The Project Gutenberg EBook of Sonata de primavera, by Ramn del Valle-Incln

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org


Title: Sonata de primavera
       memorias del marqus de Bradomn

Author: Ramn del Valle-Incln

Release Date: March 30, 2013 [EBook #42440]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SONATA DE PRIMAVERA ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)







                    COSTE DIECISEIS-REALES DE VELLON

              PERLADO, PAEZ Y COMPAA, EDITORES.--MADRID




                              OPERA OMNIA

                                 SONATA
                                   DE
                               PRIMAVERA

                              MEMORIAS DEL
                                MARQVES
                              DE BRADOMIN

                                 VOL V




                          SONATA DE PRIMAVERA

                          MEMORIAS DEL MARQVES

                              DE BRADOMIN

                              LAS PVBLICA

                       DON RAMON DEL VALLE-INCLAN

                              OPERA OMNIA

                                 VOL V




                              DEDICATORIA


_NO hace todava tres aos viva yo escribiendo novelas
por entregas, que firmaba orgulloso, no s si por desdn si por
despecho. Me complaca dolorosamente la oscuridad de mi nombre y el
olvido en que todos me tenan. Hubiera querido entonces que los libros
estuviesen escritos en letra lombarda, como las antiguas ejecutorias, y
que slo algunos iniciados pudiesen leerlas. Esta quimera ha sido para
m como un talismn. Ella me ha guardado de las competencias mezquinas,
y por ella no he sentido las crueldades de una vida toda de dolor. Solo,
altivo y pobre he llegado  la literatura sin enviar mis libros  esos
que llaman crticos, y sin sentarme una sola vez en el corro donde 
diario alientan sus vanidades las hembras y los eunucos del Arte. De
alguien, sin embargo, he recibido proteccin tan generosa y noble,
que sin ella nunca hubiera escrito las MEMORIAS DEL MARQUS DE
BRADOMN. Tal proteccin, nica en mi vida, fu de un gran literato
y de un gran corazn: He nombrado  Don Jos Ortega Munilla.

Hoy quiero ofrecerle este libro con aquel ingenuo y amoroso respeto que,
cuando yo era nio, ofrecan los pastores de los casales amigos el ms
blanco de sus corderos en la casa de mi padre.

V.-I.

Real Sitio de Aranjuez.--Mayo de 1904._




                                 SONETO




           SONETO AUTUMNAL PARA EL SEOR MARQUS DE BRADOMN


                        MARQVS (COMO EL DIVINO
                          LO ERES) TE SALUDO!

    _Es el Otoo y vengo de un Versalles doliente,
    Haca mucho fro y erraba vulgar gente,
    El chorro de agua de Verlaine, estaba mudo.
    Me qued pensativo ante un mrmol desnudo,
    Cuando vi una paloma que cruz de repente,
    Y por caso de cerebracin inconsciente,
    Pens en ti. Toda exgesis en este caso eludo.
    Versalles melanclico, una paloma, un lindo
    Mrmol, un vulgo errante municipal y espeso,
    Anteriores lecturas de tus sutiles prosas,
    La reciente impresin de tus triunfos... Prescindo
    De ms detalles, para explicarte por eso
    Como autumnal te envo este ramo de rosas._

                                    RUBN DARO

[imagen: MI SANGRE SE DERRAMA POR LA CAZA QUE CAZO].

[imagen: MEMORIAS DEL MARQVS DE BRADOMN]


_NOTA_

_Estas pginas son un fragmento de las Memorias Amables, que ya muy
viejo empez  escribir en la emigracin el Marqus de Bradomn. Un Don
Juan admirable. El ms admirable tal vez!..._

_Era feo, catlico y sentimental._




                    MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN

ANOCHECA cuando la silla de posta traspuso la Puerta
Salaria y comenzamos  cruzar la campia llena de misterio y de rumores
lejanos. Era la campia clsica de las vides y de los olivos, con sus
acueductos ruinosos, y sus colinas que tienen la graciosa ondulacin de
los senos femeninos. La silla de posta caminaba por una vieja calzada:
Las mulas del tiro sacudan pesadamente las colleras, y el golpe alegre
y desigual de los cascabeles despertaba un eco en los floridos olivares.
Antiguos sepulcros orillaban el camino y mustios cipreses dejaban caer
sobre ellos su sombra venerable.

La silla de posta segua siempre la vieja calzada, y mis ojos fatigados
de mirar en la noche, se cerraban con sueo. Al fin quedme dormido, y
no despert hasta cerca del amanecer, cuando la luna, ya muy plida, se
desvaneca en el cielo. Poco despus, todava entumecido por la quietud
y el fro de la noche, comenc  oir el canto de madrugueros gallos, y
el murmullo bullente de un arroyo que pareca despertarse con el sol. A
lo lejos, almenados muros se destacaban negros y sombros sobre celajes
de fro azul. Era la vieja, la noble, la piadosa ciudad de Ligura.

Entramos por la Puerta Lorencina. La silla de posta caminaba lentamente,
y el cascabeleo de las mulas hallaba un eco burln, casi sacrlego, en
las calles desiertas donde creca la yerba. Tres viejas, que parecan
tres sombras, esperaban acurrucadas  la puerta de una iglesia todava
cerrada, pero otras campanas distantes ya tocaban  la misa de alba. La
silla de posta segua una calle de huertos, de caserones y de conventos,
una calle antigua, enlosada y resonante. Bajo los aleros sombros
revoloteaban los gorriones, y en el fondo de la calle el farol de una
hornacina agonizaba. El tardo paso de las mulas me dej vislumbrar una
Madona: Sostena al Nio en el regazo, y el Nio, riente y desnudo,
tenda los brazos para alcanzar un pez que los dedos virginales de la
madre le mostraban en alto, como en un juego cndido y celeste. La
silla de posta se detuvo. Estbamos  las puertas del Colegio Clementino.

Ocurra esto en los felices tiempos del Papa-Rey, y el Colegio
Clementino conservaba todas sus premticas, sus fueros y sus rentas.
Todava era retiro de ilustres varones, todava se le llamaba noble
archivo de las ciencias. El rectorado ejercalo desde haca muchos aos
un ilustre prelado: Monseor Estefano Gaetani, obispo de Betulia, de la
familia de los Prncipes Gaetani. Para aquel varn, lleno de evanglicas
virtudes y de ciencia teolgica, llevaba yo el capelo cardenalicio. Su
Santidad haba querido honrar mis juveniles aos, eligindome entre sus
guardias nobles, para tan alta misin. Yo soy Bibiena di Rienzo, por la
lnea de mi abuela paterna. Julia Aldegrina, hija del Prncipe Mximo
de Bibiena, que muri en 1770, envenenado por la famosa comedianta
Simoneta la Corticelli, que tiene un largo captulo en las Memorias del
Caballero de Sentgal.

[imagen decorative no disponible]


DOS BEDELES con sotana y birreta pasebanse en el
claustro. Eran viejos y ceremoniosos. Al verme entrar corrieron  mi
encuentro:

--Una gran desgracia, Excelencia! Una gran desgracia!

Me detuve, mirndoles alternativamente:

--Qu ocurre?

Los dos bedeles suspiraron. Uno de ellos comenz:

--Nuestro sabio rector...

Y el otro, lloroso y doctoral, rectific:

--Nuestro amantsimo padre, Excelencia!... Nuestro amantsimo padre,
nuestro maestro, nuestro gua, est en trance de muerte. Ayer sufri un
accidente hallndose en casa de su hermana...

Y aqu el otro bedel, que callaba enjugndose los ojos, rectific  su
vez:

--La Seora Princesa Gaetani. Una dama espaola que estuvo casada con el
hermano mayor de Su Ilustrsima. El Prncipe Filipo Gaetani. An no hace
el ao que falleci en una cacera. Otra gran desgracia, Excelencia!

Yo interrump un poco impaciente:

--Monseor ha sido trasladado al Colegio?

--No lo ha consentido la Seora Princesa. Ya os digo que est en trance
de muerte.

Inclinme con solemne pesadumbre:

--Acatemos la voluntad de Dios!

Los dos bedeles se santiguaron devotamente. All en el fondo del
claustro resonaba un campanilleo argentino, grave, litrgico. Era
el vitico para Monseor, y los bedeles se quitaron las birretas.
Poco despus, bajo los arcos, comenzaron  desfilar los colegiales:
Humanistas y telogos, doctores y bachilleres formaban larga procesin.
Salan por un arco divididos en dos hileras, y rezaban con sordo rumor.
Sus manos cruzadas sobre el pecho, opriman las birretas, mientras las
flotantes becas barran las losas. Yo hinqu una rodilla en tierra y
los mir pasar. Bachilleres y doctores tambin me miraban. Mi manto de
guardia noble pregonaba quin era yo, y ellos lo comentaban en voz baja.
Cuando pasaron todos, me levant y segu detrs.

La campanilla del vitico ya resonaba en el confn de la calle. De
tiempo en tiempo algn viejo devoto sala de su casa con un farol
encendido, y haciendo la seal de la cruz se incorporaba al cortejo.
Nos detuvimos en una plaza solitaria, frente  un palacio que tena
todas las ventanas iluminadas. Lentamente el cortejo penetr en el ancho
zagun. Bajo la bveda, el rumor de los rezos se hizo ms grave, y el
argentino son de la campanilla revoloteaba glorioso sobre las voces
apagadas y contritas.

Subimos la seorial escalera. Hallbanse francas todas las puertas,
y viejos criados con hachas de cera nos guiaron  travs de los
salones desiertos. La cmara donde agoniza Monseor Estefano Gaetani
estaba sumida en religiosa oscuridad. El noble prelado yaca sobre un
lecho antiguo con dosel de seda. Tena cerrados los ojos: Su cabeza
desapareca en el hoyo de las almohadas, y su corvo perfil de patricio
romano destacbase en la penumbra, inmvil, blanco, sepulcral, como el
perfil de las estatuas yacentes. En el fondo de la estancia, donde haba
un altar, rezaban arrodilladas la Princesa y sus cinco hijas.

La Princesa Gaetani era una dama todava hermosa, blanca y rubia: Tena
la boca muy roja, las manos como de nieve, dorados los ojos y dorado
el cabello. Al verme clav en m una larga mirada y sonri con amable
tristeza. Yo me inclin y volv  contemplarla. Aquella Princesa Gaetani
me recordaba el retrato de Mara de Mdicis, pintado cuando sus bodas
con el Rey de Francia, por Pedro Pablo Rubens.

[imagen decorativa no disponible]


MONSEOR apenas pudo entreabrir los ojos y alzarse sobre
las almohadas cuando el sacerdote que llevaba el vitico se acerc 
su lecho: Recibida la comunin, su cabeza volvi  caer desfallecida,
mientras sus labios balbuceaban una oracin latina, fervorosos y torpes.
El cortejo comenz  retirarse en silencio: Yo tambin sal de la
alcoba. Al cruzar la antecmara, acercse  m un familiar de Monseor:

--Vos, sin duda, sois el enviado de Su Santidad?...

--As es: Soy el Marqus de Bradomn.

--La Princesa acaba de decrmelo...

--La Princesa me conoce?

--Ha conocido  vuestros padres.

--Cundo podr ofrecerle mis respetos?

--La Princesa desea hablaros ahora mismo.

Nos apartamos para seguir la pltica en el hueco de una ventana. Cuando
desfilaron los ltimos colegiales y qued desierta la antecmara, mir
instintivamente hacia la puerta de la alcoba, y vi  la Princesa que
sala rodeada de sus hijas, enjugndose los ojos con un pauelo de
encajes. Me acerqu y le bes la mano. Ella murmur dbilmente:

--En qu triste ocasin vuelvo  verte, hijo mo!

La voz de la Princesa Gaetani despertaba en mi alma un mundo de
recuerdos lejanos que tenan esa vaguedad risuea y feliz de los
recuerdos infantiles. La Princesa continu:

--Qu sabes de tu madre? De nio te parecas mucho  ella, ahora no...
Cuntas veces te tuve en mi regazo! No te acuerdas de m?

Yo murmur indeciso:

--Me acuerdo de la voz...

Y call evocando el pasado. La Princesa Gaetani me contemplaba
sonriendo, y de pronto, en el dorado misterio de sus ojos, yo adivin
quin era.  mi vez sonre: Ella entonces me dijo:

--Ya te acuerdas?

--S...

--Quin soy?

Volv  besar su mano, y luego respond:

--La hija del Marqus de Agar...

Sonri tristemente recordando su juventud, y me present  sus hijas:

--Mara del Rosario, Mara del Carmen, Mara del Pilar, Mara de la
Soledad, Mara de las Nieves... Las cinco son Maras.

Con una sola y profunda reverencia las salude  todas. La mayor, Mara
del Rosario, era una mujer de veinte aos, y la ms pequea, Mara de
las Nieves, una nia de cinco. Todas me parecieron bellas y gentiles.
Mara del Rosario era plida, con los ojos negros, llenos de luz
ardiente y lnguida. Las otras, en todo semejantes  su madre, tenan
dorados los ojos y el cabello. La Princesa tom asiento en un ancho
sof de damasco carmes, y empez  hablarme en voz baja. Sus hijas se
retiraron en silencio, despidindose de m con una sonrisa, que era  la
vez tmida y amable. Mara del Rosario sali la ltima. Creo que adems
de sus labios me sonrieron sus ojos, pero han pasado tantos aos, que
no puedo asegurarlo. Lo que recuerdo todava es que vindola alejarse,
sent que una nube de vaga tristeza me cubra el alma. La Princesa
se qued un momento con la mirada fija en la puerta por donde haban
desaparecido sus hijas, y luego, con aquella sonrisa de dama amable y
devota, me dijo:

--Ya las conoces!

Yo me inclin:

--Son tan bellas como su madre!

--Son muy buenas y eso vale ms.

Yo guard silencio, porque siempre he credo que la bondad de las
mujeres es todava ms efmera que su hermosura. Aquella pobre seora
crea lo contrario, y continu:

--Mara Rosario entrar en un convento dentro de pocos das. Dios la
haga llegar  ser otra Beata Francisca Gaetani!

Yo murmur con solemnidad:

--Es una separacin tan cruel como la muerte!

La Princesa me interrumpi vivamente:

--Sin duda que es un dolor muy grande, pero tambin es un consuelo saber
que las tentaciones y los riesgos del mundo no existen para ese ser
querido. Si todas mis hijas entrasen en un convento, yo las seguira
feliz... Desgraciadamente no son todas como Mara Rosario!

Call, suspirando con la mirada abstrada, y en el fondo dorado de sus
ojos yo cre ver la llama de un fanatismo trgico y sombro. En aquel
momento, uno de los familiares que velaban  Monseor Gaetani asomse
 la puerta de la alcoba, y all estuvo sin hacer ruido, dudoso de
turbar nuestro silencio, hasta que la Princesa se dign interrogarle,
suspirando entre desdeosa y afable:

--Qu ocurre, Don Antonino?

Don Antonino sonri con beatitud:

--Ocurre, Excelencia, que Monseor desea hablar al enviado de Su
Santidad.

--Sabe que est aqu?

--Lo sabe, s, Excelencia. Le ha visto cuando recibi la Santa Uncin.
Aun cuando pudiera parecer lo contrario, Monseor no ha perdido el
conocimiento un solo instante.

 todo esto yo me haba puesto en pie. La Princesa me alarg su mano,
que todava en aquel trance supe besar con ms galantera que respeto, y
entr en la cmara donde agonizaba Monseor.

[imagen decorative no disponible]


EL NOBLE prelado fij en m los ojos moribundos y quiso
bendecirme, pero su mano cay desfallecida  lo largo del cuerpo, al
mismo tiempo que una lgrima le resbalaba lenta y angustiosa por la
mejilla. En el silencio de la cmara, slo el resuello de su respiracin
se escuchaba. Al cabo de un momento pudo decir con afanoso balbuceo:

--Seor Capitn, quiero que llevis el testimonio de mi gratitud al
Santo Padre...

Call, y estuvo largo espacio con los ojos cerrados. Sus labios secos
y azulencos, parecan agitados por el temblor de un rezo. Al abrir de
nuevo los ojos, continu:

--Mis horas estn contadas. Los honores, las grandezas, las jerarquas,
todo cuanto ambicion durante mi vida, en este momento se esparce
como vana ceniza ante mis ojos de moribundo. Dios Nuestro Seor no me
abandona, y me muestra la aspereza y desnudez de todas las cosas...
Me cercan las sombras de la Eternidad, pero mi alma se ilumina
interiormente con las claridades divinas de la Gracia...

Otra vez tuvo que interrumpirse, y falto de fuerzas cerr los ojos.
Uno de los familiares acercse y le enjug la frente sudorosa con un
pauelo de fina batista. Despus, dirigindose  m, murmur en voz baja:

--Seor Capitn, procurad que no hable.

Yo asent con un gesto. Monseor abri los ojos, y nos mir  los dos.
Un murmullo apagado sali de sus labios: Me inclin para oirle, pero
no pude entender lo que deca. El familiar me apart suavemente, y
doblndose  su vez sobre el pecho del moribundo, pronunci con amable
imperio:

--Ahora es preciso que descanse Su Ilustrsima! No hablis...

El prelado hizo un gesto doloroso. El familiar volvi  pasarle el
pauelo por la frente, y al mismo tiempo, sus ojos sagaces de clrigo
italiano, me indicaban que no deba continuar all. Como ello era
tambin mi deseo, le hice una cortesa y me alej. El familiar ocupo
un silln que haba cercano  la cabecera, y recogiendo suavemente los
hbitos, se dispuso  meditar,  acaso  dormir, pero en aquel momento
advirti Monseor que yo me retiraba, y alzndose con supremo esfuerzo,
me llam:

--No te vayas, hijo mo! Quiero que lleves mi confesin al Santo Padre.

Esper  que nuevamente me acercase, y con los ojos fijos en el cndido
altar que haba en un extremo de la cmara, comenz:

--Dios mo, que me sirva de penitencia el dolor de mi culpa y la
vergenza que me causa confesarla!

Los ojos del prelado estaban llenos de lgrimas. Era afanosa y ronca
su voz. Los familiares se congregaban en torno del lecho. Sus frentes
inclinbanse al suelo: Todos aparentaban una gran pesadumbre, y
parecan de antemano edificados por aquella confesin que intentaba
hacer ante ellos el moribundo obispo de Betulia. Yo me arrodill. El
prelado rezaba en silencio, con los ojos puestos en el crucifijo que
haba en el altar. Por sus mejillas descarnadas las lgrimas corran
hilo  hilo. Al cabo de un momento, comenz:

--Naci mi culpa cuando recib las primeras cartas donde mi amigo,
Monseor Ferrati, me anunciaba el designio que de otorgarme el capelo
tena Su Santidad. Cun flaca es nuestra humana naturaleza, y cun
frgil el barro de que somos hechos! Cre que mi estirpe de Prncipes
vala ms que la ciencia y que la virtud de otros varones: Naci en mi
alma el orgullo, el ms fatal de los consejeros humanos, y pens que
algn da serame dado regir  la Cristiandad. Pontfices y Santos
hubo en mi casa, y juzgu que poda ser como ellos. De esta suerte nos
ciega Satans! Sentame viejo y esper que la muerte allanase mi camino.
Dios Nuestro Seor no quiso que llegase  vestir la sagrada prpura, y,
sin embargo, cuando llegaron inciertas y alarmantes noticias, yo tem
que hiciese naufragar mis esperanzas la muerte que todos teman de Su
Santidad... Dios mo, he profanado tu altar rogndote que reservases
aquella vida preciosa porque, segada en ms lejanos das, pudiera serme
propicia su muerte! Dios mo, cegado por el Demonio, hasta hoy no he
tenido conciencia de mi culpa! Seor, t que lees en el fondo de las
almas, t que conoces mi pecado y mi arrepentimiento, devulveme tu
Gracia!

Call, y un largo estremecimiento de agona recorri su cuerpo. Haba
hablado con apagada voz, impregnada de apacible y sereno desconsuelo. La
huella de sus ojeras se difundi por la mejilla, y sus ojos, cada vez
ms hundidos en las cuencas, se nublaron con una sombra de muerte. Luego
qued estirado, rgido, indiferente, la cabeza torcida, entreabierta
la boca por la respiracin, el pecho agitado. Todos permanecimos de
rodillas, irresolutos, sin osar llamarle ni movernos, por no turbar
aquel reposo que nos causaba horror. All abajo exhalaba su perpetuo
sollozo la fuente que haba en medio de la plaza, y se oan las voces
de unas nias que jugaban  la rueda: Cantaban una antigua letra de
cadencia lnguida y nostlgica. Un rayo de sol, abrileo y matinal,
brillaba en los vasos sagrados del altar, y los familiares rezaban en
voz baja, edificados por aquellos devotos escrpulos que torturaban el
alma cndida del prelado... Yo, pecador de m, empezaba  dormirme, que
haba corrido toda la noche en silla de posta, y cansa cuando es larga
una jornada.


AL SALIR de la cmara donde agonizaba Monseor Gaetani,
hallme con un viejo mayordomo que me esperaba en la puerta.

--Excelencia, m Seora la Princesa, me enva para que os muestre
vuestras habitaciones.

Yo apenas pude reprimir un estremecimiento. En aquel instante, no s
decir qu vago aroma primaveral traa  mi alma el recuerdo de las cinco
hijas de la Princesa. Mucho me alegraba la idea de vivir en el Palacio
Gaetani, y, sin embargo, tuve valor para negarme:

--Decid  vuestra Seora la Princesa Gaetani, que me hospedo en el
Colegio Clementino.

El mayordomo pareci consternado:

--Excelencia, creedme que la causis una gran contrariedad. En fin, si
os negis, tengo orden de llevarle recado. Os dignaris esperar algunos
momentos. Est terminando de or misa.

Yo hice un gesto de resignacin:

--No le digis nada. Dios me perdonar si prefiero este Palacio, con sus
cinco doncellas encantadas,  los graves telogos del Colegio Clementino.

El mayordomo me mir con asombro, como si dudase de mi juicio.
Despus mostr deseos de hablarme, pero tras algunas vacilaciones,
termin indicndome el camino, acompaando la accin tan slo con una
sonrisa. Yo le segu. Era un viejo rasurado, vestido con largo levitn
eclesistico que casi le rozaba los zapatos, ornados con hebillas de
plata. Se llamaba Polonio, andaba en la punta de los pies, sin hacer
ruido, y  cada momento se volva para hablarme en voz baja y llena de
misterio:

--Pocas esperanzas hay de que Monseor reserve la vida...

Y despus de algunos pasos:

--Yo tengo ofrecida una novena  la Santa Madona.

Y un poco ms all, mientras levantaba una cortina:

--No estaba obligado  menos. Monseor me haba prometido llevarme 
Roma.

Y volviendo  continuar la marcha:

--No lo quiso Dios!... No lo quiso Dios!...

De esta suerte atravesamos la antecmara, y un saln casi oscuro y
una biblioteca desierta. All el mayordomo se detuvo, palpndose las
faltriqueras de su calzn, ante una puerta cerrada:

--Vlgame Dios!... He perdido mis llaves...

Todava continu registrndose: Al cabo di con ellas, abri y apartse
dejndome paso:

--La Seora Princesa desea que dispongis del saln, de la biblioteca y
de esta cmara.

Yo entr. Aquella estancia me pareci en todo semejante  la cmara
en que agonizaba Monseor Gaetani. Tambin era honda y silenciosa, con
antiguos cortinajes de damasco carmes. Arroj sobre un silln mi manto
de guardia noble, y me volv mirando los cuadros que colgaban de los
muros. Eran antiguos lienzos de la escuela florentina, que representaban
escenas bblicas:--Moiss salvado de las aguas, Susana y los ancianos,
Judith con la cabeza de Holofernes.--Para que pudiese verlos mejor, el
mayordomo corri de un lado al otro levantando todos los cortinajes de
las ventanas. Despus me dej contemplarlos en silencio: Andaba detrs
de m como una sombra, sin dejar caer de los labios la sonrisa, una
vaga sonrisa doctoral. Cuando juzg que los haba mirado  todo sabor y
talante, acercse en la punta de los pies y dej or su voz cascada,
ms amable y misteriosa que nunca:

--Qu os parece? Son todos de la misma mano... Y qu mano!...

Yo le interrump:

--Sin duda, Andrea del Sarto?

El Seor Polonio adquiri un continente grave, casi solemne:

--Atribudos  Rafael.

Me volv  dirigirles una nueva ojeada, y el Seor Polonio continu:

--Reparad que tan slo digo atribudos. En mi humilde parecer valen ms
que si fuesen de Rafael... Yo los creo del Divino!

--Quin es el Divino?

El mayordomo abri los brazos definitivamente consternado:

--Y vos me lo preguntis, Excelencia? Quin puede ser sino Leonardo
de Vinci!...

Y guard silencio, contemplndome con verdadera lstima. Yo apenas
disimul una sonrisa burlona: el Seor Polonio aparent no verla, y,
sagaz como un cardenal romano, comenz  adularme:

--Hasta hoy no haba dudado... Ahora os confieso que dudo. Excelencia,
acaso tengis razn. Andrea del Sarto pint mucho en el taller de
Leonardo, y sus cuadros de esa poca se parecen tanto, que ms de una
vez han sido confundidos... En el mismo Vaticano hay un ejemplo: La
Madona de la Rosa. Unos la juzgan del Vinci y otros del Sarto. Yo la
creo del marido de doa Lucrecia del Fede, pero tocada por el Divino. Ya
sabis que era cosa frecuente entre maestros y discpulos.

Yo le escuchaba con un gesto de fatiga. El Seor Polonio, al terminar
su oracin, me hizo una profunda reverencia, y corri con los brazos en
alto, de una en otra ventana, soltando los cortinajes. La cmara qued
en una media luz, propicia para el sueo. El Seor Polonio se despidi
en voz baja, como si estuviese en una capilla, y sali sin ruido,
cerrando tras s la puerta... Era tanta mi fatiga, que dorm hasta la
cada de la tarde. Me despert soando con Mara Rosario.

[imagen decorative no disponible]


LA BIBLIOTECA tena tres puertas que daban sobre una
terraza de mrmol. En el jardn las fuentes repetan el comentario
voluptuoso que parecen hacer  todos los pensamientos de amor, sus voces
eternas y juveniles. Al inclinarme sobre la balaustrada, yo sent que
el hlito de la Primavera me suba al rostro. Aquel viejo jardn de
mirtos y de laureles mostrbase bajo el sol poniente lleno de gracia
gentlica. En el fondo, caminando por los tortuosos senderos de un
laberinto, las cinco hermanas se aparecan con las faldas llenas de
rosas, como en una fbula antigua. A lo lejos, surcado por numerosas
velas latinas que parecan de mbar, extendase el Mar Tirreno. Sobre la
playa de dorada arena moran mansas las olas, y el son de los caracoles,
con que anunciaban los pescadores su arribada  la playa, y el ronco
canto del mar, parecan acordarse con la fragancia de aquel jardn
antiguo donde las cinco hermanas se contaban sus sueos juveniles  la
sombra de los rosceos laureles.

Se haban sentado en un gran banco de piedra  componer sus ramos. Sobre
el hombro de Mara Rosario estaba posada una paloma, y en aquel cndido
suceso yo hall la gracia y el misterio de una alegora. Tocaban 
fiesta unas campanas de aldea, y la iglesia se perfilaba  lo lejos, en
lo alto de una colina verde, rodeada de cipreses. Sala la procesin,
que anduvo alrededor de la iglesia, y distinguanse las imgenes en
sus andas, con los mantos bordados que brillaban al sol, y los rojos
pendones parroquiales que iban delante, flameando victoriosos como
triunfos litrgicos. Las cinco hermanas se arrodillaron sobre la yerba,
y juntaron las manos llenas de rosas.

Los mirlos cantaban en las ramas, y sus cantos se respondan
encadenndose en un ritmo remoto, como las olas del mar. Las cinco
hermanas haban vuelto  sentarse: Tejan sus ramos en silencio, y entre
la prpura de las rosas revoloteaban como albas palomas sus manos, y los
rayos del sol que pasaban  travs del follaje, temblaban en ellas como
msticos haces encendidos. Los tritones y las sirenas de las fuentes
borboteaban su risa quimrica, y las aguas de plata corran con juvenil
murmullo por las barbas limosas de los viejos monstruos marinos, que se
inclinaban para besar  las sirenas, presas en sus brazos. Las cinco
hermanas se levantaron para volver al Palacio. Caminaban lentamente por
los senderos del laberinto como princesas encantadas que acarician un
mismo ensueo. Cuando hablaban, el rumor de sus voces se perda en los
rumores de la tarde, y slo la onda primaveral de sus risas se levantaba
armnica bajo la sombra de los clsicos laureles.

Cuando penetr en el saln de la Princesa ya estaban las luces
encendidas. En medio del silencio resonaba llena de gravedad la voz
de un Colegial Mayor, que conversaba con las seoras que componan la
tertulia de la Princesa Gaetani. El saln era dorado y de un gusto
francs, femenino y lujoso. Amorcillos con guirnaldas, ninfas vestidas
de encajes, galantes cazadores y venados de enramada cornamenta,
poblaban la tapicera del muro, y sobre las consolas, en graciosos
grupos de porcelana, duques pastores cean el florido talle de
marquesas aldeanas. Yo me detuve un momento en la puerta. Al verme, las
damas que ocupaban el estrado sonrieron y el Colegial Mayor se puso en
pie:

--Permtame el Seor Capitn que le salude en nombre de todo el Colegio
Clementino.

Y me alarg su mano carnosa y blanca, que pareca reclamar la pastoral
amatista. Por privilegio pontificio vesta beca de terciopelo que
realzaba su figura prcer y llena de majestad. Era un hombre joven,
pero con los cabellos blancos. Tena los ojos llenos de fuego, la nariz
aguilea y la boca de estatua, firme y bien dibujada. La Princesa me lo
present con un gesto lleno de languidez sentimental:

--Monseor Antonelli. Un sabio y un santo!

Yo me inclin:

--S, Princesa, que los cardenales romanos le consultan las ms arduas
cuestiones teolgicas, y la fama de sus virtudes  todas partes llega...

El Colegial interrumpi con su grave voz, reposada y amable:

--No soy ms que un filsofo, entendiendo la filosofa como la
entendan los antiguos: Amor  la sabidura.

Despus, volviendo  sentarse, continu:

--Habis visto  Monseor Gaetani? Qu desgracia! Tan grande como
impensada!...

Todos guardamos un silencio triste. Dos seoras ancianas, las dos
vestidas de seda con noble severidad, interrogaron  un mismo tiempo y
con la misma voz:

--No hay esperanzas?

La Princesa suspir:

--No las hay... Solamente un milagro:

De nuevo volvi el silencio. En el otro extremo del saln las hijas
de la Princesa bordaban un pao de tis, las cinco sentadas en rueda.
Hablaban en voz baja las unas con las otras, y sonrean con las cabezas
inclinadas: Slo Mara Rosario permaneca silenciosa, y bordaba
lentamente como si soase. Temblaba en las agujas el hilo de oro, y
bajo los dedos de las cinco doncellas nacan las rosas y los lirios
de la flora celeste que puebla los paos sagrados. De improviso, en
medio de aquella paz, resonaron tres aldabadas. La Princesa palideci
mortalmente: Los dems no hicieron sino mirarse. El Colegial Mayor se
puso en pie:

--Permitirn que me retire: No cre que fuese tan tarde... Cmo han
cerrado ya las puertas?

La Princesa repuso temblando:

--No las han cerrado.

Y las dos ancianas vestidas de seda negra, susurraron:

--Algn insolente!

Cambiaron entre ellas una mirada tmida, como para infundirse nimo,
y quedaron atentas, con un ligero temblor. Las aldabadas volvan 
sonar, pero esta vez era dentro del Palacio Gaetani. Una rfaga pas por
el saln y apag algunas luces. La Princesa lanz un grito. Todos la
rodeamos: Ella nos miraba con los labios trmulos y los ojos asustados:
Insinu una voz:

--Cuando muri el Prncipe Filipo, ocurri esto... Y l lo contaba de
su padre!

En aquel momento el Seor Polonio apareci en la puerta del saln, y
en ella se detuvo. La Princesa incorporse en el sof, y se enjug los
ojos: Despus, con noble entereza, le interrog:

--Ha muerto?

El mayordomo inclin la frente:

--Ya goza de Dios!

Una onda de gemidos se levant en el estrado. Las damas rodearon  la
Princesa, y el Colegial Mayor se santigu.

[imagen decorative no disponible]


MARA ROSARIO, con los ojos arrasados de lgrimas
guardaba lentamente sus agujas y su hilo de oro. Yo la vea en el otro
extremo del saln, inclinada sobre un menudo y cincelado cofre que
sostena abierto en el regazo: Sin duda rezaba en voz baja, porque sus
labios se movan dbilmente. En su mejilla temblaba la sombra de las
pestaas, y yo senta que en el fondo de mi alma aquel rostro plido
temblaba con el encanto misterioso y potico que tiembla en el fondo de
un lago, el rostro de la luna. Mara Rosario cerr el cofre, y dejando
en l la llave de oro, lo puso sobre la alfombra para tomar en brazos 
la ms nia de sus hermanas que lloraba asustada. Despus se inclin,
besndola. Yo vea cmo la infantil y rubia guedeja de Mara Nieves
desbordaba sobre el brazo de Mara Rosario, y hallaba en aquel grupo la
gracia cndida de esos cuadros antiguos que pintaron los monjes devotos
de la Virgen. La nia murmur:

--Tengo sueo!...

--Quieres que llame  tu doncella para que te acueste?

--Malvina me deja sola. Se figura que estoy durmiendo y se va muy
despacio, y cuando estoy sola tengo miedo.

Mara Rosario alzse con la nia en brazos, y como una sombra silenciosa
y plida atraves el saln. Yo acud presuroso  levantar el cortinaje
de la puerta. Mara Rosario pas con los ojos bajos, sin mirarme: La
nia, en cambio, volvi hacia m sus claras pupilas llenas de lgrimas,
y me dijo con una voz muy tenue:

--Buenas noches, Marqus, hasta maana.

--Adis, preciosa.

Y con el alma herida por el desdn que Mara Rosario me mostrara, volv
al estrado, donde la Princesa segua con el pauelo sobre los ojos. Las
ancianas de su tertulia la rodeaban, y de tiempo en tiempo se volvan
aconsejadoras y prudentes para hablar en voz baja con las nias, que
tambin suspiraban, pero con menos dolor que su madre:

--Hijas mas, debis hacer que se acueste.

--Hay que disponer los lutos.

--Dnde ha ido Mara Rosario?

El Colegial Mayor tambin dejaba oir alguna vez su voz grave y amable:
Cada palabra suya produca un murmullo de admiracin entre las seoras.
La verdad es que cuanto manaba de sus labios pareca lleno de ciencia
teolgica y de uncin cristiana. De rato en rato fijaba en m una mirada
rpida y sagaz, y yo comprenda, con un estremecimiento, que aquellos
ojos negros queran leer en mi alma. Yo era el nico que all permaneca
silencioso, y acaso el nico que estaba triste. Adivinaba, por primera
vez en mi vida, todo el influjo galante de los prelados romanos, y
acuda  mi memoria la leyenda de sus fortunas amorosas. Confieso que
hubo instantes donde olvid la ocasin, el sitio y hasta los cabellos
blancos que peinaban aquellas nobles damas, y que tuve celos, celos
rabiosos del Colegial Mayor. De pronto me estremec: Haca un momento
que callaban todos, y en medio del silencio, el Colegial se acercaba 
m: Pos familiar su diestra sobre mi hombro, y me dijo:

--Caro Marqus, es preciso enviar un correo  Su Santidad.

Yo me inclin:

--Tenis razn, Monseor.

Y l repuso con extremada cortesa:

--Me congratula que seis del mismo consejo... Qu gran desgracia,
Marqus!

--Muy grande, Monseor!

Nos miramos de hito en hito, con un profundo convencimiento de que
fingamos por igual, y nos separamos. El Colegial Mayor volvi al
lado de la Princesa, y yo sal del saln para escribir al Cardenal
Camarlengo, que lo era entonces Monseor Sassoferrato.

[imagen decorative no disponible]


MARA ROSARIO, en aquella hora, tal vez estaba velando
el cadver de Monseor Gaetani! Tuve este pensamiento al entrar en la
biblioteca, llena de silencio y de sombras. Vino del mundo lejano, y
pas sobre mi alma como soplo de aire sobre un lago de misterio. Sent
en las sienes el fro de unas manos mortales, y, estremecido, me puse de
pie. Qued abandonado sobre la mesa el pliego de papel, donde solamente
haba trazado la cruz, y dirig mis pasos hacia la cmara mortuoria. El
olor de la cera llenaba el Palacio. Criados silenciosos velaban en los
largos corredores, y en la antecmara paseaban dos familiares, que me
saludaron con una inclinacin de cabeza. Slo se oa el rumor de sus
pisadas y el chisporroteo de los cirios que ardan en la alcoba.

Yo llegu hasta la puerta y me detuve: Monseor Gaetani yaca rgido
en su lecho, amortajado con hbito franciscano: En las manos yertas
sostena una cruz de plata, y sobre su rostro marfileo la llama de los
cirios, tan pronto pona un resplandor como una sombra. All en el fondo
de la estancia rezaba Mara Rosario: Yo permanec un momento mirndola:
Ella levant los ojos, se santigu tres veces, bes la cruz de sus
dedos, y ponindose en pie vino hacia la puerta:

--Marqus, queda mi madre en el saln?

--All la dej...

--Es preciso que descanse, porque ya lleva as dos noches... Adis,
Marqus!

--No queris que os acompae?

Ella se volvi:

--Acompaadme, s... La verdad es que Mara Nieves me ha contagiado su
miedo...

Atravesamos la antecmara. Los familiares detuvieron un momento el
silencioso pasear, y sus ojos inquisidores nos siguieron hasta la
puerta. Salimos al corredor, que estaba slo, y sin poder dominarme
estrech una mano de Mara Rosario, y quise besarla, pero ella la retir
con vivo enojo:

--Qu hacis?

--Que os adoro! Que os adoro!

Asustada, huy por el largo corredor. Yo la segu.

--Os adoro! Os adoro!

Mi aliento casi rozaba su nuca, que era blanca como la de una estatua, y
exhalaba no s qu aroma de flor y de doncella.

--Os adoro! Os adoro!

Ella suspir con angustia:

--Dejadme! Por favor, dejadme!

Y sin volver la cabeza, azorada, trmula, hua por el corredor. Sin
aliento y sin fuerzas se detuvo en la puerta del saln. Yo todava
murmur  su odo:

--Os adoro! Os adoro!

Mara Rosario se pas la mano por los ojos y entr. Yo entr detrs
atusndome el mostacho. Mara Rosario se detuvo bajo la lmpara y me
mir con ojos asustados, enrojeciendo de pronto: Luego qued plida,
plida como la muerte. Vacilando se acerc  sus hermanas, y tom
asiento entre ellas, que se inclinaron en sus sillas para interrogarla:
Apenas responda. Se hablaban en voz baja con tmida mesura, y en los
momentos de silencio oase el pndulo de un reloj. Poco  poco haba ido
menguando la tertulia: Solamente quedaban aquellas dos seoras de los
cabellos blancos y los vestidos de gro negro. Ya cerca de media noche la
Princesa consinti en retirarse  descansar, pero sus hijas continuaron
en el saln, velando hasta el da, acompaadas por las dos seoras, que
contaban historias de su juventud: Recuerdos de antiguas modas femeninas
y de las guerras de Bonaparte. Yo escuchaba distrado, y desde el fondo
de un silln, oculto en la sombra, contemplaba  Mara Rosario: Pareca
sumida en un ensueo: Su boca, plida de ideales nostalgias, permaneca
anhelante como si hablase con las almas invisibles, y sus ojos
inmviles, abiertos sobre el infinito, miraban sin ver. Al contemplarla,
yo senta que en mi corazn se levantaba el amor, ardiente y trmulo
como una llama mstica. Todas mis pasiones se purificaban en aquel fuego
sagrado y aromaban como gomas de Arabia. Han pasado muchos aos, y
todava el recuerdo me hace suspirar!

[imagen decorative no disponible]


YA CERCA del amanecer me retir  la biblioteca. Era
forzoso escribir al Cardenal Camarlengo, y decid hacerlo en aquellas
horas de montona tristeza, cuando todas las campanas de Ligura se
despertaban tocando  muerto, y prestes y arciprestes encomendaban 
Dios el alma del difunto Obispo de Betulia.

En mi carta, dile  Monseor Sassoferrato cuenta de todo muy
extensamente, y luego de haber lacrado y puesto los cinco sellos con
las armas pontificias, llam al mayordomo y le entregu el pliego, para
que sin prdida de momento, un correo lo llevase  Roma. Hecho esto,
me dirig al oratorio de la Princesa, donde sin intervalo se sucedan
las misas desde antes de rayar el sol. Primero haban celebrado los
familiares que velaran el cadver de Monseor Gaetani, despus los
capellanes de la casa, y luego algn obeso colegial mayor que llegaba
apresurado y jadeante. La Princesa haba mandado franquear las puertas
del Palacio, y  lo largo de los corredores sentase el sordo murmullo
del pueblo que entraba  visitar el cadver. Los criados vigilaban en
las antesalas, y los aclitos pasaban y repasaban con su ropn rojo y su
roquete blanco, metindose  empujones por entre los devotos.

Al entrar en el oratorio mi corazn palpit. All estaba Mara Rosario,
y cercano  ella tuve la suerte de oir misa. Recibida la bendicin me
adelant  saludarla. Ella me respondi temblando: Tambin mi corazn
temblaba, pero los ojos de Mara Rosario no podan verlo. Yo hubirale
rogado que pusiese su mano sobre mi pecho, pero tem que desoyese mi
ruego. Aquella nia era cruel como todas las santas que tremolan en la
tersa diestra la palma virginal. Confieso que yo tengo predileccin por
aquellas otras que primero han sido grandes pecadoras. Desgraciadamente
Mara Rosario nunca quiso comprender que era su destino mucho menos
bello que el de Mara de Magdala. La pobre no saba que lo mejor de
la santidad son las tentaciones. Quise ofrecerle agua bendita, y con
galante apresuramiento me adelant  tomarla: Mara Rosario toc apenas
mis dedos, y haciendo la seal de la cruz, sali del oratorio. Sal
detrs, y pude verla un momento en el fondo tenebroso del corredor,
hablando con el mayordomo. Al parecer le daba rdenes en voz baja:
Volvi la cabeza, y viendo que me acercaba, enrojeci vivamente. El
mayordomo exclam:

--Aqu est el Seor Marqus!

Y luego, dirigindose  m con una profunda reverencia, continu:

--Excelencia, perdonad que os moleste, pero decid si estis quejoso de
m. He cometido con vos, alguna falta, acaso algn olvido?...

Mara Rosario le interrumpi con enojo:

--Callad, Polonio.

El melifluo mayordomo pareci consternado:

--Qu hice yo para merecer?...

--Os digo que callis.

--Y os obedezco, pero como me reprochis haber descuidado el servicio
del Seor Marqus...

Mara Rosario, con las mejillas llameantes y la voz timbrada de clera y
de lgrimas, volvi  interrumpir:

--Os mando que callis. Son insoportables vuestras explicaciones.

--Qu hice yo, cndida paloma, qu hice yo?

Mara Rosario, con un poco ms de indulgencia, murmur:

--Basta!... Basta!... Perdonad, Marqus.

Y hacindome una leve cortesa, se alej. El mayordomo quedse en medio
del corredor con las manos en la cabeza y los ojos llorosos:

--Hubirame tratado as una de sus hermanas, y me hubiera redo... La
ms pequea no ignora que es princesina. No, no me hubiera redo, porque
son mis seoras... Pero ella, ella que jams ha reido con nadie, venir
 reir hoy con este pobre viejo... Y qu injustamente, Seor, qu
injustamente!

Yo le pregunt con una emocin para m desconocida hasta entonces:

--Es la mejor de sus hermanas?

--Y la mejor de las criaturas. Esa nia ha sido engendrada por los
ngeles...

Y el Seor Polonio, enternecido, comenz un largo relato de las virtudes
que adornaban el alma de aquella doncella hija de prncipes, y era el
relato del viejo mayordomo ingenuo y sencillo, como los que pueblan la
Leyenda Dorada.

[imagen decorative no disponible]


LLEGABAN por el cadver de Monseor!... Y el mayordomo
partise de mi lado muy afligido y presuroso. Todas las campanas de la
histrica ciudad doblaban  un tiempo. Oase el canto latino de los
clrigos resonando bajo el prtico del Palacio, y el murmullo de la
gente que llenaba la plaza. Cuatro colegiales mayores bajaron en hombros
el fretro y el duelo se puso en marcha. Monseor Antonelli me hizo
sitio  su derecha, y con humildad, que me pareci estudiada, comenz 
dolerse de lo mucho que con la muerte de aquel santo y de aquel sabio
perda el Colegio Clementino: Yo  todo asenta con un vago gesto, y
disimuladamente miraba  las ventanas, llenas de mujeres: Monseor tard
poco en advertirlo, y me dijo con una sonrisa tan amable como sagaz:

--Sin duda no conocis nuestra ciudad.

--No, Monseor.

--Si permanecis algn tiempo entre nosotros y queris conocerla, yo me
ofrezco  ser vuestro gua. Est llena de riquezas artsticas!

--Gracias, Monseor.

Seguimos en silencio. El son de las campanas llenaba el aire, y el grave
cntico de los clrigos pareca reposar en la tierra, donde todo es
polvo y podredumbre. Jaculatorias, misereres, responsos caan sobre el
fretro como el agua bendita del hisopo. Encima de nuestras cabezas las
campanas seguan siempre sonando, y el sol, un sol abrileo, joven y
rubio como un mancebo, brillaba en las vestiduras sagradas, en la seda
de los pendones y en las cruces parroquiales con un alarde de poder
pagano.

Atravesamos casi toda la ciudad. Monseor haba dispuesto que se diese
tierra  su cuerpo en el Convento de los Franciscanos, donde haca
ms de cuatro siglos tenan enterramiento los Prncipes Gaetani. Una
tradicin piadosa, dice que el Santo de Ass fund el Convento de
Ligura, y que vivi all algn tiempo. Todava florece en el huerto,
el viejo rosal que se cubra de rosas en todas las ocasiones que
visitaba aquella fundacin, el Divino Francisco. Llegamos entre dobles
de campanas. En la puerta de la iglesia, alumbrndose con cirios,
esperaba la Comunidad dividida en dos largas hileras. Primero los
novicios, plidos, ingenuos, demacrados: Despus los profesos, sombros,
torturados, penitentes: Todos rezaban con la vista baja y sobre las
sandalias los cirios lloraban gota  gota su cera amarilla.

Dijronse muchas misas, cantse un largo entierro, y el atad baj al
sepulcro que esperaba abierto desde el amanecer. Cay la losa encima,
y un colegial me busc con deferencia cortesana, para llevarme  la
sacrista. Los frailes seguan murmurando sus responsos, y la iglesia
iba quedando en soledad y en silencio. En la sacrista salud  muchos
sabios y venerables telogos que me edificaron con sus plticas. Luego
vino el Prior, un anciano de blanca barba, que haba vivido largos aos
en los Santos Lugares. Me salud con dulzura evanglica, y hacindome
sentar  su lado comenz  preguntarme por la salud de Su Santidad. Los
graves telogos hicieron corro para escuchar mis nuevas, y como era muy
poco lo que poda decirles, tuve que inventar en honor suyo toda una
leyenda piadosa y milagrera: Su Santidad recobrando la lozana juvenil
por medio de una reliquia! El Prior con el rostro resplandeciente de fe,
me pregunt:

--De qu Santo era, hijo mo?

--De un Santo de mi familia.

Todos se inclinaron como si yo fuese el Santo: El temblor de un rezo,
pas por las luengas barbas, que salan del misterio de las capuchas, y
en aquel momento yo sent el deseo de arrodillarme y besar la mano del
Prior. Aquella mano que sobre todos mis pecados poda hacer la cruz: Ego
Te Absolvo.

[imagen decorative no disponible]


CUANDO volv al Palacio hall  Mara Rosario en la
puerta de la capilla repartiendo limosnas entre una corte de mendigos
que alargaban las manos esculidas bajo los rotos mantos. Mara Rosario
era una figura ideal que me hizo recordar aquellas santas hijas de
prncipes y de reyes: Doncellas de soberana hermosura, que con sus manos
delicadas curaban  los leprosos. El alma de aquella nia encendase con
el mismo anhelo de santidad. A una vieja encorvada le deca:

--Cmo est tu marido, Liberata?

--Siempre lo mismo, seorina!... Siempre lo mismo!

Y despus de recoger su limosna y de besarla, retirbase la vieja
salmodiando bendiciones, temblona sobre su bculo. Mara Rosario la
miraba un momento, y luego sus ojos compasivos se tornaban hacia otra
mendiga que daba el pecho  un nio esculido, envuelto en el jirn de
un manto:

--Es tuyo ese nio, Paula?

--No, Princesina: Era de una curmana que se ha muerto: Tres ha dejado la
pobre, ste es el ms pequeo.

--Y t lo has recogido?

--La madre me lo recomend al morir!

--Y qu es de los otros dos?

--Por esas calles andan. El uno tiene cinco aos, el otro siete: Pena da
mirarlos, desnudos como ngeles del Cielo.

Mara Rosario tom en brazos al nio, y lo bes con dos lgrimas en los
ojos. Al entregrselo  la mendiga, le dijo:

--Vuelve esta tarde y pregunta por el Seor Polonio.

--Gracias, mi seorina!

Un murmullo ardiente como una oracin, entreabri las bocas renegridas y
tristes de aquellos mendigos:

--La pobre madre se lo agradecer en el Cielo!

Mara Rosario continu:

--Y si encuentras  los otros dos pequeos, trelos tambin contigo.

--Los otros, hoy no s dnde poder hallarlos, mi Princesina.

Un viejo de calva sien y luenga barba nevada, sereno y evanglico en su
pobreza, se adelant gravemente:

--Los otros, aunque cativo, tienen tambin amparo. Los ha recogido
Barberina la Prisca. Una viuda lavandera que tambin  m me tiene
recogido.

Y el viejo, que insensiblemente haba ido algunos pasos hacia delante,
retrocedi tentando en el suelo con el bculo, y en el aire con
una mano, porque era ciego. Mara Rosario lloraba en silencio, y
resplandeca, hermosa y cndida como una Madona, en medio de la srdida
corte de mendigos, que se acercaban de rodillas para besarle las manos.
Aquellas cabezas humildes, demacradas, miserables, tenan una expresin
de amor. Yo record entonces los antiguos cuadros, vistos tantas veces
en un antiguo monasterio de la Umbra: Tablas prerrafalicas que pint
en el retiro de su celda un monje desconocido, enamorado de los ingenuos
milagros que florecen la leyenda de la Reina de Turingia.

Mara Rosario tambin tena una hermosa leyenda, y los lirios blancos de
la caridad tambin la aromaban. Viva en el Palacio como en un convento.
Cuando bajaba al jardn traa la falda llena de espliego que esparca
entre sus vestidos, y cuando sus manos se aplicaban  una labor monjil,
su mente soaba sueos de santidad. Eran sueos albos como las parbolas
de Jess, y el pensamiento acariciaba los sueos, como la mano acaricia
el suave y tibio plumaje de las palomas familiares. Mara Rosario
hubiera querido convertir el Palacio en albergue donde se recogiese
la procesin de viejos y lisiados, de hurfanos y locos que llenaban
la capilla pidiendo limosna y salmodiando padrenuestros. Suspiraba
recordando la historia de aquellas santas princesas que acogan en sus
castillos  los peregrinos que volvan de Jerusaln.

En la vieja ciudad hablbase de ella como de una santa lejana, una
santa triste y bella que de nadie se dejase ver. Sus das se deslizaban
como esos arroyos silenciosos que parecen llevar dormido en su fondo el
cielo que reflejan: Reza y borda en el silencio de las grandes salas
desiertas y melanclicas: Tiemblan las oraciones en sus labios, tiembla
en sus dedos la aguja, que enhebra el hilo de oro, y en el pao de tis
florecen las rosas y los lirios que pueblan los mantos sagrados. Y
despus del da, lleno de quehaceres humildes, silenciosos, cristianos,
por las noches se arrodilla en su alcoba, y reza con fe ingenua al Nio
Jess, que resplandece bajo un fanal, vestido con alba de seda recamada
de lentejuelas y abalorios. La paz familiar se levanta como una alondra
del nido de su pecho, y revolotea por todo el Palacio, y canta sobre las
puertas,  la entrada de las grandes salas. Mara Rosario fu el nico
amor de mi vida. Han pasado muchos aos, y al recordarla ahora todava
se llenan de lgrimas mis ojos ridos, ya casi ciegos.

[imagen decorative no disponible]


QUEDABA todava el olor de la cera en el Palacio. La
Princesa tendida en el canap de su tocador, se dola de la jaqueca.
Sus hijas, vestidas de luto, hablaban en voz baja, y de tiempo en
tiempo, entraba  sala sin ruido, alguna de ellas. En medio de un gran
silencio, la Princesa incorporse lnguidamente, volviendo hacia m el
rostro todava hermoso, que pareca ms blanco bajo una toca de negro
encaje:

--Xavier, t cundo tienes que volver  Roma?

Yo me estremec:

--Maana, seora.

Y mir  Mara Rosario, que baj la cabeza y se puso encendida como una
rosa. La Princesa, sin reparar en ello, apoy la frente en la mano, una
mano evocacin de aquellas que en los retratos antiguos sostienen 
veces una flor, y  veces un paolito de encaje: En tan bella actitud
suspir largamente, y volvi  interrogarme:

--Por qu maana?

--Porque ha terminado mi misin, seora.

--Y no puedes quedarte algunos das ms con nosotras?

--Necesitara un permiso.

--Pues yo escribir hoy mismo  Roma.

Mir disimuladamente  Mara Rosario: Sus hermosos ojos negros me
contemplaban asustados, y su boca intensamente plida, que pareca
entreabierta por el anhelo de un suspiro, temblaba. En aquel momento, su
madre volvi la cabeza hacia donde ella estaba:

--Mara Rosario.

--Seora.

--Acurdate de escribir en mi nombre  Monseor Sassoferrato. Yo firmar
la carta.

Mara Rosario, siempre ruborosa, repuso con aquella serena dulzura que
era como un aroma:

--Queris que escriba ahora?

--Como te parezca, hija.

Mara Rosario se puso en pie.

--Y qu debo decirle  Monseor?

--Le notificas nuestra desgracia, y aades que vivimos muy solas, y que
esperamos de su bondad un permiso para retener  nuestro lado por algn
tiempo al Marqus de Bradomn.

Mara Rosario se dirigi hacia la puerta: Tuvo que pasar por mi lado y
aprovechando audazmente la ocasin, le dije en voz baja:

--Me quedo, porque os adoro!

Fingi no haberme odo, y sali. Volvme entonces hacia la Princesa, que
me miraba con una sombra de afn, y le pregunt aparentando indiferencia:

--Cundo toma el velo Mara Rosario?

--No est designado el da.

--La muerte de Monseor Gaetani, acaso lo retardar.

--Por qu?

--Porque ha de ser un nuevo disgusto para vos.

--No soy egosta. Comprendo que mi hija ser feliz en el convento, mucho
ms feliz que  mi lado, y me resigno.

--Es muy antigua la vocacin de Mara Rosario?

--Desde nia.

--Y no ha tenido veleidades?

--Jams!

Yo me atus el bigote con la mano un poco trmula.

--Es una vocacin de Santa.

--S, de Santa... Te advierto que no sera la primera en nuestra
familia. Santa Margarita de Ligura, Abadesa de Fiesoli, era hija de un
Prncipe Gaetani. Su cuerpo se conserva en la capilla del Palacio, y
despus de cuatrocientos aos est como si acabase de expirar: Parece
dormida. T no bajaste  la cripta?

--No, seora.

--Pues es preciso que bajes un da.

Quedamos en silencio. La Princesa volvi  suspirar llevndose las manos
 la frente: Sus hijas, all en el fondo de la estancia, se hablaban
en voz baja. Yo las miraba sonriendo y ellas me respondan en idntica
forma, con cierta alegra infantil y burlona, que contrastaba con sus
negros vestidos de duelo. Empezaba  decaer la tarde, y la Princesa
mand abrir una ventana que daba sobre el jardn.

--Me marea el olor de esas rosas, hijas mas!

Y sealaba los floreros que estaban sobre el tocador. Abierta la
ventana, una ligera brisa entr en la estancia: Era alegre, perfumada y
gentil como un mensaje de la Primavera: Sus alas invisibles alborotaron
los rizos de aquellas cabezas juveniles, que all en el fondo de la
estancia me miraban y me sonrean. Rizos rubios, dorados, luminosos,
cabezas adorables, cuntas veces os he visto en mis sueos pecadores ms
bellas que esas aladas cabezas anglicas que solan ver en sus sueos
celestiales los santos ermitaos!

[imagen decorative no disponible]


LA PRINCESA se acost al comienzo de la noche, poco
despus del rosario. En el saln, medio apagado, hablaban en voz baja
las viejas damas que desde haca veinte aos acudan regularmente
 la tertulia del Palacio Gaetani: Comenzaba  sentirse el calor,
y estaban abiertas las puertas de cristales que daban al jardn.
Dos hijas de la Princesa, Mara Socorro y Mara Pilar, hacan los
honores: La conversacin era lnguida, de una languidez apocada y
beata. Afortunadamente, al sonar las nueve en el reloj de la Catedral,
las seoras se levantaron, y Mara Socorro y Mara Pilar salieron
acompandolas. Yo qued solo en el vasto saln, y no sabiendo qu
hacer, baj al jardn.

Era una noche de Primavera, silenciosa y fragante. El aire agitaba las
ramas de los rboles con blando movimiento, y la luna iluminaba por un
instante la sombra y el misterio de los follajes. Sentase pasar por el
jardn un largo estremecimiento, y luego todo quedaba en esa amorosa paz
de las noches serenas. En el azul profundo temblaban las estrellas, y la
quietud del jardn pareca mayor que la quietud del cielo. A lo lejos,
el mar, misterioso y ondulante, exhalaba su eterna queja. Las dormidas
olas fosforecan al pasar tumbando los delfines, y una vela latina
cruzaba el horizonte bajo la luna plida.

Yo recorra un sendero orillado por floridos rosales: Las lucirnagas
brillaban al pie de los arbustos, el aire era fragante, y el ms leve
soplo bastaba para deshojar en los tallos las rosas marchitas. Yo senta
esa vaga y romntica tristeza que encanta los enamoramientos juveniles,
con la leyenda de los grandes y trgicos dolores que se visten  la
usanza antigua. Consideraba la herida de mi corazn como aquellas que
no tienen cura, y pensaba que de un modo fatal decidira de mi suerte.
Con extremos verterianos soaba superar  todos los amantes que en el
mundo han sido, y por infortunados y leales pasaron  la historia, y an
asomaron ms de una vez la faz lacrimosa en las cantigas del vulgo.
Desgraciadamente, quedme sin superarlos, porque tales romanticismos
nunca fueron otra cosa que un perfume derramado sobre todos mis amores
de juventud. Locuras gentiles y fugaces que duraban algunas horas, y
que, sin duda por eso, me han hecho suspirar y sonreir toda la vida!

De pronto huyeron mis pensamientos. Daba las doce el viejo reloj de
la Catedral, y cada campanada, en el silencio del jardn, retumb con
majestad sonora. Volv al saln, donde ya estaban apagadas las luces. En
los cristales de una ventana temblaba el reflejo de la luna, y all, en
el fondo, brillaba la esfera de un reloj, que con delicado y argentino
son daba tambin las doce. Me detuve en la puerta, para acostumbrarme 
la oscuridad, y poco  poco mis ojos columbraron la forma incierta de
las cosas. Una mujer hallbase sentada en el sof del estrado. Yo slo
distingua sus manos blancas: El cuerpo era una sombra negra. Quise
acercarme, y vi cmo sin ruido se pona en pie y cmo sin ruido se
alejaba y desapareca. Hubirala credo un fantasma engao de mis ojos,
si al dejar de verla no llegase hasta m un sollozo. Al pie del sof
estaba cado un pauelo perfumado de rosas y hmedo de llanto. Lo bes
con afn. No dudaba que aquel fantasma haba sido Mara Rosario.

Pas la noche en vela, sin conseguir conciliar el sueo. Vi rayar el
alba en las ventanas de mi alcoba, y slo entonces, en medio del alegre
voltear de un esquiln que tocaba  misa, me dorm. Al despertarme, ya
muy entrado el da, supe con profundo reconocimiento cunto por la
salud de mi alma se interesaba la Princesa Gaetani. La noble seora
estaba muy afligida porque yo haba perdido el Oficio Divino.

[imagen decorative no disponible]


AL CAER de la tarde llegaron aquellas dos seoras de los
cabellos blancos y los negros y crujientes vestidos de seda. La Princesa
se incorpor saludndolas con amable y desfallecida voz:

--Dnde habis estado?

--Hemos corrido toda Ligura!

--Vosotras!

Ante el asombro de la Princesa, las dos seoras se miraron sonriendo:

--Cuntale t, Antonina.

--Cuntale t, Lorencina.

Y luego las dos comienzan el relato al mismo tiempo: Haban odo un
sermn en la Catedral: Haban pasado por el Convento de las Carmelitas
para preguntar por la Madre Superiora que estaba enferma: Haban velado
al Santsimo. Aqu la Princesa interrumpi:

--Y cmo sigue la Madre Superiora?

--Todava no baja al locutorio.

--A quin habis visto?

--A la Madre Escolstica. La pobre siempre tan buena y tan cariosa! No
sabes cunto nos pregunt por ti y por tus hijas: Nos ense el hbito
de Mara Rosario: Iba  mandrselo para que lo probase: Lo ha cosido
ella misma: Dice que ser el ltimo, porque est casi ciega.

La Princesa suspir:

--Yo no saba que estuviese ciega!

--Ciega no, pero ve muy poco.

--Pues no tiene aos para eso...

La Princesa acab con un gesto de fatiga, llevndose las manos  la
frente. Despus se distrajo mirando hacia la puerta, donde asomaba la
esculida figura del Seor Polonio. Detenido en el umbral, el mayordomo
saludaba con una profunda reverencia:

--Da su permiso mi Seora la Princesa?

--Adelante, Polonio. Qu ocurre?

--Ha venido el sacristn de las Madres Carmelitas con el hbito de la
Seorina.

--Y ella lo sabe?

--Probndoselo queda.

Al or esto, las otras hijas de la Princesa, que sentadas en rueda,
bordaban el manto de Santa Margarita de Ligura, hablronse en voz baja,
juntando las cabezas, y salieron de la estancia con alegre murmullo,
en un grupo casto y primaveral como aquel que pint Sandro Boticelli.
La Princesa las mir con maternal orgullo, y luego hizo un ademn
despidiendo al mayordomo, que, en lugar de irse, adelant algunos pasos
balbuciendo:

--Ya he dado el ltimo perfil al Paso de las Cadas... Hoy empiezan las
procesiones de Semana Santa.

La Princesa replic con desdeosa altivez:

--Y sin duda has credo que yo lo ignoraba.

El mayordomo pareci consternado:

--Lbreme el Cielo, Seora!

--Pues entonces?...

--Hablando de las procesiones, el sacristn de las Madres me dijo que
tal vez este ao no saliesen las que costea y patrocina mi Seora la
Princesa.

--Y por qu causa?

--Por la muerte de Monseor, y el luto de la casa.

--Nada tiene que ver con la religin, Polonio.

Aqu la Princesa crey del caso suspirar. El mayordomo se inclin:

--Cierto, Seora, ciertsimo. El sacristn lo deca contemplando mi
obra. Ya sabe la Seora Princesa... El Paso de las Cadas... Espero que
mi Seora se digne verlo...

El mayordomo se detuvo sonriendo ceremoniosamente. La Princesa asinti
con un gesto, y luego volvindose  m pronunci con ligera irona:

--T acaso ignoras que mi mayordomo es un gran artista?

El viejo se inclin:

--Un artista!... Hoy da ya no hay artistas. Los hubo en la antigedad.

Yo intervine con mi juvenil insolencia:

--Pero de qu epoca sois, Seor Polonio?

El mayordomo repuso sonriendo:

--Vos tenis razn, Excelencia... Hablando con verdad, no puedo decir
que ste sea mi siglo...

--Vos pertenecis  la antigedad ms clsica y ms remota. Y cul arte
cultivis, Seor Polonio?

El Seor Polonio repuso con suma modestia:

--Todas, Excelencia.

--Sois un nieto de Miguel Angel!

--El cultivarlas todas no quiere decir que sea maestro en ellas,
Excelencia.

La Princesa sonri con aquella amable irona que al mismo tiempo
mostraba seoril y compasivo afecto por el viejo mayordomo:

--Xavier, tienes que ver su ltima obra: El Paso de las Cadas! Una
maravilla!

Las dos ancianas juntaron las secas manos con infantil admiracin:

--Si cuando joven hubiera querido ir  Roma!... Oh!

El mayordomo lloraba enternecido:

--Seoras!... Mis nobles Mecenas!

De pronto se oy murmullo de juveniles voces que se aproximaban, y un
momento despus el coro de las cinco hermanas invada la estancia. Mara
Rosario traa puesto el blanco hbito que deba llevar durante toda
la vida, y las otras se agrupaban en torno como si fuese una Santa. Al
verlas entrar, la Princesa se incorpor muy plida: Las lgrimas acudan
 sus ojos, y luchaba en vano por retenerlas. Cuando Mara Rosario se
acerc  besarle la mano, le ech los brazos al cuello y la estrech
amorosamente. Qued despus contemplndola, y no pudo contener un grito
de angustia.

[imagen decorative no disponible]


YO ESTABA tan conmovido que, como en sueos, o la voz
del viejo mayordomo: Hablaba despus de un profundo silencio:

--Si merezco el honor... Perdonad, pero ahora van  llevarse esa pobre
obra de mis manos pecadoras. Si queris verla, apenas queda tiempo...

Las dos seoras se levantaron sacudindose las crujientes y arrugadas
faldas:

--Oh!... Vamos all.

Antes de salir ya comenzaron las explicaciones del Seor Polonio:

--Conviene saber que el Nazareno y el Cirineo son los mismos que haba
antiguamente. De mi mano son nicamente los judos. Los hice de cartn.
Ya conocen mi antigua mana de hacer caretas. Una mana y de las peores.
Con ella di gran impulso  los Carnavales, que es la fiesta de Satans.
Aqu, antes nadie se vesta de mscara, pero como yo regalaba  todo el
mundo mis caretas de cartn! Dios me perdone! Los Carnavales de Ligura
llegaron  ser famosos en Italia... Vengan por aqu sus Excelencias.

Pasamos  una gran sala que tena las ventanas cerradas. El Seor
Polonio adelantse para abrirlas. Despus se volvi pidiendo mil
perdones, y nosotros entramos. Mis ojos quedaron extasiados al ver en
medio de la sala unas andas con Jess Nazareno, entre cuatro judos
torvos y barbudos. Las dos seoras lloraban de emocin:

--Si considersemos lo que Nuestro Seor padeci por nosotros!

--Ay!... Si lo considersemos!

En presencia de aquellos cuatro judos vestidos  la chamberga, era
indudable que las devotas seoras procuraban hacerse cargo del drama
de la Pasin. El Seor Polonio daba vueltas en torno de las andas, y
con los nudillos golpeaba suavemente las fieras cabezas de los cuatro
deicidas:

--De cartn!... S, seoras, igual que las caretas. Fu una idea que me
vino sin saber cmo.

Las damas repetan juntando las manos:

--Inspiracin divina!...

--Inspiracin de lo alto!...

El Seor Polonio sonrea:

--Nadie, absolutamente nadie, esperaba que pudiese realizar la idea...
Se burlaban de m... Ahora, en cambio, todo se vuelven parabienes. Y
yo perdono aquellos sarcasmos! He llevado mi idea en la frente un ao
entero!

Oyndole, las seoras, repetan enternecidas:

--Inspiracin!...

--Inspiracin!...

Jess Nazareno, desmelenado, lvido, sangriento, agobiado bajo el peso
de la cruz, pareca clavar en nosotros su mirada dulce y moribunda.
Los cuatro judos, vestidos de rojo, le rodeaban fieros. El que iba
delante tocaba la trompeta. Los que le daban escolta  uno y otro lado,
llevaban sendas disciplinas, y aquel que caminaba detrs, mostraba al
pueblo la sentencia de Pilatos. Era un papel de msica, y el mayordomo
tuvo cuidado de advertirnos cmo en aquel tiempo de gentiles, los
escribanos hacan unos garabatos muy semejantes  los que hacen los
msicos. Volvindose  m con gravedad doctoral, continu:

--Los moros y los judos todava escriben de una manera semejante.
Verdad, Excelencia?

Cuando el Seor Polonio se hallaba en esta erudita explicacin, lleg
un sacristn capitaneando  cuatro devotos que venan para llevarse 
la iglesia de los Capuchinos aquel famoso Paso de las Cadas. El Seor
Polonio cubri las andas con una colcha, y les ayud  levantarlas.
Despus los acompa hasta la puerta de la estancia:

--Cuidado!... No tropezar con las paredes... Cuidado!...

Enjugse las lgrimas, y abri una ventana para verlos salir. La primera
preocupacin del sacristn, cuando asom en la calle, fu mirar al
cielo, que estaba completamente encapotado. Luego se puso al frente de
su tropa, y ech por medio. Los cuatro devotos iban casi corriendo. Las
andas envueltas en la colcha roja bamboleaban sobre sus hombros. El
Seor Polonio se dirigi  nosotros:

--Sin cumplimiento: Qu les ha parecido?

Las dos seoras estuvieron, como siempre, de acuerdo.

--Edificante!

--Edificante!

El Seor Polonio sonri beatficamente, y se volvi  la ventana con la
mano extendida hacia la calle para enterarse si llova.

[imagen decorative no disponible]


AQUELLA noche las hijas de la Princesa habanse
refugiado en la terraza, bajo la luna, como las hadas de los cuentos:
Rodeaban  una amiga joven y muy bella, que de tiempo en tiempo
me miraba llena de curiosidad. En el saln, las seoras ancianas
conversaban discretamente, y sonrean al oir las voces juveniles que
llegaban en rfagas, perfumadas con el perfume de las lilas que se
abran al pie de la terraza. Desde el saln distinguase el jardn,
inmvil bajo la luna, que envolva en plida claridad la cima mustia de
los cipreses y el balconaje de la terraza, donde un pavo real abra su
abanico de quimera y de cuento.

Yo quise varias veces acercarme  Mara Rosario. Todo fu intil: Ella
adivinaba mis intenciones, y alejbase cautelosa, sin ruido, con la
vista baja y las manos cruzadas sobre el escapulario del hbito monjil
que conservaba puesto. Vindola  tal extremo temerosa, yo senta
halagado mi orgullo donjuanesco, y algunas veces, slo por turbarla,
cruzaba de un lado al otro. La pobre nia al instante se prevena para
huir: Yo pasaba aparentando no advertirlo.

Algunas veces entraba en el saln, y detename al lado de las viejas
damas, que reciban mis homenajes con timidez de doncellas. Recuerdo
que me hallaba hablando con aquella devota Marquesa de Tescara, cuando,
movido por un oscuro presentimiento, volv la cabeza y busqu con los
ojos la blanca figura de Mara Rosario: la Santa ya no estaba.

Una nube de tristeza cubri mi alma. Dej  la vieja linajuda y sal 
la terraza. Mucho tiempo permanec reclinado sobre el florido balconaje
de piedra, contemplando el jardn. En el silencio perfumado cantaba un
ruiseor, y pareca acordar su voz con la voz de las fuentes. El reflejo
de la luna iluminaba aquel sendero de los rosales que yo haba recorrido
otra noche. El aire suave y gentil, un aire  propsito para llevar
suspiros, pasaba murmurando, y  lo lejos, entre mirtos inmviles,
ondulaba el agua de un estanque. Yo evocaba en la memoria el rostro de
Mara Rosario, y no cesaba de pensar:

--Qu siente ella?... Qu siente ella por m?...

Baj lentamente hacia el estanque. Las ranas que estaban en la orilla
saltaron al agua produciendo un ligero estremecimiento en el dormido
cristal. Haba all un banco de piedra y me sent. La noche y la luna
eran propicias al ensueo, y pude sumergirme en una contemplacin
semejante al xtasis. Confusos recuerdos de otros tiempos y otros
amores se levantaron en mi memoria. Todo el pasado resurga como una
gran tristeza y un gran remordimiento. Mi juventud me pareca mar de
soledad y de tormentas, siempre en noche. El alma languideca en el
recogimiento del jardn, y el mismo pensamiento volva como el motivo
de un canto lejano:

--Qu siente ella?... Qu siente ella por m?

Ligeras nubes blancas erraban en torno de la luna y la seguan en
su curso fantstico y vagabundo: Empujadas por un soplo invisible,
la cubrieron y qued sumido en sombras el jardn. El estanque dej
de brillar entre los mirtos inmviles: Slo la cima de los cipreses
permaneci iluminada. Como para armonizar con la sombra, se levant una
brisa que pas despertando largo susurro en todo el recinto y trajo
hasta m el aroma de las rosas deshojadas. Lentamente volv hacia el
Palacio: Mis ojos se detuvieron en una ventana iluminada, y no s
qu oscuro presentimiento hizo palpitar mi corazn. Aquella ventana
alzbase apenas sobre la terraza, permaneca abierta, y el aire
ondulaba la cortina. Me pareci que por el fondo de la estancia cruzaba
una sombra blanca. Quise acercarme, pero el rumor de unas pisadas bajo
la avenida de los cipreses me detuvo: El viejo mayordomo paseaba  la
luz de la luna sus ensueos de artista. Yo qued inmvil en el fondo del
jardn. Y contemplando aquella luz, el corazn lata:

--Qu siente ella?... Qu siente ella por m?

Pobre Mara Rosario! Yo la crea enamorada, y, sin embargo, mi corazn
presenta no s qu quimrica y confusa desventura. Quise volver 
sumergirme en mi amoroso ensueo, pero el canto de un sapo repetido
montonamente bajo la arcada de los cipreses, distraa y turbaba mi
pensamiento. Recuerdo que de nio he ledo muchas veces en un libro
de devociones donde rezaba mi abuela, que el diablo sola tomar ese
aspecto para turbar la oracin de un santo monje. Era natural que  m
me ocurriese lo mismo. Yo calumniado y mal comprendido, nunca fui otra
cosa que un mstico galante, como San Juan de la Cruz. En lo ms florido
de mis aos, hubiera dado gustoso todas las glorias mundanas para poder
escribir en mis tarjetas: El Marqus de Bradomn, Confesor de Princesas.

[imagen decorative no disponible]


EN ACHAQUES de amor, quin no ha pecado. Yo estoy
convencido de que el diablo tienta siempre  los mejores. Aquella
noche el cornudo monarca del abismo encendi mi sangre con su aliento
de llamas y despert mi carne flaca, fustigndola con su rabo negro.
Yo cruzaba la terraza, cuando una rfaga violenta alz la flameante
cortina, y mis ojos mortales vieron arrodillada en el fondo de la
estancia la sombra plida de Mara Rosario. No puedo decir lo que
entonces pas por m. Creo que primero fu un impulso ardiente, y
despus una audacia fra y cruel: La audacia que se admira en los labios
y en los ojos de aquel retrato que del divino Csar Borgia, pint el
divino Rafael de Sanzio. Me volv mirando en torno: Escuch un instante:
En el jardn y en el Palacio todo era silencio. Llegu cauteloso  la
ventana, y salt dentro. La Santa di un grito: Se dobl blandamente
como una flor cuando pasa el viento, y qued tendida, desmayada, con el
rostro pegado  la tierra. En mi memoria vive siempre el recuerdo de sus
manos blancas y fras: Manos difanas como la hostia!...

Al verla desmayada la cog en brazos y la llev  su lecho, que era como
altar de lino albo, y de rizado encaje. Despus, con una sombra de
recelo, apagu la luz: Qued en tinieblas el aposento y con los brazos
extendidos comenc  caminar en la oscuridad. Ya tocaba el borde de
su lecho y perciba la blancura del hbito monjil, cuando el rumor de
unos pasos en la terraza hel mi sangre, y me detuvo. Manos invisibles
alzaron la flameante cortina y la claridad de la luna penetr en la
estancia. Los pasos haban cesado: Una sombra oscura se destacaba en el
hueco iluminado de la ventana. La sombra se inclin mirando hacia el
fondo del aposento, y volvi  erguirse. Cay la cortina, y escuch de
nuevo el rumor de los pasos que se alejaban.

Inmvil, yerto, anhelante, permanec sin moverme. De tiempo en tiempo
la cortina temblaba: Un rayo de luna esclareca el aposento, y con
amoroso sobresalto mis ojos volvan  distinguir el cndido lecho y la
figura cndida que yaca como la estatua en un sepulcro. Tuve miedo,
y cauteloso llegu hasta la ventana. El sapo dejaba oir su canto bajo
la arcada de los cipreses, y el jardn, hmedo y sombro, susurrante
y oscuro, pareca su reino. Salt la ventana como un ladrn, y anduve
 lo largo de la terraza pegado al muro. De pronto, me pareci sentir
leve rumor, como de alguno que camina recatndose. Me detuve y mir,
pero en la inmensa sombra que el Palacio tenda sobre la terraza y el
jardn, nada poda verse. Segu adelante, y apenas haba dado algunos
pasos cuando un aliento jadeante roz mi cuello, y la punta de un pual
desgarr mi hombro. Me volv con fiera presteza: Un hombre corra 
ocultarse en el jardn. Le reconoc con asombro, casi con miedo, al
cruzar un claro iluminado por la luna, y desist de seguirle, para
evitar todo escndalo. Ms, mucho ms que la herida, me dola dejar de
castigarle, pero ello era forzoso, y entrme en el Palacio, sintiendo el
calor tibio de la sangre correr por mi cuerpo. Musarelo, mi criado, que
dormitaba en la antecmara, despertse al ruido de mis pasos y encendi
las luces de un candelabro. Despus se cuadr militarmente:

--A la orden, mi Capitn.

--Acrcate, Musarelo...

Y tuve que apoyarme en la puerta para no caer. Musarelo era un soldado
veterano que me serva desde mi entrada en la Guardia Noble. En voz baja
y serena, le dije:

--Vengo herido...

Me mir con ojos asustados:

--Dnde, Seor?

--En el hombro.

Musarelo levant los brazos, y clam con la pasin religiosa de un
fantico:

--A traicin sera!...

Yo sonre. Musarelo juzgaba imposible que un hombre pudiese herirme cara
 cara:

--S, fu  traicin. Ahora vndame, y que nadie se entere...

El soldado comenz  desabrocharme la bizarra ropilla. Al descubrir la
herida, yo sent que sus manos temblaban:

--No te desmayes, Musarelo.

--No, mi Capitn.

Y todo el tiempo, mientras me curaba, estuvo repitiendo por lo bajo:

--Ya buscaremos  ese bergante!...

No, no era posible buscarle. El bergante estaba bajo la proteccin de
la Princesa, y acaso en aquel instante le refera las hazaas de su
pual. Torturado por este pensamiento, pas la noche inquieto y febril.
Quera adivinar lo venidero, y perdame en cavilaciones.

An recuerdo que mi corazn tembl como el corazn de un nio, cuando
volv  verme enfrente de la Princesa Gaetani.

[imagen decorative no disponible]


FU AL ENTRAR en la biblioteca, que por hallarse 
oscuras yo haba supuesto solitaria, cuando o la voz apasionada de la
Princesa Gaetani:

--Cunta infamia! Cunta infamia!

Desde aquel momento tuve por cierto que la noble seora lo saba todo,
y, cosa extraa, al dejar de dudar dej de temer. Con la sonrisa en los
labios y atusndome el mostacho entr en la biblioteca:

--Me pareci oiros, y no quise pasar sin saludaros, Princesa.

La Princesa estaba plida como una muerta:

--Gracias!

En pie, tras el silln que ocupaba la dama, hallbase el mayordomo, y
en la penumbra de la biblioteca, yo le adivinaba asaetndome con los
ojos. La Princesa inclinse hojeando un libro. Sobre el vasto recinto
se cerna el silencio como un murcilago de maleficio, que slo se
anuncia por el aire fro de sus alas. Yo comprenda que la noble seora
buscaba herirme con su desdn, y un poco indeciso, me detuve en medio de
la estancia. Mi orgullo levantbase en rfagas, pero sobre los labios
temblorosos estaba la sonrisa. Supe dominar mi despecho y me acerqu
galante y familiar:

--Estis enferma, seora?

--No...

La Princesa continuaba hojeando el libro, y hubo otro largo silencio. Al
cabo suspir dolorida, incorporndose en su silln:

--Vamos, Polonio...

El mayordomo me dirigi una mirada oblicua que me record al viejo
Bandelone, que haca los papeles de traidor en la compaa de Ludovico
Straza:

--A vuestras rdenes, Excelencia.

Y la Princesa, seguida del mayordomo, sin mirarme, atraves el largo
saln de la biblioteca. Yo sent la afrenta, pero todava supe
dominarme, y le dije:

--Princesa, esperad que os cuente cmo esta noche me han herido...

Y mi voz, helada por un temblor nervioso, tena cierta amabilidad
felina que puso miedo en el corazn de la Princesa. Yo la vi palidecer
y detenerse mirando al mayordomo: Despus murmur framente, casi sin
mover los labios:

--Dices que te han herido?

Su mirada se clav en la ma, y sent el odio en aquellos ojos redondos
y vibrantes como los ojos de las serpientes. Un momento cre que llamase
 sus criados para que me arrojasen del Palacio, pero temi hacerme tal
afrenta, y desdeosa sigui hasta la puerta, donde se volvi lentamente:

--Ah!... No tuve carta autorizando tu estancia en Ligura.

Yo repuse sonriendo, sin apartar mis ojos de los suyos:

--Ser preciso volver  escribir.

--Quin?

--Quien escribi antes: Mara Rosario...

La Princesa no esperaba tanta osada y tembl. Mi leyenda juvenil,
apasionada y violenta, pona en aquellas palabras un nimbo satnico.
Los ojos de la Princesa se llenaron de lgrimas, y como eran todava
muy bellos, mi corazn de andante caballero tuvo un remordimiento. Por
fortuna las lgrimas de la Princesa no llegaron  rodar, slo empaaron
el claro iris de su pupila. Tena el corazn de una gran dama y supo
triunfar del miedo: Sus labios se plegaron por el hbito de la sonrisa,
sus ojos me miraron con amable indiferencia, y su rostro cobr una
expresin calma, serena, tersa, como esas santas de aldea que parecen
mirar benvolamente  los fieles. Detenida en la puerta, me pregunt:

--Y cmo te han herido?

--En el jardn, seora...

La Princesa, sin moverse del umbral, escuch la historia que yo quise
contarle. Atenda sin mostrar sorpresa, sin desplegar los labios, sin
hacer un gesto. Por aquel camino de mutismo intentaba quebrantar mi
audacia, y como yo adivinaba su intencin, me complaca hablando sin
reposo para velar su silencio. Mis ltimas palabras fueron acompaadas
de una profunda cortesa, pero ya no tuve valor para besarle la mano:

--Adis, Princesa!... Avisadme si tenis noticias de Roma.

Cruc la silenciosa biblioteca y sal. Despus, meditando  solas si
deba abandonar el Palacio Gaetani, resolv quedarme. Quera mostrar 
la Princesa que cuando suelen otros desesperarse, yo saba sonreir, y
que donde otros son humillados, yo era triunfador. El orgullo ha sido
siempre mi mayor virtud!

[imagen decorative no disponible]


PERMANEC todo el da retirado en mi cmara. Hallbame
cansado como despus de una larga jornada, senta en los prpados
una aridez febril, y senta los pensamientos enroscados y dormidos
dentro de m, como reptiles. A veces se despertaban y corran sueltos,
silenciosos, indecisos: Ya no eran aquellos pensamientos de orgullo y de
conquista, que volaban como guilas con las garras abiertas. Ahora mi
voluntad flaqueaba, sentame vencido y slo quera abandonar el Palacio.
Hallbame combatido por tales bascas, cuando entr Musarelo:

--Mi Capitn, un padre capuchino desea hablaros.

--Dile que estoy enfermo.

--Se lo he dicho, Excelencia.

--Dile que me he muerto.

--Se lo he dicho, Excelencia.

Mir  Musarelo que permaneca ante m con un gesto impasible y
bufonesco:

--Pues entonces qu pretende ese padre capuchino?

--Rezaros los responsos, Excelencia.

Iba yo  replicar, pero en aquel momento una mano levant el majestuoso
cortinaje de terciopelo carmes:

--Perdonad que os moleste, joven caballero.

Un viejo de luenga barba, vestido con el sayal de los capuchinos, estaba
en el umbral de la puerta. Su aspecto venerable me impuso respeto:

--Entrad, Reverendo Padre.

Y adelantndome le ofrec un silln. El capuchino rehus sentarse, y
sus barbas de plata se iluminaron con la sonrisa grave y humilde de los
Santos. Volvi  repetir:

--Perdonad que os moleste...

Hizo una pausa esperando  que saliese Musarelo, y despus continu:

--Joven caballero, poned atencin en cuanto voy  deciros, y lbreos
el Cielo de menospreciar mi aviso. Acaso pudiera costaros la vida!
Prometedme que despus de haberme odo no querris saber ms, porque
responderos me sera imposible. Vos comprenderis que este silencio
lo impone un deber de mi estado religioso, que todo cristiano ha de
respetarlo. Vos sois cristiano!...

Yo repuse inclinndome profundamente:

--Soy un gran pecador, Reverendo Padre.

El rostro del capuchino volvi  iluminarse con indulgente sonrisa:

--Todos lo somos, hijo mo.

Despus, con las manos juntas y los ojos cerrados, permaneci un momento
como meditando. En las hundidas cuencas, casi se transparentaba el globo
de los ojos bajo el velo descarnado y amarillento de los prpados. Al
cabo de algn tiempo continu:

--Mi palabra y mi fe no pueden seros sospechosas, puesto que ningn
inters vil me trae  vuestra presencia. Solamente me gua una poderosa
inspiracin, y no dudo que es vuestro Angel quien se sirve de m para
salvaros la vida, no pudiendo comunicar con vos. Ahora decidme si estis
conmovido, y si puedo daros el consejo que guardo en mi corazn:

--No lo dudis, Reverendo Padre! Vuestras palabras me han hecho sentir
algo semejante al terror. Yo juro seguir vuestro consejo, si en su
ejecucin no hallo nada contra mi honor de caballero.

--Est bien, hijo mo. Espero que por un sentimiento de caridad, suceda
lo que suceda,  nadie hablaris de este pobre capuchino.

--Lo prometo por mi fe de cristiano, Reverendo Padre... Pero hablad, os
lo ruego.

--Hoy, despus de anochecido, salid por la cancela del jardn, y bajad
rodeando la muralla. Encontraris una casa terrea que tiene en el
tejado un crneo de buey: Llamad all. Os abrir una vieja, y le diris
que deseis hablarla: Con esto solo os har entrar. Es probable que ni
siquiera os pregunte quin sois, pero si lo hiciseis, dad un nombre
supuesto. Una vez en la casa, rogadle que os escuche, y exigidle secreto
sobre lo que vais  confiarle. Es pobre, y debis mostraros liberal con
ella, porque as os servir mejor. Veris cmo inmediatamente cierra su
puerta para que podis hablar sin recelo. Vos entonces, hacedle entender
que estis resuelto  recobrar el anillo, y cuanto ha recibido con l.
No olvidis esto: El anillo y cuanto ha recibido con l. Amenazadla
si se resiste, pero no hagis ruido, ni la dejis que pida socorro.
Procurad persuadirla ofrecindole doble dinero del que alguien le ha
ofrecido por perderos. Estoy seguro que acabar haciendo aquello que
le mandis, y que todo os costar bien poco. Pero aun cuando as no
fuese, vuestra vida debe seros ms preciada que todo el oro del Per.
No me preguntis ms, porque ms no puedo deciros... Ahora, antes de
abandonaros, juradme que estis dispuesto  seguir mi consejo.

--S, Reverendo Padre, seguir la inspiracin del Angel que os trajo.

--As sea!

El capuchino traz en el aire una lenta bendicin, y yo inclin la
cabeza para recibirla. Cuando sali, confieso que no tuve nimos de
reir. Con estupor, casi con miedo, advert que en mi mano faltaba un
anillo que llevaba desde haca muchos aos, y sola usar como sello. No
pude recordar dnde lo haba perdido. Era un anillo antiguo: Tena el
escudo grabado en amatista, y haba pertenecido  mi abuelo el Marqus
de Bradomn.

[imagen decorative no disponible]


BAJ AL JARDN donde volaban los vencejos en la sombra
azul de la tarde. Las veredas de mirtos seculares, hondas y silenciosas,
parecan caminos ideales que convidaban  la meditacin y al olvido,
entre frescos aromas que esparcan en el aire las yerbas humildes que
brotaban escondidas como virtudes. Llegaba  m sofocado y continuo el
rumor de las fuentes sepultadas entre el verde perenne de los mirtos,
de los laureles y de los bojes. Una vibracin misteriosa pareca salir
del jardn solitario, y un afn desconocido me oprima el corazn.
Yo caminaba bajo los cipreses, que dejaban caer de su cima un velo
de sombra. Desde lejos, como  travs de larga sucesin de prticos,
distingu  Mara Rosario sentada al pie de una fuente, leyendo en un
libro: Segu andando con los ojos fijos en aquella feliz aparicin. Al
ruido de mis pasos alz levemente la cabeza, y con dos rosas de fuego
en las mejillas volvi  inclinarla, y continu leyendo. Yo me detuve
porque esperaba verla huir, y no encontraba las delicadas palabras que
convenan  su gracia eucarstica de lirio blanco. Al verla sentada al
pie de la fuente, sobre aquel fondo de bojes antiguos, leyendo el libro
abierto en sus rodillas, adivin que Mara Rosario tena por engao
del sueo, mi aparicin en su alcoba. Al cabo de un momento volvi 
levantar la cabeza, y sus ojos, en un batir de prpados, echaron sobre
m una mirada furtiva. Entonces le dije:

--Qu leis en este retiro?

Sonri tmidamente:

--La Vida de la Virgen Mara.

Tom el libro de sus manos, y al cedrmelo, mientras una tenue llamarada
encenda de nuevo sus mejillas, me advirti:

--Tened cuidado que no caigan las flores disecadas que hay entre las
pginas.

--No temis...

Abr el libro con religioso cuidado, aspirando la fragancia delicada y
marchita que exhalaba como un aroma de santidad. En voz baja le:

--La Ciudad Mstica de Sor Mara de Jess, llamada de Agreda.

Volv  entregrselo, y ella, al recibirlo, interrog sin osar mirarme:

--Acaso conocis este libro?

--Lo conozco porque mi padre espiritual lo lea cuando estuvo prisionero
en los Plomos de Venecia.

Mara Rosario, un poco confusa, murmur:

--Vuestro padre espiritual! Quin es vuestro padre espiritual?

--El Caballero de Casanova.

--Un noble espaol?

--No, un aventurero veneciano.

--Y un aventurero?...

Yo la interrump:

--Se arrepinti al final de su vida.

--Se hizo fraile?

--No tuvo tiempo, aun cuando dej escritas sus confesiones.

--Como San Agustn?

--Lo mismo! Pero humilde y cristiano, no quiso igualarse con aquel
doctor de la iglesia, y las llam Memorias.

--Vos las habis ledo?

--Es mi lectura favorita.

--Sern muy edificantes?

--Oh!... Cunto aprenderais en ellas!... Jacobo de Casanova fue gran
amigo de una monja en Venecia.

--Como San Francisco fu amigo de Santa Clara?

--Con una amistad todava ms ntima.

--Y cul era la regla de la monja?

--Carmelita.

--Yo tambin ser carmelita.

Mara Rosario call ruborizndose, y qued con los ojos fijos en el
cristal de la fuente, que la reflejaba toda entera. Era una fuente
rstica cubierta de musgo: Tena un murmullo tmido como de plegaria, y
estaba sepultada en el fondo de un claustro circular, formado por arcos
de antiqusimos bojes. Yo me inclin sobre la fuente, y como si hablase
con la imagen que temblaba en el cristal de agua, murmur:

--Vos, cuando estis en el convento, no seris mi amiga!...

Mara Rosario se apart vivamente:

--Callad!... Callad, os lo suplico!...

Estaba plida, y juntaba las manos mirndome con sus hermosos ojos
angustiados. Me sent tan conmovido, que slo supe inclinarme en demanda
de perdn. Ella gimi:

--Callad, porque de otra suerte no podr deciros...

Se llev las manos  la frente y estuvo as un instante. Yo vea que
toda su figura temblaba. De repente, con una fuerza trgica se descubri
el rostro, y clam enronquecida:

--Aqu vuestra vida peligra!... Salid hoy mismo!

Y corri  reunirse con sus hermanas, que venan por una honda carrera
de mirtos, las unas en pos de las otras, hablando y cogiendo flores
para el altar de la capilla. Me alej lentamente. Empezaba  declinar
la tarde, y sobre la piedra de armas que coronaba la puerta del jardn,
se arrullaban dos palomas que huyeron al acercarme. Tenan adornado
el cuello con alegres listones de seda, tal vez anudados un da por
aquellas manos msticas y ardientes que slo hicieron el bien sobre
la tierra. Matas de viejos aleles florecan en las grietas del muro,
y los lagartos tomaban el sol sobre las piedras caldeadas, cubiertas
de un liquen seco y amarillento. Abr la cancela y qued un momento
contemplando aquel jardn lleno de verdor umbro y de reposo seorial.
El sol poniente dejaba un reflejo dorado sobre los cristales de una
torre que apareca cubierta de negros vencejos, y en el silencio de
la tarde se oa el murmullo de las fuentes y las voces de las cinco
hermanas.

[imagen decorative no disponible]


SIGUIENDO el muro del jardn, llegu  la casa terrea
que tena el crneo de buey en el tejado. Una vieja hilaba sentada
en el quicio de la puerta, y por el camino pasaban rebaos de ovejas
levantando nubes de polvo. La vieja al verme llegar se puso en pie:

--Qu deseis?

Y al mismo tiempo, con un gesto de bruja avarienta, humedeca en los
labios decrpitos el dedo pulgar para seguir torciendo el lino. Yo le
dije:

--Tengo que hablaros.

A la vista de dos sequines, la vieja sonri agasajadora:

--Pasad!... Pasad!...

Dentro de la casa ya era completamente de noche, y la vieja tuvo que
andar  tientas para encender un candil de aceite. Luego de colgarle en
un clavo, volvise  m:

--Veamos qu desea tan gentil caballero?

Y sonrea mostrando la caverna desdentada de su boca. Yo hice un gesto
indicndole que cerrase la puerta, y obedeci solcita, no sin echar
antes una mirada al camino por donde un rebao desfilaba tardo, al son
de las esquilas. Despus vino  sentarse en un taburete, debajo del
candil, y me dijo juntando sobre el regazo las manos que parecan un
haz de huesos:

--Por sabido tengo que estis enamorado, y vuestra es la culpa si no
sois feliz. Antes hubiseis venido, y antes tendrais el remedio.

Oyndola hablar de esta suerte comprend que se haca pasar por
hechicera, y no pude menos de sorprenderme, recordando las misteriosas
palabras del capuchino. Qued un momento silencioso, y la vieja,
esperando mi respuesta, no me apartaba los ojos astutos y desconfiados.
De pronto le grit:

--Sabed, seora bruja, que tan slo vengo por un anillo que me han
robado.

La vieja se incorpor horriblemente demudada:

--Qu decs?

--Que vengo por mi anillo.

--No lo tengo! Yo no os conozco!

Y quiso correr hacia la puerta para abrirla, pero yo le puse una pistola
en el pecho, y retrocedi hacia un rincn dando suspiros. Entonces sin
moverme le dije:

--Vengo dispuesto  daros doble dinero del que os han prometido por
obrar el maleficio, y lejos de perder, ganaris entregndome el anillo y
cuanto os trajeron con l...

Se levant del suelo todava dando suspiros, y vino  sentarse en el
taburete debajo del candil, que al oscilar tan pronto dejaba toda la
figura en la sombra, como la iluminaba el pergamino del rostro y de las
manos. Lagrimeando murmur:

--Perder cinco sequines, pero vos me daris doble cuando sepis...
Porque acabo de reconoceros.

--Decid entonces quin soy?

--Sois un caballero espaol, que sirve en la Guardia Noble del Santo
Padre.

--No sabis mi nombre?

--S, esperad...

Y qued un momento con la cabeza inclinada, procurando acordarse. Yo
vea temblar sobre sus labios palabras que no podan oirse. De pronto me
dijo:

--Sois el Marqus de Bradomn.

Juzgu entonces que deba sacar de la bolsa los diez sequines prometidos
y mostrrselos. La vieja al verlos llor enternecida:

--Excelencia, nunca os hubiera hecho morir, pero os hubiera quitado la
lozana...

--Explicadme eso.

--Venid conmigo... Me hizo pasar tras un caizo negro y derrengado, que
ocultaba el hogar donde ahumaba una lumbre mortecina con olor de azufre.

[imagen decorative no disponible]


LA VIEJA haba descolgado el candil: Alzbale sobre su
cabeza para alumbrarse mejor, y me mostraba el fondo de su vivienda, que
hasta entonces, por estar entre sombras, no haba podido ver. Al oscilar
la luz, yo distingua claramente sobre las paredes negras de humo,
lagartos, huesos puestos en cruz, piedras lucientes, clavos y tenazas.
La bruja puso el candil en tierra y se agach revolviendo en la ceniza:

--Ved aqu vuestro anillo.

Y lo limpi cuidadosamente en la falda, antes de drmelo, y quiso ella
misma colocarlo en mi mano:

--Por qu os trajeron ese anillo?

--Para hacer el sortilegio era necesaria una piedra que llevseis desde
haca muchos aos.

--Y cmo me la robaron?

--Estando dormido, Excelencia.

--Y vos qu intentbais hacer?

--Ya antes os lo dije... Me mandaban privaros de toda vuestra fuerza
viril... Hubirais quedado como un nio acabado de nacer...

--Cmo obrarais ese prodigio?

--Vais  verlo.

Sigui revolviendo en la ceniza y descubri una figura de cera toda
desnuda, acostada en el fondo del brasero. Aquel dolo, esculpido sin
duda por el mayordomo, tena una grotesca semejanza conmigo. Mirndole
yo rea largamente, mientras la bruja rezongaba:

--Ahora os burlis! Desgraciado de vos si hubiese baado esa figura
en sangre de mujer, segn mi ciencia... Y ms desgraciado cuando la
hubiese fundido en las brasas!...

--Era eso todo?

--S...

--Tened vuestros diez sequines. Ahora abrid la puerta.

La vieja me mir astuta:

--Ya os vais, Excelencia? No deseis nada de m? Si me dais otros diez
sequines yo har delirar por vuestros amores  la Seora Princesa. No
queris, Excelencia?

Yo repuse secamente:

--No.

La vieja entonces tom del suelo el candil, y abri la puerta. Sal al
camino, que estaba desierto. Era completamente de noche, y comenzaban
 caer gruesas gotas de agua, que me hicieron apresurar el paso.
Mientras me alejaba iba pensando en el reverendo capuchino que haba
tenido tan cabal noticia de todo aquello. Hall cerrada la cancela del
jardn y tuve que hacer un largo rodeo. Daban las nueve en el reloj de
la Catedral cuando atravesaba el arco romnico que conduca  la plaza
donde se alzaba el Palacio Gaetani. Estaban iluminados los balcones,
y de la iglesia de los Dominicos, sala entre cirios el Paso de la
Cena. An recuerdo aquellas procesiones largas, tristes, rumorosas, que
desfilaban en medio de grandes chubascos. Haba procesiones al rayar
el da, y procesiones por la tarde, y procesiones  la media noche. Las
cofradas eran innumerables. Entonces la Semana Santa tena fama en
aquella vieja ciudad pontificia.

[imagen decorative no disponible]


LA PRINCESA, durante la tertulia, no me habl ni me
mir una sola vez. Yo, temiendo que aquel desdn fuese advertido,
decid re-retirarme. Con la sonrisa en los labios llegu hasta donde
la noble seora hablaba suspirando. Cog audazmente su mano, y la
bes, hacindole sentir la presin decidida y fuerte de mis labios. Vi
palidecer intensamente sus mejillas y brillar el odio en sus ojos, sin
embargo, supe inclinarme con galante rendimiento y solicitar su venia
para retirarme. Ella repuso framente:

--Eres dueo de hacer tu voluntad.

--Gracias, Princesa!

Sal del saln en medio de un profundo silencio. Sentame humillado, y
comprenda que acababa de hacerse imposible mi estancia en el Palacio.
Pas la noche en el retiro de la biblioteca, preocupado con este
pensamiento, oyendo batir montonamente el agua en los cristales de las
ventanas. Sentame presa de un afn doloroso y contenido, algo que era
insensata impaciencia de m mismo, y de las horas, y de todo cuanto me
rodeaba. Veame como prisionero en aquella biblioteca oscura, y buscaba
entrar en mi verdadera conciencia, para juzgar todo lo acaecido durante
aquel da con serena y firme reflexin. Quera resolver, quera decidir,
y extravibase mi pensamiento, y mi voluntad desapareca, y todo
esfuerzo era vano.

Fueron horas de tortura indefinible! Rfagas de una insensata violencia
agitaban mi alma. Con el vrtigo de los abismos me atraan aquellas
asechanzas misteriosas, urdidas contra m en la sombra perfumada de
los grandes salones. Luchaba intilmente por dominar mi orgullo y
convencerme que era ms altivo y ms gallardo abandonar aquella misma
noche, en medio de la tormenta, el Palacio Gaetani. Advertame presa
de una desusada agitacin, y al mismo tiempo comprenda que no era
dueo de vencerla, y que todas aquellas larvas que entonces empezaban
 removerse dentro de m, haban de ser fatalmente furias y sierpes.
Con un presentimiento sombro, senta que mi mal era incurable y que mi
voluntad era impotente para vencer la tentacin de hacer alguna cosa
audaz, irreparable. Era aquello el vrtigo de la perdicin!...

A pesar de la lluvia, abr la ventana. Necesitaba respirar el aire
fresco de la noche. El cielo estaba negro. Una rfaga aborrascada pas
sobre mi cabeza: Algunos pjaros sin nido haban buscado albergue bajo
el alar, y con estremecimientos llenos de fro sacudan el plumaje
mojado, piando tristemente. En la plaza resonaba la cantura de una
procesin lejana. La iglesia del convento tena las puertas abiertas,
y en el fondo brillaba el altar iluminado. Oase la voz senil de una
carraca. Las devotas salan de la iglesia y se cobijaban bajo el arco
de la plaza para ver llegar la procesin. Entre dos hileras de cirios,
bamboleaban las andas, all en el confn de una calle estrecha y alta.
En la plaza esperaban muchos curiosos cantando una oracin rimada. La
lluvia redoblando en los paraguas, y el chapoteo de los pies en los
charcas contrastaba con la nota tibia y sensual de las enaguas blancas
que asomaban bordeando los vestidos negros, como espumas que bordean
sombro oleaje de tempestad. Las dos seoras de los negros y crujientes
vestidos de seda, salieron de la iglesia, y pisando en la punta de los
pies, atravesaron corriendo la plaza, para ver la procesin desde las
ventanas del Palacio. Una rfaga agitaba sus mantos.

Caan gruesas gotas de agua que dejaban un lamparn oscuro en las
losas de la plaza. Yo tena las mejillas mojadas, y senta como una
vaga efusin de lgrimas. De pronto se iluminaron los balcones, y las
Princesas, con otras damas, asomaron en ellos. Cuando la procesin
llegaba bajo el arco, llova  torrentes. Yo la vi desfilar desde
el balcn de la biblioteca, sintiendo  cada instante en la cara el
salpicar de la lluvia arremolinada por el viento. Pasaron primero los
Hermanos del Calvario, silenciosos y encapuchados. Despus los Hermanos
de la Pasin, con hopas amarillas y cirios en las manos. Luego seguan
los Pasos: Jess en el Huerto de las Olivas, Jess ante Pilatos, Jess
ante Herodes, Jess atado  la Columna. Bajo aquella lluvia fra y
cenicienta tenan una austeridad triste y desolada. El ltimo en
aparecer fu el Paso de las Cadas. Sin cuidarse del agua, las damas se
arrastraron de rodillas hasta la balaustrada del balcn. Oyse la voz
trmula del mayordomo:

--Ya llega! Ya llega!

Llegaba, s, pero cun diferente de como lo habamos visto la primera
vez en una sala del Palacio. Los cuatro judos haban depuesto
su fiereza bajo la lluvia. Sus cabezas de cartn se despintaban:
Ablandbanse los cuerpos, y flaqueaban las piernas como si fuesen 
hincarse de rodillas. Parecan arrepentidos. Las dos hermanas de los
rancios vestidos de gro, viendo en ello un milagro, repetan llenas de
uncin:

--Edificante, Antonina!

--Edificante, Lorencina!

La lluvia caa sin tregua como un castigo, y desde un balcn vecino
llegaban con vaguedad de poesa y de misterio, los arrullos de dos
trtolas que cuidaba una vieja enlutada y consumida que rezaba entre dos
cirios encendidos en altos candeleros, tras los cristales. Busqu con
los ojos al Seor Polonio: Haba desaparecido.

[imagen decorative no disponible]


POCO DESPUS, apesadumbrado y dolorido, meditaba en
mi cmara cuando una mano bati con los artejos en la puerta y la voz
cascada del mayordomo vino  sacarme un momento del penoso cavilar:

--Excelencia, este pliego.

--Quin lo ha trado?

--Un correo que acaba de llegar.

Abr el pliego y pas por l una mirada. Monseor Sassoferrato me
ordenaba presentarme en Roma. Sin acabar de leerlo me volv al
mayordomo, mostrando un profundo desdn:

--Seor Polonio, que dispongan mi silla de posta.

El mayordomo pregunt hipcritamente:

--Vais  partir, Excelencia?

--Antes de una hora.

--Lo sabe mi seora la Princesa?

--Vos cuidaris de decrselo.

--Muy honrado, Excelencia! Ya sabis que el postilln est enfermo...
Habr que buscar otro. Si me autorizis para ello yo me encargo de
hallar uno que os deje contento.

La voz del viejo y su mirada esquiva, despertaron en mi alma una
sospecha. Juzgu que era temerario confiarse  tal hombre, y le dije:

--Yo ver  mi postilln.

Me hizo una profunda reverencia, y quiso retirarse, pero le detuve:

--Escuchad, Seor Polonio.

--Mandad, Excelencia.

Y cada vez se inclinaba con mayor respeto. Yo le clav los ojos,
mirndole en silencio: Me pareci que no poda dominar su inquietud.
Adelantando un paso le dije:

--Como recuerdo de mi visita, quiero que conservis esta piedra.

Y sonriendo me saqu de la mano aquel anillo, que tena en una amatista
grabadas mis armas. El mayordomo me mir con ojos extraviados:

--Perdonad!

Y sus manos agitadas rechazaban el anillo. Yo insist:

--Tomadlo.

Inclin la cabeza y lo recibi temblando. Con un gesto imperioso le
seal la puerta.

--Ahora salid.

El mayordomo lleg al umbral, y murmur resuelto y acobardado:

--Guardad vuestro anillo.

Con insolencia de criado lo arroj sobre una mesa. Yo le mir amenazador:

--Presumo que vais  salir por la ventana, Seor Polonio.

Retrocedi, gritando con energa:

--Conozco vuestro pensamiento! No basta  vuestra venganza el maleficio
con que habis deshecho aquellos judos, obra de mis manos, y con ese
anillo queris embrujarme. Yo har que os delaten al Santo Oficio!

Y huy de mi presencia haciendo la seal de la cruz como si huyese
del Diablo. No pude menos de reirme largamente. Llam  Musarelo, y le
orden que se enterase del mal que aquejaba al postilln. Pero Musarelo
haba bebido tanto, que no estaba capaz para cumplir mi mandato. Slo
pude averiguar que el postilln y Musarelo haban cenado con el Seor
Polonio.

[imagen decorative no disponible]


QU TRISTE es para m el recuerdo de aquel da. Mara
Rosario estaba en el fondo de un saln llenando de rosas los floreros
de la capilla. Cuando yo entr quedse un momento indecisa: Sus ojos
miraron medrosos hacia la puerta, y luego se volvieron  m con un ruego
tmido y ardiente. Llenaba en aquel momento el ltimo florero, y sobre
sus manos deshojse una rosa. Yo entonces la dije, sonriendo:

--Hasta las rosas se mueren por besar vuestras manos!

Ella tambin sonri contemplando las hojas que haba entre sus dedos,
y despus con leve soplo las hizo volar. Quedamos silenciosos: Era la
cada de la tarde y el sol doraba una ventana con sus ltimos reflejos:
Los cipreses del jardn levantaban sus cimas pensativas en el azul
del crepsculo, al pie de la vidriera iluminada. Dentro apenas si se
distingua la forma de las cosas, y en el recogimiento del saln las
rosas esparcan un perfume tenue y las palabras moran lentamente igual
que la tarde. Mis ojos buscaban los ojos de Mara Rosario con el empeo
de aprisionarlos en la sombra. Ella suspir angustiada como si el aire
le faltase, y apartndose el cabello de la frente con ambas manos, huy
hacia la ventana. Yo, temeroso de asustarla, no intent seguirla, y slo
le dije despus de un largo silencio:

--No me daris una rosa?

Volvise lentamente y repuso con voz tenue:

--Si la queris...

Dud un instante, y de nuevo se acerc. Procuraba mostrarse serena, pero
yo vea temblar sus manos sobre los floreros al elegir la rosa. Con una
sonrisa llena de angustia me dijo:

--Os dar la mejor.

Ella segua buscando en los floreros. Yo suspir romntico:

--La mejor est en vuestros labios.

Me mir apartndose plida y angustiada:

--No sois bueno... Por qu me decs esas cosas?

--Por veros enojada.

--Algunas veces me parecis el Demonio!...

--El Demonio no sabe querer.

Quedse silenciosa. Apenas poda distinguirse su rostro en la tenue
claridad del saln, y slo supe que lloraba cuando estallaron sus
sollozos. Me acerqu queriendo consolarla:

--Oh!... Perdonadme.

Y mi voz fu tierna, apasionada y sumisa. Yo mismo, al oirla, sent
su extrao poder de seduccin. Era llegado el momento supremo, y
presintindolo, mi corazn se estremeca con el ansia de la espera
cuando est prxima una gran ventura. Mara Rosario cerraba los ojos con
espanto, como al borde de un abismo. Su boca descolorida pareca sentir
una voluptuosidad angustiosa. Yo cog sus manos que estaban yertas: Ella
me las abandon sollozando, con un frenes doloroso:

--Por qu os gozis en hacerme sufrir?... Si sabis que todo es
imposible!...

--Imposible!... Yo nunca esper conseguir vuestro amor... Ya s que no
lo merezco!... Solamente quiero pediros perdn y oir de vuestros labios
que rezaris por m cuando est lejos.

--Callad!... Callad!...

--Os contemplo tan alta, tan lejos de m, tan ideal, que juzgo vuestras
oraciones como las de una Santa.

--Callad!... Callad!...

--Mi corazn agoniza sin esperanza. Acaso podr olvidaros, pero este
amor habr sido para m como un fuego purificador.

--Callad!... Callad!...

Yo tena lgrimas en los ojos, y saba que cuando se llora, las manos
pueden arriesgarse  ser audaces. Pobre Mara Rosario, quedse plida
como una muerta, y pens que iba  desmayarse en mis brazos! Aquella
nia era una Santa, y vindome  tal extremo desgraciado, no tena valor
para mostrarse ms cruel conmigo. Cerraba los ojos, y gema agoniada:

--Dejadme!... Dejadme!...

Yo murmur:

--Por qu me aborrecis tanto?

Me mir despavorida, como si al sonido de mi voz se despertase, y
arrancndose de mis brazos huy hacia la ventana que doraban todava
los ltimos rayos del sol. Apoy la frente en los cristales y comenz
 sollozar. En el jardn se levantaba el canto de un ruiseor, que
evocaba en la sombra azul de la tarde, un recuerdo ingenuo de santidad.

[imagen decorative no disponible]


MARIA ROSARIO llam  la ms nia de sus hermanas, que
con una mueca en brazos, acababa de asomar en la puerta del saln: La
llamaba con un afn angustioso y pudoroso que encenda su carne con
divinas rosas:

--Entra!... Entra!...

La llamaba tendindole los brazos desde el fondo de la ventana. La nia,
sin moverse, le mostr la mueca:

--Me la hizo Polonio.

--Ven  ensermela.

--No la ves as?...

--No, no la veo.

Mara Nieves acab por decidirse, y entr corriendo: Los cabellos
flotaban sobre su espalda como una nube de oro. Era llena de gentileza,
con movimientos de pjaro, alegres y ligeros: Mara Rosario, vindola
llegar, sonrea, cubierto el rostro de rubor y sin secar las lgrimas.
Inclinse para besarla, y la nia se le colg al cuello, hablndole con
agasajo al odo:

--Si le hicieses un vestido  mi mueca!...

--Cmo lo quieres?...

Mara Rosario le acariciaba los cabellos, retenindola  su lado. Yo
vea cmo sus dedos trmulos desaparecan bajo la infantil y olorosa
crencha. En voz baja le dije:

--Qu temais de m?

Sus mejillas llamearon:

--Nada...

Y aquellos ojos, como no he visto otros hasta ahora, ni los espero ver
ya, tuvieron para m una mirada tmida y amante. Callbamos conmovidos,
y la nia empez  referirnos la historia de su mueca: Se llamaba
Yolanda, y era una reina. Cuando le hiciesen aquel vestido de tis, le
pondran tambin una corona. Mara Nieves hablaba sin descanso: Sonaba
su voz con murmullo alegre, continuo, como el borboteo de una fuente.
Recordaba cuntas muecas haba tenido, y quera contar la historia de
todas: Unas haban sido reinas, otras pastoras. Eran largas historias
confusas, donde se repetan continuamente las mismas cosas. La nia
extravibase en aquellos relatos como en el jardn encantado del ogro
las tres nias hermanas, Andara, Magalona y Aladina... De pronto huy de
nuestro lado. Mara Rosario la llam sobresaltada:

--Ven!... No te vayas!

--No me voy.

Corra por el saln, y la cabellera de oro le revoloteaba sobre los
hombros. Como cautivos, la seguan  todas partes los ojos de Mara
Rosario: Volvi  suplicarle:

--No te vayas!...

--Si no me voy.

La nia hablaba desde el fondo oscuro del saln. Mara Rosario,
aprovechando el instante, murmur con apagado acento:

--Marqus, salid de Ligura...

--Sera renunciar  veros!

--Y acaso no es hoy la ltima vez? Maana entrar en el convento.
Marqus, oid mi ruego!...

--Quiero sufrir aqu... Quiero que mis ojos, que no lloran nunca, lloren
cuando os vistan el hbito, cuando os corten los cabellos, cuando las
rejas se cierren ante vos. Quin sabe, si al veros sagrada por los
votos, mi amor terreno no se convertir en una devocin! Vos sois una
Santa!...

--Marqus, no digis impiedades!

Y me clav los ojos tristes, suplicantes, guarnecidos de lgrimas como
de oraciones pursimas. Entonces ya pareca olvidada de la nia, que
sentada en un canap, adormeca  su mueca con viejas tonadillas del
tiempo de las abuelas. En la sombra de aquel vasto saln donde las
rosas esparcan su aroma, la cancin de la nia tena el encanto de esas
rancias galanteras que parece se hayan desvanecido con los ltimos
sones de un minu.

[imagen decorative no disponible]


COMO UNA flor de sensitiva, Mara Rosario temblaba bajo
mis ojos. Yo adivinaba en sus labios el anhelo y el temor de hablarme.
De pronto me mir ansiosa, parpadeando como si saliese de un sueo. Con
los brazos tendidos hacia m, murmur arrebatada, casi violenta:

--Salid hoy mismo para Roma. Os amenaza un peligro y tenis que
defenderos. Habis sido delatado al Santo Oficio.

Yo repet, sin ocultar mi sorpresa:

--Delatado al Santo Oficio?

--S, por brujo... Vos habais perdido un anillo, y por arte diablica
lo recobrsteis... Eso dicen, Marqus!

Yo exclam con irona:

--Y quien lo dice es vuestra madre?

--No!...

Sonre tristemente:

--Vuestra madre, que me aborrece porque vos me amis!

--Jams!... Jams!...

--Pobre nia, vuestro corazn tiembla por m, presiente los peligros
que me cercan, y quiere prevenirlos.

--Callad, por compasin!... No acusis  mi madre!...

--Acaso ella no llev su crueldad hasta acusaros  vos misma? Acaso
crey vuestras palabras cuando le jurabais que no me habais visto una
noche?...

--S, las crey!

Mara Rosario haba dejado de temblar. Erguase inmaculada y heroica,
como las Santas ante las fieras del Circo. Yo insist, con triste
acento, gustando el placer doloroso y supremo del verdugo:

--No, no fuisteis creda. Vos lo sabis. Y cuntas lgrimas han vertido
en la oscuridad vuestros ojos!

Mara Rosario retrocedi hacia el fondo de la ventana:

--Sois brujo!... Han dicho la verdad!... Sois brujo!...

Luego, rehacindose, quiso huir, pero yo la detuve:

--Escuchadme.

Ella me miraba con los ojos extraviados, haciendo la seal de la cruz:

--Sois brujo!... Por favor, dejadme!

Yo murmur con desesperacin:

--Tambin vos me acusis?

--Decid entonces, cmo habis sabido?...

La mir largo rato en silencio, hasta que sent descender sobre mi
espritu el numen sagrado de los profetas:

--Lo he sabido, porque habis rezado mucho para que lo supiese... He
tenido en un sueo revelacin de todo!...

Mara Rosario respiraba anhelante. Otra vez quiso huir, y otra vez
la detuve. Desfallecida y resignada, mir hacia el fondo del saln,
llamando  la nia:

--Ven, hermana!... Ven!

Y le tenda los brazos: La nia acudi corriendo: Mara Rosario
la estrech contra su pecho alzndola del suelo, pero estaba tan
desfallecida de fuerzas, que apenas poda sostenerla, y suspirando con
fatiga tuvo que sentarla sobre el alfizar de la ventana. Los rayos del
sol poniente circundaron como una aureola la cabeza infantil: La crencha
sedea y olorosa fu como onda de luz sobre los hombros de la nia. Yo
busqu en la sombra la mano de Mara Rosario:

--Curadme!...

Ella murmur retirndose:

--Y cmo?...

--Jurad que me aborrecis.

--Eso no...

--Y amarme?

--Tampoco. Mi amor no es de este mundo!

Y su voz era tan triste al pronunciar estas palabras, que yo sent una
emocin voluptuosa como si cayese sobre mi corazn roco de lgrimas
pursimas. Inclinndome para beber su aliento y su perfume, murmur en
voz baja y apasionada:

--Vos me pertenecis. Hasta la celda del convento os seguir mi
culto mundano. Solamente por vivir en vuestro recuerdo y en vuestras
oraciones, morira gustoso.

--Callad!... Callad!...

Mara Rosario, con el rostro intensamente plido, tenda sus manos
temblorosas hacia la nia que estaba sobre el alfizar, circundada por
el ltimo resplandor de la tarde, como un arcngel en una vidriera
antigua. El recuerdo de aquel momento, an pone en mis mejillas un fro
de muerte. Ante nuestros ojos espantados se abri la ventana, con ese
silencio de las cosas inexorables que estn determinadas en lo invisible
y han de suceder por un destino fatal y cruel. La figura de la nia,
inmvil sobre el alfizar, se destac un momento en el azul del cielo
donde palidecan las estrellas, y cay al jardn, cuando llegaban 
tocarla los brazos de la hermana.

[imagen decorative no disponible]


FU SATANS! Fu Satans!... An resuena en mi odo
aquel grito angustiado de Mara Rosario: Despus de tantos aos, an la
veo plida, divina y trgica como el mrmol de una estatua antigua: An
siento el horror de aquella hora:

--Fu Satans!... Fu Satans!...

La nia estaba inerte sobre la escalinata. El rostro apareca entre el
velo de los cabellos, blanco como un lirio, y de la rota sien manaba
el hilo de sangre que los iba empapando. La hermana, como una poseda,
gritaba:

--Fu Satans!... Fu Satans!...

Levant  la nia en brazos y sus ojos se abrieron un momento llenos de
tristeza. La cabeza ensangrentada y mortal, rod yerta sobre mi hombro,
y los ojos se cerraron de nuevo, lentos como dos agonas. Los gritos de
la hermana, resonaban en el silencio del jardn:

--Fu Satans!... Fu Satans!...

La cabellera de oro, aquella cabellera flida como la luz, olorosa como
un huerto, estaba negra de sangre. Yo la sent pesar sobre mi hombro
semejante  la fatalidad en un destino trgico. Con la nia en brazos
sub la escalinata. En lo alto sali  mi encuentro el coro angustiado
de las hermanas. Yo escuch su llanto y sus gritos, yo sent la muda
interrogacin de aquellos rostros plidos que tenan el espanto en los
ojos. Los brazos se tendan hacia m desesperados, y ellos recogieron el
cuerpo de la hermana, y lo llevaron hacia el Palacio. Yo qued inmvil,
sin valor para ir detrs, contemplando la sangre que tena en las
manos. Desde el fondo de las estancias llegaba hasta m el lloro de las
hermanas y los gritos ya roncos de aquella que clamaba enloquecida:

--Fu Satans!... Fu Satans!...

Sent miedo. Baj  las caballerizas y con ayuda de un criado enganch
los caballos  la silla de posta. Part al galope. Al desaparecer bajo
el arco de la plaza, volv los ojos llenos de lgrimas para enviarle
un adis al Palacio Gaetani. En la ventana, siempre abierta, me pareci
distinguir una sombra trgica y desolada. Pobre sombra envejecida,
arrugada, miedosa que vaga todava por aquellas estancias, y todava
cree verme acechndola en la oscuridad! Me contaron que ahora, al cabo
de tantos aos, ya repite sin pasin, sin duelo, con la monotona de una
vieja que reza:

FU SATANS!</small>

[imagen decorative no disponible]

                              JOSEPH MOJA

                                ORNAVIT

                     ACABSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
                        EN LA IMPRENTA HELNICA
                          DE MADRID  XXX DAS
                            DEL MES DE MAYO
                               DE MCMXIII
                                  AOS

       *       *       *       *       *

Errores corregidos por el transcriptor del texto electnico:

que llenaba la capilla pidiendo=> que llenaban la capilla pidiendo {pg
94}

Al desaparer bajo el arco=> Al desaparecer bajo el arco {pg 217}









End of Project Gutenberg's Sonata de primavera, by Ramn del Valle-Incln

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SONATA DE PRIMAVERA ***

***** This file should be named 42440-8.txt or 42440-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/4/2/4/4/42440/

Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
produced from images available at The Internet Archive)


Updated editions will replace the previous one--the old editions
will be renamed.

Creating the works from public domain print editions means that no
one owns a United States copyright in these works, so the Foundation
(and you!) can copy and distribute it in the United States without
permission and without paying copyright royalties.  Special rules,
set forth in the General Terms of Use part of this license, apply to
copying and distributing Project Gutenberg-tm electronic works to
protect the PROJECT GUTENBERG-tm concept and trademark.  Project
Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
charge for the eBooks, unless you receive specific permission.  If you
do not charge anything for copies of this eBook, complying with the
rules is very easy.  You may use this eBook for nearly any purpose
such as creation of derivative works, reports, performances and
research.  They may be modified and printed and given away--you may do
practically ANYTHING with public domain eBooks.  Redistribution is
subject to the trademark license, especially commercial
redistribution.



*** START: FULL LICENSE ***

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project
Gutenberg-tm License (available with this file or online at
http://gutenberg.org/license).


Section 1.  General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm
electronic works

1.A.  By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement.  If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or destroy
all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your possession.
If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a Project
Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound by the
terms of this agreement, you may obtain a refund from the person or
entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph 1.E.8.

1.B.  "Project Gutenberg" is a registered trademark.  It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement.  There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement.  See
paragraph 1.C below.  There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
works.  See paragraph 1.E below.

1.C.  The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
Gutenberg-tm electronic works.  Nearly all the individual works in the
collection are in the public domain in the United States.  If an
individual work is in the public domain in the United States and you are
located in the United States, we do not claim a right to prevent you from
copying, distributing, performing, displaying or creating derivative
works based on the work as long as all references to Project Gutenberg
are removed.  Of course, we hope that you will support the Project
Gutenberg-tm mission of promoting free access to electronic works by
freely sharing Project Gutenberg-tm works in compliance with the terms of
this agreement for keeping the Project Gutenberg-tm name associated with
the work.  You can easily comply with the terms of this agreement by
keeping this work in the same format with its attached full Project
Gutenberg-tm License when you share it without charge with others.

1.D.  The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work.  Copyright laws in most countries are in
a constant state of change.  If you are outside the United States, check
the laws of your country in addition to the terms of this agreement
before downloading, copying, displaying, performing, distributing or
creating derivative works based on this work or any other Project
Gutenberg-tm work.  The Foundation makes no representations concerning
the copyright status of any work in any country outside the United
States.

1.E.  Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1.  The following sentence, with active links to, or other immediate
access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear prominently
whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work on which the
phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the phrase "Project
Gutenberg" is associated) is accessed, displayed, performed, viewed,
copied or distributed:

This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
almost no restrictions whatsoever.  You may copy it, give it away or
re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
with this eBook or online at www.gutenberg.org

1.E.2.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is derived
from the public domain (does not contain a notice indicating that it is
posted with permission of the copyright holder), the work can be copied
and distributed to anyone in the United States without paying any fees
or charges.  If you are redistributing or providing access to a work
with the phrase "Project Gutenberg" associated with or appearing on the
work, you must comply either with the requirements of paragraphs 1.E.1
through 1.E.7 or obtain permission for the use of the work and the
Project Gutenberg-tm trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or
1.E.9.

1.E.3.  If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any additional
terms imposed by the copyright holder.  Additional terms will be linked
to the Project Gutenberg-tm License for all works posted with the
permission of the copyright holder found at the beginning of this work.

1.E.4.  Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5.  Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6.  You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including any
word processing or hypertext form.  However, if you provide access to or
distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format other than
"Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official version
posted on the official Project Gutenberg-tm web site (www.gutenberg.org),
you must, at no additional cost, fee or expense to the user, provide a
copy, a means of exporting a copy, or a means of obtaining a copy upon
request, of the work in its original "Plain Vanilla ASCII" or other
form.  Any alternate format must include the full Project Gutenberg-tm
License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7.  Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8.  You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works provided
that

- You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
     the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
     you already use to calculate your applicable taxes.  The fee is
     owed to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he
     has agreed to donate royalties under this paragraph to the
     Project Gutenberg Literary Archive Foundation.  Royalty payments
     must be paid within 60 days following each date on which you
     prepare (or are legally required to prepare) your periodic tax
     returns.  Royalty payments should be clearly marked as such and
     sent to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation at the
     address specified in Section 4, "Information about donations to
     the Project Gutenberg Literary Archive Foundation."

- You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
     you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
     does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
     License.  You must require such a user to return or
     destroy all copies of the works possessed in a physical medium
     and discontinue all use of and all access to other copies of
     Project Gutenberg-tm works.

- You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of any
     money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
     electronic work is discovered and reported to you within 90 days
     of receipt of the work.

- You comply with all other terms of this agreement for free
     distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9.  If you wish to charge a fee or distribute a Project Gutenberg-tm
electronic work or group of works on different terms than are set
forth in this agreement, you must obtain permission in writing from
both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and Michael
Hart, the owner of the Project Gutenberg-tm trademark.  Contact the
Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1.  Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
public domain works in creating the Project Gutenberg-tm
collection.  Despite these efforts, Project Gutenberg-tm electronic
works, and the medium on which they may be stored, may contain
"Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate or
corrupt data, transcription errors, a copyright or other intellectual
property infringement, a defective or damaged disk or other medium, a
computer virus, or computer codes that damage or cannot be read by
your equipment.

1.F.2.  LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees.  YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH F3.  YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3.  LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from.  If you
received the work on a physical medium, you must return the medium with
your written explanation.  The person or entity that provided you with
the defective work may elect to provide a replacement copy in lieu of a
refund.  If you received the work electronically, the person or entity
providing it to you may choose to give you a second opportunity to
receive the work electronically in lieu of a refund.  If the second copy
is also defective, you may demand a refund in writing without further
opportunities to fix the problem.

1.F.4.  Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS' WITH NO OTHER
WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT LIMITED TO
WARRANTIES OF MERCHANTIBILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5.  Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of damages.
If any disclaimer or limitation set forth in this agreement violates the
law of the state applicable to this agreement, the agreement shall be
interpreted to make the maximum disclaimer or limitation permitted by
the applicable state law.  The invalidity or unenforceability of any
provision of this agreement shall not void the remaining provisions.

1.F.6.  INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in accordance
with this agreement, and any volunteers associated with the production,
promotion and distribution of Project Gutenberg-tm electronic works,
harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
that arise directly or indirectly from any of the following which you do
or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.


Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
