The Project Gutenberg EBook of La Fe, by Armando Palacio Valds

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Title: La Fe

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: March 14, 2010 [EBook #31637]

Language: Spanish

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LA FE

NOVELA

POR

DON ARMANDO PALACIO VALDS

MADRID




I


No caba en la iglesia una persona ms. Hablando con verdad, tampoco
caban las que estaban dentro si ocupase cada cual el espacio que por
derecho natural, el que la naturaleza ense a todos los animales, le
corresponda. Pero en aquel momento no slo se infringa este derecho,
pero se violaba descaradamente tambin la ley de impenetrabilidad de los
cuerpos. D. Peregrn Casanova, persona que haca viso en la villa, y que
hasta entonces haba guardado rigurosamente la ley en todas las
solemnidades, lo mismo profanas que religiosas, tena ahora metidas en
los riones las rodillas de otro bpedo racional de seis pies de alto,
lo cual le produca algunos movimientos convulsivos en el epigastrio y
un vivo desasosiego acompaado de sudor copioso. D. Teodora, seorita
de cincuenta aos, castsima, limpsima, pulqurrima, que haba huido
toda su vida cualquier contacto, fuere cual fuere, se vio obligada a
sentarse sobre los pies del jorobado Osuna, sujeto de malsimos
antecedentes, que no se estaba quieto un momento. D. Gaspar de Silva,
poeta famoso en la villa, tanto por sus versos como por sus callos,
sufri la operacin cesrea de uno de stos que le hizo con gran
destreza el chico mayor de D. Trinidad. De igual modo otra porcin de
vecinos respetables experimentaron molestias sin cuento en aquella
maana memorable en que por vez primera cantaba misa un joven de la
villa.

Como siempre pasa, haba bulas para difuntos. En sitio privilegiado,
entre la verja de madera y el altar, no slo estaban la madrina y las
seoras que haban pagado la carrera al preste, sino otras a quienes no
asista derecho alguno; y lo que es an ms digno de censura, unos
cuantos hombres. El nuevo presbtero era casi un nio por la apariencia:
los ojos azules, profundos y tristes, la tez blanca y nacarada como la
de una dama, los cabellos rubios, el cuerpo delgado y esbelto. La
emocin le tena ahora muy plido: esto haca an ms interesante su
fisonoma espiritual. Asistanle como dicono y subdicono el prroco
de Peascosa y D. Narciso, un capelln suelto procedente de Sarri,
establecido haca algunos aos en la villa.

En la iglesia sonaba murmullo sordo originado por el cuchicheo de las
comadres, que se disputaban el sitio o se comunicaban sus impresiones,
por las exclamaciones y suspiros de malestar de los hombres. El calor se
iba haciendo por momentos intolerable. D. Peregrn dejaba escapar por
sus narices de trompeta unos bufidos semejantes a los de las
locomotoras, y se alzaba sobre las puntas de los pies, sin lograr
enterarse de nada. Si al menos tuviera la estatura de su hermano Juan!
Pero ste, que muy bien pudiera haberse quedado atrs, estaba
perfectamente acomodado en el presbiterio entre los curas, el alcalde y
varios concejales, lo cual levantaba en su corazn una ola de envidia
que le sofocaba an ms que las rodillas del jayn que tena detrs. Tal
era su destino. Aunque se considerase mucho ms inteligente que su
hermano, y sirviera largos aos a la Administracin pblica en varias
provincias de Espaa, y hubiese ledo la _Historia universal_ de Csar
Cant y la de Espaa de Lafuente, sin faltar un tomo, y poseyese los
mismos bienes de fortuna, con ms la jubilacin de 2.500 pesetas
anuales, lo cierto es que D. Juan, sin haber salido jams de Peascosa
ni haber ledo en su vida ms que el peridico a que estaba suscrito,
gozaba de mucho mayor prestigio en la villa. Esto, en concepto de D.
Peregrn, no proceda ms que de la estatura. En efecto, D. Juan
Casanova era hombre alto y seco, de rostro aguileo, ojos grandes de
prpados cados y mirar imponente, calva venerable, cortas patillas
blancas y marcha acompasada y majestuosa. Estas dotes extraordinarias,
unidas a un hablar mesurado y prudente, le haban captado el respeto y
hasta la veneracin de sus convecinos. As que fue grande el estupor de
stos cuando a la llegada de D. Peregrn de Andaluca, donde haba
estado empleado ltimamente, le oyeron llamar ignorante y majadero a su
hermano en una discusin que con l tuvo en el casino a propsito de la
renta de tabacos. Vivan juntos, ambos solteros y entregados al cuidado
desptico de D. Mariquita, ama de llaves y dueo absoluto de sus vidas
y haciendas.

D. Juan, a fuerza de pasear su mirada severa y majestuosa por el mar de
cabezas que se extenda desde la valla hasta la puerta del templo,
tropez con la calva reluciente del pigmeo de su hermano. Viendo la
congoja pintada en su semblante, se apresur noblemente a hacerle seas
para que avanzase, ofrecindole sitio en el banco que ocupaba. Pero D.
Peregrn, por ventura notando la imposibilidad de dar un paso, o
sofocado por la clera, que se le haba ido aumentando poco a poco,
respondi con una mueca de ira y desdn que sobrecogi a su infeliz
hermano y le quit por completo las ganas de insistir.

--Qu es eso?--pregunt D. Martn de las Casas, que estaba sentado a su
lado.--No quiere venir D. Peregrn?

--Es que lo ve imposible. Quin rompe esa muralla de carne?

--Pues cualquiera. Ver usted cmo voy all y lo traigo en
seguida--replic D. Martn, hombre de carcter enrgico y expeditivo,
disponindose a levantarse.

D. Juan le retuvo por la manga de la levita.

--No; djelo usted... Acaso no quiera venir... Ya conoce usted su
carcter.

--Pues hombre, no es plato de gusto estarse ah sudando caf con
leche!--repuso con aspereza, alzando al mismo tiempo los hombros.

La iglesia es de las ms espaciosas que pueden verse en una villa.
Verdad que Peascosa, con tener de siete a ocho mil almas, no cuenta con
ms templo que ste. Quiz por ser demasiado espaciosa, el sacristn y
sus ayudantes no quieren encargarse de limpiarla a menudo. Su aspecto es
lbrego y sucio. De las paredes, que no se enjalbegaron hace ya muchos
aos, penden cadenas, cuadros sombros y borrosos, una muchedumbre de
piernas, brazos, cabezas de cera amarilla y otra mayor an de barquitos
y lanchas que la fe de los marineros o de sus familias han llevado all
en recuerdo de algn peligro milagrosamente evitado. Mas para la funcin
que se celebraba habanla adornado cuanto les fue posible. Guirnaldas de
flores circundaban los altares principales cubiertos de paos blancos
planchados de fresco. Se haban colgado algunos cortinones en los
lienzos de pared cercanos al altar mayor y tapizado una parte del suelo
con la alfombra, sucia ya y desgarrada por varios sitios, que sala a
relucir haca cuarenta aos, en los das solemnes. D. Eloisa, la
madrina del nuevo presbtero, y las damas que la haban secundado en la
noble empresa de darle carrera, haban aadido algunos pormenores
delicados al adorno tosco y rutinario del sacristn. Grandes macetas de
flores colocadas en artsticos floreros sacados de las mejores casas de
la villa, algunas cortinas de damasco formando pabelln sobre los
altares, candelabros, araas. Donde, como es natural, haba recado
particularmente su atencin y esmero era en el arreo del joven
sacerdote. Alba finsima de batista bordada con primor, estola, casulla
del ms rico tis de oro que pudo hallarse en la capital, cliz, de oro
tambin, con algunas piedras preciosas. Las bondadosas seoras no haban
escatimado el dinero para dar remate o coronar la obra de caridad que
haca algunos aos acometieran.

Todo el mundo lo recordaba en la villa; unos por haberlo presenciado,
otros por haberlo odo contar frecuentemente. Haca poco ms de veinte
aos haba en Peascosa un pescador de altura llamado Mariano Lastra, a
quien todos sus compaeros apreciaban por sus sentimientos honrados y
carcter apacible. Este pescador pereci con otros ocho tripulantes de
la lancha en que iba, a consecuencia de una galerna de poca importancia.
Slo aquella embarcacin haba zozobrado. Mariano se haba casado haca
dos aos y dejaba un nio de pocos meses. La viuda era una joven buena y
honrada, pero de escasa disposicin para el trabajo, y que sobre esto
gozaba de poca salud. Viose gravemente apurada para poder subsistir. El
nio le estorbaba mucho en cualquier trabajo. Dedicose a asistir por las
casas desempeando los oficios ms bajos y penosos, traer agua o fregar
suelos, llevar recados; lo nico que era capaz de hacer, pues no tena
oficio alguno. Pero lleg un momento al parecer en que las fuerzas la
abandonaron; su salud, cada da ms vacilante, la iba dejando intil
para el trabajo. Fue despedida de algunas casas. Otras por caridad la
siguieron empleando, aunque con menos frecuencia. Comenz a pasar hambre
y su hijo tambin.

Un da fue despedida tambin de la nica casa en que ya asista.

--Basilisa--le dijo la seora--Usted no puede ya traer agua y fregar
suelos. Se est usted matando y no consigue cumplir como es debido.
Necesito buscar otra asistenta... Bien quisiera seguir mantenindola...
pero no soy rica, como usted sabe... tenemos muchos gastos...

--S seora, s, ya lo comprendo--respondi la infeliz con sonrisa
humilde y forzada.--Demasiado ha hecho por m.

Sali de aquella casa, su ltimo refugio, con el corazn apretado y las
piernas vacilantes. Lleg a la zahurda que habitaba en los arrabales. Su
hijo dorma en la cuna el sueo dulce y sereno de los ngeles. La
infeliz cay de rodillas y solloz largo rato. Levant la cabeza al fin,
y dijo sordamente contemplando al nio:

--No, no irs al hospicio!

Varias comadres, y hasta alguna seora tambin, se lo haban aconsejado.
Pero la idea de abandonar al hijo de sus entraas en manos de mujeres
srdidas y empleados brutales la haba horrorizado siempre. Luch
bravamente cuanto pudo, privndose ella bastantes veces del necesario
sustento para alimentar al nio, que ya contaba cerca de tres aos.
Haba llegado, sin embargo, el fin del combate y resultaba vencida. Le
quedaba el recurso de pedir limosna, pero adems del espanto que le
causaba, comprenda muy bien que sus das estaban contados. Y
murindose ella, qu iba a ser de aquella criatura?

Medit un buen espacio con los ojos secos y clavados en el nio,
repitiendo de vez en cuando la misma frase:

--No, no irs al hospicio!

De pronto se alz animada por una voluntad fatal, bes a su hijo
apasionadamente hasta que logr despertarlo, envolviolo en una manta y
cogindolo en brazos sali de la casa.

Era la hora del oscurecer. Desde lo alto de la Gusanera, donde Basilisa
viva, veanse llegar al muelle ya las lanchas pescadoras. Una
muchedumbre las aguardaba. Por la plaza, y por la calle larga que va
desde sta a la iglesia a orillas del mar, discurra tambin bastante
gente. Basilisa tom por la carretera de Rodillero, que cie la orilla
opuesta da la pequea ensenada frente por frente de Peascosa, y march
apresuradamente, casi a la carrera.

--Por qu corres, mam? Dnde vamos?--pregunt el nio acaricindole
con sus manecitas la cara.

--Vamos al cielo, vida ma--respondi la desdichada con los ojos
nublados por las lgrimas.

--Vamos con pap?

No pudo responder; se le hizo un nudo en la garganta.

--Vamos con pap?--insisti el chiquito.

Detvose un instante para tomar aliento.

--S, vamos a verle, rico mo--dijo al cabo.--No quieres ir al cielo
con l?

--No; yo contigo.

Y al mismo tiempo la apret el cuello con sus tiernos brazos y la cubri
el rostro de besos.

--Por qu lloras, mam?--pregunt sorprendido al sentir en los labios
el amargor de las lgrimas.--No tenes nada? Toma mi corneta...

Y le ofreci una de plomo que le haba costado a Basilisa dos cuartos.
Para Gil, que no comprenda la existencia sin estar enredando con algo,
la mayor desgracia que poda pesar sobre un ser humano era el tener las
manos vacas.

La madre le apret contra el pecho, descarg sobre sus rosadas mejillas
una granizada de besos y continu la carrera. Al llegar a cierto paraje
en que la carretera se separa de la orilla del mar para internarse,
dejola y tom una veredita que conduca a ste. Lleg a las peas altas
y sombras que lo circundan por aquel paraje. Puso a su hijo en el suelo
y arrodillndose despus, rez entre sollozos comprimidos una oracin
que, por no ir dirigida en forma, no debi de escuchar el Altsimo.

Era ya casi noche cerrada. El mar estaba inmvil, sombro, esperando
impasible que las lgrimas de aquella infeliz mujer viniesen como tantas
otras a aumentar el caudal amargo de sus aguas. Del lado de all de la
ensenada se vea la silueta del muelle y de tres o cuatro pataches que
ordinariamente yacen anclados cerca de l. El grupo de las lanchas
pescadoras, un poco apartado, se mova y resonaba an con los gritos de
las mujeres ocupadas en abrir el vientre a los pescados, mientras los
maridos descansaban ya gravemente en alguna taberna de la villa.
Basilisa atendi un instante a aquellos ruidos tan conocidos. Ella
tambin esperaba a su esposo en otro tiempo, le acariciaba con la mirada
al llegar, tomaba de sus manos el capote de agua, la caja de los
aparejos y el cesto de las provisiones y los llevaba con alegra a casa.
Mariano llegaba poco despus y se sentaba al amor de la lumbre, haciendo
bailar entre sus manazas al tierno nio que contaba pocos meses.

La viuda estuvo largo rato contemplando fijamente el grupo de la ribera,
que pareca ya una masa informe y movible. Su hijo, sentado sobre el
csped, jugaba atascando de tierra la corneta. De pronto vino hacia l,
le levant entre sus brazos flacos y corri hacia el borde del
precipicio.

--Mam! Dnde vamos?--grit el nio.

La respuesta, si se la dio, debi de ser desde el cielo. Salt con
mpetu al fondo del abismo. Al caer sobre las piedras de la orilla se
deshizo la cabeza: qued muerta en el acto: el nio salv
milagrosamente. El vientre de donde haba salido le sirvi ahora de
resorte para no despedazarse.

Un marinero viejo, que andaba a la sazn por entre aquellas peas a la
pesca de pulpos, oy el ruido y prest los primeros socorros al nio.
Corri a dar la noticia: pronto se inund el paraje de gente. El caso
produjo honda impresin. Las mujeres lloraban y se pasaban al tierno
infante de mano en mano prodigndole mil cuidados y caricias. Muchas se
ofrecan a adoptarlo y hubo disputa sobre quin haba de llevrselo.
Enteradas las seoras de la villa y conmovidas, quisieron asimismo
recoger al hurfano. Las mujeres de los pescadores renunciaron entonces
a ello en inters de aqul. Qued, pues, en poder de D. Eloisa, la
seora de D. Martn de las Casas, secundada por otras seis u ocho damas
que de ningn modo quisieron renunciar a la participacin de tan
caritativa obra.

La infancia de Gil (que as se llamaba el hurfano), si no feliz,
tampoco fue desgraciada. Sus protectoras ejercieron sobre l una
vigilancia un poco impertinente a veces, otro poco humillante tambin,
pero cariosa siempre y bien intencionada. Entre todas, aunque tomando
parte ms principal D. Eloisa, le pagaron la crianza y el pupilaje en
casa de un matrimonio artesano que habitaba en la Gusanera, cerca de la
casa en que la desgraciada viuda viva. Cuando estuvo en edad para
ello, le mandaron a la escuela. Dio seales de ser un nio pacfico,
reservado, sensible, y comenz a aprender sus lecciones muy bien. Sus
siete u ocho mams se encargaban de preguntar al maestro por su conducta
y aplicacin siempre que le tropezaban en la calle, animndole a que le
apretase los tornillos. El maestro se encargaba, en efecto, de
apretrselos recordndole al mismo tiempo a cada momento, en presencia
de sus condiscpulos, su orfandad, su miseria y la imprescindible
necesidad que tena de mostrarse humilde y agradecido con sus
bienhechoras. Esto de la humildad era cosa que no cesaban de cantarle al
odo en la villa. Cuantos le tropezaban en la calle y se dignaban
ponerle paternalmente la mano sobre la cabeza, le decan:

--Cuidado con ser humilde! S obediente y sumiso con las seoras que te
han recogido por caridad, entiendes?... por caridad.

Y por ltimo, sus condiscpulos se encargaban generosamente de
advertirle sin cesar que era un desdichado sin padres, alimentado por la
caridad y que debiera estar en el hospicio y no alternando con hijos de
zapateros distinguidos, albailes, sastres y panaderos _fashionables_, y
otra gente no menos principal y digna de respeto.

La humildad tenala en el corazn el hijo del ahogado y la suicida, que
si no la tuviese, no sera fcil que se la inculcaran las burlas y
desprecios de sus compaeros, ni los paternales azotes del maestro y de
sus protectoras: porque stas todas se crean con derecho a amarle, pero
a castigarle tambin. Era la suya una naturaleza amante y agradecida.
Comprenda que a todas sus protectoras deba respeto y cario, y se lo
tributaba. Claro que en el fondo de su corazn senta preferencias; esto
es irremediable. Amaba con pasin a D. Eloisa. Esta buena seora, que
era a quien ms deba, jams le rea ni castigaba, ni le deca siquiera
una palabra desagradable: tratbalo con extremada dulzura, le acariciaba
como si fuese su hijo y ocultaba y disculpaba sus pequeas travesuras.

Cuando lleg a los doce aos, se reunieron en cnclave las damas y
deliberaron acerca de lo que deba hacerse con el chico. Desechose por
unanimidad la idea de dedicarle al oficio de su padre. Pensaron en otros
varios, sin lograr ponerse de acuerdo, hasta que D. Trinidad, la esposa
de D. Remigio Flrez, fabricante de conservas alimenticias, propuso
llevarle de criado recadista a su casa. Asintieron casi todas a esta
resolucin; pero D. Eloisa, a quien le dola, hizo presente a sus
amigas que el chico haba mostrado aptitud para los estudios, y que
sera una obra meritoria hacer de l un sacerdote. Las damas acogieron
la idea con entusiasmo. Slo D. Trinidad, seora de gran puntillo y
amiga de imponer su voluntad a todo el mundo, se opuso fuertemente y se
retir desabrida de la reunin. Pasronse las damas sin su concurso, y
fijando una cantidad mensual, que abonaran a escote, mandaron el chico
al seminario de Lancia, capital de la provincia donde nos hallamos.

Fue Gil un seminarista modelo; aplicado, dulce, respetuoso, afecto a las
prcticas religiosas y mostrando mucho fervor en ellas. Las damas no
tuvieron ms que motivos para felicitarse de su resolucin. Cuando vena
a pasar las vacaciones a Peascosa, traa para cada una de ellas una
carta del rector manifestando su satisfaccin por la conducta y los
progresos del hurfano. En los dos o tres meses que permaneca all, les
prestaba algunos servicios, repasando las lecciones a sus hijos,
acompandolas en sus oraciones o sirvindoles de amanuense, etc.
Habitaba en casa de D. Eloisa. Cada verano se iba trasformando un poco:
el nio se converta en hombre. Al fin dej tres aos consecutivos de
venir, para tomar las ltimas rdenes. Lleg el momento de hacerse
presbtero. Cuando apareci al fin un da en Peascosa en traje de
sacerdote, su presencia caus emocin profunda en el corazn de sus
protectoras. Todas se consideraban madres de l, y por consiguiente,
con derecho a llorar de alegra y a caer en sus brazos enternecidas. Por
cierto que estos desahogos cariosos dieron ocasin a algunos dimes y
diretes entre ellas. Porque las que menos afectuosas y tolerantes se
haban mostrado con el nio, eran ms extremosas ahora con el hombre.
Esto sac de sus casillas a D. Eloisa, D. Teodora y D. Marciala, que
le trataron siempre con dulzura y hasta con mimo.

Comenzaron los preparativos para la primera misa. Fue un certamen de
primores entre ellas. Las ricas, como D. Eloisa y D. Teodora, se
encargaron de comprar el cliz y los ornamentos ms costosos: las que no
contaban con tantos bienes de fortuna, como D. Rita, D. Filomena y
otras, suplieron el dinero con la habilidad de sus manos bordando el
alba, la estola y el pao del altar, que causaban admiracin. Se arregl
la iglesia, y en el adorno tomaron parte no slo estas damas, sino otras
muchas de la poblacin, sus amigas. Fue un acontecimiento de marca en
Peascosa, tanto por la calidad de las personas que haban costeado la
carrera del joven presbtero, como por las terribles circunstancias que
haban dado lugar a esta proteccin. Se nombr madrina del oficiante a
D. Eloisa, por indicacin de aqul. Ninguna tena mejor derecho para
ello; pero todas se crean con tanto, y esto volvi a originar secretos
resentimientos y algunas palabrillas desagradables.

El preste volviose hacia el pueblo y cant con voz dbil y temblorosa:

--_Dominus vobiscum._

Todas las voces de la tribuna, rotas y cascadas, le respondieron
acompaadas del estampido del rgano:

--_Et cum spiritu tuooooo._

--Qu blanco est!--dijo una joven artesana a la compaera que tena al
lado.

--Parece una imagen.

Cant D. Narciso con voz atiplada, bajando y subiendo el tono y
escuchndose con placer, la epstola.

--Hija, cmo lo repicotea el capelln!--volvi a decir la artesana.

--Ya ves, tiene ah a la hija del jorobado. Querr lucirse.

Era especie muy acreditada en la villa que D. Narciso y la nia de Osuna
sentan una mutua inclinacin, aunque slo los espritus heterodoxos y
maleantes se atrevan a decirlo en alta voz. D. Narciso era, en verdad,
mucho ms dado a vivir entre el sexo dbil que entre el fuerte. As que
lleg de Sarri hara unos tres aos, poco ms o menos, fue el dolo de
las damas de Peascosa por su elegante porte, que haca contraste con el
desalio de la mayor parte de los sacerdotes de la villa, por su
conversacin alegre, por sus bromitas y, sobre todo, por su aficin a
estar siempre entre _ellas_. Distaba mucho de ser hermoso ni gallardo:
era hombre de unos treinta y cinco aos, seco, moreno, los pies grandes
y juanetudos y la dentadura muy fea; pero haba logrado pasar plaza en
seguida de chistoso. Jams hablaba en serio a sus devotas amigas.
Bromita va, bromita viene, un requiebro a sta, una chufleta a la otra,
sin acortarse nunca por estar en medio de un corro numeroso. Al
contrario, D. Narciso se placa extremadamente en ello, gozaba campando
solo en el gallinero. Diriga la conciencia de la mayora de ellas y se
autorizaba el reprenderlas fuera del confesonario, a veces speramente.
Casi todas reciban sus correcciones con sumisin, hasta con placer, y
si alguna se rebelaba momentneamente, era para demandar perdn
enseguida. Con esto, don Narciso era el comensal obligado en todas las
fiestas y _gaudeamus_ de la sociedad elegante de Peascosa: coma
vorazmente, y de ello haca alarde, beba al mismo tenor, y cuando
llegaban los postres, nunca dejaba de brindar con alguna coplita que
resultaba casi siempre sucia. Porque D. Narciso, que a causa de su
ministerio no poda autorizarse bromas referentes a las relaciones de
sexo a sexo, se crea con derecho a soltar las ms asquerosas acerca de
otras miserias del cuerpo humano. Y las damas caso extrao! las rean
y celebraban cual si fuesen ingeniosidades y agudezas portentosas. Dos
aos despus de llegado a la villa haba tenido un fracaso. Bajando la
escalera de cierta casa que frecuentaba mucho, se rompi una pierna. Se
dijo que el marido de la seora, cuya era la casa, le haba ayudado a
caer, por no estar de acuerdo enteramente con la hora y la ocasin de
sus visitas; pero al instante las buenas almas de Peascosa se
apresuraron a sofocar este rumor sacrlego. Y en prueba de la
indignacin con que rechazaron el supuesto, las damas ms principales de
la villa se constituyeron en enfermeras al lado de su cama, no dejndole
un instante solo, relevndose noche y da cada pocas horas, como si
hiciesen la guardia al Santsimo. D. Narciso mereca estas atenciones
del bello sexo. Nadie con ms ahnco y fervoroso celo se ocup jams de
la salvacin de la hermosa mitad del gnero humano. No slo diriga con
particular esmero la conciencia de las que mejor lo representaban en
Peascosa, apacentaba sus ovejitas con amor, sin dejar por eso de
arrojar alguna piedra a la que se extraviaba, como pastor diligente que
era, sino que a fuerza de muchos desvelos haba logrado fundar una
cofrada, establecida ya en otros puntos de Espaa y el extranjero, la
cofrada de las _Hijas de Mara_. En esta cofrada no entraban ms que
las jvenes solteras. Tal privilegio excitaba un vago despecho mezclado
de apetito en las casadas. Creanse humilladas con aquella exclusin. D.
Narciso aprovechaba esta sombra de rivalidad para tenerlas ms sujetas.

--Oh, seoras, no deben ustedes envidiar el privilegio! Ustedes tienen
marido a quien contemplar y servir.

Lo deca en un tonillo irnico que demostraba la hostilidad secreta que
el capelln senta hacia todos los maridos. Las damas, en quienes los
encantos de aqullos no ejercan ya fascinacin alguna, sonrean forzada
y maliciosamente como diciendo: Ya, ya! Se murmuraba que haba varias
enamoradas de l. D. Marciala, la esposa del boticario de la plaza,
haba ido a Sarri a llevarle calcetas estando el presbtero pasando una
temporada con su familia. D. Filomena, viuda de un teniente de navo,
haca a su hijo nico ir a ayudarle a misa todos los das. Sin embargo,
habase notado cierta preferencia en l por Obdulia, la hija de Osuna,
administrador de Montesinos.

--Pero ser cierto que se gustan?--pregunt la joven artesana, oyendo a
su compaera expresarse tan claramente.

--Chica, yo no s! Lo que te puedo decir es que D. Narciso no sale de
su casa, y que muchos das desde la ventana de mi cuarto los veo correr
uno tras de otro por el jardn de Montesinos jugando al escondite...
Tanto, que se lo he dicho.

--Se lo has dicho!--exclam la otra, estupefacta.

--S, nia... no ves que confieso con l?... No haba ms remedio... Le
dije: Mire, D. Narciso... no se ofenda usted... pero yo, vindoles a
usted y a Obdulia jugar en el jardn, tengo sospechas... se me ocurren
malos pensamientos.

--Ave Mara, qu barbaridad! Y qu dijo l?

--Se puso todo sofocado... Uf! Comenz a decirme: Por ustedes y otras
como ustedes pierden el crdito y la honra los sacerdotes y decae la
religin! Me llam saco de malicia; que pareca mentira que se me
ocurrieran semejantes atrocidades, y que por aqu y que por all... Al
principio quera comerme; despus se fue sosegando... Tiene usted
razn, D. Narciso, le respond; pero yo no puedo remediarlo... Y es la
verdad, chica, no puedo remediarlo... no puedo!

Despus de la epstola cant el prroco de Peascosa el Evangelio. Tena
una voz spera sin inflexiones. Cant enteramente distrado sin mirar
apenas al libro, levantando sus ojos pequeos y duros por encima de las
gafas para contemplar fijamente, mejor dicho, para pulverizar con la
mirada al hijo de la Pepaina, que disimuladamente estaba arrancando las
babas a los cirios y guardndoselas en el bolsillo. Aunque uno de los
pilletes ms desvergonzados de la villa, Lorito (que por tal nombre era
conocido este joven distinguido) se sinti molesto y un tantico inquieto
bajo la mirada del clrigo. La cosa no era para menos. D. Miguel Vigil,
prroco de Peascosa, desde el ao 25 de este siglo era uno de los
hombres de peor genio de Espaa, y no exageramos nada si decimos del
globo terrqueo. Contaba a la sazn ochenta y dos aos; era alto, seco,
las facciones pronunciadas, las cejas espesas y juntas, los ojos
pequeos y penetrantes. Conservaba an gran vigor fsico, y lo que es
an ms raro, en los cabellos que le quedaban apenas se notaban las
canas. Mientras dur la primer guerra civil, abandon el rebao y se fue
a las provincias vascas a pelear con las armas en la mano por la causa
del Pretendiente. Volvi al cabo de algunos aos. Su carcter bravo no
se haba dulcificado mucho andando a tiros por los montes. Los
feligreses de Peascosa tuvieron en l un pastor muy semejante a un
capitn de bandoleros. Nadie le levantaba el gallo en la poblacin. Los
ms arduos casos de conciencia sola resolverlos D. Miguel en un
instante con media docena de mojicones o de puntapis bien dirigidos.
Que Marcelino, el de Cosme, tena en cinta a la hija de Laureana la
tejedora y no quera casarse con ella. D. Miguel se plantaba en casa de
Cosme, coga a Marcelino por las orejas, le daba tres bofetadas de
cuello vuelto, y a los quince das, quieras o no, los tena casados. Que
Ramn el confitero le negaba a D. Cipriano dos mil reales que ste le
haba prestado sin recibo. El cura llamaba a Ramn a su casa, se
encerraba con l en una habitacin, tomaba un garrote y le obligaba a
firmar el correspondiente recibo. Por medio de estos procedimientos
teolgicos D. Miguel infunda la moral evanglica entre las almas
encomendadas a su cuidado.

No eran de su agrado las novedades en el culto. Miraba con desprecio a
los clrigos que trataban de introducirlas y cuidaban del traje y el
aseo. Los toleraba porque saba que estaban apoyados por el obispo y el
alto clero de la dicesis, pero se rea de ellos a todas horas de un
modo grosero, irritante, y sola hacerles algunas jugarretas malignas,
aguarles alguno de aquellos jolgorios msticos en que ponan ms empeo.
Tratbase, por ejemplo, de celebrar una comunin general de nias con
acompaamiento de orquesta. El da que estaba sealado, D. Miguel
enviaba a la iglesia una cuadrilla de carpinteros que se ponan a
arreglar la tribuna con horrendos martillazos, que impedan escuchar las
concertadas voces e instrumentos de la msica. Otras veces obligaba a
las penitentes asiduas de D. Narciso a examinarse de doctrina cristiana;
o bien las prohiba cantar en la iglesia despus de un mes de ensayos,
o retiraba de los altares los paos que ellas haban bordado y
aplanchado, o las arrojaba de alguna capilla donde haban sentado sus
reales, etc., etc. Estos actos de despotismo habanle granjeado la
animadversin de los clrigos afrancesados y del sexo femenino. A D.
Miguel le daba un ardite por tal animadversin. El goce de su vida no
era ser querido o admirado, sino hacer en todo tiempo y ocasin su
voluntad. Adems, podra tener todos los defectos que quisieran sus
enemigos, pero nadie le conoci jams sombra de inclinacin hacia el
sexo dbil. Despreciaba a las mujeres positivamente: crea que ninguna
era capaz de decir ni hacer cosa con sentido comn. En su carcter viril
pareca haber encarnado el espritu romano, que negaba a la mujer
facultad para regirse nunca por s misma.

Ni se crea que D. Miguel se mostraba tampoco obediente con sus
superiores. Al obispo le costaba un trabajo inmenso entenderse con l.
Si le mandaba una orden, el cura la archivaba sin darla cumplimiento; si
giraba una visita, metase en cama fingindose enfermo para no
recibirle. Haba concluido por no hacerle caso y dejarle pasar con la
suya. No confesaba en Peascosa sino a media docena de veteranos de la
guerra civil. Los dems feligreses se repartan entre los capellanes
adscritos a la parroquia: las cuatro quintas partes de las damas
confiaban el fardo de sus flaquezas al irresistible D. Narciso. D.
Miguel no senta el menor desabrimiento por esta preferencia. Y sin
embargo, el corto nmero de sus penitentes aseguraba que era un confesor
prudente, discreto y delicado en sus preguntas.

Termin la lectura del Evangelio y pudo darse la satisfaccin de
contemplar un rato con persistencia los movimientos de Lorito. Por qu
estaba este pillo tan distrado mirando a la tribuna arrobado en la
audicin de las melodas del rgano, cuando no haca dos segundos que le
haba visto meterse en el bolsillo media libra de cera por lo menos? Por
el alma del prroco cruzaron pensamientos de muerte y exterminio. Tuvo
fuerzas, no obstante, para contenerse. La misa continu. El presbtero
novel elev la sagrada Hostia con manos temblorosas, en medio de un
murmullo de fervor y adoracin. El rgano, soltando en _trmolo_ sus
registros ms gangosos, contribuy poderosamente a hacer ms solemne y
conmovedora la bajada del Hijo de Dios a las manos del hombre. Gil
sinti estremecerse su cuerpo bajo la impresin. Una alegra inefable
subi del fondo de su pecho y le apret suavemente la garganta. Aquel
favor inmenso, infinito, que su Dios le haca, y que con tanto anhelo
haba esperado, removi hasta las ltimas fibras de su corazn. Sus
ojos quedaron velados por las lgrimas, y al hincar la rodilla en
tierra, antes de elevar el cliz de la pasin, estuvo algunos segundos
sin poder alzarse y a punto de caer desmayado.

De muy distintas impresiones participaba el jorobado Osuna,
administrador de Montesinos, en aquel momento. Ya sabemos que se haba
situado lo ms cerca posible de D. Teodora. Era tambin un hombre
mstico a su manera; pero en vez de buscar la unin con la Divinidad en
abstracto, se placa en realizarla de un modo concreto, por mediacin de
las mujeres gordas y frescas. Las mujeres gordas haban constituido su
pasin dominante desde los felices das de la adolescencia. Dios slo
sabe el peso de las que Osuna am desde este tiempo hasta los sesenta y
cuatro aos que ahora tiene. En Peascosa el nmero era limitado; por
eso de vez en cuando haca excursiones a la capital para recoger del
cieno de la prostitucin alguna desdichada que traa y guardaba, durante
quince das o un mes, en alguna cmara oscura del cuarto bajo de su
casa. Tenala all como una fiera enjaulada, encargndose l mismo de
llevarla el alimento y proveer a todas sus necesidades corporales. Al
cabo de este tiempo la soltaba, y vuelta a comenzar con otra. Toda la
villa conoca estas flaquezas de su temperamento. Contbanse de l en
las tertulias de hombres muchsimas ancdotas, graciosas unas y sucias
otras, que hacan rer a los pacficos habitantes en las largas,
lluviosas noches de invierno. No se violentaba para ocultar los excesos
de su viciosa naturaleza. La mayor parte de estas ancdotas l mismo las
haba referido: gozaba hablando de sus obscenidades. Los vecinos le
despreciaban y le teman al mismo tiempo. Se le tena por un ser
extrao, misterioso, mal intencionado. Ocupaba un puesto desde el cual
poda hacer dao a mucha gente. Era administrador de Montesinos, el
propietario ms rico de Peascosa, y habitaba una de las alas del
inmenso palacio o casern que ste posea. Estaba viudo de tres mujeres,
con una hija que ya conocemos de nombre. Era excesivamente pequeo, con
una gran corcova a la espalda, color macilento, mejillas pendientes y
flcidas, ojos sin brillo y asustados siempre. Percibase un leve
temblor en sus manos, como sucede con frecuencia a los hombres gastados
por la sensualidad.

D. Teodora haba cambiado de sitio ya varias veces: corriose hacia
adelante, se fue despus hacia un lado; todo intilmente. Donde quiera
que iba, senta los pies de Osuna entre las enaguas. Y al sentirlos, una
ola de rubor encenda sus frescas mejillas, se estremeca como una
zagala de catorce aos. En ninguna mujer se conserv nunca ms delicado
y vidrioso el pudor virginal. Algunas conversaciones, hoy corrientes, la
ofendan: no se poda aludir en su presencia ni directa ni
indirectamente a ciertos asuntos escabrosos. No deca nada, porque era
la prudencia personificada y de tmido natural; pero se la vea
ruborizada, inquieta, con ganas de retirarse. Tan limpia y tan pulcra
era de cuerpo como de alma. Le gustaba vestir con elegancia y cuidaba
con refinamientos, no usados en Peascosa, de su persona. Los que la
conocieron de nia, decan que no haba sido bonita, sino pasable, y que
ahora, con sus cabellos blancos, sus carnes frescas y mejillas
sonrosadas, estaba ms guapa que nunca, Por qu se haba quedado
soltera D. Teodora, poseyendo una figura agradable y un regular caudal?
Se deca que sostuvo amores muy finos y romnticos con un teniente de
Arapiles que pereci en la accin de Ramales. La vspera de la batalla
se haba despedido de ella, por medio de una carta escrita sobre un
tambor: el corazn le deca que al da siguiente una bala traidora
cortara el hilo de su existencia, pero que morira con el nombre de
Teodora en los labios. sta conservaba la carta como preciosa reliquia
y guardaba asimismo fiel su corazn a la memoria del valeroso y
romntico teniente. Sin embargo, haca muchos aos que tena un galn
asiduo. D. Juan Casanova, aquel hidalgo de rostro aguileo y majestuoso
de que hemos hablado, iba a su casa indefectiblemente todas las noches,
de ocho a once. Esto bastaba para que en la villa se creyese, no que era
su amante, que nadie dudaba de la castidad de D. Teodora, sino su
enamorado platnico, y que ms tarde o ms temprano concluira por
casarse con ella. Tal fausto acontecimiento se estuvo esperando veinte
aos en Peascosa. A la hora presente ya se dudaba bastante de que se
realizase. Los futuros se iban haciendo demasiado viejos, sobre todo D.
Juan, a quien costaba esfuerzos sobrehumanos subir a la casa, por el
maldito reuma de las rodillas. Cada da que pasaba eran, pues, menos
aptos para el cumplimiento de los sagrados fines del matrimonio. Adems,
ltimamente, cierto suceso de que ms adelante haremos mencin turb un
poco las tranquilas y afectuosas relaciones del avellanado hidalgo y de
la fresca jamona.

Cuando el dicono cant el _Ite, misa est_, aquella dio un suspiro de
consuelo y se dispuso a levantarse y huir de los indecorosos pies que la
perseguan. Pero era negocio ms arduo de lo que se imaginaba. La
iglesia estaba tan atestada de fieles que nadie poda revolverse. Todos
pretendan besar las manos del nuevo sacerdote, o al menos presenciar la
curiosa y tierna ceremonia. Baj ste una escalera del altar y qued
inmvil y de pie frente a la muchedumbre, derramando por ella una mirada
vaga y sonriente. Hubo un fuerte murmullo que casi se convirti en
gritera, cuando D. Narciso empuj suavemente a la madrina para que
tributase la primera su homenaje al oficiante. D. Eloisa hinc las
rodillas delante de su ahijado y le bes las manos con visible emocin.
Cuando se levant, corran algunas lgrimas por sus mejillas. Despus
tom un frasco de agua perfumada, dio otro a D. Rita, y colocadas ambas
a derecha e izquierda del presbtero, comenzaron a rociar a los que se
acercaban a besarle las manos. Uno a uno, empujndose con prisa, fueron
la mayor parte de los fieles rindindole este homenaje. Los hombres le
besaban en la palma, las mujeres en el dorso, segn estaba prevenido.
stas se mostraban conmovidas, gozosas, riendo cuando D. Rita o D.
Eloisa les arrojaban al rostro algunas gotas de colonia: despus se
retiraban para dejar paso a las otras; y de lejos seguan contemplando
con afectuoso inters la faz plida y delicada del sacerdote. Sonaba en
la iglesia rumor alegre. El roce de las enaguas, el cuchicheo y las
risas contenidas de las damas, producan un zumbido de colmena. El
taido de las campanas que el sacristn y algunos chicuelos repicaban
alto en la torre, entraba vivo y gozoso por las ventanas. Tambin
penetraban algunos rayos de sol que se desparramaban por los altares,
haciendo llamear sus dorados metales. Pero si en el camino tropezaban
con alguna linda cabeza blonda, de las que tanto abundan entre las
artesanas de Peascosa, no tenan inconveniente alguno en detenerse a
darla un beso de admiracin.

Gil estaba fuertemente conmovido; el corazn le saltaba dentro del
pecho. Senta impulsos de romper en sollozos: procuraba, no obstante,
con esfuerzo reprimirse, y esto le causaba malestar. Aquellas muestras
de veneracin, aunque representaban una ceremonia usual, le
avergonzaban. Al ver arrodillados a sus pies a todos los prceres y
damas de la villa, que tanto respeto le haban infundido siempre,
experimentaba confusin y desasosiego. Sus labios estaban contrados por
una sonrisa que revelaba ms inquietud que placer. D. Eloisa y D. Rita
consumieron varios frascos de esencia, haciendo copiosas aspersiones,
sobre todo a sus amigas, a quienes baaban el rostro en medio de una
algazara, que no por ser reprimida, era menos sabrosa. Poco a poco la
religiosa solemnidad se iba trasformando en una fiesta de carcter
ntimo y familiar. Las amigas de la madrina y de las damas protectoras
del joven presbtero se haban ido quedando detrs, formando en torno
suyo un grupo pintoresco, mientras el resto de la gente desfilaba por
las dos puertas de la iglesia. Un rayo de sol vino a dar sobre el
preste: las ricas vestiduras de tis de oro despidieron vivos destellos;
su hermosa cabeza rubia semejaba la de un querubn. Las damas le
contemplaban extasiadas.

El prroco y D. Narciso, asistentes de la misa, se haban retirado para
despojarse de sus ornamentos. No tard el primero en volver provisto de
sotana y bonete, debajo del cual se agitaban algunos pensamientos
siniestros. La conducta de Lorito en lo concerniente a las babas de los
cirios le haba puesto pensativo y sombro. Haca ya algn tiempo que
este joven personaje disfrutaba el privilegio de desazonarle. En una
ocasin supo que se haba encaramado sobre el tejado de la iglesia para
apoderarse de algunos nidos de gorrin; en otra sospech que le haba
robado las uvas que tena la parra del corredor de la rectoral. Y aunque
ya haba procurado tranquilizar su espritu por medio de algunos
adecuados puntapis, todava lo senta agitado y triste cada vez que el
hijo de la Pepaina se ofreca a su vista.

Sin preocuparse poco ni mucho de la conmovedora ceremonia que se estaba
realizando en el presbiterio, D. Miguel recorri la iglesia a paso
lento, escudriando todos los rincones. Las personas que an quedaban en
el templo le abran paso con ms miedo que respeto. Penetr en todas
las capillas y examin minuciosamente el estado de los cirios que ardan
en los altares. Alguna huella debi de reconocer en ellos del paso del
vndalo, porque su rostro se fue encapotando cada vez ms. Ya no fue un
reconocimiento, sino una verdadera caza la que emprendi al travs de
todas las capillas. En la ltima de la izquierda, donde est la pila
bautismal, olfate al fin la pieza. March con precaucin, y asomando su
enrgica nariz aguilea, pudo al fin columbrar la roma y barnizada de
mocos del granuja, que en compaa de uno de sus ms fieles discpulos
se ocupaba en hacer crecer la inmensa bola de cera que haba extrado de
las velas. El prroco sinti el nervioso temblor de los gatos a la vista
del ratn: se prepar como ellos rozando el suelo con los pies, y zas!
de un par de brincos cay sobre los brbaros. Pero Lorito no era un
vndalo vulgar de los que se dejan atrapar como un ratoncillo inocente.
Sin ver a D. Miguel sinti su hlito poderoso, y bajndose
repentinamente al tiempo que aqul lleg a echarle la zarpa, consigui
que fallara el golpe y fuera a dar de bruces en el altar. Antes que el
prroco pudiera revolverse, ya haba emprendido la carrera hacia la
puerta. Fue en vano. D. Miguel se apoder rpidamente del Cristo de
bronce que haba sobre el altar, y se lo arroj con tal mpetu y certera
puntera que le alcanz en la cabeza y le hizo venir al suelo soltando
chorros de sangre.

Al grito del chico y al ruido que produjo su cada acudi la gente; le
levantaron y le prestaron los primeros socorros, estancndole la sangre
con telas de araa y ponindole un pauelo a guisa de venda. Mientras se
llevaron a cabo estas operaciones, no dej de murmurarse, aunque en voz
baja, de la brutalidad del cura. ste, perfectamente satisfecho de su
obra, se retir majestuosamente a la sacrista, no sin que tuviera
ocasin antes de administrar dos patadas en el trasero al cmplice, que
andaba por all trmulo y abatido con la desgracia de su maestro.

Pero es el caso que el glorioso progenitor de ste, Pepe el de la
Pepaina, como le llamaban en la poblacin, para distinguirle de los
otros muchos Pepes que haba, pescador de oficio y un bruto muy
pacfico, que hablara sobre tres docenas de palabras por semana, al
contemplar a su hijo en aquel estado, comenz a vociferar en el atrio de
la iglesia como un energmeno. La sntesis de su discurso era que l no
senta respeto alguno hacia el estado eclesistico, y que padecan una
equivocacin lamentable los que se atrevieran a suponer que l, Pepe
Raya, dejara de dar al cura, en cuanto pusiese el pie fuera de la
iglesia, una de babor y otra de estribor, y acaso tambin una buena
patada en la popa que se la metiera bajo el agua.

D. Miguel, que desde adentro haba credo percibir alguno de los
extremos de este discurso, se empe en salir al atrio por ver su
demostracin; pero se lo impidieron D. Narciso y el sacristn.
Llevronle a la sacrista, y all le tuvieron entretenido hasta que
desapareci el peligro.

Al salir la gente del templo, el sol nadaba en el espacio azul,
bandolo de luz y de alegra. Repicaban las campanas con frenes
creciente. Estallaban multitud de cohetes, que impregnaban el aire con
el humo de la plvora. Y las olas estallaban tambin suavemente en los
peascos que casi rodean por completo la iglesia de la villa. En aquel
concierto gozoso de una naturaleza que sonre pocas veces, slo se oa
la nota spera de bajo profundo que entonaba el marido de la Pepaina.




II


Peascosa est situada en el fondo de una pequea ensenada del
Cantbrico. Su casero se extiende todo l por la orilla del mar, sin
penetrar ms de cien varas en lo interior. Slo all en el vrtice de la
angostura hay una plaza medianamente espaciosa, de la cual arranca la
carretera que conduce a Nieva. La parte de la villa que se extiende a la
derecha es menos importante y extensa que la de la izquierda. Por esta
orilla corre la mejor y aun puede decirse la nica calle del pueblo. Es
larga, empinada a trozos, a trozos llana, ancha en algunos parajes y en
otros estrecha, con nditos de un lado para los transentes. Las casas
de la derecha tienen todas salida a la mar por medio de escaleras mejor
o peor labradas, segn la importancia del edificio. Termina en el Campo
de los Desmayos, donde se alza la iglesia, sobre una punta de tierra que
avanza en el mar. Este campo toma su nombre de algunos sauces que all
dejan caer sus ramas sobre toscos bancos de piedra, donde los honrados
vecinos se sientan a tomar el sol en invierno o a respirar la brisa en
verano. Es el paraje en que se efectan todas las fiestas y regocijos
pblicos de la villa, las iluminaciones y verbenas, fuegos de artificio,
ascensin de globos, msica, danza y giraldilla: sirve adems de punto
de reunin para el gremio de mareantes cuando necesitan congregarse y
tomar algn acuerdo, y de real para la feria y de campo de maniobras
para los chiquillos de la escuela. No es maravilla que as suceda, dada
la particular estructura de la poblacin, donde fuera de la plaza, no
hay ningn otro espacio abierto y cmodo ms que ste.

El muelle es un espoln de piedra que arranca de la calle mencionada
hacia su promedio y avanza poco ms de cien varas por el mar. Bajase a
l por una rampa suave donde hay media docena de tabernas por lo menos y
dos cafetuchos, el de la _Marina_ y el _Imperial_. Unas y otros hierven
de gente a todas horas, pero muy especialmente a la del crepsculo,
cuando llegan del mar las lanchas pescadoras y termina sus faenas la
tripulacin de los pataches y quechemarines anclados. stos son los
nicos buques que llegan hasta Peascosa. Hay, no obstante, un vapor que
surca de vez en cuando las aguas de la ensenada y osa acercarse al
muelle. Es un remolcador de Sarri llamado _Gaviota_: sus largos
quejumbrosos silbos estremecen al vecindario de orgullo. Porque en lo
tocante a amar a su pueblo y despreciar a los dems de la tierra, nadie
ha ganado jams a los _peascos_, ni los romanos siquiera. No hay
peasco que no est plenamente convencido de que su puerto es el ms
favorecido por la naturaleza en toda la costa espaola: si no tiene la
importancia comercial de Barcelona, Mlaga o Bilbao, consiste en que
nadie se ha ocupado en proporcionrsela por medio de obras adecuadas.
Hacia Sarri, villa que quintuplica su poblacin y que ha adquirido gran
importancia en los ltimos aos, sienten un odio y un desprecio
inveterados. Cuando ven los vapores cruzar por delante de la abrigada,
tranquila y segura ensenada de Peascosa y meterse en el sucio y
peligroso fondeadero de Sarri, todo buen peasco siente latir su pecho
con indignacin, como el que ha sido vctima de un robo mira cruzar en
coche a su estafador. Hay que orles hablar de las cualidades del puerto
de Sarri, sobre todo cuando les escucha un forastero. Principia a
dibujarse en sus labios una sonrisa levemente irnica y despreciativa
que poco a poco se va acentuando hasta trasformarse en sonora, homrica
carcajada cuando llegan a aquello de: Los cangrejos estn muy
satisfechos todos de la boca de Sarri. Dicen que entran y salen sin
peligro alguno. Si alguna vez las lanchas pescadoras de este puerto se
ven precisadas a arribar a Peascosa a causa del temporal, con qu
proteccin tan humillante los reciben los indgenas! Y cuando por sus
negocios van stos a la aborrecida villa, estn all inquietos,
nerviosos: el trfago y los ruidos del muelle les suena dolorosamente en
el corazn: llegan a su pueblo con el estmago sucio y excitados,
narrando los mil disgustos que la envidia de los sarrienses les ha
causado. Llevan cuenta exactsima de todos los siniestros ocurridos en
la barra de su rival y no se cansan jams de compadecer a los pobres
buques extranjeros a quienes la suerte impa conduce a un puerto tan
inhospitalario.

No slo en el calado, en el abrigo, en la seguridad del puerto, cifran
su orgullo los peascos. Poseen adems otra porcin de ventajas
naturales verdaderamente inapreciables. Existe en las afueras de la
villa una fuente de agua ferruginosa que es admiracin de propios y
extraos, sobre todo de propios. Los extraos consideran que si el agua
no viniese unida a tantos cuerpos heterogneos, se bebera con ms
facilidad y producira los mismos resultados. Y verdaderamente nosotros
tambin nos inclinamos a pensar que su virtud saludable no se acrecienta
con que los chicos del barrio orinen en ella y a veces se desahoguen de
otro modo an menos diplomtico. Por influencia del clima, cranse en
Peascosa los mejores cerdos del orbe, con lo cual est dicho que en
ningn pas del extranjero saben lo que es comer jamn mas que en ste
afortunado pueblo. Dicho se est igualmente que, si los cerdos de
Peascosa son los mejores del mundo, las castaas con que se cran estos
cerdos son las ms gordas, las ms suaves y nutritivas. El mar de
Peascosa tampoco es igual al de otros puertos: sobre todo con el de
Sarri no guarda parecido alguno. Hay personas que, sin saber por qu,
se van debilitando paulatinamente en este pueblo, pierden el apetito y
el humor: pues bien, hasta que van a tomar los baos de mar en Peascosa
no se ponen buenas. Los de Sarri no producen efecto alguno medicinal:
al contrario, todo el que se bae all se expone a erupciones, catarros,
reuma y otros desarreglos tristsimos. Por la parte de Oeste, o mejor
dicho Noroeste, la villa est resguardada de los vientos ms vivos y
constantes. El clima es, por lo tanto, suave y benigno: las epidemias no
prosperan. Los peascos hacen saber con orgullo que, mientras en el
ltimo clera murieron en Sarri trescientas doce personas, en Peascosa
slo murieron sesenta y una, y de stas por lo menos treinta bajaron a
la tumba por descuidos lamentables que las familias respectivas debieron
evitar, aunque no fuese ms que por el crdito de la villa. Intil es
hablar del pescado que se coge en este privilegiado puerto. En cien
leguas a la redonda, nadie ignora que ni la sardina, ni la merluza, ni
el congrio, ni el besugo admiten comparacin con los de Sarri. Como el
caso parece extrao habiendo tan poca distancia de un pueblo a otro, los
de Peascosa lo explican por los mejores pastos que sus peces tienen. En
suma, nosotros no conocemos otro pueblo ms agradecido al Supremo
Hacedor por las condiciones topogrficas, hidrogrficas y climatolgicas
con que le plugo favorecerle.

Respecto a las etnogrficas, la mayor ventaja que hemos podido apreciar
es la hermosura y gallarda de las mujeres. Son altas, macizas, de tez
sonrosada y ojos negros; la voz es dulce, sonora y hablan con un dejo
musical muy caracterstico: parece que recitan al piano. No presumen de
bellas y lo son. En cambio se vanaglorian de cantar mejor que las de
ningn otro pueblo de la provincia, y no es as. Cierto que, como
acabamos de indicar, hay entre ellas muchas voces gratas y extensas;
pero el odo y sobre todo el gusto no corresponden a la voz. Repicotean
de tal modo lo que cantan que no lo conoce nadie, ni el mismo autor que
lo cre. En verdad que las peascas abusan de las _fermatas_ y
_fiorituras_ que las muchachas de Sarri, sin tener tan buena voz,
cantan con mejor gusto y afinacin. Silencio acerca de este particular,
porque si alguien lo dice en Peascosa, le sacan los ojos.

Igualmente tienen metido las jvenes peascas en la cabeza (digamos en
la hermosa cabeza, que no hay mentira en ello) que poseen especialsima
aptitud para componer coplas oportunas o de circunstancias. Las componen
generalmente sobre canciones populares que sirven para bailar en las
romeras. Que se inaugura el edificio de las escuelas, copla al canto;
que lleg el diputado del distrito a tomar baos, serenata y coplas; que
D. Jos el Estanquero monta un servicio de _mnibus_ a la capital,
coplita laudatoria a D. Jos el Estanquero. Pero donde brilla
principalmente el estro de las jvenes artesanas es en las coplas
satricas: no necesitamos aadir que el blanco preferente de sus stiras
es el mezquino, peligroso y sucio puerto de Sarri. No suelen estar bien
medidas las coplas; tampoco se ve en muchas de ellas el aguijn. Qu
importa! Las peascas las cantan con un fuego y un retintn que
desespera a las jvenes de Sarri y les hace enfermar de ira.

Los hombres suelen ser como en todas partes, ms feos que hermosos, ms
tontos que graciosos, ms groseros que corteses, ms vulgares que
originales. Sin embargo, hay en casi todos ellos un rescoldo de
imaginacin que, si no les sirve para escribir novelas, les hace ms
noveleros y curiosos que a los del resto de la provincia. Cualquier
acontecimiento insignificante adquiere proporciones grandiosas en
Peascosa. El pueblo se conmueve hondamente cada vez que arriba cierto
bergantn-goleta trayendo tabla de pino rojo del Norte para D. Romualdo,
y acude todo a presenciar la descarga. Un prestidigitador vulgar produce
extraordinaria agitacin y ocasiona largas y violentas disputas en el
casino, en los cafs, en las tertulias de las tiendas, y encauza el
gusto y la fantasa de los peascos por distintos derroteros. Lleg en
cierta ocasin un magnetizador que dio algunas sesiones en el teatro
(llammoslo as). Durante seis meses los peascos no se ocuparon apenas
en otra cosa que en magnetizarse los unos a los otros. En ninguna
tertulia se entraba que no se tropezase con alguna seorita dormida
mientras un joven indgena, en actitud de espantarle las moscas, le
arrojaba puados de fluido a la cara: todo era _mediums_ y espritus, y
veladores giratorios: algunos honrados vecinos quisieron volverse
locos: uno de ellos sali de noche pidiendo confesin a gritos porque
haba hablado con cierto pariente difunto. Despus lleg un frenlogo.
Los peascos se dedicaron otra temporada a palparse la cabeza y hacer
vaticinios sobre el destino reservado a los nios. Los cuadros
disolventes de algn saltimbanqui engendraban la aficin a las linternas
mgicas, y las compaas dramticas que por casualidad llegaban hasta
all, verdaderas cuadrillas de facinerosos, despertaban extraas
aptitudes para el arte escnico en muchos vecinos que hasta entonces
jams las haban revelado. Un nufrago austriaco les infundi el amor a
la filologa; dio unas cuantas lecciones de alemn y ruso a varias
personas caracterizadas de la localidad, y al cabo de dos meses se
escap con seis mil reales de D. Jos el Estanquero, dos mil de D.
Remigio Flrez y algunas pesetas ms de otros caballeros. No se habl de
otra cosa en un par de meses.

Hay en Peascosa un casino suscrito a cinco peridicos de Madrid y a uno
de Lancia. _El Faro de Sarri_, que les enviaban gratuitamente, fue
devuelto a su destino a propuesta de varios socios dignsimos cuando
este peridico propuso (qu asco!) la construccin de un gran puerto de
refugio en Sarri. Existe adems una sociedad de recreo, de la cual es
alma y vida D. Gaspar de Silva, un poeta de la localidad que tiene
escritas ms obras dramticas que Shakspeare. Psole por nombre el
_gora_, en consonancia con sus aficiones clsicas. Es el templo del
arte. All se representan las piezas de D. Gaspar por los jvenes
aficionados y se leen sus poesas lricas, en medio de las lgrimas y
los aplausos de las seoritas de la localidad, adivnanse charadas y
logogrifos, se cantan _mandolinatas_ y _stornellos_ en un italiano
estupendo y se juega de mil modos ingeniosos. Verdaderamente el gora de
Peascosa recuerda, ms que la asamblea griega que le ha dado nombre, la
tertulia de la reina de Navarra, aquella gozosa y potica reunin de
hermosas damas y caballeros, donde rebosaba el ingenio y de la cual
tanta gallarda invencin ha salido. No llevaremos, sin embargo, nuestro
afn de similitudes hasta comparar a D. Gaspar con Margarita de Valois.
Cada cual en su gnero deben considerarse como seres privilegiados; mas
pertenecen a gneros diferentes.

D. Gaspar era un hombre alto, seco, con el rostro lleno de manchas
coloradas que delataban su juventud borrascosa, el pelo ralo, la barba,
que gastaba al uso de Espronceda, Larra y los literatos del treinta al
cuarenta, entrecana y erizada, las manos y los pies descomunales, tan
apretados por los callos estos ltimos que el poeta andaba apoyado
siempre en una muleta y doblado fuertemente por el espinazo. A pesar de
esta circunstancia, no puede negarse que era un hombre notabilsimo, y
con razn se vanagloriaba Peascosa de haber sido su cuna y guardarle en
su seno. No se limit jams, como la mayora de los literatos, a
cultivar un gnero con mejor o peor fortuna. Escribi poemas picos,
poesas lricas de todas clases, amorosas, satricas, filosficas,
didasclicas; fue novelista y autor dramtico. Las tres cuartas partes
de sus obras permanecen manuscritas; pero bastan las impresas (a
expensas de un primo hermano que el poeta tiene en Puerto Rico) para
dejar de l imperecedera memoria. Por lo menos, los que hemos tenido la
dicha de conocerle personalmente, es seguro que no lo olvidaremos
mientras nos dure la existencia. Silva era un poeta que guardaba ms
semejanza con los vates antiguos que con los modernos. Como Shakspeare,
como Molire y Lope de Rueda, l mismo representaba sus obras en la
escena, reservndose los papeles de caracterstico, a causa de la
curvatura del espinazo. En este caso sola sacar una voz engolada y
tremante que causaba honda emocin en sus convecinos. Los ttulos de
ellas tenan un sello de originalidad que recordaba bastante los del
inmortal dramaturgo ingls. Entre otros ttulos extraos,
originalsimos, recordamos los siguientes: _No me vengas con belenes,
que te rompo el esternn_ (comedia en tres actos), _Entre col y col,
lechuga_ (pieza en un acto), _Y sin embargo se muere_ (drama en tres
actos), _Le gustan o no las rubias?_ (pieza en un acto). Aunque ha
brillado y brilla en todos los gneros literarios, nosotros pensamos que
su genio es ms dramtico que lrico.

No hay ms sociedades reglamentadas en Peascosa. La tertulia de la
botica, la de D. Martn de las Casas y la de los mosqueteros (esta
ltima al aire libre, en el Campo de los Desmayos) son agrupaciones
libres, sin ideal artstico ni poltico.

De esta villa insigne por su maravillosa situacin geogrfica y por el
talento de sus hijos, blanco de la envidia, no slo de Sarri, sino
tambin de Santander y Bilbao y todos los dems puertos de la costa
cantbrica, que en vano han pretendido humillarla; de este pueblo
generoso, patriota, idealista, fue nombrado teniente prroco el joven
presbtero protagonista de esta verdica historia. Lo fue por influencia
o mediacin de D. Martn de las Casas y otros prceres. No les cost
trabajo obtener este nombramiento del obispo, porque Gil se haba hecho
notar extremadamente como alumno aplicado e inteligente en el seminario
de Lancia. Al mismo tiempo sus costumbres puras y la suavidad y
mansedumbre de su carcter, acreditadas por todos los profesores, le
ponan en aptitud de desempear cualquier oficio en la iglesia. El
rector del seminario, varios dignatarios del clero y hasta el mismo
prelado le insinuaron la idea de quedarse en Lancia y hacer oposicin a
alguna de las prebendas que pudieran vacar en la catedral. Nadie dudaba
de su pericia para conseguirla. Sin embargo, el nuevo presbtero rechaz
con humildad la proposicin, alegando la insuficiencia de sus estudios,
que esperaba ampliar con el tiempo, y su excesiva juventud para
desempear cargo de tal importancia, caso de que se lo otorgasen. En el
fondo de su ser exista tambin, sin que l mismo se diera cuenta de
ello, cierta repugnancia a la vida sociable y regalona de los cannigos.

Gil era un mstico. Haba tenido la fortuna de tropezar, en el rector
del seminario, con un hombre de una piedad exaltada, con un orador
elocuente, apasionado, genial, un verdadero apstol. Este hombre
extraordinario, que formaba contraste con el clero prudente y prosaico
que le rodeaba, ejerci influencia decisiva en el espritu delicado y
soador de nuestro hroe, consigui arrastrarlo en su vuelo,
comunicndole el fuego que devoraba su alma de asceta. Era medianamente
instruido, pero hasta su pequeo bagaje de instruccin le pesaba. Senta
un respeto idoltrico, que comunic a su discpulo, hacia la Teologa
por lo que haba en ella de misterioso e incomprensible. En cambio
miraba con indiferencia la Filosofa y despreciaba las ciencias
naturales. Era, como todos los hombres de fe viva y corazn ardiente,
enemigo de la razn. Cuando se cree y se ama de veras se apetece el
absurdo, se despoja el alma con placer de su facultad analtica y la
deposita a los pies del objeto amado, como Santa Isabel pona su corona
ducal a los pies de la imagen de Jess antes de orar. Era un caso de
suicidio por ortodoxia mstica. Bajo su direccin, el seminario de
Lancia fue perdiendo el ligero barniz cientfico que por las ltimas
reformas se le haba dado. Seguanse los cursos de fsica, de historia
natural, de matemticas, de filosofa, pero con tan poco aprovechamiento
que ningn profesor se atreva a dejar suspenso a un alumno, por mucho
que disparatase en el simulacro de examen que se haca. En cambio
concedase importancia decisiva a las prcticas religiosas, a todos los
ejercicios de piedad. Se pasaba el da orando, meditando. El alumno ms
apreciado no era el que mejor dijese y entendiese las lecciones, sino el
que supiera pasar ms horas de rodillas, o ayunase con ms rigor, el ms
silencioso y taciturno.

La mayora de los colegiales, hijos de labradores y artesanos, cumpla
con estos deberes sin gran esfuerzo, viendo en ello una manera de
arribar pronto y sin dificultades al sacerdocio. El estudio les hubiera
mortificado ms. Para Gil, tal gnero de vida representaba un trabajo
constante, una lucha consigo mismo. Su inteligencia vigorosa apeteca el
estudio, su fantasa el movimiento. Con sistemtica tenacidad se puso a
contrariar las expansiones de su naturaleza, dio comienzo al lento
suicidio que primero haba operado su maestro y antes todos los msticos
del mundo. Penetr en el pensamiento de aqul, particip del ideal
sombro de su vida, de su furor de penitencias, de su desprecio de los
placeres, de los horrores y tambin de la ciencia del mundo. En esta
lucha con la carne hay su poesa. De otra suerte, no habra msticos.
Cuando termin la carrera era el modelo que se ofreca a los colegiales.
Humilde, reservado, grave y dulce a la par, rezador incansable y con la
nota de _meritissimus_ en todos los cursos.

Ya le tenemos ejerciendo el cargo de teniente prroco en Peascosa.
Hubiera preferido marcharse a regentar una parroquia rural. El trato
mundanal le produca penosa impresin: para l Peascosa, con su casino,
sus cafs y tertulias, era un centro de frivolidad, por no decir
corrupcin. Pero D Eloisa y sus protectoras se haban empeado en
tenerle en el pueblo, y el rector del seminario, su venerado maestro, le
aconsej que no desatendiese sus ruegos: si la frivolidad de la villa
le molestaba, su tarea, en cambio, sera ms meritoria y fructfera; las
almas de los campesinos no necesitan tanto prolijo cuidado. Con la
emocin y el anhelo de quien pone mano en una obra sacratsima, dio
comienzo el nuevo presbtero a sus tareas. Levantbase al amanecer y se
diriga a la iglesia, donde entraba el primero, antes que el sacristn.
Sentbase en el confesonario y all permaneca escuchando a los que se
acercaban al sagrado tribunal hasta las ocho, hora en que deca su misa.
Despus, an se sentaba otro rato a confesar, y se iba a casa. Hasta la
hora de comer, estudio, meditacin, rezo. Despus otra vez a la iglesia:
rosario, enseanza de doctrina, arreglo y aseo del templo. Desde que l
lleg, ste comenz a estar limpio y decoroso. Sin reprenderle, logr
con el ejemplo, echando l mismo mano al plumero y a la escoba, que el
sacristn cumpliese con su deber. Pero en lo que ms se placa su alma
fervorosa era en acudir prontamente al lado de los moribundos, en
permanecer clavado junto a su lecho, exhortndoles al arrepentimiento,
sosteniendo su confianza en Dios hasta que exhalaban el ltimo suspiro.
Esta era la parte grata de su tarea, la obra verdaderamente divina que
le dejaba el corazn anegado de dulzura y entusiasmo. Arrancar un alma
de las garras del demonio! Cuando a la madrugada, despus de cerrar los
ojos a un pobre feligrs, se diriga a la iglesia transido de fro, rota
su flaca naturaleza por una noche de vigilia y trabajo, sus ojos se
posaban en aquel mar siempre colrico, en aquel cielo sombro, y en vez
de sentir la tristeza y el dolor de la existencia, su espritu se
dilataba por la alegra y acudan a sus ojos lgrimas de reconocimiento.
Era el gozo sublime de Jess recorriendo a pie las abrasadas mrgenes
del lago Tiberiade, anunciando el reinado del Padre; era el gozo de San
Francisco cuando tornaba a la _Porcincula_ con algn nuevo compaero de
penitencia; era el del santo rey Fernando al apoderarse de Sevilla; era,
en suma, el gozo de todos los apstoles.

Se haba ido a vivir con el cura no por gusto, sino porque ste siempre
lo haba tenido en que los tenientes (o excusadores, como all se les
llamaba) viviesen a su lado, tal vez para tiranizarlos mejor. La
rectoral estaba situada no muy lejos de la iglesia, a la entrada misma
del Campo de los Desmayos. D. Miguel tena por servidores una ama vieja
y un criado joven. Los goces espirituales del pobre Gil estaban bien
compensados con un sinnmero de contrariedades y molestias que su rudo
prroco le hizo padecer en seguida. D. Miguel era tan brbaro en la
vida privada como en la pblica. Su voluntad desptica se dejaba sentir
en todos los pormenores y en todos los momentos de la existencia. Luego,
si esta voluntad fuese racional, vaya con Dios; pero la del formidable
viejo era tan caprichosa como maligna. Se gozaba en contrariar los
deseos de los que a su alrededor estaban, por mnimos que fuesen. Al ama
la tena frita: un da le impeda dormir la siesta, otro da le mataba
un perrito al cual tomara gran cario, otro le tiraba los tiestos que
tena en el balcn o la obligaba a permanecer en casa en ocasin de
cualquier gran solemnidad religiosa, o le haca pagar un desperfecto de
la vajilla, etc., etc. Al criado le tostaba en parrilla: unas veces le
mandaba en tarde de romera a cualquier aldea con un recado
insignificante, para que no se recrease; otras veces le cerraba de noche
la puerta si llegaba un minuto ms tarde de lo convenido y le haca
dormir al sereno, o bien le obligaba a quitarse las patillas, o le
vesta el ropn del monaguillo porque notaba que esto le molestaba
mucho. Al excusador le crucificaba. Haba tenido muchos, y a todos los
haba estudiado silenciosamente durante algunos das para conocer sus
tendencias y aficiones. Una vez enterado, se pona con particular
cuidado a contrarirselas. Al anterior, hombre obeso y amigo de los
placeres de la mesa, le hizo pasar cada hambre que por milagro no
feneci; vena el infeliz de decir misa con ansia de tragarse el
chocolate. Buen chocolate te d Dios! El cura haba mandado previamente
al ama a algn recado que durase dos horas por lo menos. Qu debilidad,
qu sudores, qu congojas las del pobre capelln! Si llegaban en sus
paseos vespertinos a alguna casa donde les invitaban a merendar, el cura
rehusaba manifestando que ya lo haban hecho en casa. l no padeca
porque era extremadamente sobrio, pero a su infeliz compaero se le
haca la boca agua.

El estudio de Gil le caus gran sorpresa. Entre los muchos tenientes que
haban desfilado por su casa no haba tropezado con un mstico hasta
ahora. Hubo alguno aficionado al culto y a la oracin, pero sin la
ardiente piedad y el entusiasmo que ste mostraba. El cabecilla de don
Carlos le mir con una especie de curiosidad burlona, con la compasin
desdeosa con que los viejos miran casi siempre las ilusiones y los
arrebatos de la juventud. Durante algn tiempo le dej trabajar
libremente en la via del Seor; la inocencia y la bondad de Gil
apagaban sus instintos malignos. Pero al fin stos no pudieron
permanecer inactivos, y comenz a poner obstculos al apostolado de su
excusador. Unas veces le quitaba de predicar en determinados das, otras
le prohiba sentarse tantas horas en el confesonario o le obligaba a
decir la misa ms tarde. Hubo ocasiones en que, hacindose el distrado,
lleg a dejarle encerrado en su habitacin para que no pudiera decirla a
ninguna hora.

Nuestro presbtero aceptaba resignado estos vejmenes y los encomendaba
a Dios, como todos los disgustos y alegras que experimentaba en esta
vida. El carcter de D. Miguel le produca repugnancia y terror. Tena
el espritu demasiado inflamado por el amor divino para ver lo que haba
de cmico e interesante en este personaje estrafalario, para
contemplarlo y estudiarlo con ojos de artista. Aquella violencia, mejor
an, aquella ferocidad, turbaba su alma delicada; el poco apego que el
cura mostraba a los asuntos teolgicos o de tejas arriba le indignaba;
pero sobre todo, la avaricia srdida de aquel viejo, que estaba con un
pie en el sepulcro, del ministro de Aquel que dijo: No queris tener
oro, ni plata, ni dinero, ni en vuestros viajes llevis alforja, dos
tnicas, ni zapatos, ni bculo, le causaba repugnancia invencible. El
prroco de Peascosa pasaba por hombre rico, y lo era en efecto.
Cincuenta aos regentando una parroquia populosa y viviendo con
extremada economa, le haban permitido juntar un capital respetable.
Haba comprado muchas tierras, pero se deca que guardaba en casa
tambin una gran cantidad en metlico. Y as deba de ser, atento la
vigilancia que desplegaba, sobre todo de noche. Despus que terminaban
su frugal cena y rezaban un padrenuestro en accin de gracias, D. Miguel
se levantaba, y tambalendose un poco, porque el torso era ms recio en
l que las piernas, se diriga a la cmoda, sacaba de ella un par de
pistolas enormes de chispa, y con una en cada mano se encaminaba a su
alcoba, bajo la mirada atnita de Gil. Porque aunque todos los das se
repeta la escena, nunca dejaba de producirle estupefaccin dolorosa.
Un sacerdote con dos pistolas en las manos, en aquellas mismas manos
que al da siguiente haban de tocar el cuerpo de nuestro Redentor!
Alguna vez haba visto a su maestro el rector del seminario de Lancia en
la cama. Sobre su mesa de noche haba un crucifijo de bronce y unas
disciplinas ensangrentadas. Al comparar ambos sacerdotes, no slo senta
crecer su admiracin hacia este virtuossimo varn, pero tambin, a
despecho suyo, naca en su espritu cierto desprecio hacia su prroco.

Esto no obstante, su humildad le obligaba a rechazar este sentimiento y
a repetirse la frase comn a todos los msticos: As y todo es mejor
que yo. No slo, pues, le miraba como su superior jerrquico y le
tributaba todo el respeto debido, sino que haca esfuerzos por
representrselo mejor que l moralmente. En el confesonario se le
ofrecan casos de conciencia complicados, que no entraban en las
frmulas de los libros que haba estudiado. Vindose apurado para
resolverlos, acuda a D. Miguel en demanda de luces; le expona
tmidamente el caso pidindole consejo. El antiguo cabecilla le
escuchaba con visible impaciencia y, frunciendo el torvo entrecejo,
sola contestarle speramente:

--Anda adelante y no te detengas en pataratadas.

Pataratadas! El cura de Peascosa calificaba as los extravos de una
conciencia, los dolores del remordimiento. El teniente se estremeca y
haca lo posible por ahuyentar los pensamientos que en aquel momento
acudan en tropel a su cerebro. Concluy por no pedirle consejo alguno,
y obr cuerdamente. La teologa moral de don Miguel era sin duda ms
deficiente que la tctica militar.

Despus de recoger el ltimo suspiro de los moribundos, el gozo mayor
del novel presbtero consista en sentarse en el confesonario y
esclarecer la conciencia de sus penitentes y conducirlos por el camino
de la perfeccin. Pero este gozo fue decayendo al observar la pequeez,
la insignificancia de los sujetos que a su tribunal se acercaban. Casi
todos eran mujeres: por milagro llegaba un hombre a confesarse. Estas
mujeres, siempre las mismas y con los mismos pecados, concluyeron por
aburrirle. Al principio, observando la docilidad con que escuchaban sus
consejos, la ardiente piedad que mostraban y aficin a los sacramentos,
imagin que le sera fcil hacerlas cada da mejores, levantarlas hasta
la santidad o poco menos. Pronto se convenci de que era ms difcil
cambiar la vida de aquellas beatas que la de un pecador empedernido. Le
caus gran desaliento: comenz a fastidiarse de aquellas nonadas, de
aquellas confidencias domsticas insulsas y necias con que las devotas
sazonan sus confesiones. Y no poda menos de admirar a su compaero el
P. Narciso, que se pasaba las horas muertas confesndolas con la misma
aficin que el primer da. No slo las confesaba, sino que, por uno u
otro motivo, siempre estaba entre ellas: unas veces eran las Flores de
Mayo, otras la novena de las Hijas de Mara, otras la congregacin de
San Vicente de Paul, etc. El P. Narciso era, como ya sabemos, el
director espiritual y el dolo del sexo femenino de Peascosa.

Sin embargo, desde la llegada del P. Gil al pueblo, el rebao haba
experimentado algunas bajas. Varias beatas abandonaron su sotana
protectora para colocarse bajo la frula del nuevo excusador. ste no
tena la verbosidad y la gracia del P. Narciso, ni se placa en gastar
bromitas saladas con sus penitentas; pero en cambio posea una figura
delicada como la de un querubn, una sonrisa dulce y melanclica y
modales tan suaves y distinguidos, que compensaban bien las cualidades
del otro. Algunas seoras as lo entendieron al menos, y se produjo la
desbandada que acabamos de indicar. Mas lo raro, lo estupendo del caso
fue que la oveja predilecta del capelln de Sarri, aquella Obdulia de
quien murmuraban las jvenes artesanas el da de misa nueva, abandon
tambin a su pastor, con quien triscaba espiritualmente, al decir de
aqullas, en el jardn de Montesinos, y vino humildemente a postrarse a
los pies del joven presbtero.

Dos meses despus de tomar ste posesin de su oficio, se hallaba una
tarde en el confesonario, rezando por su brevario de bolsillo. En la
capillita donde acostumbraba a sentarse no haba nadie. Dos mujerucas a
quienes haba confesado se haban ido ya. De pronto una figura elevada y
esbelta tap a medias la puerta, por donde entraba alguna claridad, no
mucha. El P. Gil levant los ojos y reconoci a la hija de Osuna. La
conoca mucho de vista, aunque jams haba hablado con ella. No ignoraba
que era penitenta muy asidua del P. Narciso, y aun haban llegado a sus
odos ciertos rumores que rechaz, por supuesto, con indignacin. Sin
embargo, aquella joven tan aficionada a la iglesia, tan suelta y
andariega, no le era simptica. Obdulia tena la tez plida,
extremadamente plida, donde brillaban unos ojos negros grandes y
hermosos como pocos. Sus cabellos eran negros tambin y abundantes, su
talle delgadsimo. Todo en su persona indicaba un temperamento
enfermizo. No poda llamrsela con justicia hermosa, pero s interesante
y distinguida. Avanz lentamente por la capilla. El joven clrigo crey
que vendra a hacerle alguna pregunta referente a la comunin general
del da siguiente. Pero en vez de eso, Obdulia se inclin hacia l
tmidamente y le pregunt con voz temblorosa, donde se adverta extraa
emocin:

--Me puede usted confesar?

Qued sorprendido y descontento. Tard un instante en responder; al fin
dijo gravemente con manifiesta sequedad:

--Para eso estoy aqu, para confesar a todo el que lo desee.

La faz plida de la joven se colore fuertemente, sus labios temblaron
como para dar las gracias; pero no dejaron escapar ningn sonido.
Arrodillose sobre la tarima contigua al confesonario, or breves
instantes y acerc al fin su rostro demacrado a la ventanilla enrejada.

El P. Gil estaba inquieto, muy poco satisfecho de aquella preferencia.
No que el confesar a una joven mas o menos agraciada le importase nada.
Era el suyo un temperamento puro, sosegado. La lucha con la carne no le
haba costado nunca grandes fatigas. Las mujeres eran para l seres
dbiles, ms necesitadas, por tanto, de proteccin y consejo: si haba
que vivir siempre prevenido contra ellas, era porque los Santos Padres
as lo haban establecido, teniendo presente sin duda su frivolidad y su
naturaleza pecaminosa. El combate formidable que haba necesitado
sostener no era contra la sensualidad, sino contra su espritu analtico
lleno de curiosidad, enamorado de la ciencia. Su maestro venerado, el
rector del seminario, al verle entregado con ardor al estudio de las
matemticas, de la fsica, de la filosofa, le haba dado la voz de
alerta. Por qu estudiar tanto? A qu conduca, en ltimo resultado,
la ciencia? Lo necesario para salvarse se poda aprender bien en un da,
en una hora, en un minuto. Lo importante no es saber, sino orar y
trabajar. El hombre virtuoso es el ms sabio, porque conoce el camino
para llegar a Dios y lo sigue. Estas verdades se impusieron pronto a su
espritu y le previnieron contra su curiosidad cientfica y le
impulsaron a sofocarla. Alentado por los consejos y por el ejemplo de su
maestro, haba matado la sed de conocimientos con el refresco de la
oracin y la penitencia. Logr, como l, amar lo inexplicable, lo
absurdo, porque esto satisface mejor los anhelos de un alma enamorada.

Pero aunque la mujer no haba sido para l jams un peligro, guardaba en
el fondo de su ser hacia ella ese rencoroso desprecio que caracteriza a
todos los msticos, no por la influencia que sobre ellos puede ejercer,
sino por la funesta que despliega sobre otras pobres almas. En esta
ocasin los dichos que sobre aquella joven corran, su fama de
caprichosa, estrambtica, despertaban en l cierto sentimiento de
hostilidad que se tradujo en una reprensin tan dulce en la forma como
severa en el fondo cuando la joven le dijo que no haba tenido motivo
para variar de confesor.

--No he hallado nada en l de malo... Solamente que pienso que no acaba
de entenderme--concluy por manifestar, vindose apretada.

--Todo ministro del Seor--repuso speramente el P. Gil--entiende lo que
es pecado, y esto basta.

Pero la confesin que sigui, larga, sincera, fervorosa, regada ms de
una vez por las lgrimas, hizo cambiar la disposicin del clrigo.
Comprendi que no se las haba con un alma vulgar, con una mujerzuela
frvola, sino con una cristiana de corazn entusiasta como el suyo,
tocada del amor divino y ansiosa de perfeccin. Haba sin duda bastante
incoherencia en sus frases, relataba pormenores ridculos y hasta necios
e indignos en ocasiones, pero en otras se mostraba grande y fuerte,
pisoteando sus pasiones y lanzando su vuelo hacia la luz y la verdad.
Hubo momentos en que su novel confesor pensaba estar escrutando el alma
de una santa; hasta tal punto semejaban los mpetus, los anhelos
msticos de aquella joven a lo que tena ledo en la vida de Santa
Teresa, Santa Catalina de Sena y otras gloriosas madres de la Iglesia.
El relato de las penitencias con que se mortificaba le impresion
vivamente y le hizo formar de ella un concepto elevado.

Sin darse cuenta de ello, Obdulia vino a hacer en aquella tarde una
confesin general. Al comunicar al nuevo confesor las flaquezas de su
temperamento, los movimientos pecaminosos de su alma, su vida entera le
acudi a la memoria: una vida bien triste por cierto! Era hija de la
primera esposa que su padre haba tenido: no haba conocido a su madre.
Su padre haba casado otras dos veces, pero no haban durado mucho sus
madrastras. Decase en el pueblo que el lbrico jorobado mataba a sus
mujeres a cosquillas. Esta especie monstruosa, que halagaba la
imaginacin del vulgo, se la metan por el odo a Obdulia sus compaeras
de colegio para hacerle rabiar. Oh, cunto haba sufrido escuchndolas
y observando el desprecio mezclado de terror que su padre inspiraba!
ste era para ella carioso e indulgente. La pobre no comprenda la
razn de tal desprecio, a no ser por la joroba que la naturaleza le
haba dado. Parecale, como es natural, enorme injusticia. Tena l por
ventura la culpa de no haber nacido derecho como los dems? Todava
recordaba con lgrimas la noche en que algunos jvenes ebrios le ataron
con una faja y le zambulleron en el mar repetidas veces entre bromas y
risotadas. Pobre padre! En qu estado de clera y miseria lleg a
casa! Lo que no supo la nia fue que estos jvenes le haban sorprendido
en un portal oscuro en situacin poco decorosa. Se asombraba
dolorosamente cada vez que notaba el miedo que inspiraba a sus amigas; y
cuando alguna de stas, ms benvola que las otras, la mostraba
compasin, irritbase fuertemente sosteniendo con calor que su padre era
muy bueno y que la quera entraablemente. Su naturaleza haba sido
siempre pobre y enfermiza: varias veces se temi por su vida. Padeci
desde la infancia fuertes hemorragias por la nariz, que la dejaban
desangrada, aniquilada. Estuvo dos aos, desde los doce hasta los
catorce, paraltica de ambas piernas. Su padre la haba llevado a varios
establecimientos balnearios sin resultado: hasta que un da, sin saber
cmo ni por qu, ech a andar repentinamente. Otros muchos desrdenes
experiment su organismo, sobre todo en el perodo de la adolescencia;
pero el ms sealado, o por lo menos el que ms llam la atencin de la
gente y el que sala a relucir siempre que se hablaba de ella en la
villa, fue una aberracin del apetito que la impulsaba a comer la cal de
las paredes. En vano se hicieron esfuerzos por su padre y maestras para
arrancarle este vicio; en vano se la castigaba, se la reclua, se le
ataban las manos. Al menor descuido, ya estaba descascarillando la pared
y haciendo en ella agujeros profundos.

sta y otras aberraciones desaparecieron al hacerse mujer. Tuvo un
perodo, desde los diez y seis hasta los veinte aos, en que su salud se
fortaleci notablemente, en que se hizo una joven gallarda y bien
parecida. Pronto se sec aquella flor, no obstante. Su salud quebrantose
de nuevo, y aunque no se repitieron los extraos desrdenes pasados,
comenz a decaer visiblemente, a sentir frecuentes indisposiciones. Los
amigos y su mismo padre atribuan estas dolencias a sus largas oraciones
y penitencias. Le haba acometido una aficin desmedida a las prcticas
piadosas, a frecuentar los sacramentos y a permanecer horas y horas en
la iglesia. A pesar de las advertencias de todos y de los ruegos de su
padre, nunca quiso refrenar su piedad; antes iba cada da en aumento. La
influencia de D. Narciso quiz tuviera buena parte en ello.

Haba llegado Obdulia a los veintiocho aos sin que hubiera tenido ms
que unos amores, cuando contaba diez y siete. Fue novia de un mancebo de
Lancia que pasaba en Peascosa largas temporadas en casa de unos amigos.
Llegaron estos amores a formalizarse. Se habl de boda, se hizo ropa la
novia, se fij la poca. De repente llega el padre del muchacho de la
isla de Cuba, y una noche lo empaqueta en la diligencia y se lo lleva,
no se sabe adnde. Despus de este aborto de matrimonio, nada. El
carcter de Obdulia, ordinariamente alegre, se hizo desde entonces
melanclico y reservado. Sin duda el amor divino fue para ella un
consuelo en este fracaso del amor humano. Su carcter experiment al
mismo tiempo una exaltacin extraa. Antes, cualquier censura la echaba
a risa y no le impresionaba; ahora, la observacin ms delicada la
conmova fuertemente, le haca derramar copiosas lgrimas. Su amor
propio se haba hecho tan nervioso, tan excitable, que el ms ligero
choque con l sentalo como una profunda pualada. Su conciencia la
acusaba continuamente de orgullo. Sostena contra s misma una lucha
cruel, y no lograba calmar aquella singular irritabilidad.

El P. Gil sonde aquel da y los sucesivos (porque Obdulia se confesaba
a menudo) con profunda emocin un espritu verdaderamente piadoso, al
cual su lucha consigo mismo haca an ms interesante. Era una de esas
almas que slo haba visto descritas en los libros msticos. Su inefable
dulzura, la sumisin con que reciba los consejos y advertencias, le
sedujo y le inquiet al mismo tiempo: le inquiet porque desconfiaba
mucho de si mismo, tema no acertar a comprender los anhelos ardientes,
las reconditeces sublimes de un ser superior a todos los que hasta
entonces haba conocido. Comenz a prestar intensa atencin a las
extraas confidencias de la joven, a sus escrpulos, a sus alegras y
terrores, a sus visiones, porque las tena de vez en cuando. Y ya no le
sorprendi que los dems confesores no la hubiesen comprendido.
Recordaba lo que le sucediera a Santa Teresa, y se propuso con el
ejemplo no despreciar por ridculas ciertas menudencias, seales de una
conciencia siempre alerta, ni considerar como deslumbramientos y
trampantojos los que muy bien podran ser favores reales del Cielo.

Lo que ms le impresion en la piedad de su nueva penitenta fue el afn
de mortificarse. Trataba a su cuerpo sin compasin, un cuerpo delicado
como el tallo de una flor. Varias veces durante la noche levantbase a
orar; al amanecer, en los das ms hmedos y fros del ao, sala de
casa para ir a la iglesia, donde pasaba algunas horas de rodillas;
ayunaba con un rigor que no haba visto ni en su asctico maestro del
seminario, abstinencias prolongadas, terribles, que parecan imposibles
de resistir; gastaba cilicios en las piernas y los brazos, y se
disciplinaba los viernes y en las vsperas de las fiestas sealadas.
Este desapego de la carne, este odio de la bestia nunca lo haba sentido
el joven sacerdote. En vano se lo haba querido inculcar su director
espiritual, en vano haba trabajado toda su vida por adquirirlo. Todo
fue intil. Las penitencias corporales le dolan, le aterraban de tal
modo que apenas comenzadas tena que suspenderlas. Maltrataba a su
espritu con gran valor, sofocaba en l toda aspiracin, todo deseo que
le pareciese pecaminoso, lo humillaba siempre que quera; pero tema al
dolor fsico como la ms sensible damisela: de ello se acusaba al
confesor y se dola en sus largas y fervorosas oraciones. Por eso las
speras penitencias de la joven le causaron una admiracin ilimitada.

Todos admiran ms aquello que les falta. Nunca se sinti ms humillado
ni dud tanto de su virtud y su salvacin. Y tomndolo como una
advertencia del Cielo, se propuso intentar nuevamente este camino de
perfeccin, por el cual haban andado todos los que verdaderamente
quieren acercarse a Dios. Alentado por el ejemplo de la piadosa
doncella, comenz a maltratar su carne como ella: cada una de sus
confidencias servale de ejemplo. Quiso tambin ayunar rigurosamente,
quiso tambin levantarse al primer sueo y pasar una hora en cruz de
rodillas, quiso gastar cilicio, quiso disciplinarse. Fue un combate
terrible con su naturaleza pura y tranquila de hombre sin pasiones, que
no siente por tanto la necesidad de aquietarlas a latigazos.

Su admiracin por la virtuosa doncella le impuls no slo a tomarla de
ejemplo, sino tambin de consejera. Era tan humilde e inocente de
corazn que se senta avergonzado teniendo que dirigir y reprender a
quien en el fondo consideraba como superior. Poco a poco comenzaron las
mutuas confidencias. El nuevo clrigo, no teniendo en Peascosa un
director espiritual acomodado a su educacin mstica, abri
insensiblemente su pecho y comunic a la joven sus alegras, sus
triunfos y sus desmayos en la va de salud que se haba trazado. Fue una
amistad espiritual, en que no se trataba otro asunto que el del servicio
de Dios, en que se pasaban largos ratos hablando dulcemente de las cosas
del Cielo. Ni faltaban tampoco en sus coloquios algunas bromitas
inocentes que los regocijaban por breves instantes.

--Cuando usted se encuentre en el cielo--deca sonriendo el P. Gil,--muy
arrellanadita en la silla que le corresponda, qu poco se acordar de
su pobre confesor, que estar padeciendo en el purgatorio!

--No diga eso, padre! Si usted no va derecho al cielo, quin ha de ir?

--Oh, no!--responda con un suspiro el sacerdote.--Usted tiene formado
de m un concepto muy equivocado... Yo soy un indigno pecador... Gracias
infinitas dar a Dios si me lleva al purgatorio, aunque est all miles
de aos...

Y lo deca de todo corazn el virtuoso clrigo. Crea de buena fe que,
porque no le era posible macerarse, no posea una virtud slida, y se
alegraba en el fondo del alma de haber tropezado con un ser que gozaba
de este privilegio. Acudale a la memoria frecuentemente el ejemplo del
P. Gracin, a quien Santa Teresa tanto haba ayudado en el camino de la
perfeccin con sus virtudes y consejos. Su amor platnico al ascetismo
le impulsaba a alentar en vez de reprimir prudentemente el de su
penitenta. Cada mortificacin que sta se infliga y temblando y
ruborizada vena a relatarle en el confesonario le causaba un gozo
profundo, le pareca un triunfo sobre el pecado y se forjaba la ilusin
de que a l le corresponda una parte de la victoria.

Muchas y variadas fueron las que la valerosa doncella consigui sobre la
carne en el espacio de pocos meses. As como los hombres corrompidos
agotan su imaginacin en busca de nuevos placeres, as ella sobresala
en la invencin de variados tormentos para su delicado cuerpo. La
aprobacin de su confesor, las frases de elogio que a despecho suyo se
le escapaban de los labios, indudablemente calentaban su fantasa y
aguijaban sus mpetus. Un da se pasaba veinticuatro horas sin tomar
alimento, otro echaba ceniza en el plato que ms le gustaba, otro se
pona una camisa de lana burda a raz de la carne, otro se disciplinaba
hasta saltar la sangre, etc.

Cierta tarde se acerc al confesonario con la faz ms radiante, con un
gozo intenso pintado en sus grandes ojos negros y misteriosos. Acababa
de lograr un nuevo triunfo sobre el enemigo y ansiaba comunicarlo a su
confesor. Pero ste, en vez de entretenerse en coloquios msticos como
otras veces, y de enterarse con afectuoso inters de sus penitencias, de
sus luchas con la carne, se atuvo severamente a los pecados. Se hallaba
quiz en un momento de melancola o de concentracin del pensamiento.
Mantvose en una actitud reservada, hablando poco, tratndola casi como
a una desconocida. Esta reserva impresion a la joven. Hallbase ella
precisamente en uno de esos momentos de expansin, en que la alegra
espiritual rebosa del pecho. Pensaba hacer partcipe de ella a su
virtuoso confesor. Mas hete aqu que a ste le da por callar y abreviar
la confesin todo lo posible. La joven se levant al fin triste y sin
poder reprimir un movimiento de despecho. Dio algunos pasos por la
capilla, que estaba solitaria. De repente, no pudiendo vencer el deseo
de hacer saber a su confesor la terrible penitencia que haba llevado a
cabo, se acerca de nuevo al confesonario, no por la ventanilla, sino por
la puerta.

--Padre--dice con voz temblorosa, ahogada por la emocin,--se me olvid
decir que esta noche hice una penitencia que acaso, por excesiva,
pudiera ser un pecado.

El joven presbtero levant los ojos sin comprender bien, expresando una
muda interrogacin.

--Me he quemado con una plancha.

El confesor permaneci silencioso, mirndola con ojos distrados.

--Me he puesto la plancha ardiendo en un brazo...

El mismo silencio. El P. Gil, o estaba pensando en otra cosa, o el
estupor le haba inmovilizado.

Sin duda crey lo primero Obdulia, porque dijo con cierta viveza:

--S, seor, me he hecho en el brazo esta quemadura...

Y al mismo tiempo levant la manga del vestido y puso al descubierto
una herida fea y dolorosa que tena en el antebrazo.

El sacerdote se encendi como una amapola, y volviendo prontamente la
cabeza, repuso con aspereza mirando a las tablas del confesonario:

--Bueno, bueno... Deje usted... Me parece excesivo, en efecto...
Abstngase en adelante de hacer tales penitencias sin consultarlas antes
con su confesor.




III


A las ocho de la noche, despus de haber cenado con D. Miguel y de
haberle visto retirarse a la cama en la dulce compaa de sus pistolas
de chispa, el P. Gil sali de la rectoral con direccin a la casa de su
protectora D. Eloisa Montesinos. Pocas veces iba a la tertulia que sta
reuna por las noches. Ni tena gusto en ello, ni el rgimen severo de
la casa del cura lo consenta. Pero su protectora se haba quejado del
abandono; hasta le pareci que estaba ms fra con l. Temeroso de ser
tachado de ingratitud y apesadumbrado realmente, porque profesaba tierno
y respetuoso cario a la bondadosa seora, resolviose a ir ms a menudo,
hacindolo as presente al prroco.

El agua de un fuerte chubasco le azot el rostro al poner el pie fuera
de la puerta. Abri el paraguas, mas a los pocos pasos, el viento que
soplaba huracanado en el Campo de los Desmayos se lo volvi. En la
imposibilidad de cerrarlo y sintindose empujado violentamente por el
huracn, el joven excusador se refugi en el negro, enorme portal de
Montesinos. Nunca pasaba por delante de l sin sentir cierto
estremecimiento de temor y curiosidad. En aquel sombro palacio habitaba
un hombre misterioso de quien se contaban vagamente mil extraas
historias, a quien se atribuan adems ideas y frases escandalosas
contra la religin y sus ministros. El joven clrigo apenas le conoca.
D. lvaro Montesinos haba pasado casi toda su vida en Madrid. Haca dos
o tres aos solamente que haba venido a establecerse a Peascosa. Viva
en un retiro casi absoluto, paseando alguna que otra rara vez por las
orillas del mar, enteramente solo. El resto de los das lo pasaba
encerrado en casa, segn se deca, leyendo o escribiendo artculos
impos. El clero de Peascosa hablaba de l con cierto desprecio
rencoroso, del cual haba llegado a participar el P. Gil, sin conocerle.

Arregl su paraguas lo mejor que pudo, y como los mpetus del viento
hubiesen sosegado un instante, saliose del portal, no sin dirigir una
mirada de miedo y hostilidad a la gran puerta negra del fondo, en lo
alto de la cual arda tristemente una lamparilla de aceite detrs de
una ventanilla enrejada. Sali del Campo de los Desmayos y, una vez en
la calle del Cuadrante (que as se llamaba la nica grande y poblada de
Peascosa), el viento ya no soplaba tan recio y pudo aprovecharse del
paraguas y llegar a casa de D Eloisa, situada en la plaza, sin mojarse
seriamente. La morada de D. Martn de las Casas era tambin antigua,
pero notablemente reformada, mucho ms chica que la de su cuado, con
todas las comodidades y aditamentos exigidos por las necesidades
modernas: portal de azulejos con cancela, escalera bien labrada de lamo
con pasamano charolado, las habitaciones con elegantes frisos y papeles,
todo muy aseado y pintadito.

--Buenos ojos le vean, padre! Qu caro se vende!--exclam D Eloisa,
que desde que su protegido haba recibido las sagradas rdenes no le
tuteaba.

Al mismo tiempo se levant y le bes la mano con verdadero afecto. Lo
mismo hicieron D Rita, Obdulia, que desde haca poco tiempo era
tertulia asidua de la casa, Marcelina y tambin D Serafina Barrado, a
pesar de la mirada oblicua que le dirigi su capelln D. Joaqun. D
Marciala y D Filomena se hicieron las distradas hablando con D.
Peregrn Casanova, y saludaron al fin desde su asiento con sonrisa
halagea.

Mientras duraron las salutaciones, D. Narciso, que estaba arrimado de
espaldas al piano, no quit los ojos de su compaero, unos ojos donde se
lean claramente la aversin y el recelo. Sin que el P. Gil la provocara
ni aun se diera bien cuenta de ella, exista viva rivalidad entre l y
D. Narciso, a quien haba arrancado ms de la mitad de las hijas de
confesin. Bien saba Dios que no haba hecho nada por conseguirlo;
antes, al contrario, le pesaba mucho cada vez que una de ellas se
acercaba a su confesonario. Pero qu le tocaba hacer? Nada ms que
confesarlas, pues era su obligacin. Insistir mucho en que no variasen
de confesor era conceder demasiada importancia a la cuestin de persona:
no estaba dentro del espritu del sacramento. Pero el capelln de Sarri
no se hallaba penetrado de la intencin de su compaero, y si se
hallaba, no alteraba gran cosa sus sentimientos. Atenase al resultado,
y ste era triste para l. Antes de la llegada de Gil puede decirse que
campaba l slo entre el bello sexo de Peascosa y seoreaba sus
conciencias. Los dems capellanes no le hacan sombra alguna. Era el
nio mimado de las beatas. Ninguno de sus chistes, de sus pasos y gestos
pasaba inadvertido: las devotas que tenan la dicha de escucharlos o
presenciarlos, se encargaban prontamente de difundirlos entre sus
amigas. A cada instante testimonios irrecusables de la viva simpata y
veneracin que despertaba en la villa: regalos de casullas, de
corporales bordados por dedos primorosos, de alzacuellos de raso, etc.,
etc.; ofrendas ms positivas an, de jamones, botellas de jerez, tartas
y chocolate. D. Narciso tena admirablemente cubiertas sus necesidades
espirituales y temporales. Era un pastor que apacentaba felizmente sus
ovejas, conducindolas con dulzura por el sendero de la virtud hacia el
paraso y trasquilndolas de vez en cuando el rico velln para que no se
enredaran en las zarzas.

La aparicin de su nuevo compaero vino a turbar aquella deliciosa
Arcadia mstica. Las ovejas, acometidas sbito de agitacin insana, se
pusieron a saltar y encabritarse cual si escuchasen los sones de un
caramillo encantado. Ni las pedradas ni los halagos lograron retener a
una gran parte de ellas. Qued en cuadro su rebao, y l, que haba
tenido fuerzas para gobernar un hato tan considerable, desmayaba ahora
al verse solo, al percibir la hostilidad con que le miraban algunas de
sus antiguas y queridas ovejitas. Porque no solamente ya no llegaban a
su casa los ricos dones ultramarinos y nacionales de otros tiempos, sino
que con profundo dolor notaba que empezaba a discutrsele. Decase entre
las damas piadosas, y esto llegaba a sus odos, que, si era cierto que
tena palabra ms fcil que el joven excusador, la mayor parte de las
veces no haba sustancia en lo que deca, y que ste le aventajaba
mucho en peso, en razn natural y en instruccin. Hubo ocasin en que al
lanzar uno de sus chistes ms picantes, relacionado como siempre con las
materias fecales, apenas produjo risa entre las oyentes, y supo que una
de ellas, despus que se fue, le haba calificado de grosero y mal
educado. De las gracias corporales no haba que hablar, pues bien se le
alcanzaba que nunca podra competir con la delicada y gallarda figura de
su rival. En resumen, D. Narciso se senta minado en los cimientos y
tema a cada instante venir al suelo. No es maravilla, pues, que la
mirada y el saludo con que acogi al joven presbtero fuesen menos
afectuosos de lo que deba esperarse. No recordaba poco ni mucho la
amable recepcin que San Juan Bautista, maestro querido y celebrado,
hizo al joven y divino discpulo que le haba de eclipsar en seguida.

--No le rias, mujer. Sabes t, por ventura, si le ser fcil salir de
noche, con el miedo que D. Miguel tiene a los ladrones?--grit D. Martn
de las Casas desde la mesa de tresillo donde jugaba con otros dos, un
cura y un seglar.

--No, seor; no es eso--dijo el clrigo, ruborizndose bajo las miradas
de toda la tertulia.

--Que no tiene D. Miguel miedo a los ladrones?--pregunt con acento
afectadamente brusco el seor de las Casas.

--S que lo tiene--repuso sonriendo dulcemente el joven, sentndose al
propio tiempo al lado de su madrina.--Sus razones habr. Los ricos son
los que temen. Los pobres, como yo, estn tranquilos.

--Pero tendr el seor cura tanto dinero como se dice?--pregunt D.
Marciala con curiosidad.

--Yo no puedo decir a usted, seora... Presumo que s, porque atiende
mucho a su hacienda. Sus gastos son pequeos, y en vez de aumentarse los
va restringiendo cada da ms. Donde entra mucho y sale poco no tiene
ms remedio que hacerse montn.

--Los derechos parroquiales deben producir mucho, verdad?--pregunt con
ms curiosidad an la esposa del boticario de la plaza.

--Ya comprender usted que en una parroquia tan extensa como sta no han
de ser cortos.

--Pero D. Miguel perdonar muchos de ellos--replic la seora, con una
leve inflexin cmica en la voz.

--Es posible, seora. Por mi parte, no lo he visto--repuso con perfecta
ingenuidad el excusador.

D. Narciso y D. Joaqun, el capelln de la seora de Barrado, cambiaron
una rpida mirada significativa.

Este capelln era un joven delgado, con rosetas en las mejillas, indicio
de un temperamento enfermizo, los ojos vivos e insolentes, la nariz
fina, la boca pequea, con un pliegue hipcrita y malicioso. Haba sido
un criadillo que doa Serafina meti en casa para recados y servir a la
mesa, poco despus de quedar viuda. Observando su listeza y encariada
con l, una vez trasladado su domicilio a Lancia, le dio carrera,
envindole al seminario. En las horas que le dejaban libres las clases,
Joaqun segua desempeando su oficio de criado. Luego que tom las
rdenes le hizo su administrador; hoy era sus pies y sus manos. No sala
a la calle sino en su compaa, era su director espiritual y su
consejero temporal. Espectculo curioso en verdad la trasformacin
sbita de un domstico en seor de su propia ama. sta le trataba de
usted, le llamaba siempre D. Joaqun y, pblicamente al menos, le
prodigaba mil muestras de respeto, obligando asimismo a los criados a
tributrselo.

D. Eloisa volvi a insistir, preguntando con acento carioso:

--Entonces, cul es la razn de su retraimiento, pcaro?

--Seora, comprendo que a D. Miguel no le gusta mucho que salga de
noche; pero la principal razn es que la mayor parte de los das estoy
rendido... Como me levanto a las cuatro de la madrugada!... Otras veces
necesito rezar un poco...

--Usted trabaja demasiado, padre--dijo Marcelina, una joven soltera que,
al decir de la gente, frisaba ya en los cuarenta, fea, apergaminada, muy
habilidosa de manos y no poco tambin de lengua.--Tantas horas de
confesonario!... Y luego los enfermos!...

--Sin contar las horas que pasa de rodillas en oracin...--apunt con
timidez Obdulia. Despus de soltar la frase se puso colorada.

D. Narciso le clav una mirada singular, entre irnica y agresiva, que
la joven no pudo ver, porque pona empeo en no mirar cara a cara a su
antiguo confesor.

El P. Gil hizo un gesto de impaciencia, molestado por aquellos elogios,
y para desviar la conversacin de su persona, se encar con uno de los
que jugaban al tresillo.

--Seor Consejero, hoy le he visto desde la rectoral sacar con la caa
un pez muy gordo. Por cierto que me pareci un salmonete, y a D. Miguel
una robaliza. Hemos disputado un poco.

--Tiene mejor vista el cura que usted. Una robaliza era--dijo gravemente
el caballero interpelado, sin levantar la vista de las cartas.

Este D. Romualdo Consejero era un anciano de bigote y cortas patillas
blancas, color cetrino, la frente surcada con profundas arrugas, los
ojos grandes, severos, de prpados cados. No sonrea jams. Hablaba
constantemente con acento de mal humor, como hombre desengaado de todo.

--Los salmonetes no caen en el muelle, don Gil de las calzas
verdes--profiri el seor de las Casas con su habitual rudeza, por no
decir grosera. Sola llamar as, en broma, a su antiguo protegido.

--S caen tal, D. Martn de las Casas blancas--profiri con voz sorda
Consejero.

Los tertulianos rieron, lo cual amosc un tanto a D. Martn, hombre,
como ya sabemos, propenso a irritarse.

--Yo lo crea as, Consejero de picardas--respondi con retintn,
mirndole a la cara fijamente, y poniendo sobre la mesa al mismo tiempo
un rey de copas.

--Pues crea usted muy mal--replic el anciano, siempre con los ojos
sobre las cartas.--Tambin crea usted que ese rey de copas iba a pasar
triunfante, y... vea usted, lo fallo!

--Eso lo har usted porque es un grosero y ha adquirido malas maas all
por Mlaga. Aqu el padre Norberto de seguro no lo hubiera hecho.

--No, no! Yo soy incapaz...--dijo el cura, sofocado por la risa,
tosiendo hasta reventar.--No he salido de Peascosa... Yo lo que hago es
achicarme y correr ese punto de oros de mi compaero.

Y puso sobre la mesa un cuatro.

--Hurra por el cura!--rugi D. Martn, echando el caballo y recogiendo
la baza.

--Amigo, yo pens que D. Martn no tendra el caballo--suspir D.
Norberto, dirigindose a Consejero con ojos de angustia.

--Lo pens usted porque es un babieca y lo ha sido toda su vida--repuso
ste con afectada naturalidad donde se trasluca la clera.

--Pero hombre de Dios!...--exclam el clrigo, disponindose a dar
explicaciones.

Consejero le ataj con ademn colrico, poniendo resueltamente las
cartas boca abajo sobre la mesa.

--Hombre del diablo! digo yo... Cmo se le ocurre a usted correr un
punto no estando cubierto?...

Armose una disputa violenta que dur breves instantes. Las de Consejero
y el P. Norberto no se prolongaban mucho tiempo, porque ste, hombre de
buena pasta, flemtico, conclua por callarse alzando los hombros con
resignacin y sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en seal de muda
protesta. Las que se eternizaban eran las de Consejero con D. Martn,
siendo ambos a cual ms irascible y tozudo.

D. Martn de las Casas, teniente coronel retirado, que haba hecho la
guerra de Cuba, donde haba recibido una herida en un hombro que le
impidi continuar en el servicio, se crea en el caso, por su profesin,
de llevarlo todo por la tremenda. Desde el ao 1873 en que pas al
cuerpo de Invlidos no volvi a salir de Peascosa. Contaba en aquella
poca cuarenta y dos aos. Su esposa se alegr de aquel retiro forzoso,
aunque deplorase que viniera al seno de la familia con un hombro de
algodn. Consideraba como virtud excelsa, privativa del militar, la
energa lo mismo en el campo de batalla que tomando caf en el casino.
Sus disputas, sus baladronadas en este centro de recreo eran
proverbiales en Peascosa y las bofetadas que sola repartir al final de
ellas tambin. Desde la llegada del tremendo teniente coronel ningn
vecino, por grave y respetable que fuese, estaba seguro. Muchos hidalgos
y ricos hacendados de la villa, que hasta entonces haban conservado
inmaculadas sus mejillas, ni soaban con que nadie pudiese atentar a
ellas, las vieron selladas y rubricadas cuando ms descuidados estaban
por los dedos del feroz invlido. Esto fue causa de un lento reflujo
entre sus amigos y conocidos, que le haban recibido cordialmente a su
vuelta del servicio. El movimiento no engendr aqu el calor sino el
fro. Poco a poco fueron dejndole aislado, juzgando su sociedad
peligrosa. Se vio necesitado a alternar con gentecilla de poco ms o
menos y con clrigos, que por su sagrado carcter estaban libres de sus
manos expeditas, o as lo pareca al menos. En el casino se le vea
rodeado casi siempre de dos escribientillos de casas de comercio, un
profesor de msica, un maestro de obras y otros tres o cuatro individuos
del mismo porte. Le escuchaban como un orculo, y si alguna vez en el
calor de la improvisacin les largaba un soplamocos, blasfemaban un poco
por dignidad y volvan en seguida a las buenas.

Consejero formaba excepcin. Tena peor genio que l. En el de D. Martn
haba mucho de afectado y profesional: el de aqul era puro y nativo.
Pero su avanzada edad, su debilidad fsica y sus achaques le ponan a
cubierto de cualquier brutal agresin por parte de su amigo. ste sola
concluir la disputa con un gesto violento de desprecio. Alguna vez lleg
a decirle:

--D. Romualdo, si usted tuviera treinta aos menos, le estampaba contra
la pared.

D. Romualdo viva slo. Un hijo que tena empleado en Mlaga se le haba
muerto haca cuatro aos. Disfrutaba una pequea renta, suficiente a
subvenir a sus cortas necesidades, y no tena otra ocupacin que pescar
con caa, ni otro recreo que el de jugar al tresillo. La vida se parta
para Consejero entre los anzuelos y los naipes. La maana se la pasaba
entera sentado sobre su sillita de tijera en el muelle, o en las peas
de tras la iglesia, con un sombrero de jipijapa si haca sol o un
paraguas si llova. Por la tarde, tresillo en el casino hasta las cuatro
en que de nuevo tomaba la caa. Por la noche, tresillo en casa de D.
Martn con ste y el P. Norberto.

Era ste un clrigo al cual se le podran echar cuarenta aos de edad,
aunque pasaba bastante de cincuenta, grueso, rollizo, colorado,
admirable dentadura, los ojos redondos y saltones, la nariz ancha, sin
una cana en el pelo ni una arruga en el rostro. Hablaba poco y rea
mucho. Todo le haca gracia: viva en perpetuo espasmo de alegra y
admiracin. Celebraba cualquier insulsez de los amigos como el chiste
ms acerado, hasta verse obligado a sujetar el vientre sacudido por los
flujos de risa. Y los rea de buena fe, sin asomo de hipocresa ni
adulacin, lo cual, como es lgico, lisonjeaba el amor propio de los que
estaban a su lado. Por tal razn quiz, el P. Norberto gozaba de
generales simpatas en la villa y no era mal quisto de sus compaeros.
Slo se le conocan tres pasiones, los callos guisados, el tresillo y
otra de que ms adelante hablaremos. Cuando en una casa, de las que
frecuentaba, haba callos para la comida o la cena, ya se saba que era
de rbrica el convidarle. Se serva dos o tres platos colmados, se
desabrochaba, la frente le empezaba a ahumar y haba que dejarle reposar
despus una hora sobre la cama; si no, corra peligro de estallar como
una bomba. Consejero sola decirle que cada da coma ms callos y
jugaba peor al tresillo. Y nunca soltaba la frase sin que el buen
clrigo se retorciese y sofocase de risa. Los chistes jams se hacan
viejos para l.

Las seoras apartaron prontamente su atencin de los tresillistas as
que comenzaron a disputar. Todas las noches haba una porcin de
reyertas como sta.

--Y usted, D. Narciso, tampoco ha venido ni ayer ni anteayer. Qu ha
sido de usted? Reza tambin por las noches?--dijo D. Marciala, que
haca calceta cerca de la mesa de tresillo; de vez en cuando alzaba las
manos hacia el quinqu de los jugadores, para tomar un punto que se le
haba escapado.

--No, seora; yo no soy gran rezador. No tengo la virtud de la oracin.
En cambio me abstengo de ciertos vicios, como el de murmurar de mis
superiores y compaeros--profiri el capelln con acento insolente,
mirando con afectacin al techo.

La alusin iba directamente al excusador, que acababa de hablar de la
avaricia del cura. As lo entendi l, y si no lo hubiera entendido
claramente, se lo manifestaran los ojos de los circunstantes. Ante
aquella brutal agresin se le encendi el rostro como una brasa. Las
carcajadas malignas de D. Joaqun y D. Melchor concluyeron de turbarle.

--Hombre, no est mal eso! jo! jo! Me gusta eso! jo! jo! Est bien
eso de la abstencin. Mucho que s! Tiene usted ingenio, D. Narciso.
Mucho ingenio! jo! jo! jo!

El P. Melchor se rea a boca llena de un modo insolente y grosero,
mirando alternativamente al joven excusador y a D. Narciso. El capelln
de D. Serafina tambin se rea con una risita aguda, minscula, que
aparentaba sofocar llevndose el pauelo a las narices. Las seoras
permanecan serias y disgustadas comprendiendo la venenosa intencin del
capelln de Sarri. Slo D. Marciala sonrea frente a l aplaudindole.

En Obdulia el dardo produjo an impresin ms dolorosa que en su
confesor. Sintiose invadida por un fro extrao acompaado de ligero
temblor; luego fuertes llamaradas de calor le subieron al rostro y con
ellas un vivo irracional deseo de lanzarse sobre D. Narciso y araarle.
Costole trabajo inmenso dominar sus mpetus.

--Malo es murmurar--dijo D. Serafina Barrado para salir del silencio
embarazoso que reinaba, disgustada como las dems por aquella
injustificada agresin;--pero muchas veces se toma por murmuracin lo
que no es. Se habla de cualquier persona... por hablar de algo, sin
nimo alguno de ofenderla. Hasta nos remos muchas veces de sus manas,
y no dejamos por eso de estimarla, ni nos creemos superiores a ella...

Al llegar aqu sus ojos tropezaron con los de su capelln, que haba
cesado de rer y le clavaba una mirada fra y aguda como un pual de
Albacete. La pobre seora qued acortada y slo tuvo nimos para
concluir con voz ms baja:

--...Al menos, eso me pasa a m...

--Y le pasa a todo el que tiene un corazn franco, seora--dijo
impetuosamente Obdulia.

--Slo los envidiosos, los malintencionados saben dorar la pldora de
veneno y clavar el pual cuando parece que estn haciendo una caricia.

La voz de la joven sala alterada, un poco ronca.

D. Narciso dej escapar una risita maligna y dijo con acento irnico:

--Mire usted cuntas cosas sabe de teologa moral la seorita! Habr
que declararla doctora de la Iglesia, como a Santa Teresa.

--Caramba, tampoco est mal eso! jo! jo! Conque doctora de la
Iglesia! jo! jo!... Pero qu perverso es este D. Narciso! Jo! jo!
jo!... Es mucho D. Narciso!

--No se ra usted tan fuerte, D. Melchor, que puede saltarle la
dentadura--dijo la joven, por cuyos ojos pas un relmpago de clera.

El P. Melchor ces de rer repentinamente. Este clrigo, de edad de
treinta y cinco a cuarenta aos, alto, de facciones regulares, ojos
grandes y negros sin expresin, y figura triste y descuadernada,
presuma, segn pblica voz, de guapo, lo mismo que de inteligente,
maligno, ilustrado, etc., etc. La frase de Obdulia le hizo un efecto
terrible, porque imaginaba que lo de la dentadura postiza nadie lo saba
ms que Dios y el dentista de Lancia que se la haba puesto. Murmur
algunas frases incoherentes, pero Obdulia continu sin hacer caso de l:

--Yo de teologa slo s que los sacerdotes estn obligados a tener
oracin, y que el alabarse de no rezar es ms propio de impos que de
ministros del Seor.

Lo dijo con calma y naturalidad que hicieron ms incisivo y profundo el
araazo.

--Y dnde ha aprendido usted tanto, seorita?--pregunt D. Narciso,
desconcertado ya.

--Pues lo he aprendido en el catecismo explicado y en los sermones del
magistral de Lancia... a quien dicen por ah que usted imita... pero
nada ms que en los gestos, sabe usted?

D. Narciso se sinti herido en lo ms vivo de su ser, porque
efectivamente haca todo lo posible por parecerse al magistral, notable
orador sagrado. Qued algunos instantes silencioso y se dispona a
contestar, cuando vino a interrumpir el tiroteo la entrada de una nueva
seorita llamada Cndida, alta, delgada, enjuta y apretada, de la
familia de los bacalaos. Fortuna tuvo D. Narciso, pues en la disputa
llevaba la de perder. Obdulia posea una imaginacin vivsima, y antes
de haberse dado a la mstica gozaba fama de alegre y chistosa entre sus
amigas.

D. Eloisa aprovech la oportunidad para cambiar la conversacin, que se
haba hecho peligrosa. Detrs de Cndida entr D. Teodora. Vena sta
acompaada de D. Juan Casanova. Este recto y majestuoso caballero tena
la costumbre desde tiempo inmemorial de hacer la tertulia por las noches
a D. Teodora. Cuando sta vena a la de su amiga D. Eloisa, lo cual
suceda una o dos veces por semana, la acompaaba juntamente con el
criado. D. Peregrn, despus que lleg de su excursin burocrtica por
Catalua, tambin adquiri el hbito de pasar un rato todas las noches
en casa de D. Teodora.

No es posible resolver cundo y cmo naci en la mente del antiguo
oficial del gobierno civil de Tarragona la idea de suplantar a su
hermano en el corazn de la fresca seorita; pero es cosa averiguada que
naci, y que se desarroll con extraordinaria fuerza en poco tiempo.
Comenz a tributarla mil atenciones, a recrearla con el sabroso
repertorio de sus recuerdos de empleado, a hacer gala en su presencia de
un ingenio sutil, de una facilidad pasmosa para los retrucanos. Procur
asimismo demostrar su incontestable superioridad intelectual sobre su
hermano, llevando la contraria a cuanto deca, sonriendo
despreciativamente cuando hablaba, vejndole, en fin, de mil modos. D.
Teodora, sin embargo, resisti tenazmente esta suplantacin. Aunque
deba de estar bien convencida de la superioridad de D. Peregrn, como
hombre de mundo y erudito, no por eso dej de seguir prodigando a don
Juan las mismas seales de afecto. Al contrario, los desprecios de su
hermano no sirvieron ms que para que se lo manifestase ms vivo que
antes. Esto llen de amargura el corazn de don Peregrn. Fue el motivo
ms poderoso de rencor entre los muchos que tena contra su hermano,
despus de la estatura.

Cndida fue a besar la mano del P. Melchor, de quien era hija de
confesin, y le consol, con el respeto, la sumisin y el cario con que
empez a hablarle, del fracaso que acababa de experimentar.

Apenas se acomodaron todos de nuevo, D. Peregrn, que hasta entonces se
haba mantenido dentro de una locuacidad ordinaria, estimulado por la
presencia de D. Teodora, quiso dar gallarda muestra de sus maravillosas
aptitudes para amenizar cualquier tertulia. Cogi por los pelos la
ocasin que le dio D. Narciso, al censurar lo mal empedradas que estaban
las calles de Peascosa, para decir con su voz gangosa y penetrante en
una pausa:

--Siendo yo gobernador de Tarragona...

--Ya pareci Tarragona!--dijo sordamente Consejero, mientras colocaba
las cartas.

Los que estaban cerca oyeron la exclamacin y rieron. A los odos de D.
Peregrn lleg el rumor, se detuvo un instante y dirigi una mirada
cobarde a Consejero. Despus prosigui con decisin su ancdota. Los
quince das que haba desempeado el gobierno de Tarragona, por ausencia
del gobernador y enfermedad del secretario, eran la edad de oro de la
existencia de don Peregrn, el perodo dulce y potico cuyo recuerdo
haca vibrar siempre su corazn. Cuntos sucesos en aquellos quince
das! Cuntas imgenes brillantes de gloria y poder surgan en su mente
al pensar en ellos! Los ms insignificantes pormenores de tan hermoso
sueo tenalos presentes cual si acabaran de efectuarse. Podra decir
cuntas veces haba llovido en aquellos quince das, qu haba comido y
bebido, de qu color eran los pantalones que gastaba. Durante algn
tiempo, cuando hablaba de esta poca, sola decir:--Haciendo yo de
gobernador en Tarragona... Ms adelante sustituy la frase con esta
otra:--Siendo yo gobernador de Tarragona...

Y cuando era gobernador de Tarragona sucedi que la prensa local se
quej del abandono de las calles, achacndolo, como todo lo dems que
andaba mal, a la administracin conservadora. Entonces l, encargado de
velar por el gobierno y el partido, haba llamado al alcalde a su
despacho y le haba dicho: Amigo mo... Aqu una tirada de
observaciones que D. Peregrn, cada vez que la repeta, iba haciendo ms
enrgica, hasta convertirla en seversima filpica. El alcalde le
responda esto y lo otro (la respuesta del alcalde iba siendo cada vez
ms dbil e insignificante). Entonces l, sin descomponerse poco ni
mucho, con la mayor calma, como quien no dice nada, le replicaba:
Querido alcalde, tiene usted dos caminos para elegir: o la suspensin,
o el arreglo inmediato de las calles.

--Al da siguiente, bien temprano, estaban trabajando dos cuadrillas de
obreros en las calles--termin diciendo D. Peregrn con una fra sonrisa
maliciosa. La conclusin y la sonrisa eran lo nico que no se iba
modificando lentamente en la interesante ancdota.

O porque ya la hubieran odo muchas veces o por no tener el espritu
bien dispuesto para esta clase de confidencias administrativas, es lo
cierto que muy pocos eran los tertulios que atendan. Hablaban los unos
con los otros en parejas o en grupos de tres y de cuatro. Cndida
cuchicheaba con el P. Melchor, D. Eloisa con su ahijado el P. Gil y con
Obdulia, D. Joaqun con Marcelina, y el P. Narciso con D. Filomena. Se
puede asegurar que los nicos que escuchaban realmente al ex-gobernador
interino de Tarragona eran su hermano y D. Teodora, esto es, los que ya
conocan los pormenores de su gestin administrativa tan bien como l.
Porque D. Serafina Barrado, aunque estaba inmvil y atenta con los ojos
puestos en el orador, ofreca tal vaguedad en la mirada, que bien se
echaba de ver que se hallaba muy lejos de lo que deca. Lo que esta
seora escuchaba, con imperceptibles estremecimientos de dolor y rabia,
era el rumor de la pltica de su capelln con Marcelina. Haca ya
bastante tiempo que D. Joaqun distingua mucho a esta seorita, su
penitenta. Estas distinciones llegaban al alma a D. Serafina, que por
lo visto aspiraba al monopolio de ellas. Teniendo en cuenta que el
capelln, fuera del acto de ser engendrado y nacer, era en un todo
hechura suya, pareca que tena derecho a ello. Mas l no lo crea as,
o senta placer en agitarla con desvos y seriedades injustificadas. No
se pasaba un da sin que la buena seora experimentase algn desaire
por parte de su protegido. Acaso ella tomase como tal lo que no era;
pero el clrigo, conociendo el afecto susceptible y celoso que le
profesaba, debiera mostrar ms cuidado en evitrselos. Ahora se notaba
bien claramente que sus apartes y cuchicheos eran intencionados: acaso
tuvieran por fin castigarla por la defensa indirecta que haba hecho del
P. Gil, a quien D. Joaqun odiaba a par de muerte.

D. Marciala, ms franca o ms colrica, apenas quitaba los ojos de D.
Narciso y D. Filomena, unos ojos escrutadores, inquietos, por donde
pasaban de vez en cuando relmpagos de ira. En los centros de
murmuracin de la villa decase que D. Marciala estaba enamorada del P.
Narciso. Aunque esto no sea creble, por tratarse de una seora que toda
la vida se haba manifestado muy circunspecta y religiosa, no hay duda
que sus familiaridades con el clrigo podan dar lugar a torcidas
interpretaciones entre la gente propensa a pensar mal del prjimo. Haba
casado ya tarde, cuando contaba ms de treinta aos, con D. Jos Mara,
el boticario de la plaza. ste, que haba sido toda su vida un
republicano rabioso, que apenas frecuentaba la iglesia, y que reuna en
su trastienda por las noches un grupo de demcratas (masones los
llamaban las beatas del pueblo), por el influjo de su piadosa mujer
haba ido cambiando poco a poco de opinin. Principi por alejarse de
la poltica y dejar la suscricin a _El Motn_; despus fue eliminando
de su tertulia a los sujetos ms exaltados y peligrosos; luego se le vio
alternando cortsmente con varios sacerdotes. Finalmente, como llegase
una misin de jesuitas a la villa, D. Marciala consigui llevarle a
confesar con uno. Desde entonces se realiz un cambio completo y radical
en la vida de D. Jos Mara. El feroz republicano, suscritor de _El
Motn_, se trasform en un cofrade de San Vicente de Paul, hermano del
Sagrado Corazn. Alumbraba en las procesiones, haca la guardia al
Santsimo con escapulario al cuello, etc., etc. Y no slo practicaba
todos los actos religiosos de un fervoroso creyente, sino que dio en
acompaarse de clrigos y en recibirlos en su trastienda, en vez de los
impos que antes iban; de tal suerte, que su botica vino a ser al cabo
de algn tiempo el centro de reunin de los tradicionalistas de
Peascosa. Tal fue la obra benemrita llevada a cabo con singular
fortaleza y habilidad por D. Marciala. En ella le ayud muchsimo con
sus consejos el P. Narciso. Acaso por esta razn su alma qued tan
ligada y agradecida a su director, que por no saber contenerse, daba
pvulo y estimulaba a las malas lenguas de Peascosa.

Fue, como ya sabemos, una de las que contribuyeron a la educacin y a
la carrera del P. Gil; pero en la desercin que se oper en el rebao de
D. Narciso a la llegada de aqul, permaneci fiel a su pastor. Quiz
ayudase a mantenerla firme la huida de Obdulia, de quien ella tena,
segn fama, unos celos rabiosos, y por lo visto no le faltaba razn.
Aspir a sustituir a sta en la gracia del elocuente y donoso sacerdote,
y casi lo tena conseguido. Desgraciadamente, se interpuso en su camino
D. Filomena, la viuda que ya conocemos, quien con ms modestia y
reserva admiraba a su director espiritual y le prodigaba en silencio y
en la sombra mil atenciones delicadas, que concluyeron por hacer mella
en su corazn. No significa esto que dejase de considerar y atender como
deba a D. Marciala; pero se observaba en l de algn tiempo a aquella
parte ms inclinacin hacia D. Filomena, aunque nunca por supuesto tan
sealada como la que haba sentido por Obdulia.

En la tertulia de D. Eloisa se agitaban mil dulces sentimientos, a los
cuales, como la sombra a la luz, acompaan siempre otros amargos. Varias
jvenes solteras, a quienes el tiempo y los desengaos haban hecho ms
reflexivas, algunas seoras casadas en las cuales sus maridos no haban
podido extinguir la sed de lo infinito, y tal que otra viuda necesitada
de consuelos, se reunan todas las noches en torno de media docena de
presbteros, formando un grupo interesante y conmovedor. Aquel pequeo
mundo, ajeno enteramente a las luchas de la poltica, de la ciencia y de
los intereses materiales, representaba un oasis deleitoso enmedio de la
corrupcin general de las costumbres. La perfecta sumisin de aquellas
almas femeninas a sus directores, la benevolencia y la ternura con que
stos se esforzaban en conducirlas por el sendero de la virtud,
prestaban a la tertulia un carcter suave, inocente y piadoso que no se
hallar seguramente en las exclusivamente seglares. Exista una dichosa
compenetracin de lo espiritual en lo temporal; era una imagen
aproximada de lo que debe ser el reinado de Dios sobre la tierra.

El rebao mstico se reparta, como era natural. Cada clrigo tena sus
hijas de confesin, que le obedecan y le admiraban. Y ellos,
aprovechando, como expertos y hbiles pastores, el carcter y condicin
de cada oveja, solan estimularlas por medio de acertados manejos, ora
halagando su amor propio, ora mortificndolo unas veces con celos, otras
con saludable frialdad, otras con alguna lisonja adecuada. Ni faltaban
tampoco en aquella exquisita sociedad algunos honestos recreos. No era
todo hacer calceta ni colchas de crochet: tambin se renda culto a la
msica. El P. Norberto era organista de la iglesia, y aunque conoca
poca msica profana, algunos _nocturnos_ tocaba, y cuando no,
acompaaba al P. Narciso, que entre sus mltiples habilidades tena la
de tocar en la flauta dos o tres pavanas y la sinfona de _Juana de
Arco_. Tambin Marcelina saba cantar _La Stella confidente_ y la
_Plegaria a la Virgen_. D. Melchor saba hacer algunos juegos de manos;
D. Peregrn Casanova sazonaba la tertulia con salerosos cuentos; Cndida
recitaba admirablemente al piano varias fbulas morales; por ltimo, el
P. Joaqun tocaba, rascando los dientes con las uas, cualquier pieza
musical, y remedaba el grito del gallo con tal perfeccin que cualquiera
le confunda con este bpedo.

Aquella noche no hubo msica. Los nimos estaban un poco abstrados.
Reinaba cierta inquietud en la tertulia, motivada por la presencia del
P. Gil, a quien ninguno de sus colegas, si se excepta el P. Norberto,
mostraba simpata. La conversacin fue rodando de uno en otro asunto,
todos de poca monta. En un momento de silencio, D. Juan Casanova, que
tena la cabeza inclinada hacia un lado, sin duda por el excesivo peso
del cerebro, la descarg algn tanto, diciendo con su acostumbrada
solemnidad:

--Eloisa, hoy he hallado a su hermano lvaro en el paseo de la Atalaya.
Llevaba un pantaln de cuadros.

D. Eloisa suspir, como siempre que se tocaba el punto de su hermano.

--Estos das ha estado un poco enfermo. Me lo ha dicho el
criado--manifest dirigiendo una mirada tmida a la mesa donde jugaba su
marido.

D. Martn y su cuado haca tiempo que no se relacionaban. Por el motivo
balad de un mueble de la casa que aqul pretenda llevar a la suya, sin
derecho alguno, rompieron de un modo violento. D. Martn (cmo no?)
puso la mano en la cara a su cuado, y a ms de esto le desafi. Desde
entonces, absoluta separacin entre ambos. D. lvaro viva en su enorme
casa, enteramente solo, y D. Martn en la suya con su esposa. sta, de
vez en cuando, a escondidas de don Martn, iba a visitar a su hermano.

--No parece que goza de buena salud--dijo el P. Gil, a quien sin saber
por qu interesaba aquel hombre.

--Oh! Sumamente enfermizo y delicado. Slo cuidndose mucho puede ir
viviendo.

Los clrigos, como siempre que se trataba de Montesinos en presencia de
su hermana, guardaban un silencio sombro, con la cara larga y
enfoscada. Si no estuviera ella, de seguro hubieran soltado alguna frase
de indignacin o algn sarcasmo contra aquel impo, que tena
escandalizada a la villa con sus opiniones y con su conducta. A duras
penas respetaban el lazo estrecho de familia.

Hubo un silencio lgubre, porque las damas, comprendiendo lo que pasaba
en lo interior de sus directores espirituales, no osaban hablar. D.
Eloisa torn a exhalar otro suspiro y dijo con acento dolorido, como si
terminase en alta voz un monlogo:

--Qu lstima que le hayan pervertido en Madrid! lvaro tiene buen
corazn... y todos dicen que es hombre de talento.

Los clrigos se sintieron molestados por aquellos elogios. Uno de ellos,
el P. Melchor, se atrevi a decir con sonrisita de suficiencia:

--Seora, permtame usted que no reconozca talento en quien no admite
las verdades de nuestra santa religin.

--A lo menos fue el primero en su ctedra y pasaba entre sus profesores
por un chico despejado.

--Y lo ser, seora,--dijo el P. Gil, a quien el tonillo agresivo de su
compaero haba disgustado.--Se puede tener talento y estar obcecado en
cualquier asunto. Su hermano, desgraciadamente, lo est en lo que se
refiere al ms interesante para el hombre. Mas no hay razn para negarle
el talento. Los grandes heresiarcas lo han tenido; si no fuese as,
seguramente no habran podido dar apariencia de verdad al error y
engaar tanta gente.

Aunque se sintiese herido en lo vivo por esta rplica indirecta, el P.
Melchor no os responder, y prefiri hacerse el distrado devorando su
enojo. Por ms que no la confesasen, todos los clrigos de Peascosa
sentan la superioridad del P. Gil, que achacaban, por supuesto, a que
era el nico entre ellos que haba seguido la carrera lata de teologa.
Ningn otro intent tampoco llevarle la contraria por temor de hacer un
mal papel.

La conversacin se encauz por otro lado. Charlose animadamente del
proyecto de construccin de una nueva iglesia, cerca de la plaza, echado
a volar por varios vecinos y al cual se opona con todas sus fuerzas el
cura, por temor de que se dividiera la parroquia. Los jugadores seguan
en sus alternativas de silencio y ruidosos altercados. El P. Gil qued
mudo y pensativo, impresionado con lo que acababa de or y decir. La
figura de Montesinos, a quien no haba visto ms de tres o cuatro veces
en su vida, y eso de lejos, flotaba en su imaginacin despertando en l
viva curiosidad. La afirmacin de doa Eloisa de que haba sido siempre
el primero entre sus condiscpulos, contribuy a hacer ms grande, por
no decir ms interesante a sus ojos, aquel hombre. Un deseo vago,
indefinido de acercarse y conquistarle naci en su mente. Cuando la
llegada de D. Jos Mara el boticario y de Osuna dio la seal de
disolverse la tertulia, an rodaba este pensamiento por su cerebro en
busca de forma.

La noche segua encapotada y triste. El cielo dejaba caer con pertinacia
una lluvia menuda y fra. En la puerta de la casa los tertulios se
dividieron: la mayor parte se qued por las inmediaciones de la plaza,
otros siguieron por la calle del Cuadrante. Y en ella se fueron
separando todos hasta que quedaron solos el P. Gil, Osuna y su hija, los
nicos que vivan en el Campo de los Desmayos. Obdulia maniobr para que
el P. Gil la tapase con su paraguas. El jorobado marchaba detrs,
satisfecho de no pasar por la humillacin de que su hija le tapase, pues
a causa de la gran diferencia de estatura as suceda siempre.

Caminaron unos instantes en silencio, escuchando el estruendo lejano del
mar que bata contra las peas y el leve rumor de la lluvia sobre el
paraguas. La joven esperaba que el P. Gil sacara la conversacin de su
altercado con el P. Narciso, y de intento prolongaba indefinidamente el
silencio. Vindole taciturno y abstrado, se aventur a decirle con voz
temblorosa:

--Est usted enfadado conmigo, padre?

--Por qu?--pregunt el clrigo con sorpresa, saliendo repentinamente
de su meditacin.

--Por la disputa que he tenido con D. Narciso.

--Ah! S... en efecto, no me ha gustado la actitud rebelde en que usted
se ha colocado frente a l. Es indigno de una joven humilde y virtuosa
como usted...

Obdulia guard silencio, sintiendo en el corazn la censura de su
director. Al cabo dijo, ponindose colorada, lo cual nadie pudo
advertir:

--Tiene usted razn; he cometido un pecado y me arrepiento...

Despus de una pausa larga, aadi humildemente:

--No puede usted figurarse cunto me disgusta el observar la envidia de
D. Narciso.

--La envidia?--pregunt el sacerdote con sorpresa.--A quin tiene
envidia?

--A usted, padre, a usted--repuso con firmeza la joven.

--No, hija, no--dijo el P. Gil todo azorado.--Yo no puedo excitar la
envidia de nadie... Soy un pobre clrigo... un miserable pecador...

--Pues as y todo... yo me entiendo...

Repuesto de su turbacin, el sacerdote dijo entonces con aspereza:

--Ruego a usted que no vuelva a decir esas cosas, ni que las piense...
Se lo prohbo... Advierta usted que se trata de dos sacerdotes--aadi
despus de una pausa, dulcificando la voz.

Obdulia no replic. Muda y con el corazn apretado por una pena extraa,
sigui marchando al lado del clrigo. ste dirigi la palabra a Osuna
sin volverse:

--Al llegar al Campo vamos a sentir el aire, seor Osuna.

--Cundo no sopla en ese maldito Campo?--replic el jorobado con mal
humor.

Y en efecto, al abocar a l, una rfaga violenta les azot el rostro y
estuvo a punto de volverles los paraguas. La sotana del clrigo, las
enaguas de la joven tremolaron: les costaba trabajo avanzar.

Por fin alcanzaron el gran portal de Montesinos. Se limpiaron el rostro
con el pauelo y repusieron el desorden de sus vestidos. El P. Gil
volvi a dirigir una mirada curiosa y escrutadora a la oscura puerta en
cuya cima arda siempre la lamparita de aceite.

--Adis, seor Osuna, que usted descanse--dijo tendiendo la mano al
jorobado.

Luego tuvo un momento de indecisin: iba a tendrsela a Obdulia; pero
turbado por la mirada intensa y exttica que la joven le clavaba, la
llev al sombrero y se inclin gravemente, diciendo:

--Buenas noches, seorita.

Alz de nuevo el paraguas y salv de prisa la distancia que le separaba
de la rectoral. Los ojos de Obdulia, inmvil a la puerta mientras su
padre llamaba, le siguieron algn tiempo.

Antes de penetrar en la rectoral, el P. Gil volviose y qued inmvil
tambin algunos instantes. Pero sus ojos no buscaron la puerta de donde
aqulla acababa de desaparecer. Fueron ms arriba, abrazaron de una vez
la extensa y sombra fachada de la gran casa solariega que, avezada a
los golpes del huracn, dorma grave y desdeosa bajo la intemperie.
Contemplola larga, atentamente. Sus ojos brillaron con un fuego de gozo
mstico. Era la mirada del apstol, vida, tierna, clemente. Tal debi
ser la expresin que reflejaron los ojos de San Pedro a la vista de
Roma.




IV


Desde aquella noche el P. Gil no so con otra cosa. La fiebre del
apostolado le encendi de tal modo que no dej rincn vaco en su
cerebro para otro pensamiento. Dentro de l entablose una lucha sorda
entre el deseo vivo y ardiente de ennoblecer su vida con la conquista de
un enemigo encarnizado de la Iglesia, y el miedo desapoderado, loco, que
sin saber por qu le inspiraba. En sus continuos paseos por la estancia
que ocupaba en la rectoral, mientras con el breviario en la mano deca
los rezos obligatorios, a menudo se detena ante la ventana, levantaba
la punta del visillo y diriga una mirada tmida y ansiosa al palacio de
Montesinos. All estaba, adusto, impenetrable, hostil como un baluarte
fabricado por la impiedad. Los balcones eternamente cerrados. El hombre
misterioso que lo habitaba deba de odiar tanto la luz del sol como la
de la fe. El P. Gil diriga luego la vista al cielo y daba gracias a
Dios desde el fondo del corazn por haberle tenido siempre de su mano,
por haberle hecho nacer y vivir en la regin luminosa de las santas
creencias cristianas.

En vano trat de inquirir pormenores de la vida y carcter de aquella
oveja descarriada a quien ansiaba traer al redil. Los datos que le
suministraron eran contradictorios. Mientras su hermana y algunas otras
personas se lo presentaban como un perfecto caballero, un hombre de buen
fondo, extraviado por las malas compaas y la lectura de libros impos,
otras, que tambin pretendan conocerle desde la infancia, lo pintaban
como un ser avieso, mal intencionado, riendo siempre de las desgracias y
las flaquezas del prjimo, insolente y agresivo de palabra, ya que de
obra no poda serlo por su natural dbil y enfermizo. A este propsito
narraban algunas ancdotas de su infancia y adolescencia que acreditaban
esta opinin. Otros, en fin, le tenan por un desdichado, por un hombre
a quien los desengaos de su carrera literaria y los profundos pesares
domsticos haban llenado el corazn de hiel. Suponan que Montesinos,
aficionado a las letras, enamorado de la gloria, haba ido a Madrid. En
vez de ella, slo hall glacial indiferencia: esto, unido a la
catstrofe de su matrimonio, le haba obligado a retirarse de nuevo a
Peascosa rabo entre piernas, como decan pintorescamente los graves
bigrafos. Y terminaban afirmando que Montesinos desahogaba su amargura
y despecho blasfemando de palabra cuando se le presentaba la ocasin y
publicando artculos en los peridicos y revistas de los masones. El P.
Gil no saba a qu atenerse. Inclinbase, no obstante, a esta ltima
opinin, que conciliaba hasta cierto punto la benvola de su hermana y
ciertos amigos con la mala fama que tena en el pueblo. Lo que no dejaba
de sorprenderle era que mientras el clero y los tradicionalistas de
Peascosa le detestaban cordialmente, los pocos republicanos y masones
que haba en la villa no le demostraban estimacin alguna. Decase que
Montesinos se rea de ellos con ms gana an que de los catlicos, y que
haba huido constantemente su trato.

Todas estas noticias, que recoga de un lado y de otro disimulando, por
supuesto, su proyecto, no eran a propsito para apartarle de l. El
misterio impenetrable que envolva el carcter de aquel hombre le
interesaba cada da ms, y ms le atemorizaba. Saba cunto importaba
atraer un alma perdida al seno de la Iglesia; pero cuando esta alma era
la de un hereje, un enemigo encarnizado de ella, el acto creca
desmesuradamente a los ojos de Dios. Dando vueltas a la idea, concibi
varias veces el propsito de acercarse inmediatamente a l, hablarle y
convencerle con razones y con ruegos; mas pronto lo abandonaba temiendo
un fracaso. No era que le mortificase lo ms mnimo en su amor propio:
estaba resuelto a padecer por Dios con alegra toda clase de martirios,
cuanto ms una injuria. Lo que tema era tener que renunciar a una
empresa tan noble y gloriosa. Poco a poco lleg a convencerse de que el
mismo Dios se la encomendaba especialmente, que sta era la tarea
principal que le haba impuesto al enviarlo a Peascosa. Y convencido de
que lo sublime del propsito no empece a que se adopten los medios ms
eficaces para llevarlo a feliz remate, resolviose a comunicarlo con su
madrina doa Eloisa y a pedirle ayuda. Grande fue el gozo de la buena
seora al recibir la confidencia. Aplaudi de todas veras el proyecto,
que satisfaca los deseos ms ardientes de su corazn, y prometi hacer
cuanto humanamente fuese posible por que tan hermoso sueo se realizase.
Hubo entre ambos largas plticas, en que se buscaron y ponderaron los
medios de llevarlo a cabo; se trazaron y se rechazaron diferentes
planes; por ltimo, quedaron convenidos en que el excusador fuese a la
morada de D. lvaro por encargo de su hermana a pedirle una limosna
para las viudas y los hurfanos de unos pescadores que haban perecido
recientemente en la mar. Aprovechando la ocasin, poda tantearle,
hacerse amigo suyo y dar comienzo poco a poco a la obra de su
conversin. D. Eloisa no dudaba del xito, fiada en el buen fondo de su
hermano y en la virtud y la ciencia de su ahijado. Cuando alguna vez le
haba hablado de las prcticas religiosas, lvaro haba respondido con
alguna invectiva grosera contra los clrigos de Peascosa; a unos los
consideraba idiotas, a otros malvados; de todos se rea a mandbula
batiente. Pero qu poda decir de este muchacho tan bueno, tan
estudioso, de costumbres tan puras y austeras?

l no estaba tan confiado. A medida que se acercaba el da de la visita,
sentase ms agitado y medroso. Peda con insistencia a Dios que le
diese fuerzas y valor, y preparaba sus argumentos y hasta sus frases con
una atencin exagerada. Una maana, despus de haber estado en oracin
largo rato, sali de la rectoral con paso firme, salv la pequea
distancia que le separaba del palacio de Montesinos, penetr en el
lbrego portal y tir del grasiento cordel de la campana. sta son a lo
lejos cascada y triste. El corazn del sacerdote se contrajo, a pesar
del nimo que la oracin le haba infundido. Presentose al cabo de un
buen rato de espera un criado anciano de semblante hosco. Al ver al
excusador, sus ojos duros y penetrantes expresaron asombro.

--D. lvaro est?

Tard en contestar.

--Ya se ve que est!--respondi al cabo.--No sale nunca.

--Y se le puede ver?

--Por qu no?

--Pues avsele usted que el teniente cura de la parroquia desea hablar
con l por encargo de su seora hermana D. Eloisa.

--No hay necesidad. Venga usted conmigo--replic bruscamente.

Y despus de cerrar y trancar con cuidado la puerta, ech a andar
delante. No dej de sorprenderle al excusador el aire de autoridad del
viejo domstico, y lo poco en que tena la voluntad de su amo para
recibir o no las visitas. Despus de atravesar un gran patio hmedo, mal
empedrado, donde creca por todas partes la hierba, rodeado de columnas
toscas de piedra manchadas de musgo, ascendieron por una escalera de
piedra y tosca tambin, con los pasos gastados por el uso. En el piso
principal salvaron un ancho corredor abierto, con el pavimento de
madera, tan deteriorado que era preciso ir con cuidado para no meter el
pie por algn agujero. Por todas partes se observaba un abandono
extrao; las paredes sucias, descascarilladas, el suelo con un dedo de
polvo, los techos agrietados: no pareca una casa habitada, sino una
antigua abada solitaria. La gran casa solariega de los Montesinos se
pudra, se derrumbaba, sin que su dueo intentase en ella la menor
reforma, sin que lo advirtiese siquiera. En el piso segundo el criado le
condujo al travs de varias salas destartaladas y lbregas, abri al fin
una puerta de cristales con visillos sucios, despus de echar una mirada
por el interior, dijo:

--No est aqu. Habr subido a la biblioteca.

Vuelta a desandar lo andado. Hallaron en el corredor una puertecita
estrecha, y por ella entr el criado seguido del clrigo, subiendo por
una escalera de caracol ms oscura y ms sucia an que el resto de la
casa. Cuando iban hacia el medio, el P. Gil oy en lo alto una tosecilla
seca que volvi a apretarle el corazn de temor. La biblioteca se
hallaba en una de las dos torres cuadradas que la casa tena a los
lados. Haba una pequea antesala sin mueble alguno, con puerta de
madera sin pintar, charolada por el uso, que el viejo empuj, diciendo:

--lvaro, aqu tienes al seor excusador, que desea hablarte.

El susto que ste llevaba en el cuerpo no le impidi sorprenderse de la
confianza extraa del criado. Un seor tan rico, tan noble, tan
misterioso, tuteado por un criado!

La biblioteca corra parejas con el resto de la casa en lo destartalada
y sucia. Era una gran pieza cuadrada, de techo abovedado, cuyas paredes
estaban cubiertas a trechos de tosca estantera con libros. stos
andaban asimismo amontonados por el suelo sin orden ni curiosidad
alguna. Los haba encuadernados con pasta antigua, los haba tambin en
rstica modernsima, pero todos eran vctimas por igual del descuido de
su dueo y de la inclemencia del polvo. Dos ventanas de vidrios
emplomados, sin cortinas, esclarecan la estancia. Una estufa moderna,
cuyo tubo, sostenido por alambres, sala por un cristal roto, la
calentaba. Cerca de una mesa deteriorada, cubierta por un hule todo
salpicado de tinta, estaba sentado en un silln antiguo de vaqueta un
hombre cuya figura y atavo correspondan perfectamente al decorado de
la estancia. Era menudo de cuerpo, gordo de cabeza, el rostro plido,
nariz y labios finos, los ojos pequeos y de un color indefinible, el
cabello bermejo y ralo, las manos diminutas y descarnadas. Vesta una
bata usada, mugrienta, traa anudado al cuello un pauelo de seda, y se
cubra las piernas y los pies con una manta de viaje tan rapada y
grasienta como la bata.

Al abrirse la puerta levant la cabeza, y sus ojos verdosos con puntos
amarillos, como los de los gatos, se clavaron en el sacerdote con una
curiosidad que lleg a ser insolente por el acto de no levantarse ms
que a medias del silln ni hacer siquiera una inclinacin de cabeza. El
P. Gil se haba despojado del sombrero canal, y se inclinaba confuso y
molesto bajo aquella fra y escrutadora mirada. El criado se retir y
entorn la puerta. Despus de preguntarle por la salud, tard en hallar
palabras el sacerdote.

--Estar usted enterado, seor, de la desgracia que ha ocurrido hace
algunos das en la mar. Unas cuantas familias han quedado sin ms amparo
que la capa del cielo y el de las almas caritativas. Confiado en la
caridad de este pueblo, emprend la tarea de implorarla de casa en casa.
En cumplimiento de este deber y excitado por su seora hermana, me tomo
la libertad de venir a pedirle a usted para las pobres viudas y
hurfanos una limosna por el amor de Dios.

El dueo de la casa le contempl todava unos instantes. Luego sac del
bolsillo una llave, abri un cajn de la mesa, sac unas monedas de oro
y, alargando la mano, las deposit silenciosamente en la del sacerdote.

--Dios se lo pague a usted, seor--dijo ste.

No haba ms remedio que retirarse. D. lvaro no deca una palabra ni le
invitaba a sentarse. Pero el hacerlo sin tentar de algn modo su
proyecto, le dola tanto que permaneci inmvil, a despecho de la mirada
de despedida que aqul le estaba clavando.

--No me sorprende su generosidad--dijo.--Su seora hermana me haba
hecho muchos elogios de su corazn, y veo que no estaba equivocada.

--Supongo que a nadie ms que a mi hermana habr usted odo hacer
elogios de mi corazn.

La voz del mayorazgo de Montesinos era singularmente armoniosa y dulce,
y contrastaba notablemente con lo inarmnico y triste de su figura. El
P. Gil, que era la rectitud personificada, qued un instante suspenso.

--En efecto, a nadie he odo hacer elogios de usted ms que a su
hermana--dijo al cabo, con naturalidad.

Montesinos no pareci disgustado con esta respuesta, pero sus ojos
brillaron con ms curiosidad, y volvi a examinar atentamente al clrigo
de los pies a la cabeza.

--Como los elogios de mi hermana no tienen valor alguno... saque usted
la consecuencia.

Una levsima sonrisa apunt a sus labios al pronunciar estas palabras.

--Para juzgar a los hombres no me atengo al juicio de los hombres, sino
al de Dios. Quin sabe la bondad o la maldad que pueden ocultarse en el
fondo de un alma? Hasta ahora lo nico positivo que s respecto a
usted, seor, es que no he llamado en vano a su puerta, es que los
hurfanos desvalidos bendecirn su nombre y su corazn.

Los ojos del caballero se desviaron bruscamente del clrigo y expresaron
malestar.

--El dar una limosna ms o menos crecida nada tiene que ver con la
bondad del corazn. Damos lo que nos sobra. Est usted seguro de que si
el dinero que acabo de darle me hiciese falta se lo dara?

--No, seor: de lo que estoy seguro es de que hara usted bien en darlo
aunque le hiciese falta--respondi gravemente el sacerdote.

El aristcrata le mir an con ms inters y qued unos instantes
pensativo. Luego alz los hombros con indiferencia.

--Ps! Yo no s hasta qu punto es eso cierto. Suponiendo que mi dinero
sirviese para que vivan esos hurfanos, no es gran favor el que les
hago. Es ms; si se considera lo que indudablemente les espera en esta
vida, puede asegurarse que les causo un terrible mal... Vivir abrumados
de trabajo, de sufrimientos, de angustias, y por fin de fiesta quiz una
muerte aterradora como la de sus padres all entre las olas
embravecidas. Hermoso porvenir! Bien pueden darnos las gracias esos
pobres chicos por la felicidad que les preparamos.

--Todo hombre tiene un destino que cumplir sobre la tierra.

--Conozco perfectamente ese destino. Padecer los innumerables dolores
que la naturaleza y nuestros semejantes nos proporcionan.

--Y si los padecemos con paciencia y los encomendamos a Dios, lograr la
recompensa reservada a los buenos.

D. lvaro hizo una mueca de desdn, y levantndose de la silla con
seales de impaciencia, tendi la mano al sacerdote.

--Seor excusador, nuestra conversacin, si se prolongase, podra
convertirse en disputa. Siempre es mala educacin disputar con las
personas que vienen a visitarnos, pero en este caso, tratndose de un
sacerdote, sera una verdadera ofensa.

--Diga usted cuanto se le ocurra, seor. Mi deber es pregonar la verdad
sin temor a las ofensas.

El caballero volvi a mirarle esta vez con una benevolencia compasiva, y
acercndose a l y ponindole una mano sobre el hombro, le pregunt
sonriendo:

--Vamos a ver, seor cura, si usted fuera Dios, hara un mundo tan
perverso como ste?

--Esa pregunta ms parece una burla...--respondi con seales de
tristeza y disgusto el clrigo.

--Lo ve usted cmo se ofende!... Lo que yo pretendo preguntarle es si,
teniendo usted en su mano fabricar un mundo bueno, poblado de seres
felices, eternamente felices, creara usted por capricho otro lleno de
dolores, de tristezas, de amarguras, dara usted vida a unos pobres
seres, malos y buenos, por el gusto de recompensar a los buenos y
castigar a los malos.

--Dios no ha creado el mundo malo, sino bueno. Fue el primer hombre
quien se acarre todos los dolores con su desobediencia.

--Ah, s! El mito de la manzana. Yo no le creo a usted capaz, seor
excusador, de un capricho tan ridculo. A qu conduca el reservar esa
manzana, sobre todo conociendo el carcter caprichoso de Eva y la
debilidad de Adn por ella? Pero dando por supuesto que esos dos
merecieran castigo, qu tenemos que ver nosotros con su delito? Si una
persona le agraviase, sera usted capaz de vengarse en sus hijos y sus
nietos? No lo creo. Principiara usted por perdonar al ofensor, y si no
le perdonaba, al menos se guardara de causar ningn dao a sus hijos.
Vea usted, por lo tanto, cmo me veo en la precisin de considerarle a
usted mejor persona que Dios.

Una ola de sangre subi al rostro del presbtero. El estupor, la
indignacin, le trabaron la lengua.

--Eso es mofarse indignamente de las cosas ms santas--articul al
fin.--Me sorprende que habiendo usted recibido una educacin cristiana
haya llegado a tal extremo de impiedad.

Una sonrisa sarcstica se dibuj en el rostro macilento del hidalgo.

--Efectivamente, he recibido una educacin cristiana... al menos segn
se ha entendido hasta ahora el cristianismo. Mire usted, seor
excusador, yo he tenido un padre que era como Dios. Por la ms leve
falta, hija de mi inexperiencia, de mi temperamento, de mi edad, me
impona un castigo brbaro, cruel. Si me dorma durante el rosario,
azotes; si cometa tres equivocaciones en la leccin, azotes; si me caa
un borrn en la plana escrita, azotes; si corra por la casa, azotes; si
manchaba el vestido, azotes. Siempre azotes!... Y no se tomaba siquiera
la molestia de drmelos por su mano: encargaba de la ejecucin a Ramiro,
ese criado que le ha conducido a usted hasta aqu, el cual,
cristianamente, me los propinaba hasta hacerme sangre. Pero todava mi
padre era mucho mejor que Dios en este punto; porque los azotes de
Ramiro duraban un rato, mientras que los que los diablos nos han de dar
durarn eternamente, segn aseguran ustedes...

La sonrisa que vagaba por sus labios se apag. Guard silencio un rato:
qued profundamente ensimismado. Sus ojos, fijos en el suelo, se
dilataron con expresin de terror. Por delante de ellos pas en rauda y
lgubre visin toda su infancia. Su padre, alto, seco, con su gran nariz
encorvada y cortante como el pico de un guila. Jams le haba visto
sonrer. La mitad de la vida la pasaba en la iglesia, donde se dejaba
caer de rodillas con un fuerte golpe que le haca estremecer (a veces
imaginaba que tena las rodillas de hierro o piedra). Slo le hablaba
para reprenderle o exigirle el cumplimiento de alguna tarea. No tena
ms amigos que dos o tres clrigos, con los cuales le oa abominar del
liberalismo y la impiedad moderna. Se vea a l, pobre nio, enteco y
enfermizo, pasando dos y tres horas arrodillado en la iglesia, sin
gustar jams el placer de correr al aire libre como los hijos de los
miserables pescadores, sin tener un compaero con quien comunicar sus
inocentes pensamientos. Un da igual a otro. El cielo siempre plomizo.
La mar bramando tristemente en las peas. El viento aleteando con
violencia sobre los cristales. Y la casa silenciosa, lbrega, sucia,
resonando de vez en cuando con los paseos lentos, acompasados, de su
padre. Vease ms tarde en Lancia estudiando la segunda enseanza,
hospedndose en casa de un clrigo del mismo temperamento y costumbres
que su padre. Sus compaeros le despreciaban a causa de su debilidad,
de su falta de destreza; los profesores le miraban con recelo por su
carcter reservado y triste. Y por las vacaciones vuelta al lgubre y
aborrecible palacio, al austero rgimen, a los eternos rezos. A pesar de
sus ardientes deseos de seguir una carrera no lo consigui. Su padre
consideraba indigno del mayorazgo de la casa de Montesinos el escribir
un pedimento o trazar una carretera: a los abogados los llamaba
curiales, a los ingenieros canteros, a los profesores maestrillos. La
milicia le agradaba, pero sus ideas tradicionalistas le impedan mandar
a su hijo a servir a un gobierno liberal. No pudiendo servir a su rey
con las armas, la vida de un noble deba ser levantarse temprano para
or misa, echar un vistazo a su hacienda, platicar un rato con el
mayordomo, jugar al tresillo con los curas, dar luego con ellos un
paseo, rezar el rosario, confesarse a menudo y dar constantemente
ejemplo a los plebeyos de virtud y religiosidad, sin rozarse jams con
ellos. Pero a pesar del gran respeto que mostraba a los sacerdotes y de
besarles la mano en pblico, lvaro recordaba un pormenor que siempre le
haba llamado mucho la atencin: a la hora de comer los criados servan
antes al amo y a su hijo que al capelln de la casa. El orgullo
nobiliario lata an ms vivo en el corazn de su padre que el
sentimiento religioso; pero saba aliarlos tan bien en el fondo de su
conciencia, que haba llegado a creer que la religiosidad era una
cualidad privativa de los aristcratas, y que por ella se distinguan
mejor que por ninguna otra del vulgo despreciable.

Vease en Peascosa haciendo la vida de hidalgo desocupado, sometido
como un nio de diez aos a la autoridad desptica de su padre. Su
espritu imaginativo, soador, no poda soportar aquella inaccin.
Comenz a leer a hurtadillas novelas que le proporcionaba una seora que
tena estanquillo en la calle del Cuadrante. Subi despus a la
biblioteca, donde un clrigo, hermano de su abuelo, que pas por sabio
en vida, haba dejado gran copia de libros, y comenz a devorarlos. Ley
a Platn, a Descartes, a Santo Toms, a Feneln, etc.

Se hizo sabio. Pero al entrar la luz de la ciencia en su espritu,
tambin se desliz la duda. Qu tormentos tan crueles le caus! En su
vida, triste, montona, slo la religin, el pensamiento de Dios, la
promesa de la inmortalidad, de otro mundo ms justo y ms hermoso
endulzaba un poco el amargor de las horas. Y he aqu que repentinamente
desconfiaba de esta dulce promesa, dudaba de las verdades todas de la
religin, hasta de la existencia de Dios. En un principio anduvo
receloso, sombro, temiendo que su padre le descubriera en los ojos sus
abominables pensamientos. Despus, atormentado cruelmente, abrumado por
ellos, ansioso de hallar remedio a su mal, de una mano que le sostuviese
antes de caer en el abismo de perdicin, tuvo el valor un da de
arrojarse a los pies de su padre y confesrselos. El viejo aristcrata
qued aterrado, y para remediar la locura de su hijo (as la calific)
no hall otro remedio que aconsejarle la penitencia, los ayunos, las
mortificaciones de todo gnero. Para l estas dudas no provenan ms que
de rebeliones de la carne, a la cual haba que combatir con la humildad
y las disciplinas.

Salt pronto la barrera de la duda y cay en el campo de la
incredulidad. Desde entonces, ni un momento de vacilacin; ms y ms
convencido cada da de que este mundo no vala nada, y que fuera de este
mundo no haba que esperar otra cosa. Muri su padre y se confes con
remordimiento que no lo senta. Respir con ansia y delicia el aire de
la libertad. Hubo un momento en que la vida le pareci menos horrible;
el mundo tuvo para l una dulce sonrisa. Fue cuando, el bolsillo bien
repleto, se march a Madrid. Primero la ciencia le ofreci un consuelo y
un entretenimiento. Se puso al corriente con avidez de las ltimas ideas
en filosofa, en historia, en ciencias naturales; altern, discuti con
los hombres ms eminentes de Espaa. Y tuvo la satisfaccin de observar
que all en sus soledades de Peascosa, meditando sobre los libros
antiguos, haba llegado a los mismos resultados que los filsofos
modernos. Despus vino el amor: un sueo dulce y embriagador, una msica
penetrante y divina que le suspendi algn tiempo sobre la miseria de la
tierra, que le reconcili con la vida y despert en su corazn la
esperanza infinita, la ilusin de la dicha inmortal. La cada de aquel
mundo luminoso, encantado, risueo, fue bien cruel; una de las pginas
ms negras que registra la historia de los hombres, donde las hay tan
negras!...

--Por lo dems--dijo saliendo de su xtasis doloroso y pasando la mano
de esqueleto por la frente,--yo he tomado bastante tiempo en serio esas
cosas que usted cree. Me ha costado mucho dolor, muchas horas de
insomnio, muchas lgrimas separarme de ellas. Djeme usted que a cambio
de tantas lgrimas me ra ahora un poco.

--De modo--dijo el sacerdote con mal reprimida agitacin--que, olvidando
por entero las creencias que usted mam, la santa religin de sus
padres, se declara usted enemigo de Dios...

--S, seor, enemigo de Dios y de los hombres... Es decir, de Dios
desgraciadamente no puedo serlo, porque no existe. Si existiera, a
juzgar por sus obras, sera un Dios bien perverso. No pudiendo serlo de
Dios, lo soy de los hombres, no para hacerles dao, sino para huir de
ellos como se huye de las bestias feroces. Desde que nac me han hecho
experimentar muchos dolores. Sin embargo, nunca intent vengarme de
ellos, porque s muy bien que son malvados porque as los ha creado la
Naturaleza o el Destino; hacen dao como lo hacen las fieras, por el
egosmo que ruge dentro de todo ser animado. El mundo est organizado
para devorarse los seres, unos a otros. Lo que pasa entre los peces pasa
entre los hombres; slo que nosotros no abrimos la boca y nos tragamos
la vctima de golpe, lo cual, despus de todo, es una ventaja para ella,
sino que la vamos devorando a pequeos mordiscos, arrancndole la carne
hasta dejarla en esqueleto... No me ve usted a m?--aadi con sonrisa
feroz apuntando a su rostro.--El pez que me ha comido lo entenda. No me
ha dejado ms que los huesos.

El P. Gil, cada vez ms aterrado, se atrevi a preguntar:

--Y usted piensa que no hay sobre la tierra ningn hombre honrado,
ninguna mujer virtuosa?

--S los hay, pero son productos excepcionales de la Naturaleza; mejor
dicho, son aberraciones de un organismo creado para el mal. Los hombres
buenos sufren las consecuencias de toda aberracin; no pueden
subsistir. Todos los animales nacen con defensa para la lucha en el
combate de la vida, unos tienen dientes, otros tienen garras, otros
tienen cuernos, otros tienen alas para huir: el hombre bueno es el nico
animal que carece de medios de defensa. No siendo apto para luchar, est
fatalmente destinado a perecer. Es la pobre mosca que se enreda en la
inmensa tela de araa labrada por los bribones que componen la inmensa
mayora del gnero humano. El consuelo nico que el hombre bueno puede
tener es que sus verdugos tampoco son felices. La vida es un gran fraude
para todos, para los buenos y para los malos. Dentro del universo se
oculta una fuerza astuta, perversa, que nos impulsa, que nos dirige
hacia un fin desconocido para nosotros, en el cual nada tenemos que ver.
Para este fin misterioso necesita de nosotros y nos obliga a
reproducirnos. No le importa que seamos desgraciados. El individuo para
ella es nada, la especie lo es todo. Obra como el dueo de una
ganadera, que antes de matar un buen caballo que ya no sirve, le obliga
a dejar una cra. Preocupada nicamente con la perpetuidad para que no
le falten jams instrumentos, nos engaa con el seuelo del placer, de
la ambicin o del orgullo. Usted mismo, que no obra por ninguno de estos
mviles, es igualmente un instrumento de la especie. Al preocuparse con
la suerte de esos pobres hurfanos, al buscar con afn los medios de
que vivan, obedece usted inconscientemente las rdenes de esa fuerza
malvada. Cuando no le basta el atractivo del placer para la conservacin
de la vida, apela al sentimiento de compasin que ha puesto dentro de
nosotros.

El P. Gil, que escuchaba petrificado tal sarta de impiedades, sinti un
estremecimiento de horror al or aquella interpretacin monstruosa del
sentimiento de la caridad. A este estremecimiento sucedi una viva
irritacin. Necesit un gran esfuerzo de voluntad para no romper en
insultos contra el blasfemo.

--Todo eso est muy bien--dijo dominndose y sonriendo
forzadamente;--pero usted me dispensar que le haga una pregunta. En ese
pesimismo tan desconsolador que usted profesa, en la idea deplorable que
usted ha formado del mundo y de los hombres, en ese mismo atesmo brutal
(perdn por la frase!) que tanto gusto tiene en exhibir, est usted
seguro de que todo depende de la razn fra y serena? No habrn
influido nada sus tristezas individuales, los acontecimientos
desgraciados de su vida?

Los ojos felinos del hidalgo brillaron iracundos; le haba herido en lo
vivo.

--Ah, la eterna cantilena!--exclam impetuosamente.--Cuando no se puede
atacar una teora, se escudrian los mviles del que la sustenta. Qu
pretende usted probar con eso? Supongamos que el mundo es un paraso,
que todos los hombres, menos yo, son felices, y que mi pesimismo depende
en un todo de mis desgracias. Dejar por eso de afirmar el mal que me
ha tocado en suerte? No tendr derecho yo, criatura desdichada, a
calificar a Dios (caso de que lo hubiera) de perverso, puesto que
pudiendo haberme hecho feliz como a los dems me hizo desgraciado? Todo
el que padece sobre la tierra puede preguntar a Dios como Job: Cundo
la existencia te pidi la nada?... Por lo dems--aadi adoptando un
tono despreciativo, insultante,--desde que usted ha entrado por esa
puerta supe a lo que vena. No quiero discutir con usted, porque me
aburrir. Estoy persuadido de que la religin en que usted cree no es
ms que un conjunto de hiptesis inocentes como las de todas las dems
religiones inventadas por la miseria y la cobarda de los hombres, que
no pueden resignarse a morir buenamente como los dems seres animados,
como nos lo ensea irrefutablemente la experiencia, que no pueden
convencerse de que han nacido para el dolor. Y esto no lo creo por
capricho, sino despus de haber estudiado y meditado el asunto
largamente, despus de haber seguido paso a paso con cuidado la historia
de las religiones ms importantes. Si hubiera de elegir alguna entre
ellas, no sera ciertamente el cristianismo, que es una de las ms
tristes e insensatas. Me sucede lo que a Goethe: la cruz me crispa los
nervios. Ni Santo Toms, ni San Agustn, ni Feneln, ni Pascal me han
convencido. Por consiguiente, ninguno de ustedes me convencer. Usted no
tiene ms respetabilidad para m que la que le preste su carcter y sus
obras. De su ciencia y de la de todos sus colegas, obispos y arzobispos
me ro a carcajadas.

Sus ojos brillaban con fiereza, mirndole de arriba abajo; pero estos
ojos se dulcificaron repentinamente al ver temblar una lgrima en los
del P. Gil.

--Dispnseme usted, seor excusador--se apresur a decir, acercndose a
l,--si le he ofendido. Tengo mal carcter... me irrito con facilidad...

--Adis, seor, adis--respondi el P. Gil, estrechando la mano que
Montesinos le tenda.--A m no me ha ofendido... Es a Dios a quien...

--Entonces estoy contento, porque eso no importa nada...--replic
sonriendo.--Hasta la vista. Ya sabe que tiene aqu un amigo y una casa a
su disposicin.




V


Sali de aquella casa maldita en un estado de confusin y tristeza
indescriptibles. No quiso ir a la de D. Eloisa, que le esperaba
impacientemente. Cuando ms tarde la vio, manifestole su fracaso en
cortas y secas palabras.

Durante algunos das hizo esfuerzos para alejar de su pensamiento
aquella desagradable entrevista y hasta la imagen del blasfemo.
Abrumado, abatido por un recibimiento tan brutal, no imaginaba que
hubiese medio alguno de combatir aquel diablo rabioso henchido de ira y
de impiedad. Pero sus palabras resonaban noche y da en sus odos, le
perseguan, le dolan como crueles latigazos. Conoca algunos
razonamientos de los herejes; aquellos que los libros de teologa
traan, y que el autor, con la autoridad de los Santos Padres, refutaba
siempre victoriosamente. Saba de la existencia de los racionalistas,
pero sus noticias eran deficientes y vagas. Jams haba visto expresado
de un modo tan cnico el atesmo. No pensaba que hubiese quien estuviera
verdaderamente convencido de que Dios no exista.

Disipada, no obstante, al cabo de algn tiempo la impresin, no pudo
menos de pensar que se haba amilanado pronto. Demasiado saba que la
oveja no se le haba de entregar de buenas a primeras, que iba a
encontrarse con un hombre avisado, erudito, a quien no se atraera con
cuatro lugares comunes. Entonces, por qu abatirse repentinamente? Por
qu darse por vencido sin luchar? El P. Gil se confes, con su habitual
y sincera modestia, que no estaba preparado para este combate. Debajo de
las frases irnicas y cnicas del mayorazgo de Montesinos adivinaba un
estudio largo de la materia, un sistema meditado y completo. Para
combatir este sistema y los razonamientos que la impiedad puede alegar
era menester conocerlos de antemano, discutirlos y ponderarlos
previamente en la cabeza, para luego, al aparecer en la boca del
incrdulo, destruirlos, hacerlos polvo. Por eso no se atreva a intentar
de nuevo aquella apetecida conversin.

Pero cuanto ms difcil se le haca, cuantos ms obstculos encontraba
en el camino, ms vivos eran sus deseos de lograrla. En las vidas de los
santos haba visto que jams se daban por vencidos en su lucha con el
pecado. Por enorme, por imposible que la empresa fuera, una y otra vez
la acometan con creciente ardor, fiados nicamente en la ayuda de Dios.
Deba hacer otro tanto. Si le faltaban fuerzas, Dios se las prestara.
Trabajar sin descanso hasta conseguir la vuelta del hijo prdigo, hasta
destruir este foco de impiedad que poda contagiar los corazones sanos
de Peascosa, hasta remover aquella piedra de escndalo.

Qued decidido en su pensamiento que volvera de nuevo a la carga. Pero
esta vez ira mejor apercibido; conocera perfectamente todos los
argumentos de los herejes y llevara preparada la rplica. Comunic con
su maestro el rector del seminario de Lancia el proyecto de la
conversin y le rog que pidiese al prelado un permiso para leer libros
prohibidos. Tard poco en mandrselo el rector, pero en la carta que lo
acompaaba no apareca muy entusiasmado con la empresa de su discpulo.
El asctico sacerdote gozaba ms con perfeccionar las almas creyentes y
buenas, que en atraer las que definitivamente se hallaban en las garras
del pecado.

Lo primero que se le ocurri leer al P. Gil fue cierta _Vida de Jess_,
muy popular a la sazn entre los impos y de la cual se hablaba siempre
con desprecio mezclado de terror en el seminario. La ley con profundo
dolor y tristeza. Nuestro Seor Jesucristo era considerado por el hereje
que la escribiera como hombre. Le prodigaba mil irrisorias alabanzas, le
manifestaba exagerada admiracin, pero era para demostrar mejor su
condicin exclusivamente humana y deslizar el veneno de la impiedad con
ms fruto. El libro estaba atestado de patraas. El cristianismo,
deca, es un fenmeno histrico, y como tal debe ser estudiado
histricamente. Esto era evidentemente absurdo, porque el cristianismo
significa la redencin del gnero humano por el Hijo de Dios; es la
revelacin de la verdad divina. El autor peda que se examinasen los
relatos de los Evangelios mediante los mismos principios con que se
juzga cualquiera otra tradicin, que no se impusieran de antemano a la
crtica los resultados y se la dejase libre de hiptesis preconcebidas.
Esto era otro absurdo, porque cmo hemos de aplicar a la fe, a la
palabra de Dios, los mismos principios que a los hechos y a las palabras
de los hombres? De este modo iba respondiendo uno por uno a los
argumentos del autor racionalista, y deshacindolos.

Preocupado con esta discusin interior y ganoso de exteriorizarla, como
acaece con todo lo que llena y embaraza nuestro espritu, se aventur a
hacer otra visita al mayorazgo de Montesinos. Esta vez le recibi muy
bien, con exquisita amabilidad, como si le remordiese la conciencia de
su grosera pasada. Hablaron de cosas indiferentes. Montesinos tuvo
ocasin de manifestarle que tena muy buenas noticias de su carcter,
que conoca las virtudes que le adornaban. El P. Gil se ruboriz con
estos elogios y respondi, sonriendo tristemente, que lo que quisiera en
aquel momento era tener mucho talento y mucha ciencia para convencerle
de la verdad de la revelacin. De cul revelacin?--le haba
preguntado el hidalgo sonriendo tambin con benevolencia.--Cmo de cul
revelacin?--S, de cul? porque hay varias: los cristianos, los
buddhistas, los mahometanos, los judos, todos creen su religin
revelada por Dios.--Hablo de la nica verdadera, de la revelacin de
Nuestro Seor Jesucristo.--Y en qu se funda usted para creer que sa
es verdadera y las otras falsas?--En que las otras estn llenas de cosas
monstruosas, irracionales--respondi imperiosamente el clrigo,--en que
slo la religin del Crucificado llena todas las aspiraciones de nuestro
sentimiento y nuestra razn.--Tenga usted cuidado, seor
excusador!--exclam el mayorazgo soltando una alegre carcajada--que
est usted haciendo depender la verdad revelada del aserto de la razn,
que est usted proclamando la supremaca de sta, lo cual es una
proposicin hertica.--Cmo? cmo?--pregunt aturdido el sacerdote.
Pero Montesinos cambi la conversacin bruscamente. No se atrevi a
insistir.

Le cost gran trabajo tragar aquella pldora. Estuvo una porcin de das
sin poder pensar apenas en otra cosa. La idea de que sin darse cuenta de
ello pudiera incurrir en algn error condenado por la Iglesia le
inquietaba vivamente. Indudablemente el leer libros herticos, el pensar
demasiado en los fundamentos de la religin era parecido a jugar con
fuego. Mejor hara en dejar los dados quedos y a Montesinos que se lo
llevase el diablo. Contra esta resolucin clamaban todos los santos que
vivieron en el mundo y los mandamientos divinos que ordenan amar al
prjimo como a uno mismo. Por otra parte, presenta que su agitacin
interior no iba a cesar. Las ideas de la _Vida de Jess_ y las que haba
odo a Montesinos bullan confusamente en su cerebro, y no se calmaran
repentinamente por un esfuerzo de la voluntad. Por qu no haba de
ahondar en el examen de los orgenes de la religin cristiana? Por qu
no haba de conocer hasta en sus ltimos pormenores los datos de la
discusin, a fin de confundir, de pulverizar a cualquier racionalista
que se le presentase, por sabio que fuera? En esto no haba peligro
alguno. La poca ciencia aleja de Dios: la mucha acerca.

Dedicose con ardor, con frenes se puede decir, al estudio. Montesinos,
con quien empez a intimar, puso a su disposicin la biblioteca. Ley
sin tregua, con atencin profunda, los escritos ms sobresalientes
acerca de las investigaciones crticas sobre el cristianismo primitivo,
sobre los libros del Nuevo Testamento y la historia de los dogmas. Bebi
a grandes tragos el veneno de la hereja sin percibir su sabor, con la
esperanza de que al agotar el vaso quedara perfectamente tranquilo,
seguro para siempre de la insensatez y maldad que encerraba todo lo que
se opusiera a la Iglesia de Cristo. Mas ay! no sucedi as. Al cabo de
algunos meses la duda levant su cabeza hedionda en su espritu
atribulado. Estuvo muchos das sin confesrselo, procurando engaarse a
s mismo, desviando los ojos para no verla. Lleg un momento, sin
embargo, en que ya no fue posible. La infame se haba ido enroscando
cautelosamente a su alma, se haba apoderado insensiblemente de toda
ella. Qu estupor! Qu horrible desconsuelo!

La Biblia es la palabra de Dios. Lo que Dios sugiere es la infalible
verdad. En la Biblia no pueden existir narraciones falsas o
contradictorias. Esto se repeta el sacerdote a cada instante, hasta en
voz alta cuando se hallaba solo.

Si la Escritura no fuese de origen divino, cmo se explica que Isaas
pudiese profetizar que Jess nacera de una virgen y que haba de ser en
Beln? Cmo pudo el mismo Isaas, siglo y medio antes de Ciro, sealar
a ste como libertador de los judos? Cmo pudo Daniel, bajo el imperio
de Nabucodonosor, profetizar el nacimiento de Alejandro Magno y muchas
particularidades de su historia?

A quin diriga con violencia el P. Gil estas contundentes preguntas
hallndose solo? A un heresiarca invisible que le replicaba silbando
como una serpiente: Los diferentes libros de la Biblia son obra de los
hombres, como todos los dems que se atribuyen origen divino, el Corn,
los Vedas, etc. Son compilaciones de escritos de diversos gneros y
pocas. Los libros atribuidos a Moiss y a Samuel son compilaciones muy
posteriores, en las cuales se han introducido fragmentos de diferentes
pocas. Lo mismo pasa con los libros del Nuevo Testamento. Isaas no ha
pensado con su hijo de virgen para nada en Jess. El ltimo tercio de
las profecas de Isaas procede de un contemporneo de Ciro y todo el
libro de Daniel de un contemporneo de Antioco, por lo cual muy bien
pudieron profetizar lo que ya haba sucedido.

El P. Gil se tapaba los ojos, se mesaba los cabellos, horrorizado de
aquella disputa sacrlega. l, un ministro del Altsimo, buscando
reparos y contradicciones a las palabras del Espritu Santo! Mereca que
la tierra se abriese repentinamente y se lo tragara. Aquellos libros
infames que le haba prestado el hereje Montesinos tenan la culpa.
Arrebatado de santa indignacin contra ellos, sin reparar en que no le
pertenecan, los cogi todos un da, hizo un montn con ellos en el
patio, y le dio fuego. D. Miguel, que estaba muy lejos de sospechar lo
que pasaba por el alma de su teniente, aplauda desde el balcn con
fuertes risotadas el auto de fe.

Qued ms tranquilo desde que no tuvo en la habitacin aquellos
perversos enemigos de su salvacin. Dej por completo la lectura y
entregose de nuevo a los deberes del confesonario, que tena algo
abandonados. Y procediendo con sus dudas de crtica histrica como los
santos antiguos procedan con las tentaciones de la carne, comenz a
mortificarse despiadadamente. l, que hasta entonces se haba mostrado
dbil y cobarde en esta va de perfeccin, siguiola ahora con arrojo,
ansioso de pagar con los dolores del cuerpo la rebelin escandalosa del
espritu. Mucho le confort y ayud en este trance el ejemplo de la
piadosa hija de Osuna. Cada da descubra en el alma pura de su
penitenta nuevos tesoros de bondad y perfeccin cristianas. Crea estar
en presencia de una de aquellas elegidas del Seor, consagradas por la
Iglesia y adoradas por los fieles de toda la cristiandad: Santa Teresa,
Santa Isabel, Santa Catalina, Santa Eulalia, la beata Margarita de
Alacoque. Las mismas particularidades que haba ledo en la historia de
estas santas, observbalas ahora en su hija de confesin; la misma sed
de penitencia, iguales escrpulos y temores, la misma humildad, los
mismos favores divinos.

Porque Obdulia, llena de vergenza, como si se acusara de un pecado
grave, temblando de emocin, le haba confesado que de vez en cuando
experimentaba desmayos hallndose en oracin, caa al suelo
repentinamente, y en los breves momentos en que permaneca sin sentido,
vea unas veces a Jess entre nubes rodeado de ngeles, escuchaba una
msica divina, embriagadora; otras veces notaba que un ngel grande,
fuerte, hermoso, con dos alas inmensas y trasparentes, se acercaba a
ella y le pona con dulzura la mano en la cabeza, dicindole:
Persevera; otras, las ms, perciba solamente una gran claridad, que
la baaba toda de placer, sin ver a nadie; pero se senta acompaada
como si todos los santos y santas del cielo vagasen invisibles a su
alrededor. Al principio, como confesor prudente, mostr no dar
importancia a aquellas visiones: podra muy bien estar equivocada; el
diablo finge muchas veces tales escenas para engaar a las almas
incautas, deslizando en ellas el veneno de la vanidad y la soberbia.
Obdulia persista, sin embargo: los sncopes eran cada vez ms
frecuentes y prolongados, las visiones ms intensas; aseguraba con mal
reprimido fuego que vea a Jess, que vea al ngel. El P. Gil dudaba
siempre, o finga dudar, haciendo un gesto desdeoso cada vez que la
joven relataba con labios temblorosos aquellos favores del cielo. Slo
haba un signo seguro para reconocer si venan directamente de Dios;
cuando el alma se perfecciona con ellos a tal punto que un levsimo
pecado venial le causa tanto dolor y tantas lgrimas como el ms nefando
y mortal. Ahora bien, en ella todava existan las rebeliones de la
carne, todava apuntaba el amor propio. No poda juzgar divinos aquellos
deslumbramientos. Obdulia experimentaba un gran desconsuelo ante esta
actitud severa y reservada.

Pero poco a poco el sello que el sacerdote peda para reconocer el
origen celestial de sus visiones fue apareciendo. El espritu de la
joven se acendr de todas las impurezas. Su devocin a las prcticas
religiosas, sobre todo al sagrado pan eucarstico, era cada da mayor.
Se deshaca, se derreta en amor divino, rompiendo muchas veces en
exclamaciones de entusiasmo, en frases incoherentes, como si estuviera
loca. Y con esto, su humildad y sumisin tan perfectas, que bastaba una
mirada de su confesor para confundirla, para hacerle temblar y pedir
perdn por los actos ms inocentes. A la postre no tuvo ms remedio
aqul que inclinarse ante la voluntad de Dios y confesar su presencia.
Lo hizo con gran placer. Despus de sus sacrlegas dudas, estaba ansioso
de ver los testimonios de la omnipotencia y de la bondad infinitas;
quera anegarse en el ocano de lo inexplicable, de lo sobrenatural,
para escapar a la crtica minuciosa y perversa que todo lo marchita.
Considerose feliz, libre de ella, teniendo a su lado tan claro ejemplo
del poder milagroso de Dios. Crey que as le adverta para que no
volviese a caer en la tentacin, que le enviaba un faro para esclarecer
las tinieblas de su espritu. Recordaba siempre lo que le haba pasado
al P. Gracin, a quien Santa Teresa tanto ayud en el camino de la
virtud con el ejemplo de su conciencia inmaculada. Y en el fondo de su
corazn naci un gran respeto a par que una inmensa gratitud hacia
aquella piadosa mujer, que le libertaba de las garras del demonio.
Escuch con atencin el prolijo relato de sus visiones, y armado de
santa emulacin emprendi de nuevo con ms ardor, si no con ms fe, el
camino de las mortificaciones, que haba abandonado mientras gimi en la
servidumbre de la duda.

Obdulia, que durante los ltimos meses le haba visto con pena
distrado, sinti gran alegra al hallarle de nuevo atento, solcito,
escuchndole horas enteras desahogar las menudas preocupaciones de su
espritu sin impacientarse. Era un retorno feliz a la dulce confianza, a
las plticas msticas, a las familiaridades de antes. Y como suele
acontecer en casos semejantes, se apret ms el lazo entre ellos; esto
es, la confianza y el afecto fueron mayores. Al cabo de poco tiempo
consultaba con su penitenta, no slo los asuntos piadosos, sino tambin
los domsticos; era su consejera espiritual y temporal. La joven devota
penetraba todos sus pensamientos, a veces antes de formularse con
precisin en su cerebro.

--Padre, hoy est usted de mal humor; es porque no ha podido decir misa
en el altar de la Concepcin como otras veces.--Tiene usted ojeras; bien
se ve que se ha pasado toda la noche rezando.--Ya s por qu dijo la
misa el domingo ms tarde: esperaba que llegase doa Eloisa.--Ese
alzacuello le aprieta a usted mucho. Est usted incmodo. Quiere que yo
se lo arregle?...

Sus vidas se iban compenetrando insensiblemente. No slo tenan un rato
de pltica casi todos los das en el confesonario, sino que por la tarde
se vean en la iglesia, al rosario, y por la noche tambin a menudo en
casa de D. Eloisa. Adems, de vez en cuando, para algn motivo piadoso,
como una novena, una reunin de la cofrada, etc., la joven iba a la
rectoral a consultarle, aunque le costase siempre un esfuerzo, porque
tena gran miedo a D. Miguel. Se le haba metido en la cabeza que ste
la miraba de mal ojo, que la despreciaba. Y acaso no le faltase razn
para suponerlo.

Esta confianza lleg a pecar de excesiva en algunas ocasiones. Al menos
as lo pens el P. Gil. Obdulia se autorizaba de vez en cuando algunas
familiaridades que le chocaban, y en ocasiones llegaron a turbar
momentneamente la limpidez de su conciencia. Un da le habl de sus
apuros econmicos. El padre le daba poco dinero para los gastos de la
casa, y como tena el vicio de la caridad, de dar limosnas a troche y
moche, haba contrado deudas, que la mortificaban; sobre todo haba una
tendera a quien deba veinte duros, que la molestaba a todas horas y le
amenazaba con decrselo a su pap. No podra l facilitarle por poco
tiempo esta cantidad? El clrigo tampoco los tena, pero se los pidi a
su madrina y se los entreg ruborizado. Ella los acept sin vergenza
alguna, como la cosa ms natural. Otro da le llev a la iglesia el
paquete de cartas del novio que haba tenido para que las leyese. Ms
adelante le pidi el escapulario que traa al cuello, y tanto le inst y
tales pretextos adujo, que concluy por obtenerlo. Al da siguiente le
confes, sonriendo, que no haba sido para ponrselo a una amiga que
acababa de morir, sino para traerlo ella sobre el pecho. Estas cosas
heran e inquietaban vagamente al joven sacerdote. Las bromitas que la
beata se permita de palabra tambin rebasaban algunas veces los lmites
convenientes. Un da le dijo repentinamente:

--Sabe usted lo que estoy pensando, padre? Que el ngel que viene
muchas veces a ponerme la mano sobre la cabeza tiene los ojos muy
parecidos a los de usted.

Y solt la carcajada al decirlo. El clrigo ri tambin ruborizndose.
Luego qued serio y de mal humor.

Un suceso extrao, que escandaliz a la villa, vino de un modo indirecto
a estrechar an ms su relacin y a inquietar al P. Gil. Cierta noche se
despert despavorido con el ruido de una detonacin dentro de casa.
Levantose de un salto y acudi corriendo a la habitacin de D. Miguel,
donde se figur que haba sonado. Al llegar a ella qued petrificado de
terror ante la escena que apareci a su vista. Un hombre se revolcaba
en medio de la habitacin en un charco de sangre, mientras D. Miguel, de
pie sobre la cama, agitaba triunfante una pistola gritando con sonrisa
feroz:--Ya cay uno! Ya cay uno!--La mortecina luz de una buja
tirada en el suelo alumbraba aquella fatdica escena.

El caso haba sido que, hallndose el prroco en la cama, un hombre
haba penetrado en su dormitorio, le haba despertado y le intim para
que le entregase el dinero. D. Miguel sin inmutarse ech mano al
chaleco, sac la llave y la arroj al medio de la habitacin. Luego,
mientras el ladrn la recoga, sac una de las pistolas que tena debajo
del colchn y le descerraj un tiro dejndole tendido. La bala le haba
penetrado por los riones. El excusador, dominando su espanto, se
apresur a prestarle los auxilios espirituales. Slo tard tres horas en
expirar.

El suceso se coment mucho y de muy diverso modo en el pueblo. Algunos
aprobaban la conducta del cura. Estaba en su derecho defendindose de un
facineroso que Dios sabe lo que hara con l despus de robarle. Otros,
los ms, la censuraban con acritud. Un sacerdote no puede obrar como los
dems en tal caso. Es un ministro de Jesucristo y debe proceder siempre
con caridad aunque sea en legtima defensa. El P. Gil estaba
profundamente indignado, aunque guardaba silencio. Un sacerdote, antes
que ensangrentar sus manos, no slo deba dejarse robar, sino matar.
Nuestro Seor as lo haba enseado cuando San Pedro cort la oreja al
soldado que vena a prenderle. Obdulia trasluci bien los sentimientos
que le agitaban y le aconsej que dejase la rectoral y se estableciese
en otra casa.

--Usted ya no puede vivir ah despus de lo que ha pasado, padre. El
susto que ha llevado ha sido muy fuerte, y todos los das tiene que
renovarse la impresin viendo el sitio.

No era esto precisamente lo que quera decir, sino que un hombre
verdaderamente cristiano y virtuoso deba de padecer mucho viviendo al
lado de quien acababa de dar muerte violenta a un semejante. Pero si no
lo deca con las palabras, se dejaba adivinar en la gravedad y tristeza
de su continente. El P. Gil no ansiaba otra cosa haca mucho tiempo. La
compaa del prroco le era molesta, como ya sabemos. Ahora, despus del
_asesinato_ (as lo calificaba su conciencia), se le haba hecho
insoportable. D. Miguel haba incurrido en la censura de la Iglesia, se
le retiraron las licencias para confesar y decir misa: mientras llegase
la rehabilitacin pasara una temporada. Aprovechando aquellos momentos
de flaqueza del terrible cura, con la ayuda de su madrina alquil una
casita no muy lejos de la iglesia y se traslad a ella. Una antigua
criada de D. Eloisa vino a servirle y a ser su ama de gobierno.

Libre ya del temor al prroco, Obdulia empez a frecuentar la nueva casa
del excusador y a ejercer en ella una alta vigilancia. Enterbase de la
ropa blanca, del estado de las sotanas, de los alimentos que ms placan
al padre, de las particularidades de su cama. Algunas veces vena a
ayudar al planchado o llevaba para aplanchar en su casa aquellas cosas
ms delicadas, como las albas y los roquetes, recosa las medias que se
haban roto, quitaba las manchas de las sotanas, etc. stas eran las
tareas ordinarias. Pero tambin se ocupaba en alguna obra ms fina, en
bordarle un amito, o unos corporales o cualquier otra prenda de las
vestiduras sacerdotales. D. Josefa, el ama de llaves, no aceptaba de
buena gana este protectorado; pero como an no haba echado races
hondas en la casa y observaba la estrecha amistad que aquella seorita
llevaba con su amo, no se atreva a protestar. Contentbase con murmurar
de ella cuando iba a visitar a su antigua seora y llamarla entrometida
y tonta. Ms adelante fue tascando el freno de peor voluntad an y
concluy por desbocarse, como ya tendremos ocasin de ver. Tampoco el P.
Gil estaba tranquilo ni satisfecho en la atmsfera de atenciones
delicadas, de afecto y veneracin en que la joven le tena envuelto.
Por ms que la profesaba viva admiracin y tena en cuenta sus
consejos, senta un vago malestar cada vez que la vea ocupndose del
cuidado material de su persona. Le pareca a l que esto era rebajar el
carcter de aquella amistad espiritual, formada y sostenida para mejorar
sus almas, para ayudarse en el camino de la perfeccin. No tena noticia
alguna de que Santa Teresa repasase las medias de San Juan de la Cruz.
Adems, no se comprenda muy bien el desprecio de la carne, que tan bien
practicaba ella, con las comodidades de que pretenda rodearle. Por qu
haba de ser tan severa para ella y tan blanda para l? Por ventura, le
supona tan dbil y cobarde que no poda vivir sin tales cuidados?

El P. Gil meditaba esto, apoyado en la baranda de un corredor enrejado
que su habitacin tena sobre el mar. El sol declinaba entre celajes
carmeses, envolviendo en una onda de luz tibia y rojiza el pueblo y la
rada. El lienzo de rocas que la cierra all enfrente alzaba su masa
enorme sobre las aguas, proyectando ya una vasta regin de sombra. Y
entre aquel negror los ojos del presbtero perciban el fulgor de las
olas, mostrando y apagando a cortos intervalos su blancura. El muelle
estaba desierto: an no era llegada la hora de la vuelta de las lanchas.
Los pataches y quechemarines cabeceaban dulcemente, aburridos de su
inaccin. Una gaviota volaba en crculos concntricos rozando con sus
alas la superficie del agua. El suave lejano rumor de las olas hencha
el ambiente dormido de un murmullo sordo. La pequea ensenada slo viva
del juego movible de la luz que la baaba de una claridad sangrienta que
se iba retirando lentamente detrs de las peas.

Tan absorto estaba, que D. Josefa necesit llamarle tres veces desde la
puerta para conseguir que se volviese.

--Qu hay?

--Una seora est abajo preguntando por usted. Dice que necesita
hablarle en seguida.

--Una seora?--replic el P. Gil abriendo mucho los ojos.--Ser la
seorita Obdulia.

--No, seor, no es sa--replic el ama haciendo con los labios un gesto
de desdn.--La seora que aguarda abajo es mucho ms guapa y elegante.

--No la conoce usted?--pregunt algo acortado por la intencin que
adverta en las palabras de D. Josefa.

--No, seor, es forastera.

--Pues hgale usted subir.

Tard pocos segundos en aparecer una linda joven como de veinticuatro
aos, rubia, de rostro blanqusimo y facciones delicadas, vestida con
elegancia peregrina. En su vida haba visto el P. Gil, ni aun en Lancia,
una dama tan distinguida. Su traje era sencillo, de viaje, pero tan
original el corte y con tal lujo y esmero en los pormenores, que se
echaba de ver inmediatamente la elevada calidad de la persona. Despeda
de ella un perfume suave que vino a herir su nariz as que puso el pie
en el cuarto. Mirola con sorpresa, que se convirti en estupefaccin al
ver que la dama avanz con resolucin hasta l, y sin decir palabra se
dej caer de rodillas a sus pies sollozando.

--Seora... por Dios... levntese usted!--dijo aturdido.

La dama no se movi.

--Seora, levntese usted--repiti de nuevo cogindola suavemente por un
brazo.

La forastera se levant en silencio y se dej caer en una silla, alz el
velito del sombrero que le tapaba los ojos y se los enjug con el
pauelo. El P. Gil, en pie frente a ella, aguardaba a que se explicase.
Y como no daba seales de hacerlo, antes se tapaba el rostro cada vez
ms, aventurose a decir:

--Seora, deseara saber en qu puedo servirla...

Todava tard unos instantes en responder. Al cabo dijo, sin apartar el
pauelo de los ojos:

--Soy la esposa de D. lvaro Montesinos.

El excusador dio un paso atrs involuntariamente.

Cmo? aquella dama era la mujerzuela despreciable que haba hecho la
desgracia de D. lvaro, de quien su madrina D. Eloisa hablaba siempre
con horror? Por sta conoca la triste historia del aquel matrimonio. El
heredero de la casa de Montesinos se haba enamorado como un loco de una
joven de buena familia, pero sin dinero; una de esas chicas que suelen
verse en Madrid en todos los teatros y en todos los saraos a la caza de
un marido rico. Aun con serlo Montesinos, Joaquinita Domnguez (que as
se llamaba) le dio cordelejo una temporada, esperando tal vez que
llegase otro con la misma hacienda y mejor figura; porque la del
mayorazgo de Peascosa era, cierto, de lo ms raqutico y desgraciado
que pudiera verse. Mas como no llegaba, resolviose un da a enamorarse
perdidamente de l y se lo demostr de un modo que no daba lugar a
dudas. Todo el Madrid elegante recordar a una linda rubia abonada al
turno primero par del teatro Real, que se pasaba la noche charlando con
un caballero flacucho y plido sentado en la fila de atrs; que en el
teatro de la Comedia y en el de Apolo no le quitaba los gemelos de
encima desde su platea; que lo llevaba de remolque en el paseo del
Retiro, y hasta por las maanas, cuando iba de tiendas, se la vea con
l, escoltados por la mam. Enteramente convencido de su amor, el
hidalgo la pidi en matrimonio, y la obtuvo no sin algn trabajo, pues
a la mam costole muchas lgrimas entregarle aquella joya, que era la
alegra de la casa. En los primeros cuatro meses gast D. lvaro la
renta de todo el ao. Joaquinita quiso coche y palco en los teatros, y
dio reuniones y saraos. Pero estaba tan hermosa y su marido la
encontraba tan alegre, que con el amor frentico que la profesaba no le
hubiera rehusado ni la sangre del corazn si un da se la pidiera
despus de un beso de amor largo, oprimido, espasmdico, como los que le
daba cuando tena que pedirle una _rivire_ de brillantes o una
_sociable_ de doble suspensin.

A los seis meses justos se le antoj a la joven esposa viajar por
Europa, un viaje largo que haba de durar un ao o ms; visitar toda
Francia, Italia, subir luego a Inglaterra, pasar a Alemania y correrse
hasta San Petersburgo. El enamorado Montesinos no puso obstculos a este
deseo, aunque debiera ponerlos. Necesitbase un capital respetable para
realizarlo, atento a las comodidades y boato con que Joaquinita
pretenda viajar. Pidi a prstamo sobre algunas de sus fincas 30.000
duros y salieron de Madrid. En Hendaya vieron en la fonda del
ferrocarril tomando chocolate a Federico Torres, un sietemesino
madrileo hijo de un ministro del Tribunal de Cuentas. A Joaquinita
siempre le haba sido muy antiptico, sin saber por qu.

--Adonde ir este ttere?--pregunt por lo bajo, despus de
corresponder framente a su saludo.

Montesinos alz los hombros con indiferencia.

--Qu pelea le tienes a este chico! Yo le encuentro fino y agradable.

--Qu horror!--exclam ella riendo.

En Pau volvieron a verle en la estacin, y ya no le vieron ms. En
Marsella pensaba el matrimonio detenerse cuatro o cinco das; pero al
tercero, viniendo D. lvaro de la estacin de arreglar el asunto del
sleeping-car para el da siguiente, con gran sorpresa no encontr a su
esposa en casa. La sorpresa convirtiose en horrible estupor al observar
el desorden de la habitacin. El gran bal mundo de su mujer haba
desaparecido. Haba diferentes prendas de ropa por el suelo. Los criados
le dijeron que la seora haba hecho trasportar el bal despus de irse
l para facturarlo en doble pequea, segn deca. Luego haba salido y
no haba vuelto. Montesinos, aturdido, horrorizado de la idea que le
cruzaba por el cerebro, abri con mano convulsa el secreto del cofre
donde guardaban el dinero. Ni un cntimo haba all ya. Comprendiendo de
una vez toda su desgracia, cay al suelo como herido por un rayo. Estuvo
algunos das entre la vida y la muerte. Cuando recobr el conocimiento,
hizo telegrafiar a su cuado D. Martn, el cual se present
inmediatamente y le condujo a Peascosa. No tard en saberse que
Joaquinita se haba escapado con Federico Torres, y que viajaban
alegremente por Europa con el dinero del hidalgo.

sta era la mujer que tena delante el P. Gil. Despus de aquel primer
movimiento de repulsin, se rehizo y dijo:

--Sernese usted un poco, seora, y dgame en qu puedo favorecerla.

--Acabo de llegar de Madrid--articul con trabajo la dama,--y me he
dirigido a casa de mi marido, con quien hace tiempo estoy reida...
Deseaba reconciliarme con l... que concluyese esta separacin tan fea y
tan escandalosa... Un criado viejo que tiene... un bruto!... no me
permiti verle... me cogi por el brazo... me arroj de casa a
empellones... s, a empellones!

Aqu la dama volvi a estallar en sollozos, y se tap de nuevo el rostro
con el pauelo.

El clrigo esper a que continuase; pero viendo que no lo haca, tom de
nuevo la palabra.

--Siento mucho ese percance, seora... Pero no creo que haya motivo para
tal desconsuelo. Las ofensas que se perdonan no se sienten. Perdone
usted a ese pobre criado que ha obrado sin saber lo que haca, y dgame
qu es lo que puedo hacer en su obsequio.

Secose los ojos la esposa infiel. Volvieron a humedecrsele y volvi a
secarlos.

--Segn me han dicho ah en la posada, usted es la nica persona que
visita a mi marido... Yo le suplico, por lo ms sagrado, ya que es usted
su amigo, que intervenga para que termine nuestra separacin. Lo deseo
hace mucho tiempo con ansia... Confieso que no he sido buena para l...

--S, s; lo s todo--interrumpi el clrigo con impaciencia.

La dama se puso fuertemente colorada.

--Confieso que le he ofendido gravemente... Fue un momento de
obcecacin... una tentacin del demonio... Pero yo siempre le he
querido... y le quiero... No tengo inconveniente en humillarme, en
pedirle perdn de rodillas... Ya ve usted, padre, si no le quisiera no
me humillara... Me horroriza la idea de no obtener su perdn, de morir
lejos de l sola, maldita! Ah, qu porvenir tan espantoso!... Si mucho
he pecado, crea usted que mucho he padecido en estos ltimos tiempos...

--Seora, ya puede usted comprender si yo tendra satisfaccin en unir
un matrimonio disuelto... lo mismo el de usted que cualquier otro. Mi
misin es predicar la concordia entre los hombres y morir por ella si es
preciso. Aun sin pedrmelo tengo el deber, por mi cargo, de procurar en
esta parroquia la reconciliacin de los matrimonios desavenidos... Pero
este caso es delicado. Aparte de la ofensa gravsima que usted ha
inferido a su esposo, del escndalo que la acompa, de los que la
siguieron, todo lo cual dificulta extraordinariamente la reconciliacin,
aparte de eso, repito, hay otra dificultad mayor. Y es que su marido de
usted est fuera de la Iglesia catlica. No tengo sobre l otra
influencia que la que puede dar una amistad superficial. Ninguno de los
razonamientos a los cuales pudiera yo apelar como sacerdote tiene fuerza
sobre su nimo. Al contrario, dadas sus ideas, es posible que sirviesen
para embravecerle ms, o cuando menos de mofa...

--S, s--interrumpi la dama con voz chillona, malvola,--mi marido ha
sido siempre un impo, un ateo escandaloso.

--Seora, de poco sirve creer si se obra como si no se creyera--replic
severamente el excusador, a quien haba herido el tono agresivo de la
dama, tan contrario a la humildad de antes.

Torn a ponerse colorada y baj los ojos afectando de nuevo una gran
contricin. El P. Gil prosigui:

--De todos modos, como cristiano y como sacerdote, estoy dispuesto a
hacer todo lo que puedan mis fuerzas por conseguir lo que usted desea.
Dudo mucho del xito de mi intervencin... S tambin que me expongo a
ser arrojado como usted de la casa, pero no me importa. Cumplir mi
deber, y si no conseguimos nada, me quedar al menos la satisfaccin de
haberlo cumplido...

Quedose pensativo unos instantes, mientras la dama mantena sobre l una
mirada intensa y ansiosa. Luego, como si hablase consigo mismo ms que
con ella, prosigui:

--El dirigirme ahora a casa de D. lvaro ofrece inconvenientes. La gente
del pueblo es curiosa... Vendran las hablillas... despus el
escndalo... Opino que deberamos aguardar un rato a que concluyera de
oscurecer, o mejor an, que yo fuese por delante a tantear el asunto...

--No! no!--exclam la dama.--No le prevenga usted. Se negara a
recibirme. Es necesario cogerle de improviso; aprovechar el primer
movimiento de su corazn, que es generoso. Luego, cuando reflexiona, se
hace malo, burln...

--Como usted quiera. Entonces, aguardaremos.

Pero en el instante de pronunciar esta palabra se hizo cargo de lo
inconveniente de permanecer tanto tiempo a solas con una mujer, y dijo
un poco turbado:

--Usted me permitir que mientras tanto la deje sola unos momentos...
Soy con usted en seguida.

En vez de ser con ella, mand a su ama para que la acompaase. Slo
cuando la luz se hubo extinguido por completo subi de nuevo con el
sombrero en la mano, preparado a salir. La esposa de D. lvaro, as que
le vio en esta traza, se levant de la silla.

Haba cerrado ya la noche. La gente de mar se haba retirado a sus casas
o a las tabernas. Por la larga, sinuosa calle del Cuadrante circulaban
pocos transentes. El excusador y la esposa de Montesinos caminaron un
rato en silencio en direccin al Campo de los Desmayos. Al aproximarse a
l ambos se sentan agitados, temerosos. Tanto para calmarse un poco
como para prevenirse, se detuvieron un instante, y metindose en el
hueco de una puerta, cuchichearon con animacin. El P. Gil insista en
su idea de entrar primero en la casa y explorar el nimo de D. lvaro:
tena miedo a un escndalo. La dama se opona con calor, convencida
hasta la evidencia de que su marido se negara en absoluto a recibirla,
y tomara precauciones para que no pisase el suelo de su casa. Cuando
ms embebidos se hallaban en la discusin, del hueco de otra puerta
cercana sali una sombra estrecha, elevada, y se aproxim a ellos
rpidamente.

--Buenas noches, padre, buenas noches.

Era la hija de Osuna. Haba en la inflexin de su voz al pronunciar
estas palabras cierta irona, mezclada de clera, que sorprendieron a la
vez a la dama y al sacerdote. ste levant la cabeza y respondi
framente:

--Buenas noches, hija.

--Va usted a hacer oracin, o viene usted?--pregunt con el mismo
retintn y sonriendo.

--Ni voy ni vengo de hacer oracin, hija ma. En este momento me ocupo
de asuntos de mi ministerio--replic en tono severo el P. Gil.

Pero este tono, en vez de sosegar a la joven o amedrentarla, la encresp
al parecer.

--Usted siempre haciendo algo por Dios, padre, ji! ji! lo mismo en la
iglesia, que a la cabecera de los moribundos... que en los huecos de las
puertas, ji! ji!... Si usted se muere antes que yo, ya tiene usted un
testigo de alguno de sus milagros para que le canonicen... Vaya, no
quiero estorbar el milagro. Hasta la vista. Ji! Ji!

Y cuando hubo dado dos o tres pasos, sin volverse dijo:

--Y que aproveche!

La esposa de Montesinos levant la cabeza y clav en el P. Gil una
mirada de estupor y curiosidad.

--Qu es eso?

El sacerdote, rojo de vergenza y de indignacin, alz los hombros en
seal de ignorancia y ech a andar hacia el casern de Montesinos.




VI


Al tirar del cordel grasiento, el mismo taido lgubre, que tanto haba
impresionado al P. Gil la vez primera que puso los pies en aquella casa,
produjo a ambos un estremecimiento de temor y ansiedad. No tard en
orse la voz cascada de Ramiro.

--Quin es?

--Gente de paz.

--Quin es?--torn a preguntar.

--Soy yo, Ramiro. Abre--respondi el sacerdote.

La puerta gir pausadamente sobre sus goznes y apareci la silueta del
viejo, dbilmente esclarecida por la luz de la lamparilla que arda
sobre el dintel.

--Pase usted, seor excusador--dijo sin percibir a la dama, que se
haba ocultado detrs de ste. Pero vindola al fin, dio un paso atrs
y, abriendo los brazos en actitud de impedir la entrada, exclam:

--Ah! Vuelve usted acompaada?... Pues ni por esas... No entrar
usted, no!

--Vamos, Ramiro--dijo con dulzura el sacerdote, ponindole una mano
sobre el hombro,--djanos paso, que ste es un asunto delicado y que no
te concierne.

--Pase usted cuando quiera, pero esa mujer no puede pasar.

--Por qu no puede pasar?--pregunt con entereza el sacerdote, alzando
la cabeza.

--Porque aqu no entran p.... ni ladronas.

Ante aquella injuria brbara, la dama se tap el rostro con las manos y
dej escapar un gemido. El P. Gil se puso rojo, y cogiendo al viejo por
un brazo, le sacudi con violencia.

--Sea usted ms comedido, y ya que no respete la sotana que visto,
guarde los miramientos que se deben a las seoras. Ante Dios y ante los
hombres sta es la esposa legtima de su amo de usted. Djeme el paso
franco, que a usted no le toca en este asunto ms que or, ver y callar.

Y dando un empelln al viejo, se volvi diciendo:

--Venga usted, seora.

Pero Ramiro, agitado, convulso, como si fuera a caer presa de un
sncope, se puso a correr delante de ellos, gritando:

--lvaro, lvaro! Que entra la z... en tu casa!

Dos criadas se asomaron a la escalera y contemplaron con estupor la
escena. El viejo no se detuvo en el principal; sigui hasta el segundo,
dando los mismos gritos. El P. Gil, que le segua con Joaquinita, dijo a
sta al llegar al piso primero:

--Qudese por ahora aqu; yo subir solamente.

Cuando lleg al segundo, tropez con D. lvaro que sala a punto de su
habitacin. Su rostro, siempre plido, lo estaba ahora tanto que daba
miedo. En cuatro palabras Ramiro le haba enterado de lo que ocurra.
Por la tarde, cuando por primera vez haba venido la esposa infiel a la
casa, no lo haba hecho. D. lvaro no pronunci una palabra. Cogi con
mano convulsa por un brazo al sacerdote y le hizo entrar en su gabinete.
Luego cerr con cuidado la puerta.

--A qu viene esa mujer?--pregunt haciendo intiles esfuerzos por
aparecer sosegado. La voz sala de su garganta dbil y ronca.

--Viene a implorar su perdn.

--Se equivoca usted; viene por dinero--repuso sonriendo ya forzadamente.

El P. Gil permaneci un instante silencioso y dijo al cabo:

--No me atrevo a asegurar a usted nada. Parece que est arrepentida...
Su acento es sincero y ha llorado con verdadero dolor en mi presencia.

Un relmpago de ira pas por los ojos del hidalgo. En aquel tropel de
emociones que se agitaban en su espritu, la indignacin logr vencer a
todas las dems y profiri con acento despreciativo:

--Estoy perfectamente convencido de que no viene ms que por cuartos...
pero de todos modos, me importa un bledo su arrepentimiento y su
sinceridad... Si est arrepentida, que pida a un cura la absolucin. El
figurarse por un instante que yo puedo perdonarla es un nuevo insulto,
es una idea que slo cabe en un alma tan miserable como la suya.

--El perdn jams degrada. Es la virtud que ms ennoblece al ser
humano--manifest el clrigo, sorprendido.

D. lvaro le clav una larga mirada colrica. Despus alz los hombros
con desdn y dijo:

--Est bien: dejemos eso. Lo que importa es que, ya que la ha trado, se
lleve usted inmediatamente a esa seora.

--Me atrevera a suplicarle que, aunque no la perdone, le permita al
menos hablar con usted... Quiz tenga algunas revelaciones que hacerle.

--No soy curioso. Puede guardarse sus revelaciones o confiarlas a quien
se le antoje... Por mi parte (escuche usted bien lo que voy a
decirle)--al mismo tiempo le cogi con mano crispada la mueca,--por mi
parte, ni ahora ni nunca cruzar con ella la palabra... Puede usted
decrselo.

El P. Gil baj la cabeza y permaneci silencioso mientras el mayorazgo
comenz a pasear agitadamente por la estancia con las manos en los
bolsillos. De vez en cuando se dibujaba en su rostro una sonrisa
sarcstica y dejaba escapar por la nariz un leve resoplido que acusaba
la tensin de su espritu, como el pito revela la tensin de la caldera
de vapor.

--Ya que eso no pueda ser--manifest al cabo de un rato con suavidad el
sacerdote,--usted comprender, D. lvaro, que esa seora no puede irse a
dormir fuera de esta casa sin dar pbulo a las malas lenguas, sin
renovar conversaciones que no deben renovarse. Por egosmo, ya que no
por caridad, debe usted consentir que su esposa duerma hoy en esta casa,
pues no creo que le convenga a usted escandalizar a la poblacin.

D. lvaro prosigui sus paseos agitados sin responder palabra, como si
no hubiese odo la proposicin del sacerdote. Al cabo de un rato se
plant delante de l y, mirndole fijamente, dijo:

--Est bien. Dgale usted que, si es su gusto, no hay inconveniente en
que duerma en esta casa... aunque se necesite bien poca dignidad para
aceptarlo--aadi bajando la voz y recalcando las slabas.--Y si quiere
dinero para el viaje de vuelta, Osuna se lo proporcionar.

--Le doy las gracias por esta deferencia, pero me voy muy
triste--replic sonriendo el P. Gil.--Cualquier sacrificio hara por
borrar de su memoria la ofensa recibida y soldar de nuevo la cadena de
su matrimonio. Cunto dara en este momento por ser un hombre
elocuente!...

--La elocuencia, seor excusador, ha servido en este mundo para que se
cometiesen grandes vilezas; pero creo que ninguna lo sera mayor que la
que usted me propone.

--Para usted es una vileza lo que para m sera un acto noble y
generoso, propio de un imitador de Cristo. No nos entendemos en lo que
se refiere a lo que es dignidad o indignidad...

--Lo siento por usted, padre--repuso el mayorazgo, tendindole la mano.

--Y yo por usted, D. lvaro. Buenas noches.

Al quedarse solo ste, sigui paseando todava unos momentos; luego se
par delante del cordn de la campanilla y tir con fuerza. No tard en
presentarse Ramiro.

--Esa mujer est ah... Quieres que la eche?--pregunt el viejo, sin
aguardar las rdenes de su amo.

--No. Condcela a la sala, enciende todas las lmparas y avisa a Dolores
que suba.

El criado permaneci inmvil, mirndole con sorpresa.

--Y vas a consentir que esa...

--Silencio!--exclam el mayorazgo con energa, llevando el dedo a los
labios.--Haz inmediatamente lo que te mando.

El viejo se alej gruendo. Al instante se present la doncella.

--Dolores, di a la cocinera que prepare cena para la seora que est
abajo, y que haga todo lo que sepa. Ilumina el comedor, saca la vajilla
fina, arregla el gabinete azul y toma del armario la ropa mejor para
ponerla en la cama... Que no le falte absolutamente nada. Aydala a
desvestirse: cualquier cosa que ordene la hacis inmediatamente. Ests
enterada?

--S, seorito; pierda usted cuidado, que se la tratar como quien es.

D. lvaro dirigi una mirada oblicua a la doncella y se apresur a
decir, algo acortado:

--Despchate pronto y ensale el gabinete azul. Si desea dormir en otro
lado, puedes mostrarle tambin el que llamis cuarto del obispo.

Otra vez qued solo y otra vez emprendi su paseo nervioso de un ngulo
a otro de la cmara. A pesar de la fortaleza y sosiego que haba
mostrado para rechazar las splicas del P. Gil, su cerebro trabajaba
agitado, febril. Aquella visita tan inesperada removi los recuerdos
felices y aciagos que se haban depositado en el fondo de su ser, y que
ya no le molestaban. Su vida matrimonial, que en aquellos tres aos se
haba ido alejando de su memoria como un sueo que la claridad de la
aurora desvanece, surgi de pronto delante de sus ojos, tan prxima que
la tocaba con la mano. Ni un pormenor faltaba al cuadro. Y ante aquella
visin sentase turbado, como si los sucesos acabasen de efectuarse.

Despus de pasear algunos minutos a grandes trancos, comenz a detenerse
a menudo, prestando odo a los ruidos que llegaban del piso primero.
Adivinaba ms que perciba los preparativos que la servidumbre estaba
ejecutando en obsequio de aquella vil mujer que le haba revelado toda
la negrura y todo el dolor de la existencia: Ahora bajan la lmpara del
comedor... Ahora sacan la vajilla... Deben de estar haciendo la cama...
Ha salido gente: ser Rufino a buscar a la tienda alguna cosa... Parece
que estn hablando en el gabinete azul...

Ya no paseaba. Con el odo pegado a la cerradura, recoga vidamente
todos los rumores que llegaban de abajo. Y como llegaban demasiado
confusos, concluy por abrir la puerta, avanzar cautelosamente hasta el
pasamanos de la escalera y escuchar desde all, inmvil, recogiendo el
aliento. Haba imaginado vagamente que su esposa, una vez sola y libre,
subira hasta su cuarto para hablarle. Lo hubiera deseado, para darse el
gozo de arrojarla con algunas frases despreciativas que le llegasen
hasta el fondo del alma. Hubo un instante en que pens que este deseo se
realizaba. Sinti pasos en la escalera: toda su sangre fluy al corazn;
se apresur a dejar el pasamanos y a meterse de nuevo en el cuarto. Era
Dolores que suba a pedirle una llave. Cuando se fue, torn a su
espionaje; permaneci en la escalera largusimo rato sin saber por qu
haca aquello. Escuch el rumor confuso de la conversacin de Dolores y
su mujer. La doncella era charlatana; Joaquinita tambin tena un
temperamento expansivo: la pltica se animaba cada vez ms. Hasta se le
figur percibir algunas alegres carcajadas de su esposa, que le
sorprendieron ms que le indignaron. Por fin not que se pona a cenar.
Dolores iba y vena con los platos. Termin la cena. La doncella se
detuvo en el comedor y prosigui la charla. Cansado de estar en pie, se
sent en uno de los peldaos de la escalera. Al hacerlo sinti vergenza
y comenz a darse alguna cuenta vaga de las emociones que embargaban su
espritu. Una hora larga esper de aquel modo, percibiendo el rumor
confuso de las voces, en el cual nada poda distinguir, ni siquiera cul
era la de su esposa y cul la de la criada. Al cabo observ que salan
del comedor. Todava se figur que su mujer aprovechara aquella ocasin
para subir a visitarle. Se puso en pie vivamente y se prepar a meterse
en su cuarto tan pronto como sintiese pasos en la escalera. Pero esper
en vano. La seora se dirigi con Dolores hacia el gabinete azul. Sinti
cerrarse la puerta tras ellas: luego not que se abra de nuevo y sala
la doncella y tomaba el camino de su cuarto. Sin duda haba ayudado a
desnudarse a la seora y la dejaba en la cama.

Con la cabeza entre las manos, los codos apoyados sobre las rodillas,
permaneci inmvil, abstrado, escuchando ya solamente la voz de su
pensamiento y los latidos de su corazn. Un vivo despecho, del cual no
quera darse cuenta, le morda cruelmente las entraas. Senta la
necesidad de avistarse con su mujer, de injuriarla, de escupirla, de
abofetearla. Por qu haca unos instantes se haba negado a recibirla,
y ahora ansiaba de aquel modo tenerla delante? El mayorazgo crea que
era porque su odio y su indignacin haban crecido. No supo el tiempo
que permaneci en aquella postura. El deseo de verse frente a su esposa
arda cada vez ms vivo en su pecho, le pona inquieto, excitado; se iba
convirtiendo en una fiebre, en una rabia intensa que le devoraba. Oh,
tenerla entre sus manos, apretarla hasta hacerle gritar de dolor,
hacerle padecer en el cuerpo lo que l haba padecido en el alma! Puntas
de hierro candentes le pinchaban por la espalda, las manos le temblaban
como si le pidieran una estrangulacin con que calmar sus ansias; un
calor insoportable le suba de las piernas al cerebro. Las tinieblas se
espesaban, le envolvan en una atmsfera tibia, sofocante, como si se
hallase en un subterrneo. Hubo un instante en que pens que no poda
moverse; los miembros entumecidos se negaban a obedecer a su voluntad.
Hizo un esfuerzo, sin embargo, como si tratase de romper una tela que le
sujetara, y se puso en pie.

Se dirigi con paso vacilante a su cuarto. La luz del quinqu que arda
sobre la mesa le hiri de tal modo que estuvo a punto de caer ofuscado.
Apagola de un soplo, busc a tientas la ventana y la abri de par en
par. Una rfaga viva de viento y agua le azot el rostro y penetr
rugiendo por la estancia, echando a volar los papeles de la mesa. D.
lvaro aspir con delicia el aire fro y hmedo, asomose a la ventana y
expuso su frente ardorosa a la inclemencia del chubasco. Las mil agujas
de la lluvia se le clavaron en las mejillas y convertidas en lgrimas
las baaron completamente. Por algunos minutos goz con voluptuosidad de
aquel fro, apeteciendo que le penetrase en el cerebro y sosegase su
desordenada actividad. La noche no era tenebrosa. A pesar del espeso
toldo de nubes, la luz de la luna consegua cernirse y esparca una
dbil y triste claridad. Slo cuando algn nubarrn ms espeso y ms
negro pasaba por delante de ella descargando su fardo de agua, la luz se
extingua casi por completo. Las olas se estrellaban contra los peascos
que sirven de baluarte al Campo de los Desmayos. El viento silbaba entre
las grietas de la torre de la iglesia. La msica lgubre de los
elementos embravecidos calm un poco la fiebre del hidalgo.

Consolado por aquel refresco, respir con libertad; se crey dueo de
s. Sin embargo, a los pocos instantes el mismo deseo agudo, candente,
volvi a pincharle el cerebro. Oh, tener delante a la infame, vomitarle
en el rostro las injurias que su dolor y su indignacin haban acumulado
durante tres aos; luego cogerla as por el cuello y retorcrselo! Aquel
instante de placer compensara los tormentos que haba experimentado. Un
minuto que vala por toda una existencia de dolor. Y por qu no
gozarlo? No tena en su poder al verdugo de su dicha? No estaba all
debajo, durmiendo tranquilamente, mientras l se agitaba todava entre
crueles torturas? Apartose un poco de la ventana y se sec el rostro con
el pauelo. Sinti que era impotente para luchar con aquel apetito de
venganza. Toda su filosofa despiadada, indiferente, se haba ido a
pique. El mundo dej de ser pura representacin; se converta en
realidad innegable; la vida adquira el valor absoluto que tiene para
todo ser finito. Era forzoso, a despecho de la razn, satisfacer los
instintos animales que gritan en el fondo de nuestro ser. En vano, para
calmarse, se deca que todas aquellas emociones nada valan ni
significaban en el curso eterno de las cosas, que dentro de muy poco
tiempo todo sera humo; en vano se representaba la imbecilidad del ser
humano, luchando y padeciendo en holocausto de una fuerza que se burlaba
de l. Todos sus pensamientos se estrellaban contra un anhelo poderoso,
irracional que le dominaba. El bruto, como sucede siempre, poda ms que
el filsofo.

Busc a tientas la salida, y apoyndose en las paredes lleg hasta la
escalera. Al bajar el primer peldao, sus botas rechinaron en el
silencio de la casa. Sentose y se despoj de ellas. Luego se desliz
hasta abajo sin hacer el menor ruido. Sin tropezar, por el conocimiento
perfecto de la casa, avanz por los corredores hasta llegar a la puerta
del gabinete azul. En aquel momento el gran reloj del comedor dio una
campanada. No supo a qu hora perteneca esta media. Acerc el odo a la
cerradura y estuvo un rato escuchando sin percibir ruido alguno.
Indudablemente Joaquina estaba ya durmiendo. Entonces se desliz hasta
la puerta de escape que la alcoba tena en el pasillo y volvi a poner
el odo. Al cabo de un momento pudo or una respiracin igual y serena.
Un vivo estremecimiento corri por todo su cuerpo al percibirla. Sinti
un nudo en la garganta, pero un nudo de fuego: el corazn quera
saltarle del pecho: apoy las manos sobre l para apagar el ruido de las
palpitaciones. La traidora dorma tranquilamente sin curarse de l.
Aquel deseo de reconciliacin era, pues, una farsa? Vena a buscar
dinero solamente? Qu miserable! Qu mujer tan odiosa!

Empleando todas las precauciones imaginables, levant el pestillo de la
puerta y empuj. Tena el pasador echado por dentro. Entonces se fue a
la puerta del gabinete. Aqulla estaba abierta. Avanz por la estancia
sobre la punta de los pies conteniendo la respiracin, lleg hasta la
alcoba y levant las cortinas. Dio un paso ms y choc con la cama: puso
la mano sobre ella y la desliz hacia la cabecera. Sinti la presin del
cuerpo de su esposa al hincharse con la respiracin. Acerc el rostro
hacia el sitio donde deba de estar la cabeza de la dama, y dijo muy
quedo:

--Joaquina, Joaquina.

No despert.

--Joaquina, Joaquina--repiti.

Tampoco hizo movimiento alguno. Entonces la sacudi levemente por el
hombro, llamndola de nuevo.

La dama dio un grito y despert despavorida.

--Jess! Quin es? Quin va?

--No te asustes, soy yo--dijo con voz dbil el mayorazgo.

--Quin? Quin?--replic la dama, con seales de terror en la voz,
echndose hacia la pared.

--Soy yo, soy lvaro... Mira--aadi con voz temblorosa,--s que has
venido a hacer las amistades... Has hecho bien... Olvidmoslo todo,
comencemos una nueva vida...

La dama no respondi. Metida contra la pared, escuchbase su respiracin
an anhelante por el susto.

--Hice esfuerzos sobrehumanos para olvidarte--prosigui con la misma voz
temblorosa, apagada por la emocin,--pero fueron intiles... Ests
metida a hierro y a fuego dentro de mi pecho... Has sido mi primero, mi
nico amor en este mundo... Me has hecho mucho dao, mucho! pero aunque
me hicieses mil veces ms, no se borrarn de mi alma los momentos de
dicha embriagadora que te debo... Te quiero, s, te quiero, te
adoro!... Aunque me llamen cobarde, indigno, lo repetir a la faz del
mundo entero... Si supieses cunto he sufrido! No ha sido mi dignidad,
mi orgullo destrozado lo que me ha hecho padecer... Mi corazn es el que
ha sufrido... Qu desconsuelo! Qu tristeza tan honda! Pareca como
si una mano helada me arrancase suavemente las entraas... Pero ya pas
todo... Verdad que ya pas?... Comenzaremos a amarnos de nuevo, como
aquella tarde en que te estrech entre mis brazos por primera vez, en
una calle de rboles de los jardines de Aranjuez...

El mismo silencio por parte de Joaquinita.

--Contstame... Te he asustado, vida ma? Perdname... Por qu no has
salido luego que se fue ese cura?... Pensabas que iba a arrojarte?...
No, preciosa ma... no... Te quiero, te adoro...

Al mismo tiempo, alargando las manos, tropez con una de su esposa, la
cogi y la llev a sus labios con entusiasmo. La dama la retir
prontamente.

D. lvaro qued sobrecogido.

--Por qu me retiras tu mano?... No te tiendo yo la ma, y soy el
ofendido?... No has venido a reconciliarte conmigo?...

--S, s, lvaro--murmur ella.--A eso he venido... Me has asustado...

--Perdname, Joaquina... Si supieses qu alegra me causa el or tu
voz! Pens que nunca ya, nunca ya! la volvera a or. Quieres ser mi
esposa?--aadi bajando la voz, inclinndose para acercar la boca al
rostro de la dama.--Djame un sitio a tu lado, hermosa... Djame ser
una noche feliz...

--No, lvaro, ahora no--volvi a murmurar la esposa infiel.--Maana...
Djame, estoy muy cansada... Djame hasta maana...

--No te molestar. Me estrechar cuanto pueda y dormirs tranquila...

--No, ahora no puede ser... Maana.

--Por qu no? No quieres ser mi mujercita? No quieres que seamos
felices otra vez, como en aquellos primeros meses de nuestro matrimonio?

--S, lo quiero... Pero ahora estoy muy nerviosa... Deseo quedarme
sola... Maana ser otro da, y te prometo ser tuya... Ah tienes mi
mano... Vete a dormir, lvaro... Hasta maana.

Montesinos busc en la oscuridad aquella pequea y hermosa mano, que tan
bien conoca, y la apret contra sus labios perdidamente, la devor a
besos. Joaquina la abandon en su poder, esperando que al cabo se
marchara. Soltola, en efecto, pero fue para echarle los brazos al
cuello y apretarla contra su pecho, loco, perdido de amor, aplastando
sus labios con besos brutales, frenticos. La dama forceje rabiosamente
para desasirse, y lo logr, haciendo tambalearse a su marido de un
empelln.

--Te he dicho que no quiero, que no quiero!--le grit con voz
colrica.--Si vuelves a tocarme, me marcho desnuda como estoy por esas
calles... Vete! Vete!

D. lvaro qued clavado al suelo por el estupor. No eran sus palabras
las que le dejaban fro, horrorizado; era aquella voz aguda como la hoja
de un pual, que le llegaba hasta lo ms hondo del pecho.

--Vete! Vete!--repiti ella alzando an ms el grito.

En aquel momento ni un pensamiento cruzaba, por el cerebro del
mayorazgo: todas sus facultades quedaron aniquiladas, rotas por la
sorpresa y el horror del golpe. No senta ms que una viva impresin de
anhelo, como si se hubiese cado de algn sitio muy elevado y estuviese
an por el aire. El mundo desapareci en medio de aquella oscuridad;
nada exista en las tinieblas que le envolvan, ni siquiera su
pensamiento. Slo quedaba una voz estridente, fatal y un gran dolor, un
dolor eterno.

--Vete! Vete!

Tropezando con los muebles, brincando como si escapase de una
catstrofe, sali de aquella estancia. Se encontr en la escalera
agarrado fuertemente al pasamanos para no caer. All se detuvo y quiso
coordinar sus ideas. Por qu corra? Qu haba pasado? No se daba
razn de aquella huida repentina. Trat de volverse y penetrar de nuevo
en la estancia de su esposa y entrar en explicaciones; pero las piernas
se negaron a obedecerle. Un horror instintivo, como si hubiese delante
un pozo negro y hondo, le detuvo. Avanz, cogindose con ambas manos a
la barandilla, y lleg hasta su cuarto. El huracn, penetrando por la
ventana abierta, se haba enseoreado de l; los papeles volaban, los
muebles a que se iba agarrando estaban mojados. Sus manos tropezaron con
el silln del escritorio, y se sent sin intentar siquiera buscar los
fsforos ni cerrar la ventana. As permaneci inmvil, con los ojos
desmesuradamente abiertos en la oscuridad, sin sentir el fro que le
penetraba hasta los huesos ni el agua de los chubascos que le baaba a
intervalos la cabeza, no pudiendo determinar si el rumor que le
ensordeca y le mareaba era realmente el de las olas o sonaba tan slo
en su cerebro.

As le sorprendi la claridad del da, un da triste y sucio, como casi
todos los del invierno en Peascosa. Alzose al fin como un sonmbulo,
entr en la alcoba y se dej caer pesadamente en la cama. Ramiro no pudo
despertarle a las nueve para tomar el desayuno. Era un sueo invencible,
de aniquilamiento, semejante a la muerte. Dorma en una inmovilidad
absoluta, con los ojos entreabiertos y el rostro densamente plido.
Cuando a las tres de la tarde sali de aquel profundo letargo, supo, sin
asombro alguno, que su esposa se haba marchado en la diligencia de
Lancia.




VII


Despus de desahogar su ira la hija de Osuna, sigui por la calle del
Cuadrante abajo, riendo todava nerviosamente algn tiempo. Pero aquella
risita se apag al cabo. Sinti un desasosiego extrao, cierto
abatimiento que hizo flaquear sus piernas. Detvose un instante: le
acometieron deseos de volverse y espiar de nuevo a la pareja que dejaba
all en el Campo de los Desmayos. El temor de ser notada la contuvo.
Aunque vagamente, se daba tambin cuenta de lo singular y censurable de
su conducta. Por qu haba hecho aquello? Quin era ella para espiar
los pasos de su confesor, ni menos reprenderle? Su despecho era tan
vivo, sin embargo, que no le permita arrepentirse. Tena la boca seca;
le ardan las mejillas. Sigui caminando apresuradamente, y se dirigi
al muelle. Estaba ya solitario. La brisa del mar le refresc un poco. Se
sinti, no obstante, tan agitada que no quiso volver a casa: necesitaba
charlar, distraerse. Ira a casa de D. Eloisa y cenara all como otras
veces.

Justamente iban a ponerse a la mesa los esposos cuando lleg ella. Les
acompaaba el P. Norberto, lo cual significaba que haba callos.

--Qu sofocada vienes, hija!--exclam doa Eloisa.

--No sabe usted?... Vengo sola desde casa de D. Trinidad... Vengo a
cenar con ustedes... Pero hganme el favor de mandar un recado a pap.

Se esforzaba en aparecer serena y risuea.

--Conque solita, eh? Solita a las ocho de la noche--dijo D. Martn en
tono de broma.

--Ay, si supieran ustedes qu agitada vena!... Anda tan poca gente por
la calle. En un momento en que me vi sola, ech a correr hasta que hall
a unas mujeres.

--Qu? Tena usted miedo que la tomasen por una de esas palomas que
aqu el P. Norberto caza con lazo?--torn a decir D. Martn con tico
humorismo de cuartel.

La joven se ruboriz hasta las orejas. Doa Eloisa dirigi una mirada
severa a su marido.

--Vamos, no empieces a barbarizar, Martn.

--Seor, yo no hablo ms que de la posibilidad de una
equivocacin!--replic el invlido riendo.--Y si no, que me diga el P.
Norberto si hay mucha diferencia en la figura entre una seorita y esas
amiguitas suyas.

--No son amigas mas, D. Martn--replic riendo benvolamente el buen
sacerdote;--son ovejas descarriadas...

--Pero usted no les tira piedras para que vuelvan al redil, sino
besos...

--Oh! oh! D. Martn!

El bueno de D. Norberto, capelln y organista de la parroquia, demasiado
modesto para aspirar a sacar triunfante la virtud y la fe entre las
clases elevadas, se dedicaba con entusiasmo haca ya tiempo a arrancar
del vicio a esas pobres mujeres que caen en l la mayor parte de las
veces por miseria. Se introduca en las asquerosas moradas que ocupaban,
las catequizaba haciendo esfuerzos titnicos de oratoria que le ponan
rojo como un tomate y le obligaban a toser y escupir de un modo
imponente. Y cuando el arte de Bossuet no produca efecto, apelaba al
dinero. Era un soborno piadoso en el que haba gastado el corto caudal
que heredara de sus padres y que se llevaba tambin la mayor parte de su
paga. Haba logrado el arrepentimiento de varias pecadoras, a las
cuales sola llevar a cierto asilo o convento establecido para ellas en
Valladolid, sufragando l, por supuesto, los gastos de viaje,
instalacin, etc. Pero a cambio de estos triunfos experiment el buen
capelln horribles desengaos. Muchas veces las bellas pecadoras se
mostraban arrepentidas, le sacaban todos los cuartos que podan y
concluan rindose de l y contando el chasco por la villa. Pero no
desmayaba en su obra. Estaba a prueba de risas y fracasos. Algunas que
comenzaron engandole, haban terminado arrepintindose sinceramente.
El sueo de D. Norberto era fundar en Peascosa un convento de
arrepentidas. Para lograrlo sera capaz de andar pidiendo limosna por
toda la provincia, de trabajar l mismo como bracero en el edificio,
hasta de renunciar a comer callos por el resto de su vida.

En la villa todos conocan esta su mana. La mayor parte se mofaba de
ella. No haba quien no se creyese con derecho para darle acerca del
particular su bromita ms o menos pesada, segn la educacin del
individuo. Mas, por mucho que lo fuesen, jams se le vio enfadarse ni
dar siquiera seales de impaciencia. Rea bondadosamente o se alejaba
tapndose los odos. Nadie dudaba tampoco, aunque algunos lo
aparentasen, de su recta intencin y del completo desinters con que
trabajaba en este asunto. Las mismas mujerzuelas, que le engaaban, no
osaban calumniarle, y si alguna lo haba hecho, pronto fue
categricamente desmentida por sus compaeras.

--Martn, te pido por Dios que no desbarres!--exclam llena de angustia
D. Eloisa.

--Mujer, hablo de besos msticos.

--S, D. Eloisa--se apresur a decir D. Norberto,--su esposo quiere
referirse a los medios suaves que necesito emplear para convencer a esas
desgraciadas.

D. Martn, comprendiendo que haba ido demasiado lejos, asinti, no sin
dirigir un guio expresivo al capelln.

Sentronse a la mesa. Obdulia haca esfuerzos atroces por comer, pero su
estmago se negaba a recibir alimento alguno. Segua en un estado de
agitacin bien visible. D. Martn la embrom acerca de su falta de
apetito. Estara por ventura enamorada? A pesar de su inclinacin a la
iglesia, l apostaba a que haba de concluir apasionndose
violentamente. De una sola ojeada conoca l los temperamentos
destinados al amor. Haba ciertas seales: la ojera, que ella tena muy
pronunciada, los ojitos un poco entornados, los labios secos... y otras,
y otras. El jefe de invlidos volvi a deslizarse. D. Eloisa estaba en
brasas, y otra vez le llam al orden con voz angustiosa. Suceda esto
muy a menudo. D. Martn gozaba lo indecible colreando las mejillas de
las damas con sus frases atrevidas. Le pareca que era el adecuado
complemento de aquella otra tendencia que senta a enrojecer las de los
caballeros con sus proverbiales bofetadas. Ambas inclinaciones acusaban
su temperamento heroico y daban testimonio innegable de su procedencia
del arma de caballera. Obdulia sola responderle con oportunidad y con
gracia, dejndole no pocas veces amoscado; pero la preocupacin que
ahora la embargaba le impidi tomar nota de sus palabras y darles su
merecido. Antes de terminar la cena sintiose indispuesta y tuvo que
salir a otra habitacin y arroj cuanto haba comido.

A los postres lleg D. Serafina Barrado con su capelln y mayordomo.
Ambos venan encarnados, risueos y extraordinariamente locuaces. Los
ojos les brillaban con fuego alegre y malicioso, que llam la atencin
de sus amigos.

--Ah va un cigarro, D. Martn--dijo el joven presbtero, ofrecindole
uno de acreditada vitola, igual al que l estaba chupando
voluptuosamente.

--Buen tabaco!--exclam el amo de la casa dndole vueltas entre los
dedos.--Qu latigazos se pega usted, amigo!

--Regulares, regulares--respondi el clrigo con sonrisa de
satisfaccin, dirigiendo al mismo tiempo una mirada expresiva a su
antigua ama, que le pag con otra brillante y cariosa.

--Dnde los compra usted?

--No los compro: me los regalan.

Otro cambio de miraditas risueas y apasionadas.

--Ah! Entonces le salen a usted por una friolera. Se puede saber quin
es el seor tan generoso...

--No es seor; es seora.

Otra miradita.

--Ah, pcaro! Ya saba yo que gozaba usted de gran favor entre las
damas.

Por la fisonoma alegrsima de D. Serafina corri una nube que la
oscureci momentneamente.

--Es regalo de D. Serafina, con motivo de ser hoy mi cumpleaos--se
apresur a decir el presbtero.

--Ya me pareca a m que venan ustedes hoy demasiado contentos!... Con
tan fausto motivo hubo juerga, verdad?

--Cmo juerga?--pregunt D. Joaqun con cierta inquietud, temiendo la
franqueza militar de su amigo.

--S, una comidita ntima con algunos platos extraordinarios y un par de
botellas de _burdeos_.

--No fue _burdeos_--replic D. Joaqun riendo,--Fue borgoa.

--Mejor que mejor.

--Ya lo creo!--exclam D. Serafina, comindose con los ojos a su
capelln.

Y volvi a comenzar entre ellos el tiroteo de miraditas y guios,
prodigndose mil atenciones tiernas que denotaban un estado de felicidad
perfecta.

La llegada de D. Rita no turb poco ni mucho su xtasis delicioso. Esta
seora, pequea y regordeta, con grandes ojos negros sin expresin y
dientes grandes tambin, sanos y amarillos, entraba siempre con un cesto
donde guardaba la labor. Sacbala con lentitud, trabajaba media hora en
silencio escuchando atentamente todo lo que se deca, y al cabo recoga
de nuevo los brtulos y se iba a hacer lo mismo a otra parte. De este
modo recorra en la noche tres o cuatro casas. Era su mana la de saber;
saberlo todo, hasta lo ms trivial e insignificante. Se la toleraba bien
en todas partes, porque a pesar de su desmedida febril curiosidad nunca
hubo disgusto alguno por su causa. Gozaba con saber tan solamente: era
un placer desinteresado, intenso, como el de los hombres de ciencia que
no miran el resultado que sus conocimientos les puede dar. Como el avaro
amontona en su caja monedas de oro sin pensar en utilizarlas jams, as
D. Rita atesoraba en su cerebro cuantas noticias privadas poda recoger
en sus peregrinaciones por la villa, sin molestar a nadie con ellas.
Pocos se guardaban, pues, de hablar secretos en su presencia; pero si
alguno lo haca y llegaba a notarlo, le acometan tales ansias y
congojas por conocer lo que le ocultaban, que no dorma, ni descansaba
un momento; andaba plida, ojerosa, se haca grosera, intratable. Una
vez que descubra el ansiado secreto, aunque fuese la cosa ms balad,
recobraba la calma y serenidad, volva a su ser dulce, pacfico,
inofensivo. Algunos sujetos maleantes, como don Martn, el P. Narciso,
D. Joaqun y otros, solan embromarla fingiendo algn misterio entre
ellos, la atormentaban, le hacan perder el juicio de pura curiosidad.

Pero cuando entr el P. Narciso, D. Joaqun se puso ms grave, ocultando
a su compaero aquella dicha inefable, que le retozaba dentro del alma,
evitando encontrarse con los ojos alegres, chispeantes de su antigua
ama. Aqul sinti en seguida en la nariz el tufillo aromtico del
cigarro, dirigi una mirada escrutadora a su colega, otra a D. Serafina
y se puso al tanto.

--Hubo _gaudeamus_, verdad?--pregunt por lo bajo.

D. Joaqun neg descaradamente.

Unos tras otros fueron llegando Consejero, Cndida, D. Filomena, el P.
Melchor, Marcelina y, en suma, casi todos los tertulianos habituales.
Formronse pronto los grupos de siempre, se disgregaron los elementos de
aquella sociedad, operndose en ella el fenmeno qumico de las
afinidades electivas. Mas esta operacin no se efectuaba sin las
violentas conmociones y sacudidas que se observan en el seno de la
naturaleza, sin las acciones y reacciones a que da origen toda
fermentacin. Aquella noche Cndida, la huesuda seorita que ya
conocemos, en vez de ir a besar la mano al P. Melchor y sentarse a su
lado y cuchichear toda la velada, fue a hacer lo mismo con el P.
Norberto. Por qu esta desercin? En la tertulia nadie lo saba ms que
los interesados y D. Rita. El P. Melchor haba tenido la imprevisin de
decir en una casa que los roquetes que le haca la citada joven eran
escasos de manga, y que le costaba trabajo con ellos doblar el brazo. En
cambio, haba elogiado calurosamente un alzacuello que le haba regalado
D. Marciala. El caso era grave, como cualquiera comprender, y deba
producir este triste resultado. D. Marciala, viendo al padre Narciso
cada vez ms inclinado a admitir y agradecer la fervorosa admiracin de
D. Filomena, mostraba su sentimiento y despecho, acercndose a D.
Melchor y hablndole con afectado cario. D. Filomena, despus de
algunos aos de adoracin resignada, silenciosa, haba llegado, cuando
ya no lo esperaba, a la meta de sus aspiraciones. Tanta atencin, tanto
cario haban logrado al fin cautivar el espritu del elocuente capelln
de Sarri, quien daba claras muestras a la viuda de su afecto. Despus
de haberlo intentado en vano muchas veces, aqulla haba recabado de l
que fuese preceptor de su hijo, y que tomase el cargo con aficin. Su
temperamento dominante y fogoso se manifest en seguida. El pobre nio
tuvo que experimentar no slo un trabajo excesivo, superior a su edad,
sino una serie de castigos crueles, malvolos, refinados. Y D.
Filomena, que era la dulzura personificada, que jams haba levantado la
mano sobre su hijo, consenta impasible que aquel hombre lo azotase
despiadadamente. Acallaba su conciencia dicindose que era para su bien.

Marcelina, que haba soado con suplantar a D. Serafina en el corazn
de D. Joaqun (y en realidad haba cierto fundamento para este sueo,
pues el joven presbtero no cesaba de distinguirla entre todas), andaba
ya bastante desengaada. Adquiri el convencimiento de que aqul la
tomaba como instrumento para hacer padecer un poco a su ama y tenerla
ms atenta y sumisa. Tal conviccin la empuj de nuevo hacia D. Narciso,
a quien haca tiempo haba abandonado; pero ste, que nunca le haba
profesado gran aficin, como a Obdulia, la rechaz sin miramientos. Si
embargo, la ex-joven segua luchando bravamente con D. Filomena. Haca
pocos das haba regalado al capelln una colcha de crochet que era una
verdadera maravilla de trabajo pacienzudo y habilidoso. Por cierto que
la viuda, al verla sobre la cama del clrigo, experiment un vivo
disgusto y llor muchas lgrimas en secreto.

Estas agitaciones espirituales, estas luchas de sensibilidad y
abnegacin entre las piadosas damas que all asistan, eran precisamente
las que daban algn inters dramtico a aquel mundo sereno, inocente. No
eran ciertamente las competencias groseras que se establecen en las
sociedades profanas, donde las intrigas afectan un carcter violento,
donde las relaciones del varn y la hembra tienen su fundamento siempre
en la explosin de los sentidos, llevan el sello abominable de la
animalidad. Aqu todo se efectuaba de un modo suave, inocente,
espiritual: los pequeos sacudimientos de que hemos hecho mencin
semejaban el leve rizado de un lago trasparente y hermoso. Era aquella
tertulia como una antesala del cielo, donde las relaciones de los
ngeles, de los santos y las santas alcanzan el supremo grado de la
pureza inmortal.

Lo que estaba pasando por el alma de la hija de Osuna confirma bien la
idea que acabamos de formular. Despus de experimentar aquel trastorno
gstrico, hijo de la excitacin en que se hallaba, cay en profundo
desfallecimiento fsico y moral. Senta la impresin de si hubieran
cometido con ella una gran perfidia, y aunque su pensamiento le deca
vagamente lo absurdo de tal sensacin, no poda minorar su intensidad,
ni menos desecharla. Odiaba al P. Gil, le odiaba con toda su alma. Dara
algo por vengarse. De qu? No se lo deca; pero all en el fondo del
alma estaba persuadida de que tena razn para ello. Form resolucin
inquebrantable de no confesar ms con l. Con l! Un sacerdote que
entra de noche en los portales a cuchichear con mujeres hermosas y
elegantes! Puf! Sera vergenza el hacerlo. Obdulia estaba bien segura
de que la mujer que hablaba con su confesor era linda. Esta seguridad la
torturaba. Por supuesto que, si tena el atrevimiento de venir a
hablarle, le dara un desaire de los gordos, le volvera la espalda. Y
confesara otra vez con D. Narciso. Y dira a sus amigas en qu
situacin le haba visto con una seora desconocida y elegante. Porque
no caba duda de que vesta con elegancia, bien lo haba reparado. Aquel
abrigo largo no estaba hecho en Peascosa. Quin sera? Alguna de
Lancia, seguro, que vendra a hacerle una visita. Y por qu se viene de
lejos a visitar a un sacerdote no siendo su madre, o su hermana o su
deuda? No sabe esa seora que la fama de los sacerdotes es muy delicada
y cualquier cosa la quiebra? El cerebro de la joven no cesaba de dar
vueltas y ms vueltas a estas ideas y a otras anlogas, mientras su
cuerpo permaneca inmvil, abatido, clavando los ojos obstinadamente en
las manos de D. Marciala, que no dejaba un momento su calceta. Sentase
enferma, deseaba irse; pero una vaga esperanza, que no poda definir, la
retena a su pesar.

Mientras tanto el P. Norberto estaba sorprendido y confuso por las
inusitadas atenciones de que era objeto por parte de Cndida. El pobre
no estaba acostumbrado a que se las prodigasen. El bello sexo de
Peascosa le profesaba cierto desdn compasivo. Tenasele por un
sacerdote virtuoso, pero de muy cortos alcances. Sus mismos compaeros,
cuando hablaban de l, lo hacan sin dejar de los labios una sonrisa
medio protectora, medio burlona. Para las damas, la virtud del P.
Norberto no tena poesa, careca de ese encanto especial que en otros
sacerdotes la hace contagiosa, era una virtud pedestre, que no se
traduca en conceptos delicados y sublimes como en el P. Narciso, el P.
Gil y otros. As que rara era la joven que se confesaba con l, ni menos
la que apeteciese su conversacin o tuviese gusto en envolverle entre
nubes de incienso, como haca Cndida en aquel momento. Su misma
inclinacin a rescatar las mujerzuelas perdidas, por ms que se
respetase, no le haca simptico a las seoritas. Verdad que l se
pasaba admirablemente sin esta simpata y no le quitaba de engordar cada
da ms y pasar la vida riendo. Las lisonjas que le estaba vertiendo al
odo con voz insinuante su nueva hija de confesin, en vez de agradarle,
le turbaban, le molestaban visiblemente. Fue una de las pocas veces en
que pudo vrsele serio. Haca rechinar la silla, cambiando de postura a
cada instante, y restallaba los nudillos de las manos de un modo
formidable, tosa, se pona colorado, y de vez en cuando dejaba escapar
de la garganta un leve bufido con que su modestia alarmada protestaba.
Por ltimo, solicitado vivamente por la dulce perspectiva del tresillo,
aprovech una pausa de la doncella para levantarse y decir torciendo un
poco las caderas a guisa de saludo:

--Con permiso de usted, seorita.

En cuanto sali de aquella situacin angustiosa, su faz sangunea se
dilat y volvi a aparecer en ella la sonrisa de benevolencia universal
que le serva de principal ornamento. Su llegada al grupo donde estaban
Consejero, D. Martn, Osuna y otro caballero militar de Lancia fue
acogida con alegra.

--Te presento--dijo D. Martn a su amigo forastero, bajando la voz y
echando una mirada recelosa alrededor para cerciorarse de que no le oa
su mujer,--al padre Norberto, un cura que te podr informar de todos
los _chamizos_ de la poblacin, si deseas conocer alguno.

--Oh, oh! D. Martn, por Dios!

--Atrvase usted a decir que no los conoce!

--Hombre, s... de algunos s... Por desgracia, necesito entrar en ellos
alguna vez...

--Este seor se dedica a las jvenes extraviadas--continu D. Martn,
dirigindose a su compaero, que sonrea lleno de asombro.

--Jess! Considere, D. Martn, que este seor no me conoce...

--Pues para que le conozca a usted hablo.

D. Eloisa, de lejos, echaba miradas de terror a su marido, observando
la confusin de D. Norberto y la risa de los otros.

--Bueno--prosigui el seor de las Casas, hacindose prudente y
conciliador,--yo no dir, D. Norberto, que usted vaya con mala idea a
esas casas de perdicin; pero lo que sostendr siempre es que les est
usted prestando un gran servicio: est usted haciendo su agosto.

--Cmo, cmo?--pregunt asustado el clrigo.

--Pues muy sencillo; ayudando a que se eleve el precio de la mercanca.
Recuerde el ejemplo de Carmen la zapatillera...

sta era una muchacha a quien el P. Norberto haba conseguido sacar de
una casa de prostitucin y llevar a un convento. Al cabo de algn
tiempo se sali y volvi a la mala vida. Torn D. Norberto a persuadirla
al arrepentimiento, y otra vez ella se vino del asilo y se entreg al
vicio.

--Y qu tiene que ver?...

--Voy a explicrselo, padre, voy a explicrselo... Atiendan ustedes...
Cuando usted catequiz a Carmen, no me negar que la mercanca estaba
bastante depreciada ya...

--Yo no s! Qu cosas tiene usted, D. Martn!--exclam el clrigo
azorado.

--Me consta, padre, me consta. Pues bien, despus que estuvo un ao por
all y engord un poco en el convento y volvi rodeada de cierta aureola
de honradez, el precio se elev notablemente. Vuelve usted a llevrsela
cuando ya estaba un poco estropeadilla y la demanda haba mermado hasta
un punto que haca temer por la buclica, y ahora que viene otra vez
gordita y santificada, se cotiza de nuevo como en sus mejores tiempos.

--Jess! Jess! Vaya todo por Dios!--exclam el clrigo tapndose los
odos, pero sin enfadarse.--No sea usted tan malo, D. Martn.

D. Eloisa, que bien adverta lo que estaba pasando, se levant al fin
de la silla y vino hacia ellos, preguntando con mal humor:

--No juegan hoy al tresillo?

--Vamos all, vamos all--respondi su marido, sofocando la risa que le
flua del cuerpo, como a los dems.

Sentronse Consejero, D. Norberto y l a la mesa, y no tardaron en
abstraerse de todos los ruidos mundanales bajo la influencia fascinadora
de la espada, la mala y el basto. Poco despus Consejero rechinaba los
dientes y se tiraba cruelmente del bigote, encontrndose dos veces
seguidas con el tres de bastos, su enemigo personal. Haca ya muchos
aos que se tenan declarada una guerra a muerte. Cada vez que le vena
a las manos, Consejero se crispaba, juraba sordamente como un carretero.
El tres de bastos, malintencionado y socarrn como ningn otro naipe,
gozaba al parecer con verle irritado, y se colaba bonitamente siempre
que poda en el montoncillo que le repartan. No slo en la tertulia,
sino en toda la villa era conocida esta antipata. Algunos, con ciertas
precauciones por supuesto, porque D. Romualdo se disparaba fcilmente,
le embromaban con ella. En cierta ocasin, pescando con caa detrs de
la iglesia, sac en el anzuelo un naipe que result ser el tres de
bastos. No le cupo duda de que lo haban tirado all con intencin, pero
no dijo palabra para que no se rieran.

Mientras tanto Osuna haba ido a frotarse un poco contra D. Eloisa.
Entre todas las damas que asistan a aquella tertulia no haba ms que
dos gordas, D. Teodora y D. Eloisa. Estaba tambin en buenas carnes
D. Rita, pero era blanda, amarilla. Las dems escocia pura, como l
llamaba a las flacas, aludiendo al bacalao. As que no tena fin el
desprecio que nuestro jorobado profesaba a aquella sociedad degenerada y
exhausta de tejido adiposo. Slo iba por all a buscar a su hija, o
cuando materialmente no saba dnde refugiarse. D. Eloisa miraba con
benevolencia (como lo miraba todo la buena seora) aquella pasin que el
monstruo pareca sentir hacia ella. Cuando se le acercaba demasiado,
separbase dulcemente, sin extinguirse por eso su sonrisa bondadosa. En
cambio D. Teodora le tena un gran miedo, verdadero terror. Lo mismo
era aproximarse Osuna, que ya estaba la casta jamona sofocada, inquieta,
un color se le iba y otro se le vena. Pero era tal la vergenza que
senta, que no hubiera declarado a su mismo padre las insinuaciones del
sucio contrahecho. Qu diferencia entre este indecente y el sereno,
majestuoso y romntico D. Juan Casanova! Ni con D. Peregrn poda
comparrsele, con ser ste, en concepto de la madura doncella, un sujeto
mucho ms voluptuoso y terrestre.

D. Peregrn haba llegado, segn costumbre, de los ltimos. Y si la
tertulia no advirti en la mayor estridencia de sus bufidos nasales, en
su parpadear infinitamente ms solemne y en la grave manera de poner
una pierna sobre otra y echarse hacia atrs que algo importante,
importantsimo, tena que comunicar, fue que no quiso advertirlo.
Aguard pacientemente, como todos los hombres seguros del xito, a que
hubiese una pausa, y cuando lleg, profiri con su voz gangosa,
penetrante, encarndose con el ama de la casa:

--A que no sabe usted a quin acabo de ver entrar en casa de su
hermano, en compaa del excusador?

A Obdulia le dio un salto tan recio el corazn, que pens caer al suelo.
Los dems, incluso D. Eloisa, alzaron la cabeza con curiosidad.

--Quin era?

--Su cuada Joaquina--grit ms que dijo el ex-gobernador interino de
Tarragona, como si anunciara el juicio final.

Profundo estupor en toda la tertulia.

--Mi cuada!--exclam.

--Su misma cuada--confirm D. Peregrn con trompeteo horrsono.

--No puede ser!--dijo D. Eloisa.

--No puede ser!--exclam su marido, suspendiendo el juego.

--No puede ser!--repiti D. Serafina Barrado.

El ex-gobernador de Tarragona dej escapar por la nariz algunos
resoplidos fragorosos, como una locomotora que desaloja el vapor
sobrante, y repuso:

--Creen ustedes, seores, que no tengo ojos en la cara?

Esta pregunta trascendental, acompaada del adecuado fruncimiento de
cejas, produjo bastante impresin entre los interruptores.

--Bien pudo usted haberse equivocado--dijo el invlido.

--Es tan fcil!--exclam D. Eloisa.

--La he visto como les veo a ustedes ahora, a tres pasos de distancia.
Vena yo de hablar con el sacristn para la cuestin del aniversario de
mi seor padre, cuando al embocar la calle del Cuadrante veo al P. Gil
con una seora que me pareci forastera. Quise saber quin era, y me
detuve un poco cerca del farol, ocultndome detrs del quicio de una
puerta. Era Joaquinita, sin duda alguna. Esper un poco y los segu con
la vista hasta que entraron en casa de Montesinos.

--Pero usted la conoce bien?--pregunt el P. Narciso.

--Lo mismo que a usted.

--Peregrn, debes tener presente que no le has hecho ms que una visita
en Madrid, y por la noche, segn me has dicho--apunt tmidamente D.
Juan.

El ex-gobernador arroj a su hermano una mirada de indecible desprecio.

--Juan, no metas la pata.

--Peregrn, no s por qu...

--Juan!...

--Peregrn!...

--Que no la metas! Que no la metas! A esa seora la he visto despus
de visitarla otra porcin de veces en la calle, y la he saludado. Por lo
tanto, me veo en la triste necesidad de manifestarte que lo que acabas
de decir es una impertinencia. Cuando he asegurado que conoca a esa
seora, es porque la conoca. Yo no hablo nunca a humo de pajas. Si
fuera un hombre ligero y sin fundamento, no hubiera podido ocupar las
posiciones que he ocupado. Srvate de gobierno.

--Ahora que me acuerdo--dijo Cndida,--hoy he visto apearse de la
diligencia a una seora rubia con un traje muy elegante.

D. Peregrn alz los hombros con un gesto de profundo desdn, como si
quisiera decir: A qu viene usted en mi apoyo para contrarrestar los
absurdos de este necio?

Aquel dato y aquel gesto concluyeron de aniquilar a D. Juan, cuyo rostro
expres el abatimiento. Pero D. Teodora, con sus grandes ojos serenos,
le clav una mirada tan afectuosa que las facciones del caballero,
contradas por la pesadumbre, se fueron dilatando gradualmente, y una
plcida sonrisa melanclica concluy por esfumarse en sus labios. La
frente de D. Peregrn, en cambio, qued surcada instantneamente por una
porcin de arrugas. La innegable superioridad que tena sobre su
hermano, de qu le serva? Cuanto mejor la demostraba delante de la
fresca jamona, tanto ms se inclinaba sta a favor de l. Razn tena el
juez de primera instancia de Tarragona cuando le deca que la mujer era
un tejido de contradicciones.

Obdulia sinti que una alegra intensa, infinita, le entraba a chorros
dentro del alma. Su cuerpo, enervado, incapaz de movimiento, adquiri
sbito la ligereza de un pjaro. Quera salir prontamente de aquella
estancia y surcar los aires y cantar su gozo. Cualquiera podra observar
el cambio operado en ella. Al mutismo obstinado en que yaca sucedi una
locuacidad extrema, una charla animada, insustancial, entreverada de
carcajadas extraas en que se placa, desahogando la emocin que la
embargaba, estirando sus nervios encogidos. Ni saba bien lo que estaba
diciendo, ni D. Filomena, con quien platicaba, se enteraba tampoco,
atenta a contemplar la faz inteligente del P. Narciso y gozar del brillo
de sus humoradas. Al poco rato sinti la garganta seca y calor inusitado
en las mejillas. El caballero de Lancia, que all estaba, hizo la
observacin, que se apresur a comunicar a Osuna, de que su hija tena
los ojos muy negros y brillantes, y que le sentaban muy bien las rosetas
encarnadas que el calor le haba sacado en el rostro.

La noticia haba producido sensacin en todos. Pocos eran los que
conocan all a la esposa de Montesinos, aunque nadie ignoraba los
incidentes del drama conyugal que haba retrado al mayorazgo a
Peascosa. Pero lo que en los extraos era pura curiosidad, en la buena
de doa Eloisa se ofreci, como es lgico, con la apariencia de viva y
honda emocin. Quiso desde luego salir a saber lo que pasaba en casa de
su hermano, quiso despus que fuese su marido, quiso enviar un criado. A
todo se opuso D. Martn que, viendo las cosas con ms frialdad,
comprenda que cualquier paso de stos en aquel instante era inoportuno.
La conversacin se anim extremadamente, hasta el punto de que los
tresillistas suspendieron el juego y tomaron parte en ella. Los
comentarios que se hicieron, infinitos. Se forjaron mil hiptesis sobre
el caso. Unos opinaban que la esposa, arrepentida, vena a pedir perdn
a su marido, otros que haca el viaje tan slo para reclamar de l
alimentos, otros que su intento era entablar la demanda para formalizar
el divorcio, otros que el marido la haba llamado, no pudiendo desterrar
de su corazn el amor que la profesaba (la mayora del elemento
femenino se inclinaba a esta suposicin), otros que el P. Gil, _motu
proprio_, haba escrito a D. Joaquinita y haba preparado la escena, a
fin de que D. lvaro la perdonase, otros que haba persuadido a ste a
que la llamase a Peascosa. Ni faltaba tampoco quien supusiera que D.
lvaro y su esposa haca tiempo que mantenan correspondencia, y que era
ella quien resista venir a visitarle hasta la hora presente.

--De todos modos, lo que no ofrece duda es que el P. Gil tiene una
intervencin muy principal en el asunto, y a l le pertenece la gloria
de la reconciliacin--dijo gravemente D. Narciso.

--Si la hay--repuso Consejero.

--La habr--replic el capelln.--La habr, y aqu D. Martn tendr
quiz el gusto pronto de ver un sobrinito que le distraer con sus
travesuras y sus gracias.

D. Martn, a quien su alma de hroe no le quitaba de tener muchsimas
ganas a la herencia del cuado, cuya salud era endeble, arrug las
narices y murmur groseramente:

--Me tiene sin cuidado.

--No lo creo; no puedo creerlo, D. Martn. A usted no puede menos de
alegrarle que la noble casa de Montesinos no se extinga, que haya quien
lleve honrosamente este apellido... Luego ha de parecer bien aquella
casa tan grande con unos cuantos chicos que la alegren con sus risas y
sus gritos. La obra del padre Gil es de las ms meritorias que ha
llevado a cabo, y eso que las ha hecho muy buenas.

Obdulia le clav una mirada colrica; pero templndose sbito, repuso
con sonrisa inocente:

--Usted no tiene nada que envidiarle, don Narciso. Quin no recuerda en
la villa los muchos matrimonios que por su mediacin estn hoy bien
avenidos? Sin ir ms lejos, todo el mundo sabe que D. Feliciano quera
muy poco a D. Nieves... y ya ve usted, hoy estn como dos pichones.

Este D. Feliciano era el marido que, segn se deca en secreto, haba
roto una pierna al P. Narciso arrojndole por las escaleras.

Los circunstantes se miraron con inquietud. Hubo un silencio embarazoso.
Consejero solt la carcajada, y exclam, poniendo una carta sobre la
mesa, como si se refiriese al juego:

--Anda, vuelva usted por otra!

Todos comprendieron que se diriga al padre Narciso, y esto aument la
inquietud. El clrigo se puso colorado y murmur:

--Gracias, gracias. Todos tenemos obligacin...

--Usted va ms all de la obligacin, padre... Muchas veces lo que usted
hace es pura devocin--replic la hija de Osuna con encantadora
sencillez.

--Arrea!--volvi a exclamar Consejero, con la vista fija en las cartas.

--Qu es eso, D. Romualdo?--pregunt riendo D. Norberto.--Le ha tocado
el tres de bastos?

--S, seor; pero me consuela que hay palos para todos.

--Pues yo no tengo ninguno--replic el cndido presbtero.

--Otro los recibir!

--Hacemos todos lo que podemos; pero no cabe duda que unos pueden ms
que otros. El P. Gil es un santo, es un apstol de los primeros tiempos
de la Iglesia. Ninguno de nosotros tiene la presuncin de competir con
l en celo ni en sabidura--manifest D. Joaqun, viniendo en socorro de
su amigo, con una risita venenosa que hara saltar una piedra.

--En sabidura puede que tenga usted razn, D. Joaqun--replic
vivamente Obdulia;--pero en celo, me parece que est usted en un error.
Es usted demasiado modesto... No es por adularle, pero tratndose de
celo, yo creo que es usted tan celoso como el primero, verdad, doa
Serafina?

Un gruido de todo punto extrao se escap en aquel momento de la
garganta de Consejero, al cual sigui inmediatamente un violento golpe
de tos que le dej sin respiracin por algunos segundos. D. Joaqun
tambin sinti cierto picor en la garganta, que le oblig a toser
volviendo la cabeza. D. Serafina no contest a la pregunta, porque se
distrajo hablando con D. Eloisa.

La conversacin cambi de rumbo, como si tcitamente todos convinieran
en que aqul era peligroso. Poco despus ces de ser general, y
volvieron a formarse los grupitos de costumbre. D. Martn estaba
malhumorado y disputaba a cada jugada. D. Eloisa hablaba tranquilamente
del caso. Ninguno, por estupendo que fuese, consegua alterar el sistema
nervioso de la buena seora. Su interlocutora D. Serafina segua
dirigiendo frecuentes miraditas y sonrisas a su capelln; pero ste se
haba puesto repentinamente serio, cejijunto. Una nube de tristeza pas
tambin por la bella alma apasionada de la respetable viuda, y sus
miradas comenzaron a ser tmidas, inquietas, llenas de muda
reconvencin.

Son la campanilla de la puerta. Nadie lo advirti mas que el ama de la
casa y Obdulia, cuyo rostro se cubri de palidez. Clav los ojos en la
puerta con espanto, como si por ella fuese a entrar un aparecido: sus
nervios se pusieron en tensin bajo una misteriosa influencia magntica.
Un minuto despus alzose la cortina y apareci la esbelta figura del P.
Gil.

Todos los ojos se volvieron hacia l con expresin de curiosidad. La
noticia de la llegada de Joaquinita los tena sobresaltados: se anhelaba
saber lo que haba pasado. Pero antes de que nadie hablase ni el
sacerdote diera paso alguno por la sala, Obdulia se levant de la silla,
avanz precipitadamente a su encuentro y se dej caer de rodillas a sus
pies. Al mismo tiempo le tom una mano y comenz a imprimir en ella
vivos y fuertes besos, mientras baaban sus mejillas las lgrimas y le
rompan el pecho los sollozos. El P. Gil quiso arrancarse a aquellas
demostraciones, pero no pudo. La arrepentida doncella le tena sujeto
con las manos crispadas. Turbado hasta lo indecible, no supo decir ms
que...

--Obdulia, clmese usted... Clmese usted! Clmese usted, por Dios!
Levntese usted!... Levntese usted, por Dios!...

Su faz blanca, nacarada, estaba cubierta de vivo rubor. Un soplo de
emocin delicada y mstica corri por toda la tertulia. Algunas jvenes
tambin se ruborizaron. Los clrigos se miraron unos a otros. Consejero,
despus de echar una mirada socarrona de absoluta indiferencia al grupo,
convirti de nuevo la vista a los naipes y murmur:

--El Redentor y la Magdalena!

Pero Obdulia solt al fin la mano del sacerdote y cay al suelo, presa
de un violento ataque de nervios. Entonces todas las seoras se
precipitaron hacia ella y le prodigaron los cuidados de costumbre.
Porque escenas semejantes e idnticos ataques se producan a menudo en
aquella tertulia de vrgenes nerviosas y viudas msticas. Salieron a
relucir los pomos, los frascos de antiespasmdico. Un olor penetrante de
ter se esparci en seguida por la estancia.




VIII


La distincin entre las llamadas naturaleza orgnica e inorgnica es
completamente arbitraria. La fuerza vital, como vulgarmente se la
concibe, es una quimera. La materia en que reside la vida nada tiene de
especial. No existe en los cuerpos orgnicos ningn elemento fundamental
que no se encuentre ya en la naturaleza inorgnica: la sola cosa
especial es el movimiento de esta materia. La vida no es ms que un modo
particular ms complicado de la mecnica: una porcin de la materia
total pasa de tiempo en tiempo de su curso habitual a otras
combinaciones qumicas y orgnicas; despus que ha permanecido en ellas
un cierto perodo vuelve al movimiento general.

El P. Gil lea con profunda emocin estas y otras anlogas
proposiciones en un libro que haba sacado de la biblioteca de D.
lvaro. Despus que hizo un auto de fe con los libros histricos de
ste, referentes a los orgenes del cristianismo, estuvo mucho tiempo
sin tomar siquiera en las manos ningn otro de su biblioteca. Continuaba
visitando al mayorazgo de vez en cuando, pero hua de toda conversacin
metafsica. La salud de D. lvaro empeoraba a ojos vistas desde la
llegada y sbita partida de su esposa. Su tristeza, su estado miserable
le inspiraban cada da ms compasin. El horror que antes senta hacia
l haba desaparecido. Por encima de las diferencias religiosas y
filosficas, de la oposicin de inteligencia y carcter asomaba
briosamente el amor a la humanidad que lata en el corazn profundamente
cristiano del joven sacerdote. D. lvaro era un hermano que padeca.
Ante esta consideracin, todas las dems ceden en las almas donde ha
soplado el espritu del sublime Nazareno. Pero D. lvaro tampoco era el
malvado diablico, que se haba representado en los primeros das que le
conoci. A ratos lo pareca. Un demonio hablaba y rea por su boca en
ocasiones, maldiciendo de Dios y de los hombres. En otras, sin embargo,
mostrbase dulce, afectuoso, compasivo, y hablaba con tal inocencia que
pareca estar oyendo a un nio. Aunque se defendiese contra ella, el P.
Gil no poda menos de sentir cada da ms aficin a este desgraciado.

Una maana departan los dos en el gabinete de la torre que serva de
despacho y biblioteca. D. lvaro haba pasado toda la noche tosiendo.
Estaba fatigado, molido. Al cabo de un rato cerr los ojos y se qued
traspuesto en la butaca. El P. Gil ni crey bueno el despertarle para
despedirse, ni se atrevi a marcharse sin hacerlo. En esta
incertidumbre, se puso a hojear algunos libros que andaban esparcidos
sobre la mesa. Tropezaron sus ojos con uno de geografa, y ley
distradamente algunos prrafos. Al cabo la lectura logr interesarle.
El autor describa pintorescamente algunas comarcas desconocidas y
ciertos fenmenos de la mar muy curiosos. La instruccin del P. Gil en
las ciencias naturales era limitadsima. En el seminario de Lancia
ocupaban stas un lugar muy secundario: apenas si se les exiga a los
alumnos algunas nociones insignificantes de fsica, qumica e historia
natural. Adems, siempre les haba profesado cierto desprecio inculcado
por el rector su maestro; el desprecio que los ascetas sienten hacia
todo lo que se relaciona con la materia. As que tales descripciones le
cogan de nuevas. El libro era clebre en el mundo cientfico; haba
odo hablar de l; pero nunca cayera en sus manos hasta entonces.
Titulbase _Cosmos_; su autor, Alejandro Humboldt. Cuando D. lvaro
abri los ojos al fin y le vio enfrascado en la lectura, le pregunt
sonriendo:

--Le interesa a usted ese libro, padre?

--Muchsimo.

--Pues llveselo usted... Llvese usted el primer tomo, que se es el
segundo.

Y levantndose y sacndolo de uno de los armarios, se lo present al
sacerdote. Este vacil en tomarlo.

--Est condenado por la Iglesia?

--No lo creo--replic sonriendo el hidalgo.--Es un libro puramente
expositivo, sin intencin alguna polmica.

En esta confianza se llev a su casa el tomo primero y se puso con afn
a leerlo. Comenzaba con una descripcin elocuentsima del mundo sideral,
del panorama de las grandezas celestes. El autor desenvolva con pluma
vigorosa el mecanismo inmenso de los cuerpos que giran en el espacio.
Ante su vista asombrada pasaron mundos tras mundos, sistemas tras
sistemas en la sucesin sin fin de los universos estrellados, globos
inmensos volando en rpido torbellino sobre s mismos, lanzados a toda
velocidad en los desiertos del vaco. Qu velocidad, eterno Dios! Una
bala de can es una tortuga en comparacin con ellos. Estos globos,
millares y millones de veces ms grandes que nuestra tierra, caminan
centenares de miles de leguas por da. Bajo la accin irresistible de
fuerzas colosales, misteriosas, son arrebatados por el espacio con la
rapidez del relmpago. Y todos ellos son mundos donde palpita la vida
con eterna y maravillosa fecundidad: en la combinacin misma de sus
movimientos hallan la renovacin de su juventud y belleza: son otros
tantos soles que esparcen y trasmiten como el nuestro a otras tierras
que los acompaan su luz y su vida. En ellos tambin se alzan las
montaas hermosas coronadas de nieve, tambin suspira el viento en los
bosques y se retratan sus paisajes en los lagos silenciosos; tambin se
despliega en su superficie la inmensidad de los ocanos, agitados,
turbulentos unas veces, otras serenos, iluminados por los resplandores
de la luz crepuscular; tambin se sufre, tambin se goza, tambin se
lucha, tambin se ama... Y todas estas moradas del espacio navegan al
travs del ocano celeste sin temor a los escollos, a los choques o a
las tempestades, sostenidos y guiados por una fuerza invisible que jams
se equivoca. Ms all de esos millares de astros, que percibimos a
simple vista, hay cien millones que percibimos con el telescopio; ms
all de esos cien millones hay otros millones de millones ms, que
recorren la inmensidad con celeridades aterradoras. Eso que nos aparece
como un poco de polvo blanco, como leve imperceptible vapor, es una
nebulosa: millones de soles tan grandes y mayores que el nuestro la
forman, escoltados por una legin de planetas y satlites que respiran y
beben su aliento. Y esta nebulosa no es ms que una provincia del ter.
Ms all hay otras, y otras, hasta el infinito.

Ante esos movimientos inconcebibles que arrastran por los desiertos
infinitos a millares y millares de soles; ante esa colosal catarata, esa
lluvia de estrellas que rueda sin cesar por los abismos del espacio;
ante esas rbitas inconmensurables; ante esas distancias y velocidades
donde la imaginacin se pierde, descritas con la firmeza de un sabio y
el fuego de un poeta por el barn de Humboldt, el joven presbtero se
sinti acometido de un vrtigo. Sujetose las sienes con las manos y
estuvo largo rato con los ojos cerrados. Al abrirlos, percibi las
mejillas hmedas. Algunas lgrimas se haban deslizado entre sus
pestaas.

Una melancola profunda invadi su alma. Por qu? Todas aquellas
maravillas no pregonaban la grandeza del Creador? Sin duda; mas a pesar
de esto, el desconsuelo le ahogaba, como el hombre que repentinamente se
ve perdido enmedio del ocano. Estaba acostumbrado a medir su
insignificancia en el orden moral, su maldad y perversin comparadas con
la bondad infinita de Dios. Pero nunca haba visto de modo tan evidente
lo nfimo y microscpico de su naturaleza. La tierra que habitamos le
pareci un pobre globo ridculo navegando por el espacio sin ser notado
ni sentido de nadie. Las guerras, las grandes catstrofes y
trasformaciones histricas que en ella se efectan, cosas tan
despreciables y risibles como las luchas de los seres que habitan una
gota de agua. Y lo que era peor, Jesucristo, cuya figura, aun en sus
momentos de duda, se le apareca elevada siempre y majestuosa, se
presentaba ahora a su imaginacin como un grano de polvo; la historia de
la Redencin, tan insignificante como la cada de una hoja.

Quiso penetrar ms en el estudio de la Naturaleza. Despus del _Cosmos_
ley otra porcin de libros de astronoma, de fsica, de geologa. Poco
a poco se acostumbr a ver en los fenmenos naturales el resultado de la
actividad de las fuerzas inherentes a la materia. El mundo pudo haberse
formado, sin la intervencin de una Inteligencia, por la sola accin de
las leyes naturales. La antigua idea de un Arquitecto inteligente, de un
inspirador personal de los instintos se fue debilitando en su espritu.
Y cuando menos lo imaginaba comenz a dudar de la existencia de un Dios
personal separado del Universo. El acto de la creacin lo encontraba
inconcebible, absurdo. En todas partes vea la accin de una fuerza
constante que opera segn leyes fatales, no la de un Dios que puede
obrar por capricho, cuya voluntad es capaz de contrarrestar estas leyes.

La idea era aterradora. El P. Gil haca esfuerzos desesperados por
arrojarla de su cerebro, aunque intilmente. Cay de nuevo en aquel
estado angustioso de duda en que le dejaran los libros de exegesis
bblica, mucho ms angustioso y miserable porque se vea lanzado en
pleno materialismo, lejos de la idea de Dios y de la inmortalidad.
Luchaba bravamente procurando representarse a todas horas las verdades
sublimes de la religin, la idea de un Dios padre de las almas,
arquitecto y director del Universo, a quien ofenden nuestros pecados, a
quien ablandan nuestras splicas y nuestras lgrimas; se agarraba con
toda su alma a estas firmes doctrinas; estaba un da entero unido con
fervoroso anhelo a ellas; pero cuando ms descuidado se hallaba, un
pensamiento impo, fatal, caa en su cerebro y lo volva todo del revs.
La idea del Dios personal separado del Universo le pareca un absurdo,
porque Dios no sera entonces infinito, pues que estaba limitado por el
mundo; la creencia de que nuestras oraciones pueden alterar el curso de
las leyes naturales, un cuento de viejas para engaar a los nios; la
religin, en conjunto, una serie de mitos, ms o menos ingeniosos y
bellos, creados por la fantasa viva, pero infantil an de los hombres.
Cuando esto le pasaba, el P. Gil se mesaba los cabellos y se morda las
manos; meta la frente por la almohada, a ver si lograba paralizar su
pensamiento. Se horrorizaba de s mismo.

Despus del lamentable suceso que priv a D. Miguel de licencias para
confesar y decir misa, qued l al frente de la parroquia. Y aunque poco
despus se rehabilit al prroco, el obispo no quiso que apacentase otra
vez las ovejas de Peascosa. No le priv del curato (que esto no poda
hacerlo), pero le puso un coadjutor para desempearlo. Se encomend este
cargo interinamente al P. Gil, en espera del nombramiento definitivo.
Todo el peso y la responsabilidad de la cura de almas de Peascosa vino
a recaer, pues, sobre nuestro presbtero en los momentos en que ms
necesitaba l que curasen la suya, lacerada por la duda. El trabajo de
velar por los intereses de la religin, de mantener viva en aquel pueblo
la antorcha de la fe, que era para l antes un manantial de puros goces,
se le hizo molestsimo, odioso; se convirti en un tormento. Con qu
derecho suba a la ctedra del Espritu Santo a exponer la divina
palabra, o escuchaba en el confesonario los pecados del creyente, o
elevaba en el altar la sagrada Hostia, l, que dudaba si las palabras
del Evangelio fueron o no pronunciadas por Jess, si la confesin
auricular era ley divina o una institucin creada en inters de la
hierocracia, si el sacramento de la Eucarista encerraba una verdad
sublime o era una reminiscencia de los smbolos y misterios de las
religiones del Oriente?

Muchas tardes, agobiado por sus pensamientos, sala de casa y recorra a
paso largo las orillas solitarias de la mar. La brisa le refrescaba las
sienes, la vista del ocano calmaba la fiebre de su cerebro. Sentbase
en un peasco batido por las olas, y permaneca horas enteras con los
ojos extticos clavados en el horizonte. La belleza imponente de aquel
espectculo no lograba cautivarle. Ni el clamor de las olas, ni su
cambiante manto de palo y plata y zafiro, ni los hermosos celajes
abrasados por los rayos del sol moribundo serenaban jams por completo
su frente. La misma arruga dolorosa la cruzaba siempre, la misma fatal
interrogacin se lea constantemente en ella. En esta agitacin eterna
de las aguas hay algo ms que una fuerza ciega empujando los tomos unos
contra otros? La luz hermosa que reverbera en el horizonte es algo ms
que una vibracin de la materia? Ese pjaro que hiende los aires y se
precipita en el agua para atrapar un desdichado pez y devorarlo, qu
misterio guarda dentro de su organismo? Yo mismo soy otra cosa ms que
una expresin individual de la fuerza que anima a todos los seres del
Universo?

Pero cuando estos pensamientos, horribles siempre, le apretaban como las
cuerdas de un potro, se le hacan irresistibles, era cuando le acometan
al tiempo de ejercer alguna funcin de su sagrado ministerio. Si al
celebrar el santo sacrificio de la misa o dar la absolucin a un
penitente cruzaba por su espritu una de estas ideas negras, senta la
misma impresin que si le atenazasen el cerebro con un hierro candente,
le asaltaba una congoja que le dejaba paralizado. Pensaba morirse. Lo
deseaba ardientemente por librarse de aquel suplicio.

Un da le avisaron para llevar el Vitico a un casero prximo a la
villa. Como era preciso caminar algn tiempo a campo traviesa, fue sin
campanilla ni convocar a los fieles. Sali solo con el sacristn, la
bolsa de los corporales colgada al cuello y en ella la Sagrada Forma. El
camino cea a trechos la orilla de la mar. Fascinado como siempre por
la inmensidad del ocano, distrajo su atencin del misterio inefable que
llevaba sobre su pecho, dej de balbucir oraciones y entreg su
pensamiento a las mismas meditaciones que noche y da le embargaban
haca tiempo. Los rayos del sol desparramados sobre los cristales del
agua le impulsaron a considerar la accin suprema, omnipotente de este
astro sobre la vida terrestre. l es quien la ha creado, quien la
sostiene, quien la renueva. La flor le debe su perfume, la fiera su
agilidad y su instinto sanguinario, nuestra alma sus impresiones ms
dulces o terribles. El sol es el padre de todo, del amor y del odio.
Consider despus que la vida no es ms que un dinamismo inmenso en cuyo
seno se trasforman las fuerzas formidables de la fsica y de la qumica.
Todos los seres de la tierra, hombres, animales, plantas, estn
ntimamente ligados. La vida de todos ellos es una misma, y esta vida
universal no es otra cosa que un incesante cambio de materias. Un
movimiento universal arrastra a los tomos, como a los mundos. Mil
ondulaciones se entrecruzan en la atmsfera, mil fuerzas se combinan, el
calor y la luz, la afinidad y el magnetismo se unen en los misterios del
mundo vegetal y mineral. Todos los seres estn constituidos de las
mismas molculas, que pasan sucesiva e indiferentemente de uno a otro,
de modo que nada les pertenece en propiedad. Nuestro cuerpo se renueva
de tal modo que al cabo de cierto tiempo no poseemos ya un solo gramo
del cuerpo material que poseamos antes. Este movimiento de renovacin
se opera en cada uno de los animales, en cada una de las plantas. Los
millones de seres que habitan la superficie del globo viven en mutuo
cambio de organismos. La molcula de oxgeno que ahora respiro fue ayer
respirada por uno de estos rboles que bordan el camino. La molcula de
carbono que arde en uno de estos montoncitos de hoja seca que sirven
para abonar la tierra, quiz haya ardido ayer en los pulmones de un
hroe. Quiz en una de esas conchas de ostras que yacen adheridas a
estas peas se esconda el fsforo que formaba las fibras ms preciosas
del cerebro de Jesucristo...

Sinti dentro de su ser algo que se desgarra y cae. Haba olvidado por
completo que llevaba consigo el cuerpo divino del Redentor. Le pareci
una cosa tan extraa, tan fuera de la realidad eterna que vea y
palpaba, que imagin estar soando. Y sin saber de qu antro oscuro de
su ser venan, le acometieron unas ganas feroces, impas, de soltar la
carcajada. Qu comedia era aqulla? Un poco de harina amasada y tostada
ayer por el ama de D. Miguel se trasform por arte mgico en la persona
de Jesucristo, un ser que desapareci de entre los vivos hace diez y
nueve siglos. Esas leyes soberanas, sublimes de la Naturaleza, quedarn
violadas porque unos cuantos insectos de este microscpico planeta
reunidos en concilio lo decreten? Separ los ojos del mar y los fij en
el sacristn, que corra delante silbando a su perro, que se escapaba
detrs de unas gallinas. Qu reverencia la de aquel hombre, llevando a
su lado al Dios de los cielos, al Creador de todas las cosas! Y la
carcajada suba del pecho cada vez con ms mpetu, llegaba a la
garganta, tocaba en los labios, estaba a punto de estallar. Un extrao
temblor le hizo dar diente con diente; sinti la frente baada por un
sudor fro; se le turb repentinamente la vista, y cay al suelo sin
conocimiento. Cuando lo recobr, estaba en brazos del sacristn y dos o
tres labriegos que por all andaban. Le haban baado la cara con agua
fra, le abrieron la sotana y le quitaron el alzacuello. Uno le echaba
el humo del cigarro a la nariz. La bolsa de los corporales con el cuerpo
del divino Redentor yaca sobre la paredilla de un prado. El P. Gil se
apresur a recogerla, se la colg de nuevo al cuello, y despus de orar
un instante hincado de rodillas, sigui su camino sin separar los ojos
del suelo.




IX


Su confesor, hasta que le retiraron las licencias, haba sido D. Miguel.
Se confesaban mutuamente, como acontece entre los clrigos. Con l fue
con quien comunic primero sus dudas. El viejo cabecilla qued ms
sorprendido que escandalizado de ellas. Le parecan cosa tan
insustancial que no mereca la pena de fijar mucho tiempo la atencin.
Los dogmas eran para l como las leyes fsicas de la gravedad, la
impenetrabilidad, etc. Se contaba con ellos sin pensar en su existencia.
Todo el drama conmovedor de la pasin y muerte de Jess lo miraba el
prroco de Peascosa en el fondo como una especie de romanticismo que
sirve de acompaamiento obligado a la verdadera religin. sta consista
en la misa, los responsos, el rezo del da, el rosario, la abstinencia
de carne en los das de vigilia, y sobre todo en los derechos
parroquiales, que tal vez juzgaba simultneos con el acto de la
Creacin. No se paraba, pues, en analizar y desvanecer las dudas de su
excusador. Anda adelante.--No hagas caso.--Pataratadas!--Djate
estar.--Otra te pego!--Cmo no haba de resucitar al tercero da,
majadero? No ves que lo dice San Juan y San Mateo y San Marcos? stos
eran los consuelos que ordinariamente le prodigaba.

Nuestro sacerdote unas veces se entristeca con ellos, pero otras se
confortaba pensando que no deba de estar tan condenado y maldito cuando
D. Miguel tomaba sus terribles dudas con tanta calma. Cuando a ste le
retiraron las licencias no tuvo ms remedio que buscar otro confesor.
Convencido de la hostilidad con que le miraban D. Narciso, D. Melchor y
D. Joaqun, no quiso desahogar con ninguno de ellos su conciencia,
aunque bien saba que en el tribunal de la penitencia nada tienen que
hacer las simpatas o las antipatas. Fue a dar con un joven capelln,
ms joven an que l, recin llegado del seminario. Era hijo de un
carpintero de la villa, tan tmido y encogido que apenas saba saludar,
feliz de verse elevado sobre su antigua condicin, tributando un respeto
sin lmites a todas las grandezas del cielo y a todas las pequeeces de
la tierra. ste qued vivamente impresionado con la confesin del P.
Gil, y desde luego trat de convencerle de que todo aquello vena del
demonio y que no haba otro remedio ms que ponerle la cruz y darse
buenas disciplinas, rezar y ayunar mucho. Por espritu de humildad y
obediencia, el excusador hizo lo que su confesor le mandaba,
secretamente persuadido, sin embargo, de que no adelantara nada. Ya
antes haba intentado estos medios, sin resultado. Las dudas seguan
atormentndole; se le ofrecan cada vez ms crueles, ms imponentes. El
tmido capelln pasaba un rato muy amargo cada vez que le confesaba;
temblaba y se azoraba como si le sucediese una desgracia: tanto padeca
y tales temores le asaltaban, no se sabe de qu, que poco a poco fue
excusndose de orle en confesin y concluy por negarse en absoluto.

Entonces se le ocurri ir a ver a D. Restituto, prroco de una de las
aldeas inmediatas a Peascosa, hombre que pasaba entre sus compaeros
por avisado, prudente y aficionado a los libros. Decase que tena una
gran biblioteca y que en su juventud haba hecho en Lancia ejercicios
brillantsimos a una de las prebendas de la catedral, y que no se la
dieron porque el obispo la tena reservada para un sobrino. Don
Restituto, herido por la injusticia se haba retirado a aquel curato
rural, y nunca ms quiso salir de l para intentar nueva contienda. Si
continu dedicado al estudio de la teologa o pag en ella el desaire
que haba recibido, no se sabe con certeza. Gustbale, s, cuando alguna
fiesta o funeral le reuna con sus compaeros, mostrar erudicin y
excederles en ingenio y sutileza para defender cualquier proposicin;
pero los curas de las parroquias inmediatas todos eran _moralistas_,
esto es, ninguno haba estudiado la carrera lata de teologa ms que l.
Pocas gracias que los arrollase en las disputas de sobremesa. Por lo
dems, D. Restituto llevaba tanta labranza y estaba tan interesado en
ella, que no deba de tener mucho tiempo, ni humor tampoco, para
profundizar en la Dogmtica ni en la Patrologa.

Nuestro acongojado presbtero sali una tarde, despus de comer, y
encamin sus pasos hacia la aldea donde moraba el telogo. Le conoca
bastante, pero no le trataba con intimidad. Estaba apartada la aldea
como media legua. El camino era vario y pintoresco: callejas estrechas
con altos setos de zarzal, trozos de bosque, vereditas entre maizales y
senderos al travs de los prados. A la entrada de una garganta, sobre
una vega de maz y teniendo detrs algunas praderas deliciosas, estaba
asentado el principal casero de la parroquia. La iglesia y la casa
rectoral estaban un buen trecho ms all, en una angostura sombra y
hmeda. Todo dorma en el silencio ms completo cuando el joven
sacerdote lleg. Las gallinas picoteaban en la calle delante de la casa;
un gato rabn se lavaba la cara sentado sobre la paredilla de la huerta,
y un mastn desorejado dorma de bruces sobre la tabla del hrreo vecino
de la casa. Este mastn fue el encargado de romper la paz de aquel
paraje, alzndose iracundo contra el advenedizo, ladrando con un grito
ronco, apagado, testimonio de su decrepitud. El P. Gil detuvo el paso, y
comenz a decir en tono dulce y persuasivo:

--Toma, toma! Quis, quis!

Que si quieres! El mastn, viendo al recin llegado achicarse, se
creci horriblemente. Guau, guau! grit, buscando el registro ms feroz
y amenazador que pudo hallar en su pecho. Al mismo tiempo clavaba una
mirada de exterminio en el presbtero y avanzaba, aunque con cierta
cautela, hacia l. ste, aterrado por aquellos ladridos salvajes, dio
tres o cuatro pasos atrs y extendi el brazo con el paraguas, que traa
para quitarse el sol, hacia adelante. Paraguas! El recurso de los
cobardes, debi pensar el mastn. Y se encresp de tal modo ante aquel
ultraje, que no lo hubiera pasado bien el clrigo a no salir a la puerta
una vieja chillando:

--Cuco! Cuco! Aqu, Cuco! Fuera, Cuco! Maldito perro! Aqu!...
Aqu! Ven aqu!

El perro vacil un instante, dej de ladrar y mostr bastante claramente
la resolucin de volverse otra vez a dormir como si no hubiera pasado
nada; pero la vieja no se dio por satisfecha; exiga un acto de
sumisin.

--Aqu, Cuco! Aqu, ahora mismo!

El Cuco baj la cabeza humildemente y emprendi hacia ella una marcha
lenta, penossima, como si el camino estuviera erizado de peligros.

--Aqu! Venga usted aqu!

Me trata de usted, malsimo! se dijo el perro, a quien no hacan
efecto las pompas y vanidades. Y avanz con mayores precauciones an,
asegurando bien la pezua a cada paso que daba, meneando el rabo de un
modo vertiginoso.

--Aqu! Aqu!--segua gritando la vieja.

Por fin, a una velocidad mxima de seis pasos por minuto, lleg el Cuco
a su destino. La vieja le cogi por la parte de oreja que le quedaba y
dio tres o cuatro tirones con fuerza. El perro lanz un aullido de
dolor. Luego le cogi por la otra, y otros tantos tirones. Mayor y ms
triste aullido an. Cumplidos sus deberes con la justicia de la tierra,
el mastn se retrajo de nuevo hacia la tabla del hrreo, no sin lanzar
por lo bajo algunas imprecaciones y blasfemias. Esta escena se repeta
unas cuantas veces al da, siempre que alguna persona sospechosa, como
ahora, llegaba con propsitos hostiles a la rectoral. El Cuco deploraba
en su fuero interno que no le hubieran rapado mejor las orejas.

--Buenas tardes, D. Gil--dijo la vieja, cambiando sbito la expresin
colrica por otra sonriente, melossima, dando muestras de que le
conoca.

El P. Gil, a quien no suceda otro tanto, respondi muy cortsmente y
pregunt por D. Restituto.

--El seor cura debe de estar hacia el establo. Pase usted, D. Gil. Ir
a llamarlo.

--No hay necesidad: yo mismo ir a buscarlo. El establo est aqu?...

--S, seor; aqu detrs de la casa.

Dio la vuelta a toda ella el sacerdote, subi algunos pasos por una
calleja sucia, y se encontr con una misrrima fbrica hecha de piedras
del ro sin labrar apenas, con una puerta desvencijada. Estaba cerrada,
y a nadie vio por all delante. Iba a dejar aquel sitio y volverse a la
casa, cuando detrs del establo oy ruido de voces. Fuese hacia all, y
hall, en efecto, a don Restituto, sorprendindose no poco del traje y
la situacin en que se le apareci.

El anciano cura vesta unos calzones anchos de pana, remendados, como
los que gastan los paisanos por aquella tierra; traa en los pies
almadreas con escarpines de pao burdo, chaqueta lustrosa por el uso,
y camisa de lienzo hilado por el ama, sin alzacuello ni cosa que lo
valga. Era el traje de un labrador, sin quitar ni poner nada. Pero lo
que haca verdaderamente peregrino y estrafalario el atavo es que en la
cabeza traa un bonete viejo y grasiento.

El P. Gil qued asombrado de aquella figura, y ms asombrado, cuando
advirti la ocupacin a que el prroco se entregaba. Estaba, con una
rodilla hincada en tierra, desollando un becerro. Le ayudaba en la
operacin el criado. Tenan al animal extendido entre los dos, la mayor
parte de l en carne viva ya. Volvi la cabeza D. Restituto al sentir
pasos, y hallndose con su joven compaero, se puso en pie y vino hacia
l con las manos ensangrentadas empuando un enorme cuchillo.

--Qu milagro es ste, amigo? El futuro cura de Peascosa se digna
hacernos una visita!... Mira, no te doy la mano, porque ya ves cmo la
tengo. Bien de salud, verdad?... Por aqu tampoco hay novedad.

D. Restituto trataba de t, familiarmente, a todos los clrigos ms
jvenes que l desde la primera entrevista. Cuando Gil le hubo explicado
el motivo de su viaje, mostr cierta extraeza, pero se apresur a
responderle:

--Bueno, bueno. Yo voy a concluir en seguida. Vete a casa, y esprame.

Pero el joven manifest deseos de ir a la iglesia.

--A la iglesia?--dijo sorprendido. Entre ellos era costumbre confesarse
en casa.--Est bien. No hay inconveniente. Pide al ama la llave, y
esprame all. No tardar.

Pluguiera a Dios que hubiese tardado ms! Y sobre todo, pluguirale que
hubiera tenido tiempo a lavarse bien. Porque el telogo despeda de s
un vaho de matadero que derribaba. Mientras dur la confesin, y dur
bastante, el P. Gil apenas pudo pensar en otra cosa. Sentase asfixiado
por aquel olor nauseabundo; acudanle unas congojas y sudores que
estuvieron a punto varias veces de privarle del sentido. Don Restituto
sinti verdadera satisfaccin en poder sacar a relucir su antigua
batera de proposiciones teolgicas. A cada duda que su atribulado
penitente le ofreca, contestaba victoriosamente con un texto latino.
Como el veterano descuelga con gozo sus armas a la seal de guerra, as
el viejo opositor a la lectorala de Lancia descolg de su memoria los
textos enmohecidos ya de Perronne y de Balmes. Cmo dudar de la
inmortalidad del alma, cuando sta es una cosa simple, y las cosas
simples no pueden descomponerse? Quin se atreve a imaginar que la
Iglesia catlica puede algn da perecer, cuando estn ah sangrando las
palabras de Jesucristo: Las puertas del infierno no prevalecern (_non
proevalebunt?_) Cmo se ha de dar ms crdito a la palabra de los
hombres que a la de Dios? Pues qu, la Divina Sabidura no ha dicho:
Yo para esto nac y para esto vine al mundo, para dar testimonio a la
verdad? Y este testimonio no est bien claro y bien patente en las
obras visibles que exceden al poder natural, por ejemplo, en la curacin
de los enfermos, en la resurreccin de los muertos y en otros admirables
milagros llevados a cabo por Nuestro Seor Jesucristo y por los Santos
Apstoles?

El P. Gil recibi la absolucin, prometiendo no ser ms demente ni
idiota; as juzgaba don Restituto al que dudaba de las verdades
reveladas por anglico ministerio. Poco despus de besar aquella mano no
bien purgada de la sangre del becerro, y cuando se hubo levantado para
rezar ante un altar la penitencia, nuestro presbtero se sinti
indispuesto. Tuvo que salir inmediatamente de la iglesia, acometido de
violentas nuseas. En el prtico devolvi toda la comida. Llevole a casa
el cura, y quiso curarle con una taza de salvia, remedio supremo que
empleaba contra todas las dolencias que afligen al gnero humano; pero
su joven compaero, que saba a qu atenerse sobre su enfermedad, rehus
obstinadamente toda medicacin. El prroco entonces pas a mostrarle la
huerta, en la cual tena cifrado tanto orgullo como en la profundidad
de sus conocimientos teolgicos. Estaba llena de rboles frutales y
legumbres. No se vea una flor ni un arbusto de adorno. Desde all
pasaron a un vasto prado, donde tena unos cuantos operarios alzando
pared. D. Restituto comenz a darles instrucciones, aprob algunas
cosas, reprob otras, olvidndose por completo de su husped. Uno de los
operarios le particip que el molino haba parado porque el hijo de
Cosme haba desviado el agua ms arriba para secar el cauce del
riachuelo y pescar las anguilas. D. Restituto se enfureci y anunci su
propsito de demandar a Cosme y pedirle indemnizacin de daos y
perjuicios. De l no se burlaba nadie; estaba resuelto a hacer que se
respetase su propiedad. Desde all se corrieron a los maizales, y el
prroco mostr a su compaero con extremado gozo el estado magnfico de
las plantas. El agua haba venido muy a tiempo, pero ms que al agua se
deba a la gran cantidad de abono que haba echado.

--T dirs: dnde podr hacer D. Restituto tanto estircol para una
tierra como sta, de quince das de bueyes? Voy a explicrtelo. Yo,
aunque tengo nueve cabezas de ganado, no podra abonar ni la mitad de la
tierra que llevo. Aqu del _intelectus_! En todas las parroquias, como
t sabes bien, hay una porcin de pobretes, a los cuales no es posible
sacarles un cuarto ni por bautizos ni por matrimonios ni por nada. Pues
bien, a estas calamidades vivientes les obligo a echar de vez en cuando
delante de sus casas (vulgo pocilgas) una buena cantidad de hoja seca o
tojo. Con el agua y el paso de los transentes y el estircol de las
reses que cruzan se convierte al cabo de algn tiempo en abono. Cuando
ya est bien podrido me lo traen y voy formando montn hasta que llega
el tiempo de distribuirlo por la tierra. Qu tal?

Desde all saltaron a una heredad de prado. D. Restituto, en cuanto se
vio en ella, dej escapar una risita aguda y burlona, que hizo levantar
la cabeza a su joven compaero y mirarle con curiosidad.

--Este es el _prado del molino de abajo_... el _prado del molino de
abajo_, ya sabrs... Cmo? no sabes la historia de este prado? Pues ha
corrido mucho por la villa... Perteneca a los mansos de la parroquia, y
haba quedado trasconejado cuando la venta de todos ellos. Yo lo
llevaba, y nadie en la parroquia se atreva a denunciarlo. Pero haba
aqu un tabernero rico llamado Lino (que ya revent, a Dios gracias, el
ao pasado), y este Lino le tena muchas ganas al prado. Al fin dio el
soplo en la administracin, guardando la mano, porque no quera ponerse
mal conmigo, y lo sacaron a subasta. Dos das antes de hacerse, vino
por ac el muy hipcrita y me dijo: Seor cura, voy a hacer postura al
_prado del molino de abajo_, pero si usted lo quiere me quedo en casa.
El tunante trataba de sonsacarme la cantidad que yo pensaba ofrecer.
No, no lo quiero; puedes rematarlo cuando gustes, le contest. El
hombre, viendo que yo no iba al remate, y sabiendo que ningn vecino
estaba en situacin de tirarle, se las prometa muy felices. Y mand a
Lancia a un primo hermano suyo. Pero a ste le fui a tropezar camino de
Peascosa, y le habl muy al caso, representndole el pecado en que
incurra rematando bienes de la Iglesia, le promet darle en arriendo el
prado, y le puse cuarenta duros en la mano. Qu haba de hacer el
hombre? Fue a Lancia, lo remat y me lo traspas a m acto continuo...
Vaya una risa que se arm en el pueblo, amigo! Lino enferm de rabia, y
en cuanto se le present ocasin, que fue al cabo de dos meses, viniendo
de una romera, le peg una pualada a su primo... Pero, anda, que
buenos cuartos le cost la tal pualadita! No lo hizo con diez mil
reales.

Como ya el sol declinaba, despus de haberle enseado un lagar, que
acababa de construir para la sidra, D. Restituto llev de nuevo a su
penitente a casa y le convid a chocolate. Pero el excusador no se
senta an bien. Adems tena prisa. Rehus todo convite y emprendi el
camino de Peascosa. El cura le acompa un buen trecho.

Fuera ya de sus fincas y comprendiendo por el continente reflexivo del
excusador de Peascosa que su nimo segua embargado por pensamientos
serios, D. Restituto quiso volver a la carga, aunque le pareciese
sobradamente demostrado que todas las dudas de su compaero no eran ms
que bombas de jabn, las cuales deshace con un soplo cualquiera que haya
saludado siquiera la Sagrada Teologa.

--Debes fijarte, querido--le deca con proteccin ilimitada,--que las
verdades de la fe no son contrarias a la razn, sino que estn sobre
ella. Lo contrario de lo verdadero, qu es? Lo falso, no es cierto? Y
cmo ha de tenerse por falso lo que est divinamente confirmado? Las
cosas que sabemos por revelacin divina no pueden ser contrarias al
conocimiento natural, porque el conocimiento natural viene tambin de
Dios, puesto que Dios es el autor de nuestra naturaleza. Porque exceda a
la razn una cosa no debe reputarse contraria a ella. As dice San
Agustn que aquello que como verdad se demuestra por los libros santos,
sea del Antiguo, sea del Nuevo Testamento, de ningn modo puede serle
contrario. El entendimiento humano no puede llegar, naturalmente, a
conocer la existencia de Dios, supuesto que nuestra inteligencia en el
modo de la presente vida comienza su conocimiento por el sentido, y por
lo tanto, las cosas que no caen bajo el sentido no pueden percibirse
sino en cuanto por los sentidos puede colegirse su conocimiento...

La tarde estaba fra y apacible. La campia se extenda debajo del cielo
trasparente, reflejando con tonos verdes, claros, amarillentos, los
rayos del sol que se ocultaba. El mar era una mancha azul all a lo
lejos. Los dos clrigos haban atravesado ya el casero principal, donde
las mujeres, sentadas a la puerta de casa, les daban las buenas tardes y
los nios acudan a besarles la mano. Estaban en la regin abierta,
ligeramente ondulada, que caracteriza la costa en aquel pas. El P. Gil,
silencioso, caminaba con la cabeza baja, levantndola de vez en cuando
para enderezar su mirada vaga, perdida, hacia lo lejos, a las tierras
rojas y a las rocas peladas que festonaban la orilla del mar. El sol
mora despidiendo su ltima llamarada, que enrojeca una parte del
horizonte. Y de all vena una leve brisa helada que coloreaba los dedos
y la punta de la nariz, vigorizando los msculos y produciendo
cosquilleo en los ojos. La campia se preparaba a dormir, exhalaba un
suspiro de bienestar, mezcla confusa de voces y mugidos, rechinar de
carros, taido de esquilas y rumor de olas, fundido todo y armonizado
en la amplitud de la llanura ilimitada. El P. Gil se esforzaba en
atender a los argumentos que su anciano compaero iba vertiendo con voz
profunda y solemne. Eran los mismos que haba estado oyendo durante
siete aos en las ctedras del seminario de Lancia.

Al dejar la senda y penetrar en una callejuela estrecha vieron llegar un
hato de ganado avanzando lentamente. D. Restituto ataj su discurso
teolgico y se llev la mano a los ojos a guisa de pantalla.

--Son mis vacas--dijo sordamente.

Y antes que llegasen se puso a gritar al criado que las conduca:

--Qu tiene la _Parda_, que cojea?

--Debi meterse una espina.

--Pues en cuanto llegue al corral la registras bien y se la sacas,
entiendes?... Es la mejor vaca que tengo--aadi por lo bajo,
dirigindose a su compaero.

Y como ya estuviera entre ellas, el cura se acerc solcito, paternal, a
la Parda y comenz a acariciarle el testuz, bajando al mismo tiempo la
cabeza, para mirarle las patas.

--To, Parda!... to! to!... Espina debe de ser, porque en las patas no
veo nada. Despus que se la saques la lavas bien con un poco de vino y
romero... Di a Teresa que te lo prepare... Nacida y criada en casa,
sabes t?--prosigui volvindose al excusador con la fisonoma
enternecida.--Me daba D. Jovino, tu feligrs, sesenta duros por ella...
Como si me diera ochenta! Esta alhaja no sale de casa. Qu anchura de
pechos, eh? Qu cuarto trasero! (Y se lo acariciaba blandamente con la
palma de la mano.) No da mucha leche, pero toda es manteca... Esta otra
tambin naci en casa... Quieta, Guinda, quieta!... Es ms torpe que la
otra... Una novilla todava... No hace quince das que ha parido por
primera vez... sta se deshace en leche... Repara, repara que ubre! No
puede andar con ella!... Cada chorro suelta como el dedo... Mira,
mira... Quieta, Guinda!...

Y bajndose tir de una de las tetas al animal e hizo salir dos o tres
chorros de leche que humedecieron el suelo. Al mismo tiempo volvi su
faz, congestionada por la posicin tanto como por el gozo, hacia el
joven coadjutor. ste sonri por complacencia, pero separ al instante
la vista, no pudiendo reprimir bien la repugnancia que senta.

Se puso de nuevo el hato en marcha y ellos tambin. D. Restituto cogi
otra vez el hilo de su discurso.

--Ya s que hay quien dice que por la razn no puede demostrarse que
Dios es, y que esto slo puede obtenerse por la fe y la revelacin...
Error crassimo. La falsedad de esta opinin se manifiesta por el arte
de la demostracin, que deduce por los efectos las causas, y por el
orden mismo de las ciencias, porque si no hay ninguna sustancia
cognoscible fuera de lo sensible, no habr tampoco ninguna ciencia
supranatural, como se dice _in quarto Metaphysicorum_. Hay que
distinguir lo que es conocido _per se simpliciter_, y lo que es conocido
_quoad nos_. _Simpliciter_ que Dios es por s, es conocido...

D. Restituto tena una memoria felicsima. Al cabo de tantos aos
recordaba perfectamente su Dogmtica, y la recitaba vertida al
castellano con el mismo nfasis que si la hubiera inventado. Tambin la
recordaba el P. Gil, porque la tena ms reciente, pero escuchaba con
atencin, por humildad, esforzndose en admirar la fortaleza de aquellos
argumentos, en considerarlos irrefutables. El anciano telogo se detena
a menudo, balbuca olvidando alguna demostracin, pero sbito tomaba
vuelo y se lanzaba vigoroso sobre las premisas, hacindoles sudar
inmediatamente las conclusiones apetecidas.

--...Todo lo que se mueve se mueve por algo. O lo que mueve es movido o
no. Si no se mueve, tenemos lo que buscamos, un mvil inmvil, y a esto
llamamos Dios. Si se mueve, es por algo que le mueve, y entonces, o hay
que seguir as hasta el infinito, o tenemos que llegar a algn mvil
inmvil; pero en el orden del movimiento no puede haber proceso
infinito... ergo hay que suponer un primer mvil inmvil. Probemos ahora
que todo movimiento se determina por algo. Si algo se mueve a s mismo,
es necesario que tenga en s el principio de su movimiento...

Caminaban por una senda estrecha abierta entre los maizales. El telogo
iba delante y el P. Gil detrs. Sbito aqul par en firme el paso y la
lengua. Al doblar un recodo se encontr de frente con el hijo de Cosme,
que traa colgado a la espalda un cesto mediado de anguilas. Verlo el
telogo y arrojarse sobre l sin conmiseracin fue todo uno.

--Granuja! Grandsimo perro! Conque eres t el que me quitas el agua
del molino? Te voy a desollar vivo! Es tu padre quien te ensea esas
picardas? Es el maestro quien te las ensea? Desvergonzado, cnico!

Le tena asido fuertemente por entrambas orejas, y a cada interrogacin
le daba una fuerte sacudida. El chico, comprendiendo bien que aquellos
interrogantes tenan un fin puramente retrico y no deban ser
contestados, limitbase a lanzar gritos de dolor inarticulados.

--Ven ac, pilluelo! Quiero llevarte delante de tu padre! A ver si me
dices ahora que yo te tengo mala voluntad! Has de parar en un presidio!
Ven aqu, ven!

Y como no era factible llevarle cogido de las dos orejas, el anciano
telogo se avino, aunque con profundo dolor, a soltar una, comunicando
instantneamente a la otra su parte de presin para que no se
desperdiciase nada. En esta forma, con el rostro encendido y los ojos
llameando de clera, dio la vuelta hacia el pueblo sin despedirse de su
compaero, llevando medio en suspensin al chico, que lanzaba quejidos
lastimeros.

El P. Gil le contempl estupefacto hasta que le perdi de vista.
Permaneci todava unos momentos inmvil, abstrado. Y emprendi de
nuevo su camino que se acercaba cada vez ms a la orilla del mar, para
bajar por una rampa suave a Peascosa. La luz desapareca por momentos.
El fro aumentaba. El ocano en calma haba perdido su bello color azul,
cambindolo por otro gris con reflejos acerados. De vez en cuando un
soplo de viento helado haca correr por la tersa superficie de las aguas
un estremecimiento que las rizaba leve y momentneamente, como si al mar
se le pusiera carne de gallina. Y este estremecimiento se comunicaba al
joven presbtero y llegaba hasta el fondo de su ser. Lo que senta en su
alma no era ni dolor, ni agitacin, ni congoja; era tan slo fro, un
fro mortal que le roa los huesos. Nunca se haba visto tan solo y
desvalido. Sus ojos iban obstinadamente fijos en el suelo. No se
atreva a levantarlos e interrogar la inmensidad como otras veces.
Estaba seguro de su respuesta y la tema.

Cuando lleg a las primeras casas del arrabal de la Gusanera haba
cerrado ya la noche. Al pasar por delante de una de las ms pobres y
sucias llam su atencin el estrpito de golpes y gritos que de adentro
parta. Detuvo el paso asustado y procur averiguar qu era aquello. Por
las pequeas ventanas iluminadas no se vea ms que agitarse
violentamente algunas sombras. A sus odos llegaban, entre el confuso
vocero, algunas blasfemias que le estremecan. De pronto se abre con
violencia la puerta y sale precipitadamente una masa negra, disparada
por unas manos que cierran de nuevo al instante. El P. Gil reconoci en
aquella masa negra a un clrigo. Se aproxim solcito y vio que era el
P. Norberto, con manteos y sin sombrero.

--D. Norberto! Qu es eso? Qu le pasa?

--Hola, querido. Nada, nada... no es nada--respondi sin aturdimiento.

--S le pasa algo... Qu le han hecho a usted en esa casa?

--Nada, nada... Vmonos que se rene gente.

--Se va usted a ir sin sombrero?

--Es verdad... Voy a pedirlo... Aguarda un poco.

Pero en aquel instante sali de una de las ventanas de la casa y vol
por el aire el sombrero, cayendo enmedio de la carretera, esto es, cerca
de los clrigos. Al mismo tiempo una voz ruda dijo, acompandolo de
varias interjecciones:

--Toma la teja, ladrn. Si vuelves por aqu, te vas sin las orejas.

El P. Norberto se apresur a recogerla del suelo y ech a andar.

--Pero explqueme usted...--le dijo el coadjutor juntndose a l y
haciendo esfuerzos por seguirle el paso.

--Ya te lo explicar... Ah ms abajo.

Cuando hubieron salido de la Gusanera, salvado la plaza y entrado en la
calle del Cuadrante, D. Norberto acort un poco el paso. El excusador
aprovech la ocasin para insistir en sus preguntas.

--Vamos a ver, qu le ha pasado a usted?

--Pues mira, en esa casa vive una muchacha, una nia que apenas tiene
quince aos, a quien su madre ha prostituido, entregndola a ese chaln
que llaman Pepe el Manchego.

--Y usted ha ido all a ver si la sacaba de sus garras?

--La haba visto ya otras dos veces, y no pareca mal dispuesta; pero no
s quin dio soplo a ese hombre, y hoy se present de repente y arm un
alboroto.

--Jess! Est usted herido!--exclam el padre Gil, viendo correr
algunas gotas de sangre por las mejillas de su compaero. Al mismo
tiempo le levant un poco el sombrero y vio que tena un fuerte golpe en
la frente, de donde parta la sangre.

--Pero esto es una indignidad! Vamos a dar parte en seguida al juez...

--No pienses en eso, querido... Esto no vale nada... El parte lo echara
todo a perder; se dara un escndalo, y la chica, vindose perdida, se
ira de este pueblo con el chaln. Quedndose aqu, tengo esperanzas que
con un poco de maa lograr quitrsela a ese diablo y reducir a la misma
madre... Esto no es nada--aadi limpindose la sangre con el
pauelo.--Lo que me duele algo ms es este hombro...

--Pero le ha dado a usted ms golpes?

--Me ha sacudido un poco la badana--respondi riendo candorosamente.--Es
cuestin de rnica y reposo... Yo creo que no me viene mal. Estaba
demasiado apoltronado... Desde hace algn tiempo todos los das me
convidan a callos... Voy engordando demasiado, no te parece?

Despidiose el P. Gil a la puerta de su casa y sigui caminando con pie
ms ligero hacia la suya. Pareca como si le hubiesen aliviado de la
carga que le abrumaba. Sinti suavizarse la honda melancola que le
haba oprimido todo el camino, y corri por su ser una dulce
inexplicable vibracin de bienestar.

Despus de interrogar a la naturaleza muda, despus de consultar a la
teologa decrpita, el soplo de Jess haba pasado al fin por su alma y
la haba refrescado.




X


Dos meses despus, el P. Gil descansaba sentado en su pobre silln de
gutapercha. El trabajo de todos aquellos das, sobre todo del ltimo, le
haba rendido. Era un trabajo puramente material, donde su espritu,
atribulado por nefandos y horribles pensamientos, se complaca; buscaba
un calmante para la agitacin interior que le atormentaba. Tratbase de
festejar la colocacin de la primera piedra del nuevo templo con una
gran funcin religiosa y profana. La ereccin de este templo haba sido
desde largos aos el sueo dorado de los piadosos vecinos de Peascosa.
Siempre haba tropezado con obstculos insuperables. El dinero por una
parte, por otra la corta voluntad del prroco, que opona sorda
resistencia al proyecto, le haban hecho fracasar constantemente. Pero
al encargarse Gil de la parroquia tom este asunto con calor; convoc a
los vecinos ms ricos de la villa y abri una suscricin, que dio buen
resultado; logr que el ayuntamiento otorgase una crecida subvencin;
fue a Lancia e interes al prelado y a varios prceres, que le
prometieron su concurso. En fin, despus de muchas vueltas y sudores, la
nueva iglesia era un hecho. La primera piedra deba de colocarse el da
24 de Enero, con asistencia del prelado, el gobernador, varias
dignidades del cabildo catedral de Lancia y muchas personas notables de
la provincia. Estbamos a 23. El peso de los preparativos haba cado
sobre los hombros del P. Gil, quien, ayudado de las personas de buena
voluntad que se prestaron a ello, organiz no slo la fiesta religiosa,
sino tambin alguna parte de la profana, la iluminacin, los fuegos y la
ceremonia de la primera piedra.

En aquellos ltimos das no haba tenido tiempo a pensar. Haba sido
menos desgraciado. Pero sus fuerzas estaban agotadas con tanta menuda y
enfadosa ocupacin, y gozaba con voluptuosidad de un corto momento de
reposo, en espera del trajn del da siguiente. Caansele ya blandamente
los prpados, cuando se abri la puerta con violencia, hacindole dar
un brinco en la butaca. Aturdido por la sorpresa, con los ojos
desmesuradamente abiertos, vio a Obdulia que penetraba como un huracn y
se diriga a l con la fisonoma alterada, mostrando en ella agitacin y
clera.

--Sabe usted lo que pasa, padre?--le pregunt sin saludarle.

El coadjutor no respondi, interrogando slo con la vista.

--Pues acabo de saber que le han birlado a usted el cargo de
coadjutor... Se lo han dado a D. Narciso.

--Nada ms?--pregunt sorprendido an el presbtero.

--Y le parece a usted poco?--exclam con mpetu.--Despus de lo que
usted ha trabajado en este pueblo, despus de haberlo puesto todo en
orden, despus de haber logrado que se edificara la iglesia... Porque a
usted exclusivamente se debe... todo el mundo lo sabe... Quitarle lo
que le pertenece y darle la plaza a un D. Narciso!... Es una infamia!
es un asco!... Qu bien han manejado la intriga esos envidiosos! Ya
me pareca a m que tanto viaje a Lancia algo significaba!... Por
supuesto que yo bien s quin le ha ayudado... ya lo creo que lo s!
D. Filomena es prima hermana del gobernador de Madrid, y por ah viene
la cosa... Y qu diremos del seor obispo que, sabiendo los servicios
que usted ha prestado a la religin en este pueblo, se presta a servir
de juguete a una vieja verde? Qu indignidad! No le dije bien a tiempo
que no se durmiera en las pajas?... Ah, qu infamia tan grande! Qu
infamia! Qu reteinfamia!

Hablaba atropellndose, con las mejillas encendidas, vibrando por los
ojos rayos de ira, agitando las manos temblorosas, moviendo todo su
esbelto cuerpo como si estuviera sujeto a una fuerte corriente
elctrica. El P. Gil la contemplaba estupefacto. Por fin, aprovechando
un instante de vacilacin, antes que de nuevo tomara vuelo y lanzara
otra sarta de denuestos, la ataj diciendo:

--Agradezco a usted mucho, hija ma, el inters que me manifiesta en
esta que usted cree injusticia que se me hace, y que no lo es. Yo no he
deseado nunca ese cargo ni he hecho nada por merecerlo. La persona a
quien se encomienda, si es cierto lo que usted me dice, me parece
dignsima y me lleva, entre otras muchas ventajas, la de la antigedad.
Pero sobre todo, aunque en efecto se cometiera conmigo una injusticia,
a qu viene esa alteracin? A qu vienen esos insultos a personas
respetables por cuya cabeza no habr pasado la idea de hacerme dao
alguno?

Obdulia se puso fuertemente colorada y dijo balbuciendo:

--Porque usted es un santo... s... porque usted es un santo.

--Qu santo!--exclamo el clrigo alzando la mano con impaciencia.

--S; porque usted es un santo y mira todas estas cosas desde la altura
en que se encuentra... Pero es una injusticia, padre; es una
villana!--aadi volviendo a exaltarse.--Usted es demasiado bueno para
vivir entre esta gente... y le sacrifican como un cordero... Si fuera
yo!... Cree usted que no me apena verle a usted humillado, verle
pisoteado por esos peleles que no sirven para limpiarle los zapatos?...
No es triste que otro recoja el premio de sus afanes?... A usted no le
importar nada, padre, pero yo no podr, sin que me arda toda la sangre
del cuerpo, verle a usted de excusador, de simple ayudante de ese... de
ese farfantn.

Se dej caer en una silla y comenz a sollozar; pero levantndose
sbito, prosigui, dando patadas de rabia en el suelo, agitando frente a
la puerta los puos cerrados, con una voz concentrada y spera que daba
miedo:

--Pillos! Infames! Herejes! Creis que os ha de salir bien la
cuenta? Pues no os saldr, porque hay un Dios en el cielo... y porque
estoy yo adems sobre la tierra, que os he de dar todava alguna
guerra... Vaya si os la dar!... Ya veris de lo que es capaz una
pobre mujer!... No os reiris, no... Ya veris cmo me arreglo para
echar una gotita de hiel en vuestro plato de crema, para que no os
relamis, puercos!...

Concluy por sentirse mal. Fue necesario que el P. Gil llamase a D.
Josefa y le mandase traer una taza de tila con gotas de azahar.

A las nueve de la noche an no haban concluido de adornar la iglesia
las seoritas y los obreros que las secundaban. La velada se prolong
sabrosamente para todas aquellas almas piadosas que servan a su Amo
Divino en tales pequeos menesteres con una espontnea alegra
precursora de la que habrn de sentir en el cielo cuando, trasformadas
en ngeles, rodeen cantando el trono del Altsimo. Aqu una cortina que
tape la suciedad de la pared, all una araa, ms all un jarrn con
flores, todo discutido larga y calurosamente antes de ser colocado en su
sitio. Las que ms se distinguan en la obra de ornamentacin eran D.
Marciala y Marcelina, la primera por su actividad frentica, la segunda
por su gusto y habilidad. Presida los trabajos el P. Gil, como
coadjutor interino, pero la mayor parte de las damas atendan ya ms a
las indicaciones del P. Narciso. La noticia de su triunfo haba volado
por todo Peascosa, y las seoras, con su inclinacin nativa a todo lo
que brilla y alcanza xito lisonjero en el mundo, comenzaban a sentir de
nuevo cierta ternura por l. En los grupos que se formaban por los
rincones del templo cuchichebase dirigindole miradas furtivas,
acoganse todas sus palabras con mirada benvola y sumisa, se le colmaba
de atenciones. Mientras tanto, D. Filomena, procurando ocultarse detrs
de todas, gozaba en lo profundo de su corazn de aquel fausto suceso,
que a ella sola se deba, acariciaba a su director con una mirada hmeda
y suave donde se pintaba la ternura, el secreto y la sumisin. Obdulia
se haba retirado temprano, no pudiendo soportar tanta asquerosa
adulacin y el abandono de su amado confesor. Adems Marcelina le haba
dirigido una pulla, y aunque haba contestado con otra ms sangrienta,
que en esto nunca se haba quedado atrs, tena miedo a enfermar de ira.

No todo era bienandanza, sin embargo, para los futuros querubes de la
corte celestial. Don Miguel, el terrible prroco, turbaba de mil modos,
a cual ms grosero, la paz de su corazn, ora echando una cortina al
suelo bajo pretexto de que le tapaba alguna imagen, bien trasladando los
jarrones de flores adonde se le antojaba, o deteniendo a los recadistas
y emplendolos en otros menesteres, etc., etc. Ninguna censura o mandato
episcopal poda debilitar la energa del feroz cabecilla ni hacerle
doblar la cerviz. l era el cura propio de Peascosa y ninguna potestad
de la tierra, ni la del mismo Pontfice, poda privarle de este
carcter. Que le pusieran coadjutor. Bueno, l se rea del coadjutor, y
si se torca un poco, le alumbraba un par de coscorrones para que
anduviera derecho. Felizmente para todos, el P. Gil era la mansedumbre
personificada, y le dejaba pasar con cuanto quera, con tal que no
tocase directamente a la cura de almas, y esto ltimo no era, como ya
sabemos, la especialidad de D. Miguel. Pero las damas protestaban
sordamente contra su tirana y esperaban con anhelo que D. Narciso
empuara con ms bro las riendas de la parroquia.

--Holgazanazas! Pendonas! Mejor estabais en vuestras casas espumando
el puchero o recosiendo calcetas... Lstima de vara de fresno! Si yo
fuera marido o padre vuestro, ya os dira lo que era candonguear a todas
horas por la iglesia...

Estos y otros requiebros semejantes eran los que el cura murmuraba por
los rincones de la iglesia en tono bastante alto para que pudieran
orle. Y claro est, todas aquellas rosas msticas, oyndolas, se
estremecan en sus clices y se plegaban tmidamente. Susurrbanse al
odo amargas quejas, mas no osaban producirlas en voz alta. D. Miguel
era muy capaz de echarlas de la iglesia a coces. No teniendo ocasin de
hacerlo, el prroco aliviaba su corazn administrando un par de ellas en
el trasero a cualquier monaguillo que tropezaba en su camino.

Mientras esto suceda en la iglesia, una muchedumbre inmensa se agolpaba
a las puertas del _gora_, donde su digno presidente, D. Gaspar de
Silva, estaba ensayando a dos docenas de jvenes artesanas un himno de
su invencin (msica del director de la banda municipal) para cantar
durante el banquete del teatro. Y las voces argentinas del coro salan a
intervalos por las ventanas de la casa, despertando en la multitud un
entusiasmo sin lmites, que estallaba en aplausos y en hurras. De tal
manera que al cabo de algn tiempo varios dignsimos vecinos, de oficio
pescadores, pidieron a gritos que se presentase D. Gaspar a la ventana
para tributarle los honores merecidos. El gran poeta no tuvo ms remedio
que ceder a esta exigencia de la multitud, que le recibi con palmoteo
atronador y fuertes vivas. La silueta angulosa del vate se destac en el
hueco de la ventana, y pudo verse claramente que se llev repetidas
veces la mano al sitio del corazn, con lo cual el entusiasmo de la
muchedumbre se convirti en verdadero delirio.

Un viento de regocijo, de pura y fervorosa alegra soplaba por el
vecindario de la noble villa. Haban deseado siempre un templo ms
digno y ms capaz, pero no se daban cuenta cabal de la importancia que
esto tena. Slo cuando supieron positivamente que iba a alzarse uno en
la plaza, de mayores dimensiones que todos los de Sarri, sintieron
removidas hasta las ltimas fibras de su patriotismo. No hubo grande ni
pequeo que no repitiese con frenes: Cuarenta y cinco cincuenta de
largo, treinta veinticinco de ancho. La iglesia mayor de Sarri no tiene
ms que cuarenta por veintiocho cincuenta. Estaban reservadas an al
corazn de los benemritos peascos otra porcin de alegras inefables.
El pavimento del nuevo templo no sera de baldosa comn, como el de
Sarri, sino de azulejos; los altares vendran tallados de Italia, los
cristales de Londres; el altar mayor sera todo de mrmol. Cada uno de
estos pormenores, repetidos de boca en boca, les haca derramar lgrimas
de ternura.

En la plaza y sitio que haba de ocupar el nuevo templo se haba
levantado un cadalso para las autoridades, los prceres del pueblo y las
damas. Desde este cadalso, el obispo colocara la primera piedra, que ya
penda de unos cordones de seda, perfectamente preparada. En el teatro
no cesaba el martilleo para colocar la mesa del banquete, guirnaldas y
trofeos. Sobre cada uno de los pesebres, llamados palcos, colocaron dos
banderas nacionales cruzadas; una guirnalda de laurel las iba enlazando
todas graciosamente. Fue idea de D. Peregrn Casanova, que tambin haba
presidido un banquete en el teatro de Tarragona en los quince das que
gobern aquella provincia. Por ltimo, en el Campo de los Desmayos
estaban ya tendidos los alambres para la iluminacin, si bien no pendan
de ellos an los faroles. Esto se dejaba para lo ltimo, por miedo a la
lluvia.

No haba cuidado. El da 24 amaneci sereno. Unas cuantas nubecillas
impertinentes, que se amontonaban del lado de tierra, fueron barridas
muy pronto por la brisa del Nordeste, con gran regocijo y aplauso de
todas las personas sensatas de la poblacin. El mar se rizaba
blandamente sonriendo a la privilegiada villa, y el sol asomaba
majestuosamente su disco por detrs de las olas, dispuesto a dar gusto
siquiera una vez en su vida a los honrados peascos. Porque desde tiempo
inmemorial se saba que apenas se preparaba una fiesta en Peascosa, el
sol tomaba las de Villadiego y dejaba que las nubes diesen buena cuenta
de ella. Cuatro docenas de cohetes de dinamita, capaces de estremecer a
los muertos en sus tumbas, anunciaron su salida. La murga municipal
salud al astro del da tocando por las calles la famosa _polka de los
paraguas_. Despus se situ en el Campo de los Desmayos, rodeada de un
enjambre de chiquillos, y ejecut algunas piezas de pera. El mar,
batiendo suavemente en las peas, le serva de contrabajo. Hasta que a
eso de las nueve se fue hacia la plaza tocando un paso doble, y desde
all sali por la carretera de Lancia a esperar al prelado, al
gobernador y a las personas que los acompaaban.

No tardaron en llegar en seis coches que con el estrpito de sus ruedas
estremecieron de jbilo la villa. Una nube de cohetes estall en el
aire. Los viajeros fueron acogidos en la plaza con inmensa gritera.
Todo peasco en uso de sus extremidades abdominales sali del domicilio
en aquella sazn, para regocijar la vista con el espectculo de la bella
comitiva. El obispo era un hombre alto, gordo, con el pelo blanco y la
faz redonda, de luna llena, adornada de gafas. El gobernador un
hombrecillo enteco, plido, de ojos hundidos. Vesta de gran uniforme y
cruzaba su pecho la banda de Isabel la Catlica. Igualmente las personas
que los acompaaban lucan cruces, uniformes y condecoraciones. Detrs
de ellos marchaba el piquete de carabineros. Al ver desfilar aquel
lcido y esplendoroso cortejo, la fantasa, siempre propensa a la
exaltacin, de los patriotas peascos, se arrebat de un modo
inexplicable. El orgullo de haber nacido en aquel pueblo privilegiado
les embriag como nunca. Por un instante creyeron estar en la capital
de un gran imperio, que los ojos de todo el mundo civilizado estaban
fijos en Peascosa. Irresistible deba de ser esta embriaguez cuando a
persona tan grave y calificada como D. Juan Casanova se le subi a la
cabeza hasta hacerle caminar delante de la comitiva con el sombrero en
la mano, gesticulando y hablando solo como un loco. Cundo habamos de
pensar--exclamaba agitando el sombrero!--Cundo habamos de pensar que
se reunieran en nuestra villa tantas notabilidades, tantas personas
eminentes del clero, de la administracin y de la milicia! Alegraos,
vecinos de Peascosa! Alegraos! Para nosotros comienza la era de la
justicia. Esta pobre villa, tan postergada ya sabis por quien!... esta
pobre villa, tan postergada, levanta al fin la cabeza y dir al mundo
entero lo que vale... eso es... lo que vale. Si hemos sido esclavos
hasta ahora de otro pueblo que no vale lo que el nuestro, ya hemos roto
nuestras cadenas. Salid a los balcones, bellas peascas! Salid a los
balcones y arrojad flores sobre nuestros ilustres huspedes! Salid!
Salid!

D. Juan Casanova haba ganado mucho en emocin, en calor, durante esta
tirada. La voz sala temblorosa, ronca. Pero la imparcialidad nos obliga
a confesar que haba perdido algo de su majestad caracterstica. Por lo
menos aquellos movimientos descompasados de hombros y cabeza eran
inexcusables en un hombre tan elevado fsica y moralmente. Los chicos
que iban a la par le miraban con asombro, y las bellas peascas,
evocadas por l, si no arrojaban flores, sonrean desde los balcones al
verle tan descompuesto, mostrando unas hileras de dientes como nunca
veris en Sarri, yo os lo juro.

Despus de tomar un refrigerio en las Consistoriales y descansar un
poco, la comitiva se restituy a la plaza, donde se efectu con una
solemnidad capaz de hacer derramar lgrimas al ateo ms empedernido el
acto de colocar la primera piedra de la nueva casa de Dios. Uno de los
que ms bullan y mangoneaban por all era D. Jos Mara el boticario,
el antiguo suscritor de _El Motn_ y corifeo de los masones, dando claro
testimonio de que para Dios no hay imposibles, y que nadie puede decir
que est por completo dejado de su mano. Despus el gobernador dirigi
desde el tablado la palabra al pueblo, y aunque su discurso no lleg a
ms de tres o cuatro metros de distancia, el pueblo comprendi en
seguida con admirable instinto que rebosaba de elocuencia y se
entusiasm de un modo frentico. Centenares de boinas de todos colores
surcaron el aire en prueba del efecto mgico que entre ellas haba
producido la oracin de la primera autoridad civil de la provincia. Los
cohetes y la murga municipal secundaron esta gloriosa manifestacin de
las boinas. Una muchedumbre inmensa de blusas azules y pantalones
rayados se agit conmovida, embargada por los ms nobles sentimientos
religiosos y humanitarios.

Acto continuo se trasladaron todos a la antigua iglesia parroquial para
cantar el _Te Deum_ en accin de gracias. El templo, adornado como ya
sabemos por lo ms selecto de la sociedad femenina de Peascosa, estaba
deslumbrante de lentejuelas, araas y cirios. El da anterior haba
llegado una exigua orquesta de Lancia, compuesta de dos violines, una
viola, un violoncello y un contrabajo, y con ella tres o cuatro cantores
de la catedral. Los msicos se situaron en el coro, el obispo y el clero
en el presbiterio. Don Miguel, el tozudo prroco, no quiso revestirse
con los sagrados ornamentos, bajo pretexto de sus achaques, y se fue al
coro con la orquesta. El prelado dijo una breve y sentida pltica desde
el plpito. Tena una hermosa voz de bartono que hizo vibrar las
cuerdas ms delicadas del corazn de todas las rosas msticas de la
villa. El brillo del pectoral de diamantes y de los cristales de sus
gafas daba mayor realce y un poder mgico a su palabra sonora, dulce,
persuasiva.

Cantose despus el _Te Deum_. Los tiples y los bajos de la catedral de
Lancia hicieron prodigiosos gorgoritos, que dejaron asombrados a los
buenos peascos. La diminuta orquesta les secund perfectamente; Pero he
aqu que a D. Miguel se le antoja mirar con malos ojos al pobre
contrabajo, tan slo porque no pasaba el arco sobre las cuerda ms que
de vez en cuando. El prroco estaba de rodillas y tena delante y vuelto
de espaldas al msico. Mirbale de hito en hito y cada vez con mayor
excitacin. El msico cumpla con su deber rozando las cuerdas
parsimoniosamente, produciendo un sonido sordo y antiptico. A D. Miguel
le pareca aquello el colmo de la estupidez y la holgazanera. Venir de
Lancia con un buen sueldo y el viaje gratis para hacer unas cuantas
veces _ron_, _ron_ con aquel trasto, era cosa verdaderamente irritante.
La ola de la indignacin fue subiendo en su pecho. Mil pensamientos de
exterminio se le amontonaron en el cerebro mientras su mirada torva y
siniestra permaneca clavada en las espaldas del infeliz contrabajo,
bien ajeno por cierto de los sentimientos sanguinarios que en aquel
momento inspiraba su inofensiva persona. Al fin, habiendo dejado escapar
un acorde ms spero y estridente que los otros, el viejo prroco no
pudo aguantar ms, y levantndose vivamente, se fue hacia l y le encaj
una patada en los riones que le hizo caer de bruces. All fueron el
msico y su violn rodando con estrpito. Al ruido levantaron la cabeza
todos los fieles. Satisfecha su justicia, D. Miguel se volvi al sitio
que ocupaba antes. Cuando el desdichado msico vino a preguntarle por
qu haba hecho aquello, respondi que l no quera gorrones en la
iglesia y que hiciese el favor de marcharse con su armatoste ms lejos,
porque no daba palabra de contenerse.

Concluido el _Te Deum_, volvieron, como es lgico, a restallar en el
aire otras cuantas docenas de cohetes de dinamita. Los simpticos hijos
de la Pepaina, Chola y Lorito, estuvieron a punto de perecer, vctimas
de su arrojo, al apoderarse de uno que an no haba chasqueado. D.
Miguel, cuando supo que se haban quemado la cara y las manos,
manifest, de acuerdo con todos los Santos Padres, que crea en la
intervencin directa de la Providencia en las cosas humanas.

Poco despus dio comienzo el banquete en el teatro. Exceptuando el
obispo y sus familiares, todos los huspedes de Lancia asistieron a l.
Eran ms de cien los comensales, que ocupaban tres mesas paralelas,
situadas en el recinto de las butacas. En el escenario se coloc el coro
de muchachas ensayadas en el _gora_ por D. Gaspar de Silva y el
director de la murga municipal. Los palcos estaban ocupados por cuanto
de elegante, aristocrtico y exquisito guardaba Peascosa en su seno.
Apenas sirvieron la sopa, se dej or el himno de D. Gaspar. Comenzaba
por una especie de recitado de notas lgubres, prolongadas, ejecutado
por un tenorete, ebanista de oficio. Deca, si no recordamos mal:

      Peascosa, triste ayer,
    Hoy venturosa,
    Sacude la apata en que vivi,
    Y se lanza al progreso entusiasmaaaada
    Y se laaaanza al progreso con ardor.

Despus de esta tirada, sombra como un lamento, que el tenor cant con
todo el nfasis de que es susceptible un ebanista en casos semejantes,
las doncellas arremetieron vigorosamente con el alegro.

      El pueblo animoso
    Y lleno de esperanza
    A gozaaaaar se lanza
    Con mgico ardor.

Este himno de corte clsico, y que bien puede compararse, sin
desmerecer, con los ms inspirados de los sacerdotes salios, en el caso
de que conocisemos alguno, despert inmediatamente en los comensales y
en el pblico mil ideas de progreso indefinido y perfectibilidad. Por un
momento todos aquellos espritus elevados vivieron dos siglos ms
adelante y vieron con los ojos del alma una Peascosa ideal cuajada de
fbricas y cerveceras. Poder maravilloso de la poesa! Se aplaudi
furiosamente con las manos y con las cucharillas. Y aunque algn
personaje de espritu ligero y afeminado manifest por lo bajo que lo
que l aplauda eran los ojos negros y los dientes blancos de las
peascas, tenemos la certeza de que la mayora supo apreciar
perfectamente la intencin pura y el clasicismo del himno del vate de
Peascosa. La prueba de ello es que cuando se escuch en una de las
pesebreras la voz de: Que salga el autor!, en todas las dems se
pusieron a gritar lo mismo, y los convidados expresaron con la boca
llena idntico deseo. D. Gaspar sali al fin al escenario y avanz,
doblado como un arco, hasta el borde del tablado. Despus, haciendo un
esfuerzo sobre sus callos, se volvi prontamente y fue a recoger del
foro al autor de la msica, un hombrecillo regordete, que se present
con los pelos tiesos como un aparecido. El pblico rompi a aplaudir
calurosamente al verlos cogidos de la mano. D. Gaspar apuntaba para el
director de la murga como diciendo: A ste se debe todo. El director
de la murga apuntaba para D. Gaspar, manifestando por mmica: El
triunfo es de este seor. Por ltimo, en la imposibilidad de expresar
de un modo ms plstico la profunda admiracin que el uno senta por el
otro y la perfecta compenetracin de sus espritus entusiastas, se
abrazaron en medio del escenario y permanecieron unidos bastante tiempo.

No sabemos qu influencia misteriosa, mgica puede ejercer sobre un
concurso el acto de abrazarse dos individuos del mismo sexo; pero
siempre que lo hemos visto declaramos que produjo el mismo efecto
sorprendente. El pblico se levanta electrizado, grita, aplaude, saca el
pauelo, gesticula con violencia y hasta hay seoras que derraman
lgrimas. Por qu? No nos lo preguntis. Creemos que la ciencia no se
encuentra todava en estado de dar una explicacin satisfactoria a este
enigma. Aquello fue un vrtigo, un delirio; ms de diez minutos dur el
estrpito, mientras Euterpe y Tala permanecieron estrechamente
abrazadas. Cuando empez a sosegarse el tumulto se oy uno voz que dijo:
Que se besen! Al parecer, quien lanz este grito fue un periodista de
Lancia. Si se trataba de una broma, la verdad es que tena bien poca
gracia. Burlarse en aquel acto solemne donde se festejaba la
regeneracin moral y material de Peascosa, era una insolencia, y como
deca muy bien D. Juan Casanova, no daba buena idea de la cultura de la
prensa de Lancia. No se besaron, pues, aunque D. Gaspar mostr ciertas
tendencias a hacerlo, aproximando demasiadamente sus narices color
violeta al rostro del aparecido; pero ste lo retir, dando pruebas de
prudencia, pues se hablaba en trminos muy graves por Peascosa de las
narices de D. Gaspar.

Terminado el himno, comenz de nuevo y se repiti indefinidamente hasta
los postres. El gobernador volvi a dirigir la palabra al pblico. A
unos gobernadores les da por destituir ayuntamientos, a otros por
llevarse los colchones que les pone la Diputacin provincial. A ste le
daba por la elocuencia. Le contest D. Peregrn Casanova, y tuvo ocasin
de llamarle mi distinguido compaero y aludir a los altos deberes que
impone el gobierno de una provincia, que l haba tratado de cumplir en
otro tiempo en la medida de sus dbiles fuerzas. Habl tambin D. Jos
Mara el boticario, abogando por el fomento de la religin como
elemento de progreso (le quedaban ciertas frasecillas del tiempo en
que era librepensador) y como freno para los apetitos bastardos. Habl
don Jos el estanquero; habl D. Remigio Flrez, el fabricante de
conservas alimenticias; habl el director de _El Porvenir de Lancia_
(que haca pocos das se haba batido a sable con D. Rosendo Belinchn,
director de _El Faro de Sarri_). Y habl otra vez el gobernador. Un
redactor de _El Joven Sarriense_ trat de pronunciar algunas palabras,
pero le interrumpieron con algunos murmullos desde los palcos, y se
sent muy desabrido. Por ltimo, D. Gaspar de Silva avanz por el
escenario con un papel en la mano. Silencio! Chis, chis!... Que se
callen!--Silencio! Fuera!--Chis, chis! En medio de un silencio
religioso, el famoso vate de Peascosa comenz a leer con voz dramtica
una _Oda a la Religin_. Los temas sagrados no eran su especialidad.
Haba preferido siempre poner la lira al servicio de la libertad y de
las ideas democrticas. Su mejor composicin era un soneto al _pacto
sinalagmtico bilateral_. Comprendiendo, sin embargo, con profunda
intuicin, el sublime destino que el cielo le haba designado, cantaba,
como los vates y semidioses de la antigedad, todo lo que se ofreca a
su vista, la paz y la guerra, la democracia y los seoros, la religin
y el libre pensamiento. Esta oda, que empezaba: Oh dulce religin
inmaculada! era inspiradsima y fue recibida con vivas muestras de
aprobacin. El banquete termin de noche cerrada.

A las seis, el sacristn y algunos empleados del municipio comenzaron a
iluminar los farolillos a la veneciana del Campo de los Desmayos, de tal
modo que a las ocho estaban casi todos encendidos. La velada se present
muy alegre. En uno de los ngulos del Campo bailaban los aldeanos al son
de la gaita y el tambor; en otro hacan lo propio las artesanas al
comps de la banda municipal. La gente discurra por el espacio libre
cada vez con menos desahogo, pues la calle del Cuadrante no cesaba de
vomitar blusas azules y pauelos de percal sobre el citado Campo. Lo ms
exquisito de la sociedad peasquense se refugi en el prtico de la
iglesia, estableciendo la consabida divisin de castas. Organizose un
paseo inmediatamente donde los forasteros de Lancia pudieran apreciar de
un solo golpe de vista todo lo grande y majestuoso que encerraba
Peascosa en su seno. All estaba la tertulia en masa de D. Eloisa, y
adems, otra parte de la nobleza de la villa, con la cual no hemos
podido poner al lector en relacin. Despus de haber disfrutado por
largo rato del placer de verse, como los inmortales en el Olimpo,
aislados y encima del resto de los seres de la creacin, aquella
sociedad hizo irrupcin en el Campo de los Desmayos, para contemplar los
fuegos artificiales de los renombrados pirotcnicos palentinos. Entr
sin descomponerse, con un desdn y una gravedad calculados para henchir
de respeto el corazn de las castas inferiores.

Deslizndose como un mono por los parajes oscuros, buscando la
proximidad de las mujeres obesas, y cuando no, la de las que estaban en
regulares carnes, andaba nuestro amigo Osuna, el administrador de la
casa Montesinos. A la hora en que le sorprendemos no se haba ganado
ms que una bofetada; caso extrao, porque en estas noches de jolgorio
sola encontrarse con media docena, por lo menos. Algo desengaado bajo
este aspecto, no tanto por las bofetadas como por lo que las preceda,
movase impaciente echando miradas carniceras en torno suyo, sin hallar
un sitio lo bastante ameno y deleitoso para fijar sus pasos. Aquella
noche se haban dado cita todas las flacas de Peascosa. Mas hete aqu
que cuando empieza a arder la primera rueda de plvora, columbra no muy
lejos a la fresca D. Teodora, al sueo constante de su existencia, ms
radiante y ms lozana que nunca, con sus cabellos blancos y sus mejillas
rosadas de cutis terso y brillante. Verla y emprender la marcha hacia
ella fue todo uno. Pero esta marcha en tales circunstancias era ms
difcil de lo que cualquiera puede imaginarse. La gente se apiaba a ver
los fuegos y permaneca inmvil, formando una espesa muralla. Nuestro
jorobado la atraves con arte diablico, retorcindose como una
lagartija para pasar por los agujeros ms estrechos. Despus de un buen
rato logr colocarse detrs de la simptica jamona. Estaba escoltada por
los dos hermanos Casanova, que la haban acompaado en unin de la
doncella. Continuaban disputndose su corazn, con empeo rabioso por
parte de D. Peregrn, con noble y severa tranquilidad por la de D.
Juan. En este certamen de amor la virtuosa y madura seorita padeca
mucho, por creerse culpable de las reyertas que a lo mejor estallaban
entre los dos hermanos. Procuraba conservar la neutralidad, pero se
echaba de ver que D. Peregrn llevaba la peor parte. Explicbale ste,
con el tono de suficiencia que le caracterizaba, algunos pormenores
interesantes de la industria pirotcnica y citaba algunos fuegos que
haba visto, en su poca de covachuelista, verdaderamente asombrosos. El
pobre D. Juan, que no haba salido jams del estrecho recinto de
Peascosa y que no poda citar nada, callaba como siempre. Pero la
pulqurrima jamona le diriga de vez en cuando una mirada suave y una
sonrisa ms suave an, que podan indemnizarle de su vida sedentaria.

Cuando D. Teodora volvi la cabeza para ver quin la apretaba tanto y
se encontr con Osuna, cambi de color. Aquel maldito jorobado no la
dejaba jams en paz. En la tertulia, en el paseo, en el teatro, en la
iglesia, en todas partes donde tuviera ocasin de aproximarse, era
sabido que se vea necesitada a sufrir el contacto asqueroso de sus
piernas y a veces de sus manos tambin. Osuna conoca bien el terreno
que pisaba. La bella y pudorosa jamona se hubiera cado antes muerta de
vergenza que confesar a alguno los atentados de que era objeto. Pero
si no los confesaba, cualquiera podra cerciorarse de ellos, observando
el estado de agitacin en que se hallaba. En esta ocasin el jorobado
anduvo audaz en demasa. D. Teodora comenz a dar muestras tales de
inquietud que para cualquiera seran visibles. D. Juan no las vio, sin
embargo. Era un varn puro y magnnimo, incapaz de sospechar las grandes
suciedades que puede haber sobre la tierra. Pero D. Peregrn, como
hombre de mundo, concluy por advertir algo de lo que pasaba. Espi a
Osuna con el rabillo del ojo, y cuando penetr en su espritu
gubernamental el convencimiento de la trasgresin que se estaba
cometiendo, comenz a roncar y silbar por la nariz como un vapor en
peligro, lanzando al mismo tiempo centelleantes miradas de indignacin
al audaz jorobado. ste prescindi en absoluto de aquellos silbidos
temerosos, y no vio siquiera la expresin fatdica de los ojos del
ex-gobernador interino de Tarragona. Qu haba de suceder? La caldera
del remolcador, no teniendo ms desahogo que el de la nariz, estall con
horrible estruendo.

--Oiga usted, grosero, sucio, cnico, desorejado!--rugi D. Peregrn
cogiendo por el cuello al contrahecho y sacudindole con rabia.--Si
usted contina en modo alguno molestando a esta seora, con esta mano
(alzando la derecha) le doy una bofetada en esta mejilla, y con la otra
(alzando la izquierda) le doy otra bofetada en la opuesta. Acto continuo
le vuelvo a usted, y con estas botas gordas que usted ve aqu le doy a
usted dos puntapis en el trasero.

El fsico de D. Peregrn no era a propsito para infundir terror pnico
en el corazn de sus enemigos. Sin embargo, su continente severo y
administrativo como pocos y el torrente de voz grandioso con que la
naturaleza le dotara suplan bastante bien la deficiencia de otros
rganos. Adems, Osuna era un ser ms dbil y ms ruin que l. Por esto
y por el tumulto que se arm en seguida, en vez de hacerle frente, se
escurri entre la muchedumbre y desapareci en un momento. D. Teodora,
al verse objeto de la curiosidad pblica, se desmay. D. Juan y la
doncella la sostuvieron. D. Peregrn sigui increpando a su enemigo
ausente. La muchedumbre ri, grit, se agit tumultuosamente. Al fin
todo qued en paz, y la pudibunda jamona torn a su domicilio, donde la
dejaremos esparciendo un torrente de lgrimas.

Obdulia, agitada todo el da por un vivo dolor y por un deseo rabioso de
reparar la injusticia que se haba cometido con su amado director
espiritual, no sali de casa ni de la cama. Estaba realmente enferma.
Tena fiebre, la fiebre que produce en los temperamentos como el de ella
un pensamiento nico que se va exacerbando por grados. Al llegar la
noche se levant y se visti apresuradamente. Sus grandes ojeras
azuladas se marcaban ahora de un modo chocante. Una arruga profunda,
signo de resolucin inquebrantable, le surcaba la frente. Llam a la
doncella y le manifest que quera salir a ver los fuegos. Todo lo que
sta hizo por disuadirla, representndole el grave dao que poda
ocasionarle el fro y la humedad de la noche, fue intil. Cogi la
mantilla, se la ech encima de la cabeza con mano convulsa, oblig a la
domstica a ponerse la suya y se lanzaron a la calle. El Campo de los
Desmayos herva ya de gente. Les cost mucho trabajo avanzar hasta
colocarse en el medio. Obdulia quera a todo trance acercarse a la casa
del prroco, donde se alojaba el prelado. Haba visto brillar las gafas
de ste y ocultarse en seguida en una de las ventanas. Debajo, a la
puerta misma de la rectoral, un grupo numeroso de muchachas bailaba la
giraldilla, cantando a grito pelado coplas de circunstancias
improvisadas en el momento. Aludan en ellas a la nueva iglesia,
piropeaban al obispo, al gobernador, a los prceres de Peascosa, sin
que faltase tampoco, por supuesto, la consabida puntadita a Sarri.

La imaginacin de la hija de Osuna trabajaba sin descanso, aumentando la
calentura que la consuma. Mas por encima de los mil pensamientos y
fantasmas que daban vueltas en ella, asomaba una idea fija, tenaz, que
la impulsaba inconscientemente a abrirse paso con los codos por la
muchedumbre, seguida de la doncella, que no comprenda el afn de su
seorita. Cuando estuvieron prximas a la rectoral, la joven se detuvo
unos minutos. Observ con el rabillo del ojo a su doncella, y cuando la
vio ms absorta en la contemplacin de los fuegos que se estaban
quemando, maniobr hbilmente y se alej de ella ocultndose entre la
gente. Una vez sola, se detuvo otra vez. Despus de dirigir infinitas
miradas de ansiedad y temor a la casa del prroco, despus de resolverse
ms de veinte veces y de arrepentirse otras tantas, al fin se desliz
como una sombra por detrs de las muchachas que bailaban y del crculo
de espectadores que tenan en torno, y se introdujo en el portal de la
casa. Dentro de l haba unos cuantos criados que charlaban contemplando
desde all lo que podan. Tenan la puerta abierta, y Obdulia, sin
decirles palabra, se introdujo por ella y subi unas cuantas escaleras.
Pero detenindose de repente y permaneciendo un instante indecisa, torn
a bajarlas y se dirigi al grupo de los domsticos.

--El secretario del seor obispo est arriba?--pregunt al ms
prximo.

--D. Cayetano?... S, seora, arriba est--respondi uno de los ms
lejanos.

--Podra hablar unas palabras con l?

--Por qu no?... Le avisar... Suba usted conmigo.

Ascendieron ambos por la sucia escalera de D. Miguel, pues ni por la
llegada del prelado se haba limpiado.

--Tenga usted la bondad de aguardar un momento.

Poco despus se presentaba el secretario, un clrigo de media edad, feo,
desgarbado, pero de mirada inteligente y franca. La mir con gran
curiosidad y pregunt, esforzndose en mostrarse amable:

--Preguntaba usted por m, seora?

--S, seor.

--Usted me dir...

--Deseo hablar con el seor obispo.

Volvi a mirarla el secretario con mayor curiosidad an, y despus de un
instante de vacilacin, apareciendo en su rostro un esbozo de sonrisa,
respondi:

--Usted comprender que la hora no es oportuna... Su Ilustrsima se va a
retirar en seguida a descansar...

--Es urgente y de mucha importancia lo que tengo que
comunicarle...--dijo precipitadamente.

Otra vez la contempl el clrigo con penetrante mirada, advirtiendo su
agitacin.

--Bueno... Lo que puedo hacer en su obsequio es avisar a Su
Ilustrsima... No respondo de que la reciba a usted a estas horas...
Puede usted pasar a esta sala y aguardar un momento. No tardar en
traerle la respuesta.

Abri la puerta del saloncito de recibo, hizo traer un quinqu y la dej
sola. En aquel instante la joven sinti que le abandonaban todas sus
fuerzas. El corazn comenz a darle fuertes golpes en el pecho. La
habitacin se mova suavemente como la cmara de un buque. Se vio
obligada a sujetarse con las dos manos al respaldo de una butaca para no
venir al suelo. El secretario apareci a los pocos minutos, y sin
traspasar el marco de la puerta, dijo con afectada solemnidad:

--Su Ilustrsima va a llegar en este momento.

Obdulia cerr los ojos y se agarr con ms fuerza a la butaca. Cuando
los abri tena delante de s la figura imponente del prelado.

La estancia se hallaba a media luz a causa de la pantalla que cubra el
quinqu. Los contornos de aquella figura se esfumaban en la sombra. Pero
los diamantes del pectoral lanzaban destellos y los cristales de las
gafas brillaban tambin con los dbiles rayos de luz que sobre ellos
caan. Avanz algunos pasos por la sala. Obdulia se dej caer de
rodillas.

--Es para algn asunto de conciencia, hija ma?--preguntole el prelado
dulcemente, dndole al mismo tiempo su anillo a besar.

--S, seor--respondi la joven con voz alterada por la emocin.--Es
para un asunto de la conciencia de Su Ilustrsima.

--De mi conciencia?--exclam el obispo, irguindose lentamente y
dejando caer sobre ella una mirada de sorpresa y curiosidad.

--La conciencia ms pura, Su Ilustrsima lo sabe mejor que yo, est
sujeta a error. Cuando pensamos estar haciendo el bien hacemos el mal.
El alma de Su Ilustrsima es noble y es santa, segn dicen todos los que
la conocen. Por algo Dios le ha elegido para apacentar su rebao. Pero
los ojos de Su Ilustrsima no llegan a todas partes como los de Dios. Su
brazo se extiende en vano para bendecir. La bendicin no alcanza a
todos. Entre los pastores que Su Ilustrsima tiene colocados para
ayudarle los hay que guardan con fidelidad y amor el rebao, los hay
tambin que tienen la vista y el amor fijos en s mismos...

--Levntese usted, hija ma... Qu quiere decir con estas palabras?

--Lo que quiero decirle, seor--profiri la hija de Osuna con audacia,
serenndose de pronto bajo el impulso de la exaltacin,--es que tenamos
en esta villa un coadjutor celoso, modelo de abnegacin, de
mansedumbre, de actividad, que haba logrado a fuerza de inmensos
sacrificios inspirar devocin y piedad a muchos que jams las haban
sentido, que sin violencia ninguna haba puesto en orden la parroquia y
devuelto a Dios lo que le perteneca... Pues bien, he sabido... hemos
sabido con dolor los feligreses todos, que en vez de dejarle en el cargo
que desempeaba interinamente, Su Ilustrsima se lo ha dado a otra
persona...

El obispo la contempl en silencio un buen espacio. La joven, bajo
aquella mirada, que pasaba por los cristales de las gafas penetrante,
indagadora, volvi a perder la serenidad.

--Es el coadjutor interino quien la enva a usted para dirigirme una
representacin?--pregunt con extremado sosiego, recalcando cada slaba
de un modo que resultaba epigramtico.

--Oh! No, seor!--exclam toda turbada la joven, ponindose roja.--El
seor coadjutor no tiene aspiracin ninguna. Est tan contento con el
cargo como sin l. Nada sabe ni nada quiero que sepa... He sido yo quien
por el odio que me inspira la injusticia me atrev a dar este paso...
acaso imprudentemente...

--Sin acaso! Sin acaso!--murmur el prelado, sacudiendo la cabeza.

Quedsela otra vez mirando fijamente sin pestaear, absorto en intensa
contemplacin. Obdulia baj la cabeza.

--Hija ma--sigui diciendo gravemente,--la juventud tiene sus derechos.
Puede ser aturdida, imprevisora, gozar sin medida de los dones con que
Dios nos ha favorecido, vivir ofuscada sin el pensamiento del pecado...
Pero la juventud no tiene derecho a jugar con nuestra salvacin eterna,
con la vida y con la muerte. La Santa Iglesia Catlica tiene sus
ministros encargados de velar por la fe. Yo, aunque indigno, soy uno de
ellos y soy responsable ante Dios y ante el Sumo Pontfice de mis actos.
No he aprendido en ningn Santo Padre ni en ninguna decretal que los
prelados tuviramos que dar cuenta de ellos a las nias como usted...

--Oh, seor obispo... yo no quera!...

--Escuche usted, escuche usted con paciencia, hija ma, escuche usted de
rodillas a su prelado.

Obdulia se arrodill de nuevo llena de confusin, roja como una amapola.
La figura corpulenta del obispo se agrand desmesuradamente delante de
sus ojos; su blanca cabeza coronada por el morado solideo resplandeca
de majestad.

--Los cargos de la Iglesia catlica no deben ser empleos codiciados: no
se buscan, se aceptan con humildad y resignacin. Cuanto ms alto, ms
duro y espinoso es para el que quiere servir a Dios. Usted, al hablar de
injusticia, los ha considerado por lo visto como una granjera, y ha
pecado gravemente. Si no he dado el cargo de coadjutor a la persona por
quien usted se interesa, esa persona debe agradecrmelo, pues la he
librado de muchas terribles responsabilidades que dificultaran su
salvacin eterna.

Obdulia, viendo el rayo marchar otra vez hacia su confesor, hall
palabras para desviarlo.

--Vuelvo a decirle, seor obispo, que el padre Gil nada sabe de este
paso... que se morir de pena y de vergenza si llega a conocerlo,
porque es la modestia y la humildad personificadas. La estimacin y el
respeto que le profeso, como todos los vecinos de este pueblo, y mi
deseo de ver la parroquia en orden y bien servida, me impulsaron en un
momento de ligereza a acudir a Su Ilustrsima...

--Pero no comprende usted, hija, que al dar este paso, extrao en una
joven sensata y piadosa, se compromete usted, y lo que es peor,
compromete usted a un sacerdote gravemente?

--Oh Virgen Santa! Qu he hecho?--exclam la joven tapndose la cara
con las manos.--S, s, comprendo ahora que he sido una loca, que
tratando de hacer un bien he causado un terrible mal... Su Ilustrsima
me desprecia y tiene razn, porque no soy ms que una pobre tonta...
Pero no es eso lo malo... Lo horrible es que de aqu en adelante estar
prevenido contra un pobre inocente... Jess de mi corazn, qu
tentacin ha sido la ma!...

Y rompi a sollozar perdidamente murmurando frases ininteligibles. El
prelado se inclin hacia ella y le habl con dulzura.

--Sosiguese usted, hija ma. Sosiguese usted y aprenda que un sucesor
de los Apstoles no puede sentir prevencin ni odio. Si usted ha pecado,
pida la absolucin a su confesor. Sernese usted, que ningn mal ha
causado ms que a s misma... Ni el inocente ni el culpable tienen nada
que temer de m. Que lo teman todo de Dios...

Despus de pedir muchas veces perdn y derramar infinitas lgrimas,
Obdulia bes otra vez con devocin el anillo del prelado, y se levant.
Sin alzar los ojos del suelo murmur dbilmente:

--Adis, seor obispo. Perdone Su Ilustrsima el disgusto que le he
causado, y olvdelo.

--Que la Virgen Santsima la proteja, hija ma. Rece una salve por m,
que bien la necesito--respondi el prelado, dejndola pasar y mirndola
con expresin de lstima hasta que traspas la puerta.

Sali aturdida, loca de vergenza, con las manos trmulas y las mejillas
encendidas. En cuanto lleg a casa se meti en la cama, con una fiebre
altsima.




XI


Ya est descifrado el enigma, padre Gil--dijo D. lvaro desde su butaca
vindole entrar. La sonrisa con que acompa estas palabras era tan
contrada y extraa que daba fro.

--Qu enigma?--pregunt el P. Gil, un poco agitado por el
presentimiento de alguna desgracia.

--No se asuste usted; no es el de la Creacin: un enigma ms modesto, el
de la venida de mi mujer a Peascosa hace unos meses... Entrese usted
de esa carta.

El joven presbtero tom de las manos del mayorazgo la que le presentaba
y se puso a leer:

       *       *       *       *       *

Mi querido lvaro: Acabo de saber que Joaquina dio a luz hace seis
das un nio, el cual se ha inscrito en la parroquia y en el registro
civil con tu apellido. He procurado informarme, y me han dicho que era
perfectamente legtimo, puesto que tu esposa ha estado en Peascosa hace
unos meses y ha dormido en tu misma casa. Te escribo apresuradamente
para preguntarte si es cierto. Lo dudo mucho, porque no me has dicho
jams una palabra del asunto. Contstame inmediatamente.

JULIO.

       *       *       *       *       *

El P. Gil dej caer los brazos, dobl la cabeza y murmur sordamente:

--Qu infamia!

El mayorazgo solt una carcajada.

--Pero an cree usted que hay infamias en el mundo? De qu le sirve a
usted tanto como ha ledo? Quisiera que me explicase cmo es posible
hacer porqueras dentro de una letrina. Por lo visto, todava se
encuentra usted asistiendo a la primera representacin de la comedia. Yo
estoy en la segunda, y puedo decir anticipadamente lo que ha de suceder.

--De todos modos, D. lvaro, me duele en el alma esta indignidad que con
usted se ha cometido sin merecerla.

--Indignidad? Llama usted indigna a la araa que ahoga a la pobre
mosca en su tela, o al milano que cae sobre el inocente polluelo y lo
arrebata por el aire? Pues la misma fuerza infame (sa s que es la
infame!), la misma fuerza que mueve a la araa y al milano es la que
habita dentro de mi mujer. La mosca, el pollo y yo merecemos la misma
suerte por haber nacido. _Porque el delito mayor--del hombre es haber
nacido_, ya lo ha dicho Caldern, que era sacerdote como usted.

El P. Gil medit unos momentos, y dijo al cabo, como si se hablase a s
mismo:

--No puedo acabar de persuadirme a que en nosotros no exista ms que la
fuerza ciega; que esta luz que de vez en cuando brilla en el corazn de
los hombres, y que se llama unas veces justicia, otras amor y
abnegacin, dependa exclusivamente de combinaciones qumicas. La infamia
es infamia siempre, y despierta en nuestro espritu un sentimiento de
repugnancia. La araa y el milano no saben que hacen el mal, pero su
esposa lo sabe.

--Y qu importa? Dote usted a la bestia con la conciencia de sus actos
y habr usted formado al hombre. La conciencia no es ms que una
antorcha. Los crmenes lo mismo pueden ejecutarse en las tinieblas que a
la luz. Si yo pensase, como usted, que hay un Dios creador consciente de
todos los seres, le mandara un besa la mano felicitndole por haber
formado una criatura tan amable y encantadora como mi mujer y dndole
las gracias por haberla reservado para mi uso particular.
Desgraciadamente no puedo representarme a ese Dios recibiendo en bata y
zapatillas mis tarjetas de felicitacin. Creo ms bien que ella y yo
somos vctimas de la lgica. La vida tiene por objeto inmediato el
dolor... Saque usted la consecuencia. Mi mujer naci con uas para
desgarrar. Yo nac con un corazn blando a propsito para ser
desgarrado. Sera una contradiccin que ella no araara y que yo no
fuese araado.

--Y sin embargo, usted ha amado a esa mujer con toda su alma!

--Ah, s!--exclam el hidalgo, cerrando los ojos y pasando su mano
descarnada por la frente.--La he amado!... Por un momento fui
comparable a los inmortales del Olimpo. La felicidad cant dentro de mi
alma el himno ms hermoso que acompa jams a sus divinos juegos. El
sol se levantaba y se acostaba tan slo para dorar mis ilusiones. El mar
estaba murmurando ah nicamente para reflejar las imgenes de oro que
cruzaban por mi mente... Ningn hombre fue cazado por la especie con ms
precauciones, con ms exquisito cuidado... Todos los lazos que nos
tiende la Naturaleza para realizar su plan misterioso se pueden evitar;
hasta la misma voluntad de vivir se puede vencer; yo la he vencido,
pues que apetezco con ansia la muerte. Pero esta voluntad de perpetuarse
que se manifiesta en toda la especie, esta fuerza soberana que empuja a
un individuo hacia otro de sexo diferente, crea usted, padre, que es
insuperable... Qu brazo tan bien torneado! Qu espaldas de alabastro!
Qu modo tan fascinador de quitarse los guantes y agitar su dedo
meique, que tena lindsimo!

--No conozco el amor, pero s que hay dos clases: uno el que tiene por
objeto exclusivamente el goce sensual que nos equipara a los brutos, y
otro el amor puro de dos almas que se completan, de dos corazones que se
unen para gozar y padecer al mismo tiempo, para formar uno solo hasta la
muerte. ste es el amor que nos ennoblece, el nico digno del ser humano
y que merezca tal nombre.

--En efecto, eso creen todos los poetas cursis y todas las nias
opiladas... Pero usted es una persona formal y no puede pensar semejante
disparate. Todo amor, por tierno y sublime que sea, tiene su raz en el
instinto natural de los sexos: no es ms que ese instinto
individualizado. Ha visto usted alguna vez unirse un corazn de diez y
ocho aos con otro de ochenta para formar uno solo? Y sin embargo, el de
ochenta puede ser tanto y ms noble y bondadoso que el de diez y ocho.
Suprima usted la voluptuosidad, y cuntos seran los hombres que se
unieran a una mujer y soportaran la carga de los hijos y las
innumerables molestias del matrimonio por el solo gusto de completar su
espritu? El amor no es ms que una treta de la Naturaleza, padre. Para
vencer nuestro egosmo, que es muy grande, nos engaa con una ilusin,
hacindonos creer que lo que deseamos es nuestra felicidad, cuando slo
es el bien de la especie. El individuo es el esclavo inconsciente de...

Un violento golpe de tos le cort la palabra. Pidi por seas al P. Gil
el pauelo que tena sobre la mesa y se lo llev a la boca. Cuando lo
separ, estaba manchado de sangre. Una sonrisa de tristeza mortal
contrajo sus labios al contemplar aquella sangre.

--sta es la nica amante que no engaa jams, padre--dijo mostrando el
pauelo al joven presbtero, que haba empalidecido.--Vea usted el beso
que acaba de darme. Maana me dar otro ms prolongado; despus otro y
otro, hasta que me coja entre sus brazos fros y me estreche
eternamente.

Y lo terrible del caso era que tena razn. La salud de D. lvaro, que
jams haba sido completa, se arruinaba sensiblemente desde haca una
temporada: tal vez desde la visita inopinada de su esposa. Habase
demacrado mucho ms, con estarlo siempre bastante. El color, de plido
daba ya en terroso; los ojos haban perdido en movilidad y ganado en
brillo; las manos parecan las de un esqueleto.

Desde que supo la cobarde y traidora intriga urdida para que sus bienes
fueran a parar al fruto de los adlteros, no levant cabeza. Bebi el
cliz del dolor hasta las heces. Lo bebi con la sonrisa en los labios
para no desmentir sus teoras, pero el veneno produce siempre su efecto;
le abras las entraas. La tos fue en aumento, los esputos
sanguinolentos tambin. Pasaba las noches enteras sin poder conciliar el
sueo. Comenzaron a darle algunos ataques de disnea. Todo haca
presagiar un prximo y funesto desenlace.

En aquellos das se oper una crisis interesante en el espritu
atormentado del P. Gil. El materialismo pesaba como una losa sepulcral
sobre su corazn. Pero dentro de aquel sepulcro el espritu idealista
del sacerdote se revolva incesantemente, luchaba con ansia por salir al
aire libre y respirar una atmsfera ms pura. El afn de sacudir la
lepra que le iba royendo poco a poco le impuls a estudiar los sistemas
de metafsica dogmtica antiguos y modernos. Fue una felicidad para l
que el obispo hubiese nombrado coadjutor al P. Narciso. Tena mucho ms
tiempo disponible y el espritu ms libre. Entregose de nuevo a la
lectura con ardor febril. Por delante de su vista asombrada desfilaron
todas las grandes concepciones del entendimiento humano, los esfuerzos
colosales, sublimes, llevados a cabo por el hombre para dar una
explicacin satisfactoria al gran problema de la existencia. De muchos
de ellos tena noticia, pero era vaga, incompleta y a veces falsa, como
que proceda de las citas de los libros que haba manejado en el
seminario. Al estudiarlos ahora en sus fuentes se sinti posedo de una
admiracin que semejaba al estupor. La grandeza, la perfeccin
maravillosa de algunos de estos sistemas pareca insuperable y fascin
su alma. Por momentos, cuando acababa de examinar alguno, le pareca
haber levantado el velo de la verdad para siempre. Aquel sabio y
portentoso engranaje de todas las verdades parciales para obtener la
verdad total satisfaca la aspiracin de su mente hacia la unidad.
Adems, aquellos sistemas le devolvan a Dios. No se lo devolvan como
l lo quera, personal, providente, atento a las oraciones de los
hombres, pero al fin lo alzaban sobre el Universo material como su
principio y su razn. Ya no andbamos perdidos como tristes nufragos en
el ocano turbulento de las fuerzas fsicas; ya tenamos algo a donde
levantar los ojos y el corazn. El malo volva a ser malo, y el bueno,
bueno. Y como hombre de espritu lcido no se fij en la contradiccin
superficial de los sistemas, que tanto impresiona y desencanta al
vulgo. Fue ms all y vio claramente que, por debajo de esta aparente
lucha, los sistemas de la filosofa moderna idealista se besaban
fraternalmente. Todos estaban empapados en el mismo idealismo panteista.
Penetrando an ms, advirti que la filosofa alemana se daba la mano
con la griega al travs del desierto de la Edad Media.

Por desgracia, el ltimo filsofo que ley fue a Kant, debiendo ser el
primero. Al recorrer las primeras pginas de la _Crtica de la razn
pura_, sinti la impresin extraa del que va a contemplar un paisaje y
le faltan los pies.

Estaba avezado a no pensar en el suelo, y hete aqu que de repente se
hunde. Para conocer las cosas es preciso averiguar antes si podemos
conocerlas. Y el resultado que iba deduciendo de la lectura es que de
las cosas no podemos conocer ms que la apariencia. Nuestros
conocimientos no son, en ltimo trmino, ms que percepciones; las
percepciones, impresiones, modificaciones de nuestro propio ser. Todo
es, pues, una pura representacin. El instinto le oblig a buscar con
anhelo tierra firme; pero cuanto ms se esforzaba en levantar los pies,
ms se hunda, a imagen de los incautos que penetran en un terreno
pantanoso. Alzbase repentinamente y quera apoyarse en esas nociones
firmsimas que jams han faltado al entendimiento humano, en las
nociones de Tiempo y Espacio. El filsofo de Koenisberg le demostraba
poco a poco, con lgica inflexible, que el Espacio y el Tiempo no son
seres reales, ni tampoco propiedades de estos seres, sino tan slo
formas de la percepcin que tocan a las cualidades de nuestro espritu y
no a la realidad externa. Buscaba despus con ansia apoyo en el enlace
constante de la causa con el efecto. Kant le haca ver que este enlace
no es ms que el encadenamiento no interrumpido de los _cambios_
sucedindose en el tiempo, que cada _efecto_ es un cambio y cada causa
tambin. Por lo tanto, que es tan absurdo pensar en una causa primera de
las cosas como en el sitio en que termina el espacio o el instante en
que el tiempo ha comenzado.

El pnico se apoder de su alma como nunca. El positivismo materialista
le dejaba algo: la materia era una realidad; sus relaciones tambin.
Adems, nunca se haba entregado a l, por ms que agitara en su mente
dudas violentsimas. Pero ahora quedaba solo, sumido en completa
oscuridad, lo mismo acerca del universo que nos envuelve, como de su
propia existencia y destino. Luch, pues, con las ansias del que va a
morir, con la desesperacin del nufrago que disputa a otro el socorro
de una tabla. Discuti las proposiciones del libro una por una. Era el
combate de un nio con un atleta. Cada una de aquellas proposiciones
haba sido meditada en todos sus aspectos largamente por el pensador ms
profundo de su siglo y tambin por el ms prudente. Qu fuerza haban
de hacer sus dbiles manos contra baluartes fabricados con tanto esmero?
Su espritu sobrexcitado imaginaba un argumento; lo apuntaba en la
margen del libro; lo juzgaba inexpugnable. A la pgina siguiente se
encontraba con que el filsofo ya lo haba tenido en cuenta y lo
deshaca de un soplo.

Lucha triste y cruel! Lanzaba, en el frenes de su clera y pavor, una
granizada de golpes al pecho del viejo atleta. ste permaneca inmvil
como una roca. Luego, con burlona calma, dejaba caer su mano de hierro
sobre la frente del sacerdote y le haca rodar por el suelo. Alzbase
vivamente y acometa de nuevo con mayor ardimiento, y otra vez volva a
caer aturdido por el golpe. Se aproximaba al trmino del libro. Senta
ya sus fuerzas agotadas. Quiso, no obstante, tentar un ltimo esfuerzo
contra aquella lgica abrumadora y desembarazarse de los lazos que le
aprisionaban. Todo fue intil. El hrcules alemn le sujet entre sus
brazos poderosos, le sacudi unas cuantas veces, cual si fuese de paja,
y por ltimo lo arroj con violencia al suelo.

Ya no pudo levantarse. Cuando despert de su aturdimiento se confes que
estaba vencido. El mundo se le ofreci entonces claramente como su
propia representacin. Todo lo que existe no existe ms que por el
pensamiento. El filsofo de Koenisberg no quiso sacar esta consecuencia;
pero estaba bien clara; no haba otra posible para sus terribles
premisas. Ese sol que nos alumbra, ese mar que ruge a nuestros pies,
esos mundos que pueblan el espacio son otras tantas representaciones de
nuestro pensamiento. Slo sabemos de ellos que hay un ojo que los ve. El
centro de gravedad de la existencia recae en el sujeto y es un fenmeno
de su cerebro. Todo este universo tan rico y tan vario, todos los seres
grandes y pequeos, los astros como los insectos, tienen suspendida su
existencia de un hilo muy delgado, el hilo de la conciencia. El mundo
guarda mucha semejanza con un sueo, una quimera... Y de ese Dios
creador de las cosas, padre de los hombres, qu sabemos? Jams sabremos
nada. Desde el momento en que el mundo y el orden del mundo son puros
fenmenos determinados por nuestra inteligencia, no tiene razn de ser
una Inteligencia Suprema. Haba llegado la hora de poner a Dios a la
puerta y despedirlo con todos los honores de un rey destronado
legalmente.

Plido, anhelante, con el cuerpo rendido a la fatiga y el alma deshecha
de dolor, el P. Gil permaneca extendido en su pobre silln. Tena el
libro abierto sobre las rodillas, los brazos pendientes, los ojos
cerrados. Por los intersticios de sus pestaas comenzaron a rezumar
algunas lgrimas, que bajaron trmulas y silenciosas por sus mejillas.
Era la imagen triste del vencido. Poco despus su cuerpo delicado se
estremeci, contrajronse los rasgos de su fisonoma dulce y apacible, y
sacudi su pecho un sollozo. Se llev las manos al rostro y llor con
desconsuelo.

--Nada, nada!... Nunca sabremos nada!

Su ama D. Josefa qued estupefacta al penetrar en la estancia y
encontrarle de aquel modo. El excusador levant la cabeza y se apresur
a volverla en seguida para que la buena mujer no advirtiese su estado;
pero ya era tarde.

--Cmo?... Est usted llorando, seor excusador? Qu le ha pasado,
criatura? Virgen de la Soledad! Si tuviera padres o hermanos, creera
que se le haba muerto alguno... Apuesto a que ese narizotas de D.
Narciso le ha dado otro disgusto. Desprcielo, D. Gil, desprcielo!

--Oh, no! Cuidado con las injusticias, doa Josefa!--se apresur a
decir el joven.--Nadie me ha causado disgusto alguno. Estas lgrimas
provienen de un malestar nervioso que siento hace das.

--Si ya se lo deca yo! Usted trabaja demasiado... Esos dichosos
libros, que quisiera ver quemados...

Aqu D. Josefa enjaret una larga catilinaria, declarndose en
principio sectaria devota del califa Omar. El P. Gil la ataj antes de
terminar.

--Qu vena usted a decirme, D. Josefa?

--Ah, se me olvidaba! Su madrina manda recado de que el hermano se est
muriendo: que vaya usted en seguida y que lleve los santos leos.

--Jess!... Vaya por Dios! Vaya por Dios!... No pens que fuera para
tan pronto... Pobre D. lvaro!--exclam levantndose vivamente y
apresurndose a ponerse los manteos y el sombrero.

--Bah! Un hereje que no pona los pies en la iglesia! Qu importa que
se muera? Cuanto primero se lo lleven los demonios, mejor.

El excusador le dirigi una mirada tmida y ansiosa. No se atrevi a
protestar de la barbarie: tema que penetrara en su alma y leyera sus
sacrlegas dudas.

Despus de pasar por la iglesia y recoger los leos, penetr en el
vetusto palacio de Montesinos. El da estaba encapotado. La lluvia caa
tristemente con una pertinacia que slo se conoce en aquella regin de
la Pennsula. Sali a abrirle, como siempre, Ramiro. El viejo domstico
estaba desencajado. Pareca que le haban echado en pocos das diez aos
encima. As que vio al sacerdote le cogi, con sus manos trmulas, por
las muecas y exclam con voz alterada:

--Se muere, D. Gil! Se muere!

Y un raudal de lgrimas corri por sus mejillas surcadas de arrugas.

--Est tan grave?

--Se muere! Se muere!... Ha sido ella, s, ella!... Pero yo la
mato... sabe usted? la mato... Despus que me maten a m... que me
echen al mar... Quiero vengar a mi seorito... Yo mato la zorra, yo!

El anciano, sin saber de dnde la sacaba, apretaba al mismo tiempo con
tal fuerza las muecas del presbtero que a ste le cost trabajo
reprimir un grito de dolor.

--Calma, Ramiro, calma! Lo que ahora nos toca es atender al enfermo y
ver si podemos aliviarle.

--Suba usted conmigo, seor excusador. No hay esperanza... El mdico lo
ha dicho... Pobre seorito de mi alma!... La mato, la mato!

En el gran patio, toscamente empedrado, la lluvia produca ruido
lgubre. Subieron la escalera deteriorada y sucia del principal. Ramiro
iba llorando y murmurando amenazas. Ascendieron despus al segundo. El
viejo empuj la puerta del cuarto de su amo, y el sacerdote se detuvo,
impresionado por el espectculo que se ofreci a su vista. D. lvaro
Montesinos yaca en la cama, ms bien reclinado que extendido, con una
pila de almohadas detrs de la espalda; yaca presa de un sncope o
ataque de disnea, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, sacudido
de vez en cuando su msero trax por un hipo aciago. No haba a su lado
ms que D. Eloisa y una criada. Aqulla le daba con un abanico aire,
que el enfermo instintivamente trataba de recoger. Ofreca ya en su
fisonoma todos los signos de la muerte.

D. Eloisa, al sentir el ruido de la puerta, volvi su rostro baado de
lgrimas, e hizo sea al sacerdote para que se aproximase.

--Hace un cuarto de hora que est en el ataque--dijo con voz de
falsete.--Puede quedarse en l... Quiere usted ponerle la Santa Uncin?

Ni las ideas del enfermo, ni el caos que reinaba en aquel momento en su
cabeza le estimulaban a hacerlo. Sin embargo, el P. Gil abri como un
autmata la caja de los leos y se dispuso a imponer el ltimo
sacramento a su desdichado amigo. Hubo que alzar un poco la ropa para
ungirle los pies. D. Eloisa y la criada se volvieron; marcharon hacia
un rincn de la estancia y sollozaron fuertemente. La lluvia bata en
aquel momento los cristales emplomados del balcn con triste repiqueteo.
Las cortinas sucias ya, de muselina antigua, cernan tenue claridad en
la alcoba. El P. Gil, con mano trmula, iba cumpliendo su piadoso
oficio, mientras el ltimo vstago de la casa Montesinos yaca sin
conocimiento, con la terrible palidez de la muerte impresa en sus
facciones. Cuando estaban a punto de terminar, serenose un tanto el
pecho del enfermo. Poco despus abri los ojos y pase una mirada de
sorpresa y aun de espanto por la estancia. Torn a cerrarlos. Al cabo de
un momento los abri, mir fijamente al P. Gil, dirigi despus la vista
a los leos que tena en la mano, y sus labios amoratados quisieron
plegarse con una sonrisa.

--Al fin me han untado ustedes!--dijo con voz apenas perceptible.--Han
hecho bien... Pero esta mquina ya no anda, por mucho aceite que ustedes
la echen...

El P. Gil dirigi una mirada expresiva a doa Eloisa. sta exclam con
angustia:

--Acurdate de Dios, hermano mo!

--Me acuerdo mucho, querida... Le estoy muy agradecido.

El P. Gil quiso evitar una escena repugnante. Hizo sea a D. Eloisa y a
la criada de que se retirasen, como si fuese a confesarle. Las mujeres
se apresuraron a cumplir la orden, vidas, sobre todo la hermana, de
que el moribundo se reconciliase con Dios.

--Aunque hace ya mucho tiempo que no hemos hablado de asuntos
religiosos--dijo el padre Gil, sentndose al pie de la cama e inclinando
su cabeza hacia el mayorazgo,--presumo que sus ideas no habrn cambiado
desde la ltima vez que hemos discutido. Sin embargo, en estos momentos
en que su vida corre algn peligro, no siente usted la necesidad de una
fe que le alumbre en las tinieblas en que puede ser envuelto, de alguna
esperanza que le consuele en este amargo trance?

--Ninguna... He llegado felizmente al desenlace de la horrible
comedia... Todos los hombres juegan en ella un papel bien poco airoso...
El mo ha sido tristsimo...

--Verdad, D. lvaro... Es usted uno de los hombres ms desgraciados que
he conocido. Por lo mismo creo que, o no hay justicia en el cielo, o
recibir en l la recompensa de sus dolores si se arrepiente en este
instante de sus pecados... y tambin de sus ideas anticristianas.

Estas ltimas palabras las pronunci el padre Gil en voz ms baja, como
si sintiera vergenza.

--Ni en el cielo ni en la tierra... hay esa justicia ridcula que usted
supone... Pero hay otra ms grande... y se va a cumplir ahora.

--Y tantos dolores como usted ha experimentado, sern infructuosos?
No se cree usted con derecho a una compensacin?

--No... Soy profundamente culpable por el hecho de haber nacido.

--Eso es horrible, D. lvaro, y adems absurdo. Los dolores de este
mundo nos hacen creer que ste es un pasaje de trnsito y prueba, que
despus de esta vida, triste y amarga, hay otra eterna donde nuestra
alma inmortal gozar al fin la felicidad ms pura. Usted, que ha
padecido ms que los otros, gozar de mayor premio.

--Oh, no!... No quiero premios!... No quiero vida futura!... Quiero
reposar... reposar eternamente!... Qu dulce... es esta palabra,
padre!... No sentir ya nunca ms los latigazos de la naturaleza ni las
pualadas de los hombres!... No sentir este cuerpo miserable que tanto
me ha hecho padecer! No sentir los dientes de esa infame royndome el
corazn lentamente!... Escuche usted, padre... Si usted me tiene
siquiera un poco de lstima... no intente quitarme esta ltima
ilusin... Si sabe usted que hay cielo, cllelo... No turbe usted, por
cuanto ms haya querido en el mundo, esta paz bendita en que voy a
entrar...

El P. Gil, sacudido por un estremecimiento de tristeza y compasin,
comenz a llorar.

--Gracias... gracias por esas lgrimas--dijo el enfermo sonriendo.--Al
mismo tiempo dej caer su mano, trasparente como la porcelana, sobre la
del sacerdote y la apret suavemente.

Hubo un largo y triste silencio. El P. Gil, con la mirada exttica,
clavada en el balcn, meditaba. El moribundo, con los ojos cerrados,
pareca prepararse a conciliar el sueo dulce que anhelaba. La estancia
se oscureca por momentos fuertemente y en otros se esclareca,
revelando la espesura de las nubes que interceptaban la luz del sol.

--Pero no siente usted horror a la nada, al aniquilamiento
absoluto?--exclam al fin el P. Gil con cierta violencia, como si
argumentase contra su propio pensamiento.

El mayorazgo abri los ojos sorprendido.

--Cmo?... Si no tengo miedo a la nada?... Oh, no! A lo que tengo
miedo es a la vida... Todos se casan con ella al nacer, y a todos les
sale p... Unos lo dicen como yo... Otros lo callan por vergenza, como
hacen la mayor parte de los maridos.

--Y si Dios le condenase despus de esta vida a eternos tormentos por
haber blasfemado tanto?

El moribundo sonri con trabajo.

--Eso lo han inventado ustedes los clrigos... para turbar la paz de
esta hora... de esta hora dichosa... Pero yo la he comprado demasiado
cara para desprenderme de ella...

Hubo otro largo silencio. El enfermo volvi a cerrar los ojos. Aparte de
cierta extraa agitacin en los dedos, su actitud tranquila confirmaba
el sentido de sus palabras. Pareca estar gozando con voluptuosidad de
la insensibilidad que poco a poco penetraba en su ser, de los preludios
de la nada.

--Y sin embargo--concluy por decir el P. Gil, exhalando un suspiro y
con los ojos clavados siempre en el balcn,--no sera infinitamente ms
dulce esta hora si fuese la entrada de una nueva vida, si por nuestra
alma bajase una legin de ngeles que la llevasen a gozar de Dios
eternamente, como creemos los cristianos?

El mayorazgo alz un poco los ojos e hizo signos de negacin con la
cabeza. Volvi a cerrarlos. Pero haciendo al cabo de algunos instantes
un esfuerzo para incorporarse, dijo con voz ms firme:

--Para que la vida en otro mundo me fuese soportable... sera forzoso
que trasformasen mi ser por completo... Mi carcter por s slo bastara
para aburrirme... Djeme usted reposar en paz... Deje usted, padre, que
se destruya el error fundamental de mi existencia... Ni yo ganara nada
con perpetuarme... ni el Universo tampoco... Ah quedan otros millones
de seres encargados de sostener el fardo de la vida.

--Pero es horrible entrar en una noche sin lmites, eterna!

--No tal... La vida es una pesadilla... La muerte es un sueo
tranquilo...

Cerr de nuevo los ojos. El P. Gil le apret cariosamente la mano,
exclamando:

--Quin sabe!

La mano del moribundo se estremeci levemente. El excusador no volvi a
desplegar los labios. Inclin la cabeza sobre el pecho y cerr tambin
los ojos, apretndolos con las yemas de los dedos, cual si tratara de
contener el torrente de pensamientos que se escapaban de su cerebro. El
viento y la lluvia haban cesado. No se oa en la estancia ms que el
rumor lejano de las olas batiendo contra los peascos.

La meditacin del sacerdote fue larga y dolorosa. La hoja aguda y fra
del escepticismo penetraba en sus entraas: una mano cruel la revolva
sin piedad para desgarrrselas mejor. Lo que aquel hombre, enloquecido
por el dolor, deca quiz no fuese cierto. Pero lo era lo que afirmaba
el cristianismo? ste, en ltimo resultado, tambin era una tentativa
para explicar la Existencia y el Universo, ms hermosa, ms consoladora
que las dems... pero al fin una tentativa. Ninguna seguridad podamos
tener de ella, pues que no la tenemos de nuestra facultad de conocer las
cosas.

Cuando al cabo de un rato largo levant la cabeza, el susto que recibi
le hizo dar un salto en la silla. D. lvaro se estaba muriendo. Tena la
boca abierta y recoga en silencio el aire, que ya no bastaba a mover
sus deshechos pulmones.

--D. lvaro! D. lvaro!--le grit, sacudindole.

No respondi. El P. Gil cogi el abanico que estaba sobre la mesa de
noche y se apresur a darle aire. Al mismo tiempo grit:

--Madrina! madrina! Venga usted!

D. Eloisa y la criada se precipitaron en la habitacin. En vano
trataron de reanimar al moribundo dndole aire despus de incorporarle,
abriendo el balcn, frotndole los pies con un cepillo, haciendo todo lo
que les sugera en aquel momento su imaginacin. Era el ltimo ataque de
disnea. Abra de vez en cuando la boca. Mova los dedos con ligeras
sacudidas. Pero su fisonoma se iba inmovilizando rpidamente. El hombre
trasmigraba a la estatua; el alma se converta en piedra.

Aspir tres o cuatro veces seguidas el aire y qued rgido, inmvil, con
los ojos y la boca entreabiertos.

D. Eloisa se abraz a l sollozando y cubri de besos su faz
cadavrica. La criada rompi a gritar como si la estuvieran golpeando.
El padre Gil se dej caer de rodillas y se puso a leer en voz baja por
su breviario.

Al cabo de un rato D. Eloisa y la criada tambin se arrodillaron al pie
del lecho y oraron. Pero aqulla, viendo asomar una lgrima por entre
las pestaas de su hermano, se levant prontamente y la recogi con el
pauelo. Era la lgrima que vierten los que acaban de morir; lgrima de
protesta de la criatura contra el poder aciago que la ha sacado de la
nada sin pedrselo.

--Mire usted, padre, qu sosiego, qu quietud tan dulce respira su
fisonoma!--exclam la buena seora, contemplando a su hermano con ojos
de dolor y ternura.--Bien se conoce que al fin se ha reconciliado con
Dios!

El sacerdote dej caer el libro sobre el lecho y se tap el rostro con
las manos.




XII


Obdulia manifest a su confesor que estaba resuelta a dejar el mundo y
consagrarse por entero a Dios en un convento. No pudo darle noticia ms
grata. Haca ya mucho tiempo que las preferencias, la exagerada sumisin
y hasta idolatra que la joven devota se complaca en mostrarle
inquietaban al P. Gil. La ltima extravagancia que haba cometido, y de
la cual le enter el secretario del obispo, le puso en un estado tal de
confusin y enojo que en muchos das no quiso hablar con ella, ni menos
se avino a confesarla. El suceso haba trascendido y se comentaba mucho
y se rea no poco tambin. Claro que quien perda principalmente era
ella; pero de reflejo tambin se menoscababa la dignidad del sacerdote.
La joven estaba avergonzada. No se presentaba en pblico ni en casa de
sus amigas, y hasta procuraba ir a la iglesia a las horas en que no
hubiese gente. Pero estaba an ms afligida, con la actitud de su
confesor, que avergonzada. Quiz por esto, y para granjearse de nuevo su
voluntad, le fue a noticiar una tarde al confesonario la determinacin
que haba tomado.

No vacil en darle su consentimiento. Una devocin tan exaltada, un
anhelo tan vivo de penitencia y sacrificio se hallaran ms a su grado
entre las paredes de un convento que en medio de las impurezas de la
vida mundanal. A decir verdad, siempre le haba sorprendido un poco que
su penitenta no se acordase de la vida monstica, tan conforme con sus
inclinaciones. Luego, la edad a que haba llegado, traspuesta ya la
primera juventud, no haca temer que su resolucin fuese hija de un
deseo efmero, de una fugaz exaltacin romntica, como suele acaecer a
las nias de quince a veinte aos. No slo, pues, se manifest conforme,
sino que la alent con suaves palabras a persistir en ella y a llevarla
a cabo en el plazo ms corto posible. Qued en principio acordado entre
ambos que se buscaran los medios ms adecuados para ello. El P. Gil,
aunque no se lo confesase claramente, estaba contentsimo de librarse
de aquella inquieta y enfadosa beata, que a todas horas le molestaba, y
que el da menos pensado poda comprometerle gravemente.

Se trat la cuestin de convento. El P. Gil deseaba que fuese al de
Agustinas de Lancia, pero la joven prefiri una regla ms estrecha. En
un pueblecito de Castilla llamado Astudillo exista un convento de
Carmelitas Descalzas, donde estaba de superiora una prima suya. Era un
retiro dulce, remoto; no haba ms que diez o doce monjas: un rinconcito
del cielo, como le deca cierto capelln que lo haba visitado. A se se
empe en ir, y su confesor no tuvo al fin ms remedio que ceder.

Quedaba la cuestin ms grave; el permiso de su padre. Obdulia la
present desde luego como muy ardua. Osuna no tena ms hija que ella.
Era verosmil que se resistiera a perderla para siempre. Mostrbase
reacia, temerosa, para hablarle: dej trascurrir das y das sin
intentarlo. El P. Gil la animaba representndole que nada reprobado iba
a solicitar de l. La resolucin de retirarse del mundo era buena y
piadosa para la Iglesia. Para los que no creyeran en sta, indiferente,
nada tena de inmoral; dependa en un todo del gusto o vocacin de la
persona. Si un padre consiente que un hijo se case o elija carrera
acomodada a sus aficiones, por qu no ha de permitir que otro busque
su felicidad en el silencio de una celda? Sobre todo, nada tena de
ofensivo para su autoridad el solicitarlo humildemente. Si lo negaba, se
alegaran razones; tal vez se llegase a convencerle.

Finalmente, despus de muchas idas y vueltas, tentativas y sustos y
vacilaciones, las cuales rodeaba la exaltada doncella de gran aparato y
misterio, se decidi un da a acometer aquella empresa espeluznante.
Cielo santo, en qu estado de confusin y terror lleg aquella tarde al
confesonario! Su padre se haba puesto loco, rabioso, al solo anuncio de
lo que deseaba hacer. No quiso escuchar razones; la increp, la injuri
y la arroj de su cuarto a empellones. Jams consentira en darle
permiso. Primero quisiera verla muerta, y aun la matara por su propia
mano. El P. Gil hall exagerada y hasta irracional aquella oposicin, y
manifest propsitos de dirigirse l mismo a Osuna y hacerle comprender
que no tena derecho a violentar de tal modo la inclinacin de su hija,
sobre todo considerando que no era una nia privada de reflexin.
Obdulia se apresur a disuadirle de este empeo. Su padre haba dicho en
un arranque de enojo que considerara como enemigo a cualquiera que le
hablase del asunto, que no le escuchara y le arrojara de su casa.

Fue preciso resignarse por el momento, esperando tiempo ms propicio.
Sin embargo, la piadosa joven manifestaba cada da mayores y ms
vehementes deseos de abandonar el mundo para siempre. Esto la
reconciliaba con el P. Gil, que haba comenzado a desestimarla. Varias
veces, desde el primer intento, haba abordado a su padre, pero siempre
en vano y con desgracia. Osuna se opona cada vez con ms alta
violencia. Desde que supiera el propsito de su hija se mostraba con
ella despegado, la trataba con extraordinaria dureza; en todas
ocasiones, pero sobre todo a la hora de comer, haca befa de su devocin
y se complaca en atormentarla con burlas sangrientas que le hacan
llorar. Y no slo con palabras, sino tambin con obras la torturaba
despiadadamente. Afirmaba tener los brazos negros de los pellizcos que
la infliga en cuanto se tocaba la cuestin del convento. Un da mostr
a su confesor una oreja rota, de un tirn del feroz jorobado; otro,
lleg con una mejilla inflamada y renegrida por haberle tirado un
cepillo a la cara. El P. Gil estaba horrorizado y confundido. No saba
qu hacer ni aconsejar.

Los malos tratos y la violencia de las escenas que con su padre tena a
todas horas llegaron a tal extremo que un da declar a su confesor
hallarse resuelta a no padecerlos ms tiempo. Tena el propsito de
entrar en el convento a despecho de todos los obstculos que se le
presentasen. Si el P. Gil la ayudaba en su empresa, se escapara de la
casa paterna y entrara inmediatamente en la de Dios. Qued aqul
asustado y confuso ante tan arrebatada determinacin. No se le ocultaba
que la joven tena razones poderosas para desobedecer la autoridad de su
padre, y si se quiere para huirla. Pero el caso era muy grave. Desde
luego trat de disuadirla aconsejndole calma y resignacin. Acaso con
el tiempo Osuna se convencera, le tocara Dios en el corazn y podra
realizarse con su anuencia lo que tanto anhelaba.

Obdulia no quiso escucharle. Haba padecido ya demasiado. Dios no poda
querer que obedeciese a un padre tirano y cruel que desobedeca l mismo
las leyes divinas poniendo trabas a la salvacin de una hija. Con muchas
lgrimas y extremosos ademanes le rog que la socorriese en aquel
trance, que la condujese al convento de Astudillo. El sacerdote se neg
rotundamente a ello. Volvi a aconsejarle calma y que buscase siempre
por los medios suaves de la obediencia y la humildad ganar el
consentimiento de su padre. Pero Obdulia, conducida a la desesperacin
por el creciente rigor de ste, le dijo al fin de un modo terminante que
si en el plazo de ocho das no se decida a acompaarla al convento, se
escapara de la casa y se ira sola.

Gran turbacin arrojaron estas palabras en el espritu del joven
excusador. Ayudar tan directamente a cometer una desobediencia le
causaba repugnancia. Pero consentir que un padre abusase de tan brbara
manera de su autoridad para violentar la inclinacin de su hija y
contrariar la voluntad misma de Dios, que la llamaba hacia s, tampoco
le pareca bien. Por algunos das lucharon dentro de l estas opuestas
tendencias. Obdulia le vea preocupado, irresoluto. Con astucia le iba
atrayendo a la determinacin que ella deseaba, hacindole entender, cada
vez con ms fuerza, que si se negaba a acompaarla se marchara sola.
Esto le pareca al excusador el colmo del escndalo. Adems, se
expondra a mil accidentes lamentables, y acaso a su perdicin completa.
Consentirlo, era echar sobre la conciencia una terrible responsabilidad.
Pens prevenir a su padre; pero la joven, que le adivin el pensamiento,
le declar con firmeza que sera intil y aun nocivo para todos este
paso. En cuanto tuviese un momento libre para escaparse, lo hara aunque
fuese a medianoche.

El P. Gil tuvo la debilidad de ceder. Con la viva imaginacin que la
caracterizaba, la hija de Osuna se puso a idear los medios de llevar a
cabo su propsito. Era condicin de su temperamento el no hacer nada por
medios naturales y sencillos. Para que saliese a gusto suyo, todo haba
de ser laberntico, extrao, violento. El plan era el siguiente: el P.
Gil se ira una maana a Lancia, alquilara un coche y volvera con l
por la noche. Lo dejara en las cercanas de la villa y vendra a dormir
a su casa. Por la maanita, antes de amanecer, saldra ella con pretexto
de ir a misa, tomara por la carretera de Lancia y se reuniran en el
lugar designado de antemano: se meteran en el coche e iran a tomar el
tren de Castilla a una estacin ms all de Lancia, para despistar a su
padre, si por acaso pretenda perseguirla.

No le pareci bien al excusador este proyecto: le causaba instintiva y
profunda repugnancia. Hizo algunas observaciones, pero todas se las
desbarat prontamente la joven con su facundia y aguzado ingenio. Le
hizo ver que cualquier otro ofrecera ms graves inconvenientes; fue
paliando con arte los que en ste pudieran chocar ms a su confesor; le
aturdi con tanta palabrera. El carcter dbil y bondadoso del padre
Gil no supo resistir a aquellos ataques, y convino al fin en poner en
prctica lo que su penitenta haba imaginado.

Un lunes del mes de Abril sali nuestro excusador en la diligencia de
Lancia, con pretexto de ir a consultar sus achaques con un mdico amigo.
Obdulia se person poco despus en su casa. Haban enterado a D. Josefa
de todo. Al ama le pareca tan mal como al excusador aquel plan, y en
su interior llamaba enredadora y liosa a la beata; pero era tanto el
gusto que senta por verse desembarazada de ella, que call y pas por
todo. Exista siempre entre ambas una rivalidad fcil de explicar.
Obdulia, con ocasin o sin ella, visitaba a su confesor, vigilaba su
bienestar domstico, unas veces arreglndole la ropa, otras envindole
algn plato de su gusto, etc. Esto indignaba de un modo indecible a D.
Josefa. La odiaba a par de muerte. Deca de ella perreras en todas
partes, y por causarle dao, estuvo a punto de comprometer varias veces
a su amo. No es extrao, pues, que conociendo todo lo ridculo y
peligroso de la escapatoria, la favoreciese, alentando al P. Gil,
disipando sus escrpulos. No vea en ella ms que un medio de librarse
para siempre de aquella insufrible verruga que le haba salido.

Lo primero que hizo la joven fue pedir al ama una maleta para colocar en
ella la ropa que su confesor haba de necesitar en el viaje. Doa Josefa
trajo del desvn un saquito de noche.

--Esto es muy pequeo, seora. Aqu no cabe nada.

--Cmo pequeo?...--pregunt el ama, estupefacta.--Aqu cabe ropa para
una porcin de das. Cunto tiempo ha de estar por all el seor
excusador?

--Poco, poco--se apresur a decir con manifiesta turbacin, ponindose
colorada.--Pero ya ve usted, en los viajes nunca se sabe lo que puede
ocurrir... A lo mejor falta la diligencia o las caballeras... Una
enfermedad... Quin sabe!...

--Vlgala Dios, seorita, no se ponga a pensar esas cosas!... Ir por
otra. Por falta de maleta no se quede.

Entre ambas acomodaron en ella algunas mudas de ropa blanca, zapatillas,
peines, el breviario, etc., etc. Ya que hubieron terminado la tarea, no
larga ni difcil por cierto, Obdulia se sent en el silln del clrigo,
declarando que estaba cansadsima, que aquella noche apenas haba
dormido con la zozobra que produce siempre una resolucin tan decisiva,
y que le vendra bien echar un sueo. D. Josefa la dej reposar
tranquilamente y se fue a sus quehaceres.

Cuando la sinti trajinar all abajo, por la cocina, levantose y se puso
a examinar con placentera mirada cuantos objetos haba en la estancia.
Todos los toc con sus manos. Particularmente aquellos de uso ms
inmediato y personal para su confesor, como los peines, las plumas de
escribir, la fosforera, etc., fueron objeto para ella de una atencin
viva, ansiosa: les daba vueltas entre sus dedos con emocin, mientras
una sonrisa tierna y sumisa vagaba por sus labios. Un alzacuello usado
yaca sobre una silla. Se detuvo delante de l, lo alz y lo contempl
unos momentos con inters; luego, echando una mirada tmida a la puerta,
lo llev a los labios dos o tres veces y lo dej donde estaba.
Permaneci algunos minutos inmvil, de pie en medio de la habitacin,
con los ojos en el vaco, enajenada por intensa meditacin. Sus ojos
tornaron al cabo a brillar sonrientes, y una ola de leve carmn se
esparci por sus mejillas. Dio algunos pasos con pie vacilante y se par
al fin a la puerta de la alcoba. Con una mirada intensa abraz cuanto en
ella haba. El lecho del sacerdote era pequeito, de madera blanca;
blanca tambin la colcha que lo cubra; las almohadas y las sbanas
finas, pero sin encajes. Pareca la cama de una colegiala. Obdulia la
contempl largo rato, como si no hubiera visto jams cosa ms
sorprendente. En su rostro se notaban los signos de una emocin
respetuosa, la que se siente al penetrar en el camarn donde se guardan
las reliquias en las catedrales.

As permaneci sin osar mover un pie, la faz blanca, los ojos anegados
en gozo exttico como si estuviese en un bao tibio y perfumado. Sbito
dio un paso atrs, corri a la puerta del gabinete, la entreabri, asom
la cabeza y escuch. D Josefa segua en la cocina. La cerr nuevamente
y volvi en puntillas a la alcoba. Detvose un instante, y avanz
despus hasta tocar en la cama. Puso sobre ella las manos. El corazn
le golpeaba en el pecho fuertemente. Dejose caer de bruces, y con mucha
delicadeza para no deshacer la ropa se subi a ella y se extendi,
apoyando la cabeza en las almohadas. Corri por todo su cuerpo un
estremecimiento inexplicable de placer, de miedo, de vergenza; un
estremecimiento delicioso que la dej lnguida y desvanecida con los
ojos cerrados y el rostro plido. Al cabo de un rato se volvi y hundi
sus mejillas en la almohada, aspirando con narices y boca el olor que
los rubios cabellos del P. Gil haban dejado en ella. Frot repetidas
veces la cara contra el lienzo, percibiendo un cosquilleo gratsimo que
le penetraba hasta el alma. Gozaba con todo su cuerpo, como si mil bocas
la estuviesen besando a un mismo tiempo. Se dej estar un largo rato
quieta, perdida en un sueo feliz, celeste, sacudida por leves
estremecimientos de una dulzura tan grande que le haca dao. Senta una
angustia deliciosa; suspiraba sin apartar el rostro de la almohada para
no romper la alegra que la inundaba. Se iba aletargando lentamente. Sus
miembros empezaban a dormir, privados de movimiento. Una niebla se
esparca por su mente, borrando y confundiendo las imgenes. Pero su
corazn lata siempre con violencia, como si toda la vida se hubiera
refugiado en l. Cuando se levant al cabo de una hora, tena las
mejillas sonrosadas, los ojos brillantes: una sonrisa humilde,
vergonzosa, trasfiguraba su rostro marchito, prestndole una suavidad
cndida y virginal que jams haba tenido. Si en algn momento de su
vida estuvo hermosa, fue en aqul.

Se apresur a arreglar la cama haciendo desaparecer toda seal de haber
descansado en ella y sali de la estancia; se despidi de D Josefa y
fue a su casa.

Al oscurecer lleg el P. Gil; se vio con l y convinieron en salir a la
madrugada, antes que fuese da, y montar en el coche que aqul haba
dejado en las inmediaciones. D Josefa envi, de noche ya, las maletas
por su sobrino a cierta venta no lejana de Peascosa.

Gran rato antes de percibirse la claridad de la aurora, llam Obdulia
discretamente a la puerta de la casa de su confesor. Sali D Josefa a
abrirle. El P. Gil estaba ya listo. Tomaron apresuradamente chocolate, y
despus de haber besado a D Josefa con efusin, la presunta monja salv
la puerta y se desliz rpidamente por la calle abajo. Diez minutos
despus sali el P. Gil. La noche estaba oscura y hmeda. Haba llovido
bastante. La calle, llena de charcos; la carretera, de lodo. Fuera ya de
los arrabales, Obdulia esper a su confesor y juntos se dirigieron a la
venta donde paraba el coche. Mientras llegaron all no cruzaron ninguna
palabra. El P. Gil caminaba silencioso, taciturno, revelando bien a las
claras un mal humor que no era frecuente en l. Tard un rato el cochero
en enganchar. Mientras dur la operacin, la futura monja se meti en la
venta. El P. Gil permaneci fuera, presencindola. Uno y otro fueron
objeto de gran curiosidad para la ventera, para sus hijos, para el
mayoral y el mozo del coche. Apenas les quitaban ojo. El joven
presbtero observ que cambiaban entre ellos algunas miradas expresivas
y burlonas que le avergonzaron. Vio repentinamente la falsedad de su
situacin, la enorme tontera que haba hecho. Otro hombre de ms
carcter hubiera retrocedido en aquel instante. Tuvo amagos de hacerlo,
vacil si le dira a la joven que le era imposible acompaarla; al fin
no se atrevi, y cuando el cochero advirti que todo estaba listo y
Obdulia le dijo con su viveza caracterstica: Vamos, padre; pronto...
arriba! subi al carruaje con la resignacin de un cordero.

Empezaba a amanecer. Clareaba el horizonte y soplaba un viento hmedo y
caliente, propio de primavera y de tiempo achubascado. El carruaje
rodaba por la carretera, haciendo saltar nubes de lodo. Era una
carretela vieja que en otro tiempo debi de pertenecer a un particular.
Obdulia se coloc en la trasera y el P. Gil en la delantera, lo ms
lejos posible. Sigui mostrndose serio y taciturno, ms an que antes.
La joven le observaba con el rabillo del ojo, y adivinando lo que pasaba
en su espritu, permaneca silenciosa tambin, en un estado de
recogimiento que diera buena muestra de sus msticos pensamientos. Para
ayudar a ella, dijo al cabo de media hora de silencio:

--Padre, no hemos pedido a San Jos que nos proteja en nuestro viaje.

--Es cierto--respondi el clrigo, cuyos ojos claros, azules, vagaban
perdidos por el paisaje, que empezaba a desembozarse del manto oscuro de
la noche y sala fresco y hermoso y goteando todava de su bao
prolongado.

--Quiere usted que le recemos cinco padrenuestros?

El sacerdote se despoj del sombrero en silencio y comenz en voz baja a
decir el padrenuestro. Obdulia le respondi con verdadera emocin,
tambin en voz baja. Formaban la del uno y la del otro un murmullo
suave, discreto, que sin saber por qu llenaba de emocin el alma de la
joven. Sentase poseda de una languidez extraa, de una felicidad
ntima, que aniquilaba o adormeca su pensamiento. El ruido sordo de las
ruedas del coche y el cascabeleo de las mulas contribuan a sumergirla
en este arrobamiento. Cuando terminaron, qued largo rato ensimismada.
Por su gusto aquella oracin no se hubiera terminado nunca.

Pero el joven presbtero se haba puesto el sombrero y miraba otra vez
por la ventanilla. El paisaje se animaba bajo la claridad rosada de la
aurora. El viento haba barrido los nubarrones hacia el poniente y
dejaba en la parte de levante una claraboya por donde surga
esplendoroso el disco del sol. Aquella visin le apart del msero
cuidado que ocupaba su mente. Sinti un estremecimiento y cay de nuevo
en la idea fija, terrible, que desde haca algunos das le roa el
corazn. Volvi a sentir aquella angustia opresora que hinchaba poco a
poco su pecho y que amenazaba ahogarle. Dej de existir Obdulia y cuanto
tena a su alrededor. No qued en el Universo ms que su pensamiento
frente al gran problema del conocer.

Aqulla, que le observaba atentamente, no se atrevi en mucho tiempo a
turbar su xtasis. Pensaba que lo que le pona taciturno era lo que le
haba ledo antes en los ojos, el pesar de haberse colocado en una falsa
situacin. Sin embargo, concluy por hablar y adopt el tono jocoso.
Quera distraerle a todo trance.

--Padre, est usted muy pensativo. Usted tiene hambre.

El sacerdote hizo un esfuerzo para sonrer.

--No tal.

--S, la tiene; no me lo niegue usted. Y el hambre nos hace pensar unas
cosas tan tristes!... Ver usted cmo yo le quito en un momentito esa
cara de vinagre y se la pongo de jerez amontillado... Aqu lo traigo en
este frasco...

Al mismo tiempo abri un saquito de piel que traa en la mano y comenz
a sacar vitualla y dos o tres frascos con vino y leche.

--Yo necesito verle a usted con cara de pascua, padre--prosigui
mientras desenvolva los papeles blancos en que traa envueltas las
rajas de carne, de pescado, los pastelitos, etc.--En cuanto le veo a
usted esa arruguita ah... ah--y le toc con su dedo en la frente: el
sacerdote la retir con viveza,--ya me tiene usted ms triste que la
noche... Por qu ser?... Por qu no ser?... Usted, que sabe tanto,
me lo dir.

Las ltimas palabras las dijo canturreando y afectando distraccin.

--Ea! Voy a poner la mesa... Tenga usted quietecitas las piernas, que
necesito de ellas en este momento.

Junt las suyas con las del clrigo, extendi una servilleta por encima
y fue colocando los vveres. Los frascos con el vino los puso en el
suelo.

--Me parece que no habr necesidad de que saque los tenedores,
verdad?... Seamos humildes. Comamos con los dedos.

--Es humildad, o es que le sabe mejor as?--pregunt sonriendo el P.
Gil.

Obdulia solt la carcajada.

--Es usted mi confesor y no puedo decirle mentira. Me gusta as mucho
ms... Es de las pocas cosas sucias que me gustan.

--Eso ltimo tampoco es humildad--dijo el confesor sin dejar de sonrer.

--Vaya, vaya, no se me ponga regan y coma con garbo... si es que
sabe... que estoy viendo que no... Pero criatura! Qu hace usted ah
echando bocados a ese trozo de mero sin quitarle las espinas?... No ve
usted que se le puede clavar una en la garganta?... Deme usted ac--y se
la arrebat al mismo tiempo de las manos.--Ver usted cmo yo se las
quito sin dejar una... Digo... si es que usted no tiene asco a mis
dedos...

El P. Gil se apresur a hacer signos negativos.

--Salen ahora mismo de los guantes... Adems--exclam riendo,--usted me
tiene mucho cario y lo come ms a gusto pasando por mis manos... Qu
tonta soy! Verdad, padre?--aadi bajando la voz.

--Tonta, no. Un tanto ligera, s--repuso el sacerdote, acompaando estas
palabras con una sonrisa para desvirtuar su aspereza.

La joven se puso encarnada. La conversacin se hizo ms seria.

Cerca de las nueve divisaron las torres de Lancia y la gran cortina
negra de montaas que cierra su horizonte. El cielo estaba despejado. El
viento soplaba tibio del Sur. La maana ofreca esa dulzura exquisita
que se observa en algunos das de primavera.

El P. Gil advirti al cochero que pasase cerca de la capital sin entrar
y se dirigiese a la primera estacin del ferrocarril, distante una legua
de ella. Haba resuelto tomar el tren all para mayor recato. La
estacin, se llamaba la Reguera. Cuando llegaron eran las once. Deban
esperar dos horas y media, porque el tren no pasaba por all hasta la
una y cuarenta.

La Reguera estaba situada al extremo de un pintoresco y risueo valle.
Desde la estacin, asentada en un alto terrapln, se divisaba todo
perfectamente. Circundbalo un cinturn de colinas suaves vestidas de
rboles y praderas y despus de ste otro de altas y escuetas montaas,
cuyos tonos rojizos formaban hermoso contraste con el verde del primero.
En el llano haba un mosaico caprichoso de prados con lindes de
avellanos, tierras de maz y arboledas. Por el medio atravesaba
majestuoso un ro ancho, cristalino, que, herido por el sol, pareca una
gran faja brillante de plata. As que despidieron el coche, Obdulia
propuso a su confesor el bajar a este llano y aguardar all la llegada
del tren. Acept gustoso, por librarse de las miradas de la gente de la
estacin. Bajaron por un sendero estrecho y empinado y entraron en un
bosque de castaos que se prolongaba hasta la orilla del ro. El
sacerdote advirti que estaba muy hmedo, pero la joven marchaba delante
dando gritos de alegra, metindose hasta la rodilla en la yerba,
batiendo las palmas como una nia a quien perdonasen la escuela. Las
grandes copas de los castaos an no estaban vestidas del follaje que
ostentan en el verano. Los rayos del sol, pasando al travs de sus ramas
descarnadas, beban el agua fresca que formaba charcos entre el csped.

Obdulia no par hasta llegar al talud guijarroso que serva de margen al
ro. All se detuvo y volvi la vista atrs y contempl con semblante
risueo a su confesor, que vena tomando precauciones, apoyando con
cuidado el pie en los sitios ms secos. Tena el rostro encendido por la
carrera, los cabellos revueltos y sus grandes ojos negros brillaban con
expresin de vivo placer.

--Ande usted, cobarde! Tiene miedo a morirse por los pies?

--Y si pilla usted un catarro, cmo podr resistir la vida dura del ao
de noviciado?--repuso el clrigo aproximndose.

Por los ojos de la joven pas una nube sombra y qued repentinamente
seria. Luego, haciendo un esfuerzo para animarse, dijo:

--A que no se atreve usted a desenganchar esa lancha para que demos un
paseito por el ro?

--Ya lo creo que no!

--Pues yo s... Ahora va usted a ver.

Una gran barca vieja y deteriorada, que serva para trasportar a los
paisanos de una orilla a otra en los das de mercado, yaca amarrada por
una cadena a la orilla, debajo de unos juncales que la sombreaban.

--Ay, qu lstima!--exclam la joven devota cogiendo entre sus manos la
cadena.--Tiene candado!

--Me alegro. Eso evita que usted hiciera una locura.

--Pues yo no renuncio a flotar un poco. Me meto dentro. Soy de puerto de
mar y el agua es mi elemento.

Y diciendo y haciendo, salt con decisin en la barca, que se inclin de
un lado para recibirla; se fue por encima de los bancos hasta la popa, y
all se sent.

--Oh! Qu bien se est aqu a la sombra! Y hay su cachito de
balanceo... Vngase, padre. En ninguna parte se puede esperar mejor...

El clrigo salt tambin por encima de los bancos, y se fue a sentar no
lejos de ella. La sombra, en efecto, era grata en aquella hora del
medioda. La corriente balanceaba suavemente la lancha y produca al
chocar un glu glu suave y cristalino que convidaba al sueo. Despus de
alegrarse de su buena fortuna por hallar asiento tan agradable y de
cambiar algunas frases, ambos guardaron silencio. Obdulia inclin su
cuerpo sobre el agua y clav los ojos en ella con expresin melanclica.
El P. Gil dej los suyos vagar por el horizonte, recorriendo sin verlas
las altas montaas que aislaban el valle del resto del mundo. Y como
siempre que quedaba un momento abstrado, la fatal duda volvi a flotar
en su mente. Qu era todo aquello que tena a su alrededor? Una pura
representacin de su pensamiento, un producto de l, un sueo quiz...
Un sueo!... Mientras dormimos tambin vemos, tambin palpamos, lo
sentimos todo al igual que despiertos. Por qu no ha de ser la vida un
largo sueo? La diferencia que establece Kant entre la vigilia y el
sueo le pareca deleznable. Porque el encadenamiento de las
representaciones lo mismo existe en la una que en el otro. Lo nico que
rompe este encadenamiento es el acto de despertar. Pero muchas veces al
despertar confundimos los acontecimientos del sueo con los de la
realidad. No indica esto bastante claramente que todo tiene el mismo
origen y fundamento? Por qu razn decimos que los unos son reales y
los otros no?...

Sacole de su intensa meditacin la voz de Obdulia, que desde haca
algunos minutos le observaba.

--Vamos, padre, no piense usted ms en eso, y dgame de verdad si no
est a gusto aqu.

--En qu no he de pensar, hija ma?--respondi el sacerdote ponindose
levemente colorado, como si ya se lo hubiese adivinado.

--En eso!... No s lo que es, pero debe de ser algo malo cuando le hace
a usted arrugar la frente y abrir unos ojazos pasmados como si viera
delante un alma del otro mundo... Vamos, piense usted un poco en m, ya
que me he confiado a sus cuidados.

--Ya pienso. No acabo de advertir a usted que no deba mojarse los
pies? Pero usted no hace caso--replic sonriendo con benevolencia.

--Eso es! Se acuerda usted de m para regaarme... Se ha vuelto usted
muy regan, padre!... En otro tiempo era usted ms cobarde, ms
suavecito; todo lo deca dando rodeos, de miedo de ofender a una...
Pero ahora! Anda, anda, buenos rodeos te d Dios!... Ya ha aprendido
bien a regaar... Por supuesto--aadi cambiando de tono y acercndose
ms a l--que a m me gusta ms de esta manera. Yo quiero que mi
confesor tenga firme por las riendas, que sea severo y hasta duro
conmigo... Usted me rie poco todava, padre. Quisiera que usted fuese
ms severo... que me castigara fuerte... y hasta me pegara, para
demostrarle bien mi sumisin.

Dijo las ltimas palabras con voz temblorosa y el rostro avergonzado,
fijando en su confesor una mirada de tmida adoracin. El rostro de ste
expres turbacin y disgusto. Volvi la vista al otro lado y guard
silencio.

Al cabo de unos instantes, la joven devota, que miraba melanclicamente
al agua, dijo con mpetu reprimido:

--Cunto dara porque se rompiese la cadena que sujeta esta barca y la
corriente me llevase muy lejos... muy lejos!... donde no viese nada de
lo que he visto hasta ahora, donde todo lo que imaginara se realizase al
instante... Ah! Yo quisiera ir a parar a un valle ms pequeo que ste,
pero ms risueo todava: el cielo siempre azul, la tierra llena de
flores y animales hermosos que viniesen a comer a mi mano. Y vivir all
sola con Dios y las personas que eligiese para acompaarme. Vivir
enmedio de los campos y entender lo que dicen los rboles cuando el
viento agita sus copas y lo que murmuran las fuentes y lo que gorjean
las aves y lo que silban los insectos. Marchar siempre acompaados de
una escolta de pajaritos de Dios que nos ensearan el camino y nos
deleitaran con su canto, embriagados por los aromas de las flores,
inundados de luz, envueltos en la caricia de una primavera eterna. Esto
es lo que soaba cuando tena catorce aos. Y hoy, sin saber por qu,
vuelvo a soarlo otra vez... Pero no--aadi con voz profunda al cabo de
una pausa, frunciendo fuertemente su frente plida,--mejor sera que la
barca me llevase a alguna gruta oscura entre peascos inaccesibles y me
volcase all y me sepultase en sus aguas negras, para que nunca ms se
volviese a saber de m... As concluira de una vez de padecer...

Al pronunciar las ltimas palabras se llev las manos a la cara y
comenz a sollozar.

El P. Gil la contempl un momento con ojos severos.

--Lo que acaba de decir es una gran impiedad, tanto ms grande y
abominable, cuanto que sale de una boca que va a pronunciar muy pronto
votos sagrados.

--Perdn, padre... Son sueos nada ms.

--Pida usted perdn a Dios y preprese de un modo ms respetuoso para
ser su esposa.

El P. Gil se levant al decir esto gravemente y sali de la barca.
Obdulia le sigui con el pauelo en los ojos.

Subieron de nuevo a la estacin. En una cantina prxima tomaron caldo y
aguardaron la llegada del tren, que no se hizo esperar. No haba ningn
coche vaco, pero en uno estaba solamente una persona, y a l subieron.
Parti el tren al instante. El viajero les mir distradamente, con poca
curiosidad, figurndose tal vez que eran hermanos. Sin embargo, al cabo
de unos momentos la joven pidi a su confesor que le bajase la maleta de
la rejilla para sacar un pauelo. El viajero percibi que se trataban de
usted, y entonces los examin con viva atencin. El padre Gil se turb
bajo su mirada fija, inquisidora. Por fortuna, a la tercera estacin se
baj. Pero todava, en pie sobre el andn, los segua saetando con los
ojos hasta que el tren se puso en marcha.

Ambos guardaron silencio obstinado. El padre Gil ya no se senta
arrastrado por la metafsica; empezaba a atormentarle una sorda
inquietud que llenaba su espritu de temores, de vagos presentimientos.
Senta vergenza singular desde que el viajero que se haba apeado les
observara con atencin tan sostenida. Aquella muchacha le inspiraba
miedo. Un tropel de pensamientos feos, insensatos, acudi a su cerebro y
lo llen de confusin. Tena las mejillas encendidas y los ojos
asustados. Procuraba evitar el encuentro con los de su penitenta, que
senta posados constantemente sobre l.

Por atraccin irresistible o por casualidad lleg un momento en que se
cruzaron sus miradas. La joven dej escapar una risita maliciosa. El
sacerdote apart prontamente la vista y permaneci grave, como si no la
hubiera advertido. Al cabo de un rato volvieron, sin saber cmo, a
encontrarse sus ojos, y otra vez solt a rer la devota, mirndole con
semblante alegre. El padre Gil no hizo aprecio de ello y volvi el suyo
hacia la ventanilla. Pero Obdulia exclam:

--A que no sabe, padre, de qu me estoy riendo?

--Usted dir--repuso gravemente el clrigo sin volver la cabeza.

--Pues de usted.

--Por qu motivo?--pregunt con naturalidad y modestia.

--Porque adivino perfectamente lo que est pensando. Usted teme que
llegue la noche, como los nios... Empieza usted a estar violento con
una mujer que todava no es vieja, y se arrepiente ya de haber cedido a
acompaarme...

--No anda usted muy distante de la verdad--replic el sacerdote con
firmeza.

Obdulia se turb un poco; pero reponindose inmediatamente:

--Eso prueba su gran modestia, padre. Un santo como usted no debe temer
nada en ninguna situacin. Yo, sin ser santa, estoy perfectamente
tranquila.

Estas palabras gustaron al P. Gil. Le respondi con benevolencia, y un
poco ms sereno y confiado, volvi a entablar conversacin con ella,
procurando mostrarse familiar y jocoso, tanto ms cuanto que deseaba
alejar el malestar y la inquietud que se cerna sobre ellos.

Rezaron el rosario. Luego cenaron con la vitualla que traan. Mientras
dur la cena, Obdulia estuvo oportuna y alegre. El clrigo le segua el
humor con cierta afectacin para ocultar el embarazo que a su pesar le
dominaba.

Haba cerrado la noche, una noche soberbia de Castilla, fra y azul,
alumbrada por los rayos de la luna, que trasformaba la llanura en un
vasto lago dormido. El tren corra a toda velocidad por el medio
rompiendo con sus silbos estridentes, con el fragor de su marcha, el
encanto de aquella claridad suave y tranquila. Los altos chopos parecan
flotar sobre ella como fantasmas envueltos en el blanco cendal de la
neblina.

Los cristales del coche se empaaron al fin. Obdulia se apart de su
confesor y fue a arrebujarse en un rincn, tiritando de fro. Luego se
puso a hacer dibujos sobre el cristal con un dedo. Escribi su nombre:
Obdulia Osuna; despus el de su confesor, Gil Lastra. Y volvindose al
rincn, se rebuj de nuevo. El P. Gil, que haba ledo bien desde su
sitio los dos nombres, se acerc a la ventanilla, con pretexto de
estirar las piernas, y escribi debajo del suyo con letra clara:
_presbtero_.

Trascurri un rato en silencio. Ambos parecan soolientos. Obdulia dijo
al cabo:

--Con permiso de usted, voy a acostarme un poquito, padre. Tengo sueo.

Y se estir sobre los almohadones, echndose una manta encima de las
piernas.

--Ay! ay!--exclam a los pocos instantes.--Cmo me lastiman las
botas!... Claro, como las he humedecido primero y luego puse los pies
sobre el calorfero, se han contrado!... Vamos, padre--aadi sonriendo
graciosamente,--srvame de doncella una vez siquiera... Qutemelas
usted, que yo no puedo.

Una ola de rubor subi a las mejillas del sacerdote. Tuvo un momento de
vacilacin.

--Vamos, padre--insisti ella,--sea usted humilde como todos los santos.
El Papa lava los pies a los pobres: bien puede usted quitarme a m las
botas.

El P. Gil se levant y empez con mano temblorosa, rojo como una
amapola, a soltar los botones del calzado a su hija de confesin. Ella
le contemplaba con sonrisa maliciosa.

--Muchas gracias, padre. Ahora hgame el favor de envolverme las piernas
en la manta... As; perfectamente. Ahora acustese un poco tambin y no
haga ruido.

El sacerdote, que a todo esto sonrea forzadamente, se acomod en el
rincn opuesto y qued de repente serio, con el entrecejo violentamente
fruncido. Una viva terrible inquietud se apoder de su espritu. La
escapatoria le iba pareciendo una ligereza cada vez ms imperdonable.
Aquella muchacha, ni tena verdadera vocacin de monja, ni llevaba
trazas de tenerla jams. Era un temperamento frvolo, malicioso,
arrebatado, capaz de cualquier atrocidad. Qu necedad la de haber
cedido a sus instancias! Se confesaba que mereca un poco lo que le
estaba pasando por su afn de desembarazarse de ella a todo trance. Pero
como ya no era tiempo de volverse atrs, lo importante era dejarla
cuanto ms antes en el convento, y a eso deban tender todos sus
esfuerzos.

Obdulia pareca dormida. Sus ojos, no obstante, se entreabran de vez en
cuando para mirarle, y dejaban escapar una llamarada burlona y
maliciosa.

A las nueve llegaron a Palencia. Se hicieron guiar a una posada modesta.
Antes de retirarse cada cual a su habitacin, el P. Gil quiso prevenir
todo lo necesario para emprender el viaje a Astudillo al da siguiente.
Mand buscar caballos, se enter del camino que haban de seguir, del
tiempo que iban a tardar, etc. Quiso dejarlo todo listo, a pesar de que
Obdulia le indicaba que no corra tanta prisa. Puesto que se trataba de
un viaje corto, por la maana era fcil arreglarlo todo. Pero el
excusador no poda disimular el ansia que tena de dejar zanjado aquel
asunto.

Se levant muy temprano, pero no se atrevi a avisar a la joven.
Entretuvo su impaciencia rezando, paseando por la habitacin, yendo a
casa del alquilador de los caballos para cerciorarse de que los tena
dispuestos. Al fin, cerca ya de las diez, se atrevi a pasar un recado
por la criada, preguntndole si estaba ya preparada a partir. La
respuesta que aqulla trajo fue que la seorita an no se haba
levantado, por hallarse un poco constipada, que en cuanto se levantase
le avisara para ponerse en camino.

Sin saber por qu, aquella novedad produjo en el P. Gil un gran
desconsuelo; sinti profundo disgusto, presintiendo una catstrofe. Una
hora despus recibi otro recado de ella aconsejndole que almorzase
solo y pasase despus por su habitacin, que para entonces ya estara
vestida y preparada. As lo hizo, cada vez ms inquieto y receloso; pero
al entrar en el cuarto de la joven, encontr que estaba, en efecto,
levantada, pero de ningn modo dispuesta para partir. Vesta una bata
elegante y tena los cabellos recogidos en una cofia blanca con lazos de
seda encarnados. Estaba bastante plida y tena los ojos con seales de
haber llorado.

El P. Gil se detuvo a la puerta y frunci el entrecejo.

--Entre usted, padre, y sintese aqu en esta butaca--dijo ella desde
una sillita, mirndole con dulzura.--Ya estoy bien. He pasado una noche
muy mala.

--Ha tosido usted?--pregunt el excusador, sentndose.

--No... la he pasado toda llorando.

El clrigo la mir estupefacto.

--Cmo es eso, hija ma?

Obdulia se llev el pauelo a los ojos y no contest. Al cabo de un
largo silencio dej caer el pauelo, se apoder de una mano de su
confesor y la bes con efusin repetidas veces y la llen de lgrimas,
exclamando:

--Soy muy desgraciada!

El P. Gil quiso retirar la mano suavemente, pero la devota se la apret
con ms fuerza.

--No... no me retire usted esta mano, padre... esta mano que tantas
veces me ha absuelto de mis pecados, y que ahora ay! no podr
absolverme ni sacarme del abismo en que he cado...

--Clmese usted, hija--repuso el clrigo, impresionado.--Acaso se
arrepiente usted de su decisin?... Por eso no ha cado usted en el
abismo. Todo se puede arreglar sin escndalo. Tiene usted un ao de
noviciado, en que puede salir del convento cuando lo desee...

Obdulia volvi a taparse el rostro con las manos y dijo entre sollozos:

--No es eso... Es otra cosa peor... Yo tengo un secreto, padre; un
secreto que me pesa en el corazn hace tiempo y que me ahoga...

El P. Gil qued unos instantes suspenso, y dijo al fin:

--Si usted lo desea, iremos a la iglesia y la escuchar en confesin.

--No, no... Usted ya no puede ser mi confesor--y levantando
repentinamente la frente, plidas las mejillas, los ojos secos y
brillantes, donde se pintaba una resolucin extrema, sigui:--S muy
bien, padre, que mi vida entera est destinada a llorar... S tambin
que despus de esta vida me espera quiz una eternidad de tormentos.
Pero la desesperacin no cuenta los tormentos ni teme nada. No tiene ms
que un pensamiento. Todo lo dems queda aniquilado... Yo le he engaado
a usted, padre. Yo no quiero ni puedo ser esposa de Jesucristo, porque
sera infiel a mis juramentos. Tengo dentro del alma, all en el rincn
ms oculto y sagrado, un amor al cual ser fiel toda la vida. Este amor
es mi delicia y es mi tormento. Hace dos aos que vivo muriendo de una
muerte dulce, porque adoro mis propios sufrimientos... Hace dos aos que
lloro en silencio, pero mis lgrimas son dulces y las bebo con placer.
Sin saberlo, padre, usted me ha estado envenenando lentamente; pero,
lejos de aborrecerle, le quiero, le adoro con toda m alma... He
procurado arrancar de mi alma este amor que me consume, he golpeado mi
pecho, he martirizado mis carnes... Usted bien lo sabe, padre... Despus
me he convencido de que era intil, y lo he dejado florecer en mi
corazn. Cmplase la voluntad de Dios. S que estoy condenada, pero yo
le quiero a usted... Te quiero! te quiero ms que a mi salvacin!...
Llvame adonde se te antoje, pero no me separes de ti... Djame ser tu
sierva... Djame besar el suelo que pisas...

Cay de rodillas delante de su consejero, con el rostro entre las manos.
Al travs de sus dedos flacos se notaba el vivo carmn de que estaba
cubierto.

El P. Gil se puso en pie vivamente, plido como un muerto, con el
espanto pintado en los ojos. Sus labios temblaron para fulminar sin duda
alguna frase dursima, pero no lleg a pronunciarla. Se lanz
rpidamente a la puerta y desapareci por ella.

Sali de casa sin darse cuenta de lo que haca. Camin a la ventura
largo rato por las calles en un estado de aturdimiento que le impeda
razonar sobre lo que acababa de sucederle. Saliose al campo y dio un
largo paseo. El cansancio fsico produjo su acostumbrado efecto sedante
y comenz a ver con claridad su situacin. Nada gan con ello. Lo que le
estaba pasando era gravsimo, una verdadera catstrofe. Sus
presentimientos se haban realizado. Cmo volver a Peascosa con la
muchacha? Cmo dejarla all abandonada? Todas las soluciones que
acudan a su mente le parecan igualmente comprometidas. Pens en
telegrafiar al padre, pero no era posible explicar en un telegrama lo
ocurrido, ni aun de palabra poda hacerlo dignamente. Adems, quin
sabe de lo que sera capaz aquella loca si se vea acosada! Una viva
irritacin se iba apoderando del alma pacfica del presbtero. Haca ya
tiempo que no estimaba a la exaltada beata; ahora la aborreca.

Cuando regres a casa era ya noche. Se encerr en su cuarto sin
preguntar por su compaera, y continu meditando con febril impaciencia
sobre el mismo tema. La solucin que le pareci menos mala, despus de
haber tomado y desechado muchas, fue presentarse al obispo de la
dicesis y confiarle todo el asunto y pedirle consejo y rdenes para
salir del paso.

--Seor cura, la seorita que ha venido con usted me manda decirle que
haga el favor de pasar por su habitacin.

El P. Gil levant la cabeza, y avergonzado y confuso como si tuviera que
arrepentirse de algo, respondi a la huspeda:

--La seorita?... Ah! Bien... All voy en seguida.

Pero no se movi del sitio. Aquella llamada aument an ms su
irritacin. Estaba resuelto a no volver a verla mientras el prelado no
interviniese en un asunto que tan gravemente poda comprometerle.
Trascurri cerca de una hora. Al cabo de ese tiempo se present de nuevo
la patrona, toda azorada.

--La seorita tiene un ataque y est en la cama sin conocimiento.
Venga, venga, seor cura!

--Voy, voy!--exclam asustado, corriendo en pos de ella.

En efecto, Obdulia yaca en la cama, privada de sentido y extraamente
plida. Pareca muerta. El P. Gil sinti al verla en tal estado una
punzada de remordimiento en el corazn. Se apresur a prodigarle todos
los cuidados que en el momento se le ocurrieron. Entre la patrona y l
le baaron las sienes con agua fra, le hicieron oler algunos pomos de
los que ella traa en su saquito de mano. No tard mucho en abrir los
ojos. Estuvo algunos momentos con la mirada seria y fija en el
sacerdote. Luego sonri dulcemente. La huspeda se apresur a ofrecerse.

--Quiere usted que llamemos al mdico, seorita?

--No, no... Esto no es nada... Hgame una tacita de tila.

--Ahora mismo.

Cuando se quedaron solos, la beata volvi a mirarle larga y fijamente.
Al cabo dijo con voz dbil:

--Escuche usted, padre.

--Qu desea usted, hija ma?--respondi inclinando la cabeza hacia
ella.

--Acrquese usted ms... No puedo esforzar la voz.

El P. Gil se inclin todava ms. Sbito, con movimiento imprevisto, la
joven devota sac los brazos desnudos de la cama y se los ech al
cuello, atrajo su rostro hacia el de ella con inusitada fuerza y le dio
un beso prolongado, frentico, en los labios, y despus otro y otro. El
sacerdote forceje en vano por desasirse. Aquellos brazos le apretaban
como si fuesen de hierro, y una nube de besos ardorosos corra por todo
su rostro, sin tregua. No se oa en la estancia ms que el suave rumor
que producan y el resuello de dos pechos anhelantes.

Al fin, el sacerdote, con un supremo esfuerzo, se deslig. La joven cay
pesadamente en la cama. Aqul se sinti acometido de tal susto,
repugnancia y horror que, despus de vacilar unos momentos, perdi el
sentido y se desplom sobre el pavimento.

Vindole caer, la joven se levant con presteza del lecho y acudi
solcita a socorrerle. Pero al poner los pies en el suelo, su flaca
naturaleza, hondamente perturbada por lo que acababa de suceder y por
la vista de su confesor tendido en el suelo, le falt tambin y cay
presa de un sncope.

El del P. Gil era un desmayo pasajero. Tard pocos segundos en volver en
s. Incorporose en el suelo, y viendo a Obdulia tendida a su lado en
camisa y con una parte del cuerpo descubierta, sinti un fuerte
estremecimiento de vergenza y se alz como movido por un resorte. Y
pensando con horror que poda llegar el ama en aquel momento, se
apresur a tomar a la joven entre sus brazos para trasportarla a la
cama. Cuando la tena suspendida a media vara del suelo, sinti ruido en
la puerta. Volvi la cabeza aterrado, y un grito ahogado de vergenza se
escap de su garganta. A la puerta estaban Osuna, D. Martn de las Casas
y D. Peregrn Casanova.

--Ya cayeron los trtolos!--grit D. Martn con voz estentrea.

El P. Gil dej caer de nuevo a la joven y retrocedi, mirndoles con
ojos de espanto.

--Qu es esto?... Qu es lo que pasa? Mi hija!... Dios mo!--clam
Osuna, apresurndose a reconocerla.

--Oiga usted, sucio, canalla, desorejado!--profiri D. Peregrn,
dirigindose al excusador.--Qu situacin es sta para un sacerdote?
No se le cae la cara de vergenza?

D. Martn de las Casas le agarr con la mano izquierda por el brazo, y
empujndole contra la pared, le vomit con voz campanuda, blandiendo al
mismo tiempo el bastn:

--Granujota, indecente! En buen lugar has dejado a los que te sacaron
del polvo! Miserable gusano, debiera aplastarte y arrojarte despus
como una piltrafa a la calle para que te coman los perros! Debiera
clavarte por las orejas a la pared y exponerte a la vergenza pblica...
Por lo menos debiera romperte las costillas con este bastn, y me estn
dando ganas de hacerlo!

No sera difcil, mejor dicho, sera casi seguro que el enrgico
invlido satisficiera en esta ocasin, como en tantas otras, su apetito
desordenado de contundir a sus semejantes, si no fuera porque en aquel
instante se interpuso la huspeda.

--Qu va usted a hacer, caballero? Maltratar a un sacerdote!... En mi
casa no se dar tal escndalo...

Repuesto un poco de la sorpresa el P. Gil, dijo con firmeza entonces:

--Seores, esta joven se ha desmayado al tiempo de venir en mi socorro
por haberme cado. La he acompaado hasta aqu, a ruego suyo, porque
desea entrar en un convento y consagrarse a Dios, a lo cual su padre se
opone sin razn ni derecho y para ello la maltrata brbaramente...

--Maltratar yo a mi hija, canalla!--grit en el colmo de la indignacin
el jorobado, que haba conseguido trasportar a Obdulia hasta la cama y
se dispona a echarle agua en la cara.--Miente usted y miente quien lo
diga. Yo no saba siquiera que deseaba entrar en un convento... ni me
hubiera opuesto a ello.

El P. Gil qued estupefacto, sin acertar a decir una palabra, porque el
acento de Osuna denotaba sinceridad.

--Yo creo que lo que procede en este caso--manifest D. Peregrn con su
voz gangosa, administrativa,--es dar inmediatamente conocimiento del
hecho a la autoridad civil... A m se me present un padre, siendo
gobernador de Tarragona...

--Djenos usted de Tarragona, D. Peregrn!--interrumpi el seor de las
Casas.--Aqu lo que procede es atender a esa nia... Usted, seora, haga
lo que sepa para hacerle volver en s. Usted, D. Peregrn, que conoce
bien la poblacin, vaya a buscar un mdico... Y t, don Gil el
enamorado... al infierno si te parece.

--Decir que yo maltrato a mi hija, porque quiere hacerse monja!--segua
exclamando por lo bajo Osuna, mientras ayudaba a la huspeda.--Canalla,
ms que canalla!

--Seor Osuna, dispnseme usted... Yo lo crea as--dijo el sacerdote.

--Bueno, bueno. Ya se arreglar esa cuestin en Peascosa--profiri D.
Martn con su energa caracterstica.--Ahora, largo de aqu!... largo!

El P. Gil se dirigi a la puerta, pero cuando ya iba a trasponerla, D.
Martn le grit como si estuviese al frente de un batalln: Alto!

--Amigo Osuna--dijo dirigindose al jorobado,--a usted le han inferido
una ofensa grave y usted no queda decentemente si no da ahora mismo una
bofetada al individuo que le ha ofendido (apuntando para el P. Gil).

Hubo silencio embarazoso. El semblante de Osuna expres malestar y
vacilacin.

--Nada, nada--sigui el feroz invlido con su voz resonante de barba de
teatro,--no es usted hombre de honor, no tiene usted pizca de vergenza
si deja sin correctivo la ofensa.

Osuna vacil todava un instante, ech una mirada de misericordia al
invlido; pero viendo su rostro espantable, se resolvi al fin. Alzose
sobre la punta de los pies y descarg una sonora bofetada en la mejilla
del sacerdote.

--Jess!--exclam la huspeda.--Eso es una iniquidad!

El P. Gil se puso densamente plido: asomaron dos lgrimas a sus ojos;
pero no hizo movimiento alguno para arrojarse sobre su agresor.




XIII


Gracias a la actitud resuelta de Obdulia, el asunto no fue llevado a los
tribunales. Desde el primer momento se confes autora y nica
responsable de la fuga: el excusador ninguna culpa haba tenido en ella;
slo haba cedido a acompaarla despus de incesantes ruegos y
valindose del ardid de los malos tratos en su casa. D. Peregrn
Casanova, queriendo sin duda demostrar que no guardaba rencor alguno a
Osuna por la escena de la iluminacin, segua opinando que deba
instruirse expediente gubernativo. Haca ya mucho tiempo que estaban
reconciliados. En Peascosa los particulares se injurian pblicamente,
se llaman canallas, miserables, etc., etc., y a los ocho das se les
vuelve a ver juntos tomando caf. Pero esto no es privativo de
Peascosa. Lo mismo sucede en Sarri y en Nieva. De otro modo, cmo
sera posible la vida en estas villas insignes?

Contra el parecer de D. Peregrn se hallaban todas las personas sensatas
de la poblacin. Unos por afectos al excusador, otros por timoratos,
otros porque no vean motivo para armar un escndalo, casi todos
aconsejaron a Osuna que se estuviese quedo. Sin embargo, los enemigos
que el excusador tena, mejor diremos, los envidiosos, se encresparon
terriblemente. No quisieron asentir a la versin de la doncella.
Opinaban que era una patraa forjada por ella para salvarle; y si no lo
crean, por lo menos as lo manifestaban bajando la voz y sonriendo
maliciosamente. Se les cubri de sarcasmos, lo mismo al sacerdote que a
su hija de confesin, y se hicieron correr por la villa mil chuscadas
ms o menos ingeniosas a propsito de su viaje. Fcil es de adivinar que
quien ms trabaj en esta propaganda, aunque de un modo solapado, fue el
P. Narciso. No le bastaba al capelln de Sarri haber humillado a su
mulo arrancndole el cargo de coadjutor, que en justicia le perteneca.
Quera a toda costa concluir con l, pulverizarle, que no se oyese ms
su nombre en boca de las beatas de Peascosa.

Pareciole la ocasin de perlas para ello. Por eso se dirigi
espontneamente a Osuna, preguntndole si no pensaba acudir a los
tribunales. Cuando supo que esto no poda ser porque Obdulia asuma toda
la responsabilidad y declaraba haber engaado a su confesor, experiment
profundo pesar. Tanto era su anhelo de exterminar al P. Gil, que aunque
haca ya muchsimo tiempo que sus relaciones con aqulla eran tirantes,
y aun puede decirse de abierta hostilidad, se aventur a tantearla. Tres
o cuatro das despus de haber regresado a Peascosa la vio una maana
en la iglesia. Le mand recado por un monaguillo que deseaba hablar con
ella y la esperaba en la sacrista. Fue all la joven, aunque de
malsima gana. El coadjutor se hizo de miel; la trat con extremado
cario; manej con bro el incensario, sabiendo hasta qu punto era vivo
y delicado su amor propio. Cuando crey tenerla blanda, le hizo presente
con grandes perfrasis que l, como prroco coadjutor, tena el deber de
velar por la honra de todas sus feligresas; que la de ella andaba en
boca de la gente haca unos das, y que esto le pesaba en el alma por el
particular cario que la profesaba. Le pesaba tanto ms, cuanto estaba
seguro de que no haba dado motivo alguno para ello. Conoca su carcter
generoso, su espritu noble; por eso estaba convencido de que en esta
ocasin, como en tantas otras, se sacrificaba por los dems. Ahora
bien, este sacrificio no era admisible; poda considerarse como un
pecado. La honra no nos pertenece; es un depsito que Dios nos confa y
que tenemos la obligacin de defender. Por otra parte, la deshonra no
era solamente para ella, sino tambin para su anciano padre. El pobre se
vea a causa de este sacrificio motejado y murmurado en la villa. An
ms: aunque se diera por bueno tal rasgo de generosidad, tanto ella como
l, que eran miembros de la Iglesia, tenan el deber de denunciar a la
autoridad eclesistica a cualquier sacerdote que se extralimitase en el
ejercicio de su ministerio, para que recibiese el condigno y fraternal
castigo que los cnones previenen. Esto redundaba en bien de la fe.
Ella, tan excelente cristiana, no haba de permitir que se burlase la
justicia de Dios. Comprenda perfectamente que le sera doloroso
declarar contra su confesor; pero era un sacrificio mayor que el que
estaba llevando a cabo, y que Dios le agradecera seguramente. Adems,
deba tener en cuenta que al denunciar a su confesor no le causaba dao
alguno; al contrario, el castigo en la Iglesia se considera como un
bien, como una justa expiacin que, cuando va acompaada del
arrepentimiento, redime del pecado y nos libra de las penas del
infierno.

El pobre D. Narciso ignoraba, a pesar de haberla tratado tanto tiempo,
con quin se las haba. Antes de que hubiera pronunciado palabra, ya
saba Obdulia qu iba a decirle y en qu forma poco ms o menos; le
conoca como si pasara la vida dentro de su cerebro. Aquella habilidad
frailuna hecha de lugares comunes se estrellaba contra la viva
imaginacin, el ingenio sutil y la perspicacia de la joven beata.
Respondiole en el mismo tono persuasivo, untuoso, que el clrigo haba
adoptado. De nada poda acusar al P. Gil, que era un santo, un ser
excepcional cuya ilustracin serva de faro en la parroquia desde que
por dicha haba llegado a ella, y cuya modestia, abnegacin y piedad
podan servir de ejemplo y estmulo a sus compaeros. Pero aunque
hubiera motivo para acusarle, se abstendra muy bien de hacerlo,
sabiendo que el escndalo aprovechara principalmente a los enemigos de
la religin. La falta de una mujer cuando es soltera redunda slo en
perjuicio de ella. La de un sacerdote, en desprestigio de la clase y en
menoscabo por lo tanto de la religin catlica. Otras varias
consideraciones aadi, y entre ellas ms de una frase aguda de doble
intencin que supo a cuerno quemado al nuevo coadjutor.

--Vaya, adis, D. Narciso, y dispnseme si no he podido comprender bien
su caritativa intencin. Soy una ruin mujer y no entiendo de teologas.

El P. Narciso qued sonriendo como el conejo. Viendo cerrada esta va,
entr resueltamente por otra no menos tortuosa. Lo mismo D. Joaqun el
capelln y mayordomo de la seora de Barrado que el P. Melchor, enemigos
natos del joven excusador, vomitaban veneno contra l, como es lgico.
Pero haba otros cuantos clrigos en Peascosa que se haban mostrado
siempre imparciales. A stos procur atrarselos pintndoles el lance
desde otro punto de vista, asegurando que tena motivos secretos para
saberlo. El viaje haba sido un verdadero rapto frustrado. La muchacha
se sacrificaba. Haca ya tiempo que l, D. Narciso, tena sospechas de
lo que iba a pasar. El excusador haba concebido una pasin sacrlega.
La escapatoria estaba concertada desde haca tres meses, etc., etc. Les
llen la cabeza de viento. La posicin que ocupaba como prroco, de
hecho si no de derecho, facilit mucho esta atraccin. Qued convenido
entre la mayora, casi la totalidad de los capellanes de la villa, que
el excusador era un chicuelo sin peso ni formalidad, que haba
desprestigiado a la clase sacerdotal y que Dios sabe dnde parara si el
prelado no tomaba cartas en el asunto.

Desde entonces no perdonaron medio todos ellos de demostrarle su
desprecio. No hay nada que plazca tanto a la naturaleza humana como
despreciar. Empezaron a saludarle framente, luego a volver la cabeza,
despus a no contestarle. Cuando entraba en la sacrista, si haba all
otros sacerdotes, notaba que se apartaban de l y formaban grupo aparte.
Si iba a revestirse para decir misa, se encontraba la mayor parte de los
das con el armario de las vestiduras cerrado: haba que esperar a que
D. Narciso llegase para pedirle la llave. Se prescinda de l en las
funciones cuando era posible: no le convidaban a los _gaudeamus_ que
celebraban. Finalmente, le vejaban de todas las formas y maneras que se
les ofreca. Y no dejaban de ser bastantes.

El P. Gil qued ms sorprendido que enojado de aquel desprecio. Viendo
que sus compaeros prescindan de l, prescindi de ellos sin gran
pesar. Slo hablaba con el P. Norberto y con D. Miguel. El viejo
prroco, a quien se haba privado de la jefatura de hecho, mantena, no
obstante, con tesn su derecho, inventaba mil trazas de demostrarlo al
vecindario. Entre l y D. Narciso haba una enemiga profunda, feroz.
Pero ste le tena miedo. El antiguo cabecilla de las huestes carlistas
era capaz, si se le irritaba un poco, de apalearle en la misma iglesia.
Don Miguel triunfaba por el terror. El P. Narciso afectaba despreciarle,
pero siempre a sus espaldas. Delante le trataba con extremada
consideracin, y sufra con paciencia las rociadas que de vez en cuando
le soltaba. Y cuando se le ocurra al coadjutor, predicando a los
feligreses en el ofertorio de la misa, decir: Nosotros los prrocos
tenemos el deber, etc., D. Miguel, desde su rincn donde oa la misa,
profera en voz bastante alta para que le oyeran los que estaban a su
alrededor: Prroco yo! prroco yo!

Saliendo un da juntos de la iglesia, el P. Gil, que acababa de recibir
un fuerte desaire de sus compaeros, se lo dijo, sin lamentarse, como si
le diera cualquiera noticia.

--No hagas caso de ellos--le replic el viejo caudillo, ponindole la
mano rugosa y seca como un haz de sarmientos sobre el hombro.--Son todos
unos maricas. Viven pegados a las enaguas de las beatas, como los
gatos... Mira: yo, cuando salgo de decir misa, como ahora, y llego a
casa, nunca dejo de soltarles media docena de... Pero t, si ests
agraviado, puedes llegar sin inconveniente a la docena.

Una carcajada brutal, semejante a un rugido, sacudi su pecho vigoroso
al pronunciar estas palabras. Sus ojos brillaron con franca, cordial
alegra. El excusador se puso rojo como una cereza y guard silencio. No
volvi a tener ms confidencias con l sobre este punto.

Su vida interior le causaba demasiados tormentos para pensar mucho
tiempo en estas futilidades. El escepticismo le minaba sordamente. El
mundo le pareca cada vez ms incomprensible. La idea constante de que
todo lo que le rodeaba era una pura apariencia, cuyo verdadero sentido
permanecera eternamente ignorado para el hombre, engendraba en su alma
una melancola profunda, que se reflejaba bien en su frente plida y en
la sonrisa triste e indiferente que plegaba sus labios. La experiencia
toda entera--deca Kant--no es ms que el conocimiento del fenmeno, no
de la cosa en s. sta se oculta y se ocultar eternamente a la razn
humana. Platn tambin lo haba dicho antes. Las cosas de este mundo,
tales como nuestros sentidos las perciben, no tienen realidad alguna.
Mientras nos encerramos exclusivamente en la percepcin sensible somos
como prisioneros sentados en una caverna oscura, encadenados tan
fuertemente que no pueden volver la cabeza. No ven nada. Slo perciben
en la pared que tienen enfrente, a la luz del fuego que arde detrs, las
sombras de las cosas que pasan entre ellos y el fuego. Tampoco ellos
mismos se ven sino como sombras proyectadas en la pared. Nuestra
ciencia, pues, se reduce y se reducir siempre a predecir, segn la
experiencia, el orden en que se suceden las sombras.

Triste resultado despus de tantos esfuerzos! El Universo entero se le
apareca como una sombra fugitiva que se desvanece con el sujeto que lo
contempla. Es la Maya--como dicen los Vedas,--es el velo de la ilusin
el que, cubriendo los ojos de los mortales, les hace ver un mundo del
cual no puede decirse si existe o no existe, un mundo que semeja a un
sueo, a la radiacin del sol sobre la arena, donde el viajero de lejos
cree percibir un lago. Habiendo perdido la fe, no slo en su razn, sino
tambin en sus sentidos, la vida de nuestro clrigo se arrastraba
silenciosa, indiferente, en medio de un hasto infinito.

Obdulia no le haba visto en los quince das siguientes a su regreso. La
beata sala muy poco de casa por razones fciles de comprender, y a la
iglesia procuraba ir a las horas en que no estuviese el excusador. Esto
ltimo no precisamente por vergenza, sino por el mismo sentimiento
amoroso que segua agitando su corazn. Crea, y no le faltaba motivo,
que, supuestas las habladuras que corran por el pueblo y la guerra de
todos los capellanes, principalmente de D. Narciso, cualquiera
aproximacin a su confesor poda comprometerle. As que se impona este
sacrificio con la satisfaccin del que padece por el ser adorado. Pero
lleg a ser un tormento superior a sus fuerzas. Su loca pasin, en vez
de calmarse, cada da se exaltaba ms. No viva ms que con la imagen
del joven excusador. Hasta en sueos le vea. Y su fantasa desarreglada
le forjaba un sin fin de ilusiones. Dbase a pensar que el P. Gil
corresponda a su amor, y para creerlo sacaba de quicio todas sus
palabras y acciones. Una vez que le haba apretado la mano con ms
fuerza, otra que le haba sonredo desde lejos, otra que se haba
ruborizado al encontrarla, etc., etc. Todo lo converta en sustancia.
Luego el viaje a Palencia era objeto para ella de un minucioso y febril
examen. Su alegra en el coche cuando almorzaban, y ella le limpiaba el
pescado de espinas; la escena de la barca, en que le vio melanclico, a
punto de llorar al escucharla; la turbacin que se apoder de l en el
tren cuando le invit a descalzarla; finalmente, aquel beso de amor en
los labios que le impresion hasta hacerle perder el sentido, le
parecan a la luz de los recuerdos otros tantos signos indudables del
sentimiento que embargaba el pecho de su confesor. El pobrecillo era un
santo, y su amor luchaba con el deber. Esta lucha que crea adivinar le
haca doblemente interesante a sus ojos, y exaltaba an ms, si posible
era, su desapoderada pasin.

Al cabo naci en su mente la idea de verle otra vez. La idea se
convirti al momento en propsito, y la inund de alegra. La entrevista
deba ser secreta, que nadie en Peascosa tuviese noticia de ella. Esto
satisfaca su deseo de no comprometerle, y al mismo tiempo la condicin
de su temperamento, inclinado siempre al misterio. Determin que fuese
de noche: sorprender al excusador en su cuarto, gozar unos momentos de
afectuosa expansin y marcharse al instante. Seal, por fin, el da.
Durante todo l estuvo nerviosa, agitada dulcemente, como la colegiala
que espera ver a su amante escalar de noche las rejas del balcn. Cuando
lleg la hora, dijo a su padre que le dola la cabeza, para retirarse
temprano. As que le oy salir de casa, se ech con mano trmula un
mantn sobre los hombros, y acompaada de su doncella, que era su
encubridora perpetua, encaminose a casa del excusador. Las piernas le
flaqueaban de placer, el corazn le lata fuertemente.

Lo raro del caso es que no se le pasaba por la imaginacin que aquel
amor era sacrlego. No senta remordimientos. Su cerebro desequilibrado
trastornaba todas las leyes divinas y sociales, las funda de nuevo a su
capricho. Para ella, el amor del joven presbtero era un puro idealismo
conforme con el espritu cristiano: hallaba en las historias de los
santos varios casos semejantes. Cuando soaba con huir en su compaa al
fondo de un retiro dulce y ameno, siempre era bajo el supuesto de seguir
confesndose con l y subir al cielo juntos. Si la carne hablaba dentro
de su ser, o no la escuchaba, o finga no escucharla, engandose a s
propia.

Al llegar a la mansin del sacerdote, orden a su doncella que la
aguardase en el portal: no tardara en bajar. Llam toda temblorosa.
Sali D Josefa a abrir. Como desde su famoso viaje no la haba visto,
se arroj en sus brazos, la abraz y la bes con afectada efusin. El
ama se mostr muy poco contenta: la recibi con frialdad glacial; hasta
se le conoca que luchaba consigo misma para no soltarle una rociada de
desvergenzas y darle con la puerta en las narices. Slo le contuvo la
idea de que su amo se haba reconciliado con la beata, lo cual deploraba
en el fondo del alma, juzgndolo feo y peligroso.

Obdulia fingi no advertir la frialdad de la buena seora.

--Est en casa?--pregunt con el mismo semblante risueo.

--Est... Voy a avisarle.

--No hay necesidad. Me ha mandado venir a estas horas y me estar
aguardando.

Seguidamente tom la escalera y se dirigi al cuarto del P. Gil. D
Josefa la mir subir con aversin y desconfianza. Preguntar si estaba en
casa y luego decir que la aguardaba era una contradiccin manifiesta.
Por esto y por la curiosidad natural la sigui a los pocos momentos.

Bailndole de gozo el corazn, Obdulia se acerc a la puerta del
gabinete y mir por el agujero de la cerradura. El P. Gil estaba sentado
a su mesa de escribir, leyendo a la luz de un quinqu. Una sonrisa de
afecto y entusiasmo contrajo los labios de la joven devota. Abri de
golpe la puerta para darle una grata sorpresa y exclam con alegra:

--Padre, aqu me tiene usted!

El sacerdote levant los ojos sorprendido. La sonrisa de la beata se
hel repentinamente en su rostro. En vez del gozo que esperaba, vio
cruzar por ellos un relmpago de ira al cual sucedi instantneamente
una expresin de absoluta indiferencia, la misma expresin de cansancio
y hasto que haca tiempo reflejaba su semblante. Alzose con lentitud de
la silla, sin contestar a la exclamacin de su penitenta, y avanz hasta
ella en silencio. La beata, clavndole una angustiosa mirada de terror,
retrocedi un paso. El sacerdote lleg a cogerla por un brazo, y suave,
pero firmemente, la llev en silencio hasta la puerta, la puso fuera del
gabinete y cerr de nuevo.

Obdulia tropez con un bulto. Era D Josefa, que le solt una carcajada
en la cara.

--Parece que no la reciben a usted bajo palio, seorita!

No contest. Plida, con el corazn fuertemente contrado y en un estado
de desfallecimiento que le haca tambalearse, baj la escalera sin darse
cuenta. D Josefa, cortando el flujo de la risa, la persigui hasta la
puerta de la calle gritndole con acento iracundo, esforzndose en
bajar la voz para que no le oyera su amo:

--Bien empleado le est, holgazana, gallarina... Vergenza haba de
darle!... Engaar a mi pobre seor y llevarle como un dominguillo de la
ceca a la meca!... Mire usted la monjita!... Es sa su religin? Es
sa su delicadeza?... Si quiere hombres, vaya a casa de Mara Ramona con
mil pares de demonios y no pretenda a los sacerdotes... Fuera de
aqu!... Mtase en su casa y tenga honradez y tenga vergenza, y no ande
como una perra salida a todas horas por esas calles... Si fuera a
llevarme del genio, le levantaba las sayas ahora mismo y le daba en el
tras con la zapatilla hasta que me cansara... Pcara! Mala cabra!

Sali a la calle aturdida, quebrantada. Tuvo que arrimarse a la pared de
la casa para no caer. Los horrores y monstruosidades que le haba
vomitado el ama del excusador seguan sonndole como martillazos en los
odos. Hubo un instante en que crey perder el sentido; pero del fondo
de su ser sali un grito rabioso, un grito de venganza que le mand
tenerse firme. Y cumpli la orden, haciendo un gran esfuerzo sobre s
misma. Descans unos momentos contra la pared, pasose la mano por la
frente y se encamin con paso rpido hacia su casa, seguida de la
doncella, que no haba podido obtener respuesta a ninguna de sus
preguntas.

Aunque se senta muy mal, se empe en esperar a su padre. Cuando lleg
ste a las once, le sigui hasta su cuarto y, despus de cerrar la
puerta, le dijo de repente:

--Pap, no te he dicho la verdad... Cuando me hallasteis con el
excusador acababa de arrojarse sobre m, estando en la cama. Me resist,
luchamos, y al fin qued desmayada en sus brazos.

El jorobado dio un grito de rabia.

--Ah puerco! Bien lo presuma yo!

Y se puso a dar vueltas como un tigre por la estancia, vomitando
injurias y blasfemias. Al cabo de un rato se detuvo delante de su hija,
y le pregunt, ms con la vista que con las palabras, algo.

La joven baj la cabeza ruborizada e hizo un signo negativo.

--Bien... De todos modos, has perdido la honra en la poblacin. Es
menester que ese infame no se ra de ti... Estamos?

--En eso estoy--repuso ella con firmeza,--y para eso te lo he confesado.

Osuna le clav una mirada de sorpresa y curiosidad.

--Vamos--dijo al cabo con sonrisa sarcstica,--ha habido rompimiento.

--Poco importa que haya uno u otro--respondi con acento desabrido.--Lo
que me interesa en este momento es que no pague yo sola la culpa que es
de los dos... de l principalmente.

Asinti el jorobado con toda su alma, porque an ms que la desgracia de
su hija, le preocupaba el vengarse del excusador. Y comenzaron a
cuchichear largamente sobre los medios de llevarlo a cabo. Haban dado
ya las cuatro de la madrugada cuando Obdulia sali del cuarto de su
padre.

Se meti en la cama con fiebre. No pudo conciliar el sueo. La escena en
que acababa de hacer un papel tan triste se le presentaba a la
imaginacin cada vez con ms relieve. Por ms esfuerzos que haca, no le
era posible borrarla ni por un momento siquiera. Su amor propio gema
como si le estuvieran atenaceando.

En cuanto se levant llam a su padre, y se fueron ambos, como haban
convenido, a ver al P. Narciso. Fue idea de ella. Comprendi que la
persona que en Peascosa poda ayudarles ms en la empresa era el
coadjutor, y a l se dirigi. ste se mostr sorprendido de su
resolucin, y aun quiso, hipcritamente, disuadirles; pero el gozo le
rebosaba de tal modo por los poros, que una palabra un poco agria de
Obdulia bast para ponerle suave como un guante.

Osuna apunt la idea de acudir al obispo. Don Narciso se opuso
terminantemente a ello. El delito era comn, y a los tribunales
ordinarios deba acudir. Cuando stos hubieran cumplido con su
ministerio, entonces era el caso de pedir a la Iglesia el castigo del
culpable. El taimado clrigo saba muy bien que los tribunales
eclesisticos procuran encubrir los delitos de los sacerdotes para
evitar el escndalo, cuyas consecuencias son peores. Se hace como que no
se cree en ellos, para no verse en la precisin de imponer una pena que
excite la atencin demasiado. Determinaron, pues, acudir en queja al
juez de primera instancia. Al da siguiente fue Obdulia a Lancia a
consultar el caso con uno de los abogados ms notables. Le encarg la
direccin del negocio, dej nombrado procurador e hizo con el mayor
sigilo todas las gestiones conducentes a su propsito, sin olvidar el
procurarse algunas cartas de los personajes ms influyentes de la
provincia para el juez de Peascosa.

Mientras estas nubes temerosas se amontonaban sobre su cabeza, el
inocente excusador paseaba desde casa a la iglesia y desde la iglesia a
casa, su frente plida, su figura melanclica y resignada. Los ojos,
ordinariamente fijos en el suelo, slo dirigan de vez en cuando miradas
tmidas a la gente, como si temiera que por ellos descubrieran el cncer
que roa su corazn. No lea ms que libros de entretenimiento; no
meditaba. Fatigado de tropezar con el mismo muro infranqueable, hua
con terror de lanzar su pensamiento por las esferas de la metafsica.

Lleg un momento, sin embargo, en que lo hizo sin darse cuenta de ello.
Era una noche plcida de Mayo. Haca poco ms de un mes del famoso viaje
a Palencia. Haba ledo un rato cierta historia de Grecia de la
biblioteca de Montesinos, que a su muerte se haba deshecho. Senta
calor y cansancio. Apag el quinqu, abri las puertas del corredor y
traslad a l la butaca, sentndose a respirar el aire del mar. Por
algunos minutos fij la vista con atencin en la bveda celeste cuajada
de estrellas, y se esforz en reconocer algunas constelaciones. Despus
contempl, con el asombro que siempre produce, la va lctea, que
aquella noche se sealaba admirablemente. Aquella faja blanca donde se
vean los astros como polvo finsimo le causaba siempre un estupor
profundo. Cada grano de ese polvo es un cuerpo millares de veces mayor
que la Tierra, el cual hace girar a su alrededor otros planetas que
nosotros no podemos percibir.

--Y sin embargo--se dijo al cabo de un momento, saliendo de su estupor
con un suspiro,--todas esas grandezas ya no me espantan, porque no
tienen realidad. La existencia de esos astros est pendiente del hilo de
mi razn. Yo llevo en m la forma eterna de esos objetos, como de todos
los dems. No son otra cosa a mis ojos que un espejo donde se refleja
mi ser interior. Por medio del mecanismo de mi cerebro, de mi facultad
de conocer, se representa la comedia fantstica que se llama mundo
externo. Ese tiempo infinito al travs del cual existe la materia
revistiendo formas infinitas; ese espacio infinito tambin que llenis,
esferas luminosas, no existen ms que en mi representacin; son las
formas que yo llevo aparejadas en mi cerebro para que _seis_, o lo que
es igual, para que estis representadas en m...

Pero qu es lo que hay detrs de ese fenmeno, nica cosa que puedo
percibir? Cul es el ser ntimo y verdadero del Universo? Esos mundos
infinitos, son por ventura algo fuera de mi representacin? S. El
idealismo absoluto es un absurdo, porque yo soy objeto de representacin
para los dems, y sin embargo, tengo la absoluta certeza de que existo
fuera de esa representacin. Eso mismo pasar a los otros hombres. Qu
soy yo mismo separado de esta forma corporal en que me veo, fuera del
tiempo y el espacio que llevo en el cerebro? Cul es mi propia esencia
y la esencia del Universo?...

No lo s. No lo sabr jams. Los esfuerzos de la filosofa se han
estrellado contra este misterio impenetrable. Nadie ha descifrado hasta
ahora el gran enigma de la existencia. Algunos seres privilegiados han
intentado descorrer el velo y nos han ofrecido, cada cual segn su
fantasa, sistemas risueos o lgubres, austeros o frvolos, de lo que
constituye el fondo de la vida. Pero estos sistemas no tienen ningn
valor cientfico; no son ms que hiptesis. El paso de la representacin
al _ser_ es un salto mortal en que han perecido los filsofos ms
sagaces y los genios ms sublimes de la humanidad. Kant, el coloso, que
ha batido las cataratas de mi inteligencia, atribuye al imperativo de la
conciencia moral un valor absoluto fuera del tiempo y el espacio.
Partiendo de l, cree penetrar con planta segura en los misterios de la
esencia infinita. Ilusin! Este imperativo es un fantasma. Los
filsofos materialistas han metido en l el escalpelo de su crtica y se
ha visto que est hueco. Schopenhauer, el sutil pensador que hoy
arrastra a la juventud, fuera del mundo fenomenal coloca la Voluntad,
que es en su opinin la cosa en s. Por qu? Con la misma razn que l
la llama _voluntad_, la han llamado los escolsticos _ens realissimum_,
y sus predecesores en Alemania _absoluto_. Por mucho que se esfuerce en
ocultarla, su teora est fundada como las dems en una pura hiptesis,
y las hiptesis no tienen valor en la ciencia; slo se sostienen en la
fe...

Al formularse esta palabra en su cerebro, el corazn le dio un vuelco
sin saber por qu. Sinti vagamente que haba chocado con algo donde
asirse y qued sumido nuevamente en profunda meditacin.

--No hay que dudarlo. Lo que la ciencia puede darme son las relaciones
de las cosas bajo el imperio del tiempo y el espacio. Jams me dir su
esencia. Para que sepa algo de ella, menester es que se trasforme mi
facultad de conocer... Y por qu no he de dejar que se trasforme? Por
qu no he de prescindir por un momento de mi razn y no he de prestar
asenso a los presentimientos de mi alma, a la voz interior que me
explica de un modo claro la esencia divina del Universo? La razn no me
dice por qu es hermosa la puesta del sol en el mar. Y sin embargo es
hermosa! La razn no me dice por qu San Juan de Dios es sublime
abrazndose a los leprosos. Y sin embargo es sublime!...

Ah, s! Por encima de este vulgar conocimiento que me esclaviza a la
materia hay otro que me emancipa. Los ojos del cuerpo no penetran en la
intimidad profunda de los seres; pero la fe no necesita de ojos: la
pintan vendada. No slo poseo una razn que me explica la apariencia de
las cosas: existe tambin en mi espritu una revelacin constante que
las ilumina por dentro... Por qu he de prescindir de esta revelacin?
Por qu he de cerrar los odos a los suspiros de mi alma? Esta
revelacin es el tesoro ms precioso con que he sido dotado. Quiero
gozar de l; quiero recobrar la libertad y responder al llamamiento de
lo que hay en m de divino. Esta revelacin me dice que soy un
extranjero en este mundo, sometido a la necesidad, y que puedo romper
los lazos que me unen a l. Me manda sacudir el yugo del tiempo y
distinguir lo que hay en mi ser de temporal y lo que hay de eterno... Si
llevo en mi cerebro las formas eternas de los objetos, es que soy
superior y tengo una existencia independiente de ellas. Esta existencia
es lo nico que hay en m de real; lo dems es pura apariencia, y como
ha nacido debe morir... Quiero vivir esta vida inmortal y libre; quiero
conocer directamente la verdad eterna que se oculta detrs de este
Universo. La hora vendr--dice Jess--en que los muertos oirn la voz
del Hijo de Dios, y aquellos que la oirn vivirn. La hora ha llegado
para m... Oh s, Dios eterno, al travs del tiempo y el espacio y de
todas las formas efmeras de la existencia te veo inmutable, infinito,
nica fuente de verdad y de vida, nica luz en las tinieblas que
envuelven nuestra vida temporal; te veo, te reconozco y te adoro!...

Un sacudimiento semejante al que produce una corriente elctrica le hizo
ponerse en pie vivamente. El corazn le lata con tal fuerza que se
llev las manos al pecho. Una emocin grande, intensa suba de l hasta
la garganta y se la apretaba. Sentase inundado de una extraa alegra.
Comenz a pasear por el corredor, presa de un desasosiego tan dulce que
le haca dao. Le pareca que su ser trasmigraba sbito al de un ngel,
que en su espritu se cumpla un misterio inefable y augusto. Le
acometan impulsos de rer y llorar al mismo tiempo. Se hallaba en la
situacin de un desterrado a quien restituyen de repente al seno de su
patria y su familia. Necesitaba hacer esfuerzos sobre s mismo para no
brincar, para no gritar y rer como un oxigenado.

De tal modo estaba abstrado, que no oy el ruido de la puerta de su
gabinete al abrirse, ni tampoco los pasos de una persona que avanzaba
por l hasta llegar al mismo corredor.

--Buenas noches, seor excusador--dijo una voz conocida.

--Quin va?... Ah!... Es usted, seor juez? Cmo no han encendido
una luz?

--No hace falta. La noche est hermosa. Indudablemente, este corredor es
una gran cosa.

Se dieron la mano, y el juez de primera instancia, que era hombre de
unos cuarenta aos, de fisonoma abierta y simptica, se arrim a la
barandilla del corredor y puso las manos sobre ella.

--Se extraar usted--dijo con afectada indiferencia--de verme por aqu
a estas horas... Phs!... Hay en el juzgado una denuncia... Nada...
Supongo que ser nada entre dos platos. Pero como ya sabe usted que
todas estas cosas de justicia se llevan con tanta formalidad... Luego en
la audiencia no dejan pasar una rata; todo ha de ser a punta de lanza...
En fin, me veo en la necesidad de detener a usted... Supongo que ser
por muy poco tiempo... una pura formalidad; pero hay que cumplirla... No
he querido mandar al alguacil sabe usted? por no asustarle, porque la
cosa no merece la pena. He venido yo en persona para tranquilizarle...
No se apure usted, pues, que la detencin no tiene importancia, y
vngase conmigo. De este modo y a esta hora nadie se enterar.

--Una denuncia?... De qu me acusan?

--Al parecer es el asunto de la escapatoria de la chica de Osuna... No
se asuste usted.

--No me asusto, seor juez. Estoy dispuesto a seguirle al instante... Si
usted me permite, encender el quinqu para quitarme las zapatillas y
ponerme los zapatos...

--Todo lo que usted quiera, seor excusador--se apresur a decir.--Puede
usted tomarse el tiempo que guste y mandar a la crcel cuantos efectos
tenga por conveniente.

El sacerdote sac un fsforo y se dispuso a encender el quinqu. El juez
qued estupefacto. En vez del rostro plido y descompuesto que pensaba
hallar, pudo observar la fisonoma ms plcida y feliz que jams haba
visto en su vida. En la mirada que el excusador le dirigi, despus de
encender, brillaba una alegra tan pura como si hubiese venido a
noticiarle que le haban hecho obispo. El juez dio un paso atrs y le
clav los ojos con desconfianza. Pero se asegur en seguida viendo el
perfecto sosiego con que haca todos los preparativos. Empaquet alguna
ropa en una maleta, se puso los zapatos, la sotana y el sombrero y dijo
sonriendo:

--Ya estoy. Los curas no tardamos mucho en arreglarnos, verdad?... A D
Josefa no le dir nada para evitar una escena triste, no le parece a
usted? Le escribir desde la crcel, pidindole la ropa.

Aprob el juez cuanto deca, y ambos tomaron la escalera y salieron a la
calle como dos amigos. Durante el trayecto, el joven presbtero dio
seales de una verbosidad y alegra que haca tiempo no se observaban en
l. Entraron en la crcel, eligi el juez la habitacin menos mala y,
despus de dejarle instalado, se despidi con creciente sorpresa al ver
que se quedaba all tan sereno y risueo como en su casa.

Sali vivamente impresionado de la crcel. Mientras caminaba por la
calle del Cuadrante arriba, su imaginacin daba vueltas buscando una
explicacin a aquella conducta extraordinaria.

El seor juez de primera instancia estaba lejos de sospechar que, al
ingresar en la crcel, el excusador de Peascosa acababa de salir de los
calabozos del escepticismo.




XIV


Guarden ceremonia, seores!

La voz del hujier, imperativa, estridente, no lograba calmar la risa y
los murmullos de los concurrentes. Porque aunque el presidente de la
sala haba resuelto que el juicio se celebrase a puertas cerradas,
atento a la ndole delicada del delito y a las personas que haban
intervenido en l, fueron tantos los abogados que reclamaron su derecho
a presenciarlo y tantos los permisos concedidos, que se form pronto una
asamblea numerosa y ms inquieta de lo que deba esperarse.

La sala de lo criminal de la audiencia de Lancia era una pieza
rectangular, grande, oscura, polvorienta. All en el fondo, debajo de un
dosel de damasco marchito, estaban sentados en sendos sillones de
terciopelo los tres magistrados que componan el tribunal. A un lado, el
acusador privado, con una mesa delante. Enfrente el defensor. El relator
en pie, frente al tribunal. Detrs el acusado en su banquillo.

El testigo que depona en aquel instante era el cochero que haba
conducido al P. Gil y su penitenta desde Peascosa a la estacin de la
Reguera. Lo presentaba la acusacin. Era hombre viejo ya, con la faz
extremadamente roja, iluminada por el alcohol tanto como por la
intemperie. Vesta un chaquetn del grueso de una albarda, y haca rodar
su gorra de pana entre los dedos con manifiesto embarazo mientras
declaraba. La voz era bronca, como conviene a todo mayoral que se estime
en algo; el estilo pintoresco, abusando un poco de los tropos.

--Pus a m me dijo el amo: Lico, hay que dir a Peascosa a por unos
seores. No pases de la venta de Marica, y durmete all. Llvate paja
pa el ganao, porque all no la hay. (En esto el amo no habl bien,
porque en casa Marica hay paja... slo que no se la da a los
cualisquiera, entendmonos.) Llvate al Tizn y al Sencillo: son quin
pa traerlos con la carretela.--Sign y conforme, dije yo. El Tizn es un
perro. Como le d la serenita por no andar, ya le puede usted alumbrar
candela, que ni pa Dios!

--Djese usted de tizones y candelas, y diga lo que sepa del
asunto--interrumpi el presidente con voz irritada.

Este presidente era un viejo terco, colrico, impertinente, que diriga
las sesiones del juicio oral como una escuela de prvulos. Ofenda a
reos y a testigos, sin respetar mucho ms a los abogados. Mostraba sus
simpatas o antipatas con una franqueza que aterraba. Sin embargo, no
era un perverso ni proceda de mala fe. Todo dependa de su temperamento
excesivamente nervioso y de la edad, que le obligaba a chochear.

--Bien t eso, seor, y voy al caso. A la una, menuto ms o menos, lleg
este seor cura (apuntando para el acusado) a montar en la mesma
cochera. Llegaramos a casa de Marica a eso de las seis. All nos dej
el seor y nos dijo que volvera al da siguiente con otra presona pa
volvernos a Lancia. Por la noche vino un chico a traerme dos maletas, y
al otro da bien temprano dio all el seor cura con una chavalita que
vena toa tap. Nos mand enganchar y, mientras, la chavalita se subi a
la casa.

--Y no observ usted--pregunt el presidente--si el sacerdote la
acompa arriba?

--Yo no le vi subir. Si estuvo arriba, fue poco tiempo.

--No notaron usted y el zagal nada de particular en la manera de
portarse y hablar entre s el sacerdote y la joven?

--Yo no estaba en el toque de los particulares, seor, porque andaba de
aqu para all detrs del ganao, ni el zagal tampoco... Pero un pensar
naide se lo quita a uno. Cuando vi llegar por la carretera al seor
cura, que es bien parecido de suyo, con la chavala, dije: stos lo mesmo
pueen venir de rezar vsperas que de tocar a maitines... Dempus
enganch, y dempus me entr en la taberna a limpiar el pasapn. No
estaba all ms que Marica.--Sabes, Marica, le dije, que me pesa llevar
al curita y a la chavala en la carretela?--Por qu te pesa?--Porque
s... porque el hombre no est hecho tova a estos oficios, entiendes
t?--Ave Mara, qu burro eres, Lico! Quita all! No te da
vergenza?--Mia, Marica, t no has corro el mundo como yo. Yo he dido
por Len, por Palencia, por Salamanca y hasta por tierra de
Extremadura... Los curas son, hablando con perdn, hombres como todos
los dems, y hay casos en que la mujer no arrepara ni en curas ni en
frailes, ni en el verbo devino...

Estas palabras fueron las que promovieron la algazara dicha. Ni los
hujieres con sus voces, ni el presidente con la campanilla pudieron
apaciguarla en algn tiempo. Por ltimo, aqul logr hacerse or.
Amenaz con hacer desalojar el local inmediatamente, y esto bast para
restablecer el silencio. Despus se revolvi contra el testigo.

--Advierto al testigo que si _ha dido_ por todos esos sitios que dice,
ahora no va por buen camino. Abstngase de frases groseras y declare
sencillamente la verdad.

Despus del cochero declar el zagal. No tuvo importancia su
declaracin. Salieron luego sucesivamente algunas beatas de Peascosa
que declararon en trminos vagos que haban observado cierta intimidad
desusada entre Obdulia y su confesor, aunque nunca haban pensado mal de
ella. Tambin depuso el P. Narciso. Fue una declaracin modelo de
hipocresa y maldad. Haciendo elogios hiperblicos de la virtud y el
talento de su compaero, supo, no obstante, clavarle el estilete hasta
la empuadura. Sus reticencias insidiosas, el acento protector y triste
con que disculp las faltas de los sacerdotes, y las ltimas palabras
dirigidas a excitar la benevolencia del tribunal, causaron profunda
impresin en el auditorio. Pareca justificar a su compaero; pero al
travs de su acento y de su mmica se lea bien claro que le condenaba.

Todas las miradas se volvieron hacia el acusado. El P. Gil estaba como
haca tres meses, cuando ingres en la crcel de Peascosa. Con el
encierro su rostro haba ganado an en blancura. En vez del cansancio y
melancola que en los ltimos tiempos reflejaba, observbase ahora un
alegre sosiego, una firmeza que tena desconcertados a todos los
asistentes al juicio oral. Pareca que aquellos debates no iban con l,
que no estaban su honra y su libertad sobre el tapete. La opinin que
prevaleca en el concurso, y de la cual se haba hecho eco ya la prensa
liberal de Lancia, era que aquel clrigo era un cnico, con poca o
ninguna vergenza. No se necesitaba ser muy lince para ver que se haba
captado la antipata del tribunal, sobre todo del presidente, que la
haba puesto ya de manifiesto en varias ocasiones. Como haca siempre
que declaraba algn testigo, el acusado contemplaba ahora al P. Narciso
de hito en hito, con mirada firme y tranquila. El coadjutor habl con
los ojos puestos en el suelo, y todo el mundo aplaudi su modestia y la
moderacin de sus palabras.

Sali luego por la puerta de los testigos don Martn de las Casas.
Despus de su nombre, edad, estado, profesin, etc., el presidente le
pregunt:

--Ha estado usted procesado alguna vez?

D. Martn, que se hallaba bastante turbado, porque era principalmente
hombre de accin, como ya sabemos, y no de derecho, respondi vacilando:

--No recuerdo.

--Hombre, no recuerda usted! Pues eso no suele olvidarse.

La frase presidencial despert gran alegra en el concurso. El invlido
rechin los dientes. Hubiera dado el otro hombro por poder asestar una
bofetada a aquel viejo. ste, observando su irritacin, le interrumpi
varias veces mientras declaraba, dirigindole con zumba algunas
preguntas, que siguieron regocijando al auditorio.

El feroz cacique de Peascosa almacen en pocos momentos tanta clera,
que se propuso nada menos que escupir en la cara al presidente y
desafiarle tan pronto como saliesen a la calle. Sin embargo, este varn
poderoso, digno de vivir en la edad de hierro, tropez con l por la
tarde en el casino, y en vez de inferirle agravio, le quit el sombrero
con mucha reverencia. Y es que no hay nada que desanime a los hroes
tanto como las crceles celulares.

Llamaron inmediatamente a D. Peregrn Casanova, el cual, al revs de lo
que le haba sucedido a su amigo, entr majestuosamente en el saln,
resoplando y balancendose como un vapor que atraca al muelle. En
sustancia, el ex-gobernador interino de Tarragona vino a decir que el
excusador de Peascosa nunca haba sido santo de su devocin. Los
caracteres retrados, mansos, silenciosos, no le haban dado resultado.
A otros quiz se lo dieran, no lo discuta, pero l en su larga carrera
administrativa tuvo varios subordinados que estuvieron a punto de
comprometerle, y siempre haban sido caracteres semejantes al del
acusado. Cuando corri por Peascosa la especie de que Obdulia se haba
fugado con el excusador, l haba dicho: Imposible; estoy seguro de que
ese hombre la ha llevado engaada. Hace mucho tiempo que le observo, y
yo no necesito tanto. Me precio de tener buena nariz. (_De qu no se
preciaba D. Peregrn?_) A pesar de que existan ciertas diferencias
entre l y Osuna, las dio al olvido inmediatamente, porque nunca haba
sido rencoroso, y se ofreci a acompaarle en la persecucin de la
pareja. La situacin en que los haban encontrado en Palencia no era
para descrita. Baste saber que l, D. Peregrn, haba enrojecido de
indignacin. Sin embargo, a ruego del abogado acusador la describi.
Despus quiso entrar en consideraciones filosficas sobre la magnitud
del delito y sobre la conveniencia para la sociedad de que los
tribunales castiguen con mano firme en estos casos, pero le ataj el
presidente. El tono pedantesco, la voz nasal y recia y la accin de
dmine con que emita su declaracin haban impresionado de mal modo al
auditorio, pero peor que a todos al presidente, que le miraba con ojos
torvos desde que haba comenzado. Cuando ya tuvo lleno el saco de la
paciencia, que no llevaba mucha, dijo con su voz spera de vejete
irritable:

--Acaso quiere usted darnos un curso de derecho penal? Djese de
filosofas y manifieste los hechos como Dios le d a entender... que se
lo da bien mal por cierto.

--Seor presidente, creo que estoy en mi perfecto derecho...

--Aqu no tiene usted derecho ninguno, ni perfecto ni imperfecto...

--Seor presidente, yo...

--Basta. Retrese usted.

--Seor presidente!...

--Que se retire usted inmediatamente, o ser expulsado por los hujieres.

Rojo de confusin, trmulo y aturdido, a punto de llorar, el hombre que
rigi los destinos de la provincia de Tarragona por ms de dos semanas,
sali al fin de la estancia dando traspis.

--Seor presidente--manifest el abogado acusador con entereza,--esa
orden debilita la prueba que propongo y me parece arbitraria...

--Llamo al orden al letrado!--grit furioso el presidente, agitando la
campanilla.

--Seor presidente, yo entiendo que se vulneran los derechos de la
acusacin...

--Llamo por segunda vez al orden al letrado!--grit ms furioso an el
presidente, levantndose a medias del asiento y golpeando la mesa con la
campanilla.

--Pues formulo la correspondiente protesta.

--Proteste usted cuanto quiera, pero abstngase en lo sucesivo de
dirigir palabras irrespetuosas a la presidencia.

El abogado acusador era un joven flaco, de barba negra, ojos pequeos
insolentes, y muy sobre s en todos los ademanes. Figuraba como jefe de
los republicanos federales de Lancia y diriga el peridico que stos
publicaban. Su odio al clero era proverbial en la poblacin. Haba
tenido varios choques por este motivo, uno de ellos con el obispo:
estuvo procesado por injurias a la religin. Como es natural, coga por
los pelos cualquier ocasin de vejar a sus ministros. Un proceso como el
presente, en que figuraba como reo un sacerdote, le llenaba de jbilo,
lo atenda con cuidados tan tiernos como si se tratase de la honra de
una hermana.

Despus de D. Peregrn, fue llamada el ama de la casa de huspedes de
Palencia. Vena presentada por la defensa. Declar que haba observado
relaciones extraas entre el sacerdote y la joven, pero que en nada
podan comprometer a aqul. Cuando llegaron, pidieron caballos para
marchar al da siguiente por la maana a Astudillo. Le dijo la criada
que ya no se marchaban, porque la seorita estaba algo constipada y no
se haba levantado. Pas a verla y la encontr plida, pero no
constipada. Le pregunt si haba estado a verla su compaero de viaje el
sacerdote, y se apresur a responderle que no, de un modo tan vivo que
le llam la atencin. Despus supo que haba enviado un recado al
sacerdote dicindole que almorzase solo y que pasase luego por su
habitacin. Estuvo poco tiempo en ella. Le vio salir corriendo, agitado
y tembloroso y echarse a la calle. Estuvo por all toda la tarde, y vino
muy de noche ya. Mientras tanto, la seorita haba tenido dos ataques;
ella la haba asistido, porque no quiso que se llamase al mdico. El
sacerdote se encerr en su habitacin. La seorita me mand llamarle,
pero no quiso acudir hasta que le fui a decir que estaba con un ataque.
Despus fue cuando la seorita me mand que le hiciese un poco de tila,
y mientras yo estaba en la cocina subi su padre con los amigos. Cuando
llegu la encontr tendida en el suelo en paos menores. El pap trataba
de llevarla a la cama y yo le ayud.

--Dice usted--manifest el acusador--que cuando le vio salir del
gabinete de la joven ofreca seales evidentes de turbacin. No habr
usted observado, por casualidad, si presentaba igualmente signos de
desarreglo en las ropas?

Hubo un murmullo en el auditorio.

--No, seor; no not nada.

Otras varias preguntas le hizo con la misma intencin que sta. Luego
fue repreguntada por la defensa.

Sali inmediatamente, tambin presentada por sta, D. Josefa, el ama
del excusador. Se deca que esta seora tena pruebas de la inocencia de
su amo, que iba a relatar cosas muy curiosas. Se esperaba su declaracin
con ansiedad. Cuando le hubo tomado juramento y despus de las preguntas
de reglamento, el presidente le dijo con el tonillo agrio que le era
caracterstico:

--Ahora va usted a decir lo que sepa, pero mucho cuidado con los
embrollos, porque la tengo a usted sobre ojo...

El abogado defensor, que era un hombre corpulento con largas patillas
blancas, protest contra esta advertencia. Preguntada por el presidente,
D. Josefa declar que Obdulia haca tiempo que persegua a su amo y le
molestaba proponindole la escapatoria al convento. Que el excusador
haba tratado en vano de disuadirla; sus esfuerzos haban sido vanos.
Estaba tan resuelta a marcharse, que se hubiera ido sola si l se negaba
a acompaarla. En vista de eso, su amo, aunque de malsima gana, haba
cedido. La testigo misma se lo haba aconsejado para que se librase de
una beata tan insufrible.

--Y no es cierto--pregunt el defensor--que un mes, poco ms o menos,
despus del regreso de Palencia, la querellante se present una noche en
casa de mi defendido, y que fue arrojada por l de all?

--S, seor.

--Explique cmo ha sido.

D. Josefa relat exactamente la escena ya conocida, sin omitir los
insultos que dirigi a la joven.

--Como esta versin--dijo el defensor--no concuerda con lo manifestado
por la querellante en el sumario, de no haber hablado con mi defendido
desde su regreso de Palencia, pido un careo entre ambas.

--Seor presidente--manifest el abogado de Obdulia,--la acusacin se
adhiere a esta peticin de la defensa, pero solicita que este careo se
efecte despus que la querellante haya declarado.

As lo dispuso la presidencia. El acusador repregunt a D. Josefa:

--Es cierto que la testigo miraba con malos ojos a mi defendida, por
suponer que la sustraa una parte del cario o la estimacin de su
amo?...

--No conteste usted a esa pregunta!--se apresur a decir el presidente.

--Est bien--expres el defensor.--No es igualmente exacto que la
testigo detestaba a todas las hijas de confesin del procesado,
estableciendo con ellas una suerte de rivalidad?

--No conteste usted tampoco. Esa pregunta es tan impertinente como la
otra.

--Renuncio a seguir repreguntando--dijo el abogado con una sonrisa
maliciosa, que indicaba bien claramente que ya crea haber conseguido su
objeto.

Faltaba la gran emocin de aquel juicio, el acontecimiento que desde que
se comenzara haca unos das se esperaba por todos con verdadero anhelo;
faltaba, en suma, la declaracin de la querellante, que estaba la ltima
en la lista. Cuando el presidente dio la orden de hacerla pasar, hubo un
prolongado rumor en el auditorio, al cual sigui silencio sepulcral.
Todos los ojos estaban vueltos hacia la puerta con expresin de intensa
curiosidad.

Pareci, al fin, la hija de Osuna. Vesta con modestia y elegancia al
mismo tiempo. Su figura esbelta y distinguida y la hermosura ajada, pero
interesante, de su rostro causaron favorable impresin en los
circunstantes. Al pasar para ocupar su sitio, no se dign arrojar una
mirada a su antiguo confesor. Estaba ms plida que de ordinario, ms
ojerosa; pero en su mirada poda observarse una vehemencia y un brillo
inusitados.

El presidente le hizo las preguntas de la ley, en tono respetuoso y
hasta galante. Respondi con notable claridad y precisin.

--Es cierto--le pregunt el presidente--que ha sido usted objeto de una
agresin maliciosa y escandalosa por parte del procesado?

--S, seor.

--Relate usted lo ocurrido en la forma que usted crea ms oportuna, sin
separarse de la verdad.

--Muy poco tiempo despus de llegar el padre Gil a Peascosa y
desempear el cargo de excusador, empec a confesarme con l. Le
encontr prudente, advertido y extraordinariamente piadoso. El respeto
que yo tena a su talento y la admiracin a sus virtudes eran tan
grandes que algunos maliciosos de la poblacin pudieron muy bien
figurarse que exista una inclinacin en m hacia su persona. Yo no
puedo negar que le profesaba estimacin y cario. Durante el tiempo que
fue mi confesor, jams not en l ms que una estimacin espiritual a
veces, no siempre, porque ordinariamente se manifestaba severo y poco
comunicativo. Slo en los ltimos tiempos empec a observar que se
detena ms tiempo que antes en las confesiones (_risas y murmullos en
el auditorio_); que procuraba prolongarlas entrando en conversaciones
que nada tenan que ver con ellas. No hice aprecio de esto, ni tampoco
de que alguna vez al despedirnos me retena la mano entre las suyas
largo rato. (_Ms risas. El presidente agita la campanilla._) Lo
atribua a la confianza que haba logrado inspirarle, porque tena, al
menos en la apariencia, un carcter tmido y retrado. Hace ya lo menos
un ao que le manifest deseos de entrar en un convento, pero se opuso
tenazmente a ello. De vez en cuando volva a la carga rogndole que me
ayudase a llevarlo a cabo. Siempre encontr la misma resistencia. Hasta
que repentinamente, pasados algunos meses, me dijo un da que encontraba
mi proyecto muy bueno y muy santo, y que estaba dispuesto a prestarme
los medios para realizarlo. Lo primero que se me ocurri, como es
natural, fue solicitar el permiso de mi padre. El P. Gil se opuso a
ello. Me dijo que por entonces no era conveniente; ms adelante ya
veramos. Empezamos a tratar la cuestin de convento. Yo quera entrar
en las Agustinas de Lancia, pero l me dijo que conoca un convento de
Carmelitas en Astudillo que era el que me convena. Era un convento que
no tena ms que diez o doce monjas, muy tranquilo, muy apartado, un
verdadero rinconcito del cielo, como l deca. (_Risas._) Preparamos la
expedicin. Se ofreci a acompaarme. Yo no cesaba de instarle para que
mi padre tuviese noticia del proyecto. No se opona abiertamente a ello,
pero lo iba dilatando. Por fin, cuando lleg el momento de realizarlo,
me dijo que crea ms prudente no darle parte. El pobre iba a tener un
disgusto muy grande. Acaso viendo la posibilidad de desbaratarlo se
opondra, mientras que sabindolo cuando ya estuviese hecho, no tendra
ms remedio que resignarse. En fin, me aleg una porcin de razones que
concluyeron por convencerme...

Aqu hizo una pausa la querellante; se llev la mano a la frente, como
si le doliese traer a la memoria lo que iba a decir. Un gesto digno de
una actriz de primer orden.

--Salimos un martes al amanecer. Lo haba preparado todo perfectamente.
El da anterior haba ido a Lancia y trajo una carretela que dej en las
inmediaciones de Peascosa. Durante el camino hablamos poco. Yo iba
inquieta y triste. No entramos en Lancia, sino que seguimos a la Reguera
para tomar all el tren. Esperamos bastante tiempo y dimos un paseo por
la orilla del ro. Nada me dijo entonces que pudiera hacerme concebir
sospechas. Slo cuando estuvimos en el tren y quedamos solos, not que
me miraba fijamente y de un modo particular. Yo me fui al opuesto
rincn. Trat de descansar y quise quitarme los zapatos porque me
lastimaban. Entonces l se brind a sacrmelos, y sin esperar
contestacin se puso a hacerlo. (_Rumores y risas. El presidente amenaza
con despejar la sala._) A m, a la verdad, me dio aquello vergenza y
qued muy inquieta. Me pesaba ya muchsimo de haber ido con l. Procur
disimular, sin embargo, porque empezaba a tener miedo. Llegamos a
Palencia y mandamos a buscar caballos para ir al da siguiente a
Astudillo. Pero al da siguiente me sent muy mal. La emocin del viaje
me haba descompuesto los nervios. Me esperaban, por desgracia, otras
ms fuertes. El padre entr a verme; se sent a la cabecera de mi cama,
y despus de algunos lugares comunes, empez a hablarme de amor como un
galn cualquiera. Me hizo una declaracin. Yo estaba aterrada y
escandalizada. Me dijo que slo haba ideado aquel viaje con el objeto
de marcharse conmigo, que podramos ir al extranjero y vivir como marido
y mujer... una serie de cosas escandalosas que me dejaron yerta. Tuve
fuerzas, sin embargo, para responderle. Lo hice con tal energa, porque
estaba como loca, que le asust. Le amenac con gritar si no se marchaba
inmediatamente...

Obedeci. Lleg el ama despus a verme, y estuve por decirle lo que me
haba pasado, pero me contuve. Senta en el alma dar un escndalo y
perder a un sacerdote. Me pareci mejor disimular. Envi un recado al
padre para que almorzase solo y viniese despus a verme. Mi objeto era
hacer que reflexionase un poco y rogarle que escribiese a pap o le
telegrafiase para que viniese a recogerme, con pretexto de que estaba
enferma y no poda entrar en el convento. Lleg despus de almorzar;
pero en vez de presentarse arrepentido por lo que haba hecho, comenz
otra vez a solicitarme de un modo ms feo, ms asqueroso que antes.
Entonces le habl como deba, recordndole sus deberes y la confianza
que haba depositado en l. No hizo caso. Vindome perdida, porque
trataba de pasar de las palabras a las obras, cog un Santo Cristo de
bano que haba sobre la mesa de noche y lo puse delante de m,
diciendo: Seor, protegedme!... Entonces l, como si viera el diablo,
se march corriendo...

Despus tuve dos ataques muy fuertes. Cre que me mora. Cuando pude
coordinar las ideas, era ya cerca de noche. El ama me dijo que haba
salido de casa y no haba vuelto. Encargu que le avisaran para hablarle
por ltima vez y resolverme o no a dar parte de lo que ocurra. No quiso
venir, temiendo sin duda mi indignacin. Ca con otro ataque, y el ama
sin duda fue a buscarle, porque cuando abr los ojos estaba l a mi
lado. Ped al ama que me hiciese una taza de tila... En cuanto quedamos
solos, sin mediar palabra alguna se arroj sobre m, cubrindome la cara
de besos, apretndome con tal fuerza que pens morir... Aturdida y
horrorizada, lanc algunos gritos, pero l los sofoc ponindome la mano
en la boca... Luch con desesperacin, y Dios me dio fuerzas para
desprenderme de sus brazos y saltar de la cama... Pero apenas haba
puesto los pies en el suelo, me encontr otra vez sujeta y con la boca
tapada... Forcejeamos un rato, pero aquella lucha no poda durar mucho
tiempo... Al fin, perd el sentido...

Una emocin violenta corri por la sala. Hubo un rumor prolongado. Todas
las miradas, fijas hasta entonces en la querellante, se dirigieron hacia
el acusado. El P. Gil haba escuchado aquella infame declaracin,
primero con sorpresa, despus con una triste compasin, que los
circunstantes, impresionados por las palabras de la joven, no supieron
leer en sus ojos. Aquella actitud tranquila, aquella mirada persistente,
fija sobre su acusadora, sigui atribuyndose a cinismo.

Era difcil que sucediese de otro modo. Obdulia haba mostrado, bajo el
latigazo de la ira, un talento diablico. Su palabra y sus ademanes, un
poco exagerados, vibraban de indignacin. Su mirada no se cruz jams
con la del sacerdote; pero supo bien dar a este miedo el aspecto de
desprecio.

--Deseo que manifieste la querellante--pregunt el abogado
defensor--cmo es que, habiendo sucedido todo lo que acaba de declarar,
se confes despus nica autora de aquella fuga y nada dijo hasta
trascurrido mucho tiempo de la violencia de que fue objeto.

--No he dicho nada por vergenza. Creo que cualquiera mujer hara lo
mismo en mi caso. Qu ganaba con revelar estas cosas tan sucias? Slo
cuando vi mi honra por los suelos, slo cuando lleg a mis odos lo que
se deca en Peascosa, me aventur a confesarlo a mi padre. Por mandato
de ste me encuentro aqu, que de otro modo tampoco hubiera venido.

A todas las preguntas que le hicieron, tanto el presidente como los
letrados, respondi con admirable serenidad y viveza. Ni un momento le
falt su imaginacin.

El defensor del P. Gil propuso al fin el careo con D. Josefa. Entr
sta de nuevo y clav una mirada iracunda en Obdulia, la cual le pag
con otra de afectado desprecio. A instancia de la presidencia relat de
nuevo la escena en que el P. Gil arroj de casa a su penitenta. A las
pocas palabras sta dio seales de agitacin y se puso horriblemente
plida.

--Falso, falso!--grit sin poder contenerse.

--Es falso que entr usted en la habitacin de mi amo diciendo:
Padre, aqu me tiene usted!, y que mi amo, sin contestar palabra, se
levant de la silla, la cogi a usted por un brazo y la puso de patitas
fuera del gabinete?

--Mentira!... Esa mujer est loca... Por salvar a su amo inventa una
calumnia.

--No estoy loca, no, ni calumnio a nadie... La que calumnia a un
sacerdote es usted, pcara, que tiene que dar cuenta a Dios de su
maldad...

--Reprtese la testigo--dijo el presidente.--Reprtese tambin la
querellante, o me ver obligado a expulsarlas de la sala.

Pero ni una ni otra hicieron caso de la amenaza. Obdulia sigui
gritando:

--Falso! Miente usted!

--La que miente es usted, que quiere por orgullo perder a un
sacerdote... a un santo!

--Silencio!--gritaba el presidente golpeando con la campanilla.

--Buen santo te d Dios!--exclamaba la joven con sonrisa
sarcstica.--No calumnie usted a los dems por salvarle a l.

--Basta! Expulsad del local a estas mujeres--profiri el presidente,
dirigindose a los hujieres.

--La calumniadora eres t!... T, bribona! Bribona!... Porque te ha
despreciado le acusas, infame? No temes que se abra la tierra y te
trague?...

En aquel momento un hujier la cogi por un brazo y la empuj brutalmente
hacia la puerta. Pero D. Josefa, hasta que lleg a ella, sigui
gritando:

--No hay justicia que azote a esa mala mujer, que la emplume!...
Bribona, que has andado siempre detrs de los curas, como una perra
salida!... Meterla en un bao de agua fra para que se refresque!...

Otro hujier fue a expulsar a la otra; pero en el momento de acercarse,
Obdulia se desplom, acometida de un sncope. Su abogado y las personas
que estaban cerca acudieron a socorrerla. Se la traslad al despacho del
secretario. Dos mdicos del concurso fueron espontneamente a visitarla.

Terminada la prueba, y despus de descansar unos minutos, el presidente
concedi la palabra al acusador privado.

Su discurso fue, como se esperaba, elocuente y saudo. Tena la voz
velada a causa de una bronquitis crnica: cuando quera elevarla
resultaba chillona, estridente. La palabra era fluida, aunque abundaba
en los lugares comunes del periodismo. En Lancia nadie saba hablar con
esta tersura. Pint al P. Gil como un ser hipcrita, rastrero,
alimentando en secreto pasiones vergonzosas, ocultndolas con cuidado
por el temor de perder su posicin. Estas pasiones son frecuentes en los
clrigos, en quienes un rgimen de holganza y una vida muelle y
sedentaria las excitan...

Como insistiera demasiado en esto, el presidente le llam al orden.

Describi el delito con una crudeza pintoresca a propsito para
impresionar al tribunal. Un plan odioso trazado de antemano y llevado a
cabo con firmeza y habilidad implacables. Abuso de confianza primero,
ataque al pudor despus; por ltimo, una cobarde y sacrlega violacin.
Las pruebas eran concluyentes. Con vigor y sutileza al mismo tiempo las
fue acumulando todas sobre la cabeza del presbtero para concluir con
este prrafo:

--Y por si todos estos datos irrecusables no fuesen bastante a demostrar
palmariamente la premeditacin del crimen, voy a aducir otro. Se dice, y
todos estn conformes en ello, que el padre Gil llevaba a su hija de
confesin a un convento de Carmelitas en Astudillo. Pues bien,
excelentsimo seor... en Astudillo no hay convento de Carmelitas.
Quiere ms el tribunal?

El discurso fue corto y contundente. Al terminar se sinti un murmullo
aprobador, de mal agero para el procesado.

El defensor de ste era un abogado de experiencia e inteligente, pero
que careca en absoluto de las dotes oratorias de su contrincante. Tena
palabra abundante, pero era montona, pesada, ms a propsito para
dilucidar algn punto oscuro en un expediente civil que para arrastrar
el espritu del tribunal y del pblico. Se entretuvo con suma prolijidad
a reconstituir el sumario buscando informalidades, llamando la atencin
del tribunal acerca de pormenores, algunos de ellos insignificantes.
Nada de entrar, como debiera, en el carcter de la querellante, de hacer
resaltar el trastorno crnico de su sistema nervioso, la violencia
sorprendente de sus sentimientos, lo mismo el amor que el odio, la
susceptibilidad enfermiza de su amor propio que pareca desprovisto de
piel y en carne viva siempre; nada de buscar, en fin, el origen, el
verdadero gnesis de aquella acusacin extraa.

Habl cerca de hora y media. Al terminar, lo mismo el tribunal que el
pblico, estaban visiblemente fatigados. Rectific brevemente el
acusador privado algunos errores de hecho. Sostvolos el defensor, segn
era su condicin, larga y prolijamente. De tal modo, que el fastidio
engendrado por su primer discurso se multiplic notablemente en el
segundo.

Por ltimo, el presidente hizo sonar la campanilla y, encarndose con el
acusado, dijo:

--En vista de las pruebas que acaban de practicarse y de los informes de
los seores letrados, tiene el procesado algo que manifestar al
tribunal?

El P. Gil se levant de su banco y pase una mirada tan suave como vaga
por la sala. Pareca que le despertaban de un sueo. Tard algunos
instantes en hablar. Rein en el auditorio silencio profundo y ansioso.
A pesar de la atmsfera desfavorable que haban formado en torno suyo,
su figura delicada, potica, donde resplandeca la humildad, no poda
menos de causar impresin favorable.

--Soy inocente del crimen que se me imputa. En las manos de Dios, en
quien he dejado hace tiempo todos mis pensamientos y cuidados, dejo
ahora tambin mi sentencia. Cmplase su voluntad.

Estas sencillas palabras, pronunciadas con lentitud, causaron una
conmocin elctrica en el concurso. Por un instante se entrevi la
verdad como a la luz de un relmpago. Pero las tinieblas cayeron de
nuevo en la sala y se espesaron dentro de las ms perspicuas
inteligencias. No falt quien murmurase que los curas, por malvados que
fuesen, tenan siempre en los labios estas palabras. El presidente le
respondi con su acritud acostumbrada:

--Bueno; ms adelante le juzgar Dios. Por lo pronto van a juzgarle a
usted los hombres.




XV


El tribunal de los hombres le conden a catorce aos, ocho meses y un
da de reclusin.

El oficial de sala de la Audiencia que fue a leerle la sentencia a la
crcel se crey en el deber de prodigarle consuelos. El caso no era
desesperado. El Tribunal Supremo poda an casar la sentencia. Si esto
no sucediese, l era todava joven y volvera seguramente del presidio,
sobre todo teniendo en cuenta las rebajas de tiempo que el gobierno
otorga de vez en cuando, etc., etc.

--Gracias, gracias, seor--dijo el presbtero, cuya fisonoma expresaba
una calma profunda, una serenidad ntima que llamaba la atencin.--Usted
me cree muy desgraciado, verdad?

--Mucho... Me inspira usted una gran compasin--respondi con cara
compungida el curial.

--De modo que no se cambiara usted por m en este momento?

El empleado hizo una mueca de susto.

--Por desgracia... Ya comprender usted... El caso es terrible!...

El P. Gil permaneci un instante mirndole fijamente con una dulzura no
exenta de lstima, y dijo al fin, ponindole una mano sobre el hombro:

--Pues hara usted mal, seor, hara usted mal. Poda usted muy bien dar
su libertad, su honor, su posicin y su familia por hallarse como yo...
y todava saldra usted enormemente ganancioso.

El curial le mir con estupor. Por sus ojos pas despus un relmpago de
inquietud, temiendo hallarse frente a un loco, y se apresur a
despedirse y salir.

Qued solo el sacerdote. La celda en que se hallaba era lbrega y sucia.
Un catre de hierro, una mesilla de pino, una cmoda tosca y algunas
sillas de paja componan todo el mobiliario. Por la nica ventana
enrejada que la esclareca, abierta a bastante altura, entraba en aquel
momento un haz de rayos de sol. El P. Gil, despus de permanecer un
momento inmvil en actitud reflexiva, fue a colocarse debajo de
aquellos rayos. Su cabeza rubia, iluminada repentinamente, brill con
reflejos de oro, su tez blanca adquiri una trasparencia singular. Su
cuerpo fino, delgado, vestido con negra sotana, pareca una columna de
bano destinada a sostener aquella cabeza.

Dejose anegar por la onda tibia, bebiendo lentamente su dulzura,
palpitando bajo su caricia como un pjaro prisionero. Alz los ojos a la
ventana. Por entre las rejas percibi el azul del firmamento,
trasparente, infinito, convidando a volar por l.

El cielo rea. Pero ms alegremente que el cielo rea su alma, inundada
de gozo embriagador. En el fondo de su ser tambin brillaba el infinito
azul. Desde que la Gracia le haba visitado viva en perpetua fiesta.
Sus ojos, iluminados bruscamente, contemplaban el Universo en su
naturaleza ideal. Todos los velos tendidos por la razn haban cado al
suelo: el gran secreto de la existencia se le revelaba directamente con
admirable claridad y pureza.

Detrs de esta vida aparente que nos rodea vio la vida real, la vida
infinita, y entr en ella con el corazn henchido de alegra. En esta
vida infinita todo es amor, o lo que es igual, todo es felicidad. Entrar
en ella es poner el pie en el imperio de la Eternidad. Es la vida del
espritu. El mundo no puede cambiarla ni el tiempo destruirla, porque
es ella el principio mismo del tiempo y del mundo. Gust la vida en
Dios; vivi ms all del tiempo en la fuente misma ideal y perenne del
mundo imaginativo que nos envuelve. Sus das ya no se deslizaban tristes
y ansiosos como una porcin del tiempo. Ya no sufra el torcedor de la
voluntad; no exhalaba quejas lastimeras sobre sus pecados, sobre sus
resoluciones vencidas, porque no amaba ya sus propias obras, por buenas
que fuesen, como antes, sino nicamente lo Eterno. Porque las obras
tienen su origen en la persona, y l se haba despojado de la suya; la
haba negado con firmeza. En medio de una santa y dulce indiferencia
dejaba que Dios obrase dentro de su espritu. Exento para siempre de
duda y de incertidumbre, saba que no deba querer ms que una cosa, y
que todo lo dems se le dara por aadidura. Estaba seguro de que la
fuente de amor divino que haba brotado en l no se agotara jams, y
que este amor le guiara eternamente. El temor de la destruccin por la
muerte ya no le turbaba. La muerte, desde que haba entrado en la vida
de la eternidad, era para l incomprensible. No necesitaba bajar a la
tumba para obtener esta vida eterna. Bastbale unirse de corazn a Dios
para poseerla y para gozarla.

Averigu, en fin, de una vez para siempre, que el hombre no puede
salvarse del dolor y de la muerte por la razn, sino por la Fe, esto es,
por un conocimiento distinto y superior del que aqulla puede darnos.
Desde que este conocimiento ilumin su espritu, alcanz la felicidad
absoluta. Sin inquietud por lo porvenir, sin sentimiento por lo pasado,
no apeteciendo nada, no rechazando nada tampoco, su vida se deslizaba
tiempo haca como un sueo feliz, como una dulce embriaguez. Dej caer
el plomo de los deseos y las tristezas que le ligaban a la tierra.
Desprendido de toda ilusin y de todo esfuerzo, sin temores de
aniquilamiento ni esperanzas egostas de resurreccin, por la virtud de
la Fe y del amor supo reproducir en su alma el verdadero reinando de
Dios.

Slo breves instantes permaneci as inmvil, recibiendo el beso clido
del astro del da. No tard en representrsele que aqul era un goce de
los sentidos, y haciendo un gesto de desdn, fue a sentarse en el ngulo
ms oscuro de la estancia. Slo renunciando a los placeres, slo
buscando el sufrimiento y seoreando sus sentidos haba llegado a aquel
estado de beatitud, de sublime indiferencia.

--Para qu necesito los rayos de ese sol--se dijo,--si el fuego que
arde dentro de mi alma me calienta y me conforta mejor? Qu vale esa
luz efmera, comparada con esta otra que no se oscurecer jams? Vivir
en la vida de los sentidos es ser un esclavo del tiempo y la necesidad.
Todo lo que no pertenezca al ser interior y libre que dentro de m he
conseguido hallar me es extrao e indiferente. Oh, no! No temblar ya
como un esclavo. Tengo la conciencia de mi libertad. No necesito morir
para recobrarla. Este sentimiento de mi libertad me llena de gozo, soy
un emancipado y llevo impreso en el alma el sello de mi Dios. Nada de lo
que sucede, nada de lo que suceder puede alterar la paz de mi corazn.
El pulso de mi vida interior batir con la misma fuerza hasta que suene
la hora de dejar este mundo. He comido de la carne y he bebido de la
sangre del Redentor, y segn sus promesas, yo habito en l y l habita
en m. Soy un hijo de la Eternidad. He recogido la herencia de mi Padre,
y nadie, nadie me la podr arrancar!...

El cerrojo de la puerta son con estrpito. Apareci el llavero, un
hombre grueso, con la faz colorada, los ojos llenos de carne, el traje
sucio y grasiento, y alrededor del abultado abdomen un cinturn ancho de
cuero guarnecido de llaves. Sin dar los buenos das ni hacer una mnima
seal de cortesa, volvi el rostro hacia el pasillo, diciendo:

--Pasen ustedes, seores, pasen ustedes.

Detrs de l aparecieron dos caballeros con levita y sombrero de copa.
El uno alto, rubio, con larga barba que le llegaba hasta la mitad del
pecho, fisonoma abierta y simptica; joven an. El otro ms bajo y ms
delgado, de color enfermizo, barba rala y gafas. El primero era un
mdico distinguido de la poblacin. El segundo, un jurista muy
aficionado a los estudios penales y que haba publicado ya varias
monografas referentes a ellos.

Levantose el P. Gil al verlos. Ellos le saludaron cortsmente, aunque
sin darle la mano.

--Bueno; ah les dejo a ustedes con el _pater_--dijo el llavero con
grosera.--Avisen ustedes cuando quieran salir.

Y se fue.

El abogado dio un paso hacia el penado, y le dijo con amable sonrisa:

--Desearamos, si usted no tiene inconveniente en ello, hacerle algunas
preguntas...

--Son ustedes muy dueos--respondi el sacerdote, clavando en l una
mirada lmpida que consigui turbarle.

El mdico se adelant tambin, y sacando la petaca le ofreci un cigarro
puro, preguntndole al mismo tiempo:

--Qu tal? Le tratan a usted bien por aqu?

--Muchas gracias, no fumo... S, seor, me tratan bien. Hay ms caridad
en la crcel de lo que ordinariamente se dice.

Entablose una conversacin animada. Procuraron, lo mismo el mdico que
el jurista, hacerla cada vez ms ntima y familiar, enterndose con
inters de los pormenores de su vida cotidiana. Pasaron despus
insensiblemente a interrogarle acerca de su infancia, de las primeras
impresiones de su vida, de su educacin, y se detuvieron particularmente
en la adolescencia. Cul era su vida en el seminario? Cul su rgimen
de alimentacin? Era aficionado a la soledad? Qu enfermedades haba
padecido? Enterronse tambin de algunas particularidades referentes a
su familia. El suicidio de su madre les llam sobre todo la atencin, y
se entretuvieron largo rato a preguntarle lo que saba acerca de la que
le haba dado el ser. Por ltimo, despus de una hora de conversacin,
durante la cual le miraban con la insistencia pertinaz de quien va a
comprar un animal, el mdico le pregunt:

--Nos permitir usted ahora que tomemos algunos datos acerca de su
crneo y otras medidas?...

El P. Gil, un poco sorprendido, consinti inmediatamente. El mdico sac
del bolsillo de atrs de la levita un cranimetro y una cinta.

Tomole la medida del crneo en redondo, despus la de la caja sea que
protege el encfalo, la del ngulo facial, la del largo de la cara;
midi la proyeccin facial y la parietal, los arcos zigomticos y la
mandbula...

Al llegar aqu, el mdico y el jurista cambiaron una rpida mirada
significativa.

--Nos hace usted el favor de abrir los brazos?

El P. Gil se puso en cruz, mientras una mirada dulce y melanclica
plegaba sus labios. Midieron el largo de los brazos. Despus el de las
manos. En este punto, mdico y jurista tornaron a cambiar otra mirada de
inteligencia.

Finalmente, luego que se hubieron enterado de todo lo que quisieron,
despidironse de l muy cortsmente, dndole muchas veces las gracias
por su amabilidad y procurando animarle con buenas razones.

Al da siguiente apareca en _El Porvenir de Lancia_, firmado por el
abogado criminalista, un artculo con el ttulo de _Una visita al P.
Gil_. Hacase en l relacin exacta de la entrevista, describase con
minuciosidad la persona del sacerdote penado, y terminaba con una serie
de profundas consideraciones cientficas acerca de los caracteres
anatmicos, patolgicos y fisiolgicos que el delincuente presentaba.

Entre los datos antropomtricos--deca en uno de sus prrafos--comunes
a todos los criminales, slo hemos podido observar cierto predominio
ligero de la proyeccin parietal comparada con la frontal y bastante
desarrollo de los arcos cigomticos y de la mandbula. En cambio, el P.
Gil ofrece en su figura absolutamente todos los rasgos que la escuela
criminal positiva asigna como peculiares a los _estupradores_ y
_libertinos_; es a saber: el pabelln de la oreja saliente e inserto a
manera de asa, la mirada brillante, la fisonoma delicada (a excepcin
de la mandbula), el cabello liso, el cutis mrbido, las manos muy
largas y algo de afeminado en el conjunto.


FIN





End of the Project Gutenberg EBook of La Fe, by Armando Palacio Valds

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA FE ***

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