The Project Gutenberg eBook, La hermana San Sulpicio, by Armando Palacio
Valds


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Title: La hermana San Sulpicio


Author: Armando Palacio Valds



Release Date: January 18, 2010  [eBook #31013]
[Last updated: April 8, 2012]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA HERMANA SAN SULPICIO***


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LA HERMANA SAN SULPICIO

OBRAS COMPLETAS

DE

D. ARMANDO PALACIO VALDS

TOMO IV

LA HERMANA SAN SULPICIO







MADRID
Librera general de Victoriano Surez
PRECIADOS, NMERO 48
1906

ES PROPIEDAD DEL AUTOR

MADRID--hijos de M. G. Hernndez, Libertad, 16 dup., bajo.




NDICE


    Captulo I        A las aguas de Marmolejo
    Captulo II       Conozco a la hermana San Sulpicio
    Captulo III      Me enamoro de la hermana San Sulpicio
    Captulo IV       Peteneras y seguidillas
    Captulo V        A Sevilla
    Captulo VI       El patio de las de Anguila
    Captulo VII      Preparativos para el bloqueo
    Captulo VIII     Con perdn de ustedes, pelo la pava
    Captulo IX       Hago amistad con un bendito seor
    Captulo X        Tropiezo con un grave escollo
    Captulo XI       Me dedico a buscar a Paca
    Captulo XII      Paseo por el Guadalquivir
    Captulo XIII     Doy una bofetada que puede costarme cara
    Captulo XIV      Principio a ser un hroe de novela
    Captulo XV       Tropiezo de nuevo con el malagueo
    Captulo XVI      En qu par la hermana San Sulpicio




I

A las aguas de Marmolejo.


Quiero contar la historia puntual de un episodio de mi vida que no deja
de ofrecer algn inters; aunque mi impericia en el arte de escribir
quiz llegue a quitrselo. Los sucesos que voy a confiar al papel son
tan recientes, que el eco de sus vibraciones an no se ha apagado en mi
alma. Esto har seguramente ms confusa la narracin. No han tenido
tiempo a depositarse los sedimentos y no es fcil sumergir en esta poca
importante de mi vida la mirada y distinguir lo que debe tomarse y
dejarse para hacer comprensivas y gratas estas confidencias. Pero, en
cambio, palpitar en ellas la verdad, y a su mgico influjo tal vez se
disipen y se borren las infinitas manchas que mi pluma habr dejado
caer.

Ante todo, es bien que os informe de quin soy, cul es mi patria y mi
condicin. Estadme atentos.

Confieso que soy gallego, del rin mismo de Galicia, pues que nac en
un pueblecillo de la provincia de Orense, llamado Bollo. Mi padre,
boticario de este pueblo, no tiene ms hijo que yo, y ha labrado para m
una fortuna que, si en Madrid significa poco, en Bollo nos constituye
casi en potentados. Curs la segunda enseanza en Orense, y la facultad
de medicina en Santiago. Mi padre hubiera deseado que fuese
farmacutico, pero nunca tuve aficin a machacar y envolver drogas.
Adems, en el instituto de Orense observ que mis compaeros tenan por
ms noble ejercicio el de la medicina, y esto me decidi enteramente a
desviarme de la profesin de mi padre. As que hube terminado la
carrera, solicit y obtuve de l, no sin algn trabajo, la venia para
cursar el ao del doctorado en Madrid, y a la Corte me vine, donde en
vez de dar consistencia a mis conocimientos, no muy seguros por cierto,
en las ciencias mdicas, perd bastante tiempo en los cafs, y lo que es
an peor, contraje la funesta mana de la literatura. Quiso mi suerte
que fuese a dar con mis huesos a una casa de huspedes donde alojaba
tambin un autor dramtico al por menor, esto es, de los que fabrican
piezas para los teatros por horas, el cual me comunic al punto su
inmensa veneracin por el arte de recrear al pblico durante tres
cuartos de hora, y un desprecio profundo por todo lo que respetaba y
pona sobre la cabeza anteriormente, por las ciencias exactas y
naturales y por los hombres que las profesaban. Collantes, que as se
llamaba el poeta, sonrea, no ya con desprecio, sino con verdadera
lstima, cuando le hablaba de mis sabios maestros de Santiago, y hasta
una vez tuvo la crueldad de tirarme de la lengua en el caf delante de
otros compaeros, literatos tambin, para que desahogase mi entusiasmo
por Tejeiro y otros que a m me parecan eminentes profesores. Dejronme
hablar cuanto quise, y cuando ms acalorado estaba en el panegrico,
soltaron a rer como locos, con lo cual qued fuertemente avergonzado y
confuso. Despus que se hartaron de rer, pasaron a tratar de sus
asuntos de teatro, pero todava al despedirse me dijo uno de ellos:
Adis, Sanjurjo, hasta la vista; otro da hablaremos con ms espacio
del Sr. Tejeiro, lo que hizo estallar de nuevo en carcajadas a sus
amigos. La broma lleg al punto de que cuantas veces me encontraban en
la calle, nunca dejaban de preguntarme por la salud de Tejeiro; y esto
dur algunos meses.

No haba que hablar a aquellos jvenes, que se reunan todas las tardes
y todas las noches del ao en torno de una mesa del caf Oriental, de
otra cosa que de teatros y comediantes. Conocan cuantas obras
dramticas se haban puesto en escena desde 1830 hasta la fecha, y un
sabueso no rastreaba mejor la liebre que ellos las semejanzas o
filiacin de las que se estrenaban en los teatros de la Corte. Eran
peritsimos en el arte de hacer rer al pblico con pisotones en los
callos, derrumbamiento de sombreros, tropezones, baos de agua fra con
un vaso que se derrama, y otros recursos anlogos que jams dejan de
producir dichoso resultado en el teatro. Sobre todo, algunos de ellos
eran habilsimos para formar un enredo, haciendo previamente tontos a
todos los personajes por medio de una serie de equivocaciones
chistossimas, hasta que al final uno de ellos, iluminado sbitamente,
exclamaba: Ah! Conque usted no es el guarda de consumos, sino el
arcipreste de...? Y usted no es el padre, sino el nieto de mi amigo
Prez?... Ahora lo comprendo todo!

Poco a poco, y sin saber cmo, fue penetrando tambin en mi mente la
idea de que todo en el mundo era despreciable, excepto los teatros por
horas. La astronoma, la qumica, la filosofa, la fisiologa,
_cursileras_ propias para ser cultivadas por los hombres inferiores, de
los cuales mi amigo Collantes y sus compaeros se mofaban con mucho
donaire, o como ellos decan, con muy _buena sombra_. Esto de tener
buena sombra fue mi nica ambicin desde entonces, y me esforc con
ahnco en alcanzar la ventura de poseerla. Pero mis chistes y equvocos,
preparados con anticipacin en la soledad de mi cuarto, no tenan xito
feliz en el Oriental. Ni una comedia que tambin forj y les le,
reunindolos al efecto en casa y regalndolos con cigarros y copas de
manzanilla, logr su aprobacin. Despus de fumar y beber cuanto
quisieron, comenzaron a saetear mi pobre obra lindamente, y como soy
amigo de la verdad, reconozco que lo hicieron con gracia. Pero los
gallegos somos casi tan tercos como los aragoneses. No me di por
vencido. Escrib otra, y despus otra, y logr que se pusieran en
escena, y fui estrepitosamente pateado. Tampoco renunci en absoluto a
la literatura, como deba. Escrib algunos artculos de costumbres en
los peridicos, y aunque no me dieron un cuarto por ellos, tuve la
satisfaccin de que Collantes declarase solemnemente, a la hora de
almorzar, que dramtico, lo que se llama dramtico, no lo sera nunca,
pero en el gnero descriptivo podra an dar mucho juego. Con este
fallo tan lisonjero, confirmado por los tertulios del Oriental, quise
volverme loco de alegra y me puse desde entonces con tanto afn a
describir cuanto se me ofreca delante, como si Dios me hubiera mandado
al mundo exclusivamente con ese objeto. Las prensas de Madrid y de
provincias comenzaron a gemir bajo el peso de mis descripciones. Pronto
me convert en especialista. Poco falt para que pusiera en las tarjetas
_Ceferino Sanjurjo, poeta descriptivo_. Fui al Ateneo y le un poema
describiendo la siega del trigo, que me vali el ser saludado con los
pauelos por las damas y calurosamente palmoteado por los caballeros.

En esto quin se acordaba, por supuesto, de la medicina legal y de las
otras asignaturas del doctorado! Fui a pasar el verano a Bollo, y
convenc a mi buen padre de que yo no haba nacido para tomar pulsos,
sino para describir en verso todo lo creado, y me facilit dinero para
volver al ao siguiente a Madrid. Segu haciendo la misma vida de antes
y cultivando la misma especialidad con que casual y dichosamente haba
acertado. Mas, por efecto de la vida sedentaria y desarreglada que
llevaba, o por ventura porque las descripciones cuando se abusa de ellas
van directamente al estmago y se sientan en l, es lo cierto que vine a
enfermar de este rgano. Tan mal me puse que me resolv en la primavera
a ir a tomar las aguas de Marmolejo.

Aqu comienza el perodo de mi vida que he anunciado como interesante. Y
en verdad que ya me pesa, pues nada es peor para obtener buen xito en
las narraciones como despertar la curiosidad con promesas halagadoras.
En fin, he cometido una torpeza, y es justo que la pague. Si os res de
m y de mi loca presuncin, yo no estar a vuestro lado, como la noche
funesta en que me silbaron en el teatro de Eslava, para or vuestras
carcajadas. Es horrible! Adems, fo mucho en las descripciones.

Arreglados mis brtulos, y despus de comer precipitadamente, tom el
tren correo de Sevilla el da 4 de Abril de 188... Cuando hubieron
cesado las despedidas, y el pito del jefe dio la seal de marcha y el
prolongado tren sali de la estacin, dirig una mirada de examen a los
que me acompaaban. El viajero que tena enfrente era un hombre plido,
de cuarenta a cincuenta aos, bigote negro y manos flacas y velludas; el
que se sentaba ms all era un caballero rechoncho, de ojos grandes y
saltones, con unas cortas patillas entrecanas que le bajaban poco de la
oreja, fisonoma abierta y risuea, mientras el otro pareca, por la
expresin recelosa y sombra de sus ojos, hombre de carcter oscuro y
malhumorado. As que salimos de la estacin, quitose ste, lanzando
apagados gemidos, las botas y se puso las zapatillas, coloc el sombrero
de castor sobre la rejilla y se encasquet una gorra de pao.

--Padece usted de los callos, verdad?--le pregunt el caballero gordo
con palabra insinuante sonriendo con amabilidad.

--No seor--contest el otro secamente.

--Ah!... Como usted se quejaba al sacarse las botas...

--Es que tengo sabaones--replic con peor humor y acento cataln bien
sealado.

--Oh! Pues si usted padece de sabaones es porque quiere.

El cataln le ech una mirada mitad de indignacin mitad de curiosidad.

--S, seor; porque usted quiere--insisti el otro con aire petulante y
satisfecho, mirndole a la cara risueo.

El cataln baj los ojos, sacudi levemente la cabeza y se dispuso a
encender un cigarro.

--S, seor; yo, aqu donde usted me ve, he padecido terriblemente de
sabaones.

Dijo esto con la misma entonacin satisfecha y semblante risueo que si
contase que haba llegado al polo Norte.

--Pero no tuve ms que ponerme unos polvitos que yo tengo, de mi
exclusiva invencin... y como con la mano.

--Pues hombre, si usted se ha inventado la medicina, cmo quiere usted
que yo me haya curado con ella?--dijo el cataln.

--Es que yo puedo facilitrselos cuando usted quiera.

--Muchas gracias; no soy amigo de drogas.

--Drogas? Mis polvos no son drogas, seor mo; estn hechos
exclusivamente con vegetales.

El cataln le mir fijamente, y despus volvi la vista a m, haciendo
una mueca expresiva.

--No entra una sola droga en su confeccin, y lo mismo curan los
sabaones, que la calentura, que la tisis, cuando no est en el cuarto
grado, se entiende. Las calenturas perniciosas que haba en Simancas se
han desterrado, y la tisis no se conoce. Las chicas del pueblo los
llaman los polvos de D. Nemesio.

Aqu el cataln solt una carcajada sonora y brutal que dej avergonzado
al buen D. Nemesio.

--Bueno, seor; si usted no cree en su eficacia, nada hay perdido.

Qued un poco amoscado y tard algn tiempo en hablar; pero al cabo de
algunos minutos no pudo contenerse y volvi a pegar la hebra asndonos a
preguntas. A dnde bamos, de dnde ramos, qu profesin tenamos, etc.
El cataln le responda con malos modos, cuando le responda, que no era
siempre. Yo satisfice de buen grado su curiosidad. Qued encantado al
saber que iba a Marmolejo. Tambin l se diriga a este punto, a curarse
una afeccin de la orina.

--Pero, hombre--exclam el cataln groseramente,--no dice usted que
tiene usted unos polvos que lo curan todo?

--S, seor; que curan casi todas las enfermedades--repuso D. Nemesio
algo incomodado;--pero obran mucho mejor ayudados por otras medicinas.

Gracias a sus preguntas supe pronto que el cataln era juez electo de
primera instancia en un pueblo de la provincia de Crdoba y que iba a
Sevilla a presentarse al presidente de la Audiencia. Se llamaba Jernimo
Puig. Fue todo lo que pudo sacar de l D. Nemesio, quien por su parte
nos enter prolijamente de su patria, condicin, familia, carcter y
cuantas circunstancias podan ser directa o indirectamente tiles para
su biografa. Era un propietario rico de Simancas, donde haba nacido y
cridose, y tena mujer y siete hijos, cuatro de ellos casados. La
exposicin seria y concienzuda que nos hizo del carcter de cada uno de
sus yernos y nueras dur cerca de una hora. El cataln, cuando lo juzg
conveniente, hizo de la capa almohada y se tendi a lo largo, y no tard
en roncar. Yo me vi obligado a escucharle largo rato an, si bien a la
postre conclu por pensar en mis asuntos, dejndole despacharse a su
gusto.

El tren corra ya por los campos de la Mancha, que se extendan por
entrambos lados como una llanura negra interminable que cortaba la
esfera brillante del firmamento poblado de estrellas. D. Nemesio,
fatigado al cabo de tanto hablar, comenz a dar cabezadas, pero sin
decidirse a tumbarse, como si quisiera mantenerse siempre alerta para
coger el hilo del discurso en cuanto el sueo le dejase un momento de
respiro.

Par el tren.--Argamasilla, cinco minutos de parada--grit una
voz.--Di un salto en el asiento y me apresur a abrir la ventanilla,
clavando mis ojos ansiosos en la oscuridad de la llanura. Aquel nombre
haba hecho dar un vuelco a mi corazn; era la patria del famoso Don
Quijote de la Mancha; y aunque yo en mi calidad de poeta lrico he
despreciado siempre a los novelistas por falta de ideal, todava el
nombre de Cervantes fascinaba mi espritu por la gran fama de que goza
en todo el universo. La negra silueta del pueblo dibujbase a la lejos,
y una torrecilla alzbase sobre l destacando su espadaa con precisin
del fondo oscuro de la noche. Pobre Cervantes! Aqu fue preso y
maltratado como el ltimo comisionado de apremio; en todas partes
despreciado y humillado, cual si no hubiese tropezado en el curso de su
vida ms que con poetas lricos!

--Sabe usted que entra un fresquecito regular?--dijo D. Nemesio
despertndose.

--Quiere usted que levante el cristal?

--Si usted no tiene inconveniente...

--Ninguno--repuse, apresurndome a hacerlo.--Estaba mirando al pueblo de
Argamasilla, donde se dice que Cervantes fue preso y coloc la patria de
su hroe.

--Ah, Cervantes!... Ya!--exclam D. Nemesio abriendo mucho los ojos
para expresar que no era insensible a este nombre. Y luego, encarndose
conmigo, me pregunt con inters:

--Cervantes era un hombre muy despejado, verdad?

--No, seor--respond bruscamente, echndome a dormir y tapndome con la
manta.

Comenz a clarear el da en Despeaperros. Una banda rojiza y crdena
que se extenda por el Oriente daba al cielo un aspecto fantstico de
panorama de feria. La crestera de la sierra lejana tease de verde.
Con los ojos hinchados por el sueo y sintiendo leves escalofros en el
cuerpo, mir por la ventanilla y vi el pueblecillo de Vilches
pintorescamente colgado entre dos montaas no muy lejos de la va:
parece sentado en un columpio cuyos cabos invisibles estn amarrados a
la cima de aqullas.

D. Nemesio se alz del asiento restregndose los ojos, y apenas lo hizo
solt el chorro de nuevo, hacindome sabedor de los lances curiosos que
le haban pasado en los diferentes viajes que haba corrido por aquella
lnea. En Manzanares le haban dado en cierta ocasin un caf
detestable; la manteca rancia: otra vez el jefe de la estacin de
Alczar no le haba querido facturar el equipaje por llegar dos minutos
tarde: en otra ocasin, en la fonda de Menjbar, no les dieron tiempo a
almorzar; pero l, que es un gran tunante, se burl del fondista
apoderndose de lo que haba en la mesa y llevndoselo al coche.
Mientras tanto yo envidiaba al cataln que, enteramente cubierto por la
manta, no rebulla. Pero como no es posible la felicidad en este mundo,
cuando yo estaba pensando en ella, apareci el revisor y le despert
exigindole el billete. Se levant de muy mal humor, por no variar.
Llegamos a la estacin de Baeza, donde el cataln se baj del coche. Don
Nemesio y yo permanecimos en l. Son la campanilla, dio el mozo la voz
a los viajeros, se oy el estrpito de las portezuelas al cerrarse, y
nuestro cataln no pareca. D. Nemesio experiment viva inquietud.

--Caramba, cmo se descuida el seor de Puig!

Pas un momento: todos los viajeros estaban ya en sus coches.

--Caramba, caramba, ese hombre va a perder el tren!

Cuando son el pito del jefe y la mquina contest con un formidable
resoplido, D. Nemesio, presa de indescriptible ansiedad, asom su calva
venerable por la ventanilla gritando:

--Puig! Puig!... Mozo, mire usted si en el retrete hay un caballero
cataln...

El mozo se encogi de hombros con indiferencia.

Arranc el tren y comenz majestuosamente a separarse de la estacin, y
mi compaero de viaje segua gritando a la ventanilla:

--Puig! Puig!

Al fin se dej caer rendido en el asiento, con la consternacin pintada
en el semblante.

--Vlgame Dios! Vlgame Dios! Pobre seor!...

Y principi a hacer comentarios tristsimos acerca de aquel lance
desgraciado. No me pareca a m tan lamentable como a l, pero le segu
el humor, deplorndolo amargamente.

--Pobre seor!... Y maana tena que presentarse sin falta al
presidente de la Audiencia! Yo no comprendo cmo estos hombres se
descuidan... Bien es verdad que si una necesidad apremiante... Vaya
por Dios! Y vea usted, vea usted, Sanjurjo, las botas y el sombrero all
sobre la red...

D. Nemesio miraba con ojos enternecidos aquellas prendas.

--Se ha quedado el pobre seor con gorra y zapatillas, sin abrigo
alguno, sin maleta... Se me ocurre una cosa. En la primera estacin
dejamos estos efectos al jefe y le telegrafiamos, no le parece a usted?

Encontr razonable la proposicin, y como lo pensamos lo hicimos tan
pronto como el tren se detuvo un instante. Cumplido este deber de
humanidad, volvimos de nuevo al coche con la satisfaccin que se
experimenta siempre que se lleva a cabo una accin buena, y principiamos
a departir alegremente, escuchando yo con ms atencin que antes los
pormenores biogrficos en que se anegaba el propietario de Simancas. La
luz matinal, esplendorosa ya, y la perspectiva de llegar pronto nos
animaban. Sac D. Nemesio una maquinita con espritu de vino y se puso a
hacer chocolate, que tomamos con increble apetito y alegra.

Pasaron volando cuatro o cinco estaciones ms. Llegamos a Andjar.

--Hola, seores! Cmo se va?--dijo una voz, y al mismo tiempo asom
por la ventanilla el rostro cetrino del cataln, esta vez risueo y
desencogido, mirndonos con ojos benvolos.

D. Nemesio y yo quedamos petrificados y nos dirigimos una mirada de
angustia sin contestar al saludo.

--Buen da, eh?... Se ha tomado chocolate, por lo que veo?... Nosotros
nos hemos desayunado a la catalana... Vienen ah unos paisanos, del
mismo Reus, sabe? y vinimos de jarana y de broma... Tomamos unas
copitas de ojn, y luego una butifarrita.

Puig se haba puesto de un humor excelente con aquel encuentro.
Nosotros, cada vez ms confusos, le mirbamos con tan extraa fijeza y
ansiedad, que por milagro no se fijaba en nuestra rarsima actitud.
Abri la portezuela al fin, y se acomod alegremente a nuestro lado,
mientras a m me corran escalofros por el cuerpo, y D. Nemesio sudaba
de angustia. No hacamos otra cosa que dirigir vivas ojeadas a la
rejilla, esperando cundo el cataln levantara la vista y echaba de
menos los brtulos. Al cabo de algunos minutos, no pudiendo sufrir ms
tiempo tal congoja, decid acabar de una vez.

--Seor Puig (mi voz sali un poco ronca. D. Nemesio me mir con
terror). Seor Puig... nosotros, con la mejor intencin del mundo, le
hemos hecho un flaco servicio...

El cataln me mir con inquietud y me turb un poco.

--Nosotros pensamos--dijo D. Nemesio--que usted haba perdido el tren en
Baeza.

--Que se haba usted quedado en el retrete--aad yo.

--Y comprendiendo que su situacin deba ser muy fastidiosa--sigui D.
Nemesio.

--Y que le vendra muy bien que su maleta no fuese a dar a Sevilla--dije
yo.

--Se la hemos dejado, con los dems brtulos, al jefe de la estacin de
Jabalquinto--se apresur a concluir D. Nemesio, clavando sus ojos
saltones y suplicantes en el cataln.

--Pues es verdad, voto a Dios!--exclam ste levantando los suyos a la
rejilla.

--Dispnsenos usted por favor...

--Ya comprender usted que nuestra intencin...

--Qu intencin ni que Cristo, ni qu mal rayo que los parta!--profiri
Puig llevndose las manos a la cabeza.--La han hecho ustedes buena! Y
cmo me presento yo en gorra y zapatillas al presidente?

--Quiere usted mi sombrero y mis botas?--le pregunt D.
Nemesio.--Tambin le puedo facilitar alguna camisa.

--Djeme usted en paz con sus botas y sus camisas... Lo que yo quiero es
mi equipaje, sabe?... Qu rayos tena usted que ver con l, ni por qu
se ha metido donde no le llamaban?

--Oiga usted, seor mo, me parece que no hay razn para
faltarme--exclam D. Nemesio encrespndose.

--La culpa ha sido de los dos, seor Puig, me apresur yo a decir.

Cada vez ms furioso, y tirndose de los pelos y revolvindose en el
asiento, Puig comenz a desahogarse en cataln, lo que fue una gran
fortuna, pues no lo entendamos. Slo por la entonacin y por las
furiosas miradas que alguna vez nos diriga, sabamos que nos estaba
poniendo como trapos.

En esto bamos llegando ya a la estacin de Arjonilla. Cuando par el
tren, nuestra vctima se apresur a salir sin despedirse, dio un gran
golpe a la portezuela y no volvimos a verle ms.




II

Conozco a la hermana San Sulpicio.


El mnibus saltaba por encima de las piedras sacudindonos en todos
sentidos, hacindonos a veces tocar con la cabeza en el techo; yo llegu
a besar, en ms de una ocasin, con las narices el rostro mofletudo de
D. Nemesio. El empedrado no es el gnero en que ms se distingue
Marmolejo. Por las ventanillas podamos tocar con la mano las paredes
enjalbegadas de las casas. El dueo de la Fonda Continental, hombre de
mediana edad y estatura, bigote grande y espeso, ojos negros y dulces,
no apartaba la vista de nosotros, fijndola cundo en uno, cundo en
otro, con expresin atenta y humilde, parecida a la de los perros de
Terranova. Cuando quiso Dios al fin que el coche parase, salt a tierra
muy ligero y nos dio la mano galantemente para bajar. Yo no acept por
modestia.

La Fonda Continental era una casita de un solo piso, donde se veran
muy apurados para alojarse europeos, africanos, americanos y ocenicos,
aunque viniese un solo hombre por cada continente. En el patio, con
pavimento de baldosn rojo y amarillo, haba cuatro o cinco tiestos con
naranjos enanos. La habitacin en que me hospedaron era ancha por la
boca, baja y cerrada por el fondo, en forma de atad, lo cual revelaba
en el arquitecto que construy la casa ciertos sentimientos ascticos
que no he podido comprobar. La cama igualmente pareca descender en
lnea recta del lecho que us San Bruno.

Cuando hube permanecido en aquel agujero el tiempo suficiente para
lavarme y limpiar la ropa, sal como los grillos a tomar el sol
acompaado del patrn, que tuvo la amabilidad de llevarme al paraje
donde las aguas salutferas manaban. Propsome ir en coche, mas
considerando la traza no muy apetitosa del vehculo que me ofreca, y
con el deseo, propio de todo viajero, de ver y enterarme bien del
aspecto y situacin del pueblo en que me hallaba, decid emprenderla a
pie. Mientras tanto D. Nemesio permaneca en su celda, entregado, quiz,
a severas penitencias, por el pecado de haber ocasionado tan cruel
disgusto a nuestro compaero de viaje. Porque fue l quien tuvo la culpa
de dejar al jefe de Jabalquinto el sombrero y las botas del juez
cataln. Les juro a ustedes que yo solo nunca me hubiera atrevido.

Marmolejo est situado cerca de la Sierra Morena, de donde salen las
aguas que le han dado a conocer al mundo civilizado. Tiene el aspecto
morisco como algunos pueblos de la provincia de Mlaga y los de la
Alpujarra. La blancura deslumbradora de sus casitas, que cada pocos
das enjalbegan las mujeres, la estrechez de sus calles, la limpieza
extraordinaria de sus patios y zaguanes, acusan la presencia, por muchos
aos, de una raza fina, culta, civilizada, que ha dejado por los lugares
donde hizo su asiento hbitos graciosos y espirituales.

El pueblo es pequesimo: al instante se sale de l. Caminamos hacia la
sierra, que dista dos o tres kilmetros. La Sierra Morena no ofrece ni
la elevacin, ni la esbeltez, ni el brillo pintoresco y gracioso de las
montaas de mi pas. Es una regin agreste y adusta que extiende por
muchas leguas sus lomos de un verde sombro, donde rara vez llega la
planta del hombre en persecucin de algn venado o jabal. Sin embargo,
el contraste de aquella cortina oscura con la blancura de paloma del
pueblo la haca grata a los ojos y potica. En suave declive, por una
carretera trazada al intento, bajamos al manantial que sale en el centro
mismo del ro Guadalquivir, el cual viene ciendo la falda de la sierra.
Hay una galera o puente que conduce de la orilla al manantial. Por ella
se paseaban gravemente dos o tres docenas de personas, revelando en la
mirada vaga y perdida ms atencin a lo que en el interior de su
estmago acaeca que al discurso o al paso de sus compaeros de paseo.
De vez en cuando se dirigan al manantial con pie rpido, bajaban las
escalerillas, pedan un vaso de agua y se lo beban ansiosamente,
cerrando los ojos con cierto deleite sensual que despertaba en su cuerpo
la esperanza de la salud.

--Se ha bebido mucho ya, madre?--dijo mi patrn asomndose a la baranda
del hoyo.

Una monja pequea, gorda, de vientre hidrpico y nariz exigua y
colorada, que en aquel momento llevaba un vaso a los labios, levant la
cabeza.

--Buenos das, seor Paco... Hasta ahora no han cado ms que cuatro.
Quiere usted un poquito para abrir el apetito?

A mi patrn le hizo mucha gracia aquello.

--Para abrir el apetito, eh? Deme usted algo para cerrarlo, que me
vendra mejor. Y las hermanas?

Dos monjas jvenes y no mal parecidas, que al lado de la otra estaban
con la cabeza alzada hacia nosotros, sonrieron cortsmente.

--Lo de siempre, dos deditos--contest una de ojos negros y vivos, con
acento andaluz cerrado y mostrando una fila primorosa de dientes.

--Qu poco!

--Anda! Quiere usted que criemos boquerones en el estmago, como la
madre?

--Boquerones!

--Boquerones gaditanos. No hay ms que echar la red.

El vientre hidrpico de la madre fue sacudido violentamente por un
ataque de risa. Los boquerones que all nadaban, al decir de la monja,
debieron pensar que estaban bajo la influencia de un temporal deshecho.
Tambin remos nosotros, y bajamos al manantial. Al acercarnos, la madre
me salud con sonrisa afectuosa: yo me inclin, tom el crucifijo que
penda de su cintura y lo bes. La monja sonri an con ms afecto y
expresin de bondadosa simpata.

Seamos claros. Si este libro ha de ser un relato ingenuo o confesin de
mi vida, debo declarar que al inclinarme para besar el crucifijo de
metal no creo haber obrado solamente por un impulso mstico; antes
bien, sospecho que los ojos negros de la hermana joven, atentamente
posados sobre m, tuvieron parte activa en ello. Sin darme tal vez
cuenta, quera congraciarme con aquellos ojos. Y la verdad es que no
logr el intento. Porque en vez de mostrarse lisonjeados por tal acto de
devocin, pareciome que se animaban con leve expresin de burla. Qued
un poco acortado.

--El seor viene a tomar las aguas?--me pregunt la madre entre directa
e indirectamente.

--S, seora; acabo de llegar de Madrid.

--Son maravillosas. Dios Nuestro Seor les ha dado una virtud que parece
increble. Ver usted cmo se le abre apetito en seguida. Comer usted
todo cuanto quiera, y no le har dao... Mire usted, yo puedo decirle
que soy otra, y no hace ms que ocho das que hemos venido... Figrese
que ayer he comido hgado de cerdo y no me ha hecho dao!... Pues esta
filleta--aadi apuntando a la hermana de los ojos negros.--No quiero
decirle el color que traa! Pareca talmente ceniza. Ahora tampoco est
muy colorada, pero vamos!... ya es otra cosa.

Fij la vista con atencin en ella, y observ que se ruboriz,
volvindose en seguida de espaldas para coger un vaso de agua.

Era una joven de diez y ocho a veinte aos, de regular estatura, rostro
ovalado de un moreno plido, nariz levemente hundida pero delicada,
dientes blancos y apretados, y ojos, como ya he dicho, negros, de un
negro intenso, aterciopelado, bordados de largas pestaas y un leve
crculo azulado. Los cabellos no se vean, porque la toca le cea
enteramente la frente. Vesta hbito de estamea negra ceido a la
cintura por un cordn del cual penda un gran crucifijo de bronce. En la
cabeza, a ms de la toca, traa una gran papalina blanca almidonada. Los
zapatos eran gordos y toscos; pero no podan disfrazar por completo la
gracia de un pie meridional. La otra hermana era tambin joven, acaso
ms que ella, ms baja tambin, rostro blanco, de cutis transparente que
delataba un temperamento linftico, los ojos zarcos, la dentadura algo
deteriorada. Por la pureza y correccin de sus facciones y tambin por
la quietud pareca una imagen de la Virgen. Tena los ojos siempre
posados en tierra y no despeg los labios en los breves momentos que
all estuvimos.

--Vamos, beba usted, seor; pruebe la gracia divina--me dijo la madre.

Tom el vaso que acababa de dejar la hermana de los dientes blancos, y
me dispuse a recoger agua, pues el que la escanciaba haba desaparecido
por escotilln; mas al hacerlo tuve necesidad de apoyarme en la pea, y
cuando me inclinaba para meter el vaso en el charco, resbal y met el
pie hasta ms arriba del tobillo.

--Cuidado!--gritaron a un tiempo el patrn y la madre, como se dice
siempre despus que le ha pasado a uno cualquier contratiempo.

Saqu el pie chorreando agua y no pude menos de soltar una interjeccin
enrgica.

La madre se turb y se apresur a preguntarme con semblante serio:

--Se ha hecho usted dao?

La hermanita del cutis transparente se puso colorada hasta las orejas.
La otra comenz a rer de tan buena gana, que le dirig una rpida y no
muy afectuosa mirada. Pero no se dio por entendida; sigui riendo,
aunque para no encontrarse con mis ojos volva la cara hacia otro lado.

--Hermana San Sulpicio, mire que es pecado rerse de los disgustos del
prjimo--le dijo la madre.--Por qu no imita a la hermana Mara de la
Luz?

Esta se puso colorada como una amapola.

--No puedo, madre, no puedo; perdneme!--replico aqulla haciendo
esfuerzos por contenerse, sin resultado alguno.

--Djela usted rer. La verdad es que la cosa tiene ms de cmica que de
seria--dije yo afectando buen humor, pero irritado en el fondo.

Estas palabras, en vez de alentar a la hermana, sosegaron un poco sus
mpetus y no tard en calmarse. Yo la miraba de vez en cuando con
curiosidad no exenta de rencor. Ella me pagaba con una mirada franca y
risuea donde an arda un poco de burla.

--Es necesario que usted se mude pronto; la humedad en los pies es muy
mala--me dijo la madre con inters.

--Phs! Hasta la noche no me mudar. Estoy acostumbrado a andar todo el
da chapoteando agua--dije en tono desdeoso afectando una robustez que,
por desgracia, estoy muy lejos de poseer. Pero me agradaba bravear
delante de la monja risuea.

--De todos modos... vyase, vyase a casa y qutese pronto el calcetn.
Nosotras nos vamos a dar un paseto por la galera, a ver si el agua
baja. Qudense con Dios Nuestro Seor.

Me inclin de nuevo y bes el crucifijo de la madre. Lo mismo hice con
el de la hermana Mara de la Luz, que por cierto volvi a ponerse
colorada. En cuanto al de la hermana San Sulpicio, me abstuve de
tocarlo. Slo me inclin profundamente con semblante grave. As
aprendera a no rerse de los chapuzones de la gente.

Poco despus que ellas, subimos nosotros a la galera y dimos algunos
paseos contra la voluntad de mi patrn, que a todo trance quera
llevarme a casa para que me mudase. Mas yo tena deseos de permanecer
all para confirmar a las monjas, sobre todo a la jocosa morena, en la
salud y vigor de que me haba jactado. Cuando pasbamos cerca la miraba
atentamente; pero ni ella ni sus compaeras alzaban los ojos del suelo.
No obstante, observ que con el rabillo me lanzaba alguna rpida y
curiosa ojeada.

--Es linda la monjita, verdad?--me dijo el seor Paco.

--Phs! No es fea... Los ojos son muy buenos.

--Y qu colores tan hermosos, eh?

--El color no me parece muy all... Pero de quin habla usted?

--De la hermana Mara de la Luz, de la pequeita.

--Ah! S, s... es muy bonita.

Deb suponer que a un patrn de huspedes le placera ms la correccin
fra y repulsiva de sta que la gracia singular de la otra hermana.
Porque mi rencor hacia ella no llegaba hasta negarle lo que en
conciencia no poda, la gracia. Era una gracia provocativa y seductora
que no resida precisamente en sus ojos vivos y brillantes, ni en su
boca, un poco grande, fresca, de labios rojos que a cada momento
humedeca, ni en sus mejillas tostadas, ni en su nariz, levemente
remangada: estaba en todo ello, en el conjunto armnico, imposible de
definir y analizar, pero que el alma ve y siente admirablemente. Esta
armona, que acaso sea resultado del esfuerzo constante del espritu
sobre el cuerpo para modelarlo a su imagen, observbase igualmente en
todos sus movimientos, en el modo de andar, de emitir la voz, de
accionar; pero su ltima y suprema expresin se hallaba indudablemente
en la sonrisa. Qu sonrisa! Un rayo esplendente del sol que iluminaba y
transfiguraba su rostro como una apoteosis.

Despus de dar unas cuantas vueltas por la galera se fueron hacia
arriba, y yo al poco rato manifest al seor Paco deseo de subir tambin
a ver el parque que en la orilla del ro han formado recientemente para
esparcimiento y recreo de los baistas. Es una gran terraza natural
sobre el Guadalquivir, con que termina la falda de la colina en que
Marmolejo est asentado. En ella hay jardines y paseos, cuyos rboles,
nuevos an, no consiguen dar sombra y frescura; pero ya crecern, y all
ir, si Dios me da vida, a recordar debajo de sus copas los deliciosos
das que pas a su lado.

La disposicin de los paseos, la variedad de plantas que el seor Paco
me mostraba con orgullosa satisfaccin, no me la produca a m extremada
en verdad. Segua los caminitos de arena y me perda en su laberinto con
paso distrado, la mirada enfilada a lo lejos.

Al doblar un sendero, en el paraje ms solitario del jardn, me las
encontr de frente. Venan acompaadas de un clrigo. Al cruzar a
nuestro lado saludaron muy cortsmente: el clrigo se llev con gravedad
la mano al sombrero de teja.

--Dnde estn alojadas estas monjas?--pregunt a mi patrn.

--Dnde estn alojadas?... Pues en casa! No las ha visto usted?...
Ah! No me acordaba que ha llegado hoy... Ocupan dos habitaciones no muy
lejos de la que usted tiene.

--Son hermanas de la Caridad?

--Me parece que no, seor... Tienen un colegio all en Sevilla... La ms
vieja es la superiora... es valenciana. Las dos jvenes son sevillanas y
creo que primas carnales... No conoce usted al sacerdote? Es un
jesuita... un seor de mucha fama. Se llama el padre Talavera, Qu
linda es la hermana Mara de la Luz! eh?

--Mucho.

Vagamos todava un rato por los jardines, pero no volvimos a tropezar
con ellas. En cambio, fuimos a dar a un cenador donde tres o cuatro
baistas lean peridicos. Mi patrn entabl conversacin con ellos. Se
habl de poltica: la proximidad de una guerra entre Francia y Alemania
era lo que preocupaba la atencin en aquel momento. Pesronse las
probabilidades de triunfo por una y otra parte. Uno de aquellos seores,
hombre gordo, de piernas muy cortas y traje claro, apostaba por
Alemania; los otros dos ponan por Francia. Cuando hubieron discutido un
rato, mi patrn intervino, sonriendo con superioridad.

--No lo duden ustedes, la victoria esta vez ser de Francia.

--Yo lo creo as tambin. Francia se ha repuesto mucho y se ha de batir
mejor y con ms gana que la primera vez--dijo uno.

--Pues yo creo que estn ustedes en un error--salt el hombre
gordo.--Alemania es un pas exclusivamente militar; todas sus fuerzas
van a parar a la guerra; no se vive ms que para la guerra... Adems,
qu me dicen ustedes de Bismarck?... Y de Moltke? Mientras ese par de
mozos no revienten, no hay peligro que Alemania sea vencida.

--Yo le digo a usted, caballero--contest mi patrn con sonrisa ms
acentuada, en tono excesivamente protector,--que todo eso est muy bien,
pero que vencer Francia.

--Mientras no me diga usted ms que eso, como si no me dijera nada... Lo
que yo quiero son razones--respondi el hombre gordo, un poquillo
irritado ya.

--No es posible dar razones. Lo que le digo es que Alemania ser
vencida--manifest mi patrn con grave continente y una expresin severa
en la mirada que yo no le haba visto.

--Qu me dice usted? De veras?--replic el otro riendo con irona.

Entonces mi patrn, encendido por la burla, profiri furiosamente:

--S, seor; se lo digo a usted... S, seor, le digo a usted que
vencer Francia.

--Pero, hombre de Dios, por qu?--pregunt el otro con la misma
sonrisa.

--Porque quiero yo!... Porque quiero yo que venza Francia!--grit el
seor Paco con la faz plida ya y descompuesta, los ojos llameantes.

Nos quedamos inmviles y confusos, mirndonos con estupor. Un mismo
pensamiento cruz por la mente de todos. Y rein un silencio embarazoso
por algunos segundos, hasta que uno de los baistas, volvindose para
que no se le viera rer, entabl otra conversacin.

--All va el padre Talavera con unas monjas.

Me apresur a mirar por entre las hojas de la enredadera, y en efecto vi
el grupo a lo lejos. El baista que nos lo haba anunciado meta el
rostro por el follaje para que no se oyesen las carcajadas que no era
poderoso a reprimir.

Mi patrn, avergonzado, y otra vez con aquella expresin humilde e
inocente en los ojos de perro de Terranova, me dijo tirndome de la
ropa:

--D. Ceferino, ya es la hora de almorzar; nos vamos?

Despedmonos de aquellos seores, que apenas nos miraron, y subimos a
una de las calesas que partan para el pueblo. Mientras caminbamos
hacia l, el seor Paco me dijo con acento triste y resignado:

--Aquellos seores se han quedado riendo de mi... Bueno; algn da se
arrepentirn de esa risa y se llamarn borricos a s mismos... Si yo
pudiese hablar!... Pero no est lejano el da en que vendrn los ms
altos personajes a pedirme de rodillas que les revele mi secreto...

--Diablo, diablo!--exclam para m.--He venido a parar a casa de un
loco!




III

Me enamoro de la hermana San Sulpicio.


Dos das despus, el seor Paco, yendo conmigo de paseo otra vez, me
revel la mitad de su secreto. Los alemanes no podan vencer porque
tena pensado ofrecer a la Francia un sistema de caones que daba al
traste con todos los inventos que hasta ahora se haban realizado en
materia de artillera. Era un can el suyo extraordinario, mejor dicho,
maravilloso; un hombre lo poda subir a la montaa ms alta.

--No ser de hierro.

--No, seor.

--De madera?

--Tampoco.

--De papel?

--No, seor.

Quedeme reflexionando un instante.

--Y tiene el mismo calibre que los dems?

--Cuanto se quiera.

--No comprendo!...

El seor Paco me miraba con sus grandes ojos inocentes, donde brillaba
una sonrisa de triunfo.

--No puedo decirle ahora, D. Ceferino, de qu est hecho; pero no
tardar usted en saberlo... Dentro de pocos das empezar a construirse
el modelo en Pars... Ya ver usted, ya ver adnde llega mi nombre...
Por supuesto que si Bismarck supiese lo que tiene encima, ya estara
ofrecindome el dinero que quisiera... Pero yo no le vendo el secreto
as me entierre en oro, est usted?... Aunque sea de balde se lo doy yo
al francs primero que al pruso... Cada hombre tiene su simpata,
vamos!... Usted tiene ms aquel por una persona, y le da la sangre del
brazo, y a otro ni el agua...

--Tiene usted mucha razn--repuse.--El asunto es tan serio y
trascendental que los intereses particulares de una persona, siquiera
sean los del mismo inventor, deben posponerse a los de tantos millones
de seres...

El inventor quiso conmoverse.

--S, seor; primero me quedo con l en el cuerpo que se lo d al
prncipe de Bismarck... y eso que mire usted, D. Ceferino, yo no tengo
motivo para estar agradecido de los franceses. Aqu ha venido uno hace
dos aos, un monsieur Lefebre, que me ha quedado a deber quince das de
pupilaje.

--Doblemente le honra a usted esa generosidad.

Se enterneci el seor Paco, y si hubiera insistido un poco, tengo la
seguridad de que llegara a revelarme la primera materia de su famoso
can; pero tena yo prisa en aquel momento y no abus de su blandura.

Las monjas, como me haba dicho el patrn, ocupaban dos habitaciones no
lejos de la ma. En una de ellas dorma la madre y en la otra las
hermanas San Sulpicio y Mara de la Luz. No bajaban a comer en la mesa
redonda, sino que lo hacan en su cuarto. Lo mismo los suyos que el mo,
tenan la salida a un corredor abierto que daba sobre el patio.

La tarde del mismo da en que llegu, volv a verlas en la galera de
las aguas, y las salud con mucha cortesa. Me contestaron igualmente, y
observ que la hermana San Sulpicio me dirigi una franca sonrisa muy
amable. Tuve tentaciones de acercarme a ellas y entablar conversacin,
pero vacil durante tres o cuatro vueltas, y cuando iba a decidirme a
ello, se fueron a buscar la calesa para trasladarse a casa. Al da
siguiente por la maana no las vi. El que escanciaba el agua me dijo que
haban estado. Por el patrn supe que se levantaban con estrellas e iban
a la iglesia a or la misa de alba y hacer sus oraciones: despus beban
el agua y se retiraban a sus aposentos. Slo una que otra vez tornaban
al manantial antes de almorzar. No s por qu me molest un poco no
haberlas tropezado; tal vez por ser las nicas personas que all
conoca. Porque D. Nemesio, que me acompaaba bastante, a fuerza de
atenciones se me haba hecho antiptico, abrumador. No poda asomar la
cabeza fuera de mi cuarto sin que me invitase a una partidita de billar
o de tresillo, o a ir de paseo o a beber una botella de cerveza. Y su
conversacin interminable, prosaica, me aburra tan extremadamente, que
ya le hua como al sol del medioda. Luego aquella curiosidad maldita,
aquel afn inmoderado de saber la vida de uno con todos sus pormenores,
lo que haba hecho y lo que pensaba hacer, era para desesperarse.

Cuando hube ledo algn tiempo tumbado sobre la cama (despus de haber
rechazado la invitacin de D. Nemesio para jugar unas carambolas), sal
con objeto de dar un paseo hacia el manantial. La hermana San Sulpicio
cruzaba al mismo tiempo por el corredor, y cruzaba tan velozmente que el
vestido se le enganch en un clavo de la pared y se rasg con un _siete_
formidable.

--Jess, qu dichosos clavos!--exclam con rabia, dando una patadita en
el suelo y mirando con tristeza el desperfecto.

--Ahora me toca a m rer, hermana.

--Rase usted, rase usted sin cumplimientos--me respondi con viveza,
riendo ella la primera.

--No soy rencoroso--repuse en tono dulzn y galante; y acercndome al
mismo tiempo, me inclin y bes su crucifijo.

--Y por qu haba de guardarme rencor? Por la risa del otro da?...
Pues, hijo, si yo nac riendo, y hasta es fcil que me ra cuando est
dando las ltimas boqueadas!

--Hace usted bien en rerse, y aunque sea de m se lo agradezco por el
gusto que me da el ver una boca tan fresca y tan linda.

--Oiga! No sabe que es pecado echar flores a una monja, y mucho ms
que sta las escuche?

--Me confesar, y en paz.

--No basta; es necesario arrepentirse y hacer propsito de no volver a
pecar.

--Es difcil, hermana!

--Pues yo no quiero darle ocasin. Adis.

Y se alej corriendo; mas a los pocos pasos volvi la cabeza, y haciendo
una mueca expresiva, sin dejar de correr, me dijo:

--Tenemos a la madre enferma, sabe?

--Qu tiene?--pregunt avanzando muy serio, con el objeto de no
espantarla y obligarla a detenerse.

--No s... Cosas de mujeres cuando nos hacemos viejas, sabe
usted?--respondi con desenfado.

--Pues dgale que si necesita mis servicios, tendr mucho gusto en
prestrselos. Soy mdico.

--Ah! Es usted mdico? Pues ya tiene obra en que poner las manos. En
cuantito lo sepa la madre, ya le est a usted llamando... vyase,
vyase, criatura, si no quiere que le secuestren.

--Le repito que tendr mucho gusto en ello. Aqu aguardo a que me llame.

La hermana entr en el cuarto, y sali a los pocos momentos.

--No se lo deca!--exclam.--Entre, entre, pobrecito, y no eche la
culpa a nadie, que usted se la ha tenido.

Y al mismo tiempo me empujaba suavemente.

Estaba en lo cierto. La buena madre era una fuente de chorro continuo
para describir las mil y una enfermedades que padeca.

En aquellos momentos deca sentir una gran bola en el vientre, tan fra
que la helaba; al mismo tiempo se quejaba de dolor de cabeza. Para
ponerme en antecedentes de la dolencia emple cerca de media hora, con
una prolijidad tan fatigosa que a cualquiera desesperara. Pero yo me
hallaba en tan buena disposicin de espritu, que la escuchaba sin
disgusto. La hermana San Sulpicio me miraba en tanto con ojos de
compasin: parecan decirme: Pobre seor! Conste que yo no tengo la
culpa. De vez en cuando fijaba los mos en ella, y tambin procuraba
decirle tcitamente: No me compadezca usted; me encuentro muy bien. La
molestia de los odos se compensa muy bien con el placer de los ojos.

Cuando la madre hubo concluido su relacin, o al menos cuando cre que
la haba concluido, tom la palabra y, recordando medianamente las
lecciones de mi profesor Tejeiro, comenc a soltar por la boca una
granizada de trminos tcnicos, que yo mismo qued asombrado. A la
paciente debi de hacerle un gran bien, a juzgar por la expresin feliz
con que me escuchaba, tanto que estuve ya por no recetar y darla por
curada; pero en cuanto termin comenzaron las preguntas:

--Diga usted, seor, y esta bola fra cree usted que algn da la
arrojar?

--Esa bola no es ms que una sensacin: no tiene realidad; es un
fenmeno nervioso. Porque los nervios, que son los que transmiten
nuestras sensaciones al cerebro, a veces nos engaan, son falsos
corresponsales... Ver usted; nosotros tenemos un centro nervioso en el
cerebro, de donde parten...

Y me enfrasqu en una descripcin anatmica, procurando ponerla al
alcance de las inteligencias femeniles a quienes iba dirigida. Despus
me pregunt si tena algo que ver con el corazn, y le expliqu
largamente lo que era esta vscera y sus relaciones con las otras de
nuestro cuerpo. Luego toc el punto del estmago, y no con menor
erudicin expuse mis conocimientos acerca de este importante rgano,
que denomin, muy ingeniosamente, el laboratorio qumico de la vida.

La madre estaba encantada, escuchndome con verdadero arrobamiento. El
mdico del convento era un buen seor, pero no deba de saber gran cosa,
porque apenas les deca nada de sus enfermedades ni se produca tan
bien. Segn me dijo el patrn ms tarde, opinaba que yo era un verdadero
sabio y se alegraba en el alma de haber tropezado conmigo, porque tena
muchas esperanzas de curarse con mis recetas. Pobre seora!

Hteme aqu, pues, en relacin amigable, y bastante ntima, con aquellas
monjas, gozando bien gratuitamente de opinin de mdico sapientsimo. No
me pesaba de ello, por ms que desde entonces saliese a cuatro o cinco
consultas por da. Pero era mucho lo que me placa la vista de la
hermana San Sulpicio, y mucho lo que me haca gozar su carcter
resuelto, desenfadado, tan poco monjil que verdaderamente en ocasiones
asombraba. Por la tarde de aquel mismo da las acompa mientras
paseaban el agua por la galera, y charlamos animadamente con la mayor
confianza, lo mismo que si nos conocisemos desde larga fecha. Tal
milagro en cualquier otro punto del globo, es cosa corriente en
Andaluca, donde el trato y la confianza son cosas simultneas. No
dejaba de sorprenderme que la hermana San Sulpicio me hablase ya en tono
festivo y me dijese algunas bromitas delicadas, porque en mi Galicia las
mujeres son ms reservadas: sobre todo si visten el hbito religioso,
por milagro se autorizan el departir con un joven. Pero como me
agradaba, dejbame llevar por la corriente, aceptaba las bromas, y las
devolva, procurando, por supuesto, que no traspasasen los lmites en
que deban mantenerse tratndose de una religiosa, y haca todo lo
posible por mostrarme ingenioso y bien educado, a fin de inspirar cada
vez mayor confianza.

Al da siguiente hice que me despertasen muy temprano, y fui a misa de
alba. La madre tena tan buena idea de m, que no le sorprendi nada
encontrarme en la iglesia; pero la hermana San Sulpicio me dirigi una
mirada de curiosidad que me puso colorado. La verdad es que nunca he
sido muy devoto, y debo confesar ingenuamente que en aquella ocasin me
llev a la iglesia, ms que el deseo de asistir al santo sacrificio, la
esperanza de ver a la graciosa hermana. Sin embargo, es bien que se sepa
al propio tiempo que no soy ateo ni participo de las ideas materialistas
del siglo en que vivimos, las cuales he combatido en verso varias veces.
Soy idealista, y protesto con todas mis fuerzas contra el grosero
naturalismo. Adems, a un poeta lrico no le sienta mal nunca un poco de
religin.

Al salir de la iglesia vino hacia m la madre, me hizo la consulta
matinal, y no tuve ms remedio que acompaarlas a beber el agua,
subiendo con ellas a la misma calesa. En los das que siguieron nuestra
confianza y amistad crecieron extremadamente. Era su acompaante
obligado en los paseos, y tambin en casa departamos a menudo, ora en
el cuarto de la superiora, ya sentados algn ratito en el patio.
Observaba que la gente, al pasearnos en la galera o en el parque, nos
miraba con curiosidad. Sobre todo a las jvenes les llamaba mucho la
atencin que acompaase a unas monjas, y me dirigan miradas maliciosas
y sonrisas, por donde vine a comprender que sospechaban la admiracin
que las virtudes y los ojos de la hermana San Sulpicio me inspiraban.

Perteneca sta, lo mismo que las otras, a una congregacin denominada
el Corazn de Mara, que estaba destinada a la enseanza de nias y
habitaba un convento de Sevilla. Esta congregacin era francesa y tena
varios colegios, lo mismo en Espaa que en Francia. El superior de todos
ellos era un clrigo viejecito que constantemente los estaba recorriendo
para inspeccionarlos. Los votos que hacan duraban cuatro aos, al cabo
de los cuales se renovaban. A la tercera vez era necesario hacerlos
perpetuos o salir de la congregacin. Lo mismo la hermana San Sulpicio
que su prima, la hermana Mara de la Luz, se haban educado desde muy
nias en aquel convento, del cual no haban salido ms que para ejercer
su ministerio en dos o tres puntos de Espaa.

Cada momento me seduca ms la gracia y el carcter campechano de la
primera; y eso que ms de una vez se rea, segn sospecho, a mi costa. A
los dos o tres das de tratarla me pregunt:

--De dnde es usted?

--De Bollo.

Me mir con sorpresa.

--Un pueblecito del partido judicial de Viana del Bollo, en la provincia
de Orense--aad con timidez.

Por sus ojos pas entonces un relmpago de alegra y observ que se
mordi los labios fuertemente, volviendo al mismo tiempo la cabeza.

--Qu? Le hace a usted gracia el nombre de mi pueblo, verdad?--le
pregunt, comprendiendo lo que pasaba en su interior.

--Pues s, seor... dispnseme usted... me hace muchsima
gracia--repuso, tratando de reprimir en vano las carcajadas que fluan a
su boca.--Dispnseme, pero tanto bollo... vamos... es cosa que a
cualquiera se le atraganta.

Despus que ri cuanto quiso, me dijo:

--No cre que era usted gallego.

--Pues?

--No se le conoce a usted nada.

--Y en qu distingue usted a los gallegos, hermana?

--Pues en lo que les distingue todo el mundo... Est bien a la
vista--replic con algn embarazo.

Yo me ech a rer, adivinando que se figuraba que todos los gallegos
eran criados o mozos de cuerda. Se puso un poco colorada y dijo:

--No es por nada malo... no crea usted que yo quiero rebajarlos.

En los das sucesivos observ que el sentimiento de conmiseracin por la
desgracia de haber nacido en Galicia no se desvaneca, mostrndome
cierta simpata y benevolencia no exentas de proteccin. Cuando le hice
algunas preguntas acerca de Sevilla, me habl con entusiasmo y orgullo.
Se sorprenda de que no hubiese estado all. Para ella era el paraso;
un lugar de delicias, de donde nadie poda irse sin sentimiento. Apenas
sala del convento, y sin embargo, el apartarse de Sevilla considerbalo
como un destierro penoso. Dos aos haba pasado en Vergara, donde la
congregacin tena colegio, y en los dos aos no haba hecho ms que
suspirar por su patria. Y eso que para la salud le probaba muy bien el
pas. Pero qu tristeza asomar la frente por las rejas de la ventana y
ver aquel cielo siempre encapotado, dejando caer, sin cansarse nunca,
agua y ms agua! Y luego aquel modo de graznar que tiene la gente para
decir lo que se le ocurre! Parecen todos algarabanes. Lo nico que haba
sentido al dejar a Vergara fue una nia con quien se haba encariado
mucho, llamada Maximina. Se haban escrito durante una temporada.
Despus supo que se haba casado; despus no supo ms de ella.

--Ha muerto--le dije.

--Ha muerto?--repiti toda turbada.--La conoca usted?... Dnde ha
muerto?

--La conoce hoy todo el mundo. Ha muerto en Madrid. Su historia
sencilla, escrita y publicada recientemente, ha hecho derramar muchas
lgrimas. An tengo media idea de que se menciona en ella el nombre de
usted.

La hermana qued silenciosa, inmvil. Estbamos sentados en un banco del
parque, a la orilla del ro, que corra triste y fangoso a nuestros
pies. Delante, a corta distancia, se extenda la cortina sombra de la
sierra cerrndonos el horizonte. Al cabo de algunos momentos advert que
la monja estaba llorando.

--Dispnseme usted que le haya dado la noticia as tan de repente... Yo
no pensaba...

--Pobrecilla! Si usted supiera lo buena que era aquella
criatura!--dijo llevndose el pauelo a los ojos.--Luego ha sido uno de
los pocos seres que en el mundo me han querido de veras...

--Pocos seres!... Yo creo que se equivoca, hermana. A usted deben
quererla todos los que la traten... Al menos por lo que a m se refiere,
hace poco tiempo que la conozco y ya se me figura que la quiero...

Despus de decir esto comprend que era algo descomedido y qued
confuso. Trat de atenuarlo siguiendo:

--Tiene usted un carcter abierto, campechano, que la hace muy
simptica. Yo creo que la virtud y la piedad no exigen por precisin ese
retraimiento, ese silencio y rostro severo y adusto que suele verse en
muchas religiosas, en casi todas. Imagino que la alegra debe ser la
compaera de la virtud; lo mismo opinaba Santa Teresa, como usted debe
de saber. Adems, un rostro sereno, risueo, una palabra corts, indican
en cualquier estado, cuando no es hipocresa, un corazn bondadoso.

Levant la mirada hmeda hacia m, diciendo con graciosa severidad:

--Mire que las religiosas no podemos escuchar requiebros: ya se lo he
dicho.

--stos no son requiebros: no he dicho nada de su figura.

--Pero lisonjea usted mi carcter, que es lo mismo.

Aquella tarde estuvo triste y taciturna, lo cual me dio buena idea de
ella, porque, a no dudarlo, la tristeza provena de la noticia que le
acababa de dar. Me vi precisado a conversar exclusivamente con la madre
Florentina; porque pensar que se le poda sacar alguna palabra del
cuerpo a la hermana Mara de la Luz, era pensar lo imposible. Cuando
llegamos a casa, al tiempo de separarnos, la hermana San Sulpicio me
dijo:

--Oiga: podra proporcionarme esa novela de que me hablaba?

--La de Maximina?

--S: pedir permiso a la superiora y al confesor para leerla. Creo que
me lo concedern... Y si no me lo conceden, la leer de todos modos,
aunque me cueste una severa penitencia.

Me hizo rer aquella desenvoltura, y le respond:

--S, se la puedo dar a usted. Hoy mismo escribir a Madrid pidindola.

La casa del famoso inventor, la Fonda Continental, se haba llenado por
completo. En la mesa redonda comamos ya doce, y adems haba que contar
las monjas, que coman en su cuarto. Por la noche, aqul me vino a pedir
que consintiese poner en mi cuarto otra cama para un joven que acababa
de llegar de Mlaga.

--Pero, hombre de Dios, si apenas puedo revolverme yo!

Pues no haba ms remedio. El inventor tena o deca tener con aquel
joven un compromiso ineludible, y se empeaba, con humildad, s, pero
tambin con firmeza, en que se pusiera la cama. Yo me indign muchsimo
y le dije algunas palabras pesadas. Por lo visto, aquel loco saba
barrer para dentro. Su mirada de perro fiel haba llegado a causarme
repugnancia. La verdad es que si no hubiera sido por la simpata
invencible, que ya no poda ocultarme a m mismo, que me inspiraba la
hermana San Sulpicio, aquella misma noche me habra mudado de casa.
Sufr a regaadientes la introduccin de la cama, y no pude menos de
dirigir al intruso, que se paseaba solo por el patio, algunas miradas
colricas. Me dispuse a estar con l lo ms grosero posible.

Cuando lleg la hora de acostarse, fuime hacia el cuarto, me desnud y
me met en la cama. Poco despus de estar all, cuando an no me haba
dormido, lleg el intruso. Fing que dorma para no saludarle. A la
maana siguiente levanteme temprano y fui a misa, segn costumbre. l no
se despert.

Era un joven de veintisis a veintiocho aos: tuve ocasin de verle bien
paseando por la galera. Bajo de estatura y de color, cara redonda con
ojos pequeos y vivos de una expresin firme y aviesa que le haca desde
luego antiptico; pelo negro y lacio que ofreca al descubrirse una leve
y prematura calva en la coronilla. Vesta de un modo semejante a los
chulos, como sucede ordinariamente con los seoritos en Andaluca;
pantaln muy apretado, chaqueta corta y apretada tambin y hongo
flexible. Aprovechando un momento en que nos encontramos al pie del
manantial bebiendo el agua, me cre ya en el caso de dirigirle la
palabra.

--Tengo entendido que es usted mi compaero de cuarto, caballero.

--Eso parece--me respondi en tono resuelto no exento de impertinencia.

Un poco picado por l, le dije sonriendo:

--Por cierto que ha sido bien a mi pesar. No tena ninguna gana de
compaa.

--Pues qu haba usted de hacer! Quin tiene gana de que le
introduzcan una cua?

Puesta la conversacin en este terreno de franqueza un poco ruda,
seguimos platicando amigablemente mientras dbamos vueltas por la
galera. Mi compaero era un malagueo tan cerrado, como lo era
sevillana la hermana San Sulpicio. Hablaba de la _zeda_, mientras sta
hablaba de la _ese_. Fumaba sin cesar pitillo sobre pitillo y sin cesar
tambin escupa lanzando el chorrito de saliva por el colmillo, como
slo lo haba visto hacer hasta entonces a la plebe. No obstante, era
de una familia muy distinguida, hijo de un cosechero y exportador de
pasas, y se llamaba Daniel Surez. Hablamos del artculo en que su padre
y l comerciaban, y observ que posea ideas bastante prcticas, pero no
muy escrupulosas, en asuntos mercantiles. Tena un modo de producirse
resuelto, serio, un poco malhumorado y desdeoso. Jams rea, ni sonrea
siquiera. A pesar de esto no acababa de hacerse antiptico. Su franqueza
era un poco cnica; pero sus ideas siempre prcticas y razonables. Aquel
tono malhumorado que usaba se vea bien que proceda de su temperamento,
no de un espritu vanidoso. Le pregunt por el patrn y le habl de su
invencin famosa.

--S; es un loco mientras no se llegue a los cntimos--me respondi.--En
cuanto llega a los cntimos su razn se aclara de repente, y no hay
hombre ms lcido en media legua a la redonda. No tenga usted cuidado de
que se equivoque cuando le ponga la cuenta.

--Ms vale as, porque de otro modo, sus hijos...

--No tiene hijos. No tiene ms que a su mujer y una sobrina a quienes
hace trabajar como mulas de alquiler. A mi padre y a mi nos ha escrito
ya ms de cincuenta cartas pidindonos dinero para construir su can.
No se nos ha pasado por la tela del juicio drselo, por supuesto; pero
si se lo diramos, se quedara con ello, y pedira en seguida a otra
persona.

--Ayer, cuando me vino con la embajada de meter la cama de usted en mi
cuarto, estuve a punto de incomodarme de veras y dejar la casa.

--Hubiera usted hecho bien. Si usted se incomoda de veras, le deja en
paz a escape. Ira recorriendo todos los huspedes, hasta tropezar con
el tonto que necesitaba.

No me hizo maldita gracia lo del tonto; pero me call, esperando ocasin
de demostrarle que no lo era.

Cruzamos cerca de una joven elegante que vena paseando con un viejo. Mi
compaero la salud con mezcla de cortesa y displicencia, que era lo
que le caracterizaba. La joven, que era lindsima, aunque un poco
marchita ya, le clav una mirada dulce y risuea, como si le quisiera
fascinar.

--Quin es esta joven?--le pregunt.

--Pues esta joven--me contest lanzando el chorrito de saliva por el
colmillo--es hija de ese seor viejo, que se llama D. Serafn Blanco, y
viven en Mlaga, aunque son de Granada.

--Parece, a juzgar por la mirada que le ha echado, que no le es usted
enteramente antiptico.

--Ni usted tampoco, si es soltero...

--Tanta gana tiene de marido?

--Una mijita. Cuando su padre fue a establecerse a Mlaga, hace siete u
ocho aos, era un hombre rico: esta nia poda tener entonces diez y
seis aos, lo ms. Entonces era otra cosa. Con aquello de que su pap
tena cinco vapores en el muelle y arreaba cuatro jacos de primera
cuando sala a paseo, y en todas partes se presentaba soplando por la
trompeta, estaba la chica que cualquiera se acercaba a ella. El pap,
que la quera tanto como Dios quiere a su madre, la cumpla todos los
gustos, y, claro, la nia deca pa riba! Lleg a tener ms humo que
echa una locomotora. Se acercaron tres o cuatro muchachos, hijos de
labradores bastante acomodados, y... de codo!... Pero ese to ha dado
de c... hace dos aos. Todo aquello de los vapores y los jacos y los
bailes lo llev el aire: se quedaron con el da y la noche: los
pretendientes desaparecieron, los aos aumentaron, y naturalmente, la
nia, en vez de decir pa riba!, dice ahora pa bajo!... Conque si usted
quiere picar, ya sabe...

--Gracias.

--Phs! la nia, aunque madurita, no tiene mal aquel... vamos... Me
parece, sin embargo, que la pobrecilla ir a sentarse en el polletn?

--Qu es eso?

--No sabe usted lo que es el polletn?--pregunt, haciendo una mueca
rara y dejando escapar de la garganta un sonido ms raro an, que deba
de equivaler a una carcajada.--Pues es un lugar muy alto que hay all en
el cielo, donde van a sentarse las que mueren solteras.

Dimos algunas vueltas por el parque y observ que conoca mucha gente,
porque al parecer era mucha la que haba a la sazn, de Mlaga. Lo que
ms me sorprenda era la seguridad y precisin con que determinaba la
hacienda de cada uno de sus conocidos. Veamos, por ejemplo, una seora
con su hijo.

--El marido es comerciante en sederas. Tiene unos cuarenta mil pesos.

Encontrbamos a dos nias con sus novios respectivos.

--Ni una peseta; el palmito y nada ms.

Pasbamos cerca de un caballero anciano.

--Adis, D. Juan... Propietario rico; su labranza vale ms de cien mil
pesos.

Pareca que estaba dedicado exclusivamente a tasar los bienes ajenos.

Me repugn algo aquella srdida cualidad. A las pocas ms vueltas que
dimos acert a ver a las monjas, a quienes acababa de dejar el padre
Talavera, y me desped para acercarme a ellas.

--Vaya usted con Dios--me dijo con un acento donde cre advertir cierta
burla. Al mismo tiempo observ que se fijaba descaradamente, deteniendo
el paso para ello, en la hermana San Sulpicio.

La primera vez que volv a encontrarle, cuando bamos a sentarnos a la
mesa, me pregunt en tono frvolo y burln:

--Qu tal la monjita?

--Qu monjita?--pregunt a mi vez secamente, presto a irritarme.

--Pues cul ha de ser? Esa chatilla de los ojos negros que le trae a
usted dislocado.

--Que me trae a m dislocado?--repet, ponindome como una
cereza.--Vamos, usted est loco o quiere quedarse conmigo... y conmigo
no se queda nadie, se lo advierto. Yo conozco esas monjas desde hace
cinco o seis das. He sido llamado como mdico por la madre superiora,
despus las he acompaado alguna vez por cortesa. Nada ms que esto. Ni
yo estoy dislocado por nadie, y mucho menos por una monja, lo cual sera
un absurdo, ni tengo con ellas ms que un conocimiento superficial, como
los que aqu se engendran, ni he reparado si tiene los ojos negros o
azules, ni tiene sentido comn semejante cosa.

Dije estas palabras con energa y mostrando demasiado claramente mi
irritacin.

Surez me mir con sorpresa y respondi con acento mitad afectuoso,
mitad despreciativo:

--No se apure usted, buen hombre! Djelo usted correr, que ya parar.
Me han dicho por ah que le gusta a usted esa morena. No le gusta a
usted? Pues corriente. A m s; porque es una mujer castiza, sabe
usted? de esas que al llamarlas dicen con la mano vuelvo!

--A m no me apura una broma de ese gnero--dije sosegndome y un poco
acortado.--Pero se trata de una monja, y ya comprender usted que los
que tenemos creencias no podemos tolerarlo. Sera feo y repugnante
hablar de una religiosa como de una mujer cualquiera.

--Pues mire usted, amigo--me respondi con mucha calma, soltando el
consabido chorrito por el colmillo,--al verle a usted tan bravo,
cualquiera dira que le han tocado en lo vivo. Si es as, a ello! Yo le
doy la absolucin... Oiga usted: le prevengo que no ha sido ocurrencia
ma. Todo el mundo dice por ah que le hace usted la rosca a la monjita:
conque ojo!

Respond con un gesto desdeoso; pero en realidad me puso inquieto la
noticia.

--Esas monjas hacen voto de castidad para siempre?

--No, seor; los renuevan cada cuatro aos.

--Toma! Pues ya s yo de una que al tocar a renovar va a decir hasta
luego!

No quise recoger la alusin, y encauc la conversacin por otros sitios.
Cuando qued solo despus de esta pltica, me sent fuertemente
desasosegado. Por un lado la noticia de que mi amistad con las monjas
llamaba la atencin de los baistas hasta el punto de juzgarme enamorado
de una de ellas, me molestaba de un modo indecible. Renegaba en mi
interior de la suspicacia malvola que parece inherente al corazn
humano en todos los pases, y protestaba con irritacin de esa tendencia
a ver el lado malo en las acciones de los dems, y atribuirlas siempre
un mvil interesado o mezquino. Despus de todo, qu tena de
particular, vamos a ver, que yo, siendo amigo y mdico a la sazn de la
madre superiora, viviendo en la misma casa que ellas, las acompaase
alguna vez en el paseo? Si fuesen viejas las tres, diran algo aquellas
malas lenguas?... Pero en tal momento cruz por mi mente un pensamiento
contestando a esta reflexin: Si fuesen viejas las tres, las
acompaaras t tan asiduamente? Tuve que confesarme que no. Si las
tres fuesen viejas las acompaara menos, y si fuesen todas como la
madre Florentina casi nada.

Luego no haba duda; a m me gustaba la hermana San Sulpicio. Pero,
hombre, ahora estamos en esas? me dijo el pensamiento respondn al
llegar a este punto. Cunto tiempo hace que ests enamorado de
ella!--Cmo enamorado?... Alto, alto!... no transijo...--S, s,
enamorado! Pues si no estuvieses enamorado, por qu te habas de
levantar a las cuatro de la maana? Por qu habas de ponerte de un
humor tan endiablado cuando no la encuentras en el paseo? Por qu, en
fin, sientes ahora tal regocijo al escuchar de otros labios lo que t
has pensado ms de quinientas veces en seis u ocho das, que la hermana
no est atada para siempre por un voto?

Tendra gracia! exclam despus de haber meditado un rato, sonriendo a
una idea que me asalt de pronto. Me propuse, sin embargo, ser ms
cauto, procurando aparecer las menos veces posible en pblico con las
monjas. En cambio me esforzaba por que los ratos de conversacin dentro
de casa se prolongasen. Aun escuchando las fastidiosas disertaciones de
la madre sobre sus mltiples enfermedades, me placa permanecer en su
cuarto. Los ojos de la hermana San Sulpicio disertaban en tanto sobre
cosas tan lindas!

Un da, poco despus de llegar del manantial, estando sentados un
momento en el patio, le pregunt:

--Cul es la verdadera gracia de usted?

--Jess, la verdadera! Pues tengo alguna falsa?

--Nada de eso--respond riendo.--Toda la que usted tiene (y tiene usted
muchsima) es legtima, de pura raza andaluza.

--Vaya, vaya, ya se ha callado usted; si no, me levanto y le dejo en
poder de la madre, que se encargar de ponerle menos alegrito.

--No, por Dios!

--Pues callando.

--Dgame usted cmo se llamaba antes de ser religiosa.

--Para qu quiere usted saberlo? De todos modos, no puede llamarme de
ese modo, ni yo puedo responderle.

--No importa, lo guardar en el fondo del pecho y all lo tendr sin
comunicrselo a nadie, como un recuerdo precioso de usted.

--Anda! Cualquiera dira que es usted gallego! Con esas palabritas
gitanas, ms parece usted un gaditano.

--El nombre?

--Nada, no quiero que se lo guarde usted en el pecho. Le va a producir
catarros.

--Guasitas, eh?

--Adems, quin sabe los que tendr usted ya ah almacenados! Una
religiosa tiene que mirar mucho la compaa...

Despus, quedndose un momento pensativa, sugerida la idea sin duda por
la asociacin, me pregunt:

--Va usted al baile esta noche?

--Al baile del Casino?

--Sin duda.

--Pues s, seora, tal vez d una vuelta por all... En estos sitios de
baos hay tan pocos recursos para distraerse, que si uno no aprovecha
las fiestas... Sin embargo, si usted no quiere, no ir.

--A m qu me importa que usted vaya o no vaya?--respondi con viveza;
pero volviendo sobre s de repente, aadi:--Digo, no, perdneme usted y
que me perdone Dios; he dicho una necedad. Los bailes son lugares de
perdicin y debemos desear que no vaya a ellos nadie.

--Entonces no los habra... De modo que no quiere usted que vaya.

--Si usted me consulta, tengo el deber de aconsejarle que no vaya--me
respondi adoptando por primera vez un tono sumiso y monjil que no le
cuadraba.

--Bien, puesto que usted no quiere, no ir; pero en cambio me va usted a
decir cmo se llamaba.

--Ya pide usted rditos? Las buenas acciones las premia Dios en el
cielo.

--Y a veces en la tierra, por conducto de sus elegidos. Sea usted el
conducto de Dios en este momento, hermana.

Me mir con la misma expresin curiosa y burlona de otras veces, baj
despus la vista y, trascurrido un momento de silencio, levantose de la
silla para subir al cuarto. Con el mayor disimulo la retuve suavemente
por el hbito, diciendo al mismo tiempo en voz de falsete:

--Cmo se llamaba usted?

--Chis, suelte usted!

Y dando un tirn se alej, no sin dirigir una rpida mirada de temor a
la madre.




IV

Peteneras y seguidillas.


Oh diablo! Estara galanteando a la hermana San Sulpicio? La impresin
que saqu de esta pltica por lo menos fue sa. Y si debo declarar la
verdad entera, me pareca que la monja escuchaba los galanteos sin gran
horror.

La idea despert en m una sensacin extraa en que el placer se
mezclaba con el susto. Fue una sensacin viva, un estremecimiento
voluptuoso junto con la sorpresa, el temor, el remordimiento, que me
puso inmediatamente inquieto; pero con una inquietud suave, deliciosa.
Yo tengo un temperamento esencialmente lrico, como he tenido el honor
de manifestar, y todos adivinarn fcilmente los estragos que una idea
semejante puede hacer en tales temperamentos. No hay joven poeta que no
haya soado alguna vez con enamorar a una monja y escalar las tapias de
su convento en una noche de luna, tenerla entre sus brazos desmayada,
bajarla por una escala de seda, montar con ella en brioso corcel y
partir raudos como un relmpago al travs de los campos, a gozar de su
amor en lugar seguro. No s si este sueo potico est inspirado por el
espectculo del _Don Juan Tenorio_, o si nace espontneamente en los
corazones lricos; pero ninguno de ellos me negar que lo ha tenido, y
yo el primero. Puede considerarse, pues, la emocin y el anhelo con que
descubr aquel sacrlego galanteo.

Pero mis sueos tomaron al instante otra direccin ms prctica que la
de escalar el convento y arrebatar de su celda a la hermana. En estos
tiempos hay que contar con la influencia funesta que sobre la poesa
ejerce la guardia civil. Si no se cuenta con ella es facilsimo dar un
disgusto terrible a la familia. En vez del escalamiento me pareci ms
factible, si no tan sabroso, gestionar la salida de la hermana por la
puerta principal del convento, para lo cual me propuse averiguar si
estaba dispuesta a renovar sus votos cuando llegase el plazo. Porque,
dada su edad, no podan an haber trascurrido los ocho aos necesarios
para hacer el voto perpetuo... A no ser que lo hubiese hecho la primera
vez. Este pensamiento me sobresalt. Aprovech la primer coyuntura para
entrar en conversacin aparte con la superiora. Con cierta astucia, que
no haba reconocido en m hasta entonces, fui llevndola adonde era mi
propsito, y pude averiguar una noticia que hizo brincar a mi corazn.
La hermana San Sulpicio necesitaba renovar sus votos en el mes entrante,
que era cuando terminaban los cuatro aos. Segn lo que pude colegir de
las vagas indicaciones de la madre, no haba gran seguridad de que lo
hiciese. Halagando la pasin desenfrenada que sta tena por hablar,
logr que me relatase la historia de la graciosa monja. No necesito
advertir que primero le ped la de la hermana Mara de la Luz. El amor
me haca un diplomtico sutilsimo.

La hermana San Sulpicio se llamaba en el mundo Gloria Bermdez. Su padre
haba muerto cuando ella contaba solamente nueve o diez aos de edad.
Era un comerciante rico de Sevilla. Su madre, una seora muy piadosa que
poco despus de la muerte de su esposo llev a la nia a educarse de
interna en el colegio del Corazn de Mara. Desde aquella fecha hasta la
presente, la hermana slo haba pasado fuera del convento algunas
temporadas, casi siempre para reparar la salud.

--De suerte que se le manifest en seguida la vocacin?--pregunt con
temor.

--Oh, no! La hermana San Sulpicio ha sido siempre una criatura traviesa
y rebelde. No puede usted figurarse lo que me ha dado que hacer
mientras fue educanda! Jess, qu chica! Pareca hecha de rabos de
lagartijas. Aun hoy habr usted advertido que su carcter es bastante
distinto del de su prima. sta s que desde muy tiernecita deca lo que
haba de ser: siempre tan quietecita! tan suave! tan modesta!... Yo
creo que no se la ha castigado en la vida... Luego, si viera usted qu
piadosa! Cuando las dems estaban en el recreo, ella se iba a la capilla
solita y pasaba en oracin el tiempo que las otras empleaban en
divertirse. Jams tuvo una mala contestacin para sus maestras ni ri
con sus compaeras. Donde la ponan, all se estaba... Lo mismo que hoy,
no lo ve usted?

--S, s... La otra nada de eso, eh?--dije sonriendo estpidamente.

--La otra?... Madre del Amparo, qu torbellino! Bastaba ella sola para
revolver, no una clase, sino todo el colegio. Los castigos y penitencias
nada servan con ella. Al contrario, yo creo que era peor castigarla.
Muchas veces estaba de rodillas pidiendo perdn a la comunidad y se rea
a carcajadas, o entraba en las clases a besar el suelo y con sus muecas
armaba un beln en todas ellas. Las veces que habr adelantado el reloj
para que llegase primero el momento de recreo! No se poda estar
tranquila tenindola a ella en la clase. Cuando no pellizcaba a las
compaeras, les escriba cartitas amorosas poniendo la firma de un
hombre, o les mandaba retratos de la hermana que les daba leccin,
hechos con lpiz. Cuando la dejaba cerrada en la buhardilla, haca seas
y muecas a las oficialas de un taller de modistas que haba enfrente.
Una vez encendi todos los cirios que tenamos all en depsito, se
prendi fuego a una estera y por poco no ardemos todas. Con decirle a
usted, seor doctor, que una vez lleg a poner la mano en una hermana!
Era una nia medio loca... Muy dispuesta, eso s; lo que no aprenda era
porque no quera aprenderlo. En una hora de trabajo haca ella ms que
otras en cuatro... y bien hecho, no vaya usted a creer. Tiene unas manos
de oro para bordar, y para los estudios una comprensin tan rpida que
pasma. Hoy, sin agraviar a nadie, se puede decir que es la mejor
profesora que tenemos... Hasta en los deberes religiosos se conoce que a
esta criatura le ha faltado siempre algn tornillo. Generalmente ha sido
un poco descuidada en el cumplimiento de ellos; pero a temporadas de dos
o tres meses se le enciende de tal modo el corazn en amor de Dios, que
no hay nadie en el colegio que la pueda seguir en sus oraciones y
penitencias... Apenas come, apenas habla, pasa las horas que tiene
libres arrodillada en su celda, y por los pecados ms pequeos se
humilla de tal modo a nosotras y llora con tantas lgrimas que realmente
parece una santa. Pero a lo mejor cambia el viento y vuelve a ser la
misma chica alegre y bulliciosa de siempre. Claro est que desde que es
religiosa ha mudado mucho; se conoce que la pobre procura dominarse.
Pero como, segn dicen, genio y figura hasta la sepultura, cierto modo
de hablar desenvuelto y alegre, que a usted le habr sorprendido en una
monja, no ha podido reformarlo. Cuando la reprendo me saca a Santa
Teresa, que opina que la piedad no se opone a la alegra y buen humor...
Y la verdad es que hoy por hoy ella cumple como todas y en algunas cosas
mejor que todas. En el colegio todas la quieren, y las nias se mueren
por ella, tanto que hay que cambiarla a menudo de clase, porque por la
regla nos est prohibido tener preferencias en el cario, y la hermana
San Sulpicio no puede menos de tenerlas por su carcter apasionado... Le
ha costado algunos disgustos a la pobre... All en Vergara...

--S, s; ya me ha contado ella cmo se haba enamorado de una nia...
Uno de los ms duros deberes para ustedes sin duda ha de ser el de no
poder profesar cario a nadie... Y no teniendo as una vocacin bien
determinada, y hallndose, como usted dice, en buena posicin, cmo es
que esa nia se ha hecho monja?

--No he dicho que careciese de vocacin. No era tan clara como la de su
prima, pongo por caso, pero s la tena. Estas decisiones son demasiado
graves para que se tomen sin vocacin... Creo, sin embargo, que algo
habr ayudado el no llevarse muy bien con su madre... Al parecer, son
genios opuestos.

Esta pltica sirvi para despertar an ms mi aficin.

La posibilidad que se me ofreca repentinamente de poder amar sin
sacrilegio a la saladsima hermana y de ser amado por ella, fue un rayo
de sol que ilumin mi espritu y lo ba de alegra. Excitada de sbito
mi imaginacin, me consider ya como novio de la monja, y saltando por
encima de todos los pasos que deban, como es lgico, preceder a este
beatfico estado, me recreaba pensando en la originalidad de conducir al
tlamo a una religiosa. Consideraba con placer cun afortunado poda
llamarme, hoy que los antecedentes de una mujer constituyen un problema
para el que se casa, pudiendo recibirlos tan limpios y puros. Veame en
m casita, a su lado, escuchando aquel gracioso acento andaluz que tanto
me cautivaba, recordando tal vez con risa los curiosos pormenores de
nuestro conocimiento, tal vez interrumpidos en nuestra pltica por el
juego ruidoso de algunos nenes...

Cuando despert de aquel sueo feliz, no pude menos de pensar que para
llegar a all an quedaba mucho camino. No obstante, me sent con nimos
para emprenderlo, y tom la resolucin de trabajar a la monja hasta
conseguir que renunciase al claustro o cambiase su celda por otra ms
amplia donde cupisemos los dos. Adems del ningn enojo con que reciba
mis atenciones y galanteos, advert en ella ciertos sntomas sin duda
favorables al cambio de estado. Por ejemplo, la hermana senta una
pasin decidida por los nios. Apenas vea uno en brazos de la niera,
ya le brillaban los ojos, mirbalo con atencin insistente, sonrea a la
portadora y no paraba hasta que se acercaba a l, lo acariciaba y le
haca bailar sobre sus brazos. Para congraciarse con ellos y tambin con
sus mamas, llevaba consigo siempre buena provisin de bolsitas de seda
con unos Evangelios dentro, que colgaba al cuello de los nenes para
preservarlos de peligros y que fuesen con el tiempo buenos cristianos.
Hasta los chiquillos ms feos y ms sucios le llamaban la atencin. Un
da encontramos en la carretera uno de tres o cuatro aos de edad
revolcndose en el polvo, en cuya delicada operacin pareca encontrar
gran deleite, a juzgar por las risotadas que daba de vez en cuando,
sobre todo cuando el polvo se le meta por los ojos y las narices.

--Mire usted, por la Virgen, esta criatura--exclam la hermana San
Sulpicio.--Mire usted, madre, lo que est haciendo.

Y se acerc a l y le levant por un brazo.

--Hola, compadre, le sabe a usted muy dulce? A que es ms dulce este
caramelo?

El nio la mir con espanto y no llev la mano al que la ofreca. Hizo
pucheritos y estuvo a punto de llorar.

--Tontisimo! Lloras porque te doy golosina? Qu haces entonces cuando
te azotan?

Ella misma quit el papel al caramelo, le abri la boca al chiquillo y
se lo meti dentro. Al paladear el saborcillo grato, el nio se humaniz
un poco. Sin embargo, segua mostrando en los ojos un sobresalto que
concluy por hacernos rer.

--Vives aqu cerca?

El nio baj levemente la cabeza en seal de asentimiento.

--Dnde est tu casa?

Alz la manecita sin hablar y apunt a una casucha que se alzaba no muy
lejos sobre la misma carretera.

--Llvame, anda.

Y le cogi de la mano dirigindose hacia ella. Era de ver el
encogimiento singular y la expresin de dolor y angustia con que el
chiquillo caminaba, lo mismo que si le fuesen a ahorcar. La hermana no
haca alto en ello.

--Vamos, quin es tu madre, sa?--le pregunt mostrndole una mujer que
a la puerta de la casa se hallaba en pie, mirndoles con
enternecimiento.

--Mama!--grit el nio con angustia.

--Qu te pasa, hijo?--dijo la madre riendo.

--An tiene miedo a las monjas, pero ya se le ir quitando--dijo la
hermana.--Todava hemos de hacer muchas migas, verdad, buen mozo?...
Seora, me deja usted ir a lavar el chico? Porque as no hay alma que
le d un beso.

La madre se puso colorada.

--No crea usted que le he dejado de lavar, que le he lavado dos veces
hoy, seora; pero este arrastrao no s dnde se ensucia tanto.

--Pues yo s: revolcndose en la carretera.

--Ah pcaro!

--Corre, corre, que te pega tu madre!

Y arrastr riendo al chico, que caminaba ahora de bonsima gana, hacia
una fuente prxima, y all le lav y le pein con las manos todo lo
esmeradamente que pudo.

Pues digo que, por estos y otros sntomas semejantes, me pareca que la
hermana no estaba haciendo una esposa de Cristo modelo; esto sin tratar
de ofenderla. Y comenc a gestionar el divorcio con ahnco, pues no hay
nada que peor parezca que un matrimonio malavenido. Lo primero que hice,
el mismo da en que la madre me comunic los pormenores mencionados, fue
procurar adelantarme un poco en el paseo en su compaa, y cuando
comprend que no poda ser odo por las otras monjas, decirle a boca de
jarro:

--Diga, hermana, piensa renovar los votos el mes prximo?

La pregunta estaba hecha para turbarla, y merced a su turbacin
averiguar algo de lo que acaeca en su espritu. Pero yo no haba estado
en Andaluca, ni tena idea de lo que es una sevillana.

--Y a usted qu le importa?--me contest sin alterarse poco ni mucho,
mirndome con expresin maliciosa a los ojos.

El que se turb fui yo, y no poco.

--A m, nada... digo, s, mucho, porque todo lo que se refiera a usted
claro! me interesa! claro!...

--Oscuro! digo yo, oscuro! Por qu le ha de interesar a usted que una
religiosa renueve sus votos?

Deb espetarle en aquel momento la declaracin que tena preparada, no
lo creen ustedes as? La ocasin era que ni encargada. Pues no me
atrev, ea, no me atrev! En vez de decirle: Porque yo la adoro a
usted, y sera para m una horrible desgracia esa renovacin que me
arranca toda esperanza de ser algn da amado por usted, comenc a
balbucir como un doctrino, concluyendo por decir una sarta de necedades
que slo al recordarlas me pongo colorado.

--Porque a m me complacera que usted los renovase... vamos... que
usted los renovase con gusto... No es decir que lo haga sin gusto...
vamos... Pero yo creo que cuando se hace un voto como se con vocacin,
puede pasar... pero cuando se hace sin ella, debe de ser una gran
desgracia... Porque es muy serio... Caramba si es serio!

Cuando yo deca esto, ella pareca muy lejos de estarlo. Mirbame con
ojos donde chispeaba la gana de soltar una carcajada. Par, pues, en
firme la lengua, y ms colorado que un pavo tos tres o cuatro veces
hasta reventar, supremo disimulo que hall entonces, y le pregunt,
afectando gran dominio de m mismo, cuntos vasos haba bebido ya.

Entablamos una conversacin indiferente. Sin embargo, a los pocos
momentos ella misma volvi a sacar la otra. Nos habamos sentado en un
banco del parque. Enfrente, sentadas en otro, estaban la madre, la
hermana Mara de la Luz y una seora, de Sevilla tambin, que estaba
tomando las aguas, llamada D. Rita. En una pausa me pregunt:

Conque usted deseaba saber si pienso renovar mis votos, verdad?

--S, seora--le respond sorprendido.

--Pues voy a satisfacerle a usted la curiosidad. No, seor, no pienso
renovarlos.

--Caramba, cunto me alegro!

--Puedo decirlo sin pecado--aadi sin hacer caso de mi
exclamacin,--porque es mi propsito firme desde hace tiempo, y as se
lo he comunicado al confesor. Quiere usted saber ms, fisgn,
chinchosillo?

--S, seora--repliqu riendo;--quiero saber por qu, no teniendo
vocacin... Digo, me parece que no la ofendo a usted.

--No, seor, no me ofende usted. Adelante.

--Por que, no teniendo vocacin, se ha hecho usted monja.

--Oh! Eso es largo de explicar--dijo ponindose repentinamente
seria.--Adems, esas cosas slo se pueden decir a personas de mucha
confianza... y usted es un amigo de ayer.

--Cmo de ayer?

--Bueno, de anteayer... es igual.

--Pues aunque soy tan reciente, crea usted que lo soy de veras, y que
tendra placer muy grande en demostrrselo... aunque fuese con cualquier
sacrificio... Porque usted es muy simptica a todo el mundo por su
carcter franco y espontneo, pero crea usted que a m lo es ms que a
nadie... A los que nacimos y vivimos en el Norte, esa espontaneidad, esa
gracia que tienen las andaluzas nos causa una impresin inexplicable. De
m s decirle que no encuentro msica ms grata que el acento de usted.
Me pasara las horas muertas oyndola hablar. Y no slo por la gracia y
el encanto que tienen sus palabras, sino porque adivino en usted un
corazn tierno y apasionado...

Este era el camino ms despejado para llegar a una declaracin. Creo que
hubiera llegado sin mayor tropiezo a ella si no se hubiese presentado
inopinadamente delante de nosotros aquel maldito chiquillo que el da
anterior habamos hallado en la carretera.

--Perico!--exclam la monja levantndose.--Pero qu cara es sa, nio?
Dnde te has metido, lechoncillo?... Seores, miren ustedes qu
cara--aadi cogindole por la cabeza y presentndonoslo,
sonriendo.--Habr cosa ms chistosa en el mundo? No da ganas de
comrselo?

Y sucio y asqueroso como estaba, le reparti en el rostro unos cuantos
besos. Despus, limpindose la boca con movilidad pasmosa, arrepentida
de haberlo hecho, comenz a insultarle.

--Sucio! gorrino! a ver si te vienes conmigo ahora mismito para que te
friegue los hocicos. No tienes vergenza ni quien te la ponga.

Y cogindole de la mano bruscamente, lo llev medio a rastras en
direccin del ro. El chiquillo, en veinticuatro horas haba tomado con
ella gran confianza, y se dejaba conducir sin resistencia. Poco despus
la vimos all abajo, a la orilla, lavndole con ademanes tan bruscos,
sacudindole tan vivamente que a todos nos hizo rer. Aunque no se oan
sus palabras, notbase de sobra que le segua increpando duramente.

Esto suceda en sbado. El mircoles de la semana siguiente tenan
pensado irse. Era, pues, indispensable aprovechar aquel corto plazo para
conseguir lo que ya abiertamente me propona, esto es, que la hermana me
diese algunas esperanzas de quererme a la salida del convento. A la
maana siguiente, como viniese de casa con ellas hasta el manantial,
encontr a Daniel Surez, mi compaero de cuarto. Me desped para dar
algunos paseos con l por la galera. Ya he dicho que procuraba
presentarme en pblico las menos veces posible en compaa de las
monjas. Las salud con aquella displicencia y mirada cnica que tanto me
desplaca. As que no pude menos de abocarle con cierta frialdad.

--Buenos das, amigo. Le ha pedido usted la conversacin ya a la
monjita?

--Cmo la conversacin? Claro est, puesto que todos los das hablo con
ella.

--No me entiende usted. Pedir la conversacin, en mi tierra y en la
suya, es decirle que se estn pasando unas ducas muy grandes por ella.
S'anterao ut?

--No, seor; no s lo que son ducas.

--Faitigas.

--Ah! Pues no; an no se lo he dicho, ni he pensado jams en ello.

--Lstima que esa nia se haya metido monja. Yo conozco a su familia. Es
hija de un comerciante de la calle de Francos que ha dejado lo menos dos
millones. La viuda dicen que vive con un seor... sabe usted?... un
seor. Y hay quien dice tambin que a la nia la han metido entre los
dos medio a rastras en el convento.

Ahora debo recordar que, aunque poeta, soy gallego. En el fondo de mi
naturaleza se encuentran tan bien casadas estas dos cualidades, que casi
nunca se mortifican o se daan. El gallego sirve para refrenar los
mpetus exagerados del poeta. El poeta ejerce el bello destino de
ennoblecer, de dar ritmo armonioso a la existencia. Pues bien, al
escuchar las palabras de Surez, el gallego me hizo ver inmediatamente
el aspecto prctico del asunto, que el poeta tena olvidado de un modo
lamentable. Dos millones! Las gracias de la hermana, ya muy grandes,
crecieron desmesuradamente con aquella repentina aureola de que la vi
circundada. El gozo se me subi a la cabeza, y no tuve la precaucin de
disimularlo.

--Pues, amigo Surez--dije echndole el brazo por encima del hombro, en
un rapto de expansin,--todava puede remediarse todo.

El malagueo volvi hacia m la cabeza un poco sorprendido.

--An puede remediarse, porque la hermana no parece muy dispuesta a
consagrarse a Dios por toda la vida.

--De veras?--pregunt con acento indefinible, sonriendo como a la
fuerza.

--Hombre, cree usted que una mujer con esos ojos asesinos... y ese
aire... y esa gracia, ha nacido para encerrarse en un claustro?

Alz los hombros desdeosamente.

--Y no tiene usted ms datos que esos para creer lo contrario?... Es
poco, compadre--dijo, dando un chupetn al cigarro y soltando el
consabido chorrito de saliva.

Me hiri aquel acento desdeoso, y no pude reprimir un desahogo de la
vanidad.

--Hay ms, hay ms, querido. Tengo su palabra terminante.

--Palabra de matrimonio?--pregunt con sorna.

--No, palabra de salir del convento.

--Si puede.

--Ya haremos lo posible por que pueda--repuse con fatuidad.

Qued pensativo, y seguimos paseando un rato en silencio. Al cabo,
comenz, como suele decirse, a meterme los dedos en la boca, y vomit
cuantas menudencias de significacin o insignificantes haban acaecido
entre la hermana y yo en los breves das que la trataba. Senta yo el
gozo de todo enamorado en abrir el pecho y poner de manifiesto mis
alegras, temores y esperanzas. Medianamente satisfecho debi de quedar
el malagueo de aquellas confidencias, a juzgar por la afectada
indiferencia con que despus me habl de otros asuntos enteramente
apartados del que me preocupaba; tanto que no pude menos de preguntarle
con zozobra:

--Y respecto a la hermana, amigo Surez, cree usted que mis esperanzas
tienen alguna base, o ser todo engao de la imaginacin?... Porque ya
sabe usted... cuando a uno le gusta cualquier mujer, todo lo convierte
en sustancia.

--Phs... Me parece que la hermanita es una chicuela con un puchero de
grillos en la cabeza. Ni sabe lo que quiere, ni por lo visto lo ha
sabido en su vida. Al cabo har lo que le manden... Conozco el pao.

Me molestaron grandemente aquellas palabras, no tanto por el desprecio
que envolvan hacia la mujer que me tena seducido, como por encontrar
en ellas alguna apariencia de razn.

Poco despus, como tratase de despedirme de l para unirme de nuevo a
las monjas, me retuvo por el brazo.

--Vamos, hombre, no haga usted ms el oso!--dijo riendo.--No le parece
a usted que basta ya de guasa?

--Cmo guasa?--exclam confuso.

No contest y seguimos paseando. Al cabo de unos momentos, la vergenza
que se haba apoderado de m, hizo lugar a la clera.

Y quin es este majadero para intervenir en mis asuntos, ni para
hablarme con tal insolencia? Vaya una confianza que se toma el
mozo!...

Cada vez ms irritado, no respond a algunas observaciones que comenz a
hacer sobre la gente que paseaba, y al cruzar otra vez a nuestro lado
las monjas, me apart bruscamente, diciendo con el acento ms seco que
pude hallar:

--Hasta luego.

--Vaya usted con Dios, amigo--le o decir con un tonillo tan
impertinente que me apeteci volverme y darle una bofetada.

La vista de la hermana y su encantadora charla hzome olvidar pronto
aquel momentneo disgusto, si bien no pudo apagar por completo la
excitacin que me haba producido. Manifestose esta excitacin por un
afn algo imprudente de traer de nuevo a la hermana a la conversacin
del da anterior, para lo cual procur que nos adelantsemos otra vez en
el paseo. Ella, sin duda, prevenida o amonestada por la madre, o por
ventura obedeciendo al sentimiento de coquetera que reside en toda
naturaleza femenina, mucho ms si esta naturaleza es andaluza, no quiso
ceder a aquella tcita insinuacin ma. No se apart un canto de duro de
sus compaeras mientras paseamos. Y fue en vano que las llevase al
parque, pues sucedi lo mismo. Sin embargo, cuando volvimos a casa tuve
la buena fortuna de poder hablarla un rato aparte, gracias a Perico, el
chiquillo de marras, con quien casualmente tropezamos. Verle y
apoderarse de l, y sonarle y limpiarle la embadurnada cara con su
pauelo, fue todo uno para la hermana. Para ello tuvo necesidad de
quedarse un poco rezagada, y yo, claro est, interesadsimo tambin por
el nio, me qued a su lado. Terminado el previo y provisional aseo, la
hermana le prometi darle dos almendras si se vena con ella a casa, y
Perico, de buen grado, consinti en perder de vista sus lares por
algunos minutos. Tomole de la mano, y yo, por no hacer un papel
desairado, le tom por la otra, y comenzamos a caminar lentamente
llevndole en medio. Confieso que maldita la gracia que me haca aquel
chiquillo sucio y haraposo, feo hasta lo indecible; pero quien me viese
en aquel instante llevndole suavemente, sonrindole con dulzura,
dirigindole frases melosas, pensara a buen seguro que le adoraba.

Como ya he dicho que estaba algn tanto excitado y deseaba con extrao
anhelo declarar mis sentimientos a la hermana, cog la ocasin por los
pelos en cuanto se present.

--Di, chiquito, te acordars de m cuando me vaya, o te acordars tan
slo de los caramelos?--preguntaba bajando la cabeza hasta ponerla a
nivel de la del nio.

ste, con su ferocidad indmita, bajaba ms la suya, sin dignarse
responder.

--Di, to silbante, sientes o no que me vaya?

--Oh, Gloria!--exclam yo entonces con voz temblona.--Quin no ha de
sentir perderla a usted de vista?

La monja levant la cabeza vivamente y me mir de un modo que me turb.

--Oiga usted, quin le ha dicho que me llamo Gloria?

--La madre.

--Valiente charlatana! Y no sabe usted que nos est prohibido
responder por nuestro nombre antiguo?

--Lo s, pero...

--Pero qu?

--Me complace tanto llamarla por ese nombre, que aun a riesgo de
incurrir en el enojo de usted...

--No es en mi enojo, es en un pecado.

--Pues bien, que me perdone Dios y usted tambin; pero si algo puede
disculpar este pecado, debo decirle que cada da la voy considerando a
usted menos como religiosa y ms como mujer... S, Gloria, mientras he
imaginado que sus votos eran indisolubles, la miraba a usted como un ser
ideal, sobrenatural, si se puede decir as; pero desde el momento en que
entend que era posible romperlos, se me ha ofrecido con un aspecto
distinto, no menos bello, por cierto, porque lo terrenal, cuando es
dechado, como usted, de gracia y hermosura, se confunde con lo
celestial. Hay en sus palabras, en sus actitudes todas un atractivo que
yo no he observado jams en ninguna otra mujer... Si usted viese o
leyese ahora en mi interior...

--Huy, huy!--grit el nio, a quien yo, al parecer, con la vehemencia
del discurso, estaba apretando la mano hasta deshacrsela.

--Ay, pobrecito, perdona!--dije apresurndome a acariciarle.

La hermana solt una carcajada tan fresca, tan argentina, tan deliciosa,
que yo, en vez de turbarme, me sent sacudido con dulce y grata
vibracin y segu cada vez ms sofocado describindole con locas
hiprboles la impresin que en mi causaba su hermosura. Era una
declaracin en regla, viva, apasionada, anhelante, como el hombre que a
todo trance quiere decir una cosa y teme que el tiempo no le alcance. A
la vez llena de incoherencias ridculas. Tan pronto le pintaba un amor
platnico, espiritual, sin pizca alguna de sensualidad, como, abriendo
la vlvula a lo que, en realidad, dentro de m pasaba, apareca
subyugado, rendido por sus ojos excitantes y su figura de estatua
griega. Unas veces me inclinaba a la melancola y hablaba de la muerte y
casi se me saltaban las lgrimas. Otras, animado por un soplo de
esperanza, conceba mil ilusiones y prescinda de su estado, y me
entretena a pintar mi felicidad si ella me diese alguna esperanza.

No s el tiempo que habl, pero s que solt muchas, muchsimas cosas, y
dicho sea prescindiendo momentneamente de la modestia, enmedio del
desorden extraordinario de las ideas, de algunas repeticiones y no pocas
reticencias de que estaba sembrado el discurso, me figuro que estuve
elocuente. De vez en cuando haca paradas, esperando que ella
respondiese algo; pero en vano. La graciosa monja, por primera vez desde
que la conoca, me pareci un poco confusa y avergonzada. Por supuesto
que, en tres o cuatro ocasiones, los gritos de Perico me advirtieron que
le estaba apretando la mano muy ms de la cuenta. Esto me enfriaba
repentinamente; pero mi entusiasmo era tan grande, que pronto recuperaba
el calor y segua desbocado, perdido.

Cuando no tuve ms que decir, call. El silencio pertinaz de la monja me
dej avergonzado. Hubiera preferido una de aquellas salidas burlonas en
que era maestra. Pero no se hizo esperar. Doblando el cuerpo y acercando
la cabeza a la del muchacho para acariciarle, le dijo con tonillo
ligero:

--Te duele la mano, pobrecito? Bien empleado te est, por drsela a
gente que tiene los malignos en el cuerpo!

Aquella burla no me mortific. Al contrario, sin saber por qu, me sent
gratamente impresionado, y ya me dispona a tomar pie de ella para
insistir en mi fogosa declaracin, cuando nos sorprendi una voz que
son a nuestra espalda.

--Le veo a usted muy inclinado a los nios, amigo Sanjurjo.

Era el malagueo, que nos haba alcanzado. Me volv y advert en su
rostro una sonrisa irnica que me crisp. Al mismo tiempo dirigi su
mirada insolente a la hermana, que tambin se haba vuelto. Pero ella,
sin turbarse poco ni mucho, le clav otra clara, insistente, un poco
provocativa, como quien adivina un enemigo y lo desafa.

--S que me gustan. Y a usted, no?--respond con frialdad.

--A m me gustan ms las nias--contest brutalmente, sin dejar de mirar
a la hermana.

Si hubiera observado la expresin iracunda y despreciativa que debi
presentar mi rostro en aquel instante, tal vez habra un serio
conflicto. Por fortuna, yo no le preocupaba a la sazn poco ni mucho. Se
puso al lado de la hermana y, con el aplomo cnico que le caracterizaba,
trab conversacin con ella.

--Usted es sevillana, verdad?

--Para servir a usted.

--S, me parece que he conocido en Mlaga a una parienta de usted. No
tiene usted una prima que se llama Mara Len?

--Es ta ma, prima de mi madre. Es usted de Mlaga?

--S, seora.

Y sigui la conversacin, animndose cada vez ms, l con una amabilidad
que a m me pareca brutal, soltndole el humo del cigarro a la cara;
ella con perfecta naturalidad, como si le hubiera conocido toda su
vida. Afortunadamente estbamos ya cerca de casa, y no tardamos en
llegar. De otra suerte, mi papel no hubiera sido muy airoso.

Por la tarde, en el paseo, volvi a acompaarlas, y yo me sent por ello
fuertemente mortificado. Tanto que me retraje de acercarme, y cruc
varias veces a su lado, hacindome el distrado para no saludarlas.
Debi presentar mi fisonoma un aspecto ms que sombro, feroz. En una
ocasin tropezaron mis ojos con los de la hermana, y me mir
alegremente. Coquetuela! exclam para adentro. Sin embargo, al fin no
pude resistir ms, y me acerqu cuando ya se disponan a emprender la
retirada. Fue en mal hora, porque Surez no se apart un punto de la
hermosa monja. Esta vez regresamos en coche, y l, por ms esfuerzos que
hice para impedirlo, tuvo habilidad suficiente para colocarse a su lado.
A m me toc escuchar por centsima vez la descripcin de las extraas
dolencias que aquejaban a la madre Florentina. Pero mis odos estaban
ms atentos a la pltica del malagueo y la hermana, y observ con rabia
que aqul la requebraba descaradamente con una volubilidad y una gracia
que, lo confieso ingenuamente, estaba yo muy lejos de poseer. Mostrbase
ella risuea y desenfadada, como siempre, y an ms que otras veces,
contestando con salidas ingeniosas y picantes a los galanteos, tambin
picantes, de Surez. He notado que en Andaluca, al enamorarse dos
jvenes, se establece previamente entre ella y l una graciosa
hostilidad, donde ambos ponen de manifiesto su imaginacin en rpidas y
oportunas contestaciones, dicindose en son de burla mil frases
descomedidas. Es una herencia del genio rabe, tan dado a los
certmenes de la fantasa, a sutilizar conceptos y a mostrar la viveza y
gallarda del ingenio.

--De modo que no quiere usted confesar que le he sido simptico?--deca
l.

--Nunca--responda ella.

--Pero si lo estoy leyendo en sus ojos, criatura!

--Pues, hijo, hay que mandarle otra vez a la escuela, porque no sabe
usted leer.

--Entonces, por qu me llamaba usted con la mano hace poco?

--Qu gracioso! Ni que fuera usted perrito!

--Si fuera perrito, sabe usted lo que hara en este momento?

--Qu?

--La lamera la cara.

--Hombre, sabe usted lo que hara yo con usted entonces?

--Vamos a ver.

--Le cogera por el pescuezo y le tirara a la carretera.

--No lo creo.

Yo, que haba hecho mi declaracin por la maana con tantos miramientos,
esforzndome en velar a Cupido con mil espesos tules, qued aterrado
ante aquella... por qu no decirlo? ante aquella desvergenza. Y me
sorprendi no poco que ella, una religiosa, por ms que estuviera en
vsperas de secularizarse, escuchase con tal paciencia y respondiese a
semejantes groseras. Pero de estas sorpresas me quedaban an muchas en
aquel originalsimo pas.

Declinaba ya bien la tarde cuando llegamos a la fonda. Casi todos los
huspedes estaban fuera paseando. Slo hallamos a la puerta a D. Nemesio
con el dueo, tomando el fresco. A instancia nuestra, las monjas se
quedaron un rato de tertulia, y no tard en salir, sin saber quin la
trajera, una guitarra. Empuola Surez, y comenz a manejarla con
singular destreza.

--No canta usted?--le pregunt la madre.

--Al tiempo de lavarme nicamente.

--Pues aqu la hermana San Sulpicio lo hace muy bien. Alguna vez la
hemos odo en el colegio... el da del santo del superior, que es cuando
se permiten esas cosas.

--Pues ya est usted arrancndose, hermanita--dijo el malagueo
presentndole al mismo tiempo la guitarra.

--Quite usted all, hombre de Dios!--respondi la monja riendo y
rechazndola.

--Quiere que yo la acompae entonces?

--Vamos, hermana, djese usted or--dijimos casi al mismo tiempo D.
Nemesio, el sabio fondista y yo.

--Qu guasa! Quieren ustedes rerse?... Hara buena figura una monja
cantando a la puerta de casa!

--Por eso no quede--dijo el fondista.--Vmonos a la sala. Ahora no hay
nadie...

La hermana sigui riendo, sin dejarse persuadir. No obstante, se
adivinaba que la retenan ms los respetos de su estado y el de la
superiora que la falta de deseos. Cuando sta, instada por nosotros, le
dijo:

--Como no haya nadie ms que estos seores, por m bien puede hacerlo.

Se levant con graciosa resolucin exclamando:

--Malo y rogado son dos cosas malas... Vamos andando.

Levantmonos todos tambin con alegra y en pelotn fumonos a la sala.
La hermana Mara de la Luz iba haciendo gestos de susto y escndalo.

La sala era una estancia cuadrada bastante capaz y casi tan desmantelada
como el resto del edificio: un sof de paja, una docena de sillas, una
consola de caoba con pequeo espejo de marco dorado encima y algunos
cuadros colgados de la pared componan todo su mobiliario.

La hermana tom la guitarra luego que todos nos hubimos acomodado en las
sillas, y comenz a rasguearla dulcemente. Me fij en sus manos, que
desde que la conoc me haban llamado la atencin. Cada hombre tiene su
_fetichismo_ respecto a la mujer, y yo poseo el de las manos, como otros
el de los pies, el de los ojos, los cabellos, etc. Para m no hay mujer
hermosa con las manos feas. Las de la hermana San Sulpicio eran ideales;
no excesivamente pequeas, pues stas antes me causan repugnancia que
placer, de piel tersa y levemente sonrosada, macizas, de dedos bien
torneados aunque no afilados en demasa. Con la mente estaba mandando
mil besos a aquellas manos seductoras.

--Jes, qu guitarriyo tan cruel!--exclam sacudindolo con
impaciencia.--De quin ha sido el hallazgo?

--Es ma--dijo el fondista inventor avergonzado.--Como todo el mundo la
trae y la lleva, no es extrao...

--Vaya, djese de la guitarra y a ello--manifest Surez.

Despus de rasguear otro poco, la monja grit volviendo la cabeza hacia
la pared, porque la avergonzaban, sin duda, nuestras miradas fijas.

--_Honraaa!_...

Era una voz algo gangosa, si bien se conoca que sala as, ms que por
ser natural, por la voluntad de parecerse e imitar las voces de las
mujeres del pueblo.

      Dicen que me andas quitando
    la honra, y no s por qu.

--Bueno!--grit Surez aprovechando la pausa.

    Para qu enturbias el agua
    que has de venir a beber?

--Bravo!--grit yo.

--Ol!--dijeron los dems.

La hermana sonri, dejando ver aquellas filas de dientes blancos y
menudos que me hechizaban. Y volvi a cantar:

      A mi suegra, de coraje
    le he echao una maldisin,
    que se la pierda su hijo
    y que me le encuentre yo.

--Eso, mi nia!--exclam el desfachatado malagueo.

Yo le ech una mirada atravesada y rencorosa, y dije por decir algo:

--Son peteneras, verdad?

--Est usted enterao, amigo!--respondi Surez riendo.--Malagueas del
rin mismo del Perchel, cantadas con mucho estilo y con la gracia de
Dios.

Qued bastante avergonzado, y observndolo la hermana, me dirigi una
mirada cariosa, diciendo al mismo tiempo:

--Ah van peteneras... Por ut.

      La Virgen de la Esperansa,
    la que se adora en San Gil,
    _Cristo de la Espirasin!_
    aquella seora sabe
    lo que he llorao por ti.

La copla y la voz, levemente bronca y temblorosa, de la hermana me
hicieron una impresin tan viva, que sent removidas todas las fibras de
mi corazn, me pas un fro extrao por el cuerpo y las lgrimas se me
agolparon a los ojos, costndome gran trabajo no darles salida.

Otra vez cant:

      Por Dios te lo pido, nia,
    y te lo pido llorando,
    _Cristo de la Espirasin!_
    que no le cuentes a nadie
    lo que a mi me est pasando.

Todos palmotearon fuertemente, menos yo, a quien ahogaba la emocin. La
madre Florentina exclam:

--Vaya, basta de locuras! Pueden enterarse los de fuera, y sera muy
feo.

--Ahora me toca a m, madre--dijo el malagueo tomando la
guitarra.--Uzt no habr odo cantar una rata, verd uzt? Pues no se
mueva, que ahora mizmito la va a or.

Manejaba la guitarra con singular maestra, y despus de haberla
rasgueado y punteado buen rato, comenz a cantar en voz baja un tango
que no haba sido inventado precisamente para los odos de las
religiosas. O no comprendieron el torpe sentido de sus palabras, o lo
disimularon. Despus dio comienzo a unas seguidillas.

--Cllese usted, hombre, que no puedo or eso sin que se me alegren los
pies!--exclam la hermana haciendo un gesto expresivo.

--Baila usted?--pregunt Surez.

--En otro tiempo... Te acuerdas, primita, cunto hemos bailado en tu
casa? Qu jaquecas hemos dado a la pobre tiita!

--Quin se acuerda de eso?--dijo la hermana Mara de la Luz
ruborizndose.

--Por qu no hemos de acordarnos?... Y bien que lo hacas t, gachona;
bien ajustadito, aunque te haca falta un poco de garbo.

--Calle, calle, hermana, que ya no nos corresponde hablar as.

Por la regla del instituto no podan tutearse las hermanas aunque fueran
prximas parientas. La hermana Mara de la Luz no olvidaba jams este
precepto; pero su prima lo infringa a cada instante.

--Es necesario ver eso--dijo Surez.--A bailar, a bailar!

--No, no, de ninguna manera--manifest la madre ponindose seria.

--Vamos, madre, consienta usted--exclamamos todos a la vez.

Y comenzamos a rogarla con tan vivas instancias, que al cabo de algn
tiempo la infeliz mujer no pudo resistir y vino en permitir aquel
escndalo, como ella deca, con tal que se explorasen bien los
alrededores de la sala, a fin de cerciorarse de que nadie estaba
escuchando. Mientras duraron nuestros ruegos, la hermana San Sulpicio
mostraba en los ojos una inquietud ansiosa; sus labios rojos temblaban
de anhelo. Cuando la superiora dio al fin la venia, todo su cuerpo se
estremeci y una sonrisa de dicha ilumin su rostro expresivo.

Pero nos faltaba lo ms difcil: convencer a la hermana Mara de la Luz.
Aquella tmida e insignificante criatura rehusaba con tenacidad
levantarse de la silla. Fue preciso que su prima la cogiese
enrgicamente por los brazos y la alzase casi a viva fuerza.

--Beata, chinchosa, crees que te vas a condenar? Pierde cuidado, que
nadie te quita la sillita que tienes en el cielo.

Pero se encontraron con que no haba palillos.

El sabio fondista dijo que l los traera; y en efecto, a los dos
minutos se present con dos pares de castauelas que entreg a las
hermanas. Entonces stas se despojaron de las papalinas y las tocas. Por
primera vez vi los cabellos de la hermana San Sulpicio. Eran negros y
lucientes hasta dar en azules, levemente ondeados, no muy largos porque
al pronunciar los votos la tijera haba hecho feroz estrago en ellos.

Hecho otro viaje de exploracin por las cercanas de la sala y cerradas
hermticamente todas las puertas, Surez comenz a rasguear la guitarra.
Hubo un momento de ansiedad. Las dos bailadoras se haban puesto una
frente a otra y se miraban sonrientes; la hermana Mara de la Luz con la
cabeza baja y ruborizada hasta las orejas; su prima con los brazos en
jarras, un poco plida, los labios secos, acentuaba el leve estrabismo
de sus hermosos ojos negros aterciopelados. A m me daba saltos el
corazn de puro anhelo. El malagueo alz un poco la voz cantando una
seguidilla. De pronto los cuatro pares de palillos chasquearon con bro,
las bailadoras abrieron los brazos y avanzaron una hacia otra y se
alejaron inmediatamente, levantando primero una pierna, despus otra a
comps y con extremado donaire. Mis ojos de enamorado percibieron por
encima de la tosca estamea el bulto adorable del muslo de la hermana
San Sulpicio. Siguieron una serie de movimientos y pasos, ajustados
todos al son de la guitarra y de las castauelas, que no cesaban un
instante de chasquear con redoble alegre y estrepitoso. El cuerpo de las
dos primas tan pronto se ergua como se doblaba, inclinndose a un lado
y a otro con movimientos contrarios de cabeza y de brazos. stos, sobre
todo, jugaban un papel principalsimo, unas veces abiertos en cruz para
presentar el pecho con aire de desafo, otras recogiendo del suelo algo
invisible que deban de ser flores, otras levantados en arco sobre la
cabeza, formando en torno de ella como un hermoso marco de medalln.

Yo no miraba ms que a la hermana San Sulpicio, no slo por la aficin
que la tena, sino porque en realidad era la que mejor bailaba. Su
prima, o por temor o vergenza, o porque no la hubiese dotado la
naturaleza con gran cantidad de sal, limitbase a sealar los
movimientos y a guardar el comps. Ella los acentuaba en cambio
briosamente, gozndose en las actitudes donde la esbeltez y la
flexibilidad de su cuerpo se mostraban a cada instante de un modo
hechicero. La hermosa cabeza inclinada a un lado, los ojos medio
cerrados, la boca entreabierta, dilatada por una sonrisa feliz, donde
todo su ser se anegaba, pareca la bayadera del Oriente ostentando con
arrobo mstico en la soledad y misterio del templo la suprema gracia de
su carne dorada como las hojas del loto en el otoo, el brillo
fascinador de sus ojos. En aquel momento poda jurarse que no nos vea,
absorta enteramente en el placer de ir mostrando una a una las mil
combinaciones elegantes a que su airosa figura se prestaba. La pasin
del baile era la pasin de su cuerpo, era la adoracin exttica de su
propia gracia. Cuando una mudanza terminaba pareca salir de su xtasis,
y nos miraba risuea con ojos vagos y hmedos.

Yo estaba crispado de la cabeza a los pies. Hubiera deseado que el baile
se prolongase indefinidamente, y form propsito inmutable de escribir
unas dcimas describindolo, que por cierto se publicaron algunos meses
despus en _La Moda Elegante_: no s si ustedes las habrn ledo.

Las exclamaciones de Surez Ol, mi nia! Bendito sea tu salero!
Alza, palomita, alza! y otras por el estilo, que soltaba en las pausas
del canto, me parecan groseras e impropias. Pero observ que ellas no
las tomaban a mal, por lo que vine a entender que eran el acompaamiento
natural y obligado de aquel baile. Cuando ste termin, la hermana Mara
de la Luz corri a sentarse avergonzada. Su prima qued en pie, con el
pecho agitado, el cabello en desorden, sonriendo siempre con la misma
gracia maliciosa. El malagueo, en un arrebato de entusiasmo, puso la
guitarra a sus pies, exclamando:

--Si ezt podra ezta nia!

Todos rieron menos yo. En seguida, alargando la guitarra a nuestro
cientfico patrn, le invit a que tocase para echar otro baile con la
hermana; mas la madre Florentina se levant vivamente, y con semblante
muy serio se opuso resueltamente a ello. Bastaba de tonteras. Haba
cedido a lo primero sin deber hacerlo, pero aquello rebasaba ya los
lmites. Y triste y desabrida, como si le remordiese la conciencia, hizo
un gesto imperioso a las hermanas, y sali con ellas de la estancia.
Surez sigui tocando y cantando; pero yo, presa de extraa y dulce
inquietud, me sal a dar una vuelta por el pueblo, y no com hasta muy
tarde.

--Hombre, si viera usted lo que se ha redo el padre Talavera cuando le
cont lo del bailoteo de esta tarde!--me dijo D. Nemesio al entrar en
casa.

Qued clavado al suelo.

--Pero ha ido usted a contar al padre Talavera?...--preguntele con
acento alterado.

--Le encontr sentado delante de su fonda con otros clrigos y echamos
un prrafo. Es una persona muy campechana y muy corriente. Le ha hecho
una gracia atroz nuestra pequea juerga. Estos jesuitas son todos
hombres de sociedad, no son como los curas de misa y olla...

Le mir de arriba abajo con expresin rencorosa y le dije con acento
irritado:

--Usted siempre tan oportuno!

Y sin aguardar contestacin, gir sobre los talones y me fui.

Lo que inmediatamente prev sucedi, en efecto. A la maana siguiente
pude verlas en misa y habl algunas palabras con ellas. En todo el da
despus no logr echarles la vista encima, ni en los pasillos de casa ni
en el manantial. Al da siguiente, mientras estbamos bebiendo el agua,
un coche las llev a la estacin para tomar el tren de Sevilla.




V

A Sevilla.


Grande fue la tristeza y desconsuelo que sent al tener noticia de la
marcha precipitada, o ms bien fuga, de las monjas. Bien imagin que
debi de ser causada por la indiscrecin y necedad de D. Nemesio, a
quien dediqu desde entonces en mi pecho tanto odio por lo menos como
deba de profesarle el juez cataln que con nosotros haba viajado.
Nunca ms quise jugar al billar con l; y eso que lleg a ofrecerme el
msero cuatro rayas. Cuatro rayas a mi, que, dando un trallazo, me
salen palos por todos lados!

En cambio, me sent ms inclinado desde entonces al malagueo, o para
hablar ms propiamente, me fue menos antiptico. Despus de todo, si a
l le gustaba tambin la hermana, nuestra desgracia era comn. Verdad es
que la soportaba con ms filosofa. Cuando supo la ocurrencia de D.
Nemesio, ri largamente y la glos con muchos y sabrosos comentarios;
pero no volvi a acordarse de las monjas. Si yo le sacaba la
conversacin me responda en un tono tan frvolo y aun se corra a veces
a tan libres y groseras frases que me heran. Debo confesar que all, en
el fondo, el disgusto se mezclaba con la satisfaccin de advertir que la
graciosa hermana slo pasajeramente haba impresionado su corazn.

Pasaron los das, y lleg el de mi marcha. El malagueo se haba ido el
anterior para su tierra. Yo, en vez de irme a Madrid, tom el tren de
Sevilla. Porque es bien que sepan ustedes que desde el instante mismo en
que tuve conocimiento de la huida de las monjas conceb el proyecto y
aun form propsito de ir a esta ciudad en cuanto pudiese hacerlo sin
ser advertido. No lo comuniqu absolutamente con nadie, mucho menos, por
supuesto, con Surez; antes procuraba maosamente despistarle hablndole
de mis quehaceres en Madrid y la necesidad que senta de terminarlos
pronto para restituirme a mi pas, donde mi padre reclamaba mi presencia
inmediata para otros asuntos urgentes. En fin, que en cuanto llevase los
quince das justos de aguas iba a Andjar a tomar el expreso de Madrid
para llegar ms pronto. Tuve la suerte de que l se fuese primero, y as
lo hice a mi salvo.

Cuando el tren arranc y me vi caminando a gran velocidad hacia el
Medioda, experiment viva y dulce agitacin; sacudi mi cuerpo un
estremecimiento deleitoso. Siempre que camino con rapidez en cualquier
vehculo me sucede algo semejante. El movimiento me embriaga y me
comunica instantneamente la sensacin de la fuerza y el triunfo. Por
eso he pensado muchas veces que los carros de los hroes griegos,
arrastrados por veloces corceles, deban contribuir no poco a aumentar
su esfuerzo y coraje en las batallas. Pues a esta sensacin perturbadora
aadase al presente una inquietud vaga, no exenta de voluptuosidad, que
me apretaba la garganta y me produca un cosquilleo grato. Pensaba en
los ojos de la hermana San Sulpicio. Y como si el tren, con su marcha
pujante y vertiginosa, me dotase del poder que me faltaba para hacerla
ma, sentame feliz hasta llorar. Una angustia deliciosa me oprima el
pecho blandamente. Senta escalofros de anhelo y voluptuosidad, cual si
me hallase a las puertas mismas de la dicha. Pasado aquel extrao
transporte, que debe achacarse en gran parte a la material impresin del
movimiento, me sent tranquilo; pero me confes ingenuamente que estaba
enamorado de la monja sevillana mucho ms an de lo que haba imaginado.
Cruz por mi mente la idea de lo que deba hacer cuando llegase a
Sevilla; pero sbito la apart con miedo de la imaginacin. En realidad,
se era un problema insoluble en tal momento. Ms vala entregarse a la
esperanza consoladora de que todo saldra a medida de mis deseos, pensar
en las gracias de mi hermoso dueo, recrearse rumiando los dichosos
instantes que a su lado haba pasado, y cuando llegase a la capital de
Andaluca, ya veramos lo que se haba de hacer. Me puse a componerle
unos versos, unas quintillas; mas a la segunda tropec con un consonante
difcil, _labios_; resabios no pegaba, ni menos los otros poqusimos que
hay. As que un poco irritado rasgu el papel y lo arroj por la
ventanilla.

La locomotora corra por los campos de la provincia de Crdoba.
Cubiertos de tiernos trigos se extendan en planicie de un verde plido,
cortados bruscamente por el muro sombro y adusto de la sierra. Cuando
nos acercamos a la ciudad, me sent impresionado vivamente por la
grandeza de sus recuerdos. Aquel montn de casas que se alzaba pardo y
melanclico entre el ro y la montaa haba sido la gran ciudad del
Occidente, la capital del mundo civilizado. Al ruido, a la alegra que
en otro tiempo reinaran en ella, haban sucedido aos y aos, siglos y
siglos de silencio y tristeza. Veala con la imaginacin hermosa y feliz
enmedio de una comarca frtil, risuea, abundante en toda clase de
cosechas, ocupando una vasta extensin con sus murallas
resplandecientes, provista de puertas monumentales, de infinitas calles
donde las mquinas de riego abatan el polvo. Innumerables transentes
discurran por ellas, entrando y saliendo de sus bazares a cuyas puertas
pendan ricos damascos y tapices. En todas partes se alzaban suntuosos
palacios, ms bellos y suntuosos por dentro que por fuera: en todas
partes bosques y jardines pblicos donde sus felices moradores se
solazaban con el aroma del azahar, del cinamomo y almoraduj. En torno de
ella los amenos vergeles o almuzaras se extendan a lo lejos, poblados
de arboledas umbras, de fuentes murmuradoras, de pjaros parleros.
Enhiesta sobre el alminar de la mezquita la media luna elevaba sus
cuernos poderosos protegiendo a la ciudad. El ruido de los carros, de
los escuadrones que a todas horas entraban y salan por sus puertas, de
las mquinas de guerra, el gozoso rumor que se elevaba de sus talleres,
donde fabricaban la inmensa variedad de artefactos que exiga su
refinada cultura, la hacan bulliciosa y resonante. Vea la falda de la
sierra cuajada de casas de campo, retiros deleitosos donde los
caballeros rabes iban con las bellas de la ciudad a celebrar sus
orgas. Vnome a la memoria cierta confidencia de un escritor del tiempo
del califato, acaso la nica que exista de este gnero en su literatura.
Porque esta raza grave y melanclica no gustaba de entretener al pblico
con las propias tristezas o alegras.

El poeta Ibn-Hazm conoco a su amada, siendo nia, en el palacio de su
padre, donde estaba recibiendo educacin. Su amada era hermosa, discreta
y modesta; pero orgullosa y reservada. Su modo de pensar era muy severo
y no mostraba inclinacin por los vanos deleites, aunque tocaba el lad
admirablemente. El poeta, de la misma edad que ella, buscaba en vano
ocasin de hablarla sin testigos. Una vez, en cierta fiesta que se daba
en su palacio, las damas se reunieron por la tarde en un pabelln desde
donde se gozaba una magnfica vista de Crdoba. Ibn-Hazm fue con ellas y
se acerc al hueco de una ventana donde se encontraba la joven. Apenas
le vio sta a su lado, se huy con graciosa ligereza hacia otra parte
del pabelln. l la sigui, y se escap de nuevo. La hermosa nia se
haba hecho cargo de los sentimientos que inspiraba al hijo de su amo;
pero ninguna de las otras mujeres not nada de lo ocurrido. Cuando ms
tarde bajaron todas al jardn, rogaron a la amada del poeta que cantase,
y l uni tambin sus ruegos. Cediendo a estos ruegos, comenz
tmidamente a pulsar el lad y enton una cancin, una sentida y
melanclica cancin. Mientras cantaba--dice Ibn-Hazm en su deliciosa
confidencia,--no fueron las cuerdas de su lad, sino las de mi corazn
lo que hera con el plectro. Jams se ha borrado de mi memoria aquel
dichoso da, y aun en el lecho de muerte he de acordarme de l. Pero
desde entonces nunca ms volv a verla en mucho tiempo. Sucedi que tres
das despus que Mahdi subi al trono de los califas, abandonamos
nuestro nuevo palacio, que estaba en la parte oriental de Crdoba, en el
arrabal de Zahira, y nos fuimos a vivir a nuestra antigua morada, hacia
el Occidente, en Balat-Mogith; pero por razones que es intil exponer,
la joven no se vino con nosotros.

Luego cuenta el poeta las desgracias que pasaron a su familia cuando
Hischam II subi otra vez al trono. Una sola vez vio a su amada, en las
exequias de un pariente; pero no la habl. Poco despus tuvo que
abandonar a Crdoba. Cuando al cabo de cinco aos volv a
Crdoba--dice--fui a vivir a casa de unos parientes, donde la encontr
de nuevo; pero estaba tan cambiada que apenas la reconoc; tuvieron que
decirme quin era. Aquella flor, que haba sido el encanto de cuantos la
miraban, estaba ya marchita, por la necesidad de acudir a su
subsistencia con un trabajo excesivo. Sin embargo, tal como estaba, an
hubiera podido hacerme el ms dichoso de los mortales si me hubiera
dirigido una sola palabra cariosa; pero permaneci indiferente y fra,
como siempre haba estado conmigo. Esta frialdad fue poco a poco
apartndome de ella. La prdida de su hermosura hizo lo restante. Nunca
dirig contra ella la menor queja. Hoy mismo no tengo nada que echarle
en cara. No me haba dado derecho alguno para estar quejoso, De qu la
poda yo censurar? Hubiera podido quejarme de ella si me hubiera
halagado con esperanzas engaadoras; pero nunca me dio la menor
esperanza, nunca me prometi cosa alguna.

Busqu, en vano, con la vista el jardn donde aquellos tristes amores
haban comenzado, busqu el palacio del noble poeta. Cunta alegra
desvanecida! Cunta actividad aniquilada! Cunta palabra de amor,
cunta lgrima, cunto afn, cunto suspiro disipados para siempre!

Para siempre? Por qu? El amor, que es la vida misma, no muere, se
traslada. Por ventura las golondrinas que vienen a anidar en los
balcones de la Crdoba actual no aman como las que anidaban en la
Crdoba antigua? Y dentro de aquel montn, oscuro y melanclico, de
casas no hay risas, no hay suspiros, no se vierten lgrimas de amor? El
fuego que arda en el pecho del poeta Ibn-Hazm no se haba extinguido:
yo lo senta en el mo. Los hermosos ojos aterciopelados de mi graciosa
sevillana valan, por lo menos, tanto como los de su bella cordobesa. Y
como si la naturaleza quisiera responder con un signo afirmativo a mis
reflexiones, al salir de la estacin, de pie sobre un verde campo de
trigo, vi una linda zagala de trece a catorce aos y a un zagal de la
misma edad, enlazados con un brazo por la espalda y saludando con el
otro al tren que se alejaba rpido.

Segn nos aproximbamos a la provincia de Sevilla, el paisaje adquira
tonos ms secos y calientes. La comarca se desenvolva ondulante como un
mar de olas inmensas, petrificadas, hasta los ltimos confines del
horizonte. Era una tierra roja, sangrienta, que infinitas hileras de
olivos rayaban de verde gris. Y posados entre ellos como blancas
palomas, veanse de vez en cuando algunos molinos donde la amarga
aceituna flua su licor. Slo rara vez ya el verde plido y tierno de
algn sembrado despeda una nota pacfica en aquella tierra ardiente de
una vitalidad feroz.

A medida que avanzbamos, el firmamento se elevaba y su azul se iba
haciendo ms intenso y profundo. Luca el sol de un medioda abrasador.
La implacable intensidad de la luz me ofuscaba, hacindome ver los
trminos lejanos como masas violceas envueltas en una gasa blanca. La
lnea del ltimo ms bien se adivinaba que se perciba en los confines
del horizonte luminoso. La naturaleza africana anunciaba ya su
proximidad con los setos de pita y de higos chumbos erizados de pas.
Los olivos se retorcan con furia, adoptaban posturas grotescas,
chupando con ansia de aquella tierra roja las escasas partculas de
agua; rboles tristes, ridculos, donde alguna vez, como en todos los
seres feos de la tierra, brilla un relmpago de hermosura, cuando el
viento arranca de sus pobres hojas algunos reflejos argentados.

Nos acercbamos a Sevilla! Senta mi corazn palpitar con bro. Sevilla
haba sido siempre para m el smbolo de la luz, la ciudad del amor y la
alegra. Con cunta ms razn ahora, que iba hacia ella enamorado!
Veanse ya algunas huertas de naranjos, y entre sus ramajes de esmeralda
percibanse como globos de rubes, segn la expresin de un poeta
arbigo, las naranjas que de puro maduras se derretan. En las
estaciones prximas, Brenes, Tocina y Empalme, observaba cierta
animacin, que no poda achacarse al nmero, harto exiguo, de viajeros.
Algunas muchachas de ojos negros, con claveles rojos en el pelo, de pie
sobre el andn, sonrean a los que nos asombamos a las ventanillas.
Todas las casetas de guardas tenan ya en sus ventanas macetas con
flores. Hasta las guardesas, viejas y pobremente vestidas, que, con la
bandera recogida, daban paso al tren, ostentaban entre sus cabellos
grises algn clavel o alel.

Por fin nos apartamos del Empalme. Debamos parar en Sevilla. Me asom a
la ventana, y escrut con ojos ansiosos el horizonte, que ya no era
ondulante, sino llano y dilatado, cubierto de sembrados, de olivos, de
naranjos, cuyos distintos verdes lo matizaban alegremente. Los setos
azulados de pita contribuan poderosamente a embellecerlo, y le daban ya
un carcter enteramente meridional. El ro se desplegaba majestuoso por
medio del extenso valle. All en el confn del horizonte percib una
torre elevada, y al lado de ella otras varias ms chicas.

--Sevilla! Sevilla!--grit con voz recia, sin poder reprimir la
extraa y viva emocin que me embargaba.

Y avergonzado en seguida de aquel grito, me volv para ver si mis
compaeros se rean. Mas, contra lo que esperaba, no sucedi; antes se
abalanzaron todos hacia las ventanillas, con la misma curiosidad y
anhelo que si nunca la hubieran visto. Y eso que la mayor parte eran
naturales y vecinos de la provincia.

--Zeviya es--dijo gravemente, despus de haber sacado la cabeza por la
ventanilla, un viajero de cuarenta a cincuenta aos, con patillas hasta
la nariz y vestido con chaqueta corta, corbata de anillo y sombrero de
amplias alas.

--Usted la ha visto?--le pregunt con solicitud.

--Que zi la he visto? Veinte aos he paseao por la calle de las
Sierpes, y veinte mil caas he bebo del lado de ac y otras veinte mil
del lado de all del ro... Pero la suerte ma, que es ms negra que un
sombrero de teja, hablando con perdn, hace tiempo que me ha botado
fuera... En fin, paciencia, que ms pasa un cornudo...

Me admir la tristeza del acento con que pronunci estas palabras.

--Ahora no vive usted en Sevilla?

--No, seor; hace seis aos que estoy establecido en Cantillana.

Record entonces el antiguo adagio espaol, y le dije sonriendo:

--Anda el diablo en Cantillana...

--Ca, hombre! Ya hace mucho tiempo que no anda... Se ha marchao
aburro.

Volv a sacar la cabeza por la ventanilla riendo, y sumerg mi vista
extasiada en el radioso espectculo que delante de m se ofreca. Aquel
panorama despertaba en mi alma una gozosa emocin. Todo pareca rer. La
luz caa como una gloria del cielo sobre los campos. El aire vivo que me
hera las sienes, el aroma penetrante del azahar, los olores cordiales
del campo que a l se mezclaban, la caricia ardiente de aquella
naturaleza poderosa que senta en el rostro me embriagaban, me causaban
escalofros de dicha. La torre que haba visto se acercaba, elevndose
cada vez ms a mis ojos. El blanco grupo de casas yacente a sus pies se
extenda.

El tren retard su marcha: el _tic tac_ de las ruedas lleg ms fuerte y
acompasado a nuestros odos. Entramos en la estacin. Despus de saludar
cortsmente al desterrado de Cantillana, y sostener con esfuerzo y
coraje una lucha empeadsima con ms de veinte ganapanes que trataban
de arrebatarme la maleta, tom un coche y di al cochero las seas de una
casa de huspedes situada en la calle de las guilas, que mi sabio
patrn de Marmolejo me haba recomendado. Y a propsito de mi patrn, no
he referido que al tiempo de partir, dndome un apretado abrazo, y sin
duda para ofrecerme un testimonio maravilloso de su cario y estimacin,
me revel al odo que su famoso can estaba hecho de amianto. Ruego al
lector que no divulgue el secreto.

El coche marchaba por una serie de calles estrechsimas, bailando muy
ms de la cuenta para mis huesos; pero como yo vena dispuesto a
admirarme de todo y hallarlo de perlas, lejos de quejarme, sacaba a
menudo la cabeza por la ventanilla y echando una ojeada a las casas de
pobre apariencia que bamos pasando, me dejaba caer otra vez sobre el
asiento, exclamando lleno de gozo: Oh, qu rabe, qu rabe es todo
esto!

Paramos delante de una casa, como todas las dems, pequea, de un solo
piso, con dos balcones y dos grandes ventanas enrejadas al nivel del
suelo. Enrejada era tambin la puerta, por la cual se vea un patio con
pavimento de azulejos y columnas de mrmol, donde haba grandes macetas
con flores y plantas. Qu rabe! volv a exclamar para mis adentros,
mientras buscaba por todas partes el llamador. Di por fin con un
cordelito, tir de l y son la campanilla. El joven que atraves
lentamente el patio y se acerc a la cancela mirndome fijamente no
tena nada de rabe, si bien se reparaba: flaco, largo, plido, con una
nariz qu nariz, cielo santo! que mereca los honores de trompa, los
ojos pequeos, el pelo lacio. Vesta decentemente, por lo que vine a
entender que no era criado; pero traa los pantalones cinco dedos lo
menos ms cortos de lo justo. Me pregunt con voz dbil, como si
quisiera exhalar con aquella pregunta el ltimo aliento, qu se me
ofreca. Cuando le dije que vena en busca de alojamiento y recomendado
por el dueo del Hotel Continental de Marmolejo, abri la puerta
diciendo: Ah! Despus, haciendo otro supremo esfuerzo sobre s mismo,
dijo: Matilde, Matilde, dos veces consecutivas. La chiquilla que se
present acto continuo dando saltitos como una urraca tampoco tena gran
cosa de rabe. Representaba unos trece aos, aunque despus supe que
contaba diez y ocho, y era de una estatura inverosmil: poco ms de un
metro levantara del suelo. Con esto, la carita redonda y no
desgraciada, los ojillos vivos y a medio cerrar, los ademanes resueltos
y petulantes.

--Qu deseaba usted, caballero?--me pregunt comindose, como andaluza
de sangre, la mitad de las letras. Al mismo tiempo cerr an ms los
ojillos para mirarme, levantando la cabeza y ladendola, como un pjaro
que escucha ruido.

Volv a repetir mi demanda y la recomendacin que traa. El mancebo de
los pantalones cortos, tan pronto como se acerc la nia, habase
retirado majestuosamente, proyectando con su nariz en las paredes una
sombra gigantesca.

--Ah! Una habitacin? Venga usted conmigo... Felicia, Felicia, ven a
recoger la maleta de este caballero... Por aqu...

Despus que solt el equipaje en manos de una criada que se present al
reclamo de mi diminuta huspeda, me condujo, sin subir escaleras, a una
cmara bastante capaz y medianamente amueblada, que tena ventana con
rejas a la calle.

--Le gusta a usted sta?

Como en realidad no necesitaba otra cosa mejor, dije que s; pero la
chica, temiendo no haberme dejado satisfecho, se apresur a manifestar
que haba otra en el piso de arriba, que si deseaba verla...

--Es usted el ama?--le pregunt, convencido de que no poda serlo.

--No, seor; soy su hija... pero como si lo fuese--respondi con cierto
nfasis.

Y en efecto, tan pronto como me determin a quedar en aquel cuarto,
llam otra vez a la domstica y comenz a dictar una serie de
disposiciones respecto al aseo del pavimento, a la cama, al lavabo,
etc., en un tonillo desptico, que no dej de causarme gracia por venir
de tan microscpica persona. Observ que la criada la obedeca con
prontitud y respeto, y lo mismo un criado a quien llam para colocar la
cmoda que haca falta.

--El joven que sali a abrirme es pariente de usted?--le pregunt.

--Eduardito?... Es mi hermano.

Raro me pareci que llamase Eduardito a aquel mastuerzo, y ms ella que
podra pasar sin inclinarse por debajo de sus piernas.

--Pues sabe usted que tienen ustedes bien poco parecido?

--No es verdad? A todo el mundo le sorprende... Pues tan poco como en
la figura nos parecemos en el carcter. A l se le pasea el alma por el
cuerpo...

--Y a usted no le cabe dentro.

--Cierto--respondi riendo.--Vaya, le dejo a usted, que tengo mucho que
hacer... Quiere usted tomar algo?... Pues cuando me necesite no tiene
usted ms que dar una voz... La hora de comer a las siete.,. Quiere
usted que le limpien las botas?... Gervasio, Gervasio, ven aqu...
Limpia las botas de este seor en un momentito... Vivo! vivo!... Vaya,
hasta luego... Su gracia de usted, caballero?

--Ceferino Sanjurjo.

--Mil gracias. Hasta luego.

As que me hube lavado y aliado un poco, viendo que an no eran ms de
las cuatro de la tarde, sal a dar un paseo por la ciudad. No tengo para
qu advertir que la idea que me embargaba totalmente en aquel momento
era la de hallar y ver el convento o colegio del Corazn de Mara, donde
tena el mo prisionero. No quise llamar a Matilde; pero espi sus
pasos, y, cuando la vi en el patio, sal de mi cuarto metindome los
guantes y me hice el encontradizo.

--Va usted a dar un paseto?--me pregunt como si nos tratsemos haca
aos.

--Voy a ver un poco las calles hasta la hora de comer... Usted sabe
dnde est un convento que se llama, segn creo, del Corazn de
Mara?--le pregunt afectando gran indiferencia.

--Del Corazn de Mara... del Corazn de Mara--respondi llevndose el
dedito a la frente como para recapacitar.--Aguarde usted un poco... No
es un colegio de nias?

--Creo que s.

--Pues debe de estar, me parece, en la calle de San Jos... Sabe usted
all?

--Si no he estado jams en Sevilla!

--Ah! Bien. Pues es muy fcil. No tiene usted ms que seguir esta misma
calle hasta la Alfalfa, sabe? All tuerce usted a la izquierda por una
calle que se llama de Luchana; ve usted una iglesia, la de San Isidoro;
en seguidita otra, la de San Alberto; baja usted un poco, y a la derecha
encuentra usted una calle que se llama de la Perla; entra usted en la
calle de la Carne, y all est la de San Jos... Ha comprendido usted?

--Perfectamente--respond, convencido de que sera intil hacrselo
repetir.

Y sal a la calle dispuesto a llegar all a fuerza de preguntas. El
aspecto de la ciudad me sorprendi y cautiv al mismo tiempo. Aquellas
calles estrechsimas, tortuosas, desiguales; aquellos patios de
jaspeadas columnas atestados de flores, que se divisaban al travs de
las cancelas, formando contraste con la modesta apariencia de las casas;
el filete de cielo azul resplandeciente que se vea all arriba,
forzando con su viva luz irresistible la angostura de las calles; la
animacin y el ruido que por todas partes reinaban, despertaron en mi
alma una alegra que jams hasta entonces haba sentido: la alegra del
sitio. Haba visto en mi pas hermosos paisajes rientes como no es
posible verlos en ningn paraje de la tierra, haba asistido al levante
del sol en la playa de Vigo, haba escalado y hollado con mi pie las
famosas montaas de Asturias. En todas partes, el espectculo de la
naturaleza, aun en sus momentos risueos, me haba empujado blandamente
a la meditacin y a una dulce melancola. Nada de esto suceda ahora.
El cielo comunicaba su alegra a la ciudad y la ciudad la comunicaba al
corazn del que la recorra. Por las grandes ventanas enrejadas mis ojos
exploraban sin obstculo lo interior de las viviendas. En una cosan dos
jvenes vestidas de blanco, con rosas en el pelo. Al observar la mirada
insistente que les ech, sonrieron burlonamente. En otra, una joven
tocaba el piano, de espaldas a la calle: me par un instante a
escucharlo, y conmigo una mujer del pueblo que, metiendo la cara por las
rejas, dijo:

--Seorita, seorita.

La joven se volvi preguntando:

--Qu se ofrece?

--Na, seorita; que me gutaba ut por etr y quera ver si po elante...

--Y cmo soy por delante?--replic la chica sin turbarse.

--Como un botn de rosa, mi corasn.

--Muchas gracias.

Y se volvi tranquilamente para seguir tocando.

Yo me alej riendo de aquella singular escena.

En otra, un padre o preceptor estaba enseando el abecedario a un
chicuelo de doce a catorce aos; en otra se merendaba; en otra se tocaba
la guitarra, digo, en otras, porque fueron bastantes las en que o los
acordes suaves del instrumento nacional. Cuando vena algn coche o
carro, era menester que los transentes nos metisemos en un portal para
no ser atropellados, porque la calle, a duras penas, dejaba paso al
vehculo. Todos los balcones y ventanas estaban adornados con tiestos
que rebosaban de flores: los claveles de una ventana besaban muchas
veces las rosas de la de enfrente. Las mujeres que encontraba, jvenes
y viejas, las traan asimismo en el pelo. El piso no era terso ni
cmodo: los pies baaban sobre los guijarros y pseudoadoquines, con
grave detrimento de los callos: adems, se corra peligro inminente de
resbalar en alguna corteza de naranja o de sanda o de tomate, de que
haba buena copia: de los balcones las dejaban caer sin aprensin
ninguna sobre los que pasbamos. De vez en cuando llegaban a la nariz
fuertes tufaradas de azahar, que casi le suspendan a uno los sentidos.

Pues no hall, como digo, medio mejor para llegar a la calle de San Jos
que ir preguntando a los que cruzaban. Y cierto que no me pes de ello.
Todos me respondan con extremada cortesa y se paraban a darme cuantas
noticias juzgaban necesarias. Algunos llevaban su amabilidad hasta el
punto de acompaarme un buen trecho de camino para dejarme bien
encaminado. Y aqu debo advertir que, as como en Madrid la expresin
peculiar y nativa de los rostros es la hostilidad, en Sevilla es la
benevolencia. Quiz ser porque an no han alcanzado ese grado supremo
de la civilizacin en el que un saludable desprecio de todo es el
fundamento de las virtudes pblicas y privadas.

--La calle de San Jos?... Me hace usted el favor?...

--T ut en eya, cabayero.

--Sabe usted dnde se encuentra el convento o colegio del Corazn de
Mara?--pregunt a la buena mujer, viendo, al echar una mirada a la
calle, que haba tres o cuatro edificios de aspecto eclesistico.

--No puedo desirle... Pero agurdeme ut un momentito, que voy a
preguntarlo.

Se fue calle arriba y entr en una tienda. A los pocos segundos sali
de nuevo y vino a decirme que el colegio estaba prximo a la iglesia.

--En esa casa que hase rincn, sabe ut?

Le di las gracias y me dirig hacia all a paso lento. Por si acaso la
mujer me estaba mirando, entr en el portal, aunque sin nimo alguno de
llamar a la puerta. Era un edificio viejo sin fachada regular. No tena
ms que unas cuantas ventanas distribuidas caprichosamente por ella, lo
cual me hizo presumir que lo principal de l deba dar a algn jardn.
El portal grande, cuadrado y feo, extremadamente limpio. Empotrada en la
pared una hornacina con cristal donde se vea la imagen de la Virgen, a
la cual alumbraba una lmpara de aceite colgada del techo. La puerta era
de roble viejo, labrada como las de las iglesias: a su lado haba una
ventanita sin rejas. Al poner all el pie me sent fuertemente
conmovido. La idea de que detrs de aquella puerta estaba mi dueo
querido, la saladsima hermana, haca brincar mi corazn. Pegu el odo
a la cerradura por si lograba escuchar algo, y en efecto, o voces y
risas. La ilusin me hizo creer que la hermana San Sulpicio era la que
gritaba reprendiendo a una nia. Mas las voces y las risas se
aproximaron repentinamente, y apenas tuve tiempo a ponerme en la calle
de dos saltos, cuando se abri la puerta con estrpito y aparecieron
hasta media docena de nias y detrs de ellas dos criadas que se
alejaron calle arriba. Por no exponerme a otro susto, y por considerar
que nada adelantaba con quedarme en el portal, tambin me apart del
colegio echndole, sin embargo, miradas codiciosas y tristes.

Llegu a casa, despus de caminar entre calles algn tiempo, a la hora
precisa de comer. Mi diminuta huspeda me sali al encuentro y me aboc
con familiaridad no exenta de proteccin.

--Se habr usted perdido, por supuesto.

--Alguna vez; pero he preguntado y fui saliendo adelante.

--Pues hijo, como usted tardaba tanto, ya crea que se nos haba
extraviado. Estaba pensando en poner un anuncio en los papeles... Buena
carpanta traer ya, verd ut?

--As, as.

--Pues a comer, hijo, andandito!

Y se alej como un jilguero que va a posarse en otra rama.

En el comedor, y sentados a la mesa, estaban cuatro seores con los
cuales cambi un ceremonioso saludo. Uno de ellos era hombre de unos
cuarenta aos, de fisonoma simptica, facciones correctas y barba
castaa recortada. Supe despus que se llamaba D. Alfredo Villa, nacido
en Cdiz y comandante de infantera. Otro de los comensales era un seor
de patillas blancas, rostro atezado y expresivo, que me dijeron era
alcalde de uno de los pueblos de la provincia, no recuerdo cul: se
llamaba Cueto. Otro un jovencito rubio, estudiante de Derecho. Otro, por
fin, un cataln de rostro anguloso y esculido, ojos saltones y bigotes
largos y cados como un chino, a quien llamaban Llagostera. As que me
hube sentado apareci Eduardito, que tambin tom asiento, o por mejor
decir, se dej caer exnime en la silla al lado de nosotros. La comida
principi silenciosa, pero no tard en animarse generalizndose la
conversacin; y caso extrao! a pesar de tanto andaluz como all haba,
el que llevaba la voz cantante era el cataln. Y ms extrao an que lo
hiciera ordinariamente para decir pestes de Andaluca, y en especial de
Sevilla. Siempre se sentaba a la mesa furioso, segn pude observar en
los das sucesivos. Generalmente su mal humor principiaba adoptando la
forma irnica.

--Don Alfredo (dirigindose al comandante), no sabe que ma ancargado
unos patines?... Para qu?... Pues para andar por las calles. Le
parese no estar bien lisas con los cascos de pimientos y naranjas que
hay por todas partes?

Abra extraordinariamente las vocales y cerraba los ojos y alargaba los
labios para dar realce gracioso a su humorismo.

--Disen, don Alfredo, que es magnfica la enstalasin que el munisipio
de Sevilla ha dadicado an la asposisin da Barselona a las caas da
mansanilla. Supongo que no dajarn ustedes de mandar alguna bailaora...
Y qu tal, don Alfredo, no ha venido todava ningn ingls que compre
la Giralda?

El comandante y los dems comensales eran de buena pasta y respondan
sin incomodarse pizca a estas bromitas. Llagostera pensaba que eran la
flor y la suprema expresin del humorismo y la sal tica. Por supuesto
que, al cabo de algunos dimes y diretes, sala siempre con las manos en
la cabeza.

--Oiga, comandante: no habrn dajado de mandar a la asposisin una buena
partida de naranjas y melones...

--Melones, no--respondi Villa.--Con los catalanes no hay competencia en
ese ramo.

Los dems rean y Llagostera se amoscaba inmediatamente, y principiaba a
poner a la Andaluca y a los andaluces como hoja de perejil.

--Aqu no hay formalitat, sabe? (dirigindose a mi). Bust va, pongo
por caso, a un caf y pide media copa de cognac, y le cobran treinta
santimos. Pues al da siguiente pide bust lo mismo, y le cobran treinta
y sinco. As esto formalitat? As esto desensia?... Luego bust va al
teatro, y por ver una mala comedia le llevan tres pesetas... An
Barselona, por una peseta sabe? est toda la noche muy arrellanado en
una butaca y oye una pera cantada por los mejores artistas catalanes,
con cuerpo de baile, y adems, si quiere, ve tambin volatines, sabe?
Si va a un restaurant, no as como aqu, no le dan camarones y naranjas,
y l'assan luego en la cuenta. All, buen solomillo, buenas rajas de
salchichn, pedasos de ternera como alpargatas... Mire, an el restaurant
del Comersio, por una peseta y media sabe? se dan cuatro platos fuertes
y vino del Priorato. Si bust porta el pan, antonses son sinco reales...

No se cansaba jams Llagostera de enumerar las ventajas positivas de
Barcelona sobre Sevilla, y sobre el resto del mundo. Adems, lo que le
pona fuera de s era la holgazanera de los andaluces.

--Aqu bust no pida trabajo (siempre dirigindose a m). No hay una
mala fbrica. A las cuatro de la tarde sabe? los hombres astn santados
a la puerta de casa tocando la guitarra. Cuando les cae del sielo una
peseta van al caf, piden unas caas y dan al moso un real de propina.
An Barselona ningn moso puede tomar propina. El caf cuesta un real?
Pues sa deja el real sobre el platillo y sa va...

Esto de la propina lo tena sobre el corazn. Era, en su concepto, uno
de los vicios que roen el corazn de la sociedad contempornea.

Pues adems de la supremaca de Barcelona sobre todas las cosas creadas,
Llagostera tena otra an mucho ms notable especialidad, y era la de
haber estado en todos los sitios que se mencionaban en la conversacin,
haber presenciado todos los sucesos notables e intervenido casi siempre
en ellos directa o indirectamente. Haba ejercido profesiones tan
heterogneas como las de militar y contratista de obras pblicas,
inspector de polica y periodista, etc. Si se hablaba de la cuestin de
Oriente, l haba estado en los principados de la Moldavia y la
Valaquia, hoy Rumania, construyendo unos ferrocarriles, y contaba
ancdotas ms o menos interesantes, describa el carcter de los
prncipes rusos con quienes haba tratado familiarmente y las costumbres
feudales de aquellos pases.

--Una tarde iba yo con el prnsipe de Golitchof an una _briska_, un
carruajito, sabe? y ancontramos unos carros que impedan el paso; los
carreteros astaban dormidos all serca. El prnsipe salt del coche, y a
latigaso limpio los fue despertando. Bust cree que sa quejaron
siquiera? Nada, sa fueron a los carros y los apartaron sin desir
palabra.

Hablando de Amrica, la haba recorrido de un cabo a otro, haba cazado
tigres con el presidente de Guatemala y se haba batido en calidad de
coronel contra el ejrcito de San Salvador. Saliendo a cuento el
asesinato del general Prim, nos dijo que pocos momentos antes haba
escuchado en una taberna la conversacin de los asesinos, y que no haba
ido a dar parte porque, advirtiendo que los escuchaban, uno de ellos le
haba seguido durante varios das despus, sin duda para asesinarle en
el caso de que los denunciara. Por ltimo, habiendo sacado el
estudiante de Derecho la conversacin de toros, nos explic cmo en
Burdeos le haban tomado a l por un torero, y con tal motivo le haban
agasajado muchsimo. El alcalde de las patillas blancas, que hasta
entonces haba guardado silencio, sin levantar la cabeza del plato,
alzola ahora con sorpresa, y echndole una mirada de sorna y clera al
mismo tiempo, le ataj diciendo:

--Compare, no diga ut por ah que le han tomao por un torero, porque
le van a dar un tiro!

El cataln sostuvo con bro lo que haba dicho; pero viendo que todos
reamos y que Cueto no responda, se call por algunos instantes, con
seales de enojo.

Villa comenz a embromar a Eduardito. Al parecer, este lnguido mancebo
estaba perdidamente enamorado de una vecina amiga de su madre y hermana,
lo cual era causa de haber perdido el apetito casi enteramente. Lo
original del caso es que, segn me dijeron, la vecinita contaba ms de
veintisiete aos, y l no haba cumplido diez y nueve an.

--Eduardito, pongo para usted?

--Muchas gracias, seor Villa... Basta... basta.

--Vamos, joven, valor! Este aloncito nada ms. Me ha dicho Fernanda que
le desagrada muchsimo que usted no coma.

--Ya empieza la guasa, eh?--responda Eduardito, mostrando sntomas de
temor.

--Palabra de honor. Me ha dicho que si usted contina enflaqueciendo de
ese modo, se va a ver en la precisin de darle calabazas... Dice ella, y
a mi ver tiene razn, que quiere casarse con un hombre, no con un pjaro
disecado de la calle de la Mar.

--Vaya, don Alfredo, no la tome usted siempre conmigo.

--Pues a comer. Tengo encargo de cuidarle a usted... y las rdenes de
las damas son sagradas.

El cmo le haba entrado el amor a Eduardito nadie lo saba. Fernanda
frecuentaba la casa haca ya bastantes aos: les haba visto criarse, lo
mismo a l que a Matilde, les haba vestido y peinado infinitas veces,
les llevaba a su casa a pasar el da, y se diverta en cortar y coser
casullas para el primero (que en sus primeros aos mostraba decidida
vocacin por el estado eclesistico) y en aderezar vestidos para las
muecas de la segunda. Andando el tiempo, como Matilde era precoz, y
despierta de inteligencia, Fernanda la hizo confidente de sus secretos,
y, poco a poco, a pesar de la diferencia de aos, se fue trabando
estrecha amistad entre ellas. Es ms, como Matilde tena un carcter ms
firme, o era ms tiesecilla, segn la expresin vulgar, pronto lleg a
dominar a su dcil y bonachona amiga. Mas por lo que respecta a
Eduardito, nunca haba cesado aquel sentimiento de proteccin maternal
con que Fernanda le trataba. Cuando iba a la escuela, ella era quien le
recosa los sietes de los pantalones, para que su padre, que entonces
viva, no se los abriese en la piel, le limpiaba los mocos con su propio
pauelo, y le pasaba una toalla mojada por la cara cuando sta vena
demasiadamente puerca. Despus que entr a cursar la segunda enseanza,
si ya no ejerca estos mismos oficios con l, los desempeaba anlogos.
Lavbale y planchbale los pauelos del cuello, le haca el lazo de la
corbata, ocultaba con alguna piadosa mentira sus fechuras, y de vez en
cuando le meta en el bolsillo alguna peseta. Eduardito, como nio
mimado, la trataba sin pizca de miramiento, desvergonzndose con ella en
cuanto le reprenda cualquier travesura.

Mas hete aqu que a lo mejor nuestro mancebo comienza a estar serio y
taciturno delante de ella, y a clavarle a hurtadillas unos ojazos que
daban susto. Con esto, en vez de pasear todo el da por las calles con
sus amigos, o ir a la puerta de Jerez a echar flores a las cigarreras, o
a esperar por la tarde la vuelta de las operarias de la Cartuja, le
gusta quedarse en casa cuando Fernanda va a pasar la tarde con su
hermana y visitar con frecuencia la casa del padre de aqulla, que era
maestro tornero en bronce y marfil. Y todo para qu? Para estarse
quieto en una silla las horas muertas sin chistar, como si asistiera a
un duelo. A pesar de que las seales eran manifiestas y que las mujeres,
sobre todo si son andaluzas, saben leer pronto y bien en el pecho de los
galanes, tard bastante tiempo Fernanda en darse cuenta de la aficin de
Eduardito. Tan asombroso y extravagante era aquel amor, que aun despus
de advertido no quera creer en l, y no dio parte a nadie, porque a la
verdad le pareca ridculo.

Fernanda era una morena de facciones incorrectas, nada bonita y poco
graciosa. Tena siempre desmesuradas ojeras, que con la edad se iban
acentuando, y le faltaba un diente de los ms principales, lo que le
haca silbar las palabras de un modo nada grato. Adems, estaba bastante
ajada, como que ya iba traspasando los lmites de la juventud. Pero el
amor es ciego, y donde los dems veamos insignificancia y fealdad, l
vea hermosura simpar y perfeccin. La primera que lo observ, despus
de la interesada, fue su hermana. Luego fue del dominio pblico.
Eduardito descaeca a ojos vistas; la nariz, siempre protuberante, se le
haba pronunciado de tal modo inslito y brbaro, que ms pareca
accesorio defensivo de algn animal extrao, que parte integrante del
organismo humano. Todos deseaban que aquello se resolviese de alguna
manera. Porque les dola la consuncin de un joven tan notable en su
aspecto fsico como en el moral, segn tendremos ocasin de ver.

Sin embargo, la proteccin que los huspedes le dispensaban, lejos de
satisfacerle, le disgustaba, y hasta llegaba a enfurecerle. No poda
resistir que hablasen de l a Fernanda y le pintasen su amor y sus
penas. As que manifest claramente su desabrimiento cuando Villa le
dijo que por la tarde haba charlado un rato con aqulla a la reja, y
que el tema de su conversacin haba sido l.

--Yo creo, don Alfredo--profiri el mancebo muy amoscado,--que no haba
necesidad de que usted se metiese en cosas que no le importan.

--Pero, criatura, si usted no acaba de declararse. Quiere usted que
tengamos el cargo de conciencia de verle escaparse por la corbata el da
menos pensado por falta de cuatro palabritas?

--Bueno, pues djeme usted escaparme. Ni a usted ni a nadie le ha de
venir ningn perjuicio por eso... Acaso valdra ms que
sucediera--aadi por lo bajo, con voz conmovida y pugnando por detener
las lgrimas.

Vamos, don Alfredo, no le maree ms... Mire que yo tambin voy a poner
sus trapiyos sobre la mesa--dijo la brevsima Matilde, que mientras
comamos se mova espiando nuestros deseos, satisfacindolos o
hacindolos satisfacer por Gervasio.

El comandante se puso un poco colorado.

--Vaya, vaya, a callar, Colibr. Ms te valiera tener cuidado de que
este arroz estuviese sabroso.

--Es que, hijo mo, el arrs es muy ladrn; toita la sustansia se traga.

--Pues avisa a la guardia civil, porque yo no tolero ms robos de esta
clase... Y diga usted, seor Cueto--aadi cambiando de conversacin,
por temor sin duda de que Matildita cumpliese la amenaza,--piensa usted
quedarse muchos das entre nosotros esta vez?

--No, seor. Me voy maana.

--Prontito. Han ganado ustedes al fin las elecciones?

--Pues qu bamos a has! Eso me trae todava. Nunca farta un enrediyo.

--Aquel escribano que tanto les combata a ustedes estar furioso.

--El pobresito ha fallesido.

--Hombre!...

--S, antes de las elecsione... Ver ust qu cosa ms rara. Se acuerda
ust de cuando estuve aqu, hase un mes? Pues bueno; hablando con el
seor gobernaor de nuestros asuntos, le dije con franquesa lo que haba,
que el escribano tiraba de mucha gente y que la madeja estaba muy
enred; hasa farta que l pujase desde arriba hasta echar los hgados
para que salisemos adelante. Sabe ust, alcarde, lo que se me ha
ocurro hase un momento?, me dijo. Me ha dao de repente en el corasn
que a ese escribano le va a pasar argo antes de las elecsione... Es un
presentimiento... vamos... y mire ust, cuando yo he teno alguno casi
siempre se ha realisao. Ese hombre, para m, no hase las elecsiones. No
me acord ms de aquel dicho, y me fui al pueblo. Querr ust creer que
a los ocho das justitos, al retirarse por la noche a su casa, le
dejaron tendo de un tiro en la cabesa? Y luego dirn que no debemos
creer en las corasonadas!

Sent un leve escalofro y cambi una mirada significativa con Villa.

--He veno--continu--porque el jues se ha empeao en procesar a un
pobresiyo, que enjams ha matao una mosca. Ya ve ust, antes que yeven
al palo a un inosente, no es mejor que nos boten ese jues y nos pongan
otro?

A pesar de la entonacin seria con que pronunciaba estas palabras y del
gesto triste y compasivo con que las acompaaba, cre advertir debajo de
ellas una irona feroz que me caus miedo y repugnancia.

--Para elecciones reidas, las que yo he presenciado en Jerez a raz de
la restauracin--dijo Villa.

--Durante los aos de la revolucin, parece que la gente tomaba menos
inters en ellas. Sin duda fiaba ms en los motines y algaradas que a
cada momento haba--manifest yo.

El cataln, que haca lo menos cinco minutos que no hablaba y estaba
pesaroso, cogi la ocasin por los cabellos para interrumpirnos diciendo
con sonrisa entre humilde y petulante:

--La restaurasin! Je, je! La restaurasin; aqu donde ustedes ma ven,
si no es por m no sa hase.

Todos levantamos vivamente la cabeza y le miramos, y nos miramos despus
con estupor.

--S, seor; si no es por m no sa hase--repiti acentuando la sonrisa y
gozndose, sin duda, en nuestra sorpresa.--Atiendan un poco. Yo escriba
los sueltos antonses en _El Tiempo_, y hasa, adems, la confecsin,
sabe? Todos los personajes de Madrit ma quitaban el sombrero y venan a
buscarme para que les pusiera algn sueltesito dndoles bombo.
Llagustera para aqu; Llagustera para all; Llagustera, venga a almorsar
conmigo; Llagustera, suba al coche, le llevar a su casa. An fin, poco
faltaba para que ma limpiasen las botas, sabe? Uno de los ms amigos
era el general Martnez Campos. Muchas tardes echbamos grandes prrafos
en el Saln de Conferensias. Pocos das antes del golpe de Sagunto, le
ancontr tumbado an un divn dormitando. Hola, mi general! Est ust
descansando, verdat?, le dije ponindole la mano en el hombro.--Djeme
usted, Llagustera; ando muy preocupado estos das; los compaeros ma
ampujan a que saque los soldados a la calle, y ya ve ust, eso es ms
fsil desirlo que haserlo. Por otra parte, Cnovas no quiere por ahora,
y el elemento sivil tampoco... As que, a la verdat, no s qu haser...
Bust qu me aconseja, seor Llagustera?--Hombre, yo no conosco bien el
espritu del ejrsito, pero a m me parese sabe? que no debe bust
intentar nada en Madrit; debe trabajar el ejrsito del Norte o el del
Sentro. Despus que le dije esto, sa qued muy pensativo, y a los pocos
das fue cuando sa escap a Sagunto a ponerse al frente del ejrsito del
Sentro, y ya saben lo que pas.

El cataln sonrea de un modo beatfico, acabando de decir esto. Un
silencio lgubre sigui a sus palabras. Quin ms, quin menos, todos
estbamos irritados de tal desvergenza, y tenamos los ojos puestos en
el plato. Al cabo de algunos segundos, Cueto levant la cabeza, y
encarndose con l, le pregunt con impertinencia:

--Oiga ust, seor Llagostera, su padre de ust era de Cabra?

--No, seor; por qu lo pregunta?

--Por na... Es que a los de Cabra los suelen llamar cabrones.

Qued espantado. Cre que aquella agresin brutal iba a producir una
escena trgica. Pero afortunadamente no fue as. El cataln dijo que
aquel insulto no se lo dira fuera. Cueto respondi que se lo repetira
donde y cuando gustase. Llagostera replic que l no era hombre de
navaja, sino de pistola y espada, y que ventilaba los asuntos de honor
como un caballero, y que mirase por s, pues en el Per (donde haba
sido hombre de Estado y coronel) haba tenido tres desafos, uno de
ellos con rifle, al estilo americano. Cueto manifest que l se pasaba
todos los estilos por tal y por cual, y que para zanjar asuntos
semejantes no haba ms que dar solitos una vuelta por la orilla del
ro. A todo esto, sin embargo, ninguno de los dos se levantaba de la
silla, y seguan engullendo lo que les ponan delante, sin nimo
declarado de tomar el fresco; por lo cual nos sosegamos todos. Villa,
guindome el ojo, entabl nueva conversacin, y a los pocos momentos
nadie se acordaba de tal desagradable incidente.

Dorm bastante mal aquella noche. De un lado, la incertidumbre sobre lo
que deba hacer para ponerme de nuevo en relacin con mi adorada monja,
de otro, la dureza brava de la cama, me hacan dar ms vueltas que un
argadillo. Por la maana, la microscpica Matildita vino a preguntarme
cmo haba dormido.

--Muy mal--le respond.

--Y eso?

--No s... me parece que la cama es algo dura.

--Pues, hijo mo, si tiene ut tres colchones. Esta noche le pondr a
ut otro.

--No; mejor ser que me quite usted los tres y ponga uno blando.

Ms de una docena de veces entr y sali aquella maana en mi cuarto.
Los mltiples quehaceres de la casa la obligaban a cada momento a
interrumpir la conversacin y marcharse. Por ltimo se decidi a
sentarse en una mecedora, diciendo:

--De aqu no me levanto ya lo menos en un cuarto de hora... Digo, a no
ser que ut quiera quedarse solo...

Le expres mi placer en verme tan gentilmente acompaado, y no finga;
porque adems de no tener en qu ocuparme, me recreaba al mirar aquella
figurita mecindose en la butaca con gran cuidado para no mostrar las
piernas.

--Es usted viajante de comercio, don Ceferino?--me pregunt.

--No, seorita; soy poeta.

--Ah, poeta! Qu bonito! Hace usted versos? Me leer usted algunos?
verdad?

--Con mucho gusto--respond, sintiendo sbito por aquella nia ardiente
simpata.

--A m me gustan muchsimo los versos, Me encantan! sabe ut? A casa
vena un chico que los haca, tan bonitos! tan bonitos! Vamos, eran
preciosos. Otros los hacan bonitos tambin, pero como Pepe Ruiz,
ninguno. Ver ut, a m me dedic unos que tengo arriba guardados...
Principiaban... _Hojas del rbol cadas--juguete del viento son..._

--_Las ilusiones perdidas--hojas son ay! desprendidas--del rbol del
corazn_--conclu yo.

--Toma! Tambin usted los sabe?

--S, seorita; son de Espronceda.

--No, hijo mo, que no son de ese caballero, que son de Pepe Ruiz; yo
misma se los he visto escribir--replic con energa.

--Entonces sern de los dos--repuse.--No hay nada perdido.

--Vamos, dgame usted algunos suyos. Si usted es poeta estar enamorado,
eh? A que s! Todos los poetas son muy enamorados. Pepe Ruiz uf! a
todas cuantas vea les peda la conversacin.

Yo, que senta la comezn de todos los que aman por explayarme y narrar
las menudencias de mis amores, respond sonriendo:

--Pues s... creo que lo estoy un poco.

--Una mijita, eh? Ve ut como a m no se me escapa nada?--exclam,
rebosando de alegra y triunfo, como si hubiera descubierto un tesoro
escondido.

Me oblig a contarle, con todos los pormenores posibles, la historia de
mi incipiente pasin. Por cierto que, al decirle que el objeto de ella
era una monja, se asust; pero le expliqu cumplidamente el caso y
volvi a sosegarse. No conoca a Gloria, aunque haba odo hablar de
ella a sus amigas y tena noticia de su familia. Sabiendo que no haba
rechazado mis instancias (creo que mi vanidad me hizo correrme un poco
en este punto) y que tena deseos de salir del convento, me brind su
proteccin, con la misma autoridad y firmeza que si fuese el capitn
general del distrito y pusiera a mis rdenes las fuerzas de la
guarnicin, para sacar a la hermana de su celda y volverla al mundo.

--Nada, nada, ya ver ut cmo eso se arregla y le casamos en seguidita.
Vaya con don Ceferino, llegar a Sevilla enamorado ya de una sevillana!

--Ya ve usted... y siendo yo gallego.

--Cmo gallego?--exclam cambiando repentinamente de expresin, en el
colmo del estupor.--Pues no me haba dicho hace un momento que era
poeta?

--Bueno, soy poeta y gallego a la vez.

Me cost trabajo hacerle entender cmo podan aliarse estas dos
cualidades en una misma persona. Crea que ser gallego y llevar bales
al hombro era todo uno. Hasta se me figur que, para darse cuenta cabal
del caso, se puso a recordar que yo haba entrado en casa con la maleta
entre las manos. Destruida a medias esta original concepcin de mi
procedencia natal, me volvi a pedir que le recitase algunos versos, y
yo, con la buena voluntad que en este particular nos caracteriza a los
poetas, lo mismo lricos que dramticos, le dije un nmero considerable
de sonetos, despus otro an mayor de quintillas, luego algunos
romancitos. En fin, que estuve soltando versos a chorro ms de una hora.
Matildita, en quien encarnaba dichosamente el espritu amplio y
receptivo del Ateneo de Madrid, los encontraba todos deliciosos,
insuperables; bata las diminutas manos contra los brazos de la
mecedora, y en sus ojillos, medio cerrados siempre, chispeaba un gozo
vivo y sincero. Tuve que prometer dedicarle unos, y ella me asegur
noblemente que los guardara siempre al lado de los inmortales de Pepe
Ruiz.

La verdad es que me caa muy en gracia aquella chiquilla, con su
entonacin protectora y su modo de hablar breve e imperioso. Pareca
cansada de la vida y muy experimentada en todos sus casos y
circunstancias. A cada paso me llamaba hijo, hijo mo, y por lo que pude
colegir, se pagaba mucho de ser una inteligentsima e inapreciable
consejera, sobre todo en negocios de amor. Por varias reticencias que le
escuch en sus discursos, entend tambin que Cupido le haba sido
adverso, y que slo despus de una dolorossima experiencia haba
llegado a adquirir un conocimiento exacto y completo de las tretas de
este dios, lo cual la pona ahora en situacin de aleccionar a los
nefitos como yo y prevenirles. Despus de repetidas instancias por mi
parte, me confes que el dios alado se le haba presentado haca tres
aos en forma de aspirante a telgrafos.

--Tres aos! Sera usted una criaturita.

--No, hijo, que tena ya cerca de quince aos... Era guapo, buen mozo, y
tena unos ojos muy pcaros... Vena mucho por casa, porque era amigo de
Eduardito. Una maana que me encontr sola barriendo, me pidi
conversacin. Yo le di... con la escoba en la cabeza; pero otra me
quedaba dentro, porque sabe ut? Felipe me gustaba... nada ms que por
el aquel que tena... Cantaba los tangos que haba que orle! Le digo a
ut que haba que orle. Bailaba panaderos como un gitano de la
Macarena. Y luego tan guasn! Nunca se saba cundo hablaba formal.
Ver ut. Un da le preguntamos por su hermano, que estaba en Cdiz, y
nos respondi, con una cara muy larga, que se haba muerto. Todos lo
cremos. Ut tambin lo creera, verdad? Pues nada; por la tarde se
dej entrar diciendo que todo era mentira. Tena el muchacho la sal de
Mara Santsima... No s quin le sopl a mi padre (q. e. g. e.) que
estbamos en relaciones, y le ech de casa a pescozones... s, seor, a
pescozones... y creo que tambin le dio algn puntapi... Pero como yo
estaba ya metida en el querer, sabe ut? no import na. Le hablaba por
la reja. En esta misma ventana, cuntas horas habr pasado hablando con
l! Me tena encandilata aquel gitano! Yo no sala a paseo porque l
no quera; me oblig a no dar la mano a ningn hombre, me quit el
flequillo del pelo, me quit el cors...

--Cmo el cors?--pregunt sorprendido.

--S, seor; el cors... Ut no sabe? Aqu hay muchos que no quieren
que sus novias gasten cors... porque as gustan menos a los otros...

Los amores de Matildita haban terminado de un modo tristsimo. El
aspirante guasn le haba dado el pego con una amiguita que viva por
all cerca. Pero como todos los traidores tienen su recompensa, a los
pocos meses tron tambin con ella.

--Ahora ser ya telegrafista.

--No, seor; es soldado de caballera. Sali reprobado en los exmenes,
sabe ut? y su padre le ech de casa. El pobre chico, aburro, sent
plaza... Y le est muy bien el uniforme, no crea ut, con su chaquetilla
azul y su sable arrastrando...

--Vamos, eso prueba que si quisiera otra vez volver sumiso a sus pies...

Matildita frunci la frente con severidad, y con su manecita hizo un
ademn dignsimo.




VI

El patio de las de Anguita.


Qu se le ofreca a usted, caballero?

--Don Sabino el capelln... Se puede hablar con l?--articul con
trabajo, mirando a la monja que asom la cabeza por la ventanita sin
reja que haba al lado de la puerta.

La verdad es que no pens hallarme con tan gentil portera. Era joven la
monjita y tena el rostro fresco y sonrosado, con ojos vivos y
penetrantes. Su acento era marcadamente extranjero.

--S, seor... pero en este momento va a decir misa. Si usted quiere
orla, puede subir despus a su cuarto.

--Con mucho gusto--repliqu.

Retirose de la ventana, y acto continuo son un campanilleo de llaves y
la puerta se abri con ruido de cerrojos que se corren.

--Pase.

Cerr otra vez con llave y me dijo:

--Venga usted conmigo.

Seguila por una galera de arcos con suelo de ladrillo, cerrada de
cristales. Por ellos se vean muchas flores y plantas. Parose delante de
una puerta, empujola y me dijo:

--Pase y sintese. Cuando principie la misa, ya se le avisar.

Haba en los ojos de la monja, en su voz y en sus ademanes una firmeza
que distaba mucho de la cortedad y timidez que yo juzgaba antes
inherentes a toda religiosa. Haba en sus palabras un dejo protector. Me
ordenaba lo mismo que si se dirigiese a una educanda. Pues seor (no
pude menos de decirme recordando a Matildita), en este pas todas las
mujeres me protegen. Ms vale as.

La estancia donde me hallaba era, sin duda, la sala de recibo o de
espera. No grande, con una ventana de rejas a la calle, abierta a
bastante altura, para que nadie se pudiese asomar sino con escalera.
Haba un sof forrado de tela encarnada y varias sillas, una consola y
un espejo: las paredes estaban tapizadas con buena porcin de estampas
religiosas; el suelo de azulejos. Cuando me hall solo, volvi a
acometerme la misma inquietud y temblor que sent al penetrar en el
portal y tirar de la campanilla. La presencia de la monja me haba
distrado un poco y sosegado. Costrame algunos das de dudas y
vacilaciones tomar aquella resolucin. Antes haba intentado, sin xito
feliz, sobornar a una de las mandaderas del convento para que entregase
una carta a la hermana San Sulpicio. Me haba contestado con
indignacin, poco menos que ponindome la cruz como al diablo. Imagino
que si en vez de dos pesetas hubiera tenido nimo para ofrecerle cinco
duros, sera otra cosa. Este temperamento tmido que Dios nos ha dado a
los gallegos me perdi. Despus quise catequizar a la muchacha que
conduca al colegio unas nias, y me acogi muy bien mientras supuso que
estaba prendado de sus gracias; mas en cuanto le manifest tmida y
veladamente mi pensamiento, me solt una rociada de injurias y
denuestos, que slo mi paciencia, que es muy grande, pudo tolerar.
Finalmente, por consejo de Matildita, y no viendo en realidad otro medio
de salir de aquella situacin, me decid a avistarme con el capelln de
las monjas y, contndole el caso, procurarme su proteccin. Si era
hombre de bien, no poda menos de considerar que el retener a una joven
contra su gusto en el convento era contra toda religin y derecho, y
ayudara a ponerla en libertad cuando cumpliese el plazo de sus votos,
que deba ser muy presto. No tom, sin embargo, esta resolucin sin
vacilar muchsimo y volverme atrs infinitas veces, porque bien se me
alcanzaba que no tena derecho alguno a intervenir en los asuntos de la
hermana. Verdad que le haba declarado mi amor; verdad que ella acoga
mis galanteos con indulgencia, y aun mostraba en algunas ocasiones
seales, ms o menos manifiestas, de que mis instancias le eran
agradables y concluira por ceder a ellas. Pero no es menos cierto que,
por una o por otra causa, no haba cedido, y que yo no poda jactarme
con verdad de ser dueo de su corazn. Sin embargo, como urga tomar una
resolucin decisiva, pues de otro modo mi permanencia en Sevilla se iba
haciendo intil y ridcula, al cabo llegu a dar el paso que se ha
visto.

Luego que la monja me dej solo comenzaron de nuevo, como digo, mis
congojas. De buena gana me hubiera retirado. Pero la puerta estaba
cerrada con llave, y era necesario buscar y llamar otra vez a la portera
para que me abriese, la cual se sorprendera, me hara alguna pregunta;
en fin, un lo. Para apaciguar mis inquietudes, tom un libro
lujosamente encuadernado que haba sobre la consola y lo abr. Versaba
sobre la milagrosa aparicin de la Virgen en la gruta de Lourdes a los
pastorcillos Mximo y Bernardeta; estaba en francs y adornado con
grabados. Su lectura, que comenc de un modo maquinal, impresion al
cabo de algunos minutos mi imaginacin, inclinndola, no precisamente a
las ideas religiosas, sino a cierta suerte de anhelo inefable y humildad
voluptuosa que el misticismo produce siempre en los temperamentos
nerviosos y lricos. Acordeme de la graciosa hermana, y nunca su imagen
produjo en m un estremecimiento ms dulce y feliz. Me dieron
tentaciones de bajarme y besar el suelo porque ella, sin duda, lo haba
pisado. Todo me pareca en aquel lugar digno de respeto y aun
admiracin; hasta un cromo bastante malito que representaba a Jess
abrindose el pecho con las manos y mostrando un corazn de color de
chocolate con la cruz encima y ardiendo en llamas de huevo con tomate.
Sin embargo, no hay que engaarse: creo que me senta ms ertico que
religioso.

No se pasaron muchos minutos sin que la monja portera abriese de nuevo,
diciendo con el mismo acento extranjero y tono imperativo:

--La misa va a empezar. Venga usted.

Y la segu con la sumisin de antes, como un colegial a quien llevan a
encerrar. Sin embargo, durante el camino dirig algunas miradas
investigadoras a todos lados, con la vaga esperanza de ver la figura de
mi monja entre las varias que cruzaban a lo lejos por las galeras
desiertas. Por lejos que fuese, tena absoluta seguridad de reconocerla.
Salimos del primer patio y entramos en otro ms grande con arquera de
piedra tambin, pero sin cierre de cristales. Estaba empedrado, y en el
medio haba una fuente de piedra oscurecida por el musgo; cerca de ella
un gran piln cuadrado, donde lavaban ropa dos hermanas. En uno de los
lienzos de aquel patio acert a ver una puerta mayor que las otras, de
arco ojival, con cruz de piedra encima, y presum inmediatamente que era
la de la capilla. En efecto, al llegar a ella la hermana se detuvo; yo
me adelant hacia la pila del agua bendita, la tom con los dedos y se
la ofrec. La monja se dign mirarme entonces, y sonriendo levemente de
un modo compasivo dijo:

--Gracias, no podemos.

Y al mismo tiempo sumergi su mano en la pila y se hizo despus varias
cruces. Luego se arrim a la pared, dicindome:

--Pase usted.

No poco turbado por la negativa y por el aspecto imponente de la
hermana, le dije para entablar conversacin:

--La madre Florentina sigue bien?

--La hermana Florentina ha dejado de ser superiora hace algunos das.
Est algo ms aliviada, s, seor--me respondi mirndome ya con un poco
de curiosidad, pero sin abandonar un punto su aire protector, que, dicho
sea de paso, no le sentaba mal.

--Ah! No es superiora?--respond distradamente, no dudando que en
aquel cambio alguna parte haba tenido el bailoteo de Marmolejo.

--No, seor; hoy es la ltima de las hermanas. Pase usted.

--Arrea!--dije para mis adentros, cruzando por delante y metindome por
la primera puerta que hall.

--Phs, phs... Por ah no; por esta otra puerta.

Entr por donde mi protectora me sealaba, y me hall en la capilla, sin
ver de ella casi nada; tal era la oscuridad que reinaba. Pude apreciar,
no obstante, que era bastante grande y bien decorada. El altar mayor y
todo lo que cerca de l haba se designaba mejor por la claridad que
caa de las ventanillas de la cpula; pero desde all hasta el fondo,
donde yo me hallaba, las sombras se iban espesando. Permanec indeciso
hasta que la monja, sacando un fsforo, me seal con el dedo unos
reclinatorios de terciopelo rojo que haba arrimados a la pared del
fondo. Me acomod en el ms prximo, pero me oblig a correrme hasta el
ltimo, sin duda para que los que viniesen despus no encontrasen
dificultad al pasar. Despus se fue dndome los buenos das, acercose a
un cordel que penda del techo, y comenz a tirar de l con fuerza. Una
campana son con taido dulce y prolongado. Ya que hubo llamado a misa,
baj una de las lmparas, le ech aceite, sacudi con un pao las
molduras de los altares. Luego se fue hacia el fondo y desapareci por
una puertecita lateral que deba de ser la de la sacrista.

La capilla me pareca desierta. Sin embargo, al cabo de algunos momentos
percib un murmullo no lejos, y a fuerza de mirar con intensidad, logr
ver el bulto de un sacerdote sentado en una silla prxima a la puerta y
el de un caballero que, de rodillas delante de l, se estaba confesando.
El cura tena un brazo echado sobre el cuello del penitente y acercaba
el odo a su boca. Predispuesto como estaba al enternecimiento, aquella
escena me produjo una impresin viva. Despertaron en mi espritu las
dormidas emociones de la infancia, cuando mi madre me llevaba a confesar
con fray Antoln el excusador. Sentime gratamente turbado y en la mejor
disposicin posible para llorar los pecados de mi vida y acercarme
contrito al tribunal de la penitencia. Pero caso raro! en este
arrepentimiento no entraba el pecado de amar a una monja; al contrario,
me pareca que este amor era precisamente lo que me acercaba ms a Dios
y el camino ms seguro para salvarme. Cuando vi al cura (que sin duda
deba de ser el capelln de las monjas) echarse hacia atrs en la silla
y levantar la mano para dar la absolucin; cuando vi alzarse al
caballero sacudindose el polvo de las rodillas con el pauelo, me
acometi un sbito afn de echarme a los pies del primero y confesarme y
hablarle de la saladsima criatura que tena bajo su autoridad y
demandarle humildemente que me protegiese, digo, me absolviese. Mas el
tiempo en que permanec indeciso fue suficiente para que el cura se
marchara y, tosiendo hasta reventar, se alejase hacia el altar mayor,
donde su negra silueta se abati para alzarse de nuevo y salir por la
puertecita lateral.

La iglesia qued al fin verdaderamente solitaria. Mis ojos, habituados
ya a la oscuridad, podan explorar todos sus rincones. Era bonita y
recogida y adornada con esmero; por donde se adivinaba bien que no eran
manos de hombres las que la cuidaban. Estaba, hasta el sitio que yo
ocupaba, llena de bancos de madera, colocados unos detrs de otros como
las butacas de un teatro, dejando igualmente en el centro calle para el
paso. Por otra puerta opuesta a la de la sacrista entraron cuatro
monjas, se arrodillaron delante del altar mayor y comenzaron a orar en
voz alta de un modo extrao, que yo jams haba odo antes. Cada una
deca su oracin alternativamente, y en todas ellas se repetan muchas
veces _corazn traspasado, dolores agudsimos, preciossimas llagas_, y
otros superlativos que sonaban de un modo triste y temeroso en el
silencio de la capilla. La hermana portera sali otra vez, y otra vez
volvi a empuar el cordel para tocar la campana. Y casi en el mismo
instante comenzaron a entrar monjas, formando fila, que iban a colocarse
en pie delante de los bancos, con silencio y correccin admirables.
Detrs de las monjas, que seran unas treinta, vinieron las educandas
internas, a quienes reconoc por el chal blanco que les caa por la
espalda. El rostro apenas se poda distinguir. Pareca una entrada de
fantasmas, que me record oh sacrilegio! la de los espectros evocados
por Beltrn en la pera _Roberto_. Cada diez o doce educandas vena otra
monja, que se situaba al cabo del banco. Cuando la capilla estuvo llena
sali el cura, revestido de sus ornamentos, y comenz la misa. La
comunidad y las educandas se sentaron. Excusado es que diga que el
corazn me saltaba en el pecho, y que haca esfuerzos visuales
inconcebibles por averiguar cul de aquellos fantasmas era mi adorada
Gloria. La misma ansia y empeo que pona en reconocerla me lo impeda.
Me fijaba en una con insistencia, y al cabo de cinco minutos, por un
movimiento cualquiera, comprenda que estaba engaado, y tornaba con
afn a fijarme en otra, para sucederme otro tanto.

No fue larga la misa. A mi lado haban venido a colocarse tres o cuatro
caballeros de aspecto clerical, que supuse seran devotos del convento,
o protectores. Los movimientos de la comunidad y educandas, para
alzarse, sentarse o arrodillarse eran simultneos, como si las empujase
un mismo resorte. Al alzar y consumir escuchbase en la capilla un rumor
extrao, como el de truenos lejanos, que me sorprendi en extremo, hasta
que vine a comprender que era producido por el golpe de las manos sobre
el lienzo almidonado de los chales. Cuando concluy, se fueron con el
mismo recogimiento y silencio que antes. Los caballeros que estaban a mi
lado me dieron los buenos das con la afeccin de correligionarios, y
tambin se fueron. Volv a quedarme solo y perplejo en la capilla,
cuando se present la monja extranjera, dicindome:

--He avisado a don Sabino, y me ha dicho que le espera a usted en su
cuarto.

Viendo que permaneca quieto, aadi:

--No sabe usted a su casa? Venga entonces conmigo.

Me condujo al travs de algunas galeras hasta la entrada de un jardn,
y sealndome con la mano una casita que haba en el fondo de l, me
dijo:

--All es. Llame usted fuerte, porque la criada es sorda.

Le di las gracias, pero ya no me escuchaba.

La hermana portera saba darse tono, como sus colegas del Congreso de
los Diputados.

Cumpl fielmente el encargo, dando sobre la puerta un par de
aldabonazos capaces de despertar a los siete durmientes. Al instante me
la abri una mujeruca plida, vivaracha, que llevaba, a pesar de sus
cincuenta aos lo menos, un clavel en los cabellos grises. Qued
sorprendida al verme y se apag sbitamente la sonrisa que contraa sus
labios. Sin duda por aquella puerta no entraban las visitas, y s slo
las mandaderas del convento o alguno de sus dependientes. Y vino la
pregunta consabida.

--Qu se le ofreca a usted?

--Se puede ver a don Sabino?

Tuve que repetirlo otra vez. Antes que la vieja me contestase se oy un
vozarrn arriba, diciendo:

--Adelante. Suba usted.

Y en cuanto traspuse la puerta y tom una escalerita estrecha con
peldaos de azulejos guarnecidos de madera, atisb en lo alto de ella la
figura del cura, que, con grave pero amigable continente, me invitaba a
subir. La casa era pequea, por lo que pude observar. Me pareci un
pabelln levantado en el jardn recientemente para uso del capelln. Por
la parte de atrs daba a la calle.

Me introdujo en un despachito modesto y aseado, me invit a sentarme, y
antes de hacerme pregunta alguna, me pidi permiso para mudarse los
hbitos, pues acababa de llegar del convento. Entrose en la alcoba, y
all se estuvo algunos momentos, mientras yo pasaba fuera las de Can,
inquieto, aterrado, dando vueltas a la imaginacin para hallar el mejor
medio de salir del apuro en que tan imprudentemente me haba metido.
Porque qu iba a decir aquel buen seor en cuanto tuviera noticia de la
inaudita pretensin que all me traa? No me tomara por loco? Un
sudor me iba y otro me vena.

Presentose al fin el clrigo con sotana y gorro de terciopelo negro y se
plant delante de m diciendo:

--Usted me dir.

Era un hombre corpulento, barrigudo, de ancha nariz arremolachada y ojos
pequeos de cerdo, negros y recelosos. No tena acento andaluz; despus
supe que era riojano.

--Pues... el objeto que aqu me trae... Ante todo, debo decirle que yo
no soy ningn aventurero. En toda la provincia de Orense es bien
conocida mi familia... Mi padre es farmacutico en Bollo y ha hecho una
fortunita... vamos, que aunque no sea ninguna cosa del otro jueves, como
soy hijo nico, me permitir vivir sin trabajar. Mi madre era de una
familia muy antigua y conocida en Galicia, la familia de los Lidones...
Acaso usted habr odo hablar de los Lidones...

--No, seor--respondi secamente, mirndome con sus ojuelos cada vez ms
torvos y recelosos. Por donde entend que no le apasionaba mucho el
elogio de mi prosapia.

Sobre lo desconcertado que ya estaba, aquella contestacin y la actitud
inquisitorial con visos de hostil en que se me presentaba acabaron de
privarme de las escasas migajas de razn que an retena. Comenc a
desbarrar de un modo lamentable. No s lo que dije, ni es fcil saberlo:
una serie de frases incongruentes, mutiladas, incomprensibles, en que
mezclaba mis convicciones francamente catlicas con los arrebatos
disculpables de la juventud, el elevado criterio y la reconocida
ilustracin de D. Sabino con la necesidad que senta mi alma de amar
a una mujer santa y religiosamente educada. Cuando al fin termin aquel
galimatas qued jadeante, encendido, sudoroso, mirando al cura. La
sonrisa que contraa mi rostro desde que me presentara a l era tan
extremosa, que ya me dolan las mandbulas. De buena fe crea que me
haba explicado perfectamente y que no quedaba nada por decir. As que
me dej estupefacto la respuesta del cura.

--Pero vamos a ver, qu tengo yo que partir en todo eso?

--Es que... como usted es sacerdote... yo pensaba que podra contarle...
Ninguna persona me dara mejor un consejo...

--Ah! Quiere usted confesarse? Pues debiera comenzar por ah. En
cuanto tome chocolate, bajaremos a la capilla.

--No, seor... es decir, s, seor. Es una confesin... pero al mismo
tiempo no es una confesin...

Volv a enredarme de un modo tristsimo, hasta que el capelln me llam
de nuevo al orden. Al cabo, aunque desastrosamente, me expliqu y
confes que estaba enamorado de la hermana San Sulpicio, y que vena a
suplicarle que me ayudase contra su familia, que la retena injustamente
en el convento, para hacerla mi esposa.

El cura, apenas hube acabado de pronunciar las ltimas palabras, me
clav una mirada despreciativa y, extendiendo la mano hacia la puerta,
dio con los dedos dos o tres castaetas y produjo con la lengua ese
sonido particular con que se arroja a los perros de los sitios donde
estorban. Me levant estupefacto, el rostro encendido de vergenza y de
ira. Me acometi un impulso de arrojarme sobre aquel hombre soez. No
dudo que el poeta lo hubiera hecho, por ms que llevaba noventa y nueve
probabilidades contra una de que el clrigo le aplastase; pero el hombre
prctico que en m reside me hizo ver inmediatamente los gravsimos
inconvenientes de aquel acto, que dara muy bien al traste con todos mis
planes, y me decid a tomar el sombrero y salir. El capelln, sin hacer
caso de la mirada fulgurante que le arroj, chasque de nuevo la lengua
e hizo otras cuantas castaetas con los dedos, sin dejar de apuntar a la
puerta y mirarme con soberano desprecio. Al pasar por delante de l
llev su grosera hasta decir:

--Largo, largo!

Y cuando ya bajaba por la escalera le o exclamar desde lo alto de ella:

--La hermanita, eh? Ha olido cuartos, verdad? Ya arreglaremos, ya
arreglaremos a la hermanita.

Aquella ofensa me lleg al corazn. No pude menos de murmurar:
Salvaje! aunque en un tono delicado que no lleg seguramente a sus
odos. La verdad es que no fui en aquella ocasin modelo de dignidad y
energa; pero hay que convenir tambin en que, de haberlo sido, mis
asuntos hubieran empeorado notablemente.

No di cuenta a Matildita de aquella entrevista, y eso que me aguardaba
con gran afn para saber su resultado. Le dije que me haba sido
imposible ver al cura. Sin embargo, la turbacin, que no pude arrojar de
m en todo el da, debi de hacerle concebir algunas sospechas. Presumo
que las comunic al comandante Villa, con quien en pocos das haba yo
intimado mucho. Tenamos costumbre ste y yo de irnos despus de
almorzar a tomar caf a la cervecera Britnica y pasarnos all un par
de horas viendo al travs de los grandes cristales que nos separaban de
la calle de las Sierpes el ir y venir de la gente. Era un gran camarada
el comandante, apacible, jovial, recto en el pensar y extremadamente
corts. Yo le haba cado en gracia, no s por qu, tal vez por ser
tambin apacible de carcter y escuchar siempre con deferencia lo que me
dicen. Me present al mozo que le serva como paisano.

--Ah! Es usted asturiano tambin?--me pregunt ste, muy risueo,
limpiando con un pao la mesa.

--No; soy gallego.

--Entonces no somos paisanos--repuso con marcada frialdad, retirndose.

Villa solt una carcajada.

--El hijo de Pelayo le desprecia a usted, compadre.

Aquella tarde, luego que nos sentamos, entabl conversacin diciendo:

--Parece, amigo Sanjurjo, que le veo a usted un poco melanclico.
Durante el almuerzo no ha hablado usted nada. Estar usted por ventura
enamorado?

En la entonacin de la pregunta y en la sonrisa con que la acompa
comprend que algo saba, y me puse colorado.

--Vamos, hombre, no se ruborice usted. Le trae a usted dislocado alguna
sevillana? Pues adelante... Eso les pasa a todos los que llegan.

Despus de negar por frmula dos o tres veces, le manifest, primero con
frases ambiguas, despus, segn me iba animando, con toda claridad, el
negocio que a Sevilla me traa. Por cierto que lo hall muy gracioso y
original. Una monja! Eso es sabrossimo, compadre! Choque usted esos
cinco. Mas apenas le haba dado cuenta sucinta de mis amores, y cuando
empezaba, con verdadera sed de confidencias, a narrar los para m
interesantsimos pormenores, observ que se quedaba distrado, con la
mirada perdida en el vaco, y que una sonrisa de bienaventurado iba
iluminando poco a poco su rostro varonil.

--Hombre... no es usted slo el chiflado--me ataj de repente,
ruborizndose un poco.--Si a usted le ha vuelto el juicio una sevillana,
a mi me tiene muerto una sanluquea.

Me sorprendi la emocin que advert en l, porque no estaba ya en la
edad en que el amor impresiona tan vivamente.

--Una sanluquea rubia, doradita como una doblilla, con unos ojos
negros, grandes, de macarena, que hay que comrselos. He dicho algo,
compare?

Y sin ms prembulos, me confi prolijamente sus secretos amorosos con
la emocin ansiosa de un adolescente. La hermosa que le tena sorbido el
seso era una dama principal de Andaluca, la condesita del Padul, joven
de diez y nueve aos, heredera de una inmensa fortuna. La amaba y se
crea correspondido; no porque ella hubiera soltado an el s apetecido,
sino porque haba dado de ello tales muestras tcitas que Villa no poda
resistirse ms tiempo a creerlo. No slo le distingua muchsimo en la
conversacin, y eso que tena por docenas los adoradores, no slo _se
timaba_ con l en el teatro y el paseo, sino que aceptaba las flores que
a menudo le enviaba, y muchas veces se las pona en el cabello o en el
pecho. Un da, en cierta excursin de campo, bebiendo por el mismo vaso
que la dama acababa de dejar, le dio la vuelta para poner los labios
donde ella los posara. La condesita lo advirti y le dirigi una sonrisa
muy significativa. En otra ocasin, habindole ofrecido el brazo varios
jvenes, se haba cogido al de l, diciendo: El brazo de un militar es
ms seguro. Otra vez, pasando por debajo de sus balcones, le haba
dejado caer una rosa deshojada sobre su cabeza. Y aunque no le haba
declarado explcitamente su amor, no obstante, en una ocasin le haba
dicho que estaba enamorado, y ella, alejndose riendo, exclam:

--No me diga usted de quin, que ya lo s!

Por ms que estas seales y otras ms por el estilo que me refiri no me
parecieron tan evidentes como a l, no tuve inconveniente en creer en su
buena fortuna, y le felicit por ella. No se trataba, despus de todo,
de un cadete inexperto. Era un comandante que frisaba en los cuarenta,
cuando no los hubiera cumplido ya, hombre, al parecer, avezado al trato
de mujeres y muy metido en sociedad. La pltica le embriagaba. Con los
ojos medio cerrados y aspirando voluptuosamente el humo del cigarro,
iluminado su rostro siempre por la misma sonrisa beata, iba amontonando
noticia sobre noticia, todas ellas de tan poco momento que conclu por
distraerme y pensar en mi cara monja. Unas veces fijaba la vista en la
fisonoma varonil y correcta del comandante, cuya barba recortada
comenzaba a blanquear por algunos sitios; otras la entornaba hacia la
calle, por donde cruzaban sin cesar transentes que cambiaban con
nosotros rpidas miradas. Cerca de nosotros, en la otra vidriera, haba
unos jvenes que hacan muecas expresivas a cuantas mujeres bonitas o
feas pasaban. Cuando no miraban, atraan su atencin dando golpecitos
al cristal. Ninguna se crea ofendida. Lo mismo las damas que venan
haciendo girar su quitasol de seda sobre el hombro, ostentando los
menudos pies ceidos por zapatos de tafilete, que las menestralas con
blanco pauelo de percal por la espalda y el clavel de rigor en el pelo,
al levantar sus ojos negros, expresivos y encontrarse con las sonrisas
de nuestros vecinos y los grotescos ademanes de admiracin, sonrean
tambin graciosamente. Algunas ms atrevidas respondan con otra mueca
de burla que alborotaba a los maleantes jvenes y les haca prorrumpir
en sonoras carcajadas. Pasaban rozando los cristales. El relampagueo de
sus miradas, cndidas y maliciosas a la vez, alegraba el corazn e
inclinaba la mente a suaves y felices imaginaciones. No es fcil ser
pesimista en Sevilla. El pesar que me haba producido la vergonzosa
escena de la maana se fue disipando poco a poco, haciendo hueco a una
esperanza, tan viva como infundada, de que a la postre todo se
arreglara dichosamente. Las ideas risueas y triunfadoras de Villa se
me pegaron. Para dos enamorados no hay obstculos invencibles. Los que
tropezaba en mi camino hacan la empresa ms grata y apetitosa. Al cabo,
mi compaero, o porque no tuviese ya qu decir, o porque recordase que
no estaba procediendo con sobrada cortesa, comenz de nuevo a hablar de
mis asuntos en tono campechano y ligero, como quien quiere hacerse
agradable sin importarle mucho por lo que est diciendo. Era tal, sin
embargo, mi deseo de hablar de la hermana, que se lo agradec. Cuando
ms enfrascados estbamos en la conversacin y el comandante se haba
brindado a protegerme con todas sus fuerzas, observo que se queda
plido, mirando a la calle con turbado rostro. Volv la cabeza y vi una
elegante joven, esbelta y rubia, acompaada de un caballero, la cual,
mirando hacia nosotros, salud doblando la mano repetidas veces con
ademn y sonrisa insinuantes. Miro otra vez a Villa y le veo contestando
al saludo con profunda reverencia y azucarada expresin, colorado hasta
las orejas.

--Es ella--me dijo con voz temblorosa.

--Bonita--respond yo por halagarle y porque as era.

--Divina!--replic poniendo los ojos en blanco.--Y si viera usted qu
talento! Mire usted, el otro da tuvo una ocurrencia felicsima...

Y volvi a perderse en un mar de pormenores acerca de su novia. Yo los
escuch en realidad con poqusimo inters, en apariencia con mucho,
porque me lisonje la proteccin con que me haba brindado, aunque no
saba a punto fijo en qu pudiera consistir.

--Esta noche probablemente la ver en casa de las de Anguita... Hombre,
y a propsito, quiere usted que le presente? No lo pasar usted mal:
son unas chicas muy originales. A usted le conviene relacionarse, porque
de algo puede servir para sus planes.

Respond afirmativamente, pero expres alguna duda de que pudiera
hacerse sin previo anuncio.

Villa solt la carcajada.

--Aqu no se guardan esos tiquis miquis, compadre. Usted ir hoy conmigo
y ser recibido como si le hubiesen anunciado desde el da de su
nacimiento. Maana, a la hora de tomar el chocolate, puede usted
hacerles una visita, que de seguro no se sorprendern. Buenas son ellas
para asustarse!

Despus de comer volvimos a tomar caf a la Britnica. Desde all, a las
nueve poco ms o menos, nos trasladamos a casa de las de Anguita.
Estaba situada en la plaza del Duque; as que tardamos muy poco en
llegar a ella. Por la cancela del portal percibimos ya bastante
algazara. Sali a abrirnos una linda criadita de ojos negros y pelo
rizoso, mas antes que corriese el cerrojo, una seorita delgada, plida,
de cabellos rubios cenicientos y ojos azules, lleg con presteza y se
adelant a hacerlo.

--Al seor Villa le abro yo, porque es un caballero muy fino que hace
cariitos a las porteras... Vamos, deme usted una palmadita en la cara,
como hace usted con Carmen.

La criadita de los ojos negros escap ruborizada. El comandante se
enfad o aparent enfadarse.

--Oiga usted, se Josefa, hable usted bien y no mienta, que yo no doy
palmaditas a las criadas. Qu concepto va a formar de m este seor?

--El que usted merece, mal bicho. Le he guipao una vez dndole
palmaditas, otra cogindola por la barba, yo no quiero escndalos en mi
casa, estamos? Parece que usted no perdona a ninguna, desde la
princesa altiva, a la que pesca en ruin barca. Pero aqu estoy para
velar por la moral.

      --Ya la moral huy de Grecia,
    ya no se baila el rigodn.

--empez a cantar el comandante, repitiendo un pasaje de cierta zarzuela
bufa muy popular. Al mismo tiempo tiraba por las narices a la joven,
quien se apart con furia.

--Djeme usted, chinchoso, feo, patoso! Parece mentira que usted sea
de Cdiz. Mereca usted ser gallego... (_Yo me puse colorado._) Por
supuesto, que tengo la venganza en la mano. En cuantito venga Isabel, se
lo planto en el pico.

--No har usted tal, salerosa, porque yo me encargar de desmentirla.
Vamos a ver, Sanjurjo (_dirigindose a m_), sabe usted por qu es todo
esto?... Pues porque la seorita est enamorada de m.

--Yo de usted, desaboro! Con esas patas tuertas y esos andares de
aperador! Que se le quite, grandsimo gallego.

Vuelta con la gallegada, dije para mi, cada vez ms inquieto.

--Vamos, Pepita, no se ruborice usted, porque una debilidad la tiene
cualquiera. Si usted no est enamorada de m, por qu espera usted
todas las noches a la ventana para verme pasar cuando me retiro a
dormir?

--Yo! Vaya, hoy se le ha subido San Telmo a la gavia. Este seor ha
tomado algunas caitas, verdad usted? (_Dirigindose a m._)

Sonre haciendo una mueca, por no saber qu responder. Ella, sin
aguardar contestacin, se alej diciendo:

--Uf! Cmo apesta usted a vino!

--Venga usted ac.

--Para que me siga usted dando el rato?--contest desde lejos.

--No, para presentarle a usted este seor.

Pepita se acerc de nuevo, y el comandante, inclinndose profundamente y
afectando una solemnidad cmica, dijo:

--Tengo el honor de presentar a usted a mi amigo D. Ceferino Sanjurjo,
joven de relevantes prendas, enamorado, galn y notabilsimo poeta.

Pepita me alarg su mano flaca, diciendo:

--Si se parece usted a su amigo, no cuente usted con mi simpata... Pero
no; tiene usted mejor cara.

--Pues es mucho ms gallego que yo--dijo Villa soltando a rer.

--Verdad, seorita--manifest con resolucin.--Soy de la provincia de
Orense.

--No importa--replic ella con amabilidad.--l merece ser gallego, y
usted andaluz.

Pasamos al fin al patio, que aquel da se haba transformado por primera
vez en sala de recibo. Con esta mutacin da comienzo el verano en
Sevilla. Se cubre con un toldo de lona, se bajan los muebles y comienza
la vida verdaderamente andaluza. No era muy grande ni confortable el de
las de Anguita, pero tena, como todos, el encanto de las plantas y
flores. De los arbustos pendan algunas jaulas con pjaros. El suelo, de
azulejos rojos y amarillos. El piano estaba colocado debajo de los
arcos, igual que la sillera de damasco azul, bastante usada. Fuera, al
lado de las macetas, no haba ms que sillas de rejilla y algunas
mecedoras. Acomodadas en ellas estaban unas cuantas damas con trajes
claros y ligersimos, que charlaban y rean de modo atronador. Era una
algaraba insufrible, que no se apag un punto a nuestra entrada. No
causamos emocin de ninguna clase. Pepita se acerc a una joven rubia
tambin y parecida a ella, que hablaba animadamente con otras, y la
llam varias veces antes que respondiese:

--Ramoncita... Ramoncita.

Volvi al fin la cabeza y me mir con ojos distrados.

--Te presento al seor Sanjurjo, un amigo de Villa...

Ramoncita me alarg su mano, flaca y plida tambin, y me pregunt
rpidamente cmo estaba. Despus, sin aguardar siquiera mi contestacin,
se volvi hacia sus amigas, que me miraban con un poco ms de
curiosidad, y anud con inters la conversacin interrumpida. Las dos
hermanas guardaban bastante semejanza; los mismos ojos de un azul claro,
nada bellos, el mismo color de tez y los mismos cabellos rubios
cenicientos. Ramoncita, no obstante, estaba muy ajada y representaba
bien unos treinta aos, mientras Pepita no pasara de veinte.

--Venga usted ac--me dijo sta.--Voy a presentarle a mi otra hermana...
Joaquinita!... Joaquinita!--comenz a llamar.

--Qu se te ocurre?--respondi otra joven, saliendo de uno de los
cuartos del patio.

--El seor Sanjurjo, un amigo de Villa...

--Ah! Tengo mucho gusto...

Me pareci ms amable y ms bonita que las otras dos. Era tambin rubia
y de ojos azules, un poco ms rellena de carnes, y de fisonoma dulce y
simptica. Entabl conversacin conmigo, informndose con inters de
cundo haba llegado, si me agradaba Sevilla, etc. Pepita nos dej, y
Joaquinita me invit a sentarme a su lado en una mecedora, cerca de un
naranjo enano que creca en tiesto de madera pintada de verde.

El patio no estaba bien alumbrado. La luz de dos quinqus que ardan
sobre una mesa debajo de los arcos y las bujas del piano no llegaban a
esclarecer enteramente el centro, donde las sombras se espesaban,
gracias al follaje de los arbustos.

--Sintese usted bien, Sanjurjo--me dijo, llamndome ya por mi nombre.

Yo, sin comprender por qu estaba mal sentado, hice un movimiento y
segu en la misma posicin.

--Conque Sevilla le gusta a usted... Milagro! La gente del Norte suele
sufrir un desencanto al llegar aqu... La verdad es que las calles no
son bonitas y anchas, como en Madrid y Barcelona, ni estn bien
cuidadas... Las casas son bajitas y de poca apariencia... Pero, sintese
bien, Sanjurjo.

Hice otro movimiento ms pronunciado, y sonriendo afectadamente exclam:

--Oh! Pues as y todo, me gusta, me encanta! Es tan rabe todo esto!
Parece que est uno viendo salir por estas cancelas las damas del tiempo
de los reyes moros de Sevilla rebujadas en sus alquiceles blancos.
Ustedes son las hijas de ellas, y en verdad que no desmerecen.

--Bien se conoce que es usted poeta... Pero sintese bien, criatura;
chese hacia atrs.

Acabramos! pens, y puse en prctica inmediatamente lo que me
ordenaba, columpindome sin miramiento alguno.

--Pues ya ver usted, Sevilla es muy golosa. En cuantito la tome usted
el gusto, no habr quien le arranque de aqu.

--Ya se lo he tomado. Los hombres son amables y francos; las mujeres
tan lindas!... Usted es una mezcla deliciosa del tipo ingls y el
sevillano...

Y, lo que pasa cuando uno se ve atendido y festejado por una mujer no
desgraciada en casa desconocida, la cubr de flores, celebrando sus
partes en todos los tonos y formas posibles. Ella se mostraba
felicsima y me pagaba, en igual o parecida moneda. Dijo que mi
presencia era desde luego muy simptica, que bien se echaba de ver mi
esmerada educacin, y que admiraba en m un corazn de oro; que mis ojos
eran muy dulces, aunque un poco pcaros... en fin, no estampo ms porque
me ruborizo. Fue la primera y ltima vez que habl con una mujer que me
requebrase. Ambos, pues, nos hallbamos contentsimos el uno del otro.
Por un instante me olvid de mi inolvidable monja, y estuve a punto de
cometer una repugnante infidelidad declarndome a Joaquinita, cuando
vino a impedirlo y a sacarnos de nuestro embelesamiento el amigo Villa.

--Hola! Ya forman ustedes rancho aparte?--dijo en un tono brutal que
no me agrad, plantndose delante de nosotros.

--Y a usted qu le importa?--pregunt Joaquinita con acento picado y
agresivo, del cual no la creyera capaz.

--Nada, hija, nada, que buen provecho les haga; pero no est bien
marearme tan pronto a un muchacho que acaba de llegar... Porque ya le
tiene usted flechado... Mire usted cmo est encendido.

--Qu guasoncillo! Bien se conoce que no est aqu an Isabel para
ponerle serio.

La saeta deba de ir envenenada, porque observ que Villa se inmut un
poco. Las palabras de Joaquinita fueron pronunciadas en un tonillo
sarcstico que ocultaba gran irritacin.

--Vaya, ya tenemos a la _castaera picada_. La dejo, no sea que me
muerda.

Despus que se alej, la pltica recay sobre l. Joaquinita,
dominndose sincera o disimuladamente, me hizo grandes elogios de su
carcter y corazn.

--Siempre estamos riendo, como usted ha visto, y sin embargo, creo que
es el mejor amigo que tenemos. No hay otro ms servicial ni ms carioso
si llega el caso. Cuando la enfermedad de mi hermana Ramoncita, que hace
seis meses estuvo a la muerte, no sala un momento de esta casa: hablaba
con el mdico, iba a buscar las medicinas, la velaba... en fin, un
hermano no hara ms. Si no fuera que se chifla con facilidad...

--Parece que ahora est enamorado--dije yo.

--Ah le duele! Pobre Villa!

--Qu, no le corresponde su novia?

--Novia! Que Dios haga. Se ha ido a enamoricar el pobrecillo de una
mujer que slo goza teniendo a los hombres rendidos a sus pies...
Adems, aqu entre nosotros, y que no sea decir nada contra Villa, que
es una excelente persona, cree usted que es partido para la condesa del
Padul un comandante de infantera?

Por no murmurar de un amigo ausente, me encog de hombros. Joaquinita se
extendi bastante a relatarme los pormenores de la pasin del
comandante. Aunque envuelto en frases muy lisonjeras para ste, pude
adivinar cierto rencor en su relato, y alguna fruicin al compadecerse
de su malandanza.

Nos interrumpi la voz de una seorita pequea, chatilla, regordeta, que
colocada frente al piano cantaba el rond final de _Luca_. No hubo ms
remedio que escucharla. Lo notable es que la acompaaba un clrigo en
traje de seglar y alzacuello, el cual entornaba la cabeza hacia atrs de
vez en cuando y le diriga miradas lnguidas, moribundas, para alentarla
a dar sentimiento y expresin a las notas, o por ventura para
atestiguar que l, a pesar de su carcter sacerdotal, no era insensible
a aquella msica tierna y amorosa. Tendra el presbtero unos treinta y
cuatro o treinta y seis aos de edad, de tez morena acentuada, ojos
grandes y negros y manos velludas. Pregunt a Joaquinita quin era, y
supe que se llamaba D. Alejandro y que desempeaba un destino en la
catedral. Cuando hubo cesado la seorita y la hubieron colmado de
aplausos, del centro del patio salieron algunas voces diciendo:

--Ahora, que cante don Alejandro.

El clrigo se excus diciendo que no tena bien la garganta; pero,
apremiado por el concurso, enton al fin con voz engolada de tenor el
_Spirto gentile_, arrastrando las notas y desfigurndolo hasta
convertirlo en empalagoso canto de iglesia. Por supuesto que nos
rompimos las manos aplaudiendo. A todo esto haban llegado ya varios
pollastres, los cuales andaban entreverados con las damas, sentados
todos sin ceremonia, volvindose unos a otros la espalda cuando as les
convena para hablar ms a gusto a su pareja. Reinaba la alegra, a
juzgar por las sonoras carcajadas que se oan a cada instante y las
bromitas que se cambiaban en voz alta. De los ms jaraneros y divertidos
era mi amigo Villa, que por la confianza que tena en la casa se
autorizaba ciertas libertades, como pellizcar a las muchachas y hacerse
abanicar por ellas. Alguna vez sala del patio y se meta por las
habitaciones interiores; pero al instante le segua Pepita y le traa
cogido por una oreja.

--Aqu traigo a este hombre, que al menor descuido se me escapa a la
cocina.

--No hagan ustedes caso. Esta mujer se empea en no dejarme satisfacer
ciertas funciones apremiantes... No respondo de las consecuencias.

Ramoncita formaba tertulia aparte con otras damas que frisaban como ella
en los treinta, y no consenta que ningn pollo viniese a
interrumpirlas. Su conversacin era siempre animada, y juzgando por la
seriedad con que la tomaban, importantsima.

Ni faltaba tampoco el caballero obligado de buena sombra, que dice
gracias en voz alta y anda de grupo en grupo quedndose con todo Mara
Santsima. Era hombre de cincuenta aos, poco ms o menos, de mediana
estatura, color cetrino, ojos saltones y bigote teido, con las puntas
engomadas. Se llamaba D. Acisclo. Un gran humorista. La reputacin que
gozaba en este punto era tal, que no poda abrir la boca sin que
sonrieran los circunstantes y tratasen de dar un giro malintencionado a
sus palabras, por claras y sencillas que fuesen. Si deca, verbigracia:
Elenita, por qu no canta usted? la interpelada le miraba la cara con
temor, y en la de los dems empezaba a dibujarse una sonrisa que quera
significar: Qu _coba_ se traer este seor? Si expresaba su
sentimiento por cualquier desgracia de un prjimo, aunque lo hiciese con
sinceridad, no faltaba alguno que exclamase riendo y ponindole una mano
sobre el hombro: Don Acisclo, usted no perdona a nadie! Y D. Acisclo,
halagado en su talento humorstico, aunque no hubiese tenido intencin
de burlarse, comenzaba desde aquel punto a hacerlo. La base de su
humorismo era aquella forma del pensamiento que los retricos llaman
irona, y que consiste en expresar lo contrario de lo que se siente. Al
mismo tiempo saba dar cierta inflexin solemne a sus palabras y
mantener su rostro en equilibrio para que la frase obtuviera el xito
apetecido. Gozaba en mofarse de todo el mundo, y principalmente de los
pollastres enamorados. Por ello era odiado cordialmente de stos en el
fondo, aunque en la apariencia le bailasen el agua. Tena, sin embargo,
el instinto o buen sentido de no meterse con los que podan devolverle
las bromas, y buscaba casi siempre como vctima de ellas a algn pobre
muchacho que pacientemente las tolerase.

--Ahora, que nos cante unas granadinas--dijo un pollo.

--Eso es, y despus que baile por panaderos--aadi D. Acisclo.

--No hay inconveniente--respondi D. Alejandro echndole una mirada
ambigua,--con tal que don Acisclo suene los palillos y me jalee.

Se trajo la guitarra, y el clrigo comenz a cantar hondo y gorgoriteado
por lo flamenco una copla, que si mal no recuerdo deca as:

      Eres como la avellana,
    chiquita y llena de carne,
    chiquita y apaadita
    como te quiere tu amante.

D. Alejandro era alpujarreo, y a decir verdad, cant sta y otras
coplas por el estilo infinitamente mejor que el _Spirto gentile_. Hay
que observar que las que siguieron eran cada vez ms expresivas, por no
decir picantes, y que entre una y otra el beneficiado de la catedral
diriga por debajo de sus negras y largas pestaas miradas provocativas
a la joven regordeta que haba cantado el rond de _Luca_. Despus
supe que era su maestro de msica.

Aplaudimos esta vez ms sinceramente.

--Ol el presbtero!--grit D. Acisclo.

Tres o cuatro curiosos se haban parado a la puerta de la calle, y al
travs de las rejas de la cancela nos miraban sin curiosidad alguna,
atentos slo a la msica. Cuando sta ces, siguieron su camino.

--Ea, basta de coloquio--dijo Pepita, acercndose a su hermana y a m,
que an continubamos sentados.--Llevan ustedes media hora juntos, y el
reglamento de la casa no permite ms que quince minutos.

Levant los ojos hacia ella, sorprendido.

--S, seor, quince minutos. Ninguno puede estar junto a una nia ms de
ese tiempo, y yo soy la encargada de hacer cumplir la orden... Uf! Si
alzase la mano, esta casa se convertira muy pronto en una gorrera. Con
ustedes he guardado consideracin porque sta es mi hermana... y porque
se lo merece... y porque usted tiene buen aquel... y porque me ha dado
la gana, vamos!... Verd ut que apetece comrsela?--aadi tomando la
barba de su hermanita con dos dedos y sacudindole la cabeza.--No sera
una pena que esta naranjita de la China se fuese a sentar en el
polletn?

--Qu tonta!--exclam Joaquinita, pareciendo que se ruborizaba.

--Vaya, dgame con franqueza, qu le parece a usted de la _soire de
Cachupn_?--me pregunt, cambiando con afectada volubilidad de
conversacin.

--Qu _soire_?

--Esta en que usted se encuentra. Ha estado usted en su vida en otra
ms cachupinesca?

--Oh!--exclam apresuradamente.--Nada de eso! Es una tertulia muy
agradable y distinguida.

--Con poca luz, verdad?--dijo sonriendo maliciosamente.

--As est mejor. La media luz en un patio de stos hace muy bien; le da
un carcter misterioso y potico.

--Pues mire usted, nosotras no hemos querido hacerlo ms potico, sino
gastar menos, sabe usted?--repuso con desenfado, mirndome a los ojos
con tal expresin burlona que me inquietaba.--Antes tenamos cuatro
quinqus encendidos; pero, hijo, se gastaba un Potos, y nosotras
estamos ms pobrecitas que las araas. Nos hicimos partidarias del
obscurantismo... Hay que tener mucho ojo, por supuesto, porque viene
aqu cada gach!... No paro de un lado a otro, como usted ve. Parezco
una maestra de escuela... No ha pasado usted al _buffet_?

--No--dije sencillamente.

Solt una carcajada.

--Pues all lo tiene usted, en aquel rinconcito.

--Qu loca eres, Pepita!--exclam Joaquinita, riendo tambin.

En el rincn que sealaba con la mano haba una mesilla, y sobre ella
una botella de agua con algunos vasos.

--En nuestros buenos tiempos, ponamos azucarillos. Era el siglo de oro
de la casa de Anguita. Ahora, hijo mo, estamos en plena decadencia. Ni
la casa de Austria ha venido nunca tan a menos. Fuera los azucarillos,
que gravan el presupuesto. Luego, no crea usted, haba aqu muchos que
se los coman secos por golosina. Una ruina, hijo, una ruina! Ve usted
aquel pollito que parece un lenguado gaditano en tartera, aqul que se
mete el dedo por la nariz en busca de los sesos? Pues se se ha comido
trece una noche, y no le pas nada. Por supuesto, yo le ech de casa
inmediatamente; pero volvi al da siguiente pidiendo perdn y que no lo
hara ms. Le abrimos otra vez la puerta, y le guardamos los
panalitos... En fin, cuando se vuelva a Madrid, ya puede usted decir que
ha estado en una reunin cursi, pero cursi de verdad! No le falta a
usted ms que conocer a Cachupn. En seguidita va a salir... Mire usted
qu mono!--aadi dirigiendo los ojos al otro extremo del patio, donde
conversaban, al lado del piano, el cura y su discpula.--All est don
Alejandro hecho un caramelo con Elena. De todos los gorros, los que ms
me sublevan son stos de iglesia! Voy all ahora mismo.

Y parti como una saeta hacia ellos.

--Mrchese usted--me dijo Joaquinita, dirigindome una mirada impregnada
de simpata.--Mrchese usted, para que no digan. En cuanto estemos
separados un ratito, ya podemos juntarnos otra vez y disfrutar otro
cuarto de hora de seguridad. Hasta luego.

Aparteme de ella y di una vuelta por el patio, observando la algazara
que reinaba. Me llam la atencin una joven bastante linda que, mientras
hablaba con don Acisclo, diriga miradas de amor al travs del follaje
de una hortensia al lenguado gaditano, que le corresponda por el mismo
conducto, sin dejar de meterse el dedo en la nariz. Los lienzos de las
paredes estaban llenos de cuadros al leo. Me acerqu a examinarlos y,
aunque disto de ser inteligente en pintura, me parecieron horrendos
mamarrachos. Por una de las puertas vi salir a Villa, y me acerqu a
l.

--Al fin pudo usted llegar a la cocina?--le pregunt riendo.

--Al fin. Nada ms que un achuchn rpido ah en el pasillo, sabe
usted? Aprovech el momento en que Pepita hablaba con ustedes.

--Estuve largo rato con Joaquinita. Es una chica muy amable.

--Cree usted?...--respondi dirigindome una mirada risuea y burlona.

--Hombre... as me lo ha parecido--repliqu un poco acortado.

--Bueno, bueno; por mi parte que se le expida el ttulo.

Como estuvisemos en un rincn y nadie nos observase, quise enterarme
mejor de la vida de aquella familia. Villa me puso al corriente de todo.
Las de Anguita eran hijas de un mdico ya anciano, que haba gozado de
mucha clientela en Sevilla en otro tiempo. O por su edad avanzada, o
porque hubiesen llegado otros mdicos jvenes de vala, o por las
irregularidades de las hijas, es lo cierto que poco a poco se le haba
ido marchando la parroquia, quedndole en la actualidad muy contadas
familias. Su mujer haba muerto haca bastantes aos. Las nias,
educadas sin la vigilancia materna, haban dado siempre bastante que
decir por sus extravagancias. Mientras las ganancias del pap fueron
crecidas, en la casa se gastaba por largo, se viva con desahogo y con
lujo; hasta tenan coche. Nadie pensaba en maana. El seor Anguita, un
viejo manaco, que haba gozado fama de excelente mdico, aunque en
realidad nunca se hubiese cuidado gran cosa de los enfermos, dejaba a sus
hijas la direccin econmica de la casa, que no poda ser ms
desastrosa. La pasin del viejo era el arte, y su orgullo ser
inteligente en pintura. Que le dijesen que haba hecho tal o cual cura
maravillosa, le tena sin cuidado. En cambio, si le venan a consultar
sobre el mrito de un cuadro, o le nombraban jurado en los exmenes de
la escuela de Bellas Artes, le causaban vivo placer. No le molestaba su
decadencia profesional ms que por el momentneo disgusto que senta
cuando sus hijas le pedan dinero y no poda drselo. stas la
soportaban tambin o aparentaban soportarla con filosofa, y en vez de
retraerse del trato social, que origina gastos, preferan exhibir y
burlarse de su propia pobreza, asistiendo a todos los sitios donde no
costase dinero, haciendo diariamente un nmero incalculable de visitas y
dando reuniones del jaez de la presente. Villa supona que en estas
burlas haba cierta afectacin y que era un procedimiento ingenioso para
poder seguir tirando sin desdoro. Por lo dems, no se pasaba mal a su
lado. Admitan cualquier broma sin enfadarse, y eran caritativas y
serviciales. No ocultaban su afn por tener marido, y aun hacan chistes
bastante graciosos sobre esta su mana con el mayor descaro. Antes que
el ridculo viniese a ellas, iban a su encuentro. Ramoncita, la primera,
se haba echado ya en el surco, y slo vagamente pensaba en la
posibilidad de atrapar un esposo. Mantena amistad ntima, estrechsima,
con dos de las damas que all estaban, de su misma edad, poco ms o
menos, y entre las tres no solo saban lo que pasaba en Sevilla, sino en
todo el reino de Andaluca. Dedicbase tambin a leer por los libros de
medicina de su pap, y estaba tan enterada del organismo humano como un
mdico, particularmente de determinadas funciones. Sin embarazo alguno,
en trminos tcnicos, hablaba de las materias ms escabrosas de la
medicina. Su hermana Joaquina se caracterizaba por un deseo furioso,
frentico de casarse. Segn ella misma confesaba, le haban entrado las
ganazas. Porque al decir de Ramoncita, el deseo de hallar marido en
una mujer poda dividirse en tres etapas. Desde los quince a los veinte
deba llamarse el perodo de las ganitas, de los veinte a los
veinticinco, el de las ganas, y de los veinticinco a los treinta, el
de las ganazas. Pepita, la ltima, era una chica sin atadero. Sin
embargo, Villa crea que era la mejor de las tres, a pesar de que en su
locura entraba un poco de farsa, o lo que es igual, se haca ms loca de
lo que era.

--La broma que le he dado no vaya usted a creer que es enteramente
infundada. Esa muchacha est empeada a sangre y fuego en que le haga el
amor.

--Y es verdad que le espera por la noche para verle pasar cuando usted
se retira?

--Tan cierto! Y lo gracioso es que vengo de dar algunas vueltas por
delante de la casa de Isabel, que esta aqu cerca, en la calle de
Trajano.

--Pobrecilla! Pues si es as, mucho debe de padecer con sus bromas.

--No lo crea usted. Cuando usted la trate ms, ya ver adnde llega su
despreocupacin.

Justamente en aquel momento se acerc a nosotros Pepita, diciendo:

--A que estn ustedes hablando de m!

--A que s!--respondi el comandante riendo.--Estaba enterando a mi
amigo de los secretos de la casa y descubrindole el carcter y las
maas de cada una de ustedes. Se hallaba usted sobre el tapete.

--Le dira usted alguna sandez, como si lo viera.

--Muchas gracias; le estaba diciendo ahora mismo que senta en el alma
no poder corresponder al amor de usted. Si usted hubiera llegado
antes...

--Pero ha visto usted en su vida--dirigindose a m--un hombre ms
simple y ms retontsimo? No crea usted que es broma. Todo eso se lo
cree. Y mire usted que el bocado es apetitoso! Un seor que ya no puede
con la fe del bautismo en papeles. Repare usted qu patas...! Qu
pies! Con dos juanetes que parecen dos flanes.

--Bueno; insulte usted cuanto quiera. Cuanto ms feo sea yo, peor gusto
ser el de usted.

La entrada, por una de las puertas que comunicaban con las habitaciones
interiores, de un caballero anciano nos interrumpi.

--Aqu tiene usted un Cachupn--me dijo Pepita--. Voy a presentarle a
usted. Pap--dirigindose al anciano--, te presento un nuevo amigo, el
seor Sanjurjo, un joven muy guapo, muy simptico y adems un gran
poeta. Eh? Qu tal?

--Muy seor mo, muy seor mo--respondi el anciano, inclinndose.

He visto en mi vida pocas cosas tan estrafalarias como el seor de
Anguita. Era alto, enjuto, rasurado, dejando solamente unas cortas
patillas blancas; los ojos, grandes, apagados, vidriosos; la tez,
plida, y los dientes, largos y amarillos. Traa gorro de terciopelo
azul en la cabeza, bordado probablemente por sus hijas; bata de color de
canela, y sobre la bata, dejndola al descubierto por debajo, un gabn
de verano.

--Conque poeta... poeta--murmur con voz opaca y acento fatigado.--Yo
soy muy aficionado a la poesa. En mis buenos tiempos tambin escrib
versos.

--Muy lindos, por cierto--interrumpi Pepita.--Mi pap, ah donde usted
le ve, ha sido el gallito de Sevilla. Traa dislocadas a las nias con
sus chalecos y sus palabritas.

--Picaruela!--murmur el anciano, tocndole la cara con manifiesta
ternura.--La poesa es cosa superior, superior... Pero como la
pintura!... A la pintura no llega nada en el mundo.

--Ya s que es usted aficionado, y muy inteligente--le dije.

--Aficionado solamente--repuso sonriendo con beatitud.--No le dir a
usted que a fuerza de ver y observar no sepa distinguir un poco; pero
eso no vale nada.

Villa, para darle por el gusto, le invit a que nos mostrase su galera
de cuadros, a lo cual accedi inmediatamente. La mayor parte estaban
colgados debajo de los arcos del patio. Pepita encendi una buja y la
fue acercando a cada uno para que le visemos bien, mientras el seor de
Anguita, que traa constantemente las manos atrs, separaba de vez en
cuando la derecha para sealarnos los primores de ejecucin que
abundaban en casi todos. Cuando era una marina, el agua se
transparentaba, pareca que poda meterse la mano en ella; si se
trataba de un paisaje de montaa, apeteca triscar por las praderas, se
senta casi el olor del heno; las figuras estaban todas hablando, no
les faltaba ms que moverse. En fin, el seor de Anguita crea que su
galera poda competir con las mejores de Madrid. Pepita aplauda
tambin calurosamente, con su habitual exageracin, en cada obra que
examinbamos. Los apellidos de los artistas eran totalmente
desconocidos. La mayor parte jvenes que, segn el dueo de la casa,
daran mucho que decir y echaran pronto la pata a Fortuny y a Rosales.
Cuando hubimos terminado, Villa y Pepita se unieron a la tertulia, y
observ que el comandante estaba jacarero y guasn hasta lo sumo,
haciendo rer con sus bromas a todos, menos a D. Acisclo, que no deba
de ver con buenos ojos que se riesen otros chistes ms que los suyos. El
anciano mdico me llev a un rincn, y all, de pie, con las manos
cruzadas siempre sobre los riones, sigui hablndome de pintura.
Confesaba que su galera no era de las ms ricas y, sobre todo, careca
de firmas acreditadas; pero estaba seguro, en cambio, de poseer obras
notabilsimas, dignas de inmortalizar a sus autores. Por ms que stos
no fuesen exagerados en el precio de sus cuadros, una coleccin como
aqulla slo poda adquirirse a fuerza de tiempo y serios dispendios.

--Cunto calcula usted que llevo gastado en cuadros?--me dijo mirndome
a los ojos fijamente.

--Phs... Yo no soy perito en la materia...

--Vamos, una cifra aproximada...

--Nada... no puedo calcular...

--Pues llevo sacados del bolsillo ms de cinco mil reales--manifest
solemnemente, separando una mano de la espalda y ponindomela sobre el
hombro.

--Pues son caros... digo, son baratos... Porque los hay magnficos.

--Maravillosos!

Poco despus, el seor de Anguita me manifest que senta fro, lo cual
me sorprendi casi tanto como el coste de su galera. No estaba por la
vida en los patios. Ni en el mes de Agosto entraba en el suyo sin
ponerse gabn. Sus hijas se empeaban en anticipar la estacin porque
an no haca calor, verdad? Yo, que sudaba por todos los poros, convine
con l en que ms bien haca fresco, y con esta respuesta le confirm,
al parecer, en la idea que haba concebido de retirarse. Lo cual puso en
prctica, no sin ofrecrseme mucho y poner su casa a mi disposicin.
Pero ste no era un favor muy sealado, porque, segn Villa, no haba
perro ni gato en Sevilla que no entrase all como Pedro por su casa.

Elena, la discpula del presbtero, se marchaba en aquel momento, aunque
no eran ms de la diez. Su to, un seor viejo, bajo y regordete como
ella, de labios abultados y fisonoma riente, que andaba por los
rincones solitario, no consenta retirarse despus de esta hora. La
nia, que era vivaracha y traviesa, al despedirse con ruidosos besos de
sus amigas, procuraba ponerle en ridculo: Qu quieres, hija; mi to se
empea en hacer competencia a las gallinas. Voy a leerle la vida del
santo del da. No puede dormirse sin enterarse de los martirios de Santa
Irene o San Lorenzo. Adis, adis; pedid a la Virgen que sane mi to de
la cabeza. ste, fuertemente amoscado, habindose desvanecido la
sonrisa que constantemente brillaba en su rostro, se despeda tambin
sin encontrar palabras con que disculpar su extravagancia. Procuraba
poner prisa para librarse de las risas de los tertulios. Al salir al
portal, llamaba a la cancela una joven con la cabeza rebujada en
toquilla de color rosa, acompaada de un criado con librea. Elena y ella
se tropezaron y se saludaron con efusin, besndose repetidas veces. O
las carcajadas de la recin llegada, sin duda producidas por las
bromitas de la amiguita contra su to. El clrigo de las granadinas no
tard mucho en despedirse tambin. La joven que entraba era la condesita
del Padul, la adorada de mi amigo Villa. Y en verdad que tena excelente
gusto. Por la tarde, al cruzar rpidamente por la calle de las Sierpes,
no haba podido apreciar bien la belleza singular de su rostro, la
gracia y esbeltez de su figura. Era una mujer hermosa de veras. El color
de oro de sus cabellos formaba contraste delicioso con el negro de sus
ojos. La expresin de su fisonoma suave y atractiva; los ademanes
nobles. Toda su gentil persona revelaba bien claro la egregia cuna en
que haba nacido. Vesta con sencillez y elegancia, denunciando el corte
parisin las prendas que llevaba sobre s. Salud a todas las damas con
efusin cariosa. Despus la vi dirigirse sonriente a Villa y apretarle
la mano. Su presencia caus en la tertulia alguna turbacin, y eso que
ella procuraba con familiar amabilidad que nadie se moviese de su sitio.
Me pareci que no estaba orgullosa de su elevada alcurnia, o que, si lo
estaba, saba disimularlo perfectamente. Como me dirigiese algunas
miradas de curiosidad, sin duda por no haberme visto nunca en la
tertulia, Joaquinita se apresur a presentarme. Me dio la mano con suma
cortesa y me dirigi una sonrisa tan amable que me sent cautivado. Y
como yo, al parecer, todos los dems, porque desde su entrada las
miradas de los pollastres se dirigan a ella y las de las muchachas
tambin. Lisonjeada con el afecto que la demostraban, la gallarda
condesa se esforzaba en aparecer ms llana y ms amable an.

Me sac de mi contemplacin admirativa Joaquinita, que me invit de
nuevo a sentarme a su lado en la mecedora. Ya tenemos otro cuarto de
hora para hablar, me dijo. En esta segunda conferencia me pareci la
segundognita de Anguita un poquito pesada y dulzona. Se enter de mi
patria y familia, y me hizo que le narrase algunos pormenores de mi
existencia. Claro que no le dije una palabra del asunto que a Sevilla me
trajo. Vena slo a dar una vuelta por Andaluca y a conocer unos
parientes que tena en Sanlcar. Semejaba interesarse en todo lo que me
ataa, de un modo tan vivo que me causaba sorpresa y alguna inquietud.
Entre col y col me diriga frases lisonjeras, aprovechando cualquier
ocasin para enaltecer mi carcter (cundo lo habra conocido?) y el
ingenio que se revelaba en mis palabras. En suma, era como el dulce de
pia, que al principio gusta mucho, y cansa pronto. Deseaba ya dejarla,
pero no era empresa fcil. No consenta que se hiciera pausa en nuestra
conversacin. Me acord entonces de la sonrisa de Villa cuando le habl
de ella y empec a explicrmela. Observando mi distraccin, me dijo:

--Qu es eso? Repara usted en la seriedad de Villa? Siempre le pasa
igual. En cuanto llega Isabel, concluyen las guasitas. Se queda con una
cara larga, larga, que da pena mirrsela... Pobrecillo! Est enamorado
hasta las cachas.

Yo, que no haba reparado en ello, me convenc, mirando al comandante,
de que la observacin era tan fina y maliciosa como exacta. Desde la
entrada de la condesita no se mostraba como antes alegre y desenfadado.
Las frases jocosas que an soltaba iban claramente impregnadas de la
preocupacin de su espritu. Isabel, en cambio, se mostraba cada vez
ms amable y afectuosa con l y con todo el mundo, particularmente con
l. Estaba rodeada de pollos que la incensaban sin descanso. A todos
contestaba con la misma sonrisa candorosa, enloquecedora. Si a alguno
distingua, era a Villa, en quien posaba a menudo con amorosa expresin
sus grandes ojos inocentes y lmpidos. Y yo, desde lejos, notaba el
estremecimiento que aquella mirada clara produca en mi amigo, y le
envidiaba.

La tertulia se deshizo tarde. Algunos criados entraron a buscar a sus
seoras y aguardaron largo rato all dentro, en la cocina. A las doce y
media vino el conde viudo del Padul a recoger a su hija, y sta fue la
seal del desfile. Llegaba del Crculo de Labradores, donde, segn me
dijo uno, iba dejando ya, sobre el tapete verde de la mesa de juego, una
fortuna. Era hombre de media edad an, vigoroso, en quien los excesos de
su vida disipada no se reconocan ms que en la mirada vaga y perezosa.
Reconocase en l a un mismo tiempo al caballero y al calavera. Sevilla
entera recordaba todava sus aventuras galantes, sus orgas, sus duelos
singulares y temerosos, la barbarie inconcebible de algunos actos
ejecutados en el frenes de la embriaguez. Salud con amabilidad
caballeresca, no exenta de proteccin, a todo el mundo, y se llev a su
hija. En pos de l nos marchamos todos. Las de Anguita salieron hasta el
medio de la calle a despedir a sus amigas. Pepita me pregunt si
volvera al da siguiente, y como le respondiese que no saba si me
sera posible, dijo haciendo un mohn de enfado que yo era tan
chinchoso y tan apestoso como mi amigo Villa. Salimos formando grupos,
que se fueron dispersando por las labernticas encrucijadas de las
calles. Villa iba delante dando vaya a unas muchachas, alegre otra vez y
despreocupado. Yo le segua, llevando a mi lado al humorista D. Acisclo.
No sabiendo cmo entablar conversacin con l, le dije:

--Es muy amena la tertulia de estas seoritas... y muy original... Se
pasa bien el rato.

--Usted es forastero, verdad?--me pregunt gravemente.

--S, seor; hasta ahora no haba estado en Andaluca.

--Pues ha hecho usted bien en venir, porque en Sevilla slo hay tres
cosas dignas de verse: la catedral, el alczar y el patio de las de
Anguita--repuso con graciosa solemnidad.




VII

Preparativos para el bloqueo.


Matildita, como he dicho antes, deba de sospechar el deplorable
resultado de mi entrevista con el capelln del colegio del Corazn de
Mara. No haca ms que dar vueltas en torno mo y tirarme cuanto poda
de la lengua, a fin de cerciorarse de la verdad del caso, o por ventura
para meter su naricita en mis negocios y satisfacer el inmoderado afn
de dar consejos que la atormentaba. Como no tena gran inters en
ocultar la derrota, pues ya se haba disipado en parte la vergenza que
me produjera, conclu por confesarlo todo. Fuertes aspavientos de la
chiquilla. No caba en s de indignacin. Me hizo repetir varias veces
la repugnante grosera usada por el clrigo conmigo, y me dijo que ella
no la hubiera sufrido. Esto no me pareci bien. Pero le hice ver en
seguida los inconvenientes que habra trado consigo cualquier
resolucin violenta en tal momento, y concluy por convenir en que mejor
haba sido el despresiarle. Despus de quedar unos instantes
silenciosa en actitud reflexiva, abri la llave de los consejos. En su
opinin, lo que yo deba hacer ahora era presentarme a la madre de
Gloria, pintarle mi pasin por su hija, echarme a sus pies y suplicarle
que la sacase del convento y nos permitiese casarnos y ser felices. El
consejo era poco prctico, y me convenci de que los amores del
aspirante a telgrafos haban dejado en el espritu de Matildita una
huella indeleble de romanticismo.

Mejor lo tena yo pensado. En esto de ver las cosas como son y conseguir
lo que nos proponemos, me parece que nadie saca ventaja a los que hemos
nacido en los valles pintorescos de Galicia. Ya dir ms adelante lo que
mi mente, apretada por la necesidad, urdi para alcanzar lo que
apeteca.

Por aquellos das se haba marchado el alcalde Cueto a su pueblo y haba
llegado un matrimonio de cija. Sentbase, pues, a la mesa, a las horas
de almorzar y comer, una seora, lo cual haba hecho variar un poco el
tono de la conversacin. Esta dama se llamaba Raquel. No pasara de los
treinta aos y era mujer hermosa como pocas, de arrogante figura, alta,
mrbida, de tez morena, nariz aguilea, labios gruesos y ojos negros y
grandes, tal vez demasiado grandes. Sus facciones, pronunciadas en
demasa, su figura voluminosa, hacan que pareciese ms hermosa de lejos
que de cerca. Aquellos ojos cristalinos, abombados, de ternera, aquella
nariz enrgica, borbnica, aquellos labios rojos abultados, a cierta
distancia formaban un conjunto armnico, maravilloso. No obstante, aun
de cerca se la poda diputar por un buen modelo de escultura femenina.
Estaba casada con un viejo, D. Jos Torres, que, a pesar de la peluca y
llevar teido el bigote, nadie le hara bajar de los ochenta. Era un
hacendado rico, segn supe pronto, porque en las casas de huspedes no
suelen ignorarse mucho tiempo las circunstancias de cada cual. Haba
tenido el capricho de casarse con aquella joven, a quien haba dotado en
cuarenta mil duros al tiempo de hacerlo. Para ella, que era una
desgraciada sin recurso alguno, fue gran fortuna, sobre todo teniendo en
cuenta que el viejo no tardara en dejarla libre. Tuve ocasin de
convencerme muy pronto de que la hermosa no corresponda con
agradecimiento a la generosidad y a las atenciones que constantemente
guardaba con ella su marido. Tocome sentarme a su lado en la mesa, y no
tardamos en trabar conversacin y entrar en confianza. Raquel hablaba
siempre con nfasis, hablaba mucho, y segn avanzaba en el discurso se
iba animando, yo no s si natural o artificialmente, al punto de que
siempre conclua en el diapasn ms alto y muchas veces con el rostro
enrojecido. Si esto era afectacin, haba concluido, por el hbito, en
connaturalizarse con ella. Mostraba poseer gran presuncin y un carcter
susceptible y desptico. No tena reparo en dirigir a su marido, delante
de todos nosotros, frases irrespetuosas cargadas de desprecio. El seor
Torres era un anciano suave, conciliador, discreto, que vea muy bien el
ridculo que su esposa haca caer sobre l a cada instante, y padeca y
procuraba evitarlo templndola, cuando se enojaba, con frases cariosas
o con inocentes burlas. Recuerdo que una noche se trataba de sobremesa,
entre bromas y veras, el problema del matrimonio, qu circunstancias
deba reunir la mujer para ser buena esposa, etc. Todos habamos emitido
nuestra opinin, incluso Eduardito, cuyo parecer, favorable a las
mujeres hechas ya y experimentadas, fue acogido con una salva de
aplausos y carcajadas. Faltaba nicamente el seor Torres, a quien,
segn Villa, corresponda hacer el resumen de la discusin. Don Jos,
despus de excusarse un poco, manifest, con los ojos bajos, quiz por
no tropezarse con los de su mujer, que se fijaban en l nada halageos,
que la mejor esposa era la ms humilde, la que conoca sus deberes y
saba cumplirlos, haciendo del hogar domstico un paraso. Observ
cierta contraccin nerviosa en el rostro de Raquel, que no anunciaba
cosa buena. Y, en efecto, con sonrisa forzada, que dejaba traslucir su
irritacin, principi a combatir las aserciones de su marido,
sosteniendo que la humildad es una cualidad de las esclavas, no de las
mujeres; que lo que les hace falta a stas en la mayor parte de los
casos es dignidad, y que si la tuvieran no se veran tantos desastres en
los matrimonios. Segn su costumbre, a medida que hablaba se iba
enardeciendo con sus propias palabras. Esta vez concluy de un modo tan
violento, dirigiendo frases tan agresivas e inconvenientes a su marido,
que lo mismo Villa que yo intervinimos para calmarla.

--Me irrito, porque s bien por dnde viene el agua al molino. A m me
gusta que se hable con franqueza. El herir a una persona solapadamente
es una cobarda, s, seor, una cobarda!

--Pero mujer--deca el pobre anciano con sonrisa tmida,--si nadie ha
tratado de herirte aqu. No he hecho ms que sentar una apreciacin
general, que nada tiene que ver contigo.

--Repito que es una cobarda, y permteme que te diga que hacerlo
delante de gente es an otra cosa peor.

A todos nos caus mal efecto aquella escena, y hubo una pausa. Villa
entabl otra conversacin para que cesase el embarazo.

Desde que el matrimonio haba llegado, Olriz, el estudiante de Derecho
que con nosotros viva, se acicalaba an ms el pelo y la barba, cosa
que pareca ya punto menos que imposible, pues estos dos aditamentos
capilares eran objeto de preferente atencin y de asiduos cuidados para
el jurista. El pelo era rubio, lustroso, ondeado, y lo llevaba
esmeradamente partido por el medio, dejando caer dos bucles primorosos
sobre la frente. La barba rubia tambin, rizosa, larga, y la llevaba
igualmente partida por la mitad. Felicia, la criada, nos deca que
empleaba media hora larga en atusrsela, untndola con perfumados
aceites; que nunca dejaba, al llegar o salir de casa, de contemplarse al
espejo con delectacin, alejndose y aproximndose para gozar de su
figura a distintos puntos de vista, y que el colocar el sombrero al
salir a la calle era negocio largo. Por lo dems, pareca un infeliz,
silencioso, sonriendo a todo lo que se deca, dejando escapar de vez en
cuando alguna frase insignificante. Pues este mancebo delicado, segn
mis observaciones, abrigaba proyectos de seduccin sobre la bblica
seora de Torres. Sentbase frente a nosotros, y mientras duraba el
almuerzo y la comida no dejaba de envolverla en una red espessima de
rayos visuales. Y, confesando la verdad, debo aadir que Raquel no
pareca hallarse mal prisionera dentro de ella; antes corresponda con
otra, si no tan espesa, lo suficiente pura que el joven pensase con
razn que sus notabilsimos cabellos y barba eran apreciados en su justo
valor por la hermosa dama. En la mesa apenas cruzaban la palabra; pero
les vi en diferentes ocasiones departir amigablemente, apoyados en la
barandilla del corredor, mirando con ojos extticos los azulejos del
patio. Tambin observ, una vez que fui a misa de nueve en San Isidoro,
que Olriz, situado en posicin estratgica, cambiaba con la dama,
arrodillada cerca de una capilla, sonrisas y miradas. No s si el seor
Torres habra hecho las mismas observaciones que yo. Presumo que s,
porque no era tonto, y se necesitaba serlo para no advertir las
insistentes miradas del joven.

Fueme simptico el anciano, y le compadeca sinceramente. Entramos
pronto en confianza, y en ocasin en que quedamos solos de sobremesa,
tuve con l una conversacin bastante ntima. Se quejaba del calor que
haca, al cual nunca se haba podido acostumbrar a pesar de vivir en
cija, llamada la sartn de Andaluca, y decame que le molestaba
extremadamente la peluca.

--Nunca la he gastado hasta hace poco, y eso que he quedado sin pelo
hace ms de cuarenta aos...Phs! Ha sido un capricho de Raquel--aadi
sonriendo dulcemente.--Dice que sin ella y con la barba blanca que antes
traa aparento tantos aos que le da vergenza ir conmigo por la
calle...Como si a pesar de estos adimentos ridculos no se conociese
que paso de los ochenta!... Yo bien comprendo que a ella le avergenza
estar casada con un ochentn, y usted mismo se habr dicho al vernos:
Vaya un matrimonio estrafalario!... Cmo se le habr ocurrido a este
viejo decrpito casarse con una joven tan linda?... Nada; no me diga
usted nada; quien dice usted, dice todos los dems que nos conocen. Ha
sido una falta, lo reconozco; pero crea usted que hay algunas cosas que
la atenan un poco. En primer lugar, Raquel es hija de un antiguo amigo
mo. Hace cuatro aos se qued hurfana y sin recurso alguno. Necesit
irse a vivir en compaa de una hermana que tiene casada. Yo, que
frecuentaba la casa, me convenc pronto de que all no la trataban como
deban, y ella misma se me quej con lgrimas muchas veces de que en
casa de su hermana no era ms que una criada sin sueldo. Entre vestir y
lavar a los nios, hacer las camas, asear la casa, aplanchar la ropa,
etc., no tena un momento libre. Mientras tanto la hermana, como
princesa, pasaba el tiempo columpindose en una mecedora, reprendindole
cualquier falta severamente... En fin, ya puede usted suponer lo que
pasara all. Compadeca mucho su situacin, y pensando en los medios de
aliviarla, se me ocurri traerla a casa. Mas esto ofreca dificultades.
En qu concepto iba a venir a mi casa? Por muchas vueltas que le diese,
slo poda venir de dos maneras: o como esposa, o como criada.
Proporcionarle dinero para que viviese aparte, era factible; pero no
sera herir su susceptibilidad que, como usted ha visto, es grande?
Entonces se me ocurri casarme con ella. Le habl con toda franqueza.
Hija ma, soy un trasto viejo, tendrs que aguantarme un poco de
tiempo. En cambio, a mi muerte quedars libre y con una fortuna
considerable. Por mucho que viva, tiene que ser muy poco. Mira si la
perspectiva de una posicin independiente y desahogada compensa para ti
las molestias que yo te pueda ocasionar. Ella acept dando muestras de
agradecimiento, y desde entonces, que fue hace tres aos, he procurado
serle lo menos incmodo posible y que viva no slo con desahogo, sino
con lujo, para que su situacin sea ms llevadera. As y todo, parece
que algunas veces se impacienta... Es natural. La pobre se ve joven,
hermosa y adulada por los hombres. El pensar que se encuentra amarrada a
un tronco tan viejo y carcomido le hace padecer.

La sencillez y franqueza del anciano me conmovieron. Desde entonces le
tribut an ms respeto y consideracin, y fuimos amigos. Por eso me
atrev a decirle a Raquel un da en que ponderaba el sacrificio que
haba hecho casndose con l, y la tristeza de consagrar su juventud a
cuidar a un anciano achacoso:

--Vamos, tenga usted paciencia, que eso no durar mucho. Al fin se
encontrar usted joven y con una buena fortuna.

--S, s, eso me decan mis amigas al casarme; pero va durando
demasiado.

Aquella cnica respuesta nos dej fros a todos. Desde entonces me fue
profundamente repulsiva a pesar de su belleza.

Pues volviendo a mis asuntos, digo que comenz a germinar en mi mente
una idea, y fue la de acometer de nuevo la va del capelln del colegio
para llegar hasta mi adorada Gloria. El genio astuto de la raza galaica,
que late en el fondo de mi ser lrico, me suministr una traza apropiada
al caso. Yo tengo en Madrid un to carnal, hermano de mi madre, que es
alto empleado en el Ministerio de Gracia y Justicia desde hace aos.
Goza all de gran consideracin, y ha repartido en su vida no pocas
canonjas y hasta ha influido poderosamente en la eleccin de algn
obispo. A este le escrib rogndole me enviase una tarjeta de
recomendacin para algn dignatario de la catedral. Mientras llegaba la
respuesta, segu asistiendo a la tertulia de las de Anguita. Y, cierto,
no lo pasaba mal. A los tres o cuatro das, segn me haba anunciado
Villa, era ntimo de la casa. Pepita me llamaba chinchoso y mal gallego
a cada instante; Ramoncita me trataba con la misma gravedad campechana
que a los amigos antiguos, y Joaquinita celebraba conmigo numerosas
conferencias de quince minutos cada una. ste era el punto negro de la
tertulia. La asiduidad de aquella seorita me iba siendo cada vez ms
empalagosa.

A pesar de que le tena muy recomendado a Villa el secreto de mis
amores, imagino que le molestaba dentro del cuerpo, o que no pudo
resistir a la tentacin de informar a su adorada condesa de todo, porque
observ que una noche sta, mientras hablaba con l, fijaba sus hermosos
ojos en mi con curiosidad y benevolencia. Poco despus se acerc el
comandante y me dijo risueo:

--Vaya usted con Isabel, que desea hablarle.

Me apresur a cumplimentar la orden de la dama, quien me acogi con
extremada amabilidad.

--Sintese aqu, que tengo mucho que hablar con usted... Ya s que est
usted enamorado...

--Ese Villa!--exclam con enojo.

--No se enfade con l, porque su indiscrecin quiz redunde en beneficio
de usted. Ha de saber usted que la monjita por quien pena es prima ma.

--De veras?--pregunt estupefacto y con poca galantera.

--No muy prxima, pero s lo bastante para que pueda llamarla as. Su
madre es prima segunda de pap.

Si algo pudiera faltar para que aquella hermosa y amable joven me fuera
del todo simptica, fue este descubrimiento. La contempl con
embelesamiento, con un xtasis religioso que no pas inadvertido para
ella.

--As me gusta--dijo sonriendo.--Cuando se quiere a una mujer, ha de ser
de veras.

Yo me re tambin, ruborizado.

--Nunca hemos tenido un trato muy ntimo--sigui,--porque yo me he
criado en Sanlcar, y ella entr de interna en el colegio muy temprano.
Sin embargo, recuerdo que cuando vena a pasar alguna temporada a
Sevilla, he jugado con ella en su casa y hemos paseado juntas con
frecuencia. Despus que entr en el colegio no la he vuelto a ver ms de
tres o cuatro veces, que fui exprofeso a visitarla con una ta ma y de
ella tambin... Tiene usted buen gusto. Gloria es muy graciosa y
simptica. Si viera qu bien bailaba de nia las seguidillas!

--Y ahora tambin.

--Cmo ahora?--pregunt con asombro.

Entonces le expliqu de qu manera la haba visto bailar en Marmolejo,
lo cual celebr vivamente.

--Siempre ha sido muy resuelta y un poco aturdida... Si no fuera por ese
carcter alegre que Dios le ha dado, ya estara muerta hace tiempo...

Quise saber pormenores de su vida. Los datos vagos que me haba
suministrado la madre Florentina haban excitado fuertemente mi
curiosidad, y las reticencias de ahora no eran a propsito para
calmarla. Isabel saba poco, o no quiso decirlo. La ta Tula (madre de
Gloria) era una seora bastante rara, con un genio diametralmente
opuesto al de su hija. Parece que Gloria fue metida en el colegio contra
su voluntad y que luego se hizo monja por no avenirse con su madre. De
aquella insinuacin que me haba hecho Surez en Marmolejo, referente a
un seor que diriga los asuntos de D. Tula y viva con ella
maritalmente, no me dijo nada, ni yo me atrev a preguntarle. Despus me
dijo mirndome a los ojos sonriente:

--Adems, le prevengo a usted que mi prima es rica. Su padre pasaba por
tener una buena fortuna.

Yo (oh gran hipcrita!) hice un gesto de indiferencia.

--No quiero decir que eso aumente poco ni mucho su inters por ella--se
apresur a decir.--Pero... vamos, el dinero nunca daa...

Se inform tambin del estado de mis amores, y con ella fui ms franco
que con Matildita. No le dije ms de lo que haba pasado. Tuve la
satisfaccin de escuchar que, en su concepto, era lo bastante para que
pudiese imaginar, sin pecar de presumido, que no le era indiferente a su
prima. De la entrevista con el clrigo no le habl palabra, porque la
verdad del caso la hubiera hecho rer a mi costa, y una mentira ninguna
utilidad me traa. Por supuesto, por hacer como todos los dems, tambin
me brind proteccin.

--Estoy sumamente interesada en que logre usted lo que desea, tanto por
mi prima, que es una lstima que consuma entre cuatro paredes su
juventud, no teniendo vocacin para ello, como por usted. Creo que de
algo podr servirle en su campaa... Discurra usted, y vea si puede
utilizarme, que tendr mucho gusto en ello.

Le di un milln de gracias, rebosando de gratitud, y le promet que
cuando llegase el caso la molestara sin vacilar, pues me inspiraba una
confianza absoluta. Desde la primera noche que la viera me haba sido
extremadamente simptica. Sus ojos dulces y benvolos revelaban un buen
corazn, el timbre de su voz inspiraba desde luego cario y confianza,
etc., etc.

Manej el incensario de lo lindo, aunque loando sus prendas morales con
preferencia a las fsicas, por parecerme de mejor gusto y no inspirar
recelos.

Cuando pasaban estas razones entre nosotros, apareci Joaquinita,
dicindonos con sonrisita forzada:

--Isabel, hija ma, t nos acaparas todos los pollos. Djanos siquiera
alguno, por compasin.

--El seor me estaba informando de unas parientes que tengo en
Galicia--respondi la condesita rpidamente.

Le agradec el disimulo, en el cual me pareci ms maestra de lo que yo
haba imaginado, y me levant para sufrir un rato el chorro de la de
Anguita, que segua cada vez con ms ahnco interesndose por todo lo
que me ataa. Si no fuese porque es un poco ridculo, dira que segua
requebrndome. Declaro que me iba aburriendo y que me distraa de un
modo lamentable. Muchas veces mis respuestas eran incongruentes.
Bostezaba escandalosamente, y llegu en ocasiones a dar cabezadas de
sueo. Pero Joaquinita ni se enojaba ni ceda. Dirigiendo la mirada
hacia un grupo donde estaba D. Acisclo, observ que nos miraban
sonrientes. Despus supe que ste les haba dicho:

--Miren ustedes a Joaquinita con la caa.

Por fin lleg la carta de mi to, y dentro de ella otra muy expresiva
para un prebendado de la catedral llamado D. Cosme de la Puente,
recomendndome. Recib un alegrn y casi no almorc, con el afn de ir a
visitarle y poner en ejecucin mi proyecto. Tan luego como engull el
ltimo bocado y pas por el cuarto para recoger el bastn y los guantes,
abr la cancela y me dispuse a salir a la calle. Mas al trasponer la
puerta exterior, una mujer del pueblo, que sin duda me aguardaba, vino a
mi encuentro, dicindome con el acento exagerado de la plebe andaluza:

--Seorito, perdone su mers. No e su grasia don Seferino?

--Ceferino me llamo--respond mirndola con sorpresa.

Era una mujer ajada, de buenos ojos, flaca, plida y pobremente vestida,
con un paolito de seda blanco al cuello y la cabeza descubierta.
Aparentaba bien cuarenta aos; pero quedaba la duda de si sera ms
joven. Su rostro ofreca ms claramente las huellas del trabajo y la
miseria que las del tiempo.

--Sanhurho?

--Sanjurjo.

--Pue tengo que darle a su mers un recato...Quiere que entremo en el
portal?

--Como usted guste--repuse, fuertemente excitada mi curiosidad.

Nos apartamos, en efecto, de la estrechsima acera, y ya dentro del
portal, la mujer sac del pecho una carta doblada y me la entreg.
Romp el sobre apresuradamente y fui derecho con los ojos a ver la
firma. No la tena.

--De quin es la carta?

--De mi seorita.

--Y quin es su seorita?

--Toma! La seorita Gloria.

No pude reprimir un movimiento de susto, y me puse, no a leer, sino a
devorar la carta, apretada la garganta y las manos trmulas. La buena
mujer debi de observar mi turbacin, porque al levantar los ojos vi una
sonrisa en sus labios. La carta deca lo siguiente, en una magnfica
letra inglesa de colegio: Muy seor mo: Habiendo sido severamente
castigada por la superiora, hasta privarme por cinco das de toda
comunicacin con mis hermanas y con las educandas, despus de rogarlo
con muchas lgrimas, me han dicho que la razn del castigo era que un
joven cuyas seas coinciden con las de usted se haba presentado al P.
Sabino diciendo que era mi novio y que vena a sacarme del convento. Si
fuera usted, como presumo, el autor de la gracia, mereca le tuviesen
toda la vida encerrado en un calabozo como me han tenido a m cinco
das. Le ruego que no vuelva a ocuparse de una pobre mujer a quien ha
ocasionado y puede an ocasionar serios disgustos.

Entre confuso y dolorido, pregunt a la mensajera:

--Pero es verdaderamente de la hermana San Sulpicio?

--As creo que se yama en el convento. Para m e y ser la seorita
Gloria.

--Se la puede contestar?

--Por qu no?

--Pero quin es usted, y cmo puede llevar cartas a una monja?

Me lo explic con la brevedad y el lenguaje espontneo y pintoresco que
caracteriza a las menestralas sevillanas. Se llamaba Paca y haba sido
siempre mucho de la casa de la seorita Gloria. Su madre haba sido
nodriza de sta, y ella niera, por ms que no llevaba a la seorita ms
de doce aos. Doa Tula la protega y la llamaba para recados cuando
haca falta. Tena una prima, criada de unas nias que asistan al
colegio del Corazn de Mara, y por su mediacin se comunicaba con la
seorita Gloria, a la cual tambin iba a ver de vez en cuando. Esta
prima fue la que le diera la carta que ahora me entregaba.

--Pero cmo saba usted que era yo y dnde viva?

--Ver ut, seorito. Su mers da casi toto lo da tre o cuatro paseto
por la caye de San Jos y mira mu encandilao hasia la parte del
convento, verd ut? Fue mi prima lo ha arreparao y se diho contra s:
Ete e er seorito de la seorita, y le ha seguo lo paso hata da con
la pos. Aluego me lo diho a m... y aqu etamo.

--Y ha preguntado usted a alguien ms?

--Ut e er prim seorito que sale de eta casa dende que aguardo.

--Y es usted criada ahora de la madre de la seorita?

--No se; yo estoy cas y trabaho en la frbica.

--En qu fbrica?

--Toma! En cul ha de s? En la de sigarro. Quiere ut que vuerva por
la repueta?

--S, venga usted al oscurecer.

Despus que se despidi, yo, en vez de seguir hacia casa del cannigo,
retireme a la ma posedo de fuerte turbacin. La cosa no era para
menos. Aquella carta daba al traste con todos mis proyectos amorosos.
Comenc a pasear agitadamente en sentido oblicuo por la estancia. La
tristeza, la clera y el despecho armaban un verdadero motn en mi
cabeza. Por encima de todo, como sentimiento ms vivo, asomaba el odio
profundo contra el miserable capelln y un deseo irresistible de
vengarme de l a toda costa. Quin sabe los proyectos asesinos que en
un instante cruzaron por mi imaginacin! Ahora iba derecho a su casa y
le meta una bala en los sesos; ahora le aguardaba traidoramente por la
noche y le daba con un palo de hierro en la cabeza, o bien le asestaba
una pualada con un pualito cincelado que me regalaron la noche en que
le varias poesas en El Fomento de las Artes. De todos modos, aunque la
forma variase, el fondo era siempre idntico, zas! y al cementerio. Por
fortuna, despus que murmur zas! zas! algunas docenas de veces de un
modo fatdico, qued ms tranquilo y pude reflexionar. Al cabo de media
hora de paseos, se me ocurri una idea que, a no estar perturbado, debi
ocurrrseme en cuanto le la carta, a saber: que si bien en sta se me
trataba duramente y con cierto desprecio, el hecho positivo, tangible,
era que la hermana me enviaba una carta y que para hacerlo necesit
exponerse mucho y buscar medios clandestinos. Si yo le fuese enteramente
indiferente, no correra semejante riesgo. Con manifestar francamente a
la superiora y al capelln que ella no era responsable de que a un loco
se le ocurriera lo de la visita a aqul, ambos se daran por convencidos
seguramente, y no tendra ms que temer. Este pensamiento halageo fue
creciendo en mi espritu hasta llenarlo todo. Cuanto ms meditaba sobre
l, ms verosmil me pareca. Entonces, bailndome el corazn de gozo,
me sent a la mesa, saqu papel y me puse a escribir. No me salan ms
que protestas exageradas, ternezas empalagosas que al leerlas despus me
disgustaron. Tanto que, rasgados tres o cuatro pliegos, me decid a
esperar que las ideas se me compusieran un poco en la cabeza. Lo mejor
me pareci salir a la calle y hacer la visita al cannigo. Segn iba
caminando hacia su casa, situada en la calle de la Mar, cerca de la
catedral, me confirmaba ms en la intriga proyectada, una vez adquirido
el convencimiento de que la hermana no me rechazara.

El prebendado D. Cosme, leda la carta de mi to, me recibi
cordialsimamente, manifestndome que tendra gran placer en servirme en
todo cuanto pudiese. Era un seor ya anciano, con los cabellos
enteramente blancos y rosetas encarnadas en los pmulos, ojos vivos y
francos y boca grande, sonriente. Habitaba una gran casa, y observ en
las habitaciones excesivo lujo, sobre todo para lo que estaba
acostumbrado a ver en mi tierra en casa de los clrigos. Me declar con
franqueza que la prebenda se la deba a mi to. Aunque sus ejercicios
haban sido los mejores, sin la recomendacin poderosa de aqul, un
opositor de Teruel se la hubiese birlado. Figrese si yo tendr gusto
en servirle de cabeza! Animado por esta acogida, estuve por soltarle
todo mi cuento y pedirle proteccin. Tuve, no obstante, prudencia para
contenerme y limitarme por entonces a demandarle una tarjeta expresiva
para el capelln del colegio del Corazn de Mara.

--Don Sabino Guerra?... Hombre, s, le conozco. Fue sacristn algunos
aos en el Sagrario.

Sac de un escritorio de roble tallado una tarjeta y se puso a escribir
sobre ella. Aunque no me lo preguntase, por discrecin, cre del caso
decirle que necesitaba de los servicios de D. Sabino para ciertas
particularidades referentes a una parienta que tena profesa en la orden
del Corazn de Mara.

--No dude usted que le atender--dijo entregndome la tarjeta.--Le
prevengo a usted que no le toc nada de lo de Salomn. Si le sacuden,
suelta bellotas. Pero conoce bien la gramtica parda. Le digo, por lo
que pueda tronar, que es usted sobrino del seor Gemerediz, jefe de
seccin en el Ministerio de Gracia y Justicia.

Le di gracias repetidas, y le promet, a su instancia, que volvera por
all a comer con l. No me invitaba a almorzar, porque las horas de coro
le desarreglaban todos sus planes. Me convenc de que no tena cario al
coro.

Cuando llegu a casa, despus de dar algunas vueltas entre calles, me
encontraba en buena disposicin de espritu para escribir la carta a
Gloria. Me puse a ello y conclu de una vez sin vacilaciones ni
tachaduras.

Hermosa y amabilsima amiga: En efecto, yo he sido el desdichado que ha
tenido la ocurrencia de visitar al P. Sabino y proporcionarle a usted un
disgusto. Tiene usted razn. Mereca por ello gemir toda la vida en
oscuro calabozo. Pero es ms terrible an el castigo que usted me ha
impuesto con su enojo. Me he atrevido a tanto porque mi pobre
imaginacin no hall otro medio de acercarme a usted. Adems, como
usted me haba asegurado que estaba resuelta a dejar el convento, no me
pareci un acto punible tratar de saber si, una vez libre, rechazara
mis instancias. Que estoy enamorado profundamente de usted, no necesito
repetrselo, porque bien lo he demostrado. Por eso su carta me ha sumido
en la desesperacin; porque me persuade de que mis esperanzas han salido
fallidas, y nuestras conversaciones de Marmolejo no han sido ms que un
sueo feliz, del cual conservar grato recuerdo toda mi vida.

Suyo hasta la muerte,

    S.

       *       *       *       *       *

Postdata. He conocido en cierta tertulia a una prima de usted, la
condesita del Padul, que, siendo de la familia, haba de ser, claro
est, hermosa y amable.

Contestar usted a esta carta?

Si as no fuera, esperar pacientemente su salida del convento, para
verla siquiera una vez ms y marcharme.

    S.

       *       *       *       *       *

La carta, despus de leda, me satisfizo, porque, sin las redundancias
de las que antes haba ensayado, tocaba los puntos necesarios. Era
humilde y expresiva, y la inclinaba suavemente a contestarme, que era lo
que yo con ansia apeteca.

Paca no fue todo lo puntual que hubiera deseado. Hara ya una hora que
la noche haba cerrado, y ms de dos que yo espiaba su llegada a la
ventana de mi cuarto, cuando al fin apareci. Sal precipitadamente al
portal y le entregu el billete, y con l, haciendo un esfuerzo sobre
m mismo, un duro. Hubo lucha para que lo aceptase, y en ella tuve
momentos de desfallecimiento. Al fin quedaron las cinco pesetas en su
poder.

Qu de fatigas comenzaron para m! La contestacin, si la haba, me la
traera Paca a la misma hora del oscurecer. Al da siguiente no sal en
toda la tarde de casa. Ni a la cervecera quise ir con Villa despus de
almorzar. Cuando el sol comenz a declinar, no contento con espiar por
las rejas de mi ventana, salime al portal, y desde all, enfilando la
calle, me sacaba los ojos por si atisbaba a la cigarrera. Nada. Aquella
tarde hube de retirarme triste y cabizbajo. Al otro da lo mismo; al
otro igual. Ya iba perdiendo la esperanza. Villa, observando mi
tristeza, me pregunt el motivo, pero no quise manifestrselo, porque lo
hizo sonriendo. A m me pareca aquello el negocio ms serio de la
tierra.

Al fin, a los cuatro das mortales apareci Paca.

--Trae usted carta?--le pregunt temblando de anhelo.

--Qu me da su mers por eya?--respondi la pcara mirndome con
semblante risueo.

--Venga, venga!--exclam con ansiedad, temeroso al mismo tiempo de que
en efecto quisiera hacrmela pagar cara.

No contena ms que dos renglones. Deca as:

Sigue usted tan gitanillo como antes. Despus que salga del convento
hablaremos.

El efecto que me caus fue delicioso. Corri por todo mi cuerpo un
estremecimiento de placer, y en los primeros momentos no supe mas que
ponerme rojo de alegra y sonrer estpidamente frente a Paca, quien a
su vez solt la carcajada.

--Madre ma del Roso, y cunto me alegrara que su mers y mi
seorita... Vamo!--exclam juntando con un gesto expresivo los dos
ndices.

--All veremos, all veremos--respond con petulancia, afectando aire
reservado.--Venga usted maana, que tengo que darle otra carta.

Con la alegra acudi a mi la actividad. Casi me hallaba seguro de ser
correspondido. Villa, a quien tuve la flaqueza de comunicar mi dicha,
entre sorbo y sorbo de caf, me confirm en ella, dicindome despus de
leer la carta:

--Ol por la monjita barbiana! Est usted de enhorabuena, compadre. Ve
usted el tiempo que Isabel y yo nos queremos? Pues todava no he
recibido carta suya.

El genio de la intriga volvi a arder en m espritu. Me propuse
proseguir al da siguiente la que tena comenzada. Provisto de la
tarjeta del prebendado, como de un salvoconducto para atravesar una
regin peligrosa, me arriesgu a ir de nuevo a visitar al salvaje de D.
Sabino. Esta vez no tom la va del convento, sino que fui a llamar por
la puerta que daba a la calle. Saliome a abrir la criada sorda, que al
verme puso muy mala cara. Sin duda su amo se haba desahogado contra m
despus de la primera visita; y desde luego me dijo, cuando yo le hube
preguntado por el capelln a grandes gritos, que no se le poda ver, por
hallarse rezando. Repliqu que de todos modos le avisase para despus
que concluyese. Vino diciendo que ni ahora ni despus poda recibirme.
Sospecho que el clrigo, al or llamar, haba mirado por la celosa de
madera que cubra las ventanas de la casa y me haba visto. Entonces le
entregu la tarjeta y dije que aguardaba contestacin. No se hizo
esperar mucho. La sorda acudi a decirme que tuviese la bondad de
subir.

D. Sabino sali a recibirme fuera de la sala con sotana y gorro. Haba
cambiado la decoracin. Aquellos ojos de cerdo, recelosos y malignos,
que me haban perseguido pocos das antes bajando por la misma escalera,
brillaban ahora con expresin de humildad y temor.

--Pase usted, seor Sanjurjo, pase usted--me dijo, quitndose el gorro y
haciendo reverencias.

--Bueno va--dije para m.

Y pas con aire triunfal, mostrndome serio y un tantico desdeoso, lo
cual surti admirable efecto. La expresin de temor se fue acentuando en
el semblante del clrigo, contrado por una sonrisa forzada.

--Seor Sanjurjo, usted me perdonar si la vez pasada no le he recibido
como corresponda. Si hubiese tenido el honor de saber que estaba
delante de una persona tan respetable y decente, nunca me hubiera
atrevido...

Hice un ademn para que no siguiese adelante, levantando los hombros y
alargando la mano hacia l.

--Usted no me conoca--dije gravemente.

--Eso es, no le conoca a usted. Yo quisiera enmendar mi falta. Basta
que me lo recomiende mi amigo don Cosme para que yo le sirva en cuanto
pueda.

No se me ocult que la recomendacin de D. Cosme no era la que le
obligaba a estar tan deferente, sino el ser yo sobrino de mi to. As
que dije con tono protector:

--Don Cosme es una persona muy amable y simptica. Mi to Anselmo le
quiere mucho.

--S, ya s... Creo que a su seor to debe la posicin en que se
encuentra...

--Tanto como eso!... Pero, en fin, bueno es tener aldabas donde
agarrarse.

El clrigo, al verme sonrer, se apresur a hacer lo mismo, mostrando
unos dientes podridos que causaban nuseas.

Comprend que haba tropezado con un hombre vulgar y servil, y que poda
sacar de l buen partido. Por lo pronto, antes de llegar al punto
concreto que all me llevaba, dej que la conversacin siguiese por
donde haba empezado, hablando de D. Cosme y de mi to. Con maa y
disimulo supe introducir bien en su mente la idea del podero de ste.
Record al obispo Tal, al prebendado Cual, al ministro de la Rota D. N.,
amigos antiguos suyos. Sin decrselo, logr convencerle de que todos
ellos le deban el cargo que ocupaban. De este modo despert su
ambicin, y para inflamarla ms empec a hacerle preguntas referentes a
su persona y posicin. Haca muchos aos que era capelln del colegio?
Cundo haba venido a Sevilla? En qu se empleaba antes? Estaba
contento con su cargo? En seguida descubri la oreja. D. Sabino era un
hombre despechado, lleno de hiel contra la sociedad, y sobre todo contra
el rgimen actual de cosas, con el cual no medraban ms que los
intrigantes, mientras los hombres de carcter independiente quedaban
postergados. Despus de ser muchos aos sacristn del Sagrario, haba
solicitado un beneficio en la catedral con empeo, y por dos veces se lo
haban birlado otros. Algunos personajes de Sevilla, el marqus de Tal,
el banquero Fulano, se haban interesado en su favor; pero nada haban
conseguido.

--Eso--dije yo gravemente--consiste en que no tena usted en el
ministerio una persona que tomase con calor el asunto.

--S, seor. Eso es lo cierto.

Hubo una pausa, que prolongu adrede, para que el capelln reflexionase
sobre lo que yo deseaba. Al fin, sacando la petaca y ofrecindole un
magnfico cigarro habano, abord el asunto.

--Pues mi objeto al venir a verle--dije, como si no hubiera pasado nada
antes--era que usted me enterase de ciertas particularidades referentes
a una de las profesoras del colegio, la hermana San Sulpicio.

--Con mucho gusto--repuso algo avergonzado.

Afect no advertirlo y, envolvindome en una nube de humo, comenc a
hacerle preguntas con fingida indiferencia. D. Sabino estaba con tantas
ganas de servirme, que se pas de amable. Tambin daba feroces
chupetones al cigarro para disimular su turbacin, que no tard en
desaparecer. Me enter de todo lo que quise y no quise saber. Me cont
cmo haba entrado la hermana en el colegio cuando nia y cmo su madre
haba recomendado a la superiora que la inclinasen suavemente a la vida
religiosa. Esto era difcil. La chica era muy traviesa. Mientras nia,
no se hizo gran reparo en ello; pero cuando se hizo mujer trataron en
vano de corregirla. En esta poca fue cuando l haba entrado de
capelln al servicio del colegio. La madre habl con l, manifestndole
que se senta enferma y deploraba en el alma dejar a su hija expuesta a
los peligros del mundo; que en ninguna parte sera tan feliz, como en el
convento; que la felicidad de su vida consista en ver a la hija de su
alma tan cerca de Dios, y otras muchas cosas que le haban decidido a
influir sobre el nimo de la joven. Esta no se mostraba muy inclinada a
consentir en lo que de ella se exiga. Se la llev entonces a casa. Pero
a los tres meses, con gran sorpresa suya, se present de nuevo en el
convento, solicitando entrar de novicia. Don Sabino crea que la haban
impulsado a ello desavenencias con su madre. Pasado el ao de noviciado,
se la envi a Guipzcoa, y all estuvo ejerciendo su ministerio dos
aos. Luego la trajeron a Sevilla, y desde entonces no haba ocultado su
resolucin de abandonar el convento tan pronto como transcurriesen los
cuatro aos del primer voto. Indicome tambin que su madre, una persona
muy piadosa y respetable, la excitaba a renovar los votos, y que el
superior la haba llamado varias veces a su celda para hacerle la misma
recomendacin.

--Pero, el superior del convento no es usted?

--Ca! No, seor. Yo no soy ms que el capelln. Hay un superior general
de todos los colegios del Corazn de Mara, lo mismo de los que existen
en Espaa que en los de Francia, donde se establecieron primero. Es
francs, y constantemente est viajando, pasando temporadas en cada uno
para inspeccionarlos y dirigirlos. A sus manos va a parar todo el dinero
que se recauda...

--Ah!--exclam.

--S, seor; todo el dinero va a Francia.

Advert que pronunci estas palabras con un poco de despecho, por donde
pude entender que estaba herido por el alejamiento de los asuntos
econmicos.

--Vamos, es una empresa donde el personal no cuesta nada--dije
sonriendo.

El clrigo no contest; pero en sus ojos brill una chispa de malicia,
que me indic que slo callaba por prudencia.

--Bien--dije despus de chupar tres o cuatro veces el cigarro en
silencio.--Pues lo nico que le ruego, por ahora, es que no se moleste a
la hermana. Yo estoy seguro, no slo por lo que usted me ha indicado,
sino por saberlo de sus mismas labios, que est enteramente resuelta a
salir del convento, quiera o no su madre. Para cuando llegue el caso,
que ser pronto, espero que usted no pondr obstculos...

--Yo, seor Sanjurjo, he hecho hasta ahora lo que crea de mi deber,
aconsejndola, guindola por el camino de la piedad y de la devocin...
Pero desde el momento en que ella no quiere renovar los votos, yo creo
que manchara mi conciencia si contribuyese a que se la molestase poco
ni mucho... Ya ve usted, sera responsable ante Dios de formar una mala
religiosa.

--Justo, justo--dije, bajando la cabeza con aprobacin, y pensando
mientras tanto:--Ah, gran tuno, qu poco te acordaras de esos tiquis
miquis si no fuera por el olor del _beneficio_!

Despedime de l, no sin prometerle alguna otra visita para convenir lo
que habamos de hacer en aquel asunto. Al tiempo de salir, le dije:

--Muchas gracias, don Sabino, y cuente usted conmigo, que tendr gusto
en demostrarle mi gratitud.

Escrib otra carta a la hermana y le cont lo que haba pasado con el
capelln, y volv a protestar de mi inquebrantable adhesin. Me contest
por el mismo conducto, dicindome que me propasaba a hacer cosas que no
me correspondan, que no tena derecho alguno a mezclarme en sus
asuntos, y que me dejaba toda la responsabilidad de lo que pudiera
suceder. Con esto, y con que yo le d calabazas cuando salga del
convento, est usted aviado, terminaba diciendo. No me desanim por
ello. Al contrario, detrs de esta salida humorstica, vi claramente que
aceptaba mis galanteos.

Est bien--le repliqu;--vengan esas calabazas cuando usted salga del
convento, pero djeme usted antes contribuir a que salga. En suma, casi
diariamente nos escribamos. Comprenda el trabajo que a Gloria le
costaba esto, porque todos los das vena el billete en papel distinto,
en lo blanco de otra carta, en los temas de francs de las nias; hasta
en el dorso de un figurn me tiene escrito.

Lo que a m no, se le ocurri a ella: buscar la intervencin del conde
del Padul. En una de las cartas me dijo que, si bien el conde no
visitaba casi nunca la casa de su madre, sta le guardaba estimacin y
cario, y le mentaba a menudo en la conversacin. Mam est orgullosa
de su sangre, y aunque es un calavera deshecho, creo que atendera mucho
a lo que le dijese mi to Jenaro. Hable usted con Isabel primero, pero
no le diga que ha salido de m la idea.

As lo hice a la noche siguiente en casa de las de Anguita. Isabel se
mostr muy propicia a ayudarme, y agradecida por la confianza que le
haca. Ella se encargaba de decrselo todo a su padre y rogarle que
pusiese su influencia a mi servicio. Estaba segura de obtener buen
xito. El conde tena un gran corazn, no haba en el mundo un hombre
ms propenso a sacrificarse por los dems.

--Ya ver usted qu simptico es mi pap. Quedar usted encantado de l.
En Sevilla no hay quien no le conozca y le quiera.

Me conmovi la ternura y el entusiasmo con que la condesita hablaba de
su padre, que, segn la voz pblica, la estaba arruinando. Quedamos
convenidos en que aquella noche, al retirarse a casa, le enterara del
caso, y en que al da siguiente, antes de almorzar, fuese yo a visitarle
y proponerle lo que se poda hacer. Y en efecto, al da siguiente,
correctamente vestido de levita negra abrochada, guantes, botas de
charol y sombrero de copa alta (casi del todo inusitado en Sevilla), me
person en la mansin de los condes del Padul, situada en la calle de
Trajano. La fachada no era suntuosa; un casern de sillera deteriorada
y ennegrecida, con algunas molduras toscas; los balcones de hierro
toscamente labrados tambin; las armas de Padul en el medio, cerca del
techo. Por dentro era muy distinta. El patio magnfico, con arquera de
mrmol primorosamente labrada: en el centro haba un jardincito y por
entre el follaje vease blanquear una fuente monumental de mrmol y se
escuchaba el rumor del agua. Por una puerta de cristales columbrbase,
tras larga y oscura galera, otro patio y jardn. Sub por una escalera
de mrmol igualmente, acompaado del criado que sali a abrirme. En lo
alto de ella estaba Isabel, sonriente y hermosa, que pareca un sueo.
Vesta una bata blanca con adornos azules, y sus dorados cabellos caan
en gruesa trenza sobre la espalda, con un lacito azul tambin en la
punta. Comprend mejor que nunca el loco amor de mi amigo Villa. Mis
ojos debieron expresar tan sincera admiracin que se ruboriz levemente.

--Pap duerme todava--me dijo.

--Entonces, me retiro; ya volver.

--Nada de eso; pase usted, que no tardar en levantarse.

Me oblig a pasar a un saln lujosamente decorado con tapices y objetos
antiguos de gran valor. Lo que le haca deslucir un tanto eran ciertos
muebles de moderna factura, que contrastaban ingratamente con aqullos.
Sentose en un divn y yo trat de acomodarme en una butaca; pero la
condesa me seal en el mismo divn asiento, y me coloqu a su lado.

Me dio cuenta de que an no haba hablado con su padre, porque ste se
haba retirado tarde. No importa; en cuanto se despierte voy all y en
cuatro palabras le pongo al corriente de todo. Pierda usted cuidado, que
ha de hacer en su obsequio lo que pueda. Pidindoselo yo...

A pesar de las seguridades que me daba, no dej de sentir cierta
inquietud. Mucho ms valiera que el conde estuviese prevenido ya. En
fin, la cosa no tena remedio y me dispuse a aguardar. La condesita
entabl conversacin sobre diversos asuntos indiferentes; la compaa
que actuaba en el teatro de San Fernando; el real alczar, a cuyas
recepciones familiares por las noches sola asistir cuando la reina
estaba en Sevilla; la casa de las de Anguita, etc. Isabel hablaba con
perfecta naturalidad, la sonrisa en los labios, con entonacin dulce y
simptica que cautivaba. Sus frases envolvan siempre una cortesana tan
exquisita, una posesin tan cabal de todas sus facultades, que en ello
se echaba de ver la egregia cuna en que haba nacido y el comercio en
que haba vivido con elevadas personas. Jams murmuraba de nadie. Hasta
para las acciones ms ridculas hallaba siempre palabras indulgentes de
disculpa; exaltaba las buenas cualidades de sus amigas; a todas las
encontraba hermosas, elegantes o discretas; los amigos eran ingeniosos,
leales, cariosos; de Villa dijo primores. Qu persona ms simptica,
verdad? Tan fino, tan servicial! Luego tiene un corazn de nio. Le
encuentra usted siempre dispuesto a hacer el bien. A m me hacen
muchsima gracia sus bromas con Pepita... me ro como una tonta...

Indudablemente era una mujer a propsito para fascinar a cualquiera. Su
hermosura singular estaba realzada no slo por el brillo de su timbre
nobiliario, sino por el atractivo del carcter. Sin embargo, al cabo de
media hora de pltica senta como una impresin de fatiga. Haba cierta
igualdad montona en su discurso; jams una observacin fina, ni un
rasgo ingenioso, ni una frase que removiese la alegra en el corazn. La
misma sonrisa, el eterno juego de ojos para acariciar al interlocutor,
iguales elogios de todo lo creado. Crea adivinar que en el fondo no
haba ms que una muchacha bastante vulgar, con un buen carcter y mucho
y distinguido trato. Qu diferencia de mi adorada hermana! de aquella
gracia espontnea, de aquellos ojos parleros, siempre dicindole a uno
cosas distintas, de aquella frase impensada, vibrante, donde se
condensaban todo el fuego y toda la sal de Andaluca! Sin disputa
alguna, la condesita era ms hermosa, pero no seran muchos los que la
cambiasen por su prima. Al menos, esto me pareca a mi.

--Aguarde usted un momento. Voy a ver si pap se ha despertado--me dijo,
saliendo de la estancia. Y al pasar por la puerta se volvi para
aadir--: Si tardo un poco, es que le estoy enterando, sabe usted?

En efecto, tard en volver, y yo comenc a sentirme agitado y algo
pesaroso de lo hecho. Qu dira el conde al saber que un qudam, con
quien no haba cruzado la palabra siquiera, vena a molestarle para un
asunto tan balad e impropio de sus aos y jerarqua? Entonces vi la
fase ridcula de mi proyecto, y me sent fuertemente avergonzado. Tuve
tentaciones de escaparme de la casa; pero me pareci, al instante, necio
y descorts. Isabel se haba portado muy delicadamente conmigo, y
pareca interesada sinceramente en mi empresa. Al cabo de diez minutos
se present de nuevo sonriente, haciendo un signo con la mano para que
me acercase.

--Venga usted... Ya se lo he dicho... Por su parte, no hay
inconveniente; pero es necesario que le digamos lo que hay que hacer...

Atravesando algunos corredores y piezas, me condujo a la que ocupaba su
padre. Observ gran diversidad en el mobiliario de la casa. Mientras el
saln donde me haban recibido estaba amueblado, como ya he dicho, con
lujo, de las cmaras que bamos pasando no poda decirse lo mismo. Slo
contenan algunos trastos viejos; las paredes sucias; el pavimento de
azulejos, roto y deteriorado. Isabel no quiso pasar sin explicarme tal
contraste. Aquella casa haba estado deshabitada largo tiempo, porque la
familia viva en Sanlcar. Su pap, que pasaba largas temporadas en
Sevilla, viva en la fonda. Cuando, haca cuatro aos, se haban
decidido a venirse a esta poblacin, amueblaron de nuevo algunas
piezas, las que necesitaban. El resto de la casa lo haban dejado tal
cual estaba, en la previsin de que les viniese otra vez la gana de irse
a Sanlcar.

Empuj una puerta y penetr en la habitacin de su padre. Luego me
llam. Era un gabinete espacioso, con balcn a la calle, suntuosamente
decorado. Haba la misma variedad de muebles antiguos y modernos. Los
primeros, existentes tal vez en la casa; los segundas, recientemente
comprados. Advertase, en la riqueza y refinamiento de los objetos
usuales y en el desorden que reinaba, que era la habitacin de un hombre
con instintos de gran seor y carcter desarreglado. El escritorio era
lindo y pequeito, como los que usan las seoras; butacas de formas
diversas, forradas de telas preciosas; una fumadora; candelabros de
plata tallados en el siglo pasado; las paredes forradas de damasco
encarnado; en el balcn persiana de estilo modernsimo; sobre una butaca
un sombrero cordobs de alas anchas y rectas; en el suelo un par de
botas de montar, con las espuelas puestas an; sobre el escritorio, en
vez de papeles, un cajn abierto de cigarros habanos y un revlver
niquelado. No se vea por ninguna parte un libro.

--Pap, aqu est el seor Sanjurjo.

--Voy all--respondieron de la alcoba.

Y a los pocos instantes, levantando el portier de seda encarnada con
greca amarilla, se present el conde a medio vestir an, con un batn de
color gris y vivos azules, y pauelo blanco de seda cubriendo mal la
desnuda garganta. Era, a pesar de este traje casero, la misma arrogante
persona que haba visto dos o tres veces en casa de Anguita. Slo que
aquella expresin de fatiga que haba advertido en su rostro se
mostraba ahora ms claramente. El color de su rostro era moreno cetrino.
En sus facciones haba regularidad y decisin; ojos grandes, negros y
opacos; la cabellera gris, abundante y ondeada. Era una figura enrgica
e interesante. Me estrech la mano con franqueza y cordialidad. Yo sent
crecer la vergenza en mi pecho, y qued turbado unos momentos en su
presencia. No pareci advertirlo. Me oblig a sentarme, y acto continuo
me present el cajn de cigarros. Comenzamos a fumar, y esto, y las
miradas de aliento que me diriga Isabel, contribuyeron a serenarme.

El conde se mostr sumamente fino y deferente. Me dijo que recordaba
haberme visto en casa de Anguita, aunque no haba tenido el honor de
cruzar la palabra conmigo. Se inform de mi patria, de mi edad y
profesin, mostrando un inters que me sedujo tanto como me sorprendi.
Yo tena idea de que era un hombre seco y desdeoso en su trato, como
suelen ser los calaveras famosos, tal vez por el tedio que les acomete
cuando trasponen la edad juvenil. De D. Jenaro Montalvo (que as se
llamaba) haba odo contar las acciones ms extravagantes y los casos
ms estupendos. La mayor parte de ellos no le acreditaban como hombre
culto y bien educado. Algunos hacan presumir que sus sentimientos no
eran muy delicados. Contbase en Sevilla que el conde se embriagaba a
menudo, y en las juergas que corra con sus amigotes, casi toda gente
soez, haca cosas indignas de su nombre. Una noche haba desnudado a las
mujerzuelas que le acompaaban y las haba zambullido en el ro; otra
vez haba hecho violencia a una criada del establecimiento donde cenaba
en presencia y ayudado de sus amigos. Decase que en cierta ocasin
haba disparado el revlver sobre unos muchachos que le dirigan en son
de burla el reflejo de un espejo a los ojos; se haba batido con una
pistola cargada de arena y otra de plvora, y haba matado a su
contrario. Fue ntimo amigo del Naranjero, el clebre bandido de
Crdoba, y se haca acompaar por l en sus caceras por la sierra.
Todas estas cosas, y otras muchas que omito, haban formado en torno
suyo una leyenda, mitad caballeresca, mitad rufianesca, que le haca muy
conocido y popular en la ciudad. Se me revolvan todas ellas en la
cabeza al hablar con l, y le contemplaba con muchsima curiosidad y
mezcla de repugnancia y admiracin. Pero los modales corteses y la
afabilidad extremada de D. Jenaro borraron tales impresiones a la
postre. Cualquiera se resistira a creer que aquella persona suave,
atenta y corts fuese el hroe de tanta ancdota brutal y escandalosa.
Por su palabra grave y reposada, por sus modales aristocrticos sin
altivez, pero donde se trasluca su linaje, por la leve insinuante
sonrisa que acompaaba a su discurso, era el perfecto tipo del caballero
a la antigua espaola.

--Conque voy a tener el gusto de llamarle pronto pariente?

--Oh! seor conde--respond todo sofocado,--el honor sera para m...
pero no hay nada de eso.

--Por qu no? Mi sobrinita le quiere a usted... Usted la quiere a
ella... Se casan ustedes, y en paz.

--Para llegar ah hay mucho camino que andar.

--Se andar--dijo Isabel.

--Bueno--manifest el conde sonriendo y dirigindose a la vez a su hija
y a m.--Y qu quieren ustedes que yo haga en este asunto?

En la sonrisa que contraa sus labios advertase benevolencia y tambin
un poco de burla, que volvi a desconcertarme. Isabel respondi por m.

--Queremos que trabajes para que Gloria salga del convento. Por
confesin de ella misma, tiene deseos de salir. Hay obstculos que al
parecer se lo impiden. Quiero que t averiges cules son y que los
deshagas.

--Quiero! Mejor diras ordeno y mando--dijo el conde soltando una
carcajada.--Qu le parece a usted de la princesita? Sabe o no sabe
mandar?

Yo me content con sonrer.

--La ta Tula--prosigui la joven, sin hacer caso--te quiere mucho.
Estoy segura de que har lo que t le aconsejes.

--En seguida! Si no la he visto hace un siglo!

--No importa. Te haces encontradizo con ella... Para eso es menester que
te levantes un da temprano... Ya sabes que va a misa a San Alberto...
Le dices que has estado, con cualquier motivo... conmigo, por ejemplo,
en el colegio del Corazn de Mara, que has hablado con Gloria y que
consideras que no debe permanecer en el convento por esto y lo otro...
Que no tiene vocacin de monja, y que sera cargo de conciencia tenerla
all contra su gusto. La ta, aunque no sea ms que por vergenza, se
apresurar a sacarla... De lo dems yo me encargo.

--Todo eso est muy bien--dijo el conde despus de una pausa, mirando
con cario a su hija.--Slo hay un punto negro.

--Ya lo s; el madrugar, verdad? Yo me encargo de despertarte...

--No, no!--exclam asustado.--Prefiero ir directamente a casa de la
prima.

--Qu hombre tan perezoso!

--Siento en el alma, seor conde, ocasionarle a usted una molestia...
mucho ms cuando no tengo ttulo alguno...--me apresur a decir.

--Usted es muy dueo, seor mo... Pero ya lo haremos sin todos esos
laberintos que pide esta chiquilla... Djelo usted de mi cuenta, que yo
me encargo de arreglarlo todo... Vamos a ver--aadi dirigindose a su
hija,--este seor, seguramente, me ha de recompensar mandndome los
dulces el da de la boda... Pero t qu vas a darme por ello?

--Yo? Un abrazo muy apretado y un milln de besos. Te conviene el
precio?

--Me conviene--respondi D. Jenaro, cogindole la cabeza con las dos
manos y besndola con ternura sobre los cabellos.--Ahora ve a decir que
nos pongan el almuerzo... Supongo que el seor almorzar con nosotros.

Trat de excusarme, porque me pareca demasiada confianza para el primer
da; pero ante la insistencia afectuosa del padre y la hija, hube de
rendirme. Mientras nos avisaban, continuamos conversando. El conde me
pidi permiso para arreglarse en mi presencia. Hablamos de caballos y
toros. Era peritsimo en estos asuntos, y daba gusto escucharle. En
cambio, en cuanto mud la conversacin y le traje a la poltica, D.
Jenaro no emiti ms que ideas vulgares o disparatadas. Espaa, en su
opinin, no poda gobernarse sino a latigazos. Lo primero que haca
falta era barrer a todos los granujas que bullen por los ministerios, y
poner en su lugar personas decentes y de arraigo. Luego, para qu sirve
el Congreso? Para que medren unos cuantos ganapanes que no saben ms que
charlar por los codos. Fuera el Congreso y fuera el Senado. Una persona
arriba, llmese rey, presidente o Preste Juan, que tenga firme por la
rienda y arree con el ltigo al que se desmande. Luego, nada de
indultos. Al que conspire, cuatro tiros y en paz. Cuando se tuvieran
llenas las crceles, se meta a los criminales en un barco viejo, se le
llevaba a alta mar y se le daba un barreno. Por qu ha de mantener la
nacin a los bandidos, vamos a ver?

Yo, que estaba pasmado de aquellas atrocidades, asenta sonriente con la
cabeza. En aquel momento hubiera convenido con l en que era menester
degollar a las dos terceras partes de los espaoles. Luego que se hubo
arreglado, pasamos al comedor, situado en la planta baja, con dos
puertas vidrieras al patio. Era una pieza grande, un poco destartalada,
donde haba dos armarios de roble tallado antiguos, espejo grande de
marco negro, una mesa elstica de estilo moderno y sillas de rejilla. Al
lado de nosotros vino a sentarse una seora vieja, modestsimamente
vestida, de semblante plido y rugoso, cabellos blancos y anteojos
ahumados. Nos hicimos una inclinacin de cabeza, y apenas abri la boca
mientras dur la refaccin. Ni el padre ni la hija me presentaron a
ella. Despus supe que era una parienta lejana, llamada Etelvina, que el
conde haba buscado para acompaar y autorizar a su hija, segn los
casos.

El almuerzo fue sencillo. En Andaluca no se da a la mesa la
importancia que en los pases del Norte. Observ que el conde coma
poco, lo cual, segn me dijo, le pasaba casi siempre a la hora de
almorzar, quiz por levantarse tarde. En cambio, a la noche sola tener
apetito.

--Eso es lo que yo no puedo atestiguar--dijo Isabel, sonriendo con
tristeza.

--Claro, como que nunca me has visto comer!--dijo el conde, un poco
contrariado por el oculto reproche.

--Poquitas veces--aadi la joven tmidamente.

--Phs!--murmur D. Jenaro, levantando los hombros con
indiferencia.--Supongo, seor Sanjurjo, que usted ya se ir
acostumbrando a las exageraciones de las andaluzas.

Seguimos hablando de poltica. Luego volvimos a hablar de toros. Por
ltimo, recay la conversacin sobre poesa. La exquisita amabilidad del
conde le impulsaba a ello, pues que yo le haba sido presentado como
poeta.

--En Espaa hay muy buenos poetas--dijo el prcer con la mayor vaguedad
posible.

--Phs!... S, s, algunos.

Como este relato es una verdadera confesin, declaro que aquel
_Phs!_, pronunciado con indiferencia desdeosa, quera significar que
yo, como gran poeta tambin, no estaba obligado a admirarme de otros
grandes poetas, sino a profesarles tan slo la estimacin debida a los
compaeros. Que se me perdone esta flaqueza que confieso. Otros las
tienen y no las confiesan.

--Me han gustado siempre mucho los versos... Leo pocos, sabe usted?...
Como uno tiene tantas cosas que hacer... Y cul es el poeta que usted
prefiere?

--Yo? Zorrilla.

--Perdone usted, seor Sanjurjo; confieso que escribe muy bonitos
versos. Algunos he ledo, y aun s de memoria, que me encantan...
Aquello de

      Pobre garza enjaulada,
    dentro la jaula nacida,
    qu sabe ella si hay ms vida
    ni ms aire en que volar?

es precioso, precioso!... Pero yo no puedo sufrir a ese seor. Creo que
es quien tiene la culpa, hoy por hoy, de todo lo malo que sucede en
Espaa.

Qued con la boca abierta.

--Cmo?...

--S, porque si no tuviese constantemente alarmado al pas, ste
disfrutara de los beneficios de la paz. Las industrias prosperaran con
los capitales que se retraen; la agricultura, la ganadera tambin...

Comprend que el buen conde crea que el poeta Zorrilla y el
revolucionario del mismo nombre eran una misma persona. Me apresur a
sacarle del error, tomando precauciones para que la leccin no le
molestase. Pero no pareci poco ni mucho humillado, como si el ignorar
tales cosas no valiese la pena de fijar la atencin. Y la pltica
volvi, es claro, a rodar sobre caballos. El conde preparaba dos para
las prximas carreras. De all, como por la mano, entramos otra vez en
el terreno de los toros, y de nuevo tuve ocasin de admirar los
conocimientos del prcer y la aficin. En otro tiempo haba sido uno de
los ms bravos aficionados, aunque nunca haba querido torear en
pblico. Eso no es ms que una guasa, sabe usted?, me deca en tono
desdeoso. Lo que le placa, aun hoy, era tentar y derribar toretes en
sus fincas y en las de sus amigos, montar buenos caballos, cazar venados
y cochinos en el monte. Otras cosas saba yo que le gustaban tanto o ms
que todo esto. Pero sas no me las dijo, me las ofreci a la vista.
Mientras tomamos caf se bebi una botellita entera de _cognac_. Y
hablando, hablando, tambin advert que el conde no era muy fuerte en
geografa. Saliendo a cuento el viaje de Cchares a Cuba, si yo no
entend mal, D. Jenaro supona que Buenos Aires estaba muy prximo a
esta isla.

Pues a pesar de esta falta de cultura, que a cualquiera parecer
ridcula, era un hombre que se impona. Nunca entraban deseos de rerse
de l. Haba cierta energa en su acento y un desdn oculto detrs de su
refinada cortesa, que infundan respeto y hasta miedo. En su mirada
opaca, distrada, lease bien que haba pasado por muchos casos raros y
terribles, que haba tratado gente de la ms opuesta condicin social y
que no careca de inteligencia y sagacidad. Era un hombre habituado al
dominio, no tan slo por su posicin, sino por su valor, del que se
decan cosas pasmosas en Sevilla. Su hija le envolva, mientras hablaba,
en una mirada de admiracin y cario que l no pareca observar. Sin
embargo, la trataba con mimo: no la llamaba ms que chiquita, y la
atenda en la mesa como a una dama festejada. De la prima Etelvina haca
poco o ningn caso. Ella pareca tambin que se bastaba a si misma,
comiendo y callando, dirigiendo sus ojos, ribeteados de encarnado, al
que llevase la palabra, por encima de las gafas ahumadas. La sobrina
tampoco reparaba en ella, y cuando alguna vez se vea obligada a
alargarle algn objeto, lo haca sin mirarle a la cara. nicamente
cuando el conde quiso hablar de nuevo de mis amores, le hizo sea para
indicarle que no convena delante de testigos. Pero aqul, o no la vio o
no quiso ceder a la indicacin, porque sigui despachndose a su gusto
acerca del tema.

--Mi prima Tula es muy rara... Aqu sta la conoce bien...Verdad,
Etelvina?

--S, la conozco bien--respondi la vieja con voz lgubre, que semejaba
la de un aparecido.

--Como se han criado juntas, verdad?

--S, nos hemos criado juntas--volvi a responder el aparecido.

--Cundo os habis separado?

--Nos separamos hace treinta aos.

--Y es muy rara, no es cierto?

--Muy rara.

Pormenores de las rarezas de su prima no fue posible sacrselos.
Confirmaba los que el conde relataba, con un movimiento de cabeza.

Cuando nos levantamos de la mesa, yo me apresur a despedirme por no
molestar. Isabel aprovech el momento para rogar a su padre que fuese
aquella noche con ella al teatro. El conde respondi, mientras encenda
un cigarro:

--No puede ser: ya sabes que no me gusta la pera.

--Vamos, papato; esta noche solamente--repiti la joven con mimo,
besndole la mano que tena cogida.

--No puede ser; me aburro y me duermo. Por qu no vas con las de
Enrquez?

--Pues por eso precisamente. He ido convidada una porcin de veces, y
me da vergenza no llevarlas alguna vez.

--Manda por un palco, y llvalas.

--Bien sabes que eso no puede ser, pap. Parecera muy feo que t no
fueses autorizndome.

--Pues, hija, lo siento... pero yo no voy.

--Parece mentira que me niegues este favor! Si te lo pidiese todos los
das, se comprende... Pero una noche tan slo! Bien podas hacer el
sacrificio de dejar a tus amigos...--profiri la joven con voz alterada,
pugnando por no llorar.

El conde volvi los ojos hacia ella, y le dirigi una mirada larga y
dura sin decir palabra. Isabel baj los suyos con temor, y por debajo de
las negras pestaas asom temblando una lgrima.

Aquella corta e insignificante escena me produjo mal efecto. Pareciome
que el conde era un padre muy tierno slo mientras no se tocase a sus
gustos y placeres.




VIII

Con perdn de ustedes, pelo la pava.


Comenzaba el calor a dejarse sentir. Estbamos a mediados de Junio. El
sol, desde las cinco de la maana, envolva a la nclita ciudad en una
caricia viva y prolongada hasta las siete de la tarde, enmedio de un
cielo puro y flamgero. La angostura y tortuosidad de las calles no nos
preservaba enteramente de sus ardores. Por aquellas estrechas ranuras
entraba su luz como una llamarada, como un latigazo de fuego que
encenda el rostro y caldeaba la cabeza. Haba llegado a cogerle miedo a
este gran sol feroz de Andaluca, y sala poco de casa.

--Diga usted, Matildita, hace ms calor que ste en Sevilla?

--Anda! Pues, hijo mo, si ahora est haciendo fresquito! No ve usted
qu noches ms hermosas?

En efecto, el calor por la noche ceda bastante. Pero yo, acostumbrado
a la temperatura primaveral de mi pas durante el esto, lo senta ya
abrumador. Se me erizaban los pelos, y eso que los tena bien mojados
por el sudor, ante la perspectiva de las noches que me anunciaban.

En la calle de las Sierpes, arteria principal de Sevilla y centro de su
comercio elegante, se haba colocado un toldo que la cubra toda.
Gracias a l poda transitarse cmodamente por ella. Los casinos y
cerveceras, en que abunda, estaban abiertos todos, y los transentes
comunicaban con los de adentro libremente. Por la noche, la gente,
recluida durante el da en sus casas, sala a tomar el fresco. Despus
de comer me gustaba permanecer una hora en la Britnica, viendo desfilar
la gente en compaa de Villa. Cuando nos cansbamos all, los das que
no bamos a casa de Anguita, o hasta que llegaba la hora de ir, solamos
dar algunas vueltas por la plaza Nueva, que, por serlo, es la nica
grande y regular que hay en la ciudad. En los jardines del centro, que
adornan naranjos y palmeras, se colocaban filas de sillas, y all
pasaban algunas horas de la noche muchedumbre de familias.

--En esta poca--me deca el comandante--se ven aqu caras que no
volver usted a ver en todo el ao...Y que las hay retrecheras!...

Otras veces nos bamos hacia la orilla del ro, donde las noches de luna
no encienden los faroles. A lo largo del paredn que separa el paseo del
muelle haba muchos bultos de mujeres sentadas en el banco de piedra con
respaldo de hierro que lo guarnece. Al cruzar por delante de ellas, como
les daba la luna por la espalda, slo percibamos la silueta de sus
hermosas cabezas desnudas o cubiertas por blanca toquilla; pero s
veamos lucir, con vivo relampagueo, sus ojos negros, sus dientes
blancos, marroques. Y aquella fugaz visin produca en el alma un dulce
desasosiego, al cual, ni Villa con su adoracin por la condesita, ni yo
con mi entusiasmo por la hermana San Sulpicio, podamos sustraernos.

--Compadre--deca en voz alta para que lo oyesen las interesadas,--no se
puede pasar por aqu sin coraza.

Algunas carcajadas reprimidas contestaban a este requiebro.

No era el sol el enemigo principal que yo tema en Sevilla, ni el ms
molesto. Otros haba que, aunque ms pequeos, me daban mucha y muy
cansada guerra. Eran stos los abanicos. A cualquiera le asombrar que,
siendo objetos tan inofensivos y aun tiles para todo el mundo, slo
conmigo fuesen fieros y saudos contrarios. Mas aqu debo recordar que
los abanicos generalmente son de papel, y este papel por uno de los
lados suele estar pintarrajeado con asuntos campestres, y por el otro
queda en blanco. Pues bien, lo que ms me pesaba no eran los paisajes, y
eso que hay en ellos montaas de caf con leche y mariposas que parten
los corazones, sino precisamente el reverso blanco, lo que pareca que
no deba de dar cuidado a nadie. Desde que en la tertulia de Anguita se
supiera que era poeta, no slo las nias de la casa, sino cuantas
tertulianas all acudan, se creyeron con derecho para exigir de m que
llenase con versos aquel malhadado reverso. Y no slo las tertulianas,
pero tambin sus amigas y conocidas me mandaban los abanicos, ora por
mediacin, ora directamente con un billetito recomendndose a mi
galantera y poniendo por las nubes mis dotes poticas. A lo cual
contestaba yo manifestando, en una dcima o redondilla, que no haba
ojos como los del dueo del abanico, y que envidiaba al aire que iba a
acariciar su rostro hechicero, y que toda la sal de Andaluca, sin
exceptuar un grano, estaba depositada en Fulanita (a quien la mayor
parte de las veces no conoca), etc., etc. Pero tantas haba repetido
estos o parecidos conceptos, que para hallar forma diversa con que
exponerlos me vea y deseaba, prensaba la cabeza y me morda los dedos
de rabia. Claro que cuantos ms de estos sencillos artefactos venan a
mi poder, las torturas eran mayores y ms prolongadas. Lleg al punto
que no poda ver uno en poder de alguna seorita, que se relacionase ms
o menos con conocidas mas, sin sentirme acometido de congojas y sudores
fros, y alguna vez de calambres y nuseas. Hay que confesar, sin
embargo; que tal plaga no es propia nicamente de los climas clidos.
Existe, ms o menos atenuada, en todas las regiones comprendidas entre
el trpico de Cncer y el de Capricornio.

Tard cuatro das en recibir carta de Gloria. Cuatro das mortales!
Estaba desesperado. Las vueltas que di a la calle de San Jos fueron
incalculables. Esper a Paca a la salida de la Fbrica, pero no logr
verla. Isabel tampoco pareca por casa de Anguita. Con Villa no quise
desahogarme, porque tema que lo echase a broma. Para bromas estaba yo!
Por fin, una noche lleg Isabel a la tertulia, y en la mirada larga e
intencionada que me dirigi comprend que algo grave tena que decirme.
Me ech a temblar, porque el estado de inquietud en que me hallaba haca
algunos das me predispona a los sobresaltos.

--Tengo que hablar con usted--dijo por lo bajo, pasando cerca de m con
semblante severo.

Deb de ponerme plido, pensando que iba a anunciarme una catstrofe. Si
hubiera tenido el espritu sereno, poda comprender que las mujeres
gozan interviniendo en las intrigas amorosas y desempean su papel con
mucha seriedad. Vi que se acercaba al piano y comenzaba a teclear
distradamente. Agitado y convulso, me aproxim tambin.

--Preprese usted a recibir una noticia importante--dijo la condesita,
sin mirarme y con acento grave y misterioso.

--Qu hay?--murmur con voz desfallecida.

--Gloria est ya en su casa.

Cre que me caa. Tard algunos segundos en contestar.

--Cmo? En su casa? Desde cundo?

En aquel instante, Joaquinita, maldita sea su estampa!, se lleg a
nosotros con sonrisa picante.

--Pero qu tapujos traen ustedes? Contra quin se conspira?

Yo no pude reprimirme un gesto de impaciencia. Pero Isabel,
con mayor aplomo, sonriendo plcidamente, respondi:

--Contra ti.

--Puede!--replic la de Anguita, riendo para disimular su recelo.

--La pura verdad.

--S ser; porque yo nunca te he sido simptica--dijo Joaquinita sin
dejar de sonrer, pero con acento irritado.

--En efecto, lo que se llama simptica no me lo eres.

Al decir esto sonrea con la misma dulzura. Yo pens que estaban
hablando en broma.

--Pues, hija, no haces ms que tomar lo que yo te he cobrado por
anticipado.

--Tambin lo creo. Hace tiempo que s que me aborreces.

--No; aborrecerte no, pero quererte tampoco.

--S, aborrecerme; por qu no eres franca, como yo lo soy?

--Con franqueza te digo que no te quiero.

Se hablaban con tal sosiego y naturalidad, sonrean de un modo tan
plcido, sobre todo Isabel, que cualquiera dudara, como yo, si estaban
bromeando. Sin embargo, al fin pude convencerme de que se lo decan muy
en serio, lo cual me sorprendi y a la vez me hizo gracia. Las dej
departiendo, al parecer amigablemente, y fui a contrselo a Villa, quien
arrim el ascua a su sardina, exclamando:

--Qu corazn tan franco el de Isabel! verdad? Ni cuando quiere ni
cuando aborrece puede ocultarlo.

Antes de retirarse, tuvo sta ocasin para invitarme a almorzar al da
siguiente, de parte de su pap. Acept con jbilo, porque saba que
bamos a hablar de lo que ms me interesaba. Pero antes de ir a su casa
di ms de treinta vueltas aquella maana por la calle de Argote de
Molina, donde Gloria viva. Esta calle, una de las ms originales e
interesantes de Sevilla, va desde la de Conteros a la iglesia de San
Alberto. Es estrecha y hace una porcin de vueltas, con recodos bruscos
que le prestan carcter misterioso y potico. Transita por ella poca
gente, y est habitada en general por familias bien acomodadas, a juzgar
por los suntuosos patios que a derecha e izquierda se ven al travs de
las cancelas.

La casa de doa Tula ocupaba uno de los rincones ms solitarios. No era
grande, pero estaba restaurada recientemente con bastante lujo. Solo
tena un piso alto, con dos balcones miradores, y uno bajo, con dos
grandes ventanas enrejadas. El pavimento del portal era de mrmoles
finos; la cancela, elegante con delicados trabajos en los hierros; el
patio, no grande, con primorosa arquera de jaspe, lleno de plantas y
flores. Advertase que no faltaban el dinero y el gusto. Yo tena bien
conocida aquella casita. En cuanto llegu a Sevilla, fue una de las
primeras que visit, porque Gloria me haba dado las seas. Mas en todo
el tiempo que haca que all estaba no haba logrado ver alma viviente
ni en los balcones ni en el patio, y eso que haba pasado bastantes
veces por delante.

Lo mismo acaeci esta maana, lo cual me pes, como es natural, ms que
nunca. No vi a Gloria ni rastro de ella. Los miradores seguan con los
mismos transparentes de tela fruncida; las ventanas, con las mismas
persianas verdes; el patio, en idntica soledad. Ni una sombra ni el ms
leve ruido. Qu anhelo, qu curiosidad senta yo por ver a mi monjita
con el vestido de sociedad! Durante el almuerzo, Isabel me dio cuenta de
los trabajos de su padre en mi favor. El conde no estuvo tan expansivo y
locuaz como la otra vez. Se conoca que algo le preocupaba, tal vez una
prdida grave en el juego de la noche anterior. Haba ido de visita con
su hija a casa de la prima Tula, con pretexto de llevarle noticias de
una parienta que tena en Filipinas. Siguiendo los impulsos de su
carcter, atac bruscamente la fortaleza, reprobando en trminos severos
la estancia de Gloria en el convento. La ta haba intentado
defenderse, alegando que era vocacin de su hija y que su conciencia no
le permita contrariarla; pero el conde la ataj con energa,
manifestando que para creer en esa vocacin era menester demostrarla.

--Mira, chica, scala del convento; pero no para encerrrmela en casa,
como la otra vez. Que vea el mundo, que entre en sociedad, que asista a
teatros, paseos y tertulias. Si despus de hacer esta vida durante seis
meses o un ao persiste en meterse monja, djala que vaya bendita de
Dios. Mientras tanto, a nadie convencers de que no se ejerce presin
sobre ella.

--Uf!--exclam Isabel, despus de repetir estas palabras de su
padre.--La ta se puso de veinticinco colores. Cre que le iba a dar un
desmayo.

--Si le habl tan duramente--dijo el conde sin levantar la vista, con
acento de mal humor,--fue porque estaba presente aquel seor tan
empachoso.

--El pobrecito no dijo una palabra. Se estuvo lo mismito que un muerto.

--Tendra que ver que dijese algo!--replic el conde con arrogancia.

--Quin era ese seor?--le pregunt por lo bajo a Isabel.

Se encogi de hombros, sonri con malicia, y al cabo dijo:

--...Un seor! Un bendito seor, como dice la ta Tula!

--Cmo se llama?

--Don Oscar.

--Nombre romntico.

--Pues sabe usted? l no tiene nada de romntico ni de
potico--repuso, cambiando una mirada y una sonrisa significativas con
su padre.

En resumen, despus de aquella memorable visita, y a los cuatro das
justos de haberse efectuado, Isabel recibi una carta de Gloria
dicindole que estaba ya en su casa.

--Qu le parece a usted de nuestros trabajos? No contara usted con el
triunfo tan pronto! verdad?

Mostreme en efecto asombrado de aquella rapidez, y ms agradecido an
que asombrado. La condesita me pidi en albricias que le dedicase una de
las poesas que de vez en cuando publicaba en _La Ilustracin Espaola_,
a lo cual ced con gusto. No obstante, aquellas ltimas palabras
despertaron en mi mente un pensamiento cruel. Gloria estaba en su casa
haca dos das, haba escrito a su prima, y para m no haba tenido una
letra siquiera. Me estara alegrando estpidamente de un suceso que no
me iba a reportar ventaja alguna? Resultaran ciertas aquellas
calabazas que humorsticamente me haba anunciado? Quedeme preocupado.
Por ms esfuerzos que haca por aparecer alegre, no lo alcanzaba, y
temiendo que se advirtiese demasiado mi distraccin, despedime de los
condes, repitindoles con efusin las gracias. Antes de partir, Isabel
pudo decirme en voz baja que procurara traer a Gloria a casa, y que
cuando esto sucediese, me avisara para que pudisemos hablarnos. Esta
promesa me conmovi extremadamente. El temor, la alegra y la esperanza
se apoderaron a la vez de m corazn. El conde, al apretarme la mano,
tambin me dijo con exquisita cortesa:

--No basta lo que hemos hecho. Es menester llegar hasta el fin... Ya
sabe usted cul es... Vngase por aqu otro da, y trataremos de
organizar la batida.

Sal de aquella casa en un estado de espritu indecible, sin saber si me
hallaba alegre o triste. Cuando pasaron dos o tres horas, la tristeza
haba crecido lo bastante para quedar seora del campo. A la cada de la
tarde vino un suceso imprevisto a cambiar por completo el curso de mis
emociones. Cuando regresaba a casa para comer, hall a Paca esperndome
a la puerta para entregarme una carta de Gloria. No quise abrirla
delante del emisario, y trat de despedirlo lo ms pronto posible. Pero
la buena mujer estaba demasiado contenta con la salida de la seorita
para no desahogarse un ratito. Entre interesado e impaciente escuch
todos los pormenores: cmo D. Tula la haba ido a buscar en coche; la
grosera que con ella usaron en el convento, no saliendo a despedirla
nadie ms que el capelln; lo bien que le sentaba a la seorita el traje
de sociedad; la alegra de todos al verla tan salata y tan
reguapsima y todas las palabras insignificantes que con ella cambi en
la conversacin que haban mantenido. Al cabo se fue, y corr a mi
cuarto, encend agitadamente la buja y abr la carta; Ya estoy fuera
del convento--me deca.--Si usted quiere recibir las calabazas
prometidas, pase usted a las once por delante de mi casa. Estar a la
reja, y hablaremos. Puede juzgar cualquiera la viva alegra que aquella
carta debi producirme. Todos mis sueos se realizaban de una vez.
Gloria me quera, me daba una cita, y esta cita tena el singular
atractivo para un poeta y un hombre del Norte de ser a la reja. La
reja! Verdad que este nombre ejerce cierta fascinacin, despierta en la
fantasa un enjambre de pensamientos dulces y vagos, como si fuese el
smbolo o el centro del amor y la poesa? Quin es el que, por poca
imaginacin que tenga, no ha soado con un coloquio amoroso al pie de la
reja en una noche de luna? Estos coloquios y estas noches tienen adems
la incalculable ventaja de que pueden describirse sin haberlos visto. No
hay mosquito lrico de los que zumban en las provincias meridionales o
septentrionales de Espaa que no haya expuesto sus impresiones acerca de
ellos y armado un tinglado ms o menos armonioso con los dulces acordes
de la guitarra, el aroma de los nardos, la luz de la luna
esparciendo sus hebras finsimas de plata sobre la ventana, el cielo
salpicado de estrellas, el azahar, los ojos fascinadores de la
doncella, su aliento clido, perfumado, etc., etc. Yo mismo, en
calidad de poeta descriptivo y colorista, haba barajado en ms de una
ocasin estos lugares comunes de la esttica andaluza, con aplauso de
mis convecinos. Mas ahora la realidad exceda y se apartaba un poco de
este convencionalismo potico. Por lo pronto, yo no repar al entrar en
la calle de Argote de Molina, a las once, si haba en el cielo luna y
estrellas. Deba de haberlas, porque son cosas naturales; pero no
repar. Lo que s vi divinamente fue al sereno que estaba arrimado con
su chuzo y farol a una puerta no muy lejos de la de Gloria. Habr que
esperar que este to se vaya?, me pregunt con sobresalto. Por fortuna,
a los pocos minutos de espiarle se apart de aquel sitio y se fue calle
arriba. Adems, yo iba a la cita sin guitarra ni capa, slo con un
junquillo en la mano y vestido de sencilla e inofensiva americana. Nada
de brioso corcel tampoco, negro, tordo o alazn. Sobre las propias y
mseras piernas, que por cierto me temblaban demasiadamente al
acercarme a las ventanas de la casa. En una de ellas vi blanquear un
bulto, y me aproxim hasta tocar en las rejas.

--Gloria!--dije muy quedo.

--Presente--respondi la voz de la joven.

Y al mismo tiempo su graciosa cabeza desnuda se inclin hacia la reja y
vi blanquear sus menudos dientes con la misma sonrisa hechicera y
burlona que tena yo dibujada en el alma. Vi lucir sus ojos negros de
terciopelo. Quedeme inmvil, sobrecogido, como si estuviese delante de
una aparicin sobrenatural, agarrado con entrambas manos a las rejas. No
supe ms que decir:

--Cmo sigue usted?

Aquella forma habitual de cortesa no despert al parecer en ella ideas
tristes, porque la vi acercarse la mano a la boca para ocultar la risa.
Despus de unos instantes de silencio contest:

--Bien, y usted?

--Cuntos deseos tena ya de que llegase este momento!...--exclam,
comprendiendo que no estaba en situacin, como se dice en el teatro.--No
puede usted figurarse el ansia con que lo esperaba, Gloria...

--Y por qu tena usted tantos deseos?

--Porque me atormentaba en el corazn el afn de decirle a usted que la
idolatro.

--Noticia fresca! Pues, hijo, si en las nueve cartas que usted me ha
escrito lo ha repetido cuarenta y una veces... Lo llevo por cuenta.

--Entonces ser para decrselo la cuarenta y dos. Lo que nos est
pasando, Gloria, parece una novela. No hace siquiera tres meses que la
he conocido, y creo que he vivido tres aos desde entonces. Cunto
cambio! cunta peripecia! Era usted una religiosa, y hoy la encuentro
transformada en una linda damisela.

--Me encuentra usted linda de verdad?

--Preciosa.

--Mil gracias. Qu sera si usted me viera!

--La veo a usted... no bien; pero lo bastante para apreciar lo favorable
del cambio.

Hasta cierto punto era esto verdad. Aunque la oscuridad que reinaba en
aquel rincn no me permita observar sus facciones, vea la silueta de
su cabeza primorosa cubierta de cabellos ondeados. Cuando la inclinaba
un poco hacia la reja, la escasa luz de la calle iluminaba su rostro,
que me pareci algo ms plido que en Marmolejo, aunque no menos
gracioso.

Hubo un momento de silencio, y embarazado por l, dije al fin:

--Ese cuarto es el de usted?

--Este no es cuarto, es la sala de recibo.

--Ah!

Y volvi el silencio. Notaba que sus ojos estaban fijos en m, y, la
verdad sea dicha, no se me figuraba que estaban impregnados de amor,
sino ms bien de curiosidad burlona.

--Si viera usted, Gloria, qu tristeza he pasado estos das en que no
tena noticias suyas! Cre que me haba usted olvidado.

--Yo no me olvido nunca de los buenos amigos. Adems, le haba prometido
una cosa, y de ningn modo querra dejar de cumplir mi promesa.

--Qu cosa?

--No se acuerda usted? Las calabazas...

--Ah, s!--exclam riendo.

Y animado por tales palabras, me pareci que deba dejar establecidas
definitivamente mis relaciones amorosas, y dije:

--Pues bien, Gloria, no otra cosa vengo a hacer aqu sino a que usted me
desengae si estoy engaado, o a que usted confirme mis esperanzas de
ser querido si tienen algn fundamento. Puesto que ya cuarenta y una
veces le he repetido que la adoro, como usted dice, no necesito
expresrselo de nuevo. Desde que la vi y la habl en Marmolejo, me tiene
usted prisionero por la admiracin y el cario. En sus manos est mi
suerte y espero con zozobra mi sentencia.

Gloria tard unos instantes en contestar. Tosi poco, y dijo al cabo:

--Ha llegado el momento fatal. Preprese usted, que all van... Seor
don Ceferino, mentira si te dijese a usted que desde los primeros das
en que habl con usted en Marmolejo no haba comprendido que me estaba
usted galanteando. Es ms, yo creo que aquel beso que usted dio en el
crucifijo de la madre Florentina la primera vez que nos vimos, se lo dio
usted a mi salud...Se re usted? Bien; es que no ando descaminada.
Estos galanteos me han costado algunos disgustos; pero no le guardo a
usted rencor. Antes o despus tena que estallar el trueno, porque
estaba resuelta a no quedarme en el convento, aunque tuviese que ir a
servir de criada a una casa. Despus, usted me ayud mucho a salir con
la ma, y por ello le estoy agradecida... Pero una cosa es el
agradecimiento y otra el amor. Amor no he podido hasta ahora tenrselo a
usted... Le estimo... me es simptico y no olvidar nunca lo bueno que
ha sido conmigo; pero, soy franca, no quiero que viva ms tiempo
engaado. Ser amiga sincera y cariosa de usted... Novia, no puede
ser...

Me es imposible definir el estado de mi espritu al or estas palabras.
Fueron pronunciadas en un tonillo irnico que poda hacer creer que se
trataba de una broma; pero los razonamientos eran tan verosmiles y
lgicos, que destruan tal suposicin. No obstante, haciendo un esfuerzo
sobre m mismo, solt la carcajada, exclamando:

--Vaya unas calabazas bien fabricadas! Parecen talmente naturales.

--Cmo? No cree usted lo que le digo?... Hijo, no est usted poco
pagado de su personita!

--No es que est pagado de m, Gloria--repliqu, ponindome grave;--es
que cuesta trabajo creer que haya aguardado usted tanto tiempo para
darme calabazas.

--Si no me las ha pedido usted hasta ahora!

--Pero habla usted en serio, Gloria?

--Por qu no? Vamos, usted se ha figurado que porque yo he aceptado su
ayuda para salir del convento quedaba comprometida a adorarle, no es
cierto?

Una ola de sangre subi a mis mejillas. Los odos me zumbaron.
Comprend, de repente, que haba estado haciendo el tonto de un modo
lamentable, que aquella muchacha se haba burlado despiadadamente de m.
La indignacin y la ira contrajeron mi hgado, que solt una verdadera
avenida de bilis, desbordndose en palabras. Estuve un rato bastante
prolongado cogido a las rejas, mirndola con ojos llameantes en
silencio. Al fin, con voz ronca de clera, le dije:

--Lo que es usted una solemnsima coquetuela, indigna de fijar la
atencin de ningn hombre formal. No me pesa del tiempo que he perdido
querindola, me pesa s de haberla querido. Cre que bajo esa aparente
frivolidad se ocultaba un corazn, pero veo que no hay ms que vanidad y
aturdimiento. Me alegro de saberlo de una vez, porque de una vez la
arrancar de mi corazn y mi pensamiento, donde nunca debi usted haber
estado. Quede usted con Dios, y hasta nunca.

Al separar mis manos crispadas de los hierros, sent la presin de las
suyas y o una comprimida carcajada que me dej confuso.

--Eso! eso! As me gusta usted, hombre! Ya iba empalagada de tanto
dulce.

--Qu quiere decir esto, Gloria?

--Quiere decir que no sea usted tan melosito, porque el jarabe cansa y
el incienso marea. Mire usted, ha adelantado usted ms en un momento,
llenndome de improperios, que en tres meses de lisonjas. Usted dir que
es que me gusta que me den con la badila en los nudillos. Puede ser.
Pero yo le digo que a ningn hombre le sienta mal una mijita de genio.

--S? Pues agurdese un poco, que voy a comenzar a insultarla a usted
otra vez--dije riendo.

--No, no!--exclam ella, riendo tambin.--Por hoy basta.

En aquella dulce y memorable sesin, que se prolong hasta la una, qued
nuestro amor asentado y reconocido. Sin esfuerzo alguno comenzamos a
tutearnos y nos prometimos fidelidad hasta la muerte, sucediese lo que
sucediese. Por la calle no pasaba un alma. El sereno, desde que me
viera arrimado a la reja, no se aproximaba. Manifest temores de que
enterase a D. Tula de nuestra conversacin, pero Gloria me tranquiliz
afirmando que en Sevilla nadie haca traicin a dos enamorados. Los
serenos menos que ningn otro se fijaban en estos coloquios a la reja,
que estaban viendo todas las noches. En las criadas tambin tena
confianza. Se nos presentaba, pues, una perspectiva de gratas
conferencias, que me embriagaba de alegra.

--Concluirn por saberlo ms tarde o ms temprano--dijo.--Pero qu?
Trabajo les mando si intentan llevarme la contraria.

Y en sus ojos hermosos vi arder una chispa de travesura provocativa que
me convenci, en efecto, de que no sera empresa fcil conducirla por
caminos que ella no quisiera seguir.

--Ya es tarde. Mam madruga mucho a misa y querr llevarme consigo.
Vete.

--Un poco ms, salada. An no es media noche.

--S, en la Giralda ha sonado ya la una. Adis.

--No; han sido las doce y cuarto...

El golpe lento y grave de la campana de la Giralda dio entonces la una y
cuarto.

--Lo oyes? La una y cuarto. Adis, adis.

--Y te marchas as, sin darme la mano?

Me la alarg, y yo, como es lgico, trat de besarla; pero la retir con
fuerza.

--No, eso no. Aguarda un poco, te dar el crucifijo, como en
Marmolejo--repuso riendo.

--Prefiero la mano.

--Hereje, vete!

--Dios est en todas partes. Pero, en fin, si quieres darme el
crucifijo, lo guardar con cario como un recuerdo.

--Esprate un momentito. Tengo aqu el hbito.

Se retir un instante y volvi trayendo el crucifijo de bronce, que me
pas al travs de las rejas. Al tomarlo me apoder de aquella mano
morena y firme y la bes cuantas veces pude con voraz glotonera.

--Basta, chiquillo! Crees que se va a concluir de aqu a maana?

Me retir de la reja con pena, ebrio de amor y de alegra. Tan mareado
iba, que a los pocos pasos encontr al sereno y le di dos pesetas.
Despus me pes, porque no haba necesidad, segn lo que Gloria me haba
dicho. Tampoco repar esta vez si las estrellas centelleaban all arriba
con suave fulgor, ni si la luz de la luna se filtraba por el laberinto
de calles oscuras, manchndolas aqu y all con jirones de plata.
Llevaba yo dentro del alma un sol radiante que me ofuscaba y me impeda
observar tales menudencias.




IX

Hago amistad con un bendito seor.


Recib al da siguiente una carta de D. Sabino el capelln, invitndome
a que pasara por su casa. Era para decirme, con mucho misterio, que
Gloria haba salido del convento. Le di las gracias por la noticia, y,
hacindome cargo de que esperaba algo ms que esto, le pregunt si tena
intencin de permanecer en el cargo que ocupaba, o si aspiraba a otro.
Me confes su ardiente deseo de un beneficio en la catedral. Le promet
escribir a mi to, y en efecto, as lo hice. Por cierto que me contest
severamente, preguntndome si no crea que eran bastantes las cien
recomendaciones que todos los das reciba, para que un sobrino viniese
tambin a concluir con su paciencia. No le di cuenta, por supuesto, a D.
Sabino de esta carta.

El coloquio de la noche siguiente, si no tan prolongado, no fue menos
dulce para m que el de la anterior. Gloria, ms frtil en astucias que
el prudente Ulises, tena ya un proyecto en la cabeza. Expresndole yo
con tristeza mi desconfianza de que algn da llegramos a unirnos,
porque su madre no lo consentira, exclam riendo:

--Oh, qu pajarito eres tan madruguero! Quin piensa todava en esas
cosas!

Con disgusto cambi de conversacin, temiendo haber cometido una
imprudencia; pero al cabo de un rato, ella misma volvi a sacarla de la
manera espontnea y graciosa que caracterizaba su charla.

--Mira t, cuando nos casemos, haremos un viaje a Francia, y pasaremos
por las Provincias, verdad? Tengo deseos de ver otra vez el colegio de
Vergara, donde estuve dos aos... Porque nosotros nos casamos; es cosa
resuelta... Mi madre podr tener intencin de dedicarme a vestir
imgenes, pero desde ahora renuncio al empleo. Ni me siento en el
polletn, ni quiero que San Elas me apunte en su libro de memorias.

--Qu es eso de San Elas?

Me explic que por Semana Santa sale un paso donde va San Elas con una
pluma en la mano y mirando a los balcones. Se dice en Sevilla que va
sacando una lista de las solteronas.

Re de buena gana, porque me halagaba aquella resolucin, y volv sobre
la idea de matrimonio y a dolerme por anticipado de los obstculos con
que bamos a tropezar.

--Sabes lo que se me ocurre en este momento?--dijo de pronto, mirndome
fijamente.--Pues se me ocurre que debas entrar en casa y ser amigo de
mam... y de don Oscar.

--Quin es don Oscar?--le pregunt insidiosamente, pues, aunque vaga,
ya tena noticia de quin era y qu representaba este personaje en la
casa.

--Don Oscar--dijo con alguna vacilacin--es un seor que administra la
hacienda de mam... Es amigo antiguo de la familia...

--Y vive con vosotras?

--S, desde hace tres o cuatro aos... Como es un seor viudo sin hijos
y a mam le sobraba mucha casa... se vino a vivir aqu...

Despus me explic que le era muy antiptico, por el afn que tena de
meter la nariz en todo y dirigirlo y mangonearlo.

--Las lgrimas que me hizo verter ese maldito en los meses que estuve
en casa hasta que volv al convento! Me puso un reglamento ms estrecho
que el del colegio. Desde que me levantaba hasta que me iba a la cama,
no tena un momento mo. Ahora quiso hacer lo mismo... pero ya me lo he
sabido sacudir!... Bueno--aadi, haciendo un gesto con la mano, como si
alejase ideas enfadosas de la mente.--Importa mucho que t te hagas
amigo de este seor, porque mam no ve ms que por sus ojos. Lo mejor
para ello es que vengas recomendado por algn carlista de los gordos,
porque este seor es muy beato, sabes?...Si te fingieras oficial de don
Carlos, qu gran golpe! Te recibira, de seguro, con los brazos
abiertos... Y t tienes tipo de militar, con esos bigotes retorcidos y
esa perilla. Adems, eres buen mozo...

--Muchas gracias...

--Hombre, djame que te diga alguna mentirilla, en pago de las que me
has ensartado desde que nos conocemos... Pues nada, te finges oficial,
pides una carta de recomendacin a cualquiera y vienes a hacernos una
visita.

Por la obstinacin con que sostuvo este plan y por el modo resuelto y
habilidoso con que iba descartando las dificultades que a l se oponan,
entend que lo tena muy meditado. Qued convencido de que, a pesar de
lo dicho, haba madrugado tanto como yo a pensar en nuestro matrimonio.
El mayor obstculo era que yo no haba estado en la guerra y no poda
hablar de las batallas y los sitios, que slo conoca de odas o por los
datos vagos de los peridicos.

--Mira, don Oscar tiene una porcin de historias y documentos de la
guerra. Maana te traigo dos o tres libros, los lees, y luego vuelvo a
colocarlos en su sitio. Aunque los echase de menos, cmo iba a presumir
que yo se los haba llevado?

--Y la carta de recomendacin?

--Para eso entindete con to Jenaro. l es tambin un poco carlista y
tiene un hermano que ha sido general con don Carlos... Sabe muchas cosas
de la guerra, y podrs aprovechar algo de lo que l te diga.

El plan era arriesgado; pero Gloria me infunda aliento, y me dispuse a
llevarlo a cabo con la prudencia y astucia que me fuera posible. No
quise pedir la recomendacin al conde. Comprenda que, siendo l tambin
carlista, le haba de repugnar algo esta farsa, por ms que su
amabilidad le hiciera consentir en ella. Me dirig a Villa, a quien
haba odo decir que tena un to en Cdiz, presidente del comit
carlista. En cuanto le manifest mi plan, se apresur con jbilo a
secundarlo. Escribiole a su to pidindole una carta de recomendacin
para D. Oscar, destinada a un oficial carlista amigo suyo, y no se hizo
esperar. Provisto de ella, y despus de haber convenido con Gloria la
hora y las circunstancias de la visita, me person en su casa a eso de
las once de la maana, preguntando por D. Oscar.

La criada que sali a abrirme me condujo, al travs del patio que yo
haba mirado tantas veces desde fuera, a la sala de recibo, desde donde
Gloria me hablaba. Aunque turbado y tembloroso, no pude menos de echar a
la ventana una mirada enternecida. Sobre su alfizar se sentaba mi
saladsimo dueo todas las noches. Dnde se encontrara ahora? El
corazn me deca que no deba de andar muy lejos; pero, por ms que mir
con atencin a todos lados, desde que traspuse la cancela, no haba
logrado ver ni el borde de su vestido. La estancia donde me hallaba no
era grande. Tena el sello caracterstico de las salas donde no se hace
vida de familia y se destinan solamente a las visitas. Los muebles,
antiguos todos, se hallaban esmeradamente cuidados y colocados en
perfecto orden y simetra: las sillas forradas de seda color oro viejo,
de alto respaldo terminado con unas bellotitas de poco gusto. El suelo
tapizado de estera fina de paja. Con el sombrero en la mano y las manos
colocadas sobre los riones, comenc a dar vueltas examinando los
cuadros que colgaban de las paredes. Lo primero que llam mi atencin
fue un retrato al leo que representaba una mujer joven y agraciada, con
lejano parecido a Gloria. Llevaba en la cabeza la alta peineta que se
gastaba a principios del siglo, luca hermoso pecho y tena entre las
manos una paloma. Presum que sera la madre de Gloria. A entrambos
lados haba dos cuadritos al pastel que decan debajo: _Les petits
favoris du jeune ge_. El uno representaba un nio dando de comer a
algunos conejos. En el compaero se vea a otro nio abrazado a un
corderito. Frente a estos cuadros, en el lienzo opuesto, haba un reloj
en forma de cuadro, igualmente representando un paisaje; por el da
sealaba las horas un pequeo disco que figuraba ingeniosamente el sol;
por la noche deba de sealarlas otro que figurase la luna. A los lados
haba dos medallones bordados sobre papel con sedas de colores y en el
centro la firma de Gloria Bermdez, y debajo una fecha bastante
atrasada.

Aquella salita tena extremado carcter, como hoy se dice. Respirbase
una atmsfera donde se mezclaba el sosiego, la mojigatera, el bienestar
fsico, el misticismo, la soledad y la riqueza, que no sabra decir si
la haca grata o desagradable. No era de esas estancias que acusan al
instante los gustos, la vida y hasta el carcter de sus dueos. Detrs
de aquel orden, de aquella limpieza y esmero, no se notaba ms que
cierto apego a la tradicin y una vida retrada, sin saber por qu
causa. Lo mismo poda vivir all una familia de la Biblia que de una
tragedia de Shakspeare. Olvidbaseme decir que no slo en el patio, sino
en todo el trnsito que haba recorrido, en los rincones de la sala y
hasta en el medio de ella, se vean tiestos con flores. Luego que hube
examinado todo lo que all haba, acerqu la nariz a estas flores,
claveles, aleles, rosas, y me pas algunos segundos tratando de
embriagarme con su perfume para calmar la inquietud que me atormentaba.
Escuch entonces algunos golpecitos como dados en un cristal. Alc los
ojos, y vi pegado a las vidrieras de la puerta de la alcoba el rostro
sonriente de Gloria. Con la agradable sorpresa que puede imaginarse me
dirig rpidamente all; pero se retir, poniendo un dedo en los labios,
y no volv a verla.

Haban transcurrido diez minutos lo menos desde que la criada me haba
dejado en la sala, y D. Oscar no pareca. An transcurrieron otros
cuantos. Al fin la puerta, que estaba entornada, se abri y dej paso a
un hombre de figura por cierto originalsima. Era de estatura mucho
menos que mediana, lo cual dependa, a no dudarlo, de la cortedad de las
piernas, pues el torso era grande, robusto, casi atltico. Las facciones
correctas, los ojos saltones y negros adornados con espesas cejas. Pero
lo que caracterizaba fuertemente a aquel rostro eran unos enormes
bigotes blancos que tapaban lo menos la mitad. Podra tener sesenta y
pico de aos.

--Servidor de usted, caballero--me dijo con desembarazo al entrar,
clavndome sus ojazos.

La voz me dej an ms confuso. Era un vozarrn poderoso de bajo
profundo, spero y seco, como si las cuerdas vocales fuesen de camo.
Saludele cortsmente, y venciendo la agitacin que quera dominarme, le
present sonriendo la tarjeta del to de Villa.

--Ah! De don Alfonso.

Y enterndose rpidamente de lo que deca, levant la cabeza, exclamando
con satisfaccin:

--Conque es usted de los netos? Y ha hecho la campaa en el Norte?
Apriete usted esa mano, compaero. A nadie se la doy yo con ms
satisfaccin que a los soldados del rey y la religin... Con qu
general ha estado usted?

--He servido a las rdenes de Ollo y Dorregaray. En dos das me haba
tragado un nmero harto considerable de noticias referentes a la
guerra, sacadas de la biblioteca misma de aquel extrao personaje. Tena
la cabeza mareada y corra grave peligro de equivocar los datos y decir
algn disparate. Pero, comprendiendo que en la situacin en que me
hallaba haca falta serenidad y osada, me dispuse a responder con
aplomo a todas las preguntas.

--Pobre Ollo!--exclam D. Oscar.--Qu lstima de hombre! Era uno de
los mejores generales que el rey tena.

--Estaba yo a treinta pasos de l cuando cay muerto--dije con la mayor
desvergenza.

--Un casco de granada?

--Le hizo pedazos la cabeza.

--Qu graduacin tena usted?

--Teniente de la cuarta del primer batalln navarro.

--A la entrada del rey en Francia, le habr a usted hecho capitn.

--Eso es; todos ascendimos un empleo.

Invitome a sentarme con vivas instancias, y hablamos un rato de la
guerra y de nuestras esperanzas, quiero decir, de las suyas, porque las
mas se cifraban en cosas bien distintas y de las que l, por fortuna,
estaba ignorante. Creo que puedo decir, sin faltar a la modestia, que
sal no slo bien, sino con lucimiento, del compromiso. Mi imaginacin
supo llenar los vacos que en las noticias de los libros existan,
describiendo interesantes y pintorescos pormenores, los accidentes de
los combates en que me haba hallado, los sitios, las personas,
reconstruyndolo todo con los vagos datos que tena. Al mismo tiempo
hua con cuidado de aquellos sucesos de ms bulto, que mi hombre poda
tal vez conocer bien. No insist ms que en las escaramuzas. En una de
ellas, mientras esperbamos un convoy enemigo ocultos en un bosque de
robles, sent cierto campanilleo extrao y temeroso. Eran las espuelas
de los soldados de caballera, que chocaban, por el temblor de las
piernas, con las vainas de los sables.

--Cmo por el temblor? Yo pens que los valientes voluntarios del rey
no temblaban jams.

--Oh! Crea usted, seor, que cuando se entra en batalla, al que ms y
al que menos se le encoge un poco el corazn. Es cosa de un momento. En
cuanto se entra en la pelea, pasa.

Este dato, que yo haba odo a un oficial amigo, como era en perjuicio
nuestro, imprimi gran sello de verdad a todas mis noticias. Mientras
departa con l, no dejaba de observarle. Hablaba con gran firmeza y
aplomo, no pareca tonto, y mostraba cierta superioridad que me
humillaba, aunque yo no fuese lo que estaba aparentando. Alguna que otra
vez me interrumpa extendiendo la mano; haca una observacin en
trminos precisos, y cuando terminaba, volva a extender la mano,
diciendo lleno de condescendencia: Puede usted continuar. Cuando me
diriga alguna pregunta y yo me dispona a contestar como Dios me
sugiriese, sola atajarme exclamando; Mtodo! mtodo! No comience
usted por el fin, porque no nos entenderemos. Escuchaba despus con
cortesa no exenta de severidad, dignndose aprobar con la cabeza
mientras yo llevaba la palabra. En suma, los modales y las palabras de
aquel seor, lo mismo que su rostro, parecan los de un ser superior, un
poderoso gigante confiado en su fuerza, seguro de que su destino era el
de dirigir a los dems seres que pueblan la tierra. De aquellas mseras
piernas con que el cielo le haba dotado haca caso omiso. Por ventura
se forjaba la ilusin de que correspondan perfectamente al ciclpeo
torso y a su espritu altanero. Preguntome por algunos personajes del
carlismo que l haba conocido, y dio la casualidad que siempre me haba
hallado algunas leguas distante de ellos. En cambio le habl largamente
del Pretendiente, a quien conoca por las fotografas, y de su esposa
D. Margarita.

Por fin lleg la pregunta que esperaba.

--Y qu vientos le traen por aqu, seor Sanjurjo?

Como tena bien preparada la respuesta, le expliqu prolijamente las
desgracias que me haban acaecido desde la paz. Primero, haba residido
dos aos en Bayona, mantenindome con los recursos que nos
proporcionaban a los emigrados algunas personas acaudaladas del partido.
Cuando cesaron, me vi precisado a venir a Espaa, y vivir a expensas de
un hermano que tena en Galicia, ayudndole en la administracin de sus
rentas. Pero este hermano haba fallecido, y su esposa, a quien
pertenecan todos los bienes, tena un carcter que me haba hecho
padecer bastante, hasta que al fin rompimos definitivamente. Qued sin
medio alguno para vivir. Durante algn tiempo me sostuve como pude un el
pueblo; pero ya, ltimamente, lo pasaba tan mal, y me daba tal vergenza
deber algunas mensualidades en la posada, que decid marcharme y buscar
en cualquier parte una colocacin honrosa.

D. Oscar escuch con atencin mi relato. Despus comenz a hacerme
observaciones severas sobre los males que acarrea la falta de previsin
y de ahorro, dndome una verdadera leccin de economa domstica. Para
l, todas las desgracias humanas dependan de la falta de previsin y de
mtodo en la vida. Distribuya usted bien el tiempo, distribuya usted
bien el dinero, y todos seremos felices, y el mundo ser una balsa de
aceite.

--Aqu, en Andaluca, casi, casi nos podemos creer dentro de ella. Todo
lo componen con aceite las cocineras--dije sonriendo.

No le pareci bien la bromita. Permaneci grave y severo, y prosigui
desenvolviendo su tesis. No es que supusiera que yo haba sido un
malversador... pero se autorizaba el dudar que hubiese aprovechado todo
el tiempo en cosas tiles.

--Oh, en cuanto a eso!...

--Lo ve usted?--exclam con aire triunfal.--Pero, en fin, usted es muy
joven an, y puede corregirse.

Quedose despus algunos instantes pensativo, y al cabo dijo, como si
tomase una resolucin importante:

--Voy a presentarle a la seora de la casa, una persona de grandsimo
talento y consejo. Lo hago porque es usted un oficial de S. M., y deseo
serle til.

Agradec el inusitado favor que me haca. En cuanto se levant del
asiento, le perd el respeto que le haba tenido mientras permaneciera
sentado. En esta posicin, y no mirndole a las piernas, lo infunda
realmente por sus bigotes, por su corpulencia, y sobre todo por su
extraordinario vozarrn, que atronaba los odos. Mas en cuanto pona los
pies en el suelo, volva a ser el enano ridculo que me haba excitado
la risa al entrar. Olvidado siempre de sus piernas, o equivocado sobre
su valor intrnseco, avanz hacia la puerta pisando muy fuerte, la abri
y grit como un trueno:

--Doa Tula! doa Tula!

Al instante se oy una vocecita lejana:

--Qu se ofrece, don Oscar?

--Tenga usted la bondad de venir un instante--volvi a decir el
cclope-enano.

--En seguidita.

Torn a sentarse a mi lado, dicindome en voz que para ser confidencial
tuvo que semejar a un sordo gruido:

--Va usted a ver qu talento tan portentoso. La penetracin de esta
buena seora asombra a todo el mundo...

Me ech a temblar, pensando que con tanta penetracin no podra menos de
descubrir al instante que yo no era oficial carlista, sino el novio
gallego de su hija Gloria.

--Y a su inteligencia, verdaderamente extraordinaria, se une una piedad
ejemplar... verdaderamente ejemplar... Oh, es ms entusiasta que yo
todava por los hroes de la guerra!... Luego, tiene un tacto
maravilloso para conducirse en sociedad, aunque sus costumbres austeras
no le permitan estar mucho tiempo dentro de ella... Es una santa! En
cuanto usted la conozca un poco, le inspirar un profundsimo respeto.
Le apetecer prosternarse y besar la orla de su vestido...

Por conducto de las mejillas de su hija, no dir que no, pens.

--Luego, inocente, a pesar de sus aos, como una paloma... Pero ya me
extraa que no venga--aadi, levantndose y avanzando otra vez a la
puerta con ms fuerte y poderoso taconeo.

--Doa Tula! doa Tula!

La voz del medio cclope hizo retemblar la casa.

--Ahorita.

Todava tard algunos segundos, durante los cuales D. Oscar permaneci
inmvil, cogido a la puerta como uno de esos enanos decorativos que se
colocan a la entrada de los panoramas para atraer a la gente.

Lleg al fin D. Tula. Era una seora bajita tambin, pero bien
proporcionada, de tez plida, ojos claros y facciones regulares. Sus
cabellos rubios, donde brillaban muchas hebras de plata, estaban
peinados formando un nmero considerable de ondas o rizos pegados a la
frente con goma. Su traje era un poco extravagante, o por lo menos
impropio de una seora de su edad, pues frisara ya en los sesenta.
Consista en falda oscura y pauelo color crema de seda atado a la
cintura, como lo gastan las artesanas en mi pas, y otro pequeito de
batista anudado a la garganta a guisa de corbata. De joven habra sido
una mujer muy linda, aunque sin la gracia que caracterizaba a su hija,
con quien guardaba cierto parecido, que ms bien debiera llamarse aire
de familia. El conjunto no era simptico. Haba en aquella figura un
nosequ de estrafalario y misterioso que chocaba y repela. Mas el
pensamiento de que era la madre de Gloria hacame mirarla con vivo
inters, y hasta cario.

--Tengo el honor de presentar a usted al seor Sanjurjo, oficial de los
ejrcitos de S. M. don Carlos, que ha hecho la campaa del Norte.

--Oh! Es usted militar carlista!--exclam con vocecita dulce y
sonriendo.--Cunto me alegro de conocerle! Pobrecito! pobrecito!

No dej de sorprenderme aquella compasin tan prematura, cuando yo no
haba narrado en su presencia desgracia alguna, ni siquiera haba
abierto la boca.

--Seora, la alegra y el honor son mos--pronunci algo turbado.

--Y viene usted a hacer un viajecito por nuestro pas, verdad? Cunto
me alegro! Le gusta a usted Sevilla?

--Muchsimo. Es una ciudad encantadora.

--Muchsimo, verdad? Pobrecito! Y piensa usted permanecer aqu todo
el verano?

--Seora, eso depende de las circunstancias--dije echando una mirada de
inteligencia a D. Oscar, quien se dign aprobar con la cabeza.

--Vamos, al parecer, trae usted asuntos pendientes con don Oscar.
Cunto me alegro! No le pesar a usted nada de ello, porque este
bendito seor se pinta para arreglar cualquier negocio, por intrincado
que sea. De dnde viene usted ahora, de Navarra?

--No, seora; de Galicia, donde he nacido.

--Ah, de Galicia! Entonces, no me asombra que est usted encantado con
este pas. Qu diferencia! eh?

--S, seora, mucha... Pero aquello tambin es bonito.

--Lo encuentra usted as? Ay, pobrecito, cmo quiere a su patria!

Y volvi los ojos hacia D. Oscar, para hacerle participe de la compasin
que senta, no s si por m o por Galicia, o por ambos a la vez.

Doa Tula, en su acento, era una andaluza ms cerrada, si cabe, que
Gloria. Si sta se coma la mitad de las letras del abecedario, su madre
se coma lo menos las dos terceras partes. Su amabilidad era tan melosa
que no despertaba agrado. Al cabo de un momento se vea que deca las
cosas maquinalmente, y que debajo de aquel aparente inters no haba ms
que indiferencia. En el espacio de pocos minutos me hizo un sin fin de
preguntas, muchas de ellas tan insustanciales que era dificilsimo
contestarlas. Sus ojos estaban siempre clavados en m con expresin
dolorosa de piedad, como si le estuviese dando cuenta de los ms tristes
y amargos pesares. Confieso que aquella mirada insistente y
ridculamente compasiva lleg a irritarme la bilis.

--Conque no ha estado usted en Sevilla hasta ahora? Pobrecito!
Entonces no habr usted visto la Semana Santa? Ay, madre ma, no haber
visto nunca las procesiones del Jueves y Viernes Santos, no haber visto
las cofradas ni los pasos, no haber visto al divino Seor del Gran
Poder ni a la Santsima Virgen de la Esperanza!... Parece mentira,
vamos, parece mentira! Pobrecito!

Si me hubiera dejado llevar del genio, le habra dicho que haba muchas
cosas en el mundo que me gustara ver ms que aqullas. Pero en vez de
hacerlo, le manifest con el mayor servilismo que lo consideraba como
una gran desgracia, y que aceptara cualquier sacrificio por verlas
algn da. Lleg mi rebajamiento hasta suplicarle me indicase cmo me
arreglara para visitar algunas de aquellas santas y primorosas imgenes
en sus santuarios. Entonces, D. Tula, con el acento de una persona que
va a mostrar a un moribundo el medio de librarse de sus dolores y volver
a la vida, me fue dando noticia de las iglesias, las calles en que
estaban situadas, las horas en que podan verse y los parajes de las
capillas en que las imgenes se hallaban colocadas.

Yo escuchaba con afectada atencin, pero el severo D. Oscar comenz a
dar seales de impaciencia y concluy por decir:

--Bueno, doa Tula; ya le ir usted dando esas noticias poco a poco,
pues de una vez todas no es fcil que las retenga.

--Verdad, don Oscar, verdad. Tiene usted mucha razn. Como soy tan
polvorilla!... Lo mismo era mi difunto. Nos juntbamos un par, que no
haca falta ms que un tantito as (_sealando con el dedo_) para que
saltsemos por la chimenea.

--Ya se ve bien por el resultado de tal unin--dijo el enano con mal
humor.

--Es verdad... Lo dice por mi hija Gloria (_dirigindose a m_).

--Tiene usted una hija?--preguntele yo con la mayor indiferencia.

--S, seor, tengo una hija, que parece amasada con rabos de lagartijas.
Jess, qu criatura! Desde que ha venido al mundo, no se ha estado
quieta un minuto en ningn sitio.

Seora, no mienta usted. Pues si est dos horas lo menos todas las
noches sentada a la ventana hablando conmigo!

Esto me apeteci decirle, pero me lo guard. En su lugar pregunt,
afectando cada vez ms indiferencia:

--Hace muchos aos que es usted viuda?

--Oh! S, bastantes. Mi marido tena el pobrecito un genio demasiado
vivo para poder vivir mucho tiempo. La pobrecita de mi hija se qued
hurfana a los siete aos...

Y con fastidiosa prolijidad para cualquiera, menos para mi a quien
interesaba aquella historia, me la cont, perdindose en un mar de
pormenores, mientras D. Oscar, impaciente y cejijunto, tocaba el tambor
con los dos sobre el brazo del sof.

--Oh! Si viera usted cuntos trabajos he pasado por todos estilos! Las
travesuras de mi hija no me dejaban ni un ratito de sosiego. Luego, Dios
nuestro seor quiso probarme con unos dolores tan fuertes de cabeza, que
pens volverme loca. Estos dolores me vinieron, sin duda, al ver que la
fortuna ganada por mi pobrecito esposo se iba deshaciendo poco a poco y
no poda hacer nada para remediarlo. Claro, a nosotras las mujeres nos
engaan con mucha facilidad. Qu saba yo de administrar ni regir unos
negocios tan complicados? Entonces fue cuando ped auxilio a este
bendito seor que usted tiene delante. Y en seguidita que l se puso al
frente, las cosas cambiaron de golpe, y todo comenz a ir como una seda.
l fue quien puso en claro las cuentas, se entendi con los acreedores,
hizo marchar la fbrica, que estaba en prdidas... En fin, ha sido la
Providencia de mi hija y la ma. A este bendito seor debemos el poder
hoy comer, porque si no hubiera sido por l, Dios sabe si estaramos
pidiendo una limosnita en las calles. Si usted supiera la cabeza que
tiene este bendito seor y lo dispuesto que es para todo!...

D. Oscar extendi la mano, exclamando:

--Basta, doa Tula, basta!

--Djeme usted, don Oscar, djeme usted decir a este caballero los
motivos que tengo de agradecimiento para con usted.

--Ya ha dicho usted bastante. Ahora le ruego nos deje solos, porque
tengo que hablar con l reservadamente.

--Est bien, don Oscar, est bien.

Se despidi de m con el acento meloso que la caracterizaba y se
apresur a salir de la estancia, con una sumisin que me sorprendi
altamente. Verdad que el tono de Don Oscar y sus ademanes firmes y
resueltos pareca que no daban lugar a contradiccin.

Luego que el bendito seor se qued a solas conmigo, volvi a instruirme
severamente acerca de mis deberes para conmigo mismo. Otra leccin en
toda regla, durante la cual me apeteci ms de una vez cerrarle la boca
de una puada. Al final me ofreci con naturalidad y modestia ocupacin
en la casa, hacindome observar que el sueldo sera corto, veinte duros
al mes, mientras la fbrica no diese ms producto.

--Poco, muy poco es para la categora que usted tiene ya en el ejrcito;
pero los tiempos corren malos lo mismo para ustedes que para nosotros.
Acomdese usted por ahora, que tal vez ms adelante...

Di las gracias con efusin, pensando que aquel empleo me acercara a
Gloria y me facilitara el camino para hacerla ma. Don Oscar,
figurndose que tal calor dependa del mal estado en que me hallaba,
dirigiome una mirada de compasin, que me avergonz. Psome una mano
sobre el hombro (mientras estaba sentado poda hacerlo) y torn a
alentarme con mayor proteccin an al trabajo y al ahorro. Nos
despedimos cordialmente. Al trasponer la puerta volvi a llamar con
recia voz a D. Tula, que se present con la misma sonrisa dulzona, y me
extendi la mano, dejndola suelta para que yo la estrechase. Aunque mis
ojos iban presurosos de un lado a otro, no logr ver a Gloria. En
cambio, al acercarme a la cancela en compaa de don Oscar tuve un
encuentro, que por poco se convierte en catstrofe y da al traste con
todos mis planes. Al tiempo de salir entraba en el portal Paca, quien,
al verme, abri unos ojos como puos, y dilatndose despus su rostro
con sonrisa placentera, exclam:

--Madre ma del Roso! Ut aqu, seorito?

Pero yo le ech una mirada tan furibunda que la pobre mujer, aterrada,
cambi instantneamente de expresin, y con la viveza y la astucia que
caracterizan a andaluzas, dijo con perfecta naturalidad:

--Ut dispense, seorito... Le haba confundo con don Celipe el inpetor
del taller de pitiyo.

El cclope enano no hizo alto en esta equivocacin, y pude salir a la
calle satisfecho del xito de mi visita.

Cmo remos por la noche Gloria y yo de la famosa entrevista y del
peligroso encuentro! Mas al da siguiente tuve ocasin de ponerme serio,
cuando, al presentarme a Don Oscar, ste me entreg un papel doblado,
dicindome:

--Ah tiene usted la lista de sus obligaciones o de los trabajos que ha
de desempear en esta casa.

Lo desdobl, y vi una especie de cuadro sinptico de los que se usan en
las escuelas para determinar los trabajos de los nios, lleno de claves
artsticamente trazadas y de rayas admirablemente hechas con tinta de
China. Era la obra de un gran calgrafo: _Maana_. De tal hora a tal
hora: Examen de cuentas. De tal hora a tal hora: Correspondencia. Luego,
media hora para almorzar, un cuarto de hora de descanso. Apenas me
quedaba tiempo para rascarme. Aquella portentosa obra de caligrafa me
puso de muy mal humor, sobre todo porque advert que deba pasar la
mayor parte del da en las oficinas de la fbrica, situada en las
afueras de la ciudad, hacia el barrio de San Bernardo. Cuando con acento
de amargura se lo dije a Gloria, sta se ech a rer locamente.

--Pobrecillo mo, ya te ha cado el cuadro sobre la cabeza! Consulate,
hijo, que tu Gloria ha vertido muchas lgrimas sobre otros parecidos.
Qu hombre ms apestoso! Cuando nia, en vez de traerme confites, se
entretena en dibujar cuadritos distribuyndome las horas. De tal hora a
tal hora gramtica castellana. Despus leccin de solfeo. En seguida
bordado. Por la tarde leccin de dibujo... Y como mam le apoyaba, no
haba ms remedio que sufrirle... Maldita sea su estampa!... Quieres
creer que ahora ha tenido la desvergenza de hacer lo mismo? Vers t.
Al da siguiente de llegar del convento, al pasar por delante de su
despacho, le veo muy atareado con el pocillo de la tinta de China a un
lado y el tiralneas en la mano... Vaya, cuadrito tenemos! dije para
m. Ya vers, saleroso, lo que hago yo con tus litografas! Por la
tarde me lo entrega con mucha ceremonia. Yo lo recibo con la misma y le
doy un milln de gracias. En seguidita me voy a mi cuarto y hago con l
una pajarita preciosa... Ninguna me ha salido tan bien... El papel era
gruesecito, sabes?... Tena el piquito levantado, que apeteca
comrsela... Voy muy callandito a su alcoba y se la coloco sobre la mesa
de noche. Al da siguiente le encontr con un hocico de media vara, que
an dura, y a mam lo mismo... pero no me han dicho palabra.

Me dispuse a cumplimentar las tareas del cuadro sinptico, con la
esperanza de que aquello no durara mucho tiempo. No dije nada a Villa
ni a Matildita, ni a Isabel siquiera. Se hubieran redo de m
grandemente. Aunque pasaba la mayor parte de las horas en _La
Innovadora, gran fbrica de jabones comunes y finos perfumados_ (que por
cierto examin cuidadosamente, como quien cuenta ser pronto dueo de
ella), algn tiempo me tocaba estar tambin en casa de Gloria, dando
cuenta a D. Oscar de mis trabajos o escribindole algunas cartas. En
estas ocasiones vea rara vez a mi novia, y cuando llegaba este caso, en
los corredores, pasbamos el uno al lado del otro sin aparentar
conocernos. El primer da que la vi le pregunt a D. Oscar, que iba
conmigo:

--Quin es esta joven?

Tard en contestar, y dijo al cabo con acento donde se trasluca sorda
hostilidad:

--La hija de doa Tula.

--Tiene ms que sta?

--No... Y es bastante.

Me abstuve de insistir, porque el tono del enano era concluyente y
revelaba mal humor.

Por detrs de l Gloria me sola hacer mil muecas, ponindome en grave
peligro de perder la serenidad y echarlo todo a rodar. Dos veces, en el
espacio de ocho das, me invitaron a comer. Los manjares predilectos de
aquellos seres eran tan extravagantes como ellos. Don Oscar coga a
puados los berros y se los meta en la boca y los rumiaba como un buey.
Adems, haca uso inmoderado del vinagre. Hasta lo echaba en la sopa.
D. Tula, con empalagosa solicitud, se lo adverta.

--Don Oscar! don Oscar!

--Djeme usted, doa Tula. Atienda usted a su estmago, y no se meta en
el de los dems--responda con su voz formidable el enano, trayendo
hacia si la vinagrera.

En cambio, D. Tula abusaba fuertemente del azcar. Era cosa que me
causaba nuseas verla echar cucharadas colmadas en cuantos platos se la
presentaban. D. Oscar coma rajas de naranja con aceite y vinagre. D.
Tula espolvoreaba de azcar los pimientos.

As se pasaron diez o doce das. La exactitud de don Oscar me abrumaba.
Estuve por mandarlo al diablo ms de veinte veces. Cuando me encargaba
de cualquier comisin, sacaba del bolsillo su enorme cronmetro.

--Tiene usted que llevar estas letras a la presentacin. Despus debe
usted pasar por casa de Ricardo y ver si le quiere dar algn dinero, a
cuenta de las cincuenta cajas que se llev el mes pasado. Son las diez y
treinta y cinco. Para ir al despacho de Arias, en la calle de San Pablo,
le bastan a usted ocho minutos; cinco ms para presentar las letras, son
trece; echemos diez para ir a la Campana, a casa de Ricardo, son
veintitrs; ocho para tratar con l la cuestin de los cuartos, son
treinta y uno, y seis para venir de la Campana hasta aqu... echemos
nueve... son cuarenta... A las once y cuarto, o a todo ms a las once y
veinte, puede usted muy bien estar de vuelta.

No haba ms remedio que caminar por Sevilla con la lengua fuera, si no
quera incurrir en el desagrado de aquel enano autoritario, que lo
expresaba en frases corteses, s, pero firmes y severas. Invariable,
infaliblemente, D. Oscar iba a misa de ocho a San Alberto con doa Tula
todos los das. Gloria les acompaaba unas veces s y otras no. Cuando
lo haca, se iba lo menos veinte a treinta pasos delante. El bendito
seor no asista a ningn caf, ni iba jams al teatro, ni sala a
paseo. Sus horas de recreo, que tena tan bien clasificadas como las de
trabajo, las inverta en jugar a las _damas_ con D. Tula. sta pasaba
la vida limpiando la casa o en brega con las flores, por las cuales
profesaba idolatra. Cuando la tropezaba en los pasillos, rara vez
dejaba de llevar en brazos alguna maceta que iba a colocar al sol o a la
sombra, segn conviniese.

--Agur, querido; voy a llevar este geranio a atrs, porque el pobrecito
se me est requemando aqu en el patio. No ha visto usted este
rosalito? Mire qu botoncito ms lindo y ms rico tiene ya, y eso que no
hace siquiera un mes que lo he plantado... Voy a aprovechar el rayo de
sol que cae ahora en la ventana de la sala para que se alegre un
poquito...

Y en busca de los rayos de sol o de las rayas de sombra, la pobre seora
no paraba un instante, llevando y trayendo las macetas. En la tarea de
regarlas por la maana y por la tarde, no slo se ocupaba ella, sino que
empleaba tambin a las criadas. Era uno de los quehaceres mayores de la
casa. D. Oscar no estaba de acuerdo con esta mana, pero la toleraba
bondadosamente como una debilidad femenina. Algunas veces le deca
sonriendo con superioridad:

--Vamos a ver, doa Tula, quiere usted decirme qu utilidad reportan
las flores?

La seora quedaba desconcertada.

--Las flores son muy bonitas, don Oscar!--exclamaba llena de despecho.

--Bonitas, convengo en ello... pero no son tiles.

Otro de los quehaceres que ms tiempo la exiga era el tocado; caso
raro, porque exceptuando a misa, jams sala de casa, y en casa apenas
se reciba visita alguna. Aquella serie de rizos tan iguales, tan
primorosos, pegados a la frente con esmero, no tenan ms ojos que los
viesen, salvo los de las cuatro viejas que se reunan a or misa en San
Alberto, que los de su hija, D. Oscar y las criadas. D. Tula conservaba
vivo el sentimiento de la belleza, que reside sin excepcin apenas en
todas las andaluzas. Cuando me tropezaba y no iba muy ocupada, sola
detenerme y charlar conmigo, mostrndome siempre la misma compasin.
Las veces que me habr llamado pobrecito aquella buena seora!

Qu clase de relaciones eran las que existan entre ella y D. Oscar? Si
fuera a dar crdito a las insinuaciones y reticencias que haba odo, el
bendito seor era su amante. Mas, aparte de que la edad de ambos no lo
haca probable, en los das que frecuent la casa no pude observar nada
que lo confirmase. Se trataban siempre con igual ceremonia, D. Oscar con
cierta superioridad intelectual, D. Tula con humildad afectuosa. Ni una
mirada donde se pudiera traslucir un sentimiento ms ntimo, ningn dato
que los acusara. D. Tula tena sus habitaciones en el piso bajo; el
bendito seor, en el alto. Esto no obstante, yo no jurara que lo que se
deca careciese en absoluto de fundamento.

La vida que llevaba en aquellos das era por dems asendereada y
trabajosa, y lo que es peor, no vea la utilidad de ella, como D. Oscar
la de las flores. Mi entrada en la casa, aunque otra cosa pensase
Gloria, no haba facilitado la solucin del problema que ambos
tratbamos de resolver. Por el contrario, me pareca que cuando se
descubriese el engao quedara en peor estado. Adems, ni un minuto ms
de pltica con mi novia me haba concedido tal entrada. Cuando le hice
presente a aqulla mis quejas y le expuse amargamente los abrumadores
trabajos que D. Oscar me impona, exclam riendo:

--Te habas figurado, hijo, que el conquistar esta plaza no haba de
costar ninguna pena? Si fuese en otro tiempo, estaras a estas horas en
un calabozo de la Inquisicin por haberte atrevido a galantear a una
monja.

Vi en la obscuridad brillar sus ojos negros, gozosos y blanquear las
filas de sus dientes moriscos, y se huy de repente mi tristeza. Sin
embargo, dije exhalando un suspiro:

--Oh! Si esto dura mucho tiempo, me voy a quedar como una flauta...
Mira, las sortijas se me salen del dedo.

--Mejor, cuanto ms delgadito menos galleguito. Ya vers, chiquillo, ya
vers lo que voy a quererte despus que hayas pasado esta cruja.
Conviene que mam te tome algn cario y don Oscar te estime. Uf! Ya
habla de ti como si hubiera tropezado con un tesoro escondido. Cuando
llegue el momento damos el golpe... Te presentas un da con aquella
levita tan larga que tienes... Mira, te ruego por Jesucristo vivo que no
te me presentes delante con ella. Pareces el hermano mayor de la Paz y
Caridad... Pero ese da s, sabes?... Es para que don Oscar te tome
algn miedo... Pides mi blanca... digo, mi negra mano. A don Oscar se le
erizan los bigotes y muge. Mam llora y dice: Pobrecita hija! Si se la
ha de llevar un hombre, ms vale que sea este seor de la levita larga,
que ya entiende de jabones. Ya veras qu bien se arregla todo.

No participaba yo, como he dicho, de su optimismo. El cuadro sinptico
del bendito seor me traa loco. La curiosidad de Matildita estaba
fuertemente excitada al verme salir temprano de casa y no volver hasta
la noche, pues la mayor parte de los das almorzaba de prisa y corriendo
en un caf. En la tertulia de Anguita ya empezaban a correr bromas sobre
mis desapariciones misteriosas. Excusado es decir que la que ms
preocupada andaba con ellas era Joaquinita. Isabel tambin se me quej
de que no iba por su casa ni le daba cuenta de la marcha de mis amores.
Dijo que haba estado un da a visitar a su prima, y que por ella saba
que hablbamos a la reja. Parece mentira que sea usted ms reservado!
Estuve tentado a soltar en su pecho el fardo que tanto me pesaba, pero
un instinto de prudencia me retuvo. Quin sabe si me tomara por un
mentecato, vindome en aquella ridcula situacin. Por fortuna o por
desgracia, vino un suceso inesperado a sacarme muy pronto de ella. Un
da, al entrar en el despacho de D. Oscar, me encontr repantigado en
una butaca al malagueo que haba conocido en Marmolejo, a Daniel
Surez, mi presunto rival en el amor de Gloria. Qued sin gota de sangre
en el rostro. Toda debi fluir al corazn. Apenas tuve fuerzas para
hacer una mueca que quiso y no pudo parecer sonrisa.

--Hola! Usted por aqu?--dijo al verme, levantndose a medias del
asiento y extendindome la mano.--No contaba verle tan pronto, amigo.
Cmo lo ha pasado usted?

--Se conocen ustedes, a lo que veo?--pregunt don Oscar con su voz
recia y profunda.

--Hemos sido compaeros de cuarto en Marmolejo hace unos tres meses,
poco ms o menos... cuando Gloria estaba all tomando las aguas,
sabust?

Era el mismo hombre cnico y displicente. Sus ojillos negros y aviesos
bailaban, sonrientes, de m a D. Oscar, reluciendo de malicia. Si fuera
posible quedar ms desconcertado y confuso de lo que estaba, quedara,
seguramente, con estas palabras. Sent la mirada de don Oscar en la
mejilla, como una bofetada que me la enrojeci; pero no volv los ojos
hacia l.

--Viene usted de Mlaga?--pregunt, por preguntar algo.

--S, seor, vengo de Mlaga... Me trae aqu un asuntillo, sabust?...
un asuntillo--dijo, dando un chupetn y soltando el consabido chorrito
de saliva. Al mismo tiempo me clavaba una mirada risuea, donde quise
leer cierta burla despreciativa.--Ust tambin habr venido a sus
negocios?

--S, seor, aqu me ha trado un asunto que, por fortuna, ya tengo casi
arreglado--respond con tonillo impertinente, contestando a su mirada
burlona con otra de desafo.

El amor propio herido hizo despertar la clera en mi pecho. Y sin entrar
en ms contestaciones y sin volverme hacia D. Oscar, cuyos ojos senta
siempre posados sobre m, dije:

--Vaya, seores, ustedes tendrn que hablar... Hasta la vista.

--Vaya usted con Dios, amigo... Y que el asunto se arregle del todo--me
respondi Surez.

Don Oscar no dijo una palabra. Pero al salir arrogante y altanero del
despacho, resuelto a cualquier violencia si se me provocaba a ella,
todava sent su mirada luciente y acerada en el cogote.




X

TROPIEZO CON UN GRAVE ESCOLLO


Cuando se hubieron pasado los primeros momentos de sorpresa y de clera
y, ya en la calle, pude reflexionar, ca en un profundo abatimiento.
Cre que todo haba venido al suelo, todo lo que constitua mi
felicidad. La intencin del malagueo no poda ocultrseme. Lo que
seguira despus de doa Tula y el bendito seor se enterasen de mi
intriga poda sospecharlo. Maldije la hora en que haba conocido a aquel
antiptico sujeto, y le dese de todas veras la muerte. Hecho lo cual,
me dije con heroica decisin que yo no renunciara por l ni por todos
los malagueos diseminados por el globo al amor de Gloria y que nos
veramos las caras.

Sin embargo, el horizonte se presentaba muy oscuro, haba que
reconocerlo. Era menester comenzar de nuevo y urdir otras intrigas. Se
urdiran. Vaya si se urdiran! Pero cmo empezar, si cortaban toda
clase de relaciones entre Gloria y yo y se la llevaban a otro sitio, a
un convento quiz? Pues la seguira adondequiera que fuese y armara un
tejido tal de invenciones, que concluyesen por marearlos y hacerles
ceder. Ceder, ay! Si no estuviesen los cien mil pesos de Gloria por el
medio, ya lo creo que cederan. Pues yo no renuncio tampoco a ellos,
aunque me hagan tajadas--dije con energa, entre dientes--. Podra
renunciar si no se tratase ms que de m, y aun, si se quiere, de ella,
pero hay que tener presente que maana tendremos hijos, y que yo no
puedo, en conciencia, despojarlos de lo que es suyo. Pensando en estos
hijos nonatos, despojados sin culpa del haber materno, me enternec.
Pas aquel da en un estado de fuerte excitacin, ideando mil
monstruosidades y majaderas. Por la noche, al llegar las once, a
sabiendas de que Gloria no poda estar en la reja, las piernas me
llevaron a la calle de Argote de Molina. Calclese mi sorpresa y alegra
cuando al pasar por delante de la casa vi la ventana abierta y percib,
como todas las noches, blanquear la figura indecisa de mi adorado sueo.
Acerqueme con precaucin, temiendo una emboscada; pero en seguida me
convenc, al escuchar su voz, de que eran infundados mis temores. Me
salud muy enfadada, llamndome chinchoso, feo, ente, fatuo...,
gallego! Este era siempre el ltimo insulto y el que, en su opinin,
resuma y compendiaba todos los dems. La razn de aquella granizada de
denuestos: que haca diez minutos largos que eran sonadas las once y que
esperaba. Qued estupefacto.

--Pero, chica, no sabes?

--Qu?...

Quise contarle el encuentro que haba tenido por la maana.

--Toto lo s; no me cuentes... Y qu hay con eso?

--Pens que tu mam y don Oscar, al saber el engao, te regaaran...

--Regaar?... Me armaron una escandalera atroz... Por supuesto, yo te
negu con ms desvergenza que San Pedro a su Maestro... Qu quieres,
hijo..., las circunstancias!... Me preguntaron si te conoca... En mi
vida le he visto, contest. Pues ha estado en Marmolejo cuando t.
Pues no he reparado en l. No es fcil que se hayan tragado la bola,
porque es muy gorda; pero Daniel no debi de decirles nada. Se ha
portado mejor de lo que poda esperarse.

--Si no lo ha dicho, lo dir--manifest con mal humor, producido por
orle llamar al malagueo por su nombre de pila, lo cual me pareca ya
una infidelidad.

--Pues que lo diga! Si me aburren mucho, me planto como los
borriquillos gallegos... (perdona, chico!) y digo: Seoras y
caballeros, hasta aqu he llegado...

Me enter de la edad que tena, diecinueve aos cumplidos, y propseme
consultar a algn abogado para saber si podra casarme contra la
voluntad de su madre. Le dije tambin que, aunque Surez hubiera sido
discreto, tena el convencimiento firme de que tramaba algo contra
nosotros y que pronto se haba de ver el resultado. Convino conmigo en
que era imposible que volviese a presentarme en su casa. Aunque
ignorasen los pormenores, lo mismo don Oscar que su madre estaban
seguros de que yo no era tal oficial carlista y que vena en seguimiento
de ella desde Marmolejo. Cuando le expres mi temor de que cortasen
aquellos coloquios a la reja, me respondi con resolucin:

--Si me quitan la reja, ya buscaremos otro medio.

El nimo de Gloria y la confianza que mostraba en los recursos de su
imaginacin me la infundan a m tambin y me tranquilizaban. Al da
siguiente, no conociendo a ms jurista en Sevilla que a Olriz, que
estaba en el ltimo ao de la carrera, le consult sobre los requisitos
del matrimonio. Aunque se atus gravemente la preciosa barba y meti dos
o tres veces los dedos por la rizada selva de sus cabellos, masticando
algunas generalidades, comprend que saba tanto como yo sobre el
particular. Fui con l a su cuarto y examinamos los libros donde se
declaraban. All vi que mi adorada pronto estara en edad de casarse con
quien quisiera. Por la noche comuniqu a sta la noticia; pero, en vez
de recibirla con alegra, se me puso muy enojada.

--Qu? Un ao todava? Y me lo cuentas con esa tranquilidad?...
Ceferino, mira que te lo digo yo, t no tienes corazn!

--Oh Gloria!--respond, todo sofocado, llevndome la mano al pecho--.
No me digas eso. Aqu lo siento latir slo por ti. Si dejases de amarme
algn da, tengo la seguridad...

--Pero, hombre, repara que te ests llevando la mano al lado derecho, y
ah no puede estar el corazn.

Despus dijo profticamente, con una resolucin que me inund de
alegra:

--A cuntos estamos hoy? A cuatro de agosto, verdad?... Bien; pues el
da primero de octubre ser nuestra boda.

Sin estorbo alguno, con igual seguridad y placidez que antes,
proseguimos nuestros coloquios nocturnos a la reja. Yo estaba algunas
veces inquieto, sin embargo, imaginando que la hora menos pensada una
delacin del malagueo podra concluir con ellos. Su mismo silencio me
daba miedo, hacindome pensar en terribles asechanzas. Pero Gloria no
senta preocupacin alguna. Cuando le interrogaba acerca de Surez, me
responda que frecuentaba, en efecto, la casa, porque traa negocios
mercantiles con don Oscar, que le hablaba alguna que otra vez; mas
nunca, en su conversacin, haba hecho alusin a nuestras relaciones, ni
tampoco se haba propasado a galantearla ms que en los trminos vagos
que en Andaluca carecen por entero de significacin. Poco a poco me iba
serenando. All, en el fondo, estaba quiz contento por haber sacudido
de los hombros el tremendo cuadro sinptico de don Oscar.

Las noches eran calurosas, asfixiantes. Cuando no iba a casa de Anguita,
despus que dejaba al amigo Villa, me agradaba dar vueltas por la ciudad
en espera de las once, a pasos cortos y lentos, arrastrando los pies.
Pasear a aquellas horas por las calles de Sevilla era lo mismo que
visitar lo interior de las casas. Las familias y los tertulios se
hallaban reunidos en los patios, y los patios se vean admirablemente
desde la calle, al travs de las cancelas. Vea a las jvenes, con
trajes claros, columpindose en las mecedoras, los negros cabellos en
trenza, adornados con alguna flor de vivos colores, mientras sus
galanes, montados sin etiqueta en las sillas, departan con ellas en voz
baja o les daban aire con el abanico. En algunos patios se tocaba la
guitarra y se cantaban alegres malagueas o peteneras, de notas
prolongadas, melanclicas, coreadas por los ols! y el palmoteo del
concurso. En otros, una o dos parejas de nias bailaban seguidillas. Los
palillos sonaban con gozoso chasquido; las siluetas de las bailaoras
pasaban y repasaban por delante de la cancela, en actitudes ora
arrogantes, ora lnguidas y desmayadas, siempre provocativas, llenas de
promesas voluptuosas. Estos eran los patios que podan llamarse
tradicionales. Los haba tambin modernos o modernizados, donde sonaban
en el piano los valses de moda o los trozos ms notables de las
zarzuelas estrenadas en Madrid recientemente, cuando no se cantaba el
_Vorrei morir_, o _La stella confidente_, u otra de las piezas que los
italianos componen para recreo de las familias sensibles de la clase
media. Habalos, por ltimo, de carcter misterioso, donde la luz andaba
sobradamente regateada, silenciosos, tristes, en la apariencia.
Fijndose un poco, sola percibirse, a la media luz que reinaba entre el
follaje de las plantas, alguna pareja amartelada. Y si el transente
detuviese el paso, quiz llegara a su odo el leve, blando, rumor de un
beso, aunque no lo doy por seguro.

De todos modos, aquellos fuertes toques de luz que salan de los patios,
aquel soplo rumoroso que pasaba a travs de la enrejada puerta, animaban
la calle y esparcan por la ciudad ambiente de cordialidad y de alegra.
Era la vida meridional, franca, bulliciosa, expansiva, que no teme la
mirada curiosa del paseante, antes la solicita y se huelga con ella,
donde an late vivo, despus de tantos siglos, el sentimiento de la
hospitalidad, la religin de los rabes. Sevilla ofreca a tal hora un
aspecto mgico, un encanto que turbaba el nimo y convidaba a soar.
Crease estar dentro de una ciudad calada, transparente, de un inmenso
cosmorama de aquellos que, cuando nios, inquietan nuestra fantasa y
despiertan en el corazn ansias invencibles de lanzarse a otras regiones
misteriosas y poticas. Aspirbanse aromas embriagadores. Ni un leve
soplo de brisa refrescaba la frente. Mis pasos eran cada vez ms cortos
y ms tardos, recorriendo, mareando, el confuso laberinto de las calles,
animadas con vivas rfagas de luz, regaladas de msicas y vibrantes de
gritos y carcajadas femeninas.

Llegaban las once, y entonces mis pies se movan presurosos por la
revuelta calle de Argote de Molina, hasta alcanzar la casa de Gloria. El
misterio daba a nuestras entrevistas un encanto infinito. Con la frente
apoyada en las rejas de la ventana, sintiendo el hlito blanco de mi
amada y el roce de sus cabellos perfumados, dejaba transcurrir las
horas, que tal vez sern las ms felices de mi existencia. Gloria
hablaba, hablaba sin cesar. Yo, ofuscado por la luz de sus ojos, que,
como dos acumuladores elctricos, iban lenta y suavemente
magnetizndome, la escuchaba sin pestaear, acariciado por aquel acento
andaluz, dulce y salado a la vez, cuyo recuerdo hace suspirar a ms de
un ingls en las brumas de la Gran Bretaa. De qu hablaba? Apenas lo
s: de los sucesos insignificantes del da, de las nonadas de la vida;
algunas veces, de lo por venir, imaginando mil proyectos contradictorios
que me hacan rer; algunas tambin, de sus recuerdos de convento.
Gozaba extremadamente oyndole contar las travesuras de su poca de
colegiala, los mil incidentes, tristes o cmicos, que le haban pasado
en el colegio.

De nia era un diablejo irresistible, lo reconoca ingenuamente. Apenas
se pasaba da sin que dejase de proporcionar algn disgusto a las
hermanas. La vida triste y montona del colegio no era para ella. Se
levantaban muy temprano y hacan media hora de oracin en la sala de
clases. Luego oan misa. A la salida se hablaban, preguntndose por la
salud nicamente. A la hora de recreo, o _rcration_, como all se
deca, tambin se hablaban. Fuera de estas horas estaba prohibido
comunicarse. Pero ella nunca haba cumplido esta orden, ni mientras
colegiala, ni cuando hermana. No poda, hijo, no poda. Se me agolpaban
las palabras a la lengua, y, o salan, o estallaban. En cierta ocasin,
por haberse burlado de la hermana San Onofre, la haban encerrado en la
buhardilla. Desde all se vea un cuartel, y, oyendo gritar al
centinela: Centinela, alerta!, contest a grito pelado: Alerta
est! Esto produjo un verdadero escndalo en el colegio, y le acarre
un castigo ejemplar. Pero se burlaba de los castigos lo mismo que de las
hermanas. Muchas veces le imponan por penitencia entrar en todas las
clases, hincarse de rodillas en medio de ellas y hacer algunas cruces en
el suelo con la lengua. No le importaba. Al contrario, lo que haca era
excitar la risa de las otras nias con sus muecas. Quise saber algo de
la madre Florentina. Lo que me haba dicho la monja francesa haba
despertado mi curiosidad.

--Ah! La madre Florentina era muy buena. Nos llamaba siempre _filletas_
y nos dejaba hacer cuanto queramos, menos cuando tocaban a trabajar.
Oh! Entonces no haba ms remedio que apretar durito. No consenta en
nuestros cuartos ni un tantico as de polvo. Nos tena barriendo hasta
que quedaban como un espejo. No sabes que ella tambin pag caro el
bailoteo de Marmolejo? Se la depuso y se la oblig a pedir perdn de
rodillas a la comunidad. Pobre madre! Por culpa nuestra..., quiero
decir, por culpa tuya.

--He sabido que no era ya superiora por la monja que sali a abrirme en
el colegio; una monja guapa, por cierto, con ojos muy severos y acento
extranjero.

--Ah, s! La hermana Desire.

--Mal genio debe de tener.

--Condenadsimo! No somos amigas. Cuando era educanda no me dejaba
vivir. Hasta que un da vino el trueno gordo, sabes?, quiero decir,
hasta que le romp la cabeza. Desde entonces qued como un guante.

--Romperle la cabeza!--exclam, sorprendido.

Me lo explic con lujo de pormenores. Un da, a la comida, advirti que
su cuchara tena cardenillo, y lo dijo en voz alta. La hermana Desire,
que tena la intencin de un veragua, tom la cuchara, la limpi y se
fue a la superiora con el cuento de que no quera comer con ella por
capricho. La superiora, entonces, le haba mandado lamerla delante de la
comunidad y de las otras nias. Lo hizo por no dar mal ejemplo; pero en
seguida se levant y se fue a encerrar en su celda. La hermana Desire
la sigui y quiso traerla de nuevo a la mesa, a viva fuerza. Comenz a
reprenderla speramete, dicindole mil insultos, y hasta trat de
golpearla. Entonces, al sentir la mano de la profesora en la mejilla,
haba perdido la razn, cogi un taburete y se lo zamp sobre la cabeza.
Qu susto, chiquillo, al verla con la cara llena de sangre! Se
precipit a socorrerla, limpindola con el pauelo, lavndole la herida,
y, llorando como una Magdalena, se arroj a sus pies, pidindole perdn.
Luego, cuando quisieron que hiciese lo mismo delante de la comunidad, se
neg a ello. La misma hermana Desire intervino para que no se la
violentase ni castigase. Desde este suceso parece que la miraba con
mejores ojos o, al menos, no la reprenda tanto como antes. Gloria haba
advertido que alguna que otra vez, muy rara, la hermana se enterneca.
Cuando pensaba que nadie la miraba, quedbase largo rato con los ojos en
el vaco, pasaba por ellos una rfaga de ternura y concluan por
arrasrsele. Entonces se pona guapa de veras. Apeteca ir a besarla.
Mas si se adverta que la estaban mirando, volva a poner aquellos
ojazos crueles que a todas nos asustaban. Ms tarde se haba enterado de
que se haba hecho monja por unos amores desgraciados.

Adems de esta, pintbame con gracia el tipo de otras hermanas que haba
tenido por profesoras. Haba una, francesa tambin, llamada la hermana
Saint-Etienne, a quien remedaba con singular donaire: Oh, silence,
enfant! Oh malheureux enfant, je vous mettrai en cachot! Era delicioso
orle pronunciar el francs. Tena razn la pobrecita--conclua
riendo--, porque yo era un bicharraquillo muy malo.

En aquellas noches me enter tambin de los pormenores de su profesin.
Estaba tan aburrida en casa, que resolvi volverse al convento. No
quera, sin embargo, profesar. Pero su estancia all, de otra suerte, se
hara imposible. Al fin, obligada por la necesidad y bajo la presin
continua y persistente de cuantos la rodeaban, se decidi a hacerlo. Era
el da 9 de mayo. Su madre y algunas tas y primas que tena en Sevilla
haban ido al convento para asistir a la toma de hbito.

Despus que haba odo una pltica del confesor en la capilla y haban
terminado todas las ceremonias, una hermana la llev a su celda y la
dej sola para que se vistiera el hbito y se pusiera la cofia. El
hbito se lo haba metido sin vacilar; pero al llegar a la cofia le
haba entrado una repugnancia tan grande, que por tres veces la arroj
al suelo diciendo: Yo no me pongo este gorro! Y otras tres la haba
recogido. Por fin, se la puso. Lleg otra vez la hermana y le pidi un
espejo. En el colegio no lo haba; pero dijo que iba a llevarla a la
sacrista, donde lo encontrara y podra verse bien. No quiso ir. Estaba
de un humor de todos los diablos. Al pasar por delante de una puerta
vidriera que tena cortinillas encarnadas haba podido ver su imagen
reflejada.

--Y sabes que no me pareci que estaba fella con la cofia?

--Al contrario--repuse yo--: te sentaba admirablemente, estabas
guapsima.

--Chitn! Djame concluir. Despus que me vi en la vidriera me anim un
poquirritillo. Fui otra vez a la capilla y all me abrazaron todas mis
amigas. Ay hijo, entonces comenc a soltar lgrimas a chorro! Me dio
una perrera, que pens liquidarme!

Pero, como era una chiquilla, pas al instante de la tristeza a la
alegra. La comunidad celebr su toma de hbito con un refresco
esplndido y una comedia en que trabajaron las educandas. Aquel da
haba estado fuertemente excitada: tan pronto rea como lloraba. Despus
que se vio monja se haba modificado un poco. Hasta hubo temporadas en
que se haba credo realmente con vocacin, en que exageraba como
ninguna hermana las penitencias y los escrpulos. Poco falt para que la
creyeran santa. La ms leve falta le produca tal escozor en la
conciencia, que no se contentaba con ir a pedir perdn de rodillas a
aquella a quien haba ofendido, sino que, al reunirse la comunidad a la
hora de comer, se arrodillaba delante de todas y deca con lgrimas:
Hermanas mas, me acuso de haber ofendido a Fulana, de este o de otro
modo, dando mal ejemplo a la comunidad, y tambin se acusaba de sus
pensamientos malos: Hermanas mas, me acuso de ser soberbia, de tener
mucho amor propio y creer que hago las cosas mejor que ninguna. Hermanas
mas, me perdonan vuestras caridades el pecado de haberme distrado
durante la misa?

--En fin, hijo: que las traa fritas a perdones. No s cmo me
aguantaban.

Despus pasaba al extremo opuesto. Haba temporadas en que le daba por
ser mala y mortificar a todo bicho viviente. Las nias le temblaban.
Buscaba pretextos para castigarlas. Armaba rias entre las hermanas. Era
el genio malo del convento. Estas temporadas terminaban, como las otras,
por una gran crisis nerviosa, un fuerte ataque, que la dejaba postrada
algunos das en cama. Tambin tena momentos de tristeza tan profunda,
que apeteca y aun buscaba la muerte. En cierta ocasin se arroj al
pozo, y de all la sacaron medio asfixiada; pero nadie supo, mas que el
confesor, que haba tenido intencin de suicidarse. Los nicos das
felices fueron algunos que pas en el convento de Vergara, cuando haba
estrechado amistad con Maximina. El cario ciego, mejor dicho, la
adoracin exttica de aquella nia, la haba consolado de bastantes
pesares. Dios perdone a quien me separ de ella!

La charla incesante, suave, montona, de Gloria, donde se perciba el
silbido continuo de la ese, me produca un mareo lnguido, cierto
retardo voluptuoso, al cual contribua el ambiente abrasador que se
respiraba, el perfume penetrante de las flores y plantas de almoraduj y
albahaca, entre las cuales aquella se sentaba.

Durante estas confidencias ntimas, preocupada enteramente por sus
recuerdos, me abandonaba la mano. El tibio contacto de su piel delicada,
al travs de la cual senta palpitar el calor misterioso de la vida, me
llenaba de dicha, una dicha profunda, incomparable, infinita; jugaba
suavemente con los dedos torneados y crea sentir en ellos tan pronto
febriles estremecimientos como languideces invencibles, ardientes
promesas y ahogados anhelos de ternura. De cuando en cuando separaba la
cabeza, porque me senta sofocado, y aspiraba fuerte y prolongadamente
el aire con un suspiro extrao que haca rer a la hermosa. Segn
avanzaba la noche, iban cerrndose, uno a uno, los agujeros de luz que
haba en la calle. La atmsfera, quieta y abrasada, nos traa rumores
confusos de puertas que se cierran, saludos que se cambian, pasos que se
alejan; los ruidos todos que preceden al reposo. Y este llegaba al fin.
El aire desierto y melanclico ya no vibraba con ningn sonido. Slo de
tarde en tarde el golpe lento del reloj de la Giralda lo estremeca de
improviso con metlico clamor. La sultana de la Andaluca se entregaba
al sueo debajo de su esplndido dosel de estrellas. Dentro de su
recinto, no obstante, velaba siempre el amor. Hasta el amanecer podan
verse en sus estrechas y misteriosas encrucijadas algunos galanes que,
como yo, yacan inmviles, con la frente pegada a alguna reja.

Las horas corran veloces; pero nosotros no oamos o no queramos or
los golpes del reloj sonando lentamente en el silencio y soledad de la
noche. Sin embargo, la seca campanada de la una nos estremeca y nos
llenaba de inquietud. An permanecamos hablando algn tiempo. Sonaba la
una y media...

--Vete, vete.

--Cinco minutos nada ms.

Pasaban cinco minutos, y otros cinco despus, y yo no me mova. Entonces
Gloria, de repente, a la mitad de una frase, se levantaba enojada
consigo misma y me deca bruscamente:

--Adis; hasta maana.

--Dame la mano siquiera para despedirte.

Me la daba, y yo la retena a la fuerza algunos minutos ms. De pronto
alzaba la cabeza en seal de susto, y deca en voz alterada:

--Siento ruido!

Yo, estremecido, soltaba la mano, y ella se alejaba riendo del engao.

De malsima gana tambin me alejaba yo de aquel rincn oscuro y
discreto, donde dejaba mi felicidad. A paso rpido iba salvando las
estrechas calles anegadas en sombra, no viendo por encima de mi cabeza
ms que una banda de azul profundo sembrada de estrellas.

Todos los das me condecoraba, esto es, me pona en el ojal la flor que
llevaba en el pecho. Al da siguiente era menester llevrsela marchita;
la deshojaba cuidadosamente y me pona la nueva. La idea de que pudiera
regalar aquella flor a otra mujer la estremeca. Empezaba a notar con
deleite que senta celos, celos inconscientes y vagos que ansiaban
formularse, sin llegar a conseguirlo. Hacame mil preguntas acerca de la
tertulia de Anguita, me obligaba a describirle minuciosamente todas las
jvenes que all asistan, y luego, repentinamente, mirndome con fijeza
a los ojos, me preguntaba:

--Vamos a ver: y cul es de todas la que ms te gusta?

--Ninguna. Todas me gustan por igual.

--Por qu sueltas esas simplezas? Crees que me voy a enojar porque te
guste una ms que otra? Al contrario, hijo.

--Yo no tengo ojos nada ms que para mirarte a ti. Y desde que t me
gustas he perdido el gusto de todas las dems.

Ella, insista con calor, llamndome embustero, gitano, comediante. Al
fin, una noche, ms por complacerla que por otra cosa, le dije:

--Pues, si he de serte sincero, la que all me parece mejor es tu prima
Isabel.

Dios eterno, qu hice! A pesar de la poca claridad que haba, la vi
ponerse densamente plida.

--Ya me lo sospechaba!--exclam con voz ronca y extraa, que me
asust--. No haba de gustarte una chica tan hermosa! T tambin le
habrs gustado a ella, como si lo viera... Lucido papel me habis hecho
representar! Pero esa es una infamia; s, una infamia... Desde el
momento en que has comenzado en recaditos con ella deb comprender que
lo que ella quera era un novio ms; mejor dicho, un esclavo ms de los
que lleva sujetos con un cordelito...

--Pero, Gloria, qu ests diciendo ah?

--No me trate usted de t--exclam, mirndome con ojos chispeantes de
furor--. Yo no tengo ya nada que ver con usted... Mrchese usted y
djeme el alma quieta...

Asombrado, dolorido, sin saber lo que me pasaba, trat de hacerla entrar
en razn. Todo era intil. No me escuchaba. Excitada por sus mismas
palabras, que se atropellaban unas a otras, colrica, descompuesta, me
cubra de denuestos, repitiendo a cada instante: Mrchese usted! No
quiero verle a usted delante!

No hubo ms remedio que aguardar a que se desahogase. Cuando lo hubo
hecho, cay en un singular abatimiento. Tapose la cara con las manos y
comenz a sollozar fuertemente. Aprovech aquellos momentos para decirle
lo que cre del caso, demostrndole con razones irrefutables su engao y
el agravio que me haca. Parece que mis palabras y mi actitud firme y
serena hicieron sobre ella impresin, porque no tard en parlamentar.

Sin embargo, me asaete a preguntas, procurando cogerme en
contradicciones, observando mi rostro fijamente con ojos
inquisitoriales. Despus me hizo jurar ms de cien veces, por todos los
seres queridos que se me haban muerto, por todos los santos del Cielo,
que slo ella me gustaba de veras y slo a ella quera. Uno de los
juramentos, el ltimo y ms solemne de todos, me oblig a hacerlo de
rodillas sobre las piedras de la calle.

--Si me engaa--concluy diciendo, con la frente fruncida y mirndome
severamente--, cuenta que te clavo un pual en el corazn.

--Ah va el pual--dije, sacando el que me haban regalado en el Fomento
de las Artes y que llevaba por precaucin en mis excursiones
nocturnas--. Te clavars a ti misma clavando mi corazn--aad,
sonriendo.

--Ah gitano, macareno!--exclam, mirndome al mismo tiempo con
sorpresa y cario--. Venga... Lo guardo... Ten por seguro que no escapas
vivo si me haces traicin.

--Casi me entran ganas de hacrtela por el gusto de morir a tus manos.

Pas del dolor a la alegra instantneamente. Las carcajadas se
sucedieron a los sollozos. Como si quisiera indemnizarme del susto y de
las injurias que me haba dicho, ninguna noche estuvo tan cariosa y
zalamera. Tirndome por las manos y sonriendo con sus ojos llorosos an,
exclamaba:

--No parece mentira que haya llegado a enamorarme de este modo de un
gallego?

No obstante, desde entonces haba das en que me haca padecer mucho con
sus celos injustificados. Tena un miedo tan grande a que se la pegara,
como ella deca, que slo con la idea se estremeca y empezaba a
injuriarme. Despus me peda perdn, riendo de s misma.

Cerca de su casa haba un establecimiento de bebidas, que sola estar
abierto hasta hora muy avanzada. Una noche, hallndome, como de
costumbre, en coloquio amoroso, se me present de improviso un chico,
trayendo en la mano una batea de caas de manzanilla. Acercose a m y me
dijo:

--De parte de unos seores que estn ah bebiendo, que haga usted el
favor de beber a la salud de la seorita.

Quedeme estupefacto mirndole, y pensando despus que era una broma,
dije con malos modos:

--Yo no conozco a esos seores ni s cmo se atreven...

Pero Gloria me tir de la manga, dicindome:

--Bebe.

La mir sorprendido.

--Hay que beber?

--S, hombre, s; bebe.

Hice como me mandaba, apurando una caa, y luego dije:

--Deles usted las gracias.

Cuando se hubo alejado el chico, me dijo:

--Buena la hubieras hecho si no aceptas! Menuda bronca te arman esos
gachs!

Luego me explic que aquello en Andaluca no solo no tena nada de
particular, sino que era un acto de cortesa y franqueza que deba
agradecerse. Me recomend que no dejase de pasar despus por la tienda a
darles las gracias, pero encarecindome mucho que no permaneciese all
ms tiempo que el indispensable, porque a menudo haba reyertas. Algo
maravillado de aquellas singulares costumbres, as que me desped de
ella, apresureme a cumplir su encargo. En la taberna hall hasta media
docena de individuos con trazas de personas decentes, que coman
alcaparras y langostinos, remojndolos con tragos de manzanilla.
Pregunt al chico si eran los que me haban convidado, y habindome
respondido afirmativamente, le encargu que sacase unas copas de jerez,
corriendo de mi cuenta. Fui a darles despus las gracias, y me
recibieron con una cordialidad tan rara como grata. A los cinco minutos
de hallarme entre ellos parecamos camaradas de toda la vida. Creo que
si estoy all una hora, salimos tratndonos de t. Me hicieron de Gloria
unos elogios que, aunque un poco vivos y si se quiere brutales, tuve que
aceptar y aun agradecer, pues se comprenda que eran dichos de buena fe
y con nimo de agradar. Brindamos y bebimos por ella ms de una docena
de veces, y se invitaron con la mayor alegra para beber unas caitas a
la salud de los novios el da de la boda. Iba ya a despedirme,
acordndome de la recomendacin de mi novia, cuando cre escuchar ruido
de dinero y murmullo de gente arriba.

--Qu hay arriba?--pregunt a uno.

--Timbirimba. Si usted quiere echar una mirata, suba usted esa
escalera.

Aunque no soy jugador, siempre he tenido alguna inclinacin a los
naipes. Sub, pues, por donde me sealaban, con cierta curiosidad, y al
llegar a la sala de arriba vi, en efecto, hasta veinte o treinta
personas reunidas en torno a una mesa de juego. Procur ver las cartas
asomndome por encima de los hombros, y lo primero que observ, caso
chistoso!, fue al famoso Llagostera, mi compaero de fonda, aquel
cataln eterno detractor de la holgazanera andaluza, con la baraja
entre las manos tirando un entrs. Si hubiera visto al arzobispo en
persona en aquella forma, no me hubiese sorprendido ms. Manejaba los
naipes con singular maestra, como jugador de oficio. De cuando en
cuando, as que las apuestas estaban hechas, deca en voz alta, con el
acento rudo que le caracterizaba: Juego, caballeros. Despus de la
sorpresa acudi a m cierta irritacin, no exenta de risa. Este era el
hombre que todos los das nos mareaba con el trabajo de Catalua y
mostraba tal desprecio al resto de los espaoles? Pues no te escapas
sin verme, dije para m, y a fuerza de trabajar con los codos logr
ponerme en primera fila. Saqu un duro del bolsillo y, tirndolo sobre
la mesa, dije: Ese duro al cinco, seor Llagostera. Levant la cabeza,
y al verme se inmut ligeramente; pero, reponindose en seguida, me
salud con la mayor desvergenza: Buenas noches, compaero.

Cuando le cont la aventura a Villa, se tiraba en la cama de risa.
Luego, a la hora del almuerzo, comenz a cantar las excelencias del
trabajo, llamando a cada paso en su apoyo al cataln: Verdad, seor
Llagostera, que no hay otra fuente de riqueza?--al mismo tiempo haca
con disimulo el ademn de tirar de una carta--. Verdad, seor
Llagostera, que el nico medio de prosperar las naciones y los
individuos es el trabajo honrado? Eh? El trabajo decente?--la misma a
mueca--. Yo no conozco ms que a los catalanes que sepan tirar..., tirar
bien del carro de la riqueza, eh?--tirando de la carta imaginaria--.
Oh, si los andaluces tirsemos tan bien!... Los comensales no podamos
reprimir la risa. Yo estaba temiendo un conflicto. Pero no lo hubo.
Aquella misma noche se mud el cataln de la casa.

Aunque no tan asiduamente como antes, continuaba asistiendo a la
tertulia de las de Anguita, cuidando, por supuesto, de salir antes de
las once. Joaquinita segua persiguindome con sus cuartos de hora de
conversacin zalamera, empalagosa. Vagamente, sin embargo, porque lo
mismo Villa que Isabel haban guardado reserva absoluta, entr en su
mente la idea de que yo estaba enamorado en otra parte, y no me dejaba
vivir con su Ut et chiflato, Sanhurho. Se le conose a ut en los
oho. A vese lo pone ut entornato, entornato, que paese que se quea
ut dormo. Y era verdad. Ms de una vez y ms de dos me tengo dormido
escuchndola. Isabel se haba ido aquellos das con su padre a Sanlcar,
a la boda de una prima suya. Pepita prosegua la persecucin de Villa, y
ste, desembarazado por la ausencia de Isabel, continuaba dando caza a
la criadita de la casa en las mismas narices de la seorita. El seor
Anguita, que no se calentaba, a pesar de hallarnos en los das ms
terribles de agosto, haba adquirido recientemente un pandero con el
retrato de una chula, y se haba vuelto loco y casi nos haba vuelto
locos a todos. Ramoncita, siempre en conversacin grave, importantsima,
con sus amigas jamonas y solteras. Don Acisclo, esparciendo el humorismo
a un lado y a otro, y con l un vivo deseo de venganza en los pechos de
los pollastres a quienes maltrataba. Lo nico que me interesaba un poco
eran los amores del presbtero don Alejandro con su discpula.

A pesar de la vigilancia exquisita de Pepita, se los vea tan pronto en
un rincn como en otro, cuchicheando lo mismo que en el confesonario. El
presbtero andaba tan revuelto y acongojado, que apenas si haba
contestado a lo que le preguntaban. Se haba puesto plido, ojeroso, y
cuando alguna vez cantaba cosas de pera, arrastraba de tal modo las
notas, que pareca que se las paseaba a uno por las tripas. Observ que
Elenita no estaba acongojada ni mucho menos, antes se mostraba
alegrsima, acribillndole a sonrisitas y miradas tiernas, lo cual no
era bice para que las prodigase tambin a todos los jvenes en
disponibilidad que asistamos a la tertulia. Llegu a imaginar que
aquella vivaracha joven se gozaba en las angustias y los desvelos de su
maestro.

Un suceso inesperado vino a sacudir el letargo y aburrimiento que la
tertulia me causaba. Daniel Surez, el odioso malagueo que me haba
inspirado tantos recelos y que an me los inspiraba, fue presentado a
las de Anguita por un pollastre en que no me haba fijado. Esto no tena
nada de particular. Por aquella tertulia pasaban todos los forasteros,
como haban pasado ya todos los naturales. Sin embargo, me produjo
cierta emocin y, por qu no decirlo?, bastante malestar. Disimul
cuanto pude, mostrndome afable. l, por su parte, observ conmigo una
conducta irreprochable, hablndome con naturalidad, como a un conocido
que se estima y que no llega a amigo, ni buscndome ni huyndome.

Por supuesto, no dejaba aquel acento displicente y aquellos modales
bruscos y frases cnicas que le caracterizaban. En los breves momentos
que departa con l no me habl palabra de Gloria, ni de don Oscar, ni
ment para nada aquella casa. Se contentaba con despellejar a los dueos
de la en que estbamos o a cualquiera otra persona que tuviramos
delante. De tan antiptico, aquel hombre daba fro. Procur que su
presencia no alterase poco ni mucho mis costumbres; esto es, pasaba mis
ratos charlando con Joaquinita o con Villa, y al llegar las once menos
cuarto me despeda. Su mirada, fija, luciente, me segua hasta la
puerta; pero no me importaba. Al contrario, con cierta complacencia
feroz deca entre dientes: Ya sabes adonde voy. Rabia, antiptico;
rabia! Alguna vez, cuando estaba charlando con Joaquinita en un rincn,
senta posarse sobre m sus ojos pequeuelos y malignos. Mas al levantar
la cabeza hacia l los separaba inmediatamente.

En estos das, la segundognita de Anguita me dio una noticia que no
dej de causarme pena. Me dijo que estaba concertada la boda de la
condesita del Padul con un primo suyo, el duque de Malagn.

--Y Villa?--le pregunt, sorprendido.

Joaquinita me dirigi una larga mirada burlona.

--Pero usted se ha imaginado que Isabelita le trae al retortero para
casarse con l?

--No lo s..., pero s crea que le profesaba algn cario.

--Atienda usted al cario...

Y con cierta complacencia, que me molest, contome algunos pormenores
recientes de los amores de Villa. Al parecer, ste haba escrito
ltimamente una carta a la condesita suplicndole le desengaase de una
vez. En vez de hacerlo, ella le haba respondido de un modo ambiguo y
artificioso. Le deca que la haba puesto en un compromiso serio, que su
corazn le estaba pidiendo una cosa y que le era imposible escucharle;
que obstculos gravsimos le impedan responder como quisiera, etc.; una
serie de palabras melosas para disfrazar unas calabazas muy amargas. El
pobre Villa, en vez de darse por enterado, haba replicado que le dijese
cules eran esos obstculos, para salvarlos si era posible, tornando a
hacer protestas vivas de su amor y constancia.

--Pero por dnde se supo eso?--pregunt bastante desabrido.

--Pues por la misma Isabel, que se lo ha contado en confianza a
Ramoncita.

Me pareci aquello muy mal y form de Isabel idea distinta de la que
tena. Desde entonces no poda hablar con Villa sin sentirme animado de
compasin, que, por supuesto no dej traslucir.

Por una de esas simplezas que los hombres inexpertos solemos tener, viv
aquellos das en un estado de feliz confianza, que an hoy, al
recordarlo, me irrita contra m mismo. Crea de buena fe que todo
marchaba a pedir de boca, que don Oscar y doa Tula no pensaban ya en el
engao que les haba hecho, que Gloria inventara algn medio para
casarnos antes que llegase a la mayor edad, y (esto es lo ms
original!) que Daniel Surez haba desistido por completo de sus
pretensiones respecto a ella y me dejaba el campo libre. Pronto tuve
ocasin de arrepentirme de tal confianza.

El da de Nuestra Seora, 15 de agosto (siempre recordar la fecha),
estuve a primera hora de la noche en la Britnica con Villa. A eso de
las diez, aunque ya era tarde para m, se empe en dar una vuelta por
casa de Anguita, y le acompa no de buen grado. Estaba all Daniel, ms
locuaz y alegre que de costumbre, conversando animadamente en un grupo
de nias. Al entrar, su mirada, casi siempre agresiva, se clav en m,
con expresin maliciosa de burla y desprecio, que me lastim como una
bofetada. Le pagu con otra fra y desdeosa, y me dispuse a sentarme al
lado de Joaquinita por no unirme a aquel grupo. Pero el malagueo vino a
m muy risueo y se sent tambin al lado de la de Anguita, y le dijo
con una rudeza que todos se autorizaban con aquellas jvenes, y l, por
su carcter, con ms razn:

--Para qu me perzigue usted a este gach, si ya est amartelato
perdo por otra nia zevillana?

--De veras est usted enamorado, Sanjurjo?--me pregunt Joaquinita,
visiblemente contrariada.

--Cuando el seor lo dice...--repuse muy framente.

--Diga usted que z... Es una morena hasta all..., con unos ojos como
dos negros bozales..., ham!, dispuestos a comrselo a uno... Y unos
andares..., que el suelo cruhe de gusto cuando se siente su
taconeo!...Luego un arma que ni la de un violn... y ms zento que un
miura!...

Aquellos elogios brutales, que ms parecan dichos en son de
menosprecio, despertaron en m profunda indignacin, y dije, sonriendo
rabiosamente:

--Le falta a usted lo mejor.

--Qu?

--Que tiene cien mil duros de dote.

El sarcasmo no le hizo efecto alguno.

--Ezo e! Y, adems, se encuentra uno con el inconveniente de los cien
mil duros. Diga ust ahora que este ze no es m zabio que Vctor
Hugo!

No s en qu hubiera parado aquella conversacin si no llega a
levantarse y despedirse. Mi sangre estaba dando ms vueltas que un
argadillo. Luego que se fue me calm un poco, aunque todava tard
algunos minutos en contestar acorde a las preguntas que Joaquinita me
diriga. Disimulando mal su turbacin y enojo, me peda noticias de mi
novia con una insistencia y una melosidad tan empachosa que yo no s si
hubiera preferido las insolencias del malagueo.

--Vamos, Sanhurho, no disimule ut m... Es tan guapa como Daniel la ha
pintao?

--Seora, ya le digo a usted que no ha sido ms que una broma para
divertirse un poco a mi costa.

--Jes, qu pesao y apestoso est ut hoy, amigo! Se figura ut que
por hablar de ella se va a disip en el aire como el lcali voltil?

Sufr aquella mosca el tiempo que pude, que no fue mucho, pues me
llegaban las once menos cuarto. No me dej hasta la puerta y me prometi
enterarse de todo, porque sacar algo de m estaba visto que era
imposible. Tom, al fin, el camino de la calle de Argote de Molina.
Segn me acercaba a ella, se iba desvaneciendo la negra bruma de odio y
de tedio que la desvergenza del malagueo y la fatuidad de la de
Anguita haban echado en mi espritu. Cuando entr en ella y alcanc a
ver la casa de Gloria, me hallaba en la misma feliz disposicin con que
acud siempre a la cita. Pero en el mismo instante, al echar una mirada
a la reja, veo arrimado a ella, o prximo a ella al menos, el bulto de
un hombre. Me detuve estupefacto. Lo primero que imagin fue que era el
sereno. Despus pens que se trataba de un borracho; luego, que aquel
hombre no estaba arrimado a la reja donde Gloria me hablaba, sino a la
de otra ventana. Todo esto en menos de un segundo. Anduve tres o cuatro
pasos ms y me convenc de que, en efecto, era un hombre, que estaba
arrimado a la ventana de mi novia, en la misma posicin que yo sola
estar. Di otros tres o cuatro, y vi que aquel hombre era, sin gnero de
duda, Daniel Surez.

Es horrible decirlo, pero lo dir, porque quiero que este libro sea una
confesin. Si me hubiesen dicho en aquel momento: Se ha muerto tu
padre, no hubiera recibido impresin ms cruel. Miraba y no quera
creer a mis ojos. Estaba a unos veinte pasos de distancia. En la media
luz que el farol de la esquina esparca en aquel rincn se destacaba
bien clara la silueta del malagueo recostado sobre la reja, con su
americana corta, pantaln claro ceido y sombrero cordobs de alas
rectas. Sin darme cuenta de lo que haca, avanc con lentitud, el paso
vacilante, y me cercior de que detrs de la reja se hallaba Gloria. Fui
tan estpido o estaba de tal modo aturdido, que, en vez de retroceder y
alejarme pronto de aquel sitio, continu avanzando y pas por delante de
ellos con el rostro vuelto hacia la ventana. Daniel se volvi
enteramente de espaldas. Luego que pas o un animado cuchicheo y risas
comprimidas. No acierto a describir lo que pas por m entonces.

A pesar de hallarnos en una de las noches ms calurosas de agosto, sent
la frente cubierta de un sudor fro y vacil como un beodo. Necesit
apoyarme en la pared un instante. Luego, por un esfuerzo, mejor dicho,
un sentimiento de amor propio, segu resueltamente mi camino. Anduve a
paso largo no s cunto tiempo por entre calles; no recuerdo cules.
Slo tengo una idea de que estuve en el muelle y que me apeteci
arrojarme al agua. Entr en un caf y me beb unas cuantas copas de
coac. En lugar de contribuir a turbarme, el licor sirvi para
despejarme y aclarar mis ideas. Al menos, esto me pareci entonces.
Contempl con decisin el suceso y reconoc al instante que haba tenido
la desgracia de caer en manos de una redomadsima coqueta. El lance no
era nuevo. Esto mismo haba pasado a muchos millares de hombres antes y
pasara despus. Confieso que me acometi un vivo sentimiento de
venganza, no por el acto en s, sino por la forma grosera y humillante
en que haba sido llevado a cabo. De ella no poda tomarla, al menos por
entonces. Pero de l, s. l era, seguro estaba de ello, quien haba
imaginado tal escena vergonzosa. A l era a quien deba exigir la
responsabilidad.

Luego que me hube aferrado bien a esta idea, beb otra copa de un trago,
me levant y sal decidido a entendrmelas con aquel guapo. Mientras
caminaba a paso largo hacia la calle de Argote de Molina, discurr que
acometerle de improviso a bofetadas era indigno. Adems, una cachetina
no era lo que yo apeteca. En aquellos momentos me senta inclinado a lo
trgico. Una estocada que le traspasase el corazn, un tiro que le
deshiciese la cabeza; esto era lo que mejor representaba mis sencillos
deseos, y en ello me detuve con voluptuosa complacencia. Si yo fuera un
hombre aturdido, falto de previsin y de clculo, quiz hubiera hecho
aquella noche una barbaridad muy gorda. Mas, por mucho que me halagase
la consoladora idea de abrir un boquete en la cabeza o en los intestinos
de mi rival, comprend al instante que los hombres civilizados no pueden
proporcionarse estas puras satisfacciones sin tropezar con la Polica,
el Juzgado y el presidio. Forzoso era renunciar a ella si no apelaba al
desafo. Esto ya no me halagaba tanto. Sin embargo, aunque aguc cuanto
pude el entendimiento, no hall otro procedimiento.

Penetr en la calle por la parte baja, esto es, por la de Mercaderes y
Conteros, y fui siguindola cautelosamente, cindome bien a las paredes
hasta poder avistar la casa de Gloria. Pude notar, sin ser notado, que
Surez continuaba en el mismo puesto. Fuerza de voluntad necesit para
no correr all y patearle. La tuve, no obstante. Esper con paciencia un
rato, asomando de cuando en cuando la cabeza para cerciorarme de que no
se haba movido. El corazn me lata fuertemente. Difcil me hubiera
sido continuar en aquel estado mucho tiempo; pero quiso la suerte que no
sucediese. Al dar el reloj las doce se cerr la vidriera de la ventana y
Surez se separ de ella. No debo ocultar que experiment cierta
satisfaccin pueril al pensar que conmigo se estaba hasta la una y media
y an ms algunos das. Me detuve un instante a ver qu direccin tomaba
mi enemigo, y observando que segua calle abajo, corr cuanto pude
delante, perdindome en sus recodos. Cuando di la vuelta a la esquina de
la calle de Conteros, me detuve y esper. No tard en aparecer.

--Una palabra, amigo--le dije, salindole al encuentro y colocndole una
mano en el hombro.

Se puso atrozmente plido, retrocedi dos pasos y llev rpidamente la
mano al bolsillo de la americana, sin duda en busca de un arma. Mas al
verme tranquilo y como sorprendido de su movimiento, la dej caer otra
vez y me pregunt:

--Qu se ofrece?

--Tengo que hablar con usted dos palabritas.

--Las que usted quiera.

--Aqu en la calle estamos mal. Tiene usted inconveniente en que
entremos en cualquier establecimiento? Muy cerca hay uno.

--Vamos all.

La idea de entrar en un caf le haba serenado por completo, como es
natural. Anduvimos algunos pasos por la calle arriba otra vez y
penetramos en la taberna donde me haban convidado no haca muchos das.
Se encontraban en ella los mismos alegres compadres, que me recibieron
con igual agasajo y cordialidad. Todos a un tiempo elevaron sus caas,
invitndome a beber. Uno de ellos me dijo:

--Qu tal la morenita?

La pregunta me turb extremadamente en aquel momento.

--Pchs!... No anda mal.

Echamos un trago para no desairarlos y nos fuimos a sentar en un rincn.

Surez y yo nos miramos un instante a los ojos sin disimular el odio. Yo
fui quien rompi el silencio, diciendo:

--Ante todo, hablaremos bajito para que no se enteren esos seores...
Quiero decirle a usted que, despus de lo que ha pasado esta noche,
usted comprender que necesito matarle.

--Compare, no comprendo esa necesid; pero si ut lo ziente, no deba
darme aviso, porque ahora va a coztarle una mijita ms de trabajo.

--No soy un asesino. Aunque lo que usted ha hecho conmigo es una
indignidad..., una porquera, voy a hacerle a usted el honor de batirme
con usted.

--Eztimando ese honor, amigo. Zabe ut una cosa que estoy pensando?...
Que est ut un poquirritiyo...--apoyando el dedo ndice en la sien--.
No se ofenda ut.

--No me ofendo. S; loco debo de estar cuando, en vez de patearle a
usted la cara hace poco, he aguardado para decirle muy cortsmente que
es usted un canalla.

El malagueo cambi su natural color aceitunado por otro algo ms bajo;
pero no pareci alterarse. Guard silencio unos momentos, dio un par de
chupetones al cigarro, que eternamente tena entre los dientes; separolo
despus de la boca, solt el consabido chorrito de saliva por el
colmillo, quit la ceniza con el dedo meique y dijo tranquilamente:

--Vamo; ut quiere, por lo vizto, buya.

--Bulla, no. Quiero matarle a usted. Ya se lo he dicho.

--E igual, porque yo no he de morir zin un poquito de buya. Pero voy a
decirle a ut un sentimiento que tengo ay dentro, y no lo eche ut a
mala parte... Creo yo que todo ezo del duelo, y lo padrino, y la espada,
y lo zable ez una guaza, zabut? Cuando un hombre le hace a otro mala
zangre, para deshogarze no necesita tanto comp de espera. Pero, adem,
el matarse en este cazo me paece, zabut?, una gran zimpleza.

--Ser lo que usted quiera--repliqu con viveza--, pero estoy dispuesto
a que nos matemos.

--No ze apure ut, buen hombre! Nos mataremos.

Hablbamos en voz muy baja y procurbamos ambos sonrer dicindonos
estas ferocidades; de suerte que los que all estaban crean que
departamos amigablemente.

--Nos mataremos, zi ut tiene tanto empeo... Pero conzte que yo cuando
le he vizto a ut a la reha con eza nia no he ido a buscarle buya.

--Hombre, tiene gracia! Y por qu me la haba usted de buscar?

--Puez por la misma razn que ut me la busca a m... Es ut el maro
de eza joven?... Es ut zu padre o zu hermano?... Pue entonce, con qu
derecho me quiere ut priv de hablar con eya zi eya tiene guzto en
hacerlo?... Ut la ha conoci en lo mizmo da que yo...A ut le ha
guztao zu palmito y zu aquel? Tambin a m. A ut le han apeteco lo
cien mil duro de la dote?... Lo mizmito me ha sucedo a m, compare. Ut
ha comenzao a hacerle rozca... Yo tambin ze la he hecho. Por
conziguiente, igualito. Llevar el gato al agua el que la nia quiera.
Paece que ahora zoy yo. Qu quiere ut hacerle?

--No estoy enteramente de acuerdo con esa opinin; pero no discutamos...
Tiene usted un modo de apreciar las cuestiones demasiado..., demasiado
prosaico, por no emplear otro calificativo... Se preocupa usted mucho de
los duros...

--Y ut les ezcupe, compare?

--Voy a suplicarle a usted un favor..., y es que no me llame usted
compadre.

--Hombre, ut me dizpensar que pida un vazo de limn para que ut
reflezque... Et ut muy nervioziyo... Cuando le haya a ut pazao eze
fogonazo de celo que ahora le ha dao, ze reir de lo que et diciendo y
haciendo... Que no le haga buena tripa el verme a la reha con la nia
que ut crea chalata, se comprende bien; pero que ut se dizpare de
ese modo, vamo, compare (ut dizpense, amigo), me paece a m..., digo
que no ezt en lo regul.

--No me disparo porque esa mujer u otra cualquiera deje de quererme o
prefiera a otro, entindalo usted bien. Es muy libre de hacerlo. Lo que
no tolero es lo que usted ha hecho, con bien poca delicadeza por
cierto..., preparar una escena tan fea y vergonzosa con el solo
propsito de humillarme. Si usted se hubiera dirigido a m, dicindome:
Gloria ya no le quiere a usted; me quiere a m, en cuanto lo
comprobase convenientemente le dejara a usted el campo libre y
quedaramos tan amigos, al menos en la apariencia.

--Alto ah, amigo. La escena de que ut habla no ha zo preparada por
m, sino por eya. Por empeo zuyo fui a la reha un poco antes de las
once. Es maz: quize oponerme a eyo porque zaba que eza era la hora en
que ut echaba zu parrafiyo; pero la nia lo tom por too lo alto, y no
hubo m remedio que conformarze.

--Permtame usted que lo dude.

--Ut ez mu dueo. Zi ut quiere convencerze, vngaze maana de noche
conmigo a la reha y ze lo preguntamo. Seguro etoy de que no me dejar
por embuztero.

--Yo no tengo para qu presentarme otra vez delante de esa
p...--exclam, ponindome rojo.

Cre que aquel insulto dirigido a su amada le iba a exasperar. Nada de
eso. Sigui tan tranquilo como si nada fuese con l.

Ambos guardamos silencio. Yo qued profundamente pensativo. Las ltimas
palabras del malagueo me haban llegado a lo profundo del corazn. Era
imposible dudar ya de que la ofensa haba venido directamente de ella. A
pesar de que tena la mirada fija en la mesa, senta sobre m los ojos
de Surez, observndome, serios y recelosos. Levant al cabo la cabeza y
dije gravemente:

--Est bien. Puesto que es ella sola la que ha querido ofenderme, nada
de lo dicho. Quede usted con Dios.

Al mismo tiempo me alc del asiento y sal de la taberna, un poco
sorprendido, en verdad, de que Surez me dejase ir tan tranquilo, pues
en nuestra corta pltica le haba dirigido algunas injurias que merecan
explicacin.




XI

ME DEDICO A BUSCAR A PACA


Lo que no se me ocurri mientras estuve bajo la impresin del latigazo
de la clera, penselo en cuanto me seren un poco y se me acordaron las
ideas. Quiero decir que, apenas hube reposado algn tiempo en el lecho,
habindome despertado a medianoche, al instante se me ofreci con
admirable claridad que Gloria no poda cometer una accin tan ruin por
capricho. Poda abandonarme, entrar en amores con otro, coquetear, darme
cordelejo y rerse. Todo eso estaba en lo verosmil; mas herirme villana
y saudamente sin ms pecado que el de amarla, no era creble. Deba de
haber gato encerrado. El acto de aquella noche pareca inspirado en un
deseo de venganza, y para vengarse, menester era una ofensa previa. Esta
consideracin me dio harto consuelo. Propseme, pues, tan pronto como
llegase el da, poner en prctica los medios para deshacer la intriga
que, sin duda, haba tramado el malagueo contra m. Comenz a pesarme
de no haberle dado una buena pateadura; pero se la promet para la
primera ocasin que se presentase. Y con este pensamiento confortante,
el sueo tranquilo de los justos acudi de nuevo a mis sienes, y no me
despert hasta las nueve de la maana.

Vestime con premura y sal a la calle sin saber adnde iba, pero con la
resolucin incontrastable de ir a alguna parte. Por lo pronto, los pies
me llevaron a casa del conde del Padul.

--El seor conde y la seorita vienen pasado maana.

Cielos! Dos das an! Una eternidad para m! Pens que en dos das
haba tiempo suficiente para morirse de pena, y si no es de pena por lo
menos de hambre, pues senta que me faltaba el apetito y no comera a
manteles mientras no se resolvieran mis dudas. A quin acudir en
aquellas crticas, terribles circunstancias! Si en la mano lo tuviese,
hubiera hecho intervenir en el asunto a la autoridad civil. Pero no
sindome posible, me decid a buscar a Paca. Dnde? Yo, que haba
estudiado matemticas, historia de Espaa, patologa interna y tantas
otras cosas intiles, no saba dnde viva Paca! Renegu cien veces de
mi imperdonable abandono, de mi descuido para aprender cosa de tan
reconocida necesidad. No haba ms remedio que aguardar la salida de las
cigarreras de la fbrica, y aun as exponerme mucho, como me haba
sucedido ya, a no verla. Todas las desdichas se cernan de una vez sobre
mi cabeza.

Pasando por la calle de Francos en tal estado de abatimiento, vecino al
sepulcro, o que me llamaban desde una tienda de sederas.

Eran las de Anguita.

--Venga ut ac, Sanhurho...--me dijo Ramoncita--. Aydenos ut a
escoger un traje que sirva para las tres. Estamos mareadas hase ms de
una hora buscando un color que diga a toa estas fisonoma...

Los dependientes sonrieron de la desfachatez. Yo permanec grave.
Entonces Joaquinita, mirndome atentamente a la cara, me pregunt con
sorpresa:

--Qu tiene ut, Sanhurho? Et ut paliito.

--Pachs! No me siento hoy muy bien.

--Es que le ha dao calabasas la novia?

Aquella pregunta, hecha sin duda alguna al sabor de la boca, me caus
una extraa y profunda impresin. Deb de ponerme como una cereza, y
sonre forzadamente. Joaquinita solt la carcajada.

--Vaya, he dao en el clavo sin saberlo.

Aturdido estpidamente, dije algunas frases que no recuerdo, y me
desped de aquellas seoritas, a quienes no dese otra cosa ms que Dios
confundiera en el mismo momento.

Bueno estaba yo para bromitas! Andando entre calles un rato, se me
ocurri la idea, no muy sensata, de ir a la Fbrica de Tabacos y
preguntar all por Paca...Para qu? Llegaba mi grosera ignorancia hasta
no saber su apellido. Busque usted a una tal Paca entre seis mil
mujeres. Lo menos que habra en la fbrica eran doscientas o trescientas
Pacas. Sin embargo, insist en la idea, porque no me vena otra ms
asequible, y eso que trabajaba mi cabeza como un horno encendido. Poco a
poco fui acercndome a la puerta de Jerez, y me encontr, cuando menos
lo pensaba, frente al vasto y suntuoso edificio alzado por Felipe III
para la confeccin del rap.

Di bastantes paseos por delante de l. Al cabo, me resolv a franquear
la verja, y me acerqu a una de las puertas.

--El seor administrador?--pregunt a un hombre que me pareci portero.

As que hice esta pregunta, me qued sorprendido, confuso. Para qu
quera yo al administrador?

--Siga usted adelante, suba usted por aquella escalera, tuerza a la
izquierda, siga usted el corredor, tuerza a la derecha, suba otra
escalerilla, y all enfrentito tiene usted su despacho.

De todo aquello no me hice cargo sino de que siguiera adelante. Y segu.
Vi una escalera y sub por ella.

--El seor administrador?--pregunt a otro hombre.

--Venga usted conmigo; yo le llevar hasta su despacho.

Mientras me guiaba por los anchurosos y sucios corredores, no pude menos
de decirme: Ceferino, dispensa, chico, pero ests haciendo una
melonada. Tropezbamos aqu y all con mujeres y hombres que me miraban
fijamente, como si adivinasen aquel juicio poco lisonjero que haba
formado de mi persona y lo corroborasen en todas sus partes. Al fin me
hall frente a frente del administrador, un seor anciano, plido,
bigote y perilla blancos, traza de militar retirado y gorro de
terciopelo azul en la cabeza.

--Qu se le ofrece a usted?

Esta pregunta me pareci tan inaudita, tan brbara, que me qued clavado
en el suelo, mirndole con espanto.

--Vamos, caballero, qu se le ofrece a usted?

Tos, sud, empalidec, di algunas vueltas al sombrero, estir el cuello
de la camisa, que no me apretaba, y, por ltimo, le alargu la mano.

--Cmo sigue usted?

Tomola, mirndome con desconfianza, y contest de mal talante al saludo.

--Usted me dispensar... Yo buscaba a una tal Paca..., una operaria de
la fbrica, sabe usted?... Necesito con mucha urgencia darle una
noticia... Si usted me hiciese el favor..., yo le agradecera en el
alma.

--Qu favor quiere usted que le haga?

--Hacer que salga para que pueda decirle no ms de dos palabras.

--Cul es su apellido y en qu taller trabaja?

Esta terrible pregunta volvi a desconcertarme.

--Sabe usted que no puedo decrselo?--respond, sonriendo hasta con las
orejas.

El administrador me mir gravemente de arriba abajo y estuvo un rato
indeciso, tal vez dudando entre si era un loco, un guasn, o un tonto.
Parece que debi de inclinarse a este ltimo partido, porque alz los
hombros y dijo sonriendo a uno que entraba a la sazn en el despacho:

--Oiga usted, Nieto: este seor desea que le busquen a una tal Paca.

Y recalc mucho las ltimas palabras, lo cual no me hizo muy buena
sangre.

--Para qu?--pregunt el empleado que entraba, dirigindose a m.

Yo, acometido sbitamente de una gran dignidad, respond con gesto
desdeoso:

--No lo s.

Pero aquel empleado era, por lo visto, hombre amable y de buena pasta,
porque insisti, diciendo:

--Si usted supiera el apellido, tal vez, preguntando por los talleres,
podramos dar con ella.

--Es una mujer de treinta aos o ms, plida, de ojos negros, que lleva
un paolito blanco al cuello.

El administrador y l se miraron, dirigindose una leve sonrisa, no muy
halagea para m.

--Bueno, bueno, venga usted conmigo--dijo el complaciente Nieto con
resolucin entre galante y burlona--.Ya veremos si podemos dar con ella.

Sal, haciendo una fra inclinacin de cabeza al administrador, y segu
al empleado, que comenz a guiarme por los corredores.

--Usted no sabe en qu taller trabaja?

--No, seor.

Nieto se doli de esta ignorancia con suavidad, como si en ello le fuera
algo. Era un hombre alto, grueso, de fisonoma abierta y simptica. Sin
saber por qu, pareca interesarse en mi negocio y no se cansaba,
mientras caminbamos, de hacerme preguntas por donde pudiera ponerse en
la pista de la cigarrera. Me dijo que era inspector del taller de
pitillos, y que conoca personalmente a muchsimas operarias, sobre todo
de vista.

--Cuando veo a una mujer en la calle, es difcil que no sepa decir si
trabaja o no en la fbrica.

En su opinin, lo mejor que podamos hacer era entrar en los talleres,
recorrerlos despacio a ver si distingua entre las mujeres a la que
buscaba. Preguntome si quera comenzar por el de pitillos, que era el
suyo y el ms numeroso. Ningn inconveniente tuve. Al llegar a la puerta
diome en el rostro un vaho caliente, y percib un fuerte olor acre y
penetrante, que no era solo de tabaco, pues este se siente apenas se
pone el pie en la fbrica, sino de sudores y alientos acumulados, la
infeccin que resulta siempre de un gran nmero de personas reunidas en
el verano.

Eran las once de la maana, y el calor tocaba a su grado mximo.

--Agurdese usted un momento, voy a prevenir a la maestra--me dijo
Nieto, adelantndose.

Observ que llam a una mujer, habl con ella unas palabras, y esta se
fue y volvi al cabo de unos momentos, diciendo:

--Pueden ustedes pasar.

Por lo que vine a entender, haba ido a dar la voz de visita para que
se tapasen las operaras, que, por razn del calor, haban descubierto
alguna parte no visible de su cuerpo. Cuando entramos, an pude notar
que algunas se abotonaban apresuradamente la chambra o ponan un alfiler
al pauelo que llevaban a la garganta.

       *       *       *       *       *

El cuadro que se despleg ante mi vista me impresion y me produjo
temor. Tres mil mujeres se hallaban sentadas en un vasto recinto
abovedado; tres mil mujeres que clavaron sus ojos sobre m. Qued
avergonzado, confuso; pero supe aparentar cierto desembarazo, y me puse
a charlar con Nieto, hacindole preguntas tontas, mientras me guiaba por
los pasillos del taller. Apenas se respiraba en aquel lugar. El ambiente
poda cortarse con un cuchillo. Filas interminables de mujeres, jvenes
en su mayora, vestidas ligeramente con trajes de percal de mil colores,
todas con flores en el pelo, liaban cigarrillos delante de unas mesas
toscas y relucientes por el largo manoseo. Al lado de muchas de ellas
haba cunas de madera con tiernos infantes durmiendo. Estas cunas, segn
me advirti Nieto, las suministraba la misma fbrica. Algunas daban de
mamar a sus hijos. El tipo de todas aquellas mujeres variaba poco: cara
redonda y morena, nariz remangada, cabellos negros y ojos negros
tambin, muy salados. Cada cierto nmero haba una maestra, que se
levantaba a nuestro paso. La principal del taller nos acompaaba. Nieto
iba explicndole cmo yo buscaba a una tal Paca, cuyo apellido o mote
(porque este es muy frecuente entre las cigarreras) ignoraba.

Desde que comenzamos a caminar por aquel gran saln de paredes desnudas
y sucias, observ un chicheo constante. No poda mirar a cualquier parte
sin que me llamasen con la mano o los labios, hacindome alguna vez
muecas groseras y obscenas. A duras penas el miedo del inspector y la
maestra las retena. Si me fijaba en alguna ms linda que las otras al
instante me clavaba sus grandes ojos fieros y burlones, diciendo en voz
alta:

--Atencin, nias, que ese seor viene por m.

O bien:

--Una mirata ms, y me pierdo!

A la idea de que averiguasen que era gallego, daba diente con diente.
Por eso haba enmudecido repentinamente, y dejaba que el inspector me
dijese en voz alta:

--Vamos, mire usted bien. Es alguna de stas?

Yo haca signos negativos con la cabeza.

Aquel enjambre humano rebulla, zumbaba, produciendo en la atmsfera
pesada, asfixiante, cargada de olores nauseabundos, un rumor sordo y
molesto. Por encima de este rumor se alzaba el chicheo con que la
asamblea me saludaba. Los giles dedos se movan, envolviendo el tsigo
con que pronto se envenenara toda Espaa.

--Mariita! Mariita!--dijo Nieto, dirigiendo una reprensin cariosa a
cierta joven a quien haba sorprendido fumando.

--Don Celipe, es que me duelen las muelas.

--Pues cuidado con ellas, porque pueden salirte caras.

Habamos recorrido casi todas las naves, y mi Paca no apareca. Nieto me
invitaba ya a que pasramos al taller de cigarros puros. Mas, al dar la
vuelta para dirigirnos a la salida, sent que me tiraban de la
americana. Baj los ojos, y vi a Paca sentada al borde del mismo
pasillo.

--Ya apareci!--dije al inspector y a la maestra.

--Ya aparesi aquello--repiti, en son de burla, una cigarrera, que
haba odo mi exclamacin.

Paca se haba levantado. Me apresur a decirle:

--Sabe usted lo que pasa?

Y, con sobrado calor, sacudido nuevamente por la emocin que desde la
noche anterior embargaba todas mis facultades, me puse a contarle lo
sucedido y la presuncin que tena de que hubiese una intriga infame
tramada contra m. Necesitaba de su auxilio: que fuese a casa de Gloria,
la interrogase, le hablase en mi favor o, por lo menos, alcanzase de
ella una explicacin.

Aunque haba comenzado a hablar en tono muy bajo, como me hallaba tan
preocupado, descuideme y fui alzando la voz sin notarlo. Algunas
palabras sueltas debieron de haber llegado a los odos de las cigarreras
ms prximas, porque las oa repetidas en voz alta acompaadas de risas
y jarana. No hice caso.

Segu hablando, cada vez con ms empeo y calor, hasta que Paca, a quien
adverta inquieta y distrada, me dijo por lo bajo:

--Seorito, vyase ut... Me paese que hay bronca.

O, en efecto, gran algazara, y, al tender la vista por el taller,
observo que todos los rostros estn vueltos hacia m, sonrientes; que se
agitan las manos, imitando mis ademanes, un poco descompasados; que se
tose, y se estornuda, y se re, y se patea.

--Esta noche pase ut por casa. Vivo en Triana, calle de San Jasinto.
Pregunte ut por el corral de la Parra--me dijo Paca cada vez ms
agitada.

En aquel instante vena el inspector, que se haba separado cuando
entabl conversacin con la cigarrera, y dijo sonriendo:

--Me ha revuelto usted el taller. Concluya usted pronto, porque estas
nias tienen, al parecer, ganas de bronca.

--Bronca! Bronca!... Bron...ca! Bron...ca!--empezaron a repetir las
cigarreras.

El grito se extendi por todo el taller. Y, acompaado por l, oyndome
llamar cabrn por tres mil voces femeninas, sal del recinto hacindome
que rea, pero abroncado de veras. Di las gracias al amable Nieto y me
apart de la fbrica, satisfecho a medias de la visita.

Fui derecho a casa, pero no intent siquiera almorzar. La comida me
causaba asco. Matildita dio cien vueltas en torno mo, como una gata
mimada, intentando averiguar si me senta enfermo, como deca, o bien me
hallaba bajo el peso de uno de esos dolores morales que, por desgracia,
ay!, ella tan bien conoca. No le fue posible, y qued grandemente
desabrida. Encerreme en mi cuarto y me puse a escribir una carta a
Gloria, que me result de nueve pliegos y una cuartilla. Yo no s
cuntas cosas le deca. Sospecho que estaba llena de repeticiones, y doy
por seguro que abundaban en ella las metforas, hiprboles, epifonemas
y, en general, toda clase de tropos y figuras de diccin. Haba, adems,
gran copia de signos de admiracin y puntos suspensivos. Tambin
recuerdo que citaba una octava real de Espronceda y dos versos de
Musset. Como formaba demasiado bulto para un sobre comn, me vi
precisado a fabricar otro, para lo cual ped las tijeras a Matildita,
que no dej de echar una mirada penetrante a los pliegos escritos que
estaban sobre la mesa.

--Don Seferino, ut escribe largo y no come... Malo!

Vi en lontananza una nube de consejos presta a reventar sobre m. Y no
di juego, limitndome a alzar los hombros y a dejar escapar un gruido
galante.

Luego que tuve lacrado y sellado el protocolo, lo met a duras penas en
el bolsillo y sal a refrescar la cabeza, que bien lo necesitaba. Tres
horas haba pasado escribiendo!

Cerca del oscurecer, pasando por la calle de las Sierpes, vi en la
Britnica a Villa, y entr a acompaarle. Invitome a beber una copa de
cerveza. Acept, porque senta en el estmago una pena singular. Despus
de beberla, en vez de calmarse, creci esta pena, a tal punto, que pens
ponerme malo. Entonces surgi en mi mente la sospecha de que lo que
tena era hambre, y ped un bistec. Caso pasmoso! Hambre, y de rdago,
era lo que yo padeca, pues devor la carne y las patatas hasta no dejar
migaja, y sobre esto ped queso y otro bollo de pan. Nunca imaginara que
un hombre, en el estado de espritu en que yo me hallaba, pudiera sentir
con tal apremio esa necesidad. Pero lo he visto comprobado
prcticamente, y contra los hechos no hay argumento.

--Compare, qu carpanta se trae usted!

Villa se encontraba en felicsima disposicin, alegre y chancero, que
hubiera dado gozo a cualquiera y le hubiera despertado el contento. Pero
yo, en vez de animarme, me fui poniendo cada vez ms sombro, y con el
egosmo del que padece ansias de amor, a riesgo de cortar aquel torrente
de alegra que le inundaba, me puse a contarle con todos los pormenores
lo que me estaba sucediendo. Doliose extremadamente del percance, y me
aconsej que, por s o por no, _cascase las liendres_ al malagueo. Mas,
contra lo que esperaba, el relato de mis desgracias no logr mermar
aquel tesoro de buen humor que guardaba. Sigui riendo y jaraneando lo
mismo que si acabase de notificarle mil felicidades; lo cual no dej de
mortificarme un poco. Crea yo que mi historia era de las que manaban
sangre y ablandaran las piedras.

Luego, sin ceremonia alguna, bruscamente, comenz a hablar de s mismo.

--Hombre, si viera usted qu aburrido anduve todos estos das, sin tener
aqu a Isabel.

Hablaba de ella como si ya fuera suya, lo cual me hizo sonrer
interiormente. Al mismo tiempo naci en mi espritu cierto innoble deseo
de vengarme por su falta de atencin.

Afortunadamente, la condesita deba de llegar pasado maana con su
padre, y volveran los prrafos en casa de Anguita y las noches de
teatro. A la sazn haba comenzado a actuar una compaa de pera en el
de San Fernando. El comandante se las prometa muy felices. Hablaba con
un entusiasmo, con una uncin, de su adorada, que daba pena el
considerar lo engaado que aquel hombre viva; digo, dara pena a
cualquiera que no estuviese, como yo, profunda y vivamente llagado por
el desprecio de otra prfida. Ruborizado como un colegial y tembloroso,
volvi a hacerme por centsima vez confidente de unas nieras que nunca
me parecieron tan ridculas como entonces. Si se haba sonredo cuando
bes un guante que le cayera; si se estaba al balcn a la hora que l
pasaba; si le echaba miradas largas, intencionadas; si le haba
concedido dos rigodones y una polca en el ltimo baile del Alczar.

De confidencia en confidencia, se conoce que se le fue subiendo la
sangre a la cabeza, y concluy por decirme, con el rostro encendido y
los ojos brillantes:

--Voy a confiarle a usted un secreto, amigo Sanjurjo. Espero que usted
me lo guardar con cuidado... Ya ve usted, hay cosas... Sabr usted cmo
he escrito a Isabel, poco antes de marcharme a Sanlcar, hacindole una
declaracin en regla y pidindole que me desengaase de una vez...

--Ya lo s--repuse brutalmente.

Estupefaccin de Villa.

--Lo sabe usted?

--S, y tambin s lo que Isabel le ha contestado... Que su corazn le
exiga una respuesta; pero que haba gravsimos obstculos que le
impedan seguir los impulsos de su alma... A lo cual replic usted que
le dijese cules eran esos obstculos, para salvarlos, si fuese
posible...

El comandante se haba quedado como una estatua, mirndome con ojos que,
por lo abiertos, parecan querer saltar de las rbitas.

--Y cmo sabe usted eso?--pregunt, al fin, con voz spera, donde se
advertan el recelo y la amenaza.

--Lo sabe hoy toda Sevilla--le respond con mal humor--. Isabel se lo ha
contado a las de Anguita, y estas nias no se muerden la lengua.

Le vi ponerse plido. Guard silencio obstinado, mirando fijamente a la
copa de cerveza que tena delante. Al fin, dijo con voz apagada:

--Nunca creyera a Isabel capaz de una accin tan fea.

Entonces yo, entre compadecido y rencoroso, con la complacencia que
sienten los desgraciados al encontrar otros como ellos, le dije:

--Amigo Villa, por lo mismo que le estimo a usted de veras, voy a darle
un consejo franco y leal. Creo que debe desistir de galantear a
Isabel... Me duele ver a un amigo en ridculo, y que una muchacha se
burle de un hombre tan formal y discreto como usted... A riesgo de darle
un mal rato, le dir que me consta positivamente que Isabel se casa con
su primo, el duque de Malagn, y que los padres han aprovechado el viaje
a Sanlcar para arreglar definitivamente el asunto.

No era verdad que me constase positivamente. La noticia me la haba dado
Joaquinita; pero lo dije as por cierto instinto dramtico que todos los
hombres tenemos, aun los ms lricos.

Villa no respondi palabra ni pareci inmutarse. Sigui inmvil, con la
vista fija en la copa. Slo observ que se haba puesto ms plido. Su
fisonoma simptica y varonil iba contrayndose por momentos con
expresin de dolor, que, al fin, logr conmoverme y que me olvidase de
m mismo.

Luego, con voz alterada, me dijo que me agradeca la noticia y que
senta no se la hubiese dado primero, lo cual dud un poco. Quedaba
convencido de que la condesita era una coquetuela que no mereca que
ningn hombre se tomase por ella disgusto (pero l se lo tomaba, el
infeliz!). Pensar en que haba de volver a hablarle ms que como amigo y
con la mayor ceremonia posible, era pensar lo excusado. Estaba resuelto
a hacerle comprender que no era ningn chicuelo o mentecato de quien se
pudiera burlar impunemente.

Despus de todo, salvando su hermosura, que segua reconociendo, lo que
en ella amaba y admiraba ms era el espritu candoroso y sincero que
pensaba posea. Desde el momento en que se demostraba que era una
muchacha vulgar, falsa y vanidosa, el dolo caa de su pedestal y dejaba
de inspirarle amor y respeto. Sobre este tema se extendi muchsimo,
acentuando cada vez ms el tono digno y resuelto con que haba
comenzado. Yo procur afirmarle en su determinacin, hallando muy cuerdo
todo lo que deca.

Salimos juntos de la cervecera, dimos unas cuantas vueltas entre
calles. Haciendo oficio de pao de lgrimas, yo, que necesitaba tanto de
consuelo, procur distraerle, hablndole de otros asuntos, aunque
intilmente. Mostrbase silencioso, taciturno, y cuando hablaba, lo
haca de un modo distrado y como a la fuerza. Dejamos pasar la hora de
comer. Viendo que la noche era ya cerrada, me desped al cabo, porque su
percance no me haba quitado la memoria del mo.

Emprendila a paso largo hacia el barrio de Triana; salv el hermoso
puente que lo separa de la ciudad, y entr en la calle de San Jacinto,
que es la primera que se encuentra de frente. En aquella hora reinaba
all mucha animacin. La poblacin de Triana se compone, en casi su
totalidad, de obreros e industriales. Era el momento en que, llegados de
sus faenas, se esparcen por las calles, charlan en grupos, se sientan
delante de las casas, cantan y puntean la guitarra. La calle de San
Jacinto tiene soportales feos y de sucia apariencia, donde hay tiendas,
pobres tambin, para el gasto de los menestrales del barrio. A un
muchacho que vi solo, arrimado al quicio de una puerta, le pregunt por
el corral de la Parra.

--D usted veinte pasitos ms, y aqu, a la izquierda, tiene usted la
entrada.

En efecto, la hall pronto, y di en un patio estrecho y largo, y luego
en otro mucho ms amplio que era, segn vine a entender, el propio
corral. Al mismo tiempo comprend que llevaba la denominacin de la
Parra por una que tapaba un trecho del pasadizo, enredndose en
palitroques viejos. Aquel gran recinto cuadrilongo ofreca aspecto de
pobreza, pero no de suciedad. La luz de la luna no alumbraba de lleno.
Hacia el medio estaba el pozo del agua. En varios sitios veanse
tabladitos sostenidos por estacas y, sobre ellos, cantidad regular de
macetas. Todas las viviendas tenan sus puertas abiertas, por donde se
escapaban toques de luz que rayaban el pavimento empedrado. Constaban de
un solo piso bajo. Algunas deban de tener estancias abuhardilladas, a
juzgar por las bufardas que se vean en el tejado. Arrimadas a la pared
haba en casi todas macetas con flores.

--Diga usted, hermosa--pregunt a una joven de rostro correcto,
virginal, que se hallaba delante de una puerta--: me podra usted decir
si vive en este corral una tal Paca?

--Sigarrera?

--Eso es.

--S, se; all enfrentito, donde est aquel jardinillo, sabut?

Le di las gracias, no sin dejar de echarle una larga mirada de
inteligente satisfecho.

Ella baj la suya, ruborizndose. Era la primera vez que vea esto en
Sevilla. Recordando la escena de por la maana en la fbrica, le dije:

--Apostara a que no es usted cigarrera.

--No, se; soy planchadora.

--De Sevilla?

--De Badajoz.

--Ah! Es usted extremea!

Y me puse a hacer el elogio de las extremeas y a quejarme amargamente
de lo desgarradas y burlonas que eran las sevillanas, todo por adularla.
En esto de hablar a las mujeres con soltura haba adelantado mucho desde
que llegara a Sevilla. La verdad es que aquella chica mereca cualquier
requiebro hiperblico. Nunca vi un rostro de facciones ms delicadas ni
de ojos ms claros y suaves. Algo pavita, con todo, como dicen en la
tierra.

Mas hete aqu que, cuando me hallaba ms enfrascado en la conversacin,
olvidado casi del asunto que all me traa, aparece por el lado de la
entrada del corral un joven con chaquetilla y pantaln ceidos, faja
encarnada y sombrerillo flexible, a interrumpir nuestros dimes y
diretes. Acercose lentamente, con las manos metidas dentro de la faja y
silbando por lo bajo una malaguea.

--Hola, Juan!--dijo la muchacha, inmutndose y sonrindole con cario.

--A la paz de Dios, seores--respondi el Juan gravemente, mirndome con
fijeza.

ste es el novio, dije para m. Y empec a buscar medios de largarme
dignamente, porque, cierto, estos novios de Andaluca suelen ser muy
celosos, y, adems, tienen la fea costumbre de gastar navaja.

--Y esa Paca est casada, verdad?--pregunt.

--S, seor. Y tiene un montn de chiquiyo--respondi la joven,
agradecindome el giro que daba a la conversacin.

--Pues si ahora no estuviese muy ocupada..., necesitaba darle un recado.

--Yo no creo... El marido no ha veno, y Dios sabe cundo vendr, porque
suele ajumarse un poco por ah, y llega tarde... Etar quis acostando a
los nio...

--Pues, con permiso de usted, voy all a ver si la veo.

Y trat de separarme, haciendo una inclinacin de cabeza. Pero el joven
de la faja, que no haba dejado de mirarme con extraa atencin, sin
interrumpir su malaguea silbada, extendi la mano solemnemente,
diciendo:

--No, cabayero, no vaya ut... Yo ir a darle el recao... Ut puee
quearse con esta chavaliya, sin perjudic...

Bronca tenemos, pens; y, como maldito el deseo que senta de liarme
con un chulo, me hice el tonto.

--Muchas gracias; quede usted con Dios.

Aljeme a paso largo. Antes de llegar a la puerta de Paca ya o ruido de
bofetadas y lamentos.

Algunas mujeres se mantenan sentadas delante de las viviendas o
_salas_, como all las llaman, departiendo en voz alta. Dos hombres
tocaban la guitarra en puntos opuestos del corral, y un chicuelo de doce
a catorce aos, con vocecita cascada y antiptica, iba entonando unas
carboneras con bastante estilo. La puerta de Paca estaba solitaria. O
adentro su voz y llam con los nudillos.

-Es ut, seorito? No le esperaba tan pronto--dijo la cigarrera,
saliendo.

Cinco o seis nios la siguieron y la rodearon, mirndome con ojos de
curiosidad.

--Sentira estorbar.

--No, seor; no. Pase su mers adelante.

Me condujo a una estancia reducida, pero muy aseada y amueblada con ms
decencia de lo que poda esperarse. En mi pas hay salas de hacendados
que no estn tan bien puestas. Una consolita, un espejo, algunas sillas
forradas, cortinas en la alcoba, y detrs de ellas, una cama bien
aderezada, con colcha de punto de estambre y sbanas con encaje
ordinario. Todo despeda un olor de limpieza y curiosidad que me fue
grato.

--Oh, qu lujo!--dije, sonriendo--. Vamos, Paca, que no vive usted tan
mal.

--Ay seorito!--exclam ella, siempre rodeada de sus nios y con un
quinqu de petrleo en la mano--. El lujo del pobre: mucha escoba y
mucho trapo. Si fuera solita, no digo que no comprara algunas cositas
que nos hasen farta, y estara regul. Pero cmo quiere ut que una
porspere con esta gusanera de chico!

El smil no dejaba de ser exacto. Los chicos, morenos, casi negros,
delgados y medio desnudos, que se colgaban a sus faldas, parecan, en
efecto, lombrices.

--Quiere su mers esper un momento aqu a que d de senar a los nios
y los deje acostado?

Respond que prefera quedarme a la puerta de casa si me sacaba una
silla, porque la noche estaba asaz calurosa, y as lo hizo.

Senteme, pues, al aire libre mientras terminaba sus quehaceres, y me
puse a escuchar con sosiego los acordes suaves de las guitarras y la
vocecita destemplada del nio, que pareca un hilo que se retorca en el
aire. Una mujer sac agua del pozo, y el chirrido de la polea hizo coro
a las guitarras y al chico. Pero lo que excitaba la curiosidad era la
joven que haba padecido persecucin de bofetadas por mi causa. Escrut
cuanto pude al travs de los pies derechos del jardinillo, que tena
delante, y logr verla en compaa de su novio, limpindose los ojos con
el pauelo, pero hablando ya tranquilamente.

--Oiga usted, Paca--le dije cuando vino a la puerta--. Ve usted aquella
joven que est all enfrente?... Pues ya ha recibido esta noche unas
bofetadas por mi causa.

--Qu dise usted?

--Lo que oye. Me acerqu a preguntarle dnde viva usted, y en aquel
momento llegaba ese chulapo, que debe ser su novio, y, al parecer, se ha
enfadado.

--S, por vari... No hay un da en que no la arme ese gach con too
Mara Santsima.

--Quin es l?

--No... Un disinificante!

--Pues ella tiene tipo de nia candorosa muy agradable. No pens que
tuviera novio.

--Oh! No hay sbado sin sol, ni mosita sin su amor, como esimo aqu.

La imagen de Gloria surgi de improviso en mi cerebro al escuchar estas
palabras. Sin acordarme ya de la joven ni del novio, ni de otra cosa en
el mundo, repet a la cigarrera, con frase calurosa y ms amplificada,
lo que me haba sucedido con mi novia, y que a toda prisa le haba
contado por la maana en la fbrica. Me escuch con muchsimo inters,
reflejndose en su expresiva fisonoma los diversos afectos que iban
agitando su espritu: la indignacin, la duda, la tristeza, la
esperanza. Cuando ces de hablar, me dijo con acento de convencimiento
que estaba segura de que su seorita no haba hecho aquello por maldad o
coquetera. Sin remedio all deba de haber algn embuste _del
picaronaso del malagueo_ (ya le llamaba as sin conocerle). Conoca muy
bien a su seorita: era bondadosa, campechana, caritativa.

--No es una de esas nia recosa, sabut?, que se lo guardan toto pal
ombligo. A m seorita le baila el arma en los oho, sabut? Ms clara
que el agua clara y ms fina que el oro... Tiene un geniesiyo como un
cohete. Le da una gofet al mezmo arzobispo en presona si se
descuida..., pero en pasndole el aquel, es ms durse que una corderita
de Dios... Consentir ella un embuste, quita ay! Desirle a un hombre
que le quiere y no ser verd, no lo piense su mers, seorito!

Gran bien me hicieron aquellas palabras. Yo tambin pensaba como ella, o
quera pensar al menos y cada vez me confirmaba ms en mi sospecha. En
apoyo de sus afirmaciones, Paca me cont varias ancdotas de la vida de
mi novia, que escuch con entusiasmo y recogimiento. Hablamos largo rato
de ella. Poco a poco fue serenndose mi espritu y acudi la alegra a
mi corazn. Al cabo de media hora de estar all, no me caba duda alguna
de que el asunto se arreglara inmediatamente, en cuanto Gloria leyese
la carta suasoria que Paca tena ya metida en su seno lacio de mujer
abrumada de hijos y trabajos.

Entonces, para pagarle el bien que me haca, mostr interesarme por su
vida (mejor hubiera hecho en darle cinco duros, lo comprendo). Comenc a
hacerle preguntas acerca de su situacin. El patio se haba ido
despoblando poco a poco. El muchacho se haba callado y una guitarra
tambin. Slo la otra persista murmurando suavemente una cancin
melanclica. La cigarrera no tuvo inconveniente en ponerme al tanto de
sus intimidades domsticas. Se haba casado por amor, contra la voluntad
de sus padres. El marido, que se llamaba Joaqun, pero a quien nadie
conoca en el barrio sino por el mote de _Fierabrs_, ya anunciaba de
muy joven lo que haba de ser: calavera, pendenciero y borracho. Por
esto quiz se haba chiflado por l. Nunca le haban gustado de mocita
los hombres formales y laboriosos. Su madre le daba cada soba que la
breaba, a fin de arrancarle aquel maldito amor. Ojal la hubiera muerto
de una! Pero nada: cuantos ms palos, ms se encenda su pasin por
aquel perdo. En una ocasin, su padre, sabiendo que haba estado con l
en un merendero, la sac de la cama, donde ya dorma, y la haba dado
con el tirapi (era zapatero) hasta saltar la sangre por muchas partes
de su cuerpo. Su madre, otra vez, la haba cogido por los pelos y la
haba arrastrado por toda la casa. Si no llegan los vecinos, la mata.
Habanla encerrado; tuvironla a pan y agua una porcin de das;
quitronla de trabajar en la fbrica y no la dejaban salir ni a misa.
Nada; ella todo lo sufra con gusto por su Joaqun.

--Cuando ya me crean medio muerta de hambre y congoja, me pona a cant
con la mayor desvergensa:

      Me han quitao de ir a misa,
    me han quitao el confes,
    me han quitao de ir a verte.
    Qu ms me pueen quit!

Uf! Cmo se pona la ventur de mi maresita cuando me oa esta copla!

Al fin, una tarde se haba fugado y se haba estado tres das sin volver
a casa. De esta salida haba resultado _compuestita_, y no hubo ms
remedio que ceder a casarlos. El matrimonio no hizo ms que acrecer sus
desdichas. _Fierabrs_ era albail; pero en vez de traer el jornal a
casa, se gastaba una gran parte en las tabernas. No haba aguardado
siquiera quince das para comenzar esta vida de perdo borracho, que no
se haba interrumpido desde entonces. Y no era lo peor que se gastase la
mitad del jornal en beber vino, sino que cuando volva borracho a casa
la mataba a golpes. Y todava no era lo peor que la matase a ella, sino
que mataba tambin a sus hijos. Cuando se quejaba a sus padres, no
queran orla, y con razn. Su madre haba muerto haca siete aos. Su
padre haba vuelto a casarse con una ta pescueza. Estaba, pues, sola en
el mundo y abandonada en las manos de aquel maldito. El que maltratase a
sus hijos la volva loca, y era el toque para promover todos los
escndalos que, al parecer, eran casi diarios. De una cosa estaba
_satisfecha_ nicamente, y es que no le daba por mujeres. Si fuese as,
Paca se crea capaz de envenenarle. Todo menos eso.

--Mire ut, seorito: es un perdo sin vergensa, un lechonaso que se
cae por las caye... Esto es lo que no pueo aguantar! Que me atrape una
jumera cada da, pase...; pero que venga por su pie con mil pares de
cuerno!, y no me lo encuentren tirao como un perro. Y cuidao que l es
pa too lo que le manden... Por el aire se entera de las cosas... No hay
en Seviya quien le eche el arto en su ofisio, y trabaja como un buey
cuando le sopla el viento por ah... Aluego dimpus le da a ut la
sangre del braso. La peseta que tiene en el borsiyo le dura el tiempo
que tardan en pedrsela... Bruto y cafre, eso s!... Por un tantico
as es capaz de dejar seco a un hombre. Pero en tocante a corasn, no
le digo a ut na..., es el hombre ms carioso y ms lila que habr ut
vito en su va... Holgasanaso, no hay otro en el barrio, ni m susio
tampoco... Le dar a ut nusea verlo, como me la da a m... Dondequiera
que l va hay juerga y jarana. Madre ma del Roso, la vese que le
habr teno que llev comida a la carse! Es un tunante, un fasineroso de
cuerpo entero... Si le viera ut trabaj, una gloria de Dios! Tiene
unas manos de plata y unos hgado que antes de consentir en que nadie le
ponga el pie delante se est sobre la escalera tres das con tres
noche... Pero es muy encogo l de su natural, y cuando ha hecho una
cosita bien, sabut?, no la cacarea, como otros... Si no fuese lo
arrastrao que es y la mala entraa que tiene, habra que meterle en un
fanal!... Hemos pasao cada cruja, seorito! Qu cruja! Y l como si
tal, el grandsimo perro!... Ms de una vez y ms de dos he teno que
consolarle yo a l, porque se me echaba a llorar como un chiquiyo a lo
mej... Y lo que yo le desa: Ven ac, grandsimo roo, a ti qu te
dan por llor y suspir so lechonaso?

No era empresa fcil averiguar el verdadero carcter o tipo moral del
seor _Fierabrs_ por los datos que me suministraba su digna esposa. Mas
como yo no senta necesidad apremiante de conocerlo, dejbala explayarse
a su gusto y asenta silenciosamente con la cabeza.

El gran patio cuadrilongo estaba ya casi desierto. La nica guitarra se
haba callado tambin. Las tertulias de comadres se haban deshecho.
Eran sonadas ya las once, y toda aquella gente necesitaba madrugar. La
luna segua iluminando, al travs de la atmsfera serena y abrasada, la
mayor parte del recinto. Su luz, deshecha en jirones, formando figuras
geomtricas, dorma tranquila sobre las piedras lustrosas del suelo.

Los palitroques de los jardinillos trazaban delgadas y negras rayas en
l, semejando la proyeccin de grandes ventanas enrejadas. All lejos,
enfrente, segua percibiendo la figura del celoso enamorado, inmvil,
plantado sobre sus piernas abiertas, con las manos en los bolsillos. La
de la sufrida doncella no se vea, pero se adivinaba. Un asno, que
arrimaba su hocico a una puertecita vieja, que deba de ser la de la
cuadra, rebuzn, y su grito antiptico y discordante estremeci el aire
dormido y turb con furia la paz y el silencio del corral.

Pedile a Paca algunos informes acerca de ste, y me dijo que haba en l
ms de cuarenta salas, y que en algunas de ellas vivan dos o tres
familias. Todas haban de entenderse con la _casera_, o sea, la mujer
que el dueo de la finca tena para el cobro del alquiler, que se haca
por semanas, y para el cuidado y vigilancia. Los que all habitaban
eran braceros. De las mujeres, solo algunas como ella salan a ganar un
jornal, dejando a sus hijos confiados a la _miga_, que as se llamaba a
la maestra de nios de corta edad. Las vivencias en los corrales salen
ms baratas; pero hay todos los das reyertas sobre si el pozo, sobre si
la alberca, sobre si la ropa, etc., que hacen la vida ms fastidiosa.
Luego la _casera_ ejerce sobre ellas un mando desptico y abusa de su
posicin.

Pues as como se hallaba Paca comunicndome estos pormenores, omos
hacia el pasadizo de entrada unos formidables maullidos, que a m me
parecieron al principio de un gato monstruoso. Despus empec a dudar
que fueran producidos por ningn individuo de la raza felina.

--Ah est mi maro--dijo la cigarrera, levantndose agitada.

--Su marido?--pregunt con sorpresa.

--S, seor; es el que maya... Hgame su mers el favor de esconderse
ah, detrs de ese montn de lea. Despus que l entre se puee ust ir.

Hice como me mandaba, y asomando con precaucin la cabeza pude ver en
medio ya del patio, iluminado de lleno por la luz de la luna, a un
hombre con blusa blanca que vena caminando lentamente a cuatro patas.
De cuando en cuando gritaba: Miau! Miau!, procurando imitar el
maullido de los gatos y consiguindolo a medias. Acercose al fin a la
puerta, y una vez all repiti con ms fuerza y ms a menudo sus
formidables maullidos.

Hasta que sali Paca, y ponindose en jarras comenz a increparle.

--Eres t, so arrastrao, porconaso, escandaloso?

--Miau! Miau!--respondi _Fierabrs_, sin abandonar la posicin
cuadrpeda, comenzando a dar vueltas en torno a su esposa y a frotarse
contra ella, como un gato que quiere ser acariciado.

--No te dar vergensa argn da de ser el hasmerre der barrio? No
tendrs argn da compasin de tus pobresitos hijos?

--Miau! Miau!

--Quita ay, bandolero! Vamos a ver cmo entras ahora mismito!

--Miau! Miau!

--Entra Joaqun!

--Miau!

--Entra, canalla!

--Miau!

Vi a Paca llevarse las manos a la cabeza y tirarse con rabia de los
cabellos.

--Mardita sea mi suerte! Y que Dios tenga en er mundo a este roo dao
pol tal y me haya llevado aquel corasn de hijo!

Hubo un momento de silencio, un comps de espera, durante el cual
_Fierabrs_ sigui imperturbable dando vueltas en torno de su esposa,
lanzando ahora maullidos dulces y apagados, roncando y levantando el
espinazo con voluptuosidad.

Al fin advert que Paca haca con la cabeza un gesto de resignacin
forzada, y principi a pasarle la mano por la espalda, diciendo al
propio tiempo:

--Vamos, menino, entra..., bis..., bis... Pobresito!... Pobresito!

Exactamente como si su marido fuese un gato, _Fierabrs_ se frot
todava varias veces contra las sayas de su esposa, dio unas cuantas
vueltas roncando, y al fin entr en la casa en la misma posicin. Una
vez all, quiso, al parecer, levantarse, pero no pudo. Mareado por el
alcohol, por las vueltas que haba dado en cuatro pies y por la viva luz
de la lmpara de petrleo, dio consigo en tierra.

Me acerqu a la puerta y advert que intentaba en vano levantarse,
arrastrndose por el pavimento de ladrillos.

--Conque no te puedes levantar, ladrn?--o exclamar a Paca, con feroz
placer--. Pues ahora e la ma!

Y descalzndose apresuradamente un zapato y cogindolo por la punta
comenz a zurrarle la badana de lo lindo. Era increble la prisa y la
destreza con que la cigarrera le azotaba por todo el cuerpo,
principalmente por la cara y las manos, que era donde ms haba de
doler. Y al comps de la azotaina exclamaba con acento rabioso:

--Esta por la gofet que me diste el sbado! Esta otra
tambin!...Esta por el candelero que me tiraste a la cabesa el lune!...
Esta por la palisa que me has dao el da de Nuestra Seora! Esta
tambin!... Y esta!... Y esta!... Esta por lechonaso!... Esta por
sinvergensa!

_Fierabrs_ se revolcaba en el suelo, lanzando rugidos, pataleando con
furor. Haca esfuerzos por levantarse. Pero cuando ya iba a conseguirlo,
un acertado zapatazo en la cara lo volcaba de nuevo. Intentaba agarrar a
su mujer por los pies, mas esta brincaba con ligereza increble y le
atacaba por otro sitio con mayor bro, de suerte que el infeliz se vio
necesitado a rendirse, dejando, sin resistencia, que su consorte le
vapulease a su buen talante.

--Vamos, Paca, djele usted ya--le dije, interviniendo por humanidad.

--Agurdese usted un poquirritiyo... Todava no me las ha pagao
todas--respondi sin abandonar su cruel tarea.

Al fin, cansada, jadeante, los brazos quebrantados, el rostro cubierto
de sudor, se alz y me mir con ojos donde todava llameaba la ira.

--Sabut?--me dijo--.En estos das que viene desjarretao como un toro,
me aprovecho.




XII

PASEO POR EL GUADALQUIVIR


Demasiadamente confiado dorm yo aquella noche y dej transcurrir el da
siguiente. Por la tarde, poco antes de oscurecer, me fui a situar al
puente de Triana, donde Paca me haba dicho que la esperase para darme
cuenta del resultado de la carta y de sus gestiones. Era la hora de ms
animacin en aquel paraje. Los obreros y obreras de Triana que
trabajaban en Sevilla tornan a sus casas. Los de Sevilla que trabajan en
Triana y en la Cartuja hacen lo mismo. Unos y otros se encuentran en el
puente, que hierve de transentes.

Arrimeme perezosamente al petril, de espaldas al ro, y contempl con
ojos distrados aquel ir y venir mareante. El atractivo de mi
contemplacin eran las caras saladsimas de las cigarreras y
trabajadoras de la Cartuja que all suelen verse. Unas en grupos
resonantes de gritos y risas, otras solitarias preocupadas, caminando a
paso largo, todas con vistosos trajes de percal y flores en el cabello,
pasaron por delante de m, dirigindome alguna vez breves miradas de
curiosidad y sorpresa, como si pensasen:

Qu har aqu este desaboro, que ni siquiera nos dise: Ol las
mujeres castisas! Viva tu madre, mi nia!?

Para _ols_ estaba yo! A medida que se acercaba el momento de la
conferencia con Paca parecame ms grave y decisivo. Un germen de duda
haba entrado en mi espritu despus de almorzar, y en pocas horas se
haba desarrollado, crecido, se hallaba en completo florecimiento. Por
qu me pareca tan natural antes que Gloria me hubiese desairado en
virtud de una intriga de Surez, y no por libre y espontneo movimiento
de su voluntad? No acertaba a explicrmelo. Por ms esfuerzos que haca
para volver otra vez a aquella mi anterior conviccin, no lo lograba.
Oscuro y temeroso se me ofreca lo que poco antes vea claro y risueo.
Pues, a pesar de eso, no observaba en mi alma aquel sentimiento de furor
y rabia que me haba acometido al saber mi derrota. Una extraa laxitud
la invada, un desfallecimiento que me inclinaba a la tristeza, no a la
clera. La memoria de la ofensa se deshaca, se disipaba entre las
brumas del cerebro. Solo quedaba el tierno recuerdo de un amor feliz y
el vivo pesar de no haber podido preservarlo de desgracia. Testimonio
irrecusable era ste, si lo supiera entender, de que continuaba
enamorado y ms que nunca. Lleg a parecerme que lo que me haban
concedido haba sido por pura merced y bondad, y que era natural
privarme ahora de lo que no mereca. Hacia Gloria, dando por supuesto
que me haba engaado, no senta rencor alguno. El malagueo segua
inspirndome aversin y repugnancia, pero no deseaba vengarme de l.

Cuando, al impulso de mis imaginaciones melanclicas, se huy el deseo
de recrear la mirada en los rostros peregrinos de las cigarreras,
volvime para derramarla por el ro y sus pintorescas mrgenes. El sol
acababa de ponerse. Un resplandor rojizo, que se extenda desde el
horizonte por el firmamento, esfumndose en lo alto y transformndose en
el rosicler de tintas puras y nacaradas, indicaba el paraje por donde el
astro del da se haba ocultado. A mi izquierda, no muy lejos, alzbase
la Torre del Oro, que, baada por los reflejos del horizonte rojizo,
pareca fabricada, en efecto, con el metal que le da su nombre. Ms a la
izquierda, asomando solo la cabeza sobre las azoteas del casero de la
ciudad, vease tambin la Torre de Plata, con su blanca corona de
almenas. Ms all, el palacio de San Telmo, envuelto en la masa verde de
sus naranjos, asomando las agujas de sus torrecillas de pizarra. El
Guadalquivir corra bajo mis pies. Sus aguas, revueltas, amarillentas,
gracias a los reflejos del crepsculo, semejaban un espejo tembloroso
donde brillaban mil tintas de palo y plata carmn. A lo largo de l,
acostados al muelle, haba gran nmero de buques, cuyos mstiles y
enredada jarcia parecan surgir del gran bosque de naranjos que se
extiende por la margen izquierda. A la derecha, las casas del barrio de
Triana tocan en la orilla del ro, el cual segua su curso majestuoso
hasta unos dos kilmetros del puente, donde, al hacer un recodo, pareca
detenido por la muralla de verdura que los jardines de las Delicias le
oponan.

El sosiego melanclico de aquel espectculo formaba contraste con la
barahnda que tena a mi espalda. El aire caldeado no recoga del ro
ninguna humedad. Sentase igualmente abrasador, insufrible, que en medio
de la ciudad. La luz, al huirse, cambiaba poco a poco los colores del
cielo, repartiendo sobre l infinitos matices, imposibles de nombrar.
Sobre la tierra derramaba una triste palidez, que tornaba las cosas
incoloras y las confunda y las borraba. All, debajo del muro verde de
las Delicias, se amontonaban las sombras formando una masa espesa que se
iba dilatando rpidamente. Sobre Triana, de lo alto de la suave colina
donde se asienta Castilleja de la Cuesta, descenda igualmente la noche.
El aire fresco reson con un ronco silbido prolongado. Era un vapor que
sala. Vi su masa negra apartarse lentamente de la orilla, o el ruido
estridente de las cadenas, algunas voces lejanas. Luego su quilla
rompi, silenciosa, el acerado espejo del ro, y no tard en perderle de
vista a lo lejos, al penetrar en el espeso montn de sombras que los
bosques de naranjos dejaban caer sobre el agua.

Placame, por las tardes, ir a aquel sitio a presenciar la puesta de
sol. La vista del paisaje, que, por lo variado y recogido, pareca un
gran lienzo panormico, me infunda siempre un sentimiento de bienestar,
cierta deliciosa plenitud de vida, que solo las grandes ciudades
meridionales poseen y saben transmitir al alma. Mas ahora sentame
triste y solo. Aquel riente espectculo, que pareca impregnado de la
gracia y la alegra de mi Gloria adorada, perdi de pronto su encanto.
Nada me deca. Su vida no era la ma. El espritu de belleza vivo y
ardiente que lo animaba rechazaba el mo, serio y contemplativo.

Yo que, guiado por el amor, haba penetrado de golpe en lo ms ntimo y
profundo de aquella naturaleza ardorosa, perfumada, palpitante, dejando
perderse en ella mi ser antiguo, grave y soador, de hombre del Norte;
yo, que aspiraba y recoga por todos los poros la vida andaluza, como si
aquella fuese mi patria verdadera y a la cual fuera restituido despus
de muchos aos de ausencia, me encontraba ahora despegado, solitario.
Faltaba el lazo que nos una. Entre aquel ro, aquella Torre del Oro,
aquellos bosques de naranjos, aquel horizonte difano de tintas
brillantes y yo, no haba nada ya de comn. No era frente a estas cosas
ms que un curioso, un _touriste_, como ahora se dice; pero no tardara
en partir, acaso para siempre. Partir!, ay! No se ran ustedes. Viendo
centellear suavemente en lo alto del cielo una estrellita azulada, sent
correr por las mejillas dos lgrimas.

Despus de enjugarlas cuidadosamente, volv de nuevo el rostro hacia los
transentes, buscando distraccin a mi tristeza. Apenas lo haba hecho,
enfilando la vista por el puente en direccin a la ciudad, veo a lo
lejos una colosal nariz que se oculta detrs de la gente, y vuelve a
ocultarse, y vuelve a aparecer, aproximndose siempre. Aquella nariz no
poda pertenecer, lgicamente, a otro que a Eduardito. sta fue mi
conviccin instantnea, que tuve el gusto de ver confirmada. Cruz por
delante de m con el sombrero en la mano, el paso desigual y
precipitado, ms que nunca plido y las facciones desencajadas.

--Eh!, eh! Eduardito!...

Detvose un instante, mir y vino hacia m.

--Dnde va usted tan escapado, hombre de Dios?

--No lo s, don Ceferino--me respondi, posando sobre m sus ojos
vidriosos.

--Tiene gracia! Y se iba usted como si le faltase medio minuto para
llegar a la cita?

--Oh, si supiera usted, don Ceferino!... Me estn pasando unas
cosas!... Unas cosas!

La voz del sensible joven era temblorosa, apagada. Haca tiempo que se
hallaba en un estado de debilidad extremada. Ahora pareca que hablaba
como si no hubiese tomado alimento desde haca ocho das.

Mirele sorprendido y con curiosidad.

--Si supiera usted lo que me est pasando en este momento!

--Qu hay?

--Pues nada... Ver usted... Mi hermana acaba de darme un golpe
terrible... Fui a casa... Ver usted... Por la maana le dije que no
poda continuar de este modo..., que era necesario resolver uno u
otro... Ms de veinte veces quise pedirle a Fernanda la conversacin...;
pero cuando iba a hacerlo se me pona un nudo aqu, en la garganta...
Usted no sabe; aunque me matasen, no poda..., vamos, no poda... Si yo
tuviese tanto pico como mi hermana... Maldito sea!... Le dije que me
hiciese el favor de decrselo a Fernanda de mi parte, y que me la diese
o me desengaase de una vez... Pues bien..., ver usted...: qued en
decrselo esta tarde... Yo no puedo continuar as, don Ceferino; crea
usted que no puedo continuar!... Pues bien: qued en decrselo. Esta
tarde deba venir Fernanda a casa. Matilde me dijo despus de almorzar
que saliese y no volviese hasta el oscurecer..., y cuando volviese
estara todo arreglado, o poco haba de poder. Mi hermana se pinta para
estas comisiones. Obedec. Di ms de mil vueltas por Sevilla, y cuando
vi que oscureca me fui a casa. Crea usted, don Ceferino, que me
temblaban las piernas. Cuando llam a la puerta estaba ms muerto que
vivo. Sali Matilde a la cancela, y al verme se puso hecha una hiena:
Qu vienes a hacer aqu? Mrchate! Vete ahora mismo! Cre que el
mundo caa sobre m... No s cmo pude salir del portal, ni s cmo he
llegado hasta aqu...

--Y no es ms que eso?... Pues se apura usted por bien poco. Es que las
ha sorprendido usted en el momento de la conferencia. Estoy seguro de
que nada malo le suceder... Fernanda le quiere a usted... Me consta.

--Oh, no!--exclam el apasionado joven.

--S; le quiere a usted, hombre... Ya ver usted.

Estuve por decirle: Cmo no ha de quererle, siendo vieja y fea y no
teniendo a nadie que la mire a la cara? Pero me contuve.

--Ay don Ceferino, qu bien me est usted haciendo!--exclam, dndome
un abrazo y rozando con su estupenda nariz mi oreja izquierda.

--Nada, vyase usted tranquilo. D usted algunas vueltas por ah, y
luego, dentro de una media horita, cuando ya Fernanda se haya ido, entra
usted en casa. Estoy seguro de que Matildita tiene para usted una buena
noticia.

Eduardito me contempl un momento con sus ojos pequeos, inspidos, y
algo avergonzado, con ansioso acento, me dijo:

--Si usted quisiera, don Ceferino, dar una vueltecita por all... y
luego salir a avisarme...

--Amigo mo--le respond con tono triste y desengaado--, en este
momento me hallo en igual caso que usted... Dentro de unos momentos voy
a saber si mi novia me quiere o me manda con la msica a otra parte...
Esto ltimo ser lo ms probable. Conque ya puede usted dispensarme.

--Pero cree usted que Fernanda...?--replic con egosmo feroz, sin
tomar en cuenta para nada mi confidencia.

--S, hombre, s; vyase usted tranquilo!

No se haban pasado diez minutos desde que el mancebo y su gran
cartlago se alejaron, cuando apareci, por la boca del puente, Paca. En
la primera mirada que me dirigi comprend que todo se haba perdido.

--No ha querido contestar, verdad?--le pregunt sin saludarla,
esforzndome por sonrer.

--Uf! Cmo est con ut, seorito! Ni por un Seor Crucificao ha
querido tomar la carta. Me ha dicho: Paca, si no quieres que ria
contigo, no vuervas en tu va a hablarme de ese...

--De ese qu?--pregunt, viendo que se detena.

--De ese to--agreg, avergonzada--. Ut dispense, seorito.

--Est bien, Paca--dije aparentando sosiego, pero con voz alterada por
la emocin--. Muchas gracias por el inters que se ha tomado usted por
m...

Hubo un instante de silencio.

--Lo siento de too corasn, seorito. Yo creo que ustedes dos pareaban
mu bien...

Pocas palabras ms hablamos. No poda ocultar mi tristeza y desaliento.
Los consuelos de la cigarrera no penetraron siquiera en mis odos.

Antes de despedirse quiso darme la carta, que no haba podido entregar.
Yo la tom y, sin rasgarla, la arroj al ro, sonriendo tristemente.

Lo primero que se me ocurri caminando a casa fue marcharme al da
siguiente sin ver a nadie ni despedirme. Pero despus consider que
deba hacerlo, por lo menos, de Isabel y su padre, a quienes deba
hartas atenciones, y me decid a ir a esperarlos al da siguiente a la
estacin. Adems, abrigaba todava la esperanza de que la condesita
interviniese de un modo beneficioso en mis enredados asuntos amorosos.
Me costaba trabajo creer que Gloria se negase en absoluto a dar
explicaciones de su conducta.

Al entrar en casa me encontr, sin saber cmo, en los brazos de
Eduardito, y otra vez sent en la oreja el cosquilleo de su nariz
indmita. Mi profeca se haba cumplido. Matildita obtuvo un xito tan
satisfactorio en su dificilsima gestin diplomtica, que Fernanda haba
concedido a su enamorado trovador el permiso de ir a hablarle por la
reja los martes, jueves y sbados. Eduardito osaba esperar que, andando
el tiempo, obtendra el mismo sealado favor los lunes, mircoles y
viernes. Lleg a la sazn Matildita, y Eduardito, presa de un rapto de
amor fraternal, se abraz a ella y le restreg el rostro con la nariz
repetidas veces en testimonio de gratitud eterna. El _Colibr_, con
aquel xito, se haba crecido y entornaba la cabecita a un lado y a otro
con ms petulancia, si cabe. Deca que la indiscrecin del chinchoso de
su hermanito, llegado justamente en el momento en que estaba tratando
con su amiga de los puntos ms delicados, por poco hace fracasar las
negociaciones. El hermanito empalideca escuchando aquel horrible
peligro que haba corrido sin saberlo.

Aquella noche tuve la flaqueza, que acaso el lector encuentre
perdonable, de irme a eso de las once y media hacia la calle de Argote
de Molina. Cuando emprend el camino no saba fijamente qu es lo que
all iba a hacer. Muy pronto qued determinado en mi cerebro. Avanc
cautelosamente por ella, y al llegar al recodo desde donde poda verse
la casa de Gloria, me detuve. El corazn me daba saltos. Estir el
cuello, asom la cabeza como un miserable espa y... nadie. A la reja no
haba nadie. Un goce intenssimo ba todo mi ser como un blsamo
celestial. A este goce sucedi ansia indefinible de cerciorarme de que
los ojos no me engaaban, que a la reja no haba nadie, absolutamente
nadie.

March resueltamente por la calle y pas por delante de la casa a paso
lento, y hasta me parece que me detuve un instante frente a ella. Era
verdad; qu verdad tan sublime! All no estaba el malagueo. La calle,
desierta; las ventanas, hermticamente cerradas. Pero era necesario que
me convenciese bien, que gozase plenamente de aquella grande y sabrosa
verdad. Y para eso estuve dando paseos por las calles hasta las dos de
la madrugada, y cada poco tiempo pasaba por aquella con toda lentitud y
me detena algunos instantes a ver si la ventana se abra y el
aborrecido rival llegaba. No fue as. Me consider dichoso, como si
fuese gran fortuna. Una de las veces que por all cruc me sent tan
tiernamente apasionado y aun agradecido, que me acerqu a la reja, y
despus de convencerme de que nadie me observaba, bes los hierros donde
mi saladsimo dueo haba puesto tantas veces sus manos.

Retireme contento a casa. Aquel feliz estado de espritu me hizo de
nuevo ver las cosas de color de rosa. Al da siguiente me enter de la
hora a que llegaba el tren de Cdiz, y fui a esperar al conde y a la
condesita del Padul, prometindomelas muy felices.

Era la hora de oscurecer. En el andn estaban Pepita Anguita y otras
cuatro amigas de Isabel. Dos de ellas eran las de Enrquez, a quienes ya
conoca de vista. Mientras llegaba el tren, paseamos y departimos
alegremente, riendo bastante con las ocurrencias de Pepita.

Cuando el cuerno del guardagujas anunci la llegada, nos abalanzamos
presurosos al borde del andn, y tuvimos el gusto de ver a la ventanilla
de un coche a la condesita, que nos salud con el pauelo, muy
regocijada y agradecida. Antes de salir de la estacin, ya las de
Enrquez la invitaron a ir con ellas aquella noche al teatro. Isabel
manifest que estaba cansada; pero no cedieron, y tanto empeo formaron,
que al fin consinti en que la vinieran a buscar despus de comer. El
coche del conde y el de las de Enrquez los esperaban. Mas antes que
entraran en ellos tuve ocasin para quedarme un momento detrs con
Isabel y explicarle en cuatro palabras lo que suceda. Maravillose en
extremo, e hizo sin vacilar la misma afirmacin de Paca; esto es, que
deba de haber una intriga o mala inteligencia. No pudimos hablar ms,
porque llegamos a la puerta de salida y era preciso montar en carruaje.
Yo no quise hacerlo, aunque me invitaron con insistencia. La condesita
me dijo al darme la mano:

--Vyase usted esta noche por el teatro y hablaremos.

Com con premura, me vest y me ech a la calle en el momento en que
entraba Villa.

--Hombre--le dije con imperdonable ligereza y egosmo (lo mismo que
Eduardito conmigo),--cmo no ha ido usted a esperar a Isabel?

Le vi inmutarse, y me respondi, turbado, que haba tenido qu hacer en
el cuartel.

Llegu al teatro de San Fernando cuando solo haba dentro de la sala dos
docenas de personas a lo sumo. An tard en poblarse larga media hora.
Se representaba una funcin extraordinaria, a beneficio de no s qu
desgraciados, por la compaa de pera que haba actuado en Cdiz y
regresado a Madrid. La sala del teatro es amplia, elegante, bien
decorada. Pero el verdadero adorno de ella son los rostros expresivos de
las nias indgenas, que all pueden verse con ms comodidad y espacio
que en ninguna otra parte. Es el teatro aristocrtico de Andaluca. Las
damas que all asisten, vestidas con esplendidez y gusto, pueden mirar
sin bajar la cabeza a las abonadas del teatro Real de Madrid. Los
hombres, por el afectado descuido de su persona y por su desmedida
aficin al _flamenquismo_, no son dignos de figurar al lado de ellas.

Isabel y sus amiguitas, las de Enrquez, fueron de las ltimas en
llegar, y se acomodaron en un palco bajo. La condesita estaba radiante
de belleza y elegancia. Observ que todas las miradas, lo mismo de los
hombres que de las seoras, se volvan hacia ella con frecuencia, al
tenor de lo que haba pasado en la tertulia de Anguita la noche en que
la conoc. Y, como entonces, la joven reciba aquel homenaje con
perfecta naturalidad, sin ruborizarse ni envanecerse, sonriendo franca y
bondadosamente, lo que prestaba a su rostro encanto irresistible. Si
aquella expresin era hija del clculo, hay que confesar que Isabel
haba ascendido a lo ms delicado y exquisito del arte de agradar.
Saludome graciosa y familiarmente con la mano, con lo cual todos los
ojos que estaban fijos en ella se tornaron hacia el sitio donde yo
estaba. En cualquiera otra ocasin esto me hubiera halagado. Ahora me
hallaba tan inquieto por el resultado de mis amores, que me fue
indiferente, y aun me pes, de la distincin por la curiosidad de que
fui objeto. Seguro estoy de que muchos me disputaron, sin ms, por su
novio.

En cuanto el segundo acto termin, un acto largusimo de _I Puritani_,
me levant para ir a saludarla. Pero al cruzar el pasillo de butacas
sent que me llamaban por mi nombre:

--Qu encandilado va, hermano!

Era Raquel, la dama de cija, que se alojaba en la misma casa que yo.
Tenamos gran confianza. Estaba con su esposo, quien cada da
simpatizaba ms conmigo.

--Dnde va usted tan escapao?

--A saludar a unas seoritas ah, a un palco.

--Bien; pues antes saldeme usted a m. Sintese un ratito.

Me indic una butaca desocupada a su lado, y por no parecer grosero, me
sent.

La belleza en colosal y llamativa de la dama haba trado hacia aquel
sitio a algunos pollastres, que la miraban fijamente. Ella,
comprendiendo el efecto que en los tales causaban sus grandes ojos
de ternera y enrgico seno, se esponjaba y hablaba alto, para decir, por
supuesto, mil simplezas, que el bueno de Torres escuchaba sin pestaear,
aletargado en su butaca bajo el peso de la peluca, impuesta como un
castigo. No tard en ver entre aquellos admiradores a Olriz,
atusndose, por variar, la barba y dirigiendo miradas lnguidas a
Raquel. Se conoce que luch un poco con el temor, pero que, al fin, se
decidi a saludarla. Llegose, pues, y se quit el sombrero, dejando al
descubierto su magnfica cabellera rubia, peinada cual si viniese
directamente de la peluquera. Preguntole por la salud, y luego hizo lo
mismo con su esposo. Pero ste, sea porque se hallaba distrado o bien
por la aversin concentrada que le tuviese, no contest al saludo. El
estudiante qued cortado. Raquel, entonces, no pudiendo disimular la
indignacin o, por mejor decir, la rabia que la conducta de su esposo le
produjo, tom la palabra, y aqu fue ella!

--Pepe, que te est saludando el seor Olriz... Yo pens que era una
regla de buena educacin contestar a los saludos que nos dirigen.

--Mujer, no le he visto--manifest Torres con dulzura.

--La verdad es que ya tienes tiempo para haber aprendido un poco de
crianza... Cuidado que se necesita no tener un adarme para quedarse
hecho una estaca cuando una persona decente, cuando un caballero, nos
hace el favor de preguntarnos cmo estamos!

Yo, vindola tan irritada, trat de calmarla con algunas frases de
disculpa. Mas ella, aturdida y excitada, como siempre, por sus propias
palabras, cada vez se iba poniendo ms encrespada, hasta el punto de que
algunas personas que se sentaban en las butacas inmediatas lo
observaron.

--Es una grosera, Sanjurjo..., una indignidad!... Usted es persona de
buena educacin, y en su interior se est escandalizando, segura estoy,
de ello. Y si l slo se pusiera en ridculo, no me importara nada...;
pero me pone a m, y esto no puedo tolerarlo... No quiero tolerarlo!...
Qu se figurara una persona desconocida que presenciara este lance?...
Se figurara cualquier cosa mala, indecente!... Es esto dar
consideracin a su seora? Es hacer que se la respete?

--Si no le he visto, mujer; si no le he visto!--repeta dulcemente el
anciano.

Olriz, en pie delante de nosotros, plido, silencioso, haca una figura
verdaderamente desgraciada, tirndose con mano convulsa de la barba
hasta arrancarse algunos pelos.

Tom el partido de dejarla desahogarse. Cuando hizo una pausa, le dije
en son de broma:

--Vaya, Raquel, no sea usted tan nerviosilla.

Y antes que de nuevo se exaltase, me levant y le di la mano. Olriz vio
el cielo abierto y aprovech mi marcha para retirarse tambin, haciendo
un reverente saludo.

Isabel me estaba esperando con impaciencia, segn me dijo. Haba pensado
bastante en mi situacin y quera a todo trance deshacer _los monos_,
que dependan, sin duda, de alguna mala inteligencia, de algn embuste.
Oyndola llamar _monos_ a las tremendas calabazas que Gloria me haba
propinado, alegrseme el alma. Haba encontrado un medio de que
tropezsemos y pudisemos hablarnos. En su casa no quera que fuese.
Quiz su prima se ofendera de que la llevasen engaada. Lo mejor era ir
de excursin a la Palmera, una casa de campo que tenan del otro lado
del ro. All, estando todo el da juntos, no poda menos de operarse la
reconciliacin, para lo cual ella pondra de su parte lo que pudiera.

--Por supuesto, no invitaremos a ese malagueo antiptico--aadi,
guindome el ojo con gracia--. Usted campar todo el da por sus
respetos.

Mi pecho se inund de gratitud. Era adorable aquella chica.

Qued en ir a la maana siguiente a invitar a Gloria y en avisarme por
medio de carta el da y hora de la excursin y, en general, todo lo que
sucediese. Mis esperanzas, tan pronto vivas como muertas, renacieron
ahora ms frescas y lozanas que nunca. Parecame imposible que,
dejndome un rato a solas con mi ex novia, no la conmoviese y redujese a
quererme otra vez. Tal fe tena en mi elocuencia. Adems, era
dificilsimo suponer que tanto amor como aquella gentil muchacha me
haba demostrado en el tiempo que duraron nuestras relaciones se hubiese
desvanecido en un instante, sin quedar entre las cenizas rescoldo
alguno. En resumen, que dorm bastante bien aquella noche y pas el da
siguiente tranquilo. Por la tarde recib carta de Isabel. No la esperaba
tan pronto. Decame que la partida de campo se hara maana. Como tena
muchas cosas que decirme, esperaba que fuese aquella noche a comer a su
casa.

Segn costumbre, el conde comi fuera de ella. Lo hicimos solos Isabel,
la ta Etelvina y yo. En verdad que, con las muchas y graves noticias
que la condesita me comunic, no hice ms que picar de los platos, sin
comer realmente de ninguno. Por la maana haba estado en casa de su
prima a visitarla. Hablaron de m, y Gloria se mostr enojadsima, mejor
dicho, indignadsima conmigo. Le dijo que le constaba de un modo
evidente que yo estaba, qu horror!, en amores con Joaquina Anguita.
Todo lo que Isabel hizo por disuadirla fue intil. Saba el tiempo que
todas las noches hablaba con ella y que todos en la tertulia tenan
conocimiento de tales relaciones. Pregunt si yo era de la partida, y,
respondindole que s, negose a formar parte de ella. Slo a fuerza de
ruegos cedi, y eso con la condicin de que se invitase tambin a Daniel
Surez.

--Mire usted, Sanjurjo: la impresin que yo he sacado es que mi prima
tiene celos, unos celos que le comen el alma!..., y una mujer celosa es
una mujer enamorada.

--Pero ese Daniel...?

--No haga usted caso... Lo ha escogido como instrumento para drselos a
usted... Por lo dems, entre usted y l ninguna muchacha puede
vacilar--aadi sonriendo.

--Mil gracias.

Pero despus que ambas primas hubieron resuelto este punto, qued otro
ms difcil: la cuestin del permiso. Doa Tula se neg a darlo. Gloria
estaba haciendo en su casa una vida conventual. Desde que se descubri
el galanteo de Marmolejo, sobre todo, la tenan terriblemente sujeta.
Isabel acudi a su padre, quien mand a doa Tula una cartita dicindole
que no era aquello lo convenido, que se haba prometido sacar al mundo a
su sobrina para averiguar su vocacin y que se la tena prisionera, peor
que en el colegio; que aquello dara mucho que hablar en Sevilla, y que
le rogaba, para evitar murmuraciones, que le concediese alguna libertad.
Dos horas despus vino una cartita con la autorizacin. La excursin se
efectuara, pues, al da siguiente, y los convidados partiran de la
casa de los condes a las dos de la tarde.

--Invite usted de nuestra parte al amigo Villa. Dgale que es un
ingrato... Hasta ahora no le he echado la vista encima--me dijo al
tiempo de despedirme.

Pobre Villa!, exclam para m, observando el tono ligero con que
pronunci estas palabras su dolo. Y desde all me fui derecho a la
cervecera para darle el encargo. Cambi un poco de color al escucharme;
pero me dijo con sosegada energa:

--Ya sabe usted, amigo Sanjurjo, que yo con esa mujer no puedo tener
decentemente ni siquiera relaciones de buena amistad. Si me hubiese dado
calabazas..., nada..., hubisemos quedado tan amigos; pero el pregonar
mis cartas y el consentir que se haga chacota de ellas no lo olvidar en
mi vida... La saludar cortsmente, la dirigir la palabra con respeto;
pero ser su amigo, nunca!

Entend que tena razn y no quise insistir. Aquella noche tampoco fui a
casa de Anguita. Haca tres noches que no iba por no encontrarme de
frente con Surez. A las altas horas di algunos paseos por la calle de
Argote de Molina y volv a sentir un placer intenso viendo la reja de
Gloria cerrada.

Amaneci, al fin, el da 20 de agosto, memorable en el curso de esta
verdica historia. Amaneci brillante como todos los anteriores, ms que
los anteriores, a mi juicio. Pas agitadsimo la maana. Me puse un
traje apropiado al caso, ligero, claro y holgado. Fui a comprar un
sombrero que haba visto en un escaparate, muy adecuado para el sol y
elegante; me afeit hasta dejar las mejillas suaves y tersas como las de
un nio; tambin me puse un calzado de becerro, blanco, muy lindo; en
una palabra: me prepar convenientemente para la gran batalla que por la
tarde iba a librar. Observ que Villa no sali de casa y daba vueltas en
torno mo, con cierta inquietud y como si desease hablarme. Por fin,
cuando nos avisaron para almorzar, me dijo desde la butaca donde estaba
sentado en mi habitacin, chupando un cigarro puro y envolvindose en
una nube de humo:

--Sabe usted, amigo Sanjurjo, que me voy de excursin con ustedes esta
tarde?... S, voy--aadi en voz baja y con acento rpido--para que
Isabel no se figure que me estoy muriendo de pena.

--Me alegro muchsimo. Hace usted perfectamente--respond, y exclam
otra vez para adentro: Pobre Villa!

Durante el almuerzo estuvo alegre y jovial, como haca muchos das no le
vea, como si acabase de recibir una grata nueva.

A las dos en punto nos personamos en casa de Padul. Estaban ya all casi
todos los convidados: las dos chicas de Enrquez con su mam y el novio
de una de ellas; Pepa y Joaquinita Anguita (Ramoncita no haba podido
venir por estar con jaqueca), Daniel Surez y el presbtero con
Alejandro. Poco despus llegaron Elena y su to, y luego, otro chico a
quien no conoca. No estaba Gloria en el patio, donde se hallaban
reunidos: pero tampoco vi a Isabel, y supuse que las dos se haban
juntado en las habitaciones interiores. Tardaron poco, en efecto, en
presentarse.

No me dirigi una mirada. Estaba grave, contra su costumbre. Vesta un
traje de color rojo con encajes blancos, ligero y de poco valor, que le
sentaba de perlas. (Qu es lo que no le sentaba a aquella admirable
criatura?)

Salud primero efusivamente a Isabel, porque la actitud de Gloria me
impona. Luego me aventur a dar la mano a sta, que me alarg la suya
con marcada frialdad, mirando hacia otro lado. Isabel me hizo una mueca
para indicarme que no tuviese miedo. Pareciome lo ms prudente observar
una conducta reservada, digna, esperando los acontecimientos, y me
retir hacia otra parte. Don Jenaro nos manifest que se le haba
ofrecido un quehacer perentorio y senta no poder ser de la partida; que
bamos bien autorizados por la seora de Enrquez, y su prima Etelvina,
don Mariano (to de Elenita) y don Alejandro.

--Ya s cul es el quehacer del conde... Una juerga--me dijo Pepita por
lo bajo.

--Cree usted?...

--Uf! Como si lo viera.

Las seoras en coche y los hombres a pie, nos trasladamos todos al
muelle, donde nos esperaba una espaciosa fala entoldada, con cuatro
remeros sentados a la proa. El calor en aquel sitio era estupendo. El
reflejo de las piedras abrasaba el rostro. Pareca que estbamos
envueltos en una atmsfera de fuego. Ni los quitasoles, ni los sombreros
de paja, ni los trajes de dril podran librarnos de la ardiente saa de
aquel sol que desde lo alto del cielo amenazaba secar los rboles, el
cauce del ro y hasta la vida de nuestros cerebros. Las seoras nos
aguardaron un rato sentadas a la popa. Cuando llegamos, nos acomodamos
como pudimos. Daniel Surez fue a sentarse, el miserable!, al lado de
Gloria, que le recibi con afectado regocijo. Villa y yo nos retiramos
hacia la proa; pero al instante fuimos llamados por las damas, que se
apresuraron a dejarnos sitio.

--Villa, aqu tiene usted asiento--dijo Isabel, con sonrisa dulce y como
avergonzada, sealndole un puesto a su lado.

El comandante vacil un momento, pero fue a ocuparlo. Joaquinita tambin
me llam. Hice como que no la oa y fui a sentarme entre la seora de
Enrquez y Etelvina, un par de setentonas.

Los remos, como grandes antenas, comenzaron a maniobrar sobre el agua
amarillenta. Pasamos al lado de grandes vapores, cuyos vientres
colosales, pintados de rojo, pareca que iban a aplastarnos. De lo alto
de ellos, algunos marineros nos miraban con curiosidad, y se decan,
sonriendo, frases que no llegaban a nuestros odos. Detrs dejbamos el
gran puente de Triana, cuyos ojos se iban achicando lentamente. Pronto
salimos del atracadero de los barcos y llegamos al recodo que guarnecen
los naranjos del jardn de las Delicias. El ro hace una gran ese,
revolviendo hacia Triana. Las orillas estn orladas de mimbres en primer
trmino. Por detrs de ellos asoman algunas filas de lamos blancos,
cuyas hojas plateadas, heridas por la luz y agitadas por el soplo blando
de la brisa, despiden hermosos destellos. La fala se deslizaba
suavemente, aguantando imperturbable los rayos solares. El aire reseco
haba perdido sus condiciones de sonoridad. Sentase en los odos un
suave zumbido constante, a travs del cual los ruidos llegaban
amortiguados y confusos. La vista no gozaba siquiera la voluptuosidad
de posarse en el agua, porque el ro mismo despeda un aliento clido.
El sol, implacable, lanzaba de una vez, en apretado haz, todos sus rayos
sobre nosotros, cual si quisiera aplastarnos, reducirnos a la nada, de
donde su calor vivificante nos haba sacado. Qu hermoso, qu vivo, qu
omnipotente sol! Solo en el Medioda se siente su fuerza augusta y
acometen deseos de adorarlo.

En los primeros momentos hablose poco en la lancha. El calor era tan
intenso que aturda. Todos los rostros estaban encendidos y sudorosos.
Los brazos no tenan bro para abanicarse. Pero la alegra no tard en
renacer. Aquella insufrible molestia que sentamos sirvi de pretexto
para bromear y rer. Uno de los pollos propona un bao general: que nos
echsemos todos juntos al agua as que llegsemos a San Juan, cosa que
escandalizaba y haca rer a un mismo tiempo a las damas. Elenita
sostena que su to no sudaba agua como los dems, sino caf con leche;
y como todos los ojos se volvan, sonrientes, a mirarle, el buen seor
no poda ocultar su despecho. Cada cual comenz a hablar con los que
tena al lado. Isabel y Villa empearon una conversacin animada. La de
Enrquez y su novio, lo mismo. Elenita y el pollo desconocido, que ya se
haban asaeteado bastante con los ojos, comenzaron a charlar por detrs
de la cabeza de jabal del presbtero don Alejandro, que tena las
enormes cejas temerosamente fruncidas y el rostro contrado por una
expresin de dolor y de ira que pona espanto. Finalmente, y esto era lo
que verdaderamente me interesaba, Gloria y Surez no cerraban la boca.
La infiel rea alegremente, harto alegremente quiz para que no hubiese
en ello cierta afectacin, de los chistes (estpidos, claro est) del
malagueo. No quise disimular mi tristeza. Al contrario, forc la nota
lgubre, permaneciendo silencioso y cabizbajo, a pesar de los esfuerzos
que las dos viejas que tena a mi lado y Joaquinita hicieron por sacarme
de mi xtasis doloroso. Todos all estaban ya al tanto de lo que me
ocurra.

Senta, en verdad, una viva y profunda pena, que me apretaba el pecho y
la garganta. Deploraba amargamente el haber venido. Las esperanzas que
Isabel me haba dado parecanme ahora infundadas, ridculas, engendradas
slo por su deseo frvolo de agradar a todo el mundo. Presa de una
angustia indecible, sofocado tambin por aquel ambiente abrasador, al
cual no estaba acostumbrado como los dems, me senta desfallecer. Los
odos me zumbaban, y pasaban a menudo por delante de mis ojos gasas
negras, flotantes, como si fuera a caerme. No suspiraba ni me mova, sin
embargo. No slo no tema perder el sentido, pero lo apeteca por huir
de aquella amargura que inundaba mi alma. Deseaba que el poderoso sol se
filtrase por la lona del toldo y me abatiese, aniquilase mi conciencia,
me transformase en una piedra, en una planta, en algo que no pensase ni
sintiese.

Comprenda que mi actitud y mi semblante denotaban demasiado claro lo
que pasaba en mi espritu, que me estaba poniendo en ridculo. Nada me
importaba. All, despus de un buen cuarto de hora, cuando an no
estbamos a la mitad del camino, observ que Gloria me dirigi con el
rabillo del ojo una rapidsima mirada, como si tuviese curiosidad de ver
lo que yo haca. No s lo que pas por m. Sentime de pronto revivir,
como un hombre medio ahogado a quien sacasen la cabeza fuera del agua.
Erguime y aspir con ansia el aire, dando un largo suspiro, que hizo
sonrer a la seora de Enrquez y puso seria a Joaquinita. No tard en
venir otra mirada igual, que me hizo el mismo bien. La mano invisible
que me apretaba cruelmente la garganta aflojaba los dedos. Luego vino
otra, y pude sacar el pauelo y limpiarme el sudor. Luego otra, y tuve
ya fuerzas para sonrer. Aquellas miradas, aunque serias y rpidas,
penetraban hasta mi corazn, y rean all alegremente, y sonaban como
una armona celeste, y hasta pienso que olan como un perfume
embriagador. Cuanto ms nos acercbamos al trmino de nuestro viaje, ms
frecuentes eran y, si no me equivoco, ms duraderas tambin. No dejaba
por eso de hablar con Surez; pero cualquiera poda notar que no era con
la misma animacin, que una leve sombra de gravedad y preocupacin se
haba esparcido por su rostro.

El cauce del ro nos conduca hacia la loma que cierra el contorno de
Sevilla, por la parte del Sudoeste. A la falda de esta loma se encuentra
el pueblecillo llamado San Juan de Aznalfarache, adonde tardamos poco en
atracar saltando a un tabladito que hace de muelle. Es una aldehuela
irregular, triste y de ruin casero. Desde la ciudad ofrece vista muy
grata aquel blanco grupito de casas, posado, como una gaviota, a la
orilla del ro; pero una vez dentro de l, la ilusin se desvanece.
Mirado desde Sevilla, parece asentado en la falda misma de la colina,
sin terreno llano donde esparcirse. Despus que se est en l se observa
que hay en torno muy llanas y muy hermosas huertas de naranjos y olivos.

El malagueo dio la mano, para saltar, a Gloria, y esto me contrajo el
corazn fuertemente; pero apenas los diminutos pies de sta se posaron
en el suelo y me lanz una ojeada firme y rpida como un latigazo,
volvi a dilatarse. Se descans algunos minutos delante de una taberna y
nos refrescamos con agua azucarada. Las damas se sentaron en las sillas
que sacamos del establecimiento. La mayor parte de los hombres
permanecimos en pie, sirvindoles los panalitos. La verdad es que todos
estbamos necesitados de un rato de sombra verdadera, porque la del
toldo de la fala dejaba mucho que desear. Joaquinita, que, por lo
visto, tena ganas de mortificarme, me demand un vaso de agua.
Sintiendo, ms que viendo, que Gloria me observaba, fui a buscarlo; pero
en la taberna se lo di a don Alejandro, dicindole:

--Haga el favor de llevar este vaso a Joaquinita.

El presbtero se apresur a cumplir el encargo, y yo sal despus, harto
satisfecho de no dar pretexto a que pudiera pensarse que la segunda de
Anguita me inspiraba el ms pequeo inters. Como diese luego algunas
vueltas por delante de las damas, dirig distradamente la mirada a los
pies de Pepita y observ que traa las botas rotas. Al instante lo
advirti:

--Qu! Se fija usted en mis botas rotas?

--Se le han roto a usted al saltar?--repliqu.

--No, seor. Las traa ya rotas de casa.

--Ah! No lo ha notado usted al ponerlas.

--S, seor, s; lo he notado hace das. Las he puesto con todo
conocimiento.

No quise insistir, porque entend que, si prosegua, iba a decirme que
no tena dinero para comprar otras, con la poca aprensin, vecina de la
desfachatez, que la caracterizaba.

Isabel dio la seal de marcha. No s a quin se le ocurri subir al
monasterio antes de ir a La Palmera, y emprendimos, en efecto, la
ascensin. La comitiva se reparti en parejas. Yo, para hacer mritos a
los ojos de Gloria, vindola emparejada con Surez, me fui solo delante.
El camino es corto, pero bastante agrio.

--Sanjurjo--me grit Joaquinita, con el sano propsito de
desconcertarme--, muy melanclico anda usted hoy.

Me volv y respond, sonriendo:

--Hay motivos.

--Cuntemelos usted.

--Nunca.

Y segu adelante, muy contento de haber enviado a Gloria, delicadamente,
un testimonio de mi amor. No tardamos en llegar al monasterio. Est
situado en una meseta o cornisa que forma la falda de la colina, a una
altura bastante considerable ya sobre el nivel del ro. El edificio no
es grande ni ofrece mucho de particular en el estado de abandono en que
se halla; pero delante de l hay una especie de terraza, desde donde se
divisa uno de los paisajes ms hermosos que pueden verse en ninguna
parte del mundo.

Todos nos quedamos extasiados en su contemplacin. Lo que primero atraa
la vista era la ciudad. La hermosa sultana del Medioda reposaba del
lado de all del ro con blancura deslumbradora, que le da carcter
africano. Eran las cuatro de la tarde. El sol la baaba con sus rayos
oblicuos, pero vivos an y ardorosos. Sus innumerables torrecillas
mudjares, de pizarra y azulejos, brillaban como diamantes, y sobre
todas ellas descollaba la formidable y esbelta Giralda, el antiguo y
severo alminar de los rabes, con fuerte color anaranjado. El espacio
que ocupa en la vega donde est asentada es grande.

Todos detrs de ella, sin embargo, nuestros ojos perciban extensa
llanura verde y dorada, cerrada por una leve ondulacin del terreno.
All est Alcal de Guadaira--me dijeron--; all, Carmona. No consegu
verlas. Del lado de ac, por la parte del Sur, la gran ese del ro
brillaba a los rayos del sol, desarrollndose entre huertas de naranjos
y olivos. A cierta distancia, estas cesaban y la campia se extenda
llana, desnuda, con un color dorado, hasta tocar en el cielo, en los
confines del horizonte. En aquel esplndido paisaje, mis ojos no vean
la riqueza infinita de matices de mi Galicia. El esplendor irresistible
de la luz los borra y los confunde.

La impresin, a pesar de eso o por eso quiz, era ms viva. A falta de
colores, haba destellos. El suelo y el aire ardan como una iluminacin
universal. Luego, los contornos de los objetos, lo mismo los prximos
que los lejanos, eran tan puros, tan claros, que algunos, como la
Giralda, parecan dibujados en un gran lienzo con mano dura. Los mismos
bosquecillos que rodean la ciudad no formaban masas verdes o manchas,
sino que veamos los rboles separados con admirable precisin.

Por una atraccin de que no me daba cuenta, mi vista se fijaba con
persistencia en el espacio azul. La luz ejerca sobre m en aquel
momento la misma fascinacin que sobre las mariposas. Senta un placer
inmenso, un deleite casi sensual, en sumergir la mirada en aquel aire
transparente y lmpido; me acometan vagos anhelos, ansias indefinibles
que me producan una especie de desvanecimiento. Por un instante, se me
borr hasta la nocin de la existencia, hasta el pensamiento de Gloria,
que tena a cuatro pasos de distancia. Si hubiera tenido alas, me
hubiera lanzado al infinito luminoso sin acordarme de ella, aunque esto
parezca una contradiccin inverosmil. Esta especie de enajenacin
desapareci cuando o la voz de Pepita a mi espalda:

--Considera, alma cristiana, en esta primera estacin...!

Volva la cabeza riendo, y mis ojos tropezaron con los de Gloria, que
los apart al instante. No caba duda: me estaba mirando.

Bajamos de nuevo al pueblo, y advert que Surez, por ms que hizo, no
consigui emparejarse con ella. Se haba cogido del brazo de su ta
Etelvina y hablaba animadamente sin hacer caso de l, hasta que,
despechado al fin, se acerc a acompaar a una de las de Enrquez.
Bueno va, dije para m con viva alegra, que me brotaba a la cara.
Isabel y Villa no se haban separado. Consider con tristeza al pobre
comandante, preso de nuevo en las redes de aquel amor imposible, cuando
Joaquinita se me acerc diciendo:

--Mira usted a Villa? Verdad que parece imposible que un hombre formal
se ponga en ridculo hasta ese punto?

Me encog de hombros y sonre. Ponerse en ridculo! Qu le importa al
que ama de veras ponerse en ridculo? Quien se admire de esto, ni ha
amado nunca ni sabe lo que es amor. A riesgo de parecer grosero, alejeme
de Joaquinita. Su compaa en aquel momento poda echar a perder un
fausto suceso que vea en lontananza.

Atravesamos de nuevo el pueblo, y salimos por la parte del Sur a las
huertas y jardines que lo circundan. Al travs de las puertas enrejadas
veamos las casitas de campo, con persianas verdes cuidadosamente
echadas, enteramente solitarias. Sus habitantes, si es que los haba,
deban de estar resguardados del calor hasta la hora en que el sol se
pusiese. Prxima ya a la falda de la colina estaba La Palmera. Era la
ms amplia en territorio y la que posea casa ms grande y suntuosa.
Desde la puerta de salida hasta el edificio haba una ancha avenida,
orlada de palmeras en suave declive. A entrambos lados se extenda un
bosque inmenso de naranjos. El jardn de la casa estaba ya tallado en la
colina. Para subir a aquella haba tres escalinatas adornadas con
macetas. En los tres descansos se vean jardinillos bastante
descuidados, pero que tenan ese encanto misterioso y potico que la
Naturaleza presta a los lugares que el hombre le abandona. Los arbustos
haban crecido desmesuradamente y tejan sus ramas, formando
bosquecillos impenetrables. Las flores eran escasas y crecan donde los
arbustos no les quitaban la luz.

A la puerta nos recibieron los criados que haban ido por la maana con
los vveres. El que estaba al frente de la finca nos acompaaba desde la
puerta de hierro. Era una casa del siglo pasado, espaciosa, fresca y un
poco desmantelada. Haca tiempo que los dueos no iban por all sino por
un da o dos.

Excitada la curiosidad de todos, quisimos recorrerla luego que hubimos
descansado unos minutos y lo hicimos en tropel, entrando y saliendo por
las vastas habitaciones solitarias, turbndolas con nuestros gritos y
risas. En la planta baja haba un gran saln de techo elevadsimo, con
pavimento de azulejos colocados en caprichoso mosaico. Los muebles eran
severos; el damasco encarnado de las sillas y cortinas haba
empalidecido extremadamente. Los muros tenan pintado al fresco un gran
zcalo, que llegaba hasta la mitad; de all arriba, enjalbegados como la
casa de un menestral, pendan de ellos varios retratos al leo de
caballeros y damas del siglo XVIII. Estos retratos, que eran los de los
antepasados de Isabel, llamaron poderosamente la atencin de los
convidados. Particularmente las damas, no acababan de asombrarse de que
se gastasen tales tocados y vestidos, como si no pudiera ponerse un pero
a los que ellas llevaban. Haba, adems, un comedor espacioso, con
grandes armarios de caoba, bien provistos de vajilla. En el piso alto
nos llam la atencin un gabinete muy lindo, en cuyos balcones haban
puesto por capricho cristales de todos colores. Nos detuvimos bastante
rato contemplando la campia al travs de cada uno. Aquellos paisajes
azules, rojos, amarillos, que alguna vez se ven en sueos, hacan
prorrumpir en exclamaciones de alegra o disgusto a mis compaeros.

--Voy a ensearles a ustedes la salida del manantial--nos dijo Isabel.

Bajamos, guiados por ella, a la planta baja; atravesamos un patio, abri
un criado una puertecita verde, y entramos en un recinto semejante a una
gruta. La atmsfera estaba impregnada de humedad. Escuchbase el rumor
del agua, pero no la veamos porque estaba oscuro. Cuando los ojos se
fueron acostumbrando, observamos all en el fondo, brotando de la pea,
un raudal enorme, verdadero ro, que caa en un estanque cerrado
toscamente por piedras. El sitio era el ms grato que pudiera hallarse
en tal instante. La frescura singular que se senta dilat nuestros
pechos, harto oprimidos, y nos hizo prorrumpir en exclamaciones de
bienestar. Nadie quera salir de all. Sin embargo, fue preciso, al fin,
porque se llegaba la hora de confortar los estmagos. Isabel haba
dejado a Villa y tena abrazada a Gloria por la cintura. Ambas fueron
quedando rezagadas a la salida. Cuando iba a transponer la puerta,
Isabel me llam:

--Oiga usted una palabrita Sanjurjo.

Al mismo tiempo se retir hacia el fondo de la gruta, arrastrando a
Gloria. El corazn me dio un vuelco, y las piernas me flaquearon.
Llegaba el momento crtico que haba de resolver mi suerte. Haciendo un
esfuerzo sobre m mismo, acerqueme sonriente a las jvenes. Deba de
estar o muy rojo o muy plido. Isabel no me dej pronunciar una palabra.
Si me hubiese dejado, no s si hubiera sido capaz de hacerlo.

--Sanjurjo, mi opinin es que debe concluir _eso_ que hay entre Gloria y
usted. Ustedes se quieren. Por qu han de pasar el tiempo en moneras?

Pasar el tiempo en moneras! Declaro que nada me ha parecido, ni antes
ni despus, tan lgico, tan convincente como esta sencilla proposicin.

Y como nos quedsemos turbados, ella roja, yo rojo tambin, mirndonos
con ojos brillantes, la condesita nos dijo en tono protector:

--Vamos, dense ustedes la mano y no haya ms regaos.

Me apresur a coger la mano de mi adorada y la aprision entre las mas
largamente. Al fin, la emocin venci a la vergenza, y comenc a verter
una serie de frases incoherentes, apasionadas, estpidas, protestando de
mi cario. Estaba loco. Tantos disparates deb de decir, que Gloria
solt su mano bruscamente y se ech a correr hacia el fondo. Isabel me
hizo con los ojos seas de que la siguiese.

--Gloria--le dije en voz baja, acercndome suavemente--, sigue enfadada
conmigo?

Por toda contestacin se llev el dedo a los labios, dicindome con
fingido enojo:

--Cargante, no tenas tiempo de desirme esas guasitas cuando
estuviramos solos?

No pude contenerme. Me acerqu ms a ella y la estrech fuertemente
contra mi corazn. Una tosecilla seca de Isabel, cuya figura tapaba la
puerta, nos avis de que nos vea y que juzgaba aquello un poco
descomedido. Gloria me rechaz; pero yo, tomndole las manos, preguntele
con acento conmovido:

--Por qu me has hecho sufrir tanto?

--Tambin yo he sufrido; calla.

Y se dirigi a la puerta, llevndome a su lado. Isabel dio algunos pasos
hacia nosotros y, sonriendo maliciosamente, nos dijo:

--Veo que la reconciliacin ha sido completa.

Luego abraz a Gloria y le dijo al odo algunas palabritas. Esta solt
una carcajada y la bes con efusin repetidas veces. Despus, sin saber
cmo, la risa se torn en llanto: ocult el rostro en el pecho de su
prima y comenz a sollozar perdidamente. Comprend que aquellas lgrimas
no eran de dolor, pero me apresur a preguntarle:

--Qu te pasa, Gloria? Te sientes mal?

Sin levantar la cabeza, me hizo sea con la mano de que me fuese. Yo,
sin hacer caso, volv a preguntar:

--Ests indispuesta?

Entonces, levantando la frente, con los ojos nublados de lgrimas y
sonrientes a la vez, exclam con rabia:

--Vete, payaso, vete! No quiero que me veas llorar.

Muchas veces despus me he odo llamar payaso por Gloria, y siempre se
lo he agradecido; pero nunca este calificativo me hizo experimentar una
sensacin ms feliz, un transporte tan delicioso como entonces. Sal por
la puertecilla en un estado de turbacin que hubiera hecho rer a
cualquiera. Llegu al comedor, y no comprend por qu Surez me diriga
una mirada tan glacial. Yo, de buena gana, le hubiera abrazado, como a
todo el mundo. Si no abrazos, por lo menos empec a repartir sonrisas a
todos, porque me pareca que todos haban contribuido a mi felicidad. Lo
nico que me sorprendi, al cabo de algunos momentos, fue que no me
preguntasen por Gloria. Dios mo, cmo se poda vivir sin Gloria? Pero
Gloria no tard en llegar, las mejillas inflamadas, los ojos enrojecidos
y brillantes. No me mir al entrar. Comprend que sin mirarme me vea, y
esper.

--A la mesa, a la mesa--dijo Isabel.

Vi que el malagueo se acercaba a Gloria y le deca algunas palabras, y
vi que ella haca una mueca de indiferencia y le volva la espalda. Qu
criatura tan inteligente! Vi que, como quien no quiere la cosa, se iba
acercando al sitio donde yo estaba; y vi que se llevaba las dos manos al
pelo y se daba unos toquecitos nerviosos para arreglrselo; y vi que
coga una silla y la separaba para sentarse; y vi que apoyaba su mano en
la contigua... Y no quise ver ms. Fui all y me sent resueltamente a
su lado.

No recuerdo los manjares que nos sirvieron ni creo que los recordara
entonces, despus de haberlos comido. Me parece que eran la mayor parte
fiambres de fonda y que haba gran profusin de confites. Lo que retengo
en la memoria admirablemente es que Gloria me sirvi almbar de azahar,
dicindome que era cosa exquisita, y que yo no lo encontr tanto, y que
ella se enfad y me dijo que era un simple y un desaboro, y que yo,
para cortar la discusin, le dije que si me la sirvieran a ella en ese
almbar la comera, pero otra cosa, no; y que ella me respondi, riendo,
que yo era un gaditano con ms conchas que un galpago. En cambio,
cinco yemas de San Leandro, que me hizo comer una tras otra, me
parecieron deliciosas, y alab las manos de las monjas y a Dios, que las
haba criado.

Despus de merendar nos fuimos al saln. Elenita se puso a teclear en el
piano, antiqusimo, de voces cascadas y metlicas: un verdadero trasto.
Tembl que comenzase a cantar alguna de sus romanzas sentimentales, y
ms cuando vi acercarse al presbtero y decirle algunas palabras al
odo; pero no fue as. La vivaracha joven toc una tanda de valses y
llam al pollo desconocido, nombrado Lisardo, segn creo, para que le
volviese las hojas. Don Alejandro, mientras tanto, paseaba a grandes
trancos por el saln, con su aspecto sombro.

--Qu, no se baila?--pregunt la chica al terminar, haciendo girar el
asiento para ponerse frente a nosotros--. Pues yo voy a dar el
ejemplo... Isabel, ven aqu; tcanos una mazurca.

Y, sin ms prembulos, se cogi a Lisardo, y comenzaron a bailar, dando
fuertes taconazos sobre los azulejos, sin reparar en la mirada furiosa,
pulverizante, que su maestro de msica le diriga.

Yo estaba sentado en uno de aquellos viejos sofs, al lado de Gloria. Le
pregunt si quera bailar y me respondi que no saba. En Andaluca,
casi todas las jvenes saben los bailes del pas porque se les toma
maestro o maestra para ensearlos; pero a menudo ignoran los de
sociedad, con ser mucho ms fciles.

--No importa; yo te ensear.

Y, sin aguardar su respuesta, la cog de las manos, obligndola a
levantarse, y la abrac por el talle.

--Uno..., dos... Ahora con el izquierdo. Uno..., dos... Vuelta con el
derecho.

Perdamos el comps a cada momento; pero qu importa! Cada traspis nos
haca rer alegremente. Una vez Gloria me pis.

--Huy, huy!--exclam, fingiendo un gran dolor--. Cmo pesa la carne de
monja!

--Vaya una grasia mohosa!... Pero, hombre, tienes la desvergenza de
quejarte? De cundo ac el pie de una andaluza puede hacer dao al de
un gallego?

Y era verdad. Aunque sus pies diminutos hubieran bailado sobre los mos,
creo que no me haran dao.

Por otra parte, nadie reparaba en nosotros, y podamos bailar lo mal que
quisiramos sin llamar la atencin. Todos brincaban por el saln,
acometidos de un vrtigo en el cual deban de tener alguna parte el
manzanilla y el amontillado que nos haban servido. Cuando nos cansamos,
fuimos de nuevo a sentarnos. Cog su abanico, le di aire fuertemente,
tan fuerte, que lo romp, lo cual fue ocasin de nuevas bromas y risas.
No habamos hablado nada de nosotros mismos. Nuestra conversacin slo
tena por tema las cosas y los sucesos exteriores. No s si era porque
el placer de hallarnos de nuevo juntos y enamorados nos bastaba en aquel
momento, o por el temor de hablar de asuntos en cuya apreciacin
pudiramos no estar de acuerdo.

Por supuesto, en cuanto el baile de sociedad fue cansando, vinieron a
escape las seguidillas. Gloria fue la primera invitada, porque Isabel
afirm en voz alta que no haba en Sevilla quien las bailase como ella.
No se hizo de rogar. Formronse cuatro parejas, comenz a sonar la
guitarra, chasquearon los palillos (en Andaluca, la guitarra y los
palillos aparecen siempre, como si brotaran de la tierra), y el baile,
aquel baile animado, vibrante, gracioso, que produce escalofros de
dicha y hace bullir el alma del ms linftico, dio comienzo al son de
una copla, cantada por el clrigo don Alejandro. Cost gran trabajo
reducirle a que lo hiciese.

Confieso que, aun placindome mucho, no me caus la impresin que en
Marmolejo. Gloria en hbito de monja no dir que estaba mejor que ahora
con su vestido rojo; pero, desde luego, era aquello ms original.

Cuando salimos a tomar el fresco a los jardines, el sol ya se haba
puesto y andaba cerca de llegar la noche. La sociedad se disemin por el
gran bosque de naranjos. Gloria, en cuanto vio un columpio, se empe en
subirse y me pidi que lo moviese, lo cual hice, como debe suponerse,
con extremado placer. Por entre los rboles vi reunidos a Surez y a
Joaquinita, que nos miraban con sonrisa despechada y maligna. No hice
caso; pero Gloria, que tambin acert a divisarlos, se puso seria
repentinamente y no tard en bajarse. Volvimos a reunirnos al grupo
mayor. Observ que mi novia procuraba, por cuantos medios poda,
demostrar a Daniel el mayor desprecio, como si tuviese contra l algn
grave motivo de odio. Yo era tan feliz, que compadeca sinceramente a mi
enemigo y hallaba la conducta de ella demasiado cruel. Nos sentamos, al
fin, sobre el csped, no lejos de Isabel y Villa, que charlaban
animadamente. Hubo un rato de silencio. Tema, por lo que ya he dicho,
volver a las conversaciones ntimas, y no se me ofreca en aquel
instante objeto de qu tratar. Not que Gloria me miraba con frecuencia,
sonrea levemente, bajaba la vista y otra vez volva a mirarme y
sonrer, moviendo los labios un poco, cual si le viniesen deseos de
decirme algo y no se atreviese.

Una de las veces sus ojos chocaron francamente con los mos, y los dos
sonremos, sin saber por qu. Bajolos, al fin, y, mostrando vergenza,
dijo en voz baja:

--Ya s que me has llamao...--aqu pronunci a medias la palabra fea que
yo haba dicho a Surez en la memorable conferencia de la taberna.

Deb de empalidecer terriblemente, y murmur, rechinando los dientes:

--Infame!

--No te apures, hijo--se apresur a decirme, sin carsele la sonrisa
avergonzada de los labios--. Ya ves qu enojada estoy. No te he dicho
que a m me gusta que me peguen en los nudillos?... Adems, eso me ha
probao que no se te pasea el alma por el cuerpo, como yo crea. Cuando
me has llamao tal cosa, es que me quieres.

Algn reparo podra ponerse, en buena lgica, a esta conclusin; pero la
verdad es que entonces era legtima.

--S que te quiero. Ms de lo que t te figuras!

--Mira que me figuro mucho!...

--Pues ms an...; pero el decirte semejante porquera es una indignidad
que ese canalla me ha de pagar.

--Djalo de mi cuenta, tonto. Vosotros no sabis castigar esas cosas...
Ya vers cmo yo s tocarle en lo vivo.

Y tena razn, porque supo tan bien manifestar su desdn, que a ninguno
de la partida se le ocult la vergonzosa derrota del malagueo. Volvi a
quedar silenciosa mi duea, y volvi a dirigirme rpidas miradas y a
sonrer, esta vez con malicia.

--Te he visto--me dijo al cabo--pasear de noche por mi calle.

--S? Cundo?

--Estas noches pasaas, mientras hemos estao reagaos..., y te he visto,
adems, haser una cosa...

--Qu cosa?--pregunt, ponindome ya colorado.

--Besar las rejas de mi ventana... Vamos, no te pongas colorao, porque
estuvo muy bien hecho.

--Dnde estabas t?

--Pues detrs de las cortinas.

--Ah, cruel! Y no has tenido siquiera corazn para abrir y darme las
gracias!--exclam con tristeza.

--Qu quieres, hijo!--respondi, ruborizndose a su vez--. Bien me
apetesi...; pero la honrilla..., la negra honrilla..., sabes?... No
vaya a creerse ese to lila--dije para m--que le estoy asechando los
pasos.

--Pues no te lo perdono.

--Qu no me lo perdonas?--dijo, propinndome un soberano pellizco en el
brazo.

--No--repet, riendo y quejndome al mismo tiempo.

--No?--pregunt de nuevo, intentando darme otro.

--No--repuse con firmeza, levantndome y echando a correr por el bosque.

Ella me sigui; jugamos un rato al escondite entre los rboles. A cada
instante me preguntaba: No? No, responda yo, cada vez con ms
decisin. Observ que se iba impacientando y que su voz estaba ya
alterada. Por fin se qued inmvil y silenciosa. Entonces me acerqu y
vi que sus ojos estaban nublados de lgrimas. Me recibi con una
granizada de denuestos. Despus, como yo procurase templarla,
mostrndome arrepentido, cambi repentinamente y, mirndome con ojos
suplicantes..., torn a repetirme:

--Me perdonas?

Costome trabajo impedir que se pusiera de rodillas. Haba llegado a
persuadirse de que lo que haba hecho era un grave delito.

La noche estaba ya encima. Se trat de partir; pero la mayora de los
jvenes decidi, contra la minora de los viejos, que nos estuvisemos
an otro ratito. Se jug todava al _escondite_, a la _gallinita ciega_,
y nos divertimos en ver furioso al to de Elenita, que a todo trance
quera marchar. Cuando lo hicimos se vea muy poco: cuando saltamos a la
fala en el pequeo embarcadero de madera de San Juan, era ya noche
cerrada.

Yo, que no me haba separado un instante de Gloria despus de nuestra
reconciliacin, tampoco lo hice entonces, como es fcil de presumir.
Senteme a su lado en la popa, teniendo cerca a Isabel y Villa, que
tampoco haban andado muy apartados durante la excursin. Frente a
nosotros estaba la de Enrquez, con su novio; ms all, la mam y la ta
Etelvina, y en medio de ellas, don Alejandro, ms sombro y ojeroso que
nunca.

Elenita charlaba por los codos con el pollo Lisardo. Joaquinita y Surez
hablaban, aunque no tan animadamente, all lejos, cerca de los
marineros, y Pepita se encargaba de darnos matraca a todos. Lo cierto es
que el malagueo soportaba su derrota con ms filosofa que yo lo haba
hecho.

El firmamento se haba poblado de estrellas. La luna an no apareca.
Apartmonos de la orilla y los remos comenzaron a chapotear dulcemente
sobre el agua. El calor haba cedido, pero no cesaba. El aire, inflamado
por los rayos del sol, nos envolva como una onda tibia, acariciando
nuestras sienes y penetrndonos de una languidez invencible. Los mimbres
y lamos esparcan por las orillas sombras flotantes que temblaban y
desaparecan a nuestro paso. Impresionados todos por el silencio de la
noche, el blando vaivn de la barca sobre la superficie elstica del ro
y el suave rumor de los insectos que cantaban en las praderas de las
mrgenes, comenzamos, sin darnos cuenta, a bajar la voz. Al poco rato no
se oa en la fala ms que cuchicheos y rumor de risas comprimidas.

Nuestros ojos sonrean, cambiando largas miradas impregnadas de pasin;
nuestros labios murmuraban frases de amor; nuestras manos se buscaban en
la oscuridad y se opriman, tan pronto viva como dbilmente. Gloria me
preguntaba an muy bajito si la perdonaba. Yo responda que s y que la
adoraba. Ella replicaba que slo se adora a Dios y a los santos, que le
bastaba ser querida, pero muy querida, y que la nica ambicin de su
vida era ser mi mujercita, que yo la llevase a donde bien quisiera,
_aunque fuese a Galicia_. Viendo sus ojos posarse sobre los mos
anhelantes, escuchando su dulce acento enternecido, cualquiera dira que
estaba profundamente enamorada de m. Yo no lo digo por modestia.

La luna apareci por encima de las azoteas de la ciudad cuando ya
estbamos prximos al muelle. Inici un aplauso a la diosa de la noche,
y todos me secundaron con vivo palmoteo. Isabel manifest que era
lstima meternos en casa, y nos propuso dar la vuelta y pasearnos un
rato, lo cual hicimos contra la voluntad expresa del to de Elenita.
Otra vez perdimos de vista la negra silueta de Sevilla y nos hallamos en
medio del ro, mecidos entre sus riberas sombras, sobre la faja de
plata que extenda la luna en el agua. Esta faja nos serva de camino.
Era un sendero soado, glorioso, que se prolongaba a lo lejos, se perda
entre los negros contornos de las orillas, conducindonos, en apoteosis,
al travs de la noche desierta. Brillaban sobre la espalda del ro mil
escamas argentadas, mil ampollitas lucientes, que parecan cadas del
alto cielo dormido.

Sumerg los dedos en el agua, y la hall tibia. Se lo dije a Gloria, y
se inclin para hacer lo mismo. Despus nuestras manos mojadas cambiaron
un dulce y corto apretn, que nadie vio. Volvimos a sentirnos
acariciados por la onda silenciosa de la noche. Las palabras que nos
murmurbamos volvieron a tener un sentido ntimo, un sabor secreto que
nos inundaba de alegra. Los acentos de Gloria, al salir de sus labios
hmedos, no quedaban en el odo, sino que corran por mis venas con
dulzura infinita, y sus negros ojos brillantes me interrogaban sobre
aquel misterioso y divino sabor que ella notaba tambin, sin saber de
dnde vena. Escuchbase el _glu-glu_ cristalino del agua; la fala
oscilaba, dejando escapar una suave queja montona. Los marineros haban
levantado los remos, a nuestra instancia, y nos dejaban marchar
arrastrados por la imperceptible corriente.

Dur poco aquel sopor lnguido y voluptuoso que a todos nos haba
embriagado. Pepita, despus de rasguear primorosamente la guitarra tres
o cuatro veces, se la pas a Gloria, diciendo:

--Hija ma, basta de pichoneo... A ver si nos cantas alguna copliya
salata de esas que t sabes.

Quiso resistirse, pero todos la instaron, afirmando que estbamos lejos
ya del muelle, que nadie, ms que nosotros, la oira, y se vio precisada
a ceder. Observ siempre que Gloria estaba ms dispuesta a bailar que a
cantar.

Punte y rasgue la guitarra un momento y de improviso lanz el grito
prolongado, vibrante, apasionado, con que comienzan los cantos
andaluces. El aire dormido se estremeci, y sobre sus alas invisibles
arrastr aquel grito a travs de la campia desierta. Yo sent un vivo
escalofro, un fuerte estremecimiento, como si hubiera tocado en el
botn de una mquina elctrica. Aquella nota se fue apagando, hasta que
muri en su garganta como un blando suspiro. Luego cant rpidamente y
con bro los dos primeros versos de la copla y guard silencio.

--Ol, mi nia! Bueno! Viva tu salero!--gritaron algunas voces.

Gloria, sin pestaear, la mirada fija y abstrada, los rasgos de su
fisonoma levemente alterados, como le acontece a quien pone en el canto
buena parte de su alma, concluy la copla, bajando la voz hasta
convertirla en murmullo vago, gorjeo suave que, al morir, asemeja un
sollozo.

Por qu en aquel momento, en que mi amor por Gloria se converta en
delirio y embriaguez, en que todo me sonrea y tocaba al logro de mis
deseos, sent el alma inundada de tristeza y apetec la muerte, no puedo
explicarlo, pero as fue. Quiz tengan razn los que creen que el amor y
la muerte son dos cosas que se identifican y confunden all en el centro
misterioso de la vida universal. Dej resbalar mis lgrimas por las
mejillas sin cuidar si me miraban. Gloria volvi a entonar otra copla, y
luego otra, y luego otra. No se cansaban de pedirle ms, y ella de
complacerles.

Un suceso inesperado vino a destruir el arrobamiento en que todos
estbamos. Los marineros, que tambin participaban de l, se haban
descuidado, y la fala, abandonada a s misma, se acerc a la orilla y
embarranc. En vez de susto, lo que aquel lance produjo fue risa y
algazara. Los marineros se remangaron los pantalones y se echaron al
agua, y al momento nos pusieron a flote. Pero la paciencia del to de
Elenita haba tocado a su fin. Tropezando de ira, nos dirigi frases de
mal gusto, verdaderos insultos, que nosotros acogamos con bravos! y
palmadas. Sin embargo, las seoras se pusieron de su parte, y no hubo
ms remedio que dar la vuelta.

La barca sigui de nuevo el argentado sendero del ro, que fulguraba
como el ter. Todo dorma, lo mismo la sombra que la luz, con un sueo
profundo y sosegado. El aire tibio nos traa de las mrgenes vagos
aromas de frutos maduros, de flores marchitas, de musgo y tierra, que
era el hlito de la Naturaleza dormida. La profunda negrura de las
riberas, donde las sombras se acumulaban, haca ms brillante y glorioso
nuestro camino. Pareca que marchbamos, suspendidos en las tinieblas,
sobre un rayo de luna. Del firmamento caa una lluvia de estrellas que
no llegaban al suelo jams, y las praderas elevaban hacia l su voz
suave y montona, formada por los suspiros de millones de insectos que
en el fondo de sus pequeos agujeros tambin se estremecan, como yo, de
amor y de dicha.

Hermosa noche andaluza: mientras me quede un soplo de vida vivirs
impresa en mi corazn!




XIII

DOY UNA BOFETADA QUE PUEDE COSTARME CARA


Tornaron a reanudarse nuestras sabrosas plticas a la reja. Por algunos
das fui dichoso. Sin embargo, los celos de Gloria no haban
desaparecido por completo. Lo mismo era mentar la casa de Anguita que se
pona de mal humor y me hablaba en tono desabrido, por lo cual procuraba
ir a ella lo menos posible.

En una de estas noches dio un baile el conde del Padul. Isabel hizo
esfuerzos muy grandes porque Gloria asistiese, pero todos se estrellaron
contra la negativa rotunda de doa Tula. Ni aquella ni yo lo sentimos
mucho. Nuestros coloquios valan ms que todos los bailes imaginables.
Quedamos en que yo slo ira un rato despus de nuestra conversacin
nocturna. Mas al verme llegar a la reja con el gabn puesto, dejando
asomar la corbata blanca y la pechera de la camisa, observ que se
esparca por su rostro una leve nube de tristeza. Me habl durante largo
rato distrada, preocupada. Por ltimo, como no era posible que guardara
mucho tiempo cualquier sentimiento que la agitase, dijo con una
resolucin severa, como si esperase oposicin y se preparase a reir:

--Mira, no quiero que vayas al baile.

--Pues?

--Porque no.

Call un momento y sonre, vindole arrugar su linda frente y desviar
la vista hacia otro sitio, cual si temiese flaquear en su determinacin
fijndola en m.

--Bueno--dije con afectada resignacin--, no ir.

Tard un poco en contestar. Pero inquieta tal vez su conciencia por mi
estudiada humildad, dijo:

--No quiero que vayas porque s lo que va a pasar... Cmo si lo viera!
Hoy estn all las chicas ms bonitas de Sevilla, y t te enamorars de
una... Y yo no quiero, lo oyes? No quiero, no quiero!

El arranque con que pronunci estas palabras me hizo rer.

--Bien, hija; si ya te he dicho que no voy.

--Es que lo dices as, en un tonillo de manso cordero..., como si fuese
una tontada ma...

--No, querida, no. Lo hago con mucho gusto, puesto que t me lo
ordenas...

--No, yo no te lo ordeno.. Si quieres, vas, y si no, te quedas.

Concluy por ponerse furiosa y decir que yo no la quera un tantito as
(se picaba la falange del dedo chiquito) y que era muy desgraciada.
Imagino que, en el fondo, de quien estaba descontenta era de s misma.

Pronto se soseg, y charlamos con la mayor alegra, como todas las
noches. No obstante, cuando lleg el momento de separarnos, me pregunt
sonriente, pero mostrando inquietud en los ojos:

--Te vas a casa?

--S.

--De veras?

--De veras.

Qued un instante pensativa. De repente sac su hermosa mano por la
reja, me cogi la corbata y me la arranc.

--As ya no puedes ir al baile, aunque quieras.

--No haba necesidad de eso. No tengo ningn deseo de ir. Si quieres que
est aqu hasta que amanezca, aqu estoy... Y a m no me gusta ni me
gustar jams otra mujer que t.

La firmeza y sinceridad con que pronunci estas ltimas palabras la
conmovieron. Me apret la mano con ternura y dijo, sacando otra vez la
corbata por la reja:

--Toma; tengo confiansa en ti.

--Qudate con ella. Quiero que la conserves como recuerdo de esta noche.

Guard silencio y se la anud lentamente al cuello haciendo un lacito.

--Est bien--dijo, al cabo, sonriendo--; pero cuando te vayas, estoy
segura de que me irs llamando tonta.

--No te lo llamar tal.

--S me lo llamars..., y tendrs rasn... Di, me lo llamars?

--No, mujer, no!

--Chinchoso, feo; como lo hagas, maana te doy un pellizco que te
acordars toa la va.

Efectivamente--deca yo para m mientras caminaba hacia casa--, mereca
que se lo llamase; pero es tan salada!

Por aquellos das ocurri en la casa donde viva una desgracia que, si
bien no me tocaba de cerca, no dej de impresionarme. Una maana, un
poco antes de almorzar, not cierto movimiento. Matildita revoloteaba
como un jilguero asustado; los criados iban y venan con botellitas y
frascos entre las manos. Pregunt lo que pasaba, y me enteraron de que
la seora de Torres se haba puesto enferma repentinamente; un ataque al
corazn, decan. Estaba tan gruesa! Fui a su habitacin y me dijeron
que estaba dentro el mdico. Esper un instante y le vi salir en
compaa de Torres, que se hallaba extremadamente plido. El doctor
mostraba tambin inquietud en la fisonoma. Hablaron en voz baja cortos
momentos, y o que se despeda para dentro de una hora. El pobre Torres
andaba tan preocupado, que ni repar en mi presencia. Tuve que llamarle
la atencin. Sentose en el sof, y con voz temblorosa y aspecto aterrado
me cont cmo haba comenzado aquello y en qu disposicin se hallaba su
esposa. Luego me invit a que entrase a verla un momentito nada ms, a
ver qu me pareca. Penetr en el gabinete, luego en la alcoba, y hall
a Raquel en la cama, sin ms sntoma aparente que una grande fatiga.
Sonri al verme y me habl en voz baja y con grande trabajo. Iban a
ponerle una cantrida, y me sal. En el corredor tropec con Olriz, que
daba paseos por delante de la puerta, atusndose la barba con mano
convulsa.

Confieso que no me preocup gran cosa, y despus de almorzar me fui a la
calle, como todos los das; pero al regresar a la hora de comer hall la
casa en un estado de agitacin que me sorprendi altamente. Van a traer
el Vitico a doa Raquel, me dijo el criado con tono confidencial. El
mdico, en efecto, haba mandado disponerla a escape, porque, segn me
repeta Villa, se iba por la posta. El cura estaba a la sazn
confesndola. Cuando termin, nos dijo que sala a buscar el Vitico, y
todos los huspedes de la casa y algunos amigos de nuestra huspeda le
acompaamos a la iglesia. All nos dieron un cirio a cada uno. Not que
la palidez de Olriz haba aumentado. No sali una palabra de sus
labios. El cirio que el sacristn le dio no era ms amarillo que su
rostro en aquel momento. Atravesamos las calles tristemente, precedidos
de la campanilla fatal, que, a intervalos largos, taa con repique
temeroso. A la puerta de la casa, Matildita, Fernanda, los criados y
algunas amigas, de rodillas y con cirios encendidos tambin, esperaban
al Seor. Pas el sacerdote por delante de ellas murmurando lgubremente
latines, y en pos de l, nosotros. A la puerta de la sala hallamos al
infortunado Torres, de rodillas, con un cirio igualmente en la mano y
sollozando. Con el cura entramos en el gabinete, donde haban puesto un
altar porttil, diez o doce personas, entre ellas Olriz. Mis ojos no se
apartaban apenas de l. Su situacin me inspiraba gran curiosidad. A la
luz de la vela, que el monaguillo arrim al lecho, pude ver el rostro de
la enferma. Raquel no era la misma. Todos sus rasgos fisonmicos se
haban descompuesto: la nariz, ya grande, era ahora monstruosa; los
ojos, ms abombados, vidriosos, sin expresin alguna; las mejillas,
hundidas. Pareca mentira que en tan poco tiempo se pudiese operar tal
transformacin.

Mientras el sacerdote deca sus preces con murmullo solemne, observ que
Eduardito cambiaba vivas y risueas miradas con Fernanda, la cual le
sonrea con sus ojos bordeados de ojeras dilatadas y su feo diente
mellado. Aquel espectculo tristsimo no les impresionaba. Cuando el
sacerdote alz la sagrada hostia, entre Matildita y otra mujer
incorporaron a la enferma, quien nos dirigi una mirada vaga. Al
encontrarse sus ojos con los de Olriz, pintose en ellos un espanto, una
angustia, que por largo tiempo tuve impresa su expresin en mi cerebro.
An hoy no puedo recordarla sin horror. Olriz se demud mucho ms de lo
que estaba. Le vi vacilar un instante, pero no cay. Permaneci clavado
al suelo, inmvil y rgido, como una estatua de cementerio.

Poco despus de comulgar se aument la disnea, y a las diez y cinco
minutos de la noche expir la bella Raquel, del modo ms inesperado, en
la flor de la juventud, cuando una fortuna cuantiosa iba a caer en sus
manos. Aquella muerte me pareci un verdadero sarcasmo del Destino, si
no una leccin tremenda de la Providencia. No pude menos de recordar el
mal disimulado deseo que aquella mujer senta de quedarse viuda y libre.
Quin le dijera, pocos das antes, que deba ponerse bien con Dios,
porque aquel ochentn que tanto le estorbaba la iba a sobrevivir!

El dolor de Torres, vivo, profundo, desesperado, a todos pareci
ridculo menos a m. Cuando, quebrantado por los sollozos, hablaba de la
Raquel de su alma, los que haban ido a consolarle cambiaban rpidas
miradas donde se trasluca una conmiseracin burlona. Su pena era tan
sincera, tan inmensa, que ni la presencia de Olriz le estorbaba. Al
contrario, not con asombro que se diriga a l con preferencia a
nosotros, cual si creyese que, por amarla tambin, era el nico capaz de
entender y apreciar su dolor. El tema constante de su discurso era que
mucho ms vala que se hubiera muerto l, ya que de nada serva en este
mundo. Pareca irritado con Dios por haber cometido aquella equivocacin
tan lamentable. Sentase avergonzado de vivir l, tan viejo y tan feo,
muriendo su mujer, joven y hermosa.

Hicimos cuanto pudimos por consolarle. Despus de algunos das supe que
la haba dotado en vida en ms de la mitad de su hacienda, y que la
hermana de Raquel se haba apresurado a reclamarle esta dote.

Mis amores experimentaron un gravsimo contratiempo. Una de aquellas
noches, estando a la reja con Gloria, en medio de nuestro cuchicheo
ntimo y delicioso, solt sta un grito de terror que me dej yerto,
agarrado a la reja sin poder moverme. Haba sentido una mano apoyarse en
su hombro. Era la de su madre. En la oscuridad de la sala vi blanquear
la faz plida de doa Tula y su paolito amarillo y escuch su voz, de
timbre agudo y delicado, exclamar:

--No te asustes, hija ma. No vengo a hacerte ningn dao.

Luego se inclin hacia la reja y me dijo en tono irnico y alegre:

--Buenas noches, seor capitn.

Yo que, pasado el estupor, me dispona a emprender la fuga, apenas tuve
fuerzas para contestar al saludo.

--Siento mucho haber hecho el papel de gaviln... Pero las tortolitas no
deben asustarse, que no vengo a comrmelas...

Viendo que el asunto no se presentaba del todo feo, se me ensanch el
corazn y pude replicar, sonriendo humildemente:

--Espero que usted nos perdonar esta falta... Gloria no ha tenido
ninguna culpa... He sido yo el que...

--Falta? Aqu no hay falta. Ustedes son jvenes y se quieren... Qu
tiene de particular que se hablen por la reja?... Lo nico que me
traspasa el corasn es que mi hijita del alma no haya tenido confiansa
en m para desrmelo... A quin mejor que a su mamata puede ella abrir
el pecho? Quin desear su felisid como yo?

Aquel desagradable suceso tomaba aspecto tan propicio, que me sent
enternecido y con ganas de besar la orla del vestido de doa Tula, como
don Oscar haba previsto cuando me habl de ella. Sin embargo, not que
Gloria continuaba grave y sombra, como haba quedado as que se le pas
el susto.

--No ha sido desconfianza por parte de ella--dije, metindome en camisa
de once varas--. Es que temamos que a usted le pareciesen mal estos
amores y nos los privara.

--Por qu? Yo no he sido joven tambin y no he tenido novios?
Pobresita!--aadi, acariciando la cabeza de su hija--. Tenas miedo
de verd a tu mamita?... No, hija, no; siendo el novio una persona
regular..., y el seor lo es..., no hallo motivo... No s por qu este
seor ha dejado de venir a casa... Lo he sentido mucho... Pero, en fin,
cuando l lo ha hecho, sus rasones tendr.

Intent explicar mi repentino alejamiento, sin herirla a ella ni a don
Oscar. Pero estaba tan confuso y avergonzado, que no dije ms que
tonteras.

Doa Tula estuvo amabilsima conmigo; pero cuanto ms lo estaba, ms
seria y cejijunta se pona Gloria, que no haba despegado ni despeg los
labios durante nuestra pltica. Por fin, la simptica mam manifest que
era una hora intempestiva y fea aquella en que celebrbamos nuestros
coloquios; convena adelantarla, de nueve a once, por ejemplo. Lejos de
poner estorbo a nuestras entrevistas, nos estimul a proseguirlas.

Me desped de madre e hija loco de contento. Poco falt para llamar a
doa Tula mam; bien me apeteci el hacerlo. Sin embargo, cuando, entre
el laberinto de casas sombras, iba caminando hacia mi casa, no pude
menos de pensar que mi futura suegra no haba soltado prenda alguna
respecto a la posibilidad de nuestro matrimonio ni me haba invitado a
entrar de nuevo en su casa. Adems, se me vino de pronto a la
imaginacin que su actitud de ahora contrastaba con la que haba tomado
cuando supo o presumi que yo haba venido a Sevilla y entraba en su
casa por el amor de su hija, segn sta me haba dicho. Por otra parte,
la seriedad de mi novia, tan impropia de la ocasin, no anunciaba nada
bueno. Tales reflexiones bastaron para echar agua sobre mi fervoroso
entusiasmo y me acost en la cama medianamente inquieto.

Al da siguiente recib una invitacin del presidente del Casino
Espaol, que ya me haban anunciado, para que leyese algunas de mis
poesas en aquel centro recreativo. Esta fiesta o velada ya se vena
tratando haca tiempo entre mis conocidos. Particularmente Villa formaba
mucho empeo en ella. Como no hay felicidad en el mundo comparable a la
que siente un poeta leyendo sus versos, me apresur a contestar
afirmativamente. Qued convenido en que la lectura se dara el domingo
prximo. Estbamos en jueves. Por la noche fui, a las nueve, como haba
quedado, a ver a Gloria. Estaba tan preocupado con la lectura potica,
que, por un momento, la figura de mi novia apareca en segundo trmino
dentro de mi espritu. La encontr ms grave y preocupada. Cuando le
habl de la escena de la noche anterior, mostrndome muy contento por su
resultado, me dijo:

--No te fes...

--Sabes algo?...

--No s nada; pero conosco a mam mejor que t... Mira: lo mejor que
podemos haser es prevenirnos para lo que pueda suseder... Hay que andar
un poquillo avispatos y no dejar que el asunto se enfre. Te vas a ver
al to Jenaro. Nadie mejor puede componer el pastel.

--Qu pastel?

--El de nuestro matrimonio, retonto... Digo, si es que apeteses esta
mano, que no tiene nada de blanca ni de suavesita..., bien lo
sabes!--dijo, sacndola por la reja.

Por toda contestacin, me apoder de ella, la llev a mi corazn y luego
la bes repetidas veces.

A la noche siguiente me manifest que se hallaba muy inquieta. Su madre
le hablaba risuea, pero con cierto tonillo burln que la indignaba.
Adems, haba observado que aquella maana haba celebrado con don Oscar
una largusima conferencia. Luego haba llegado el tenedor de libros de
la fbrica con un hombre desconocido, y los cuatro se haban encerrado
en el gabinete de don Oscar y haban estado charlando buen rato. Este
entr y sali aquel da muchas veces. En fin: que haba cuchicheos
misteriosos en la casa que nada bueno auguraban. No particip de sus
temores. Pens ms bien que eran imaginaciones de su temperamento
exaltado; pero le promet ir al da siguiente, sin falta, a casa del
conde del Padul para enterarle de lo que pasaba (apurado me vera) y
pedirle que interviniese ya directamente en nuestra unin, adelantndola
cuanto fuese posible. Gracias a esta solemne promesa se tranquiliz, y
pudimos gozar de las dos horas que la generosidad de doa Tula nos
otorgaba.

En la maana del otro da hice un ensayo general de la lectura potica.
Reun en mi cuarto a Matildita, Fernanda, Eduardito y los criados, y les
le las composiciones que tena preparadas para la noche; en realidad,
para medir el tiempo empleado en la lectura.

Puse el reloj abierto sobre la mesa, y le primero una leyenda de la
Edad Media, titulada _La mancha roja_, que result durar treinta y siete
minutos. Luego, un dilogo, con intencin poltica, sobre las sombras de
Soln y Gonzlez Bravo, que dur quince. Una descripcin, en tercetos,
de las cataratas del ro Piedra, dieciocho, y otras varias
composiciones, de cuatro a ocho minutos, formando, en total, una hora y
media, que, como todo el mundo sabe, es el tiempo prescrito para esta
clase de solemnidades. Resuelto el problema de los minutos, me encontr
en una feliz disposicin de nimo y almorc con apetito.

Por la tarde fui al palacio de Padul, segn haba prometido a Gloria.
Isabel estaba en casa de las de Enrquez. El conde se dispona a salir
en coche, a ver los toros que deban lidiarse al da siguiente. Me
invit a acompaarle, lo cual acept con gusto, tanto por enterarle de
mi negocio cuanto por dar aquel grato paseo. El coche en que montamos
era un faetn tirado por cuatro caballos tordos enjaezados a la
calesera. Don Jenaro y yo nos sentamos delante, y ste empu las
riendas. Dos criados venan sentados detrs. La tarde era ideal, tan
pura y difana como las del mes de agosto, y menos calurosa, por cuanto
ya habamos entrado en el mes de septiembre. Seguimos el paseo de las
Delicias, a la orilla del ro. Haba bastante gente a pie y en carruaje.
El conde era muy saludado. No tardamos en salir del paseo y entrar en la
carretera que conduce a Tablada, donde los toros se hallaban. Como
nosotros, iban muchos con el mismo objeto. Otros venan; de suerte que
haba bastante movimiento de coches en el camino. Tambin se vean
algunos seoritos, en traje de chulo, montando los hermosos y petulantes
caballos de la tierra. Ningn buen aficionado de Sevilla, por lo que
pude entender, deja de ir a Tablada la vspera de la corrida.

La carretera se desplegaba al travs de los campos llanos y dilatados
del sur de la ciudad. A un lado y a otro se extendan, secos y
amarillos, manchados a trechos por el verde gris de los olivos y el
profundo oscuro de las huertas de naranjos.

Enter al conde del estado de mis negocios, esto es, procur enterarle,
seguro de haber disfrutado de su atencin, por lo menos, la mitad del
tiempo. Escuchome con la grave y simptica cortesa que le
caracterizaba. Deca a menudo: S, s. Oh! Mucho, mucho!; pero el
caballo delantero de la derecha, nombrado, si mal no recuerdo, _Muslim_,
me haca una competencia desastrosa. Y todo porque a menudo pona tiesas
las orejas y frotaba a su compaero con el hocico. Quieto, _Muslim_,
quieto. Tunante! Eso, eso. Bueno! A menudo no saba si sus
exclamaciones iban dirigidas a _Muslim_, a don Oscar o a m. Cuando
llegamos al trmino de nuestro viaje, me dijo, con amable entonacin:

--De modo que, por lo que veo, mi prima Tula est de acuerdo en que
ustedes se casen. El que se opone es don Oscar...

Maldita sea mi suerte!, exclam para adentro, y para afuera dije:

--No, seor conde. Lo mismo Gloria que yo, creemos que doa Tula se
opone an ms que don Oscar...

Y vuelta a explicrselo otra vez con pelos y seales.

Luego entendi que lo que yo deseaba era que fuese a pedir por m la
mano de Gloria a su madre, y le pareci grave.

--No, seor conde; lo nico que solicito de usted es que hable con su
prima y procure suavemente vencer su resistencia.

--Mordiscos tambin!, eh?--exclam, fustigando al odioso _Muslim_--.
Ojal le hubiese rajado!

En aquel momento divisamos los toros. Se apresur a prometerme todo lo
que le peda. Qued con la sospecha, casi la certeza, de que no supo, al
cabo, lo que era, y, lo que es ms doloroso, no le importaba.

All, en medio de un extenso campo de un verde amarillento, haba un
grupo de reses. El coche dej el camino y se puso a correr sobre el
csped hacia aquel grupo.

--Los toros estarn amarrados, por supuesto?--pregunt.

El conde me mir sonriente y con sorpresa.

--Amarrados! No, seor. Estn sueltos.

Oh diablos!, dije para m. De buena gana me hubiera apeado. Se me
haba desvanecido por completo la curiosidad de conocer el ganado. Pero
los caballos, felices con pisar la hierba, corran al galope,
acercndose con velocidad pasmosa. En torno de l, como a unos cien
metros, haba algunos carruajes y gente a pie, formando crculo
contemplativo. Cre que el conde se iba a detener all; pero franque la
fila de los curiosos, y slo hizo alto a veinte o treinta varas de las
fieras, que no lo parecan, a juzgar por su actitud tranquila; unos,
acostados sobre los brazos, rumiando, con sosiego; otros, fijos sobre
las cuatro patas, inmviles, abstrados quiz en alguna meditacin
sangrienta. El conde ech pie a tierra y me invit a hacer lo mismo.
Mas, con pretexto de encender un cigarro, me fui retrayendo.

--Son todos toros?--pregunt, afectando serenidad, al nico criado que
se haba quedado conmigo.

--Zeorito!--exclam en el colmo de la sorpresa--. No ve su mers los
cabestros?

--Ah, s!

La verdad es que no distingua unos de otros. Todos me parecan en aquel
momento igualmente sospechosos y aborrecibles. Yo no me apeo, dije
interiormente, a pesar de que vea al conde aproximarse a las reses
hasta casi tocarlas. Pero el prcer gozaba fama de temerario, y yo no
tena deseo alguno de adquirirla.

--Qu tal los muruves?--pregunt el mismo criado a un chulo que andaba
por all cerca.

--No lo ves, hiho, qu animalitos de Dio! Paesen hechos de masapn de
Toledo... Aluego all ellos... Si se najan, la farta ser del
goberna... Que les den lo suyo; los toritos no piden ms que eso.

--Te acuerdas de los muruves de Pascua? Qu toritos! Dejaban el cuerno
en los jacos y se queaban dormos, dormos!

--Toos lo mesmo... Que les den lo suyo, ya vers!... Esta maana se ha
arrancao uno porque un cabayero traa un perro e lana... Por poco hay
aqu un espetculo.

Yo, que estaba extremadamente inquieto, me sobresalt al or esto, y,
como quien no quiere la cosa, cog las riendas que el criado sujetaba.
Hice bien en tomar tal precaucin, porque al instante se produjo cierto
movimiento entre los toros. Vi uno negro, espantoso, que, mirndonos
con horrible fijeza, baj la cabeza con intencin hostil y dio algunos
pasos...

El terror me arrebat de tal modo, que sin saber lo que haca cog la
fusta y pegu un feroz latigazo a los caballos. El coche parti como un
rayo, rompi la lnea de curiosos y se lanz por el campo, en medio del
vocero de la gente. El criado me haba arrancado las riendas y
blasfemaba como un condenado, tratando de contener los jacos. Entre
stos, al fin, se produjo divergencia de pareceres sobre la lnea que
haban de seguir. Como resultado de ella, vino el arremolinarse y
volcar. Fui lanzado del asiento a una distancia de seis varas lo menos;
pero no recib dao alguno, segn pude colegir despus de tentarme todos
los miembros. El criado, tampoco. Acudi un pelotn de gente en nuestro
socorro, y cuando nos vieron salvos y se enteraron de lo que haba
hecho, principiaron las bromitas y la risa. Cre que el conde lo iba a
tomar a mala parte; pero tambin le dio por rer. Los toros seguan
inmviles y agrupados. Cuando manifest que haba arreado a los caballos
porque un toro negro se diriga a nosotros:

--Dnde est el toro negro?--me pregunt el conde.

--Mrelo usted all.

--Si es un cabestro, amigo!

Explosin de risa entre los que nos rodeaban. Don Jenaro tuvo la
delicadeza de montar en el carruaje apenas lo levantaron y amarraron un
tirante roto. La bronca en mi obsequio amenazaba ser mayscula. Con
todo, detrs de m, los criados no cesaban de rer. El conde haba
vuelto la cabeza, dirigindoles una mirada severa; pero sus carcajadas
reprimidas me humillaban ms que las francas.

--Qu tal los toros?--les pregunt un cochero al cruzar a nuestro lado.

--Finos, finos! Hay uno negro, zaino, de mucho cuidado.

El conde no pudo menos de sonrer..., y yo tambin.

A lo que entend, era costumbre entre los aficionados detenerse, a la
vuelta de Tablada, en alguna de las numerosas ventas que hay a la salida
de Sevilla por aquella parte. Son los centros de reunin de la gente
alegre, donde se _corren las juergas_, sin peligro de despertar a los
vecinos y entenderse con la Polica. El conde par delante de una de las
ms celebradas, llamada de Eritaa, y me invit a bajar con l. A la
puerta haba muchos carruajes vacos. Atravesamos un corto zagun y
salimos pronto a los jardines, dispuestos para recibir a los numerosos
parroquianos que aquel establecimiento tiene, principalmente entre la
clase elevada o rica. Est dividido en pequeos y grandes cenadores, no
bien aislados unos de otros por el follaje de los arbustos. Todos, o
casi todos, estaban ocupados a la sazn. El conde se detuvo un momento,
sin saber dnde meternos, cuando saliendo de uno de ellos dos personas
decentes, aunque de porte achulado, le abrazaron familiarmente y nos
hicieron entrar.

Haba seis u ocho hombres y tres mujeres. Los hombres, salvo dos,
parecan personas distinguidas. Vestan chaqueta y hongo; pero sus manos
eran finas y llevaban en los dedos sortijas de valor. Casi todos
estaran entre los treinta y los cuarenta. Dos eran claramente de clase
baja, _que alternaban_. Las tres mujeres tampoco haba duda que
pertenecan a la vida airada. Por la confianza con que trataban al conde
comprend que a menudo deban de ser sus compaeros de francachela, por
ms que aquel les llevase bastantes aos. Entre ellos haba uno rubio,
de fisonoma extranjera. Despus supe que era un ingls tan noble y rico
como calavera, que acostumbraba pasar largas temporadas en Sevilla.

Aquellos individuos merendaban alegremente, y nos dispensaron una
acogida cariosa, brindando, as que entramos, a nuestra salud. Observ
que, en medio de la confianza, don Jenaro infunda cierto respeto a
todos. De las tres muchachas, una se llamaba Concha la _Carbonera_: era
delgada, de un rubio ceniciento, mejillas plidas y marchitas y ojos
azules, fieros y desvergonzados. Otra, Matilde la _Serrana_: era morena
y regordeta, y tena el tipo comn de las sevillanas. La tercera se
llamaba lisamente Lola, una mujer obesa, con seno monstruoso, que
inspiraba repugnancia, y manos amorcilladas, cubiertas de sortijas de
poco valor. Las tres vestan el traje de percal y el paoln de Manila,
comn a las jvenes del pueblo, y ostentaban flores en los cabellos.

La conversacin vers al principio sobre los toros. El conde dio acerca
de ellos pormenores que se les haban escapado a los otros. No hizo
alusin a mi percance, y se lo agradec. Los manjares eran pocos y
ordinarios: langostinos, boquerones, alcaparras, soldados de Pava
(pedazos de bacalao fritos con rebozo de huevo). En cambio, los
vinos--jerez, manzanilla y montilla--eran de lo ms fino y exquisito que
pudiera beberse en ninguna parte. Las mujeres, abandonadas a s mismas,
charlaban en grupo aparte. El conde apenas se haba dignado dirigirles
una mirada fra cuando levantaron las copas saludndole.

Uno de los individuos, de traza plebeya, el ms viejo, taa la guitarra
con singular maestra, mientras los dems charlaban de toros y toreros.
Cambibanse entre ellos frases tcnicas, que probaban la profunda
erudicin que casi todos posean en este ramo del saber, y se hacan
predicciones y apuestas para el da siguiente. Unos elogiaban los
muruves, otros ponan los de Saltillo sobre todos los dems. De cuando
en cuando, entre el grupo de los hombres y el de las mujeres se
cruzaban palabras libres, gestos desvergonzados, un tiroteo de chistes
convencionales, que sorprenden la primera vez y aburren en seguida.
Particularmente, Concha la _Carbonera_ responda con una viveza y
desgarro que me infundan repulsin.

El hasto me hizo acercarme al guitarrista y trabar conversacin con l.
Era hombre de cincuenta aos, de mejillas rasuradas surcadas de arrugas,
ojos pequeos y vivos, el pelo gris peinado sobre las sienes, como todos
los chulos. Vesta chaquetilla corta, hongo flexible y pantaln ceido,
la camisa con rizados y sin corbata. Alab su destreza, verdaderamente
admirable, y me dijo que era guitarrista de oficio, se llamaba Primo y
tocaba ahora en casa de Silverio. Quise mostrar mis conocimientos en
materia de taedores de guitarra, y le dije que haba odo hablar con
gran elogio de uno llamado el _Nio de Lucena_.

--Bien est. Paco de Lusena conosa er instrumento como denguno; pero
tocaba solo palante, sabut? Er Nio de Morn tocaba mejor... a lo que
se pide... Se entiende!... Nosotros no semos de teatro; all to va pa
lante... Tocamos pa que lo oiga la gente, et ut?, y pa que lo baile
si quiere. Yo copi de Paco de Mairena, un to que hasa bailar las
mesas. Cuando agarraba la guitarra paesa que se la meta en er
estmago... De filadelfias, na, sabut?

A rengln seguido, como todos los artistas, Primo se quejaba de que el
arte se hallaba en lamentable decadencia, que no se estimaba ya el
mrito. Con lo que daba Silverio (dos duros cada noche y la cena),
apenas poda vivir. Recordaba con entusiasmo los tiempos antiguos.

--Aqu onde ust me ve, cabayero, he vesto como un mataor de toros. Las
onsas que han entrao en mi borsiyo no caben sobre un manter... Pchs!
Hoy s'a gerto la tortilla. No hay quien d un perro chico por or la
guitarra de verd, sabut?... Aluego epu yo he teno argunas crujas
onde s'ha ido la guita sin sentirlo... Grasia que haya podido horadar
hasta aqu...

Hablaba con mucho aplomo y una entonacin grave y persuasiva, que es en
Andaluca general entre los hombres de la plebe cuando se hacen viejos.
Despus que le dej desahogarse, le fui preguntando por la gente que
all haba.

--Esta mosita, que se yama Concha, es mi sobrina, nasa en Gran, recri
en Mlaga; es bailaora en casa de Silverio y gana sinco pesetas...
Aquella del chaleco es una ta pescuesa, sabut?, que viene siempre
onde se jama... Esta otra regordetiya, la _Serrana_, es bailaora en er
Burrero..., una gea chica... Ha sido novia der Saleri--aadi con
cierto respeto-. Ya conosera ut ar Saleri...

--Mucho!--respond, aunque en mi vida le haba odo nombrar.

--Qu lstima de chico!

Oyendo esta exclamacin supuse que se haba muerto, y puse la cara
triste.

La conversacin no impeda beber de firme a los amigos del conde...
Dejaron, al fin, los toros y comenzaron a bromear con las chicas. Una de
ellas, la ta pescueza que deca Primo, vino hacia m con una caita, y
se la bebi, diciendo:

--Por ut, gen moso.

Luego se sent a mi lado y emprendi mi conquista, sin lograr
enternecerme. Sus redondeces excepcionales no me hacan efecto: me
causaban asco.

Uno de aquellos barbianes se diverta en tirar aceitunas a Concha la
_Carbonera_, que, lastimada en la cara, profera insultos atroces,
entreverados de blasfemias.

--No me tirars una monea de sinco duros, grandsimo arrastrao, dao pol
tal.

--A que s? Prala en la boca.

Y le arroja con tal mpetu una moneda que si no baja la cabeza la
descalabra. Fue corriendo a buscarla; pero el barbin le tir otra a la
vez, y le peg en el cogote. La _Carbonera_ dio un grito y se llev la
mano al sitio de donde brotaba sangre. Las atrocidades que salieron de
sus labios no son para dichas. Quiso llorar; pero su to Primo recogi
del suelo las dos monedas de oro y se las entreg, con lo cual, y con un
poco de agua y vinagre con que la lav su amiga la _Serrana_, apaciguose
lindamente. No s si me asust ms la barbarie o la prodigidad de aquel
bruto.

--Qu es eso? Estamos en la necrpolisss o en el merenderosss de
Eritaasss?--exclam otro barbin, cuya gracia consista en agregar una
ese final a las palabras y silbarlas mucho--. A bailars, niasss! A
cantars, niasss!

Primo comenz a preludiar un tango. Todos se sentaron formando corro. La
_Carbonera_, sentada tambin, olvidada del descalabro, inici all en
las profundidades de la garganta un canto que tena mucho de salmodia:

      Con sentimiento profundo
    voy a nombr
    un torero que en er mundo
    no tuvo rivali.

      Por su arte y su bravura
    era el rey de los torero,
    por su elegante figura
    se paesa ar Chiclanero.

La voz era ronca, aguardentosa, desagradable; el sonete, lgubre.

De pronto se levanta, me arranca el sombrero de la cabeza sin mirarme,
salta al medio del corro y se lo pone. Comienza una serie de movimientos
con las caderas, con el pecho, los brazos, la garganta, con todo menos
con los pies.

--Ol la _Carboneriya_!--gritaron dos o tres.

La _Serrana_ y Lola siguieron:

      Para Espaa su nombre es tan grato,
    que er nombrarlo nos causa plaser;
    como Antoito Snchez, er Tato,
    denguno ha imitao el volapi.

      Qu lstima de torero!
    Ser eterna su memoria.
    Mardito sea asta aquer toro
    que le ha quitao al arte su gloria!

Concha se haba despojado del sombrero y haca con l mil gestos y
carocas, ora ponindoselo, ora quitndoselo. Luego que se hart de mover
su cuerpo flexible con ondulaciones de vara verde agitada por el viento,
de echar los brazos atrs y adelante, levantarlos y bajarlos, se dej
deslizar sobre la arena con movimiento imperceptible de los pies. Anduvo
as formando un crculo por delante de nosotros, rozando nuestras
rodillas.

Al pasar cerca de m, me puso el sombrero y dijo sordamente:

--Grasia, senificante.

Volvi de nuevo al centro del corro, y volvieron los movimientos a pie
firme. Lola y la _Serrana_ seguan cantando nuevas coplas, todas
referentes a toreros ms o menos difuntos. Los barbianes jaleaban a la
bailaora, prodigndole mil eptetos extravagantes. Principalmente el
plebeyo, a quien apodaban el _Naranjero_, que por lo que not oficiaba
de gracioso, se distingua de los otros por la multitud de frases
burdas, obscenas, pero extraas, propias de una imaginacin
descompuesta, que sin cesar profera.

Concha taconeaba fuertemente sobre el suelo, levantando polvo,
restregando los muslos, las manos en las caderas, dejando inmvil el
torso. Su mirada se iba tornando de maliciosa en lbrica. Una sonrisa
vaga, delatando el cansancio y el vicio, se esparca por sus facciones
marchitas. El taconeo lleg a su perodo culminante, y de all a
debilitarse, hasta morir en suave, imperceptible agitacin de los
muslos. La bailaora, en trminos tcnicos, se quedaba _dorma_, con
ntimo gozo de los espectadores, que la jaleaban vivamente. Pareca una
estatua, la estatua de la impudicia.

La bailaora despierta, al fin, de su inmovilidad, con leve vaivn de las
caderas, que se va acentuando, acentuando, hasta convertirse en
desenfrenado movimiento de rotacin, conservando, no obstante la fijeza
en el resto del cuerpo. Este era el supremo toque de la voluptuosidad,
al parecer, porque al llegar aqu los barbianes de la reunin quisieron
volverse locos.

--Viva tu sangre, chiquilla!--exclam el _Naranjero_--. Vivan las
mujeres castisas! Al estante nos vamos a beber una caita, verd,
prenda?... Viva tu mare, que tengo para ti en er borsiyo un biyete de
la lotera pas!

La estatua sonri, sin perder su inmovilidad ni suspender aquella
impdica rotacin que a los otros tanto alegraba y a m me causaba
profunda repugnancia. Sbito hizo una pirueta, pate el suelo tres o
cuatro veces con furor, y vino a sentarse tranquilamente, entre los ols
y los aplausos de la reunin. El _Naranjero_ se apresur a ofrecerle una
caa, que ella apur de un tope, como quien la vierte en el estmago.

A nuestro lado, en los dems cenadores, se oan tambin los sones de la
guitarra, el choque de las copas y los jipos de los cantaores y
cantaoras, entreverados de blasfemias y frases obscenas. La novia del
Saleri cant, acompaada por Primo, un jaleo o canto gitano, que tampoco
fue de mi gusto. El conde permaneca grave, silencioso, apurando con
sosiego las caas que le vertan, respondiendo a las preguntas con
exquisita cortesa, cual si se hallase en una recepcin palaciega. Su
actitud, correcta, contrastaba con los modales descompuestos,
rufianescos, de los amigos. Slo el ingls se mantena tambin tranquilo
y serio. De cuando en cuando, sin que se alterase poco ni mucho la
expresin fra de su rostro, gritaba en espaol chapurrado alguna frase
asquerosa que haca retorcerse de risa a las chicas.

--Qu grasia tiene er chav! Maldita sea su estampa!--exclamaba la
_Carbonera_, que gozaba realmente con la excentricidad del ingls.

Entre dos de los barbianes haba surgido una disputa acerca de los
muruves (vuelta a los muruves!), y estaban a punto de venir a las
manos. Los dems no les hacan caso. Yo hablaba con la ex novia del
Saleri, aquella morena regordetilla, que era la nica que no me
disgustaba enteramente. Pero ignorando en absoluto el lenguaje que se
usa con esta clase de mujeres, nuestra conversacin languideca. La
entretena con preguntas acerca de Mlaga, a las cuales ella contestaba
con marcada indiferencia, mirndome alguna vez con curiosidad, como
diciendo para s: Quin ser este desaboro?

Me esforzaba en aparecer alegre y jacarandoso como los dems, y, sobre
todo, en disimular el acento de mi pas, adoptando otro, si no andaluz,
castellano puro, al menos. No lo consegua. Cada vez me iba poniendo ms
serio y haca preguntas ms insustanciales.

La _Serrana_ me dijo de pronto:

--T eres gallego?

--No; soy de Salamanca--respond, negando a mi tierra, como San Pedro
neg a su Maestro.

--Pues se me figuraba...

Habindole tocado el asunto de su infancia, la ex novia del Saleri se
anim un poco. Comenz a recordar a Granada con enternecimiento,
asegurando que all se diverta la gente mucho ms que en Sevilla. No
dijo en qu. Traa a la memoria algunos episodios bastante oos de su
niez, que yo escuchaba con aparente atencin, respirando, al fin,
libremente, al verla distrada.

Dos de los barbianes haban ido al cenador inmediato y haban vuelto
trayendo dos mujeres, que se fueron tan pronto como bebieron algunas
caas y dijeron algunas desvergenzas. El _Naranjero_, cada vez ms
alegre, responda a las insolencias con otras mucho mayores, gozando en
aquellos dimes y diretes, donde tanto padeca la decencia. El ingls,
grave y tieso, vino a sentarse sobre las rodillas de Concha la
_Carbonera_, que le recibi a pellizcos, desternillndose de risa.

--Mi dar a ti un beso antropfago, no quieres?

--Un beso como en tu tierra?

--Ms all.

--Bueno, venga--respondi la pobre, sin imaginar lo que peda.

El ingls se inclin y le dio un mordisco feroz en el carrillo. La chica
lanz un grito penetrante. Al separarse se vieron los dientes bien
sealados en sus mejillas. Concha agarr una caa y la tir a la cabeza
del brbaro, sin lograr acertarle. Pero su to, indignado, comenz a
echar bravatas y sac una navaja. Afortunadamente, se detuvo lo bastante
para que pudiramos intervenir y sujetarle. Imagin que no tena
voluntad muy decidida de sacarle las tripas al ingls, aunque bien lo
repeta.

Todo volvi a quedar tranquilo. La pobre _Carbonera_ lloraba en un
rincn, ponindose el pauelo sobre la parte dolorida. Estaba de Dios
que aquella tarde la haban de perseguir.

Empezaba a sentirme mareado. La lengua me haba engordado sensiblemente.
Not que algo de lo que deca excitaba la risa de mi amiga la
_Serrana_, quien me ofreca a cada instante caas y ms caas. Animado
con sus carcajadas, me figur que haba logrado, al fin, dar con el
secreto de la gracia andaluza, y, por lo visto, comenc a desbarrar de
un modo lamentable. Una de las veces que Matilde me ofreca una caa, le
dijo no s quin:

--Ojo, chiquiya, que eso es un bolo! (Una caa llena.)

La _Serrana_ le hizo un guio, que pude ver.

--Vamos, t lo que quieres es emborracharme, eh?--le dije con sonrisa
protectora--. Qu chasco te llevas, hija! A m no ha conseguido
emborracharme nadie jams. Prepara el Guadalquivir de manzanilla si
deseas verme ajumado.

--Matilde, deja a ese maleta... Si es un gallego!--dijo a la sazn la
ta pescueza de las manos amorcilladas, que no me perdonaba el mostrarme
insensible a sus enormes glndulas.

--Yo gallego, so z...?--bram furioso--. Ni soy gallego ni he estado en
mi vida en Galicia.

Por segunda vez, como San Pedro, negu a mi tierra, y casi en los mismos
trminos.

Estaba muy locuaz. Les cont todos los chascarrillos que saba y les
recit una tirada de versos de mi cosecha. La ex novia del Saleri me
pregunt si era escribano.

--Escritor querrs decir, prenda.

--Bueno, es igual.

--Igual? Anda, anda!

Y con mucha formalidad me puse a explicarle la diferencia. Deb de estar
muy pesado, porque concluyeron por dejarme solo. El _Naranjero_, que no
cesaba de bromear con todo el mundo, se acerc a m y me dijo:

--Joven, qu debe has er que se casa?... Aprovecharse, verd ut?

No comprendo por qu aquella inocente broma me pareci un insulto
terrible.

--Aprovecharse, eh?--respond rechinando los dientes--. Me parece a m
que aqu hay muchos aprovechados que se van a encontrar con la horma de
su zapato.

No debi de entender lo que quera decir, porque sigui, con sonrisa
plcida, preguntando lo mismo a todos.

El _Naranjero_ era hombre de unos cuarenta y cinco aos, de piel morena
y curtida, cabellos cerdosos y grises, ojos negros extremadamente vivos,
ms bien bajo que alto y vesta, como el guitarrista Primo, la
chaquetilla clsica, la faja y el hongo flexible. Sin saber por qu,
quiz por su presuncin de gracioso, me fue antiptico desde el
principio.

Ahora, despus de la injuria que me haba hecho (as lo crea yo),
conceb por l un odio mortal, y deseaba vivamente armarle camorra.
Desde el rincn donde me hallaba sentado arrojbale miradas furibundas,
que l estaba lejos de advertir. Sin embargo, al cabo de un momento
observ que la _Serrana_ y Lola, formando grupo con l y otros dos
barbianes, miraban hacia m sonrientes. El _Naranjero_ se destac del
grupo, vino con sonrisa burlona, y llevndose la mano al sombrero, con
afectado respeto, me pregunt:

--Mi amo, e su mers gallego?

Una ola de indignacin me invadi la cabeza. Me levant furioso, y
tratando de arremeterle, le escup a la cara ms que le dije:

--El gallego lo ser usted, to granuja indecente!

Por tercera vez negu a mi tierra. El gallo no cant, pero sucedi una
cosa peor.

El _Naranjero_ dijo con tranquilidad amenazadora y ponindome una mano
en el pecho:

--Arto, seorito, no se descomponga ust, que no va haber quien le
arregle.

--A usted es a quien voy yo a arreglar, canalla!--grit con
incomprensible rabia.

Y diciendo y haciendo, le largu una bofetada.

Caso extrao! Todos los que all haba, en vez de dirigirse a m, se
lanzaron hacia l y le sujetaron. Observelos plidos y con seales de
terror en el rostro. La niebla que tena en la cabeza se me disip.
Vagamente comenc a entender que haba hecho algo ms grave de lo que a
primera vista pareca. No saba dnde estaba esta gravedad, pero la
adivinaba. Mi enemigo, agarrado por todas las manos, me dirigi una
mirada centelleante de clera. Luego la cambi por otra irnica, y dijo
con aparente sosiego:

--Vamo, seore, suerten ustedes, que no ha pasao na... Bofet ms o
menos, qu importa!

Le soltaron, pero sin dejar de observarle con inquietud. Apareci
completamente tranquilo. Se puso el sombrero, que se le haba cado,
bebi una caa de manzanilla, y acto continuo se despidi, sonriendo, de
sus amigos:

--A la paz de Dios, seores. De aqu a luego.

As que sali rein un silencio embarazoso. Los semblantes expresaban
mal humor e inquietud, incluso el del conde, quien me dirigi una mirada
fra de curiosidad donde cre advertir tambin cierta conmiseracin
burlona.

--Qu les parece de mi amigo Sanjurjo?--pregunt despus a los
barbianes con cierta sorna--. Verdad que no tiene el vino bueno?

--Pchs! No ha estao mal--respondi uno, con la misma entonacin de
zumba, y sin mirarme.

Observ que los barbianes cambiaron entre s rpidas miradas burlonas,
que me hicieron malsimo efecto.

La ta pescueza, que an persista en su conquista, vino a m con una
caa en la mano, y me dijo en voz baja:

--As me gustan los hombres. Perdona, hijo, si te he llamao gallego.

Me encog de hombros con indiferencia superior, y le volv la espalda.
Fui a sentarme al lado de Primo. Pasado el primer momento de malestar,
todo volvi a su ser. Las cabezas, harto calientes ya por el alcohol,
despus de aquel fugaz enfriamiento, se pusieron ms fogosas. Vino el
perodo de las canciones bquicas, desacordadas; las frases obscenas
menudearon entre ellos y ellas. Un barbin sali a bailar el tango con
Matilde la _Serrana_, mientras Concha les bata las palmas y cantaba con
voz opaca de prostituta.

--Quin es ese to a quien di la bofetada?--pregunt en voz baja y
confidencial a Primo.

--No lo conose ust?--dijo, mirndome con sorpresa--. No conose ust a
Juan Ruiz?... Ya me lo paresa!

Me explic que aquel Juan Ruiz, apodado el _Naranjero_, era un antiguo y
clebre bandido de la provincia de Crdoba, que, por varios aos, haba
trado en jaque a la Guardia Civil y haba dado muerte a varios de sus
individuos.

Voy a confesar que, al or esta noticia, sent cierto cosquilleo por la
parte de adentro, cuya sensacin era semejante a si se me desprendiese
de su sitio alguna entraa interesante, aunque sin dolor. Los cortos
residuos de niebla que la manzanilla poda haber dejado en mi cerebro se
evaporaron de sbito. En mi vida me sent ms despejado.

Sin que yo se lo preguntase, Primo me enter del carcter e historia de
aquel dulce personaje. Haba robado unos gallos cuando tena dieciocho
aos. Le ech mano la Polica. Se fug a la sierra. Comenz a merodear,
asaltando a los pastores y a los viajeros, pero nunca les exiga ms que
lo indispensable para vivir. Mat a un guardia. Ya no pudo presentarse,
porque le costaba la cabeza. Luego hiri a otro, luego a otro, y sigui
viviendo del robo, aunque sin has dao a denguno. Era un bandido
generoso. Algunas veces se presentaba de noche a los propietarios y les
peda un duro para comer. Si queran darle ms, lo rechazaba, diciendo
que no lo necesitaba por entonces. La razn de encontrarse all
pacficamente y no haber muerto en el patbulo era haberse puesto al
frente de una partida liberal poco antes de la revolucin del 68. Cuando
sta estall, le indultaron, gracias a las influencias de algunos
magnates que le protegan. Era un hombre, al decir de Primo, mu guasn
y mu corriente, un hombre de bien, pero de muy mala sangre.

Aunque todo aquello me lo deca en voz baja, me sonaban sus palabras en
los odos como si las profiriese con bocina. Sin embargo, no quise dar
el brazo a torcer, y escuch la historia con una indiferencia que, ay!,
estaba muy lejos de sentir. Hasta tuve fuerzas para formar una sonrisa y
decir:

--Cree usted que me matar?

Primo se rasc la oreja, rasgue distradamente la guitarra despus, y,
por ltimo, dijo mirndome francamente a la cara:

--Yo que ust, cabayero, tomara el olivo en er primer tren de la
maana.

--Pchs!--silb yo, alzando los brazos con desdn.

El guitarrista me dirigi una mirada donde cre ver mezcladas la lstima
y la admiracin.

La animacin, en tanto, iba creciendo entre los barbianes. Lleg el
perodo de las salvajadas. Uno de ellos se puso sobre la mesa a perorar,
y los dems, para aplaudirle, le arrojaban jerez y manzanilla a la cara.
Otro se empe en levantar con los dientes a un compaero que la
borrachera haba tendido en el suelo, y no lo consigui; pero le rasg
la chaqueta. Otro quiso que la ta pescueza nos ensease algo que debe
ocultarse, y entre los dos se trab una lucha y rodaron por el suelo.

El conde permaneca grave, silencioso, apurando, una tras otra, las
copas de jerez. Pero su mirada ya no era la misma, opaca y distrada,
del hombre hastiado. Brillaban ahora sus pupilas con un fuego feroz y
maligno que impona temor. Sus labios estaban contrados siempre con una
sonrisa despreciativa.

Sin hablar ni moverse, pareca otro hombre distinto.

El ingls se haba despojado de la americana y el chaleco y,
remangndose la camisa, enseaba los bceps de sus brazos, que eran en
verdad poderosos, entretenindose en dar sobre ellos con las botellas
vacas hasta partirlas. Se haba hecho sangre una vez, pero continuaba
sin hacer caso. Luego pidi al mozo que le trajese una botella de ron y
un vaso grande. Llenolo hasta los bordes de este licor, y lentamente,
sin hacer el menor gesto ni pestaear siquiera, lo bebi todo. Luego
colocolo sobre la mesa frente al conde, y dijo gravemente:

--Ust no haser esto.

Pas por los ojos del magnate calavera una chispa de furor. Supo
reponerse, no obstante, y vertiendo en el vaso el resto de la botella,
mand tranquilamente al mozo traer pimienta. Ech un puado de ella;
ech luego ceniza de su cigarro, que tena amontonada delante de s, y
sin decir palabra, con la misma sonrisa despreciativa, apur el vaso, y
no contento con esto, lo rompi con los dientes. Vimos sus labios
manchados de sangre. La reunin acogi con ols y gritos de triunfo esta
prueba de gran estmago, en que, al parecer, se hallaba interesada la
honra nacional.

Estaba oscureciendo. Dentro del cenador la luz era ya muy escasa. Como
mi cabeza no estaba al unsono con las dems, porque, segn he dicho, el
paso con el _Naranjero_ haba tenido la virtud de despejrmela, las
grotescas y brbaras escenas que presenciaba me infundan profundo
malestar. Deseaba irme; pero, como cualquiera comprender, no se me pas
siquiera por la imaginacin el hacerlo. Nuestros vecinos de los dems
cenadores deban de haber alcanzado el mismo grado feliz de temperatura.
No se oan ms que gritos descompasados, campanilleo de copas,
carcajadas groseras y blasfemias.

El conde no se haba dado por satisfecho con la victoria alcanzada sobre
el ingls. Mientras segua paladeando, con aparente sosiego, las caas
que le ofrecan, no dejaba de comrselo con los ojos, embargado por una
rabia sorda que no tard en estallar. Sus ojos, que eran lo nico mvil
en su fisonoma impasible, brillaban cada vez ms feroces, semejando los
de un loco cuando le han puesto la camisa de fuerza.

El ingls segua haciendo alardes de fuerza, completamente ebrio y
causando bastante molestia a los dems, que no tenan una borrachera tan
brutal.

--Usted es muy valiente, verdad?--le dijo el conde, sin dejar de
sonrer con desdn.

--Ms que usted--respondi el ingls.

Don Jenaro fue a lanzarse sobre l, pero le sujetaron. Calmndose de
pronto, dijo:

--Ya que es usted tan bravo, a qu no pone la mano sobre la mesa?

--Para qu?

--Para clavrsela con la ma.

El ingls, sin vacilar, extendi su grande y membruda mano. El conde
sac del bolsillo un pualito damasquinado, y puso la suya, fina, de
caballero, sobre la del ingls. Y, sin vacilar, con arranque feroz, alz
el pual con la otra y clav de un golpe ambas sobre la mesa.

Las mujeres lanzaron un grito de terror. Los hombres nos precipitamos a
socorrerlos. Algunos salieron en busca de auxilio. En un instante
llenose nuestro cenador de gente. De las heridas brotaban abundantes
chorros de sangre, que manchaban los pauelos que les aplicbamos. Un
mdico, que por casualidad haba entre los circunstantes, les hizo la
primera cura provisional con los pocos elementos de que pudo disponer.
El conde sonrea mientras le curaban. El ingls se haba abatido como un
buey, vomitando. No tard aqul en hacer lo mismo. A ambos se les subi
a los cuartos que el establecimiento tiene, y se los acost. Todo el
mundo se dispers, comentando la barbarie del acto.

Pero el horror que me haba producido aquella escena no bast para
curarme del que senta ante la que se preparaba para m, cien veces ms
cruenta. Porque si tanta sangre sala de las manos atravesadas por un
estrecho pualito, qu cantidad no saldra del boquete abierto en mi
estmago por una faca de siete muelles o por una _lengua de vaca_?
Cielos, una lengua de vaca! Se me erizaba hasta el vello de la nuca.
Viendo a todo el mundo montar en los carruajes y partir, se me ocurri
que era necesario, a todo trance, buscar vehculo para trasladarme a
Sevilla, porque pensar en que iba a hacer el viaje a pie a aquellas
horas era un delirio. Mir con ansia a todas partes, a ver si tropezaba
con alguno de los barbianes del cenador. No hall ninguno. Se haban
evaporado no s por dnde. Me entr un gran abatimiento, y pens en
pedir a cualquier desconocido un puesto en su carruaje, pues no haba
ninguno por alquilar, cuando se acerc a m la ta pescueza, que tanto
haba desdeado.

--Te vienes con nosotras? Matilde y yo traemos una berlina; pero
cabemos los tres si te avienes a ir en la bigotera.

Vi el cielo abierto. Con tanto jbilo acept, que la prjima me mir con
curiosidad. Me puse colorado, pensando en que haba adivinado mi
congoja. Fui con ellas, y creo que estuve todo el camino amabilsimo.

Qu no se hace por conservar ntegra esta preciosa piel que nos
envuelve!




XIV

PRINCIPIO A SER UN HROE DE NOVELA


Me dejaron a la puerta de mi casa. Quise pagar al cochero, pero ellas lo
impidieron, y no insist. Prometiles ir ms tarde al caf de Silverio,
engolosinndolas con empalmar la juerga a mis expensas. Por supuesto,
que lo hice. Buena gana tena de gastarme las pesetas neciamente!

Era ya noche cerrada, pero no haban sonado las nueve. Fui a mi cuarto,
y para esperar la hora de la cita con Gloria, me tend un poco sobre la
cama a reposar, que harto lo necesitaba. Ello es que ech un sueo, y
cuando me despert sobresaltado y mir el reloj eran ms de las nueve y
media. Me puse el sombrero y sal corriendo; pero cuando puse el pie en
la calle y se me ofreci repentinamente a la imaginacin la bofetada del
_Naranjero_ y el peligro que corra, volvime y a toda prisa cambi de
traje y de sombrero. Despus, caminando con grandes precauciones,
mirando a todos lados y procurando ir siempre pegado a algn transente,
me dirig a casa de mi novia. Eran cerca de las diez cuando llegu. La
ventana estaba ya cerrada, mas al aproximarme a ella se abri con
estrpito y apareci Gloria con semblante hosco.

--Hijo, me has dao el rato! Cre que ya hasas rabona.

Procur desenojarla, explicndole cmo haba ido a ver a su to Jenaro,
en cumplimiento de lo acordado, y lo que con l me haba sucedido,
aunque ocultndole el incidente del _Naranjero_. No haba para qu
inquietarla. Habamos llegado tarde porque el asunto de las manos
atravesadas nos haba retenido mucho tiempo. El relato de esto ltimo
le caus sensacin, aunque menos de lo que yo pensaba. Hasta no tard en
envanecerse.

--Qu sangre tiene mi to, verd, t?

Compart su admiracin, aunque en el fondo me reserv el derecho de
juzgar al conde como mereca. Contome otras cuantas atrocidades de l en
este gnero, que no hicieron ms que confirmar mi opinin. Al ver cmo
le gustaba la gente cruda, estuve tentando a darle cuenta de mi hazaa;
pero me detuve, considerando que poda traslucir el miedo que ahora
senta. Porque demasiado a menudo volva la cabeza, explorando de un
lado y de otro de la calle. Siempre vea aparecer al terrible Juan Ruiz
con la horrenda _lengua de vaca_!

Tambin me distraa, a lo mejor, no diciendo cosa con cosa.

--Nio, t parese que ests ajumao!... Y s que lo estars: echas una
peste a beba! Puf, quita all, gorrino!

No me dej acercar la cara a la reja.

Antes de irme le hice presente cmo al otro da me era imposible pelar
la pava, a causa de la velada potica que daba en el Casino Espaol.
Estuvimos a punto de reir, no por la supresin de la pava, sino porque,
al saber que asistiran seoras, se le antoj que se iban a enamorar
todas de m. La sospecha no era verosmil. Le expuse, razonablemente,
que mi figura, por esto y lo otro, no mereca tanto honor. Sin embargo,
deb de estar blando en la argumentacin, porque ella insista cada vez
con ms fuerza, y por un momento cre ser derrotado. Entonces capitul.
Le dije que, aun suponiendo, lo cual no era probable, que las seoritas
que all asistieran se enamoraran de m, nada malo poda redundar para
ella, puesto que yo estaba ya perdidamente enamorado, y en mi corazn no
caba otro amor. Todava se defendi, pero en retirada, negando mi
cario, para verme afirmarlo cada vez con ms bro. Si ella pudiese ir!
Qu feliz sera asistiendo a mi triunfo! Pero no haba que pensar en
ello siquiera. Persista en creer que nuestros asuntos marchaban mal,
que era necesaria, de todo punto, la intervencin del to Jenaro porque
tena la seguridad de que su madre no consentira buenamente en nuestro
casamiento.

--Por supuesto--exclam--, es igual que quiera o no quiera... Yo me caso
contigo as tenga que escaparme por la alcantarilla.

Vi sus hermosos ojos brillar con una expresin de orgullo y bravura que
me conmovi hondamente.

El alma vehemente, apasionada, de aquella mujer despertaba en la ma
energa que no sospechaba existiese. Le apret la mano con fuerza. En
aquel instante no tema a nadie en el mundo, incluso al _Naranjero_.

Luego que me separ de la reja y entr en mi casa, ya fue otra cosa. La
idea de la _lengua de vaca_ comenz a hacerme cosquillas nuevamente.
Reflexion largo rato acerca de los medios oportunos para no trabar
conocimiento con este precioso artefacto de la industria nacional. Al
fin, di con uno. Se me ocurri que lo mejor era desagraviar al
_Naranjero_ con un acto que mostrase que la escena de la tarde anterior
haba sido ocasionada por la borrachera. Tena en mi poder unas cuantas
tarjetas de invitacin para la velada del Espaol. Si le enviase
una!.... Supongo que no sera tan bruto que... Nada, nada, se la
envo.... Pero cmo?... No conoca su domicilio. Pero el guitarrista
Primo deba de conocerlo.

A la maana siguiente tom un coche y me fui al caf de Silverio;
pregunt all dnde viva Primo, y me dijeron que en el Real de la
Feria, nmero... Acto continuo me dirig all, siempre en coche, porque
aunque haba convenido conmigo mismo, al separarme de Gloria, en que
nada en el mundo poda asustarme, durante la noche haba hecho alguna
ligera rectificacin a este juicio. El artista flamenco an estaba en la
casa. Insist en querer verlo. Una mujer del pueblo, pobremente vestida,
su esposa, segn dijo, me introdujo en el dormitorio, que era, por
cierto, un cuartucho bien oscuro y estrecho. Primo, despertado
violentamente por su mujer, no me conoci al pronto; no tard en caer.
Le expliqu el asunto con alguna timidez. Se trataba de hacer llegar a
manos de Juan Ruiz la presente tarjeta que le entregaba. Sentado sobre
la cama y dndole vueltas entre las manos, el guitarrista sonri antes
de contestarme. Aquella sonrisa me hiri profundamente. Cualquiera
dira: Qu importa la sonrisa de un flamenco? Sin embargo, cuando el
flamenco tiene razn para sonrer y lo hace del modo espontneo y
sencillo que Primo, puede muy bien sentirse uno humillado.

--Juan Ruiz vive aqu serquita, en la Alameda de Hrcules...

--Bueno; pero si usted pudiera...

--Pregunta su mers por er _Naranjero_?--interrumpi la solcita
esposa--. Pues no tiene ms que torser a la derecha, saliendo de aqu;
toma la callesita primera...

El guitarrista la ataj de mal humor, mandndola callar. No se trataba
de ir yo en persona a casa del _Naranjero_, sino de enviarle una
tarjeta...

Todo aquello me humillaba cada vez ms. Despus de que ambos cnyuges,
con excesiva cuanto inmerecida amabilidad, me prometieron cumplir el
encargo, apresureme a salir, dndoles las gracias. Y como la vecindad de
mi enemigo haca peligrosos aquellos sitios, orden al cochero que me
llevase de prisa a mi casa, donde me entretuve en escribir los sobres y
enviar las tarjetas que me quedaban a las personas que conoca, y en
leer por centsima vez los versos que por la noche haba de presentar a
la admiracin de los sevillanos. En los pasajes que me parecan ms
enrgicos procuraba ahuecar la voz y hacerla sonora, campanuda; en los
ms tiernos me conmova, pero de verdad, y llegaba hasta derramar
lgrimas, aunque me los saba mejor que el padrenuestro.

Por la tarde estuve en el palacio de Padul. Encontr al conde sentado en
una butaca, con el brazo en cabestrillo. Tena alguna fiebre. En la
mirada que me dirigi al entrar comprend que deba sorprenderme de la
herida, y as lo hice. Me cont, con la mayor sangre fra, que la noche
anterior, tratando de separar a dos hombres que rean en una calle, le
haban herido, o, por mejor decir, se haba herido l mismo. Isabel
recriminaba a su padre por tanto celo. Cmo se iba a meter entre dos
hombres que tenan la navaja abierta! Dejarlos que se maten. Ms vala
la vida de su padre que la de aquellos chisperos. El conde escuch sin
ruborizarse las calurosas expresiones de su hija, cosa que me pareca
imposible.

Lleg, por fin, la hora crtica de las nueve de la noche. Haba comido
muy poco. Estaba nervioso, como si fuera a batirme. En la casa todos
estaban revueltos, como si el amor propio de la fonda de la calle de las
guilas estuviese comprometido en aquella jornada. Eduardito se empe
en ir conmigo, lo mismo que Villa y Olriz. Matildita haba ofrecido un
cirio a la Virgen de la Esperanza si me aplaudan, y Fernanda, el dueo
adorado cuanto maduro de su hermanito, or una misa en da que no fuese
festivo. Todos me recomendaban el nimo.

--Mucho nimo, eh?, don Seferino!

Me mimaban, me festejaban, andaban todos solcitos para traerme
cualquier cosa que me apeteciese; pero siempre con una expresin entre
dolorida y afectuosa, como si se tratase de un reo en capilla. Matildita
concluy por declarar que dudaba mucho de mi serenidad, y que deseara
encontrarse en mi lugar, porque ella era capaz de leer versos delante
de la misma reina de Espaa.

Despus de tomar t en la Britnica los cuatro, viendo que llegaban las
nueve, me levant con arranque diciendo:

--Vamos, Seores.

Y nos dirigimos a la acera de enfrente, donde estaba el casino. Me haba
puesto de frac y sombrero de copa. Cuando entramos, el Crculo herva ya
de gente, lo cual me caus una emocin de placer y de miedo difcil de
explicar. Mi entrada produjo cierta sensacin. En aquel momento sera
bien difcil convencerme de que yo no era un personaje importantsimo, y
que el acto que all se iba a ejecutar no tena una gran significacin
en el curso de los acontecimientos de este siglo. Roderonme unos
cuantos socios de la Junta directiva, hablndome con deferencia. Yo
responda con pocas palabras, pero mostrando gran amabilidad y una
estudiada modestia, que deba de realzarme mucho. Afectaba hablar de
todo menos de la solemnidad que iba a efectuarse, porque los hombres
verdaderamente superiores y avezados al aplauso del pblico miran la
exhibicin como un acto natural y corriente. En fin, me estaba dando un
tono horroroso.

El saln estaba ya mediado de seoras. Levant un portier
cautelosamente, y vi sentadas en las primeras filas a las de Anguita.
Isabel y las de Enrquez estaban un poco ms all. Dej que se llenase
por completo, para que mi aparicin hiciese ms efecto. Poco a poco, los
concurrentes haban ido desapareciendo de los corredores y acomodndose
en las sillas del saln, detrs de las seoras. Al fin, qued solo con
la Junta directiva, porque Villa, Olriz y Eduardito, mis fieles
acompaantes, se haban ido tambin a coger sitio.

--Cuando usted guste, seor Sanjurjo--me dijo, al fin, el presidente,
sacando el reloj.

Despojeme del palet, que entregu a no s quin, como un torero que
tira la capa al tendido; hice lo mismo con el sombrero; met los dedos
por el cabello, a guisa de escarpidor, levantndolo y ahuecndolo
lindamente, y, por ltimo, aparec en la plataforma alzada al efecto en
el saln. Y fui saludado por una salva de aplausos.

Durante la lectura de _La mancha roja_ me beb dos vasos de agua con
azucarillo. Pero sucedi un percance, que no puedo pasar en silencio por
las fatales consecuencias que pudo tener. En vez de los treinta y siete
minutos que tena calculados, la lectura de la leyenda no dur ms que
veintids. Se aplaudi muchsimo; las seoras se conmovieron y agitaron
los pauelos con entusiasmo, esparciendo por el ambiente caldeado mil
perfumes de _opoponax_, _fleur d'Italie_, _reseda_, etc.

Era una leyenda altamente pattica. No me sorprendi nada que se
hubieran impresionado vivamente. No lejos de m, hacia la derecha, haba
un seor que cuatro o cinco veces, durante la lectura, dio un fuerte
porrazo con el bastn en el suelo, gritando:

--Ol! Viva tu mare!

El aplauso no era muy oportuno a la sazn, y me escam un poco. Le
dirig alguna que otra mirada exploradora; pero no vi en su rostro nada
que pudiera indicar intencin de burlarse. Era un seor de mediana edad,
con patillas que le llegaban hasta la nariz, de continente grave, y que
pareca prestar gran atencin.

El dilogo poltico entre Soln y Gonzlez Bravo gust menos, y en vez
de durar quince minutos, no dur ms que ocho, casi la mitad de lo
calculado. Sin embargo, beb un vaso de agua azucarada. Los criados del
Crculo no cesaban de ir y venir con bandejas en las manos. En cambio,
la descripcin de las cataratas del ro Piedra produjo un escndalo de
palmadas y vtores y me la hicieron repetir tres veces, con lo cual gan
lo menos veinte minutos de los perdidos. Gracias a esta oportunsima
compensacin no pas la vergenza de suspender la lectura antes de la
hora y media, mnimum, como ya he dicho, de estas solemnidades. Las
seoras volvieron a agitar los pauelos con entusiasmo. Observ, sin
embargo, que Joaquinita Anguita se estaba queda, lo cual me pareci una
ruin venganza y me irrit ms de lo que el asunto mereca. Durante estas
poesas y las otras que siguieron, el caballero de las patillas no
dejaba de gritar de cuando en cuando, al final de las estrofas: Ol!
Viva tu mare!, dando el consabido porrazo en el suelo con el enorme
roten que empuaba. Yo cada vez estaba ms escamado de l, y por encima
de las cuartillas que tena en la mano le echaba miradas, ora de temor,
ora de recriminacin. Ningn efecto le hacan. Segua atento,
imperturbable, sin mirar a los lados, y eso que observ con clera que
sus vecinos rean cada vez que lanzaba el Ol! No pude saber
entonces, ni a estas horas s an, si aquel individuo me admiraba
sinceramente o era todo guasa viva, por ms que me inclino a lo segundo.

Ello es que fui aplaudido a rabiar, que la Directiva me abraz con
efusin al concluir; las seoras, al marcharse, me dirigan miradas de
curiosidad, y que sud como un caballo de carrera y me beb una cantidad
prodigiosa de agua azucarada. Al salir a los corredores me tropec de
frente con el _Naranjero_, de quien ya no me acordaba ms que de la
muerte; bien es cierto que el _Naranjero_ y la muerte eran para m
trminos idnticos. Me parece que los colores que el calor y los
aplausos haban puesto en mis mejillas debieron de bajar mucho de
repente. Sin embargo, fue por poco tiempo. Juan Ruiz vino a m con el
semblante risueo y me dio un cordial apretn de manos. Comprend que se
senta muy honrado con la amistad de un hombre tan eminente y lleno de
gratitud por mi galante invitacin. Respir con un placer como no volv
a respirar en mi vida, y le invit a beber con mis amigos Villa, Olriz
y Eduardito un _chato_ en casa de Juanito, all cerca.

Noche feliz fue aquella para m. Slo otra poda comparrsele: la
primera en que pel la pava con Gloria. Despus de estar un rato en casa
de Juanito, tomando un tentempi, nos fuimos a casa. El _Naranjero_ nos
acompa, y al dejarme a la puerta se me ofreci por amigo, con un calor
y efusin que me conmovieron; verdad es que estaba yo muy predispuesto
en aquel instante a las emociones tiernas. Aprovechando la ocasin en
que los dems hablaban entre s, me dijo en voz baja:

--Don Seferino, si alguna vez le hase farta un hombre..., ya sabe
ust..., un hombre!..., cuente ust conmigo.

Aunque haba cierta vaguedad en l, acaso por esto mismo me hizo
profunda impresin el ofrecimiento. Eso de necesitar un hombre era tan
enrgico!

Dorm aquella noche bastante agitado. La felicidad tambin produce
insomnio. No faltaba para completar la ma sino que Gloria hubiese
asistido a mi triunfo. Pero me consolaba la idea de que los peridicos
daran cuenta de l, y aun lo abultaran, como suelen, proponindome
llevarle recortados los sueltos o los artculos, si a tanto llegaban.
Matildita, llorando de emocin, me pidi permiso para darme un abrazo,
el cual le otorgu generosamente. Tuvo que subirse a una silla para
hacerlo. La verdad es que, a pesar de su petulancia, que nada tena de
ofensiva, era una buena chica la hija de mi huspeda. Lleg a decirme,
en el calor de su entusiasmo, que se le figuraba que era yo mejor poeta
que Pepe Ruiz, el autor de _Hojas del rbol cadas--juguete del viento
son_. En su boca era mejor elogio que si me hubiera colocado por encima
de Homero.

Pero, como la roca Tarpeya est muy cerca del Capitolio, como dice, un
nmero s y otro no, cierto peridico de mi pueblo titulado _El
Centinela del Bollo_, estaba de Dios que no haba de gozar muchas horas
de la dicha con que amor y _gloria_ me inundaban. Compr todos los
peridicos de la maana, y en la mayor parte se daba cuenta de mi
lectura con frases muy laudatorias, aunque no tanto como yo hubiera
apetecido. Un poeta, en materia de elogios, jams dice en su fuero
interno: Basta. Pero, en fin, esto era natural que sucediese, y no fue
lo que turb mi felicidad. Recort los sueltos ms calurosos y los
guard en un sobre para drselos a Gloria aquella noche. Qu ajeno
estaba, cuando los meta en el bolsillo, de lo que iba a suceder!
Durante el almuerzo, la conversacin, claro est, vers sobre la velada.
Eduardito y Olriz daban pormenores a otros huspedes recientes, que,
enterados ya por los peridicos, me miraban con una curiosidad y respeto
que contribuan a inflarme.

Antes de concluir, Matildita vino a decirme al odo:

--Don Seferino, hay ah una mujer que pregunta por ust con mucha prisa.

Preguntele si la conoca, y me dijo que se le figuraba que era la misma
que alguna que otra vez me traa recaditos. Paca, dije para m, y sal
del comedor apresuradamente. En efecto, hall en el patio a la
cigarrera, quien avanz precipitadamente a mi encuentro, con la
fisonoma plida y descompuesta, diciendo:

--Seorito, se la yevan!

--Se la llevan? A quin?

--A quin ha de ser? A mi seorita!

Qued clavado al suelo.

--Adonde?--pregunt con un vago terror de algo extraordinario,
maravilloso, que la palidez de Paca me infunda.

--No s..., al convento me parese.

Mi terror disminuy al saber el caso concreto, y recobr la accin. Nada
nos deja tan paralizados como el miedo de lo que se ignora.

--Y cundo se la llevan?

--Ahora mismito. Hase poco fui a casa, como otras veses, y no vi a la
seorita. Me dijeron que estaba malita; pero yo, que guipo de lejos, no
lo cre. Aqu hay gato enserrao!, me dihe. La casa andaba un poco
revuelta, y o voses en el piso de arriba; pongo la oreja, y oigo gritar
a la seorita Gloria, isiendo: No voy, no voy as me hagan ustedes
peasos! Sierto son los toro, me dihe. Veo entrar a don Manuel, el
teneor de libros de la fbrica de la seora; luego sal..., vamo, que
no quise ver ms! Y sal escap a contrselo a su mers.

Me lanc a mi cuarto sin responderle, me puse el sombrero, cog el
revlver y lo met en el bolsillo, y sal a la calle, resuelto a impedir
el rapto de Gloria, aunque no saba por qu medio. Not que Paca corra
detrs de m. En un instante alcanc la calle de Argote de Molina. Al
divisar la casa de Gloria vi que un coche, parado delante de ella,
arrancaba hacia abajo, y que don Oscar, a la puerta, gesticulaba
violentamente haciendo seas al cochero. No me cupo duda alguna de que
dentro del coche iba Gloria prisionera.

Lanceme a toda carrera de mis piernas en su seguimiento. Al pasar por
delante, ense con rabia los puos, sin detenerme, al perverso enano,
que an segua a la puerta, como guardin misterioso de algn cuento de
_Las mil y una noches_. Como las calles son tan estrechas, los carruajes
no pueden correr en Sevilla, so pena de atropellar a los transentes.

Gracias a esto pude alcanzar pronto al que conduca a mi novia, y aun lo
hubiera pasado si me lo propusiera. Pero no me convena. Mientras
caminaba, mi cerebro reflexionaba acerca de aquel lance y combinaba el
plan de ataque nico a la sazn factible. Pens en coger las riendas al
caballo y detenerlo. Pero sobre ser esto un poco aventurado, porque el
cochero poda arrear y volcarme, se adelantaba poco en ello. Sin poder
ofrecer las pruebas, no era fcil que hiciese creer a la gente que
llevaban a una joven secuestrada. Imagin que sera mejor esperar a que
se detuviese a la puerta del convento y, al tiempo de apearse, impedir
la entrada en l y dar un escndalo, reunir gente en torno de nosotros y
llamar la atencin de la Polica.

As que el coche sali de la calle de Alemanes, como hay mayor espacio,
se puso al galope y le vi alejarse con dolor. Pero no me desanim.
Emprend otra vez la carrera furiosa, y cuando entr en la calle de la
Borceguinera tuvo que acortar el paso y le alcanc.

Seguile de cerca, y al entrar en la calle de San Jos me adelant y fui
a situarme delante del convento. No tard en llegar y pararse. Observ
que un individuo que estaba en el portal del colegio tir de la
campanilla y que la puerta se abri instantneamente. Del carruaje sali
un hombre que no conoc y cogi por las manos a mi Gloria, que vi
claramente haca esfuerzos por desasirse. De dentro la empujaron, y
salt tambin a la calle, y detrs de ella, don Manuel, el tenedor de
libros. No faltaba ms que un paso para meterla en el portal. Pero aquel
paso no pudieron darlo.

Con el coraje que cualquiera puede suponer me lanc a ellos, diciendo en
voz alta, casi a gritos:

--Alto! Adonde llevan ustedes a esa seorita?

--Seferino, slvame!--grit Gloria, tratando de acercarse a m y siendo
retenida fuertemente de un brazo por don Manuel.

--Y a usted qu le importa?--dijo ste con mirada y actitud agresivas,
pero en voz baja.

--Me importa mucho--repliqu en tono ms alto an--. Ustedes llevan a
esta joven secuestrada. Ustedes son unos secuestradores. Suelten ustedes
a esa joven, tunantes.

Algunos transentes ya haban acudido al escuchar mis voces.

--Vamos, aprtese usted--me dijo el hombre desconocido, tratando de
echarse sobre m.

Pero di un paso atrs y, sacando el revlver, grit:

--No pasarn ustedes, canallas, miserables! Suelten a esa joven que
llevan secuestrada...

En un instante se llen aquello de gente. Mis gritos eran horrendos.
Deseaba que el escndalo fuese gordo y viniese la Polica cuanto ms
pronto.

--Suelten ustedes a esa joven, secuestradores--prosegua yo, agitando el
revlver--. Para que ustedes la encierren en la prisin, tendrn que
pasar sobre mi cadver.

--No grite usted tanto, buen hombre--dijo el tenedor con rabioso acento.

--Ah! No quieren ustedes que se sepa?--exclam con voz campanuda de
cmico de la lengua--. Pues yo s! Quiero desenmascarar a los canallas.
No estamos ya en los tiempos en que se emparedaba a la gente. La
Inquisicin se ha suprimido en Espaa hace mucho tiempo.

Este recuerdo oportunsimo me capt la simpata de la gente. Tanto, que
cuando el acompaante desconocido del tenedor se arroj sobre m de
improviso y me sujet la mano con que empuaba el revlver, un hombre
del pueblo le sujet a la vez, diciendo:

--Aqu no se hacen canalladas! Deje usted que vengan los guardias.

Y hubo un murmullo de aprobacin en el corro.

Gloria se haba desprendido de las manos de don Manuel y haba corrido a
ponerse a mi lado. Cualquiera otra se hubiera desmayado ante aquella
escena; pero ella no estaba de ese humor. Agitada, furiosa, dijo en voz
alta:

--Dame el revlver, yo le mato!

Esta frase tuvo un gran xito. El coro la acogi con risas y muestras de
aprobacin. Uno exclam:

--Ol por la nia de sangre!

En esto lleg, desalada, Paca, se abri paso por entre el crculo de
curiosos y, dndose por enterada instantneamente de lo acaecido,
comenz a decir a grito herido:

--Eso! Eso! Estos desalmados quieren enchiquerar a la pobresita de mi
nia. La culpa no la tienen ellos, sino el fenmeno que est all en la
casa, que tiene pato con el demonio. No hay justisia en Seviya? Pa
cundo se deha la horca? Por unos cuantos reales, esos arrastraos hasen
de verdugos.

--Seora, mire usted lo que dice!--exclam, ya descompuesto, el
tenedor--. Nosotros traemos a esta joven por orden de su madre.

Un guardia se present en aquel momento. Todos nos dirigimos a l
explicndole el suceso, de modo que, como todos hablbamos a un tiempo,
imposible era que se hiciese cargo de l. Sin embargo, Paca, a fuerza de
chillidos, logr dejarse or. El guardia no quiso dar la razn a nadie y
nos orden que fusemos a la Inspeccin con l, y as lo hicimos,
seguidos de un buen golpe de gente. Mientras caminbamos, Paca iba
explicando el caso a la muchedumbre. Contaba la historia en estilo
pintoresco, y consigui poner de nuestra parte a todos los curiosos.

--La quieren empared pa comerse la guita, sabi ustedes? Mi seorita
es rica, y un enano que asota toas las noches a un Cristo, yo lo he
visto con estos oho!, se quiere engull los millones que le ha dejado mi
seorito. A la fuersa la quiere met monha ese perro; pero ella no
quiere, sabi ustedes? Le guta ese seorito, porque es un buen moso y
tiene buen aquel..., porque s, vamo!, y se casar con l, vaya si se
casar!, y le dar al roo enano pol tal. Que no vaya a la gloria si yo
mesma no le ayudo!...

Yo iba bastante avergonzado, y Gloria mucho ms, como puede suponerse.
Pero mi plan hasta entonces se desenvolva con buen xito, y esto
compensaba hasta cierto punto aquella molestia. Por fortuna, llegamos
pronto a la Inspeccin. All expuse con firmeza mi querella, apoyada por
Gloria, y reclam la intervencin del juez. Al mismo tiempo mand un
recado al conde del Padul por medio de Paca. El juez, a quien se avis,
tuvo la atencin de venir por tratarse de una seorita, y delante de l
volvimos, como ante el inspector, a exponer nuestro litigio. El tenedor
de libros tambin reclam. Yo ped, desde luego, el depsito de Gloria
en lugar adecuado, y el juez lo decret inmediatamente. Como nos
hallsemos deliberando sobre esto, presentronse Isabel y la ta
Etelvina, y sin ms dilaciones cogieron a Gloria y la hicieron montar en
un coche con ellas, llevndola a casa. El conde no haba podido venir a
causa de su indisposicin. En casa de l, como pariente y persona
caracterizada, qued, pues, depositada mi animosa Gloria.




XV

TROPIEZO DE NUEVO CON EL MALAGUEO


El escndalo fue grave y tuvo en Sevilla, con ser gran poblacin, mucha
resonancia. Los peridicos se apoderaron de l e hicieron comentarios
nada halageos para la familia de Gloria. El conde dirigi una carta a
su prima, donde corts, pero enrgicamente, le manifest que su sobrina
no saldra de su casa sino para el altar, y aconsejndole que
desistiera, por el buen nombre de ella y de la familia, de querer forzar
la voluntad de la joven. No s si a influjo de esta carta o por temor o
vergenza, doa Tula no dio un paso para reclamar a su hija. El odioso
enano, su director, tampoco.

Comenzaron para m das venturosos. El palacio de Padul se me abra a
todas horas y siempre hallaba en l grato recibimiento. Se me
consideraba ya como de la familia. Por las tardes, despus de almorzar,
me iba all, y sentado o montado en una silla (que a tanto llegaba mi
confianza), las vea coser o bordar y bromebamos con alegra. Gloria,
que se haba puesto de un humor delicioso y hasta creo que engord en
pocos das, gozaba en hacer jugarretas a todo el mundo, pero muy
particularmente a m. La casa, un poco sombra por el abandono del
conde, el humor ttrico de la ta Etelvina y el carcter dbil de
Isabel, haba cambiado notablemente de aspecto. Estaba ahora riente,
sonora, gozosa, merced al ambiente de franqueza y alegra que mi adorada
esparca en torno suyo. El conde paraba ms tiempo en casa. La ta
Etelvina, que acostumbraba pasar el da encerrada en su habitacin,
buscaba ahora la compaa de las jvenes, y a menudo su rostro de
piedra se contraa con una sonrisa al escuchar las salidas de la
huspeda. Hasta los criados servan con ms agrado y eran ms locuaces.

No dejaba de sorprenderme, sin embargo, aquella alegra y aturdimiento
de Gloria. Parecame que despus de las tristes ocurrencias pasadas, en
guerra abierta con su madre, con las miradas de la poblacin fijas en
ella, deba mostrar ms reserva y circunspeccin. Asaltbanme tristes
sospechas respecto a su carcter, y, reconociendo su irresistible
atractivo, acusbala interiormente de frvola y ligera. Estas dudas me
atormentaban, porque, al fin, pretenda hacerla mi esposa. Toda mi
felicidad poda venir a tierra si a mi esposa le faltaba un poco de
aplomo en el cerebro. Ser una mujer casquivana?, me preguntaba con
miedo. Y cada vez la observaba con ms atencin, interpretaba
escrupulosamente sus menores actos y palabras y me perda en un mar de
cavilaciones. Al cabo no pude menos de desahogarme. Un da le dije:

--Sabes que me sorprende que ests tan alegre estos das?

--Pues?--me pregunt, fijando en m sus grandes ojos aterciopelados.

--Porque... yo presuma--aqu comenc a vacilar y turbarme--que despus
de una escena tan desagradable como aquella..., teniendo que reir con
tu mam..., ibas a estar abatida, melanclica...

--Melanclica! Por qu?... Lo estara si me hubieran enchiquerado all
en el colegio... Pero ahora! Anda, hijo; pues si estoy como el pez en
el agua! No te veo todos los das? No me dices que me quieres? No
vamos a casarnos?

--Bien...; pero cre que sentiras a tu madre.

--A mam la quiero mucho; pero a ti te quiero retemuchsimo ms... No te
des tono, porque yo siempre he teno muy mal gusto. Mi primera pasin
fue un perro ratonero.

La verdad es que quien menos deba recriminar a Gloria por su alegra
era yo. Slo por una de esas aberraciones con que el sistema nervioso,
excitado, nos atormenta, poda hallar mal una conducta que era el
testimonio ms convincente del entraable amor que me profesaba.

Cambi de conversacin; pero al poco rato, acometida, sin duda, de una
sospecha, me dijo:

--Oye: por qu te extraa que est contenta?

--Por nada--respond, sonriendo, con un poco de vergenza.

--Ya!... T queras que hiciese un poco la comedia, verdad? Que
soltase algunas lagrimillas y me riese por dentro. Pues, hijo, si la
quieres as, busca otra... Yo no s llorar sin gana...

Procur disuadirla, riendo, de su fundada sospecha, y lo de corazn su
franqueza. Cmo pude hallar censurable aquella naturaleza espontnea,
sincera, rebosante de pasin y de alegra?

Pero las nieblas de la duda no se desvanecieron por completo en mi
espritu, harto suspicaz. Confesaba que Gloria tena un corazn honrado,
era una mujer sin dobleces y que me amaba de todas veras; pero... su
carcter ligero segua inspirndome algn temor. Hoy me quiere;
convenido--me deca--. Sera capaz de hacer por mi amor cualquier
sacrificio. Pero en una mujer de tan viva imaginacin, ser el amor
duradero? Podr resistir a la prosa continuada del matrimonio? No
habr miedo de que algn da esta vehemencia, este fuego, que es la
esencia de su carcter la despeen, tristemente para ella y para m,
sobre todo para m? Como ste era el fondo de mis cavilaciones aquellos
das, no es extrao que le sacase la conversacin a Villa. Una noche le
dije en el caf, hablando de las mujeres sevillanas:

--Amigo Villa, evidentemente estas mujeres son ms graciosas y
apasionadas que all en el Norte, tienen ms ingenio y saben querer de
verdad...; pero me temo que no hagan tan buenas esposas como amantes.

Quera tirarle de la lengua. Y lo consegu, con gran satisfaccin por mi
parte. El comandante hizo una defensa acabada y fogosa de la mujer
sevillana. Segn l, sta es viva y ardiente, pero no vanidosa, lo cual
suprime uno de los grandes incentivos, acaso el ms capital, que la
mujer tiene para caer. El fuego de su alma, al casarse, se convierte en
ternura y abnegacin. Exige que se la ame, no que se la adorne. El lujo
en Sevilla no fascina, como en otras partes, al sexo femenino, y es
porque la pobreza no se considera ridcula; la mantilla es una prenda
que las iguala a todas. Aqu no se siente la diferencia de clases. La
joven ms encopetada por su nacimiento y fortuna alterna de igual a
igual con otras muchachas que viven del modesto sueldo de su padre.
Luego, por la tradicin rabe quiz, la mujer casada vive casi siempre
retirada. No se concibe que frecuente con toda libertad, como en las
grandes capitales, los saraos, los teatros y paseos. El orgullo de la
esposa es ser amada por su marido. Si ste es una mijita calavera, se me
figura que le quiere ms. Dicen que hay en ella algo de odalisca
todava; pero con una mujer que no exige ms que se la acaricie
tiernamente al llegar a casa, la vida es muy fcil y muy dulce. Por lo
dems--termin diciendo el comandante--, esas mujeres de su pas, ms
vergonzosas, ms tmidas, ms circunspectas que las nuestras, acaso sean
ms peligrosas.

Call, porque no quise hacer injuria a las mujeres de mi pas; pero no
me pareci descaminada del todo aquella idea.

Isabel consigui que Gloria fuese alguna vez a la tertulia de las de
Anguita, hacia las cuales segua mostrando antipata. Imagino que vino
en ello por el gusto de demostrar su triunfo a Joaquinita, pues an no
se le haban desvanecido los celos por completo. Se haba abandonado el
patio por hacer ya demasiado fresco, y la reunin se traslad a un saln
contiguo. Los tertulianos, excepto el pequeo ncleo que ya conocemos,
variaban constantemente. Ahora asista casi diariamente una partida de
cinco o seis muchachos de Antequera, al parecer estudiantes, gente de
buen humor, socarrones y maleantes, que tramaban entre s mil _guasas_,
algunas de ellas de un color harto subido. Las de Anguita, como buitres
al olor de la carne fresca (perdn por este smil; pero mejor sera como
palomas al reclamo del cazador), acudieron a ellos, esperando hallar el
novio apetecido, y abandonaron as mismo al resto de los asistentes.
Ramoncita caminaba con cierta cautela, con la sonrisa en los labios y el
escepticismo en el corazn, dispuesta a dejar el campo al primer
contratiempo. Pepita, fiando siempre en su gracioso desenfado, rayano
del cinismo. Joaquinita persegua a uno de los antequeranos con
incansable bro, con una firme voluntad de hacerle suyo, digna, en
verdad, de admiracin. Dejbanse querer los estudiantes, y con afectado
ahnco, para ser sincero, las festejaban y hacan con ellas apartes
prolongados que colocaban en posiciones desairadas a los dems que all
asistamos. Comprend que sera ridculo tomrselo a mal.

Una de las _guasas_ de aquellos mozalbetes consista en presentarse los
martes siempre vestidos de rigurosa etiqueta, en forma y actitud
enteramente diversas del resto de la semana, haciendo profundas
reverencias al entrar, saludando a todos con gran ceremonia y llamando a
Ramoncita duquesa; a Joaquinita, condesa, y a Pepita, baronesa. Esto
causaba gran regocijo en la tertulia, no s por qu, sobre todo a las
nias de la casa, que aceptaban los ttulos. Durante la noche
representaban su papel como damas de teatro cursi. Al seor de Anguita
le llamaban el gran duque de Anguitoff, y el pobre viejo aceptaba,
riendo, el ttulo. Otra consista en mostrarse celosos los unos de los
otros y en obligar a sus respectivas damas a que declarasen en pblico
sus preferencias. Si uno de ellos, convenidos entre s anteriormente,
regalaba una flor a Joaquinita, el amante de esta exiga que la arrojase
al suelo y disimuladamente la pisase. El donante adoptaba un continente
lgubre y siniestro, y Joaquinita se asustaba, pensando que podra haber
reyerta al salir de la tertulia. A su vez, ellos procuraban introducir
la discordia entre las hermanas, dedicndose ora a una, ora a otra.
Venan los consiguientes los y desabrimientos, y en esto se divertan.

Pero lo que dio ms juego fue cierto aparato de proyeccin o linterna
mgica que uno de ellos compr para dar sesiones en la tertulia. Se
colocaba una cortina blanca en el fondo del saln, se hacan apagar
todas las luces (sola ser una) y comenzaba el experimento cuando todos
se haban colocado convenientemente al lado de alguna nia. En seguida
malici de lo que se trataba, y ms viendo que el que mostraba las
vistas era siempre distinto, sucedindose en esta tarea, que deba ser
la ms ingrata, por riguroso turno. Observ tambin que la noche en que,
previo anuncio, se daba sesin de linterna, la concurrencia era mucho
ms numerosa. El que estuvo a punto de echar a perder aquel sabroso
recreo fue el to de Elenita, que en lo ms interesante de l se puso a
gritar, indignado, que le haban dado un beso. Nunca pudo saberse quin
haba sido el desdichado agresor.

No quise decir nada a Gloria; pero procur con todas mis fuerzas que
dejase de ir a aquella casa. Algo contribuy tambin a hacrmela poco
grata la escena inverosmil que una de aquellas noches presenciara en
ella. Ha de saberse que el piano haba desaparecido del saln. Cuando se
not la falta, Pepita, con su habitual despreocupacin, nos dirigi el
siguiente discurso:

--Seores, el piano era de alquiler: nos costaba tres duros cada mes.
Como ya estarn ustedes enterados de que la casa de Anguita viene hace
tiempo en decadencia y se encuentra en el da bastante escasa de metales
preciosos, no extraarn ustedes que, con harto dolor de nuestro
corazn, porque somos muy artistas, hayamos tenido que prescindir de l.
Si a ustedes les acomodara que lo hubiese para bailar, con abrir una
suscripcin y pagarlo estaba todo resuelto.

--Que se abra esa suscripcin--dijo uno--. Yo doy dos pesetas.

--Que se abra... Yo no doy nada--dijo otro.

Pens que todo aquello era pura broma. As que mi estupor fue grande
cuando observ que, efectivamente, a presencia de todos, se recoga el
dinero. Me vi en la precisin de contribuir con un bolo de dos pesetas,
lo cual me llen de indignacin, no tanto por las dos pesetas cuanto por
lo indecoroso del acto.

Pero en aquellos das haba llegado el duque de Malagn, novio oficial
de Isabel, y a sta le gustaba exhibirlo en la tertulia. Era un
jovencito de veinte a veintids aos, delgado, moreno, completamente
insignificante. Enterado inmediatamente de que yo era el novio de Gloria
y la especial situacin en que nos hallbamos, me mostr simpata algo
pegajosa. Iba a buscarme para salir de paseo, tomaba caf conmigo y con
Villa y cuando salamos de casa de Padul, nunca dejaba de acompaarme
hasta la ma. Era bondadoso y simptico; pero tena el aturdimiento y la
petulancia de un adolescente. Todo lo zanjaba de golpe y porrazo; para
l no haba dificultades. Tan pronto me propona facilitarme medios para
marcharme con Gloria al extranjero, como hacer prender a don Oscar por
conspirador carlista o pagar a unos gaanes para que le rompiesen la
cabeza, etc. Sus proyectos eran siempre expeditivos y penables por el
Cdigo. Costbame trabajo sustraerme a sus importunidades, aunque le
agradeca el inters que tomaba por mis asuntos. Crea hallarse
enamorado de la condesita. Pronto comprend que estaba en un error. El
duque se casaba por hacer el hombre formal. Su novia le preocupaba menos
que las dos jacas francesas que le haban llegado recientemente. Le
placa que alabasen a Isabel, y se daba tono acompandola en el paseo y
bailando con ella todos los valses y rigodones que se tocaban en los
saraos del Alczar. Pero, cumplida la obligacin del _hombre formal_,
respiraba con libertad y me iba a buscar para jugar unas carambolas al
billar, en lo que, sin duda, se deleitaba mucho ms.

Villa andaba celoso de esta nueva amistad. Alguna vez me haba dicho,
con sonrisa forzada:

--Hombre, qu ntimos se han hecho usted y el duque en pocos das!

Yo alzaba los hombros con indiferencia y me rea de aquella amistad, que
supona debida exclusivamente al carcter infantil del duque. Trataba en
lo posible de no herir la susceptibilidad del comandante, pues bien se
me representaba que el pobre tena una espina clavada en el corazn. Su
rival, ignorando en absoluto que lo fuese (creo que si lo supiere sera
lo mismo), le hablaba con toda cordialidad y hasta le distingua mucho,
por la razn de ser hombre hecho y militar. En cambio, Villa haca
esfuerzos visibles por parecer amable con l, aunque sin conseguirlo ms
que a medias. Alguna vez se le tiene escapada sta y otras exclamaciones
semejantes:

--Cmo me carga este chiquillo! Parece mentira que usted le pueda
sufrir tanto tiempo!

Haba que perdonarle esta injusticia por lo que el pobre deba de
padecer. Hasta pocos das antes de la llegada del duque haba seguido
obsequiando a Isabel. Esta no dejaba de coquetear con l y alentarle,
cosa que nos tena sorprendidos lo mismo a Gloria que a m. Pero haca
ya algunos das que, desengaado tal vez, o por ventura para hacerse
interesante, se dedicaba a una de las de Enrquez, que, con ser amiga y
parienta de la condesita, le haba recibido con los brazos abiertos.

Entonces observ que sta procuraba atrarselo de nuevo, prodigndole
aquellas sonrisas cndidas y bellas de querubn con que le haba
enloquecido a l y a otros muchos. Le hablaba con singular agrado y, aun
delante del duque, le prodigaba atenciones que hubieran parecido mal a
cualquier novio menos aturdido que ste. El comandante quera mostrarse
insensible a este dulce reclamo, pero no poda. Veasele rojo,
tembloroso, cada vez que la condesita le llamaba para decirle algo. Era
curioso observar la lucha que dentro de aquel hombre sostenan el
entendimiento y el corazn. El primero le aconsejaba no apartarse de la
de Enrquez, no mirar a la condesita; el segundo le exiga adorarla de
rodillas, como siempre. Una noche, y tomando caf en la Britnica, me
dio una sorpresa. Estbamos los dos solos frente a la mesa. Notbale
distrado, preocupado, pero no triste. Sus ojos brillaban con un fuego
especial de malicia y triunfo. A veces, sus labios se contraan con leve
sonrisa inmotivada. Se conoca que deseaba hablar, desahogarse, y yo le
busqu pretexto para ello en cuanto lo advert. Le habl del duque y le
expres mi sospecha de que no estuviese verdaderamente enamorado de
Isabel.

--Al mismo tiempo--aad--, sabe usted lo que se me figura?... Que la
condesita tampoco le profesa un amor muy entraable...

La cara de beatitud que puso Villa al escuchar esta afirmacin en mi
boca, por poco me hace soltar la carcajada. Baj la vista sonriendo,
dej escapar tres o cuatro chicheos, revolvi el caf con la cucharilla,
ech un sorbo, poniendo los ojos en blanco, y despus de limpiarse los
labios con sosiego, con el sosiego del hombre fuerte que va a hacer
sentir en breve el peso de su valor, llev la mano al bolsillo interior
de la americana, y dijo, sacando una cartera, y de la cartera un
sobrecito:

--Entrese usted de lo enamorada que est Isabel del duque.

Dentro del sobrecito, que despeda perfume penetrante, haba una tarjeta
y algunas hojas de rosa. La tarjeta deca: Isabel de Montalvo, condesa
del Padul, con corona encima. Al respaldo se lea en letra diminuta,
pero clara: Lo prometido es deuda.

Volv a encerrarla en el sobre con las hojas y se la entregu, altamente
sorprendido, a Villa.

--Qu le parece a usted?--me dijo, guardndola en la cartera con aire
triunfal.

--Muy extrao! Usted se las haba pedido?...

--Nada ms que una, de la rosa que llevaba en el pecho anteayer, en casa
de Anguita... Y esta mujer se casa el ocho de diciembre!

Me espant del caso ms de lo que debiera, porque comprenda que con
ello le daba mucho gusto. La verdad es que la conducta de Isabel era
inexplicable; pero aquello no tena la extraordinaria importancia que
Villa le daba, mucho ms cuando en la tarjeta nada se deca que pudiera
alentar sus pretensiones. Consegu ponerle de un humor delicioso,
asegurndole que la condesita slo se casaba por presin de la familia o
por razones de conveniencia. Su corazn, indudablemente, estaba en otro
lado. Hasta le hice entrever un porvenir dichoso cuando hubiera por
medio un editor responsable. En aquel momento menta yo como un bellaco,
porque, en mi concepto, si Isabel no estaba enamorada del duque, por lo
menos lo pareca. A Villa tena la absoluta seguridad de que no le
amaba.

--Si yo mandase esta tarjeta al duque--dijo con profunda emocin--, la
boda quedara deshecha... Pero no lo har, porque soy hombre de honor.
De las mujeres me vengo de otro modo.

Convine con l en que era cierto que tena entre sus manos aquella
egregia boda, y aplaud calurosamente su nobleza. Esta ilusin de ser un
hombre de alma generosa y heroica acab de hacerle feliz. Mand por
cigarros habanos y me regal un puado de ellos.

       *       *       *       *       *

A la tertulia de Anguita segua asistiendo con bastante puntualidad mi
ex rival Daniel Surez. Desde la tarde aquella de la excursin a La
Palmera, en vez de aumentar su hostilidad hacia m, decreci
notablemente. Con buen acuerdo, sin duda, comprendi que la lucha era
imposible, y renunci a ella. Hasta me dio una explicacin cierta tarde
que me tropez en las Delicias y se emparej a pasear conmigo.

--Aunque a uzt le dizguzte, voy a pacear con uzt un ratiyo.

--Disgustarme! Por qu?

--Porque uzt me aborrece..., confizelo uzt...

--Pues, en efecto, no le tengo mayor simpata; bien lo sabe usted.

--Mientra hemos zido rivales, ez natural que zucediese... Pero ahora
que me ha vito uzt caer en la mizma cuna y por do vece recogo...!

No pude menos de sonrer. Comprend que tena razn. Habl con la mayor
franqueza de su posicin y record todos los pasos que haba dado para
agradar a Gloria, haciendo burla de s mismo con bastante gracia.

--Bazta de ezo... He eztao zacudiendo el rbol, y la naranja no ha
cao... Uzt no ha hecho m que tocarle y ze le ha veno a la boca...
Buen provecho le haga.

El triunfo me hizo generoso. En un momento olvid lo que aquel hombre me
haba hecho rabiar, y se borr mi antipata. Despus de la escena
violenta que dio por resultado la salida de Gloria de su casa, Surez me
dio la enhorabuena cordialmente y mostr inters porque aquel estado de
cosas durase lo menos posible y viniese la boda cuanto ms antes. Lo
mismo en casa de Anguita que cuando nos tropezbamos en la calle,
charlbamos como buenos y antiguos amigos; tanto, que una vez, que
confidencialmente reamos en un rincn, exclam Pepita, al cruzar por
nuestro lado:

--Tiene grasia! Hase poco queran ustedes matarse, y ahora...

--Y ahora noz estamo dando la lengua, verd, prenda?--replic Daniel
con su inveterado cinismo.

A Gloria le sorprenda un poco aquella repentina intimidad; pero no
haca gran caso de ella. En el fondo, el malagueo le era por completo
indiferente. Este convencimiento, que recab de mis observaciones, fue
lo que ms contribuy, como puede suponerse, a que se borrase mi
antipata. Daniel era un compaero malvolo, a quien no se poda
profesar estimacin, pero ameno. Su lenguaje, harto cnico, no dejaba de
tener gracia; su escepticismo despreciativo salpicaba con picantes
especias la conversacin. Tenerlo siempre al lado sera aburridsimo,
porque no hay nada que fatigue tanto como los hombres predispuestos a
burlarse de todo; pero de cuando en cuando sus murmuraciones, removiendo
las heces que todos tenemos en el alma, despertaban la alegra. A Villa
y al duque les caa en ms gracia que a m.

Cierta noche le tropec en el teatro. Hablamos en los entreactos y me
cit para irnos a beber a la salida unas caas. Gloria no asista al
teatro por ciertos miramientos bien comprensibles. Me encontraba libre,
y acept con gusto su oferta. Salimos, pues, juntos, y haciendo
comentarios sobre las actrices, bastante escandalosos por cierto,
dirigimos nuestros pasos a una tienda de montaeses que Surez conoca
en la plaza del Pan. Entramos, pasamos por en medio de varios
parroquianos y fuimos a sentarnos en un cuartito de la trastienda,
alumbrados por una lmpara de petrleo colgada de la pared.

El dueo, grande amigo de Daniel, nos sirvi por s mismo boquerones
fritos y japuta, ponindonos al lado un par de botellas de manzanilla.
Surez estaba muy contento, y coma y beba bravamente. No lo haca yo
mal tampoco. Las nias de Anguita y su original pap nos servan de tema
inagotable de conversacin. Pidiose otro par de botellas.

--Zabe uzt cmo llaman las monjas en mi pas a este pezcao?--me
pregunt mi compaero, cortando un trozo de japuta y llevndoselo a la
boca.

Le mir sin contestar:

--El pezcao del nombre feo.

Y dej escapar al mismo tiempo aquella risita equvoca, parecida a un
chillido nacido y apagado en la garganta y que era en l la suprema
explosin de alegra.

--Ya zabe uzt cmo ha de decirle a zu monjita que ha como
japuta--aadi.

Confieso que el sacar a cuento a mi novia me hizo malsima impresin. Me
content con sonrer levemente y trat en seguida de cambiar de tema.
Pero l insisti al cabo de un momento:

--Y cundo se caza uzt, compare?... Ezo huele ya a puchero de enfermo.

--No s cundo me casar ni si me casar--respond, bastante secamente.

--Todo ezo es mojama, amigo. Ahora que tiene uzt los dos milloncetes
en el borziyo, viene uzt con remilgos!

Sent aquella frase como un bofetn en la mejilla, y le dije, frunciendo
el entrecejo, en tono spero:

--Ruego a usted, Surez, que no siga en ese camino, porque vamos a
reir. No tolero bromas sobre tal asunto.

El malagueo volvi a rer, diciendo con proteccin:

--Vamo, no ze cre uzt bilis, ahora que est uzt en vzperas de ser
feliz.

--Nada, nada: lo dicho!--repliqu, con las mejillas encendidas ya y con
acento ms imperioso.

--A la zal de uzt y de zu gachona--dijo por toda contestacin,
sorbiendo una caa.

Cambiamos de conversacin, y volvi a reinar la alegra y cordialidad.
Bebimos el otro par de botellas. Not que cada vez hablbamos ms alto,
y sent en el rostro un calor extraordinario. El de Surez permaneca
tan sereno y cetrino como siempre. Slo sus ojuelos, siempre vivos,
parecan bailar ahora arrebatadamente. Dije que en aquel cuartucho haca
demasiado calor, y me levant para quitarme la americana, pero al
hacerlo observ que la habitacin se bamboleaba.

--Sabe usted que estoy un poco mareado?... El humo de los cigarros y el
calor que aqu hace... Quiere usted que salgamos a refrescarnos?

Daniel se levant a su vez; me prohibi pagar, porque tena all cuenta
abierta, y salimos a la calle. Bajamos a la de las Sierpes, nica donde
quedaban an ciertos residuos de animacin. Haba algunos cafs
abiertos. Al travs de los cristales veamos a los rezagados
parroquianos gesticular delante de las mesas, aunque ninguna palabra
llegaba a nuestros odos. La noche era esplndida, como casi todas las
de aquella venturosa regin. Estbamos a ltimos de octubre. Surez se
quejaba de que estaba un poco fresca. Para m, hombre del Norte, aquello
era una temperatura deliciosa, y no me sub siquiera el cuello de la
americana, como hizo mi compaero. Senta la cabeza caliente; me quit
el sombrero y camin con l en la mano. Surez me propuso dar una
vuelta por el muelle, y yo acced gustoso porque senta la necesidad de
despejarme.

Comenzamos a discutir sobre poltica con calor. Seguimos todo el paseo
de las Delicias, enteramente solitario a tales horas, y cuando nos
cansamos de caminar hacia abajo, dimos la vuelta por el muelle. En una
de las pocas pausas que hicimos, Daniel dijo de pronto:

--Diga uzt, amigo: zupongo que ahora podr enjabonarme las manos de
balde!

--Pues?

--Como uzt va a zer el dueo de una fbrica de jabones...!

--Ah, s!--exclam, sonriendo crispadamente.

No s por qu, aquella noche me molestaba de un modo horrible cualquiera
alusin a mis amores. Surez, o por imprevisin o por malicia, cometi
la falta de insistir:

--La barbiana vale mz que la fbrica, aun... para un andaluz. A uzt,
como ez gallego, le guztar ms la fbrica.

Sin aguardar ms, a mano vuelta, segn bamos caminando emparejados, le
dirig una tremenda bofetada, que le hizo caer sobre los vagones
estacionados sobre la va del muelle. Me pareci entonces que me haba
dicho la injuria ms atroz que a ningn ser humano puede dirigirse. Y,
no contento con esto, me arroj sobre l con rabia, dirigindole con los
golpes mil denuestos:

--Canalla! Granuja! To indecente!

Surez, repuesto un poco, me ech las manos al cuello, y comenzamos a
forcejear furiosamente. Los dos estbamos bastante cargados de alcohol;
pero yo era ms alto y ms fuerte. Pronto consegu separar las manos de
mi enemigo, que me opriman, y le abrum a mojicones. Mas, de repente,
vi brillar un arma en su mano, y casi al mismo tiempo sent hacia la
cadera como la impresin de un alfilerazo.

Me arroj de nuevo sobre l y le sujet la mano en que tena la navaja.

--Cobarde, suelta esa navaja!--le deca.

Y dbamos vueltas por el muelle, sin hacernos cargo de que estbamos a
la orilla del agua. En una de estas vueltas me fall un pie y ca al
ro, no sin arrastrar conmigo al malagueo. No le vi ms. La impresin
del agua fra apag la calentura de ambos. Solt las manos y el primer
pensamiento de los dos al salir a la superficie fue el de salvar
nuestras preciosas existencias. Cada cual nad por su lado.

Al ruido que habamos hecho habanse despertado algunos marineros que
dorman en los barcos anclados, y acudi tambin la pareja de
carabineros que estaba de vigilancia. Dironse voces de socorro;
prodjose el alboroto consiguiente. A m me sacaron en vilo dos
marineros que haban saltado en un bote. A Surez fueron a sacarle un
poco ms lejos, por las escaleras mismas del muelle.

Pero al poner el pie en el bote me encontr con que no poda mantenerme
derecho.

--Estoy herido--les dije--. Hganme el favor de llevarme a casa.

Subironme al muelle, y se vio que, en efecto, destilaba sangre por una
cadera. Entonces los carabineros prendieron a Surez, y uno de ellos le
condujo a la Inspeccin. A m me transportaron a la botica ms prxima;
se llam al boticario, que dorma; baj ste y examin la herida. Era
mayor de lo que yo pensaba. Me hizo la primera cura provisional y mand
que inmediatamente me trasladasen a la cama y se avisase al mdico.
Llevronme en una silla hasta casa. No fue pequeo el susto que all
hubo al verme entrar de aquel modo. Los huspedes se levantaron, y todos
se pusieron en movimiento para socorrerme. Matildita se hizo merecedora
de mi gratitud eterna por la actividad prodigiosa que despleg en
atenderme, a pesar de hallarse la pobrecita muy asustada.

Antes que el mdico forense y los otros que, por diferentes conductos,
haban sido llamados, vino el juez a tomarme declaracin. Procur hacer
con ella el menor dao posible a Surez. Dije que ramos amigos ntimos,
que habamos bebido ms de la cuenta y, disputando en el muelle por
cuestiones insignificantes, nos habamos pegado; que Surez haba sacado
una navaja para defenderse, porque yo era ms fuerte, y que me haba
precipitado sobre l, saliendo herido en el encuentro.

La conciencia me obligaba a hacer esta declaracin, pues yo le haba
agredido por leve motivo, teniendo en cuenta que hablaba en broma. Sin
embargo, ms adelante pens que bien podra haber sido preparada aquella
escena, porque el malagueo era hombre malintencionado y vengativo. En
el da en que esto escribo an no s si, en efecto, me llev al muelle
con objeto de buscarme camorra y herirme o matarme, o todo fue resultado
del manzanilla que tenamos entre pecho y espalda.

La herida, aunque bastante profunda, no haba interesado ningn rgano
importante. El nico peligro, segn el mdico, hubiera sido la
hemorragia; pero sta se cort, afortunadamente, por el bao imprevisto
de agua fra que me di. Sin embargo, me levant bastante fiebre y me
oblig a permanecer en cama nueve das. Al siguiente de mi percance
mand un recado por Villa a Gloria, participndole lo que me haba
sucedido. Por la tarde, ella, Isabel y el conde se presentaron de
improviso en mi cuarto. Tuve una alegra inmensa y ms cuando Isabel me
dijo en voz baja que Gloria haba tomado la iniciativa en aquella
visita.

Cuando entr estaba plida y tena los ojos hinchados de llorar.

Despus que me oy hablar, el susto dio paso a la indignacin. Rompi en
denuestos contra mi agresor:

--Qu cobarda! Qu vilesa! Herirte ese to de las patas tuertas!
Callaba, y despus de un rato volva a exclamar, con rabia:

--Atreverse ese to de las patas tuertas!...

Por lo visto, mi novia pensaba que el agravio habra sido menor si el
adversario hubiera tenido las piernas derechas.

El conde, viendo mi estado relativamente satisfactorio, se opuso a que
se telegrafiase a mi padre, para no alarmarle.

Y, en efecto, a los nueve das pude levantarme, y cuatro despus salir a
la calle y terminar, como se dir en el captulo siguiente, la aventura
amorosa que constituye el fondo de esta verdica narracin.




XVI

EN QU PAR LA HERMANA SAN SULPICIO


Pensando en los medios de unirme pronto a Gloria, antes del suceso que
acabo de narrar se me haba ocurrido una transaccin con el maldito
enano. Como yo tena la certidumbre de que ste era el nico causante de
nuestros males y sospechaba que la razn de oponerse a nuestro
casamiento y el empeo de hacer monja a Gloria estribaban en el inters,
imagin que podamos llegar a un acuerdo. Verdad que acaso pudiera
alcanzar la meta de mis deseos sin necesidad de componendas, porque la
actitud, pasiva hasta entonces, de doa Tula lo haca verosmil. Pero
quin me aseguraba que de la noche a la maana no cambiasen totalmente
las cosas? Aunque no pudieran encerrar a Gloria en el convento contra su
voluntad, porque las autoridades estaban ya sobre aviso, al matrimonio
poda oponerse la madre mientras no fuese mayor de edad. Ahora se
encontraban, lo mismo ella que don Oscar, amedrentados por la escena
escandalosa de la puerta del convento y por la actitud firme del conde
del Padul, que inspiraba general temor por su posicin y carcter. Mas,
si llegaban a vencer este miedo, lo mismo del conde que de la opinin
pblica, volvera a encontrarse en grave aprieto. Aunque no consiguiesen
otra cosa que aplazar el matrimonio, ya era bastante para mi anhelo, que
cada da iba siendo mayor. Adems, en esta dilacin haba peligro.
Gloria era muy celosa, y cualquier insignificante pretexto poda
levantar una reyerta como la de marras y dar al traste con mi felicidad.
Sin contar con los acontecimientos imprevistos a que todos nos hallamos
sujetos, y ms los que esperan con afn cualquier bienandanza.

Pesaban estas consideraciones de tal modo en mi nimo, que me vino la
idea de abandonar en las garras de don Oscar, como precioso velln, la
mitad de la dote de Gloria, con tal de unirme pronto a ella y obtener la
otra mitad. Confieso que este proyecto dur poco tiempo en la cabeza.
La mitad de la dote! Cincuenta mil duros! La idea de desprenderme (los
conservaba ya como mos) de esta cantidad exorbitante de duros me
produjo tal desasosiego que la abandon presto por insensata. Y de un
golpe rebaj la cifra a la mitad. Si la dejaba de los dos millones
veinticinco mil duros, bien poda darse por contento y facilitarme todos
los medios para que el cura nos bendijese cuanto ms antes. Pero, aunque
dur mucho ms, tampoco este arreglo consigui echar hondas races en mi
espritu acongojado. Veinticinco mil duros tampoco son un grano de ans.
Poname a considerar la renta que de esta cantidad, bien administrada,
se poda obtener, y me aturda. Colocadas all, en Bollo, con buenas
hipotecas, podan dar cuarenta mil reales al ao, sin manchar la
conciencia.

Volv a rebajar la mitad. Me pareca que doce mil duritos no eran de
despreciar por quien nada tena que ver con ellos, mxime cuando no se
le compraba ningn servicio extraordinario, sino tan solo que se callase
y dejase hacer. Para no volverme atrs de este propsito, habl del
asunto al conde. Si tuviera mucho tiempo para rumiarlo, es casi seguro
que concluira por vacilar y arrepentirme; me conozco bien. No le dije a
don Jenaro mi plan concreto; le habl nicamente, en trminos vagos, de
convenio amistoso con la madre de Gloria, para lo cual no tena
inconveniente en ceder _algunos de mis derechos_.

Hall razonable mi pensamiento, y me prometi entender en el negocio y
llevarlo a feliz remate. Pero ya saba yo, por experiencia, lo que eran
las promesas del conde. Lo que no se refiriese directa o indirectamente
a sus placeres, le interesaba tan poco que poda esperarse sentado a que
diera los pasos necesarios. Y as sucedi, como tema. Pasbanse los
das, y nada me comunicaba de sus gestiones.

Yo no le hablaba de ello, porque tema impacientarle, y no me convena
por ningn concepto ponerme mal con l. Al cabo, al entrar un da en su
casa, exclam, como enfadado consigo mismo:

--Caramba! Siempre se me olvida que tengo que ir a casa de mi prima
Tula!... Pero no tenga usted cuidado, que de maana no pasa...

Transcurra el da siguiente, y otro despus, y otro, y otro, sin que el
viejo calavera se acordase de mi asunto ms que de la muerte. Imagino
que hubiera tenido toda la vida a Gloria en casa sin inconveniente mejor
que molestarse en buscar solucin a aquel conflicto. Isabel se
mortificaba viendo mi impaciencia; pero tampoco se atreva a insistir
mucho con su padre, por temor a uno de esos movimientos de feroz desdn
con que zanjaba todas las dificultades cuando le apuraban. En fin: que
comprend que deba tomar yo mismo la iniciativa y buscar aparejo para
salir de aquella situacin molesta. Decidime a dirigir una carta a doa
Tula, sin advertrselo a Gloria. Tema que su orgullo me obligara a
desistir. Despus de tres o cuatro borradores, escrib una carta
habilsima (dispnsenme la inmodestia), ni humilde ni altiva, clara,
correcta y metdica. Como que, ms que a doa Tula, iba dirigida al
enano sinptico, que era seguramente quien habra de contestarla.

Y bien conoc su estilo en la que, a los tres a cuatro das, recib de
mi futura suegra. Era un modelo de epstolas razonadas, metdicas y
hasta simtricas. Principiaba dividiendo la ma en tres grandes
secciones. En la primera se comprenda lo referente al supuesto
propsito de hacer monja a Gloria contra su voluntad, de que yo
hablaba; en la segunda entraba el permiso para contraer matrimonio; en
la tercera, todo lo relativo a intereses, y la posibilidad de una
entrevista y convenio amistoso. Estos tres captulos los subdivida doa
Tula, o, lo que es igual, el enano, en varios prrafos, igualmente
numerados. Las palabras subrayadas, y haba bastantes, lo estaban con
tiralneas.

De todo esto saqu en limpio que, con el escndalo y la perspectiva de
matrimonio, estaban bastante ms blandos. Al punto de la entrevista, que
era, sin duda, el ms interesante, me responda que estaba dispuesta a
concedrmela, con tal que fuese solo. A la hija ingrata y desobediente
no quera verla ms en casa. Adems, haba de ser a presencia de don
Oscar. No tuve inconveniente en suscribir estas condiciones, que ya de
antemano presuma. Qued citado para el da siguiente, a las ocho de la
noche.

Aquella tarde di conocimiento a Gloria de mi intriga. Al pronto se
enfad y me llam hipcrita y pastelero, rechazando con energa toda
idea de concierto con quien tan inicuamente se haba portado con ella.
La dej desahogarse, como sola hacer en estos casos, y a los pocos
momentos ella misma volvi sobre s, sin costarme palabra alguna,
aplacando su enojo y suavizando bastante la aspereza de sus conceptos.
Cuando, al fin, le dije:

--Hay que considerar que es tu madre, y con una madre no hay humillacin
posible.

La vi enternecerse; los ojos se le arrasaron de lgrimas, y exclam,
queriendo reprimir los sollozos con un esfuerzo:

--A mi madre la quiero con toda mi alma, y la perdono... Est
embaucada... Si no lo estuviera, no hara conmigo lo que ha hecho...
Pero a ese to brujo, que ha de arder en los infiernos, nadie le corta
el pescuezo ms que yo!

Y, detrs de las lgrimas, brillaron sus ojos africanos con un fulgor
siniestro, que haca verosmil la promesa.

Todo el da siguiente lo pas concertando mi plan diplomtico de ataque.
Deba aprovechar aquella repentina blandura, ocasionada por los ltimos
sucesos, para arrancar de doa Tula y su director todas las ventajas
posibles o, mejor dicho, que no me arrancasen a m las que de derecho me
correspondan. Prepar mi discurso de introduccin y las respuestas que
haba de dar a las objeciones que, en mi concepto, podan hacerme.
Repetime ms de cien veces que lo ms esencial en la prxima conferencia
era no alterarse bajo ningn pretexto, escuchar con absoluta calma
cualquier impertinencia y obligarlos por la astucia a ceder y transigir
en lo que me importaba. No haba necesidad de tantas interiores
recomendaciones, porque la Naturaleza me ha hecho bastante diplomtico.
El espritu dctil y fijo de mi raza nunca se ha desmentido en los actos
trascendentales en que me he visto precisado a intervenir.

Cuando llegaron las siete y media de la noche, me vest aquella famosa
larga levita que tanto odiaba Gloria, pero que juzgu muy del caso en
estas circunstancias. Pseme el sombrero de copa alta y una chalina
severa de raso negro, y metindome los guantes sal de casa y me dirig
con todo el aspecto de un embajador a la morada de mi futura suegra. Fui
retardando el paso, para llegar a la puerta a las ocho en punto; ni un
minuto ms ni uno menos. La criada que sali a abrirme, y que me conoca
del tiempo en que yo era dependiente de la casa, me acogi con alegra y
quiso entablar conversacin; pero la cort con un gesto grave,
preguntndole con toda solemnidad por _la seora doa Gertrudis Osorio,
viuda de Bermdez_.

-S, seorito..., le est a usted esperando.

Y me introdujo en aquella sala discreta, misteriosa, donde tantas noches
haba resonado el leve murmullo de mi charla amorosa con Gloria. Mir
otra vez con enternecimiento el alfizar de aquella ventana en que mi
adorada se sentaba; pero al instante volv en mi acuerdo, juzgando que
no era hora de enternecerse ni pensar en nieras, sino de aguzar el
ingenio y dar gallarda muestra de ser tan buen dialctico como poeta.

Sobre la consola ardan dos quinqus con sendas pantallas, que no les
permitan alumbrar ms que el suelo, dejando envuelto en media luz y muy
tenue el resto de la habitacin. Al poco rato de estar all sent el
taconeo de unos pasos, y doa Tula y don Oscar llegaron al mismo tiempo
a la puerta. ste se hizo a un lado y dej pasar respetuosamente a
aqulla, siguindola y empujando la puerta tras s, con objeto sin duda,
de no ser escuchados por la servidumbre. Hice dos profundas y
consecutivas reverencias a uno y a otro, que me haba ensayado al
espejo: los pies juntos, el rostro grave y majestuoso. Saba cunto
influye el aparato de las formas para imponer respeto, y pude notar en
seguida que mis cortesanos saludos haban hecho su efecto. Don Oscar se
inclin tambin gravemente, y doa Tula, bastante confusa, me pregunt
por la salud y me invit a sentarme. Despus que los tres lo hicimos:
doa Tula en el sof, a guisa de presidente; don Oscar y yo en los
sillones de los lados, principi, en tono mesurado, mi aprendida
peroracin.

Las primeras palabras de ella fueron dirigidas a dar las gracias a la
seora por la cortesa que usaba recibindome en su casa. Tuve ocasin,
a este propsito, de deslizar algunas lisonjas que le supieron a almbar
a mi futura mam, como luego pude conocer.

Entrando despus en el asunto, me mostr enteramente seguro de casarme
con Gloria. Lo di como cosa indiscutible. Para dar fuerza a estas
afirmaciones, hice presente que aquella cumplira los veinte aos dentro
de seis meses, que con tres ms que la ley exige para esperar el consejo
paterno, sumaban nueve. A los nueve meses, pues, nos hallbamos en
libertad de unirnos. Pero... (aqu baj los ojos y me abr de brazos con
ademn tan modesto, tan compungido, que lo envidiara un gran actor);
pero yo senta tal dolor en llevar a cabo aquel matrimonio contra la
voluntad de la madre de la que iba a ser mi esposa, una seora que por
tantos conceptos era merecedora a nuestra veneracin y cario (golpe de
incensario en este punto), que tema no hallarme con valor para
realizarlo. Hice gala de mis sentimientos honrados, de mi profundo
respeto a los lazos sagrados de la familia. Protest de que primero que
consentir que Gloria faltase a la obediencia y sumisin que a su madre
deba, sera preferible para m renunciar a su mano. Al llegar aqu
manifest que traa de ella encargo expreso de pedirle humildemente
perdn. No vena en persona a pedirlo por el temor de no ser recibida.
(Si Gloria hubiese escuchado esta parte de mi discurso, de seguro que me
araa.)

Pas luego a la cuestin de intereses, y aparec generoso, desprendido.
Este asunto, para m, era muy secundario. Aunque no poda llamarme rico,
como era hijo nico tena ms que suficiente para vivir con modestia. La
fortuna de Gloria no me interesaba mucho. Saba que estaba perfectamente
administrada, y tal seguridad me obligaba a mostrarme indiferente y
descuidado respecto de ella. Esta fue la parte del discurso que peor
dije. Era la menos sentida.

Cuando termin, doa Tula se apresur a manifestarme, con su vocecita
dulce, que no me guardaba ningn rencor, que le pareca una persona muy
decente, y que lo nico que senta era que hubiese tenido la desgracia
de enamorarme de su hija. La mir con sorpresa, y eso que vena resuelto
a no asombrarme de nada, y respond que, lejos de considerar como una
desgracia el haber tropezado con Gloria, lo tena a gran ventura, y me
crea obligado por ello a dar gracias a la Providencia, sobre todo el
da que nuestra unin se realizase. Mirome fijamente, con ojos
compasivos, la diminuta seora.

--Cree usted de verdad que le har feliz mi hija Gloria?

--Por qu no, seora?

--Mucho le agradezco esa buena opinin que tiene de mi nia. Los padres
gozamos tanto cuando omos elogiar a los hijos de nuestro corazn!...
Pobresito! Se conoce que tiene usted buenos sentimientos. No es
verdad, don Oscar, que nuestro amigo Sanjurjo tiene un alma muy buena?

Aquellas reticencias respecto a Gloria, con que no contaba, me
molestaron ms an que el discurso de don Oscar, que se apresur a tomar
la palabra, diciendo:

--No estoy conforme con casi nada de lo que acaba de decirnos este
caballerito. Ha hablado bastante, y a pesar de traerlo aprendido de
memoria, he observado mucha confusin y mucho desorden en su perorata.
Ha pronunciado frases, muchas frases; pero ideas razonables y serias he
hallado muy pocas. En primer lugar, este caballerito nos habla de su
matrimonio con la desdichada hija de doa Tula como de cosa resuelta y
juzgada, sin tener en cuenta que su madre puede reclamarla al instante y
hacerse cargo de ella en tanto no cumpla los veinte aos. Para entonces,
quin sabe si se habrn modificado sus ideas? Despus de esta
afirmacin, que considero atrevida y un poco desvergonzada, nos habla de
sus sentimientos honrados, de su respeto a la autoridad paterna y de
otra porcin de cosas por el estilo, que son en su boca risibles. El que
ha entrado en esta casa usurpando un nombre para mejor engaarnos; el
que se ha vendido por amigo y dependiente de la casa para seducir a la
hija de su dueo; el que ha tenido la osada de oponerse con el revlver
en la mano a que se cumpliese la voluntad de una madre, produciendo un
escndalo en la calle, no debe venir hablndonos de sus sentimientos,
porque ya los conocemos bien. Este caballerito ha visto una joven que le
han dicho que es rica y hurfana, y ha abierto el ojo. Quiere a todo
trance hacer fortuna, y no repara en llevar la discordia y la desolacin
a una familia. Le prevengo, sin embargo, que todava no ha cado en sus
manos. Si esta excelente seora quiere seguir mi consejo, no slo no
conceder el perdn a su desobediente hija, sino que maana mismo la
reclamar. Veremos si, a pesar de la proteccin de su magnate (que ms
le valiera atenderse a s mismo), no se cumplen las leyes.

La voz cavernosa del enano, poblando de sones speros y profundos la
estancia, reson todava despus de haber callado. Sus piernas, que no
llegaban al suelo, se movan como pndulos; sus enormes bigotes,
proyectados por la luz en la pared, parecan dos grandes colas de zorro.

--Me parece, don Oscar--profiri doa Tula con su vocecita aguda--, que
ha tratado usted demasiado mal a nuestro amigo Sanjurjo... Este bendito
seor es tan severo!--dirigindose a m con una mirada falsa--.
Pobresito! No se disguste usted demasiado, que todo se ha de arreglar
con la ayuda de Dios Nuestro Seor.

--Doa Tula, aqu no hay severidad--replic el enano--. Lo que he dicho
del seor es lo que, dado su proceder, me parece justo.

--Bien, don Oscar, bien...; pero hgase cargo de que es muy joven y no
es bueno aturdirle. La juventud no reflexiona.

--Lo dicho, dicho, doa Tula.

Se me figuraba estar escuchando esos juegos en que los organistas se
entretienen, a veces, soltando alternativamente los registros ms agudos
y ms graves del rgano.

No me descompuse en manera alguna por los insultos del enano. Los haba
previsto y tena formado mi plan para responder a ellos.

Despus de un breve silencio comenc diciendo, sin dirigirme a l--como
l haba hecho conmigo--, que senta en el alma haber incurrido en el
desagrado de una pareja tan discreta, tan ilustrada...--golpe de bombo
aqu--. Que, en efecto, haba entrado en la casa por medio de un
subterfugio, impulsado a ello por la esperanza de hacerme simptico a la
mam de Gloria...

--No lo ha conseguido usted--interrumpi groseramente don Oscar.

--Lo siento mucho, pero mi intencin era buena--dije, echando una mirada
a doa Tula, que baj la suya, ms por sumisin al terrible enano que
por hacerme agravio. Eso me pareci al menos.

Respecto a lo que haba afirmado acerca de mis sentimientos y los
mviles que me haban impulsado para dirigir mis obsequios a Gloria,
insist con firmeza en lo que haba dicho, pero sin alterarme. Cont
sencillamente cmo haba sido nuestro conocimiento y cmo la haba amado
sin saber si era rica o pobre, incitado, ms que por nada, por su
carcter franco y abierto y por la bondad de su corazn...

Aqu doa Tula dej escapar una risita irnica, y el enano sacudi su
cabeza de tal modo que las colas de zorro dieron varios paseos por la
pared en un segundo.

Dej adrede, para lo ltimo, la cuestin del casamiento.

--Es cierto--dije--que la seora puede impedir nuestra unin mientras no
cumpla su hija los veinte aos...; pero--aad, sonriendo--eso de exigir
que vuelva a su poder traera tal vez algunos inconvenientes, sobre todo
para el seor. Hay en el Juzgado una querella suscrita por Gloria, a la
que no se ha dado curso hasta ahora por mi intervencin. Se da cuenta a
la autoridad de cmo ha sido violentada para entrar en el convento y ha
tenido que sufrir malos tratamientos de una persona que no puede invocar
derecho alguno sobre ella... Como la persona aludida es aqu, el seor,
en el momento en que se d curso a la queja el juez vendr a averiguar
no slo lo que ha pasado, sino cul es el verdadero papel que el seor
desempea en esta casa. Y deplorara que esto se realizase, por tratarse
de un sujeto a quien debo muchas atenciones...

--No debe usted nada--interrumpi el enano con mal humor--. Me tiene sin
cuidado que el juez entre en averiguaciones, de las cuales no puede
resultar nada, absolutamente nada.

A pesar del acento desdeoso de don Oscar, observ que manifestaba en el
rostro seales de inquietud. Despus de haber callado, sus bigotes se
estremecan con leve temblor, que era ms visible en la pared.

--Salvo siempre su autorizada opinin--dije sin abandonar mi sonrisa
impertinente--, me parece que tal afirmacin es un poco prematura, sobre
todo teniendo en cuenta que el seor no sabe los testigos y las pruebas
que el juez ha de examinar.

--Calumnias y falsedades sern!--grit el enano, ya enteramente
descompuesto.

Yo me limit a alzar los hombros con afectada indiferencia.

Todava se desahog un instante y protest violentamente del poco
cuidado que le inspiraba la Justicia teniendo la conciencia limpia; pero
la pldora iba haciendo su efecto. No tard en conocerlo por el sesgo
ms suave y amical que tom la conversacin. Aunque no abandon las
formas severas, un tanto agrias, que le caracterizaban, ya no volvi a
insultarme. Excusado es decir que le facilit cuanto pude el camino,
barrindoselo cuidadosamente para que mejor se deslizase. Antes de un
cuarto de hora se dio como hecho nuestro matrimonio, y discutamos
amigablemente las condiciones en que deba efectuarse. Doa Tula me
miraba fijamente, con ojos compasivos, mientras el enano y yo
arreglbamos el asunto. Confieso que aquella extempornea compasin me
desconcertaba ms que lo haban hecho las expresiones de su amigo. Se
convino en que el casamiento se realizara con el permiso escrito de
doa Tula, pero fuera de la casa y sin que Gloria se presentase en ella
ni antes ni despus de casada.

La mam manifest que aquella prueba de severidad era para ella tan
dura, que tema no poder resistirla; pero como _aquel bendito seor_,
que tanto saba del mundo, crea que deba darla, se conformaba con
mucho dolor de su corazn, porque los hijos..., ah los hijos! Ya
sabr ust cmo se los quiere! Me compromet tambin a no pedir cuenta
de su administracin a la seora, a cobrar las rentas de tres casas que
su difunto marido tena en Crdoba y a dejar la fbrica en poder de don
Oscar, que la haba hecho prosperar extremadamente. Al fin de cada ao
me dara cuenta del balance y me entregara las dos terceras partes de
los rendimientos, dado que la otra tercera parte correspondera a la
madre por los aumentos hechos mientras estuvo en su poder.

A todo ello acced de buen grado, y me mostr en el resto de la
conferencia, que dur hasta cerca de las once, amable, generoso y de una
flexibilidad que no quiero decir en qu rayaba. Sal de la casa en
extremo satisfecho. Don Oscar me despidi con gravedad corts a la
puerta. Mi futura mam, sin dejar de mostrarse compasiva, me dirigi
algunas zalameras, como la de decirme que tena un corazn de oro, y
que si algn da perdonaba a su hija, sera ms por consideracin a m
que a ella. Tanto como el resultado satisfactorio de aquella pltica me
halagaba la habilidad diplomtica que crea haber desplegado durante
ella. Ni Metternich ni Bismarck quedaron jams tan contentos de s
mismos como yo en aquella ocasin.

Una cosa debo decir, y es que acab de encajar en mi cerebro la opinin
que haca algn tiempo se haba insinuado respecto a don Oscar. Me
convenc de que ste era un ente ridculo y cargante, pero no el ser
misterioso y terrible que al principio de conocerle me haba forjado.
Hasta le reconoca algunas cualidades de formalidad y buen sentido, que
le hacan estimable en cierta medida. La que continuaba envuelta en el
misterio era mi futura suegra. Haba en su carcter algo indefinible que
despertaba recelos. En alas de la imaginacin poda llegar a sospecharse
en aquella figura menuda y plida, sonriente y compasiva, un carcter de
tragedia. Sin embargo, hasta la fecha no he tenido ocasin de comprobar
esta idea, que alguna vez surgi en mi fantasa.

Voy a abreviar. Estas memorias se van haciendo ya pesadas.

De la escena anterior cont a Gloria lo que me pareci, que, como debe
inferirse, fue lo que no poda molestarla. Para que no le sorprendiese
que su madre no quisiera recibirla en casa ni verla despus de aquella
entrevista, al parecer amistosa, le dije con la mayor desfachatez que
me haba negado a pedir perdn, por considerar que no haba existido
falta alguna.

Fijamos el matrimonio para quince das despus. Hicimos a toda prisa los
indispensables preparativos. Estuve en casa de doa Tula otras dos veces
para ultimar la cuestin de papeles. El prebendado don Cosme de la
Puente sac dispensa de las proclamas y bendijo nuestra unin en la
capilla del palacio del Padul, siendo madrina Isabel y padrino mi buen
padre, que lleg a Sevilla tres das antes con ese objeto. No se invit
a la ceremonia a ms de una docena de personas. Sin embargo, las de
Anguita se arreglaron para ser incluidas en esta docena.

       *       *       *       *       *

Mi Gloria estaba hermosa, radiante de gracia y de dicha. Ni por un
instante advert en ella algunas de esas vacilaciones o enternecimientos
extemporneos con que las nias suelen demostrar su sensibilidad en
tales casos.

En sus ojos, serenos y brillantes, no se lea ms que la alegra y el
triunfo del amor. Quiz por esto Joaquinita, mientras tombamos el
chocolate a la mesa del conde, se acerc a ella con fisonoma atribulada
para decirle medio llorando:

--Ay, hija, cunto la compadezco a usted en este momento! Qu triste
debe de ser casarse sin tener junto a s a una madre!

--Ms triste es no casarse--respondi secamente mi esposa, con una
intencin que hizo subir los colores al rostro de la imprudente.

Cuando nos hubimos desayunado se fue arriba a cambiar de traje, pues nos
marchbamos a Madrid en el tren correo, que sale a las diez. Fueron a
despedirnos a la estacin todos los asistentes a la ceremonia. Mi mujer
dio la mano a todo el mundo, pero no abraz ms que a Isabel y a otra
persona... A que no saben ustedes cul? A Paca, a la buena y valiente
cigarrera, que tanto haba contribuido a nuestra dicha.

Yo me desped con verdadera emocin de mis amigos, sobre todo de Villa,
de Matildita, que haba ido a la estacin la pobrecita a despedirme con
su hermano, y del duque de Malagn. Este muchacho, a pesar de su
ligereza y de las tonteras que sus pocos aos le obligaban a cometer,
era tan afectuoso, que haba llegado a quererle de veras. Su casamiento
deba realizarse pocos das despus. Quedamos citados para Pars, adonde
yo pensaba dirigirme.

Nuestro viaje no tuvo incidente alguno, fuera de esos pormenores propios
del caso, que tantas veces los novelistas han contado. Yo ni quiero ni
puedo hacerlo. Hasta Madrid, donde nos dej, las canas de mi anciano
padre imponan a nuestras relaciones un sello tan casto y tan dulce a la
vez, que es fcil no vuelva a sentir felicidad tan pura como entonces.
Me detuve en Madrid quince das, y aunque no me apartaba casi nunca de
mi esposa, como era natural, tuve ocasin para dejarla en la fonda una
noche charlando con otra huspeda y me fui a saludar a mis amigos, los
poetas dramticos del Oriental. Recibironme con una indiferencia que me
hel el corazn. Verdad es que en el momento que yo me acerqu a la mesa
discutan con calor si una pieza de un compaero estrenada en Martn la
noche anterior dara entradas o no; sera un xito metlico, como
deca grficamente uno, o simplemente literario. Cuando termin la
disputa, al cabo, se fijaron un poco ms en m. Les hizo mucha gracia el
que me hubiese casado, no s por qu, y se rieron a mi costa un rato.
Uno de ellos me dijo, con semblante risueo y protector:

--Bien, amigo Sanjurjo; le doy a usted la enhorabuena. Todos le deseamos
muchas felicidades y que no tarde usted en volver en comisin, con otros
diputados provinciales, a gestionar la rebaja de la tarifa de Consumos.

--Y que sea usted pronto de la Comisin permanente--dijo otro.

--Y a ver si me echa usted a presidio a alguno del bando contrario.

--Yo creo que Sanjurjo es hombre de ambicin y ha de llegar a ser de la
Comisin de Actas del Congreso.

Vamos, que aquellos jvenes autores me estaban tomando el pelo. Sal de
mal humor del caf. Pero al regresar a la fonda y encontrarme con Gloria
recobr de pronto la alegra y no pude menos de decirme riendo:

En medio de todo, no deja de ser chistoso que esos desharrapados me
compadezcan por haberme casado con este lucero de la maana y tener dos
millones ms en el bolsillo!

Uno de ellos llevaba dos dedos de grasa en el cuello del gabn; a otro
le faltaban los botones; otro no gastaba puos en la camisa. Y todos,
absolutamente todos, tenan los pantalones deshilachados. Me los
representaba en su domicilio durmiendo en un catre con chinches,
comiendo albondiguillas como perdigones en salsa viscosa y pelendose
con la patrona por inexactitud en el reintegro de sus haberes; y admir
y bendije la providencia de Dios, que a los que priva de medios de
dicha, provee tan largamente de imaginacin.

Mi mujer, al revs de muchas provincianas que juzgan rebajada su
dignidad si se asombran o admiran de algo al entrar en la capital, se
admiraba y entusiasmaba con todo lo que vea. El paseo de coches del
Retiro, los suntuosos escaparates, los grandes edificios, el lujo del
teatro Real, la hacan prorrumpir en exclamaciones de placer y de
asombro. El teatro, sobre todo, la seduca. No slo gozaba en las peras
cantadas por los primeros artistas y representadas con un lujo que ella
no haba soado, sino que tanto, y aun sospecho que ms, le placan las
piezas en uno o dos actos que se hacan en los teatros por horas. Se
desternillaba de risa con los chistes y los gestos de los actores. Como
casi todas las andaluzas, tena muy afinado el sentido de lo cmico.

Otra cosa que le gustaba muchsimo era almorzar en los restaurantes. Eso
de entrar cada da en sitio distinto, sentarnos a una mesa entre otra
porcin de ellas ocupadas, quitarse el sombrero y los guantes y hacer
con gran detenimiento la eleccin de los platos entre los ms apetitosos
de la lista, constitua para ella un placer muy vivo. Yo, conocindolo,
se los prodigaba, con detrimento del bolsillo, pues el pupilaje segua
corriendo en la fonda. El examen que nunca dejaba de hacer de los que
coman cerca de nosotros le sugera observaciones algunas veces muy
saladas, siempre vivas y alegres, animadas por esa imaginacin
meridional que todo lo agiganta. A los postres tena las mejillas
encendidas; los ojos, aquellos ojos incomparables, brillaban con fuego
dulce y malicioso. Crean ustedes que mi mujer estaba guapsima en tales
momentos. Tombamos un coche y nos bamos de paseo al Retiro.

--No quisiera marcharme de aqu--me deca alguna vez--. Qu feliz soy!

--Ms que en el convento?--le preguntaba riendo.

--Uf, el convento!... Mira, si me hubieses abandonado, entrara en l
otra vez a mortificar a las nias, como la hermana Desire. Ahora
comprendo que nosotras estbamos pagando el mariposeo de algn gallego
francs.

Antes de partir para Pars, donde contbamos pasar otros quince das,
hice una cosa que me va a enajenar la simpata del lector, si por
casualidad he logrado alcanzarla.

No la estampara en estas memorias si no me hubieran dicho personas que
lo entienden que con ciertas confesiones de nuestras flaquezas gana
mucho el estudio de la psicologa. Aunque poeta lrico, profeso a la
ciencia un respeto profundsimo, que las cuchufletas de Collantes y
dems amigos dramticos no han logrado entibiar. Tratndose, pues, de su
adelantamiento, no vacilo en sacrificar mi humilde persona, y espero que
el lector, si no es uno de esos Catones atrabiliarios que no conocen ms
que la lnea recta, aunque me censure, como es justo, no se ensaar
conmigo.

Ha de saberse, pues, que antes de dejar a Madrid envi a Sevilla un
poder legalizado para reclamar en debida forma la hacienda que, por
herencia de su padre, perteneca a mi esposa. Como se recordar, en la
entrevista que tuve con mi suegra y don Oscar me haba comprometido a no
pedirles cuentas y a dejar la fbrica en su poder, lo mismo que las
dems fincas que constituan la herencia. No haba firmado ningn
documento, pero haba dado mi palabra. Ahora bien: esta palabra me
mortificaba de un modo increble durante mi luna de miel. A todas horas
estaba pensando en aquella bendita dote, prisionera en manos extraas.
Quin sabe lo que haran con ella! Comprend que mientras esto
sucediese no poda ser feliz; que un pensamiento melanclico, una duda
funesta ira siempre unida a mis transportes amorosos, mientras las
escrituras de la herencia no estuviesen en mi poder. Cuando, al fin,
ech la carta al correo con el documento notarial, respir como si me
hubiesen quitado un gran peso de encima.

Salimos para Pars sin grandes deseos por parte de Gloria. Mas a los
tres o cuatro das de hallarnos all, y despus de haber disfrutado de
su maravillosa animacin, me peda ya que nos volvisemos a Espaa.
Conoca perfectamente el francs, pero le causaba, segn me deca, una
impresin extraa orlo en boca de los actores sirviendo para expresar
conceptos maliciosos, acostumbrada como estaba a leer en los libros de
oracin. En cuanto a m, debo confesar, aunque me cueste trabajo, que no
conozco del idioma de Vctor Hugo ms que un trozo del _Telmaco_, que
aprend cuando empec a estudiarlo, y algunas frases de la gramtica:
Ha visto usted el queso de mi hermana?--No, seor; he visto el
trinchante del cocinero.--Tiene usted el libro de la doncella?--No,
seor; tengo los calzoncillos del notario, etc.

Cuando ya nos preparbamos para el regreso, llegaron, unidos por el
santo vnculo, Isabel y el duque de Malagn. Sentimos gran placer al
verlos, y los tres das que estuvimos juntos fueron los ms felices que
pasamos desde nuestra partida. Dimos, al fin, la vuelta para Espaa,
dejndolos a ellos en la capital de Francia. Nuestro proyecto era ir a
pasar unos das a Bollo, con mi padre, y luego venir a establecernos
definitivamente a Madrid. En San Sebastin nos detuvimos para llevar a
cabo la visita que Gloria se haba propuesto hacer al convento donde
haba pasado cerca de dos aos. Tomamos, en efecto, la diligencia de
Vergara y llegamos a esta villa por la tarde, cerca del oscurecer. No
era ya hora de visitar el convento; lo dejamos para el da siguiente.
Pasamos, sin embargo, por delante de l cogidos del brazo. Era un
edificio grande y vetusto, con dos torres almenadas, que haba sido
palacio o casa solariega de un ttulo y estaba situado en una plazoleta
con rboles.

--Mira--me dijo mi esposa con enternecimiento--: ves aquellas dos
ventanitas de la torre? All dorma yo con Mxima y otra educanda.
Cuntas noches me tengo levantado para mirar al cielo!

--Y en qu pensabas mirndolo?

--No s... En nada.

-No te venan deseos de escaparte?

--Nunca. Las mujeres no se escapan sino cuando estn enamoradas.

       *       *       *       *       *

Por la maana, a la hora que Gloria indic como mejor, que era la de
_rcration_, nos fuimos al convento. La portera no reconoci a mi
mujer, y sta tampoco le dijo quin era, para mejor gozar de la sorpresa
de las monjas. Atravesamos un largo portaln toscamente empedrado, las
paredes enjalbegadas y algunas cruces negras pintadas en ellas de trecho
en trecho. Subimos una escalera grande, sucia y aosa, de piedra gastada
por el uso, y entramos en los grandes corredores del casern,
entarimados al uso del pas. Las tablas, viejas y resquebrajadas por
todos lados, ofrecan en algunos puntos agujeros por donde podra pasar
una persona. Al llegar aqu percibimos un ruido confuso y lejano de
gritos y carcajadas.

--No oyes?--me dijo Gloria, mientras una sonrisa feliz se esparca por
su rostro--. Son las nias que estn en _rcration_.

--No te apetece ir a jugar a los aros o al volante?--le pregunt
riendo.

--Un poquito, no creas.

Nos introdujeron en el locutorio, que era una gran pieza cuadrada y
bastante clara, partida al medio por una reja. Del lado de all se vea
una puertecita, y a su lado una pila de agua bendita. Gloria pregunt a
la hermana lega que nos haba introducido si segua siendo superiora la
hermana Saint-Just; y habiendo respondido afirmativamente, le encarg le
dijese que una seora deseaba verla. Esperamos un rato, sentados en
sillas al pie de la reja, y al cabo vimos entrar a la superiora por la
puertecita del fondo, tomar con los dedos agua bendita y santiguarse.
Era una monjita flacucha y plida, de unos cuarenta aos de edad. Gloria
se levant, acerc la cara a la reja y le dijo sonriendo:

--La gracia del Espritu Santo sea con vuestra reverencia. No me
reconoce?

La monja la mir sorprendida por el saludo, slo usual en el convento;
pero no dio seales de conocerla.

--Sea siempre con ella, seora... No tengo el gusto...--respondi con
marcado acento francs.

--No se acuerda de la hermana San Sulpicio?

--Ah!--exclam, mientras todos los msculos de la cara se le contraan
con una sonrisa--. Ah! La hermana Saint-Sulpice, la andaluza! Quin
haba de pensar...! Y eso que ya saba que no estaba usted en el
convento.

--Me he separado del camino que llevaba solamente por saludar a ustedes.

La superiora se mostr muy amable, con esa cortesa humilde y empalagosa
de las monjas. Record algunas ancdotas que demostraban el carcter
bullicioso y alegre de mi esposa, dejando escapar al mismo tiempo una
risita protectora y compasiva, por donde, sin duda, quera dar a
entender que nunca la haba juzgado con suficiente seso y virtud para
aquella vida de perfeccin.

Mi mujer quiso ver a sus antiguas compaeras: la hermana San Onofre, la
hermana Mara del Socorro y otras. Algunas de ellas ya no estaban all.
Sin embargo, la superiora sali y se present a los pocos instantes con
cinco o seis hermanas, que saludaron a Gloria con sonrisa muy
pronunciada, pero con poca efusin.

Todas parecan confusas y avergonzadas. La sonrisa era tan persistente
en su rostro, que llegaba a convertirse en mueca. Mientras hablaban se
frotaban suavemente los nudillos de la mano izquierda con la palma de la
derecha. Todo era admirarse de verla en traje de seglar y tan cambiada
que, segn decan, nunca la hubieran conocido. Aquella admiracin me iba
pareciendo un poco impertinente y creo que a mi mujer tambin: Vaya
con la hermana San Sulpicio! Siempre tan alegre! Cunto nos hemos
redo con ella! Ay, qu hermana! Quin haba de conocerla? No parece
la misma. Y sus palabras y sus gestos dejaban traslucir la misma idea
que los de la superiora; esto es, que nunca la haban juzgado con el
espritu de oracin y contemplacin indispensable para ser esposa de
Jesucristo, o sea, hablando vulgarmente, que la haban considerado toda
la vida como una joven sin chaveta.

A todo esto, ni la superiora ni las hermanas haban preguntado quin era
yo y cmo y por qu se encontraba Gloria en aquel sitio. Diriganme con
disimulo vivas miradas de curiosidad, advirtindose que les embarazaba
mi presencia. Yo no haba despegado los labios. Mi esposa, picada, sin
duda, de aquella pretericin, les dijo de pronto:

--No saben vuestras caridades que me he casado?

Las hermanitas soltaron la carcajada.

--Ay, qu hermana! Siempre de tan buen humor!--exclam la superiora.

--S, madre; me he casado hase un mes y tres das con este buen moso
que ustedes ven delante... No tiene ms que un defecto--aadi,
ponindose triste--, y es que es gallego... Pero no lo parese, verdad?

--Qu hermana!--volvieron a exclamar algunas monjitas--. Qu gracia
tiene! Pues no dice que se ha casado!... Lo que no se le ocurre a
ella!...

--Qu! No quieren vuestras caridades creerlo?

Las caridades siguieron riendo, arrojndome miradas penetrantes y
maliciosas.

--Pues ahora mismito se van ustedes a convenser!--exclam mi esposa con
arranque.

Y echndome al mismo tiempo los brazos al cuello, comenz a darme
sonoros besos en las mejillas, diciendo:

--Rico mo. No es verd que eres mi marito? No es verd que soy tu
mujersita? No es verd que estamos casaos? Di, corasn! Di, vidita!

Mientras trataba, avergonzado, de huir sus caricias, o exclamaciones de
reprobacin y vi que las monjitas escapaban asustadas hacia la puerta.
Una de ellas, ms intrpida, se apoder de los cordones de la cortina y
tir de ellos con fuerza. La cortina, al correrse, lanz tambin un
chirrido de escndalo. Todava escuch pasos precipitados y rumor de
voces. Despus, nada; se hizo el silencio. Mi esposa, riendo a
carcajadas y ruborizada al mismo tiempo, me cogi de la mano y me sac
de la habitacin. Cruzamos los tristes corredores de esta suerte,
bajamos la escalera, atravesamos el largo portaln, y cuando nos vimos
en la calle, le dije, medio enfadado:

--Chica, qu loca eres! A quin se le ocurre!

--Perdona, hijo--respondi, riendo y encarnada todava--. Me estaban
poniendo nerviosa. Tan bien saban que ramos casados como el cura que
nos ech la bendisin.



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