The Project Gutenberg EBook of Los majos de Cdiz, by Armando Palacio Valds

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Title: Los majos de Cdiz

Author: Armando Palacio Valds

Release Date: October 5, 2011 [EBook #37637]

Language: Spanish

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En esta edicin se han mantenido las convenciones
    ortogrficas del original, incluyendo
    las variadas normas de acentuacin
         presentes en el texto.
        (nota del transcriptor)



LOS

MAJOS DE CDIZ

(NOVELA DE COSTUMBRES)

POR

ARMANDO PALACIO VALDS

MADRID

TIPOGRAFA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNNDEZ

Libertad, 16 duplicado.

1896

ES PROPIEDAD




PRLOGO

Observaciones acerca de la composicin en la novela.


I

Para el lector aficionado  razonar el arte y discutir su tcnica
escribo estas breves lneas. Pselas por alto quien slo aspire 
sentirlo, seguro de que nada perder en ello: mi simpata, como la de
todo artista, estar siempre con l. Porque slo una imaginacin fresca
exenta de conceptos retricos puede gozar realmente las obras poticas,
respirar con libertad en el mundo de la fantasa. Adems, dgase lo que
se quiera,  ningn _maese Pedro_ le place mostrar por dentro el retablo
de las figuras con sus jarcias y resortes; y si alguna vez lo hace,
suele ser apretado por el deseo de defenderse de los pecados que le
atribuyen  de prevenir al pblico contra los errores de una crtica
precipitada  desleal. No es esto, sin embargo, lo que me impulsa 
escribir el presente prlogo, como tampoco me ha movido  escribir el
que aos ha puse al frente de mi novela _La Hermana San Sulpicio_. En
Espaa, afortunadamente, apenas si existe la crtica, y el autor de
novelas goza de aquella paz profunda, de aquella amable serenidad de que
gozaron en las primeras edades del mundo Valmiky y Homero para escribir
sus inmortales poemas. La nica razn que hallo en mi espritu (aparte
de cierta mana didctica que me ha quedado de los aos de adolescencia,
cuando con mi dedo infalible sealaba  los autores la ruta que deban
seguir) es la contradiccin en que me reconozco con los gustos y
tendencias que dominan actualmente lo mismo en las artes plsticas que
en la poesa. Esta contradiccin me atormenta sobremanera, porque me
hace dudar de m mismo. Derramo la vista por Europa y no veo en la
pintura y en la poesa ms que escenas lgubres y prosaicas, no escucho
sino acentos de muerte. De las estepas de la Rusia llegan delirios
msticos que entusiasman al pueblo de Molire, de Rabelais y de
Voltaire. De aqu surgen anlisis indigestos, obscenidades escandalosas
que seducen  los hijos de Cervantes; por ltimo, el viento glacial de
la Noruega nos enva en forma dramtica areos simbolismos que
estremecen de gozo  la Italia,  la Italia, donde han nacido Virgilio
y Petrarca, Rafael y Tiziano! Naturalistas, msticos, decadentistas,
ibsenistas, simbolistas en la poesa; luministas, azulantes, metalistas
en la pintura. El arte se me representa como un inmenso ataque de
nervios, los artistas como locos unas veces, otras como charlatanes que
disfrazan su impotencia con afectaciones monstruosas y se aprovechan
hbilmente de la perversin general del gusto; el pblico estragado por
ellos y por el utilitarismo reinante, sin criterio para distinguir lo
bello y lo sano de lo feo y absurdo.

Al observar mi naturaleza en contradiccin tan radical con el espritu
de la poca me asalta el temor de padecer una aberracin mental: hay
momentos en que me figuro ser uno de esos infelices degenerados
incapaces de adaptarse al medio que tan bien pintan los modernos
filsofos de la escuela positiva, y me estremezco y me abato, y me
propongo en trmino no lejano someterme  un tratamiento teraputico
adecuado. Es posible que con las duchas, la nuez de Kola y el vino
ferruginoso, los dramas noruegos me parezcan tan interesantes como los
de Shakspeare, Caldern  Schiller, los msticos rusos tan profundos
como Platn y Spinoza, las novelas de la escuela naturalista tan bellas
como las de Longo, Cervantes y Goethe, los cuadros de los decadentistas
franceses mejores que los de Rubens y Velzquez. Pero mientras llega la
hora feliz de regenerarme hasta donde sea posible, pido permiso para
exponer algunas observaciones crticas acerca del arte de escribir
novelas. Voy  aventurar ciertas hiptesis que constituyen el fondo
mismo de mi inspiracin, lo que hasta ahora me ha sostenido y consolado
en la ya larga labor que he llevado  trmino. Absurdas  verdaderas, yo
las amo. Slo pido al lector que antes de condenarlas al desprecio las
medite un instante.


II

Dirijamos una mirada  la historia del arte. Hay un hecho que desde
luego llama poderosamente la atencin: la fecundidad prodigiosa de
ciertas pocas y la esterilidad de otras. En el perodo de poco ms de
un siglo que media entre Fidias y Praxiteles nacen en el suelo reducido
de la Grecia centenares de escultores, la mayor parte desconocidos para
nosotros, pero cuyas obras, carcomidas y mutiladas como salen de entre
los escombros, nos llenan de admiracin y alegra. En un perodo de
cincuenta  sesenta aos del siglo XV brilla en el pas de Flandes
legin numerosa de grandes pintores, cuyos cuadros, si alguien ha
igualado, nadie ha sobrepujado jams. Apgase momentneamente la
inspiracin de los artistas flamencos en el siglo XVI y se traslada 
Italia, donde viven y trabajan  un mismo tiempo algunas docenas de
genios portentosos, cada uno de los cuales bastara para ilustrar un
siglo. Torna la mgica fuerza en el siglo XVII  los Pases Bajos y
produce esa maravillosa explosin donde los pintores ya no se cuentan
por cientos, sino por millares. Nuestra patria se siente arrastrada por
Italia y por Flandes al cielo de la belleza, y hace brotar de su seno la
famosa escuela espaola con Zurbarn, Ribera, Velzquez y Murillo. No
es verdad que parece un contagio? De pronto aquel sol esplendoroso se
eclipsa y quedamos dos siglos en oscuridad y tristeza. Slo tal cual
artista, aproximndose, aunque sin igualar jams  aquellos genios,
brilla como estrella solitaria y melanclica.

Las explicaciones que los historiadores del arte suelen dar  este hecho
sorprendente nunca me han satisfecho. La aparicin del arte como una
consecuencia natural del engrandecimiento material de los pases, como
la flor de la civilizacin, que es la teora hoy predominante, no hace
ms que agregar un hecho  otro hecho sin explicar ninguno de los dos.
Supongamos cierto que el arte se produce necesariamente cuando los
pases alcanzan cierto grado de prosperidad, cuando el hombre, despus
de haber allanado los obstculos que la naturaleza le opona para su
subsistencia, queda desahogado y puede gozar en calma de la vida. Pero
la dificultad queda en pie. Por qu en ciertas pocas de prosperidad
nacen muchos y grandes artistas, y en otras de tanta  mayor opulencia
no nace ninguno? Nadie puede dudar que en la actualidad existen en el
mundo pases ricos y prsperos donde la civilizacin ha subido  una
altura desconocida en la historia, donde la vida es fcil, segura,
cmoda. Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Blgica, Holanda y los
Estados Unidos de Amrica son testimonios innegables de esta afirmacin.
Adems, en ninguna poca conocida de la historia los artistas han podido
trabajar con ms seguridad ni han encontrado un pblico tan numeroso ni
tan solcito para recompensarlos. Comprese lo que hoy gana cualquier
pintor, por poco que se distinga, con lo que obtenan por sus obras
Velzquez  Rembrandt. Comprese la consideracin y el respeto de que
hoy gozan los artistas, hasta el punto de formar una aristocracia tan
elevada y orgullosa como la de la sangre, con la proteccin desdeosa
que los prceres de otros siglos les dispensaban y el humillante jornal
que algunos reyes solan otorgarles. Qu momento ms favorable puede
ofrecerse para que la flor de la poesa abra sus ptalos  la luz y
ostente sus colores ms brillantes? Gloria, dinero, seguridad, todo lo
posee hoy el artista que sepa distinguirse. Y, sin embargo, nuestros
pintores y escultores no pueden compararse  los de otras pocas! La
msica, que es el arte ms moderno, se encuentra hace aos ya en
absoluta decadencia; la literatura, como luego demostrar, igualmente.

Existen, dicen los filsofos naturalistas, razones fisiolgicas que
explican y determinan este fenmeno, como todos los dems de la vida. No
lo dudo. El hombre se halla enteramente sometido  las fuerzas que obran
en el seno de la naturaleza, las cuales,  par que engendran, limitan el
desarrollo de los individuos y las razas. Pero la accin de tales
fuerzas es tan misteriosa, se ejerce por caminos tan oscuros para
nosotros, que slo vagamente podemos atribuirles cuanto sucede en el
mundo. Nuestro espritu exige motivos ms cercanos. Voy, pues,
humildemente  proponer una explicacin racional del problema, con la
esperanza de que, si no satisface al lector, por lo menos le ayudar 
pensarlo y resolverlo por s mismo.

Como no hallo razn para que en los cincuenta primeros aos de un siglo
nazcan cien artistas de gran mrito y en los cincuenta siguientes
ninguno, me atrevo  sostener que, dadas las mismas condiciones de raza,
de medio, de cultura, de seguridad y de estmulo, los hombres nacen
iguales,  lo que es igual, en la segunda mitad de un siglo, como no
hayan variado notablemente las circunstancias apuntadas, ven la luz
tantos artistas como en la primera. La diferencia est solamente en que
en la primera mitad los hombres que han nacido con aptitudes para sentir
la belleza y representarla han podido sacar el fruto de ellas, las han
desenvuelto natural y lgicamente, mientras que los segundos, por causas
que ahora voy  indicar, no han podido mostrar al mundo su riqueza
interior.

Atribuyo la decadencia de las bellas artes, cuando no hay razn externa
que la explique,  una perversin del gusto, esto es,  la _falta de una
direccin sana y adecuada para los artistas_. Creo que el gusto es lo
que determina la altura que el pintor, el escultor  el poeta puede
alcanzar en sus obras. Los artistas de las pocas de decadencia han
nacido tan bien dotados por la naturaleza como los del florecimiento.

Convirtamos los ojos  la poca actual. Examinando los cuadros que hoy
se pintan, las estatuas que se esculpen,  leyendo con atencin las
obras poticas que se publican, nadie puede echar menos con justicia el
ingenio, la invencin y el estudio. Si no en la mayor parte, porque la
produccin es excesiva, veo detrs de muchas de ellas la mano y la
inteligencia de un hombre superior, perfectamente dotado por la
naturaleza para producir obras bellas y duraderas. Por qu no las
produce? Slo por un error de su inteligencia, por una torcida
direccin que el momento y el medio en que naci han impreso  su
inspiracin, en suma, por la falta de _gusto_. Esto es lo que se observa
hoy, principalmente en el cultivo de las artes; ausencia de gusto. _To
be honest, as this world goes is to be one man pick'd out of ten
thousand_, dice Hamlet. Parodiando estas palabras, bien podemos afirmar
que, tal como hoy van las artes bellas, tener buen gusto equivale 
sealarse, no entre diez mil hombres, sino entre cien mil.

El origen de esta perversin del gusto no debe buscarse en
circunstancias del momento, en defectos de escuela trasmitidos de unos
individuos  otros, en extravos fortuitos. Su fundamento es ms alto 
mi juicio: se halla en el principio mismo que ha engendrado la gran
superioridad artstica del Occidente sobre el arte asitico, en el mayor
desarrollo de la energa individual. Tan cierto es que no hay principio
verdadero y fecundo que exagerado no se convierta en error y en
manantial de ruina y que el _nada demasiado_ del orculo griego es la
mayor verdad que se ha dicho hasta ahora en el mundo.

La mayor energa individual, la afirmacin de su independencia frente 
la naturaleza, produciendo la variedad de los caracteres, es lo que ha
elevado al griego sobre el indio y el arte occidental sobre el asitico.
En el mundo oriental slo existen tipos; de aqu la monotona, no
privada de belleza y sublimidad muchas veces, de sus monumentos
poticos. Pero aquel principio fecundo para la civilizacin, y
singularmente para las artes, que ha engendrado la _Iliada_, el
_Prometeo encadenado_, la _Niob_ y el _Partenon_, que ms tarde cre
las obras portentosas del Renacimiento, exagerado en la Europa moderna,
sacado fuera de sus justos lmites, ha trado consigo el desequilibrio y
como resultado la decadencia. La energa individual y la independencia
exageradas se han trasformado en _vanidad_. Este es el gusano que roe y
paraliza la fuerza de los artistas contemporneos.

Obsrvese el procedimiento de los antiguos y de los que los han imitado
en el perodo del Renacimiento. Un artista, que por sus obras excelentes
llegaba  merecer el ttulo de maestro, reuna en torno suyo un grupo
ms  menos numeroso de jvenes  quienes revelaba los secretos del arte
 infunda su propio espritu, adiestrndolos lentamente para hacerlos
primero sus ayudantes, luego colaboradores de sus obras. El discpulo,
al cabo, se haca maestro, conclua por separarse, pero segua
trabajando en la misma direccin y con los mismos procedimientos, y sin
darse quiz cuenta de ello, ni menos proponerse _romper ningn molde_,
por la energa de su personalidad artstica produca obras distintas,
tanto  ms bellas que las de su maestro, pero sin que se desatase el
lazo que los una. Igual fenmeno en la literatura. Homero es el gran
maestro del mundo helnico. Todos los poetas dramticos, picos 
lricos acuden  l para beber su inspiracin. Esquilo, Sfocles,
Pndaro y Eurpides confiesan modestamente que viven de las migajas de
su mesa. Ms tarde, cuando Roma empua el cetro de la literatura, sus
poetas ms insignes no se desdean de llamarse discpulos de los
griegos, los estudian con veneracin y los imitan con complacencia. Nada
han desmerecido por eso  los ojos de la posteridad. La _Eneida_ es una
imitacin de la _Odisea_, y sin embargo hace veinte siglos que embelesa
al mundo.

Deca Sfocles en los ltimos aos de su vida que si haba logrado
escribir algo bello en su vida, fu renunciando  _la pompa de Esquilo_
y tambin  los refinamientos de arte  que se senta demasiado
inclinado. Estas palabras deben dar que pensar  cualquier artista,
porque encierran la ms profunda enseanza. Cuando los ciclos
legendarios de la Grecia haban sido ya desenvueltos de un modo
maravilloso por el genio de Esquilo en trilogas dramticas que
parecan insuperables, Sfocles logr, sin embargo, aventajarle. No
hubiera conseguido esto, si guiado por el amor propio tratase de
superarle buscando mayores y ms vivos efectos, esforzando las galas del
lenguaje. Pero guiado slo del amor  lo bello y permaneciendo fiel  su
naturaleza, no trat ms que de producir obras bellas y perfectas, sin
curarse de competir en ingenio con su glorioso predecesor; y por esta
modestia y esta moderacin lleg  ser el ms grande de los dramaturgos
que la humanidad ha producido.

Cun distinto lo que hoy sucede! Apenas un joven sabe tener el pincel,
la pluma  el cincel en la mano, ya se juzga en la necesidad de crear
algo original, cuando no extrao  inaudito: se creera humillado
siguiendo la inspiracin y los procedimientos de otro artista, por
grande que sea. El negocio capital para l no es trabajar bien, sino
trabajar de un modo distinto que los otros; la originalidad le preocupa
mucho ms que la belleza. Este anhelo que hoy se ha apoderado de todas
las cabezas, hasta de las ms vacas, hace recordar aquel gracioso
epigrama de Goethe  los originales: Un qudam dice: Yo no pertenezco 
ninguna escuela; no existe maestro vivo de quien reciba lecciones; en
cuanto  los muertos, jams he aprendido nada de ellos. Lo cual
significa, si no me equivoco: Soy un majadero por mi propia cuenta.
Este afn desmedido de originalidad qu otra cosa es sin lo que hemos
dicho, una exageracin de la energa individual, un desequilibrio, el
pecado, en fin, de la soberbia? Triste es confesarlo, pero en la torcida
direccin que hoy siguen las artes no debe echarse toda la culpa  los
que las cultivan. El pblico tiene tambin una gran parte; el pblico
que, en vez de pedirles obras bellas, bien meditadas y con destreza
concludas, les exige solamente que no se parezcan  los dems,
fomentando de esta suerte la excentricidad y el mal gusto, que ha dado
vida en los ltimos aos  esa nube de obras extravagantes y ridculas,
donde la impotencia marcha unida  la vanidad. A la novela, como gnero
predominante hoy en la literatura, ha tocado la mayor parte de esta
viciosa corriente.


III

La novela es un gnero comprensivo que participa de la naturaleza de la
epopeya, de la del drama y que no pocas veces tambin entra en los
dominios de la poesa lrica. Tal amplitud permite al escritor una
gozosa libertad, que no disfrutan los que cultivan otros gneros ms
definidos. No slo se le exime del lenguaje rtmico, sino de aquellas
otras trabas con que la retrica dogmtica ha atormentado hasta ahora 
los poetas picos y lricos. La novela, en su esencia, rechaza toda
definicin: es lo que el novelista quiere que sea. Pero tanta
independencia trae, como es lgico, aparejada una mayor responsabilidad:
ya que tanto se le perdona al novelista, menester es que su invencin no
desmaye jams: de todo se le exime menos del ingenio. El novelista tiene
la obligacin ineludible de no fatigar jams al lector, de mantener su
atencin despierta, sujeto su espritu por lazos invisibles para hacerle
viajar sin sentirlo por el mundo imaginario. Cun poco nos acordamos
los que escribimos novelas de este primer requisito de toda composicin
romancesca! La mayor parte de las veces parece que, en lugar de
interesar al lector y recrear su espritu, nos proponemos acabar con su
paciencia.

La composicin es el escollo en que tropiezan la mayor parte de los
autores de novelas. Hay bastantes capaces de representarse la belleza y
el inters que ofrece la vida con sus contrastes, dotados de rica
fantasa, de penetracin y de estilo; pero son  mi juicio muy pocos los
que en la actualidad saben _componer_ un libro. No acontece esto porqu
la cualidad de componer sea superior  ms rara que las otras, sino
porque los autores no fijan en ello la atencin como debieran.
Preguntaban  Newton en cierta ocasin: Cmo ha llegado usted 
descubrir la ley de la gravitacin? A lo que el sabio respondi
modestamente: Pensando en ello. Si los novelistas pensasen ms en la
perfeccin de sus obras y menos en ostentar  todo trance las cualidades
de que se creen poseedores,  en producir ruido, imagino que aqullas
seran ms bellas y duraderas. Para ello lo primero que debieran
representarse es que una novela es una obra de arte; por lo tanto, una
obra donde la armona es lo esencial. Esta armona la encuentra
naturalmente el artista que sabe limitar sus concepciones y concentrar
los tesoros de su fantasa exhibiendo de ellos lo que hace falta y nada
ms. Excluye tal limitacin la riqueza del fondo, la pintura viva de
los pormenores, el sentimiento de los matices, la delicadeza para
apreciar las relaciones ms sutiles de la vida? Estoy muy lejos de
pensarlo. Todo eso puede subsistir perfectamente dentro de unos
contornos precisos. Basta que el novelista sienta la necesidad de la
claridad y la medida.

El hombre es un ser limitado y, por lo mismo, todo lo que de l proceda
ha de ser limitado tambin. Porque el fondo de la obra de arte, que es
la belleza ideal, carezca de lmites no debe imaginarse que su expresin
plstica  conceptiva pueda sustraerse  ellos. La belleza se expresa
eternamente en la naturaleza de un modo definido, claro, concreto. En el
arte debe acaecer lo mismo. Hay muchos artistas que ignoran esta gran
verdad; se figuran que dejando inciertos los contornos de su obra se
emancipan de la limitacin que constituye su ser, se aproximan mejor 
la sublimidad y grandeza del ideal. Es un error de ptica por el cual se
engaan  s mismos y engaan  los dems. As sucede que cuando aparece
una de esas obras aparatosas, enormes, enfticas, envueltas de vaguedad
y misterio, con aspiraciones simblicas y msticas, como muchas de la
escuela romntica pasada y casi todas las de los naturalistas,
simbolistas y decadentistas modernos, el pblico se estremece, imagina
que detrs de aquellas nieblas hay un inefable misterio, que se va 
descubrir al fin y contemplar el eterno ideal, y corre afanoso 
presenciar el milagro; pero ay! no tarda en volver mustio y
desengaado, porque detrs de tanto aparato no ha visto absolutamente
nada. La obra portentosa se hunde muy pronto en el olvido, mientras la
obra bien definida, clara y armnica, como la _Odisea_, las
_Siracusanas_ de Tecrito, el _Hermann y Dorotea_ de Goethe, sigue por
los siglos de los siglos fresca como una rosa, reflejando la inmortal
belleza del universo.

Tampoco juzgo que esta armona necesaria en la composicin de la novela
sea equivalente de la simplicidad. La novela participa, como ya he
dicho, de la naturaleza del drama y de la de la epopeya, pero ms,  mi
juicio, de la ltima. No es, pues, esencial para ella que la accin
avance rpidamente hacia su fin, sin distraerse jams como en el drama,
sino que puede marchar con lentitud, detenindose  cada instante para
referir episodios  describir pases y costumbres,  semejanza de los
poemas picos; porque, como expresa profundamente Schiller, la accin
para el poeta dramtico es el verdadero fin, mientras para el pico
(digamos novelista en este caso) no es ms que un medio para alcanzar un
objeto absoluto y esttico. Ahora bien, cul es este objeto absoluto y
esttico que el poeta pico y el novelista persiguen? El mismo Schiller
lo descubre con admirable claridad en otra de sus cartas: La misin del
poeta pico es hacer que aparezca toda entera la ntima verdad del
asunto: no pinta ms que la existencia tranquila de las cosas y el
efecto que naturalmente producen: h aqu por qu, en vez de correr
impacientemente hacia el trmino de la narracin, nos place detenernos 
cada instante con l. Dejemos, pues, al novelista la libertad de
pararse donde lo tenga  bien, como el poeta pico: si siente amor  la
claridad y  la medida, clara y armnica ser su obra, aunque se
distraiga  menudo. Nadie osar negar estas cualidades  la _Odisea_ y
la _Eneida_, ni al _Quijote_ y el _Gil Blas de Santillana_,  pesar de
sus numerosos episodios. Guardmonos de confundir la armona con la
simplicidad de la accin, ni siquiera con la regularidad de sus partes.
Es algo ms profundo y espiritual que surge espontneamente de la
belleza del asunto y del equilibrio en las facultades del novelista.

No hay para qu advertir que esta libertad se halla subordinada  la
exigencia ineludible de toda obra de arte, que es la de interesar. Los
episodios han de tener, pues, en la novela, como en el poema pico, un
valor absoluto  independiente,  lo que es igual, han de ejercer sobre
el espritu la fascinacin que produce la belleza. Si no deleitan, deben
suprimirse. Como regla emprica de la composicin (pues me parece
impertinente dogmatizar en este punto), aadir que  mi entender los
episodios deben apartarse lo menos posible de la accin principal y
guardar con ella una relacin secreta, si no aparente. Son ms
plausibles aquellos que  su belleza absoluta agregan un valor relativo,
como es el de dar mayor relieve al carcter principal de la obra 
producir lo que hoy se llama _color local_, esto es, descubrir el
misterioso lazo que une al hombre con la naturaleza,  los caracteres
con los sitios en que se ejercita su actividad. Casi todos los del
_Quijote_ cumplen admirablemente con este requisito. Pero los de otros
novelistas espaoles, como Mateo Alemn, Vicente Espinel, Vlez de
Guevara; Cspedes, etc.,  menudo nos fatigan por lo deshilvanados, ya
que no por lo desabridos... Y lo mismo sucede,  pesar de su excelencia,
con las novelas de algunos escritores extranjeros, como Richardson,
Fielding, Dickens, Juan Pablo Richter, etc.

Observar que esta tendencia  la dispersin se ha atenuado mucho en los
tiempos presentes. Los actuales novelistas gustan ms de recoger una
accin y seguirla sin vacilaciones ni tregua que de entretenerse con
otras narraciones secundarias ms  menos alejadas de la principal, como
hacan los del siglo pasado y los de la primera mitad del presente. En
este punto, no obstante, los escritores de raza latina se sealan ms
por su amor  la unidad que los germanos y eslavos, inclinados siempre
con predileccin  la variedad. Las obras de estos ltimos se
caracterizan por una gran riqueza de ideas y sentimientos: en las de
algunos de ellos hay tal delicadeza de percepcin para recoger las
relaciones ms sutiles del mundo ideal que nos asombra; pero en general
estn peor compuestas que las de los latinos. Voy  presentar un ejemplo
de dos escritores modernos que ya no existen. Dostoievsky, escritor
ruso, y Silvio Pellico, italiano, han narrado ambos la historia de sus
martirios en la prisin donde por causas anlogas estuvieron encerrados.
El libro del primero titulado _Recuerdos de la Casa de los Muertos_ es
ms original, su sentimiento quiz ms profundo, su observacin sin
disputa ms delicada. En cambio se nota que el autor carece del talento
de la composicin: el libro,  pesar de las brillantes cualidades que
posee, no puede leerse sin cierta fatiga. Por el contrario, la obra del
escritor italiano titulada _Mis prisiones_, no tan vigorosa, es ms
pura, ms fresca, ms equilibrada y est tan admirablemente compuesta
que ha logrado ser un libro clsico ledo en todos los pases con
verdadero encanto.

Relacionado estrechamente con la composicin se halla el tamao que  la
novela debe darse; porque es punto menos que imposible componer bien una
de exageradas dimensiones. Parece  primera vista insensato sealar
lmites materiales  una obra potica y aprisionar los vuelos del
artista, pero es ms insensato escribir obras descomunales y acusa
generalmente presuncin en los autores y, lo que es ms grave para
ellos, debilidad. El afn desmedido de escribir _largo_ significa en
muchos casos un deseo pueril de mostrarse fuerte, poderoso, sin
comprender que el verdadero modo de mostrar fuerza es apoderarse del
asunto y dominarlo y dominarse  s mismo y poseerse enteramente. De
igual modo la exaltacin, que da origen en algunas ocasiones  actos de
valor y herosmo y  rasgos felices en el orden espiritual, no indica,
segn los mdicos, un sistema de nervios vigoroso, sino dbil y enfermo.
El autor que escribe largo debe comprender que todo lo que gane en
extensin su obra lo perder en intensidad, y que no hay asunto que no
pueda y deba desarrollarse con medida. El _Ramayana_, la _Iliada_ y la
_Odisea_, epopeyas que reflejan civilizaciones enteras, que llevan
dentro de s un mundo de ideas y costumbres, de sucesos, de noticias
cientficas  histricas, no tienen tantas pginas como ciertas novelas
modernas. Adems, si desea ser ledo no slo en vida, sino despus de su
muerte (y el autor que no aspire  ello debe soltar la pluma), no puede
ocultrsele,  no cegarle la vanidad, que para salvarse del olvido no
slo necesita producir una obra de belleza excepcional, sino procurar
que no sea muy larga. El mundo contiene ya tantas grandes y bellas, que
se necesita una prolongada vida para leerlas todas. Pedir al pblico,
as que pase la novedad, que lea una produccin de exageradas
dimensiones, cuando tantas otras reclaman su atencin y su tiempo, me
parece intil y hasta ridculo. No doy esto como principio absoluto,
porque bien puede aparecer una obra de tan subido mrito que, larga 
corta, se lea por los siglos de los siglos. Slo me refiero  la
produccin ordinaria. El ejemplo ms notable de lo que afirmo se hallar
en el clebre novelista ingls Richardson. El autor de _Clarisa Harlowe_
y de _Pamela_, que  su ingenio admirable,  su exquisita sensibilidad y
penetracin aade la circunstancia de ser el padre de la novela moderna,
apenas es hoy ledo,  lo menos en los pases latinos. Dada la belleza
indisputable de sus obras, no puede achacarse  otra cosa que  su
exagerada amplitud. Y la prueba de ello es que en Francia y Espaa, 
fin de que pudieran ser gustadas, se han publicado algunos eptomes 
compendios extractando de ellas lo ms interesante. Tal proceder me
parece una verdadera profanacin; pero  ella se exponen los escritores
que no saben  no pueden concentrar las grandes facultades con que la
naturaleza les ha favorecido.

Y basta ahora acerca de la estructura  esqueleto de la novela.


IV

Todo es asunto adecuado para la novela, se dice actualmente; toda parte
de la realidad, toda fraccin de la vida reproducida por un escritor
inspirado puede engendrar una novela. Esta afirmacin, que considero
exacta en cierto sentido, sacada de sus justos lmites y proclamada como
principio absoluto ha dado origen  la literatura trivial y prosaica
que hoy nos ahoga. Verdad que el espritu humano puede embellecerse al
contacto de toda realidad cuando arroja sobre ella una mirada serena;
pero no es menos cierto que,  ms de este elemento puramente subjetivo,
hay en la produccin de la belleza otro elemento objetivo que determina
su valor y su fuerza. El placer de Velzquez pintando sus _Borrachos_, 
el de Rembrandt cuando bosquejaba su clebre _Leccin de anatoma_,
deba de ser grande: es siempre un goce contemplar la naturaleza de un
modo desinteresado: mayor an poseer la facultad de reproducirla con la
exactitud asombrosa de estos maestros. Pero la alegra de Tiziano, de
Corregio y Rafael deba de ser infinitamente ms viva, porque estos
grandes artistas no slo se olvidaban de s mismos como los otros, no
slo la reproducan con admirable verdad, sino que vivan en ntima
relacin con sus formas ms puras y elevadas, aquellas en que ha podido
expresarse con mayor libertad. Y cuando esta naturaleza tropezaba en su
desenvolvimiento con algn obstculo que la afeaba, estos pintores,
guiados por su instinto, la interpretaban, le arrancaban su secreto
deseo y la ayudaban  expresar claramente lo que slo torpe y
confusamente balbuca.

No es, pues, indiferente el asunto  tema en que la pluma de un escritor
se ejercite. Todos son dignos, como los oficios en que el hombre cumple
con la ley del trabajo, pero unos son bajos y otros elevados. Quiz esta
afirmacin parezca anticuada  los modernos estticos, pero la encuentro
exacta. Despus de todo, en la mayor parte de estos asuntos  m me
basta la verdad antigua. El que pinta bien la naturaleza muerta, jams
ser tan gran artista como el que pinta bien la naturaleza viva: quien
reproduzca slo las formas ms groseras de la vida y los movimientos
rudimentarios del espritu, no alcanzar la gloria del que sabe evocar y
poner en conflicto pattico las grandes pasiones del alma humana.
Considero absurda la importancia que hoy se da  los que manejan bien
los accesorios, lo mismo en las artes plsticas que en la poesa. Pintar
bien el fondo de un cuadro, los muebles, los cortinajes no es ser un
pintor en la acepcin ms completa que nuestra imaginacin da  la
palabra. Hacer hablar con propiedad  un rudo gan, describir con
exactitud las costumbres de un pas no basta para merecer el nombre de
insigne novelista. Los griegos se rean de los pintores de bodegones.

Tanto creo en la virtud del tema elegido para la obra, que un asunto
digno y hermoso es el mejor hallazgo que un artista puede tener en su
vida; es un verdadero presente de los dioses. Cuntos grandes poetas
yacen olvidados por no haber gozado de esta felicidad! Qu sera hoy de
Cervantes si su incmoda permanencia en Argamasilla y la relacin con
algn tipo original no le hubieran sugerido el carcter de Don Quijote y
el de Sancho Panza? Por el contrario, han existido escritores que, sin
poseer un talento soberano ni alcanzar el grado excelso de la
inspiracin potica que se denomina _genio_, lograron inmortalizarse
merced  un hallazgo afortunado. El ejemplo ms notable que conozco en
la edad moderna es el del abate Prevost, cuyas facultades creadoras, 
juzgar por las numerosas obras que ha escrito y yacen en el polvo, no
rebasaban mucho de la mediana. Un episodio interesante, tal vez de su
vida  de la de algn amigo, le ha llevado  la altura de los dioses
mayores de la poesa. La _Manon Lescaut_ es una de las obras ms bellas
y mejor sentidas que haya producido el espritu humano. Acaba de morir
otro escritor cuyo ejemplo es tan decisivo  ms que este. El teatro de
Alejandro Dumas (hijo) se juzga generalmente por los hombres de gusto
como falso, amanerado, abstracto, destinado  perecer cuando el gusto
del pblico camine por otros derroteros. Sin embargo, en su clebre
drama _La Dama de las Camelias_ se ha elevado sobre s mismo hasta tocar
en las cimas ms altas de la poesa. Es tan bello este drama, tan
original, tan pattico, se respira en l tal perfume de poesa mezclado
 un sentimiento tan profundamente cristiano, que dudo mucho que otra
produccin dramtica de este siglo pueda competir con ella en el aprecio
de los venideros. Semejante distancia entre las obras de un mismo autor
no puede achacarse racionalmente sino  la felicidad de la invencin. No
se me oculta, sin embargo, que han existido escritores, como Shakspeare
y Molire, capaces de llegar, no en una, sino en muchas de sus obras, 
un grado supremo de perfeccin; pero obsrvese que Shakspeare y Molire
no inventaban sus argumentos, los tomaban donde bien les placa. Su
instinto poderoso les haca comprender lo que acabamos de afirmar, esto
es, que los temas hermosos son raros en la poesa, y que  veces un
escritor mediocre y hasta un tonto puede tropezar con ellos, y que
entonces, por bien de la humanidad, es lcito arrebatrselos.

El procedimiento de los escritores contemporneos es distinto.
Cabalgando cmodamente sobre la teora de que toda la vida es digno
argumento para novelar, aceptamos los hechos ms insignificantes y
desabridos de la existencia ordinaria, y sobre ellos tejemos cualquier
fbula. As las novelas  las obras dramticas resultan, en la mayor
parte de los casos, sin fuerza y sin inters, por ms que los caracteres
estn vigorosamente pintados. Muchsimas veces me ha dolido ver
escritores de gran talento ejercitarlo en asuntos ingratos, y he
deplorado que les hubiese faltado el valor de Shakspeare y Molire para
tomar su bien donde lo hallaren. Este miserable temor de tratar
asuntos ya tratados no lo conocieron los antiguos. Esquilo, Sfocles y
Eurpides no tuvieron inconveniente en escribir sobre un mismo tema:
sea ejemplo el _Filoctetes_. Pero nuestro amor propio vidrioso, el afn
desaforado de originalidad que nos devora nos hace pensar que
quedaramos deshonrados aceptando el argumento hallado por cualquier
otro escritor, aunque sepamos sacar de l mejor partido.

Para disimular esta falta de asuntos poticos que es evidente, y
producir, no obstante, honda impresin, los autores ms sealados en la
actualidad apelan  varios recursos que ir examinando, con lo cual dar
idea sucinta de los vicios de que en mi sentir adolece la novela
moderna, vicios casi todos que pudieran desaparecer fcilmente si en vez
de formar principal empeo en mostrar al pblico la viveza de nuestro
ingenio y la fuerza de nuestra imaginacin, lo tuvisemos en escribir
obras slidas y perfectas. Pienso como el escritor ingls Toms Carlyle
que la sinceridad es la esencia del hombre superior (_hroe_ como l lo
llama), y que la ausencia de sinceridad, no la de ingenio, es la que ha
producido la decadencia del arte moderno.

Uno de los recursos ms socorridos entre los novelistas contemporneos
es el que llamar de _acumulacin_. Como quiera que la vida ordinaria
ofrece pocas veces temas interesantes para la poesa y su exposicin
sencilla precipita  menudo en la trivialidad, como se observa en gran
nmero de novelas inglesas y alemanas, los novelistas, en vez de esperar
pacientemente que el espectculo de la vida les depare un asunto
adecuado, prefieren tomar una parte grande de ella y por el sistema de
condensacin lograr inters para su obra. Ya no se trata, por regla
general, de narrar con verdad y arte un episodio bello de la historia de
un hombre  la historia entera de este hombre cuando es interesante,
verbigracia, la de un soldado, un labrador  un minero, y con este
motivo y como cosa secundaria pintar el medio  los lugares en que esta
vida se desenvuelve. Los autores ahora se proponen en primer trmino
pintar la vida de los soldados, de los labradores  de los mineros, y
como accesorio y pretexto para esta pintura la de cualquier individuo de
la clase. Este procedimiento abstracto no est conforme en mi sentir con
la naturaleza del arte. Y no basta apoyarse en el ejemplo de las
epopeyas que resumen  veces una civilizacin entera, porque adems de
ser contadas las obras que merecen tal nombre, el poeta no ha perseguido
semejante fin general, sino uno limitado  individual. Homero  los
rpsodas homricos no se proponen en la _Iliada_ pintar el mundo
helnico antes de la irrupcin de los dorios, sino tan slo la clera de
Aquiles, ni en la _Odisea_ la civilizacin occidental, sino los trabajos
de Ulises.

Pero aun suponiendo legtimos estos propsitos, todava es mas
censurable la manera con que se realizan. En vez de presentar la vida de
tal  cual pas  clase de la sociedad con serenidad y como se nos
aparece realmente, oprimido el novelista por el deseo de producir fuerte
impresin, exagera, falsea, amontona todos los datos que la realidad le
ofrece dispersos.

Basta arrojar una mirada imparcial sobre algunas recientes y famosas
producciones francesas, en que se describe la vida de los campos y de
las minas, para convencerse de que el escritor no las ha observado y
pintado con sinceridad, sino que ha acumulado con visible artificio en
una comarca todos los crmenes, suciedades y horrores que ha ledo en la
prensa de varios aos, acaecidos en los distintos departamentos de
Francia. Por el contrario, en otras novelas alemanas, inglesas y
espaolas en que se describe la vida de los campesinos no se encuentra
ms que honradez, pureza, felicidad. Esto es an ms falso, pues al cabo
los naturalistas se apoyan sobre un dato seguro,  saber, que el inters
y el egosmo que  la mayora de los hombres domina se expresa de un
modo ms brutal y repugnante entre las clases incultas. Los novelistas
rusos siguen por regla general las huellas de los franceses y aun los
sobrepujan. He ledo una produccin dramtica titulada _El poder de las
tinieblas_ que, en cuanto  horrores condensados, deja atrs  todas las
francesas. La famosa _Sonata de Kreutzer_, del mismo autor, se propone
nada menos que probar que en las relaciones conyugales, tan santas y
dulces en ocasiones, nada existe que no sea triste, venenoso  inmoral.
Con perdn de unos y otros, cuyo grande ingenio no desconozco, sigo
creyendo que no es todo sombra en la vida y que para pintarla como es
realmente precisa arrojar antes la clera de nuestro corazn, despojarse
de toda inquietud y deseo y contemplarla sin prevenciones.

No slo por cmodo, pues emancipa al poeta de la dura ley de la
inspiracin, sino por nuevo, el procedimiento francs es hoy seguido por
gran nmero de escritores en toda Europa. La novedad es una de las
necesidades ms imperiosas que lo mismo el pblico que los artistas
sienten en este ltimo tercio del siglo XIX. Pocas tendencias me han
parecido ms absurdas y peligrosas para el arte. Aunque sea insensato
vivir en pugna constante con su tiempo, an lo es ms abrazarse  l con
todas las fuerzas del espritu y no querer gustar ni sentir las obras de
los que nos han precedido. El momento actual es una etapa del largo y
variado desenvolvimiento de la razn humana: tiene importancia capital
para nosotros, aunque comparado con la historia total de ese
desenvolvimiento signifique poco. No debe, pues, el artista despreciar
la poca en que ha nacido, sino amarla para poder extraer de ella el
jugo divino de la poesa, que existe en todos los tiempos y todos los
lugares. Pero el que no sepa  la vez unirse con amor  los tesoros de
belleza que nuestros antepasados nos han legado, se no llegar 
sentarse en la cima sagrada del Olimpo. Los mejores cantos--dice
Telmaco en la _Odisea_--son siempre los ms nuevos. Si se medita un
poco se comprender que las pasiones humanas, primera materia sobre la
cual trabaja el poeta, no cambian, en lo que tienen de fundamental, con
el trascurso de los siglos, y aun en la vida social, si el tiempo y el
espacio establecen diferencias, no son tan grandes como  primera vista
parece. Leemos  Longo,  Tecrito,  Apuleyo y nos asombra el observar
que la vida de aquellos tiempos fuese tan semejante  la nuestra.
Tomamos una novela  un drama indios, y acaece lo mismo. Pasamos la
vista por la _Celestina_, primer monumento de importancia de nuestra
literatura novelesca, y advertimos que los burdeles que en ella tan
admirablemente se descubren son casi idnticos  los que hoy existen,
que sus personajes piensan, hablan, bromean como los que  todas horas
tropezamos en la calle. En cambio, otras obras ms recientes espaolas,
como la _Diana_ de Montemayor, _El Espaol Gerardo_ de Cspedes, las
novelas de Lope y de Montalbn y en general todas nuestras comedias de
capa y espada nos hacen pensar que estamos contemplando un mundo
diferente, que entre el modo de vivir, de pensar y de sentir de aquellos
hombres y el nuestro media un abismo. Qu significa esto? Para m no
otra cosa sino que los unos reflejan con fidelidad su poca, mientras
los otros, no sabiendo extraer de la suya nada interesante, han
preferido fantasearla.

Con esta ltima observacin se enlaza un asunto de capital inters en la
composicin de la novela: el de la verosimilitud. Los modernos
novelistas se preocupan mucho, y con razn, de dar verosimilitud  sus
invenciones. Opino, sin embargo, que en este punto hay tambin exceso, y
que hemos pasado, sin razn, de un extremo  otro, de las aventuras
estupendas, increbles, con que los antiguos narradores sazonaban sus
creaciones, al insulso prosasmo que hoy se advierte. La vida es bella;
los hechos tienen un valor absoluto. Son estas verdades  las que rindo
culto lo mismo en teora que en la prctica. Pero debe tenerse presente
que los hechos slo tienen valor esttico cuando son _reveladores_,
cuando hacen vibrar nuestro espritu con la emocin de lo bello. El
fenmeno por s mismo no tiene valor alguno dentro del arte. Pero se me
preguntar: cul es la diferencia entre los hechos significativos 
reveladores y los que no lo son? Confieso que no puedo responder  esta
pregunta. Para m es un misterio. La mayor parte de los hechos de que se
compone la novela de Balzac titulada _Eugenia Grandet_ son corrientes,
vulgarsimos, prosaicos; no obstante, esta novela causa emocin profunda
y puede considerarse como una de las producciones ms peregrinas del
ingenio de este siglo. Anlogos hechos en otras novelas nos dejan fros,
si es que no nos producen tedio. Tal misterio los mismos artistas no
pueden explicarlo; lo sienten, lo adivinan, y por eso sus obras son
bellas: con esto basta. Es insensato, pues, dictarles reglas sobre el
particular: tomarn los hechos que les haga falta, y en sus manos
tendrn siempre significacin. Pero es necesario protestar contra esa
absurda suposicin de que slo los sucesos corrientes y ordinarios deben
entrar en la novela. Por el contrario, en la vida surgen en raras
ocasiones caracteres y fenmenos de tal valor esttico que su
reproduccin en el arte no slo es conveniente, sino necesaria. En este
punto es curioso lo que me ha sucedido y lo que presumo suceder  todos
los novelistas. Muchas veces he visto tildadas de inverosmiles escenas
 sucesos que no he hecho ms que trasladar de la realidad. En cambio
nadie ha encontrado inverosmiles aquellos que he inventado. Consiste
esto en que cuando he presenciado  odo narrar cualquier suceso raro,
no he tenido escrpulo en utilizarlo, fiando en su verdad, al paso que
cuando necesito inventarlos procuro alejarme de todo lo que parezca
extrao  inverosmil.

Lo mismo el pblico que los crticos viven ahora constantemente alerta
contra la inverosimilitud, y apenas un pobre autor echa el pie fuera del
camino trillado, caen todos sobre l con el dictado de _falso_ en los
labios. Pero, por lo comn, slo contra la inverosimilitud material
dirigen sus tiros. La inverosimilitud moral se les escapa la mayor parte
de las veces. Y sin embargo, para el hombre que tiene buen sentido y
conoce la vida no es menos censurable. Las novelas de ciertos autores
franceses, dedicados  entretener  las clases elevadas, no suelen
contener grandes faltas de inverosimilitud material; en cambio contra la
moral pecan casi constantemente. Los mismos naturalistas son mucho ms
severos para aqulla que para sta. Hasta el mismo Balzac, que tan
profundamente conoca la vida y con tal arte la desmenuzaba, quebranta
no pocas veces la lgica moral. Siempre recordar el triste efecto que
me caus, en obra tan bella como _Eugenia Grandet_, aquel pasaje en que
el abate Cruchot, momentos despus de llegar el primo de Pars, propone
 boca de jarro  Mme. de Gramins que se deje cortejar por l con objeto
de inutilizarlo. Tan atroz falsedad me caus ms repugnancia que las
hazaas de Artagnan en _Los Tres Mosqueteros_, de Alejandro Dumas
(padre).

Vivir mecido en una suave idealidad es lo mejor que el artista puede
hacer. La imaginacin es la maga que trasforma el mundo y lo embellece.
Pero debe cuidar al mismo tiempo de baarse  menudo en la realidad, de
acercarse  cada instante  la tierra: cada vez que toque en ella
sacar, como el gigante Anteo, nuevas fuerzas. El hecho tiene un valor
inapreciable que en vano se buscar en las fuerzas de nuestro espritu.
Todas las abstracciones desaparecen ante l: l es el verdadero
revelador de la esencia de las cosas, no los conceptos que nuestra razn
extrae de ellas:  l hay que acudir en ltima instancia para fundar
todos los juicios y recrearse con cualquier belleza. Aplaudo, pues, sin
reserva ese respeto que los buenos novelistas modernos sienten por la
verdad y el cuidado con que evitan el falsearla, aunque sea en los
nfimos pormenores. Pero creo al mismo tiempo que se concede exagerada
importancia  la exactitud de lo que pudiramos llamar,  ejemplo de los
pintores, accesorios. No hay que olvidarse de que la verdad moral, la
del sentimiento, la del carcter, es la que se halla plenamente en los
dominios del poeta, y su responsabilidad principal estriba en el uso que
haga de ella. Antiguamente los novelistas tenan licencia para lanzar
toda clase de disparates cientficos  histricos. Se exige hoy, con
razn, que sea instrudo y se ajuste  las verdades descubiertas. Pero
hemos pasado  la exageracin contraria: con el ms insignificante
error, no slo fsico, histrico  matemticas, sino de indumentaria 
arqueologa, se nos da en rostro como si fuera un crimen. Se nos pide
que seamos una enciclopedia viva. Por eso muchos escritores que conocen
las manas de la crtica y se esfuerzan en darle gusto, no slo se
guardan de estos errores, sino que cada vez que tocan algn punto de
poltica  administracin, de artes, oficios  modas, endilgan
verdaderos y sapientsimos cursos acerca de ellos. El lector bosteza,
pero qu importa, si el crtico se extasa y se encara con la plebe
ignorante que no sabe divertirse? Sin embargo, piensen estos seores lo
que quieran, la exactitud no es la primera obligacin del artista, sino
la de hacer sentir la belleza. Homero no deja de ser el ms grande poeta
porque pensase que el ro Ocano rodeaba  la tierra.

Este deseo anhelante de escrupulosidad que apruebo en principio ha
engendrado la necesidad de buscar modelo para todo lo que se est
ejecutando. Los pintores no dan una pincelada ni los escultores ponen
los dedos sobre el barro sin tener el modelo delante. A su ejemplo, los
novelistas modernos llevan en el bolsillo una cartera para apuntar
cuanto ven y oyen. A todos les parece el colmo de lo absurdo trabajar de
memoria. Y, sin embargo, entre los grandes artistas de los pasados
siglos esto era lo corriente. Rubens no pudo haber tenido modelos para
los millares de figuras que ha pintado. La prueba de que pintaba de
memoria hasta los paisajes es que existe uno suyo en el cual la luz
procede de dos sitios contrarios, lo cual es absurdo. Y sin embargo, el
paisaje es bellsimo. Ni Shakspeare, ni Molire, ni Balzac han
presenciado las escenas que trazan ni conocido los caracteres que
estudian. Schiller confiesa que, dada su vida retirada y trabajosa,
tena muy pocas ocasiones de observar  los hombres. El modelo ser,
pues, necesario, pero confesemos que es signo de impotencia. El pintor,
cuando se llama Rubens, Vinci  Tiziano, lleva impresa en su cerebro la
naturaleza; le basta haber visto un objeto para poder trazarlo con mano
segura, aunque el tiempo y la distancia se lo oculten. El poeta no
necesita siquiera esta visin. Lleva en s mismo el alma entera de la
humanidad y un leve signo le basta para adivinar la de cualquier hombre.
En l y en el santo es donde mejor se expresa la profunda identidad de
los seres; por eso ambos conocen intuitiva, directamente, sin necesidad
de experiencia, el corazn de los hombres. Me ocultis faltas muy
graves--deca San Juan de la Cruz  sus oyentes.--Ignoris que vuestras
almas forman parte de la ma? Vosotros y yo somos seres distintos en el
mundo: en Dios, nuestro origen comn, somos un solo ser y vivimos de una
misma vida.

Para aquellos novelistas en quien la imaginacin no ha llegado  tal
grado supremo de viveza que permita escribir sin la observacin atenta
de todos los das, el modelo, el dato real es de absoluta necesidad:
pero como ayuda poderosa para su fantasa, me atrevo  aconsejar el
estudio no prctico, sino contemplativo de las artes plsticas. El
novelista debe frecuentar los museos de pintura y escultura para
acostumbrarse  escribir por medio de imgenes claras y precisas. Adems
es una manera de contrarrestrar la funesta mana de los anlisis
psicolgicos, tan artificiosos como mentidos, que hoy nos domina. Ni
Cervantes, ni Shakspeare, ni Molire han necesitado tanta pgina larga y
nutrida para hacernos ver un carcter, para presentrnoslo vivo y
grabarlo profundamente en nuestra memoria.

Es de justicia, sin embargo, manifestar que la novela moderna, si bien
ha tropezado en estos fastidiosos anlisis que la afean, ha logrado
evitar un escollo en que  menudo se estrellaban los antiguos maestros,
y es el de las _reflexiones_. No hay nada ms perjudicial  la belleza
de una novela que esa filosofa vulgar, cuando no pueril, con que muchos
novelistas sazonaban sus producciones. El interpretar  cada paso el
oculto sentido de los sucesos que se narran y desentraar su
significacin es insoportable y choca con los principios fundamentales
del arte. En la novela no es el autor quien debe hablar, sino los hechos
y los caracteres, y si alguna filosofa se desprende de ella, que el
lector la saque por s mismo. No fiarse de su penetracin y drsela
cocida y caliente, como hace Balzac, por ejemplo, es afear las novelas y
exponerse adems  que un crtico haya dicho con razn que su filosofa
es la de un viajante de comercio.

Otro mrito grande de la moderna escuela naturalista es,  mi ver, la
importancia que concede  la descripcin de la naturaleza, anudando de
este modo el lazo entre el hombre y el mundo exterior, roto durante
tanto tiempo en la literatura. Desde los poemas indios y griegos no se
ha cantado con tanto entusiasmo la belleza objetiva, no se ha pintado el
paisaje con la palabra de un modo tan perfecto como lo hacen hoy los
naturalistas franceses. Han adquirido tal maestra en este gnero, su
idioma claro y flexible les ofrece tanto recurso, que parece ya
imposible alcanzar una visin ms viva y penetrante del mundo que nos
rodea. No se pueden leer las novelas de Flaubert, sobre todo, sin
sentirse subyugado por aquella diccin pura y pintoresca que hace surgir
ante nuestra vista tanta imagen graciosa, tanto cuadro brillante. Sin
embargo, se ha abusado de esta cualidad feliz. Los discpulos de aquel
maestro han llevado su amor por la descripcin  tal extremo que los
caracteres y las situaciones apenas pueden verse entre su espeso
follaje. Todas las artes tienen lmites trazados por su misma
naturaleza. Cuando se pretende modificar  ensanchar estos lmites,
viene su ruina. El abuso de la descripcin en las obras literarias
significa una intrusin de la pintura en los dominios de la poesa.
Nadie ignora lo nocivo que es para las artes estas intrusiones de unas
en otras. Por violentar la escultura y obligarla  expresar lo mismo que
la pintura, se la ha desnaturalizado en los tiempos modernos. Por
obligar  la msica  expresar ideas concretas que slo est reservado
para la poesa, presenciamos con dolor su decadencia. Hay que temer que
la preocupacin de _los fondos_ no produzca al cabo tambin una
literatura dbil y amanerada, como ha sucedido en la pintura.
Actualmente en sta se representan de un modo maravilloso los
pormenores, ropajes, muebles, etc. En cambio, no hay quien pinte bien
las carnes. Los grandes maestros, como Rembrandt, Franz-Hals, Velzquez,
Tiziano, por el contrario, eran sobrios en las ropas y dems accesorios,
y con centraban su atencin y sus facultades en aqullas. Adems, la
descripcin exagerada significa un predominio de la sensualidad,  sea
del elemento fisiolgico en la poesa, lo mismo que el abuso de la
armona en la msica. Las descripciones brillantes de los naturalistas
lisonjean la imaginacin, facilitndole el trabajo, pero sus novelas
rara vez dejan una impresin honda en el espritu. De igual modo las
sonoridades exquisitas de Wagner y su escuela deleitan el odo, pero no
sacuden nuestra alma como la voz elocuente de Beethoven ni la hacen
pasar alternativamente de la tristeza  la alegra como la musa
encantadora de Haydn.

Para hallar una armona perfecta entre el fondo y las figuras y en
general entre todos los elementos de la composicin es preciso acudir 
los griegos. Slo ellos han posedo el secreto de producir todas las
bellezas sin daarse unas  otras, de mostrar la mayor riqueza unida 
la mayor sobriedad, de representar en el arte las profundas armonas que
existen en el mundo real. Lo poco que nos ha llegado de ellos en el
gnero novelesco es de tan slido valor como su arquitectura, su
escultura y su tragedia y comedia. Nada hay comparable  la clebre
novela de Longo _Dafnis y Cloe_. En ella pueden verse reunidas todas las
perfecciones del gnero. Una fbula sencilla, interesante; caracteres
observados con delicadeza y presentados sin artificio; pinturas
exquisitas de la naturaleza; descripciones vivas de las costumbres; un
estilo noble y trasparente. Todo forma en esta admirable creacin un
conjunto armnico de encanto irresistible. Cada palabra es una
pincelada, cada oracin una imagen, cada pgina un cuadro brillante que
no se borra jams de la imaginacin. Qu vena, de fcil inspiracin
corre por toda ella! Qu frescura y sobriedad en las descripciones!
Que naturalidad en la diccin! Cun lejos nos hallamos del nfasis
moderno! Yo no aspiro  otra gloria en mi arte que  la de llamarme
humilde discpulo de esta obra inmortal.

Quiz parezca ridcula esta aspiracin  la crtica moderna  la juzgue
como una extravagancia. Es posible que las reflexiones que anteceden se
consideren como la expresin de un espritu incapaz de apreciar ni
comprender siquiera el primor, la pompa, el pensamiento profundo y la
fuerza de la novela contempornea. S que mis humildes observaciones en
nada influirn para modificar el gusto dominante. Nada de esto me
mortifica; primero, porque nunca he aspirado  ejercer el menor influjo
sobre mi poca, y segundo, porque para cambiar mis opiniones sera
preciso que se cambiase mi naturaleza, lo que es imposible. Pero nadie
debe extraar que all en mis horas de sueo imagine que dentro de
algunos aos la Europa, fatigada de tanta exageracin, tanta deformidad,
tanta mentida originalidad, volver sedienta  beber el agua cristalina
del arte heleno. Entonces nuestros alardes de fuerza sern tenidos por
espasmos de un sistema nervioso debilitado, se dir que nos placamos en
las pinturas de las enfermedades fsicas y morales porque estbamos
enfermos de alma y de cuerpo, que nos sentamos atrados hacia lo
deforme y monstruoso porque deforme era nuestro desenvolvimiento, y
ambamos la paradoja porque nuestro ser era paradjico. Y dejando los
sendas tortuosas por donde caminan y abandonando los altares de las
Furias donde ahora sacrifican, los artistas futuros marcharn al cabo
por la va de la moderacin, signo de la fuerza,  depositar los frutos
de su ingenio  los pies de las Gracias. Feliz yo si el cielo me
concede larga vida para ver, aunque sea de lejos, la tierra prometida!
Si as no fuere, todava me consuela la idea de que alguno habr que al
leer estos pobres renglones aprobar su espritu y me otorgar su
simpata. A ese lector benvolo, despus de saludarle cordialmente, le
dir como el sabio Yjavalkya  Artabhga, en el _Brhmana de los cien
senderos_: Dame tu mano, amigo; este conocimiento no est hecho ms que
para nosotros dos.




I

El viajero.


Suceda esto all en Cdiz, en una taberna del Campo del Sur, no lejos
de Capuchinos, frente al mar Ocano.

Para entrar en la tienda era menester subir tres escalones. Cerca de la
entrada,  mano izquierda, estaba el mostrador: detrs de l la gran
estantera repleta de botellas.  un lado toneles y barriles y terciados
sobre stos varios zaques de vino. En el fondo tres aposentos separados
por sendos tableros pintados de amarillo que no llegaban al suelo. Haba
gente bulliciosa en estos cuartos: escuchbase rumor de pltica alegre y
chasquido de vasos.

La tienda estaba sola, dbilmente esclarecida por una lmpara de
petrleo colgada sobre el mostrador. Sentada detrs de ste y haciendo
calceta se hallaba la tabernera, cuyos ojos grandes, negros,
aterciopelados, no se apartaban de la puerta explorando tenazmente las
tinieblas de la calle. Era una esplndida andaluza de carnes opulentas,
blancas, sonrosadas, de negra y ondeada cabellera y expresin grave y
melanclica, como la de las mujeres rabes. Por la amplitud de sus
formas pareca mujer de treinta aos; pero examinando su rostro de cerca
observbase en l la frescura y trasparencia de la infancia. Deba de
ser mucho ms joven de lo que aparentaba. Vesta traje sencillo de
percal azul con pauelo negro de seda anudado  la espalda, los cabellos
sencilla y graciosamente peinados, los brazos un poco ms fuertes y
macizos de lo que exigira un escultor, pero blancos  incitantes de
todos modos, remangados hasta ms arriba del codo; la fresca, mantecosa
garganta al aire tambin. Las lneas suaves de su rostro ovalado, la
pureza de su perfil acusaban alma sencilla y bondadosa; pero en el mirar
fijo de sus ojos profundos haba seales evidentes de un carcter
pertinaz. No eran duros aquellos ojos, pero les faltaba poco.

Un caballero subi rpidamente las escaleras y entr en la tienda. Era
un mozo corpulento, de fisonoma dulce y simptica, sobre cuyo labio
superior apenas se distingua leve bozo rubio.

--Sole!--exclam al entrar, con visible y placentera emocin
extendiendo sus manos  la tabernera.

sta se alz de la silla y le mir un instante con ms sorpresa que
alegra. Era casi tan alta como l y casi tan corpulenta.

--Manolo!--dijo al fin bastante framente.--De dnde sales?

--De dnde salgo?... Pues del tren, y antes de una fementida tartana
que me ha desparramao los huesos por el cuerpo... Pero choca, criatura.
Es que no quieres darme la mano?--aadi ponindose serio
repentinamente.

--Por qu no?--dijo ella extendiendo su mano regordeta por encima del
mostrador.

Manolo la estrech con fuerza entre las suyas y la retuvo, mirando  la
joven en silencio con intensa expresin de cario. Ella apart los ojos
con seales de malestar y dijo afectando indiferencia:

--Y qu dejas por Medina, nio?

Al mismo tiempo tir suavemente de su mano. Manolo, sin soltarla,
profiri en voz baja con acento apasionado:

--Djamela siquiera un minuto. Cinco meses hace ya que no la toco!

--Un siglo!--exclam la tabernera con sonrisa apenas perceptible,
echando al mismo tiempo una mirada recelosa  la puerta.

Manolo advirti esta mirada y, soltando bruscamente la mano, pregunt:

--Y Velzquez?

--Tan bueno--respondi ponindose levemente colorada.

--Est fuera?

--S, despus de almorzar ha salido y an no ha vuelto.

El joven se sent en una silla que haba delante del mostrador, apoy el
codo sobre ste y con la mano en la mejilla qued sombro y silencioso.
Soledad, al cabo de un rato, le pregunt con amabilidad:

--Hace mucho tiempo que no has visto  mi madre?

--No la he visto hace un siglo... ni ganas!--respondi con reprimido
acento de clera, puestos los ojos en el techo.

Soledad le contempl fija y severamente largo rato; luego, alzando los
hombros, hizo una leve mueca de desdn. Manolo adivin esta mueca sin
verla y volviendo su rostro turbado:

--Dispensa, hija; no puedo remediarlo... Tu madre me ha hecho mucho
dao.

--Qu nio eres, Manolo! La pobrecita de mi madre no se ha metido en
nada. Si hay en lo que ha pasado alguna culpa, toda es ma; no se la
eches  nadie.

--Est bien!--exclam el joven con sonrisa triste.--Ni siquiera me
quieres dejar esa ilusin!

La tabernera iba  contestar, movi los labios para hacerlo, pero se
contuvo; hizo un gesto de indiferencia y guard silencio. Manolo volvi
 su actitud sombra. Al cabo de un rato profiri secamente:

--Dame un _medio_.

La tabernera dej la media sobre el mostrador, se levant en silencio y
despus de sacar un vaso y fregarlo reposadamente en la pileta, lo llen
de manzanilla. Manolo lo apur casi de un tope. Soledad le clav los
ojos con curiosidad un instante y volvi  sentarse.

Aumentaba el bullicio en los cuartos. Escuchronse las notas dulces de
la guitarra y poco despus lleg  sus odos una _sole_ entonada 
media voz por un hombre.

--Quin est ah?--pregunt Manolo.

--Los de siempre.

--Y quines son los de siempre?

--Pues la reunin; no los conoces? Pepe de Chiclana, Mara-Manuela,
Paca la de la Parra, Antonio, Frasquito y su to el seor Rafael.

--Y en el otro cuarto?

--Marchantes que juegan al rentoy.

Hubo una pausa y Manolo volvi  decir:

--Dame otro _medio_.

Con la misma calma y silencio, Soledad se levant de nuevo y escanci
otro vaso, que el joven apur instantneamente.

--La noche en que muri tu padre--profiri al cabo de largo silencio con
voz poco segura--fu  despertar  mi pobre madre, que ya dorma; me
sent  su cabecera y llorando como un nio le pint vuestra situacin,
le puse delante el cuadro terrible que acababa de presenciar. Qu
cosas le dira que al poco rato vi rasados sus ojos con lgrimas!...
Aprovechando aquel momento de blandura me puse de rodillas y le
dije:--Por Dios, mam, por los dolores que has pasado para echarme al
mundo, no te opongas ms tiempo  mi matrimonio!... Y aquella mujer tan
orgullosa me bes en la frente y me dijo al odo: Trela cuando quieras
 casa, hijo mo. Me fu tambaleando  la cama como un beodo y no pude
dormir. Cuando tuve ocasin para comunicarte la noticia, vi tu semblante
alterado y huiste  ocultarte en tu cuarto. Pens que la emocin te
ahogaba, cuando era el remordimiento...

Soledad hizo un gesto de impaciencia.

--Quin se acuerda ya de esas historias, Manolo! T y yo no habamos
nacido el uno para el otro.

--Cuando volvamos del entierro--prosigui el joven como si no hubiese
odo--me emparej con Velzquez, hablamos de vuestra situacin, le di
las gracias por lo que haba hecho, considerndome ya de la familia, y
le dije mi proyecto, mejor dicho, mis proyectos, porque le abr el
corazn por completo y le enter de todos los pormenores de nuestro
noviazgo. l aprobaba con la cabeza  todo lo que yo deca, elogiaba mi
conducta y haca votos por mi felicidad, sonriendo... S! le vi sonreir
dos  tres veces... Qu papel me has hecho representar, Sole!

Esta baj la cabeza balbuciendo ruborizada:

--No te acuerdes ms de eso.

--No lo traigo  la memoria para echrtelo en cara. Lo hago nicamente
para que me perdones lo que he dicho al hablar de tu madre. Aunque me
jures lo contrario, seguir creyendo que ha tenido la mayor parte de la
culpa.

--Te engaas. Mi madre no ha hecho ms que mostrarse agradecida  los
favores que ese hombre nos hizo... Lo dems lo hizo Dios  el diablo...

--El diablo seguramente, porque me han dicho que te hace muy
desgraciada.

--Falso!--profiri la joven vivamente.--Me hace la mujer ms feliz de
la tierra.

Manolo cerr los ojos y ahog un suspiro, ocultando un momento la cara
entre las manos. Luego dijo esforzndose por sonreir:

--Me alegro, me alegro con toda mi alma. Sera un villano si otra cosa
hiciese. Porque yo, al fin, te ofreca una posicin honrosa en el mundo,
mientras l te ha colocado en una situacin bien triste...

--Pero si yo me alegro de esa situacin--interrumpi Soledad con tonillo
colrico.

--Lo s! lo s!... No te esfuerces en convencerme--respondi l con
amargura.--Slo hago constar un hecho. Eres terca, caprichosa y un poco
egoistilla; pero as y todo no mereces que te hagan desgraciada. Con
todos esos defectos te haces, sin embargo, querer. Sabes por qu?...
Por la inocencia... Eres una nia. Tu terquedad, tus caprichos y hasta
tu egosmo, en vez de inspirar repugnancia, hacen sonreir. Me has hecho
traicin, me clavaste el pual en el pecho y le has dado vueltas cuando
estaba dentro. Pues no te guardo rencor: me has martirizado como los
chicos martirizan  los pjaros, sin saber lo que hacen... Cuando lleg
 mis odos que no te trataba bien, que te haca desprecios delante de
la gente, me puse enfermo de rabia, como si fueses cosa propia, como si
jams me hubieses hecho nada malo.  pesar de mi resentimiento fu  ver
 tu madre y por desgracia sta me confirm en lo que haba odo...

--Qu sabe mi madre lo que dice!--exclam la joven con creciente
irritacin.

--S; he podido averiguar que no slo te haca desprecios, sino que ha
llegado  levantarte la mano...

--Ha dicho mi madre eso?--pregunt ella vivamente con el semblante
demudado.

--No, no--se apresur  responder el joven.--No te dispares, nia. Tu
madre slo me ha dicho que no eres feliz. Otros pormenores los he sabido
por gente de Medina que ha estado aqu.

--Bah!--exclam ella con una mueca de desprecio.--Quin ataja las
malas lenguas!... Sabes lo que es eso, querido?--aadi inclinndose
hacia l y dejando la calceta sobre el mostrador.--Pues es que hay
muchas en Medina  quienes la envidia les come las entraas.

Manolo la mir fijamente con sorpresa. Luego, sonriendo dijo:

--Qu engreda ests, Sole!

sta se ruboriz y volvi  coger la calceta.

--No es nuevo, en ti eso--sigui l.--Lo mismo con amigas que con
novios, siempre has sido propensa  los engreimientos repentinos...  m
tambin me ha tocado mi cachito, verdad?... Pero el de ahora va durando
demasiado...

Soledad guard silencio. l tambin call. Largo rato escucharon
distrados, melanclicos, los acordes de la guitarra. Cuanto se hablaba
en el cuarto de la reunin llegaba  sus odos. Las bromas
desvergonzadas y los dichos agudos con que los alegres compadres
entreveraban las coplas, en vez de hacerles reir, les iba poniendo 
cada instante ms serios y reflexivos. Soledad no apartaba los ojos de
los puntos de la calceta. Manolo, con la cabeza echada hacia atrs, los
tena puestos en el techo. Al fin, haciendo un esfuerzo para sacudir el
letargo y cambiando de postura, dijo resueltamente:

--chame vino, que me voy.

La tabernera cumpli la orden con igual silencio. Manolo apur el vaso,
como lo haba hecho antes, y puso una moneda sobre el mostrador. Soledad
abri el cajn, sac la vuelta y la coloc  su lado.

--Est bien--dijo metindola en el bolsillo.--Me voy, hija ma, que me
esperan.

Hizo ademn de levantarse; se inclin hacia Soledad.

--Hasta la vista, gitana. No me das la mano?

Y as que la tuvo cogida manifest riendo:

--Dispensa, querida, la matraca que te he dado. Alguna que otra vez me
suelen atacar estos arrechuchos y entonces me pongo insoportable, lo
conozco; pero en seguidita me pasan y entonces no soy mal chico,
verdad, t? Lo nico que te pido es que sueltes  escape esa cara de
regidor ofendido y no me la vuelvas  ensear en la vida. Rete, lucero,
que cuando t te res me alumbra el sol  la medianoche. Y si otra vez
me pongo guasn, como hace poco, me dices: Manolo, cierra el pico y
djame el alma quieta,  si t quieres, hija de mi alma, me das un lapo
con esta mano rica que beso con tu permiso... y con el del dueo del
establecimiento.

Y estamp en ella, efectivamente, tres  cuatro besos. Soledad la retir
riendo.

--Siempre el mismo!

--Eso es! Siempre el mismo!--repuso l levantndose.--Siempre
querindote como un babieca! Para m, criatura, eres y sers la Virgen
del Carmen y la Santsima Trinidad y el copn y la hostia!...

--Calla, Manolo, calla! Habr que mandarte  la _miga_.

--Si fueras t la maestra!... Adis, gachona. Soy tu amigo hasta la
muerte. Verdad que soy tu amigo? Verdad que lo soy?... D que s,
manteca de oro... Hasta la vista, eh? Muchos, muchos, muchos besos! Y
 Velzquez...  Velzquez que se lo coman los lobos--aadi soltando
la carcajada y saliendo por la puerta como un huracn.

Al poner el pie en la calle, aquel relmpago de alegra ficticia se
apag repentinamente. El alma del viajero qued negra como la noche.
Atraves el paseo lentamente, apoy ambos codos en el pretil de la
muralla y contempl con ojos extticos la inmensidad del mar. La bveda
del cielo alta y tachonada de estrellas se hunda en las tinieblas del
horizonte. Debajo de ella, las olas inmviles se extendan como una masa
opaca donde slo de vez en cuando brillaba la tenue luz fugitiva de un
astro. La brisa hmeda trajo  su nariz los acres olores marinos.
Permaneci as largo rato, abstrado, enteramente emboscado en las
memorias de otros das. Al cabo sac el pauelo para secar sus ojos que
la frescura de la brisa, sin duda, haba mojado, y murmur con su
habitual sonrisa bondadosa:

--Pens que estaba curado! Buen chasco!

Y se dispuso  retirarse. Pero cuando hubo avanzado un poco sinti los
pasos de un hombre que vena. Retrocedi nuevamente hasta el pretil para
ocultarse en la oscuridad. Al llegar cerca del farol, lo conoci. El
hombre se detuvo delante de la tienda, subi resueltamente los escalones
y entr en ella. El rostro del joven viajero se contrajo fuertemente.
Mir un instante con fijeza  la puerta iluminada y se alej  paso
largo.




II

Los majos.


Los grandes ojos negros de la tabernera brillaron.

--Cunto has tardado!--exclam levantndose.

Sin contestar despojse el hombre de su capa y se la entreg diciendo:

--Lmpiala, que el seor de Roda me la ha llenado de vino.

Tendra treinta y cuatro  treinta y seis aos; bajito, menudo, moreno,
con barba negra sedosa, las facciones correctas, los ojos negros de una
expresin resuelta y altiva. Haba en su rostro atractivo. La figura,
aunque exigua, proporcionada, y denotaba agilidad y bro. Vesta
chaqueta corta, sombrero cordobs de alas rectas, pantaln ceido, faja
de seda encarnada y camisa bordada con botones de diamantes: todo rico
y esmerado, y mostrando no slo un hombre bien acomodado, sino cuidadoso
de su persona y quiz un poquito pagado de ella.

--Y Joselillo?--pregunt.

--Pues se fu hace ya bastante rato por unos frascos de ginebra y an no
ha venido.

--Valiente nio! Me parece que esta noche le voy  mandar calentito 
la cama... Ya van muchas.

Soledad se haba acercado  l y daba vueltas en torno suyo,
contemplndole con ojos amorosos, examinando minuciosamente el estado de
su traje, quitndole el polvo con leves palmaditas.

--Has caminado mucho?

--Por toas las vereas del universo mundo me ha llevao hoy ese guasn. Y
too pa qu? Pa ver una huerta con algunos rboles tsicos all donde
Cristo di las tres voces... Ha venido Espinosa?

--No; ah no estn ms que Antonio, Pepe, Frasquito y su to... Ah!
tambin acaba de salir Manolo, pero no ha estado en la reunin.

--Qu Manolo?

--Manolo Uceda--repuso ella ruborizndose.

Velzquez frunci levemente el entrecejo, y la mir fijamente. Su rostro
adquiri luego una expresin de burla.

--Supongo que te habr cantado alguna trova nueva y divertida.

--Ni nueva ni divertida. Me ha cantado lo de siempre... Pero me ha
prometido no darme ms jaqueca.

--Djalo, hija ma!--exclam haciendo un gesto desdeoso.--Djalo que
se desahogue... Si  m no me importa!

--Es que, si no te importa  ti, me importa  m--manifest ella
secamente, herida por aquel gesto.

--All t!--repuso el guapo, disponindose  entrar en el cuarto de la
reunin.

Soledad le dej partir mirndole fijamente, pero antes de llegar  la
puerta le llam:

--Velzquez!

--Qu hay?--pregunt l volviendo la cabeza.

--Ven.

El dueo se acerc.

--Qu se ofrece?

Soledad le cogi de la mano, le condujo suavemente hasta el ngulo ms
oscuro de la tienda y, echndole los brazos al cuello, le dijo:

--Se me ofrece esto.--Y al mismo tiempo cubri de apasionados besos su
rostro.

El guapo se dej besar con condescendencia.

--Basta, basta--dijo al cabo apartndola suavemente.--Que me vas 
gastar la figura, hija ma!... Ya ves, soy poco y me vas  dejar en
n--aadi riendo.

--Para m lo eres todo, la ciudad de Cdiz, el Puerto, San Fernando y el
arsenal no valen lo que este bigotito negro tan suave como la seda.

Y se lo atusaba con la punta de los dedos, clavndole al mismo tiempo
una mirada de adoracin infinita.

--Quita all, zalamera!--repuso l dndole una palmadita afectuosa en
la cara y apartndose.

--No entres todava--respondi ella tirndole de la manga de la
chaqueta.

--Va  ser todo ahora? Deja algo para luego!

Y con una leve sacudida se zaf, empuj la puerta y entr en el pequeo
compartimento. Ella, despus de permanecer un instante inmvil, fu 
sentarse detrs del mostrador, cogiendo de nuevo la calceta.

--Ole por el patrn de la barca!--grit uno dentro.

-- la paz de Dios, seores--dijo Velzquez sentndose en la silla que
le ofrecan.

--Y de dnde viene el hombre  estas horas?--pregunt una joven morena,
de facciones abultadas, graciosa y ruda  la vez.

--De la calle.

--De veras, chiquillo?

--De veras, Mara-Manuela.

--Toma una caa por la gracia.

--Venga la caa.

Velzquez ech al aire el contenido, lo recogi con singular destreza y
lo vaci despus en la boca sin perder una gota.

--Eso sabrs t hacer, desaboro!--exclam Mara-Manuela.

--En mis buenos tiempos saba algunas cosas ms--manifest el majo
limpindose con calma los labios.

--Pronto has venido  menos.

--Qu quieres, hija; si hubiera llevado tan buena vida como Antonio,
estara mejor conservado.

Todos los rostros se volvieron sonriendo hacia el aludido. ste era un
hombre joven an, pero en el cual la vida crapulosa haba dejado tales
huellas que se le tomara por viejo. El cuerpo flaco, el rostro manchado
con abundante cosecha de granos, el pelo ralo y las cejas lo mismo. Sin
turbarse poco ni mucho con las miradas de la reunin, dijo gravemente
tomando una caa:

--Yo siempre fresco como una rosa. Buena suerte tendr la que goce de
la flor de mi juventud!

--Qu dices  eso, Mara-Manuela?--pregunt riendo el seor Rafael.

--Que tiene muchsima razn. Yo jams he conocido su juventud.

--Mara-Manuela y yo--manifest con la misma gravedad Antonio--nos
hallamos en los primeros tiempos del amor en que se goza con una nada,
en que cualquier friolerilla le levanta  uno hasta el cielo y le hace
soar toda la noche. Hasta hace dos meses no me atrev  decirle que la
quera sino con los ojos; ya lo habrn ustedes notado. El viernes
pasado me di un rizo de pelo. Pens que me volva loco de alegra...
Fu la tarde en que les pagu  ustedes la merienda y unas cuantas
botellas de amontillado...

--Mentira! mentira!--gritaron todos  un tiempo.--No has pagado nada!

--No?... Pues jurara... Pero, en fin, lo mismo da. De todos modos, yo
estaba muy alegre aquella tarde, y si hubiera tenido ganas de pagarlas y
dinero, seguramente las hubiera pagado. No hay momentos ms felices que
estos en que el hombre todava no ha perdido la timidez. No me da
vergenza confesarlo. Ayer me concedi por primera vez Mara-Manuela un
beso.

--Oooooh! Uuuuh!--rugieron los alegres compadres.

--No hay que asustarse, seores! Fu en la mano solamente. Pero, as y
todo, cuando se lo di, falt poco para desmayarme. No s qu influencia
misteriosa ejerce sobre m esa mujer, que el contacto de un dedo suyo me
hace temblar.

--Oye t, guasn--interrumpi Mara-Manuela con acento
irritado,--quieres callarte ya  te estrello este vaso en las narices?

Antonio se detuvo, pase una mirada en torno y dijo bajando la voz:

--Ya lo ven ustedes, slo la idea de que se sepa que le he besado la
mano pone fuera de s  la pobrecilla.

--Aguarda, arrastrao!--exclam exasperada la morena abalanzndose  l.

--Socorro!--grit Antonio haciendo ademn de meterse debajo de la mesa.

Entre Velzquez y Frasquito la sujetaron. No pudiendo echarle mano,
volvi  sentarse y desahog su clera en un torrente de palabras feas y
maldiciones que al cabo concluyeron por alterar los nervios de la otra
mujer que all haba.

Era una muchacha de pocas carnes, morena tambin, de nariz un poco
larga, boca pequea, ojos negros expresivos y hermosa cabellera, cuyos
rizos le caan por la frente en gracioso desgaire.  esto contribua el
que la joven,  por coquetera  por distraccin, no quitaba la mano de
ellos atusndolos, retorcindolos, martirizndolos sin tregua, lo mismo
cuando hablaba que cuando escuchaba. Ambas cosas haca con rara
perfeccin. Cuando guardaba silencio pareca la estatua de la atencin.
Con la cabeza echada hacia atrs, paseaba sus ojos vivos de uno  otro
interlocutor absorbiendo sus palabras, su actitud y sus gestos como si
se tratase de fijarlos en la memoria para siempre. Cuando hablaba, sus
palabras fluan de la boca raudas, interminables, con un dulce acento
persuasivo que cautivaba y adormeca. El gracioso dejo de su charla
andaluza realzado por una voz melodiosa como pocas obligaba  escuchar
con placer las mil sentencias y graves consideraciones en que abundaba
su discurso. Porque Paca la de la Parra (as llamada  causa de una muy
frondosa que haba en la casa donde su madre diriga un establecimiento
de bebidas) no slo presuma de elevados sentimientos, de gustos
exquisitos, sino de una madurez de juicio superior  la de los sabios de
su tiempo. Por lo cual viva en el fondo de su alma apartada del mundo
plebeyo que la rodeaba. Encastillada en su grandeza intelectual y
sentimental, contemplaba con benignidad de ordinario, la ruindad de sus
compaeras, y dejaba pasar sin correctivo sus palabras soeces. Pero en
ocasiones como ahora, en que por causas desconocidas se hallaba un poco
nerviosa, no poda menos de atajarlas.

--Vamos, hija, cllate ya, que tienes una lengua ms susia que la de lo
to de la Caleta.

Mara-Manuela qued suspensa un instante, pero, revolvindose colrica
en seguida, exclam:

--Adis, infanta! Perdone usa que le haya lastimao las orejas. Quiere
usa que hable por lo _finitico?_ Quiere usa un poquito de agua para
quitarse el susto?

Paca alz los hombros con ademn de lstima.

--Siempre has de tomar el rbano por las hojas, mujer! No te he mandado
callar por ofenderte, sino por evitar que piensen de ti lo que no
mereces. La mujer que se pasa la vida diciendo malas expresiones
demuestra que no ha tenido principios, y t los tienes como los tengo
yo y los tiene toda persona regular que haya tenido crianza. Deja esas
palabras  los hombres, que para ellos se hicieron, y habla bien, que el
hablar bien no cuesta trabajo.

--Mira, Paca, sabes lo que te digo?--profiri Mara-Manuela afianzando
ambas manos sobre la mesa y encarndose con su amiga.--Que no rajes
tanto y me dejes el alma quieta, estamos?

--Te lo digo, querida, porque tienes principios...

--Pues se me orviaron... Ea ya!... qu hay?

--Eso importa na. Lo peor es que  Joseliyo se le orvi traernos unas
aceitunitas  unas ruedas de chorizo--apunt con calma Pepe de Chiclana.

Los compadres rieron.

--Ole por Pepe!

--Lo mejor que se ha dicho en la tienda desde su fundacin!

Pepe de Chiclana, marido de Paca la de la Parra, era un hombre de seis
pies de alto, gordo en proporcin, de cuarenta aos de edad, cara
redonda, ojos pequeos carnosos, pesado y tardo en sus movimientos como
en sus palabras. Formaba vivo contraste con su exquisita esposa, toda
delicadeza y elocuencia, tan distinguida, tan razonable, tan afluente.
Mas, con existir entre ellos tal desigualdad de humores, vivan en
profunda paz. Pepe adoraba el talento de su mujer, se postraba ante l
rindindole homenaje en cuantas ocasiones se ofrecan. Cuando Paca
hablaba, Pepe la escuchaba con la boca abierta pendiente de sus labios
como de un orculo, obligando  callar  los que pretendan
interrumpirla, dirigindoles  menudo guios expresivos  diciendo por
lo bajo: Qu pico! eh?... Atiende al golpe!... Paca no despreciaba
por eso  su marido, como pudiera inferirse; al contrario, estimbalo
como hombre de inteligencia penetrante, ya que haba penetrado todo el
mrito que ella posea y segua fielmente sus enseanzas filosficas.
Hasta le caan en gracia sus chistes insulsos y era la primera en
celebrarlos. Disfrutaba el matrimonio de posicin desahogada. Pepe era
chaln, y vesta como tal la chaqueta corta, la faja y el sombrero de
anchas alas que caracteriza  los hombres de su clase. Paca gastaba
ricos mantones de Manila, pendientes de perlas y sortijas de diamantes.
Aquel matrimonio honrado, rico y pacfico se placa, no obstante, en
acudir todas las noches  una reunin de gente demasiado alegre y de
posicin equvoca.

Porque Antonio Robledo, administrador de una empresa de diligencias, no
estaba casado con Mara-Manuela, aunque haca tres aos que viva
maritalmente con ella, y Velzquez, dueo del establecimiento, tampoco
lo estaba con Soledad. Pero Paca era hija de una tabernera, se haba
criado entre el ruido y la alegra, y por ms que la altivez de su
temperamento aristocrtico la haba preservado de los hbitos y las
palabras groseras, sus ojos y sus odos se haban acostumbrado  la
algazara de estos sitios. Si por cualquier causa pasaba algunos das sin
ir  la reunin, senta la nostalgia de ella, se pona de mal humor. Su
marido, que la conoca bien, le deca: No te parece que vayamos hoy 
_caear_ un poquito  casa de Velzquez? Ella se resista, se quejaba
de fatiga, hablaba de los muchos quehaceres de la casa. Si el bueno de
Pepe se dejaba persuadir, desgraciado de l! El humor de su cnyuge se
ennegreca de tal modo que al da siguiente era imposible sufrirla. Pero
Pepe, aunque no muy avisado, como ya se ha dicho, haba descubierto el
secreto y no cejaba en sus ruegos hasta que lograba sacarla de casa.
Paca sala como si la arrastrasen. Una vez fuera, mudbase al instante;
se mostraba viva y jovial y charlaba por los codos.

Adems, Paca tena el secreto deseo de mostrar el poder de su elocuencia
persuadiendo  Velzquez  que se casase con Soledad. En cuanto 
Antonio y Mara-Manuela, lo haba intentado en vano. sta era tan
cerrada de entendimiento, tan loca y desbocada que comprenda bien la
repugnancia de su amante  contraer con ella vnculos indisolubles. Lo
mismo uno que otro proyecto eran plausibles y demostraban que Paca se
propona hacer buen uso de las grandes luces naturales con que la
Providencia se haba dignado favorecerla.

Posea tambin una voz fresca y suavsima y cantaba y tocaba la guitarra
con tal primor que pocos la aventajaban en el reino de Andaluca. En
Cdiz era conocida y estimada por esta habilidad, aunque pocas veces se
lograba oirla desde que se haba casado. Slo entre amigos y despus de
hacerse rogar tomaba entre las manos el guitarrillo y echaba al aire una
copla. Pero, aunque despreciando en la apariencia este arte secundario,
por tener la ambicin puesta en el de Cicern y Bossuet, todava le
gustaba oir las palmadas, los _oles_ y los requiebros de sus amigos
cuando se decida  complacerlos.

Velzquez se haba levantado y sali  la tienda. A los pocos momentos
volvi  entrar seguido de Joselillo, su criadito, quien soportaba una
gran batea con caas de manzanilla y algunos platos con rajas de queso,
peje-reyes y camarones.

--Esta convidada va por m, seores.--dijo con su gravedad habitual.

-- tu salud y  la de la flamenca que est ah fuera--respondi
Antoico en voz alta y apurando una caa.

--Gracias, Antonio, y de salud te sirva--respondi la tabernera, que
haba odo el brindis.

--Vive mil aos, chiquita, que si t cierras los ojos se queda Cdiz 
oscuras.

--El equinocio, hija!--exclam Mara-Manuela sin poder reprimir un
movimiento de celos.--Sole, no cierres los ojos para que este borracho
pueda llegar  casa.

--Tienes celos, Mara?--pregunt la tabernera.

--Yo celos de este to que ya no puede con la fe de bautismo en
papeles? Sera trabajo! Llvatelo, hija, y ponlo en un cuarto seco para
que no se pudra.

--Sole, llvame y ponme donde te parezca. Vers si engordo  tu
_vera_--le grit Antonio.

--Y  m, dnde quieres que me ponga entonces?--pregunt Velzquez
riendo.

Pero, aunque lo dijo en voz ms baja, lleg  los odos de la tabernera,
que exclam:

-- ti!... Qu te importa  ti que yo te ponga en un sitio  en otro?
Ya te cuidaras de escapar adonde te viniese bien.

--Con esa verdad te ayude Dios, querida, que nunca jams la has dicho
mayor--repuso Velzquez con tono fanfarrn y displicente.

Soledad sinti el resquemor de estas palabras y guard silencio.

--Nio, trete la ma--grit reciamente el seor Rafael al criadillo.

No tard ste en presentarse con otra batea de caas.

El seor Rafael era un viejo de fuerte complexin, seco, moreno, con los
cabellos blancos, pero sin faltarle uno solo, vivo de ojos y suelto de
ademanes, como un chico de veinte aos. Mucho ms suelto y mucho ms
vivo que su sobrino Frasquito, con el cual se acompaaba aqu y en
todas partes. No slo se hallaban asociados en un establecimiento de
harinas y salvados que tenan en la calle de Horno Quemado, sino que
habitaban el mismo cuarto; y despus de pasar juntos las horas de
trabajo, gustaban tambin de pasar las que dedicaban al recreo. Ambos
solteros y sin ninguna gana de cambiar de estado, aficionados  las
caas y al bureo, aunque en este particular y en la esplendidez
caracterstica que el vino andaluz despierta en los naturales, el viejo
sacaba mucha ventaja al joven. De aqu sus eternas y graciosas disputas
as que al seor Rafael se le encaramaba un poco el manzanilla en la
cabeza.

--Frasquito, hijo! para qu quieres esas manos? Hace siete cuartos de
hora que no has sonao las parmas--dijo el seor Rafael  su sobrino,
haciendo antes un guio expresivo  la reunin.

--Cmo siete cuartos de hora?--exclam ste sofocado.--Si he pagado la
convidada anterior!

--La anterior!... Y tan anterior!--replic el viejo mirndole con ojos
risueos y provocativos.

La reunin se prepar  gozar de la disputa, como siempre.

--Vamos, to, ust tiene gana de guasa.

--No, hijo, lo que tengo gana es de vino.

--Pues yo ya le he pagado  ust bastante esta noche.

--Ay, qu gracia, que me ha pagado bastante!... Pues yo  ti no!...
Nio, trete ms vino para este gallego...

--To! No me insulte, que le falto  ust al respeto.

--Pero si lo eres, por qu has de negar la prosapia? Ni en el reino de
Galicia ni en el principado de las Asturias hay un gallego ms gallego
que t...

--To, cllese ust, que le falto al respeto!

Frasquito estaba encendido y colrico que daba miedo  todos menos  su
to. Los circunstantes, temiendo algn paso desagradable, atajaron la
disputa rogando al seor Rafael que no le exasperase. Este, vuelto  las
buenas y revistindose de gravedad, manifest que todo era una broma y
que nadie saba mejor que l que su sobrino era gaditano por los cuatro
costados. Luego, dirigindose  ste, comenz  darle satisfacciones.

--Pero, hijo, quin no ha de reconocer tus buenas cualidades! Eres
honrao y trabajador, y en too Cdiz no hay quien te ponga el pie delante
en sacar una cuenta por el aire. Y eres buen mozo y muy corriente cuando
se ofrece... Pero tienes una enfermedad...

--Qu enfermedad?--pregunt Frasquito amoscado, mientras los dems se
disponan  reirse.

--No s; me parece que se llama reumatismo.

--Y por qu dice ust eso?... vamos  ver...

--Porque he notado que siempre que llevas la mano al bolsillo lo haces
con mucho trabajo y la mayor parte de las veces no lo consigues... Eso
no puede ser ms que rema... rema en el brazo derecho.

--To! to!

--No te sofoques, que eso se cura con un poquito de aguardiente
alcanforado.

--Qu ha de curarse con eso!--salt Mara-Manuela que presuma de
curandera y ensalmadora--Si sientes dolor, Frasquito, se te quitar
untando el brazo con la sangre de una oreja cortada de un gato negro; le
das una friega apretndolo poco  poco, luego doblas _er deo gordo_, y
ponindolo debajo de la barba abres la boca nueve veces seguidas...

Las carcajadas que la inocencia de la pobre mujer produjo en la reunin
encresparon ms y ms  Frasquito.

--To, no hay peor borracho que ust en el mundo!

--Basta ya de medicina--manifest Antonio--y que Paca nos cante una
_carbonerilla_.

--Eso!

Paca, como de costumbre, hizo remilgos. Ya no estaba para tales bromas;
se le haba acabado el humor; pareca mal que una mujer casada...
Adems, no se hallaba bien de voz. Pero, como de costumbre tambin,
termin por coger la guitarra y echar al aire su voz dulce y potente de
contralto.

La alegra se apoder de todas las cabezas. Los oles! y los bravos! y
los requiebros de toda clase resonaron en la taberna.  la embriaguez
del vino suceda la del arte, ms noble y delicada.

--Venga otra, Paquilla! Bendita sea la hora en que tu padre se di un
coscorrn con la reja de tu madre!

Paca, orgullosa, sonriendo levemente, dej volar otra copla.

Antonio, loco de entusiasmo, le arroj el sombrero  los pies, gritando:

--Dnde has nacido, Paca?

--Qu ocurrencia!--respondi riendo--En la calle de la Vernica.

--Falso! T has nacido en la alcoba en que durmi Mara Santsima
cuando pas por Sanlcar.

Paca volvi  cantar respondiendo al requiebro:

    Qu desgraciada nac,
    que en la pila del bautismo
    falt la sal para m!

Aquel rasgo gracioso de modestia levant gran alborozo.

--Ole por las mujeres simpticas!--Todo el mundo  quererla!--La pura
arropa!...

Y sonaban las palmas, y chocaban los vasos y gritaban como energmenos
jaleando  la cantaora. Pero aquel entusiasmo se enfri momentneamente
porque, Antonio, con uno de sus descompasados ademanes, ech  rodar
una caa y la quebr. Mara-Manuela, asustada, hizo callar  todos y
declar que el romperse un vaso es muy malo y anuncia disgustos. La
nica manera de evitarlo era recoger todos los pedazos y tirarlos al
pozo. As comenz  ejecutarlo con gran solicitud mientras los dems se
rean de su credulidad. Algunos por burla la ayudaban.

--Atiende, Mara, mira que pedazo grande te has olvidado debajo de
aquella silla. Anda, anda! que si yo no hubiera reparado, qu
cataclismo! verdad t?

--Vamos, Antonio, djate de guasa y hazme el favor de recoger esos
cristalillos que estn  tu vera.

--Desprcialos, mujer: ya te llevas en el delantal los trabajos
gordos... Qu importa por esos disgustillos!

Mara-Manuela sali con los cristales del cuarto y fu  arrojarlos al
pozo que haba en el patio. Soledad, que segua tranquilamente haciendo
calceta detrs del mostrador, sonri.

Sigui la zambra en el aposento.

--Bueno, ahora no falta ms que Soledad nos baile una mijita de
tango--manifest el seor Pepe.

Soledad ni cantaba ni tocaba la guitarra, pero tena habilidad notoria
para bailar las danzas andaluzas. Mas, contra lo que acaece
generalmente, no gustaba de mostrar su gracia; y aun puede decirse que
desde haca algn tiempo tena el baile en aborrecimiento. Por lo cual
sus amigas se abstenan de solicitarla en este particular, sabiendo que
le causaban disgusto.

--No seas pelmazo, hombre; ya sabes que Soledad no se divierte
bailando--dijo Paca  su consorte.

--Y por qu no se ha de divertir, hacindolo con tanto
primor?--insisti el seor Pepe.

--Pues porque no se divierte. Te figuras que va uno  gozar con lo que
 otro se le antoje?

--Bien est; pero aunque no se divierta, Soledad es muy amable y le
gustar que sus amigos se diviertan.

--Vamos, cllate ya. Qu pesadsimo te pone el vino!

Velzquez, que estaba hablando con Frasquito, oy la disputa de los
esposos y dijo:

--Tiene razn Pepe. Soledad est obligada  dar gusto  la reunin, y
aunque le cueste trabajo lo har...

Y aadi alzando la voz:

--Soledad, hija ma, haz el favor de venir un momento.

La tabernera apareci en seguida.

--Estos seores desean que bailes un poquito.  ver si los complaces.

El rostro de Soledad se nubl de repente y respondi con sequedad:

--Estos seores saben que hace ya mucho tiempo que no bailo y me harn
el favor de dispensarme.

--Y por qu no has de bailar?

--Pues porque no tengo gana.

--Pues bailars aunque no tengas gana--dijo l embravecindose.

--Pues no bailar--replic con firmeza ella.

--Vamos, Velzquez, djala--interrumpi Pepe de Chiclana, avergonzado
por haber sido causa de aquella disputa.

--Djala! djala!--dijeron todos  un tiempo.

--He dicho que baila, y bailar--profiri Velzquez alzndose de la
silla en actitud soberbia y provocativa.

Soledad se puso plida; qued un instante suspensa y dijo al cabo
humildemente:

--Est bien; no te incomodes. Har lo que tu quieras.

--Paca, puedes principiar--dijo el guapo sentndose de nuevo.

--No quiero--replic sta.--Vaya una simpleza, hacer bailar  una mujer
 la fuerza!

--Vamos, Velzquez, djala. Otro da ser--manifest el seor Pepe.

Y todos los dems unieron sus ruegos  ste.

Pero el tabernero, cada vez ms colrico, exclam:

--He dicho que bailar esta noche, y ha de bailar con los santos leos
puestos!... No quieres tocar?... Pues tocar yo.

Y arrebatando  Paca la guitarra, comenz  rasguearla diciendo
imperiosamente:

-- empezar.

Soledad avanz hasta el medio del cuarto y di comienzo al baile. Estaba
plida. Los movimientos reprimidos, voluptuosos del tango ofrecan ahora
un carcter lgubre; pareca el baile de la viuda india en torno de la
hoguera donde va  ser sepultada.

Los tertulios se callaban; estaban inquietos y tristes y sacudan la
cabeza deplorando la escena. Al cabo dos lgrimas se desprendieron de
los hermosos ojos de la bailadora y resbalaron lentamente por sus
mejillas. Verlas Velzquez y colocar la guitarra sobre la mesa fu todo
uno.

--Ea!--dijo levantndose con calma amenazadora.--Ya se ha concludo.

Y cogiendo  la joven por un brazo:

--Anda, anda, guasona... Maldita sea tu estampa!

Y la arroj  empellones del cuarto, cerrando la puerta despus.

Los tertulios se lo recriminaron sin excepcin.

--No hay razn para eso, Velzquez. Para bailar se necesita el humor. No
todos los das nos pide el cuerpo juerga.

--Dejarme; ya tengo esa nia sentada en la boca del estmago!--exclam
el majo apurando una caa.

--Lo ves, Joseliyo, lo ves cmo toda la vida has de meter la
pata?--dijo Paca con enojo  su consorte.

--Pues bien claro estaba que habamos de tener un disgusto, despus que
Antonio rompi el vaso--manifest Mara-Manuela con un acento de
seguridad que hizo volver la alegra  la reunin.




III

Soledad.


El padre de Soledad era guarda de consumos en Medina Sidonia. Sus hijos,
dos, Soledad la primera y Miguel, que contaba tres aos menos. El
sueldo, aunque corto, bastaba para subvenir  las necesidades de la
familia en un pueblo secundario. Miguel, en quien los padres tenan
cifradas sus esperanzas, mostr desde bien chico viciosas inclinaciones
y horror al trabajo. Ni los golpes del maestro del taller donde le
haban puesto, ni los castigos de su padre, que cierto no se los
escaseaba, bastaron  enderezar su torcida naturaleza. Verdad que estos
castigos se hallaban funestamente neutralizados por el mimo y regalo con
que su madre lo criaba. No slo ocultaba con mil artificios sus faltas y
le amparaba cuando su padre iba  corregirle, sino que le daba cuanto
dinero haba  mano, sin comprender la desgraciada el dao que haca.
Con esto el chico  los catorce aos era un pilluelo que, en vez de
ayudar  los gastos de la casa, sacaba de ella de un modo  de otro
cuanto poda. Acompaado de otros pcaros de su misma edad, vagaba por
las tabernas, entregando todas sus horas al vino y al juego.

Soledad empez  coser en una sastrera; pero su jornal era tan exiguo
que apenas si con l poda comprarse un vestidito de percal y calzar
pasablemente. Aqu era donde le dola  la mocita. Las andaluzas sufren
sin pena el ir vestidas con cualquier trapillo; pero viven infelices si
no llevan una media bien limpia y un zapato fino y ajustado. Tanto ms,
cuanto que Soledad comenzaba  ser festejada y requebrada de cuantos 
su lado cruzaban, jvenes  viejos. Era el recreo de los ociosos que
acudan  la hora del crepsculo  ver salir las costureras de sus
talleres, el orgullo de su familia y la envidia de las compaeras. Su
belleza esplndida estaba realzada por una grave y altiva serenidad que
desconcertaba  cuantos pretendan acercarse  ella burlando, al estilo
de la tierra. La hija de Pontes, el guarda del fielato, adquiri pronto
renombre de hermosa y al mismo tiempo de esquiva.

Los seoritos de la ciudad acudieron en torno suyo como moscas al panal.
Pero ni sus rendimientos exagerados ni sus ofertas hicieron mella en el
corazn de la joven. Prevenida contra sus halagos por la triste suerte
de algunas amigas que haban tenido la flaqueza de darles odos, los
rechazaba siempre con ferocidad. En cambio acoga con agrado los rudos
obsequios de los braceros; tuvo entre ellos varios novios, y juraba y
perjuraba que le gustaban ms que los pisaverdes tsicos que la seguan
en el paseo. stos se vengaban de sus desdenes apodndola _la princesa
del Fielato_.

Pero uno de ellos la sac en cierta ocasin de un mal paso. La hija del
guarda, con otras dos amigas, se haba ido un domingo  visitar la
ermita de una Virgen situada  alguna distancia de la poblacin sobre un
cerrillo spero y solitario. Llevaron merienda, entretuvironse ms de
lo que pensaban: al regresar  su casa empezaba  cerrar la noche. Y h
aqu que, caminando las tres costureras cogidas del brazo, entonando
alegres canciones para ahuyentar el miedo, tropiezan con dos mozos
labradores que volvan de la ciudad. Las detienen, las requiebran
groseramente, se propasan  abrazarlas. Venan un poco ebrios; pero les
convino fingirse ms de lo que estaban para el caso. Las jvenes gritan
y se defienden valerosamente, pero en vano; el lugar era solitario y sus
fuerzas no bastaban  contrarrestar las de los gaanes. stos se
apoderan de dos de ellas; la otra huye pidiendo auxilio. En este momento
se oye el trote de un caballo, y poco despus aparece montado en l un
joven bien conocido en la ciudad, el hijo de la viuda de Uceda.

--Socorro, caballero!--gritan  un tiempo Soledad y su compaera asidas
por aquellos brbaros.

--Qu es eso?--pregunt el jinete.-- ver si dejis ahora mismo  esas
chicas!

--Siga usted su camino, seorito, y no se meta donde no le llaman... No
sea que se le apee del jaco por las orejas!--dijo uno de ellos.

-- m, granuja?--exclam el caballero apendose de un salto.

Y corriendo hacia el insolente alz la mano y le tumb de un puetazo.
Pero el otro jayn sac prontamente la navaja y acudi al socorro de su
compaero, el cual, no bien se hubo levantado, ech mano igualmente  la
suya. Mal lo hubiera pasado el valeroso caballero si no hubiera tenido
un buen revlver de seis tiros, con el cual les apunt exclamando:

--Ahora vais  ver, cobardes, de qu os sirven las navajas!

Los gaanes, al ver el arma, dironse  la fuga. El caballero les
persigui largo trecho, obligndoles  echarse  un arroyo y pasarlo con
el agua hasta la rodilla. Juzgndose bien vengado por aquel bao
afrentoso, se volvi riendo hacia el sitio donde haba dejado el
caballo. Las muchachas ya no estaban all. Desde que se vieron libres
haban corrido desaladas hacia la poblacin. Mont en su jaco y  trote
corto camin la vuelta de ella. Hasta tocar casi en las primeras casas
no alcanz  sus favorecidas, que sin volver la vista atrs caminaban
con toda la celeridad que les consentan sus fatigados pulmones. Al
verlas no pudo menos de sonreir exclamando en voz baja: Vaya unas
piernas que os ha dado el miedo, hijas mas! Pas delante de ellas y
salud cortsmente.

--Buenas tardes.

--Buenas tardes--respondieron las jvenes.

Pero avergonzada de haber hudo sin despedirse, la compaera de Soledad
le grit as que hubo pasado:

--Y muchas gracias, caballero!

--No las merece--respondi ste volviendo  medias la cabeza.

Soledad examin con curiosidad su figura recia y corpulenta, que se
perdi al instante en las sombras. No era tsico, no, aquel seorito!
Al da siguiente, cuando le vi en la calle, le pareci an mejor y le
salud afectuosamente. Manolo Uceda respondi al saludo con agrado, y
algunos das despus, con ocasin de cierta fiesta con msica al aire
libre, se aventur  dirigirle la palabra,  acompaarla y, lo que es
an ms,  sacarla  bailar. Este ltimo obsequio puso corona
inmarcesible  la gratitud de Soledad. Porque los seoritos de la villa
poqusimas veces descendan  bailar con las menestralas en un paraje
abierto. Lo dems se encarg de hacerlo el nio alado de la venda.

Manolo Uceda perteneca  una familia distinguida de Medina, aunque sin
mucha hacienda. Posea algunas buenas propiedades rsticas con cuyas
rentas viva cmodamente gracias  la economa de su madre D. Carmen y
 su propia conducta, arreglada y formal. Entre estas propiedades la ms
importante era un molino situado  dos leguas de la villa, el cual sola
visitar  menudo lo mismo que las otras fincas, porque su madre as se
lo encargaba. De l vena cuando tan  tiempo pudo ejecutar la proeza
que se acaba de relatar.

Educado en el retiro de su casa solariega, que tena aspecto claustral,
sin trato de mujeres, sin vicios, sin los recreos siquiera propios de su
edad, la primera mujer que le revel el amor fu la hija del guarda de
consumos. La am en seguida con la pasin tumultuosa de los diez y ocho
aos y de una naturaleza exuberante. Sin temor  las hablillas, sin
vergenza de confesar su amor, acuda  su reja todas las noches y se
pasaba pegado  ella largas horas pelando la pava. De quien nicamente
se guardaba era de su madre. sta, no obstante, muy presto lleg 
saberlo y tom un disgusto gravsimo. Porque era altiva y linajuda, 
pesar de su corta hacienda, como una princesa de sangre real. Pero
Manolo logr convencerla de que aquella afeccin no era sino un pasajero
devaneo sin importancia, y la noble seora recobr  medias el sosiego.
Trascurrieron algunos meses. Los amores no terminaban; antes bien, el
joven daba cada da mayores y ms ostensibles testimonios de su pasin
acompaando  la hija del guarda por los parajes ms pblicos. D.
Carmen se agit de nuevo, interrog  su hijo con severidad, hubo
gritos, llanto, recriminaciones. Esta vez Manolo no adopt el continente
burln y desdeoso que antes: confes su amor, hizo un elogio caluroso
del dueo de su albedro, concluyendo que no haba en todo el reino de
Andaluca mujer ms pura, ms ingeniosa y ms digna de ser adorada de
rodillas que la hija de Pontes. Doa Carmen no quiso convenir en ello;
de lo cual le pes tanto  nuestro joven, que lleg  dudar del talento
y de la sensatez de la que le haba dado el ser. Desde esta memorable
conversacin no hubo paz en casa de Uceda. El amartelado mancebo se vea
necesitado  escuchar  todas horas ruegos, injurias, suspiros y burlas.

Todo fu intil. Su pasin creca  cada instante. Como fuego poderoso
iba devorando rpidamente sus facultades y sentidos, dejndole reducido
al papel de un autmata. Esto le perdi. Su excesivo rendimiento, las
manifestaciones, cada vez ms vivas y pblicas, de su amor, engendraron
al cabo un poco de hasto en el alma de la hija del guarda. Desapareci
el respeto que la diferencia de clases haba despertado en ella al
comienzo de sus amores; se acostumbr  dominarle,  imponerle sus
gustos y caprichos,  escuchar con indiferencia sus palabras
apasionadas, candentes. De tal modo, que  los seis meses le trataba
como  un nio, le hablaba en tono protector, se rea de sus
puerilidades, le reprenda y le martirizaba.

Por otra parte, la oposicin tan natural de D. Carmen lastimaba su
orgullo. No faltaban comadres que llegaban presurosas  trasmitirle las
palabras amargas que la viuda de Uceda pronunciaba refirindose  ella.
Y en vez de comprender y perdonar estos desahogos de una madre, se
enfureca con ellos, los devolva con creces y haca recaer su clera
sobre el pobre Manolo, que ninguna culpa tena.

Pero ms que todo esto contribuy  debilitar su cario, , por mejor
decir,  que no prendiese jams en su corazn, como haba prendido en el
del joven, la disparidad de genio y educacin. Soledad era inclinada por
naturaleza y nacimiento  las formas rudas, al lenguaje brutal y
desvergonzado, no desprovisto de gracia, de la plebe andaluza. Gustaba
de sus cantares, de sus chanzas groseras, de sus guisos y ensaladas;
aunque por la constante gravedad de su rostro pareca ms bien nacida
entre las brumas de la Noruega que bajo el ardiente sol de la Btica. Ni
comprenda ni mucho menos podan ser de su agrado los modales de un
trato delicado y culto. Ahora bien, entre todos los seoritos de Medina,
el que haba mostrado siempre menos aficin  las fiestas y costumbres
populares era Manolo Uceda.  porque su madre le hubiese trasmitido sus
gustos aristocrticos,  porque llevase dentro de su alma un cierto
sentimentalismo romntico, es lo cierto que jams se le vi en
francachelas, ni corriendo novillos, ni en compaa de toreros y majos
como otros caballeros de su edad. Tampoco usaba el lenguaje suelto y
atrevido que muchos de ellos. Sin ser tmido ni beato, senta profunda
repugnancia por esa libertad de modales que tanto suele agradar  los
mozalbetes. Por este lado, pues, no marchaban  la par las aficiones de
ambos amantes.

Y acaeci lo que era de esperar. El padre de Soledad tena un ntimo
amigo de alguna menos edad que l, llamado Perico Velzquez, hombre
famoso en la villa por su guapeza y su trato suelto y corts. Soltero,
con alguna hacienda adquirida en los negocios de vinos, esplndido con
las mujeres, ostentoso en el vestir dentro de su clase, aficionado  la
broma y bureo, pero sostenindose siempre en los lmites que marca la
prudencia, esto es, sin pasar  la categora de borracho  perdido.
Todos le conocan y en todas las clases se haba granjeado simpatas por
su carcter abierto y servicial. Los caballeros no desdeaban alternar
con l. Los artesanos,  cuya clase perteneca, le respetaban como su
ideal: era la encarnacin de sus gustos y deseos. Pontes, con quien
haba trabado amistad haca algunos aos, le adoraba. La suprema
felicidad para el guarda, la nica que le consenta su profesin, era
que Velzquez viniese  buscarle  la casilla un da que le quedase
libre y le llevase con otros tres  cuatro amigos  una taberna de las
afueras para caear y pasar la tarde de jarana. Adems, le estaba
profundamente agradecido porque le haba sacado de algunos apurillos de
dinero. Por todo lo cual, el nombre del majo sonaba en la casa del
guarda como el de un amigo y  la vez como un protector.

Soledad olvid  Manolo en cuanto Velzquez depuso con ella la actitud
paternal y principi  requebrarla de amores. El carcter de aqul,
resuelto y desdeoso, sus famosos devaneos, la esplendidez que se le
atribua, y ms que todo las aficiones populares de la joven, hicieron
que presto diera odos  los requiebros y  las palabras atrevidas que
el guapo dej caer en su odo siempre que la ocasin se ofreca. Pero
Velzquez,  por temor  compromisos,  por clculo,  por la situacin
especial en que la amistad con Pontes le colocaba, no lleg  declararse
abiertamente. Se mantena en actitud equvoca. Cuando se hallaban solos
la dejaba ver lo mucho que le gustaba, pero siempre con la salida
abierta para retirarse en cuanto le conviniese. En presencia de gente
segua tratndola como antes. Esta actitud extraa, que en el espritu
no muy penetrante de Soledad se prestaba  diversas interpretaciones,
concluy por rendirla enteramente. Principi  impacientarse,  desear
con ansia que de una vez le confesase su amor,  buscar ocasiones para
que esto pudiera efectuarse. Y, en su inocencia verdaderamente infantil,
lleg  ciertos extremos ridculos.

Un da Velzquez, al despedirse, le dijo en broma, adoptando un
continente grave:

--Soledad, tengo que comunicarte un secreto.

Se fu y no volvi  acordarse de tal frase. Pero  la hija del guarda,
 quien las congojas consuman, se le qued clavada en el cerebro. No
pens en otra cosa. Y cuando  los tres  cuatro das le vi, busc
pretexto para alejar  su madre y, aprovechando un momento, se acerc 
l rpidamente y le dijo con voz temblorosa y las mejillas encendidas:

--Dgamelo usted ahora.

--El qu?--pregunt Velzquez sorprendido.

--Aquello.

Tard en comprenderlo el guapo; pero recordando al fin, sali del
atolladero lo mejor que pudo, aunque sin entregarse.

As se hallaban las cosas cuando un suceso inesperado y terrible vino 
cambiar su faz por completo. Pontes, viendo cruzar desde la casilla un
hombre que le pareci sospechoso aunque no llevase carga alguna, le
orden detenerse. El hombre, que ocultaba en los bolsillos algunas
barras de jabn, se di  la fuga. Como eran las dos de la tarde,
Pontes no pens en hacer uso del fusil y corri detrs de l, seguro de
alcanzarle  por lo menos de hacer que le detuviesen. Sucedi, en
efecto, lo primero. El guarda tena admirables piernas; cerr la
distancia y pronto lleg  tocarle.

--Date! date  te mato!

Pero en aquel momento el matutero se volvi repentinamente y blandiendo
un cuchillo se lo clav en el pecho hasta el mango.

El guarda qued muerto en el acto. El suceso puso en conmocin  la
villa, y aunque algunas personas caritativas quisieran impedirlo, la
noticia lleg pronto  la familia. Corri la infeliz esposa al lugar del
crimen. Los agentes del ayuntamiento que all estaban no la dejaron
abrazarse al cadver de su esposo porque el juez an no haba llegado.
Los gritos de dolor de la pobre mujer partan el corazn de los
espectadores. Cuando vino al fin el juzgado, se procedi al
levantamiento del cadver, se le coloc en un carro y emprendieron la
marcha hacia la villa. Detrs, plida como la cera, agarrando con sus
manos crispadas la trasera del carro, segua la viuda,  quien los
sollozos ahogaban. Despus venan los agentes, algunos compaeros del
difunto y los curiosos. Tal fu el espectculo que se ofreci  los ojos
de Soledad al salir por los arrabales en busca de su madre.

Velzquez, en aquellos aciagos instantes, fu la Providencia de la
familia. Coste un muy decoroso entierro  su amigo, le compr
sepultura en el cementerio, hizo cuanto le fu posible para lograr la
captura del asesino, que se haba fugado, y procur que  la viuda y 
sus hijos no les faltase nada. Tales testimonios de cariosa amistad
concluyeron de subyugar  Soledad. La figura del guapo creci ante su
vista como la de un dios, y en la misma medida la de Manolo Uceda se fu
empequeeciendo. En efecto, ste, aunque tom parte en su dolor, no pudo
 no supo ofrecerle la misma proteccin. Qued reducido  un papel
pasivo y bastante desairado. Velzquez lo era todo en la casa. La
indiferencia de Soledad se fu acentuando y cuid poco de disimularla.
De tal suerte que, cuando quince das despus Velzquez se determin 
explicarse claramente, no hall obstculo alguno para ser aceptado.
Pero, como hombre corrido en lides amorosas, aprovech su posicin para
obtener de la madre y la hija que le siguieran  Cdiz, donde pensaba
establecerse. Desaparecieron un da de Medina, alquilaron casa en la
capital, cuyos gastos subvencionaba todos el majo  ttulo de husped 
protector. La hija enloquecida de amor, la madre de gratitud, no echaron
de ver el peligro  que se exponan ni la desagradable impresin que
este paso caus en el pueblo.

En efecto, muy poco despus Soledad sucumbi  las instancias de su
adorador. Se enga  la madre primero, se le pidi perdn despus. La
pobre mujer experiment un vivo disgusto, tanto ms cuanto que Velzquez
no se apresuraba  borrar la afrenta con la bendicin del cura. Slo una
vez habl de matrimonio, pero de un modo tan vago, ponderando tanto las
dificultades que por el momento se ofrecan para su realizacin, que la
viuda entendi bien claramente lo que poda esperarse en este particular
de aquel hombre. Con esto vivi profundamente afligida, y no cesaba de
llorar, sin querer salir de su cuarto. Mas con el tiempo su dolor se fu
calmando: lleg  acostumbrarse y acept al cabo aquella triste y
degradante situacin, ya que su hija pareca feliz y Velzquez no dejaba
de satisfacer ninguno de sus caprichos.

Dur poco, no obstante, tal estado de satisfaccin.  Velzquez,
hastiado de la vida inactiva, aunque tuviese suficiente hacienda para
vivir, se le ocurri comprar una tienda de montas que se traspasaba en
el Campo del Sur. Comenzaron los disgustos. Aunque generoso siempre y
delicado en los asuntos de dinero, no tard en mostrar su carcter
autoritario. Exiga una sumisin absoluta por parte de cuantos le
rodeaban. Le ofenda, mejor dicho, le pona fuera de s la menor
contradiccin. Los primeros choques fueron con Miguel, el hermano de su
querida, el cual no se someta al rgimen de la casa. Hubo reprensiones,
disputas agrias; por ltimo, Velzquez le levant la mano y lo arroj de
casa, aunque permitiendo que su madre le diese algn dinero para que se
mantuviese fuera. No qued an con esto satisfecho su instinto de
dominacin. Soledad, enamorada de l ciegamente, se someta sin replicar
 todos sus gustos y caprichos, sufra con paciencia sus reprensiones,
los malos humores y genialidades. Pero la madre, que no tena tales
motivos para sufrirlo, sola hacerle observaciones y llamarle  la razn
cuando injustamente se querellaba con Soledad. Esto le molestaba
extremadamente, le produca una sorda clera que cada da iba en
aumento, hasta que al fin estall. Un da, despus de acalorada disputa
entre ambos, el guapo se cruz de brazos delante de Soledad y dijo
resueltamente:

--Ea, ya se acab! Aqu no queda otro medio...  tu madre  yo, hija
ma!

Ni ruegos ni lgrimas lograron hacerle cambiar de resolucin. Y como
Soledad hubiera muerto con gusto y hubiera dejado morir al gnero humano
antes que separarse del hombre que adoraba, fu su madre quien se vi
necesitada  salir de casa. Se la envi  Medina y se le pas una
pensin suficiente para vivir. De esta suerte quedaron los amantes
solos, y Velzquez dueo y seor de aquella mujer que temblaba de amor y
miedo en su presencia.




IV

Velzquez.


Velzquez pudo desde entonces dar rienda suelta  su fanfarronera. Este
era el vicio que le dominaba y serva de triste contrapeso  sus buenas
cualidades. Porque las tena, sin disputa. Era servicial, generoso,
despierto de inteligencia y sensible de corazn. Pero as que se tocaba
directa  indirectamente  su orgullo, todas estas bellas cualidades se
nublaban y se ofreca  los ojos de quien no le conociese como un hombre
feroz  intratable. Era menester que en todas partes hiciese el primer
papel, y si no lo haca, esto le causaba tristeza y le pona sombro.
Donde l estaba no haba que molestarse en llevar la mano al bolsillo:
todos los agasajos estaban pagados. Por esto la tienda no le produca
beneficio alguno. Las ganancias del mes quedaban saldadas con sus
esplendideces. Pero le serva para hacer figura entre sus amigos.

Se jactaba de bravo, y lo era; de rico, y, dada su clase, tampoco le
faltaba motivo. Pero, adems, se empeaba en que todas las mujeres se
enamorasen de l, en ser hombre chistoso  de buena sombra, como all
se dice, en cantar, tocar la guitarra y bailar como nadie, en jugar 
los naipes y al billar mejor que ninguno, en quedar fresco despus de
haber bebido algunas botellas de manzanilla, mientras los dems rodaban
por el suelo borrachos. Y en esto, como se comprender fcilmente, haba
sus ms y sus menos. Su figura, aunque agradable, era exigua. El mayor
dolor de su vida era no poseer cuatro  cinco dedos ms de estatura.
Pero saba realzarla extremadamente vistiendo con particular esmero: la
pechera de la camisa adornada con botones de diamantes, la faja de seda,
las botas de charol. Y este alarde de lujo le serva grandemente para
fascinar  las hembras y rendirlas. Despojado de tales atavos, quiz no
sera tanta su buena fortuna. Pero esto es lo que no se confesara el
guapo aunque se hallase en el trance de morir.

Soledad le am con pasin frentica, mezcla de sensualidad, de
admiracin y gratitud. El mundo entero desapareci  sus ojos, no
quedando de toda la creacin sino la barba sedosa de Velzquez, sus
blancos dientes africanos y su irnica sonrisa y acento displicente. Por
mucho que se jactase de guapo, todava pensaba la joven que se quedaba
corto. Crea de buena fe que no exista en Cdiz mujer de alta  baja
calidad que no le envidiase su buena dicha, y las compadeca. Ocupando
aquella posicin deshonrosa se crea honrada. Su cerebro estrecho no
comprenda otra gloria que la de ser preferida por tal hombre. Beba sus
palabras y gestos y se embriagaba con ellos. Hallaba gracia y nobleza en
los ms prosaicos actos de su vida y prestaba tal importancia  sus
gustos para vestir, comer  dormir cual si fuesen preceptos de un cdigo
divino.

--Pues  Velzquez no le gusta el arroz tan cocido, sino bien
enterito--deca  alguno de los parroquianos que lo prefera blando.

Y despus de comunicarle esta nueva interesante, quedaba sorprendida si
el parroquiano an se obstinaba en que se lo cociese ms.

Nunca acababa, si alguna comadre del barrio vena  beber una copa de
aguardiente y la conversacin recaa sobre el guapo. Era menester que le
diera cuenta de sus costumbres  inclinaciones, las peripecias de su
vida, los negocios que haba hecho, las reyertas que haba tenido, hasta
de las palabras que haba vertido aquel da al entrar y salir de casa.

Si  un parroquiano le saltaba el botn de la camisa, mientras se lo
cosa, enterbale con orgullo de que Velzquez no gastaba camisas de
algodn como aqulla, sino de hilo puro que le costaban tres duros cada
una. Sus botas, sombrero, reloj, etc., eran para la hija de Pontes
objetos preciosos que no poda tocar sin amor y veneracin.

Velzquez se dejaba querer sin sorpresa. La idolatra de Soledad le
pareca tan puesta en razn que lo contrario sera una incomprensible
trasgresin de la lgica. Dentro de casa y  solas era con ella
carioso, protector, agradecido, ya que no apasionado. Pero en presencia
de sus amigos se mostraba altivo en demasa, satisfaciendo,  costa de
la pobre joven, su sed insaciable de jactancia. Era menester que todo el
mundo viese patente el rendimiento de aquella mujer. Para ello no le
escaseaba las palabras desdeosas y las bromitas mortificantes en cuanto
se le ofreca ocasin. Una de stas haba tomado pie de la aficin
desatinada que Soledad tena al confite ms exquisito de la Andaluca, 
las famosas yemas de San Leandro. Velzquez le haba prometido traerle
un cartucho de ellas, pero se le olvid: recordselo la joven, volvi 
prometrselo y volvi  olvidrsele. Desde entonces, haciendo de este
olvido un pretexto de risa, no cesaba de embromarla en presencia de la
reunin.

--Soledad, no tengas cuidado... de hoy no pasa, hija ma.  te traigo
las yemas esta noche,  me tiro por la muralla.

Y al da siguiente, cuando nadie pensaba en ello, se daba el guapo una
palmada en la frente.

--Caramba, qu cabeza la ma!... Ya se me han olvidado otra vez las
yemas de Soledad!... Vive Dios! Pero ahora no se me olvidan; pueden
ustedes estar seguros.

Y sacaba el pauelo y le haca un nudo. Los tertulios rean. Soledad,
avergonzada, rea tambin.

--Lo que es conmigo no gastaras tanta guasa, arrastrao--dijo
Mara-Manuela.--No tienes  tu disposicin el dinero de la
venta?--aadi encarndose con Soledad.--Pues por qu no mandas por
todas las yemas que se te antojen?

--Eso pregunto yo. Por qu no manda?--replic Velzquez con retintn.

Soledad hizo un gesto de impaciencia indicando  Mara-Manuela que
callase. Por nada en el mundo hubiera distrado un cntimo del dinero
que custodiaba. Velzquez tomaba diariamente las cuentas 
inmediatamente se llevaba el dinero al cajn de su mesa.

No era esta broma, sin embargo, ni otras semejantes las que mortificaban
ms  la joven. Lo que le llegaba al fondo del alma y le hera en lo ms
vivo era el tono irnico y fatuo que Velzquez adoptaba cuando se sacaba
 cuento el tema de su matrimonio. Generalmente era Paca quien, en su
afn de legalizar la situacin de los amantes, lo pona directa 
indirectamente sobre el tapete.

--Mira, Paca, no te subas al plpito. Demasiado sabes que estamos en
ello y que no tengo en el mundo otro deseo que ese.

--Bien se conoce! Si lo deseases ya lo hubieras hecho,  por lo menos
hubieras puesto los medios para hacerlo.

--Agurdate un verano, hija ma! Crees que es tan fcil inflar un
perro? No sabes lo que cuesta en este pcaro pueblo el arreglo de los
papeles, las vueltas que hay que dar y lo mucho que le hacen sudar  uno
por esas oficinas de la iglesia? Te aseguro que hace tiempo que he
encargado  un amigo de andar los pasos... Slo que es cojo el pobrecito
y camina poco--aadi bajando la voz con acento cmico.

Los amigos celebraron la gracia. Soledad sali del cuarto llorando, como
siempre que se tocaba este punto.

Con todo, era feliz. La presencia de su amante, sus cortas pero
sabrossimas caricias bastaban para enajenarla y hacerle olvidar
aquellas y otras penas. Adems, estaba orgullosa y sola jactarse con
las comadres que iban por el da  hacerle tertulia del respeto que
Velzquez la profesaba. Era muy conocida en el crculo de sus amigos la
violencia de ste y las formas brutales que sola emplear con las
mujeres. Se hablaba de lo ligera que tena la mano para castigar la ms
pequea ofensa: ninguna de sus queridas haba dejado de experimentarlo.
Pues bien, con ella jams se haba propasado  tales extremos
repugnantes. Soledad estaba orgullosa; pero tal vez en lo ms ntimo del
alma, sin darse ella misma cuenta, senta cierta curiosidad por
conocerlos. Cuando oa describir los rigores que Velzquez haba usado
en otro tiempo con una de sus amantes llamada la Pitillera, y que esta
mujer, lejos de aborrecerle, le adoraba cada da con pasin ms firme,
quedaba confusa sin comprenderlo; pero senta cierto cosquilleo interno,
mezcla de temor, de curiosidad y apetito Qu ser eso?

Lo supo ms pronto de lo que imaginaba. Su hermano Miguel se haba ido
con su madre  Medina cuando Velzquez tuvo  bien despedirla de casa.
El muchacho, gandul y vicioso, como ya sabemos, tom gusto  la vida de
Cdiz en los meses que aqu permaneci: era un campo mucho ms frtil y
ameno para sus calaveradas que Medina. As que, no pudiendo sufrir la
existencia en este, que le pareca lugarn sombro y desabrido, se
traslad  la capital sin permiso de su madre ni dar cuenta siquiera 
su hermana. Vag algunos das por las zahurdas y lupanares. Velzquez
supo que estaba all y se lo previno  Soledad lleno de enojo.

--El tunante de tu hermanito se ha escapado de Medina y anda por ah con
otros perdidos. Si pone los pies en esta casa cuenta conmigo!

Soledad prometi no recibirle si lo intentaba. Pero esto era fcil de
prometer y no de cumplir. Un da, hallndose sola en la tienda, se
present de improviso Miguel, esculido, andrajoso, muerto de hambre.
Qu iba  hacer la pobre sino socorrerle? Le di de comer y una de sus
sortijas para que la empease, pues del dinero no se atreva  disponer.
Velzquez no lo supo. Pero,  pesar del mucho encarecimiento con que
Soledad se lo rog, Miguel no dej de menudear las visitas, hallando
cmodo este puerto donde guarecerse en sus frecuentes naufragios.

Y sucedi al cabo lo que era de esperar. No falt quien diese soplo al
amo. Se puso ste en acecho; y un da en que los dos hermanos platicaban
alegremente, Soledad de la parte de dentro del mostrador, Miguel de la
parte de fuera, comindose una magra de jamn que la munificencia de
aqulla le haba suministrado, bien ajenos de que pudieran ser
sorprendidos, pues Velzquez se haba ido  Puerta de Tierra, presentse
ste de improviso. Sin decir palabra, con clera muda, cay sobre el
infeliz muchacho, y  pescozones y puntapis lo arroj de la taberna.
Luego, jadeante y plido, se acerc al mostrador.

--Oye, nia, no te he dicho que no me da la gana que ese granujilla
ponga los pies en esta casa? Es que te quieres divertir conmigo?

Y alzando al mismo tiempo la mano, le di un golpe en el rostro.

--Velzquez!--exclam la joven en el colmo de la sorpresa, el dolor y
la vergenza.

Se alz de la silla y volvi  dejarse caer sollozando. Despus subi 
su cuarto, se ech sobre la cama y sigui suspirando largo rato. Los
sentimientos que la agitaban eran la ira y la vergenza. Poner la mano
sobre ella un hombre, cuando sus mismos padres no lo haban hecho
despus que fu mujer! Qu pensaran de ella las comadres ante las
cuales se haba jactado tanto? Qu dira Manolo Uceda,  quien haba
desmentido tan orgullosamente haca pocos das?

Pero su clera fu ablandando al influjo de las lgrimas, se trasform
en suave melancola, y de esta melancola brot al cabo una extraa
dulzura que la llen de sorpresa. Se haba disipado el misterio. Ya
saba lo que era ser abofeteada por un hombre. Destrudo aquel ltimo
baluarte de su orgullo, permaneci tranquila  merced de su vencedor.
Quedaron remachados los clavos de su cadena. Era suya, enteramente
suya! Este pensamiento barri hasta las ltimas nubes que oscurecan su
alma. Qued en una dulce quietud, en un ntimo recogimiento de dicha; le
acometieron ansias locas de humildad. Qu le importaba  ella por el
mundo? Qu le daba  ella el mundo? Quien la haca feliz era l.  l
deba, pues, obedecer; l era su rey y seor. El calorcillo que an
senta en la mejilla atestiguaba de este seoro y de su vasallaje.
Toda la vida, toda la vida su esclava!...

Velzquez, al cabo de un rato, se asom  la puerta del cuarto, diciendo
con tono rudo:

--Ea, nia, basta de lloriqueo, que la tienda est sola.

Soledad se levant encendida y sonriente de la cama, se limpi las
lgrimas con el pauelo y le ech los brazos al cuello en un rapto de
amor y sumisin.




V

Celos.


Dos meses despus de esta escena entr Manolo Uceda una tarde en la
tienda, que  tal hora sola hallarse solitaria. Soledad se haba
quedado dormida de bruces sobre el mostrador con la mejilla apoyada
sobre las manos. Entr sin hacer ruido y fu  sentarse cerca de ella.

Haca ya tiempo que deba estar en Medina, pues se haba despedido de su
madre slo por diez  doce das; pero despus de haber visto  su
antigua novia y haberla hablado se le hizo imposible la vuelta. De nuevo
qued preso en aquel amor, el primero y el nico de su vida. Al
principio buscando pretextos, luego no respondiendo  las apremiantes
invitaciones de D. Carmen para que tornase al pueblo, haba ido
dejando trascurrir los das sin decidirse  subir al tren. Finalmente,
haba escrito  su madre manifestndole que deseaba permanecer en Cdiz
una larga temporada y que si le contrariaba en este deseo estaba
resuelto  embarcarse para Amrica. La pobre seora, asustada y
conociendo el carcter impetuoso de su hijo, por no perderle para
siempre, cedi  su capricho.

Qu esperaba all? Qu pretenda? Ni l mismo sabra decirlo. Su viaje
le haba servido para convencerle del absoluto olvido que su amor
generoso mereca  la hija del guarda, de la ciega pasin que sta haba
concebido por el majo de Medina. Y, sin embargo, aunque lo mereciese, le
era imposible despreciarla, ni aun dejar de amarla. Encontraba tan
inexplicable seduccin en sus rasgados ojos aterciopelados, en su
gravedad majestuosa, en el contraste adorable de sus cabellos negros con
el alabastro de su rostro, que no conceba cmo pudiera aborrecerse  un
ser tan bello. El goce de verla, de escuchar su voz, de despertar tal
vez que otra una fugaz sonrisa de complacencia en su semblante le
retena  su lado. Hallaba gracia en sus palabras, en sus gestos, en sus
manas y hasta en la terquedad que la caracterizaba. La misma limitacin
de su inteligencia y su falta absoluta de instruccin, pues slo saba 
duras penas leer, servan de alicientes para su amor. Es una nia se
deca mirndola con ojos paternales, cuando sala algn gracioso
disparate de su boca. Hace el bien y el mal sin darse cuenta. No es
capaz de sentir pasin alguna. Su amor no es ms que un capricho como
todo lo dems. Quiz algn da... Y esta vaga esperanza, dulce como la
miel, inundaba su corazn de alegra.

No poda menos de felicitarse tambin de la facilidad venturosa que
tena para verla y hablarla  cualquier hora del da. La circunstancia
de habrsele antojado  Velzquez tomar un establecimiento de bebidas,
y, mejor que esto an, su arrogante tranquilidad, la ausencia completa
de celos que mostraba, dejbale expedito el camino para menudear las
visitas. Hay ms, el tabernero le acoga con mayor afecto y cortesa que
nunca y le haba presentado en la reunin que todas las noches se
formaba en uno de los cuartos. Era una de tantas seales de su orgullo.
La presencia de Manolo atestiguaba su victoria, que ya los amigos
conocan, y el amor que el pobre joven no lograba disimular le serva de
pretexto para mil bromas jactanciosas en que daba suelta  la arrogancia
que rebosaba de su corazn. No se le escapaba  Manolo esto, ni tampoco
que aquella reunin, compuesta de gente ruda, no corresponda  la
calidad de su persona ni  la educacin que haba recibido; pero todo lo
sufra con tal de hallarse cerca de Soledad. Quiz no habra mentira en
decir que era relativamente feliz. Cuando se hubo acostumbrado al puesto
secundario que su antigua novia le asignara y  la libertad de trato de
aquella sociedad ordinaria lo pas bastante bien. Su temperamento sano y
alegre se impona: era llano, cordial, bullicioso y en poco tiempo supo
granjearse el cario de los tertulios de Velzquez. Tan slo cuando
observaba algn rasgo del despotismo escandaloso que ste ejerca sobre
su dolo, alguna frase despreciativa que haca asomar las lgrimas  los
ojos de la bella, se oscureca su semblante y quedaba silencioso y
sombro largo rato. El majo lo notaba y haca un guio expresivo  sus
amigos; pero stos poco  poco fueron dejando de celebrar sus
baladronadas y mirando con mayor respeto al enamorado mancebo.

Soledad dorma, sin que la mirada de su adorador, posada sobre ella,
inquietase su sueo profundo. Largusimo rato la estuvo contemplando en
suspensin deliciosa. Qu hermosa estaba! Miraba su mejilla y nada
hallaba en la creacin comparable  la suavidad de su piel sonrosada
trasparente. Fijaba la vista en sus labios: las cerezas no eran tan
rojas ni tan frescas: la llevaba ms tarde  su cuello, y aquella lnea
blanca ondulante donde su negra cabellera se deshaca gradualmente en
vello finsimo como una armona fugitiva que se pierde en el espacio, le
pareca un sueo ms que una verdad tangible. Qu hermosa! qu
hermosa!--murmuraba con la uncin de un mstico que dice sus
preces.--Y eso que an faltan los ojos, las dos lmparas maravillosas,
como yo los llamo!... De buena gana se hubiese prosternado y
permaneciera as velando su sueo. En aquel instante hallaba disculpa
para sus traiciones y legtimos todos sus caprichos y genialidades, por
extravagantes que fuesen. Un ser tan soberanamente bello--se
deca--tiene derecho  ser voluble, ya que nadie en el mundo lo merece
por completo. Bastante felicidad produce con dejarse ver: por qu le
hemos de exigir que se sacrifique?

Pero sus ojos zahores de enamorado creyeron percibir al cabo en torno
de los de la bella un leve crculo rojo que no era producido por la
incmoda postura en que dorma. Soledad ha llorado hoy se dijo con
emocin. Tena conocimiento de lo mucho que sufra, aunque no de los
extremos vergonzosos  que Velzquez haba llegado, y siempre que lo
comprobaba por algn signo senta un estremecimiento de dolor y de ira.
Por su cruel proceder, ms que por haberle arrebatado  su amante,
odiaba cordialmente al majo.

Despert al fin Soledad. Abri los ojos repentinamente y, fijndolos en
Manolo, dijo:

--Ah! Eres t? Has entrado ahora?

--No, hace ya cerca de una hora que estoy aqu.

--Una hora?... Y qu hacas?

--Mirarte y remirarte... y an no qued satisfecho.

--Pues, hijo, no s cmo no te empalago!--replic ruborizndose. Y
aadi para distraer la conversacin:--Me he levantado temprano esta
maana, he trajinado mucho por arriba: de modo que en cuanto me sent me
he quedado fritita sobre el mostrador.

Manolo guard silencio y repar con inquietud que tena los ojos muy
encendidos, seal de haber llorado recientemente y no poco. Soledad, 
quien no pas inadvertida aquella mirada escrutadora, hizo lo posible
por disipar su sospecha. Se mostr alegre, jaranera.

--Y dme, cmo te ha ido el jueves por la _Palma de Londillo_? Ya s
que has estado all con unas mujeres...

--Yo?

--S, t; no me lo niegues. Os habis bebido un ro de manzanilla, y t
has dormido debajo de la mesa.

--Hija, te contar la verdad. Pasaba por all casualmente de retirada,
cuando me llamaron unos amigos de Medina, Rafael Snchez y Felipito el
de D. Paco,  quien t conoces. Entr, charl cinco minutos, beb una
copa y me fu  la cama. Ni yo conozco  las tales mujeres, ni jams he
dormido ni pienso dormir debajo de las mesas.

Pero Soledad no quiso creerle. Sigui embromndole con empeo, charlando
y riendo mucho ms que de costumbre. Manolo se defenda suavemente, sin
dejar por eso de observar con atencin aquellas aciagas seales que su
rostro ofreca. Al fin no pudo contenerse y cambiando de tono exclam:

--T has tenido un fuerte disgusto hoy, Soledad!

La joven solt una carcajada.

--Eso es lo que estabas reparando, desaboro? Por qu no lo has
soltado antes y me has tenido asustada con esos ojos de alma del otro
mundo?

--No me engaes, Soledad... T has tenido un disgusto--repiti Uceda
mirndola fijamente.

Soledad sigui riendo con afectacin sin responder.

--Hace tanto tiempo que estudio en tu semblante! Por torpe que sea, ya
debo comprender los signos de bonanza y tempestad--manifest
tristemente.--Por qu ocultarme tus penas? Te da vergenza que yo las
sepa? No debes tenerla... Ya ves, las mas las sabe todo el mundo, y por
eso no me abochorno. El amar no ha sido jams delito... Temes hacerme
sufrir demasiado mostrndome los estragos de tu pasin? Desecha ese
temor. Por mucho que t me digas, mi imaginacin de seguro ha ido
todava ms all. Hace ya tiempo que vivo resignado. S que no puedo
esperar otra cosa que ser tu amigo; pero, al menos, eso quiero serlo de
verdad, quiero que no tengas otro mejor en el mundo... Cuntame tus
pesares, hija ma, que aunque yo no pueda hacer nada por aliviarlos, el
pecho se desahoga y no roen tanto all dentro.

Soledad rea mientras su antiguo novio hablaba; pero aquella risa se
fu al cabo haciendo convulsiva, y algunas lgrimas concluyeron por
brotar de sus hermosos ojos.

--Soledad, qu tienes?--profiri asustado Uceda levantndose de la
silla.

La joven le hizo un gesto con la mano para que se sentase, sin dejar de
reir.

--Qu tienes, Soledad?... No ras, por Dios, de ese modo!

La tabernera dej caer la cabeza sobre el mostrador, ocultndola entre
sus manos, y as permaneci algn tiempo sacudida por incesantes
carcajadas. Poco  poco estas sacudidas fueron siendo menos vivas, hasta
que cesaron por completo. Al cabo alz su rostro enteramente baado de
lgrimas, y dijo sonriendo:

--Qu tonta soy! verdad, Manolo?

--Te has puesto mala?--pregunt l con ansiedad.

--No, ya estoy bien.

Y levantndose tom de la estantera un frasco de azahar, verti con
mano temblorosa una cucharada y la trag. Despus se enjug el rostro
cuidadosamente con el pauelo y volvi  sentarse.

--Vamos  ver, qu ha sido?--le pregunt cariosamente el joven.

Soledad guard silencio. l insisti con palabras cada vez ms vivas y
cariosas. Al fin la tabernera profiri en voz baja y concentrada:

--Todo se lo he perdonado... todo!... Pero lo que est haciendo ahora
ni yo se lo perdono ni se lo perdonar Dios.

Y al pronunciar las ltimas palabras se le anud la garganta y estall
en sollozos. Uceda la dej llorar un rato en silencio.

--Que haga de m lo que quiera--prosigui cuando se hubo calmado...--Que
me haga su criada... Despus de todo, ya lo soy... Pero refregarme los
ojos con otras mujeres... eso no deba hacerlo, no te parece?... Porque
yo no le he dado motivo hasta ahora para tratarme as, bien lo sabe
Dios... Desde que estoy con l no he mirado  ningn otro hombre... que
se me quiebren las manos y se me salten los ojos si no digo la
verdad!... No he ido un da siquiera  Puerta de Tierra, ni  los toros,
ni he puesto los pies fuera de casa ms que cuando l me ha llevado  la
plaza de Mina por la noche  los domingos por la maana  la del
Mercado. Miro por sus intereses como si fuesen mos... mucho ms que si
fuesen mos... Por qu se goza en hacerme padecer?... En cuanto hay
mujeres delante me trata con un despego y un despotismo como no se trata
 una negra... Y les dice requiebros, y retoza con ellas... y si me
presento en el cuarto me pregunta con desprecio: Qu hace usted ah?
A qu viene usted aqu? Hasta que me echa, y esas perdidas se quedan
riendo de m... Ahora le da por una que llaman Mercedes la _Cardenala_.
Se pasa las tardes en su casa, ah en las Barquillas de Lope, y se
pasea con ella por el Perejil... De todo me han informado...

--Eso, ms que maldad, es una estupidez!--exclam Manolo,  quien le
pareca monstruoso que Soledad pudiera ser pospuesta  otra mujer
cualquiera de este mundo.

--Pues no se ha contentado con esto... Era necesario que me la pusiese
delante de los ojos... Hace un rato pas por aqu con ella en coche. Y
para que yo no dudase que era l, el malvado, al cruzar por delante de
la puerta, sac la cabeza.

--Pero iban solos?

--No! Iba una hermana de ella y otras tres personas!... Si me han
dicho que se casan!... Vaya si se casarn!... Como que es rica... Su
padre tiene no s cuntas tiendas... Y yo no soy ms que una pobrecita
hurfana!

Al llegar aqu rompi  sollozar de nuevo. Manolo hizo lo posible por
calmarla con reflexiones consoladoras. Velzquez tena buen fondo y la
quera. No era posible que por un capricho momentneo la abandonase,
deshiciese un lazo que era sagrado por las circunstancias en que se
haba contrado. Le gustaba que nadie contrariara su voluntad; pero por
lo mismo no se casara  un dos por tres con cualquier mujer, sino con
una que tuviera bien probada, que le estuviese enteramente sometida...
como ella.

No lo saba bien el pobre Manolo! Soledad le haba dado cuenta de la
ltima etapa de sus agravios, que era, despus de todo, la ms dolorosa
para ella, pero no del proceder brutal que vena usando. Desde el da en
que la golpe por causa de su hermano, Velzquez solt las riendas  su
temperamento altivo y caprichoso. La pobre muchacha no saba cmo darle
gusto. Por el asunto ms balad armaba una reyerta, se enfureca y
conclua por maltratarla. Soledad se encerraba en su cuarto, lloraba un
rato y volva al cabo  l ms sumisa y ms enamorada que antes. Fuerza
es declarar que el guapo no sola excederse en estos castigos, como
otros: ni la hera ni la dejaba casi nunca seales  cicatrices. Ms que
por hacerla dao, la pegaba para satisfacer su orgullo; quiz hallando
tambin cierta voluptuosidad en ello. De todos modos, no dejaba de ser
curioso y extrao ver  aquella mujer, alta, fornida y arrogante, sufrir
con resignacin los golpes de un sujeto tan exiguo. Porque Velzquez era
valiente, y lo haba demostrado en varias ocasiones; pero siempre con la
navaja. Luchando  brazo partido, con sus propias fuerzas, es casi
seguro que Soledad hubiera dado buena cuenta de l.

--No; conmigo no se casar jams, no habindolo hecho ya... Ya no me
quiere...

--Son aprensiones tuyas. Velzquez te quiere, y tarde  temprano se
casar contigo.

Deca esto para consolarla, pero sin creerlo. Al pronunciar tales
palabras no pudo reprimir un movimiento de alegra que se le trasluci
en la voz.  porque Soledad lo notase , lo que es ms probable, porque
le saliese del alma en aquel momento, replic limpindose las lgrimas:

--Es igual... De todos modos yo no ser de nadie ms que de l en este
mundo.

Y muri repentinamente la alegra en nuestro mancebo, como una chispa de
fuego cuando cae en el agua. Qued silencioso y sombro largo rato.
Soledad, rumiando con desesperacin sus celos, tampoco hablaba. Al cabo
profiri en voz baja:

--Dara la mitad de la vida por sorprenderlos, por decir  esa
sinvergenza cuatro verdades!

Manolo sigui silencioso.

--Oye, querido--torn  decir con resolucin al cabo de un rato.--Me voy
en busca de ellos. Quieres hacerme el favor de acompaarme?

Una ola de vergenza subi  las mejillas del caballero de Medina.

--Yo?... Qu dices?...

--No te apures, hijo--manifest la joven observando su turbacin.--Te lo
he pedido porque, como dudo que Velzquez me defienda, es fcil que
entre todos ellos me maten. Pero si te parece mal, no he dicho nada...
Tan amigos como antes.

Al mismo tiempo se levant  hizo ademn de subir  su casa. Manolo la
detuvo, cogindola por la ropa.

--Agurdate un instante, criatura...

Con palabras sensatas le hizo presente lo desatinado de aquel paso, le
expuso todos sus inconvenientes y peligros. Soledad no quiso escucharle.
Acudi luego  las splicas,  los halagos, y obtuvo el mismo resultado.
Una vez ms tuvo ocasin de convencerse de la terquedad nativa de
aquella mujer. Al fin la dej marchar.

Estaba cerrando la noche. La tienda se poblaba de sombras que luchaban
con la escasa claridad que an entraba por la puerta. Uceda meti la
cabeza entre las manos y qued meditando. Indudablemente, lo que haba
dicho Soledad tena muchos visos de verosimilitud. Velzquez, irritado
por la osada de su querida, era muy capaz de dejar que la maltratasen,
si es que l mismo no se arrojaba  hacerlo. Pobre Soledad! Aquel
funesto amor la haba enloquecido y sera la causa de su ruina completa.
Cuando la vi aparecer de nuevo con un mantn sobre los hombros y
pauelo de seda  la cabeza sinti tanta compasin que le dijo,
alzndose de la silla:

--Vamos, nia... vamos donde t quieras.

--Gracias, Manolo--replic la joven con voz temblorosa.--Salte fuera y
agurdame en la esquina. Necesito que venga Joselillo... pero no
tardar.

Sali de la tienda Uceda y necesit esperarla cerca de media hora
paseando por la muralla. Al fin lleg y echaron  andar emparejados.

Era ya noche completa: los faroles de la ciudad estaban encendidos. El
mar ruga sordamente, batiendo su recinto amurallado.

--Y cuando venga la gente de la reunin qu les dir el
chico?--pregunt Manolo.

--Que me dola la cabeza y estoy en mi cuarto durmiendo.

Caminaron en silencio algunos minutos.

--Pero dnde vamos?--dijo al fin Uceda parndose.

Soledad tard en responder. Al cabo dijo con acento de vacilacin:

--Si han venido ya de Puerta de Tierra, deben de estar en la tienda de
Crisanto. Velzquez suele parar all muy  menudo.

La tienda de Crisanto estaba en la calle de Pedro Conde, muy cerca de
los muelles. Para ir  ella era necesario dar la vuelta  la ciudad, 
atravesarla por el medio. Soledad opt por lo primero. Siguieron la
curva de la muralla ciendo la ensenada de la Caleta y, dejando  un
lado las Barquillas de Lope, donde habitaba la aborrecida rival,
continuaron por el paseo del Perejil, y despus de bastante andar
llegaron  los baos del Carmen. Ni uno ni otro haban despegado los
labios. Manolo iba avergonzado y pesaroso, temiendo las consecuencias
que de aquel paso precipitado podan resultar. Soledad, emboscada en sus
pensamientos sombros, sin atender ms que al egosmo de su pasin, ni
miraba  su compaero ni se daba cuenta siquiera de que iba  su lado.

Era una noche desapacible de invierno. El cielo estaba nublado. El
viento soplaba recio, haciendo rodar sobre la negra superficie del mar
enormes olas que venan  estrellarse con fragor sobre la muralla.
Cdiz, la ms bella ciudad de la Btica, enclavada dentro del Ocano,
apoyndose en la tierra solamente por un brazo estrechsimo, viva feliz
y tranquila en las fauces del monstruo. El bullicio de sus calles
llegaba  los odos de nuestros jvenes. De todas las puertas y ventanas
salan rayos de luz y de algunas tambin las notas dulces de la
guitarra, el chasquido de los palillos y el canto vibrante, apasionado,
de alguna copla. Ya podan las olas batir como bestias feroces sus
murallas, rugiendo amenazas de muerte toda la noche. Nadie escuchaba sus
gritos; nadie se asomaba siquiera  ver sus esperezos titnicos.

Uceda y Soledad huan instintivamente la luz. En vez de acercarse  las
casas, seguan el pretil de la muralla donde se amontonaban las sombras.
Desde los baos del Carmen no tomaron por una de las calles trasversales
para salir  los muelles, sino que continuaron distradamente  la
orilla del mar hasta la punta de San Felipe. Los clamores del Ocano
eran all ms sonoros y profundos. Las olas rompan en el baluarte con
estrpito y muchas veces saltaban por encima del muro y mojaban el
suelo. Los jvenes se detuvieron fascinados por aquel imponente
espectculo: quedaron inmviles frente  la hirviente llanura,
olvidando en un punto sus penas. Al cabo Soledad profiri:

--Qu tiempo tan duro!... Ayer tena cerco la luna.

Uceda guard silencio. Largo rato permanecieron junto al pretil
contemplando la agitacin tumultuosa de las aguas. Poco  poco sus ojos
se fueron acostumbrando  la oscuridad. La inmensa superficie del Ocano
se despleg ante ellos erizada de crestas amenazadoras. Soledad concluy
por sentirse aterrada, como si estuviera en medio de ellas sin pisar
tierra firme. Sin darse cuenta de ello se fu colocando poco  poco
detrs de su amigo.

--Qu es eso?--dijo ste volvindose.--Tienes miedo? Qu harn
entonces aquellos que van por all!

Y seal con la mano un punto que apenas se divisaba en el horizonte.

--Un barco?--pregunt la joven con ansiedad.

--S.

--Pobrecitos!

Y aadi al cabo de un instante:

--Pidamos  Dios, Manolo, que los saque de esta noche en paz... _Padre
nuestro que ests en los cielos..._

El caballero de Medina respondi  la oracin quitndose el sombrero.
Mientras murmuraba el Padre nuestro, su pensamiento cantaba alabanzas 
Soledad, Tiene un corazn excelente! El da que adquiera juicio ser
una mujer adorable.

Apartronse del pretil, doblaron la punta de la batera y entraron en
los muelles.

--Sabes una cosa que estoy pensando, Soledad?

--Qu?

--Que si por casualidad tropezsemos en este momento con Velzquez  con
algn amigo que se lo fuese  contar, podra imaginarse cualquier cosa y
tendras un grave disgusto...

--No lo creas. Velzquez nunca ha tenido celos de ti--se apresur 
decir la joven con increble aturdimiento.

Uceda, en la oscuridad, se puso encarnado hasta las orejas.

--Es decir, no tiene celos de ti, como no los tiene de nadie... Porque
l es as... sabes?--aadi despus de hacerse cargo de su
indiscrecin.

--Es natural!... Est muy por encina de todos los dems--manifest el
joven con acento sarcstico.

--No es eso, Manolo... Cada cual es como Dios le cri... Hay unos que se
celan de su sombra y dan mucha guerra  las mujeres... y otros que son
confiados y viven siempre tranquilos.

Uceda estuvo  punto de decir: Slo siente celos el que ama; pero su
alma generosa le hizo volverse atrs, y guard silencio.

En el gran puerto de Cdiz numerosos barcos de todos portes cabeceaban
furiosamente  impulso del oleaje. Sonaban las cadenas, crujan las
maromas y todo pareca  punto de estallar. Algunos farolillos sujetos 
las vergas lucan con vivos movimientos en la oscuridad como estrellas
filantes.

Bajaron la escalerilla de la muralla, y entrando en la calle de Pedro
Conde se acercaron  la taberna de Crisanto, y Soledad suplic  su
amigo que se quedara fuera y se ocultase mientras ella entraba 
preguntar. Penetr, en efecto, y la informaron de que Velzquez haba
estado all haca poco rato, en compaa de algunos amigos y amigas.

--Hemos llegado tarde--dijo, cuando sali.--Han estado aqu, pero ya se
han ido.

--Me alegro infinito--replic Manolo.--El paso que ibas  dar no poda
menos de acarrearte un grandsimo disgusto. Vulvete  casa antes que
llegue Velzquez, sube  tu cuarto y duerme tranquila. Vers cmo
maana, con la luz del da, se disipan esas nubes negras que ahora te
atormentan.

--S, s... me vuelvo--replic la joven bajndose an ms el pauelo de
la cabeza para taparse la frente y embozndose con el mantn.--Djame
ahora, que me voy por las calles.

--Echa  andar delante. Yo te seguir nada ms que hasta la esquina de
la calle de la Vernica, porque me voy  la cervecera.

Emprendi la marcha la arrogante tabernera, y Manolo le di escolta 
respetable distancia hasta la citada esquina. All se detuvo. Soledad,
sin volverse, levant el brazo  hizo un gracioso saludo de despedida.
Uceda permaneci inmvil hasta que la perdi de vista. Despus,
lentamente, sofocado por mil pensamientos melanclicos, hizo rumbo hacia
la _Cervecera inglesa_.




VI

Disputa.


Soledad sigui  paso vivo por la calle de la Carne, que estaba  tales
horas animadsima. Los faroles del municipio y las luces de los
escaparates la baaban de claridad. Discurra la gente por ella
perezosamente, gozando de aquella primera hora de la noche antes de
retirarse  casa. Grupos de hombres cruzaban charlando en voz alta. Las
seoras iban de uno  otro escaparate paseando los ojos sobre las telas
colgadas en ellos. Algunos chiquillos andrajosos los recreaban con los
dulces expuestos detrs del cristal de las confiteras.

Soledad avanzaba rebujada en su mantn, con el pauelo sobre los ojos.

--Vaya unos andares! Qu gloria de cuerpo!--Mare bendita, cundo ha
cado este cacho de firmamento?--Bendgate Dios, salero, que me has
deshecho el alma con ese taconeo chiquito!

Pocos transeuntes cruzaban sin verter en su odo algn requiebro. Los
grupos se abran para dejarla paso. La gentil tabernera marchaba sin
fijar la atencin en tales palabras, sin oirlas siquiera, totalmente
abstrada de lo que la rodeaba. Los celos seguan oprimiendo su corazn
y turbando sus ideas.

Antes de alcanzar el fin de la calle comenzaron  caer algunas gotas y
se declar al instante un fuerte aguacero. Sigui caminando impvida sin
guarecerse en los portales, como hizo la mayora de la gente. Y en vez
de dirigirse  su casa, que ya no estaba lejos, se encamin hacia las
Barquillas de Lope, donde esperaba sorprender al infiel. Antes de llegar
all su cuerpo chorreaba. Atraves  la intemperie la plaza del Baln, y
por una pequea travesa entr en las Barquillas. Habita all gente
pobre; las viviendas son pequeas, sucias: hay algunas tiendas de vinos
y comestibles. Hacia una de stas algo mejor que las otras avanz
rpidamente; pero antes de llegar  ella escuch un canto que la dej
repentinamente clavada al suelo. Era Velzquez que entonaba una
seguidilla gitana. Qued inmvil y plida. El canto de su querido le
produca siempre efecto extrao que jams se pudo explicar: la
entristeca, le daba miedo; se pona plida, y siempre que era posible
se escurra para no oirlo. Y no porque el guapo cantase mal, al
contrario: sin poseer una gran voz, era extremado por su estilo para las
_seguidillas gitanas y soleares_.

Nunca se haba atrevido  confesar este misterioso efecto; pero
Velzquez lleg  notarlo, y como era hombre complaciente cuando no se
tocaba  su orgullo, procuraba evitarle el disgusto; tanto ms, cuanto
que tampoco era muy inclinado  mostrar esta habilidad, que juzgaba poco
varonil. Cuando le instaban para que tomase la guitarra, miraba de reojo
 su querida, sonrea y siempre hallaba pretexto para excusarse.

 este inexplicable efecto unase ahora otro que se explicaba
perfectamente. Soledad necesit de todas sus fuerzas para no caer al
suelo. El coraje se las di para seguir avanzando y llegar hasta la
puerta de la tienda, que se hallaba abierta. Dentro no estaba ms que su
dueo, el padre de la Mercedes. Pero en un departamento contiguo,
cerrado por cristales al exterior y que comunicaba con la tienda, sonaba
el canto y la guitarra. Los cristales estaban embadurnados con jabn
para que no se pudiese registrar la habitacin desde fuera. Se acerc 
ella, y  fuerza de buscar di con un pequeo intersticio donde la
pringue no haba cado, y por l logr ver quin haba dentro. Estaban,
 ms de Velzquez, la Mercedes  su lado, Frasquito al lado de Pepa,
prima de aqulla, con quien mantena relaciones segn se deca, y
Gregorio, hermano de Pepa, cerca de Isabel su prima, hermana de
Mercedes, con la que estaba prximo  casarse. La madre de las
_Cardenalas_ andaba de un lado para otro escancindoles el vino y
sirvindoles lo que les haca falta.

Soledad, por el momento, no tuvo ojos sino para esta madre complaciente.

--Alcahueta! asquerosa!--murmur con ira reconcentrada.--Lo que t
buscas es enredar  Velzquez para que se case con tu hija. Claro, como
es rico, para l todo son mimos! Qu te importa que una pobrecilla
quede deshonrada y  la clemencia de Dios?

Dos lgrimas saltaron  sus ojos que se secaron al instante. Velzquez
haba cesado de cantar y se inclinaba para hablar con Mercedes, quien
con el codo sobre la mesa y la mejilla sobre la mano mostraba una
actitud marcadamente displicente. Era graciosa esta Mercedes con sus
ojillos chispeantes, los dientes blancos y menudos y la nariz remangada.
Soledad la devor con la vista largo rato y dej escapar un suspiro.
S, si cualquiera hallara  su gusto esta chiquilla! Y ella, que
posea los ojos ms hermosos de Cdiz, envidi en aquel momento los
pequeuelos y maliciosos de su rival; quisiera ser bajita y tener la
nariz remangada como ella.

Isabel era rubia y desgarbada. La prima Pepa, pequea y fea con un
costurn en el cuello; pero eso y mucho ms sufrira el avaro de
Frasquito con tal de atrapar el gato de su padre, que lo tena gordo y
lucido al decir de la gente. Hablaban en voz alta, pero nada de lo que
decan llegaba distintamente  los odos de la celosa tabernera.
Espoleada por la curiosidad, tanto como por la clera, entr en el
portal de la casa, donde haba una puertecilla que comunicaba con el
cuarto de la tertulia. Por el agujero de la cerradura apenas lograba
verse nada; pero en cambio se oa claramente cuanto se hablaba. Peg el
odo  l y escuch.

Velzquez embromaba  la graciosa _Cardenala_ sobre su tristeza. Por
qu tena aquella cara tan larga? Por qu no hablaba? Haba visto al
lobo? Dnde le haba cogido aquel aire? Mercedes responda con palabras
sueltas y breves, casi siempre agudas; porque tena ingenio y sal la
muchacha. Los dems rean y tomaban parte en la broma. La voz del guapo
era dulce, insinuante; tena unas inflexiones humildes que Soledad jams
haba percibido en ella. El corazn se le oprimi, sinti un fro que le
penetr hasta los huesos, y ella, que haba venido  armar un escndalo,
 sacar los ojos  su rival, se encontr repentinamente sin fuerzas para
mover un dedo. Su felicidad haba volado para siempre: Velzquez estaba
enamorado de aquella mujer. Iba  salir de aquel maldito portal donde le
faltaba la respiracin, donde tema estallar en sollozos, cuando entre
el oleaje de la conversacin crey percibir su nombre. Aplic mas el
odo: en efecto, se hablaba de ella. Velzquez invitaba  bailar  Pepa.
Esta se excusaba; haba bailado ya mucho en Puerta de Tierra. El majo
insista. Frasquito, que no deseaba verse privado de la compaa de su
novia, concluy por decir:

--Pero, hombre, qu mosca te ha picado? No s cmo apeteces tanto el
bailoteo, cuando tienes en casa una real hembra que baila en la mano.

--Echa realezas, hijo!--exclam Pepa con mal humor.--No eres alguien
para dar ttulos!

--Djalo, querida--replic Isabel.--Ha querido decir que es una hembra
de  real.

--Nada de eso--profiri con viveza Frasquito.--Soledad es una hermosa
mujer aqu y en todas partes, y  nadie se lo he odo negar hasta ahora.

--A cualquier cosa llamas t hermosa!... Mala pual te den
rejone!... Quit all desaboro! No ves que se estn riendo de ti?...
Que me perdone Velzquez, pero en esta ocasin no ha dado pruebas de
buen gusto. No s cmo hay quien pueda decir que es hermosa una mujerota
grande, grande, como una ballena; sosa, sosa, ms que las calabazas.

--Pues si la hubieses visto, como yo, sin cors!--exclam
Isabel.--Para matarla, hija!...

--El vientre le arrastra por el suelo.

--Y la mitad del pelo que lleva es postizo: me lo ha dicho su
peinadora.

--Vamos, callaros ya!--dijo Mercedes con enojo.--Que sea guapa  fea,
ni  vosotras ni  m nos debe tener con cuidado.

--Yo no digo ms que una cosa--replic Isabel,--y es que si fuese hombre
me gustaran las mujeres, pero no los elefantes.

--Anda con ella, hija!--exclam Frasquito.--Cmete la cabeza y no
dejes siquiera las espinas!

--Oye t, empachoso, yo no me como carne tan dura. T la subes mucho,
porque est Velzquez presente.

Este se hallaba molestsimo. Le indignaban aquellas injustas y malvolas
palabras, pero no se atreva  salir  la defensa de su querida por
miedo de enojar  Mercedes.

--Ni la subo ni la bajo--manifest Frasquito en tono agrio.--Digo lo que
todo Cdiz sabe. Si t no lo quieres confesar, ser tambin porque est
tu hermana delante.

La disputa iba tomando mal sesgo. La madre de las _Cardenalas_ se crey
en el caso de atajarla.

--Djala, hija, djala ser todo lo hermosa que dicen y algo ms todava.
 ti no te toca ms que compadecerla, porque le falta  la pobrecita la
hermosura mayor, que es la honra.

Soledad levant el pestillo de la puerta y penetr en la estancia. Se
acerc lentamente  la vieja, que retrocedi espantada, y plantndose
delante de ella con los brazos en jarras dijo roncamente:

--Sabe usted, seora, por qu no tengo honra? Pues porque ese hombre
que est ah me la ha quitado. Pero usted, en vez de aconsejarle que me
la vuelva, se humilla y le baila el agua para meterle en casa. Y no slo
hace usted eso, sino que me afrenta y me clava el pual por la espalda.
Quin es ms honrada, seora, usted que le entrega su hija por dinero,
 yo que me he entregado  l por amor?

La sorpresa los haba clavado  todos  la silla; pero repuestas las
_Cardenalas_, al instante se levantaron como fieras para arrojarse sobre
la intrusa.

--Cmo! Atreverse la ta pendanga  venir  insultarlas  su propia
casa? Insultar  su madre? Insultarlas  ellas? Esa sin vergenza!
Esa cualquier cosa! Esa p...!

Y sali el vocablo infamante, y se repiti infinitas veces  gritos por
las cuatro mujeres, trasformadas en cuatro tigres de Hircania. Y
hubieran dado buena cuenta de la infeliz Soledad,  pesar de su
corpulencia, si Velzquez, con arranque generoso, no se hubiese plantado
delante de ella.

--Nadie la toque con un dedo siquiera!

Las mujeres no osaron avanzar. La fiera actitud del majo les impuso
silencio por un instante. Volvindose aqul despus  su querida y
sacudindola por el brazo la mir cara  cara con ira concentrada. Los
dos estaban plidos.

--D,  qu vienes aqu, loca?  qu vienes aqu?

--Pues  ver cmo te diviertes--respondi la joven, cada vez ms plida.

--Esas tenemos, eh? Pierde cuidado, que ya ajustaremos cuentas.

-- eso vengo tambin...  que me pegues--replic ella con el rostro
contrado por una triste sonrisa.

--Ya arreglaremos eso, ya!

--Puedes arreglarlo ahora mismo... Anda, hombre, pega, si con eso te
desahogas!...

--Lo que vas  hacer es largarte al momento, entiendes?

--Como t quieras... Yo no hubiera entrado si esa ta asquerosa no me
hubiera insultado.

Las cuatro mujeres tornaron  enfurecerse y quisieron acometer  la
tabernera; pero Velzquez la ech fuera  empellones y cerr la puerta.
Entonces su negra clera se deshizo en injurias candentes,
interminables. Velzquez las escuch un rato con calma bebiendo  sorbos
el vaso de vino que tena delante; pero al cabo se hicieron tan pesadas,
que no pudo sufrirlas ms tiempo.

--Ea, seoras! Qu va aqu jugado?--profiri dando un fuerte puetazo
sobre la mesa.--Quieren ustedes que dure esta guasa toda la noche?

Las mujeres, aunque con trabajo, refrenaron su ira, porque el guapo
tena malas pulgas. Adems, Frasquito y Gregorio las instaron  hacerlo.
Se habl de cosas indiferentes como si nada hubiese pasado; se bebi y
se cant otra vez. Pero como la ira segua rugiendo en los corazones,
aunque los rostros se mostrasen alegres, cuando menos se pensaba estall
la tempestad de nuevo.

Velzquez haba tomado la guitarra y preludiaba unas _soleares_. Todos
callaban. De pronto Isabel solt una fuerte risotada, que al guapo le
produjo insoportable escozor.

--De qu te res, hija ma?--le pregunt con aparente calma.

--Pues me ro de verte as, tan pacfico, con la guitarra sobre las
piernas... Dispensa, hijo, no lo puedo remediar.

Y solt otra risotada.

--Y cmo quieres que est, prenda? con la navaja abierta?--replic el
majo, la voz alterada ya, aunque fingiendo sosiego.

--No, pero como decan que eras esto y lo otro... y que las mujeres se
desmayaban cuando t las mirabas serio y que no se atrevan  mover un
dedo sin tu permisos, francamente, me ro.

--Pues mira, nia, hasta ahora ninguna me ha faltado al respeto, sabes?
Pero si t quieres empezar, puedes hacerlo...

Isabel no contest. Sigui riendo de un modo insolente. Al cabo dijo con
calma provocativa:

--La verdad es, querido, que se te caen los calzones de hombre de bien.

El rostro del guapo se enrojeci, alzse airado de la silla y se
abalanz  la insolente, diciendo:

--Oye t, nia guasona, quieres probar cmo saben las bofetadas de este
hombre de bien?

Frasquito y Gregorio le contuvieron. Las mujeres, temerosas, procuraron
calmarle. Todo haba sido broma. Pareca mentira que tomase en serio las
simplezas de Isabel. sta se apresur igualmente  darle excusas.
Restablecise el sosiego. Velzquez volvi  sentarse sin despegar los
labios, pero  los pocos momentos se despidi con trazas de marchar muy
desabrido.

Cuando entr en casa, Soledad se hallaba an en la taberna. En vez de
subir y mudarse la ropa mojada, haba querido aguardarle. Al verle
avanz  su encuentro y le ech los brazos al cuello, dicindole con voz
temblorosa:

--Perdname!

Pero el majo traa el alma resquemando por las palabras de Isabel.
Ningunas podan ser ms pesadas y mortificantes para l. Se desprendi
vivamente de aquellos amorosos lazos y la rechaz, dndole un fuerte
empelln. Soledad retrocedi tambalendose, tropez con una silla y di
con su pesado cuerpo en el suelo, hirindose con la esquina del
mostrador en la sien. Velzquez no acudi  prestarle socorro. La dej
tendida en el suelo y subi  encerrarse en su cuarto.




VII

El columpio.


La mojadura y el disgusto postraron en cama  la pobre Soledad. Se le
declar una fiebre intensa y estuvo algunos das bastante grave.
Velzquez, como si le remordiese la conciencia de lo que haba hecho, se
port con ella mejor de lo que poda esperarse. Hizo venir al mdico y
la prodig todo gnero de cuidados y atenciones y, lo que an es ms
raro, apenas sali de casa. En la de las _Cardenalas_ no volvi  poner
los pies; pero tal proceder no deba achacarse al amor de su querida,
sino  su vidriosa susceptibilidad. Las palabras burlonas de Isabel eran
una espina que tena clavada en el corazn. El orgullo le hizo, pues,
renunciar sin dificultad, no slo  la mano, sino tambin al trato de
la Mercedes. No volvi  acordarse de ella. Soledad, que muy pronto lo
advirti, sinti su alma baada en alegra celeste, y pensando la
inocente que era debido  su cario, se lo agradeci profundamente. Tal
conducta contribuy infinitamente ms  su curacin que las recetas del
mdico.

Despus que se levant de la cama goz todava algunos das felices.
Velzquez, en la convalecencia, se mostr afectuoso y atento, la sac de
paseo y le hizo algunos leves regalos, para ella de gran precio. No
tard, sin embargo, en fatigarse. En cuanto la vi fuerte comenz 
tratarla de nuevo con desdn; luego con crueldad. Pero ella todo lo
hall bueno, observando que no reanudaba sus amores con la _Cardenala_.

Sus celos no estuvieron dormidos mucho tiempo, por desgracia.
Principiaron  atormentarla con ocasin de las frecuentes y largas
plticas que el guapo mantena con Paca la de la Parra. sta prosegua
infatigable su tarea de persuasin, ejercindola unas veces sobre
Velzquez, otras sobre Antonio. Tanto uno como otro la escuchaban sin
disgusto, porque era una graciosa predicadora y porque les serva para
hacer alarde de su ingenio con agudas respuestas. Resueltos  no seguir
sus consejos, los reciban con benevolencia, se mostraban amables,
jocosos, y embromaban cariosamente  la clebre _cantaora_. La llamaban
el padre Francisco. Pero ella no se atufaba ni descompona. Con la
gracia y afluencia que caracterizaban su discurso no cesaba de
sermonearles un da y otro, esperando que al cabo Dios les tocara en el
corazn.

--Compare, cmo ha rajado hoy el padre Francisco!--se decan uno al
otro guiando el ojo.

Y Paca sonrea y coga cualquiera ocasin por los pelos para volver  la
carga.

La verdad es que no tena mrito alguno sufrir con paciencia sus
sermones. Era Paca una de las ms amables, ingeniosas y profundas
mujeres que pudieran hallarse en parte alguna del mundo. En sus ojos
brillaba la inteligencia; su voz insinuante, sus modales impregnados de
natural elegancia, sus palabras llenas de prudencia, como las de Nestor,
rey de Pylos arenosa, y sobre todo aquel incesante jugar con los rizos
de su negra cabellera mientras hablaba, seducan  cuantos tenan la
dicha de escuchar sus lecciones. Su fuerte era la teologa moral. Ningn
problema, por arduo que fuese, referente  los deberes del hombre
consigo mismo y con los dems dejaba de tener solucin adecuada en
aquella linda cabeza rizada. Pudiera escribir un tratado del matrimonio
ms completo  interesante que el del padre Snchez. Con qu admirable
habilidad iba descomponiendo y repasando cada uno de los trminos del
caso tico que cualquier amiga le presentaba!  tu marido, dices, no le
gusta la ensalada de patatas... bueno. T se la has puesto tres das
seguidos... y te peg... pero ha sido porque no tenas dinero para
comprar longaniza  carne, no es eso?... Dices que se te haba
concludo el dinero antes del fin de la quincena, porque te habas
comprado unos zapatos... Pero los compraste porque tu marido se enfad
un da que saliste con l y los llevabas rotos... etc. Oh, cun
profundamente examinaba los datos y con qu suave elocuencia emita
luego su fallo inapelable!

La esposa de Pepe de Chiclana no predicaba slo con la boca, como tantos
moralistas, sino tambin con el ejemplo.  pesar de haberse criado en
una taberna, con la libertad y los peligros que para las jvenes
ofrecen, jams tuvieron las malas lenguas sitio por donde atacarla. Era
virtuosa por temperamento, quiz tambin por el orgullo que le inspiraba
el convencimiento de su superioridad moral  intelectual. Los requiebros
no conseguan conmoverla. En cambio estimaba cualquier signo de respeto
y consideracin  su talento, gozaba increblemente cuando, gracias  su
elocuencia, se alcanzaba la avenencia de dos amigas enemistadas, el
perdn de un padre, la reconciliacin de un matrimonio. Y sobre esto
ninguna rigidez antiptica, ninguna hipocresa. No le importaba entrar
en una casa de mala fama ni acompaarse de cualquier mujer de dudosa
conducta. Cruzaba sin reparo por medio del lodo, segura de no mancharse.

Pues tal sencilla altivez, tal indiferencia por los halagos de los
hombres, llamaron al cabo la atencin del irresistible Velzquez y
concluyeron por preocuparle. Gustaba el guapo de prodigar galanteras,
de festejar  cuantas mujeres hablaba; pero hallaba justo que estas
mujeres se mostrasen lisonjeadas, quera verlas ruborizadas, adivinar
que le hallaban de su gusto: avezado estaba  ello. Con Paca no sucedi
lo mismo. Cuantos ms requiebros la soltaba, cuanto ms le haca
comprender que le causaban impresin sus atractivos, ms indiferente y
distrada se mostraba ella. Con su donaire peculiar cortaba en seco
cualquier lisonja, desviaba ingeniosamente la conversacin y la
encauzaba hacia los temas filosficos en que tanto se placa. Velzquez
se sinti humillado. Por ms que tena conocimiento de la virtud de la
esposa de su amigo Pepe, y nunca se le haba pasado por la imaginacin
ponerla  prueba, excitado su orgullo, principi por galantearla en
broma y concluy por requerirla de amores en serio.

Paca opuso la misma suave indiferencia  uno que  otro: ni se mostr
halagada ni ofendida. Su tctica consisti en hacerse incrdula y en
rehusar oirle.

--Vaya, nio!  callar!... Too eso es guasa viva. Djala para las
pobrecitas que no te conozcan como yo.

Y el majo con esto se morda los labios y ocultaba con una sonrisa
forzada el despecho que le roa.

No pas inadvertido este galanteo para Soledad. Aunque su inteligencia
no era penetrante de ordinario, la tena muy fina para adivinar cuanto
ocurra en el alma de su amante. Ningn pensamiento alegre  triste,
ningn deseo ms  menos vago se le escapaba. Comprendi, pues, al
instante, al travs de las bromas triviales de siempre, que Paca le
interesaba y que la estaba galanteando. Pero aqu se detuvo su
penetracin. No vi que Paca rehusaba aquel galanteo, que le daba un
ardite por Velzquez, como por todos los dems hombres; no comprendi el
carcter altivo y original de su amiga. Por eso comenz  ponerle mala
cara,  responderla con sequedad y aun  dirigirle algunas indirectas
ofensivas. Como no poda concebir que mujer alguna rechazase los
obsequios de su querido, estaba persuadida de que Paca los alentaba.
Esta, al principio, no di importancia  su actitud: la vi triste y
seria, y pens que su desgraciada situacin y el desvo cada vez ms
acentuado de Velzquez eran la causa. Pero lleg un momento en que
advirti claramente que Soledad tena celos de ella, y se propuso
provocar lo ms pronto posible una explicacin.

Una tarde lleg sola  la tienda. Soledad la recibi con marcada
frialdad. Cambiaron algunas palabras indiferentes y, como siempre, la
esposa de Pepe de Chiclana concluy por tocar el asunto del matrimonio
de su amiga, dndole cuenta de los trabajos diplomticos que llevaba 
cabo para su realizacin y procurando infundirle esperanzas. Soledad
escuch distrada y dijo al cabo con impaciencia:

--Mira, Paca, no te molestes ms. No tengo ya ninguna gana de casarme.
Estoy perfectamente as.

--Y desde cundo eso, nia?... porque hace pocos das bien fatigadita
andabas por llegar  la Vicara--repuso Paca, picada por el acento
despreciativo que Soledad haba dado  sus palabras.

sta no respondi. Encolerizada  su vez por las de su amiga, hizo un
esfuerzo para no dispararse, y lo consigui; pero no pudo reprimir un
gesto desdeoso. Paca se mostr an ms herida por este gesto y volvi 
preguntar con sorna:

--Vamo, hija, cuntame eso... Desde cundo?

Entonces Soledad, volviendo hacia ella su rostro contrado por la ira,
dijo con afectada calma:

--Desde que t y Velzquez os entendis tan bien. Por si se muere Pepe,
no quiero serviros de impedimento.

Paca solt una carcajada.

--Acabases de reventar, criatura!... Conque Velzquez y yo nos
entendemos?... Qu traicin! verdad t? Engaar  una amiga que se
confa, que me abre su corazn y me pide ayuda... Por delante mucha
sonrisa, mucha compasin, mucha promesa, y por detrs clavndole el
cuchillo hasta las cachas... Ya! ya!... La verdad es que no s cmo
te contienes y no me rompes la cabeza con una de esas botellas...

Se ech hacia atrs en la silla y se puso  jugar con los rizos negros
de su frente. Pero su mano,  despecho del sosiego que afectaba,
temblaba levemente. Soledad, con la cara entre las manos, se mantena en
actitud fiera y recelosa. Paca tuvo lstima de ella.

--Escucha, Soledad: t eres una criatura que no ha visto el mundo ms
que por un agujero. Ni tienes experiencia ni Dios te ha dado cabeza para
saber lo que entra y lo que sale y lo que cada cual se trae... En una
palabra, Soledad, y dispnsame que te lo diga: t no vas  ninguna
parte... Porque me ves alegre y guasona  ratos, y bebo y canto y no me
asustan las sandeces de los hombres, te has llegado  figurar que estoy
aqu para todo el que quiera alargar la mano, verdad? Que se te quite,
hija. Tengo un alma de la cual he de dar cuenta  Dios, y no he de
faltar  mi Pepe por nada ni por nadie en este mundo. Porque ah donde
le ves tan pesadote y tan pelmazo, y que parece que se le pasea el alma
por el cuerpo, es un hombre que sabe distinguir, entiendes? Y hay otros
que parece que las cogen por el aire y, sin embargo, no distinguen,
estamos?... Y voy  decirte una cosa para que la sepas, slo para que
la sepas: si el diablo me tentara algn da, ten por seguro que no
escogera  Velzquez para ello, porque sabe muy bien que en la vida me
han gustado los hombres fanfarrones... Bien puedes dispensarme, hija: ya
comprenders que en este mundo los gustos no son iguales. En mi sentir,
los tuyos son de los que merecen palos; por eso te los dan.

Soledad guard silencio obstinado.

--Qu! no te convences?... Pues mira, fcilmente te lo voy  poner
clarito como el agua. Velzquez va  llegar dentro de un momento, no me
has dicho eso?... Anda, hazme el favor de esconderte en ese cuarto y
vers qu chaladita estoy por l... Y mira bien por la cerradura, no sea
cosa que nos hagamos una sea para engaarte.

La tabernera empez por resistirse; pero vencida al cabo de las
instancias de su amiga, y an ms por los vivos deseos de arrojar los
celos que la mordan, consinti en ocultarse y asistir  la pltica que
se preparaba.

No tard en llegar Velzquez, quien se sinti tan sorprendido como
alegre de encontrar sola  Paca, y ms cuando se enter de que Soledad
haba ido  casa de una vecina que estaba de parto y tardara en volver.
No la quiso ver mejor el irresistible jaquetn. Se sent en la silla que
haba de la parte de fuera del mostrador, relamindose interiormente,
aunque mostrando en lo exterior la misma actitud fra y soberbia que le
caracterizaba. Y comenz muy pronto el tiroteo. Rara vez tena ocasin
de hablar  solas con la esposa de Pepe. Ahora que se presentaba no
quiso desperdiciarla.

--Vengo muy cansado, padre.

--Pues descansa, hijo.

--Me permite su paternidad besarle la mano?

--Mi paternidad no da la mano  pillos.

--Me alegro. Por eso debe drmela  m, que soy hombre de bien.

--T? Ni tienes vergenza ni la has conocido en tu vida.

--No lo crea su merced, padre. Si no tuviese vergenza ya le hubiese
dicho hace tiempo algunas cositas que me hacen cosquillas en el alma.

--Tapa, tapa, hijo. No las descubras, porque si las tienes hace tiempo
guardadas deben de oler  podrido.

--Los sacerdotes tienen obligacin de escuchar en confesin  los
penitentes...

--Pero es  los que llegan arrepentidos.

--Yo lo estoy, padre Francisco.

--S? Pues no vivas ms tiempo en pecado mortal. Csate con Soledad.

Velzquez solt una risotada.

--Ya pareci aquello! Me extraaba que tardase tanto.

--S, ya pareci aquello, arrastrao, y parecer mientras me quede alguna
palabra en la boca.

--Anda! pues tendr que esperar hasta el da del Juicio. Primero le
faltar agua al mar y al cielo estrellas que  ese piquito palabras.

Paca se incomod. Le picaba cualquier alusin dirigida  su increble
afluencia. As que, sin advertir que con ello dejaba firme la burla,
respondi con un sin fin de denuestos; de aqu pas  las reprensiones,
 las censuras, despus  las consideraciones y por ltimo  los
consejos. En un cuarto de hora no cerr la boca.

Velzquez la escuch con la suya abierta, muy atento y admirado, porque
Paca hablaba tan bien  mejor que cualquier folletn de los que haba
ledo. Pero no quiso confesrselo. Antes persisti en embromarla
desviando la conversacin hacia los parajes donde le convena.

--Pero, en fin, qu me importa que rajes hasta morir y me des tanta
jaqueca, si tienes unos ojos, chiquilla, que bailan como las estrellitas
sobre el agua, si cuando hablas y te mueves hasta el aire que te
envuelve queda empapado de sal?...

--Quieres callarte, pelmazo?... Vas  empezar con las simplezas de
siempre?

--Que s, nia, que s!--profiri Velzquez bajando la voz y avanzando
el cuerpo hacia ella hasta meterle las alas del sombrero por los
ojos.--Que eres ms rica que los doblones de  cuatro, ms salada...

--Vaya, nio, djame el alma quieta y no me saques los ojos con el
sombrero, que aunque no son bonitos  m me hacen avo.

--Que no son bonitos, lucero? Anda, v y d eso delante de testigos y
te llevarn  la crcel. Djame besarlos, salero, ya que sin razn les
has faltado...

Al pronunciar estas palabras se alz de la silla y alargando las manos
cogi la cara de la joven para besarla; pero sta se zaf de ellas con
prontitud; volvi  tomarla Velzquez y de nuevo se arranc con fuerte
sacudida, levantndose y saliendo  la parte de afuera. Avanz airada
hacia el majo, que se haba sentado, y le dijo con voz alterada
apoyndose en el mostrador con una mano y poniendo la otra en la cadera.

--Pero, hijo, qu te has figurao? Piensas que no hay ms que decir
all voy para que te respondan aqu estamos? Me conoces hace aos,
me ests hablando casi todos los das, y todava no te has enterao de
que no me gustas ni pizca? Porque traes pechera riz y botones de
brillantes y botas de charol no hay ms remedio que derretirse por ti?
No, hijo, yo no me enamoro de la lencera ni de esos requiebros mohosos
que traes siempre en la boca. Anda, v  emplear tanta gala con las
infelices que te han escuchado. En el mundo hay seda y hay percal, pero
quien no sabe distinguir la seda del percal no debe ir  la tienda,
comprendes? Aqu te has equivocado de medio  medio. Lo siento por ti,
que no has dado prueba de mucho pesqui, y lo siento tambin por esa
pobre muchacha, que merece un hombre ms regular.

Y sali de la tienda con ademn resuelto y airado. Velzquez quiso
echarlo  risa y la detuvo por el mantn.

--Perdone su merced, padre... No he querido faltarle al respeto...

Pero ella se zaf con un fuerte tirn, dejando en su mano algunos
flecos.

Qued bien humillado el guapo. La sonrisa que contraa sus labios se
apag. Permaneci algunos instantes inmvil y pensativo, haciendo
esfuerzos por tragar la amarga pldora que le haban propinado. Al cabo
logr consolarse  medias por la consideracin de que nadie haba
presenciado su derrota y Paca seguramente no dara cuenta de ella. Mas
cuando averigu que Soledad estaba en casa y cuando sta le confes,
despus de muchas instancias, que lo haba odo todo, se le encendi el
alma de vergenza y furor. Tuvo fuerzas, no obstante, para disimular.
Di  su revs la apariencia de una broma mal interpretada. Ya saba que
con la mayor parte de las mujeres acostumbraba  usarlas, que las haca
disparatadas declaraciones de amor y le gustaba verlas enojadas. Con
Paca las haba usado infinitas veces, sin que jams se le hubiese puesto
seria; pero como ahora la estaban escuchando, quiso hacerse un poco la
persona y darse tono...

Soledad fingi creer estas explicaciones,  acaso las crey de veras,
pues mirando desde su punto de vista le costaba trabajo suponer que
hubiera mujer capaz de desdear aquella octava maravilla de la tierra.

Al da siguiente, vspera de Carnaval, fueron ambos  la tienda de la
Parra, por ser ltimo da de columpio. Es costumbre en Cdiz, cuando
llega Navidad, fijar columpios en los patios de las casas, y aun dentro
de stas cuando no hay acomodo fuera. Por las tardes se renen mancebos
y zagalas en torno del aparato y pasan gozosamente el tiempo
columpindose, en medio de alegres cnticos y algazara. Los columpios se
descuelgan cuando llega Carnaval.

En casa de los padres de Paca todos los aos se pona y era uno de los
ms famosos y concurridos de la ciudad, porque la tienda posea un gran
patio (donde creca la parra que le diera nombre), muy acomodado al
caso. La reunin de la casa de Velzquez se trasladaba all en masa por
las tardes. ste casi nunca faltaba tampoco, tanto por el empeo que
haba formado de conquistar  Paca, cuanto por las muchas y lindas
jvenes que all acudan y ante las cuales gustaba de mostrar su ingenio
y gentileza.  Soledad slo la haba llevado dos veces en la temporada,
y eso gracias  los ruegos de las amigas. Pero este sbado, por ser la
despedida,  quiz con algn secreto designio, l mismo la invit, y la
inocente Soledad acept con alegra.

Cuando llegaron estaba la fiesta en todo su esplendor. Una linda morena
de rostro picaresco ocupaba el columpio y unos cuantos jvenes lo
impulsaban  porfa sin cesar de cambiarse entre ellos y ella con
gracioso tiroteo un sin fin de donaires, de bromas picantes, de frases,
insustanciales muchas veces, pero alegres siempre y con un delicado
sabor de galantera que slo se halla en esta potica regin del mundo.
Derramados ac y all, sentados unos en bancos, otros de pie formando
pintorescos grupos, charlaban los mancebos con las mocitas  escuchaban
embelesados el punteado melanclico de la guitarra. Las conversaciones
eran animadas, ingeniosas; en todas campeaba la imaginacin inquieta, el
fcil ingenio, la incoherencia y la irreflexin que caracteriza al
amable pueblo andaluz. Era un burbujeo leve y fugaz como el de sus vinos
dorados. Cunto donaire, cunto disparate, cunto embuste!

Debajo de la clsica parra, nuestra pareja hall sentados  Antonio y
Mara-Manuela con otras personas, y fueron  colocarse cerca de ellos.
Paca predicaba all en un grupo lejano; pero en cuanto los vi se vino
hacia ellos, salud  Soledad con efusivo cario y  Velzquez con la
franqueza de siempre, como si no hubiera pasado nada. La presencia de
Soledad caus, como de costumbre, grata impresin en el sexo masculino.
Se murmuraron requiebros hiperblicos, se dijeron al odo unos  otros
frases de entusiasmo. Todos envidiaban  Velzquez aquella mujer elevada
y arrogante como una torre de marfil, de pies diminutos y lindos como
los de Hebe la inmortal copera de los dioses. Pero nadie osaba
requebrarla en voz alta, porque el majo tena fama de puntilloso y
agresivo. Tan slo Antonio, como amigo ntimo, tuvo fuero para exclamar:

--Dios guarde  la rosa _hechiz_. Ven ac, salero, sintate  mi vera,
 ver si vivo cien aos ms.

Soledad sonri con benevolencia.

--Para qu tanto? No vale ms estar  mi vera que vivir cien aos?

--Mucho que s! Bendita sea tu boca, clavel de la Italia! Mejor quiero
estar  tus pies una hora que seis meses tomando monedas de cinco duros.

--Es que no las has visto.

--Todos los das, en cuanto amanece Dios, le doy tres  cuatro  Mara
para que me compre buuelos.

--S dars!--murmur Mara-Manuela con mal humor.--Disgustos!

--Y bofets!--aadi Velzquez riendo.

--Slo los jueves por la tarde. Tengo ese ramo bien organizado.

--Vaya, no te las eches de plancheta, hijo--profiri la irascible
Mara,--que se va  creer la gente que te comes los nios crudos!

Algunas personas se haban acercado y rodeaban el banco donde se
hallaban sentados. Las eternas disputas de Antonio y su querida causaban
gran placer  los amigos. sta, por desgracia, se cort en flor merced 
la voz del guitarrista, que cant:

      _ la que se columpia_
        echarle rosas,
    que todo se lo merece
        por buena moza.

--Ole!--Anda con ella!--gritaron de todas partes.

Y la atencin se convirti  la linda morena que ocupaba el columpio.
sta sonri complacida, cerr los ojos y  los pocos instantes cant:

      Al columpio he subido
        porque no digan
    que mi amante est ausente,
        yo pensativa.

Un palmoteo ruidoso, gritos desaforados de entusiasmo, acogieron la
copla de la chavala.

Torn  cantar el guitarrista: respondi ella con la misma gracia. Las
conversaciones se haban suspendido. La gente se haba acercado al
columpio y formaba crculo en torno para jalear  la simptica cantaora.

En aquel instante Manolo Uceda,  quien el chico de la tienda de
Velzquez haba dicho dnde estaban sus amos, apareci en la puerta del
patio y qued inmvil contemplando la escena. La cantaora, que le vi
desde el columpio, gui sus ojos maliciosos y le solt esta copla:

      Mocito que est  la puerta
    mirando para el columpio:
    entre ust y columpiar
    la que sea de su gusto.

Todos los rostros se volvieron entonces risueos hacia l. Manolo avanz
confuso y dijo galantemente:

--De mi gusto, prenda, ninguna ms que ust.

--Pues colmpie me ust, hijo, y de salud le sirva.

Apartronse los jvenes que movan el aparato y Manolo lo impuls unas
cuantas veces entre los aplausos del concurso.

La casualidad haba hecho que Paca y Velzquez estuviesen juntos en el
crculo formado alrededor del columpio. Cuando, por haberse bajado la
graciosa morenita, se distrajo la atencin de los concurrentes y se
diseminaron otra vez, la esposa de Pepe de Chiclana llev al majo  un
rincn y tuvo  bien darle una satisfaccin de las injurias que le haba
dicho el da anterior.

--Ayer estaba un poco sofoc, sabes? Te habr dicho las mil perreras:
que eras esto y lo otro... No me acuerdo. Una mujer ofendida chilla ms
que una rata salida del cao... Luego que me di el aire entend que
haba hecho mal en sofocarme, porque t, aunque un poco sin vergenza,
siempre te has portado como buen amigo y seras un sujeto  pedir de
boca... si te dieran las viruelas. Quiero decir que el da que no
presumas tanto no tendrs pero...  lo menos para m... Porque hay
mujeres que les gustan los hombres as... vamos!... que repiquen gordo
al andar...  m me hicieron de otro modo. Me gustan los hombres
formales, callados... y sobre todo que no se la den de nada,
comprendes?

Las explicaciones de la joven fueron largas, interminables  impregnadas
de una profunda filosofa. As era todo lo que sala de su espritu,
frtil en pensamientos elevados. Pero en vez de calmar el rencor de
Velzquez dieron por resultado lo contrario. El guapo se sinti an ms
humillado. Tuvo el talento, sin embargo, de disimularlo. Las acept por
buenas, ri, lo ech  broma y pidi que no se hablase ms del asunto.
Pero en su pecho arda la clera y no esperaba ms que un pequeo
agujero para salir rugiente y abrasadora.

Soledad y Mara-Manuela se haban sentado de nuevo bajo la parra, que
formaba en verano fresco y deleitoso tnel. Como ahora se hallaba
desprovista de pmpanos, haban echado por encima algunas sbanas para
guardarse del sol de Febrero que ya quemaba.  las dos mujeres se haban
agregado algunas otras y les hacan compaa Antonio, Frasquito, Manolo
Uceda y algn otro joven. Hallbanse charlando tranquilamente cuando,
rompiendo por entre los grupos con seales de agitacin en el rostro,
apareci el seor Rafael.

--Dnde est mi sobrino? Dnde est se?--vena preguntando en voz
alta.

Y as que lleg  la parra y le divis, acercse rpidamente  l y le
di un estrecho abrazo.

--Qu ocurre?--Qu ha sucedido?--Qu albricias son esas?--preguntaron
todos picados por la curiosidad.

Pero el seor Rafael, sin hacer caso, segua estrechando entre sus
brazos y dando afectuosas palmaditas en la espalda  su sobrino, quien
no corresponda en modo alguno  tales demostraciones de cario, antes
procuraba zafarse, mostrando un semblante fruncido que daba miedo. Al
cabo el viejo le dej libre y, echando atrs dos pasos y dirigindose 
los concurrentes con su voz ronca y su ceceo de andaluz cerrado,
exclam:

--Miren ustedes  se! mrenlo ustedes bien!...  que no saben
ustedes lo que ha hecho? Voy  contarlo mas que se ponga colorao...
porque s... porque las cosas buenas deben decirse y las malas
callarse... Han de saber ustedes que se y yo hemos estado anoche en la
_Palma de Londillo_  comer un guiso de almejas y unas aceitunas...
Vaya una noticia de importancia! dirn ustedes... Ya lo s que nada
tiene de particular; pero vamos al caso. El caso fu que nos marchamos
sin pagar. Tampoco esto vale la pena de que se fijen ustedes, porque
muchas veces nos ha pasao lo mismo. Pero ahora viene lo mejor. Acabo de
dar una vuelta por all, y pregunto: Cunto es el gasto de anoche?--Ya
est pagado me contestaron.--Cmo? Quin lo ha pagado?--Pues su
sobrino.--Vamos, nio, no gastes guasa!--Que s, seor Rafael, que lo
ha pagado.--Cundo?--Esta maana ha pasado por aqu y ha hecho la
cuenta... Y efectivamente, seores, me ensearon el libro y estaba
borrada la partida. Ese! ese que est ah la ha mandao borrar!

Las ltimas palabras del viejo apenas pudieron oirse. Tal fu la
algazara que haba levantado su discurso.

--To! to!--exclam Frasquito rojo de clera.--No tenga usted tanta
guasa!...

--Pero, hijo, quieres que diga que estuvo mal hecho?... Lo dir, si te
empeas; pero nadie me creer.

--To, ya le he dicho ms de cien veces que la hora menos pensada le
falto  usted al respeto!

Con dificultad lograron calmarle; todava ms trabajo cost impedir que
se marchase. Afortunadamente intervino Paca, y con su labia sin pareja y
su trasteo logr pronto reconciliarlos. Llevada  feliz trmino esta
obra de caridad y de elocuencia se subi al columpio.

Mientras Velzquez iba de grupo en grupo haciendo penar  mocitas y
casadas con sus palabras, humildes y desdeosas  un tiempo, y el
atractivo de su elegancia, Manolo Uceda se haba acercado al de Soledad
y Mara-Manuela. Quiso entablar conversacin aparte con la primera, pero
no pudo conseguirlo. Soledad, engaada por la complacencia de su amante
y por el semblante alegre que mostraba, era feliz en aquel instante. Su
egosmo infantil la haca incapaz en tal ocasin de sentir ni apreciar
siquiera los sufrimientos y el afecto leal de su antiguo novio.
Recibile con marcada frialdad, y apenas hizo caso de sus palabras.
Manolo sinti el corazn apretado. Comprendi que su dolo se hallaba
bajo el influjo de uno de aquellos engreimientos en ella tan comunes, y
se levant del banco resuelto  irse. Pero antes de llegar  la puerta
salile al encuentro la morenita del columpio, que estaba agradecida de
su galantera.

--Adnde tan solo, hijo?

--Pues  la calle, nia--respondi Uceda haciendo esfuerzos por sonreir.

--Cmo? de marcha ya? No puede ser. Ve ut aquel rinconsito tan
apaaito donde ya no da el sol? Pues all nos vamo  sent ut y yo...
pa que ut me diga algo... porque sta es la hora en que no me ha dicho
todava que tengo los ojos as y la boca andando y el talle de esta
manera y los cabellos de la otra... en fin, toas esas simplesas que
disen usts los hombres cuando estn ajumaos.

--No se necesita estar ajumao para decir que es usted preciosa... pero
no puedo sentarme porque me aguardan. Otro da ser... Hasta la vista,
prenda--manifest Uceda con la misma sonrisa contrada, alejndose.

La morenita qued inmvil mirndole, y cuando ya estaba lejos exclam
con acento donde se trasluca el despecho:

--Vaya ust con Dios!

Los concurrentes jaleaban  Paca, que desde el columpio dejaba oir su
voz celebrada. Todas las conversaciones quedaron en suspenso. El grito
dulce y poderoso  la vez de la gentil cantaora los haba reunido presto
 todos en torno del columpio. Mas apenas ces el canto tornronse  sus
respectivos sitios.

No tardaron en agruparse de nuevo, pero no alrededor del columpio, sino
del banco que ocupaban debajo de la parra Antonio Robledo y su querida,
Soledad, el seor Rafael y su sobrino. La disputa haba aparecido al
fin. Rara vez dejaba de haber guasa cuando Antonio y Mara-Manuela se
hallaban reunidos en pblico. Esta pobre mujer, despus de tantas
experiencias, an no haba escarmentado y segua cayendo inocentemente
en los lazos que para reirse de ella le tenda aqul. Ahora la querella
se haba producido porque Antonio la haba llamado en son de desprecio
_femenina_.

--Oye, guasn,  m no me digas eso--respondi Mara, preparada 
encolerizarse.

--Que s, que no eres ms que femenina te digo... y todas tus hermanas
lo mismo.

--Hzmelo bueno arrastrao! hzmelo bueno!

--Cuando quieras--replicaba l con firmeza, y aada con nfasis:--Y tu
madre igual...

-- mi madre no la toques, sin vergenza porque vamos  salir mal!

--Todas! todas lo mismo!--replicaba Antonio con el mayor desprecio,
volvindose  los circunstantes que estallaban de risa.

--Mira, Antonio, no me sofoques! Mira que tengo la sangre ms negra ya
que mis zapatos y no respondo de m--deca ella con los labios plidos,
temblando de ira.

--Lo digo y lo repito aqu y en todas partes. Tu madre femenina!... y
tu padre masculino!

El furor de Mara-Manuela no tuvo lmites al oir el nombre de su padre.

-- mi padre tambin, canalla?  mi padre tambin?

Y quiso arrojarse sobre su amante; pero los amigos se lo impidieron.
Cuando al cabo le explicaron el significado de los vocablos que crea
ultrajantes qued repentinamente en calma, y echando una mirada torva 
su querido le dijo:

--Anda t, malaje, que tienes sombra de jiguera negra!

Velzquez se haba acercado  un grupo de muchachas y departa con ellas
regocijadamente. Soledad lo vi al principio con indiferencia; pero la
alegra de las chavalas al cabo fu tan ostentosa, sus carcajadas tan
repetidas y sonoras, que concluyeron por crisparla. Sinti la mordedura
de los celos, y sin prever las consecuencias se acerc al grupo y
mostrando semblante alegre quiso tomar parte tambin en la jarana. Este
paso fu la gota que hizo rebosar el coraje de Velzquez, demasiado
tiempo comprimido. Volvise hacia ella y con gesto desabrido le
pregunt:

--Qu se le ha perdido  usted aqu, nia?

Era costumbre fatal del guapo tratarla de usted cuando estaba enojado,
para hacer ms ostensible su desdn. El tratamiento, la burla que
envolva la pregunta y la presencia de las jvenes, sobre todo, hirieron
de tal modo  Soledad, que permaneci clavada al suelo sin acertar 
responder. Vencida al cabo, en parte, su confusin por un supremo
esfuerzo, dijo con voz apagada:

--Vengo  preguntarte si quieres que nos vayamos... Pronto sern las
cinco...

--Usted se puede ir cuando guste. Yo me encuentro muy retebin aqu.

Guard silencio la joven y baj los ojos, dudando qu partido tomar.
Pero al levantarlos vi pintada en el rostro de las jvenes presentes
una sonrisa de burla. Su orgullo se embraveci sbito con tan cruel
espuela. Alz la cabeza de un modo arrogante y dijo con voz firme:

--Est bien. Quede usted con Dios, y gracias por la galantera.

Velzquez, enfurecido por la irona de estas palabras, replic riendo
sarcsticamente:

--Anda t con l, hija, y ten mucho cuidado de no caerte de simple.

--Ms vale caerse de simple que de fanfarria--dijo ella mirndole cara 
cara.

El majo se puso encendido hasta las orejas.

--Cunto vamos  apostar, nia,  que no te vas  casa tan sana como
has venido?

--No apuesto nada: para esa hazaa y otras menores s yo que eres capaz.

Pintse un furor rabioso en el rostro de Velzquez al escuchar estas
palabras insolentes; alz el bastn que llevaba en la mano y cruz con
l las espaldas de su querida, que estaba ya medio vuelta para irse. Y
hubiera seguido golpendola si los concurrentes no se hubieran
apresurado  interponerse. Todos le recriminaron aquel acto de barbarie.
Pero el majo no escuchaba sus amistosas reprensiones; posedo de una
clera ciega, trataba de desasirse, y no pudiendo conseguirlo, la
saciaba con feroces insultos y amenazas.

--Dejad, dejad que le pise la cara  esa ta deslenguada... Quiero que
se acuerde de m toda la vida... Os habis figurao que voy  dejarme
insultar delante de personas regulares por una cualquier cosa  quien he
recogido en medio de la calle?...

--Vamos, Velzquez, no sueltes cosas que te pueden pesar... Ests
acalorao y no sabes t mismo lo que dices... Clmate, que estos
arrechuchos entre dos que se quieren no tienen importancia--manifest
sensatamente el seor Rafael.

--Quin? yo querer  esa mujer?... Si me sofoca ya ms que un da de
levante!... Si tengo ms ganas de soltarla que del premio gordo de la
lotera... Porque me carga, ea!... porque me revienta... y est
dicho...

Y de esta suerte prosigui todava dejando caer otras pesadsimas
palabras.

Soledad, al escucharlas, se puso ms plida que la cera, y sin responder
ninguna, sin hacer siquiera un gesto, se dirigi precipitadamente  la
puerta y sali.




VIII

Crisis.


Sali y emprendi una rpida carrera al travs de las calles, sin saber
dnde iba. El corazn le palpitaba con violencia, arda su frente y
senta un extrao fro interno que la violencia del paso no alcanzaba 
mitigar. Al cabo de un rato se encontr frente  su casa. Qued un
instante inmvil y se llev la mano  la frente cual si tratase de
ordenar sus ideas diseminadas. Haba all dentro algo que le abrasaba
mucho ms que el brbaro golpe de la espalda, cuyo cardenal le qued
impreso largo tiempo. Eran las infames palabras que Velzquez acababa de
pronunciar en presencia de la gente: Me carga! Me sofoca! La he
recogido en medio de la calle!...

No quiso entrar en la tienda en tal estado de agitacin, por si haba
gente dentro: cruz el paseo y se arrim al pretil de la muralla. All,
de bruces, en el sitio mismo que haba ocupado Manolo Uceda la noche que
haba llegado, solloz largo rato. Las lgrimas refrescaron su alma. Al
erguirse de nuevo haba recobrado la calma; era otra mujer. Cuando en su
espritu sencillo y limitado penetraba una idea, inmediatamente se
enseoreaba de l y no dejaba espacio para ninguna otra. Ahora la idea
era sta: Puesto que l no me quiere, yo no debo quererle  l. Y de
tal manera se imprimi en su cerebro que ya no volvi  sentir
vacilaciones. Su amor hizo crisis. Desde aquel punto qued
irrevocablemente tomada su resolucin. Se enjug cuidadosamente las
lgrimas, aguard todava algn tiempo para que la brisa del mar borrase
por entero sus huellas, y as que se hall bien serena se dirigi con
paso firme  la puerta de la tienda y entr.

Las pocas personas que all haba saludronla con agasajo. Joselillo le
pregunt si podra marcharse  evacuar algunos recados; no lo consinti:
tena que hacer arriba. Subi, pues,  casa  inmediatamente se puso 
sacar de los armarios y  descolgar de las perchas la ropa que le
perteneca y  guardarla en el bal. Se iba: se iba inmediatamente.
Mientras colocaba con toda calma y cuidado la ropa, pensaba en el sitio
adonde deba dirigirse. Sin duda el nico proyecto que le pareci
natural era el de irse  Medina con su madre y ponerse  trabajar de
nuevo y vivir del mejor modo que Dios les diera  entender; pero
necesitaba saber dnde dormira aquella noche. Pens en su amiga Paca:
era la ms digna por su conducta y la que por su posicin mejor poda
ofrecerle hospitalidad. Sin embargo, avergonzada an de lo que haba
pasado entre ambas y quiz tambin  causa de un cierto rencorcillo que
no haba podido arrojar de s, renunci  pedrsela. Resolvi ir  casa
de Mara-Manuela, y partir al da siguiente en el tren.

Velzquez, luego que saci su clera y orgullo con las afrentosas
palabras que se ha dicho, sigui departiendo y jaraneando con sus
amigos, como si nada hubiera pasado. Sin embargo, no tard en sentir una
vaga inquietud, algo que poda ser remordimiento y poda ser tambin
temor de las fatales consecuencias que la desesperacin de su amante
pudiera acarrear. Una mujer despechada es capaz de todo. Tuvo miedo que
hubiese ido derecha  tirarse por la muralla  se tragase una caja de
fsforos. As que, no tard mucho en despedirse de la buena compaa y
se vino hacia casa con el objeto de cerciorarse de que nada funesto
haba ocurrido y tambin con el loable propsito de reconciliarse con su
querida, si sta se allanaba  pedirle perdn.

Al entrar pregunt con fingida indiferencia por ella, y como le
respondiesen que estaba arriba y la oyese andar con los muebles, qued
tranquilo. Charl unos instantes con sus parroquianos y al cabo subi.
Al cruzar para su cuarto vi en uno del pasillo  Soledad limpiando un
vestido, y tuvo la magnanimidad de decir: Hola! Aqulla levant los
ojos y respondi con la misma gravedad y concisin: Hola. Sigui el
guapo hasta su habitacin un poco sorprendido: esperaba hallarla baada
en lgrimas  presa de algn ataque de risa convulsiva de los que 
menudo la cogan. Aquella seriedad, y ms que nada la indiferencia de la
mirada y el saludo, le molestaron fuertemente. Desvanecise su buen
propsito de reconciliacin. Sac del armario los libros de comercio,
encendi la lmpara, porque ya estaba oscuro, se sent delante de la
mesa y se puso  arreglar cuentas atrasadas. Poco tard en advertir que
no tena la cabeza para cuentas. La reyerta primero, la inquietud
despus y ahora un poco de irritacin y despecho, le haban agitado
demasiado para poder concentrar su atencin. Adems, hallndose
escribiendo crey percibir en la habitacin contigua cierto ruido
especial, como de un bal que se arrastra. Sinti curiosidad y sorpresa,
se levant y encamin sus pasos hacia la salita donde tenan las camas,
y vi  Soledad inclinada sobre el bal, apretando la ropa con las
manos.

--Qu haces?

--No lo ves? El bal--replic ella con voz firme sin volver la cabeza.

El guapo qued suspenso un instante.

--Para marcharte?

--Eso mismo.

Nueva pausa.

--Bien, hija. Vete bendita de Dios--replic al cabo girando sobre los
talones y encaminndose de nuevo  su cuarto. Sentse  la mesa y otra
vez comenz  trasladar partidas y confrontar sumas. Pero si antes le
costaba trabajo concentrar su atencin, ahora le fu del todo imposible;
de tal suerte, que  los pocos minutos dej la pluma descansar, meti
las manos en los bolsillos y se recost en la silla, quedando inmvil
con los ojos en la pared. Llegaban  sus odos los ruidos de la tienda,
pero no los perciba; en cambio notaba perfectamente las vueltas que
Soledad daba por la casa buscando sus enseres. Al cabo de rato largo
apareci sta y le dijo desde la puerta:

--Quiere usted venir  ver el bal?

--Para qu?

--Para saber si me llevo algo que le pertenezca.

--No, hija, no; ya s que no te llevas nada... y si quieres llevrtelo
puedes hacerlo: todo est  tu disposicin.

--Muchas gracias. Adis--respondi volvindose.

Cuando ya haba dado tres  cuatro pasos, Velzquez la llam.

--Atiende un instante.

--Qu se le ofreca  usted?--pregunt ella quedndose  la puerta.

--Acrcate, hija, que no vamos  hablar  gritos.

Soledad, de mala gana, di algunos pasos hacia l.

--Qu arrechucho es el que te ha cogido, nia?--preguntle riendo.

Soledad alz los hombros con desdn y profiri gravemente:

--Hgame usted el favor de decirme lo que se le ofrece, que tengo prisa.

--Pues nada ms sino que eres una tonta rematada, y que por esta
simpleza que ests haciendo merecas que me enfadase y te calentase la
cara--manifest Velzquez sin dejar de sonreir.

--Est bien. Adis.

Y de nuevo se volvi para irse. Pero Velzquez la retuvo tomndole una
mano.

--Vamos, nia, no te pongas guasona; no vayamos  enredar el asunto ms
de lo que est. Me has dicho una simpleza, te he pegado un palo...
Corriente... ya no hay que hablar del asunto... Pas?... Pas.

La joven se desprendi con un fuerte tirn y repiti con acento an ms
grave y displicente:

--Est bien. Adis.

Los ojos del guapo relampaguearon. Se alz de la silla y, acercando su
rostro al de la joven, le dijo con frase lenta y amenazadora:

--Sabes, chiquilla, que ya me voy atufando, y que si llegas  sacarme
de mis casillas habr que sentir?

--Lo sentir por ltima vez, te lo juro. Pgame, mtame... aprovchate
ahora, porque en cuanto ponga el pie en la calle se concluy todo.

El guapo la mir fijamente y en silencio. Al cabo solt una carcajada.

--Pero nia! qu mosca te ha picado hoy?

--Ninguna. Lo nico que te aseguro es que estamos hablando por ltima
vez.

--Basta, basta--dijo ponindose grave de nuevo.--No lo cacarees tanto,
que aqu nadie te agarra del vestido. Vete cuando gustes, hija.

--Adis.

--Adis... Oye una palabra... Aunque te repito que puedes hacer lo que
gustes, debo advertirte que el marcharte ahora no me parece muy
decente... Es ya noche, como ves, y cualquiera, vindote salir de mi
casa de ese modo, podra suponer que te he echado de ella.

--Pierde cuidado. Ya me encargar de decir  todo el mundo que he salido
por mi gusto.

--De todos modos, el irte ahora es dar una campanada intilmente. Tienes
que buscar casa donde pasar la noche, y la hora no es  propsito para
eso... Qudate  dormir, y maana ser otro da. Y si sigues plantada te
puedes ir adonde mejor te parezca.

--No puede ser--repuso con sosiego y firmeza la joven.

--Vamos, Soledad, no seas chiquilla. Debes comprender que no hay razn
para esa terquedad. Lo que ha pasado hoy es lo mismo que ha pasado ya
muchas veces... Que t has estado un poquillo insolente... que yo he
estado otro poquillo bruto... Eso no es motivo suficiente para que se
rompa nuestra unin. Nuestras relaciones no son de ayer, hija ma. Te he
visto nacer, como quien dice; he sido amigo de tu padre, y no puedo
dejarte en medio del arroyo expuesta  la miseria y  la perdicin... T
no eres para m una mujer cualquiera, una querida que se toma y se
suelta como un perro de caza...  ti te he mirado siempre como cosa
propia, y si algunas veces te maltrato es por la misma confianza que
contigo tengo y por este genio polvorilla que Dios me ha dado... Pero
eso no tiene que ver con el aprecio... Yo te aprecio, Sole, porque eres
buena y eres honr... y eres decente, vamos!... Y  fuerza de tiempo se
toma cario  las sillas, cuanto ms  las personas... Y para que ms de
la verdad...  ti te he tomado ms cario que he tomado hasta ahora 
ninguna mujer...

Soledad levant los ojos y le mir  la cara con sorpresa y curiosidad.
El majo haba pronunciado las ltimas palabras con emocin.

--Todo eso ser verdad, Velzquez... pero estoy convencida de que ni yo
puedo hacerte feliz  ti ni t puedes hacerme feliz  m--repuso la
joven dulcemente, pero con firmeza.

--Eso lo dices porque an me tienes coraje; pero no es cierto... Ven
ac, guasona, ven ac que te d un mordisco por esas palabrillas amargas
que has soltado... Ni tienes vergenza ni mereces que te mire  la
cara...

Al mismo tiempo le tom una mano, y con el otro brazo le enlaz
cariosamente la cintura para sentarla sobre sus rodillas. Pero la joven
se solt bruscamente.

--Hazme el favor de dejarme. He dicho que me iba y no me vuelvo
atrs--profiri en tono resuelto frunciendo el entrecejo.

El guapo se enfureci otra vez, y olvidando toda galantera, la insult
groseramente.

--Pero, hija, qu te has figurao? Piensas que tengo empeo en tenerte
en mi casa? Vaya una alhaja que se me escapa!... Pero t de qu
presumes, criatura?... Si no vales dos maraveds! Si hace ya mucho
tiempo que no te despido por compasin!... Pues estamos aviados! No se
pone pocos moos el pendoncillo porque le dicen que se quede!... Anda,
hija, anda donde ests haciendo falta...

Soledad recibi sin pestaear la rociada de injurias que le escupi  la
cara. Cuando hizo una pausa se volvi sin responder palabra y sali de
la estancia. Al trasponer la puerta dej escapar un sollozo ahogado.
Velzquez sigui todava largo rato vomitando clera. Mil frases
desdeosas, infamantes, salieron de su boca despus de quedarse solo.

Al cabo se call. Los nervios, alterados, se fueron sosegando poco 
poco, y permaneci en la silla sin hacer movimiento alguno, con los ojos
muy abiertos, emboscado en vaga y sombra meditacin.

Las voces de la tienda le sacaron al fin de ella. Se levant, encendi
un cigarro y guard de nuevo los libros en el armario. Tom la lmpara y
fu  la habitacin contigua  buscar su capa para salir. Lo primero con
que tropezaron sus ojos fu con el bal de Soledad cerrado en medio de
la sala. Dej la lmpara sobre la mesa, comenz  pasear por la estancia
chupando el cigarro y envolvindose en nubes de humo. Concluy el
cigarro y encendi otro, y despus otro. Fumaba maquinalmente y daba
vueltas, hasta que concluy por marearse. Al fin, enojado consigo mismo,
levant los hombros con ademn desdeoso, arroj violentamente la punta
del cigarro y tom la capa. Pero cuando se dispona  salir oy abajo
las voces del seor Rafael y Pepe de Chiclana: Ya estn esos ah se
dijo. Y volvi  colgar la capa en la percha y baj  la tienda.

Mostrse  los amigos ms alegre y jovial que de costumbre y estuvo
locuaz en demasa.

--Cmo no baja Soledad?--pregunt al fin Paca.

--Soledad?--respondi el guapo dando  su rostro una expresin
burlona.--Anda y pregunta por ella al sereno.

--Qu quieres decir?

--Que ya no vive aqu. Se ha mudado.

--Pero es de veras?

--Y tan de veras! Hace ms de una hora que ha salido disparada como un
cohete. Dios sabe dnde habr cado.

Fu grande la sorpresa de los tertulios y unnime su sentimiento, porque
Soledad,  pesar de su gravedad habitual y pocas palabras, era
generalmente estimada. Todos mostraron vivo inters por conocer los
pormenores del rompimiento y lo deploraron con amargura.

--Vaya un lance feo!--exclam Paca.--Por supuesto que las has de pagar
todas juntas, Velzquez. No hallars en la vida una mujer que te quiera
tanto.

--Ni tan guapa--apunt Frasquito.

--Ni tan hacendosa y limpia--manifest Pepe de Chiclana.

--Limpia?--exclam Paca.--Como los chorros del oro. Daba gusto ver 
esa mujer revolverse por casa. Las cosas que ella tocaba con las manos
relucan como si les diesen cera.

--Yo no creo que este rompimiento sea para siempre--articul gravemente
el seor Rafael.--Ser una desazn volandera de esas que acostumbris
los que andis metos en el querer. Maana os volveris  juntar y ni t
ni ella os acordaris si hoy le has dado un palo  dos besos... Pero si
es cierto que la has echado de tu casa y no la vuelves  llamar, digo,
Velzquez, que no te ayudar Dios, porque no has hecho una cosa
regular... Sole es una mujer como pocas...

--Ea, dejarme ya de Sole!--exclam el guapo riendo.--Me van  dar
ustedes jaqueca toda la noche? No hay otra conversacin ms
entretenida? Me hartaba esa nia... Un da  otro tena que suceder...
Sucedi... Qu le vamos  hacer?... Precisamente en este momento me
estn apeteciendo unas lonjitas de jamn. Echamos un solo y las
jugamos?... Eh, nio! trete una baraja...




IX

El Carnaval.


El sol abandonaba la mar espumosa y ascenda por la bveda del
firmamento cuando Velzquez despert de su sueo. Iba  llamar  Soledad
para que le trajese una camisa, pero record sbito lo que haba pasado
y sinti un leve vuelco en el corazn. Alzse del lecho y se visti
lentamente malhumorado y taciturno. Aproximse al balcn, que seoreaba
una gran extensin de mar, y derram por ella sus ojos distrados. El
cfiro rizaba la inmensa superficie coronando de hermosos y fugaces
penachos blancos sus olas azules. El sol esparca sobre ella su madeja
de oro hacindola lcida y trasparente como una esfera de cristal.

Pero las sonrisas divinas de la naturaleza no fueron poderosas para
desarrugar el semblante ceudo de nuestro guapo. Di algunas vueltas por
la casa y, cosa que nunca haba notado, le pareci grande y fra. Pens
que era necesario buscar una mujer para que la arreglase y guisase la
comida, y tuvo intencin de llamar  Joselillo para enviar por ella; mas
se contuvo: no haba prisa: lo mismo sera al da siguiente. Baj al
cabo  la tienda, se desayun y se puso  fumar cigarrillos. Aunque tuvo
deseos de salir para esparcir su mal humor y refrescar la cabeza, no lo
hizo retenido por una vaga esperanza, que no tard mucho en cuajarse. 
eso de las doce apareci un hombre en la puerta preguntando por l, con
una carta en la mano. Por su semblante fruncido pas una imperceptible
rfaga de satisfaccin. Al fin! Esto era lo que haba estado esperando
toda la maana: ya saba que ms tarde  ms temprano haba de llegar, y
por eso no se haba separado de la tienda. Abrigaba la certidumbre de
que Soledad,  solas consigo misma y as que tropezase con las primeras
consecuencias de la miseria y desamparo en que haba quedado,
reflexionara sobre su falta, se arrepentira de ella y, depuesto todo
orgullo, vendra humillada  pedir que la admitiese de nuevo en su casa.
Tom con su habitual gravedad la carta que le presentaba el portador, le
gratific con largueza y le despidi. Pero el mozo le respondi:

--Aguardo contestacin.

Entonces el guapo ech una mirada al sobre y observ que estaba escrito
de mano de hombre. Lo rompi con presteza y ley la carta. Era de
Antonio Robledo, su amigo: le deca en ella lacnicamente que Soledad
estaba en su casa y que hiciera el favor de entregarle al dador el bal.
No fu menudo el desengao al leer la tal esquelita. En sus breves y
sencillas palabras crey notar un dejo de desdn,  por lo menos
indiferencia, que le irrit la bilis. Disimul, no obstante, lo mejor
que pudo, y levantndose de la silla subi  casa seguido del mozo y sin
decir palabra le llev hasta la sala y le mostr el bal, que estaba en
medio de ella. Pero cuando el hombre se fu comenz  resoplar con furia
y  dejar salir de su boca palabras amargas.

--Vaya con Antoico!... Se ha dedicao  recoger en su zahurda las
palomas que se suertan... Pa que se fe uno de los amiguitos!... Y
quin es el to para pedir el bal? Le toca algo con Soledad?... Por
qu no lo pide ella?...

Y muy desabrido y amenazando cantar algunas claridades  Antoico, se
sali de casa.

Era domingo de Carnaval. Las calles rebosaban de gente. En los balcones
de las casas se apiaban lindas muchachas de ojos negros para ver
desfilar los coches ocupados por jvenes enmascarados que les arrojaban
puados de almendras, anises y caramelos. Desde los coches  los
balcones entablbanse animados dilogos, cambibanse requiebros por
donaires, confites por sonrisas; arrojbanse sonoros besos que, en alas
del viento, iban  posarse tmidamente sobre alguna tersa mejilla
ruborizada. Y la gente de  pie, desde la acera, haca coro  aquellos
dilogos batiendo las palmas, celebrando con igual algazara los
requiebros picarescos de los mancebos que las respuestas saladas de las
nias. Cruzaban numerosas comparsas ataviadas con trajes originales,
unas de majos, otras de trovadores, otras de frailes, etc., todas
tocando y cantando muy concertadamente. Pero la que excitaba la
admiracin y el aplauso de la muchedumbre era la denominada _de las
viejas ricas_, compuesta de veinte  treinta muchachos disfrazados de
viejas con esplndidos trajes de seda, peluca blanca, media negra y
zapato de raso, cuyos cantos deliciosos, impregnados de toda la sal de
la Btica, pronto iban  dar la vuelta  Espaa.

El sol nadaba sereno por el espacio haciendo brillar la seda de los
vestidos, el carmn de las mejillas, el azabache de los ojos. Por
doquier reinaba el jbilo. El ambiente, cargado de perfumes, de colores
y reflejos, vibraba con los dulces sones de las msicas, con los cantos,
con las risas, con las palabras de amor. En las estrechas calles,
distribudas en todas direcciones, cortndose, retorcindose de un modo
caprichoso, herva la muchedumbre con inquieto oleaje, bandose en un
gozo vivo y espontneo. La hermosa ciudad del Occidente, ceida, como la
diosa de Chipre, de su blanco cinturn de espuma, lanzaba una fresca y
alegre carcajada. Oh, feliz el que la haya odo reir de este modo! Ms
feliz an el que pueda vivir y morir en su seno amoroso, bandose en su
aire tibio bajo un cielo trasparente, escuchando los besos incesantes de
su mar azul que riza la brisa!

Velzquez recorri las calles sin participar de esta alegra como otras
veces. Llevaba en su alma el peso de la clera y el despecho. Estuvo en
la calle Ancha, donde la animacin era ms grande y las mscaras se
apiaban con preferencia. All tropez con Manolo Uceda, quien le invit
 entrar en la cervecera  beber una copa de Jerez. Aunque muy contra
su gusto, acept la invitacin para que no sospechase su mal humor, y se
esforz en aparecer jocoso.

Consiguilo slo  medias; tanto que Manolo, que ignoraba el rompimiento
con Soledad, not, sin embargo, al poco rato que su alegra no era
espontnea y le pregunt:

--Qu tienes? Parece que ests preocupado.

--Yo?... Ni por pienso, hijo. Solamente que este ruido del Carnaval me
empacha un poquillo, sabes?

Manolo, como de costumbre, no le pregunt por Soledad. Sera delicadeza
 orgullo, pero es lo cierto que jams lo haca. De este modo el guapo
pudo salvar del compromiso en que la pregunta le hubiera puesto, y al
poco rato se despidi pretextando que le aguardaban sus amigos. Recorri
las calles ms animadas sin que las contorsiones grotescas  los gritos
desapacibles de las mscaras que tropezaba provocasen una dbil sonrisa
en su rostro taciturno. Varias le saludaron llamndole por su nombre,
porque era hombre popular y conocido en todas las clases sociales.
Adis, Velzquez.--Adis, guapo.--Adis, elegante. Responda y
apretaba el paso, porque no le peda el cuerpo conversacin. Sin
embargo, en la calle de la Amargura, de un grupo de mujeres disfrazadas
de gitanas se destac una que logr abordarle. Se le plant delante y le
dijo de manos  boca:

--Conque ya no est Soledad contigo?

--Eso parece--respondi el majo con su habitual desenfado.

--Y por qu la has echado, nio? Eso est muy feo.

--Yo no la he echado. Se ha ido ella--replic con orgullosa modestia,
seguro de no ser credo.

--Vamos, hijo, no te diviertas! Ya s que le has dao una paliza gitana
en la tienda de la Parra y luego la licencia absoluta.

--Te engaas, mscara. Se ha marchado ella por su gusto.

--Ay, Velzquez, qu malo eres y qu traidor con las pobres mujeres!...
Pero Dios te castigar algn da; no tiene remedio. Dame la mano,
falso; voy  decirte la buenaventura.

--Tmala, nia, y hazlo vivito que se rene mucha gente.

En efecto, las compaeras de la gitana se haban aproximado y tras ellas
algunos transeuntes.

--Una mujer te quiere, salao, pero t no la quieres  ella--dijo la
mscara observando las rayas de la mano del guapo y remedando  las
gitanas.--En cambio, ests chalao por otra que huye de ti. Llegars 
conquistarla, pero al fin te la pegar. Un amigo falso te har traicin.
Sers muy desgraciadito y nadie te compadecer. La mujer que primero te
d un beso, por esa te morirs y pasars fatigas, y ella se reir de
ti...

Velzquez sospech en aquel momento que la mscara era Paca, y dijo
riendo con fatuidad.

--Consiento en pasarlas. Dame un beso, prenda.

--No; no quiero tu desgracia sobre la conciencia... Suelta, nio.

El la retuvo  pesar de sus esfuerzos.

--Dmelo, aunque tus labios tengan veneno. Mira que muero de ganas de
pasar esas fatigas y de que me hagas desgraciado.

--Suelta, traidor, suelta!

La gente rea. Las gitanas tiraban de su compaera mientras los hombres,
que se haban parado, animaban al guapo gritndole:

--Anda! Oblgala!... Que pague la guasita!

Al cabo se desprendi la mscara y, unida al grupo, se alej gritando,
mientras Velzquez prosigui su camino con los labios contrados por una
sonrisa de orgullosa satisfaccin. Aquel ligero incidente le haba
puesto de buen humor, pues apenas le caba duda de que la gitana era
Paca: su misma estatura, su cuerpo y hasta su modo de andar.

Disipada en parte la niebla que pesaba sobre su espritu, pudo fijarse y
tomar inters en lo que  su alrededor pasaba. El regocijo y la bulla
crecan  medida que avanzaba la tarde. Una agitacin tumultuosa reinaba
en las calles: de su recinto estrecho sala un clamor profundo como el
de un ro que se despea. La muchedumbre se estancaba en las calles
principales impidiendo el paso de los carruajes, que se vean obligados
 permanecer inmviles largo rato. De pie sobre ellos, mscaras con
grotescas cabezas de cartn excitaban la risa de la gente, gritando y
manoteando de un modo frentico: estaban roncos ya casi todos. Las damas
de los balcones, excitadas por tanto vocero, mareadas y nerviosas,
gritaban tambin con alegra loca, arrojaban puados de papelillos de
colores, cubriendo la calle y la muchedumbre de un manto irisado.
Algunos jvenes respondan  esta graciosa agresin lanzndoles, con
jeringas de goma, chorritos de agua perfumada. Cuando acertaban  darles
en la cara, la muchedumbre aplauda con entusiasmo. Otros, de pie sobre
las banquetas de los coches con una botella en la mano y una copa en la
otra, servan manzanilla  los conocidos que divisaban.

--Velzquez! Eh, Velzquez!

El majo vi un mscara que desde lo alto del coche le ofreca una copa
de vino y se acerc.

--Ven ac, valiente. Bebe esa copa  la salud de tu nia.

Velzquez tom la copa y dijo gravemente:

--Y  la de la tuya, mscara.

--Oh! La ma no vale un comino al lado de Soledad Vaya una mujer
castiza!... En tu caso no envidiara ni al arcngel San Rafael.

Por qu les daba  todos ahora por elogiar  Soledad? Si era hermosa,
otras haba como ella: no era para tanto. Prosigui su camino, levemente
disgustado por tal ridculo empeo. Y de nuevo enderez su pensamiento
hacia Paca, cuyas cualidades empez  exaltar  toda prisa en su mente 
fin de borrar la imagen que, al parecer, todos se proponan ponerle
delante de los ojos. Haba vuelto  quedarse taciturno y marchaba con
arrugado ceo por la calle. Tanta gritera, tanta bulla le iban poniendo
nervioso.

Pero al revolver la esquina qued estupefacto viendo frente  s  Paca,
que marchaba tranquilamente al lado de su marido. Sintise turbado y
molesto. Quin era, pues, la mscara que le haba dicho la
buenaventura? Sin embargo, los abord con fingida calma y alegra.
Charlaron de las mscaras y de las ocurrencias ms graciosas que aquella
tarde haban odo. Paca se mostraba alegre, satisfecha y no daba paz 
la lengua, narrando las aventuras de su paseo, haciendo observaciones
profundas unas veces, otras ligeras, siempre atinadas, sobre todo lo que
haba visto y odo. Pero se detuvo de pronto y las cort para decir 
Velzquez bruscamente:

--Esta maana he visto  Soledad, sabes? Ya no se va hasta dentro de
unos das. Mara y Antonio se han empeado en retenerla...

Velzquez se encogi de hombros con afectada indiferencia.

--Qu mal has hecho, nio!--prosigui.--Algn da te pesar! No
hallars mujer tan fiel ni tan cuidadosa de tus intereses.

Y dale con Soledad! No haba otra cosa de que hablar en Cdiz? Abrevi
cuanto pudo la conversacin y se despidi de los esposos.

La tarde declinaba. Las calles iban quedando oscuras y el semblante del
guapo tambin. Decidise  entrar en una cervecera y tomar algo, pues
no haba comido, Vaya con Antoico! se deca mientras mascaba
distradamente. Ya lo creo que trabajar por que Soledad se quede en su
casa! No se relamer poco ese to podrido tenindola al alcance de la
mano!... Valiente verde de restregones y achuchones se dar en estos
das! Y en su corazn, que la tristeza oprima, sinti de pronto la
quemadura de los celos. Aquel Antoico no cesaba, con un pretexto  con
otro, de florearla. Mil veces le haba odo decir que ninguna mujer le
haba gustado tanto en la vida. Luego, era un hombre audaz, no conoca
la vergenza; lo mismo le importaba recibir una injuria  una bofetada
que beberse una copa de vino... Ella, claro que no se iba  enamorar de
semejante asqueroso; pero las mujeres son tan bestias! En cuanto las
adulan se vuelven jalea. Haba observado que las payasadas de Antonio le
caan en gracia y aceptaba sus lisonjas con gratitud.  fuerza de
machacar el hierro se dobla...

Sinti calor en las mejillas. La atmsfera de la cervecera le sofocaba.
Se levant, pag y sali  la calle. Soplaba ya la brisa fresca de la
noche. Su pecho oprimido se dilat aspirando con felicidad el aire puro,
que refresc al mismo tiempo sus sienes y seren su espritu.  paso
lento y con la cabeza baja camin la vuelta de su casa siguiendo la ruta
de la muralla al borde de la mar para evitar la gente. Una dbil
esperanza luca en la oscuridad melanclica de su pensamiento, la de
encontrar  su llegada carta de Soledad. Le pareca increble que sta
rompiese de un modo tan insulso los lazos estrechsimos que los unan,
olvidase en un punto su amor frentico, del cual tantas y tantas pruebas
haba recibido. Animado por esta luz y vindola brillar delante de s,
cada vez con mayor intensidad, insensiblemente fu apretando el paso
hasta llegar casi jadeante  la tienda. Procur dar  su rostro la misma
habitual expresin indiferente y altiva y, despus de saludar  las tres
 cuatro personas que all haba, pregunt  Joselillo:

--Ha venido algn recado para m?

--No, seor--respondi el chico.

Subi  su cuarto y se dej caer en la cama fatigado del largo paseo que
haba dado y ms an de tanto pensar en la misma cosa. Concluy por
enfadarse consigo mismo.  qu tomarlo tan  pechos? Vaya una jaqueca
tonta la que se estaba buscando! Si se march, buen viaje. Las
consecuencias del rompimiento seran peores para ella; porque l se
quedaba en su casa, y ella... ella Dios sabe adnde ira  parar. La
idea de ver  su amante padeciendo los rigores de la miseria  quiz
hundida en un lupanar le conmovi. Pobre chica! se dijo enternecido.
Es una nia caprichosa. Ni sabe lo que hace ni lo que quiere, ni calcula
lo que le puede suceder. Y dilatndose su espritu con estas
imaginaciones tiernas y sosegada la clera, al cabo de un rato se qued
traspuesto.

Cuando despert eran las nueve. Aplic el odo  los ruidos de la
tienda, y no percibiendo la voz de sus amigos se dijo: Esos ya no
vienen: se habrn ido al baile  quedaran por ah de juerga en
cualquier montas. Y rpidamente se ech sobre los hombros su capa
torera, baj al establecimiento, di  toda prisa las rdenes
necesarias y sali  la calle. Sin vacilacin de ningn gnero, con paso
vivo y firme se dirigi  casa de su amigo Antonio. Viva ste en la
calle de _Enrique de las Marinas_, bastante lejos del _Campo del Sur_,
en el piso segundo de una casa vieja y de modesta apariencia. Estaba el
portn abierto. Subi por la estrecha y sucia escalera, y cuando lleg 
la puerta llam con los nudillos. Nadie sali  abrirle. Llam ms
fuerte, y tampoco. Entonces se puso  dar fuertes porrazos con el puo,
hasta que se abri una de las puertas de al lado y sali una mujer 
decirle que excusaba de llamar porque no haba nadie en el cuarto. Los
vecinos haban salido haca poco rato y deba de ser para el baile,
porque la se Mara-Manuela y una amiga que estaba con ella iban
disfrazadas.

Velzquez baj la escalera con un nuevo desengao en el corazn. Cmo?
La nia, despus de lo que haba pasado y en situacin tan angustiosa,
tena humor para irse al baile? Su amor propio le sugiri la idea
consoladora de que haba ido, no por su gusto, sino arrastrada por
Antonio, quien tena inters en aturdirla y aun corromperla, por aquello
de que  ro revuelto ganancia de pescadores. Se detuvo un instante 
calcular adnde podran haber ido, y despus de pesar atentamente las
probabilidades resolvi encaminarse al teatro Principal.

El saln estaba ya lleno. En el medio bailaban trabajosamente veinte 
treinta parejas ceidas por una muralla de espectadores que gritaban,
rean, y les daban ruidosa cantaleta avanzando insensiblemente y
sofocndolas cada vez ms. Muchos de ellos estaban ebrios  tocando en
las lindes de la embriaguez y sus chanzas eran descomedidas. Pero los
que bailaban con las mscaras hallbanse poco ms  menos en el mismo
grado de la escala alcohlica y no se quedaban cortos en las respuestas.
Solamente las mujeres estaban disfrazadas: hombres, uno que otro por
excepcin, acaso para llevar  feliz trmino alguna aventura que
exigiese misterio. Las luces y el vaho de tanta gente haban formado ya
una atmsfera espesa y asfixiante.

Velzquez se introdujo en el grupo de espectadores y  fuerza de codazos
logr pronto colocarse en primera fila. Se puso  examinar las parejas
que cruzaban. El disfraz ordinario de las mujeres era el domin; las
haba, sin embargo, graciosamente ataviadas con trajes de capricho.
Muchas, sofocadas por aquel ambiente, se haban quitado la mscara,
saltaban con las mejillas rojas y los ojos brillantes, dejndose
arrebatar en el torbellino del baile. Unas se desplomaban con lnguido
abandono en los brazos de sus galanes, abatidas, mareadas, reposando la
cabeza despeinada sobre sus hombros. Otras brincaban con frenes,
enloquecidas por el ruido y el movimiento, respondiendo con viveza 
cuantos requiebros dejaban caer en sus odos al pasar. Una linda rubia
de ojos negros daba puntapis con sus zapatitos de raso blanco al galn
que la llevaba abrazada, en castigo quiz de algn desmn, mientras otra
muchacha se volva  menudo para saludar con la mano  unos jvenes que
miraban desde un palco, lo cual mortificaba mucho  su pareja.

Velzquez observ cuidadosamente  cuantas mujeres bailaban esperando
descubrir  Soledad; pero no logr nada. Call, al fin, la orquesta. Por
todo el mbito del saln comenz  hormiguear la muchedumbre con
algazara. Los gritos de las mscaras dando bromas  sus conocidos
levantaban horrible algaraba. Algunas, por su donaire, llamaban la
atencin y lucan la viveza de su ingenio en medio de un grupo que las
aplauda, mientras el pobre hombre vctima de sus burlas, con el rostro
encendido y desfigurado por una sonrisa forzada, haca intiles
esfuerzos por exprimir el ingenio y sacar de l alguna respuesta
graciosa.

El guapo recorri el saln en todas direcciones por ver si descubra
entre las mscaras  su querida. Tena la seguridad de reconocerla.
Mientras se dedicaba  esta caza sabrosa sin resultado, alzse sbito
gran tumulto. La gente se arremolin hacia uno de los ngulos; las
mujeres chillaban; los hombres se precipitaban para introducirse en el
lugar de la gresca: por algunos momentos rein espantosa confusin en el
baile. El motivo era que un hombre, sorprendiendo  su mujer all, la
estaba dando de bofetadas. El galn que la acompaaba sali  su
defensa: se haba trabado una lucha en la cual tomaron parte los amigos
de uno y otro: brillaron las navajas, y hubiera habido que sentir si los
muchos concurrentes no sujetasen  los gladiadores y la polica no
llegase al punto. Velzquez, que siempre se haba mostrado indiferente 
estas bullas y se haba redo de los burlados, dijo en voz alta y con
acento colrico que estaba bien hecho y que fu lstima que el hombre no
le hubiese sacado las tripas al galancete.

Cuando los culpables fueron arrojados del saln y se restableci la
calma, vi entre las mscaras una ms alta que le pareci su amante. La
pequea y gorda que la acompaaba era sin duda Mara-Manuela. Corri 
su encuentro, pero ellas, al verle, se separaron vivamente y, cada cual
por su lado, se introdujeron en la muchedumbre, desapareciendo al
instante de sus ojos. Por ms que hizo no le fu posible dar con ellas.
Mareado de tanta vuelta, rendido y triste, se determin al cabo  salir
del baile. Soledad y Mara-Manuela sin duda se haban vuelto  casa.
Pero antes de retirarse  la suya quiso dar un vistazo por el caf
Suizo. Un vago presentimiento le animaba  ello. Saba que Antonio era
parroquiano y sola llevar con l  Mara-Manuela.

En cuanto abri la puerta y puso el pie dentro la vi. Estaba sentada
cerca del mostrador con su amiga Mara y otra mujer, Antonio y otro
hombre. Llevaba domin negro y se haba quitado la careta. Sus ojos se
encontraron, pero ella apart los suyos vivamente y por su hermoso
rostro sonriente se esparci una nube sombra. Velzquez vacil unos
instantes, pero al fin se decidi  acercase  la mesa haciendo un gran
esfuerzo sobre s mismo para aparecer sereno.

-- la paz de Dios, seores.

Soledad no respondi. Los dems, que no le haban visto, levantaron la
cabeza sorprendidos y saludaron.

--T por aqu  estas horas, gach? Qu milagro es ste?--dijo
Antoico con intencin burlona y malvola que hizo dar un vuelco  la
sangre del guapo.

Con qu placer le hubiera estampado la botella en la cara! Se contuvo,
esperando que algn da se las pagara aquel sinvergenza, y adoptando
un tono desenfadado explic su aparicin. Sala del baile, donde se
haba aburrido como un perro en misa y, sintiendo sed, se haba metido
en el caf  tomar una limonada. Y al decir esto bati las palmas y se
la pidi al mozo.

--S, ya s que has estado en el baile--replic Antonio con la misma
sonrisilla guasona.

Velzquez minti; dijo que haba recorrido antes otros dos, y que en
ellos haba bailado; pero aunque tena por cierto que la vecina se lo
dira, no tuvo valor para confesar que haba estado antes en su casa,
esperando que de aquella conferencia saldra algo que evitase tal
humillacin. Y estuvo arrogante y oportuno, como en sus horas ms
felices, cuando se hallaba delante de mujeres que se propona cautivar.
Antonio lleg  dudar, vindole tan despreocupado, si seran ciertas sus
explicaciones y habra entrado all por casualidad. Ni una sola vez
volvi los ojos hacia Soledad, cerca de la cual estaba sentado; pero,
sin mirarla, vea su semblante hosco y su entrecejo fruncido. La joven
permaneca rgida y silenciosa: los esfuerzos del guapo no lograban
desarrugarla.

Al fin se decidieron  retirarse. Velzquez haba prevenido al mozo con
una sea, y al pedir la cuenta se encontr con que ya estaba pagada.
Soledad hizo un movimiento de impaciencia y disgusto, que no pas
desadvertido para el guapo. Pero Antonio hall el paso muy delicado y se
puso de mejor humor. Salieron  la calle. Las tres mujeres se haban
cogido del brazo; los hombres marchaban delante. Mas Velzquez maniobr
hbilmente para quedarse rezagado y se volvi al lado de Soledad, que
daba la acera  las otras dos. Al cabo de un rato de silencio dijo en
voz baja:

--Te has divertido en el baile?

--S--respondi la joven secamente sin volver la cabeza.

Despus de otra pausa volvi  preguntar tmidamente:

--Has bailado mucho?

--No--respondi con la misma sequedad.

Nuevo silencio, durante el cual el majo estrujaba su inteligencia
buscando medio de pasar  la conversacin que deseaba.

--Te he visto y te he reconocido perfectamente hace un momento aunque
llevases careta--dijo al cabo disimulando intilmente su emocin.

Soledad no respondi.

--Sabes por qu te he conocido?

--No.

--Pues por esos pies menuditos que Dios te ha dado y que no tienen
pareja.

--Bah!--dej escapar la joven con indiferencia.

Mara-Manuela, que deseaba vivamente la reconciliacin de los amantes,
oyndoles hablar, dijo algunas palabras al odo  su amiga, y ambas se
separaron bruscamente de Soledad, dejndola sola. Velzquez lo agradeci
en el fondo del alma; pero un gran temor y embarazo le sobrecogieron
inmediatamente.

--Hace un rato estuve en casa de Antonio... Quera darte la mano antes
de que te fueses... Me dijeron que estabas en el baile, y sin saber cul
era fu derecho  ese... La querencia, hija ma!... Tena la seguridad
de conocerte en cuanto te echase la vista encima. Ni tu cuerpo, ni tu
aire, ni tus pies se pueden equivocar con otros. Tard mucho en dar
contigo; pero cuando al cabo te vi y trat de saludarte, desapareciste
de mis ojos entre la gente y ya no pude hallarte... Me has visto t?

--S.

--...Me guardas rencor todava, verdad?... Pues mira, Soledad, por
mucho que t me tengas, ms me tengo yo. Quisiera poder molerme las
costillas  palos. Te sobra razn para no mirarme  la cara en tu vida;
pero dicen que de los arrepentidos es el reino de los cielos, y t para
m eres el cielo, el cielo de la maana con campanillas de plata! Un
cachito de gloria, sabes?... Nunca pens estar tan chalado... Desde que
saliste de casa, ni cantan los pjaros en la jaula, ni huelen las flores
en el balcn, ni el perro hace otra cosa en todo el da que aullar...
Todos parecen decirme: Anda por ella!

La joven permaneca silenciosa y grave. Entonces Velzquez, deponiendo
las ltimas migajas de orgullo que le quedaban, profiri con voz
temblorosa:

--He pasado una noche y un da muy amargos, Soledad. Me pareca
imposible que un cario de toda la vida pudiera romperse en un minuto.
Te he querido de chiquita, cuando te haca bailar sobre las rodillas y
gorjeabas  mi odo pidindome alguna golosina: te he visto crecer y
desarrollarte y volverte poco  poco una real hembra que haca la boca
agua  toos los gachs de la villa. Y entonces comenzaron mis cuidaos,
sabes?... Despus pas lo que pas y me fu metiendo, metiendo en el
querer... y hoy eres para mis ojos, criatura, la misma Virgen del
Carmen, el principio y el fin de todas las cosas... Por qu no me has
escrito, d? Una palabra tuya me hubiera hecho volar  tu lado y pedirte
perdn... Pero hacer que me escribiese ese to no te lo perdonar
jams...

Soledad alz los hombros con ademn displicente y dijo:

--All t.

Velzquez se sinti cada vez ms turbado. Una tristeza profunda iba
entrando poco  poco en su pecho. La que l imaginaba pequea barrera
fcil de saltar se trasformaba en alta, inaccesible muralla. Entonces
hall en su alma palabras sumisas y fervorosas que ofreci en holocausto
 aquella diosa irritada.

--Desde que te has ido de mi vera no s lo que me pasa, gachona; ni
duermo, ni como, ni sosiego, ni un momento dejo de pensar en ti. Y yo
que me figuraba que poda vivir tan ricamente sin verte! Sin duda me
has echado algunos polvos en la comida antes de irte, gitana! Me parece
como si hubiera vivido hasta ahora con una venda sobre los ojos sin
saber que tena cerca un pedazo de cielo, una palomita de oro, un talego
de perlas que  patadas hubiera esparcido por el suelo. Y ahora que me
ha cado la venda me bajo  recogerlas y las beso, sabes?... Escucha:
todo el mundo dice que soy orgulloso y quiz tengan razn; pero contigo
no quiero serlo ms. Si has estado en mi casa humillada, de hoy para
arriba no volver  suceder, te lo juro por mi salud... Ocupars en ella
el sitio que mereces, sers respetada como las santas que estn en los
altares y nadie har all sino tu voluntad...  m me basta para ser
feliz oir tu voz y sentir tus pasos menudos.

Soledad escuch impasible este concierto de palabras dulces y protestas
de amor. Caminaron buen trecho en silencio. Al cabo Velzquez, con voz
ms dbil, prosigui:

--Borra de tu memoria cuanto malo te haya hecho hasta ahora. Quiero ser
otro hombre para ti, y si en la vida vuelvo  hacerte una perrada, mala
pualada me den rejone. No pienses ms en irte  Medina, ni en que esas
manos de cera trabajen para comer: casa tienes en Cdiz, y mientras yo
viva tan seora sers en ella como la reina en su palacio...

El mismo silencio obstinado por parte de su compaera.

--D, no quieres venirte conmigo? Sers tan rencorosa como todo
eso?--profiri ansioso y acongojado.

Pero Soledad, en vez de responderle, se dirigi en voz alta y tono
jocoso  sus amigas, que marchaban delante.

--Andad ms vivito, hijas, que llevamos paso de procesin. Queris
pasar la noche al fresco?

Cayronsele al guapo las alas del corazn. En su vida se haba sentido
tan triste. An tuvo fuerzas para exclamar:

--Vamos, Soledad, olvida mis faltas. Eres muy buena y me perdonars...
Te vienes conmigo?

La joven guard silencio cruel y sigui caminando con igual
tranquilidad, como si no hubiese odo.

Velzquez perdi la esperanza de llevarla de nuevo  su casa. Sinti
fro y se pas la mano por la frente con abatimiento. Pero no tuvo
aliento para continuar suplicando y caminaron algn tiempo, y llegaron
hasta la puerta de la casa de Antonio, sin que ninguno de los dos
despegase los labios. Antonio y su amigo se detuvieron; unironseles en
seguida Mara-Manuela con la otra mujer: Soledad y Velzquez iban 
hacer lo mismo, cuando ste dej caer en los odos de la joven, con voz
angustiosa, estas palabras:

--Pero, Soledad! de veras me vas  dejar marchar solo?... Por lo que
t ms quieras... por la memoria de tu padre, que fu mi amigo, no me
hagas esa ofensa... no tengas tan mala sangre!... Anda, hija ma, vente
conmigo!

Soledad volvi la cabeza sorprendida de aquella voz extraa y
temblorosa, le mir un instante  la cara y al fin dijo gravemente:

--Bueno; vamos.

La alegra dej suspenso al guapo por algunos minutos; pero reponindose
en seguida y tornando  su habitual arrogancia, tom la mano de la
joven, la pas por debajo del brazo y as enlazados se acerc al grupo
diciendo:

--Camars, ustedes se van  la cama: nosotros tambin. Conque  la paz
de Dios y dormir bien.

Mara-Manuela prorrumpi en exclamaciones de gozo. Ya saba ella que
todo aquello era mojama y conversacin de Puerta de Tierra.

--Pues no faltaba ms que dos gachs tan serranos se juntasen y se
apartasen como dos perros callejeros! Andad, hijos, que las piedras de
la calle os irn echando bendiciones. Soledad, no consientas ms en la
vida que ese desaboro te regale ligas. Ya te anunci que habais de
reir...

Los dems se mostraron igualmente alegres por la reconciliacin y les
felicitaron; pero Antonio no dej de verter su gotita de hiel en la
alegra de Velzquez.

--As me gustan los hombres!--exclam dndole palmaditas en el
hombro.--Una mujer como Sole merece que nos echemos la fachenda  la
espalda.

El guapo sinti el escozor del alfilerazo, pero disimul, esperando la
ocasin de tomar revancha; y temiendo no fuese ms adelante en sus
bromas, se apresur  alejarse arrastrando consigo  su querida. Los
despidieron con algazara. Cuando ya estaban lejos, Antonio les grit
recordando la conclusin de los cuentos:

--Y todo qued en paz y gracia de Dios, y yo fu y vine y no me dieron
nada.

Soledad se volvi con la faz sonriente y replic, aludiendo tambin al
final de los cuentos:

--Te regalar unos zapatitos de manteca, si los quieres.

Quedaron al fin solos. Velzquez no hall palabras, acometido  un
tiempo mismo de turbacin y gozo. Embargbale una emocin gratsima, una
ternura suave que refrescaba su corazn y lo baaba de deleite. Jams
haba experimentado aquello. Mil veces haba sentido el brazo de Soledad
sobre el suyo, sin que su dulce peso le hiciese estremecer de alegra,
sin pensar que llevaba sobre s un tesoro. Por qu era tan exquisita la
sensacin que ahora perciba? El suave calor de aquel brazo, trasmitido
al suyo, se difunda por todo su cuerpo inundndole de felicidad.

Al cabo su lengua se deslig para proponerle tmidamente que siguiesen
el camino de la muralla. Soledad no puso reparo alguno, y por una de las
bocacalles salieron al Perejil, totalmente desierto  aquellas horas.

Era una noche tibia de las postrimeras de Febrero. La luna baaba ya su
punta argentada en el mar preparndose  dormir en su seno. Por la
inmensa llanura lquida se esparca una blanca claridad que haca
temblar al monstruo de jbilo. La blanca diosa, al abandonar el
firmamento y hundirse en las olas, mostraba en silencio su faz radiante
y serena. Las estrellas palidecan ante su majestad. Ningn ruido se
escuchaba ms que el leve batir de las olas. De los confines del
horizonte la noche vena desplegando su velo misterioso, que pronto iba
 envolver en la sombra la tierra, el cielo y el mar.

Velzquez, que nunca haba fijado su atencin en los esplendores de la
naturaleza, sinti la poesa de aquella hora sublime. Un gozo, que
brotaba del fondo del alma, poblaba de encantos cuanto abrazaban sus
ojos, y desataba su lengua avara de palabras. Oprimiendo cada vez ms el
brazo de la joven, narrbale al odo cuanto haba acaecido en su
ausencia, la informaba de todos los pormenores de la casa, deslizando en
el relato conceptos halagadores, frases cariosas que daban testimonio
de su ventura. Senta en aquel instante irresistibles impulsos de
adoracin, de poner al descubierto su alma y explicar los sufrimientos
que haba experimentado en las ltimas horas; los explicaba con el
placer de un nufrago que, al amor del fuego, en un silln confortable,
cuenta los terribles peligros que ha corrido, seguro de no verse ms
expuesto  ellos.

Soledad escuchaba serena, complacida, dejndose arrullar por aquella
cascada de palabritas de miel que nunca haban llegado  sus odos.
Llevaba los ojos puestos en el cielo y sonrea de vez en cuando  los
amorosos extremos de su amante. De repente vi correr una estrella, y
para que no fuese mensajera de algn mal exclam:

--Dios te gue! Dios te gue!

Velzquez la mir sorprendido.

--Cmo que Dios me gue? Ya me ha guiado hacia ti, serrana, y estoy
contento.

--No: se lo deca  una estrella corrida.

--Ah! Cuentas las estrellas del cielo?--dijo el guapo.--Pues ten
cuidado, porque tantas como cuentes te saldrn de arrugas en la cara...
Pero no te importe, nia, que cuando eso suceda yo no podr ya con la fe
de bautismo en papeles y tendrs que sacarme en una espuerta al sol.

Ambos rieron representndose aquel porvenir lejano. Y charlando de esta
suerte llegaron al fin  casa; y despus que Soledad hubo echado una
mirada investigadora por el establecimiento, subieron para reposar.




X

Rebelin.


Velzquez se sinti al da siguiente avergonzado en presencia de su
querida. Se levant, no obstante, de buen humor y la prodig muchas
delicadas atenciones que no acostumbraba  usar: bebi y comi con
apetito y estuvo locuacsimo todo el da. Por la noche agasaj  sus
amigos en celebridad de la reconciliacin, y stos pudieron notar que su
alegra era excesiva y que haba depuesto aquella gravedad displicente
que rara vez le abandonaba. En los das sucesivos se alteraron un poco
sus hbitos. Estaba mucho menos tiempo fuera de casa: dentro no se
escuchaban aquellos juramentos y amenazas que por el ms insignificante
descuido dejaba escapar de su boca: se levantaba tarde, se acostaba
temprano: jugaba largas horas al _rentoy_ con los parroquianos, y en las
disputas que el juego suele engendrar mostrbase tolerante y
conciliador. En suma, pareca un hombre feliz en paz con el mundo y
consigo mismo.

Soledad tambin lo era, al parecer. Atenta  la direccin del
establecimiento, grave, activa, tranquila como una diosa, reciba las
finezas de su amante con suave sonrisa de complacencia, mirndole de vez
en cuando con el rabillo del ojo. Escuchaba mucho, hablaba poco y
observaba sin cesar. Las noches en que haba msica en la plaza de Mina,
sala con su amante  escucharla. Por las tardes tambin quera ste
sacarla  paseo, pero rara vez aceptaba. Los quehaceres la retenan.
Deseaba aqul tomar una criada para aliviarlos; pero ella se opuso
siempre con tenaz resolucin.

Sin embargo, el majo no poda vencer aquel sentimiento de vergenza que
le acometiera despus de la escena de la reconciliacin. Aunque pona
empeo en aparecer fresco y despreocupado y como si hubiese olvidado
enteramente lo acaecido, era intil. El recuerdo de la noche memorable
en que por primera vez en su vida descendi  las splicas delante de
una mujer le asaltaba, mal de su grado. Y aunque hubiera logrado
borrarlo de la memoria, qu adelantara? Se le borrara  ella? Pues
esto era precisamente lo que le inquietaba, lo que,  pesar de la paz y
ventura en que viva, le causaba sordo malestar. Crea estar vindolo,
al travs de sus grandes ojos negros, impreso con caracteres indelebles
en su imaginacin.

Pero Soledad no pareca preocupada con tal recuerdo, ni mucho menos
advertir la inquietud de su amante. Era la misma de siempre. Se mostraba
con l cariosa y solcita, prevenida  darle gusto en todo: de tal
modo, que el guapo nada echaba menos de los regalos con que le tena
acostumbrado. No haba pretexto para reir y enfurecerse; por eso no lo
haca: esto,  lo menos, pensaba l, y se felicitaba de que en su casa
hubiera tanto orden y que Soledad hubiera progresado tanto en pocos
das. El demonio de la soberbia, no obstante, abatido y aletargado con
el golpe de la escapatoria, comenzaba  revolverse y hacerle cosquillas
en el alma. El resquemo de la humillacin no se suavizaba, antes iba
siendo cada das ms spero  insufrible. Menester era arrojarlo pronto,
dar merecida satisfaccin  su orgullo y recobrar la prstina grandeza y
majestad  los ojos de todo el mundo y  los de s mismo.

Comenz  mostrarse ms grave y  adoptar en la conversacin aquel tono
de superioridad displicente que siempre le haba caracterizado.
Mitigbalo, no obstante, al dirigirse  Soledad, por un resto de temor,
que al cabo tambin fu desapareciendo. sta ni se sobresalt por el
cambio, ni se di siquiera por entendida. Segua tranquilamente la
marcha ordinaria de su vida: al hablarle lo haca con absoluta libertad
de espritu, con un aplomo que mortificaba al guapo, pues nunca hasta
entonces crea habrselo notado.

Al fin, una noche, hallndose todos los amigos reunidos en la tienda,
Velzquez, que estaba de vena, se aventur  soltar una pullita  su
querida, de aquellas con que antes la regalaba y que no pocas veces la
hacan derramar lgrimas en presencia de la reunin. Soledad alz la
cabeza vivamente y le clav una larga mirada luciente y colrica. El
guapo dirigi la suya hacia otro sitio, se puso un poco colorado y
procur distraer la atencin de los amigos. Aquel aviso tcito le
impresion ms de lo que contaba. Mas cuando hubo pasado el efecto y
pudo recapacitar naci en su alma un sordo despecho con mezcla de
desaliento. Ahora fu cuando entendi claramente que la situacin haba
cambiado. Aquella mujer, antes esclava sumisa, se atreva  desafiar su
clera; luego estaba bien convencida de que no poda vivir sin ella.
Devor su enojo y se guard en adelante de dirigirle ninguna burla
mortificante. Slo con muchas precauciones y mirndola siempre  la cara
se autorizaba de vez en cuando algunas bromitas tmidas y cariosas que
ms parecan caricias.

Pero como es difcil mantenerse siempre en un justo medio inofensivo, y
ms poseyendo el carcter fanfarrn de nuestro majo, sucedi que otra
noche, sin darse cuenta, se le fu la lengua y solt una impertinencia.
Soledad esta vez no se content con mirarle, sino que exclam con
acento amenazador:

--Cuidado!

Volvi  echarlo  broma Velzquez, y le dijo algunas frases cariosas
para desagraviarla. Ella permaneci seria.

Cada da lo fu estando ms, y cada da se mostr ms silenciosa,
afirmndose en el puesto preminente que al fin haba logrado adquirir en
la casa. Y mientras ella,  toda prisa, ganaba aplomo y libertad, con la
misma rapidez los perda l. Perdi aquellos modales arrogantes que
jams le abandonaban, su mirar altivo, su displicente sonrisa: cuando
hablaba con ella haca esfuerzos increbles para ocultar su rendimiento,
pero sin conseguirlo ms que  medias. Tema ofenderla con cualquier
frase un poco atrevida. Y, en efecto, la bella frunca su divino
entrecejo por la broma ms inocente; iba adquiriendo una susceptibilidad
tan delicada que casi se la hera con la vista.

Sin embargo, hasta entonces se haban guardado las apariencias, aunque
con trabajo. Velzquez segua siendo la autoridad infalible 
indiscutible de la casa; ella la mujer fiel y sometida que le serva.
Pero tal situacin no tena fundamento alguno en la realidad. Velzquez
lo senta all en el fondo de su alma: saba que todo era comedia, que
su poder era una sombra, que, aunque invisible, Soledad le tena puesto
el pie en el cuello. Esta idea haca botar su orgullo como un corcel
brioso  quien le clavan las espuelas.  fuerza de habilidad haba
logrado ocultarlo  todo el mundo, y aun pretenda con mil artificios
ocultrselo  s mismo, pero en vano. La triste verdad, que  su
despecho se impona, le roa el corazn y le quemaba la sangre. Comenz
 vivir en un estado de zozobra que al cabo se le hizo insoportable.
Comprendi que era necesario salir de l  toda costa, si no quera
fenecer de un empacho de bilis. Y determin volverlo todo patas arriba
con un golpe de audacia, sbito, inesperado. Espi con paciencia algunos
das la ocasin; se mostr ms afable y condescendiente que nunca, y al
cabo, cuando aqulla se le ofreci oportuna, di fuego  la mecha y
dispar el tremendo caonazo con que esperaba amedrentar al enemigo y
alcanzar de nuevo la cumbre del poder.

Era da de toros. Haba prometido  su querida que la llevara  la
corrida y, al efecto, tena comprados dos asientos de delantera de
grada. Sali  dar una vuelta, quedando en venir  recogerla  la hora
conveniente. Mientras tanto Soledad sac al sol y se atavi con los
mejores trapos que tena, el vestido de fino merino negro, la media de
seda calada, los zapatos de tafilete, el rico paoln de Manila, los
pendientes de diamantes: se riz el pelo, lo adorn con flores al uso de
la tierra y se sent detrs del mostrador  esperar la hora. Son sta,
sin embargo, y trascurrieron algunos minutos despus sin que el guapo
pareciese. Pas media hora, pas una, y nada. Entonces la gallarda
tabernera, abrasada el alma de despecho, subi  su cuarto y se quit,
mejor dicho, se arranc con mano trmula el vestido de gala.

Velzquez entr en casa  la noche y se condujo con la misma soltura y
libertad que si no hubiera hecho nada reprensible. Tan slo dijo con
afectada ligereza:

--Dispensa, hija, que no haya venido  buscarte. Me encontr con un
antiguo conocido de Jerez, y no tuve ms remedio que ofrecerle tu
asiento.

Soledad le dirigi una torva mirada de travs y guard silencio. Al cabo
de un momento repiti maquinalmente, como si no diese importancia  lo
que deca:

--Has perdido poco. El ganado regular, pero los chicos no s por qu no
duermen esta noche en la crcel... Qu guasa, hija! qu guasa!

La tabernera tampoco despeg los labios. Su rostro estaba sombro,
amenazador. Velzquez se levant al cabo de la silla y se dirigi hacia
ella con sonrisa petulante.

--Qu es eso, gitana? Estamos enojados por el lance? Otra corrida
vendr en que no tendr compromisos...

Al mismo tiempo le tom la barba con la punta de los dedos para
acariciarla. Pero ella se sacudi vivamente, exclamando con voz
alterada:

--Quita all, mala sangre! Debiera carsete la cara de vergenza, y
vienes con arrumacos?... Me tienes tan harta, tan harta! que milagro
ser que sufra tus sandeces mucho tiempo...

El guapo se irgui entonces con arrogancia y respondi framente:

--Es de veras eso?

--Y tan de veras!--exclam ella mirndole con ojos de indignacin.

--Pues, hija ma, no te mortifiques ms tiempo... Cuando las cosas no
convienen, ya sabes el remedio.

Soledad le mir fijamente y con sorpresa. Resisti el guapo la mirada
sin pestaear. Hubo una corta pausa en que ambos trataron de
escudriarse el alma. Al cabo dijo aqulla levantndose:

--Est bien. Lo que ha de ser, cuanto ms pronto, mejor.

Y subi  su cuarto con paso firme. Velzquez permaneci en la tienda
inmvil, silencioso, con la vista fija en la puerta por donde haba
salido. No tard en presentarse de nuevo con el mantn sobre los
hombros, y sin mirarle se dirigi resueltamente  la puerta de la calle.
Pero el majo, con rpido ademn, se puso delante, cortndole el paso.

--Pero nia! has tomado en serio la broma?--exclam sonriendo con
afectada alegra.--T no sabes que estamos amarraditos y sentenciados 
cadena perpetua?

--Quita! quita!--exclam la joven ponindole la mano en el pecho para
rechazarlo.--Slo s que me duele el alma de aguantar tus necedades y
que no las aguanto ms tiempo.

--No necesitas irte para eso, porque no volver  decirte ni hacerte
nada que te ofenda. Te doy mi palabra. La de esta tarde ser la
ltima...

Y sigui cerrndola el paso para que no pudiera alcanzar la puerta.

--Te digo que me dejes Velzquez--repiti con calma y severidad.--Nada
adelantars con retenerme  la fuerza.

Entonces el majo se abati  las splicas,  los halagos, empleando los
recursos de su ingenio en persuadirla. Todo fu en vano. La irritada
joven le escuchaba inflexible y repeta con tenaz resolucin:

--Me voy, me voy: no quiero sufrir ms.

Cay al fin el guapo de hinojos y la retuvo por el vestido, dirigindole
ruegos tan vehementes y hacindole promesas tan disparatadas que Soledad
vacil. Le mir todava con ojos colricos, le cubri de dicterios, le
amenaz con marcharse  la primera ofensa que le hiciera; pero,
desahogada su clera, consinti al cabo en quedarse.




XI

Sumisin.


No volvi  rebelarse. Aquel hombre de corazn altivo, tan fiero con las
mujeres que haban tenido la desgracia de amarle, rindi al fin la
cerviz al yugo de la ltima. Fu una pasin sbita, ardorosa, que le
abrasaba las entraas. Vivi desde entonces en dulce y  la vez
insoportable inquietud, como si hubiese bebido un filtro mgico que le
trastornara  pesase al fin sobre l la venganza de la diosa del amor,
justamente irritada por sus ofensas. Perdi el gusto de las francachelas
en Puerta de Tierra, de la conversacin, de la guitarra y las caas y
hasta de salir  la calle. Se hizo melanclico, taciturno, indolente: en
sus miradas no brillaba aquella chispa de arrogancia que le daba
ascendiente entre los hombres; de su boca no fluan las palabras
chistosas y libres con que someta  las mujeres.

Delante de Soledad se mostraba amable y rendido, sin ocuparse ya en
disimular su vencimiento. Al contrario, pareca que senta gozo y el
pecho se le dilataba cuando la daba un testimonio de adoracin ms vivo
que de costumbre. No se saciaba de estar  su lado, de prodigarla nuevas
y sabrosas caricias. Recibilas ella con gratitud y alegra primero,
despus con graciosa condescendencia y sin devolverlas sino tal vez que
otra; por ltimo,  medida que el guapo las menudeaba, le fueron siendo
ms indiferentes, terminando por hacrsele pesadas.

Acostumbrse Velzquez  tomarle la mano siempre que hablaba con ella y
 retenerla entre las suyas largos ratos, cosa que lleg  molestar  la
bella. Suave, lentamente comenz  desasirse siempre que poda. l,
achacndolo  distraccin, volva  tomarla sin darse por advertido.
Pero estas retiradas se fueron haciendo poco  poco ms francas, de tal
modo que, desengaado al fin, le pregunt con acento triste:

--Qu? no quieres ya darme la mano?

Ella, grave y silenciosa, volvi  entregrsela. Pero tanto lleg 
enfadarle aquella prueba de afecto, que se puso nerviosa y un da le
dijo bruscamente:

--Mira, sultame la mano.

--Por qu?--pregunt l tmidamente.

--Porque me dan calor las tuyas, sabes?

Velzquez, confuso, hizo lo posible por echarlo  broma, pero se abstuvo
en adelante de molestarla.

Todava era feliz, sin embargo. Porque,  medida que Soledad se haca
ms reservada, sus raros momentos de expansin adquiran mayor
atractivo, tenan un sabor exquisito que le resarca de su creciente
frialdad. Lo nico que le causaba grave desazn era la amenaza de
marcharse, que cada da ms  menudo y por cualquier pretexto sala de
su boca. Cuando esto acaeca quedaba anonadado, como si fuese la mayor
desgracia que pudiera sobrevenirle, y se apresuraba  conjurarla por los
medios que estaban  su alcance. Para tenerla contenta apelaba al
recurso de los regalitos; apenas se pasaba un da que no viniese de la
calle con alguno: un alfiler imperdible, una peineta, un frasco de
perfume. Lo que ms papel representaba eran las _yemas de San Leandro_,
aquellas famosas yemas que tanto agradaban  la tabernera y con las
cuales antes no cesaba de burlarla. Pues ahora fueron tantas las que le
trajo que consigui empalagarla y que las aborreciese.

De tal modo lleg  impresionarle la amenaza, no obstante, que pronto le
hizo vivir en un estado de agitacin y anhelo insoportable. Entonces,
para arrancarse del corazn esta espina, pens seriamente en casarse con
Soledad. Una vez dueo de ella por la ley, se imaginaba que volvera 
adquirir el perdido predominio y gozara sin zozobra la dicha de
poseerla. No se le pasaba por la tela del juicio volver  tratarla del
modo cruel y desdeoso que antes: la amaba ya demasiado para que esto
pudiera repetirse. Lo nico que ambicionaba era estrechar el lazo que
los una, hacerlo indisoluble y vivir en calma.

Acarici por varios das la idea, gozando de antemano con el efecto que
iba  causar en Soledad. Sin duda lo que le haca falta  sta era
adquirir la dignidad de esposa. Su situacin humillante era lo que la
tena constantemente seria, malhumorada. En cuanto se viese colocada en
la jerarqua  que era merecedora, no temiendo ya ser herida en su
orgullo, perdera aquel humor melanclico  irascible que desde algn
tiempo la vena dominando. Y en cuanto se ofreci una ocasin para
hablar de ello, se lo propuso abiertamente en trminos halageos y con
alegre semblante. Contra lo que esperaba, el de Soledad no se dilat al
oir la noticia. Estaba lavando vasos y esto sigui haciendo sin levantar
la cabeza ni dignarse responder una palabra. Velzquez aguard en vano
alguna seal de aquiescencia: como no llegaba, trat de provocarla
hablando con animacin de su proyecto, pintando un cuadro lisonjero de
su dicha futura. Pero la tabernera permaneci impasible y grave, como si
nada de lo que estaba escuchando fuese con ella. Call al fin el majo
y, sin atreverse  exigir respuesta, se alz de la silla donde estaba, y
sali de la estancia no poco triste y desengaado.

As anduvo varios das; pero la esperanza, que tarde  nunca nos
abandona, le hizo pensar al fin que lo que haba hecho callar  Soledad
fu la sorpresa en parte y en parte tambin el temor de ser burlada como
otras veces. Era absolutamente incomprensible que no prefiriese ser su
esposa  vivir con l sin decoro. Por esto se determin  provocar una
explicacin que concluyese con sus dudas.

Vindola un da ms expansiva y serena que de ordinario, como hablasen
de Paca la de la Parra y su marido, celebrando lo bien avenidos que
vivan  pesar de la oposicin de sus caracteres, Velzquez le tom de
pronto una mano y le dijo cariosamente:

--T y yo viviremos al fin tan felices como ellos... D, flamenca,
cundo quieres que nos casemos?

El rostro de la joven se oscureci repentinamente y, retirando su mano,
profiri con acento desdeoso y colrico  la vez:

--Mira, djame de casorios... Como he vivido hasta ahora seguir
viviendo... sin honra, pero libre... muy libre, sabes?

Velzquez qued confuso, anonadado. Conociendo el temple de su querida,
se abstuvo de insistir. Pero, disipada aquella ltima esperanza, pens
con tristeza que los lazos que  ella le unan no podan ser ms
frgiles y que el mejor da caeran al suelo rotos.

Los amigos, de un modo inconsciente, contribuan  llevar el desconsuelo
 su corazn. Paca no abandonaba la idea de legalizar la situacin de
los amantes: las atenciones extraas que ahora observaba en Velzquez la
animaban  persistir, juzgndolo ya maduro para el caso; los compadres
de la reunin, solicitados por ella, le prestaban ayuda. As que,
comenzaba  tocarse ms  menudo que antes el punto del matrimonio en la
conversacin. El efecto que esto causaba en el guapo era cruel. Quedaba
repentinamente sombro, paralizado, y no pocas veces se le haban subido
los colores  la cara, lo mismo exactamente que le pasaba  Soledad en
otro tiempo. sta permaneca tranquila, sin ningn vano alarde que
dejase traslucir que el platillo de la balanza haba subido para ella y
bajado para su querido; al contrario, haca lo posible por distraer la
conversacin y sacarle del aprieto.

Pero aunque Velzquez se esforzase en ocultarlo y Soledad nada hiciese
para ponerlo de manifiesto, el cambio operado en sus relaciones no era
ya un secreto para nadie. Los amigos murmuraban, se hacan guios cuando
observaban algn signo de sumisin, se comunicaban sonriendo los
descubrimientos que iban haciendo. Y no slo los amigos, sino todas las
comadres del barrio que frecuentaban la tienda llegaron pronto 
sospechar lo que ocurra. Desde entonces cien ojos de zahor los
espiaron incesantemente: muy pronto se supo con todos los pormenores la
cada del guapo y el estado de abatimiento  que su pasin le haba
reducido. Las comadres celebraron con alborozo el triunfo de Soledad, no
slo por ser de justicia, sino tambin por espritu de cuerpo. Era la
apoteosis merecida del elemento femenino. Y la celebraban y la
festejaban con toda especie de palabrillas, homenajes y sonrisas
picarescas.

--Al fin lleg tu hora, querida!... As debe ser: la mujer siempre muy
alta... Qu se creen esos tos? Que porque somos buenas y callamos la
mitad de las veces por evitar disgustos se nos ha de tratar como trapos
sucios?... Que se limpien!... Ya que le tienes bajo el pie, aprieta,
hija, no temas; cuantos ms sofocones le des ms suavecito lo tendrs...
Esos malditos hombres son as...

Soledad no se mostraba ni alegre ni lisonjeada por esta charla
arrulladora. Guardaba silencio, segn su costumbre. Cuando le pareca
que se dilataba demasiado  se excedan en ella, la cortaba bruscamente.

Sin embargo, las comadres no podan explicarse aquella sbita mutacin
de un modo natural. Para ellas fu indiscutible pronto que Soledad haba
apelado  las artes mgicas para lograrla. Y aun alguna se atrevi 
insinurselo sonriendo maliciosamente.

--Vamos, querida, confiesa que le has dado jicarazo...

Pero la tabernera se haba puesto tan encrespada al oirlo, que no se
toc ms el asunto en su presencia.

--Qu jcaras ni qu cuernos! Soy yo quiz una bruja como usted?
Todava no he llegado  necesitar polvos para atraer  los hombres...
sabe usted?

 espaldas suyas, no obstante, todas seguan sosteniendo que hubo
maleficio. La que menos afirmaba que Soledad llevaba constantemente
sobre el pecho una bolsita con pedacitos de oro, plata y coral, algunos
granos de trigo y una piedra imn con raspaduras de acero.

Entre tanto Velzquez segua exagerando sus rendimientos, no tanto para
suavizar la aspereza de su querida, como por el ntimo placer que esto
le causaba. El placer de antes dominndola, martirizndola, era menos
que nada comparado con el que ahora senta satisfaciendo sus caprichos,
uncido, prosternado  sus pies. Y  pesar de su inveterada
fanfarronera, cada da le iba importando menos que los amigos se
enterasen de su humillacin. Alguna vez, observando ya seales
vergonzosas de ella, los ms autorizados, como el seor Rafael y Pepe de
Chiclana, le hicieron prudentes advertencias. No era se el camino para
ser feliz. Bueno que  las mujeres se las lleve con mano suave: est en
el orden de Dios, y para eso somos cristianos y no cafres; pero eso de
dejar las riendas sueltas ningn hombre debe hacerlo en su vida, porque
hasta los animales corren peligro de desbocarse, cuanto que ms la
mujer... Velzquez los oa y se callaba, no atrevindose 
contradecirlos y no osando tampoco confesarles el miserable estado  que
su pasin le haba conducido. Lleg un da, sin embargo, en que todos
pudieron cerciorarse y verlo claramente.

Se hallaban reunidos, como de costumbre, en uno de los cuartos de la
tienda. Se haba bebido y charlado en demasa. Velzquez estaba de
alegrsimo humor, quiz porque su querida no lo tena tan melanclico
como otras veces y se haba avenido  bailar unas seguidillas con
Frasquito, cosa que haca mucho tiempo no se haba podido recabar de
ella. En la corriente de la conversacin se habl de fruta, y el majo
manifest que haba recibido aquel mismo da de Medina unos albrchigos
magnficos.

--Vamos  probarlos--concluy diciendo--y nos refrescaremos la boca... A
ver, Solita, hija, haz el favor de subir y trarnoslos.

--No tengo gana--respondi secamente sta.

Velzquez qued suspenso y acortado.

--Vamos, querida--manifest tmidamente,--es cuestin de un instante...
Los tienes  la puerta misma del comedor, en un cesto...

--Es que no tengo ganas de subir escaleras ahora. V t por ellos si
quieres--respondi con ms sequedad an.

Entonces Velzquez, reparando que los amigos se haban callado y
observaban con asombro la escena, tuvo la debilidad de insistir.

--Pero, hija, no seas as. Estos seores estn aguardando, y por subir
cuatro escalones no te vas  morir.

Los ojos aterciopelados de la tabernera brillaron con clera y, dando 
sus palabras acento despreciativo, profiri:

--Te he dicho ya dos veces que no me da la gana. No te has enterado
an? Si lo quieres por escrito, trae pluma y papel y te entregar en
seguida el documento.

Velzquez se puso rojo de vergenza. Quiso responder, pero la palabra
expir en sus labios. Rein silencio embarazoso en la tertulia,
echndose bien de ver la triste impresin que en todos haba causado la
breve pero significativa reyerta. Cuando,  los pocos instantes, llamada
por Joselito, sali Soledad del aposento, el seor Rafael, Pepe,
Frasquito y hasta la misma Paca y Mara-Manuela cayeron sobre l,
afendole su conducta. Aquello era un escndalo! una vergenza! Cmo
toleraba semejante insolencia? Ningn hombre que tuviese dignidad se
dejaba sopapear de una mujer. Si ahora sufra aquel insulto, Dios sabe
adnde llegaran los vuelos de la nia!

El majo los escuchaba, pintada la angustia en su semblante. Al fin
exclam con desesperacin, mesndose los cabellos:

--Tenis razn! Soy un calzonazos, un sinvergenza. Pero no puedo...
no puedo! Esa mujer me ha cogido la accin!




XII

La maga.


Como si hubiese tenido una venda sobre los ojos y repentinamente se le
hubiese cado, todas las cualidades de Soledad se le aparecieron con
maravilloso relieve. Unas veces alababa su cuerpo garrido, otras su
destreza en el baile; ahora se fijaba en sus pies torneados, despus en
su cabellera de bano. Y con sus partes morales acaeca otro tanto. No
haba en todo Cdiz mujer ms hacendosa y limpia y discreta ni ms amiga
de la verdad, y se empeaba en que todos admirasen, como l, sus
palabras graves y medidas, su gesto severo y hasta las ms leves
inflexiones de la voz.

Un da Mara-Manuela le llam aparte estando de reunin en la tienda y
le dijo en voz baja:

--Mira, Velzquez, te veo ya demasiado chalao. Cuando la tortilla di
vuelta confieso, hijo, que me alegr y le puse un cirio  San Rafael
bendito, porque t eres un gitano falso, traidor, sin vergenza, y me
tenas  la pobrecilla fatigaita, y porque, sin razn, delante de los
amigos, la corras como una mona. Aj! San Rafael tuvo lstima de ella
y te di lo que merecas. Ya sabes lo que son _ducas_. En la cara las
llevas seals. Ests paliito y ojeroso como un chavaliyo de quince
aos. Me da lstima de ti y no quiero que te ahoguen las fatigas. Si
deseas que Sole te quiera como antes y se case contigo psate maana
por mi casa y te dar el remedio... Pero cuidao que digas n al
lechonaso de Antonio!... Ve  la hora en que est en la oficina... Ya
sabes, despus de las diez.

El guapo se haba redo toda la vida de la ciencia mgica de la querida
de su amigo: fueron infinitas las bromas que haba gastado con ella por
tal motivo. Pero ahora,  semejanza de los que maldicen de los mdicos y
se apresuran  llamarlos en cuanto les duele algo, acept el
ofrecimiento con alegra y prometi no faltar  la cita.

Y, en efecto, al da siguiente, entre diez y media y once, sali de su
casa y se fu por la orilla del mar  la de Antonio. Despus de
cerciorarse que ste haba salido, subi por la estrecha y sucia
escalera  las alturas en que habitaba. Y llam  la puerta plido y
jadeante tanto por el esfuerzo como por la emocin. Mara-Manuela abri
instantneamente y le llev por la mano, sin decirle palabra, hasta una
salita donde haba un sof y cuatro sillas de paja, una consola con sus
correspondientes caracoles de mar encima, espejo resguardado de las
moscas por una gasa, algunos cuadros en litografa representando la
historia de Hernn Corts y D. Marina y en el centro una mesilla
cubierta con tapete de hule. Le hizo sentar en el sof y comenz 
hablarle con voz baja y grave ademn autoritario que contrastaba con su
habitual desenfado:

--Me alegro que hayas dado este paso. Dentro de un momentito sabrs tu
suerte, y, sea mala  buena, debes quedar tranquilo, porque contra lo
que all arriba est ordenado no hay ms que bajar la cabeza. Pero yo
espero que saldrs de aqu satisfecho y llevars medicina con que te
cures pronto y logres tus deseos... Dme antes de empezar qu es lo que
te pasa.

Velzquez la mir con sorpresa.

--S; es menester que me cuentes toto lo que sientes, que yo sepa una
por una tus ducas desde que han comenzao... Se me ha meti en la cabeza,
hijo, que te han dado _beba_, y si es as, hay que deshacerla con
alguna oracin,  de otro modo que ya te ir explicando.

Velzquez, sonriendo, le di cuenta del cambio que haba sentido haca
tres meses: cmo su indiferencia hacia su querida se haba trocado
repentinamente en amor ardiente, cmo desde entonces viva en constante
zozobra pendiente de sus menores gestos, con qu frenes la adoraba y
qu mal pagaba ella esta adoracin. Narr los ms insignificantes
pormenores de su vida con Soledad desde haca algn tiempo,
complacindose en enumerar los desaires que de ella reciba y en pintar
los humillantes testimonios de idolatra que l la prodigaba sin lograr
suavizarla. Cuanto ms amoroso y humilde se mostraba, ms se embraveca
ella y peor le trataba. Comenz riendo y termin llorando como una
criatura.

Mara-Manuela le puso su mano protectora sobre el hombro.

--No te apures, querido, que todo se arreglar. Lo has desembuchao too?

--Todo.

--Pues, entonces no me cabe duda que te ha dao una beba compuesta 
bien has olo una rosa hechiz... Bien pudiera suceder tambin--aadi
cayendo en una meditacin profunda--que te hubiera pasao la piedra imn
por la espalda; pero esto me parece poco para tanto maleficio...  bien
que haya hecho el mueco... Mira, hijo, procura abrir el cofre  el
armario donde guarda la ropa y regstrala bien, y si encuentras un
mueco que tenga clavados unos alfileritos sobre el corazn, deshazlo
prontito; hallars un hueso dentro, scalo y corre al cementerio y
entirralo.

Velzquez se lo prometi, y ella, cada vez ms inflada y poseda de su
papel maravilloso, le dijo:

--Antes de pasar adelante, es menester que consultemos las cartas. Segn
lo que te anuncien, as tendr yo que aconsejarte lo que debes hacer. Te
confas en m, verd t?... Para que las cartas digan la verdad hay que
creer en ellas y obedecer cuanto yo te mande. Lo prometes?

Velzquez, aunque fingiese despreocupacin y se riese de ageros,
guardaba, como buen andaluz, un fondo supersticioso. Trastornado ahora
por su pasin adems, jur de buena fe que crea en la virtud de las
cartas y los ensalmos, y se manifest dispuesto  seguir ciegamente
cuanto Mara-Manuela le ordenase. Esta, desvanecida por su humildad, le
oblig  declarar que se arrepenta de cuantas guasas haba gastado
respecto  los orculos y que slo de ella esperaba su salvacin.

Hecho esto, fu  su cofre y sac dos velas de cera verdes y un mantn
negro, con el cual tap la mesa. Cerr luego la ventana y encendi las
velas. Abri el cajn de la consola y sac una baraja.

--Aqu dentro est tu suerte--dijo en voz baja y misteriosa colocndola
sobre la mesa.

Velzquez se sinti impresionado. La maga le hizo sentarse, quedando
ella en pie. Di algunas vueltas en torno murmurando palabras de
conjuro, y al cabo, detenindose y pasndose las manos por la cara, con
aparato solemne tom la baraja nuevamente, la baraj largo rato en
silencio y la entreg  Velzquez para que la cortase con la mano
izquierda. La puso otra vez encima de la mesa , inclinndose hacia
aqul, le dijo al odo:

--Da encima tres golpecitos y llmala.

El guapo abri los ojos sorprendido.

-- quin?

-- quin ha de ser, desaboro?  ella,  la mujer por quien penas.

Obedeci, dando con los nudillos sobre la baraja y diciendo al mismo
tiempo con voz apagada y temblorosa: Soledad!

--Est bien--dijo la maga tomando la baraja y formando con ella varios
montoncitos.

Cont de derecha  izquierda, y del quinto montn sac una carta que
dej separada. Baraj despus, hizo que Velzquez cortase y llamase de
nuevo  su querida, y volvi  hacer montoncitos y  sacar del quinto
otra carta, repitiendo la operacin hasta siete veces.

La emocin del guapo creca. Aquel aparato mgico iba influyendo poco 
poco en su imaginacin y disponindole  creer en la cabalstica
revelacin que se preparaba. Pero an ms contribua  turbarle la
repeticin solemne del nombre de su querida, hecha en voz baja, como una
evocacin misteriosa y dulce. As que cuando la maga le dijo con
afectada majestad: En esas siete cartas est escrito tu porvenir
sinti un escalofro y qued inmvil y plido.

Mara-Manuela volvi las siete cartas, colocndolas en fila, siempre de
derecha  izquierda. Las examin largo rato con atencin. Despus,
pasndose la mano por la cara repetidas veces, respirando con agitacin
como si se sintiese inspirada y hablando en voz de falsete para mayor
solemnidad y misterio, comenz  decir:

--Este cuatro de copas que aqu ves primeramente no es para ti de buen
agero: significa que vas  regaar con tu amante, que ser fuerte el
enojo, y este rey de oros que le sigue dice que ser  causa de un
hombre moreno. El dos de espadas al revs, que viene luego, te anuncia
que debes librarte de amigos falsos y traidores; que te levantarn un
testimonio y te costar mucho trabajo poner en claro tu inocencia. El
siete de oros al revs dice que has de pasar muchas desazones que te
harn perder el sento; pero si logras tener calma y no haces un
disparate, el siete de espadas que est  su lado te anuncia esperanza:
hars las paces con Sole y disfrutars de tranquilidad... No durar
mucho la paz, porque este as de bastos dice que pronto tropezars y
caers otra vez. Volvern los disgustos, los enojos, os pelearis con
ms fuerza an que antes; pero este rey de copas, que es la ltima
carta, est diciendo que al cabo todo se arreglar con la bendicin del
cura, que os casaris y seris muy felices... Quieres saber ms,
empachoso, traidor?--aadi volviendo hacia el guapo su faz radiante de
satisfaccin y suficiencia.

Velzquez, que tena el pecho oprimido, lo desahog con un largo suspiro
que hizo sonreir  la maga; pero su rostro se frunci de nuevo al oirle
decir:

--Y todo eso ser como lo cuentas?

--Gach! las cartas no mienten! Cuanto has odo te suceder. Lo que
importa ahora es deshacer el maleficio de la _beba compuesta_, si es
que la has bebo,  de la _rosa hechiz_, si la has olo...
Primeramente, un da de stos que salga Sole  la calle, tomars un
puchero y echars en l aceite y sal y tres clavitos de hierro atados
por la cabeza. Lo verters todo cuando ella vaya  llegar  la puerta de
casa. Si pisa los clavos no tardars en hallarla vuelta como una media:
te seguir  todas partes y no ver ya sino por tus ojos... Si entrase
sin pisar los clavos, entonces hace falta que digas  las doce de la
noche una oracin que voy  ensearte...

Y se puso  repetirle gravemente algunas palabras de ensalmo en que se
conjuraba  una cierta Elena, hija de rey, que escarbando la tierra del
monte Olivete se haba hallado los tres clavos de Nuestro Seor, para
que clavase uno de ellos en el corazn de Soledad.

    _Para que no pueda vivir,_
    _ni sosegar,_
    _ni en silla sentar,_
    _ni en cama acostar,_
    _sino que muriendo de pena_
    _me venga  buscar._

Velzquez, aunque con menos fe que en las cartas, aprendi la oracin.

--La dirs al sonar la primera campanada de las doce, en camisa y
descalzo. Luego te meters en la cama y escuchars con atencin. Si oyes
un burro rebuznar  ladrar  un perro es de mal agero; pero si oyes el
ruido de una puerta  el canto de un gallo, entonces, algrate,
corazn! tus _ducas_ se acabaron. Soledad se har mansa como una gatita
mimosa y te querr como  las nias de sus ojos...

El majo, que los record en aquel momento tan negros, tan brillantes!
sinti un estremecimiento de dicha y en un rapto de entusiasmo abraz 
la maga y quiso darle uno de los anillos que llevaba en los dedos; pero
no acept el regalo; estaba contenta con descubrirle su buenaventura.

--No tomar ningn regalo hasta el da en que os casis, sabes, nio?

Luego, llena de magnanimidad, se dign darle algunos preciosos consejos
para que su horscopo feliz no se retrasase.

--No regales ligas  Sole si quieres casarte con ella, ni tampoco
tijeras... Evita las miradas de los tuertos... No des vueltas en la mesa
al cuchillo, como sueles hacer, que tiene mala pata, ya te lo he
dicho... Haz lo posible por no pisar carbn...

Su rostro oscuro, expresivo, se dilataba con majestuosa expresin
proftica.

Velzquez sali de aquella casa feliz como un desahuciado  quien
prometen la vida. Y  paso corto de transeunte curioso y satisfecho
emprendi el camino de su casa al travs de las calles buscando la
sombra. El verano se presentaba duro y fogoso, y aunque la singular
posicin de Cdiz, flotando como un buque anclado en la mar, templaba
sus rigores gracias  la brisa que lo baa, todava al atravesar algn
espacio abierto el ardiente latigazo del sol obligaba  apresurar el
paso.

En la calle Ancha encontr algunos amigos y estuvo con ellos jovial y
locuaz como pocas veces se le haba visto. Al despedirse de ellos
tropez con Mercedes la _Cardenala_,  quien no haba vuelto  hablar
desde la memorable noche en que Soledad fu  buscarle  su casa. Como
el buen humor le retozaba en el cuerpo, se aventur  detenerla,
saludndola con afectuosa expansin. La muchacha, sorprendida de aquel
arranque, estuvo fra, circunspecta y no dej de mortificarle con
algunas palabritas amargas.

--Te han dado suelta hoy?... Hasta qu hora tienes permiso?... Dicen
que ya no echas roncas como antes, que ests convertido en un palomo
buchn...

Pero el majo no se di por ofendido; procur echarlo  risa, le dijo
algunas galanteras y se despidi al cabo de ella, diciendo para s con
alegra:

--Lstima de nia! Qu salada es! Si yo tuviese dos corazones, le
dara uno.

Justamente al acercarse  su casa vi salir de ella, bajando los
escalones,  Miguel, el hermano de Soledad. En cuanto el chico le
divis, dise  correr desesperadamente en direccin de la plaza de
toros. Velzquez lo sigui tambin  la carrera, logrando estrechar la
distancia.

--Quieto, Miguel!

El muchacho, sin hacer caso, presa de un terror pnico, redobl sus
esfuerzos, tratando de perderse en las callejuelas prximas  la
catedral. Pero Velzquez, ms gil, no tard en darle alcance,
ponindole una mano sobre el hombro.

--Qu es eso, hijo, por qu corres tanto?

El chico retrocedi asustado, arrojndose contra la pared de una casa.

--No me pegue usted, seor Pedro, que yo no he tenido culpa! Fu ella
quien me mand  llamar.

El guapo sonri y repuso cariosamente:

--No temas, querido, ninguna gana tengo de pegarte... Al contrario,
deseaba verte y charlar contigo un rato...

Pero Miguel, juzgando aquello un sarcasmo precursor de los golpes, se
oprima an ms contra la pared, dirigiendo una mirada ansiosa  los
lados para ver por dnde podra escapar mejor.

--Te digo que no, hijo!... Que no vengo  pegarte!... Quiero que
seamos amigos y no se hable ms de lo pasado.

 duras penas logr tranquilizarlo. Tanto que, habindole invitado 
entrar en una taberna inmediata  tomar unas caas, el chico se neg 
poner el pie dentro, temiendo una asechanza.

--Qu escamn ests, hijo!--exclam el guapo riendo.--Mira, si tienes
miedo, llvame adonde t quieras con tal que haya vino.

Confiado en estas palabras, Miguel le condujo  un tabernucho cerca de
los muelles, guarida cmoda de otros pcaros como l, donde sola comer
y beber cuando tena dinero, y no pocas veces tambin dormir. Mientras
caminaban emparejados, Velzquez le pregunt:

--Has estado mucho rato en casa?

--No, seor; un momento nada ms... y eso porque Sole me haba pasado
dos recaos, uno hace quince das y el otro ayer mismo, por un amigo que
la vi en la tienda de la Parra...

Se disculpaba todava con empeo, sin convencerse de que Velzquez no
estuviese enfadado.

--No importa que entres y salgas en mi casa cuando bien te venga... Te
lo he preguntao por hablar algo.

Llegaron  la tienda y Miguel se introdujo en ella con la familiaridad
de parroquiano, acomodndose en un rincn y batiendo las palmas para
pedir vino. Velzquez se sent frente  l, despojse del sombrero y le
mir sonriente y un poco acortado. Despus se inform alegremente de su
vida y le agasaj, procurando inspirarle confianza.

--Miguelillo, eres una bala perdida; has dado muchos disgustos  tu
familia, pero siempre he pensado que tienes buena entraa: as lo he
dicho  tu hermana cuando ha venido al caso. Lo que te est haciendo
falta es alguien que te abra los ojos. Se puede un hombre divertir,
correr guasas y gozar del mundo sin meter la pata, sabes? Qu gracia
tiene correr hoy una juerga y maana que le corran  uno en pelo los
guardias? Es menester que dejes  esos andrajosos con quien andas, que
no pueden darte ms que desazones. Renete con hombres regulares que
tengan un duro en el bolsillo y sepan gastarlo con los amigos...

El chiquillo estaba encantado. Habiendo perdido todo temor, le confes
que le dola el alma ya de tanta fatiga, de no comer, de no dormir con
sosiego, de ser machucado por todo el mundo... Si yo le contase las
crujas que he pasado!

Al comps de las caas la conversacin se fu animando, establecindose
pronto entre ambos una cariosa familiaridad. Velzquez, lleno de
condescendencia, le prometa no abandonarlo, hacerle un hombre. Al fin
concluy hacindole un elogio caluroso de su hermana. En media hora no
se detuvo. Todo lo ensalzaba, todo lo hallaba admirable, los cabellos de
bano y la franqueza y lealtad del carcter, su corazn tierno y sus
pies diminutos.

--Cada da estoy ms satisfecho de tenerla en mi casa--manifest al cabo
con su antigua superioridad.--Y si contina portndose tan bien como
hasta aqu, es casi seguro que al fin me casar con ella...

Avergonzado de su baladronada, pronunci las ltimas palabras rpida y
confusamente. Luego tosi y se limpi repetidas veces la boca con el
pauelo y aadi en voz baja, no sin que le subiese un poco de calor 
la cara:

--Si por casualidad hablases con ella de m, espero que te portars como
amigo... Porque, ya sabes... es inocente y propensa  los engreimientos
y se cree todas las paparruchas que le cuentan... Y como no faltan
malintencionados... t entiendes?... No te digo ms... Eres un hombre y
conoces el mundo... Me prestars un favor grande, Miguelillo, si la
convences de que nadie puede hacerla ms feliz que yo... Que no haga
caso de comadres ni de jaleadores que slo buscan modo de que regaemos
para pescar  ro revuelto... Bien sabes que nunca he sido tacao para
ella.  Dios gracias, me sobra dinero para llevarla vestida como la hija
del mayor caballero... Si no va mejor es porque no quiere... Siendo
buena para m, tu hermana ser una princesa, querido, y t nada perders
tampoco...

El chico no comprenda bien, pero le hacan feliz las confidencias de un
hombre  quien estaba acostumbrado  admirar y temer. Prometi todo lo
que el otro quiso, bebi un nmero prodigioso de caas y declar
terminantemente que su hermana sera una sinvergenza si algn da
olvidase lo que le deba. Velzquez, por su parte, se haba puesto
tambin de excelente humor.

--Atiende, Miguelillo, no quiero que andes ya ms  salto de mata. Te
vas  mi casa, entiendes? All tienes cama y mesa y todo lo que te haga
falta... Supongo que Soledad no se opondr  que vivas con
nosotros--aadi bajando la voz y pronunciando con respeto el nombre de
su querida.

--Miguel, que no estaba al tanto de ciertas interioridades, tom
aquellas palabras  burla y alz los hombros riendo.

Al cabo de un rato, Velzquez llam al _chicuco_ para pagar. Cuando lo
hubo efectuado, mir al gandul con sonrisa maliciosa y le pregunt:

--No te ha dado hoy ningn dinero Soledad?

Miguel neg rotundamente ponindose colorado.

--Vamos, Miguelillo, confiesa!

--Que no, seor Pedro! No ha hecho ms que darme de comer y este
pauelo de seda que usted ve--repuso sacando uno del bolsillo.

Pero Velzquez insista bromeando. Por ltimo declar que le haba dado
tres pesetas. El majo solt una carcajada.

--Y t le habrs dicho: Adis, rumbosa! verd t?... Las mujeres todas
son lo mismo.

Al mismo tiempo ech mano generosamente  la cartera y le di un billete
de diez duros.




XIII

Antoico.


Razn tena para poner reparos al ofrecimiento de su casa. Por ms que
hizo, nunca se pudo lograr de Soledad que admitiese en ella  su
hermano. Insista la joven en que Miguel volviese  Medina para hacer
compaa  su madre, ya que en Cdiz llevaba una vida de perdido y se
estaba corrompiendo cada da ms. El chico se neg resueltamente 
obedecerla, con lo cual quedaron las cosas en tal estado, salvo que
Velzquez provea ahora  sus necesidades y no pocas veces tambin  sus
vicios.

Cay al fin sobre ste un cuidado ms grave que los anteriores y mucho
ms riguroso. Hasta entonces los desdenes de Soledad y las humillaciones
que le haca experimentar podan achacarse  su carcter altanero y
quiz al deseo de vengarse de las que l le haba infligido. Esto las
haca ms llevaderas; parecan un castigo justo.  veces l mismo,
acometido de anhelos de adoracin, las provocaba, hallando en ellas
dulzura exquisita, como los ascetas en sus penitencias. Pero el sabor se
hizo amargusimo, insoportable, cuando vinieron acompaadas de celos.
Soledad, que siempre haba mostrado buen semblante  las guasas de
Antonio Robledo, las iba encontrando cada da ms sabrosas; de tal
suerte que cuando entraba en la tienda ya no tena ojos y odos sino
para l. Establecise entre ambos una corriente de confianza y aun de
inteligencia que no pudo pasar inadvertida para el majo. Con esto la
antipata que Antoico le inspiraba haca tiempo creci hasta
convertirse en aborrecimiento, el cual apenas con gran trabajo poda
disimular. Notbalo aqul en la frialdad y reserva con que su antiguo
amigo le hablaba, en las miradas oblicuas, lucientes, que alguna vez
sorprenda en sus ojos; pero, sabedor de lo que entre los amantes
acaeca, no cejaba en sus proyectos de seduccin, aunque guardndose
cuanto poda, porque siempre le haba tenido miedo. Esforzbase en
mostrar en todos los momentos su ingenio gracioso y maleante. Animado
por las carcajadas de Soledad, llegaba  ejecutar farsas estupendas que
tenan en continuo alborozo  la reunin.

Velzquez manifestaba su desabrimiento mantenindose serio  salindose
del aposento en lo ms culminante del regocijo. Cuando hablaba de
Antoico en presencia de Soledad lo haca con afectado desdn: le
llamaba payaso, titiritero, y recordaba con fruicin cualquier lance
ridculo de su vida. Pero, no bastando esto  desahogar su clera sorda,
un da, con las debidas precauciones, lleg  recriminar  su querida
por la atencin que le prestaba.

--Mira, Soledad, no hay nada que ms me ensanche el corazn que verte
alegre y contenta. Cuando te oigo reir, las puertas del cielo se abren
de par en par para m... Pero me hace dao que te pongan tan alborotada
las desvergenzas de ese mono sabio... Me revienta ese to!... no lo
puedo remediar. Luego hazte cuenta que todas esas gracias mohosas las
suelta para tu regalo. Apenas dice una palabreja aguda, ya te mira  la
cara  ver qu gesto pones... Trae de casa los chistes almacenados para
ir largndolos poco  poco  modo de anzuelos...

Soledad le escuch en silencio y se content con hacer una mueca de
desdn. Y sin parar mientes en su disgusto, sigui riendo con ms
alegra an las bufonadas de Antoico. ste, halagado por ello y tambin
por el malestar y los celos que inspiraba  Velzquez, empez  pensar
seriamente en la conquista de la bella tabernera. Acuda solcito todas
las noches  la reunin, y si siempre se mostraba alegre  ingenioso,
los das en que no le acompaaba Mara-Manuela suba de punto su
gallarda y se autorizaba, so capa de broma, el requebrar  Soledad
lindamente y departir con ella en un rincn siempre que la ocasin se
presentaba.

El malestar y la tristeza de Velzquez iban creciendo. En cuanto
Antoico pona el pie en la tienda quedaba silencioso y sombro que daba
grima mirarle. Al cabo volvi con la misma suavidad  amonestar  su
querida. Aquellas confianzas con un hombre  quien detestaba le
causaban mucha pena. Qu necesidad tena de aparecer tan contenta
cuando l entraba? Por qu consenta que la hablase aparte y en voz
baja?... Ya saba que todo aquello era agua de cerrajas, que ella no iba
 enamorarse de sujeto tan ruin; pero con estas confianzas l se creca
y pudiera pasarse  mayores si no se le atajaba. Adems, los amigos lo
notaban... Estaba quedando en ridculo...

Soledad permaneci algn tiempo silenciosa. Luego, gravemente y
afectando indiferencia, respondi:

--Antoico tiene buena sombra y me hace reir... Y qu hay con eso?...
Los dems tambin se ren... Si t no lo haces ahora es porque le has
tomado tema. Quieres que habiendo jarana ponga la cara larga como si
fuese  hacer testamento!... Hijo, eso no puede ser... Cada cual es cada
cual, y porque t no cres bilis no me voy  morir de empacho de risa.

No pudo lograr de ella otra respuesta.

--Pues si ese guasn sigue dndome jaqueca, el da menos pensado le
cojo por un brazo y le planto en la calle.

Soledad se puso plida de ira, pero se limit  decir sordamente:

--Haras muy mal.

Transcurrieron bastantes das despus de esta corta explicacin y las
cosas, en vez de mejorar, empeoraron. Soledad no slo no reprima la
expresin de su simpata, sino que afectaba demostrarla con testimonios
ms visibles. Antonio, observando su frescura, dise  entender que
Velzquez estaba por completo esclavizado y aguantara todo lo que le
echasen encima. Por lo que no se guard ya tanto de l: festejaba  la
tabernera con su habitual desembarazo y sostena con ella, hasta en
presencia del guapo, largos apartes en los cuales se embromaban y rean
como locos.

La desazn de Velzquez era tan grande que para nadie pas inadvertida.
Se hicieron comentarios en voz baja y no falt quien reconviniese 
Antonio por su conducta. Pero ste alz los hombros y respondi, como
siempre, con una desvergenza. El majo se hallaba en una tensin de
espritu insoportable. Tan pronto, acometido de clera furiosa,
proyectaba arrojar  su amigo de la tienda  puntapis y pescozones,
como, presa de profundo abatimiento, quedaba paralizado y devoraba su
afrenta en silencio; coma poco, no bromeaba jams y, contra su
costumbre, beba bastante vino.

Al fin rompi la cuerda, como era de presumir. La insolencia del uno y
la despreocupacin de la otra llegaron  tal extremo que, hallndose
cierta noche en el aposento habitual de la reunin, Antoico, con
pretexto de coger un cigarro que se le haba cado, apret los pies de
la hermosa tabernera, quien en vez de enojarse ri la chanza. Velzquez,
que advirti la maniobra, sinti que un flujo de sangre le invada la
cabeza y le cegaba. Llev la mano al bolsillo para sacar la navaja;
quiso levantarse, pero no tuvo fuerzas para hacerlo, como si una mano de
hierro le hubiese clavado  la silla. Ba su frente un sudor fro y, en
vez de partir el corazn de su rival, sinti ganas atroces de llorar.
Los sollozos le ahogaban. Llen, con mano trmula, el vaso de vino y lo
apur con ansia.

Cuando los tertulios se despidieron y qued solo con su querida, inici
con voz alterada una explicacin.

--Soledad, hija ma, me ests dando muchos disgustos. Acabo de ver al
sucio de Antonio propasarse contigo sin que te hayas dado por
ofendida... Por milagro de Dios no le he dejado clavado  la pared como
un sapo... Vuelvo  suplicarte que si me aprecias en algo dejes de
hablar con ese hombre... Ya te he dicho que no lo puedo soportar...
Vamos, que no puedo!...

--Pues haz por soportarlo--respondi secamente la joven.

Call un momento, herido por aquella frase cruel. Luego dijo con
humildad, acercndose  ella:

--Sabes que soporto todo cuanto t quieras... hasta una bofetada en
medio de la calle... Te quiero tanto, tanto! que si me mandases tirarme
por la muralla, me tirara... si se te antojase la cruz de la custodia,
ira  robarla para ti... Pero hay cosas que hieren ms que una
bofetada, ms que una pualada en el corazn... Te ruego, por tu salud y
por la de tu madre, que no me des ms celos... Mira que me ests
quitando la vida...

Soledad guard silencio. Alzse de la silla en que estaba y se puso 
arreglar las botellas de la estantera. Velzquez se acerc de nuevo 
ella suplicante.

--Lo que te pido no creo que te ha de costar mucho trabajo... Djame
echar  ese hombre de casa, y yo te prometo no molestarte ms con
celos...

Tampoco dijo nada la tabernera. Hubo una larga pausa. Al cabo insisti
con voz temblorosa:

--Vamos, Solita, no me des ese disgusto... Pdeme en cambio lo que
quieras.

--Lo nico que te pido es que me dejes ya en paz--repuso ella alejndose
para limpiar una de las mesas.

Velzquez no se atrevi  seguirla. La mir acobardado algunos instantes
y al fin profiri con amargura:

--No merezco siquiera ese pequeo sacrificio? Por ti me privara yo de
hablar con todas las mujeres de este mundo... y t, en cambio, no
puedes pasarte sin las guasas de ese to!

Soledad, que reprima  duras penas la impaciencia, exclam:

--Ea, basta ya! Hago lo que se me antoja. Ni t ests amarrado  m con
una cadena, ni yo  ti tampoco... As, el da que se me ponga en el
moo, con ese  con otro, con el que me d la gana, me voy y te dejo
plantado. Lo quieres ms claro?

Y sin aguardar contestacin se dirigi  la puerta para subir 
acostarse. Una blasfemia de Velzquez la hizo volverse.

--Ah!... Ya se concluy mi paciencia! Si no quieres ser ma, tampoco
sers de otro, porque antes te voy  partir el corazn.

Rpidamente ech mano  un cuchillo que haba sobre el mostrador y se
lanz sobre su querida. Retrocedi sta llena de terror, mas por sbita
inspiracin exclam sonriendo:

--Anda! Y lo has tomado en serio de verdad?

Velzquez se detuvo y la mir estupefacto, inflamadas las mejillas,
llameantes los ojos.

Entonces la joven se acerc  l con semblante plido que desmenta su
forzada sonrisa.

--Pero, guasn, te has credo la simpleza que acabo de decir? Es que
no se puede gastar una broma?... Cmo has podido figurarte que yo me
haba de chalar por ese titiritero?

El majo se calm, solt el cuchillo y se dej caer sobre una silla.
Soledad se sent  su lado y charlaron un rato. Apretada por el miedo,
hizo un esfuerzo por mostrarse afectuosa y se disculp de sus insolentes
palabras. Despus subieron  casa.

Cuando al cabo logr quedar sola en su cuarto, el rostro de la joven
cambi enteramente. Desvanecise la sonrisa contrahecha que lo dilataba
y qued temerosamente fruncido. La clera y el miedo se enseorearon de
su alma. Por qu haba de estar unida  un hombre  quien no quera?
Era su marido? No. Pues entonces, qu obligacin tena de sufrirlo?
Adems, corra grave riesgo de que con cualquier pretexto fundado 
infundado de celos la diese una pualada... Conoca bien su temperamento
brutal, su orgullo quisquilloso que ahora disimulaba  pareca dormido 
causa del capricho repentino que por ella le haba entrado. El da menos
pensado se le suba la fachenda  la cabeza, lo echaba todo  rodar,
como otras veces, y pereca  sus manos.

Bruscamente tom la resolucin de abandonar la casa. Nada, yo no estoy
ms tiempo con este to.

Meti sin hacer ruido su ropa y enseres en el bal y lo cerr. Despus
se sent sobre la cama y, con el odo atento, los ojos extticos,
aguard. Oy las campanadas de las doce, y suponiendo que Velzquez
estara ya bien dormido, se ech el mantn sobre los hombros, baj
quedo la escalera, abri la puerta con cautela, sali y la cerr sin
ninguna, echando la llave y dejndola puesta para que su querido no
pudiera salir  perseguirla, en el caso de que despertase.

Justamente ste acababa de recitar el conjuro que le haba enseado
Mara-Manuela. Al oir el golpe de la puerta, no imaginando que fuese la
suya, sino la del vecino, tomlo por feliz agero que vena  coronar la
escena amorosa que acababa de pasar. Una sonrisa de beatitud dilat su
rostro y qued plcidamente dormido.

Mientras tanto, Soledad corra por las calles de Cdiz y llegaba  casa
de su amiga Paca. No quiso ir  la de Mara-Manuela por razones de
delicadeza fciles de apreciar. Adems, aunque ruda de inteligencia,
sta no haba dejado de advertir que las bromas y chicoleos que su
amante usaba ahora con Soledad tenan sabor distinto que antes. Andaba
inquieta, celosa y, aunque amiga entraable de aqulla, no poda
disimular su escozor.

Paca la recibi con efusin, porque la quera de veras; la hizo
acostarse, y apenas haba amanecido Dios, vino  sentarse en su cama y
la oblig  contar lo que haba pasado. Soledad relat lo sucedido; cmo
Velzquez haba estado  punto de matarla, los esfuerzos de disimulo que
haba tenido que hacer para librarse de una pualada, el miedo terrible
que haba pasado y, por ltimo, los pormenores de su fuga. Call el
motivo de la reyerta. Paca no se lo pregunt porque de sobra lo conoca.
Qu poda ocultarse  aquella inteligencia superior y universal? Pero
sin aludir  l directamente, supo pronunciar una brillantsima oracin
encaminada  persuadirla de que todo aquello era conversacin de Puerta
de Tierra, y que el nico hombre que la convena,  pesar de sus
defectos, era Velzquez, porque tena buena entraa y la quera y porque
con l se haba perdido, y porque la mujer de vergenza no debe ser ms
que de un hombre en su vida. Luego que la hubo bien doctrinado pas 
otra conversacin, porque supona que, dado el estado de nimo de su
amiga, era difcil que aceptase sus enseanzas. Se necesitaba que
trascurriesen algunos das para que se calmase y surtieran efecto.

Soledad quera marcharse en seguida para su tierra. No lo consinti su
amiga, esperando que la nube se disipara y vendra la reconciliacin.
Pero la tabernera cada da se mostraba menos dispuesta  ella.  cuantas
reflexiones la hacan contestaba resueltamente:

--No se cansen ustedes: yo no vivo ya con ese hombre.

Achacbanlo todos  terquedad, porque, en efecto, era apretada de sienes
como una aragonesa, casi imposible de convencer cuando se apoderaba de
ella una idea. Pero, adems, posea un fondo de rectitud, un alma
justiciera que mantena viva la llama de la ofensa. Los desprecios con
que Velzquez haba pagado su amor tierno y desinteresado le causaban
cada da mayor indignacin. Haba llegado  aborrecerle y lo confesaba
tranquilamente con la sinceridad que la caracterizaba.

No era esto, sin embargo, lo que ms preocupaba  Paca. Tena absoluta
confianza en su elocuencia y saba que ms tarde  ms temprano llegara
 convencerla. Lo peor era que Antoico rondaba la costa. En cuanto
salan de casa ya lo tenan encima. En el Perejil, en la plaza de Mina,
en todas partes se pegaba  Soledad como una lapa. La joven, en vez de
huirlo, pareca buscarlo, le mostraba un semblante risueo y satisfecho.
Esto tena inquieta  la esposa de Pepe de Chiclana, porque conoca las
psimas condiciones del sujeto. Deploraba lo que poda suceder, no slo
ya por Soledad, sino tambin por Mara-Manuela,  quien igualmente
estimaba. Tal inquietud subi de punto y se convirti en miedo cuando
supo que Antonio y Mara, despus de una escandalosa reyerta en que se
araaron y apalearon, haban concludo por separarse: l se qued en
casa y ella se fu  la de su hermana.

Justamente acababa de recibir la noticia cuando tropez en la calle con
Manolo Uceda. Andaba ste retrado haca algn tiempo. Desde el
rompimiento de Soledad con Velzquez, en vez de acudir solcito  sitiar
la plaza vacante, se haba despegado un poco. Saludaba  la joven
cuando la hallaba y hablaba con ella algunos ratos, pero no se le vea
asiduo como antes. Quiz notaba la predileccin de aqulla por Antoico
y esto le produca la natural repugnancia,  bien trabajaba sobre s
mismo para vencer un amor que tantos dolores le haba causado. Paca le
cont lo que pasaba, hablaron largamente de Soledad, le expuso sus
temores y concluy por rogarle que tratase de disuadirla tambin de
aquella relacin que tanto poda perjudicarla.

--Convendra que se fuese en seguidita  Medina; pero, hijo, yo no puedo
decrselo... Est en mi casa... Adems, bastara que notase por lo que
es para que se encaprichase en quedarse y tal vez hiciese una
atrocidad... Ya la conoce usted.

--S, s; la conozco bien--respondi el joven con acento amargo.

--Por qu no la habla usted?

--Yo?--exclam con sorpresa.--Yo no tengo ninguna influencia sobre
ella.

--Est usted equivocado. S que le aprecia mucho... Cuando se habla de
usted.... uf! le pone por las nubes...

--S, para tenerme ms lejos an!--repuso con sonrisa melanclica.

Paca insisti. Argument metdicamente desenvolviendo sus ideas en serie
interminable de sutiles demostraciones; estudi, examin los pros y los
contras, se lanz con pasmosa agilidad al campo del anlisis
trascendental; en una palabra, raj por los codos hasta quedar
fatigada. Y como todo se lo dijo ella, Manolo no pudo decir nada,
encontrndose, cuando menos pensaba, solo y citado para el da
siguiente,  las once, en casa de Pepe de Chiclana.

No le pes mucho. Aunque harto de desengaos y dolorida el alma, an
rebulla en su corazn la esperanza, por poco que la hurgasen. Acudi,
pues, puntualmente  la cita con pretexto de hablar  Pepe de un caballo
que iba  comprar. No tard la ingeniosa Paca en dejarle solo y mano 
mano con Soledad. La conversacin fu mucho tiempo indiferente y penosa.
No se atreva  comenzar; estaba distrado, no deca cosa ordenada.
Soledad, que tal vez sospechaba algo, se mostraba ms grave que de
ordinario y ms parca de palabras. Mas por fin, y tomando pie de los
frecuentes paseos que la joven daba por el Perejil, se atrevi  decir:

--Te veo casi siempre acompaada de Antoico.

--S; alguna vez nos acompaa--repuso ella secamente.

Hubo una larga pausa.

--Y crees--dijo al cabo con tmida sonrisa--que te conviene ese
acompaamiento?

--Pues?--replic la joven con semblante serio mirndole  la cara.

Manolo baj los ojos.

--Porque,  la verdad...., no ganaras nada en la opinin de la gente
siguiendo de esa suerte... Es demasiado pronto para tomar otras
relaciones... Adems, Antonio tiene compromisos sagrados con una mujer,
y sobre todo... t lo sabes lo mismo que yo... no est bien reputado...

--Bah!--exclam la joven un poco plida.--Esas son cosas de la tienda
de Velzquez. Los amigos no le perdonan que tenga buena sombra y que de
vez en cuando les tome un poco el pelo.

Uceda se sinti mortificado por esta respuesta picante, pero tuvo
fuerzas para disimular y dijo con acento grave y resuelto:

--Tendr toda la sombra que quieras, pero no ha sabido portarse como
persona decente ni con Mara ni con su amigo Velzquez,  quien debe
favores y dinero.

Soledad se puso an ms plida. Y dejando escapar la clera que hinchaba
su corazn desde el principio de la entrevista, profiri con voz
alterada:

--Sabes lo que te digo, Manolo?... Que hagas el favor de dejarme en
paz. Ni eres mi padre para reprenderme, ni el cura de la parroquia para
darme consejos... T no puedes hablar de Antonio ni de ningn otro
hombre que se me acerque... porque ya ves... cualquiera pensara que lo
haces por envidia.

Manolo se alz de la silla como si le hubiesen pinchado. Toda su sangre
di una vuelta y le acudi al rostro. Acercse  ella y, sacudindola
por el brazo, profiri con ira concentrada:

--Nia! nia! nia! qu ests ah diciendo? El cario que te he
tenido no te autoriza para insultarme. No te pongas tantos moos. Si
eres hermosa, otras lo son tambin, y si te quiero no es por tu mrito,
sino por ser la primera mujer con que he tropezado... Despus de todo,
quiz no est enamorado de ti, sino de la imagen que de ti se ha formado
en mi corazn... Porque,  la verdad... voy viendo que interiormente
vales bien poquito.

Soledad se puso  su vez roja como una amapola. Comprendi que le
sobraba razn para encolerizarse y por un impulso noble de su naturaleza
espontnea y justiciera le tendi la mano diciendo:

--Perdona, Manolo. Tengo el genio demasiado vivo y cuando me enfado digo
cosas que nunca he pensado.

El caballero de Medina te estrech la mano, habl pocas ms palabras y
se despidi al cabo de algunos minutos con bastante frialdad.




XIV

La boda de Pepa.


Como puede inferirse, la fuga de Soledad impresion hondamente el
corazn del guapo. Pero el exceso mismo del golpe trajo consigo el
abatimiento: en pos de ste vino una resignacin desesperada que le
guard de dar paso alguno para buscarla y atrarsela. Hizo de tripas
corazn y procur distraer su dolor con el trato de los amigos ms
bulliciosos. Frecuent mucho ms las tiendas de vinos y en la suya
procuraba que reinase la alegra hasta las altas horas de la noche. Con
lo cual, si no se consolaba, por lo menos se aturda.

Era esto poco, sin embargo. Comprenda que la mejor medicina para
aliviarse sera un nuevo amor y trat de buscarlo. Vacilaba en
dirigirse de nuevo  Mercedes la _Cardenala_, temiendo fundadamente que
le rechazase, cuando lleg  sus odos la noticia del rompimiento de
Antonio y Mara-Manuela. De pronto naci en su mente la idea de
galantear  sta, con lo cual, adems de procurarse distraccin, se
vengaba, hasta donde era posible, de su rival y molestaba  Soledad. De
tal modo le sonri este deseo que aquella misma tarde comenz  ponerlo
en obra, acompaando  la _maga_ en el Perejil y por la noche en la
plaza de Mina. Aunque imperfecta y abultada de facciones era Mara mujer
de mucho atractivo y posea una gracia picante y sensual que  no pocos
haba seducido.  Velzquez nunca le haba gustado, mas aguijoneado
ahora por el anhelo de la venganza, procur doblegar  ella su gusto,
consiguindolo  medias. Animado por el xito, lleg  esperar que al
cabo le hiciese olvidar su desdichado amor, cosa que deseaba con todas
las veras de su alma. Pocas entrevistas fueron necesarias para que los
dos se entendiesen. La una acept al instante los galanteos, por la
misma razn que el otro se los dispensaba. Y con afectada libertad
exhibieron sus relaciones por todas partes. Velzquez pensaba ya en
proponerla que se fuera  vivir con l.

Estaba en toda su fuerza el verano. El frica exhalaba su aliento clido
sobre la coqueta ciudad enardecindola, sobresaltndola, como una
doncella que recibe el beso abrasador de su amante. Por las maanas, la
gente acuda  los baos del Real  refrescarse, y los mancebos tenan
ocasin de acercarse  las zagalas para decirles mil requiebros
hiperblicos, y lo que an era mucho ms grato, para ver sus blancos
pies desnudos y observar la graciosa curva de sus formas bajo el leve,
flotante, vestido de bao. Por la tarde volvan  hallarlas en el
Perejil, y all, viendo al sol hundirse majestuosamente en el Ocano
entre rojizos resplandores, su amor se haca reservado y melanclico. El
horizonte se desplegaba como una visin de oro. El mar beba la
irradiacin del cielo. El crepsculo, subiendo poco  poco de Levante
envolva  la ciudad con su velo sombro, apagaba despus las luces
temblorosas del Ocano, se esparca sobre las olas dejndolas verdes,
inmviles. Un soplo de tristeza estremeca sbito  los enamorados,
ponindolos graves y mudos, mirando con ojos extticos la huda de la
luz. Pero llegaba la noche sembrada de estrellas, y all en la plaza de
Mina, escuchando los sones armoniosos de la msica, favorecidos por la
sombra, de nuevo se acercaban para verterse en el odo los dulces
secretos de su corazn. Y su amor entonces adquira un sentimiento de
tierna intimidad, vena envuelto en promesas halagadoras que los pona
gozosos y locuaces.

En una de estas noches sembradas de estrellas, y en un banco de la plaza
de Mina, fu cuando nuestro amigo Frasquito dej sealado el da de su
matrimonio. Hubo dificultades para arreglarse antes. El padre de Pepa,
que era maestro carpintero y haba adquirido en sus contratas un
razonable caudal, tena demasiado apretados los cordones del bolsillo,
no se decida  sealar dote  su hija, contentndose con responder 
las instancias de los novios que los ayudara en todo lo que pudiese.
Pero tal vaga promesa estaba lejos de satisfacer el espritu
esencialmente prctico y ordenado de Frasquito. Enemigo irreconciliable
de las abstracciones tratndose de asuntos tan serios, iba aplazando la
boda mientras no viese algo ms concreto. Finalmente, aquella maana, el
maestro carpintero se haba humanizado y le prometi diez mil pesetas
para comprar la participacin que su to tena en el comercio y quedarse
l solo con el negocio de las harinas.

Sealado el da por los novios, pedida la novia oficialmente por el
seor Rafael y arreglados los papeles  toda prisa, se tomaron los
dichos en la vicara. Despus de las correspondientes amonestaciones
celebrse la boda, al entrar la noche, en casa de la novia. Fueron
padrinos el seor Rafael y Mercedes la _Cardenala_, prima de Pepa.
Asistieron  ella los parientes y amigos de sta y la reunin de la
tienda de Velzquez, por ser los ms ntimos que el novio tena. Manolo
Uceda se excus por verse obligado  dormir aquella noche en la Isla; en
realidad, por no encontrarse con Antonio y Soledad. sta se haba negado
en un principio  asistir  pesar de las vivas instancias de Frasquito,
pero habiendo venido la misma Pepa  suplicrselo no tuvo ms remedio
que ceder.

Se prepar la comida en una de las tiendas de Puerta de Tierra, y
despus de la ceremonia todos se trasladaron all en coche. Iba una
jardinera de diez asientos; pero no cabiendo todos en ella, los
sobrantes se acomodaron en berlinas de punto: Velzquez en una con
Frasquito, el seor Rafael en otra con el padre de Pepa, y as
sucesivamente. Las mujeres prefirieron casi todas ir en la jardinera
acompaando  la novia. Esta, despus de haberse despojado de la
mantilla, se haba echado encima del traje negro de seda con que se
casara un esplndido paoln de Manila azul bordado en blanco. La
mayora de las otras iban adornadas con prendas semejantes. El de
Soledad era negro bordado en rojo, el de Paca amarillo con flores
negras, el de Mara-Manuela rojo y blanco, el de la madrina blanco y
verde.

Las calles hervan de gente cuando la comitiva se puso en marcha
atravesando al medio la ciudad por mayor gala. El estrpito de los
coches y su nmero desusado sorprendan  los transeuntes, que se
detenan, y al enterarse de que era boda gritaban riendo:

--Vivan los novios!

Y los de la comitiva respondan con vivas an ms sonoros, golpeando al
mismo tiempo con los bastones hasta romperlos. El padrino haca parar
delante de todas las tiendas de montaeses conocidas; llamaba al
chicuco; apareca ste con una batea de caas; se beban alegremente
entre el corro de la gente que se apiaba instantneamente para verlos,
y arrea, nio! vuelta  escapar desempedrando las calles.

En la de la Carne el aplauso y la algazara fueron indescriptibles. Los
transeuntes se arremolinaban impidiendo el paso de los carruajes. El
grupo de mujeres de la jardinera alcanz una ruidosa ovacin.

--Viva la sal de la tierra! Vivan las mujeres castizas! Vivan los
novios! Vivan los padrinos!

El seor Rafael, entusiasmado, arrojaba puados de almendras y monedas
de cinco cntimos  los chicos. Con lo cual stos corran detrs del
cortejo dando chillidos penetrantes y poniendo en conmocin al
vecindario.

Salieron al fin de la ciudad por la famosa puerta, siguieron buen trecho
la angosta lengua que la une  la tierra y pararon delante de una de las
ms nombradas tiendas de vinos en que la juventud gaditana acostumbra 
solazarse. Como el calor sofocaba, habanles puesto la mesa en el
jardn, dentro de un aposento formado de tablas con dos grandes ventanas
al campo. Y sin ceremonia alguna, en medio del bullicio y la alegra,
sentse cada cual donde bien le pareci. La novia entre el padrino y la
madrina, el novio al lado de su suegro,  quien empezaba  bailar el
agua mucho ms que  su esposa; Soledad junto  Antoico, Velzquez
junto  Mara-Manuela, Gregorio, hermano de la novia, pegadito  su
prima Isabel la _Cardenala_, Paca entre el _Cardenal_ y la _Cardenala_
viejos, embelesndolos con su afluencia maravillosa.

Velzquez haba saludado  Soledad framente en casa de Pepa durante la
ceremonia. Aqulla le haba contestado con mayor frialdad an. Luego no
haban vuelto  dirigirse la palabra ni  mirarse siquiera. Mientras
dur la comida el majo afect mucha alegra y prodig  su pareja mil
delicadas atenciones procurando hacerlas bien ostensibles. Ella le
ayudaba siguindole el humor, no teniendo ojos ni odos ms que para l.
Soledad y Antoico charlaban mucho ms quedo, pero tambin con ms
sabrosa intimidad, riendo  cada momento ella con no fingidas ganas los
chistes del pcaro.

Cuando hubieron comido segn sus deseos, empezaron  levantarse de las
sillas y  cambiar de asiento y postura, formando pequeos grupos,
retrayndose las parejas enamoradas  los rincones para charlar ms  su
gusto. Pero seguan cambindose entre unos y otros, aunque  distancia,
las mismas guasas picantes. Se charlaba, se gritaba, se rea cada vez
con mayor ruido y regocijo. El guitarrista y la _cantaora_ que haban
trado consigo no daban paz  los cantos de la tierra, malagueas,
seguidillas, polos, soleares, aunque slo tres  cuatro ms
filarmnicos los escuchasen en silencio.

Pepe de Chiclana tuvo una idea feliz.

--Que bailen los novios!--grit.

Este grito hall eco en seguida entre los invitados.

--Eso est bien dicho. Que bailen!

Pepa se prest al instante  ello, pero  Frasquito no hubo poder humano
que le hiciese menear las piernas. Alegaba ignorancia; si supiese, con
mucho gusto echara un baile. En realidad desdeaba el arte de
Terpscore: toda su devocin la consagraba  Mercurio. Sentado en un
rincn al lado de su suegro, departa con l amigablemente sobre asuntos
serios, remojando  menudo las fauces con sendas caas de manzanilla. Ni
la misma Pepa con sus ruegos logr moverle de la silla. Entonces el
seor Rafael, enojado de aquella falta de galantera, se levant
exclamando:

--Ea, chiquilla, deja  ese gallego y humllate  dar cuatro pataditas
con este pobre viejo.

--Ole por el padrino!--gritaron los compadres con entusiasmo.

Y entre el furioso palmoteo de todos la novia y el padrino chasquearon
los palillos y empezaron  moverse acompasadamente uno frente  otro. La
cantaora, con voz penetrante, cant:

     la seora novia
    sacadla  bailar,
    para que se despida
    de su mocedad.

--Bueno va!--Oblguela usted, padrino!--Vivan las novias saladas!

Todos palmeteaban y chillaban jaleando  los bailadores. Algunos tomaron
puados de almendras de la mesa y las arrojaron al aire, cayendo como
una nube sobre ellos.

La novia se fatig antes que el padrino. Esto caus gran regocijo. El
viejo fu felicitado con entusiasmo.

Pepa, jadeante, dijo:

--Que baile ahora Soledad para quitarles  ustedes el amargor de la
boca.

--Que baile! que baile!--grit la reunin.

Soledad hizo signos negativos con la cabeza.

--Djenla ustedes ahora: Soledad no est templada todava--manifest
Velzquez afectando desenfado.

El rostro de la joven se contrajo con expresin sombra, y volvindolo
hacia Antoico dijo en voz baja:

--No soy guitarra para templarme.

Los convidados, que saban bien lo que pasaba, temieron una escena
desagradable y no insistieron.

Pero la alegra no se enfri por eso. El seor Rafael tom la guitarra
exclamando:

--Ya me han conoco ustedes como bailarn. Ahora van  conocerme como
msico.

Y despus de rasguear y puntear el instrumento con no esperada
habilidad, cant con bronca voz, dirigindose  Pepa:

    Porque te quiero te digo
    que te registren el novio,
    porque no est de recibo.

La chuscada caus gracia  todos menos  Frasquito, quien sacudi la
cabeza malhumorado. Lo estaba tambin porque la conversacin con su
suegro tomaba un sesgo bastante desagradable. El maestro carpintero, que
haba embaulado un ro de manzanilla, con la expansin que el vino
comunica, le estaba haciendo una porcin de confidencias gravsimas.
Decale con lengua estropajosa que no era tan rico como se deca, que si
es verdad que en algunas obras haba ganado algunos cuartos, en otras
sali con las manos en la cabeza. Adems, haba gastado un caudal en la
enfermedad, bien larga, de su difunta esposa. Y para remate de fiesta,
tres meses haca que un pcaro de la Isla  quien tena dados quince mil
reales  rditos se haba declarado insolvente.

Frasquito escuchaba todo esto serio, fruncido, sin asomo de borrachera,
llevando las caas  la boca con mano trmula. Despus de larga pausa,
el maestro carpintero, con la mayor tranquilidad, como quien no dice
nada, solt la siguiente bomba:

--De modo, hijo, que por ahora y en mucho tiempo tampoco, no cuentes con
las diez mil pesetas de que hemos hablado.

Frasquito se puso plido como un muerto. Qued paralizado un momento y
apenas pudo balbucir:

--Cmo! Ahora salimos con eso?

--Pues ahora es la ocasin, porque empezis  vivir--replic con audacia
tranquila el carpintero.--T eres un hombre formal, sabes trabajar y
hars feliz  mi Pepa. Cuando yo me cas tena solamente...

Frasquito no le dej concluir. Con ademanes descompuestos, echando casi
espumarajos por la boca, profiri:

--Lo que ha hecho usted es engaarme como un charrn. Eso no lo hace
ningn hombre que tenga vergenza, sabe usted?

El carpintero empalideci  su vez.

--Voto  Dios! Me ests insultando?

--S, seor, lo repito--grit an ms sofocado el novio.--Es usted un
sin vergenza! un canalla!

El viejo alz la mano y descarg una tremenda bofetada, una bofetada de
carpintero, en el rostro de su yerno. ste le ech las manos al cuello.
Gritos, maldiciones, espantosa confusin. A duras penas lograron entre
todos separarlos. La novia exhalaba quejidos lastimeros, llorando
abundantes lgrimas y sin saber  quin dirigirse. El viejo, sujeto por
unas cuantas manos, juraba y perjuraba que haba de espachurrar al
morral de su yerno. El yerno, estrechado por un grupo de convidados, les
demostraba palmariamente que su suegro era un pillo, un estafador,
acompaando la demostracin de un spero crujir de dientes que pona
espanto  los circunstantes y en particular  las hembras.

Pero su to, el seor Rafael, tomndole por un brazo y llevndole
aparte, le dijo al odo:

--Hijo, no te sofoques. No ves que tu suegro est borracho perdido?

Estas prudentsimas palabras gozaron el privilegio de calmar
instantneamente la clera de Frasquito. Renaci la esperanza en su
corazn y otra vez torn  ver las diez mil pesetas delante de los ojos.

Lo mismo, poco ms  menos, le dijo el viejo _Cardenal_ al maestro
carpintero. Frasquito tena una _mona_ que no se lama el infeliz. Con
lo cual se le aplac bastante  aqul su enojo, contentndose ya
solamente con manifestar su profundo desprecio hacia los muchachos del
da, que en cuanto lo cataban perdan la cabeza.

Finalmente, tranquilizronse los nimos y otra vez rein la concordia y
la alegra. El seor Rafael volvi  tomar la guitarra y solt una serie
de coplillas chuscas y picarescas que hicieron brincar de gozo  los
alegres compadres.

Velzquez y Mara-Manuela, sofocados por el calor, se haban acercado 
la ventana y respiraban la brisa frente  la bveda estrellada del
cielo. El majo mostraba una alegra miedosa, donde se perciba, no
obstante, alguna afectacin, un dejo de inquietud y tristeza que por
momentos lo haca enmudecer y le arrugaba la frente. Al salir de una de
estas breves pausas, dijo  su compaera con sonrisa melanclica:

--Mara, te acuerdas de aquel rey de copas que anunciaba mi matrimonio
con Soledad?

La maga qued turbada sin saber qu contestar. Al fin balbuci:

--Las cartas no mienten nunca, hijo... Habr sido culpa ma el no
haberlas entendido.

--Lo que anunciaba no era mi matrimonio, sino el de Frasquito!--exclam
riendo.

Y, observando que su burla oscureca el rostro de la joven, aadi
tomndole una mano y acaricindola:

--No hagas caso, serrana; anunciaba, s, mi matrimonio, pero era
contigo... contigo, morena, que tienes unas pestaas que se clavan en
el alma como alfileres!

--Quita all, falso! No gastes guasa!--replic ella dndole un leve
empujn.

El guapo se mostr entonces exageradamente carioso y rendido,
cubrindola de flores y requiebros. La ruda y graciosa morena concluy
por decir sonriendo:

--Calla, calla, Velzquez, que me empalaga la arropa!

Pero  su espalda se haba armado gran algazara. El seor Rafael, harto
de cantar y tocar, se entretena, como de costumbre, en embromar  su
sobrino.

--Has hecho una buena boda, Pepa. Te llevas un mozo de circunstancias;
te llevas mis pies y mis manos... Un hombre corriente y trabajador como
el que ms... que te saca una cuenta de multiplicar  dividir en menos
tiempo que se persigna un cura loco... Solamente tiene un vicio... que
se le cuela al pobrecillo el dinero por entre los dedos como si fuese
agua...

--Qu bilis tiene usted, to!--exclamaba Frasquito mientras los dems
rean  carcajadas.

--Casi n!... tale corto, prenda, porque si te descuidas es capaz de
dejarte sin platos en la cocina...

Y el viejo,  quien el vino pona siempre provocativo, soltaba un chorro
de gracias mortificantes. Los invitados se retorcan de risa. El novio,
cada vez ms sofocado, gritaba con acento colrico:

--Dejarlo!... dejarlo! Se le ha destapao el tarro, y hasta que eche
toda la bilis no callar.

Velzquez se haba aproximado para gozar de la guasa, dejando sola 
Mara-Manuela  la ventana. Antoico, se levant de la silla donde
estaba cerca de Soledad y, dando una vuelta con disimulo al aposento, se
acerc  su antigua querida.

--Presente, mi capitn--le dijo blandamente al odo.

La joven se estremeci, volvi rpidamente la cabeza y, echndole una
mirada torva, sigui contemplando en silencio el firmamento. Antoico se
apoy  su lado en el marco de la ventana, y despus de una larga pausa
dijo en voz baja:

--Soy yo, el arrastrao, el sinvergenza de Antoico, que est dando las
boqueadas como un pez fuera del agua.

--Pues trate de la muralla y zambllete en el mar--repuso ella en voz
baja tambin y sin cambiar de postura.

--Eso hara de buena gana, si no fuese que me hace dao el agua fra. Ya
sabes que padezco de rema.

--Avisa que te lo calienten.

--Soy muy desgraciado! La baera se empea en ponrmelo como hielo.

--La baera de ahora?

--No, la baera de antes.

--Qu importa si el bao no es para ti?.

--Pues me cuelo en l aunque me quede tieso.

--La baera te hara salir  palos.

--Eso me conviene para entrar en calor ms pronto.

--Qu sin vergenza!

--Noticia fresca! Acabo de decrtelo.

Velzquez al volverse y observar la maniobra de Antonio, sinti un
movimiento de clera. Pero se calm pronto al ver la silla cercana 
Soledad desocupada. Por impulso repentino se sent atrevidamente en
ella. La joven no pudo reprimir un vivo estremecimiento y manifest al
instante su disgusto con semblante oscuro y enojado como pocas veces se
le haba visto.

Despus de su golpe de audacia, el majo qued confuso sin saber qu
hacer ni decir. Al cabo, con alegre rostro, exclam:

--Quien fu  Sevilla perdi su silla!

Soledad no respondi ni movi siquiera un pliegue de su fisonoma.
Entonces l, adoptando un tono jocoso y desenfadado, dijo:

--Me permite usted descansar un momento en esta silla?

--No es ma--respondi secamente.

--Supongamos que lo fuese.

--Si lo fuese no estara en un establecimiento de Puerta de Tierra.

--Voy  comprarla y se la regalo. Qu hara usted?

--Dejarla donde est.

--Conmigo encima?

--Con usted  con otro. Me es igual.

--Si le es  usted igual, me quedar yo. Quiero ms sentarme aqu que 
la diestra de Dios Padre.

Soledad se encogi de hombros con desdn y murmur:

--Tardaba ya mucho!

Estaba inquieta desde que Antoico se haba acercado  Mara-Manuela.
Sus ojos se clavaban colricos en ellos y queran pulverizarlos. Las
palabras temblorosas de Velzquez le parecan un ruido molesto, la
ponan an ms nerviosa. Pero habiendo vuelto la cabeza Antonio y
habindose encontrado sus miradas, el humor de la joven cambi
repentinamente. Empez  responder con amabilidad  su antiguo amante,
 mirarle cara  cara y hasta  inclinarse hacia l,  mostrarse jovial
y locuaz, demasiado locuaz para que no se advirtiese el esfuerzo sobre
s misma.

Velzquez se hallaba en el sptimo cielo. Aceptaba aquella amabilidad
como moneda de buena ley. A los pocos minutos de conversacin ya se
crea otra vez dueo del corazn de la hermosa y se meca en un ocano
de risueas ilusiones.

Segua la zambra en el aposento. Mercedes la _Cardenala_ bailaba con
Gregorio, su futuro cuado. Frasquito, que estaba agitadsimo despus de
la reyerta con su suegro, experiment la necesidad de bailar, quiz para
aturdirse, y bailaba con Isabel. El seor Rafael trincaba con el maestro
carpintero en un rincn, mientras en otro, una joven casada, cuyo marido
no estaba all, contaba sus desazones domsticas y peda consejo  Paca
la de la Parra.

--Bien puedes creerme, Paca, no hay to ms desalmao ni ms hereje. El
otro da, seis duros tristes que tena apartados para hacer unos
vestiditos  los nios, me los quit y se fu con ellos cantando  la
taberna y no vino en dos das  casa...

--Pues no parece...

--Anda! Ya lo creo que no parece! Como que el que lo ve le apetece
cogerlo y ponerlo en el altar de San Jos en lugar del santo! Para todos
es una mosquita muerta... pero en casa, yo te aseguro, hija, que est
demasiado viva y que pica mejor que un alacrn... Mira--aadi
remangndose los brazos,--nadie creer que l es quien me ha hecho estos
cardenales...

--Pero te pega?--exclam Paca con asombro.

-- lo seorito, sabes? Sin gritos ni blasfemias como los dems, me da
unos pellizquitos de monja que me deja el cuerpo negro como el
cordobn... Y el angelito mientras tanto sonre y me pregunta con mimo:
Qu tienes, hija ma? Te he hecho dao? Maldita sea su estampa!...
Como s cules son los sagrarios que recorre, muchas veces mando  un
chico  buscarlo. Crees que se viene para casa  que se enfada? Na! Se
queda con el chico y le emborracha. Le mando otro, y lo mismo. Ha
habido veces en que se han reunido los cinco nios en la taberna! No
falta ahora ms que _la cocinera_! dice el sinvergenza... porque es
as como me llama.

Paca no pudo reprimir una carcajada.

--S, re, que yo tambin he redo cuando vi llegar  los hijos de mis
entraas cayndose contra las paredes!... Y sabes la gracia que ha
sacao nuevamente? Pues ahora al to roo le da por celarse de su
sombra... Ya ves t--aadi con leve inflexin de vanidad,-- mis aos
y despus de haber parido siete veces!... No puedo salir  la calle sin
que se ponga en acecho; no puedo peinarme ni vestirme un poquito
decente...  fuerza de trabajos haba logrado comprar unos zapatos de
charol y hacerme un vestidito de merino fino. Pues un domingo que sal
con l al Perejil, por si haba mirado  Fulano y por si Mengano haba
dicho ole!, llegamos  casa y, sin decir palabra, toma unas tijeras y
tiene las malas tripas de hacerme rajas el vestido y los zapatos... Ea!
otra vez desnuda!... Yo le digo: Pero, hijo, es que te gusto ms en
cueros?...

Iba  emitir Paca su autorizada opinin en este litigio, cuando se
interpuso Frasquito, que vena  consultarla sobre si sera  no
oportuno enviar por amoniaco  la botica ms prxima, para drselo  su
suegro  ver si despejaba un poco. Aunque su to Rafael le haba
asegurado que en durmiendo la _mona_ recordara la sagrada promesa que
le haba hecho, su inquietud no le permita esperar con calma al da
siguiente. Ansiaba que por cualquier medio recobrase la razn y con ella
la conciencia de sus obligaciones.

Paca no juzg prudente aquella medicacin, tanto menos, cuanto que el
maestro carpintero departa muy tranquilamente con el seor Rafael, bien
ajeno de la necesidad de introducir en su cuerpo una dosis de lcali
voltil. Justamente en aquel momento estaba dirigiendo por vigsima vez
 su compadre una serie de preguntas que alejaban toda sospecha sobre
este punto.

--Vamos  ver, estoy yo borracho? Hablo cosas formales?... He
faltado  alguno?... Soy  no un hombre regular?... Me levantan  m
la cabeza dos caitas?... S alternar  no s alternar?...

El seor Rafael apoyaba con todas sus fuerzas estas proposiciones,
aunque disimuladamente haca guios expresivos  su sobrino; pero ste
sacuda la cabeza con desesperacin, hallando cada vez ms inevitable el
socorro de la qumica.

Mientras tanto segua el bailoteo en aumento. Tomaban ya parte en l los
que antes hacan ms remilgos. Hasta la vieja _Cardenala se arranc por
panaderos_ con un comerciante vecino casi tan antiguo como ella. La
novia, rendida ya, jadeante, se empeaba, no obstante, en bailar sola,
sin hacer caso de Mara-Manuela que le adverta con empeo de que no lo
hiciera, porque se bailaba con el diablo.

Mercedes, la madrina, un poco excitada por el vino, quera que Velzquez
bailase con ella. Desde su rompimiento, la joven guardaba en el fondo de
su pecho hacia el majo un sentimiento indefinible, mezcla de rabia y
simpata, de desprecio y amor. Velzquez, que siempre haba sido poco
amigo de echar las piernas al alto, se negaba, haciendo, sin embargo 
su antigua novia mil cortesas, mostrndose con ella extremadamente
dulce. No era pura galantera  gratitud lo que le impulsaba  ello.
Haba tambin su parte de vanidad, porque Mercedes tena novio, y ste,
que era un mancebo casi imberbe, no mal parecido, llamado Gabino,
andaba celoso, desesperado, desde que viera que su novia coqueteaba con
Velzquez. El guapo,  quien el amor y los pesares no haban podido
arrancar de cuajo su inveterada arrogancia, gozaba con las preferencias
de la bella y los celos del muchacho.

--Dnde va tu novio tan encandilao?--djole sonriendo con orgullo,
viendo salir al joven del aposento como un huracn.

--Djalo--respondi ella haciendo una mueca de desdn.--Es un to lila,
sabes?... Se ahoga el infeliz en una tacita de agua. De seguro que ha
salido al campo para llorar ms  gusto.

--Para llorar!... Por qu?

--Porque est celoso de ti.

--Vlgame Dios!... Parece mentira que un buen mozo tenga celos de este
pobrecito viejo--repuso Velzquez con mal disimulada jactancia.

--Ya, ya! Es que se fa poco de mi gusto.

--Tan echao  perder lo tienes?

--Estragato del todo, querido... Figrate que hace ya un mes que no
puedo comer ms que cosas fras.

--Me quieres comer  m?

--Por lo fro poda pasar, pero eres demasiado duro.

--Mrame un ratito con esos ojillos pualeros y me vers derreto.

--Te estoy mirando hace un ao y no veo ninguna pringue en el suelo.

-- que no me esperas esta noche en la reja de tu casa?

-- que no echas conmigo un bailecito?

--Vamos  verlo--replic el guapo levantndose.

Mientras tanto, el desgraciado Gabino, despus de atravesar el jardn,
haba salido al campo, como su novia adivin burlando. No lloraba, pero
tena el corazn tan henchido de tristeza que le tomaron deseos de
sentarse entre los railes de la va frrea que por all cruzaba y
esperar  que algn tren lo arrollase. Se arrim  una empalizada y se
puso  rumiar sus desengaos, cuando oy cerca rumor de conversacin.
Las ventanas del saln de tablas donde la boda se celebraba abran hacia
aquel sitio. Ocultse en la sombra y acercse cuanto pudo  ellas para
escuchar, no tanto por curiosidad como por la esperanza de percibir la
voz de su adorada.  la escasa claridad de la luna, que comenzaba 
salir, vi que los dos que departan en la ventana eran Soledad y
Antoico. Observ que la joven estaba agitada, convulsa, que acompaaba
sus palabras de vivos movimientos de cabeza, mientras Antonio, con la
suya inclinada hacia el suelo, hablaba poco y con humildad.

--Si no la puedes ver ms que al diablo--profera la joven haciendo
esfuerzos por reprimir la voz,--si la aborreces, por qu te acercas 
ella pblicamente? Por qu le das ese gusto sabiendo que  m puede
mortificarme? No ves que la gente nos observa, que puede muy bien
suponer que de aquella candela queda algn rescoldo?... Te has figurao,
hijo, que vas  ponerme en ridculo como has hecho ms de mil veces con
ella? Que te se quite, nio!... Nuestro compromiso es de ayer y est
sostenido por un hilito... Tomo las tijeras y zas! lo corto... Ya est
cortado!... Ya no tenemos n... Conque t por un lado y yo por otro...

--Por qu lado voy?

--Por el que te d la gana.

--Entonces voy por el de tu corazn y me quedo en l de husped.

--En mi corazn no caben tos fanfarrias... Acabo de salir de un
fachendn y quieres que d en otro?

--Te arrepentirs de haberme insultado sin motivo. Me acerqu  Mara
para preguntarle solamente por su sobrinito que est enfermo... Ya sabes
cunto he querido yo siempre  ese nio...

--Ay qu Dios! Y para preguntar por la salud del sobrinito te ests
media hora de pitorreo con la ta?... Mira, Antonio, no quieras meterme
los dedos por los ojos...

--Lbreme Dios de ese sacrilegio!... Lo que quiero es meter los labios
ahora mismo.

--Ea! no me vengas con moneras de gata tripera... Confiesa que te
gusta an Mara... Vete con ella bendito de Dios y djame  m el alma
quieta...

--Confieso que te quiero de todo corazn... que paso las fatigas de
Dios en cuantito me miras soberbia; que eres la primera y la nica mujer
que he querido de verdad... y que en prueba de amor eterno te regalo
este higo paso--aadi presentndole uno.

--Anda que te zurzan!--exclam la joven riendo y arrojando el higo al
suelo.

Bajaron la voz. La pltica comenz  ser suave y cordial y entreverada
de risas.

La reconciliacin estaba hecha.

Al cabo de un momento Gabino pudo observar, sin embargo, que Soledad
tornaba  ponerse seria. Antonio la instaba con dulzura: ella negaba
vivamente haciendo repetidos signos con la cabeza. Excitada su
curiosidad, el mancebo permaneci inmvil  ver en qu paraba y lo que
aquello significaba. Antoico no cejaba en sus demandas ni la joven en
sus negativas. Mas al fin stas fueron desmayando y la bella concluy
por quedarse inmvil con los ojos extticos, mientras el galn segua
murmurndole al odo sus deseos.

Soledad se pas entrambas manos por el rostro y, con sbito ademn, sac
una llave del bolsillo y se la entreg. Al mismo tiempo di la vuelta y
se retir de la ventana.

Velzquez bailaba con Mercedes. Su antigua querida comenz  palmotear y
 jalearlos de tal modo que el guapo volvi la cabeza sorprendido y los
presentes hicieron lo mismo. Al observar su faz plida, demudada, se
guiaron el ojo y no falt quien exclamase:

--Bueno va! Soledad al fin la ha pescao... Si te caes, yo me comprometo
 llevarte  casa en brazos, nia.

--No me caigo, no, desaboro!... Quieres ver cmo no se me doblan
todava las piernas?... Venga un tango, Luisillo, que voy  bailar  la
salud de los novios y de toa la compaa.

--Ole la nia graciosa!... Viva tu boca, salero!--gritaron
entusiasmados los hombres.

Y lo mismo ellos que ellas suspendieron sus plticas para darse el gusto
de ver  la que pasaba por primorosa bailadora.

El guitarrista preludi un tango. La cantaora iba  modular la copla
cuando Soledad exclam con violencia:

--Yo no bailo ms que sobre la mesa! Quitarme todo eso de encima!

Veinte manos se apresuraron  cumplir la orden, separando la vajilla y
los manjares que an quedaban. Pero como estuviese manchada de vino,
Pepa, excitada, descolg de la percha con brioso ademn su esplndido
paoln de Manila y se puso  limpiar con l. Frasquito, al ver aquella
monstruosidad, di un brinco y cay sobre ella, arrebatndole el paoln
de las manos con gesto colrico. Este acto produjo gran indignacin en
los presentes.

--Cmo!... No te da vergenza mirar por un pauelo el da de tu boda?
No vale ms la alegra de tu mujer que un trapo? Habr gallego!...

Y todos le increpaban con ira mientras el seor Rafael se retorca de
risa en un rincn gritando:

--Vivan los novios rumbosos!

Las mujeres, ms irritadas que los hombres de aquella falta de
galantera, echaron mano igualmente  sus mantones y se disputaron el
placer de limpiar tambin con ellos la mesa. Haba llegado la hora del
vrtigo. Soledad puso el pie en una silla y de un brinco se plant sobre
la mesa, inaugurando el baile con un fuerte taconeo que electriz  la
reunin. Luego se irgui haciendo resaltar su bella figura escultural.

--Ole la palma gallarda! Vaya un talle sandunguero!... Suelta esa
mata de pelo, gachona!... Vivan las mujeres flamencas!

Y entre los gritos y los oles y el palmoteo infernal, Soledad bail con
toda la elegancia y gentileza que ella slo saba. Los hombres ponan
bajo sus pies los sombreros para que los pisase; las mujeres arrancaban
las flores de su cabello para arrojrselas. Cuando baj la cubrieron de
besos.

Pero la bella se dej caer jadeante en una silla y qued silenciosa y
sombra sin participar del frenes que all reinaba.

Los viejos dieron, al fin, la seal de retirarse. La partida fu
ruidosa. Antes de acomodarse en los coches se pas cerca de media hora,
cambindose entre unos y otros interminables bromas que hacan fluir las
carcajadas. Casi todos estaban roncos. Los hombres, perezosos para
meterse en los vehculos, hacan traer  ellos bateas con caas y las
servan  las hembras, que las rechazaban riendo, cuando no les baaban
el rostro con ellas.

Los cocheros ya se preparaban  arrear  los caballos cuando el seor
Rafael, que chorreaba alegra por todos los poros, tuvo la ocurrencia de
obligar al viejo _Cardenal_ y  su esposa  que echasen un baile de
despedida. Y no hubo otro remedio. Tan pesado se puso que al cabo los
_Cardenales_ bailaron sobre la carretera,  la luz de la luna, entre la
algazara del cortejo nupcial que los jaleaba desde los coches.

Pero aquel momento gozoso fu turbado por la mala intencin de Antoico,
que particip al maestro carpintero cmo Frasquito intentaba darle
amoniaco para limpiarle la mona. Encrespse atrozmente aqul y nada
menos pretenda que bajarse del coche y echar los dientes fuera  su
yerno.  duras penas podan sujetarlo. Pepe de Chiclana cort en flor la
querella gritando  los cocheros:

--Arread, muchachos, y que se quede el que quiera.

Chasquearon los ltigos y los caballos arrancaron al trote. Pero
todava, por encima del ruido de las ruedas y las campanillas, se oa
vociferar al carpintero:

--lcali voltil  m? Granuja! Vamos  ver, estoy yo borracho?
Hablo cosas formales? He faltado  alguno?... S alternar  no s
alternar?




XV

Noche gaditana.


Cuando entraron en Cdiz sonaba la una. La hermosa ciudad dorma sobre
el mar, como una odalisca en brazos de su dspota. El cielo esplndido
de la Btica formaba sobre ella un pabelln poblado de luces. Una leve
brisa embalsamada refrescaba su frente ardorosa.

El estrpito de los coches turb un momento aquel sueo tranquilo. Ms
de una tierna doncella dej sobresaltada el lecho y se acerc  su
balcn con los pies desnudos para ver lo que pasaba. Y al oir el grito
de vivan los novios! que repeta sin cesar el cortejo nupcial, sus
cndidas mejillas se coloreaban, sus labios de coral se dilataban con
sonrisa dulce murmurando: Una boda! y tornaba al lecho y se dorma
soando escenas de felicidad que el cielo bendice.

La comitiva recorri las calles detenindose delante de algunas tiendas
de montas y hacindolas abrir para beber unas caas. Los novios, que
haban regresado juntos en una berlina, dieron esquinazo  su cortejo y
se escabulleron bonitamente para casa. Los dems recalaron todos  la
tienda de Crisanto, en la calle de Pedro Conde, levantaron al montas
que ya se haba acostado,  introducindose por la puerta falsa del
portal, invadieron ruidosamente el establecimiento. Y vengan caas de
Sanlcar! venga _cante_ y guitarra y jaleo!

Pero las mujeres estaban rendidas: no tardaron en hablar de su casa; se
inici la retirada por la vieja _Cardenala_ y poco  poco fueron
desfilando casi todos. No quedaron en la tienda ms que los borrachos
empedernidos, el seor Rafael, el maestro carpintero, el _Cardenal_ y
otros cuatro  cinco convidados.

Velzquez se puso al lado de Mara-Manuela mientras marchaban en grupos
por las calles; pero cuando al llegar  una esquina se despidieron de la
familia de Mercedes, tuvo ocasin de acercarse  sta y hablar con ella
algunas palabras.

--Adis, gitana--le dijo estrechndole la mano afectuosamente.--Adis,
naranjita china.

--Estoy deshecha, nio--respondi ella con languidez afectada.--He
bailado ms que un trompo.

--De modo que no sostienes la apuesta?

--Anda! Ya lo creo que la sostengo.

--Entonces, dentro de media hora me tienes arrimado  tu ventana.

--Dentro de media hora te espero en ella.

Y con las manos enlazadas se clavaron una larga mirada, entre burlona y
amorosa, tratando de registrarse el alma. Pero al volver la cabeza ces
repentinamente la alegra del majo al observar que Mara-Manuela estaba
haciendo lo mismo con Antonio. Qued repentinamente serio, no porque la
brava morena le hubiese tocado en el corazn, sino por la insolencia de
Antoico.  pesar de los ltimos reveses segua tan puntilloso y
delicado. Murmur un juramento y se acerc de nuevo  la maga. Antoico,
que vi su rostro contrado, se apresur  alejarse juntndose 
Soledad, que tambin haba advertido la maniobra y estaba irritada y
seria.

--Qu te deca Antonio, querida?--pregunt el majo.

--Antonio!--exclam la morena con sorpresa.--Qu me haba de decir
Antonio?... Nada.

--No estaba hablando contigo en este momento?

--Ah, s!... Ni me haba fijado siquiera... Creo que me preguntaba por
mi sobrinito.

--Est bien; pero otra vez, cuando te pregunte por tu sobrinito, procura
que yo no est delante--manifest el guapo con calma amenazadora.

Mara qued turbada y balbuci con timidez:

--Por qu?... No entiendo... Hijo, t por cualquier cosilla te
remontas...

--No hablemos ms. Ya te he dicho lo que hace al caso.

Hubo un largo silencio mientras caminaban lentamente la vuelta de casa
precedidos y seguidos de otros grupos.

--No te vayas  figurar que  m me importa ya nada de ese to--profiri
ella al cabo.

--No me figuro nada--respondi secamente Velzquez.

--Que se me salten los ojos y no vuelva  ver la luz del sol, que me vea
pidiendo de puerta en puerta una limosna y vaya  morir al hospital, si
tengo ms inters por l que por el carro de la basura... Anda, hijo,
pues ni que estuviera echada  los perros para acordarme ya de ese to
sucio sin vergenza. Primero me dejaba hacer tajaditas as que mirar ms
en cara  ese arrastrao. No pienses en ello, nio, que si algn da me
dan ideas de faltarte, ser con todos menos con l. No vale ms tu
personilla que ese mono? Por qu te celas? Pues el gach es de oro
para que una mujer se chale por sus pedazos! Con ms botones en la cara
que un jardn en primavera! Deja que Soledad coma de esa fruta... Para
m ya est podra!

Velzquez se fu calmando con la charla de su nueva querida. Y de esta
suerte llegaron hasta la puerta de casa. La hermana de Mara viva en
una callecita estrecha del barrio de la Via, cerca de la Catedral. Paca
la de la Parra viva algo ms lejos, en el mismo barrio. Despidironse,
pues, all, sta con su marido, Soledad, Antonio y otras dos mujeres, y
siguieron adelante. Velzquez se qued un instante  la puerta con su
amante y al cabo tambin se despidi de ella hasta el da siguiente.
Estaba cansado y tena ganas atroces de dormir. Esto dijo, al menos, al
separarse: la verdad era que deseaba acudir  la graciosa cita de su
antigua novia.

Cuando qued solo se fu paso entre paso  la tienda de Crisanto 
esperar la hora. All seguan los residuos ms antiguos de la boda
rindiendo culto  puerta cerrada al hijo de Jpiter y Semele.

No tard en recalar tambin Antonio; Gregorio y algunos otros jvenes de
los que haban acompaado  las mujeres llegaron poco despus. La juerga
prosigui ms grosera y alborotada por la ausencia del elemento
femenino.

Al entrar Antoico, Velzquez le clav una mirada cargada de odio y de
amenazas que no pas inadvertida para aqul. Se abstuvo cuidadosamente
de acercarse al grupo donde el majo estaba, y al cabo de unos instantes
se escabull sin ser notado. Sin dilacin alguna se dirigi nuevamente
al barrio de la Via y se detuvo delante de la casa de su antigua
querida: acercse  una reja baja que tena, llam con los dedos  los
cristales y esper. No tardaron en abrir.

--Ests ah, desaboro?

--Aqu estoy, limoncito verde.

--Por qu limoncito verde?

--Porque eres agria para m y veo mis esperanzas cada vez ms verdes.

--Vete, vete, canalla, no me des coba tan sucia! Despus que has sido
para m un perro te vienes con esa.

--Un ladrn en la horca no est ms arrepento que yo, Mara. Dme que
me tire al agua y me vers hacerlo.

--Ya! Si te mandase tirarte al vino, acaso...

--Si supieses las penitas que estoy pasando!

--Calla, calla, perro!

--Eso es, las de un perro cuando le cortan el rabo.

La ruda morena solt una carcajada. La pltica, aunque burlona, se fu
haciendo ms y ms cordial, no tardando mucho aquel perro en obtener su
perdn. El cuchicheo se hizo ms ntimo y ms suave. Hallaban los dos
grato enamorarse por la reja despus de haber hecho vida matrimonial
cuatro aos.

Haca ya largo rato que estaban charlando cuando se oy el ruido de un
coche.

--Un coche  estas horas?--exclam Mara con sorpresa.

Antonio no dijo nada, pero qued repentinamente serio. El ruido se fu
aproximando.  los pocos momentos vieron aparecer por el extremo de la
calle una berlina de punto que pronto cruz por delante de ellos.
Antonio sufri una fuerte sacudida y dijo con voz alterada:

--Sabes quin va ah?

--Quin?

--Velzquez.

--Calla, lioso! Los dedos se te vuelven huspedes.

--Por mi salud te juro que es Velzquez. Lo he conocido perfectamente.

--Pero, nio, qu ests ah diciendo?... Si fuese Velzquez se hubiera
apeado para armar pendencia contigo... Demasiado sabes cmo las gasta.

--Pues es Velzquez, no tengas duda--repuso Antonio cada vez ms
trmulo.

Y tanto jur y perjur que su querida concluy por darle crdito.
Tambin se puso seria.

--Es bien extrao!

Cuando hubieron comentado largamente el caso, Mara le propuso entrar.

--Anda, nio, entra... Me arriesgo mucho, porque si mi hermana se entera
me pone de patitas en la calle... y ya ves, me quedara  la clemencia
de Dios... Pero no importa: por todo paso con tal que t no vayas 
tener un disgusto. Mira que ese to tiene muy malas tripas...

Antonio le di gracias con efusin y estuvo muy tentado  aceptar la
oferta, porque senta un miedo de primera calidad. Pero se acord de la
cita con Soledad, la hall muy sabrosa y tuvo fuerzas para rehusar. Se
las ech de valiente.

--Si no me quedo es precisamente porque no vayas  figurarte que le
tengo miedo. Cinco dedos tengo en cada mano como l y una buena
herramienta en el bolsillo... Que cuide de asegurarme, porque si no,
esas malas tripas que tiene se las echo todas fuera de una vez.

Goz todava un rato del susto de su querida, que muy acongojada trataba
de persuadirle  que pasase all la noche, y al cabo se despidi.

El que le viese deslizarse solapadamente por las calles, oculto en la
sombra y volviendo  cada instante la cabeza, no pensara ciertamente
que tuviese vivos deseos de andar con los intestinos  nadie.

Bien haba echado de ver su ausencia Velzquez all en la tienda de
Crisanto. No quiso ir tras l, porque estaba seguro de que se haba
marchado de miedo, y con esto quedaba en sosiego su amor propio. Cuando
juzg llegado el momento de acudir  la cita de Mercedes se dispuso 
salir; pero aquellos borrachos le tenan secuestrado. El padre de Pepa,
tomndole de la solapa de la chaqueta, se desahogaba contra el gallego
de su yerno, anunciando con voz cavernosa las mil crueldades que iba 
ejercitar sobre l as que amaneciese Dios. Y cada uno de sus
pronsticos siniestros iba acompaado de las correspondientes preguntas:

--lcali voltil  m? Estoy yo borracho? Hablo cosas formales? He
faltado  alguno? etc.

El viejo _Cardenal_, hombre pacfico si los haba en Cdiz, iba
adquiriendo  la sazn un humor belicoso tambin que le haca muy
molesto. Despus de tomarlas con Gregorio, injurindole y declarando 
gritos que nunca le dejara casar con su hija Isabel, la emprendi con
Velzquez acusndole de traidor.

--Permteme que te lo diga, Velzquez... No eres un hombre regular ni
decente... Con mi hija te has portado peor que un gitano... Yo soy as,
me entiendes?... Digo las cosas  la cara... Al pan pan y al vino
vino... y al que es un falso traidor le digo que es un sinvergenza...
Ea, ya est! Qu hay?...

Colocado en este terreno dramtico, el viejo tendero concluy por
desafiarle.

--T y yo somos dos, me entiendes? No pienses que te tengo miedo...
Aunque viejo, an no se me cae una herramienta de la mano... Sal
conmigo, cobarde! Sal  la calle y vers cmo te corto el cuello!

Velzquez sonriendo procur calmarle; pero cuanto ms pacfico se
mostraba, ms se creca el anciano, hasta el punto de que, temiendo que
se propasara  vas de hecho, el seor Rafael, que era el menos borracho
de todos, hizo sea al guapo de que se fuese. As lo hizo con gusto,
porque los insultos repetidos iban ya alterando sus nervios y tema que
al fin se desbocasen y le impeliesen  poner la mano en el viejo.

Cuando se vi en la calle respir libremente y se dirigi sin vacilar 
casa de Mercedes. La cita amorosa con aquella muchacha iba adquiriendo
en su imaginacin un atractivo que nunca hubiera pensado. Sin embargo,
la despedida de Antonio y Mara-Manuela y las palabras secretas que
entre s cruzaron, haban despertado en su espritu sospechas de que
estaban citados para aquella noche. Ms por curiosidad que porque la
traicin de la rstica morena le llegase al alma, en vez de tomar el
camino directo de las Barquillas, hizo un pequeo rodeo para pasar por
delante de la casa de aqulla. Y hallando casualmente al paso un coche
de los que haban ido  Puerta de Tierra, se meti en l. Al ver 
Antonio pegado  la reja de su querida,  pesar del escaso inters que
sta le inspiraba, no pudo reprimir un movimiento de ira; se abalanz
para ordenar al cochero que parase; pero, sosegndose repentinamente, se
encogi de hombros exclamando:

--Ps! Buen provecho!... Todos los cerdos saben el camino de sus
pocilgas.

Antes de llegar  las Barquillas de Lope se ape y despidi el coche,
encaminndose vivamente hacia la casa de su antigua novia. Pero cuando
ya estaba cerca, de uno de los portales prximos sali un hombre y se le
puso delante.

--Buenas noches, seor Pedro.

El majo, sorprendido y mirando con fruncido rostro al que se le
atravesaba, respondi:

--Buenas noches, Gabino. Qu se ofrece?

--Pues nada... Estaba la noche tan hermosa que no tuve ganas de
acostarme... y andaba dando vueltas esperando el sueo.

--Est bien--repuso mirndole de arriba abajo con ojos recelosos y
severos.--Y an no te ha llegado el sueo?

--No, seor.

--Pues mira, hijo, lo mejor que puedes hacer es irte  la cama, porque
te expones  quedar dormido en mitad del arroyo.

--No tengo yo miedo  eso, porque al fin y al cabo, qu importa la cama
dura si es blando el sueo? Lo nico que me da pena es dejar despiertos
por ah  algunos traidores.

Sinti el guapo un fuerte estremecimiento, pero supo dominarse y exclam
riendo:

--Anda! y eso te pone triste?... Pues hazte guardia civil y pasars
las noches persiguiendo  los ladrones.

--No son ladrones los que yo quisiera perseguir, sino  ciertos sujetos
que hacen el dao sin inters, slo por capricho  por fachenda.

--Pues ve tras ellos y buenas noches, que yo no puedo detenerme--dijo
Velzquez con voz ya levemente alterada, tratando de alejarse.

Pero el mozo se le interpuso nuevamente, diciendo con resolucin:

--Dejmonos de guasa, seor Pedro. Va usted  ver  Mercedes?

--Dejmonos de guasa, Gabino... Te importa algo?

--S que me importa, porque soy su novio.

--Pues hazte cuenta que para m no eres na--dijo Velzquez con acento
agresivo.

--No basta que usted lo diga;  todo el mundo le consta y  usted
tambin. Por consiguiente, no es portarse como hombre regular ni decente
rondar  las mocitas que estn comprometidas.

--Ea, basta ya de rodeos!--exclam el guapo.--Quieres reir,verdad
t?... Pues cuando gustes podemos comenzar.

Y al mismo tiempo llev la mano al bolsillo y sac el cuchillo.

Gabino permaneci quieto y manifest con calma:

--Ya s que no le importa reir, que tiene usted corazn y no ha de
temer  un pobre muchacho como yo... Pero al ponerme delante de usted
bien puede figurarse qu desesperado estar... Quiero  esa mujer ms
que  las nias de mis ojos, y por ella, no digo delante de usted,
delante de un can cargado de metralla me pondra. Lo que temo al reir
no es la muerte, sino que de todos modos la pierdo para siempre... Si yo
le mato, qu gano? Nada, porque me espera la crcel... Se lo juro 
usted por la gloria de mi madre, lo mejor que podra sucederme es que
usted me matase...

La voz se le anud en la garganta al pobre mancebo al proferir las
ltimas palabras. Velzquez qued inmvil y silencioso. Al cabo dijo en
tono resuelto, guardando la navaja:

--Tienes razn... Me gusta esa nia, pero t la mereces ms que yo
porque la quieres mucho ms... S, por desgracia--aadi con voz
temblorosa,--lo que es querer de ese modo, y que poco importa la vida 
la muerte al que tiene ya el corazn hecho pedazos...

Baj la cabeza y permaneci callado unos instantes.

--Choca, querido--dijo alzndola de nuevo y alargndole la mano.--Vete
en paz  hablar con tu novia y que Dios te proteja.

Se estrecharon la mano y el majo se alej precipitadamente.

--Gracias, seor Pedro--murmur Gabino conmovido.

--Oiga!--le grit cuando ya el otro estaba lejos.

Velzquez volvi sobre sus pasos.

--Quisiera pagarle de algn modo el favor que me hace. Si usted tiene
todava algn inters por esa mujer que ha querido, le dir que la he
visto hace poco all en Puerta de Tierra entregar una llave  Antoico,
que debe ser la de su casa... Haga usted ahora lo que mejor le parezca.

El majo se encogi de hombros con afectado desdn.

--Eso es cosa perdida ya. Nada tengo con ella hace tiempo. Puede abrir
la puerta  un toro de Veragua si gusta... De todos modos, gracias por
el aviso, Gabino, y buena suerte.

No era sincero aquel desprecio. La noticia le lleg al alma, porque si
bien conoca las relaciones de su querida con Antonio, tena por cierto
que no haban alcanzado tal grado de madurez. As que vagamente nutra
en su alma la esperanza de poseer de nuevo  Soledad y hacerla su
esposa. Ahora s que la senta perdida enteramente. Sus ilusiones se
desvanecan como el humo.

 paso lento recorri varias calles presa de un abatimiento que le
quitaba las fuerzas. Nadie cruzaba  la sazn y libremente poda
revolcarse en sus pensamientos dolorosos. Mas del tropel de ellos surgi
repentinamente uno que le hizo estremecerse. Qued inmvil un instante
y, recobrando de sbito toda su energa, emprendi su camino de nuevo
con resolucin y  paso vivo. Al pasar por la calle de _Horno Quemado_
vi venir hacia l un hombre que no tard en reconocer. Era el seor
Rafael que se retiraba  su casa. Trat de evitar el saludo pasando  la
acera contraria; pero el viejo, que no estaba tan borracho como supona,
le conoci perfectamente y le chiche.

--Eh! Chis! Velzquez... Atraca, hijo... Dnde va el hombre?

--Pues...  ninguna parte. Estoy tomando el fresco... y pensando en lo
divertido que estar ahora su sobrino.

--No lo creas!... Mi sobrino es un gallego desorejado. No se ha
divertido jams de la vida ni se divertir. Ahora mismo est pensando en
el gasto.

Velzquez sonri y trat de alejarse, pero el viejo le retuvo.

--Ah dej al _Cardenal_ y al suegro de mi sobrino con una _mona_
superior... pero superior!... El Cardenal quera salir con la navaja
abierta en tu busca... Luego la emprendi conmigo y me dijo las mil y
una injurias... pero yo me he redo, sabes?... stos infelices que
viven en familia, en cuanto se apartan de las enaguas de su mujer y lo
prueban, se vuelven locos...

Velzquez estaba impaciente. La charla gozosa del viejo le pareca
insufrible en aquel momento. Pero por ms que haca no lograba
despegarse. Al fin tuvo que decir con acento malhumorado:

--Vaya, djeme usted, seor Rafael, que tengo prisa.

El viejo le mir  la cara sorprendido y, observando su palidez, solt
la carcajada.

--Anda, hijo, anda  la cama en seguida!... No pens que te haca dao
tambin el vino... Ya no queda en Cdiz ms hombre que yo...

Prosigui el majo su camino mientras el to de Frasquito, retorcindose
de risa, intentaba en vano meter la llave en la cerradura de su casa.
As estuvo largo rato hasta que pas el sereno y le dijo sonriendo:

--Pero se Rafael, si est usted engaado! Su casa est tres puertas
ms abajo.

El viejo ech dos pasos atrs y exclam:

--Verdad, amante!... Estoy metiendo la llave en casa de D. Justo el
escribano... Tendra gracia que fuera  sorprenderle en el cuarto de la
criada!... Ji, ji!... Toda la culpa ha tenido ese perdo de
Velzquez... Qu mona llevaba! Superior! pero superior!... Escucha,
Ramn... no digas  nadie que me he equivocado, porque se van  creer
que estaba borracho... Ji, ji!... Borracho el seor Rafael!...
Tendra que ver!... Adis, Ramn... buenas noches... Chito eh?...
Buenas noches... Hasta maana, si Dios quiere...

El sereno, sin dejar caer la sonrisa de los labios, le mir alejarse con
marcha vacilante, abrir la puerta de su casa y desaparecer.

Velzquez, al separarse de l, haba apretado el paso. Cuando lleg 
las inmediaciones de la casa de su amigo Pepe de Chiclana, se detuvo.
Habitaba ste un casern viejo, enorme, del cual formaban parte las
cuadras donde tena los caballos en que traficaba. La puerta exterior,
que cerraba un zagun largo y sucio  modo de tnel, sola permanecer
abierta toda la noche. El majo se ocult en la sombra y espi aquella
puerta. Una duda le agitaba: si Antoico habra llegado ya. Habale
dejado pelando la pava con Mara, pero tema que el tiempo que haba
gastado con el novio de la Mercedes y el que le haba hecho perder el
seor Rafael hubiese bastado para que el traidor dejase  su antigua
querida y viniese  buscar la nueva.

Pronto se desvaneci esta duda al ver doblar la esquina de la calle  un
hombre. A la luz de la luna pudo reconocer  Antonio. Dej que se
aproximara, y cuando ya estaba cerca de la puerta de Pepe, sali de
pronto de la oscuridad y se le plant delante.

--Buenas noches, Antoico.

El amante de la maga di un salto atrs y ech una ansiosa mirada  los
lados, sin duda con intencin de huir. Pero observando la actitud
pacfica de Velzquez y su sonrisa pudo dominarse y exclamar con fingida
cordialidad:

--Adis, gach!... T por aqu?... Lo que menos poda pensar era
tropezarte  estas horas.

--Ni yo  ti.

--Pues, hijo, como hemos bebi mucho ms de lo que era menester y la
noche est para frerse Mara Santsima, andaba dando vueltas por las
calles como un papamoscas y se me ocurri venir  ver si Pepe y Paca
haban salido  la calle  tomar el fresco.

--Pues hazte cuenta que lo mismo me ha ocurrido  m.

Hubo una pausa embarazosa. Antonio no las tena todas consigo y
escrutaba el semblante de su amigo, por ver si descubra en l seales
de guerra. Pero el rostro del guapo expresaba en aquel momento absoluta
tranquilidad, la misma indiferencia desdeosa que lo caracterizaba.

--Y como aqu no vea  nadie con quien rajar un poco, me iba en busca
de la cama.

--Pues hazte cuenta que otro tanto me pasaba  m--repiti Velzquez con
el mismo sosiego.

--Pues vmonos ya.

--Mira... Echaremos antes un cigarro, si te parece.

--Como quieras.

Sac el majo un cigarro puro y luego la navaja para picarlo. El fino
cuchillo de Albacete brill con resplandor siniestro  la luz de la
luna. Antoico se inmut visiblemente.

--Toma--dijo alargndole cortsmente el cigarro.--Pica de l si quieres.

--Muchas gracias--respondi Antonio, rechazndolo.

Velzquez lo mir con sorpresa.

--Es que no tienes cuchillo?

--S tengo... pero no gasto ese tabaco... fumo de cajetilla...--balbuci
torpemente.

--All t!--profiri el majo alzando los hombros.

Y con toda calma se puso  picar, mientras el otro sacaba un pitillo
hecho y lo encenda. Hubo largo silencio. Velzquez pareca absorto en
su tarea. Antonio fumaba nerviosamente, echando grandes bocanadas de
humo.

--Ah!--exclam al fin aqul, llevndose la mano  la frente.--Qu
cabeza la ma! Tena que dar un recado preciso  Sole y ya se me
olvidaba... Me haces el favor de la llave?

--Qu llave?--profiri Antonio con la misma sorpresa que si viese
desplomarse todas las casas de la calle.

--La que llevas en el bolsillo y que Sole te ha dado hace un
rato--manifest Velzquez con naturalidad.

Se puso an ms plido de lo que estaba. En un instante pasaron por su
cerebro veinte respuestas evasivas; pero los ojos del majo estaban
clavados sobre los suyos con una expresin tan resuelta y enconada que
claramente vi el dilema:  soltar la llave  matarse. Opt por lo
primero. Hizo un esfuerzo para reir y exclam en tono jocoso:

--Vaya un chasco!... Pens que eso era ya agua pasada, nio... Si
supiese que esa mujer te tiraba algo no me hubiera acercado  ella...
Porque donde est un amigo verdadero como t toas las mujeres estn de
ms para m... Y si antes hubieras hablado, antes te hubiera dejado el
campo libre... Pero t eres como Dios te cri, guasn y cazurro si los
hay, y no tienes confianza para decirle  un amigo: Hijo, qutate del
medio que me estorbas... Toma, toma la llave, que no tengo vergenza si
vuelvo  hablarte en los jamases de la vida.

Velzquez la tom, se la ech en el bolsillo gravemente y guard
silencio. El otro, viendo que no quera seguirle el humor  inquieto
por su actitud sombra, se apresur  despedirse.

--Vaya, hijo, que pases buena noche... y otra vez no seas tan desaboro
con los amigos que te aprecian.

--Adis--dijo Velzquez secamente.

Permaneci inmvil hasta que Antonio di vuelta  la esquina y en
seguida avanz hasta el portal de Pepe de Chiclana. Se detuvo un
instante escuchando, atraves despus cautelosamente el largo zagun,
sembrado de carretas y coches deteriorados, y lleg  un espacioso
patio. Haba numerosas puertas, la mayora dando acceso  las cuadras.
La vivienda de Pepe ocupaba uno de los frentes. Hacia ella se dirigi,
pero en vez de acercarse  la puerta del centro, se corri hacia uno de
los rincones donde haba otra ms chica. Por all se entraba al cuarto
de la huspeda: lo conoca perfectamente, como conoca toda la casa.
Paca haba dado  su amiga aquella habitacin independiente, nica que
tena bien amueblada.

Puso el odo  la puertecita, permaneciendo en esta posicin largo rato.
Luego sac la llave, la meti con suavidad en la cerradura y abri
lentamente procurando no hacer ruido. Avanz despus por una pequea
antesala, buscando  tientas en la pared otra puerta, hasta que di con
ella y se detuvo. Llam quedo con los nudillos. Nadie contest. Torn 
llamar ms fuerte.

--Quin va?--dijo desde dentro una voz bien conocida.

Velzquez puso los labios sobre la cerradura y respondi en voz de
falsete:

--Abre.

--Quin es?--pregunt Soledad.

--Antonio.

--Aguarda un momentito.

Oy el majo, con el corazn palpitante, el rechinar de una cama y el
ruido de unos pies que se ponen en el suelo. Al instante se abri la
puerta.

--Pasa--dijo Soledad con voz apagada.

Velzquez obedeci.

--Cmo has tardado tanto, hijo!--sigui con acento de mal humor,
mientras cerraba de nuevo la puerta.--Ya no contaba contigo. Te he
estado esperando un rato muy largo y, al fin, viendo que no venas me he
determinado  meterme en la cama... Espera, voy  encender un fsforo.

--No!--dijo Velzquez con la misma voz de falsete.

--Por qu no?

Y sin aguardar respuesta tom la caja de cerillas de su mesa de noche 
hizo brotar la luz. Al volver la cabeza di un grito y se le cay la
cerilla de la mano.

--T! t! t!--repiti con espanto en las tinieblas.

--S!... Yo soy, Sole... Perdname que haya dado este paso!... El
cario que te tengo me ha vuelto loco...

Al mismo tiempo di un paso hacia la joven; pero ella retrocedi y
sacando apresuradamente otro fsforo encendi la buja. Luego se plant
delante de l erguida, altanera, plida, clavndole con furor sus ojos
llameantes. Hubo un momento de silencio. La clera le apretaba la
garganta, no dejando salir las palabras. Al fin exclam con voz
alterada, extendiendo la mano:

--Sal de aqu, canalla!

El majo se estremeci, se puso tambin densamente plido.

--Por tu vida, Soledad, no me repitas esa palabra!... Mira que te
pierdes y me pierdes!

--S! s! canalla! ms que canalla!--profiri la joven trocando el
color blanco de su rostro por otro encendido como la grana.--Qu otro
nombre mereces, charrn, indecente?... Quin comete una accin tan baja
como sta sino t?... S, canalla... Te llamo canalla porque lo eres.

Velzquez se lanz de un salto sobre ella, la agarr por los brazos y la
sacudi convulsivamente, mientras la joven, loca de furor, segua
escupindole  la cara ms que dicindole:

--S, te llamo canalla!... Mtame ahora, cobarde... mata  una mujer...
Eso debes hacer, granuja!...

Velzquez qued lvido, inmvil; sus ojos se clavaron con extraa fijeza
sobre los de la joven, que sostuvo fieramente la mirada. Pero haciendo
un esfuerzo supremo sobre s mismo solt los brazos que tena cogidos,
di un paso atrs y qued de repente tranquilo, profundamente
tranquilo. Hubo un instante de silencio en que ambos se contemplaron con
intensa atencin.

--Basta ya!--dijo al cabo con voz ronca y respiracin anhelante, como
si acabara de hacer una carrera fatigosa.--Has llegado con esa espada
que tienes en la boca al sitio mismo donde te tena guardada... Te
quera ms que he querido  mi madre... Te respetaba ms que  la Virgen
de Grasia... Todo ha terminado... El soplo que acabas de dar ha sido tan
fuerte que ni cenizas quedaron de ese fuego... Me alegro y te doy las
gracias... Escucha, nia, no te he parto el corazn ahora mismo porque
me acuerdo de lo mucho que te he querido... Conque Dios te guarde... Si
te deba algunas, ya te las has cobrado...

Gir sobre los talones y sali con paso firme de la estancia. Al
encontrarse en la calle se detuvo; sac la petaca, volvi  picar un
cigarro, lo encendi y prosigui su camino sosegadamente como un vecino
que sale  respirar el fresco. Era la calma del hombre  quien acaban de
hacer una operacin dolorosa y se encuentra de repente sin fuerzas y sin
dolores, en abatimiento feliz. Recorri varias calles gozando este
sosiego extrao parecido  un letargo. Su pensamiento y su corazn
permanecan quietos.

Reinaba un silencio profundo en aquella ltima hora de la noche. Ni un
transeunte se tropezaba por casualidad en las calles. Slo sus pasos
sonaban sobre la acera y de vez en cuando el silbo agudo del pito de los
serenos.

Como no tena cuenta por dnde andaba, se encontr sin pensar en las
Barquillas de Lope. Al advertirlo se apresur  volverse pensando en
Mercedes. Vaya por Dios! murmur internndose de nuevo en la ciudad.
Esa chiquilla es apaadita y salada y pareca que la iba cobrando
apego... Pero est de Dios que todo me salga mal de algn tiempo  esta
parte! Tiene razn Paca... Ser que me voy haciendo viejo.

De nuevo vag por las calles  paso lento, baando su frente en el
frescor de la noche. Haca ya tiempo que no se sintiera tan tranquilo y
dueo de s mismo. Antes de retirarse  casa quiso dar una vuelta por la
tienda de Crisanto. Al llegar  las inmediaciones, en la calle de San
Francisco, oy voces desentonadas, ruido de disputa. Acercse ms y pudo
percibir el grito bronco del suegro de Frasquito.

--Estoy yo borracho? Hablo cosas formales? He faltado  alguno?...

El sereno pretenda arrestarlos, lo mismo  l que al viejo _Cardenal_,
por escandalosos. El maestro carpintero se defenda gritando como un
energmeno, con lo cual dicho se est que empeoraba la situacin. Di la
vuelta por no mezclarse en disputas de borrachos con la autoridad, lleg
 la muralla y sigui por ella la vuelta de su casa.

La noche tocaba  su fin. El firmamento estrellado se desplegaba difano
y puro anunciando la llegada de la aurora. Brillaban las estrellas
declinantes reflejando su luz en las aguas, que se rizaban al primer
soplo matinal. La luna acababa de hundirse en su seno, dejando todava
en el horizonte una estela luminosa. Ninguna nube flotaba en aquel cielo
de cristal. La brisa agitaba ya sus alas sutiles para despertar  la
sultana.

Velzquez, aunque de espritu rudo, aspir con delicia la gloria de
aquella noche esplendorosa. Sigui distrado por la muralla sin apartar
los ojos del mar, cuyas olas batan  sus pies con dulce, armnico, son.
Algunos minutos despus se hallaba en el Campo del Sur frente  su casa.
Se apoy en el pretil del muro, y qued sumido en profunda meditacin.
Pens en los ltimos reveses de amor que haba experimentado, y un
sentimiento de abandono invadi su corazn. No haba duda, le llegaba la
mala porque se iba haciendo viejo. Se encontr solo, sin padres, sin
hermanos, sin hijos, sin mujer que le quisiera habiendo tenido tantas. Y
por primera vez le acosaron los remordimientos, las lgrimas que haba
hecho verter  algunas infelices.

Cuando al cabo alz la frente, su resolucin estaba tomada. Las sombras
de la noche huan apresuradamente hacia el Oeste. Hermosas tintas
carmeses anunciaban en Oriente que el sol no tardara en alumbrar la
tierra.




XVI

Despedida.


Pocos das despus se supo que Velzquez traspasaba la tienda, y ms
tarde que se embarcaba para Amrica. Prefiri trasladarse en un buque de
vela mandado por cierto amigo suyo que partira el 15 de Setiembre. La
vspera, los compadres de la reunin y algunos ntimos recibieron de l
afectuosa carta de despedida y adjunta una invitacin del capitn del
barco para que, si tenan gusto en ello, viniesen  beber unas caas 
la salud y al viaje feliz de su amigo. Pepe de Chiclana recibi la suya.
En la carta que Velzquez le escriba convidaba tambin expresamente y
con encarecimiento  Soledad,  por hacerle ver que olvidaba sus
injurias,  por mostrar que se hallaba enteramente curado de su pasin.

Qued perpleja la joven cuando le ley la postdata Paca. Instbala sta
para que accediera  aquel ruego tan noblemente expresado. Vacilaba
ella, no tanto por el rencor que an le guardaba, como por considerar
violenta y embarazosa la entrevista. Cuando, cruzando aquella tarde por
la calle de la Amargura, acert  tropezar con Manolo Uceda,  quien
haca das que no vea. Saludla l corts pero gravemente y trat de
seguir su camino, pero ella se le puso delante.

--Qu es de tu vida, Manolo?... Hace un siglo que no te veo!... Por
qu no vienes  casa?--le dijo con la sonrisa en los labios, apretndole
afectuosamente la mano.

Pero despus de haber soltado tales palabras se hizo cargo de su
imprudencia y se puso roja como una cereza.

--Ando bastante ocupado con un asuntillo que me ha encomendado mi
madre... El jueves me voy  Medina.

--Para volver?

--No; probablemente no volver. Desde all nos vamos  Sevilla... He
conseguido que mi madre cediese  vivir all, y me alegro bastante.

Qued seria repentinamente la joven; guard silencio unos momentos y al
cabo dijo con tristeza:

--Todo el mundo se va!... Yo tambin necesito pensar en lirmelas... Ya
sabrs que Velzquez se embarca maana...

--S lo s. Me ha escrito.

--Ah! Te ha convidado  la juerguecilla del barco?... Tambin  m me
convida; pero  la verdad... no s qu hacer. Quisiera que me dieses tu
parecer, porque, hijo mo, te lo digo con todas las veras de mi alma,
eres el nico hombre decente con que he tropezao en la vida y  nadie
pido un consejo con tanta satisfaccin como  ti...

--Muchas gracias--manifest el caballero de Medina sonriendo.--Pero qu
quieres que yo te aconseje? Son asuntos delicados y no me atrevo...

--Pues yo quiero que te atrevas... Ya sabes que entre ese hombre y yo no
hay nada hace tiempo... Ya sabes cmo se ha portado conmigo...

--Pues bien--repuso Uceda, despus de vacilar un poco.-- m me parece
que debes ir...  pesar de todo le has querido: l te ha querido tambin
y probablemente te sigue queriendo... Sera crueldad, por tu parte, el
no decirle adis.

--Est bien, ir aunque me cueste trabajo.

Hubo una pausa. Uceda pregunt al cabo con afectada ligereza:

--Y Antoico?

Turbse Soledad al escuchar la pregunta y exclam con mpetu:

--No me hables de ese charrn!

--Me han dicho que ha vuelto  juntarse con Mara--repuso el caballero
riendo.

--No es por eso, no!... Al contrario... me parece lo nico decente que
ha hecho en su vida, pero...

Iba  contar la bajeza que con ella haba cometido, pero se detuvo 
tiempo. El relato de lo acaecido la perjudicaba ms  ella.

--Le llamo charrn porque lo es. Todo el mundo lo sabe--concluy bajando
la voz.

Qued un momento silenciosa con el rostro fruncido.

--Bueno, hasta maana en el barco... Voy all porque tu me lo
mandas--manifest al fin dndole la mano.

--No; yo probablemente no podr ir.

--Ah! No vas t? Pues entonces hazte cuenta que no voy yo.

--Por qu?

--Porque no quiero.

--Siempre tan testarudilla!--dijo Uceda apretando cariosamente la mano
que tena cogida.--Ir por que no te enfades. Hasta maana.

--No faltes.

--No faltar.

Al da siguiente, entre dos y tres de la tarde, dos lanchas atracadas al
muelle esperaban  los invitados para transportarlos al buque, que se
vea anclado all en medio del puerto. Era una corbeta de regular
tamao, negra, slida, bien arbolada. El capitn, hombre de cuarenta
aos, de mediana estatura y recias espaldas, rostro atezado, barba negra
cerdosa, pesado y macizo como su navo, los esperaba de bruces sobre la
cornisa de la obra muerta. Acompabalo Velzquez. La _Esperanza_, que
as se nominaba la corbeta, iba  la Amrica del Sur por carga de cacao,
llevndola heterognea de algunos productos de la Pennsula.

Los primeros que llegaron fueron Frasquito con su mujer y el seor
Rafael. Inmediatamente la lancha trajo  la familia del _Cardenal_, los
viejos, Mercedes, Isabel y su novio Gregorio,  los cuales se haba
unido Manolo Uceda, que por casualidad llegara al muelle al mismo
tiempo. En la otra lancha acudieron en seguida Mara-Manuela con Antonio
y dos amigos ms de Velzquez. Por ltimo, al cabo de un rato acostaron
al barco Pepe de Chiclana, su mujer y Soledad. En la subida hubo
bastante jarana y no pocos sustos. Las mujeres temblaban de confiarse 
la frgil escala. Con el susto no se guardaban siquiera de mostrar las
piernas  los marineros que se quedaban en la lancha. Los hombres las
embromaban sobre esta despreocupacin as que estaban arriba.

--En el mar estamos como en el paraso terrenal. No existe la
vergenza--deca el capitn.--He conocido  una seora que al averiguar
que el barco haca agua subi  cubierta desnuda y estuvo hablando con
nosotros sin taparse siquiera el pecho con las manos.

Sobre cubierta, debajo de un toldo, vease la mesa bien abastecida de
manjares y botellas. Velzquez fu saludando  sus amigos cordialmente
y les invit  sentarse. Estaba tranquilo y  las frases de sentimiento
que dejaban escapar todos al darle la mano responda con afectada
alegra.

--Dejad que me d un poco el fresco, hijos. Este Cdiz se me vena ya
encima... Veris cmo hago una gran fortuna por all. Cuando menos lo
pensis llegar hecho un potentado, y para daros en cara soy capaz...
soy capaz... hombre, soy capaz de venir con levita!

--No, por Dios!--gritaron los compadres riendo.

Haba saludado  Soledad con no fingida naturalidad y aun la haba
piropeado graciosamente. Y era lo raro que la joven pareca ms turbada
que l. Despus, acercndose  Mercedes, la pregunt familiarmente por
lo bajo:

--Y Gabino? Cmo no viene?

--Gabino?--respondi la salada muchacha haciendo un mohn
desdeoso.--Dale memorias!... Nada tengo ya que partir con l.

Mostrse sorprendido y no quiso creerlo: disimulos de mocitas y nada
ms. Pero la nia insisti con ahinco y formalidad, di pormenores, cit
testigos. Velzquez concluy por llamar  Isabel, que estaba cerca.

--Es verdad lo que me dice tu hermana, que ha regaado con Gabino?

--Y tan verdad!--respondi aqulla con mal humor.--T sabes si mi
hermana ha tenido chabeta alguna vez?

Y se alej murmurando. Velzquez qued serio y pensativo.

Sentronse todos al cabo, y para abrir boca tomaron ostiones y rajas de
salchichn. Destapronse las botellas y el rico dorado vino de Sanlcar
chispe alegremente en las copas. La tarde era dulce y serena. El sol
derramaba sus rayos esplendentes sobre la baha. Las aguas dormidas
rielaban su luz con brillantes reflejos de plata. Los buques anclados en
el puerto cabeceaban blandamente, vindose sobre sus cubiertas algunos
marineros entregados al sueo. Ni de la ciudad ni del mar llegaban ms
que rumores suaves que, al confundirse en el aire, formaban lnguido
suspiro como si la tierra y el Ocano gozasen tranquilos el placer de la
siesta. Una brisa suave, fresca, sin intermitencias, acariciaba la
frente de los convidados. La naturaleza ofreca el amable sosiego, la
armona solemne que slo se observa en los comienzos del otoo.

Los de la fiesta no resultaron alegres. La gente se mostraba lacia,
desanimada, como si todos se hallasen bajo el peso de un disgusto. Y en
realidad, no era grato ver alejarse, quiz para siempre,  un amigo de
toda la vida. El mismo seor Rafael, cuya alegra era inagotable, estaba
menos expansivo. Aprovechando un momento en que Velzquez vino 
ofrecerle una caa, le dijo por lo bajo:

--Pero, vamos  ver, hijo, por qu haces esta locura? Qu te faltaba 
ti en Cdiz? No tienes salud? no tienes dinero?... Qu demonio vas
buscando en esas tierras donde si no le meriendan  uno los salvajes se
lo comen crudo los mosquitos?... Que has tenido algunos disgustillos con
las mujeres, y qu? Es razn para que un mozo valiente y noble de too
su cuerpo se quite del medio? Dnde hay palmito que se pueda comparar
con unas botellas de amontillado, bebidas en compaa de cuatro amigos,
y unas aceitunitas alis?... Me lo dijo hace tiempo un vista de la
aduana que haba estado muchos aos en Puerto-Rico, un to muy
ilustrado, capaz de beberse el golfo de Mjico: Desengate, Rafael,
las mujeres no sirven ms que para enfriar el caldo cuando uno est
acatarrado y no puede sacar los brazos de la cama.

Velzquez alz los hombros y le respondi con el mismo desenfado.

El vino hizo al cabo su tarea. Poco  poco los rostros se fueron
animando y las lenguas se desataron, produciendo un gracioso oleaje de
chistes y agudezas. Quien hizo mayor gasto, como siempre, fu Antoico.
Estaba ms flaco que antes y descolorido; apenas coma. Sus amigos le
embromaban por esta falta de apetito.

--Qu queris, hijos mos?--responda l.--He perdido el estmago.
Cmo no haba de perderlo si esta mujer que aqu veis me ha estado
envenenando ms de tres semanas con una _beba compuesta?_

--Decid que es mentira--salt Mara-Manuela.--No ha sido ms que ocho
das, y lo que le he dado  nadie le hace dao: agua de siete pozos
distintos con un poco de sangre de oreja de gato negro y unas cagarrutas
de rata...

--Mara Santsima del Carmen!--exclam Antonio llevndose la mano al
estmago.--Y yo he bebido eso?... Quitadme esos platos de delante!
Quitadme esas copas! Dejadme reventar en cualquier rincn, como un
triquitraque!

--Ya lo creo que lo has bebo?--exclam la ruda morena con gesto de
triunfo.--Y gracias  ello te tengo ahora chalato y pringoso que no hay
por dnde cogerte, ms humildito y manso que un cordero de Dios...
Porque ah donde ustedes le ven--aadi volvindose  los
circunstantes,--ah donde ustedes le ven tan guasoncillo y soberbio,
ahora es una malva en casa y en cuantito yo doy una voz ya le tengo de
rodillas pidindome que no me enfade. Y too esto  qu se debe? Pues 
la virtud de la beba.

--Sera milagro! Cmo quieres que yo vocee si me has dejado en los
huesos? No me ha quedado aliento ni para pedir los buuelos por la
maana.

Los amigos rean y vertan de vez en cuando una palabrita para que la
disputa se alargase.

Sin embargo, la hora de levar anclas se iba acercando y el capitn se
haba apartado de la mesa y andaba de un lado  otro dando rdenes. Los
marineros comenzaban  moverse ejecutando las maniobras preventivas.

Soledad y Manolo se haban aproximado y charlaban un poco retirados de
los dems. El caballero de Medina la embromaba suponiendo que estaba
triste y que haca esfuerzos por ocultarlo. Al fin y al cabo en aquel
momento crtico el corazn hablaba. No en vano haba estado enamorada
tanto tiempo. La joven se defenda con empeo, negando que estuviese
triste y casi casi que hubiera estado enamorada.

--No se puede llamar amor lo que he sentido por ese hombre... Era una
locura, un antojo por cosas agrias, como solemos tener las mujeres. El
amor debe ser algo ms dulce, ms tranquilo... Era imposible que yo le
quisiera toda la vida. Su genio siempre me ha sido antiptico... Detesto
 los hombres soberbios...

--Es porque t lo eres.

--Quiz--dijo ella con franca resolucin;--pero as es... Por lo dems,
no puedo negarte que me causa pena el verle marchar, sabiendo que es por
mi causa. Si le pasa algo en la travesa...  se enferma...  muere, me
ha de quedar un poco de escozor en el alma. Aunque ya no me inspira
inters, no quisiera hacerle dao... Porque en el fondo no es malo;
sabes? No tiene ms que mucha fantasa en la cabeza. En cuanto se le
quite ser un buen hombre... Francamente, sentira mucho que le
sucediese algo malo... Pobre Velzquez!

--S, pobre Velzquez! Ni supo querer ni supo ser querido--expres
Uceda ponindose serio y dirigiendo sus ojos al horizonte.

Soledad le clav una mirada de sorpresa y admiracin. Y  su sabor, en
silencio, largo rato estuvo contemplando  aquel hombre tan noble, tan
firme, tan sufrido. Un remordimiento punzante le atravesaba el alma.
Sinti deseos de arrojarse de cabeza al mar.

La tripulacin terminaba los preparativos. El capitn prescinda ya
enteramente de los convidados y, diligente y afanoso, recorra el barco
de proa  popa fijando sus ojos escrutadores en el aparejo y cambiando
rpidas palabras con el piloto y contramaestre. Los amigos de Velzquez,
comprendiendo que era llegado el momento de partirse, quedaron otra vez
graves y taciturnos. Un mismo sentimiento de tristeza oprima sus
corazones. Slo Antoico se atrevi  decir alegremente  Paca:

--Vamos  ver, nia, sultanos una copliya de despedida. Hace un siglo
que no te oigo.

La esposa de Pepe de Chiclana respondi mirndole con severidad:

--Hijo mo, cuando un amigo tan apreciado como ste se marcha, nadie que
tenga corazn siente ganas de cantar... ni tampoco de oir cantar.

Y los convidados aprobaron todos con la cabeza las palabras de aquella
profunda mujer.

Sonaron las cinco en el reloj de la cmara. El capitn se acerc 
ellos y les dijo cortsmente:

--Seores, vamos  levar anclas. Siento mucho privarme de tan buena
compaa, pero es preciso...  no ser--aadi sonriendo--que quieran
ustedes venirse al Per conmigo y con este buen mozo.

Nadie respondi. Silenciosamente se fueron acercando uno por uno 
Velzquez y le abrazaron con emocin. l procuraba disimular la que
senta bajo una sonrisa forzada. Vinieron despus las mujeres y le
estrecharon la mano. Buen viaje. Buena suerte. Que Dios te traiga
pronto! Paca le entreg un escapulario de la Virgen del Carmen
rogndole que se lo pusiese. El majo le di las gracias llevndolo  los
labios.

Cuando lleg el turno a Mercedes, Velzquez la retuvo las manos entre
las suyas un momento y le dijo por lo bajo vindola sonreir:

--Qu contenta ests, Mercedes! Te alegras de que me vaya, verdad?

--Ni me alegro ni me entristezco. Pues que nadie te obliga  marchar,
debe de ser un viaje de recreo el que haces--respondi ella sin dejar de
sonreir.

--S, te alegras, lo estoy viendo en tu semblante... Haces bien; yo no
he servido ms que para darte jaqueca. Perdname y que Dios te haga muy
feliz, como deseo.

--Adis!--repuso lacnicamente la joven.

Se estrecharon la mano con fuerza y se apartaron. Pero el rostro de la
nia al hacerlo empalideci, di unos pasos atrs como si estuviese
mareada y se dej caer sobre un cable enrollado; tapse los ojos con las
manos y comenz  sollozar fuertemente.

Quedaron estupefactos todos. Hubo unos momentos de silencio. Varios
acudieron al fin solcitos preguntndole:

--Qu te pasa, Mercedes? Te has puesto mala? Qu te pasa, hija, qu
te pasa?

--Qu le ha de pasar!--exclam su hermana Isabel roja de ira.--Que se
ha cado de tonta!

Y su madre y su prima Pepa se lanzaron al mismo tiempo indignadas y
enfurecidas sobre ella.

--Cmo!... No te da vergenza? Llorar por un hombre que se burla de
ti! Loca! ms que loca! Vaya un paso chistoso!

La joven, sin responder  tales invectivas, segua llorando con el
rostro entre las manos.

Entonces Velzquez avanz hasta colocarse entre ella y las que la
injuriaban, y dijo gravemente con voz temblorosa:

--Si lo que ustedes dicen es cierto, si las lgrimas de esa nia se
vierten por m, slo puedo demostrarles que no he querido burlarme
ofrecindoles casarme maana mismo con ella... Ya s que no la merezco,
pero juro por mi salud que har cuanto pueda por merecerla.

Al oir estas palabras, un grito de jbilo estall en la reunin. Todos
palmoteaban; todos chillaban dirigindose exclamaciones de asombro y de
gozo.

--Tiene gracia! Venir  un duelo y salir un casorio!...-- m me daba
el corazn que los dos se queran...--Y  m!--Y  m!

El seor Rafael, loco de alegra, gritaba:

--Vivan los novios! El da que os casis prometo emborracharme... lo
que no hice en los das de la vida.

Y empujando al mismo tiempo  Velzquez contra Mercedes, aada:

--Anda! Abrzala, cobarde!... Hazte cuenta que no somos nadie!

Pepa y Paca alzaban  su vez  Mercedes y la empujaban hacia su novio.
ste la abraz con efusin.

--Ya no hay viaje, capitn--dijo luego volvindose al de la corbeta.

--La primera vez que me alegro de separarme de ti, Velzquez--repuso
ste estrechndole la mano.

Acometidos de un vrtigo, todos hablaban y nadie se entenda. Mas h
aqu que el prudente Frasquito se acerca  Velzquez y le dice
misteriosamente:

--Oye, chico, pero vas  perder el dinero del pasaje?

El majo suelta una ruidosa carcajada y exclama dndole afectuosas
palmadas en la espalda:

--S que lo pierdo! Quieres aprovecharlo t?

El seor Rafael haba odo la carcajada y se acerc para saber lo que se
trataba. Velzquez le inform riendo. Di el viejo un paso atrs y,
mirando fijamente  su sobrino, se santigu diciendo con gravedad:

--Sobrino, no nos separamos. Yo no deshago la sociedad. Eres el nico
sabio que hay en Cdiz. Djame, por Dios, que cuente este golpe  todo
el mundo para honra de la familia.

--To, no la enredemos ahora que estamos todos alegres!--exclam
Frasquito exasperado.

--No quieres que lo cuente? Est bien: te guardar el secreto. Pero de
aqu en adelante hazte cuenta que no eres mi sobrino... Quiero que seas
mi to!

Velzquez ataj la disputa llevndose  Frasquito. Todos se despidieron
del capitn afectuosamente y de nuevo bajaron la escala, acomodndose
como mejor pudieron en las dos lanchas que los haban trado. Una vez en
ellas, como el da continuase sereno y el mar sosegado,  uno de ellos
se le ocurri acompaar  la corbeta algn trecho. Se acept con
regocijo la idea. El capitn hizo al instante levar anclas y el buque,
arrastrado penosamente por sus dos botes, emprendi una marcha lenta
hasta llegar  paraje abierto donde pudiera desplegar las velas. Las
lanchas le daban escolta.

Reinaba el jbilo en stas, cambindose entre unos y otros mil bromas y
donaires. El blando movimiento de las olas y la fresca caricia de la
brisa excitaban ms su alegra. Velzquez no se haba sentado al lado de
Mercedes. Por un sentimiento de delicadeza prefiri colocarse entre sus
futuros suegros. Cuando el bullicio se hubo calmado un poco, les habl
en voz baja de este modo:

--Un sueo me parece lo que est pasando. Me encuentro sentado entre
ustedes; veo all  Mercedes, con la cual no tardar en casarme, y
apenas puedo creerlo. Dios no ha querido que fuese  morir en tierras
extraas, sino que viva entre mis amigos al lado de una esposa que no
merezco. Despus de Dios  ustedes se lo debo. Quisiera poder
demostrarles mi agradecimiento no con palabras, sino con hechos. Creo
que la mejor manera ser haciendo  su hija feliz y  esto me
comprometo... Aquel Velzquez calavera, mujeriego y pendenciero se
marcha en ese barco para el Per. El que aqu queda es un hombre decente
que sabr mientras viva querer  su esposa y respetarles  ustedes.

El viejo _Cardenal_ aprob con la cabeza las palabras del majo; pero la
madre replic con acento en que se trasluca an la clera:

--No creas que te entrego  mi hija de buena voluntad. Lo hago porque la
conozco y s que si la contrariase se enfermara.  m no se me olvidan
los desaires que la has hecho y si estuviese en su lugar puedes estar
seguro de que no volveras ahora tan satisfecho  Cdiz.

--Silencio, mujer!--interrumpi el padre con energa, y volvindose 
Velzquez aadi gravemente:--Las mujeres perdonan mejor los agravios
que las hacen que los que hacen  sus hijos. Eres hombre de juicio y
sabrs disimular el resentimiento de una madre. Yo te doy mi palabra de
que haciendo feliz  Mercedes no tardar en desaparecer.

Llegaron al fin  la mar libre. La _Esperanza_ iz algunas velas y su
tripulacin dej los botes para subir  bordo. Los remeros de las
lanchas recibieron orden de mantenerse quietos. Todos se despidieron con
mucha gritera del capitn  inmediatamente pusieron proa  la ciudad.

El sol iba  ocultarse. El firmamento azul se tea de prpura en
Occidente con viva incandescencia que ascenda hasta el zenit,
fundindose gradualmente en tintas de grana y oro hasta perderse en
suave y maravilloso rosicler. El vasto Ocano llameaba recibiendo en su
seno con misterioso temblor el disco del sol, grande, rojo,
resplandeciente. Todos se alegran contemplando este sublime espectculo.
La fresca brisa de la tarde baa su rostro. Vuelven los ojos  tierra y
su gozo aumenta viendo  Cdiz surgir de las aguas con su ceidor de
espumas, con su crestera que los rayos del sol doran como la corona
gigantesca del dios de los mares.

En aquel momento, Soledad pregunt  Uceda en voz baja:

--Sigues en tu idea de marcharte  Sevilla?

--S.

--Yo tambin me voy.

--A qu?--dijo el caballero fingiendo sorpresa.

--No lo s--replic la joven pugnando por no llorar.

Guardaron silencio unos instantes. Uceda la dijo al fin con sonrisa
benvola tomndole una mano:

--Escucha, Soledad. Ves ese hermoso sol que va  desaparecer? T sabes
que maana volver  lucir en el cielo tan hermoso como hoy. As saba
yo que tu amor volvera. Porque en este mundo el amor engendra al amor,
pero el capricho slo engendra al hasto.  pesar de tus locuras te he
seguido queriendo porque adivinaba en ti un espritu infantil  quien no
se puede exigir la responsabilidad de sus actos y tambin porque
respetaba en m el primer amor que t habas logrado inspirar. Aun hoy
te quiero con toda mi alma, pero...

--S, ya s que no puedo ser tu esposa. Ser tu criada... tu
esclava--interrumpi Soledad con mpetu.

--Silencio! Para el hombre de corazn nada hay ms imposible que la
maldad. Una voz interior me dice que he nacido para protegerte, para
salvarte de la infamia. Confame tu suerte. Ignoro lo que sers con el
tiempo para m, pero puedes estar segura de que nada har que pueda
rebajarte. Sin tregua ni descanso trabajar desde hoy por elevarte, por
dignificarte, para sacar de ti el ser inocente y noble que mi cario me
ha dicho siempre que existe.

As habl el caballero de Medina. La joven escucha estas palabras con
alegra y sus bellos ojos se nublan de lgrimas.

Las lanchas bogaban apresuradamente hacia el puerto envueltas en rojizos
resplandores. La _Esperanza_ izaba  lo lejos todas sus velas que se
hinchaban al soplo de la brisa. Su casco negro, robusto, se inclinaba
suavemente para hender el cristal de las aguas. El capitn, desde lo
alto del puente, saludaba todava con su gorra blanca.




NDICE



                            Pginas

PRLOGO                           v

I.--El viajero                    1

II.--Los majos                   13

III.--Soledad                    35

IV.--Velzquez.                  51

V.--Celos                        61

VI.--Disputa                     81

VII.--El columpio                93

VIII.--Crisis                   121

IX.--El Carnaval                133

X.--Rebelin                    161

XI.--Sumisin                   171

XII.--La maga                   181

XIII.--Antoico                 197

XIV.--La boda de Pepa           213

XV.--Noche gaditana             241

XVI.--Despedida                 267





End of Project Gutenberg's Los majos de Cdiz, by Armando Palacio Valds

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


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