente hasta ahora; las ideas de lo verdadero,
lo bueno y lo bello. Risa inextinguible le causaban los que sostienen
que se ignora el origen de estas ideas. Lo ignoraran ellos. Moreno y l
saban perfectamente a qu atenerse. Eran sensaciones, nada ms que
sensaciones, agradables o desagradables, como las que produce la
humedad, el calor o la fetidez de las alcantarillas.

Las profundas observaciones que haba llevado a cabo en los ltimos
tiempos sobre las cebollas, las patatas y otros ejemplares del reino
vegetal, lo mismo que el estudio atento de algunos animales domsticos,
le haban empujado tan fuertemente al anlisis que no comprenda otro
mtodo. Lo que por medio del anlisis no se hallara, intil era buscarlo
por otro procedimiento. Es as que ni el escalpelo ni el microscopio
haban tropezado jams con el alma ni con un Ser Supremo; luego, etc.

Esta inclinacin al anlisis despert en su inteligencia poderosa una
tendencia razonadora de tal precisin que ni el ms pequeo argumento
poda escaparse entre sus apretadas mallas. Caa sobre las ideas como un
guila, las sujetaba entre sus garras, las examinaba por todas partes y
slo despus que mostraba a sus oyentes todos los aspectos las dejaba
escapar.

--Pap, te parece que vayamos hoy al Retiro?

--No; est muy hmedo. La humedad es mala para el organismo. Y por qu
es mala para el organismo? Porque ataca los tejidos. Y por qu ataca
los tejidos? Porque les roba calrico. Y de dnde procede este
calrico? De la introduccin del oxgeno en la sangre.

--Sabes una cosa, Carlota?--deca Presentacin otra vez a su
hermana.--Margarita est enamorada del chico de Roda. Ella misma me lo
confes ayer.

D. Pantalen sonri benvolamente.

--Sabis por qu est enamorada? A que no?

--Toma, porque le gusta. Es un chico muy guapo.

--No, hija, no es eso. Est enamorada porque es joven an, y como es
joven hay un desequilibrio entre la asimilacin y la desasmilacin. sta
es la nica y positiva razn de ese amor, como de todos los dems. La
ternura de las mujeres, ese cario que os impulsa a hacer locuras, a
llorar, a quitaros la vida, no significa sino que los productos de la
nutricin, la albmina, la grasa, el azcar y el almidn, entran con
exceso en la sangre y no bastan para expeler el sobrante la urea, el
cido carbnico y las deyecciones intestinales.

--Pero, pap, qu dices ah?

--El amor no es ms que un exceso de nutricin.

--sas no son cosas tuyas, pap--exclam con indignacin la hija
menor.--T no eres capaz de inventar tales extravagancias. Eso viene del
pelmazo de Moreno que, como no hay chica que le quiera, se venga
diciendo borricadas de nosotras.

--Las mujeres, hija ma--repuso Snchez con toda la calma y la autoridad
del verdadero sabio,--no podrn jams llegar a darse cuenta de estas
profundas verdades. Yo he hecho mal en revelroslas sabiendo que hay una
imposibilidad fsica para que las entendis. Si no lo tomaseis a mal, os
dira que vuestro cerebro pesa algunos gramos menos que el del hombre
por trmino medio.

--Tambin dice eso Moreno? Pues tiene mucha razn. Cmo no ha de pesar
menos mi cabeza que la de ese fenmeno! Tendra que ver!

D. Pantalen sonri lleno de lstima, y con la flexibilidad peculiar de
los grandes hombres se apresur a llevar la conversacin a otro asunto
ms adecuado a la capacidad craneana del sexo femenino.

Toda la vida haba sido un hombre excesivamente sensible. Su mujer se
rea de la facilidad que tena para llorar. La msica era su pasin ms
viva. Para l no haba placer comparable a escuchar en una delantera del
paraso del teatro Real con su hija Carlota, aficionada tambin a la
msica, la _Sonmbula_ o la _Norma_, o cualquier otra pera del gnero
dulzn y pegajoso. Lloraba y moqueaba copiosamente en los pasajes ms
lricos, avergonzando no pocas veces a su hija.

--Pap, que te estn reparando!

--Qu quieres, hija ma, esto enternece a una roca!

Despus de la msica lo que ms le placa eran los dramas y novelas
sentimentales. Haba visto infinidad de veces _La hurfana de Bruselas_,
_La aldea de San Lorenzo_ y _La carcajada_. Se saba de memoria la
comedia _Flor de un da_ y su segunda parte _Espinas de una flor_. Nunca
le fue posible recitar aquellos famosos versos:

      Si oyes contar de un nufrago la historia,
    ya que en la tierra hasta el amor se olvida, etc.

sin hacer pucheritos y que la voz se anudase en la garganta. Y lloraba
tambin como un buey con las aventuras de las costureras sentimentales y
reinas afligidas de las novelas por entregas.

Pues bien, Moreno le infundi en seguida un desprecio supremo hacia
estos lirismos que retrasaban la marcha de la humanidad en el camino
del progreso. Se avergonz de haber empleado tanto tiempo en leer tales
quimeras, cuando estaban ah los hechos, los hechos _constatados_, la
albmina, el cido rico, el almidn, en triste e injustificado
abandono. Y un da que se trat de la prensa en el caf sostuvo con D.
Dionisio Oliveros, el vate burocrtico, una acalorada discusin.
Entonces fue cuando profiri aquella frase felicsima que ms tarde dio
la vuelta al mundo en alas de la fama.

--Ha concluido el reinado de los poetas y comienza el de los fisilogos.
Lleg la hora de arrancarse la toga y ponerse la blusa del operador. El
alma est hecha de sustancia gris, el corazn es un msculo encargado de
dar movimiento a la sangre.

Y, sin embargo, despus de escuchar tan grandes pensamientos, todava D.
Dionisio se obstinaba en escribir sonetos en la oficina.

Todos en la casa experimentaban los efectos benficos de las corrientes
cientficas que soplaban en el privilegiado cerebro del jefe de la
familia. Pero la que los senta ms a menudo era Carlota por su buena
pasta. Mario se sustraa cuanto le era posible; inventaba cualquier
pretexto para irse; se haca el ocupado. Si esto no daba resultado,
escuchaba distrado las disertaciones fisiolgicas de su suegro: al cabo
sola dormirse beatamente en la butaca. Presentacin era mucho ms
expedita.

--Mira, pap, no me des ms jaqueca con el ovario, la fecundacin y todo
eso. Son porqueras que no debo or. El confesor me lo ha prohibido.

--Lo creo--responda con acento profundo el sabio.--Pero si el confesor
tiene inters en mantenerte en la ignorancia, mi deber de padre me
obliga a disipar las tinieblas en que vives. Has de saber que los
espermatozoos...

--Dale! Te digo, pap, que no quiero saber eso.

--Son unos microrganismos dotados de movimientos rpidos...

--Vaya, esto es insufrible! Me voy a coser a otro lado.

Aquella rebelin contra la ciencia produca en Snchez grave desaliento.
Cunto tiempo se necesita an para que la humanidad marche exenta de
preocupaciones por el camino de la experimentacin! se deca
tristemente.

Con su esposa no se atreva a comunicar aquellos altos pensamientos que
continuamente le embargaban. Tena un genio tan raro! No obstante,
cierta noche, hallndose acostados, habl D. Carolina con admiracin
del talento y la bondad de una amiga suya que, dando lecciones por las
casas, mantena a sus padres ancianos y a una caterva de hermanos. La
pobre, no teniendo tiempo a almorzar, llevaba algn fiambre en un papel
y se lo coma en el portal de cualquier casa. Y a pesar de eso siempre
contenta y siempre ingeniosa!

D. Pantalen se atrevi a decir con voz temblorosa:

--Sabes lo que es eso?

--El qu?

--Esa caridad y ese talento que te admiran?

--Qu es?

--Cloruro potsico.

--Cmo?

--Que no depende ms que de una mayor cantidad de cloruro de potasa en
el cerebro.

--Pero, hombre, qu jerigonza es la que ests hablando?

--Para entenderlo es necesario que sepas que todas nuestras ideas y
sentimientos dependen exclusivamente de los alimentos que ingerimos en
el estmago. La albmina...

--Mira, Pantalen, djame en paz, que quiero dormir. Qu te importan a
ti esas cosas? Bien se conoce que ests ocioso. Por ningn motivo nos ha
convenido dejar la tienda.

--nicamente te quera decir que la albmina y la fibrina...

--Pues yo te digo que no quiero or sandeces, ea!... Buenas noches.

Y se volvi del otro lado. D. Pantalen suspir hondamente y se volvi
tambin para dormir.

Pero a los pocos das, lleno de celo cientfico y de buena fe, dijo otra
vez a su esposa:

--Carolina, la otra noche estaba equivocado y te dije una falsedad.

--Qu falsedad?--pregunt la buena seora sorprendida.

--El talento de nuestra amiga Felipa no es cloruro potsico, sino cido
fosfrico.

--Volvemos a las andadas?--exclam irritada.

--El hombre de ciencia debe rectificar con nobleza todos los errores.

--T no eres hombre de ciencia, sino de tejidos de algodn y de hilo y
gneros de punto. A m no me vengas con embelecos, porque no estoy de
humor de orlos, y adems te prohbo que digas borricadas a la nia,
porque la tienes escandalizada. Vergenza es que necesite yo recordarte
tu deber!

D. Pantalen se abstuvo en adelante de verter ninguna de sus fecundas
ideas delante de D. Carolina. Era tan severa aquella seora en el seno
de la intimidad!

Sin embargo, cuando lleg la necesidad supo mantener sus derechos de
animal humano frente a su esposa y frente a toda la familia que trataba
de vulnerarlos. Por consejo de Moreno haba prohibido que le sirvieran
en las comidas hortalizas, porque stas no proporcionaban ningn cido
fosfrico al cerebro, cosa que ellos necesitaban grandemente para sus
dificilsimas investigaciones sobre la naturaleza. A pesar de esta
prohibicin, la cocinera se obstinaba en mandar a la mesa patatas,
coles, lentejas, incapaces de producir ms que cido carbnico, celulosa
y otras sustancias no menos despreciables e indignas. Sufri con
paciencia algn tiempo. Pero lleg un momento en que la lucha por la
existencia exigi de l un rasgo de energa para salvar las
circunvoluciones de su cerebro amenazadas. Y lo tuvo.

--He dicho ya muchas veces, y lo repito ahora por ltima vez, que estoy
resuelto a no ingerir ningn alimento vegetal. De hoy para siempre sepan
todos ustedes que no quiero carbonatos en mi sangre, sino fosfatos. Si
ustedes se obstinan en servirme vegetales, ser capaz de volverme a mi
gabinete sin comer.

Aunque la amenaza no espant a la familia tanto como era de esperar, se
convino, no obstante, en no servirle ms que alimentos fosfatados.




IX


Sinti Carlota profundo pesar cuando su marido le notici la cesanta.
Quedaron ambos largusimo rato silenciosos y tristes. Algo sonaba
tambin lgubremente dentro del alma de ella, profetizando la muerte de
su dicha. D. Carolina la recibi con tranquilidad. nicamente se le
advirti ms seria a la hora de comer. Despus, habindose suscitado una
conversacin propicia, expres algunos conceptos acerca de la
holgazanera, de la presuncin y la ligereza que a Mario se le antojaron
alusivos. Tal vez no seran: no haba motivo fundado para suponerlo,
pues su suegra le haba dado repetidas pruebas de afecto y
consideracin. De todos modos, no pudo menos de sentir el corazn
apretado. Cuando se retiraron a su cuarto nada dijo de esta sospecha a
su esposa. Se acostaron en silencio y fuertemente preocupados.

La vida de la familia sigui el mismo curso metdico y apacible. No
haba pasado nada. Mario, a las horas de oficina, se iba de paseo solo o
con su mujer. Por las noches continuaban asistiendo al caf. A las
comidas la conversacin sola animarse. Presentacin embromaba a su
cuado. Mario la embromaba a ella. Carlota escuchaba sonriente aquel
tiroteo, tomando parte alguna vez por su marido. D. Pantalen les asaba
a explicaciones cientficas: el vino, el pan, el azcar, todo era motivo
para exponer largamente la muchedumbre de secretos que iba arrancando a
la naturaleza. D. Carolina segua con el mismo humor benigno, rigiendo
la casa a su talante, aunque siempre por delegacin de su esposo.

No obstante, una nube de malestar y tristeza, de la cual en el fondo
todos se daban cuenta, envolva a la familia. Las relaciones entre ella
seguan siendo en la apariencia tan cordiales; pero cada cual perciba
un dejo de inquietud, cierto embarazo que procuraban ocultar exagerando
la sonrisa, acentuando la nota cmica. Mario senta la falsedad de su
situacin en aquella casa y notaba bien que todos los dems la sentan
igualmente. La mayor amabilidad de su cuada con l era un modo de
expresrselo; el silencio de D. Carolina, la humildad de su esposa para
responder a una y a otra, lo mismo. Un sentimiento insoportable de
vergenza iba apoderndose de l.

Carlota tambin lo padeca. D. Carolina y Presentacin dejaron poco a
poco de llamarla a cnclave para resolver los asuntos domsticos. Entre
las dos se lo arreglaban todo, callando cuando ella apareca. Con esto
se hizo ms tmida, ms humilde; no se atreva a quejarse de las faltas
de la criada; trabajaba cada da ms en la casa, echando sobre s,
cuando poda, el trabajo de su hermana; haca esfuerzos por aparecer
amable y simptica como si estuviera en casa extraa.

D. Carolina trataba a su yerno con ms ceremonia. Mario se senta
turbado por esta actitud, sin entender por completo lo que significaba.
No se le mandaba cerrar la puerta, ni escribir los sobres de las cartas,
ni que las acompaase hasta casa de unas amigas, ni se le daban encargos
para la calle. Cuando doa Carolina rechazaba cualquiera de sus
servicios el inocente exclamaba:

--Pero, mam, no tiene usted confianza conmigo!

--S, hijo, s; pero no hay necesidad de que t te molestes. Pantalen,
que no tiene nada que hacer, se encargar de ello.

Que no tiene nada que hacer! Estas palabras, pronunciadas con perfecta
naturalidad y hasta con la sonrisa en los labios, sonaban a sarcasmo.
Tampoco l tena nada que hacer; demasiado le constaba a ella. A veces,
cuando el matrimonio joven vena de paseo y entraba en el gabinete donde
estaban la seora y su hija Presentacin, aqulla les interrogaba con
cierta condescendencia irnica:

--Qu tal, hijos mos, habis paseado muy largo? Hasta dnde habis
llegado? Os habis divertido? El tiempo est muy hermoso. Hacis bien
en no desperdiciar tardes tan deliciosas.

Carlota sorprendi en estas conversaciones ms de una mirada burlona
entre su mam y hermana; pero haba devorado la vergenza sin decrselo
a Mario. Era tan inocente, tan bondadoso, aquel muchacho, que daba pena
hacerle sentir las espinas de la vida. Como esposa fiel y generosa las
guardaba todas para s.

Pero el poco dinero con que Mario se haba quedado para sus gastos
feneci muy pronto. Lleg un instante en que no tuvo un solo ochavo en
el bolsillo. Nada dijo. Aquel da no fum; al da siguiente tampoco. Su
mujer lo observ al cabo y le pregunt la causa. No estaba bien del
estmago, le repugnaba el cigarro. Pero ella, no findose, le registr
los bolsillos cuando se hubo dormido y los hall vacos. Pobre Mario!
Llor en silencio largo rato. Por la maana sali temprano a misa y tuvo
valor para subir a una casa de prstamos y empear una sortija. Cuando
su marido se levant, le dijo sacando un billete de su cmoda:

--Oye, Mario. Cuando salgas hazme el favor de pasarte por la Mahonesa y
traerme unas yemas de coco... pero que no se enteren en casa. Ya sabes
que me da vergenza... Ah! Y qudate con el resto del dinero, porque a
ti puede hacerte falta y a m no.

Mario qued suspenso. Una vaga inquietud agit momentneamente su
espritu; pero con la inconsciencia que le caracterizaba no pens ms en
ello. Sin embargo, a la segunda vez que esto pas no pudo menos de
preguntar:

--Y de dnde sacas t el dinero?

Carlota se puso colorada.

--He ido ahorrando algn dinerillo estos meses pasados para los dulces
del bautizo, sabes?... Pero le encajar la cuenta a mam... vaya si se
la encajar!

Y rea a carcajadas. Pero su corazn lloraba, porque saba muy bien que
si esperaba por su madre no se comeran dulces en el bautizo del hijo de
sus entraas.

El dinero de la sortija concluy pronto. Empe otra. Tampoco tard en
gastarse. A Mario le hacan falta botas y guantes; el sombrero de copa
estaba ya grasiento; llegaba el verano y era necesario tambin hacerse
ropa. Todas sus joyas de poco valor fueron pasando por la casa de
prstamos. El aderezo regalo de sus padres, que era lo que ms vala, lo
guardaba D. Carolina.

--Pero ese gato que tienes no se agota nunca?--le pregunt inquieto
Mario.

Tena la respuesta preparada.

--S, hijo, s; ya hace tiempo que se ha agotado. Pero pap me ha
llamado el otro da a su cuarto y me dio dinero.

El semblante de Mario se oscureci. Qued profundamente pensativo. No,
aquello no poda tolerarse. Era preciso buscarse alguna ocupacin donde
quiera que fuese. Hasta entonces todas sus gestiones haban sido
infructuosas. Visit a los amigos de su padre: no le faltaron buenas
palabras, promesas magnficas. Nada llegaba sin embargo. Miguel Rivera
habl al ministro de quien era secretario, y ste prometi colocarle en
una carrera que iba a organizar para la inspeccin de los
ferrocarriles.

Carlota haba concluido con sus objetos ms o menos preciosos. Entonces
la mentira que haba dicho a su marido convirtiose en realidad. Antes de
verle sin dinero en el bolsillo se arriesg heroicamente a pedrselo a
su madre. Fue una escena baja, srdida, repugnante. Carlota sufri con
valor los sarcasmos de su madre y venci a fuerza de paciencia y
tenacidad sus repetidas negativas. Consigui arrancarle diez duros: se
fue a su cuarto y dio rienda suelta a las lgrimas que haba podido
reprimir. Su marido la encontr con los ojos hinchados.

--Por qu has llorado?--preguntole impetuosamente.

--Por nada, hombre; no te asustes. Son cosas de mujeres. No sabes el
estado en que me encuentro?

Se convenci. Haba odo a los mdicos hablar de estas crisis.

Pero la pobre Carlota fue desde aquel da la vctima, la cenicienta de
la casa. Su madre la trataba con increble desprecio; no perdonaba
ocasin de vejarla con indirectas crueles. Presentacin la ayudaba en
esta tarea simptica.

--A m me gustara colocarme as, esplndidamente, como mi hermana.
Casarme con un pobrete! Puf! Oyes, Carlota, tu marido compra por fin
_mylord_ o _faetn_? Supongo que este ao no dejaris pasar la temporada
del Real sin abonaros como el ao pasado...

Su madre le mandaba callar con risita maligna, que era una invitacin a
proseguir. Rara era la tarde en que Carlota se sentase a coser con ellas
que al fin no se levantase llorando. Un da, encarndose con
Presentacin, los ojos rasados de lgrimas, le dijo:

--Haces mal en burlarte de m. Pretendes que deje de querer a mi marido
porque no es rico. Piensa que Dios puede castigarte algn da.

De estos sufrimientos no daba cuenta a su esposo. Al contrario, en su
presencia mostraba el mismo semblante tranquilo, risueo. Pero volviendo
a necesitar dinero, la escena con su madre fue mucho ms cruel. D.
Carolina se enfureci, llam pobrete, hambrn y holgazn a Mario, y se
neg resueltamente a soltar un cuarto.

--Si te figuras--concluy diciendo--que nosotros vamos a mantener vagos
toda la vida, ests muy equivocada.

Esta amenaza la llen de terror. Se humill, procur desarmarla
prometiendo no volver a pedirle dinero. Y corri, como siempre, a
encerrarse en su cuarto para llorar perdidamente.

Mario no fum otra vez en dos das. En su semblante no se trasluci, sin
embargo, ningn malestar. Su esposa le miraba con el rabillo del ojo
haciendo esfuerzos por reprimir las lgrimas. Pero al pasar por delante
del cuarto de su padre vio las llaves puestas en el cajn de la cmoda.
Se detuvo herida por una tentacin irresistible; ech una mirada en
torno, y no viendo a nadie, avanz con cautela, tir del cajn sin hacer
ruido y escudri rpidamente su contenido. All, en un rincn, haba
dos libras de tabaco picado. Tom una y, cerrando de nuevo, sali
precipitadamente, ocultndola debajo del vestido. Por la noche se la dio
a su marido, diciendo con afectada naturalidad:

--Toma; luego dirs que no me acuerdo de ti.

--Dnde has comprado este tabaco?

Respondi que a una prendera amiga suya que lo venda de contrabando. La
haba hallado en la calle y haban hecho mercado en un portal para
evitar indiscreciones. Pero a los dos o tres das su padre lo ech de
menos y se arm el consiguiente tumulto. Hubo quejas, recriminaciones.
D. Pantalen sospechaba de la criada, que tena un novio soldado.
Carlota, viendo con terror aquel motn y temblando que D. Carolina
averiguase la verdad, llam en secreto a su padre al cuarto, le ech los
brazos al cuello y le dijo llorando:

--He sido yo, pap; he sido yo la que te ha llevado el tabaco... Pero
que no se entere mam, que no se entere Mario cuando vuelva. S que no
fuma porque no tiene dinero y yo tampoco lo tengo para drselo.

El sabio naturalista qued estupefacto.

--Pero, hija, por qu no me lo has pedido? Dinero no puedo daros,
porque ya sabes...

--S, pap... no me digas nada.

El ingenioso Snchez aprovech la ocasin para instruir a su hija. El
tabaco era una planta solancea de olor fuerte y caracterstico, cliz
tubulado, raz fibrosa, tallo velloso de mdula blanca, hojas alternas
laureadas y glutinosas, etc.

Carlota escuch llorosa y distrada aquellas cientficas explicaciones
que por el estado de su alma no produjeron el resultado que era de
esperar. D. Pantalen reba de su bolsillo algunas pesetas y se las
dio.

La situacin de la infeliz muchacha era cada da ms triste. Todos los
rencores y desprecios que D. Carolina y su hija menor atesoraban para
Mario, que no haba tenido talento para hacerse inamovible en el puesto
que ocupaba, se los arrojaban a ella a la cara. Con el verdadero
culpable estaban reservadas, pero finas. No se le hera directamente,
pero la atmsfera estaba cargada de electricidad, y a la postre haba de
estallar el rayo. D. Carolina sacuda la cabeza con ira cada vez que su
yerno volva la espalda.

Al fin, una maana en que Carlota estaba fuera de casa, la sagaz seora
hizo una sea expresiva a su hija menor, y sta se apresur a
levantarse y salir del gabinete. Quedaron solos suegra y yerno. Sin
alzar la cabeza de la costura D. Carolina comenz a hablar con voz un
poco alterada.

--Mira, Mario, haca das que necesitaba hablarte de un asunto bastante
desagradable lo mismo para ti que para m. Lo he ido aplazando de un
momento a otro, porque a la verdad me duele en el alma tocar este
punto... Pantalen me ha mandado decirte que sus medios de fortuna no le
permiten manteneros a ti y a tu esposa. Si furamos ricos, me dijo, no
tendra mayor inconveniente en que Mario se divirtiese y pasase la vida
holgando, pero, hija, nosotros tenemos slo lo necesario para vivir
decorosamente... Dile que la obligacin primera de todo casado es
sostener a su familia con el producto de su trabajo. As lo he hecho yo
y as espero que lo haga l. Es joven y tiene el mundo por delante; que
trabaje y se haga hombre... Hijo mo, yo cumplo el encargo. Espero que
no te ofenders por ello.

Mario qued tan aturdido que no habl una sola palabra. Las de su
suegra le sonaban en el cerebro como martillazos. Una vergenza inmensa,
infinita, corri por todo su ser hasta las ltimas fibras y le paraliz
enteramente. D. Carolina, con una rpida ojeada, advirti su estado
lastimoso.

--No creas que esto es pualada de pcaro. Te habla as Pantalen por mi
boca porque tiene confianza en tu honradez, en tu dignidad, en que
sabrs cumplir perfectamente tus obligaciones. Yo creo que con el tiempo
le dars las gracias. Si no te ofendieras--aadi con benvola
sonrisa,--te dira que te hace falta un estmulo como ste para abrirte
camino.

La lengua se le desat aunque no de buen modo. Se excus balbuciendo de
no haber tomado l la iniciativa en este asunto. Su suegro llevaba mucha
razn en lo que deca. l buscara trabajo inmediatamente en cualquier
parte y de cualquier clase. Estaba dispuesto a dejar la casa al
instante...

--Ya te he dicho que no es cosa de apuro...

--S, seora; lo es para m--replic con dignidad el joven.

Pero la grave cuestin era que Carlota no poda irse con l a la
ventura. Se hallaba ya bastante adelantada en su embarazo, y mientras no
tuviera casa era expuesto llevrsela. D. Carolina se mostr magnnima.
Carlota se quedara con sus padres hasta que Mario hallase un medio de
vivir. ste le dio las gracias con acento sincero. Desde aquel punto
doa Carolina se hizo de miel, le agasaj cuanto pudo, le augur un
bello porvenir, haciendo visibles esfuerzos para borrar la mala
impresin que sus palabras haban causado. Mario se retir al fin grave
y tranquilo.

Al llegar Carlota adivin a la primera mirada su disgusto.

--Qu te ha pasado?

--Nada... he tenido una conversacin algo seria con tu madre. Me ha
dicho--aadi sonriendo tristemente y tomndole las manos--que tu pap
no puede sostenerme ms tiempo en su casa...

Carlota se puso blanca como un papel.

--Ha dicho eso de veras?

--S; a m no me sorprende; creo que lleva razn. Ya ves, parece feo un
hombre sin trabajar, comiendo la sopa boba... As que me voy desde
luego... Pero no te apures, que yo encontrar ocupacin; todo se
arreglar.

Al proferir estas palabras sonrea con esfuerzo, apretando las dos manos
a su esposa. sta permaneci muda y plida mirando con insistencia por
encima de su cabeza a un punto fijo. Al fin sus ojos grandes, serenos,
se nublaron de lgrimas y dijo sin que los rasgos de su fisonoma se
alterasen poco ni mucho:

--Est bien; me voy contigo.

--No!--exclam Mario aterrado.--Dnde quieres ir?

--A pedir limosna, si es necesario--repuso tranquilamente.

--Pero eso es una locura! No te precipites...

Y con palabra fogosa le puso de manifiesto los terribles inconvenientes
de tal resolucin. Un hombre puede rodar por cualquier lado, dormir en
un desvn, al sereno si es necesario; pero una seora y en el estado en
que ella se encontraba! La separacin era de absoluta necesidad por el
momento. Cuando diese a luz y l hallase medio de vivir, que lo hallara
pronto seguramente, entonces vendra a sacarla para siempre de casa y
vivir juntitos hasta la muerte.

Carlota se dej convencer. La idea de causar el ms insignificante dao
al ser cuya aparicin esperaba con impaciencia la llenaba de congoja.
Quedaron, pues, en que l slo se marchara.

--Pero dnde te vas?--pregunt clavndole una mirada de estupor
doloroso.

--No te preocupes de eso. Tengo infinidad de sitios donde ir. Lo
importante es que t ests tranquila. Piensa en que se trata de muy poco
tiempo.

Carlota permaneci algunos instantes inmvil con la cabeza baja.

--Bueno, te arreglar la ropa--repuso al cabo enjugndose las lgrimas.

Y ahogando los suspiros en la garganta y reprimiendo los sollozos que
pugnaban por estallar, su naturaleza tranquila, razonable, valerosa,
concluy por triunfar. Empez a sacar ropa de la cmoda y a colocarla
esmeradamente en un bal. En aquella operacin se mostraba su carcter
paciente y slido. Mario la contemplaba con inters, trataba de
ayudarla, pero lo haca tan mal que renunci en seguida. Poco a poco, en
la absorcin de aquel trabaja mecnico, se fueron olvidando de su pena.
Discutan lo que se haba de meter en el cofre como si se tratase de un
viaje. A Carlota todo le pareca mucho, creyendo as reducir los das de
separacin. Mario, al contrario, insista suavemente en que se pusieran
ms camisas, calcetines, etc. Prevea que el viaje iba a ser largo,
aunque se guardaba de manifestar esta opinin.

Al fin qued arreglado el equipaje. Entonces permanecieron turbados uno
frente a otro sin saber qu decirse, afectando serenidad, insistiendo
una y otra vez en tono indiferente sobre pormenores ya resueltos. La
emocin que les embargaba advertase en el timbre velado de la voz, en
el leve temblor de las manos. El corazn se les quera salir por la
garganta.

--Bueno--dijo al fin Mario ponindose el sombrero.--Quedamos en que
tendrs el bal preparado. Ya enviar por l, y me mandars al mismo
tiempo la sombrerera. Por los tiles de modelar ya mandar ms adelante.

Estas palabras provocaron en Carlota una explosin del sentimiento
comprimido. Quedaron abrazados estrechamente y llorando en silencio
largo rato. Mario logr desasirse, y besando con efusin las manos de su
esposa, exclam sonriendo, mientras baaban su rostro las lgrimas:

--Qu nios somos! Parece que me estoy despidiendo para el fin del
mundo.

Y sali de la estancia precipitadamente. Carlota le sigui, y en lo alto
de la escalera volvieron a abrazarse.




X


Cuando hubo salido a la calle y traspuesto la esquina, se detuvo.
Aquellos infinitos sitios de que haba hablado a Carlota eran una
piadosa mentira. Qued inmvil, con el pensamiento vaco y el corazn
apretado. Unas ansias atroces de sollozar le suban del pecho a la
garganta amenazando ahogarle. Pero logr tenerlas encerradas: slo
algunas lgrimas brotaron a sus ojos sin darse cuenta hasta que vio la
mirada de los transentes fijarse con curiosidad en l. Entonces se
llev el pauelo a la cara como para sonarse, y prosigui su camino.

Adnde iba? March a la ventura largo rato, tratando de coordinar sus
ideas. Al fin no hall otra cosa mejor que dirigirse a su antiguo
alojamiento. Pero esto le causaba profundo disgusto y humillacin. Cmo
responder a las preguntas de su antigua patrona? Qu explicacin iba a
dar a sus compaeros? Al llegar a la puerta cambi de resolucin y pas
de largo sin entrar. Subi a la primera fonda que tropez, alquil una
habitacin y volvi a salir. Su inquietud y dolor no menguaron por esto.
Al contrario, la idea de que no tena dinero para pagar el pupilaje le
atorment de modo indecible. Pens entonces en algn amigo con quien
comunicar sus pesares y que le diese algn buen consejo, y los pies le
guiaron a casa de Miguel Rivera. Aunque le llevase ste bastantes aos y
tuviese un carcter burln y agresivo que a menudo pinchaba a los que se
le acercaban, Mario senta hacia l irresistible inclinacin: debajo de
aquella cscara amarga adivinaba un corazn dulce y generoso. Adems, si
para alguno limaba un poco la punta afilada de su lengua Rivera, era
para nuestro joven. Fcilmente se adverta su predileccin cuando se
hallaba en la tertulia del caf.

El antiguo periodista viva solo con su hijo en un cuarto sin lujo, pero
limpio y agradable, de la calle de Recoletos.

--Qu traes por aqu a estas horas, Praxteles?--exclam alegremente al
ver a nuestro joven entrar en su despacho.

--Molestias para usted, D. Miguel. Est usted muy ocupado?

La sonrisa de Rivera se desvaneci al ver la triste y penosa que
contraa los labios de su amigo. El semblante de Mario expresaba
abatimiento profundo.

--Ocupado! Slo lo est el que espera algo. Yo he renunciado a todo
hace tiempo, querido. Di lo que quieras y tmate el tiempo que se te
antoje.

Tmidamente y ruborizndose muchas veces, Mario le cont lo que le
pasaba, rogndole con insistencia el secreto. Cuando termin de hablar,
Miguel permaneci grave y pensativo. Al cabo dej escapar un leve bufido
de desprecio.

--Camarada, qu suegra te ha tocado! Es de lo ms fino que he visto en
su gnero.

--Si mi suegra no se ha mezclado para nada en este asunto! No ha hecho
ms que cumplir las rdenes de su marido. Anda, pues si dependiera de
mi suegra, ni ahora ni nunca saldra yo de su casa! Usted no sabe el
cario que me profesa la buena seora. Me quiere como una madre, una
verdadera madre, don Miguel.

Este le contempl en silencio unos momentos asombrado de su inocencia.
Tuvo impulsos de proferir una de sus chufletas sangrientas, pero se
contuvo. La maciza bondad y el candor de aquel muchacho le conmovan.
Despus de todo, pens, qu se adelanta con sacar a los hombres de los
errores que los hacen felices?

--S, s; D. Carolina es muy buena--dijo al cabo, sin gran
calor.--Puede que tenga en realidad la culpa el loco de su marido.

--Yo creo que mi suegro nada tiene de loco, D. Miguel--se apresur a
decir Mario.--Aunque un poco difuso en sus explicaciones, siempre le he
hallado muy razonable. Y adems, crea usted que es bastante instrudo y
que tiene un corazn excelente.

Volvi a contemplarle Rivera con sorpresa, y repuso sin poder evitar una
sonrisa de lstima:

--Puede, puede ser. Yo le he tratado muy poco, sabes? Desde que ese
idiota de Moreno le ha tomado por su cuenta, tema que se hubiese
extraviado.

Mario sonri algo contrariado.

--Qu duro est usted con Adolfo, D. Miguel!

--Alto ah, amigo! Pase por tu suegro y tu suegra, pero lo que es se
me lo tienes que dejar entre las uas. En todos los das de mi vida he
conocido un ser ms pedante y grotesco. Es un infame!

--Cmo infame?--exclam asustado.

--S, cuando la tontera llega a cierto lmite degenera en infamia. Creo
haberlo ledo en Santo Toms.

--Pues Adolfo estudia mucho: se pasa la vida entre libros.

--No importa, es un infame. T has estudiado lgica? Bien, pues sabrs
que para que el conocimiento se produzca son necesarios dos trminos:
_sujeto_ y _objeto_. Aqu falta sujeto... Pero dejemos eso ahora.
Hablemos de ti. Qu piensas hacer? Cules son tus proyectos?

Mario alz los hombros sonriendo y no despeg los labios. Aquel gesto
volvi a poner serio y meditabundo a Rivera.

--Es necesario ante todo buscarte una ocupacin lo ms pronto posible.
La carrera de que te he hablado en los ferrocarriles an tardar en
organizarse... Quieres ayudarme en los trabajos de la secretara? Hace
falta un empleado inteligente... Aunque el sueldo es pequeo.

--Cualquier cosa, D. Miguel!--exclam Mario, viendo el cielo abierto.

No exista tal plaza vacante en la secretara, pero Rivera la invent
proponindose pagarle con una parte de su sueldo. Adems le oblig a
quedarse en su casa. Nada le estorbara: al contrario, en la soledad en
que viva le estaba haciendo falta un amigo con quien comunicar sus
pensamientos. Mario, embargado por la emocin, le apret la mano
llorando de gratitud.

Poco despus escribi una larga carta a su esposa rebosando de ternura.
Al final le deca que al da siguiente ira a verla. Al despertarse por
la maana recibi la contestacin de Carlota.

No vengas a verme. No quiero que pises esta casa. Espera a que te
indique el sitio y la hora donde podemos vernos. Eres demasiado bueno,
Mario.

Y otras frases por el estilo que indicaban que la fiel esposa volva por
la dignidad de su marido con ms cuidado que l mismo. En cambio, ella
se humillaba la pobrecilla y sigui padeciendo los desdenes de su madre
y de su hermana sin quejarse.

Mario no pudo resistir la tentacin de pasar aquella maana por delante
de la casa. Los balcones estaban cerrados y no vio a nadie. Pero al
llegar de nuevo a la de Rivera se encontr con una esquela de Carlota.

A las cinco esprame en la plaza de la Independencia, esquina a la
calle de Alfonso XII.

Y una hora antes de la convenida ya estaba nuestro joven en espera con
la impaciencia de un galn primerizo. Al verla llegar, al cabo, con su
vestidito gris, soportando gallardamente las dos existencias en que su
ser se parta, una emocin intensa hizo palpitar su corazn. Corri
hacia ella y se apretaron las manos y se miraron a los ojos con
embeleso. Luego, cogindose del brazo, entraron en el Retiro, y pasearon
charlando bajo los rboles. Carlota no se cansaba de preguntarle todos
los pormenores de su existencia en aquellas veinticuatro horas. Mario no
tena tiempo para darle completas explicaciones. Se quitaban la palabra
de la boca, se perdan en divagaciones insustanciales, gozando el placer
de hallarse juntos, como si no se hubiesen visto en largo tiempo.
Carlota aprendi que su marido tena ya un sueldo, aunque pequeo, y que
esperaba en plazo no muy lejano obtener la plaza en los ferrocarriles
que le haban prometido.

--Creo que no se pasarn muchos meses sin que vuelva otra vez a casa y
vivamos unidos--dijo dando palmaditas cariosas en el dorso de la mano a
su esposa.

sta se puso repentinamente grave.

--No pienses en eso, Mario. Nosotros no podemos vivir ya con mis padres.
Aunque sea en una buhardilla viviremos si es preciso. En casa, nunca!

--Oh, qu orgullosita!--exclam l pellizcndola.--Y por qu, si yo no
me doy por ofendido?

--Porque yo no quiero, y basta--replic ella con firmeza.

Mario se haba acostumbrado a obedecerla y no le iba mal. As que no
insisti.

La noche se echaba encima y bajaron despacio por la calle de Alcal. Al
pasar por delante de un _restaurant_, Mario tuvo una inspiracin.

--Si entrsemos aqu a comer!

Carlota se opuso. No estaban ellos para gastar el dinero tontamente. Y
siguieron caminando hacia casa. Pero Mario se haba quedado silencioso y
melanclico. Unos pasos antes de llegar Carlota se volvi hacia l con
semblante risueo.

--Qu? Ests triste porque no comemos juntos?

Mario sonri avergonzado.

--Bien, pues volvmonos. Pero nada ms que hoy, sabes?

La alegra entr de nuevo como un torrente en el alma de nuestro joven.
Volvieron sobre sus pasos, entraron en el _restaurant_ y pidieron un
gabinete.

Qu hermosas y puras emociones experimentaron en aquella comida! Mario
pareca un colegial escapado. Todo lo hallaba sabrossimo: hablaba por
los codos; cubra de atenciones y finezas a su esposa. Estaba como loco;
formaba proyectos descabellados; perdonaba a todo el mundo y se deshaca
en elogios de su suegra.

--Sabes lo que te digo, Carlota? Que quiero a tu madre como si fuese la
ma, y que me alegrara que viniese un da a comer con nosotros.

Ella, serena, tranquila, sonrea dulcemente contemplando la ruidosa
alegra de su marido con el placer no exento de proteccin con que se
miran los juegos de los nios. Cuando el camarero sala, Mario se alzaba
repentinamente, corra a su esposa, la besaba frenticamente y volva a
sentarse.

--No s lo que tienes en la cara hoy, cielo mo, que me enajena. Hay en
tu fisonoma una dulce gravedad que me recuerda siempre la expresin de
la Diana cazadora del Louvre.

--Ya sali la mitologa!

--S, ya sali y saldr siempre, porque veo en tu rostro la misma
expresin dulce, grave, protectora que en las estatuas de las diosas;
porque no hallo en el mundo ninguna mujer que se parezca a ti, y sobre
todo, te comparo a ellas porque no tengo nada ms hermoso a que
compararte.

Carlota sonri y le tendi su mano por encima de la mesa. Mario la bes
con el mismo tierno respeto que Peleo besara la de Tetis, su inmortal
querida.

Pero acabado de hacerlo, casi en el mismo instante pareci el mozo con
una fuente entre las manos, y Carlota revel su condicin mortal
ruborizndose hasta las orejas. Como la puerta hubiese quedado abierta,
Mario vio cruzar por el pasillo un hombre que por su figura arrogante y
proporcionada, por su alto desprecio de los cuidados terrenales, por la
varonil grandeza con que haba matado en su corazn hasta los ms
pequeos grmenes de la sensibilidad, por la perfecta seguridad con que
gozaba de la vida deba de recordarle an mejor que su esposa los seres
que habitaban en la cima del Olimpo. Este hombre privilegiado, semejante
a un dios, no poda ser otro que don Laureano Romadonga. Iba acompaado
de una joven con mantn y pauelo a la cabeza.

--Has visto?

--S.

--Esa joven es la del caf?

--Me parece que s. No obstante, como ese hombre trae tantos los!...

El mismo D. Laureano, entrando repentinamente en el gabinete, vino a
sacarlos de dudas.

--Conque tenemos juerga conyugal, eh? Bien por los esposos!... Tambin
yo vengo a gozar honestamente como un burgus tranquilo... Mi Conchita
cumple hoy diez y ocho aos, sabis? y me dijo: Convdame a comer en
la fonda (para Concha, comer fuera de casa es comer en la fonda). Yo le
contest: S, hija de mi alma, te llevar a la fonda y bebers
champagne. El champagne es para Concha algo elevado, de un orden
sobrenatural, inaccesible a todo el mundo excepto al patriarca de las
Indias, a los ministros y al capitn general.

--Dnde la ha dejado usted?

--Ah, en un gabinete. Carlota, no me mire usted con severidad. Yo no
tengo ms que un defecto. Soy aficionado a pasarlo bien en este pcaro
mundo. Y quin no lo es? Quin, pudiendo divertirse, opta por estar
aburrido?

--No, si yo no le recrimino a usted ni con los ojos ni de
palabra!--exclam la joven sonriendo.--Lo nico que me atrever a
decirle es que valdra ms que usted se divirtiera con placeres lcitos.

--No lo crea usted. Yo no he podido gozar jams los placeres lcitos. Me
aburren. Soy una naturaleza mvil y subversiva. Necesito saber que soy
independiente en todos los momentos de la existencia. La idea de que el
goce que disfruto es un goce impuesto le quita todo su encanto... Pero
perdone usted, Carlota, yo no s si debo...

--Siga usted, siga usted; no me escandalizo.

--El matrimonio no ha tenido nunca para m color. Y ya sabe usted que yo
soy excesivamente colorista. Considero esto como una desgracia, pero si
he nacido as, qu culpa tengo? Por qu disfrutar de una sola obra
hermosa de Dios, me he dicho, cuando en el mundo existen tantas y tan
preciosas? Hay nada ms agradable que repetir la luna de miel, ese
feliz estado en que ustedes se encuentran ahora, una y otra vez? Crea
usted que aquellos versos de Musset

    _Parlons de nos amours; la joie et la beaut_
    _Sont mes dieux les plus chers, aprs la libert._

deben tomarse por divisa. Mientras el corazn tenga fuerzas, echarle
combustible para que palpite con las dulces emociones de la pasin.
Quiero cantar endechas como el ruiseor mientras me quede un soplo de
vida.

El rostro varonil, expresivo, de Romadonga se contraa con sonrisa
mefistoflica al pronunciar estas palabras. Se haba sentado; puso los
codos sobre la mesa con su habitual libertad y enviaba columnas de humo
al aire, revelando un estado de beatitud envidiable. Mario rea; pero en
el fondo de su alma estaba inquieto y molesto, como siempre que don
Laureano hablaba delante de su esposa.

--No est mal que usted ame lo que quiera--dijo sta.--Lo malo que hay
es que ese amor de usted cuesta muchas lgrimas a algunas criaturas
inocentes.

--Es la ley de la vida!--repuso el seductor alzando los hombros con
resignacin y sacudiendo la ceniza del cigarro con su dedo meique
cubierto de sortijas.--Balzac ha dicho muy bien que en el amor hay
siempre un dios y un esclavo... Despus de todo--aadi al cabo de una
pausa,--el destino de la mujer es se, amar y llorar. El amor en las
mujeres engendra fatalmente el llanto, y esto consiste en que es ms
vivo y ms tierno que en nosotros. No hay, pues, que compadecerlas a
ustedes tanto, porque si la pena es mayor, mayor ha sido tambin el
goce... Pongamos el caso de esa muchacha que est ah. Esa chica viva
en un estado de marasmo casi vegetativo. Comer, dormir, barrer la casa,
lavar la ropa. Si se hubiera casado con un hombre de su misma condicin,
ese estado se hubiera prolongado hasta la muerte, corregido y aumentado
por los mil dolores que la vida miserable trae consigo. Llegu yo, y no
por mis mritos, sino por cierta prctica del oficio, he logrado
despertar esa alma, infundir en ella nueva vida, hacer vibrar su corazn
con ciertas emociones y gozar de ciertos placeres que probablemente
hubiera desconocido...

--Pobrecilla!--exclam Carlota.--Y no sentir usted pena y
remordimiento cuando abandone a esa nia y la deje entregada a la
desesperacin?

--Pena? remordimiento? No s lo que es, ni quiero saberlo. Sospecho
que ser algo triste que me impida divertirme a mi gusto. No es mi
negocio. Creo que la vida no se nos ha dado para sentir pena,
remordimiento, sino amor, alegra. Si se desespera cuando deje de
quererla, suya ser la culpa. Yo, cuando entablo relacin con una mujer,
no me considero comprometido a amarla siempre, sino mientras pueda. Lo
que hace la desgracia de las mujeres es esa inclinacin particular que
sienten hacia la eternidad. Si vivieran convencidas de que en este mundo
todo es temporal y finito, comprenderan que el amor no puede sustraerse
a esa ley y estaran de antemano resignadas a todo lo que pueda
sobrevenirlas. Por mi parte, tengo horror instintivo a la eternidad. La
palabra _siempre_ me crispa los nervios.

--Oh, qu malvado!--dijo riendo Carlota.--No puedo creer, por ms que
usted lo asegure, que le falte a usted de tal modo el corazn.

--Al contrario, precisamente por tener demasiado corazn es por lo que
cometo esos pecados que usted me echa en cara. Lo tengo tan grande, que
caben en l todas las mujeres hermosas que hay sobre la tierra. Con
todas quisiera poder hacer lo que con esa chica que est ah.

--Infundirles nueva vida, verdad?--dijo Carlota maliciosamente.

--Eso es!--repuso D. Laureano riendo.

En aquel momento apareci en la puerta la arrogante figura de Concha.

--Oye t, guasn, qu te has figurao? Piensas que voy a estar hasta
que amanezca sola en esa alcoba?--profiri sin dirigir el ms leve
saludo a la compaa, clavando su mirada colrica en Romadonga.

--No, hija, me iba a marchar en seguida--contest aqul, bastante
confuso y apresurndose a levantarse.

--Te ibas, te ibas! Adonde te vas a ir es a lo que t sabes, hablando
con perdn de estos seores. Pus hombre, ni que fuera una...

Hablaba con el desgarro peculiar a la chula de Madrid, acentuando cada
slaba de un modo tan insolente que D. Laureano, avergonzado, no pudo
menos de salir por su dignidad.

--Nia, nia, cuidado con la lengua! Mira que te puede costar un
disgusto.

--A m? Ja, ja! Qu infeliz eres!

--A ti, s, desvergonzada!--profiri colrico el tenorio avanzando
hacia ella con ademn amenazador.

Concha permaneci absolutamente inmvil con una calma provocativa capaz
de irritar a un santo.

Sus labios perdieron, no obstante, el hermoso carmn que tenan y sus
grandes ojos negros brillaron con expresin sombra.

--No corras tanto, que puedes tropezar--dijo con sosiego impertinente,
mientras una sonrisa de burla contraa sus labios descoloridos.

--Ahora vers--dijo Romadonga mordiendo los suyos de coraje,
abalanzndose a ella.

--No me toques, que puedes pincharte--manifest con la misma
tranquilidad, sin mover un dedo siquiera.

--S te toco! te toco, deslenguada!--grit aqul, ciego de ira,
sacudindola violentamente por un brazo.

Concha cambi repentinamente de actitud. Todo lo que antes fue calma y
sorna se convirti en feroz exaltacin. Luch valerosamente por
desasirse chillando al mismo tiempo.

--A m me pegas t, viejo gorrino? A m? a m?

No logrando arrancar de s las tenazas que la opriman, le ech la mano
a la cara y le clav en ella las uas.

La lucha haba hecho rodar algunos vasos. Carlota estaba aterrada: se
haba refugiado en un rincn, mientras Mario, ayudado por el mozo que
haba acudido al ruido, trataba intilmente de separarlos. Al cabo de
muchos esfuerzos lo consiguieron.

D. Laureano tena un araazo en la mejilla, del cual brotaban algunas
gotas de sangre.

--Qu loca! qu loca!--deca limpindose con el pauelo.--Perdonen
ustedes el mal rato.

Concha, en pie debajo del dintel de la puerta, se arreglaba con mano
nerviosa la ropa y los cabellos.

--Ven aqu--dijo en tono imperioso a su querido.

Pero ste hizo un gesto de desprecio y se volvi hacia el matrimonio
para disculparse.

--Vaya unos postres que les he dado!... Quin iba a suponer?...
Carlota, usted es muy buena y me perdonar esta grosera.

--Ven aqu!--grit con ms furia la joven.

D. Laureano la mir, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza con
indignacin.

--All voy, escandalosa, all voy!--respondi entre resignado y
furioso, y volvindose a los esposos aadi bajando la voz:--Me voy por
evitarles otro disgusto. El peor de los males no es tratar con animales,
sino con locos. Perdonen ustedes. Buenas noches.

Y sali detrs de su querida. En el pasillo se oy la voz de la chula
que deca dirigindose al mozo:

--Chico, traiga usted un poco de agua y vinagre.

Los esposos quedaron solos. Se miraron uno a otro con asombro, y ambos a
la vez soltaron la carcajada.

--Me parece--dijo Mario cuando hubo sosegado la risa--que D. Laureano ha
infundido demasiada vida a esa chica.




XI


Repitironse metdicamente aquellos festines conyugales todas las
semanas. Esta singular posicin les apenaba y alegraba a un mismo
tiempo. Sentan dolor cuando pensaban en que vivan separados, como si
no estuvieran unidos para siempre por vnculo indisoluble. Pero sus
entrevistas tenan por esto mismo sabor dulcsimo, un encanto especial
que compensaba todos sus dolores. Hasta que una noche sinti Carlota los
precursores del alumbramiento. Se envi recado al mdico y a Mario, y
ste corri desalado a la casa de sus suegros, pisndola otra vez contra
la voluntad de su esposa. Vino al mundo un nio robusto y hermoso.
Segn los datos suministrados por algunas vecinas que asistieron o
tuvieron conocimiento inmediato de su presentacin, haba motivos para
afirmar que posea adems ingenio profundo y ameno a la vez, unido a un
corazn verdaderamente heroico.

Con tal motivo, Mario sigui entrando en la casa, aunque sin comer ni
dormir en ella. Su suegra, vindole en camino de hacerse independiente,
le acoga con ms agrado, pero siempre mostrando reserva, apercibida a
romper toda relacin en cuanto tuviese la osada de quedarse sin qu
comer. D. Pantalen comenz a sentir por l una predileccin tan
sealada que el muchacho estaba sorprendido. Al fin par en lo que paran
generalmente estas predilecciones repentinas, en leerle un par de
folletos manuscritos que pensaba dar muy pronto a la imprenta. El uno se
titulaba _Ensayo para una patologa administrativa_; el otro era una
_Teraputica del comercio_. Se estudiaba en ellos lo mismo la
administracin pblica que el comercio desde un punto de vista
fisiolgico, con los modernos mtodos de la ciencia positiva,
explicndose admirablemente los reglamentos y los aranceles por la
accin combinada de las fuerzas naturales, como un simple fenmeno de la
vida orgnica, sin necesidad de acudir para nada a la voluntad de los
directores y jefes de seccin.

Todava le dio otra prueba de particular confianza y afecto. Despus que
le hubo hecho saborear los interesantes fenmenos patolgicos que su
penetrante inteligencia haba logrado arrancar a la vida administrativa
y comercial, un da le llam aparte con misterio y le dijo:

--Te voy a ensear, Mario, una cosa que te ha de sorprender y admirar.

Abri el cajn de la cmoda y sac una cajita de madera, y de ella un
sello de cauchouc. Tom un papel blanco despus y lo sell.

--Mira.

--Qu es esto?

--Un sello que pienso aplicar sobre las dos obras que voy a dar a luz y
sobre todas las dems que escriba en adelante.

--Pero qu dice aqu? No leo nada.

--No hay palabras; no hay ms que una figura. Obsrvala bien.

--Parece una mancha de tinta.

El ingenioso Snchez sonri con benevolencia.

--Fjate bien.

--Pues no puedo descifrarla--repuso despus de sacarse los ojos y dar
vueltas al papel cerca de la ventana.

--Es un zofito.

--Cmo?

--La figura de un zofito.

Y como viese el asombro pintado en el rostro de su hijo poltico, aadi
con sonrisa triunfal:

--Lo he escogido como blasn por ser un smbolo. El zofito es el primer
peldao de la escala animal. De l procede todo el gnero humano. Por lo
tanto, as como los nobles ponen en sus escudos las hazaas de sus
abuelos, yo, como hombre de ciencia, pongo en el mo con orgullo el
primero de mis antepasados. Qu te parece? No es una idea feliz?

Mario le contempl con la misma estupefaccin, pero sin revelar que se
hallase poco ni mucho admirado. Y es porque su espritu an no se
hallaba maduro para las grandes concepciones cientficas.

Luego su suegro le llev a la buhardilla, donde l haba modelado en
otro tiempo, y le mostr un verdadero laboratorio. Frascos, retortas,
cristales, cacharros grandes y pequeos, se hallaban esparcidos por el
suelo y sobre una gran mesa de cocina. All era donde don Pantalen y su
amigo Moreno se encerraban para impulsar el progreso de la humanidad.

--De esta pequea buhardilla saldr al fin algo que el mundo acoger con
asombro y aplauso--dijo con proftica iluminacin poniendo una mano
sobre el hombro a su yerno.

ste volvi a mirarle estupefacto.

--Tiene usted algn proyecto?

El ingenioso Snchez no contest. Qued largo rato pensativo, y por sus
grandes ojos tristes, meditabundos, pas algo grandioso.

--S, tengo un proyecto--dijo al cabo con voz solemne, llevndose una
mano a la frente.--Es un proyecto grande, asombroso. Nadie tiene de l
conocimiento, ni el mismo Moreno. No saldr una palabra de mis labios
mientras no lo haya realizado.

Mario no quiso preguntarle ms, respetando su silencio, y cambi de
conversacin.

D. Pantalen le manifest que le molestaba mucho no tener fogn en el
laboratorio. Todos los ingredientes que necesitaba poner al fuego los
llevaba abajo. Pero esto turbaba la cocina y adems era expuesto. Su
esposa se enfadaba y amenazaba con tirar las retortas al patio. La nica
que le ayudaba algo era Presentacin.

--Pero esto es por inters--dijo tristemente,--porque me necesita para
llevarla a paseo. En cuanto se case me abandonar.

En efecto, el amor haba hecho presa al fin en el corazn de la hija
menor del naturalista. Los ojos msticos, el cutis nacarado y la
inocencia de querubn de Godofredo Llot lograron lo que no pudieron el
ingenio tico y los modales desenvueltos de los chicos del comercio que
la festejaban a porfa en el caf del Siglo. Estos jvenes, por lo
general, eran hombres de mundo. El trato frecuente con las damas de la
aristocracia que entraban por la maana a escoger enaguas o medias les
haba hecho adquirir formas elegantes y distinguidas. Todos saban
decir: Ah! no seora, a nosotros nos cuesta ms de modo tan correcto
y con sonrisa tan persuasiva que no era posible resistirles. Al mismo
tiempo, las aventuras galantes que los domingos solan correr les
infundan la audacia y habilidad indispensables para apoderarse de los
corazones femeninos. En este punto llevaban inmensa ventaja al piadoso
Godofredo, que era todo candor, y que al acercarse a cualquier mujer se
arrebolaba como una nube herida por el sol.

Pero las dotes de Godofredo eran interiores y por lo mismo ms slidas.
No slo posea alma pura y virginal y un cuerpo inmaculado, sino que su
inteligencia, acalorada por el entusiasmo mstico, produca hermosas
obras, frescas y brillantes como las rosas de Mayo. Sus artculos,
leyendas y poesas en _El Pensamiento Catlico_ y en otras publicaciones
religiosas eran cada da ms gustadas por el pblico sano de la Espaa
tradicional. Lo que caracterizaba estos trabajos literarios y les
prestaba aroma penetrante y embriagador eran la devocin de la Virgen y
el entusiasmo por la Edad Media; los dos amores de Godofredo Llot. A la
Virgen la requebraba en sus odas con un ardoroso flujo de eptetos que
no se agotaba jams. La Edad Media era el tema constante de sus
ditirambos. Las catedrales gticas. Ah, las catedrales gticas!
Godofredo no se hartaba jams de describir la luz filtrndose por los
cristales de colores, la voz del rgano resonando en sus altas bvedas,
las oraciones de los fieles elevndose entre nubes de incienso, la
flecha calada de la torre sealando como un dedo al cielo.

Por esta razn todas las damas caan en xtasis cuando se hablaba de l.
Presentacin, cansada de hacer vctimas en el comercio, sinti el
encanto de aquel estilo florido, y le am. D. Carolina se inflam casi
al mismo tiempo de amor maternal hacia l. Las relaciones de Godofredo
siguieron las mismas etapas que las de Mario. Fue presentado en el
caf. Qu rubor ti sus mejillas nacaradas! Despus, en actitud
humilde, rog a D. Carolina que le permitiese, no acompaarlas en el
paseo, sino tan slo seguirlas de cerca respetuosamente. Y por muchos
das se vio a aquel rubicundo joven por los paseos a tres o cuatro pasos
de distancia de dos seoras, sin osar acercarse a ellas. Por ltimo,
entr en la casa y comenz a hablarse de matrimonio.

En este tiempo Godofredo se hallaba terminando una historia de Santa
Isabel de Hungra, que se preparaba a dar a la imprenta. Y como quisiese
poner al frente del libro el retrato de la Santa, pidi a Presentacin
el suyo para hacerlo grabar. Este rasgo ingenioso y delicado caus
impresin profunda, tanto en su novia como en D. Carolina. La buena
seora empez a ser para l lo que haba sido para Mario, una verdadera
madre. Convinieron en que Godofredo la llamase mam, pero no en
presencia de D. Pantalen, cuidado! y le tute y le permiti besarla, y
le reprenda, y le gobernaba. En fin, se repiti punto por punto lo que
haba pasado con Mario. Y si tuviera veinte hijas, veinte veces se
repetiran aquellas escenas conmovedoras; porque D. Carolina tena un
corazn muy grande y muy maternal.

Cualquiera podra imaginar que Timoteo el violinista del Siglo, en vista
del curso torcido de los sucesos, haba desistido de su desgraciada
pasin por la hija menor de los seores de Snchez. Ah! Los que tal
imaginasen no saben lo que es el amor cuando prende en el corazn de un
artista. Timoteo se complace siempre en alimentar este amor con
incesantes y secretas meditaciones y gusta de exhalar sus quejas
lnguidamente por medio del violn. Presentacin lo sabe. Sabe que todos
los nocturnos melanclicos, lo mismo que las arias trgicas
desgarradoras, a ella van dirigidos. Percibe el dejo amargo del
_andante_, la fuga impetuosa del _allegro_ y hasta la ficticia, nerviosa
alegra del _scherzo_. Y no se enternece. Al contrario, en cuanto
observa que el violn arrastra las notas de cierto modo particular
extraordinariamente lnguido, se pone inquieta, nerviosa, no sabe lo que
dice, se muerde los labios y sacude la cabeza con desesperacin. Es
posible que la nia menor de D. Pantalen suponga que un violn no tiene
derecho a expresarse de modo tan ardoroso, o bien considere como un
insulto personal aquel juego inusitado de las corcheas.

Todava si se circunscribiese al lenguaje musical la pasin de Timoteo,
podra hallar tolerancia, si no en Presentacin, cuyo entendimiento
estaba lleno de prejuicios desfavorables para el artista, al menos para
las personas sensatas e imparciales. El lenguaje de la msica es vago;
las ofensas que puede inferir dbiles; se expresan generalmente por un
_trmolo_ donde hay ms resignacin que soberbia. Pero en cuanto
terminaba con el violn nuestro joven se vena hacia la mesa donde la
familia Snchez tomaba caf y les rociaba de saliva a poco que se
descuidasen. Esto, en verdad, no lo sufrira ninguna persona, por
sensata que fuese.

--Buenas noches, D. Carolina. Buenas noches, D. Pantalen. Buenas
noches, Presentacioncita.

Era horrible. Presentacin le deseaba de todas veras la muerte.

La actitud de Timoteo respecto a Godofredo, su aborrecido rival, estaba
llena de calma y desdn. La mayor parte de las veces cuando se acercaba
a la mesa no le daba las buenas noches ni le diriga siquiera una
mirada. Pero en ocasiones, atacado de cierto espritu sarcstico y
jocoso, pretenda burlarse repitiendo del modo ms desdichado las bromas
de Moreno.

--Hola, Sr. Llot, cuntas misas ha odo usted hoy? Ha estado usted en
las Gngoras esta tarde?

Godofredo no se daba por ofendido; sonrea dulcemente, acostumbrado a
aquellos martirios que a causa de su piedad le infligan los amigos.
Pero su novia se crispaba, se pona plida de ira y sola responder por
l:

--Caramba, que tiene usted gracia, Timoteo! Es usted espontneo como
pocos.

D. Carolina no se ofenda menos con la insistencia irracional que el
violinista mostraba en enamorar a su hija. Poda perdonarle que su boca
fuese una regadera cuando hablaba, y la medida anormal de esta boca, y
otros defectos corporales; pero, francamente, que pretendiese estorbar
el matrimonio de su nia, que un rasca-tripas como l tratase de
competir con aquel claro fanal de todas las virtudes, con aquel lirio
fragante que la Providencia iba a darle por yerno, para esto no haba
perdn ni en la tierra ni en el cielo. Se enfureca cuando le vea
acercarse a la mesa, le daba toda clase de desaires, le demostraba de
mil maneras que estaba ejecutando una accin infame. Nada, Timoteo no
cejaba. Buenas noches, D. Carolina.--Buenas noches, D.
Pantalen.--Buenas noches, Presentacioncita. La irritada seora lleg a
pretender que Mario le hablase para hacerle desistir de su locura, y si
fuera necesario le amenazase. Pero aqul se neg a este paso ridculo.

Afortunadamente el matrimonio de su nia avanzaba rpidamente hacia su
consumacin, y muy pronto quedaran libres de tan enfadosa mosca.
Godofredo haba insinuado ya varias veces su casto deseo. D. Carolina
le present al instante las consabidas dificultades. Era necesario
arrancar el consentimiento de Snchez, un hombre severo, intratable;
ella intercedera; hara cuanto estuviese en su mano, etc., etc. Con
esto el deseo de Godofredo se encendi ms y ms, y no par hasta que lo
puso en va de ejecucin. Pero, como joven virtuoso y timorato, quiso
dar a este asunto la solemnidad debida, haciendo intervenir en l un
representante de la religin.

Godofredo tena numerosos amigos en el clero de Madrid, alto y bajo. Era
el nio mimado de las sacristas. Pero con quien mantena amistad ms
estrecha era con cierto presbtero plido, delgado, huesudo y miope
llamado don Jeremas Laguardia. Este D. Jeremas desempeaba un cargo en
el Tribunal de la Rota, tena el ttulo de predicador de S. M. y el de
prelado domstico de S. S. Era activo, intrigante, de genio vivo y trato
campechano. Godofredo y l se hicieron en poco tiempo ntimos amigos.
Laguardia tena tendencias a la dominacin; le gustaba servir a los
amigos, pero dominndolos. Godofredo, por su temperamento suave y dcil,
se acomodaba admirablemente a estas tendencias. Todas las tardes, sin
dejar una, vena D. Jeremas a buscar a Godofredo para salir de paseo, y
todas las maanas, sin dejar una tampoco, iba Godofredo a or la misa
que D. Jeremas deca en San Gins. Recientemente el prelado domstico
haba hecho un viaje a Roma, y trajo para su amigo nada menos que un
ttulo de _hijo predilecto de la Iglesia_. Godofredo estaba loco de
alegra. Deca que no cambiara aquella distincin por la cartera de
ministro. D. Carolina llor de gozo y le abraz con efusin al saber la
noticia. Presentacin se ruboriz de placer.

Pues este presbtero, tan servicial como voluntarioso, fue el encargado
de conducir las negociaciones para el matrimonio. Godofredo le confi
sus poderes o se los tom l; no es fcil averiguarlo. De todos modos,
cierta maana lleg a casa del ingenioso Snchez y tuvo una larga y
secreta conferencia con los seores. Lo que pas en esta entrevista no
se supo, pero s pudo observar quien le siguiera los pasos que Laguardia
se quit las gafas para limpiarlas tres o cuatro veces antes de llegar a
casa; signo evidente de preocupacin: las habituales contracciones
nerviosas de su rostro se multiplicaron hasta llamar la atencin de los
transentes.

No se alter el curso de los sucesos en apariencia. Godofredo sigui
acudiendo a casa de su novia. El matrimonio pareca definitivamente
concertado. No obstante, cuando menos poda esperarse, Presentacin
recibi una larga epstola de su futuro en que a vueltas de mil frases
dulces, untuosas, impregnadas de resignacin cristiana, le manifestaba
que por el momento le era imposible pensar en casarse. Rudo golpe para
l, que se juzgaba prximo a realizar el sueo de su vida! El deber, un
deber penossimo, le obligaba a desatar el lazo que con tal anhelo
aspiraba a hacer indisoluble. Slo la Religin (con r grande), la fe y
la tranquilidad de la conciencia podran esparcir un blsamo sobre
aquella herida incurable. Godofredo guardaba silencio sobre la
naturaleza del deber que le obligaba a faltar a su palabra.

La carta cay como una bomba sobre la familia Snchez. D. Pantalen,
aunque sinti el disgusto de su hija, slo vio en la determinacin de
Llot un fenmeno fisiolgico, pero se guard bien de explicarlo. En el
estado de exaltacin en que se hallaban los nimos pudiera levantar un
conflicto. D. Carolina era la nica que saba a qu atenerse. El
presbtero, en su conferencia, haba insinuado la palabra dote. La buena
seora manifest que no eran ricos y que sus hijas no podan llevarla al
matrimonio. Con esto el presbtero protest de su intencin al
pronunciar aquella palabra, declarando que nada haba ms indiferente a
insignificante en el matrimonio que el dinero. Una nia virtuosa,
inocente, piadosa, como su hija, era un tesoro inapreciable. Los
intereses cosa deleznable que un joven virtuoso tambin y de talento,
como su amigo, despreciaba absolutamente. Sin embargo, D. Carolina
tena la certeza que sta era la clave de la incomprensible epstola.

Presentacin llor, pate, escribi una carta llena de insultos al
traidor, y durante varios das fue el tormento y la compasin de sus
padres. Mario tom parte tambin muy viva en su pesar. Con l desahog
su pecho la dolorida nia, comunicndole las sospechas que agitaban su
alma.

--Creme, Mario, Godofredo est muy engredo. Tanto le adulan por lo
bien que escribe, tantos piropos le echan las condesas y las duquesas
con quienes trata, que ha llegado a despreciarnos. Sobre todo, desde que
le han hecho hijo predilecto de la Iglesia, te aseguro que se haba
puesto irresistible. Me hablaba con un tono de superioridad y hasta de
compasin que me hera; estaba distrado, me contradeca en todo lo que
hablaba y se manifestaba tan fro que me dejaba casi todos los das
llorando. Ya ves... Mario--aadi limpindose las lgrimas que le
brotaban a los ojos,--el que sea hijo predilecto de la Iglesia no me
parece motivo para que desprecie a una mujer que tanto le quera.

--Claro que no!

Tan mal le pareci la conducta de su amigo que resolvi pedirle
explicaciones acerca de ella. Presentacin se opona.

--No es por ti solamente--le respondi Mario.--Es que lo que contigo ha
hecho resulta en ofensa ma, y quiero saber si puedo seguir siendo su
amigo.

Trat de verle en el caf; pero Godofredo no asista all desde el
rompimiento de sus relaciones, por no tropezar con la familia Snchez.
Entonces se decidi a ir a su casa. Llot viva en una de huspedes,
modesta y patriarcal, de la calle de Jess del Valle. El paraje
tranquilo, los tiestos de flores que observ en los balcones, la
escalera limpia y blanqueada y la sencilla amabilidad de la portera
produjeron excelente impresin en nuestro escultor. La casa tena
marcado sabor conventual; haba all algo puro, inmaculado, que
corresponda admirablemente con la inocencia y las costumbres devotas de
su amigo. Es imposible, pens al tirar del cordn de la campanilla, que
ese muchacho haya ejecutado una accin tan fea si no es por algn motivo
invencible. Sali a abrirle una vieja, y luego acudi otra, y luego
otra, todas muy limpias, muy charlatanas, muy risueas. La primera se
inform de lo que traa por all. Al saberlo, cay en un espasmo de
alegra tal que nuestro joven no pudo menos de sonrer.

--Viene a ver a D. Godofredo--dijo comunicndole la feliz noticia a la
segunda.

sta la recibi con el mismo gozo y se apresur a ponerla en
conocimiento de la tercera, que se sinti no menos satisfecha. Las tres
se le quedaron mirando en silencio, dulces y placenteras, como si
estuviesen contemplando una persona querida que no hubiesen visto en
mucho tiempo.

--Pero en fin, est en casa?--pregunt al cabo, un poco molesto de
aquella risa inmotivada.

--Pues no ha de estar, seor! A estas horas no ha de estar!--exclam
la primera en el colmo de la sorpresa.

--D. Godofredo no sale nunca despus de almorzar--dijo otra.

--Espera a D. Jeremas para tomar caf. No hace ms que un momento que
ha llegado--manifest la ltima.

--Ah! Tiene visita? Entonces me vuelvo--replic Mario retrocediendo.

Pero ya una de las viejas haba cerrado la puerta.

--Cmo! No faltaba ms! Pase usted, caballero, pase usted. D. Jeremas
no es visita. Siga, siga, seor; siga adelante.

Y las tres le empujaban por el pasillo hablando a un tiempo, asustadas
sin duda de que por motivo tan balad quisiera destruir su felicidad.

El pasillo resplandeca de blancura. Aqu y all haba colgadas algunas
estampas piadosas. Mario crea percibir el olor del incienso. Al llegar
a cierta puertecita adornada con una cortina de cuero, como slo se ve
en las iglesias, una de las viejas llam con los nudillos.

--Se puede?

--Adelante--respondi de adentro una voz que no era la de Godofredo.

La vieja levant el pestillo y empuj la puerta. La estancia que
apareci a los ojos de Mario semejaba talmente una capilla. Haba all
tanta estampa con marco dorado, tanto fanalito, tantas palmas y flores
contrahechas, que sorprenda no or el sonido del rgano y el rezo de
los fieles. Las cortinas de damasco con una franja de galn dorado. Los
muebles viejos y lustrosos por el uso. Haba una cmoda con un San
Antonio de madera encima y dos candeleros de plata a los lados, que
pareca exactamente un altar. Para que la semejanza fuese ms completa,
haba tambin su pila de agua bendita.

En aquel tabernculo no poda alojar un hombre como los dems, sino un
alma pura y virginal, una blanca paloma, un cordero mstico, un San Luis
Gonzaga o una Santa Catalina de Sena. Mario not, al poner el pie
dentro, el perfume de placidez y candor que exhalaba y sintiose posedo
de respeto. Sin embargo, en el fondo de la estancia no haba ningn
ngel en oracin o virgen en xtasis, sino dos hombres tomando caf al
pie de un velador y saboreando copitas de ron. D. Jeremas Laguardia,
muellemente recostado en una mecedora, chupaba un tabaco habano de
tamao disforme. Se haba quitado los manteos, quedndose en sotana,
libre y desembarazado como si estuviera en su casa. Godofredo se
levant apresuradamente al ver a Mario y sus cndidas mejillas se
tieron de vivo carmn.

--T por aqu? Cunto me alegro!

Y le abraz cariosamente y le oblig a sentarse, ponindole una copa
delante.

D. Jeremas no se levant. Su cortesa se satisfizo con incorporarse
levemente y enviar al advenedizo, a guisa de saludo, una mueca que
quera parecer sonrisa. Mario se sinti cohibido. Aquel cura no le era
simptico.

Godofredo, repuesto de la sorpresa, se mostr amabilsimo con su amigo,
le colm de atenciones, hablando sin cesar. De tal modo, que pareca
evitar cuidadosamente por medio de una conversacin varia e interesante
que Mario tuviese ocasin para decirle a qu haba venido. Pero ste se
mostraba a cada instante ms taciturno. Bruscamente le dijo:

--Godofredo, necesitaba hablarte algunos instantes a solas. T me dirs
a qu hora puede ser.

--A solas?--pregunt el terso joven, ruborizndose de nuevo.--Por qu
a solas?

--Pueden ustedes hacerlo ahora mismo, porque yo me voy--dijo el
presbtero levantndose.

Pero Godofredo le tir de la sotana y le oblig a sentarse de nuevo.

--De ninguna manera, padre. No faltaba ms! Todo lo que Mario ha de
decirme puede usted escucharlo muy bien. Verdad, querido?--aadi
dirigindose a su amigo con amable sonrisa.

Mario qued confuso.

--Sin embargo, podemos dejarlo para otro da... Yo quisiera que nuestra
conversacin fuese sin testigos.

--Si el padre Laguardia es mi director espiritual!--exclam el piadoso
joven volviendo hacia ste su rostro iluminado por una sonrisa de
afeccin filial y sumisin.--Cuanto puedas decirme no importa que sea
escuchado por l. Si no tiene importancia, porque es indiferente que lo
sepa. Si atae a mi conciencia, porque estoy obligado a comunicrselo en
el tribunal de la penitencia.

La fisonoma nerviosa del presbtero ejecut algunas fuertes
contracciones. Para mostrarse enteramente neutral dio un largo chupetn
al cigarro, envi la bocanada de humo al aire y se qued mirando al
techo.

La sorda irritacin que Mario abrigaba contra su amiguito creci. Pens
que no quera quedarse a solas con l por miedo a las recriminaciones. Y
resolvindose de pronto dijo con cierta aspereza:

--Pues bien, el objeto de mi visita ya debes suponerlo.

Godofredo le mir con ojos de asombro, tan dulces y candorosos que su
irritacin se calm un poco.

--No quiero que supongas--aadi evitando su mirada--que nadie me enva
a ti. Lo mismo mi cuada que sus padres tienen bastante dignidad para no
acordarse ms del santo de tu nombre. Pero has sido mi amigo hasta
ahora, me has dado parte de tu matrimonio con mi hermana poltica, y al
romperlo tan bruscamente creo tener derecho a pedirte una explicacin.
Deseo saber si desde que este seor ha ido a casa de mis suegros a
pedirles la mano de Presentacin tienes algn agravio de ellos o de
ella.

Godofredo se puso rojo de nuevo y luego plido. Al cabo balbuci con
trabajo:

--Yo creo que mi carta...

--Tu carta es un verdadero cien pies. Despus de haberla ledo con
cuidado dos veces, nada he sacado en limpio. Hay en ella una vaguedad
que parece premeditada y hasta ofensiva. Reconozco tu derecho a romper
un lazo que la ley no haba consagrado todava, pero debes de comprender
que sobre la ley est la decencia, y que entre personas decentes la
palabra algo vale. El que la rompe sin motivo podr no tener pena, pero
desde luego queda castigado en la conciencia de las personas honradas.

--Mario, por Dios! Me ests tratando con mucha dureza--respondi
atribulado el joven, haciendo pucheros para llorar.

--Va usted a dispensarme que intervenga en este asunto--manifest
entonces el presbtero con voz que pareca el chirrido de una bisagra
enmohecida, incorporndose un poco y llevndose nerviosamente la mano a
las gafas para sujetarlas.--Las relaciones que mi amigo Llot sostena
con su seora cuada han terminado no porque mediase agravio alguno,
sino por un deber de conciencia.

--Ah, no saba que Godofredo tuviese un compromiso de honor! De todos
modos, debiera declararlo antes del paso que ha dado, o usted en su
nombre.

--No es eso, querido, no es eso--repuso el cura con sonrisa de lstima,
recostndose de nuevo y chupando el cigarro.--No se trata de un
compromiso como el que usted supone maliciosamente. Mi amigo Llot es un
joven de costumbres intachables. Ojal hubiese muchos como l! Lo que
hay es que por las cualidades que Dios le ha concedido se le ofrece un
porvenir brillante, y que este porvenir brillante puede ser cortado por
un matrimonio hecho a tontas y a locas, esto es, sin ciertas condiciones
que yo juzgo de absoluta necesidad en este caso.

Mario se sinti molestado por estas palabras y replic con viveza:

--Pero qu tiene que ver con esto el deber de conciencia de que usted
hablaba?

--Ah ver usted!--replic el presbtero con la misma sonrisa de
lstima. Y aadi despus de una pausa que se prolong hasta rayar en la
insolencia:--Los hombres a quienes la Providencia tiene reservados
ciertos destinos, Sr. Costa, no se pertenecen.

Mario qued sorprendido.

--Ah! De modo que porque Godofredo tiene un porvenir brillante est
exento de cumplir sus palabras?

--Eso es!--replic el padre Laguardia, sonriendo de igual modo
insolente.

Levant un poco los pies para mecerse y chup el cigarro con
voluptuosidad.

Aunque nuestro joven no tuviese un temperamento irritable, antes al
contrario haba dado siempre pruebas de paciencia, los modales groseros,
despreciativos, del presbtero estaban a punto de hacrsela perder.

--El porvenir de Llot--se dign al cabo decir--es de un gnero
particular. En la actualidad, como usted debe de saber, no es fcil
hallar hombres que desde el comienzo de la vida manifiesten
sentimientos piadosos, se unan con el corazn y la inteligencia a la
doctrina de nuestra madre la Iglesia. La juventud est corrompida hasta
los huesos. No hay mueco que no haga gala en el da de pisotear los
preceptos religiosos. As, cuando aparece un joven como Llot, que a un
corazn puro y a una piedad ardiente une el talento, la ilustracin, la
elocuencia...

--Padre, por Dios!--exclam Godofredo angustiosamente.

--Cuando al talento, la ilustracin y la elocuencia--sigui Laguardia
sin mirar hacia l y dirigindose siempre a Mario--une adems la
modestia, entonces cualquiera puede decir: Ese muchacho est llamado
por Dios para algo grande, para ser un baluarte de la fe y combatir los
perniciosos errores que andan esparcidos por el mundo. Los que tenemos
la dicha de mantenernos firmes en medio de la tempestad, los que
flotamos por la gracia de Dios en este mar de la incredulidad, tenemos
el deber de ayudarle. Ahora bien, un matrimonio realizado con ciertos
requisitos que no necesito explicarle puede matar en flor las esperanzas
que sobre l tenemos fundadas.

--Usted me permitir. Yo pienso que un hombre debe portarse bien en
todos los momentos de su vida, cualesquiera que sean las esperanzas que
sobre l funden sus amigos.

--Hay que distinguir, amigo; hay que distinguir--dijo el presbtero
volviendo a su actitud grosera.--Los hombres no somos iguales. Hay
deberes generales a todos y los hay particulares a cada uno segn sus
circunstancias. Si Llot fuese un cualquiera, un empleadillo de mala
muerte, eso que usted dice estara perfectamente. Siendo un hombre
excepcional no puede sacrificar deberes altsimos a otros ms pequeos,
teniendo en cuenta que en sus relaciones amorosas nada hubo que pueda
perjudicar en lo ms mnimo la honra de su seora cuada.

Mario se sinti herido y confuso. Pens, y acaso no le faltaba razn,
que lo del empleadillo de mala muerte iba con l. La sonrisa
despreciativa del presbtero le enrojeca la cara como una bofetada.

--Dgale usted ahora, padre--profiri Godofredo,--que yo, en este
asunto, no he hecho ms que acatar los consejos de mi confesor.

--Los consejos no; los mandatos--chill Laguardia.--Yo, como su director
espiritual, le he ordenado renunciar a ese matrimonio. S que se ha
hecho violencia para ello. Tanto ms meritorio!

Al pobre Mario, poco diestro y menos aficionado a las polmicas, no se
le ocurri nada para combatir las teoras del presbtero. Las dio por
buenas guardando silencio. Sinti malestar indecible y pesar de haber
venido.

Godofredo se apresur a cambiar de conversacin. Se habl de los amigos
del caf; le hizo mil preguntas acerca de l mismo, enterndose con vivo
inters de su nio. Estuvo obsequioso y amable como l solo saba
estarlo. Era la dulzura personificada. En cambio Laguardia, que por lo
visto haba medido el alcance de Mario en los negocios de la vida, no
hizo ya de l caso alguno. Habl, chill, ri, manote, dirigindose a
su amigo como si estuvieran solos. Imposible mostrar una indiferencia
ms despreciativa.

Cada vez ms triste y confuso, Mario se levant al fin y se despidi
framente. Godofredo le acompa hasta la puerta de la escalera.

--Puedes creerme, Mario; me ha costado muchas lgrimas el obedecerle. Si
no fuese por el cumplimiento de mi deber, jams hubiera renunciado a la
dicha de contraer matrimonio con tu cuada. Te ruego se lo hagas
presente, y que nunca la olvidar en mis oraciones--le dijo al darle la
mano, mientras dos gruesas lgrimas rodaban por sus mejillas.

Pero qu facilidad tena aquella criatura para liquidar sus penas!

Mario march, con la cabeza baja y el alma llena de repugnancia, hacia
casa de sus suegros. Y en el camino fue cuando se le ocurrieron mil
argumentos para desbaratar el sofisma del cura Laguardia. Siempre le
pasaba lo mismo. No era pronto ms que para ver y sentir: su
inteligencia perezosa necesitaba tomarse tiempo para formar
razonamientos. Llevaba el propsito de aconsejar a su cuada que
olvidase enteramente a Godofredo. ste, en su concepto, era un chico de
corazn excelente, dulce y sensible como pocos, pero tan dbil de
carcter que cualquiera le dominaba. Esto, unido a su devocin
exagerada, le hara vivir en poder del padre Laguardia.

Cuando llam a la puerta de su suegro percibi algo que le inquiet.
Tardaban en abrirle: crey or un gemido doloroso y llam de nuevo con
sobresalto. La criada tena la fisonoma descompuesta y le mir con ojos
extraviados.

--Qu pasa?--exclam anhelante.

Pero en aquel instante su suegra sali de uno de los cuartos y se abraz
a l sollozando.

--Ay, Mario del alma, no sabes lo que acaba de suceder!

El joven se puso horriblemente plido y profiri con voz ronca:

--Carlota!...

Su mujer apareci por el extremo del pasillo plida y grave y avanz
lentamente.

--Carlota! el nio?...--volvi a gritar acongojadamente.

Carlota hizo un signo negativo con la cabeza. En aquel momento, un grito
desgarrador hiri sus odos. Era la voz de Presentacin.

D. Carolina quiso contarle lo que pasaba, pero los sollozos le impedan
hablar: no articulaba ms que frases incoherentes, de dolor unas y de
indignacin otras. Su mujer entonces le cogi por la mueca, le arrastr
hacia la sala y le puso al cabo de lo que ocurra. D. Pantalen haba
dado como otras veces una retorta a Presentacin para que la pusiera al
fuego. La nia cumpli el encargo, pero al llevrsela de nuevo a su
padre, cuando ste se la pidi, el lquido se haba inflamado y le quem
la cara espantosamente. Se llam al mdico corriendo y la estaba curando
en aquel momento.

Mario experiment vivo dolor. Aunque la desgracia no hubiera recado en
los dos seres que ms amaba en el mundo, era tan afectuoso y tena tal
predileccin por su cuada, que el disgusto no fue mucho menor. Trmulo,
acongojado, acudi al cuarto de la enferma. La desdichada Presentacin
exhalaba gemidos lastimeros mientras el mdico reconoca las heridas
minuciosamente. Eran tan fieras, que Mario al verlas volvi la cabeza
con espanto. Sin embargo, pudo vencerse y dijo esforzndose en dar a su
voz una inflexin natural:

--No te asustes, mujer, que eso no vale nada. Tu madre y tu hermana me
haban asustado. Verdad, doctor, que eso no es nada?

--Mario! Eres t, Mario?--grit la nia.--No te veo, Mario!... No te
veo!... no te veo!

Y su grito era cada vez ms alto y desgarrador.

--Ya me vers... No te asustes--repuso el joven, a cuyos ojos acudieron
las lgrimas.

Al mismo tiempo hizo un signo interrogativo al mdico. ste respondi
sacudiendo la cabeza con expresin de duda.

Un ayudante preparaba hilas. La criada iba y vena atortolada. D.
Carolina sollozaba en un rincn. Slo Carlota tena nimo para sostener
a su hermana y mirar sin pestaear las horribles quemaduras. Su honda
emocin no se lea ms que en la blancura de cera de su tez.

La desdichada Presentacin no cesaba de exhalar quejas a las cuales
aada frases desesperadas que desgarraban el alma.

--Dios mo, qu pronto se ha concluido el mundo para m!... Quin
haba de pensar hace un instante que no os volvera a ver ms! Decidme,
mam, Carlota, Mario, he sido tan mala que merezca este horrible
castigo?

--Calla, calla, Presentacin--deca suavemente su hermana.--Es ms el
susto que el dao. Dentro de ocho das no tienes nada.

Cuando terminaba la cura, Mario pregunt a su esposa en voz baja:

--Y tu padre, dnde est?

No lo dijo tan bajo que no llegara a los odos de D. Carolina.

--En el infierno!--exclam con acento rabioso.--All deba estar ese
brbaro!

Todo el respeto que durante una larga vida haba ido acumulando sobre la
cabeza de su marido huy repentinamente, barrido por la tempestad que
ruga en su alma. Qu recriminaciones! Qu desprecios! Cunto
denuesto! Carlota y Mario hacan esfuerzos intiles por calmarla.

Al cabo ste, pensando en la tribulacin de su suegro, le busc por toda
la casa sin hallarlo. Subi a la buhardilla, que le serva de
laboratorio, y antes de llegar escuch sus pasos, firmes, acompasados,
por la habitacin. Mir por el agujero de la cerradura. En efecto, el
clebre fisilogo se paseaba lentamente, con las manos en los bolsillos,
de un rincn a otro de la estancia, atestada de frascos y retortas,
estampas de anatoma e instrumentos de fsica. Tena los bigotes an ms
cados que de ordinario; los ojos an ms opacos. stas eran las nicas
insignificantes alteraciones que se observaban en su continente. Por lo
dems, la misma suave serenidad se esparca por su rostro reflexivo; la
misma dignidad cientfica surga de sus movimientos. Mario empuj la
puerta. D. Pantalen detuvo el paso y volvi hacia l su mirada vaga.
Avanz algunos pasos y le estrech largo tiempo entre sus brazos en
silencio. Al cabo dijo, apartndose, con acento solemne:

--Transformaciones de la materia. Una mrtir ms de la ciencia!

Mario le contempl lleno de pasmo, como siempre que se acercaba desde
haca algn tiempo a aquel hombre extraordinario.




XII


Presentacin no qued ciega, pero s desfigurada. Era un dolor ver aquel
rostro, tan hechicero en otro tiempo, ultrajado por repugnantes
costurones. La infeliz no cesaba de llorar, aunque con esto daase a sus
ojos, an no curados por completo. Una honda tristeza dominaba a toda la
familia.

Sin embargo, su digno jefe D. Pantalen, por virtud de una actividad
incesante, atenta siempre a los hechos, aun los ms insignificantes, del
mundo de la Naturaleza, y resguardado por las grandes verdades del orden
fsico y qumico que haba podido adquirir, se hallaba fuera del
alcance de toda emocin penosa. Haba publicado ya la _Teraputica del
comercio_ y la _Patologa administrativa_. Pero su inteligencia haba
crecido de tal manera con el rgimen de los alimentos fosfatados a que
se hallaba sometido, que estos interesantes libros nada valan al lado
de las empresas prodigiosas que su mente proyectaba. Por de pronto,
entre l y Moreno comenzaron a redactar dos revistas cientficas
mensuales, una titulada _El Mundo Orgnico_ y la otra _El Mundo
Inorgnico_, para dar a conocer al pblico las observaciones que en los
dos mundos iban haciendo con maravillosa penetracin.

Estas observaciones no se limitaban al laboratorio. El estudio directo
de la Naturaleza y de la vida social se las ofreca muy varias. Para
ello hacan frecuentes excursiones a los alrededores y pueblos
comarcanos de Madrid. Generalmente las hacan a pie, vistiendo ambos el
largo y vueludo gabn caracterstico de los sabios, sombrero de alas
amplsimas y zapatos claveteados; en la nariz, las imprescindibles gafas
de cristales ahumados y en la mano sendos paraguas de tela de algodn.
Con este arreo nadie dudara que aquellos hombres estaban destinados a
arrancar a la Naturaleza sus secretos. Pero D. Pantalen llevaba gran
ventaja en este punto a su compaero. Ningn sabio moderno estuvo dotado
de figura ms grave, majestuosa y verdaderamente cientfica. Era
necesario remontarse con la fantasa a Soln o a Anacharsis el Viejo
para representarse algo tan profundo y reflexivo.

Las excursiones duraban siempre un da. Era condicin imprescindible que
haba puesto Moreno. Y aun as apuraba casi siempre para la vuelta a fin
de no llegar despus de las siete de la tarde. Traa maravillado esto al
ingenioso Snchez y un s es no es inquieto, porque cmo acordar estas
costumbres metdicas y sedentarias con la existencia azarosa que su
amigo haba llevado hasta entonces? Cmo no sorprenderse de que un
hombre nacido en el arroyo y en lucha constante con la sociedad tuviese
tal cuidado de retirarse cuando las gallinas? Lleg a pensar en estas
perplejidades si Moreno estara afiliado a la secta de los anarquistas,
y fuese la hora destinada para reunirse y concertar sus planes
siniestros de destruccin. Y andaba receloso y observndole; porque
Snchez era un revolucionario del pensamiento nada ms y no le haca
gracia alguna hallarse complicado en el asunto de los explosivos.

Algunos meses despus del desgraciado accidente de Presentacin, el
causante directo y el indirecto de aquella desgracia resolvieron hacer
una excursin al vecino pueblo de G... distante unas dos leguas, donde
les dijeron que haba un reo de muerte que sera ejecutado a los pocos
das. Uno y otro deseaban tener con l una conferencia, estudiar sus
anormalidades orgnicas y comprobar sobre el terreno los datos
antropolgicos que ya conocan tericamente. Salieron bien de madrugada
una maana en la disposicin que otras veces y caminaron por la
empolvada carretera sin hablarse, entregados a las profundas reflexiones
que les sugera siempre el gran libro de la Naturaleza, que hoja por
hoja se proponan leer hasta el fin. El sol nadaba en un cielo azul y
lmpido; el cielo de Madrid. Por todas partes se extenda una tierra
ondulante de lomos anchos redondeados y vestidos de verde por el trigo y
la cebada nacientes. D. Pantalen, saliendo al fin de su mutismo, hizo
en voz alta la observacin de que las gramneas estaban muy hermosas,
a lo cual respondi su compaero que era la poca del crecimiento de
las monocotiledneas.

Prosiguieron en silencio su camino, y poco antes de llegar a G..., se
detuvieron en un ventorro a refrescarse. Haba all un hombre de baja
estatura y recias espaldas que paladeaba un vaso de vino para marcharse
tambin. Este hombre trab inmediatamente conversacin con ellos, lo que
no es raro en Espaa. El ingenioso Snchez aprovech la ocasin para
pedirle datos acerca del reo que iba a ver.

--Quin, el _Pollo_? Anda, que buen polvo lleva a estas
horas!--exclam soltando la carcajada.

--Cmo?

--Na, que se ha fugado esta misma noche de la crcel! Abri un agujero
en la pared con una palanqueta, que nadie sabe quin se la dio ni cmo
la esconda, y se tir al patio. De all gate por la pared y subi al
tejado de un almacn, y de all se ech a las huertas. Hay quien cree
que est escondido en el pueblo: los civiles vigilan mucho los
alrededores.

D. Pantalen y Moreno quedaron muy disgustados. Haba fracasado su
excursin. Pagaron los refrescos y salieron de la taberna. El hombre que
les diera la noticia sali con ellos, y al verlos tomar el camino de
Madrid, les pregunt con sorpresa:

--Pero no iban ustedes a G...?

--S, seor, pero bamos a visitar al _Pollo_.

El hombre se les qued mirando con respeto.

--Son ustedes, por casualidad, de la Audiencia?

Los sabios quedaron un poco embarazados. Al cabo Moreno dijo:

--No, seor; somos antroplogos.

El hombre les contempl con gran sorpresa y mayor respeto an. No saba
qu era aquello, pero calculaba que deba de estar relacionado de cerca
con el gobierno.

--Pues si quieren pasar por V..., adonde voy, tendrn compaa y menos
polvo.

Aceptaron la oferta. Tomaron la vereda que a aquel pueblo conduca, y
Moreno y Snchez, que no perdan la ocasin de enriquecer su cuaderno de
notas con las observaciones antropolgicas que podan recoger, le
abrumaron instantneamente a preguntas. El caminante les responda de
buen grado. Era de fisonoma inquieta, ademanes sueltos y voz propensa a
alterarse. Pareca de carcter franco y alegre. Moreno, encargado de las
observaciones botnicas, geolgicas y zoolgicas, le hizo bastantes
preguntas sobre la naturaleza del suelo y sus productos. El ingenioso
Snchez, a quien competan las biolgicas y sociolgicas, se inform
minuciosamente del carcter y costumbres de los habitantes. La
conversacin vino por fin a recaer sobre el _Pollo_.

--Tiene familia?--pregunt D. Pantalen.

--S, seor; cinco hijos.

--Ah! Pues entonces no se hubiera hecho nada con ahorcarle si no se
ahorca tambin a sus cinco hijos.

--Cmo!--exclam el caminante dando un paso atrs.--Quera usted que a
esas criaturas, que la mayor tiene nueve aos...

--Desde luego--repuso grave y firmemente D. Pantalen.--Para destruir el
delito es absolutamente indispensable destruir los grmenes.

--Pero qu culpa tienen esos pobres nios?--exclam cada vez ms
estupefacto el hombre.--Qu culpa tienen esos pobres nios de que su
padre sea un bandido?

Una sonrisa de lstima contrajo los labios e hizo brillar un momento los
ojos mortecinos de Snchez.

--Culpa? Esa palabra es un absurdo cientfico. El delito es un
fenmeno, sabe usted? un fenmeno natural. Nadie tiene culpa de l. Al
criminal se le debe matar, no porque tenga culpa, sino porque produce
una perturbacin en el organismo social. Y como esa perturbacin se ha
de prolongar si tiene hijos por medio de la herencia, precisa eliminar
tambin a esos hijos.

--Me parece a m, seor--repuso el caminante, que slo vagamente haba
comprendido las palabras de D. Pantalen,--que si a esos nios se les
educara con cario seran personas honradas. Yo conozco al mayor, y
parece muy humilde el pobrecillo.

--Sera intil, crame usted. Hoy se ha adelantado mucho en esa materia.
Hoy se sabe perfectamente, examinando el crneo y los antecedentes
hereditarios de cada hombre, quin ha de ser criminal y a qu clase ha
de pertenecer, esto es, si ha de ser asesino, incendiario, estafador,
etc. As es que yo creo, y me propongo publicar un folleto
sostenindolo, que todos los hombres deben ser reconocidos al llegar a
cierta edad por antroplogos competentes, y si presentan los caracteres
del tipo criminal, que sean eliminados inmediatamente de la sociedad, si
no por la muerte, al menos por la deportacin.

No respondi el caminante. Volvi a examinarlos con un poco de recelo y
cambi de conversacin. Al cabo de un rato, detenindose, les propuso
desviarse de la vereda y tomar un atajo a campo traviesa. Nuestros
antroplogos aceptaron sin vacilar, porque estaban ya bastante
rendidos.

Marchaba el desconocido delante y ellos detrs. A los pocos minutos,
fijndose por necesidad en l D. Pantalen, crey notar en su figura
algunos signos que le llamaron la atencin. Inmediatamente volvi la
cabeza y comunic en voz baja sus observaciones con Moreno. ste se fij
con ms cuidado y corrobor lo que su sabio compaero deca.
Cuchichearon animadamente a intervalos. Por ltimo, D. Pantalen, no
pudiendo resistir la gran curiosidad, con mezcla de inquietud, que
senta, toc en el hombro con su paraguas al desconocido y le dijo:

--Va usted a dispensarme que le pida un favor. Mi compaero y yo nos
dedicamos a los estudios antropolgicos, como ya he tenido el honor de
decirle. Estoy observando en su cabeza, algo que me llama la atencin, y
si usted no tuviera inconveniente, le agradecera me permitiese tomarle
algunas medidas...

El hombre se detuvo, les mir con estupor unos instantes y luego ech
una mirada recelosa en torno para cerciorarse sin duda de que se
hallaban en completa soledad. Esta mirada vida caus gran impresin en
nuestros antroplogos.

--Bueno--dijo el desconocido.--Tomen ustedes las medidas que gusten,
pero les advierto que hace mucho tiempo que estoy cerrado.

Estas ambiguas palabras les puso an ms inquietos.

D. Pantalen sac de los profundos bolsillos de su gabn un comps de
gruesos y le midi la longitud de la cabeza. Luego ley en voz baja los
milmetros a Moreno, el cual torci el hocico. Tom despus el ancho, y
su resultado tampoco les satisfizo. En ambos iba creciendo la inquietud.
Sin embargo, procuraban estar finos, y lo echaban a broma de modo que el
hombre no se incomodase.

--Cuidado con que no me apriete el sombrero--dijo ste riendo.

Le tomaron despus la medida de la talla y la longitud de los brazos en
cruz. Al ver el nmero que sealaba la cinta se dirigieron una mirada
de ansiedad: la consternacin ms profunda se pint en sus semblantes.

--El traje holgadito, eh?

Pero ni Moreno ni el ingenioso Snchez estaban de humor para rerse. Lo
hicieron, sin embargo, pero result la risa del conejo.

--Si usted me hiciera ahora el favor de la mano...--dijo D. Pantalen
con voz temblorosa.

--Hombre, es usted muy viejo... pero, en fin, all va.

--No, la derecha no, la izquierda.

--Vaya por la zurda!--exclam el hombre alargndola.

D. Pantalen sac otro comps, parecido al cartabn de los zapateros, y
con las manos trmulas le dobl el dedo medio y se lo midi. Mientras
tanto Moreno inclinaba su rostro plido haciendo esfuerzos para
averiguar el nmero de milmetros. Cuando Snchez lo ley en voz alta,
dio un salto y emprendi una carrera vertiginosa al travs de los
campos. Don Pantalen dej caer el comps que tena en las manos y le
sigui, esforzndose intilmente en alcanzarle.

Corrieron hasta que la fatiga les oblig a detenerse. Volvieron la
cabeza, y observando que el desconocido no los segua, se calmaron un
poco. El estallido de unos cohetes les hizo comprender que el pueblo
estaba cerca, y se dirigieron hacia el sitio donde sonaban a paso largo.

--Es el _Pollo_!--exclam al fin D. Pantalen con respiracin
anhelante.

--Quin puede dudarlo!--repuso Moreno echando hacia atrs otra mirada
de terror.

Y mientras no se acercaron a las primeras casas, no cambiaron otra
palabra.

El pequeo pueblo de V..., contra lo que ellos imaginaban, estaba
animadsimo. Los vecinos, en traje de da de fiesta, discurran por las
calles. Las jvenes, adornadas con lindos pauelos de colores, formaban
grupos a las puertas de las casas. Vendedores de frutas y confites
atronaban con sus gritos. Las tabernas rebosaban de gente, y los puestos
de vino entoldados que haba en medio de las calles lo mismo. Repicaban
las campanas y estallaban sin cesar los cohetes. El sol rea en el
espacio.

Nuestros antroplogos se enteraron en seguida de que se celebraba la
fiesta de la santa patrona del pueblo, y no les pes de llegar a este
tiempo, porque el estudio concienzudo del instinto religioso en el
animal humano les preocupaba haca tiempo, sobre todo a Moreno. As que,
despus de descansar unos minutos en los bancos de una taberna, se
encaminaron a la iglesia, donde les dijeron que iba a comenzar pronto la
solemne misa cantada. Sus figuras, un poco raras, aunque cientficas, no
dejaban de llamar la atencin en el pueblo, aunque estuviese ste tan
prximo a Madrid. Quiz en Madrid llamasen tambin la atencin; porque
en la capital de Espaa, no hay ms remedio que confesarlo, tampoco es
frecuente ver a los sabios en su verdadero traje por las calles.

La iglesia resplandeca por dentro de luces y ornamentos. Pareca, segn
la expresin vulgar, un ascua de oro. Los fieles comenzaban a acudir y
se iba llenando lentamente; y segn se iba llenando el calor se haca
insoportable. Cerca del altar mayor, en otro porttil, estaba la santa
patrona rodeada de cirios y flores. Al cabo de larga espera el rgano
hizo vibrar sus notas poderosas por el mbito del templo, y en la
puertecilla de la sacrista aparecieron los tres sacerdotes con sus
brillantes capas de tis de oro y se dirigieron al altar. Detrs de
ellos entraron algunos otros clrigos y varios particulares
privilegiados, que se acomodaron en el presbiterio para or la misa.
Nuestros sabios quedaron sorprendidos al ver entre estos ltimos a su
joven amigo Godofredo Llot. A Moreno le hizo extremada gracia, y se
propuso sacar mucho partido cuando fuese por el caf. A D. Pantalen no
le hizo tanta por las relaciones especiales que entre ellos haban
existido. Cerca de l vieron al presbtero Laguardia, y esto contribuy
an ms a ponerle de mal humor; porque odiaba a este clrigo como tal, y
adems por el papel que haba representado en el fracasado matrimonio de
su hija.

Pero la observacin de aquellos curiosos ritos religiosos que ambos
examinaban como si por primera vez los hubieran visto en su vida, le
distrajo de todo incmodo pensamiento. De vez en cuando se comunicaban
en voz baja las profundas reflexiones que el culto les sugera.

--Siendo todas las divinidades en su origen, como usted sabe muy
bien--deca Moreno metindole la boca por el odo a su
amigo,--individuos humanos que han demostrado alguna superioridad y han
hecho algn beneficio, sera curioso saber quin era esa mujer que est
ah en el altar antes de ser divinidad y a qu se dedicaba.

--Yo imagino--responda el ingenioso Snchez en voz de falsete
tambin,--teniendo en cuenta su traje rico de brocado, que deba de ser
alguna seora pudiente de los contornos que en su tiempo se dedicaba a
proteger a los labradores, tal vez facilitndoles dinero sin inters o
semillas para la siembra.

--No; yo creo ms bien que sera una comercianta que expenda los
gneros ms baratos, y de este modo se capt la admiracin del pueblo,
que despus de su muerte la erigi en divinidad. No ve usted la cajita
que tiene en la mano derecha? Parece un azucarero.

--Es un jarro; reprelo usted bien. Puede que tuviera una gran lechera
y diese los sobrantes de la leche a los pobres. El perro que lleva a su
lado parece confirmarlo, dado que los perros son los encargados de la
guarda del ganado. De todos modos, ya nos informaremos de los vecinos
ms viejos.

Por ms que hablasen bajo, aquel coloquio en el momento de celebrarse el
santo sacrificio de la misa estaba escandalizando a una vieja, que al
fin les reprendi speramente y les oblig a guardar silencio.
Obedecieron los sabios pensando que no era prudente despertar los
instintos salvajes del hombre primitivo emocional.

La misa dur una buena hora. Paulatinamente iban perdiendo la gana de
hacer observaciones antropolgicas y sintiendo la necesidad de restaurar
el estmago, pues eran ya las doce del da. Cuando los clrigos se
retiraron, la muchedumbre, que se agolpaba a la puerta para salir, les
impidi hacerlo en un buen rato. Al poner el pie en el prtico se
tropezaron con un grupo de clrigos, y entre ellos a Godofredo Llot, que
sin duda haba salido por otra puerta. Aunque tuvo intentos de eludir
su saludo no pudo hacerlo: al cabo vino hacia ellos sonriente y
afectuoso como lo estaba siempre aquel joven eminente, y les abraz con
efusin.

--Ustedes por aqu!... Cunto me alegro!

Moreno correspondi con agrado a este saludo, pero empezando a cultivar
la nota humorstica, repuso:

--Pues nosotros al entrar en la iglesia casi tenamos la seguridad de
hallarte en ella.

Godofredo no hizo caso y les present a los clrigos con quienes se
hallaba. D. Pantalen estuvo digno y corts. Salieron todos del prtico,
y cuando hubieron andado un corto trecho, Moreno pregunt a Llot si
saba de algn sitio donde se pudiera almorzar medianamente. Oy la
pregunta el prroco del pueblo, que vena entre ellos, y ataj la
respuesta diciendo en voz alta, imperativa:

--Ustedes, seores mos, no van a almorzar a ningn lado, sino a mi
casa. Los amigos de nuestros amigos son nuestros amigos.

Los antroplogos quisieron rehusar la invitacin porque no les placa
comer entre curas; pero no fue posible.

--No se hable del asunto. Ustedes hacen hoy penitencia con nosotros.
Aqu ejerzo yo de pontfice: impongo ayunos y vigilias. Otra vez tengan
cuidado de no caer en mis dominios.

Era el prroco un hombre de cincuenta aos de edad prximamente, alto,
seco, moreno, cabellos negros an, revueltos y crespos, los ojos vivos y
severos, la expresin de su rostro franca y resuelta. A pesar de la
dureza que en l se notaba inspiraba confianza y simpata desde luego.
Pareca un veterano afeitado y con los hbitos de sacerdote.

Su casa estaba prxima. Entrronse todos por ella, subieron la estrecha
y antigua escalera, y en una sala no muy espaciosa hallaron la mesa
puesta. Sentronse presto y dio comienzo el festn. Estaban bien
apretados, porque eran ms de veinte los comensales, casi todos
clrigos, y la mesa no daba comodidad para ms de doce o catorce. Se
comi y bebi gallardamente. Moreno se mostraba torvo y receloso,
hallndose tristsimo en la aborrecible compaa de tanto explotador de
la ignorancia humana. En cambio D. Pantalen, siempre grande y
profundo, pareca hechizado; no se cansaba de hacer observaciones
antropolgicas sobre todo lo que vea y oa, sacando a cada instante su
cuaderno de notas y escribiendo en l, sin advertir la curiosidad de que
era objeto.

--Oiga usted, amigo--dijo al cabo con mal humor un presbtero que
reventaba de gordo y se haba quitado el alzacuello para comer
mejor.--Es usted el encargado de las cdulas personales?

Snchez le mir estupefacto.

--De las cdulas?... No, seor. ste es un libro de memorias.

--El seor--dijo Moreno con sentido irnico y sonriendo
maliciosamente--no es el encargado de las cdulas, sino de las
_clulas_.

D. Pantalen cambi con l una risuea mirada de inteligencia y qued
admirado de la gracia y penetracin de su amigo.

Los clrigos los miraban con sorpresa y desconfianza. Godofredo estaba
inquieto, y se apresur a distraer a los comensales con nueva
conversacin.

El vino despierta siempre con viveza los sentimientos tiernos y las
ideas metafsicas. As que a los postres, varios de aquellos presbteros
se juraban, estrechndose la mano, eterna fidelidad. Algunos se
prometan ayuda corporal en el caso de que el sagrado pasto de los
mansos parroquiales fuese violado por las ovejas de los incrdulos. Se
hacan reticencias oscuras sobre el obispo, que les haca prorrumpir en
carcajadas desaforadas; se dirigan pullas amistosas acerca de los
derechos de pie de altar que cada cual recoga; se hablaba con
enternecimiento de la cosecha y se probaba matemticamente la existencia
de Dios.

Esto ltimo no quera orlo Moreno, quien alimentaba hacia el Ser
Supremo un rencor que D. Pantalen hallaba bien justificado. En
realidad, no se abandona as a un hombre en medio del arroyo, expuesto a
que todo el mundo lo pise. Y claro est, Moreno haca contra l lo que
ms rabia poda darle: le negaba la existencia. Sin embargo, como se
hallaba entre sus ministros, le guardaba ciertos miramientos que en otro
sitio se hubiera desdeado de concederle.

--Con permiso de usted, a m me parece que la existencia de un ser
creador de todas las cosas no es tan fcil de probar.

--Se prueba, como tres y dos son cinco--grit un presbtero
escancindose una copita de aguardiente.--Ver usted si lo pruebo...

Y as que la hubo bebido comenz a soltar con calma una serie de
silogismos en latn que hara estremecer a Tito Livio en su tumba. Los
compaeros le escuchaban con poca atencin, pero movan la cabeza
afirmando. Desde haca muchos aos no se celebraba en los contornos
ninguna fiesta parroquial en que despus de la comida faltasen los
silogismos del cura de N... En cuanto beba la tercer copa de anisado,
ya se saba, era necesario probar las verdades de la fe.

--Todo eso estar muy bien--replic atajndole Moreno,--pero dgalo
usted en castellano para que yo pueda contestarle.

El clrigo le ech una mirada de soberano desprecio.

--No sabe usted latn?... Vaya, vaya a la escuela!

Los compaeros rieron mucho. Moreno, picado en lo vivo, replic que el
latn slo serva para hacer pedantes, que lo que se haba escrito en
este idioma no tena ya utilidad para los grandes adelantos de la
ciencia, y que las mismas Escrituras no se haban escrito en latn, sino
en hebreo. Con este motivo se empelotaron en una disputa violenta y
agria. En el curso de ella Moreno, aunque procuraba tener la lengua por
hallarse en casa ajena y entre gente fantica, no pudo menos de verter
algunos conceptos poco respetuosos hacia Moiss. El presbtero gordo,
que era sin duda el ms irritable del concurso y haba escuchado la
disputa con visible impaciencia, se enfureci de pronto.

--Oiga usted, amiguito, eso que est usted diciendo es hertico.

--Yo digo lo que se me antoja.

--Es usted un badulaque.

--Y usted un...

--Alto, seores!... Alto!... Un poco de calma!... No irritarse!...

Hubo algunos instantes de confusin. El presbtero quera arrojarse
sobre Moreno y Moreno sobre el presbtero. A duras penas lograron
contenerlos, sobre todo al primero, que era hombre de bros.

Cuando se restableci un poco el sosiego, el ingenioso Snchez, radiante
de majestad filosfica, se levant de la silla, y con grave ademn y
sonrisa dulce, cerrando los ojos con un sentimiento de completo
bienestar, habl de esta manera:

--Seores, en este momento acaba de producirse aqu un fenmeno del
orden natural, y siendo del orden natural, absolutamente necesario. Y
por qu es necesario? Porque como ha dicho muy bien un ilustre pensador,
las leyes de la Naturaleza son eternas e inmutables. El fenmeno que
aqu se ha producido es el de dos cuerpos que, caminando por el espacio
en sentido contrario, se encuentran. Qu acontece entonces? Que si la
fuerza de ambos es idntica se neutraliza y quedan en reposo; si la del
uno es mayor que la del otro, el primero consigue arrastrar al
segundo... Yo espero, seores, que en el presente caso suceder lo
ltimo...

La sonrisa de Snchez se hizo an ms dulce. Sus ojos opacos, benignos,
pasearon una mirada por los circunstantes, que le escuchaban con la boca
abierta.

--Seores: una piedra que no est sostenida por algo caer seguramente.
Es un hecho comprobado por la experiencia. stos son los hechos que nos
competen a mi amigo Moreno y a m. Pero hay otros hechos, tales como las
ideas de Dios, de la inmortalidad, de lo bello y de lo justo, que no
estn comprobados por la experiencia y esos os competen a vosotros.
Vosotros representis la infancia de la humanidad; por eso en vosotros
existe la debilidad y la inocencia que caracterizan a los nios, algo
amable y hasta cierto punto digno de respeto, que yo me complazco en
reconoceros. Nosotros representamos la edad viril; por eso en nosotros
existe la fuerza, el poder, la dureza si es caso, que son las
cualidades del hombre en la plenitud de la vida. Vosotros sois los
apstoles dulces de los sueos infantiles: encariados con vuestras
ideas como los nios con sus juguetes, temblis y suspiris cada vez que
un hombre inflexible como mi amigo Moreno extiende brutalmente su mano
para arrancroslos... Por desgracia, tal dureza es de absoluta
necesidad, y as como a los nios se les quita los juguetes para
encaminarlos a la escuela, mi amigo Moreno ha necesitado mostraros su
poder y su fuerza para que os hagis cargo de que ha llegado el momento
de someter vuestro criterio al yugo inflexible de los hechos. La
ciencia, incansable en la investigacin de la verdad, ha arrancado a los
dioses el cetro y la corona. Y para qu les ha arrancado el cetro y la
corona? Para drselo al calrico, al magnetismo, a la electricidad...
Pero vosotros permanecis fieles a las antiguas ilusiones; lloris la
ruina de vuestras creencias: no ser yo el que os recrimine por esto.
Sin embargo, creo que ha llegado ya la hora de secarse las lgrimas, de
abandonar los lirismos, de despojaros de esos hbitos y poneros la
blusa del operador. Y para qu os habis de poner la blusa del
operador? Para ayudarnos a desterrar de la humanidad todo lirismo, toda
poesa, toda supersticin. Es necesario abrir los ojos y comprender que
el misterio de la existencia no es tal misterio. La ciencia lo ha
explicado ya cumplidamente. Es necesario entender que no hay un solo
Dios, sino cuatro, que son el oxgeno, el hidrgeno, el carbono y el
zoe...

Al llegar a este punto dio una gran voz el prroco y se levant de la
silla, irguindose su figura recia, avellanada, sobre todas las dems,
fulminando rayos por los ojos.

--Alto ah, seor mo! Yo no puedo consentir que en mi propia casa, en
la casa de un sacerdote y en presencia de otros sacerdotes, profiera
usted semejantes blasfemias. Hemos estado escuchando por no faltar a la
hospitalidad; ya mi paciencia se ha acabado y no tolerar que usted
pronuncie otra sola palabra...

Los dems clrigos se levantaron tambin, y plidos y trmulos y
clavando en nuestro sabio antroplogo miradas de indignacin, gritaban
agitando los puos:

--Eso es!... No debemos escucharle!... A la calle!... a la calle!

No es fcil representarse el estupor que se apoder del ingenioso
Snchez al ver a aquellos energmenos vociferando frente a l y
metindole los puos por la cara. Todo su discurso estaba lleno de
benevolencia, de ideas conciliadoras; crea estar lisonjendoles; hasta
esperaba verlos enternecidos como l andaba cerca de estarlo. Y he aqu
que de repente se levantan frenticos, amenazadores. Tan estupefacto
qued que no acertaba a decir palabra. Inmvil, con la copa en la mano,
les contemplaba con ojos de espanto. En cambio a su amigo Moreno se le
desat la lengua mejor de lo que haca al caso y, encarndose con ellos,
les dijo en trminos crudos que aquella intolerancia era bien propia de
los defensores del oscurantismo, que cuando faltan las razones se acude
a las amenazas, y que su amigo Snchez haba hecho mal en malgastar su
ciencia con quien no haba de entenderle.

--Ah! Chillas todava, pendn?--grit entonces el presbtero gordo,
espritu impetuoso como ya sabemos. Y alzando la mano, le sacudi un
terrible bofetn.

Fue la seal. Ms de veinte manos se posaron alternativa o
simultneamente sobre las mejillas del joven naturalista. D. Pantalen
acudi a socorrer a su amigo y tambin le tocaron algunos porrazos. El
furor se enseore de todas las cabezas clericales. Ruedan las sillas,
quibranse platos y botellas; la pequea sala resuena con los gritos de
los enfurecidos presbteros. Godofredo, llorando a lgrima viva, trata
de contenerlos, implorando, persuadindoles con palabras fervorosas. El
padre Laguardia le ayuda en esta tarea, haciendo lo posible por sujetar
al presbtero gordo, el ms sanguinario de todos.

--Dejadme, dejadme!--gritaba con voz estentrea.--Quiero arrancar todas
las muelas a ese _esprit fort_.

Y este deseo extravagante, ms propio de un dentista que de un
licenciado en sagrada teologa, llenaba de terror el alma de Moreno.
Cada vez que llegaba a sus odos se le doblaban las piernas. Porque
nunca haba imaginado necesitar, tan joven, dentadura postiza.

Acudieron al estrpito el ama del cura y las mozas que le ayudaban en la
cocina; pero en vez de echar aceite a las olas irritadas, soplaron sobre
ellas el viento de la clera. El ama imagin en seguida que su seor
estaba en peligro de muerte por las asechanzas del cura de F..., con
quien mantena rivalidad desde la compra de cierta mula que ambos
apetecan, y sin ms reparar, con la paleta del fogn le dio un golpe en
la cabeza. _Similia similibus curantur._ Gracias a este revulsivo
poderoso apaciguose la clera de los clrigos. Todos acudieron al pobre
cura de F..., que yaca herido en el suelo. La lluvia de bofetadas que
caa sobre las mejillas de Moreno ces como por ensalmo. Hzose el
silencio y vino el arrepentimiento. El ama lloraba y peda perdn. El
presbtero gordo tambin se recriminaba duramente como causante
indirecto de aquella desgracia. El prroco dictaba disposiciones para
curar la herida de su colega. Entre ellas, la primera fue enviar en
busca del mdico. Y mientras llegaba se le pusieron compresas de agua
fra y se le traslad a la cama. La desolacin reinaba en aquel recinto
donde pocos momentos antes todo era jbilo. Y en resumen, por qu? Por
si Moiss haba echado mal o bien la cuenta de los das de la creacin.
Una cosa tan lejana!

Los clrigos debieron de entender que se haban excedido un poco en la
defensa de aquel patriarca, porque dirigan la palabra con semblante
humilde tanto a D. Pantalen como a Moreno. El mismo presbtero gordo
vino a decirles que retiraba todas las bofetadas que haba dado. Con
esto D. Pantalen se dio enteramente por satisfecho, y no comprenda
cmo Moreno se mostraba an torvo y enojado.

El mdico no estaba en el pueblo. En su lugar vino el albitar. Los
sabios antroplogos dieron un paso atrs, abriendo los ojos
desmesuradamente al ver entrar al Pollo.

--Quin es ese hombre?--pregunt D. Pantalen a un clrigo.

--Quin ha de ser? El albitar.

Los dos sabios se miraron uno a otro largamente, con sorpresa por parte
de Snchez, con sorpresa y reconvencin por la de Moreno.

--Ha tomado usted con exactitud las medidas?--dijo ste, al fin, en voz
baja.

--Perfectamente--repuso D. Pantalen muy quedo tambin.

--No se habr corrido el comps?

--Ni un milmetro; estoy seguro.

Moreno sacudi la cabeza con gesto dubitativo, mientras su amigo
continuaba asegurando por medio de expresivos ademanes la exactitud de
los datos antropomtricos que haba tomado.

El albitar reconoci al herido y recet un blsamo. Al levantar una de
las veces la cabeza y reconocer a sus compaeros de viaje pregunt con
semblante risueo:

--Hola, camars! estn ustedes por aqu? Quieren explicarme por qu
han escapado de m hace poco, como si fuese del diablo?

Los fisilogos se pusieron colorados.

--No escapamos--balbuce Snchez,--es que tenamos prisa de llegar al
pueblo.

El albitar les mir un instante con sorpresa y baj de nuevo la cabeza
para atender a la del herido.

Moreno y Snchez se hicieron una sea, y aprovechndose de la
distraccin general, se escabulleron bonitamente, bajaron la escalera y
se plantaron en la calle. Desde all dirigironse a la estacin del
tranva, y metindose en el primero que sali, regresaron en pocos
minutos a Madrid, no muy contentos del resultado de aquella famosa
salida antropolgica.




XIII


Durante ao y medio Mario desempe atentamente cuantos trabajos le
encomendaba su amigo y protector Rivera. Mas no se despidi por eso de
su antigua aficin a la escultura. En su gabinete, a las horas que tena
libres, segua rindindole el mismo culto fervoroso y humilde. Miguel
haba hecho poco caso hasta entonces de aquellas aficiones. Mas un da,
al pasar por delante del cuarto de su amigo, viendo por la puerta, que
se hallaba entreabierta, una figura tapada con un lienzo, se decidi a
entrar. Levant la tela y qued gratamente sorprendido. Era una pequea
figura de cuatro pies de alto que representaba a Ofelia coronada de
flores. Haba tanto desembarazo en la postura, tal delicadeza en las
facciones, tanta inocencia en la expresin, que jams haba visto una
interpretacin ms viva de la inmortal herona de Shakespeare. Qued
pensativo y preocupado. Cuando Mario lleg a comer le pregunt afectando
indiferencia:

--Cundo has terminado esa figurita que tienes en el cuarto?

Mario se puso colorado.

--An no est terminada; faltan algunos detalles.

--No est mal hecha. Hay verdadero sentimiento en ella; se conoce que el
Hamlet te ha impresionado hondamente.

Como Miguel era parco en los elogios y su espritu ms propenso a la
burla que al entusiasmo, al menos en apariencia, Mario experiment al
or tales palabras vivo placer.

Trascurridos algunos das, Rivera volvi a sacarle la conversacin de la
escultura. Se anunciaba una exposicin de bellas artes para la prxima
primavera. Con tal motivo hablaron de los pintores y escultores ms en
boga, ponderando los mritos de cada uno. Despus de larga pausa en que
Miguel qued pensativo, dijo de pronto:

--Por qu no haces algo para la exposicin?

Mario pareci confuso. Baj la cabeza balbuceando algunas frases que
revelaban su modestia.

--Creo que ests un poco equivocado respecto a tus fuerzas--replic
Rivera.--No es malo, porque el artista que se engre se amanera: precisa
estar descontento siempre de lo que se hace para progresar. Pero no
basta que t te juzgues: es necesario que te juzguen los dems, y no
slo los amigos, sino el pblico, o por mejor decir, los hombres de
gusto que hay dentro de l. Cuando conozcas una muchedumbre de juicios,
comparndolos despus con el tuyo, podrs formar idea aproximada de lo
que vales. El mo es que tienes aptitud para el arte que cultivas. Si
creyese que no la tenas me guardara de proponerte que presentases obra
alguna en el certamen, porque te quiero demasiado para exponerte a
hacer un papel desairado o ridculo. Pinsalo, pues, bien, y si hallas
en tu imaginacin algn asunto adecuado a tus facultades, dmelo y
hablaremos.

Con estas palabras Mario qued profundamente meditabundo. Anduvo varios
das inquieto, preocupado, silencioso. Al cabo, dirigindose a Miguel
con brusco ademn y una particular sonrisa, cuya amargura no se le
escap a aqul, le dijo de pronto:

--He pensado en aquello, D. Miguel. No se me ocurre nada. Ms vale que
olvidemos eso y sigamos como hasta ahora rindiendo culto al arte de
Fidias en secreto y en los ratos de ocio.

Miguel le mir en silencio y con atencin algunos momentos.

--No es verdad. Me ests engaando y te invito a que no lo hagas. Creo
tener derecho a que me hables con franqueza.

Se obstin todava algn tiempo; pero viendo a su amigo triste y
disgustado, le dijo al fin esforzndose por sonrer:

--Hace ya tiempo que se me ha ocurrido un pensamiento; pero no me creo
con fuerzas para llevarlo a cabo... Adems, se exigen una porcin de
medios...

--Explcame el pensamiento.

Se trataba de un grupo representando la profeca del Tajo al rey D.
Rodrigo tal como se describe en la famosa poesa del maestro Fray Luis
de Len. Apareceran en l tres figuras: la del rey y la Cava en tamao
natural; la del ro en colosal. El pedestal ira cubierto de bajos
relieves representando diversos episodios de la invasin rabe y la
cada del imperio gtico.

--Ya usted ve que necesito todo mi tiempo--concluy diciendo,--si he de
terminarlo para la poca de la exposicin, y un local a propsito.

Miguel no respondi. Se apartaron en silencio. Al da siguiente le
condujo de paseo al barrio del Pacfico. Al pasar por delante de unos
almacenes sac una llave, abri una puerta y empujndole dijo:

--Ah tienes taller. El tiempo tambin es tuyo. A trabajar!

Mario le abraz con efusin. El recinto era espacioso, de techo elevado,
lleno de luz. Se trasportaron los tiles inmediatamente, se compr lo
que haca falta y desde la maana siguiente bien temprano Mario apenas
sali de all ms que para dormir. Por espacio de algunos meses vivi en
un estado febril; apenas coma, apenas dorma; tan profundamente
distrado, que se le olvidaban los menesteres ms corrientes de la vida.
Si Carlota no le vigilase saldra a la calle con las botas rotas o sin
corbata. Hablaba poco y no siempre acorde.

Algunas veces Miguel y Carlota iban a visitarle al taller. Pero, aunque
no lo manifestase, estas visitas le turbaban. nicamente cuando traan a
su hijo olvidbase de la obra que tena entre las manos, como del resto
del mundo; lo estrechaba contra su corazn, lo besaba con frenes y
pareca que de aquel contacto mgico sacaba nuevas fuerzas y nueva
inspiracin.

Una tarde Rivera y Carlota llegaron al taller. Al empujar la puerta
vieron al joven revolcndose por el suelo y mesndose los cabellos
mientras lanzaba imprecaciones y palabras incoherentes. Carlota quiso
precipitarse a su socorro, pero la retuvo Miguel.

--Silencio!--le dijo al odo.--No temas. Tu marido se halla en la hora
negra del artista. Las sacras musas duermen o estn ocupadas en este
momento y no pueden atenderle. Pero descuida, no tardar en levantarse.

Dieron una vuelta por los alrededores, y en efecto, cuando tornaron
Mario se hallaba de nuevo trabajando y con tal ardor que no advirti su
presencia hasta que le tocaron en el hombro.

Pero Carlota no conceda la importancia que Miguel a los trabajos
artsticos de su esposo. El arte para ella era un recreo, una
distraccin: nada tena que ver con el problema serio de ganar el
sustento, que an no estaba resuelto. As que no poda menos de mostrar
su indiferencia cuando se trataba de la escultura. En cambio se enteraba
con gran inters de cualquier empleo vacante de que le hablasen. Mario
notaba esta indiferencia y no poda menos de sentirse entristecido y
desalentado. Un da, muy tmidamente, porque adoraba a su mujer, se
atrevi a quejarse a Miguel. Qued ste pensativo unos momentos y le
dijo:

--No te pese de la manera de ser de tu esposa. Carlota es un espritu
sensato, lcido, equilibrado. No tiene la imaginacin propensa a los
sueos, ni facultades para introducirse en el mundo del arte y la
poesa. Qu importa! La poesa es ella misma. Basta mirar su bella
figura escultural y contemplar sus grandes ojos suaves, claros,
hermosos; basta escuchar sus nobles palabras y ver sus acciones, ms
nobles an, para sentirse cerca del origen de toda poesa... Adems,
nunca he credo que al artista le convenga una esposa de imaginacin
exaltada, de temperamento nervioso, inquieto y refinado como el suyo.
Esta paridad de humores produce casi siempre funestos resultados. T
sabes muy bien, y perdona lo indecoroso de la comparacin, en gracia de
su exactitud, que a un caballo demasiado vivo y fogoso se le pone por
compaero en el tronco otro firme y resistente, aunque de menos sangre,
para que contrarreste sus mpetus. Pues en el matrimonio sucede lo
mismo. Si el hombre de imaginacin tiene una compaera de temperamento
fantstico como el suyo, ambos corren peligro de precipitarse en la
desgracia. Duerme, pues, tranquilo sobre el corazn de tu Carlota;
acepta su cario con gratitud y bendice a la Providencia que te ha
concedido una mano fiel para atravesar esta existencia tan triste y
oscura... Ay! Yo tambin tuve una mano!... tambin tuve un corazn
sobre el cual mi alma reposaba sin cuidado!...

Los ojos del antiguo periodista se rasaron de lgrimas al pronunciar
estas palabras. Mario le estrech la mano en silencio.

Lleg por fin el mes de Febrero, poca en que deba inaugurarse la
exposicin de Bellas Artes. Mario hizo un esfuerzo supremo, y el magno
grupo qued terminado a tiempo y vaciado en yeso. Cuando Rivera, que
haba dejado de ir al estudio en los ltimos tiempos adrede, lo vio en
esta forma, qued gratamente sorprendido. La obra superaba a todas las
esperanzas que haba concebido. Sin embargo, temiendo que su cario por
el artista le cegase, llev a algunos amigos suyos entendidos en el
arte. Los inteligentes confirmaron su juicio. La obra se apartaba
bastante de las tendencias dominantes en la escultura. Sus figuras eran
menos activas y movidas, pero en cambio brillaban por la gracia y la
ingenuidad. Se conoca a la legua que su espritu se hallaba
profundamente impresionado por la estatuaria griega, y que adoraba en
ella el sentimiento de la medida, la vida en el reposo, la grave
serenidad, el desdn de los efectos. Pero este desdn, que se adverta
demasiado en el grupo del joven escultor, en concepto de los amigos de
Rivera le perjudicara mucho para el xito en el certamen.

Felizmente no fue as. El pblico se detuvo con placer delante de
aquellas nobles figuras ejecutadas sin esfuerzo. La delicadeza y
valenta con que estaban modelados los bajos relieves llamaron asimismo
la atencin. Aunque hubiese en la sala obras de ms apariencia y
estuviesen firmadas por escultores reputados, al cabo de algunos das
nadie dudaba que el autor de la _Profeca del Tajo_ era un artista
sobresaliente que se revelaba con originalidad e independencia. Un
peridico lleg a decir que pareca un griego resucitado y que si
continuase con la misma fortuna trabajando llegara a desempear en
Espaa el papel que hizo Canova en Italia, esto es, sera un regenerador
de la escultura.

Estos elogios prematuros le perdieron. El artista cuyos lmites se
perciben pronto encuentra fcil y llano el camino: las puertas se le
abren, las bocas le sonren. Mas ay! aquel cuyo alcance no se mide de
golpe eternamente tropezar con la desconfianza y la aversin de sus
mulos. stos ocultaban artificiosamente el favor que el pblico
tributaba a la obra del joven escultor. Cuando _un maestro_ se vea
obligado a emitir su opinin acerca de ella, lo haca con esa habilidad
que todos conocen.

--Oh! Costa!... Buen muchacho!...No cabe duda que tiene felices
disposiciones. Cuando se le quite ese encogimiento natural del que
principia ser un verdadero artista. Hay algunos pormenores en su grupo
dignos de llamar la atencin... Pero ha visto usted el _Titiritero_ de
Surez? Qu admirable! verdad? Qu expresin! Es la obra de un
maestro.

A los odos de Mario no llegaban estos juicios de sus compaeros. Slo
el rumor del pblico y de sus amigos le traan elogios y plcemes. Los
miembros del jurado se mostraban con l deferentes y afectuosos, le
ponan la mano sobre el hombro, le decan palabritas lisonjeras. Uno de
ellos, viejo escultor cargado de laureles, le dijo un da contemplndole
con admiracin:

--Qu joven ha subido usted al pinculo de la gloria! Yo no he ganado
primera medalla hasta los treinta y seis aos de edad y usted la
consigue a los veinticinco.

--An no la he ganado, seor--se apresur a decir el joven, avergonzado.

--Bah, bah!--exclam el gran escultor haciendo un gesto de
indiferencia.--Demasiado sabe usted que la tiene ganada.

Carlota gozaba tranquilamente del triunfo de su marido, aunque sin
comprender bien por qu la gente daba tal importancia a aquellos muecos
de yeso. D. Carolina estaba igualmente asombrada de que se hablase de
dinero tratndose de estatuas. El da que supo que una de aquellas que
haba en la exposicin estaba vendida en tres mil duros no pudo menos de
abrazar y besar a su yerno. El mismo D. Pantalen, aunque refractario a
estas frivolidades, pas por la exposicin para ver la obra de su hijo
poltico. El sabio fisilogo, en presencia de varios amigos y del mismo
Mario, expres sus opiniones acerca de las bellas artes, basadas todas,
como es lgico, sobre los ltimos adelantos de las ciencias naturales.
No admita ms arte que el fundado en la experimentacin. Todo lo que se
haba hecho hasta entonces le pareca enteramente pueril. El mtodo de
la experimentacin deba de extenderse a la literatura tambin; los
poemas y novelas deban ser estudios de casos patolgicos; la poesa una
clnica social del animal humano. Sin dos cursos de anatoma, uno de
patologa quirrgica y algunas nociones de qumica orgnica, D.
Pantalen sostena que era ridculo pensar en hacer versos.

Lleg por fin el da de la adjudicacin de los premios. Mario supo el
fallo del jurado con una sorpresa que le dej clavado al suelo. No
estaba comprendido entre los premiados con primera medalla, ni entre los
de segunda, ni entre los de tercera. Nada: su nombre no se vea
estampado en ninguna parte. Apenas poda creerlo. Lea y relea el papel
pensando que estaba ofuscado. Pero la compasin de varios colegas que se
le acercaron le hizo muy pronto cerciorarse. Dios mo, cunta compasin
le prodigaron en pocos minutos! Qu lamentos! Cuntas invectivas
contra el jurado! Oh! No hay nada ms grandioso que la compasin de un
compaero de oficio!

Mario se mostr sereno. Les dio las gracias con sonrisa dulce y se
retir. March automticamente al travs de las calles, embargado por
una honda tristeza que le apretaba el corazn. No era vanidoso ni haba
cifrado quimricas esperanzas sobre su obra. Pero haba sentido ya el
aroma de la gloria; el favor del pblico le haba hecho soar con
adquirir por medio de su arte una posicin con que pudiera vivir
tranquilamente con su esposa y su hijo. Todo se derrumbaba de golpe.
Otra vez se senta solo, pobre y desvalido; tornaba a ser un msero
escribiente, el mismo ser vulgar en quien nadie fijaba la mirada. Pero
ms cruelmente an que este dolor le morda el alma otro que pocos
conocen; el del artista que duda de s mismo. Mientras trabaj en la
oscuridad tena la vaga conciencia de su genio: una voz interior le
deca que las obras que salan de sus manos valan ms que otras loadas
por la crtica. Sentase con fuerzas para llevar a cabo algo grande y
bello. Cuando escuch los elogios que se tributaban a su grupo no qued
sorprendido: era la misma dulce cancin con que su corazn le arrullaba
siempre. De repente un tribunal de hombres competentes le cierra las
puertas del templo de la gloria. Podra equivocarse el tribunal o estar
apasionado. Pero no era ms fcil que l y sus amigos se hubiesen
engaado? No sera l uno de tantos aficionados que confunden el
entusiasmo por el arte con la inspiracin, la voluntad con el ingenio?

Haba llegado hasta el Retiro, y por sus caminos arenosos iba a la
ventura sin darse apenas cuenta de dnde se hallaba. Al fin, rendidos el
cerebro y las piernas, dejose caer sobre un banco y meti la cabeza
entre las manos. Acordose de Carlota. Qu triste desengao para la fiel
esposa! Ya no viviran juntos como pensaban; otra vez volvera a luchar
por una miserable plaza en cualquier ministerio, sin saber cundo la
lograra. Las lgrimas se agolparon a sus ojos y solloz amargamente un
buen rato.

El ruido de unos pasos precipitados le oblig a levantar la cabeza. No
muy lejos vio a un viejo trabajador con blusa azul, boina rada y
alpargatas, que vena corriendo, perseguido de un joven que, a juzgar
por las mangas postizas de tartn sujetas al codo y su cabeza peinada y
relamida, que llevaba descubierta, deba de ser dependiente de alguna
tienda de comestibles. El viejo pas por delante de Mario sin verlo, y
al llegar a la orilla del Estanque grande se precipit en l. El
dependiente s par. Mario corri instantneamente al sitio, y viendo al
viejo luchar con la muerte, s despoj sbito de la levita y se arroj a
salvarlo.

Aunque saba sostenerse en el agua no era gran nadador: por otra parte,
los pantalones y las botas le embarazaban extremadamente. Fro, aunque
corra el mes de Marzo, no lo sinti, sin duda por la emocin de que iba
posedo. Acercose como pudo al viejo y trat de cogerlo; pero ste, al
sentir su mano, dio una vuelta rpida, y con las ansias de la agona le
agarr por un brazo. Mario se sinti perdido y luch en vano por
desasirse: con el brazo libre trat de ganar la orilla que estaba
prxima; pero el suicida le sujetaba frreamente; no era posible nadar.
Sumergiose por dos veces. Al salir la segunda grit con fuerza:

--Socorro!

Estaba a punto de perder el conocimiento y dejarse ir al fondo.

Felizmente, dos dependientes del embarcadero que vieron al viejo tirarse
al agua, haban saltado en un esquife y bogaban con toda fuerza hacia
aquel sitio. Pocos segundos ms, y hubiera perecido.

Izronles a los dos. El viejo en mal estado, con mucha agua dentro del
cuerpo. Le pusieron cabeza abajo y se la sacaron como pudieron. Despus
que recobr el conocimiento dijo los motivos que haba tenido para
arrojarse al estanque. Deba tres duros al joven que le persegua; no
poda pagrselos, y aqul, enfurecido, sali de la tienda para pegarle.
En parte por miedo y en parte por desesperacin haba querido matarse.
El hortera, a quien los guardas del Retiro haban detenido, no neg lo
que su deudor deca. Estaba perfectamente sereno y hasta pareca
encontrar justo que un hombre que no poda pagar tres duros se
suicidase. Mario, indignado, sac del bolsillo esta cantidad y se la
entreg dicindole al mismo tiempo algunas frases duras. Los guardas y
la gente que haba acudido le hicieron coro.

Pero en estas contestaciones se pas bastante tiempo. El joven sinti de
pronto un fro intenso. Se apresur a salir del Retiro y tom un coche
para dirigirse a su casa. Durante el camino fueron en aumento los
escalofros; la vista se le turbaba; crey no poder llegar sin
desmayarse. Al fin pudo subir la escalera y meterse en la cama. Poco
despus se le declar una fuerte calentura.




XIV


--Pues yo sostengo que lo que ha hecho mi yerno esta maana es un acto
inmoral.

Los tertulios del caf del Siglo quedaron estupefactos al escuchar tan
singular afirmacin. Todos protestaron ms o menos suavemente contra
ella. El arrojo de Mario haba despertado admiracin en la tertulia del
caf. Se hacan elogios calurosos de su noble corazn y valenta.

El ingenioso Snchez pase tranquilamente sobre ellos sus ojos opacos,
reflexivos, donde se lea constantemente la concentracin profunda de un
cerebro positivo, y dijo sin advertir siquiera la indignacin de
aquellos hombres-nios:

--Y por qu es un acto inmoral? Porque ataca los fundamentos mismos de
la moralidad. Y cules son los fundamentos positivos de la moral? Se
crea hasta hace poco tiempo que era algo extrao a las fuerzas que
obran dentro de nuestra naturaleza fsica. Error profundo! Uno de
tantos sueos como han turbado la mente infantil de nuestros
antepasados. La moral es el resultado de una de tantas combinaciones en
que descansa el desarrollo orgnico del animal humano. La moral no es
ms que el instinto social arraigndose cada vez ms de generacin en
generacin. Pero este instinto puramente animal que el hombre comparte
honrosamente con los dems seres vivientes, en particular con las focas
y los bisontes machos, cuyo sentido moral es admirable, no tiene ms
razn de ser que el bien general. La moral est fundada, pues, en el
bien general. Qu era lo que exiga el bien general cuando ese
desgraciado viejo se arroj al agua? Exiga que mi yerno expusiese su
vida por salvarle? No, ciertamente, porque la vida de ese infeliz, sin
fuerzas para el trabajo y sin ninguna cualidad sobresaliente, era intil
para la humanidad, mientras que la de mi yerno, joven, inteligente y
activo, tiene importancia. Luego Mario, al arriesgar una existencia
valiosa por otra que no tiene valor, ha atentado contra el bien general.
Luego ha cometido un acto inmoral.

Nadie pudo contrarrestar el empuje de aquella lgica inflexible. Rivera,
que era quien sola comentar las proposiciones de Snchez (siempre con
el espritu frvolo que le caracterizaba), no se hallaba en el caf.
Asista en aquel momento a Mario, presa de una pulmona. El nico que se
atrevi a protestar, aunque slo desde el punto de vista de la
esttica, fue D. Dionisio Oliveros, el bardo del ministerio de
Ultramar. Oliveros confesaba con su voz de bajo profundo que l no era
filsofo, odiaba el anlisis.

--Usted, amigo Snchez, al observar cualquier suceso tratar de
investigar su razn de ser. Consiste en que usted es filsofo. Yo no veo
ms que la situacin, porque soy poeta, poeta dramtico principalmente.
As que no dir que el acto de su hijo poltico sea bueno o malo. Lo
nico que afirmo es que es un acto bello. Para m basta. Puede usted
decirle de mi parte que en cuanto termine el segundo acto de la comedia
que ya conoce (que ser en la semana prxima, Dios mediante), pienso
escribir sobre su accin heroica unos tercetos que mandar a _La
Ilustracin Espaola_. Quiz esto le sirva de consuelo en su enfermedad,
porque Mario es, como yo, artista ante todo.

Al pronunciar estas consoladoras palabras la voz del poeta burocrtico
resonaba lgubre, profunda, como si en vez de ofrecer a la imaginacin
imgenes brillantes de dicha y alegra se hallase invocando a los
espritus infernales en algn cementerio a las doce de la noche.

Los tertulios, bajo la influencia de esta voz sepulcral, quedaron
sombros y mudos. El mismo D. Pantalen, con ser un espritu tan
analtico, no pudo menos de experimentar el sentimiento de desolacin
que la voz de D. Dionisio produca. Atusose el desmayado bigote con
inconcebible gravedad, tosi ligeramente y manifest por lo bajo a su
amigo Moreno que la poesa no era ms que un estado congestivo y muchas
veces morboso del cerebro. Moreno haca ya tiempo que haba adquirido
esta preciosa certidumbre; pero acogi la observacin con el respeto
debido a las grandes verdades del orden fsico.

Guard silencio unos momentos, y al cabo respondi que en su concepto
los poetas no eran otra cosa que alienados. Tambin D. Pantalen saba
esto haca tiempo, mas no por eso dej de mostrarse satisfecho por
escucharlo una vez ms. Moreno prosigui sus observaciones en voz baja,
afirmando que donde se conoca perfectamente la identidad del poeta y
del loco era en la orina. En uno y en otro aumenta considerablemente la
urea en ciertos perodos.

--Ver usted--aadi tocando en el muslo a Snchez--cmo comprobamos en
seguida este dato.--Oiga usted, D. Dionisio--sigui, dirigindose al
bardo,--despus que usted termina de escribir una composicin potica
no siente usted cierto prurito en la vejiga?

--S, seor; suelo tener deseos de orinar, sobre todo cuando estoy
demasiado tiempo sentado a la mesa--respondi con extremada amabilidad
Oliveros.

--Y no ha observado usted si en la orina suelen quedar algunos
sedimentos?

--Muchos sedimentos. Yo orino casi siempre barroso.

Moreno dirigi a su amigo una sonrisa triunfal, hizo algunos guios
expresivos y por ltimo le dijo al odo:

--Fosfato rico. La orina de los dementes se caracteriza por el
predominio de la urea.

--Y diga usted--prosigui en voz alta,--no suele usted tener los pies
fros?

--Helados. En el invierno gasto dos pares de calcetines porque no los
puedo sufrir.

--Y la cabeza no se le calienta a usted?

--La cabeza? hecha un volcn!

D. Dionisio comprenda que se trataba de ciertas particularidades
propias de los poetas y estaba satisfechsimo de ostentarlas.

--Los locos--repuso Moreno a la oreja de su amigo--tienen siempre las
extremidades fras y la cabeza caliente.

Con esto el ingenioso Snchez se crey en el caso de responder que
muchos de los hombres que la humanidad admira como genios sublimes han
sido verdaderos dementes. Moreno se hallaba tan conforme con esta
observacin, que la hizo extensiva no slo a los poetas, sino a los
grandes filsofos, reformadores, matemticos, historiadores, y por
supuesto a todos los santos y santas que la religin venera. Scrates,
Newton, Rousseau, Corneille, Sneca, Catn, Beethoven, Dante y otros
varios, fueron verdaderos orates. Estudiando con atencin la vida de los
grandes hombres, se encontrara siempre un ramo de locura en ellos.

--Lo que ha dado en llamarse genio, para m es una enfermedad de los
lbulos cerebrales--resumi Moreno.--La santidad, una declarada locura.
Qu me dice usted de San Francisco de Ass abrazando y besando a los
leprosos? No es un caso de locura inmunda como la de esos desgraciados
que suelen verse en las celdas de los manicomios gozando en revolcarse
entre sus excrementos? Qu opina usted de Santa Teresa de Jess? No le
parece a usted increble que haya an quien tome en serio los desatinos
que escribe?

--Oh! Santa Teresa es un curiossimo caso de alucinacin. El doctor
Charcot hubiera sacado gran partido de ella a haber vivido en su
tiempo--respondi Snchez reflexivamente.

Hubo algunos instantes de silencio. Los dos fisilogos meditaban. Al
cabo se dibuj una significativa sonrisa en los labios de Moreno y
profiri, dando a sus palabras marcada intencin irnica:

--Y qu me dice usted del gran judo?

--Quin?--pregunt Snchez sin comprender.

--Quin ha de ser? El judo de Nazareth.

--Ah! Jesucristo... Oh! oh! oh!...

D. Pantalen fue atacado instantneamente de una risa convulsiva.
Aquello realmente era cosa perdida.

Mientras los sabios antroplogos se solazaban experimentando esa
inefable alegra del que se siente en posesin de la verdad entre
tantos seres como se hallan sumidos en el error, nuestra antigua
conocida D. Rafaela saboreaba sola, como siempre, en una mesa su
invariable refresco de grosella. Los dedos, cargados de sortijas de
todas las pocas y todos los tamaos, apenas podan jugar para llevar la
copa a los labios. Su traje, debajo del mantn alfombrado, brillaba con
reflejos metlicos de oro viejo como una casulla de la Edad Media. Quiz
fuera el traje de corte de alguna dama de las que acompaaron a Mara
Luisa de Saboya cuando vino a desposarse con Felipe V. La se Rafaela
tena la costumbre de ponerse las antigedades de indumentaria femenina
que venan a parar a su tienda. Era a la vez un prospecto y un goce para
ella.

Como estuviese leyendo con atencin la cuarta plana de _La
Correspondencia_, vino a distraer su atencin la presencia de un joven
que se acerc dndole las buenas noches con acento melifluo.

--Hola, Godofredito! es usted?

--Cmo sigue usted, D. Rafaela? Me haba dicho Timoteo que no haba
usted venido en dos das, y tema que estuviese indispuesta; pero la he
visto esta tarde en las Gngoras a las cuarenta horas y me tranquilic.

--Ah! Estuvo usted en las Gngoras? Y por qu no se lleg a
saludarme, pcaro?

--Sala con el padre Iturralde cuando usted entraba, y no poda
detenerme porque bamos de prisa a la conferencia de San Vicente.

--Pues yo estuve dos das con un catarro, pero ya pas. Sintese usted,
criatura, que me da pena verle en pie.

Godofredo Llot, elegantemente vestido, y con el mismo rostro nacarado y
candoroso de siempre, obedeci a la invitacin y se sent frente a la
prendera.

--Y cundo es la boda?--pregunt sta despus de algunas frases
insignificantes.

El hijo predilecto de la Iglesia sonri lleno de confusin.

--Oh! No hay an plazo sealado, D. Rafaela, pero contando con la
voluntad de Dios, me parece que no est muy lejos.

--Me alegro, me alegro, hijo. Ella va bien y usted lo mismo. Creo que
es muy rica.

--Seora, esas cosas son para m tan secundarias que no he querido
averiguar nada--respondi Llot modestamente.--Slo s que es muy piadosa
y que pertenece a una familia cristiana.

--Eso es lo principal, querido--repuso la se Rafaela adoptando
repentinamente una actitud de mstica beatitud.--Los bienes terrenales
qu son comparados con los del cielo? Hay que sembrar aqu para recoger
all. Los sentimientos religiosos ante todo. Pero voy a decirle una
cosa: las muchachas ricas son tan buenas como las pobres... y adems son
ricas.

--Es lo mismo que me dice el padre Laguardia--manifest Godofredo con un
acento de inocencia que conmovi a la buena prendera.

--D. Jeremas es hombre de muchas letras. Algo me parece que habr
mojado en este matrimonio, porque le quiere a usted mucho.

--Es quien lo ha hecho todo--respondi con la misma inocencia el
joven.--l me present a la familia y fue quien dio todos los pasos...
Quiere usted conocer a mi novia?... Voy a darle un ejemplar de la
_Historia de Santa Isabel_ que trae su retrato...

El hijo predilecto de la Iglesia, sonriente y ruborizado, sac del
bolsillo del gabn un librito de cubierta elegantemente impresa a dos
tintas, lo abri por la primera pgina, donde apareca el retrato de la
santa duquesa de Turingia grabado en madera, y lo entreg abierto a la
se Rafaela.

--Es guapa la chica y muy joven... y le sienta bien la corona--manifest
la prendera despus de calarse los lentes.--Oiga, Godofredito, tengo una
idea de que haba usted pedido el retrato a Presentacin, su antigua
novia, para este mismo libro...

--S, seora, se lo haba pedido--respondi el joven con embarazo.--Y ya
estaba grabado, pero las circunstancias... ya ve usted...

--S, s; me hago cargo... La pobrecita est bien desfigurada. El otro
da la he visto con su madre en la calle del Carmen.

--No ha sido precisamente eso lo que me ha detenido.

--Tiene mucha razn; la hermosura es cosa pasajera... Pero no le
convena por la posicin. Usted merece una chica rica...

--Tampoco es eso--se apresur a decir Llot.--Lo nico que ha enfriado
nuestras relaciones y ha concluido por romperlas son las ideas de su
padre. De algn tiempo a esta parte se ha vuelto tan impo y
materialista! No hace ms que escandalizar en todas partes.

--Eso, eso es precisamente lo que yo estaba pensando!--exclam la
anticuaria.--Un caballero de tanta religin como usted no poda
emparentar con un hombre tan escandaloso. Toda, la culpa la tiene ese
bribn de las gafas!--aadi arrojando miradas fulgurantes hacia el
sitio donde estaba Moreno.--Si don Pantalen antes era un bendito!
Recuerdo que una vez que estuve en su casa se levant una tempestad de
truenos y relmpagos. Pues l fue quien cerr los balcones y encendi la
tenebraria y el primero que se puso a rezar a Santa Brbara.

Godofredo estaba inquieto, porque la pltica se inclinaba demasiado a
la murmuracin. As que, bajando los ojos con suave expresin de
mansedumbre, dijo en voz apagada:

--A uno y a otro les ha de juzgar Dios. A nosotros no nos toca ms que
compadecerlos y hacerles todo el bien que podamos.

La prendera le mir enternecida.

--Oh, qu dichosa sera su mam si fuera todava de este mundo! Desde
el cielo le estar bendiciendo.

--As sea!--exclam el joven levantando sus ojos lmpidos al techo.--Mi
mam era una santa, y podra suponerse que est en el cielo; pero como
nadie conoce los inescrutables designios de Dios, yo hago por su alma
cuanto puedo. Me hara usted, D. Rafaela, un favor inmenso, que no
olvidara jams, si la encomendase a Dios en sus oraciones.

--Con todo mi corazn. Pierda usted cuidado. No dejar un da de rezar
por ella y en el aniversario confesar y comulgar por su intencin.

--Oh, seora, eso es demasiado!--exclam Llot abrumado por tanto
favor.

--Eso no significa nada. Ya sabe que yo me confieso cada ocho das.

--S, ya conozco sus costumbres piadosas; pero de todos modos, ya le
debo otras atenciones que aunque de categora menos elevada...

--No hablemos de eso, Sr. Llot--se apresur a decir la se Rafaela
extendiendo la mano.

--Hablemos, s, seora. Yo no puedo olvidar ni un instante los favores
que se me hacen. Precisamente haba venido esta noche a arreglar
nuestras cuentas.

--Pero qu prisa corre, criatura? Tan seguro tengo el dinero en su
poder como en el mo.

--Sin embargo, por lo mismo que ha sido usted tan buena siempre para m,
no quisiera perjudicarla en lo ms mnimo. Vamos a ver lo que le debo.

Al mismo tiempo sac del bolsillo un librito de memorias y ley con voz
suave diversas cantidades que la anticuaria le haba prestado en
distintas ocasiones: un da treinta duros, otro setenta, otro cincuenta.
Entre todas sumaban mil quinientas cincuenta pesetas.

--Bueno--dijo el joven metiendo la cartera de nuevo en el
bolsillo.--Vamos a hacer una cifra redonda. Le debo a usted dos mil
pesetas.

--No, seor; no me debe usted ms que mil quinientas cincuenta.

--S, seora, le debo a usted dos mil, porque va usted a hacerme el
favor de prestarme otros noventa duros... Necesito hacer algn regalito
a mi novia y tengo poco dinero--manifest el joven ponindose rojo como
una amapola.

D. Rafaela qued un poco sorprendida de aquel modo original de saldar
cuentas; pero viendo el rostro de Godofredo cubierto de rubor, sus ojos
serenos, inocentes, posarse dulcemente sobre ella con encantadora
expresin de vergenza, no pudo menos de sonrer.

--Conque regalitos, eh! Vamos, no se ponga usted colorado.

El hijo predilecto de la Iglesia se puso mucho ms rojo an. Pareca que
iba a saltar la sangre de sus tersas mejillas.

A la prendera le haca extremada gracia aquel rubor: para gozar ms de
l le mortific todava algn tiempo. Al fin ech mano al portamonedas.
Pero Godofredo la detuvo dirigiendo una mirada de susto a la mesa de sus
antiguos amigos.

--No; aqu no, seora. Hay muchos curiosos. Quiere usted salir a la
calle un momento?

--Con mucho gusto. De todos modos, es hora ya de retirarme.

D. Rafaela se levant de la silla y sali. El hijo predilecto de la
Iglesia salud a un amigo para figurar que no iba con ella, pero la
sigui inmediatamente.

Una vez en la calle, libre de la vergenza que le produca la luz y la
presencia de la gente, dej escapar los tiernos sentimientos de cario y
gratitud que rebosaban de su virgen corazn. Mientras caminaba hacia la
Puerta del Sol en compaa de la prendera, con labio balbuciente y
seductora timidez le hizo algunas candorosas confidencias sobre su
situacin y sus proyectos. La se Rafaela sonrea siempre con
extraordinaria complacencia, sorprendida de hallar en estos tiempos
miserables un joven de corazn tan sano. Godofredo se mostraba hacia
ella atento y respetuoso, como pocos hijos suelen estarlo con sus
madres. Al llegar a una estrecha travesa la anticuaria se detuvo,
avanz algunos pasos por ella y, protegida de la obscuridad, sac su
portamonedas y le entreg la cantidad del pico en billetes. Godofredo
los tom con mano temblorosa y permaneci mudo frente a su bienhechora
sin acertar a emitir una palabra de gracias, embargado enteramente por
la emocin. Al fin, con voz alterada, pudo exclamar:

--Oh, seora, cuntos beneficios la debo! Si yo pudiera expresar lo
que pasa por mi corazn en este momento!

Tan bien le sentaba el embarazo que en aquel momento senta que doa
Rafaela le dio una palmadita en el hombro, lisonjeada hasta un punto
indecible.

--Eso no vale la pena, querido. Para m es un gusto el hacerle
cualquier pequeo favor como ste.

--Lo s, seora, lo s--exclam con voz melodiosa el joven--. Pero me
siento turbado, porque desde que muri mi santa madre no hall en nadie
tanta dulzura. No por el dinero, sino por el cario que usted me
demuestra, no puedo menos de sentir hacia usted un afecto y un respeto
parecidos a los que se sienten por una madre... Todava voy a pedirle a
usted un favor...

--Lo que usted quiera, Godofredito.

--Que me permita usted besar su mano.

La prendera qued suspensa; vacil un momento, pero viendo aquel rostro
infantil cubierto de rubor, viendo sus ojos azules y lmpidos como los
de un querubn resplandecientes de gratitud, le entreg la mano
sonriendo de la humildad y la inocencia de aquel nio.

--Qu cordero de Dios!--murmur la buena mujer mientras senta su mano
mojada por las lgrimas de Godofredo.

Quiso ste acompaarla hasta su casa: la prendera no lo consinti.

Pero cuando se estaban despidiendo cruz como un huracn a su lado don
Laureano Romadonga.

--Qu le pasa a ese hombre?--pregunt la sea Rafaela.

--No s; va muy plido.

--Nunca le he visto de ese modo.

La se Rafaela se apresur a despedirse de su protegido e hizo ademn
de irse hacia su casa; pero en cuanto vio a Godofredo lejos, dio la
vuelta hacia el caf del Siglo, porque la picaba mucho la curiosidad.

Romadonga entr efectivamente en el caf del Siglo en tal estado de
alteracin que sorprendi a sus amigos. Sentose, o por mejor decir
dejose caer sobre una silla, pidi un vaso de agua con azahar al mozo y,
respirando trabajosamente, profiri roncamente:

--Si supieran ustedes lo que me acaba de pasar!

Eso es lo que todos queran: saber lo que le pasaba. Pero a pesar de sus
vivas instancias slo despus que hubo bebido el vaso de agua a sorbos y
limpiado repetidas veces el fro sudor que le manaba de la frente
consinti en explayarse.

El suceso era portentoso, inaudito. Para mejor comprenderlo Romadonga
hizo presente que desde haca mucho tiempo mantena amistad cariosa con
la marquesa viuda de Zamara y con su hija Matilde, viuda tambin de un
primo comandante de ingenieros. Pues bien, de esta viudita tan linda
como ingeniosa tena celos su querida, la Concha, la hija del sillero,
que todos ellos conocan. Celos infundados, por supuesto, porque jams
se le haba pasado por la imaginacin mirarla sino como una buena
amiga...

La duda se infiltr en el pecho de los circunstantes al escuchar esta
afirmacin. Pero nadie os producirla. D. Laureano continu.

Ya en varias ocasiones haban tenido peloteras sobre este vano supuesto.
Concha no quera que asistiese los lunes a la tertulia de la marquesa, y
se pona frentica si saba que las haba acompaado en el paseo. Un da
le haba amenazado con ir a casa de aquellas seoras y armarles un
escndalo. Pero l no haba hecho caso. Cmo suponer que su locura
haba de llegar a tal punto? Sin embargo, lleg y aun pas muchsimo ms
all.

--Hace un momento me hallaba en el teatro de la Comedia. Era el
beneficio del primer galn. La sala estaba de bote en bote. En el
segundo entreacto fui a saludar a la marquesa de Zamara y a su hija
Matilde, que estaban en la primera fila de butacas, cerca del pasillo
lateral de los nmeros pares. Me sent al lado de ellas en una butaca
que haba dejado un caballero, y estbamos bromeando alegremente, cuando
de repente veo delante de m a Concha, de pauelo a la cabeza y mantn.
Y antes de que pudiera reponerme del susto, se arroja como una fiera
sobre Matilde a bofetada limpia...

Los tertulios lanzaron un grito de asombro.

--Qu atrocidad!... No puede ser!

--Lo que ustedes estn oyendo; a bofetada limpia y llamndola al mismo
tiempo cuanto puede llamarse a una mujer--profiri trabajosamente el
viejo libertino, volviendo a limpiarse el sudor.

--Y usted qu hizo?

--Yo?... Ya ven ustedes lo que hice... escapar. Los ojos se me
nublaron. No vi ms que una masa de gente que se levantaba gritando,
riendo. Vi a Concha sujeta por dos acomodadores, gritando como ella sabe
hacerlo, y vi tambin que el rey, que estaba en su palco, precisamente
sobre nosotros, sacaba todo el cuerpo fuera del antepecho para
enterarse, y sonrea... Y no vi ms... Es decir, me vi en medio de la
calle, sin abrigo y con el sombrero en la mano, lo mismo que estaba
cuando el cataclismo.

Las exclamaciones de los circunstantes ante aquel caso extrao fueron
interminables. Todos compadecan al viejo elegante: no tenan palabras
bastante fuertes para condenar el brutal proceder de la chica. Sin
embargo, debajo de los comentarios se adivinaba cierto regocijo que
haca brillar los ojos y pugnaba por salir en forma de carcajadas. El
suceso era chistoso. Uno de ellos, cierto almacenista de camas que sola
acercarse a la mesa de vez en cuando, se atrevi a decir
respetuosamente:

--La verdad es que esa mujer, en mi pobre opinin, no le conviene a
usted, seor Romadonga.

--Ya lo creo que no me conviene!--exclam el seductor con furia.--Vaya
una noticia que usted me da! Pero si usted hubiera visto la navaja que
trae consigo constantemente, de seguro no hablara usted con tanto
desahogo.

--Pero sera capaz?...

--Capaz? Anda con la nia! La mujer que tiene hgados para lo de esta
noche, los tiene para todo. Me ha jurado muchsimas veces que si algn
da la abandono me dar una pualada por la espalda... Y yo estoy
convencido de que me la pega... Vaya si me la pega!--profiri con
exaltacin.--No lo cree usted, D. Dionisio?

--Qu situacin, si pudiera llevarse al teatro!--exclam el bardo con
voz sepulcral, saliendo de su abstraccin potica.

--Pero, hombre, la quiere usted ms dentro del teatro todava?--dijo
Romadonga sacudiendo la cabeza desesperadamente.




XV


Mientras una cruel pulmona postraba en el lecho a Mario, su nombre
corra por la prensa peridica, era objeto de apasionadas discusiones.
El fallo del jurado, en lo que a l se refera, fue condenado como
injusto por varios crticos. Otros lo sostuvieron, o por conviccin o
por amistad hacia los jurados, o por envidia al nuevo artista. Rivera
haba quedado casi tan estupefacto como Mario y casi tan acobardado.
Tema que su cario le hubiese ofuscado. Pero cuando vio la lucha
empeada lanzose intrpidamente a ella. Y la pluma del viejo periodista,
tanto tiempo colgada, nada haba perdido de su destreza y proverbial
causticidad; vibraba a impulso de la indignacin con tal donaire y
desenfado que puso inmediatamente de su lado al pblico indiferente. Al
propio tiempo, como posea y saba tocar la cuerda del sentimiento, sac
mucho partido de la enfermedad de su amigo, vctima de su arrojo heroico
en los momentos mismos en que lo era de una miserable injusticia.

De tal modo que cuando el joven escultor se levant de la cama gozaba de
mayor reputacin y gloria que si le hubiesen dado la medalla de honor.
Por esta vez la envidia haba errado el golpe. La primer noche que se
present en el caf, sus amigos se pusieron en pie y palmotearon
briosamente. Los dems asistentes siguieron el ejemplo: se le hizo una
ruidosa ovacin, de la cual dieron cuenta al da siguiente los
peridicos.

--El arte es la apoteosis de la inutilidad--verti sentenciosamente
Moreno al odo de don Pantalen, ya que se hubo calmado el
entusiasmo.--Cuando los objetos tiles dejan de serlo, pasan a la
categora de artsticos. Un nfora antes serva para contener agua o
vino. Hoy es objeto decorativo sobre las chimeneas o sobre columnas.
stas, a su vez, antes servan para sostener los techos; hoy adornan los
rincones de los gabinetes.

El ingenioso Snchez se mostr profundamente interesado por estas
observaciones luminosas. Cerr sus grandes ojos apagados en seal de
asentimiento y medit.

--Se ha observado--prosigui Moreno--que los pases donde se hallan ms
desarrolladas las tendencias artsticas son los que dan mayor
contingente a los manicomios. Y es porque el arte es ante todo un juego
estril de la imaginacin. El arte, lo mismo que el misticismo,
concluyen por alterar nuestro desenvolvimiento orgnico. En mi concepto,
lo mismo uno que otro deben ser rechazados como tendencias morbosas.

D. Pantalen agit las manos convulsivamente, abri los ojos y profiri
una serie de exclamaciones corroborantes. Siempre le pasaba igual al or
la palabra morboso. Este adjetivo ejerca sobre su organismo un efecto
extraordinario, mgico, una sensacin de deleite inefable que se le
adverta en el brillo inusitado de los ojos y en el movimiento de
trepidacin del bigote. Cuando tena ocasin de pronunciarlo (y la
buscaba con harta ms diligencia de lo que convena a la armona del
discurso), lo mascaba, lo paladeaba con gozo indecible, percibiendo en
los labios el mismo grato sabor que algunos santos experimentaban al
proferir el nombre de la Virgen Mara. As que sin darse cuenta de ello,
el ingenioso Snchez declaraba morbosas casi todas las cosas de este
mundo. En su entusiasmo por el vocablo hubiera declarado morbosa a la
misma madre que lo haba parido.

Nada nuevo, pues, le deca Moreno. Muy de antemano saba ya el ilustre
fisilogo que el arte y el misticismo eran elementos morbosos del
organismo social. Lo eran tambin otra porcin de cosas que Moreno no
sospechaba siquiera. D. Pantalen, hay que decirlo con toda claridad,
haba llegado ms arriba en el camino de la indagacin, posea un
conocimiento ms completo de los resortes de la Naturaleza que su
amigo. Apenas le faltaba explicacin para ninguno de los infinitos
fenmenos de la creacin natural. Como hay de ello muchos ejemplos en la
historia de la ciencia, el discpulo sobrepujaba notablemente al
maestro. En alas de su genio, Snchez haba volado de golpe a regiones
donde el pobre Moreno, a pesar de su aplicacin asidua, no llegara
jams.

Por eso continuaba admirando en su joven amigo la fiera independencia
del carcter, la increble fuerza de que haba dado muestras para salir
triunfante en la lucha por la existencia que para l haba sido tan
ruda, la brusca franqueza de su palabra propia del hombre primitivo
nacido para el combate. Pero en cuanto al conocimiento de los problemas
de la ciencia positiva no tena por qu admirarle. Don Pantalen posea
lo menos veinte centmetros ms de circunvolucin en los lbulos
cerebrales, como ha de probarse en el curso de esta verdica historia.

Desde haca algn tiempo vena consagrando toda la fuerza de estos
lbulos a la resolucin de un problema magno, el mismo que haba
anunciado vagamente a su yerno como algo que el mundo deba de acoger
con asombro y aplauso. Este problema, hora es ya de revelarlo, no era
otro que _el origen del pensamiento_. El ingenioso Snchez, a la hora
presente, saba de un modo perfecto la geografa cerebral. Con ayuda de
su microscopio haba escrutado las innumerables clulas nerviosas de
varios animales, siguiendo con ojo avizor la inmensa red de fibras que
de ellos parten. Luego haba obtenido algunos cerebros humanos y haba
hecho lo mismo. Conoca las piezas de la mquina. En aquella vasta
ciudad de clulas gustaba de pasear a menudo y seguir la intrincada red
de sus caminos y senderos. Pero ignoraba por completo el secreto del
mecanismo: recorra las calles, pero nada saba de lo que pasaba dentro
de las casas. Su genio colosal ansiaba apoderarse del secreto. Algunos
sostenan que era imposible. El ingenioso Snchez sonrea y meditaba.

Las noticias que los fisilogos anteriores a l le suministraban eran
muy vagas. Uno sostena que el pensamiento era una secrecin semejante a
la bilis o a la orina. D. Pantalen en sus experimentos no haba hallado
seal de estas secreciones en la masa enceflica. Otro, que el
pensamiento se produca en el cerebro por un mtodo anlogo al de la
fabricacin del pan. Era ms verosmil. Sin embargo, pensaba que deba
de parecerse ms a la fabricacin de la cerveza a causa del sistema de
destilacin, pues no le caba duda de que las sensaciones para
trasformarse en ideas deban de pasar por un finsimo alambique. Mas a
pesar de cuantos esfuerzos llev a cabo para descubrir con el
microscopio este cedazo, no lo haba logrado hasta entonces.

La resolucin de este gran problema le agitaba a todas las horas del da
y en muchas de la noche. Su labor era incesante, hasta el punto de no
dejarle pensar ni sentir apenas otra cosa. Sin embargo, en los actuales
momentos un suceso, al parecer insignificante, le preocupaba bastante,
le tena ms silencioso y meditabundo que de costumbre. Viniendo al
caf aquella noche haba tropezado en la calle con un hombre tendido
sobre la acera. Quiso levantarle. El hombre no poda tenerse en pie a
causa de su extrema debilidad: segn dijo no haba tomado alimento en
treinta y seis horas. Lleno de compasin le arrastr como pudo hasta un
_restaurant_ prximo; hizo que le sirviesen caldo y le pag una buena
comida. Despus le dej casi todo el dinero, que llevaba en el bolsillo.

Pues bien, el clebre antroplogo estaba pesaroso, descontento de s
mismo. Saba muy bien que los llamados sentimientos de humanidad y
filantropa son, como el sentimiento religioso, peculiares de las
sociedades primitivas. Una sociedad civilizada no puede admitirlos
porque se oponen abiertamente a las leyes de la seleccin y de la lucha
por la existencia, que se cumplen en el organismo social como en los
inferiores. En esta lucha los dbiles deben perecer: as es conveniente
para el progreso de la especie. Protegerlos, ayudarles a eludir las
leyes indeclinables de la Naturaleza es indigno de un hombre civilizado,
y mucho ms de quien como l se dedicaba al estudio de la ciencia
positiva. El que deba vivir que viva; el que deba caer que caiga. De
aqu su remordimiento y tristeza. Y lo que ms le avergonzaba era que,
viendo comer a aquel desgraciado con apetito voraz, haba llorado de
ternura. Resabios de su educacin primera, llena de juicios absurdos y
de imaginaciones infantiles.

Este hecho insignificante probar hasta qu punto aquel hombre insigne
haba sacudido de su inteligencia el polvo de las preocupaciones y haba
avanzado en el camino de la perfeccin positiva.

Una de las cosas que logr dar ms luz a sus lbulos cerebrales fue la
compra de un mono. Era el sueo de su vida. Por fin tropez con ciertos
bohemios que se prestaron a venderle uno valetudinario y sarnoso. Se lo
hicieron pagar bastante caro, visto el afn que por l mostraba. Cuando
nuestro fisilogo se encontr a solas en su laboratorio en presencia de
aquel ser, su precursor inmediato, sinti emocin indefinible. Un
respeto profundsimo se apoder de su mente. Delante de s tena al
hombre, al hombre primitivo en toda su augusta sencillez y verdad, sin
absurdas ideas metafsicas, sin religin, sin moral, sin los tristes
idealismos que tuercen y adulteran el curso sagrado de la Naturaleza.
Ah, no! Aquel hombre no pretenda ridculamente oponerse, como
nosotros, a sus leyes inflexibles, a la ley de la lucha por la
existencia, o de la seleccin. Era el producto espontneo de la
Naturaleza, resplandeciente como ella de majestad y de inocencia.

Acurrucado en un rincn, el hombre primitivo clavaba en el secundario
una mirada inquieta y temerosa. Pero viendo que ste no trataba de
hacerle dao, concluy lgicamente por rascarse la barriga, ejecutando
despus otra serie de maniobras candorosas que el gran antroplogo
segua con mirada escrutadora y reflexiva. La ciencia estaba de
enhorabuena. En el cerebro del ingenioso Snchez germinaban pensamientos
fecundos, admirables proyectos de experimentacin. Desgraciadamente no
pudieron realizarse por una alteracin funesta de los nervios de la
esposa del fisilogo.

D. Carolina no tena noticia de la compra del mono. D. Pantalen, que
saba cun poca simpata le inspiraban los adelantos de la ciencia,
haba cuidado de ocultrsela. Hallbase, por tanto, la buena seora
ajena enteramente a la presencia del hombre primitivo en su domicilio,
cuando aqul se encarg de hacrsela notar en la forma ms inconveniente
que pudo verse jams. Una noche, atravesando el corredor de la casa con
una buja en la mano, sinti que dos brazos peludos la agarraban por el
cuello, y unas uas infernales se le clavaban en el rostro. La infeliz
pens que el mismo demonio vena a arrebatarla. Dio un grito horrsono y
se le cay la palmatoria de la mano. Cuando la gente de casa acudi
yaca en el suelo privada de conocimiento. El mono se balanceaba en lo
alto de una percha, revelando en su fisonoma expresiva la sublime
indiferencia que caracteriza a los seres no adulterados an por ideas
metafsicas.

Claro est que desde entonces no volvi a hablarse de l en la casa del
fisilogo; es decir, s se habl, y mucho, pero fue siempre para vejar
al ilustre antroplogo, quien por largo tiempo no pudo gozar de
tranquilidad a la hora de comer.

Por fortuna, un suceso prspero vino a borrar aquella impresin fatal.
Ya sabemos que la hija menor de Snchez, desde que perdiera su belleza
en aras de la ciencia, apenas pisaba la calle. Al caf del Siglo no
haba vuelto jams. El desengao de Godofredo al tiempo mismo que le
haba herido la desgracia, no poco contribuy tambin a dejarla en el
profundo abatimiento en que viva. Silenciosa y melanclica la que antes
era todo ruido y alegra, pareca una sombra vagando por la casa. A
veces se la oa gemir. Su madre sacuda entonces la cabeza, terrible,
amenazadora como una eumnida; el ingenioso Snchez bajaba la suya,
sometindose a aquel castigo, pero satisfecho en el fondo de sus lbulos
cerebrales de haber sacrificado una hija en el altar de la ciencia, no
en el del fanatismo metafsico. Si en aquellas negras horas de
desesperacin todos sus pensamientos eran para el ingrato Llot, sin que
un vago e insignificante recuerdo mereciese la pasin de Timoteo, no es
fcil averiguarlo. Lo que s puede afirmarse es que el violn de aquel
desgraciado joven segua exhalando quejas melanclicas por la noche lo
mismo que en los tiempos de esplendor de su adorada. Para l no existan
quemaduras ni costurones; todo era como antes tersura, ncar y
alabastro; sus notas se arrastraban siempre lnguidas, voluptuosas,
enamoradas.

En casa del fisilogo nada se sospechaba del fondo sensual que
encerraban. Snchez no poda reparar en tales futilezas. D. Carolina
iba poco por el caf y estaba muy lejos de presumir que existiese en la
tierra tal desinteresado amor. As que fue viva su sorpresa al recibir
un da la visita del artista en traje de ceremonia. La esposa del
antroplogo no estaba sola. Su hija Presentacin bordaba a su lado cerca
del balcn. El artista avanz con tan amable sonrisa que su boca se
dilataba de un modo imponente.

--Buenas noches, D. Carolina... digo no! Buenos das, D. Carolina;
buenos das, Presentacioncita.

Inmediatamente el heroico joven qued envuelto en una nube de lluvia
menudsima, de la cual por fortuna slo algunas gotas vinieron a caer a
los pies de la buena seora. Despus se crey en el caso de refrenar el
vuelo de su fisonoma, dndole la gravedad apropiada al caso; pero tan
pronto como consigui llevarlo a cabo, su boca volvi a dilatarse,
recobrando la posicin anterior como un resorte que se suelta. Torn a
cerrarla con esfuerzo y de nuevo volvi a soltarse, repitiendo la
operacin algunas veces antes de pronunciar una palabra. Esto, unido a
cierto modo extrao y constante de sobarse las rodillas con la palma de
las manos como si estuviera dndoles fricciones de algn blsamo
antirreumtico, produjo en D. Carolina un movimiento de impaciencia que
procur refrenar con su amabilidad caracterstica. Al cabo rompi.

--Seora, aqu Presentacioncita sabe perfectamente...

Pero en el mismo instante la aludida se alz bruscamente de la silla y
sali de la sala. El artista, detenido en los comienzos de su discurso,
la mir alejarse con sorpresa y dolor.

Presentacin, desde que perdiera su belleza, se haba vuelto suspicaz,
recelosa; pensaba que todos se burlaban de ella. sta fue la razn de su
brusca partida. Imagin que Timoteo, desdeado en otro tiempo, vena a
gozarse en su desgracia y a satisfacer una miserable venganza.

Cun lejos se hallaba de la verdad! Lo que en aquel instante senta el
corazn de Timoteo era idntico a lo que vibraba en el alma de su
violn, todo lnguido, todo voluptuoso.

--Seora, yo s que soy un gusano indigno...

Este comienzo no le pareci mal a D. Carolina y procur drselo a
entender con una sonrisa benvola.

--Un gusano... eso es...

--Vamos, Timoteo, clmese usted. Le veo un poco agitado.

--Cmo no he de estarlo, seora! Cmo no he de estarlo si lo que me
pasa a m!...--exclam el joven apretando las rodillas con sus manos
crispadas.

--Pero qu le pasa, criatura?--pregunt la seora con una entonacin
que deca bien claro que lo saba.

--Ya s que soy un indigno gusano...

--Dale! Clmese usted, Timoteo, clmese!

--Yo vena con intencin de hablar con usted, seora... pero ya no puedo
hablar... no puedo hablar!--profiri con creciente agitacin.

D. Carolina le contempl un instante con sonrisa maliciosa y dijo al
cabo:

--Pues yo voy a decirle a usted lo que usted tena que decirme a m.

Timoteo la mir estupefacto.

--Seora--vena usted a decirme,--yo sigo tan enamorado de su hija
Presentacin como el primer da. A pesar de su desgracia la quiero con
todo mi corazn, porque mi cario no se cifraba en la hermosura del
cuerpo, que es perecedera, sino en la del alma, que jams muere.

El violinista se puso horriblemente plido. Alzose de la silla y comenz
a dar vueltas por la estancia agitando el sombrero con frenes. Todo su
amor, sus tristezas y anhelos, los pensamientos todos que ocupaban su
mente desde haca tanto tiempo salieron de golpe en frases cortadas,
incoherentes, que resonaron lgubremente en la sala como la confesin
de un reo en capilla. Pero venan envueltas en una nube tan espesa de
roco que D. Carolina se vio precisada a apartarse ms de una vez y
refugiarse por los rincones para no quedar completamente empapada.

Al fin se dej caer otra vez en la silla, rendido, aniquilado. D.
Carolina tambin se sent y le contempl largo rato con mirada
chispeante de malicia.

--Pcaro, qu bien me conoce usted!--exclam dndole un pellizco.

Timoteo clav en ella una mirada de besugo atnito.

--A usted no se le ha escapado el cario con que siempre le he mirado.
Es una debilidad, una mana; nunca he podido remediarlo. Mis hijas me
tienen dicho un milln de veces: Pero, mam, no callas con Timoteo! Y
qu le voy a hacer, hijas mas? El cario no puede razonarse, y yo se lo
he tomado a ese muchacho. No digo a Presentacin solamente: si diez
hijas tuviera y Timoteo me las pidiese, las diez le dara sin vacilar un
momento.

Aquella prueba poligmica de simpata conmovi de tal manera al
violinista que se alz de nuevo agitando el sombrero; pero D. Carolina
logr hacer que se sentase tirndole de la levita.

Finalmente, el artista pidi con ms humildad que ceremonia la mano de
Presentacin, aadiendo que, si no lograba verse unido a ella, sus
medidas estaban ya tomadas, su resolucin era irrevocable. Y no se
explic ms; pero bastaba y sobraba, atento el tono fnebre con que
profiri tales palabras. Timoteo pensaba en divorciarse de la
existencia.

D. Carolina adopt inmediatamente un continente grave, protector, de
una importancia tal que el violinista comprendi que su vida estaba en
manos de aquella seora. Largo rato estuvo pensativa. Luego manifest
que por ella todo quedara arreglado en seguida. Ah, por ella no haba
dificultad alguna! Desgraciadamente era necesario consultar otras
voluntades: primero la de Presentacin...

La esposa del fisilogo se levant del asiento, tom de la mano
gravemente al artista y le llev consigo fuera de la sala. Timoteo se
dej arrastrar presa de una emocin que le privaba por completo del uso
de sus facultades mentales y a medias del juego de las rodillas.
Llegaron al pasillo, y all a lo lejos columbraron la silueta de
Presentacin. Mas apenas los divis sta, corri a refugiarse en su
cuarto, que cerr con un violento portazo.

D. Carolina dirigi una sonrisa dulce al violinista, en cuyos ojos se
pintaba el espanto.

--Presentacin, abre--dijo aqulla llamando con los nudillos a la
puerta.--Timoteo necesita hablar contigo dos palabras.

--Nada tiene que hablar Timoteo conmigo--respondieron de adentro.

D. Carolina volvi de nuevo su fisonoma condescendiente hacia Timoteo,
dibujndose en ella otra dulce sonrisa.

--S, hija ma, s. Es una cosa seria lo que tiene que decirte. Abre.

--Ni seria ni risuea: no quiero or nada--repuso Presentacin.--Que se
vaya.

D. Carolina sonri nuevamente y apret la mano del violinista. ste se
hallaba consternado.

--Vamos, no seas terca. Abre, hija.

--Que se vaya! que se vaya!--repiti la joven con ms fuerza.

--Hblele usted por el agujero de la llave. No hay otro medio--dijo la
esposa del fisilogo empujando a Timoteo.

ste baj la cabeza y aplic su boca hmeda a la cerradura.

--Presentacioncita! Yo soy un indigno gusano...

--Vyase usted! No quiero orle.

--Pero la adoro a usted con toda mi alma. Es usted desde hace mucho
tiempo la estrella confidente de mis amores, y adonde quiera que el
destino me arrastre bien puede estar segura que eternamente ser mi
bandera, bajo la cual pelear hasta derramar la ltima gota de mi
sangre...

La voz del violinista, al pasar por el agujero de la llave, produca un
zumbido oscuro, lamentable, en el cual apenas podan percibirse las
palabras. Presentacin no responda. Sin embargo, la imagen expresiva
de la bandera y de la gota de sangre debieron de enternecer un poco su
corazn. Al cabo de un rato repiti por mquina y con menos fuerza:

--Que se vaya... que se vaya.

--Presentacioncita--aull de nuevo Timoteo,--quisiera morir por usted!
Quisiera morir cuando el sol traspone los montes lejanos del horizonte,
cuando muere la luz entre celajes de palo y grana. Quisiera morir, y
sera feliz si supiese que en mi tumba solitaria vendra usted a
depositar algunas margaritas silvestres...

Timoteo repeta los conceptos poticos que ms haban herido su
imaginacin en la letra de los nocturnos y _canzonetas_ que tocaba.
Presentacin guard silencio. Al cabo de un rato aqul volvi a zumbar,
incurriendo en flagrante contradiccin.

--Presentacioncita, por Dios, no me deje usted morir as!

Despus de una larga pausa se oy la voz de la nia que profera estas
notabilsimas palabras:

--Mam, haz lo que quieras.

Inmediatamente Timoteo se sinti en los brazos de su futura suegra.
Plido, trmulo, aniquilado de emocin, se dej arrastrar de nuevo por
aqulla a la sala.

Qu pas all? Apenas es necesario manifestarlo. D. Carolina dio
rienda suelta a su corazn magnnimo. Se mostr ante los ojos hmedos de
Timoteo, no con la apariencia desagradable que hasta entonces se haba
visto precisada a adoptar, sino como lo que era en realidad, un tesoro
de indulgencia y generosidad. Media hora de conversacin ntima bast
para que Timoteo se viese tratado con la confianza y cario de un hijo
mimado. No slo aquella bondadosa seora dio su pleno consentimiento
para la boda, sino que ofreci su apoyo para vencer la nica grave
dificultad que para ella se presentaba, la voluntad de su marido. D.
Pantalen, el terrible D. Pantalen, segua pesando como una losa sobre
los deseos y aspiraciones de la familia. An ms: D. Carolina lleg a
consentir que la llamase mam cuando estuviesen solos, y le prometi
tutearle en el mismo caso. Pero cuidado con que llegase a noticia de su
marido! No satisfecho su tierno corazn con esto, al despedirse, cerca
de la escalera, de su futuro hijo poltico le dio un beso maternal en la
frente. De tal modo que Timoteo baj los peldaos tambalendose de gozo,
no sin besar antes las manos de aquella adorable seora, derramando
sobre ellas un raudal de lgrimas y saliva.

Los dioses no se fatigan jams cuando quieren hacer a un mortal feliz o
desgraciado. An le tenan reservado a nuestro artista un nuevo triunfo
que sabore al llegar a su casa. En ella le aguardaba el padre
Laguardia, ms huesudo y ms inquieto que jams lo haba sido. Timoteo
no le conoca ms que de vista. Despus de saludarle rpidamente, el
presbtero le pregunt con agitacin:

--Vena a que usted me dijese, si es que lo sabe, dnde vive actualmente
su amigo Llot.

--Mi amigo Llot?

--O su enemigo. Es igual. Dnde vive es lo que me importa averiguar.

--Pues no lo s, ni lo he sabido nunca.

--Nadie! nadie!--exclam el clrigo terciando el manteo y comenzando a
dar vueltas por la habitacin como un loco.--Nadie sabe dnde se
esconde ese pillo!... Porque es un pillo, sabe usted?--aadi
encarndose con Timoteo ferozmente como si no esperase ms que ste le
contradijese para arrojarse sobre l.--Un granuja! un miserable! un
estafador! En cuanto le tropiece le piso la cara!

--No puede ser!--dijo Timoteo inundado de gozo.

--Que no puede ser?--chill el cura abalanzndose a l y sujetndole
por la solapa de la levita.--Cree usted que yo no soy capaz de pisarle
la cara?

--No es eso. Lo que yo quera decir es que me extraaba que un muchacho
tan inocente, que pareca una palomita sin hiel...

--Una palomita!--exclam D. Jeremas sonriendo sarcsticamente.--Una
palomita!... Un raposo!--profiri con grito horrsono.--Un raposo a
quien hay que cortar las orejas, a quien hay que desollar vivo.

Y comenz de nuevo a dar paseos agitados lanzando al mismo tiempo
tremendas imprecaciones.

Al fin se dej caer en una silla y se puso a contar lo que le pasaba.

Godofredo le haba ido sacando poco a poco y con diferentes pretextos
algunas cantidades, las cules sumaban a la hora presente seiscientas y
pico de pesetas, desapareciendo de la noche a la maana. No era eso lo
peor. Lo verdaderamente infame es que se haba valido de su nombre para
estafar una porcin de dinero a algunos amigos: al cura de San Gins
sesenta duros, al capelln de las Adoratrices cuarenta y cinco, al
excusador de San Milln diez y seis, etc., etc. Iba pidiendo estas
cantidades como si fuesen para D. Jeremas. Cuando presuma que no
bastaba la palabra, presentaba una carta falsificando la firma...
Adems, haba encargado un sin fin de misas por el alma de su madre, y
de toda su parentela, sin que jams hubiese dado un cuarto a los
sacerdotes que las dijeron. Resultaba, en fin, debiendo y estafando a
todas las personas con quienes le haba puesto en relacin...

D. Jeremas no poda estarse quieto mientras relataba tales infamias. Se
sentaba, se alzaba, paseaba, manoteaba, chillando al mismo tiempo como
un energmeno.

Timoteo senta correr por sus venas un estremecimiento dulcsimo. A la
agitacin y clera que reflejaba el rostro del presbtero opona su
semblante una placidez verdaderamente paradisaca.

Y ms se acentu esta expresin de beatitud celeste cuando vio salir a
D. Jeremas como un huracn, sin decirle adis siquiera, gritando al
trasponer la puerta:

--En cuanto le tropiece, no hay ms, le piso la cara!




XVI


Don Laureano Romadonga no era hombre que se dejase aprisionar fcilmente
por los artificios femeninos; que comprometiese el sosiego de su vida,
sus placeres, su independencia por una mujer, cualquiera que ella fuese.
Conocedor profundo de la existencia, haba formado haca mucho tiempo su
plan, y de l no se apartaba una lnea. Sus das se deslizaban serenos,
risueos, libando voluptuosamente la corta cantidad de miel que slo
proporciona este valle de lgrimas a los solterones ricos y sanos.

Desgraciadamente la impetuosidad absurda de su ltima querida haba
venido a turbar el curso sereno de estos das. Haca ya algn tiempo
que el viejo seductor comprendiera que le convena cortar estas
relaciones enfadosas. Si no lo pona en prctica, como en casos
semejantes haba hecho, no era por falta de voluntad, sino por el
temorcillo que la navaja de la chula haba logrado inspirarle. No
obstante, despus de la escena escandalosa del teatro, la separacin
qued resuelta en principio. Aunque por un refinamiento de hombre
gastado le placiesen para queridas las mujeres de genio vivo y hasta un
poco agresivas, los arranques de la hija del sillero rebasaban ya los
lmites de lo tolerable. No era posible continuar. Sus planes sabios
corran peligro de hundirse para siempre con aquella chiquilla violenta
y caprichosa.

Era demasiado listo, sin embargo, para dejar traslucir sus propsitos.
Continu en apariencia tan enamorado. Mantuvo a la Conchita en la
ilusin de ser su ltima y definitiva querida. Hasta le dej entrever
algunos tenues y lejanos rayos de luz matrimonial. Mientras tanto, all
en el fondo de su cerebro artificioso se elaboraba tranquilamente un
plan maquiavlico que iba a marchitar en flor tanta dulce esperanza.
Romper con la chula quedndose en Madrid era expuestsimo. Aunque
avisase a la polica, tena la seguridad de que Concha le daba una
pualada por la espalda. La conoca bien! A aquella muchacha fiera y
escandalosa le importaba un bledo ir a presidio o a la horca con tal de
satisfacer su venganza. Era necesario escapar de Madrid. Adnde?
Despus de meditar varios das este punto, se decidi por Pars. Aquella
inmensa ciudad, emporio de todos los placeres, convena admirablemente a
los fines interesantes que Romadonga persegua en esta vida. Pasar el
invierno en Pars; desde all, cuando viniese el verano, trasladarse a
Biarritz o San Sebastin; en el mes de Octubre, trascurrido ya cerca de
un ao, regresar a Madrid. En todo este tiempo la hija del sillero le
olvidara, hallara otro acomodo, desaparecera de Madrid. Quin sabe
lo que poda suceder?

Resuelto, pues, a llevar a cabo el proyecto, comenz sigilosamente a
hacer sus preparativos. Vendi los coches y los caballos, gir a la
capital de Francia dinero, envi a su criado por delante con los objetos
necesarios, hizo la maleta; y una tarde se meti cautelosamente en un
coche del Sud-exprs y huy de Madrid sin dar cuenta a nadie de su
viaje. Una hora antes haba estado en casa de su querida. Con sarcasmo
mefistoflico pas largo rato hablndole de planes para lo porvenir,
prometiendo llevarla pronto a vivir consigo y viajar con ella algunos
meses y comprarla una magnfica cama que juntos haban visto en un
escaparate de la calle de Alcal. Estuvo jocoso y seductor como nunca.
Al despedirse le dijo que vendra de noche a buscarla para ir a un
teatrito por horas, y que estuviese ya vestida y no se hiciese esperar.
La sonrisa cruel que plegaba sus labios al bajar la escalera inspiraba
fro y miedo.

Pobre nia! Cun ajena estaba del pensamiento que bulla en la mente
de aquel hombre egosta, sin entraas!

Mientras corri el tren por los campos de Espaa, todava la imagen de
la chula vena de vez en cuando a turbar su espritu. Pero en cuanto
atraves la frontera se le borr por completo. Al llegar a Pars busc
un cuartito amueblado en lo ms cntrico; alquil coche, compr caballo,
se hizo socio de dos clubs aristocrticos y comenz a hacer la vida a
que sus convicciones filosficas le arrastraban. De tal suerte, que a
los quince das se encontraba infinitamente mejor que en Madrid, y
principiaba a sospechar que no slo aquel invierno, sino todos los que a
Dios pluguiere concederle, iba a pasar en aquella hermosa capital.

La existencia de Romadonga se deslizaba serena, feliz, egosta como la
de un dios, viviendo nicamente para s y contemplando con augusta
indiferencia los dolores y las alegras de los otros. Excusado es decir
que el sol que ms iluminaba y amenizaba aquella existencia era la
mujer. Pero no una mujer determinada; la mujer en general; hoy una,
maana otra. Despus de paladear la fruta hermosa, pero un poco
inspida, de las burguesas madrileas y morder en la guindilla de las
chulas, las cortesanas parisienses, tan elegantes, tan ingeniosas y
cultas, le parecan un bocado exquisito. Y hay que confesar que supo
aprovecharse. En poco tiempo fue popularsimo entre ellas. Le llamaban
riendo el _fidalgo espaol_. Su carcter fro, su ingenio reconocido y
el cinismo con que se expresaba logr dominarlas. Hasta el exagerado
acento extranjero contribua a dar ms gracia a sus frases insolentes en
el fondo y correctas en la forma.

Gozando de ms libertad que en Madrid, con gozar aqu mucha, tan pronto
se le vea con una dama del brazo como con otra, creyendo a puo cerrado
que la Naturaleza slo es bella por su rica variedad. A ciertas horas
del da hallarasele invariablemente paseando por los boulevares con el
cigarro en la boca balanceando su esbelta figura entre la muchedumbre;
dirigiendo su mirada atrevida, escrutadora, a las bellezas que cruzaban
cerca, inclinndose a un lado y a otro para ver mejor; a veces teniendo
el paso y siguindolas con la vista largo rato.

--Es guapa esa barbiana, verd t?

Romadonga sinti un escalofro mortal correr por sus venas. Volvi el
rostro espantado y se encontr con la mismsima Concha. Instintivamente
puso las manos por delante.

--No seas tan jindamn, hombre!--profiri la chula con voz ronca,
apoyndose en cada slaba y mirndole de arriba abajo con ojos torvos,
despreciativos.--No ves que soy una mujer?

La vergenza hizo que volvieran los colores a las plidas mejillas del
_fidalgo espaol_.

--Es que t no eres una mujer como otras... Ya lo creo, caramba!...
Pues si me descuido, caramba!

--Ya lo creo! Si te descuidas, caramba!--exclam haciendo burla la
chula.

En verdad que Romadonga estaba descompuesto y aturdido que daba lstima.

--Si te descuidas, na!--prosigui Concha.--El da que se me meta en el
moo te clavo el corazn, con cuidao o sin l... Qu te has figurao,
viejo silbante, que despus de lo que has hecho conmigo me ibas a tirar
a la barredura, como un papel sucio?... Ja, ja!... Que se te quite,
infeliz.

El traje, la actitud y la voz de la chula haban hecho pararse a algunos
curiosos. D. Laureano, avergonzado y alentado al mismo tiempo, exclam
irguindose:

--Vaya, vaya, djame en paz y sigue tu camino. Nada tengo que partir
contigo.

--Nada tienes que partir conmigo, malvao? Y la criatura que he dejao en
Madrid es la punta de un cigarro que tiras a la calle cuando empieza a
quemarte, verd t? Y mi honra es otra colilla puf! que se escupe y no
se vuelve a mirar... Aqu tienen ustedes un hombre, seores (volvindose
a los circunstantes, que no entienden una palabra y contemplan
asombrados la escena). Ven ustedes este viejo baboso, que tiene ms
aos que Matusaln, ms pintao que un monumento y ms perfumao que una
corista? Pues este to ha conseguo chalarme no s por qu... por la
labia, por la fachenda, por las mentiras... en fin, por lo que a ustedes
no les importa. Y luego que me ha visto chal, y me ha deshonrao, y me
ha teno tres aos sujeta como una mona, de la noche a la maana y sin
decir agur Conchita, se escapa a Pars, y venga juerga con las
suripantas!... Qu bonito! verd ustedes?... Pero como yo soy hija de
mi padre y de mi madre, y no hay ms que una vida que perder, y de m no
se ha redo ningn roo dao por tal como ste, a este to asqueroso
nadie le mata ms que yo, saben ustedes?

D. Laureano vio un agente de polica acercarse y, envalentonado, se
atrevi a decir con tono despreciativo:

--Anda, anda, sigue tu camino, que todo lo que te he quitado te lo he
pagado en buenos billetes de Banco.

Los ojos de Concha relampaguearon como los de una pantera.

--Dinero por mi honra, canalla?--grit en el paroxismo de la clera.

Y llevndose la mano al seno, sac rpidamente una navaja de grandes
dimensiones, la navaja de marras. Pero en aquel instante las manos del
agente la sujetaron por detrs, D. Laureano retrocedi ms plido que la
cera.

--Djenme ustedes que saque las tripas a ese infame--gritaba la chula
tratando de desasirse.

Pero al volver la cabeza para ver quin la sujetaba, quedose
repentinamente inmvil.

--Un guindilla! Est bien. Tome usted--dijo entregndole la navaja
tranquilamente; luego, subindose el mantn y apretando el nudo del
pauelo, aadi:--Llveme usted a la crcel.

Y volvindose a Romadonga en una actitud fra, desesperada, que
inspiraba miedo y lstima al mismo tiempo, con terrible calma dijo:

--No tardar en salir. Te juro por la salud de mi hijo que pronto
tendrs noticias mas. Cuando recibas el golpe, si tienes tiempo a
pensar, ya sabes quin te lo ha dado.

Estas palabras desgarraron el corazn magnnimo de D. Laureano. La vida
es dulce a todos los mortales, pero muy especialmente lo era para aquel
hombre venerable. Recibir una pualada por la espalda sin aviso de
ninguna clase, le era profundamente desagradable. As que, antes de que
el polica llevase consigo a Concha, se dirigi a l y, en francs
chapurrado, le manifest que aquella seora era su esposa y que le
hiciese el favor de soltarla.

Esto fue lo nico que comprendi el crculo de curiosos que les rodeaba.
La noticia caus sorpresa y no poca risa. El agente no se avino a ello
sin llevarlos a ambos antes a las oficinas de la polica. Entonces
Romadonga, con la galantera propia de un fidalgo espaol, ofreci el
brazo a la chula y se fueron escoltados por el guardia. La muchedumbre
aplauda riendo.




XVII


Mario lleg a ser un escultor distinguido. Llovieron las demandas de
obra en su estudio. Bustos, estatuas, jarrones, mausoleos, todo lo
trabaj con gloria y provecho. Comenz a ganar sumas considerables.

Alquilaron un buen cuarto en la calle Mayor, cerca de la de Ramales,
donde sus padres habitaban. Vivieron con desahogo, hasta con lujo; pero
sin despilfarro. El ingenioso Snchez y D. Carolina andaban un poco
apurados de dinero por los gastos del primero en publicaciones,
instrumentos cientficos, excursiones, etc, etc. Carlota los protega.
Pero a Mario le pareca siempre poco lo que les daba. Era tan infeliz
aquel muchacho, que cuando doa Carolina vena a llorarle alguna
lstima, por su gusto le entregara todo el dinero que haba en la casa.

--Para qu necesitamos nosotros tanto?--deca a menudo a su esposa.

--Para nuestro hijo y para los que puedan venir--responda Carlota.

Mario le apretaba la cara con entusiasmo.

--Lo que yo pido para mi hijo--exclamaba--es que le gusten las artes y
encuentre una mujer como t. Entonces vale la pena el haber nacido!

El pequeo Mario tena ya cerca de cuatro aos. Era un nio fresco,
sonrosado, con grandes ojos suaves y lmpidos y una boca de cereza
plegada siempre por sonrisa angelical. El escultor le adoraba con
frenes por ser su hijo y adems porque era un retrato en miniatura de
Carlota. La misma dulzura en la mirada, la misma apacibilidad, la misma
igualdad de humor. Cuando aqulla quera que su marido descansase, no
tena ms que enviar al nio al estudio. Mientras estuviese all tena
la certeza de que Mario no tomara los palillos o el cincel en la mano.

Todo sonrea, pues, a la familia del clebre antroplogo, el cual no
cesaba un instante en sus indagaciones preparando a sus descendientes
gloria inmortal.

El descubrimiento del origen del pensamiento, aunque no realizado
todava, se hallaba en camino. ltimamente, D. Pantalen haba levantado
la tapa de los sesos a un perro, y por espacio de algunos segundos pudo
observar el juego de su mecanismo cerebral. Por desgracia, el perro
falleci al instante. Slo ligersimos apuntes sac para el famoso
descubrimiento. Pero estos apuntes fueron agua preciosa para su molino.
El insigne fisilogo vio hasta cierto punto comprobadas sus felices
adivinaciones. En el corto tiempo de que dispuso observ que la sangre
de la masa enceflica cambiaba de color en diferentes sitios, tornndose
unas veces ms clara, otras ms oscura. Era, pues, exacto que la
fabricacin del pensamiento deba de semejar bastante a una
_destilera_, como l haba presumido.

Una contrariedad de otro orden vino a perturbar momentneamente el curso
de estas indagaciones. El matrimonio de su hija Presentacin iba a
llevarse pronto a efecto. Timoteo entraba a todas horas del da en la
casa y era considerado ya como un hijo ms. Se haca el equipo, se
amueblaba un cuarto en sitio prximo, se arreglaban los papeles. Mas he
aqu que un da, al bajarse Timoteo para recoger un corcho que se haba
cado al suelo, vio don Pantalen en su cuello una mancha encarnada que
al punto le pareci de carcter herptico. Nada dijo por entonces.
Procur con maa cerciorarse. Pronto logr averiguar que Timoteo, en
efecto, padeca de herpetismo. El fisilogo comprendi que era de todo
punto imposible la realizacin de aquel matrimonio.

Por la noche, hallndose a solas, se lo hizo entender as a su esposa
con la debida suavidad: no habra exageracin en decir timidez. Expuso
las razones que tena para hallar tal unin desacertada, todas
rigorosamente cientficas y basadas en los ltimos progresos de la
antropologa. El herpetismo significaba una degradacin fsica como
todos los vicios de la sangre. Nosotros estamos obligados no tan slo a
no contrariar la seleccin natural, sino a favorecerla por cuantos
medios podamos. Debemos evitar a todo trance que procreen los seres que
no estn perfectamente sanos si queremos que la raza vaya siempre
mejorando, etc.

D. Carolina no hizo caso alguno de estas observaciones. Antes tom pie
de ellas para vejar al fisilogo, maldiciendo de sus aficiones y
recordndole con pesadsimas palabras las quemaduras de su hija.
Insisti a los pocos das con idntica suavidad. Nada. La esposa
respondi an con ms acritud y desprecio. Entonces, viendo que sus
esfuerzos eran intiles para impedir aquel matrimonio rechazado por los
progresos biolgicos, se le declar una tristeza negra que le privaba
del apetito y del gusto por la experimentacin. Esta gran melancola
hizo crisis a los pocos das con una extraa explosin que puso en
espanto a toda la familia.

Pasando una maana Timoteo desde la sala al comedor, D. Pantalen, que
al parecer estaba apostado en uno de los cuartos del pasillo, se arroj
sobre l de improviso, le ech las manos al cuello y hubiera concluido
probablemente por estrangularle si al ruido no hubiera acudido la gente
de casa. A duras penas consiguieron arrancrselo de las manos. Todava,
sujeto por Mario, Carlota, D. Carolina y la criada, gritaba como un
energmeno, los ojos inyectados, el semblante descompuesto:

--No se casar usted con mi hija, no! Yo lo impedir aunque sea a
costa de mi sangre!... En mi casa no atacar nadie impunemente la ley de
la seleccin... Vergenza haba de darle, con los caracteres orgnicos
que usted presenta, intentar un matrimonio que ha de ser funesto para la
raza!... Yo no quiero una descendencia degradada... Lo oye usted
bien?... No la quiero!

La excitacin fue tanta que al fin cay privado de conocimiento,
echando espuma por la boca.

Recobr al poco rato el sentido; estuvo enfermo algunos das; al cabo
cur por completo sin que el ataque hubiese dejado rastro alguno como se
tema. La boda de Presentacin se realiz sin ningn otro incidente
desagradable. Todo volvi a quedar en paz.

Mario y Carlota no dejaban de aprovechar los momentos que aqul tena
libres para solazarse, unas veces yendo a paseo, otras al teatro, otras,
en fin, comiendo en los _restaurants_. Era tanto lo que se placa el
escultor en estos festines matrimoniales que Carlota consenta en ellos
de buen grado, aunque no le gustasen por espritu de orden y economa.

Una de las pocas amigas que tena vino un da a invitarla para asistir a
cierta comedia casera. Esta amiga era a su vez invitada, pero tena
libertad para llevar a quien quisiese. Consult el caso con su marido.
Hallolo bien Mario y aun prometi acompaarlas si alguna ocupacin
urgente no se lo impeda. Como era domingo el da sealado, y por la
tarde, no hubo inconveniente. Ambos se fueron, pues, de bracero a
buscar a la amiguita y de all a la calle del Amor de Dios, donde estaba
la casa en que la representacin iba a efectuarse. Era un edificio bajo,
antiguo, bien conservado, de un solo piso, en el cual viva nicamente
su propietaria, una seora viuda con dos hijas solteras, un hijo y una
nieta de catorce a quince aos. Desde que se pona el pie en el portal
se observaba el espritu religioso, la economa y la limpieza que
reinaban en aquella casa. Los muebles de la antesala eran feos y
antiguos, pero brillaban por el frote de la bayeta y el cepillo. En uno
de los ngulos haba un pedestal con una Pursima de yeso, pintada. Los
pasillos amplsimos y enjalbegados como los de un convento.

Pasaron a un gabinete donde haba ya reunidas bastantes personas y donde
la seora de la casa los recibi con amabilidad grave y protectora. Era
una dama extremadamente alta, de bastantes aos, enjuta, con ojos negros
de mirar imponente, los blancos cabellos pegados a la frente con goma.
Vesta de negro y estaba sentada en un elevado silln de cuero,
mientras que todos los dems se hallaban acomodados en sillas ms bajas.
De suerte que D. Fredesvinda, que as se llamaba, pareca una reina
rodeada de su corte. Y ciertamente, la pausa con que hablaba y la
majestad de sus ademanes contribuan bastante a hacer la semejanza ms
perfecta. Las dos hijas solteras que se encontraban en el crculo de los
tertulios pasaban ya de los treinta, y vestan el traje con que iban a
representar, lo mismo que la nieta. Estaba tambin el padre de sta,
viudo, hijo de la seora, y que no habitaba la casa porque sus
costumbres independientes no se compadecan con el rgimen austero que
all se observaba.

D. Fredes era aficionadsima a la literatura, a la msica y en general
a todas las artes; se crea muy competente, y sus tertulios asiduos la
crean tambin. Reunanse en aquella casa los domingos varios poetas y
poetisas, alguna de las cuales tocaba asimismo el piano. Sola ir un
pintor de marinas que haba presentado algunas en distintas
exposiciones, sin que hasta la fecha le hubiesen dado recompensa
alguna. D. Fredes juzgaba esto una de las grandes injusticias del siglo
diez y nueve. Para ella, Martnez, que as se llamaba el pintor, era uno
de los artistas ms eminentes que hubiese producido la Espaa
contempornea. Con lo cual dicho se est que D. Fredes era para
Martnez el ms profundo de los crticos actuales. Era igualmente
tertulio un profesor de flauta que haba compuesto y publicado varias
tandas de valses, una de las cuales haba tenido el honor de dedicar a
aquella seora. No quedaba sin representacin, pues, ms que la
escultura. Por eso Mario fue acogido con extraordinaria benevolencia.

Inmediatamente, lo mismo l que Carlota, a una seal, mitad amable mitad
imperiosa, de la notabilsima seora, fueron a sentarse, formando como
los dems crculo en torno de ella. Pasados algunas instantes se dign
dirigirle desde su alto sitial las siguientes palabras:

--Ha llegado a mis odos, Sr. Costa, que es usted un escultor muy
distinguido. Tengo verdadero placer en verle en esta casa, por donde
tantos artistas eminentes han pasado y pasan todos los das.

Tan benvolas palabras, pronunciadas con extraordinaria calma y firmeza,
produjeron en el auditorio emocin respetuosa. Todos los rostros se
volvieron hacia Mario, felicitndole con la mirada por ser objeto de
ellas. El escultor dio las gracias sin parecer tan sensible a la honra
que se le dispensaba.

Despus de algunos momentos de silencio D. Fredes volvi a tomar la
palabra con idntica calma y majestad.

--La escultura es un arte muy bella. S que los griegos la han cultivado
con mucho lucimiento. Pero yo no puedo aprobar de ningn modo que
presenten sus estatuas desnudas. sta es mi opinin y la he expresado ya
en varias ocasiones, como alguno de los que me escuchan sabe
perfectamente.

Hubo un murmullo de aprobacin en el gabinete. El profesor de flauta
apunt tmidamente que, en efecto, l conoca la opinin de D.
Fredesvinda haca ya mucho tiempo. sta le dirigi una mirada grave y
afectuosa.

Mario iba a contestar, pero ya D. Fredes, cumpliendo un deber de
cortesa, haba convertido la atencin a otro asunto.

--Recareda--dijo volvindose a una de sus hijas,--ensea el pauelo de
que hemos hablado el domingo pasado a tu amiga Marcela.

La hija, que era ya una mujer bien ajada, prxima a los cuarenta, se
apresur a cumplir la orden sacando de un estuche que descansaba sobre
la chimenea un pauelo de narices bordado. Elogiolo su amiga con
entusiasmo; despus lo hizo pasar de mano en mano, recibiendo de todos
las mismas alabanzas. Cuando volvi de nuevo al estuche, doa Fredes
dijo:

--Este pauelo fue bordado por mi hermana Prxedes, que Dios haya.
Cuando lo estren en un baile del Crculo de Cosecheros, llam tanto la
atencin, que se supo en Palacio al da siguiente. La reina envi por l
para verlo y quiso que se le hiciese otro igual. No fue posible. Ninguna
bordadora de Madrid os comprometerse a ello.

Las palabras de D. Fredes produjeron, como siempre, un efecto inmenso
en la tertulia.

Mario y Carlota estaban asombrados de todo aquello. La majestad de la
seora, el aparato de que se rodeaba y las ideas extraas que salan de
su boca les haca mirarse de vez en cuando llenos de estupor. Pero tanto
y ms que esto les impresionaba el respeto profundo que todos los
tertulios la tributaban. De tal modo que, cuando por el gesto se conoca
que iba a hablar, inmediatamente quedaba todo en silencio. Mientras
permaneca callada, charlaban unos con otros, pero siempre en voz baja,
como si se hallasen en un templo o en la misma cmara real. Sus hijas
Recareda y Valeria, jamonas de alto bordo, se mostraban ante ella tan
respetuosas, tan obedientes y sumisas como nias de diez aos; y lo
mismo su hijo viudo, lleno de canas. Un gesto, una mirada de su madre
bastaban para paralizarlos cuando estaban hablando. Y si no suceda
tanto con los dems tertulios, algo se aproximaba. Todos parecan tener
fe ciega en las altas disposiciones de aquella seora singular y
reconocan de buen grado su autoridad.

En el gabinete no haba lujo. Los muebles y el decorado no acusaban gran
riqueza, sino el mediano bienestar de una familia burguesa. Pero todo
ello tena un sello de antigedad y de orden que lo haca ms respetable
que el suntuoso decorado de un palacio moderno. La autoridad indiscutida
de D. Fredesvinda pareca reflejarse en las paredes de la estancia.

Habiendo quedado sta en silencio algunos instantes, un jovencito
esculido, de pelo rubio y ojos tiernos, se atrevi a levantarse, y con
voz turbada pidi permiso a D. Fredesvinda para leer una poesa que
haba escrito en su honor. Concediselo la seora con ademn soberano, y
acto continuo el poeta sac del bolsillo interior de su levita un pliego
de papel de barba que desdobl con mano temblorosa. No se oa en el
gabinete una mosca.

A la esclarecida seora D. Fredesvinda Bejarano.

Era una oda en que se la ensalzaba hasta las nubes, presentndola como
una protectora de las bellas artes, una nueva Cristina de Suecia. Los
artistas se amparaban bajo su manto; hallaban en ella la mano que los
sostena y la luz que los guiaba. En torno suyo juntbase lo ms selecto
que el arte espaol haba producido en los ltimos tiempos, formando un
divino cenculo slo comparable al que la reina de Navarra presida all
en los tiempos de la Edad Media.

Mientras el poeta de los ojos tiernos dejaba escapar de su boca esta
cascada de elogios, D. Fredesvinda, grave y atenta, haca con la cabeza
signos de aprobacin: el gesto era tan benvolo, tan protector, que es
imposible que su mula la reina de Suecia fuese ms all en este punto.
Al terminar, despus de unos momentos de pausa, extendi la mano y tuvo
a bien expresarse de este modo:

--La poesa que usted nos acaba de leer, Juanito, es bellsima como todo
lo que brota de su privilegiado ingenio. Creo que ni Bcquer ni
Garcilaso de la Vega han escrito nada mejor.

Fue la seal para que todos los tertulios felicitasen calurosamente al
joven esculido, el cual, ruboroso, confuso, sonriente, daba las
gracias haciendo mil contorsiones, manifestando repetidas veces que no
por su mrito, sino porque el asunto se prestaba admirablemente, la
poesa haba resultado regular.

--Si usted no tuviese inconveniente en ello--manifest D. Fredes
dirigindose al poeta,--le rogara me dejase el manuscrito de esa poesa
para guardarlo en mi coleccin de autgrafos y firmas ilustres.

El poeta, confundido por tamaa honra, avanz tropezando hasta el trono
de D. Fredesvinda y deposit en sus manos el pliego de papel de barba.
La imperial seora lo alarg inmediatamente a su hija Recareda y sta se
apresur a llevarlo con la misma uncin que si fuese una reliquia a la
caja donde su madre guardaba los manuscritos ms preciosos.

--Mi coleccin de autgrafos--se dign decir la seora, paseando su
mirada imponente por el concurso--es acaso la ms rica que hoy existe en
Europa. Exceden de seiscientas las firmas de poetas espaoles
contemporneos que poseo. No hace muchos das que un amigo me deca
que, si se tratase de ponerla en venta, el gobierno ingls me dara por
ella una suma fabulosa.

Los tertulios dejaron escapar un grito reprimido de admiracin. Luego en
voz baja se autorizaron mil comentarios lisonjeros que llegaban a los
odos de D. Fredes y la arrullaban dulcemente. Un muchacho msico,
discpulo del profesor de flauta, se atrevi a manifestar que sera
lstima que tal preciosidad saliese nunca de los dominios espaoles. D.
Fredes le mir con indulgencia y respondi que aunque se viese en la
miseria jams enajenara al extranjero esta gloriosa coleccin. Con lo
cual respir libremente la tertulia. Se la felicit calurosamente por su
desinters y patriotismo.

Mario se haba hallado en bastantes tertulias de todas clases, pero
jams viera una que se pareciese remotamente a la presente. Su asombro
iba creciendo cada vez que la seora de la casa tomaba la palabra. Todo
lo que oa y vea era tan estrambtico que le pareca no estar en la
realidad, sino asistiendo ya a la comedia.

El gabinete iba quedando en tinieblas. Doa Fredes dio orden de que se
encendiesen las luces y que se iluminase tambin el saln donde se haba
colocado el escenario. Las damas que deban tomar parte en la
representacin, entre ellas las dos hijas de la casa, Recareda y
Valeria, salieron para concluir de arreglarse; su nieta Medarda, que
segn se deca en la tertulia era un portento y estaba destinada a
eclipsar a todas las actrices espaolas, lo mismo. Acuda cada vez ms
gente; no cabiendo en el gabinete, andaba distribuda por los pasillos y
el comedor. Se aproximaban la cinco, hora en que deba de comenzar la
funcin.

D. Fredesvinda apret con sus manos venerables los brazos del silln, a
inclinndose un poco para hablar, rein silencio en la estancia.

--Ha llegado a mi noticia--manifest con voz solemne--que en Madrid se
ha dicho que yo haca descansar todo el peso de las representaciones
sobre mi nieta Medarda, lo cual podra causarle fatiga por ser an muy
nia. Para evitar estos comentarios desfavorables he determinado que en
la comedia de hoy tomen parte principal mis dos hijas y lo mismo
suceder en las representaciones sucesivas.

Este discurso lleno de prudencia caus viva impresin en la tertulia. El
poeta de los ojos tiernos tom la palabra a nombre de todos y manifest
sin ningn rodeo que slo desprecio merecan tales rumores y que al
vulgo en general le gusta zaherir a las personas elevadas. Los dems
hicieron coro al poeta; pero D. Fredesvinda se mantuvo inflexible. Sus
hijas, de all en adelante, trabajaran tanto como su nieta.

En aquel instante, mirando Carlota hacia la puerta, crey ver cruzar por
el pasillo unas barbas y unas gafas muy semejantes a las de Moreno. Su
duda se desvaneci al instante oyendo a D. Fredesvinda llamar en voz
alta:

--Adolfo!... Adolfo!

--No puedo ir ahora--contest ste desde el corredor sin dar la cara.

--Soy yo quien te llama, hijo!--profiri la seora irguiendo
altivamente la cabeza.

Todava tard aqul en aparecer. Al fin se present y cruz el gabinete
tan confuso que bien se notaba que haba visto a Mario, por ms que
afectase otra cosa.

--Qu tenas que hacer, hijo?--le pregunt la seora con acento
altanero.

Moreno balbuce una disculpa ininteligible. Doa Fredes le mir un buen
espacio con fijeza y severidad. Al cabo dijo:

--Todava no te he presentado a unos seores que han venido hoy por
primera vez a esta casa, los seores de Costa... Mi hijo menor
Adolfo--aadi presentndolo a Mario y Carlota.

--Ah! Eres t, Mario?... Y usted, Carlota?--exclam el joven
antroplogo fingiendo sorpresa y con un semblante tan colorado que daba
miedo.

Mario, reprimiendo a duras penas la risa, le salud afectuosamente, y lo
mismo su esposa.

--Conque se conocen ustedes?--pregunt la augusta seora.

--Muchsimo!--respondi el escultor--. Somos ntimos amigos hace
bastante tiempo.

Doa Fredes dirigi una mirada de sorpresa a su hijo.

--Y por qu no me has dicho que tenas por amigo a un artista de tanto
mrito?

Moreno comenz a murmurar cosas extraas, tan agitado y descompuesto que
verdaderamente inspiraba lstima. Sus mejillas parecan de escarlata.
Mario temi que le fuese a dar un ataque.

Al fin vino a sacarle de aquel purgatorio su hermana Valeria llamndole
para que fuese a arreglar un bastidor del teatro que se haba cado.

Doa Fredes entonces hizo que Carlota y Mario se sentasen cerca de ella
y comenz a hablarles de su hijo menor con la misma gravedad solemne que
empleaba para todo. Observbase, no obstante, cierta satisfaccin y una
alegra que les hizo colegir que Adolfo era su predilecto. Se mostr muy
contenta de aquella amistad que les ligaba y esperaba que jams se
entibiara.

--Por parte de mi hijo me parece que no suceder--aadi--. Es un
infeliz, un pobre chico incapaz de ofender a nadie. Peca gravemente el
que le infiera dao alguno. De todos mis hijos ha sido siempre el ms
carioso y el que me profesa ms respeto. Sus hermanas le motejan
constantemente, le llaman holgazn a hipcrita y dicen que me tiene
embaucada. Esto me causa bastantes pesadumbres. Yo creo ms bien que son
ellas las que estn prevenidas contra l y que le buscan defectos.
Hipcrita no lo es. Holgazn, convengo en ello. Emprendi varias
carreras y ninguna ha llegado a concluir; de suerte que hoy se encuentra
el pobre sin profesin alguna y viviendo a expensas de su familia. Pasa
la vida azotando las calles o leyendo all en su cuarto libros de
medicina. Ya ve usted! Para qu quiere l esos libros sin ser
mdico?... Pero yo no puedo estar dura con l aunque me lo proponga. Es
tan obediente, tan sumiso, que me desarma. Un nio de seis aos no
estara ms sujeto que l a mi voluntad. Por supuesto que no abuso de
este dominio. Le dejo toda la libertad compatible con las costumbres de
la familia. Le tengo ordenado que a las siete venga a rezar el rosario
conmigo. Pues hasta ahora no recuerdo que haya faltado un solo da. Por
la noche le permito que vaya con sus amigos hasta las doce, salvo los
domingos en que recibimos, o los das en que rezamos alguna novena.
Jams se ha quejado ni me ha contradicho en nada.

Mario y Carlota se hallaban tan admirados, que apenas podan creer lo
que oan. Todava estaba D. Fredes loando la obediencia de Adolfo
cuando vinieron a avisar que eran las cinco y los actores se hallaban
preparados. La egregia protectora de las letras y las artes dio la seal
y descendi gravemente de su trono: pidi el brazo a Mario y sali
majestuosamente de la estancia seguida de sus adeptos.

Tocoles un buen sitio a aqul y a su esposa para ver la comedia, que era
del gnero llorn; mas apenas lograron fijarse en ella, preocupados con
el descubrimiento que haban hecho. Como tenan cerca a D. Fredesvinda
no podan comunicarse las alegres ideas que cruzaban por sus cabezas, y
slo se desahogaban dndose codazos y pisotones. Ms de una vez tuvieron
que apretarse la boca para no dar suelta a las carcajadas que les
retozaban por el cuerpo. Por mucho que hicieron no lograron volver a
echar la vista encima en toda la noche a Adolfo. El feroz materialista,
el producto bravo de la Naturaleza en lucha eterna con la sociedad, sin
duda se haba escondido entre bastidores.

Pero cuando al fin salieron de aquella casa y se vieron solos en la
calle, entonces s que rieron a su gusto! Cada cual recordaba una frase
patibularia de Moreno, alguna de sus maldiciones y amenazas contra el
orden religioso y poltico. De este modo las carcajadas fluan sin
cesar. Mario se dejaba caer contra los quicios de las puertas y se
quitaba el sombrero y se apretaba el estmago para no reventar de risa.
Casi otro tanto le pasaba a Carlota. Ambos repetan a cada instante:

--Dios mo, lo que se va a rer Rivera!

De esta suerte caminaron alegremente la vuelta de su casa. Pero al
llegar cerca de la Puerta del Sol Carlota se puso repentinamente seria,
como si un soplo de viento helado cruzase por su alma, y exclam:

--Mucho me he redo hoy, Mario! Tengo miedo que me suceda algo malo.

--Qu supersticin! No seas tonta, mujer--respondi el escultor sin
dejar de rer.

Pobre Mario! El tonto lo era l en tal instante. El corazn femenino
mantiene, sin duda, ms estrechas relaciones que el masculino con las
fuerzas magnticas que obran secretamente en el seno de la Naturaleza.

Cuando hubieron andado buen trecho por la calle Mayor, donde vivan,
cruzaron a su lado sin verlos Vicenta y Encarnacin, doncella y niera
respectivamente de su casa. Marchaban en tal estado de agitacin que los
esposos se detuvieron sorprendidos y recelosos.

--Vicenta!

Las domsticas tuvieron el paso, y al verles, el miedo y el dolor se
pint en sus semblantes.

--Ay, seoritos del alma!--exclamaron casi a un tiempo las dos.

--Qu ocurre?--pregunt Mario petrificado de terror.

--El nio?... un coche?...--grit Carlota sacudiendo a la niera por
el brazo.

--No, seorita... no le ha atropellado ningn coche. Se ha perdido.

--Bsquenlo ustedes! bsquenlo!--grit a su vez Mario
desesperadamente.

--Hace tres horas que lo estamos buscando, seorito--respondi
Encarnacin rompiendo a sollozar.

Vicenta explic el caso. Su compaera no acertaba a hablar. Ambas haban
ido con el nio al Retiro, permaneciendo all toda la tarde. El chico se
diverta con otros junto a la fuente de la Alcachofa, mientras ellas
charlaban con las dems nieras sentadas en un banco. Los chicos se
escapaban de vez en cuando corriendo hasta cierta distancia, como
siempre; pero a una voz que les daban volvan a la plazoleta. Pues
cuando se acercaba el oscurecer, al llamarlos para irse a casa, se
encontraron con que no pareca el pequeo. Llamaron a gritos,
recorrieron todos los sitios prximos, avisaron a los guardas. Nada. Los
dems nios no daban ms razn sino que estaban jugando al _escondite_ y
que le haban visto correr entre los rboles para ocultarse, y que
luego no le haban visto ms.

Mario s puso a gemir como una criatura increpndolas furiosamente.
Carlota, plida, pero tranquila en apariencia, le mand callar.

--Y no han dicho los nios si haban visto cerca de l a alguna
persona?

--S, seorita; detrs de l dijeron que iba un hombre cojo con
americana clara y sombrero ancho.

--No han dado ustedes ese detalle a los guardas?

--S, seorita.

Carlota medit un instante en silencio.

--Y el hombre ese no se haba acercado antes al nio?

--No lo hemos visto, ni los dems nios tampoco.

--En toda la tarde no se ha acercado nadie al chico?

--Nadie.

--S, mujer--interrumpi Vicenta.--Le ha dado un beso esa prendera que
conocen los seoritos, que se llama D. Rafaela. Le bes y le regal
unos caramelos.

--Pens que la seorita hablaba slo de hombres--replic la niera.

Carlota guard silencio de nuevo y medit.

--Est bien--dijo al cabo.--Ustedes se vienen conmigo a recorrer las
delegaciones de polica para dar aviso. T, Mario, te vas ahora mismo a
casa de D. Rafaela a ver si por casualidad se ha quedado en el Retiro y
el nio se ha ido con ella. Quin sabe! Tal vez est all. En casa de
mam han preguntado ustedes?

--S, seorita, y en casa de la seorita Presentacin lo mismo.

--Bien, pues si no parece, hay que seguir la pista a ese cojo. Buena
sea tiene para que la polica d pronto con l... Vamos, no te apures
tanto, hombre, que el nio no se ha muerto, y si Dios quiere parecer.

Y aquella animosa mujer detuvo un coche que pasaba y se meti en l con
las dos criadas, mientras su marido, sin dejar de sollozar, corra a la
calle de Hortaleza, donde la vieja prendera tena su domicilio.




XVIII


Doa Rafaela haba estado en las Ventas del Espritu Santo a recoger un
dinero que le deban. A la vuelta se ape del tranva frente al Retiro,
pase un rato, y mucho antes de llegar la noche se fue a su casa. All
se encontr una carta, fechada en la crcel, que deca:

Mi respetable y amada protectora: Desde hace tres das me hallo en este
lugar vergonzoso, tratado como un criminal. La infinita bondad de Dios
me enva esta prueba, que no s si podr resistir, porque soy una
criatura dbil y pecadora. Bendito por siempre sea su santo nombre. Si
no temiera abusar de su bondad le suplicara que viniese en algn
momento libre a consolarme y a fortalecerme con sus sanos consejos.
Ojal no me hubiese apartado jams de ellos! Si no le fuese posible le
ruego por la salvacin de su alma que vaya a San Jos y ponga un cirio
en el altar de Nuestra Seora y rece con fervor una salve por su
desgraciado amigo que de veras necesita de sus oraciones.--_Godofredo
Llot._

No bien la hubo ledo cuando, volviendo a echarse el mantn sobre los
hombros, sali a la calle, mont en un coche y se hizo trasladar a la
crcel. Tena all la prendera un sobrino empleado, quien por favor
especial hizo llamar a Godofredo a la sala de declaraciones.

Baj ste con el capuchn de reglamento. Al quitrselo y dejar al
descubierto su hermosa cabeza blonda, D. Rafaela no pudo menos de
recordar las estampas piadosas que representan a los primeros mrtires
del cristianismo en los calabozos de Roma. La luz, dando de lleno en
aquella cabeza angelical, haca resaltar como en apoteosis la delicadeza
de sus facciones, la serfica limpidez de su mirada, las tintas
sonrosadas de sus mejillas. stas se tieron de vivo carmn al instante.
Baj los ojos humildemente, y sin decir palabra rompi a llorar en
silencio.

--Valor, Godofredo! Valor, hijo de mi corazn!--exclam la prendera.

Pero la buena mujer estaba tan necesitada como l mismo. No bien
pronunci estas palabras tuvo que sacar el pauelo para secarse las
lgrimas. Ambos permanecieron silenciosos bastante rato. Al fin aqulla,
enjugndose bien los ojos y sonndose con estrpito, dijo:

--Pero cmo fue eso, hijo querido? Explquemelo! Cmo fue?...

El candoroso joven, que siempre pareca adolescente, permaneci en la
misma actitud humilde, como si estuviese esperando el golpe de la
cuchilla que haba de segarle el cuello.

--Soy muy malo, D. Rafaela--articul dulcemente.--No merezco las
bondades con que usted me favorece.

--No le tengo a usted por tal, querido, ni lo tiene nadie... Habr sido
una calumnia...

--No, no es calumnia por desgracia...

Entonces el hijo predilecto de la Iglesia se acerc a la reja, y con
labio balbuciente y el rostro encendido se confes con D. Rafaela.

Por no abusar ms de su inagotable bondad haba tenido precisin de
pedir seiscientas pesetas al padre Laguardia, que era quien le persegua
y le haba hecho prender.

--Pero eso es una picarda!--exclam la prendera sin poder
contenerse.--Por seiscientas pesetas le deshonra a usted ese mal
sacerdote?

--Por Dios le pido que no lo califique as!--profiri el joven con
semblante dolorido.--D. Jeremas es muy virtuoso y ha tenido razn para
tratarme de ese modo. Mucho ms merezco yo...

--Qu ha de merecer, cordero de Dios!

--S, s, D. Rafaela, por Dios, no me juzgue usted bueno... Soy muy
malo... ya ver usted...

La prendera no pudo menos de sonrer llena de benevolencia al ver el
calor con que hablaba aquel inocente.

--Vamos, diga usted, criatura, diga usted. A ver qu maldades son sas.

--S que lo son!... Ay, seora! La idea de que usted me tiene por
mejor de lo que soy me martiriza.

La sonrisa de D. Rafaela se hizo ms benvola an y ms indulgente.

Godofredo le cont una historia largusima de un cuado comerciante que
haba dado quiebra a causa de cierta fianza. Qued en la miseria y con
nueve hijos. Su hermana, no teniendo pan que darles, le escriba a
menudo pidindole dinero. l publicaba artculos en los peridicos
catlicos y haca algunas traducciones; trabajaba cuando poda, pero
ganaba poco dinero. Los peridicos y las revistas catlicas cuentan con
escasos recursos. La riqueza se halla en manos de los impos. Entonces,
sabiendo que su hermana y sus sobrinos pasaban hambre, se aventur a
pedir algunas pequeas cantidades a varios amigos de D. Jeremas,
esperando poder devolverlas pronto cuando en _La Paz del Hogar_, _La
Espaa Mstica_ y otros peridicos le pagasen lo que le deban. Hizo
ms. Cometi un pecado gravsimo... un pecado que le costaba trabajo
inmenso confesar... D. Rafaela le anim a hacerlo, manifestando que el
arrepentimiento borra todas las culpas.

--Pues bien, seora--profiri el joven derramando un torrente de
lgrimas.--Para pedir ese dinero he usado del nombre del padre
Laguardia. No ve usted bien claro ahora que soy un perverso?

--Ese es un pecado, hijo, pero ya sabe usted que el justo peca siete
veces al da. Si usted est arrepentido, Dios en su infinita
misericordia...

--Oh, s, seora, a la misericordia de Dios he acudido ya!--exclam
Llot con un hondo suspiro que parta el corazn.--En cuanto llegu a
este sitio mand a llamar al capelln de la crcel, y a sus pies de
rodillas he confesado mis pecados.

--Pues si se ha lavado ya en el tribunal de la penitencia no tenga
cuidado. Ya veremos de arreglar eso con D. Jeremas.

--Oh! D. Jeremas ha hecho bien en perseguirme y en maltratarme de
palabra y de hecho. Merezco mucho ms.

--Pero le ha maltratado de veras?--pregunt sorprendida la prendera.

--S, seora; das pasados, en la sacrista de San Gins, me injuri y
me abofete delante de varias personas.

--Qu escndalo!

--No, no es escndalo, seora. El escndalo ha sido el mo cometiendo un
delito. El castigo ha sido muy pequeo para culpa tan grave. Le estoy
profundamente agradecido por los golpes que me ha dado y las injurias
que me ha hecho, y slo siento que no hayan sido an ms dolorosos para
poder pagar a mi Divino Seor las ofensas que le he inferido.

D. Rafaela cruz las manos y levant los ojos al cielo con un gesto de
viva admiracin. Despus, convirtindolos al cautivo, le mir con
asombro y cario largo rato, embargada por la emocin, como si estuviese
en presencia del mismo San Luis Gonzaga.

En efecto, el semblante del joven, rebosando de calma celeste y
resignacin, mereca un nimbo de luz. Todo era puro, inefable, en aquel
semblante radioso. Sus mejillas nacaradas parecan hechas de una materia
trasparente a fin de que pudiera verse que aquel cuerpo no contena
ninguna sustancia inmunda: todo era puro, blanco, luminoso. Lo que
caracterizaba aquel rostro, lo que resplandeca en sus ojos, en su
frente, en sus cabellos, hasta en sus orejas, era una ausencia absoluta
de malicia. En sus ojos lmpidos, hmedos, brillaba siempre la sonrisa
dulce y resignada de los seres que han nacido para vctimas. Haba en
tal adorable criatura algo de cordero y mucho tambin de paloma, como si
estos dos animales hubiesen cedido de buen grado el uno su resignacin,
el otro su inocencia, para formarle.

Godofredo Llot no era un muchacho de estos tiempos, como deca muy bien
D. Rafaela. Mereca haber nacido en un siglo menos escptico y
malicioso. Su naturaleza candorosa, ideal, estaba divorciada de la
triste realidad presente, tena la nostalgia de la Edad Media. En esta
edad de fe y entusiasmo deba de haber vivido. As que, como si
presintiera que aqulla era su verdadera poca, Godofredo la estudiaba,
la fantaseaba sin cesar. Haba publicado unos estudios muy notables
sobre las Cruzadas, escritos con tal fervoroso estilo que el obispo de
Astorga le haba mandado su bendicin; y en cuantos artculos daba a la
estampa seguan saliendo las catedrales gticas, de las cuales viva
profundamente enamorado. Y realmente su rostro angelical, destacndose
en aquel momento del tosco capuchn, pareca el de uno de esos monjes
ideales que cruzaban misteriosamente por los claustros de los templos
gticos para ir a postrarse ante el altar de la Virgen.

Por eso algunos de sus actos que parecan extraos no lo eran, si se
atenda a que este joven viva con el espritu en otros tiempos ms
nobles y santos. Cuando D. Rafaela, despus de haberle confortado con
sentidos consuelos y haberle prometido trabajar cuanto pudiera por
arreglar el asuntito, se despidi de Godofredo, ste le dijo con rostro
humilde:

--No me permitir usted antes de irse besar su mano?

Esto, que sera ridculo en cualquiera, en aquel candoroso joven no lo
era.

D. Rafaela introdujo su mano derecha por las rejas mientras llevaba la
izquierda a la faltriquera, preguntando:

--Cunto necesita usted, querido?

Ahora bien, estos dos actos realizados simultneamente indicaban que
Godofredo despus de la mano peda siempre algn metlico? Si hay algn
malicioso que lo conjeture, all se las haya con su conciencia.

El hijo predilecto de la Iglesia bes con respeto la mano carnosa llena
de sortijas de la prendera, y todo ruboroso balbuci:

--Si usted me hiciese el favor de veinte duros...

D. Rafaela sac del portamonedas dos billetes de cincuenta pesetas y se
los entreg. Despus se despidi con muy cariosas palabras. Pero
todava antes de marcharse le pidi Godofredo otro favor: que oyese una
misa por su intencin. Y la bondad de ella fue tanta que le prometi or
dos, cosa que Godofredo rechaz, como es natural; pero la buena mujer
se empe y no hubo ms remedio. El joven, embargado por el
agradecimiento, rompi de nuevo a llorar.

En cuanto sali de la crcel se fue la prendera derecha a casa de D.
Jeremas. El iracundo presbtero no quiso orla, ni aun prometindole
salir por fiadora de las cantidades que Godofredo adeudaba a l y a sus
amigos. Juraba y perjuraba que haba de llevarle a presidio y prometa
ir a verle salir en la cuerda de presos con el mismo placer que si fuese
a la misa del Papa. Desde all fue a visitar al cura de San Gins y al
capelln de las Adoratrices. Tampoco logr nada en favor de su
protegido. Estos presbteros estaban ferocsimos, tanto o ms que el
prelado domstico.

Cuando la buena mujer, fatigada, regres a su domicilio, hallolo turbado
por la presencia de Mario, que despus de buscarla en vano por todo
Madrid haba venido a esperarla. El estado del escultor era tan
lamentable que la sobrina tuvo que hacer tila y sacar el frasco del
antiespasmdico. Cuando D. Rafaela le dijo que nada saba del nio
despus de haberle besado en el Retiro a eso de las tres, fue acometido
de un desmayo. Sali de l en seguida gracias a los cuidados que le
prodigaron. Y en cuanto recobr el sentido tom el sombrero y sali
acompaado de D. Rafaela. Fueron a su casa. Carlota estaba ya de vuelta
y con ella su madre, su hermana, D. Pantalen y Timoteo. Rivera lleg
tambin a los pocos momentos. La casa era un campo de desolacin: no se
oan ms que lamentos y sollozos. Todos parecan haber perdido la razn
menos Carlota. La infeliz madre, blanca siempre como una estatua, no se
entregaba a vanos gritos de dolor; ocupbase en disponer los medios de
recuperar a su hijo. En aquel momento hablaba con el delegado de polica
del distrito. ste se inclinaba a creer que se trataba de un secuestro.

--Vern ustedes cmo no se pasan muchas horas sin que reciban una carta
pidiendo dinero por el nio--deca.

--Le daremos todo lo que poseemos, y si no es bastante no faltar quien
nos lo preste.

--Nada de eso. No hay necesidad. Como ustedes sigan mis instrucciones,
yo me comprometo a rescatarlo y a echar mano a los bandidos.

--Para qu? Mi marido y yo nos quedamos con gusto sin nada y
trabajaremos toda la vida por nuestro hijo.

Por si la carta no llegaba convinieron en seguir la pista al cojo que
haban visto detrs del nio en el Retiro. El delegado haba ya dado las
rdenes oportunas. Dos agentes llegaron a decirle que este cojo haba
salido aquella misma tarde por el ferrocarril de Arganda, montando en la
estacin que se halla detrs de las tapias del Retiro.

Inmediatamente Mario y el delegado tomaron un coche y se fueron a dicha
estacin. El delegado interrog al jefe y a los mozos, y todos
convinieron en que efectivamente haba salido un cojo de las seas
indicadas, pero convinieron asimismo en que no iba con l nio alguno.
Este dato los desalent. Mario qued profundamente abatido y se dej
caer en un banco mientras el delegado telegrafiaba, por si acaso, a los
jefes de las estaciones intermedias y al alcalde de Arganda para que en
todo caso le detuviera.

Pero hallndose de aquel modo sentado con la cabeza entre las manos, oy
a un mozo decir a otro que no haba visto ms nio que uno que llevaba
una mujer. El escultor levant vivamente la cabeza.

--Qu seas tena ese nio?

--Pues yo no he reparado bien... Era rojito l y blanco.

--Cuntos aos tendra?

--Tampoco puedo decirle... Era pequeito...

--Pero iba en brazos?

--Ca, no, seor; andaba l solo perfectamente. Lo llevaba la mujer de la
mano.

--Tendra cuatro aos?

--Por ah... por ah...

Mario se alz agitado y pregunt con anhel:

--Qu traje llevaba?

--Un trajecito azul de pantaln corto y con las piernas al aire.

--Y un sombrero claro?

--S, seor, y un sombrero blanco.

--Es mi hijo!--grit, y ech a correr al telgrafo, donde se hallaba el
delegado.

ste, al escuchar la relacin que trmulo y con palabra entrecortada le
hizo, quedose pensativo, llam al mozo y le interrog de nuevo:

--Bien puede ser--dijo al fin--que ese cojo haya trado consigo una
mujer y le haya entregado el nio para despistar. Telegrafiaremos este
dato al alcalde, y maana, en el primer tren, iremos a Arganda.

Mario se le puso delante con las manos cruzadas en actitud suplicante.

--Por lo que ms quiera usted en este mundo, amigo Garca, le ruego que
vayamos ahora mismo.

--Pero si no hay tren, Sr. Costa!

--No importa, iremos en coche.

Vacil el delegado algunos instantes, puso varios reparos, pero al fin,
vencido de las splicas del desgraciado padre, se decidi a ir. El coche
que les haba llevado a la estacin no serva por ser de un caballo.
Mientras Mario fue a alquilar otro, el delegado telegrafiaba a los jefes
de las estaciones intermedias para cerciorarse de que tanto el cojo como
la mujer y el nio no se haban apeado en ninguna de ellas. Se mand un
recado a Carlota; trajeron ropa al delegado y se tomaron las
disposiciones necesarias para el viaje. Cuando salieron de Madrid haban
dado ya las doce de la noche.

Era clara y fra como suelen serlo las del invierno en la capital de
Espaa. El disco de la luna resplandeca sobre la llanura rida que se
extiende a entrambos lados de la carretera. La augusta serenidad del
cielo tachonado de estrellas no logr mitigar la tortura del artista.
Otras veces el magnfico espectculo de la Naturaleza haba sido un
precioso calmante para las heridas de su corazn. Mas ay! para la que
ahora senta no hay blsamo en la tierra.

El sordo rumor de las ruedas y las campanillas de los caballos
adormecieron pronto a su compaero. Mario le contemplaba con ira. Su
imaginacin se revolva atormentada por el dolor, presentndole mil
cuadros aterradores. Su hijo secuestrado, su hijo maltratado, su hijo
pasando hambre y fro en cualquiera cueva, su hijo llamndole con acerbo
llanto, mientras unas manos brutales le tapaban la boca... Hijo de mi
alma!

Se apretaba las sienes con las manos temiendo que fuesen a estallar. De
su garganta se escapaba un dbil y continuo quejido como el de un animal
en la agona. A ratos empujaba convulsivamente la delantera del coche,
como si con este esfuerzo le hiciese correr ms. A ratos imaginaba
saltar fuera y emprender una carrera vertiginosa para llegar antes.
Imposible que el infierno haya inventado un suplicio ms cruel.

Las estrellas brillaban. Los rboles que orlaban las riberas del Jarama
balanceaban sus negros penachos sobre el fondo azul de la noche. El
trote de los caballos y sus cascabeles rompan el silencio de la campia
dormida. La luna esparca sobre ella su luz suave donde flotaban algunos
jirones de niebla. Garca roncaba.

Llegaron a Arganda despus de las tres. Mario se hallaba tan trastornado
que quera llamar en todas las casas y preguntar por el secuestrador. El
delegado procur calmarle. Fueron a la del alcalde, y ste se levant
solcito y se prest a ayudarles en todas las indagaciones. Llamaron al
jefe de estacin y a los mozos y se averigu en seguida el mesn donde
el cojo paraba. Fueron a detenerle con auto del juez municipal. El
hombre recibi tal sorpresa que apenas poda hablar. Esto dio fuerza a
las sospechas que sobre l recaan. Tambin la dio el ser ave de paso en
el pueblo, pues afirmaba que iba a Colmenar, y haba hecho noche all
para arreglar por la maana cierto asunto con un comerciante de la
villa. Se avis a este comerciante y, en efecto, vino a declarar que era
cierto lo que el cojo deca, y que le trataba haca tiempo y le tena
por una persona honradsima. Mario, a pesar de todo, ansiaba echarle las
manos al cuello y apretarle hasta hacerle confesar dnde estaba su hijo.

Se indag el paradero de la mujer y el nio. Nadie daba razn de ella;
nadie la haba visto. Se trabaj asiduamente. El pueblo se haba puesto
en conmocin y muchos vecinos, aunque todava era noche, salieron a la
calle para enterarse. Cuando amaneci las calles se llenaron de gente y
todos se convirtieron en agentes de polica para averiguar el paradero
del nio secuestrado. El asunto preocupaba sobre todo a las mujeres que
no cesaban en sus comentarios. De tal suerte, que en menos de una hora
corrieron tres o cuatro novelas por el pueblo. El nio fue hijo de un
gran seor que daba diez millones por su rescate; fue un expsito a
quien su madre, no pudiendo reclamarlo, haca secuestrar; fue un
hurfano al cuidado de aquel seor que all estaba y que unos tos
quisieron hacer desaparecer, etc., etc. En los corrillos se saboreaban
con deleite estas noticias de gusto romancesco.

Pero en uno de ellos, cerca del cual se hallaban Mario y el delegado,
una mujer que acababa de acercarse dijo:

--Pues ayer tarde he venido de Madrid con el nio de D. Ricardo y no he
visto esa mujer.

Todos los rostros se volvieron hacia ella. El delegado pregunt
inmediatamente:

--Pero ha venido usted ayer de Madrid con un chico?

--S, seor.

--Pues usted es la mujer del nio.

--Yo, seor!--exclam la infeliz asustada.--No lo crea usted! No lo
crea por Dios, seor!

--S; usted es la mujer del nio... del nio de D. Ricardo... Vamos a
ver a ese D. Ricardo ahora mismo.

Y volvindose a Mario aadi:

--Me parece, Sr. Costa, que ya nada tenemos que hacer aqu. Hemos
seguido una pista falsa. Vamos a cerciorarnos de ello y en seguida
emprenderemos la marcha otra vez.

En efecto, aquella misteriosa secuestradora no era otra que el ama de
gobierno de D. Ricardo Fanjul, un rico propietario viudo. El nio era su
hijo, que haba pasado algunos das en Madrid en casa de una hermana.

La novela qued deshecha en un instante. En su vista el delegado y Mario
tornaron el tren de la maana para la capital, por ir ms de prisa. El
cojo qued detenido por si acaso, y se dio orden para que se le
trasladase a Madrid.

Mario, profundamente abatido, guardaba silencio mientras el tren se
acercaba velozmente a la capital. Las lgrimas corran a menudo por su
rostro plido y ojeroso. Garca permaneca silencioso tambin. Una
arruga profunda cruzaba su frente, signo de intensa meditacin. Al cabo,
cuando ya se aproximaban al trmino del viaje, pregunt con afectada
indiferencia:

--Hace mucho tiempo que ustedes conocen a esa prendera que se llama D.
Rafaela?

--S, seor, hace ya algunos aos que somos amigos--respondi el artista
con voz alterada.

Y sbito, sin poder contenerse, apret la mueca al delegado diciendo:

--Sea usted franco, Garca... Empieza usted a tener sospechas de esa
mujer.

--No tengo por qu ocultarlo--replic aquel con sosiego mirando por la
ventanilla.--La circunstancia de ser la ltima persona que ha hablado
con el nio me da mucho que pensar... Luego, esa visita a la crcel...

--Pues bien--manifest Mario con creciente agitacin,--le confieso que
yo vengo tambin pensando en lo mismo hace largo rato. Pero al mismo
tiempo me parece tan absurdo, tan insensato, que procuro desecharlo de
la cabeza como una tentacin. D. Rafaela es una excelente amiga, una
mujer buensima...

El delegado, sin abandonar su actitud reflexiva, alz los hombros con
desdn.

--Ps! Eso no significa nada. Todos los delincuentes han sido buenos
antes de dejar de serlo. Hay cosas tan misteriosas en materia de
crmenes que nadie puede explicrselas. All los mdicos. Lo que puedo
decirle es que despus de lo que he visto en mi carrera ya no me asusta
nada.

Mario volvi a sentirse acometido de una inquietud insufrible. Quera
que volase el tren. En cuanto llegaron corri a su casa por si se tenan
noticias o haban recibido alguna carta. Nada se saba. Haban llegado,
s, muchas personas a enterarse, porque la prensa hizo circular la
noticia y el escultor tena bastantes amigos. Pero ni un rayo de luz.

Mientras tanto el delegado fue a dar parte al juez de sus
investigaciones. Se llam a doa Rafaela a declarar. Cuando hubo
terminado la declaracin, el juez le dijo:

--Seora, no se asuste usted. Me veo en la precisin de dejarla a usted
detenida.

La infeliz mujer, al escuchar estas palabras, cay desmayada. Despus
verti un torrente de lgrimas y protest con tan sentidas palabras de
su inocencia que logr conmover a los que presenciaban la escena. Se la
traslad a la crcel de mujeres.

En todo aquel da el juzgado no ces de trabajar. Se tom declaracin a
cuantas personas pudieron haber tenido relacin con el nio en aquellos
das, a las nieras que le haban visto en el Retiro, a los chicos, a
sus padres, etc. Mario y Carlota recorran llorosos, anhelantes las
casas de todos los conocidos buscando alguna noticia. Al llegar la noche
nada se saba an. Todos los trabajos que se hicieron para hacer
declarar otra cosa a D. Rafaela resultaron infructuosos.

Cuando regresaban a su casa tropezaron a D. Dionisio Oliveros que sala
de ella. El poeta vena a ponerse a disposicin de sus amigos. Abraz
conmovido a Mario, y ste tuvo la satisfaccin de escuchar de su boca
estas palabras aladas:

--Qu tremenda desgracia pesa sobre su cabeza, amigo Costa! La vida
ofrece tragedias bien dolorosas. Tengo la esperanza de que al cabo
despus de tanta peripecia conmovedora el nudo de la horrible intriga se
desatar; lograr usted hallar a su hijo sano y salvo. Si esto sucede,
como yo confo, le ruego guarde en la memoria y me reserve todos los
incidentes de esta misteriosa trama. Nosotros los poetas modernos
necesitamos inspirarnos en la realidad. Cuando tropezamos casualmente
con una accin de un inters tan palpitante como sta, lo consideramos
como un hallazgo y hay que evitar que otro se aproveche... Quiz despus
que todo se haya arreglado felizmente tendr usted la satisfaccin de
ver, sobre las tablas, reproducidos los sentimientos que ahora agitan su
corazn, y derramar usted abundantes lgrimas. Pero estas lgrimas
sern dulces como lo son siempre las que el arte nos hace llorar.

Esto dijo el bardo del ministerio de Ultramar con voz ronca. Carlota le
mir con ojos colricos; pero Mario, trastornado por el dolor, se abraz
a l sollozando.

--Gracias, D. Dionisio, gracias!

--No lo dude usted, amigo Costa. Ms tarde o ms temprano tendr usted
esa satisfaccin--replic con profunda conviccin el poeta.

Y sin pronunciar otra palabra, aquel hombre magnnimo, instrudo por las
musas, se aleja gravemente, feliz porque tiene la conciencia del alto
destino que la Providencia le ha asignado.

Qu noche terrible para los desgraciados padres! Aunque les obligaron a
acostarse algunas horas, el sueo no cerr sus prpados ni un instante.
Al amanecer estaban en pie, con el semblante descompuesto, los ojos
hundidos y rodeados de crculo oscuro, testimonio de su acerbo padecer.

Y otra vez emprendieron aquel fatdico calvario por las calles,
recorriendo las oficinas de polica, el juzgado de guardia, las casas de
los conocidos. Tampoco hallaron noticia alguna. Las tinieblas ms
espesas seguan envolviendo aquel misterioso secuestro. El juez pareca
desalentado. Ni las declaraciones de D. Rafaela ni las del cojo de
Arganda arrojaban luz ninguna. Nueva pista no se presentaba.

Mario lleg a las once de la maana a casa de Rivera con el alma y el
cuerpo deshechos. En cuanto pis el despacho del antiguo periodista las
fuerzas le abandonaron por completo. Dejose caer en un divn, y los
sollozos, largo tiempo comprimidos, estallaron, amenazando romperle el
pecho. A los ojos de Rivera brotaron tambin las lgrimas y, sentndose
al lado de su desdichado amigo, le dirigi tmidas palabras de consuelo.
Bien saba que para aquel dolor no haba consuelo posible. Vanas
esperanzas no se atreva a darle, temiendo que el golpe fuera despus
ms rudo. Al fin le dej llorar en silencio largo rato. Qued abstrado
en intensa meditacin con los ojos fijos en el suelo. Pero lo que en su
cerebro bulla reflejbase en ellos pasando como rfagas vivas. A medida
que el tiempo trascurra estas rfagas se fueron haciendo ms recias.
Algn pensamiento extrao sacuda furiosamente su alma, porque al cabo
de un rato, no slo los ojos, sino todo el cuerpo, ofreca singular
inquietud. Miraba de vez en cuando a su amigo, se pasaba la mano por la
frente, rascbase la cabeza. Por ltimo, no pudiendo vencer su
agitacin, alzose de la silla donde estaba y comenz a dar vivos paseos.
Mario segua llorando con la cabeza entre las manos.

Ms de una vez se detuvo delante de l como si quisiera decirle algo,
pero se arrepenta antes de abrir la boca y continuaba paseando. Al cabo
hizo un gesto de resolucin y, acercndose y ponindole una mano sobre
el hombro, profiri:

--Escucha, Mario. En estos momentos terribles es conveniente expresar
todo lo que cruza por nuestro pensamiento, por disparatado que parezca.
Todos los disparates imaginables caben en este mundo absurdo en que
vivimos... No has observado que tu suegro presenta desde hace algn
tiempo seales extraas... que ha dicho y hecho cosas muy raras... en
una palabra, que su espritu ofrece sntomas de enajenacin?...

Mario alz la cabeza bruscamente; abri los ojos de un modo desmesurado,
mirando a su amigo con vaga expresin de terror; se puso horriblemente
plido, y, alzndose del divn, sali corriendo de la estancia sin
pronunciar una palabra. Rivera qued un instante inmvil con la vista
fija en la puerta; luego sali tambin a la carrera en pos de l.




XIX


Don Pantalen se hallaba en el perodo de fiebre que suele preceder a
los grandes descubrimientos. No coma, no dorma, no sosegaba. Pasaba
pocas horas en el laboratorio. Los preparados y el microscopio ya le
haban dicho la ltima palabra. Su pensamiento corra desatado en busca
del misterioso origen, esperando una feliz casualidad como las que han
entregado muchas veces los secretos de la Naturaleza a los hombres de
ciencia. Discurra horas y horas al travs de las calles, o por las
afueras, abstrado, ojeroso, inquieto, torturado por recnditos anhelos
de indagacin, incomprensibles para los seres que cruzaban a su lado.

Sin embargo, aquel largo, vueludo gabn, que el gran antroplogo gastaba
desde su memorable conversin a las ciencias positivas, llamaba la
atencin de los transentes. La llamaba especialmente cuando el viento,
introducindose entre sus pliegues, lo agitaba. Entonces el insigne
fisilogo tomaba la apariencia de un negro bergantn desplegando sus
velas para alguna lejana regin desconocida. Los transentes, al hacer
esta observacin, se hallaban muy lejos de sospechar que tal fugaz
apariencia era un smbolo. Porque Snchez, en las altas esferas de la
indagacin cientfica, marchaba osadamente a regiones jams exploradas
hasta entonces.

Una cosa le preocupaba hondamente en aquellos das. Haba ledo en un
libro reciente que el pensamiento deba de producirse en el cerebro por
medio de continuas explosiones, trasmitidas desde las clulas por las
fibras nerviosas. No lo crea; ms an: lo rechazaba indignado. Ya
sabemos que su teora era la de la destilacin. Pero necesitaba
demostrarla con pruebas irrefragables, necesitaba convencer al mundo de
la inepcia de los fisilogos sus predecesores. Slo sorprendiendo al
cerebro en funciones poda lograrse este resultado, que llenara a los
hombres de felicidad y le coronara a l de gloria.

Cmo alcanzar semejante sorpresa? He aqu el pequeo obstculo en que
tropezaba este gran hombre. La primera idea que se le ocurri fue
notabilsima, como todas las que brotaban de aquel cerebro privilegiado:
valerse de los reos condenados a muerte para una experimentacin
adecuada. En este sentido lleg a escribir un artculo luminoso que
envi a los _Anales de las ciencias naturales_, ya que sus revistas _El
mundo orgnico_ y _El mundo inorgnico_ no se publicaban haca tiempo
por falta de dinero. Desgraciadamente no fue posible insertarlo, ni all
ni en otra revista extranjera adonde lo remiti. Los celos de sus
colegas le perseguan, como ha sucedido siempre en tales casos. El
ingenioso Snchez saba de largo tiempo atrs que exista una formidable
conjuracin de antroplogos espaoles, con ramificaciones en varios
puntos del extranjero, para destruir o evitar que se propagasen los
resultados de sus investigaciones. As que no le sorprendi aquella
nueva contrariedad. A pesar de sus indignos perseguidores, estaba seguro
de llegar donde se haba propuesto.

Pens despus encontrar algn hombre generoso, dispuesto a sacrificar su
vida en aras de la ciencia. Lo busc con afn; pero no fue posible
hallarlo. Moreno, a quien propuso indirectamente y con muchas reservas
hacerle un agujero de siete milmetros de dimetro en el crneo, por el
frontal, rechaz irritadsimo la proposicin y se mostr desde entonces
tan huido que apenas lograba echarle la vista encima.

Entonces el ingenioso Snchez, devorado por la pasin cientfica,
anhelando escrutar aquel gran misterio y temiendo fundadamente que si
retrasaba su descubrimiento algn otro sabio, nacional o extranjero, le
cogiese la delantera, en un rapto de admirable herosmo, resolvi
ejecutar sobre s mismo la experimentacin. No se le ocultaba que
corra grave riesgo de morir; mas, en el caso de que esto sucediese, la
humanidad no perdera ninguno de los datos que haba adquirido para su
gran descubrimiento. Escribi previamente una larga memoria donde se
apuntaban con toda claridad. Lleg el momento al fin. Encerrose en su
laboratorio; se coloc delante de un espejo con todos los instrumentos
necesarios al alcance de la mano. Y tomando la barrena fatal, comenz a
horadarse la frente. La mucha sangre que brotaba le ceg. En vano se la
enjug una y otra vez: necesitaba tener los ojos cerrados, lo cual haca
intil la operacin. Adems, cuando la barrena toc en el hueso, el
dolor se hizo irresistible. Estuvo a punto de perder el sentido.
Suspendi el experimento y pens si sera mejor que otro lo efectuase.
Pero en tal caso no sera l quien sorprendiese el misterioso origen del
pensamiento, sino el operador. Nada podra revelar por su cuenta.
Adems, la operacin necesitaba llevarse a cabo con cloroformo: de eso
estaba bien seguro. Una vez cloroformizado, sus facultades mentales
quedaban en suspenso. Para qu vala entonces el agujero?

Se puso un trozo de aglutinante sobre la herida; vendose la frente con
el pauelo y se dej caer en una butaca. La tristeza y el desaliento se
apoderaron de aquel hombre ilustre. Era forzoso renunciar a la gloria
del gran descubrimiento que haba de resolver de una vez todas las
dudas, que confundira para siempre las insensatas aspiraciones de los
idealistas y metafsicos. Tal vez oh dolor! no se pasara mucho tiempo
sin que otro sabio tuviese la fortuna de hallar quien se prestase a
exhibir el cerebro voluntariamente; y entonces el nombre de aquel sabio
brillara eternamente al travs de las edades, mientras el suyo
eternamente quedara sepultado en el olvido.

La voz dulce como un gorjeo de su nietecito Mario le sac del letargo
doloroso en que yaca. El pequeo Mario sola subir a la guardilla a
interrumpirle en sus largos y profundos trabajos. Para el fisilogo era
un descanso la llegada del nio. Le besaba, se entretena algunos
instantes en charlar con l, y cuando le pareca que haba robado
demasiado tiempo al estudio de la _sustancia gris_, le deca empujndole
hacia la puerta:

--Anda, chiquito, baja con tu abuelita, que yo no puedo perder un solo
minuto.

Dejole llegar hasta sus rodillas y le acarici distradamente pasndole
la mano por los cabellos. Mas al tropezar sus dedos con la tersa frente
de la criatura qued sbito paralizado. Sus grandes ojos opacos
brillaron con extrao fulgor. Incorporose vivamente y se llev ambas
manos a las sienes como si temiera que por all fuera a salir algo grave
y terrible que convena tener encerrado. Se alz de la silla y comenz a
dar agitados paseos por la estancia. De vez en cuando se paraba delante
del nio y le clavaba una mirada ansiosa, profunda.

--Abuelo, por qu me miras as?... He sido malo?

--No, hermoso mo, no!--respondi el antroplogo cambiando de expresin
y volviendo a su benvola sonrisa habitual.

Torn a pasear, y otra vez se detuvo frente a su nieto y le cogi la
cabeza con sus manos trmulas, febriles.

--Por qu me palpas, abuelo? Si no tengo nada en la cabeza!... No me
he cado.

--Oh, s!... Aqu est! aqu est!--exclam con expresin concentrada
de rabia y de dolor el ingenioso Snchez.

--No, no! No hay nada! De veras no tengo nada, abuelito.

--S, s! Aqu est el gran misterio!... No hay ms que abrir y
mirar... Pero yo no puedo mirar; yo, que he hecho dar tales pasos
gigantescos a la ciencia, me veo precisado a detenerme delante de esta
pequea barrera... Necesito cruzarme de brazos y aguardar con paciencia
que llegue otro a recoger la gloria del descubrimiento... Y para esto
he pasado los das y las noches contemplando con el microscopio los
cerebros de tanto organismo? Para eso he comprado a peso de oro a los
mozos del hospital la masa enceflica de ms de un cadver?...

Su exaltacin al proferir estas palabras era inmensa. Enrojecisele el
rostro y sus ojos se inyectaron mientras con las manos crispadas
palpaba la cabeza del nio. De tal modo que ste, asustado, se ech a
llorar. D. Pantalen recobr instantneamente la calma y, abrazndole y
besndole, le baj acto continuo a su casa.

Pero no soseg desde entonces. Un pensamiento fatal le persegua, le
atormentaba sin cesar. De da se le clavaba en el cerebro impidiendo la
entrada a otra idea cualquiera; de noche le despertaba con sobresalto y
le haca pasar largas horas sin reposo revolcndose en el lecho,
sintiendo la sangre hervir y murmurar dentro de las venas y la frente
baada por grandes gotas de un sudor fro. Qu tormento espantoso! De
un lado la ciencia, los intereses de la humanidad, la gloria
inmarcesible de la ms grande conquista que haya llevado a cabo el
entendimiento humano: de otro lado, la ternura instintiva de todo animal
a su progenie, los respetos tradicionales, las convenciones sociales.
Oh, si pudiera arrancarse de una vez toda ridcula preocupacin y,
contemplando serenamente el pro y el contra de cada asunto, decidirse
por lo ms til!

En pocos das aquel hombre ingenioso se desmejor visiblemente. Sus
grandes ojos melanclicos se hundieron, la nariz se afil, las mejillas
se plegaron y todo su inteligente rostro antropolgico adquiri un tinte
sombro de dolor y desfallecimiento que puso en alarma a la familia.
Pero no quera or que estaba enfermo. Se encontraba perfectamente. Su
abatimiento dependa del exceso en el estudio.

Al fin, como era de esperar, el inters de la ciencia predomin sobre la
lepra tradicional del sentimentalismo. Cierta maana, despus de haber
pasado una terrible noche de insomnio, noche de fiebre y terror en que
de todos los rincones de la estancia acudieron flotando grandes figuras
sombras a incitarle a proseguir en su obra de regeneracin; en que
escuch voces profticas que le anunciaron gloria inmortal, se arroj
violentamente del lecho dispuesto a todo. A todo!

Observ, vigil, espi los pasos de su familia con astucia sorprendente.
Trascurrieron varios das sin que pudiese ejecutar su resolucin, en
forma que no se descubriese. Al cabo cierto domingo, hallndose
apostado en uno de los portales de la calle Mayor, vio salir a las
criadas de su hija con el pequeo Mario. Siguiolas de lejos hasta el
Retiro. All, ocultndose detrs de los troncos de los rboles, estuvo
en acecho largo rato. El nio al fin en una de sus escapatorias acert a
pasar junto a l. Le llam, le bes, y rpidamente le arrastr consigo
lejos para comprarle confites. Cuando estuvo a buena distancia de las
criadas comenz a seguir los caminos ms extraviados del parque, y por
ellos fue a salir a Atocha. Desde all, dando un gran rodeo para evitar
las calles cntricas, se traslad a su casa. El pequeo se quejaba de
cansancio, lloraba. D. Pantalen le coga a ratos en brazos.

Antes de llegar a la puerta el fisilogo dej al nio en la acera solo,
despus de cerciorarse de que no haba nadie observndolos, y
adelantndose con premura orden a la portera que fuese a comprarle
cigarros mientras l se quedaba al cuidado. Sali la mujer al
estanquillo, que estaba a la derecha de la casa. Mientras tanto l cogi
al nio, que se hallaba a la izquierda, y ms ligero que un gamo subi
a la guardilla. Inmediatamente, encargndole que le aguardase sin
chistar, baj al portal y all recibi los cigarros que la portera le
trajo. Luego, con la mayor tranquilidad, subi de nuevo a su
laboratorio.

Momentos de amarga felicidad para el sabio! Tena en su poder el
instrumento que tanto apeteca. Iba por fin a sorprender el gran secreto
de la Naturaleza. Pero esta grandiosa invencin costara la vida tal vez
a una criatura de su misma sangre. Una agitacin irresistible se apoder
de su cerebro. Los lbulos todos deban de hallarse en descompasado
movimiento. Presa de horribles vacilaciones, de temor, de anhelo y
compasin, se sent delante de una mesa y meti la cabeza entre las
manos mientras el nio, en completa libertad, curioseaba por la estancia
enredando con los objetos que estaban a su alcance.

El ingenioso D. Pantalen sali de su ensimismamiento para mirar el
reloj. Eran ya ms de las seis. No tardaran en llamarle para comer. No
haba ms remedio que dilatar el experimento, tanto por esto cuanto
porque convena hacerlo a la luz del da. Cogi a su nieto, y sin
decirle palabra lo llev hasta una pieza que haba debajo del alero del
tejado y serva de trastera. Al abrir la puerta y ver aquella cueva
tenebrosa, el nio retrocedi asustado.

--No, yo no entro ah, abuelito.

--Silencio!--exclam el antroplogo con terrible mirada. Y sacando al
mismo tiempo del bolsillo del gabn un enorme cuchillo resplandeciente,
aadi:--Como digas una sola palabra te corto ahora mismo el cuello.

El nio qued paralizado por el terror. Hizo un pucherito y pronto
rompera a gritar si el fisilogo con certero movimiento no le hubiese
tapado la boca. Sujetole al mismo tiempo por el cuerpo y lo meti en la
trastera de golpe. Tom del suelo una mordaza y un cordel que all tena
preparados; le puso la primera; atole con el segundo las piernas y los
brazos y lo dej tendido boca arriba sobre un felpudo dicindole:

--No te muevas. Si haces el ms pequeo movimiento, hay ah unos
ratones que vendrn a comerte las narices.

Cerr la puerta, apag la luz y se baj a su casa, sentndose poco
despus a la mesa con la tranquilidad que otras veces. Pero apenas se
haban sentado llegaron las criadas de Carlota con la noticia de la
desaparicin del nio. Alarmose la casa vivamente. D. Carolina corri
desalada a la de su hija. D. Pantalen se vio precisado a acompaarla.

No le fue posible volver hasta las altas horas de la noche. Dej a su
esposa acompaando a Carlota y vino pretextando una indisposicin. Tom
del comedor algunos comestibles, pan, leche, pastas y subi de nuevo
cautelosamente a su laboratorio. Abri la puerta de la trastera, desat
al chico, y amenazndole de nuevo con el cuchillo si daba una voz le
quit la mordaza. Le mand comer. La infeliz criatura, entumecida, fra,
aniquilada por el miedo, no pudo hacerlo. D. Pantalen le introdujo a la
fuerza algunas galletas en la boca y le hizo beber unos tragos de leche.

--Por qu me has atado, abuelito?--articul al fin el nio.--Yo no
hice nada. Llvame con mam.

D. Pantalen le mir fijamente. Por sus ojos pas un relmpago de razn.
Le trajo hacia s, abrazole tiernamente y le bes con efusin repetidas
veces. El nio, animado, repiti:

--Llvame con mam. Me has hecho mucho dao, abuelito, con el cordel.
Pap no me ata ni me encierra.

Aquel relmpago inteligente se desvaneci en los ojos del viejo. No
qued ms que una triste expresin de extravo y ferocidad.

--Tu pap es un ser frvolo, un hombre desequilibrado que prefiere
sentir a conocer, un hombre que se ha quedado atrs en la evolucin. Yo
no puedo consentir en mi familia un degenerado y le he de matar ms
tarde o ms temprano con este cuchillo.

--No! No mates a pap!--exclam el chico aterrado, viendo a su abuelo
blandir el arma con ademn sanguinario.

--Silencio!--profiri con voz ronca aqul.--La ley de la seleccin se
cumplir... T tambin morirs quiz, pobre nio, pero tu nombre vivir
eternamente unido al mo en los anales de la ciencia y en el
agradecimiento de la humanidad.

Dicho esto con brusco ademn le puso de nuevo la mordaza, arrastrole
hasta la trastera, le amarr otra vez y le dej como antes estaba
tendido sobre el felpudo.

Al da siguiente no le fue posible realizar el experimento. Se le
encargaron tantas comisiones para coadyuvar al descubrimiento del chico,
que slo tuvo tiempo para subir dos o tres veces a desatarlo y a darle
algn alimento. Adems, tena miedo de engendrar sospechas si se
retiraba a su laboratorio por largo rato. Maravillaba la serenidad, la
energa y la astucia que despleg durante aquellas crticas
circunstancias.

Nada se logr en todo el da del lunes ni en toda la noche. Las
esperanzas de la familia se disipaban poco a poco. Todos se entregaban
desfallecidos al dolor y geman por los rincones de la casa menos la
valiente Carlota, cuya actividad creca a medida que las esperanzas
mermaban. Acompaada del inspector y algunos guardias recorra
incesantemente los parajes ms apartados en pos de cualquiera vaga
noticia, cruzando, como una Dolorosa, las calles en busca de su hijo.

Mientras tanto, D. Carolina y Presentacin experimentaban fuertes
ataques de nervios. El mismo Mario se vea necesitado a apelar a los
antiespasmdicos para no ser presa de ellos.

Amaneci por fin el martes. El ingenioso Snchez, sintindose olvidado,
comprendi que haba llegado el instante de realizar su famoso
experimento, tanto ms cuanto que el estado de la criatura ofreca ya
temores. Una de las veces que fue a desatarlo lo hall privado de
sentido. Necesit hacerle respirar algunas esencias y frotarle
vigorosamente encima del corazn para volverle a la vida.

A las once de la maana subi el antroplogo a su laboratorio, ech
cuidadosamente el pestillo de la puerta y se dirigi al oscuro desvn
donde yaca su nieto. Haba llegado el momento supremo. Desatolo, le
quit la mordaza y, despus de reanimarlo con palabras y caricias, lo
llev a la pieza ms clara de la guardilla y lo sent sobre una mesa
que tena al objeto preparada. El estado del pobre nio inspirara
compasin a una fiera. Plido el rostro como la cera y descompuesto, los
ojos extraviados por el terror, los labios amoratados, las manos
trmulas, todo su cuerpecito agitado por un intenso temblor, pareca
realmente que iba a exhalar el ltimo suspiro.

Ya no hablaba, ya no imploraba como antes. El fisilogo lo contempl con
expresin de sorpresa, como si por primera vez le viese en aquel
momento. Volvi a brillar en sus ojos opacos la luz de la razn. Su faz
se enrojeci fuertemente, sus labios temblaron, tapose la cara con las
manos y grit con un sollozo:

--Quin ha sido; quin? Quin ha puesto as a mi nieto?... Alguno de
esos infames que me persiguen... La cabeza me arde!... Quitadlo,
quitadlo de aqu! Que yo no lo vea... No, no! no he sido yo! Ha sido
un malvado fisilogo que quera hacer con l un experimento... Matadlo!
Matad a ese asesino!...Me ha robado mi nieto... Me ha robado el
descubrimiento. Matadlo! matadlo!

Despus de este rapto de exaltacin qued tranquilo. Pase con extravo
sus ojos por la estancia, convirtiolos a su nieto, y su faz reflexiva se
fue serenando poco a poco.

--Es preciso! es preciso!--repiti sordamente. Y dirigindose a su
nieto, exclam con acento proftico:--Algrate, hijo mo!... Los
dolores que has padecido y los que vas a padecer sern los ms
fructferos que haya experimentado jams hombre alguno. Con ellos
comprars la inmortalidad. Tu nombre, unido al mo, se repetir de
generacin en generacin al travs de las edades. Ni Coln, ni Galileo,
ni Arqumedes han prestado a la humanidad un servicio como el que t y
yo vamos a prestarle...

--Dame agua--dijo con voz dbil el nio, dejando caer su cabecita hacia
atrs.

D. Pantalen se la alz; pero como no poda ya sostenerse sentado, lo
tendi sobre la mesa y fue a buscarle agua.

El fuego de la inspiracin ardi de nuevo en las pupilas del sabio. Un
estremecimiento poderoso sacudi su cuerpo. En un instante junt los
instrumentos que le hacan falta; trajo esponjas, agua, paos. Despus
de echar una profunda mirada investigadora al microscopio y cerciorarse
de que estaba limpio y preparado, sujet al nio a la mesa con una larga
cuerda. Se detuvo unos momentos. Luego, con rpido ademn, tom la
mordaza y fue a ponrsela...

En aquel instante un golpe violentsimo hizo saltar el pestillo de la
puerta. Bati sta con estrpito contra la pared. Escuchose un grito
extrao, desgarrador; y unas manos crispadas se agarraron como tenazas a
la garganta del fisilogo.

ste y su yerno rodaron por el suelo. Fue una lucha furiosa, terrible.
Las sillas se volcaban; la palangana, las retortas y los frascos caan y
se hacan cachos. Los gritos, las imprecaciones de uno y otro aumentaban
el fragor del combate. Pareca que haba veinte hombres luchando en
aquel pequeo recinto.

No era fuerte Mario, pero la defensa de su hijo quintuplicaba el vigor
de sus msculos. D. Pantalen era un anciano, pero el estado de
exaltacin de sus nervios le prestaba una fuerza portentosa. Por algunos
momentos la lucha se mantuvo indecisa. Varias veces cayeron el uno
debajo del otro y otras tantas se alzaron. Los gritos se fueron
apagando. El combate se hizo sordo, feroz, desesperado. La voz dolorida
del nio, amarrado a la mesa, repeta sin cesar:

--Abuelito, deja a pap!... deja a pap!

El loco al fin fue adquiriendo alguna ventaja. Las fuerzas de Mario
mermaban. Sus dedos cedan: el peso y el volumen de D. Pantalen le
asfixiaba. Logr ste al fin ponerse encima de l y sujetarle.

--Ya eres mo! ya eres mo!--grit lanzando feroces carcajadas.--Ahora
voy a verte el cerebro. Aguarda un poco!

Y le oprima con sus rodillas el pecho. De tal suerte que el infeliz
escultor hubiera perecido si Miguel Rivera no entrase en aquel momento.
Con su ayuda pudo levantarse, y con la de los vecinos que acudieron al
ruido se logr sujetar al loco y atarlo con la misma cuerda que
aprisionaba a la desgraciada criatura.




XX


Algunos medicamentos recetados por el doctor calmaron en pocas horas el
terrible acceso de Snchez. Se le quit la camisa de fuerza. Siguiose un
estado de grave postracin; se temi por su vida. Pero a los pocos das
se inici la mejora; no tard en ponerse bueno, aunque disparatando
cada vez ms. Su locura tom un aspecto apacible. Hablaba de todo con
bastante lucidez menos cuando se tocaba el punto de la antropologa. El
mdico, temiendo y aun augurando un nuevo acceso de furia, aconsej a la
familia que lo recluyese cuanto ms pronto en alguna casa de salud,
Mario se resista, lleno de compasin.

--Pobre viejo!--deca.--Le vamos a dar la muerte encerrndolo en un
manicomio. Dejadlo al pobre! Quin sabe si ir mejorando poco a poco
hasta ponerse enteramente bueno? Con un par de criados que le vigilen
da y noche todo queda arreglado.

Pero Carlota no quera or de este arreglo. Su temperamento sano,
equilibrado, rechazaba con profunda aversin toda insanidad del
espritu. Mientras Mario perdonaba y aun olvidaba el martirio de su
hijo, ella lo tena grabado a fuego en el corazn; no poda arrojar de
su alma cierto rencor contra su padre, aunque fuese irresponsable.
Tampoco Presentacin le haba perdonado las quemaduras del rostro. Fue
necesario pensar en el establecimiento adonde le haban de conducir.
Despus de varias conferencias se convino en llevarlo a un manicomio de
Carabanchel. Para efectuarlo sin violencia forjaron, como suele hacerse
en tales casos, una comedia. Miguel Rivera fue el inventor de ella. Se
escribi desde Carabanchel una carta al loco, el ms insigne
antroplogo con que hoy contaba la Europa civilizada, noticindole la
existencia de cierto individuo que ofreca en sus funciones vitales
algunas anomalas reversivas con extraos caracteres zoolgicos que
hasta entonces no haba podido descifrar ningn fisilogo. Se haca una
descripcin, bastante cmica por cierto, de estas anomalas y se le
invitaba a l, gran anatmico, gran paleontlogo, gran embrilogo, para
que viniese a examinarlo y emitir su opinin.

No bien hubo ledo la carta el ingenioso Snchez, cuando comunic a la
familia su propsito de trasladarse aquella misma tarde a Carabanchel.
Se aplaudi su decisin: se le facilitaron los medios. Timoteo sali a
alquilar un carruaje. Tanto l como Mario se brindaron a acompaarle y
sus esposas respectivas lo mismo. Miguel Rivera, que estaba all
casualmente, tambin quiso ser de la partida.

A las tres de la tarde salieron todos, en un _familiar_, de la calle de
Ramales, clebre ya en todo el orbe, en direccin a la puerta de Toledo.
El da claro y apacible. Saltaba alegremente el carruaje sobre el
empedrado de las calles. El gran fisilogo iba de humor excelente y
departa sobre su famoso descubrimiento con Rivera, que apoyaba con
vivos movimientos de cabeza sus disquisiciones.

Luego que salieron de la villa y empezaron a correr por la carretera
tuvieron un gracioso encuentro. D. Laureano Romadonga iba de paseo en la
misma direccin en compaa de su querida; una nodriza delante llevando
en brazos un nio. La chula vesta ya de seora con capota y sombrilla:
no le sentaba mal. Por iniciativa de Rivera, al tiempo de cruzar a su
lado sacaron todos la cabeza por las ventanillas y gritaron:

--Adis, D. Laureano! Adis!

El viejo seductor salud visiblemente molestado. La chula les clav una
mirada inquisitorial, agresiva, sin hacer la ms leve inclinacin de
cabeza.

--Pero se ha casado ese hombre?--pregunt Presentacin.

--No lo s--contest Miguel riendo.--Dicen que s. Al fin ha encontrado
lo que tanto apeteca: una mujer enrgica. Creo que le da cada pie de
paliza que lo deja verde.

--Qu horror!--exclam la joven estupefacta.--Parece mentira!

--Mentira? Reprela usted bien.

La chula no apartaba del carruaje sus ojos con expresin tan fiera y
despreciativa que fascinaban como los de una pantera.

--En efecto, debe de ser bien dominante--manifest Carlota.

--Un cabo de vara!--repuso Rivera.--Lo que le haca falta a ese cnico
que se ha pasado la vida burlndose de todas las leyes divinas y
humanas.

Llegaron por fin al manicomio. Carlota y Presentacin se quedaron a la
puerta, haciendo esfuerzos desesperados para ocultar su emocin. Los
tres hombres subieron con el fisilogo con pretexto de examinar tambin
el curioso caso de atavismo. Recibioles el director cortsmente. D.
Pantalen se dej conducir por l a otra estancia para conferenciar
secretamente acerca de las anomalas orgnicas del ser que iba a
mostrarle. Trascurri media hora. Al cabo se present de nuevo el jefe.

--Ya est, arreglado el asunto. Pueden ustedes retirarse cuando gusten.

--Ha puesto alguna resistencia?--pregunt Rivera.

--Absolutamente ninguna. Queda tan sosegado esperando que maana le he
de ensear el consabido individuo... Hoy no puede ser--aadi
sonriendo;--se encuentra ya durmiendo.

Quedaron los tres silenciosos y tristes. Mario pregunt al fin
tmidamente:

--Sera posible verlo sin que l nos viese, antes de irnos?

--No hay inconveniente. Se halla en el jardn en este momento... Pasen
ustedes por aqu.

Los condujo al travs de varias estancias y corredores hasta una
puertecita. Abri un ventanillo que tena y les invit a mirar. Mir
primero Timoteo, luego Rivera; el ltimo fue Mario. El ingenioso D.
Pantalen se hallaba sentado en uno de los bancos de piedra del jardn
rodeado de seis u ocho individuos. Llevaba l la palabra acompandola
con graves y persuasivos ademanes. Aunque no oan lo que deca,
supusieron con fundamento que disertaba sobre algn interesante problema
antropolgico.

Retirronse al fin en silencio. Todos iban serios. El semblante de
Mario, sobre todo, reflejaba tristeza profunda, una emocin que en vano
trataba de ocultar. Despus de dar algunos pasos por el corredor,
todava se volvi para mirar otra vez por el ventanillo. Le costaba
trabajo arrancarse de aquel sitio donde la compasin le tena clavado.

Cuando salieron no hallaron a la puerta a Carlota y Presentacin. El
cochero les dijo que las dos seoras se haban ido llorando por el
camino de la derecha. No estaran lejos. En efecto, apenas haban dado
algunos pasos las vieron a lo lejos en medio del campo. Sus elegantes
siluetas se destacaban del fondo claro del cielo con lneas bien
recortadas. Ambas se llevaban con frecuencia el pauelo a los ojos.

Juntronse los hombres a ellas, y sin decirse una palabra volvieran
lentamente en busca del coche. Marchaban mudos y cabizbajos. Carlota,
acercndose a Rivera, le pregunt al fin en voz baja y temblorosa:

--Ha hecho resistencia?

--Nada. Queda muy contento. Tranquilzate. El director nos ha asegurado
que no tardar mucho tiempo en volver sano a su casa.

Mario se haba quedado atrs y contemplaba abstrado la puesta del sol.
El cielo estaba azul. Sus profundidades se extendan sin nubes sobre su
cabeza. Pero la brisa del Norte haba amontonado all en el horizonte
montaas flotantes de nubes de fuego formando fantsticas ciudades,
cuyas flechas y cpulas resplandecan temblorosas al travs de una gasa
azul. La campia estaba dormida: el aire callado. La tierra se extenda
desnuda y rida.

La bveda celeste brillaba como un inmenso fanal de luces de oro,
sublime, infinito, envolviendo los mundos que pueblan sus abismos y
soledades profundas. Algunas estrellas azuladas se encendan tmidamente
en los confines del Oriente. Desde el Occidente el ojo sangriento del
sol las miraba severo.

El sol se acostaba en un mar de prpura, sobre un vapor flotante y
encendido, exhalando sus ardores de reposo y de amor. Balancebase
majestuoso sobre las nubes resplandecientes con melancola infinita,
escuchando graves y sublimes armonas que no llegarn jams al odo de
ningn mortal. El manto carmes de la tarde tachonado de estrellas caa
de las profundidades del firmamento.

Ante el esplendor glorioso de aquel ocaso Mario permaneci inmvil de
sorpresa y admiracin. En el paisaje no haba ms que luz, pero la luz
bastaba para llenar de colores y formas el cielo y la llanura. All a lo
lejos las torres de Madrid temblaban en un vapor azulado debajo de la
fantstica ciudad flotante de las nubes.

La noche llega. Oh, quin pudiera vagar por las regiones del aire entre
las brisas y los rayos de luz! El joven artista sinti una emocin
intensa que enajen su alma y la suspendi en un paraso de inmortal
claridad y alegra.

--Oh, quin fuese una de esas nubes de oro--pens--para hender con mis
alas el abismo azul, para flotar en el rosicler de la tarde y sacudir
el fresco roco sobre las flores dormidas! Oh, quin pudiera huir sobre
las olas del aire hasta el trono del sol y habitar el palacio de las
noches sin nubes! Las espinas de la vida hieren mis carnes; el fro de
la vida hiela mi corazn. Glorioso sol, llvame contigo, llvame por
encima de las montaas y las olas, sobre las verdes llanuras y las
espumas del Ocano; llvame lejos del triste sueo de la existencia, a
reposar bajo tu pabelln tejido de estrellas! He visto a mi hijo
inocente padecer horribles martirios. He visto a ese desgraciado que ah
queda infligrselos por un impulso fatal. Mi espritu sangra y no
comprende nada. Glorioso sol, arrstrame contigo; condceme al templo
de la Verdad y la Bondad infinitas, a la morada de ese Poder en cuyo
seno divino todas las contradicciones se resuelven, todos los dolores se
apagan! Quiero ver desde esas puras estrellas que ocultas con tu
presencia a esta msera tierra encadenada a su feroz egosmo, a su
tristeza y oscuridad...

Un estremecimiento de anhelo sacuda, el cuerpo del escultor. Su faz
pareca iluminada por una luz inmortal: sus nervios se dilataban por la
emocin: en sus ojos extticos, clavados en el cielo, temblaba una
lgrima.

--Qu hace Mario all parado?--pregunt Carlota volviendo la vista
atrs.

Rivera se volvi tambin y, al observar la actitud contemplativa del
artista y la extraa expresin mstica de sus ojos, comprendi lo que
pasaba en su alma.

--Djalo--manifest gravemente.--Tu marido quiz sepa en este momento
dnde se halla el origen del pensamiento.

--No, por Dios!--exclam la fiel esposa, asustada, corriendo hacia l.





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Armando Palacio Valds

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used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
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request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
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that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at https://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
https://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at https://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit https://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: https://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     https://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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