The Project Gutenberg eBook, Aguas fuertes, by Armando Palacio Valds


This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org





Title: Aguas fuertes


Author: Armando Palacio Valds



Release Date: May 3, 2010  [eBook #32235]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK AGUAS FUERTES***


E-text prepared by Chuck Greif and the Project Gutenberg Online
Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net)



AGUAS FUERTES

NOVELAS Y CUADROS

POR

ARMANDO PALACIO VALDS







MADRID
EST. TIP. DE RICARDO F
Cedaceros, nm. 11

1884

Es propiedad.




NDICE


El Retiro de Madrid:

    I. _Maanas de Junio y Julio_

   II. _El Estanque grande_

  III. _La Casa de Fieras_

   IV. _El Paseo de los coches_

El Pjaro en la nieve (novela)

La Academia de Jurisprudencia

El Hombre de los patbulos

La Confesin de un crimen

La Biblioteca Nacional

El Drama de las bambalinas

Lloviendo

El Paseo de Recoletos

_La Castellana_

Los Mosquitos lricos

El Ultimo bohemio

Los Amores de Clotilde (novela)

El Profesor Len

El Sueo de un reo de muerte

La Abeja (peridico cientfico y literario)

Los Puritanos





EL RETIRO DE MADRID




I

MAANAS DE JUNIO Y JULIO


Entre las muchas cosas oportunas que puede ejecutar un vecino de Madrid
durante el mes de Junio, pocas lo sern tanto como el levantarse de
madrugada y dar un paseo por el Retiro. No ofrece duda que el madrugar
es una de aquellas acciones que imprimen carcter y comunican
superioridad. El lector que haya tenido arrestos para realizar este acto
humanitario, habr observado en s mismo cierta complacencia no exenta
de orgullo, una sensacin deliciosa semejante a la que habr
experimentado Aqules despus de arrastrar el cadver de Hctor en
torno de las murallas de Ilin. El herosmo presenta diversas formas
segn las edades y los pases, mas en el fondo siempre es idntico.

Cuando madrugamos para ir a tomar chocolate malo al _restaurant_ del
Retiro, una voz secreta que habla en nuestro espritu, nos regala con
plcemes y enhorabuenas. Nuestra personalidad adquiere mayor bro, nos
sentimos fuertes, nobles, serenos, admirables. Los barrenderos detienen
la escoba para mirarnos, y en sus ojos leemos estas o semejantes
palabras: As se hace! Mueran los tumbones! Usted es un hombre,
seorito! Y en testimonio de admiracin nos echan media arroba de polvo
en los pantalones.

El da que madrugamos no admitimos ms jerarquas sociales que las
determinadas por el levantarse temprano o tarde. Todas las dems se
borran ante esta divisin trazada por la misma naturaleza. Los que
tropezamos paseando en el Retiro adquieren derecho a nuestra simpata y
respeto; son colegas estimables que forman con nosotros una familia
aristocrtica y privilegiada. A la vuelta, cuando encontramos a algn
amigo que sale de su casa frotndose los ojos, no podemos menos de
hablarle con un tonillo impertinente, que acusa nuestra incontestable
superioridad.

Pero no todo es tomar chocolate malo en el Retiro durante las maanas de
Junio. Lo primero que hay que ver es al sol levantndose majestuoso por
encima del parque, al principio esparciendo una luz triste y blanca que
viene a besar framente el _Rege Carolo III_ de la puerta de Alcal,
despus otra rojiza y ms alegre que tie los muros de las primeras
casas con que tropieza, finalmente la vvida, risuea y esplendorosa que
le caracteriza. El cortejo de nubecillas que le acompaa en su
ascensin, es de lo ms gracioso y elegante que pueda verse. Todas ellas
van vestidas de un modo caprichoso y pintoresco, y ejecutan pasos de
gran dificultad y efecto en torno de su director. Los madrileos, sin
embargo, no son aficionados a esta clase de espectculos. Prefieren ver
alzarse a la luna, disfrazada de queso, en el escenario del Teatro
Real, oportunamente evocada por los trinos solemnes de una
_mezzo-soprano_. Hay razn plausible para esto. El sol tiene el deber de
salir todos los das, haga fro o calor, al paso que la luna nicamente
cuando el Sr. Rovira lo considera oportuno. Si el sol no se prodigase
tanto y se hiciese pagar algo ms, yo creo que tendra mucha mayor
reputacin. Por ejemplo, haciendo tres o cuatro salidas cada ao, y
anunciando los peridicos que el ms eminente de nuestros astros har
su _debut_ el martes a primera hora y que todas las localidades estn
vendidas con anticipacin, se me ocurre que los revendedores de sillas
en el Retiro haran negocio redondo.

Despus del sol, lo ms notable que yo encuentro en el Retiro son las
modistas. Este respetabilsimo gremio, an ms bello que respetable, se
pone en contacto con la naturaleza al llegar el mes de Junio.
Impidindoles sus numerosos quehaceres ir a pasar una temporada a San
Sebastin o a Biarritz, y necesitando por fuerza dar alguna expansin a
los sentimientos poticos de su alma, eligen nuestras hermosas
costureras el Retiro como campo de sus excursiones matinales. Los
rboles, los pjaros, las flores, cuando no son de papel, ofrecen sin
duda mayores atractivos. Nada hay que apetezca tanto una modista de
corazn como el estado primitivo conforme con la naturaleza. Durante el
invierno, su espritu yace dormido mientras las manos trabajan afanosas
debajo de la lmpara de petrleo; mas al llegar el mes de Mayo, cuando
el cuerpo empieza a sentir calor, el alma tambin lo siente, despiertan
la gloga y el idilio, se suea con verdes praderas esmaltadas de
flores, con arroyos bullidores y cristalinos, con grutas frescas y
sombras y con hermosos zagales que aguardan en ellas la dulce
recompensa de sus rendidas instancias. Entonces la modista, como primera
manifestacin de la influencia que ejercen sobre ella tales puras ideas
y tales visiones risueas, se despoja del cors; y si es de temperamento
verdaderamente apasionado y guarda en su corazn el mundo de tiernos e
inefables sentimientos que es de esperar, se queda con poca, con
poqusima ropa. Se levanta muy tempranito, y sin aguardar el _landau_,
toma el camino del Retiro en compaa de sus amigas predilectas y de
algunos menestrales distinguidos. Qu fresca y qu risuea! Cmo
brillan sus grandes y hermosos ojos negros! Cmo palpita de alegra su
seno delicado! El grupo va dispuesto a olvidar por algunos instantes las
ridculas ceremonias sociales, los refinamientos empalagosos de la vida
madrilea, y volver en lo que cabe al estado natural. Al efecto marchan
todos bien provistos de los enseres y artefactos propios de una
civilizacin primitiva y que se supone han usado ms comnmente nuestros
primeros padres: aros, cuerdas, trompos, volantes, etc., etc. Nuestra
modista, segn va llegando a la Arcadia municipal, adquiere mayor
desenvoltura, y en sus movimientos y ademanes advirtese la influencia
que ejercen sobre ella las ideas campestres. Charla, corre, re, salta,
grita, y se autoriza con sus compaeras las inocentes libertades que
acostumbran en los bosques las pastoras con los zagales; les tapa los
ojos con las manos, les da pellizcos, les quita el sombrero y les tira
por las narices de un modo sencillo, encantador, conforme en un todo con
las leyes de la naturaleza.

As que entran en el parque y eligen un sitio a propsito, silencioso,
umbro, embalsamado por las acacias, empiezan los juegos. La costurera
es un portento de gracia y habilidad en saltar la cuerda, tirar el
volante y chillar como una golondrina. Qu linda est brincando y
haciendo carocas a los seoritos que acuden al reclamo de los chillidos!
El juego la vuelve a los das de su infancia, y en consecuencia se
sienta sobre las rodillas de sus compaeros y les ordena que le aten las
trenzas del cabello, sin pasrsele por la mente que estas escenas
despiertan en los seoritos que las presencian ideas vituperables de
adquisicin. Nadie dira al ver aquella gracia inocente y modesta, que
nuestra herona ha corrido algunas borrascas en las berlinas de punto y
conoce los misterios de la calle de Panaderos tan bien como D. Antonio
San Martn. En ciertas ocasiones, rendida, jadeante, las mejillas
inflamadas, los ojos brillantes y el cabello desgreado, la he visto
separarse del juego y tomar el brazo de algn zagal sietemesino con
guantes amarillos. La he visto seguir lentamente una calle solitaria de
rboles y perderse con l entre el follaje. Iban tal vez en busca de
alguna gruta fresca y solitaria como aquella en que la esposa de Salomn
dej olvidado su cuidado? No lo s. En la vida del campo hay misterios
inefables que sera ms grato que prudente el escrutar.




II

EL ESTANQUE GRANDE


Apenas se deja atrs la famosa puerta de Alcal y se dan algunos pasos
por la calle de rboles que nos lleva a lo interior del Retiro, empieza
a refrescar el rostro un vientecillo ligero y hmedo, y con nfulas de
marino. El corazn y los pulmones se dilatan, se cierran
involuntariamente los ojos para recibir el beso blando de aquella brisa,
y acuden vagamente a la memoria playas, olas, peascos, barcos, gaviotas
y sobre todo los horizontes dilatados del oceano que convidan a soar.
Continuad, continuad con los ojos cerrados; no temis tropezar con nada;
la calle es ancha y los coches no ruedan por aquel sitio. Durante
algunos momentos podis meceros sin riesgo en esa grata ilusin martima
por la cual habis pagado ya vuestra contribucin.

Yo no dir que cuando abris los ojos os encontris frente al mar;
semejante exageracin servira tan slo para desacreditar los
nobilsimos propsitos del poder ejecutivo, dado que ste nunca pens, a
mi entender, en fundar un oceano en Madrid, y s nicamente un eptome o
compendio de l. Pero si no frente al mar, os hallis por lo menos
frente a una cantidad de agua que divertir y lisonjear vuestras
aficiones marinas, aunque no las satisfaga por entero. Las audacias de
tal masa de agua estn refrenadas por unos sencillos muros de ladrillo,
sobre los cuales hay una verja de hierro no muy alta.

Cuando os inclinis sobre esta verja para examinar de cerca el oceano
del Ayuntamiento, tal vez convengis con la mayora de los vecinos de
Madrid en que sus aguas no son lo bastante limpias y claras, y que la
Corporacin municipal hara muy bien en renovarlas con frecuencia si se
propone, como es lo ms seguro, halagar con ellas los sentimientos
naturalistas y poticos del vecindario. No obstante, en ocasiones, esas
aguas verdes y cenagosas se rizan blandamente al soplo de la brisa, lo
mismo que el lago ms hermoso, y a veces tambin, en la hora del medio
da, estando el cielo lmpido, despiden vivos y gratos reflejos azules.
Le pasa al estanque lo que a las mujeres feas; todas ellas tienen
instantes, posturas o movimientos agradables.

He indicado como lo ms seguro que la fundacin de dicho estanque dbese
a la conveniencia de infundir en el espritu del pueblo madrileo
ciertas tendencias poticas y naturalistas. En efecto, comprendiendo el
Ayuntamiento (como no poda menos de comprender) que en las grandes
capitales como sta, el amor de la naturaleza anda muy descuidado, y por
consecuencia de ello, la sensibilidad del vecindario no recibe el
cultivo indispensable para preservarlo de las garras del grosero
positivismo, hizo y hace laudables esfuerzos por mantener vivo en todas
las clases sociales un romanticismo urbano y municipal en armona con
las necesidades del corazn y con la partida que en el presupuesto se
le destina. Ningn orden de la naturaleza se ha escapado a su
beneficiosa gestin. Las selvas umbrosas e impenetrables, llenas de
colores y armonas que se admiran en las soledades de Amrica, estn
representadas por las espesuras del Retiro y por los bosques de la
plazuela de Oriente, de la plazuela de Santo Domingo y otras plazuelas
menos conocidas. El prurito de contemplar y recrearse con las altas
montaas sobre cuya cima el pensamiento del hombre, como las nubes del
espacio, reposa de sus fatigas, encuentra dulce satisfaccin en la
_montaa rusa_. Y por ltimo, la aspiracin enrgica del espritu a
meditar tristemente ante la inmensidad del oceano que nos revela los
arcanos de lo infinito, obtiene respuesta adecuada, sino cumplida, en
las riberas del _estanque grande_. Aqu, sin embargo, se ofreci una
pequea dificultad. Es verdad que la contemplacin del mar enaltece
mucho el espritu y lo purifica, pero no es menos cierto que tambin lo
turba y oscurece con sus speras impresiones. A fin de hacer frente a
este peligro psicolgico, el Ayuntamiento quiso acudir a un expediente
seguro; acudi a la cooperacin de los cisnes y los patos. En efecto,
estos animales acuticos, por su mansedumbre y afabilidad, son muy aptos
para infundir en el corazn del hombre risueas ideas y sentimientos de
paz, y a propsito, por tanto, para contrarestar la impresin fuerte y
abrumadora que no puede menos de dejar en el nimo un estanque de la
magnitud de el del Retiro. Se introdujeron, pues, en dicho estanque como
obra de una docena de tales animales entre cisnes y patos, encargados de
secundar los generosos planes del Municipio, recibiendo por ello el
necesario alimento. Y debemos manifestar en conciencia que las inocentes
aves desempean su papel con maestra y ganan sus cortezas de pan
honradamente. Vase si no cun gallardamente cruzan el estanque en todas
direcciones, cual si resbalaran por el agua a impulso del viento y no
por virtud del movimiento de sus palmas. Observemos sus posturas
caprichosas y fantsticas; de qu modo tan pintoresco extienden las alas
sobre el agua, levantando nubecillas de espuma, o sumergen la cabeza
para atrapar un insecto, o la ocultan bajo el ala, o levantan el vuelo
inesperadamente para dejarse caer a los pocos pasos llenos de pereza y
molicie sobre su elstico lecho, como un strapa sobre su divn de
pluma. Nadie dudar que todo esto ofrece un tinte tan buclico y
pastoril, que no puede menos de producir el efecto apetecido. Por muy
exaltado que el nimo se encuentre, es imposible que no ceda a los
esfuerzos combinados de aquella docena de patos.

Navegan tambin en el estanque muchedumbre de botes, lanchas, canoas y
otras embarcaciones de diversas formas y tamaos. Los das de fiesta
suele cruzar por el horizonte un vapor que no se cansa jams de silbar.
Parece un espectador de los dramas de Catalina. He querido averiguar
cul era el precio del pasaje, y me han dicho que por recorrer todas las
costas del estanque, detenindose en los puntos ms notables y dignos de
verse, se pagaba, en cmara de primera, diez cntimos. Pero es fcil de
comprender que estos viajes de itinerario forzoso no convienen ms que
a las personas de poca imaginacin y de sentimientos vulgares y
limitados. Los espritus fantsticos y aventureros gustan ms de viajar
sin itinerario. Hay, pues, mucha gente que prefiere tripular los botes y
canoas navegando sin rumbo prefijado y detenindose donde bien les place
el tiempo que tienen por conveniente. El amor a la naturaleza y el deseo
de conocer las rudas faenas de la mar les arrastra a despojarse de la
levita y a empuar los remos con las manos cubiertas de sortijas. Desde
este momento su fisonoma se contrae duramente y toma la expresin
siniestra y terrible de los piratas: sus movimientos son torpes y
pesados como los de un lobo de mar. Cuando pasan cerca de la costa y ven
una niera ms o menos gentil que les contempla absorta y admirada, se
suelen guiar el ojo con cierta malicia ruda, exclamando con voz ronca:
Oh, muchachos, una fragata a barlovento!

A otros les da por lo sentimental, y el espectculo de las aguas
dormidas del lago les recuerda las novelas venecianas o las baladas de
la Suiza: se dejan balancear dulcemente, inmviles y apoyados sobre el
remo, fijan la vista en un punto del espacio con expresin amarga,
propia de corazones lacerados, y prorrumpen a veces en tiernas
barcarolas que han aprendido en el teatro Real.

Lo mismo las aventuras maravillosas de los unos que las barcarolas de
los otros cesan repentinamente as que se escucha una voz poderosa,
inmensa como la de Neptuno, que llega en alas del viento a todas las
riberas del estanque:--Esquife nmero siete (pausa solemne)... la
hora. Inmediatamente la embarcacin, despus de ejecutar las maniobras
indispensables, dirige su rumbo hacia el puerto. Si llega con felicidad
a l, como ordinariamente acontece, la tripulacin, rendida y jadeante,
no tarda en saltar sobre el muelle, limpindose los pantalones con el
pauelo para despus restituirse alegremente al seno de sus familias.




III

LA CASA DE FIERAS


No s de cundo data la institucin de que quiero dar cuenta: es posible
que haya nacido bajo el gobierno paternal del seor Moyano, aunque no lo
afirmo. Antes de ponerme a escribir acerca de ella, quiz debiera
examinar algunos documentos referentes a su ereccin y desenvolvimiento,
a fin de que las futuras generaciones, cuando lean el presente estudio,
sepan a quin deben las fieras el piadoso hospital que hoy disfrutan.
Prefiero, no obstante, improvisar algunas cuartillas, que caern fuera
de los dominios de la ciencia histrica, hacia la cual me siento antes
de almorzar poco inclinado.

A unas cien varas del estanque grande se alza el famoso hospicio donde
un gobierno atento a las necesidades morales de sus contribuyentes ha
colocado media docena de bestias feroces y veinte o treinta micos, con
el objeto de recrear y al propio tiempo vigorizar a la guarnicin de
Madrid. As como los cisnes del estanque reciben sus emolumentos para
despertar en los indgenas ideas buclicas y sentimientos pastoriles,
las alimaas de la Casa de fieras han venido adrede de los desiertos de
frica para infundir en la clase de tropa la ferocidad que suele perder
en el trato ntimo de criadas y costureras. Y es de admirar realmente el
acierto que ha presidido a la eleccin de estos terribles animales y con
qu esmero se han procurado utilizar sus diversas aptitudes. Por
ejemplo, a nadie puede caber duda de que el len ha sido trado para
despertar en el corazn de los espectadores la nobleza y la bravura,
como el leopardo la fiereza, el lobo la rapidez, la hiena la crueldad,
el mono la astucia y el oso la calma. La espaola infantera, al
recorrer por las tardes en la grata compaa de sus patronas las jaulas
del establecimiento, se siente regenerada y dispuesta a habrselas con
todo linaje de republicanos feroces y dainos, mansos o amansados.

Las fieras, como es lgico, conocen de vista a todos los reclutas de la
guarnicin, y no slo a los reclutas, sino a sus parientes y amigos. El
mejor obsequio que se puede hacer a un forastero despus de beber unas
copas de ron y marrasquino, es llevarle a la Casa de fieras y pasearle
un buen rato en torno de la jaula de los micos. Anda, anda, que
_Grabiel_ bien se divierte por all por Madrid... no se est con
_cudiao_ por l, ta Rosa... _toa_ la tarde se la pasa mira que te mira
a los micos en un sitio que llaman la Casa de fieras, que le digo, as
Dios me salve, que no hay otra cosa que ver en Madrid.

El soldado espaol es, adems de bizarro, sufrido, frugal, pundonoroso,
etc., etc., chispeante en el pensamiento y tico en la frase. Nadie lo
ha puesto en duda. Pues bien; esta sal y este aticismo con que la
naturaleza dot a nuestro ejrcito, y muy singularmente al arma de
infantera, se aumenta en un cincuenta por ciento lo menos cuando pasea
por los jardines de la Casa de fieras. En aquellos amenos parajes,
delante de la jaula del len africano, o del tigre de Bengala, o del
tit de las Indias, es donde el regocijado ingenio de nuestros quintos
derrama los tesoros de su gracia; all donde se escuchan las frases
espirituales, los dichos agudos; all donde revientan los epigramas
acerados, los discretos razonamientos. Parado frente a la jaula del
leopardo, que duerme tranquilo en un rincn, el quinto suele decirle en
tono de zumba:--Anda t, dormidor! No te cansas de dormir, tuno?
Ests a gusto, eh gran ladrn?--Pasa inmediatamente a la del len y
vierte sobre l otra granizada de chistes.--_Miale, miale_, qu boca
abre el cochino! Nos almorzaras de buena gana, verdad? Pues amigo,
_pacencia_ y llamar a Cachano, que _toos semos_ hijos de Dios. Manolo,
_arrepara_ qu melenas; _paecen_ los pelos del to Farruco!

El recluta se hincha en tales ocasiones porque tiene pblico: en pos de
l hay siempre media docena de robustas criadas de la Alcarria que le
escuchan embelesadas y le siguen con afn. Cmo se desternillan de
risa! Cmo paladean los chistes del donoso soldado! Nadie penetra como
ellas el sentido ntimo de sus frases, ni puede apreciar tan bien la
delicadeza nerviosa de su humorismo. Entre el recluta y las criadas se
engendra inmediatamente una misteriosa corriente de simpata, mediante
la que el fondo potico de sus corazones y todos los dulces pensamientos
y vagas aspiraciones de su espritu se confunden. El recluta siente en
el occipucio los ojos de las alcarreas que le excitan a mostrarse cada
vez ms agudo y espiritual, y stas advierten con inocente alegra que
aquel derroche de gracia y de ingenio no es otra cosa que un fervoroso
homenaje de adoracin que el gentil recluta les dedica. All, a la hora
del crepsculo, cuando las nieblas descienden al fondo de los valles y
el cfiro pliega sus alas sobre las flores, Manolo suele pegar un
tremendo empujn a su amigo _Grabiel_ que le hace caer sobre el grupo de
criadas, las cuales reciben el golpe como una manifestacin de respeto y
galantera. A partir del empujn, entre reclutas y criadas se establece
una amistad inalterable. Y la ferocidad que el ejrcito ha ganado por un
lado la pierde inmediatamente por otro, viniendo abajo de esta suerte la
obra paternal de la Administracin.

Antes de dar por terminado este artculo, necesito delatar a la
Corporacin municipal un abuso que redunda en menoscabo del pas y
descrdito de la importante institucin en que me estoy ocupando. Por
muy sensible que me sea el decirlo, es lo cierto que las fieras del
Municipio no cumplen debidamente con su cometido. Para qu han sido
trados estos animales de los desiertos de frica y Asia a costa de mil
sacrificios pecuniarios? Ya hemos dicho que para infundir energa y
vigorizar al pueblo y al ejrcito. Pues bien; yo no s cmo han llenado
su deber en los primeros tiempos: mas actualmente puedo decir que estn
muy lejos de desempearlo con la exactitud y el celo apetecidos. En vez
de mostrar una actitud imponente que sobrecoja y atemorice el nimo, en
vez de rugir y echar centellas por los ojos, y sacudir las rejas de la
jaula con el aparato del que quiere saltar fuera y devorar en un credo
a todos los espectadores, se pasan la mayor parte del da en letargo
vergonzoso, tirados en un rincn como objetos inanimados, sin que las
excitaciones del respetable pblico logren hacerles menear siquiera la
cola. Cuando por casualidad se les encuentra de pie, no hacen otra cosa
que pasear tranquilamente por la celda sin desplegar ninguna especie de
ferocidad, como un poeta lrico que estuviese meditando algn soneto
enrevesado para la _Ilustracin Espaola y Americana_: cuando abren la
boca y estiran las garras, nunca es en son de amenaza, sino para
desperezarse groseramente; y si tal vez que otra les da la humorada de
rugir, lo hacen con tanta delicadeza, que ms que de devorarlos, parece
que tratan de enterarse de la salud de los espectadores.

Es necesario cortar este abuso. Cmo? Buscando el origen y destruyendo
la causa. El origen de tal apata y negligencia por parte de estos
animales no puede ser otro que el no drseles el sustento necesario. Las
bestias de la Casa de fieras pertenecen a la clase docente, y como el
profesorado en general, estn muy mal retribuidas: tienen los huesos
salientes, el pellejo arrugado, el aspecto miserable y triste. Un
profesor amigo mo (que tambin tiene los huesos salientes y el pellejo
arrugado), me deca no ha mucho tiempo que l no enseaba ms ciencia
que la equivalente a los catorce mil reales que le daban. Las fieras
deben de seguir el mismo sistema. Aumnteseles, pues, el sueldo, dseles
las piltrafas suficientes, y el Ayuntamiento ver sus ctedras de
energa y ferocidad perfectamente desempeadas.




IV

EL PASEO DE LOS COCHES


Se trab una lucha titnica en el Ayuntamiento y en las columnas de los
peridicos. Los peones nos defendimos bizarramente. Hicimos esfuerzos
increbles para salvar nuestro Retiro de la feroz invasin; pero
quedamos vencidos. En las hermosas calles de rboles nunca profanadas,
chasquearon las herraduras de los caballos, y los modernos
conquistadores, los brbaros de la riqueza entraron soberbios,
arrollndonos entre las patas de sus corceles.

Vivamos felices y tranquilos, y a veces nos decamos:--Tenis los
teatros, los salones, la Casa de Campo, la Castellana, sois los dueos
de Madrid; pero nosotros poseemos el Retiro. Para gozar el aroma de sus
flores, la frescura de sus rboles y la grata perspectiva de sus
calles, es necesario que dejis vuestro coche a la puerta y ensuciis un
poco la suela de los zapatos; porque el Retiro est hecho por Dios y el
Ayuntamiento para nosotros, exclusivamente para nosotros los villanos.

Mas he aqu que un da se les antoja a los brbaros penetrar con sus
carros, con sus mujeres e hijas en nuestro delicioso campamento. Cayeron
los rboles ms o menos seculares, y sus hojas sirvieron de alfombra a
los triunfadores. Tambin nuestras frentes humilladas les sirvieron de
alfombra.

Y lo peor de todo es que, imitando la crueldad de los soldados de
Alarico y Atila, nos han llevado y nos llevan atados a su carro. He
conocido a un joven que luch valerosamente contra la invasin desde las
columnas de _La Correspondencia_. Recuerdo cierto suelto de su mano que
deca: No es exacto que el Municipio trate de abrir en el Retiro un
paseo para los carruajes. Este suelto cay como una bomba en el campo
enemigo, haciendo en l graves destrozos, y estuvo a punto de dejar
fallidas sus esperanzas. Pues bien; a este mismo joven le he visto
despus ignominiosamente atado a la carretela de un brbaro, que le
llevaba a un paso muy superior a sus piernas. Y la hija del brbaro an
parece que se rea de l.

Algunos refieren la historia del paseo de coches diciendo que a cierto
caballo ingls, hastiado de tanto ir y venir a la Castellana, acometido
del _spleen_ y en peligro inminente de suicidarse, se le puso un da
entre las dos orejas el hollar los jardines privilegiados; insina su
extravagante deseo al amo, le da algunas razones, y ltimamente le
persuade a que interponga su influencia para que de all en adelante se
extienda el privilegio de los bpedos a los caballos lucios y bien
educados. El amo, que era regidor, lo propuso en concejo, y pronunci
con tal motivo un bello discurso, donde expuso a la consideracin del
Ayuntamiento los argumentos capitales que su jaca le haba insinuado.
Armose el consiguiente motn, los bpedos se resistieron a abandonar sus
franquicias, acudieron a la prensa, dijeron que el echar rboles al
suelo era propio de los pueblos primitivos, y que es muy fcil construir
una casa, pero que un rbol nadie lo construye mas que la naturaleza;
hablaron del hacha devastadora y se autorizaron el dudar de los
sentimientos poticos de los concejales. A tales afirmaciones contest
el potro ingls, por boca de su amo, diciendo, que no eran ms que
huecas declamaciones, y que cuando el paseo estuviese abierto y
terminado, ya se vera. Y en efecto, despus se vio que el potro tena
razn. El paseo de coches, no slo no ha quitado belleza al Retiro, pero
le ha aadido cierto esplendor fastuoso que antes no tena; a cada cual
lo suyo.

No est trazado en lnea recta como el de la Castellana, porque no tiene
por objeto despertar en el vecindario ideas generales, sino que forma
una curva graciosa y bastante prolongada, que se extiende desde la Casa
de fieras hasta la estatua del Angel cado, en torno de la cual giran
los carruajes al dar la vuelta; es un Luzbel doblado por el espinazo, el
cuello descoyuntado y los msculos tendidos, que parece un artista
ecuestre del circo de Price. Sus colegas de ac, otros ngeles cados
que suelen llamarse la Tomasa, la Adela, la Paz, la Asuncin, etc., al
cruzar por su lado le miran con soberano desdn: ninguno ha cado como
l en medroso despeadero; todos han venido a dar sobre algn _milord_
con un caballo.

En este moderno paseo se cita y emplaza la sociedad elegante en las
tardes de invierno, para gozar el inefable deleite de contemplarse un
par de horas, despus de lo cual se apresura a ir a comer y escapa a ua
de caballo a contemplarse de nuevo en el Real otras tres o cuatro
horitas. Parece una sociedad de derviches: el goce supremo es la
contemplacin. Hay hombre que se queda calvo, y defrauda al Estado, y
arruina a varias familias, solamente para que dos caballos le lleven a
todas partes a contemplar a otros hombres que tambin se han quedado
calvos y han defraudado al Estado y a los particulares con el mismo
objeto. Los madrileos, mejor que ningn otro pueblo antiguo o moderno,
han llevado al refinamiento este goce exquisito: en las iglesias, en
los teatros, en el paseo, en los salones, se apuran todos los medios de
contemplarse con ms comodidad. Cuando viene el calor y es fuerza salir
de Madrid y separarse, entonces la sociedad vuela a las playas de San
Sebastin, a fin de no perderse un instante de vista.

De cinco a cinco y media de la tarde est el paseo en todo su esplendor;
un millar de coches se apia en la no muy ancha carretera, de tal
suerte, que no hay medio de caminar por ella: a veces tardan en dar una
sola vuelta ms de hora y media, lo cual constituye, como es fcil de
comprender, el encanto de los que perennemente los ocupan; de esta
guisa, la contemplacin es ms fcil y ms intensa. Las seoras levantan
suavemente las sombrillas para mirar por debajo de ellas a otras
seoras, que de igual manera dejan caer las suyas y pagan mirada por
mirada. Hace ya muchos aos que se miran y llevan por cuenta los
vestidos, los coches, los caballos, los queridos, las pulseras, el
colorete y hasta los lunares que gastan; as que, ordinariamente, se
habla muy poco: slo de vez en cuando alguna dama comunica a su
compaera en voz baja y estilo telegrfico ciertas observaciones de poca
monta:

--Has visto a Bermejillo?

--S.

--Va detrs de Enriqueta?

--S.

Y de nuevo guardan silencio.

--Has visto a la de Quintanar?

--Hasta ahora no.

--Y a la de Beleo?

--Tampoco.

La dama se calla otra vez, pero experimenta leve disgusto; para que se
vaya a casa satisfecha y coma con apetito, es preciso que estn en el
paseo la de Quintanar, la de Beleo, la de Casagonzalo, la de Trujillo,
la de Torrealta, la de Villavicencio, la de Crdova, la de Perales, la
de Vlez Mlaga y la de Cerezangos, a quienes est viendo hace veinte
aos, en todos sitios y a todas horas: si no, se marcha mal humorada,
diciendo que el paseo estaba muy cursi. Los cocheros y lacayos, desde lo
alto de los pescantes, dejan caer miradas olmpicas sobre las carrozas,
y murmuran de vez en cuando alguna frase insolente y obscena a
propsito de las damas que pasan cerca; o examinan fijamente las libreas
de sus compaeros, proponindose exigir otras iguales de sus amos. Los
caballos, aburridos, se contemplan sin cesar, y guardan silencio como
sus seores. Tal vez que otra, no obstante, dejan caer, entre resoplidos
y cabezadas, alguna observacin punzante acerca de sus colegas:

--Vaya unos arreos lucidos que les han echado encima a los jacos de
Villamediana! Me da risa!

--Qu otra cosa quieres que les pongan, chico? Si son dos burros sin
orejas!

--Y qu te parece del _tren_ de Rebolledo?

--Que esos potros son tan ingleses como el forro de mis pezuas.

As hablan los caballos a menudo; y a menudo tambin los amos.

Por una de las calles laterales y antiguas caminan los bpedos de la
burguesa, contemplando sin pestaear el fastuoso cortejo de los
cuadrpedos aristocrticos. Cuando se cansan de caminar, toman asiento
en las sillas metlicas puestas all adrede para mirarse cmodamente.
Numerosas y respetables familias, cuyos jefes sirven dignamente a la
Administracin pblica, se autorizan diariamente el sabroso placer de
ver pasar en procesin a las damas y caballeros que en Madrid gastan
coche. La vida cortesana ofrece vivos y punzantes atractivos: el jefe de
familia la encuentra demasiado agitada cuando llega a su casa.

Ciendo la carretera, con el rostro vuelto hacia los coches, suelen
cruzar a paso largo algunos seoritos de palo, con el felpudo sombrero
ladeado, puos salientes, levita abrochada hasta la nuez y bculo.
Llevan dentro un resorte que en ciertos momentos les obliga a detener el
paso, llevar la mano al sombrero, agitarlo en el aire, ponrselo otra
vez y seguir andando.

Y el sol, por no ser menos que todos, contempla con ojo de moribundo
esta escena interesante enfilando sus rayos oblicuos entre los rboles y
levantando mil graciosos reflejos en el barniz de los coches, en el
cristal de las linternas y en el metal de los botones de cocheros y
lacayos. Antes de morir envuelve con suave caricia la pompa abigarrada
de aquella muchedumbre, que no tiene ojos ms que para s misma, hace
brillar los arreos de los caballos y las joyas de las seoras, tie de
vivos colores la seda de los vestidos y extiende un manto brillante de
oro sobre la inmvil y silenciosa comitiva. Los rboles recogen con ms
placer que los hombres el ltimo beso del astro del da, y entre sus
copas frondosas surgen gratas y fugitivas luces. A la izquierda el puro
azul del cielo se deja ver, desvado ya y marchito, y su fondo luminoso
queda cortado a trechos por las formas rgidas de alguna confera o por
los tricornios de los guardias que permanecen clavados a sus caballos, y
los caballos a la tierra como verdaderas estatuas. En el medio de la
curva que el paseo describe, hay abierto un boquete sin rboles, por
donde se contempla el paisaje: parece un enorme balcn desde donde se
divisan algunas leguas de tierra rida como toda la que rodea a Madrid.
Este paisaje slo es bello a la cada de la tarde: entonces las brumas
del crepsculo, traspasadas un instante por los rayos del sol, matizan
delicadamente la vasta planicie, las colinas lejanas flotan en una
neblina azulada, y sobre ellas resaltan como puntos blancos algunos
caseros. Los juegos de la luz fingen en la llanura bosques, campos,
ros y pueblos que no existen: es un pas falso y teatral que guarda
cierta semejanza con el fondo del cuadro de las Lanzas, de Velzquez;
pero cautiva la vista por su esplendor, y dilata el pecho por su
inmensidad.

El vapor luminoso que por aquella parte envuelve el paseo, amortiguando
los vivos colores de las sombrillas, borrando los elegantes contornos de
los caballos, esfumando las facciones de las damas y prestndole a todo
aspecto escenogrfico, pierde lentamente su brillo y se transforma en un
polvo ceniciento que cae del cielo como heraldo de la noche. La noche se
llega al fin: el sol sepulta sus fuegos en los confines de la yerma
llanura: algunas nubecillas finas y delgadas, como rayas trazadas en el
firmamento, despus de ennegrecerse fuertemente, concluyen por
desaparecer. El paseo pierde todo su esplendor; ya no es ms que un
grupo numeroso de coches sin brillo ni poesa. La comitiva siente casi
al mismo tiempo un leve temblor de fro; las seoras se embozan en los
chales y tiran hacia s las pieles que cubren sus rodillas; los
caballeros se esfuerzan en meterse los abrigos y agitan los brazos en el
aire como aspas de molino; piafan los caballos pensando en las prximas
dulzuras del pesebre, y los aurigas chasquean el ltigo enderezndolos
ya hacia la ciudad. En pocos minutos queda la carretera desierta. Los
peones, que como es natural permanecen rezagados, escuchan algn tiempo
el ruido de los coches, como un rumor distante de olas que se
estrellan.




EL PJARO EN LA NIEVE

(NOVELA)


Era ciego de nacimiento. Le haban enseado lo nico que los ciegos
suelen aprender, la msica; y fue en este arte muy aventajado. Su madre
muri pocos aos despus de darle la vida; su padre, msico mayor de un
regimiento, haca un ao solamente. Tena un hermano en Amrica que no
daba cuenta de s; sin embargo, saba por referencias que estaba casado,
que tena dos nios muy hermosos y ocupaba buena posicin. El padre
indignado, mientras vivi, de la ingratitud del hijo, no quera or su
nombre; pero el ciego le guardaba todava mucho cario; no poda menos
de recordar que aquel hermano, mayor que l, haba sido su sostn en la
niez, el defensor de su debilidad contra los ataques de los dems
chicos, y que siempre le hablaba con dulzura. La voz de Santiago, al
entrar por la maana en su cuarto diciendo: Hola, Juanito! arriba,
hombre, no duermas tanto, sonaba en los odos del ciego ms grata y
armoniosa que las teclas del piano y las cuerdas del violn. Cmo se
haba trasformado en malo aquel corazn tan bueno? Juan no poda
persuadirse de ello, y le buscaba un milln de disculpas: unas veces
achacaba la falta al correo; otras se le figuraba que su hermano no
quera escribir hasta que pudiera mandar mucho dinero; otras pensaba que
iba a darles una sorpresa el mejor da presentndose cargado de millones
en el modesto entresuelo que habitaban: pero ninguna de estas
imaginaciones se atreva a comunicar a su padre: nicamente cuando ste,
exasperado, lanzaba algn amargo apstrofe contra el hijo ausente, se
atreva a decirle: No se desespere V., padre; Santiago es bueno; me da
el corazn que ha de escribir uno de estos das.

El padre se muri sin ver carta de su hijo mayor, entre un sacerdote que
le exhortaba y el pobre ciego que le apretaba convulso la mano, como si
tratase de retenerle a la fuerza en este mundo. Cuando quisieron sacar
el cadver de casa sostuvo una lucha frentica, espantosa, con los
empleados fnebres. Al fin se qued solo; pero qu soledad la suya! Ni
padre, ni madre, ni parientes, ni amigos: hasta el sol le faltaba, el
amigo de todos los seres creados. Pas dos das metido en su cuarto,
recorrindolo de una esquina a otra como un lobo enjaulado, sin probar
alimento. La criada, ayudada por una vecina compasiva, consigui al cabo
impedir aquel suicidio: volvi a comer y pas la vida desde entonces
rezando y tocando el piano.

El padre, algn tiempo antes de morir, haba conseguido que le diesen
una plaza de organista en una de las iglesias de Madrid, retribuida con
catorce reales diarios: no era bastante, como se comprende, para
sostener una casa abierta, por modesta que fuese; as que, pasados los
primeros quince das, nuestro ciego vendi por algunos cuartos, muy
pocos por cierto, el humilde ajuar de su morada, despidi a la criada y
se fue de pupilo a una casa de huspedes pagando ocho reales; los seis
restantes le bastaban para atender a las dems necesidades. Durante
algunos meses vivi el ciego sin salir a la calle ms que para cumplir
su obligacin; de casa a la iglesia, y de la iglesia a casa. La tristeza
le tena dominado y abatido de tal suerte, que apenas despegaba los
labios; pasaba las horas componiendo una gran misa de _requiem_ que
contaba se tocase por la caridad del prroco en obsequio del alma de su
difunto padre; y ya que no poda decirse que tena los cinco sentidos
puestos en su obra, porque careca de uno, s diremos que se entregaba a
ella con alma y vida.

El cambio de ministerio le sorprendi cuando an no la haba terminado:
no s si entraron los radicales, o los conservadores, o los
constitucionales; pero entraron algunos nuevos. Juan no lo supo sino
tarde y con dao. El nuevo gabinete, pasados algunos das, juzg que
Juan era un organista peligroso para el orden pblico, y que desde lo
alto del coro, en las vsperas y misas solemnes, roncando y zumbando con
todos los registros del rgano, le estaba haciendo una oposicin
verdaderamente escandalosa. Como el ministerio entrante no estaba
dispuesto, segn haba afirmado en el Congreso por boca de uno de sus
miembros ms autorizados, a tolerar imposiciones de nadie, procedi
inmediatamente y con saludable energa a dejar cesante a Juan,
buscndole un sustituto que en sus maniobras musicales ofreciese ms
garantas o fuese ms adicto a las instituciones. Cuando le notificaron
el cese, nuestro ciego no experiment ms emocin que la sorpresa; all
en el fondo casi se alegr, porque le dejaban ms horas desocupadas para
concluir su misa. Solamente se dio cuenta de su situacin cuando al fin
del mes se present la patrona en el cuarto a pedirle dinero; no lo
tena, porque ya no cobraba en la iglesia; fue necesario que llevase a
empear el reloj de su padre para pagar la casa. Despus se qued otra
vez tan tranquilo y sigui trabajando sin preocuparse de lo porvenir.
Mas otra vez volvi la patrona a pedirle dinero, y otra vez se vio
precisado a empear un objeto de la escassima herencia paterna; era un
anillo de diamantes. Al cabo ya no tuvo qu empear. Entonces, por
consideracin a su debilidad, le tuvieron algunos das ms de cortesa,
muy pocos, y despus le pusieron en la calle, glorindose mucho de
dejarle libre el bal y la ropa, ya que con ella podan cobrarse de los
pocos reales que les quedaba a deber.

Busc una nueva casa, pero no pudo alquilar piano, lo cual le caus una
inmensa tristeza; ya no poda terminar su misa. Todava fue algn tiempo
a casa de un almacenista amigo y toc el piano a ratos; no tard, sin
embargo, en observar que se le iba recibiendo cada vez con menos
amabilidad, y dej de ir por all.

Al poco tiempo le echaron de la nueva casa, pero esta vez quedndose con
el bal en prenda. Entonces comenz para el ciego una poca tan
miserable y angustiosa, que pocos se darn cuenta cabal de los dolores,
mejor an, de los martirios que la suerte le depar. Sin amigos, sin
ropa, sin dinero, no hay duda que se pasa muy mal en el mundo; mas si a
esto se agrega el no ver la luz del sol, y hallarse por lo mismo
absolutamente desvalido, apenas si alcanzamos a divisar el lmite del
dolor y la miseria. De posada en posada, arrojado de todas poco despus
de haber entrado, metindose en la cama para que le lavasen la nica
camisa que tena, el calzado roto, los pantalones con hilachas por
debajo, sin cortarse el pelo y sin afeitarse, rod Juan por Madrid no s
cunto tiempo. Pretendi, por medio de uno de los huspedes que tuvo,
ms compasivo que los dems, la plaza de pianista en un caf. Al fin se
la otorgaron, pero fue para despedirle a los pocos das: la msica de
Juan no agradaba a los parroquianos del _Caf de la Cebada_; no tocaba
jotas, ni polos, ni sevillanas, ni cosa ninguna flamenca, ni siquiera
polkas; pasaba la noche interpretando sonatas de Beethoven y conciertos
de Chopn: los concurrentes se desesperaban al no poder llevar el
comps con las cucharillas.

Otra vez volvi a rodar el msero por los sitios ms hediondos de la
capital. Algn alma caritativa, que por casualidad se enteraba de su
estado, socorrale indirectamente, porque Juan se estremeca a la idea
de pedir limosna. Coma lo preciso para no morirse de hambre en alguna
taberna de los barrios bajos, y dorma por cuatro cuartos entre mendigos
y malhechores en un desvn destinado a este fin. En cierta ocasin le
robaron, mientras dorma, los pantalones, y le dejaron otros de dril
remendados. Era en el mes de Noviembre.

El pobre Juan, que siempre haba guardado en el pensamiento la quimera
de la venida de su hermano, ahogado ahora por la desgracia, comenz a
alimentarla con afn. Hizo que le escribiesen a la Habana, sin poner
seas a la carta porque no las saba; procur informarse si le haban
visto, aunque sin resultado; y todos los das se pasaba algunas horas
pidiendo a Dios de rodillas que le trajese en su auxilio. Los nicos
momentos felices del desdichado eran los que pasaba en oracin en el
ngulo de alguna iglesia solitaria: oculto detrs de un pilar,
aspirando los acres olores de la cera y la humedad, escuchando el
chisporroteo de los cirios y el leve rumor de las plegarias de los pocos
fieles distribuidos por las naves del templo, su alma inocente dejaba
este mundo, que tan cruelmente le trataba, y volaba a comunicarse con
Dios y su Madre Santsima. Tena la devocin de la Virgen profundamente
arraigada en el corazn desde la infancia: como apenas haba conocido a
su madre, busc por instinto en la de Dios la proteccin tierna y
amorosa que slo la mujer puede dispensar al nio; haba compuesto en
honor suyo algunos himnos y plegarias, y no se dorma jams sin besar
devotamente el escapulario del Carmen que llevaba al cuello.

Lleg un da, no obstante, en que el cielo y la tierra le desampararon.
Arrojado de todas partes, sin tener un pedazo de pan que llevarse a la
boca, ni ropa con que preservarse del fro, comprendi el cuitado con
terror que se acercaba el instante de pedir limosna. Trabose una lucha
desesperada en el fondo de su espritu; el dolor y la vergenza
disputaron palmo a palmo el terreno a la necesidad; las tinieblas que le
rodeaban hacan an ms angustiosa esta batalla. Al cabo, como era de
esperar, venci el hambre. Despus de pasar muchas horas sollozando y
pidiendo fuerzas a Dios para soportar su desdicha, resolviose a implorar
la caridad; pero todava quiso el infeliz disfrazar la humillacin, y
decidi cantar por las calles de noche solamente. Posea una voz
regular, y conoca a la perfeccin el arte del canto; mas tropez con la
dificultad de no tener medio de acompaarse. Al fin, otro desgraciado,
que no lo era tanto como l, le facilit una guitarra vieja y rota, y
despus de arreglarla del mejor modo que pudo, y despus de derramar
abundantes lgrimas, sali cierta noche de Diciembre a la calle. El
corazn le lata fuertemente; las piernas le temblaban; cuando quiso
cantar en una de las calles ms cntricas, no pudo; el dolor y la
vergenza haban formado un nudo en su garganta. Arrimose a la pared de
una casa, descans algunos instantes, y repuesto un tanto, empez a
cantar la romanza de tenor del primer acto de _La Favorita_. Llam
desde luego la atencin de los transentes un ciego que no cantaba
peteneras o malagueas, y muchos hicieron crculo en torno suyo, y no
pocos, al observar la maestra con que iba venciendo las dificultades de
la obra, se comunicaron en voz baja su sorpresa y dejaron algunos
cuartos en el sombrero, que haba colgado del brazo. Terminada la
romanza, empez el aria del cuarto acto de _La Africana_. Pero se haba
reunido demasiada gente a su alrededor, y la autoridad temi que esto
fuese causa de algn desorden, pues era cosa averiguada para los agentes
de orden pblico que las personas que se renen en la calle a escuchar a
un ciego demuestran por este hecho instintos peligrosos de rebelin,
cierta hostilidad contra las instituciones, una actitud, en fin,
incompatible con el orden social y la seguridad del Estado. Por lo cual
un guardia cogi a Juan enrgicamente, por el brazo y le dijo:

--A ver; retrese V. a su casa inmediatamente, y no se pare V. en
ninguna calle.

--Pero yo no hago dao a nadie.

--Esta V. impidiendo el trnsito. Adelante, adelante, si no quiere V. ir
a la prevencin.

Es realmente consolador el ver con qu esmero procura la autoridad
gubernativa que las vas pblicas se hallen siempre limpias de ciegos
que canten. Y yo creo, por ms que haya quien sostenga lo contrario, que
si pudiese igualmente tenerlas limpias de ladrones y asesinos, no
dejara de hacerlo con gusto.

Retirose a su zahrda el pobre Juan, pesaroso, porque tena buen
corazn, de haber comprometido por un instante la paz intestina y dado
pie para una intervencin del poder ejecutivo. Haba ganado cinco reales
y un perro grande. Con este dinero comi al da siguiente, y pag el
alquiler del miserable colchn de paja en que durmi. Por la noche torn
a salir y a cantar trozos de pera y piezas de canto: vuelta a reunirse
la gente en torno suyo y vuelta a intervenir la autoridad gritndole con
energa:--Adelante, adelante.

Pero si iba adelante no ganaba un cuarto, porque los transentes no
podan escucharle! Sin embargo, Juan marchaba, marchaba siempre porque
le estremeca, ms que la muerte, la idea de infringir los mandatos de
la autoridad, y turbar, aunque fuese momentneamente, el orden de su
pas.

Cada noche se iban reduciendo ms sus ganancias. Por un lado la
necesidad de seguir siempre adelante, y por otro la falta de novedad,
que en Espaa se paga siempre muy cara, le iban privando todos los das
de algunos cntimos. Con los que traa para casa al retirarse apenas
poda introducir en el estmago algo para no morirse de hambre. Su
situacin era ya desesperada. Slo un punto luminoso segua viendo
tenazmente el desgraciado entre las tinieblas de su congojoso estado:
este punto luminoso era la llegada de su hermano Santiago. Todas las
noches, al salir de casa con la guitarra colgada del cuello, se le
ocurra el mismo pensamiento:--Si Santiago estuviese en Madrid y me
oyese cantar, me conocera por la voz. Y esta esperanza, mejor dicho,
esta quimera, era lo nico que le daba fuerzas para soportar la vida.

Lleg otro da, no obstante, en que la angustia y el dolor no conocieron
lmites. En la noche anterior no haba ganado ms que seis cuartos.
Haba estado tan fra! Como que amaneci Madrid envuelto en una sbana
de nieve de media cuarta de espesor. Y todo el da sigui nevando sin
cesar un instante, lo cual les tena sin cuidado a la mayora de la
gente, y fue motivo de regocijo para muchos aficionados a la esttica.
Los poetas que gozaban de una posicin desahogada, muy particularmente,
pasaron gran parte del da mirando caer los copos al travs de los
cristales de su gabinete, y meditando lindos e ingeniosos smiles de
esos que hacen gritar al pblico en el teatro bravo, bravo! u obligan
a exclamar cuando se leen en un tomo de versos: qu talento tiene este
joven!

Juan no haba tomado ms alimento que una taza de caf de nfima clase y
un panecillo. No pudo entretener el hambre contemplando la hermosura de
la nieve, en primer lugar, porque no tena vista; y en segundo, porque
aunque la tuviese, era difcil que al travs de la reja de vidrio
empaada y sucia de su desvn pudiera verla. Pas el da acurrucado
sobre el colchn, recordando los das de la infancia y acariciando la
dulce mana de la vuelta de su hermano. Al llegar la noche, apretado por
la necesidad, desfallecido, baj a la calle a implorar una limosna. Ya
no tena guitarra; la haba vendido por tres pesetas en un momento
parecido de apuro.

La nieve caa con la misma constancia, puede decirse con el mismo
encarnizamiento. Las piernas le temblaban al pobre ciego lo mismo que el
da primero en que sali a cantar; pero esta vez no era de vergenza,
sino de hambre. Avanz como pudo por las calles, enfangndose hasta ms
arriba del tobillo: su odo le deca que no cruzaba apenas ningn
transente; los coches no hacan ruido, y estuvo expuesto a ser
atropellado por uno. En una de las calles cntricas se puso al fin a
cantar el primer pedazo de pera que acudi a sus labios: la voz sala
dbil y enronquecida de la garganta; nadie se acercaba a l ni siquiera
por curiosidad. Vamos a otra parte, se dijo, y baj por la Carrera de
San Jernimo, caminando torpemente sobre la nieve, cubierto ya de un
blanco cendal y con los pies chapoteando agua. El fro se le iba
metiendo por los huesos; el hambre le produca un fuerte dolor en el
estmago. Lleg un momento en que el fro y el dolor le apretaron tanto,
que se sinti casi desvanecido, crey morir, y elevando el espritu a la
Virgen del Carmen, su protectora, exclam con voz acongojada: Madre
ma, socrreme! Y despus de pronunciar estas palabras, se sinti un
poco mejor y march, o ms propiamente, se arrastr hasta la plaza de
las Cortes: all se arrim a la columna de un farol, y, todava bajo la
impresin del socorro de la Virgen, comenz a cantar el _Ave Mara_, de
Gounod, una meloda a la cual siempre haba tenido mucha aficin. Pero
nadie se acercaba tampoco. Los habitantes de la villa estaban todos
recogidos en los cafs y teatros, o bien en sus hogares haciendo bailar
a sus hijos sobre las rodillas al amor de la lumbre. Segua cayendo la
nieve pausada y copiosamente, decidida a prestar asunto al da siguiente
a todos los revisteros de peridicos para encantar a sus aficionados
con una docena de frases delicadas. Los transentes que casualmente
cruzaban lo hacan apresuradamente, arrebujados en sus capas y tapndose
con el paraguas. Los faroles se haban puesto el gorro blanco de dormir,
y dejaban escapar melanclica claridad. No se oa ruido alguno si no era
el rumor vago y lejano de los coches, y el caer incesante de los copos
como un crujido levsimo y prolongado de sedera. Slo la voz de Juan
vibraba en el silencio de la noche saludando a la Madre de los
Desamparados. Y su canto, ms que himno de salutacin, pareca un grito
de congoja algunas veces; otras, un gemido triste y resignado que helaba
el corazn ms que el fro de la nieve.

En vano clam el ciego largo rato pidiendo favor al cielo; en vano
repiti el dulce nombre de Mara un sinnmero de veces, acomodndolo a
los diversos tonos de la meloda. El cielo y la Virgen estaban lejos, al
parecer, y no le oyeron; los vecinos de la plaza estaban cerca, pero no
quisieron orle. Nadie baj a recogerlo; ningn balcn se abri
siquiera para dejar caer sobre l una moneda de cobre. Los transentes,
como si viniesen perseguidos de cerca por la pulmona, no osaban
detenerse.

Al fin ya no pudo cantar ms: la voz espiraba en la garganta; las
piernas se le doblaban; iba perdiendo la sensibilidad en las manos. Dio
algunos pasos y se sent en la acera al pie de la verja que rodea el
jardn. Apoy los codos en las rodillas y meti la cabeza entre las
manos. Y pens vagamente en que haba llegado el ltimo instante de su
vida; y volvi a rezar fervorosamente implorando la misericordia divina.

Al cabo de un rato percibi que un transente se paraba delante de l y
se sinti cogido por el brazo. Levant la cabeza, y sospechando que
sera lo de siempre, pregunt tmidamente:

--Es V. algn guardia?

--No soy ningn guardia--repuso el transente,--pero levntese V.

--Apenas puedo, caballero.

--Tiene V. mucho fro?

--S, seor... y adems no he comido hoy.

--Entonces, yo le ayudar... vamos... arriba!

El caballero cogi a Juan por los brazos y le puso en pie; era un hombre
vigoroso.

--Ahora apyese V. bien en m y vamos a ver si hallamos un coche.

--Pero dnde me lleva V.?

--A ningn sitio malo tiene V. miedo?

--Ah! no: el corazn me dice que es V. una persona caritativa.

--Vamos andando... a ver si llegamos pronto a casa para que V. se seque
y tome algo caliente.

--Dios se lo pagar a V. caballero... la Virgen se lo pagar... Cre que
iba a morirme en ese sitio.

--Nada de morirse... no hable V. de eso ya. Lo que importa ahora es dar
pronto con un simn... Vamos adelante... qu es eso; tropieza V.?

--S, seor; creo que he dado contra la columna de un farol... Como soy
ciego!

--Es V. ciego?--pregunt vivamente el desconocido.

--S, seor.

--Desde cundo?

--Desde que nac.

Juan sinti estremecerse el brazo de su protector; y siguieron caminando
en silencio. Al cabo ste se detuvo un instante y le pregunt con voz
alterada.

--Cmo se llama V.?

--Juan.

--Juan qu?

--Juan Martnez.

--Su padre de V. Manuel, verdad? msico mayor del tercero de artillera
no es cierto?

--S, seor.

En el mismo instante el ciego se sinti apretado fuertemente por unos
brazos vigorosos que casi le asfixiaron y escuch en su odo una voz
temblorosa que exclam:

--Dios mo, qu horror y qu felicidad! Soy un criminal, soy tu hermano
Santiago.

Y los dos hermanos quedaron abrazados y sollozando algunos minutos en
medio de la calle. La nieve caa sobre ellos dulcemente.

Santiago se desprendi bruscamente de los brazos de su hermano y
comenz a gritar salpicando sus palabras con fuertes interjecciones:

--Un coche, un coche! no hay un coche por ah?... maldita sea mi
suerte! Vamos, Juanillo, haz un esfuerzo; llegaremos pronto al puesto...
Pero seor, dnde se meten los coches...? Ni uno slo cruza por aqu...
All lejos veo uno... gracias a Dios!... Se aleja el maldito!... Aqu
est otro... ste ya es mo. A ver cochero... cinco duros si V. nos
lleva volando al hotel nmero diez de la Castellana...

Y cogiendo a su hermano en brazos como si fuera un chico lo meti en el
coche y detrs se introdujo l. El cochero arre a la bestia y el
carruaje se desliz velozmente y sin ruido sobre la nieve. Mientras
caminaban, Santiago teniendo siempre abrazado al pobre ciego, le cont
rpidamente su vida. No haba estado en Cuba, sino en Costa Rica, donde
junt una respetable fortuna; pero haba pasado muchos aos en el campo,
sin comunicacin apenas con Europa; escribi tres o cuatro veces por
medio de los barcos que traficaban con Inglaterra y no obtuvo
respuesta. Y siempre pensando en tornar a Espaa al ao siguiente, dej
de hacer averiguaciones proponindose darles una agradable sorpresa.
Despus se cas y este acontecimiento retard mucho su vuelta. Pero
haca cuatro meses que estaba en Madrid, donde supo por el registro
parroquial que su padre haba muerto; de Juan le dieron noticias vagas y
contradictorias: unos le dijeron que se haba muerto tambin; otros que
reducido a la ltima miseria, haba ido por el mundo cantando y tocando
la guitarra. Fueron intiles cuantas gestiones hizo para averiguar su
paradero. Afortunadamente la Providencia se encarg de llevarlo a sus
brazos. Santiago rea unas veces, lloraba otras mostrando siempre el
carcter franco, generoso y jovial de cuando nio.

Par el coche al fin. Un criado vino a abrir la portezuela. Llevaron a
Juan casi en volandas hasta su casa. Al entrar percibi una temperatura
tibia, el aroma de bienestar que esparce la riqueza: los pies se le
hundan en mullida alfombra; por orden de Santiago dos criados le
despojaron inmediatamente de sus harapos empapados de agua y le pusieron
ropa limpia y de abrigo. En seguida le sirvieron en el mismo gabinete,
donde arda un fuego delicioso, una taza de caldo confortador y despus
algunas viandas, aunque con la debida cautela, por la flojedad en que
deba hallarse su estmago: subieron adems de la bodega el vino ms
exquisito y aejo. Santiago no dejaba de moverse, dictando las rdenes
oportunas, acercndose a cada instante al ciego para preguntarle con
ansiedad:

--Cmo te encuentras ahora, Juan?--Estas bien?--Quieres otro
vino?--Necesitas ms ropa?

Terminada la refaccin se quedaron ambos algunos momentos al lado de la
chimenea. Santiago pregunt a un criado si la seora y los nios estaban
ya acostados y habindole respondido afirmativamente, dijo a su hermano
rebosando de alegra:

--T no tocas el piano?

--S.

--Pues vamos a dar un susto a mi mujer y a mis hijos. Ven al saln.

Y le condujo hasta sentarle delante del piano. Despus levant la tapa
para que se oyera mejor, abri con cuidado las puertas y ejecut todas
las maniobras conducentes a producir una sorpresa en la casa; pero todo
ello con tal esmero, andando sobre la punta de los pies, hablando en
falsete y haciendo tantas y tan graciosas muecas, que Juan al notarlo no
pudo menos de rerse exclamando: Siempre el mismo Santiago!

--Ahora toca Juanillo, toca con todas tus fuerzas.

El ciego comenz a ejecutar una marcha guerrera. El silencioso hotel se
estremeci de pronto, como una caja de msica cuando se la da cuerda.
Las notas se atropellaban al salir del piano, pero siempre con ritmo
belicoso. Santiago exclamaba de vez en cuando:

--Ms fuerte, Juanillo, ms fuerte!

Y el ciego golpeaba el teclado, cada vez con mayor bro.

--Ya veo a mi mujer detrs de las cortinas... adelante, Juanillo,
adelante!... Est la pobre en camisa... ji... ji... me hago como que no
la veo... se va a creer que estoy loco... ji ji!... adelante,
Juanillo, adelante!

Juan obedeca a su hermano, aunque sin gusto ya, porque deseaba conocer
a su cuada y besar a sus sobrinos.

--Ahora veo a mi hija Manolita, que tambin sale en camisa... Calle,
tambin se ha despertado Paquito!... No te he dicho que todos iban a
recibir un susto!... Pero se van a constipar si andan de ese modo ms
tiempo... No toques ms Juan, no toques ms.

Ces el estrpito infernal.

--Vamos, Adela, Manolito, Paquito, abrigaos un poco y venid a dar un
abrazo a mi hermano Juan. Este es Juan de quien tanto os he hablado, a
quien acabo de encontrar en la calle a punto de morirse helado entre la
nieve... Vamos, vestos pronto!

La noble familia de Santiago vino inmediatamente a abrazar al pobre
ciego. La voz de la esposa era dulce y armoniosa: Juan crea escuchar
la de la Virgen: not que lloraba cuando su marido relat de qu modo le
haba encontrado. Y todava quiso aadir ms cuidados a los de Santiago:
mand traer un calorfero y ella misma se lo puso debajo de los pies;
despus le envolvi las piernas en una manta y le puso en la cabeza una
gorra de terciopelo. Los nios revoloteaban en torno de la butaca,
acaricindole y dejndose acariciar de su to. Todos escucharon en
silencio y embargados por la emocin, el breve relato que de sus
desgracias les hizo. Santiago se golpeaba la cabeza: su esposa lloraba:
los chicos atnitos le decan estrechndole la mano: No volvers a
tener hambre ni a salir a la calle sin paraguas, verdad tiito?... yo no
quiero, Manolita no quiere tampoco... ni pap, ni mam.

--A que no le das tu cama, Paquito!--dijo Santiago, pasando a la
alegra inmediatamente.

--Si no _quepe_ en ella, pap! En la sala hay otra muy grande, muy
grande, muy grande...

--No quiero cama ahora,--interrumpi Juan... me encuentro tan bien
aqu!

--Te duele el estmago como antes?--pregunt Manolita abrazndole y
besndole.

--No, hija ma, no, bendita seas!... no me duele nada... soy muy
feliz... lo nico que tengo es sueo... se me cierran los ojos sin
poderlo remediar...

--Pues por nosotros no dejes de dormir, Juan,--dijo Santiago.

--S, tiito, duerme, duerme--dijeron a un tiempo Manolita y Paquito
echndole los brazos al cuello y cubrindole de caricias...

       *       *       *       *       *

Y se durmi en efecto. Y despert en el cielo.

Al amanecer del da siguiente, un agente de orden pblico tropez con su
cadver entre la nieve. El mdico de la casa de socorro certific que
haba muerto por la congelacin de la sangre.

--Mira, Jimnez--dijo un guardia de los que le haban llevado a su
compaero.

--Parece que se est riendo!




LA ACADEMIA

DE JURISPRUDENCIA


No todos los transentes de la calle de la Montera saben que en el
nmero 22, cuarto bajo, se encuentra establecida, desde algunos aos
hace, la Academia de Jurisprudencia[*]. La mayora de los ciudadanos que
van o vienen de la Puerta del Sol pasan por delante del largo portal de
la casa sin sospechar que dentro de ella disctense los ms caros
intereses de su vida, la religin, la propiedad y la familia, todo lo
que se halla bajo la salvaguardia vigilante del Sr. Perier, director
propietario de _La Defensa de la Sociedad_. Si tuviesen el humor de
entrar, vieran quiz colgado de la pared en dicho portal un cuadrito
donde en letras gordas se dice: _No hay sesin_, o bien _El mircoles
continuar la discusin de la memoria del seor Martnez sobre el
derecho de acrecer: tienen pedida la palabra en pro los Sres. Prez,
Fernndez y Gutirrez, y en contra los seores Lpez, Gonzlez y
Rodrguez_. El tema es por cierto asaz importante, y los nombres de los
oradores demasiado conocidos del pblico para que cualquier ciudadano no
entre en apetito de presenciar este debate. Restregndome, pues, las
manos y gustando anticipadamente con la imaginacin sus ruidosas
peripecias, tengo salido muchas veces diciendo: No faltar, no faltar.

[* Se encontraba cuando el autor escriba estos renglones:
posteriormente se ha trasladado a otro sitio.]

Llega la noche sealada, empujo la mampara de la Academia y penetro en
el saln de sesiones. Una muchedumbre de trece a quince personas invade
el local destinado al pblico. Los acadmicos suelen estar an en mayor
nmero, llegando algunas veces a ocupar casi todos los bancos
delanteros. Prez ha comenzado ya su discurso. El celebrado orador que
_La Correspondencia de Espaa_ ha llamado magistral en ms de una
ocasin, por ms que no haya logrado prebenda en ninguna baslica, podr
tener, a juzgar por su fisonoma, unos nueve aos de edad. Es
medianamente alto, delgado, de ojos pequeos e inquietos, y un poco
desgalichado: su rostro ofrece el sello de meditacin y tristeza que
comunica una vida consagrada casi por entero al estudio de los arduos
problemas de la Filosofa. Principia siempre a hablar con cierto desdn
altanero, y su palabra en los primeros momentos es perezosa y torpe;
parece que est distrado como si le arrancasen de improviso al mundo de
reflexiones sabias y profundas donde habita a la continua. Mas a medida
que el tiempo trascurre y el asunto penetra en l, toma calor y su
discurso adquiere un bro extraordinario.

El asunto que ahora se discute es de inters palpitante. Se trata de
saber si la ley de Partida que regula el derecho de acrecer se refiere
nicamente a las mandas o legados, o debe aplicarse tambin a las
herencias. Prez, demostrando su destreza en esta clase de debates,
comienza a cimentar su discurso sobre bases slidas. Empieza estudiando
detenidamente al hombre en su doble naturaleza fsica y moral,
internndose con paso firme en el campo de la Antropologa. Su talento
esencialmente analtico va arrancando a la materia las secretas leyes
por que se rige, y ms tarde al espritu los vagos y complejos impulsos
que le animan. Combate ruda pero severamente la teora de Darwin sobre
el origen de las especies, y demuestra con gran copia de datos y
razones, que la humanidad no es el coronamiento del proceso animal, por
ms que rechace igualmente la procedencia de una sola pareja. Con este
motivo, examina las contradicciones entre la Biblia y la ciencia, y
expone clara y sucintamente el modo de resolverlas. Pasa despus al
estudio de la pre-historia, y rpidamente analiza las ltimas teoras,
declarndose franco y resuelto partidario de la existencia del hombre en
el terreno terciario.

Ninguno ms reservado y ms cauto que yo (dice con solemnidad) cuando
se trata de aceptar una teora peregrina sobre problemas tan oscuros e
inaccesibles, pero todo el mundo est obligado a rendirse ante la
evidencia. Mi esclarecido amigo el seor Fernndez ha tenido la fortuna
de encontrar este verano en una gruta de su provincia, e incrustada
entre rocas de granito de carcter terciario, una taza...

(_Fernndez, levantndose a medias del asiento_):--Una vinagrera.

_Prez_:--Entenda que era una taza lo que haba hallado su seora;
pero este cambio corrobora an mejor la doctrina que estoy exponiendo.
La fabricacin y el uso de esta clase de artefactos, lo mismo de las
tazas que de las vinagreras (singularmente de las vinagreras) manifiesta
y declara la existencia del hombre en dicho terreno, y supone adems en
l un cierto grado de cultura nada compatible en verdad con el
embrutecimiento a que lo condenan las teoras de la escuela
materialista.

El orador da fin a su discurso con una historia tan concienzuda como
brillante del derecho de propiedad.

Por indisposicin del Sr. Lpez, que era el encargado de contestar al
discurso del Sr. Prez, se levanta a hablar el Sr. Gonzlez. Es hombre
ms entrado en das que su contrincante: representa bien unos doce aos,
y tiene fisonoma dulce, apacible y ruborosa donde se refleja un alma
creyente y sumisa.

Todos nosotros reconocemos (comienza a decir con voz suave de
contralto, muy semejante a la de los nios de coro), y con nosotros
cuantos siguen el movimiento intelectual contemporneo, todos
reconocemos en mi ilustre amigo el Sr. Prez una erudicin inmensa
dichosamente unida a una inteligencia poderosa y perspicua que se
apodera de las ideas y se enseorea de ellas sometindolas a un anlisis
seguro y minucioso, bien as como el guila cae de sbito sobre su
presa, la coge entre sus garras y asciende con ella por los espacios,
arrastrndola a regiones desconocidas donde con el ensangrentado pico se
entretiene en explorar sus entraas palpitantes... (_Bravo! Bravo!
Las miradas del pblico se fijan sobre Prez, que en aquel momento toma
notas_).

Pero ah, seores! el eminente orador que me ha precedido en el uso de
la palabra, impulsado por su temperamento analtico, por la sed ardiente
de conocimientos que le devora, abandona las consoladoras creencias del
cristianismo, en que se ha educado, y marcha resueltamente por la senda
del libre examen, sin sospechar los riesgos que corre su noble espritu;
de la misma suerte que el nio, persiguiendo por el campo a la mariposa
irisada, no ve el abismo que se abre a sus pies y amenaza sepultarle...
(_Prolongados aplausos_).

Contina el orador describiendo con rasgos magistrales el carcter de
Prez, y pasa despus a lamentarse con acento pattico de que aqul no
crea en la procedencia del gnero humano de una sola pareja. Con este
motivo, hace una pintura acabada y elocuente del paraso terrenal, y
describe a nuestros primeros padres en el estado de inocencia,
entretenindose sobre todo a dibujar con amor y cuidado la figura
esbelta, graciosa, cndida e incitante a la vez de la madre Eva, de tal
modo, que provoca en la juventud que le escucha entusisticos y
fervorosos aplausos.

Traza despus a grandes pinceladas la historia de los primeros tiempos
de la humanidad, y afirma que la verdadera civilizacin tiene su origen
en el cristianismo. (_El Sr. Gutirrez pide la palabra con voz irritada
y estentrea. Grande ansiedad en la media docena de circunstantes que
han quedado en el pblico_).

Terminado el discurso, rectifica brevemente Prez, y acto continuo el
presidente concede la palabra a Gutirrez, que con el rostro encendido,
las manos trmulas y los ojos inyectados, comienza a gritar ms que a
decir su oracin.

Seores acadmicos--exclama:--No es el cristianismo, no, como acabis
de or, el que ha engendrado nuestra civilizacin. Todo lo contrario. El
cristianismo ha sido, es y ser mientras exista, la rmora constante del
progreso de los pueblos. Hace mil ochocientos y tantos aos que un judo
exaltado...

(_El presidente, haciendo sonar la campanilla_):--La Mesa suplica al Sr.
Gutirrez que procure no herir el sentimiento religioso de la asamblea.

Seor presidente, ha llegado la hora de las grandes verdades. Vosotros
vens de los templos, de los salones, de las universidades... Yo vengo
de la calle... Y vosotros no sabis lo que pasa en la calle... Yo lo
s... Por eso os digo que vivis alerta. La paciencia, una paciencia que
ha durado muchos siglos, est ya a punto de agotarse. Nos hemos contado
y os hemos contado tambin. Maana, cuando ms descuidados estis, tal
vez vengamos a arrojaros de aqu. Los hombres de la calle, como un
torrente que se desata, como una inmensa y terrible avenida...

_El presidente_:--La Mesa no puede permitir que el Sr. Gutirrez siga
hablando de ese modo.

(Algunas voces: _Muy bien, muy bien._ Otras: _Que siga, que siga_).

Seor presidente, creo estar en mi perfecto derecho al hablar de la
avenida que se precipita...

_El presidente_:--Su seora no puede hablar de la avenida...

(_Muy bien, muy bien_. Una voz: _Fuera el presidente_. Terrible
confusin en el pblico. Cuatro espectadores baten palmas a la
presidencia. Dos gritan: _Que siga, que siga_. Los acadmicos se hablan
al odo, aconsejando moderacin e imparcialidad).

_Gutirrez, con amargura_:--Seor presidente, veo con claridad que aqu,
como en la calle, no se respeta la justicia. Renuncio al uso de la
palabra... Antes de sentarme, sin embargo, os dir que, aunque vosotros
no la veis, la avenida sube, sube, y concluir por ahogaros.

(_Indescriptible confusin. Dos espectadores apostrofan duramente al
orador. Algunos acadmicos tratan de imponerles silencio. El presidente
rompe la campanilla. Gutirrez pasea miradas insolentes y sarcsticas
por el concurso_).

_El presidente, logrando hacerse or_:--Su seora puede hacer lo que
guste, pero conste que la Mesa no le retira la palabra. El mircoles
prximo continuar la discusin sobre el derecho de acrecer. Se levanta
la sesin.


II


La vida pblica de la Academia de Jurisprudencia no se resume en los
debates como el que acabamos de presenciar. Hay en su organizacin o
vida interna ciertos mecanismos que tocan, o por mejor decir, entran de
lleno en los dominios del derecho poltico y aun en el natural, o sea el
que la naturaleza ense lo mismo a los hombres que a los animales:
_quod natura omnia animalia docuit._ Me refiero a las elecciones.

Cuando entramos en el saln de sesiones y vemos al lado del presidente a
un joven decentemente vestido que en ciertas ocasiones lee con voz
trmula y conmovida el resumen de los gastos y los ingresos, apenas
fijamos nuestra atencin en l. Y no obstante, ese joven es el
Secretario! El Secretario! Cun poco nos figuramos lo que significa
esta palabra!

Asistid como yo he asistido a una eleccin de Secretario en la Academia
de Jurisprudencia, y mediris su extensin. Al solo anuncio de las
elecciones, conmuvese hondamente aquel respetable cuerpo jurdico,
preparndose a una terrible y dolorosa crisis. La chispa de la ambicin
comunica instantneamente el fuego a todos los corazones, y como sucede
siempre en las grandes perturbaciones sociales, los srdidos intereses,
las pasiones bastardas, los rencores, las miserias, todo el fango del
espritu, en una palabra, asciende a la superficie y enturbia por un
instante la pureza de la docta Corporacin. Mas en medio de este
revuelto mar de apetitos y torpes deseos suelen flotar tambin,
digmoslo en honor de los jvenes jurisconsultos espaoles, nobles y
legtimas ambiciones y rasgos de conmovedora modestia.

He conocido un joven a quien una Comisin salida del seno de la Academia
pas a ofrecer en su misma casa el puesto de Secretario con el objeto
de apagar una querella suscitada entre dos enconados e igualmente
poderosos adversarios. Aquel joven esclarecido, dando a la historia el
mismo ejemplo de modestia y generosidad que el rey Wamba, se neg
terminantemente a aceptar los honores que le ofrecan.

Este ejemplo, por desgracia, no ha tenido imitadores. Las dulzuras del
poder excitan demasiadamente el paladar de los jvenes acadmicos para
que nadie piense en rechazarlas. Antes al contrario, se emplean para
conseguirlas todos los medios que la inteligencia despierta de los
socios, encendida por el deseo, les sugiere. Qu de intrigas
espantables y tenebrosas! Qu de crueles asechanzas! Cuntas palabras
prfidas! Cuntas sonrisas traidoras! El espritu se estremece y los
cabellos se erizan al acercarse a este hervidero de las pasiones
humanas.

Ni tampoco faltan los arranques brutales de la fuerza, o sean las
coacciones escandalosas, como se dice en trminos tcnicos. A este
propsito se citan en la Academia algunos hechos que, por su gravedad y
por las tristsimas circunstancias de que se hallan rodeados, conturban
y abaten el nimo. Se dice, por ejemplo, que en cierta ocasin el
bibliotecario, Sr. Torres Campos, obstruy con su persona uno de los
pasillos del local para que sus contrarios no pudiesen ir a depositar el
voto en la urna. Yo nunca he credo semejante especie. Conozco muy bien
al distinguido bibliotecario, y aunque le considero con facultades para
obstruir cualquier pasillo, no creo que jams haya puesto sus felices
condiciones fsicas al servicio de una tan flagrante injusticia. De
todas suertes, es bueno, sin embargo, dejar apuntado que he visto a
algunos acadmicos calificar su legtima influencia en la Corporacin de
funesta e insufrible tirana.

Hay, no obstante, jvenes privilegiados, favorecidos por la Providencia
con dotes excepcionales que alcanzan los ms altos puestos sin lucha,
sin esfuerzo y sin peligro. Desde el instante en que uno de estos
jvenes pisa los umbrales de la Academia, sus compaeros, como si viesen
en l un ser superior enviado del cielo, se apresuran a allanarle los
obstculos y a sembrar de flores su camino. Cesan las envidiosas
maquinaciones, se apagan los rencores, clmanse momentneamente las
encrespadas olas, y el joven providencial marcha triunfante, baado por
el sol de la gloria, libre y desembarazado, a la codiciada silla de
Secretario, donde se sienta, como los emperadores brbaros, por derecho
propio. Tal ha sido la historia de mi distinguido amigo el Sr. Macaya y
de algunos otros, aunque muy escasos, jvenes.

A ms del cargo supremo de Secretario (pues el de Presidente se ha
convenido en cederlo a la poltica), hay otros puestos que excitan
tambin la concupiscencia de los socios, que son los de presidentes y
vicepresidentes de las secciones. La eleccin de stos, aunque no ofrece
la honda perturbacin que la de Secretario, no por eso deja de ser
interesante y sembrada de peripecias. Algunos meses antes del da
sealado para la eleccin empiezan a echarse a volar algunos nombres
sobre los cuales se levanta viva e incesante discusin. Examnanse los
antecedentes del candidato, estdianse detenidamente las fases de su
talento, aquiltanse sus mritos, y ltimamente recae en l la sentencia
que le eleva o le confunde, expresada siempre en estos sacramentales
trminos: Tiene talla o No tiene talla. Hay cabildeos infinitos,
combinaciones, arreglos amistosos, bruscos desabrimientos,
transacciones, se imprimen varias candidaturas (lo cual suele costar
dinero a las familias), se traen a la palestra tarjetas del Presidente
del Consejo de ministros y del Cardenal Arzobispo de Toledo, intervienen
algunas damas de la nobleza y se dan algunas bofetadas.

En cierta ocasin he asistido con un amigo a estas reidas elecciones.
Mi amigo no se presentaba candidato, mas sin saber por qu ni cmo,
quiz para dar en la cabeza a algn ambicioso, lo cierto es que al
efectuarse el escrutinio, mi amigo sali nombrado presidente de la
seccin de derecho cannico. Su alegra y sorpresa fueron tan grandes,
que estuvo a punto de caer desmayado en mis brazos. Salimos del local, y
en la calle me abraz repetidas veces, me habl de su porvenir y me
comunic en secreto que ahora pensaba dirigir sus tiros al puesto de
Secretario, se enterneci refirindome su primera y nica aventura
amorosa, y concluy por cantar a media voz la _Marsellesa_ (haba sido
elegido por el elemento liberal de la corporacin). Al tirar de la
campanilla de su casa, y al preguntar la criada quin es? exclam fuera
de s: Abre, muchacha, que tienes a tu amo Presidente de la Academia
de Jurisprudencia!

Noble y gloriosa emulacin la que se establece en esta ilustre
sociedad! Qu importa que esta emulacin vaya manchada en algunos casos
por el fango de las malas pasiones! Las malas pasiones son un poderoso
auxiliar en la carrera que la juventud de la Academia ha emprendido, o
como deca cierto subsecretario amigo mo, en la poltica es necesario
tener algunas onzas de mala sangre. Consuela y ensancha el nimo un
espectculo semejante. Los vergeles de la poltica espaola tienen un
vivero en la Academia de Jurisprudencia. De all se trasplantan los
caballeros de Isabel la Catlica y los jefes superiores de
administracin encargados de la gestin de nuestros intereses.
Actualmente existen loado sea Dios! dentro de la respetable Corporacin
que hemos tratado de describir a grandes rasgos, tres Venancios Gonzlez
en agraz, cinco Camachos y un Posada Herrera. Pueden dormir tranquilos,
pues, nuestros labradores, industriales y comerciantes. Si alguna vez se
les ocurre entrar en el nmero 22 de la calle de la Montera, cuarto
bajo, contemplarn con lgrimas de enternecimiento un enjambre de
inocentes y juguetones cachorrillos adiestrndose para meterlos maana u
otro da en la crcel cuando voten a un candidato de oposicin, impedir
que se renan con sus amigos, y subirles discretamente las
contribuciones.




EL HOMBRE

DE LOS PATBULOS


Hace cosa de tres o cuatro aos tuve la infame curiosidad de ir al Campo
de Guardias a presenciar la ejecucin de dos reos. El afn de verlo todo
y vivirlo todo, como dicen los krausistas, me arrastr hacia aquel
sitio, venciendo una repugnancia que pareca invencible, y los serios
escrpulos de la conciencia. Por aquel tiempo pensaba dedicarme a la
novela realista.

Eran las siete de la maana. La Puerta del Sol y la calle de la Montera
estaban cuajadas de gente. Haba llovido por la noche, y el cielo,
plomizo, tocaba casi en la veleta del Principal. La atmsfera,
impregnada de vapor acuoso, y el suelo cubierto de lodo. La muchedumbre
levantaba incesante y spero rumor, sobre el cual se alzaban los gritos
de los pregoneros anunciando la salve que cantan los presos a los reos
que estn en capilla, y el extraordinario de _La Correspondencia_.
Una fila de carruajes marchaba lentamente hacia la Red de San Luis. Los
cocheros, arrebujados en sus capotes rados, se balanceaban
perezosamente sobre los pescantes. Otra fila de mnibus, con las
portezuelas abiertas, convidaba a los curiosos a subir. Los cocheros nos
animaban con voces descompasadas. Uno de ellos gritaba al pie de su
carruaje:

--Eh, eh! al patbulo! dos reales al patbulo!

Me senta aturdido, y empec a subir por la calle de la Montera,
empujado por la ola de la multitud. Los pies chapoteaban asquerosamente
en el fango. Cosa rara! en vez de pensar en la lgubre escena que me
aguardaba, iba tenazmente preocupado por el lodo. Haba odo decir a un
magistrado, no haca mucho tiempo, que el barro de Madrid quemaba y
destrua la ropa como un corrosivo, lo cual tena su explicacin en la
piedra del pavimento, por regla general caliza. Buenos me voy a poner
los pantalones! iba diciendo para mis adentros, con acento doloroso.

La muchedumbre ascenda con lento paso. El que bajase a la Puerta del
Sol en aquel instante y fuese examinando los rostros de los que
subamos, si no tuviera otros datos, no sospechara ciertamente a qu
lugar siniestro nos dirigamos. Las fisonomas no expresaban ni dolor,
ni zozobra, ni preocupacin siquiera. Marchbamos todos con la
indiferencia estpida de un pueblo trashumante que va a establecerse a
otra comarca. Los que llevaban compaa, charlaban; los que iban solos,
echaban pestes de vez en cuando, entre dientes, contra el barro. Slo el
cielo mostraba un semblante sombro y melanclico, adecuado a las
circunstancias.

Recorrimos la calle de Hortaleza, y al llegar cerca del Saladero
hallamos un gran montn de gente que invada los alrededores y que nos
detuvo. La muchedumbre hormigueaba delante del sucio y repugnante
edificio en espera de algo; un algo bien espantoso por cierto! Yo fui a
engrosar aquel gran montn, como una gota de agua que cae en el mar.
All los rostros ya expresaban algo: la impaciencia. Me parece excusado
decir que era plebe la inmensa mayora de los circunstantes, porque la
plebe es la que particularmente se siente atrada hacia los espectculos
cruentos. No obstante, hay tambin gente de levita y sombrero de copa
que se deleita con las emociones terribles; pero en aquella ocasin era
una minora muy exigua. Un coche de plaza sin nmero esperaba a la
puerta: el cochero tena la cara cubierta con un pauelo. Crecido nmero
de guardias de orden pblico se hallaba distribuido en el concurso, y un
piquete de soldados, con los fusiles en su lugar descanso, cea la
fachada del siniestro casern, contemplando con ojos distrados el
hervor de aquel mar de cabezas humanas. Algunas aristcratas del
comercio pregonaban a gaote tendido agua y azucarillos, bellotas como
castaas, chufas, cacahuetes, y algunos otros artculos de
entretenimiento, para los estmagos desocupados. Los balcones de las
casas circunvecinas estaban poblados de gente, y no era raro ver en
ellos el rostro fresco y sonriente de alguna linda muchacha que acababa
de dejar el lecho, y que con sus menudos dedos blancos y rosados se
restregaba los ojos.

Era tan horrible lo que iba a suceder, y tan lgubres los preparativos
del suceso, que, ms por huir la tristeza que por amor al bello sexo,
aunque no dejo de profesarlo, me coloqu debajo de uno de los balcones y
me puse a mirar a cierta rubia, que no pag verdaderamente mi
atencin--dicho sea en honor suyo. Por qu haba de mirarme, cuando ni
siquiera me iban a dar garrote! Sus ojos estaban clavados con ansiosa
curiosidad en la puerta del Saladero. Me acord entonces de las damas
del imperio romano, que daban la seal de muerte a los gladiadores, e
hice una porcin de reflexiones histrico-filosficas, de las cuales
hago gracia a los lectores.

Cuando ms embebido me hallaba en ellas, escuch una voz cerca que
preguntaba:

--Caballero, sabe V. qu hora es?

Volvime, sin saber a quin se diriga la pregunta, y me hall enfrente
de un hombre no muy alto, de barba y pelo cenicientos, de facciones
afiladas, que me miraba con unos ojos pequeos y hundidos, y de color
indefinible, esperando, a no dudarlo, mi respuesta. Como el reloj era de
niquel, ech mano de l, sin temor de mostrarlo, y le dije:

--Las siete y veinte minutos.

--Todava esperaremos ms de un cuarto de hora--repuso el hombre
reflejando disgusto en su fisonoma. Yo me encog de hombros con
indiferencia, y alc los ojos al cielo, quiero decir, a la rubia.

--Oh, conozco bien a esos seores!--prosigui.--No me darn chasco,
no!... Dicen que a las siete y media saldr el primero _pa_ el campo...
Pues ya ver V. cmo han de ser las ocho menos cuarto bien largas...

Me volv con alguna mayor curiosidad a mirar a aquel hombre, y confieso
que me caus repugnancia. Sin ser un monstruo por lo feo, ralo
bastante, y sobre todo, formaba contraste notable con la rubia que se
cerna sobre mi cabeza. Estaba pobremente vestido, de capa y gorra, como
los artesanos de Madrid, y deba de hallarse entre los cincuenta o
sesenta aos de edad. Pude observarle bien, porque no me miraba: sus
ojos exploraban con avidez los contornos de la prisin.

--Puercos, tunantes!--exclam con irritacin y sin mirarme, como si
hablase consigo mismo.--Mire V. que estar un hombre ayer toda la tarde,
espera que te espera, para salir al fin con que no era posible verlos!
Que el Gobernador no quera que se les molestase... Y qu tiene ya que
mandar el Gobernador sobre ellos?... Un hombre, cuando le van a dar
_mul_, hace lo que le da la gana, menos escaparse... Adems, que no se
les molesta... al contrario... lo que les hace falta es un poco de
_distraicin_ y beber unas copas con tranquilidad... Han de estar todo
el da _rodeaos_ de pao negro?... Con media hora pa confesarse y otra
media _pa_ decir el yo pecador, y recibir, y arrepentirse, queda un
hombre al sol.

Como, despus de todo, hablaba conmigo, por ms que no me mirase, quise
demostrarle que le escuchaba, y le pregunt:

--Cul de los dos sale primero?

--El viejo, el viejo--repuso en tono firme--. Cuando el otro llegue
all, ya le habrn despachado a l. Hasta ahora es el que ha tenido ms
pecho... _Paece_ mentira, no es verdad? El chico me han dicho que est
medio _acabao_. Vaya un papanatas! Como si por cantar la gallina le
dejasen de apretar el gaote! Lo que debe tener un hombre ante todo es
_dirnidad_, mucha _dirnidad_, y morir como Dios manda, sin dar que
decir a la gente.

--Pero ya ve usted que eso no se puede remediar: unos son valientes y
otros cobardes--repliqu en tono de mal humor.

--Estamos en eso, caballero... Pero un hombre siempre es un hombre...

--Verdad.

--Y los hombres se portan como hombres.

--Tambin verdad.

--Y cuando no hay ms remedio, hay que aguantar la mecha, tener
paciencia, y barajar, y decir: Pues, seor, otros han ido antes que yo,
y otros vendrn tambin. Mire usted, caballero: yo he visto a una
mujer... ya ve usted que una mujer no es lo mismo que un hombre.

--Cierto.

--La he visto morir mejor que si fuese un hombre... Usted tambin la
habr visto... hablo de la Vicenta...

--Qu Vicenta?

--La Vicenta Sobrino.

--No, no la he visto.

--Es verdad que usted es joven--repuso mirndome de arriba abajo--; pero
bien pudieron haberle trado aunque fuese chico... Aqu se aprende
mucho...

--No viva en Madrid.

--Ay, caballero! Pues en los pueblos estas cosas se ven pocas veces...
No es lo mismo que aqu, donde casi todos los aos tenemos un
_espetculo_, cuando no son dos o tres. Aqu se aprende a tener corazn
y a ver lo que es el mundo... Pues, como le deca, la Vicenta era mujer
que vala lo que pesaba... tena ms agallas que un tiburn!... La
verdad es que daba gusto verla tan serena; porque, al fin, siempre es
una fatiga ver a una persona humana dando diente con diente y poniendo
los ojos de carnero _degollao_... Yo he visto de todo... Mire V.; a la
Bernaola la han tenido que subir a _puaos_... y a muchos hombres
tambin, no vaya V. a creerse. He visitado yo a algunos en la capilla,
que _paeca_ que se tragaban a medio Madrid; mucha copa de vino, mucha
chchara y mucho jaleo, y cuando lleg la hora de ser hombres, hincharon
el hocico haciendo pucheritos como los nios de escuela.

Mi interlocutor hablaba siempre con los ojos clavados en la puerta del
Saladero. No muy lejos de ella se promovi una reyerta entre los
curiosos y los agentes de orden pblico, que hizo retroceder y ondular a
la muchedumbre. Nosotros sentimos, aunque no muy fuerte, el efecto de
esta agitacin. El hombre de la capa exclam:

--No puedo resistir a estos del orden!... Mire V. qu modo de tratar
al pueblo! No _paece_ ms que ellos son los que nos dan permiso _pa_
ver el _espetculo_!

--Se me figura, dije yo, que va a salir el reo.

--Ca! No, seor, no tenga V. cuidado; hasta las ocho menos cuarto en
punto no hay quien los menee. Echan un cuarto de hora _pa_ llegar al
campo; pero buen cuarto de hora te d Dios! El campo no est aqu a la
vuelta; y como van a paso de carreta... Qu hora es, caballero? Hgame
el favor de mirar el _rel_.

--Las ocho menos veinticinco.

Una mujer dijo a nuestra espalda en voz alta:

--Manuela, no sabes que los indultan? Acaba de llegar un soldado con el
perdn del Rey.

Mi interlocutor se volvi instantneamente, como si le hubiesen
pinchado.

--Qu perdn ni qu ocho cuartos! Qu sabe V. lo que se dice!

--_Pus_ lo _mismito_ que V. El diablo del hombre!

El hombre de la capa dej escapar una exclamacin de desprecio mirando a
la mujerzuela de arriba abajo y dirigindose despus a m, me dijo en
tono confidencial:

--Estas babiecas, en cuanto que ven a un soldado con un pliego en la
bayoneta, ya se sueltan a decir que es el indulto. El indulto no se da
casi nunca a ltima hora, porque tiene que llevar mucha requisitoria...
Usted bien lo sabr... Ayer ha estado el padre del chico a echarse a los
pies del Rey, pero no ha conseguido nada. Qu haba de conseguir! De
perdonarle a l, tenan que perdonar al otro tambin... y eso no poda
ser... As que ya deben contarse entre los difuntos... El Rey no lo hace
casi nunca de por s y sin consultar a los _menistros_... Eso lo s yo
bien, caballero, lo s yo bien.

--Pues yo me alegrara mucho de que los perdonasen--dije con cierto
tonillo irritado para protestar del afn de cadalso que adivinaba en
aquel hombre.

--Eso es otra cosa--repuso un poco cortado.--Usted puede alegrarse lo
que le d la gana; pero lo que le digo es que no vendr el indulto...
Ellos siempre tienen esperanza, ya lo s; estn con el corbatn
enroscado al cuello y todava esperan los pobrecitos que vengan a
sacarlos del barranco. Alguno he visto que se trag la pldora enterita
desde muchos das antes; pero es una _escecin_... Aqul era un hombre
con un corazn ms grande que el palacio de Buenavista. Como aqul no ha
habido otro ni lo habr: se fue al palo con la misma cachaza que se iba
antes a la taberna. Qu camelo dio al seor Gobernador y a los
marranillos que andaban cerca de l! Todos se pirraban por meterle miedo
y verle compungido. El Gobernador estuvo ms de media hora hablndole
del infierno y de las penas de los condenados; tizonazos por aqu,
requemones por all... Como si hablase a la pared! El se rea, y de vez
en cuando peda una copa de aguardiente. A todos los de la crcel los
traa azorados ponindoles motes; a uno le llamaba _mamoncillo_; a otro
que tena un ojo torcido, _virulento_; al capelln de la crcel,
_hopalandas_... Ni por un Cristo se quedaba nadie solo con l, y eso
que le tenan con grillos!... A m me quera mucho, como amigo
verdadero. Yo era entonces un muchacho. Haba ido acompaando a su
mujer al Palacio, y la vi echarse a los pies de la Reina. Si viera
usted que modo de llorar, caballero! La reina estuvo muy llana y muy
buena; la levant del suelo y la dijo que hara lo que pudiera, que se
enterara bien y hablara con sus _menistros_; la dijo tambin que se
fuera tranquila a su casa, que la pasara un aviso. Todo el da
estuvimos esperndolo y no pareci... La Reina no tena la culpa, bien
lo hemos sabido; era un _menistro_ tunante el que estaba empeado en
apretar el cuello a aquel valiente... Por la maanita temprano me mand
a llamar desde la capilla _pa_ despedirse de m... Pero... calla,
calla! Ahora salen... S, s, ahora salen... Mire V. cmo el coche se
_aprosima_... Vamos a acercarnos un poco _pa_ ver salir el reo. Ya
empiezan esos malditos a echar a _rempujones_ la gente! Mire usted, mire
V.; ya asoma la comitiva.

En efecto, los guardias de orden pblico hacan esfuerzos para despejar
las avenidas de la crcel. En la muchedumbre se engendr un movimiento
tumultuoso de vaivn. Rumor spero y confuso sali de su seno,
esparcindose por el aire. El piquete de soldados, que descansaba al pie
del muro, obedeciendo a la voz de su jefe, fue a colocarse junto a la
puerta, y por ella comenz a salir alguna gente con semblante triste y
asustado: eran dependientes de la prisin, hermanos de la Paz y Caridad
y los pocos curiosos que haban tenido influencia para entrar. Por
ltimo, apareci el reo. Vena acompaado de un sacerdote y rodeado de
guardias. Segua a la comitiva bastante gente. Gastaba el reo barba
cerrada, negra y espesa; la hopa que le cubra y el birrete que llevaba
en la cabeza, el cual le vena un poco holgado, prestbanle un aspecto
lgubre, espantoso. Esforzbase, sin duda, en aparecer sereno, pero en
su rostro demudado reflejbase, tal expresin de dolor y angustia, que
conmova hasta lo ms hondo del corazn. El hombre de la capa, que no se
haba separado de m, dijo en tono satisfecho:

--Vamos... est plido, pero bastante sereno... No se puede pedir ms a
un hombre... porque, ya ve V., caballero, a quin le gusta que le
aprieten el gaote?...

El reo y el cura entraron en el carruaje. En la muchedumbre rein por
breves instantes silencio sepulcral; mas as que se cerr la portezuela,
levantose nuevamente un insufrible clamoreo. El coche arranc y
emprendi la marcha lentamente; el piquete form la escolta; los
guardias procuraban hacer calle, dejando acercarse al carruaje solamente
a los cofrades de la Paz y Caridad. El hombre de la capa me oblig a
colocarme, como l, en las primeras filas de curiosos y caminar no muy
lejos del reo.

El cielo segua envuelto en un sudario ceniciento, y el piso no mejoraba
en aquellos sitios. A la verdad, no comprendo por qu razn me dejaba
arrastrar por aquel hombre. Me senta cada vez ms aturdido, como si
estuviese soando. Iba sufriendo cruelmente, y no me pasaba siquiera por
la imaginacin la idea de que poda evitar aquel sufrimiento con slo
volverme atrs.

--Pues ya ver V., caballero lo que sucedi--dijo el hombre, siguiendo
su historia mientras caminbamos hacia el cadalso.--Me mand a llamar
muy tempranito, y yo me plant en la crcel por el aire. Antes de
entrar a verle, me obligaron a quitarme la ropa. Los grandsimos puercos
tenan miedo que le trajese algn veneno. Queran a toda costa verle en
el palo. Para registrarme me pusieron en cueros vivos y me trataron como
a un perro... Mala centella los mate a todos!... Pero, despus de
muchos _arrodeos_, no tuvieron ms remedio que dejarme entrar... Hola!
Ests ah, Miguelillo?--me dijo en cuanto me vio.--Acrcate y agarra
una silla. Tena ganas de verte antes de tomar el _tole pa_ el otro
barrio. Estaba fumando un cigarro de los de la Habana y tena algunas
copas delante. Haba tres o cuatro personas con l, entre ellas el cura.
Acrcate, hombre, y bebe una copa a tu salud, porque a la ma es como
si no la bebieses. Aqu todos han _trincado_ esta maana, menos el
_pater_, que se empea en no probar la gracia de Dios. Beb la copa que
me ech, y hablamos un ratito de nuestras cosas. Yo no me cansaba de
mirarle. Estaba tan sereno como V. y yo, caballero. _Paeca_ que era a
otro a quien iban a dar _mul_. Verdad que no estoy _apurao_,
Miguelillo?... Eso hubieran querido los _mamones_ de la crcel, pero no
les he _dao_ por el gusto... Anda, que se lo d la perra de su
madre!... Aqu el _pater_ tambin me predica, pero es muy hombre de
bien, y por ser muy hombre de bien le he servido en todo lo que hasta
ahora ha _mandao_. Y era verdad, porque haba _confesao_ y _comulgao_
slo por el aprecio que le tena. Cuando estbamos hablando entr un
hombre pequeo, _trabao_ y con las patas torcidas, y acercndose a la
mesa le pregunt: Oye, Francisco, me conoces? l entonces levant la
vista, y contest, bajndola otra vez: S, eres el _buch_. Es verdad,
has _acertao_. Tienes nimo?--No lo ests viendo?--Ya veo, ya, que no
se te encoge el ombligo... Vengo a pedirte perdn.--Anda con Dios, que
t no tienes la culpa de nada. T eres un pobre, que ganas el pan con tu
trabajo.--Hasta luego.--Hasta luego. Despus que sali el verdugo me
vinieron a avisar _pa_ que me fuese. Entonces l se levant y me abraz
como pudo (porque llevaba esposas) dicindome: Vamos, muchacho, no te
fatigues tanto... Este es un mal trago... Vaya por los muchos buenos
que tengo entre pecho y espalda. Despus me echaron de la capilla y
hasta de la crcel!... Pero, caballero, apriete V. un poco ms el paso,
que nos quedamos atrs!...

Obedec a mi compaero, como si lo tuviese por obligacin, y nos
colocamos otra vez en las primeras filas. El carruaje de la Justicia
caminaba a unos veinte pasos de nosotros. La muchedumbre hormigueaba en
torno del piquete y de los guardias, esforzndose para ver al reo.
Algunos civiles de caballera, con el sable desenvainado, caracoleaban
para dejar libre el trnsito, atropellando a veces a la gente, que
dejaba escapar sordas imprecaciones contra la fuerza pblica. Los
habitantes de las pobres viviendas que guarnecen por aquellos sitios la
carretera, se asomaban a las puertas y ventanas, reflejando en sus
rostros ms curiosidad que tristeza, y las comadres del barrio se decan
de ventana a ventana algunas frases de compasin para el reo, y no pocos
insultos para los que bamos a verle morir. De vez en cuando, el rostro
lvido de aqul apareca en la ventanilla, y sus ojos negros y hundidos
paseaban una mirada angustiosa y feroz por la multitud; pero
inmediatamente se dejaba caer hacia atrs, escuchando el incesante
discurso del sacerdote. El cochero, enmascarado como un lgubre
fantasma, animaba al caballo con su ltigo, conducindolo hacia el
suplicio.

La relacin de aquel hombre haba excitado mi curiosidad. As que,
despus de caminar un rato en silencio, le pregunt:

--Y V., cuando le echaron de la crcel, se habr ido a su casa?

--No, seor; me qued cerca de la puerta para verle salir. Al cabo de
media hora de espera, _apaeci_ entre un montn de gente, lo mismo que
este que va en el coche... Ay, caballero, si viese V. que otro hombre
era! Ese maldito sayo negro que les ponen, y el gorro de la cabeza, le
haban _mudao_ enteramente. _Paeca_ un alma del otro mundo. Mont, sin
ayuda de nadie, en el burro que estaba a la puerta... Entonces no iban
en coche, como ahora, sino _montaos_ en un burro... Estaba mejor as,
no le _paece_ a V.?... De este modo todo el mundo se enteraba y lo vea
bien... Cuando rompieron a andar, me puse lo ms cerca que pude, y l,
que iba moviendo la cabeza a un lado y a otro, me _guip_ en seguida y
me llam con la mano. Me dejaron acercar, y me dijo: Adis, Miguelillo;
estos cochinos me llevan a degollar como un carnero; vete _pa_ casa,
querido, que ests muy _fatigao_. Me dio un apretn de manos y se puso
a hablar con el cura, que le rea por lo que haba dicho. Yo me separ,
pero no quise marcharme. Segu la comitiva hasta el mismo campo... hasta
aqu, porque ya estamos en l. Le vi subir al _tablao_, le vi sentarse
en el banco, le vi besar el cristo que le ponan delante, y cuando le
echaron el pauelo sobre la cara, entonces me puse a correr y no par
hasta casa...

Habamos llegado, en efecto, al Campo de Guardias y veamos a lo lejos
alzarse el lgubre armatoste sobre el mar de cabezas humanas que lo
circundaba. El clamor era cada vez ms alto; la agitacin se converta
en tumulto. Los gritos penetrantes de los pregoneros apenas se oan
entre aquel rumor tempestuoso.

Mi compaero haba guardado silencio. Yo, absorto completamente por la
escena terrible que se preparaba, tampoco despegu los labios. Me haba
impresionado, no obstante, su cuento, y al fin, por hablar algo, y en
tono distrado, le pregunt:

--Mucho lo habr V. sentido, no es verdad?

--Pues no lo haba de sentir!... Para qu he de engaarle a V.
caballero?--me contest mirndome fijamente.--No lo haba de sentir, si
era mi padre!...

Qued estupefacto. Sent algo semejante al miedo y al asco, y no supe
ms que murmurar:

--Qu horror!

El hombre de la capa, al ver mi sorpresa, sonri con humildad, como si
me pidiese perdn, y continu:

--Me acuerdo que, cuando llegu a casa, mi madre me dio una paliza que
me hubo de matar... no s por qu... Deca que para que me acordase bien
de aquel da... Cmo sino me acordase bien sin necesidad de los
palos!... Yo creo que estaba un poco _guill_... La pobrecita no tard
dos meses tan siquiera en _espichar_... Desde entonces no he _faltao_
nunca a estos _espetculos_. Todos los que han ajusticiado en Madrid de
cuarenta aos _pa_ ac los he visto yo... menos tres o cuatro que no
pude ver porque estaba enfermo... Pero lo que le digo a V., caballero,
es que ninguno..., y no es porque fuese mi padre..., ninguno ha tenido
tantos _hgados pa_ morir como l...

La agitacin de la muchedumbre continuaba en aumento. El caracoleo de
los civiles y los esfuerzos de los agentes apenas bastaban a contenerla
y a impedir, sobre todo, que turbase la marcha del carruaje.

El piquete de soldados que lo escoltaba tena que estrecharse ms de lo
que exige la tctica, para poder caminar. Mi compaero me dijo con tono
triunfal:

--Oiga V., caballero; estos hombres se estn matando para verlo y no
conseguirn nada; pero nosotros lo hemos de _guipar_ todito y con mucha
comodidad... No se separe V. de m... Iremos pegados a los faldones de
los soldados, y llegaremos _a debajo_ del mismo _tablao_, sin mayor
inconveniente... Hay que saber arreglrselas... De algo le han de servir
a uno los aos que tiene sobre el cogote... Vamos, no afloje V. el
paso... Apritese V. contra m y djese llevar... Que se est V.
separando, caballero!... Agrrese V. a mi capa... Qu es eso? Se queda
V.?... Hombre, lo siento, porque no va V. a ver nada... Vaya, adis,
caballero... adis...




LA CONFESIN DE UN CRIMEN


En el vasto saln del Prado an no haba gente. Era temprano; las cinco
y media nada ms. A falta de personas formales los nios tomaban
posesin del paseo, utilizndolo para los juegos del aro, de la cuerda,
de la pelota, po campo, escondite, y otros no menos respetables, tan
respetables, por lo menos, y por de contado ms saludables, que los de
el ajedrez, tresillo, ruleta y siete y media con que los hombres se
divierten. Y si no temiera ofender las instituciones, me atrevera a
ponerlos en parangn con los del saln de conferencias del Congreso y de
la Bolsa, seguro de que tampoco haban de desmerecer.

El sol an segua baando una parte no insignificante del paseo. Los
chiquillos resaltaban sobre la arena como un enjambre de mosquitos en
una mesa de mrmol. Las nieras, guardianas fieles de aquel rebao, con
sus cofias blancas y rizadas, las trenzas del cabello sueltas, las manos
coloradas y las mejillas rebosando una salud, que yo para m deseo, se
agrupaban a la sombra sentadas en algn banco, desahogando con placer
sus respectivos pechos henchidos de secretos domsticos, sin que por eso
perdiesen de vista un momento (dicho sea en honor suyo) los inquietos y
menudos objetos de su vigilancia. Tal vez que otra se levantaban
corriendo para ir a socorrer a algn mosquito infeliz que se haba cado
boca abajo y que se revolcaba en la arena con horrsonos chillidos;
otras veces llamaban imperiosamente al que se desmandaba y le
residenciaban ante el consejo de doncellas y amas de cra, amonestndole
suavemente o recriminndole con dureza y administrndole algn leve
correctivo en la parte posterior, segn el sistema y el temperamento de
cada juez.

Esperando la llegada de la gente, me sent en una silla metlica de las
que dividen el paseo, y me puse a contemplar con ojos distrados el
juego de los chicos. Detrs de m estaban sentadas dos nias de once a
doce aos de edad, cuyos perfiles--lo nico que vea de ellas--eran de
una correccin y pureza encantadoras. Ambas rubias y ambas vestidas con
singular gracia y elegancia: en Madrid esto ltimo no tiene nada de
extraordinario porque las mams, que han renunciado a ser coquetas para
s, lo continan siendo en sus hijas y han convenido en hacerse una
competencia poco favorable a los bolsillos de los paps. Me llam la
atencin desde luego la gravedad que las dos mostraban y el poco o
ningn efecto que les causaba la alegra de los dems muchachos. Al
principio cre que aquella circunspeccin proceda de considerarse ya
demasiado formales para corretear, y me pareci cmica; pero observando
mejor, me convenc de que algo serio pasaba entre ellas, y como no
tena otra cosa que hacer, cambi de silla disimuladamente y me acerqu
cuanto pude a fin de averiguarlo.

La una estaba plida y tena la vista fija constantemente en el suelo:
la otra la miraba de vez en cuando con inquietud y tristeza. Cuando me
acerqu guardaban silencio, pero no tard en romperlo la primera
exclamando en voz baja y con acento melanclico:

--Si lo hubiera sabido, no saldra hoy a paseo!

--Por qu?--repuso la segunda.--De todos modos algn da os habais de
encontrar.

La primera no replic nada a esta observacin y callaron un buen rato.
Al cabo la segunda dijo ponindole una mano sobre el hombro:

--Sabes lo que estoy pensando, Asuncin?

--Qu?

--Que debas decrselo todo. Lola es buena nia, aunque tenga el genio
vivo. No te acuerdas cuando nos pegamos y nos araamos porque le quit
de ser la mam?... Ya ves que le pas en seguida...

--S, pero esto es muy distinto.

--Ya lo s que es distinto... pero debes decrselo.

--Ay! No me mandes eso, por Dios, Luisa.... de seguro no me vuelve a
decir adis, y se lo cuenta en seguida a sus paps.

--Y no ser peor que se lo cuente otra persona?... Hay nias ms mal
intencionadas!... Elvira lo sabe ya... no s quin se lo ha dicho...

Profunda debi ser la impresin que esta noticia caus en el nimo de
Asuncin, porque no volvi a despegar los labios y sigui escuchando
consternada las razones de su amiga, que las amontonaba de un modo
incoherente, pero con resolucin.

El paseo se iba poblando poco a poco. El sol no se enseoreaba ya sino
de uno de los ngulos del saln: al retirarse dejaba claro y ntido el
ambiente, en el cual resaltaban con admirable pureza el obelisco del Dos
de Mayo y las agujas del museo de Artillera y de San Jernimo. Los
pequeos retrocedan ante la invasin de los grandes a los parajes ms
apartados, donde establecan nuevamente sus juegos. Un chico rubio,
vestido de marinero, con cara de desvergonzado, se qued fijo delante de
nuestras nias contemplndolas con insistencia, y no hallando al parecer
conveniente la gravedad que mostraban, se puso a hacerlas muecas en son
de menosprecio, Luisa, al verse interrumpida en su discurso, se levant
furiosa y le tir por los cabellos. El chico se alej llorando.

Al cabo de un rato, cuando ya me dispona a dejar la silla para dar
algunas vueltas, o exclamar a Luisa:

--Calla... calla... me parece que ah viene Lola!

Asuncin se estremeci y levant la cabeza vivamente.

--S, s, es ella,--continu Luisa.--Viene con Pepita y con Concha y
Eugenia... Es el primer domingo que viene despus de la muerte de su
hermano... No te pongas as, nia!... No te asustes... vers, yo lo voy
a arreglar todo.

Asuncin, en efecto, haba empalidecido y estaba clavada e inmvil en la
silla como una estatua. Pronto divis un grupo de nias de su misma
edad que se aproximaba; en el centro vena una completamente enlutada,
morenita, con grandes ojos negros y profundos que deba de ser la
causante de los temores de Asuncin. Luisa se levant a recibirlas y
ech una carrerita para cambiar con ellas buena partida de besos cuyo
rumor lleg hasta mis odos. Asuncin no se movi. Al llegar, todas la
saludaron con efusin, no siendo por cierto la menos expansiva la
enlutada Lolita. Despus de cambiadas las primeras impresiones, observ
que Luisa haca seas a Asuncin en ademn de pedirle algo, y que
Asuncin lo negaba, tambin por seas, pero con energa. Luisa, sin
embargo, se resolvi a hacer lo que pretenda a despecho de su amiga, y
llegndose a Lola, le dijo:

--Mira, Asuncin tiene que decirte una cosa; ve a sentarte junto a ella.

Lolita se vino hacia la melanclica nia y le pregunt cariosamente
tocndole la cara:

--Qu tienes que decirme, Chonchita?

La pobre Asuncin, completamente abatida, no contest nada; visto lo
cual por su amiga, tom asiento al lado, y la inst con mucha viveza
para que le contase lo que la pona tan triste.

--Mira, Lola,--comenz con voz temblorosa y casi imperceptible,--despus
que te lo diga ya no me querrs.

Lola protest con una mueca.

--No, no me querrs... Dame un beso ahora... Despus que te lo diga, no
me dars ningn otro...

Lolita se manifest sorprendida, pero le dio algunos besos sonoros.

--Maana hace un mes que muri tu hermano Pepito... Yo s que has tenido
una convulsin por haber visto la caja... A m no me han dejado ir a tu
casa porque decan que me iba a impresionar, pero toda la tarde la pas
llorando... Luisa te lo puede decir... Lloraba porque Pepito y yo ramos
novios... no lo sabas?

--No!

--Pues lo ramos desde haca dos meses. Me escribi una carta y me la
dio un da al entrar en tu casa: sali de un cuarto de repente, me la
dio y ech a correr. Me deca que desde la primera vez que me haba
visto le haba gustado, que podramos ser novios si yo le quera, y que
en concluyendo la carrera de abogado, que era la que pensaba seguir, nos
casaramos. A m me daba mucha vergenza contestarle, pero como a Luisa
le haba escrito tambin Paco Nez declarndose, yo por encargo de ella
le dije un da en el paseo: Paco, de parte de Luisa, que s, y a la
otra vuelta Luisa le dijo a Pepito: Pepito, de parte de Asuncin, que
s. Y quedamos novios. Los domingos cuando bailbamos en tu casa o en
la ma, me sacaba ms veces que a las dems, pero no se atreva a
decirme nada... A pesar de eso, una vez bailando, como estaba triste y
hablaba poco, le pregunt si estaba enfadado, y l me contest: Yo no
me enfado con nadie, y mucho menos contigo. Yo me puse colorada... y l
tambin... Todos los das por la tarde iba a esperarme a la salida del
colegio; se estaba paseando por delante hasta que yo sala y despus me
segua hasta casa...

Aqu Asuncin ces de hablar, y Lola, que la escuchaba con tristeza y
curiosidad, aguard un rato a que continuase, y viendo que no lo haca,
le pregunt:

--Pero, por qu me decas que despus de contrmelo no iba a darte ms
besos y todas aquellas cosas?... Al contrario, ahora te quiero ms...
mira como te quiero.

Y Lolita al decir esto le daba apasionados besos.

--Espera, espera... no me beses... De qu muri tu hermano? No dijeron
los mdicos que haba muerto de una mojadura que haba cogido?

--S.

--Pues esa mojadura, Lola... la cogi por causa ma... S, la cogi por
causa ma... Una tarde en que estaba lloviendo a cntaros, fue a
esperarme al colegio... Le vi por los cristales metido en un portal...
en el portal de enfrente... no traa paraguas. Cuando salimos yo me tap
perfectamente porque la criada haba trado uno para m y otro para
ella... Pepito nos sigui al descubierto... llova atrozmente... y yo en
vez de ofrecerle el paraguas y taparme con el de la criada, le dej ir
mojndose hasta casa... Pero no fue por gusto mo, Lola... por Dios, no
lo creas... fue que me daba vergenza...

Al decir estas palabras, le embarg la emocin, se le anud la voz en la
garganta y rompi a sollozar fuertemente. Lolita se la qued mirando un
buen rato, con ojos colricos, el semblante plido y las cejas
fruncidas; por ltimo se levant repentinamente y fue a reunirse con sus
amigas que estaban algo apartadas formando un grupo. La vi agitar los
brazos en medio de ellas narrando, al parecer, el suceso con vehemencia,
y observ que algunas lgrimas se desprendan de sus ojos, sin que por
eso perdiesen la expresin dura y sombra. Asuncin permaneci sentada,
con la cabeza baja y ocultando el rostro entre las manos.

En el grupo de Lolita hubo acalorada deliberacin. Las amigas se
esforzaban en convencerla para que otorgase su perdn a la culpable.
Lolita se negaba a ello con una mmica (lo nico que yo perciba) altiva
y violenta. Luisa no cesaba de ir y venir consolando a su triste amiga
y procurando calmar a la otra.

El sol se haba retirado ya del paseo, aunque anduviese todava por las
ramas de los rboles y las fachadas de las casas. La estatua de Apolo
que corona la fuente del centro, reciba su postrera caricia; los
lejanos palacios del paseo de Recoletos resplandecan en aquel instante
como si fuesen de plata. El saln estaba ya lleno de gente.

Despus de discutir con violencia y de rechazar enrgicamente las
proposiciones conciliadoras, Lolita se encerr en un silencio sombro.
Al ver esta muestra de debilidad, las amigas apretaron el asedio,
enviando cada cual un argumento ms o menos poderoso; sobre todo Luisa,
era incansable en formar silogismos, que alternaba sin cesar con
splicas ardientes.

Al fin Lolita volvi lentamente la cabeza hacia Asuncin. La pobre nia
segua en la misma postura, abatida, ocultando siempre el rostro con las
manos. Al verla, debi pasar un soplo de enternecimiento por el corazn
de la irritada hermana; destacose del grupo, y viniendo hacia ella, la
ech los brazos al cuello diciendo:

--No llores, Chonchita, no llores.

Pero al pronunciar estas palabras lloraba tambin. La cabecita rubia y
la morena estuvieron un instante confundidas. Roderonlas las amigas, y
ni una sola dej de verter lgrimas.

--Vamos, nias, que nos estn mirando!--dijo Luisa.--Enjugad las
lgrimas y vamos a pasear.

Y en efecto, llevndose el pauelo a los ojos, ella la primera, con
rostro sereno y risueo se mezclaron agrupadas entre la muchedumbre; y
las perd muy pronto de vista.




LA BIBLIOTECA NACIONAL


Madrid posee una biblioteca nacional. Esta biblioteca se halla situada
en la calle del mismo nombre que desemboca por un lado en la plaza de la
Encarnacin y por el otro en la de Isabel II. Es fcil reconocer el
edificio. Adems, posee en el barrio de Salamanca los cimientos de una
nueva biblioteca construidos con todo lujo, perfectamente resguardados
de la intemperie y rodeados de una bonita verja. Con tales elementos es
fuerza convenir en que la capital de Espaa no carece de medios de
instruccin y que todo el que desee estudiar puede hacerlo. No obstante,
una cosa me ha sorprendido siempre, y es que la biblioteca nacional no
est tan concurrida como debiera suponerse, dado el nmero de habitantes
y su reconocida aficin a meterse en todos los sitios donde no cueste
dinero. Quiz dependa de hallarse cerrada la mayor parte de las horas
del da y de la noche. En cuanto a los cimientos, a pesar de ser tan
bellos y slidos, estn siempre desiertos, lo cual les da un cierto
aspecto de necrpolis pagana, no ciertamente en consonancia con los
fines de su instituto, como dijo Pava el del 3 de Enero hablando de la
Guardia civil.

Pero dejando a un lado los cimientos, cuya importancia me complazco en
reconocer y acerca de los que no ser esta la ltima palabra que diga, y
volviendo a la antigua biblioteca donde el gobierno de Su Majestad
distribuye la ciencia por el sistema dosimtrico, esto es, en pequeas
dosis y repetidas, dir primeramente que tiene un portal muy anlogo a
una bodega, donde los sabios de maana aguardan, tiritando y dando
estriles patadas contra las losas para calentarse los pies, a que les
abran la puerta. El fro es por naturaleza anti-cientfico, y desde los
tiempos ms remotos se ha ensaado siempre con los sabios. De aqu los
sabaones que tanto caracterizan a los hombres de ciencia.

Arranca del portal una escalera medianamente espaciosa, cuidadosamente
tapizada de polvo como conviene a esta clase de establecimientos, la
cual termina en una portera o conserjera donde hay generalmente
sentados seis u ocho seores ocupados en la tarea de mirar lo que entra
y lo que sale y en charlar y discutir en voz alta a fin de que los que
estudian dentro se acostumbren a concentrar su atencin, como haca
Arqumedes en los tiempos antiguos.

--Me hacen ustedes el favor de una papeleta?--pregunta en actitud
humilde el sabio, que ha llegado hasta all tragando polvo.

El portero encargado de facilitarlas vuelve la cabeza y le dirige una
mirada fra y hostil: despus sigue tranquilamente la conversacin
empeada.

--Cunto te ha costado a t la contrabarrera?

--Lo que cuesta en el despacho: el amo ha pedido tres a un concejal y me
ha cedido una.

--Todos los pillos tienen suerte!

Mucha risa; mucha algazara. La conversacin rueda despus acerca de las
probabilidades que Frascuelo tiene de echar la pata a Lagartijo: los
toros eran de Veraguas, se podan lidiar con franqueza; sin riesgo; y el
matador se las tirara de plancheta como acostumbraba, sin...

--Me hace V. el favor de una papeleta? repite el sabio un poco ms
alto.

El portero le mira de nuevo con ms frialdad si cabe, se levanta
lentamente, moja el dedo para sacar una papeleta del montn y dice:

--Pues yo te aseguro que no pago primadas; a ltima hora ha de andar ms
bajo el papel...

--Quiere V. darme una papeleta?--dice el sabio con impaciencia.

--Tiene V. prisa, verdad, caballero?--responde el dependiente con
cierta sonrisilla irrespetuosa.

El sabio escribe en silencio sobre la papeleta el nombre de una obra
famosa, aunque reciente, y entra en el saln principal de la biblioteca.
En cada extremo de l hay un grupo de seores convenientemente separados
de los que leen arrimados a las mesas. El sabio de maana vacila entre
dirigirse al grupo de la derecha o al grupo de la izquierda; decdese al
fin a emprender su marcha hacia el primero, procediendo lgicamente. Uno
de los seores de los extremos le toma la papeleta, mas antes de leerla
le examina escrupulosamente de pies a cabeza cual si tratase de
sonsacarle, mediante su aspecto, qu intencin perversa le haba movido
al venir hasta all en demanda de un libro. Despus que se entera del
que pide, crecen evidentemente sus sospechas porque le acribilla a
miradas escrutadoras, de tal suerte, que el presunto sabio baja la vista
avergonzado, juzgndose un matutero de la ciencia. El empleado, sin
dejar de mirarle, pasa la papeleta a otro empleado que a su vez le mira
tambin con cuidado y la pasa a otro, y as sucesivamente pasa por todas
las manos del grupo hasta que llega nuevamente a las del primero, el
cual se la devuelve diciendo:

--Vaya V. all enfrente.

Y nuestro sabio atraviesa el saln y se dirige al grupo contrario, donde
sufre el mismo examen por parte de la inspeccin facultativa del
gobierno, y se repite con ninguna variante la escena anterior. Al
devolverle la papeleta le dicen tambin:

--Vaya V. all enfrente.

--Ya he estado.

--Entonces vaya V. al ndice... la primera puerta a la derecha.

En el ndice, un seor empleado lee con toda calma la papeleta, y sin
decirle palabra desaparece con ella por el foro. Nuestro sabio espera
una buena media hora tocando el tambor sobre las rejas de la valla con
las yemas de los dedos. De vez en cuando levanta la vista a los estantes
donde en correcta formacin se halla una muchedumbre de libros feos,
rugosos, mal encarados, que le infunden respeto. Ninguno de aquellos
libros se acuerda ya de cundo fue sacado para ser ledo. De ah su
respetabilidad. En este mundo las cosas de poco uso son siempre las ms
respetables; los senadores, los capitanes generales, los acadmicos, los
cannigos. Casi todos tienen escrita sobre su severo lomo en letras muy
gordas la palabra _pera_. No se ve en torno ms que peras; peras
arriba, peras abajo, peras delante, peras detrs. En esto llega el
seor empleado del ndice, silencioso siempre como un pez, y en lugar
del libro le entrega de nuevo la papeleta. El sabio en estado de
crislida no sabe lo que aquello significa y da vueltas entre sus dedos
al papel hasta que percibe dos palabritas de distinta letra debajo de su
peticin: _no consta_. El sabio, que es bastante listo, comprende en
seguida que con aquellas palabras se quiere decir que no hay semejante
libro. Lo mismo les ha pasado a todos los sabios que en el mundo han
sido y han ido a leer a la biblioteca de la nacin. Ningn libro
reciente consta. Y por qu haba de constar? No perdera mucho de su
prestigio esta biblioteca, admitiendo sin dificultad cualquier libro de
ayer maana? La biblioteca nacional no puede proceder como la de un
particular; para que un libro tenga la honra de entrar en sus salones
es necesario que el tiempo lo garantice, pues hasta ahora no se conoce
nada mejor para garantir la ciencia que una serie de aos, cuantos ms
mejor. Un libro nuevo, bien impreso, satinado y limpio, no encaja bien
entre aquellas dignas y graves peras, preadas hasta reventar de latn
y de ciencia.

Nuestro sabio torna a la portera meditando todo esto, y escribe sobre
otra papeleta el ttulo de un libro sobre filosofa, del siglo trece. La
papeleta vuelve a pasar por las manos de los seores de los extremos;
pero esta vez, sin que el sabio adivine la razn, se miran consternados
los unos a los otros. Por ltimo uno de ellos le dice en tono humilde:

--Caballero, el libro que V. pide est en uno de los ltimos estantes y
es un poco expuesto subir a buscarle... Si a V. le fuese indiferente
pedir otro!...

Pues no haba de serle indiferente! Los sabios son muy finos y humanos.
Nada, nada, no se moleste V. Por nada en el mundo querra nuestro sabio
exponer la preciosa vida de ningn empleado del Gobierno. As que, pian
pianito vuelve sobre sus pasos hasta la portera, atormentando la
imaginacin para buscar una obra que fcilmente le pudiesen
proporcionar, fuese cual fuese. Al fin no encuentra nada mejor que pedir
el Quijote.

--Qu edicin quiere V.?

--La que V. guste.

--Ah! no, caballero, perdone V., nosotros no podemos dar sino la
edicin que nos piden.

--Bien, pues la de la Academia.

--Tenga V. entonces la bondad de consignarlo as en la papeleta.

Vuelta a la portera. Al fin, despus de una brega tan larga y
deslucida, tiene la dicha de recibir el Quijote de manos del empleado.
El sabio deja escapar un suspiro de consuelo: estaba sudando. Trata de
sentarse a una de las mesas que hay esparcidas por la sala, sobre las
cuales, para que nada llame y distraiga la atencin, no suele haber ni
pupitre, ni papel, ni plumas, ni tintero; nada ms que la madera lisa y
reluciente, invitando al estudio y a la patinacin. Al tomar una de las
sillas, observa con dolor que est cubierta de polvo y quiz de algo
ms. Qu tiene esto de particular? La ciencia y la porquera no son
enemigas declaradas: antes al contrario, parece que aqulla vive dichosa
en los brazos de sta, como lo atestiguan multitud de ejemplos. La
sagrada Teologa, muy especialmente, siempre ha tenido marcada
predileccin por la suciedad. En otro tiempo se meda la profundidad de
un telogo por la cantidad de grasa que llevaba adherida a la sotana.
Tambin la literatura manifest siempre tendencias bastante pronunciadas
en este sentido, y es cosa proverbial, sobre todo en las provincias, que
nuestros literatos no se lavan sino cuando llueve: hay hortera a quien
se le saltan las lgrimas de entusiasmo contando alguna gran
asquerosidad de Carlos Rubio, o la manera de vivir de Marcos
Zapata,--por ms que respecto a este ltimo, como amigo suyo que soy,
puedo declarar que hay exageracin. Fundndose, a no dudarlo, en tales
razones, el gobierno de S. M. ha procurado mantener en la biblioteca
nacional una conveniente y adecuada porquera, de cuya conservacin
estn encargados algunos mozos no bastantemente retribuidos.

Nuestro sabio en agraz, que an no ha llegado a las altas regiones de la
ciencia, y que por lo tanto no comprende la ayuda poderosa que le
prestaran en la investigacin de la verdad aquellas manchas grises de
la silla que mira con sobresalto, saca el pauelo del bolsillo y lo
coloca bonitamente sobre ella, sentndose despus lleno de confianza.

Ea! ya est sentado el sabio; ya sopla el polvo de la mesa y coloca el
sombrero sobre ella; ya se saca a medias una bota que le oprime
mortalmente los sabaones; ya tose y se arranca la flema de la garganta;
ya trae el libro hacia s, ya mira con curiosidad el sello de la
Academia estampado en la primera pgina; ya empieza a leer.

_En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha
mucho tiempo que viva un hidalgo de los de lanza en astillero, rocn
flaco....._

Tiln, tiln.

--Qu es eso?--pregunta con sorpresa al compaero que tiene al lado.

--Nada, que tocan a cerrar--contesta el otro levantndose.

El sabio entonces se levanta tambin; le sigue; devuelve el Quijote al
empleado de quien lo recibiera; y se va a su casa.




EL DRAMA DE LAS BAMBALINAS


Antoico era una chispa, al decir de cuantos andaban entre bastidores;
no se haba conocido traspunte como l desde haca muchos aos: era
necesario remontarse a los tiempos de Miquez y Rita Luna, como haca
frecuentemente un caballero gordo que iba todas las noches de tertulia
al saloncillo, para hallar precedente de tal inteligencia y actividad.

Solamente cuando falleci se estimaron sus servicios en lo que valan.
Porque no era el traspunte vulgar que con cinco minutos de antelacin
recorre los cuartos de los actores gritando: Don Jos; va V. a
salir--Seorita Clotilde; cuando V. guste. Ni por pienso: Antoico
tena en su cabeza todos los pormenores indispensables para el buen
orden de la representacin; diriga la tramoya con una precisin
admirable, daba oportunos consejos al mueblista, haca bajar el teln
sin retrasarse ni adelantarse jams; cuando haba necesidad de sonar
cascabeles para imitar el ruido de un coche, l los sonaba; si de tocar
un pito, l lo tocaba, y hasta redoblaba el tambor con asombrosa
destreza apagando el ruido para hacer creer al espectador que la tropa
se iba alejando. En los dramas en que la muchedumbre llega rugiendo a
las puertas del palacio y amenaza saquearlo, nadie como l para hacer
mucho ruido con poca gente; una docena de comparsas le bastaban para
poner en sobresalto a la familia real; a uno le haca gritar
continuamente _esto no se puede sufrir!_, a otro le mandaba exclamar
sin punto de reposo, _mueran los tiranos!_, a otro, _abajo las
cadenas!_, etc., etc., todo en un _crescendo_ perfectamente ejecutado,
que infunda pavor no slo en el corazn del tirano sino en el de todos
los que se interesaban por su suerte. Adems saba arrojar piedras a la
escena de modo que produjesen mucho ruido y no hiciesen dao a nadie:
algunas veces hizo tambin escuchar su voz desde las cajas o desde el
stano en calidad de fantasma. En fin, ms que traspunte deba
considerarse a Antoico como un actor eminente aunque invisible.

En el teatro era casi un dictador: los actores le halagaban porque les
poda hacer dao con un descuido intencionado, la empresa se mostraba
satisfecha de l, y los dependientes le respetaban y le consideraban
como jefe.

Era necesario verle con un reverbero en la mano derecha, el libro en la
izquierda, una barretina colorada en la cabeza a guisa de uniforme,
deslizarse velozmente por los bastidores acudiendo a opuestos parajes en
nada de tiempo, poniendo prisa a los empleados, contestando al sin
nmero de preguntas que le dirigan, y esparciendo rdenes en estilo
telegrfico como un general en el fragor de la batalla.




II


Con todo, Antoico tena un grave defecto: le gustaban demasiado las
mujeres. Quiz digan ustedes que este defecto no es grave: en cualquier
otro hombre, convengo en ello, pero en Antoico, un funcionario
dramtico de tal importancia, era un pecado mortal. No hay ms que
pensar en que tena bajo su inmediata inspeccin a varias actrices
secundarias, o sean racionistas, y que aun las principales veanse
obligadas a estar con l en una relacin constante. De donde resultaban
a menudo algunos disgustillos y desrdenes que se hubieran evitado si
nuestro traspunte tuviese un temperamento menos inflamable.
Verbigracia; se hubiera evitado que Narcisa, la jovencita que
desempeaba papeles de chula, se fuese del teatro dando un fuerte
escndalo, diciendo a quien la quera or que Antoico pellizcaba las
piernas a las actrices en las ocasiones propicias; y tambin que la mam
de Clotilde, la primera dama, se quejase al empresario de que Antoico
fuese con demasiada prisa a levantar a su hija siempre que caa
desmayada al terminarse un acto. Hay que convenir en que todo esto era
muy feo y daaba no poco a la respetabilidad del traspunte; que vuelvo a
decir, era sin disputa el alma del teatro.

Sucedi, pues, que al medio de la temporada el primer tramoyista
contrajo matrimonio: era un hombre de unos treinta aos de edad, feo,
silencioso, sombro, ojos negros hundidos, barba rala y erizada;
inteligente con todo y amigo de cumplir con su deber. La mujer que
eligi por esposa era una jovencita, casi una nia, linda, vivaracha,
nariz arremangada, ms alegre que unas castauelas, perezosa y juguetona
como una gatita. Se cas con el tramoyista... no s por qu; quiz por
su desahogada posicin (ganaba seis pesetas diarias).

Para no privarse de su compaa un momento, el enamorado marido la trajo
consigo al teatro; en los ratos que le dejaban libre sus ocupaciones, el
pobre hombre gozaba con acercarse a su mujercita y darle un pellizco o
un abrazo furtivo. La muchacha, que no haba entrado hasta entonces en
la regin de los bastidores, estaba maravillada y contenta al verse
entre aquel bullicio, y pronto fue una necesidad el pasarse tres o
cuatro horas todas las noches vagando por las cajas y por los cuartos de
las actrices con quienes simpatiz en seguida.

Antoico, al verla por primera vez, se relami como el tigre cuando
atisba la presa. La barretina colorada sufri un fuerte temblor y se
dispuso a cobijar un enjambre de pensamientos tenebrosos y lbricos. Mas
como hombre experto y precavido, guard sus ideas, contrarias a la
unidad de la familia, debajo de la barretina, y aparent no fijar la
atencin en la presa y dejar que tranquilamente fuese y viniese a su
buen talante.

Sin embargo, una que otra vez al encontrarse en los pasillos le diriga
miradas magnticas que la fascinaban y profera unas _buenas noches_
preadas de ideas disolventes. Como es natural, la bella tramoyista no
dej de sospechar el gnero de pensamientos que dentro de la barretina
se escondan, y en su consecuencia decidi ruborizarse hasta las orejas
siempre que tropezaba con el tigre-traspunte. Este avanz con cautela,
paso tras paso; nada de pellizcos, ni de palabrotas necias, ni de
estrujones contra los bastidores: una actitud sosegada, dulce, casi
melanclica, adecuada para no espantar la caza, algunas palabritas
melosas y furtivas, varios conceptillos aduladores envueltos en
suspiros, y cuando todo estaba convenientemente preparado zas! el salto
que todos conocen:--Mara, yo me muero por V... perdneme V. el
atrevimiento... yo no puedo tener escondido por ms tiempo lo que
siento, etc., etc.

La vivaracha tramoyista qued, como era de esperar, entre las uas del
traspunte. Y comenz para ambos el perodo de los placeres amargos, la
felicidad con sobresalto: aparentando no mirarse, no se quitaban ojo;
fingiendo que apenas se conocan, estaban siempre juntos: el marido era
tan sombro, tan suspicaz! Necesitaban llevar a cabo prodigios de
estrategia para no ser advertidos: a veces pasaban cuatro o cinco noches
sin poder decirse siquiera una palabra. Puesta en tortura la
imaginacin, Antoico ideaba las citas ms estupendas y extravagantes;
unas veces en el stano, otras en el cuarto de un actor que estaba en
escena; pero todas breves y agitadas, porque el tramoyista era pegajoso
como recin casado, y Antoico no tomaba el aspecto de tigre sino con
las damas.

Una noche en que el traspunte se senta, por el ayuno forzoso de muchos
das, ms enamorado que otras veces, dijo algunas palabras rpidamente
al odo de Mara y se perdi entre los bastidores. sta le sigui.
Encontrronse en un rincn sombro cerca del teln de boca; y el
traspunte, que conoca el terreno a palmos, cogi de la mano a su
querida, separ con la otra un bastidor y penetraron ambos en un recinto
estrechsimo formado por telones y bastidores: Antoico trajo hacia si
el que haba separado, y quedaron perfectamente cerrados. Los amantes
pudieron gozar breves instantes del seguro que la experiencia y
habilidad del traspunte haban buscado. En aquel extrao retiro nadie
poda dar con ellos. Nadie? Antoico vio de improviso, en medio de su
embriaguez, que por un agujerito abierto en el teln, un ojo les
observaba; y su corazn de tigre dio un salto prodigioso dentro del
pecho:--Mara--dijo con voz temblorosa, imperceptible--estamos
perdidos... nos estn viendo... silencio!... quieres salir t
primero? La animosa tramoyista corri bruscamente el bastidor y se
arroj fuera: no haba nadie. Antoico sali detrs con el semblante
pintado de interesante palidez. Su primer cuidado fue buscar por todas
partes al tramoyista: encontrronlo sumamente preocupado porque la
chimenea de mrmol que deba aparecer en el acto tercero haba sido
rota al trasladarla; tanto que no repar en su mujer al acercarse.

--Lo ves, hombre--dijo Mara a Antoico--como eres un gallina? A t el
miedo te hace ver visiones.




III


Transcurrieron bastantes das. Las adlteras relaciones de nuestros
hroes seguan la misma marcha dulce y borrascosa a la par: sobresaltos,
temores, ansias, vacilaciones sin cuento: regalos, vivos deleites,
instantes de dicha, con todo. Tal es el lote de la pasin criminal.
Mara haba olvidado enteramente el episodio del agujero en el bastidor;
Antoico soaba todava algunas veces con aquel ojo fantstico,
escrutador, y despertaba despavorido; poco a poco se fue convenciendo de
que haba sido una ilusin del miedo y el miedo abri paso a la
confianza.

Una noche el tramoyista le habl de esta manera:

--Oye, Antoico; sabes que el tercer teln, el de las columnas, deba
colocarse ms atrs...?

--Pues?

--No hay perspectiva.

--S la hay..., y adems tropezara casi con el lago.

--El lago tambin puede correrse un poco.

--No hay sitio.

--Tenemos todava metro y medio.

--Qu hemos de tener, hombre! Lo has medido?

--S, lo he medido: tienes t ah el metro...? Pues ven a verlo y te
convencers.

El tramoyista emprendi la marcha y Antoico le sigui. Subieron por la
estrecha y frgil escalerilla que conduce a las bambalinas. Cuando
estaban a la mitad de la altura, el tramoyista volvi la cabeza, y sus
ojos se encontraron con los del traspunte. Qu haba de particular en
aquella mirada? Por qu empalidece el rostro de Antoico? Por qu se
le doblan las piernas?

Vacila un instante entre seguir o retroceder: la barretina colorada se
detiene y se agita presa de mortal incertidumbre. El tramoyista exclama:

--Diablo de escalera...! La subo setenta veces al da y no acabo de
acostumbrarme... Me morir del pecho, Antoico, me morir del pecho.

El traspunte se siente fortalecido y sigue su camino.




IV


Aquella noche se representaba un drama histrico, acaecido en tiempo de
los godos. El primer galn era un mancebo muy simptico, rebosando de
entusiasmo y de dcimas calderonianas. La primera dama gastaba una
tnica muy larga y comenzaba a llorar desde que suban el teln. El
barba haca de rey y deba morir al fin del acto tercero a manos del
mancebo de las dcimas: buena voz, potente y cavernosa, como convena a
un rey visigodo.

El pblico aguardaba con impaciencia la catstrofe: cuando le pareca
bien, bostezaba; cuando lo crea necesario, sacaba _La Correspondencia
de Espaa_ y lea. Haba muchas personas que llegaban a desear que el
barba cayese pronto baado en su sangre para escapar a casa y meterse
en la cama.

En el acto segundo haba un monlogo del rey, de inusitadas dimensiones.
El pblico ya tena entre pecho y espalda setenta y cinco endecaslabos
de este monlogo y se dispona a recibir con resignacin otra partida no
menos crecida, cuando de pronto...

--Qu ha pasado... qu sucede? Por qu se levanta el pblico? Por qu
se puebla la escena de gente?

Un bulto, un hombre, acaba de caer de las bambalinas sobre el escenario
con espantoso estruendo. Un grupo de gente le rodea en seguida. El
pblico aterrado se agita y se alborota: quiere saber lo que ha pasado.
Al fin uno de los actores se destaca del grupo y dice en voz alta: que
el traspunte Antonio Garca, caminando por los telares del teatro, haba
tenido la desgracia de caerse.

--Pero, est muerto?... est muerto?--preguntan varias voces.

El actor hace con la cabeza seal afirmativa.




LLOVIENDO


Cuando sal de casa recib la desagradable sorpresa de ver que estaba
lloviendo. Haba dejado al sol pavonendose en el azul del cielo,
envolviendo a la ciudad en una esplendorosa caricia de padre... Quin
haba de sospechar!...

En un instante desgarraron mi alma muchedumbre de ideas extraas; la
duda se aloj en mi espritu atormentado. Subira por el paraguas? En
aquella sazn mi paraguas ocupaba una de las ms altas posiciones de
Madrid: se encontraba en un piso tercero, con entresuelo y primero.
Arranqumosle la careta: era un piso quinto.

Las escaleras me fatigan casi tanto como los dramas histricos: a veces
prefiero escuchar una produccin de Catalina o Snchez de Castro, con
reyes visigodos y todo, a subir a un cuarto segundo. Me hallaba en una
de estas ocasiones. La verdad es que llova sin gran aparato, pero de un
modo respetable. Los transentes pasaban ligeros por delante de m, bien
guarecidos debajo de sus paraguas. Alguno que no le llevaba, vino a
buscar techo a mi lado. Todava aguard unos instantes presa de horrible
incertidumbre. D algunos paseos en el portal y ech todos los clculos
que un hombre serio tiene el deber de echar en tales ocasiones. De un
lado, del lado de la calle, la consiguiente mojadura; del lado de la
escalera, la fatiga consiguiente. Por otra parte, los amigos estaran ya
reunidos en el caf despellejando a alguno, tal vez a m! Adems, el
caf, segn los datos que me ha suministrado una persona muy versada en
estas cosas, debe tomarse _inmediatamente_ (cuidado con ello)
inmediatamente despus de las comidas. Al fin adopt una resolucin
violentsima. Me remangu los pantalones y sal a la calle.

Pues qu! Yo que he aguantado sin pestaear noches enteras todas las
leyendas de la Edad-Media que el Sr. Velarde y otros ilustres mosquitos
lricos de su misma familia, han dejado caer desde la tribuna del
Ateneo, flaqueara ahora ante unas miserables gotas de agua? No en mis
das: si la faz no ha empalidecido, si el corazn no ha temblado ante
ningn poeta legendario, por cruel que se haya mostrado, las
alteraciones atmosfricas no prevalecern contra mi herosmo.

En esta admirable disposicin de espritu atraves casi toda la calle
del Arenal. Sin embargo, no quiero ser hipcrita: declaro que fui todo
el tiempo pegado a las casas, con lo cual evit que me cayese una
tercera parte de agua de la que por clasificacin me corresponda. Antes
de llegar a la puerta del Sol ech una mirada al cielo, mirada
escrutadora que me hizo ver sombra arriba y sombra abajo. Esta mirada
dio por resultado adems el que tropezase con un guardia municipal, que
me pregunt con severidad dnde tena los ojos; yo, lleno de respeto y
sumisin hacia el poder ejecutivo, le contest, procurando ablandar su
corazn con una sonrisa:--Donde usted guste.--La verdad es que estuve
demasiado humilde, casi rastrero, porque el guardia no llevaba la acera,
pero la idea de la Prevencin ejerce tal ascendiente sobre m!... Me
content con volverme y echarle una mirada terrible, que cay sobre su
capote de hule y resbal por encima como el agua resbalaba en aquel
instante.

Las nubes no cejaban. La lluvia, en vez de ir disminuyendo gradualmente,
para satisfacer el ideal de todo el que, como yo, no llevase paraguas,
gradualmente iba aumentando. Al entrar en la Puerta del Sol, cruzaba muy
poca gente; algunos carruajes, cuyos aurigas parecan envoltorios de
pao pardo; algunas mujeres remangando con la coquetera que permitan
las circunstancias, sus blancas enaguas, y dejando ver esbozos de pies
fantsticos y perfiles de pantorrillas reales. Pero en aquel momento yo
me preocupaba ms de mis pantorrillas que de las ajenas, como era,
despus de todo, mi deber. El agua y el barro me salpicaban hasta las
narices; los canalones vomitaban en las aceras torrentes, que procuraba
salvar apelando a mis recuerdos gimnsticos.

Poco a poco, de un modo insidioso y solapado, tendindome sus redes en
silencio y asegurando sus pasos con cautela, fue penetrando en mi
corazn el temor del reumatismo. En el espacio que media entre la calle
del Arenal y la del Carmen, casi se enseore de l por completo.
Sombras perspectivas de fiebres catarrales, dolores en las
articulaciones y fricciones de aguardiente alcanforado, se ofrecieron
ante mi vista, y con la visin intensa y terrible del alucinado, me vi
metido en unos calzoncillos de bayeta amarilla.

Y tembl. Y ech una cobarde mirada en torno buscando un _simn_ vaco.
Los pocos que pasaban iban alquilados. Pero an quedaban los portales.
Ah, los portales! Los portales me parecan un recurso de mala ley,
indigno de ser tomado en consideracin por el momento. Para estar metido
en un portal viendo caer la lluvia, ms vala haberse quedado en casa.
Adems, los portales estaban llenos de canalla, vagos de profesin,
aventureros de la calle, gente sin hogar y sin paraguas. Quin va a
exponerse a que le roben el reloj o le secuestren!

Esto lo pensaba al cruzar por la calle del Carmen. Pues bien, al cruzar
por delante de la de la Montera, ya pensaba otra cosa. Y es que las
ideas del hombre se van modificando insensiblemente al travs de la
existencia; las convicciones ms profundas se desarraigan de nuestro
espritu cuando menos lo esperamos, la antigua fe deja paso a la nueva,
y el entusiasmo se enfra y se calienta incesantemente durante nuestra
peregrinacin por la tierra. Cogidos de la mano, con fuego en el
corazn, alta la frente y la pupila clavada en lo porvenir, hemos
partido muchos para recorrer los campos de la poltica; a los pocos
pasos, ya se ha desprendido uno, a quien el temor o la utilidad han
solicitado, ms all otro, ms all otro: al poco tiempo la caravana se
ha disuelto, y cada cual corre a refugiarse donde ms le conviene. Esta
es la vida. Una verdad innegable he sacado, no obstante, de su
experiencia, y es, que cuando llueve, todo el mundo se cobija.

Yo tambin claudiqu en aquella ocasin refugindome en un portal,
aunque con circunstancias atenuantes, pues era el de una fotografa. Las
paredes estaban cubiertas de retratos: seoras bonitas, haciendo
resaltar sus gracias con actitudes lnguidas, dirigiendo una sonrisa
insinuante a todos los _timadores_ y fosforeros que se paraban a
contemplarlas; varones con los ojos estticos, en muda y eterna
admiracin de algo que nadie sabe. Algunos caballeros estaban
disfrazados: haba uno vestido de fraile haciendo oracin entre las
malezas de una sierra, con su calavera y todo al lado. Me dijeron que
era un muchacho de la nobleza que haba renunciado al mundo por
desengaos de amor. Bien se le conoca al pobre, a pesar de su
vestimenta eremtica, que haba tirado muchos tiros al pichn. Haba
otro con traje de doctor, con las cejas fruncidas y la frente arrugada
como si tuviese agobiados los sesos bajo la pesadumbre de tanta
jurisprudencia. Tena un birrete en la mano y otro sobre la mesa,
quizs para el caso de que se inutilizase el primero.

Segua cayendo agua copiosamente. El cielo mostraba la faz severa,
aunque tornadiza; algunas nubes grandes y oscuras rodaban sobre los
edificios de la Puerta del Sol, desahogndose un poco de su peso;
cruzaban con harta prisa para no presumir que pronto vendra un claro
que permitiera escaparse. Los poqusimos carruajes que pasaban vacos
eran asaltados rabiosamente por los proscriptos de los portales,
quedndose con ellos, como sucede en todo lo dems, los ms osados.

Al fin, en cierto paraje del espacio se divis un agujerito azul: por
aquel agujerito pas tembloroso, y como avergonzado, un rayo de sol
empapado todava en agua, que fue a chocar en los cristales de los
balcones ms altos del hotel de la Paz. Al poco rato se divis otro,
algo ms all, y ambos se comunicaron pronto por medio de una extensa
raya, azul tambin. Pero la lluvia no cesaba. Delante de nosotros empez
a funcionar una manga de riego. Por qu salen a relucir las mangas de
riego cuando llueve? No pretendamos averiguarlo. Hay ms misterios en el
cielo y en el Municipio de los que puede soar la filosofa.

El sol hizo surgir los colores del iris en el chorro de agua que caa
como un esplndido penacho sobre la calle: el empleado municipal lo
sacuda sin curarse de su belleza, hacindole servir a los fines
prosaicos de la polica urbana; mas el chorro sala altivo y alegre de
la manga y se esparca en el aire, cayendo en lluvia de plata unas
veces, otras en lluvia de cristal y otras de fuego. El rumor que
produca al azotar el pavimento, era dulce y gozoso. Yo y un perro de
Terranova (me coloco el primero para no dar armas a los frenpatas del
Ateneo), fuimos los nicos que supimos apreciar su hermosura. El perro,
ms exaltado o con menos miedo al ridculo, se lanz a la calle
expresando su entusiasmo por medio de ladridos y saltos prodigiosos,
ahora parndose bajo el chorro y dejndose baar, ahora brincando sobre
l, ahora dando un milln de volteretas y haciendo cmicas contorsiones,
sin cesar nunca de exhalar el frenes de su entusiasmo en ladridos ms
o menos correctos e inspirados, que de esto no entiendo. Me parece, no
obstante, que haba ms sinceridad en ellos que en el soneto del Sr.
Grilo a las cataratas del ro Piedra, aunque, por supuesto, mucha menos
fantasa.

La lluvia no cesaba. Con todo, se fue debilitando de tal modo, que ni
para la salud ni para el sombrero haba gran peligro en salir y llegar
hasta Fornos. As quise realizarlo, y desde luego me fui pegadito a los
edificios, observando cmo rpidamente el cielo se despejaba y la lluvia
se enrareca. Todava continuaba mucha gente en los portales. Al llegar
al del ministerio de Hacienda, un brazo de mujer se interpuso en mi
camino, y una manecita blanca y hermosa trat de averiguar si an
llova. Era una mano fina, correcta, aristocrtica, con graciosas y
leves rayas azules; adems, an no estaba ajada, a juzgar por su color
sonrosado y por la frescura e inocencia que se adivinaba en sus
movimientos resueltos; la mueca estaba aprisionada por un sencillo
brazalete de oro; en los dedos brillaban algunas sortijas. Ahora bien,
qu hubieran hecho ustedes si se les colocase delante del rostro, a dos
dedos de la boca, una mano semejante? Besarla, estoy seguro. Pues eso es
cabalmente lo que yo hice: besarla y escaparme riendo sin echar siquiera
una mirada a su dueo. Detrs de m o gran algazara y muchas carcajadas
femeninas, por lo cual comprend que se me perdonaba de buen grado la
audacia. Llegu al caf sano y salvo y de un humor excelente. Pero
estuve un poco inquieto toda la tarde. Los nervios, sin duda, los
nervios!




EL PASEO DE RECOLETOS


Voy a denunciarme ante el severo tribunal de la sociedad _fashionable_
de Madrid, y entregarme con las manos atadas a su justa reprobacin.

Egregias damas: seores sietemesinos: Tengo la vergenza de confesar a
ustedes que la mayor parte de los domingos y fiestas de guardar me paso
la tarde dando vueltas en el paseo de Recoletos lo mismo que un mancebo
de la _Dalia azul_. Y no subo hasta el Retiro, a admirar respetuosamente
vuestros _chaquettes_ y vuestros perros ratoneros, porque deje de poseer
carruaje; pues si bien es mucha verdad que no lo poseo (misericordia!)
no es menos exacto que tengo unas piernas que no me las merezco, las
cuales han hecho con fortuna ms de una vez la competencia al tranva, y
de ello puedo presentar testigos. Me quedo, por tanto, en Recoletos sin
motivo alguno que pueda justificarme, por pura perversidad, lo cual
revela mi depravada ndole. Vuestra conciencia distinguida se alarmara
an ms si supieseis... pero no me atrevo a decirlo!... que me gustan
mucho _las cursis_! Perdn, seores, perdn! Ahora que he confesado mi
indignidad descargando el alma del peso que la abrumaba, aguardo
resignado vuestro fallo. Condenadme, si queris, a perpetuos pantalones
anchos. Los llevar como marca indeleble de mi deshonra, los pasear
hasta la muerte como la librea del presidario... pero los pasear los
domingos por Recoletos.

El paseo de Recoletos no es bello ni grande; los rboles que lo
guarnecen dejan mucho que desear en cuanto a corpulencia y follaje; la
acera que lo atraviesa a lo largo cansa y lastima los pies. Pero tiene
la ventaja de estar dentro de la poblacin. Parece hecho para la gente
de negocios que dispone de poco tiempo para pasear. Los das de trabajo
no suele haber mucha concurrencia: en cambio los domingos no hay quien
camine libremente por all, lo cual declara bien paladinamente la
condicin social de sus habituales concurrentes. Es el paseo de la
_burguesa_, y esto basta para que se haya captado la antipata de la
sociedad distinguida y ociosa.

Mas en el sexo femenino que all acude los das de fiesta suelen verse
rostros muy lindos, dicho sea con perdn de aquella sociedad. Las damas
que cruzan arrellanadas en su _landau_ hacia el Retiro, podrn volver
desdeosamente la cabeza y no verlos; los jvenes, que apetecen la
gloria inmarcesible de vivir y morir perteneciendo al _Veloz_, pasarn
velozmente con la cabeza erguida, el sombrero ladeado y el bastn a
guisa de lanza, dando miradas amorosas a todos los carruajes y ansiando
descubrir su cabeza venerable ante alguna duquesa ajamonada, sin fijar
la atencin en ellos; pero no es menos cierto que all estn para honra
y gloria de Dios y regocijo de los villanos y pecheros que en tales
lugares paseamos.

La palabra _cursi_, que la magnanimidad nunca bastante loada de los
seores de la calle de Valverde ha introducido en nuestro diccionario,
se emplea como proyectil mortfero contra aquellos rostros celestiales.
Todo sietemesino bien criado tiene en su carcaj una buena cantidad de
tales flechas para arrojar a la primer belleza annima que se presente
en su camino. Si habis gozado la honra de acompaar alguna vez en sus
expediciones gloriosas por la carrera de San Jernimo a uno de estos
jvenes y habis incurrido en la flaqueza de alabar la hermosura de
alguna nia modesta, de seguro le habris visto fruncir el noble
entrecejo, alargar el labio inferior en testimonio de desdn y dejar
caer estas o semejantes palabras:

--Pero, hombre, que siempre te has de fijar en estas cursilillas de
media tostada!

Efectivamente, tengo esa desgracia. Lo mismo me pasa con las flores: la
rosa y el clavel, las ms cursilonas de la jardinera, son las que ms
me gustan. Pero no soy el nico. Antes que yo el doctor Fausto fue
decidido partidario de las cursis y por ellas vendi su alma al diablo.
Los abonados al paraso del Teatro Real saben muy bien que cuando
Gayarre en el primer acto _brama_ con voz atiplada la _giovinezza_, es
con el objeto exclusivo de ir a decir ternezas a Margarita en el
tercero. Y quin era Margarita? Una muchacha que hilaba, barra, lavaba
la ropa de sus hermanos y paseaba los domingos por Recoletos. Pues eso
es precisamente lo que le seduce a Gayarre, y bien se le conoce cuando
se queda tan abrazadito con ella al tiempo de caer el teln y suelta
aquellas feroces carcajadas el artista mallorqun seor Uetam.

En general, bien se puede decir que Goethe no ha amado ni pintado ms
que cursis. Margarita, Federica Brion, Carlota, Lil, Olimpia, eran
mujeres muy bonitas, pero absolutamente incapaces de molestar con su
charla desde las plateas del teatro Real a los abonados de las butacas,
los cuales, si no oyen la pera en paz, en cambio tienen el honor de ser
molestados por alguna dama ilustre, descendiente de los guerreros de la
reconquista.

Tengo la seguridad, pues, de que Goethe se hubiera paseado los domingos
por Recoletos. Esto le habra enajenado las simpatas de los salones (si
es que los salones pueden tener simpatas) y le colocara en el concepto
de los nobles sietemesinos (si es que los sietemesinos pueden tener
concepto) muy por bajo del seor Grilo. Yo creo que ha hecho muy bien en
vivir en la corte de Weimar donde tales flaquezas se perdonaban
fcilmente.

Y para terminar con el paseo de Recoletos. Ahora en la estacin
primaveral queda cubierto por una bveda de follaje que le presta
frescura y belleza. Cualquier ciudadano pacfico, incluso los poetas
lricos, puede pasar un rato agradable viendo desfilar una muchedumbre
de Margaritas rubias y morenas con las cuales se pudieran empezar
novelas tan amenas, si no tan famosas, como la de Fausto. Adems, en el
centro del paseo hay un estanquillo.




LA CASTELLANA


La acera de Recoletos termina en la plaza de Coln. A la derecha se
encuentra la casa donde se fabrican las pocas pesetas buenas que hay en
Espaa. A la izquierda est la que proporciona las pocas novelas bellas;
la casa de D. Benito Prez Galds. Todos los espaoles saben lo primero:
muy pocos somos los que tenemos noticia de lo segundo. Pero los que lo
sabemos--dicho sea para nuestra honra y prez--solemos mirar con ms
atencin a la izquierda que a la derecha. Al cabo, las monedas que se
fabrican en aquel gran edificio de ladrillos irn como esclavas sumisas
a procurar deleites a los poderosos, a halagar sus torpes pasiones y sus
vicios, mientras las novelas que se escriben en aquel alto y silencioso
despacho, vendrn a posarse delante de nuestros ojos dndonos algunos
instantes de placer honrado, elevando nuestro espritu y
esclarecindolo.

La inmensa mayora, casi la totalidad de los hombres, guarda
consideracin y respeto a los ricos slo por el hecho de serlo. Los
grandes escritores slo lo infunden cuando ejercen un cargo oficial. Y,
no obstante, el rico es un hombre que trabaja y se afana nicamente para
proporcionarse goces, de los cuales no nos hace, bien seguro,
partcipes, mientras el escritor se priva de los suyos, gasta sus
fuerzas, enferma del estmago o la cabeza y acorta su vida para
procurarnos deleite y cultura. Despus, se da por satisfecho con un
estipendio parecido al de un albail y con que le digamos: Amigo, qu
bonito libro ha escrito usted!

El paseo de la Castellana, que sigue a la plaza de Coln, consiste en
una amplia carretera para los caballeros y dos caminos estrechos a los
lados para los peones. Hace unos cuantos aos estaba concurridsimo por
las tardes: la carretera se hencha de carruajes y los caminos de gente
distinguida y ordinaria. Hoy apenas va nadie hacia all porque est a
la moda el Retiro. Sin embargo, bien puede asegurarse sin temor a
engao, que llegar un da en que la Castellana recobre su antiguo
esplendor: al cabo de los aos mil, vuelven los coches por donde solan
ir.

En los buenos tiempos de la Castellana observbase un fenmeno que
atestigua bien claramente de la exquisita delicadeza de sentimientos que
suele existir en nuestra sociedad distinguida. Como no haba gente
bastante para llenar los dos caminos que cien la carretera, acaeca que
el paseo se fijaba en uno de ellos. Pues bien, las jvenes distinguidas
no pudiendo soportar, como es natural, el contacto de otras jvenes
menos distinguidas, empezaban a desertar del paseo acostumbrado yndose
por pelotones al otro camino. Desde all, irguiendo la noble cabeza,
miraban, al travs de la red de carruajes, desfilar a sus enemigas
naturales por el paseo de enfrente. Que en esta mirada se adverta un
soberano desdn no hay para qu decirlo, y que este desdn se hallaba
perfectamente justificado, tampoco creo necesario demostrarlo. Cmo ha
de sufrir con paciencia, verbigracia, la hija de un auxiliar de la clase
de primeros, que la de uno de la clase de cuartos pasee y disfrute de la
vista del mundo en el mismo paraje que ella? Claro est que todos somos
hermanos, pero no hay ms remedio que atender un poco a los escalafones
que de vez en cuando publica el ministerio de la Gobernacin, pues para
algo se publican. Adems, este deseo de separarse de la muchedumbre y
del vulgo, seala en quien lo siente un espritu fino y superior y
temperamento aristocrtico.

Suceda, no obstante, que este temperamento o abundaba en demasa o se
falsificaba, como todas las cosas buenas, pues es lo cierto que unas
tras otras, con ms o menos disimulo, todas las nias del camino
despreciado se iban pasando al camino despreciador, quedando aqul al
cabo de algn tiempo totalmente desierto. Entonces las jvenes del
verdadero y genuino temperamento aristocrtico se comunicaban, no s en
qu forma, sus impresiones dolorosas, y una tarde, cuando menos se
pensaba, enderezaban el paso, arrastradas por altos sentimientos, al
camino abandonado, donde permanecan hasta que de nuevo se vean
molestadas y tornaban a ejecutar graciosamente la idntica maniobra.
Cuando la Castellana vuelva a ser lo que antes, el paseo ms concurrido
de Madrid, confiamos en que se repetir este fenmeno consolador hijo de
una noble altivez, sin la cual no es posible el refinamiento de las
costumbres ni el progreso de los pueblos.

Aunque solitario, o porque lo est quiz, el paseo no deja de ofrecer
atractivos, sobre todo para los melanclicos. No es frondoso y quebrado
como el Retiro, ni presenta variacin de ninguna clase; es una lnea
recta que se prolonga indefinidamente con cierta severidad clsica y
municipal convidando a los graves y tranquilos sentimientos. La lnea
recta tiene tambin sus encantos, por ms que yo prefiera la curva, como
ya he tenido el honor de decir en tres distintas ocasiones. De noche,
las dos hileras de faroles colocadas a entrambos lados de la carretera,
ofrecen una perspectiva muy bella: son dos cintas paralelas y luminosas
que van a perderse en un fondo oscuro, donde una imaginacin viva puede
forjar, selvas dilatadas, abismos inmensurables o un desierto poblado de
monstruos. No s hasta qu punto la comisin de alumbrado pblico ha
hecho bien en buscar este nuevo aliciente para excitar la fantasa del
vecindario. Sin embargo, fuerza es confesar que en esta ocasin ha
sabido herirla de un modo delicado y til, revelando lo infinito por
medio de una misteriosa e indefinida sucesin de faroles.

Adornando los flancos del paseo, lzanse un nmero considerable de
hoteles y palacios de formas muy diversas, no siempre bellas, aunque s
caprichosas. Nuestros banqueros y contratistas de obras pblicas no
queriendo, como es natural, pagar tributo a lo prosaico de las
construcciones modernas, han solicitado el concurso de las edades ms
poticas de la humanidad y de las comarcas ms pintorescas para levantar
sus viviendas suntuosas. Se encuentran all, a poca distancia unos de
otros, palacios egipcios, rabes, asirios, babilnicos, gallegos y
catalanes. Por regla general estn rodeados de jardines que la
naturaleza, secundada eficazmente por las mangas de riego, ha poblado de
flores y verdor. He pasado muchas veces por all y jams he visto a
nadie disfrutando de su amenidad, salvo los pjaros. Las ventanas de los
palacios tienen las persianas echadas y reina tal silencio en sus
inmediaciones, que cualquiera los creera deshabitados. Esto contribuye
a despertar en la imaginacin de los paseantes recuerdos o sueos
romancescos. Aquellos palacios deben de guardar seres bellos y felices
que se alejan del ruido de la corte a fin de paladear con ms
tranquilidad su dicha. El amor debe de ser el dios a quien se rinde
culto en tales nidos tibios y suntuosos. Algunas veces al travs de sus
persianas he odo los dulces acordes de un piano. Cuntas cosas bellas
cruzaron entonces por mi mente! Cuntas novelas interesantes se me
presentaron de improviso!

Una maana de primavera, impresionado por la reciente lectura de cierta
novela de Octavio Feuillet, iba paseando distrado por aquellos
silenciosos lugares gozando de la frescura y aroma de los rboles y de
la grata soledad que all imperaba. De pronto, al pasar por delante de
uno de los palacios, cre percibir rumor de voces en el jardn. Al fin
sorprendo a la enamorada pareja de este nido, me dije sonriendo; y con
el corazn agitado y el paso cauteloso, me acerco a la verja revestida
de una espesa cortina de madreselva y aplico el odo. Detrs del muro de
verdura dos voces poco argentinas disputaban acaloradamente sobre el
proyecto de conversin de la deuda.

Ms all de la Castellana se tropieza con el Hipdromo. Quisiera decir
algunas palabras acerca del Hipdromo, pero creo que an no ha llegado
la poca de juzgar con verdadera imparcialidad esta nueva institucin.
Las grandes reformas necesitan algunos aos para desenvolverse y dar el
fruto que el legislador ha buscado. Juzgando hoy aqulla, temo incurrir
en errores y apasionamientos, de los cuales me arrepentira ya tarde.




LOS MOSQUITOS LRICOS




I


Emilio Zola sostiene que los poetas lricos de ahora son pajaritos que
cantan en el rbol de Vctor Hugo. Es la pura verdad. Carduci, Nez de
Arce, Copee, Sully Prudhome, Campoamor y otros pocos no hacen ms que
glosar con dulzura el canto sublime del titn del siglo XIX, reflejar la
luz gloriosa del astro que se est acostando entre vivas y esplendorosas
llamaradas.

Los grandes poetas gozan el privilegio de fundar ciclos donde van a
reunirse los que cierta misteriosa simpata y una evidente semejanza en
la manera de sentir y pensar arrastra hacia ellos. Sin remontarnos a
tiempos antiguos, y fijndonos solamente en la poca moderna, saltan a
la vista ejemplos. Ah est Goethe con su brillante falange de poetas
alegres, serenos, razonadores y sensibles. Ah est Byron con su
numeroso cortejo de desgraciados, a quienes el mundo no comprende, almas
doloridas, corazones que destilan sangre y versos lacrimosos. Y por
ltimo, vivo est todava, por dicha nuestra, el egregio autor de las
_Orientales_ y la _Hojas de Otoo_, y viva tambin una gran parte de sus
discpulos, cuyos trinos y gorjeos escucha el mundo con placer.

Ni quiere decir esto que la circunstancia de estar comprendidos en un
ciclo, prive a los poetas de originalidad. No hablamos aqu, ni valiera
la pena de que hablsemos, de aquellos que rastrean servilmente la pista
del maestro para posar sus pies en las huellas que va dejando, porque no
merecen los tales nombre de poetas. Hacemos referencia tan slo a los
que, recibiendo impulso y direccin de algn ingenio extraordinario,
caminan solos y sin andadores, representando cada cual dentro del ciclo
un brillante color de los muchos en que la luz de la poesa puede
descomponerse. Los que hemos citado ms arriba pertenecen a ese nmero.
Son poetas, por privilegio, de nacimiento, pero han nacido bajo la
influencia de un astro que an resplandece sobre el horizonte, y no
pueden sustraerse a ella. Esto no les quita ningn mrito. Todos los
objetos hermosos que existen en el mundo necesitan absolutamente la luz
del sol, y, sin embargo, quin se acuerda de ste al contemplar su
belleza? Adems, en el firmamento las estrellas con luz refleja aparecen
tan bellas como las que la tienen propia. Algunas veces, cuando los
astros de primera magnitud brillan muy lejos, no ostentan tanta
hermosura como otros ms pequeos y cercanos; bien as como tal o cual
poeta de la antigedad, con ser mucho ms grande, no nos produce la
impresin viva y profunda que otros modernos de importancia secundaria,
pero que participan de nuestra manera de sentir y pensar, y la
reflejan.

Advirtase tambin que los ingenios extraordinarios que comunican
movimiento y sealan derrotero a un perodo literario, los que Juan
Pablo Richter denomina _genios activos_, son o han sido muy pocos en el
mundo. La mayor parte de los poetas que admiramos y nos deleitan
pertenecen a la categora de los que el mismo crtico llama _genios
pasivos_, si bien, a nuestro entender, incluye en este nmero a algunos
que merecen ser colocados entre los primeros, como Rousseau y Schiller.

Dejemos, pues, sentado que nos gustan todos los pjaros, ruiseores,
canarios, malvises y jilgueros que cantan en el rbol de que nos habla
Zola. Ojal nos fuera permitido pasar la vida reclinados dulcemente
bajo su frondosa copa escuchndolos! Pero todo el mundo se empea en
aconsejarle a uno que trabaje. Apenas nos distraemos un poquito con sus
gorjeos, cuando nos dice la voz de cualquier fiscal municipal o jefe de
seccin: Hola! Versitos, eh? Vaya una gana que tiene V. de perder el
tiempo!

Y no es eso lo peor. Debajo del rbol no se disfruta tampoco la paz y
sosiego necesarios. Los mosquitos y moscones, las araas, los cnifes y
bichos de todo linaje no dejan un instante de atormentarle a uno con su
zumbido cuando no con sus pinchazos. Excuso decir que me refiero a la
nube de poetastros de todos sexos, edades y condiciones que, para
escarmiento de pcaros, existe en la capital.




II


Voy a hablar de algunos de nuestros mosquitos ms distinguidos. Conviene
de vez en cuando sacudirse las moscas. Divdense en cuatro grandes
familias a cual ms perversa y endemoniada. La primera es la de los
mosquitos _sentimentales_, que son los de apariencia ms inofensiva,
aunque en realidad haya motivo para guardarse bien de ellos. Tienen un
zumbido dulce y quejumbroso, que al principio no molesta gran cosa, pero
que llega a hacerse insoportable. De estos mosquitos, algunos empiezan a
disgustarse de la vida as que entran a cursar la segunda enseanza;
salen generalmente suspensos en los exmenes, reciben innumerables
coscorrones del jefe de la familia y se enamoran perdidamente y en
secreto de una mujer de treinta aos. Hasta aqu sus estragos no pasan
del crculo de la familia; mas al llegar a los diez y seis aos
comienzan a hacer coplas amargas como la hiel, inspiradas por lo comn
en _La desesperacin de Espronceda_, un estpido y obsceno poema
fabricado por algn estudiante de medicina para deshonrar el nombre del
ilustre poeta. Estas coplas se escriben con lpiz mientras los paps se
figuran que est all en su cuarto enfrascado en el estudio, y slo son
admiradas de algn amigo discreto que recprocamente presenta a su
admiracin otras coplas no menos amargas. Tal vez que otra estas coplas,
que ruedan por los bolsillos de los pantalones hasta que se pudren, caen
en manos de la mam al tiempo de coser o acepillar la ropa: la mam,
claro es, no sabe lo que aquello significa, pero corre a mostrrselo al
pap, y aqu fue Troya! ste considera a su hijo sumido en un pilago
de liviandades, se pone lvido, lanza profundos suspiros de congoja, y
despus de un enrgico discurso, encierra al culpable bajo llave
durante ocho das. La mam, ms dispuesta como mujer a los sentimientos
dulces, acude a la religin y le lleva a confesar con un sabio jesuita,
no sin que el joven poeta proteste sordamente, pues ya han huido de su
atormentado espritu las consoladoras creencias de los primeros aos.
Aunque pide perdn a su mam y le promete no volver a escribir
_porqueras_, el mosquito sentimental no puede prescindir de continuar
zumbando a escondidas de su familia: las persecuciones, lejos de
abatirle, encienden ms y ms el horno de su inspiracin y le acaban de
persuadir de que la copa de la vida est llena hasta los bordes de
cierto licor ponzooso, y que l se encuentra obligado a apurarla hasta
las heces. Un peridico semanal de la poblacin se encarga de comunicar
este su convencimiento al pblico, expresado en trminos solemnes,
aunque sin gramtica. Desde esta fecha, nuestro mosquito comienza a
gozar de una envidiable reputacin que se extiende como mancha de aceite
por toda la provincia.

No obstante, por ms que la opinin favorable de sus paisanos sea un
blsamo precioso para cicatrizar las heridas del corazn, todava no
est satisfecho y medita seriamente un da y otro en venir a zumbar a
Madrid, a fin de que se le oiga en todos los mbitos de la pennsula. El
pap, que ya se va convenciendo de que su hijo, aunque haya salido
suspenso en la mayor parte de las asignaturas, llegar a ser hombre
clebre, consiente en hacer un sacrificio. Ya le tenemos en la Corte. A
los cuatro meses justos publica una composicin en cierta revista
literaria; a los quince das otra, a los quince das otra, y as
sucesivamente sigue zumbando peridicamente durante dos aos. Al fin se
decide a coleccionar sus poesas en un tomo. El pap vende una finca y
le remite dinero. Pide un prlogo a Caete, y este seor, que jams se
niega a tales cosas, dice al frente del libro en lenguaje castizo que
hay en l composiciones muy lindas, y las cita; que el autor muestra por
lo general mucha elegancia, donaire y estro, y que el joven mosquito,
si no se desgracia, llegar a ser un moscn insigne. Desgraciadamente,
esta profeca permanece guardada como santa reliquia en el almacn de
algn librero que ha aceptado el tomo _en comisin_. Transcurren meses
sin que ningn humano venga en demanda del tomo de _Preludios_ (estos
mosquitos casi siempre ponen a sus zumbidos algn nombre musical:
preludios, arpegios, acordes, calderones, etc.), hasta que el librero se
cansa de tener tanto papel intil en el almacn y decide volvrselo a su
dueo o comprarlo al peso. Esta es una de las soluciones. Otra consiste
en que D. Modesto Fernndez y Gonzlez interponga su influencia para que
el Ministerio de Fomento le tome quinientos ejemplares con destino a las
bibliotecas pblicas. Los sbditos espaoles que las frecuentan no
podrn menos de agradecer al Ministro el inters con que mira el cultivo
de sus facultades imaginativas: todos los aos les remite algunos miles
de quintales de ternezas rimadas.

De todos modos, la falta de dinero es una de las causas primeras de
mortandad en la familia de los mosquitos sentimentales. Los que
consiguen sobrevivir a tal causa y llegan a dar una velada en el Ateneo
de Madrid, estn salvados. El Ateneo es para los mosquitos el oxgeno.
Cuando alguno anda alicado, asfixiado por la indiferencia del pblico y
a medio morir, no tiene ms que venir a leer ante esta docta
corporacin, y se le ver inmediatamente revolotear lleno de vida y
alegra. El Ateneo, en achaque de versos, es de una potencia digestiva
superior a la de los tiburones y avestruces. Los botones de metal y los
pedazos de vidrio que dicen que estos animales digieren, no son nada
comparados con los versos que yo he visto tragar en el Ateneo; un padre
carioso no hara ms por su hijo que lo que suele hacer este cuerpo
docente por los mosquitos de que acabo de hablar.




III


Otra de las grandes familias en que se divide la especie de los
mosquitos lricos, es la de los _filsofos_ o _trascendentales_. No
tiene la misma fuerza reproductiva, y por consecuencia no es tan
numerosa, pero en cambio es infinitamente ms devastadora. El mosquito
filosfico suele leer mucho, y est, por lo general, bastante enterado
de las literaturas extranjeras; apunta cuidadosamente en un libro de
memorias las frases brillantes y los pensamientos profundos y esmalta
con ellos sus hbridos engendros; no es partidario del arte por el arte,
ni gusta de la literatura frvola que slo aspira a conmover y recrear;
de las tres dimensiones de los cuerpos, longitud, latitud y
profundidad, no admite ms que la ltima. Es mucho ms objetivo que sus
colegas los sentimentales, y aun cuando manifiesta tendencias muy
marcadas hacia el pesimismo, no llega a l por el camino puramente
subjetivo y personal de aqullos sino mediante el estudio reflexivo de
los fenmenos y las leyes, por lo cual su pesimismo es siempre ms
lgubre, ms desgarrador, como que es el resultado lgico de un sistema,
de un vasto y profundo concepto de la existencia. Desde nio se observa
en l gran amor a lo general y mucho desdn por lo particular. Estas
nobles aficiones le han perdido a menudo en los exmenes durante la
segunda enseanza: se empeaba en contestarlo todo _a ratione_ y en
resolver las ms arduas cuestiones de plano y segn le dictaba su alto
entendimiento. En historia natural sali suspenso, porque habindole
preguntado las clasificaciones, contest que l no admita
clasificaciones en la naturaleza, que el mundo deba considerarse
siempre en su unidad indivisible y permanente, y que todas las
clasificaciones estaban sujetas a cambios incesantes, segn los
progresos que se hicieran en el estudio de la materia. Los profesores
de instituto (salvo honrosas excepciones), son ms dados a lo temporal
que a lo permanente, y el mosquito filsofo padece por esta causa muchos
vejmenes en los albores de la vida.

Despus de formada su opinin en lo que atae a la existencia, al amor,
a la religin, a la muerte, etc., etc., nuestro mosquito adopta la
manera que le parece ms interesante para zumbarla al odo del pblico.
Unas veces se presenta con un escepticismo risueo y paradjico que
parece decir a los lectores: Yo no creo en nada, ni en Dios, ni en los
hombres, ni en la madre que me pari, pero me gusta aprovecharme de las
cosas buenas que en el mundo nos encontramos, como el amor, los buenos
vinos, los paisajes bonitos, etctera, etc., y vamos viviendo. Su
maestro es Campoamor, a quien imita no tan slo en el pensamiento sino
en la frase, expresando las ideas elevadas y abstrusas en forma llana y
corriente, y as como el ilustre poeta, tambin l desciende a los
pormenores vulgares de la existencia y se complace en describir lo
pequeo e insignificante.

      Yo no voy a la escuela
    aunque me pegue mi seora abuela.

Qu sobriedad tan encantadora! Qu amable sencillez se advierte en
esta y en otras frases que se encuentran esparcidas por una muchedumbre
de poemas no bastante apreciados del pblico!

Otras veces prefiere envolver sus vastas concepciones poticas y
metafsicas, en un misterioso simbolismo atestado de laberintos. Su
modelo entonces es el _Fausto_ de Goethe, o el _Manfredo_ de Byron. Pasa
unos cuantos aos escribiendo un grandioso poema, del cual lee solamente
de vez en cuando, en Academias y Ateneos algunos fragmentos que dejan en
suspensin y espanto el nimo de algunos amigos. En este poema todos los
seres animados o inanimados del universo expresan su opinin acerca del
misterio de la existencia; y de la suma de estas ideas se propone el
autor que resulte la clave de todo. Las diversas opiniones se expresan
en el poema del mosquito filsofo por medio de voces que van
sucesivamente gritando por las pginas del libro. Cuanto existe y cuanto
ha existido tiene voz y voto en el poema: la _voz de la esclavitud, la
voz de la libertad, la voz de las ciudades, la voz de los campos, la voz
de la iglesia, la voz de la administracin, la voz de los colegios
electorales, la voz de los tribunales colegiados, la voz de los
edificios del Estado_, etc., etc. Pero las cosas mejores las dice
siempre _una voz_ annima, que debe de ser la del autor. De todo ello
resulta que la vida es un lazo insidioso que nos ha tendido una voluntad
perversa, y que para vencer a esta voluntad no hay otro medio que el
suicidio, el suicidio de la humanidad entera.

A pesar de estas lgubres y espantosas conclusiones, y del pesimismo que
mina su preciosa existencia, el mosquito filsofo gusta extremadamente
de que _El Imparcial_ y _El Globo_ digan en su hoja literaria que zumba
con correccin y elegancia.

Viene despus la familia de los _legendarios_, que estaba a punto de
desaparecer de la fauna, y que merced a ciertos trabajos misteriosos de
la naturaleza poderosamente secundada por la seccin de literatura del
Ateneo de Madrid, ha vuelto a cobrar vida en estos ltimos aos.

Los legendarios aborrecen la edad moderna y desprecian la antigua. La
nica poca histrica que les seduce es la comprendida entre la
irrupcin de los brbaros y el Renacimiento. Dentro de esta poca la
institucin que despierta en su juvenil fantasa mayor copia de romances
octoslabos y endecaslabos, es el feudalismo. El mosquito _legendario_
no comprende cmo se puede vivir sin almenas, sin alfanjes, puentes
levadizos, cascos y cimitarras. El amor no tiene atractivo para l, sino
cuando la dama aguarda toda la noche a su galn en una ventana del
castillo, sin miedo a catarros ni a reumatismos, y el galn despacha al
otro barrio media docena de deudos para llegar hasta ella. Los combates,
las emboscadas, los asaltos, los pisos que se hunden para sumirle a uno
en profunda mazmorra, los fosos, los despeaderos, etc., etc., son las
nicas cosas que entusiasman a nuestro mosquito. En su concepto, no se
puede vivir a gusto, sino con el alma en un hilo. Sus poemas, por
consiguiente, estn saturados de aquellos elementos que admiten muchas y
variadas combinaciones, segn puede verse en las infinitas leyendas que
los lectores habrn, sin duda, odo recitar en su vida.

El argumento es lo nico permanente o inalterable en estas leyendas; un
amor desgraciado por la enemistad tradicional de los paps de los
novios; dos seores feudales de cortos alcances y que padecen de
atrabilis; los chicos que no se resignan a ser desgraciados y continan
sus relaciones hasta que una noche los sorprenden juntos y les arman un
beln; el padre de la nia que encierra a su presunto yerno en una
mazmorra, y le tiene a pan y agua sujeto con cadenas; el novio que se
escapa ayudado por la nia, y viene despus con su mesnada a dar un
asalto a su suegro; rapto de la novia; el pap suegro que no se resigna,
arma su mesnada y va a dar otro asalto a su yerno y le lleva la novia;
el yerno, que tiene muy malas pulgas y arma de nuevo su mesnada y vuelve
a robar la chica, etc., etc. Los asaltos se prolongan hasta que la
novia, fatigada de tanto trasiego de un castillo a otro, se decide a
espirar.

Con este sencillo argumento, que muchos aos de uso han consagrado,
lograron triunfos imperecederos una muchedumbre de mosquitos, cuyos
nombres guardar tan cuidadosamente la historia, que nadie los
averiguar jams. Dentro de l caben infinitas combinaciones, bellas e
interesantes, segn el nmero y distribucin de los asaltos y lo
sangriento de la lucha; segn la calidad del novio, que puede ser
caballero y trovador o caballero solamente; el carcter del paisaje, que
puede estar cerca del oceano o en lo interior de la sierra; el corcel
del amante, que puede ser blanco, negro o alazn, etc., etc. De todos
modos, yo aconsejo a los jvenes lricos que no se aventuren por ninguna
consideracin a cambiarlo, pues al romper con los usos establecidos se
corre grave peligro, y no en vano est sancionado desde tiempo
inmemorial por cien generaciones de mosquitos.

Por ltimo, hablar del mosquito _clsico_. Lleva la ventaja a sus
compaeros de que ha estudiado regularmente la segunda enseanza y
conoce la retrica de Hermosilla. Ha obtenido siete escribanas de plata
en otros tantos certmenes poticos abiertos en varias provincias de
Espaa, y en todas partes se han hecho lenguas de su _forma_, que los
peridicos califican constantemente de gallarda. Como es natural,
desprecia profundamente el fondo, en el cual no ha brillado ni brillar,
y admira en primer trmino, tratndose de poesa, la paciencia, que es
la facultad que todo clsico debe cultivar con predileccin. As que,
cuando habla de alguna composicin potica, nunca se mete a averiguar si
es elevada o rastrera, original o vulgar, si tiene o no tiene
inspiracin: lo nico que aprecia en ella es si est o no est _bien
trabajada_. No puede ver a un buen ebanista dando los ltimos toques a
una cmoda sin exclamar para sus adentros: Qu lstima de poeta!

Por lo general viene a Madrid recomendado a D. Aureliano Fernndez
Guerra o a Barrantes, a quienes admira de buena o de mala fe, que eso
no importa, y les lee unos cuantos sficos adnicos y algunas
espinelitas: los acadmicos se dignan decirle que es muy donoso y
maleante, y que sus composiciones estn llenas de sentencias briosas y
sales irnicas. Abroquelado con este juicio nuestro mosquito, da
algunas lecturas en la Juventud Catlica y publica varios fragmentos en
_La defensa de la Sociedad_, hasta que, por consejo de sus amigos
acadmicos, deja repentinamente de zumbar. Escribiendo y publicando no
se va a ninguna parte. Para que un literato alcance respetabilidad y
obtenga la admiracin de la gente, es condicin ineludible que no
escriba poco ni mucho.

Entonces el mosquito clsico se dedica a despellejar a Echegaray, a
Castelar, a Prez Galds, y en general a los escritores que son ledos y
aplaudidos. Al mismo tiempo se deshace en elogios de todo lo oo, pobre
y ridculo que se publica o se representa, con lo cual satisface sus
instintos y a la vez regocija a los astros literarios que le iluminan en
su carrera.

Es el peor intencionado de los mosquitos que hemos estudiado, y por eso
es el nico que tiene buen paradero. Sus compaeros arrastran una vida
miserable y triste; o vuelven a vegetar a su pueblo, o se distribuyen
por los ministerios de auxiliares y escribientes, o entran de factores
en alguna compaa de ferrocarriles, o mueren en el hospital. Pero el
mosquito clsico ni por pienso! Ah estn sus protectores, que le hacen
archivero-bibliotecario, o le dan una comisin lucrativa en pas
extranjero, o le ayudan a salir diputado y a ser director general y
ministro. Despus de algunos aos de mantenerse firme en no escribir, de
frecuentar los salones aristocrticos y de despellejar sin piedad a
cualquier escritor que muestre talento y fantasa poco comunes, el
mosquito clsico como recompensa de su brillante campaa, es conducido
en triunfo a la Academia de la Lengua. Que a todos mis lectores deseo.
Amn.




EL LTIMO BOHEMIO


No hace todava dos aos que pasando por la Carrera de San Jernimo di
con un amigo periodista, que me dijo al tiempo de saludarme:--Vaya usted
por la calle de Sevilla y ver V. a Pelayo del Castillo acostado en la
acera.

Haba odo hablar muchsimo de este personaje y tena la cabeza llena de
sus extravagancias y proezas tabernarias: haba visto en los teatros una
pieza suya titulada _El que nace para ochavo_, no desprovista
enteramente de gracia: no quise, pues, perder la ocasin de conocerle. A
los pocos pasos encontr a Urbano Gonzlez Serrano, conocido seguramente
de todos mis lectores, y le invit a venir conmigo, lo que acept con
gusto. Ambos nos dirigimos al lugar que me haban designado, o sea, la
acera de la calle de Sevilla colocada en el sitio de los recientes
derribos, donde tumbado boca arriba, con la cabeza apoyada en una piedra
y expuesto a los rigores del sol, vimos a un mendigo sucio y
desarrapado. Cmo se nos haba de ocurrir que aquel hombre fuese Pelayo
del Castillo! Tena la cabeza enteramente descubierta y llena de greas,
el rostro encendido, el cuerpo envuelto en un andrajo que pareca el
residuo de una capa, los pies metidos en dos cosas asquerosas que en
otro tiempo haban sido alpargatas.

Todo nos volvamos mirar a un lado y a otro explorando la calle en busca
de nuestro literato, sin lograr hallarle. Al fin nuestros ojos se
encontraron y le pregunt recelosamente designando al mendigo:

--Ser ese?

--Imposible!--replic Serrano.

No obstante, en la frente de aquel hombre haba algo que no suele verse
en las de los braceros; era una frente degradada, pero era una frente
donde se haba pensado. Insist en que lo averigusemos, y acercndonos
a l, Serrano le sacudi levemente:

--Oiga V..... es V. D. Pelayo del Castillo?

El mendigo se incorpor lentamente y restregndose los ojos y
abrindolos con dificultad a causa de la gran irritacin de los
prpados, contest mal humorado:

--No seor, yo no soy ese Pelayo del Castillo.

Serrano se qued un instante suspenso. Los dos comprendimos, sin
embargo, que era l.

--De veras no es V. Pelayo del Castillo?

--No seor.

Despus de comunicarnos en voz baja nuestra opinin contraria, sacamos
cada cual una moneda del bolsillo.

--Tome V.

--No seor--repuso rechazndolas con la mano y el gesto--yo no puedo
aceptar eso..... yo no les conozco a ustedes.

--Somos dos aficionados a las letras; tome V.

Con algn trabajo hicimos que al fin las aceptase. Levantando entonces
la cabeza que tena doblada sobre el pecho, nos pregunt.

--A quin debo dar las gracias?...

--Nuestros nombres no importan nada: somos dos amigos de la literatura:
quede V. con Dios.

Y nos alejamos apresuradamente mientras l repeta esforzando la voz.

--Gracias, caballeros... yo quisiera saber...

A los pocos pasos volv la cara. Estaba mirando las monedas. Al verle de
aquella suerte, sentado en el suelo, cubierto de andrajos y la cabeza
desnuda al sol, me sent conmovido. Ser posible que ese desdichado sea
un literato; que haya escuchado los aplausos del pblico y alternado con
los hombres ms distinguidos de Espaa! Y en aquel instante se me
ocurri escribir algo acerca del estado en que se hallan los literatos y
artistas en nuestra nacin. Celebro no haberlo hecho, porque desde
entonces hasta ahora se han modificado bastante mis opiniones en este
asunto.

Impresionado por el espectculo que acababa de presenciar, no pude menos
de dirigir _in mente_ amargas recriminaciones a la patria que deja
perecer de hambre a todo el que se dedica al cultivo de las letras y las
artes y ensalza y pone sobre su cabeza a cualquier necio que se engolfa
en la poltica sin ms equipaje que su desvergenza. Algo, y aun mucho
de esto, es verdad; pero no es toda la verdad. Para resolver un problema
es necesario examinarlo en todos sus aspectos.

Primeramente, la nuestra, es una nacin de diez y seis millones de
habitantes: por lo mismo, es absurdo pretender que el literato que vive
del pblico, sea aqu remunerado como en Francia o Inglaterra, donde la
poblacin es ms del doble. A ms de ser el nmero de lectores menor en
absoluto, lo es tambin relativamente: si en Francia leen diez por cada
ciento, en Espaa no lee siquiera uno, entre otras razones, porque no
saben, y es fuerza, por lo tanto, que este uno o este medio por ciento
eche sobre sus hombros la carga de alimentar a todos los que con razn o
sin ella nos dedicamos a escribir para el pblico. Harto hace, a mi
entender, con ayudarnos a vivir modestamente: no le pidamos hoteles,
coches y alfombras como en Francia o Inglaterra porque no puede
drnoslos.

Claro es que el nmero insignificante de lectores depende del atraso del
pas, del detestable gobierno que nos ha regido, nos rige y nos regir,
de la influencia venenosa de la poltica y de otras mil causas
enumeradas a la continua en libros y en peridicos. Aqu est la parte
de culpa de la nacin, que realmente no es menuda.

Mas tambin los artistas y literatos ayudan con su conducta al estado
miserable en que se hallan. En Espaa se ha entendido hasta ahora que el
poeta o el artista es un ser mitad humano mitad anglico a quien no
sientan bien los deberes y hbitos exigidos a los dems hombres. Todo
hombre debe trabajar para ganarse el sustento; pues el literato no. Todo
hombre debe ser previsor y separar de lo que gana una parte para maana;
pues el literato est exento de tal carga. Pasar la vida holgando y
tomar la pluma en los momentos de inspiracin (que no suelen venir
precisamente cuando se est ayuno); vender los productos del ingenio al
primer editor usurero con quien se tropieza; gastarse el dinero
alegremente en un da y pasar el resto del mes viviendo del crdito, si
es que lo hay; tal ha sido hasta la fecha el proceder de la mayor parte
de nuestros literatos. En algo se han de distinguir los seres inspirados
de los que no lo son.

Y si esta era la conducta de los grandes ingenios, de los hombres ms
eminentes, calclese cul sera la de los adocenados, los que no
pudiendo elevarse hasta ellos por la belleza de las obras imitan su vida
exterior y hasta pretenden oscurecerla (y a veces lo consiguen) por
medio de enormes extravagancias y atrocidades. Hubo una poca en que la
bohemia invadi toda la literatura. Para ser literato era preciso no
slo ser un perdulario sino afectarlo; vivir a la ventura, no pagar a la
patrona (este era el artculo primero del cdigo bohemio), dormir
algunas veces al aire libre, rodar noche y da por los cafs, pedir
dinero a todo el mundo con resolucin de no devolverlo, ponerse las
camisas y las botas de los amigos, _dar mico_ al sastre, jugar,
emborracharse, etc., etc. Los que tenan gracia solan emplearla en
estas cosas y se hacan clebres. Todava se cuentan con entusiasmo las
pasadas que a sus patronas, sastres y zapateros han jugado algunos
escritores de menor cuanta, y hay quien les admira por ellas ms que
por sus obras: quiz tengan razn, porque estos literatos tan chistosos
para no pagar, no solan serlo tanto para escribir.

De la falange de los bohemios, que repito comprende la mayor parte de
los escritores que han parecido de treinta o cuarenta aos a esta parte,
algunos, muy pocos por supuesto, han conseguido inmortalizarse con sus
escritos; otros abandonando la literatura se han hecho personas formales
y han entrado en la poltica o los negocios: stos son los que mejor han
librado; pero uno que otro, o ms viciosos o ms soberbios o menos aptos
han persistido con extraa tenacidad en su vida aventurera y en sus
costumbres abyectas que los han conducido rpidamente a un abismo de
degradacin. El representante genuino de estos ltimos, el ms
empedernido, el que gozaba de ms notoriedad era Pelayo del Castillo,
fallecido recientemente en el hospital. Este desgraciado fue vctima de
su indolencia y de sus vicios, pero en parte tambin de las ideas
dominantes en su tiempo acerca del papel que en el mundo debe el
literato representar. Si en vez de celebrarse como chistes los vicios,
el desaseo, la desvergenza y el desarreglo de las costumbres, se
consideraran como graves y repugnantes defectos, ni ste ni otros
desdichados hubiesen llegado a tal extremo de miseria. Nada hay tan
funesto como presentar al hombre un ideal que no est de acuerdo con los
preceptos de la virtud y halague al propio tiempo sus malas
propensiones.

Por fortuna el ideal ha desaparecido y sus representantes no tardarn en
desaparecer. El literato ya no pide a la sociedad privilegios inmorales:
es un hombre que debe trabajar como los dems y sacar el mejor partido
posible de sus productos. Si no puede vivir de la pluma, porque en
Espaa no existan todava medios de remunerarle cumplidamente, debe
alternar sus ocupaciones literarias con otras de diversa ndole. Si
puede vivir, aunque sea modestamente, debe trabajar diariamente como
cualquier otro obrero. Claro es que no se le han de exigir las mismas
horas de trabajo que a un covachuelista, porque el del escritor es ms
intenso; pero se marcar las que sin detrimento de la salud pueda
llenar. La teora de la inspiracin es falsa y ridcula: la inspiracin
acude delante de las cuartillas y de los libros, no en las mesas de los
cafs ni en las salas de juego: cuando no gusta lo que se ha escrito, se
rompe y se escribe de nuevo preparndose convenientemente con el estudio
y la meditacin; pero no se van a buscar ideas a la ruleta.

Hay ejemplos irrecusables que comprueban la verdad de lo que acabo de
manifestar. El hombre ms inspirado del siglo XIX, Vctor Hugo, el
inmortal autor de las _Hojas de Otoo_, trabaja diariamente un nmero
crecido de horas. Balzac, el coloso que rivaliza con l, trabaj ms que
nadie en el mundo. Ni uno ni otro han necesitado esperar la inspiracin
jugando a las siete y media. No obstante, es fuerza declarar que para
hacer lo que estos hombres, adems de su ingenio soberano, se necesita
un gran vigor corporal que pocos poseen: mas a nadie se le pide sino lo
que puede ejecutar buenamente. En Espaa tenemos dos ejemplos
notabilsimos: uno es el del primero de los oradores contemporneos, D.
Emilio Castelar, el cual se puede decir que trabaja de la salida a la
puesta del sol como el ltimo obrero, haciendo sudar a todas las prensas
del orbe y atendiendo al propio tiempo a sus tareas polticas: es de la
raza de los atletas como Vctor Hugo y Balzac. Otro es el ilustre
novelista D. Benito Prez Galds, embebido noche y da en un intenso
trabajo literario, aprovechando todos los momentos de la existencia para
preparar y escribir sus obras inmortales.

Abandonemos, pues, para siempre el romanticismo bohemio, plaga de
nuestra literatura, que degrada al escritor y lo pone a merced de los
intrigantes polticos y de los especuladores avaros. El literato
necesita independencia, un relativo bienestar y sosiego para entregarse
a su trabajo, el cual de esta suerte se hace leve y ameno. Nada me
aflige tanto como ver a un hombre ilustre y respetado en la repblica de
las letras, arrastrarse a los pies de cualquier poltico estlido en
demanda de un destino o una pensin: me parece que an subsiste aquel
doloroso estado del tiempo de Cervantes, en que los literatos eran los
domsticos de los magnates; an peor hoy, pues que tienen que adular a
los que han sido sus compaeros, a quienes han aventajado siempre en el
talento, y que por dedicarse a la poltica, maltrechos quiz en la
literatura, ocupan altas posiciones y otorgan mercedes.

Pero si todava es poco lisonjera la situacin del escritor en Espaa,
en el horizonte se divisan ya seales de un nuevo y mejor estado. De
algunos aos a esta parte ha mejorado notablemente el aspecto econmico
de las letras: ya los autores o poetas que abastecen el teatro, pueden
vivir de sus obras, y dentro de algunos aos tal vez los que escriben
libros y artculos puedan hacer lo mismo. Se fundan casas editoriales
serias y acaudaladas en sustitucin de los editores srdidos e ineptos
que antes se lucraban con la miseria del escritor; muchos literatos
administran sus obras con acierto, otros se hacen pagar dignamente, y
casi han desaparecido los necios que por verse en letras de molde
escriben de balde. En este respecto, preciso es confesar que la
poblacin de Espaa que ms est haciendo para procurar independencia al
literato, beneficiando sus obras con habilidad en la pennsula,
explotando los mercados de Amrica para nosotros cerrados hasta ahora y
arriesgando fuertes capitales en este negocio, es Barcelona. Siguiendo
de tal suerte, y si Madrid no trabaja algo ms en pro de las artes y las
letras patrias, barrunto que pronto ser Barcelona el centro intelectual
de Espaa.




LOS AMORES DE CLOTILDE

(NOVELA)


En el cuarto de Clotilde, primera actriz de uno de los teatros ms
importantes de la capital, se renen todas las noches hasta media docena
de amigos. La tertulia dura casi siempre tanto como la representacin;
pero tiene algunos parntesis. Cuando la actriz necesita cambiar de
traje se dirige a sus tertulios con sonrisa graciosa y ojos suplicantes:

--Seores, me dejan ustedes un momentito?... un momentito nada ms.

Todos se van al saloncillo y aguardan con paciencia: me he equivocado,
no todos, porque el ms joven de ellos, que estudia hace tres aos el
doctorado de medicina, aprovecha la ocasin y va a dar una vuelta por
los bastidores a estirar un poco las piernas y a pescar algn beso
descarriado. Pero en fin, la mayora espera paseando o sentada a que
Clotilde entreabra la puerta y asomando su cabeza de reina o de villana,
segn el papel que va a representar, les grite:

--Adelante, caballeros... He tardado mucho?

Para D. Jernimo siempre. Es el ltimo que sale refunfuando y el
primero que entra en el cuarto. No acaba de transigir con esta pdica
costumbre: y aunque no se atreva a expresarlo, all en el fondo de su
pensamiento encuentra poco corts que se le eche de su asiento para que
aquella mocosita se vista: a l que hace treinta aos pasa la vida
entre bastidores y ha sido el ntimo de todas las actrices y actores
antiguos y modernos!

Tiene cincuenta y cuatro aos, y es empleado en el Ministerio de
Ultramar desde los veinticinco. Todos los Gobiernos le han respetado
como una rueda indispensable de la maquinaria administrativa de las
colonias: soltero y mrtir de las patronas. All en su juventud se
cuenta que escribi un drama que le vali una silba y la entrada por
toda la vida en el escenario de los teatros. Resignado o no resignado
con el fallo del pblico, dej de escribir dramas y adopt el noble
papel de protector de autores y artistas desconocidos y de empresas
arruinadas. El joven provinciano que llegase a Madrid con un drama en el
bolsillo, no poda emprender camino mejor para verlo representado que el
de la casa de D. Jernimo. Todo lo acoga con los brazos abiertos, malo
y bueno. Sin embargo, como era asaz rudo en sus modales, no escatimaba a
los autores noveles que se confiaban en l y le lean sus producciones,
las censuras fuertes y hasta los insultos:--Toda esa relacin es puro
frrago; eche V. tinta sobre ella.--Pero venga V. ac, alma de Dios,
cmo quiere usted que un hombre que est a punto de matar a otro,
suelte diez y siete dcimas sin respirar!--Jess qu disparate! Amor
platnico a una prostituta! Usted se ha cado de un nido, joven! El
que entenda un poco la aguja de marear no se incomodaba, segua
adelante y al terminar depositaba el manuscrito en manos de D. Jernimo.
Y era bien seguro que el drama se pona en escena. El veterano de los
bastidores ejerca mucho ascendiente con ribetes de miedo sobre empresas
y cmicos: cuando se incomodaba tena una lengua! Si el drama era
silbado, protestaba lleno de ira contra el juicio del pblico y segua
protegiendo con ms fuerza al autor. Si lograba buen xito, callaba y
sonrea voluptuosamente, pero no volva a acercarse al poeta aplaudido.
Cuando ste se quejaba de su desvo, responda: Usted ya ha demostrado
que tiene alas; vuele V., amigo mo, vuele V., que yo tengo que soltar a
otros pobrecitos.

Su vida privada ofreca muy poco de particular. Todas las noches, al
salir del teatro, se iba al caf Habanero, donde cenaba constantemente
un _beefsteak_ con una chica de cerveza. Y, segn cierto amigo que le
haba observado repetidas veces, combinaba siempre su refaccin con tal
arte, que haba de concluir al mismo tiempo con el ltimo bocado de
carne, el ltimo de pan y el ltimo sorbo de cerveza.

Esta noche la tertulia se presenta muy animada. Los amigos de la actriz
charlan y ren ms que de costumbre. Don Jernimo, embozado en su capa
(es privilegio), arrellanado en el silln de la esquina y con un
empedernido cigarro en la boca (es privilegio tambin), deja escapar
famosos chistes, que a veces obligan a los tertulios a dirigir la vista
hacia Clotilde y a colorearse levemente las mejillas de sta. Don
Jernimo no lo echa de ver; la ha conocido tan nia, que se cree con
derecho a prescindir de ciertos miramientos debidos a las damas;
suponiendo que se los haya tributado en su vida a alguna, que no lo
creemos. La ha conocido muy nia y la ha encaminado al teatro: cuando
tropez con ella viva muy estrechamente aprendiendo el oficio de
florista: hoy, merced a su talento, gana lo bastante para mantener con
decoro a su madre y sus hermanas.

Es agraciada y simptica ms que hermosa; la tez morena, los ojos
rasgados y negros, lo ms bonito de su rostro; la boca un poco grande,
pero fresca con dentadura admirable. Est vestida de dama del tiempo de
Luis XV, con una peluca blanca que le sienta a maravilla. No toma parte
apenas en la conversacin. Parece muy satisfecha con escuchar solamente,
girando sin cesar sus ojos serenos de uno a otro interlocutor y
sonriendo a menudo cuando se dirigen a ella.

Al llegar a cierto punto, se oye la voz del traspunte.

--Seorita Clotilde, cuando V. guste...

--Vamos all--dice levantndose.

Se dirige al espejo, se da los ltimos toques a las cejas y pestaas con
el pincel, arregla con mano un poco nerviosa los tirabuzones de la
peluca, la cruz de brillantes que lleva al cuello y los pliegues del
vestido. Sus amigos guardan un instante silencio y contemplan estas
maniobras distradamente.

--Seores, hasta luego.

Y sale del cuarto seguida de su doncella, que le lleva recogida la cola,
una esplndida cola de raso color crema.

--Cada da va estando ms linda esta Clotilde!--dice el estudiante del
doctorado, dejando escapar un imperceptible suspiro.

D. Jernimo da una enorme chupada al cigarro y queda envuelto
instantneamente en una nube de humo. Por eso nadie advierte la sonrisa
de triunfo con que acoge la observacin.

--A m tambin me parece ms bonita cada da--dice otro tertulio;--pero
creo que se ha modificado mucho su genio de algn tiempo a esta parte...
Usted, pollo, no la ha conocido como nosotros... Era una loquita
encantadora, tan alegre! tan traviesa!... Nadie poda estar a su lado
de mal humor... Ahora la encuentro grave, triste casi siempre...

--Es verdad que me ha chocado la melancola que hay en sus ojos...

D. Jernimo dio otra enorme chupada al cigarro. Nadie vio el relmpago
de ira que pas por su rostro.

--Estos cambios, pollo, solamente los opera el amor.

--Algn novio?

--Eso... D. Jernimo conoce bien la historia...

--Voy a contarla--dijo sordamente aqul desde el fondo de su embozo,--y
crean ustedes que no es plato de gusto contar estas nieras... Pero se
trata de una chica a quien todos queremos y cuanto a ella se refiere
debe interesarnos.

Har cosa de tres aos se present al director de este teatro un joven
elegantemente vestido, con el manuscrito de un drama bajo el brazo. No
hay nada en el mundo ms imponente y aterrador que un joven bien vestido
que lleva debajo del brazo el manuscrito de un drama. El director
procur escurrir el bulto, le dio algunos quiebros con maestra y varios
pases, pero al fin fue cogido en la misma cuna; quiero decir, que el
joven le convid un da a almorzar, le llev engolosinado ofrecindole
la perspectiva de unas cuantas docenas de ostras empapadas en Sauterne,
y como postre le descerraj el drama a quema ropa.

El drama era efectivamente _un tiro_. Pepe hizo lo que ustedes saben que
se hace en estos casos; se admir profundamente de la versificacin,
dijo bravo! al llegar a ciertos pensamientos enrevesados, y por ltimo
propuso algunas reformitas en el acto segundo, con las cuales quedara
la obra que ni pintada.

El poeta incauto se fue a su casa muy complacido y se puso a trabajar
con ardor en las reformas. Al cabo de quince das volvi a presentarse a
Pepe; pero ste hall entonces el acto primero un poco lnguido y le
aconsej que a todo trance le diera ms movimiento y lo acortase un
poquito. En mover el acto primero tard el poeta un mes: cuando se
present de nuevo, el director, mostrndose muy admirado siempre de la
versificacin y de algunos pensamientos, manifest algunas dudas
respecto a que la obra fuese _teatral_. Que fuese _literaria_ no tena
ninguna, al contrario, le pareca que en ese concepto poda competir con
las mejores de Ayala... pero teatral... realmente teatral... eso ya era
otra cosa.

--Qu diferencia es esa, D. Jernimo?... No entiendo...

--Pues se la explicar a V., pollo. Llamamos entre bastidores, teatrales
a las obras buenas y literarias a las malas.

--Ah!

Despus de manifestar estas dudas, concluy por proponer otras cuantas
reformitas en el acto tercero.

Al fin el poeta comprendi, cosa verdaderamente maravillosa, porque los
poetas, que todo lo comprenden, que saben por qu vuela tan alto el
cndor, ascienden a los cielos y bajan a los abismos y penetran el
sentido ntimo de todas las cosas creadas, no son capaces de entender
que sus obras a veces no gustan a los que las escuchan. Nuestro joven, a
quien llamaremos Inocencio, recogi no poco mohno su manuscrito y
estuvo algn tiempo sin dar cuenta de s; mas al fin, sin duda despus
de haber meditado profundamente, se present cierta maana en casa de
Clotilde. Excuso decirles a ustedes que llevaba el manuscrito debajo del
brazo.

Esper con paciencia en la sala a que nuestra amiga _hiciese su
toilette_, y cuando sta se present al cabo, vio delante de s a un
joven ruboroso, confundido, pero simptico y elegante, que la rog con
labio balbuciente le otorgase el favor de escuchar la lectura de un
drama. Deben ustedes saber que a las mujeres les gusta mucho ejercer
protectorados, muy singularmente sobre los jvenes simpticos y
elegantes; as que no les sorprender que Clotilde escuchase con
paciencia el drama y hasta lo hallase muy aceptable. El joven se confi
a ella enteramente, depositando en sus hermosas manos el manuscrito,
cual si fuese un nio recin nacido, y ella lo recogi como madre
cariosa y lo tom bajo su amparo, prometiendo velar por su preciosa
existencia y presentarlo en el mundo. El joven manifest que esa
resolucin era digna de un noble corazn cuya fama haba llegado ya a
sus odos. Clotilde contest que no era bondad de su parte el trabajar
porque el drama se representase, sino un acto de justicia. El joven dijo
que le halagaba muchsimo esa idea, porque el inmenso talento de
Clotilde y el acierto de sus juicios estaban bien reconocidos por todos,
pero que no osaba forjarse tal ilusin. Clotilde declar que haba
muchas reputaciones usurpadas en el mundo y que una de ellas era la
suya, pero que en esta ocasin crea estar en lo firme. El joven replic
que cuando el ro suena, agua lleva, y que cuando todo el mundo se
empea en admirar no slo la singular belleza y la inspiracin artstica
de una persona, sino tambin su claro ingenio y su brillante
ilustracin, era necesario bajar la cabeza. Clotilde dijo que no la
bajara en esta ocasin porque estaba bien persuadida de que el mundo se
engaaba mucho acerca de lo que llamaba su talento y que no era otra
cosa que un puro instinto. El joven puso el grito en el cielo contra
esta mistificacin, que no tena absolutamente ninguna razn de ser;
pero dulcificndose de pronto, mostrose profundamente conmovido ante la
modestia de su protectora, y jur por todos los santos del cielo que
jams haba conocido otra semejante. En fin, que el manuscrito fue
ganando por momentos terreno en el corazn de nuestra simptica amiga, y
que el joven se despidi de ella, embargado por la emocin, hasta el
da siguiente.

Al da siguiente Clotilde se present al empresario y le arranc,
mediante la amenaza de rescindir el contrato, la promesa de llevar a la
escena lo ms pronto posible el drama de Inocencio. Este dio las gracias
aquella misma tarde a su protectora y la hizo adems su confidente.
Perteneca a una familia distinguida de provincia, aunque sin grandes
recursos de fortuna; a probarla haba venido l a Madrid, confiado
nicamente en su ingenio. En el pueblo decan que tena talento, y que
si publicase en Madrid los versos que haba insertado en _El Eco del
Tajo_, hablaran de l como de Nez de Arce y Grilo: no saba si esto
era cierto, pero senta su corazn lleno de nobles propsitos, y amaba
al teatro ms que a las nias de sus ojos. Llegara a ser un Ayala o un
Tamayo? Sera rechazado por el pblico? Era un misterio inextricable
para l.

En esta sesin Clotilde averigu dos cosas importantsimas; a saber: que
Inocencio tena un talento que no le caba en la cabeza y que no haba
en Madrid quien se pusiera con ms gracia la _chalina_. Excuso decirles
que menudearon las sesiones confidenciales, y como resultado de ellas,
que Clotilde sufri todos los das la influencia fascinadora de esta
chalina sobrenatural; a la postre se declar vencida, entregndose a
ella atada de pies y manos. La chalina se dign alzarla del suelo y
otorgarle la merced de su cario.

--Cmo la chalina?--pregunt uno que dormitaba.

Don Jernimo dio una inmensa, infernal chupada al cigarro en testimonio
de desagrado, y prosigui sin hacer caso:

--Por entonces empezaron los ensayos del drama de Inocencio, que se
titulaba, si mal no recuerdo _Subir bajando_;... callen ustedes, me
parece que era al revs; _Bajar subiendo_... En fin, de todos modos, era
un gerundio y un infinitivo. Yo vi en seguida que se haban entablado
relaciones amorosas entre nuestra amiga y el autor, y como realmente,
por ms que Inocencio fuese un mal poeta, segn los informes de Pepe,
pareca un buen muchacho, me alegr de ellas y las alent en lo que
pude. Clotilde se confes conmigo, declarndome que estaba perdidamente
enamorada; que sus aspiraciones ya no tenan nada que ver con el arte
escnico, el cual le pareca una esclavitud insoportable; que su ideal
era vivir tranquilamente, aunque fuese en una guardilla, unida al hombre
que adoraba; que la mujer haba nacido para ser el ngel custodio del
hogar y no para divertir al pblico, y que estimaba ella ms el reinar
en una humilde vivienda iluminada por el amor que todos los aplausos de
la tierra. En fin, caballeros, nuestra amiga se encontraba en pleno
idilio.

Inocencio no estaba menos enamorado, al parecer. A menudo los encontraba
paseando por los parajes solitarios del Retiro, a distancia respetable
de la mam, que se detena oportunamente a contemplar los primeros
botones de las flores o algn insecto curioso: las mams, en esta poca
de crisis marital, tienen la obligacin de ser admiradoras de las obras
de la naturaleza. La parejita de trtolas se detena al verme y me
saludaba ruborizada. No les puedo ocultar a ustedes, que aunque lo
senta por el arte, me alegraba de que Clotilde se casara: la mujer
siempre necesita el amparo del hombre. Y lo cierto es, que eran dignos
el uno del otro por la figura: Inocencio tena una presencia muy
simptica.

En el teatro no se hablaba de otra cosa ms que de este matrimonio en
ciernes. Todo el mundo se alegraba, porque Clotilde es la nica artista
desde el principio del mundo, que ha llevado a cabo la empresa, hasta
ahora juzgada insuperable, de hacerse querer de sus compaeras.

Observ, no obstante... ya saben ustedes que soy observador; es la nica
cualidad que tengo; la observacin, a la cual no dan importancia los
autores ahora; hoy todo es hojarasca en los dramas, muchos rayos de
luna, que se quiebran al pasar por el follaje de los rboles, mucha
descripcin de alboradas y crepsculos, muchos smiles retorcidos...
Todo eso es!... Cuando algn autorcillo me viene con tales monadas yo
le digo: al grano, al grano!... El grano es el drama, que no existe en
la mayor parte de los _idem_...

--Se enfada V., D. Jernimo?

--Pues, como deca a ustedes, observ, que segn los ensayos iban
adelantando, creca el ascendiente de Inocencio sobre nuestra amiga. El
tono en que se diriga a ella ya no era el humilde y cortesano del
principio: corregala a menudo en la manera de decir, sealbala las
actitudes y el gesto que deba adoptar, y a veces, cuando la actriz no
comprenda bien sus deseos, llegaba a dirigirla pblicamente palabras
severas y miradas ms severas an. Nuestro poeta tronaba y relampagueaba
ya como amo y seor. Clotilde lo aceptaba de buen grado: ella tan
desdeosa con los autores ms eminentes, se estiraba y se encoga ahora
como blanda cera en las manos de este mueco insulso. Era de ver la
humildad con que aceptaba sus correcciones, y la inquietud que la
causaban las censuras: mientras duraba el ensayo tena los ojos puestos
constantemente en l, espiando como esclava sumisa los deseos de su
dueo. El poeta, arrellanado en una butaca, con el brasero delante,
diriga la escena en la forma dictatorial que pudiera hacerlo Garca
Gutirrez o Ayala: una mirada suya bastaba para ruborizar o poner
plida a Clotilde: los dems no protestaban por respeto a ella. Cuando
sala de la escena, vena presurosa a sentarse al lado de su novio, que
se dignaba acogerla a veces con una sonrisa soberana, otras con
indiferencia olmpica. Yo estaba escandalizado.

Una vez me acerqu por detrs y escuch lo que hablaban. Clotilde
llevaba la palabra sosteniendo con calor que el _Subir bajando_ o el
_Bajar subiendo_ de Inocencio era mejor que _Un drama nuevo_. El joven
se defenda dbilmente. Otra vez hablaba acerca de su futuro enlace.
Clotilde pintaba con frase apasionada el retiro donde iran a esconder
su felicidad: un cuarto alto del barrio de Salamanca, lleno de luz, un
nido risueo donde Inocencio trabajara en su despacho, escribiendo
comedias, mientras ella bordara a su lado en el mayor silencio: cuando
se fatigase, charlaran un instante para descansar y despus le dara un
beso y emprendera de nuevo su tarea: por la noche saldran cogidos del
brazo a dar una vuelta y a casa otra vez: nada de teatro; lo aborreca
con toda el alma: en la primavera iran a pasear por las maanas al
Retiro y tomaran chocolate entre los rboles; en el verano a pasar un
mes o dos a la provincia de Inocencio a proveerse en el campo de buen
color y de salud para el invierno.

La descripcin de este tierno idilio, que a m, con ser machucho, me
haca bailar el corazn dentro del pecho, no produca en el autor novel
ms que una impertinente soolencia que slo desapareca repentinamente
cuando diriga con voz imperiosa alguna advertencia a los cmicos.

Lleg, por fin, el da del estreno. Todos estbamos ansiosos por ver el
resultado: la opinin corriente era que el drama ofreca poco de
particular; pero como Clotilde haba puesto en el desempeo toda su
alma, tenase como seguro un gran xito. En el ensayo general nuestra
amiga haba hecho verdaderos prodigios: hubo un instante en que los
pocos curiosos que asistamos a l nos levantamos electrizados,
convulsos, gritando desaforadamente. No pueden ustedes figurarse qu a
maravilla deca su parte. Entonces me vino de golpe una idea a la
cabeza: relacionando todas mis observaciones sobre los amores de
Clotilde me convenc hasta la evidencia de que Inocencio al enamorarla
no se haba propuesto otra cosa que adquirir una interpretacin
excepcional para el papel de la protagonista de su drama y asegurar el
xito lisonjero de esta suerte. No quise comunicar mis sospechas a
nadie; call y esper; pero declaro que el chico me fue desde entonces
muy antiptico.

El ruido que los amigos de Inocencio haban hecho con motivo del drama,
el haberlo elegido Clotilde para su beneficio y la voz esparcida de que
la clebre actriz iba a obtener en l un triunfo sealadsimo hizo que
los revendedores expendiesen todas las localidades a precios fabulosos:
conozco un marqus que dio once duros por dos butacas. Este cuarto donde
nos hallamos se llen, como todos los aos, de flores y baratijas; no se
poda andar en medio de tanta chuchera de porcelana, libros
preciosamente encuadernados, estuches de bano, marcos de retrato y un
sin fin de objetos de bazar.

La sala estaba brillante: las damas ms encopetadas, los hombres
ilustres de la poltica, la literatura y la banca; en fin, la _high
life_, como ahora se dice. Pero ms brillante y ms radiante estaba an
Inocencio; radiante de gloria y felicidad, recibiendo con agrado a
cuantas personas venan a ver los regalos, dictando rdenes a los
traspuntes y tramoyistas para el conveniente decorado de la escena y
multiplicando las sonrisas y los apretones de mano hasta lo infinito.
Clotilde, igualmente, apareca ms bella que nunca, revelando en su
rostro expresivo la dulce emocin que la embargaba y el ansia de ganar
laureles para su dueo.

Abriose el teln, y todos se fueron a ocupar sus asientos. En las cajas
slo nos quedamos el autor y cuatro o seis amigos. Las primeras escenas
fueron como siempre recibidas con indiferencia; las segundas con algn
agrado; la versificacin era fluida y elegante, y el pblico, como
ustedes saben, se paga de las frasecillas de bombonera. Lleg el
momento de entrar Clotilde en las tablas y hubo en el pblico un
murmullo de curiosidad y expectacin. Dijo su parte discretamente, pero
sin gran calor, se adivinaba que estaba poseda de miedo. Baj el teln
en silencio.

Al instante poblose el saloncillo y los pasillos de amigos de Inocencio,
que venan presurosos a decirle que la exposicin de su drama era
lindsima.--Pero qu tiene Clotilde?... Apenas se mueve en la escena...
ella tan viva y tan suelta!--Nuestra amiga confesaba, en efecto, que
haba sentido mucho miedo y que esto la embarazaba extremadamente. El
autor, sobresaltado por el xito de su obra, trataba de persuadirla a
que abandonara todo temor, que se mostrase como ella era y que no
pensase para nada en l, mientras dijese los parlamentos.--No puedo
remediarlo, contestaba Clotilde, estoy hablando y pienso al mismo tiempo
en que eres t el autor y me imagino que no va a gustar el drama y me
asusto.--Inocencio se desesperaba; dirigale ruegos, advertencias,
argumentos, la acariciaba, sin tener en cuenta que le vean: trataba de
infundirle valor, excitando su amor propio de artista; en fin, haca
todo lo imaginable para salvar su obra.

Dio comienzo el acto segundo. Clotilde tena algunas escenas patticas:
al comenzarlas se produjo un poco de ruido en el pblico y esto bast
para que se desconcertase y lo hiciese rematadamente mal, como nunca lo
haba hecho en su vida. Oyronse no pocas toses y fuertes murmullos de
impaciencia. Al finalizar el acto, algunos amigos indiscretos quisieron
aplaudir, pero el pblico se les vino encima con un inmenso y aterrador
chicheo. El autor, que estaba a mi lado, plido como un muerto, se
desahog con algunas palabrotas groseras y se fue al cuarto de Pepe en
vez de el de Clotilde, donde sus amiguitos le consolaron, echando la
culpa del fracaso a aqulla y encendiendo ms y ms la ira que rebosaba
de su corazn. Mientras tanto, nuestra pobre amiga se encontraba muy
afectada y abatida, preguntando a cada instante por su Inocencio. Yo,
para no afligirla ms, le dije que el autor lo haba tomado con
resignacin y se haba salido del teatro a respirar un poco el fresco.
La infeliz se revolva contra s misma echndose toda la culpa.

Se alz el teln para el acto tercero: todos acudimos a las cajas con
afn. Clotilde se mostr al principio, por un esfuerzo poderoso de la
voluntad, ms serena que antes; pero ya la gente se encontraba dispuesta
a la broma y no vali ningn recurso para ponerla seria. El pblico,
cuando presiente el _jaleo_, es lo mismo que una fiera cuando huele la
sangre: no hay quien lo ataje, y es necesario darle carne a toda costa.
Y la verdad es, que en aquella ocasin se ceb de lo lindo; toses,
risas, estornudos, patadas, silbidos; de todo hubo. A nuestra pobre
amiga se le saltaron las lgrimas y estuvo a punto de desmayarse. Cuando
baj el teln busc con la vista a su amante, pero haba desaparecido.
En el cuarto, a donde yo la segu, gimi, pate, se desesper, se llam
estpida, dijo que se iba a marchar a una aldea a cuidar gallinas, etc.,
etc. Me cost mucho trabajo sosegarla, pero al fin lo consegu, si bien
qued en un gran abatimiento. En la tristeza que sus ojos revelaban,
advert que le atormentaba horriblemente la desaparicin de Inocencio.

La puerta del cuarto se abri repentinamente; el poeta silbado se
present; estaba plido, pero tranquilo al parecer: a primera vista
comprend, no obstante, que aquella tranquilidad era ficticia y que la
sonrisa que contraa sus labios tena mucha semejanza con la de los
ajusticiados que quieren morir serenos.

Un relmpago de alegra ilumin el semblante de Clotilde: alzose
velozmente y le ech los brazos al cuello, dicindole con voz conmovida:

--Te he perdido, mi pobre Inocencio, te he perdido!... Qu generoso
eres!... Pero mira... yo te juro, por la memoria de mi padre, que te he
de desquitar de la humillacin que acabas de sufrir...

--No hace falta que me desquites, querida--repuso el poeta con tono
sosegado, donde se adverta la ira desdeosa,--mi familia no ha
conquistado un nombre ilustre por la intercesin de ningn cmico;
renuncio desde ahora, de buen grado, al teatro y a todo lo que con l
se relaciona... Con que... hasta la vista.

Y separando nuevamente los brazos que le aprisionaban y sonriendo
sarcsticamente, retrocedi algunos pasos y se fue. Clotilde le mir
estupefacta: despus cay desmayada en el divn.

Al verla en tal estado se me encendi la sangre y sal detrs del chico:
alcancele cerca de la escalera, y agarrndole por la mueca le dije:

--Oiga V... Lo primero que un hombre debe ser, antes que poeta, es
caballero... y V. no lo es... El drama se ha silbado porque le falta lo
mismo que a V... el corazn... Aqu tiene V. mi tarjeta.

--Y le mand los padrinos, D. Jernimo?--pregunt el estudiante del
doctorado.

--Silencio, silencio!--exclam un tertulio--aqu llega Clotilde.

La simptica actriz apareci efectivamente en la puerta, y sus grandes y
tristes ojos negros que resaltaban bellamente debajo de la blanca peluca
a lo Luis XV, sonrieron con dulzura a sus fieles amigos.




EL PROFESOR LEN


La otra noche en el caf donde tengo costumbre de asistir, vers la
conversacin sobre los maestros y catedrticos que habamos tenido los
que en torno de la mesa nos juntbamos. Cada cual dio cuenta de los
talentos, las manas y los rasgos ms o menos donosos de los suyos,
sazonando la descripcin con ancdotas graciosas o desabridas, segn el
numen del narrador.

Mi amigo Duarte, notario, persona distinguida, de carcter observador y
muy cursado en letras clsicas, se llev la palma. Nos hizo la pintura
de un antiguo profesor suyo, tan original y chistoso, que merece la
pena de darlo a conocer al pblico. Con permiso de mi ilustrado amigo,
voy a hacerlo, adoptando en cuanto sea posible las mismas palabras con
que l nos lo describi.

       *       *       *       *       *

Llambase Len, o se apellidaba, que esto muy pocos lo saban de
cierto--nos deca Duarte. Unos le llamaban D. Len y otros Sr. Len, y a
todos contestaba; era militar retirado aunque no muy viejo, no pasando
de los cincuenta a mucho estirar: su graduacin en el ejrcito era
materia de arduas y prolongadas discusiones en el colegio: mientras unos
le hacan capitn o comandante, otros no le dejaban pasar de sargento, y
estaban en lo firme. Gastaba grandes bigotes retorcidos y perilla de
cazo; la estatura elevada, el porte marcial, cabellos grises cortados a
punta de tijera, levita negra, prolongada, ms limpia y reluciente que
un espejo, bastn de hierro que haca estremecer el suelo, advirtiendo
de su presencia desde muy lejos, pantalones cortos y botas de campana
escrupulosamente charoladas. Era bueno y afable con los discpulos, y
hombre de mucha voluntad en el cumplimiento de su deber: suscitbanse
dudas entre nosotros acerca de sus conocimientos filolgicos y
literarios, que le hubiesen quiz acarreado nuestro desdn si una
especie muy grave que unos a otros nos decamos en secreto al odo no le
sirviese de respetuosa salvaguardia. Afirmbase como cosa segura que D.
Len o el Sr. Len era un revolucionario. Contbase que haba sido en su
juventud amigo y edecn de Riego, que haba servido despus bajo las
rdenes de Espartero, y algunos aadan que haba estado en capilla para
ser fusilado como conspirador. Nadie puede figurarse lo que tales
insinuaciones influan en el respeto que generalmente se le tributaba:
la aureola de revolucionario, conspirador, y singularmente la de
sentenciado a muerte, le guardaban de las burlas, tretas y malas pasadas
que de otra suerte no le hubieran sus discpulos escatimado.

El sueldo con que en el colegio remuneraban sus buenos oficios, no
pasaba de veinte duros mensuales; y como no se le conoca otro, pues no
haba podido recabar retiro, segn se deca, a causa de sus peligrosas
opiniones, tenase por seguro que con las cien pesetas se mantena a s
y a su familia; el cmo no he de decirlo ahora, aunque bien lo s; lo
reservo para otra ocasin. Tienen el ahorro y la frugalidad hroes tan
grandes y admirables como los de la guerra de Troya y tan dignos de ser
pintados; mas como les faltan Homeros y Virgilios, viven y mueren
oscuros y quedan sepultadas eternamente sus hazaas. Entre dar la muerte
a Hctor (teniendo fuerzas para ello) y vivir en Madrid con
cuatrocientos reales al mes, manteniendo mujer e hijos, vistiendo
decentemente y no debiendo un cuarto a nadie, lo segundo es
infinitamente ms maravilloso. Digo, pues, que a D. Len no se le
conocieron en la vida ms que un par de botas, unos pantalones de color
de ceniza muy sufridos, una levita y un enorme sombrero de copa, todo
ello tan limpio, tan planchado y reluciente que siempre pareci que
acababa de salir de la tienda. Cierto da en que se celebraba el santo
del director, un criado, azorado en demasa, dej caer sobre nuestro
profesor una bandeja de vasos llenos de vino tinto. Todo el mundo se
pregunt: En qu traje veremos a D. Len maana? Mas al da siguiente,
con grande admiracin y sorpresa del colegio, apareci con la misma
levita, ms fresca y ms galana que nunca lo haba sido. Por esta y
otras razones se la llam _la levita del desierto_; porque segundaba el
milagro de los israelitas viajando por los desiertos de la Arabia
durante cuarenta aos, sin menoscabo de sus vestidos.

Aunque pudiera ponerse en tela de juicio la solidez y extensin de sus
conocimientos literarios, bien puedo asegurar sin rebozo que nadie
aventajaba a D. Len en amor y decidida inclinacin a las letras, y en
particular a las clsicas: las modernas y romnticas tenalas en poco.
Rayaba en locura el entusiasmo con que hablaba de los grandes poetas de
la antigedad, y la fruicin con que los lea en los _Trozos escogidos_.
Deca del griego que era la lengua ms rica, flexible y armoniosa que
hubiera existido, y que las modernas, tales como el francs, el
italiano, el alemn, no eran sino dialectos rudos y primitivos
comparados con ella, lo cual era tanto ms meritorio cuanto que D. Len
slo conoca del griego las declinaciones y tal cual palabra
desperdigada, como _Zeos_ (Jpiter), _oicos_ (cosa), _logos_ (tratado),
_eros_ (amor), y as hasta unas tres o cuatro docenas; en cuanto a los
idiomas modernos tena a mucha honra el no saber ms que el patrio.
Senta un desprecio sin lmites hacia su compaero el profesor de
francs que una hora antes que l pona clase en la misma aula y que era
de origen marsells, marido, a la sazn, de una corsetera de la calle de
la Luna, antiguo bartono de opereta bufa, que haba dejado el canto por
debilidad del pecho. Cuando se tropezaban en la puerta, D. Len le
miraba desde lo alto de su clasicismo y le deca sonriendo: _bon jour
monsieur_, con acento que rebosaba de irona. Estos _franchutes_, deca
al tiempo de sentarse, son todos afeminados; no sirven ms que para
tenores y bailarines. Amaba la virilidad y la energa en sus discpulos
y gustaba de que tuviesen rasgos de independencia, aunque fuese a
expensas de la disciplina: cuando un muchacho sufra impasible los
golpes y se negaba por terquedad a ejecutar cualquier cosa, esto era lo
que le encantaba a don Len. Bien, hombre, bien! exclamaba, as me
gusta; los hombres no deben llorar aunque se vean con las tripas en la
mano; has faltado a la obediencia pero has sufrido el castigo con
entereza; a t no te hubieran arrojado en Esparta de la roca como a
otras mujerzuelas que hay en la clase! Y echaba miradas de soberano
desdn a ciertos individuos. Si quisiera vrsele encendido, colrico,
fuera de s, no haba ms que traer alguna esencia en el pauelo o la
cabeza perfumada con algn aceite; as que llegaba a su nariz el
malhadado perfume, ya se le suba la sangre a la cabeza, marchaba
derecho hacia el culpable, y despus de alborotarle los cabellos, le
mola los cascos a coscorrones. Corrompido! (_un coscorrn_).
Desgraciado! (_otro coscorrn_)... Con que en vez de estudiar su
leccin se entrega V. a la molicie! (_zas!_)... No sabe V. que yo
quiero en mi clase hombres y no cortesanas, eh? (_coscorrn_). Los
romanos de la repblica, los que vencieron a los germanos y a los galos,
y a los escytas, y a los parthos, y destruyeron a Cartago, no se daban
con ungentos (_zas!_...) pero los vasallos envilecidos de Calgula y
Nern gastaban las riquezas que sus mayores les haban adquirido en
tarros de pomadas, en aceites olorosos, y se dejaban vencer por los
extranjeros y azotar por los tiranos (_zas!_). Hijos mos
(_dirigindose a nosotros_), huyan ustedes de los afeites, no se dejen
aprisionar por la molicie, por los placeres muelles que afeminan y
debilitan. Un pueblo vigoroso es un pueblo libre... Vamos a ver, siga V.
hijo mo... _habeo_, transitivo...

No gustaba de que le diesen la traduccin literal de los pasajes
culminantes; antes se complaca en que sus discpulos hallasen modo de
trasladarlos a nuestro idioma sin hacerles perder de su vigor y
galanura. Por ejemplo, traduciendo en Tito Libio, el episodio del
combate habido entre Horacios y Curiacios al llegar al punto en que el
autor dice que el ltimo Horacio _tir al suelo a su adversario_, D.
Len no quiso pasar por la interpretacin ajustada al texto que un
alumno le daba. No, no, eso de tirar al suelo es muy poco; busque V.
otra frase ms enrgica.--Le volc en tierra.--Tampoco, eso es muy
flojo... algo ms duro.--Le tir rodando por el suelo.--Ms fuerte, ms
fuerte an! El muchacho no hallaba nada ms fuerte que echarle a uno a
rodar; no obstante se aventur a decir: Le estrell contra el suelo.
Ms fuerte todava!... S, hombre, s, ms fuerte... Le
hi-zo-mor-der-el-pol-vo! Y recalc de tal manera las slabas que, en
efecto, no poda darse nada ms feroz e imponente que esta frase en sus
labios.

Traduciendo la famosa catilinaria de Cicern que comienza con aquel
exabrupto:

_Quousque tandem abutere, Catilina, patienti nostr_, nadie consigui
darle gusto: todos los hallaba tmidos, encogidos, cobardes, al
pronunciar los vehementes ataques del Senador romano: Hijos, para
comprender bien lo que sera este modelo de exabruptos en boca del
prncipe de los oradores, es preciso figurarse la indignacin y la
clera que se apoderara de l al ver entrar por las puertas del Senado
a su ms encarnizado enemigo, al procaz y libertino Catilina; es preciso
verle dar un salto en la silla, levantarse descompuesto, el rostro
plido, los cabellos en desorden, la mirada fulgurante. Si ustedes no se
colocan con la fantasa (que, como ustedes saben, es la facultad de
reproducir mentalmente las imgenes de los objetos sensibles) no
conseguirn nada... Vamos a ver, venga usted ac--dijo tomando a un
muchacho entre sus hercleos brazos y ponindole de pie sobre la
mesa.--Ahora eche fuego por los ojos y espuma por la boca, grite usted,
encindase usted, mueva usted los brazos en todos sentidos y
estremzcase usted de clera y rabia... Vamos, hombre, vamos...!
_Quosque tandem!_

El pobre chico no pudo encolerizarse por ms que haca, lo cual le vali
algunos razonables coscorrones. Fue necesario que el mismo don Len
tomase la palabra y dijese a grandes voces el trozo, acompandose de
furiosos ademanes. Nosotros sentimos el terror de lo pattico, cosa que
lisonje mucho al profesor, y muy singularmente nos conmovimos al
observar que la mesa se resquebrajaba con un tremendo puetazo.

Su castidad igualaba, si no exceda, a su energa. Le ofendan, sobre
todo encarecimiento, las palabras y las canciones deshonestas. Cuando en
los poetas latinos llegaba a un pasaje algn tanto subido de color, o lo
pasaba por alto o lo velaba por medio de una interpretacin de todo en
todo infiel. Siempre recordar que al traducir la elega de Ovidio que
empieza: _Cum subit illius tristisima noctis imago_, llegando a un punto
en que el poeta cuenta en qu forma se despidi de su esposa, y dice que
tocando ya en la puerta los pies, se negaban a marchar; y

      _Spe vale dicto, rursus sum multa locutus,_
    _Et quasi discedens oscula summa dedi,_

traduje el pasaje a la letra, diciendo: Dicho muchas veces el ltimo
adis, todava me volv a hablarle, y casi separndome la cubr de
besos.

Don Len, ruborizado, extendi los brazos exclamando: No, hijo mo,
no! Y al tiempo de separarme la di el sculo de paz. Tambin recuerdo
que en cierta ocasin, habiendo sorprendido en un discpulo un ademn
obsceno, cay sobre l exclamando: Infame, todava no estamos en
Sodoma y en Gomorra! Y por poco le despedaza.

Finalmente, en estas y otras cualidades guardaba el buen profesor muchos
puntos de semejanza con el elefante. Yo, aunque nada tuviese de comn
con este animal por mi figura menudsima, consegu caerle en gracia,
merced a una cierta entereza de que estaba dotado y a mi mucha
aplicacin. Estim en m cualidades que no tena, y crey sinceramente
que estaba llamado a ocupar un alto puesto en las letras. Por aquella
poca, habiendo encargado una composicin en dcimas a toda la clase, la
ma logr despuntar sobre las dems. Tributome por ella desmedidos
elogios, y con tal motivo engendrose en m la aficin de escribir
versos, que tarde o nunca me dej. Don Len se encargaba de corregirlos
y sealar las figuras que iba _cometiendo_ sin saberlo. Mire usted,
hijo mo, al llamar al roco lquidas perlas comete usted una metfora,
muy linda por cierto. Eso que usted dice de la aurora que con sus dedos
rosados abre las puertas del firmamento, es ya una alegora, o lo que
es igual, una metfora continuada... A que no sabe usted qu figura
comete cuando dice al terminar la composicin?

      Triste suerte, cruel, parca inhumana
    sumi a mi alma en duelo y amargura!

Efectivamente, no lo saba. Don Len me miraba con aspecto
triunfal.--No lo acierta usted...? Pues comete usted un _epifonema_, un
verdadero _epifonema_ (exclamacin profunda que se hace despus de
narrada, descrita o probada una cosa). Cuando entramos en mayor
confianza, el profesor me manifest secretamente que l tambin haba
escrito versos en su juventud, y que an los escriba cuando le soplaba
la musa, si bien nunca haba osado publicarlos con su firma. No tard,
como es consiguiente, en lermelos, encerrndose para ello previamente
en un cuarto retirado, donde a su sabor descarg la conciencia del grave
cargo de ciento y tantas composiciones en todos los metros imaginables,
aunque sus predilectos eran los sficos y adnicos. Los dsticos,
compuestos de exmetros y pentmetros, tambin le gustaban sobremodo.
Pero de la que estaba ms orgulloso y la que le haba valido, al decir
de l, infinitas enhorabuenas, era un cierto poema dedicado al desafo
de dos ntimos amigos suyos, fatal para el uno de ellos, pues el
contrario le haba atravesado el vientre de un balazo. Creyendo
necesario ponerme en antecedentes, me dijo que estos tales amigos se
hallaban una tarde en el caf de Levante platicando apaciblemente con l
y otros varios, y que habiendo girado la conversacin sobre varios
temas, vino a parar, como tal vez sola acontecer, a los toros, y que
haciendo uno el panegrico acabado de la plaza de Valencia, notable por
su amplitud y solidez, otro manifest inmediatamente que la tal plaza
era un patio de vecindad comparada con la de Crdoba, a lo cual replic
el primero que mirase bien lo que deca, porque la plaza de Valencia
tena fama en todo el orbe. Empeose una discusin viva y acalorada;
tanto ms acalorada, cuanto que el que sostena las ventajas de la plaza
de Crdoba no conoca la de Valencia, y viceversa; el defensor de la de
Valencia nunca haba visto la de Crdoba, y bien sabido es que cuando
faltan razones, sobran siempre gritos. En resumen: la disputa subi
tanto, que lleg en forma de bofetadas a las mejillas de los
contendientes. Pusironse los amigos de por medio, alborotose el caf,
rompironse algunos vasos: al da siguiente de madrugada efectubase el
duelo ms all de la Fuente Castellana, y el campen de la de Crdoba
caa al suelo revolcndose en su propia sangre. Este lance desgraciado
caus una penosa impresin en don Len por tratarse de dos amigos
igualmente queridos, y bajo el sentimiento que le produjo escribi la
composicin que he mencionado, donde menudeaban los signos de
admiracin, los puntos suspensivos, las amargas reflexiones y los gritos
de dolor, todo ello sostenido en un tono severo y digno, como el de las
elegas clsicas. Siempre tengo en la memoria el acento dolorido con que
don Len me recitaba aquellos versos salidos del alma:

      Qu falta de cordura!
    Qu sobra de imprudencia!
    Adoptar desventura!
    Desechar avenencia!

No hay para qu decir que yo celebraba mucho los versos de don Len:
juzgbalos sinceramente bellos; mas, aunque as no fuese, el respeto me
obligara a ponerlos sobre la cabeza. En cambio, don Len acoga con
indulgencia y agrado los primeros vagidos de mi musa: escuchbalos
atentamente y los propona, como dignos de imitarse, a los discpulos.
No pocas veces, leyndole alguna composicin, se sinti interesado
vivamente hasta el punto de acercar ms la silla, inclinar el cuerpo y
exclamar con vehemencia: Prosiga, querido, que me deleita!

Pronto se estrecharon nuestras relaciones de tal suerte que vinimos a
ser ms bien amigos y camaradas que profesor y discpulo. Don Len
deposit en mi seno, que contaba a la sazn catorce o quince aos, una
muchedumbre de secretos que le atormentaban, casi todos pecuniarios, lo
mismo que haba depositado todos sus versos; me nombr pasante de la
clase y me otorg otra porcin de testimonios de aprecio. Al cabo estas
relaciones, conservndose no obstante la buena amistad, se rompieron
bruscamente. He aqu de qu modo:

Era el ao mil ochocientos cincuenta y cuatro. Don Len no pareci un
da por el colegio, lo cual caus cierta sorpresa al director, pues en
los aos que llevaba de enseanza no haba estado indispuesto una sola
vez. Al da siguiente tampoco vino, y pensando pudiera hallarse enfermo
le pas un recado; pero don Len no estaba en su casa, lo que le
sorprendi todava ms. Al otro amaneci Madrid obstruido de barricadas,
las casas atrancadas; patrullas de soldados y ciudadanos armados por las
calles y ruido incesante de fusilera; muchos gritos subversivos, como
dicen los bandos de las autoridades, y mucho jaleo, como dicen los que
se paran a leerlos. Haba estallado _la gorda_. Quin pensaba en
matemticas, retrica y psicologa en el colegio! Los muchachos
celebramos el cataclismo como un acontecimiento fausto, corramos por
los pasillos brincando de alegra, nos comunicbamos en voz baja
noticias a cual ms estupendas, y mirbamos por los balcones lo que
pasaba en la calle, cuando la vigilancia de los superiores lo consenta.
Un criado vino diciendo, ya bien entrada la maana, que D. Len se
estaba batiendo en las barricadas y que mandaba una fuerza considerable,
cuya nueva cay como una bomba en el colegio, produciendo gran
perturbacin y sobresalto, ya que no sorpresa, entre los alumnos. El
profesor Len adquiri entre nosotros en aquel mismo punto un
maravilloso prestigio, se levant ante nuestros ojos con talla colosal y
no poco se arrepintieron algunos de haberle denigrado apodndole _el
Camello_ y haciendo chacota de su levita. Todo se volvi ensalzar su
valor y sus fuerzas y entregarse a mil gratos comentarios acerca de su
prxima victoria: uno que se jactaba de tener buen olfato deca que
algo haba presumido al no verle los das anteriores en el colegio, otro
aseguraba que si venca la revolucin el capelln D. Jernimo lo iba a
pasar muy mal porque haba declarado la guerra sin motivo a D. Len.
Marebamos al criado que trajo la noticia con un sin fin de preguntas:
queramos que nos informase de todos los pormenores, y el pobre slo
saba por referencia que el profesor se hallaba hacia la calle de Toledo
mandando una barricada. El director se haba encerrado en su cuarto; el
capelln haba desaparecido; algunos aseguraban que estaba metido entre
colchones con un _canguelo_ que no le llegaba la camisa al cuerpo.
Reinaba dulce indisciplina en el colegio.

En esto, a m y a otros dos compaeros nos vino la idea de fugarnos y
marchar a ponernos a las rdenes de D. Len. Dicho y hecho; espiamos las
vueltas del inspector, bajamos quedito las escaleras, abrimos la puerta
con cuidado, y pies para qu os quiero! nos dimos a correr hacia la
Puerta del Sol sin volver la cara atrs. Las calles presentaban un
aspecto siniestro, casi todas solitarias, los balcones de las casas
hermticamente cerrados, en las esquinas algunos centinelas con el fusil
terciado; los pocos transentes que veamos cruzaban velozmente, con
nimo, sin duda, de guarecerse en su casa lo ms pronto posible, y slo
se detenan trmulos ante el quin vive? del soldado. La Puerta del
Sol estaba ocupada militarmente; muchos soldados, muchos caones y al
mismo tiempo mucho silencio: la _gresca_ andaba por los barrios bajos.
Tuvimos que dar un gran rodeo para llegar a ellos, cosa que no
hubiramos conseguido si en vez de nios fusemos hombres; mas nuestra
corta edad nos salvaba de toda detencin y reconocimiento, pensando los
soldados que andbamos buenamente en busca de la casa. Llegados a la
plaza de Antn Martn pisamos terreno revolucionario: vease una
muchedumbre de paisanos trabajando con afn en levantar una formidable
barricada; patrullas y grupos de hombres armados entraban y salan en la
plaza por sus bocacalles; las casas estaban fortificadas. Uno de
nosotros se acerc a preguntar a un obrero de luenga barba, que iba
armado con carabina de caza, por D. Len. D. Len... D. Len... qu se
yo quin diablos es D. Len?--dijo sin detenerse;--y volvindose a los
pocos pasos, exclam en tono spero: Eh, chiquillos, metos pronto en
casa, no vaya a suceder una desgracia! Los tres alumnos del colegio del
Salvador seguimos por la calle de la Magdalena hasta la plaza del
Progreso. All volvimos a preguntar por D. Len: tampoco nos dieron
noticia, pero un chulo compasivo nos dijo: Venid conmigo, si queris;
no decs que debe de estar en las barricadas de la calle de Toledo?
Pues apretad el paso, que yo voy hacia all. Al llegar a esta calle
tratamos igualmente de informarnos, y tambin fue en vano; mas en la
plaza de la Cebada, al preguntar a un grupo de hombres, todos armados de
carabinas, que haba delante de una taberna, nos replic uno de ellos:
Ese D. Len que manda una barricada, es alto, de bigotes
blancos?--S, seor.--Toma--dijo volvindose a sus compaeros--pues
si es el general Len! Quedamos maravillados y pedimos con afn ser
presentados a l. El mismo interlocutor nos condujo a otra taberna que
all cerca estaba, y entrando por ella hallamos en la trastienda,
rodeado de una docena de chulos y gaanes, a nuestro profesor, con un
_kepis_ de miliciano en la cabeza, faja encarnada de general, sable y
botas de montar; pero con la misma levita.

Recibinos con gran alborozo, nos hizo servir dulces, y como cosa
extraordinaria y propia de las batallas, un poco de vino; mas de ningn
modo consinti en darnos las armas que le pedamos. Nos cont cmo haba
rechazado en la Cava Baja con veintisiete hombres a dos compaas de
cazadores, y de qu forma estaba dispuesto a rendir el ltimo suspiro
en holocausto de la libertad. Los chulos que tena a sus rdenes le
llamaban mi general, cosa que nos tena encantados, por ms que no nos
pareciese muy en su lugar que los simples soldados bebiesen en la misma
copa que el general y discutiesen con l los planes de campaa.

Al parecer, tratbase de secundar el movimiento de las tropas
revolucionarias que iban a atacar el palacio de la Reja. El general
reuni en la taberna hasta treinta hombres mejor o peor armados, y
echndoles una arenga, donde puso a los csares y dictadores por los
pies de los caballos, se dispuso a salir con su valerosa legin a
clavar el pual de Bruto en el corazn del tirano. Los chulos no
entendieron bien, pero bebieron una copa y se echaron de nuevo a la
calle. El general dio orden al tabernero de que nos hiciese conducir con
las debidas precauciones al colegio tan pronto como cesase el fuego.

Al da siguiente supe que la revolucin haba triunfado. En el colegio
se murmur como cosa cierta que D. Len iba a ser nombrado Capitn
general de Madrid; pero aunque mucho lemos y relemos los peridicos en
los das siguientes, nunca pudimos tropezar con el nombre del general.
Lleg un instante en que cremos que haba perecido en el combate, si
bien no comprendamos cmo no se hablaba ms de esta desgracia. Al cabo
de algn tiempo supimos por fin que el nuevo gobierno haba reconocido
a D. Len el grado de alfrez y que pasaba a servir al cuerpo de
Carabineros. Crean ustedes que padec un terrible desengao, y hasta
escrib a mi profesor suplicndole que no aceptase; pero mis ruegos
fueron desodos. D. Len ganaba once duros ms al mes... y tena cinco
hijos.




EL SUEO DE UN REO DE MUERTE


Una maana, al salir de casa, hiri mis odos el repique agudo y
estridente de una campanilla. Llev la mano al sombrero y busqu con la
vista al sacerdote portador de la sagrada forma; pero no le vi. En su
lugar tropezaron mis ojos con un anciano, vestido de negro, que llevaba
colgada al cuello una medalla de plata; a su lado marchaba un hombre con
una campanilla en la mano y un cajoncito verde en el cual la mayora de
los transentes iban depositando algunas monedas. De vez en cuando se
abra con estrpito un balcn, y se vea una mano blanca que arrojaba a
la calle algo envuelto en un papel; el hombre de la campanilla se
bajaba a cogerlo, arrancaba el papel, y eran tambin monedas que
inmediatamente introduca en el cajoncito verde: cuando levantaba la
vista al balcn, estaba ya cerrado. Lo adivin todo.

Un ligero temblor corri por todo mi cuerpo, y a toda prisa procur
alejarme de aquella escena. Corr por la ciudad, haciendo intiles
esfuerzos para no escuchar el taido de la fatal campanilla, y en todas
partes tropezaba con la misma escena. Notaba que los transentes se
miraban unos a otros con expresin de susto, y se hacan preguntas en
tono bajo y misterioso. Algunos chicos, pregoneros de peridicos,
chillaban ya desaforadamente: La Salve que cantan los presos al reo que
est en capilla.

Desde que tengo uso de razn he sabido que existe la pena de muerte en
nuestro pas; y no obstante, siempre la he mirado del mismo modo que los
autos de fe y el tormento; como una cosa que pertenece a la historia.
Esto se explica, atendiendo a que he residido siempre en una provincia
donde por fortuna hace ya bastantes aos que no se ha aplicado. Conoca
algunos detalles de la ejecucin de los reos slo por referencia de los
viejos, a los cuales no dejaba de mirar, cuando me lo contaban, con
cierta admiracin, mezclada de terror.

Recuerdo que en la madrugada de un da de otoo fro y lluvioso, sal de
mi pueblo para Madrid. Despedime de mi madre, y turbado y conmovido como
nunca lo haba estado, baj a escape la escalera en compaa de mi
padre. Ambos marchbamos embozados hasta las cejas, no s si por miedo
al fro o por no vernos las caras. Nuestros pasos resonaban
profundamente en las calles solitarias; la luz triste y escasa del da
que comenzaba daba cierto aspecto de antorchas funerarias a los faroles
que aun se hallaban encendidos, y las casas, dejando caer de sus tejados
algunas gotas de lluvia, parecan llorar mi marcha. Al atravesar un
campo situado a la salida de la poblacin, me dijo mi padre: Este es el
sitio donde se ajusticiaba a los reos de muerte. Sent un temblor igual
al que corri por mi cuerpo cuando vi al hombre del cajn verde. Dios
mo, qu lejos estaba en aquel momento mi corazn de estas escenas de
horror!

Pas todo el da inquieto y nervioso escuchando el toque de la
campanilla fnebre por todas partes. A la verdad, no puedo decidir si la
campanilla sonaba realmente, o eran mis odos los que la hacan sonar.
Compr cuantos papeles se vendan por las calles referentes al reo, y
los devor con ansia. No me atrev, sin embargo, a pasar por delante de
la crcel para mirar la ventana de la estancia donde se hallaba, aunque
me dijeron que haba mucha gente por aquellos sitios. En cambio pas
varias veces por delante de la casa de su esposa. La desgraciada mujer
haba venido de muchas leguas lejos, a solicitar el indulto, y alojaba
en una casa sucia y miserable de uno de los barrios extremos de Madrid.
All a la noche me sent fatigado, cual si hubiera pasado el da
trabajando, cuando no hice otra cosa que errar distrado por las calles,
y me acost temprano. Tard en conciliar el sueo, como sucede siempre
que uno anda caviloso, y por dos o tres veces, cuando ya crea ganarlo,
me despert un gran estremecimiento parecido a la emocin que se
experimenta al tocar el botn de una mquina elctrica. Al fin me dorm.
As como lo tema, toda la noche so con patbulos y verdugos: mas no
dejaron de ser bastante curiosos y significativos mis sueos, por lo
cual, aunque me cueste trabajo, voy a trasladarlos al papel.

So que me achacaban un gran crimen, y que ponan en seguimiento de mis
pasos a toda la polica de Madrid. Mis tretas para burlar su
persecucin, se redujeron a echarme a correr por la puerta de San
Vicente hacia fuera, metindome en los lavaderos del Manzanares, donde
me cre perfectamente seguro de las asechanzas de mis enemigos. Con
efecto, estando all muy tranquilo mirando correr el agua de jabn y
viendo a las lavanderas colgar sus ropas en los cordeles, dieron sobre
m el presidente del Consejo de Ministros, el de la Juventud Catlica,
el ministro de Fomento y el de Gracia y Justicia, los cuales
inmediatamente me amarraron y me condujeron a la crcel. El ministro de
Fomento propuso que se me llevara cogido por los pies y a la rastra,
pero el presidente de la Juventud Catlica hizo observar que se me iba a
estropear la ropa, y fue desechada la proposicin.

La crcel era un edificio grande, slido y austero, con un crecido
nmero de balcones y ventanas, cosa que me sorprendi, a pesar de la
turbacin de nimo en que me hallaba, pues tena la idea de que en las
crceles haba poca ventilacin. Me encerraron en un calabozo circular,
sin ventana ninguna: de suerte que me vi sumido en la ms completa
oscuridad. Mas no se pas mucho tiempo sin que se abriera la puerta de
par en par, y entrara por ella un carcelero con una buja encendida
anuncindome que pronto llegara el juez y el escribano. Aparecieron al
fin estos dos varones, y fue extraordinaria mi sorpresa al encontrarme
enfrente de dos seores que jugaban todas las tardes al billar conmigo
en el caf Suizo. Aparentaron no conocerme, e inmediatamente se pusieron
a tomarme declaracin, ofrecindome antes algunos merengues con objeto,
segn decan, de que tuviese la voz ms clara. El juez, que era de los
dos el que mejor jugaba las carambolas de retroceso, despus de haberme
obligado a confesar una porcin de crmenes a cual ms horroroso, hizo
un gesto muy expresivo a su compaero, llevndose la mano al cuello y
sacando al mismo tiempo la lengua. Yo tom el gesto por donde ms
quemaba, y barrunt muy mal del asunto.

A las dos horas poco ms o menos, tornaron a abrir la puerta, y entr el
escribano a leerme la sentencia. No se me condenaba nada ms que a morir
en garrote vil, si bien en atencin a que jugaba con mucha seguridad los
recodos limpios, dejbase a mi arbitrio sealar el da de la ejecucin.
Por un instante tuve el intento de aplazar indefinidamente este da,
juzgando que era muy joven para morir de modo tan desastroso: mas pronto
revoqu mi acuerdo por motivos de delicadeza, y ped se me ejecutara al
da siguiente. Hay que confesar que tengo un sueo muy digno.

Una vez resuelto que me ejecutaran al da siguiente, la nica idea que
se apoder de m fue la de morir con serenidad y entereza; y en efecto,
demostr, al decir de todos los que me rodeaban, un gran carcter
durante las horas de la capilla. Com y dorm tranquilamente, y pas
algunos ratos departiendo con los redactores de _La Correspondencia_. De
vez en cuando procuraba verter alguna frase bonita para que stos la
reprodujesen en su diario y las gentes se admirasen de mi valor.

Lleg por fin el instante terrible de emprender la marcha hacia la
muerte, y yo la emprend con la mayor sangre fra. En aquel momento lo
que me embarg fue un gran sentimiento de vergenza, y recuerdo que
exclam apretndome contra el sacerdote que marchaba a mi lado: Ah,
por Dios, que no me vean, que no me vean! Hasta el instante de salir de
la crcel, no se me ocurri que iba a hallarme frente a una muchedumbre
de espectadores, y que algunos millares de ojos se iran a clavar sobre
mi rostro con expresin de burla y desprecio. Este pensamiento hizo
flaquear mi valor: me aterraba infinitamente ms que la perspectiva del
cadalso. Senta dentro de m fuerzas bastantes para mirar a la muerte
cara a cara, y al mismo tiempo me contemplaba incapaz por entero de
soportar la vista de un pblico curioso y hostil.

Congojado y muerto de vergenza sal por la puerta de la crcel entre un
grupo de curas, soldados y carceleros. No quise levantar la vista del
suelo, porque tema desfallecer; mas el silencio pavoroso y
extraordinario que observ en torno mo, incitome a alzar los ojos. Qu
sorpresa y qu ventura! La calle estaba desierta. Fuera del cortejo que
me rodeaba, ni una sola figura humana vease cerca ni lejos. Los
balcones y ventanas de las casas, as como las puertas de los comercios,
se hallaban perfectamente cerradas. Los curas, soldados y carceleros,
despus de pasear la vista por el mbito de la calle, mirbanse unos a
otros con acentuada expresin de asombro. El nico objeto que hera la
vista en medio de esta soledad era el carruaje miserable y fatdico que
me esperaba. Antes de entrar mir al cielo. Apareca cubierto por un
leve manto de nubes, tan leve, que no consegua velarlo por entero,
semejante a una colcha de encaje con fondo azul. El sol, asomando su
ardiente pupila por los agujeros de esta celosa de nubes, era el nico
curioso que nos observaba.

El carruaje marchaba lentamente. Yo, sin atender a las exhortaciones del
clrigo que iba a mi lado, asomaba la cabeza por la ventanilla
explorando con los ojos la calle, las puertas y los balcones de las
casas. Nada, ni un ser humano pareca. All en las afueras de la
poblacin, distingu dos nios que corran sofocados hacia la puerta de
una casa, desde la cual su madre les llamaba a gritos. Cuando pasamos
por delante de esta casa, la madre y los hijos haban desaparecido. Un
poco ms all tropezamos con un hombre que llevaba un saco cargado sobre
la espalda, el cual, as que nos percibi, dio la vuelta y ech a andar
apresuradamente por una calle lateral, perdindose muy pronto de vista.

Llegamos, por ltimo, a la vista del patbulo situado en medio de un
extenso campo. All fue mucho mayor mi sorpresa. Ni en torno del
patbulo, ni en toda la tierra que alcanzaban los ojos, se vea tampoco
una figura humana. Sub las escaleras del tablado, detenindome a cada
instante para mirar alrededor, pues no acertaba a comprender lo que era
aquello. El cielo presentaba un aspecto distinto. Su manto de nubes era
ms espeso; la vaporosa tnica de encaje haba sido reemplazada por una
cortina gris que cerraba hermticamente toda la bveda celeste; el sol
ya no tena celosa por donde mirarnos. La llanura triste y oscura en
que reposa Madrid, exhalaba un vapor trasparente que conclua por
aproximar la lnea vaga y fina que cierra el horizonte. Los objetos
ofrecanse indecisos y temblorosos, como si hubieran perdido sus
contornos, y la luz se filtraba con trabajo por aquel cielo de algodn
para sumirse luego en la tierra negra y hmeda. Respirbase en este
ambiente espeso, que no hera apenas ruido alguno, cierta calma: pero
una calma que oprima en vez de refrescar el corazn.

Volv los ojos hacia la ciudad. La luz pareca que resbalaba sobre ella
sin penetrarla; sus mil torrecillas no tenan fuerza para romper
enteramente la atmsfera opaca que las envolva. Mirando ms y ms,
observ que lentamente iban elevndose desde su seno hacia el firmamento
un nmero infinito de pequeas columnas de humo, las cuales al
extenderse en el aire se abrazaban, y juntas suban a engrosar el ya
tupido velo que ocultaba al sol. Aquellas columnas de humo me hicieron
pensar en los hogares que debajo de ellas haba, y todo lo comprend en
un instante. En torno de aquellos hogares humeantes moraban muchos seres
que no haban tenido la curiosidad perversa de bajar a la calle para
verme pasar, y que ahora tampoco rodeaban el patbulo para verme morir.
Me sent profundamente conmovido. La gratitud penetr en mi corazn como
una luz del cielo, como un blsamo dulcsimo, y perd por completo los
pocos deseos que me ligaban a la vida. Gracias pueblo de Madrid,
exclam dirigindome a la ciudad: gracias, pueblo generoso y culto, por
no haber venido a gozar con el espectculo de mi muerte ignominiosa.
Qu hubieras ganado presenciando la suprema agona de un infeliz! En
este angustioso y solemne instante no has querido ennegrecer an ms mi
situacin, con la vergenza y el oprobio. T naciste para algo ms que
para ser ayudante del verdugo. Si hubieses llegado hasta aqu, si
hubieses contemplado con refinada crueldad mi vergonzosa muerte, yo te
juro que al tornar a casa no seran tan serenas tus miradas como lo son
ahora, ni el beso de la hija o de la esposa te sabra tan dulce. Mi
agona te hubiera quitado el sosiego, te hubiera envenenado el alma por
algunas horas. T has sabido vencer esa feroz y brutal curiosidad que
pudiera impulsarte a presenciar mi muerte, porque has adivinado que
degradndome a m, te degradabas a t mismo. Has sido misericordioso y
humano, y has respetado tu propio corazn. Gracias, noble pueblo,
gracias, y que el Dios de los cielos te pague tu buena obra!

Un torrente de lgrimas sali de mis ojos al pronunciar estas palabras:
un torrente de lgrimas dulces, como son siempre las del agradecimiento.
Despus, ms sereno y animoso, senteme en el fatal banquillo, y segu
contemplando la ciudad, que empezaba a romper las brumas que la
envolvan para recibir de nuevo las caricias del sol. Una mano ruda
sujet por un instante mi cabeza; un lienzo cubri mis ojos; sent mucha
apretura en la garganta, y... despert.

El cuello de la camisa me estaba apretando de un modo extraordinario. No
hice ms que soltar el botn y qued otra vez profundamente dormido.




LA ABEJA

PERIDICO CIENTFICO Y LITERARIO


No muchos das despus de haber llegado a Madrid con el fin de seguir la
carrera de leyes, fui invitado por uno de mis condiscpulos para entrar
en cierta Academia o Ateneo escolar, donde algunos jvenes estudiosos se
adiestraban en el arte de la elocuencia. Acept con gusto la oferta;
asist algunos jueves a la sesin, y vencida la timidez natural del
provinciano, llegu a intervenir en algn debate, si no con xito
lisonjero, por lo menos con la tolerancia benvola de mis consocios.

A los tres o cuatro meses de instituida aquella sabia y nobilsima
Sociedad, comprendimos la urgencia de tener un _rgano_ en la prensa, y
resolvimos incontinenti fundarlo. Haba de ser semanal y titularse _La
Abeja_. Al efecto, vaciamos los bolsillos en manos del presidente
(director nato del peridico) y nos pusimos de todo en todo a sus
rdenes. La redaccin se constituy en el mismo local del Ateneo, que
era el cuarto de estudio de uno de nuestros compaeros; una habitacin
aguardillada, donde los sbados se aplanchaba la ropa de la casa, no
pudiendo por lo mismo reunirnos en este da.

Discutiose ampliamente el reglamento y se nombr administrador y
redactor en jefe. Yo qued de simple redactor, pero encargado adems de
entenderme con el impresor y corregir las segundas pruebas.

Al cabo de un mes de idas y venidas y no pocos trabajos, sali a luz _La
Abeja_, que llevaba entre otros un artculo mo histrico acerca de
Felipe II. Este artculo en que se defenda la poltica del monarca
espaol y se vindicaba su nombre, consigui llamar la atencin de las
familias de los redactores y me vali no pocas enhorabuenas.

Qu placer tan intenso experiment aquel grupo de muchachos reunidos en
el cuarto aguardillado, cuando el mozo de la imprenta deposit en el
suelo un fardo de _Abejas_! Fui comisionado para ir en busca de
vendedores. En menos de una hora reun treinta o cuarenta chicos en el
portal de la casa; pero se negaron resueltamente a dar un cuarto por el
nuevo peridico. Despus de vacilar mucho, ardiendo en deseos de ornos
pregonados por las calles, nos decidimos a darlo de balde, aunque slo
por una vez; los chicos, tomando los puados de ejemplares que yo les
reparta embargado de emocin, se echaron a correr gritando: El primer
nmero de _La Abeja_, peridico cientfico y literario, a dos cuartos.

Segules para ver el efecto que causaba su aparicin en el estadio de
la prensa (as se deca en el artculo de entrada). Corra como un
gamo, aunque disimuladamente, para no perderlos de vista. Cmo me
saltaba el corazn! Los gritos de los muchachos heran mis odos con
dulzura inefable; las calles se mostraban ms animadas que de ordinario;
los semblantes de los transentes parecan ms alegres; el cielo estaba
ms azul; el sol brillaba con ms fuerza. Esperaba que la gente se
disputase los ejemplares como pan bendito (el ttulo era tan
llamativo!). Pero nada; ni un solo transente detuvo el paso para decir:
Eh, chis, chis, venga _La Abeja_, muchacho!

Los chicos corran, corran siempre gritando furiosamente, y yo los
segua jadeante: la hoguera de mi entusiasmo se iba apagando a medida
que entraba en calor. Aquel enjambre de _Abejas_ cientficas y
literarias que zumbaba por los sitios cntricos no despertaba simpata
en el pblico; al contrario, todos las huan, cual si temiesen que les
clavasen el aguijn. En la calle de Carretas, un caballero gordo con
barba de cazo compr un ejemplar. Me sent enternecido; de buen grado le
hubiese dado un abrazo; no se me olvid jams la fisonoma de aquel
hombre. Ms tarde me acometi el deseo vanidoso de distinguirme entre
mis compaeros: llam a tres o cuatro muchachos que me conocan por
haber recibido el peridico de mis manos, y les orden que gritaran: El
primer nmero de _La Abeja_, con la defensa de la poltica de Felipe II
en los Pases Bajos. Contra lo que imaginaba, tampoco caus efecto el
nuevo pregn: solamente advert que un grupo de jvenes vena riendo y
soltando chistes groseros a propsito de los Pases Bajos, lo que me
oblig a revocar la orden.

Lastimado por la frialdad del pblico, que no saba a qu atribuir, no
me acord de ir a almorzar: tan pronto la achacaba a la poca o ninguna
aficin que hay en Espaa a la literatura, como a la falta de anuncios:
unas veces pensaba que en la primavera no es conveniente fundar
peridicos; otras me entregaba a la supersticin imaginando que no
debimos comenzar a imprimir el nuestro en martes. Vi que mucha gente
compraba una revista de toros y loteras, y esto me sugiri un sin fin
de amargas consideraciones. Cansado, molido y triste me retir a casa
despus de vagar cuatro o cinco horas por las calles: al pasar por la
Puerta del Sol o pregonar _La Abeja a cuarto_.--Ah, tunante!--grit
ciego de clera, sacudiendo a un chiquillo por el cuello--bien se conoce
que a t no te ha costado nada!--Aquella rebaja de precio me pareca
una vergonzosa degradacin.

Aunque la ilustrada redaccin de _La Abeja_ experiment notable
desengao, no por eso desmay. Pudo ms en sus dignos individuos el
noble deseo de la gloria que el afn de lucro. Habamos gastado algunos
cuartos, es verdad, pero en cambio habamos salido a la luz de la
publicidad y visto nuestros pensamientos en letras de molde y con la
firma al pie. Para que el segundo nmero se imprimiese fue necesario
repartir un nuevo dividendo pasivo a los socios, que se impusieron con
gusto este sacrificio pecuniario.

No fue ms afortunado el segundo nmero de _La Abeja_ en su aspecto
econmico: los chicos persistan en la idea funesta de no soltar un
cuarto por aquel peridico; si queran drselo de balde, bueno; si no,
queden ustedes con Dios.

El amor a la gloria venci de nuevo al srdido inters, y lo entregamos
graciosamente a los desvergonzados pilluelos, que se rean de nuestra
inexperiencia.

Tales sacrificios estaban compensados por ciertos deleites no
comprendidos sino de quien los haya experimentado. El primer deleite, el
de considerarse escritor pblico, que lleva envuelta la idea de maestro
y director de la opinin, y por consecuencia el respeto de la gente.
Cuando entrbamos en los cafs, y colgadas del armario del expendedor de
peridicos contemplbamos unas cuantas _Abejas_, con su vieta en madera
henchida de alusiones simblicas, un gozo inexplicable nos inundaba,
inflbase nuestro ser moral y fsico, y sonreamos desdeosamente al
vulgo que nos rodeaba; nos pareca imposible que los concurrentes
hablasen de otra cosa que no fuese _La Abeja_, y no adivinasen que
tenan la honra de hallarse cerca de sus redactores. Adems, con qu
ntimo regocijo no decamos a nuestras respectivas patronas al salir de
casa: Si alguien pregunta por m, decirle que estoy en la redaccin...
ya sabe V... en la _redaccin_! Y la boca al proferir esta palabreja
mgica se nos haca almbar, como cuentan que le acaeca a cierto santo
cuando pronunciaba el nombre de Mara.

Y efectivamente, en la aguardillada redaccin pasbamos la mayor parte,
casi todas las horas de nuestra existencia. No que estuvisemos
escribiendo todo el tiempo ni mucho menos; pero haba otros quehaceres
auxiliares del periodismo, que no por ser materiales dejaban de
participar de su alteza: sea ejemplo el arte delicado de cortar,
escribir y pegar las fajas, en el que sobresalamos casi todos, y el no
menos noble y exquisito de pegar los sellos con la propia saliva, en el
que ya quedaban algunos rezagados, seco y exhausto el gaznate.

Para un peridico semanal, y no de gran magnitud, la verdad es que
bastaban los diez y nueve redactores que habamos tenido el honor de
fundarlo. Con qu objeto, pues, se haban otorgado plazas de redactores
honorarios a una porcin considerable de muchachos? Sin duda para
satisfacer cada cual los deseos de algn amigo; compromisos personales
que no se pueden eludir; y sin embargo, esta tolerancia produjo a la
postre funestos resultados. El cuarto destinado a redaccin y
administracin no era tan mplio que consintiese la permanencia en l de
tanta gente. Desde por la maana bien temprano comenzaban a entrar
escritores: y como ninguno sala, la consecuencia era que al poco rato
el local se atestaba y los redactores zumbaban como verdaderas y
genuinas abejas en una colmena, se codeaban, se estrujaban e impedan de
todo punto la entrada de los compaeros que llegaban tarde. Redactor
hubo que en ocho das no logr poner los pies en la oficina.

Quin nos dijera que tan presto haba de morir un peridico destinado a
ser vigoroso adalid de la ciencia y campen infatigable de la cultura
patria (palabras textuales del programa firmado por la redaccin)!
Estaba escrito, no obstante, que pocos das antes de salir el cuarto
nmero de _La Abeja_ estallara una furiosa borrasca entre los campeones
infatigables de la cultura patria. Las ms grandes empresas, las obras
ms altas y portentosas pueden venir al suelo por livianos motivos.
Troya pereci por los devaneos de un petimetre: _La Abeja_ por una
disquisicin histrica.

Haba escrito yo un articulito vindicando la memoria de D. Pedro I de
Castilla, demostrando que el ttulo de _cruel_ con que le apodaban la
mayor parte de los historiadores no le cuadraba, y que mejor le vena el
de _justiciero_. En asuntos histricos me gustaba mucho defender a los
personajes cados: ya haba hecho otro tanto con Felipe II. Mas a uno de
los redactores, que ejerca al propio tiempo el cargo espinoso de
expedir volantes a los suscritores para el cobro de los recibos, no le
agrad esta defensa, y se autoriz el manifestar su opinin contraria.
Al instante salt yo henchido de erudicin, relleno hasta la boca de
datos concluyentes: se entabl una discusin animada.

El redactor disidente, a falta de datos, manifest que era una
_tontera_ el ir contra la opinin general: yo sostuve con serenidad que
haba muchas opiniones generales erradas, y que una de ellas era sta; y
en apoyo de mi tesis, solt el chorro de la ciencia que haba adquirido
tres das antes. El contrario repuso, que mientras los grandes
historiadores no lo autorizasen, consideraba una _estupidez_ el sostener
idea tan absurda: yo expuse con sangre fra y sonrisa impertinente, las
razones que tena para opinar de esta manera. El partidario de la
crueldad de D. Pedro, vindose acorralado, no encontr mejor recurso
para salir del paso que descargar un tremendo mojicn en la faz
insolente del campen de la justicia. Gran alboroto en la colmena:
replico yo a mi adversario con idnticos argumentos: los redactores se
reparten en dos bandos, y se entabla una batalla donde menudean los
puetazos y coscorrones; ruedan las sillas, caen las mesas, quibranse
los vidrios de algunos cuadros, y hasta hubo quien apoderndose de las
tijeras de recortar sueltos, form crculo en torno suyo y esparci el
terror entre los contendientes.

Mas he aqu que en el marco de la puerta aparece la figura severa e
imponente de la doncella de la casa. Calmronse las olas; silencio
sepulcral; todos los rostros vueltos hacia aquella nueva cabeza de
Medusa.

--Se creen, por lo visto, que no hay nadie en casa ms que Vds.? No
saben ustedes que la seorita est delicada?... Qu escndalo es
ste?... No saben ustedes que el seor prohibi que se haga ruido?...

Nadie se aventur a responder a estas tremendas interrogaciones.

La doncella se dign pasear una mirada arrogante por toda la redaccin;
pero la detuvo llena de horror y de clera al llegar al hijo de los
dueos de la casa.

--Cmo!... Mi seorito sangrando por las narices!... Tunantes!...
Granujas!... Fuera de aqu todo el mundo!... Pillera como esta no la
quiero yo en casa!... Fuera!... Fuera!...

Y en efecto, el ilustrado cuerpo de redaccin de _La Abeja_, herido,
escarnecido, arrojado ignominiosamente de su santuario por una miserable
sirviente, baj las escaleras a toda prisa, se disolvi al llegar a la
calle, se esparci por Madrid y nunca ms volvi a juntarse.




LOS PURITANOS

(NOVELA)


Era un caballero fino, distinguido, de fisonoma ingenua y simptica. No
tena motivo para negarme a recibirle en mi habitacin algunos das. El
dueo de la fonda me lo present como un antiguo husped a quien deba
muchas atenciones: si me negaba a compartir con l mi cuarto, se vera
en la precisin de despedirle por tener toda la casa ocupada, lo cual
senta extremadamente.

--Pues si no ha de estar en Madrid ms que unos cuantos das, y no tiene
horas extraordinarias de acostarse y levantarse, no hay inconveniente en
que V. le ponga una cama en el gabinete.... Pero cuidado... sin
ejemplar!...

--Descuide V., seorito, no volver a molestarle con estas embajadas: Lo
hago nicamente porque D. Ramn no vaya a parar a otra casa. Crea V. que
es una buena persona, un santo, y que no le incomodar poco ni mucho.

Y as fue la verdad. En los quince das que D. Ramn estuvo en Madrid no
tuve razn para arrepentirme de mi condescendencia. Era el fnix de los
compaeros de cuarto. Si volva a casa ms tarde que yo, entraba y se
acostaba con tal cautela, que nunca me despert; si se retiraba ms
temprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin temor de
hacer ruido. Por las maanas nunca se despertaba hasta que me oa toser
o moverme en la cama. Viva cerca de Valencia, en una casa de campo, y
slo vena a Madrid cuando algn asunto lo exiga: en esta ocasin era
para gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. A
pesar de que este hijo tena la misma edad que yo, D. Ramn no pasaba de
los cincuenta aos, lo cual haca presumir, como as era en efecto, que
se haba casado bastante joven.

Y no deba de ser feo, ni mucho menos, en aquella poca. An ahora con
su elevada estatura, la barba gris rizosa y bien cortada, los ojos
animados y brillantes y el cutis sin arrugas, sera aceptado por muchas
mujeres con preferencia a otros galanes sietemesinos.

Tena, lo mismo que yo, la mana de cantar o canturriar al tiempo de
lavarse. Pero observ al cabo de pocos das que, aunque tomaba y soltaba
con indiferencia distintos trozos de pera y zarzuela deshacindolos y
pulverizndolos entre resoplidos y gruidos, el pasaje que con ms ardor
acometa y ms a menudo, era uno de _Los Puritanos_; me parece que
perteneca al aria de bartono en el primer acto. Don Ramn no saba la
letra sino a medias, pero lo cantaba con el mismo entusiasmo que si la
supiera. Empezaba siempre:

      Il sogno beato
    De pace e contento
    Ti, ro, ri, ra, ri, ro,
    Ti, ro, ri, ra, ri, ro.

Necesitaba seguir tarareando hasta llegar a otros dos versos que decan:

      La dolce memoria
    De un tenero amore.

Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta concluir el _allegro_.

--Hola! D. Ramn, le dije un da desde la cama; parece que le gusta a
V. _Los Puritanos_.

--Muchsimo; es una de las peras que ms me gustan. Dara cualquier
cosa por conocer un instrumento para poder tocarla toda. Qu dulzura
hay en ella! Qu inspiracin! Estas son peras y esta es msica.
Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algaraba alemana que
slo sirve para hacer dormir!... A m me gustan con pasin todas las
peras de Bellini: _El Pirata_, _Sonmbula_, _I Capuletti e di
Montechi_; pero sobre todas ellas _Los Puritanos_... Tengo adems
razones particulares para que me guste ms que ninguna otra, aadi
bajando la voz.

--Ole, ole, D. Ramn! exclam incorporndome de un salto y ponindome
los calcetines: vengan esas razones.

--Son tonteras de la juventud... cuestin de amores, contest
ruborizndose un poco.

--Pues cuente V. esas tonteras. Me muero por ellas: no lo puedo
remediar, me gustan ms esas cosas que la reforma de la ley Hipotecaria
de que V. me habl ayer.

--Al fin poeta!

--No soy poeta, D. Ramn; soy crtico.

--Pues me haba dicho el amo que era usted poeta... De todas maneras, se
lo contar ya que V. tiene curiosidad... Ver V. como es una tontera
que no merece la pena... Pero vstase V., criatura, que se est
helando!

       *       *       *       *       *

El ao de cincuenta y ocho vine a Madrid con una comisin del
Ayuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota de
consumos. Tena yo entonces... eso es, veintinueve aos; y ya haca
siete cumplidos que estaba casado. Es una barbaridad casarse tan joven.
Aunque no tengo motivo para arrepentirme, no aconsejar a nadie que lo
haga. Vine a parar a esta misma casa, esto es, a la misma posada; la
casa estaba entonces situada en la calle del Barquillo. En aquella
poca, bueno ser que le advierta, que me complaca en andar muy
lechuguino o sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa que tena
siempre _escamada_ a mi pobre mujer. Para qu te compones tanto, hombre
de Dios? Vas de conquista? Quin sabe! contestaba riendo y dejndola
un poco enojada. No es malo tener a las mujeres un si es no es celosas.

Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de las que slo se ven en este
Madrid, sal de casa despus de almorzar con el objeto de hacer algunas
visitas y tambin para espaciarme por esas calles de Dios. Iba caminando
lentamente por la de las Infantas, meditando sobre el plan de la noche o
sea el modo de pasarla ms divertido, y saboreando un buen cigarro
habano, cuando de pronto zas! recibo un fuerte golpe en la cabeza que
me hace vacilar; el flamante sombrero de copa fue rodando por un lado y
el cigarro por otro. Cuando me recobr del susto, lo primero que vi a
mis pies fue una enorme mueca fresca, sonrosada y en camisa.

Esta buena pieza es la que ha causado el destrozo, dije para mis
adentros, lanzndole una mirada iracunda que la mueca aparent no
comprender. Mas como no era de presumir que ella por su voluntad se
hubiese arrojado sobre m de aquel modo brusco e inconveniente, pues
jams haba hecho dao a ninguna mueca, cre ms probable que de alguna
casa me la hubieran arrojado. Alc la cabeza vivamente.

En efecto, el reo estaba de pie en el balcn de un primer piso,
suspenso, atnito, consternado. Era una nia de trece o catorce aos.

Al observar la mirada de espanto y congoja que me diriga se templ mi
furor, y en vez de lanzarle un apstrofe violento, como tena
determinado, le mand una sonrisa galante. Puede ser que en la formacin
de esta sonrisa haya intervenido ms o menos directamente la belleza
nada vulgar del criminal.

Recog el sombrero, me lo puse, y volv a alzar la cabeza y a remitir
otra sonrisa, acompaada esta vez de un ligero saludo. Pero mi agresor
segua inmvil y aterrado sin darse cuenta ni poder explicarse las
amables disposiciones en que su vctima se hallaba. A todo esto la
mueca segua en el suelo inmvil tambin, pero sin mostrar en modo
alguno sorpresa, pesar, terror, ni siquiera vergenza de su situacin
poco decorosa. Me apresur a levantarla, cogindola, si mal no recuerdo,
por una pierna, y me inform minuciosamente de si haba padecido alguna
fractura u otra herida grave. No tena ms que leves contusiones. Alcela
en alto y la mostr a su dueo hacindole sea de que iba a subir para
entregrsela. Y sin ms dilaciones entro en el portal, subo la escalera
y tomo el cordn de la campanilla... Ya est abierta la puerta. Mi lindo
agresor asoma su rostro trigueo, gracioso, lleno de vida y frescura, y
extiende sus manos diminutas, en las cuales deposito respetuosamente a
la mueca desmayada. Quise hablar, para dar mayor seguridad de que no
era nada lo que haba pasado, que la mueca conservaba ntegros sus
miembros, y yo lo mismo, y que celebraba la ocasin de conocer una nia
tan hermosa y simptica, etc., etc. Nada de esto fue posible. La chica
murmur confusamente un muchas gracias, y se apresur a cerrar la
puerta, dejndome con el discurso en el cuerpo.

Salgo a la calle un poco disgustado, como cualquier otro orador en el
mismo caso, y sigo mi camino, no sin volver repetidas veces la cabeza
hacia el balcn. A los treinta o cuarenta pasos observo que est la nia
asomada, y me paro y la envo una sonrisa y un saludo ceremonioso. Esta
vez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura a retirarse. Cuidado
que era linda aquella nia! Al llegar al extremo de la calle sent la
necesidad imperiosa de verla otra vez, y di la vuelta, no sin percibir
cierta vergenza en el fondo del corazn, pues ni mi edad, ni mi estado,
me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos tratndose de tal
criaturita. Ya no estaba en el balcn.

Pues yo no me voy sin verla, me dije, y pian pianito, comenc a pasear
la calle sin perder de vista la casa, con la misma frescura que un
cadete de Estado Mayor. Despus de todo, aqu nadie me conoce--me iba
repitiendo a cada instante, a fin de comunicarme alientos para seguir
paseando.--Adems, yo no tengo nada que hacer ahora; y lo mismo da vagar
por un lado que por otro.

Justamente, al cruzar tercera o cuarta vez por delante del balcn
apareci en l la gentil chiquita, que al verme hizo un movimiento de
sorpresa, acompaado de una mueca encantadora, se ech a rer y se
ocult de nuevo.

Pero, qu necios somos los hombres y qu inocentes cuando se trata de
estos asuntos! Querr V. creer que entonces no sospech siquiera que la
nia haba estado presenciando, sin perder uno slo, todos mis
movimientos?

Satisfecho ya el capricho, dej la calle de las Infantas, y me fui a
casa de un amigo. Mas al da siguiente, fuese casualidad o
premeditacin, aunque es muy probable lo ltimo, acert a pasar por el
mismo sitio a la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de bruces
sobre la barandilla del balcn, se puso encarnado hasta las orejas as
que pudo distinguirme, y se retir antes de que pasase por delante de la
casa. Como V. puede suponer, esto lejos de hacerme desistir, me anim a
quedarme petrificado en la esquina de la primer boca-calle, en
contemplacin esttica. No pasaron cuatro minutos sin que viese asomar
una naricita nacarada, que se retir al momento velozmente, volvi a
asomarse a los dos minutos y volvi a retirarse, asomose al minuto otra
vez y se retir de nuevo. Cuando se cans de tales maniobras, se asom
por entero y me mir fijamente por un buen rato, cual si tratase de
demostrar que no me tena miedo alguno. Entonces se generaliz por
entrambas partes un fuego graneado de miradas, acompaado por lo que a
m respecta de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectiles
mortferos, que debieron causar notables estragos en el enemigo. ste a
la media hora oy sin duda en la sala el toque de alto el fuego, y se
retir cerrando el balcn. No necesitar decirle, que por ms que me
sintiese avergonzado de aquella aventura, segu dando vueltas a la misma
hora por la calle, y que el tiroteo era cada vez ms intenso y animado.
A los tres o cuatro das me decid a arrancar una hoja de la cartera y a
escribir estas palabras: _Me gusta V. muchsimo_. Envolv dos cuartos en
la hoja, y aprovechando la ocasin de no pasar nadie, despus de hacerle
sea de que se retirase, la arroj al balcn. Al da siguiente, cuando
pas por all, vi caer una bolita de papel que me apresur a recoger y
desdoblar. Deca as, en una letra inglesa, crecida, hecha con mucho
cuidado y el papel rayado para no torcer: _Tan bien ustez me gusta a m
no crea que juego con muecas era de mi ermanita_.

Aunque sonre al leer el billete amoroso, no dej de causarme sensacin
dulce y amable, que muy pronto hizo sitio a otra melanclica, al
recordar que me estaban prohibidas para siempre tales aventuras. Aquel
da mi chiquita no sali al balcn, sin duda avergonzada de su
condescendencia; pero al siguiente la hall dispuesta y aparejada al
combate de miradas, seas y sonrisas, que ya no escasearon por ambas
partes. Una hora o ms duraba todas las tardes este juego, hasta que se
oa llamar y se retiraba apresuradamente. La pregunt por seas si sala
de paseo, y me contest que s: y en efecto, un da aguard en la calle
hasta las cuatro y la vi salir en compaa de una seora, que deba de
ser su mam, y de dos hermanitos. Segules al Retiro, aunque a
respetable distancia, porque me hubiera causado mucha vergenza el que
la mam se enterase: la chiquilla, con menos prudencia, volva a cada
instante la cabeza y me diriga sonrisas, que me tenan en continuo
sobresalto. Al fin volvimos a casa en paz. A todo esto, yo no saba cmo
se llamaba, y a fin de averiguarlo escrib la pregunta en otra hoja de
la cartera: _Cmo se llama V.?_ La chica contest en la misma letra
inglesa y crecida, con el papel rayado: _Me llamo Teresa no crea ustez
por Dios que juego con muecas_.

Diez o doce das se transcurrieron de esta suerte. Teresa me pareca
cada da ms linda, y lo era en efecto, porque segn he averiguado en
el curso de mi vida, no hay pintura, raso ni brocado que hermosee tanto
a la mujer como el amor. La pregunt repetidas veces si poda hablar con
ella, y siempre me contest que era de todo punto imposible: si la mam
llegaba a saber algo adis balcn! Empec a sospechar que me iba
enamorando y esto me traa inquieto. No poda pensar en aquella nia sin
sentir profunda melancola como si personificase mi juventud, mis
ensueos de oro, todas mis ilusiones, que para siempre estaban separados
de m por barrera infranqueable. Al mismo tiempo me acosaban los
remordimientos. Cul sera el dolor de mi pobre mujer si llegase a
averiguar que su marido andaba por la corte enamorando chiquillas! Un
da recib carta suya, participndome que tena a mi hijo menor un poco
indispuesto, y rogndome que procurase arreglar los negocios y volviese
pronto a casa. La noticia me produjo el disgusto que V. puede suponer;
porque siempre he delirado por mis hijos: y como si aquello fuese
castigo providencial o por lo menos advertencia saludable, despus de
grave y prolongada meditacin, en que me ech en cara sin piedad, mi
conducta infame y ridcula, cant sin rebozo el yo pecador y resolv
obedecer a mi esposa inmediatamente. Para llevar a cabo este propsito,
lo primero que se me ocurri fue no acordarme ms de Teresa, ni pasar
siquiera por su calle, aunque fuese camino obligado: despus, abreviar
cuanto pudiese los asuntos. Segn mis clculos quedara libre a los
cinco o seis das.

Ya no segu, pues, la calle de las Infantas como acostumbraba despus de
almorzar, ni aun para ir a la de Valverde, donde vivan unos amigos. Por
la noche, despus de comer, como no haba peligro de ver a Teresa, la
cruzaba velozmente y sin echar una mirada a la casa.

Pasaron cuatro das; ya no me acordaba de aquella nia, o si me acordaba
era de un modo vago, como la memoria de los das risueos de la
juventud. Tena casi ultimados mis negocios y andaba preocupado con la
eleccin del da para marcharme. Ser cosa, a ms tardar, del viernes o
el sbado, me dije despus de comer, encendiendo un cigarro y echndome
a la calle. El ministro se haba negado a rebajar la cuota del
Ayuntamiento, lo cual me tena muy disgustado. Pensando en lo que haba
de decir a mis colegas cuando me viese entre ellos, y en el modo mejor
de explicarles la causa del fracaso, cruc la plaza del Rey y entr en
la calle de las Infantas. La noche era esplndida y bastante templada;
llevaba abierto el gabn y caminaba lentamente gozando con voluptuosidad
de la temperatura, del cigarro y de la seguridad de ver pronto a mi
familia. Al pasar por delante de la casa de la nia me detuve y la
contempl un instante casi con indiferencia. Y segu adelante
murmurando: Qu chiquilla tan mona! Lstima ser que se la lleve un
tunante! Despus me puse a reflexionar en lo fcil que me hubiera sido
jugar una mala pasada al alcalde y alzarme con el cargo; pero no;
hubiera sido una felona. Por ms que fuese un poco dscolo y soberbio,
al fin era amigo: tiempo me quedaba para ser alcalde. Pero cuando ms
embebido andaba en mis pensamientos y planes polticos, y cuando ya
estaba prximo a doblar la esquina de la calle, he aqu que siento un
brazo que se apoya en el mo y una voz que me dice:

--Va V. muy lejos?

--Teresa!

Los dos quedamos mudos por algunos instantes; yo contemplndola
estupefacto; ella con la cabeza baja y sin abandonar mi brazo.

--Pero dnde va V. a estas horas?

--Me voy con V.--contest alzando la cabeza y sonriendo como si dijese
la cosa ms natural mundo.

--A dnde?

--Qu se yo! Donde V. quiera.

A un mismo tiempo sent escalofros de placer y de miedo.

--Ha huido V. de su casa?

--Qu haba de huir!... solamente se la he jugado a Manuel, del modo
ms gracioso!... Ver V. cmo se re... Me empe hoy en ir a la
tertulia de unas primas, que viven en la calle de Fuencarral, y pap
mand a Manuel que me acompaase. Llegamos hasta el portal y all le
dije: mrchate, que ya no haces falta; y me hice como que suba la
escalera, pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detrs de l
hasta casa... Cuando le vi entrar me dio una risa, que por poco me oye!

La chiquilla se rea an, con tanta gana y tan francamente, que me
oblig a hacer lo mismo.

--Y V. por qu ha hecho eso?--le pregunt con la falta de delicadeza,
mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar tan bien provistos
los caballeros.

--Por nada--repuso desprendindose de mi brazo repentinamente y echando
a correr.

La segu y la alcanc pronto.

--Qu polvorilla es V.!--le dije echndolo a broma--Vaya un modo de
despedirse!... Perdn si la he ofendido...

La nia, sin decir nada, volvi a tomar mi brazo. Caminamos un buen
pedazo en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba a decir y
en lo que iba a hacer, sobre todo en lo que iba a hacer. Al fin, Teresa
lo rompi, preguntndome resueltamente:

--No me dijo V. por carta que me quera?

--Pues ya lo creo que la quiero a V.!

--Entonces, por qu ha dejado de venir a verme y de pasar por la calle
de da?

--Porque tema que su mam...

--S, s, porque los hombres son todos muy ingratos y cuanto ms se les
quiere es peor... Piensa V. que yo no lo s?... Me ha tenido V. al
balcn todas estas tardes esperndole; pero que si quieres!... Por la
noche detrs de los cristales, le vea pasar, muy serio, muy serio, sin
mirar siquiera hacia mi casa... Yo deca, estar enfadado conmigo? Por
qu se habr enfadado? Ser porque he cerrado el balcn a las tres
menos cuarto? En fin, todo me volva cavilar, cavilar, sin sacar nada en
limpio... Entonces dije: voy a darle un susto esta noche...

--Ha sido un susto muy agradable.

--Si no llega V. a pararse delante de mi casa y a quedarse mirando a los
balcones, no salgo del portal... pero aquello me decidi.

Momento de pausa, en el cual me acudi a la mente un tropel de
pensamientos que todava me avergenzan. Teresa volvi a mirarme
fijamente.

--Est V. contento?

--Vaya!

--Va V. a gusto conmigo?

--Mejor que con nadie en el mundo.

--No le estorbo?

--Al contrario, siento un placer como usted no puede figurarse.

--No tiene V. nada que hacer ahora?

--Absolutamente nada.

--Entonces vamos a pasear: cuando llegue la hora, V. me lleva a casa y
mam se figura que me trajo el criado de las primas... Pero si le
estorbo o no le gusta pasear conmigo, dgamelo V... me voy en seguida...

Yo le contest apretndole el brazo y tirndole suavemente por la mano
para encajrselo bien en el mo. Teresa continu hablando con graciosa
volubilidad.

--Parece mentira que seamos tan amigos no es verdad? Yo pens cuando le
dej caer la mueca encima que le haba matado... Qu miedo tuve! Si
V. viera!... Vamos a ver por qu en lugar de enfadarse se sonri V.
conmigo?

--Toma! porque me gust V. mucho.

--Eso pensaba yo: deb de haberle sido simptica, porque sin la verdad
es que tena motivo para ponerse furioso. Todava cuando V. subi a
llevrmela estaba muerta de miedo y por eso cerr tan pronto la
puerta... Dichosa mueca! Me dio tal rabia que la tir contra el suelo
y la part un brazo.

--Pues no debe V. tratarla mal; al contrario, debe V. conservarla como
un recuerdo.

--Sabe V. que tiene razn? Si no hubiera sido por la mueca no nos
hubiramos conocido... ni sera V. mi novio;... porque tengo otro...

--Cmo otro?

--Es decir, ya no lo tengo: lo tena... Es un primo que est empeado en
que le he de querer a la fuerza... No vaya V. a creer que es feo... al
contrario, es guapo... pero a m no me gusta... No lo puedo remediar. Le
dije que s, porque me dio lstima un da que se ech a llorar.

Mientras conversbamos de esta suerte, bamos caminando sosegadamente
por las calles. Para evitar el encuentro con cualquier pariente o
conocido de la nia, procur seguir las menos principales. Teresa iba
cogida a mi brazo como al de un antiguo amigo, hablando sin cesar,
riendo, sacudindome a veces fuertemente y detenindose a lo mejor
delante de un escaparate, para hacerme mirar cualquier chuchera. Su
charla era un gorjeo dulce, insinuante, que me conmova y refrescaba el
corazn; a impulso de ella se fue disipando poco a poco el tropel de
pensamientos prfidos que vagaba por mi cabeza. Sin saber de qu modo,
tambin desaparecieron todos mis temores; me figuraba que aquella nia
tena algn parentesco conmigo, y no hallaba extraordinaria y peligrosa
nuestra situacin como al principio. Su inocencia era un velo espeso,
que nos impeda ver el riesgo que corramos.

En poco tiempo me cont una infinidad de cosas. Era de Jerez; no haca
ms que un ao que estaban en Madrid establecidos; su pap ocupaba un
alto empleo; tena dos hermanitos y una hermanita. Acerca del carcter
y costumbres de cada uno de ellos se extendi considerablemente; la
hermanita era muy buena nia, amable y obediente; pero los chicos
insufribles; todo el da gritando, ensuciando la casa y pelendose. Su
mam le haba dado jurisdiccin sobre ellos hasta para castigarles, pero
no quera usar de ella porque tena miedo de que le perdiesen el cario:
que la mam se arreglara como pudiese. Despus habl del pap, que era
muy serio, pero muy bueno; lo nico que la tena apesadumbrada era que
pareca querer ms a los chicos que a ellas. La mam, en cambio,
mostraba predileccin por las nias. Habl despus de las primas de la
calle de Fuencarral; una era muy bonita, la otra graciosa solamente: las
dos tenan novio, pero no valan cuatro cuartos: chiquillos que todava
estudiaban en el Instituto. Tenan, adems, un hermano, que era el primo
que haba sido su novio; ste ya era bachiller y se estaba preparando
para entrar en el colegio de Artillera. De vez en cuando, en los cortos
intervalos de silencio levantaba graciosamente la cabeza,
preguntndome:

--Va V. a gusto conmigo? Le estorbo?

Y cuando me oa protestar vivamente contra semejante duda, su rostro
expresivo se iluminaba de alegra y continuaba hablando.

Habamos recorrido algunas calles. Ya puede V. imaginarse que yo iba
gozando como los ngeles en el paraso, y pendiente de los labios de
aquella nia, que al referirme todas las nonadas infantiles de su vida,
pareca infundir en mi alma encantada la ciencia de la dicha. Sin
embargo, no poda desechar cierta vaga inquietud que turbaba mi alegra.
Buscando manera de pasar las horas de que disponamos ms dignamente que
vagando por las calles, tropezamos al bajar la cuesta de Santo Domingo
con el Teatro Real. Al instante se me ocurri la idea de entrar: Teresa
la acept inmediatamente, y a fin de que no reparasen en nosotros,
tomamos entradas de paraso. Se cantaba _Los Puritanos_, y aqul
rebosaba de gente; de suerte que nos cost algn trabajo introducirnos
y escalar uno de los rincones; pero al cabo llegamos. Teresa se encontr
admirablemente y me pagaba los trabajos que haba pasado para llevarla
hasta all con mil sonrisas y palabras amables. Mientras suban el teln
seguimos charlando, aunque muy bajito: se haba establecido entre
nosotros una gran intimidad, y me abandon una de sus manos que yo
acariciaba embelesado. Cuando empez la pera dej de charlar y se puso
a atender tan decididamente, que a m me hizo sonrer el verla con la
cabecita apoyada en la pared y los ojos estticos. Saba msica, pero
haba ido al teatro pocas veces; as que las melodas inspiradas de la
pera de Bellini le causaban profunda impresin, que se traduca por un
leve temblor de las pupilas y los labios. Cuando lleg el sublime canto
del tenor que empieza _A te, oh cara_, me apret con fuerza la mano
exclamando por lo bajo:--Oh qu hermoso! oh qu hermoso! Despus me
hizo explicarle lo que pasaba en la escena: hall el matrimonio del
tenor y la tiple muy proporcionado, pero compadeca de veras al
bartono, a quien birlaban la novia; qued sumamente disgustada cuando
al fin del acto el tenor se ve en la precisin de acompaar a la reina y
dejar abandonada a su futura, y declar resueltamente que esta era una
conducta indigna.

--Pero advierta V. que estaba obligado a hacerlo porque era su reina
quien se lo peda.

--No importa, no importa; si la quisiera bien no hay reina que valga. Lo
primero siempre es la novia.

No me fue posible arrancarle tan extraa teora de la cabeza. Despus
que baj el teln permanecimos en el mismo sitio y me oblig a contarle
mi vida y milagros, cuntas novias haba tenido, a quin haba querido
ms, etc., etc. Ya comprender usted que necesit ensartar un sin fin de
patraas. Despus, sin motivo alguno serio, manifest rotundamente que
todos los hombres eran ingratos. Yo me atrev a apuntar que haba
excepciones, pero no fue posible hacrselo reconocer.--Usted ser lo
mismo que todos (anunci en tono proftico y mirando a un punto del
espacio); me querr V. un poco de tiempo, y despus... si te vi, no me
acuerdo.

Qu rato tan delicioso y tan infernal a la vez, me estaba haciendo
pasar aquella nia! Para llevar la conversacin a otro punto, le
pregunt:

--Cuntos aos tiene V.? Hasta ahora no me lo ha dicho.

--Tengo... tengo... mire V., yo siempre digo que tengo catorce, pero la
verdad es que no tengo ms que trece y dos meses... y V.?

--Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da vergenza.

--Ah qu presumido! Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchos
que pocos!

En seguida me propuso que nos tratsemos de t, pero despus de aceptado
se volvi atrs ofrecindome que yo la tratase de t y ella siguiese con
el V. No quise conformarme.

--Pues mire V., yo no puedo hablarle de t; me da mucha vergenza...
Pero, en fin, vamos a ensayar.

Del ensayo result que para evitar el pronombre daba la pobrecilla
infinidad de rodeos y se meta en una serie interminable de perfrasis:
si se aventuraba a dirigirme un t, lo haca bajando la voz y pasando
como sobre ascuas.

Cuando empez el segundo acto, volvi a escuchar atentamente. Mis ojos
no se apartaban casi nunca de su rostro: ella entornaba a menudo los
suyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano.
Observ, no obstante, que se haba amortiguado un poco la viva expresin
de su fisonoma y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad del
principio. Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y por
la cndida frente pas una rfaga de inquietud que comunic a su lindo
rostro infantil cierta grave expresin que no tena. Pareca que en
virtud de un misterioso movimiento de su espritu, la nia se
transformaba en mujer en pocos instantes. Dej de apretar mi mano y
hasta retir la suya: volv a cogerla disimuladamente, pero al poco
tiempo la retir de nuevo.

El segundo acto haba terminado. Al bajarse el teln me hizo mirar el
reloj, y viendo las once, dijo que era necesario partir en seguida,
porque a las once y media, a ms tardar, iba el criado a buscarla.

Salimos del teatro. La noche segua tibia y estrellada: a la puerta
aguardaba una larga fila de coches, que nos fue preciso evitar. Ya no
haba en las calles el movimiento de las primeras horas, pero con todo,
seguimos las ms solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazo como
antes. Entonces me toc llevar la voz cantante, y la dije al odo mil
requiebros y ternezas, explicndola por menudo el amor que me haba
inspirado y lo que haba sufrido en los das en que no pas por su
calle: recordele todos los pormenores, hasta los ms insignificantes, de
nuestro conocimiento visual y epistolar, y le di cuenta de los vestidos
que le haba visto y de los adornos, a fin de que comprendiese la
profunda impresin que me haba causado. Nada replicaba a mi discurso;
segua caminando cabizbaja y preocupada, formando su actitud notable
contraste con la que tena tres horas antes al pasar por los mismos
sitios. Cuando me detuve un instante a respirar, exclam sin mirarme:

--Hice una cosa muy mala, muy mala. Dios mo, si lo supiese pap!

Trat de probarle que su pap no poda enterarse de nada, porque
llegaramos demasiado temprano.

--De todas maneras, aunque pap no se entere, hice una cosa muy mala.
Usted bien lo sabe, pero no quiere decirlo. No es verdad que una nia
bien educada no hara lo que yo hice esta noche?... Si lo supiesen mis
primas, que estn deseando siempre cogerme en alguna falta!... Pero no
piense V..., por Dios, que lo he hecho con mala intencin... Yo soy muy
aturdida... todo el mundo lo dice... pero tambin dicen que tengo buen
fondo.

Al proferir estas palabras se le haba ido anudando la voz en la
garganta, hasta que se ech a llorar perdidamente. Me cost mucho
trabajo calmarla, pero al fin lo consegu elogiando su carcter franco y
sencillo y su buen corazn, y prometiendo quererla y respetarla siempre.
Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada malo de ella.
Despus de secarse las lgrimas recobr su alegra y comenz a charlar
por los codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad de proyectos a
cual ms absurdo: segn ella, deba presentarme al da siguiente en
casa, y pedirle al pap su mano: el pap dira que era muy nia, pero yo
deba replicarle inmediatamente que no importaba nada: el pap
insistira en que era demasiado pronto, pero yo le presentara el
ejemplo de una ta, hermana de su mam, que estaba jugando a las muecas
cuando la avisaron para ir a casarse. Qu haba de oponer a este
poderoso argumento? Nada seguramente. Nos casaramos, y acto continuo
nos iramos a Jerez, para que conociese a sus amigas y a sus tos. Qu
susto llevaran todos al verla del brazo de un caballero, y mucho ms,
cuando supieran que este caballero era su marido!

Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude menos de pedirle con
vehemencia que me permitiese darla un beso. No fue posible. Ningn
hombre la haba besado hasta entonces; solamente su primo la haba dado
un beso a traicin, pero le cost caro, porque le dej caer dos vasos de
limn sobre la cabeza: hasta en los juegos de prendas haca que pusieran
las manos delante, para que no le tocasen la cara con los labios. Pero
cuando estuvisemos casados, ya sera otra cosa; entonces todos los
besos que se me antojaran, aunque sospechaba que no se los pedira con
tanto ardor como ahora.

Estbamos prximos ya a su casa. Los carruajes de la gente que volva de
las tertulias, al cruzar a nuestro lado, apagaban la voz de Teresa y la
obligaban a esforzarla un poco. Las estrellas desde el cielo nos hacan
guios, como si nos invitasen a gozar apresuradamente de aquellos
momentos felices, que no haban de volver. A lo lejos slo se vean,
como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.

Llegamos por fin a casa. Delante de la puerta, Teresa volvi a hacerme
jurar que no pensaba nada malo de ella, y que al da siguiente a las dos
en punto de la tarde, me presentara debajo de sus balcones.

--Cuidado que no faltes.

--No faltar, preciosa.

--A las dos en punto?

--A las dos en punto.

--Llama ahora con un golpe a la puerta.

Cog la aldaba y di un golpe fuerte. Al poco rato se oyeron los pasos
del portero.

--Ahora--dijo en voz bajita y temblorosa--dame un beso y escpate de
prisa.

Al mismo tiempo me presentaba su cndida y rosada mejilla. Yo la tom
entre las manos y la aplique un beso... dos... tres... cuatro... todos
los que pude hasta que o rechinar la llave. Y me alej a paso largo.

       *       *       *       *       *

Dej de hablar D. Ramn.

--Y despus, qu sucedi?--le pregunt con vivo inters.

--Nada, que aquella noche no pude dormir de remordimientos y al da
siguiente tom el tren para mi pueblo.

--Sin ver a Teresa?

--Sin ver a Teresa.



***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK AGUAS FUERTES***


******* This file should be named 32235-8.txt or 32235-8.zip *******


This and all associated files of various formats will be found in:
http://www.gutenberg.org/dirs/3/2/2/3/32235



Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://www.gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.gutenberg.org/fundraising/pglaf.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://www.gutenberg.org/about/contact

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://www.gutenberg.org/fundraising/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit:
http://www.gutenberg.org/fundraising/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

