The Project Gutenberg EBook of Facundo, by Domingo Faustino Sarmiento

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Title: Facundo

Author: Domingo Faustino Sarmiento

Release Date: July 26, 2010 [EBook #33267]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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[imagen: DOMINGO F. SARMIENTO

Cuando escribi el _Facundo_.]




BIBLIOTECA ARGENTINA

PUBLICACIN MENSUAL DE LOS MEJORES LIBROS NACIONALES

DIRECTOR: RICARDO ROJAS

12

FACUNDO

POR

D. F. SARMIENTO

[imagen]

BUENOS AIRES

LIBRERA LA FACULTAD, DE JUAN ROLDN Y C.a

359, FLORIDA, 359

1921

Imp. de A. Marzo.--San Hermenegildo, 32 dupd..

[El texto del original libro no fue actualizado. (Nota del transcriptor.)]



DOMINGO F. SARMIENTO


BIOGRAFA.--Naci en la ciudad de San Juan el 15 de febrero de 1811, al
ao siguiente de la Revolucin argentina, cuyas agitaciones
impresionaron su primera infancia. Fu hijo de Jos Clemente Sarmiento y
de doa Paula Albarracn, ambos sanjuaninos, y de antiguas familias
coloniales de Cuyo. En sus _Recuerdos de provincia_, Sarmiento ha
pintado el ambiente domstico de su infancia, su casa, su pueblo, su
familia, su educacin, y trazado una reticente silueta de su padre, y
una muy conmovida de su madre, que influy poderosamente en su
imaginacin y su carcter. Los azares de nuestras guerras civiles lo
lanzaron a la accin, y fu montonero unitario, conspirador de la
Asociacin de Mayo, periodista de oposicin, emigrado, adversario
periodstico de Rosas y despus de Caseros, diputado, senador, ministro,
gobernador, presidente y general. Pero su verdadera grandeza no reside
en ello, sino en la fiereza indomable de su carcter, en la abundancia
de su sensibilidad, en el poder de su inteligencia, en la sugestin de
su obra escrita, todo lo cual ha hecho que, con motivo de su centenario
(1911), los argentinos le proclamramos por un genio. Desde 1840 hasta
1852 residi en Chile, primero como desterrado de Benavides, tirano de
San Juan; despus como adversario de Rosas, tirano de Buenos Aires.
Asisti con Urquiza a la batalla de Caseros, y fu despus con Mitre
adversario de la poltica del caudillo entrerriano. Despus de ser
ministro argentino en Wshington, desempe la presidencia de la
Repblica (1868-1874). Como director de enseanza, o ministro, o
legislador, o periodista, foment casi todos nuestros progresos morales
y materiales, desde 1853 hasta su muerte, ocurrida el 11 de septiembre
de 1888, en la Asuncin del Paraguay, adonde haba ido en busca de
alivio para su vejez ya fatigada. La fecha de su muerte es efemrides
que se rememora todos los aos en las escuelas nacionales. La biografa
ms extensa de Sarmiento es la publicada en 1901 por J. Guillermo
Guerra, en Santiago de Chile. Una sinopsis de la misma fu hecha por A.
B. S. y repartida en Buenos Aires por la Comisin Nacional del primer
centenario de Sarmiento.

       *       *       *       *       *

BIBLIOGRAFA.--Sarmiento ha sido el ms fecundo de nuestros escritores.
Sus _Obras completas_, publicadas en Buenos Aires por su nieto Augusto
Beln Sarmiento, alcanz la respetable cantidad de 32 volmenes. Un
ndice analtico de esa publicacin ha sido editado por la Universidad
de La Plata con el ttulo de _Bibliografa de Sarmiento_. Los
principales libros de Sarmiento son: _Facundo_, traducido a varios
idiomas y repetidamente editado; _Recuerdos de provincia_, _Educacin
popular_, _Conflictos y armonas de las razas en Amrica_; podran ser
includos entre los productos de su ingenio las ocurrencias y gestos
recogidos por el nieto en su _Sarmiento anecdtico_. La copiosa
literatura a que Sarmiento ha dado lugar es tan extensa, que no
podramos mencionarla en este lugar.

       *       *       *       *       *

ICONOGRAFA.--El retrato que acompaa este volumen, es el de cuando
escribi el _Facundo_.




FACUNDO

NOTICIA PRELIMINAR

POR

RICARDO ROJAS




NOTICIA PRELIMINAR


Es el _Facundo_, de Sarmiento, la obra ms famosa en la abundante
bibliografa de su autor, y, segn es notorio, una de las ms
afortunadas en la bibliografa nacional. Su ttulo ha traspuesto la
ambigua esfera de la minora letrada para bajar al pueblo y a la
escuela, mientras penetraba su doctrina en los campos de la controversia
y de la accin sociales. Ha ido ms lejos este libro an, trasponiendo
el lmite de nuestro territorio para interesar a toda Amrica, y
franqueando los aledaos de nuestro idioma para ser vertido, siquiera
fragmentariamente, a cuatro lenguas europeas--fortuna esta ltima raras
veces lograda por escritores de la Amrica espaola--. Libro as
prestigiado, por el xito editorial y la indiscutida gloria de su autor,
no poda faltar en la BIBLIOTECA ARGENTINA, y ella se atreve a
reeditarlo, no para colmar un vaco, puesto que son numerosas las
ediciones del _Facundo_, sino porque creemos que siempre habr lectores
para obra tan fundamental, y que nuestra coleccin quedara incompleta
si omitiramos sta, vinculada a las fuerzas ms esenciales de nuestra
cultura.

Este es un libro que ya tiene historia. Si por la propia expansin de su
mrito no hubiera logrado un xito tan general, es bien seguro que lo
hubiera conseguido bajo el glorioso auspicio de su autor, por la
persistencia, vanidosa primero, orgullosa despus, con que Sarmiento lo
invocaba como el mayor de sus ttulos. Si al volver de la proscripcin,
cuando Caseros invocaba a _Facundo_ para alistarse entre los jefes de la
milicia y entre los estadistas de la organizacin, todava sigui
invocndolo treinta aos despus, como una de las fuerzas que derrocaron
la tirana de Rosas y como una de las ms vivientes pginas de la
literatura americana. En 1881, a propsito de la traduccin italiana de
este libro, Sarmiento escriba: No vaya el historiador en busca de la
verdad grfica a herir en las carnes del _Facundo_, que est vivo; no
lo toquis!; as como as, con todos sus defectos, con todas sus
imperfecciones, lo amaron sus contemporneos, lo agasajaron todas las
literaturas extranjeras, desvel a todos los que lo lean por la primera
vez, y la Pampa Argentina es tan potica hoy en la tierra como las
montaas de la Escocia diseadas por Walter Scott, para solaz de las
inteligencias[1]. Y luego los ricos no despojen al pobre quitndole la
venda de los ojos a los que lo traducen, cuarenta aos justos despus de
haber servido de piedra para arrojarla ante el carro triunfal de un
tirano, y cosa rara!, el tirano cay abrumado por la opinin del mundo
civilizado, formada por ese libro extrao, sin pies ni cabeza, informe,
verdadero fragmento de peasco que se lanzaron a la cabeza los
titanes...[2]. Exageraba el autor, sin duda alguna, en ese fragmento,
la importancia cvica de su obra, atribuyendo a slo ese libro lo que
fu penoso esfuerzo de toda una generacin; pero nadie podr negar que
tal fragmento define, con maravilloso acierto de autocrtica, la
verdadera condicin literaria del glorioso panfleto[3].

Panfleto fu en sus orgenes el _Facundo_: panfleto periodstico,
improvisado, banderizo. Es bien sabido que su primera edicin apareci
en los folletines de _El Progreso_, en Chile, el ao 1845. Haba
publicado Sarmiento en ese mismo peridico unos _Apuntes biogrficos_
sobre Aldao, el fraile caudillo, muerto a principios de aquel ao en
Mendoza. Como el libro gustase a los emigrados argentinos, lo
estimularon stos, y algunos jvenes camaradas chilenos, a que
escribiese una obra de mayor aliento dentro del gnero, y as le vino la
idea de referir la vida de Juan Facundo Quiroga. Confiesa l mismo que
improvis la redaccin, y que durante los meses de mayo y junio fu
publicando sus entregas _El Progreso_, a medida que Sarmiento las
escriba. El fondo del relato biogrfico lo constituan sus propios
recuerdos y el testimonio de la tradicin oral, recogida en cartas y
conversaciones de los proscriptos ms ancianos. Pero no reside en esto
la fuerza y originalidad de este libro, sino en la asociacin que hizo
de la vida del hroe con el ambiente geogrfico y con los problemas
urgentes de la organizacin nacional. El medio fsico de la pampa
sirvile a su paleta de escritor para el colorido romancesco de la obra,
necesario a la ndole del folletn y al gusto romntico de su poca; en
tanto que las guerras civiles del caudillo, protagonista vigoroso de ese
medio salvaje, sirvironle a su pensamiento de poltico para el
imprescindible ataque a Rosas, en que no cejaron, hasta despus de
Caseros, los poetas y publicistas de la proscripcin. Origen tan humilde
y azaroso explica todas las calidades y defectos del _Facundo_; las
fallas de justicia y de verdad que han sido ya denunciadas; los aciertos
de intuicin social y de belleza literaria que constituyen la esencia
vital de este libro. Por estos ltimos ha sobrevivido a las
circunstancias externas que le dieron origen, transmutada ya su
primitiva y perecedera fuerza poltica en nueva y durable fuerza
espiritual. Lo que estuvo en el plano de la historia ha pasado ya,
gracias al genio de su autor, el plano ms excelso de la epopeya.

Sarmiento no escribi la biografa de Facundo, sino cre su leyenda.
Compuso el poema pico de la montonera; y si desde 1845 sirvi este
libro como verdad pragmtica contra Rosas, y desde 1853 como verdad
pragmtica contra el desierto, despus de 1860, debemos tender a
utilizarlo solamente como verdad pragmtica en favor de nuestra cultura
intelectual, por la emocin profunda de tierra nativa, de tradicin
popular, de lengua hispanoamericana y de ideal argentino que ese libro
traduce en sntesis admirable. Nadie comprendi mejor que Sarmiento, en
su vejez, la verdadera limitada condicin de esta obra; nadie ha
discernido mejor que su propio autor lo que hay en el _Facundo_ de
personal y de colectivo, de transitorio y de permanente, de provisional
y de esencial. Sarmiento mismo le ha llamado el gnesis de la
Pampa[4], y l mismo dice que nadie ha caracterizado mejor la
fisonoma de su libro que el historiador Lpez cuando lo llam historia
beduna[5]. Lpez no se da cuenta del origen de sus impresiones--agrega--.
El vi escribir el _Facundo_ sin archivo en pas extranjero, al tiempo
que renda exmenes de latn escaso en _De Bello Jugurth_, de Salustio,
y ya sabemos la indeleble y eterna asociacin de las ideas[6]. Y
apoyndose en la recndita y lejana asociacin juvenil que cree ver en
el juicio del compaero proscripto de otro tiempo, Sarmiento insiste con
orgullo: Es el _Facundo_ el Jugurta argentino; el libro sin asunto,
porque la guerra contra el caudillo nmida, escapando en el Sahara a
las pesadas legiones romanas, no marca en la historia; es apenas un
episodio sin consecuencia. Lo que Roma vi fu un libro, y lo que los
estudiantes y los latinistas ven es la figura de Jugurta el nmida con
su bornoz blanco, en el negro caballo, haciendo razias o fantasas, o
algaradas, delante de las legiones. Es Salustio, el pintor del Africa y
del desierto[7]. Y en la reticencia de su orgullo, eso quiere decir:
Es Sarmiento el pintor de la Amrica y de la Pampa, o bien: lo que
han de ver en l los argentinos es slo un libro _pintoresco_; libro
inmortal e imaginario, y no la verdadera historia de un caudillo cuya
obra real fu tan efmera, y cuya belleza legendaria sobrevive,
precisamente, gracias a estas pginas perdurables.

Hay en el _Facundo_ una como estratificacin de varios rdenes de ideas,
visibles en la estructura ntima de este libro. Descubro en l un
elemento _biogrfico_, formado por lo que Sarmiento atribuye a Quiroga y
Rosas; un elemento _poltico_, formado por lo que escribe de unitarios y
federales; un elemento _sociolgico_, formado por lo que discurre sobre
la civilizacin y la barbarie americanas. Todo eso es transitorio, y el
nuevo lector habr de considerarlo segn las circunstancias en que el
autor se hallaba en 1845, ms las rectificaciones o palinodias que el
autor proclam generosamente despus de 1880. Esto es como la clave
del _Facundo_, desgraciadamente olvidada por sus lectores modernos, y
que es menester ponerla aqu para la ms completa interpretacin de este
libro.

Ya en la edicin de 1845, Sarmiento haba escrito esta confesin
oportuna: Despus de terminada la publicacin de esta obra, he
recibido de varios amigos rectificaciones de varios hechos referidos en
ella. Algunas inexactitudes han debido escaparse en un trabajo hecho de
prisa, lejos del teatro de los acontecimientos, y sobre un asunto de que
no haba nada escrito hasta el presente. Al coordinar entre s sucesos
que han tenido lugar en distintas y remotas provincias, y en pocas
diversas, consultando a un testigo ocular sobre un punto, registrando
manuscritos formados a la ligera o apelando a las propias
reminiscencias, no es extrao que de vez en cuando el lector argentino
eche de menos algo que l conoce o disienta en cuanto a algn nombre
propio, una fecha, cambiados o puestos fuera de lugar[8]. Fu don
Valentn Alsina, su amigo unitario, uno de los que rectific no pocos
errores de hecho y de interpretacin. En gratitud por ese comentario de
enmiendas, Sarmiento le dedic la segunda edicin de su obra, y en la
carta-prlogo de esa edicin (1851) insiste sobre lo improvisado de su
obra y los muchos lunares que afeaban la primera edicin[9]. Ensayo y
revelacin para m mismo de mis ideas--dcele a Alsina--, el _Facundo_
adoleci de los defectos de todo fruto de la inspiracin del momento,
sin el auxilio de documentos a la mano, y ejecutada no bien era
concebida, lejos del teatro de los sucesos, y con propsitos de accin
inmediata y militante. Tal como l era, mi pobre librejo ha tenido la
fortuna de hallar en aquella tierra, cerrada a la verdad y a
discusin[10], lectores apasionados, y de mano en mano, deslizndose
furtivamente, guardado en algn secreto escondite, para hacer alto en
sus peregrinaciones, emprender largos viajes, y ejemplares por
centenares, llegar, ajados y despachurrados de puro ledos, hasta Buenos
Aires, a las oficinas del pobre tirano, a los campamentos del soldado y
a la cabaa del gaucho, hasta hacerse l mismo, en las hablillas
populares, un mito como su hroe. He usado con parsimonia de sus
notas, guardando las ms substanciales para tiempos mejores y ms
meditados trabajos, temeroso de que, por retocar obra tan informe,
desapareciese su fisonoma primitiva, y la lozana y voluntariosa audacia
de la mal disciplinada concepcin[11].

Estas desenfadadas confesiones del propio autor, relevan de toda otra
prueba sobre la escasa autoridad que a esta obra debe concedrsele como
trabajo de historia. Es el propio Sarmiento quien la considera, segn se
ha visto: 1., como un fruto de la inspiracin del momento; 2., como
un ensayo y revelacin para s mismo de sus propias ideas; 3., como
un mito a la manera de su hroe. El carcter subjetivo, parcial y
militante del libro queda as confesado. Sarmiento se reconoce con ello,
ms en los dominios de la epopeya que en los de la sociologa o la
historia, como han credo algunos socilogos ingenuos o pedantes, cuya
ciencia consiste en ignorar la verdadera historia argentina. El caudillo
de los Llanos habale servido tan slo de pretexto a su inspiracin,
para revelar, en esa especie de mito sinttico de la guerra civil por l
forjado, los horrores del desierto, de la ignorancia, del despotismo que
tan gallardamente combati.

No me es posible sealar aqu las numerosas rectificaciones que a la
parte histrica del libro podran hacerse[12]. Bsteme recordar, sin
embargo, que Sarmiento depuso en la vejez ese odio ciego por la persona
de Quiroga y que no fu menos valiente su palinodia sobre Rosas. Estos
son hechos que la crtica apasionada del _Facundo_ ha perdido de vista
tambin, y de los cuales no es posible prescindir si se desea calificar
desapasionadamente este libro.

Acostumbraba Sarmiento en su vejez visitar nuestro cementerio de la
Recoleta el da de Difuntos. Es uno de sus ms bellos artculos el que
refiri en _El Debate_ su visita de 1885. En l nos cuenta cmo iba
aquel da entre los rboles y los mrmoles, rememorando nombres amados
como ante la tumba de su hijo, o la tumba de los que haban estado con
l, o contra l, en las luchas violentas de sus das viriles, como aquel
Vlez Sarsfield ante cuya tumba exclama: Bravo viejo!: anduvimos
juntos muchas jornadas memorables; salvamos, tomados de la mano, abismos
que se abran bajo nuestras plantas, y llegamos al trmino dicindonos
adis, satisfechos ambos de haber obrado bien, y legado a nuestra patria
pginas de historia sin mancha. As marchaba por entre los mrmoles y
los rboles, hablando a los muertos con familiaridad pagana, y con la
sobrehumana serenidad de un hroe ya muerto l mismo, que transitara
entre las sombras del Hades... Cuando, de pronto, he aqu que se detiene
frente a la tumba de Juan Facundo Quiroga, y a propsito escribe estas
bellas y nobles palabras, dignas ciertamente de un filsofo antiguo:
Por entre sus columnas se divisan ya, aun antes de entrar, urnas
cinerarias, sepulcros, columnas y sarcfagos, y la bella estatua del
Dolor, que vela gimiendo sobre la tumba de Facundo, a quien el arte
literario ms que el pual del tirano, que lo atraves en Barranca-Yaco,
ha condenado a sobrevivirse a s mismo y a los suyos, a quienes no
transmite responsabilidades la sangre. El Dante puede mostrar a Virgilio
este len encadenado, convertido en mrmol de Paros y en estatua griega,
_porque del otro lado de la tumba todo lo que sobrevive debe ser bello y
arreglado a los tipos divinos, cuyas formas revestir al hombre que
viene_. Y si estas palabras que subrayo, porque ellas son acaso las ms
profundas que Sarmiento haya escrito, pudieran parecer obscuras en su
misma profundidad, ved cmo concreta despus su juicio definitivo sobre
el protagonista de esta obra: He aqu--me deca un joven Arce, pariente
de Quiroga--cmo yo llevo la toga y la clmide del griego y no la tnica
ni la dalmtica del brbaro. Pude decirle a mi vez que mi sangre corre
ahora confundida en sus hijos con la de Facundo, y no se han repelido
sus corpsculos rojos, _porque eran afines_. Quiroga ha pasado a la
historia, y reviste las formas esculturales de los hroes primitivos, de
Ayax y de Aquiles[13]. As concluye aquel pasaje magnfico en que,
debido a la emocin del da y del lugar, o la intuicin del genio
prximo a la muerte, pudo ver a Facundo transfigurado por el arte:
comprender lo que haba de epopeya en su libro, y confesarse idntico,
por la sangre racial, con el hroe maldito de otros das.

Y no fu menos explcita la amnista que Sarmiento decret para Rosas,
tan rudamente combatido tambin en el _Facundo_. Cuando Ramos Meja
public su _Neurosis de los hombres clebres en la historia argentina_,
en cuyas pginas, segn es sabido, traza la historia clnica del tirano,
Sarmiento se apresur a comentar as ese trabajo: La tirana de Rosas
fu una locura en accin--nos dice al comenzar su comentario--. Y luego
avanza esta advertencia valerosa: _Prevendramos al joven autor que no
reciba como moneda de buena ley todas las acusaciones que se han hecho a
Rosas, en aquellos tiempos de combate y de lucha_, por el inters mismo
de las doctrinas cientficas que explicaran los hechos verdaderos[14].
Con esa austeridad confesaba Sarmiento sus excesos polmicos anteriores
a 1852, y si traigo tal confesin sobre sus ataques a Rosas, es porque
esta otra figura completa a la de Facundo en la composicin de su libro,
y porque el folletn del _Progreso_ no fu sino un episodio
periodstico de la violenta predicacin que los emigrados realizaban
desde el extranjero contra el tirano de Buenos Aires.

Aclarada as, por las propias palabras del autor, la posicin en que el
_Facundo_ debe ser considerado por la crtica histrica en cuanto a sus
elementos _biogrficos_, veamos lo que resiste de l en sus elementos
polticos y sociolgicos.

El _Facundo_ remueve en cada pgina la arcaica bandera de unitarios y
federales; pero debo advertir al lector novel que no usa tales
expresiones en su valor doctrinario, sino en su significado ocasional y
argentino. Federal, para un proscripto unitario de 1845, era sinnimo
de gaucho localista y brutal; en tanto que unitario, para un caudillo
federal de nuestras provincias, era sinnimo de loco y traidor.
Unitario quera decir, adems, porteo que haba sido monarquista y
visitado Europa, o vesta levita, gastaba lentes y era doctor. No es
sta, como se ve, la doctrina de equilibrio poltico de las diversas
regiones argentinas dentro de la nacionalidad, o sea el ideal que
despunt incipiente con Juan Ignacio de Gorriti en la Junta Grande de
1811, para triunfar con Alberdi y Mitre en la Constitucin actual.
Sarmiento, siendo enemigo de los caudillos locales porque crea que
retardaban el triunfo de la organizacin, fu perseguido como
unitario, y bajo esa divisa emigr del pas en 1840; pero no puede ser
considerado sino como federal quien prohij la Constitucin de 1853,
vigente an en la Repblica; quien defendi como gobernador de San Juan,
ms tarde, los derechos autnomos de los gobiernos provinciales; quien
ratific despus, como ministro en los Estados Unidos, su vocacin
federal, y quien, en la versin inglesa del _Facundo_ (1867-1873),
sugiri a Mr. Horace Mann el prlogo en que explica esta gnesis de sus
ideas. As resulta en nuestra historia este aparente absurdo: que los
caudillos federales, dominados por Rosas, rehicieron la unidad
argentina, rota por los unitarios quimricos de 1826, y que los
emigrados unitarios promulgaron la federacin, al regresar al pas
despus de Caseros. He ah otra advertencia imprescindible para
comprender bien el _Facundo_ y para restituir a dichos nombres su
verdadero contenido histrico; pues fcilmente se lo suele olvidar en la
capciosa discusin doctrinaria de nuestros das.

Se ha atribudo tambin grande importancia al _Facundo_ como doctrina
_sociolgica_. Esto proviene de que el libro se llam en sus orgenes
_Facundo_ o _Civilizacin y barbarie_[15]. Esta frmula ha prestado sus
servicios al progreso del pas; pero es tiempo ya de comenzar a
denunciarla por lo que tiene de parcial y de peligrosa. Yo la he
combatido en uno de mis libros, porque la considero insuficiente para
explicar la evolucin argentina, sobre todo si, como lo hacen algunos
socilogos de marbete europeo, creen que barbarie quiere decir
provincia, federalismo, tradicin, emocin agreste o americana,
y que civilizacin quiere decir cosmpolis, centralismo, riqueza,
pedantera libresca o intelectual. La frmula de Sarmiento encierra slo
una verdad pragmtica, es decir, utilitaria y ocasional, vigorosa en su
tiempo, pero gastada ya en virtud de su propia aplicacin social, por
haberse transformado tan radicalmente la estructura econmica y moral de
la nacin argentina. Prefiero yo no repetir aqu los argumentos que
tantas veces he escrito en contra de esa frmula, cuyo sentido social ha
variado completamente desde entonces. A los que se interesen por el
asunto, les aviso que hallarn combatida la tesis de Sarmiento en mi
libro _Blasn de Plata_. Dir tan slo, para abreviar y concluir, que el
_progreso_ no es la _civilizacin_; la civilizacin est formada de
progreso y cultura; el progreso es la _meca rica_ de la civilizacin; la
cultura, su esencia. Sarmiento creaba con su teora de 1845 un eficaz
sofisma poltico para vencer a sus enemigos; pero hay peligro moral en
creer que su ocasional teora poltica es doctrina filosfica de valor
permanente, o sea que la tierra genuina, numen de la nacionalidad, es
fuente de barbarie, y que el civilizarse consiste en adoptar los usos y
costumbres de los europeos. Por ese camino podramos declarar que los
atenienses del tiempo de Platn no eran un pueblo civilizado, porque
no usaban cuello duro ni frac, ni montaban en silla inglesa, como lo
deseaba Sarmiento.

Todo esto significa que el _Facundo_ subsiste en cuanto es un libro de
intuicin racial de emocin literaria. Lo que hubo en l de polmica, ha
pasado con su ocasin; lo que hubo en l de historia, ha sido
rectificado por su autor y por la ciencia; lo que hubo en l de
sociologa, est siendo rectificado por la vida misma de nuestro pas.
En cambio, con qu vigor se levanta de entre esa hojarasca de pasiones o
ideas el fuerte soplo emocional de la epopeya; cmo germina la
simiente del mito entre el polvo ya helado de sus hechos perecederos;
cmo se siente resonar en sus pginas las caballeras pampeanas--columna
conquistadora, maln indgena, falange libertadora o montonera
rebelde--cuando pasan acordando su trote nocturno al mpetu de esa prosa
arrolladora. Esto es, en verdad, el gnesis de la Pampa...

A las intuiciones de su autor como artista debi este libro su xito
extraordinario desde el da de su aparicin. Cuenta Sarmiento cmo don
Pedro de Angelis, cortesano de Rosas, mostrbalo furtivamente el volumen
a sus ntimos--con la cautelosa precaucin del peligro de los Seyanos
en la corte de Tiberio--, dicindoles: Esto se mueve, es la Pampa; el
pasto hace ondas agitado por el aire; se siente el olor de las yerbas
amargas...[16]. Por eso lo tradujeron a diversos idiomas, para dar a
otras gentes la visin de nuestra vida pampeana y mostrar en la raz del
desierto el germen de nuestras luchas. Por eso se han desprendido del
volumen, como pginas de antologa popular, las siluetas del Rastreador,
del Baqueano, del Gaucho malo y del caudillo silvestre, de las cuales
Sarmiento dice que han quedado como la introduccin de Volney a las
Ruinas de Palmira... Sarmiento admiraba, en efecto, a Volney, y acaso
no fu del todo extraa esa obra, lo mismo que la de Walter Scott,
Vctor Hugo, Fenimore Cooper y Chateaubriand, a la formacin de sus
gustos como narrador. Pero su mrito no consiste en parecerse a sus
maestros, sino en ser diferente de ellos. Los epgrafes que preceden
cada captulo en el _Facundo_, podran ser tambin indicio de sus
lecturas: Humboldt y Lamartine alternan con citas de Shakespeare en
francs... Tal cosa muestra lo abigarrado de su cultura; pero quiz por
eso mismo toda esa varia literatura le sirvi de abono para que la
planta indgena del pensamiento genial pudiera crecer ms lozana. Esto
no naci de siembra ni de injerto, sino de misteriosa germinacin
natural, como las seculares selvas del trpico.

RICARDO ROJAS.




PARTE PRIMERA




CAPTULO PRIMERO

ASPECTO FSICO DE LA REPBLICA ARGENTINA, Y CARACTERES, HBITOS E IDEAS
QUE ENGENDRA

    L'tendue des pampas est si prodigieuse
    qu'au nord elles son bornes
    par des bosquets de palmiers,
    et au midi par des neiges ternelles.

    HEAD.



El continente americano termina al Sur en una punta en cuya extremidad
se forma el Estrecho de Magallanes. Al Oeste, y a corta distancia del
Pacfico, se extienden paralelos a la costa los Andes chilenos. La
tierra que queda al oriente de aquella cadena de montaas y al occidente
del Atlntico, siguiendo el Ro de la Plata hacia el interior por el
Uruguay arriba, es el territorio que se llam Provincias Unidas del Ro
de la Plata, y en la que an se derrama sangre por denominarlo Repblica
Argentina o Confederacin Argentina. Al Norte estn el Paraguay y
Bolivia, sus lmites presuntos.

La inmensa extensin de pas que est en sus extremos es enteramente
despoblada, y ros navegables posee que no ha surcado an el frgil
barquichuelo. El mal que aqueja a la Repblica Argentina es la
extensin: el desierto la rodea por todas partes, se le insina en las
entraas; la soledad, el despoblado sin una habitacin humana, son por
lo general los lmites incuestionables entre unas y otras provincias.
All la inmensidad por todas partes: inmensa la llanura, inmensos los
bosques, inmensos los ros, el horizonte siempre incierto, siempre
confundindose con la tierra entre celajes y vapores tenues que no dejan
en la lejana perspectiva sealar el punto en que el mundo acaba y
principia el cielo. Al Sur y al Norte acchanla los salvajes, que
aguardan las noches de luna para caer, cual enjambre de hienas, sobre
los ganados que pacen en los campos y las indefensas poblaciones. En la
solitaria carabana de carretas que atraviesa pesadamente las Pampas y
que se detiene a reposar por momentos, la tripulacin, reunida en torno
del escaso fuego, vuelve maquinalmente la vista hacia el Sur al ms
ligero susurro del viento que agita las hierbas secas para hundir sus
miradas en las tinieblas profundas de la noche en busca de los bultos
siniestros de la horda salvaje que puede sorprenderla desapercibida de
un momento a otro.

Si el odo no escucha rumor alguno; si la vista no alcanza a calar el
velo obscuro que cubre la callada soledad, vuelve sus miradas, para
tranquilizarse del todo, a las orejas del algn caballo que est
inmediato al fogn para observar si estn inmviles y negligentemente
inclinadas hacia atrs. Entonces contina la conversacin interrumpida o
lleva a la boca el tasajo de carne medio sollamado de que se alimenta.
Si no es la proximidad del salvaje lo que inquieta al hombre del campo,
es el temor de un tigre que lo acecha, de una vbora que puede pisar;
esta inseguridad de la vida, que es habitual y permanente en las
campaas, imprime, a mi parecer, en el carcter argentino cierta
resignacin estoica para la muerte violenta, que hace de ella uno de los
percances inseparables de la vida, una manera de morir como cualquiera
otra, y puede quiz explicar en parte la indiferencia con que dan y
reciben la muerte, sin dejar en los que sobreviven impresiones profundas
y duraderas.

La parte habitada de este pas privilegiado en dones, y que encierra
todos los climas, puede dividirse en tres fisonomas distintas que
imprimen a la poblacin condiciones diversas, segn la manera como tiene
que entenderse con la naturaleza que la rodea. Al Norte, confundindose
con el Chaco, un espeso bosque cubre con su impenetrable ramaje
extensiones que llamramos inauditas si en formas colosales hubiese nada
inaudito en toda la extensin de la Amrica. Al centro, y en una zona
paralela, se disputan largo tiempo el terreno, la pampa y la selva;
domina en partes el bosque; se degrada en matorrales enfermizos y
espinosos; presntase de nuevo la selva a merced de algn ro que la
favorece, hasta que al fin al Sur triunfa la pampa y ostenta su lisa y
velluda frente, infinita, sin lmite conocido, sin accidente notable; es
la imagen del mar en la tierra, la tierra como en el mapa; la tierra
aguardando todava que se le mande producir las plantas y toda clase de
simiente.

Pudiera sealarse como un rasgo notable de la fisonoma de este pas la
aglomeracin de ros navegables que al Este se dan cita de todos los
rumbos del horizonte para reunirse en el Plata y presentar dignamente su
estupendo tributo al ocano, que lo recibe en sus flancos no sin
muestras visibles de turbacin y de respeto. Pero estos inmensos canales
excavados por la solcita mano de la Naturaleza, no introducen cambio
ninguno en las costumbres nacionales. El hijo de los aventureros
espaoles que colonizaron el pas, detesta la navegacin y se considera
como aprisionado en los estrechos lmites del bote o la lancha. Cuando
un gran ro le ataja el paso, se desnuda tranquilamente, apresta su
caballo y lo endilga nadando a algn islote que se divisa a lo lejos;
arriba a l, descansan caballo y caballero, y de islote en islote se
completa al fin la travesa.

De este modo, el favor ms grande que la Providencia depara a un pueblo,
el gaucho argentino lo desdea, viendo en l ms bien un obstculo
opuesto a sus movimientos que el medio ms poderoso de facilitarlos; de
este modo la fuente del engrandecimiento de las naciones: lo que hizo la
celebridad remotsima del Egipto, lo que engrandeci a Holanda y es la
causa del rpido desenvolvimiento de Norteamrica; la navegacin de los
ros o la canalizacin, es un elemento muerto, inexplotado por el
habitante de las mrgenes del Bermejo, Pilcomayo, Paran, Paraguay y
Uruguay. Desde el Plata remontan aguas arriba algunas navecillas
tripuladas por italianos y carcamanes; pero el movimiento sube unas
cuantas leguas y cesa casi de todo punto. No fu dado a los espaoles el
instinto de la navegacin que poseen en tan alto grado los sajones del
Norte. Otro espritu se necesita que agite esas arterias en que hoy se
estagnan los flidos vivificantes de una nacin. De todos estos ros que
debieran llevar la civilizacin, el poder y la riqueza hasta
profundidades ms recnditas del continente y hacer de Santa Fe, Entre
Ros, Corrientes, Crdoba, Salta, Tucumn y Jujuy otros tantos pueblos
nadando en riquezas y rebosando poblacin y cultura, slo uno hay que es
fecundo en beneficios para los que moran en sus riberas: el Plata, que
los resume a todos juntos.

En su embocadura estn situadas dos ciudades, Montevideo y Buenos Aires,
cosechando hoy alternativamente las ventajas de su envidiable posicin.
Buenos Aires est llamada a ser un da la ciudad ms gigantesca de ambas
Amricas. Bajo un clima benigno, seora de la navegacin de cien ros
que fluyen a sus pies, reclinada muellemente sobre un inmenso territorio
y con trece provincias interiores que no conocen otra salida para sus
productos, fuera ya la Babilonia americana si el espritu de la pampa no
hubiese soplado sobre ella y si no ahogase en sus fuentes el tributo de
riqueza que los ros y las provincias tienen que llevarla siempre. Ella
sola, en la vasta extensin argentina, est en contacto con las naciones
europeas; ella sola explota las ventajas del comercio extranjero; ella
sola tiene el poder y rentas. En vano le han pedido las provincias que
les deje pasar un poco de civilizacin, de industria y de poblacin
europea; una poltica estpida y colonial se hizo sorda a estos
clamores. Pero las provincias se vengaron, mandndole a Rosas, mucho y
demasiado de la barbarie que a ellas les sobraba.

Harto caro la han pagado los que decan: la Repblica Argentina acaba
en el Arroyo del Medio. Ahora llega desde los Andes hasta el mar; la
barbarie y la violencia bajaron a Buenos Aires ms all del nivel de las
provincias. No hay que quejarse de Buenos Aires, que es grande y lo ser
ms, porque as le cupo en suerte. Debiramos quejarnos antes de la
Providencia y pedirle que rectifique la configuracin de la tierra. No
siendo esto posible, demos por bien hecho lo que de mano de Maestro est
hecho. Quejmonos de la ignorancia de ese poder brutal que esteriliza
para s y para las provincias los dones que natura prodig al pueblo que
extrava. Buenos Aires, en lugar de mandar ahora luces, riqueza y
prosperidad al interior, mndale solo cadenas, hordas exterminadoras y
tiranuelos subalternos. Tambin se venga del mal que las provincias le
hicieron con prepararle a Rosas!

He sealado esta circunstancia de la posicin monopolizadora de Buenos
Aires, para mostrar que hay una organizacin del suelo tan central y
unitaria en aquel pas, que aunque Rosas hubiera gritado de buena fe
_federacin o muerte!_, habra concludo por el sistema unitario que
hoy ha establecido. Nosotros, empero, queramos la unidad en la
civilizacin y en la libertad, y se nos ha dado en la barbarie y en la
esclavitud. Pero otro tiempo vendr en que las cosas entren en su cauce
ordinario. Lo que por ahora interesa conocer, es que los progresos de la
civilizacin se acumulan en Buenos Aires slo; la pampa es un malsimo
conductor para llevarla y distribuirla en las provincias, y ya veremos
lo que de aqu resulta.

Pero por sobre todos estos accidentes peculiares a ciertas partes de
aquel territorio, predomina una faccin general, uniforme y constante;
ya sea que la tierra est cubierta de la lujuriosa y colosal vegetacin
de los trpicos, ya sea que arbustos enfermizos, espinosos y
desapacibles revelen la escasa porcin de humedad que les da vida; ya,
en fin, que la pampa ostente su despejada y montona faz, la superficie
de la tierra es generalmente llana y unida, sin que basten a interrumpir
esta continuidad sin lmites las sierras de San Luis y Crdoba en el
centro, y algunas ramificaciones avanzadas de los Andes al Norte; nuevo
elemento de unidad para la nacin que pueble un da aquellas grandes
soledades, pues que es sabido que las montaas que se interponen en
unos y otros pases, y los dems obstculos naturales, mantienen el
aislamiento de los pueblos y conservan sus peculiaridades primitivas.

Norteamrica est llamada a ser una federacin, menos por la primitiva
independencia de las plantaciones que por su ancha exposicin al
Atlntico y las diversas salidas que al interior dan el San Lorenzo al
Norte, el Mississip al Sur y las inmensas canalizaciones al centro. La
Repblica Argentina es una e indivisible.

Muchos filsofos han credo tambin que las llanuras preparaban las vas
al despotismo, del mismo modo que las montaas prestaban asidero a las
resistencias de la libertad. Esta llanura sin lmites que desde Salta a
Buenos Aires, y de all a Mendoza, por una distancia de ms de
setecientas leguas permite rodar enormes y pesadas carretas sin
encontrar obstculo alguno, por caminos en que la mano del hombre apenas
ha necesitado cortar algunos rboles y matorrales; esta llanura
constituye uno de los rasgos ms notables de la fisonoma interior de la
Repblica.

Para preparar vas de comunicacin basta slo el esfuerzo del individuo
y los resultados de la naturaleza bruta; si el arte quisiera prestarle
su auxilio; si las fuerzas de la sociedad intentaran suplir la debilidad
del individuo, las dimensiones colosales de la obra arredraran a los
ms emprendedores, y la incapacidad del esfuerzo lo hara inoportuno.

As, en materia de caminos, la naturaleza salvaje dar la ley por mucho
tiempo, y la accin de la civilizacin permanecer dbil e ineficaz.

Esta extensin de las llanuras imprime, por otra parte, a la vida del
interior cierta tintura asitica que no deja de ser bien pronunciada.
Muchas veces, al salir la luna tranquila y resplandeciente por entre
las hierbas de la tierra, la he saludado maquinalmente con estas
palabras de Volney, en su descripcin de las Ruinas: _La pleine lune 
l'Orient s'levait sur un fond bleutre aux plaines rives de
l'Eupharte_. Y, en efecto, hay algo en las soledades argentinas que trae
a la memoria las soledades asiticas; alguna analoga encuentra el
espritu entre la pampa y las llanuras que median entre el Tigris y el
Eufrates; algn parentesco en la tropa de carretas solitaria que cruza
nuestras soledades para llegar al fin de una marcha de meses, a Buenos
Aires, y la caravana de camellos que se dirige hacia Bagdad o Esmirna.
Nuestras carretas viajeras son una especie de escuadra de pequeos
bajeles, cuya gente tiene costumbres, idiomas y vestidos peculiares que
la distinguen de los otros habitantes, como el marino se distingue de
los hombres de tierra.

Es el capataz un caudillo, como en Asia el jefe de la caravana;
necestase para este destino una voluntad de hierro, un carcter
arrojado hasta la temeridad, para contener la audacia y turbulencia de
los filibusteros de tierra, que ha de gobernar y dominar l solo en el
desamparo del desierto. A la menor seal de insubordinacin, el capataz
enarbola su _chicote_ de fierro y descarga sobre el insolente golpes que
causan contusiones y heridas; y si la resistencia se prolonga, antes de
apelar a las pistolas, cuyo auxilio por lo general desdea, salta del
caballo con el formidable cuchillo en mano y reivindica bien pronto su
autoridad por la superior destreza con que sabe manejarlo.

El que muere en estas ejecuciones del capataz no deja derecho a ningn
reclamo, considerndose legtima la autoridad que lo ha asesinado.

As es como en la vida argentina empieza a establecerse por estas
peculiaridades el predominio de la fuerza brutal, la preponderancia del
ms fuerte, la autoridad sin lmites y sin responsabilidad de los que
mandan, la justicia administrada sin formas y sin debate. La tropa de
carretas lleva, adems, armamento, un fusil o dos por carreta, y a veces
un caoncito giratorio en la que va a la delantera. Si los brbaros la
asaltan, forma un crculo atando unas carretas con otras, y casi siempre
resisten victoriosamente a las codicias de los salvajes vidos de sangre
y de pillaje.

La rrea de mulas cae con frecuencia indefensa en manos de estos
bedunos americanos, y rara vez los troperos escapan de ser degollados.
En estos largos viajes el proletario argentino adquiere el hbito de
vivir lejos de la sociedad y de luchar individualmente con la
naturaleza, endurecido en las privaciones, y sin contar con otros
recursos que su capacidad y maa personal para precaverse de todos los
riesgos que le cercan de continuo.

El pueblo que habita estas extensas comarcas se compone de dos razas
diversas, que, mezclndose, forman medios tintes imperceptibles,
espaoles e indgenas. En las campaas de Crdoba y San Luis predomina
la raza espaola pura, y es comn encontrar en los campos, pastoreando
ovejas, muchachas tan blancas, tan rosadas y hermosas como querran
serlo las elegantes de una capital. En Santiago del Estero el grueso de
la poblacin campesina habla an el _quichua_, que revela su origen
indio. En Corrientes los campesinos usan un dialecto espaol muy
gracioso:--Dame, general, un chirip--decan a Lavalle sus soldados.

En la campaa de Buenos Aires se reconoce todava el soldado andaluz, y
en la ciudad predominan los apellidos extranjeros. La raza negra, casi
extinguida ya, excepto en Buenos Aires, ha dejado sus zambos y mulatos,
habitantes de las ciudades, eslabn que liga al hombre civilizado con el
palurdo; raza inclinada a la civilizacin, dotada de talento y de los
ms bellos instintos de progreso.

Por lo dems, de la fusin de estas tres familias ha resultado un todo
homogneo, que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad
industrial, cuando la educacin y las exigencias de una posicin social
no vienen a ponerle espuela y sacarla de su paso habitual. Mucho debe
haber contribudo a producir este resultado desgraciado la incorporacin
de indgenas que hizo la colonizacin. Las razas americanas viven en la
ociosidad y se muestran incapaces, aun por medio de la compulsin, para
dedicarse a un trabajo duro y seguido. Esto sugiri la idea de
introducir negros en Amrica, que tan fatales resultados ha producido.
Pero no se ha mostrado mejor dotada de accin la raza espaola cuando se
ha visto en los desiertos americanos abandonada a sus propios instintos.

Da compasin y vergenza en la Repblica Argentina comparar la colonia
alemana o escocesa del Sur de Buenos Aires y la villa que se forma en el
interior; en la primera las casitas son pintadas, el frente de la casa
siempre aseado, adornado de flores y arbustillos graciosos; el amueblado
sencillo, pero completo; la vajilla, de cobre o de estao, reluciendo
siempre; la cama con cortinillas graciosas, y los habitantes, en un
movimiento y accin continuos. Ordeando vacas, fabricando mantequilla y
quesos, han logrado algunas familias hacer fortunas colosales y
retirarse a la ciudad a gozar de las comodidades.

La villa nacional es el reverso de esta medalla: nios sucios y
cubiertos de harapos viven con una jaura de perros; hombres tendidos
por el suelo en la ms completa inaccin; el desaseo y la pobreza por
todas partes; una mesita y petacas por todo amueblado; ranchos
miserables por habitacin, y un aspecto general de barbarie y de incuria
los hacen notables.

Esta miseria, que ya va desapareciendo, y que es un accidente de las
campaas pastoras, motiv sin duda las palabras que el despecho y la
humillacin de las armas inglesas arrancaron a Walter Scott. Las vastas
llanuras de Buenos Aires--dice--no estn pobladas sino por cristianos
salvajes, conocidos bajo el nombre de _huachos_ (por decir _gauchos_),
cuyo principal amueblado consiste en crneos de caballos, cuyo alimento
es carne cruda y agua y cuyo pasatiempo favorito es reventar caballos en
carreras forzadas. Desgraciadamente--aade el buen gringo--prefirieron
su independencia nacional a nuestros algodones y muselinas[17]. Sera
bueno proponerla a la Inglaterra, por ver no ms cuntas varas de lienzo
y cuntas piezas de muselina dara por poseer estas llanuras de Buenos
Aires.

Por aquella extensin sin lmites, tal como la hemos descrito, estn
esparcidas aqu y all catorce ciudades capitales de provincia, que si
hubiramos de seguir el orden aparente, clasificramos por su colocacin
geogrfica: Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ros y Corrientes, a las
mrgenes del Paran; Mendoza, San Juan, Rioja, Catamarca, Tucumn, Salta
y Jujuy, casi en lnea paralela con los Andes chilenos, y Santiago, San
Luis y Crdoba, al centro.

Pero esta manera de enumerar los pueblos argentinos no conduce a ninguno
de los resultados sociales que voy solicitando. La clasificacin que
hace a mi objeto es la que resulta de los medios de vivir del pueblo de
las campaas, que es lo que influye en su carcter y espritu. Ya he
dicho que la vecindad de los ros no imprime modificacin alguna, puesto
que no son navegados sino en una escala insignificante y sin influencia.
Ahora todos los pueblos argentinos, salvo San Juan y Mendoza, viven de
los productos del pastoreo; Tucumn explota, adems, la agricultura, y
Buenos Aires, a ms de un pastoreo de millones de cabezas de ganado, se
entrega a las mltiples y variadas ocupaciones de la vida civilizada.

Las ciudades argentinas tienen la fisonoma regular de casi todas las
ciudades americanas: sus calles cortadas en ngulos rectos, su poblacin
diseminada en una ancha superficie, si se excepta a Crdoba, que,
edificada en corto y limitado recinto, tiene todas las apariencias de
una ciudad europea, a que dan mayor realce la multitud de torres y
cpulas de sus numerosos y magnficos templos. La ciudad es el centro de
la civilizacin argentina, espaola, europea; all estn los talleres de
las artes, las tiendas del comercio, las escuelas y colegios, los
Juzgados, todo lo que caracteriza, en fin, a los pueblos cultos.

La elegancia en los modales, las comodidades del lujo, los vestidos
europeos, el frac y la levita tienen all su teatro y su lugar
conveniente. No sin objeto hago esta enumeracin trivial. La ciudad
capital de las provincias pastoras existe algunas veces ella sola, sin
ciudades menores, y no falta alguna en que el terreno inculto llegue
hasta ligarse con las calles. El desierto las circunda a ms o menos
distancia: las cerca, las oprime; la naturaleza salvaje las reduce a
unos estrechos oasis de civilizacin enclavados en un llano inculto de
centenares de millas cuadradas, apenas interrumpido por una que otra
villa de consideracin. Buenos Aires y Crdoba son las que mayor nmero
de villas han podido echar sobre la campaa, como otros tantos focos de
civilizacin y de intereses municipales; ya esto es un hecho notable.

El hombre de la ciudad viste el traje europeo, vive de la vida
civilizada tal como la conocemos en todas partes; all estn las leyes,
las ideas de progreso, los medios de instruccin, alguna organizacin
municipal, el gobierno regular, etc. Saliendo del recinto de la ciudad
todo cambia de aspecto: el hombre de campo lleva otro traje, que llamar
americano por ser comn a todos los pueblos; sus hbitos de vida son
diversos, sus necesidades peculiares y limitadas; parecen dos sociedades
distintas, dos pueblos extraos uno de otro. An hay ms: el hombre de
la campaa, lejos de aspirar a semejarse al de la ciudad, rechaza con
desdn su lujo y sus modales corteses, y el vestido del ciudadano, el
frac, la capa, la silla, ningn signo europeo puede presentarse
impunemente en la campaa. Todo lo que hay de civilizado en la ciudad
est bloqueado por all, proscripto afuera, y el que osara mostrarse con
levita, por ejemplo, y montado en silla inglesa, atraera sobre s las
burlas y las agresiones brutales de los campesinos.

Estudiemos ahora la fisonoma exterior de las extensas campias que
rodean las ciudades y penetremos en la vida interior de sus habitantes.
Ya he dicho que en muchas provincias el lmite forzoso es el desierto
intermedio y sin agua. No sucede as, por lo general, con la campaa de
una provincia, en la que reside la mayor parte de su poblacin. La de
Crdoba, por ejemplo, que cuenta 160.000 almas, apenas 20 estn dentro
del recinto de la aislada ciudad; todo el grueso de la poblacin est en
los campos, que, as como por lo comn son llanos, casi por todas
partes son pastosos, ya estn cubiertos de bosques, ya desnudos de
vegetacin mayor, y en algunas con tanta abundancia y de tan exquisita
calidad, que el prado artificial no llegara a aventajarles. Mendoza y
San Juan, sobre todo, se exceptan de esta peculiaridad de la superficie
inculta, por lo que sus habitantes viven principalmente de los productos
de la agricultura. En todo lo dems, abundando los pastos, la cra de
ganado es, no la ocupacin de los habitantes, sino su medio de
subsistencia. Ya la vida pastoril nos vuelve impensadamente a traer a la
imaginacin el recuerdo de Asia, cuyas llanuras nos imaginamos siempre
cubiertas aqu y all de las tiendas del calmuco, del cosaco o del
rabe. La vida primitiva de los pueblos, la vida eminentemente brbara y
estacionaria, la vida de Abraham, que es la del beduno de hoy, asoma en
los campos argentinos, aunque modificada por la civilizacin de un modo
extrao.

La tribu rabe que vaga por las soledades asiticas vive reunida bajo el
mando de un anciano de la tribu o un jefe guerrero; la sociedad existe,
aunque no est fija en un punto determinado de la tierra; las creencias
religiosas, las tradiciones inmemoriales, la invariabilidad de las
costumbres, el respeto a los ancianos, forman reunidos un cdigo de
leyes, de usos y prcticas de gobierno, que mantienen la moral, tal como
la comprenden, el orden y la asociacin de tribu. Pero el progreso est
sofocado, porque no puede haber progreso sin la posesin permanente del
suelo, sin la ciudad, que es la que desenvuelve la capacidad industrial
del hombre y le permite extender sus adquisiciones.

En las llanuras argentinas no existe la tribu nmade; el pastor posee
el suelo con ttulos de propiedad; est fijo en un punto que le
pertenece; pero para ocuparlo ha sido necesario disolver la asociacin y
derramar las familias sobre una inmensa superficie. Imaginos una
extensin de 2.000 leguas cuadradas cubierta toda de poblacin, pero
colocadas las habitaciones a cuatro leguas de distancia unas de otras, a
ocho a veces, a dos las ms cercanas. El desenvolvimiento de la
propiedad mobiliaria no es imposible; los goces del lujo no son del todo
incompatibles con este aislamiento; puede la fortuna levantar un
soberbio edificio en el desierto; pero el estmulo falta, el ejemplo
desaparece, la necesidad de manifestarse con dignidad que se siente en
las ciudades, no se hace sentir all, en el aislamiento y la soledad.
Las privaciones indispensables justifican la pereza natural, y la
frugalidad en los goces trae en seguida todas las exterioridades de la
barbarie. La sociedad ha desaparecido completamente; queda slo la
familia feudal, aislada, reconcentrada; y no habiendo sociedad reunida,
toda clase de gobierno se hace imposible: la municipalidad no existe, la
polica no puede ejercerse y la justicia civil no tiene medios de
alcanzar a los delincuentes.

Ignoro si el mundo moderno presenta un gnero de asociacin tan
monstruoso como ste. Es todo lo contrario del municipio romano, que
reconcentraba en un recinto toda la poblacin y de all sala a labrar
los campos circunvecinos. Exista, pues, una organizacin social fuerte,
y sus benficos resultados se hacen sentir hasta hoy y han preparado la
civilizacin moderna. Se asemeja a la antigua slobada esclavona, con la
diferencia de que aqulla era agrcola y, por tanto, ms susceptible de
gobierno; el desparramo de la poblacin no era tan extenso como ste. Se
diferencia de la tribu nmade, en que aqulla anda en sociedad
siquiera, ya que no se posesiona del suelo. Es, en fin, algo parecido a
la feudalidad de la Edad Media, en que los barones residan en el campo
y desde all hostilizaban las ciudades y asolaban las campaas; pero
aqu faltan el barn y el castillo feudal. Si el poder se levanta en el
campo, es momentneamente, es democrtico: ni se hereda, ni puede
conservarse, por falta de montaas y posiciones fuertes. De aqu resulta
que aun la tribu salvaje de la pampa est organizada mejor que nuestras
campaas para el desarrollo moral.

Pero lo que presenta de notable esta sociedad, en cuanto a su aspecto
social, es su afinidad con la vida antigua, con la vida espartana o
romana, si por otra parte no tuviese una desemejanza radical. El
ciudadano libre de Esparta o de Roma echaba sobre sus esclavos el peso
de la vida material, el cuidado de proveer a la subsistencia, mientras
que l viva libre de cuidados en el foro, en la plaza pblica,
ocupndose exclusivamente de los intereses del Estado, de la paz, la
guerra, las luchas de partido. El pastoreo proporciona las mismas
ventajas, y la funcin inhumana del ilota antiguo la desempea el
ganado. La procreacin espontnea forma y acrece indefinidamente la
fortuna; la mano del hombre est por dems; su trabajo, su inteligencia,
su tiempo, no son necesarios para la conservacin y aumento de los
medios de vivir. Pero si nada de esto necesita para lo material de la
vida, las fuerzas que economiza no puede emplearlas como el romano;
fltale la ciudad, el municipio, la asociacin ntima, y, por tanto,
fltale la base de todo desarrollo social; no estando reunidos los
estancieros, no tienen necesidades pblicas que satisfacer; en una
palabra: no hay _res pblica_.

El progreso moral, la cultura de la inteligencia descuidada en la tribu
rabe o trtara, es aqu no slo descuidada, sino imposible. Dnde
colocar la escuela para que asistan a recibir lecciones los nios
diseminados a diez leguas de distancia en todas direcciones? As, pues,
la civilizacin es del todo irrealizable, la barbarie es normal[18], y
gracias si las costumbres domsticas conservan un corto depsito de
moral. La religin sufre las consecuencias de la disolucin de la
sociedad; el curato es nominal, el plpito no tiene auditorio, el
sacerdote huye de la capilla solitaria o se desmoraliza en la inaccin y
en la soledad; los vicios, el simoniaquismo, la barbarie normal,
penetran en su celda y convierten su superioridad moral en elementos de
fortuna y de ambicin, porque al fin concluye por hacerse caudillo de
partido.

Yo he presenciado una escena campestre digna de los tiempos primitivos
del mundo, anteriores a la institucin del sacerdocio. Hallbame en la
Sierra de San Luis, en casa de un estanciero cuyas dos ocupaciones
favoritas eran rezar y jugar. Haba edificado una capilla en la que los
domingos por la tarde rezaba l mismo el rosario, para suplir al
sacerdote y el oficio divino de que por aos haban carecido. Era aqul
un cuadro homrico: el sol llegaba al ocaso; las majadas que volvan al
redil hendan el aire con sus confusos balidos; el dueo de la casa,
hombre de sesenta aos, de una fisonoma noble, en que la raza europea
pura se ostentaba por la blancura del cutis, los ojos azulados, la
frente espaciosa y despejada, haca coro, a que contestaban una docena
de mujeres y algunos mocetones, cuyos caballos, no bien domados an,
estaban amarrados cerca de la puerta de la capilla. Concludo el
rosario, hizo un fervoroso ofrecimiento. Jams he odo voz ms llena de
uncin, fervor ms puro, fe ms firme, ni oracin ms bella, ms
adecuada a las circunstancias que la que recit. Peda en ella a Dios
lluvia para los campos, fecundidad para los ganados, paz para la
Repblica, seguridad para los caminantes... Yo soy muy propenso a
llorar, y aquella vez llor hasta sollozar, porque el sentimiento
religioso se haba despertado en mi alma con exaltacin y como una
sensacin desconocida, porque nunca he visto escena ms religiosa; crea
estar en los tiempos de Abraham, en su presencia, en la de Dios y de la
naturaleza que lo revela; la voz de aquel hombre candoroso e inocente me
haca vibrar todas las fibras y me penetraba hasta la medula de los
huesos.

He aqu a lo que est reducida la religin en las campaas pastoras: a
la religin natural; el cristianismo existe, como el idioma espaol, en
clase de tradicin que se perpeta, pero corrompido, encarnado en
supersticiones groseras, sin instruccin, sin culto y sin convicciones.
En casi todas las campaas apartadas de las ciudades ocurre que, cuando
llegan comerciantes de San Juan o de Mendoza, les presentan tres o
cuatro nios de meses y de un ao para que los bauticen, satisfechos de
que por su buena educacin podrn hacerlo de un modo vlido; y no es
raro que a la llegada de un sacerdote se le presenten mocetones, que
vienen domando un potro, a que les ponga el leo y administre el
bautismo _sub conditione_.

A falta de todos los medios de civilizacin y de progreso, que no pueden
desenvolverse sino a condicin de que los hombres estn reunidos en
sociedades numerosas, ved la educacin del hombre en el campo. Las
mujeres guardan la casa, preparan la comida, trasquilan las ovejas,
ordean las vacas, fabrican los quesos y tejen las groseras telas de que
se visten; todas las ocupaciones domsticas, todas las industrias
caseras las ejerce la mujer; sobre ella pesa casi todo el trabajo, y
gracias si algunos hombres se dedican a cultivar un poco de maz para el
alimento de la familia, pues el pan es inusitado como manutencin
ordinaria. Los nios ejercitan sus fuerzas y se adiestran por placer en
el manejo del lazo y de las boleadoras, con que molestan y persiguen sin
descanso a las terneras y cabras; cuando son jinetes, y esto sucede
luego de aprender a caminar, sirven a caballo en algunos quehaceres; ms
tarde, y cuando ya son fuertes, recorren los campos cayndose y
levantndose, rodando a designio de las vizcacheras, salvando
precipicios y adiestrndose en el manejo del caballo; cuando la pubertad
asoma se consagran a domar potros salvajes, y la muerte es el castigo
menor que les aguarda si un momento les faltan las fuerzas o el coraje.
Con la juventud primera viene la completa independencia y la
desocupacin.

Aqu principia la vida pblica, dir, del gaucho, pues que su educacin
est ya terminada. Es preciso ver a estos espaoles, por el idioma
nicamente y por las confusas nociones religiosas que conservan, para
saber apreciar los caracteres indmitos y altivos que nacen de esta
lucha del hombre aislado con la naturaleza salvaje, del racional con el
bruto; es preciso ver estas caras cerradas de barba, estos semblantes
graves y serios, como los de los rabes asiticos, para juzgar del
compasivo desdn que les inspira la vista del hombre sedentario de las
ciudades, que puede haber ledo muchos libros, pero que no sabe aterrar
un toro bravo y darle muerte, que no sabr proveerse de caballo a
campo abierto, a pie y sin el auxilio de nadie; que nunca ha parado un
tigre, recibdolo con el pual en una mano y el poncho envuelto en la
otra, para meterlo en la boca, mientras le traspasa el corazn y lo deja
tendido a sus pies. Este hbito de triunfar de las resistencias, de
mostrarse siempre superior a la naturaleza, de desafiarla y vencerla,
desenvuelve prodigiosamente el sentimiento de la importancia individual
y de la superioridad. Los argentinos, de cualquier clase que sean,
civilizados o ignorantes, tienen una alta conciencia de su valer como
nacin; todos los dems pueblos americanos les echan en cara esta
vanidad, y se muestran ofendidos de su presuncin y arrogancia. Creo que
el cargo no es del todo infundado, y no me pesa de ello. Ay del pueblo
que no tiene fe en s mismo! Para se no se han hecho las grandes
cosas! Cunto no habr podido contribuir a la independencia de una
parte de la Amrica la arrogancia de estos gauchos argentinos que nada
han visto bajo el sol mejor que ellos, ni el hombre sabio ni el
poderoso? El europeo es para ellos el ltimo de todos, porque no resiste
a un par de corcovos del caballo[19]. Si el origen de esta vanidad
nacional en las clases inferiores es mezquino, no son por eso menos
nobles las consecuencias, como no es menos pura el agua de un ro porque
nazca de vertientes cenagosas e infectas. Es implacable el odio que les
inspiran los hombres cultos, e invencible su disgusto por sus vestidos,
usos y maneras. De esta pasta estn amasados los soldados argentinos, y
es fcil imaginarse los hbitos que de este gnero pueden dar en valor y
sufrimiento para la guerra; adase que desde la infancia estn
habituados a matar las reses, y que este acto de crueldad necesaria los
familiariza con el derramamiento de sangre, y endurece su corazn contra
los gemidos de las vctimas.

La vida del campo, pues, ha desenvuelto en el gaucho las facultades
fsicas, sin ninguna de las de la inteligencia. Su carcter moral se
resiente de su hbito de triunfar de los obstculos y del poder de la
naturaleza; es fuerte, altivo, enrgico. Sin ninguna instruccin, sin
necesitarla tampoco, sin medios de subsistencia como sin necesidades, es
feliz en medio de su pobreza y de sus privaciones, que no son tales para
el que nunca conoci mayores goces, ni extendi ms altos sus deseos; de
manera que si esta disolucin de la sociedad radica hondamente la
barbarie por la imposibilidad y la inutilidad de la educacin moral e
intelectual, no deja, por otra parte, de tener sus atractivos. El gaucho
no trabaja; el alimento y el vestido lo encuentra preparado en su casa;
uno y otro se lo proporcionan sus ganados, si es propietario; la casa
del patrn o del pariente, si nada posee. Las atenciones que el ganado
exige se reducen a correras y partidas de placer. La hierra, que es
como la vendimia de los agricultores, es una fiesta cuya llegada se
recibe con transportes de jbilo; all es el punto de reunin de todos
los hombres de veinte leguas a la redonda; all la ostentacin de la
increble destreza en el lazo. El gaucho llega a la hierra al paso lento
y mesurado de su mejor _parejero_, que detiene a distancia apartada; y
para gozar mejor del espectculo, cruza la pierna sobre el pescuezo del
caballo. Si el entusiasmo lo anima, desciende lentamente del caballo,
desarrolla su lazo y lo arroja sobre un toro que pasa con la velocidad
del rayo a cuarenta pasos de distancia; lo ha cogido de una ua, que era
lo que se propona, y vuelve tranquilo a enrollar su _cuerda_.




CAPTULO II

ORIGINALIDAD Y CARACTERES ARGENTINOS.--EL RASTREADOR.--EL BAQUEANO.--EL
GAUCHO MALO.--EL CANTOR

    Ainsi que l'ocan, les steppe
    remplissent l'esprit du sentiment
    de l'infini.

    HUMBOLDT.



Si de las condiciones de la vida pastoril, tal como la ha constitudo la
colonizacin y la incuria, nacen graves dificultades para una
organizacin poltica cualquiera, y muchas ms para el triunfo de la
civilizacin europea, de sus instituciones, y de la riqueza y libertad,
que son sus consecuencias, no puede, por otra parte, negarse que esta
situacin tiene su costado potico, fases dignas de la pluma del
romancista. Si un destello de literatura nacional puede brillar
momentneamente en las nuevas sociedades americanas, es el que resultar
de la descripcin de las grandiosas escenas naturales, y, sobre todo, de
la lucha entre la civilizacin europea y la barbarie indgena, entre la
inteligencia y la materia; lucha imponente en Amrica, y que da lugar a
escenas tan peculiares, tan caractersticas y tan fuera del crculo de
ideas en que se ha educado el espritu europeo, porque los resortes
dramticos se vuelven desconocidos fuera del pas donde se toman, los
usos sorprendentes y originales los caracteres.

El nico romancista norteamericano que haya logrado hacerse un nombre
europeo es Fenimore Cooper, y eso porque transport la escena de sus
descripciones fuera del crculo ocupado por los plantadores, al lmite
entre la vida brbara y la civilizada, al teatro de la guerra en que las
razas indgenas y la raza sajona estn combatiendo por la posesin del
terreno.

No de otro modo nuestro joven poeta Echeverra ha logrado llamar la
atencin del mundo literario espaol con su poema titulado _La Cautiva_.
Este bardo argentino dej a un lado a Dido y Arjea, que sus predecesores
los Varelas trataron con maestra clsica y estro potico, pero sin
suceso y sin consecuencia, porque nada agregaban al caudal de nociones
europeas, y volvi sus miradas al desierto, y all en la inmensidad sin
lmites, en las soledades en que vaga el salvaje, en la lejana zona de
fuego que el viajero ve acercarse cuando los campos se incendan, hall
las inspiraciones que proporciona a la imaginacin el espectculo de una
naturaleza solemne, grandiosa, inconmensurable, callada; y entonces el
eco de sus versos pudo hacerse or con aprobacin aun por la pennsula
espaola.

Hay que notar de paso un hecho, que es muy explicativo, de los fenmenos
sociales de los pueblos. Los accidentes de la naturaleza producen
costumbres y usos peculiares a estos accidentes, haciendo que donde
estos accidentes se repiten vuelvan a encontrarse los mismos medios de
parar a ellos, inventados por pueblos distintos. Esto me explica por qu
la flecha y el arco se encuentran en todos los pueblos salvajes,
cualesquiera que sea su raza, su origen y su colocacin geogrfica.
Cuando lea en _El ltimo de los Mohicanos_, de Cooper, que Ojo de Alcn
y Uncas haban perdido el rastro de los Mingos en un arroyo, dije: Van
a tapar el arroyo. Cuando en _La Pradera_, el Trampero mantiene la
incertidumbre y la agona mientras el fuego los amenaza, un argentino
habra aconsejado lo mismo que el Trampero sugiere al fin, que es
limpiar un lugar para guarecerse, e incendiar a su vez, para poderse
retirar del fuego que invade sobre las cenizas del que se ha encendido.
Tal es la prctica de los que atraviesan la pampa para salvarse de los
incendios del pasto. Cuando los fugitivos de _La Pradera_ encuentran un
ro, y Cooper describe la misteriosa operacin del Pawnie con el cuero
de bfalo que recoge, va a hacer la _pelota_, me dije a m mismo:
lstima es que no haya una mujer que la conduzca, que entre nosotros son
las mujeres las que cruzan los ros con la _pelota_ tomada con los
dientes por un lazo. El procedimiento para asar una cabeza de bfalo en
el desierto es el mismo que nosotros usamos para _batear_ una cabeza de
vaca o un lomo de ternera. En fin, otros mil accidentes que omito
prueban la verdad de que modificaciones anlogas del suelo traen
anlogas costumbres, recursos y expedientes. No es otra la razn de
hallar en Fenimore Cooper descripciones de usos y costumbres que parecen
plagiadas de la pampa; as, hallamos en los hbitos pastoriles de la
Amrica, reproducidos, hasta los trajes, el semblante grave y
hospitalidad rabes.

Existe, pues, un fondo de poesa que nace de los accidentes naturales
del pas y de las costumbres excepcionales que engendra. La poesa para
despertarse, porque la poesa es como el sentimiento religioso, una
facultad del espritu humano, necesita el espectculo de lo bello, del
poder terrible, de la inmensidad de la extensin, de lo vago, de lo
incomprensible, porque slo donde acaba lo palpable y vulgar empiezan
las mentiras de la imaginacin, el mundo ideal. Ahora yo pregunto: Qu
impresiones ha de dejar en el habitante de la Repblica Argentina el
simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver... no ver nada?
Porque cuanto ms hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso,
indefinido, ms se aleja, ms lo fascina, lo confunde y lo sume en la
contemplacin y la duda. Dnde termina aquel mundo que quiere en vano
penetrar? No lo sabe! Qu hay ms all de lo que ve? La soledad, el
peligro, el salvaje, la muerte. He aqu ya la poesa. El hombre que se
mueve en estas escenas, se siente asaltado de temores e incertidumbres
fantsticas, de sueos que le preocupan despierto.

De aqu resulta que el pueblo argentino es poeta por carcter, por
naturaleza. Ni cmo ha de dejar de serlo, cuando en medio de una tarde
serena y apacible una nube torva y negra se levanta sin saber de dnde,
se extiende sobre el cielo mientras se cruzan dos palabras, y de repente
el estampido del trueno anuncia la tormenta que deja fro al viajero, y
reteniendo el aliento por temor de atraerse un rayo de dos mil que caen
en torno suyo? La obscuridad se sucede despus a la luz; la muerte est
por todas partes; un poder terrible, incontrastable, le ha hecho en un
momento reconcentrarse en s mismo y sentir su nada en medio de aquella
naturaleza irritada; sentir a Dios, por decirlo de una vez, en la
aterrante magnificencia de sus obras. Qu ms colores para la paleta de
la fantasa? Masas de tinieblas que anublan el da; masas de luz lvida,
temblorosa, que ilumina un instante las tinieblas y muestra la pampa a
distancias infinitas, cruzndolas vivamente el rayo, en fin, smbolo del
poder. Estas imgenes han sido hechas para quedarse hondamente grabadas.
As, cuando la tormenta pasa, el gaucho se queda triste, pensativo,
serio, y la sucesin de luz y tinieblas se contina en su imaginacin,
del mismo modo que cuando miramos fijamente el sol nos queda por largo
tiempo su disco en la retina.

Preguntadle al gaucho, a quien matan con preferencia los rayos, y os
introducir en un mundo de idealizaciones morales y religiosas,
mezcladas de hechos naturales, pero mal comprendidos, de tradiciones
supersticiosas y groseras. Adase que, si es cierto que el flido
elctrico entra en la economa de la vida humana y es el mismo que
llaman flido nervioso, el cual excitado subleva las pasiones y enciende
el entusiasmo, muchas disposiciones debe tener para los trabajos de la
imaginacin el pueblo que habita bajo una atmsfera recargada de
electricidad hasta el punto que la ropa frotada chisporrotea como el
pelo contrariado del gato.

Cmo no ha de ser poeta el que presencia estas escenas imponentes:

    Gira en vano, reconcentra
    su inmensidad, y no encuentra
    la vista en su vivo anhelo
    do fijar su fugaz vuelo
    como el pjaro en la mar.
    Doquier campo y heredades
    del ave y bruto guaridas;
    doquier cielo y soledades
    de Dios slo conocidas,
    que El slo puede sondar[20],

o el que tiene a la vista esta naturaleza engalanada?:

    De las entraas de Amrica
    dos raudales se destacan:
    el Paran, faz de perlas,
    y el Uruguay, faz de ncar.
    Los dos entre bosques corren
    o entre floridas barrancas,
    como dos grandes espejos
    entre marcos de esmeraldas.
    Saldanlos en su paso
    la melanclica pava,
    el picaflor y jilguero,
    el zorzal y la torcaza.
    Como ante reyes se inclinan
    ante ellos seibos y palmas,
    y le arrojan flor del aire,
    aroma y flor de naranja;
    luego en el Guaz se encuentran,
    y reuniendo sus aguas,
    mezclando ncar y perlas,
    se derraman en el Plata[21].

Pero sta es la poesa culta, la poesa de la ciudad; hay otra que hace
or sus ecos por los campos solitarios: la poesa popular, candorosa y
desaliada del gaucho.

Tambin nuestro pueblo es msico. Esta es una predisposicin nacional
que todos los vecinos le reconocen. Cuando en Chile se anuncia por la
primera vez un argentino en una casa, lo invitan al piano en el acto, o
le pasan una vihuela, y si se excusa diciendo que no sabe pulsarla, o
extraan y no le creen, porque siendo argentino--dicen--debe ser
msico. Esta es una preocupacin popular que acusa nuestros hbitos
nacionales. En efecto: el joven culto de las ciudades toca el piano o
la flauta, el violn o la guitarra; los mestizos se dedican casi
exclusivamente a la msica, y son muchos los hbiles compositores e
instrumentistas que salen de entre ellos. En las noches de verano se oye
sin cesar la guitarra en la puerta de las tiendas, y tarde de la noche
el sueo es dulcemente interrumpido por las serenatas y los conciertos
ambulantes.

El pueblo campesino tiene sus cantares propios.

El _triste_, que predomina en los pueblos del Norte, es un canto frigio,
plaidero, natural al hombre en el estado primitivo de barbarie, segn
Rousseau.

La _vidalita_, canto popular con coros, acompaado de la guitarra y un
tamboril, a cuyos redobles se rene la muchedumbre y va engrosando el
cortejo y el estrpito de las voces; este canto me parece heredado de
los indgenas, porque lo he odo en una fiesta de indios en Copiap, en
celebracin de la Candelaria, y como canto religioso, debe ser antiguo,
y los indios chilenos no lo han de haber adoptado de los espaoles
argentinos. La _vidalita_ es el metro popular en que se cantan los
asuntos del da, las canciones guerreras; el gaucho compone el verso que
canta, y lo populariza por las asociaciones que su canto exige.

As, pues, en medio de la rudeza de las costumbres nacionales, estas dos
artes que embellecen la vida civilizada y dan desahogo a tantas pasiones
generosas, estn honradas y favorecidas por las masas mismas, que
ensayan su spera musa en composiciones lricas y poticas. El joven
Echeverra residi algunos meses en la campaa en 1840, y la fama de sus
versos sobre la pampa le haba precedido ya; los gauchos lo rodeaban con
respeto y aficin, y cuando un recin venido mostraba seales de desdn
hacia el _cajetilla_, alguno le insinuaba al odo: Es poeta, y toda
prevencin hostil cesaba al or este ttulo privilegiado.

Sabido es, por otra parte, que la guitarra es el instrumento popular de
los espaoles y que es comn en Amrica. En Buenos Aires, sobre todo,
est todava muy vivo el tipo popular espaol, el _majo_. Descbresele
en el compadrito de la ciudad y en el gaucho de la campaa. El _jaleo_
espaol vive en el _cielito_; los dedos sirven de castauelas. Todos los
movimientos del compadrito revelan al majo: el movimiento de los
hombros, los ademanes, la colocacin del sombrero, hasta la manera de
escupir por entre los colmillos, todo es un andaluz genuino.

Del centro de estas costumbres y gustos generales se levantan
especialidades notables, que un da embellecern y darn un tinte
original al drama y al romance nacional. Yo quiero slo notar aqu
algunos que servirn a completar la idea de las costumbres, para trazar
en seguida el carcter, causas y efectos de la guerra civil.

El ms conspicuo de todos, el ms extraordinario, es el rastreador.
Todos los gauchos del interior son rastreadores. En llanuras tan
dilatadas, en donde las sendas y caminos se cruzan en todas direcciones,
y los campos en que pacen o transitan las bestias son abiertos, es
preciso saber seguir las huellas de un animal y distinguirlas de entre
mil, conocer si va despacio o ligero, suelto o tirado, cargado o de
vaco. Esta es una ciencia casera y popular. Una vez caa yo de un
camino de encrucijada al de Buenos Aires, y el pen que me conduca
ech, como de costumbre, la vista al suelo. Aqu va--dijo luego--una
mulita mora muy buena... sta es la tropa de don N. Zapata..., es de muy
buena silla..., va ensillada..., ha pasado ayer... Este hombre vena de
la Sierra de San Luis; la tropa volva de Buenos Aires, y haca un ao
que l haba visto por ltima vez la mulita mora, cuyo rastro estaba
confundido con el de toda una tropa en un sendero de dos pies de ancho.
Pues esto, que parece increble, es, con todo, la ciencia vulgar; ste
era un pen de rrea y no un rastreador de profesin.

El rastreador es un personaje grave, circunspecto, cuyas aseveraciones
hacen fe en los tribunales inferiores. La conciencia del saber que posee
le da cierta dignidad reservada y misteriosa. Todos le tratan con
consideracin: el pobre, porque puede hacerle mal, calumnindolo o
denuncindolo; el propietario, porque su testimonio puede fallarle. Un
robo se ha ejecutado durante la noche; no bien se nota, corren a buscar
una pisada del ladrn, y encontrada, se cubre con algo para que el
viento no la disipe. Se llama en seguida al rastreador, que ve el rastro
y lo sigue sin mirar sino de tarde en tarde el suelo, como si sus ojos
vieran de relieve esta pisada, que para otro es imperceptible. Sigue el
curso de las calles, atraviesa los huertos, entra en una casa y,
sealando un hombre que encuentra, dice framente: Este es! El delito
est probado, y raro es el delincuente que resiste a esta acusacin.
Para l, ms que para el juez, la deposicin del rastreador es la
evidencia misma; negarla sera ridculo, absurdo. Se somete, pues, a
este testigo, que considera como el dedo de Dios que lo seala. Yo mismo
he conocido a Calbar, que ha ejercido en una provincia su oficio
durante cuarenta aos consecutivos. Tiene ahora cerca de ochenta aos;
encorvado por la edad, conserva, sin embargo, un aspecto venerable y
lleno de dignidad. Cuando le hablan de su reputacin fabulosa, contesta:
Ya no valgo nada; ah estn los nios. Los nios son sus hijos, que
han aprendido en la escuela de tan famoso maestro. Se cuenta de l que
durante un viaje a Buenos Aires le robaron una vez su montura de gala.
Su mujer tap el rastro con una artesa. Dos meses despus Calbar
regres, vi el rastro ya borrado e imperceptible para otros ojos, y no
se habl ms del caso. Ao y medio despus Calbar marchaba cabizbajo
por una calle de los suburbios, entra en una casa y encuentra su
montura, ennegrecida ya y casi inutilizada por el uso. Haba encontrado
el rastro de su raptor despus de dos aos! El ao 1830 un reo condenado
a muerte se haba escapado de la crcel. Calbar fu encargado de
buscarlo. El infeliz, previendo que sera rastreado, haba tomado todas
las precauciones que la imagen del cadalso le sugiri. Precauciones
intiles! Acaso slo sirvieron para perderle, porque comprometido
Calbar en su reputacin, el amor propio ofendido le hizo desempear con
calor una tarea que perda a un hombre, pero que probaba su maravillosa
vista. El prfugo aprovechaba todos los accidentes del suelo para no
dejar huellas; cuadras enteras haba marchado pisando con la punta del
pie; trepbase en seguida a las murallas bajas, cruzaba un sitio y
volva para atrs. Calbar lo segua sin perder la pista; si le suceda
momentneamente extraviarse, al hallarla de nuevo exclamaba: Dnde te
_mi-as-dir_! Al fin lleg a una acequia de agua en los suburbios, cuya
corriente haba seguido aqul para burlar al rastreador... Intil!
Calbar iba por las orillas sin inquietud, sin vacilar. Al fin se
detiene, examina unas hierbas, y dice: Por aqu ha salido; no hay
rastro, pero estas gotas de agua en los pastos lo indican! Entra en una
via; Calbar reconoci las tapias que la rodeaban, y dijo: Adentro
est. La partida de soldados se cans de buscar, y volvi a dar cuenta
de la inutilidad de las pesquisas. No ha salido fu la breve respuesta
que sin moverse, sin proceder a nuevo examen, di el rastreador. No
haba salido, en efecto, y al da siguiente fu ejecutado. En 1830
algunos presos polticos intentaban una evasin; todo estaba preparado:
los auxiliares de fuera prevenidos; en el momento de efectuarla, uno
dijo: Y Calbar? Cierto!--contestaron los otros anonadados,
aterrados--. Calbar! Sus familias pudieron conseguir de Calbar que
estuviese enfermo cuatro das, contados desde la evasin, y as pudo
efectuarse sin inconveniente.

Qu misterio es ste del rastreador? Qu poder microscpico se
desenvuelve en el rgano de la vista de estos hombres? Cun sublime
criatura es la que Dios hizo a su imagen y semejanza!

Despus del rastreador viene el baqueano, personaje eminente y que tiene
en sus manos la suerte de los particulares y de las provincias. El
baqueano es un gaucho grave y reservado, que conoce a palmos veinte mil
leguas cuadradas de llanuras, bosques y montaas. Es el topgrafo ms
completo, es el nico mapa que lleva un general para dirigir los
movimientos de su campaa. El baqueano va siempre a su lado. Modesto y
reservado como una tapia, est en todos los secretos de la campaa; la
suerte del Ejrcito, el xito de una batalla, la conquista de una
provincia, todo depende de l.

El baqueano es casi siempre fiel a su deber; pero no siempre el general
tiene en l plena confianza. Imaginos la posicin de un jefe condenado
a llevar un traidor a su lado y a pedirle los conocimientos
indispensables para triunfar. Un baqueano encuentra una sendita que hace
cruz con el camino que lleva: l sabe a qu aguada remota conduce; si
encuentra mil, y esto sucede en un espacio de cien leguas, l las conoce
todas, sabe de dnde vienen y adnde van. El sabe el vado oculto que
tiene un ro, ms arriba o ms abajo del paso ordinario, y esto en cien
ros o arroyos; l conoce en los cinagos extensos un sendero por donde
pueden ser atravesados sin inconveniente, y esto en cien cinagos
distintos.

En lo ms obscuro de la noche, en medio de los bosques o en las llanuras
sin lmites, perdidos sus compaeros, extraviados, da una vuelta en
crculo de ellos, observa los rboles; si no los hay, se desmonta, se
inclina a tierra, examina algunos matorrales y se orienta de la altura
en que se halla, monta en seguida, y les dice para asegurarlos: Estamos
en dereseras de tal lugar, a tantas leguas de las habitaciones; el
camino ha de ir al sur, y se dirige hacia el rumbo que seala,
tranquilo, sin prisa de encontrarlo, y sin responder a las objeciones
que el temor o la fascinacin sugiere a los otros.

Si aun esto no basta, o si se encuentra en la pampa y la obscuridad es
impenetrable, entonces arranca pastos de varios puntos, huele la raz y
la tierra, las masca, y despus de repetir este procedimiento varias
veces, se cerciora de la proximidad de algn lago, o arroyo salado, o de
agua dulce, y sale en su busca para orientarse fijamente. El general
Rosas, dicen, conoce por el gusto el pasto de cada estancia del sur de
Buenos Aires.

Si el baqueano lo es de la pampa, donde no hay caminos para atravesarla,
y un pasajero le pide que lo lleve directamente a un paraje distante
cincuenta leguas, el baqueano se para un momento, reconoce el horizonte,
examina el suelo, clava la vista en un punto y se echa a galopar con la
rectitud de una flecha, hasta que cambia de rumbo por motivos que slo
l sabe, y galopando da y noche, llega al lugar designado.

El baqueano anuncia tambin la proximidad del enemigo, esto es, diez
leguas, y el rumbo por donde se acerca, por medio del movimiento de los
avestruces, de los gamos y guanacos que huyen en cierta direccin.
Cuando se aproxima observa los polvos, y por su espesor cuenta la
fuerza: son dos mil hombres--dice--, quinientos, doscientos, y el
jefe obra bajo este dato, que casi siempre es infalible. Si los cndores
y cuervos revolotean en un crculo del cielo, l sabr decir si hay
gente escondida, o es un campamento recin abandonado, o un simple
animal muerto. El baqueano conoce la distancia que hay de un lugar a
otro; los das y las horas necesarias para llegar a l, y a ms una
senda extraviada e ignorada por donde se puede llegar de sorpresa y en
la mitad del tiempo; as es que las partidas de montoneras emprenden
sorpresas sobre pueblos que estn a cincuenta leguas de distancia, que
casi siempre las aciertan. Creerse exagerado? No! El general Rivera,
de la Banda Oriental, es un simple baqueano, que conoce cada rbol que
hay en toda la extensin de la Repblica del Uruguay. No la hubieran
ocupado los brasileos sin su auxilio, y no la hubieran libertado sin l
los argentinos. Oribe, apoyado por Rosas, sucumbi despus de tres aos
de lucha con el general baqueano, y todo el poder de Buenos Aires, hoy
con sus numerosos ejrcitos que cubren toda la campaa del Uruguay,
puede desaparecer destrudo a pedazos, por una sorpresa, por una fuerza
cortada maana, por una victoria que l sabr convertir en su provecho,
por el conocimiento de algn caminito que cae a retaguardia del enemigo,
o por otro accidente inapercibido o insignificante.

El general Rivera principi sus estudios del terreno el ao 1804, y
haciendo la guerra a las autoridades entonces, como contrabandista, a
los contrabandistas despus como empleado, al rey en seguida como
patriota, a los patriotas ms tarde como montonero, a los argentinos
como jefe brasilero, a stos como general argentino, a Lavalleja como
presidente, al presidente Oribe como jefe proscripto, a Rosas, en fin,
aliado de Oribe, como general oriental, ha tenido sobrado tiempo para
aprender un poco de la ciencia del baqueano.

El Gaucho Malo: ste es un tipo de ciertas localidades, un _outlaw_, un
_squatter_, un misntropo particular. Es el _Ojo del Alcn_, el
_Trampero_ de Cooper, con toda su ciencia del desierto, con toda su
aversin a las poblaciones de los blancos, pero sin su moral natural y
sin sus conexiones con los salvajes. Llmanle el Gaucho Malo, sin que
este epteto le desfavorezca del todo. La justicia lo persigue desde
muchos aos; su nombre es temido, pronunciado en voz baja, pero sin odio
y casi con respeto. Es un personaje misterioso: mora en la pampa, son su
albergue los cardales, vive de perdices y _mulitas_; si alguna vez
quiere regalarse con una lengua, enlaza una vaca, la voltea solo, la
mata, saca su bocado predilecto y abandona lo dems a las aves
montesinas. De repente se presenta el Gaucho Malo en un pago de donde la
partida acaba de salir, conversa pacficamente con los buenos gauchos,
que lo rodean y lo admiran; se prevee _de los vicios_, y si divisa la
partida, monta tranquilamente en su caballo y lo apunta hacia el
desierto, sin prisa, sin aparato, desdeando volver la cabeza. La
partida rara vez lo sigue; matara intilmente sus caballos, porque el
que monta el Gaucho Malo es un parejero _pangar_ tan clebre como su
amo. Si el acaso lo echa alguna vez de improviso entre las garras de la
justicia, acomete a lo ms espeso de la partida, y a merced de cuatro
tajadas que con su cuchillo ha abierto en la cara o en el cuerpo de los
soldados, se hace paso por entre ellos, y tendindose sobre el lomo del
caballo para sustraerse a la accin de las balas que lo persiguen,
endilga hacia el desierto, hasta que, poniendo espacio conveniente entre
l y sus perseguidores, refrena su trotn y marcha tranquilamente. Los
poetas de los alrededores agregan esta nueva hazaa a la biografa del
hroe del desierto, y su nombrada vuela por toda la vasta campaa. A
veces se presenta a la puerta de un baile campestre con una muchacha que
ha robado; entra en el baile con su pareja, confndese en las mudanzas
del _cielito_, y desaparece sin que nadie se aperciba de ello. Otro da
se presenta en la casa de la familia ofendida, hace descender de la
grupa a la nia que ha seducido, y desdeando las maldiciones de los
padres que le siguen, se encamina tranquilo a su morada sin lmites.

Este hombre divorciado de la sociedad, proscrito por las leyes; este
salvaje de color blanco, no es en el fondo un ser ms depravado que los
que habitan las poblaciones. El osado prfugo que acomete una partida
entera, es inofensivo para con los viajeros. El Gaucho Malo no es un
bandido, no es un salteador; el ataque a la vida no entra en su idea,
como el robo no entraba en la idea del _Churriador_; roba, es cierto,
pero sta es su profesin, su trfico, su ciencia. Roba caballos. Una
vez viene al real de una tropa del interior, el patrn propone comprarle
un caballo de tal pelo extraordinario, de tal figura, de tales prendas,
con una estrella blanca en la paleta. El gaucho se recoge, medita un
momento, y despus de un rato de silencio, contesta: No hay actualmente
caballo as. Qu ha estado pensando el gaucho? En aquel momento ha
recorrido en su mente mil estancias de la pampa, ha visto y examinado
todos los caballos que hay en la provincia, con sus marcas, color,
seas particulares, y convencido de que no hay ninguno que tenga una
estrella en la paleta; unos la tienen en la frente, otros una mancha
blanca en el anca. Es sorprendente esta memoria? No! Napolen conoca
por sus nombres doscientos mil soldados, y recordaba al verlos todos los
hechos que a cada uno de ellos se referan. Si no se le pide, pues, lo
imposible, en da sealado, en un punto dado del camino, entregar un
caballo tal como se le pide, sin que el anticiparle el dinero sea un
motivo de faltar a la cita. Tiene sobre este punto el honor de los
tahres sobre la deuda.

Viaja a veces a la campaa de Crdoba, a Santa Fe. Entonces se le ve
cruzar la pampa con una tropilla de caballos por delante; si alguno lo
encuentra, sigue su camino sin acercrsele, a menos que l lo solicite.

El cantor. Aqu tenis la idealizacin de aquella vida de revueltas, de
civilizacin, de barbarie y de peligros. El gaucho cantor es el mismo
bardo, el vate, el trovador de la Edad Media, que se mueve en la misma
escena, entre las luchas de las ciudades y del feudalismo de los campos,
entre la vida que se va y la vida que se acerca. El cantor anda de pago
en pago, de tapera en galpn, cantando sus hroes de la pampa
perseguidos por la justicia, los llantos de la viuda a quien los indios
robaron sus hijos en un maln reciente, la derrota y la muerte del
valiente Rauch, la catstrofe de Facundo Quiroga y la suerte que cupo a
Santos Prez. El cantor est haciendo candorosamente el mismo trabajo de
crnica, costumbres, historia, biografa, que el bardo de la Edad Media,
y sus versos seran recogidos ms tarde como los documentos y datos en
que habra de apoyarse el historiador futuro, si a su lado no estuviese
otra sociedad culta con superior inteligencia de los acontecimientos que
la que el infeliz despliega en sus rapsodias ingenuas. En la Repblica
Argentina se ven a un tiempo dos civilizaciones distintas en un mismo
suelo: una naciente, que, sin conocimiento de lo que tiene sobre su
cabeza, est remedando los esfuerzos ingenuos y populares de la Edad
Media; otra que, sin cuidarse de lo que tiene a sus pies, intenta
realizar los ltimos resultados de la civilizacin europea. El siglo XIX
y el siglo XII viven juntos: el uno dentro de las ciudades, el otro en
las campaas.

El cantor no tiene residencia fija; su morada est donde la noche lo
sorprende, su fortuna en sus versos y en su voz; dondequiera que el
_cielito_ enreda sus parejas sin tasa; dondequiera que se apure una copa
de vino, el cantor tiene su lugar preferente, su parte escogida en el
festn. El gaucho argentino no bebe si la msica y los versos no lo
excitan[22], y cada pulpera tiene su guitarra para poner en manos del
cantor, a quien el grupo de caballos estacionados en la puerta anuncia
a lo lejos dnde se necesita el concurso de su gaya ciencia.

El cantor mezcla entre sus cantos heroicos la relacin de sus propias
hazaas. Desgraciadamente el cantor, con ser el bardo argentino, no est
libre de tener que habrselas con la Justicia. Tambin tiene que dar la
cuenta de sendas pualadas que ha distribudo, una o dos _desgracias_
(muertes!) que tuvo y algn caballo o alguna muchacha que rob. El ao
1840, entre un grupo de gauchos y a orillas del majestuoso Paran,
estaba sentado en el suelo, y con las piernas cruzadas, un cantor que
tena azorado y divertido a su auditorio con la larga y animada historia
de sus trabajos y aventuras. Haba ya contado lo del rapto de la querida
con los trabajos que sufri, lo de la _desgracia_ y la disputa que la
motiv; estaba refiriendo su encuentro con la partida y las pualadas
que en su defensa di, cuando el tropel y los gritos de los soldados le
avisaron que esta vez estaba cercado. La partida, en efecto, se haba
cerrado en forma de herradura; la abertura quedaba hacia el Paran que
corra 20 varas ms abajo: tal era la altura de la barranca. El cantor
oy la grita sin turbarse; visele de improviso sobre el caballo,
echando una mirada escudriadora sobre el crculo de soldados con las
tercerolas preparadas, vuelve el caballo hacia la barranca, le pone el
poncho en los ojos y clvale las espuelas. Algunos instantes despus se
vea salir de las profundidades del Paran el caballo sin freno, a fin
de que nadase con ms libertad, y el cantor tomado de la cola volviendo
la cara quietamente, cual si fuera en un bote de ocho remos, hacia la
escena que dejaba en la barranca. Algunos balazos de la partida no
estorbaron que llegase sano y salvo al primer islote que sus ojos
divisaron.

Por lo dems, la poesa original del cantor es pesada, montona,
irregular, cuando se abandona a la inspiracin del momento. Ms
narrativa que sentimental, llena de imgenes tomadas de la vida
campestre, del caballo y las escenas del desierto, que la hacen
metafrica y pomposa. Cuando refiere sus proezas o las de algn afamado
malvolo, parcese al improvisador napolitano, desarreglado, prosaico de
ordinario, elevndose a la altura potica por momentos para caer de
nuevo al recitado inspido y casi sin versificacin. Fuera de esto, el
cantor posee su repertorio de poesas populares, quintillas, dcimas y
octavas, diversos gneros de versos octoslabos. Entre stos hay muchas
composiciones de mrito y que descubren inspiracin y sentimiento.

An podra aadir a estos tipos originales muchos otros igualmente
curiosos, igualmente locales, si tuviesen, como los anteriores, la
peculiaridad de revelar las costumbres nacionales, sin lo cual es
imposible comprender nuestros personajes polticos ni el carcter
primordial y americano de la sangrienta lucha que despedaza a la
Repblica Argentina. Andando esta historia, el lector va a descubrir por
s solo dnde se encuentra el rastreador, el baqueano, el gaucho malo,
el cantor. Ver en los caudillos cuyos nombres han traspasado las
fronteras argentinas y aun en aqullos que llenan el mundo con el horror
de su nombre, el reflejo vivo de la situacin interior del pas, sus
costumbres, su organizacin.




CAPTULO III

ASOCIACIN.--LA PULPERA

    Le _Gaucho_ vit de privations,
    mais son luxe est la libert. Fier
    d'une indpendance sans bornes,
    ses sentiments sauvahes comme sa
    vie, sont pourtant nobles et bons.

    HEAD.



En el captulo primero hemos dejado al campesino argentino en el momento
en que ha llegado a la edad viril tal cual lo ha formado la naturaleza y
la falta de verdadera sociedad en que vive. Le hemos visto hombre,
independiente de toda necesidad, libre de toda sujecin, sin ideas de
gobierno, porque todo orden regular y sistemado se hace de todo punto
imposible. Con estos hbitos de incuria, de independencia, va a entrar
en otra escala de la vida campestre que, aunque vulgar, es el punto de
partida de todos los grandes acontecimientos que vamos a ver
desenvolverse muy luego.

No se olvide que hablo de los pueblos esencialmente pastores; que en
stos toma la fisonoma fundamental, dejando las modificaciones
accidentales que experimentan para indicar a su tiempo los efectos
parciales. Hablo de la asociacin de estancias, que, distribudas de
cuatro en cuatro leguas ms o menos, cubren la superficie de una
provincia.

Las campaas agrcolas se subdividen y se diseminan tambin en la
sociedad, pero en una escala muy reducida: un labrador colinda con otro,
y los aperos de la labranza y la multitud de instrumentos, aparejos,
bestias que ocupa, etctera, lo variado de sus productos y las diversas
artes que la agricultura llama en su auxilio, establecen relaciones
necesarias entre los habitantes de un valle y hacen indispensable un
rudimento de villa que les sirva de centro. Por otra parte, los cuidados
y faenas que la labranza exige requieren tal nmero de brazos, que la
ociosidad se hace imposible y los varones se ven forzados a permanecer
en el recinto de la heredad. Todo lo contrario sucede en esta singular
asociacin. Los lmites de la propiedad no estn marcados; los ganados,
cuanto ms numerosos son, menos brazos ocupan; la mujer se encarga de
todas las faenas domsticas y fabriles. El hombre queda desocupado, sin
goces, sin ideas, sin atenciones forzosas; el hogar domstico le
fastidia, lo expele, digmoslo as. Hay necesidad, pues, de una sociedad
ficticia para remediar esta desasociacin normal. El hbito contrado
desde la infancia de andar a caballo es un nuevo estmulo para dejar la
casa. Los nios tienen el deber de echar caballos al corral apenas sale
el sol, y todos los varones, hasta los pequeuelos, ensillan su caballo,
aunque no sepan qu hacerse. El caballo es una parte integrante del
argentino de los campos; es para l lo que la corbata para los que viven
en el seno de las sociedades. El ao 41, el Chacho, caudillo de los
llanos, emigr a Chile.--Cmo le va, amigo?--le preguntaba uno.--Cmo
me ha de ir!--contest con el acento del dolor y de la melancola--, en
Chile y a pie. Slo un gaucho argentino sabe apreciar todas las
desgracias y todas las angustias que estas dos frases expresan.

Aqu vuelve a aparecer la vida rabe, trtara. Las siguientes palabras
de Vctor Hugo parecen escritas en la Pampa: No podra combatir a pie;
no hace sino una sola persona con su caballo. Vive a caballo; trata,
compra y vende a caballo; bebe, come, duerme y suea a caballo.

Salen, pues, los varones sin saber fijamente adnde. Una vuelta a los
ganados, una visita a una cra o a la querencia de un caballo
predilecto, invierte una pequea parte del da; el resto lo absorbe una
reunin en una venta o _pulpera_. All concurren cierto nmero de
parroquianos de los alrededores; all se dan y adquieren las noticias
sobre los animales extraviados; trzanse en el suelo las marcas del
ganado; sbese dnde caza el tigre, dnde se le han visto los rastros al
len; all se arman las carreras, se reconocen los mejores caballos;
all, en fin, est el cantor, all se fraterniza por el circular de la
copa y las prodigalidades de los que poseen.

En esta vida tan sin emociones, el juego sacude los espritus enervados,
el licor enciende las imaginaciones adormecidas. Esta asociacin
accidental de todos los das viene por su repeticin a formar una
sociedad ms estrecha que la de donde parti cada individuo, y en esta
asamblea sin objeto pblico, sin inters social, empiezan a echarse los
rudimentos de las reputaciones que ms tarde, y andando los aos, van a
aparecer en la escena poltica. Ved cmo:

El gaucho estima, sobre todas las cosas, las fuerzas fsicas, la
destreza en el manejo del caballo, y, adems, el valor. Esta reunin,
este _club_ diario es un verdadero circo olmpico, en que se ensayan y
comprueban los quilates del mrito de cada uno.

El gaucho anda armado del cuchillo, que ha heredado de los espaoles;
esta peculiaridad de la pennsula, este grito caracterstico de
Zaragoza: _Guerra a cuchillo!_, es aqu ms real que en Espaa. El
cuchillo, a ms de un arma, es un instrumento que le sirve para todas
sus ocupaciones; no puede vivir sin l; es como la trompa del elefante:
su brazo, su mano, su dedo, su todo. El gaucho, a la par del jinete,
hace alarde de valiente, y el cuchillo brilla a cada momento,
describiendo crculos en el aire, a la menor provocacin, sin
provocacin alguna, sin otro inters que medirse con un desconocido;
juega a las pualadas como jugara a los dados. Tan profundamente entran
estos hbitos pendencieros en la vida ntima del gaucho argentino, que
las costumbres han creado sentimientos de honor y una esgrima que
garantiza la vida. El hombre de la plebe de los dems pases toma el
cuchillo para matar, y mata; el gaucho argentino lo desenvaina para
pelear, y hiere solamente. Es preciso que est muy borracho, es preciso
que tenga instintos verdaderamente malos o rencores muy profundos, para
que atente contra la vida de su adversario. Su objeto es slo
_marcarlo_, darle una tajada en la cara, dejarle una seal indeleble.
As se ve a estos gauchos llenos de cicatrices que rara vez son
profundas. La ria, pues, se traba por brillar, por la gloria del
vencimiento, por amor a la reputacin. Ancho crculo se forma en torno
de los combatientes, y los ojos siguen con pasin y avidez el centelleo
de los puales que no cesan de agitarse un momento. Cuando la sangre
corre a torrentes, los espectadores se creen obligados en conciencia a
separarlos. Si sucede alguna _desgracia_, las simpatas estn por el que
se desgraci; el mejor caballo le sirve para salvarse a parajes lejanos,
y all lo acoge el respeto o la compasin. Si la justicia le da alcance,
no es raro que haga frente, y si _corre a la partida_, adquiere un
renombre desde entonces que se dilata sobre una ancha circunferencia.
Transcurre el tiempo, el juez ha sido mudado, y ya puede presentarse de
nuevo en su pago sin que se proceda a ulteriores persecuciones; est
absuelto. Matar es una desgracia, a menos que el hecho se repita tantas
veces, que inspire horror el contacto del asesino. El estanciero don
Juan Manuel Rosas, antes de ser hombre pblico, haba hecho de su
residencia una especie de asilo para los homicidas, sin que jams
consintiese en su servicio a los ladrones; preferencias que se
explicaran fcilmente por su carcter de gaucho propietario, si su
conducta posterior no hubiese revelado afinidades que han llenado de
espanto el mundo.

En cuanto a los juegos de equitacin, bastara indicar uno de los muchos
en que se ejercitan, para juzgar del arrojo que para entregarse a ellos
se requiere. Un gaucho pasa a todo escape por enfrente de sus
compaeros. Uno le arroja un tiro de bolas que en medio de la carrera
maniata al caballo. Del torbellino de polvo que levanta ste al caer,
vese salir al jinete corriendo, seguido del caballo, a quien el impulso
de la carrera interrumpida hace avanzar obedeciendo a las leyes de la
fsica. En este pasatiempo se juega la vida y a veces se pierde.

Creerse que estas proezas, la destreza y la audacia en el manejo del
caballo, son las bases de las grandes ilustraciones que han llenado con
su nombre la Repblica Argentina y cambiado la faz del pas? Nada es ms
cierto, sin embargo. No es mi nimo persuadir que el asesinato y el
crimen hayan sido siempre una escala de ascensos. Millares son los
valientes que han parado en bandidos obscuros; pero pasan de centenares
los que a estos hechos han debido su posicin. En todas las sociedades
despotizadas, las grandes dotes naturales van a perderse en el crimen;
el crimen, el genio romano que conquistara el mundo, es hoy el terror de
los Lagos Pontinos, y los Zumalacrregui, los Mina espaoles, se
encuentran a centenares en Sierra Leona. Hay una necesidad para el
hombre de desenvolver sus fuerzas, su capacidad y ambicin, que, cuando
faltan los medios legtimos, l se forja un mundo con su moral y sus
leyes aparte, y en l se complace en mostrar que haba nacido Napolen o
Csar.

Con esta sociedad, pues, en que la cultura del espritu es intil e
imposible, donde los negocios municipales no existen; donde el bien
pblico es una palabra sin sentido, porque no hay pblico, el hombre
dotado eminentemente se esfuerza por producirse, y adopta para ello los
medios y los caminos que encuentra. El gaucho ser un malhechor o un
caudillo, segn el rumbo que las cosas tomen en el momento en que ha
llegado a hacerse notable.

Costumbres de este gnero requieren medios vigorosos de represin, y
para reprimir desalmados se necesitan jueces ms desalmados an. Lo que
al principio dije del capataz de carretas, se aplica exactamente al juez
de campaa. Ante toda otra cosa, necesita valor; el terror de su nombre
es ms poderoso que los castigos que aplica. El juez es, naturalmente,
algn famoso de tiempo atrs, a quien la edad y la familia han llamado a
la vida ordenada. Por supuesto que la justicia que administra es de todo
punto arbitraria: su conciencia o sus pasiones lo guan, y sus
sentencias son inapelables. A veces suele haber jueces de stos que lo
son de por vida y que dejan una memoria respetada. Pero la conciencia de
estos medios ejecutivos y lo arbitrario de las penas forman ideas en el
pueblo sobre el poder de la _autoridad_, que ms tarde viene a producir
sus efectos. El juez se hace obedecer por su reputacin de audacia
temible, su autoridad, su juicio sin formas, su sentencia, un _yo lo
mando_ y sus castigos inventados por l mismo. De este desorden, quiz
por mucho tiempo inevitable, resulta que el caudillo que en las
revueltas llega a elevarse, posee sin contradiccin, y sin que sus
secuaces duden de ello, el poder amplio y terrible que slo se encuentra
hoy en los pueblos asiticos.

El caudillo argentino es un Mahoma, que pudiera a su antojo cambiar la
religin dominante y forjar una nueva. Tiene todos los poderes; su
injusticia es una desgracia para su vctima, pero no un abuso de su
parte; porque l puede ser injusto; ms todava: l ha de ser injusto
necesariamente; siempre lo ha sido.

Lo que digo del juez es aplicable al comandante de campaa. Este es un
personaje de ms alta categora que el primero, y en quien han de
reunirse en ms alto grado las cualidades de reputacin y antecedentes
de aqul. Todava una circunstancia nueva agrava, lejos de disminuir, el
mal. El gobierno de las ciudades es el que da el ttulo de comandante de
campaa; pero como la ciudad es dbil en el campo, sin influencia y sin
adictos, el gobierno echa mano de los hombres que ms temor le inspiran
para encomendarles este empleo, a fin de tenerlos en su obediencia;
manera muy conocida de proceder de todos los gobiernos dbiles, y que
alejan el mal del momento presente para que se produzca ms tarde en
dimensiones colosales. As, el gobierno papal hace transacciones con los
bandidos, a quienes da empleos en Roma, estimulando con esto el
vandalaje y crendole un porvenir seguro; as, el Sultn conceda a
Mehemet-Al la investidura de baj de Egipto, para tener que reconocerle
ms tarde Rey hereditario, a trueque de que no le destronase. Es
singular que todos los caudillos de la revolucin argentina han sido
comandantes de campaa: Lpez e Ibarra, Artigas y Gemes, Facundo y
Rosas. Es el punto de partida para todas las ambiciones. Rosas, cuando
hubo apoderdose de la ciudad, extermin a todos los comandantes que lo
haban elevado, entregando este influyente cargo a hombres vulgares que
no pudiesen seguir el camino que l haba trado: Pajarito, Celarrayn,
Arbolito, Pancho el ato y Molina, eran otros tantos bandidos
comandantes de que Rosas purg al pas.

Doy tanta importancia a estos pormenores porque ellos servirn a
explicar todos nuestros fenmenos sociales y la revolucin que se ha
estado obrando en la Repblica Argentina; revolucin que est
desfigurada por palabras del Diccionario civil, que la disfrazan y
ocultan, creando ideas errneas; de la misma manera que los espaoles,
al desembarcar en Amrica, daban un nombre europeo conocido a un animal
nuevo que encontraban, saludando con el terrible de len, que trae al
espritu la idea de la magnanimidad y fuerza del rey de las bestias, al
miserable gato llamado puma, que huye a la vista de los perros, y tigre
al jaguar de nuestros bosques. Por deleznables e innobles que parezcan
estos fundamentos que quiero dar a la guerra civil, la evidencia vendr
luego a mostrar cun slidos e indestructibles son.

La vida de los campos argentinos, tal como la he mostrado, no es un
accidente vulgar: es un orden de cosas, un sistema de asociacin
caracterstico, normal, nico, a mi juicio, en el mundo, y l slo basta
para explicar toda nuestra revolucin. Haba antes de 1810 en la
Repblica Argentina dos sociedades distintas, rivales e incompatibles;
dos civilizaciones diversas: la una espaola, europea, civilizada, y la
otra brbara, americana, casi indgena; y la revolucin de las ciudades
slo iba a servir de causa, de mvil, para que estas dos maneras
distintas de ser de un pueblo se pusiesen en presencia una de otra, se
acometiesen y, despus de largos aos de lucha, la una absorbiese a la
otra. He indicado la asociacin normal de la campaa, la desasociacin,
peor mil veces que la tribu nmade; he mostrado la asociacin ficticia,
en la desocupacin; la formacin de las reputaciones gauchas: valor,
arrojo, destreza, violencias y oposicin a la justicia regular, a la
justicia civil de la ciudad. Este fenmeno de organizacin social
exista en 1810, existe an, modificado en muchos puntos, modificndose
lentamente en otros e intacto en muchos an. Estos focos de reunin del
gauchaje valiente, ignorante, libre y desocupado, estaban diseminados a
millares en la campaa. La revolucin de 1810 llev a todas partes el
movimiento y el rumor de las armas. La vida pblica, que hasta entonces
haba faltado a esta asociacin rabe-romana, entr en todas las ventas,
y el movimiento revolucionario trajo al fin la asociacin blica en la
_montonera_ provincial, hija legtima de la venta y de la estancia,
enemiga de la ciudad y del ejrcito patriota revolucionario.
Desenvolvindose los acontecimientos, veremos las montoneras
provinciales con sus caudillos a la cabeza; en Facundo Quiroga,
ltimamente triunfante en todas partes, la campaa sobre las ciudades, y
dominadas stas en su espritu, gobierno y civilizacin, formarse al fin
el Gobierno central, unitario, desptico del estanciero don Juan Manuel
de Rosas, que clava en la culta Buenos Aires el cuchillo del gaucho y
destruye la obra de los siglos, la civilizacin, las leyes y la
libertad.




CAPTULO IV

REVOLUCIN DE 1810

    Cuando la batalla empieza, el trtaro
    da un grito terrible, llega, hiere,
    desaparece y vuelve como el
    rayo.

    VCTOR HUGO.



He necesitado andar todo el camino que dejo recorrido para llegar al
punto en que nuestro drama comienza. Es intil detenerse en el carcter,
objeto y fin de la revolucin de la independencia. En toda la Amrica
fueron los mismos, nacidos del mismo origen, a saber: el movimiento de
las ideas europeas. La Amrica obraba as porque as obran todos los
pueblos. Los libros, los acontecimientos, todo llevaba a la Amrica a
asociarse a la impulsin que a la Francia haban dado Norteamrica y sus
propios escritores; a la Espaa, la Francia y sus libros. Pero lo que
necesito notar para mi objeto es que la revolucin, excepto en su
smbolo exterior, independencia del Rey, era slo interesante e
inteligible para las ciudades argentinas, extraa y sin prestigios para
las campaas. En las ciudades haba libros, ideas, espritu municipal,
Juzgados, derecho, leyes, educacin, todos los puntos de contacto y de
mancomunidad que tenemos con los europeos; haba una base de
organizacin, incompleta, atrasada, si se quiere; pero precisamente
porque era incompleta, porque no estaba a la altura de lo que ya se
saba que poda llegar, se adoptaba la revolucin con entusiasmo. Para
las campaas, la revolucin era un problema; sustraerse a la autoridad
del Rey era agradable, por cuanto era sustraerse a la autoridad. La
campaa pastora no poda mirar la cuestin bajo otro aspecto. Libertad,
responsabilidad del poder, todas las cuestiones que la revolucin se
propona resolver eran extraas a su manera de vivir, a sus necesidades.
Pero la revolucin le era til en este sentido: que iba a dar objeto y
ocupacin a ese exceso de vida que hemos indicado y que iba a aadir un
nuevo centro de reunin, mayor al circunscripto a que acudan
diariamente los varones en toda la extensin de las campaas.

Aquellas constituciones espartanas; aquellas fuerzas fsicas tan
desenvueltas; aquellas disposiciones guerreras que se malbarataban en
pualadas y tajos entre unos y otros; aquella desocupacin romana a que
slo faltaba un Campo de Marte para ponerse en ejercicio activo; aquella
antipata a la autoridad con quien vivan en continua lucha, todo
encontraba al fin camino por donde abrirse paso y salir a la luz,
ostentarse y desenvolverse.

Empezaron, pues, en Buenos Aires los movimientos revolucionarios, y
todas las ciudades del interior respondieron con decisin al
llamamiento. Las campaas pastoras se agitaron y adhirieron al impulso.
En Buenos Aires empezaron a formarse ejrcitos, pasablemente
disciplinados, para acudir al Alto Per y a Montevideo, donde se
hallaban las fuerzas espaolas mandadas por el general Vigodet. El
general Rondeau puso sitio a Montevideo con un ejrcito disciplinado.
Concurra al sitio Artigas, caudillo clebre, con algunos millares de
gauchos. Artigas haba sido contrabandista temible hasta 1804, en que
las autoridades civiles de Buenos Aires pudieron ganarlo y hacerlo
servir en carcter de comandante de campaa en apoyo de esas mismas
autoridades a quienes haba hecho la guerra hasta entonces. Si el lector
no se ha olvidado del baqueano y de las cualidades generales que
constituyen el candidato para la comandancia de campaa, comprender
fcilmente el carcter e instintos de Artigas.

Un da Artigas, con sus gauchos, se separ del general Rondeau y empez
a hacerle la guerra. La oposicin de ste era la misma que hoy tiene
Oribe sitiando a Montevideo y haciendo a retaguardia frente a otro
enemigo. La nica diferencia consista en que Artigas era enemigo de los
patriotas y de los realistas a la vez. Yo no quiero entrar en
averiguacin de las causas o pretextos que motivaron este rompimiento,
ni tampoco quiero darle nombre ninguno de los consagrados en el lenguaje
de la poltica, porque ninguno le conviene. Cuando un pueblo entra en
revolucin, dos intereses opuestos luchan al principio: el
revolucionario y el conservador; entre nosotros se han denominado los
partidos que los sostenan patriotas y realistas. Natural es que,
despus del triunfo, el partido vencedor se subdivida en fracciones de
moderados y exaltados; los unos que quieren llevar la revolucin en
todas sus consecuencias; los otros, que quieren mantenerla en ciertos
lmites. Tambin es del carcter de las revoluciones que el partido
vencido primeramente vuelva a reorganizarse y triunfar a merced de la
divisin de los vencedores. Pero cuando en una revolucin, una de las
fuerzas llamadas en su auxilio se desprende inmediatamente, forma una
tercera entidad, se muestra indiferentemente hostil a unos y a otros
combatientes, a realistas y patriotas; esta fuerza que se separa es
heterognea; la sociedad que la encierra no ha conocido hasta entonces
su existencia, y la revolucin slo ha servido para que se muestre y
desenvuelva.

Este era el elemento que el clebre Artigas pona en movimiento;
instrumento ciego, pero lleno de vida, de instintos hostiles a la
civilizacin europea y a toda organizacin regular; adverso a la
monarqua como a la repblica, porque ambas venan de la ciudad y traan
aparejado un orden y la consagracin de la autoridad. De este
instrumento se sirvieron los partidos diversos de las ciudades cultas, y
principalmente el menos revolucionario, hasta que, andando el tiempo,
los mismos que lo llamaron en su auxilio sucumbieron, y con ellos la
ciudad, sus ideas, su literatura, sus colegios, sus tribunales, su
civilizacin.

Este movimiento espontneo de las campaas pastoriles fu tan ingenuo en
sus primitivas manifestaciones, tan genial y tan expresivo de su
espritu y tendencias, que abisma hoy el candor de los partidos de las
ciudades que lo asimilaron a su causa y lo bautizaron con los nombres
polticos que a ellos los dividan. La fuerza que sostena a Artigas en
Entre Ros era la misma que en Santa Fe a Lpez, en Santiago a Ibarra,
en los Llanos a Facundo. El individualismo constitua su esencia, el
caballo su arma exclusiva, la pampa inmensa su teatro. Las hordas
bedunas que hoy importunan con sus algaradas y depredaciones las
fronteras de la Argelia, dan una idea exacta de la montonera argentina,
de que se han servido hombres sagaces o malvados insignes. La misma
lucha de civilizacin y barbarie de la ciudad y el desierto existe hoy
en Africa; los mismos personajes, el mismo espritu, la misma estrategia
indisciplinada entre la horda y la montonera. Masas inmensas de jinetes
vagando por el desierto, ofreciendo el combate a las fuerzas
disciplinadas de las ciudades, si se sienten superiores en fuerza,
disipndose como las nubes de cosacos, en todas direcciones, si el
combate es igual siquiera, para reunirse de nuevo, caer de improviso
sobre los que duermen, arrebatarle los caballos, matar a los rezagados y
a las partidas avanzadas; presentes siempre, intangibles por su falta de
cohesin, dbiles en el combate, pero fuertes e invencibles en una larga
campaa, en que, al fin, la fuerza organizada, el ejrcito, sucumbe
diezmado por los encuentros parciales, las sorpresas, la fatiga, la
extenuacin.

La montonera, tal como apareci en los primeros das de la Repblica
bajo las rdenes de Artigas, present ya ese carcter de ferocidad
brutal, y ese espritu terrorista que al inmortal bandido, al estanciero
de Buenos Aires estaba reservado convertir en un sistema de legislacin
aplicado a la sociedad culta, y presentarlo, en nombre de la Amrica
avergonzada, a la contemplacin de la Europa. Rosas no ha inventado
nada; su talento ha consistido slo en plagiar a sus antecesores y hacer
de los instintos brutales de las masas ignorantes, un sistema meditado y
coordinado framente. La correa de cuero sacada al coronel Maciel y de
que Rosas se ha hecho una _manea_ que ensea a los agentes extranjeros,
tiene sus antecedentes en Artigas y los dems caudillos brbaros,
trtaros. La montonera de Artigas _enchalecaba_ a sus enemigos; esto es,
los cosa dentro de un retobo de cuero fresco y los dejaba as
abandonados en los campos. El lector suplir todos los horrores de esta
muerte lenta. El ao 36 se ha repetido este horrible castigo con un
coronel del ejrcito. El ejecutar con el cuchillo, _degollando_ y no
fusilando, es un instinto de carnicero que Rosas ha sabido aprovechar
para dar todava a la muerte formas gauchas y al asesino placeres
horribles; sobre todo, para cambiar las formas _legales_ y admitidas en
las sociedades cultas, por otras que l llama americanas y en nombre de
las cuales invita a la Amrica para que salga a su defensa, cuando los
sufrimientos del Brasil, del Paraguay, del Uruguay invocan la alianza de
los poderes europeos a fin de que les ayuden a librarse de este canbal
que ya los invade con sus hordas sanguinarias. No es posible mantener
la tranquilidad de espritu necesaria para investigar la verdad
histrica, cuando se tropieza a cada paso con la idea de que ha podido
engaarse a la Amrica y a la Europa tanto tiempo con un sistema de
asesinatos y crueldades, tolerables tan slo en Ashanty o Dahomey, en el
interior de Africa!

Tal es el carcter que presenta la montonera desde su aparicin; gnero
singular de guerra y enjuiciamiento que slo tiene antecedentes en los
pueblos asiticos que habitan las llanuras y que no ha debido nunca
confundirse con los hbitos, ideas y costumbres de las ciudades
argentinas, que eran, como todas las ciudades americanas, una
continuacin de la Europa y de Espaa. La montonera slo puede
explicarse examinando la organizacin ntima de la sociedad de donde
procede. Artigas, baqueano, contrabandista, esto es, haciendo la guerra
a la sociedad civil, a la ciudad; comandante de campaa por transaccin,
caudillo de las masas de a caballo, es el mismo tipo que, con ligeras
variantes, contina reproducindose en cada comandante de campaa que ha
llegado a hacerse caudillo. Como todas las guerras civiles en que
profundas desemejanzas de educacin, creencias y objetos dividen a los
partidos, la guerra interior de la Repblica Argentina ha sido larga
obstinada, hasta que uno de los elementos ha vencido. La guerra de la
revolucin argentina ha sido doble: 1., guerra de las ciudades,
iniciadas en la cultura europea, contra los espaoles, a fin de dar
mayor ensanche a esa cultura, y 2., guerra de los caudillos contra las
ciudades, a fin de librarse de toda sujecin civil y desenvolver su
carcter y su odio contra la civilizacin. Las ciudades triunfan de los
espaoles, y las campaas de las ciudades. He aqu explicado el enigma
de la revolucin argentina, cuyo primer tiro se dispar en 1810 y el
ltimo an no ha sonado todava.

No entrar en todos los detalles que requerira este asunto; la lucha es
ms o menos larga; unas ciudades sucumben primero, otras despus. La
vida de Facundo Quiroga nos proporcionar ocasin de mostrarlos en toda
su desnudez. Lo que por ahora necesito hacer notar es que, con el
triunfo de estos caudillos, toda forma _civil_, aun en el estado en que
la usaban los espaoles, ha desaparecido totalmente en unas partes; en
otras, de un modo parcial, pero caminando visiblemente a su destruccin.
Los pueblos en masa no son capaces de comparar distintamente unas pocas
con otras; el momento presente es para ellos el nico sobre el cual
extienden sus miradas; as es como nadie ha observado hasta ahora la
destruccin de las ciudades y su decadencia, lo mismo que no prevn la
barbarie total a que marchan visiblemente los pueblos del interior.
Buenos Aires es tan poderosa en elementos de civilizacin europea, que
concluir al fin con educar a Rosas y contener sus instintos
sanguinarios y brbaros. El alto puesto que ocupa, las relaciones con
los gobiernos europeos, la necesidad en que se ha visto de respetar a
los extranjeros, la de mentir por la Prensa y negar las atrocidades que
ha cometido, a fin de salvarse de la reprobacin universal que lo
persigue, todo, en fin, contribuir a contener sus desafueros, como ya
se est sintiendo; sin que esto estorbe que Buenos Aires venga a ser,
como la Habana, el pueblo ms rico de Amrica, pero tambin el ms
subyugado y ms degradado.

Cuatro son las ciudades que han sido aniquiladas ya por el dominio de
los caudillos que sostienen hoy a Rosas, a saber: Santa Fe, Santiago del
Estero, San Luis y La Rioja. Santa Fe, situada en la confluencia del
Paran y otro ro navegable que desemboca en sus inmediaciones, es uno
de los puntos ms favorecidos de la Amrica, y, sin embargo, no cuenta
hoy con dos mil almas; San Luis, capital de una provincia de cincuenta
mil habitantes, y donde no hay ms ciudad que la capital, no tiene mil
quinientas.

Para hacer sensible la ruina y decadencia de la civilizacin y los
rpidos progresos que barbarie hace en el interior, necesito tomar dos
ciudades: una ya aniquilada, la otra caminando sin sentirlo a la
barbarie: La Rioja y San Juan. La Rioja no ha sido en otro tiempo una
ciudad de primer orden; pero, comparada con su estado presente, la
desconoceran sus mismos hijos. Cuando principi la revolucin de 1810,
contaba con un crecido nmero de capitalistas y personajes notables que
han figurado de un modo distinguido en las armas, en el foro, en la
tribuna, en el plpito. De La Rioja ha salido el doctor Castro Barros,
diputado al Congreso de Tucumn y canonista clebre; el general Dvila,
que libert a Copiap del poder de los espaoles en 1817; el general
Ocampo, presidente de Charcas; el doctor don Gabriel Ocampo, uno de los
abogados ms clebres del foro argentino, y un nmero crecido de
abogados del apellido de Ocampo, Dvila y Garca, que existen hoy
desparramados por el territorio chileno, como varios sacerdotes de
luces, entre ellos el doctor Gordillo, residente en el Huasco.

Para que una provincia haya podido producir en una poca dada tantos
hombres eminentes e ilustrados, es necesario que las luces hayan estado
difundidas sobre un nmero mayor de individuos y sido respetadas y
solicitadas con ahinco. Si en los primeros das de la revolucin suceda
esto, cul no debiera ser el acrecentamiento de luces, riqueza y
poblacin que hoy da debera notarse, si un espantoso retroceso a la
barbarie no hubiese impelido a aquel pobre pueblo continuar su
desenvolvimiento? Cul es la ciudad chilena, por insignificante que
sea, que no pueda enumerar los progresos que ha hecho en diez aos, en
ilustracin, aumento de riqueza y ornato, sin excluir an de este nmero
las que han sido destrudas por los terremotos?

Pues bien; veamos el estado de La Rioja, segn las soluciones dadas a
uno de los muchos interrogatorios que he dirigido para conocer a fondo
los hechos sobre que fundo mis teoras. Aqu es una persona respetable
la que habla, ignorando siquiera el objeto con que interrogo sus
recientes recuerdos, porque slo hace cuatro meses que dej La
Rioja[23].

P.--A qu nmero ascender aproximadamente la poblacin actual de la
ciudad de La Rioja?

R.--_Apenas mil quinientas almas. Se dice que slo hay quince varones
residentes en la ciudad._

P.--Cuntos ciudadanos notables residen en ella?

R.--_En la ciudad sern seis u ocho._

P.--Cuntos abogados tienen estudio abierto?

R.--_Ninguno._

P.--Cuntos mdicos asisten a los enfermos?

R.--_Ninguno._

P.--Qu jueces letrados hay?

R.--_Ninguno._

P.--Cuntos hombres visten frac?

R.--_Ninguno._

P.--Cuntos jvenes riojanos estn estudiando en Crdoba o Buenos
Aires?

R.--_Slo s de uno._

P.--Cuntas escuelas hay y cuntos nios asisten?

R.--_Ninguna._

P.--Hay algn establecimiento pblico de caridad?

R.--_Ninguno, ni escuela de primeras letras. El nico religioso
franciscano que hay en aquel convento, tiene algunos nios._

P.--Cuntos templos arruinados hay?

R.--_Cinco; slo la Matriz sirve de algo._

P.--Se edifican casas nuevas?

R.--_Ninguna, ni se reparan las cadas._

P.--Se arruinan las existentes?

R.--_Casi todas, porque las avenidas de las calles son tantas._

P.--Cuntos sacerdotes se han ordenado?

R.--_En la ciudad slo dos mocitos: uno es clrigo cura, otro es
religioso de Catamarca. En la provincia, cuatro ms._

P.--Hay grandes fortunas de a cincuenta mil pesos? Cuntas de veinte
mil?

R.--_Ninguna; todos pobrsimos._

P.--Ha aumentado o disminudo la poblacin?

R.--_Ha disminudo ms de la mitad._

P.--Predomina en el pueblo algn sentimiento de terror?

R.--_Mximo. Se teme aun hablar lo inocente._

P.--La moneda que se acua, es de buena ley?

R.--_La provincial es adulterada._

Aqu los hechos hablan con toda su horrible y espantosa severidad. Slo
la historia de la conquista de los mahometanos sobre la Grecia presenta
ejemplos de una _barbarizacin_, de una destruccin tan rpida. Y esto
sucede en Amrica en el siglo XIX! Es la obra slo de veinte aos, sin
embargo! Lo que conviene a La Rioja es exactamente aplicable a Santa Fe,
a San Luis, a Santiago del Estero, esqueletos de ciudades, villorrios
decrpitos y devastados. En San Luis hace diez aos que slo hay un
sacerdote, y que no hay escuela ni una persona que lleve frac. Pero
vamos a juzgar en San Juan la suerte de las ciudades que han escapado a
la destruccin, pero que van _barbarizndose_ insensiblemente.

San Juan es una provincia agrcola y comerciante exclusivamente; el no
tener campaa la ha librado por largo tiempo del dominio de los
caudillos. Cualquiera que fuese el partido dominante, gobernador y
empleados eran tomados de la parte educada de la poblacin, hasta el ao
1833, en que Facundo Quiroga coloc a un hombre vulgar en el gobierno.
Este, no pudindose sustraer a la influencia de las costumbres
civilizadas que prevalecan en despecho del poder, se entreg a la
direccin de la parte culta, hasta que fu vencido por Brizuela, jefe de
los riojanos, sucedindole el general Benavides, que conserva el mando
hace nueve aos, no ya como una magistratura peridica, sino como
propiedad suya. San Juan ha crecido en poblacin a causa de los
progresos de la agricultura y de la emigracin de La Rioja y San Luis,
que huye del hambre y de la miseria. Sus edificios se han aumentado
sensiblemente; lo que prueba toda la riqueza de aquellos pases, y
cunto podran progresar si el gobierno cuidase de fomentar la
instruccin y la cultura, nicos medios de elevar un pueblo.

El despotismo de Benavides es blando y pacfico, lo que mantiene la
quietud y la calma en los espritus. Es el nico caudillo de Rosas que
no se ha hartado de sangre; pero la influencia _barbarizadora_ del
sistema actual no se hace sentir menos por eso.

En una poblacin de cuarenta mil habitantes reunidos en una ciudad, no
hay hoy un solo abogado hijo del pas ni de las otras provincias.

Todos los tribunales estn desempeados por hombres que no tienen el ms
leve conocimiento del derecho, y que son, adems, hombres estpidos en
toda la extensin de la palabra. No hay establecimiento ninguno de
educacin pblica. Un colegio de seoras fu cerrado en 1840; tres de
hombres han sido abiertos y cerrados sucesivamente del 40 al 43, por la
indiferencia y aun hostilidad del gobierno.

Slo tres jvenes se estn educando fuera de la provincia.

Slo hay un mdico sanjuanino.

No hay tres jvenes que sepan el ingls, ni cuatro que hablen el
francs.

Uno slo hay que ha cursado matemticas.

Un solo joven hay que posee una instruccin digna de un pueblo culto, el
seor Rawson, distinguido ya por sus talentos extraordinarios. Su padre
es norteamericano, y a esto ha debido que reciba educacin.

No hay diez ciudadanos que sepan ms que leer y escribir.

No hay un militar que haya servido en los ejrcitos de lnea fuera de la
Repblica.

Creerse que tanta mediocridad es natural a una ciudad del interior?
No! Ah est la tradicin para probar lo contrario. Veinte aos atrs,
San Juan era uno de los pueblos ms cultos del interior, y cul no debe
de ser la decadencia y postracin de una ciudad americana, para ir a
buscar sus pocas brillantes veinte aos atrs del momento presente?

El ao 1831 emigraron a Chile doscientos ciudadanos jefes de familia,
jvenes, literatos, abogados, militares, etctera. Copiap, Coquimbo,
Valparaso y el resto de la Repblica, estn llenos an de estos nobles
proscriptos, capitalistas algunos, mineros inteligentes otros,
comerciantes y hacendados muchos, abogados, mdicos varios. Como en la
dispersin de Babilonia, todos stos no volvieron a ver la tierra
prometida. Otra emigracin ha salido, para no volver, en 1840!

San Juan haba sido hasta entonces suficientemente rico en hombres
civilizados, para dar al clebre Congreso de Tucumn un presidente de la
capacidad y altura del doctor Laprida, que muri ms tarde asesinado por
los Aldao; un prior a la Recolecta Domnica de Chile en el distinguido,
sabio y patriota Oro, despus obispo de San Juan; un ilustre patriota,
don Ignacio de la Roza, que prepar con San Martn la expedicin a
Chile, y que derram en su pas las semillas de la igualdad de clases
prometida por la revolucin; un ministro al gobierno de Rivadavia; un
ministro a la legacin argentina en don Domingo de Oro, cuyos talentos
diplomticos no son an debidamente apreciados; un diputado al Congreso
de 1826 en el ilustrado sacerdote Vera; un diputado a la convencin de
Santa Fe en el presbtero Oro, orador de nota; otro a la de Crdoba en
don Rudecindo Rojo, tan eminente por sus talentos y genio industrial
como por su grande instruccin; un militar al ejrcito, entre otros, en
el coronel Rojo, que ha salvado dos provincias sofocando motines con
slo su serena audacia, y de quien el general Paz, juez competente en la
materia, deca que sera uno de los primeros generales de la Repblica.
San Juan posea entonces un teatro y compaa permanente de actores.

Existen an los restos de seis o siete bibliotecas de particulares en
que estaban reunidas las principales obras del siglo XVIII y las
traducciones de las mejores obras griegas y latinas. Yo no he tenido
otra instruccin hasta el ao 36, que la que esas ricas, aunque truncas
bibliotecas, pudieron proporcionarme. Era tan rico San Juan en hombres
de luces el ao 1825, que la sala de representantes contaba con seis
oradores de nota. Los miserables aldeanos que hoy (1845) deshonran la
sala de representantes de San Juan, en cuyo recinto se oyeron oraciones
tan elocuentes y pensamientos tan elevados, que sacudan el polvo de las
actas de aquellos tiempos y huyan avergonzados de estar profanando con
sus diatribas aquel augusto santuario.

Los juzgados, el ministerio, estaban servidos por letrados, y quedaba
suficiente nmero para la defensa de los intereses de las partes.

La cultura de los modales, el refinamiento de las costumbres, el cultivo
de las letras, las grandes empresas comerciales, el espritu pblico de
que estaban animados los habitantes, todo anunciaba al extranjero la
existencia de una sociedad culta, que caminaba rpidamente a elevarse a
un rango distinguido, lo que daba lugar para que las prensas de Londres
divulgasen por Amrica y Europa este concepto honroso: ...manifiestan
las mejores disposiciones para hacer progreso en la civilizacin; en el
da se considera a este pueblo como el que sigue a Buenos Aires ms
inmediatamente en la marcha de la reforma social; all se han adoptado
varias de las instituciones nuevamente establecidas en Buenos Aires, en
proporcin relativa; y en la reforma eclesistica han hecho los
sanjuaninos progresos extraordinarios, incorporando todos los regulares
al clero secular y extinguiendo los conventos que aqullos tenan.

Pero lo que dar una idea ms completa de la cultura de entonces, es el
estado de la enseanza primaria. Ningn pueblo de la Repblica Argentina
se ha distinguido ms que San Juan en su solicitud por difundirla, ni
hay otro que haya obtenido resultados ms completas. No satisfecho el
gobierno de la capacidad de los hombres de la provincia para desempear
cargo tan importante, mand traer de Buenos Aires el ao 1815 un sujeto
que reuniese, a una instruccin competente, mucha moralidad. Vinieron
unos seores Rodrguez, tres hermanos dignos de rolar con las primeras
familias del pas, y en las que se enlazaron, tal era su mrito y la
distincin que se les prodigaba. Yo, que hago profesin hoy de la
enseanza primaria, que he estudiado la materia, puedo decir que si
alguna vez se ha realizado en Amrica algo parecido a las famosas
escuelas holandesas descritas por M. Cousin, es en la de San Juan. La
educacin moral y religiosa era acaso superior a la instruccin
elemental que all se daba; y no atribuyo a otra causa el que en San
Juan se hayan cometido tan pocos crmenes, ni la conducta moderada del
mismo Benavides, sino a que la mayor parte de los sanjuaninos, l
incluso, han sido educados en esa famosa escuela, en que los preceptos
de la moral se inculcaban a los alumnos con una especial solicitud. Si
estas pginas llegan a manos de don Ignacio y de don Roque Rodrguez,
que reciban este dbil homenaje que creo debido a los servicios
eminentes hechos por ellos, en asocio de su finado hermano don Jos, a
la cultura y moralidad de un pueblo entero[24].

Esta es la historia de las ciudades argentinas. Todas ellas tienen que
reinvindicar glorias, civilizacin y notabilidades pasadas. Ahora el
nivel barbarizador pesa sobre todas ellas. La barbarie del interior ha
llegado a penetrar hasta las calles de Buenos Aires. Desde 1810 hasta
1840, las provincias que encerraban en sus ciudades tanta civilizacin,
fueron demasiado brbaras, empero, para destruir con su impulso la obra
colosal de la revolucin de la independencia. Ahora que nada les queda
de lo que en hombres, luces e instituciones tenan, qu va a ser de
ellas? La ignorancia y la pobreza, que es la consecuencia, estn como
las aves mortecinas, esperando que las ciudades del interior den la
ltima boqueada, para devorar su presa, para hacerlas campo, estancia.
Buenos Aires puede volver a ser lo que fu, porque la civilizacin
europea es tan fuerte all, que en despecho de las brutalidades del
gobierno se ha de sostener. Pero en las provincias, en qu se apoyar?
Dos siglos no bastarn para volverlas al camino que han abandonado,
desde que la generacin presente educa a sus hijos en la barbarie que a
ella le ha alcanzado. Pregntasenos ahora, por qu combatimos?
Combatimos? Combatimos para volver a las ciudades su vida propia.




PARTE SEGUNDA




CAPTULO PRIMERO

INFANCIA Y JUVENTUD DE JUAN FACUNDO QUIROGA

    Au surplus, ces traits appartiennent
    au caractre originel du genre
    humain. L'homme de la nature
    et qui n'a pas encore appris  contenir
    ou deguiser ses passions, les
    montre dans toute leur nergie, et
    se livre  toute leur imptuosit.

    ALIX, _Histoire de l'Empire Ottoman_



Media entre las ciudades de San Luis y San Juan un dilatado desierto
que, por su falta completa de agua, recibe el nombre de _travesa_. El
aspecto de aquellas soledades es por lo general triste y desamparado, y
el viajero que viene del oriente no pasa la ltima _represa_ o aljibe de
campo, sin prever sus _chifles_ de suficiente cantidad de agua. En esta
travesa tuvo lugar una vez la extraa escena que sigue. Las
cuchilladas, tan frecuentes entre nuestros gauchos, haban forzado a uno
de ellos a abandonar precipitadamente la ciudad de San Luis, y ganar la
_travesa_ a pie, con la montura al hombro, a fin de escapar de las
persecuciones de la justicia. Deban alcanzarlo dos compaeros tan luego
como pudieran robar caballos para los tres.

No eran por entonces slo el hambre o la sed los peligros que le
aguardaban en el desierto aquel, que un tigre _cebado_ andaba haca un
ao siguiendo los rastros de los viajeros, y pasaban ya de ocho los que
haban sido vctimas de su predileccin por la carne humana. Suele
ocurrir a veces en aquellos pases en que la fiera y el hombre se
disputan el dominio de la naturaleza, que ste cae bajo la garra
sangrienta de aqulla; entonces el tigre empieza a gustar de preferencia
su carne y se llama _cebado_ cuando se ha dado a este nuevo gnero de
caza, la caza de hombres. El juez de la campaa inmediata al teatro de
sus devastaciones convoca a los varones hbiles para la correra, y bajo
su autoridad y direccin se hace la persecucin del tigre _cebado_, que
rara vez escapa a la sentencia que lo pone fuera de la ley.

Cuando nuestro prfugo haba caminado cosa de seis leguas, crey or
bramar al tigre a lo lejos, y sus fibras se estremecieron. Es el bramido
del tigre un gruido como el del chancho, pero agrio, prolongado,
estridente, y que, sin que haya motivo de temor, causa un sacudimiento
involuntario en los nervios, como si la carne se agitara ella sola al
anuncio de la muerte.

Algunos minutos despus el bramido se oy ms distinto y ms cercano; el
tigre vena ya sobre el rastro, y solo a una larga distancia se divisaba
un pequeo algarrobo. Era preciso apretar el paso, correr, en fin,
porque los bramidos se sucedan con ms frecuencia, y el ltimo era ms
distinto, ms vibrante que el que le preceda.

Al fin, arrojando la montura a un lado del camino, dirigise el gaucho
al rbol que haba divisado, y no obstante la debilidad de su tronco,
felizmente bastante elevado, pudo trepar a su copa y mantenerse en una
continua oscilacin, medio oculto entre el ramaje. Desde all pudo
observar la escena que tena lugar en el camino: el tigre marchaba a
paso precipitado, oliendo el suelo y bramando con ms frecuencia a
medida que senta la proximidad de su presa. Pasa adelante del punto en
que aqul se haba separado del camino y pierde el rastro; el tigre se
enfurece, remolinea, hasta que divisa la montura, que desgarra de un
manotn, esparciendo en el aire sus prendas. Ms irritado an con este
chasco, vuelve a buscar el rastro, encuentra al fin la direccin en que
va, y levantando la vista, divisa a su presa haciendo con el peso
balancearse al algarrobillo, cual la frgil caa cuando las aves se
posan en sus puntas.

Desde entonces ya no bram el tigre; acercbase a saltos, y en un abrir
y cerrar de ojos sus poderosas manos estaban apoyndose a dos varas del
suelo sobre el delgado tronco, al que comunicaban un temblor convulsivo
que iba a obrar sobre los nervios del mal seguro gaucho. Intent la
fiera un salto impotente; di vuelta en torno del rbol midiendo su
altura con ojos enrojecidos por la sed de sangre, y al fin, bramando de
clera, se acost en el suelo, batiendo sin cesar la cola, los ojos
fijos en su presa, la boca entreabierta y reseca. Esta escena horrible
duraba ya dos horas mortales; la postura violenta del gaucho y la
fascinacin aterrante que ejerca sobre l la mirada sanguinaria,
inmvil, del tigre, del que por una fuerza invencible de atraccin no
poda apartar los ojos, haban empezado a debilitar sus fuerzas, y ya
vea prximo el momento en que su cuerpo extenuado iba a caer en su
ancha boca, cuando el rumor lejano de galope de caballos le di
esperanza de salvacin.

En efecto, sus amigos haban visto el rastro del tigre y corran sin
esperanza de salvarlo. El desparramo de la montura les revel el lugar
de la escena, y volar a l, desenrollar sus lazos, echarlos sobre el
tigre, _empacado_ y ciego de furor, fu la obra de un segundo. La fiera,
estirada a dos lazos, no pudo escapar a las pualadas repetidas con que
en venganza de su prolongada agona le traspas el que iba a ser su
vctima. Entonces supe lo que era tener miedo--deca el general don
Juan Facundo Quiroga, contando a un grupo de oficiales este suceso.

Tambin a l le llamaron _Tigre de los Llanos_, y no le sentaba mal esta
denominacin, a fe. La frenologa o la anatoma comparadas han
demostrado, en efecto, las relaciones que existen en las formas
exteriores y las disposiciones morales entre la fisonoma del hombre y
de algunos animales a quienes se asemeja en su carcter. Facundo, porque
as lo llamaron largo tiempo los pueblos del interior, el general don
Facundo Quiroga, el excelentsimo brigadier general don Juan Facundo
Quiroga, todo eso vino despus, cuando la sociedad lo recibi en su seno
y la victoria lo hubo coronado de laureles; Facundo, pues, era de
estatura baja y fornido; sus anchas espaldas sostenan sobre un cuello
corto una cabeza bien formada, cubierta de pelo espessimo, negro y
ensortijado. Su cara poco ovalada estaba hundida en medio de un bosque
de pelo, a que corresponda una barba igualmente espesa, igualmente
crespa y negra, que suba hasta los pmulos, bastante pronunciados, para
descubrir una voluntad firme y tenaz.

Sus ojos negros, llenos de fuego y sombreados por pobladas cejas,
causaban una sensacin involuntaria de terror en aquellos a quienes
alguna vez llegaban a fijarse, porque Facundo no miraba nunca de frente,
y por hbito, por arte, por deseo de hacerse siempre temible, tena de
ordinario la cabeza inclinada y miraba por entre las cejas, como el
Al-Baj de Montvoisin. El Can que representa la famosa Compaa Ravel
me despierta la imagen de Quiroga, quitando las posiciones artsticas de
la estatuaria que no le convienen. Por lo dems, su fisonoma era
regular, y el plido moreno de su tez sentaba bien a las sombras espesas
en que quedaba encerrada.

La estructura de su cabeza revelaba, sin embargo, bajo esta cubierta
selvtica, la organizacin privilegiada de los hombres nacidos para
mandar. Quiroga posea esas cualidades naturales que hicieron del
estudiante de Brienne el genio de la Francia, y del mameluco obscuro que
se bata con los franceses en las Pirmides, el Virrey de Egipto. La
sociedad en que nacen da a estos caracteres la manera especial de
manifestarse; sublimes, clsicos, por decirlo as, van al frente de la
humanidad civilizada en unas partes; terribles, sanguinarios y malvados,
son en otras su mancha, su oprobio.

Facundo Quiroga fu hijo de un sanjuanino de humilde condicin, pero
que, avecindado en los Llanos de La Rioja, haba adquirido en el
pastoreo una regular fortuna. El ao 1799 fu enviado Facundo a la
patria de su padre a recibir la educacin limitada que poda adquirirse
en las escuelas: leer y escribir. Cuando un hombre llega a ocupar las
cien trompetas de la fama con el ruido de sus hechos, la curiosidad o el
espritu de investigacin van hasta rastrear la insignificante vida del
nio, para anudarla a la biografa del hroe, y no pocas veces, entre
fbulas inventadas por la adulacin, se encuentran ya en germen en ella
los rasgos caractersticos del personaje histrico.

Cuntase de Alcibades que, jugando en la calle, se tenda a lo largo
del pavimento para contrariar a un cochero que le prevena que se
quitase del paso a fin de no atropellarlo; de Napolen, que dominaba a
sus condiscpulos y se atrincheraba en su cuarto de estudiante para
resistir a un ultraje. De Facundo se refieren hoy varias anecdotas,
muchas de las cuales lo revelan todo entero.

En la casa de sus huspedes jams se consigui sentarlo a la mesa comn;
en la escuela era altivo, hurao y solitario; no se mezclaba con los
dems nios sino para encabezar actos de rebelin y para darles de
golpes. El _magister_, cansado de luchar con este carcter indomable, se
provee una vez de un ltigo nuevo y duro, y ensendolo a los nios,
aterrados, ste es--les dice--para estrenarlo en Facundo. Facundo, de
edad de once aos, oye esta amenaza y al da siguiente la pone a prueba.
No sabe la leccin, pero pide al maestro que se la tome en persona,
porque el pasante lo quiere mal. El maestro condesciende; Facundo comete
un error, comete dos, tres, cuatro; entonces el maestro hace uso del
ltigo, y Facundo, que todo lo ha calculado, hasta la debilidad de la
silla en que su maestro est sentado, dale una bofetada, vulcalo de
espaldas, y entre el alboroto que esta escena suscita, toma la calle y
va a esconderse en ciertos parrones de una via, de donde no se le saca
sino despus de tres das. No es ya el caudillo que va a desafiar ms
tarde a la sociedad entera?

Cuando llega a la pubertad, su carcter toma un tinte ms pronunciado.
Cada vez ms sombro, ms imperioso, ms selvtico, la pasin del juego,
la pasin de las almas rudas que necesitan fuertes sacudimientos para
salir del sopor que las adormeciera, domnalo irresistiblemente a la
edad de quince aos. Por ella se hace una reputacin en la ciudad; por
ella se hace intolerable en la casa en que se le hospeda; por ella, en
fin, derrama por un balazo dado a un Jorge Pea el primer reguero de
sangre que deba entrar en el ancho torrente que ha dejado marcado su
pasaje en la tierra.

Desde que llega a la edad adulta, el hilo de su vida se pierde en un
intrincado laberinto de vueltas y revueltas por los diversos pueblos
vecinos; oculto unas veces, perseguido siempre, jugando, trabajando en
clase de pen, dominando todo lo que se le acerca y distribuyendo
pualadas. En San Juan mustranse hoy en la esquina de los Godoyes
tapias pisadas por Quiroga. En La Rioja las hay de su mano en Fiambal.
l enseaba otras en Mendoza en el lugar mismo en que una tarde haca
traer de sus casas a veintisis oficiales de los que capitularon en
Chacn para hacerlos fusilar, en expiacin de los manes de Villafae; en
la campaa de Buenos Aires tambin mostraba algunos momentos de su vida
de pen errante. Qu causas hacen a este hombre, criado en una casa
decente, hijo de un hombre acomodado y virtuoso, descender a la
condicin del gan, y en ella escoger el trabajo ms estpido, ms
brutal, en el que slo entra la fuerza fsica y la tenacidad? Ser que
el tapiador gana doble sueldo y que se da prisa para juntar un poco de
dinero?

Lo ms ordenado que de esta vida obscura y errante he podido recoger, es
lo siguiente: Hacia el ao 1806 vino a Chile con un cargamento de grana
de cuenta de sus padres. Juglo con la tropa y los troperos, que eran
esclavos de su casa. Sola llevar a San Juan y Mendoza arreos de ganado
de la estancia paterna, que tenan siempre la misma suerte; porque en
Facundo era el juego una pasin feroz, ardiente, que le resecaba las
entraas. Estas adquisiciones y prdidas sucesivas debieron cansar las
larguezas paternales, porque al fin interrumpi toda relacin amigable
con su familia. Cuando era ya el terror de la Repblica, preguntbale
uno de sus cortesanos: Cul es, general, la parada ms grande que ha
hecho en su vida? Sesenta pesos--contest Quiroga con indiferencia;
acababa de ganar, sin embargo, una de doscientas onzas. Era, segn lo
explic despus, que en su juventud, no teniendo sino sesenta pesos, los
haba perdido juntos a una sota.

Pero este hecho tiene su historia caracterstica. Trabajaba de pen en
Mendoza en la hacienda de una seora, sita aqulla en el Plumerillo.
Facundo se haca notar haca un ao por su puntualidad en salir al
trabajo y por la influencia y predominio que ejerca sobre los dems
peones. Cuando stos queran hacer falla para dedicar el da a una
borrachera, se entendan con Facundo, quien lo avisaba a la seora,
prometindole responder de la asistencia de todos al da siguiente, la
que era siempre puntual. Por esta intercesin llambanle los peones el
padre.

Facundo, al fin de un ao de trabajo asiduo, pidi su salario, que
ascenda a sesenta pesos; mont en su caballo sin saber adnde iba, vi
gente en una pulpera, desmontse y alargando la mano sobre el grupo que
rodeaba al tallador, puso sus sesenta pesos a una carta; perdilos y
mont de nuevo marchando sin direccin fija, hasta que a poco andar, un
juez Toledo, que acertaba a pasar a la sazn, le detuvo para pedirle su
papeleta de conchavo.

Facundo aproxim su caballo en ademn de entregrsela, afect buscar
algo en su bolsillo, y dej tendido al juez de una pualada. Se vengaba
en el juez de la reciente prdida? Quera slo saciar el encono de
gaucho malo contra la autoridad civil y aadir este nuevo hecho al
brillo de su naciente fama? Lo uno y lo otro. Estas venganzas sobre el
primer objeto que se presentaba, son frecuentes en su vida. Cuando se
apellidaba general y tena coroneles a sus rdenes, haca dar en su
casa, en San Juan, doscientos azotes a uno de ellos por haberle ganado
mal, deca; a un joven doscientos azotes, por haberse permitido una
chanza en momentos en que l no estaba para chanzas; a una mujer en
Mendoza que le haba dicho al paso, adis mi general, cuando l iba
enfurecido porque no haba conseguido intimidar a un vecino tan
pacfico, tan juicioso, como era valiente y gaucho, doscientos azotes.

Facundo reaparece despus en Buenos Aires, donde en 1810 es enrolado
como recluta en el regimiento de _Arribeos_ que manda el general
Ocampo, su compatriota, despus presidente de Charcas. La carrera
gloriosa de las armas se abra para l con los primeros rayos del sol de
Mayo; y no hay duda que con el temple de alma de que estaba dotado, con
sus instintos de destruccin y carnicera, Facundo, moralizado por la
disciplina y ennoblecido por la sublimidad del objeto de la lucha,
habra vuelto un da del Per, Chile o Bolivia, uno de los generales de
la Repblica Argentina, como tantos otros valientes gauchos que
principiaron su carrera desde el humilde puesto del soldado. Pero el
alma rebelde de Quiroga no poda sufrir el yugo de la disciplina, el
orden del cuartel, ni la demora de los ascensos. Se senta llamado a
mandar, a surgir de un golpe, a crearse l solo a despecho de la
sociedad civilizada, en hostilidad con ella, una carrera a su modo,
asociando el valor y el crimen, el gobierno y la desorganizacin. Ms
tarde fu reclutado para el ejrcito de los Andes, y enrolado en
_Granaderos a caballo_; un teniente Garca lo tom de asistente, y bien
pronto la desercin dej un vaco en aquellas gloriosas filas. Despus
Quiroga, como Rosas, como todas esas vboras que han medrado a la
sombra de los laureles de la patria, se ha hecho notar por su odio a los
militares de la independencia, en los que uno y otro han hecho una
horrible matanza.

Facundo, desertando de Buenos Aires, se encamina a las provincias con
tres compaeros. Una partida le da alcance; hace frente, libra una
verdadera batalla, que permanece indecisa por algn tiempo, hasta que,
dando muerte a cuatro o cinco, puede continuar su camino, abrindose
paso todava a pualadas por entre otras partidas que hasta San Luis le
salen al paso. Ms tarde deba recorrer este mismo camino con un puado
de hombres, disolver ejrcitos en lugar de partidas, e ir hasta la
Ciudadela famosa de Tucumn a borrar los ltimos restos de la Repblica
y del orden civil.

Facundo reaparece en los Llanos en la casa paterna. A esta poca se
refiere un suceso que est muy vlido y del que nadie duda. Sin embargo,
en uno de los manuscritos que consulto, interrogado su autor sobre este
mismo hecho, contesta: Que no sabe que Quiroga haya tratado nunca de
arrancar a sus padres dinero por la fuerza; y contra la tradicin
constante, contra el asentimiento general, quiero atenerme a este dato
contradictorio. Lo contrario es horrible! Cuntase que habindose
negado su padre a darle una suma de dinero que le peda, acech el
momento en que padre y madre durmieran la siesta, para poner aldaba a la
pieza donde estaban, y prender fuego el techo de paja con que estn
cubiertas por lo general las habitaciones de los Llanos[25].

Pero lo que hay de averiguado es que su padre pidi una vez al Gobierno
de La Rioja que lo prendieran para contener sus demasas, y que Facundo,
antes de fugarse de los Llanos, fu a la ciudad de La Rioja, donde a la
sazn se hallaba aqul, y cayendo de improviso sobre l, le di una
bofetada, dicindole: Usted me ha mandado prender? Tome, mndeme
prender ahora!, con lo cual mont en su caballo y parti a galope para
el campo. Pasado un ao, presntase de nuevo en la casa paterna, chase
a los pies del anciano ultrajado, confunden ambos sus sollozos, y entre
las protestas de enmienda del hijo y las reconvenciones del padre, la
paz queda restablecida, aunque sobre base tan deleznable y efmera.

Pero su carcter y hbitos desordenados no cambian, y las carreras y el
juego, las correras del campo, son el teatro de nuevas violencias, de
nuevas pualadas y agresiones, hasta llegar, al fin, a hacerse
intolerable para todos e insegura su posicin. Entonces un gran
pensamiento viene a apoderarse de su espritu, y lo anuncia sin empacho.
El desertor de los _Arribeos_, el soldado de _Granaderos a caballo_,
que no ha querido inmortalizarse en Chacabuco y en Maip, resuelve ir a
reunirse a la montonera de Ramrez, vstago de la de Artigas, y cuya
celebridad en crmenes y en odio a las ciudades a que hace la guerra, ha
llegado hasta los Llanos y tiene lleno de espanto a los gobiernos.
Facundo parte a asociarse a aquellos filibusteros de la Pampa, y acaso
la conciencia que deja de su carcter e instintos, y de la importancia
del refuerzo que va a dar a aquellos destructores, alarma a sus
compatriotas, que instruyen a las autoridades de San Luis, por donde
deba pasar, del designio infernal que lo gua. Dupuy, gobernador
entonces (1818), lo hace aprehender, y por algn tiempo permanece
confundido entre los criminales vulgares que las crceles encierran.
Esta crcel de San Luis, empero, deba ser el primer escaln que haba
de conducirlo a la altura a que ms tarde lleg. San Martn haba hecho
conducir a San Luis un gran nmero de oficiales espaoles de todas
graduaciones de los que haban sido tomados prisioneros en Chile. Sea
hostigados por humillaciones y sufrimientos, sea que previesen la
posibilidad de reunirse de nuevo a los ejrcitos espaoles, el depsito
de prisioneros se sublev un da, y abri la puerta de los calabozos a
los reos ordinarios, a fin de que le prestasen ayuda para la comn
evasin. Facundo era uno de estos reos; no bien se vi desembarazado de
las prisiones, cuando enarbolando el _macho_ de los grillos, abre el
crneo al espaol mismo que se los haba quitado, hiende por entre el
grupo de los amotinados y deja una ancha calle sembrada de cadveres en
el espacio que ha querido recorrer. Dcese que el arma de que us fu
una bayoneta, y que los muertos no pasaron de tres; Quiroga, empero,
hablaba siempre del _macho_ de los grillos y de catorce muertos.

Acaso es sta una de esas idealizaciones con que la imaginacin potica
del pueblo embellece los tipos de la fuerza brutal que tanto admira;
acaso la historia de los grillos es una traduccin argentina de la
quijada de Sansn, el Hrcules hebreo; pero Facundo lo aceptaba como un
timbre de gloria, segn su bello ideal, y _macho_ de grillos o
bayoneta, l, asocindose a otros soldados y presos a quienes su ejemplo
alent, logr sofocar el alzamiento y reconciliarse por este acto de
valor con la sociedad y ponerse bajo la proteccin de la patria,
consiguiendo que su nombre volase por todas partes ennoblecido y lavado,
aunque con sangre, de las manchas que lo afeaban. Facundo, cubierto de
gloria, mereciendo bien de la patria y con una credencial que acredita
su comportacin, vuelve a La Rioja y ostenta en los Llanos entre los
gauchos los nuevos ttulos que justifican el terror que ya empieza a
inspirar su nombre, porque hay algo de imponente, algo que subyuga y
domina en el premiado asesino de catorce hombres a la vez.

Aqu termina la vida privada de Quiroga, de la que he omitido una larga
serie de hechos que slo pintan el mal carcter, la mala educacin y los
instintos feroces y sanguinarios de que estaba dotado. Slo he hecho uso
de aqullos que explican el carcter de la lucha, de aqullos que entran
en proporciones distintas, pero formados de elementos anlogos, en el
tipo de los caudillos de las campaas que han logrado al fin sofocar la
civilizacin de las ciudades, y que ltimamente han venido a completarse
en Rosas, el legislador de esta civilizacin trtara, que ha ostentado
toda su antipata a la civilizacin europea en torpezas y atrocidades
sin nombre an en la historia.

Pero an qudame algo por notar en el carcter y espritu de esta
columna de la Federacin. Un hombre literato, un compaero de infancia y
de juventud de Quiroga que me ha suministrado muchos de los hechos que
dejo referidos, me incluye en su manuscrito, hablando de los primeros
aos de Quiroga, estos datos curiosos: que no era ladrn antes de
figurar como hombre pblico; que nunca rob, aun en sus mayores
necesidades; que no slo gustaba de pelear, sino que pagaba por hacerlo
y por insultar al ms pintado; _que tena mucha aversin a los hombres
decentes_; que no sola tomar licor nunca; que de joven era muy
reservado, y no slo quera infundir miedo, sino aterrar, para lo que
haca entender a hombres de su confianza que tena agoreros o era
adivino; que con los que tena relacin los trataba como esclavos; _que
jams se ha confesado, rezado ni odo misa_; que cuando estuvo de
general lo vi una vez en misa; que l mismo le deca que no crea en
nada. El candor con que estas palabras estn escritas revela su verdad.

Toda la vida pblica de Quiroga me parece resumida en estos datos. Veo
en ellos el hombre grande, el hombre genio a su pesar, sin saberlo l,
el Csar, el Tamerln, el Mahoma. Ha nacido as y no es culpa suya; se
abajar en las escalas sociales para mandar, para dominar, para combatir
el poder de la ciudad, la partida de la polica. Si le ofrecen una plaza
en los ejrcitos la desdear, porque no tiene paciencia para aguardar
los ascensos, porque hay mucha sujecin, muchas trabas puestas a la
independencia individual, hay generales que pesan sobre l, hay una
casaca que oprime el cuerpo y una tctica que regla los pasos; todo
esto es insufrible! La vida de a caballo, la vida de peligros y
emociones fuertes han acerado su espritu y endurecido su corazn; tiene
odio invencible, instintivo, contra las leyes que lo han perseguido,
contra los jueces que lo han condenado, contra toda esa sociedad y esa
organizacin de que se ha sustrado desde la infancia y que lo mira con
prevencin y menosprecio. Aqu se eslabona insensiblemente el lema de
este captulo: Es el hombre de la naturaleza que no ha aprendido an a
contener o a disfrazar sus pasiones, que las muestra en toda su
energa, entregndose a toda su impetuosidad. Ese es el carcter del
gnero humano y as se muestra en las campaas pastoras de la Repblica
Argentina. Facundo es un tipo de la barbarie primitiva; no conoci
sujecin de ningn gnero; su clera era la de las fieras; la melena de
sus renegridos y ensortijados cabellos caa sobre su frente y sus ojos
en guedejas, como las serpientes de la cabeza de Medusa; su voz se
enronqueca y sus miradas se convertan en pualadas.

Dominado por la clera mataba a patadas estrellndole los sesos a N por
una disputa de juego; arrancaba ambas orejas a su querida porque le
peda una vez 30 pesos para celebrar un matrimonio consentido por l;
abra a su hijo Juan la cabeza de un hachazo porque no haba forma de
hacerlo callar; daba de bofetadas en Tucumn a una linda seorita a
quien ni seducir ni forzar poda. En todos sus actos mostrbase el
hombre bestia an, sin ser por eso estpido y sin carecer de elevacin
de miras. Incapaz de hacerse admirar o estimar, gustaba de ser temido;
pero este gusto era exclusivo, dominante, hasta el punto de arreglar
todas las acciones de su vida a producir el terror en torno suyo, sobre
los pueblos como sobre los soldados, sobre la vctima que iba a ser
ejecutada, como sobre su mujer y sus hijos. En la incapacidad de manejar
los resortes del gobierno civil, pona el terror como expediente para
suplir el patriotismo y la abnegacin; ignorante, rodendose de
misterios y hacindose impenetrable, valindose de una sagacidad
natural, una capacidad de observacin no comn y de la credulidad del
vulgo, finga una presciencia de los acontecimientos que le daba
prestigio y reputacin entre las gentes vulgares.

Es inagotable el repertorio de anecdotas de que est llena la memoria de
los pueblos con respecto a Quiroga; sus dichos, sus expedientes, tienen
un sello de originalidad que le daban ciertos visos orientales, cierta
tintura de sabidura salomnica en el concepto de la plebe. Qu
diferencia hay, en efecto, entre aquel famoso expediente de mandar
partir en dos el nio disputado, a fin de descubrir la verdadera madre,
y este otro para encontrar un ladrn? Entre los individuos que formaban
una compaa habase robado un objeto, y todas las diligencias
practicadas para descubrir el raptor haban sido infructuosas. Quiroga
forma la tropa, hace cortar tantas varitas de igual tamao cuantos
soldados haba, hace en seguida que se distribuyan a cada uno, y luego
con voz segura, dice: Aqul cuya varita amanezca maana ms grande que
las dems, se es el ladrn. Al da siguiente frmase de nuevo la
tropa, y Quiroga procede a la verificacin y comparacin de las varitas.
Un soldado hay, empero, cuya vara aparece ms corta que las otras.
Miserable!--le grita Facundo con voz aterrante--, t eres!... Y en
efecto, l era; su turbacin lo dejaba conocer demasiado. El expediente
es sencillo: el crdulo gaucho, temiendo que, efectivamente, creciese su
varita, le haba cortado un pedazo. Pero se necesita cierta superioridad
y cierto conocimiento de la naturaleza humana para valerse de estos
medios.

Habanse robado algunas prendas de la montura de un soldado, y todas las
pesquisas haban sido intiles para descubrir al raptor. Facundo hace
formar la tropa y que desfile por delante de l, que est con los brazos
cruzados, la mirada fija, escudriadora, terrible. Antes ha dicho: Yo
s quin es, con una seguridad que nada desmiente. Empiezan a desfilar,
desfilan muchos, y Quiroga permanece inmvil; es la estatua de Jpiter
Tonante, es la imagen del Dios del Juicio Final. De repente se abalanza
sobre uno, le agarra del brazo y le dice con voz breve y seca: Dnde
est la montura? All, seor--contesta, sealando un bosquecillo.
Cuatro tiradores--grita entonces Quiroga. Qu revelacin era sta? La
del terror y la del crimen hecha ante un hombre sagaz. Estaba otra vez
un gaucho respondiendo a los cargos que se le hacan por un robo;
Facundo le interrumpe diciendo: Ya este pcaro est mintiendo; a
ver... cien azotes...! Cuando el reo hubo salido, Quiroga dijo a alguno
que se hallaba presente: Vea, patrn; cuando un gaucho al hablar est
haciendo marcas con el pie, es seal que est mintiendo. Con los
azotes, el gaucho cont la historia como deba de ser, esto es, que se
haba robado una yunta de bueyes.

Necesitaba otra vez y haba pedido un hombre resuelto, audaz, para
confiarle una misin peligrosa. Escriba Quiroga cuando le trajeron el
hombre; levanta la cara despus de habrselo anunciado varias veces, lo
mira y dice continuando de escribir: Eh!... Ese es un miserable!
Pido un hombre valiente y arrojado! Averiguse, en efecto, que era un
patn.

De estos hechos hay a centenares en la vida de Facundo, y que, al paso
que descubren un hombre superior, han servido eficazmente para labrarle
una reputacin misteriosa entre hombres groseros que llegaban a
atribuirle poderes sobrenaturales.




CAPTULO II

LA RIOJA.--EL COMANDANTE DE CAMPAA

    The sides of the mountains enlarge
    and assume an aspect at
    once more grand and more barren.
    By little and little the scanty vegetation
    languishes and dies; and
    mosse disappear, and a red burning
    hue suceeds.

    ROUSSEL. _Palestine._



En un documento tan antiguo como el ao de 1560 he visto consignado el
nombre de Mendoza con este aditamento: Mendoza, del valle de La Rioja.
Pero La Rioja actual es una provincia argentina que est al norte de San
Juan, del cual la separan varias travesas, aunque interrumpidas por
valles poblados. De los Andes se desprenden ramificaciones que cortan la
parte occidental en lneas paralelas, en cuyos valles estn Los Pueblos
y Chilecito, as llamado por los mineros chilenos que acudieron a la
fama de las ricas minas de Famatina. Ms hacia el oriente se extiende
una llanura arenisca, desierta y agostada por los ardores del sol, en
cuya extremidad norte, y a las inmediaciones de una montaa cubierta
hasta su cima de lozana y alta vegetacin, yace el esqueleto de La
Rioja, ciudad solitaria, sin arrabales y marchita como Jerusaln al pie
del Monte de los Olivos. Al sur y a larga distancia limitan esta llanura
arenisca los Colorados, montes de greda petrificada, cuyos cortes
regulares asumen las formas ms pintorescas y fantsticas; a veces es
una muralla lisa con bastiones avanzados, a veces crese ver torreones y
castillos almenados en ruinas. Ultimamente, al sudeste y rodeados de
extensas travesas, estn los Llanos, pas quebrado y montaoso, en
despecho de su nombre, oasis de vegetacin pastosa que aliment en otro
tiempo millares de rebaos.

El aspecto del pas es, por lo general, desolado; el clima, abrasador;
la tierra, seca y sin aguas corrientes. El campesino hace _represas_
para recoger el agua de las lluvias y dar de beber a sus ganados. He
tenido siempre la preocupacin de que el aspecto de la Palestina es
parecido al de La Rioja, hasta en el color rojizo u ocre de la tierra,
la sequedad de algunas partes y sus cisternas; hasta en sus naranjos,
vides e higueras, de exquisitos y abultados frutos, que se cran donde
corre algn cenagoso y limitado Jordn; hay una extraa combinacin de
montaas y llanuras, de fertilidad y aridez, de montes adustos y
erizados y colinas verdinegras tapizadas de vegetacin tan colosal como
los cedros del Lbano. Lo que ms me trae a la imaginacin estas
reminiscencias orientales es el aspecto verdaderamente patriarcal de los
campesinos de La Rioja. Hoy, gracias a los caprichos de la moda, no
causa novedad el ver hombres con la barba entera, a la manera inmemorial
de los pueblos de Oriente; pero an no dejara de sorprender por eso la
vista de un pueblo que habla espaol y lleva y ha llevado siempre la
barba completa, cayendo muchas veces hasta el pecho; un pueblo de
aspecto triste, taciturno, grave y taimado, rabe, que cabalga en burros
y viste a veces de cueros de cabra, como el ermitao de Enggady. Lugares
hay en que la poblacin se alimenta exclusivamente de miel silvestre y
de algarroba, como de langostas San Juan en el desierto. El _llanista_
es el nico que ignora que es el ser ms desgraciado, ms miserable y
ms brbaro, y gracias a esto vive contento y feliz cuando el hambre no
lo acosa.

Dije al principio que haba montaas rojizas que tenan a lo lejos el
aspecto de torreones y castillos feudales arruinados; pues para que los
recuerdos de la Edad Media vengan a mezclarse a aquellos matices
orientales, La Rioja ha presentado por ms de un siglo la lucha de dos
familias hostiles, seoriales, ilustres, ni ms ni menos que en los
feudos italianos en que figuran los Ursinos, Colonnas y Mdicis. Las
querellas de Ocampos y Dvilas forman toda la historia culta de La
Rioja. Ambas familias, antiguas, ricas, tituladas, se disputan el poder
largo tiempo, dividen la poblacin en bandos, como los gelfos y
gibelinos, aun mucho antes de la revolucin de la independencia. De
estas dos familias han salido una multitud de hombres notables en las
armas, en el foro y en la industria, porque Dvilas y Ocampos trataron
siempre de sobreponerse por todos los medios de valer que tiene
consagrados la civilizacin. Apagar estos rencores hereditarios entr no
pocas veces en la poltica de los patriotas de Buenos Aires. La Logia de
Lautaro llev a las dos familias a enlazar un Ocampo con una seorita
Doria y Dvila, para reconciliarlas.

Todos saben que sta era la prctica en Italia. Romeo y Julieta fueron
aqu ms felices. Hacia los aos 1817 el Gobierno de Buenos Aires, a fin
de poner trmino tambin a los feudos de aquellas casas, mand un
gobernador de fuera de la provincia, un seor Barnachea, que no tard
mucho en caer bajo la influencia del partido de los Dvilas, que
contaban con el apoyo de don Prudencio Quiroga, residente en los Llanos
y muy querido de los habitantes, y que a causa de esto fu llamado a la
_ciudad_ y hecho tesorero y alcalde. Ntese que, aunque de un modo
legtimo y noble, con don Prudencio Quiroga, padre de Facundo, entra en
los partidos _civiles_ a figurar ya la campaa pastora como elemento
poltico. Los Llanos, como ya llevo dicho, son un oasis montaoso de
pastos, enclavado en el centro de una extensa travesa; sus habitantes,
pastores exclusivamente, viven la vida patriarcal y primitiva que aquel
aislamiento conserva en toda su pureza brbara y hostil a las ciudades.
La hospitalidad es all un deber comn, y entre los deberes del pen
entra el de defender a su patrn en cualquier peligro o riesgo de su
vida. Estas costumbres explicarn ya un poco los fenmenos que vamos a
presenciar.

Despus del suceso de San Luis, Facundo se present en los Llanos
revestido del prestigio de la reciente hazaa y premunido de una
recomendacin del Gobierno. Los partidos que dividan a La Rioja no
tardaron mucho en solicitar la adhesin de un hombre que todos miraban
con el respeto y asombro que inspiran siempre las acciones arrojadas.
Los Ocampos, que obtuvieron el gobierno en 1820, le dieron el ttulo de
sargento mayor de las milicias de los Llanos, con la influencia y
autoridad de _comandante de campaa_.

Desde este momento principia la vida pblica de Facundo. El elemento
pastoril, brbaro, de aquella provincia; aquella tercera entidad que
aparece en el sitio de Montevideo con Artigas, va a presentarse en La
Rioja con Quiroga, llamado en su apoyo por uno de los partidos de la
_ciudad_. Este es un momento solemne y crtico en la historia de todos
los pueblos pastores de la Repblica Argentina; hay en todos ellos un
da en que por necesidad de apoyo exterior, o por el temor que ya
inspira un hombre audaz, se le elige comandante de campaa. Es ste el
caballo de los griegos que los troyanos se apresuran a introducir en la
_ciudad_.

Por este tiempo ocurra en San Juan la desgraciada sublevacin del
nmero 1 de los Andes, que haba vuelto de Chile a rehacerse. Frustrados
en los objetos del motn, Francisco Aldao y Corro emprendieron una
retirada desastrosa al norte, a reunirse a Gemes, caudillo de Salta. El
general Ocampo, gobernador de La Rioja, se dispone a cerrarles el paso,
y al efecto convoca todas las fuerzas de la provincia y se prepara a dar
una batalla. Facundo se presenta con sus llanistas. Las fuerzas vienen a
las manos, y pocos minutos bastaron al nmero 1 para mostrar que con la
rebelin no haba perdido nada de su antiguo brillo en los campos de
batalla. Corro y Aldao se dirigieron a la ciudad, y los dispersos
trataron de rehacerse, dirigindose hacia los Llanos, donde podan
aguardar las fuerzas que de San Juan y Mendoza venan en persecucin de
los fugitivos. Facundo, en tanto, abandona el punto de reunin, cae
sobre la retaguardia de los vencedores, los tirotea, los importuna, les
mata o hace prisioneros a los rezagados. Facundo es el nico que est
dotado de vida propia, que no espera rdenes, que obra de su _proprio
motu_. Se ha sentido llamado a la accin, y no espera que le empujen.
Mas todava habla con desdn del Gobierno y del general, y anuncia su
disposicin de obrar en adelante segn su dictamen y de echar abajo el
Gobierno. Dcese que un consejo de los principales del ejrcito instaba
al general Ocampo para que lo prendiese, juzgase y fusilase; pero el
general no consinti, menos acaso por moderacin que por sentir que
Quiroga era ya, no tanto un sbdito, cuanto un aliado temible.

Un arreglo definitivo entre Aldao y el Gobierno dej acordado que aqul
se dirigira a San Luis, por no querer seguir a Corro, proveyndole el
Gobierno de medios hasta salir del territorio por un itinerario que
pasaba por los Llanos. Facundo fu encargado de la ejecucin de esta
parte de lo estipulado, y regres a los Llanos con Aldao. Quiroga lleva
ya la conciencia de su fuerza, y cuando vuelve la espalda a La Rioja, ha
podido decirle en despedida: Ay de ti, ciudad! En verdad os digo que
dentro de poco no quedar piedra sobre piedra.

Aldao, llegado a los Llanos, y conocido el descontento de Quiroga, le
ofrece cien hombres de lnea para apoderarse de La Rioja, a trueque de
aliarse para futuras empresas. Quiroga acepta con ardor, encamnase a la
ciudad, la toma, prende a los individuos del Gobierno, les manda
confesores y orden de prepararse para morir. Qu objeto tiene para l
esta revolucin? Ninguno; se ha sentido con fuerzas, ha estirado los
brazos y ha derrotado la _ciudad_. Es culpa suya?

Los antiguos patriotas chilenos no han olvidado, sin duda, las proezas
del sargento Araya, de granaderos a caballo, porque entre aquellos
veteranos la aureola de la gloria sola descender hasta el simple
soldado. Contbame el presbtero Meneses, cura que fu de Los Andes, que
despus de la derrota de Cancha Rayada, el sargento Araya iba
encaminndose a Mendoza con siete granaderos.

Ibaseles el alma a los patriotas de ver alejarse y repasar los Andes a
los soldados ms valientes del ejrcito, mientras que Las Heras tena
todava un tercio bajo sus rdenes, dispuesto a hacer frente a los
espaoles. Tratbase de detener al sargento Araya; pero una dificultad
ocurra. Quin se le acercaba? Una partida de 60 hombres de milicias
estaba a la mano; pero todos los soldados saban que el prfugo era el
sargento Araya, y habran preferido mil veces atacar a los espaoles que
a este len de los granaderos; don Jos Mara Meneses entonces se
adelanta solo y desarmado, alcanza a Araya, le ataja el paso, le
reconviene, le recuerda sus glorias pasadas y la vergenza de una fuga
sin motivo; Araya se deja conmover y no opone resistencia a las splicas
y rdenes de un buen paisano; se entusiasma en seguida, y corre a
detener otros grupos de granaderos que le precedan en la fuga, y
gracias a su diligencia y reputacin, vuelve a incorporarse en el
ejrcito con 60 compaeros de armas, que se lavaron en Maip de la
mancha momentnea que haba cado sobre sus laureles.

Este sargento Araya y un Lorca, tambin un valiente conocido en Chile,
mandaban la fuerza que Aldao haba puesto a las rdenes de Facundo. Los
reos de La Rioja, entre los que se hallaba el doctor don Gabriel Ocampo,
ex ministro de Gobierno, solicitaron la proteccin de Lorca para que
intercediese por ellos. Facundo, aun no seguro de su momentnea
elevacin, consinti en otorgarles la vida; pero esta restriccin puesta
a su poder le hizo sentir otra necesidad. Era preciso poseer esa fuerza
veterana para no encontrar contradicciones en lo sucesivo. De regreso a
los Llanos, se entiende con Araya, y ponindose de acuerdo, caen sobre
el resto de la fuerza de Aldao, la sorprenden, y Facundo se halla en
seguida jefe de 400 hombres de lnea, de cuyas filas salieron despus
los oficiales de sus primeros ejrcitos.

Facundo acordse de que don Nicols Dvila estaba en Tucumn
expatriado, y le hizo venir para encargarle de las molestias del
gobierno de La Rioja, reservndose l tan slo el poder real que lo
segua a los Llanos. El abismo que mediaba entre l y los Ocampos y
Dvilas era tan ancho, tan brusca la transicin, que no era posible por
entonces hacerla de un golpe; el espritu de ciudad era demasiado
poderoso todava para sobreponerle la campaa; todava un doctor en
leyes vala ms para el gobierno que un pen cualquiera. Despus ha
cambiado todo esto.

Dvila se hizo cargo del gobierno bajo el patrocinio de Facundo, y por
entonces pareci alejado todo motivo de zozobra. Las haciendas y
propiedades de los Dvilas estaban situadas en las inmediaciones de
Chilecito, y all, por tanto, en sus deudos y amigos se hallaba
reconcentrada la fuerza fsica y moral que deba apoyarlo en el
gobierno. Habindose, adems, acrecentado la poblacin de Chilecito con
la provechosa explotacin de las minas, y reundose caudales cuantiosos,
el gobierno estableci una casa de moneda provincial, y traslad su
residencia a aquel pueblecillo, ya fuese para llevar a cabo la empresa,
ya para alejarse de los Llanos y sustraerse de la sujecin incmoda que
Quiroga quera ejercer sobre l. Dvila no tard mucho en pasar de estas
medidas puramente defensivas a una actitud ms decidida, y aprovechando
la temporaria ausencia de Facundo, que andaba en San Juan, se concert
con el capitn Araya para que le prendiesen a su llegada. Facundo tuvo
aviso de las medidas que contra l se preparaban, e introducindose
secretamente en los Llanos, mand asesinar a Araya.

El gobierno, cuya autoridad era contestada de una manera tan indigna,
intim a Facundo que se presentase a responder a los cargos que se le
hacan sobre el asesinato. Parodia ridcula! No quedaba otro medio que
apelar a las armas y encender la guerra civil entre el gobierno y
Quiroga, entre la ciudad y los Llanos. Facundo mand a su vez una
comisin a la Junta de Representantes, pidindole que depusiese a
Dvila. La Junta haba llamado al gobernador con instancia para que
desde all, y con el apoyo de todos los ciudadanos, invadiese los Llanos
y desarmase a Quiroga. Haba en esto un inters local, y era hacer que
la Casa de la Moneda fuese trasladada a la ciudad de La Rioja; pero como
Dvila persistiese en residir en Chilecito, la Junta, accediendo a la
solicitud de Quiroga, lo declar depuesto. El gobernador Dvila haba
reunido, bajo las rdenes de don Miguel Dvila, muchos soldados de los
de Aldao; posea un buen armamento, muchos adictos que queran salvar la
provincia del dominio del caudillo que se estaba levantando en los
Llanos, y varios oficiales de lnea para poner a la cabeza de las
fuerzas. Los preparativos de guerra empezaron, pues, con igual ardor en
Chilecito y en los Llanos; y el rumor de los aciagos sucesos que se
preparaban, lleg hasta San Juan y Mendoza, cuyos gobiernos mandaron un
comisionado a procurar un arreglo entre los beligerantes que ya estaban
a punto de venir a las manos.

Corvaln, ese mismo que hoy sirve de ordenanza a Rosas, se present al
campo de Quiroga a interponer la mediacin de que vena encargado, y que
fu aceptada por el caudillo; pas en seguida al campo enemigo, donde
obtuvo la misma cordial acogida. Regresa al campo de Quiroga para
arreglar el convenio definitivo; pero ste, dejndolo all, se puso en
movimiento sobre su enemigo, cuyas fuerzas, desapercibidas por las
seguridades dadas por el enviado, fueron fcilmente derrotadas y
dispersas. Don Miguel Dvila, reuniendo algunos de los suyos, acometi
denodadamente a Quiroga, a quien alcanz a herir en un muslo antes que
una bala le llevase la mueca; en seguida fu rodeado y muerto por los
soldados. Hay en este suceso una cosa muy caracterstica del espritu
gaucho. Un soldado se complace en ensear sus cicatrices; el gaucho las
oculta y disimula cuando son de arma blanca, porque prueban su poca
destreza, y Facundo, fiel a estas ideas de honor, jams record la
herida que Dvila le haba abierto antes de morir.

Aqu termina la historia de los Ocampos y Dvilas, y de La Rioja
tambin. Lo que sigue es la historia de Quiroga. Este da es tambin uno
de los nefastos de las ciudades pastoras, da aciago que al fin llega.
Este da corresponde en la historia de Buenos Aires al de abril de 1835,
en que su comandante de campaa, su hroe del desierto, se apodera de la
ciudad.

Hay una circunstancia curiosa (1823) que no debo omitir porque hace
honor a Quiroga: en esta noche negra que vamos a atravesar no debe
perderse la ms dbil lucecilla. Facundo, al entrar triunfante en La
Rioja, hizo cesar los repiques de las campanas, y despus de mandar dar
el psame a la viuda del general muerto, orden pomposas exequias para
honrar sus cenizas. Nombr o hizo nombrar por gobernador a un espaol
vulgar, un Blanco, y con l principi el nuevo orden de cosas que deba
realizar el bello ideal del gobierno que haba concebido; porque Quiroga
en su larga carrera, en los diversos pueblos que ha conquistado, jams
se ha encargado del gobierno organizado, que abandonaba siempre a otros.
Momento grande y espectable para los pueblos es siempre aqul en que una
mano vigorosa se apodera de sus destinos. Las instituciones se afirman
o ceden su lugar a otras nuevas ms fecundas en resultados, o ms
conformes con las ideas que predominan. De aquel foco parten muchas
veces los hilos que, entretejindose con el tiempo, llegan a cambiar la
tela de que se compone la historia.

No as cuando predomina una fuerza extraa a la civilizacin, cuando
Atila se apodera de Roma, o Tamerln recorre las llanuras asiticas; los
escombros quedan, pero en vano ira despus a removerlos la mano de la
filosofa para buscar debajo de ellos las plantas vigorosas que nacieran
con el abono nutritivo de la sangre humana. Facundo, genio brbaro, se
apodera de su pas; las tradiciones de gobierno desaparecen, las formas
se degradan, las leyes son un juguete en manos torpes; y en medio de
esta destruccin efectuada por las pisadas de los caballos, nada se
sustituye, nada se establece. El desahogo, la desocupacin y la incuria
son el bien supremo del gaucho. Si La Rioja, como tena doctores hubiera
tenido estatuas, stas habran servido para amarrar los caballos.

Facundo deseaba poseer, e incapaz de crear un sistema de rentas, acude a
lo que acuden siempre los gobiernos torpes e imbciles. Mas aqu el
monopolio llevar el sello de la vida pastoril, la espoliacin y la
violencia. Rematbanse los diezmos de La Rioja en aquella poca en diez
mil pesos anualmente; sta era por lo menos el trmino medio. Facundo se
presenta en la mesa del remate, y ya su asistencia, hasta entonces
inusitada, impone respeto a los postores. Doy dos mil pesos--dice--y
uno ms, sobre la mejor postura. El escribano repite la propuesta tres
veces y nadie ofrece mejora. Era que todos los concurrentes se haban
escurrido uno a uno al leer en la mirada siniestra de Quiroga que
aqulla era la ltima postura. Al ao siguiente se content con mandar
al remate una cedulilla as concebida: Doy dos mil pesos, y uno ms,
sobre la mejor postura.--_Facundo Quiroga._

Al tercer ao se suprimi la ceremonia del remate, y el ao 1831 Quiroga
mandaba todava a La Rioja dos mil pesos, valor fijado a los diezmos.

Pero faltaba un paso que dar para hacer redituar el diezmo un ciento por
uno, y Facundo, desde el segundo ao, no quiso recibir el de animales,
sino que distribuy su marca a todos los hacendados, a fin de que
herrasen el diezmo, y se les guardase las estancias hasta que l lo
reclamase. Las cras se aumentaban, los diezmos nuevos acrecentaban el
pio de ganado, y a la vuelta de diez aos se pudo calcular que la mitad
del ganado de las estancias de una provincia pastora, perteneca al
comandante general de armas y llevaba su marca.

Una costumbre inmemorial en La Rioja haca que los ganados _mostrencos_,
o no marcados a cierta edad, perteneciesen de derecho al fisco, que
mandaba sus agentes a recoger estas espigas perdidas, y sacaba de la
colecta una renta no despreciable, si bien se haca intolerable para los
estancieros. Facundo pidi que se le adjudicase este ganado en
resarcimiento de los gastos que le haba demandado la invasin a la
ciudad; gastos que se reducan a convocar las milicias, que concurren en
sus caballos y viven siempre de lo que encuentran. Poseedor ya de
partidas de seis mil novillos al ao, mandaba a las ciudades sus
abastecedores, y desgraciado el que entrase a competir con l! Este
negocio de abastecer los mercados de carne lo ha practicado dondequiera
que sus armas se presentaron, en San Juan, Mendoza, Tucumn, cuidando
siempre de monopolizarlo en su favor por algn bando o un simple
anuncio. Da asco y vergenza, sin duda, tener que descender a estos
pormenores indignos de ser recordados. Pero, qu hacer? En seguida de
una batalla sangrienta que le ha abierto la entrada a una ciudad, lo
primero que el general ordena es que nadie pueda abastecer de carne el
mercado... En Tucumn supo que un vecino, contraviniendo la orden,
mataba reses en su casa. El general del ejrcito de los Andes, el
vencedor de la Ciudadela, no crey deber confiar a nadie la pesquisa de
delito tan horrendo. Va l en persona, da recios golpes a la puerta de
la casa, que permaneca cerrada, y que, atnitos los de adentro, no
aciertan a abrir. Una patada del ilustre general la echa abajo, y expone
a su vista esta escena, una res muerta que desollaba el dueo de la
casa, que a su vez cae tambin muerto a la vista terrfica del general
ofendido[26].

No me detengo en estos pormenores a designio. Cuntas pginas omito!
Cuntas iniquidades comprobadas, y de todos sabidas, callo! Pero hago
la historia del gobierno brbaro, y necesito hacer conocer sus resortes.
Mehemet-Al, dueo de Egipto por los mismos medios que Facundo, se
entrega a una rapacidad sin ejemplo aun en la Turqua; constituye el
monopolio en todos los ramos, y los explota en su beneficio; pero
Mehemet-Al sale del seno de una nacin brbara, y se eleva hasta desear
la civilizacin europea e injertarla en las venas del pueblo que oprime.
Facundo, empero, rechaza todos los medios civilizados que ya son
conocidos, los destruye y desmoraliza; Facundo, que no gobierna, porque
el gobierno es ya un trabajo en beneficio ajeno, se abandona a los
instintos de una avaricia sin medidas, sin escrpulos.

El egosmo es el fondo de casi todos los grandes caracteres histricos;
el egosmo es el muelle real que hace ejecutar todas las grandes
acciones; Quiroga posea este don poltico en grado eminente, y lo
ejercitaba en reconcentrar en torno suyo todo lo que vea diseminado en
la sociedad inculta que lo rodeaba; fortuna, poder, autoridad, todo est
con l; todo lo que no puede adquirir: maneras, instruccin,
respetabilidad fundada, eso lo persigue, lo destruye en las personas que
lo poseen. Su encono contra la gente _decente_, contra la _ciudad_, es
cada da ms visible; el gobernador de La Rioja puesto por l renuncia
al fin a fuerza de ser vejado diariamente. Un da est de buen humor
Quiroga, y juega con un joven, como el gato juega con la tmida rata:
juega a si lo mata o no lo mata; el terror de la vctima ha sido tan
ridculo, que el verdugo se ha puesto de buen humor, se ha redo a
carcajadas, contra su costumbre habitual.

Su buen humor no debe quedar ignorado: necesita explayarse, extenderlo
sobre una gran superficie. Suena la generala en La Rioja, y los
ciudadanos salen a las calles armados al rumor de alarma. Facundo, que
ha hecho tocar a generala para divertirse, forma a los vecinos en la
plaza a las once de la noche, despide de las filas a la plebe, y deja
slo a los vecinos padres de familia acomodados, a los jvenes que an
conservan visos de cultura.

Hcelos marchar y contramarchar toda la noche, hacer alto, alinearse,
marchar de frente, de flanco. Es un cabo de instruccin que ensea a
unos reclutas, y la vara del cabo anda por la cabeza de los torpes, por
el pecho de los que no se alnean bien; qu quieren? as se ensea! El
da sobreviene, y los semblantes plidos de los reclutas; su fatiga y
extenuacin revelan todo lo que se ha aprendido en la noche. Al fin da
descanso a su tropa, y lleva la generosidad hasta comprar empanadas, y
distribuir a cada uno la suya, que se apresura a comer, porque es parte
sta de la diversin.

Lecciones de este gnero no son intiles para las ciudades, y el hbil
poltico que en Buenos Aires ha elevado a sistema estos procedimientos,
los ha refinado y hecho producir efectos maravillosos. Por ejemplo,
desde 1835 hasta 1840, casi toda la ciudad de Buenos Aires ha pasado por
las crceles. Haba a veces ciento cincuenta ciudadanos que permanecan
presos dos, tres meses, para ceder su lugar a un repuesto de doscientos
que permanecan seis meses. Por qu? qu haban hecho?... qu haban
dicho? Imbciles!: no vis que se est disciplinando la _ciudad_?...
No records que Rosas deca a Quiroga que no era posible constituir la
Repblica porque no haba costumbres? Es que est acostumbrando a la
ciudad a ser gobernada; l concluir la obra, y en 1844 podr presentar
al mundo un pueblo que no tiene sino un pensamiento, una opinin, una
voz, un entusiasmo sin lmites por la persona y por la voluntad de
Rosas! Ahora s que se puede constituir una repblica!

Pero volvamos a La Rioja. Habase excitado en Inglaterra un movimiento
febril de empresa sobre las minas de los nuevos Estados americanos;
compaas poderosas se proponan explotar las de Mjico y Per, y
Rivadavia, residente en Londres entonces, estimul a los empresarios a
traer sus capitales a la Repblica Argentina. Las minas de Famatina se
presentaban a las grandes empresas. Especuladores de Buenos Aires
obtienen al mismo tiempo privilegios exclusivos para la explotacin, con
el designio de venderlos a las compaas inglesas por sumas enormes.
Estas dos especulaciones, la de Inglaterra y la de Buenos Aires, se
cruzaron en sus planes y no pudieron entenderse. Al fin hubo transaccin
con otra casa inglesa que deba suministrar fondos, y que, en efecto,
mand directores y mineros ingleses. Ms tarde se especul en establecer
una Casa de Moneda en La Rioja, que, cuando el Gobierno nacional se
organizase, deba serle vendida en una gran suma. Facundo, solicitado,
entr con un gran nmero de acciones, que pag con el Colegio de
Jesutas, que se hizo adjudicar en pago de _sus sueldos_ de general. Una
comisin de accionistas de Buenos Aires vino a La Rioja para realizar
esta empresa, y desde luego manifest su deseo de ser presentada a
Quiroga, cuyo nombre misterioso y terrorfico empezaba a resonar por
todas partes. Facundo se le presenta en su alojamiento con media de
_seda_ de patente, calzn de jergn y un poncho de tela ruin. No
obstante lo grotesco de esta figura, a ninguno de los ciudadanos
elegantes de Buenos Aires le ocurri rerse, porque eran demasiado
avisados para no descifrar el enigma. Quera humillar a los hombres
cultos, y mostrarles el caso que haca de sus trajes europeos.

Ultimamente, derechos exhorbitantes sobre la extraccin de ganados que
no fuesen los suyos, completaron el sistema de administracin
establecido en su provincia. Pero a ms de estos medios directos de
fortuna, hay uno que me apresuro a exponer, por desembarazarme de una
vez de un hecho que abraza toda la vida pblica de Facundo. El juego!
Facundo tena la rabia del juego, como otros la de los licores, como
otros la del rap. Un alma poderosa pero incapaz de abrazar una grande
esfera de ideas, necesitaba esta ocupacin ficticia en que una pasin
est en continuo ejercicio, contrariada y halagada a la vez, irritada,
excitada, atormentada. Siempre he credo que la pasin del juego es en
los ms casos una buena cualidad de espritu que est ociosa por la mala
organizacin de una sociedad. Estas fuerzas de voluntad, de temeridad,
de abnegacin y de constancia, son las mismas que forman las fortunas
del comerciante emprendedor, del banquero y del conquistador que juega
imperios a las batallas. Facundo ha jugado desde la infancia; el juego
ha sido su nico goce, su desahogo, su vida entera. Pero sabis lo que
es un tallador que tiene en fondos el poder, el terror y la vida de sus
compaeros de mesa?

Esta es una cosa de que nadie ha podido formarse idea, sino despus de
haberlo visto durante veinte aos. Facundo jugaba sin lealtad, dicen sus
enemigos... Yo no doy fe a este cargo, porque la mala fe le era intil,
y porque persegua de muerte a los que la usaban.

Pero Facundo jugaba con fondos ilimitados; no permiti jams que nadie
levantase de la mesa el dinero con que jugaba; no era posible dejar de
jugar sin que l lo dispusiese; l jugaba cuarenta horas, y ms,
consecutivas; l no estaba turbado por el terror, y l poda mandar
azotar o fusilar a sus compaeros de carpeta, que muchas veces eran
hombres comprometidos. He aqu el secreto de la buena fortuna de
Quiroga. Son raros los que le han ganado sumas considerables, aunque
sean muchos los que en momentos dados de una partida de juego han tenido
delante de s pirmides de onzas ganadas a Quiroga; el juego ha seguido,
porque al ganancioso no le era permitido levantarse, y al fin slo le ha
quedado la gloria de contar que ya tena ganado tanto y lo perdi en
seguida.

El juego fu, pues, para Quiroga una diversin favorita y un sistema de
expoliacin. Nadie reciba dinero de l en La Rioja, nadie lo posea sin
ser invitado inmediatamente a jugar y a dejarlo en poder del caudillo.
La mayor parte de los comerciantes de La Rioja quiebran, desaparecen,
porque el dinero ha ido a parar a la bolsa del general, y no es porque
no les d lecciones de prudencia. Un joven haba ganado a Facundo cuatro
mil pesos, y Facundo no quiere jugar ms. El joven cree que es una red
que le tienden, que su vida est en peligro. Facundo repite que no juega
ms, insiste el joven atolondrado, y Facundo, condescendiendo, le _gana_
los cuatro mil pesos y le manda dar doscientos azotes, _por brbaro_.

Me fatigo de leer infamias, contestes en todos los manuscritos que
consulto. Sacrifico la relacin de ellas a la vanidad de autor, a la
pretensin literaria. Si digo ms, los cuadros me salen recargados,
innobles, repulsivos.

Hasta aqu llega la vida del comandante de campaa, despus que ha
abolido la _ciudad_, la ha suprimido. Facundo hasta aqu es como todos
los dems, como Rosas en su estancia, aunque ni el juego ni la
satisfaccin brutal de todas las pasiones le deshonrasen tanto antes de
llegar al Poder. Pero Facundo va a entrar en una nueva esfera, y
tendremos luego que seguirlo por toda la Repblica, que ir a buscarlo en
los campos de batalla.

Qu consecuencias trajo para la provincia de La Rioja la destruccin
del orden _civil_? Sobre esto no se razona, no se discurre. Se va a ver
el teatro en que estos sucesos se desenvolvieron, y se tiende la vista
sobre l: ah est la respuesta. Los Llanos de La Rioja estn hoy
desiertos; la poblacin ha emigrado a San Juan; los aljibes que daban de
beber a millares de rebaos se han secado. En esos Llanos, donde ahora
veinte aos pacan tantos millares de rumiantes, vaga tranquilo el
tigre, que ha reconquistado sus dominios; algunas familias de
pordioseros recogen algarroba para mantenerse. As han pagado los Llanos
los males que extendieron sobre la Repblica. Ay de ti, Betsaida y
Corazain! En verdad os digo que Sodoma y Gomorra fueron mejor tratadas
que lo que debis serlo vosotras.




CAPTULO III

SOCIABILIDAD.--CRDOBA.--BUENOS AIRES.

    La socit du moyen ge tait
    compose des debris de mille autres
    socits. Toutes les formes de
    libert et servitude se recontraient:
    la libert monarchique du roi, la
    libert individuelle du prtre, la libert
    privilegie des villes, la libert
    reprsentative de la nation, l'esclavage
    romain, le servage barbare,
    la servitude de l'aubain.

    CHATEAUBRIAND.



Facundo posee La Rioja como rbitro y dueo absoluto; no hay ms voz que
la suya, ms inters que el suyo. Como no hay letras, no hay opiniones,
y como no hay opiniones diversas, La Rioja es una mquina de guerra que
ir adonde la lleven. Hasta aqu Facundo nada ha hecho de nuevo, sin
embargo; esto era lo mismo que haban hecho el doctor Francia, Ibarra,
Lpez y Bustos; lo que haban intentado Gemes y Araoz en el Norte:
destruir todo el derecho para hacer valer el suyo propio. Pero un mundo
de ideas, de intereses contradictorios, se agitaba fuera de La Rioja, y
el rumor lejano de las discusiones de la Prensa y de los partidos
llegaba hasta su residencia en los Llanos. Por otra parte, l no haba
podido elevarse sin que el ruido que haca en el edificio de la
civilizacin que destrua no se oyese a la distancia y los pueblos
vecinos no fijasen en l sus miradas. Su nombre haba pasado los
lmites de La Rioja; Rivadavia lo invitaba a contribuir a la
organizacin de la Repblica; Bustos y Lpez a oponerse a ella; el
Gobierno de San Juan se preciaba de contarlo entre sus amigos, y hombres
desconocidos venan a los Llanos a saludarlo y pedirle apoyo para
sostener este o el otro partido. Presentaba la Repblica Argentina en
aquella poca un cuadro animado e interesante. Todos los intereses,
todas las ideas, todas las pasiones se haban dado cita para agitarse y
meter ruido. Aqu un caudillo que no quera nada con el resto de la
Repblica; all un pueblo que nada ms peda que salir de su
aislamiento; all un Gobierno que transportaba la Europa a la Amrica;
acull otro que odiaba hasta el nombre de civilizacin; en unas partes
se rehabilitaba el Santo Tribunal de la Inquisicin; en otras se
declaraba la libertad de las conciencias como el primero de los derechos
del hombre; unos gritaban federacin, otros gobierno central. Cada una
de estas diversas fases tena intereses y pasiones fuertes, invencibles
en su apoyo. Yo necesito aclarar un poco este caos para mostrar el papel
que toc desempear a Quiroga, y la grande obra que debi realizar. Para
pintar el comandante de campaa que se apodera de la ciudad y la
aniquila al fin, he necesitado describir el suelo argentino, los hbitos
que engendra, los caracteres que desenvuelve. Ahora, para mostrar a
Quiroga saliendo ya de su provincia y proclamando un principio, una
idea, y llevndola a todas partes en la punta de las lanzas, necesito
tambin trazar la carta geogrfica de las ideas y de los intereses que
se agitaban en las ciudades. Para este fin necesito examinar dos
ciudades, en cada una de las cuales predominaban las ideas opuestas:
Crdoba y Buenos Aires, tales como existan hasta 1825.

Crdoba era, no dir la ciudad ms coqueta de la Amrica, porque se
ofendera de ello su gravedad espaola, pero s una de las ciudades ms
bonitas del continente. Sita en una hondonada que forma un terreno
elevado, llamado _Los Altos_, se ha visto forzada a replegarse sobre s
misma, a estrechar y reunir sus regulares edificios de ladrillo. El
cielo es pursimo, el invierno seco y tnico, el verano ardiente y
tormentoso. Hacia el oriente tiene un bellsimo paseo de formas
caprichosas, de un golpe de vista mgico. Consiste en un estanque de
agua encuadrado en una vereda espaciosa, que sombrean sauces aosos y
colosales. Cada costado es de una cuadra de largo, encerrado bajo una
reja de fierro de cuatro varas de alto, con enormes puertas a los cuatro
costados, de manera que el paseo es una prisin encantada en que se da
vueltas siempre en torno de un vistoso cenador de arquitectura griega,
que est inmvil en el centro del fingido lago. En la plaza principal
est la magnfica catedral de orden romano, con su enorme cpula
recortada en arabescos, nico modelo que yo sepa que haya en la Amrica
del Sur de la arquitectura de la Edad Media. A una cuadra est el templo
y convento de la Compaa de Jess, en cuyo presbiterio hay una trampa
que da entrada a subterrneos que se extienden por debajo de la ciudad y
van a parar no se sabe todava adnde; tambin se han encontrado los
calabozos en que la Sociedad sepultaba vivos a sus reos. Si queris,
pues, conocer monumentos de la Edad Media y examinar el poder y las
formas de aquella clebre orden, id a Crdoba, donde estuvo uno de sus
grandes establecimientos centrales de Amrica.

En cada cuadra de la sucinta ciudad hay un soberbio convento, un
monasterio o una casa de beatas o de ejercicios. Cada familia tena
entonces un clrigo, un fraile, una monja o un corista; los pobres se
contentaban con poder contar entre los suyos un belermita, un motiln,
un sacristn o un monacillo.

Cada convento o monasterio tena una ranchera contigua, en que estaban
reproducindose ochocientos esclavos de la orden, negros, zambos,
mulatos y mulatillas de ojos azules, rubias, rozagantes, de piernas
bruidas como el mrmol; verdaderas circasianas dotadas de todas las
gracias, con ms de una dentadura de origen africano, que serva de cebo
a las pasiones humanas, todo para mayor honra y provecho del convento a
que estas hures pertenecan.

Andando un poco en la visita que hacemos, se encuentra la clebre
Universidad de Crdoba, fundada nada menos que el ao de 1613, y en
cuyos claustros sombros han pasado su juventud ocho generaciones de
doctores en ambos derechos, ergotistas insignes, comentadores y
casustas. Oigamos al clebre den Funes describir la enseanza y
espritu de esta famosa Universidad, que ha provisto durante dos siglos
de telogos y doctores a una gran parte de la Amrica: El curso
teolgico duraba cinco aos y medio... La Teologa participaba de la
corrupcin de los estudios filosficos. Aplicada la filosofa de
Aristteles a la Teologa, formaba una mezcla de profano y espiritual.
Razonamientos puramente humanos, sutilezas, sofismas engaosos,
cuestiones frvolas e impertinentes, esto fu lo que vino a formar el
gusto dominante de estas escuelas. Si queris penetrar un poco ms en
el espritu de libertad que dara esta instruccin, od al den Funes
todava: Esta Universidad naci y se cre exclusivamente en manos de
los jesutas, quienes la establecieron en su colegio llamado Mximo, de
la ciudad de Crdoba. Muy distinguidos abogados han salido de all,
pero literatos ninguno que no haya ido a rehacer su educacin en Buenos
Aires y con los libros europeos.

Esta ciudad docta no ha tenido hasta hoy teatro pblico, no conoci la
pera, no tiene an diarios, y la imprenta es una industria que no ha
podido arraigarse all. El espritu de Crdoba hasta 1829 es monacal y
escolstico; la conversacin de los estrados rueda siempre sobre las
procesiones, las fiestas de los santos, sobre exmenes universitarios,
profesin de monjas, recepcin de las borlas de doctor.

Hasta dnde puede esto influir en el espritu de un pueblo ocupado de
estas ideas durante dos siglos, no puede decirse; pero algo debe
influir, porque ya lo vis: el habitante de Crdoba tiende los ojos en
torno suyo y no ve el espacio; el horizonte est a cuatro cuadras de la
plaza; sale por las tardes a pasearse, y en lugar de ir y venir por una
calle de lamos, espaciosa y larga como la caada de Santiago, que
ensancha el nimo y lo vivifica, da vueltas en torno de un lago
artificial de agua sin movimiento, sin vida, en cuyo centro est un
cenador de formas majestuosas, pero inmvil, estacionario. La ciudad es
un claustro encerrado entre barrancas; el paseo es un claustro con
verjas de fierro; cada manzana tiene un claustro de monjas o frailes; la
Universidad es un claustro en que todos llevan sotana o manteo; la
legislacin que se ensea, la Teologa, toda la ciencia escolstica de
la Edad Media, es un claustro en que se encierra y parapeta la
inteligencia contra todo lo que salga del texto y del comentario.
Crdoba no sabe que existe en la tierra otra cosa que Crdoba; ha odo,
es verdad, decir que Buenos Aires est por ah; pero si lo cree, lo que
no sucede siempre, pregunta: Tiene Universidad? Pero ser de ayer.
Veamos: cuntos conventos tiene? Tiene paseo como ste? Entonces eso
no es nada...

Por qu autor estudian ustedes legislacin all?--preguntaba el grave
doctor Jigena a un joven de Buenos Aires--.--Por Bentham.--Por quin
dice usted? Por Benthancito?--sealando con el dedo el tamao del
volumen en dozavo en que anda la edicin de Bentham--. Ja, ja, ja!...
Por Benthancito! En un escrito mo hay ms doctrina que en esos
mamotretos. Qu Universidad y qu doctorzuelos!--Y ustedes, por quin
ensean?--Oh, el cardenal de Luca!...--Qu dice usted?...--Diez y
siete volmenes en folio!...

Es verdad que el viajero que se acerca a Crdoba busca y no encuentra en
el horizonte la ciudad santa, la ciudad mstica, la ciudad con capelo y
borlas de doctor. Al fin el arriero le dice: Vea ah... abajo..., entre
los pastos... Y, en efecto: fijando la vista en el suelo, y a corta
distancia, vense asomar una, dos, tres, diez cruces seguidas de cpulas
y torres de los muchos templos que decoran esta Pompeya de la Espaa de
la Edad Media.

Por lo dems, el pueblo de la ciudad, compuesto de artesanos, participa
del espritu de las clases altas; el maestro zapatero se daba los aires
de doctor en zapatera y os enderezaba un texto latino al tomaros
gravemente la medida; el ergo andaba por las cocinas, en boca de los
mendigos y locos de la ciudad, y toda disputa entre ganapanes tomaba el
tono y forma de las conclusiones. Adase que durante toda la revolucin
Crdoba ha sido el asilo de los espaoles en todas las dems partes
maltratados. Estaban all como en casa. Qu mella hara la revolucin
de 1810 en un pueblo educado por los jesutas y enclaustrado por la
naturaleza, la educacin y el arte? Qu asidero encontraran las ideas
revolucionarias, hijas de Rousseau, Mably, Beynal y Voltaire, si por
fortuna atravesaban la pampa para descender a la catacumba espaola, en
aquellas cabezas disciplinadas por el peripato para hacer frente a toda
idea nueva, en aquellas inteligencias que, como su paseo, tenan una
idea inmvil en el centro, rodeada de un lago de aguas muertas, que
estorbaba penetrar hasta ellas?

Hacia los aos de 1816, el ilustrado y liberal den Funes logr
introducir en aquella antigua Universidad los estudios hasta entonces
tan despreciados: Matemticas, idiomas vivos, Derecho pblico, Fsica,
Dibujo y Msica. La juventud cordobesa empez desde entonces a encaminar
sus ideas por nuevas vas, y no tard mucho en sentirse los efectos, de
lo que trataremos en otra parte, porque por ahora slo caracterizo el
espritu maduro, tradicional, que era el que predominaba.

La revolucin de 1810 encontr en Crdoba un odo cerrado, al mismo
tiempo que las provincias todas respondan a un tiempo: A las armas!
A la libertad! En Crdoba empez Liniers a levantar ejrcitos para que
fuesen a Buenos Aires a ajusticiar la revolucin; a Crdoba mand la
Junta uno de los suyos y sus tropas a decapitar a la Espaa. Crdoba, en
fin, ofendida del ultraje, y esperando venganza y reparacin, escribi
con la mano docta de la Universidad, y en el idioma del breviario y los
comentadores, aquel clebre anagrama que sealaba al pasajero la tumba
de los primeros realistas sacrificados en los altares de la patria:

      =C  L  A  M  O  R=

       o  i  l  o  r  o
       n  n  l  r  e  d
       c  i  e  e  l  r
       h  e  n  n  l  
       a  r  d  o  a  g
          s  e     n  u
                   a  e
                      z

Ya lo vis. Crdoba protesta y clama al cielo contra la revolucin de
1810!

En 1820 un ejrcito se subleva en Arequito, y su jefe, cordobs,
abandona el pabelln de la patria y se establece pacficamente en
Crdoba, que no ha tomado parte en la revolucin y que se goza en
haberle arrebatado un ejrcito. Bustos crea un Gobierno espaol, sin
responsabilidad; introduce la etiqueta de corte, el quietismo secular de
la Espaa, y as preparada, llega Crdoba al ao 25, en que se trata de
organizar la Repblica y constituir la revolucin y sus consecuencias.

Examinemos ahora a Buenos Aires. Durante mucho tiempo lucha con los
indgenas que la barren de la haz de la tierra; vuelve a levantarse, cae
en seguida, hasta que por los aos 1620 se levanta ya en el mapa de los
dominios espaoles lo suficiente para elevarla a capitana general,
separndola de la del Paraguay a que hasta entonces estaba sometida. En
1777 era Buenos Aires ya muy visible. Tanto, que fu necesario rehacer
la geografa administrativa de las colonias para ponerla al frente de un
virreinato creado exprofeso para ella.

En 1806 el ojo especulador de Inglaterra recorre el mapa americano y
slo ve a Buenos Aires, su ro, su porvenir. En 1810 Buenos Aires pulula
de revolucionarios avezados en todas las doctrinas antiespaolas,
francesas, europeas. Qu movimiento de ascensin se ha estado operando
en la ribera occidental del Ro de la Plata? La Espaa colonizadora no
era ni comerciante ni navegante; el Ro de la Plata era para ella poca
cosa; la Espaa _oficial_ mir con desdn una playa y un ro. Andando el
tiempo, el ro haba depuesto su sedimento de riquezas sobre esta playa,
pero muy poco del espritu espaol, del Gobierno espaol. La actividad
del comercio haba trado el espritu y las ideas generales de Europa;
los buques que frecuentaban sus aguas traan libros de todas partes y
noticia de todos los acontecimientos polticos del mundo. Ntese que la
Espaa no tena otra ciudad comerciante en el Atlntico.

La guerra con los ingleses aceler el movimiento de los nimos hacia la
emancipacin y despert el sentimiento de la propia importancia. Buenos
Aires es un nio que vence a un gigante, se infata, se cree un hroe y
se aventura a cosas mayores. Llevada de este sentimiento de la propia
suficiencia, inicia la revolucin con una audacia sin ejemplo, la lleva
por todas partes, se cree encargada de lo Alto de la realizacin de una
grande obra. El _Contrato Social_ vuela de mano en mano; Mably y Raynal
son los orculos de la prensa; Robespierre y la Convencin, los modelos.
Buenos Aires se cree una continuacin de la Europa, y si no confiesa
francamente que es francesa y norteamericana en su espritu y
tendencias, niega su origen espaol, porque el Gobierno espaol, dice,
la ha recogido despus de adulta. Con la revolucin vienen los ejrcitos
y la gloria, los triunfos y los reveses, las revueltas y las sediciones.

Pero Buenos Aires, en medio de todos estos vaivenes, muestra la fuerza
revolucionaria de que est dotada. Bolvar es todo; Venezuela es la
peana de aquella colosal figura; Buenos Aires es una ciudad entera de
revolucionarios; Belgrano, Rondeau, San Martn, Alvear y los cien
generales que mandan sus ejrcitos son sus instrumentos, sus brazos, no
su cabeza ni su cuerpo. En la Repblica Argentina no puede decirse el
general tal libert el pas, sino la junta, el directorio, el congreso,
el Gobierno de tal o tal poca mand al general tal que hiciese tal
cosa, etc. El contacto con los europeos de todas las naciones es mayor
an desde los principios que en ninguna parte del continente
hispanoamericano; la _desespaolizacin y la europeificacin_ se
efectan en diez aos de un modo radical, slo en Buenos Aires, se
entiende.

No hay ms que tomar una lista de vecinos de Buenos Aires para ver cmo
abundan en los hijos del pas los apellidos ingleses, franceses,
alemanes e italianos. El ao 1820 se empieza a organizar la sociedad
segn las nuevas ideas de que est impregnada, y el movimiento contina
hasta que Rivadavia se pone a la cabeza del Gobierno. Hasta este momento
Rodrguez y Las Heras han estado echando los cimientos ordinarios de los
Gobiernos libres. Ley de olvido, seguridad individual, respeto a la
propiedad, responsabilidad de la autoridad, equilibrio de los poderes,
educacin pblica; todo, en fin, se cimenta y constituye pacficamente.
Rivadavia viene a Europa, se trae a la Europa; ms todava, desprecia a
la Europa; Buenos Aires, y por supuesto, decan, la Repblica Argentina,
realizar lo que la Francia republicana no ha podido, lo que la
aristocracia inglesa no quiere, lo que la Europa despotizada echa de
menos. Esta no era una ilusin de Rivadavia, era el pensamiento general
de la _ciudad_, era su espritu y su tendencia.

El ms o el menos en las pretensiones divida los partidos, pero no
ideas antagonistas en el fondo. Y qu otra cosa haba de suceder en un
pueblo que slo en catorce aos haba escarmentado a la Inglaterra,
correteado la mitad del continente, equipado diez ejrcitos, dado cien
batallas campales, vencido en todas partes, mezcldose en todos los
acontecimientos, violado todas las tradiciones, ensayado todas las
teoras, aventurdolo todo y salido bien en todo, que viva, se
enriqueca, se civilizaba? Qu haba de suceder cuando las teoras de
gobierno, la fe poltica que le haba dado la Europa estaba plagada de
errores, de teoras absurdas y engaosas, de malos principios, porque
sus polticos no tenan obligacin de saber ms que los grandes hombres
de la Europa, que hasta entonces no saban nada en materia de
organizacin poltica? Este es un hecho grave que quiero hacer notar.
Hoy los estudios sobre las constituciones, las razas, las creencias, la
historia, en fin, han hecho vulgares ciertos conocimientos prcticos que
nos aleccionan contra el brillo de las teoras concebidas _ priori_;
pero antes de 1820 nada de esto haba transcendido por el mundo europeo.

Con las paradojas del _Contrato Social_ se sublev la Francia; Buenos
Aires hizo lo mismo; Voltaire haba desacreditado al cristianismo, se
desacredit tambin en Buenos Aires; Montesquieu distingui tres
poderes, y al punto tres poderes tuvimos nosotros; Benjamn Constant y
Bentham anulaban al ejecutivo, nulo de nacimiento se le constituy all;
Smith y Say predicaban el comercio libre, libre el comercio se repiti.
Buenos Aires confesaba y crea todo lo que el mundo sabio de Europa
crea y confesaba. Slo despus de la revolucin de 1830 en Francia, y
de sus resultados incompletos, las ciencias sociales toman nueva
direccin y se comienzan a desvanecer las ilusiones.

Desde entonces empiezan a llegarnos libros europeos que nos demuestran
que Voltaire no tena mucha razn, que Rousseau era un sofista, que
Mably y Raynal eran unos anrquicos, que no hay tres poderes, ni
contrato social, etctera, etc. Desde entonces sabemos algo de razas, de
tendencias, de hbitos nacionales, de antecedentes histricos.
Tocqueville nos revela por la primera vez el secreto de Norteamrica;
Sismondi nos descubre el vaco de las constituciones; Thierry, Michelet
y Guizot, el espritu de la historia; la revolucin de 1830, toda la
decepcin del constitucionalismo de Benjamn Constant; la revolucin
espaola, todo lo que hay de incompleto y atrasado en nuestra raza. De
qu culpan, pues, a Rivadavia y a Buenos Aires? De no tener ms saber
que los sabios europeos que los extraviaban? Por otra parte, cmo no
abrazar con ardor las ideas generales el pueblo que haba contribudo
tanto y con tan buen suceso a generalizar la revolucin? Cmo ponerle
rienda al vuelo de la fantasa del habitante de una llanura sin lmites,
dando frente a un ro sin ribera opuesta, a un paso de la Europa, sin
conciencia de sus propias tradiciones, sin tenerlas en realidad, pueblo
nuevo improvisado, y que desde la cuna se oye saludar pueblo grande?

_Al gran pueblo argentino, salud!_

Porque estas palabras que nuestra cancin nacional recuerda y con las
que se nos ha mecido desde la cuna, no las invent la vanidad del autor,
las tom de Pradt y de la Prensa de Europa, de las gacetas y
comunicaciones oficiales de los dems Estados americanos. Todos le
llamaban grande, todos se haban complotado a impulsarlo a las grandes
cosas.

As educada, mimada hasta entonces por la fortuna, Buenos Aires se
entreg a la obra de constituirse ella y la Repblica, como se haba
entregado a la de libertarse ella y la Amrica, con decisin, sin medios
trminos, sin contemporizacin con los obstculos. Rivadavia era la
encarnacin viva de ese espritu potico, grandioso, que dominaba la
sociedad entera. Rivadavia, pues, continuaba la obra de Las Heras en el
ancho molde en que deba vaciarse un gran Estado americano, una
Repblica. Traa sabios europeos para la Prensa y las ctedras,
colonias para los desiertos, naves para los ros, intereses y libertad
para todas las creencias, crdito y Banco Nacional para impulsar la
industria; todas las grandes teoras sociales de la poca para modelar
su gobierno; la Europa, al fin, a vaciarla de golpe en la Amrica y
realizar en diez aos la obra que antes necesitara el transcurso de
siglos. Era quimrico este proyecto? Protesto que no. Todas sus
creaciones subsisten, salvo las que la barbarie de Rosas hall incmodas
para sus atentados.

La libertad de cultos, que el alto clero de Buenos Aires apoy, no ha
sido restringida; la poblacin europea se disemina por las estancias, y
toma las armas de su _motu proprio_ para romper con el nico obstculo
que la priva de las bendiciones que le ofreciera aquel suelo; los ros
estn pidiendo a gritos que se rompan las cataratas oficiales que les
estorban ser navegados, y el Banco Nacional es una institucin tan
hondamente arraigada, que l ha salvado la sociedad de la miseria a que
la habra conducido el tirano.

Sobre todo, por lo fantstico y extemporneo que fuese aquel gran
sistema a que se encaminan y precipitan todos los pueblos americanos
ahora, era por lo menos ligero y tolerable para los pueblos; y por ms
que los hombres sin conciencia lo vociferen todos los das, Rivadavia
nunca derram una gota de sangre ni destruy la propiedad de nadie, y de
la presidencia fastuosa descendi voluntariamente a la pobreza noble y
humilde del proscripto. Rosas, que tanto lo calumnia, se ahogara en el
lago que podra formar toda la sangre que ha derramado; y los 40
millones de pesos fuertes del Tesoro nacional y los 50 de fortunas
particulares que ha consumido en diez aos, para sostener la guerra
formidable que sus brutalidades han encendido, en manos del _fatuo_, del
_iluso_ Rivadavia, se habran convertido en canales de navegacin,
ciudades edificadas y grandes y multiplicados establecimientos de
utilidad pblica.

Que le quede, pues, a este hombre, ya intil para su patria, la gloria
de haber representado la civilizacin europea en sus ms nobles
aspiraciones, y que sus adversarios cobren la suya de mostrar la
barbarie americana en sus formas ms odiosas y repugnantes; porque Rosas
y Rivadavia son los dos extremos de la Repblica Argentina, que se liga
a los salvajes por la pampa y a la Europa por el Plata.

No es el elogio, sino la apoteosis la que hago de Rivadavia y su
partido, que han muerto para la Repblica Argentina como elemento
poltico, no obstante que Rosas se obstina suspicazmente en llamar
unitarios a sus actuales enemigos. El antiguo partido unitario, como el
de la Gironda, sucumbi hace muchos aos. Pero en medio de sus
desaciertos y sus ilusiones fantsticas, tena tanto de noble y grande,
que la generacin que le sucede le debe los ms pomposos honores
fnebres.

Muchos de aquellos hombres quedan an entre nosotros, pero no ya como
partido organizado; son las momias de la Repblica Argentina, tan
venerables y nobles como las del Imperio de Napolen. Estos unitarios
del ao 25 forman un tipo separado, que nosotros sabemos distinguir por
la figura, por los modales, por el tono de la voz y por las ideas. Me
parece que entre cien argentinos reunidos, yo dira: este es _unitario_.
El unitario tipo marcha derecho, la cabeza alta; no da vuelta, aunque
sienta desplomarse un edificio; habla con arrogancia; completa la frase
con gestos desdeosos y ademanes concluyentes; tiene ideas fijas,
invariables, y a la vspera de una batalla se ocupar todava de
discutir en toda forma un reglamento o de establecer una nueva
formalidad legal, porque las frmulas legales son el culto exterior que
rinde a sus dolos, la Constitucin, las garantas individuales.

Su religin es el porvenir de la Repblica, cuya imagen colosal,
indefinible, pero grandiosa y sublime se le aparece a todas horas
cubierta con el manto de las pasadas glorias y no le deja ocuparse de
los hechos que presencia. Estoy seguro de que el alma de cada unitario
degollado por Rosas ha abandonado el cuerpo desdeando al verdugo que lo
asesina y aun sin creer que la cosa ha sucedido. Es imposible imaginarse
una generacin ms razonadora, ms _deductiva_, ms emprendedora y que
haya carecido en ms alto grado de sentido prctico. Llega la noticia de
un triunfo de sus enemigos; todos lo repiten, el parte oficial lo
detalla, los dispersos vienen heridos. Un _unitario_ no cree en tal
triunfo, y se funda en razones tan concluyentes, que os hace dudar de lo
que vuestros ojos estn viendo. Tiene tal fe en la superioridad de su
causa, y tanta constancia y abnegacin para consagrarle su vida, que el
destierro, la pobreza ni el lapso de los aos entibiarn en un pice su
ardor.

En cuanto a temple de alma y energa, son infinitamente superiores a la
generacin que les ha sucedido. Sobre todo, lo que ms les distingue de
nosotros son sus modales finos, su poltica ceremoniosa y sus ademanes
pomposamente cultos. En los estrados no tienen rival, y no obstante que
ya estn desmontados por la edad, son ms galanes, ms bulliciosos y
alegres con las damas que lo son sus hijos.

Hoy da las formas se descuidan entre nosotros a medida que el
movimiento democrtico se hace ms pronunciado, y no es fcil darse idea
de la cultura y refinamiento de la sociedad de Buenos Aires hasta 1828.
Todos los europeos que arribaban crean hallarse en Europa, en los
salones de Pars; nada faltaba, ni aun la petulancia francesa, que se
dejaba notar entonces en el elegante de Buenos Aires.

Me he detenido en estos pormenores para caracterizar la poca en que se
trataba de constituir la Repblica y los elementos diversos que se
estaban combatiendo. Crdoba, espaola por educacin literaria y
religiosa, estacionaria y hostil a las innovaciones revolucionarias, y
Buenos Aires, todo novedad, todo revolucin y movimiento, son las dos
fases prominentes de los partidos que dividan las ciudades todas, en
cada una de las cuales estaban luchando estos dos elementos diversos que
hay en todos los pueblos cultos.

No s si en Amrica se presenta un fenmeno igual a ste; es decir, dos
partidos, retrgrado y revolucionario, conservador y progresista,
representados altamente cada uno por una ciudad civilizada de diverso
modo, alimentndose cada una de ideas extradas de fuentes distintas:
Crdoba, de la Espaa, los Concilios, los comentadores, el Digesto;
Buenos Aires, de Bentham, Rousseau, Montesquieu y la literatura francesa
entera.

A estos elementos de antagonismo se aada otra causa no menos grave;
tal era el aflojamiento de todo vnculo nacional, producido por la
revolucin de la Independencia. Cuando la autoridad es sacada de un
centro para fundarla en otra parte, pasa mucho tiempo antes de echar
races. _El Republicano_ deca el otro da que la autoridad no es ms
que un convenio entre gobernantes y gobernados. Aqu hay muchos
_unitarios_ todava! La autoridad se funda en el asentimiento
indeliberado que una nacin da a un hecho permanente. Donde hay
deliberacin y voluntad, no hay autoridad. Aquel estado de transicin se
llama _federalismo_; y despus de toda revolucin y cambio consiguiente
de autoridad, todas las naciones tienen sus das y sus intentos de
_federacin_.

Me explicar. Arrebatado a la Espaa Fernando VII, la autoridad, aquel
hecho permanente deja de ser, y la Espaa se rene en juntas
provinciales que niegan la autoridad a los que gobiernan en nombre del
rey. Esto es _federacin de la Espaa_. Llega la noticia a la Amrica, y
se desprende de la Espaa, separndose en varias secciones: _federacin
de la Amrica_.

Del virreinato de Buenos Aires salen al fin de la lucha cuatro Estados:
Bolivia, Paraguay, Banda Oriental y Repblica Argentina: _federacin del
virreinato_.

La Repblica se divide en provincias, no por las antiguas intendencias,
sino por ciudades: _federacin de las ciudades_.

No es que la palabra _federacin_ signifique separacin, sino que, dada
la separacin previa, expresa la unin de partes distintas. La Repblica
Argentina se hallaba en esta crisis social, y muchos hombres notables y
bien intencionados de las _ciudades_ crean que es posible hacer
_federaciones_ cada vez que un hombre o un pueblo se siente sin respeto
por una autoridad nominal y de puro convenio.

As, pues, haba esta otra manzana de discordia en la Repblica, y los
partidos, despus de haberse llamado realistas y patriotas, congresistas
y ejecutivistas, pelucones y liberales, concluyeron por llamarse
federales y unitarios. Miento, que no concluye an la fiesta: que a don
Juan Manuel Rosas se le ha antojado llamar a sus enemigos presentes y
futuros _salvajes_, _inmundos unitarios_, y uno nacer _salvaje_
estereotipado all dentro de veinte aos, como son federales hoy todos
los que llevan la cartula que l les ha puesto. Cmo se reir en sus
adentros ese miserable de la imbecilidad de los pueblos!

Pero la Repblica Argentina est geogrficamente constituda de tal
manera, que ha de ser unitaria siempre, _aunque el rtulo de la botella_
diga lo contrario. Su llanura continua, sus ros confluentes a un puerto
nico la hacen fatalmente una e indivisible. Rivadavia, ms conocedor de
las necesidades del pas, aconsejaba a los pueblos que se uniesen bajo
una Constitucin comn, haciendo nacional el puerto de Buenos Aires.
Agero, su eco en el Congreso, deca a los porteos con su acento
magistral y unitario: Demos voluntariamente a los pueblos lo que ms
tarde nos reclamarn con las armas en la mano.

El pronstico fall por una palabra. Los pueblos no reclamaron de Buenos
Aires el puerto con las armas, sino con la _barbarie_, que le mandaron
en Facundo y Rosas. Pero Buenos Aires se qued con la barbarie y el
puerto, que slo a Rosas ha servido y no a las provincias. De manera que
Buenos Aires y las provincias se han hecho el mal mutuamente, sin
reportar ninguna ventaja.

Todos estos antecedentes he necesitado establecer para continuar con la
vida de Juan Facundo Quiroga, porque, aunque parezca ridculo decirlo,
Facundo es el rival de Rivadavia. Todo lo dems es transitorio,
intermediario y de poco momento; el partido federal de las ciudades era
un eslabn que se ligaba al partido brbaro de las campaas. La
Repblica era solicitada por dos fuerzas unitarias: una que parta de
Buenos Aires y se apoyaba en los liberales del interior; otra que
parta de las campaas y se apoyaba en los caudillos que ya haban
logrado dominar las ciudades; la una, civilizada, constitucional,
europea; la otra, brbara, arbitraria, americana.

Estas dos fuerzas haban llegado a su ms alto punto de
desenvolvimiento, y slo una palabra se necesitaba para trabar la lucha,
y ya que el partido revolucionario se llamaba _unitario_, no haba
inconveniente para que el partido adverso adoptase la denominacin de
_federal_, sin comprenderla.

Pero aquella fuerza brbara estaba diseminada por toda la Repblica,
dividida en provincias, en cacicazgos; necesitbase una mano poderosa
para fundirla y presentarla en un todo homogneo, y Quiroga ofreci su
brazo para realizar esta grande obra.

El gaucho argentino, aunque de instintos comunes con los pastores, es
eminentemente provincial: lo hay porteo, santafecino, cordobs,
llanista, etc. Todas sus aspiraciones las encierra en su provincia; las
dems son enemigas o extraas; son diversas tribus, que se hacen entre
s la guerra. Lpez, apoderado de Santa Fe, no se cura de lo que pasa
alrededor suyo, salvo que vengan a importunarlo, que entonces monta a
caballo y echa fuera a los intrusos. Pero como no estaba en sus manos
que las provincias no se tocasen por todas partes, no poda tampoco
evitar que al fin se uniesen en un inters comn, y de ah les viniese
esa misma _unidad_ que tanto se interesaba en combatir.

Recurdese que al principio dije que las correras y viajes de la
juventud de Quiroga haban sido la base de su futura ambicin.
Efectivamente: Facundo, aunque gaucho, no tiene apego a un lugar
determinado; es riojano, pero se ha educado en San Juan, ha vivido en
Mendoza, ha estado en Buenos Aires. Conoce la Repblica; sus miradas se
extienden sobre un grande horizonte; dueo de La Rioja, quisiera,
naturalmente, presentarse revestido del poder en el pueblo en que
aprendi a leer, en la ciudad donde levant unas tapias, en aquella otra
donde estuvo preso e hizo una accin gloriosa. Si los sucesos lo atraen
fuera de su provincia, no se resistir a salir por cortedad ni
encogimiento. Muy distinto de Ibarra y Lpez, que no gustan sino de
defenderse en su territorio, l acometer el ajeno y se apoderar de l.
As la Providencia realiza las grandes cosas por medios insignificantes
e inapercibibles, y la unidad brbara de la Repblica va a iniciarse a
causa de que un gaucho malo ha andado de provincia en provincia
levantando tapias y dando pualadas.




CAPTULO IV

ENSAYOS.--ACCIONES DEL TALA Y DEL RINCN

    Cunto dilata el da!, porque
    maana quiero galopar diez cuadras
    sobre un campo sembrado de
    cadveres.

    SHAKESPEARE.



Tal como lo hemos pintado era en 1825 la fisonoma poltica de la
Repblica cuando el Gobierno de Buenos Aires invit a las provincias a
reunirse en un congreso para darse una forma de gobierno general. De
todas partes fu acogida esta idea con aprobacin, ya fuese que cada
caudillo contase con _constituirse_ caudillo legtimo de su provincia,
ya que el brillo de Buenos Aires ofuscase todas las miradas y no fuese
posible negarse sin escndalo a una pretensin tan racional. Se ha
impuesto al Gobierno de Buenos Aires como una falta haber promovido esta
cuestin, cuya solucin deba ser tan funesta para l mismo y para la
civilizacin; pero toda civilizacin, como las religiones mismas, es
generalizadora, propagandista, y mal creera un hombre que no deseara
que todos creyesen como l.

Facundo recibi en La Rioja la invitacin, y acogi la idea con
entusiasmo, quiz por aquellas simpatas que los espritus altamente
dotados tienen por las cosas esencialmente buenas.

A esta sazn la Repblica se preparaba para la guerra del Brasil, y a
cada provincia se haba encomendado la formacin de un regimiento para
el ejrcito. A Tucumn vino con este encargo el general La Madrid que,
impaciente por obtener los reclutas y elementos necesarios para levantar
su regimiento, no trepid mucho en derrocar aquellas autoridades morosas
y subir l al Gobierno a fin de expedir los decretos convenientes al
efecto. Este acto subversivo pona al Gobierno de Buenos Aires en una
posicin delicada. Haba desconfianza en los gobiernos, celos de
provincia, y el coronel La Madrid, venido de Buenos Aires y trastornando
un Gobierno provincial, lo haca aparecer a los ojos de la nacin como
instigador. Para desvanecer esta sospecha, el Gobierno de Buenos Aires
insta a Facundo que invada a Tucumn y restablezca las autoridades
provinciales. La Madrid explica al Gobierno el motivo real, aunque bien
frvolo, por cierto, que lo ha impulsado, y protesta de su adhesin
inalterable. Pero ya era tarde: Facundo estaba en movimiento, y era
preciso prepararse a rechazarlo. La Madrid pudo disponer de un armamento
que pasaba para Salta; pero por delicadeza, por no agravar ms los
cargos que contra l pesaban, se content con tomar 50 fusiles y otros
tantos sables, suficientes, segn l, para acabar con la fuerza
invasora.

Es el general La Madrid uno de esos tipos naturales del suelo argentino.
A la edad de catorce aos empez a hacer la guerra a los espaoles, y
los prodigios de su valor romancesco pasan los lmites de lo posible; se
ha hallado en ciento cuarenta encuentros, en todos los cuales la espada
de La Madrid ha salido mellada y destilando sangre; el humo de la
plvora y los relinchos de los caballos lo enajenan materialmente, y con
tal que l acuchille todo lo que se le pone por delante, caballos,
caones, infantes, aunque la batalla se pierda. Deca que es un tipo
natural de aquel pas, no por esta valenta fabulosa, sino porque es
oficial de caballera y poeta adems. Es un Tirteo que anima al soldado
con canciones guerreras, el cantor de que habl en la primera parte; es
el espritu gaucho, civilizado y consagrado a la libertad.
Desgraciadamente, no es un general cuadrado como lo peda Napolen; el
valor predomina sobre las otras cualidades del general en proporcin de
ciento a uno. Y si no, ved lo que hace en Tucumn; pudiendo, no rene
fuerzas suficientes, y con un puado de hombres presenta la batalla, no
obstante que lo acompaa el coronel Daz Vlez, poco menos valiente que
l. Facundo traa doscientos infantes y sus _Colorados_ de caballera.
La Madrid tiene cincuenta infantes y algunos escuadrones de milicias.
Comienza el combate, arrolla la caballera de Facundo, y a Facundo
mismo, que no vuelve a campo de batalla sino despus de concludo todo.
Queda la infantera en columna cerrada; La Madrid manda cargarla, no es
obedecido, y carga l solo. Cierto; l solo atropella la masa de
infantera; voltanle el caballo, se endereza, vuelve a cargar su amo;
mata, hiere, acuchilla todo lo que est a su alcance, hasta que caen
caballo y caballero traspasados de balas y bayonetazos, con lo cual la
victoria se decide por la infantera. Todava en el suelo le hunden en
la espalda la bayoneta de un fusil, le disparan el tiro, y la bala y
bayoneta lo traspasan, asndolo adems con el fogonazo. Facundo vuelve
al fin a recuperar su _bandeja_ negra que ha perdido, y se encuentra con
una batalla ganada, y La Madrid muerto, bien muerto. Su ropa estaba ah;
su espada, su caballo, nada falta, excepto su cadver, que no puede
reconocerse entre los muchos mutilados y desnudos que yacen en el
campo. El coronel Daz Vlez, prisionero, dice que su hermano tena una
lanzada en una pierna; no hay cadver all con herida semejante.

La Madrid, acribillado de once heridas, se haba arrastrado hasta unos
matorrales, donde su asistente lo encontr delirando con la batalla, y
respondiendo al ruido de pasos que se acercaban: No me rindo! Nunca
se haba rendido el coronel La Madrid hasta entonces.

He aqu la famosa accin del Tala, primer ensayo de Quiroga fuera de los
trminos de la provincia. Ha vencido en ella al valiente de los
valientes, y conserva su espada como trofeo de la victoria. Se detendr
ah? Pero veamos la fuerza que Rivadavia ha opuesto al coronel del
regimiento nmero 15, que ha trastornado un gobierno para equipar su
cuerpo. Facundo enarbola en el Tala una bandera que no es argentina, que
es de su invencin. Es un pao negro con una calavera y huesos cruzados
en el centro. Esta es su bandera que ha perdido a principio del combate,
y que va a recobrar--dice a sus soldados dispersos--aunque sea en la
puerta del infierno. La muerte, el espanto, el infierno, se presentan
en el pabelln y la proclama del general de los Llanos. Habis visto
este mismo pao mortuorio sobre el fretro de los muertos cuando el
sacerdote canta _Port inferi_?

Pero hay algo ms todava que revela desde entonces el espritu de la
fuerza pastora, rabe, trtara, que va a destruir las ciudades. Los
colores argentinos son el celeste y el blanco; el cielo transparente de
un da sereno, y la luz ntida del disco del sol; la paz y la justicia
para todos. A fuerza de odiar la tirana y la violencia, nuestro
pabelln y nuestras armas excomulgan el blasn y los trofeos guerreros.
Dos manos en seal de unin sostienen el gorro frigio del liberto; las
ciudades unidas, dice este smbolo, sostendrn la libertad adquirida; el
sol principia a iluminar el teatro de este juramento, y la noche va
desapareciendo poco a poco. Los ejrcitos de la Repblica que llevan la
guerra a todas partes para hacer efectivo aquel porvenir de luz, y
tornar en da la aurora que el escudo de armas anuncia, visten azul
obscuro y con cabos diversos: visten a la europea. Bien; en el seno de
la Repblica, del fondo de sus entraas se levanta el color _colorado_,
y se hace el vestido del soldado, el pabelln del ejrcito, y
ltimamente, la cucarda nacional, que, so pena de la vida, ha de llevar
todo argentino.

Sabis lo que es el color colorado? Yo no lo s tampoco; pero voy a
reunir algunas reminiscencias.

Tengo a la vista un cuadro de las banderas de todas las naciones del
mundo. Slo hay una europea culta, en que el colorado predomine, no
obstante el origen brbaro de sus pabellones. Pero hay otras coloradas;
leo: Argel, pabelln colorado con calavera y huesos; Tnez, pabelln
colorado; Mogol, dem; Turqua, pabelln colorado con creciente;
Marruecos, Japn, colorado con la cuchilla exterminadora; Siam, Surate,
etc., lo mismo.

Recuerdo que los viajeros que intentan penetrar en el interior del
Africa se proveen de pao _colorado_ para agasajar a los prncipes
negros. El rey de Elve, dicen los hermanos Lardner, llevaba un surt
espaol de pao _colorado_ y pantalones del mismo color.

Recuerdo que los presentes que el Gobierno de Chile manda los caciques
de Arauco, consisten en mantas y ropas _coloradas_, porque este color
agrada mucho a los salvajes.

La capa de los emperadores romanos que representaban al dictador, era de
prpura, esto es, _colorada_.

El manto real de los reyes brbaros de Europa fu siempre _colorado_.

La Espaa ha sido el ltimo pas europeo que ha repudiado el _colorado_,
que llevaba en la capa grana.

Don Carlos en Espaa, el pretendiente absoluto, iza una bandera
_colorada_.

El Reglamento Regio de Gnova[27], disponiendo que los senadores lleven
toga purprea, _colorada_, previene que se practique as particularmente
in escecuzione di giudicato criminale ad effectto de incutere colla
grave sua decorosa presenza il _terrore_ e lo _spavento_ nel cativi.

El verdugo en todos los Estados europeos vesta de _colorado_ hasta el
siglo pasado.

Artigas agrega al pabelln argentino una franja diagonal _colorada_.

Los ejrcitos de Rosas visten de _colorado_.

Su retrato se estampa en una cinta _colorada_.

Qu vnculo misterioso liga todos estos hechos? Es casualidad que
Argel, Tnez, el Japn, Marruecos, Turqua, Siam, los africanos, los
salvajes, los Nerones romanos, los reyes brbaros, _il terrore e
l'spavento_, el verdugo y Rosas, se hallen vestidos con un color
proscrito hoy da por las sociedades cristianas y cultas? No es el
_colorado_ el smbolo que expresa violencia, sangre y barbarie? Y si no,
por qu este antagonismo?

La revolucin de la independencia argentina se simboliza en dos tiras
celestes y una blanca, cual si dijera: justicia, paz, justicia!

La reaccin encabezada por Facundo y aprovechada por Rosas se
simboliza en una cinta colorada que dice: terror, sangre, barbarie!

La especie humana ha dado en todos tiempos este significado al color
grana, colorado, prpura; id a estudiar el Gobierno en los pueblos que
ostentan este color y hallaris a Rosas y a Facundo: el terror, la
barbarie, la sangre corriendo todos los das. En Marruecos el Emperador
tiene la singular prerrogativa de matar l mismo a los criminales.

Necesito detenerme sobre este punto. Toda civilizacin se expresa en
trajes, y cada traje indica un sistema de ideas entero. Por qu usamos
hoy la barba entera? Por los estudios que se han hecho en estos tiempos
sobre la Edad Media; la direccin impresa a la literatura romntica se
refleja en la moda. Por qu vara sta todos los das? Por la libertad
del pensamiento; esclavizadlo y tendris vestido invariable; as en
Asia, donde el hombre vive bajo gobiernos como el de Rosas, lleva desde
los tiempos de Abraham vestido talar.

An hay ms: cada civilizacin ha tenido su traje, y cada cambio en las
ideas, cada revolucin en las instituciones, un cambio en el vestir. Un
traje la civilizacin romana, otro la Edad Media; el frac no principia
en Europa sino despus del renacimiento de las ciencias; la moda no la
impone al mundo, sino la nacin ms civilizada; de frac visten todos los
pueblos cristianos, y cuando el sultn de Turqua, Abdul Medjil, quiere
introducir la civilizacin europea en sus Estados, depone el turbante,
el caftn y las bombachas, para vestir frac, pantaln y corbata.

Los argentinos saben la guerra obstinada que Facundo y Rosas han hecho
al frac y a la moda. El ao 1840 un grupo de mazorqueros rodea en la
obscuridad de la noche a un individuo que iba con levita por las calles
de Buenos Aires; los cuchillos estn a dos dedos de su garganta. --Soy
Simn Pereira, exclama.--Seor, el que anda vestido as se expone.--Por
lo mismo me visto; quin sino yo anda con levita? Lo hago para que me
conozcan desde lejos. Este seor es primo y compaero de negocios de
don Juan Manuel Rosas. Pero para terminar las explicaciones que me
propongo dar sobre el color _colorado_ iniciado por Facundo e ilustrar
con sus smbolos el carcter de la guerra civil, debo referir aqu la
historia de la _cinta colorada_ que hoy sale ya a ostentarse afuera. En
1820 aparecieron en Buenos Aires con Rosas los _Colorados de las
Conchas_; la campaa mandaba ese contingente. Rosas a los veinte aos
reviste al fin la _ciudad_ de colorado: casas, puertas, empapelados,
vajillas, tapices, colgaduras, etc., etc. Ultimamente consagra este
color oficialmente y lo impone como una medida de Estado.

La historia de la cinta colorada es muy curiosa. Al principio fu una
divisa que adoptaron los entusiastas; mandse despus llevarlo a todos
para que _probase la uniformidad_ de la opinin. Se deseaba obedecer,
pero al mudar de vestido se olvidaba. La polica vino en auxilio de la
memoria. Se distribuan mazorqueros por las calles, y sobre todo en las
puertas de los templos, y a la salida de las seoras se distribuan sin
misericordia zurriagazos con vergas de toro. Pero an quedaba mucho que
arreglar. Llevaba uno la cinta negligentemente anudada?, vergazos!;
era unitario. Llevbala chica?, vergazos!; era unitario. No la
llevaba?, degollarlo por contumaz! No par ah ni la solicitud del
Gobierno ni la educacin pblica. No bastaba ser federal ni llevar la
cinta, que era preciso adems que ostentase el retrato del ilustre
restaurador sobre el corazn, en seal de amor _intenso_, y los letreros
_mueran los salvajes inmundos unitarios_[28]. Creerase que con esto
estaba terminada la obra de envilecer a un pueblo culto y hacerle
renunciar a toda dignidad personal? Ah!, todava no estaba bien
disciplinado. Amaneca una maana en una esquina de Buenos Aires un
figurn pintado en papel con una cinta flotante de media vara. En el
momento que alguno la vea, retroceda despavorido llevando por todas
partes la alarma, entrbase en la primer tienda y sala de all con una
cinta de media vara. Diez minutos despus toda la ciudad se presentaba
en las calles, cada uno con su cinta flotante de media vara de largo.
Apareca otro da otro figurn con una ligera alteracin en la cinta, la
misma maniobra.

Si alguna seorita se olvidaba del moo colorado, la polica le pegaba
_gratis_ uno en la cabeza con brea derretida! As se ha conseguido
uniformar la opinin! Preguntad en toda la Repblica Argentina si hay
uno que no sostenga y crea que es federal...! Ha sucedido mil veces que
un vecino ha salido a la puerta de su casa, y visto barrida la parte
fronteriza de la calle, al momento ha mandado barrer, le ha seguido su
vecino, y en media hora ha quedado barrida toda la calle entera,
creyndose que era una orden de la polica. Un pulpero iza una bandera
por llamar la atencin, velo el vecino, y temeroso de ser tachado de
tardo por el gobernador, iza la suya, zanla los del frente, zanla en
toda la calle, pasa a otras y en un momento queda empavesado Buenos
Aires. La polica se alarma, inquiere qu noticia tan fausta se ha
recibido que ella ignora, sin embargo... Y ste era el pueblo que
renda a 11.000 ingleses en las calles y mandaba despus cinco ejrcitos
por el continente americano a caza de espaoles!

Es que el terror es una enfermedad del nimo que aqueja a las
poblaciones, como el clera morbo, la viruela, la escarlatina. Nadie se
libra al fin del contagio. Y cuando se trabaja de diez aos consecutivos
para inocularlo, no resisten al fin ni los ya vacunados. No os riis,
pues, pueblos hispanoamericanos al ver tanta degradacin! Mirad que
sois espaoles, y la inquisicin educ as a la Espaa! Esta enfermedad
la traemos en la sangre. Cuidado, pues!

Volvamos a tomar el hilo de los hechos. Facundo entr triunfante en
Tucumn y regres a La Rioja pasados unos pocos das, sin cometer actos
notables de violencia y sin imponer contribuciones. Es que la
regularidad constitucional de Rivadavia haba formado una conciencia
pblica que no era posible arrastrar de un golpe.

Facundo regresa a La Rioja; pero enemigo de la Presidencia que lo ha
comisionado para deponer a La Madrid, Quiroga no saba qu decir
fijamente sobre el motivo de esta oposicin a la Presidencia, lo que es
muy natural. l mismo no podra haberse dado cuenta de ello. Yo no soy
federal--deca siempre--, que soy tonto. Sabe usted--deca una vez a
don Dalmacio Vlez--, por qu, he hecho la guerra? Por esto! Y sacaba
una onza de oro. Menta Facundo.

Otras veces deca: Carril, gobernador de San Juan, me hizo un desaire
desatendiendo mi recomendacin por Carita, y me ech por eso en la
oposicin al Congreso. Menta.

Sus enemigos decan: Tena muchas acciones en la Casa de la Moneda, y
propusieron venderla al Gobierno Nacional en 300.000 pesos. Rivadavia
rechaz esta propuesta porque era un robo escandaloso, y Facundo se
alist desde entonces entre sus enemigos. El hecho es cierto, pero no
fu ste el motivo.

Crese que cedi a las sugestiones de Bustos e Ibarra para oponerse,
pero hay un documento que acredita lo contrario. En carta que escriba
al general La Madrid en 1832, le deca: Cuando fu invitado por los muy
nulos y bajos Bustos e Ibarra, no considerndoles capaces de hacer
oposicin con provecho al dspota presidente don Bernardino Rivadavia,
los despreci; pero habindome asegurado el edecn del finado Bustos,
coronel don Manuel del Castillo, que usted estaba de acuerdo en este
negocio y era el ms interesado en l, no trepid un momento en
decidirme a arrostrar todo compromiso, contando nicamente con su espada
para esperar un desenlace feliz... Cul fu mi chasco...!

No era federal, ni cmo haba de serlo! Qu, es necesario ser tan
ignorante como un caudillo de campaa para conocer la forma de gobierno
que ms conviene a la Repblica? Cuanta menos instruccin tiene un
hombre, tanta ms capacidad es la suya para juzgar de las arduas
cuestiones de la alta poltica? Pensadores como Lpez, como Ibarra, como
Facundo, eran los que con sus estudios histricos, sociales,
geogrficos, filosficos, legales, iban a resolver el problema de la
conveniente organizacin de un Estado? Eh!... Dejemos esas torpezas a
don Juan Manuel Rosas, que sabe que, clavando a los hombres un trapo
colorado en el pecho, las cuestiones estn resueltas. Dejemos a un lado
las palabras vanas con que con tanta imprudencia se han burlado de los
incautos. Facundo di contra el Gobierno que lo haba mandado a
Tucumn, por la misma razn que di contra Aldao, que lo mand a La
Rioja. Se senta fuerte y con voluntad de obrar; impulsbalo a ello un
instinto ciego, indefinido, y obedeca a l; era el comandante de
campaa, el gaucho malo, enemigo de la justicia civil, del orden civil,
del hombre decente, del sabio, del frac, de la _ciudad_, en una palabra.
La destruccin de todo esto le estaba encomendada de lo alto, y no poda
abandonar su misin.

Por este tiempo una singular cuestin vino a complicar los negocios. En
Buenos Aires, puerto de mar, residencia de 16.000 extranjeros, el
Gobierno propuso conceder a estos extranjeros la libertad de cultos, y
la parte ms ilustrada del clero sostuvo y sancion la ley; los
conventos fueron secularizados y rentados los sacerdotes. En Buenos
Aires este asunto no meti bulla, porque eran puntos stos en que las
opiniones estaban de acuerdo; las necesidades eran patentes. La cuestin
de libertad de cultos es en Amrica una cuestin de poltica y de
economa. Quien dice libertad de cultos, dice inmigracin europea y
poblacin. Tan no caus impresin en Buenos Aires, que Rosas no se ha
atrevido a tocar nada de lo acordado entonces, y es preciso que sea un
absurdo inconcebible aquello que Rosas no intente.

En las provincias, empero, sta fu una cuestin de religin, de
salvacin y condenacin eterna. Imaginos cmo la recibira Crdoba! En
Crdoba se levant una inquisicin. San Juan experiment una sublevacin
_catlica_, porque as se llama el partido para distinguirse de los
_libertinos_, sus enemigos. Sofocada esta revolucin en San Juan, sbese
un da que Facundo est a las puertas de la ciudad con una bandera negra
dividida por una cruz sanguinolenta, rodeada de este lema: _Religin o
muerte!_

Recuerda el lector que he copiado de un manuscrito que Facundo _nunca
se confesaba, ni oa misa, ni rezaba, y que l mismo deca que no crea
en nada_? Pues bien: el espritu de partido aconsej a un clebre
predicador llamarlo el _Enviado de Dios_ e inducir a la muchedumbre a
seguir sus banderas. Cuando este mismo sacerdote abri los ojos y se
separ de la cruzada criminal que haba predicado, Facundo deca que
nada ms senta que no haberlo a las manos para darle seiscientos
azotes.

Llegado a San Juan, los principales de la ciudad, los magistrados que no
haban fugado; los sacerdotes, complacidos por aquel auxilio divino,
salen a encontrarlo, y en una calle forman dos largas filas. Facundo
pasa sin mirarlos; sguenle a la distancia, turbados, mirndose unos a
otros en la comn humillacin, hasta que llegan al centro de un potrero
de alfalfa, alojamiento que el general pastor, este _hicso_ moderno,
prefiere a los adornados edificios de la ciudad. Una negra que lo haba
servido en su infancia se presenta a ver a su Facundo; la sienta a su
lado, conversa afectuosamente con ella, mientras que los sacerdotes, los
notables de la ciudad, estn de pie, sin que nadie les dirija la
palabra, sin que el jefe se digne despedirlos.

Los _catlicos_ debieron quedar un poco dudosos de la importancia e
idoneidad del auxilio que tan inesperadamente les vena. Pocos das
despus, sabiendo que el cura de la Concepcin era _libertino_, mand
traerlo con sus soldados, vejarlo en el trnsito, ponerle una barra de
grillos, mandndole prepararse para morir. Porque han de saber mis
lectores chilenos que por entonces haba en San Juan sacerdotes
_libertinos_, curas, clrigos, frailes, que pertenecan al partido de la
Presidencia. Entre otros, el presbtero Centeno, muy conocido en
Santiago, fu, con otros seis, uno de los que ms trabajaron en la
reforma eclesistica. Mas era necesario hacer algo en favor de la
religin para justificar el lema de la bandera. Con laudable fin escribe
una esquelita a un sacerdote amigo suyo, pidindole consejo sobre la
resolucin que ha tomado, dice, de fusilar a todas las autoridades, en
virtud de no haber decretado an la devolucin de las temporalidades.

El buen sacerdote, que no haba previsto lo que importa armar el crimen
en nombre de Dios, tuvo por lo menos escrpulo sobre la forma en que se
iba a hacer reparacin, y consigui que se les dirigiese un oficio
pidindoles u ordenndoles que as lo hiciesen.

Hubo cuestin religiosa en la Repblica Argentina? Yo lo negara
redondamente si no supiese que cuanto ms brbaro, y, por tanto, ms
religioso es un pueblo, tanto ms susceptible es de preocuparse y
fanatizarse. Pero las masas no se movieron espontneamente, y los que
adoptaron aquel lema, Facundo, Lpez. Bustos, etc., eran completamente
indiferentes. Esto es capital. Las guerras religiosas del siglo XV en
Europa son mantenidas de ambas partes por creyentes sinceros, exaltados,
fanticos y decididos hasta el martirio, sin miras polticas, sin
ambicin. Los puritanos lean la Biblia en el momento antes del combate,
oraban y se preparaban con ayunos y penitencias. Sobre todo, el signo en
que se conoce el espritu de los partidos es que realizan sus propsitos
cuando llegan a triunfar, aun ms all de donde estaban asegurados antes
de la lucha. Cuando esto no sucede hay decepcin en las palabras.
Despus de haber triunfado en la Repblica Argentina el partido que se
apellida catlico, qu ha hecho por la religin o los intereses del
sacerdocio?

Lo nico, que yo sepa, es haber expulsado a los jesutas y degollado
cuatro sacerdotes respetables en Santos Lugares[29], despus de haberles
desollado vivos la corona y las manos; poner al lado del Santsimo
Sacramento el retrato de Rosas y sacarlo en procesin bajo de palio.
Cometi jams profanaciones tan horribles el partido _libertino_? El
partido ultracatlico, ha desechado jams la cooperacin del
jesuitismo?

Pero ya es demasiado detenerme sobre este punto. Facundo en San Juan
ocup su tiempo en jugar, abandonando a las autoridades el cuidado de
reunirle las sumas que necesitaba para resarcirse de los gastos que le
impona la defensa de la religin. Todo el tiempo que permaneci all
habit un toldo en el centro de un potrero de alfalfa, y ostent, porque
era ostentacin meditada, el _chirip_. Reto e insulto que haca a una
ciudad donde la mayor parte de los ciudadanos cabalgaban en silla
inglesa, y donde los trajes y gustos brbaros de la campaa eran
detestados, por cuanto es una provincia exclusivamente agricultora.

Una campaa ms todava sobre Tucumn contra el general La Madrid
complet el _debut_ o exhibicin de este nuevo emir de los pastores. El
general La Madrid haba vuelto al gobierno de Tucumn sostenido por la
provincia, y Facundo se crey en el deber de desalojarlo. Nueva
expedicin, nueva batalla, nueva victoria. Omito sus pormenores, porque
en ellos no encontraremos sino pequeeces. Un hecho hay, sin embargo,
ilustrativo. La Madrid tena en la batalla del Rincn 110 hombres de
infantera; cuando la accin se termin, haban muerto 60 en la lnea, y
excepto uno, los 50 restantes estaban heridos. Al da siguiente La
Madrid se presenta de nuevo a combatir, y Quiroga le manda uno de sus
ayudantes, desnudo, a decirle simplemente que la accin principiara por
los 50 prisioneros que deja indicados, y una compaa de soldados
apuntndoles, con cuya intimacin La Madrid abandon toda tentativa de
hacer ninguna resistencia.

En todas estas tres expediciones en que Facundo ensaya sus fuerzas, se
nota todava poca efusin de sangre, pocas violaciones de la moral. Es
verdad que se apodera en Tucumn de ganados, cueros, suelas, e impone
gruesas contribuciones en especies metlicas; pero aun no hay azotes a
los ciudadanos, no hay ultrajes a las seoras; son los males de la
conquista, pero aun sin sus horrores; el sistema pastoril no se
desenvuelve sin freno y con toda la ingenuidad que muestra ms tarde.

Qu parte tena el Gobierno legtimo de La Rioja en estas expediciones?
Oh! Las formas existen an, pero el espritu estaba todo en el
comandante de campaa. Blanco deja el mando, harto de humillaciones, y
Agero entra en el Gobierno. Un da Quiroga raya su caballo en la puerta
de su casa, y le dice: Seor gobernador: vengo a avisarle que estoy
acampado a dos leguas con mi escolta. Agero renuncia. Trtase de
elegir nuevo gobernador, y a peticin de los vecinos, l se digna
indicarles a Galvn. Recbele ste, y en la noche es asaltado por una
partida; fuga, y Quiroga se re mucho de la aventura. La Junta de
representantes se compona de hombres que ni leer saban.

Necesita dinero para la primera expedicin a Tucumn, y pide al tesorero
de la Casa de la Moneda 8.000 pesos por cuenta de sus acciones, que no
haba pagado; en Tucumn pide 25.000 pesos para pagar a sus soldados,
que nada reciben, y ms tarde pasa la cuenta de 18.000 pesos a Dorrego
para que le abone los costos de la expedicin que haba hecho por orden
del gobernador de Buenos Aires. Dorrego se apresura a satisfacer tan
justa demanda. Esta suma se la reparten entre l y Moral, gobernador de
La Rioja, que le sugeri la idea; seis aos despus daba en San Juan 700
azotes al mismo Moral, en castigo de su ingratitud.

Durante el gobierno de Blanco, se traba una disputa en una partida de
juego. Facundo toma de los cabellos a su contendor, lo sacude y quiebra
el pescuezo. El cadver fu enterrado y apuntada la partida: Muerto de
muerte natural. Al salir para Tucumn, manda una partida a casa de
Zrate, propietario pacfico, pero conocido por su valor y su desprecio
a Quiroga; sale aqul a la puerta, y apartando a la mujer e hijas, lo
fusilan, dejando a la viuda el cuidado de enterrarlo. De vuelta de la
expedicin, se encuentra con Gutirrez, ex gobernador de Catamarca y
partidario del Congreso, y le insta que vaya a vivir a La Rioja, donde
estar seguro. Pasan ambos una temporada en la mayor intimidad; pero un
da que le ha visto en las carreras rodeado de gauchos amigos, lo
prenden, dndole una hora para prepararse a morir. El espanto reina en
La Rioja; Gutirrez es un hombre respetable, que se ha granjeado el
afecto de todos. El presbtero doctor Colina, el cura Herrera, el padre
provincial Tarrima, el padre Cernadas, guardin de San Francisco, y el
padre prior de Santo Domingo, se presentan a pedirle que al menos d al
reo tiempo para testar y confesarse. Ya veo--contest--que Gutirrez
tiene aqu muchos partidarios. A ver! Un ordenanza! Lleve a estos
hombres a la crcel y que mueran en lugar de Gutirrez. Son llevados,
en efecto; dos se echan a llorar a gritos y a correr para salvarse; a
otro le sucede algo peor que desmayarse; los otros son puestos en
capilla. Al or la historia, se echa a rer Facundo y los manda poner en
libertad.

Estas escenas con los sacerdotes son frecuentes en el _Enviado de Dios_.
En San Juan hace pasearse un negro vestido de clrigo; en Crdoba a
nadie desea coger sino al doctor Castro Barros, con quien tiene que
arreglar una cuenta; en Mendoza anda con un clrigo prisionero con
sentencia de muerte, y es sentado para ser fusilado; en Atiles hace lo
mismo con el cura de Alguia; en Tucumn con el prior de un convento. Es
verdad que a ninguno fusila; eso estaba reservado a Rosas, jefe tambin
del partido catlico, pero los veja, los humilla, los ultraja, lo que no
estorba que todos los viejos y las beatas dirijan sus plegarias al cielo
por que d la victoria a sus armas.

Pero la historia de Gutirrez no concluye aqu. Quince das despus
recibe orden de salir desterrado con escolta. Llegado que hubo a un
alojamiento, se enciende fuego para cenar, y Gutirrez se comide a
soplarlo. El oficial le descarga un palo; sucdense otros, y los sesos
saltan por los alrededores. Un chasque sale inmediatamente, avisando al
gobernador Moral, que habiendo querido fugarse el reo... El oficial no
saba escribir, y entre las provisiones de viaje haba trado desde La
Rioja el oficio cerrado.

Estos son los acontecimientos principales que ocurren durante los
primeros ensayos de fusin de la Repblica que hace Facundo; porque ste
es un simple ensayo; todava no ha llegado el momento de la alianza de
todas las fuerzas pastoras, para que salga de la lucha la nueva
organizacin de la Repblica. Rosas es ya grande en la campaa de Buenos
Aires, pero aun no tiene nombre ni ttulos; trabaja, empero; la agita,
la subleva. La Constitucin dada por el Congreso es rechazada de todos
los pueblos en que los caudillos tienen influencia. En Santiago del
Estero se presenta el enviado en traje de etiqueta, y lo recibe Ibarra
en mangas de camisa y _chirip_. Rivadavia renuncia, _en razn de que la
voluntad de los pueblos est en oposicin_, pero el vandalaje os va a
devorar!, aade en su despedida. Hizo bien en renunciar! Rivadavia
tena por misin presentarnos el constitucionalismo de Benjamn Constant
con todas sus palabras huecas, sus decepciones y sus ridiculeces.
Rivadavia ignoraba que cuando se trata de la civilizacin y la libertad
de un pueblo, un Gobierno tiene ante Dios y ante las generaciones
venideras arduos deberes que desempear, y que no hay caridad ni
compasin en abandonar a una nacin por treinta aos a las devastaciones
y a la cuchilla del primero que se presente a despedazarla y degollarla.
Los pueblos en su infancia son unos nios que nada preven, y es preciso
que los hombres de alta previsin y de alta comprensin les sirvan de
padre. El vandalaje nos ha devorado, en efecto, y es bien triste gloria
el vaticinarlo en una proclama y no hacer el menor esfuerzo por
estorbarle.




CAPTULO V.

GUERRA SOCIAL.--LA TABLADA

    Il y a un quatrime lment qui
    arrive, ce sont les barbares, ce
    sont des hordes nouvelles, qui
    viennent se jeter dans la socit
    antique avec une complte fracheur
    de moeurs, d'me et d'esprit;
    qui n'ont rien fait, qui sont prts 
    tout recevoir avec toute l'aptitude
    de l'ignorance la plus docile, et la
    plus nave.

    LHERMINIER.



La Presidencia ha cado en medio de los silbos y las rechiflas de sus
adversarios. Dorrego, el hbil jefe de la oposicin en Buenos Aires, es
el amigo de los Gobiernos del interior, sus fautores y sostenedores en
la campaa parlamentaria en que logr triunfar. En el exterior, la
victoria parece haberse divorciado con la Repblica, y aunque sus armas
no sufren desastres en el Brasil, se siente por todas partes la
necesidad de la paz. La oposicin de los jefes del interior haba
debilitado al ejrcito, destruyendo o negando los contingentes que
deban reforzarlo. En el interior reina una tranquilidad aparente; pero
el suelo parece removerse, y rumores extraos turban la quieta
superficie. La Prensa de Buenos Aires brilla con resplandores
siniestros; la amenaza est en el fondo de los artculos que se lanzan
diariamente oposiciones y Gobierno.

La administracin Dorrego siente que el vaco empieza a hacerse en torno
suyo; que el partido de la _ciudad_, que se ha denominado federal y lo
ha elevado, no tiene elementos para sostenerse con brillo despus de la
presidencia. La administracin Dorrego no haba resuelto ninguna de las
cuestiones que tenan dividida la Repblica, mostrando, por el
contrario, toda la impotencia del federalismo.

Dorrego era _porteo_ antes de todo. Qu le importaba el interior? El
ocuparse de sus intereses habra sido manifestarse _unitario_, es decir,
nacional. Dorrego haba prometido a los caudillos y pueblos todo cuanto
poda afianzar la perpetuidad de los unos y favorecer los intereses de
los otros; elevado, empero, al Gobierno, qu nos importa, deca all en
sus crculos, que los tiranuelos despoticen a esos pueblos? Qu valen
para nosotros 4.000 pesos anuales dados a Lpez y 18.000 a Quiroga, para
nosotros, que tenemos el puerto y la Aduana que nos produce milln y
medio, que el _fatuo_ Rivadavia quera convertir en rentas nacionales?
Porque no olvidemos que el sistema de aislamiento se traduce por una
frase cortsima: cada uno para s. Pudo prever Dorrego y su partido que
las provincias vendran un da a castigar a Buenos Aires por haberles
negado su influencia civilizadora, y que, a fuerza de despreciar su
atraso y su barbarie, ese atraso y esa barbarie haban de penetrar en
las calles de Buenos Aires, establecerse all y sentar sus reales en el
fuerte?

Pero Dorrego poda haberlo visto, si l o los suyos hubiesen tenido
mejores ojos. Las provincias estaban ah, a las puertas de la ciudad,
esperando la ocasin de penetrar en ella. Desde los tiempos de la
Presidencia, los decretos de la autoridad civil encontraban una barrera
impenetrable en los arrabales exteriores de la ciudad. Dorrego haba
empleado como instrumento de oposicin esta resistencia exterior, y
cuando su partido triunf condecor al aliado de extramuros con el
dictado de _Comandante general de la Campaa_. Qu lgica de hierro es
sta que hace escaln indispensable para un caudillo su elevacin a
comandante de campaa? Donde no existe este andamio, como suceda
entonces en Buenos Aires, se levanta exprofeso, como si se quisiese,
antes de meter el lobo en el redil, exponerlo a las miradas de todos y
elevarlo en los escudos.

Dorrego, ms tarde, encontr que el _Comandante de Campaa_, que haba
estado haciendo bambolear la Presidencia y tan poderosamente haba
contribudo a derrocarla, era una palanca aplicada constantemente al
Gobierno, y que, cado Rivadavia y puesto en su lugar a Dorrego, la
palanca continuaba su trabajo de desquiciamiento. Dorrego y Rosas estn
en presencia el uno del otro, observndose y amenazndose. Todos los del
crculo de Dorrego recuerdan su frase favorita: _El gaucho pcaro!_
Que siga enredando--deca--, y el da menos pensado lo fusilo. As
decan tambin los Ocampo cuando sentan sobre su hombro la robusta
garra de Quiroga!

Indiferente para los pueblos del interior, dbil con su elemento federal
de la _ciudad_ y en lucha ya con el poder de la campaa que haba
llamado en su auxilio, Dorrego, que ha llegado al Gobierno por la
oposicin parlamentaria y la polmica, trata de atraerse a los
unitarios, a quienes ha vencido. Pero los partidos no tienen ni caridad
ni previsin. Los unitarios se le ren en las barbas; se complotan y se
pasan la palabra: Vacila--dicen--, dejmosle caer. Los unitarios no
comprendan que con Dorrego venan replegndose a la _ciudad_ los que
haban querido hacerse intermediarios entre ellos y la campaa, y que el
monstruo de que huan no buscaba a Dorrego, sino a la _ciudad_, a las
instituciones civiles, a ellos mismos, que eran su ms alta expresin.

En este estado de cosas, concluda la paz en el Brasil, desembarca la
primera divisin del ejrcito mandado por Lavalle. Dorrego conoca el
espritu de los veteranos de la Independencia, que se vean cubiertos de
heridas, encaneciendo bajo el peso del morrin, y, sin embargo, apenas
eran coroneles, mayores, capitanes, gracias si dos o tres haban ceido
la banda de general, mientras que en el seno de la Repblica, y sin
traspasar jams las fronteras, haba decenas de caudillos que en cuatro
aos haban elevdose de _gauchos malos_ a comandantes, de comandantes a
generales, de generales a conquistadores de pueblos y, al fin, a
soberanos absolutos de ellos. Para qu buscar motivo al odio implacable
que bulla bajo las corazas de los veteranos? Qu les aguardaba despus
de que el nuevo orden de cosas les haba estorbado hacer, como ellos
pretendan, ondear sus penachos por las calles de la capital del
Imperio?

El 1. de diciembre amanecieron formados en la plaza de la Victoria los
cuerpos de lnea desembarcados. El gobernador, Dorrego, haba tomado la
campaa; los unitarios llenaban las avenidas, hendiendo el aire con sus
vivas y sus gritos de triunfo. Algunos das despus, 700 coraceros,
mandados por oficiales generales, salan por la calle del Per con rumbo
a la Pampa, a encontrar algunos millares de gauchos, indios amigos y
alguna fuerza regular, encabezados por Dorrego y Rosas. Un momento
despus estaba el campo de Navarro lleno de cadveres, y al da
siguiente un bizarro oficial, que hoy est al servicio de Chile,
entregaba en el Cuartel general a Dorrego prisionero. Una hora ms
tarde, el cadver de Dorrego yaca traspasado de balazos. El jefe que
haba ordenado la ejecucin anunciaba el hecho a la ciudad en estos
trminos, llenos de abnegacin y altanera:

     Participo al Gobierno delegado que el coronel don Manuel Dorrego
     acaba de ser fusilado por mi orden al frente de los regimientos que
     componen esta divisin.

     La Historia, seor ministro, juzgar imparcialmente si el seor
     Dorrego ha debido o no morir, y si al sacrificarlo a la
     tranquilidad de un pueblo enlutado por l, puedo haber estado
     posedo de otro sentimiento que el del bien pblico.

     Quiera el pueblo de Buenos Aires persuadirse que la muerte del
     coronel Dorrego es el mayor sacrificio que puedo hacer en su
     obsequio.

     Saluda al seor ministro con toda consideracin,

     _Juan Lavalle._

Hizo mal Lavalle? Tantas veces lo han dicho, que sera fastidioso
aadir un s en apoyo de los que _despus_ de palpadas las consecuencias
han desempeado la fcil tarea de incriminar los motivos de donde
procedieron. Cuando el mal existe, es porque est en las _cosas_, y all
solamente ha de ir a buscrsele; si un _hombre_ lo representa, haciendo
desaparecer la _personificacin_, se le renueva. Csar asesinado renaci
ms terrible en Octavio. Este sentir de Luis Blanc, expresado antes por
Lherminier y otros mil, enseado por la Historia tantas veces, sera un
anacronismo objetarlo a nuestros partidos educados hasta 1829 con las
exageradas ideas de Mably, Reynal, Rousseau, sobre los dspotas, la
tirana, y tantas otras palabras que aun vemos quince aos despus
formando el fondo de las publicaciones la Prensa.

Lavalle no saba, por entonces, que matando el cuerpo no se mata el
alma, y que los personajes polticos traen su carcter y su existencia
del fondo de las ideas, intereses y fines del partido que representan.

Si Lavalle, en lugar de Dorrego, hubiese fusilado a Rosas, habra quiz
ahorrado al mundo un espantoso escndalo, a la humanidad un oprobio, y a
la Repblica mucha sangre y muchas lgrimas; pero aun fusilando a Rosas,
la _campaa_ no habra carecido de representantes, y no se habra hecho
ms que cambiar un cuadro histrico por otro. Pero lo que hoy se afecta
ignorar es que, no obstante la responsabilidad puramente personal que
del acto se atribuye Lavalle, la muerte de Dorrego era una consecuencia
necesaria de las ideas dominantes entonces, y que dando cima a esta
empresa, el soldado intrpido hasta desafiar el fallo de la historia, no
haca ms que realizar el voto confesado y proclamado del ciudadano.

Sin duda que nadie me atribuir el designio de justificar al muerto, a
expensas de los que sobreviven. Lavalle haca lo que todos deseaban
haber hecho, salvo quizs las formas, lo menos substancial sin duda en
caso semejante. Qu haba estorbado la proclamacin de la Constitucin
de 1826, sino la hostilidad contra ella de Ibarra, Lpez, Bustos,
Quiroga, Ortiz, los Aldao, cada uno dominando una provincia y algunos de
ellos influyendo sobre las dems? Luego, qu cosa deba parecer ms
lgica en aquel tiempo y para aquellos hombres lgicos _ priori_ por
educacin literaria, sino allanar el nico obstculo que, segn ellos,
se presentaba para la suspirada organizacin de la Repblica? Estos
errores polticos que pertenecen a una poca ms bien que a un hombre,
son, sin embargo, muy dignos de consideracin, porque de ellos depende
la explicacin de muchos fenmenos sociales. Lavalle fusilando a
Dorrego, como se propona fusilar a Bustos, Lpez, Facundo y los dems
caudillos, responda a una exigencia de su poca, de su partido.

Todava en 1834 haba hombres en Francia que crean que haciendo
desaparecer a Luis Felipe, la Repblica francesa volvera a alzarse
gloriosa y grande como en tiempos pasados. Acaso tambin la muerte de
Dorrego fu uno de esos hechos fatales, predestinados, que forman el
nudo del drama histrico, y que, eliminados, lo dejan incompleto, fro,
absurdo. Estbase incubando haca tiempo en la Repblica la guerra
civil; Rivadavia la haba visto venir, plida, frentica, armada de tea
y puales; Facundo, el caudillo ms joven y emprendedor, haba paseado
sus hordas por las faldas de los Andes, y encerrdose a su pesar en su
guarida; Rosas, en Buenos Aires, tena ya su trabajo maduro y en estado
de ponerlo en exhibicin; era una obra de diez aos realizada en
derredor del fogn del gaucho, en la pulpera al lado del cantor.

Dorrego estaba de ms para todos: para los unitarios, que lo
menospreciaban; para los caudillos, a quienes era indiferente; para
Rosas, en fin, que ya estaba cansado de aguardar y de surgir a la sombra
de los partidos de la _ciudad_; que quera gobernar pronto,
incontinenti; en una palabra: pugnaba por producirse aquel elemento que
no era, porque no poda serlo, federal en el sentido estricto de la
palabra; aquello que se estaba removiendo y agitando desde Artigas hasta
Facundo, tercer elemento social, lleno de vigor y de fuerza, impaciente
por manifestarse en toda su desnudez, por medirse con las ciudades y la
civilizacin europea.

Si quitis de la Historia la muerte de Dorrego, Facundo, habra perdido
la fuerza de expansin que senta rebullirse en su alma? Rosas, habra
interrumpido su obra de personificacin en la campaa en que estaba
atareado sin descanso ni tregua desde mucho antes de manifestarse en
1820, o cesado el movimiento iniciado por Artigas e incorporado ya en la
circulacin de la sangre de la Repblica? No! Lo que Lavalle hizo fu
dar con la espada un corte al nudo gordiano en que haba venido a
enredarse toda la sociabilidad argentina; dando una sangra, quiso
evitar el cncer lento, la estagnacin; poniendo fuego a la mecha, hizo
que reventase la mina por la mano de unitarios y federales, preparada de
mucho tiempo atrs.

Desde este momento nada quedaba que hacer para los tmidos, sino taparse
los odos y cerrar los ojos. Los dems vuelan a las armas por todas
partes; el tropel de los caballos hace retemblar la Pampa, y el can
ensea su negra boca a la entrada de las ciudades.

Me es preciso dejar a Buenos Aires para volver al fondo de las dems
provincias a ver lo que en ellas se prepara. Una cosa debo notar de
paso, y es que Lpez, vencido en varios encuentros, solicitaba en vano
una paz tolerable; que Rosas piensa seriamente en trasladarse al
Brasil[30]. Lavalle se niega a toda transaccin, y sucumbe. No vis al
unitario entero en ese desdn del gaucho, en esa confianza en el triunfo
de la ciudad? Pero ya lo he dicho: la _montonera_ fu siempre dbil en
los campos de batalla, pero terrible en una larga campaa. Si Lavalle
hubiera adoptado otra lnea de conducta y conservado el puerto en poder
de los hombres de la ciudad, qu habra sucedido? El gobierno la sangre
de la Pampa, habra tenido lugar?

Facundo estaba en su elemento. Una campaa deba abrirse; los _chasques_
se cruzan por todas partes; el aislamiento feudal va a convertirse en
confederacin guerrera; todo es puesto en requisicin para la prxima
campaa, y no es que sea necesario ir hasta las orillas del Plata para
encontrar un buen campo de batalla, no; el general Paz con ochocientos
veteranos ha venido a Crdoba, batido y destrozado a Bustos, y
apoderdose de la ciudad que est a un paso de los Llanos, y que ya
asedian e importunan con su algazara las montoneras de la sierra de
Crdoba.

Facundo apresura sus preparativos; arde por llegar a las manos con un
general manco, que no puede manejar una lanza ni hacer describir
crculos al sable. Ha vencido a La Madrid; qu podr hacer Paz! De
Mendoza debe reunrsele don Flix Aldao con un regimiento de auxiliares
perfectamente equipados _de colorado_, y disciplinados; y no estando an
lista una fuerza de setecientos hombres de San Juan, Facundo se dirige a
Crdoba con 4.000 hombres, ansiosos de medir sus armas con los coraceros
del nm. 2 y los altaneros jefes de lnea.

La batalla de la Tablada es tan conocida, que sus pormenores no
interesan ya. En la _Revue des Deux Mondes_ se encuentra brillantemente
descrita; pero hay algo que debe notarse. Facundo acomete la ciudad con
todo su ejrcito, y es rechazado durante un da y una noche de
tentativas de asalto, por cien jvenes dependientes de comercio, treinta
artesanos artilleros, diez y ocho soldados tiradores, seis coraceros
enfermos, parapetados detrs de zanjas hechas a la ligera y defendidas
por slo cuatro piezas de artillera. Slo cuando anuncia su designio de
incendiar la hermosa ciudad, puede obtener que le entreguen la plaza
pblica, que es lo nico que no est en su poder. Sabiendo que Paz se
acerca, deja como intil la infantera y artillera y marcha a su
encuentro con las fuerzas de caballera, que eran, sin embargo, de
triple nmero que el ejrcito enemigo. All fu el duro batallar, all
las repetidas cargas de caballera; pero todo intil!

Aquellas enormes masas de jinetes que van a revolcarse sobre los
ochocientos veteranos, tienen que volver atrs a cada minuto, y volver a
cargar para ser rechazados de nuevo. En vano la terrible lanza de
Quiroga hace en la retaguardia de los suyos tanto estrago como el can
y la espada de Ituzaing hacen al frente. Intil! En vano remolinean
los caballos al frente de las bayonetas y en la boca de los caones.
Intil! Son las olas de una mar embravecida que vienen a estrellarse en
vano contra la inmvil y spera roca; a veces queda sepultada en el
torbellino que en su derredor levanta el choque; pero un momento despus
sus crestas negras, inmviles, tranquilas, reaparecen burlando la rabia
del agitado elemento. De cuatrocientos auxiliares slo quedan sesenta;
de seiscientos _colorados_ no sobrevive un tercio, y los dems cuerpos
sin nombre se han desecho y convertdose en una masa informe e
indisciplinada que se disipa por los campos. Facundo vuela a la ciudad,
y al amanecer del da siguiente estaba como el tigre en acecho, con sus
caones e infantes; todo, empero, qued muy en breve terminado, y mil
quinientos cadveres patentizaron la rabia de los vencidos y la firmeza
de los vencedores.

Sucedieron en estos das de sangre dos hechos que siguen despus
repitindose. Las tropas de Facundo mataron en la ciudad al mayor
Tejedor, que llevaba en la mano una bandera parlamentaria; en la batalla
del segundo da, un coronel de Paz fusil nueve oficiales prisioneros.
Ya veremos las consecuencias.

En la Tablada de Crdoba se midieron las fuerzas de la campaa y de la
ciudad bajo sus ms altas inspiraciones, Facundo y Paz, dignas
personificaciones de las dos tendencias que van a disputarse el dominio
de la Repblica. Facundo, ignorante, brbaro, que ha llevado por largos
aos una vida errante que slo alumbra de vez en cuando los reflejos
siniestros del pual que gira en torno suyo; valiente hasta la
temeridad, dotado de fuerzas hercleas, gaucho de a caballo como el
primero, dominndolo todo por la violencia y el terror, no conoce ms
poder que el de la fuerza brutal, no tiene fe sino en el caballo; todo
lo espera del valor, de la lanza, del empuje terrible de sus cargas de
caballera. Dnde encontraris en la Repblica Argentina un tipo ms
acabado del ideal del gaucho malo? Creis que es torpeza dejar en la
_ciudad_ su infantera y artillera? No; es instinto, es gala de gaucho;
la infantera deshonrara el triunfo cuyos laureles debe coger desde a
caballo.

Paz es, por el contrario, el hijo legtimo de la ciudad, el
representante ms cumplido del poder de los pueblos civilizados.
Lavalle, La Madrid y tantos otros, son argentinos siempre, soldados de
caballera, brillantes como Murat, si se quiere; pero el instinto
gaucho se abre paso por entre la coraza y las charreteras. Paz es
militar a la europea: no cree en el valor solo si no se subordina a la
tctica, la estrategia y la disciplina; apenas sabe andar a caballo; es,
adems, manco y no podra manejar una lanza. La ostentacin de fuerzas
numerosas le incomoda; pocos soldados, pero bien instrudos. Dejadle
formar un ejrcito, esperad que os diga: ya est en estado, y concededle
que escoja el terreno en que ha de dar la batalla, y podis fiarle
entonces la suerte de la Repblica. Es el espritu guerrero de la Europa
hasta en el arma en que ha servido; es artillero, y, por tanto,
matemtico, cientfico, calculador. Una batalla es un problema que
resolver por ecuaciones, hasta daros la incgnita, que es la victoria.

El general Paz no es un genio, como el artillero de Toln, y me alegro
de que no lo sea; la libertad pocas veces tiene mucho que agradecer a
los genios. Es un militar hbil y un administrador honrado, que ha
sabido conservar las tradiciones europeas y civiles, y que espera de la
ciencia lo que otros aguardan de la fuerza brutal; es, en una palabra,
el representante legtimo de las _ciudades_, de la civilizacin europea,
que estamos amenazados de ver interrumpida en nuestra patria. Pobre
general Paz! Glorate en medio de tus repetidos contratiempos! Contigo
andan los penates de la Repblica Argentina! Todava el destino no ha
decidido entre ti y Rosas, entre la _ciudad_ y la pampa, entre la banda
celeste y la cinta _colorada_. Tenis la nica cualidad de espritu que
vence al fin la resistencia de la materia bruta, la que hizo el poder de
los mrtires. Tenis fe. Nunca habis dudado! La fe os salvar y en ti
la civilizacin!

Algo debe haber de predestinado en este hombre. Desprendido del seno de
una revolucin mal aconsejada como la de 1. de Diciembre, l es el
nico que sabe justificarla con la victoria; arrebatado de la cabeza de
su ejrcito por el poder sublime del gaucho, anda de prisin en prisin
diez aos, y Rosas mismo no se atreve a matarlo, como si un ngel
tutelar velara sobre la conservacin de sus das. Escapado como por
milagro en medio de una noche tempestuosa, las olas agitadas del Plata
le dejan al fin tocar la ribera oriental; rechazado aqu, desairado
all, le entregan al fin las fuerzas extenuadas de una provincia que ha
visto sucumbir ya dos ejrcitos. De estas migajas que recoge con
paciencia y prolijidad, forma sus medios de resistencia, y cuando los
ejrcitos de Rosas han triunfado por todas partes y llevado el terror y
la matanza por todos los confines de la Repblica, el general manco, el
general boleado, grita desde los pantanos de Canguaz: la Repblica
vive an! Despojado de sus laureles por la mano de los mismos a quienes
ha salvado, y arrojado indignamente de la cabeza de su ejrcito, se
salva de entre sus enemigos en el Entre Ros, porque el cielo
desencadena sus elementos para protegerlo, y porque el gaucho del
bosque, Montiel, no se atreve a matar al buen manco que no mata a nadie.
Llegado a Montevideo, sabe que Rivera ha sido derrotado, acaso porque l
no estuvo para enredar al enemigo en sus propias maniobras. Toda la
_ciudad_, consternada, se agolpa a su humilde morada de fugitivo a
pedirle una palabra de consuelo, una vislumbre de esperanza. Si me
dieran veinte das, no toman la plaza, es la nica respuesta que da sin
entusiasmo, pero con la seguridad del matemtico. Dale Oribe lo que Paz
pide, y tres aos van corriendo desde aquel da de consternacin para
Montevideo.

Cuando ha afirmado bien la plaza y habituado a la guarnicin improvisada
a pelear diariamente, como si fuera sta una ocupacin como cualquiera
otra de la vida, vase al Brasil, se detiene en la Corte ms tiempo que
el que sus parciales desearan, y cuando Rosas esperaba verlo bajo la
vigilancia de la polica imperial, sabe que est en Corrientes
disciplinando seis mil hombres, que ha celebrado una alianza con el
Paraguay, y ms tarde llega a sus odos que el Brasil ha invitado a la
Francia y a la Inglaterra para tomar parte en la lucha; de manera que la
cuestin entre la _campaa_ pastora y las _ciudades_ se ha convertido al
fin en cuestin entre el manco matemtico, el cientfico Paz y el gaucho
brbaro Rosas; entre la pampa por un lado, y Corrientes, el Paraguay, el
Uruguay, el Brasil, la Inglaterra y la Francia por otro.

Lo que ms honra a este general es que los enemigos a quienes ha
combatido no le tienen ni rencor ni miedo. La _Gaceta_ de Rosas, tan
prdiga en calumnias y difamaciones, no acierta a injuriarlo con
provecho, descubriendo a cada paso el respeto que a sus detractores
inspira; llmale manco boleado, castrado, porque siempre ha de haber una
brutalidad y una torpeza mezclada con los gritos sangrientos del caribe.
Si fuese a penetrarse en lo ntimo del corazn de los que sirven a
Rosas, se descubrira la afeccin que todos tienen al general Paz, y los
antiguos federales no han olvidado que l era el que estaba siempre
protegindolos contra el encono de los antiguos unitarios. Quin sabe
si la Providencia, que tiene en sus manos la suerte de los Estados, ha
querido guardar este hombre, que tantas veces ha escapado a la
destruccin, para volver a reconstituir la Repblica bajo el imperio de
las leyes que permiten la libertad sin la licencia, y que hacen intil
el terror y las violencias que los estpidos necesitan para mandar! Paz
es provinciano, y como tal presenta ya una garanta de que no
sacrificara las provincias a Buenos Aires y al puerto, como lo hace hoy
Rosas, para tener millones con que empobrecer y barbarizar a los pueblos
del interior; como los federales de las _ciudades_ acusaban al Congreso
de 1826.

El triunfo de la Tablada abra una nueva poca para la ciudad de
Crdoba, que hasta entonces, segn el mensaje pasado a la Representacin
provincial por el general Paz, haba ocupado el ltimo lugar entre los
pueblos argentinos; recordad que ha sido--contina el mensaje--donde
se han cruzado las medidas y puesto obstculo a todo lo que ha tenido
tendencia a constituir la nacin, o esta misma provincia, ya sea bajo el
sistema federal, ya bajo el unitario.

Crdoba, como todas las ciudades argentinas, tena su elemento federal,
ahogado hasta entonces por el Gobierno absoluto y quietista, como el de
Bustos. Desde la entrada de Paz, este elemento oprimido se manifiesta en
la superficie, mostrando cuanto se ha robustecido durante los nueve aos
de aquel Gobierno espaol.

He pintado antes ya a Crdoba, la antagonista en ideas a Buenos Aires;
pero hay una circunstancia que la recomienda poderosamente para el
porvenir. La ciencia es el mayor de los ttulos para el cordobs; dos
siglos de Universidad han dejado en las conciencias esta civilizadora
preocupacin, que no existe tan hondamente arraigada en las otras
provincias del interior; de manera que no bien cambiara la direccin y
materia de los estudios, pudo Crdoba contar ya con un mayor nmero de
sostenedores de la civilizacin, que tiene por causa y efecto el dominio
y cultivo de la inteligencia.

Ese respeto a las luces, ese valor tradicional concedido a los ttulos
universitarios, desciende en Crdoba hasta las clases inferiores de la
sociedad, y no de otro modo puede explicarse cmo las masas _cvicas_ de
Crdoba abrazaron la revolucin civil que traa Paz, con un ardor que no
se ha desmentido diez aos despus, y que ha preparado millares de
vctimas de entre las clases artesana y proletaria de la ciudad, a la
ordenada y fra rabia del mazorquero. Paz traa consigo un intrprete
para entenderse con las masas cordobesas de la ciudad: Barcala!, el
coronel negro que tan gloriosamente se haba ilustrado en el Brasil, y
que se paseaba del brazo con los jefes del ejrcito; Barcala, el liberto
consagrado durante tantos aos a mostrar a los artesanos el buen camino,
y a hacerles amar una revolucin que no distingua ni color ni clase
para condecorar el mrito; Barcala fu el encargado de popularizar el
cambio de ideas y miras obrado en la ciudad, y lo consigui ms all de
lo que se crea deber esperarse. Los cvicos de Crdoba pertenecen desde
entonces a la _ciudad_, al orden civil, a la civilizacin.

La juventud cordobesa se ha distinguido en la actual guerra por la
abnegacin y constancia que ha desplegado, siendo infinito el nmero de
los que han sucumbido en los campos de batalla, en las matanzas de la
mazorca, y mayor an el de los que sufren los males de la expatriacin.
En los combates de San Juan quedaron las calles sembradas de esos
doctores cordobeses, a quienes barran los caones que intentaban
arrebatar al enemigo.

Por otra parte, el clero, que tanto haba fomentado la oposicin al
Congreso y a la Constitucin, haba tenido sobrado tiempo para medir el
abismo a que conducan la civilizacin, los defensores del _culto
exclusivo_ de la clase de Facundo, Lpez y dems, y no vacil en
prestar adhesin decidida al general Paz.

As, pues, los doctores como los jvenes, el clero como las masas,
aparecieron desde luego unidos bajo un solo sentimiento, dispuestos a
sostener los principios proclamados por el nuevo orden de cosas. Paz
pudo contraerse ya a reorganizar la provincia y a anudar relaciones de
amistad con las otras. Celebrse un tratado con Lpez de Santa Fe, a
quien don Domingo de Oro induca a aliarse con el general Paz; Salta y
Tucumn lo estaban ya antes de la Tablada, quedando slo las provincias
occidentales en estado de hostilidad.




CAPTULO VI

GUERRA SOCIAL.--ONCATIVO.

    Que cherchez vous? Si vous tes
    jaloux de voir un assemblage effrayant
    de maux et d'horreurs, vous
    l'avez trouv.

    SHAKESPEARE.



Qu haba sido de Facundo entretanto? En la Tablada lo haba dejado
todo: armas, jefes, soldados, reputacin; todo, excepto la rabia y el
valor. Moral, gobernador de La Rioja, sorprendido por la noticia de
tamao descalabro, se aprovecha de un ligero pretexto para salir fuera
de la ciudad, dirigindose hacia Los Pueblos, y desde Saogasta dirige
un oficio a Quiroga, cuya llegada supo all, ofrecindole los recursos
de la provincia. Antes de la expedicin a Crdoba las relaciones entre
ambos jefes de la provincia, gobernador nominal y caudillo, el mayordomo
y el seor, haban aparecido resfriadas. Facundo no haba encontrado
tanto armamento como el que resultaba de los cmputos que podan hacerse
sumando el que exista en la provincia en tal poca, ms el trado de
Tucumn, de San Juan, de Catamarca, etc. Otra circunstancia singular
agrava las sospechas que en el nimo de Quiroga pesan contra el
gobernador. Saogasta es la casa seorial de los Doria Dvila, enemigos
de Facundo, y el gobernador, previendo las consecuencias que el espritu
suspicaz de Facundo deducir de la fecha y lugar del oficio, lo data en
Uanchin, punto distante cuatro leguas. Sabe, empero, Quiroga que es de
Saogasta de donde le escriba Moral, y toda duda queda aclarada.
Brcena, un instrumento odioso de matanza que l ha adquirido en
Crdoba, y Fontanel, salen con partidas a recorrer Los Pueblos y prender
a todos los vecinos acomodados que encuentren. La batida, sin embargo,
no ha sido feliz; la caza ha husmeado a los lebreles, y huye despavorida
en todas direcciones. Las partidas volvieron con slo once vecinos que
fueron fusilados en el acto. Don Inocencio Moral, to del gobernador,
con dos hijos, uno de catorce aos de edad y el otro de veinte; Ascueta,
Gordillo, Cantos, chileno; Sotomayor, Barrios, otro Gordillo, Corro,
transente de San Juan, y Pasos, fueron las vctimas de aquella jornada.
El ltimo, don Mariano Pasos, haba experimentado ya en otra ocasin el
resentimiento de Quiroga. Al salir para una de sus expediciones, haba
dicho aqul a un seor Rincn, comerciante como l, al ver el desalio y
desorden de las tropas: Qu gente para ir a pelear! Sabido esto por
Quiroga, hace llamar a ambos aristarcos, cuelga al primero en un pilar
de las casas de Cabildo, y le hace dar doscientos azotes, mientras que
el otro permanece con los calzones quitados para recibir su parte, de
que Quiroga le hace merced. Ms tarde, este desgraciado fu gobernador
de La Rioja, y muy adicto al general.

El gobernador Moral, sabiendo lo que le aguardaba, huy, pues, de la
provincia, bien que ms tarde recibi setecientos azotes por ingrato;
pues este mismo Moral es el que particip de los 18.000 pesos arrancados
a Dorrego.

Aquel Brcena de que habl antes fu el encargado de asesinar al
comisionado de la Compaa inglesa de minas. Le he odo yo mismo los
horribles pormenores del asesinato, cometido en su propia casa,
apartando a la mujer y a los hijos para que dejasen paso a las balas y a
los sablazos. Este mismo Brcena era el jefe de la mazorca que acompa
a Orive a Crdoba, y que en un baile que se daba en celebracin del
triunfo sobre Lavalle, haca rodar por el saln las cabezas
ensangrentadas de tres jvenes cuyas familias estaban all. Porque debe
tenerse presente que el ejrcito que vino a Crdoba en persecucin de
Lavalle traa una compaa de mazorqueros, que llevaban al costado
izquierdo la cuchilla convexa, a manera de una pequea cimitarra, que
Rosas mand hacer exprofeso en las cuchilleras de Buenos Aires para
degollar hombres.

Qu motivo tuvo Quiroga para estas atroces ejecuciones? Dcese que en
Mendoza dijo a Oro que su nico objeto haba sido aterrar. Cuntase que,
continuando las matanzas en la campaa sobre infelices campesinos, sobre
el que acertaba a pasar por Atiles, campamento general, uno de los
Villafaes le dijo con el acento de la compasin, del temor y la
splica: Hasta cundo, mi general? No sea usted brbaro--contest
Quiroga--; cmo me rehago sin esto? He aqu su sistema todo entero: el
terror sobre el ciudadano para que abandone su fortuna; el terror sobre
el gaucho para que con su brazo sostenga una causa que ya no es la suya;
el terror suple a la falta de actividad y trabajo para administrar,
suple al entusiasmo, suple a la estrategia, suple a todo. Y no hay que
alucinarse: el terror es un medio de gobierno que produce mayores
resultados que el patriotismo y la espontaneidad. La Rusia lo ejercita
desde los tiempos de Ivn, y ha conquistado todos los pueblos brbaros;
los bandidos de los bosques obedecen al jefe que tiene en su mano esta
coyunda que domea las cervices ms altivas. Es verdad que degrada a
los hombres, los empobrece, les quita toda elasticidad de nimo; que un
da, en fin, arranca a los Estados lo que habran podido dar en diez
aos; pero, qu importa todo esto al Zar de las Rusias, al jefe de
bandidos o al caudillo argentino?

Un bando de Facundo orden que todos los habitantes de la ciudad de La
Rioja emigrasen a los Llanos, so pena de la vida, y esta orden se
cumpli al pie de la letra. El enemigo implacable de la _ciudad_ tema
no tener tiempo suficiente para ir matando poco a poco, y le da el golpe
de gracia. Qu motiva esta intil emigracin? Tema Quiroga? Oh, s!
Tema en este momento! En Mendoza levantaban un ejrcito los unitarios,
que se haban apoderado del Gobierno; Tucumn y Salta estaban al Norte,
y al Oriente Crdoba, la Tablada y Paz; estaba, pues, cercado, y una
batida general poda, al fin, _empacar_ al Tigre de los Llanos.

Facundo haba hecho alejar sus ganados hacia la cordillera, mientras que
Villafae acuda a Mendoza con fuerzas en apoyo de los Aldaos, y l
aglomeraba sus nuevos reclutas en Atiles. Estos terroristas tienen
tambin sus momentos de terror; Rosas tambin lloraba como un chiquillo
y se daba contra las murallas cuando supo la revolucin de Chascoms, y
once enormes bales entraban en su casa para recoger sus efectos, y
embarcarse una hora antes de que le llegara la noticia del triunfo de
Alvarez. Pero, por Dios! No asustis nunca a los terroristas! Ay de
los pueblos desde que el conflicto pasa! Entonces son las matanzas de
septiembre y la exposicin en el mercado de pirmides de cabezas
humanas.

Quedaban en La Rioja, no obstante de la orden de Facundo, una nia y un
sacerdote: la Severa y el padre Colina. La historia de la Severa
Villafae es un romance lastimero, es un cuento de hadas en que la ms
hermosa princesa de sus tiempos anda errante y fugitiva, disfrazada de
pastora unas veces, mendigando un asilo y un pedazo de pan otras, para
escapar a las asechanzas de algn gigante espantoso, de algn
sanguinario Barba Azul. La Severa ha tenido la desgracia de excitar la
concupiscencia del tirano, y no hay quien le valga para librarse de sus
feroces halagos. No es slo virtud lo que la hace resistir a la
seduccin: es repugnancia invencible, instintos bellos de mujer delicada
que detesta los tipos de la fuerza brutal, porque teme que ajen su
belleza. Una mujer bella trocar muchas veces un poco de deshonor propio
por un poco de la gloria que rodea a un hombre clebre, pero de esa
gloria noble, y alta, que para descollar sobre los hombres no necesita
de encorvarlos ni envilecerlos, a fin de que en medio de tanto matorral
rastrero pueda alcanzarse a ver el arbusto espinoso y descolorido. No es
otra la causa de la fragilidad de la piadosa Mme. Maintenon, la que se
atribuye a Mme. Roland, y tantas otras mujeres que hacen el sacrificio
de su reputacin por asociarse a nombres esclarecidos. La Severa resiste
aos enteros. Una vez escapa de ser envenenada por su tigre en una pasa
de higo; otra, el mismo Quiroga, despechado, toma opio para quitarse la
vida. Un da se escapa de las manos de los asistentes del general, que
van a extenderla de pies y manos en una muralla para alarmar su pudor;
otro, Quiroga la sorprende en el patio de su casa, la agarra de un
brazo, la baa en sangre y bofetadas, la arroja por tierra y con el
tacn de su bota le quiebra la cabeza. Dios mo! No hay quien
favorezca a esta pobre nia? No tiene parientes? No tiene amigos? S
tal! Pertenece a las primeras familias de La Rioja; el general Villafae
es su to; tiene hermanos que presencian estos ultrajes; hay un cura que
la cierra la puerta cuando viene a esconder su virtud detrs del
santuario. La Severa huye al fin a Catamarca y se encierra en un
beaterio. Dos aos despus pasaba por all Facundo, y manda que se abra
el asilo y la superiora traiga a su presencia a las reclusas. Una hubo
que di un grito al verlo y cay exnime. No es ste un lindo romance?
Era la Severa!

Pero vamos a Atiles, donde se est preparando un ejrcito para ir a
recobrar la reputacin perdida en la Tablada, porque no se trata sino de
reputacin de gaucho cargador. Dos unitarios de San Juan han cado en su
poder: un joven Castro y Calvo, chileno, y un Alejandro Carril. Quiroga
le pregunta a ste: Cunto da por su vida? Veinticinco mil
pesos--contesta--. Y usted, cunto da?--dice al otro--. Yo slo
puedo dar cuatro mil; soy comerciante y nada ms poseo. Se conoce, en
efecto, que es comerciante. Mandan traerse las sumas de San Juan, y ya
hay treinta mil pesos para la guerra, reunidos a tan poca costa.
Mientras el dinero llega, Facundo los aloja bajo un algarrobo; los ocupa
en hacer cartuchos, pagndoles dos reales diarios por su trabajo.

El Gobierno de San Juan tiene conocimiento de los esfuerzos que la
familia de Carril hace para mandar el rescate a aquel Duguesclin que no
ha hallado oro bastante para apreciarse a s mismo, y se aprovecha del
descubrimiento. Gobierno de ciudadanos, aunque federal, no se atreva a
fusilar ciudadanos y se siente impotente para arrancar dinero a los
unitarios. El Gobierno intima orden de salir para Atiles a los presos
que pueblan las crceles; las madres y las esposas saben lo que
significa Atiles, y unas primero, otras despus, logran reunir las sumas
pedidas para hacer volver a sus deudos del camino que conduce a la
guarida del tigre. As, Quiroga gobierna a San Juan con slo su nombre
terrorfico.

Cuando los Aldaos estn fuertes en Mendoza y no han dejado en La Rioja
un solo hombre, viejo o joven, soltero o casado, en estado de llevar las
armas, Facundo se transporta a San Juan a establecer en aquella
poblacin, rica entonces en unitarios acaudalados, sus cuarteles
generales. Llega y hace dar seiscientos azotes a un ciudadano notable
por su influencia, sus talentos y su fortuna. Facundo anda en persona al
lado del can que lleva la vctima moribunda por las cuatro esquinas de
la plaza, porque Facundo es muy solcito en esta parte de la
administracin; no es como Rosas, que desde el fondo de su gabinete,
donde est tomando mate, expide a la mazorca las rdenes que debe
ejecutar, para achacar despus al _entusiasmo federal_ del pobre pueblo
todas las atrocidades con que ha hecho estremecer a la humanidad. No
creyendo an bastante este paso previo a toda otra medida, Facundo hace
traer a un viejecito cojo, a quien se acusa o no se acusa de haber
servido de baqueano a algunos prfugos, y lo hace fusilar en el acto,
sin confesin, sin permitirle decir ni una palabra, porque el _Enviado
de Dios_ no se cuida siempre de que sus vctimas se confiesen.

Preparada as la _opinin pblica_, no hay sacrificios que la ciudad de
San Juan no est pronta a hacer en defensa de la federacin; las
contribuciones se distribuyen sin rplica, salen armas de debajo tierra;
Facundo compra fusiles y sables a quien se los presenta. Los Aldaos
triunfan de la incapacidad de los unitarios, por la violacin de los
tratados del Pilar, y entonces Quiroga pasa a Mendoza. All era el
terror intil; las matanzas diarias ordenadas por el fraile, de que di
detalles en su biografa, tenan helada como un cadver a la ciudad;
pero Facundo necesitaba confirmar all el espanto que su nombre infunda
por todas partes. Algunos jvenes sanjuaninos han cado prisioneros;
stos por lo menos le pertenecen. A uno de ellos manda hacer esta
pregunta: Cuntos fusiles puede entregar dentro de cuatro das? El
joven contesta que si se le da tiempo para mandar a Chile a procurarlos
y a su casa para recolectar fondos, ver lo que puede hacer. Quiroga
reitera la pregunta, pidiendo que conteste categricamente. Ninguno!
Un minuto despus llevaban a enterrar el cadver, y seis sanjuaninos ms
le seguan a cortos intervalos. La pregunta sigue hacindose de palabra
o por escrito a los prisioneros mendocinos, y las respuestas son ms o
menos satisfactorias. Un reo de ms alto carcter se presenta: el
general Alvarado ha sido aprehendido y Facundo lo hace traer a su
presencia.--Sintese, general--le dice; en cuntos das podr
entregarme 6.000 pesos por su vida?--En ninguno, seor; no tengo
dinero.--Eh!, pero tiene usted amigos que no lo dejarn fusilar.--No
tengo, seor; yo era un simple transente por esta provincia cuando,
forzado por el voto pblico, me hice cargo del gobierno.--Para dnde
quiere usted retirarse?--contina despus de un momento de
silencio.--Para donde S. E. lo ordene.--Diga usted, adnde quiere
ir?--Repito que donde se me ordene.--Qu le parece San Juan?--Bien,
seor.--Cunto dinero necesita?--Gracias, seor; no necesito. Facundo
se dirige a un escritorio, abre dos gavetas rehenchidas de oro y
retirndose le dice:--Tome, general, lo que necesite.--Gracias, seor,
nada. Una hora despus el coche del general Alvarado estaba a la puerta
de su casa cargado con su equipaje y el general Villafae, que deba
acompaarlo a San Juan, donde a su llegada le entreg 100 onzas de oro
de parte del general, suplicndole que no se negase a admitirlas.

Como se ve, el alma de Facundo no estaba del todo cerrada a las nobles
inspiraciones. Alvarado era un antiguo soldado, un general grave y
circunspecto, y poco mal le haba causado. Ms tarde deca de l: Este
general Alvarado es un buen militar, pero no entiende nada de esta
guerra que hacemos nosotros.

En San Juan le trajeron un francs, Barreau, que haba escrito de l lo
que un francs puede escribir. Facundo le pregunta si es el autor de los
artculos que tanto le han herido, y con la respuesta afirmativa qu
espera usted ahora?, replica Quiroga:--Seor, la muerte.--Tome usted
esas onzas y vyase enhoramala.

En Tucumn estaba Quiroga tendido sobre un mostrador.--Dnde est el
general?--le pregunta un andaluz que se ha achispado un poco para salir
con honor del lance.--Ah dentro; qu se le ofrece?--Vengo a pagar
cuatrocientos pesos que me ha puesto de contribucin... Como no le
cuesta nada a ese animal!--Conoce, patrn, al general?--Ni quiero
conocerlo, forajido!--Pase adelante; tomemos un trago de caa. Ms
avanzado estaba este original dilogo, cuando un ayudante se presenta, y
dirigindose a uno de los interlocutores:--Mi general--le dice...--Mi
general!...--repite el andaluz abriendo un palmo de boca--. Pues qu...
vos sois el general?... Canario! Mi general--contina hincndose de
rodillas--, soy un pobre diablo, pulpero...; qu quiere V. S.!...; se
me arruina..., pero el dinero est pronto...; vamos..., no hay que
enfadarse! Facundo suelta la risa, lo levanta, lo tranquiliza y le
entrega su contribucin, tomando slo 200 pesos prestados, que le
devuelve religiosamente ms tarde. Dos aos despus un mendigo
paraltico le gritaba en Buenos Aires:--Adis, mi general; soy el
andaluz de Tucumn; estoy paraltico. Facundo le di seis onzas.

Estos rasgos prueban la teora que el drama moderno ha explotado con
tanto brillo, a saber: que aun en los caracteres histricos ms negros
hay siempre una chispa de virtud que alumbra por momentos y se oculta.
Por otra parte, por qu no ha de hacer el bien el que no tiene freno
que contenga sus pasiones? Esta es una prerrogativa del despotismo como
cualquier otra.

Pero volvamos a tomar el hilo de los acontecimientos pblicos. Despus
de inaugurado el terror en Mendoza de un modo tan solemne, Facundo se
retira al Retamo, adonde los Aldaos llevan la contribucin de 100.000
pesos que han arrancado a los unitarios aterrados. All est la mesa de
juego que acompaa siempre a Quiroga; all acuden los aficionados del
partido; all, en fin, es el trasnochar a la claridad opaca de las
antorchas. En medio de tantos horrores y de tantos desastres, el oro
circula all a torrentes, y Facundo gana al fin de quince das los
100.000 pesos de la contribucin, los muchos miles que guardan sus
amigos federales y cuanto puede apostarse a una carta. La guerra,
empero, pide erogaciones, y vuelven a trasquilar las ovejas ya
trasquiladas. Esta historia de las jugarretas famosas del Retamo, en que
hubo noche que 130.000 pesos estaban sobre la carpeta, es la historia de
toda la vida de Quiroga. Mucho se juega, general--le deca un vecino en
su ltima expedicin a Tucumn.--Eh!, esto es una miseria! En Mendoza
y San Juan poda uno divertirse! All s que corra dinero! Al fraile
le gan una noche 50.000 pesos; al clrigo Lima, otra, 25.000; pero
esto?..., estas son pij...!

Un ao se pasa en estos aprestos de guerra y al fin en 1830 sale un
nuevo y formidable ejrcito para Crdoba, compuesto de las divisiones
reclutadas en La Rioja, San Juan, Mendoza y San Luis. El general Paz,
deseoso de evitar la efusin de sangre, aunque estuviese seguro de
agregar un nuevo laurel a los que ya cean sus sienes, mand al mayor
Paunero, oficial lleno de prudencia, energa y sagacidad, al encuentro
de Quiroga, proponindole no slo la paz, sino una alianza. Crese que
Quiroga iba dispuesto a abrazar cualquier coyuntura de transaccin; pero
las sujestiones de la comisin mediadora de Buenos Aires, que no traa
otro objeto que evitar toda transaccin y el orgullo y la presencia de
Quiroga, que se vea a la cabeza de un nuevo ejrcito ms poderoso y
mejor disciplinado que el primero, le hicieron rechazar las propuestas
pacficas del modesto general Paz.

Facundo esta vez haba combinado algo que tena visos de plan de
campaa. Inteligencias establecidas en la Sierra de Crdoba haban
sublevado la poblacin pastora; el general Villafae se acercaba por el
Norte con una divisin de Catamarca, mientras que Facundo caa por el
Sur. Poco esfuerzo de penetracin cost al hbil Paz para penetrar los
designios de Quiroga y dejarlos burlados. Una noche desapareci el
ejrcito de las inmediaciones de Crdoba; nadie poda darse cuenta de su
paradero; todos lo haban encontrado, aunque en diversos lugares y a la
misma hora.

Si alguna vez se ha realizado en Amrica algo parecido a las complicadas
combinaciones estratgicas de las campaas de Bonaparte en Italia, es
en esta vez en que Paz haca cruzar la Sierra de Crdoba por 40
divisiones, de manera que los prfugos de un combate fuesen a caer en
manos de otro cuerpo apostado al efecto en lugar preciso e inevitable.
La montonera, aturdida, envuelta por todas partes, con el ejrcito a su
frente, a sus costados, a su retaguardia, tuvo que dejarse coger en la
red que se le haba tendido, y cuyos hilos se movan a reloj desde la
tienda del general.

La vspera de la batalla de Oncativo an no haban entrado en lnea
todas las divisiones de esta maravillosa campaa de quince das, en la
que haban obrado combinadamente en un frente de cien leguas. Omito dar
pormenor alguno sobre aquella memorable batalla en que el general Paz,
para dar valor a su triunfo, publicaba en el Boletn la muerte de 70 de
los suyos, no obstante no haber perdido sino 12 hombres en un combate en
que se encontraban 8.000 soldados y 20 piezas de artillera. Una simple
maniobra haba derrotado al valiente Quiroga, y tantos horrores, tantas
lgrimas derramadas para formar aquel ejrcito, haban terminado en dar
a Facundo una temporada de jugarretas y algunos miles de prisioneros
intiles a Paz.




CAPTULO VII

GUERRA SOCIAL.--CHACN

    _Ricardo._--Un cheval! Vite un
    cheval... Mon royaume pour un
    cheval!

    SHAKESPEARE.



Facundo, el gaucho malo de los Llanos, no vuelve a sus pagos esta vez,
que se encamina hacia Buenos Aires, y debe a esta direccin imprevista
de su fuga, salvar de caer en manos de sus perseguidores. Facundo ha
visto que nada le queda que hacer en el interior; no hay esta vez tiempo
de martirizar y estrujar a los pueblos para que no den recursos sin que
el vencedor llegue por todas partes en su auxilio.

Esta batalla de Oncativo, o la Laguna Larga, era muy fecunda en
resultados; por ella, Crdoba, Mendoza, San Juan, San Luis, La Rioja,
Catamarca, Tucumn, Salta y Jujuy quedaban libres de la dominacin de
caudillos. La unidad de la Repblica, propuesta por Rivadavia por las
vas parlamentarias, empezaba a hacerse efectiva desde Crdoba por medio
de las armas, y el general Paz, al efecto, reuni un congreso de agentes
de aquellas provincias, para que acordasen lo que ms conviniera para
darse instituciones. Lavalle haba sido menos afortunado en Buenos
Aires, y Rosas, que estaba destinado a figurar un papel tan sombro y
espantoso en la historia argentina, ya empezaba a influir en los
negocios pblicos y gobernaba la ciudad. Quedaba, pues, la Repblica
dividida en dos fracciones: una en el interior, que deseaba hacer
capital de la Unin a Buenos Aires; otra en Buenos Aires, que finga no
querer ser capital de la Repblica, a no ser que abjurase la
civilizacin europea y el orden civil.

La batalla aquella haba dejado en descubierto otro grande hecho, a
saber: que la _montonera_ haba perdido su fuerza primitiva, y que los
ejrcitos de las ciudades podan medirse con ella y destruirla. Este es
un hecho fecundo en la historia argentina. A medida que el tiempo pasa,
las bandas pastoras pierden su espontaneidad primitiva. Facundo necesita
ya de terror para moverlas, y en batalla campal se presentan como
azoradas en presencia de las tropas disciplinadas y dirigidas por las
mximas estratgicas que el arte europeo ha enseado a los militares de
las _ciudades_.

En Buenos Aires, empero, el resultado es diverso: Lavalle, no obstante
su valor, que ostenta en el Puente de Mrquez y en todas partes; no
obstante sus numerosas tropas de lnea, sucumbe al fin de la campaa,
encerrado en el recinto de la ciudad por los millares de gauchos que han
aglomerado Rosas y Lpez; y por un tratado que tiene al fin los efectos
de una capitulacin, se desnuda de la autoridad, y Rosas penetra en
Buenos Aires. Por qu es vencido Lavalle? No por otra razn, a mi
juicio, sino porque es el ms valiente oficial de caballera que tiene
la Repblica Argentina; es el general argentino y no el general europeo;
las cargas de caballera han hecho su fama romanesca.

Cuando la derrota de Torata, o Moquegua, no recuerdo bien, Lavalle,
protegiendo la retirada del ejrcito, da cuarenta cargas en da y
medio, hasta que no le quedan 20 soldados para dar otras. No recuerdo si
la caballera de Murat hizo jams un prodigio igual. Pero ved las
consecuencias funestas que trae este hecho para la Repblica. Lavalle en
1839, recordando que la montonera lo ha vencido en 1830, abjura toda su
educacin guerrera a la europea y adopta el sistema montonero. Equipa
4.000 caballos y llega hasta las goteras de Buenos Aires con sus
brillantes bandas, al mismo tiempo que Rosas, el gaucho de la Pampa, que
lo ha vencido en 1830, abjura por su parte sus instintos montoneros,
anula la caballera en sus ejrcitos, y slo confa el xito de la
campaa a la infantera reglada y al can.

Los papeles estn cambiados: el gaucho toma la casaca; el militar de la
independencia el poncho; el primero triunfa; el segundo va a morir
traspasado de una bala que le dispara de paso la montonera. Severas
lecciones, por cierto! Si Lavalle hubiera hecho la campaa de 1840 en
silla inglesa y con el palet francs, hoy estaramos a orillas del
Plata arreglando la navegacin por vapor de los ros y distribuyendo
terrenos a la inmigracin europea. Paz es el primer general ciudadano
que triunfa del elemento pastoril, porque pone en ejercicio contra l
todos los recursos del arte militar europeo, dirigidos por una cabeza
matemtica. La inteligencia vence a la materia; el arte al nmero.

Tan fecunda en resultados es la obra de Paz en Crdoba; tan alto levanta
en dos aos la influencia de las ciudades, que Facundo siente imposible
rehabilitar su poder de caudillo, no obstante que ya lo ha extendido por
todo el litoral de los Andes, y slo la culta, la europea Buenos Aires,
puede servir de asilo a su barbarie.

Los diarios de Crdoba de aquella poca transcriban las noticias
europeas, las sesiones de las Cmaras francesas y los retratos de
Casimir Prier, Lamartine, Chateaubriand, servan de modelos en las
clases de dibujo; tal era el inters que Crdoba manifestaba por el
movimiento europeo. Leed la _Gaceta Mercantil_, y podris juzgar del
rumbo semibrbaro que tom desde entonces la Prensa de Buenos Aires.

Facundo se fuga para Buenos Aires, no sin fusilar antes a dos oficiales
suyos, para mantener el orden en los que le acompaan. Su teora del
_terror_ no se desmiente jams: es su talismn, su paladin, sus
penates. Todo lo abandonar menos esta arma favorita.

Llega a Buenos Aires, se presenta al gobierno de Rosas, encuntrase en
los salones con el general Guido, el ms cumplimentero y ceremonioso de
los generales que han hecho su carrera haciendo cortesas en las
antecmaras de palacio; le dirige una muy profunda a Quiroga: Qu! Me
muestran los dientes--dice ste--, como si yo fuera perro. Ah me han
mandado ustedes una comisin de doctores a enredarme con el general Paz
(Cavia y Cernadas). Paz me ha batido en regla. Quiroga deplor muchas
veces despus no haber dado odo a las proposiciones del mayor Paunero.

Facundo desaparece en el torbellino de la gran ciudad; apenas se oye
hablar de algunas ocurrencias de juego. El general Mansilla le amenaza
una vez de darle un candelerazo, dicindole: Qu, se ha credo que
est usted en las provincias? Su traje de gaucho provinciano llama la
atencin; el embozo del poncho, su barba entera, que ha prometido llevar
hasta que se lave la mancha de la Tablada, fija por un momento la
atencin de la elegante y europea ciudad; mas luego nadie se ocupa de
l.

Preparbase entonces una grande expedicin sobre Crdoba. Seis mil
hombres de Buenos Aires y Santa Fe se estaban alistando para la empresa;
Lpez era el general en jefe; Balcarce, Enrique Martnez y otros jefes
iban bajo sus rdenes; ya el elemento pastoril domina, pero tiene an
alianza con la _ciudad_, con el partido federal: todava hay generales.
Facundo se encarga de una tentativa desesperada sobre La Rioja o
Mendoza, recibe para ello doscientos presidiarios sacados de todas las
crceles, engancha sesenta hombres ms en el Retiro, rene algunos de
sus oficiales y se dispone a marchar.

En Pavn estaba Rosas reuniendo sus caballeras _coloradas_; all estaba
tambin Lpez de Santa Fe. Facundo se detuvo en Pavn a ponerse de
acuerdo con los dems jefes. Los tres ms famosos caudillos estn
reunidos en la pampa: Lpez, el discpulo y sucesor inmediato de
Artigas; Facundo, el brbaro del interior, y Rosas, el lobezno que se
est criando an y que ya est en vsperas de lanzarse a cazar de su
propia cuenta. Los clsicos los habran comparado con los triunviros
Lpido, Marco Antonio y Octavio, que se reparten el imperio, y la
comparacin sera exacta hasta en la vileza y crueldad del Octavio
argentino.

Los tres caudillos hacen prueba y ostentacin de su importancia
personal. Sabis cmo? Montan a caballo los tres, y salen todas las
maanas a _gauchear_ por la Pampa; se bolean los caballos, los apuntan a
las vizcacheras, ruedan, pechan, corren carreras. Cul es el ms grande
hombre? El ms jinete, Rosas, l que triunfa al fin. Una maana va a
invitar a Lpez a la correra: No, compaero--le contesta ste--; si de
hecho es usted muy brbaro. Rosas, en efecto, los castigaba todos los
das, los dejaba llenos de cardenales y contusiones. Estas justas del
arroyo de Pavn han tenido una celebridad fabulosa por toda la
Repblica, lo que no dej de contribuir a allanar el camino del poder al
campen de la jornada, el imperio AL MS DE A CABALLO.

Quiroga atraviesa la Pampa con trescientos adictos, arrebatados los ms
de ellos al brazo de la justicia, por el mismo camino que veinte aos
antes, cuando slo era gaucho malo, ha hudo de Buenos Aires desertando
las filas de los arribeos.

En la Villa del Ro Cuarto encuentra una resistencia ms tenaz, y
Facundo permanece tres das detenido por unas zanjas que sirven de
parapeto a la guarnicin. Se retiraba ya, cuando un jastial se le
presenta y le revela que los sitiadores no tienen un cartucho. Quin es
este traidor? El ao 1818, en la tarde del 18 de marzo, el coronel
Zapiola, jefe de la caballera del ejrcito chileno-argentino, quiso
hacer ante los espaoles una exhibicin del poder de la caballera de
los patriotas en una hermosa llanura que est de este lado de Talca.
Eran seis mil hombres los que componan aquella brillante parada.
Cargan, y como la fuerza enemiga fuese mucho mayor, la lnea se
reconcentra, se oprime, se embaraza y se rompe, en fin; muvense los
espaoles en este momento, y la derrota se pronuncia en aquella enorme
masa de caballera. Zapiola es el ltimo en volver su caballo, y recibe
a poco trecho un balazo, y cayera en manos del enemigo si un soldado de
granaderos a caballo no se desmonta y lo pusiera como una pluma sobre su
montura, dndole a sta con el sable para que ms aprisa disparase. Un
rezagado que acierta a pasar, el granadero desmontado, prndese a la
cola del caballo, lo detiene en la carrera, salta a la grupa, y coronel
y soldado se salvan.

Llmanle el Boyero, y este hecho le abre la carrera de los ascensos. En
1820 sacbase un hombre ensartado por ambos brazos en la hoja de su
espada, y Lavalle lo ha tenido a su lado como uno de tantos insignes
valientes. Sirvi a Facundo largo tiempo, emigr a Chile y desde all a
Montevideo en busca de aventuras guerreras, donde muri gloriosamente
peleando en la defensa de la plaza, lavndose de la falta de Ro Cuarto.
Si el lector se acuerda de lo que he dicho del capataz de carretas,
adivinar el carcter, valor y fuerzas del Boyero; un resentimiento con
sus jefes, una venganza personal lo impulsa a aquel feo paso, y Facundo
toma la Villa del Ro Cuarto gracias a su revelacin oportuna.

En la Villa del Ro Quinto encuentra al valiente Pringles, aquel soldado
de la guerra de la Independencia que, cercado por los espaoles en un
desfiladero, se lanza al mar en su caballo, y entre el ruido de las olas
que se estrellan contra la ribera, hace resonar el formidable grito:
_Viva la patria!_

El inmortal Pringles, a quien el virrey Pezuela colmndolo de presentes
devuelve a su ejrcito, y para quien San Martn en premio de tanto
herosmo hace batir aquella singular medalla que tena por lema: _Honor
y gloria a los vencidos de Chancay!_, Pringles muere a mano de los
presidiarios de Quiroga, que hace envolver el cadver en su propia
manta.

Alentado con este no esperado triunfo, se avanza hacia San Luis, que
apenas le opone resistencia. Pasada la travesa, el camino se divide en
tres. Cul de ellos tomar Quiroga? El de la derecha conduce a los
Llanos, su patria, el teatro de sus hazaas, la cuna de su poder; all
no hay fuerzas superiores a las suyas, pero tampoco hay recursos; el
del medio lleva a San Juan, donde hay mil hombres sobre las armas, pero
incapaces de resistir a una carga de caballera en que l, Quiroga, vaya
a la cabeza agitando su terrible lanza; el de la izquierda, en fin,
conduce a Mendoza, donde estn las verdaderas fuerzas de Cuyo a las
rdenes del general Videla Castillo; hay un batalln de ochocientas
plazas, decidido, disciplinado, al mando del coronel Barcala; un
escuadrn de coraceros en disciplina que manda el teniente coronel
Chenaut; milicia, en fin, y piquetes del nmero 2. de cazadores y de
los coraceros de la Guardia. Cul de estos tres caminos tomar Quiroga?
Slo tiene a sus rdenes trescientos hombres sin disciplina, y l viene
adems enfermo y decado... Facundo toma el camino de Mendoza, _llega,
ve y vence_, porque tal es la rapidez con que los acontecimientos se
suceden. Qu ha ocurrido? Traicin, cobarda? Nada de todo esto. Un
plagio impertinente hecho a la estrategia europea, un error clsico por
una parte, y una preocupacin argentina, un error romntico por otra,
han hecho perder del modo ms vergonzoso la batalla. Ved cmo.

Videla Castillo sabe oportunamente que Quiroga se acerca, y no creyendo,
como ningn general poda creer, que invadiese a Mendoza, destaca a las
Lagunas los piquetes que tiene de tropas veteranas, que, con algunos
otros destacamentos de San Juan, forman al mando del mayor Castro una
buena fuerza de observacin, capaz de resistir un ataque y de forzar a
Quiroga a tomar el camino de los Llanos. Hasta aqu no hay error. Pero
Facundo se dirige a Mendoza y el ejrcito entero sale a su encuentro.

En el lugar llamado el Chacn hay un campo despejado que el ejrcito en
marcha deja a su retaguardia; mas oyndose a pocas cuadras el tiroteo de
una fuerza que viene batindose en retirada, el general Videla manda
contramarchar a toda prisa a ocupar el campo despejado de Chacn. Doble
error: primero porque una retirada a la proximidad de un enemigo temible
hiela el nimo del soldado bisoo que no comprende bien la causa del
movimiento; segundo, y mayor todava, porque el campo ms quebrado y ms
impracticable es mejor para batir a Quiroga, que no trae sino un piquete
de infantera.

Imaginos qu hara Facundo en un terreno intransitable contra
seiscientos infantes, una batera formidable de artillera y mil
caballos por delante. No es ste el convite del oso a la garza? Pues
bien; todos los jefes son argentinos, gente de a caballo; no hay gloria
verdadera, si no se conquista a sablazos; ante todo es preciso campo
abierto para las cargas de caballera; he aqu el error de la estrategia
argentina.

La lnea se forma en lugar conveniente. Facundo se presenta a la vista
en un caballo blanco; el Boyero se hace reconocer y amenaza desde ella a
sus antiguos compaeros de armas. Principia el combate y se manda cargar
a unos escuadrones de milicia. Error de argentinos iniciar la batalla
con cargas de caballera; error que ha hecho perder la Repblica en cien
combates, porque el espritu de la pampa est all en todos los
corazones; pues si os levantis un poco las solapas del frac con que el
argentino se disfraza, hallaris siempre el gaucho ms o menos
civilizado, pero siempre el gaucho. Sobre este error nacional viene un
plagio europeo. En Europa, donde las grandes masas de tropas estn en
columna y el campo de batalla abraza aldeas y villas diversas, las
tropas de _lite_ quedan en las reservas para acudir adonde la necesidad
las requiera. En Amrica la batalla campal se da por lo comn en campo
raso, las tropas son poco numerosas, lo recio del combate es de corta
duracin; de manera que siempre interesa iniciarlo con ventaja. En el
caso presente, lo menos conveniente era dar una carga de caballera, y
si se quera dar, deba echarse mano de la mejor tropa, para arrollar de
una vez los 300 hombres que constituan la batalla y las reservas
enemigas. Lejos de eso, se sigue la rutina mandando milicias numerosas,
que avanzan al frente; empiezan a mirar a Facundo; cada soldado teme
encontrarse con su lanza, y cuando oye el grito de _a la carga!_, se
queda clavado en el suelo, retrocede, lo cargan a su vez, retrocede y
envuelve las mejores tropas. Facundo pasa de largo hacia Mendoza, sin
curarse de generales, infantera y caones que a su retaguardia deja. He
aqu la batalla de Chacn, que dej flanqueado al ejrcito de Crdoba,
que estaba a punto de lanzarse sobre Buenos Aires. El xito ms completo
coron la inconcebible audacia de Quiroga. Desalojarlo de Mendoza era ya
intil; el prestigio de la victoria y el terror le daran medios de
resistencia, a la par que, por la derrota, quedaban desmoralizados sus
enemigos; se correra sobre San Juan, donde hallaran recursos y armas,
y se empeara una guerra interminable y sin xito. Los jefes se
marcharon a Crdoba, y la infantera, con los oficiales mendocinos,
capitul al da siguiente. Los unitarios de San Juan emigraron a
Coquimbo en nmero de 200, y Quiroga qued pacfico poseedor de Cuyo y
La Rioja. Jams haban sufrido aquellos dos pueblos catstrofe igual, no
tanto por los males que directamente hizo Quiroga, sino por el desorden
de todos los negocios que trajo aquella emigracin en masa de la parte
acomodada de la sociedad.

Pero el mal fu mayor bajo el aspecto del retroceso que experiment el
espritu de _ciudad_, que es lo que me interesa hacer notar. Muchas
veces lo he dicho, y esta vez debo repetirlo: consultada la posicin
mediterrnea de Mendoza, era hasta entonces un pueblo eminentemente
civilizado, rico en hombres ilustrados y dotado de un espritu de
empresa y de mejora que no hay en pueblo alguno de la Repblica
Argentina; era la Barcelona del interior. Este espritu haba tomado
todo su auge durante la administracin de Videla Castillo.
Construyronse fuertes al Sur, que, a ms de alejar los lmites de la
provincia, la han dejado para siempre asegurada contra las irrupciones
de los salvajes; emprendise la desecacin de los cinagos inmediatos;
adornse la ciudad; formronse Sociedades de agricultura, industria,
minera y educacin pblica, dirigidas y secundadas todas por hombres
inteligentes, entusiastas y emprendedores; fomentse una fbrica de
tejidos de camo y lana, que provea de vestidos y lonas para las
tropas; formse una maestranza, en la que se construan espadas, sables,
corazas, lanzas, bayonetas y fusiles, sin que en stos entrase ms que
el can de fabricacin extranjera; fundironse balas de can huecas y
tipos de imprenta. Un francs, Charon, qumico, diriga estos ltimos
trabajos, como tambin el ensayo de los metales de la provincia. Es
imposible imaginarse desenvolvimiento ms rpido ni ms extenso de todas
las fuerzas civilizadoras de un pueblo. En Chile o en Buenos Aires todas
estas fabricaciones no llamaran mucho la atencin; pero en una
provincia del interior, y con slo el auxilio de artesanos del pas, es
un esfuerzo prodigioso. La Prensa gema bajo el peso de diarios y
publicaciones peridicas en las que el verso no se haca esperar. Con
las disposiciones que yo le conozco a ese pueblo, en diez aos de un
sistema semejante hubirase vuelto un coloso; pero las pisadas de los
caballos de Facundo vinieron luego a hollar estos retoos vigorosos de
la civilizacin, y el fraile Aldao hizo pasar el arado y sembrar de
sangre el suelo durante diez aos. Qu haba de quedar!

El movimiento impreso entonces a las ideas no se contuvo, aun despus de
la ocupacin de Quiroga; los miembros de la Sociedad de Minera
emigrados en Chile se consagraron desde su arribo al estudio de la
qumica, la mineraloga y la metalurgia. Godoy Cruz, Correa, Villanueva,
Doncel y muchos otros reunieron todos los libros que trataban de la
materia, recolectaron de toda la Amrica colecciones de metales
diversos, registraron los archivos chilenos para informarse de la
historia del mineral de Uspallata, y, a fuerza de diligencia, lograron
entablar trabajos all, en que, con el auxilio de la ciencia adquirida,
sacaron utilidad de la escasa cantidad de metal til que aquellas minas
contienen, porque el mineral de Uspallata es un cadver.

De esta poca data la nueva explotacin de minas en Mendoza, que hoy se
est haciendo con ventaja. Los mineros argentinos, no satisfechos con
estos resultados, se desparramaron por el territorio de Chile, que les
ofreca un rico anfiteatro para ensayar su ciencia, y no es poco lo que
han hecho en Copiap y en otros puntos en la explotacin y beneficio y
en la introduccin de nuevas mquinas y aparatos. Godoy Cruz,
desengaado de las minas, dirigi a otro rumbo sus investigaciones, y
con el cultivo de la morera crey resolver el problema del porvenir de
las provincias de San Juan y Mendoza, que consiste en hallar una
produccin que en _poco volumen encierre mucho valor_.

La seda llena esta condicin impuesta a aquellos pueblos centrales, por
la inmensa distancia a que estn de los puertos y el alto precio de los
fletes. Godoy Cruz no se content con publicar en Santiago un folleto
voluminoso y completo sobre el cultivo de la morera, la cra del gusano
de seda y de la cochinilla, sino que, distribuyndolo gratis en aquellas
provincias, ha estado durante diez aos _agitando_ sin descanso,
propagando la morera, estimulando a todos a dedicarse a su cultivo,
exagerando sus ventajas pimas, mientras que l aqu mantena relaciones
con la Europa para instruirse de los precios corrientes, mandando
muestras de la seda que cosechaba, hacindose conocedor prctico de sus
defectos y perfecciones, aprendiendo y enseando a hilar. Los frutos de
esta grande y patritica obra han correspondido a las esperanzas del
noble artfice; hasta el ao pasado haba ya en Mendoza algunos millones
de moreras, y la seda, recogida por quintales, haba sido hilada,
torcida, teida y vendida a Europa, en Buenos Aires y Santiago, a cinco,
seis y siete pesos libra; porque la joyante de Mendoza no cede en brillo
y finura a la ms afamada de Espaa o Italia.

El pobre viejo ha vuelto al fin a su patria a deleitarse en el
espectculo de un pueblo entero consagrado a realizar el ms fecundo
cambio de industria, prometindose que la muerte no cerrar sus ojos
antes de ver salir para Buenos Aires una caravana de carretas cargadas
en el fondo de la Amrica con la preciosa produccin que ha hecho por
tantos siglos la riqueza de la China y que se disputan hoy las fbricas
de Len, Pars, Barcelona y de toda la Italia. Gloria eterna del
espritu unitario, de ciudad y de civilizacin! Mendoza, a su impulso,
se ha anticipado a toda la Amrica espaola en la explotacin en grande
de esta rica industria![31]. Pedidle al espritu de Facundo y de Rosas
una sola gota de inters por el bien pblico, de dedicacin a algn
objeto de utilidad; torcedlo y exprimidlo, y slo destilar _sangre y
crmenes_!

Me detengo en estos pormenores porque, en medio de tantos horrores como
los que estoy condenado a describir, es grato pararse a contemplar las
hermosas plantas que hemos visto pisoteadas del salvaje inculto de las
pampas; me detengo con placer, porque ellos probarn a los que an
dudaren, que la resistencia a Rosas y su sistema, aunque se haya hasta
aqu mostrado dbil en sus medios, slo la defensa de la civilizacin
europea, la de sus resultados y formas, es la que ha dado durante quince
aos tanta abnegacin, tanta constancia a los que hasta aqu han
derramado su sangre o han probado las tristezas del destierro.

Hay all un mundo nuevo que est a punto de desenvolverse, y que no
aguarda ms para presentarse cuan brillante es, sino que un general
afortunado logre apartar el pie de hierro que tiene hoy oprimida la
inteligencia del pueblo argentino. La historia, por otra parte, no ha de
tejerse slo con crmenes y empaparse en sangre; ni es por dems traer a
la vista de los pueblos extraviados las pginas casi borradas de las
pasadas pocas. Que siquiera deseen para sus hijos mejores tiempos que
los que ellos alcanzan; porque no importa que hoy el canbal de Buenos
Aires se canse de derramar sangre, y permita volver a ver en sus
hogares, a los que ya trae subyugados y anulados, la desgracia y el
destierro.

Nada importa esto para el progreso de un pueblo. El mal que es preciso
remover es el que nace de un gobierno que tiembla a la presencia de los
hombres pensadores e ilustrados, y que para subsistir necesita alejarlos
o matarlos, nace de un sistema que, reconcentrando en _un solo hombre_
toda voluntad y toda accin, el bien que l no haga, porque no lo
conciba, no lo pueda o no lo quiera, no se sienta nadie dispuesto a
hacerlo por temor de atraerse las miradas suspicaces del tirano, o bien
porque donde no hay libertad de obrar y pensar, el espritu pblico se
extingue, y el egosmo que se reconcentra en nosotros mismos ahoga todo
sentimiento de inters por los dems. _Cada uno para s_, el azote del
verdugo para todos: he ah el resumen de la vida y gobierno de los
pueblos esclavizados.

Si el lector se fastidia con estos razonamientos, contarle crmenes
espantosos. Facundo, dueo de Mendoza, tocaba, para proveerse de dinero
y soldados, los recursos que ya nos son bien conocidos. Una tarde cruzan
la ciudad en todas direcciones partidas que estn acarreando a un olivar
cuantos oficiales encuentran de los que haban capitulado en Chacn;
nadie sabe el objeto, ni ellos temen por lo pronto nada, fiados en la fe
de lo estipulado. Varios sacerdotes reciben, empero, orden de
presentarse igualmente; cuando ya hay suficiente nmero de oficiales
reunidos, se manda a los sacerdotes confesarlos, lo que, efectuado, se
les forma en fila, y de uno en uno empiezan a fusilarlos bajo la
direccin de Facundo, que indica al que parece conservar an la vida, y
seala con el dedo el lugar donde deben darle el balazo que ha de
ultimarlo.

Concluda la matanza, que dura una hora porque se hace con lentitud y
calma, Quiroga explica a algunos el motivo de aquella terrible violacin
de la fe de los tratados: Los unitarios--dice--le han muerto en Chile
al general Villafae, y usa de represalias. El cargo es fundado, aunque
la satisfaccin sea un poco grosera. Paz--deca otra vez--me fusil
nueve oficiales, yo le he fusilado noventa y seis; estamos a mano. Paz
no era responsable de un acto que l lament profundamente, y que era
motivado por la muerte de un parlamentario suyo. Pero el sistema de no
dar cuartel, seguido por Rosas con tanto tesn, y de violar todas las
formas recibidas, pactos, tratados, capitulaciones, es efecto de causas
que no dependen del carcter personal de los caudillos. El derecho de
gentes que ha suavizado los horrores de la guerra, es el resultado de
siglos de civilizacin; el salvaje mata a su prisionero, no respeta
convenio alguno siempre que halla ventaja en violarlo. Qu freno
contendr al salvaje argentino, que no conoce ese derecho de gentes de
las ciudades cultas? Dnde habr adquirido la conciencia del derecho?
En la Pampa? La muerte de Villafae ocurri en territorio chileno. Su
matador sufri ya la pena del talin: ojo por ojo, diente por diente. La
justicia humana ha quedado satisfecha; pero el carcter del protagonista
de aquel sangriento drama hace demasiado a mi asunto para que me prive
del placer de introducirlo.

Entre los emigrados sanjuaninos que se dirigan a Coquimbo, iba un mayor
del ejrcito del general Paz, dotado de esos caracteres originales que
desenvuelve la vida argentina. El mayor Navarro, de una familia
distinguida de San Juan, de formas diminutas y de cuerpo flexible y
endeble, era clebre en el ejrcito por su temerario arrojo. A la edad
de diez y ocho aos montaba guardia como alfrez de milicias en la noche
en que en 1820 se sublev en San Juan el nmero 1 de los Andes. Cuatro
compaas forman enfrente al cuartel e intiman la rendicin a los
cvicos. Navarro queda solo en la guardia, entorna la puerta y con su
florete defiende la entrada; catorce heridas entre golpes de sable y
bayoneta lo franquean; y el alfrez, apretndose con las manos tres
bayonetazos que ha recibido cerca de la ingle, con el otro brazo
cubrindose cinco que le han traspasado el pecho, y ahogndose con la
sangre que corre a torrentes de la cabeza, se dirige desde all a su
casa, donde recobra la salud y la vida despus de siete meses de una
curacin desesperada y casi imposible.

Dado de baja por la disolucin de los cvicos, se dedica al comercio,
pero al comercio acompaado de peligros y aventuras. Al principio
introduce cargamentos por contrabando en Crdoba; despus trafica desde
Crdoba con los indios, y ltimamente se casa con la hija de un cacique,
vive santamente con ella, se mezcla en las guerras salvajes, se habita
a comer carne cruda y beber la sangre en la degolladera de los caballos,
hasta que en cuatro aos se hace un salvaje hecho y derecho. Sabe all
que la guerra del Brasil va a principiar, y dejando a sus amados
salvajes, sienta plaza en el ejrcito en su grado de alfrez, y tan
buena maa se da y tantos sablazos distribuye, que al fin de la campaa
es capitn graduado de mayor y uno de los predilectos de Lavalle, el
catador de valientes. En Puente Mrquez deja atnito al ejrcito con sus
hazaas, y despus de todas aquellas correras, queda en Buenos Aires
con los dems oficiales de Lavalle. Arbolito, Pancho, el Yato, Molina y
otros bandidos de la campaa eran los altos personajes que ostentaban su
valor por cafs y mesones. La animosidad con los oficiales del ejrcito
era cada da ms envenenada. En el caf de la Comedia estaban algunos de
estos hroes de la poca, y brindaban a la muerte del general Lavalle;
Navarro, que los ha odo, se acerca, tmale el vaso a uno, sirve para
ambos, y dice: Tome usted a la salud de Lavalle! Desenvainan las
espadas y lo dejan tendido. Era preciso salvarse, ganar la campaa, y
por entre las partidas enemigas, llegar a Crdoba. Antes de tomar
servicio, penetra tierra adentro a visitar a su familia, a su padre
poltico, y sabe con sentimiento que su cara mitad ha fallecido. Se
despide de los suyos, y dos de sus deudos, dos mocetones; el uno su
primo y su sobrino el otro, le acompaan de regreso al ejrcito.

De la accin de Chacn traa un fogonazo en la sien que le haba arreado
todo el pelo y embutido la plvora en la cara. Con este talante y
acompaamiento, y un asistente ingls tan gaucho y certero en el lazo y
las bolas como el patrn y los parientes, emigraba el joven Navarro para
Coquimbo; porque joven era, y tan culto en su lenguaje y tan elegante en
sus modales, como el primer pisaverde; lo que no estorbaba que cuando
vea caer una res, viniese a beberle la sangre como un salvaje. Todos
los das quera volverse, y las instancias de sus amigos bastaban apenas
a contenerlo. Yo soy hijo de la plvora--deca con su voz grave y
sonora--: la guerra es mi elemento--. La primer gota de sangre que ha
derramado la guerra civil--deca otras veces--ha salido de estas venas,
y de aqu ha de salir la ltima. Yo no puedo ir ms adelante--repeta
parando su caballo--; echo de menos sobre mis hombros las paletas de
general. En fin--exclama otras veces--: qu dirn mis compaeros
cuando sepan que el mayor Navarro ha pisado el suelo extranjero sin un
escuadrn con lanza en ristre?

El da que pasaron la cordillera hubo una escena pattica. Era preciso
deponer las armas; no haba forma de hacer concebir a los indios que
haba pases donde no era permitido andar con la lanza en la mano.
Navarro se acerc a ellos, les habl en la lengua; fuese animando poco a
poco; dos gruesas lgrimas corrieron de sus ojos, y los indios clavaron
con muestras de angustia sus lanzones en el suelo. Todava despus de
emprendida la marcha, volvieron sus caballos y dieron vuelta en torno de
ellas, como si les dijesen un eterno adis!

Con estas disposiciones de espritu pas el mayor Navarro a Chile, y se
aloj en Guanda, que est situado en la boca de la quebrada que conduce
a la Cordillera. All supo que Villafae volva a reunirse a Facundo, y
anunci pblicamente su propsito de matarlo.

Los emigrados que saban lo que las palabras importaban en boca del
mayor Navarro, despus de procurar en vano disuadirlo, se alejaron del
lugar de la escena. Advertido Villafae, pidi auxilio a la autoridad,
que le di unos milicianos, los cuales le abandonaron desde que se
informaron de lo que se trataba. Pero Villafae iba perfectamente armado
y traa adems seis riojanos. Al pasar por Guanda, Navarro sali a su
encuentro, y mediando entre ambos un arroyo, le anunci en frases
solemnes y claras su designio de matarlo, con lo que se volvi tranquilo
a la casa en que estaba a la sazn almorzando. Villafae tuvo la
indiscrecin de alojarse en Tilo, lugar distante slo cuatro leguas de
aqul en que el reto haba tenido lugar.

A la noche, Navarro requiere sus armas y una comitiva de nueve hombres
que le acompaan, y que deja en lugar conveniente cerca de la casa de
Tilo, avanzando l solo a la claridad de la luna. Cuando hubo penetrado
en el patio abierto de la casa, grita a Villafae, que dorma con los
suyos en el corredor. Villafae, levntate! Vengo a matarte; el que
tiene enemigos no duerme. Toma ste su lanza, Navarro se desmonta del
caballo, desenvaina la espada, se acerca y lo traspasa. Entonces dispara
un pistoletazo, que era la seal de avanzar que haba dado a su partida,
la cual se echa sobre la comitiva del muerto, la mata o dispersa. Hacen
traer los animales de Villafae, cargan su equipaje y marchan en lugar
de l a la Repblica Argentina a incorporarse al ejrcito. Extraviando
caminos, llegan al Ro Cuarto, donde se encuentran con el coronel
Echevarra perseguido por los enemigos. Navarro vuela en su ayuda, y
habiendo cado muerto el caballo de su amigo, le insta que monte a su
grupa.

No consiente ste; obstnase Navarro en no fugar sin salvarlo, y
ltimamente se desmonta de su caballo, lo mata y muere al lado de su
amigo, sin que su familia pudiese descubrir tan triste fin sino despus
de tres aos, en que el mismo que lo ultim contara la trgica historia,
y desenterrase para mayor prueba los dos esqueletos de los dos infelices
amigos. Hay en toda la vida de este malogrado joven tal originalidad,
que vale sin duda la pena de hacer una digresin en favor de su memoria.

Durante la corta emigracin del mayor Navarro, haban ocurrido sucesos
que cambiaban completamente la faz de los negocios pblicos. La clebre
captura del general Paz, arrebatado de la cabeza de su ejrcito por un
tiro de bolas, decida de la suerte de la Repblica, pudiendo decirse
que no se constituy en aquella poca, y las leyes y las ciudades no
afianzaron su dominio por accidente tan singular; porque Paz, con un
ejrcito de cuatro mil quinientos hombres perfectamente disciplinados, y
con un plan de operaciones combinado sabiamente, estaba seguro de
desbaratar el ejrcito de Buenos Aires.

Los que le han visto despus triunfar en todas partes, juzgarn que no
haba mucha presuncin de su parte en anticipaciones tan felices.
Pudiramos hacer coro a los moralistas que dan a los acontecimientos ms
fortuitos el poder de trastornar la suerte de los imperios; pero si es
fortuito el acertar un tiro de bolas sobre un general enemigo, no lo es
que venga de la parte de los que atacan las _ciudades_, del gaucho de la
Pampa, convertido en elemento poltico. As, puede decirse que la
civilizacin fu _boleada_ aquella vez.

Facundo, despus de vengar tan cruelmente a su general Villafae, march
a San Juan a preparar la expedicin sobre Tucumn, adonde el ejrcito de
Crdoba se haba retirado despus de la prdida del general, lo que
haca imposible todo propsito invasor. A su llegada, todos los
ciudadanos federales, como en 1827, salieron a su encuentro; pero
Facundo no gustaba de las recepciones.

Manda una partida que salga adelante de la calle en que estaban
reunidos, deja a otra atrs, hace poner guardias en todas las avenidas,
y tomando l por otro camino, entra en la ciudad, dejando presos a sus
oficiosos huspedes, que tuvieron que pasar el resto del da y la noche
entera agrupados en la calle, hacindose lugar entre las patas de los
caballos para dormitar un poco. El que lea esto se indignar del ultraje
afrentoso e insolente hecho a sus partidarios mismos, a los que con su
cooperacin lo han elevado. Yo no veo en esto sino una faz histrica y
caracterstica de la lucha argentina. Facundo deja de fingirse federal
como lo entendan los hombres de las _ciudades_; es el enemigo de todos
los que llevan frac, es el elemento brbaro que se presenta en toda su
desnudez, y es preciso hacerlo sentir a los ilusos que se cuentan an
entre sus partidarios.

Cuando hubo llegado a la plaza, hace detener en medio de ella su coche,
manda cesar el repique de las campanas, y arroja a la calle todo el
amueblado de la casa que las autoridades han preparado para recibirle:
alfombrado, colgaduras, espejos, sillas, mesas, todo se hacina en
confusa mezcla en la plaza, y no desciende sino cuando se cerciora de
que no quedan sino las paredes limpias, una mesa pequea, una sola silla
y una cama. Es un espartano, dira otro que yo, que no veo en todos
estos miserables manejos sino la insolencia brutal de un brbaro que
insulta a las _ciudades_, afectando desdear sus goces, su lujo y sus
usos civilizados. Mientras que esta operacin se efecta, llama a un
nio que acierta a pasar cerca de su coche, le pregunta su nombre, y al
or el apellido Rosa, le dice: Su padre, don Ignacio de la Rosa, fu un
grande hombre; ofrezca a su madre de usted mis servicios.

Al da siguiente amanece en la plaza un banquillo de fusilar, de seis
varas de largo. Quines van a ser las vctimas? Los unitarios se han
fugado en masa, hasta los tmidos que no son unitarios! Facundo empieza
a distribuir contribuciones a las seoras en defecto de sus maridos,
padres o hermanos ausentes, y no son por eso menos satisfactorios los
resultados. Omito la relacin de todos los acontecimientos de este
perodo, que no dejaran escuchar los sollozos y gritos de las mujeres
amenazadas de ir al banquillo y de ser azotadas: dos o tres fusilados,
cuatro o cinco azotados, una u otra seora condenada a hacer de comer a
los soldados, y otras violencias sin nombre.

Pero hubo un da de terror glacial que no debo pasar en silencio. Era el
momento de salir la expedicin sobre Tucumn; las divisiones empiezan a
desfilar una en pos de otra; en la plaza estn los troperos cargando los
bagajes; una mula se espanta y se entra al templo de Santa Ana. Facundo
manda que la enlacen en la iglesia; el arriero va a tomarla con las
manos, y en este momento un oficial que entra a caballo por orden de
Quiroga, enlaza mula y arriero y los saca a la cincha unidos, sufriendo
el infeliz las pisadas, golpes y coces de la bestia.

Algo no est listo en aquel momento; Facundo hace comparecer a las
autoridades negligentes. Su excelencia el seor gobernador y capitn
general de la provincia recibe una bofetada, el jefe de Polica se
escapa corriendo de recibir un lanzazo, y ambos ganan las calles de sus
oficinas a dar las rdenes que han omitido. Os parece esto mucha
degradacin? No: as son los pueblos; as es el hombre cuando se ha
perdido toda conciencia del derecho, cuando la fuerza brutal se
desencadena. Qu hace el nio cuando su padre, enfurecido, se venga
despedazndolo a azotes? Llora y se somete, porque no hay en la tierra
apoyo para su derecho. As lo hacen los gobernadores y los pueblos:
lloran y se someten, porque la resistencia es intil, la dignidad una
provocacin y la muerte recibida quedara sin gloria y sin vengadores.

Ms tarde, Facundo ve uno de sus oficiales que da de _cintarazos_ a dos
soldados que peleaban; lo llama, lo acomete con la lanza; el oficial se
prende del asta para salvar la vida, bregan, y al fin el oficial se la
quita y se la entrega respetuosamente; nueva tentativa de traspasarlo
con ella; nueva lucha, nueva victoria del oficial, que vuelve a
entregrsela. Facundo entonces reprime su rabia, llama en su auxilio,
apodranse seis hombres del atltico oficial, lo estiran en una ventana,
y bien amarrado de pies y manos, Facundo lo traspasa repetidas veces con
aquella lanza que por dos veces le haba sido devuelta, hasta que el
oficial ha apurado la ltima agona, hasta que reclina la cabeza y el
cadver yace yerto y sin movimiento. Las furias estn desencadenadas; el
general Huidobro es amenazado con la lanza, si bien tiene el valor de
desenvainar su espada y prepararse a defender su vida.

Y sin embargo de todo esto, Facundo no es cruel, no es sanguinario; es
el brbaro, no ms, que no sabe contener sus pasiones, y que, una vez
irritadas, no conocen freno ni medida; es el terrorista que a la entrada
a una ciudad fusila a uno y azota a otro, pero con economa, muchas
veces con discernimiento; el fusilado es un ciego, un paraltico o un
sacristn; cuando ms el infeliz azotado es un ciudadano ilustre, un
joven de las primeras familias. Sus brutalidades con las seoras vienen
de que no tiene conciencia de las delicadas atenciones que la debilidad
merece; las humillaciones afrentosas impuestas a los ciudadanos
provienen de que es campesino grosero, y gusta por ello de maltratar y
herir en el amor propio y el decoro a aqullos que sabe que lo
desprecian. No es otro el motivo que hace del terror un sistema de
gobierno. Qu habra hecho Rosas sin l en una sociedad como era antes
la de Buenos Aires? Qu otro medio de imponer al pblico ilustrado el
respeto que la conciencia niega a lo que de suyo es abyecto y
despreciable?

Es inaudito el cmulo de atrocidades que se necesita amontonar unas
sobre otras para pervertir a un pueblo, y nadie sabe los ardides, los
estudios, las observaciones y la sagacidad que ha empleado don Juan
Manuel Rosas para someter la _ciudad_ a esa influencia mgica que
trastorna en seis aos la conciencia de lo justo y de lo bueno, que
quebranta al fin los corazones ms esforzados y los doblega al yugo. El
terror de 1793 en Francia era un efecto, no un instrumento; Robespierre
no guillotinaba nobles y sacerdotes para crearse una reputacin ni
elevarse l sobre los cadveres que amontonaba. Era un alma adusta y
severa aqulla que haba credo que era preciso amputar a la Francia
todos sus miembros aristocrticos para cimentar la revolucin. Nuestros
nombres--deca Danton--bajarn a la posteridad execrados, pero habremos
salvado la Repblica. El terror entre nosotros es una invencin
gubernativa para ahogar toda conciencia, todo espritu de ciudad, y
forzar al fin a los hombres a reconocer como cabeza pensadora el pie que
les oprime la garganta; es un desquite que toma el hombre inepto armado
del pual para vengarse del desprecio que sabe que su nulidad inspira a
un pblico que le es infinitamente superior. Por eso hemos visto en
nuestros das repetirse las extravagancias de Calgula, que se haca
adorar como Dios, y asociaba al imperio su caballo. Era que Calgula
saba que era l el ltimo de los romanos a quienes tena, no obstante,
bajo su pie. Facundo se daba aires de inspirado, de adivino, para suplir
la incapacidad natural de influir sobre los nimos. Rosas se haca
adorar en los templos y tirar su retrato por las calles en un carro a
que iban uncidos generales y seoras, para crearse el prestigio que
echaba de menos. Pero Facundo es cruel slo cuando la sangre se le ha
venido a la cabeza y a los ojos, y ve todo colorado. Sus clculos fros
se limitan a fusilar a un hombre, a azotar a un ciudadano; Rosas no se
enfurece nunca; calcula en la quietud y el recogimiento de su gabinete,
y desde all salen las rdenes a sus sicarios.




CAPTULO VIII

GUERRA SOCIAL.--CIUDADELA.

    Les habitans de Tucuman finissent
    leurs journes par des runions
    champtres, o  l'ombre
    de beaux arbres improvisent, au
    son d'une guitarre rustique, des
    chants alternatifs dans le genre de
    ceux que Virgile et Thocrite ont
    embellis. Tout, jusqu'aux prnoms
    grecs rappelle au voyageur tonn
    l'antique Arcadie.

    MALTE-BRUN.



La expedicin sali, y los sanjuaninos federales, y mujeres y madres de
unitarios respiraron al fin, como si despertaran de una horrible
pesadilla. Facundo despleg en esta campaa un espritu de orden y una
rapidez en sus marchas, que mostraban cunto le haban aleccionado los
pasados desastres. En veinticuatro das atraves con su ejrcito cerca
de 300 leguas de territorio; de manera que estuvo a punto de sorprender
a pie algunos escuadrones del ejrcito enemigo que, con la noticia
inesperada de su prximo arribo, lo vi presentarse en la Ciudadela,
antiguo campamento de los ejrcitos de la patria bajo las rdenes de
Belgrano. Sera inconcebible el cmo se dej vencer un ejrcito como el
que mandaba La Madrid en Tucumn, con jefes tan valientes y soldados tan
aguerridos, si causas morales y preocupaciones antiestratgicas no
viniesen a dar la solucin de tan extrao enigma.

El general La Madrid, jefe del ejrcito, tena entre sus sbditos al
general Lpez, especie de caudillo de Tucumn, que le era desafecto
personalmente, y a ms de que una retirada desmoraliza las tropas, el
general La Madrid no era el ms adecuado para dominar el espritu de los
jefes subalternos. El ejrcito se presentaba a la batalla medio
_federalizado_, medio _montonerizado_, mientras que el de Facundo traa
esa unidad que dan el terror y la obediencia a un caudillo que no es
_causa_, sino _persona_, y que, por tanto, aleja el libre albedro y
ahoga toda individualidad. Rosas ha triunfado de sus enemigos por esta
_unidad_ de hierro, que hace de todos sus satlites instrumentos
pasivos, ejecutores ciegos de su suprema voluntad. La vspera de la
batalla, el teniente coronel Balmaceda pide al general en jefe que se le
permita dar la primera carga. Si as se hubiere efectuado, ya que era de
regla principiar las batallas por cargas de caballera, y ya que un
subalterno se toma la libertad de pedirlo, la batalla se hubiera ganado,
porque el segundo de Coraceros no hall jams, ni en el Brasil ni en la
Repblica Argentina, quien resistiese su empuje. Accedi el general a la
demanda del comandante del segundo; pero un coronel hall que le
quitaban el mejor cuerpo, el general Lpez, que se comprometan al
principio las tropas de _lite_ que deban formar la reserva, segn
todas las reglas, y el general en jefe, no teniendo suficiente autoridad
para acallar estos clamores, mand a la reserva al escuadrn invencible
y al insigne cargador que lo mandaba.

Facundo despliega su batalla a distancia tal, que lo pone al abrigo de
la infantera que manda Barcala, y que debilita el efecto de ocho
piezas de artillera que dirige el inteligente Arengreen. Haba
previsto Facundo lo que sus enemigos iban a hacer? Una guerrilla ha
precedido, en la que la partida de Quiroga arrolla la divisin Tucumana.
Facundo llama al jefe victorioso.--Por qu se ha vuelto usted?--Porque
he arrollado al enemigo hasta la ceja del monte.--Por qu no penetr en
el monte acuchillando?--Porque haba fuerzas superiores.--A ver, cuatro
tiradores!... Y el jefe es ejecutado. Oase de un extremo al otro de la
lnea de Quiroga el tintn de las espuelas y de los fusiles de los
soldados, que temblaban, no de miedo del enemigo, sino del terrible jefe
que a su retaguardia andaba, corriendo la lnea y blandiendo su lanza de
cabo de bano. Esperan como un alivio y un desahogo del terror que los
oprime que se les mande echarse sobre el enemigo; lo harn pedazos,
rompern la lnea de bayonetas, a trueque de poner algo de por medio
entre ellos y la imagen de Facundo, que los persigue como un fantasma
airado. Como se ve, pues, campeaba de un lado el terror, del otro la
anarqua. A la primera tentativa de carga desbndase la caballera de La
Madrid; sigue la reserva, y cinco jefes a caballo quedan tan slo con la
artillera, que menudeaba sus detonaciones, y la infantera, que se
echaba a la bayoneta sobre el enemigo. Para qu ms pormenores? El
detalle de una batalla lo da el que triunfa.

La consternacin reina en Tucumn; la emigracin se hace en masa, porque
en aquella ciudad los federales son contados. Era la tercera visita de
Facundo! Al da siguiente debe repartirse una contribucin. Quiroga sabe
que en un templo hay escondidos objetos preciosos; presntase al
sacristn, a quien interroga sobre el caso; es una especie de imbcil
que contesta sonrindose. Te res? A ver!... Cuatro tiradores!...,
que lo dejan en el sitio, y las listas de la contribucin se llenan en
una hora. Las arcas del general se rehinchan de oro. Si alguno no ha
comprendido bien, no le quedar duda cuando vea pasar presos para ser
azotados al guardin de San Francisco y al presbtero Colombres. Facundo
se presenta en seguida al depsito de prisioneros, separa a los
oficiales y se retira a descansar de tanta fatiga, dejando orden de que
se les fusile a todos.

Es Tucumn un pas tropical, en donde la Naturaleza ha hecho ostentacin
de sus ms pomposas galas; es el edn de Amrica, sin rival en toda la
redondez de la tierra. Imaginos los Andes cubiertos de un manto
verdinegro de vegetacin colosal, dejando escapar por debajo de la orla
de este vestido doce ros que corren a distancias iguales en direccin
paralela, hasta que empiezan a inclinarse todos hacia un rumbo y forman,
reunidos, un canal navegable que se aventura en el corazn de la
Amrica. El pas comprendido entre los afluentes y el canal tiene a lo
ms cincuenta leguas. Los bosques que encubren la superficie del pas
son primitivos, pero en ellos las pompas de la India estn revestidas de
las gracias de la Grecia.

El nogal entreteje su anchuroso ramaje con el caoba y el bano; el cedro
deja crecer a su lado el clsico laurel, que a su vez resguarda sobre su
follaje el mirto consagrado a Venus, dejando todava espacio para que
alcen sus varas el nardo balsmico y la azucena de los campos. El
odorfero cedro se ha apoderado por ah de una cenefa de terreno que
interrumpe el bosque, y el rosal cierra el paso en otras con sus tupidos
y espinosos mimbres. Los troncos aosos sirven de terreno a diversas
especies de musgos florecientes, y las lianas y moreras festonean,
enredan y confunden todas estas diversas generaciones de plantas. Sobre
toda esta vegetacin que agotara la paleta fantstica en combinaciones
y riqueza de colorido, revoloteaban enjambres de mariposas doradas,
esmaltados picaflores, millones de loros color de esmeralda, urracas
azules y tucanes anaranjados. El estrpito de esas aves vocingleras os
aturde todo el da, cual si fuera el ruido de una canora catarata. El
mayor Andrews, un viajero ingls que ha dedicado muchas pginas a la
descripcin de tantas maravillas, cuenta que sala por las maanas a
extasiarse en la contemplacin de aquella soberbia y brillante
vegetacin; que penetraba en los bosques aromticos, y delirando,
arrebatado por la enajenacin que lo dominaba, se internaba en donde
vea que haba obscuridad, espesura, hasta que al fin regresaba a su
casa, donde le hacan notar que se haba desgarrado los vestidos,
rasguado y herido la cara, de la que vena a veces destilando sangre
sin que l lo hubiese sentido.

La ciudad est cercada por un bosque de muchas leguas, formado
exclusivamente de naranjos dulces, acoplados a determinada altura, de
manera que forma una bveda sin lmites, sostenida por un milln de
columnas lisas y torneadas. Los rayos de aquel sol trrido no han podido
mirar nunca las escenas que tienen lugar sobre la alfombra de verdura
que cubre la tierra bajo aquel toldo inmenso. Y qu escenas! Los
domingos van las beldades tucumanas a pasar el da en aquellas galeras
sin lmites; cada familia escoge un lugar aparente; aprtanse las
naranjas que embarazan el paso si es el otoo, o bien sobre la gruesa
alfombra de azahares que tapiza el suelo se balancean las parejas del
baile, y con los perfumes de sus flores se dilatan, debilitndose a lo
lejos los sonidos melodiosos de los tristes cantares que acompaa la
guitarra. Creis, por ventura, que esta descripcin es plagiada de _Las
mil y una noches_, u otros cuentos de hadas a la oriental? Daos prisa
ms bien a imaginaros lo que no digo de la voluptuosidad y belleza de
las mujeres que nacen bajo un cielo de fuego, y que, desfallecidas, van
a la siesta a reclinarse muellemente bajo la sombra de los mirtos y
laureles, a dormirse embriagadas por las esencias que ahogan al que no
est habituado a aquella atmsfera.

Facundo haba ganado una de esas enramadas sombras, acaso para meditar
sobre lo que deba hacer con la pobre ciudad que haba cado como una
ardilla bajo la garra del len. La pobre ciudad, en tanto, estaba
preocupada con la realizacin de un proyecto lleno de inocente
coquetera. Una diputacin de nias rebosando juventud, candor y beldad,
se dirige hacia el lugar donde Facundo yace reclinado sobre su poncho.
La ms resuelta o entusiasta camina delante; vacila, se detiene,
empjanla las que la siguen, pranse todas sobrecogidas de miedo,
vuelven las pdicas caras, se alientan unas a otras y, detenindose,
avanzando tmidamente y empujndose entre s, llegan al fin a su
presencia. Facundo las recibe con bondad, las hace sentar en torno suyo,
las deja recobrarse e inquiere al fin el objeto de aquella agradable
visita. Vienen a implorar por la vida de los oficiales del ejrcito que
van a ser fusilados.

Los sollozos se escapan de entre la escogida y tmida comitiva; la
sonrisa de la esperanza brilla en algunos semblantes, y todas las
seducciones delicadas de la mujer son puestas en requisicin para lograr
el piadoso fin que se han propuesto. Facundo est vivamente interesado,
y por entre la espesura de su barba negra alcanza a discernirse en las
facciones la complacencia y el contento. Pero necesita interrogarlas una
a una, conocer sus familias, la casa donde viven, mil pormenores que
parecen entretenerlo y agradarle, y que ocupan una hora de tiempo,
mantienen la expectacin y la esperanza; al fin les dice con la mayor
bondad: No oyen ustedes esas descargas?

Ya no hay tiempo! Los han fusilado! Un grito de horror sale de entre
aquel coro de ngeles, que se escapa como una bandada de palomas
perseguidas por el halcn. Los haban fusilado, en efecto! Pero cmo!
Treinta y tres oficiales, de coroneles abajo, formados en la plaza,
desnudos enteramente, reciben parados la descarga mortal. Dos
hermanitos, hijos de una distinguida familia de Buenos Aires, se abrazan
para morir, y el cadver del uno resguarda de las balas al otro. Yo
estoy libre--grita--; me he salvado por la ley. Pobre iluso! Cunto
hubiera dado por la vida! Al confesarse haba sacado una sortija de la
boca donde, para que no se la quitaran, habala escondido, encargando al
sacerdote devolverla a su linda prometida, que al recibirla di, en
cambio, la razn, que no ha recobrado hasta hoy la pobre loca!

Los soldados de caballera enlazan cada uno su cadver y lo llevan
arrastrando al cementerio, si bien algunos pedazos de crneos, un brazo
y otros miembros quedan en la plaza de Tucumn, y sirven de pasto a los
perros. Ah! Cuntas glorias arrastradas as por el lodo! Don Juan
Manuel Rosas haca matar del mismo modo y casi al mismo tiempo, en San
Nicols de los Arroyos, veintiocho oficiales, fuera de ciento y ms que
haban perecido obscuramente! Chacabuco, Maip, Junn, Ayacucho,
Ituzaing! Por qu han sido tus laureles una maldicin para todos los
que los llevaron?

Si al horror de estas escenas puede aadirse algo, es la suerte que cupo
al respetable coronel Arraya, padre de ocho hijos, prisionero, con tres
lanzadas en la espalda; se le hizo entrar en Tucumn a pie, desnudo,
desangrndose y cargado con ocho fusiles. Extenuado de fatiga, fu
preciso concederle una cama en una casa particular. A la hora de la
ejecucin en la plaza, algunos tiradores penetran hasta su habitacin, y
en la cama lo traspasan a balazos, hacindole morir en medio de las
llamaradas de las incendiadas sbanas.

El coronel Barcala, el ilustre negro, fu el nico jefe exceptuado de
esta carnicera, porque Barcala era el amo de Crdoba y de Mendoza, en
donde los _cvicos_ lo idolatraban. Era un instrumento que poda
conservarse para lo futuro; quin sabe lo que ms tarde podr suceder?

Al da siguiente principia en toda la ciudad una operacin que se llama
_secuestro_. Consiste en poner centinelas en las puertas de todas las
tiendas y almacenes, en las barracas de cueros, en las curtiembres de
las suelas, en los depsitos de tabaco. En todas, porque en Tucumn no
hay federales, esta planta que no ha podido crecer sino despus de tres
buenos riegos de sangre que ha dado al suelo Quiroga, y otro mayor que
los tres juntos que le otorg Oribe. Ahora dicen que hay federales que
llevan una cinta que lo acredita, en la que est escrito: _Mueran los
salvajes, inmundos unitarios!_ Cmo dudarlo un momento!

Todas aquellas propiedades mobiliarias y los ganados de las campaas
pertenecen de derecho a Facundo. Doscientas cincuenta carretas con la
dotacin de diez y seis bueyes cada una, se ponen en marcha para Buenos
Aires llevando los productos del pas. Los efectos europeos se ponen en
un depsito que surte a un baratillo, en el que los comandantes
desempean el oficio de baratilleros. Se vende todo y a vil precio.

Hay ms todava: Facundo en persona vende camisas, enaguas de mujeres,
vestidos de nios; los despliega, los ensea y agita ante la
muchedumbre. Un medio, un real, todo es bueno; la mercadera se
despacha, el negocio est brillante, faltan brazos, la multitud se
agolpa, se ahoga en la apretura. Slo s empieza a notarse que, pasados
algunos das, los compradores escasean, y en vano se les ofrecen
pauelos de espumilla bordados por cuatro reales; nadie compra.

Qu ha sucedido? Remordimientos de la plebe? Nada de eso. Se ha
agotado el dinero circulante; las contribuciones por una parte, el
secuestro por la otra, la venta barata, han reunido el ltimo medio que
circulaba en la provincia. Si alguno queda en poder de los adictos u
oficiales, la mesa de juego est ah para dejar al fin y a la postre
vacas todas las bolsas. En la puerta de calle de la casa del general
estn secndose al sol hileras de zurrones de plata forrados de cuero.
Ah permanecen la noche sin custodia, sin que los transentes se atrevan
siquiera a mirar.

Y no se crea que la ciudad ha sido abandonada al pillaje, o que el
soldado haya participado de aquel botn inmenso! No; Quiroga repeta
despus en Buenos Aires, en los crculos de sus _compaeros_: Yo jams
he consentido en que el soldado robe, porque me ha parecido inmoral. Un
chacarrero se queja a Facundo en los primeros das de que sus soldados
le han tomado algunas frutas. Hcelos formar, y los culpables son
reconocidos. Seiscientos azotes es la pena que cada uno sufre. El
vecino, espantado, pide para las vctimas, y le amenazan con llevar la
misma porcin. Porque as es el gaucho argentino: mata porque le mandan
sus caudillos matar, y no roba porque no se lo mandan. Si queris
averiguar cmo no se sublevan estos hombres y no se desencadenan contra
el que no les da nada en cambio de su sangre y de su valor, preguntadle
a don Juan Manuel Rosas todos los prodigios que pueden hacerse con el
terror. El sabe mucho de eso! No slo al miserable gaucho, sino al
nclito general, al ciudadano fastuoso y envanecido se le hacen obrar
milagros! No os deca que el terror produce resultados mayores que el
patriotismo?

El coronel del ejrcito de Chile don Manuel Gregorio Quiroga, ex
gobernador federal de San Juan y jefe de Estado Mayor del ejrcito de
Quiroga, convencido de que aquel botn de medio milln es slo para el
general, que acaba de dar de bofetadas a un comandante que ha guardado
para s algunos reales de la venta de un pauelo, concibe el proyecto de
sustraer algunas alhajas de valor de las que estn amontonadas en el
depsito general y resarcirse con ellas de sus sueldos.

Descbrese el robo, y el general le manda amarrar contra un poste y
exponerlo a la vergenza pblica; y cuando el ejrcito regresa a San
Juan, el coronel del ejrcito de Chile, ex gobernador de San Juan, el
jefe de Estado Mayor, marcha a pie por caminos apenas practicables,
acollarado con un novillo; el compaero del novillo sucumbi en
Catamarca, sin que se sepa si el novillo lleg a San Juan! En fin: sabe
Facundo que un joven Rodrguez, de lo ms esclarecido de Tucumn, ha
recibido carta de los prfugos; lo hace aprehender, lo lleva l mismo a
la plaza, lo cuelga y le hace dar seiscientos azotes. Pero los soldados
no saben dar azotes como los que aquel crimen exige, y Quiroga toma las
gruesas riendas que sirven para la ejecucin, batindolas en el aire con
su brazo hercleo, y descarga cincuenta azotes para que sirvan de
modelo.

Concludo el acto, l en persona remueve la tina de salmuera, le
refriega las nalgas, le arranca los pedazos flotantes y le mete el puo
en las concavidades que aqullos han dejado. Facundo vuelve a su casa,
lee las cartas interceptadas, y encuentra en ellas encargos de los
maridos a sus mujeres, libranzas de los comerciantes, recomendaciones de
que no tengan cuidado por ellos, etc. En una palabra: no hay nada que
pueda interesar a la poltica; entonces pregunta por el joven Rodrguez
y le dicen que est espirando. En seguida se pone a jugar y gana miles.

Don Francisco Reto y don N. Lugones han murmurado entre s algo sobre
los horrores que presencian. Cada uno recibe trescientos azotes y la
orden de retirarse a sus casas cruzando la ciudad desnudos
_completamente_, las manos puestas en la cabeza y las asentaderas
chorreando sangre; soldados armados van a la distancia para hacer que la
orden se ejecute puntualmente. Y queris saber lo que es la naturaleza
humana cuando la infamia est entronizada y no hay a quin apelar en la
tierra contra los verdugos? Lugones, que es de carcter travieso, se da
vuelta hacia su compaero de suplicio, y le dice con la mayor
compostura: Psame, compaero, la tabaquera; pitemos un cigarro! En
fin: la disentera se declara en Tucumn, y los mdicos aseguran que no
hay remedio, que viene de afecciones morales, del terror, enfermedad
contra la cual no se ha hallado remedio en la Repblica Argentina hasta
el da de hoy.

Facundo se presenta un da en una casa y pregunta por la seora a un
grupo de chiquillos que juegan a las nueces; el ms atisbado contesta
que no est. Dile que yo he estado aqu.--Y quin es usted?--Soy
Facundo Quiroga... El nio cae redondo, y slo el ao pasado ha
empezado a dar indicios de recobrar un poco la razn; los otros echan a
correr llorando a gritos; uno se sube a un rbol, otro salta unas tapias
y se da un terrible golpe..... Qu quera Facundo con esta seora?...
Era una hermosa viuda que haba atrado sus miradas y vena a
solicitarla! Porque en Tucumn el cupido o el stiro no estaba ocioso.
Agrdale una jovencita, la habla y la propone llevarla a San Juan.
Imaginos lo que una pobre nia podra contestar a esta deshonrosa
proposicin hecha por un tigre.

Se ruboriza, y balbuciendo contesta que ella no poda resolver...; que
su padre... Facundo se dirige al padre, y el angustiado padre,
disimulando su horror, objeta que quin le responde de su hija; que la
abandonarn. Facundo satisface todos las objeciones, y el infeliz padre,
no sabiendo lo que se dice y creyendo cortar aquel mercado abominable,
propone que se le haga un documento... Facundo toma la pluma y extiende
la seguridad requerida, pasando papel y pluma al padre para que firme en
convenio. El padre es padre al fin, y la naturaleza habla diciendo: No
firmo; mtame!--Eh, viejo cochino!, le contesta Quiroga, y toma la
puerta ahogndose de rabia.

Quiroga, el campen de la _causa que han jurado los pueblos_, como se
estila decir por all, era brbaro, avaro y lbrico, y se entregaba a
sus pasiones sin embozo; su sucesor no saquea los pueblos, es verdad; no
ultraja el pudor de las mujeres; no tiene ms que una pasin, una
necesidad: la sed de _sangre humana_ y la del despotismo. En cambio,
sabe usar de las palabras y de las formas que satisfacen la exigencia de
los indiferentes. Los _salvajes_, los _sanguinarios_, los _prfidos_,
_inmundos_ unitarios, el _sanguinario_ duque de Abrantes, el _prfido_
ministro del Brasil, la _federacin_!, el _sentimiento americano_!,
el oro _inmundo_ de Francia, las _pretensiones incuas_ de la
Inglaterra, la _conquista europea_! Palabras as bastan para encubrir
la ms espantosa y larga serie de crmenes que ha visto el siglo XIX.
Rosas!, Rosas!, Rosas!, me prosterno y humillo ante tu poderosa
inteligencia! Sois grande como el Plata, como los Andes! Slo t has
comprendido cun despreciable es la especie humana, sus libertades, su
ciencia y su orgullo! Pisoteadla!; que todos los Gobiernos del mundo
civilizado te acatarn a medida que seas ms insolente! Pisoteadla!;
que no te faltarn perros fieles que, recogiendo el mendrugo que les
tiras, vayan a derramar su sangre en los campos de batalla o a ostentar
en el pecho vuestra marca colorada por todas las capitales americanas!
Pisoteadla!, oh!, s; pisoteadla!...

En Tucumn, Salta y Jujuy quedaba, por la invasin de Quiroga,
interrumpido o debilitado un gran movimiento industrial y progresivo en
nada inferior al que de Mendoza indicamos. El doctor Colombres, a quien
Facundo cargaba de prisiones, haba introducido y fomentado el cultivo
de la caa de azcar, a que tanto se presta el clima, no dndose por
satisfecho de su obra hasta que diez grandes ingenios estuvieron en
movimiento. Costear plantas de la Habana, mandar agentes a los ingenios
del Brasil para estudiar los procedimientos y aparejos, destilar la
melaza, todo se haba realizado con ardor y suceso cuando Facundo ech
sus caballadas en los caaverales y desmont gran parte de los nacientes
ingenios.

Una sociedad de agricultura publicaba ya sus trabajos y se preparaba a
ensayar el cultivo del ail y de la cochinilla. A Salta se haban trado
de Europa y Norteamrica talleres y artfices para tejidos de lana,
paos abatanados, jergones para alfombras y tafiletes, de todo lo que ya
se haba alcanzado resultados satisfactorios. Pero lo que ms
preocupaba a aquellos pueblos, porque es lo que ms vitalmente les
interesa, era la navegacin del Bermejo, grande arteria comercial, que,
pasando por las inmediaciones o trminos de aquellas provincias, afluye
al Paran y abre una salida a las inmensas riquezas que aquel cielo
tropical derrama por todas partes.

El porvenir de aquellas hermosas provincias depende de la habilitacin
para el comercio de las vas acuticas; de ciudades mediterrneas,
pobres y poco populosas, podran convertirse en diez aos en otros
tantos focos de civilizacin y de riqueza, si pudiesen, favorecidas por
un Gobierno hbil, consagrarse a allanar los ligeros obstculos que se
oponen a su desenvolvimiento. No son stos sueos quimricos de un
porvenir probable; pero lejano, no.

En Norteamrica las mrgenes del Mississip y de sus afluentes se han
cubierto en menos de diez aos no slo de populosas y grandes ciudades,
sino de Estados nuevos que han entrado a formar parte de la Unin; y el
Mississip no es ms aventajado que el Paran; ni el Oho, el Illinois y
el Arkansas recorren territorios ms feraces ni comarcas ms extensas
que las del Pilcomayo, el Bermejo, el Paraguay y tantos grandes ros que
la Providencia ha colocado entre nosotros para marcarnos el camino que
han de seguir ms tarde las nuevas poblaciones que formarn la Unin
argentina. Rivadavia haba puesto en la carpeta de su bufete como asunto
vital la navegacin interna de los ros; en Salta y Buenos Aires se
haba formado una gran asociacin que contaba con medio milln de pesos,
y el ilustre Sola realizado su viaje y publicado la carta del ro.
Cunto tiempo perdido desde 1825 hasta 1845! Cunto tiempo ms an
hasta que Dios sea servido ahogar el monstruo de la Pampa! Porque Rosas,
oponindose tan tenazmente a la libre navegacin de los ros;
pretextando temores de intrusin europea; hostilizando a las ciudades
del interior y abandonndolas a sus propias fuerzas, no obedece
simplemente a las preocupaciones espaolas contra los extranjeros, no
cede solamente a las sugestiones de porteo ignorante que posee el
puerto y la aduana general de la Repblica sin cuidarse de desenvolver
la civilizacin y la riqueza de toda esta nacin para que su puerto est
lleno de buques cargados de productos del interior y su aduana de
mercaderas, sino que principalmente sigue sus instintos de gaucho de la
pampa que mira con horror el agua, con desprecio los buques y que no
conoce ms dicha ni felicidad igual a la de montar en buen parejero para
transportarse de un lugar a otro. Qu le importa la morera, el azcar,
el ail, la navegacin de los ros, la inmigracin europea y todo lo que
sale del estrecho crculo de ideas en que se ha criado? Qu le va en
fomentar el interior a l, que vive en medio de las riquezas y posee una
aduana que sin nada de eso le da dos millones de fuertes anuales? Salta,
Jujuy, Tucumn, Santa Fe, Corrientes y Entre Ros seran hoy otras
tantas Buenos Aires si se hubiese continuado el movimiento industrial y
civilizador tan poderosamente iniciado por los antiguos unitarios, y del
que, sin embargo, han quedado tan fecundas semillas.

Tucumn tiene hoy una grande explotacin de azcares y licores, que
sera su riqueza si pudiese sacarlos a poco costo de flete a la costa, a
permutarlos por las mercaderas en esa ingrata y torpe Buenos Aires,
desde donde le viene hoy el movimiento barbarizador impreso por el
gaucho de la manta colorada.

Pero no hay males que sean eternos, y un da abrirn los ojos esos
pobres pueblos a quienes se les niega toda libertad de moverse y se les
priva de todos los hombres capaces e inteligentes, que podran llevar a
cabo la obra de realizar en pocos aos el porvenir grandioso a que estn
llamados por la naturaleza aquellos pases, que hoy permanecen
estacionarios, empobrecidos y devastados.

Por qu son perseguidos en todas partes, o ms bien, por qu eran
unitarios _salvajes_, y no federales _sabios_, toda esa multitud de
hombres animosos y emprendedores que consagraban su tiempo a diversas
mejoras sociales: ste a fomentar la educacin pblica, aqul a
introducir el cultivo de la morera, este otro al de la caa de azcar,
ese otro a seguir el curso de los grandes ros, sin otro inters
personal, sin otra recompensa que la gloria de merecer bien de sus
conciudadanos? Por qu ha cesado este movimiento y esta solicitud? Por
qu no vemos levantarse de nuevo el genio de la civilizacin europea,
que brillaba antes, aunque en bosquejo, en la Repblica Argentina? Por
qu su Gobierno, _unitario_ hoy, como no lo intent jams el mismo
Rivadavia, no ha dedicado una sola mirada a examinar los inextinguibles
y no tocados recursos de un suelo privilegiado? Por qu no se ha
consagrado una vigsima parte de los millones que devora una guerra
fratricida y de exterminio a fomentar la educacin del pueblo y promover
su ventura? Qu se le ha dado, en cambio, de sus sacrificios y de sus
sufrimientos? Un trapo colorado! A esto ha estado reducida la solicitud
del Gobierno durante quince aos; sta es la nica medida de
administracin nacional, el nico punto de contacto entre el amo y el
siervo: marcar el ganado!




CAPTULO IX

BARRANCA-YACO

    El fuego que por tanto tiempo
    abras la Albania, se apag ya. Se
    ha limpiado toda la sangre roja, y
    las lgrimas de nuestros hijos han
    sido enjugadas. Ahora nos atamos
    con el lazo de la confederacin y
    de la amistad.

    COLDEN'S, _History of six nations_.



El vencedor de la Ciudadela ha empujado fuera de los confines de la
Repblica a los ltimos sostenedores del sistema unitario. Las mechas de
los caones estn apagadas y las pisadas de los caballos han dejado de
turbar el silencio de la Pampa. Facundo ha vuelto a San Juan y
desbandado su ejrcito, no sin devolver en efectos de Tucumn las sumas
arrancadas por la violencia a los ciudadanos. Qu queda por hacer? La
paz es ahora la condicin normal de la Repblica, como lo haba sido
antes un estado perpetuo de oscilacin y de guerra.

Las conquistas de Quiroga haban terminado por destruir todo sentimiento
de independencia en las provincias, toda regularidad en la
administracin. El nombre de Facundo llenaba el vaco de las leyes; la
libertad y el espritu de ciudad haban dejado de existir, y los
caudillos de provincia reasumidos en uno general para una porcin de la
Repblica. Jujuy, Salta, Tucumn, Catamarca, La Rioja, San Juan, Mendoza
y San Luis reposaban, ms bien que se movan, bajo la influencia de
Quiroga. Lo dir todo de una vez: el federalismo haba desaparecido con
los unitarios, y la fusin unitaria ms completa acababa de obrarse en
el interior de la Repblica en la persona del vencedor.

As, pues, la organizacin unitaria que Rivadavia haba querido dar a la
Repblica, y que haba ocasionado la lucha, vena realizndose desde el
interior; a no ser que, para poner en duda este hecho, concibamos que
puede existir federacin de ciudades que han perdido toda espontaneidad
y estn a merced de un caudillo. Pero, no obstante la decepcin de las
palabras usuales, los hechos son tan claros, que ninguna duda dejan.
Facundo habla en Tucumn con desprecio de la soada federacin; propone
a sus amigos que se fijen para presidente de la Repblica en un
provinciano; indica para candidato al doctor don Jos Santos Ortiz, ex
gobernador de San Luis, su amigo y secretario. No es gaucho bruto como
yo; es doctor y hombre de bien--dice--, sobre todo, el hombre que sabe
hacer justicia a sus enemigos merece toda confianza.

Como se ve, en Facundo, despus de haber derrotado a los unitarios y
dispersado a los doctores, reaparece su primera idea antes de haber
entrado en la lucha, su decisin por la presidencia y su convencimiento
de la necesidad de poner orden en los negocios de la Repblica. Sin
embargo, algunas dudas lo asaltan. Ahora, general--le dice alguno--, la
nacin se constituir bajo el sistema federal; no queda ni la sombra de
los unitarios.--Hum!,--contesta meneando la cabeza,--todava hay
_trapitos que machucar_[32]. Y con aire significativo aade:--Los
amigos de abajo[33] no quieren Constitucin. Estas palabras las verta
ya desde Tucumn. Cuando le llegaron comunicaciones de Buenos Aires y
gacetas en que se registraban los ascensos concedidos a los oficiales
generales que haban hecho la estril campaa de Crdoba, Quiroga deca
al general Huidobro: Vea usted si han sido para mandarme dos ttulos en
blanco para premiar a mis oficiales, despus que nosotros lo hemos hecho
todo. Porteos haban de ser! Sabe que Lpez tiene en su poder su
caballo moro sin mandrselo, y Quiroga se enfurece con la noticia.
Gaucho, ladrn de vacas!--exclama--, caro te va a costar el placer de
montar en bueno! Y como las amenazas y los denuestos continuasen,
Huidobro y otros jefes se alarman de la indiscrecin con que se vierte
de una manera tan pblica.

Cul es el pensamiento secreto de Quiroga? Qu ideas lo preocupan
desde entonces? El no es gobernador de ninguna provincia, no conserva
ejrcito sobre las armas; tan slo le quedaba un nombre reconocido y
temido en ocho provincias y aun armamento. A su paso por La Rioja ha
dejado escondidos en los bosques todos los fusiles, sables, lanzas y
tercerolas que ha recolectado en los ocho pueblos que ha recorrido;
pasan de 12.000 armas. Un parque de 26 piezas de artillera queda en la
ciudad, con depsitos abundantes de municiones y fornituras; 16.000
caballos escogidos van a pacer en la quebrada de Huaco: que es un
inmenso valle cerrado por una estrecha garganta.

La Rioja es, adems de la cuna de su poder, el punto central de las
provincias que estn bajo su influencia. A la menor seal, el arsenal
aquel proveer de elementos de guerra a 12.000 hombres. Y no se crea que
lo de esconder los fusiles en los bosques es una ficcin potica. Hasta
el ao 1841 se han estado desenterrando depsitos de fusiles, y crese
todava, aunque sin fundamento, que no se han exhumado todas las armas
escondidas bajo de tierra entonces. El ao 1830 el general La Madrid se
apoder de un tesoro de 30.000 pesos pertenecientes a Quiroga, y muy
luego fu denunciado otro de 15.000.

Quiroga le escriba despus hacindole cargo de 59.000 pesos, que, segn
su dicho, contenan aquellos dos entierros, que sin duda entre otros
haba dejado en la Rioja desde antes de la batalla de Oncativo, al mismo
tiempo que daba la muerte y tormento a tantos ciudadanos a fin de
arrancarles dinero para la guerra. En cuanto a las verdaderas cantidades
escondidas, el general La Madrid ha sospechado despus que la asercin
de Quiroga fuese exacta, por cuanto habiendo cado prisionero el
descubridor, ofreci 10.000 pesos por su libertad, y no habindola
obtenido, se quit la vida degollndose. Estos acontecimientos son
demasiado ilustrativos para que me excuse de referirlos.

El interior tena, pues, un jefe; y el derrotado de Oncativo, a quien no
se haban confiado otras tropas en Buenos Aires que unos centenares de
presidiarios, poda ahora mirarse como el segundo, si no el primero, en
poder. Para hacer ms sensible la escisin de la Repblica en dos
fracciones, las provincias litorales del Plata haban celebrado un
convenio o federacin, por la cual se garantan mutuamente su
independencia y libertad; verdad es que el federalismo feudal exista
all fuertemente constitudo en Lpez, Santa Fe, Ferr y Rosas, jefes
natos de los pueblos que dominaban; porque Rosas empezaba ya a influir
como rbitro en los negocios pblicos. Con el vencimiento de Lavalle,
haba sido llamado al Gobierno de Buenos Aires, desempendolo hasta
1832 con la regularidad que podra haberlo hecho otro cualquiera. No
debo omitir un hecho, sin embargo, que es un antecedente necesario.
Rosas solicit desde los principios ser investido de _facultades
extraordinarias_, y no es posible detallar las resistencias que sus
partidarios de la _ciudad_ le oponan.

Obtvolas, empero, a fuerza de ruegos y de seducciones para mientras
tanto durase la guerra de Crdoba; concluda la cual, empezaron de nuevo
las exigencias de hacerle desnudarse de aquel poder ilimitado. La ciudad
de Buenos Aires no conceba por entonces, cualesquiera que fuesen las
ideas de partido que dividiesen a sus polticos, cmo poda existir un
Gobierno absoluto. Rosas, empero, resista blandamente, maosamente. No
es para hacer uso de ellas--deca--, sino porque, como dice mi
secretario Garca Ziga, es preciso, como el maestro de escuela, estar
con el _chicote_ en la mano para que respeten la autoridad. La
comparacin sta le haba parecido irreprochable y la repeta sin cesar.

Los ciudadanos, nios; el gobernador, el hombre, el maestro. El ex
gobernador no descenda, empero, a confundirse con los ciudadanos; la
obra de tantos aos de paciencia y de accin estaba a punto de
terminarse; el perodo legal en que haba ejercido el mando le haba
enseado todos los secretos de la Ciudadela; conoca sus avenidas sus
puntos mal fortificados, y si sala del Gobierno, era slo para poder
tomarlo desde afuera por asalto, sin restricciones constitucionales, sin
trabas ni responsabilidad. Dejaba el bastn, pero se armaba de la
espada, para venir con ella ms tarde, y dejar uno y otra por el hacha y
las varas, antigua insignia de los reyes romanos.

Una poderosa expedicin de que l se haba nombrado jefe, se haba
organizado durante el ltimo perodo de su gobierno, para asegurar y
ensanchar los lmites de la provincia hacia el Sur, teatro de las
frecuentes incursiones de los salvajes. Deba hacerse una batida general
bajo un plan grandioso; un ejrcito compuesto de tres divisiones obrara
sobre un frente de cuatrocientas leguas, desde Buenos Aires hasta
Mendoza. Quiroga deba mandar las fuerzas del interior, mientras que
Rosas seguira la costa del Atlntico con su divisin. Lo colosal y lo
til de la empresa ocultaba a los ojos del vulgo el pensamiento
puramente poltico que bajo el velo tan especioso se disimulaba.
Efectivamente: qu cosa ms bella que asegurar la frontera de la
Repblica hacia el Sur, escogiendo un gran ro por lmite con los
indios, y resguardndola con una cadena de fuertes, propsito en manera
alguna impracticable, y que en el _Viaje de Cruz desde Concepcin a
Buenos Aires_ haba sido luminosamente desenvuelto? Pero Rosas estaba
muy distante de ocuparse de empresas que slo al bienestar de la
Repblica propendiesen. Su ejrcito hizo un paseo marcial hasta el Ro
Colorado, marchando con lentitud, y haciendo observaciones sobre el
terreno, clima y dems circunstancias del pas que recorra.

Algunos toldos de indios fueron desbaratados, alguna chusma hecha
prisionera; a esto limitronse los resultados de aquella pomposa
expedicin, que dej la frontera indefensa como antes, y como se
conserva hasta el da de hoy. Las divisiones de Mendoza y San Luis
tuvieron resultados menos felices an, y regresaron despus de una
estril excursin a los desiertos del Sur. Rosas enarbol entonces por
la primera vez su bandera colorada, semejante en todo a la de Argel o a
la del Japn, y se hizo dar el ttulo de Hroe del Desierto, que vena
en corroboracin del que ya haba obtenido de Ilustre Restaurador de las
Leyes, de esas mismas leyes que se propona abrogar por su base[34].

Facundo, demasiado penetrante para dejarse alucinar sobre el objeto de
la gran expedicin, permaneci en San Juan hasta el regreso de las
divisiones del interior. La de Huidobro, que haba entrado al desierto
por frente a San Luis, sali en derechura a Crdoba, y a su aproximacin
fu sofocada una revolucin capitaneada por los Castillos, que tena por
objeto quitar del Gobierno a los Reinaf, que obedecan a la influencia
de Lpez. Esta revolucin se haca por los intereses y bajo la
inspiracin de Facundo; los primeros cabecillas fueron desde San Juan,
residencia de Quiroga, y todos sus fautores. Arredondo, Camargo, etc.,
eran sus decididos partidarios. Los peridicos de la poca no dijeron
nada, empero, sobre las conexiones de Facundo con aquel movimiento; y
cuando Huidobro se retir a sus acantonamientos, y Arredondo y otros
caudillos fueron fusilados, nada qued por hacerse ni decirse sobre
aquellos movimientos; porque la guerra que deban hacerse entre s las
dos fracciones de la Repblica, los dos caudillos que se disputaban
sordamente el mando, deba serlo slo de emboscadas, de lazos y de
traiciones. Es un combate mudo, en que no se miden fuerzas, sino
audacias de parte del uno, y astucia y amao por parte del otro. Esta
lucha entre Quiroga y Rosas es poco conocida, no obstante que abraza un
perodo de cinco aos. Ambos se detestan, se desprecian, no se pierden
de vista un momento, porque cada uno de ellos siente que su vida y su
porvenir dependen del resultado de este juego terrible.

Creo oportuno hacer sensible por un cuadro la geografa poltica de la
Repblica desde 1822 adelante, para que el lector comprenda mejor los
movimientos que empiezan a operarse.


REPBLICA ARGENTINA

    REGIN DE LOS ANDES

    _Unidad bajo la influencia de Quiroga._

    Jujuy.
    Salta.
    Tucumn.
    Catamarca.
    La Rioja.
    San Juan.
    Mendoza.
    San Luis.

    LITORAL DEL PLATA

    _Federacin bajo el pacto de la Liga Litoral._

    Corrientes--Ferr.


    Entre Ros.  }
    Santa Fe.    } Lpez.
    Crdoba.     }

    Buenos Aires.--Rosas.


    _Federacin Feudal._

    Santiago del Estero
    bajo la dominacin de Ibarra.

Lpez de Santa Fe extenda su influencia sobre Entre Ros por medio de
Echage, santafecino y criatura suya, y sobre Crdoba por los Reinaf.
Ferr, hombre de espritu independiente, provincialista, mantuvo a
Corrientes fuera de la lucha hasta 1839; bajo el gobierno de Bern de
Astrada volvi las armas de aquella provincia contra Rosas, que con su
acrecentamiento de poder haba hecho ilusorio el pacto de la Liga. Ese
mismo Ferr, por ese espritu de provincialismo estrecho, declar
desertor en 1840 a Lavalle, por haber pasado el Paran con el ejrcito
correntino; y despus de la batalla de Caaguaz quit al general Paz el
ejrcito victorioso, haciendo as malograr las ventajas decisivas que
pudo producir aquel triunfo.

Ferr en estos procedimientos, como en la Liga Litoral que en aos atrs
haba promovido, estaba inspirado por el espritu provincial de
independencia y aislamiento, que haba despertado en todos los nimos la
revolucin de la independencia. As, pues, el mismo sentimiento que
haba echado a Corrientes en la oposicin a la Constitucin unitaria de
1826, le haca desde 1838 echarse en la oposicin a Rosas que
centralizaba el poder. De aqu nacen los desaciertos de aquel caudillo y
los desastres que se siguieron a la batalla de Caaguaz, estril no slo
para la Repblica en general, sino para la provincia misma de
Corrientes; pues centralizado el resto de la nacin por Rosas, mal
podra ella conservar su independencia feudal y federal.

Terminada la expedicin al Sur, o, por mejor decir, desbaratada porque
no tena verdadero plan ni fin real, Facundo se march a Buenos Aires
acompaado de su escolta y de Barcala, y entra en la ciudad sin haberse
tomado la molestia de anunciar a nadie su llegada. Estos procedimientos
subversivos de toda forma recibida, podran dar lugar a muy largos
comentarios, si no fueran sistemticos y caractersticos. Qu objeto
llevaba a Quiroga esta vez a Buenos Aires? Es otra invasin que, como
la de Mendoza, hace sobre el centro del poder de su rival? El
espectculo de la civilizacin, ha dominado al fin su rudeza selvtica,
y quiere vivir en el seno del lujo y de las comodidades? Yo creo que
todas estas causas reunidas aconsejaron a Facundo su mal aconsejado
viaje a Buenos Aires. El poder educa, y Quiroga tena todas las altas
dotes de espritu que permiten a un hombre corresponder siempre a su
nueva posicin, por encumbrada que sea. Facundo se establece en Buenos
Aires, y bien pronto se ve rodeado de los hombres ms notables; compra
seiscientos mil pesos de fondos pblicos; juega a la alta y baja; habla
con desprecio de Rosas; declrase unitario entre los unitarios, y la
palabra constitucin no abandona sus labios. Su vida pasada, sus actos
de barbarie, poco conocidos en Buenos Aires, son explicados entonces y
justificados por la necesidad de vencer, por la de su propia
conservacin. Su conducta es mesurada, su aire noble e imponente, no
obstante que lleva _chaqueta_, el poncho terciado, y la barba y el pelo
enormemente abultados.

Quiroga, durante su residencia en Buenos Aires, hace algunos ensayos de
su poder personal. Un hombre con cuchillo en mano no quera entregarse a
un sereno. Acierta a pasar Quiroga por el lugar de la escena, embozado
en su poncho como siempre; prase a ver, y sbitamente arroja el poncho,
lo abraza e inmoviliza. Despus de desarmarlo, l mismo lo conduce a la
Polica, sin haber querido dar a su nombre al sereno, como tampoco lo
di en la Polica, donde fu, sin embargo, reconocido por un oficial;
los diarios publicaron al da siguiente aquel acto de arrojo. Sabe una
vez que cierto boticario ha hablado con desprecio de sus actos de
barbarie en el interior. Facundo se dirije a su botica y lo interroga.
El boticario se le impone y le dice que all no est en las provincias
para atropellar a nadie impunemente.

Este suceso llena de placer a toda la ciudad de Buenos Aires. Pobre
Buenos Aires, tan candorosa, tan engreda con sus instituciones! Un ao
ms y seris tratada con ms brutalidad que fu tratado el interior por
Quiroga! La Polica hace entrar sus satlites a la habitacin misma de
Quiroga en persecucin del husped de la casa, y Facundo, que se ve
tratado tan sin miramiento, extiende el brazo, coge el pual, se
endereza en la cama donde est recostado, y en seguida vuelve a
reclinarse y abandona lentamente el arma homicida. Siente que hay all
otro poder que el suyo, y que pueden meterlo en la crcel si se hace
justicia a s mismo.

Sus hijos estn en los mejores colegios; jams les permite vestir sino
frac o levita, y a uno de ellos que intenta dejar sus estudios para
abrazar la carrera de las armas, lo pone de tambor en un batalln hasta
que se arrepienta de su locura. Cuando algn coronel le habla de enrolar
en su cuerpo en clase de oficial a alguno de sus hijos: si fuera en un
regimiento mandado por Lavalle--contesta burlndose--, ya; pero en
estos cuerpos!... Si se habla de escritores, ninguno hay que, en su
concepto, pueda rivalizar con los Varela, que tanto mal han dicho de l.
Los nicos hombres honrados que tiene la Repblica son Rivadavia y Paz:
ambos tenan las ms sanas intenciones. A los unitarios slo exige un
secretario como el doctor Ocampo, un poltico que redacte una
Constitucin, y con una imprenta se marchar a San Luis, y desde all la
ensear a toda la Repblica en la punta de una lanza.

Quiroga, pues, se presenta como el centro de una nueva tentativa de
reorganizar la Repblica; y pudiera decirse que conspira abiertamente,
si todos estos propsitos, todas aquellas bravatas no careciesen de
hechos que viniesen a darles cuerpo. La falta de hbitos de trabajo, la
pereza de pastor, la costumbre de esperarlo todo del terror, acaso la
novedad del teatro de accin, paralizan su pensamiento, lo mantienen en
una expectativa funesta que lo compromete ltimamente y lo entrega
maniatado a su astuto rival. No han quedado hechos ningunos que
acrediten que Quiroga se propona obrar inmediatamente, si no son sus
inteligencias con los gobernadores del interior, y sus indiscretas
palabras repetidas por unitarios y federales, sin que los primeros se
resuelvan a fiar su suerte en manos como las suyas, ni los federales lo
rechacen como desertor de sus filas.

Y mientras tanto que se abandona as a una peligrosa indolencia, ve cada
da acercarse la boa que ha de sofocarlo en sus redobladas lazadas. El
ao 1833, Rosas se hallaba ocupado en su fantstica expedicin, y tena
su ejrcito obrando al sur de Buenos Aires, desde donde observaba al
gobierno de Balcarce. La provincia de Buenos Aires present poco despus
uno de los espectculos ms singulares. Me imagino lo que sucedera en
la tierra si un poderoso cometa se acercase a ella: al principio, el
malestar general; despus, rumores sordos, vagos; en seguida, las
oscilaciones del globo atrado fuera de su rbita; hasta que al fin los
sacudimientos convulsivos, el desplome de las montaas, el cataclismo,
traeran el caos que precede a cada una de las creaciones sucesivas de
que nuestro globo ha sido teatro.

Tal era la influencia que Rosas ejerca en 1834. El Gobierno de Buenos
Aires se senta cada vez ms circunscrito en su accin, ms embarazado
en su marcha, ms dependiente del Hroe del Desierto. Cada comunicacin
de ste era un reproche dirigido a su Gobierno, una cantidad exorbitante
exigida para el ejrcito, alguna demanda inusitada; luego la campaa no
obedeca a la ciudad, y era preciso poner a Rosas la queja de este
desacato de sus edictos. Ms tarde, la desobediencia entraba en la
ciudad misma; ltimamente, hombres armados recorran las calles a
caballo disparando tiros, que daban muerte a algunos transentes. Esta
desorganizacin de la sociedad iba de da en da aumentndose como un
cncer y avanzando hasta el corazn, si bien poda discernirse el camino
que traa desde la tienda de Rosas a la campaa, de la campaa a un
barrio de la ciudad, de all a cierta clase de hombres, los carniceros,
que eran los principales instigadores.

El gobierno de Balcarce haba sucumbido en 1833, al empuje de este
desbordamiento de la campaa sobre la ciudad. El partido de Rosas
trabajaba con ardor para abrir un largo y despejado camino al Hroe del
Desierto, que se aproximaba a recibir la ovacin merecida: el Gobierno;
pero el partido federal de la _ciudad_ burla todava sus esfuerzos si
quiere hacer frente. La Junta de Representantes se rene en medio del
conflicto que trae la acefalia del Gobierno, y el general Viamont, a su
llamado, se presenta con la prisa en traje de casa y se atreve an a
hacerse cargo del Gobierno. Por un momento parece que el orden se
restablece y la pobre ciudad respira; pero luego principia la misma
agitacin, los mismos manejos, los grupos de hombres que recorren las
calles, que distribuyen latigazos a los pasantes.

Es indecible el estado de alarma en que vivi un pueblo entero durante
dos aos, con este extrao y sistemtico desquiciamiento. De repente se
vean las gentes disparando por las calles, y el ruido de las puertas
que se cerraban iba repitindose de manzana en manzana, de calle en
calle. De qu huan? Por qu se encerraban a la mitad del da? Quin
sabe! Alguno haba dicho que venan..., que se divisaba un grupo..., que
se haba odo el tropel lejano de caballos.

Una de estas veces marchaba Facundo Quiroga por una calle seguido de un
ayudante, y al ver a estos hombres con frac que corren por las veredas,
a las seoras que huyen sin saber de qu, Quiroga se detiene, pasea una
mirada de desdn sobre aquellos grupos, y dice a su edecn: Este pueblo
se ha enloquecido. Facundo haba llegado a Buenos Aires poco despus de
la cada de Balcarce. Otra cosa hubiera sucedido--deca--si yo hubiese
estado aqu.--Y qu habra hecho, general?--le replicaba uno de los que
escuchndole haba; S. E. no tiene influencia sobre esta plebe de Buenos
Aires. Entonces Quiroga, levantando la cabeza, sacudiendo su negra
melena, y despidiendo rayos de sus ojos, le dice con voz breve y seca:
Mire usted!, habra salido a la calle, y al primer hombre que hubiera
encontrado, le habra dicho: sgame!; y ese hombre me habra seguido!
Tal era la avasalladora energa de las palabras de Quiroga, tan
imponente su fisonoma, que el incrdulo baj la vista aterrado, y por
largo tiempo nadie se atrevi a desplegar los labios.

El general Viamont renuncia al fin, porque ve que no se puede gobernar,
que hay una mano poderosa que detiene las ruedas de la administracin.
Bscase alguien que quiera reemplazarlo; se pide por favor a los ms
animosos que se hagan cargo del bastn, y nadie quiere; todos se encogen
de hombros y ganan sus casas amedrentados. Al fin se coloca a la cabeza
del Gobierno al doctor Maza, el maestro, el mentor y amigo de Rosas, y
creen haber puesto remedio al mal que los aqueja. Vana esperanza! El
malestar crece, lejos de disminuir.

Anchorena se presenta al Gobierno pidiendo que reprima los desrdenes, y
sabe que no hay medio alguno a su alcance; que la fuerza de la Polica
no obedece; que hay rdenes de afuera. El general Guido, el doctor
Alcorta, dejan or todava en la Junta de Representantes algunas
protestas enrgicas contra aquella agitacin convulsiva en que se tiene
a la ciudad; pero el mal sigue, y para agravarlo, Rosas reprocha al
Gobierno, desde su campamento, los desrdenes que l mismo fomenta. Qu
es lo que quiere este hombre? Gobernar? Una comisin de la Sala va a
ofrecerle el Gobierno; le dice que slo l puede poner trmino a aquella
angustia, a aquella agona de dos aos. Pero Rosas no quiere gobernar, y
nuevas comisiones, nuevos ruegos. Al fin halla medio de conciliarlo
todo. Les har el favor de gobernar, si los tres aos que abraza el
perodo legal se prolongan a cinco, y se le entrega la _suma_ del Poder
pblico, palabra nueva cuyo alcance slo l comprende.

En estas transacciones se hallaba la ciudad de Buenos Aires y Rosas,
cuando llega la noticia de un desavenimiento entre los gobiernos de
Salta, Tucumn y Santiago del Estero, que poda hacer estallar la
guerra. Cinco aos van corridos desde que los unitarios han desaparecido
de la escena poltica, y dos desde que los federales de la ciudad, los
_lomos negros_, han perdido toda influencia en el Gobierno, cuando ms
tiene valor para exigir algunas condiciones que hagan tolerable la
capitulacin. Rosas, entretanto que la _ciudad_ se rinde a discrecin,
con sus constituciones, sus garantas individuales, con sus
responsabilidades impuestas al Gobierno, agita fuera de Buenos Aires
otra mquina no menos complicada.

Sus relaciones con Lpez de Santa Fe son activas, y tiene adems una
entrevista en que conferencian ambos caudillos; el Gobierno de Crdoba
est bajo la influencia de Lpez, que ha puesto a su cabeza a los
Reinaf. Invtase a Facundo a ir a interponer su influencia para apagar
las chispas que se han levantado en el Norte de la Repblica; nadie sino
l est llamado para desempear esta misin de paz. Facundo resiste,
vacila; pero se decide al fin. El 18 de diciembre de 1835 sale de Buenos
Aires, y al subir a la galera, dirige en presencia de varios amigos sus
adioses a la ciudad. Si salgo bien--dice, agitando la mano--, te
volver a ver; si no, adis para siempre! Qu siniestros
presentimientos vienen a asomar en aquel momento su faz lvida, en el
nimo de este hombre impvido? No recuerda el lector que algo parecido
manifestaba Napolen al partir de las Tulleras para la campaa que
deba terminar en Waterlo?

Apenas ha andado media jornada, encuentra un arroyo fangoso que detiene
la galera. El vecino maestro de posta acude solcito a pasarla; se ponen
nuevos caballos, se apuran todos los esfuerzos, y la galera no avanza.
Quiroga se enfurece, y hace uncir a las varas al mismo maestro de posta.
La brutalidad y el terror vuelven a aparecer desde que se halla en el
campo, en medio de aquella naturaleza y de aquella sociedad semibrbara.

Vencido aquel primer obstculo, la galera sigue cruzando la Pampa como
una exhalacin; camina todos los das hasta las dos de la maana, y se
pone en marcha de nuevo a las cuatro. Acompale el doctor Ortiz, su
secretario, y un joven conocido, a quien a su salida encontr
inhabilitado de ir adelante por la fractura de las ruedas de su
vehculo. En cada posta a que llega hace preguntar inmediatamente: A
qu hora ha pasado un chasque de Buenos Aires?--Hace una hora--Caballos
sin prdida de momento!--grita Quiroga. Y la marcha contina. Para
hacer ms penosa la situacin, pareca que las cataratas del cielo se
haban abierto; durante tres das la lluvia no cesa un momento, y el
camino se ha convertido en un torrente.

Al entrar en la jurisdiccin de Santa Fe la inquietud de Quiroga se
aumenta, y se torna en visible angustia cuando en la posta de Pavn sabe
que no hay caballos y que el maestro de posta est ausente. El tiempo
que pasa antes de procurarse nuevos tiros es una agona mortal para
Facundo, que grita a cada momento: Caballos! Caballos! Sus
compaeros de viaje nada comprenden de este extrao sobresalto,
asombrados de ver a este hombre, el terror de los pueblos, asustadizo
ahora y lleno de temores, al parecer quimricos. Cuando la galera logra
ponerse en marcha, murmura en voz baja, como si hablara consigo mismo:
Si salgo del territorio de Santa Fe, no hay cuidado por lo dems. En
el paso del Ro Tercero acuden los gauchos de la vecindad a ver al
famoso Quiroga, y pasan la galera punto menos que a hombros.

Ultimamente llega a la ciudad de Crdoba a las nueve y media de la
noche, y una hora despus del arribo del chasque de Buenos Aires, a
quien ha venido pisando desde su salida. Uno de los Reinaf acude a la
posta, donde Facundo est an en la galera pidiendo caballos, que no hay
en aquel momento. Saldalo con respeto y efusin; suplcale que pase la
noche en la ciudad, donde el Gobierno se prepara a hospedarlo
dignamente. Caballos necesito!, es la breve respuesta que da Quiroga.
Caballos!, replica a cada nueva manifestacin de inters o solicitud
de parte de Reinaf, que se retira al fin humillado, y Facundo parte
para su destino a las doce de la noche.

La ciudad de Crdoba, entretanto, estaba agitada por los ms extraos
rumores; los amigos del joven que ha venido por casualidad en compaa
de Quiroga, y que se queda en Crdoba, su patria, van en tropel a
visitarlo. Se admiran de verlo vivo y le hablan del peligro inminente
de que se ha salvado. Quiroga deba ser asesinado en tal punto; los
asesinos son N. y N.; las pistolas han sido compradas en tal almacn;
han sido vistos N. y N. para encargarse de la ejecucin, y se han
negado. Quiroga los ha sorprendido con la asombrosa rapidez de su
marcha, pues no bien llega el chasque que anuncia su prximo arribo,
cuando se presenta l mismo y hace abortar todos los preparativos. Jams
se ha premeditado un atentado con ms descaro; toda Crdoba est
instruda de los ms mnimos detalles del crimen que el Gobierno
intenta, y la muerte de Quiroga es el asunto de todas las
conversaciones.

Quiroga, en tanto, llega a su destino, arregla las diferencias entre los
gobernantes hostiles y regresa por Crdoba, a despecho de las reiteradas
instancias de los gobernadores de Santiago y Tucumn, que le ofrecen una
gruesa escolta para su custodia, aconsejndole tomar el camino de Cuyo
para regresar. Qu genio vengativo cierra su corazn y sus odos y le
hace obstinarse en volver a desafiar a sus enemigos, sin escolta, sin
medios adecuados de defensa? Por qu no toma el camino de Cuyo,
desentierra sus inmensos depsitos de armas a su paso por La Rioja y
arma las ocho provincias que estn bajo su influencia? Quiroga lo sabe
todo; aviso tras de aviso ha recibido en Santiago del Estero; sabe el
peligro de que su diligencia lo ha salvado; sabe el nuevo y ms
inminente que le aguarda, porque no han desistido sus enemigos del
concebido designio. A Crdoba!, grita a los postillones al ponerse en
marcha, como si Crdoba fuese el trmino de su viaje[35].

Antes de llegar a la posta del Ojo de Agua, un joven sale del bosque y
se dirige hacia la galera, requiriendo al postilln que se detenga.
Quiroga asoma la cabeza por la portezuela y le pregunta lo que se le
ofrece. Quiero hablar al doctor Ortiz. Desciende ste y sabe lo
siguiente: En las inmediaciones del lugar llamado Barranca-Yaco est
apostado Santos Prez con una partida; al arribo de la galera deben
hacerle fuego de ambos lados y matar en seguida de postilln arriba;
nadie debe escapar; sta es la orden. El joven, que ha sido en otro
tiempo favorecido por el doctor Ortiz, ha venido a salvarlo; tinele
caballo all mismo para que monte y se escape con l; su hacienda est
inmediata. El secretario, asustado, pone en conocimiento de Facundo lo
que acaba de saber y le insta para que se ponga en seguridad. Facundo
interroga de nuevo al joven Sandivaras, le da las gracias por su buena
accin, pero lo tranquiliza sobre los temores que abriga. No ha nacido
todava--le dice con voz enrgica--el hombre que ha de matar a Facundo
Quiroga. A un grito mo esa partida maana se pondr a mis rdenes y me
servir de escolta hasta Crdoba. Vaya usted, amigo, sin cuidado.

Estas palabras de Quiroga, de que yo no he tenido noticia hasta este
momento, explican la causa de su extraa obstinacin en ir a desafiar la
muerte. El orgullo y el terrorismo, los dos grandes mviles de su
elevacin, lo llevan maniatado a la sangrienta catstrofe que debe
terminar su vida. Tiene a menos evitar el peligro y cuenta con el terror
de su nombre para hacer caer las cuchillas levantadas sobre su cabeza.
Esta explicacin me la daba a m mismo antes de saber que sus propias
palabras la haban hecho intil.

La noche que pasaron los viajeros de la posta del Ojo de Agua es de tal
manera angustiosa para el infeliz secretario, que va a una muerte cierta
e inevitable, y que carece del valor y de la temeridad que anima a
Quiroga, que creo no deber omitir ninguno de sus detalles, tanto ms
cuanto que, siendo, por fortuna, sus pormenores tan autnticos, sera
criminal descuido no conservarlos, porque si alguna vez un hombre ha
apurado todas las heces de la agona; si alguna vez la muerte ha debido
parecer horrible, es aqulla en que un triste deber, el de acompaar a
un amigo temerario, nos la impone, cuando no hay infamia ni deshonor en
evitarla[36].

El doctor Ortiz llama aparte al maestro de posta y le interroga
encarecidamente sobre lo que sabe acerca de los extraos avisos que han
recibido, asegurndole no abusar de su confianza. Qu pormenores va a
or! Santos Prez ha estado all, con una partida de treinta hombres,
una hora antes de su arribo; van todos armados de tercerola y sable;
estn ya apostados en el lugar designado; deben morir todos los que
acompaan a Quiroga; as lo ha dicho Santos Prez al mismo maestro de
posta. Esta confirmacin de la noticia recibida de antemano no altera en
nada la determinacin de Quiroga, que despus de tomar una taza de
chocolate, segn su costumbre, se duerme profundamente.

El doctor Ortiz gana tambin la cama, no para dormir, sino para
acordarse de su esposa, de sus hijos, a quienes no volver a ver ms. Y
todo, por qu? Por no arrostrar el enojo de un temible amigo; por no
incurrir en la tacha de desleal. A media noche la inquietud de la agona
le hace insoportable la cama; levntase y va a buscar a su confidente:
Duermes, amigo?--le pregunta en voz baja.--Quin ha de dormir, seor,
con esta cosa tan horrible!--Con que no hay duda? Qu suplicio el
mo!--Imagnese, seor, cmo estar yo, que tengo que mandar dos
postillones, que deben ser muertos tambin. Esto me mata. Aqu hay un
nio que es sobrino del sargento de la partida, y pienso mandarlo; pero
el otro... a quin mandar? A hacerlo morir inocentemente!

El doctor Ortiz hace un ltimo esfuerzo para salvar su vida y la del
compaero; despierta a Quiroga, y le instruye de los pavorosos detalles
que acaba de adquirir, significndole que l no le acompaa si se
obstina en hacerse matar intilmente. Facundo, con gesto airado y
palabras groseramente enrgicas, le hace entender que hay mayor peligro
en contrariarlo all que el que le aguarda en Barranca-Yaco, y fuerza es
someterse sin ms rplica. Quiroga manda a su asistente, que es un
valiente negro, a que limpie algunas armas de fuego que vienen en la
galera y las cargue; a esto se reducen todas sus precauciones.

Llega el da, por fin, y la galera se pone en camino. Acompale, a ms
del postilln que va en el tiro, el nio aquel, dos correos que se han
reunido por casualidad y el negro que va a caballo. Llega al punto
fatal, y dos descargas traspasan la galera por ambos lados, pero sin
herir a nadie; los soldados se echan sobre ella con los sables desnudos,
y en un momento inutilizan los caballos y descuartizan al postilln,
correos y asistente. Quiroga entonces asoma la cabeza, y hace por un
momento vacilar a aquella turba. Pregunta por el comandante de la
partida, le manda acercarse, y a la cuestin de Quiroga qu significa
esto?, recibe por toda contestacin un balazo en un ojo, que le deja
muerto.

Entonces Santos Prez atraviesa repetidas veces con su espada al
malaventurado secretario, y manda, concluda la ejecucin, tirar hacia
el bosque la galera llena de cadveres, con los caballos hechos pedazos
y el postilln, que con la cabeza abierta se mantiene an a caballo.
Qu muchacho es ste?--pregunta viendo al nio de la posta, nico que
queda vivo.--Este es un sobrino mo--contesta el sargento de la
partida--; yo respondo de l con mi vida. Santos Prez se acerca al
sargento, le atraviesa el corazn de un balazo, y en seguida,
desmontndose, toma de un brazo al nio, lo tiende en el suelo y lo
degella, a pesar de sus gemidos de nio que se ve amenazado de un
peligro.

Este ltimo gemido del nio es, sin embargo, el nico suplicio que
martiriza a Santos Prez. Despus, huyendo de las partidas que lo
persiguen, oculto entre las breas de las rocas o en los bosques
enmaraados, el viento le trae al odo el gemido lastimero del nio. Si
a la vacilante claridad de las estrellas se aventura a salir de su
guarida sus miradas inquietas se hunden en la obscuridad de los rboles
sombros para cerciorarse de que no se divisa en ninguna parte el
bultito blanquecino del nio, y cuando llega al lugar donde hacen
encrucijada dos caminos, le arredra ver venir por el que l deja al nio
animando su caballo. Facundo deca tambin que un solo remordimiento la
aquejaba: la muerte de los 26 oficiales fusilados en Mendoza!

Quin es, mientras tanto, este Santos Prez? Es el gaucho malo de la
campaa de Crdoba, clebre en la sierra y en la ciudad por sus
numerosas muertes, por su arrojo extraordinario, por sus aventuras
inauditas. Mientras permaneci el general Paz en Crdoba, acaudill las
montoneras ms obstinadas e intangibles de la Sierra, y por largo tiempo
el pago de Santa Catalina fu una republiqueta adonde los veteranos del
ejrcito no pudieron penetrar. Con miras ms elevadas habra sido el
digno rival de Quiroga; con sus vicios slo alcanz a ser su asesino.
Era alto de talle, hermoso de cara, de color plido y barba negra y
rizada. Largo tiempo fu despus perseguido por la justicia, y nada
menos que 400 hombres andaban en su busca. Al principio los Reinaf lo
llamaron, y en la casa del Gobierno fu recibido amigablemente. Al
salir de la entrevista empez a sentir una extraa descompostura de
estmago, que le sugiri la idea de consultar a un mdico amigo suyo,
quien, informado por l de haber tomado una copa de licor que se le
brind, le di un elixir que le hizo arrojar oportunamente el arsnico
que el licor disimulaba. Ms tarde, y en lo ms recio de la persecucin,
el comandante Casanovas, su antiguo amigo, le hizo significar que tena
algo de importancia que comunicarle. Una tarde, mientras que el
escuadrn de que el comandante Casanovas era jefe haca el ejercicio al
frente de su casa, Santos Prez se desmonta y le dice: Aqu estoy; qu
quera decirme?--Hombre! Santos Prez, pase por ac; sintese.--No!
Para qu me ha hecho llamar? El comandante, sorprendido as, vacila y
no sabe qu decir en el momento. Su astuto y osado interlocutor lo
comprende, y arrojndole una mirada de desdn y volvindole la espalda,
le dice: Estaba seguro de que quera agarrarme por traicin! He venido
para convencerme no ms. Cuando se di orden al escuadrn de
perseguirlo, Santos haba desaparecido. Al fin, una noche lo cogieron
dentro de la ciudad de Crdoba, por una venganza femenil.

Haba dado de golpes a la querida con quien dorma; sta, sintindolo
profundamente dormido, se levanta con precaucin, le toma las pistolas y
el sable, sale a la calle y lo denuncia a una patrulla. Cuando
despierta, rodeado de fusiles apuntados a su pecho, echa mano a las
pistolas, y no encontrndolas: Estoy rendido--dice con serenidad.--Me
han quitado las pistolas! El da que lo entraron en Buenos Aires, una
muchedumbre inmensa se haba reunido en la puerta de la casa del
Gobierno.

A su vista gritaba el populacho: _Muera Santos Prez!_, y l, meneando
desdeosamente la cabeza y paseando sus miradas por aquella multitud,
murmuraba tan slo estas palabras: Tuviera aqu mi cuchillo! Al bajar
del carro que lo conduca a la crcel, grit repetidas veces: Muera el
tirano!; y al encaminarse al patbulo, su talla gigantesca, como la de
Danton, dominaba la muchedumbre, y sus miradas se fijaban de vez en
cuando en el cadalso como en un andamio de arquitectos.

El Gobierno de Buenos Aires di un aparato solemne a la ejecucin de los
asesinos de Juan Facundo Quiroga; la galera ensangrentada y acribillada
de balazos estuvo largo tiempo expuesta a examen del pueblo, y el
retrato de Quiroga, como la vista del patbulo y de los ajusticiados,
fueron litografiados y distribudos por millares, como tambin extractos
del proceso, que se di a luz en un volumen en folio. La Historia
imparcial espera todava datos y revelaciones para sealar con su dedo
al instigador de los asesinos.




PARTE TERCERA




CAPTULO PRIMERO

GOBIERNO UNITARIO

    No se sabe bien por qu es que
    _quiere gobernar_. Una sola cosa ha
    podido averiguarse, y es que est
    posedo de una furia que lo atormenta:
    _quiere gobernar!_ Es un oso
    que ha roto las rejas de su jaula, y
    desde que tenga en sus manos _su
    gobierno_, pondr en fuga a todo el
    mundo. Ay de aqul que caiga en
    sus manos! No lo largar hasta que
    expire bajo _su gobierno_. Es una
    sanguijuela que no se desprende
    hasta que no est repleta de sangre.

    LAMARTINE.


He dicho en la introduccin de estos ligeros apuntes que, para mi
entender, Facundo Quiroga es el ncleo de la guerra civil de la
Repblica Argentina y la expresin ms franca y candorosa de una de las
fuerzas que han luchado con diversos nombres durante treinta aos. La
muerte de Quiroga no es un hecho aislado ni sin consecuencias;
antecedentes sociales que he desenvuelto antes la hacan casi
inevitable; era un desenlace poltico, como el que podra haber dado una
guerra.

El gobierno de Crdoba, que se encarg de consumar el atentado, era
demasiado subalterno entre los que se haban establecido, para que osase
acometer la empresa con tanto descaro, si no se hubiese credo apoyado
de los que iban a cosechar los resultados. El asesinato de Quiroga es,
pues, un acto _oficial_, largamente discutido entre varios Gobiernos,
preparado con anticipacin, y llevado a cabo con tenacidad como una
medida de Estado. Por lo que con su muerte no queda terminada una serie
de hechos que me he propuesto coordinar, y para no dejarla trunca e
incompleta, necesito continuar un poco ms adelante en el camino que
llevo, para examinar los resultados que produce en la poltica interior
de la Repblica, hasta que el nmero de cadveres que cubran el sendero
ya sea tan grande, que me sea forzoso detenerme, hasta esperar que el
tiempo y la intemperie los destruyan, para que desembaracen la marcha.
Por la puerta que deja abierta el asesinato de Barranca-Yaco entrar el
lector conmigo en un teatro donde todava no se ha terminado el drama
sangriento.

Facundo muere asesinado el 18 de febrero; la noticia de su muerte llega
a Buenos Aires el 24, y a principios de marzo ya estaban arregladas
todas las bases del Gobierno necesario e inevitable del comandante
general de campaa, que desde 1833 ha tenido en tortura a la ciudad,
fatigndola, angustindola, desesperndola, hasta que la ha arrancado al
fin entre sollozos y gemidos la _suma del Poder pblico_, porque Rosas
no se ha contentado esta vez con exigir la dictadura, las facultades
extraordinarias, etc. No; lo que pide es lo que la frase expresa:
tradiciones, costumbres, formas, garantas, leyes, culto, ideas,
conciencia, vida, haciendas, preocupaciones; sumad todo lo que tiene
poder sobre la sociedad, y lo que resulte ser la suma del poder pblico
pedida. El 5 de abril la Junta de Representantes, en cumplimiento de lo
estipulado, elige gobernador de Buenos Aires por cinco aos al general
don Juan Manuel Rosas, Hroe del Desierto, Ilustre Restaurador de las
Leyes, Depositario de la Suma del Poder Pblico.

Pero no le satisface la eleccin hecha por la Junta de Representantes;
lo que medita es tan grande, tan nuevo, tan nunca visto, que es preciso
tomarse antes todas las seguridades imaginables, no sea que ms tarde se
diga que el pueblo de Buenos Aires no le ha delegado la _suma del Poder
pblico_. Rosas, gobernador propone, a las Mesas electorales esta
cuestin: Convienen en que don Juan Manuel Rosas sea gobernador por
cinco aos, con la suma del Poder pblico? Y debo decirlo en obsequio de
la verdad histrica, nunca hubo Gobierno ms popular, ms deseado ni ms
bien sostenido por la opinin.

Los unitarios, que en nada haban tomado parte, lo reciban al menos con
indiferencia; los federales, _lomos negros_, con desdn, pero sin
oposicin; los ciudadanos pacficos lo esperaban como una bendicin y un
trmino a las crueles oscilaciones de dos largos aos; la campaa, en
fin, como smbolo de su poder y la humillacin de los _cajetillas_ de la
_ciudad_. Bajo tan felices disposiciones, principironse las elecciones
o ratificaciones de todas las parroquias, y la votacin fu unnime,
excepto tres votos que se opusieron a la delegacin de la suma del Poder
pblico. Concbese cmo ha podido suceder que en una provincia de
cuatrocientos mil habitantes, segn lo asegura la _Gaceta_, slo hubiese
tres votos contrarios al Gobierno? Sera acaso que los disidentes no
votaron? Nada de eso! No se tiene an noticia de ciudadano alguno que
no fuese a votar; los enfermos se levantaron de la cama a ir a dar su
asentimiento, temerosos de que sus nombres fuesen inscritos en algn
negro registro, porque as se haba insinuado.

El terror estaba ya en la atmsfera, y aunque el trueno no haba
estallado an, todos vean la nube negra y torva que vena cubriendo el
cielo dos aos haca. La votacin aquella es nica en los anales de los
pueblos civilizados, y los nombres de los tres locos, ms bien que
animosos opositores, se han conservado en la tradicin del pueblo de
Buenos Aires.

Hay un momento fatal en la historia de todos los pueblos y es aqul en
que, cansados los partidos de luchar, piden antes de todo el reposo de
que por largos aos han carecido, aun a expensas de la libertad o de los
fines que ambicionaban; ste es el momento en que se alzan los tiranos
que fundan dinastas e imperios. Roma, cansada de las luchas de Mario y
de Sila, de patricios y plebeyos, se entreg con delicia a la dulce
tirana de Augusto, el primero que encabeza la lista execrable de los
emperadores romanos.

La Francia, despus del Terror, despus de la impotencia y
desmoralizacin del Directorio, se entreg a Napolen que, por un camino
sembrado de laureles, la someti a los aliados que la devolvieron a los
Borbones.

Rosas tuvo la habilidad de acelerar aquel cansancio, de crearlo a fuerza
de hacer imposible el reposo. Dueo una vez del poder absoluto, quin
se lo pedir ms tarde, quin se atrever a disputarle sus ttulos a la
dominacin? Los romanos daban la dictadura en casos raros y por trmino
corto fijo; y aun as, el uso de la dictadura temporal autoriz la
perpetua, que destruy la Repblica y trajo todo el desenfreno del
Imperio. Cuando el trmino del gobierno de Rosas expira, anuncia su
determinacin decidida de retirarse a la vida privada; la muerte de su
cara esposa, la de su padre, han ulcerado su corazn; necesita ir lejos
del tumulto de los negocios pblicos a llorar a sus anchas prdidas tan
amargas. El lector debe recordar al or este lenguaje en la boca de
Rosas, que no vea a su padre desde la juventud, y a cuya esposa haba
dado das tan amargos, algo parecido a las hipcritas protestas de
Tiberio ante el Senado romano. La Sala de Buenos Aires le ruega, le
suplica que contine haciendo sacrificios por la patria; Rosas se deja
persuadir, contina tan slo por seis meses ms; pasan los seis meses y
se abandona la farsa de la eleccin. Y, en efecto: qu necesidad tiene
de ser electo un jefe que ha arraigado el poder en su persona? Quin le
pide cuenta temblando del terror que les ha inspirado a todos?

Cuando la aristocracia veneciana hubo sofocado la conspiracin de
Tipolo en 1300, nombr de su seno diez individuos que, investidos de
facultades discrecionales, deban perseguir y castigar a los conjurados,
pero limitando la duracin de su autoridad a slo diez das. Oigamos al
conde De Daru, en su clebre _Historia de Venecia_, referir el suceso:
Tan inminente se crey el peligro--dice--, que se cre una autoridad
dictatorial despus de la victoria. Un consejo de diez miembros fu
nombrado para velar por la conservacin del Estado. Se le arm de todos
los medios; librsele de todas las formas, de todas las
responsabilidades; quedronle sometidas todas las cabezas.

Verdad es que su duracin no deba pasar de diez das; fu necesario,
sin embargo, prorrogarla por diez ms, despus por veinte, en seguida
por dos meses; pero al fin fu prolongada seis veces seguidas por este
ltimo trmino. A la vuelta de un ao de existencia se hizo continuar
por cinco. Entonces se encontr demasiado fuerte para prorrogarse a s
mismo durante diez aos ms, hasta que fu aquel terrible tribunal
declarado perpetuo. Lo que haba hecho por prolongar su duracin lo hizo
por extender sus atribuciones. Institudo solamente para conocer en los
crmenes de Estado, ese tribunal se haba apoderado de la
administracin. So pretexto de velar por la seguridad de la Repblica,
se entrometi en la paz y en la guerra, dispuso de las rentas y concluy
por arrogarse el poder soberano[37].

En la Repblica Argentina no es un Consejo el que se ha apoderado as de
la autoridad suprema: es un hombre, y un hombre bien indigno. Encargado
temporalmente de las Relaciones Exteriores, depone, fusila, asesina a
los gobernadores de las provincias que le hicieron el encargo. Revestido
de la suma del Poder pblico en 1835 por slo cinco aos, en 1845 est
an revestido de aquel poder. Y nadie sera hoy tan candoroso para
esperar que lo deje, ni que el pueblo se atreva a pedrselo. Su gobierno
es de por vida, y si la Providencia hubiese de consentir que muriese
pacficamente como el doctor Francia, largos aos de dolores y miserias
aguardan a aquellos desgraciados pueblos, vctimas hoy del cansancio de
un momento.

El 13 de abril de 1835 se recibi Rosas del gobierno, y su talante
desembarazado y su aplomo en la ceremonia no dej de sorprender a los
ilusos que haban credo tener un rato de diversin al ver el desmayo y
_gaucherie_ del gaucho. Presentse de casaca de general, desabotonada,
que dejaba ver un chaleco amarillo de cotona. Perdnenme los que no
comprenden el espritu de esta singular _toilette_ el que recuerde
aquella circunstancia.

En fin: ya tiene el gobierno en sus manos. Facundo ha muerto un mes
antes; la ciudad se ha entregado a su discrecin; el pueblo ha
confirmado del modo ms autntico esta entrega de toda garanta y de
toda institucin. Es el Estado una tabla rasa en que l va a escribir
una cosa nueva, original; l es un poeta, un Platn que va a realizar su
repblica ideal segn l ha concebido; es ste un trabajo que ha
meditado veinte aos, y que al fin puede dar a luz, sin que vengan a
estorbar su realizacin tradiciones envejecidas, preocupaciones de la
poca, plagios hechos a la Europa, garantas individuales, instituciones
vigentes. Es un genio, en fin, que ha estado lamentando los errores de
su siglo y preparndose para destruirlos de un golpe. Todo va a ser
nuevo, obra de su ingenio; vamos a ver este portento.

De la Sala de Representantes adonde ha ido a recibir el bastn, se
retira en un coche _colorado_, mandado pintar exprofeso para el acto, al
que estn atados cordones de seda _colorada_ y a los que se uncen
aquellos hombres que desde 1833 han tenido la ciudad en continua alarma
por sus atentados y su impunidad; llmase la _Sociedad Popular_ y lleva
el _pual_ a la cintura, chaleco _colorado_ y una cinta _colorada_ en la
que se lee: _Mueran los unitarios_. En la puerta de su casa le hacen
guardia de honor estos mismos hombres; despus acuden los ciudadanos,
despus los generales, porque es necesario hacer aquella manifestacin
de adhesin sin lmites a la persona del Restaurador.

Al da siguiente aparece una proclama y una lista de proscripcin, en la
que entra uno de sus concuados, el doctor Alsina. La proclama aquella,
que es uno de los pocos escritos de Rosas, es un documento precioso que
siento no tener a mano. Era un programa de su gobierno, sin disfraz, sin
rodeos: _el que no est conmigo es mi enemigo_; tal era el axioma de
poltica consagrado en ella. Se anuncia que va a correr sangre, y tan
slo promete no atentar contra las propiedades. Ay de los que provoquen
su clera!

Cuatro das despus la parroquia de San Francisco anuncia su intencin
de celebrar una misa y _Tedum_ en accin de gracias al Todopoderoso,
etc., etc., invitando al vecindario a solemnizar con su presencia el
acto. Las calles circunvecinas estn empavesadas, alfombradas,
tapizadas, decoradas. Es aquello un bazar oriental en que se ostentan
tejidos de damasco, prpura, oro y pedreras en decoraciones
caprichosas. El pueblo llena las calles, los jvenes acuden a la
novedad, las seoras hacen de la parroquia su paseo de la tarde. El
_Tedum_ se posterga de un da a otro, y la agitacin de la ciudad, el
ir y venir, la excitacin, la interrupcin de todo trabajo dura cuatro,
cinco das consecutivos. La _Gaceta_ repite los ms mnimos detalles de
la esplndida funcin.

Ocho das despus otra parroquia anuncia su _Tedum_; los vecinos se
proponen rivalizar en entusiasmo y obscurecer la pasada fiesta. Qu
lujo de decoraciones; qu ostentacin de riquezas y adornos! El retrato
del Restaurador est en la calle en un dosel, en que los terciopelos
_colorados_ se mezclan con los galones y las cordonaduras de oro. Igual
movimiento por ms das an; se vive en la calle, en la parroquia
privilegiada. Pocos das despus, otra parroquia, otra fiesta en otro
barrio. Pero hasta cundo fiestas? Qu! No se cansa este pueblo de
espectculos? Qu entusiasmo es aqul, que no se resfra en un mes?
Por qu no hacen todas las parroquias su funcin a un tiempo? No; es el
entusiasmo sistemtico, ordenado, administrado poco a poco.

Un ao despus todava no han concludo las parroquias de dar su fiesta;
el vrtigo _oficial_ pasa de la ciudad a la campaa, y es cosa de nunca
acabar. La _Gaceta_ de la poca est ah ocupada ao y medio en
describir fiestas federales. El _retrato_ se mezcla en todas ellas,
tirado en un carro hecho para l, por los generales, las seoras, los
federales _netos_. Et le peuple, enchant d'un tel spectacle,
enthousiasm du _Tedum_, chant moult bien a Notre-Dame, le peuple
oublia qu'il payait fort cher tout, et se retirait fort joyeux[38].

De las fiestas sale al fin de ao y medio el color _colorado_ como
insignia de adhesin _a la causa_; el retrato de Rosas, colocado en los
altares primero, pasa despus a ser parte del equipo de cada hombre, que
debe llevarlo en el pecho, en seal de _amor intenso a la persona_ del
Restaurador. Por ltimo, de entre estas fiestas se desprende al fin la
terrible Mazorca, cuerpo de Polica entusiasta, federal, que tiene por
encargo y oficio echar lavativas de aj y aguarrs a los descontentos
primero, y despus, no bastando este tratamiento flogstico, degollar a
aqullos que se les indique.

La Amrica entera se ha burlado de aquellas famosas fiestas de Buenos
Aires y mirdolas como el colmo de la degradacin de un pueblo; pero yo
no veo en ellas sino un designio poltico, el ms fecundo en resultados.
Cmo encarnar en una Repblica que no conoci reyes jams la idea de
la _personalidad de gobierno_? La cinta colorada es una materializacin
del terror que os acompaa a todas partes, en la calle, en el seno de la
familia; es preciso pensar en ella al vestirse, al desnudarse, y las
ideas se nos grava siempre por asociacin. La vista de un rbol en el
campo nos recuerda lo que bamos conversando diez aos antes al pasar
por cerca de l, figuros las ideas que trae consigo asociadas la cinta
colorada y las impresiones indelebles que ha debido dejar unidas a la
imagen de Rosas!

As, en una comunicacin de un alto funcionario de Rosas he ledo en
estos das que es un signo que su Gobierno ha mandado llevar a sus
empleados en seal de conciliacin y de paz. Las palabras _Mueran los
salvajes_, _asquerosos_, _inmundos unitarios_, son por cierto muy
conciliadoras, tanto, que slo en el destierro o en el sepulcro habr
quienes se atrevan a negar su eficacia. La mazorca ha sido un
instrumento poderoso de conciliacin y de paz, y si no, id a ver los
resultados y buscad en la tierra ciudad ms conciliada y pacfica que la
de Buenos Aires. A la muerte de su esposa, que una chanza brutal de su
parte ha precipitado, manda que se le tributen honores de capitn
general, y ordena un luto de dos aos a la ciudad y campaa de la
provincia, que consiste en un ancho crespn atado al sombrero con una
cinta colorada. Imaginos una ciudad culta, hombres y nios vestidos a
la europea, _uniformados_ dos aos enteros con un ribete colorado en el
sombrero! Os parece ridculo? No! Nada hay ridculo cuando todos, sin
excepcin, participan de la extravagancia, y sobre todo cuando el azote
o las lavativas de aj estn ah para poneros serios como estatuas si os
viene la tentacin de reiros.

Los serenos cantan a cada cuarto de hora: _Viva el ilustre
Restaurador! Viva doa Encarnacin Ezcurra! Mueran los impos
unitarios!_ El sargento primero, al pasar lista a su compaa, repite
las mismas palabras; el nio al levantarse de la cama saluda al da con
la frase sacramental. No hace un mes que una madre argentina, alojada en
una fonda de Chile, deca a uno de sus hijos que despertaba repitiendo
en voz alta: Vivan los federales! Mueran los salvajes, asquerosos
unitarios!: Cllate, hijo, no digas eso aqu, que no se usa; ya no
digas ms, no sea que te oigan!

Su temor era fundado: le oyeron! Qu poltico ha producido la Europa
que haya tenido el alcance para comprender el medio de crear la idea de
la _personalidad_ del jefe del Gobierno, ni la tenacidad prolija de
incubarla quince aos, ni que haya tocado medios ms variados ni ms
conducentes al objeto? Podemos en esto, sin embargo, consolarnos de que
la Europa haya suministrado un modelo al genio americano. La mazorca,
con los mismos caracteres, compuesta de los mismos hombres, ha existido
en la Edad Media en Francia, en tiempo de las guerras entre los partidos
de los Armagnac y del duque de Borgoa. En la _Historia de Pars_,
escrita por La Fosse, encuentro estos singulares detalles: Estos
instigadores del asesinato, a fin de reconocer por todas partes los
borgoones, haban ya ordenado que llevasen en el vestido la cruz de San
Andrs, principal atributo del escudo de Borgoa, y para estrechar ms
los lazos del partido, imaginaron en seguida formar una Hermandad bajo
la invocacin del mismo San Andrs. Cada cofrade deba llevar por signo
distintivo, a ms de la cruz, una corona de rosas... Horrible
confusin! El smbolo de inocencia y de ternura sobre la cabeza de los
degolladores!... Rosas y sangre!... La sociedad odiosa de los
_cabochiens_, es decir, la horda de carniceros y desolladores, fu
soltada por la ciudad, como una tropa de tigres hambrientos, y estos
verdugos sin nmero se baaron en sangre humana[39].

Poned en lugar de la cruz de San Andrs la cinta colorada; en lugar de
las rosas coloradas, el chaleco colorado; en lugar de _cabochiens_,
mazorqueros; en lugar de 1418, fecha de aquella Sociedad, 1835, fecha de
esta otra; en lugar de Pars, Buenos Aires; en lugar del duque de
Borgoa, Rosas, y tendris el plagio hecho en nuestros das. La mazorca,
como los _cabochiens_, se compuso en su origen de los carniceros y
desolladores de Buenos Aires. Qu instructiva es la Historia! Cmo se
repite a cada rato!...

Otra creacin de aquella poca fu el _censo de las opiniones_. Esta es
una institucin verdaderamente original. Rosas mand levantar en la
ciudad y la campaa, por medio de los jueces de paz, un registro en el
que se anot el nombre de cada vecino, clasificndolo de unitario,
indiferente, federal, o federal neto. En los colegios se encarg a los
rectores, y en todas partes se hizo con la ms severa escrupulosidad,
comprobndolo despus y admitiendo los reclamos que la inexactitud poda
originar. Estos registros, reunidos despus en la oficina de gobierno,
han servido para suministrar gargantas a la cuchilla infatigable de la
mazorca durante siete aos.

Sin duda que pasma la osada del pensamiento de formar la estadstica de
las opiniones de un pueblo entero, caracterizarlas segn su importancia,
y con el registro a la vista seguir durante diez aos la tarea de
desembarazarse de todas las cifras adversas, destruyendo en la
_persona_ el germen de la hostilidad. Nada igual me presenta la
Historia, sino las clasificaciones de la Inquisicin, que distingua las
opiniones herticas en malsonantes, ofensivas, de odos piadosos, casi
hereja, hereja, hereja perniciosa, etc., etc.; pero al fin la
Inquisicin no hizo el catastro de la Espaa para exterminarla en las
generaciones, en el individuo, antes de ser denunciado al Santo
Tribunal.

Como mi nimo es slo mostrar el nuevo orden de instituciones que
suplanta a las que estamos copiando de la Europa, necesito acumular las
principales, sin atender a las fechas. La ejecucin que llamamos
_fusilar_ queda desde luego sustituda por la de _degollar_. Verdad es
que se fusila una maana 44 indios en una plaza de la ciudad, para dejar
yertos a todos con esta matanza que, aunque de salvajes, era al fin de
hombres; pero poco a poco se abandona, y el _cuchillo_ se hace el
instrumento de la Justicia.

De dnde ha tomado tan peregrinas ideas de gobierno este hombre
horriblemente extravagante? Yo voy a consignar algunos datos. Rosas
desciende de una familia perseguida por _goda_ durante la revolucin de
la Independencia. Su educacin domstica se resiente de la dureza y
terquedad de las antiguas costumbres seoriales. Yo he dicho que su
madre, de un carcter duro, ttrico, se ha hecho servir de rodillas
hasta estos ltimos aos; el silencio lo ha rodeado durante su infancia,
y el espectculo de la autoridad y de la servidumbre han debido dejarle
impresiones duraderas.

Algo de extravagante ha habido en el carcter de la madre, y esto se ha
reproducido en don Juan Manuel y dos de sus hermanas. Apenas llegado a
la pubertad, se hace insoportable a su familia, y su padre lo destierra
en una estancia. Rosas, con cortos intervalos, ha residido en la
campaa de Buenos Aires cerca de treinta aos; y ya el ao 24 era una
autoridad que las Sociedades industriales ganaderas consultaban en
materia de arreglos de estancias. Es el primer jinete de la Repblica
Argentina, y cuando digo de la Repblica Argentina, sospecho que de toda
la tierra, porque ni un equitador ni un rabe tiene que habrselas con
el potro salvaje de la Pampa.

Es un prodigio de actividad; sufre accesos nerviosos en que la vida
predomina tanto, que necesita saltar sobre un caballo, echarse a correr
por la Pampa, lanzar gritos desacompasados, rodar, hasta que, al fin,
extenuado el caballo, sudando l a mares, vuelve a las habitaciones
fresco ya y dispuesto para el trabajo. Napolen y lord Byron padecan de
estos arrebatos, de estos furores causados por el exceso de la vida.

Rosas se distingue desde temprano en la campaa por las vastas empresas
de leguas de siembras de trigo que acomete y lleva a cabo con suceso, y
sobre todo por la administracin severa, por la disciplina de hierro que
introduce en sus estancias. Esta es su obra maestra, su tipo de
gobierno, que ensayar ms tarde para la _ciudad_ misma. Es preciso
conocer el gaucho argentino y sus propensiones innatas, sus hbitos
inveterados. Si andando en la Pampa le vais proponiendo darle una
estancia con ganados que lo hagan rico propietario; si corre en busca de
la mdica de los alrededores para que salve a su madre, a su esposa
querida que deja agonizando, y se atraviesa un avestruz a su paso,
echar a correr detrs de l, olvidando la fortuna que le ofrecis, la
esposa o la madre moribunda; y no es l slo el que est dominado de
este instinto: el caballo mismo relincha, sacude la cabeza y tasca el
freno de impaciencia por volar tras del avestruz. Si a la distancia de
diez leguas de su habitacin el gaucho echa de menos su cuchillo, se
vuelve a tomarlo, aunque est a una cuadra del lugar adonde iba; porque
el cuchillo es para l lo que la respiracin a la vida misma.

Pues bien: Rosas ha conseguido que en sus estancias, que se unen con
diversos nombres desde los cerrillos hasta el arroyo Cachagualef,
anduviesen los avestruces en rebaos, y dejasen, al fin, de huir a la
aproximacin del gaucho; tan seguros y tranquilos pacen en las
posesiones de Rosas, y esto mientras que han sido ya extinguidos en
todas las adyacentes campaas. En cuanto al cuchillo, ninguno de sus
peones lo carg jams, no obstante que la mayor parte de ellos eran
asesinos perseguidos por la Justicia. Una vez l, por olvido, se ha
puesto el pual a la cintura, y el mayordomo se lo hace notar; Rosas se
baja los calzones y manda que se le den 200 azotes, que es la pena
impuesta en su estancia al que lleva cuchillo.

Habr gentes que duden de este hecho confesado y publicado por l mismo;
pero es autntico, como lo son las extravagancias y rarezas sangrientas
que el mundo civilizado se ha negado obstinadamente a creer durante diez
aos. La autoridad ante todo; el respeto a lo mandado, aunque sea
ridculo o absurdo; diez aos estar en Buenos Aires y en toda la
Repblica haciendo azotar y degollar, hasta que la cinta colorada sea
una parte de la existencia del individuo, como el corazn mismo.
Repetir en presencia del mundo entero, sin contemporizar jams, en cada
comunicacin oficial: _Mueran los asquerosos, salvajes, inmundos
unitarios!_, hasta que el mundo entero se eduque y se habite a or este
grito sanguinario, sin escndalo, sin rplica, y ya hemos visto a un
magistrado de Chile tributar su homenaje y aquiescencia a este hecho,
que, al fin, a nadie interesa.

Dnde, pues, ha estudiado este hombre el plan de innovaciones que
introduce en _su gobierno_, en desprecio del sentido comn, de la
tradicin, de la conciencia y de la prctica inmemorial de los pueblos
civilizados? Dios me perdone si me equivoco, pero esta idea me domina
hace tiempo: en la _Estancia de ganados_ en que ha pasado toda su vida,
y en la Inquisicin, en cuya tradicin ha sido educado. Las fiestas de
las parroquias son una imitacin de la _hierra_ del ganado, a que acuden
todos los vecinos; la _cinta colorada_ que clava a cada hombre, mujer o
nio, es la _marca_ con que el propietario reconoce su ganado; el
degello a cuchillo, erigido en medio de ejecucin pblica, viene de la
costumbre de _degollar_ las reses que tiene todo hombre en la campaa;
la prisin sucesiva de centenares de ciudadanos sin motivo conocido y
por aos enteros, es el rodeo con que se dociliza el ganado,
encerrndolo diariamente en el corral; los azotes por las calles, la
mazorca, las matanzas ordenadas, son otros tantos medios de _domar_ a la
_ciudad_, dejarla al fin como el ganado ms manso y ordenado que se
conoce.

Esta prolijidad y arreglo ha distinguido en su vida privada a don Juan
Manuel Rosas, cuyas estancias eran citadas como el modelo de la
disciplina de los peones y la mansedumbre del ganado. Si esta
explicacin parece monstruosa y absurda, denme otra; mustrenme la razn
por qu coinciden de un modo tan espantoso su manejo de una estancia,
sus prcticas y administracin, con el gobierno, prctica y
administracin de Rosas; hasta su respeto de entonces por la propiedad
es efecto de que el gaucho gobernador _es propietario!_ Facundo
respetaba menos la propiedad que la vida. Rosas ha perseguido a los
ladrones de ganado con igual obstinacin que a los unitarios. Implacable
se ha mostrado su Gobierno contra los cuereadores de la campaa, y
centenares han sido degollados. Esto es laudable, sin duda; yo slo
explico el origen de la antipata.

Pero hay otra parte de la sociedad que es preciso moralizar, ensear a
obedecer, a entusiasmarse cuando _deba_ entusiasmarse, a aplaudir cuando
_deba_ aplaudir, a callar cuando _deba_ callar. Con la posesin de la
_Suma del Poder pblico_, la Sala de Representantes queda intil, puesto
que la ley emana directamente de la _persona_ del jefe de la Repblica.
Sin embargo, conserva la forma, y durante quince aos son reelectos unos
30 individuos que estn al corriente de los negocios. Pero la tradicin
tiene asignado otro papel a la Sala; all Alcorta, Guido y otros han
hecho or en tiempo de Balcarce y Viamonte acentos de libertad y
reproches al instigador de los desrdenes; necesita, pues, quebrantar
esta tradicin y dar una leccin severa para el porvenir.

El doctor don Vicente Maza, presidente de la Sala y de la Cmara de
Justicia, consejero de Rosas, y el que ms ha contribudo a elevarlo, ve
un da que su retrato ha sido quitado de la sala del Tribunal por un
destacamento de la mazorca; en la noche rompen los vidrios de las
ventanas de su casa donde ha ido a asilarse; al da siguiente escribe a
Rosas, en otro tiempo su protegido, su ahijado poltico, mostrndole la
extraeza de aquellos procedimientos y su inocencia de todo crimen. A la
noche del tercer da se dirige a la Sala, y estaba dictando al
escribiente su renuncia, cuando el cuchillo que corta su garganta
interrumpe el dictado. Los representantes empiezan a llegar, la
alfombra est cubierta de sangre, el cadver del presidente yace
tendido an; el seor Irigoyen propone que al da siguiente se renan el
mayor nmero posible de rodados para acompaar debidamente al cementerio
a la ilustre vctima. Don Baldomero Garca dice: Me parece bien;
pero... no muchos coches...; para qu? Entra el general Guido y le
comunican la idea, a que contesta, clavndoles unos ojos tamaos y
mirndolos de hito en hito: Coches? Acompaamiento? Que traigan el
carro de la Polica y se lo lleven ahora mismo.--Eso deca yo--contina
Garca--. Para qu coches!... La _Gaceta_ del da siguiente anunci
que los impos unitarios haban asesinado a Maza. Un gobernador del
interior deca, aterrado, al saber esta catstrofe: Es imposible que
sea Rosas el que lo ha hecho matar! A lo que su secretario aadi: Y
si l lo ha hecho, razn ha de haber tenido; en lo que convinieron
todos los circunstantes.

Efectivamente, razn tena. Su hijo, el coronel Maza, tena tramada una
conspiracin en que entraba todo el ejrcito, y despus Rosas deca que
haba muerto al anciano padre por no darle el pesar de ver morir a su
querido hijo.

Pero aun me falta entrar en el vasto campo de la poltica general de
Rosas con respecto a la Repblica entera. Tiene ya su _gobierno_;
Facundo ha muerto dejando ocho provincias hurfanas, unitarizadas bajo
su influencia. La Repblica marcha visiblemente a la unidad del
Gobierno, a que su superficie llana, su puerto nico, la condena. Se ha
dicho que es federal, llmesela Confederacin Argentina, pero todo va
encaminndose a la unidad ms absoluta; desde 1835 viene fundindose
desde el interior en formas, prcticas e influencias. No bien se recibe
Rosas del Gobierno en 1835, cuando declara, por una proclamacin, que
los _impos unitarios_ han asesinado alevosamente al ilustre general
Quiroga, y que l se propone castigar atentado tan espantoso, que ha
privado a la Federacin de su columna ms poderosa. Qu!...--decan
abriendo un palmo de boca los pobres unitarios al leer la proclama--;
qu!... Los Reinaf, son unitarios? No son hechura de Lpez? No
entraron en Crdoba persiguiendo el ejrcito de Paz? No estn en activa
y amigable correspondencia con Rosas? No sali de Buenos Aires Quiroga
con solicitud de Rosas? No iba un chasque delante de l, que anunciaba
a los Reinaf su prxima llegada? No tenan los Reinaf preparada de
antemano la partida que deba asesinarlo?... Nada; los impos unitarios
han sido los asesinos, y desgraciado el que dude de ello!... Rosas
manda a Crdoba a pedir los preciosos restos de Quiroga, la galera en
que fu muerto, y se le hacen en Buenos Aires las exequias ms suntuosas
que hasta entonces se han visto; se manda cargar luto a la _ciudad_
entera. Al mismo tiempo dirige una circular a todos los gobiernos, en la
que les pide que lo nombren _a l_ juez rbitro para seguir la causa y
juzgar a los impos unitarios que han asesinado a Quiroga; les indica la
forma en que han de autorizarlo, y por cartas particulares les encarece
la importancia de la medida; los halaga, seduce y ruega. La autorizacin
es unnime, y los Reinaf son depuestos y presos todos los que han
tenido parte, noticia o atingencia con el crimen, y conducidos a Buenos
Aires.

Un Reinaf se escapa y es alcanzado en el territorio de Bolivia; otro
pasa al Paran y ms tarde cae en manos de Rosas, despus de haber
escapado en Montevideo, de ser robado por un capitn de buque. Rosas y
el doctor Maza siguen la causa de noche, a puertas cerradas. El doctor
Gamboa, que se toma alguna libertad en la defensa de un reo subalterno,
es declarado impo unitario por un decreto de Rosas. En fin: son
ajusticiados todos los criminales que se han aprehendido, y un
voluminoso extracto de la causa ve la luz pblica. Dos aos despus
haba muerto Lpez de Santa Fe de enfermedad natural, si bien el mdico
mandado por Rosas para asistirlo recibi ms tarde una casa de la
Municipalidad, por recompensa de sus servicios al Gobierno.

Cullen, el secretario de Lpez en la poca de la muerte de Quiroga, y
que a la de Lpez queda de gobernador de Santa Fe, por disposicin
testamentaria del finado, es depuesto por Rosas y sacado al fin de
Santiago del Estero, donde se ha asilado, y a cuyo gobernador manda
Rosas una talega de onzas o la declaracin de la guerra, si el amigo no
entrega a su amigo. El gobernador prefiere las onzas; Cullen es
entregado a Rosas, y al pisar la frontera de Buenos Aires encuentra una
partida y un oficial que le hace desmontarse del caballo y lo fusila. La
_Gaceta_ de Buenos Aires publicaba despus una carta de Cullen a Rosas,
en que haba indicios claros de la complicacin del gobierno de Santa Fe
en el asesinato de Quiroga, y como el finado Lpez, deca la _Gaceta_,
tena plena confianza en su secretario, ignoraba el atroz crimen que
ste estaba preparando.

Nadie poda replicar entonces que si Lpez lo ignoraba, Rosas no, porque
a l era dirigida la carta. Ultimamente, el doctor don Vicente Maza, el
secretario de Rosas y procesador de los reos, muri tambin degollado en
la sala de sesiones; de manera que Quiroga, sus asesinos, los jueces de
los asesinos y los instigadores del crimen, todos tuvieron en dos aos
la mordaza que la tumba pone a las revelaciones indiscretas. Id ahora a
preguntar quin mand matar a Quiroga. Lpez? No se sabe. Un mayor
Muslera, de auxiliares, deca una vez en presencia de muchas personas,
en Montevideo: Hasta ahora he podido descubrir por qu me ha tenido
preso e incomunicado el general Rosas durante dos aos y cinco meses. La
noche anterior a mi prisin estuve en su casa.

Su hermana y yo estbamos sentados en un sof, mientras que l se
paseaba a lo largo de la sala, con muestras visibles de descontento.--A
que no adivina--me dijo la seora--por qu est as Juan Manuel? Es
porque me est viendo este ramito _verde_ que tengo en las manos; ahora
ver--aadi tirndolo al suelo. Efectivamente, don Juan Manuel se
detuvo a poco andar, se acerc a nosotros, y me dijo en tono
familiar:--Y qu se dice en San Luis de la muerte de Quiroga?--Dicen,
seor, que S. E. es quien lo ha hecho matar.--S? As se corre...
Continu pasendose, me desped despus, y al da siguiente fu preso, y
he permanecido hasta el da que lleg la noticia de la victoria de
Yungay, en que, con doscientos ms, fu puesto en libertad. El mayor
Muslera muri tambin combatiendo contra Rosas, lo que no ha estorbado
que se contine hasta el da de hoy diciendo lo mismo que haba odo
aqul.

Pero el vulgo no ha visto en la muerte de Quiroga y el enjuiciamiento de
sus asesinos ms que un crimen horrible. La Historia ver otra cosa en
lo primero: la fusin de la Repblica en una unidad compacta y en el
enjuiciamiento de los Reinaf, gobernadores de una provincia, el _hecho_
que constituye a Rosas jefe del Gobierno unitario absoluto, que desde
aquel da y por aquel acto se constituye en la Repblica Argentina.
Rosas, investido del poder de juzgar a otro gobernador, establece en las
conciencias de los dems la idea de la autoridad suprema de que est
investido.

Juzga a los Reinaf por un crimen averiguado; pero en seguida manda
fusilar sin juicio previo a Rodrguez, gobernador de Crdoba, que
sucedi a los Reinaf, por no haber obedecido a todas sus instrucciones;
fusila en seguida a Cullen, gobernador de Santa Fe, por razones que l
slo conoce, y ltimamente, expide un decreto por el cual declara que
ningn Gobierno de las dems provincias ser reconocido vlido mientras
no obtenga su _exequtur_. Si an se duda que ha asumido el mando
supremo, y que los dems gobernadores son simples bajaes, a quienes
puede mandar el cordn morado cada vez que no cumplan con sus rdenes,
expedir otro en el que deroga todas las leyes existentes de la
Repblica desde el ao 1810 en adelante, aunque hayan sido dictadas por
los Congresos generales o cualquiera otra autoridad competente;
declarando adems rrito y de ningn valor todo lo que, a consecuencia y
en cumplimiento de esas leyes, se hubiese obrado hasta entonces. Yo
pregunto: qu legislador, qu Moiss o Licurgo, llev ms adelante el
intento de refundir una sociedad bajo un plan nuevo? La revolucin de
1810 queda por este decreto derogada; ley ni arreglo ninguno queda
vigente; el campo para las innovaciones limpio como la palma de la mano,
y la Repblica entera sometida sin dar una batalla siquiera y sin
consultar a los caudillos.

La _suma del Poder pblico_ de que se haba investido para Buenos Aires
solo, la extiende a toda la Repblica, porque no slo no se dice que es
el sistema unitario el que se ha establecido, del que la persona de
Rosas es el centro, sino que con mayor tesn que nunca se grita: _Viva
la federacin; mueran los unitarios!_ El epteto unitario deja de ser el
distintivo de un partido, y pasa a expresar todo lo que es execrado:
los asesinos de Quiroga son _unitarios_; Rodrguez es _unitario_;
Cullen, _unitario_; Santa Cruz, que trata de establecer la confederacin
per-boliviana, _unitario_. Es admirable la paciencia que ha mostrado
Rosas en fijar el sentido de ciertas palabras y el tesn de repetirlas.

En diez aos se habr visto escrito en la Repblica Argentina treinta
millones de veces: _Viva la Confederacin! Viva el ilustre
Restaurador! Mueran los salvajes unitarios!_, y nunca el cristianismo
ni el mahometismo multiplicaron tanto sus smbolos respectivos, la cruz
y la creciente, para estereotipar la creencia moral en exterioridades
materiales y tangibles. Todava era preciso afinar aquel dicterio de
_unitario_; fu primero lisa y llanamente _unitarios_, ms tarde los
_impos_ unitarios, favoreciendo con eso las preocupaciones del partido
ultracatlico que secund su elevacin. Cuando se emancip de ese pobre
partido, y el cuchillo alcanz tambin a la garganta de curas y
cannigos, fu preciso abandonar la denominacin de impos; la
casualidad suministr una coyuntura.

Los diarios de Montevideo empezaron a llamar _salvaje_ a Rosas; un da
la _Gaceta_ de Buenos Aires apareci con esta agregacin al tema
ordinario: muera los _salvajes_ unitarios; repitilo la mazorca,
repitironlo todas las comunicaciones oficiales, repitironlo los
gobernadores del interior, y qued consumada la adopcin. Repita usted
la palabra _salvaje_--escriba Rosas a Lpez--hasta la saciedad, hasta
aburrir, hasta cansar. Yo s lo que digo, amigo. Ms tarde se le agreg
_inmundos_, ms tarde _asquerosos_, ms tarde, en fin, don Baldomero
Garca deca en una comunicacin al Gobierno de Chile, que sirvi de
cabeza de proceso a Bedoya, que era aquel emblema y aquel letrero una
seal de conciliacin y de paz, porque todo el sistema se reduce a
burlarse del sentido comn.

La unidad de la Repblica se realiza a fuerza de negarla; y desde que
todos dicen federacin, claro est que hay unidad. Rosas se llama
encargado de las Relaciones Exteriores de la Repblica, y slo cuando la
fusin est consumada y ha pasado a tradicin, a los diez aos despus,
don Baldomero Garca en Chile cambia aquel ttulo por el de Director
Supremo de los asuntos de la Repblica.

He aqu, pues, la Repblica unitarizada, sometida toda ella al arbitrio
de Rosas; la antigua cuestin de los partidos de ciudad desnaturalizada;
cambiado el sentido de las palabras, e introducido el rgimen de la
estancia de ganados en la administracin de la Repblica ms guerrera,
ms entusiasta por la libertad y que ms sacrificios hizo para
conseguirla.

La muerte de Lpez le entregaba a Santa Fe, la de los Reinaf a Crdoba,
la de Facundo a las ocho provincias de la falda de los Andes. Para tomar
posesin de todas ellas, bastronle algunos obsequios personales,
algunas cartas amistosas y algunas erogaciones del erario. Los
auxiliares acantonados en San Luis recibieron un magnfico vestuario, y
sus sueldos empezaron a pagarse de las cajas de Buenos Aires.

El padre Aldao, a ms de una suma de dinero, empez a recibir su sueldo
de general de mano de Rosas, y el general Heredia, de Tucumn, que; con
motivo de la muerte de Quiroga, escriba a un amigo suyo: Ay, amigo!
No sabe lo que ha perdido la Repblica con la muerte de Quiroga! Qu
porvenir, qu pensamiento tan grande de hombre! Quera constituir la
Repblica y llamar a todos los emigrados para que contribuyesen con sus
luces y saber a esta grande obra; el general Heredia recibi un
armamento y dinero para preparar la guerra contra el _impo unitario_
Santa Cruz, y se olvid bien pronto del cuadro grandioso que Facundo
haba desenvuelto a su vista en las conferencias que con l tuvo antes
de su muerte.

Una medida administrativa que influa sobre toda la nacin vino a servir
de ensayo y manifestacin de esta fusin unitaria y dependencia absoluta
de Rosas. Rivadavia haba establecido correos que de ocho en ocho das
llevaban y traan la correspondencia de las provincias a Buenos Aires, y
uno mensual a Chile y otro a Bolivia, que daban el nombre a las dos
lneas generales de comunicacin establecidas en la Repblica. Los
Gobiernos civilizados del mundo ponen hoy toda solicitud en aumentar a
costa de gastos inmensos los correos no slo de ciudad a ciudad, da por
da y hora por hora, sino en el seno mismo de las grandes ciudades,
estableciendo estafetas de barrio, y entre todos los puntos de la tierra
por medio de las lneas de vapores que atraviesan el Atlntico o costean
el Mediterrneo, porque la riqueza de los pueblos, la seguridad de las
especulaciones de comercio, todo depende de la facilidad de adquirir
noticias.

En Chile vemos todos los das, o los reclamos de los pueblos para que se
aumenten los correos, o bien la solicitud del Gobierno para
multiplicarlos por mar o por tierra. En medio de este movimiento general
del mundo para acelerar las comunicaciones de los pueblos, don Juan
Manuel Rosas, para mejor gobernar sus provincias, suprime los correos,
que no existen en toda la Repblica hace catorce aos. En su lugar
establece chasques de gobierno, que despacha l cuando hay una orden o
una noticia que comunicar a sus subalternos.

Esta medida horrible y ruinosa ha producido, sin embargo, para su
sistema, las consecuencias ms tiles. La expectacin, la duda, la
incertidumbre, se mantienen en el interior; los gobernadores mismos se
pasan tres o cuatro meses sin recibir un despacho, sin saber sino de
odas lo que en Buenos Aires ocurre. Cuando un conflicto ha pasado,
cuando una ventaja se ha obtenido, entonces parten los chasques al
interior conduciendo cargas de _Gacetas_, partes y boletines, con una
carta al amigo, al compaero y gobernador, anuncindole que los
_salvajes unitarios_ han sido derrotados, que la Divina Providencia vela
por la conservacin de la Repblica.

Ha sucedido en 1843, que en Buenos Aires las harinas tenan un precio
exorbitante y las provincias del interior lo ignoraban; algunos que
tuvieron noticias privadas de sus corresponsales, mandaron cargamentos
que les dejaron pinges utilidades. Entonces las provincias de San Juan
y Mendoza, en masa, se movieron a especular sobre las harinas. Millares
de cargas atraviesan la Pampa, llegan a Buenos Aires, y encuentran...
que haca dos meses que haban bajado de precio, hasta no costear ni los
fletes. Ms tarde se corre en San Juan que las harinas han tomado valor
en Buenos Aires; los cosecheros suben el precio; suben las propuestas;
se compra el trigo por cantidades exorbitantes; se acumula en varias
manos, hasta que al fin una rrea que llega descubre que no ha habido
alteracin ninguna en la plaza, que ella deja su carga de harina porque
no hay ni compradores. Imaginos, si podis, pueblos colocados a
inmensas distancias, ser gobernados de este modo!

Todava en estos ltimos aos las consecuencias de sus tropelas le han
servido para consumar su obra unitaria. El Gobierno de Chile,
despreciado en sus reclamaciones sobre males inferidos a sus sbditos,
crey oportuno cortar las relaciones comerciales con las provincias de
Cuyo. Rosas aplaudi la medida y se call la boca. Chile le
proporcionaba lo que l no se haba atrevido a intentar, que era cerrar
todas las vas de comercio que no dependiesen de Buenos Aires. Mendoza y
San Juan, La Rioja y Tucumn, que provean de ganados, harina, jabn y
otros ramos valiosos a las provincias del norte de Chile, han abandonado
este trfico. Un enviado ha venido a Chile, que esper seis meses en
Mendoza, hasta que se cerrase la cordillera, y que hasta aqu hace tres
que no ha hablado una palabra de abrir el comercio.

Organizada la Repblica bajo un plan de combinaciones tan fecundas en
resultados, contrjose Rosas a la organizacin de su poder en Buenos
Aires, echndole bases duraderas. La campaa lo haba empujado sobre la
ciudad; pero abandonando l la estancia por el Fuerte, necesitando
moralizar esa misma campaa como propietario y borrar el camino por
donde otros comandantes de campaa podan seguir sus huellas, se
consagr a levantar un ejrcito, que se engrosaba de da en da, y que
deba servir a contener la Repblica en la obediencia y a llevar el
estandarte de la santa causa a todos los pueblos vecinos.

No era slo el ejrcito la fuerza que haba sustitudo a la adhesin de
la campaa y a la opinin pblica de la _ciudad_. Dos pueblos distintos
de razas diversas vinieron en su apoyo. Existe en Buenos Aires una
multitud de negros, de los millares quitados por los corsarios durante
la guerra del Brasil. Forman asociaciones segn los pueblos africanos a
que pertenecen, tienen reuniones pblicas, caja municipal, y un fuerte
espritu de cuerpo que los sostiene en medio de los blancos.

Los africanos son conocidos por todos los viajeros como una raza
guerrera, llena de imaginacin y de fuego, y aunque feroces cuando estn
excitados, dciles, fieles y adictos al amo o a los que los ocupa. Los
europeos que penetran en el interior del Africa toman negros a su
servicio, que los defiende de los otros negros, y se exponen por ellos a
los mayores peligros.

Rosas se form una opinin pblica, un pueblo adicto en la poblacin
negra de Buenos Aires, y confi a su hija doa Manuelita esta parte de
su gobierno. La influencia de las negras para con ella, su favor para
con el Gobierno, han sido siempre sin lmites. Un joven sanjuanino
estaba en Buenos Aires cuando Lavalle se acercaba en 1840; haba pena de
la vida para el que saliese del recinto de la ciudad. Una negra vieja
que en otro tiempo haba pertenecido a su familia y haba sido vendida
en Buenos Aires, lo reconoce; sabe que est detenido: Amito--le dice--,
cmo no me haba avisado? En el momento voy a conseguirle
pasaporte.--T?--Yo, amito; la seorita Manuelita no me lo negar. Un
cuarto de hora despus la negra volva con el pasaporte firmado por
Rosas, con orden a las partidas de dejarlo salir libremente.

Los negros ganados as para el Gobierno ponan en manos de Rosas un
celoso espionaje en el seno de cada familia, por los sirvientes y
esclavos, proporcionndole, adems, excelentes e incorruptibles soldados
de otro idioma y de una raza salvaje. Cuando Lavalle se acerc a Buenos
Aires, el Fuerte y Santos Lugares estaban llenos, a falta de soldados,
de negras entusiastas vestidas de hombre para engrosar las fuerzas. La
adhesin de los negros di al poder de Rosas una base indestructible.
Felizmente, las continuas guerras han exterminado ya la parte masculina
de esta poblacin, que encontraba su patria y su manera de gobernar en
el amo a quien serva. Para intimar la campaa, atrajo a los fuertes del
Sur algunas tribus salvajes, cuyos caciques estaban a sus rdenes.

Asegurados estos puntos principales, el tiempo ir consolidando la obra
de organizacin unitaria que el crimen haba iniciado, y sostenan la
decepcin y la astucia. La Repblica as reconstruda, sofocado el
federalismo de las provincias, y por persuasin, conveniencia o temor,
obedeciendo todos sus gobiernos a la impulsin que se les da desde
Buenos Aires, Rosas necesita salir de los lmites de su Estado para
ostentar afuera, para exhibir a la luz pblica la obra de su ingenio.
De qu le ha servido absorberse las provincias si al fin haba de
permanecer, como el doctor Francia, sin brillo en el exterior, sin
contacto ni influencia sobre los pueblos vecinos? La fuerte unidad dada
a la Repblica slo es la base firme que necesita para lanzarse y
producirse en un teatro ms elevado, porque Rosas tiene conciencia de su
valer y espera una nombrada imperecedera.

Invitado por el Gobierno de Chile, toma parte en la guerra que este
Estado hace a Santa Cruz. Qu motivos le hacen abrazar con tanto ardor
una guerra lejana y sin antecedentes para l? Una idea fija que lo
domina desde mucho antes de ejercer el Gobierno supremo de la Repblica,
a saber: la reconstruccin del antiguo virreinato de Buenos Aires.

No es que por entonces conciba apoderarse de Bolivia, sino que, habiendo
cuestiones pendientes sobre lmites, reclama la provincia de Tarija; lo
dems lo darn el tiempo y las circunstancias. A la otra orilla del
Plata tambin hay una desmembracin del virreinato: la Repblica
Oriental. All Rosas halla medios de establecer su influencia con el
gobierno de Oribe, y si no obtiene que no lo ataque la Prensa, consigue
al menos que el pacfico Rivadavia, los Agero, Varelas y otros
unitarios de nota sean expulsados del territorio oriental.

Desde entonces la influencia de Rosas se encarna ms y ms en aquella
Repblica, hasta que al fin el ex presidente Oribe se constituye en
general de Rosas, y los emigrados argentinos se confunden con los
nacionales en la resistencia que oponen a esta conquista disfrazada con
nombres especiosos. Ms tarde, y cuando el doctor Francia muere, Rosas
se niega a reconocer la independencia del Paraguay, siempre preocupado
de su idea favorita: la reconstruccin del antiguo virreinato.

Pero todas estas manifestaciones de la Confederacin Argentina no bastan
a mostrarlo en toda su luz; necestase un campo ms vasto, antagonistas
ms poderosos, cuestiones de ms brillo, una potencia europea, en fin,
con quien habrselas y mostrarle lo que es un Gobierno americano
original, y la fortuna no se esquiva esta vez para ofrecrsela.

La Francia mantena en Buenos Aires, en calidad de agente consular, un
joven de corazn y capaz de simpatas ardientes por la civilizacin y la
libertad. M. Roger est relacionado con la juventud literata de Buenos
Aires, y mira, con la indignacin de un corazn joven y francs, los
actos de inmoralidad, la subversin de todo principio de justicia y la
esclavitud de un pueblo que estima altamente. Yo no quiero entrar en la
apreciacin de los motivos ostensibles que motivaron el bloqueo de
Francia, sino en las causas que venan preparando una coalicin entre
Rosas y los agentes de los Poderes europeos. Los franceses, sobre todo,
se haban distinguido ya desde 1828 por su decisin entusiasta por la
causa que sostenan los antiguos unitarios. M. Guizot ha dicho en pleno
Parlamento que sus conciudadanos son muy entrometidos; yo no pondr en
duda autoridad tan competente; lo nico que asegurar es que, entre
nosotros, los franceses residentes se mostraron siempre franceses,
europeos y hombres de corazn; si despus en Montevideo se han mostrado
lo que en 1828, eso probar que en todos tiempos son entrometidos, o
bien, que hay algo en las cuestiones polticas del Plata que les toca
muy de cerca.

Sin embargo, yo no comprendo cmo concibe M. Guizot que en un pas
cristiano, en que los franceses residentes tienen sus hijos y su
fortuna, y esperan hacer de l su patria definitiva, han de mirar con
indiferencia el que se levante y afiance un sistema de gobierno que
destruye todas las garantas de las sociedades civilizadas, y abjura
todas las tradiciones, doctrinas y principios que ligan aquel pas a la
gran familia europea.

Si la escena fuese en Turqua o en Persia, comprendo muy bien que seran
entrometidos por dems los extranjeros que se mezclasen en las querellas
de los habitantes; entre nosotros, y cuando las cuestiones son de la
clase de las que all se ventilan, hallo muy difcil creer que el mismo
M. Guizot conservase cachaza suficiente para no desear siquiera el
triunfo de aquella causa que ms de acuerdo est con su educacin,
hbitos e ideas europeas. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que los
europeos, de cualquier nacin que sean, han abrazado con calor un
partido, y para que esto suceda, causas sociales muy profundas deben
militar para vencer el egosmo natural al hombre extranjero; ms
indiferentes se han mostrado siempre los americanos mismos.

La _Gaceta_ de Rosas se queja hasta hoy de la hostilidad puramente
personal de Purvis y otros agentes europeos que favorecen a los enemigos
de Rosas aun contra las rdenes expresas de sus Gobiernos. Estas
antipatas personales de europeos civilizados, ms que la muerte de
Bacle, prepararon el bloqueo. El joven Roger quiso poner el peso de la
Francia en la balanza en que no alcanzaba a pesar bastante el partido
europeo civilizado que destrua Rosas, y M. Martigny, tan apasionado
como l, lo secund en aquella obra ms digna de esa Francia ideal que
nos ha hecho amar la literatura francesa, que de la verdadera Francia,
que anda arrastrndose hoy da tras de todas las cuestiones de hechos
mezquinos y sin elevacin de miras.

Una desavenencia con la Francia era para Rosas el bello ideal de su
Gobierno, y no sera dado saber quin agriaba ms la discusin, si M.
Roger con sus reclamos, su deseo de hacer caer aquel tirano brbaro, o
Rosas, animado de su ojeriza contra los extranjeros y sus instituciones,
trajes, costumbres e ideas de gobierno. Este bloqueo--deca Rosas
frotndose las manos de contento y entusiasmo--va a llevar mi nombre por
todo el mundo, y la Amrica me mirar como el defensor de su
independencia. Sus anticipaciones han ido ms all de lo que l poda
prometerse, y sin duda que Mehemet-Al ni Abdel-Kader gozan hoy en la
tierra de una nombrada ms sonada que la suya.

En cuanto a Defensor de la Independencia Americana, ttulo que l se ha
arrogado, los hombres ilustrados de Amrica empiezan hoy a disputrselo,
y acaso los hechos vengan tristemente a mostrar que slo Rosas poda
echar a la Europa sobre la Amrica y forzarla a intervenir en las
cuestiones que de este lado del Atlntico se agitan. La triple
intervencin que se anuncia es la primera que ha tenido lugar en los
nuevos Estados americanos.

El bloqueo francs fu la va pblica por la cual lleg a manifestarse
sin embozo el sentimiento llamado propiamente _americanismo_. Todo lo
que de brbaros tenemos; todo lo que nos separa de la Europa culta, se
mostr desde entonces en la Repblica Argentina organizado en sistema y
dispuesto a formar de nosotros una entidad aparte de los pueblos de
procedencia europea. A la par de la destruccin de todas las
instituciones que nos esforzamos por todas partes en copiar a la Europa,
iba la persecucin al frac, a la moda, a las patillas, a los peales del
calzn, a la forma del cuello del chaleco y al peinado que traa el
figurn; y a estas exterioridades europeas se sustitua el pantaln
ancho y suelto, el chaleco colorado, la chaqueta corta, el poncho, como
trajes nacionales, eminentemente americanos, y este mismo don Baldomero
Garca que hoy nos trae a Chile el _Mueran los salvajes, asquerosos,
inmundos unitarios_, como signo de conciliacin y de paz, fu botado a
empujones del Fuerte un da en que, como magistrado, acuda a un
besamanos, por tener el salvajismo asqueroso e inmundo de presentarse
con frac.

Desde entonces la _Gaceta_ cultiva, ensancha, agita y desenvuelve en el
nimo de sus lectores el odio a los europeos, el desprecio de los
europeos que quieren conquistarnos. A los franceses los llama
_titiriteros tiosos_; a Luis Felipe, _guarda chanchos_ unitario, y a la
poltica europea, _brbara_, _asquerosa_, _brutal_, _sanguinaria_,
_cruel_, _inhumana_. El bloqueo principia y Rosas escoge medios de
resistirlo, dignos de una guerra entre l y Francia. Quita a los
catedrticos de las Universidades sus rentas; a las escuelas primarias
de hombres y de mujeres, las dotaciones cuantiosas que Rivadavia les
haba asignado; cierra todos los establecimientos filantrpicos; los
locos son arrojados a las calles, y los vecinos se encargan de encerrar
en sus casas a aquellos peligrosos desgraciados.

No hay una exquisita penetracin en estas medidas? No se hace la
verdadera guerra a la Francia, que en luces est a la cabeza de la
Europa, atacndola en la educacin pblica? El Mensaje de Rosas anuncia
todos los aos que el celo de los ciudadanos mantiene los
establecimientos pblicos. Brbaro! Es la _ciudad_, que trata de
salvarse de no ser convertida en pampa si abandona la educacin que la
liga al mundo civilizado! Efectivamente: el doctor Alcorta y otros
jvenes dan lecciones gratis en la Universidad durante muchos aos, a
fin de que no se cierren los cursos; los maestros de escuela continan
enseando y piden a los padres de familia una limosna para vivir, porque
quieren continuar dando lecciones.

La Sociedad de Beneficencia recorre secretamente las casas en busca de
suscripciones; improvisa recursos para mantener a las heroicas maestras,
que, con tal que no se mueran de hambre, han jurado no cerrar sus
escuelas, y el 25 de Mayo presentan sus millares de alumnas todos los
aos, vestidas de blanco, a mostrar su aprovechamiento en los exmenes
pblicos... Ah, corazones de piedra! Nos preguntaris todava por qu
combatimos?

Diera con lo que precede por terminadas las consecuencias que de la vida
de Facundo Quiroga se han derivado en los hechos histricos y en la
poltica de la Repblica Argentina, si por conclusin de estos apuntes
an no me quedara que apreciar las consecuencias morales que ha trado
la lucha de las campaas pastoras con las ciudades y los resultados, ya
favorables, ya adversos, que ha dado para el porvenir de la Repblica.




CAPTULO II

PRESENTE Y PORVENIR

    Aprs avoir t conqurant, aprs
    s'tre dploy tout entier, il s'puise,
    il a fait son temps, il est conquis
    lui mme: ce jour-l il quitte la scne
    du monde, parce qu'alors il est
    devenu inutile  l'humanit.

    COUSIN.



El bloqueo de la Francia duraba dos aos haba, y el Gobierno
_americano_, animado del espritu _americano_, haca frente a la
Francia, al principio europeo, a las pretensiones europeas. El bloqueo
francs, empero, haba sido fecundo en resultados sociales para la
Repblica Argentina, y serva a manifestar en toda su desnudez la
situacin de los espritus y los nuevos elementos de lucha que deban
encender la guerra encarnizada que slo puede terminar con la cada de
aquel Gobierno monstruoso. El Gobierno personal de Rosas continuaba sus
estragos en Buenos Aires, su fusin _unitaria_ en el interior, al paso
que en el exterior se presentaba haciendo frente gloriosamente a las
pretensiones de una potencia europea y reivindicando el poder americano
contra toda tentativa de invasin. Rosas ha probado--se deca por toda
la Amrica, y aun se dice hoy--que la Europa es demasiado dbil para
conquistar un Estado americano que quiere sostener sus derechos.

Sin negar esta verdad incuestionable, yo creo que lo que Rosas puso de
manifiesto es la supina ignorancia en que viven en Europa sobre los
intereses europeos en Amrica, y los verdaderos medios de hacerlos
prosperar sin menoscabo de la independencia americana. A Rosas, adems,
debe la Repblica Argentina en estos ltimos aos haber llenado de su
nombre, de sus luchas y de la discusin de sus intereses el mundo
civilizado y pustola en contacto ms inmediato con la Europa, forzando
a sus sabios y a sus polticos a contraerse a estudiar este mundo
trasatlntico, que tan importante papel est llamado a figurar en el
mundo futuro.

Yo no digo que hoy estn mucho ms avanzados en conocimientos, sino que
ya estn en vas de experimento y que al fin la verdad ha de ser
conocida. Mirado el bloqueo francs bajo su aspecto material, es un
hecho obscuro que a ningn resultado histrico conduce; Rosas cede de
sus pretensiones, la Francia deja pudrirse sus buques en las aguas del
Plata; he aqu toda la historia del bloqueo.

La aplicacin del nuevo sistema de Rosas haba trado un resultado
singular, a saber: que la poblacin de Buenos Aires se haba fugado y
reundose en Montevideo. Quedaban, es verdad, en la orilla izquierda del
Plata las mujeres, los hombres materiales, _aquellos que pacen su pan
bajo la frula de cualquier tirano_; los hombres, en fin, para quienes
el inters de la libertad, la civilizacin y la dignidad de la patria es
posterior al de comer o dormir; pero toda aquella escasa porcin de
nuestras sociedades y de todas las sociedades humanas, para la cual
entra por algo en los negocios de la vida el vivir bajo un gobierno
racional y preparar sus destinos futuros, se hallaba reunida en
Montevideo, adonde, por otra parte, con el bloqueo y la falta de
seguridad individual, se haba trasladado el comercio de Buenos Aires y
las principales casas extranjeras.

Hallbanse, pues, en Montevideo los antiguos unitarios con todo el
personal de la administracin de Rivadavia, sus mantenedores, 18
generales de la Repblica, sus escritores, los excongresales, etc.;
estaban ah, adems, los federales de la _ciudad_, emigrados de 1833
adelante; es decir, todas las notabilidades hostiles a la Constitucin
de 1826 expulsadas por Rosas con el apodo de _lomos negros_. Venan
despus los fautores de Rosas, que no haban podido ver sin horror la
obra de sus manos, o que, sintiendo aproximarse a ellos el cuchillo
exterminador, haban, como Tallien y los termidorianos, intentado salvar
sus vidas y la patria, destruyendo lo mismo que ellos haban creado.

Ultimamente haba llegado a reunirse en Montevideo un cuarto elemento
que no era ni unitario, ni federal, ni exrosista, y que ninguna afinidad
tena con aqullos, compuesto de la nueva generacin que haba llegado a
la virilidad en medio de la destruccin del orden antiguo y la
plantacin del nuevo. Como Rosas ha tenido tan buen cuidado y tanto
tesn de hacer creer al mundo que sus enemigos son hoy los unitarios del
ao 26, creo oportuno entrar en algunos detalles sobre esta ltima faz
de las ideas que han agitado la Repblica.

La numerosa juventud que el Colegio de Ciencias Morales, fundado por
Rivadavia, haba reunido de todas las provincias, la que la Universidad,
el Seminario y los muchos establecimientos de educacin que pululaban en
aquella ciudad que tuvo un da el candor de llamarse la _Atenas_
americana haban preparado para la vida pblica, se encontraba sin foro,
sin Prensa, sin tribuna, sin esa vida pblica, sin teatro, en fin, en
que ensayar las fuerzas de una inteligencia juvenil y llena de
actividad. Por otra parte, el contacto inmediato que con la Europa
haban establecido la revolucin de la Independencia, el comercio y la
administracin de Rivadavia tan eminentemente europea, haba echado a la
juventud argentina en el estudio del movimiento poltico y literario de
la Europa y de la Francia sobre todo.

El romanticismo, el eclecticismo, el socialismo, todos aquellos diversos
sistemas de ideas tenan acalorados adeptos, y el estudio de las teoras
sociales se haca a la sombra del despotismo ms hostil a todo
desenvolvimiento de ideas. El doctor Alsina, dando leccin en la
Universidad sobre legislacin, despus de explicar lo que era el
despotismo, aada esta frase final: En suma, seores: quieren ustedes
tener una idea cabal de lo que es el despotismo? Ah tienen ustedes el
Gobierno de don Juan Manuel Rosas con facultades extraordinarias. Una
lluvia de aplausos siniestros y amenazadores ahogaba la voz del osado
catedrtico.

Al fin esa juventud que se esconde con sus libros europeos a estudiar en
secreto, con su Sismondi, su Lherminier, su Tocqueville, sus revistas
_Britnicas_, de _Ambos Mundos_, _Enciclopdica_, su Jouffroi, su
Cousin, su Guizot, etc., etc., se interroga, se agita, se comunica, y al
fin se asocia indeliberadamente, sin saber fijamente para qu, llevada
de una impulsin que cree puramente literaria, como si las letras
corrieran peligro de perderse en aquel mundo brbaro, o como si la buena
doctrina perseguida en la superficie necesitase ir a esconderse en el
asilo subterrneo de las catacumbas para salir de all compacta y
robustecida a luchar con el poder.

El Saln Literario de Buenos Aires fu la primera manifestacin de este
espritu nuevo. Algunas publicaciones peridicas, algunos opsculos en
que las doctrinas europeas aparecan mal digeridas an fueron sus
primeros ensayos. Hasta entonces nada de polticas, nada de partidos;
an haba muchos jvenes que, preocupados con las doctrinas histricas
francesas, creyeron que Rosas, su Gobierno, su sistema original, su
reaccin contra la Europa era una manifestacin nacional americana, una
civilizacin, en fin, con sus caracteres y formas peculiares. No entrar
a apreciar ni la importancia real de estos estudios ni las fases
incompletas, presuntuosas y aun ridculas que presentaba aquel
movimiento literario; eran ensayos de fuerzas inexpertas y juveniles que
no mereceran recuerdo si no fuesen precursores de un movimiento ms
fecundo en resultados. Del seno del Saln Literario se desprendi un
grupo de cabezas inteligentes que, asocindose secretamente, proponase
formar un carbonarismo que deba echar en toda la Repblica las bases de
una reaccin civilizada contra el Gobierno brbaro que haba triunfado.

Tengo, por fortuna, el acta original de esta asociacin a la vista, y
puedo con satisfaccin contar los nombres que la suscribieron. Los que
los llevan estn hoy diseminados por Europa y Amrica, excepto algunos
que han pagado a la patria su tributo con una muerte gloriosa en los
campos de batalla.

Casi todos los que sobreviven son hoy literatos distinguidos, y si un
da los poderes intelectuales han de tener parte en la direccin de los
negocios de la Repblica Argentina, muchos y muy completos instrumentos
hallar en esta escogida plyade largamente preparada por el talento, el
estudio, los viajes, la desgracia y el espectculo de los errores y
desaciertos que han presenciado o cometido ellos mismos.

En nombre de Dios--dice el acta--, de la patria, de los hroes y
mrtires de la Independencia Americana; en nombre de la sangre y de las
lgrimas intilmente derramadas en nuestra guerra civil, todos y cada
uno de los miembros de la asociacin de la joven generacin argentina:

Creyendo que todos los hombres son iguales;

Que todos son libres, que todos son hermanos, iguales en derechos y
deberes;

Libres en el ejercicio de sus facultades para el bien de todos;

Hermanos para marchar a la conquista de aquel bien y al lleno de los
destinos humanos;

Creyendo en el progreso de la humanidad; teniendo fe en el porvenir;

Convencidos de que la unin constituye la fuerza;

Que no puede existir fraternidad ni unin sin el vnculo de los
principios;

Y deseando consagrar sus esfuerzos a la libertad y felicidad de su
patria y a la regeneracin completa de la sociedad argentina,

1. Juran concurrir con su inteligencia, sus bienes y sus brazos a la
realizacin de los principios formulados en las _palabras simblicas_
que forman las bases del pacto de la alianza;

2. Juran no desistir de la empresa sean cuales fueren los peligros que
amaguen a cada uno de los miembros sociales;

3. Juran sostenerlos a todo trance y usar de todos los medios que
tengan en sus manos para difundirlos y propagarlos, y

4. Juran fraternidad recproca, unin estrecha y perpetuo silencio
sobre lo que pueda comprometer la existencia de la Asociacin.

Las _palabras simblicas_, no obstante la obscuridad emblemtica del
ttulo, eran slo el credo poltico que reconoce y confiesa el mundo
cristiano, con la sola agregacin de la prescindencia de los asociados
de las ideas e intereses que antes haban dividido a unitarios y
federales, con quienes podan ahora armonizar, puesto que la comn
desgracia los haba unido en el destierro.

Mientras estos nuevos apstoles de la Repblica y de la civilizacin
europea se preparaban a poner a prueba sus juramentos, la persecucin de
Rosas llegaba ya hasta ellos, jvenes sin antecedentes polticos,
despus de haber pasado por sus partidarios mismos, por los federales
_lomos negros_ y por los antiguos unitarios. Fueles preciso, pues,
salvar con sus vidas las doctrinas que tan sensatamente haban
formulado, y Montevideo vi venir, unos en pos de otros, centenares de
jvenes que abandonaban su familia, sus estudios y sus negocios para ir
a buscar a la ribera oriental del Plata un punto de apoyo para
desplomar, si podan, aquel poder sombro que se haca un parapeto de
cadveres y tena de avanzada una horda de asesinos legalmente
constituda.

He necesitado entrar en estos pormenores para caracterizar un gran
movimiento que se operaba por entonces en Montevideo y que ha
escandalizado a la Amrica dando a Rosas una poderosa arma moral para
robustecer su Gobierno y su principio _americano_. Hablo de la alianza
de los enemigos de Rosas con los franceses que bloqueaban a Buenos
Aires, que Rosas ha echado en cara eternamente como un baldn a los
unitarios. Pero en honor de la verdad histrica y de la justicia, debo
declarar, ya que la ocasin se presenta, que los verdaderos unitarios,
los hombres que figuraron hasta 1829, no son responsables de aquella
alianza; los que cometieron aquel delito de leso americanismo; los que
se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilizacin europea,
sus instituciones, hbitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los
jvenes; en una palabra: fuimos _nosotros_! S muy bien que en los
estados americanos halla eco Rosas, aun entre hombres liberales y
eminentemente civilizados, sobre este delicado punto, y que para muchos
es todava un error afrentoso el haberse asociado los argentinos a los
_extranjeros_ para derrocar a un tirano. Pero cada uno debe reposar en
sus convicciones, y no descender a justificarse de lo que cree
firmemente y sostiene de palabra y obra. As, pues, dir en despecho de
quienquiera que sea, que la gloria de haber comprendido que haba
alianza ntima entre los enemigos de Rosas y los poderes civilizados de
Europa, nos perteneci toda entera a nosotros.

Los unitarios ms eminentes, como los americanos, como Rosas y sus
satlites, estaban demasiado preocupados de esa idea de la nacionalidad,
que es patrimonio del hombre desde la tribu salvaje y que le hace mirar
con horror al extranjero.

En los pueblos castellanos este sentimiento ha ido hasta convertirse en
una pasin brutal capaz de los mayores y ms culpables excesos, capaz
del suicidio. La juventud de Buenos Aires llevaba consigo esta idea
fecunda de la fraternidad de intereses con la Francia y la Inglaterra;
llevaba el amor a los pueblos europeos asociado al amor a la
civilizacin, a las instituciones y a las letras que la Europa nos haba
legado, y que Rosas destrua en nombre de Amrica, sustituyendo otro
vestido al vestido europeo, otras leyes a las leyes europeas, otro
gobierno al gobierno europeo.

Esta juventud, impregnada de las ideas civilizadoras de la literatura
europea, iba a buscar en los europeos enemigos de Rosas sus antecesores,
sus padres, sus modelos; el apoyo contra la Amrica tal como la
presentaba Rosas: brbara como el Asia, desptica y sanguinaria como la
Turqua, persiguiendo y despreciando la inteligencia como el
mahometismo.

Si los resultados no han correspondido a sus expectaciones, suya no fu
la culpa, ni los que les afean aquella alianza pueden tampoco
vanagloriarse de haber acertado mejor; pues si los franceses pactaron al
fin con el tirano, no por eso intentaron nada contra la independencia
argentina, y si por un momento ocuparon la isla de Martn Garca,
llamaron luego un jefe argentino que se hiciese cargo de ella. Los
argentinos, antes de asociarse a los franceses haban exigido
declaraciones pblicas de parte de los bloqueadores de respetar el
territorio argentino, y las haban obtenido solemnes.

En tanto, la idea que tanto combatieron los unitarios al principio, y
que llamaban una traicin a la patria, se generaliz y los domin y
someti a ellos mismos, y cunde hoy por toda la Amrica y se arraiga en
los nimos.

En Montevideo, pues, se asociaron la Francia y la Repblica Argentina
europea para derrocar el monstruo del _americanismo_ hijo de la Pampa;
desgraciadamente, dos aos se perdieron en debates, y cuando la alianza
se firm, la cuestin de Oriente requiri las fuerzas navales de
Francia, y los aliados argentinos quedaron solos en la brecha. Por otra
parte, las preocupaciones unitarias estorbaron que se adoptasen los
verdaderos medios militares y revolucionarios para obrar contra el
tirano, yendo a estrellarse los esfuerzos intentados contra los
elementos que se haban dejado formarse ms poderosos.

M. Martigny, uno de los pocos franceses que habiendo vivido largo tiempo
entre los americanos, saba comprender sus intereses y los de Francia en
Amrica, francs de corazn que deploraba todos los das los extravos,
preocupaciones y errores de esos mismos argentinos a quienes quera
salvar, deca de los antiguos unitarios: son los emigrados franceses de
1789; no han olvidado nada ni aprendido nada. Y efectivamente: vencidos
en 1829 por la _montonera_, crean que todava la montonera era un
elemento de guerra, y no queran formar ejrcito de lnea; dominados
entonces por las campaas pastoras, crean ahora intil apoderarse de
Buenos Aires; con preocupaciones invencibles contra los _gauchos_, los
miraban an como sus enemigos naturales, parodiando, sin embargo, su
tctica guerrera, sus hordas de caballera y hasta su traje en los
ejrcitos.

Una revolucin radical, empero, se haba estado operando en la
Repblica, y el haberla comprendido a tiempo habra bastado para
salvarla. Rosas, elevado por la campaa y apenas asegurado del Gobierno,
se haba consagrado a quitarle todo su poder. Por el veneno, por la
traicin, por el cuchillo, haba dado muerte a todos los comandantes de
campaa que haban ayudado a su elevacin, y sustitudo en su lugar
hombres sin capacidad, sin reputacin, armados, sin embargo, del poder
de matar sin responsabilidad.

Las atrocidades de que era teatro sangriento Buenos Aires haban, por
otra parte, hecho huir a la campaa a una inmensa multitud de
ciudadanos, que, mezclndose con los gauchos, iban obrando lentamente
una fusin radical entre los hombres del campo y los de la ciudad; la
comn desgracia los reuna; unos y otros execraban aquel monstruo
sediento de sangre y de crmenes, ligndolos para siempre en un voto
comn. La campaa, pues, haba dejado de pertenecer a Rosas, y su poder,
faltndole aquella base y la de la opinin pblica, haba ido a apoyarse
en una horda de asesinos disciplinados y en un ejrcito de lnea. Rosas,
ms perspicaz que los unitarios, se haba apoderado del arma que ellos
gratuitamente abandonaban: la infantera y el can. Desde 1835
disciplinaba rigurosamente sus soldados, y cada da se desmontaba un
escuadrn para engrosar los batallones.

No por eso Rosas contaba con el espritu de sus tropas, como no contaba
con la campaa ni con los ciudadanos. Las conspiraciones cruzaban
diariamente sus hilos que venan de diversos focos, y la unanimidad del
designio haca por la exuberancia misma de los medios, casi imposible
llevar nada a cabo. Ultimamente, la mayor parte de sus jefes y todos los
cuerpos de lnea estaban complicados en una conjuracin que encabezaba
el joven coronel Maza, quien, teniendo en sus manos la suerte de Rosas
durante cuatro meses, perda un tiempo precioso en comunicarse con
Montevideo y revelar sus planes.

Al fin sucedi lo que deba de suceder: la conspiracin fu descubierta,
y Maza muri llevndose consigo el secreto de la complicidad de la mayor
parte de los jefes que continan hoy al servicio de Rosas. Ms tarde, no
obstante este contraste, estall la sublevacin en masa de la campaa,
encabezada por el coronel Cramer, Castelli y centenares de hacendados
pacficos. Pero aun esta revolucin tuvo mal xito, y setecientos
gauchos pasaron por la angustia de abandonar su pampa y su parejero y
embarcarse para ir a continuar en otra parte la guerra. Todos estos
inmensos elementos estaban en poder de los unitarios, pero sus
preocupaciones no les dejaban aprovecharlos; pedan ante todo que
aquellas fuerzas nuevas, actuales, se subordinasen a nombres antiguos y
pasados.

No conceban la revolucin sino bajo las rdenes de Soler, Alvear,
Lavalle u otro de reputacin, de gloria clsica; y mientras tanto,
suceda en Buenos Aires lo que en Francia haba sucedido en 1830, a
saber: que todos los generales queran la revolucin, pero les faltaba
corazn y entraas; estaban gastados, como esos centenares de generales
franceses que en los das de julio cosecharon los resultados del valor
del pueblo, a quien no quisieron prestar su espada para triunfar.
Faltronnos los jvenes de la Escuela Politcnica para que encabezasen a
una ciudad que slo peda una voz de mando para salir a las calles y
desbaratar la mazorca y desalojar al canbal. La mazorca, malogradas
estas tentativas, se encarg de la fcil tarea de inundar las calles de
sangre y de helar el nimo de los que sobrevivan a fuerza de crmenes.

El Gobierno francs, al fin, mand a M. Mackau a terminar a _todo
trance_ el bloqueo, y con los conocimientos de M. Mackau sobre las
cuestiones americanas, se firm un tratado que dejaba a merced de Rosas
el ejrcito de Lavalle, que llegaba en aquellos momentos mismos a las
goteras de Buenos Aires y malograba para la Francia las simpatas
profundas de los argentinos por ella y la de los franceses por los
argentinos; porque la fraternidad galo-argentina estaba cimentada en una
afeccin profunda de pueblo a pueblo, y en tal comunidad de intereses e
ideas, que aun hoy, despus de los desbarros de la poltica francesa,
no ha podido en tres aos despegar de las murallas de Montevideo a los
heroicos extranjeros que se han aferrado a ellas como al ltimo
atrincheramiento que a la civilizacin europea queda en las mrgenes del
Plata. Quiz esta ceguedad del Ministerio ha sido til a la Repblica
Argentina; era preciso que desencantamiento semejante nos hubiese hecho
conocer la Francia poder, la Francia gobierno, muy distinta de esa
Francia ideal y bella, generosa y cosmopolita, que tanta sangre ha
derramado por la libertad, y que sus libros, sus filsofos, sus revistas
nos hacan amar desde 1810.

La poltica que al Gobierno francs trazan todos sus publicistas,
Considerant, Damiront y otros, simptica por el progreso, la libertad y
la civilizacin, podra haberse puesto en ejercicio en el Ro de la
Plata, sin que por eso bambolease el trono de Luis Felipe, que han
credo acuar con la esclavitud de la Italia, de la Polonia y de la
Blgica; y la Francia habra cosechado en influencias y simpatas lo que
no le di su pobre tratado Mackau, que afianzaba un poder hostil por
naturaleza a los intereses europeos, que no pueden medrar en Amrica
sino bajo la sombra de instituciones civilizadoras y libres. Digo lo
mismo con respecto a la Inglaterra, cuya poltica en el Ro de la Plata
hara sospechar que tiene el secreto designio de dejar debilitarse, bajo
el despotismo de Rosas, aquel espritu que la rechaz en 1807, para
volver a probar fortuna cuando una guerra europea u otro gran movimiento
deja la tierra abandonada al pillaje, y aadir esta posesin a las
concesiones necesarias para firmar un tratado, como el definitivo de
Viena, en que se hizo conceder Malta, El Cabo y otros territorios
adquiridos por un golpe de mano. Porque, cmo sera posible concebir de
otro modo, si la ignorancia en que viven en Europa de la situacin de
Amrica no lo disculpase; cmo sera posible concebir, digo, que la
Inglaterra, tan solcita en formarse mercados para sus manufacturas,
haya estado durante veinte aos viendo tranquilamente, si no coadyuvando
en secreto a la aniquilacin de todo principio civilizador en las
orillas del Plata y dando la mano para que se levante cada vez que le ha
visto bambolearse al tiranuelo ignorante que ha puesto una barra al ro
para que la Europa no pueda penetrar hasta el corazn de la Amrica a
sacar las riquezas que encierra y que nuestra inhabilidad desperdicia?
Cmo tolerar al enemigo implacable de los _extranjeros_ que, con su
inmigracin a la sombra de un Gobierno simptico a los europeos y
protector de la seguridad individual, habran poblado en estos ltimos
veinte aos las costas de nuestros inmensos ros y realizado los mismos
prodigios que en menos tiempo se han consumado en las riberas del
Mississip? Quiere la Inglaterra consumidores, cualquiera que el
Gobierno de un pas sea? Pero, qu han de consumir 600.000 gauchos,
pobres, sin industria, como sin necesidades, bajo un Gobierno que,
extinguiendo las costumbres y gustos europeos, disminuye necesariamente
el consumo de productos europeos? Habremos de creer que la Inglaterra
desconoce hasta este punto sus intereses en Amrica? Ha querido poner
su mano poderosa para que no se levante en el sur de la Amrica un
Estado como el que ella engendr en el norte? Qu ilusin! Ese Estado
se levantar en despecho suyo, aunque sieguen sus retoos cada ao,
porque la grandeza del Estado est en la pampa pastora, en las
producciones tropicales del Norte y en el gran sistema de ros
navegables cuya aorta es el Plata. Por otra parte, los espaoles no
somos ni navegantes ni industriosos, y la Europa nos proveer por
largos siglos de sus artefactos, en cambio de nuestras materias
primeras; y ella y nosotros ganaremos en el cambio; la Europa nos pondr
el remo en la mano y nos remolcar ro arriba, hasta que hayamos
adquirido el gusto de la navegacin.

Se ha repetido de orden de Rosas en todas las Prensas europeas que l es
el nico capaz de gobernar en los pueblos semibrbaros de la Amrica. No
es tanto de la Amrica tan ultrajada que me lastimo, sino de las pobres
manos que se han dejado guiar para estampar esas palabras. Es muy
curioso que slo sea capaz de gobernar aqul que no ha podido obtener un
da de reposo, y que despus de haber destrozado, envilecido y
ensangrentado su patria, se encuentra que, cuando crea cosechar el
triunfo de tantos crmenes, est enredado con tres Estados americanos:
con el Uruguay, el Paraguay y el Brasil, y que aun le quedan a su
retaguardia Chile y Bolivia, con quienes tiene todas las exterioridades
del estado de guerra; porque por ms precauciones que el Gobierno de
Chile tome para no malquistarse con el monstruo, la malquerencia est en
el modo de ser ntimo de ambos pueblos, en las instituciones que los
rigen y las tendencias diversas de su poltica. Para saber lo que Rosas
pretender de Chile, basta tomar la Constitucin del Estado; pues bien:
ah est la guerra; entregadle la Constitucin, ya sea directa o
indirectamente, y la paz vendr en pos, esto es, estaris conquistados
para el Gobierno _americano_.

La Europa, que ha estado diez aos alejndose del contacto con la
Repblica Argentina, se ve llamada hoy por el Brasil para que lo proteja
contra el malestar que le hace sufrir la proximidad de Rosas. No
acudir a este llamado? Acudir ms tarde, no haya miedo; acudir cuando
la Repblica misma salga del aturdimiento en que la han dejado los
millares de asesinatos con que la han amedrentado, porque los asesinatos
no constituyen un Estado; acudir cuando el Uruguay y el Paraguay pidan
que se haga respetar el tratado hecho entre el len y el cordero;
acudir cuando la mitad de la Amrica del Sur se halle trastornada por
el desquiciamiento que trae la subversin de todo principio de moral y
de justicia.

La Repblica Argentina est organizada hoy en una mquina de guerra, que
no puede dejar de obrar sin anular el poder que ha absorbido todos los
intereses sociales. Concluda en el interior la guerra, ha salido ya al
exterior; el Uruguay no sospechaba ahora diez aos que l tuviese que
habrselas con Rosas; el Paraguay no se lo imaginaba ahora cinco; el
Brasil no lo tema ahora dos; Chile no lo sospechaba todava; Bolivia lo
mirara como ridculo; pero ello vendr por la naturaleza de las cosas,
porque esto no depende de la voluntad de los pueblos ni de los
Gobiernos, sino de las condiciones inherentes a toda faz social. Los que
esperan que el mismo hombre ha de ser primero el azote de su pueblo y el
reparador de sus males despus, el destructor de las instituciones que
traen la sancin de la humanidad civilizada y el organizador de la
sociedad, conocen muy poco la Historia. Dios no procede as: un hombre,
una poca para cada faz, para cada revolucin, para cada progreso.

No es mi nimo trazar la historia de este reinado del terror, que dura
desde 1832 hasta 1845, circunstancia que lo hace nico en la historia
del mundo. El detalle de todos sus espantosos excesos no entra en el
plan de mi trabajo. La historia de las desgracias humanas y de los
extravos a que puede entregarse un hombre cuando goza del poder sin
freno, se engrosar en Buenos Aires de horribles y raros datos. Slo he
querido pintar el origen de este Gobierno y ligarlo a los antecedentes,
caracteres, hbitos y accidentes nacionales que ya desde 1810 venan
pugnando por abrirse paso y apoderarse de la sociedad. He querido,
adems, mostrar los resultados que ha trado y las consecuencias de
aquella espantosa subversin de todos los principios en que reposan las
sociedades humanas.

Hay un vaco en el Gobierno de Rosas que por ahora no me es dado sondar,
pero que el vrtigo que ha enloquecido a la sociedad ha ocultado hasta
aqu. Rosas no _administra_; no gobierna en el sentido oficial de la
palabra. Encerrado meses en su casa, sin dejarse ver de nadie, l solo
dirige la guerra, las intrigas, el espionaje, la mazorca, todos los
diversos resortes de su tenebrosa poltica; todo lo que no es til para
la guerra, todo lo que no perjudica a sus enemigos, no forma parte del
Gobierno, no entra en la administracin.

Pero no se vaya a creer que Rosas no ha conseguido hacer progresar la
Repblica que despedaza, no; es un grande y poderoso instrumento de la
Providencia, que realiza todo lo que al porvenir de la patria interesa.
Ved cmo. Exista antes de l y de Quiroga el espritu federal en las
provincias, en las ciudades, en los federales y en los unitarios mismos;
l lo extingue, y organiza en provecho suyo el sistema unitario que
Rivadavia quera en provecho de todos. Hoy todos esos caudillejos del
interior, degradados, envilecidos, tiemblan de desagradarlo y no
respiran sin su consentimiento. La idea de los unitarios est realizada;
slo est de ms el tirano; el da que un buen Gobierno se establezca,
hallar las resistencias locales vencidas y todo dispuesto para la
_unin_.

La guerra civil ha llevado a los porteos al interior, y a los
provincianos de unas provincias a otras. Los pueblos se han conocido, se
han estudiado y se han acercado ms de lo que el tirano quera; de ah
viene su cuidado de quitarles los correos, de violar la correspondencia
y vigilarlos a todos. La _unin_ es ntima.

Existan antes dos sociedades diversas: las _ciudades_ y las campaas;
echndose las campaas sobre las _ciudades_ se han hecho ciudadanos los
gauchos y simpatizado con la causa de las ciudades.

La montonera ha desaparecido con la despoblacin de La Rioja, San Luis,
Santa Fe y Entre Ros, sus focos antiguos, y hoy los _gauchos_ de las
tres primeras corretean los llanos y la Pampa en sostn de los enemigos
de Rosas. Aborrece Rosas a los extranjeros? Los extranjeros toman parte
en favor de la civilizacin americana, y durante tres aos burlan en
Montevideo su poder y muestran a toda la Repblica que no es invencible
Rosas, y que aun puede lucharse contra l. Corrientes vuelve a armarse,
y bajo las rdenes del ms hbil y ms europeo general que la Repblica
tiene, se est preparando ahora a principiar la lucha _en forma_, porque
todos los errores pasados son otras tantas lecciones para lo venidero.
Lo que ha hecho Corrientes lo han de hacer ms hoy, ms maana, todas
las provincias, porque les va en ello la vida y el porvenir.

Ha privado a sus conciudadanos de todos los derechos y desnuddolos de
toda garanta? Pues bien: no pudiendo hacer lo mismo con los
extranjeros, stos son los nicos que se pasean con seguridad en Buenos
Aires. Cada contrato que un hijo del pas necesita celebrar, lo hace
bajo la firma de un extranjero, y no hay sociedad, no hay negocio en que
los extranjeros no tengan parte. De manera que el derecho y las
garantas existen en Buenos Aires bajo el despotismo ms horrible. Qu
buen sirviente parece este irlands!--deca a su patrn un transente
por Buenos Aires. S--contestaba aqul--; lo he tomado por eso: porque
estoy seguro de no ser espiado por mis criados y porque me presta su
firma para todos mis contratos. Aqu slo estos sirvientes tienen segura
su vida y sus propiedades.

Los gauchos, la plebe y los compadritos lo elevaron? Pues l los
extinguir: sus ejrcitos los devorarn. Hoy no hay lechero, sirviente,
panadero, pen, gan ni cuidador de ganado que no sea alemn, ingls,
vasco, italiano, espaol, porque es tal el consumo de hombres que ha
hecho en diez aos; tanta carne humana necesita el _americanismo_, que
al cabo la poblacin americana se agota y va toda a enregimentarse en
los cuadros que la metralla ralea desde que el sol sale hasta que
anochece.

Cuerpo hay al frente de Montevideo que no conserva hoy un soldado y slo
dos oficiales de los que lo compusieron al principio. La poblacin
argentina desaparece, y la extranjera ocupa su lugar en medio de los
gritos de la mazorca y de la _Gaceta_: _Mueran los extranjeros!_ Como
la unidad se realiza gritando: _Mueran los unitarios!_ Como la
federacin ha muerto gritando: _Viva la federacin!_

No quiere Rosas que se naveguen los ros? Pues bien: el Paraguay toma
las armas para que se le permita navegarlos libremente; se asocia a los
enemigos de Rosas, al Uruguay, a la Inglaterra y a la Francia, que todos
desean que se deje el trnsito libre para que se exploten las inmensas
riquezas del corazn de la Amrica. Bolivia se asociar, quiera que no,
a este movimiento, y Santa Fe, Crdoba, Entre Ros, Corriente, Jujuy,
Salta y Tucumn lo secundarn desde que comprendan que todo su inters,
todo su engrandecimiento futuro depende de que esos ros, a cuyas
riberas duermen hoy en lugar de vivir, lleven y traigan las riquezas del
comercio que hoy slo explota Rosas con el puerto, cuya posesin le da
millones para empobrecer a las provincias.

La cuestin de la libre navegacin de los ros que desembocan en el
Plata es hoy una cuestin europea, americana y argentina a la vez, y
Rosas tiene en ella guerra interior y exterior hasta que caiga y los
ros sean navegados libremente. As, lo que no se consigui por la
importancia que los unitarios daban a la navegacin de los ros, se
consigue hoy por la torpeza del gaucho de la Pampa.

Ha perseguido Rosas la educacin pblica y hostilizado y cerrado los
colegios, la Universidad y expulsado a los jesutas? No importa;
centenares de alumnos argentinos cuentan en su seno los colegios de
Francia, Chile, Brasil, Norteamrica, Inglaterra y aun Espaa. Ellos
volvern luego a realizar en su patria las instituciones que ven brillar
en todos esos Estados libres, y pondrn su hombro para derrocar al
tirano semibrbaro. Tiene una antipata mortal a los poderes europeos?
Pues bien: los poderes europeos necesitan estar bien armados, bien
fuertes en el Ro de la Plata, y mientras Chile y los dems Estados
libres de Amrica no tienen sino un cnsul y un buque de guerra
extranjero en sus costas, Buenos Aires tiene que hospedar enviados de
segundo orden, y escuadras extranjeras, que estn a la mira de sus
intereses y para contener las demasas del potro indmito y sin freno
que est a la cabeza del Estado.

Degella, castra, descuartiza a sus enemigos para acabar de un solo
golpe y con una batalla la guerra? Pues bien: ha dado ya veinte
batallas, ha muerto veinte mil hombres, ha cubierto de sangre y de
crmenes espantosos toda la Repblica; ha despoblado la campaa y la
ciudad para engrosar sus sicarios, y al fin de diez aos de triunfo su
posicin precaria es la misma. Si sus ejrcitos no toman a Montevideo,
sucumbe; si la toman, qudale el general Paz con ejrcitos; qudale el
Paraguay virgen; qudale el Imperio del Brasil; qudale Chile y Bolivia
que han de estallar al fin; qudale la Europa que lo ha de enfrenar;
qudanle, por ltimo, diez aos de guerra, de despoblacin y pobreza
para la Repblica, o sucumbir: no hay remedio. Triunfar? Pero sus
adictos habrn perecido, y otra poblacin y otros hombres reemplazarn
el vaco que ellos dejen. Volvern los emigrados a cosechar los frutos
de su triunfo.

Ha encadenado la Prensa y puesto una mordaza al pensamiento para que no
discuta los intereses de la patria, para que no se ilustre e instruya,
para que no revele los crmenes horrendos que ha cometido y que nadie
quiere creer a fuerza de ser espantosos e inauditos? Insensato! Qu es
lo que has hecho? Los gritos que quieres ahogar cortando la garganta,
para que por la herida se escape la voz y no llegue a los labios,
resuenan hoy por toda la redondez de la tierra. Las Prensas de Europa y
Amrica te llaman a porfa el execrable Nern, el tirano brutal. Todos
tus crmenes han sido contados; tus vctimas hallan partidarios y
simpatas por todas partes, y gritos vengadores llegan hasta vuestros
odos. Toda la Prensa europea discute hoy los intereses argentinos como
si fueran los suyos propios, y el nombre argentino anda en tu deshonra
en boca de todos los pueblos civilizados.

La discusin de la Prensa est hoy en todas partes, y para oponer la
verdad a tu infame _Gaceta_, estn cien diarios que desde Pars y
Londres, desde el Brasil y Chile, desde Montevideo y Bolivia, te
combaten y publican tus maldades. Has logrado la fama a que aspirabas,
sin duda; pero en la miseria del destierro, en la obscuridad de la vida
privada, no cambiaran tus proscriptos una sola hora de sus ocios por
las que te da tu celebridad espantosa; por las punzadas que de todas
partes recibes; por los reproches que te haces a ti mismo de haber hecho
tanto mal intilmente. El _americanismo_, el enemigo de los europeos
condenado a gritar en francs, en ingls y en castellano: _Mueran los
extranjeros!_ _Mueran los unitarios!_ Eh! Eres t, miserable, el que
te sientes morir, y maldices en los idiomas de esos extranjeros, y por
la Prensa, que es el arma de esos unitarios! Qu Estado americano se ha
visto condenado, como Rosas, a redactar en tres idiomas sus disculpas
oficiales para responder a la Prensa de todas las naciones, americanas y
europeas a un tiempo? Pero, adnde llegarn tus diatribas infames que
el execrable lema _Mueran los salvajes, asquerosos, inmundos
unitarios!_ no est revelando la mano sangrienta e inmoral que las
escribe?

De manera que lo que habra sido una discusin obscura y slo
interesante para la Repblica Argentina, lo es ahora para la Amrica
entera y la Europa. Es una cuestin del mundo cristiano.

Ha perseguido Rosas a los polticos, a los escritores y a los
literatos? Pues ved lo que ha sucedido. Las doctrinas polticas de que
los unitarios se haban alimentado hasta 1829, eran incompletas e
insuficientes para establecer el Gobierno y la libertad; bast que
agitase la Pampa para echar por tierra su edificio basado sobre arena.
Esta inexperiencia y esta falta de ideas prcticas remedilas Rosas en
todos los espritus con las lecciones crueles e instructivas que les
daba su despotismo espantoso; nuevas generaciones se han levantado
educadas en aquella escuela prctica, que sabran tapar las avenidas por
donde un da amenazara desbordarse de nuevo el desenfreno de los genios
como el de Rosas; las palabras tirana, despotismo, tan desacreditadas
en la Prensa por el abuso que de ellas se hace, tienen en la Repblica
Argentina un sentido preciso, despiertan en el nimo un recuerdo
doloroso; haran sangrar cuando llegasen a pronunciarse, todas las
heridas que han hecho en quince aos de espantosa recordacin.

Da vendr que el nombre de Rosas sea un medio de hacer callar al nio
que llora, de hacer temblar al viajero en la obscuridad de la noche. Su
cinta colorada, con la que hoy ha llevado el terror y la idea de las
matanzas hasta el corazn de sus vasallos, servir ms tarde de
curiosidad nacional que ensearemos a los que de pases remotos visiten
nuestras playas.

Los jvenes estudiosos que Rosas ha perseguido se han desparramado por
toda la Amrica, examinando las diversas costumbres, penetrado en la
vida ntima de los pueblos, estudiado sus gobiernos, y vistos los
resortes que en unas partes mantienen el orden sin detrimento de la
libertad y del progreso, notando en otros los obstculos que se oponen a
una buena organizacin. Los unos han viajado por Europa estudiando el
derecho y el gobierno, los otros han residido en el Brasil; cules en
Bolivia, cules en Chile y cules otros, en fin, han recorrido la mitad
de la Europa y la mitad de la Amrica, y traen un tesoro inmenso de
conocimientos prcticos, de experiencia y datos preciosos que pondrn un
da al servicio de la patria, que rena en su seno esos millares de
proscriptos que andan hoy diseminados por el mundo, esperando que suene
la hora de la cada del Gobierno absurdo  insostenible que an no cede
al empuje de tantas fuerzas como las que han de traer necesariamente su
destruccin. Que en cuanto a literatura, la Repblica Argentina es hoy
mil veces ms rica que lo fu jams en escritores capaces de ilustrar a
un Estado americano.

Si quedara duda con todo lo que he expuesto de que la lucha actual de la
Repblica Argentina lo es slo de civilizacin y barbarie, bastara a
probarlo el no hallarse del lado de Rosas un solo escritor, un sol
poeta de los muchos que posee aquella joven nacin. Montevideo ha
presenciado durante tres aos consecutivos las justas literarias del 25
de mayo, da en que veintenas de poetas, inspirados por la pasin de la
patria, se han disputado un laurel. Por qu la poesa ha abandonado a
Rosas? Por qu ni rapsodias produce hoy el suelo de Buenos Aires, en
otro tiempo tan fecundo en cantares y rimas? Cuatro o cinco asociaciones
existen en el extranjero de escritores que han emprendido compilar datos
para escribir la historia de la Repblica, tan llena de acontecimientos,
y es verdaderamente asombroso el cmulo de materiales que han reunido de
todos los puntos de Amrica: manuscritos, impresos, documentos, crnicas
antiguas, diarios, viajes, etc. La Europa se asombrar un da cuando tan
ricos materiales vean la luz pblica, y vayan a engrosar la voluminosa
coleccin de que Angelis no ha publicado sino una pequea parte.

Cuntos resultados no van, pues, a cosechar esos pueblos argentinos
desde el da, no remoto ya, en que la sangre derramada ahogue al tirano!
Cuntas lecciones! Cunta experiencia adquirida! Nuestra educacin
poltica est consumada.

Todas las cuestiones sociales, ventiladas; federacin, unidad, libertad
de cultos, inmigracin, navegacin de los ros, poderes polticos,
libertad, tirana, todo se ha dicho entre nosotros, todo nos ha costado
torrentes de sangre. El sentimiento de la autoridad est en todos los
corazones, al mismo tiempo que la necesidad de contener la arbitrariedad
de los poderes, la ha inculcado hondamente Rosas con sus atrocidades.
Ahora no nos queda que hacer sino lo que l no ha hecho, y reparar lo
que l ha destrudo.

Porque _l_, durante quince aos, no ha tomado una medida administrativa
para favorecer el comercio interior y la industria naciente de nuestras
provincias; los pueblos se entregarn con ahinco a desenvolver sus
medios de riqueza, sus vas de comunicacin, y el _nuevo Gobierno_ se
consagrar a restablecer los correos y asegurar los caminos que la
Naturaleza tiene abiertos por toda la extensin de la Repblica.

Porque en quince aos no ha querido asegurar las fronteras del Sur y del
Norte por medio de una lnea de fuertes, porque este trabajo y este bien
hecho a la Repblica no le daba ventaja alguna contra sus enemigos, el
_nuevo Gobierno_ situar el ejrcito permanente al Sur y asegurar
territorios para establecer colonias militares que en cincuenta aos
sern ciudades y provincias florecientes.

Porque _l_ ha perseguido el nombre europeo, y hostilizado la
inmigracin de extranjeros, el _nuevo Gobierno_ establecer grandes
asociaciones para introducir poblacin y distribuirla en territorios
feraces a orillas de los inmensos ros, y en veinte aos suceder lo que
en Norteamrica ha sucedido en igual tiempo: que se han levantado como
por encanto ciudades, provincias y Estados en los desiertos en que poco
antes pacan manadas de bisontes salvajes; porque la Repblica Argentina
se halla hoy en la situacin del Senado romano que, por decreto, mandaba
levantar de una vez quinientas ciudades, y las ciudades se levantan a su
voz.

Porque _l_ ha puesto a nuestros ros interiores una barrera insuperable
para que no sean libremente navegados, el _nuevo Gobierno_ fomentar de
preferencia la navegacin fluvial; millares de naves remontarn los ros
e irn a extraer las riquezas que hoy no tienen salida ni valor hasta
Bolivia y el Paraguay, enriqueciendo en su trnsito a Jujuy, Tucumn,
Salta, Corrientes, Entre Ros y Santa Fe, que se tornarn en ricas y
hermosas ciudades, como Montevideo o como Buenos Aires. Porque _l_ ha
malbaratado las rentas pinges del puerto de Buenos Aires y gastado en
quince aos cuarenta millones de pesos fuertes que ha producido, en
llevar adelante sus locuras, sus crmenes y sus venganzas horribles, el
puerto ser declarado propiedad nacional, para que sus rentas sean
consagradas a promover el bien en toda la Repblica, que tiene derecho a
ese cuerpo de que es tributaria.

Porque _l_ ha destrudo los colegios y quitado las rentas a las
escuelas, el _nuevo Gobierno_ organizar la educacin pblica en toda la
Repblica con rentas adecuadas y con ministerio especial como en Europa,
como en Chile, Bolivia y todos los pases civilizados; porque el saber
es riqueza, y un pueblo que vegeta en la ignorancia es pobre y brbaro,
como lo son los de la costa de Africa, o los salvajes de nuestras
Pampas.

Porque _l_ ha encadenado la Prensa, no permitiendo que haya otros
diarios que los que tiene destinados para vomitar sangre, amenazas y
mueras, el _nuevo Gobierno_ extender por toda la Repblica el beneficio
de la Prensa, y veremos pulular libros de instruccin y publicaciones
que se consagren a la industria, a la literatura, a las artes y a todos
los trabajos de la inteligencia.

Porque _l_ ha perseguido de muerte a todos los hombres ilustrados, no
admitiendo para gobernar sino su capricho, su locura y su sed de sangre,
el _nuevo Gobierno_ se rodear de todos los grandes hombres que posee la
Repblica y que hoy andan desparramados por toda la tierra, y con el
concurso de todas las luces de todos, har el bien de todos en general.
La inteligencia, el talento y el saber sern llamados de nuevo a dirigir
los destinos pblicos como en todos los pases civilizados.

Porque _l_ ha destrudo las garantas que en los pueblos cristianos
aseguran la vida y la propiedad de los ciudadanos, el _nuevo Gobierno_
restablecer las formas representativas y asegurar para siempre los
derechos que todo hombre tiene de no ser perturbado en el libre
ejercicio de sus facultades intelectuales y de su actividad.

Porque _l_ ha hecho del crimen, del asesinato, de la castracin y del
degello un sistema de gobierno; porque _l_ ha desenvuelto todos los
malos instintos de la naturaleza humana para crearse cmplices y
partidarios, el _nuevo Gobierno_ har de la Justicia, de las formas
recibidas en los pueblos civilizados, el medio de corregir los delitos
pblicos, y trabajar por estimular las pasiones nobles y virtuosas que
ha puesto Dios en el corazn del hombre para su dicha en la tierra,
haciendo de ellas el escaln para elevarse e influir en los negocios
pblicos.

Porque _l_ ha profanado los altares poniendo en ellos su infame
retrato; porque _l_ ha degollado sacerdotes, vejdolos o hcholos
abandonar su patria, el _nuevo Gobierno_ dar al culto la dignidad que
le corresponde, y elevar la religin y sus ministros a la altura que se
necesita para que moralice a los pueblos.

Porque _l_ ha gritado durante quince aos _mueran los salvajes
unitarios_, haciendo creer que un Gobierno tiene derecho de matar a los
que no piensan como l, marcando a toda una nacin con un letrero y una
cinta para que se crea que el que lleve la _marca_ piensa como le mandan
a azotes pensar, el _nuevo Gobierno_ respetar las opiniones diversas, y
porque las opiniones no son hechos ni delitos, y porque Dios nos ha dado
una razn que nos distingue de las bestias, libre para juzgar a nuestro
libre arbitrio.

Porque _l_ ha estado continuamente suscitando querellas a los Gobiernos
vecinos y a los europeos; porque _l_ nos ha privado del comercio con
Chile, ha ensangrentado al Uruguay, malquistdose con el Brasil,
atradose un bloqueo de la Francia, los vejmenes de la marina
norteamericana, las hostilidades de la inglesa, y metdose en un
laberinto de guerras interminables y de reclamaciones que no acabarn
sino con la despoblacin de la Repblica y la muerte de todos sus
partidarios, el _nuevo Gobierno_, amigo de los Poderes europeos,
simptico para todos los pueblos americanos, desatar de un golpe ese
enredo de relaciones extranjeras, y establecer la tranquilidad en el
exterior y en el interior, dando a cada uno su derecho y marchando por
las mismas vas de conciliacin y orden en que marchan todos los pueblos
cultos.

Tal es la obra que nos queda por realizar en la Repblica Argentina.
Puede ser que tantos bienes no se obtengan de pronto, y que despus de
una subversin tan radical como la que ha obrado Rosas, cueste todava
un ao o ms de oscilaciones el hacer entrar a la sociedad en sus
verdaderos quicios. Pero con la cada de ese monstruo, entraremos por lo
menos en el camino que conduce a porvenir tan bello, en lugar de que
bajo su funesta impulsin nos alejamos ms y ms cada da, y vamos a
pasos agigantados retrocediendo a la barbarie, a la desmoralizacin y a
la pobreza. El Per padece sin duda de los efectos de sus convulsiones
intestinas; pero al fin, sus hijos no han salido a millares, y por
docenas de aos, a vagar por los pases vecinos; no se ha levantado un
monstruo que se rodee de cadveres, sofoque toda espontaneidad y todo
sentimiento de virtud. Lo que la Repblica Argentina necesita antes del
todo; lo que Rosas no le dar jams, porque ya no le es dado darle, es
que la vida, la propiedad de los hombres, no est pendiente de una
palabra indiscretamente pronunciada, de un capricho del que manda. Dadas
estas dos bases, seguridad en la vida y de la propiedad, la forma de
gobierno, la organizacin poltica del Estado, la dar el tiempo, los
acontecimientos, las circunstancias. Apenas hay un pueblo en Amrica que
tenga menos fe que el argentino en un pacto escrito, en una
Constitucin. Las ilusiones han pasado ya; la constitucin de la
Repblica se har sin sentir, de s misma, sin que nadie se la haya
propuesto. Unitaria, federal, mixta, ella ha de salir de los hechos
consumados.

Ni creo imposible que a la cada de Rosas se suceda inmediatamente el
orden. Por ms que a la distancia parezca, no es tan grande la
desmoralizacin que Rosas ha engendrado; los crmenes de que la
Repblica ha sido testigo, han sido _oficiales_, mandados por el
Gobierno; a nadie se ha castrado, degollado ni perseguido sin la _orden_
expresa de hacerlo. Por otra parte, los pueblos obran siempre por
reacciones; al estado de inquietud y de alarma en que Rosas los ha
tenido durante quince aos, ha de sucederse la calma necesariamente; por
lo mismo que tantos y tan horribles crmenes se han cometido, el pueblo
y el Gobierno huirn de cometer uno solo, a fin de que las ominosas
palabras _mazorca!_, _Rosas!_, no vengan a zumbar en sus odos, como
otras tantas furias vengadoras; por lo mismo que las pretensiones
exageradas de libertad que abrigan los unitarios han trado resultados
tan calamitosos, los polticos sern en adelante prudentes en sus
propsitos, los partidos medidos en sus exigencias. Por otra parte, es
desconocer mucho la naturaleza humana creer que los pueblos se vuelven
criminales, y que los hombres extraviados que asesinan cuando hay un
tirano que los impulse a ello, son en el fondo malvados. Todo depende de
las preocupaciones que dominan en ciertos momentos, y el hombre que hoy
se ceba en sangre por fanatismo, era ayer un devoto inocente, y ser
maana un buen ciudadano, desde que desaparezca la excitacin que lo
indujo al crimen. Cuando la nacin francesa cay en 1793 en manos de
aquellos implacables terroristas, ms de milln y medio de franceses se
hartaron de sangre y de delitos, y despus de la cada de Robespierre y
del Terror, apenas sesenta insignes malvados fu necesario sacrificar
con l, para volver la Francia a sus hbitos de mansedumbre y moral; y
esos mismos hombres que tantos horrores haban perpetrado, fueron
despus ciudadanos tiles y morales. No digo en los partidarios de
Rosas: en los mazorqueros mismos hay, bajo las exterioridades del
crimen, virtudes que un da deberan premiarse. Millares de vidas han
sido salvadas por los avisos que los mazorqueros daban secretamente a
las vctimas que la _orden_ recibida les mandaba inmolar.

Independientes de estos motivos generales de moralidad que pertenecen a
la especie humana en todos tiempos y en todos pases, la Repblica
Argentina tiene elementos de orden de que carecen muchos pases del
mundo. Uno de los inconvenientes que estorba aquietar los nimos en los
pases convulsionados es la dificultad de llamar la atencin pblica a
objetos nuevos que la saquen del crculo vicioso de ideas en que vive.
La Repblica Argentina tiene, por fortuna, tanta riqueza que explotar,
tanta novedad con que atraer los espritus despus de un Gobierno como
el de Rosas, que sera imposible turbar la tranquilidad necesaria para
ir a los nuevos fines.

Cuando haya un Gobierno culto y ocupado de los intereses de la nacin,
qu de empresas, qu de movimiento industrial! Los pueblos pastores
ocupados de propagar los _merinos_ que producen millones y entretienen a
toda hora del da a millares de hombres; las provincias de San Juan y
Mendoza, consagradas a la cra del gusano de seda, que con apoyo y
proteccin del Gobierno careceran de brazos en cuatro aos para los
trabajos agrcolas e industriales que requiere; las provincias del
Norte, entregadas al cultivo de la caa de azcar, del ail que se
produce espontneamente; las litorales de los ros con la navegacin
libre que dara movimiento y vida a la industria del interior. En medio
de este movimiento, quin hace la guerra? Para conseguir qu? A no ser
que haya un Gobierno tan estpido como el presente que huye de todos
estos intereses, y en lugar de dar trabajo a los hombres, los lleva a
los ejrcitos a hacer la guerra al Uruguay, al Paraguay, al Brasil, a
todas partes, en fin.

Pero el elemento principal de orden y moralizacin que la Repblica
Argentina cuenta hoy es la inmigracin europea, que de suyo, y en
despecho de la falta de seguridad que le ofrece, se agolpa de da en da
en el Plata, y si hubiera un Gobierno capaz de dirigir su movimiento,
bastara por s sola a sanar en diez aos no ms todas las heridas que
han hecho a la patria los bandidos, desde Facundo hasta Rosas, que la
han dominado. De Europa emigran anualmente medio milln de hombres por
lo menos, que, poseyendo una industria o un oficio, salen a buscar
fortuna y se fijan donde haya tierra que poseer. Hasta el ao 1840 esta
inmigracin se diriga principalmente a Norteamrica, que se ha cubierto
de ciudades magnficas y llenado de una inmensa poblacin a merced de la
inmigracin. Tal ha sido a veces la mana de emigrar, que poblaciones
enteras de Alemania se han transportado a Norteamrica con sus alcaldes,
curas, maestros de escuela, etc.

Pero al fin ha sucedido que en las ciudades de las costas el aumento de
poblacin ha hecho la vida tan difcil como en Europa, y los emigrados
han encontrado all el malestar y la miseria de que venan huyendo.

Desde 1840 se leen avisos en los diarios norteamericanos previniendo los
inconvenientes que encuentran los emigrados, y los cnsules de Amrica
hacen publicar en los diarios de Alemania, Suiza e Italia avisos iguales
para que no emigren ms. En 1843 dos buques cargados de hombres tuvieron
que regresar a Europa con su carga, y en 1844 el Gobierno francs mand
a Argel 21.000 suizos que iban intilmente a Norteamrica.

Aquella corriente de emigrados que ya no encuentran ventaja en el Norte
ha empezado a costear la Amrica. Algunos se dirigen a Tejas, otros a
Mjico, cuyas costas malsanas los rechazan; el inmenso litoral del
Brasil no les ofrece grandes ventajas a causa del trabajo de los negros
esclavos que quita el valor a la produccin. Tienen, pues, que recalar
al Ro de la Plata, cuyo clima suave, fertilidad de la tierra y
abundancia de medios de subsistir, los atrae y fija.

Desde 1836 empezaron a llegar a Montevideo millares de emigrados, y
mientras Rosas dispersaba la poblacin natural de la Repblica con sus
atrocidades, Montevideo se agrandaba en un ao hasta hacerse una ciudad
floreciente y rica, ms bella que Buenos Aires y ms llena de movimiento
y comercio. Ahora que Rosas ha llevado la destruccin a Montevideo,
porque este genio maldito no naci sino para destruir, los emigrados se
agolpan a Buenos Aires y ocupan el lugar de la poblacin que el monstruo
hace matar diariamente en los ejrcitos, y ya en el presente ao propuso
a la Sala enganchar vascos para reponer sus diezmados cuadros.

El da, pues, que un Gobierno nuevo dirija a objetos de utilidad
nacional los millones que hoy se gastan en hacer guerras desastrosas e
intiles y en pagar criminales; el da que por toda Europa se sepa que
el horrible monstruo que hoy desola la Repblica y est gritando
diariamente _muerte a los extranjeros_ ha desaparecido, ese da la
inmigracin industriosa de la Europa se dirigir en masa al Ro de la
Plata; el _nuevo Gobierno_ se encargar de distribuirla por las
provincias; los ingenieros de la Repblica irn a trazar en todos los
puntos convenientes los planos de las ciudades y villas que debern
construir para su residencia, y terrenos feraces les sern adjudicados,
y en diez aos quedarn todas las mrgenes de los ros cubiertas de
ciudades, y la Repblica doblar su poblacin con vecinos activos,
morales e industriosos. Estas no son quimeras, pues basta quererlo y
que haya un Gobierno menos brutal que el presente para conseguirlo.

El ao 1835 emigraron a Norteamrica 500.650 almas; por qu no
emigraran a la Repblica Argentina 100.000 por ao si la horrible fama
de Rosas no los amedrantase? Pues bien: 100.000 por ao haran en diez
aos un milln de europeos industriosos diseminados por toda la
Repblica, ensendonos a trabajar, explotando nuevas riquezas y
enriqueciendo al pas con sus propiedades; y con un milln de hombres
civilizados, la guerra civil es imposible, porque seran menos los que
se hallaran en estado de desearla. La colonia escocesa que Rivadavia
fund al sur de Buenos Aires lo prueba hasta la evidencia; ha sufrido de
la guerra, pero ella jams ha tomado parte, y ningn gaucho alemn ha
abandonado su trabajo, su lechera o su fbrica de quesos para ir a
corretear por la Pampa.

Creo haber demostrado que la revolucin de la Repblica Argentina est
ya terminada, y que slo la existencia del execrable tirano que ella
engendr, estorba que hoy mismo entre en una carrera no interrumpida de
progresos que pudieran envidiarle bien pronto algunos pueblos
americanos. La lucha de las campaas con las ciudades se ha acabado; el
odio a Rosas ha reunido a estos elementos; los antiguos federales y los
viejos unitarios, como la nueva generacin, han sido perseguidos por l
y se han unido.

Ultimamente, sus mismas brutalidades y su desenfreno lo han llevado a
comprometer la Repblica en una guerra exterior en que el Paraguay, el
Uruguay y el Brasil, lo haran sucumbir necesariamente, si la Europa
misma no se viese forzada a venir a desmoronar ese andamio de cadveres
y de sangre que lo sostiene. Los que aun abrigan preocupaciones contra
los extranjeros, pueden responder a esta pregunta: Cuando un forajido,
un furioso, o un loco frentico llegase a apoderarse del Gobierno de un
pueblo, deben todos los dems Gobiernos tolerar y dejar que destruya a
su salvo, que asesine sin piedad y que traiga alborotadas diez aos a
todas las naciones vecinas?

Pero el remedio no nos vendr slo del exterior. La Providencia ha
querido que al desenlazarse el drama sangriento de nuestra revolucin,
el partido tantas veces vencido, y un pueblo tan pisoteado, se hallen
con las armas en la mano y en aptitud de hacer or las quejas de las
vctimas. La heroica provincia de Corrientes tiene hoy 6.000 veteranos
que a esta hora habrn entrado en campaa bajo las rdenes del vencedor
de la Tablada, Oncativo y Caaguaz, el boleado, el manco Paz, como le
llama Rosas. Cuntas veces ese furibundo, que tantos millares de
vctimas ha sacrificado intilmente, se habr mordido y ensangrentado
los labios de clera, al recordar que lo ha tenido preso diez aos y no
lo ha muerto, a ese mismo manco boleado que hoy se prepara a castigar
sus crmenes! La Providencia habr querido darle este suplicio de
condenado, hacindolo carcelero y guardin del que estaba destinado
desde lo alto a vengar la Repblica, la Humanidad y la Justicia.

Proteja Dios tus armas, honrado general Paz! Si salvas la Repblica,
nunca hubo gloria como la tuya! Si sucumbes, ninguna maldicin te
seguir a la tumba! Los pueblos se asociarn a tu causa, o deplorarn
ms tarde su ceguedad o su envilecimiento!




APNDICE




INTRODUCCIN AL APNDICE


Hemos dividido este _Apndice_ en dos partes: la primera contiene las
_Proclamas de Quiroga_, agregadas siempre a las ediciones anteriores, y
la segunda contiene los prefacios de dichas ediciones y otras pginas de
Sarmiento sobre su obra.

R. R.




PARTE PRIMERA

DOCUMENTOS DE JUAN FACUNDO QUIROGA


I

Las proclamas que llevan la firma de Juan Facundo Quiroga tienen tales
caracteres de autenticidad, que hemos credo til insertarlas aqu, como
los nicos documentos escritos que quedan de aquel caudillo. Campea en
ellas la exageracin y ostentacin del propio dolor, a la par del no
disimulado designio de inspirar miedo a los dems. La incorreccin del
lenguaje, la incoherencia de las ideas y el empleo de voces que
significan otra cosa que lo que se propone expresar con ellas, o
muestran la confusin o el estado embrionario de las ideas revelan en
estas proclamas el alma ruda an, los instintos jactanciosos del hombre
del pueblo y el candor del que, no familiarizado con las letras, ni
sospecha siquiera que haya incapacidad de su parte para emitir sus ideas
por escrito.

Qu significa, en efecto, presores y conquistadores de la libertad;
ninguna resolucin es ms poderosa que la invocacin de la patria;
vengo a haceros partcipes de los auspicios que os extienden las
provincias litorales; elevad fervorosos sacrificios, dictad leyes
anlogas al pueblo? Todo esto es barbarie, confusin de ideas,
incapacidad de desenvolver pensamientos por no conocer el sentido de las
palabras. Es, sin duda, ingenuo aquel libre por los principios y por
propensin, mi estado natural es la libertad; frase que sera una
manifestacin de la voluntariedad de su espritu si tuviese sentido.

En las gacetas de Buenos Aires se registra un comunicado virulento, obra
suya, escrito contra el Gobierno por haber dictado una providencia sobre
fondos pblicos que menoscababa el inters de los tenedores, sindolo l
de algunos millones. Ms tarde, mejor aconsejado, di una satisfaccin
al Gobierno por otro comunicado. Algunas cartas de Quiroga han visto la
luz pblica; pero creo que, como sus proclamas, no merecen conservarse
sino como curiosidades y monumentos de la poca de barbarie.

La primera de estas proclamas, sin fecha, pertenece, sin duda, al ao
1829, cuando despus de haberse rehecho de la derrota de la Tablada vino
a San Juan y a Mendoza. La segunda est datada de San Luis, de letra
manuscrita, y la traa impresa desde Buenos Aires para irla esparciendo
por los lugares de su trnsito. La tercera precedi a la salida del
ejrcito destinado a combatir al general La Madrid en Tucumn, y alude a
la reciente muerte de Villafae.

Al pie de un decreto de la Junta de Representantes de Mendoza, en que se
permita circular en la provincia papel moneda de Buenos Aires, Facundo
Quiroga hizo publicar la siguiente posdata, que tiene todos los
caracteres de sus anteriores proclamas: la jactancia, el enredo de la
frase y su prurito de aterrar.

El Infrascrito--dice--, en vista del proyecto de ley que antecede,
protesta por lo ms sagrado de los cielos y de la tierra que el papel
moneda no circular en las provincias del interior mientras l
permanezca en ellas o partidarios de tan detestable plaga pasen por su
cadver; pues que, viendo la justicia de su parte, no conoce peligro que
lo arredre ni lo haga desistir de buscarla, como lo hizo por s solo y a
su cuenta en los aos 26 y 27, contra todo el poder del presidente de la
Repblica, don Bernardino Rivadavia, cuando quiso ligar las provincias
al carro del despotismo por medio de los Bancos subalternos de papel
moneda, y con el santo fin de abrir un vasto campo a los extranjeros
para que extrajesen de ellas el dinero metlico.--_San Juan, septiembre
20 de 1833._--JUAN FACUNDO QUIROGA.


II

PROCLAMA

PUEBLOS DE LA REPBLICA: Destinado por el general que os dieron los RR.
Nacionales a servir de jefe de la segunda divisin del Ejrcito de la
Nacin, ningn sacrificio he omitido por desempear tan alta confianza.
Los enemigos de las leyes, los asesinos del encargado del Poder
nacional, los insurrectos del Ejrcito y sus vendidos secuaces ningn
medio omiten para emponzoar los corazones y prevenir a los incautos que
no me conocen. La perfidia y la detraccin es la bandera de ellos,
mientras la franqueza y el valor es nuestra divisa.

ARGENTINOS: Os juro por mi espada que ninguna otra aspiracin me anima
que la de la libertad. A nadie se le oculta que mi fortuna es el
patrimonio y el sostn de los bravos que mando, y el da que los pueblos
hayan recuperado sus derechos ser el mismo de mi silencio y mi retiro.
Nada ms aspira un hombre que no necesita ni cortejar el Poder ni al que
manda. Libre por principios y por propensin, mi estado natural es la
libertad; por ella verter mi sangre y mil vidas, y no existir esclavo
donde las lanzas de La Rioja se presenten.

SOLDADOS DE MI MANDO: El que quiera dejar mis filas puede retirarse y
hacer uso de mi oferta, que os hago por tercera vez. Mas el que quiera
enristrar la lanza contra los opresores y oprimidos (_sic_), quedad al
lado mo. Los enemigos ya saben lo que leis y os tiemblan.

OPRESORES Y CONQUISTADORES DE LA LIBERTAD: Triunfaris acaso de los
bravos riojanos, porque la fortuna es inconstante; pero se legar hasta
el fin de los siglos la memoria de mil hroes que no saben recibir
heridas por la espalda.

OPRIMIDOS: Los que deseis la libertad o una muerte honrosa, venid a
mezclaros con vuestros compatriotas, con vuestros amigos y con vuestro
camarada.--JUAN FACUNDO QUIROGA.


III

EL GENERAL QUIROGA

A LOS HABITANTES DE LAS PROVINCIAS INTERIORES DE LA REPBLICA ARGENTINA

MIS COMPATRIOTAS: Ninguna resolucin es ms poderosa que la invocacin
de la patria, anunciando a sus hijos la ocasin de domar el orgullo de
los opresores de los pueblos. Haba formado la decisin de no volver a
aparecer como hombre pblico; mas mis principios han sofocado tales
propsitos. Me tenis ya en campaa para contribuir a que desaparezcan
esos seres funestos que osadamente han despedazado los vnculos entre
_el pueblo y las leyes_.

Las provincias litorales, despus de un largo sufrimiento de
humillaciones muy marcadas en obsequio de la paz, y de haber perdido
todas esperanzas de una reconciliacin fraternal y benfica que
consultase la libre existencia de todas, han puesto en accin sus
recursos para guardar sus libertades y salvar las vuestras. Fieles y
consecuentes a la amistad, han jurado que las armas que han empuado no
las depondrn hasta no dejar salva la patria, libres y en tranquilidad
los pueblos oprimidos de la Repblica Argentina.

Los instantes de crisis que apuntan el trmino de la existencia de los
prfidos anarquistas del 1. de diciembre, que os han sumido en los
males que os agobian, se dejan sentir ya manifiestamente.

Ejrcitos respetables marchan en diferentes direcciones para combatir y
destruir en todos puntos a los anarquizadores. El excelentsimo seor
gobernador de Santa Fe, brigadier don _Estanislao Lpez_, es el jefe que
manda las fuerzas combinadas de los Gobiernos litorales aliados en
perpetua federacin, y que ya estn en campaa. Una divisin de este
ejrcito, a las rdenes del general don _Felipe Ibarra_, se interna a
Santiago a engrosar las fuerzas que operan por esa parte, y el
excelentsimo seor gobernador de la provincia de Buenos Aires, general
don _Juan Manuel de Rosas_, se halla situado a los confines de su
territorio por el Norte con un fuerte ejrcito de reserva. En fin: todo
anuncia que ya podis contaros en el nmero de los _hijos de la
libertad_.

Estoy, pues, en campaa, mis amigos, al frente de una divisin del
ejrcito combinado y a las rdenes del excelentsimo seor general en
jefe, para redimiros del cautiverio. Marcho a protegeros y no a
oprimiros. Vengo a haceros partcipes de los auspicios que os extienden
las provincias litorales para aliviar vuestras desgracias, y a serviros
de apoyo contra la crueldad y perfidia de vuestros opresores.

No trato de sorprenderos ni de llamaros en mi auxilio; lo primero sera
engaaros; lo segundo, un insulto a la decisin con que constantemente
se han mantenido las provincias por la causa de la libertad. Esta verdad
se encuentra plenamente comprobada en el hecho mismo de que habis
formado tres ejrcitos de hombres puramente voluntarios para sostener
los derechos de los pueblos, sin haber tenido enganche que os halagase,
ni la ms remota esperanza del miserable celo del saqueo; la moral fu
vuestra gua, y la seguisteis hasta la conclusin de los dos ltimos
ejrcitos, que fueron tan desgraciados como feliz el primero. Si bien
que vive vuestro amigo.--_San Luis, marzo 22 de 1831._--JUAN FACUNDO
QUIROGA.


IV

PROCLAMA

EL GENERAL DE LA DIVISIN DE LOS ANDES A TODOS LOS HABITANTES DE LAS
PROVINCIAS DE CUYO

MINISTROS DEL SANTUARIO: Elevad al Ser Supremo fervorosos sacrificios, y
pedidle con la efusin de vuestros piadosos corazones que suspenda el
azote de la guerra fratricida en que yace la Repblica Argentina.

HONORABLES RR. DE LAS LEGISLATURAS PROVINCIALES: A vosotros toca el
deber sagrado de dictar leyes anlogas y benficas al pueblo que os
honr con tan alto cargo. La generosidad de los Gobiernos litorales, de
esos padres de la Repblica, que sin reparar en sacrificios os han
puesto en plena libertad para ejercer vuestras funciones, no entre el
estruendo de las armas, sino en el silencio y reposo de la ms perfecta
tranquilidad.

JEFES MILITARES: Respetad y obedeced la autoridad civil; estad siempre
en vigilia para sostenerla contra todo aqul que intente derrocarla;
ste es vuestro deber.

CIUDADANOS TODOS: Respetad la religin de nuestros padres y sus
ministros, las leyes que nos rigen y las autoridades constitudas. Si
as lo hiciereis, seris felices y no tendris motivo de
arrepentimiento.

La divisin auxiliar de los Andes se retira de vuestro territorio, no al
descanso de una vida privada, sino a continuar sus tareas contra los
enemigos implacables de la libertad y de las leyes. Ella marchar de
frente, pues no conoce peligro que la arredre; se ha propuesto dar
libertad a las tres provincias oprimidas en el Norte o dejar de existir.
Ella os deja libres del poder militar de los asesinos del 1. de
diciembre, y en esto mismo ha recibido la ms grata recompensa a sus
dbiles esfuerzos. Que las tres provincias de Cuyo se mantengan en unin
indisoluble y se sostengan mutuamente contra toda tentativa de los
enemigos de su libertad es la aspiracin y el ms ardiente deseo del que
os habla.

ENEMIGOS DE LA LIBERTAD NACIONAL: Sabed que desde el 23 de mayo del
presente ao, en que tuve pleno conocimiento de que vuestros partidarios
cometieron el ms horrendo, alevoso y negro crimen de asesinar al
benemrito general don Jos Benito Villafae, desenvain mi espada
contra vosotros, protest que la justicia ocupara el lugar de la
misericordia, convencido que los delitos tolerados mil veces han
sacrificado ms vctimas que los suplicios ejecutados a su tiempo.

[** Symbol: pointing finger] _Temblad_, de cometer el ms leve atentado.
_Temblad_, si no respetis las autoridades y las leyes. Y _temblad_, si
no desists de ese loco empeo de cautivar la libertad de los pueblos,
mientras exista.--JUAN FACUNDO QUIROGA.--_San Juan, septiembre 7 de
1831._




PARTE SEGUNDA

DOCUMENTOS DEL AUTOR SOBRE EL FACUNDO


I

CARTA AL PROFESOR DON MATAS CALLANDRELLI, AUTOR DE UN DICCIONARIO
ETIMOLGICO DE LA LENGUA CASTELLANA


Mi estimado seor:

Tengo el gusto, para satisfacer a su pedido, de enviarle un ejemplar de
la _Vida de Facundo Quiroga_, reputado generalmente como el escrito ms
peculiar mo.

En cuanto a lenguaje, revis esta ltima edicin el hablista habanero
Mantilla[40], hallando poco que corregir de los anteriores, y, segn
dijo, llamndole la atencin la ocurrencia frecuente de locuciones
anticuadas, pero castizas, que atribua a mucha lectura de autores
castellanos antiguos.

No siendo sta la verdad, indiquele como causa que habindome criado en
una provincia apartada y formndome sin estudios ordenados, la lengua de
los conquistadores haba debido conservarse all ms tiempo sin
alteraciones sensibles, lo que corroboraba yo con muchos hechos, y
aceptaba l como plausible, bien as como los ingleses insulares de hoy
han hallado en Norteamrica locuciones que atraa Johnson y no conserva
Webster en su Diccionario.

La correccin de pruebas de mis _Viajes_ la hizo don Juan M. Gutirrez,
de la Academia de la Lengua; y don Andrs Bello, igualmente acadmico,
que gustaba mucho de _Recuerdos de provincia_ como lenguaje y como
recuerdos de costumbres americanas, rechazaba por infundadas muchas de
las correcciones de Villergas que la echaba de hablista y que encontr
en la Habana a quien _parler_ en achaque de lengua castellana; pues es
hoy un hecho conquistado que los mejores hablistas modernos son
americanos, hecho reconocido por la Academia misma, acaso porque
necesitan ms estudios de la lengua los que viven fuera del centro que
la vivifica, y estn ms infludos por los elementos extranjeros y
extraos a su origen, que tienden a incorporrsele.

Es lo ms breve que puedo decirle para su direccin en el uso que quiera
hacer de mis escritos, agradecindole cordialmente su buen deseo.

Tengo con este motivo el gusto de suscribirme su afectsimo amigo

D. F. SARMIENTO.

Buenos Aires, agosto 12 de 1881.




II

JUAN FACUNDO QUIROGA

ADVERTENCIA DEL AUTOR


Despus de terminada la publicacin de esta obra, he recibido de varios
amigos rectificaciones de varios hechos referidos en ella. Algunas
inexactitudes han debido necesariamente escaparse en un trabajo hecho de
prisa, lejos del teatro de los acontecimientos, y sobre un asunto de que
no se haba escrito nada hasta el presente, al coordinar entre s
sucesos que han tenido lugar en distintas y remotas provincias, y en
pocas diversas, consultando a un testigo ocular sobre un punto,
registrando manuscritos formados a la ligera, o apelando a las propias
reminiscencias, no es extrao que de vez en cuando el lector argentino
eche de menos algo que l conoce o disienta en cuanto a algn nombre
propio, una fecha, cambiados o puestos fuera de lugar.

Pero debo declarar que en los acontecimientos notables a que me refiero,
y que sirven de base a las explicaciones que doy, hay una exactitud
intachable de que respondern los documentos pblicos que sobre ellos
existen.

Quiz haya un momento en que, desembarazado de las preocupaciones que
han precipitado la redaccin de esta obrita, vuelva a refundirla en un
plan nuevo, desnudndola de toda digresin accidental, y apoyndola en
numerosos documentos oficiales, a que slo hago ahora una ligera
referencia.

1845




III

    On ne tue point les ides.


FORTOUL.

    A los hombres se les degella; a
    las ideas, no.

A fines del ao 1840 sala yo de mi patria, desterrado por lstima,
estropeado, lleno de cardenales, puntazos y golpes recibidos el da
anterior en una de esas bacanales sangrientas de soldadesca y
mazorqueros. Al pasar por los baos de Zonda, bajo las armas de la
patria que en das ms alegres haba pintado en una sala, escrib con
carbn estas palabras:


_On ne tue point les ides._

El Gobierno, a quien se comunic el hecho, mand una comisin encargada
de descifrar el jeroglfico, que se deca contener desahogos innobles,
insultos y amenazas. Oda la traduccin, y bien!--dijeron--, qu
significa esto?...

Significaba simplemente que vena a Chile donde la libertad brillaba
an, y que me propona hacer proyectar los rayos de las luces de su
Prensa hasta el otro lado de los Andes. Los que conocen mi conducta en
Chile, saben si he cumplido aquella protesta.




IV

INTRODUCCIN A LA EDICIN DE 1845

    Je demande  l'historien l'amour
    de l'humanit ou de la libert; sa
    justice impartiale ne doit tre impassible.
    Il faut au contraire, qu'il
    souhaite, qu'il espr, qu'il souffre,
    ou soit heureux de ce qu'il raconte.

    VILLEMAIN, _Cours de Littrature._



Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el
ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la
vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entraas de
un noble pueblo! T posees el secreto: revlanoslo! Diez aos aun
despus de tu trgica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de
los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto,
decan: No!; no ha muerto! Vive an! El vendr! Cierto! Facundo
no ha muerto; est vivo en las tradiciones populares, en la poltica y
revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento; su alma
ha pasado a este otro molde ms acabado, ms perfecto; y lo que en l
era slo instinto, iniciacin, tendencia, convirtise en Rosas en
sistema, efecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y brbara,
cambise en esta metamorfosis en arte, en sistema y en poltica regular
capaz de presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo
encarnado en un hombre que ha aspirado a tomar los aires de un genio que
domina los acontecimientos, los hombres y las cosas. Facundo,
provinciano, brbaro, valiente, audaz, fu reemplazado por Rosas, hijo
de la culta Buenos Aires, sin serlo l; por Rosas, falso, corazn
helado, espritu calculador, que hace el mal sin pasin, y organiza
lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo.
Tirano sin rival hoy en la tierra, por qu sus enemigos quieren
disputarle el ttulo de grande que le prodigan sus cortesanos? S;
grande y muy grande es, para gloria y vergenza de su patria, porque si
ha encontrado millares de seres degradados que se unzan a su carro para
arrastrarlo por encima de cadveres, tambin se hallan a millares las
almas generosas que en quince aos de lid sangrienta, no han desesperado
de vencer al monstruo que nos propone el enigma de la organizacin
poltica de la Repblica. Un da vendr; al fin, que lo resuelva; y la
Esfinge Argentina, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo
sanguinario, morir a sus plantas, dando a la Tebas del Plata el rango
elevado que le toca entre las naciones del Nuevo Mundo.

Necestase, empero, para desatar este nudo que no ha podido cortar la
espada, estudiar prolijamente las vueltas y revueltas de los hilos que
lo forman, y buscar en los antecedentes nacionales, en la fisonoma del
suelo, en las costumbres y tradiciones populares, los puntos en que
estn pegados.

La Repblica Argentina es hoy la seccin hispanoamericana, que, en sus
manifestaciones exteriores, ha llamado preferentemente la atencin de
las naciones europeas, que no pocas veces se han visto envueltas en sus
extravos, o atradas, como por una vorgine, a acercarse al centro en
que remolinean elementos tan contrarios. La Francia estuvo a punto de
ceder a esta atraccin, y no sin grandes esfuerzos de remo y vela, no
sin perder el gobernalle, logr alejarse y mantenerse a la distancia.
Sus ms hbiles polticos no han alcanzado a comprender nada de lo que
sus ojos han visto al echar una mirada precipitada sobre el poder
americano que desafiaba a la gran nacin. Al ver las lavas ardientes que
se revuelcan, se agitan, se chocan bramando en este gran foco de lucha
intestina, los que por ms avisados se tienen, han dicho: es un volcn
subalterno, sin nombre, de los muchos que aparecen en la Amrica: pronto
se extinguir; y han vuelto a otra parte sus miradas, satisfechos de
haber dado una solucin tan fcil como exacta de los fenmenos sociales
que slo han visto en grupo y superficialmente. A la Amrica del Sur en
general, y a la Repblica Argentina sobre todo, le ha hecho falta un
Tocqueville, que, premunido del conocimiento de las teoras sociales,
como el viajero cientfico de barmetros, octantes y brjulas, viniera a
penetrar en el interior de nuestra vida poltica, como en un campo
vastsimo y aun no explorado ni descrito por la ciencia, y revelase a la
Europa, a la Francia, tan vida de fases nuevas en la vida de las
diversas porciones de la humanidad, este nuevo modo de ser que no tiene
antecedentes bien marcados y conocidos.

Hubirase entonces explicado el misterio de la lucha obstinada que
despedaza a aquella Repblica; hubiranse clasificado distintamente los
elementos contrarios, invencibles, que se chocan; hubirase asignado su
parte a la configuracin del terreno y a los hbitos que ella engendra;
su parte a las tradiciones espaolas y a la conciencia nacional, ntima
plebeya que han dejado la Inquisicin y el absolutismo hispano; su parte
a la influencia de las ideas opuestas que han trastornado el mundo
poltico; su parte a la barbarie indgena; su parte a la civilizacin
europea; su parte, en fin, a la democracia consagrada por la Revolucin
de 1810, a la igualdad, cuyo dogma ha penetrado hasta las capas
inferiores de la sociedad.

Este estudio que nosotros no estamos an en estado de hacer, por nuestra
falta de instruccin filosfica e histrica, hecho por observadores
competentes, habra revelado a los ojos atnitos de la Europa un mundo
nuevo en poltica, una lucha ingenua, franca y primitiva entre los
ltimos progresos del espritu humano y los rudimentos de la vida
salvaje, entre las ciudades populosas y los bosques sombros. Entonces
se habra podido aclarar un poco el problema de la Espaa, esa rezagada
de Europa que, echada entre el Mediterrneo y el Ocano, entre la Edad
Media y el siglo XIX, unida a la Europa culta por un ancho istmo y
separada del Africa brbara por un angosto estrecho, est balancendose
entre dos fuerzas opuestas, ya levantndose en la balanza de los pueblos
libres, ya cayendo en la de los despotizados; ya impa, ya fantica; ora
constitucionalista declarada, ora desptica impudente; maldiciendo sus
cadenas rotas a veces, ya cruzando los brazos, y pidiendo a gritos que
le impongan el yugo, que parece ser su condicin y su modo de existir.
Qu! El problema de la Espaa europea, no podra resolverse examinando
minuciosamente la Espaa americana, como por la educacin y hbitos de
los hijos se rastrean las ideas y la moralidad de los padres? Qu! No
significa nada para la historia ni la filosofa esta eterna lucha de los
pueblos hispanoamericanos, esa falta supina de capacidad poltica e
industrial que los tiene inquietos y revolvindose sin norte fijo, sin
objeto preciso, sin que sepan por qu no pueden conseguir un da de
reposo, ni qu mano enemiga los echa y empuja en el torbellino fatal que
los arrastra mal de su grado y sin que les sea dado sustraerse a su
malfica influencia? No vala la pena de saber por qu en el Paraguay,
tierra desmontada por la mano _sabia_ de jesuitismo, un _sabio_ educado
en las aulas de la antigua Universidad de Crdoba, abre una nueva pgina
de la historia de las aberraciones del espritu humano, encierra a un
pueblo en sus lmites de bosques primitivos, y borrando las sendas que
conducen a esta China recndita, se oculta y esconde durante treinta
aos su presa en las profundidades del continente americano, y sin
dejarle lanzar un solo grito, hasta que muerto l mismo por la edad y la
quieta fatiga de estar inmvil pisando un pueblo sumiso, ste puede al
fin, con voz extenuada y apenas inteligible, decir a los que vagan por
sus inmediaciones: vivo an!, pero cunto he sufrido!, _quantum
mutatus ob illo!_ Qu transformacin ha sufrido el Paraguay; qu
cardenales y llagas ha dejado el yugo sobre su cuello que no opona
resistencia! No merece estudio el espectculo de la Repblica Argentina
que, despus de veinte aos de convulsin interna, de ensayos de
organizacin de todo gnero, produce al fin del fondo de sus entraas,
de lo ntimo de su corazn, al mismo doctor Francia en la persona de
Rosas, pero ms grande, ms desenvuelto y ms hostil, si se puede, a las
ideas, costumbres y civilizacin de los pueblos europeos? No se
descubre en l el mismo rencor contra el elemento extranjero, la misma
idea de la autoridad del Gobierno, la misma insolencia para desafiar la
reprobacin del mundo, con ms su originalidad salvaje, su carcter
framente feroz y su voluntad incontrastable, hasta el sacrificio de la
patria, como Sagunto y Numancia; hasta adjurar el porvenir y el rango de
nacin culta, como la Espaa de Felipe II y de Torquemada? Es ste un
capricho accidental, una desviacin momentnea causada por la aparicin
en la escena de un genio poderoso, bien as como los planetas se salen
de su rbita regular, atrados por la aproximacin de algn otro, pero
sin sustraerse del todo a la atraccin de su centro de rotacin, que
luego asume la preponderancia y les hace entrar en la carrera ordinaria?
M. Guizot ha dicho desde la tribuna francesa: hay en Amrica dos
partidos: el partido europeo y el partido americano; ste es el ms
fuerte; y cuando le avisan que los franceses han tomado las armas en
Montevideo, y han asociado su porvenir, su vida y su bienestar al
triunfo del partido europeo civilizado, se contenta con aadir: Los
franceses son muy entremetidos, y comprometen a su nacin con los dems
gobiernos. Bendito sea Dios! M. Guizot, el historiador de la
_civilizacin_ europea, el que ha deslindado los elementos nuevos que
modificaron la civilizacin romana, y que ha penetrado en el enmaraado
laberinto de la Edad Media, para mostrar cmo la nacin francesa ha sido
el crisol en que se ha estado elaborando, mezclando y refundiendo el
espritu moderno; M. Guizot, ministro del rey de Francia, da por toda
solucin a esta manifestacin de simpatas profundas entre los franceses
y los enemigos de Rosas: son muy entremetidos los franceses! Los
otros pueblos americanos, que, indiferentes e impasibles, miran esta
lucha y estas alianzas de un partido argentino con todo elemento europeo
que venga a prestarle su apoyo, exclaman a su vez llenos de indignacin:
Estos argentinos son muy amigos de los europeos! Y el tirano de la
Repblica Argentina se encarga oficiosamente de completarles la frase,
aadiendo: traidores a la causa americana! Cierto!, dicen todos;
traidores!; sta es la palabra. Cierto!, decimos nosotros; traidores
a la causa americana, espaola, absolutista, brbara! No habis odo la
palabra _salvaje_ que anda revoloteando sobre nuestras cabezas?

De eso se trata: de ser o no ser _salvaje_. Rosas, segn esto, no es un
hecho aislado, una aberracin, una monstruosidad. Es, por el contrario,
una manifestacin social; es una frmula de una manera de ser de un
pueblo. Para qu os obstinis en combatirlo, pues, si es fatal,
forzoso, natural y lgico? Dios mo! Para qu lo combats!... Acaso
porque la empresa es ardua, es por eso absurda? Acaso porque el mal
principio triunfa se le ha de abandonar resignadamente el terreno?
Acaso la civilizacin y la libertad son dbiles hoy en el mundo porque
la Italia gima bajo el peso de todos los despotismos, porque la Polonia
ande errante sobre la tierra mendigando un poco de pan y un poco de
libertad? Por qu lo combats!... Acaso no estamos vivos los que
despus de tantos desastres sobrevivimos an; o hemos perdido nuestra
conciencia de lo justo y del porvenir de la patria, porque hemos perdido
algunas batallas?, Qu!, se quedan tambin las ideas entre los
despojos de los combates? Somos dueos de hacer otra cosa que lo que
hacemos, ni ms ni menos como Rosas no puede dejar de ser lo que es? No
hay nada de providencial en estas luchas de los pueblos? Concedise
jams el triunfo a quien no sabe perseverar? Por otra parte, hemos de
abandonar un suelo de los ms privilegiados de la Amrica a las
devastaciones de la barbarie, mantener cien ros navegables abandonados
a las aves acuticas que estn en quieta posesin de surcarlos ellas
solas desde _ab initio_?

Hemos de cerrar voluntariamente la puerta a la inmigracin europea que
llama con golpes repetidos para poblar nuestros desiertos, y hacernos a
la sombra de nuestro pabelln, pueblo innumerable como las arenas del
mar? Hemos de dejar, ilusorios y vanos, los sueos de desenvolvimiento,
de poder y de gloria, con que nos han mecido desde la infancia los
pronsticos que con envidia nos dirigen los que en Europa estudian las
necesidades de la humanidad? Despus de la Europa, hay otro mundo
cristiano civilizable y desierto que la Amrica? Hay en la Amrica
muchos pueblos que estn como el argentino, llamados por lo pronto a
recibir la poblacin europea que desborda como el lquido en un vaso?
No queris, en fin, que vayamos a invocar la ciencia y la industria en
nuestro auxilio, a llamarlas con todas nuestras fuerzas, para que vengan
a sentarse en medio de nosotros, libre la una de toda traba puesta al
pensamiento, segura la otra de toda violencia y de toda coaccin? Oh!
Este porvenir no se renuncia as no ms! No se renuncia porque un
ejrcito de 20.000 hombres guarde la entrada de la patria; los soldados
mueren en los combates; desertan o cambian de bandera. No se renuncia
porque la fortuna haya favorecido a un tirano durante largos y pesados
aos; la fortuna es ciega, y un da que no acierte a encontrar a su
favorito entre el humo denso y la polvareda sofocante de los combates,
adis, tirano!; adis, tirana! No se renuncia porque todas las
brutales e ignorantes tradiciones coloniales hayan podido ms en un
momento de extravo en el nimo de masas inexpertas; las convulsiones
polticas traen tambin la experiencia y la luz, y es ley de la
humanidad que los intereses nuevos, las ideas fecundas, el progreso,
triunfen al fin de las tradiciones envejecidas, de los hbitos
ignorantes y de las preocupaciones estacionarias. No se renuncia porque
en un pueblo haya millares de hombres candorosos que toman el bien por
el mal; egostas que sacan de l su provecho; indiferentes que lo ven
sin interesarse; tmidos que no se atreven a combatirlo; corrompidos, en
fin, que conocindolo se entregan a l por inclinacin al mal, por
depravacin; siempre ha habido en los pueblos todo esto, y nunca el mal
ha triunfado definitivamente. No se renuncia porque los dems pueblos
americanos no puedan prestarnos su ayuda; porque los Gobiernos no ven de
lejos sino el brillo del poder organizado, y no distinguen en la
obscuridad humilde y desamparada de las revoluciones los elementos
grandes que estn forcejeando para desenvolverse; porque la oposicin
pretendida liberal abjure de sus principios, imponga silencio a su
conciencia, y por aplastar bajo su pie un insecto que importuna, huelle
la noble planta a que ese insecto se apegaba. No se renuncia porque los
pueblos en masa nos den la espalda a causa de que nuestras miserias y
nuestras grandezas estn demasiado lejos de su vista para que alcancen a
conmoverlos. No!; no se renuncia a un porvenir tan inmenso, a una
misin tan elevada, por ese cmulo de contradicciones y dificultades.
Las dificultades se vencen; las contradicciones se acaban a fuerza de
contradecirlas!

Desde Chile, nosotros nada podemos dar _a los que perseveran_ en la
lucha bajo todos los rigores de las privaciones, y con la cuchilla
exterminadora, que, como la espada de Damocles, pende a todas horas
sobre sus cabezas. Nada!, excepto ideas, excepto consuelos, excepto
estmulos; arma ninguna nos es dado llevar a los combatientes, si no es
la que la _Prensa libre_ de Chile suministra a todos los hombres libres.
La Prensa!, la Prensa! He aqu, tirano, el enemigo que sofocaste entre
nosotros. He aqu el vellocino de oro que tratamos de conquistar. He
aqu cmo la Prensa de Francia, Inglaterra, Brasil, Montevideo, Chile y
Corrientes, va a turbar tu sueo en medio del silencio sepulcral de tus
vctimas; he aqu que te has visto compelido a robar el don de lenguas
para paliar el mal, don que slo fu dado para predicar el bien. He aqu
que desciendes a justificarte, y que vas por todos los pueblos europeos
y americanos mendigando una pluma venal y fratricida, para que por medio
de la Prensa defienda al que la ha encadenado! Por qu no permites en
tu patria la discusin que mantienes en todos los otros pueblos? Para
qu, pues, tantos millares de vctimas sacrificadas por el pual; para
qu tantas batallas, si al cabo habas de concluir por la pacfica
discusin de la Prensa?

El que haya ledo las pginas que preceden, creer que es mi nimo
trazar un cuadro apasionado de los actos de barbarie que han deshonrado
el nombre de don Juan Manuel Rosas. Que se tranquilicen los que abriguen
ese temor. An no se ha formado la ltima pgina de esta biografa
inmoral; an no est llena la medida; los das de su hroe no han sido
contados an. Por otra parte, las pasiones que subleva entre sus
enemigos, son demasiado rencorosas an para que pudieran ellos mismos
poner fe en su imparcialidad o en su justicia.

Es de otro personaje de quien debo ocuparme. Facundo Quiroga es el
caudillo cuyos hechos quiero consignar en el papel. Diez aos ha que la
tierra pesa sobre sus cenizas, y muy cruel y emponzoada debiera
mostrarse la calumnia que fuera a cavar los sepulcros en busca de
vctimas. Quin lanz la bala _oficial_ que detuvo su carrera? Parti
de Buenos Aires o de Crdoba? La historia explicar este arcano. Facundo
Quiroga es, empero, el tipo ms ingenuo del carcter de la guerra civil
de la Repblica Argentina; es la figura ms americana que la revolucin
presenta. Facundo Quiroga enlaza y eslabona todos los elementos de
desorden que hasta antes de su aparicin estaban agitndose
aisladamente en cada provincia; l hace de la guerra local la guerra
nacional argentina, y presenta triunfante, al fin de diez aos de
trabajos, de devastacin y de combates, el resultado de que slo supo
aprovecharse el que lo asesin. He credo explicar la revolucin
argentina con la biografa de Juan Facundo Quiroga, porque creo que l
explica suficientemente una de las tendencias, una de las dos fases
diversas que luchan en el seno de aquella sociedad singular.

He evocado, pues, mis recuerdos, y buscado para completarlos los
detalles que han podido suministrarme hombres que lo conocieron en su
infancia, que fueron sus partidarios o sus enemigos, que han visto con
sus ojos unos hechos, odo otros, y tenido conocimiento exacto de una
poca o de una situacin particular. An espero ms datos de los que
poseo, que ya son numerosos. Si algunas inexactitudes se me escapan,
ruego a los que las adviertan que me las comuniquen; porque en Facundo
Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una manifestacin de la
vida argentina tal como la han hecho la colonizacin y las
peculiaridades del terreno, a lo cual creo necesario consagrar una seria
atencin, porque sin esto la vida y hechos de Facundo Quiroga son
vulgaridades que no mereceran entrar sino episdicamente en el dominio
de la historia. Pero Facundo, en relacin con la fisonoma de la
naturaleza grandiosamente salvaje que prevalece en la inmensa extensin
de la Repblica Argentina; Facundo, expresin fiel de una manera de ser
de un pueblo, de sus preocupaciones e instintos; Facundo, en fin, siendo
lo que fu, no por un accidente de su carcter, sino por antecedentes
inevitables y ajenos de su voluntad, es el personaje histrico ms
singular, ms notable, que puede presentarse a la contemplacin de los
hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento
social, no es ms que el espejo en que se reflejan, en dimensiones
colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hbitos de
una nacin en una poca dada de su historia. Alejandro es la pintura, el
reflejo de la Grecia guerrera, literaria, poltica y artstica; de la
Grecia excptica, filosfica y emprendedora, que se derrama por sobre el
Asia para extender la esfera de su accin civilizadora.

Por esto nos es necesario detenernos en los detalles de la vida interior
del pueblo argentino, para comprender su ideal, su personificacin.

Sin estos antecedentes, nadie comprender a Facundo Quiroga, como nadie,
a mi juicio, ha comprendido todava al inmortal Bolvar, por la
incompetencia de los bigrafos que han trazado el cuadro de su vida. En
la _Enciclopedia Nueva_ he ledo un brillante trabajo sobre el general
Bolvar, en el que se hace a aquel caudillo americano toda la justicia
que merece por sus talentos y por su genio; pero en esta biografa, como
en todas las otras que de l se han escrito, he visto al general
europeo, los mariscales del Imperio, un Napolen menos colosal; pero no
he visto al caudillo americano, al jefe de un levantamiento de las
masas; veo el remedo de la Europa, y nada que me revele la Amrica.

Colombia tiene llanos, vida pastoril, vida brbara, americana pura, y de
ah parti el gran Bolvar; de aquel barro hizo su glorioso edificio.
Cmo es, pues, que su biografa lo asemeja a cualquier general europeo
de esclarecidas prendas? Es que las preocupaciones clsicas europeas del
escritor desfiguran al hroe, a quien quitan el _poncho_ para
presentarlo desde el primer da con el frac, ni ms ni menos como los
litgrafos de Buenos Aires han pintado a Facundo con casaca de solapas,
creyendo impropia su chaqueta, que nunca abandon. Bien; han hecho un
general, pero Facundo desaparece. La guerra de Bolvar pueden estudiarla
en Francia en la de los _chouanes_; Bolvar es un Charette de ms anchas
dimensiones. Si los espaoles hubieran penetrado en la Repblica
Argentina el ao 11, acaso nuestro Bolvar habra sido Artigas, si este
caudillo hubiese sido, como aqul, tan prdigamente dotado por la
naturaleza y la educacin.

La manera de tratar la historia de Bolvar de los escritores europeos y
americanos, conviene a San Martn y a otros de su clase. San Martn no
fu caudillo popular; era realmente un general. Habase educado en
Europa y lleg a Amrica, donde el Gobierno era el revolucionario, y
pudo formar a sus anchas el ejrcito europeo, disciplinarlo y dar
batallas regulares, segn las reglas de la ciencia. Su expedicin sobre
Chile es una conquista en regla, como la de Italia por Napolen. Pero si
San Martn hubiese tenido que encabezar _montoneras_, ser vencido aqu,
para ir a reunir un grupo de llaneros por all, lo habran colgado a su
segunda tentativa.

El drama de Bolvar se compone, pues, de otros elementos de los que
hasta hoy conocemos; es preciso poner antes las decoraciones y los
trajes americanos, para mostrar en seguida el personaje. Bolvar es
todava un cuento forjado sobre datos ciertos; Bolvar, el verdadero
Bolvar, no lo conoce an el mundo, y es muy probable que cuando lo
traduzcan a su idioma natal, aparezca ms sorprendente y ms grande an.

Razones de este gnero me han movido a dividir este precipitado trabajo
en dos partes: la una, en que trazo el terreno, el paisaje, el teatro
sobre que va a representarse la escena; la otra, en que aparece el
personaje, con su traje, sus ideas, su sistema de obrar; de manera que
la primera est ya revelando a la segunda, sin necesidad de comentarios
ni explicaciones.


V

CARTA-PRLOGO DE LA EDICIN DE 1851


_Seor don Valentn Alsina:_

Consgrole, mi caro amigo, estas pginas que vuelven a ver la luz
pblica, menos por lo que ellas valen, que por el conato de usted de
amenguar con sus notas los muchos lunares que afeaban la primera
edicin. Ensayo y revelacin para m mismo de mis ideas, el _Facundo_
adoleci de los defectos de todo fruto de la inspiracin del momento,
sin el auxilio de documentos a la mano, y ejecutada no bien era
concebida, lejos del teatro de los sucesos y con propsitos de accin
inmediata y militante. Tal como l era, mi pobre librejo ha tenido la
fortuna de hallar en aquella tierra, cerrada a la verdad y a la
discusin, lectores apasionados, y de mano en mano, deslizndose
furtivamente, guardado en algn secreto escondite, para hacer alto en
sus peregrinaciones, emprender largos viajes, y ejemplares por centenas
llegar, ajados y despachurrados de puro ledos, hasta Buenos Aires, a
las oficinas del pobre tirano, a los campamentos del soldado y a la
cabaa del gaucho, hasta hacerse l mismo, en las hablillas populares,
un mito como su hroe.

He usado con parsimonia de sus preciosas notas, guardando las ms
sustanciales para tiempos mejores y ms meditados trabajos, temeroso de
que por retocar obra tan informe, desapareciese su fisonoma primitiva y
la lozana y voluntariosa audacia de la mal disciplinada concepcin.

Este libro, como tantos otros que la lucha de la libertad ha hecho
nacer, ir bien pronto a confundirse en el frrago inmenso de
materiales, de cuyo caos discordante saldr un da, depurado de todo
resabio, la historia de nuestra patria, el drama ms fecundo en
lecciones, ms rico en peripecias y ms vivaz que la dura y penosa
transformacin americana ha presentado. Feliz yo si, como lo deseo,
puedo un da consagrarme con xito a tarea tan grande! Echara al fuego
entonces, de buena gana, cuantas pginas precipitadas he dejado escapar
en el combate en que usted y tantos otros valientes escritores han
cogido los ms frescos lauros, hiriendo de ms cerca, y con armas mejor
templadas, al poderoso tirano de nuestra patria.

He suprimido la introduccin como intil, y los dos captulos ltimos
como ociosos hoy, recordando una indicacin de usted en 1846 en
Montevideo, en que me insinuaba que el libro estaba terminado en la
muerte de Quiroga[41].

Tengo una ambicin literaria, mi caro amigo, y a satisfacerla consagro
muchas vigilias, investigaciones prolijas y estudios meditados. Facundo
muri corporalmente en Barranca-Yaco; pero su nombre en la Historia
poda escaparse y sobrevivir algunos aos, sin castigo ejemplar como
era merecido. La justicia de la Historia ha cado ya sobre l, y el
reposo de su tumba gurdanlo la supresin de su nombre y el desprecio de
los pueblos. Sera agraviar a la Historia escribir la vida de Rosas, y
humillar a nuestra patria recordarla, despus de rehabilitarla, las
degradaciones por que ha pasado. Pero hay otros pueblos y otros hombres
que no deben quedar sin humillacin y sin ser aleccionados. Oh! La
Francia, tan justamente erguida por su suficiencia en las ciencias
histricas, polticas y sociales; la Inglaterra, tan contemplativa de
sus intereses comerciales; aquellos polticos de todos los pases,
aquellos escritores que se precian de entendidos, si un pobre narrador
americano se presentase ante ellos con un libro, para mostrarles, como
Dios muestra las cosas que llamamos evidentes, que se han prosternado
ante un fantasma, que han contemporizado con una sombra impotente, que
han acatado un montn de basura, llamando a la estupidez, energa; a la
ceguedad, talento; virtud, a la crpula, e intriga y diplomacia, a los
ms groseros ardides; si pudiera hacerse esto, como es posible hacerlo,
con uncin en las palabras, con intachable imparcialidad en la
jurisprudencia de los hechos, con exposicin lucida y animada, con
elevacin de sentimientos y con conocimiento profundo de los intereses
de los pueblos y presentimiento, fundado en deduccin lgica, de los
bienes que sofocaron con sus errores y de los males que desarrollaron en
nuestro pas e hicieron desbordar sobre otros... no siente usted que el
que tal hiciera podra presentarse en Europa con su libro en la mano, y
decir a la Francia y a la Inglaterra, a la Monarqua y a la Repblica, a
Palmerston y a Guizot, a Luis Felipe y a Luis Napolen, al _Times_ y a
la _Presse_: leed, miserables, y humillaos! He ah vuestro hombre!, y
hacer efectivo aquel _ecce homo_, tan mal sealado por los poderosos,
al desprecio y al asco de los pueblos?

La historia de la tirana de Rosas es la ms solemne, la ms sublime y
la ms triste pgina de la especie humana, tanto para los pueblos que de
ella han sido vctimas, como para las naciones, Gobiernos y polticos
europeos o americanos que han sido actores en el drama o testigos
interesados.

Los hechos estn ah consignados, clasificados, probados, documentados;
fltales, empero, el hilo que ha de ligarlos en un solo hecho, el soplo
de vida que ha de hacerlos enderezarse todos a un tiempo a la vista del
espectador y convertirlos en cuadro vivo, con primeros planos palpables
y lontananzas necesarias; fltales el colorido que dan al paisaje los
rayos del sol de la patria; fltales la evidencia que trae la
estadstica que cuenta las cifras, que impone silencio a los fraseadores
presuntuosos y hace enmudecer a los poderosos impudentes. Fltame para
intentarlo interrogar el suelo y visitar los lugares de la escena, or
las revelaciones de los cmplices, las deposiciones de las vctimas, los
recuerdos de los ancianos, las doloridas narraciones de las madres que
ven con el corazn; fltame escuchar el eco confuso del pueblo, que ha
visto y no ha comprendido, que ha sido verdugo y vctima, testigo y
actor; falta la madurez del hecho cumplido y el paso de una poca a
otra, el cambio de los destinos de la nacin, para volver con fruto los
ojos hacia atrs, haciendo de la historia ejemplo y no venganza.

Imagnese usted, mi caro amigo, si codiciando para m este tesoro
prestar grande atencin a los defectos e inexactitudes de la vida de
Juan Facundo Quiroga ni de nada de cuanto he abandonado a la publicidad.
Hay una justicia ejemplar que hacer y una gloria que adquirir como
escritor argentino; fustigar al mundo y humillar la soberbia de los
grandes de la tierra, llmense sabios o gobiernos. Si fuera rico fundara
un premio Montyon para aqul que lo consiguiera.

Envole, pues, el _Facundo_ sin otras atenuaciones, y hgalo que
contine la obra de rehabilitacin de lo justo y de lo digno que tuvo en
mira al principio. Tenemos lo que Dios concede a los que sufren: aos
por delante y esperanza; tengo yo un tomo de lo que a usted y a Rosas,
a la virtud y al crimen, concede a veces: perseverancia. Perseveremos,
amigo; muramos, usted ah, yo ac; pero que ningn acto, ninguna palabra
nuestra revele que tenemos la conciencia de nuestra debilidad y de que
nos amenazan para hoy o para maana tribulaciones y peligros.

Queda de usted su afectsimo amigo,

DOMINGO F. SARMIENTO.

Yungay, 7 de abril de 1851.




INDICE


                                                                    Pgs.

NOTICIA PRELIMINAR, por Ricardo Rojas                                  9


PARTE PRIMERA

CAPTULO I.--Aspecto fsico de la Repblica Argentina
y caracteres, hbitos e ideas que engendra                            25

CAPTULO II.--Originalidad y caracteres argentinos.--El
rastreador.--El baqueano.--El gaucho malo.--El cantor                 47

CAPTULO III.--Asociacin.--La pulpera                               66

CAPTULO IV.--Revolucin de 1810                                      75


PARTE SEGUNDA

CAPTULO I.--Infancia y juventud de Juan Facundo Quiroga              93

CAPTULO II.--La Rioja.--El comandante de campaa                    110

CAPTULO III.--Sociabilidad.--Crdoba.--Buenos Aires (1825)          129

CAPTULO IV.--Ensayos.--Acciones del Tala y del Rincn               149

CAPTULO V.--Guerra social.--La Tablada                              168

CAPTULO VI.--Guerra social.--Oncativo                               185

CAPTULO VII.--Guerra social.--Chacn                                197

CAPTULO VIII.--Guerra social.--Ciudadela                            222

CAPTULO IX.--Barranca-Yaco                                          238

PARTE TERCERA


CAPTULO I.--Gobierno unitario                                       265

CAPTULO II.--Presente y porvenir                                    299


APNDICE

INTRODUCCIN AL APNDICE                                             337

PARTE PRIMERA.--Documentos de Quiroga                                339

PARTE SEGUNDA.--Documentos del autor sobre el Facundo              347




FOOTNOTES:

[1] El _Facundo_ ha sido traducido total, o casi totalmente, al francs,
por M. A. Giroud, alfrez de la Armada francesa; al alemn, por Juan
Eduardo Wapoeus, profesor de la Universidad de Gotinga; al ingls, por
la seora de Horacio Mann, y al italiano, por el seor Fontana de
Philipps. Cuando Sarmiento fu a Pars en 1847, llev este libro como
carta de introduccin, y M. de Mazade escribi sobre l una entusiasta
resea en la _Revue des deux Mondes_. Sobre este episodio, Sarmiento ha
contado pormenores hilarantes en sus _Viajes_. En el tomo XLVI de las
_Obras Completas_ hay un artculo especialmente dedicado al _Facundo_
por su autor.

[2] _Obras Completas_; tomo XLVI, pg. 320.

[3] La primera edicin del _Facundo_ se public en 1845 (Chile); la
segunda en 1851; la tercera en New York en 1868, corregidas las pruebas
por el hablista habanero Mantilla; la cuarta el ao 1874, por
Hachette, en Pars--al ascender Sarmiento a la Presidencia de la
Repblica--. Esta es una de las ediciones ms cuidadosas, lo mismo que
la de 1886, publicada por Beln Sarmiento en el tomo VII de las _Obras
Completas_. Yo no he visto la de 1868, pero Beln Sarmiento asegura que
nada ha variado en ella el texto de la anterior, de suerte que las
correcciones del hablista Mantilla--de quien habl Sarmiento--, fueron
slo correcciones de imprenta. La de 1851, lo mismo que la primera,
seguan la ortografa reformada que el autor preconizara en Chile por
entonces; pero como no persisti en ella al volver a su pas, me ha
parecido que en este caso deba seguir el texto de las _Obras
Completas_, que es el de la edicin prncipe, con la nica variante de
la ortografa, que Sarmiento acept en vida; pues las primeras ediciones
siguieron la ortografa chilena de entonces, de a cual Sarmiento fu
promotor.

[4] _Pginas literarias._ (_Obras_; tomo XLVI, pg. 322.)

[5] Idem, d., d.

[6] Se refiere a la poca de 1845, cuando Sarmiento y Vicente Fidel
Lpez fraternizaban en Chile como proscriptos argentinos, dados ambos a
la Prensa y a la enseanza.

[7] _Pginas literarias._ (_Obras_; tomo XLVI, pg. 322.)

[8] _Obras Completas_; tomo VII, pg. 6.

[9] Idem, d., d., pg. 16.

[10] Sarmiento escribe an desde el destierro, en 1851, o sea poco antes
de Caseros.

[11] _Obras Completas_; tomo VII, pg. 16.

[12] No siendo sta una edicin crtica, tampoco me he considerado en el
deber de glosar su texto. Debo tan slo recordar que el doctor David
Pea es autor de un novedoso libro sobre el general don _Juan Facundo
Quiroga_ (edicin Coni, Buenos Aires, 1906), en el cual se nos presenta
un Quiroga caucsico y urbano. Quiz este general vestido de levita, que
frecuentaba con don Braulio Costa y el general Mansilla las tertulias
aristocrticas de Buenos Aires, difiera tanto del modelo real como el
Tigre de los Llanos, sediento de sangre, que Sarmiento nos ha pintado.
Dada la compleja psicologa del hombre superior--aunque ste sea un
genio del mal--, es posible tambin que Facundo haya tenido la extraa
complejidad de ambos tipos. No olvidemos, adems, que Quiroga pudo ser
un hombre amable o ingenuo en la intimidad, y transfigurarse en el
desierto y la guerra. Mis dos abuelas me han referido la tradicin del
terror que las montoneras de Facundo dejaron en Santiago y en Tucumn;
pero se me ocurre que una leyenda igualmente siniestra habr de unirse
en ciertas familias belgas al nombre del general von der Goltz, militar
diplomtico a quien vean sonrer gentilmente nuestras damas del
Centenario... Las inexactitudes o exageraciones del _Facundo_ han sido
sealadas tambin por Guerra en su _Biografa de Sarmiento_, sobre todo
en el captulo VI.

[13] _Obras Completas_; tomo XLVI, pg. 84. La tumba de Quiroga a que
este pasaje se refiere, es, en efecto, uno de los ms conmovedores y
bellos monumentos de la Recoleta ms notable hoy que el fnebre solar ha
sido colmado de una srdida marmolera, costosa y vulgar, como sus
glorias burguesas...

[14] _Obras Completas_; tomo XLVI, pg. 293. Ese artculo se public en
_El Nacional_ del 7 de noviembre de 1878.

[15] En la edicin de 1874 (Pars, Hachete, cuarta edicin castellana),
el libro comprenda ya las tres biografas o _vidas_ de Quiroga, Aldao y
el Chacho, como aparece en el volumen VII de las _Obras Completas_. La
agregacin de la _Vida del Chacho_ obedece a los mismos propsitos que
las dos anteriores; pero en ese caso, ya la doctrina asume todo un
carcter de alegato en un caso que le era demasiado personal. Nosotros
no damos aqu sino la _Vida de Facundo_, pues forma parte del paisaje
descripto y de la doctrina esquematizada en esos trminos: Civilizacin
y barbarie.

[16] _Obras completas_; tomo XLVI, pg. 321.

[17] Life of Napoleon Buonaparte; tomo II, cap. I.

[18] El ao 1826, durante una residencia de un ao en la Sierra de San
Luis, ense a leer a seis jvenes de familias pudientes, el menor de
los cuales tena veintids aos.

[19] El general Mansilla deca en la Sala, durante el bloqueo francs:
y qu nos han de hacer esos europeos que no saben galoparse una
noche?; y la inmensa barra plebeya ahog la voz del orador con el
estrpito de los aplausos.

[20] ECHEVERRA, _La Cautiva_.

[21] DOMNGUEZ.

[22] No es fuera de propsito recordar aqu las semejanzas notables que
representan los argentinos con los rabes. En Argel, en Orn, en Mscara
y en los aduares del desierto vi siempre a los rabes reunidos en cafs,
por estarles completamente prohibido el uso de los licores, apiados en
derredor del cantor, generalmente dos, que se acompaan de la vihuela a
do, recitando canciones nacionales plaideras como nuestros tristes. La
rienda de los rabes es tejida de cuero y con azotera como las nuestras;
el freno de que usamos es el freno rabe, y muchas de nuestras
costumbres revelan el contacto de nuestros padres con los moros de la
Andaluca. De las fisonomas no se hable: algunos rabes he conocido que
jurara haberlos visto en mi pas. (_Nota de la edicin de 1850._)

[23] El doctor don Manuel Ignacio Castro Barros, cannigo de la catedral
de Crdoba.

[24] Detalles sobre el sistema y organizacin de este establecimiento de
educacin pblica, se encuentran en _Educacin Popular_, trabajo
especial consagrado a la materia y fruto del viaje a Europa y Estados
Unidos hecho por encargo del Gobierno de Chile.--_El Autor._--(Vase
tomo XII de las _Obras de Sarmiento_.)

[25] Despus de escrito lo que precede, he recibido de persona fidedigna
la aseveracin de haber el mismo Quiroga contado en Tucumn, ante
seoras que viven an, la historia del incendio de la casa. Toda duda
desaparece ante deposiciones de este gnero. Ms tarde he obtenido la
narracin circunstanciada de un testigo presencial y compaero de
infancia de Facundo Quiroga, que le vi a ste dar a su padre una
bofetada y huirse; pero estos detalles contristan sin aleccionar, y es
deber impuesto por el decoro apartarlos de la vista.

[26] _Registro oficial de la provincia de San Juan:_

A consecuencia de la presente ley, el gobierno de la provincia ha
estipulado con S. E. el seor general don Juan Facundo Quiroga los
artculos siguientes, conforme a su nota de 13 de septiembre de 1833:

1. Que abonar al Excmo. Gobierno de Buenos Aires la cantidad que ha
invertido en dichas haciendas.

2. Que suplir cinco mil pesos a la provincia sin pensin de rdito,
para la urgencia en que se halla de abonar la tropa que tiene en
campaa, dando tres mil pesos al contado, y el resto del producto del
ganado, a cuyo pago quedar afecto exclusivamente al ramo de
degolladuras.

3. Que se le ha de permitir abastecer por si solo, dando al pueblo a
cinco reales la arroba de carne, que hoy se halla a seis de mala
calidad, y a tres al Estado, sin aumentar el precio corriente de la
gordura.

4. Que se le ha de dar libre el ramo de degolladura desde el 18 del
presente hasta el 10 de enero inclusive, y pastos de cuenta del Estado
al precio de dos reales al mes por cabeza, que abonar desde 1. de
octubre prximo.--San Juan, septiembre 13 de 1833.--Ruiz.--_Vicente
Atienzo._

[27] El seor Alberdi me suministra este dato tomado en su viaje a
Italia.

[28] Puede verse esta cinta en la botonadura de los domsticos de la
Legacin Argentina. El enviado y los _atachs_ han tenido pudor de
ostentar el retrato.--(_Nota de la edicin de 1845._)

[29] Estos sacerdotes fueron el cura Villafae, de la provincia de
Tucumn, de setenta y seis aos de edad.

Dos curas Fras, perseguidos, de Santiago del Estero, establecidos en la
campaa de Tucumn, el uno de sesenta y cuatro aos y el otro de sesenta
y seis.

El cannigo Cabrera, de la catedral de Crdoba, de sesenta aos. Los
cuatro fueron conducidos a Buenos Aires y degollados en Santos Lugares,
previas las profanaciones referidas.

[30] Tengo estos hechos de don Domingo de Oro, quien estaba por entonces
al lado de Lpez, y serva de padrino a Rosas, muy desvalido para con
aqul en aquellos momentos.

[31] El xito final no ha justificado tan halageas esperanzas; la
industria de la seda languidece hoy en Mendoza, y desaparecer por falta
de fomento.--(_Nota de la edicin de 1851._)

[32] Frase vulgar tomada del modo de lavar de la plebe golpeando la
ropa; quiere decir que todava faltan muchas dificultades que vencer.

[33] Pueblos de abajo, Buenos Aires, etc., de arriba, Tucumn, etc.

[34] Estancieros del sur de Buenos Aires me han aseverado despus que la
expedicin asegur la frontera, alejando a los brbaros indmitos y
sometiendo muchas tribus, que han formado una barrera que pone a
cubierto las estancias de las incursiones de aqullos, y que, a merced
de estas ventajas obtenidas, la poblacin ha podido extenderse hacia el
Sur. La geografa hizo tambin importantes conquistas, descubriendo
territorios desconocidos hasta entonces y aclarando muchas dudas. El
general Pacheco hizo un reconocimiento del ro Negro, donde Rosas se
hizo adjudicar la isla de Choelechoel, y la divisin de Mendoza
descubri todo el curso del ro Salado hasta su desage en la laguna de
Yauquenes. Pero un Gobierno inteligente habra asegurado de esta vez
para siempre las fronteras del sur de Buenos Aires. El Ro Colorado,
navegable desde poco ms abajo de Cobu-Sebu, cuarenta leguas distante de
Concepcin, donde lo atraves don Luis de la Cruz, ofrece en todo su
curso, desde la cordillera de los Andes hasta el Atlntico, una frontera
a poca costa impasable para los indios. Por lo que hace a la provincia
de Buenos Aires, un fuerte establecido en la Laguna del Monte en que
desagua el arroyo Guamini, sostenido por otro a las inmediaciones de la
laguna de las Salinas hacia el Sur, otro en la sierra de la Ventana
hasta apoyarse en el Fuerte Argentino, en Baha Blanca, habran
permitido la poblacin del espacio de territorio inmenso que media entre
este ltimo punto y el Fuerte de la Independencia en la sierra del
Tandil, lmite de la poblacin de Buenos Aires al Sur. Para completar
este sistema de ocupacin, requerase, adems, establecer colonias
agrcolas en Baha Blanca y en la embocadura del ro Colorado, de manera
que sirviesen de mercado para la exportacin de los productos de los
pases circunvecinos; pues careciendo de puertos toda la costa
intermediaria hasta Buenos Aires, los productos de las estancias ms
avanzadas al Sur se pierden, no pudiendo transportarse las lanas, sebos,
cueros, astas, etc., sin perder su valor en los fletes.

La navegacin y poblacin de Ro Colorado adentro traera, a ms de los
productos que pueden hacer nacer, la ventaja de desalojar a los salvajes
poco numerosos que quedaran cortados hacia el Norte, hacindolos buscar
el territorio al sur del Colorado.

Lejos de haberse asegurado de una manera permanente las fronteras, los
brbaros han invadido desde la poca de la expedicin al Sur, y
despoblado toda la campaa de Crdoba y de San Luis; la primera hasta
San Jos del Morro, que est en la misma latitud que la ciudad. Ambas
provincias viven desde entonces en continua alarma, con tropas
constantemente sobre las armas, lo que, con el sistema de depredacin de
los gobernantes, hace una plaga ms ruinosa que las incursiones de los
salvajes. La cra de ganado est casi extinguida, y los estancieros
apresuran su extincin para librarse al fin de las exacciones de los
gobernantes por un lado, y de las depredaciones de los indios por otro.

Por un sistema de poltica inexplicable, Rosas prohibe a los Gobiernos
de la frontera emprender expedicin alguna contra los indios, dejando
que invadan peridicamente el pas y asolen ms de doscientas leguas de
frontera. Esto es lo que Rosas no hizo como deba hacerlo en la tan
decantada expedicin al Sur, cuyos resultados fueron efmeros, dejando
subsistente el mal, que ha tomado despus mayor agravacin que
antes.--(_Nota de la edicin de 1851._)

[35] En la causa criminal seguida contra los cmplices en la muerte de
Quiroga, el reo Cabanillas declar en un momento de efusin, de
rodillas, en presencia del doctor Maza--degollado por los agentes de
Rosas--, que l no se haba propuesto sino salvar a Quiroga; que el 24
de diciembre haba escrito a un amigo de ste, un francs, que le
hiciese decir a Quiroga que no pasase por el monte de San Pedro, donde
l estaba aguardndole con veinticinco hombres para asesinarlo por orden
de su Gobierno; que Toribio Junco--un gaucho de quien Santos Prez
deca: Hay otro ms valiente que yo: es Toribio Junco--haba dicho al
mismo Cabanillas que, observando cierto desorden en la conducta de
Santos Prez, empez a acecharlo, hasta que un da lo encontr
arrodillado en la capilla de la Virgen de Tulumba, con los ojos
arrasados de lgrimas; que preguntndole la causa de su quebranto, le
dijo: Estoy pidindole a la Virgen me ilumine sobre si debo matar a
Quiroga, segn me lo ordenan; pues me presentan este acto como convenido
entre los gobernadores Lpez de Santa Fe, y Rosas, de Buenos Aires,
nico medio de salvar la Repblica.--(_Nota de la edicin de 1851._)

[36] Tuve estos detalles del malogrado doctor Piero, muerto en 1846 en
Chile, pariente del doctor Ortiz, compaero de viaje de Quiroga desde
Buenos Aires hasta Crdoba. Es triste necesidad, sin duda, no poder
citar sino los muertos, en apoyo de la verdad.--(_Nota de la edicin de
1851._)

[37] _Histoire de Venise_; tomo II, lib. VII, pg. 84.

[38] _Chronique du moyen ge._

[39] _Histoire de Pars_; tomo III, pg. 176.

[40] Es decir, corrigi las pruebas de la edicin de 1868; pues al hacer
esta reimpresin y comparar esa edicin con la de 1845, no hemos
encontrado otra diferencia que la que resulta de la mejor correccin de
pruebas.--_El Editor_ de las OBRAS COMPLETAS.

[41] Ambos captulos los reproducimos en esta edicin, as como lo
fueron en la de Pars de 1874 y en la edicin de las OBRAS COMPLETAS.






End of the Project Gutenberg EBook of Facundo, by Domingo Faustino Sarmiento

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1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
