Project Gutenberg's Hombres y glorias de Amrica, by Enrique Pieyro

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Title: Hombres y glorias de Amrica

Author: Enrique Pieyro

Release Date: February 15, 2014 [EBook #44918]

Language: Spanish

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  Nota del Transcriptor:

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  Letras oscuras son denotadas con =signos de igual=.




       HOMBRES
          Y
  GLORIAS DE AMRICA




       HOMBRES
          Y
  GLORIAS DE AMRICA

         POR

    ENRIQUE PIEYRO

    [Ilustracin]

        PARS


  GARNIER HERMANOS, LIBREROS EDITORES
      6, rue des Saints-Pres, 6
                1903




PARS.--TIP. GARNIER HERMANOS, 5 RUE DES SAINTS PRES.




        EL CONFLICTO
           ENTRE
  LA ESCLAVITUD Y LA LIBERTAD
    EN LOS ESTADOS UNIDOS
      de 1850  1861[1]

    (Bosquejo histrico)

     [1] Este trabajo, que slo aspira  ser, como en el ttulo se
     indica, rpida ojeada sobre graves y complicados acaecimientos
     histricos, los considera, adems, desde un punto de vista limitado
     y especial. El senado de los Estados Unidos es aqu como el hilo
     conductor de la narracin de algunas de las grandes cosas sucedidas
     en la repblica angloamericana durante los aos de luchas verbales
     y contiendas electorales que precedieron  la guerra civil. Aun
     ciertos episodios ajenos  evoluciones de partido dentro del
     senado, como la aparicin y efectos de la novela abolicionista de
     Harriet Beecher Stowe, las veleidades anexionistas respecto de
     Cuba, la temeraria empresa de John Brown, las elecciones
     presidenciales, otros ms, se tratan buscando especialmente su
     reflejo en las discusiones de ese cuerpo, cuya influencia en la
     marcha poltica de los Estados Unidos ha sido siempre muy marcada y
     decisiva.


CAPTULO I

Tentativas de conciliacin antes de 1850.

La historia poltica y constitucional de los Estados Unidos de la
Amrica del Norte se desenvuelve durante largo perodo en dos
direcciones principales; puede decirse que se concentra en dos problemas
capitales, cuyo planteamiento y progresivo desarrollo va rpidamente
despertando el ms palpitante inters, hasta llegar  una solucin
violenta y definitiva en medio de los horrores de una guerra civil,
sangrienta y destructora, como se recuerdan muy pocas otras en los
anales de la humanidad.

Esas dos cuestiones esenciales son: la extensin del rea organizada de
la repblica con objeto de abrir el ancho campo indispensable al
portentoso engrandecimiento de su riqueza y poblacin, y la lucha entre
los partidos polticos por consentir  prohibir en los territorios
nuevamente anexados,  en los nuevos estados que sobre ellos pudieran
constituirse, la esclavitud de la raza negra, tal como exista desde
antes de la independencia de los trece primeros estados, y tal como
implcitamente lo reconoca la Constitucin soberana  intangible del
pas.

A medida que han ido desapareciendo los actores que tomaron parte en las
luchas reidas nacidas de esas cuestiones y se han podido escudriar los
mviles verdaderos de sus actos y palabras;  medida que el trascurso
del tiempo ha suprimido los obstculos que cerraban el horizonte 
impedan descubrir desde alto punto de vista toda la perspectiva, ha
aparecido tambin, cada vez ms indudable, ms patente cada vez, la
preponderante influencia que la cuestin de la esclavitud de los negros
ha ejercido en la historia de los Estados Unidos desde la poca en que
los intereses agrcolas de las regiones del Sur, arraigados en el
trabajo esclavo, se hallaron por la fuerza de las cosas en directa
oposicin al desarrollo industrial y mercantil de los Estados del Norte,
fomentado por el trabajo libre. El lazo federal debi resistir 
sacudidas, da por da ms violentas, y si le ha sido lcito durar hasta
el presente, si conserva la repblica los rasgos esenciales de su
prstina apariencia, si contina ante ella abierto magnfico y dilatado
porvenir de engrandecimiento, fu primero necesario, en medio de
terribles borrascas, atar ms fuertemente y robustecer las ligaduras,
muy  punto en varias ocasiones de romperse para siempre.

En 1820 vot el Congreso federal una ley, conocida en el lenguaje
poltico con el nombre de acuerdo,  _Compromiso_, del Missouri, en
virtud de la cual quedaba matemticamente fijado en la lnea de los
treinta y seis y medio grados de latitud Norte el lmite que separara
perpetuamente las dos fracciones del pas donde se consenta y donde se
rechazaba el rgimen de la esclavitud. Encima de esa lnea ningn nuevo
Estado poda entrar  formar parte de la federacin, si su ley orgnica
sancionaba la condicin servil de una parte de los habitantes; y aunque
explcitamente no se proclamase lo contrario al Sur de la misma, el
_bill_, en concepto de todos, as lo daba por establecido: de ah su
nombre de _Compromiso_  transaccin.

Esa restriccin geogrfica impuesta  la esclavitud era un reproche
grave y directo, aunque tcito, contra la naturaleza de la institucin;
los Estados del Sur pudieron soportarlo sin sentirse humillados ni
agraviados, porque sobraba entonces tierra en todas direcciones por
donde extenderse debajo del paralelo fijado, y porque sus jefes
polticos estaban todava muy lejos de poseer la energa y unidad de
miras que despus consagraron sin reposo  la defensa de sus intereses y
 la satisfaccin de sus deseos.

El primer choque ruidoso y en campo abierto, pero puramente dogmtico
todava, entre ambas secciones contrapuestas, la primera tempestad de
truenos y rayos que pas por el cielo de la repblica, amenazando atacar
la unin y disolverla desparramando sus elementos, ocurri unos doce
aos ms adelante, y naci inopinadamente de una cuestin de aranceles
de aduanas, porque el Sur, como regin agrcola y productora de primeras
materias, de algodn y de azcar bruto, de tabaco, de camo y arroz,
exiga en nombre de la equidad que los derechos de importacin, al ser
fijados por las Cmaras en Washington para toda la Repblica, se
ajustasen nada ms que  las necesidades generales del presupuesto;
mientras el Norte, como regin principalmente de industria y comercio,
solicitaba que por medio de altos derechos se protegiese la creciente
prosperidad de sus manufacturas. Un hijo ilustre de la Carolina del Sur,
que haba ya sido Vicepresidente de la Repblica, John C. Calhoun, alta
figura en quien se concentra en la forma ms digna de respeto y ms
completa cuanto hubo de bueno y cuanto hubo tambin de agresivamente
egosta en la poltica de esos estados agrcolas y esclavistas,
excogit una extraa teora, que  su juicio se deduca naturalmente del
pacto constitucional, y que otorgaba  cada estado de la Unin la
facultad de negar el pase y la obediencia  las leyes promulgadas por la
autoridad federal, en el caso de que infiriesen perjuicio  causasen
menoscabo  sus intereses esenciales. Cuando dentro de los muros del
Capitolio brot defendida por un senador del Sur esa siniestra teora,
precursora infalible de guerras y de duelos, fu inmediatamente refutada
y demolida por Daniel Webster, senador de Massachusetts, en una oracin
magnfica, la ms hermosa de su larga y brillantsima carrera, que por
la importancia de su tema y el inflamado vigor de su argumentacin ha
sido por diversos crticos puesta en parangn con los ms sublimes
modelos del arte oratorio en Grecia y Roma[2].

     [2] Discurso generalmente llamado Rplica contra Hayne,
     pronunciado el 26 de Enero de 1830. Vase la biografa de Daniel
     Webster por HENRY CABOT LODGE, pag. 187, 1 vol. Boston, 1884.

Nadie ignoraba que Calhoun era el padre de la anrquica teora expuesta
por el senador Hayne, y mientras Webster mostraba irrefragablemente que
en los flancos de esa doctrina poltica se esconda la guerra civil con
todos sus horrores, muchos fijaron los ojos en Calhoun que, como
Vicepresidente de la repblica, diriga las sesiones del Senado, aunque
sin tomar parte en los debates, conforme dispone la Constitucin. Pero
al ardor de sus convicciones no poda bastar que otro se encargase de
exponerlas y defenderlas. Poco despus dimiti la Vicepresidencia,
acept el cargo de senador del Estado en que naci, la Carolina del Sur,
cuyos intereses polticos y morales eran su religin, para sostener por
medio de la palabra, con el acento de pasin severa y solemne que daba
alguna vida  su austera elocuencia, el derecho, ya antes defendido con
la pluma, de anular por medio de las legislaturas de los Estados los
acuerdos del Congreso federal. La Carolina lleg hasta  fijar de
antemano una fecha para iniciar su rebelin constitucional; pero el
primer magistrado de la repblica, el general Jackson, el ms violento y
agresivo de los hombres, que alimentaba por la patria federal, por la
Unin, amor tan sincero y ardiente como el de Calhoun por su patria
local, por su Estado, pidi en el acto al Congreso facultades
extraordinarias para extirpar con mano de hierro el nido de traiciones
que se agitaba en la Carolina.

Era demasiado temprano para que osara el Sur provocar la guerra civil
con la menor probabilidad de mantenerla siquiera un breve espacio. El
temple militar de Jackson infundi terror en el corazn aun de los menos
tmidos, y fu preciso retroceder para evitar un desastre definitivo.
Acudi al socorro el senador de Kentucky, Henry Clay, el gran
pacificador, como ya lo llamaban, por la prominente intervencin que
haba tenido en el Compromiso del Missouri, y logr esta vez tambin, no
sin trabajo, zurcir una nueva transaccin, disminuyendo gradualmente en
plazos fijos los derechos de aduanas, con lo cual se disip el ominoso
nublado, y por un poco de tiempo los nimos parecieron aquietarse.

En los aos inmediatos, terminada la turbulenta administracin de
Jackson, que fu Presidente durante dos perodos y goz hasta el fin de
inmensa popularidad, bast  llenar la actividad poltica de Calhoun y
sus amigos la preponderante influencia que  menudo lograron ejercer en
Washington. Gracias  ella se consum la anexin de Tejas y se llev 
cabo la guerra inicua contra Mjico, as como se proyectaron y
prepararon otras empresas, todas con el fin nico de agrandar el rea en
que podra extenderse la esclavitud de los negros. Pero esos hombres,
acaudillados por el grave y tenaz senador de la Carolina, eran demasiado
sagaces para no ver el formidable peligro que por diversos lados
amenazaba  la institucin "peculiar", piedra angular del grupo de
estados cuyo porvenir tan ansiosamente defendan. Vanas resultaban con
frecuencia ventajas ganadas  costa de esfuerzos inauditos. La senda por
donde marchaban de triunfo en triunfo conduca fatalmente  una barrera
insalvable, contra la que haban de estrellarse sus ms caras
esperanzas.

Despus que la marcha misma de los sucesos coloc en abierto antagonismo
los Estados del Norte y del Sur, pudo por mucho tiempo la lucha,  pesar
del rpido crecimiento en riqueza y poblacin de los primeros y del
lento progreso de los segundos, mantenerse sin excesiva desigualdad,
merced  los privilegios que la Constitucin haba asegurado  unos en
perjuicio de los otros. Los negros esclavos entraban hasta cierto lmite
en el clculo de la poblacin para determinar el nmero de miembros de
la "Casa de Representantes" y del Colegio electoral; el Senado adems,
que por sus mayores prerrogativas y la mayor duracin del mandato era
depositario verdadero de los elementos de una poltica firmemente
continuada, se compona siempre de dos senadores por Estado, cualquiera
que fuese su tamao y la cifra de sus habitantes. Por consiguiente la
lucha poltica en la capital federal por la suprema direccin de los
intereses generales, poda sostenerse con armas y probabilidades iguales
mientras se guardase el equilibrio entre ambos grupos y tuviese cada
parte nmero idntico de senadores. Ese equilibrio, esa obra maestra de
esfuerzo y habilidad, era la trinchera poderosa, inexpugnable, en que se
defenda la esclavitud como institucin, porque el miedo de tocar el
arca sacrosanta de la Constitucin y el riesgo colosal de trastornar,
inundar de sangre y destruir la nacin, daban al Sur aliados en el Norte
para conservar intactas sus posiciones, inclumes sus privilegios.

Pero la historia ensea que raras veces un soberano, un grupo de
hombres, un partido poltico, robustamente establecido al cabo de grande
esfuerzo y venciendo todos sus adversarios, se ha contentado con la
posesin tranquila del terreno conquistado en los primeros perodos, en
los das en que por la novedad misma de la situacin el triunfo ha sido
fcil y la fortuna largo tiempo risuea. La inquietud del porvenir, la
soberbia del presente desencadenan la ambicin, la transforman en
demencia y la precipitan en la ruina, como precipit  Alejandro Magno,
 la oligarqua senatorial de Roma, al imperio efmero del primer
Bonaparte. Asimismo corra de jornada en jornada victoriosa  la
catstrofe inevitable el partido, que compacto y marcialmente organizado
constitua en quince estados de la Unin una verdadera aristocracia, y
oprima en dura servidumbre  ms de tres millones de negros, que valan
para la influencia poltica de sus amos como si fuesen dos millones de
ciudadanos libres.

No satisfecho ese partido con proclamar que la esclavitud era una
institucin local, domstica en cada estado, y que careca el poder
federal de la facultad de coartarla y aun de vituperarla, lo cual en la
prctica nadie se aventuraba  contrariar; no contento con explotar y
abusar de todos los recursos nacionales en pro de la defensa y
sostenimiento de esa institucin local, aspir tambin  extenderla por
los territorios adquiridos despus de la guerra con Mjico; pretensin
tan impoltica como cruel, tan injusta como inmoral, pues las leyes
mejicanas tenan all previamente abolida la esclavitud. Esto provoc
nueva y violenta crisis de la nunca aplacada agitacin; gritos y
amenazas de desbaratar la Unin resonaron con ms furia que antes, y
fu preciso que se adelantase al proscenio otra vez el pacificador
perpetuo, Henry Clay, ya bien cargado de aos y padecimientos, y
coordinase y defendiese con su probada destreza un tercer Compromiso,
que arrancado por la arrogancia del Sur  la pusilnime incertidumbre
del Norte, aplaz diez aos solamente lo que Clay y otros muchos con l
creyeron para siempre conjurado.

Cuando llegaron  la votacin definitiva los artculos del Compromiso,
en forma de otras tantas leyes diferentes[3], ya Calhoun haba dejado de
existir. En Marzo de 1850 tena el gran campen del Sur sesenta y ocho
aos, y se hallaba terriblemente depauperado por la dolencia pulmonar
que de mucho atrs lo consuma; pero ansioso de tomar parte en el
debate, como si adivinara lo brevsimo del plazo, de slo cuatro
semanas, que le otorgaba la enfermedad, pues deba morir el 31 del mismo
mes,--y no teniendo fuerzas para alzar la voz y mantenerse de
pie,--confi al senador de Virginia, Mason, el encargo de leer al Senado
el discurso que haba cuidadosamente escrito. Inmvil en su asiento
mientras Mason lea, pareca agravar y atestar con su rostro demacrado
de anacoreta y los ojos lustrosos de fiebre las fnebres predicciones
que lanzaba en su arenga sobre el derrumbamiento y fin de la Unin,
cuando, destruido el equilibrio de las dos secciones, juzgase el Sur en
peligro sus derechos. Tambin asisti tres das despus  la memorable
sesin de 7 de Marzo en que pronunci Daniel Webster un gran discurso
sobre el mismo asunto, y en la que ambos viejos atletas, poco antes
adversarios irreconciliables, se dirigieron mutuas expresiones de
simpata.

     [3] Sus condiciones fueron: admisin inmediata de California como
     Estado y sin esclavitud; organizacin de Nuevo Mjico como
     territorio, sin resolver ni en pro ni en contra la admisin de los
     esclavos; fijacin de los lmites de Tejas mediante un subsidio de
     diez millones en favor de ese estado; supresin del trfico de
     esclavos, no de la esclavitud, en el distrito federal; y por ltimo
     promulgacin de una ley particularmente estricta para la
     persecucin y entrega  sus dueos de los "esclavos fugitivos" en
     los Estados libres.

Ese discurso de Webster, pronunciado el 7 de Marzo de 1850 y titulado
por l al imprimirlo: "La Constitucin y la Unin", es famossimo,
inferior entre los suyos slo  la rplica contra Hayne, aunque la
iguala en dos  tres momentos. Su efecto fu decisivo en favor del plan
propuesto por Clay; sin el prestigio del hombre y el vigor de su
elocuencia no hubiera seguramente logrado tanta mayora entre los
representantes del Norte. Pero en ese esfuerzo aventur y sacrific el
orador la mejor parte de su reputacin, el glorioso esplendor de su
pasado, cuanto hasta aquel da lo haba hecho ilustre y adorado de sus
conciudadanos. Son y sern siempre muchos los que piensen que, al
renegar el gran tribuno de todo lo que hasta ese momento haba
simbolizado en la poltica de su patria, pagaba  precio excesivamente
caro la defensa de un acuerdo, que en realidad  nadie satisfaca. Su
reputacin sufri los ms rudos ataques, muchos de sus antiguos
admiradores le volvieron la espalda, y el astro fulgente qued envuelto
en sombras negras y densas, que no se disiparon ms, que eclipsaron su
gloria durante los dos aos de vida que le quedaban, y eternamente
cubrirn ese perodo final de su existencia.

Cinco aos antes de su fallecimiento, en Mayo de 1852, hizo Webster  un
amigo esta declaracin:--"He consagrado mi vida al derecho y  la
poltica; el derecho es incierto y la poltica totalmente
vana",--amargas palabras, que recuerdan otras pronunciadas por Simn
Bolvar, tambin ya cerca del fin de sus das:--"La Amrica es el caos,
el que la ha servido ha arado en el mar." Son formas conmovedoras de un
mismo sentimiento, gritos de dolor al trmino de vastas esperanzas
defraudadas, de excelsas ambiciones cruelmente desairadas por la
realidad de las circunstancias. Las profirieron en ocasiones algo
parecidas dos seres extraordinarios, almas de orden excepcional, en
quienes el equilibrio de las grandes facultades morales  intelectuales
nunca por desgracia lleg  ser estable ni perfecto.

La confesin de Webster, tan llena de desaliento, precedi al ltimo y
ms punzante desengao de su vida pblica. Haba constantemente
acariciado la ilusin de llegar  la presidencia de la repblica, y de
sobra justificaban sus mritos y servicios esa que, en hombre como l,
de tan grandes dotes personales, era modesta pretensin. Nunca haba
logrado ni siquiera ser designado como candidato oficial de su partido;
pero despus del discurso del 7 de Marzo que,  su juicio y  juicio de
muchos, desenlazaba una situacin inextricable, era natural que
obtuviese el anhelado premio. Ese anhelo haba sido para los que osaban
llamarlo apstata la sola explicacin de su conducta. Desde el primer
minuto apareci en la Convencin como el ms dbil de los candidatos y
sus amigos en pequesima minora. Singular ingratitud, que si no le
abrevi la vida, deprimi su trabajado organismo y prepar el terreno
para la enfermedad mortal.

Henry Clay muri en Junio de ese mismo ao de 1852. Durante las ltimas
discusiones del Compromiso, raras veces, y  muy largos intervalos, le
permitieron sus males concurrir  las sesiones del Senado: ya entonces
tampoco Webster asista, porque haba aceptado el puesto principal en el
gabinete del presidente Fillmore. De modo que los tres aguerridos
veteranos, Calhoun, Webster y Clay, salieron de la escena parlamentaria
 un tiempo mismo, por as decirlo, dejando el campo libre  otros ms
jvenes, menos fatigados combatientes.

En esos debates sobre el Compromiso de 1850 nunca hubo dos votaciones
enteramente iguales; tratbase en efecto de realizar la conciliacin de
opiniones discordantes y tendencias francamente contrarias: era
imposible disciplinar y conducir siempre unida la abigarrada falange que
el caso requera. La admisin de California era una concesin al Norte,
la ley sobre la persecucin de esclavos hudos una satisfaccin al Sur,
y el aplazamiento de la dificultad en los nuevos territorios mejicanos
el modo de acallar las exigencias de ambas secciones sin favorecer 
ninguna. La supresin del trfico, es decir, compra y venta, de esclavos
en la ciudad de Washington agradaba  los abolicionistas, y el cebo de
diez millones de pesos regalados  Tejas, que de todo fu lo que primero
se vot y aprob, aseguraba la adhesin de los tenedores de ttulos de
la deuda de ese Estado, los que, segn fama pblica, eran numerosos
entre los miembros del Congreso y altos empleados de la capital[4].

     [4] A. JOHNSTON, _Suppl. to Enc. Brit._ vol. II, pag.
     561.--GREELEY, _American Conflict_, vol. I, pag. 207.--VON HOLST,
     _Constitutional hist. of the U. S._ vol. III. pag. 558.

El punto esencial del acuerdo fu la entrada de California como estado
de la Unin; con ella quedaba la repblica compuesta de diez y seis
Estados libres y quince con esclavos, desapareciendo por tanto el
equilibrio trabajosamente mantenido hasta esa fecha entre las dos
secciones. Hubo en el Senado treinta y cuatro votos en favor y diez y
ocho en contra; de esta minora se desprendi un grupo de diez, ms
intransigentes que sus compaeros, pues no contentos con emitir el voto,
presentaron una protesta, que el Senado rehus incluir en el acta,
afirmando solemnemente su resuelta oposicin  una ley, cuyas
consecuencias podan ser perdurables y fatales para las generaciones
presentes y futuras.

Resalta entre esos Senadores recalcitrantes el nombre de Jefferson
Davis, antiguo oficial, que iba  ser el ministro de la guerra de Pierce
durante toda su presidencia, y que acreciendo ao tras ao su prestigio
 influencia como el ms hbil y tenaz de los jefes esclavistas,
llegara en 1861  ocupar y desempear con tan enrgico cuanto
infortunado patriotismo la direccin de la Confederacin rebelde, y
sobrevivira largo tiempo, sin doblar la frente ni desarrugar el ceo, 
la ruina completa de su causa. Junto con l firmaron la protesta Butler
y Barnwell, senadores ambos por la Carolina del Sur, el estado indmito
en que se cultivaban y conservaban como en ardiente invernculo las
doctrinas que floreceran y fructificaran entre los horrores de la
guerra civil; firmaron tambin los dos miembros de Virginia, Hunter, que
llev la palabra como principal responsable del documento, y su colega
Mason, confidente de Calhoun, que por breve espacio hara mucho ruido al
comienzo de la rebelin, porque apresado en alta mar  bordo de un buque
ingls por un imprudente oficial de marina, estuvo  punto de producir
indirectamente lo nico por ventura capaz de haber salvado la causa
confederada, la guerra entre la Gran Bretaa y los Estados Unidos. De
los otros firmantes, senadores de Florida, Tennessee, Missouri, basta
ahora mencionar  Soul, de Luisiana, del que volver  hablar, francs
naturalizado, que brill como orador aun enfrente de Webster y de Clay,
 quienes sin miedo provocaba, fogoso diplomtico, que hizo cuanto pudo
por quitar  Espaa la isla de Cuba, promoviendo hasta una guerra
europea, si era necesario.

La voz de los diez irreconciliables se perdi sofocada en el tumulto de
las votaciones; era no obstante bien claro indicio de lo intil y
estril que al cabo resultara la obra pacfica  que se consagraban los
dems. Pero su agrio  importuno acento dison en medio de la alegra
natural de sentirse todos libres de la peligrosa y larga agitacin que
haba precedido.


CAPTULO II

El sucesor de Webster en el Senado.--Ley sobre los esclavos
hudos.--Cuestin de Kansas.--Discurso de Sumner y sus consecuencias.

Un nuevo Congreso se reuni en Diciembre de 1851. La situacin
respectiva de los partidos continu igual, dominando siempre en ambos
cuerpos legisladores las ideas que inspiraron el Compromiso del ao
anterior. Pero en el Senado pudo notarse un sntoma ligero, cambio
pequeo en la apariencia, de carcter muy importante en realidad. Hasta
entonces slo haba penetrado all un senador abolicionista, Hale, de
New Hampshire, que tal vez no mereca el calificativo en el sentido
sectario de la palabra, pero sin duda acrrimo adversario de la
esclavitud. Su eleccin haba sido anunciada por el gran poeta cuquero
Whittier con estas palabras: "que esa primera oleada de la futura
inundacin del Norte, al romper contra los muros del Capitolio, lleve
all por primera vez un senador antiesclavista". Enteramente solo desde
1847, poderosamente auxiliado dos aos despus por Chase, senador
independiente que no reconoca trabas de partido en cuestiones de
libertad humana, formaban ambos ncleo diminuto, al que se incorporaba
ahora un hombre nuevo, Charles Sumner, de Massachusetts. Por dos
razones era notable la entrada de este senador: porque acuda  ocupar
precisamente el puesto donde por tantos aos se haba sentado Webster,
quien viva aun en ese instante y era principal ministro del Presidente
de la Repblica; y porque su reputacin en Massachusetts comenz por la
enrgica reprobacin con que haba atacado las doctrinas  que se
convirti Webster al fin de su carrera, el Compromiso y la ley contra
los esclavos. Formidable, inesperado combatiente, que bajaba al campo
vestido de armas de otro temple y otra fuerza que las usadas hasta esa
fecha, proclamando en la lucha contra la extensin y predominio de la
esclavitud principios severos de moral, ideas de justicia absoluta,
prescripciones de conciencia que no consentan ningn gnero de
acomodamiento.

No sera, empero, exacto deducir de la eleccin de Sumner la prueba de
que, en el importante estado que vena  representar, desaprobase una
mayora la conducta de Webster y rechazase el Compromiso de 1850. Todo
lo contrario; Massachusetts, lo mismo que el resto de la Repblica,
aceptaba sin disgusto el arreglo, complacindole la idea de poner
realmente trmino  las pertinaces desavenencias entre las dos secciones
del pas, de aguardar, evitada la necesidad de remedios violentos, que
el curso del tiempo elaborase insensiblemente un cambio de
circunstancias, y favoreciese al cabo la lenta extincin del
antieconmico y ruinoso sistema de trabajo, que difcilmente se mantena
en los Estados del Sur. Sumner haba ganado el puesto en virtud de una
coalicin accidental de grupos; debi, sin duda, la preferencia  sus
conocidas opiniones sobre la esclavitud, y entraba en el Senado libre de
toda traba que sujetara su marcha, sin ms lmite impuesto  sus
palabras que el que su conciencia y respeto  la Constitucin juntamente
le dictasen; pero la masa del pas, all y en todas partes, sin prestar
odos demasiado atentos  la agitacin, al llamamiento  nueva cruzada,
que parta del plpito de ciertas sectas religiosas avanzadas y del seno
de las sociedades abolicionistas, esperaba despus de todo un largo
perodo de paz y tranquilidad.

Mas el Compromiso llevaba dentro de s, por su propia esencia, grmenes
peligrosos que no tardaran en crecer y propagarse.

La aristocracia del Sur, envalentonada por el triunfo, por la inercia
posterior de sus adversarios, por los aliados que de diversos lados se
le ofrecan en el Norte, y ms que todo por su propia intemperancia,
haba de precipitar los sucesos, abusar de la victoria, ahondar ella
misma el abismo en que todo se despeara. En el Norte mientras tanto la
aplicacin de la nueva ley sobre los esclavos hudos, que era la parte
del acuerdo que ms ntimamente halagaba  los dueos,--porque
satisfaca  un tiempo mismo su vanidad, sus intereses y el firme
convencimiento de la justicia de su causa,--produca conflictos,
desrdenes, motines sangrientos ms de una vez, y era viva y constante
recordacin de los rasgos ms duros, ms crueles y odiosos del sistema.

La ley era verdaderamente terrible, y del inicuo axioma jurdico que
haca cosas, no personas, los esclavos, jams se han deducido con tesn
tan implacable sus ltimas y ms aflictivas consecuencias. Suprima
todas las garantas del venerando derecho ingls, el jurado y el _habeas
corpus_; prohiba que se admitiese como prueba la declaracin del
perseguido; todos los ciudadanos estaban obligados bajo diversas penas 
auxiliar los agentes de justicia en busca de esclavos prfugos; y para
fallar no se requera ms prueba que la declaracin, oral  simplemente
certificada en copia, de dos testigos acerca de las seas generales del
individuo que se buscaba; el procedimiento deba ser sumario, ejecutivo,
sin recursos dilatorios de ninguna especie; y por este sentido otras
disposiciones de idntico jaez. Calclese el terror que producira
edicto semejante entre los treinta mil negros[5] que vivan refugiados
desde muchos aos atrs en las ciudades del Norte, arraigados, con
familia, y expuestos de sbito  verse perseguidos, rastreados como
bestias salvajes por jauras de feroces sabuesos, y devueltos entre
cadenas  sus antiguos y enconados amos! Imagnese tambin la clera,
la indignacin que tal espectculo despertara entre los ciudadanos
blancos, entre hombres y mujeres de la Nueva Inglaterra, habituados 
tratar con mansedumbre hasta  los animales, y forzados  reconocer, 
ser testigos de que bajo la constitucin republicana de la nacin
considerada como la ms libre del mundo se ordenaban, autorizaban y
ejecutaban escenas de tanta barbaridad!

     [5] La cifra es de Clingman, representante de la Carolina del
     Norte, citada por VON HOLST, _Const. Hist._ vol. 111, pag. 552,
     nota.

Crecieron y se multiplicaron al calor de esos sentimientos las
sociedades abolicionistas, y la corriente de simpata en favor de los
negros esclavos aumentaba  ojos vistas en fuerza y en volumen, formando
y educando as la opinin pblica contra la institucin; y bien se vi
al sonar la hora crtica del combate, cuando se levant robusta,
compacta y resuelta  todos los sacrificios. Hubiera sido habilidad
poltica por parte del Sur no exigir demasiado en esa cuestin, no
abusar de los derechos que el Compromiso le reconoca, mas era intil
esperarlo de su excitable y excitado temperamento. El da en que
pronunci Sumner su primer discurso importante en el Senado, atac
vehementemente la ley, haciendo resaltar sus aspectos ms repugnantes;
sus palabras, llenas del ms sincero fervor, fueron juzgadas de
trascendencia tal por Chase y Hale, que declararon ambos  una que
sealaban el comienzo de una era nueva en la historia americana. Pero
los representantes del Sur se hallaban tan lejos de comprender la
gravedad de ese gnero de ataque, que apenas hubo terminado el orador
se levant un senador del estado de Alabama y dijo que esperaba que
ninguno de sus amigos respondera al discurso "que el senador de
Massachusetts haba credo conveniente infligir sobre el Senado", y
agreg, en tono que lleg por desgracia  ser bastante frecuente durante
algn tiempo en aquel cuerpo respetable: "el frenes de un demente puede
 veces ser peligroso, pero los ladridos de un gozque nunca han hecho
dao  nadie".[6] Y cuenta que la oracin de Sumner,  pesar de su
acento de apstol exaltado, no se aparta en realidad del terreno
poltico, y se reduce  pedir el empleo de todos los medios legales para
mantener la esclavitud estrictamente dentro de los lmites de la seccin
del pas donde exista  imperaba, sin consentir ni extenderla, ni
otorgarle, fuera de su recinto, ninguna nueva garanta, ningn otro
privilegio.

     [6] Sesin del 26 de Agosto de 1851. Congressional Globe, Apndice.

Pero, como ya hemos dicho, continuaban en el Norte muy grandes y
generales el ansia de paz y tranquilidad, el franco deseo de evitar
desavenencias enojosas; el peligro mayor para el porvenir de la
esclavitud y poder poltico de sus defensores no resida por tanto, ni
en la hostilidad de una docena de senadores, ni en la propaganda
religiosa, ni en los esfuerzos de las sociedades abolicionistas, por
laudables y hbiles y enrgicos que fuesen. Eso muy bien lo saban y
sentan los jefes y aliados del partido esclavista, y ya lo revelan las
posiciones de ataque, no de defensa, que en el acto ocuparon.

Apenas instalado Presidente de la repblica, el 4 de Marzo de 1853, un
hombre relativamente oscuro, sin antecedentes polticos, Franklin
Pierce, en quien confiaban hasta el punto de esperar su ayuda en las
empresas que secretamente maquinaban, juzgaron oportuna la ocasin para
restaurar y afirmar el incierto equilibrio entre las dos secciones,
creando nuevos estados, donde la esclavitud pudiera ser establecida. La
magna y riesgosa campaa, que en sustancia equivala  echar abajo todo
lo tan difcilmente ajustado en 1850, requera como general en jefe un
personaje poltico del Norte, cuyo nombre  influencia cimentasen la
alianza y adormeciesen la suspicacia de los tibios y los tmidos. Acept
este papel Stephen Douglas, senador de Illinois, "el pequeo gigante",
como le llamaban por su corta estatura y su proverbial habilidad en
luchas  intrigas de partido,  quien espoleaban la inquieta actividad
de un espritu devorado por la ambicin y la esperanza de ascender  la
cumbre y asir la presidencia de la Repblica. Consista su plan en
organizar dos nuevos territorios, Kansas y Nebraska, en las vastas y
frtiles llanuras que se extendan al oeste del Missouri, entre ese ro
caudaloso y la gran cordillera de las montaas Rocosas, terreno
admirablemente situado en el centro mismo del continente, crucero
forzoso de las rutas por donde haban de pasar exploradores, emigrantes
y colonos, en busca de las minas de oro de California y de las riberas
del Pacfico, linde occidental de la repblica.

Insuperable obstculo se presentaba, sin embargo, para que al llegar 
constituirse esos territorios como Estados de la federacin tuviesen la
facultad de autorizar en su suelo el trabajo esclavo; hallbanse ms
arriba de la lnea famosa de los 3630' de latitud Norte, y un pacto
solemnemente acordado y publicado por la generacin anterior, sacrosanto
y venerable casi como el mismo paladin constitucional, el
constantemente invocado Compromiso del Missouri, haba trazado para
siempre ese lmite, ms all del cual era vedado ir  la esclavitud.
Calhoun, Calhoun mismo,  quien nunca arredraron las consecuencias de
sus doctrinas, hubiera temblado quizs antes de atravesar ese Rubicn
por mil motivos peligroso. Douglas no tuvo miedo, ni siquiera titube al
tirar la suerte, y  su voz respondieron el Senado y la Cmara
proclamando que la antigua y salvadora restriccin geogrfica sera de
entonces en adelante nula y de ningn valor. Eso era, para usar un smil
de Sumner calificando con su acostumbrado vigor la accin del Senado,
sembrar los dientes del dragn por toda la extensin del pas; y si no
brotaban inmediatamente, como en la fbula antigua, hombres armados, ya
fructificaran despus entre el odio y la guerra civil[7].

     [7] Discurso del 25 de Mayo de 1854.

El nuevo _bill_ trastornaba completamente la poltica en los Estados
Unidos; todos los sacrificios consumados, humillaciones del Norte,
retiradas del Sur, acuerdos, transacciones, todo se borr, y apareci en
completa desnudez la realidad de los intereses desencadenados. La
divisin entre ambas secciones se ahond tanto que no era ya posible
ninguna transaccin, que no podran ya extenderse ms la mano de un
borde al otro del abismo que los separaba.

Por fortuna, posea el sentimiento unionista en el Norte tan viva
conciencia de su fuerza y su derecho, que ni entonces ni nunca provoc
el rompimiento final, amenaza constante del partido adverso; y en ese
ao de 1854 soport que fuese derogado el acuerdo del Missouri, y
continu la lucha en el terreno legal, bajo las condiciones mismas en
que se la ofrecan. Kansas y Nebraska eran un desierto: haba primero
que poblarlo y colonizarlo, despus sus habitantes decidiran, cuando se
hallasen en capacidad de solicitar ingreso entre los estados de la
Unin, la especie particular de constitucin que habra de regir,
autorizando  prohibiendo la esclavitud. Si la contienda legal hubiera
podido sostenerse con toda lealtad, el xito en favor de la libertad no
hubiese sido dudoso. Los emigrantes nunca iban al Sur  entrar en
competencia con el trabajo servil, y como los Estados de Nueva
Inglaterra aprestaron recursos abundantes para facilitar el
establecimiento de colonos en los llanos de Kansas, no tard en haber
all blancos suficientes para organizar municipios, reunirse y votar una
constitucin contraria  la esclavitud. Pero  tanto no poda resignarse
el partido omnipotente en Washington; convencido de que para reforzar su
vacilante situacin le era indispensable aumentar de todos modos el
nmero de defensores resueltos de la esclavitud, hizo concertar bajo sus
auspicios entre el vecino estado de Missouri y el territorio de Kansas
un movimiento de ida y venida, de entrada y salida, para acumular
votantes cada vez que fuese necesario y anular uno tras otro todo
acuerdo opuesto  sus deseos. Naci de ah una situacin nublada y
revuelta, un estado perenne de confusin, de disputas y hasta de guerra,
de verdadera guerra civil, con muertos, heridos, asaltos y batallas.
Primer ensayo en teatro reducido de escenas trgicas, que ms adelante
haban de representarse en proporciones infinitamente mayores; desorden
local, en un rincn lejano del pas, que deshonraba la repblica  los
ojos del mundo, pues nadie lograba descubrir la verdad ni fijar de qu
lado estaban la razn y la justicia en medio de la enorme masa de
detalles contradictorios que insertaban los peridicos, que autorizaban
las mismas comisiones oficiales. Era en efecto demasiado evidente que el
partido cuyas ideas dominaban en el Capitolio y en la Casa Blanca segua
tenazmente en Kansas la realizacin de un programa bien definido, y
apenas disfrazaba su ardiente empeo de cubrir y defender los atentados
que diariamente se cometan.

La mayora del Senado, tan fiel como numerosa y compacta, mantena firme
la alianza entre Douglas y los adalides del Sur. Butler, de la Carolina,
y Mason, de Virginia, sucesores ambos de Calhoun al frente de los
sostenedores de la esclavitud, experimentaban la satisfaccin de ver
acatadas y obedecidas las doctrinas que predic durante su vida el gran
poltico, cuya memoria invocaban reverentemente,  quien siempre
recordaban como "jefe, seor y maestro". Pero el alma, el espritu
activo del Senado en todas esas discusiones  propsito de Kansas, tan
graves y tan reidas, fu Douglas, que inici la cuestin, la dirigi,
la hizo crecer hasta convertirla en la ms vasta y trascendental de
cuantas agitaban el pas;  l todo principalmente se deba y en esa
poca pareca  la verdad el activo, robusto, pequeo de estatura
senador, uno de esos enanos malignos de la leyenda, como ha dicho Von
Holst, que por la fuerza de sus msculos y la sutileza de sus
combinaciones logran sobreponerse  guerreros formidables[8].

     [8] _Const. Hist._ (Chicago, 1877-89) vol. IV. pag. 416.

Sin tropas, sin mquinas de guerra, sin campo siquiera de donde lanzar
las embestidas, no era posible  la minora reducida del Senado ir
contra esa posicin inexpugnable con la menor probabilidad de
arrollarla. Pero Sumner, en quien no slo como intrpido y vigilante
tribuno, sino como jurisconsulto tan experto cuanto tenaz, fundaban
grandes esperanzas los adversarios de la esclavitud, no se resignaba 
la inaccin, y resolvi ver, con un nuevo discurso, larga y
cuidadosamente preparado, si levantando el grito con redoblado vigor,
haca penetrar el eco vibrante de su invectiva en los odos de todos los
libres ciudadanos del Norte de la repblica, y denunciar as en trminos
de la ms ruda franqueza, sin escrpulos de forma ni respetos de nimia
cortesa, lo que pasaba en Kansas, y lo que para esconderlo y
patrocinarlo se urda en el Senado. Si con argumentos  con preces nada
poda conseguirse, algo quizs se obtendra presentando al pas un
cuadro magistral de la situacin, haciendo destacar sobre el fondo
oscuro de la sala de sesiones  iluminando con rojizo resplandor las
figuras de los jefes audaces, que tramaban la ruina de la repblica, que
por lo menos queran abiertamente aumentar la influencia y poder de los
dueos de esclavos en los consejos nacionales con menoscabo de la
libertad.

El discurso fu pronunciado el 19 y 20 de Mayo de 1856, y ocup ms de
seis horas entre las dos sesiones. Es una arenga muy trabajada, repleta
de erudicin literaria, y  pesar del tono excesivamente declamatorio
surge en ella sincera y ardorosa la pasin del orador, inspirndole
pasajes de brillante elocuencia.[9] Como obra de arte es muy desigual,
de gusto poco severo, con tal exuberancia de citas de autores antiguos y
modernos, de alusiones histricas y mitolgicas, que  ocasiones aparece
privado de movimiento y de vigor. No es creble que, pronunciado ante el
Senado, obtuviese la mitad siquiera del efecto que produjo sobre los que
despus lo leyeron, porque, como todos los escritos de Sumner, deja ver
la larga preparacin, y carece de ese colorido sobrio y enrgico, que
por lo general conserva la prosa de los graneles oradores, aun en los
trozos ms meditados, mejor aprendidos de memoria. La impresin del
auditorio debi ser extraa, confusa, contradictoria,  despecho de la
afectacin de simetra y precisin de mtodo con que va dividiendo y
tratando la materia, sin cuidado de incurrir en repeticiones y
monotona. Este inconveniente quizs fu poco sensible, despus de todo,
para los lectores poco exigentes  que estaba dedicado, y es positivo
que como esfuerzo de conviccin y propaganda gana el discurso en
claridad y unidad de efecto tanto como puede perder bajo diferente
concepto.

     [9] Llena ms de quince grandes pginas  tres columnas del
     _Congressional Globe_ 34th. Cong. 1st. Sess. 529  544. Apnd.

En varios lugares presenta el croquis de las lneas principales del plan
trazado; de las tres partes en que distribuye la materia y que enumera,
subdivide dos en cuatro captulos, cuyos ttulos reiteradamente anuncia,
comunicando  su trabajo algo de rigidez mecnica, de innecesariamente
riguroso y afectado. Agotada la narracin, estudiado lo que llama el
crimen contra Kansas en sus orgenes y su carcter, descrita con
infatigable energa la situacin del territorio en ese instante
histrico, procede  analizar con mezcla de vergenza  indignacin
las defensas del crimen invocadas por los culpables, cuatro en
nmero--dice--y de cudruple naturaleza... La tirana, la imbecilidad,
el absurdo y la infamia se unen para bailar, como las brujas hermanas,
en torno de este crimen. Los remedios propuestos son tambin cuatro, y
se le presentan, aludiendo probablemente  una escena del _Mercader de
Venecia_, igual que antes  las brujas del Macbeth, como otras tantas
cajas cerradas, y al Senado toca determinar con su voto cul debe ser
abierta y descubrir su contenido.

El orador recomienda el cuarto remedio, que en suma se reduce  admitir
en el acto  Kansas entre los estados de la Unin con prohibicin
absoluta de consentir la esclavitud; mas demasiado conoca l lo
impracticable de esa solucin, que contrariaba les inmutables deseos de
la mayora y tena, del modo como se presentaba entonces, vicios de
forma, irregularidades esenciales, suficientes para hacerla fracasar
ante jueces aun menos prevenidos, aun totalmente desinteresados.

Pero cambian de aspecto y naturaleza estas circunstancias, si se
recuerda que desde su silla curul el orador pretenda dirigirse al pas
y era parte de su plan revestir sus violentas afirmaciones de un gran
aparato de saber poltico, de erudicin literaria  histrica. La parte
personal y de invectiva adquira as mayor relieve, y no era un
inconveniente que quitase fuerza y valor  la argumentacin. El
entusiasmo y la exaltacin podan y deban  su juicio tomar parte en
una cuestin en que el sentimiento y la moral universal la tenan tan
grande y decisiva. Mirado de este modo, el discurso es extraordinario, y
en lo que dice sobre los senadores adversos, sobre Butler y Douglas y
Mason, abundan expresiones felices y pasajes muy animados. Hay, como en
lo dems, lujo exagerado, ostentacin de riquezas, mal gusto; en un solo
y mismo prrafo, por ejemplo, compara  Douglas con tres personajes
diferentes, con Danton, con un general ingls de la guerra de la
independencia y con el que quem el templo de Diana en Efeso, lo cual es
llevar lejos la incoherencia.

La gran novela de Cervantes, acaso tan popular y tan leda en pases de
lengua inglesa como en los de lengua castellana, le inspira la mejor,
ms custica y brillante de sus comparaciones. Si se tiene presente que
el senador Butler era un personaje alto, delgado, orgulloso, aunque de
maneras reposadas y corteses, y que Douglas, por el contrario, era
pequeo de estatura, de cara redonda, facciones toscas y anchas
espaldas, se comprender bien el efecto de risa que empezara causando
al decir que esos dos senadores, aunque con muy diferente objeto al de
Don Quijote y Sancho Panza, haban salido al campo,  la manera de esta
pareja inmortal, en busca de una misma aventura. Pero como el objeto
del ataque no era hacer rer, trucase inmediatamente el chiste en
denuesto feroz, y aade: El senador de la Carolina del Sur ha ledo
muchos libros de caballera, y se cree l mismo andante caballero con
sentimientos de honor y valenta. Ha escogido naturalmente una dama 
quien consagrar sus pensamientos, la cual aunque fea para los dems, es
siempre encantadora para l; aunque indigna  los ojos del mundo, es
casta  los suyos; me refiero  esa ramera, que se llama la Esclavitud.
En favor de ella brotan profusamente las palabras de sus labios. Que
acuse alguno su conducta,  proponga limitarla en el ejercicio de su
lascivia, y no habr extravagancia de maneras ni violencia de
expresiones que parezca demasiado grande  ese senador ... Luego dice:
Si el senador de la Carolina es el Don Quijote, el senador de Illinois
es el escudero de la Esclavitud, su verdadero Sancho Panza, pronto 
desempear la parte humillante de la tarea. Estas frases repercutieron
como imperdonable afrenta por todo el Sur de la repblica; pero las que
ms dolieron, las que cayeron como bombas explosivas en medio de
aquellos exasperados combatientes y provocaron la terrible represalia,
fueron otras, como stas: Los habitantes de Kansas excitan muy
particularmente la sensibilidad del senador. Representa, como nos lo
advierte, "un Estado", y se aparta con supremo disgusto de esa nueva
comunidad, que no se digna reconocer ni aun como "cuerpo poltico".
Por qu ese exclusivismo? Ha ledo la historia del Estado  quien
representa?... La Carolina es antigua, Kansas es joven. La una cuenta su
vida por siglos, la otra por aos. Pero un buen ejemplo puede nacer en
un da, y me atrevo  decir que enfrente de los dos siglos del viejo
Estado pueden ponerse los dos aos de prueba y de virtudes de la
comunidad ms joven. En el uno se oye el largo lamento de la esclavitud,
en la otra el himno de la libertad... Si la historia entera de la
Carolina se borrase desde el momento de su creacin hasta el da de la
eleccin ltima del senador, no dir cun poco habra perdido la
civilizacin, pero seguramente menos de lo que ya ha ganado con el
ejemplo de Kansas en su animosa lucha contra la opresin. Y aludiendo 
unos versos del _Hamlet_, al apstrofe indignado de Laertes contra el
clrigo oficiante en el entierro de Ofelia, que la mayor parte de sus
oyentes saba sin duda de memoria, concluye el prrafo as: Kansas
admitida  ttulo de Estado libre sera en la Repblica como un "ngel
del Seor", mientras Carolina, asida  su manto de tinieblas, yacera
bramando en los abismos.

La sala y tribunas del Senado estuvieron completamente llenas durante
las dos sesiones que ocup el discurso, y  pesar de la probable
hostilidad de casi toda la concurrencia y del no fingido desdn de
algunos senadores, fu escuchado con profunda atencin, sin haber sido
el orador llamado una sola vez al orden, ni por el presidente de la
asamblea ni por sus colegas.

Apenas hubo terminado, se levantaron  replicar Douglas y Mason;
considerbanse personalmente agraviados y devolvieron insultos mucho
mayores; pero no hay nada que recordar de sus airadas contestaciones,
improvisaciones dictadas por la clera, y como era natural, no lograron
mantenerse, tan estrictamente como lo haba hecho el agresor, dentro de
las fronteras del lenguaje parlamentario. Butler no asista al Senado en
esos das, hallbase muy lejos, en su "pequea hacienda" de la Carolina,
como dijo despus.

Instantneamente se vi que el efecto del discurso, en contra lo mismo
que en pro, sera tan grande como poda su autor desearlo. En la
atmsfera opresiva de aquella poca, nube tan cargada de electricidad
contraria no haba de pasar sin desencadenar la tempestad, y como
Washington, capital federal, era por sus costumbres, sus esclavos y sus
condiciones topogrficas una ciudad del Sur, numerosos amigos
advirtieron  Sumner que deba por prudencia precaverse atentamente.
Pero moderado y pacfico en sus relaciones privadas tena en cuestiones
pblicas el valor de sus opiniones, y convencido de la rectitud
desinteresada de su conducta, despreci el aviso.

En la tarde del 22 de Mayo, dos das despus del discurso, habiendo el
Senado suspendido su sesin ms temprano que de costumbre, se haba
quedado Sumner en la sala sentado en su puesto y despachando su
correspondencia, cuando se le acerc un individuo para l desconocido,
murmur unas palabras sobre injurias inferidas al estado de la Carolina
y  su senador, y sin aguardar respuesta le asest en la cabeza
descubierta golpe tal con un grueso bastn de gutapercha, que casi lo
priv de sentido. Pugnando por levantarse, arranc Sumner en sus
esfuerzos la mesa clavada contra el suelo que le impeda moverse y
defenderse, mientras menudeaban los golpes sobre el crneo y sobre la
cara, fuertemente aplicados por un hombre joven y diestro. Al fin cay
contra el pavimento, exhausto, desmayado y cubierto de sangre[10].

     [10] Como hay menudas discrepancias de detalle en las relaciones
     del suceso, he seguido principalmente la versin del colega de
     Sumner como senador de Massachusetts, Henry Wilson, ante el Senado,
     al da siguiente de la ocurrencia. _Cong. Globe_, pag. 1279.

Fu protagonista de esa escena sangrienta un pariente del senador
Butler, miembro de la Cmara de Representantes, llamado Preston Brooks.
En la altanera relacin del suceso, que cerca de dos meses despus hizo
l mismo ante el Congreso cuando se discuta su expulsin, confes haber
premeditado minuciosamente su acometida, como castigo de insultos
inferidos " su Estado y  su sangre". Dijo, adems, que su primera idea
haba sido armarse de un ltigo solamente, pero como Sumner era hombre
de elevada estatura y por consiguiente de mayor fuerza muscular, temi
que si haba lucha cuerpo  cuerpo llegase  arrancarle el ltigo de la
mano, y entonces, aadi significativamente, "como yo nunca dejo de
llevar  trmino lo que emprendo, me habra visto forzado  hacer _algo_
que hubiera tenido que deplorar durante todo el resto de mi vida". De
ah la forma y carcter de su atentado[11].

     [11] Sesin de la Cmara del 14 de Julio de 1856. El discurso de
     Brooks se encuentra tambin en _Representative Orations_ ed. by _A.
     Johnston_, N. Y. 1884, pues aunque sin valor literario se inserta
     como representando uno de los lados de la famosa cuestin.

El tribunal comn le impuso una simple multa, y en la Cmara no lleg 
reunirse la mayora de dos tercios necesaria para la expulsin; present
l entonces espontneamente su dimisin con objeto de ofrecer  sus
comitentes de la Carolina del Sur ocasin de aprobarlo  censurarlo. Fu
reelegido por la casi unanimidad de los votantes. Un grito de
satisfaccin reson de un extremo al otro de los estados esclavistas, y
al cabo de tanto tiempo repugna todava hoy leer en los peridicos de la
poca la expresin de esos aplausos tan imprudentes[12],  que
respondan de la otra parte los ms furiosos anatemas.

     [12] Gran nmero de ellos copia VON HOLST op. ut ant. vol. V. pag.
     328.

Cuando volvi Butler  Washington y habl prolijamente, en dos sesiones
tambin del Senado, respondiendo por s y por su Estado  los cargos de
Sumner, di  entender que poda muy bien ste hallarse ya otra vez en
su puesto de senador, pero que le convena fingir resultados ms graves
de los que en realidad le acarreaban los golpes de Brooks. No era as, y
en eso como en lo dems cegaba la pasin  los encarnizados adversarios.
Sumner, que hasta entonces haba gozado de perfecta salud y en cinco
aos no haba faltado  una sola sesin, segua abrumado por los efectos
del ataque, y no se le vi en la sala de sesiones hasta nueve meses
despus, en Febrero de 1857. Despus de ese da no volvi tampoco 
concurrir, hasta el 4 de Marzo en que fu  prestar juramento y tomar
posesin del nuevo puesto de senador para que acababa Massachusetts de
elegirlo por un segundo trmino de seis aos; pero vivamente molestado
por los sntomas de una cruel afeccin del sistema nervioso,
consecuencia de los tremendos golpes recibidos en la cabeza, que le
impeda toda ocupacin seria y continuada, se hall en el caso forzoso
de abandonar la patria y embarcarse  los tres das para Europa, donde
deba someterse  largo y riguroso tratamiento mdico. Es cosa en
extremo curiosa observar que cuando fu Sumner el cuatro de Marzo de
1857  jurar el cumplimiento fiel del nuevo mandato, haba ya muerto
Preston Brooks, en Washington mismo, pocas semanas antes del mismo ao,
 la temprana edad de menos de treinta y ocho, y Butler enfermo se
acercaba tambin al trmino y morira en sus posesiones de la Carolina
pocas semanas despus, en el mes de Mayo siguiente. Hubirase dicho que
la diosa de la venganza arrebataba implacable al joven y al anciano, al
mismo tiempo que yaca herida en pleno vigor de su madurez la vctima
tan ferozmente maltratada.

Volvi de Europa  fines de 1859, estuvo presente en Washington al
abrirse el Congreso el 6 de diciembre, dispuesto, aunque no enteramente
curado,  reanudar su enrgico apostolado en favor de la limitacin de
la esclavitud. Muchos y profundos cambios se haban ya verificado en ese
momento, pero el problema de la admisin de Kansas como estado soberano
de la Unin se hallaba todava, despus de infinitas peripecias,
pendiente de solucin ante el Senado, cuando se levant  pronunciar su
primer discurso importante en Junio de 1860, abogando lo mismo que antes
en favor de la admisin. Pudo, pues, como el ilustre catedrtico de
Salamanca, perseguido y encarcelado cinco aos por la Inquisicin,
comenzar con la frase clebre: "_decamos ayer_". Pero si la posicin
era parecida, las prendas personales eran distintas; Sumner careca de
la sencilla resignacin de Fray Luis, y su novsimo discurso, que al
imprimirlo intitul: "La barbarie de la esclavitud", aunque exento de
ataques personales, conserva toda la inflexible rigidez de su
temperamento de reformador.

La agresin indefendible, imperdonable, de Preston Brooks no redund en
beneficio del infausto programa poltico que la precipit, bien al
contrario; pero respecto de Sumner, fuera del hondo y lastimoso dao en
su salud, si se mira en relacin al papel poltico que tan valiente y
animosamente represent, cumple declarar que vino al cabo  prestarle el
ms insigne servicio. Lo elev  un alto pedestal, rode su frente de
inesperada aureola, le trajo el recurso precioso de la popularidad, todo
lo cual con sus dotes personales nicamente, con su manera habitual de
pensar, de hablar y de escribir nunca hubiera conseguido,  despecho de
la honradez de su carcter, del cabal desinters de sus intenciones.
Faltbale ductilidad, faltbale modestia en la lucha intelectual,
faltbale sobre todo indulgencia para juzgar  los que opinaban 
sentan de algn modo diverso: precisamente las cualidades que  primera
vista se estimaran indispensables para conquistar la alta posicin que
sin disputa ocup luego entre sus colegas; su prestigio ante el pueblo
americano bast  allanar todos los obstculos. El fatal rompimiento de
1861 vino despus  colocarlo en su elemento, por decirlo as, al sonar
la hora de las resoluciones supremas, de las medidas violentas y
radicales. Fu entonces uno de los auxiliares ms eficaces del
presidente Lincoln, y no cesaba un instante de espolearlo, de impelerlo
en el sentido de sus ideas, para obtener de l la proclama de la
abolicin de la esclavitud como medida de guerra, proclama que Lincoln
prudentemente reservaba hasta que el fino y perspicaz instinto, que lo
mantena en ntimo contacto con la opinin pblica, le anunciara llegada
la hora precisa de lanzarla. Como cabeza de la Comisin de Relaciones
extranjeras en el Senado, movido por la inquebrantable resolucin de
apartar cuanto pudiera traer estorbo  la resolucin del espinoso
problema de la esclavitud, prest incalculables servicios, cubriendo con
su prestigio parlamentario al ministro Seward, y conjurando todo peligro
de ruptura diplomtica con el gabinete ingls  con el Emperador de los
franceses. Al fin vi coronados sus esfuerzos, la guerra terminada, la
esclavitud para siempre abolida. Fu el perodo triunfante de su
carrera, y duraron su influencia y su poder hasta el trmino de la
presidencia de Andrew Johnson. Despus vinieron en tropel amarguras,
tristezas infinitas; los defectos del hombre se sobrepusieron  las
cualidades del tribuno y del apstol; alejado de su partido, de los ms
de sus amigos, en pugna con el general Grant y sus ministros, fu
bajando uno  uno reacio y desabrido los peldaos de la escalera, que lo
haba conducido  la cumbre: nadie lo oa, nadie segua sus consejos, y
su tono dogmtico, la pomposa elocuencia de sus desconsoladas profecas
se perdan en el desierto. As fu poco  poco extinguindose la luz
brillante, la voz sonora del hombre que en un tiempo representaba, segn
la bella y enrgica palabra de Emerson, "la conciencia del Senado".


CAPTULO III

"La cabaa del to Toms"

Queda dicho antes que, elegido Sumner para un segundo trmino de seis
aos como senador de Massachusetts, debi contentarse con jurar
precipitadamente el cargo y por algn tiempo retirarse completamente de
la vida pblica. El silln permaneci vaco,  guisa de constante
acusacin, manteniendo vivo el recuerdo de la tragedia del 22 de Mayo de
1856. Pero no haba peligro de que tan pronto se olvidase; el discurso
haba repercutido como toque sonoro de clarn, excitando y alarmando
gran parte del pas, y el atentado que provoc, la profanacin de lugar
exclusivamente reservado  graves y pacficas discusiones, aument su
resonancia y empeor la situacin general de la repblica en ese ao
fatdico, en el cual puede decirse que se oyeron los primeros gritos, se
asestaron los primeros golpes de la guerra civil.

Era ao de elegir nuevo Presidente, y durante el cuadrienio, prximo
entonces  fenecer, que haba ocupado el puesto Franklin Pierce, haba
durado intacta la estrecha alianza cimentada entre el poder ejecutivo y
la mayora del Senado, mayora formada por la coalicin de los
representantes del Sur y un grupo de senadores del Norte, capitaneados
por Douglas; contra ella haba dirigido Sumner sus vigorosas acometidas.

La eleccin de Pierce en 1852 haba sido triunfal, arrolladura; el
partido llamado demcrata confirm y aument con ella su indisputable
supremaca, y el vencido qued tan malparado que, pronto dej de
existir, esto es, perdi su nombre, la cohesin en que fundaba su
eficacia desapareci, y sus miembros se dispersaron para formar otras
agrupaciones bajo otro ttulo y programa que favoreciesen con ms
probabilidad de xito la misma accin poltica. El compromiso de 1850,
la aceptacin general como definitiva y completa solucin de todas las
dificultades nacidas de la esclavitud, fu causa nica del triunfo del
uno y la derrota del otro partido.

Al mismo tiempo la rigurosa aplicacin de la brbara ley sobre la
persecucin y entrega en los estados libres de los esclavos fugitivos
actuaba por su parte  modo de disolvente enrgico, y amenazaba turbar
muy pronto la resignada quietud que aparentemente haba sucedido al
anterior perodo revuelto. En multitud de casos las dificultades
opuestas por el pueblo  la ejecucin de la ley, en otros la mala
voluntad y hasta la clera con que todo el mundo la vea cumplir,
crearon en el Norte algo que all no se haba observado antes: antipata
vivsima al rgimen mismo de la esclavitud en el Sur y piedad profunda
por las vctimas, sentimientos que yacan inertes y dormidos en sus
corazones mientras pasaban las escenas terribles lejos de sus ojos, y
que ahora por fin se despertaban.

La primera prueba decisiva de la resurreccin de esos sentimientos fu
el xito asombroso, tan grande como rpido, obtenido por el libro, que
la desastrada suerte de los pobres esclavos inspir  una escritora
entonces desconocida, Harriet Beecher Stowe, del que se vendieron en
poco tiempo cientos de miles de ejemplares y que hizo derramar lgrimas
de conmiseracin  millones de lectores.

_Uncle Tom's Cabin_--as se titulaba la obra--respondi  una necesidad
moral, expres en forma pattica lo que ansioso de brotar bulla en el
alma de la nacin: de ah su instantnea, inmensa popularidad. Nadie
tom como simples creaciones de la fantasa sus dramticos y dolorosos
episodios; todos en el Norte de la Repblica reconocieron la
reproduccin exacta y sincera de una situacin social abominable, porque
la pintura se ajustaba con terrible precisin  la idea que les sugera
la feroz ejecucin de la ley contra los siervos escapados  sus dueos.

Tena Mrs. Stowe en los das de la publicacin de su novela (1851-1852)
cuarenta aos de edad, haba cultivado poco las letras y con resultados
insignificantes, viva en ardua lucha con la pobreza, rodeada de
numerosa familia, sin ms recurso que el mezquino sueldo que como
profesor de colegio ganaba su marido. La ley de los esclavos le inspir
el proyecto de escribir la novela; fu en realidad una improvisacin
escrita semanalmente,  pedazos,  medida que los iba requiriendo el
peridico donde primero se insert. Estaba tan lejos de sospechar la
oportunidad y exquisito tino con que iba  hacer vibrar al unsono de su
inspiracin las msticas cuerdas que aunaban con sus latidos los de
tantos otros corazones, que rehus la proposicin de costear  medias
con un editor de Boston la impresin del libro, porque era su esposo
demasiado pobre para correr riesgo, si acaso el negocio se liquidaba en
prdida: resultado muy de temer en vista del escaso inters que la
novela despert durante los diez meses que estuvo apareciendo en el
peridico abolicionista de Washington. Ese era el libro de que en solo
un ao se iban  imprimir ejemplares hasta la cifra de un milln en la
Gran Bretaa nicamente, cifra, dijo _La Revista de Edimburgo_,
probablemente diez veces mayor que la de ningn otro, salvo la Biblia 
el _Prayer Book_.[13] Esa era la autora de la que, el ao mismo de la
aparicin de la novela, con su nfasis habitual habl Sumner en el
Senado en estos trminos: Inspirada por el genio del Cristianismo ha
entrado en la liza una mujer cual otra Juana de Arco, agitando con
fuerza maravillosa las cuerdas del corazn del pueblo.[14] Y hoy el ms
reciente, tal vez el ms juicioso  imparcial entre los que relatan los
sucesos de ese perodo,[15] considera _La Cabaa del to Toms_ tan
importante en la historia de los Estados Unidos como _La nueva Eloisa_
en la historia del siglo XVIII en Francia. Los hombres que en sus
primeros aos lean los escritos de Rousseau fueron los revolucionarios
de 1789, como los jvenes americanos cuyas ideas se formaron leyendo en
la novela  contemplando en el teatro los horrores de la esclavitud,
tales como Mrs. Stowe los trazaba, fueron los que ms adelante
constituyeron la fuerza del partido que consum por fin la extirpacin
del cncer formidable.

     [13] _Life of Harriet Beecher Stowe_ Compiled by her son _Ch. E._
     STOWE. 4 vol. Boston, 1889.

     [14] Discurso sobre la ley de los fugitivos. Agosto 26 de 1852.

     [15] _Hist. of the U. S. from the Compromise of 1850_ by J. F.
     RHODES, vol. I pag. 278 y sig.

Ese efecto colosal, obtenido sin charlatanismo, sin auxilio artificial
de especie alguna, fu debido en mucha parte  la poderosa corriente de
simpata que arrastraba por primera vez la masa del pueblo  prestar
conmovida atencin y escuchar con palpitante inters el eco de las
escenas de martirio que pasaban en la regin de los esclavos. La autora
contribuy de su lado  la generosa tarea con las intenciones ms puras,
el ms elevado entusiasmo, el ms comunicativo ardor, y el libro,
concebido y acogido en tan excepcionales condiciones, mereci sin duda
todos los honores, llen gloriosamente su objeto,  pesar de la trama
poco fina de su estilo, de la desigualdad de la inspiracin potica,
del tono excesivamente mstico y vago de algunos de sus descosidos
episodios.

Los crticos en el Sur de los Estados Unidos, que sintieron bien el
vigor y precisin del ataque, quisieron desautorizarlo, acusando la
novela de falta de colorido local y declarndola construda sobre hechos
inexactos. La primera objecin no careca de algn fundamento, pues la
autora no haba personalmente recorrido la comarca especial donde el
trabajo esclavo se explotaba en la forma ms ruda, y para colocar en
ella sus personajes haba tenido que pedir ac y all los detalles
esenciales y acumularlos despus en breve espacio, en pocas escenas,
como era su derecho de artista; pero demostr completamente por medio de
una gran masa de datos y documentos, reunidos ms adelante bajo el
nombre de _Clave_ de la novela, su absoluta buena fe y la suficiente
verosimilitud del cuadro general que con tanto relieve haba pintado.

La ocasin fu propicia y el talento se impuso  la admiracin
universal, pero no volvi  encontrar otra igual, ninguna de sus obras
posteriores obtuvo ni con mucho xito parecido,  pesar de que produjo
otras de valor literario ms subido, que pasaron casi inadvertidas,
aunque el nombre de la autora era ya famoso en Europa y en Amrica; pero
no pudieron conseguir lo que respecto de la primera dependi
principalmente de un estado particular de la opinin. Es probable que
muy pocos lean hoy _La Cabaa del to Toms_ y slo  veces se recuerde
como ejemplo de moral  libro de educacin de la juventud, bueno todava
para servir de premio en los exmenes. Tiene tambin su puesto en las
antologas, para las que naturalmente se prefieren las escenas que se
apartan ms de la realidad, como la muerte del pobre negro Tom, especie
de visin exttica, que asalt  la autora de improviso, un domingo
durante la comunin, antes de que tuviese resuelta la marcha de su
argumento, la armazn entera de su edificio.

Adems,  medida que se va alejando el perodo en que la esclavitud
imperaba  modo de institucin poltica sacrosanta, se amengua
igualmente el efecto trgico y se desvanece mucho la impresin de verdad
terrible que en su poca produjo. Pero el servicio prestado  la causa
de la justicia y la libertad fu muy grande, de vasta trascendencia; si
el monumento literario es perecedero, la memoria de la artista no se
borrar jams y nadie con mejor razn que ella pudo exclamar: _Non omnis
moriar_.


CAPTULO IV.

Formacin del partido republicano.--Convenciones nacionales.--Frmont,
Douglas, Buchanan.--Elecciones de 1856.

Cuando se aproxima un cambio profundo en la opinin general de un pas,
los primeros signos son como ruidos locales de volcanes diseminados por
toda la extensin del territorio, cuya ntima conexin pocos reconocen,
ni adivinan su carcter de precursores de la gran explosin que se
prepara. As sucedi en los Estados Unidos durante los seis aos que van
desde que empez  aplicarse en 1850 la ley de persecucin de los
esclavos, hasta 1856 que brot sbitamente el partido "republicano",
numeroso, enrgico, lleno de esperanzas, al que reservaba el porvenir la
gran tarea de arrancar la esclavitud del suelo de la repblica.

Los acaecimientos del mes de Mayo de 1856, esto es, el asalto contra
Sumner y el incendio y saqueo de una poblacin de Kansas por los colonos
esclavistas alentados desde Washington por el Presidente y su ministro
de la guerra Jefferson Davis, sucesos ambos que independientemente
ocurrieron  pocas horas de intervalo, encontraron al nuevo partido en
vas de su definitiva organizacin, y vinieron muy  tiempo  infundirle
el grado de vigor y cohesin que en esos momentos requera. Puede
decirse que el partido recibi el bautismo en Pittsburg el 22 de
Febrero, aniversario del nacimiento de Jorge Washington, da en que se
congregaron all los adversarios principales de la poltica imperante en
los consejos de la nacin, y acordaron proclamar la necesidad de admitir
 Kansas como Estado libre y declarar la guerra por todos los medios
legtimos contra la extensin del rgimen de la esclavitud ms all de
los lmites donde exista, proscribiendo en lo adelante todo gnero de
transaccin  compromiso. Al efecto convocaban para una Convencin en
Filadelfia con objeto de nombrar candidato para la presidencia de la
repblica y abrir en seguida animosamente la campaa.

Es sabido que conforme  la Constitucin y leyes del Congreso, el pueblo
de los Estados Unidos no vota directamente en las elecciones de
Presidente de la Repblica, sino escoge cada cuatro aos, en un da
fijado del mes de Noviembre, compromisarios especiales encargados de
formar un colegio electoral y designar el agraciado. En la realidad
estos compromisarios obedecen  un mandato imperativo de que jams se
apartan, y nombran siempre  los designados de antemano por el partido
poltico  que ellos pertenecen. El trmite capital, por tanto, es la
eleccin de los candidatos en la junta  Convencin general del partido,
candidatos que seguramente sern los escogidos por el colegio electoral
y ocuparn el poder, si el partido logra triunfar en el escrutinio
general. Llmanse Convenciones nacionales, renense por pocos das cada
cuatro aos, en una ciudad diferente por lo general, y se componen de
delegados en nmero proporcional al de senadores y diputados que cuente
cada Estado, delegados escogidos por las agrupaciones permanentes que
los partidos tienen siempre organizadas en todos los distritos 
pequeas circunscripciones polticas, que como mallas de inmensa red
cubren el vasto territorio nacional.

Mecanismo tan complicado puede funcionar armnicamente si son perfectas
 un tiempo la organizacin y disciplina de sus elementos, condiciones
que slo el tiempo y la prctica pueden llevar al grado de eficacia
indispensable. Infinitas y de la ms difcil solucin tenan que ser,
por tanto, las dificultades del nuevo partido en el primer perodo de su
existencia, y todas ellas venan  aadirse  la otra mucho mayor y
formidable de entrar inmediatamente en lucha contra el antiguo partido
demcrata, fuertemente organizado, dueo del poder, engredo todava por
el completo triunfo obtenido cuatro aos antes y bien persuadido de
renovarlo una vez ms, confiando en la abundancia de sus recursos, sus
tropas bien disciplinadas, sus jefes acostumbrados  vencer  igualmente
diestros en el ataque y en la defensa.

Los obstculos, empero, fueron allanndose por s mismos, un impulso de
genuina y entusiasta simpata supli  la falta de tiempo y ejercicio
para la rpida y metdica movilizacin de las fuerzas que de todos lados
corran  incorporarse, y el da fijado reunise en Filadelfia la
Convencin Nacional Republicana. Tuvieron mucho sus sesiones de
tumultuosas y desordenadas; era inevitable, y, comparada con asambleas
del mismo gnero, fu ms bien una reunin tan informe como numerosa, un
_mass meeting_, como se le ha llamado.[16] Concurrieron ms delegados de
lo que se esperaba, buena parte de ellos irregularmente nombrados, todos
empujados por el torbellino de entusiasmo que agitaba al pas y le
inspiraba la idea de abrir una nueva era, iniciar una verdadera
revolucin, como envueltos en atmsfera encendida por los ms variados y
vivaces sentimientos. Recuerda en cierto modo la Convencin, aunque en
otro mundo, bajo otro clima moral, con resultados ms inmediatos y
prcticos, el clebre Concilio que  la voz del papa Urbano inaugur en
Clermont el vasto movimiento de la Europa contra el Asia, en la Edad
Media.

     [16] Bryce, The American Commonwealth vol. II pag. 69. (1889).

La tarea primera de los delegados demandaba, no arranques de entusiasmo
sentimental, sino slido y profundo razonamiento, y, por fortuna, fu
cumplidamente desempeada: redactar el programa  manifiesto, lo que en
el lenguaje especial de la poltica norteamericana se conoce con el
nombre de "plataforma", sobre la cual,  manera de base  pedestal,
solicitan los candidatos el voto del pueblo. Importaba proclamar en el
documento, sin causar escndalo, una decidida hostilidad  toda
extensin de la esclavitud, porque esa y no otra era la razn de ser del
nuevo partido,  hicironlo declarando sin ambajes: 1 que ni el
Congreso federal ni ninguna Legislatura particular ni individuo alguno 
asociacin de individuos poda impartir existencia legal  la esclavitud
en los Territorios: y 2 que el Congreso tena en virtud de la
Constitucin el derecho y el deber de prohibir all la poligamia y la
esclavitud, "reliquias gemelas de la barbarie". Pero era tambin
indispensable que el programa no asustase  los tmidos ni ahuyentase 
los moderados, sugiriendo medidas violentas  procedimientos
revolucionarios; as lo previeron, contentndose con pedir la admisin
de Kansas como Estado libre y evitando aludir al derogado compromiso del
Missouri y  la ley sobre los hudos, sin duda porque juzgaron
suficientes  realizar sus votos esenciales las dos mencionadas
resoluciones, robustecidas con la frase en que invocaban los principios
de la inmortal Declaracin de Independencia, y anunciaban la decisin
inquebrantable de aplicarlos siempre, fuera cual fuese el resultado, y
no obstante toda amenaza de disolver la Unin. Precisamente haban sido
hasta entonces esas amenazas el arma de doble y cortante filo con que
los Estados del Sur infundan terror y mantenan su predominio; ahora
por primera vez bajaban  la arena intrpidos combatientes, dispuestos 
provocar y afrontar la lucha sin miedo  ninguna consecuencia.

Salvado tan felizmente ese paso preliminar, pidi su desquite el
entusiasmo, y avasallando  la razn fu unnimemente elegido por la
Convencin como candidato  la presidencia, en medio de vivas y
aplausos, no un hombre poltico de establecida reputacin, no un tribuno
de notoria habilidad, sino un personaje novelesco, hroe de
extraordinarias aventuras. Llambase John C. Frmont, contaba cuarenta y
tres aos nada ms y gozaba de gran popularidad; su nombre haba corrido
de boca en boca antes de 1850, en la poca en que todos volvan los ojos
hacia la dilatada extensin de tierra al occidente, ms all del
Mississipi y sus afluentes, regin casi completamente desconocida, donde
era ya fcil adivinar fascinante porvenir de grandeza para la repblica.
A la cabeza de pequeas partidas de exploradores se haba lanzado
Frmont en varias ocasiones  visitar esa regin de indios salvajes,
haba atravesado desiertos, escalado speras cordilleras, descubierto 
costa de trabajos y sufrimientos inauditos los desfiladeros, por donde
era nicamente posible llegar hasta los aledaos del continente; y las
narraciones de sus aventuras haban sido ledas apasionadamente y
admiradas en todo el pas. Al declararse la guerra contra Mjico, se
hallaba al trmino de una de sus excursiones: con su gente se puso al
frente de una insurreccin contra el gobierno mejicano, y pronto muchos
le dieron el ttulo de conquistador de California. La anexin de esos
territorios hall en l despus ardiente favorecedor, y fu uno de los
primeros senadores enviados  Washington, cuando en 1850 se verific la
entrada de California como Estado sin esclavos en la federacin. Desde
esa fecha se le tena por acrrimo y declarado enemigo de la esclavitud.

Otros actos de su vida parecan de propsito combinados para excitar la
atencin. Era hijo de un francs profesor de idiomas en los estados del
Sur, haba nacido en el de Georgia, y se haba educado solo, por no
doblegarse  la disciplina del colegio  que su madre viuda lo mand. En
Washington despus se cas secretamente con una distinguida joven, de la
mejor sociedad, y contra la voluntad de su padre, que era Thomas H.
Benton, representante durante treinta aos en el Senado del estado de
Missouri y autor de dos gruesos volmenes, siempre tiles de consultar,
titulados "Historia de la marcha del gobierno americano por espacio de
treinta aos". Aunque ms adelante se reconciliaron suegro y yerno,
fueron siempre de muy encontradas opiniones y en las elecciones de 1856
no vot Benton por su hijo poltico para Presidente. A causa de un
incidente de sus afortunadas aventuras en el Oeste fu el explorador
acusado de insubordinacin y desobediencia, y condenado por un consejo
de guerra; aunque el presidente Polk levant la pena impuesta y ofreci
devolverle su grado en el ejrcito, desde orgullosamente Frmont el
indulto, por no consentir una sentencia que consideraba injusta; todo
ello contribuy fuertemente  su popularidad[17].

     [17] Life of Th. H. Benton by Th. Roosevelt, page 354. La obra de
     Benton es la misma citada antes bajo su primer ttulo: Thirty years
     view.

Juzgado  la luz de sucesos posteriores (mal modo de juzgar, pero la
consideracin se impone como caso de inters histrico), es evidente que
la Convencin expuso  grave peligro su propia causa y la suerte del
pas, al designar  Frmont como candidato. Si hubiera ganado la
eleccin la guerra civil habra comenzado en 1857, y se hubiese hallado
dirigiendo la cosa pblica en tan crtica y formidable situacin un
hombre que era, como se vi luego demasiadamente claro, extravagante,
obstinado en el error, del todo incapaz de moderar sus impulsos 
plegarse  las circunstancias, y que ni siquiera tena el talento
militar que se le supona.

El partido republicano reuni ms de un milln trescientos mil votos de
los cuatro millones emitidos esa vez: resultado prodigioso si se tiene
en cuenta que la organizacin se hizo en plena lucha, enfrente mismo del
enemigo. Llen de gozo y de las ms halageas esperanzas  cuantos
deseaban borrar en el prximo porvenir la negra mancha de la esclavitud,
pues ese nmero de votos representaba la mayora en once de los treinta
y un Estados de la Unin. No faltaron quienes pensasen que con un
candidato menos romntico, de ms peso en poltica que Frmont, el
desenlace de la campaa hubiera podido ser muy diferente[18].

     [18] Vase: Von Holst ut ant. volume V. pag. 373.

El partido demcrata, es decir, la masa compacta de los Estados del Sur,
menos uno, y la fraccin de hombres del Norte que Douglas conduca,
triunf nuevamente, pero por la ltima vez; bien lo indicaba inequvoca
y ominosamente el no haber alcanzado mayora absoluta y haber ganado la
eleccin,  causa de la divisin de fuerzas producida por un tercer
partido con su candidato, Millard Fillmore, que recogi cerca de
novecientos mil votos, venidos de todos lados, del Norte y del Sur. Mas
ese partido deba desaparecer en seguida, dejando apenas rastro. Gast
en esa acometida toda su energa, como la abeja que pierde su aguijn
dentro de la punzada. Era el partido apellidado Americano  nativista,
vulgarmente _knownothing_, porque envolva en profundo secreto su
organizacin y afectaban sus adherentes responder que "nada saban"
cuando se les preguntaba; dur en suma corto tiempo y muri por carencia
de vitalidad, de razn de ser; el problema de la esclavitud era la
preocupacin universal, el alma de los partidos, y pasarlo en silencio
no facilitaba en sentido alguno su solucin.

En la Convencin del partido demcrata, que se celebr en Cincinnati
pocos das antes que la del republicano en Filadelfia, sufri Douglas la
amarga pena de no ser  pesar de sus esfuerzos el candidato preferido.
Su carcter de representante del gran estado de Illinois, el talento y
la infatigable actividad con que se alz y mantuvo  la cabeza de la
mayora del Senado, sus grandes servicios de creador y defensor del plan
conforme al cual pudo ser derogada la limitacin de la lnea del
Compromiso y abierto  la expansin de la esclavitud el suelo de Kansas
y Nebraska, justificaban bien esa recompensa, objeto incesante de sus
afanes. En vano todo; sus amigos tenazmente abogaron por l; fueron
necesarios muchos escrutinios antes de que se confesasen vencidos, antes
de que cediesen la va, que hubieran podido obstruir indefinidamente, 
James Buchanan, anciano de sesenta y cinco aos, en quien la perspicacia
de algunos jefes esclavistas haba adivinado dcil y complaciente
servidor de ulteriores designios. Los seguidores de Douglas se
consolaban con la idea de que contaba ste de edad cuarenta y tres aos
solamente,--lo mismo por cierto que Frmont,--y poda aguardar con
paciencia la prxima revancha: l senta en el fondo de su espritu que
la oportunidad mejor quedaba perdida, que las nubes bajaban rpidas 
encapotar su horizonte.

Fu Douglas un demagogo en el mejor sentido de la palabra; aunque haba
sacrificado mucho y estaba probablemente dispuesto  sacrificar ms
todava por obtener aplausos y votos del partido dominante, prob en una
hora crtica, cuando sus antiguos amigos se resolvan  la guerra civil,
que siempre nutra vivsimo amor y respeto por la patria, por su
engrandecimiento y prosperidad, y que jams consentira ser cmplice de
su desmenbracin. El miedo que los sagaces aristcratas del Sur, los
mismos que aceptaban sus servicios y seguan su bandera en el Senado,
tenan de verlo instalado en la presidencia, era un homenaje que rendan
 su inteligencia y al vigor de su temperamento, pues parecan temer que
una vez en el alto puesto no pudiesen ms contar seguramente con l y
desease aplicar sus propias ideas  imponer su voluntad. Reuna muy
raras y notables cualidades: enrgico, atrevido, se ergua y brillaba en
medio de la controversia y de la lucha, sin que lo acobardaran los
fracasos, convencido siempre de que su influencia personal y la
prontitud de sus recursos bastaran  transformar la situacin en los
trances ms difciles. As  menudo aconteci. Cuando hizo pasar por
ambas ramas del Congreso el _bill_ sobre Kansas y la abolicin del
Compromiso, fu tan hostil la impresin por varias partes que, como dijo
l mismo con imagen bien aventurada, haba viajado de Washington 
Chicago  la luz de las hogueras en que quemaban su propia efigie. A
pesar de todo continu en auge constante su prestigio popular, da lleg
en que ninguna otra persona en el partido le exceda en habilidad
parlamentaria, en nmero de adherentes y en popularidad.

Para haber subido ms alto y dejado en la historia americana nombre
ilustre, tanto por lo menos como los de Madison  Calhoun, hall por
desgracia obstculos invencibles nacidos de las condiciones en que
fatalmente se encontr desde el principio de su carrera y le impidieron
adquirir ese grado de educacin, de refinamiento moral  intelectual
que, salvo en naturalezas privilegiadas, slo se adquiere durante la
juventud. Como _selfmade man_ fu un tipo caracterstico, aun en esa
tierra donde surgen con ms frecuencia que en otras hombres formados y
elevados por su propio esfuerzo; hurfano de padre y madre desde muy
temprano, apenas asisti  escuelas en su niez y  los diez y seis aos
ejerca un oficio mecnico, carpintero en el estado de Vermont, donde
haba nacido. Resuelto  abrirse camino  travs de las dificultades,
emigr al Oeste de la repblica,  los nuevos Estados que rpidamente
crecan y prosperaban. Una vez fijado en Illinois, donde haba entrado
solo y con treinta y siete centavos en el bolsillo por nico capital,
progres su fortuna en la misma medida que adelantaba el estado en
riqueza y poblacin, y fu  los pocos aos ocupando uno tras otro los
cargos ms importantes del servicio pblico, llegando  ser Senador en
1847, posicin encumbrada que hasta su muerte conserv y admirablemente
llen.

Acaso debi Buchanan el triunfo en la Convencin de Cincinnati  los
mritos mismos de su competidor, pues por lo dems era personaje muy
inferior en todo. Pero as como tena Douglas numerosos amigos, contaba
enemigos y envidiosos dentro del partido, auxiliares ms  menos tibios,
que haba ofendido y llevdose de encuentro en las reidas batallas
polticas en que haba figurado y triunfado; el resentimiento de stos y
los temores que en otros inspiraba su nombre, bastaron para echar al
suelo su candidatura. Buchanan no tena malquerientes personales, haba
pasado varios aos fuera del pas en el servicio diplomtico, era
obsequioso, corts, de fcil palabra, muy estimado en Pennsylvania, su
Estado natal, pero dbil de carcter y de inteligencia no ms que
mediana.

El pblico sigui las diversas fases de esa campaa electoral
excepcionalmente ruidosa y agitada con palpitante inters, con ms
ansiedad que ninguna de las anteriores. Pronto se observ que la
calculada desigualdad de fuerzas entre los dos grandes partidos se
compensaba por medio de la inesperada simpata que el nuevo programa
antiesclavista despertaba. El partido demcrata dispona de las sumas
que las cotizaciones exigidas  los empleados pblicos producan;
Fillmore contaba de su lado las clases mercantiles, los ms ricos
capitalistas, que no escatimaron sus contribuciones; pero los
republicanos, circunscribiendo sus esfuerzos  los Estados libres, lo
cual por s era una ventaja, sin gastos intiles, sin estmulos
extraordinarios, vieron las masas acudir al simple llamamiento. Miles de
individuos, sacudiendo inveterado torpor, contemplaron fijamente por
primera vez las consecuencias del plan poltico de la extensin de la
esclavitud, resolvieron, con la tranquila resignacin de quien busca la
paz de su conciencia, que la esclavitud quedara enclavada dentro de los
lmites reconocidos por la Constitucin, y que de ah no debera pasar
jams.

El nmero de votos antiesclavistas dej atnitos  muchos, perplejos 
los mismos vencedores; Buchanan, en la presidencia, iba  representar
una minora, debido  los cuatrocientos mil sufragios de ciudadanos del
Norte, interceptados por el tercer candidato. Esos votos hubieran
bastado para elegir  Frmont, suceso increble seis meses antes, que
los hbiles estratgicos, directores desde tantos aos atrs de la
poltica nacional, haban considerado resultado tan monstruoso como
improbable, y slo mencionaban para declarar que  tal evento
responderan sin vacilar con "inmediata, absoluta, eterna
separacin".[19]

     [19] Frases de una carta de Mason  Jeff. Davis, ministro de la
     guerra, citadas en _Reminiscences of Hamilton_ (New-York, 1899).

Cuando se acallaron las voces, y se disip el humo del combate, un
observador mal preparado hubiera podido pensar examinando el campo que
no se haba realizado alteracin alguna profunda, que la situacin
segua la misma, pues si el asalto haba sido ms rudo, la victoria era
indudable, y las cosas continuaran por tanto bajo Buchanan como haban
marchado ya bajo el gobierno de Pierce. Los vencedores no obstante se
encontraban lejos de sentirse tan satisfechos como en anteriores
ocasiones; jugaban en esas lides intereses demasiado graves y queridos,
y en sus inquietas meditaciones, fija la escrutadora mirada en lo
futuro, pudieron ver, como el hroe romano antes de la ltima batalla,
un fantasma siniestro emplazndolos para la prxima eleccin
presidencial.


CAPTULO V.

El negro Dred Scott ante el Tribunal supremo

A los dos das de inaugurada la presidencia de James Buchanan, el 4 de
Marzo de 1857, public el Justicia mayor,  Regente del Tribunal supremo
de los Estados Unidos, la sentencia acordada por mayora de los jueces
en el pleito seguido por un negro esclavo llamado Dred Scott, en
vindicacin de su libertad.

Es celebrrimo ese fallo; no tanto por la parte dispositiva, pues en
nacin compuesta de ms de treinta Estados, independientes entre s
respecto de toda cuestin de derecho comn, civil  criminal, y cuyos
cdigos particulares en unos protegan el rgimen de la esclavitud y en
otros ni siquiera lo reconocan, haban por fuerza de ocurrir  menudo
conflictos sobre la condicin de individuos pasando  cada instante de
un Estado libre  otro esclavo. Nada extraordinario, por consiguiente,
haca el tribunal encargado por la Constitucin de zanjar esas
dificultades, oyendo en grado de apelacin un caso particular, ya
tratado por otra Corte federal, y confirmando fallo anterior que
declaraba esclavos  los demandantes, esto es, al negro Scott, su mujer
y dos hijas. La importancia histrica de esa sentencia estriba en sus
considerandos, en la doctrina de derecho constitucional que establecan,
con el objeto confesado de calmar las reidas controversias sobre la
legalidad de la admisin de esclavos en los Territorios, y, al efecto,
aprobando una entre las diversas interpretaciones de la ley fundamental
por cada partido preconizadas. Pero en vez de aquietar los ensaados
contrincantes vino el malhadado documento  precipitarse como enrgica
levadura en la lucha ardiente de los partidos, levantando y excitando
las diferencias polticas hasta un grado no visto todava.

Dred Scott, esclavo de un mdico militar domiciliado en el estado de
Missouri, haba residido algn tiempo sirviendo  su dueo en regiones
de la repblica donde no exista la esclavitud, y  su vuelta,
enardecido por violento castigo corporal  que se le someti, dedujo
demanda de emancipacin apoyndose en la jurisprudencia inglesa, vigente
como derecho comn en los Estados Unidos, que declara libre el esclavo
que pone el pie donde no sea legal la condicin servil. Aos haca que
la demanda segua su curso con varia fortuna en diferentes tribunales,
hasta que agotadas sin obtener sentencia firme las dos jurisdicciones,
local y nacional, de los Estados y de la Federacin, que funcionan al
lado una de otra y completamente separadas el todo en pas, lleg en
grado final ante la Corte suprema en Washington. Movi el caso vivsimo
inters; abogados de gran reputacin acudieron espontneamente, sin
retribucin directa y atrados slo por la importancia de la materia, 
informar en estrados las dos veces que abri el tribunal la vista de la
causa, ambas en 1856, la primera antes de la eleccin de Buchanan, la
segunda despus. De esta manera una precedi y la otra sigui  la
encarnizada campaa que tanto ruido y tanto polvo hizo ese ao en todo
el mbito del pas.

Si el alto tribunal se hubiese limitado  desairar las pretensiones del
esclavo y simplemente confirmar por los mismos  parecidos fundamentos,
como un instante lo pens, la sentencia apelada, sin perder el caso su
grave y dramtico carcter hubiera excitado la opinin pblica por breve
espacio y cado pronto en el olvido, mxime cuando se supo dos meses
despus que toda la familia Scott haba recobrado la libertad, en virtud
de manumisin voluntariamente otorgada por un nuevo dueo  cuyo poder
haba pasado. Mejor hubiera sido as mil veces; se habra evitado la
peligrosa prueba de echar por pasto  la furia de los partidos el nombre
y la respetabilidad del ms elevado tribunal de la repblica. El
tribunal tambin habra renunciado  la tarea imprudente de discutir y
resolver en el fallo de un pleito particular toda la espinosa cuestin
de la esclavitud de los negros. Pero era demasiado seductora la
tentacin que hizo  los jueces sucumbir, y si su conducta puede ser
tildada como error de juicio y extralimitacin de facultades, la
rectitud del propsito la explica y excusa cumplidamente.

A qu, en efecto, se reduca la diferencia de motes y colores entre los
dos grandes partidos acampados frente  frente desde la ltima lucha
electoral y en perdurable son de guerra?--A interpretar diversamente
cada uno el espritu de la Constitucin,  negar  afirmar que en el
Congreso residiera el derecho de autorizar la esclavitud en el vasto
espacio no organizado aun con forma de estados federales. Divergencia
muy honda y trascendental, que no poda, como otras contiendas de
partido, resolverse en cambio de nombres  trueque de personas, porque
envolva inmensos intereses y aventuraba todo el porvenir.

El Supremo cuerpo judicial, nacido de la Constitucin misma con el
encargo de interpretar y fijar la significacin de sus artculos, voz de
la conciencia del pueblo americano, como se le ha llamado[20]; del
pueblo americano emanado para ser en los casos inciertos garanta
suficiente de los derechos individuales y elevarse por cima de los
bandos, facciones  injusticias coaligadas,--pudo muy bien creerse
investido de la misin de terciar en esa guerra deplorable de opiniones,
y puesto que era la demanda de Scott contra su amo ocasin oportuna de
pronunciar tambin sentencia sobre ese otro pleito capital, no vacil en
prestar el patritico servicio de resolver la intrincada cuestin que
turbaba los nimos y amenazaba la paz. Por desgracia, aunque  tanto
alcanzase su jurisdiccin, punto de suyo discutible, el resultado
defraud las excelentes intenciones, y, en vez de mejorar la situacin
poltica, envalenton  los intransigentes del partido sudista, exasper
 los adversarios, hasta que rotos los diques, desbordadas las pasiones,
lleg la polmica  un grado de ardor inesperado.

     [20] Bryce, obra cit. vol. I. pag. 24.

Uno de los abogados que arguyeron en los estrados del tribunal contra
las pretensiones del demandante, Reverdy Johnson, que goz despus de
gran reputacin en el foro y en la poltica, dijo en su arenga, entre
otras frases que ledas hoy parecen blasfemias y eran entonces opiniones
muy esparcidas, que la extensin de la esclavitud era lo nico que poda
preservar inclume la libertad de la repblica. Taney, presidente de la
Corte, afirma en la minuta por l redactada como resumen de las
opiniones y acuerdos de la mayora, que "el pueblo americano", en cuyo
nombre se escribieron la Declaracin de Independencia de 1776 y la
Constitucin de 1787, no inclua en su expresin colectiva  los negros
africanos ni  sus descendientes nacidos en Amrica, y que  stos slo
se aluda en el segundo de esos instrumentos como  una especie
particular de propiedad, de ningn modo como individuos revestidos del
carcter y derechos de ciudadanos de los Estados Unidos. Llevando luego
sin temor esas afirmaciones  sus naturales consecuencias, deduca que
el Congreso no poda impedir que los ciudadanos acudiesen con sus
bienes, es decir, con sus esclavos,  establecerse en las tierras no
colonizadas todava y pertenecientes por igual  todos los miembros de
la Unin, y eran por tanto ilegales los clebres pactos  compromisos,
desde el de Missouri hasta otros ms recientes, que haban puesto trabas
 esa facultad. De tal manera excomulgaba la primera autoridad judicial
al milln y medio de personas que haba votado el programa de la
Convencin de Filadelfia y proclamaba la perfecta  inatacable ortodoxia
de las doctrinas contrarias.

Enfrente del Capitolio de Annapolis, capital del estado de Maryland, se
eleva hoy la estatua de bronce de Rogerio Taney, del ntegro magistrado
que estuvo veintiocho aos  la cabeza del Tribunal supremo; otra se le
ha erigido en la rica ciudad de Baltimore, la ms floreciente del mismo
Estado; y no solamente sus conciudadanos de esa regin, muchos otros en
el resto del pas, enaltecieron  porfa las virtudes del hombre
pblico, la pureza, la honradez, el valor cvico, el tesn
inquebrantable desplegado hasta en los ltimos lmites de la ancianidad,
mvil de esos homenajes[21]. Y, sin embargo, el acto ms clebre de su
vida, la sentencia que redact y ley en el caso de Dred Scott, es una
fecha lgubre de la historia americana, un da de los que se sealan con
piedra negra, punto de partida de la ms infausta peripecia para
aquellos mismos que en aquel instante parecan triunfar definitivamente
en el seguro terreno de la ley constitucional; porque la guerra
fratricida hasta entonces posible, probable si se quiere, apareci en el
acto con el carcter de fatal, incontrastable necesidad. Taney vivi lo
bastante para verla desencadenada y hasta cerca ya de su desenlace;
cuando preparaba el general Grant la ltima campaa, muri,  fines de
1864,  los ochenta y siete aos de edad, en los das mismos en que el
estado de Maryland abola voluntariamente la esclavitud, decretaba la
ruina de la institucin social que los abogados que hablaron y los
jueces que fallaron contra Dred Scott haban credo destinada  durar
perpetuamente, por lo menos hasta una fecha, como dijeron, "que ojos
humanos no alcanzan  divisar todava".[22]

     [21] _Taney_ por _F. M. Bird_. Apndice al tomo XXIII de la _Enc.
     Britannica_, 9 edicin.

     [22] Palabras del discurso de R. Johnson, citadas por _Pike, First
     blows of the civil war_.

Ha dejado, pues, Taney,  pesar de sus raras prendas personales, una
reputacin nublada, que sobre todo palidece y mengua comparada con la
gloria fulgente de Marshall, su inmediato antecesor, que ocup tambin
por largo espacio la presidencia de la Corte suprema y fu el gran
intrprete de la Constitucin, el jurisconsulto sin rival  quien,
despus de Washington, debe ms que  ninguno agradecer la repblica
norteamericana la firmeza y robustez que con el curso del tiempo han ido
sus instituciones adquiriendo y aumentando. Taney no obtuvo sin seria
oposicin la venia del Senado cuando el Presidente lo nombr Primer
Justicia de la Corte Suprema, pues muchos vieron con susto penetrar en
el recinto de la justicia con tan elevadas funciones  quien se haba
engolfado demasiado en la poltica de combate durante el gobierno
desptico y agitado del general Jackson, de cuyos ms autoritarios
desmanes haba sido secreto consejero y pblico defensor. Bien
justificado qued ese temor con el tono, la forma  intencin de los
considerandos del fallo sobre Dred Scott. De cualquier modo en suma que
se mire ser siempre una obra poltica, con un fin poltico, redactada
con la parcialidad y exclusivismo de los papeles polticos.

La sentencia resolva una causa particular en apelacin ante el tribunal
y expresaba la opinin de la mayora, de seis de los ocho jueces que lo
componan, pero Taney es responsable ante la posteridad de las doctrinas
incrustadas en sus prrafos, de la aprobacin innecesariamente impartida
al programa de un partido reorganizado especialmente en defensa de la
perpetuidad de la esclavitud, y ms que todo de la imprudente dureza con
que, para demostrar que los fundadores de la nacin no pudieron haber
invitado la raza negra  gozar de la grande obra que edificaban, traza
hostilmente cuadros como el siguiente, que hoy mismo no puede leerse sin
hondo desagrado:

     "A juicio del tribunal, las historias de la poca y el lenguaje
     empleado en la Declaracin de Independencia demuestran que ni la
     clase de esas personas importadas como esclavos, ni sus
     descendientes libres  no libres, eran entonces reconocidos como
     parte del pueblo, ni se intentaron incluir en los trminos
     generales empleados en ese memorable documento. Difcil es darse
     hoy cuenta de las ideas que respecto de esa raza desgraciada
     prevalecan en la opinin pblica del mundo civilizado en la poca
     de la Declaracin y cuando se escribi y adopt la Constitucin. La
     historia de todas las naciones europeas lo revela del modo ms
     inequvoco. Ms de un siglo haca que eran los negros considerados
     como seres de un orden inferior absolutamente incapaces de
     asociarse  los blancos en sus relaciones polticas y sociales,
     inferiores hasta el punto de no tener derecho alguno que el blanco
     estuviese obligado  respetar, as como de poder ser justa y
     legtimamente reducidos  servidumbre en su propio beneficio. Eran
     vendidos, comprados y tratados, cual lo son las mercancas cuando
     hay alguna ganancia que reportar".

     Y armado con su lgica despiadada, continuaba el juez diciendo:
     "que si la raza africana esclava estuviese comprendida en las
     palabras de la Declaracin de Independencia que afirman la igualdad
     de todos los hombres, la conducta de los patriotas ilustres que la
     suscribieron aparecera en completa y flagrante contradiccin con
     los principios mismos que establecan, y en vez de la simpata del
     gnero humano que buscaban, habran recibido y merecido vituperio
     universal".

Es triste  ineluctable condicin de anomalas sociales de la especie de
la esclavitud el arrastrar  tales extremos aun  individuos dotados de
nobles y generosos sentimientos. Taney era dulce y bondadoso en el trato
ntimo, segn el testimonio de cuantos privadamente lo trataron; y no
slo nunca compr esclavos, sino que otorg la libertad  cuantos por
herencia le tocaron, socorriendo y pensionando luego  los que por razn
de edad no podan cabalmente gozar del beneficio de la manumisin; pero
nacido y educado en un Estado del Sur, abundando sinceramente en las
ideas del partido demcrata, no pudo resistir al deseo de echar en la
agitada balanza el peso del gran cuerpo judicial que presida, hall la
mayora de sus colegas dispuesta  acompaarlo en la aventurada empresa,
y cometi el error imperdonable. Error de que l mismo fu la vctima
primera, pues las crueles odiosas frases que corrieron de su pluma
permanecern eternamente adheridas  su nombre, y se necesita tener bien
presente toda la buena fe, todo el desinters personal del hombre para
comprenderlas y atenuarlas.

El fin anhelado no se alcanz ni siquiera aproximadamente, ni aun en el
primer momento; el mal en vez de aliviarse persisti agravndose, y
contribuy, por contrario efecto,  cerrar el paso  todo acuerdo
posible entre los dos grandes partidos separados por la cuestin de la
esclavitud.

Era claro que los jefes del Sur, que tan arrogantemente pedan desde
algunos aos atrs el reconocimiento de sus derechos y de su carcter de
amos de esclavos en los Territorios, sin arredrarles el peligro de
arruinar la fbrica poltica, no habran de ceder  disminuir sus
altivas exigencias, ahora que el Tribunal supremo proclamaba la
legalidad, la correccin constitucional de su programa. El miedo del
porvenir, que tan justamente les infundi el nmero inesperado de votos
reunido por la candidatura adversa, comenz instantneamente  minorar,
gracias al poderoso apoyo de la aprobacin judicial; exageraron sus
pretensiones al mismo tiempo que crecan su orgullo y espritu
dominante, y llegaron hasta esperar confiadamente que el respeto  la
ley, la sumisin  la cosa juzgada, sentimientos muy esparcidos y
siempre vivos en la repblica, unidos al antiguo deseo de evitar  toda
costa el desquiciamiento de la Unin, decidiran  la masa del pueblo 
permitir la realizacin de sus designios.

El efecto entre los agrupados bajo el nombre de "republicanos" fu, como
dije, contrario  lo previsto; los que procedan impulsados por ideas de
moral y religin se exaltaron hasta el frenes al encontrarse con la
justicia apadrinando lo que consideraban abominable; los que obedecan 
un plan poltico, los moderados, que esperaban tarde  temprano el
triunfo en las urnas electorales por los medios ordinarios, en nada
cambiaron, porque saban bien que la sentencia por Taney publicada
resolva slo el caso concreto  que se refera, y acatndola  ese
nico respecto replicaban que los precedentes judiciales, cuando son
errados, se destruyen por medio de fallos posteriores; y que una vez
arrollado pacficamente el partido esclavista en nuevas elecciones, las
opiniones y tendencias de los magistrados de la Corte Suprema cambiaran
poco  poco, por juego y obra de la misma Constitucin tan falsa y
lastimosamente ahora interpretada y aplicada.

Las cosas por tanto continuaron por breve trmino en idntica posicin;
la gran batalla de principios y de programas tena que trabarse y
decidirse todava en su verdadero terreno, la intervencin de los jueces
excit de antemano las masas combatientes y les proporcion gritos de
guerra ms nuevos y estruendosos.


CAPTULO VI.

Desacuerdo entre ambas ramas del Congreso sobre la admisin de Kansas.

El primer ao de la presidencia de Buchanan fu el ms flgido momento
de fortuna disfrutado por el partido esclavista. Todava hoy pudiera
supersticiosamente creerse y decirse que el destino quiso engaarlo por
ltima vez, en la hora misma que lo esencial estaba  punto de perderse,
y, ponindole delante el espejismo de la victoria, llevarlo seguramente
con ojos deslumbrados  la catstrofe definitiva. Hallbase en posesin
absoluta de cuantos recursos eran de apetecerse para cimentar
indestructiblemente su predominio: poder ejecutivo, poder legislativo,
supremo cuerpo judicial, todo laboraba y conspiraba en su favor.

Nadie acogi con ms regocijo que Buchanan la declaracin judicial que
sancionaba la extensin de la esclavitud en los Territorios; los
intransigentes del Senado y de la Cmara de Representantes tuvieron la
satisfaccin de oir decir en su nombre, en un mensaje especial, de 2 de
Febrero de 1858, que Kansas era ya un Estado con tanta verdad y tanto
derecho como otro cualquiera de la Unin, como Georgia  las Carolinas,
con esclavos como ellos, y por los mismos ttulos digno de formar parte
de la gloriosa federacin. Si el Congreso seguidamente atenda las
sugestiones del Presidente, aprobaba la situacin  que se haba llegado
en Kansas por medios bien merecedores de reprobacin, y admita la nueva
comunidad bajo la constitucin que subrepticiamente, sin consulta real
del pueblo, acababan de promulgar,--qu hermosa manera de coronar los
esfuerzos de los ltimos cuatro aos! El equilibrio entre las dos
secciones quedaba en el acto restablecido, y no habra ya peligro de
perderlo nuevamente, pues el horizonte inmediato se vesta tambin de
gratsimos colores; Tejas, el Estado enorme, de cerca de trescientas mil
millas cuadradas de superficie, poda legalmente ser dividido en cuatro
Estados, y en vez de dos, mandar ocho representantes al Senado,
cualquiera que fuese la cifra de su poblacin; ms lejos los vastos
espacios anexados despus de la guerra contra Mjico ofrecan su frtil
suelo  colonos venidos de todos lados para organizarse pronto del mismo
modo y en las mismas condiciones que Kansas, y entonces, no diez y seis,
sino veinte, veinticinco Estados, explotados por el trabajo de los
negros esclavos, lucharan ventajosamente en Washington por medio de sus
delegados contra los vidos industriales y comerciantes del Norte, y
tendran en las manos los medios de exigir  imponer el respeto y la
conservacin de sus instituciones peculiares.

Pero el ardiente deseo los arrastraba demasiado lejos, como posedos
del frenes que la fortuna vierte sobre aquellos que quiere perder,
segn el clebre apotegma que la Edad media atribua al poeta cmico
latino. El cmulo de lisonjeras esperanzas comenz  desmoronarse cuando
ms alto y compacto pareca. Apenas se dibuj claramente ante los
correligionarios del Norte lo que se esconda detrs de esas apariencias
y vieron hasta donde soaban ir sus aliados del Sur con el Presidente de
la Repblica  la cabeza, se negaron algunos  continuar en tan tortuosa
direccin, invadidos de mortal angustia al hallar inconciliables el amor
de libertad que los animaba y la distinta situacin legal que deba
surgir de la ejecucin de sus acuerdos. La opresiva duda se propag con
rapidez, y como tiene que suceder donde la voluntad popular es soberana
y no carece de ocasiones de manifestarse, repercuti entre los miembros
de la Casa de Representantes, desprendi de la mayora imperante
suficiente nmero de votos para que fuese rechazado el _bill_ del Senado
sobre la admisin de Kansas de la manera convenida, y la bien maquinada
intriga cay al suelo desbaratada.

Fu el naufragio definitivo de la cuestin, cuando ms orgullosamente
navegaba y desplegaba velas y grmpolas; naufragio sin posible
salvacin, aunque se empeasen en excogitar las ms ingeniosas
combinaciones. La misma numerosa mayora que la haba acogido y
prohijado con tanto afecto en el Senado, corra riesgo de disolverse,
porque llevaba en el seno una herida incurable; Douglas, creador y
firme mantenedor de la alianza entre representantes del Norte y del Sur,
la haba abandonado en tan crticos momentos y haba votado con la
minora, es decir, contra la entrada de Kansas. Su defeccin tena  la
larga que sentirse como golpe mortal.

El fallo de la Corte suprema haba sido terrible para el hbil senador
de Illinois; slo por prodigios de sofstica destreza haba logrado
armonizarlo en los primeros das con sus doctrinas sobre el derecho
popular de aceptar  rechazar la esclavitud, y, mientras la insoluble
antinomia no sala de la esfera terica, bastaron subterfugios para
acallarla. Pero si hubiera consentido ahora la transformacin que por
fraude y por violencia se pretenda consumar en Kansas, mermaran y aun
quizs se desvaneceran su influencia y popularidad en el estado libre
de que era senador, ante cuyos habitantes tena precisamente que acudir
ese ao solicitando reeleccin. Con su perspicacia y prontitud
habituales vi y corri al peligro. Combati el _bill_, vot en contra,
dej sin miedo caer sobre su cabeza las iras del Presidente de la
Repblica, la execracin de sus antiguos aliados y sus colegas. Era
luchador bastante fuerte para habrselas con todos, y aunque amargamente
deplorara el golpe de muerte que asestaba, un inters personal,
inmediato, superior, le ordenaba defender el puesto desde donde ejerca
su influencia en el pas. No lograr la reeleccin equivaldra 
perderlo todo de una vez. Por el contrario, reelegido, le sobrara
tiempo para recobrar luego su puesto en la plana mayor de su partido, si
le conviniese, y aplicar los recursos nunca agotados de su maravillosa
estrategia.


CAPTULO VII.

Campaa electoral en Illinois. Lincoln y Douglas.

Esa eleccin de nuevo senador en el Estado de Illinois por cumplirse los
segundos seis aos de Douglas en el puesto, fu (luego que abort en
Washington el plan de la admisin de Kansas) el acaecimiento capital de
1858, y el pas sigui sus diversas fases con apasionada curiosidad.

Ordena la Constitucin de los Estados Unidos que los senadores federales
no sean elegidos directamente por el pueblo, sino por las asambleas y
senados particulares de cada Estado, pero prcticamente acontece lo
mismo que en las elecciones presidenciales, y el precepto constitucional
respetado en la forma resulta ilusorio en la realidad. Al ser elegidos
los miembros de esos cuerpos particulares, si es ao en que toca elegir
senador federal, van ya todos ellos comprometidos  nombrar una persona
pblicamente designada de antemano por la Convencin del partido, y 
menudo se ve dirigir  intervenir en la campaa ante el sufragio
universal  los mismos individuos que han de pretender despus el cargo
senatorial ante el sufragio restringido. Es claro que en esos casos ni
siquiera se guardan las apariencias, el pueblo encuentra ocasin de
conocer y apreciar las opiniones, las facultades oratorias, el aspecto
personal de los candidatos; manifiesta su voluntad en plena posesin de
cuanto necesita para ilustrarla, y cuando escoge miembros de asambleas
locales designa al mismo tiempo el ciudadano que quiere hacer senador de
los Estados Unidos. No lstima, por tanto, ningn inters esencial la
desviacin introducida por la prctica en el cumplimiento del precepto
constitucional.

La cuestin asuma por varios conceptos carcter excepcional. Los
motivos de Douglas al desertar ruidosamente de su partido en materia tan
importante como la suerte de Kansas, problema en que se crea l ms
genuino y leal intrprete de la verdadera doctrina democrtica, iban 
ser por primera vez oficial y directamente juzgados por el pueblo de
Illinois, Estado que por su poblacin era el cuarto entre los treinta y
uno de la federacin[23]; Douglas mismo, adems, que tan cerca estuvo de
sobrepujar  Buchanan y obtener la candidatura presidencial, que
alimentaba todava fundadas esperanzas de conseguirlo en la prxima
ocasin, que era el hombre de estado ms conspicuo, de mayor reputacin
en el pas, se presentaba armado en el palenque y resuelto  entrar en
combate desplegando todos sus recursos, pues era de vida  muerte
poltica para l el lance que jugaba.

     [23] El clculo de su puesto entre los Estados es ligeramente
     anticipado; el Censo nacional en que aparece Illinois con 1.711.951
     habitantes, es el de 1860, poco menos de dos aos despus de la
     fecha  que en el texto se alude.

Pero esa campaa electoral en un pedazo del interior de los Estados
Unidos es famosa, inolvidable para la posteridad, por el gran papel
histrico que estaba reservado, que all empez  representar ante los
ojos del pueblo americano, que ms adelante representara ante el mundo,
otro personaje, el adversario precisamente que vena  disputar con
Douglas la palma de senador, Abraham Lincoln, unnimemente designado ya
por el partido republicano de Illinois como nico capaz de luchar con
armas de fuerza igual contra enemigo de pujanza tan probada.

Las armas  la verdad no eran iguales sino superiores, y fueron
manejadas con tal destreza y tanto vigor que el nombre de Lincoln,
abogado del foro de Springfield, capital de Illinois, apenas conocido
ms all de los lindes del Estado, corri inmediatamente repetido de
boca en boca y desde esa poca contado en el partido republicano como
uno de sus jefes ms hbiles y valientes. Apenas supo que era el
candidato de la Convencin reunida en Springfield para la senadura, se
hall que tena trazado en su mente todo el programa conforme al cual
haba de llevarse  trmino la campaa y lo expuso en un discurso, que
sus bigrafos ms recientes[24] califican como el ms cuidadosamente
preparado de su carrera poltica, que pronunci de memoria sin tener
delante ni notas ni borrador, revelando con ello el valor que daba  ese
primer paso de una marcha decisiva, en que le tocaba el honor de ser
portaestandarte de un gran partido  ms grandes cosas destinado. Desde
las frases iniciales descbrese ya el aspecto original de su elocuencia,
mstica al mismo tiempo que sobria, precisa, concluyente, en que entran
por muy poco los adornos del arte, combinando en proporciones bastante
altas las condiciones nicas que permiten desdear sin riesgo los
auxilios de la retrica, es decir, perfecta sinceridad de sentimientos,
no creados para el caso, sino nacidos y educados al calor de antiguas
convicciones, y cabal percepcin en todos sus aspectos del objeto
supremo  que tienden sus palabras.

     [24] JOHN G. NICOLAY y JOHN HAY, _Abraham Lincoln_, copioso y
     admirable trabajo publicado originalmente en el _Century Magazine_,
     New-York, de Noviembre 1886  Febrero 1890.

Empieza el discurso como un sermn de iglesia, sin que sea esto querer
colocarlo como ejemplo de oratoria untuosa, recitando el versculo
conocido del Evangelio de San Marcos: Una casa dividida contra s misma
no puede permanecer; y desde el exordio, llevando  los oyentes _in
medias res_, contina de esta manera: No creo que pueda nuestra patria
indefinidamente subsistir con una mitad esclava y otra libre. No espero
que la Unin se disuelva ni que la casa se derrumbe, espero, s, que
cesar de hallarse dividida. Tendr que ser lo uno  lo otro. O bien los
adversarios de la esclavitud contendrn el ulterior desenvolvimiento de
ese rgimen hasta aquietar el espritu pblico, convencido al fin de
dejarlo en el camino de su extincin definitiva;  bien sus defensores
lo llevarn aun ms lejos, hasta reconocerlo por igual en todos los
estados, en los antiguos y en los nuevos, en el Norte y en el Sur.

En torno de este dilema, con tan enrgica precisin formulado, gir la
discusin por parte de Lincoln y escrupulosamente se mantuvo siempre en
el terreno poltico, sin dar  sus acometidas contra la esclavitud el
tono agresivo y revolucionario que afectaban los abolicionistas; porque
cumple no olvidar que ese hombre, que cuatro aos despus deba expedir
bajo su nombre y su exclusiva responsabilidad de supremo jefe militar la
proclama justiciera que desde el da primero de Enero de 1863 otorgaba
la libertad  cuatro millones de negros esclavos, y dejara en la
historia estela luminosa como uno de los ms grandes benefactores de la
humanidad, no era entonces ni fu jams abolicionista en el sentido
sectario de la palabra, como tampoco sera exacto incluirlo en el grupo
de fanticos sublimes que consagran su vida, sin soar en premio ni
beneficio personal,  la realizacin de remotos elevados ideales.
Abrigaba dentro de su generoso corazn inagotable caudal de
benevolencia, que abundantemente se esparca por todo su ser, y daba 
las rudas facciones de su desairado rostro esa viva y honda expresin de
melancola y de piedad, que lo envuelve como una aureola. Los
sufrimientos y la horrible crueldad, que necesariamente acompaan al
yugo de la esclavitud, despertaban en su alma profunda y ansiosa
simpata por la suerte de la raza infortunada; pero su sagacidad
prctica, su innato amor de la justicia le mostraban y recomendaban
tambin la otra faz del arduo problema, y claramente vea que en aquel
perodo de discusin pacfica, en aquella comunidad en que parecan
equilibrarse impulsos diametralmente contrarios, la solucin no deba
atropellar opiniones, intereses respetables crecidos al amparo de
derechos por largo tiempo tenidos como indudables. No es de extraarse,
por consiguiente, que en otro discurso pronunciado pocas semanas
despus, volviendo sobre uno de los extremos del dilema, declarase que
la extincin final anhelada por l como adversario de la esclavitud no
tena en su mente plazo fijo de un da, ni de un ao, ni de dos, y
podra muy bien retardarse acaso un siglo entero, "pero no me queda
duda" agregaba "que vendr y se realizar en los mejores trminos para
ambas razas _en la hora sealada por Dios_".

Lincoln, nacido en Febrero de 1809, tocaba entonces,  la edad de
cuarenta y nueve aos, el punto culminante y luminoso de la lenta y
difcil ascensin de su contrastada existencia; all se produjo en l
algo grande y decisivo, como una transfiguracin definitiva, y de la
empinada cumbre no descendi ms, continu siempre en las alturas,
rodeado  menudo de relmpagos en el perodo de la guerra civil,
contemplado, admirado por millones de seres humanos, hasta la trgica
catstrofe que termin prematuramente su carrera y prepar la merecida
apoteosis final. Era una naturaleza excepcionalmente robusta, como bien
lo indicaban su estatura gigantesca, su fuerza muscular, extraordinarias
ambas aun en aquellas sociedades primitivas del Oeste  medio civilizar
en que pas su juventud, y en las que no escaseaban coyunturas de
practicar ejercicios corporales. Haba emprendido muchos caminos,
trabajando siempre duramente para ganar la subsistencia; en ninguna de
sus ocupaciones: colono, agricultor, patrn de lanchas surcando
afluentes del Mississipi  el Mississipi mismo hasta la delta de su
desembocadura, oficial de voluntarios en la guerra contra indios
salvajes, luego comerciante al por menor, auxiliar de agrimensor,--supo
descubrir  aprovechar ocasiones de prosperar con rapidez. Nunca, en
resumen, despleg la necesaria dosis de energa y actividad, como
embargado por un ideal oscuro de superioridad moral que vagamente
entrevea, y tras el que tenda las alas fatigadas de su espritu un
poco lento, un tanto perezoso, aunque lleno siempre de generosas
ambiciones.

En todo ese tiempo fule apenas dado cultivar su inteligencia ms all
de las primeras letras aprendidas en la niez, y ya en edad de hombre
trat de estudiar la gramtica de su lengua, que por cierto no lleg 
poseer y dominar completamente. Ms adelante comenz estudios
imperfectos de jurisprudencia con intencin de ejercer la abogaca,
profesin que al fin exclusivamente abraz. Su variada experiencia de
los hombres y las cosas, su perspicacia ingnita, su talento vigoroso de
orador natural dilataron inmediatamente el horizonte, permitindole,
all donde el derecho y la poltica venan  ser una misma ocupacin,
emplear y satisfacer al cabo su amor viril de libertad y de justicia,
nico sentimiento tal vez capaz de excitarlo hasta el grado de
intensidad en que se realizan acciones grandes y famosas.

Fu elegido cuatro veces miembro de la legislatura local, y una vez, en
1846, de la Cmara de Representantes en Washington; mas la poltica de
trminos medios y efmeras transacciones que en la fecha imperaba agot
muy pronto todo el inters que lograron los negocios pblicos
inspirarle, y por ltimo se encerr estrechamente durante seis aos en
la prctica de su profesin. Este perodo de relativa tranquilidad y
meditacin se intercal entre las dos pocas de su vida pblica muy  la
sazn y afortunadamente; en l pudo perfeccionar sus conocimientos
incompletos, cultivar sus facultades, llegando por medio del estudio
asiduo de la dialctica y las matemticas, unido al manejo constante de
los negocios forenses,  contraer el hbito de exponer clara y
metdicamente las ms complicadas cuestiones, de eslabonar fuertemente
su argumentacin, ir derechamente  la verdad, derribando falacias,
atacar con vigor el flanco dbil del adversario y usar siempre el
lenguaje ms sencillo y comprensible, dotes todas que despus tan
sealadamente lo distinguieron, y encubren  compensan ciertos defectos
inevitables, ciertos otros rasgos extravagantes que traan su origen de
la instruccin limitada, de los hbitos formados en la juventud, de las
compaas vulgares y las ocupaciones desagradables de gran parte de su
existencia, como por ejemplo la tenacidad importuna con que introduca
cuentos, ancdotas y chistes, de muy mal gusto  menudo, en graves 
solemnes conversaciones.

Mucho haba cambiado ya cuando la cuestin de Kansas y la supresin de
la lnea del Missouri, trocando en 1854 la faz de las cosas y anunciando
luchas reidas, le hicieron salir de su retiro y le avivaron la ambicin
de servir la patria otra vez y combatir sin tregua la funesta poltica
iniciada por la plana mayor de Washington, poltica en que su propio
Estado, bajo el nombre y direccin de Douglas, asuma tan directa y
peligrosa responsabilidad. Contribuy enrgicamente  la organizacin y
disciplina del partido republicano prestndole toda su influencia y su
palabra. Marchaba tan rpidamente su reputacin, que ya en 1856 se vi
apuntar su futuro prestigio nacional en la Convencin de Filadelfia,
donde obtuvo desde el primer escrutinio ms de cien votos electorales
para la Vicepresidencia de la repblica; la mayora de los delegados
entonces no lo conoca, prefiri otro candidato, muy ajena de
presentir, al escuchar all por primera vez las slabas del nombre
oscuro de Abraham Lincoln, que haban de ser dentro de cuatro aos el
signo seguro de victoria inscrito en los estandartes del partido.


CAPTULO VIII.

Duelo de oradores.

Cuando de Washington lleg Douglas  defender personalmente en Illinois
su candidatura senatorial, fu acogido por sus partidarios entre
vtores, msicas y luminarias; desde las primeras reuniones el
entusiasmo provocado por su presencia anunciaba el mismo triunfo fcil y
completo de luchas anteriores. Para orador de plaza pblica contaba
Douglas con dos grandes ventajas: vigor fsico extraordinario y
resistencia infatigable; su talento de tribuno popular, compuesto por
partes iguales de audacia y habilidad, saba seducir la multitud
halagando malas y buenas pasiones, saba imponer despticamente su
opinin afectando confianza y envolvindose en el manto de su autoridad
y prestigio como antiguo y nunca vencido jefe del partido demcrata.

Su posicin era, sin embargo, en aquel encuentro extremadamente
delicada. La poltica de ntimo acuerdo entre miembros del partido en el
Norte y en el Sur, que  l deba el grande impulso y militante aspecto
tomados desde 1854 al abolir el compromiso y fomentar la colonizacin de
Kansas en favor de los dueos de esclavos, subi  su apogeo en 1857 con
la sentencia del Tribunal Supremo y las recientes combinaciones
fraguadas para arraigar ms firmemente la debatida institucin; pero en
realidad las cosas haban corrido mucho ms all de lo que Douglas
deseaba, y vinieron  dejar minada por la base la posicin que ocupaba,
pues si conforme  la interpretacin del Tribunal  nadie era lcito
oponerse al establecimiento de la esclavitud en los Territorios,
resultaba ilusoria, intil, la facultad por l tan encarecida de
resolver como atribucin de la soberana popular lo que la ley
constitucional tena ya concedido y reconocido. La contradiccin de
ambas teoras era evidente, la una inutilizaba la otra, y entre la
interpretacin de un simple senador y el fallo inapelable de la Corte no
poda vacilarse al elegir. Douglas as lo confesaba con el hecho de
apartarse en el Senado de la mayora de sus colegas, de votar contra el
partido que l mismo haba conducido tantas veces  la victoria, de
ofrecer, en fin, el raro espectculo de un general en jefe disparando
contra sus tropas en el momento decisivo de un asalto, slo por disentir
respecto  un punto de tctica constitucional. De ah para el candidato
un doble peligro que era menester conjurar:--si defenda la doctrina del
Tribunal con todas sus consecuencias, se enajenaba partidarios en el
Norte, en su propio Estado, y poda perder la senadura;--si la
repudiaba  atenuaba en cuanto no ajustase  su vieja idea de soberana
popular, ahuyentaba nmero mayor de partidarios en el Sur y perda
seguramente la esperanza lisonjera de llegar  la Presidencia de la
Repblica.

Todo esto comunicaba  la campaa muy dramtico inters, y aument ms
cuando se supo que Lincoln tena resuelto retar su adversario  combate
singular ante el pueblo, esto es, proponerle recorrer juntos los pueblos
y ciudades, hablar, y refutarse recprocamente sus argumentos ante los
mismos auditorios. El cartel no poda ser rehusado. No eran raras en
aquellas regiones justas oratorias de la misma especie, y en esa vez el
vigor de los contendientes, el alto honor que disputaban, el aprecio de
que gozaban, contribuyeron, adems de la importancia de la cuestin
sobre que versaba el litigio,  excitar palpitante curiosidad. Acordaron
reunirse en siete ciudades diferentes, cada sesin durara tres horas,
el que primero hablase dispondra de una hora, el contrincante de hora y
media para replicar, y se reservaran los restantes treinta minutos para
aqul  quien hubiese tocado abrir el debate.

Conocanse muy bien de antemano ambos adversarios, habindoles sobrado
ocasiones de encontrarse desde la poca en que casi  un mismo tiempo
llegaron por rumbos diferentes  establecerse en Illinois en busca de
fortuna. Lincoln, que era cuatro aos mayor, lleg primero, de Kentucky
en el Sur, Douglas poco despus, de Vermont en el Norte. Domiciliados
all obtuvieron los dos al fin, si no riquezas, bienestar y
consideracin, aunque Douglas, como ms activo y emprendedor, se haba
abierto mejor y ms pronto su camino; ya en aquella fecha haba ganado
dos veces y disfrutado durante doce aos el envidiable puesto en el
Senado nacional, que para Lincoln todava era una esperanza incierta,
demasiado ambiciosa quizs. La lucha,  pesar de que por momentos asumi
tono muy violento, se mantuvo, en suma, libre de improperios demasiado
odiosos.

No estaba Lincoln destinado  ser senador de los Estados Unidos. En
cuanto  ese objeto final fu derrotado sin duda en la contienda, pero
gan innegablemente en la discusin la palma de la victoria y de ella
brot toda su gloria futura. El tomo en que se imprimieron sus discursos
en esos debates circul profusamente en el pas, y hasta el triunfo de
1860 fu el arma mejor de guerra de que dispuso el partido
republicano[25]. La discusin velozmente se extendi fuera del crculo
estrecho de la eleccin de una asamblea local y un senador, y se elev 
espacios superiores y ms vastos, como previniendo  anunciando la gran
lucha que tres aos despus haba de trabarse. Acaso Douglas, aplicado
intensamente  la imprescindible necesidad de conservar la dignidad
senatorial, no vea esa faz de los debates tan clara como Lincoln mismo,
en quien el inters personal era menor y la ambicin menos definida
todava, menos ardiente. Cuntase que antes de dirigir Lincoln  su
rival cierto famoso interrogatorio en el segundo de los encuentros, en
Freeport, aconsejado por sus amigos de aplazar una de las preguntas,
porque podra perjudicarle y hasta costarle la prdida de la eleccin,
replic: "se trata para m, seores, de levantar caza de mayor cuanta;
si Douglas contesta, nunca llegar  ser Presidente de los Estados
Unidos, y la campaa de 1860 importa cien veces ms que la
presente[26]".

     [25] _Lincoln-Douglas Debates_, publicados junto con otros
     discursos de Lincoln. Columbus (Ohio) 1860.

     [26] _Nicolay and Hay._ Cent. Mag. vol. XXXIV pag. 191.

Esa pregunta famosa, que tan caro cost  Douglas haber absuelto, tenda
 hacerle declarar si legalmente exista entonces algn medio de excluir
la esclavitud, en el caso de que se le antojase  cualquier ciudadano
entrar en un territorio y establecerse acompaado de sus esclavos. El
Tribunal supremo tena resulto por su fallo _que no_, resolucin
festejada, encomiada y pregonada por las masas del partido demcrata
como preciosa garanta del cumplimiento de sus deseos. Si Douglas por el
contrario contestaba _que s_, y construa para salir del escabroso paso
alguna sofstica explicacin, salvara tal vez su candidatura de
senador, pero sacrificara por lo inmediato lo ms grande que estaba
detrs, la primera magistratura del pas.

Contest en efecto que la sentencia vlida y vigente de la Corte
resolva la cuestin solamente en lo abstracto, y que en las asambleas
locales resida la facultad de dictar reglamentos hostiles, para hacer
imposible la aplicacin de la doctrina legal. A lo cual Lincoln
instantneamente replic: Yo califico de injusta  improcedente la
decisin del Tribunal y lealmente pido su revocacin; el juez Douglas se
revuelve enfurecido contra los que pretendemos una cosa tan natural, y
propone, en cambio, quitarle en la realidad toda su fuerza y su valor
legal, pero aparentemente dejndola en pie. Jams ha brotado idea ms
monstruosa por los labios de persona que  s mismo se respete.

Douglas era demasiado avisado para no ver el lazo que le tendan, para
no adivinar el abismo en que con su respuesta poda caer; probablemente
en el apuro prefiri atender  lo ms urgente y fiar el porvenir  su
destreza y su fortuna. Logr la reeleccin, pero la frase fatal
pronunciada en Freeport se le adhiri como tnica maldita, neutraliz la
mejor parte de su habilidad y energa, embaraz todo ensayo de
reconciliacin con su partido, y la futura presidencia toc precisamente
al rival vencido, que le arranc la amaada respuesta.

La suma trascendencia de los principios de moral pblica y privada que
se hallaban frente  frente, la importancia de sus consecuencias
polticas y sociales, el movimiento dramtico de esa especie de pugna
cuerpo  cuerpo, por decirlo as, entre dos hombres eminentes, imprimen
excepcional alcance  los discursos pronunciados en la campaa, y
permiten,  despecho de graves imperfecciones, leerlos todava con
algn inters, con bastante provecho. Los de Lincoln son superiores,
porque dejando pronto  un lado la cuestin de personas, se elevan 
terreno ms abierto, en que es ms puro el aire y ms franco el
horizonte, abordan prontamente la situacin ms alta desde donde,
contemplada la institucin de la esclavitud bajo todos sus aspectos
reales, es posible fijar la horrible injusticia en que se funda y las
perniciosas consecuencias con que pervierte y abruma  los mismos que la
defienden y ciegamente la fomentan. Medidos conforme  reglas precisas
del arte, no son por de contado obras maestras, ni mucho menos; la
desgracia de versar siempre sobre el mismo tema, de tener que amoldarse
 auditorios demasiado numerosos de campesinos iliteratos, pronunciados
 menudo al aire libre, deformados por la necesidad de modificar 
extirpar  cualquier costa errores arraigados, los atesta de lugares
comunes y montonas repeticiones. Pero la sinceridad con que busca
Lincoln armonizar el respeto  la ley con el fervor moral de sus
convicciones, infunde vida y calor  las palabras; y como abrigaba
siempre en lo ntimo de su ser una vena potica, no muy rica, pero de
buena ley  inagotable, el delicioso aroma acude de cuando en cuando 
la superficie y revela con delicados y sutiles efluvios su presencia.

Entre un total de doscientos cincuenta y dos mil votos recogidos
apareci en favor del partido demcrata una mayora de poco ms de mil
sufragios, y al, reunirse la legislatura de Illinois en el mes de
Enero, fu reelegido Douglas para el Senado por cincuenta y cuatro
votantes; Lincoln reuni cuarenta y seis. La derrota no era un desastre,
y sin jactancia haba lugar de confiar en el porvenir, dadas las
circunstancias especiales que militaron por Douglas. El desaliento no
deba por tanto dominar al vencido, pero no es de extraar que al cabo
de tan largo y penoso esfuerzo sintiera Lincoln la resignada tristeza
que revelan las siguientes lneas de una carta privada: Mucho me alegro
de haber entrado en la lucha. Hall el medio, que no hubiera tenido de
otro modo, de hablar y ser odo sobre la grande, la perpetua cuestin
del da, y aunque ahora me sepulte en el olvido y no se acuerde nadie
ms de m, he dejado vestigios cuyo valor en pro de la causa de la
libertad durarn mucho tiempo despus que haya yo salido de la
escena.[27]

     [27] Carta al Dr. Henry, Nov. 19 de 1858. (_Cent. Mag._ XXXIV, pag.
     306.)

Las trazas eran ms profundas de lo que l mismo se figuraba, y aunque
su ambicin siguiese entonces reducida  buscar y lograr en otra
oportunidad el cargo de Senador, honor mucho ms alto le reservaban sus
compatriotas llenos de gratitud, llenos de confianza en quien tanta
energa y vigor intelectual acababa de desplegar.


CAPTULO IX

Proyectos de anexar la isla de Cuba.

No hay en la historia de los Estados Unidos perodo ms triste que el
cuadrienio presidencial de James Buchanan. No puede ser otro el juicio
de la posteridad, aun cuando, para aplicarle toda la indulgencia
posible, se atienda slo  los tres primeros aos y se prescinda del
ruinoso y vergonzoso eplogo, de los cuatro revueltos y miserables meses
ltimos, desde las elecciones de Noviembre hasta la inauguracin de
Lincoln, en Marzo de 1861, durante los cuales siete Estados de la Unin
se concertaron y organizaron  ciencia y paciencia del primer magistrado
de la Repblica, dueo del poder ejecutivo, para romper el lazo nacional
y formar ellos solos una nueva confederacin independiente, mientras el
infeliz anciano, responsable ante sus conciudadanos y ante la historia,
confesaba su impotencia absoluta de prevenir y evitar cuanto estaba
sucediendo, y en su penoso azoramiento afirmaba que las leyes del pas
lo dejaban desarmado y sin autoridad para oponerse  los actos de
rebelin de los conjurados.

Apenas instalado Buchanan en la Casa Blanca en Marzo de 1857, se imagin
suficientemente capaz de aquietar los nimos de amigos y enemigos, de
resolver por su simple iniciativa el candente problema que entre las
dos opuestas fracciones tan violentamente se agitaba y de robustecer la
amenazada unin de los estados. Movanlo, sin duda, excelentes
intenciones, pero engaado por su vacilante voluntad, por su cortedad de
vista, su inteligencia limitada, ide realizar la ardua empresa, ajustar
el equilibrio, echando sobre uno de los platillos de la sacudida balanza
todo su peso como depositario del poder ejecutivo. Juguete de la
alucinacin ms extraa y menos disculpable en el jefe supremo de una
poderosa nacin, crey que desavenencias tan graves podan componerse,
favoreciendo sin medida la parte ms extremada, la que se jactaba de
desbaratar la patria, si era menester, por lograr su sedicioso empeo,
la que veinte veces haba obtenido completa satisfaccin y formulaba,
despus de cada jornada victoriosa, mayores y ms exageradas
pretensiones.

Es difcil todava comprender y juzgar imparcialmente su conducta, y
persisten en sus pas,  despecho del tiempo transcurrido, dos
corrientes de opinin en sentido muy diferente. Por de contado que no es
ya lcito repetir los fallos precipitados, violentamente hostiles, de
los primeros das de la contienda civil, harto excusados por la
angustiosa situacin de horas tan crticas, que atormentaron sin piedad
al pobre hombre, penetrando hasta el retiro en que se mantuvo encerrado
los ltimos siete aos de su vida, hasta su fallecimiento en 1868  los
setenta y siete aos bien cumplidos. La acusacin injusta de perfidia,
de complicidad directa en la traicin cometida por algunos miembros de
su gabinete, slo una vez pareci condensarse y formularse en hechos
determinados, ante cuya enunciacin no era dable permanecer callado ni
indiferente,  pesar de la estoica dignidad en que le plugo envolverse;
redact y public entonces una vindicacin de sus actos en las
postrimeras de su presidencia. Aos despus Ticknor Curtis, distinguido
autor de una apreciable _Historia de la Constitucin de los Estados
Unidos_, tom enrgicamente su defensa en un extenso trabajo, que puede
leerse abreviado y sin faltarle ningn rasgo esencial en la
_Enciclopedia de Biografa americana_ de Wilson y Fiske [28]. En ambos
escritos sostiene Curtis la rectitud perfecta de la conducta oficial de
Buchanan; por lo dems su carcter privado jams ha sido por nadie
mancillado ni tampoco el constante, apasionado respeto  la ley
fundamental de la repblica, que fu norma de su existencia, virtud
informante de sus actos.

     [28] GEORGE T. CURTIS, _Life of President Buchanan_. 2 v 1.
     1883.--_Appleton Cycl. of American Biography_, vol. 1.

Ms cerca de la verdad parece H. von Holst, y no creo se aparte mucho de
la equidad histrica, al decir que la debilidad, la terquedad y la
presuncin fueron los elementos que en desastrosa combinacin crearon el
carcter de Buchanan y suministraron los hilos para urdir la tela de su
desgraciada poltica. [29]

     [29] VON HOLST, _ut. ant_, vol. VI, pag. 48.

Debise el triunfo de su candidatura en la Convencin, como ya he
apuntado,  la necesidad de asegurar para el partido los cincuenta y
cuatro votos que representaba el estado de Pennsylvania, donde era muy
estimado; tambin al decidido empeo de evitar  toda costa que fuese
Douglas el preferido, pero se granje la proteccin indispensable de los
principales caudillos del Sur merced  su larga residencia en el
extranjero, lo que le haba permitido pasar por neutral entre las dos
tendencias que opuestamente preponderaban en el partido y lo mantenan
en equilibrio siempre inestable, circunstancia que prestaba  su
candidatura un cierto matiz de transaccin, mientras en realidad sera,
y con ms fuerza que ninguno de sus antecesores, lo que despus
paladinamente se dijo de l: hombre del Norte con las ideas del Sur.
Haba, adems, dado prendas durante su plenipotencia en Europa, cuando
fu  Ostende y  Aquisgran para confabularse con Mason y con Soul, sus
colegas de Francia y Espaa, y lanzar juntos el clebre, escandaloso
documento diplomtico, conocido con el nombre de _Manifiesto de
Ostende_, en que se anunci al mundo que la diplomacia de los Estados
Unidos consideraba la anexin de la isla de Cuba como requisito
necesario del desenvolvimiento nacional, que su traspaso por medio de
contrato de compraventa pacficamente concertado sera tan beneficioso
para Espaa como indispensable  la repblica angloamericana, pues de
otra manera podra sta muy bien creerse en el caso de resolver por si
sola la cuestin, atendiendo nicamente al inters de su seguridad y de
su paz interna.

Esa idea de anexar la isla de Cuba, desde mucho tiempo antes acariciada
por casi todos los polticos norteamericanos sin distincin de partido,
por juzgarla tan fcilmente realizable como lo haba sido la cesin de
Luisiana y de las Floridas, adquiridas de Francia y de la misma Espaa;
idea que no apartaban de la mente y modificaba siempre su conducta en
asuntos de poltica extranjera, como claramente lo indicaban las
reservas y condiciones con que aceptaron el proyecto de Congreso
americano concebido por Simn Bolvar y abortado despus en Panam,--fu
convirtindose poco  poco en artculo permanente del programa de los
esclavistas, los que tramaban acrecer as la influencia de que gozaban
en el gobierno, y aplicar solapadamente la fortuna general de la nacin
al triunfo particular de sus intereses especiales. La evolucin de este
plan, cuya prxima aplicacin vena  revelar el manifiesto de Ostende,
hall nuevo resorte motor en Pierre Soul, exsenador de Luisiana,
ministro plenipotenciario en Espaa, ardiente entre los ms ardientes
defensores de la esclavitud, que haba ido  Madrid  estudiar los
medios ms eficaces de impulsar la anexin de la isla, y haba provocado
despus la entrevista en Blgica con sus colegas. Buchanan, por su
parte, prohij gustoso el plan y no vacil en estampar el primero su
firma al pie del documento, bien persuadido de halagar as los
instintos ms vivaces del partido y de trabajar en beneficio de sus
intereses polticos.

La obra de los tres diplomticos naci por su propia esencia condenada 
no traer consecuencia prctica de especie alguna, trasunto del completo
error en que vivan los estadistas americanos al suponer que el gobierno
de Madrid _quera_ y _poda_ efectivamente desprenderse de Cuba por
medio de un contrato, cuando lo uno no era cierto y lo otro no era
realizable. Soul, ms impetuoso y de vista ms perspicaz que los dems,
aconsejaba al gabinete de Washington precipitar un rompimiento con
Espaa, aprovechar el momento aquel en que la guerra de Crimea tena 
Europa inquieta y ocupada, y ganar por las armas lo que buenamente no se
consegua; pero el presidente Pierce titube, bien  su pesar, ante la
resistencia de su secretario de Estado. Negse ste rotundamente, por
razones de poltica interior,  entrar por esa senda, la osada sugestin
fu desatendida y fracas todo, quedando su recuerdo como una prueba ms
del desconcierto y relajacin que la absorbente cuestin de la
esclavitud introduca en la diplomacia, lo mismo que en las otras ramas
del gobierno.

Marcy, pues, el secretario Marcy nicamente, fu quien anul el grande
arranque de Soul, y aunque no faltaron en el gabinete de Pierce otros
ministros para apoyar los proyectos del plenipotenciario, miedo de
dislocar el Consejo y deseos de no fraccionar el partido contuvieron
por ltimo al Presidente. Contribuy, adems, al desenlace el haberse
calmado en el pas la efervescencia causada por las intenciones  ideas
que se suponan al general Marqus de la Pezuela durante el breve
perodo de nueve meses que gobern con facultades extraordinarias la
isla de Cuba. Haba llegado ese general provisto de instrucciones,
redactadas  instancias de la Gran Bretaa, para reprimir enrgicamente
la trata de frica, que clandestinamente se toleraba todava, y pareci
por un momento inclinado  poner la mano sobre la institucin misma de
la esclavitud, desplegando en favor de la raza negra un inters, una
solicitud, que ningn otro haba mostrado all jams. Esto,  juicio de
muchos de los prohombres del partido esclavista norteamericano,
equivala  precipitar lo que llamaban la africanizacin de la isla,
amenaza de convertirla pronto en algo semejante  la situacin de Hait,
y el ejemplo poda ser muy contagioso y forzar desde luego  los Estados
Unidos  prevenir la repercusin en su suelo y la probable propagacin
de tan horrorosa epidemia. La alarma, empero, naci y muri en el mismo
ao; el marqus de la Pezuela encontr acrrima hostilidad en la parte
ms influyente y poderosa de la poblacin de Cuba, y  poco, de resultas
de un pronunciamiento victorioso, cambi en Madrid la escena, se orden
su relevo, y fu confiada la administracin de la isla  otro militar de
ideas contrarias, de carcter muy diferente y con opuesto gnero de
instrucciones.

Buchanan continu siendo de los que siempre creyeron en lo fcil de la
compra, en que dependa de ms  menos millones de pesos, y con su
obstinacin genial y su constante anhelo de complacer  los dueos de
esclavos no renunci  la esperanza sino la mantuvo viva y presente en
su memoria. La protestacin de la fe, redactada en nombre del partido
para acompaar la candidatura presidencial, haba prometido todos los
esfuerzos necesarios para asegurar la supremaca en el golfo mejicano
(_to insure our ascendency in the Gulf of Mexico_), y poco antes de
verificarse las elecciones, haba mostrado Buchanan tomar tan  pechos
esa promesa, que deca: si logro como Presidente resolver la cuestin
de la esclavitud y anexar despus  la Unin la isla de Cuba, exhalar
el espritu tranquilo y traspasar el gobierno  Breckenridge, esto es,
al Vicepresidente que iba  ser nombrado junto con l[30].

     [30] Carta del senador Brown  Adams, 18 de Junio de 1856. GREELEY,
     _American Conflict_, vol. 1.

Engolfado durante la primera mitad de su presidencia en la procelosa
cuestin de Kansas, faltle tiempo que dedicar  la isla de Cuba, y
solamente cuando el Congreso modific hasta reducirlo  casi nada su
plan de organizar el nuevo estado esclavista, pudo consagrarse  sus
nunca borradas aficiones anexionistas y cumplir la palabra empeada en
la conferencia de Ostende. El momento pareca propicio. Douglas mismo,
su gran rival dentro del partido, el que haba con sus ataques despojado
de toda autoridad y valer el plan sobre Kansas, libre ya del susto de
perder su puesto en el Senado, volva tambin los ojos codiciosamente
hacia el Golfo mejicano. Recorriendo Estados del Sur en busca de
aplausos para remendar su popularidad menguada por sus ltimos
desplantes y discursos en el Senado y en Illinois, y para recuperar
hasta donde fuese posible el afecto de esa importante seccin, haba ido
pregonando de ciudad en ciudad la necesidad de adquirir la isla de Cuba
y haba llegado hasta el extremo de decir que era un caso de
incontrastable actualidad, superior  toda discusin, pues sonaba ya la
hora de extender la mano y asir lo que el destino ordenaba  la nacin
como ley de su engrandecimiento[31].

     [31] Discursos en Memphis, New Orleans y Baltimore. (Nov. 1858 
     Enero 1859), citados por NICOLAY _and_ HAY _Cent. Mag._ XXXIV. pag.
     383.

Quizs ese ardor anexionista era, tanto en Douglas como en Buchanan,
mucho menos real y sincero, mucho ms superficial de lo que induca 
creer el vigor de las frases aludidas, porque uno y otro eran personajes
arraigados en el Norte y jefes polticos cuyas mejores y ms numerosas
tropas se encontraban en el Sur, y todo vena en ltimo resultado 
resolverse para ellos en maniobra estratgica, en una manera de lograr
posicin ventajosa, con el principal objeto de infundir  sus
seguidores la cohesin y unidad de propsito, de que en ese momento
lamentablemente carecan. No era de creerse, por tanto, aunque lo
dijeran, que los moviese la intencin de librar  Espaa de lo que
consideraban carga tan intil como peligrosa, para ofrecerle, en cambio,
suma considerable de dinero contante, cuyo rdito anual fuera por s
solo superior al sobrante de las rentas de la isla. Ni mucho menos haba
de impulsarles inters por los hijos de Cuba, agobiados por el
despotismo colonial de una metrpoli, que en pleno siglo XIX confiaba
todava  duros y atrasados gobernantes militares la misin de aplicar
en sus ltimas posesiones de Amrica las ideas exclusivas y tirnicas de
los azarosos tiempos de la conquista. Esos aspectos de la cuestin
servan para deslumbrar embellecindola, para encubrir el fondo de
intriga electoral  de combinacin de grupos, que era realmente lo nico
capaz de excitar y poner en movimiento  polticos de esa laya, cuyas
miradas no iban ms all de las conveniencias del partido.

Cualquiera hubiera podido adivinar lo que  Buchanan ocurrira, al tocar
ahora de nuevo este asunto, con recordar lo que l mismo haba
consignado diez aos antes, siendo secretario de Estado del presidente
Polk, en un despacho oficial, en que daba al representante americano en
Madrid la orden de ofrecer al gobierno espaol la suma de cien millones
de pesos, si lo encontraba dispuesto  ceder por dinero la isla de
Cuba[32]. En el mensaje al Congreso de 6 de Diciembre de 1858 saca 
relucir la misma idea, cambiada slo la forma de su aplicacin; y
pronosticando futuras negociaciones deca que antes de todo juzgaba
indispensable tener  su disposicin los medios de hacer algn anticipo
al gobierno espaol, inmediatamente despus de firmado el tratado que se
ajustase, sin necesidad de aguardar su ratificacin por el Senado. Al
mes siguiente el senador Slidell, amigo ntimo de Buchanan, sucesor de
Soul en la representacin del Estado de Luisiana, (el mismo que
navegando junto con Mason de la Habana  Europa fu apresado en alta mar
y devuelto en libertad ante la enrgica reclamacin de la Gran Bretaa),
present un _bill_ para autorizar el Presidente  gastar treinta
millones de pesos con el fin de facilitar negociaciones encaminadas  la
adquisicin de Cuba.

     [32] Buchanan  Saunders, 17 de Junio de 1848. El informe de
     Slidell (_Cong. Globe_, 2nd. Sess., 35th. Congress,--_Append._)
     cita el prrafo esencial de ese despacho junto con otros
     antecedentes.

Es un axioma histrico irrefragable: los Estados Unidos jams
comprendieron  Espaa, como Espaa jams comprendi  los Estados
Unidos. Estaban stos destinados en virtud de la marcha fatalmente
lgica de las cosas  arrancar un da  Espaa por la fuerza sus ltimas
posesiones, y Espaa, la inmensa mayora de los espaoles, jams se
resign  prever la cuestin,  preparar por medio de un contrato su
retirada en condiciones relativamente ventajosas. No hay ms triste y
penoso ejemplo de invencible obcecacin por parte de Espaa. Nunca hizo
cosa alguna ni  tiempo ni sinceramente por conciliarse el respeto  el
afecto de sus hijos, fu al contrario sin escrpulo ahondando el lago de
sangre derramada por la brbara represin, y tuvo al mismo tiempo la
candidez de creer ganarse la buena voluntad del gobierno de los Estados
Unidos con pequeas concesiones de detalles  vagas promesas de ventajas
comerciales insignificantes. No tena la magnanimidad de reconocer la
isla como virtualmente perdida y de tratar con sus descendientes para
salvar honrosamente lo que todava era susceptible de ser salvado, como
tampoco tuvo el sentido prctico de aceptar las garantas materiales y
morales que los Estados Unidos una y otra vez solemnemente le
ofrecieron. En realidad no sinti un solo instante la gravedad infinita
de la situacin, porque  su juicio una nacin de hroes, robustecida
por gloriosas tradiciones de tantos siglos, poco deba temer  una
repblica anrquica de mercaderes, nacida ayer como un hongo en terreno
demasiado frtil y engrandecida sbitamente sin cohesin ni armona de
sus partes componentes. As, cuando lleg la hora de la crisis
inevitable, lo perdi todo en una sola brevsima campaa,  que se
precipit con la impasibilidad del que tiene ojos y no ve las seales de
los tiempos, del que tiene odos y no percibe el ruido precursor de la
tempestad.

Tanto orgullo en medio de tanta debilidad era para Buchanan enigma
indescifrable, y en el mensaje al Congreso deca que era cosa de
devanarse los sesos llegar  comprender que Espaa, por conservar una
colonia poco importante (_comparatively unimportant_), rehusase hacer lo
que sin titubear ejecut Napolen primero, quien era "tan celoso como el
que ms del honor y los intereses de su nacin, y no fu por nadie
vituperado al aceptar un equivalente pecuniario en cambio de la
Luisiana, cedida  los Estados Unidos".

Mientras Slidell redactaba, en nombre de la Comisin de relaciones
extranjera el informe que deba abrir en el Senado la discusin de su
_bill_, lleg  Madrid el texto del Mensaje presidencial, 
inmediatamente exclam en las Cortes el general O'Donnell que se
exigira cumplida satisfaccin por tamaa injuria inferida al honor
nacional, y la asamblea en masa, mayora y minora confundidas en la
misma indignacin, aplaudi y se adhiri  la vehemente protesta del
primer ministro. No por eso sin embargo, se arredr la obstinacin de
Slidell, mantuvo los trminos de su escrito como previendo, y de
antemano contestando, el episodio de las Cortes, pues deca: "Espaa es
un pas de golpes de estado y pronunciamientos, el omnipotente ministro
de hoy acaso sea maana un fugitivo..... Una crisis puede surgir en que
la dinasta misma corra riesgo de ser derribada por no poder disponer
prontamente de alguna fuerte suma de dinero efectivo"[33].

     [33] _Cong. Globe_. 2nd. Sess. 35th. Congress, _Appendix_. pag. 90.

El escrito de Slidell es un trabajo notable, ordenado, repleto de tiles
datos estadsticos tomados en buenas fuentes. Renelos por pura vanidad
de informante escrupuloso, pues advierte desde el exordio que discutir
la importancia para los Estados Unidos de la adquisicin de Cuba es
tarea tan innecesaria como empearse en "demostrar un problema elemental
de matemticas  uno de esos axiomas de moral filosfica universalmente
aceptados en todo tiempo", y que "en ninguna otra cuestin de poltica
nacional se ha pronunciado en forma tan unnime la opinin general". Al
enumerar las ventajas que  su juicio reportaran Espaa y los Estados
Unidos, la una cediendo la isla y los otros adquirindola, no olvida al
pueblo cubano y evita tratarlo como simple mercadera, pues afirma como
punto averiguado  indudable que "una mayora inmensa, ms que favorece,
ardientemente desea, la anexin", y aade: "Extrao en verdad, sera que
as no fuese, privada como se encuentra Cuba de todo gnero de
influencia en los asuntos de inters local, sin representacin en las
Cortes, gobernada por hordas sucesivas de empleados famlicos, enviados
por la madre patria  ganar fortunas y volver en seguida  disfrutarlas
en los lugares de donde vienen. Menos que hombres seran si viviesen
contentos bajo ese yugo".

No es ms sombro este ltimo cuadro de lo que era en Cuba la realidad,
pero le faltaba algo esencial. Si lo trazaba el senador con objeto de
encarecer la fcil ejecucin de su proyecto, no daba el valor que
debiera  otra parte de la poblacin de Cuba, sobre la cual no pesaba el
yugo con la misma fuerza, que hasta lo estimaba cmodo y ligero, con tal
que siguiese oprimiendo duramente  la masa de los nacidos en el pas.
Componase entonces de unos sesenta mil individuos nacidos en Espaa,
todos hombres, casi todos en el vigor de su edad, para quienes la patria
viva y varonilmente amada no era el suelo que los sustentaba, sino la
pennsula remota del otro lado del Ocano; que teman sin cesar algo de
hostil en torno y lo husmeaban con ojo avisor y ceo fruncido,
conscientes de la injusticia perenne de que eran cmplices satisfechos;
y que mientras la bandera metropolitana los conservase en posesin
tranquila de sus privilegios y monopolios repugnaban con honda antipata
cuanto poda venir de la vecina repblica angloamericana. El gobierno no
estaba tampoco en capacidad de ejecutar cosa alguna sustancial en la
isla sin el concurso de esa parte de la poblacin.

Entre los cubanos tambin la idea anexionista no era tan universalmente
acogida como Slidell supone; las dos expediciones desembarcadas en la
isla  las rdenes del general Narciso Lpez y otros conatos
revolucionarios prematuros, malogrados, se estrellaron contra la
indiferencia popular, y probaron que no bastaba esa idea  despertar un
gran movimiento de entusiasmo patritico, como el que  la voz de
independencia se vi tan velozmente cundir en 1868, precisamente cuando
toda excitacin del lado de los Estados Unidos haba ya cesado, y nadie
en ellos hablaba de la compra de la isla. Pero es positivo que el yugo
bajo el cual doblaban la cerviz era insoportable, y cuantos all
reciban alguna instruccin, por rudimentaria y escasa que fuese,
hubieran saludado con jbilo y apoyado la anexin con tal de sacudir el
oprobioso y humillante rgimen.

No tard mucho en aparecer que el plan bosquejado por el Presidente en
su Mensaje era una quimera, destitudo de toda probabilidad de vida. A
pesar del inteligente auxilio prestado por Slidell con su proposicin de
ley y con su informe,  pesar del absoluto dominio que el partido
demcrata ejerca en el Senado, eran aquellos los das finales de la
segunda y ltima "sesin" del trigsimo quinto Congreso, cuya existencia
legal terminaba el 4 de Marzo de 1859, y la minora del Senado, grupo ya
muy respetable por su nmero, el sobresaliente mrito de algunos de sus
miembros y el gran papel que su programa, el programa del porvenir,
representaba en el pas, poda fcilmente impedir por medios
estrictamente parlamentarios que llegase el _bill_  votacin
definitiva. Antes de la clausura haba que votar los presupuestos, y por
la tctica de ocupar con discursos de oposicin el limitado tiempo
reservado  la cuestin, la hora fatal de la suspensin dara al traste
con el Mensaje y con el _bill_.

As literalmente aconteci. Estaba  la cabeza de la oposicin el
senador de Nueva York William H. Seward, hombre de suma habilidad,
crtico sutil, formidable polemista parlamentario, en quien la fama
pblica sealaba un futuro Presidente, que no dej pasar tan favorable
coyuntura sin dirigir las estocadas de su palabra acerada contra los que
gobernaban, atentos solamente  intereses de partido. Buchanan estaba
irremediablemente desprestigiado por el desastroso fin de su empeo de
sancionar la entrada de Kansas con la constitucin esclavista; el
secreto de su debilidad poltica era ya la fbula del pas, y pareca
alarde de extraordinaria simplicidad en l solicitar en esos momentos
que el Congreso le diera prueba tan grande de confianza en su tacto 
imparcialidad, entregndole treinta millones de pesos para gastarlos del
modo que le ocurriese, en una fantstica negociacin cuyos detalles eran
un misterio, puesto que ni existan ni podan ser previstos todava;
para que cayesen en el abismo de su ignorante presuncin, y de todas
suertes quedasen gastados y perdidos en caso de que el Senado no
aprobara el tratado, si algn tratado llegaba  ajustarse. No haba, por
consiguiente, de escatimar Seward ante pretensin tan extravagante las
sarcsticas expresiones de lstima y desdn que el caso sugera.

Por cualquier lado que se mirase tomaba ello en efecto visos tan fuera
de lo comn, tan raros, que muchos dudaron siempre de que seriamente
promoviesen Buchanan y su amigo y consejero Slidell la cuestin de
confianza esperando de veras que el Congreso los siguiese por ese
camino. Cuando se vi  Slidell abandonar por ltimo el punto dejando la
lucha suspendida indefinidamente, quedaron todos convencidos de que
haba sido una mera apariencia, nada ms que deseo de causar un poco de
ruido, de poner al partido, gracias  su apetito conocido de nuevos
territorios con esclavos, en condiciones de recuperar la influencia y
ascendiente que visiblemente disminuan.

La retirada del _bill_ se verific sin embargo con toda solemnidad, 
guisa de funerales de alta clase, conduciendo Slidell el duelo con suma
gravedad y manifestando deplorar vivamente el triste fin de la malograda
proposicin. Como ltimo honor pidi que el Senado una vez ms hiciera
constar su simpata profunda; dos tercios y ms de los senadores se
prestaron gustosos  dar esa prueba de amor puramente platnico. En la
inmensa mayora entr el partido ntegro con sus jefes ilustres; Douglas
y Jefferson Davis, los dos polos de la agrupacin, cabezas de sus dos
alas extremas, votaron en un mismo sentido, y todos nuevamente afirmaron
que era necesaria la adquisicin de la isla. Agreg entonces Slidell que
renunciaba  su derecho de mantener la proposicin en la orden del da,
por no estorbar en aquella hora avanzada de la espirante sesin la
discusin de los presupuestos y entorpecer el servicio pblico, pero que
se reservaba renovarla en la siguiente legislatura; todo lo cual no era
ms que cumplimiento de oracin fnebre, el _bill_ estaba bien muerto y
sin esperanza de resurreccin. Con el aparente aplazamiento caa
definitivamente la cortina, terminaba la ltima escena de la larga
tragicomedia, que hubiera podido intitularse: "Tentativas de anexar 
Cuba", y estuvo representndose  pedazos y  intervalos durante ms de
veinticinco aos en la escena poltica[34].

     [34] Slidell, sin embargo, cumpli aparentemente su palabra. Apenas
     se abri el nuevo Congreso el 5 de Diciembre, anunci otra vez su
     _bill_, lo present, y en 30 de Mayo dijo que, convencido de que ya
     no poda discutirse, decida retirarlo. Buchanan tambin afect
     persistir en sus ideas, y en el Mensaje de Diciembre 19 de 1859
     dijo que su opinin sobre la adquisicin de Cuba por medio de
     justa compra continuaba siempre igual. _Cong. Globe._ 36th.
     Congress 1st. Sess.

Comedia, s, pero por parte de los Estados Unidos solamente, tenazmente
aferrados  su antigua idea de compra y aumento de territorio por
"negociaciones honorables", como deca Buchanan en el Mensaje citado;
fieles al empeo de suponer  Espaa hasta ansiosa de ceder  Cuba por
dinero, empeo que alimentaban, unas veces con reflexiones de historia
filosfica, como las de Everett en un conocido despacho diplomtico[35],
afirmando que la decadencia espaola comienza al iniciarse en el siglo
XVI la aplicacin de su sistema colonial, y que " partir de la prdida
de las ms de sus colonias en el XIX haba entrado en una corriente
rpida de progreso desconocida desde la abdicacin de Carlos V"; otras
veces dirigiendo encubiertas amenazas, cuyo vano carcter tenan
perfectamente penetrado los hombres de Estado en Espaa, bien seguros de
que en aquella fecha, dada la actitud de Francia  Inglaterra, no
llegaran  transformarse en actos de hostilidad.

     [35] Everett, Secretario de Estado, al conde Sartiges, ministro de
     Francia, Diciembre 1 de 1852, con motivo de la Convencin
     tripartita propuesta para garantizar  Espaa la posesin de Cuba.

Mas lo que en Washington poda parecer extraa y mal coordinada comedia,
tomaba desgraciadamente en Cuba doloroso aspecto y provocaba trgicos
sucesos, que costaron muchas lgrimas y sangre generosa. Mientras los
polticos norteamericanos hablaban sin medida en el Congreso  ensayaban
en las Cancilleras sus estriles ajustes, nobles esperanzas de poner
trmino  su condicin de colonos oprimidos excitaban  los cubanos, y
juzgando algunos que les incumba el deber de probar que eran dignos del
anhelado rescate, que no eran esclavos afeminados, corrieron  las armas
sin detenerles la certeza del desastre en pelea tan desigual, se
lanzaron al campo estimulados por noble impaciencia, y murieron en lid
desesperada,  ascendieron impvidos las gradas del patbulo,  expiaron
lentamente en presidios lejanos su imprudente arrojo.

Espaa, por desgracia para ella y para Cuba, no aplicaba otro remedio 
la situacin que consejos de guerra y sentencias de muerte  de cadena,
ni correga tampoco su sistema de explotacin y predominio puramente
militar. Cada ao los hijos del pas se sentan ms lejos de ella, ms
agraviados, ms hostiles, hasta que al fin llegase un da en que no
quedase un solo lazo de afecto entre la colonia y la metrpoli, en que
la venganza y el inters se aunasen para aconsejar todas las locuras,
todos los sacrificios.


CAPTULO X.

John Brown.

Ocioso habra sido esperar que cuestin como la de Cuba, terica y de
poco inmediata aplicacin en sustancia, hubiera vuelto  tratarse al
trmino de la presidencia de Buchanan, cuando era evidente que cada
nuevo da, acercando los hombres y las cosas  la crisis prevista de
1860, agravaba la preocupacin general, y acreca los temores del
porvenir que  todos embargaban. En ese tiempo adems, perdida ya por el
partido demcrata la mayora en la Cmara de Representantes, senta muy
disminudo su poder, aunque conservaba intactas sus posiciones en el
Senado.

Menos de dos meses antes de reunirse el nuevo Congreso ocurri de
improviso, el 16 de Octubre de 1859, en las cercanas mismas de la
ciudad de Washington, un suceso, que  las pocas horas result ser la
ms descabellada empresa, pero cuya simple noticia, dada la inflamable
naturaleza de los elementos allegados en la repblica por la lucha
encarnizada de los partidos, pareci caer como chispa desprendida del
firmamento sobre un vasto y abierto almacn de plvora,  determinar
inmediatamente y sin remedio la inmensa conflagracin que tanto se
tema.

Un grupo de hombres venidos de los estados del Norte se apoder por
sorpresa en una noche oscura y lluviosa del arsenal que posea el
gobierno en Harper's Ferry  orillas del Potomac en el estado de
Virginia; tom las armas y pertrechos de guerra all guardados, proclam
la emancipacin general de los esclavos invitndolos  reunirse y
organizar con los invasores el ncleo primero de una gran insurreccin.
Eran diez y ocho individuos nada ms, nmero que no aument, pues los
contados negros que  la fuerza se agregaron, de poco pudieron servir
azorados ante la sbita invasin y embrutecidos por la larga
servidumbre. A las treinta y seis horas se hallaron todos estrechamente
cerrados dentro del Arsenal por vecinos de la ciudad, milicias de los
alrededores, y una compaa de soldados de marina con dos caones que
acudi desde Washington mandada por el coronel Roberto Lee, el mismo que
menos de dos aos despus sera renombrado general en jefe del ejrcito
de la Confederacin rebelde. Los asediados reducidos  menos de la mitad
continuaron defendindose valerosamente, respondiendo sin cesar al
nutrido fuego de la tropa y los milicianos, aguardando intrpidamente el
asalto del edificio aislado en que por ltimo se atrincheraron. Cuando
termin todo al amanecer del martes, vise que del grupo entrado el
domingo por la noche en el Arsenal diez haban perecido, cinco de los
restantes, gravemente heridos, cayeron prisioneros; de estos ltimos uno
era John Brown y todos, con dos ms capturados poco despus, deban al
mes y medio ser ahorcados pblicamente.

Tocaba conocer de la causa  los tribunales de Virginia; la instruyeron
y fallaron conforme  leyes, que interpretaron naturalmente en su ms
estricto sentido: ni hubiera sido procedente esperar otra cosa de dueos
de esclavos en Virginia tomando parte en el proceso como jurados, cuando
la voz de la vindicta pblica reclamaba sin piedad en todos los estados
del Sur castigo ejemplar para lo que sinceramente consideraban como el
ms odioso de los atentados.

John Brown fu un aventurero de heroicas proporciones, y como hroe
efectivamente se condujo desde la hora en que forz las puertas del
arsenal de Harper's Ferry hasta el instante mismo en que el verdugo
ajust el lazo en torno de su cuello. Quizs el nombre glorioso que ha
dejado parezca  muchos en marcada discrepancia con el acto de
imprudente, desatentado arrojo en que su reputacin se funda y con otros
actos tambin de venganza implacable, terrible, que cometi durante su
residencia en Kansas; pero la justicia popular sin titubear reconoci y
aplaudi la corona de mrtir y de santo, que en sus sienes
inmediatamente pusieron los que con l trabajaban por la redencin de
los esclavos, hora por hora confirmada despus por un pueblo entero en
los aos formidables en que al campo de tantas mortferas batallas
corran millares y millares de voluntarios y de quintos, entonando como
cntico de guerra, Marsellesa de la salvadora revolucin, el himno que
lleva su nombre, y gritando en coro la clebre frase final, el
estribillo inmortal de sus estrofas: "el cuerpo de John Brown yace en
polvo dentro del sepulcro, pero su alma marcha al combate con nosotros".

No es fcil encontrar en la historia muchos ejemplos de temperamento
fantico tan caracterstico y tan completo como el de este rudo
abolicionista americano, ni entre los feroces adalides del Viejo
Testamento, ni entre los sectarios modernos de Oliverio Cromwell; y de
esas dos grandes familias de guerreros religiosos procede John Brown,
pues descenda de uno de los puritanos que desembarcaron de la _Flor de
Mayo_ en las costas de Massachusetts, y porque su verdadera, casi nica
educacin, en la juventud y en la edad madura, fu la incesante lectura
de la Biblia, de la que saba grandes pedazos de memoria, y repeta
constantemente cuando hablaba  escriba versculos de los libros
hebreos. Por espacio de ms de cuarenta aos, de los sesenta que vivi,
quizs no apart un da su pensamiento y su voluntad del propsito  que
desde muy temprano jur consagrarse[36], declarando, segn sus propias
expresiones, guerra eterna al esclavizamiento de los negros; y cumpli
el juramento, bien organizando al principio colonias de negros libres
en Nueva Inglaterra,  favoreciendo en todo tiempo la fuga de esclavos
de los estados del Sur al Canad,  batindose como un len en las
guerrillas sangrientas de Kansas,  preparndose para la aventura final
en que hall la muerte. Tan inquebrantable era la fortaleza de su
espritu que, conforme  la relacin de un testigo, (uno de los rehenes
que tom desde las primeras horas de su entrada en el pueblo) cuando se
defenda ya cerca del fin, acorralado en la casa de mquinas del
Arsenal, con uno de sus hijos muerto  su lado, otro gravemente herido y
moribundo, gritaba para infundir nimo  los pocos que quedaban moviendo
el brazo y el rifle que tena en la mano, mientras con la otra mano
segua ansiosamente los signos de vida en el pulso del hijo agonizante.
Al caer prisionero estaba acribillado de heridas de arma blanca, pues
pele cuerpo  cuerpo hasta desfallecer; y cuando diez das despus
debi comparecer ante el tribunal fu llevado tendido en un catre; desde
l responda  los jueces y habl con serenidad pasmosa, admitiendo
todos los cargos ciertos y rechazando con energa toda sugestin de
excusa por causa supuesta de demencia. Algo repuesto ya de las heridas
march el 2 de Diciembre con frente erguida hasta el lugar de la
ejecucin; all, colocado sobre la trampa del tablado y con un gorro
sobre los ojos, lo mantuvieron de pie un cuarto de hora, y en ese largo
espacio de tiempo permaneci erecto, sin el menor signo de
estremecimiento, sin que por un segundo flaqueara su extraordinaria
energa[37].

     [36] _Life and Letters of John Brown_ por _F. B._ SANBORN (1885).

     [37] Th. HIGGINSON, _John Brown of Osawatomie_, en _Enc. of
     American Biogr._ (_Appleton_, 1888.)

Seres de tal temple, en quienes no oscila por terror una sola molcula
del metal de su carcter, an sometidos  las pruebas ms violentas,
nunca se sacrifican en balde, y es incalculable la impresin que dejan
sobre los que presencian esos alardes de heroica constancia  los oyen
relatar por los asombrados circunstantes, impresin que necesariamente
repercute por rumbos imprevistos y labora eficazmente en beneficio de la
causa inspiradora y confortadora de esfuerzos tan sobrehumanos. En la
situacin de la repblica el suplicio de John Brown, decretado sin duda
de acuerdo con la ley vigente y aplicado  un delito agravado en su
consumacin por derramamiento de sangre y destruccin de propiedades,
apareci vestido de colores muy diferentes, no slo ante las masas
irreflexivas, sino ante hombres tan honrados y serenos como Emerson,
como Thoreau, como varios otros, y mientras esos dos ilustres pensadores
comparaban el suplicio en la horca del prisionero de Harper's Ferry con
la crucifixin de Jess, lgrimas infinitas de fecunda simpata caan
como fructificante semilla sobre un suelo preparado  recibirla durante
muchos aos de predicacin y de enseanza.

Del otro lado del Ocano se siguieron tambin con palpitante inters las
escenas del proceso, y desde la roca de su destierro voluntario en honor
de la libertad se oy la gran voz del poeta francs enalteciendo el
herosmo del prisionero. En el dibujo original y vigoroso en que luego
traz Vctor Hugo como empresa sublime el suplicio final, inscribi este
emblema de su vida y de su muerte: _Pro Christo sicut Christus_.

John Brown es el nico responsable de ese suceso para la posteridad,
tanto en lo que tuvo de bueno y de malo, de heroico y de reprensible: l
solo concibi el plan, y solo dispuso su ejecucin. A pesar de sus
relaciones personales con los abolicionistas de Nueva Inglaterra, que
apreciaban en su justo valor su entereza y energa y le facilitaron
auxilios pecuniarios, la obra fu de l exclusivamente, y la puso en
planta como arrastrado por fuerza irresistible, como resultante final de
todos los actos  impulsos de su vida. Nadie saba cabalmente los
detalles; algunos de los que en parte llegaron  conocerlos al travs de
sus msticas  incompletas revelaciones, adivinaron su insensata,
irrealizable naturaleza; pero era imposible contenerlo, tena fatalmente
que marchar hacia donde lo llevaban su ilusin y su extravo.

La conmocin en los estados del Sur indic cuan certeramente fu el
golpe dirigido al punto vulnerable, y aunque casi  un tiempo mismo
circularon las noticias de la tentativa y de su fracaso, el susto
enardeci la indignacin; los que desesperadamente luchaban por
conservar su antigua supremaca en el gobierno general no haban de
sentir pronto calmada la clera producida por el repentino ataque tan
derechamente encaminado al corazn,  la entraa esencial de su
organismo y su poder. Al reunirse el 5 de Diciembre el Congreso, tres
das despus de la ejecucin de Brown, pareca flotar sobre el Senado
como una sombra negra el trgico episodio de Harper's Ferry;  los pocos
minutos de abierta la primera sesin pidi el senador de Virginia,
Mason, que una comisin especial investigara minuciosamente lo ocurrido
y propusiese cuanto juzgase necesario para evitar su repeticin; la
comisin, que sin tardanza puso manos  la obra, constaba de tres
individuos de la mayora y dos de la oposicin republicana, descollando
entre los primeros Jefferson Davis, jefe parlamentario del ala extrema
esclavista, como lo sera despus de la Confederacin del Sur.

Entretanto Buchanan, en quien la mediana del espritu no consenta el
grado de imparcialidad que su alta posicin requera, crey oportuno
vituperar desde luego en su Mensaje anual " los que predicaban
doctrinas abstractas", y con dudosa benevolencia advertirles que "no
deba sorprenderles que sus exaltados secuaces fuesen un poco ms lejos
que ellos mismos y tratasen de llevar  la prctica por medio de la
violencia sus doctrinas". Con estas palabras echaba nuevo combustible
sobre una hoguera, que por s tena sobrados elementos para crecer y
extenderse.

Al cabo de ms de seis semanas de estudios, investigaciones y examen de
testigos, present Mason su informe en nombre de la mayora; tan extenso
era que l mismo renunci _motu proprio_ su derecho de leer el
manuscrito, reducindose  citar los prrafos finales, en realidad los
que hoy nos importan, pues de los antecedentes del suceso sabemos por
revelaciones posteriores cosas que la Comisin no logr averiguar y
mucho se hubiera alegrado de conocer[38]. Insiste Mason en esos prrafos
con no encubierta fruicin en la desastrosa suerte que cupo  cuntos
tomaron parte activa en el atentado, para decir que de las veintids
personas que segn Brown componan su partida "siete fueron ejecutadas,
diez murieron dentro del Arsenal, y como de las cinco restantes cuatro
se haban quedado del lado de Maryland custodiando armas, slo una en
definitiva hay cuyo paradero se ignore y la manera como logr escapar".

     [38] Encuntranse en la obra ya citada por F. B. SANBORN.

Respecto al encargo principal, fiado  la Comisin, de excogitar los
medios de evitar en lo futuro esas agresiones, responden en tono amargo
los informantes que nada pueden proponer, y que si los dems estados "no
consideran de su incumbencia, por razones de poltica general, 
simplemente por el deseo de preservar la Unin, prevenir ocurrencias de
ese gnero, la Comisin no acierta  descubrir ninguna otra garanta de
mantener la paz entre los estados de la federacin". Sombra y
formidable reflexin, que no era vana amenaza en la mente de los que la
proferan el 15 de Junio de 1860, cifra demasiado exacta de la
temperatura poltica, no slo del Senado, del pas entero. Unos y otros,
demcratas y republicanos, esclavistas y antiesclavistas, se aprestaban
para la crisis por tantos anuncios indicada, y no rebajaban, antes al
contrario exageraban sus respectivas pretensiones. Toda veleidad de
acuerdo  transaccin haba desaparecido, en el Sur principalmente, que
aspiraba ya  obtener del Congreso cdigos para reglamentar la
esclavitud en los territorios, dando as por resuelta la cuestin que
para sus adversarios era litigiosa todava. Iba el Sur aun ms lejos y
voces imprudentes pedan la trata de frica, la importacin legal de
negros esclavos. En el Norte la resistencia se acentuaba, se esparcan
las ideas agresivas de los abolicionistas, se exaltaba la memoria de
John Brown, se repeta con Seward que el conflicto entre los dos
elementos era _irreprimible_, era incontenible.

En efecto, las dos mitades de la repblica eran ya como dos mquinas
potentes partidas de extremos opuestos de la misma lnea y en acelerado
movimiento. El choque inevitable no era ya cuestin de aos sino de
meses.


CAPTULO XI.

Campaa de 1860 Lincoln presidente de los Estados Unidos.

Cuando en Junio de 1860 presentaron su amargo informe los tres senadores
demcratas, ms de medio ao los separaba ya del asalto de Harper's
Ferry; el atentado y la muerte de Brown y sus compaeros haban perdido
la novedad del inters, y en el rpido sucederse de cosas
extraordinarias en ese perodo eran ya episodios de una historia lejana,
que  jueces ms desapasionados, no  polticos militantes, tocaba
juzgar. La ansiedad general iba ahora tras peripecias ms violentas
todava, que cambiaban la escena y transformaban la posicin de los
personajes con desusada prontitud. Ya el partido republicano lleno de
redoblado vigor haba celebrado su Convencin en Chicago y escogido
candidatos para la campaa presidencial de Noviembre. Ya el temido cisma
del absorbente partido demcrata haba estallado en la Convencin de
Charleston, dividindolo en dos fracciones irreconciliables con
tendencias y programas absolutamente diferentes.

El malhadado empeo de introducir la esclavitud en Kansas y crear nuevos
estados con intereses que los atasen  la suerte de los que ya penaban
bajo esa perniciosa institucin, designio que desde sus albores en 1854
haba desencadenado tempestades, borrado linderos de los partidos,
confundido inmediatamente y de muy diversa manera congregado despus los
ciudadanos en el ejercicio de sus derechos electorales, creado en fin
una oposicin robusta dotada de espritu indomable  intentos bien
definidos,--se haba vuelto ya contra los imprudentes que lo idearon, lo
formularon y pusieron en marcha. El plan por Douglas, si no creado,
ampliado y defendido, de considerar la esclavitud como problema
meramente local que resolveran por s solos los habitantes de cada
territorio, qued desarticulado y sin eficacia al decidir la mayora de
los colonos en Kansas que no les serva, que no lo queran. Entonces los
polticos del Sur abandonaron la ensea del senador de Illinois,
renegaron de su sistema, echndolo  un lado como arma sin filo  objeto
baldo, y qued el antiguo adalid rodeado nicamente de amigos
personales, mal mirado por los que haban credo en l como signo de
victoria y ya no sentan respeto  simpata ni por su persona ni por sus
ideas.

Las doctrinas expresadas en el fallo del Tribunal supremo satisfacan
ampliamente  esos polticos, la adhesin firme del Presidente de la
repblica los llenaba de confianza, y juzgando que apoyos tan robustos
en la apariencia valan mucho ms que una teora controvertible y
gastada, dedicaron sus fuerzas  aprovecharlos hbilmente y buscar para
la prxima campaa un candidato, que  la blandura y buena voluntad de
Buchanan aadiese ms pericia y ms constancia, que fuese ms entero,
menos sensible al miedo. Una vez Presidente el candidato dotado de esas
cualidades sobrara espacio, no slo en Kansas  Nebraska, sino en Cuba,
Mjico, la Amrica central, para propagar la esclavitud y levantar
nuevos estados comprometidos  mantenerla. La demencia y la ambicin se
unan y corran disparadas al abismo.

No era, pues, susceptible de acomodamiento la ruptura entre Douglas y
Buchanan y quedaron uno enfrente del otro,  pesar de aproximarse las
elecciones, como enemigos declarados. Douglas contaba siempre con la
mayor parte de los demcratas, y estaba seguro de ser por lo menos
candidato; pero su posicin en el partido era ms delicada que la de
Buchanan; ste no aspiraba  la reeleccin, desde mucho antes haba
ofrecido no solicitarla, y sus amigos, al ir en busca de manos menos
dbiles  inexpertas  quienes confiar la suerte de la causa en tan
apremiante situacin, se hallaban libres del temor de ofenderlo y
contaban tranquilos con el auxilio de la influencia oficial ejercida por
la Presidencia y por el mundo de empleados repartidos en todos los
estados.

Cuando los delegados del partido, parciales de Douglas y seguidores de
Buchanan, se reunieron en Charleston, entonces como ahora poltica y
mercantilmente la ciudad ms importante del batallador estado de la
Carolina del Sur, la discordia vino con ellos. No pudo haberse escogido
ms adecuado lugar para iniciar la obra destructora, para comenzar la
guerra sin cuartel de votos y programas dentro del partido, que la
ciudad misma donde principiara menos de un ao despus la verdadera
guerra de sangre y fuego, donde resonaran los primeros caonazos que
hicieron arriar la bandera nacional en el fuerte Sumter y rompieron los
diques  la inundacin.

No estuvo Douglas presente en la Convencin de Charleston, ni se estila
que asistan los candidatos de antemano designados, pero sus admiradores
y amigos componan ms de la mitad del nmero total de los delegados.
Necesitbanse dos terceras partes para formar mayora, antes de tratar y
resolver la cuestin de personas era preciso ocuparse en redactar y
aprobar el programa, la "plataforma", y era lo espinoso de la empresa.
Sobre ello se empe la batalla, y se elev la barrera insuperable que
de un partido compacto hizo dos facciones contrapuestas. Una comisin de
treinta y dos miembros, uno por cada estado, fu el campo de Agramante,
y al cabo de ardorosas discusiones, en que slo pudieron acordar puntos
secundarios (uno de ellos la adquisicin de Cuba), volvi el grupo
dividido en dos, trayendo escritos dos programas radicalmente
diferentes, imposibles de confundirse para formar el documento nico que
se le peda. Los quince estados del Sur con dos ms del Norte redactaron
y votaron un texto, en que afirmaban doctrinas sobre la superior
inmunidad de la esclavitud como institucin poltica y social,  que ni
al Congreso ni  las asambleas locales era lcito tocar, salvo para
protegerla y para ayudarla  extenderse en los Territorios, sin trabas
de ninguna especie. La minora, compuesta de los restantes quince
estados, todos del Norte, se redujo  enunciar nuevamente las
resoluciones del programa de 1856 en Cincinnati, agregando que las
divergencias de opinin existentes dentro del partido respecto  las
facultades del Congreso  las asambleas territoriales sobre la
esclavitud eran problemas de derecho constitucional, cuya solucin
nicamente corresponda al Tribunal Supremo; y  su fallo se sometan.

La diferencia entre ambos programas es muy marcada, aunque la minora se
empe en aminorarla y disfrazarla; y resalt ms todava en los
discursos que de uno y otro lado escuch la Convencin. Fu sta, no
cabe duda, la vez primera que el choque de las dos fracciones del
partido defensor de la esclavitud desgarr los velos, hizo surgir la
verdad desnuda y repercutir, por fin, dentro de los muros de la
Convencin el eco sonoro de las opiniones realmente abrigadas por los
estados sudistas. La adusta verdad penetr en aquel recinto y, al
atravesarlo un instante en lento y ominoso vuelo, fu saludada en las
galeras por los aplausos del pueblo, que muy pronto iba  sacrificar
por ella sus vidas y haciendas; as fu sobre todo cuando Yancey, uno
de los delegados de Alabama,  cuya voz parecan los dems obedecer,
expuso francamente, sin exaltacin apasionada, con la serena firmeza del
mandatario fiel que recita las ltimas y bien meditadas instrucciones de
su mandante, que todos los males y desmedros hasta esa fecha sufridos
nacan de la menguada defensa de la esclavitud, formulada por miembros
prominentes del partido, al admitir que la institucin era vituperable
en su esencia y mereca respeto, slo en virtud de derechos adquiridos,
slo en gracia de la proteccin constitucional. No, su legitimidad
absoluta deba declararse superior  toda discusin, porque ella era un
beneficio tan indisputable para el blanco como para el negro, los
esclavos una propiedad tan perfecta y sacrosanta como otra cualquiera y
atentar contra ella no deba jams impunemente consentirse.

Sea cual fuere el juicio que en nombre de los derechos humanos, de la
moral social, de la ciencia econmica, se pronuncie sobre la esclavitud,
y es claro hoy que slo puede ser la ms abrumante condenacin,
inapelablemente confirmada por los resultados mismos, por las
prodigiosas ventajas de la abolicin en las regiones donde exista, no
sera sin embargo equitativo desconocer lo que hubo de viril y grandioso
en la conducta de los que en Charleston proclamaron la resolucin de
mantener en lid abierta sus opiniones  ir con ellas  sus ltimas y
temibles consecuencias, destruyendo el partido, destruyendo la Unin,
si no haba otro remedio, pero siempre  costa de su sangre y de cuanto
posean sobre la tierra.

No fu, por tanto, esa Convencin como las anteriores torneo de
guerreros disimulados, en que las intenciones se escondan detrs de
palabras escogidas de propsito con ese objeto. Si los amigos de
Douglas, temerosos de desquiciar la fbrica poltica, reincidieron en el
antiguo y estril error de tratar como detalle secundario la cuestin
esencial, y buscar frmulas artificiosas para decir poco y conservar en
apariencia unidas las ms opuestas interpretaciones, los que por boca
del sagaz y elocuente Yancey pregonaron el reto  muerte y descubrieron
sus pechos, fueron hombres animosos cuyas ideas miserablemente torcidas
pueden merecer indignado vituperio, pero cuyo tranquilo valor arranca
respetuosa admiracin[39].

     [39] Vase la interesante relacin escrita por un periodista de
     Cincinnati, MURAT HALSTEAD, testigo de la Convencin ese ao (_The
     Convention of 1860_) y tambin la discusin del Senado entre Jeff.
     Davis y Douglas en varias sesiones de Mayo de 1860: _Cong. Globe_
     1st. Sess. 36th. Congress. Los discurso de Douglas estn en el
     _Apndice_.

Declarada y afirmada la discordia en tan concluyentes trminos, no haba
ms camino que suspender las sesiones  ir  reunirse en otra parte. La
fraccin ms violenta fu  Richmond  dar sus votos  John G.
Breckenridge, de Kentucky. El resto en Baltimore eligi casi
unnimemente  Douglas. As fu  caer, por fin, sobre los hombros del
ambicioso senador de Illinois la blanca vestidura oficial de
pretendiente tan deseada y esperada, pero vino en circunstancias bien
duras y bien tristes, cuando el xito era improbable, cuando faltaba
apenas un ao para que inopinada y prematuramente viniese la muerte 
poner trmino  su carrera, sin haber logrado el premio de sus
servicios, de su indomable energa.

Antes de que el fraccionado partido demcrata hubiese completado ese
laborioso malparto, se haba celebrado en la ciudad de Chicago la
Convencin de los republicanos; la cabal armona y el entusiasmo de sus
acuerdos auguraban el triunfo futuro.

Situada  orillas del lago de Michigan, uno de esos vastos receptculos
que son otros tantos mares interiores de la frontera septentrional de
los Estados Unidos, al borde de una inmensa pradera que por cientos y
cientos de millas extiende su frtil suelo en la direccin del sudoeste,
contaba entonces Chicago unos ciento doce mil habitantes y era la ciudad
ms poblada de Illinois, del estado en que haba tenido lugar el clebre
duelo oratorio entre Lincoln y Douglas, sus dos ms distinguidos
ciudadanos. Para albergar la Convencin fabricaron en pocos das un
edificio de barro y madera, capaz de contener los seiscientos delegados
y una cuarta parte siquiera de las treinta y tantas mil personas que
haban venido, escoltndolos,  solemnizar con su presencia ese crtico
momento de la historia de la nacin. Dironle el nombre indio de
Wigwam, que representa vestido  la inglesa el que los nmades
Algonquines usaban en su dialecto para designar las chozas puntiagudas
de ramas y corteza de rbol, donde temporalmente se abrigaban en la
poca de sus correras.

No tropez con dificultad alguna esta Convencin para redactar su
plataforma; seis aos de lucha perenne, de incesantes acometidas contra
las doctrinas disolventes de sus adversarios, haban fijado
inalterablemente los principios en que el partido fundaba su accin y la
libre cooperacin de sus adherentes. Lo esencial era proscribir, como
peligrosa herega poltica, el flamante dogma que supona  la
Constitucin llevando  los Territorios por su propia naturaleza la
sancin de la esclavitud, y afirmar por el contrario que la condicin
normal de todo Territorio era la libertad de sus pobladores, y que ni
Congreso ni asamblea particular ni persona alguna pblica  privada
tena el derecho  la facultad de comunicar carcter legal  la anmala
institucin donde previamente no existiese[40].

     [40] Resoluciones 7 y 8 de la plataforma republicana. Vase _Life
     and Speeches of A. Lincoln and H. Hamlin_. Columbus (Ohio) 1860.

Estas ideas llenaban desde aos antes la atmsfera poltica en los
estados del Norte, y los millones de individuos que las haban respirado
renovando en tanto tiempo su modo de ser y su conciencia respondieron
con ansiosa simpata al programa, que las condensaba y formulaba para
facilitar la lucha y el triunfo definitivo. Si la Convencin lograba
asimismo resolver atinadamente la cuestin de personas, ms importante
que nunca esa vez, designando el candidato idneo para personificar
tales ideas y despertar la fe y confianza indispensables, era infalible
que surgira en el Norte un movimiento impetuoso hacia las urnas
suficiente  asegurar la victoria en todo el pas.

Quin sera ese candidato?--Entre los nombres que se oan repetir, uno
haba que sobre todos descollaba por la grande y extendida reputacin,
los eminentes servicios  la causa de la libertad, la importancia del
estado de que era ciudadano y lo propona; el de Seward, antiguo
gobernador de New-York y durante doce aos el ms hbil y elocuente de
los miembros republicanos del Senado. La delegacin neoyorquina, la ms
numerosa, pues representaba el estado ms poblado, fu  la Convencin
con instrucciones de nombrarlo, y hasta el ltimo escrutinio emiti por
l los sesenta votos que le correspondan: "Venimos de un gran estado y
traemos un grande hombre de estado", dijo Evarts, jefe de la delegacin.
No poda  juicio de muchos confiarse la causa antiesclavista  manos
ms hbiles que las del hombre que, sosteniendo desde el ao de 1850 la
admisin de California como estado sin esclavos, haba afirmado en los
debates del Senado que "una ley ms alta" que la Constitucin misma
ordenaba respetar en los Territorios los intereses superiores de la
justicia y la libertad; y que desde entonces, vigilante centinela, haba
permanecido  pie firme en la avanzada trinchera, cerrando el paso y
esgrimiendo las armas contra los diversos proyectos, que se haban ido
sucediendo por espacio de siete aos y bajo el amparo de dos
Presidentes, con objeto de entronizar la esclavitud en tierras, que
segn otra frase de Seward en la misma ocasin ya aludida[41], eran
parte del patrimonio comn de la humanidad, sobre el cual no tena la
nacin facultades arbitrarias  ilimitadas. Pero estaba Seward dentro
del partido en situacin muy parecida  la de Douglas en el suyo durante
la Convencin de 1856; la brillante y larga vida pblica lo haba puesto
demasiado en evidencia, le haba acarreado enemistades, lo haba 
menudo forzado  sostener soluciones radicales de opositor
inconciliable, circunstancias todas que quitaban probabilidades de buen
xito  su candidatura. El partido era, adems, muy nuevo todava, se
compona de miembros venidos de contrarias direcciones, y deseaba
conservar el equilibrio de sus dos alas no tomando en ellas el
candidato, ni Seward que pasaba por excesivamente radical, ni Chase, de
Ohio, futuro gran ministro de hacienda durante la guerra, que entonces,
por haber figurado antes entre los demcratas, era tenido por ms tibio
 moderado de lo que la ocasin exiga.

     [41] Sesin del Senado de Marzo 11 de 1860.

El primer escrutinio suele ser en esas asambleas un acto de puro
cumplimiento, y as se le llama y considera. Cada estado mienta
generalmente al ms ilustre  al predilecto entre sus hijos; entona en
su loor breve panegrico y le da sus votos. Como muchos estados hacen lo
mismo, es claro que no puede haber resultado definitivo, y esta vez del
modo que Nueva York vot por Seward, votaron Ohio y Pensilvania por
Chase y por Cameron, Missouri por Bates, Illinois por Lincoln, por el
mismo estilo varios otros. A ocasiones sucede tambin en contiendas muy
reidas que ni siquiera se oye en las primeras votaciones el nombre del
que ha de ser finalmente elegido, como por ejemplo en la Convencin de
1852. Pierce fu designado en ella al cabo de cuarenta y nueve pruebas
infructuosas, y en muchas no haba tenido un solo voto. Esta vez
aparecieron pronto los dos competidores entre quienes se concentraba la
lucha: Seward 173 votos, Lincoln 102; y se prevea que  uno de los dos
estaba reservado el premio, y que no surgira  ltima hora lo que en el
lenguaje tcnico de esos juegos olmpicos de la poltica llaman "un
caballo negro", un competidor no mencionado todava, que todos los
delegados acaban por aceptar cansados de luchar en balde por sus
favoritos.

Abraham Lincoln, que desde la interesante campaa senatorial, en que
Douglas lo venci con tanto trabajo, haba alcanzado extensa
notoriedad, disfrutaba de reputacin muy inferior  la de Seward; no
haba desempeado como ste cargos de trascendental importancia, pues
slo fu por un bienio miembro de la Cmara en Washington, honor que no
traa aparejado gran prestigio, y en el que tampoco dijo nada muy
notable; no haba sido ni Gobernador de estado ni senador federal,
cargos los ms altos de la repblica despus del de Presidente, y aun 
veces  este ltimo preferido. Era en resumidas cuentas, por lo que
extrnsecamente apareca, un oscuro abogado de pocas letras, que en la
prctica ordinaria de las remotas regiones de su residencia haba tenido
ms oportunidades de ejercer la fuerza muscular que el saber, y que, al
rezar de la leyenda, haba pasado rajando lea en la frontera salvaje la
poca de la vida que otros emplean en colegios y universidades. Aquellos
entre los delegados que esto saban, naturalmente extraaban que pudiese
alguien preferirlo  estadista de tanto mrito y nombrada como Seward;
pero gran parte del pueblo americano, obedeciendo  instinto ms certero
y profundamente nacional, no slo simpatizaba con el carcter y
antecedentes del abogado de Illinois, sino que adivinaba muy bien detrs
de la ruda y vulgar corteza de ese tronco, robustamente desarrollado en
las tierras vrgenes del occidente, el rico y generoso corazn y la
vivificante savia que por l circulaba.

No haba vivido Lincoln ni inerte ni olvidado en los dos aos que entre
la campaa senatorial y la fecha de la Convencin pasaron; en 1859 fu
al estado de Ohio, que celebraba eleccin de gobernador, y pronunci
discursos que ayudaron eficazmente al triunfo del partido, y se leyeron
en otras partes con sumo inters. A principios de 1860 fu invitado 
hablar en Nueva York, la gran metrpoli comercial, ante un auditorio
numeroso de prohombres del nuevo partido ganosos de conocerlo, y en su
discurso, muy extenso y muy notable, que afianz su creciente
reputacin, demostr que nadie se daba cuenta ms cabalmente que l y
expona mejor, sin declamaciones ni invectivas, con cierta curiosa
mezcla de gravedad y buen humor, de las opuestas tendencias, del
inextricable nudo que obstrua el desarrollo armnico de la unin de los
estados, as como de la manera ms rpida y segura de llegar 
desenlazarlo sin romperlo violentamente. No era, pues, su candidatura
expediente  ltima hora imaginado para resolver la situacin y derrotar
 Seward; la fuerza latente que traa y pronto se desenvolvi poda
sorprender  una parte de la Convencin, pero estaba por otros muy
prevista y preparada. Lincoln mismo, avezado como el que ms  manejos y
combinaciones electorales,  las mil y una habilidades, tratos ocultos,
agasajos y cambalaches con que detrs de bastidores se organiza esa
especie de comedias polticas, para ensayarla primero en las
Convenciones, y representarla despus al aire libre en infinito nmero
de teatros, no desperdici medio alguno de asegurar el xito popular,
confeccionando de antemano cuanto requera la tramoya escnica para
desencadenar el torbellino de entusiasmo que llev al voto unnime los
delegados en medio de frenticas aclamaciones[42]. No hubo ms que tres
escrutinios, al tercero los votos se precipitaron, como una avalancha,
en favor de Lincoln; el representante mismo de Seward, Evarts, pidi la
declaratoria de unanimidad,  instantneamente comenz la famosa campaa
cuyo decisivo resultado marca la era nueva, el primer momento de la
nueva vida de los Estados Unidos.

     [42] Vase la obra de _Herndon y Weik, The true story of a great
     life_, 3 vol. Chicago, 1889.

Seward qued vencido, el desaire vivamente le doli, y no contribua 
restaar la herida la comparacin de su admirable hoja de servicios
repleta de honores en buena lid conquistados, de acciones memorables en
treinta aos de campaas, con la fungosa reputacin del rival
afortunado, nacida casi de improviso en un encuentro local dos aos
antes, en el que ni siquiera result vencedor, sin que ni entonces ni
luego tuviese ocasin de adquirir la prctica de los negocios pblicos,
el _usus rerum_ tan necesario para desempear el primer puesto de una
gran nacin, tan indispensable en aquel perodo en que se adivinaban
trastornos profundos, alteraciones nunca vistas en la organizacin y
marcha ulterior de la repblica. Disimul el despecho, que sin embargo
fu muy grande aunque magnnimamente comprimido, como dice su amigo y
panegirista Ch. F. Adams[43], y se puso al servicio del partido otra vez
con leal energa, resignado al triste privilegio de ser nuevo ejemplo de
la conocida ingratitud de las repblicas. Corri la misma suerte que
Henry Clay, Daniel Webster, tantos otros. Las repblicas, que  veces se
enamoran hasta el frenes de hroes militares y glorias escandalosas, 
menudo abandonan y rechazan sin piedad  los que por largo tiempo les
han prestado con menos ruido y ms talento servicios eminentes.

     [43] _Memorial Address_ by CHARLES FRANCIS ADAMS.--New-York, 1873.

Hubo en campaa cuatro distintas candidaturas presidenciales: las dos ya
mencionadas de Douglas y de Breckenridge, sostenidas por las fracciones
opuestas del partido demcrata; la de Lincoln apoyada por los
republicanos; y la cuarta, de Bell, ciudadano del estado de Tennessee,
obra de la asociacin independiente que en 1856 sostuvo  Fillmore, y
que dejando  un lado la cuestin especial de la esclavitud pretenda
afirmar nicamente el mantenimiento de la unin constitucional y
convocar bajo esa bandera todo el pas.

Por esa causa fu la lucha durante los primeros meses ms desordenada y
confusa de lo que era de esperarse, dada la completa y larga discusin
de ideas que precedi, pero como en el fondo se trataba de la
conservacin  el desmembramiento de la patria, y de ello ms  menos
vagamente todos se daban cuenta, muchos se hubieran contentado (y as
suele suceder en situaciones tan penosamente crticas) con aplazar la
catstrofe, si evitarla no era posible. Los votos, por esta razn, se
repartieron entre todos, aunque en muy desiguales proporciones. El duelo
en realidad tena lugar entre Lincoln y Breckenridge, entre republicanos
resueltos  contener, limitar y, al cabo, suprimir la esclavitud, y
demcratas decididos  aventurarlo todo, incluso la unidad nacional, por
la perpetua continuacin y el engrandecimiento de esa misma institucin;
pero muchos, sin desconocer la terrible disyuntiva, queran engaarse,
cerrar los ojos, no ver ms all del horizonte inmediato de la lucha de
palabras, no oir el ruido de guerra que detrs de ellas fatalmente
retumbaba. El recurso era demasiado vano, la esperanza demasiado falaz;
mas el recuerdo de lo pasado contribua  robustecer el uno, alimentar
la otra. Haba navegado tanto tiempo la patria entre los mismos
amenazantes escollos, haba sufrido tantas veces sin zozobrar la misma
tempestad, era en fin tan duro renunciar  la ilusin de que algo 
ltima hora acontecera que aquietase como iris de bonanza los elementos
enfurecidos y alejase el desastre!

Desde una sala del Capitolio de Springfield, donde plant sus reales
durante la campaa, vigilaba Lincoln la marcha ascendente de su
candidatura y su fortuna, pues, al contrario de Douglas y de
Breckenridge, se abstuvo de tomar parte directa en los episodios del
combate, de recorrer el pas y excitar, con ardorosos discursos, el
entusiasmo de sus partidarios. Ya en Octubre se acumulaban signos
anunciadores de victoria, los estados del Norte redoblaban llenos de
confianza sus esfuerzos, mientras que los del Sur, especialmente los que
ocupaban la vasta faja de tierra desde las costas de las dos Carolinas
en el Atlntico hasta las orillas del ro Grande, que corre entre Tejas
y Mjico, sentan aproximarse la hora sombra de las resoluciones
supremas, el instante tremendo de dar por terminada la lucha de
programas y de votos y comentar silenciosamente los preparativos de otra
especie de guerra;  de inclinar humildemente la frente, resignarse 
los trminos imperiosos del vencedor y reunir lo que fuese aun posible
salvar del arruinado edificio de su poder.

El punto inicial de la gran rebelin americana, ha dicho un escritor, es
el 5 de Octubre de 1860[44], da en que el gobernador de la Carolina del
Sur dirigi una circular secreta  varios colegas de otros estados,
preguntando lo que haran si triunfaban los partidarios de Lincoln para
el colegio electoral, y afirmando que la Carolina se adherira al
primer estado que diese la seal de separacin, que la dara ella misma
si se le ofreca seguirla. Las respuestas, que vinieron lentamente, no
fueron todas tan explcitas como el interrogante las deseaba, aunque
ninguna repulsaba la atrevida sugestin, pero por ese camino la Carolina
siempre haba marchado ms pronto y ms lejos que los dems. Faltaba
entonces un mes para el da de la eleccin popular, cinco para el cambio
de gobierno en la capital de la repblica.

     [44] JOHN NICOLAY, _The Outbreak of Rebellion_. New-York, 1881.

Votaron por Lincoln todos los estados sin esclavos, menos parte de uno;
eran diez y ocho, que hacan ciento ochenta votos electorales, es decir,
la mitad y cincuenta y siete ms, lo que aseguraba ampliamente su
eleccin. Sumados los nmeros resulta que de cuatro y medio millones de
sufragios obtuvo Lincoln cerca de dos, Douglas cerca de uno, y ms de
medio milln cada uno de los otros dos, Bell y Breckenridge. Esas
cifras, sin embargo, daban  Douglas en el colegio electoral doce votos
solamente, mientras que los dos competidores con menos sufragios en el
escrutinio popular reunan en el colegio setenta y un votos el uno y
treinta y nueve el otro, pues se contaban, como es sabido, no en masa,
sino por estados.

El triunfo de Lincoln fu por tanto relativo, cual lo haba sido el de
Buchanan cuatro aos antes, pero como las posiciones eran contrarias
produca en la marcha del pas un cambio radical, arrastraba
forzosamente las tan temidas, tan anunciadas trascendentales
consecuencias.

La historia de la repblica emprenda distinto derrotero, el largo
encadenamiento de los sucesos iniciaba una nueva serie de eslabones:
_magnus nascitur ordo_.


CAPTULO XII.

La Vspera de la guerra civil.

Terrible la situacin de los Estados Unidos, desde el triunfo electoral
del partido republicano en Noviembre de 1860 hasta que pudo Lincoln
aplicar, por fin, en Marzo del ao siguiente, sus robustos brazos  la
desamparada rueda del timn,  imprimirle las primeras vueltas para
sortear el abismo  que corra la nacin, en que iba  hundirse
positivamente!--Qu pas se encontr jams en trance tan
extraordinario?--Una mitad de los habitantes disolviendo por su propia
voluntad el pacto nacional, desmontando la mquina gubernamental; la
otra mitad inmvil, absorta, contemplando, sin darse cuenta exacta, la
obra de destruccin que estaba consumndose, sin medios tampoco de
evitarlo. La capital de la repblica, los centros todos de donde
irradiaba la accin federal, ministerios, hacienda, el ejrcito, la
marina, las posiciones artilladas de las costas del Atlntico, del golfo
de Mjico y del Pacfico, en manos de hombres en completo acuerdo  en
ntima simpata con la fraccin ms valiente, ms audaz, mejor
disciplinada del partido vencido en las urnas electorales; y esos
hombres, dueos del poder, rbitros de la situacin, se mantenan  la
cabeza de los negocios pblicos, bajo la sombra del presidente
Buchanan, para que sus correligionarios y amigos en los estados del Sur
impunemente, sin que nadie lo impidiese, pudieran realizar la empresa
nefasta de dividir la nacin y crear la Confederacin del Sur, antes del
momento crtico de entregar el mando  los nuevos elegidos.

La indecisin que en Octubre sinti parte de los estados del Sur, al
aprestarse  las violentas resoluciones, se transform en el mes de
Noviembre, al anuncio del triunfo de los amigos de Lincoln, en febril
impaciencia de romper los lazos que los unan  la grande y famosa
nacin republicana creada en 1787, desprenderse y formar una nueva
repblica, ms pequea sin duda y menos fuerte, pero homognea y en
condiciones de proteger y fomentar el rgimen interno, causa verdadera
del rompimiento.

A mediados de Diciembre, una Convencin, convocada segn las formas de
la legalidad, acord por unanimidad disolver "la unin existente entre
la Carolina del Sur y otros estados con el nombre de Estados Unidos de
Amrica", y el primero de Febrero inmediato haban ya hecho lo mismo
otras convenciones reunidas en Mississipi, Florida, Alabama, Georgia,
Luisiana y Tejas. Tres das despus, la nueva Confederacin de esos
siete estados quedaba provisionalmente organizada, y el 18 fueron
instalados Jefferson Davis y Alejandro Stephens como su presidente y su
vicepresidente. La constitucin, promulgada acto seguido, era en
sustancia la misma de los Estados Unidos, con slo diferencias de
detalle y el encargo especial de "reconocer y defender" la institucin
de la esclavitud de los negros, "tal como actualmente existe en los
Estados Confederados de Amrica", nombre que asuma la nacin acabada de
fundar. Todos los edificios, aduanas, casas de moneda, arsenales,
fortalezas, sobre los cuales flotaba la bandera con las estrellas y las
bandas, izaron la nueva insignia; los individuos que los custodiaban, 
los pequeos destacamentos que los guarnecan, los entregaron 
capitularon; ni otra cosa hubieran podido hacer, perdidos y sin recursos
como se encontraban, cubiertos como isletas en el mar, por las oleadas
de la vasta y formidable insurreccin. Solamente los fuertes de la baha
de Charleston, de Pansacola y los cayos de la Florida permanecieron en
poder del gobierno federal.

Esos siete estados no hacan ms que aplicar las doctrinas polticas por
ellos predicadas y sostenidas constantemente, que ya en 1831 y 1832 la
Carolina haba invocado dando los primeros pasos en la senda de la
separacin, y que lgicamente se desprendan del principio superior de
derecho que Calhoun haba tantas veces definido, precisado y
elocuentemente defendido, que sus discpulos haban enrgicamente
mantenido. Segn ese principio, la constitucin era un pacto entre
estados soberanos, independientes entre s para todo aquello que no
estuviese expresamente delegado al gobierno general, y esos estados
recobraban su absoluta independencia y soberana, cuando se consideraban
lesionados en sus derechos  intereses, porque no slo no los haban
enajenado, sino que eran el fundamento, la razn de su existencia antes
de formar la Unin.

Mientras tanto el presidente Buchanan, que haba toda su vida militado
bajo las mismas banderas y compartido todas las ideas y sentimientos
dominantes en esos siete estados irreconciliables, que se hallaba
entonces rodeado de ministros y consejeros en perfecta simpata, en
confesado acuerdo con los jefes esclavistas, afirmaba oficialmente, al
abrirse las sesiones del Congreso, que si bien carecan  su juicio los
estados del Sur del derecho de abandonar la Unin, ni l como
Presidente, ni el Congreso, ni nadie, tena otorgadas por la
Constitucin facultades de oponerse con la fuerza de las armas y
compelerlos  permanecer dentro de la Unin. Esto, que semeja una
paradoja, y envuelve positivamente una contradiccin, era no obstante la
opinin de un crecido nmero de personas en el Norte. Contando
precisamente con ello y con la inaccin del Presidente, procedieron los
conjurados, y aprovecharon los tres  cuatro meses que la suerte les
ofreca para organizarse y prepararse  hacer frente  quienquiera que
se opusiese.

Aos despus, decidido ya por las armas el conflicto, proclamaba
Buchanan todava las mismas opiniones; y en la defensa que escribi y
public de los ltimos actos de su administracin, reconoce con
satisfaccin que la guerra no fu iniciada por el gobierno de su sucesor
con el objeto de sujetar por la fuerza  los estados, sino aceptada para
hacer cumplir y ejecutar en el territorio rebelado las leyes vigentes,
pues tal era el deber ineludible del poder ejecutivo. Lincoln, en
efecto,  pesar de representar ideas tan diferentes, poltica tan
opuesta, sigui durante varias semanas, en la apariencia al menos, el
mismo sistema de contemporizacin y espectativa que su predecesor, y
aguard que los confederados de Charleston caoneasen y tomasen el
fuerte Sumter, arriasen la bandera nacional y alzasen otra en su lugar,
para romper el silencio y convocar las milicias ciudadanas en defensa de
la Unin.

La cuestin de legalidad es, empero, muy poco interesante ya  estas
horas; en esa ocasin, como en tantos otros momentos crticos de la
historia de la civilizacin, las circunstancias llevaron  los
individuos y, sin saberlo, muchos se encontraron arrastrados por los
sucesos ms all de lneas en que hubieran querido confinarse. Ocioso
tambin sera ya discutir si cometieron delito poltico de traicin los
que desmembraron la repblica y organizaron la Confederacin. La
conducta del vencedor, nunca bastante encomiada, abstenindose de
procesar criminalmente, despus de la victoria,  ninguno de sus
adversarios, consintiendo el sobreseimiento de la causa abierta contra
Jefferson Davis, demostr que, calmadas las pasiones, la nacin entera
convena implcitamente en que no era posible perseguir como traidores 
quienes, despus de todo haban ajustado su conducta  opiniones siempre
y por doquiera pblica y abiertamente proclamadas. Su fe poltica, nunca
renegada, ordenaba prestar obediencia y acatamiento, en primer lugar al
estado de que eran ciudadanos, en segundo  la Unin, vigente slo
mientras durase el consentimiento de los estados que la haban creado.
Eso hicieron, y casi todos ellos abandonaron la patria comn con el alma
desgarrada, esperando salvar derechos esenciales, que juzgaban en
peligro y consideraban del nmero de aquellos que no se consienten
perder ni se dejan arrebatar, antes de haber consumado el ltimo
sacrificio para defenderlos.

"En vuestras manos, descontentos compatriotas, en vuestras manos y no en
las mas, est la tremenda resolucin de si ha de haber  no guerra
civil. Para que la haya, es preciso que vosotros mismos seais los
agresores", dijo Lincoln la primera vez que habl como Presidente al
pueblo de los Estados Unidos.

Y la guerra vino, y dur lo que nadie haba podido imaginar. Todava, al
inaugurarse la segunda presidencia de Lincoln el 4 de Marzo de 1865,
pareca en situacin de durar algn tiempo ms, acaso "hasta que
desapareciese toda la suma de riqueza acumulada durante doscientos
cincuenta aos por el trabajo esclavo,  hasta que cada gota de sangre,
arrancada por el ltigo, fuese compensada por otra igual arrancada por
el hierro". Por fortuna, cuando pronunciaba Lincoln estas ltimas
palabras de su segunda oracin inaugural, faltaban pocas semanas para el
desenlace final, para que por siempre quedase decidido que la unin de
los Estados era un pacto perpetuo  indestructible.

Pero la historia de la sangrienta guerra civil es materia demasiado
grande para los lmites reducidos de este bosquejo; si ha de tener ste
algo de completo en su inevitable brevedad, debe poner punto final al
ascender Lincoln  la presidencia de los Estados Unidos, al terminar el
conflicto en el terreno pacfico de la palabra hablada  escrita, al
comenzar la guerra devastadora.




JOS DE LA LUZ Y CABALLERO


I

Ningn nombre lleg  tener en la isla de Cuba, antes del perodo de
guerras libertadoras que comienza en 1868, tan gloriosa resonancia, de
un extremo al otro del pas, como el de Jos de la Luz; todava hoy, 
pesar de que el ciclo de accin y de lucha que comienza en ese ao
fatdico ha producido otras reputaciones acaso ms brillantes, no se ha
deslustrado la corona en torno de su frente, nadie ha olvidado al
filsofo, al maestro, al educador de esas generaciones que supieron
luego desplegar tanta energa y tanta constancia en la dura, desigual
contienda contra la nacin opresora.

La historia de su vida, desnuda como se halla de incidentes
extraordinarios, es el cuadro donde mejor resaltan sus virtudes y
servicios eminentes  la patria, porque el hombre vala mucho ms de lo
que pueden significar las obras reducidas  incompletas que de l nos
han quedado, porque fu en su tiempo para la isla de Cuba el hombre
superior, "el grande hombre, causa de muchas filosofas", para aplicarle
palabras de Federico Nietzsche.


II

En el ao ltimo del siglo XVIII, 11 de Julio de 1800, naci Jos
Cipriano de la Luz en la Habana, en la antigua casa solariega que ya
entonces daba nombre  la calle donde estaba. La calle se llama siempre
de Luz, pero en el solar se eleva una vasta hostera, que ocupa toda la
manzana de casas  incluye el terreno del antiguo Teatro Principal, en
aquella poca el ms importante de la ciudad, derribado por el cicln
terrible de 1846. Fu su madre doa Manuela Caballero, mujer de grandes
virtudes, cuya memoria qued indeleblemente impresa en su alma desde muy
temprano como insuperable modelo de la prctica constante y austera del
deber ms estricto, y de ella probablemente hered la lucidez de la
inteligencia y el puro vigor de su carcter. El pblico cubano, para
distinguirlo de otros del mismo nombre, le agreg siempre el apellido
materno, aunque l hasta el fin firm solamente con el de su padre.

Corri tranquila su niez educado por eclesisticos instrudos, y por
algn tiempo acarici el proyecto de entrar en el sacerdocio, siguiendo
el ejemplo de su to carnal el P. Agustn Caballero y otros miembros de
la familia; idea que no abandon tan pronto, pues al graduarse de
bachiller en jurisprudencia, ya de veinte aos de edad, vesta aun
hbitos religiosos conforme  las rdenes menores que tena recibidas.

Pero en un pas cuyos habitantes formaban dos clases opuestas, libres y
esclavos, negros y blancos, y donde se crea naturalmente indispensable
un cdigo terrible de leyes penales y una multitud de costumbres feroces
para mantener quietos y anuentes al yugo  los oprimidos, los
sacerdotes, como encargados del registro de la poblacin y de los varios
detalles prcticos del nico culto consentido, tenan que ser
instrumentos activos de la perenne iniquidad de que eran vctima esos
seres desvalidos. No poda Luz avenirse  ejercer en tales condiciones
un ministerio de paz y caridad y al cabo lo renunci, como ms adelante
renunciara al ejercicio de la abogaca, convencido de que la
organizacin de los tribunales y la especie de jueces que en ellos se
sentaban, venidos de Espaa, sin arraigo en el pas y amovibles al
capricho de los ministros que entraban y salan tan  menudo por las
oficinas de Madrid, no consentan independencia y apenas dignidad
profesional en el abogado.

Cuando sali del Seminario Conciliar, ms versado en teologa que en
otros ramos del saber, necesit completar por su propia cuenta su
educacin; hizo profundos estudios cientficos y literarios, coronados
desde principios de 1828 por un viaje de ms de tres aos por los
Estados Unidos, la Gran Bretaa, Francia, Alemania  Italia. Iba de
antemano provisto del conocimiento terico perfecto de los idiomas de
esos pases, adquiri luego tal dominio del acento, la entonacin
peculiar con que se hablan en las capitales de cada uno de ellos, que
fu siempre causa de maravilla oirle pronunciar tan correctamente
lenguas extranjeras. De las antiguas conoca bastante el griego; el
latn le era, gracias  su primera educacin eclesistica, casi tan
familiar como el castellano.

Al volver  la patria, completada su peregrinacin, no tard en decidir,
ante el estado del pas, cual deba ser la ocupacin de toda su
existencia. La educacin primaria y secundaria, la instruccin pblica
en general, se encontraba entonces en el ms miserable estado, de todas
las necesidades del pas la menos atendida,  pesar de la gran
prosperidad material que desde principios del siglo haba ido
logrndose.

Cuba no era ya la poco importante factora, el simple punto de escala de
las escuadras  convoyes que iban y venan de Mjico y el mar Caribe.
Todos los desastres sufridos por las metrpolis europeas en Amrica, por
la Gran Bretaa lo mismo que por Espaa y Francia; es decir, la
fundacin do los Estados Unidos, el alzamiento de los negros en Santo
Domingo, el ingreso de la Luisiana y la Florida en la nueva repblica
angloamericana, la derrota final de la dominacin espaola en el
continente desde San Francisco hasta el estrecho de Magallanes, fueron
para Cuba como un beneficio particular, que contribuy poderosamente 
aumentar su poblacin, desarrollar su agricultura y su comercio. Apenas
fueron suprimidas las trabas absurdas  inicuas que le prohiban todo
gnero de relaciones mercantiles con las regiones vecinas, la que haba
vegetado pobre y abandonada como una pordiosera al lado de sus opulentas
hermanas, Mjico, Guatemala, Venezuela, Nueva Granada; la que con gran
dificultad y slo gracias al socorro que de Mjico le mandaban poda
equilibrar sus gastos y sus ingresos, vi en muy poco tiempo tiempo
duplicada y triplicada la cifra de sus habitantes, aumentado su tesoro
hasta el punto de no requerir ms limosna de nadie, de satisfacer
ampliamente ella sola sus cargas y poder pronto atender  las llamadas
"necesidades de la Pennsula", remitiendo  Madrid desde 1827 un milln
anual de pesos fuertes, que penetr en el presupuesto espaol bajo el
ttulo de "sobrante de Ultramar". Ese milln estaba tambin destinado 
crecer rpidamente, y en 1861 mandaba Cuba  Espaa ms de cinco
millones de pesos anuales en efectivo, amn de muchas otras partidas
especiales que nada tenan que ver con los intereses de la isla, como el
dficit del presupuesto de la colonia africana de Fernando Poo,  la
abortada reconquista de Santo Domingo, cuyos gastos se liquidaban en la
Habana[45].

     [45] Para los datos includos en este prrafo y el siguiente,
     vanse: _Pezuela_, Necesidades de Cuba. Madrid, 1865.--_Saco_,
     Papeles sobre Cuba.--Id. Papeles pstumos, Habana,
     1881.--_Zaragoza_, Insurrecciones de Cuba. Madrid, 1872.

Ninguna parte de las sumas producidas por la isla se inverta en
favorecer la instruccin pblica. Los conventos de frailes y de monjas
eran los encargados oficiales de repartirla, y sus escuelas mal
instaladas vivan lnguidamente, sin estmulo, sin ser por nadie
vigiladas, dedicadas sobre todo  ensear  rezar. El Ayuntamiento, sin
iniciativa, con recursos escassimos, sin facultades ni aun en asuntos
locales, se reduca  pagar una mezquina anualidad de ocho mil pesos 
la Seccin de educacin de la _Sociedad Patritica_, como se llamaba
primero,  _Sociedad Econmica_, como dispuso la suspicacia de las
autoridades que deba titularse, asociacin puramente privada que, por
medio de las cuotas de sus miembros y auxilios buenamente conseguidos
entre los amigos, sostena escuelas gratuitas y luchaba sin cesar por
extender su influencia educadora ms all del recinto de la capital. Luz
fu desde luego miembro de la Sociedad, despus durante nueve aos su
director, y prest en el puesto grandes servicios  la instruccin
pblica.

Di  luz en 1833 un libro para servir de texto en clases primarias de
lectura, con objeto de propagar el mtodo explicativo en las escuelas, y
desterrar el absurdo sistema de forzar la memoria con perjuicio del
armnico desarrollo intelectual, de hacer  los alumnos repetir de coro
palabras y frases de cuya significacin no tenan la menor idea. Al ao
siguiente redact el informe sobre la creacin de un Instituto cubano 
escuela prctica de ciencias y lenguas vivas, proyecto muy estudiado y
detallado, de que ms adelante tratar, y cuya realizacin hubiera
llenado mucho mejor y mucho ms temprano el vaco que incompletamente
ocup la _Real Universidad Literaria_, establecida en 1842. Suceda sta
 la que con el nombre de _Pontificia_ haba estado exclusivamente en
poder de los Frailes Predicadores, en cuyas inhbiles manos vegetaba
como institucin de la Edad media en beneficio de preocupaciones
anticuadas. El instituto proyectado y descrito minuciosamente por Luz
hubiera, sin duda, sido menos literario de lo que fu la Universidad de
la Habana, organizada para formar nicamente mdicos, abogados 
farmacuticos; hubiera adquirido muy distinta eficacia prctica y dotado
al pas de ingenieros, navegantes, qumicos, arquitectos, librndolo de
la triste necesidad de traerlos del extranjero, como era preciso hacer
para sus minas y ferrocarriles, para las diversas atenciones de su
agricultura y su incipiente industria.

En seguida se encarg temporalmente de la direccin de un colegio ya
establecido[46], luego abri clases privadas en su casa, hasta que
obtuvo autorizacin de profesar pblicamente filosofa,  inaugur un
curso libre en el edificio del extinguido convento de San Francisco,
curso que dur hasta 1843. Estos trabajos, emprendidos por amor de la
enseanza, no acompaados por idea alguna de lucro, pues la posicin de
fortuna de su familia lo mantena libre de ese cuidado, eran para l la
ms agradable ocupacin, pero le acarrearon disgustos. Publicaba
programas muy detallados de las materias filosficas que enseaba, con
ocasin de los exmenes pblicos en que mostraba los adelantos de sus
alumnos, y originse de esos programas una polmica ardiente en los
peridicos con futuros profesores de la Universidad, ya prxima 
establecerse,  propsito de las doctrinas del entonces celebrrimo
profesor francs Victor Cousin, sobre cuyas contradicciones y
superficialidad formulaba Luz juicio tan severo como exacto y profundo.
En otras controversias apasionadas se vi envuelto por la misma poca
sobre asuntos de inters pblico relacionados con el primer ferrocarril
establecido en la isla por el patriotismo de sus habitantes desde 1837,
sin auxilio de la metrpoli, donde no los hubo sino en fecha posterior.
A consecuencia de tales luchas, de los desabrimientos personales que le
trajeron, de la exaltacin  que  veces lo arrastraba el ardor de sus
convicciones, cay vctima de una afeccin del sistema nervioso, y se
vi forzado  suspender todo trabajo y embarcarse para Europa.

     [46] Colegio de San Cristbal, llamado habitualmente de Carraguao,
     nombre del barrio en las afueras de la ciudad donde se encontraba.

En una casa de salud de Pars viva  mediados de 1844, al cuidado de un
facultativo sobrino del famoso doctor Pinel, cuando le lleg la noticia
inesperada de que un tribunal militar de la Habana lo citaba por
edictos como reo ausente de atentado contra la seguridad del estado.
Tratbase de una supuesta conspiracin de negros esclavos contra sus
amos, y los fiscales inmediatamente envolvieron en el sumario  muchas
personas respetables, nacidas en el pas, con objeto de hacerlas
impopulares por el horror que en todos despertaba el recuerdo de lo que
haba pasado en Santo Domingo, y sin ms pretexto que el considerar las
hostiles  la trata de frica, que tan descarada como ilegalmente se
practicaba todava en la isla con la sancin tcita de los gobernadores.
Sentase Luz tan inocente de lo que se le achacaba, tan ajeno de toda
culpa, que sin vacilar determin, no importndole las consecuencias,
volver  la Habana y responder personalmente al llamamiento; resolucin
bien aventurada pero bien digna de su intrpido corazn, pues saba
demasiado que el rgimen poltico de la colonia no brindaba garantas de
equidad; porque la causa se instrua conforme  los duros 
inquisitoriales preceptos de la ley militar, y porque gobernaba la isla
en esa fecha ms despticamente que ninguno el general Leopoldo
O'Donnell, duque futuro de Tetun, quizs en todo el universo el hombre
de armas que ha ostentado mayor desprecio de la legalidad, en Cuba lo
mismo que despus en Espaa, y que joven entonces, provisto de omnmodas
facultades, no obedeca siquiera al freno de la experiencia ni soportaba
la menor contrariedad.

No conoca Luz personalmente  O'Donnell que haba tomado posesin de
su destino despus de su salida: en cambio era muy probable que el nuevo
procnsul estuviese fuertemente prevenido contra l, pues uno de sus
primeros actos al presidir como Capitn general una sesin de la
Sociedad Econmica haba sido ordenar verbal y speramente que la
Sociedad borrase del nmero de sus miembros  un ingls, antiguo cnsul
de la Gran Bretaa, David Turnbull, expulsado de la isla como
abolicionista. Y precisamente haba debido ese animoso extranjero el
continuar inscrito  la intervencin de Luz que, como Director, aunque
ausente  causa de sus males, haba propuesto y obtenido por medio de
enrgica y elocuente comunicacin que la Sociedad anulase el acuerdo de
la expulsin de Turnbull, tomado con atropello de artculos terminantes
de su reglamento. Cuantos figuraron votando contra la ilegal 
innecesaria afrenta dirigida  un hombre que ya no resida en la isla,
eran tenidos por el gobierno como partidarios, si no de la abolicin de
la esclavitud, por lo menos de la supresin sincera del trfico de
negros con frica; uno y otro cargo eran igualmente decisivo indicio
para los que buscaban cmplices, directos  indirectos, de la imaginada
conspiracin.

En Agosto estaba ya de vuelta Luz y en su casa de la Habana. No fu
llevado  la crcel pblica merced al notorio mal estado de su salud,
que debi no obstante, dejar comprobar por la visita de tres mdicos
designados por el fiscal[47], y qued arrestado en sus habitaciones. Al
cabo de un ao largo de preguntas, repreguntas, confesin con cargos y
dems trmites del procedimiento criminal, se mand reunir el Consejo de
guerra; ante l compareci Luz por medio de un militar encargado de su
defensa, al que di como nica instruccin la orden de reducirse
solamente  pronunciar las siguientes palabras: "Don Jos de la Luz y
Caballero libra su defensa en el mrito de los autos y la justificacin
del tribunal". As en efecto lo hizo el oficial escogido, que fu Andrs
Fox, teniente en un cuerpo especial llamado de Voluntarios de Mrito y
miembro de una familia distinguida de poetas y literatos nacidos todos
en las Antillas.

     [47] Jos de la Luz Caballero, Estudio crtico, por Manuel
     Sanguily. Habana, 1890. Pgs. 375 y 376.

En Octubre de 1845,  los catorce meses de vuelto  su pas, se fall la
absolucin libre, no de l nicamente sino de las dems personas,  de
su amistad  del crculo de sus relaciones, que haban sido procesadas
al mismo tiempo. Desenlace distinto por fortuna, del que tuvieron los
procesos del ao anterior, de las numerosas escenas trgicas, las
sangrientas hecatombes de negros y mulatos infelices, tanto libres como
esclavos, que ordenaron y ejecutaron esas mismas comisiones militares
ante el pas aterrorizado.

Corri Luz de todos modos el peligro de sufrir larga prisin
preventiva, lo que en su situacin poda haberle costado la vida, como
sucedi  un respetable letrado amigo suyo, Martnez Serrano, fallecido
en el calabozo. Si por dicha evit esa prueba, tuvo que soportar la
humillacin de las visitas del fiscal, del miserable Pedro Salazar,
condenado ms adelante  presidio por sus desmanes y desafueros, que
vena una y otra vez  tenderle lazos groseros por medio de preguntas
capciosas, dudando insolentemente de su franqueza y de su veracidad.

Mucho mejor, por consiguiente, hubiera sido en inters de su salud
comprometida que, desdeando la absurda acusacin, hubiese permanecido
en Pars y no vuelto hasta que todo hubiese estado terminado. Pero un
hombre como l, de su categora moral en el pas, no poda proceder as,
aunque fuese lo ms prudente  lo ms prctico; el apstol de la verdad
y la justicia en aquella pobre tierra vctima de tanta mentira y tanta
iniquidad no deba aparecer un solo instante como si tuviese algo que
ocultar, como si huyese despavorido de sus jueces, aunque fueran stos
injustos  venales  feroces conocidamente.

Su retorno inesperado fu un servicio patritico, que sirvi no
solamente para engrandecer su ya extendida reputacin de intachable
rectitud, sino para aclarar la situacin general, disipando nieblas de
propsito acumuladas por la encarnizada persecucin; para fijar la
opinin pblica extraviada por la perversidad de los acusadores[48];
para facilitar en fin la defensa de inocentes que yacan todava en las
prisiones con la garra de los fiscales siempre encima. Esa fu la
impresin general al circular la nueva de que,  pesar de sus
padecimientos, vena Luz desde Europa  ponerse enfrente de sus
acusadores.

     [48] ...fij la opinin pblica que desde su llegada absolvi  los
     acusados absolvindolo  l.--_Bachiller y Morales_, artculo
     publicado en La Amrica, Madrid, 1862.

La imagen de ese ao siniestro de 1844 se destaca en la historia de Cuba
y en la memoria de los cubanos como una gran mancha negra en el centro
de un lago de sangre. El delito, la explotada conjuracin de negros y
mulatos contra blancos, si acaso tuvo alguna existencia, fu como idea
muy vaga  proyecto sin comienzo de ejecucin, mientras que la represin
fu de la ms brbara crueldad, ejecutada contra toda ley y toda razn.
Centenares de individuos perecieron, pasados unos por las armas, muertos
otros en el suplicio de azotes que se les aplicaba para forzarlos 
confesar, prueba del tormento resucitada en virtud de autorizacin
expresa de O'Donnell[49]. Haba en la Habana, Matanzas y dems ciudades
un cierto nmero de mulatos libres, ricos y generalmente considerados;
casi sin excepcin todos fueron encausados, algunos perdieron la vida,
ni uno solo salv su fortuna.

     [49] Oficio del Capitn general de 6 de Mayo de 1844, cuya frase
     principal se cita en la biografa de Luz, por J. I. Rodrguez, de
     que se habla despus. Pg. 144.

Entre las primeras vctimas se cont el mulato conocido en literatura
bajo el nombre de _Plcido_, que se llamaba Gabriel de la Concepcin
Valds, hijo natural de una bailarina espaola y de un peluquero de
color. Conforme  la condicin de la madre naci libre, pero su aspecto
fsico lo haca de la raza legalmente inferior, y de nada valieron para
ayudarlo  salvar esa insalvable barrera las facultades poticas de que
estuvo dotado, el estro poderoso que  ocasiones lo eleva tan alto.
Tena treinta y cinco aos cuando lo fusilaron en la ciudad de Matanzas.

Es coincidencia bien extraa que entre los cargos principales que se
hicieron  Luz en el proceso, de todos, el ms preciso, se funde en una
alusin de _Plcido_[50] en su declaracin instructiva, alusin de un
todo inexacta, de que Luz ni siquiera dign defenderse, pues nunca
conoci personalmente  _Plcido_, y cuando l lleg  la Habana haca
ya tiempo que el pobre vate haba sido ajusticiado. Pero sobre esa
declaracin, lo mismo que sobre las dems de los condenados entonces 
muerte y sobre otras actuaciones de la causa, pesa y eternamente pesar
la sospecha de ser una suplantacin infame de los fiscales, que en el
secreto del sumario las tomaron y redactaron.

     [50] _Sanguily_, Estudio crtico. Pg. 226.


III

Tres aos ms de reposo y de cuidados necesit antes de pensar poner en
prctica sus antiguos proyectos; pero  la primer vislumbre de mejora
se dedic con perseverante preferencia  luchar contra las dificultades
que la hostilidad del gobierno y la apata de sus compatriotas le
suscitaban y lograr el fin de sus anhelos: el establecimiento de un
colegio cuya direccin se reservaba, para organizarlo conforme  sus
ideas, acercarlo en lo posible al modelo filosfico que llevaba en la
mente desde mucho tiempo atrs, tal como lo haba esbozado en la
proposicin ltima del elenco de sus lecciones pblicas de 1840;
"escuela de pensamientos y virtudes, no queremos filsofos expectantes
ni eruditos de argentera, sino hombres activos de entendimiento y ms
activos de corazn".

La soberbia frase de su empresa de educador, el hermoso apotegma que
condensa todo su programa: "educar no es dar carrera para vivir, sino
templar el alma para la vida", no poda realizarse enseando en clases
ms  menos pblicas, ni escribiendo libros de texto  tratados
tericos; era preciso crear una gran escuela, primaria y superior, de la
que no saliesen los alumnos durante la semana, y donde fuese, por tanto
posible, educarlos en el verdadero y ms lato sentido de la palabra.

As, por fin, lo consigui; dile el nombre de _El Salvador_, por el
barrio de la ciudad donde estaba, aunque luego la voz pblica asign
otro origen al ttulo y le atribuy un sentido literal en pro del
porvenir del pas, cosa en que primitivamente no se pens. La casa,
antigua vivienda privada, se modific para adaptarla en lo posible al
nuevo objeto, y sobresala por la preciosa cualidad de tener detrs
jardines extensos, un vasto prado cubierto de csped, de arbustos
floridos, de frondosos rboles seculares que por diversas partes
formaban pequeos bosques, y all en un extremo un arroyo de cauce
artificial, una zanja, que por accidente del terreno se precipitaba 
guisa de minsculo torrente, y se ensanchaba despus entre orillas
cubiertas de grupos espesos de "caas bravas", gramneas gigantescas
cuyas ramas, semejantes  las de ciertos sauces, tamizaban por la tarde
 la hora habitual del recreo de los alumnos los rayos del sol poniente,
y mantenan en continua y misteriosa alternativa de luz y sombra la
plcida superficie, sobre la cual se reproducan y se borraban, en
rpida sucesin, las lneas de las ramas hojosas, de los verdes y
anillados tallos, imagen potica de la vida efmera de seres y cosas
sobre la tierra. Toda esa abundancia de luz y de espacio era inestimable
all, porque los discpulos, segn el reglamento, volvan  sus casas
solamente los das de fiesta, y entraban siempre en el colegio los
domingos por la noche, hasta el sbado siguiente.

Por desgracia haba que subordinarse en cuanto  la enseanza y
clasificacin de las materias al Plan de estudios oficial, redactado en
Madrid para la Universidad nica de la isla; de otro modo no hubieran
venido al colegio alumnos de ms de doce aos, mnimum de edad exigida
para comenzar los estudios universitarios del bachillerato en Filosofa,
paso primero  indispensable hacia las carreras liberales, esto es,
hacia la licenciatura en jurisprudencia, medicina y farmacia, nicas
abiertas en el pas, no existiendo escuelas especiales de ninguna otra,
estando la poltica y las armas absolutamente vedadas, y no
acostumbrando la metrpoli, salvo excepciones contadas, proveer en hijos
de Cuba cargos importantes del orden judicial  de la hacienda pblica.
Ese plan de estudios que fu, sin embargo, como ya indiqu, prenda de
progreso, porque retir de manos de los frailes de Santo Domingo el
monopolio de la enseanza superior, divida en cuatro cursos anuales los
estudios de filosofa, acumulando asignaturas  razn de siete  ocho en
cada ao; y cuenta que entre ellas no se inclua ni la aritmtica ni la
gramtica ni aun la lengua latina, porque se suponan aprendidas y bien
sabidas, antes de los doce aos; como tampoco las lenguas vivas,
completamente desdeadas por el legislador, en un pas donde los
negocios tendan  hacerse casi nicamente con el extranjero! Plan
insensato en todas sus partes; para acabar de juzgarlo, basta tener
presente que en slo el primer curso exiga de nios de doce  trece
aos el conocimiento cabal de todas las materias siguientes:

Toda el lgebra y toda la geometra; bajo el ttulo de "Introduccin 
la historia natural", un curso de anatoma y fisiologa elementales; un
curso de mineraloga  otra hora y con otro profesor; primer ao de
fsica; la geografa y cronologa completas; y por ltimo toda la
historia antigua hasta la cada del Imperio romano.

En los otros tres aos era idntico el hacinamiento de materias, y todo
ello, en el tiempo y orden dispuestos, tena que ensearse en el
colegio, amn de lo dems indispensable en la instruccin ordinaria de
un adolescente. Si el alumno entraba en el colegio de doce aos, se
quedaba por lo comn cuatro ms solamente, y  los diez y seis, edad del
bachillerato, se encontraba convertido precisamente en lo que, como
deca Locke, nunca debiera llegar  ser: un pequeo pedante. Si haba
sido aplicado y pundonoroso y luchado con todas sus fuerzas por
satisfacer  cuanto se le exiga, sala de ese cuarto ao, como del
cuarto crculo de un infierno, debilitado, entontecido por el exceso de
trabajo mental en tan peligroso perodo de la existencia.

En terreno tan desfavorable, en condiciones tan adversas, haba que
trabar el combate; en l y con ellas emprendi Luz su espinoso
apostolado.

Para triunfar hasta donde las circunstancias lo permitiesen; para
cultivar el corazn de la juventud y hacer brotar sentimientos bastantes
 compensar el influjo esterilizante del pernicioso rgimen intelectual
impuesto por los programas oficiales, contaba con dos elementos
poderosos: su genio de educador por una parte, y por la otra el
prestigio de su carcter, su influencia personal, la aureola que  los
ojos de todos, grandes y pequeos, le creaba esa tan feliz combinacin
de un saber extraordinario con la ms ardiente y previsora caridad. En
el ejercicio del arte de la educacin, lo mismo que en todas las
aplicaciones de la ciencia, el hombre superiormente dotado de las
facultades especiales, decidido  emplearlas sin tasa en su ministerio,
basta  menudo para contrapesar los errores del peor sistema, para
salvar los inconvenientes de la ms escabrosa situacin.

Lo verdaderamente admirable en Jos de la Luz era el conjunto de sus
cualidades morales, y de ellas, por desgracia, solamente vestigios,
leves huellas, pueden quedar en la historia de su patria,  un perfume
que necesariamente se desvanece en sus _Aforismos_, en las ridas
pginas del _Informe_ sobre el Instituto Cubano, en su correspondencia
privada, si llegara sta  reunirse y publicarse. Los que tuvieron la
dicha de conocerlo  ntimamente tratarlo saben bien cuan irrealizable
tarea sera pintarlo y explicarlo hoy  los que en Cuba han venido al
mundo despus, y con pena se dirn que la hermosa figura ha de ir
menguando y esfumndose en el horizonte de la historia cubana  medida
que van desapareciendo de la escena sus discpulos. Yo debo  la fortuna
el privilegio de haber vivido  su lado los doce aos mejores de mi
existencia, de haber sido contado entre sus hijos predilectos, y para
m Luz ms que un escritor, que un filsofo, que el jefe de un gran
colegio, fu un prodigio de bondad y abnegacin, un ser completo,
seductor, lleno de mansedumbre y rectitud, como acaso ningn otro he
conocido jams. A pesar de haber estado tanto tiempo en constante
intimidad con l, vindolo en todas las situaciones, en buena salud y
durante penosas enfermedades, en la alegra y en la tristeza, en sus
horas de satisfaccin mayor, rodeado de sus hijos espirituales, en
perodos amargos cuando la ingratitud  la injusticia disparaban contra
l saetas envenenadas,  bien cuando la imagen dolorosa de cada uno de
los varios desastres de su vida domstica atormentaba su corazn, jams
sorprend en aquel noble espritu un instante de desaliento, un rasgo de
clera, una palabra descompuesta, una queja de amor propio herido.

Ante las frecuentes contradicciones entre las apariencias y la realidad
de la vida de algunos personajes clebres, se han preguntado varios si
no son muchas veces los moralistas simples actores que representan un
papel distinto, y  ocasiones hasta opuesto al que en la vida real
desempearon. Es lo cierto que  menudo as sucede; pero los discpulos
de Luz conservan viva siempre la memoria de un hombre de cuyos labios
brotaban los preceptos de la moral ms elevada, en cuyo rostro nunca
hubo mscara ninguna,  quien nadie super en la pureza y austeridad de
sus costumbres.

Pronto se vi que el colegio responda positivamente  una necesidad en
el pas, y fu preciso agrandar el edificio para dar cabida  los
numerosos internos que de toda la isla acudan. La marcha general del
establecimiento qued regulada desde el primer da conforme  las ideas
particulares del director, y con tanto acierto y seguro resultado que
hasta lo ltimo se respetaron y conservaron sin alteracin sustancial.

Lo que haba llamado mtodo explicativo fu, por decirlo as, norma de
las clases, no slo de lectura, donde era una necesidad, sino de toda la
enseanza del colegio, con objeto de habituar los alumnos  darse cuenta
exacta de lo que aprendan,  no confiar nada  la memoria nicamente y
solicitar explicaciones de todo, tanto mientras duraban las clases como
 otras horas del da, para lo cual estaba siempre el director en la
casa y dispuesto  resolver las dudas y dificultades de todos.

Traspas al colegio su biblioteca particular muy numerosa y escogida, y
como otra de las reglas generales era exigir de los alumnos, una vez
todas las semanas, composiciones originales y breves en aquellas clases
en que la materia lo consenta, muchos acudan al director en busca de
una indicacin como punto de partida,  de libros donde estudiar ms
extensamente el tema de la disertacin, y l, amoldndose al grado y
carcter de la inteligencia de cada uno, los ayudaba siempre de algn
modo  salir airosamente del empeo. "El arte de escribir con
perfeccin debe contarse entre los privilegios del genio", haba dicho
en el _Informe_ sobre el _Instituto_; es lo cierto que no se tenda en
el colegio  formar artistas de frases, pero aconsejaba siempre
adiestrarlos todo lo posible, "para hacer perder  los jvenes aquel
horror por la composicin que les hiela la mano, al empuar la pluma".

En cuanto al rgimen interno era la costumbre emplear pocos castigos y
del carcter ms anodino posible; mantener la mayor familiaridad entre
alumnos y profesores, nada de ceremonias, ningn uniforme, ningn
besamanos, cuidando siempre de avivar el afecto como ms segura va por
donde ahuyentar el menosprecio. El director era cariosamente llamado
por todos sin excepcin _Don Pepe_, nombre que desde mucho antes se le
daba por todo el pas. Aplicse tambin desde el principio la regla de
preparar los alumnos de ms juicio y mayor edad para maestros,
confindoles pequeas clases de menores, formando as con ellos un grupo
intermedio entre el cuerpo de profesores y la masa de los educandos, lo
que ayudaba eficazmente  aunar y solidarizarlo todo.

En los primeros aos no viva Luz en el edificio mismo del colegio, sino
en una casa prxima con su esposa y con su hija; mas antes de salir el
sol estaba siempre presente para recibir los alumnos al bajar de los
dormitorios y reunirlos en una pequea capilla; ah, todos de rodillas,
l solo de pie en el centro, recitaba una oracin por l mismo
compuesta y que repetan en coro, breve accin de gracias al Seor "por
todos los beneficios dispensados durante el da anterior y
principalmente por la tranquilidad de nuestras conciencias". En ella se
intercalaban otras cosas en das fijos, como el mstico soneto atribudo
entonces  Santa Teresa; "No me mueve, mi Dios, para quererte..." que se
deca siempre los viernes as como los sbados la Salve  la Virgen
Mara. Esta costumbre fu perdindose, y  medida que iba Luz por sus
males levantndose menos temprano por la maana acab por suprimirse.
Nunca hubo en el colegio profesor  empleado que fuese tan religioso
como l, jams autoriz ni con su enseanza, ni con sus actos la entera
supresin de las prcticas de la Iglesia por sus discpulos, y es un
hecho que los numerosos alumnos del Salvador que salieron de all tibios
 indiferentes en materia religiosa no siguieron sus huellas.

Las clases superiores de filosofa, es decir, de lgica, psicologa y
moral estuvieron en toda poca  su cargo, y cuando all hacia el fin de
sus das no le era posible desempearlas, se suponan siempre en la
lista de profesores como reservadas para l, y confiadas  un interino,
cuyo nombre no se imprima en el elenco. En sus tiempos de buena salud
daba una clase superior de lengua latina, en la cual se estudiaban
gramatical y literariamente los grandes autores, y para los ejercicios
de versin del castellano al latn traduca l mismo y dictaba trozos
de los dilogos de Luis Vives, comparaba los trabajos con el original
haciendo resaltar la elegante latinidad del famoso valenciano que mucho
admiraba. Tambin tom para s al principio la clase de alemn, y por
algn tiempo otra en que, bajo el nombre de religin, explicaba historia
sagrada  interpretaba directamente del texto del Padre Scio captulos
de la Biblia.

Pero su verdadera ctedra era la que ocupaba una vez por semana, los
sbados,  la hora en que se suspendan los trabajos hasta el lunes
siguiente, y desde ella improvisaba durante veinticinco  treinta
minutos un sermn laico, tomando por lo general como punto de partida
algunos versculos de los Evangelios, con mayor frecuencia de las
epstolas de San Pablo. Era siempre una sencilla y vigorosa leccin de
moral prctica al alcance de todos, pero  veces arrebatado por sbita
inspiracin se elevaba agrande altura, irguindose lleno de energa,
agitando sus largos brazos con el libro abierto en una mano, alzando la
voz que era de un timbre grave y varonil; y sacudiendo la atmsfera
moral de aquel recinto, de tal manera que hombres y nios, pues muchos
de los empleados se agolpaban  las puertas del saln, crean sentir
pasar sobre sus cabezas algo sobrenatural, algo como una voz potente y
vibrante de profeta anunciando, adivinando un misterioso porvenir.

Mientras vivi el fundador, continu la casa, como he dicho, bajo su
direccin inmediata: sta dur unos catorce aos, despus continu
abierta cerca de ocho ms con Jos Mara Zayas, su colaborador, al
frente, hasta zozobrar por ltimo en la tormenta poltica producida por
la insurreccin de 1868. Son las tres fechas capitales de su historia;
la fundacin en 1848, la muerte de Luz en 1862 y la supresin en 1869.
Aparte de esto hubo otros graves momentos, otras crisis peligrosas que
amenazaron su existencia.

En 1850 perdi Luz  Luisa, su nica hija, de diez y seis aos de edad,
cuya inteligencia y cuyo corazn haba l educado y cultivado con
amoroso esmero, y cuya sonrisa embelleca su vida de abnegacin,
austeridad y sacrificios. Muchos temieron que fuese el golpe demasiado
rudo para aquella organizacin depauperada por los padecimientos, y en
los primeros das se le vi en efecto, sumido en invencible melancola;
pero de esta clase de dolores suele la voluntad,  costa de vigoroso
esfuerzo, lograr seoro completo, cuando el paciente sabe imponerse
algn gran deber,  descubrir algn sendero oculto y escarpado que
recorrer en bien de sus semejantes. As fu, y pronto reanud sus tareas
del colegio, volviendo  hacer todo lo que antes haca, con el mismo
afectuoso inters, sin aludir en ningn caso  la hija perdida, sin
pronunciar una palabra que pudiera autorizar  nadie para dirigirle
frases vulgares de consuelo  simpata. Algunas veces el que lo mirase
con atencin, cuando escuchaba de pie en el umbral de un cuarto de
clase la leccin de un nio  la explicacin de un profesor, poda
adivinar la presencia constante de la imagen adorada, porque algo de
sbito empaaba sus ojos, como si una nube pasara oscureciendo el fulgor
de sus pupilas; pero "el espartano", como l mismo se llamaba, el herido
espartano continuaba siempre dueo de s mismo, sin ceder  la debilidad
de buscaren lamentos intiles alivio  su dolor. Todos, como obedeciendo
 una consigna, se abstenan con sumo cuidado de la ms leve alusin al
triste suceso. Por esa razn ocho aos despus, en el discurso con que
terminaban siempre los exmenes de fin de ao, y que esa vez compuso y
ley en su nombre Antonio Angulo, el discpulo querido, caus en todos
la mayor sorpresa oirle decir que por su conexin con el colegio tena
la dicha de mantener vivos en su corazn los dulces y puros sentimientos
de la paternidad, ventura de que pareca _haberme privado para siempre
un terrible  inescrutable decreto del Eterno_. Fu tan profunda la
emocin entre alumnos, profesores y amigos all presentes,  causa del
inquebrantable silencio guardado tanto tiempo, que pareci la alusin en
el primer instante un rasgo de excesiva audacia del discpulo, y apenas
osaban volver la vista hacia el maestro, por miedo de ver su rostro
surcado de lgrimas imprudentemente arrancadas en presencia de tan
numeroso pblico.

En 1852 sobrevino una nueva invasin del mismo morbo asitico, que
arrebat dos aos antes  la hija de Luz, penetrando esta vez en el
colegio y llevndose en pocas horas uno de los pupilos. Fu preciso
cerrar la casa temporalmente. Durante esta suspensin estableci Jos
Mara Zayas en otro lugar de la ciudad y por su sola cuenta un nuevo
colegio, que denomin _Colegio Cubano_ y puso en duda peligrosa la
reapertura del Salvador, porque la voz pblica, sin razn especial, pues
la epidemia haba diezmado por igual toda la ciudad, tachaba de
insalubre el barrio del Cerro, y porque gozaba Zayas del prestigio de
haber sido principal colaborador de Luz. Recibi ste el golpe con su
ecuanimidad genial, y sin formular, en voz alta por lo menos, queja
alguna de tan inesperada competencia, abri las puertas del colegio, una
vez desaparecida la epidemia, y reanud las tareas, aumentando la carga
sobre sus hombros y encargndose por algn tiempo de nuevas clases,
entre las que resultaban vacantes por la retirada de Zayas, sus dos
distinguidos hermanos, Juan Bruno y Francisco, y algn otro profesor.

Aunque el nuevo colegio de Zayas no deba vivir mucho tiempo, era
evidente que, dados los rumores persistentes sobre la insalubridad del
barrio del Cerro, sera imprudente seguir con el _Salvador_ donde
estaba, luchando sin seguridad de triunfo contra arraigada preocupacin.
No qued por ltimo ms recurso que trasladarlo al centro de la ciudad,
y abandon Luz, bien  su pesar, el viejo edificio, que aun irregular y
agrandado  pedazos, compensaba muchos inconvenientes con sus arbolados
y su frescura.

Los cinco aos que permaneci el colegio en el interior de la capital,
en una casa no pequea pero encajada en un montn de otras y sin la
abundancia de luz y aire  que se estaba acostumbrado, parecieron 
todos largo y penoso cautiverio. En ese perodo perdi Luz su anciana
madre,  cuyo lado haba vuelto en busca de carioso abrigo, y determin
entonces no salir ms del establecimiento ni de noche ni de da,
resuelto  no contar con ms familia en lo adelante que sus discpulos,
sus hijos espirituales, para usar la frase con que  ellos se refiere en
su testamento.

El cautiverio dur hasta mediar el ao de 1859; disipadas las
preocupaciones del pblico volvi el Salvador al mismo Cerro, aunque no
 casa tan amplia ni  terreno tan vasto como antes. Pero la salud de
Luz decaa visiblemente, el orden interior del establecimiento sufra
por falta de una mano experta que llevase las riendas y evitase al
director descender  multitud de pormenores. Temiendo, pues, que la
accin recrudecida de sus antiguos padecimientos lo debilitase
demasiado, acept de los compatriotas distinguidos que lo haban ayudado
pecuniariamente en la traslacin al Cerro la proposicin de confiar
nuevamente la vicedireccin  J. M. Zayas, que con tan buen xito la
haba desempeado al principio y se manifestaba ahora pronto 
continuarla. Asentir no le cost ningn esfuerzo, porque lo pasado
apenas haba dejado vestigios en su memoria, y siempre haba apreciado
en Zayas uno de los mejores discpulos del colegio primero que dirigi 
su vuelta de Europa. Causle en seguida verdadera satisfaccin observar
que, en cuanto  carcter, el que volva  su lado era casi un Jos
Mara Zayas distinto del de antes, como domado por la edad, suavizado
por la influencia de la familia, la esposa y los hijos que ahora le
acompaaban.

Desde esa fecha todo sigui su marcha sin otro grave tropiezo: la hbil
organizacin bast para resistir los efectos del inmenso vaco que dej
la desaparicin del fundador en 1862, continuando el colegio abierto y
con idntico crdito hasta la orden gubernativa de la clausura en 1869.

No mucho pudo hacer Luz en l durante sus ltimos tres aos. Ya no
desempeaba ninguna clase, accesos frecuentes aumentaban su debilidad y
acercaban el triste desenlace, pero con la fisonoma llena de expresin,
la voz entera y los ojos brillantemente hmedos como siempre, la
delgadez de los miembros y la inclinacin de las espaldas revelaban
solas su constante decaimiento. No poda ya escribir,  menudo ni
siquiera leer, mas la curiosidad con que segua los vaivenes de la
poltica en el mundo no se extingua, ni tampoco su inters por cuanto
en ciencias  en letras se publicaba de notable; varios de sus
discpulos antiguos se encargaban de ir dndole cuenta de lo ms
importante, y era un encanto oirlo disertar elocuentemente sobre los
ms variados asuntos, juzgar seguramente, por los datos que se le
suministraban, autores y libros, en el lenguaje familiar, expresivo, que
le era habitual y produca tanta impresin.

Reciba siempre las grandes revistas inglesas, se haca leer sobre todo
la _Westminster Review_, muy atento al movimiento filosfico en la
patria de Locke, siguiendo con intensa curiosidad el desarrollo y final
engrandecimiento de la escuela que parte del ilustre autor del "Ensayo
sobre el entendimiento humano", contina con Hume, Bentham, Stuart Mill,
y comenzaba en aquellos mismos momentos  descubrir los nuevos y
dilatados horizontes en que deban brillar como astros rutilantes el
libro de Darwin sobre el origen de las especies y la vasta
generalizacin de Herbert Spencer. No es decir por de contado que
adivinase Luz las grandes y fecundas consecuencias de lo que no haca
ms que apuntarse; ni que las mgicas frmulas: evolucin, seleccin
natural, supervivencia del mejor, penetrasen en sus odos revelndole
desde luego el secreto de todo lo que contenan. Era l y lo fu hasta
el fin, sensualista convencido, "positivista" slo en el sentido en que
puede tambin decirse de John Locke, aunque la innata tendencia mstica
haba ido pronuncindose ms y ms en su espritu, por la influencia de
las penas fsicas, de los infortunios, de la fatiga del que ha luchado
en terreno donde todo le ha sido hostil, hombres, cosas, elementos.
Pero su alma de investigador sincero, de amante fiel y ardoroso de la
verdad filosfica, alimentaba en su pecho eterna simpata por cuantos
buscaban, cualquiera que fuese el rumbo, la solucin de los antiguos y
espinosos problemas, que l tambin se haba planteado y tratado de
resolver con sus propios recursos.

Su adhesin  la escuela experimental era tan firme, tena races tan
hondas que ni siquiera las haba sacudido el estudio  que, con
entusiasta curiosidad, se haba consagrado de los filsofos alemanes,
leyndolos asiduamente, meditando largamente sus profundos sistemas,
para lo cual le era de preciosa utilidad el conocimiento perfecto que de
la lengua lleg  poseer, como rara vez lo obtienen extranjeros de raza
latina cuando no han sido educados all mismo. Ni aun el ilustre Kant,
que tan excepcional posicin ocupa en el desarrollo del pensamiento
filosfico moderno, logr conquistarlo enteramente, bien que lo
reconoca en cierto modo como el continuador de Locke[51]. Una de las
veces que lo cita, en el curso de sus polmicas, no olvida aadir: "y
cuidado que yo no soy ningn partidario suyo!" En otra ocasin de la
misma controversia sobre el escepticismo haba dicho: "Ocioso es
recordar que no pertenezco  la escuela de Schelling"[52].

     [51] Obras de don Jos de la Luz, tomo II, pag. 131.

     [52] Ibid. Pg. 124.

Con la mayor atencin estudi tanto  Kant y Schelling como  Fichte y 
Hegel; por l tuvo la juventud cubana alguna idea de las originales y
atrevidas teoras de esos sublimes idealistas, pero siempre acompaada
en sus lecciones de todos los correctivos necesarios para evitar el
abismo en que forzosamente caen cuantos, abandonando el camino lento y
seguro de la experiencia, confan orgullosamente  la imaginacin la
tarea de descubrir  iluminar con su fumosa antorcha senderos
diferentes.

"Nadie mejor que yo" dijo en otro lugar "poda  mansalva haber recogido
mies abundante de Alemania, y aun haberme dado importancia con
introducir en el pas el idealismo de esa nacin  quien idolatro; pero
he considerado en conciencia,  pesar de haberme tomado el trabajo de
estudiarlo, que poda ms bien daar que beneficiar  nuestro
suelo"[53].

     [53] Luz, Obras. Tomo II, pag. 288. Rodrguez inserta el mismo
     prrafo con ligeras diferencias. En ese mismo artculo, de 1 de
     Mayo de 1840, refirindose  los idealistas alemanes, agrega Luz
     estas palabras curiosas: "Ojal que esos hombres extraordinarios,
     honra de su pas y de su siglo,  quienes sobran conocimientos,
     tuvieran todos un poco ms de la ingenuidad y candor que no falta 
     su inferiorsimo _Filolezes_!"--Filolezes fu el seudnimo usado
     por Luz en toda la polmica, as como en el folleto contra las
     doctrinas de Victor Cousin.

Incomprensible sera que quien se expresaba de ese modo, en tan reposado
y convencido tono; quien haba resistido  la seduccin de esos grandes
metafsicos, ledos en su lengua y estudiados en el momento de su
brillante novedad, acabara por dejarse caer en brazos de otro filsofo
alemn de cuanta mucho menor, Krause, en realidad un pigmeo al lado de
Hegel  de Schelling, creador de un sistema que es una especie de
eclecticismo, pues rene bajo la ensea de "la armona" multitud de
cosas diferentes, tradas de aqu y all,  las que por su cuenta poco
agrega de valor trascendental. Sin embargo, una y otra vez, en Cuba y
fuera de Cuba, se le ha contado entre los seguidores de ese filsofo; un
crtico espaol contemporneo, Menndez y Pelayo, despus de leer la
biografa escrita por J. I. Rodrguez afirma que "no yerran los que
quieren emparentarlo con los krausistas y con Sanz del Ro"; y el
malogrado Antonio Angulo y Heredia, el discpulo en quien fund Luz
tantas esperanzas, dijo en una conferencia del Ateneo de Madrid que
haba mirado Luz "con singular predileccin ese gran sistema de divina
consoladora armona creado por el inmortal espritu de Krause"[54].

     [54] Goethe y Schiller. Lecciones en el Ateneo de Madrid por D.
     _Antonio Angulo y Heredia_. Madrid, 1863.

No hay una lnea en los escritos impresos de Luz ni se recuerda frase
alguna de sus discursos improvisados en el colegio, que justifique ni
aun vagamente esa extraa predileccin. Angulo mismo en un folleto
publicado posteriormente atenu mucho la fuerza de sus palabras
agregando que slo haba querido apuntar que tuvieron Luz y Krause
algunas ideas parecidas[55].

     [55] El Pensamiento Espaol y la Instruccin Pblica en Cuba.
     Madrid, 1863.

En materias puramente literarias no alcanzaba Luz el mismo alto nivel
que en filosofa  en ciencia pedaggica, como lo revelan el andar lento
y slido, el estilo sin adornos del Informe sobre educacin y la forma
rigurosamente dialctica de que poco se aparta en las polmicas.
Solamente en los aforismos descubre  veces algn empeo de perfeccionar
y variar su estilo, y ah mismo en pos del vigor ms bien que de la
belleza de la expresin. Por tendencia natural de su espritu buscaba
antes que todo en las obras de arte el carcter moral, el inters
humanitario, la aplicacin prctica, directa,  las necesidades de la
civilizacin universal; otras manifestaciones de poesa ms pura  ms
elevada, ajenas  toda idea de utilidad social lo mismo que  todo
optimismo convencional, despertaban menos su simpata. As, por ejemplo,
prefera  Lessing entre los escritores alemanes, no se cansaba de
admirar y recomendar el hermoso poema dramtico "Nathan el sabio" como
insuperable dechado de generosidad y nobleza de sentimientos elocuentes.
No es decir que fuese insensible  la gran poesa; en la pared de su
gabinete particular haba lugar para un solo cuadro, y lo llenaba un
magnfico retrato del autor de _Fausto_ grabado sobre acero.

A ningn poeta moderno ha dirigido alabanzas tan calurosas y cordiales
como  Alejandro Manzoni, hasta tocar en alguna de ellas el lmite
ltimo de la hiprbole. De la oda clebre  la muerte de Napolen, _Il
Cinque Maggio_, dice que "fu dictada por Dios", que con ella "quedaron
vencidas y superadas todas las inspiraciones"[56]. Estos elogios, que
deben parecer excesivos aun  admiradores de esa magnfica composicin,
nacieron de la vivsima simpata que sinti tanto por el hombre como por
el poeta, "el alma ms pura", agrega, "de cuantas han respirado el aire
de las letras en el siglo XIX, una de las ms eminentemente religiosas
que en el mundo fueron y ms llenas de amor patrio". Encima del artista,
encima del poeta, colocaba al creyente, al patriota, al sincero y
piadoso apologista de la religin cristiana; ensalzaba al catlico
entusiasta y convencido, por razones idnticas  las que motivaban sus
aplausos al juicioso y tolerante Lessing.

     [56] Obras, tomo I, pag. 93.

Esas frases hiperblicas son una opinin juvenil, el eco de una primera
impresin, de un primer arranque de admiracin. No mucho menor fu entre
otros el efecto de la oda desde el momento de su aparicin; prubalo el
sinnmero de traducciones que se han hecho, la prontitud con que se
sirvi de ella Lamartine para tomarle lo mejor que hay en una de sus
_Meditaciones_, titulada _Bonaparte_, que con tan robustos versos
parafrase la Avellaneda. Hoy, sin embargo, sera difcil sostener que
_Il cinque Maggio_, sea la mejor de las siete  ocho obras maestras que
en el gnero lrico, incluyendo los tres coros de sus dos dramas, nos ha
dejado Manzoni; ste mismo, segn cuenta Csar Cant, su bigrafo y
amigo[57], la estimaba en poco, la llamaba jocosamente _quella
corbelleria_, y para explicar los defectos que le reconoca, recordaba
que era la nica de sus poesas compuesta en menos de tres das. Otra
oda hay, parecida en el metro y corte de las estrofas, idntica en
estilo y precisin de lenguaje potico, _La Pentecoste_, escrita un ao
despus, que con mejor tino crtico pona Luz en altsimo lugar y
frecuentemente recitaba, en especial la bella imagen de la palabra de
los Apstoles despus de la bajada del Espritu santo, comparada con la
luz que envuelve los objetos y suscita los diferentes colores, en la
estrofa que sublimemente termina as:

       L'Arabo, il Parto, il Siro
       In suo sermn l'udi.

     [57] Alessandro Manzoni, Reminiscenze di _Cesare Cant_, Milano,
     1855.

Su amor al poeta favorito era tan grande que,  pesar de admirar y leer
mucho  Cervantes, de quien deca que era "el verdadero rey de Espaa",
"el escritor ms original que ha existido", pona inmediatamente al lado
del Don Quijote la preciosa novela _I promessi sposi_, que relea 
pedazos muy  menudo y de la que citaba  cada paso frases y palabras.
_Don Abbondio_, el cura de la pequea aldea lombarda, era para l, igual
que para Gioberti en su "Ensayo sobre lo bello", un personaje tan
animado, tan magistral y eternamente creado como el Sancho Panza
inmortal del humorista espaol. Nunca probablemente se detuvo 
considerar que con todas sus innegables excelencias produce en gran
parte el novelista milans la impresin de haber escrito un libro de
propaganda, medio histrico y medio religioso, no tan interesante como
las buenas novelas de Walter Scott, su verdadero modelo, y de propsito
concebido con el primordial objeto de enaltecer la moral de la iglesia,
ya antes defendida por l con tanto calor como saber en una extensa
refutacin de ciertos pasajes de la historia de Italia de Sismondi. Las
figuras trazadas con mayor esmero, Fra Cristoforo, Federigo Borromeo,
las escenas ms vvidamente reproducidas, como el bello y largo final en
el lazareto, dejan la obra un poco lejos del arte ms desinteresado, ms
humano y generoso  que pertenece el Don Quijote. Pero  consideraciones
de este gnero habra, es muy probable, respondido Luz que no entibiaban
su admiracin, pues en su potica no entraba esa distincin para
imponerla  obras de arte y aquilatar sus mritos.

En los ltimos aos lleg  ser el colegio, en virtud de la creciente
nombrada del director, como un lugar de peregrinacin: deseaban con
frecuencia conocerlo algunos de los extranjeros que pasaban durante el
invierno por la ciudad, muchos cubanos de otras partes de la isla venan
 menudo con sus familias, con hijos  veces todava en la primera
infancia, alumnos futuros, pidindole, como Franklin  Voltaire para su
nieto, que posase la mano sobre sus cabezas en seal de bendicin.

Entre los extranjeros vino un da la distinguida poetisa Julia Ward,
esposa del clebre filntropo de Boston Samuel Howe, y en la historia de
su viaje impresa poco despus en Nueva York habla ella de Luz con tan
fervoroso aprecio como pudiera haberlo hecho el cubano ms
reverente[58]. Esa visita dej en Luz imborrable recuerdo, porque con
Julia Ward tuvo el honor de conocer  un hombre excepcional, Teodoro
Parker, uno de los grandes apstoles de la abolicin de la esclavitud en
los Estados Unidos, quien herido ya de muerte por la enfermedad que
deba arrebatarlo al mundo en el ao siguiente de 1860, viajaba en busca
de cielo ms propicio que el de la Nueva Inglaterra. El nombre del
ilustre abolicionista slo en voz muy baja poda ser pronunciado
entonces en Cuba por temor de excitar la clera fcilmente excitable de
los dueos de esclavos; Luz que con ansia lo aguardaba estrech con
jbilo la mano del intrpido reformador que, con la palabra, con la
pluma, con esfuerzo personal incesante de ms de veinte aos, haba
logrado despertar la patria de vergonzoso letargo y precipitar la hora
de la justicia y la redencin. Cuando los estados esclavistas se
confederaron y declararon la guerra al gobierno de los Estados Unidos en
1861, ya el pobre Parker haba expirado en Italia, cuyo clima menos
ardiente que el de Cuba tampoco pudo atajar el mal devorador. Ms de una
vez pensara Luz en el modesto tmulo del cementerio protestante de
Florencia, donde yaca el apstol, para deplorar que no hubiese vivido
siquiera un ao ms, que no hubiese visto abrirse la crisis final,
consumacin de la obra  que se haba consagrado y en que haba gastado
todas las potencias de su ser.

     [58] A Trip to Cuba by Mrs. _Julia Ward Howe_. New York, 1860.

Luz tambin deba morir antes de ver definida la marcha de la guerra
civil americana, antes de que el triunfo de la Unin y de la
emancipacin de los esclavos apareciese como seguro, cual lo anhelaba y
tal como durante las primeras inciertas y confusas campaas militares
apenas pareca lcito esperarlo. A veces, acongojado por el temor de la
posible separacin, buscaba consuelo pensando que siempre quedaran dos
naciones republicanas de vastsima extensin, que por lo menos la
libertad poltica no sufrira menoscabo esencial y que la redencin de
la raza esclava vendra siempre por la accin del tiempo: ilusiones que
se forjaba para atenuar la gravedad del desastre, si lograban vencer los
estados confederados y crear una nacin con la esclavitud inscrita por
base del pacto social.

Todas sus simpatas iban hacia el norte de los Estados Unidos, hacia las
ideas y formas de la Nueva Inglaterra, hacia las dos escuelas literarias
que all florecan en torno de Emerson y de Prescott. Emerson
particularmente era uno de sus autores ms amados. La forma sentenciosa,
el idealismo superior, y hasta la osada aventurada de imgenes en prosa
que distinguen al autor de tantos admirables "ensayos", de los
incomparables retratos  croquis biogrficos titulados "Hombres
representativos", eran cualidades como de propsito reunidas para
entusiasmarlo, pues se conformaban  maravilla con sus ideas, con su
manera de pensar y de escribir. Qu hombre, qu frase, qu imagen!
exclamaba recordando las palabras de Emerson sobre Webster, despus de
la capitulacin en que el gran tribuno sacrific en favor de los
adalides esclavistas las opiniones de toda su vida: "Cada gota de la
sangre de sus venas tiene ojos que miran hacia abajo".

Sus opiniones respecto del porvenir poltico de Cuba nunca variaron;
crea que, mientras existiese en la isla la esclavitud, era locura
pensar que por la fuerza pudiera sacudirse el yugo de Espaa, que las
sangrientas tentativas de lucha por la anexin  los Estados Unidos eran
movimientos meramente superficiales, sin honda correspondencia en el
pas, y que el deber de un hombre en su posicin era preparar las
nuevas generaciones para las rudas faenas que ms adelante forzosamente
vendran, acostumbrndolas  la tolerancia,  la fe en el esfuerzo
individual,  la laboriosidad paciente, al hbito de manejarse y
gobernarse por s solos en los negocios ordinarios de la vida,
inspirndoles invencible repugnancia  toda forma de servidumbre,
material, moral  intelectual. Mientras tanto daba el ejemplo de la
dignidad silenciosa y virilmente resignada, abstenindose de relaciones
directas con las autoridades superiores de la colonia y respetando
escrupulosamente las leyes y reglamentos. As, aunque era cierto que
desde las esferas del gobierno no se miraba su colegio con ojos
favorables, nada podan legalmente hacer contra l, pues mostraba en los
exmenes pblicos todos los aos, siempre presididos por algn
representante oficial, que all no se enseaba cosa alguna que tendiese
 subvertir el orden existente. Cuando venan los agentes de polica 
pedir "de orden superior" que el colegio figurase en alguna lista de
suscripcin con fines polticos, como la guerra de Marruecos en 1860 
otro suceso por el estilo, siempre contribua, agregando  veces en voz
baja: "doy al Csar lo que es del Csar". Slo en una ocasin resisti
indignado. Tratbase de regalar, por suscripcin bautizada de popular,
una espada de honor al general O'Donnell por sus triunfos en esa misma
campaa contra los moros que le valieron el ttulo de duque de Tetun.
Con la frente roja de emocin respondi Luz al empleado de polica: que
haba ya contribudo como era su deber  los gastos de la guerra, pero
que ahora rehusaba, pues se trataba de glorificar  alguien de quien
tena graves y particulares motivos para sentirse personalmente
agraviado. Aquella alma dulce y blanda, que todo lo condonaba y
olvidaba, no poda perdonar los desafueros inexpiables de O'Donnell en
Cuba, strapa feroz entre los feroces.

Discpulos y colaboradores se comunicaban da tras da la pena que les
causaba verlo ir decayendo constantemente, y todos vean ya muy claro
que el noble maestro no llegara  edad muy avanzada. En los ltimos
tiempos no atenda al colegio con la asiduidad y consagracin
primitivas;  menudo se senta incapaz de salir de su aposento, y en
balde lo buscaban sus alumnos para contarle sus cuitas, comunicarle sus
dudas  pedirle su proteccin. El cuerpo se renda, pero la inteligencia
persista inclume, no desmayaba su actividad y peda siempre con
inters noticias literarias y polticas. Uno de los profesores le ley
las lneas elocuentes que sirven de prlogo  _Los Miserables_, cuya
primera parte era lo nico llegado  la Habana, mientras l viva;
conmovido por las frases vigorosas en que anuncia el poeta el propsito
generoso y compasivo de su obra, deca con tristeza que sentira morirse
antes de ver terminada la publicacin. Y as sucedi, la empobrecida
constitucin ces de funcionar, sin enfermedad bien determinada, por
fatiga natural de los rganos, muri tranquilamente el 22 de Junio de
1862, pocos das antes de cumplir sesenta y dos aos.

Los funerales tuvieron lugar en la tarde del da siguiente, y no
obstante lo que en contrario se ha escrito[59], es notorio que fueron un
acto de recogimiento silencioso, de tristeza sincera y profunda, sin
mezcla de ningn otro sentimiento. Como en virtud de las leyes severas
que regan no era permitido pronunciar discursos en el cementerio,
solamente en la sala del colegio, antes de sacar en hombros el cadver,
en presencia de un nmero reducido de personas, hablaron brevemente
algunos compatriotas distinguidos, en representacin de la Universidad,
de la Academia de ciencias, del colegio _El Salvador_, todos en el tono
ms grave y solemne, rigurosamente ajustado  la seriedad imponente de
la ocasin. Un gran concurso de gente acompa despus  pie el cadver
hasta el camposanto, sin que se profiriese un grito  se hiciese cosa
alguna distinta de lo que se sola en los entierros; la diferencia
nicamente consisti en el nmero extraordinario de los presentes y en
el no fingido dolor que  todos afectaba[60].

     [59] En la Historia de los Heterodoxos espaoles por D. _Marcelino
     Menndez_ y _Pelayo_ se dice: "El entierro de Don Pepe (as le
     llamaban cariosamente sus innumerables discpulos) fu una
     verdadera algarada contra Espaa, malamente consentida por el
     Capitn General y uno de los ms temerosos amagos de la
     insurreccin de 1868." (Tomo III, pag. 716, nota.) Imposible
     imaginar nada ms contrario  la verdad de lo ocurrido. No hubo en
     el entierro ni una palabra, ni un gesto contra Espaa; todos al
     contrario estaban ese da agradecidos al gobierno del general
     Serrano por los honores dispensados al cadver.

     El cambio de poltica de Serrano ocurri algunos das despus,
     motivado al parecer por una poesa de J. Fornaris, publicada en un
     peridico el 29 de Junio, por lo que se suprimi el peridico, se
     amonest al Censor y se tomaron otras medidas coercitivas. La
     composicin de Fornaris, que puede leerse en la biografa de Luz
     por Rodrguez, no justifica tanta clera.

     [60] No me encontraba yo en la Habana, viajaba por Inglaterra en
     esos momentos. Al volver, hall que el maestro me haba recordado
     en sus ltimos das, dejndome una cantidad en su testamento para
     que hiciese un viaje por Italia "como complemento de mi educacin".
     El legado nunca fu por m reclamado, ms que satisfecho con el
     honor del recuerdo.

Cuando en la maana de ese da fatal cundi por la ciudad la noticia de
que haba fallecido el sabio y santo "maestro de la juventud cubana",
prodjose emocin tan intensa que  los odos y la vista de todos, hijos
de Cuba lo mismo que espaoles y extranjeros, se revel cuan inmenso era
el lugar ocupado en el corazn del pas por el dbil y modesto anciano
que en ese momento desapareca, tocando apenas los umbrales de la
ancianidad, despus de haber vivido sin ms hogar ni ms familia que el
grupo de alumnos y profesores de un instituto privado de educacin, casi
del todo sin necesidades, como un anacoreta, ms estrictamente que
ninguno sometido  las reglas austeras de la casa, durmiendo en un catre
abierto todas la noches, entre dos estantes, en un rincn del aposento
donde se apiaban los volmenes de su rica biblioteca.

Para algunos de los jefes superiores de la administracin de la isla,
empleados venidos de Espaa  formar la burocracia militar y civil que
la rega, y que frecuentemente se sucedan unos  otros trados 
llevados por los vaivenes de la poltica, fu signo ominoso aquel duelo
universal, causado por la muerte de un hombre sin carcter oficial.
Vieron con no disfrazada hostilidad que el Capitn general de la
colonia, Don Francisco Serrano, futuro duque de la Torre, en quien
residan las facultades de omnmodo dictador, que delegaba la metrpoli
 sus procnsules de Amrica, infludo por algunos hijos del pas entre
sus amigos particulares, haba dispuesto que el gobierno se asociase al
sentimiento unnime del pas, reconociendo los mritos eminentes del
difunto educador por medio de ciertos honores, como invitar al entierro
varias corporaciones oficiales, y cerrar durante tres das los
Institutos de educacin. Alarmados con tan desusado proceder, pidieron
al voluble Capitn general que resarciese al menos el dao ya causado,
ordenando que en el acto cesase toda manifestacin pblica en memoria de
Luz, que volviese el pas  su quietud y silencio habituales, y ni se
pusiesen en letra de molde ni se pronunciasen pblicamente las slabas
de su nombre y apellido. La orden era susceptible de inmediata y
completa ejecucin, merced al rgimen de censura previa  irresponsable
 que estaba all sometida la imprenta; y desde aquel mismo momento el
que hubiese juzgado solamente por apariencias poda haber pensado con
asombro que el eterno olvido envolva ya en su propia patria la memoria
del hombre eminente, que haba consagrado su fortuna, su posicin
independiente, su saber, su prestigio como el primer literato del pas,
 la tarea oscura de educar nios, de templarles el alma, como deca,
para sostener la ardua lucha de la vida.

Unicamente dentro del recinto del hogar domstico, era lcito recordarlo
y encomiarlo sin provocar las iras de la autoridad. Por fortuna
continuaba siempre abierto el Colegio, sus lecciones se conservaban
escrupulosamente por un grupo de discpulos fieles, y todos los aos, en
una noche del mes de Diciembre, al terminar los exmenes generales que
el instituto celebraba para satisfaccin de las familias, era costumbre
que el director y algunos de los profesores evocasen, en discursos
esmeradamente preparados, la memoria del gran educador, cuya gloria,
inmarcesible en aquella casa, era el lazo que  todos estrechaba. Esos
discursos, reverentes y cariosos, animados por honda, intensa gratitud,
escuchados con vido inters, con fe vivsima, producan, en virtud del
entusiasmo con que eran acogidos, efecto mucho ms grande de lo que
podan imaginar los mismos oradores, y  veces  ms de uno pareci que
la sombra querida del maestro surga inopinadamente, y pasando al
travs de la puerta de cristales de la biblioteca misma en que haba
estado expuesto su cadver, vena  colocarse en el centro del grupo
compacto de sus discpulos, tomaba la palabra, como en tantas ocasiones
idnticas, y pronunciaba una de aquellas oraciones admirables, que aun
los ms jvenes alumnos entendan, gracias  la exquisita naturalidad de
su lenguaje sin alio, y que haca vibrar al unsono todos los
corazones, arrebatados por el raudal de amorosos sentimientos en medio
del cual brotaban sus frases apasionadas.

Ese ardiente y puro entusiasmo que, durante unas horas, todos los aos,
en esa sala del colegio del Salvador, arrebataba  unos cuantos
centenares de cubanos, transformaba, por as decirlo, la fiesta privada
en ceremonia patritica de importancia trascendental; converta la
tranquila casa de educacin en templo solitario donde, siquiera una vez,
de ao en ao, se renda homenaje  la virtud desinteresada,  la
verdad,  la justicia, que todo eso simbolizaba el nombre de Luz; donde
se protestaba, indirecta pero eficazmente, contra las iniquidades de
aquella sociedad esterilizada por el mercantilismo, corrompida por la
lcera de la esclavitud domstica, humillada por la frrea mano que la
doblaba y explotaba. Pero de todos modos la protesta, aunque nada ms
que murmurada, en un rincn de la ciudad, por unas cuantas familias y
unos pocos fieles discpulos, tena que llegar  los odos de la
autoridad como un desacato,  influy sin duda en el Gobierno, cuando
en 1869 suspendi al colegio la autorizacin de la enseanza secundaria,
para forzarlo  cerrar sus puertas, como en efecto tuvo que hacerlo.

Mas ya en esa fecha las cosas haban sufrido en la isla cambio profundo.
El movimiento revolucionario iniciado en 1868, pronto se haba
extendido, repercutiendo en la Habana como formidable y misteriosa
perturbacin subterrnea, pues el gobierno ocultaba  alteraba las
noticias. Cuando con certeza se supo que la insurreccin propagada por
todo el Camagey corra hacia las Villas, varios de los profesores
abandonaron la capital para incorporarse  las filas revolucionarias,
otros emigraron al extranjero, y desorganizado el colegio de esa manera,
puede decirse que el decreto hostil no hizo ms que apresurar el
inevitable desenlace.

Horas amargusimas habra tenido Luz que pasar si le hubiese tocado en
suerte la misma cifra de aos que  otros compaeros de su juventud,
hasta ser testigo de las escenas terribles en que finalmente se
disipara el hermoso sueo de gloria y de fortuna que haba imaginado
para todos y cada uno de sus discpulos. Para l la muerte temprana fu
tambin, como para Agrcola, segn las palabras de Tcito, favor que lo
libr de mayor desgracia: _ita festinat mortis grande solatium_.

De esa manera evit al menos, ser testigo de la dispersin y clausura
del colegio; la guerra desencadenada con todo el refinamiento de
crueldades de las contiendas civiles; el pas aterrado; las nuevas de
tantas hecatombes en los campos de batalla, el eco de tantas descargas
asesinas en la ciudad; tantos alumnos y profesores del colegio, Luis
Ayestarn, Zenea, Honorato Castillo, los estudiantes del primer ao de
medicina, otros muchos, brbaramente condenados y sacrificados. La
muerte fu esta vez tambin consuelo piadoso de la fortuna.


IV

Design Luz en su testamento las personas  quienes deban ser
entregados sus manuscritos, para que hiciesen, con ellos y los dems de
sus trabajos sueltos y ya impresos que considerasen merecedores de ser
salvados del olvido, una edicin de sus escritos, si la juzgaban
oportuna  til. Fueron: en primer lugar Jos Mara Zayas, su ya
mencionado continuador en el manejo del colegio, abogado, literato y muy
distinguido profesor de humanidades; en segundo lugar, Antonio Bachiller
y Morales, el eminente erudito y americanista, advirtindoles que podan
servirse de los auxilios de sus discpulos Jos Bruzn y Jess B.
Glvez. Los papeles nunca llegaron  manos de Bachiller, no salieron de
poder de Zayas, y ste muri algn tiempo despus sin haber emprendido
la tarea. Uno de sus hijos comenz la publicacin en 1890, titulndola
as: Obras de don Jos de la Luz Caballero coleccionadas y publicadas
por Alfredo Zayas y Alfonso; apareca por entregas y desgraciadamente
qued interrumpida hacia la mitad del tomo segundo[61].

     [61] Merece todo aplauso el editor, por el acometimiento de la
     empresa y muy de desear es que pudiera llevarla  trmino, aunque
     la correccin del texto ha sido muy descuidada y las erratas
     numerosas. Sobran notas por innecesarias, pues lectores capaces de
     seguir con inters artculos sobre filosofa no han menester que se
     les diga por el editor quienes fueron Feuerbach,  Laplace 
     Gioberti; y faltan otras, pues no se nos dice quienes fueron los
     que con Luz contendieron en las polmicas firmando; _El Adicto_,
     _El Eclctico_, etc.

     Choca bastante la seccin inicial: "Varias opiniones acerca de don
     Jos de la Luz". Las dos primeras citas, sobre todo la segunda,
     pareceran una burla insertadas en otra parte y por otra persona;
     mientras que algunas otras hostiles, tomadas de peridicos poco
     serios  de escritores polticos, disuenan y causan desagradable
     impresin.

     Adems qu puede hoy  nadie importar que la condesa de Merln
     haya dicho que Luz era "un qumico de primer orden"? La condesa fu
     una brillante mujer de sociedad y amena autora de memorias, pero su
     voto en materias cientficas pesa muy poco. Luz no fu qumico de
     primero ni de segundo orden: conoca el mecanismo de la ciencia y
     poda ensear sus elementos: nunca pretendi otra cosa.

Durante su primer viaje  Europa hizo Luz imprimir en Pars el ao de
1830 una traduccin del _Viaje por Egipto y Siria_, de Volney, que sali
de casa de Didot en dos hermosos volmenes en cuarto. Luz no di su
nombre, la portada dice: "obra escrita en francs por C. F. Volney, y
traducida al castellano con notas y adiciones por un habanero". Conforme
advierte en el prlogo, tena comenzado ese trabajo desde 1821, y en
Pars lo complet, agregndole notas y apndices curiosos 
interesantes. Haberse dedicado desde muy joven  trabajo de esa especie
y rematarlo tan cumplidamente en medio de las distracciones de su
excursin, da buena idea de la temprana gravedad y constancia de su
carcter. El _Viaje_ es en concepto universal lo mejor que escribi
Volney, en un tiempo tan famoso como autor de _Las Ruinas de Palmira_;
nada tiene de lo mucho de exagerado y declamatorio que con razn se
tilda en esta ltima obra, es una descripcin tan minuciosa como exacta
y erudita de las dos regiones, escrita en un estilo sobrio y hasta seco.
La traduccin es excelente, modelo de elegante fidelidad. Las adiciones,
de la ms slida erudicin.

Entre los escritos originales de Luz, tanto impresos como inditos al
tiempo de su fallecimiento, descuellan dignos realmente de inters los
siguientes: 1 Los _Aforismos_ sobre diversas materias, en nmero de ms
de trescientos: 2 La _Oracin fnebre_ en elogio de Nicols Escovedo,
llena de uncin, de elocuencia y de ternura, lo mejor como obra de arte
de todo lo que escribi, aunque no sea el arte sino emocin pura y
sincera lo que en ella predomina: y 3  despecho de su carcter
tcnico, el extenso trabajo sobre la creacin del Instituto Cubano,
proyecto muy completo, estudiado hasta en sus mnimos detalles, en
algunas cosas semejante al que realiz en su provincia natal Jovellanos,
"el genio y perseverancia de nuestro inmortal Jovellanos", como dice;
pero acomodado con suma habilidad y juicio  las circunstancias
especiales de la isla en 1833, cuando los pocos estudios que haba en
toda ella organizados languidecan, sometidos al clero regular 
secular, y era forzoso no ir en son de guerra contra la poderosa
organizacin.

Consta este Informe de dos partes[62] que abrazan: las enseanzas, los
medios de establecerlas y aprovecharlas, reglamentos, cuestiones
prcticas; ambas secciones precedidas de una disertacin general,
escrita con claridad y vigor, en que plantea y resuelve rpidamente, con
gran precisin, algunos espinosos  interesantes problemas de pedagoga.
Esta introduccin recuerda, sin serle inferior, el tratado que con el
ttulo de "Ideas respecto  educacin" _Some thoughts concerning
education_, escribi Locke; mas si en esta materia, lo mismo que en las
dems disquisiciones filosficas de Luz, es evidente, reconocida y
confesada la influencia del clebre pensador ingls, obsrvase siempre,
tanto en el plan y pormenores como en los consejos que dirige  los
maestros, (no desaprovechando ocasin de agrandar las cuestiones de
educacin, y de elevarse al ms alto punto de vista para mirarlas por
todas sus fases) que no trabaja el filsofo cubano para la aristocrtica
Inglaterra del siglo XVIII, como Locke; que no olvida un instante que en
aquella especialsima sociedad cubana, con los negros (esclavos
entonces en su inmensa mayora) constituyendo las capas ms bajas, y con
la burocracia militar espaola en la cspide, no poda existir ni sombra
de aristocracia, pues los pocos "ttulos de Castilla" que se oan
pregonar, eran un vano y hasta humillante oropel; la masa de los
habitantes de raza blanca formaba, por tanto, en cuanto  las relaciones
sociales de la vida, una verdadera democracia, aunque en lo poltico por
de contado sin fuerza  autoridad de ninguna especie. La ambicin
pedaggica de Luz segua, por consiguiente, rumbo muy diverso del de
Locke; de acuerdo con la fecunda transformacin inspirada por el
_Emilio_ de Rousseau, que tan felizmente aplicaron y agrandaron Basedow,
Pestalozzi y dems continuadores, tenda  formar no grandes seores ni
atildados acadmicos, sino hombres de accin enrgicos, preparados 
bastarse por s solos; as lo declara explcitamente: "hombres ms bien
que acadmicos es lo que trata de formar el Instituto Cubano"; y en otro
lugar, fija siempre la vista en las necesidades peculiares de la patria,
agrega que slo con ese sistema podran llegarse  "curar algunas
dolencias morales que le aquejan"; es decir, aunque por prudencia no lo
advierta, la esclavitud y su secuela de males infinitos.

     [62] "Informe presentado  la Real Junta de Fomento, de Agricultura
     y Comercio de esta isla en sesin de 11 de Diciembre de 1833, en el
     expediente sobre traslacin, reforma y ampliacin de la Escuela
     Nutica establecida en el pueblo de Regla, refundindola en un
     Instituto cientfico con arreglo  las necesidades del pas. Por la
     diputacin inspectora del mismo establecimiento. Imprmese por
     acuerdo de la misma Junta". Habana, 1834.

Lo dems que nos ha quedado de Luz, compuesto en su mayor parte de
artculos de polmica sobre cuestiones filosficas, improvisados en
pocas horas las ms de las veces para salir en papeles diarios,
conserva menos valor; la "Impugnacin  las doctrinas de Victor Cousin"
combate el anlisis amaado y hostil que hizo este profesor francs del
Ensayo de Locke sobre el entendimiento humano; es un simple
fragmento,[63] en extremo minucioso, que no concluye nada, y cuyo
propsito real est mejor, ms clara y vigorosamente presentado, en
forma aforstica, en dos elencos anteriores, que contienen las materias
filosficas sobre que deban ser examinados sus discpulos en 1839 y
1840.

     [63] Impugnacin  las doctrinas de Victor Cousin. Primera parte.
     Imprenta del Gobierno. Habana, 1840.--Son pliegos sueltos que
     terminan bruscamente en la pgina 144.

Propendi siempre el talento de Luz  expresarse en forma sentenciosa; y
en numerosos aforismos, escritos  veces en tiras sueltas de papel, en
viejos sobres de cartas, en el margen de sus libros, deposit su
profunda sabidura, su larga experiencia, la tristeza que le produca el
convencimiento de la inutilidad de sus esfuerzos en aquella colonia
esclavizada, y tambin algn hondo y secreto dolor de su corazn. "Hay
pensamientos (dijo en uno de ellos, fechado: 1847) que al surgir son
como races maestras que se quieren llevar todo el terreno", frase
desgarradora que descubre al hombre detrs del pensador, que vvidamente
trae  la memoria el recuerdo de aquel grave y melanclico rostro,
abstrado  atormentado en una de sus horas de fatiga.

Es esencia de todo aforismo comprimir en una frase  prrafo breve una
suma de pensamientos  de observaciones; como ha dicho un escritor
ingls,[64] es lo contrario de una disertacin  de una declamacin;
nunca debe ser enigmtico ni vulgar, no caer en el "trusmo" ni en el
acertijo. Todas las literaturas ofrecen numerosos ejemplos, desde el
libro apcrifo de la Sabidura, atribudo  Salomn hasta muchos otros
en nuestros das, y los aforismos de Luz renen  veces muy felizmente
todos los caracteres enumerados en esa excelente definicin.

     [64] _John Morley_, Aphorisms. An address. London, 1887.

Algunos, brevsimos, abren con una sola lnea vasto horizonte, como ste
que, semejando  primera vista simple juego de palabras, sugiere todos
los horrores de la trata de frica, tal como en Cuba impunemente se
practicaba:

"En la cuestin de los negros lo menos negro es el negro".

Otras veces, extendindose un poco ms, encierra en unos cuantos
renglones una profunda observacin histrica, condensa toda la conducta
de Espaa hacia sus colonias de Amrica durante siglos en cuatro breves
sentencias, estrechamente ligadas entre s, como eslabones de una
cadena:

"Al fundar una nueva familia, para animarla y fomentarla es preciso
concentrar en ella todo nuestro calor vital.

"Por qu las madres-patrias han sido una excepcin  esta ley?

"Decir que porque han sido madrastras ms que madres es una peticin de
principio, como diran los escolsticos.

"La razn verdadera es que las colonias no tuvieron su origen en el amor
sino en el inters. Las metrpolis, seoras y no madres".

Este otro admirable apotegma es como trasunto de la existencia toda del
hombre lleno de bondad inagotable que lo traz:

"Toca  algunos atesorar virtudes para distribuir consuelos."

Entra tambin en la naturaleza del aforismo, y lo advierte el mismo
eminente publicista ya citado, que la idea ms trillada sea  veces
susceptible de encerrar tanta fuerza como si se acabara de descubrir,
cuando se presenta de una manera original, aguda, exenta de trivialidad.
A esa categora corresponden los siguientes que  granel inserto aqu:

"La buena y la mala fortuna, los dos escultores de la naturaleza para el
pulimento de la materia humana."

"Esperar que las aguas del inters dejen de seguir su natural cauce
suele ser la ilusin de los buenos y los patriotas. Mas para mejorar el
mundo se necesitan esas ilusiones."

"La infancia gusta de oir la historia, la juventud de hacerla, la vejez
de contarla."

"Existen almas generosas que quieren las alas no tanto para volar con
ellas como para cubrir  los dems."

"Piedra filosofal que convierte en oro todas las escorias, una mujer
amante."

Era tanto esa forma la vestidura natural de sus ideas, que casi siempre
sus arengas de fin de ao en el colegio, muy  menudo sus plticas
semanales, empezaban y acababan con aforismos. "Sembremos fe y brotarn
 raudales la esperanza y la caridad," fu el principio de una de ellas,
mientras otra, en que haba aludido  los triunfos de Napolen III,
vacilante  veces sobre su trono  causa de las antinomias de su
poltica, del terrible pecado original de que nunca pudo librarse,
conclua de esta manera: "Antes quisiera yo que se desplomasen, no digo
tronos de emperadores, los astros mismos del firmamento, que ver caer
del pecho humano el sentimiento de la justicia, ese sol del mundo
moral".

En el mismo tono, no ya solemne, antes bien humilde, pero igualmente
breve y expresivo, se le oa, pocos das antes de morir, cuando fijando
sus ojos de guila mortalmente herida en el pariente que le sugera,
segn la frase vulgar, la oportunidad de ponerse bien con Dios,
replicaba: "Siempre, durante toda mi vida, hijo mo, he estado bien con
Dios". Y acaso nunca se habr pronunciado con ms sincero fervor el
nombre de la Divinidad; de la Divinidad comprendida en su ms amplio
sentido, sin sombra de fanatismo ni de hipocresa, como tampoco de
estrechez dogmtica, por un hombre puro, que sin esfuerzo, cediendo al
rumbo natural de su inteligencia, al impulso poderoso de su carcter, de
su temperamento, haba logrado conciliar dentro de su conciencia las
doctrinas de austera filosofa cientfica, fundada en la experiencia,
con la fe ms robusta en los auxilios de una religin consoladora. La
fe, la mstica confianza en un poder sobrenatural, era la atmsfera en
que viva, en que se ensanchaba su corazn atribulado, y sin vacilar lo
proclamaba: "El misticismo es el refugio de las almas puras contra esta
podredumbre que llamamos mundo", escriba en 1852; y en 1856, como
sintindose ms firme, ms seguro, agregaba: "La filosofa es el
misticismo de las almas fuertes". Pocos quizs habrn desplegado
fortaleza mayor, confianza ms plena y reflexiva en la divinidad as
considerada, sin caer en el quietismo, ni en la indiferencia por los
detalles de la vida cotidiana, sin abandonar uno solo de los deberes
prcticos que su posicin demandaba, y que tan abnegadamente desempe.

Haber logrado conciliar dos tendencias intelectuales, tan distintas no
es caso en extremo raro, y en todo el siglo XVIII, lo mismo que  los
principios del XIX, no faltaron espritus sagaces que, partiendo del
empirismo fecundo de la escuela analtica creada en Inglaterra por
Locke, y mantenindose dentro de los lmites de la experiencia,
guardaban fe profunda en el Supremo Hacedor, y crean, como lo expres
Luz en el lenguaje figurado,  veces pomposo y en l tan natural que
"las ciencias eran los ros que nos llevan al mar insondable de la
Divinidad."

Pero su misticismo conserva bien el sello de su generosa personalidad;
sobrepone siempre la caridad  la fe y aun  la esperanza; no es, como
felizmente se ha dicho[65], de los que por conducir  Dios apartan de la
humanidad; es, por el contrario, de aquellos que cifran su anhelo en
acelerar el progreso de la civilizacin, por medio de la difusin de las
luces y el mejoramiento de la vida social.

     [65] _J. M. Guardia_, Revue Philosophique, Paris. Fvrier 1892.

Ni el dogma, ni el misterio indescifrable le importan tanto como la
funcin social y el inters de la especie humana. "La religin,"
predicaba, "es una potencia armonizadora, consuelo de los desgraciados y
freno de los favorecidos de la fortuna: _sperate miseri, cavete
felices_". Este pensamiento bajo diversas formas aparece en varios de
sus escritos.

Con ardor igual pregonaba y defenda sus opiniones filosficas, y en la
reida polmica que sostuvo con los partidarios habaneros de las
doctrinas de Victor Cousin, despleg la ms impetuosa energa,
arrollando y desbaratando al adversario, aunque sin apelar por supuesto
en ocasin alguna al denuesto   la injuria, bien que contra l no hubo
empacho de esgrimir esas armas.

Esas opiniones, que cauta y reflexivamente abraz despus de largas
meditaciones y estudio detenido de las obras originales de los filsofos
ms eminentes, son en su esencia las doctrinas de John Locke, creador de
la metafsica moderna, como dijo D'Alembert; pertenece, pues, Luz  la
gran escuela cuyo mtodo es proceder siempre por medio de la observacin
directa, para edificar nicamente sobre la base de la experiencia.
Siguiendo por donde navegaron tanto Locke mismo como sus continuadores
franceses  ingleses del siglo XVIII, sabe no slo evitar muchos de los
escollos y las falsas corrientes que alargaron innecesariamente el
viaje, sino que se guarda bien de quedarse inmvil, estacionado en las
aguas  que los otros llegaron. Utilizando los progresos de la
investigacin cientfica en todas direcciones, va intrpidamente ms
lejos,  indica  sus alumnos cuanto haba que aprender por medio de la
fisiologa del cerebro, tanto en el hombre como en la serie de los
animales, avanzndose hasta afirmar que el sistema de las localizaciones
cerebrales era "la tendencia irresistible de todo el andar de la
ciencia", y que "la patologa es ah la experimentadora, el instrumento
de la fisiologa".

Respecto de las cuestiones religiosas se hallaba probablemente muy de
acuerdo en el fondo con lo que expuso Locke sobre "la infalibilidad de
las Escrituras y la racionalidad del cristianismo"; pero ya en ese
mundo, ya dentro de esa atmsfera, su sangre latina, su temperamento
meridional, desarrollaron un fervor de conviccin, un acento apasionado
de que no hay rastro en las producciones del escritor ingls, y que
sirvieron para dar salida al tropel de sentimientos de amor y caridad
anidados en su pecho, conciliando la ternura con el misticismo.

Es sabido que fu el eclecticismo la ltima, la ms abigarrada, aunque
la ms tenue, entre las muchas vestiduras con que se cubri la reaccin
europea del siglo XIX contra las teoras filosficas del XVIII; debi la
mayor parte de su xito y predominio temporal al carcter literario y
erudito que desde luego asumi, bajo la direccin de Victor Cousin, el
cual fu fillogo, anticuario, biblifilo, literato, orador acadmico,
jefe de secta, todo menos pensador original  investigador desinteresado
de verdades filosficas. Los desequilibrios de la poltica francesa y el
rgimen de hbrido monarquismo, de oligarqua y libertad, que se
estableci al impulso de la insurreccin popular de 1830, convirtieron 
Cousin en una especie de pontfice puesto  la cabeza de la instruccin
pblica del pas; y  la filosofa que haba enseado desde su ctedra
de profesor de la Sorbonne en doctrina oficial, transmitida por la
falanje disciplinada de maestros, que ocupaban todos los empleos en
escuelas, liceos y universidades. La novsima filosofa, cmoda,
especiosa, albergaba y acariciaba en su seno las cosas ms heterogneas,
aliando la claridad y simetra oratoria de la literatura clsica
francesa al idealismo relativo de la filosofa escocesa,  la crtica de
Kant, al idealismo absoluto de Hegel, amn de otros ingredientes, sin
olvidar los precursores y antepasados que cont Hegel muchos siglos
antes en Alejandra. Haba hallado pronto en la Habana excelente
acogida, lo mismo que en casi todas las naciones latinas de Europa y
Amrica. El carcter de disciplina oficial, que tan impregnado traa
desde Francia, le sirvi desde luego de pasaporte, y es lo cierto que al
reformarse en la isla de Cuba los estudios universitarios se sentaron
como catedrticos de la Facultad de Filosofa, por nombramiento del
gobierno, sin preceder concurso ni oposicin, cuantos en la ruidosa
polmica con Luz haban combatido del lado del eclecticismo, quedando de
ese modo determinado el sistema filosfico que all deba ensearse,
bajo los auspicios de las autoridades, que en otras cosas eran, sin
embargo, opuestas  toda innovacin.

Todo era  Luz antiptico en la nueva filosofa: la forma y el fondo, el
mtodo y las ideas, el abuso de la retrica y el vago idealismo. Su
constante anhelo de inculcar  la juventud otra clase de principios lo
decidi  combatirla con todas sus fuerzas, aceptando la discusin
pblica como un deber ineludible, y emprendiendo, casi enteramente
solo, una cruzada contra lo que juzgaba pernicioso charlatanismo. La
campaa en definitiva fracas; no pudo l prever ni la coalicin de los
intereses particulares, ms poderosa que el amor de la verdad, y que
contra l logr congregar toda una hueste en torno de los hermanos
Gonzlez del Valle, principales campeones eclcticos; ni la suspicacia
de un gobierno desptico, que miraba con mal encubierto recelo toda
discusin sobre cuestiones abstractas, y que nunca haba contado  Luz
entre sus paniaguados; ni por ltimo la fatiga fsica que la lucha
violenta tena que producir en organizacin tan nerviosa  impresionable
como la suya, y que ya entonces presentaba signos de prematuro
decaimiento.

Qued, pues, la tarea incompleta, la polmica sbitamente interrumpida;
suspendida tambin despus,  la segunda entrega, una _Refutacin_ en
que destrua uno  uno los cargos de Cousin contra Locke. Todo ello
difcilmente pudiera hoy interesar  los lectores. El largo medio siglo
transcurrido y los progresos de las ciencias encaminadas por otros
rumbos han minado para todo tiempo construcciones tan artificiales,
caprichosas y endebles como el espiritualismo eclctico de Cousin. De
Cousin mismo como filsofo muy pocos se acuerdan ya en su propia patria;
apenas se oye pronunciar su nombre, ni an en la famosa _Sorbonne_,
donde tron y fulmin como el Jpiter omnipotente de la filosofa; se
han alterado en puntos esenciales sus doctrinas, descartando de ellas lo
que l ms apreciaba, y haciendo imperar casi exclusivamente el
criticismo kantiano; y ni siquiera se usan ya los textos que, por orden
suya y bajo su inspiracin, escribieron sus discpulos.

Siempre ser de lamentarse la parte de Luz en esa polmica, porque en
ella consumi sus fuerzas intilmente, y se conden  no hacer otra cosa
en el perodo mejor de su vida, en el nico en que corrieron parejas la
salud del cuerpo y la madurez de sus facultades. Fu provocado y, en su
carcter de profesor libre de filosofa, no poda declinar el reto y
rehuir la lucha; pero si no hubiese malgastado su tiempo de esa suerte,
habra quizs podido presentar al pblico sus doctrinas en "una obra
propiamente sinttica," como se propona y lo anunci al principio de la
_Impugnacin_; sabramos entonces con precisin hasta donde segua la
metafsica de Locke, y desde donde se apartaba de ella para armonizarla
con los adelantos de las ciencias positivas, y habra en la bibliografa
cubana un libro ms, de alto valer, suficiente l solo para demostrar
que,  pesar de sus infortunios y msera situacin poltica, se
cultivaban y ricamente prosperaban en Cuba estudios que en otras
regiones del continente estaban en la infancia todava.


V.

Hasta 1868 que comenz la insurreccin, ninguna pluma cubana haba
acometido la empresa de consignar en un libro la historia de la vida del
maestro, de estudiar sus escritos y su influencia como filsofo y como
educador; y despus de esa fecha el libro no poda salir de la Habana,
donde durante diez aos deba vivirse bajo la ley marcial ms terrible,
como dentro de plaza sitiada; ni mucho menos del territorio
insurreccionado, donde la lucha encarnizada y sin cuartel no daba  los
combatientes punto de reposo. Ese primer homenaje era natural que
viniese de los Estados Unidos, porque all estaba reunido un gran nmero
de cubanos, familias enteras, aguardando ansiosas la hora de volver 
sus hogares abandonados.

Resida entonces emigrado en Washington Jos Ignacio Rodrguez,
distinguido abogado y profesor de ciencias en la Habana, que si no haba
sido discpulo de Luz en su juventud, haba desempeado clases en el
colegio, haba recibido largo tiempo la influencia del maestro que le
inspir siempre ferviente admiracin. A pesar de la distancia y de lo
revuelto de la poca, reuni en la capital norteamericana gran copia de
datos, y aadindolos  sus recuerdos personales compuso, primero que
nadie, una detallada  interesante biografa. Ni por las circunstancias
excepcionales en que se daba  la estampa, ni por las condiciones
personales del autor, haba motivo de esperar un trabajo crtico
definitivo; pero una emocin tan sincera anima toda la narracin, y
domina de manera tan comunicativa el entusiasmo al escritor, que ha
podido decirse con exactitud que recuerda su libro por lo sencillo y
reverente las Actas de los Apstoles  las vidas primitivas de los
Santos.

Hubiera bastado en cualquiera otra poca el nombre de Luz para hacer
circular abundantemente entre cubanos la nueva obra, pero en el ao de
1874 las peripecias de la guerra embargaban los nimos, indiferentes 
todo lo que no hablase de la lucha que ensangrentaba el suelo de la
patria. Cuatro aos ms deba durar la guerra, sin embargo de que, para
quien hoy estudia la historia de ese doloroso perodo, es evidente que
en 1874 la insurreccin, como empresa militar, estaba virtualmente
vencida y se mantena, tanto  causa de la obstinada ferocidad espaola
fusilando prisioneros y buscando la sumisin sin condiciones, como en
virtud de la legitimidad del programa cubano, del derecho de sus
pretensiones, de la verdad de sus agravios, que en tan desigual campaa
inspiraban  sus defensores denuedo y constancia suficientes para
arrostrar por todo, hasta el fin, sin desfallecimiento.

La paz se restableci en 1878, cuando la metrpoli consinti reconocer 
la colonia algunos derechos polticos, de los que durante todo el largo
reinado de Isabel II tenazmente haba rehusado, y los insurrectos,
salvado el honor, depusieron las armas, abrindose de nuevo para todos
las puertas de la patria.

Puede decirse que junto con los combatientes, con los emigrados, con los
pregonados tantas veces como reos de muerte que volvan  sus casas,
volva tambin  su pas Don Jos de la Luz, terminado el ostracismo
impuesto tan duramente  su memoria.

Fu un gran cambio, mas no se realiz desde luego de una manera
completa; necesitse an tiempo para que, suprimido el rgimen de la
censura previa, no estuviese la libertad del pensamiento  la merced de
empleados subalternos  ignorantes, ansiosos de obtener el favor de la
seccin irreconciliable del partido hostil  toda reforma susceptible de
arrancarle el poder, que nunca hasta entonces haba salido de sus manos.

Uno de los primeros que elevaron la voz para ensalzar  Luz fu Enrique
Jos Varona, que por sus vastos y profundos conocimientos, la energa de
sus convicciones, el esfuerzo incesante por mantener su espritu en
perfecta comunidad con todas las manifestaciones del pensamiento
cientfico moderno, era algo muy semejante  lo que en su juventud haba
sido Luz para Cuba: personificacin, por as decirlo, de la filosofa,
esperanza del pas bien deseoso en tan crueles condiciones de albergar
en su seno hijos dignos de cultivar y trasmitir  los dems esas formas
elevadas de la ciencia. En la conferencia inaugural del curso libre de
filosofa, que abri en 1879, al tratar de lo que haban sido esos
estudios en la isla, condensa Varona en breves y brillantes frases los
trabajos de Luz, lo llama "el pensador de ideas ms profundas y
originales con que se honra el Nuevo Mundo", y aade que fu, entre
nosotros, "en este ngulo remoto del mundo civilizado, un verdadero
precursor de ideas que hoy se predican con aplauso en los centros de la
cultura humana". Nada ms justo y oportuno que, al iniciar el joven y
docto filsofo, ante un auditorio de cubanos, su magistral exposicin de
las slidas y fecundas doctrinas cientficas que han renovado las bases
de la enseanza filosfica contempornea, reservase algunas de sus
vigorosas pinceladas para trazar rpidamente el elogio del maestro, del
que primero haba estudiado y desarrollado ante alumnos cubanos las
grandes enseanzas de los sabios del siglo XVIII.

Apenas aflojaron un tanto las trabas que aprisionaban la imprenta y
cohiban con freno de bronce todo impulso capaz de aunar y encaminar
hacia un fin patritico el sentimiento pblico, se organiz por Gabriel
Millet y Raimundo Cabrera una suscripcin popular para trasladar  mejor
terreno los restos de Luz y erigir en el nuevo cementerio, pues en otra
parte de la ciudad las autoridades no lo permitan, un modesto
monumento. Las cuotas afluyeron pronto de todas partes, y el mrmol,
labrado en Pars, qued colocado en 1887.

La biografa escrita por J. I. Rodrguez haba ya en esa fecha llegado 
su destino y encontrado sus lectores, su verdadero pblico, como lo
prueba el haberse agotado la edicin,  impreso una segunda al ao de
concluda la guerra. Lleg al mismo tiempo la hora de someterla  examen
crtico, tarea  que ninguno poda considerarse mejor preparado que
Manuel Sanguily, alumno del Salvador, que si bien era slo un nio de
trece aos  la muerte de Luz, haba siempre guardado y cultivado con
amoroso empeo su recuerdo, precisndolo y avivndolo en el colegio, que
despus fu su casa largo tiempo, y donde todo, profesores, discpulos,
tradiciones, costumbres, hasta los objetos mismos inanimados, traan 
la mente sin cesar la imagen del venerado maestro. Al volver del campo
de la insurreccin, donde haba sacrificado en servicio de su patria lo
mejor de su vida, ley con vida curiosidad el libro de Rodrguez; ste
tambin haba sido su maestro en el colegio, y en la triste situacin
poltica, fracasadas las esperanzas patriticas, era quizs el nico
consuelo posible buscar otra vez dulces y solemnes impresiones de
perodos ya lejanos, ciertamente ms gratos y venturosos.

Sorprendi en extremo  Sanguily en la obra de Rodrguez el propsito de
encarecer la perfecta ortodoxia de las opiniones de Luz, muerto, segn
afirma, "dentro del seno de la Santa Iglesia Catlica, Apostlica y
Romana"; y ms an el presentarlo, en cuestiones polticas, como
dominado por el temor de favorecer la lucha armada, y si bien ansioso
del ms alto grado de libertad para su pas, queriendo todo progreso
"como se consigue en Inglaterra, sin sacudidas, sin violencias, sin
ruina, sin trastorno, sin efusin de sangre".

Demuestra Rodrguez la primera de esas dos afirmaciones con la partida
de defuncin, suscrita por el Cura de la parroquia, en que se dice que
recibi Luz "el santo sacramento de la Penitencia", y que el bigrafo
considera "prueba oficial y completa", olvidando que habla de un pas
donde ni exista ni se reconoca ms que un solo culto, donde los actos
ms importantes de la vida estaban por fuerza subordinados al
cumplimiento de sus ritos y sacramentos, y donde, por consiguiente,
certificados de ese gnero carecan de valor absoluto, y se redactaban y
expedan por frmula  menudo, como se expedan billetes de confesin en
Roma pontifical, cuando sin ellos no era posible obtener del Secretario
de Estado ni siquiera un pasaporte. Luz, que positivamente era tenido, y
se tuvo l mismo, por catlico, no podra hoy calificarse rotundamente
de apostlico romano; fu un catlico liberal, sin duda: Rodrguez as
lo dice en otro lugar del libro, pero los que en su tiempo se llamaban
liberales quizs pasaran hoy por heterodoxos, y en ese sentido iba Luz
tan lejos como el que ms.

En cuanto al suceso objeto de la controversia, al hecho concreto de la
confesin final, la verdad unnimemente asegurada por los que en los
ltimos das le rodearon, es que ningn sacerdote se acerc  su lado en
todo ese perodo final de su existencia[66].

     [66] No prestar fe  esos documentos es cosa ms frecuente de lo
     que Rodrguez parece figurarse. La partida de defuncin del conde
     de Aranda, el que fu ministro de Carlos III, dice textualmente que
     "recibi los Sacramentos de Penitencia, Santo Vitico y
     Extremauncin". Sin embargo catlicos tan firmes y ortodoxos como
     don Vicente de la Fuente y don Marcelino Menndez y Pelayo
     concuerdan en no darle valor alguno y en creer que el famoso
     volteriano muri sin recibir tales sacramentos, persistiendo, por
     el contrario, hasta el fin en la impenitencia. Vase la Historia de
     los Heterodoxos Espaoles ya citada, vol. III, pag. 204.

Respecto  su posicin en cuestiones polticas del pas, es cierto, como
dice muy bien su bigrafo, que, "no permiti jams  sus discpulos una
expresin de crtica, una caricatura, un sarcasmo, una alusin siquiera,
contra el gobierno y las instituciones existentes." Su influencia en la
historia del pas, en los trgicos sucesos ocurridos despus de su
muerte, se encuentra ms bien en las ideas de viril energa, de
resistencia inquebrantable  todas las formas de la opresin y la
injusticia, de sacrificio en las aras del deber, de incesante
abnegacin, en una palabra, que inculcaba en sus lecciones y con su
ejemplo. No era, no, el individuo asustadizo que sugieren las
expresiones de Rodrguez, quien, en la pgina blanca de la portada del
libro de Mazzini, _Repblica y Realeza en Italia_, traducido al francs
por George Sand en 1850, caracterizaba al revolucionario italiano con
estas palabras: "el Lutero de la nueva poca... en su corazn y en su
lengua de fuego, en su fe y esperanza, infinita como el porvenir;" y
corrigindose l mismo en seguida, agregaba: "pero no slo es el Lutero,
porque es cabeza, corazn y brazo," vituperando expresamente como ajeno
al caso el tono quejumbroso del prlogo de la traductora. No era
precisamente Mazzini el hombre  quien arredraron las violencias ni la
efusin de sangre para conquistar la libertad de su noble pas.

Improcedente tambin es, y Sanguily oportunamente lo indica, la alusin
 Inglaterra, pues demasiado saba Luz que ni en Inglaterra ni en parte
alguna se ha logrado la posesin completa de la libertad y la
independencia nacional sin sacudidas y sin efusin de sangre.

Algo ms que aplicar al trabajo de Rodrguez el escalpelo de la crtica
hizo tambin Sanguily; sin empearse en componer narracin tan abundante
y minuciosa, quiso  su vez trazar con sus propios recursos un retrato
del maestro, de cuerpo entero; acumular sus vigorosas pinceladas en el
centro luminoso de su cuadro, poner el dulce y meditabundo rostro en
enrgico relieve y hacer brillantemente resaltar los rasgos esenciales.
La obra es digna de todo aplauso; el estilo, lleno de calor, de
concentrada energa, revela el hondo inters que el asunto le inspira y
el ardiente deseo de no decir ms que la verdad.

Las dos biografas, puede decirse, recprocamente se completan; la de
Rodrguez, sin rigor de mtodo en la distribucin de la materia, sin
plan estrictamente limitado, fuera del orden cronolgico naturalmente
indicado, semeja esos ros caudalosos que corren sobre terrenos llanos
entre orillas indeterminadas, mientras que la de Sanguily, como un
torrente impetuoso que viene de las montaas, no cesa un instante de
desplegar la fuerza que exige su ruta entre desfiladeros. Gracias 
ellas sabr la posteridad cubana cual fu el verdadero temple de alma
del hombre que tanto influy all durante tres generaciones. Ambos
trabajos, muy notables, aunque por tan diverso espritu informados, eran
en el presente caso ms necesarios, porque Luz, como hemos visto, no
escribi nada bastante extenso y meditado para dar hoy cuenta cabal de
su valor como educador y como filsofo. Sin las declaraciones de sus
discpulos faltara un elemento esencial, como carecera el mundo--_si
parva licet componere magnis_--de los elementos necesarios para conocer
y comprender  Scrates, si no nos hubiera Jenofonte conservado sus
_Memorabilia_.




LA VIDA DE SAN MARTN, POR MITRE

_Historia de San Martn_ y de la Emancipacin sud-americana (segn
nuevos documentos) por BARTOLOM MITRE.--Segunda edicin corregida.--4
vols.--Buenos-Aires. 1890.


Aos haca que el pblico esperaba con inters, cuando en 1889 apareci
la prometida historia del clebre general Jos de San Martn, en cuya
preparacin desde largo tiempo atrs se ocupaba Don Bartolom Mitre,
antiguo Presidente de la Confederacin argentina y uno de los ms
conspicuos entre los personajes contemporneos de Amrica. La obra no
ha, de seguro, defraudado las esperanzas de los que aguardbamos un
trabajo slido y original, es decir, construdo sobre bases enteramente
propias y nuevas, bastante amplio para reunir los elementos necesarios
que definitivamente presenten  la posteridad el carcter, bien oscuro y
enigmtico en ciertos momentos, as como los actos pblicos del que es,
despus de Bolvar, como hombre de guerra y como creador de naciones, el
ms famoso entre los hroes que batallaron y vencieron en pro de la
independencia hispanoamericana.

La primera observacin que ocurre, al acabar de leer la ltima pgina,
es que ganara mucho la obra, su circulacin y su influencia, si fuese
menos voluminosa,--cuatro gruesos tomos en cuarto espaol, de
setecientos  ochocientos folios cada uno; y que sin suprimir, por
supuesto, uno solo de los documentos justificativos que van al final de
los volmenes y que son todos interesantes y nuevos; con slo abreviar
las cosas que se dicen y discuten ms de una  dos veces en virtud del
paralelismo, til y luminoso casi siempre, que establece el autor al
trazar la marcha de la revolucin libertadora en el norte y el sur del
continente; con aligerar en fin las reflexiones generales que
reiteradamente preceden  muchos de los captulos, se reducira el
conjunto de una manera notable y el efecto resultara de mayor eficacia.
Con esto se habra, adems, evitado uno de los defectos del libro, que
termina de sbito, precipitadamente, reduciendo por falta de espacio,
segn en una nota lo advierte el autor,  unas cuantas pginas zurcidas
de cualquier modo la vida de San Martn en el ostracismo, esto es,
durante los veintisiete aos corridos desde 1823 que abandon lleno de
amargura y desengaos el teatro de sus triunfos, hasta 1850 que muri,
en Boloa, frente al estrecho de la Mancha, cumplidos los setenta y dos
aos de su edad.

Es lstima, por consiguiente, que despus de haber consagrado el general
Mitre largo tiempo  reunir materiales y completar sus estudios de la
vida de San Martn; de haber tenido la fortuna excepcional de que la
familia Balcarce le entregara todos los documentos y papeles dejados por
el hroe argentino; de haber logrado desentraar en otros archivos
pblicos y privados manuscritos curiossimos; de haber consultado, bien
verbalmente, bien por cartas, muchos contemporneos y obtenido con
frecuencia noticias preciosas; de haber ido personalmente  visitar y
estudiar sobre el terreno las quebradas de los Andes por donde pas San
Martn con el ejrcito que deba vencer en Chacabuco y en Maipu, as
como el campo que cubrieron esas dos batallas inmortales; despus de
haber, en fin, escudriado y llegado  saber como ninguno tan
interesante perodo de la historia de Amrica, al sonar la hora crtica
de ofrecer al pblico el resultado de todos esos esfuerzos y vigilias,
el fruto de todos esos privilegios y favores de la fortuna, en una obra
merecedora de ser indestructiblemente fabricada y digna de la posteridad
 que seguramente se encamina, decida el autor improvisarla, es decir,
imprimirla  medida que la va escribiendo, sometindose  la necesidad
de encerrar la materia en lmites estrictos, de reducirse, al final, 
rasgos generales y  breve resumen, cuando en captulo tras captulo
anterior ha hecho exactamente lo contrario, y ha relatado minuciosamente
episodios de la historia de Venezuela y de Nueva Granada, no directa y
forzosamente ligados  la vida de San Martn.

Dado tal sistema de escribir  imprimir simultneamente, lo cual vedaba
en absoluto toda idea de correccin, simetra y armnico desarrollo de
las partes; dado tambin el empeo de tratar cada episodio importante
como monografa aislada, lo cual fuerza  volver sobre sus pasos y
repetir cosas ya dichas y suficientemente tratadas, era inevitable el
inconveniente, y el lector experimenta verdadero desengao al
encontrarse privado de "los documentos interesantes y nuevos" sobre el
ostracismo de San Martn, que el autor cruelmente nos advierte que posee
y no aparecen ni siquiera en el apndice. Esos documentos deben
contener, es claro, multitud de tiles detalles, y aclararn diversas
dudas que nos asaltan sobre la justa interpretacin del carcter
reservado, tenaz, impasible, orgulloso, del Protector del Per.
Importaba muchsimo completar la obra iluminando toda esa faz de su
asunto, porque nos parece engaarse el general Mitre  s mismo, al
decir que "el ostracismo interesa ms  la biografa ntima que  la
historia general", cuando lo cierto es que la biografa ntima de
personajes que han estado  la cabeza de las naciones con las facultades
de dictador que se arrog San Martn en el Per, influyendo
poderosamente de ese modo en el encadenamiento y marcha de los sucesos,
forma parte esencial de la historia general; una y otra se penetran y
mutuamente modifican hasta el punto de ser necesario para llegar  la
verdad ir con la plomada al fondo de los sucesos y al fondo del carcter
del hombre que los dirigi, del hombre que, aun arrastrado  dominado
por ellos, puede en todo tiempo precipitarlos  interinamente
contenerlos.

San Martn se retir del Per virtualmente vencido, llev  cabo su
retirada de una manera tan brusca, tan desesperada, tan en contradiccin
con la enrgica confianza y heroica osada desplegadas al organizar la
expedicin y efectuar su desembarco en las costas del virreinato, que ha
sido siempre el ms difcil y fascinante problema histrico comprender
bien sus motivos, descubrir la clave para descifrar su voluntaria
abdicacin. Ha sido por mucho tiempo impenetrable misterio la historia
de su entrevista famosa con Bolvar en Guayaquil, y es el suceso capital
de su vida, la gran peripecia del drama de su existencia, pues despus
de ella volvi en el acto desalentado  Lima, convoc el Congreso que
hasta entonces no haba querido reunir, dimiti el cargo de Protector, y
se embarc para Chile con rumbo  Buenos Aires donde nadie lo llamaba, 
pesar de que quedaba ocupando las sierras del Per un ejrcito de veinte
mil realistas mandado por generales tan hbiles como aguerridos; y no
puede decirse todava hoy que estn desvanecidas, ni mucho menos, las
sombras que lo envuelven.

Toda la vida posterior de San Martn en el destierro, su inquebrantable
silencio, su desasimiento completo de los negocios de Amrica, fueron
tambin consecuencia de la entrevista de Guayaquil, y sera bien curioso
conocer los documentos  que alude Mitre y poseer detalles
circunstanciados sobre ese ltimo perodo, porque la verdad es que en
cuanto al punto mismo misterioso,  los pormenores de la conferencia en
el Ecuador, no ha descubierto en la rica mina que ha explotado nada
nuevo  importante que agregar  lo poco que ya sabamos. Parece que ni
siquiera se ha encontrado en el archivo de San Martn el borrador de la
carta  Bolvar del 28 de Agosto de 1822, y puesto que era ya sta
conocida desde 1844, que la di San Martn mismo al capitan Lafon para
que la publicase, hubiera sido bien interesante conocer la respuesta de
Bolvar, que debi sin duda haber existido, pues la correspondencia
entre los dos dur un poco de tiempo ms. Pero no ha aparecido, y el
nuevo historiador, que trata este episodio con la debida extensin y con
notable habilidad, ha debido apoyar nicamente sus conjeturas en esa
famosa carta, en las revelaciones de Guido, tales como salieron en la
_Revista de Buenos Aires_ y en los antecedentes por todos conocidos.

Salvo algunos reparos puramente de forma, (y en materia histrica de
tanta importancia esto ahora  nada conducira), hay que dirigir muchas
alabanzas  la obra. Bien que  veces severo, quizs en demasa,
respecto de Bolvar, no puede tildarse de excesivamente indulgente hacia
San Martn;  pesar de la admiracin constante que le inspira, enumera
con plena imparcialidad los errores militares y polticos por l
cometidos durante su estancia en el Per. Con suma penetracin discute y
desmorona las razones alegadas en sus proclamas de despedida; demuestra
que no pudieron ellas ser las nicas que le hicieron tan inopinadamente
abandonar el terreno, desairar toda especie de ruegos, y en la noche
misma del da en que celebr su primera sesin el Congreso montar 
caballo, sin ms compaa que un asistente, correr  embarcarse en Ancn
para Chile, donde fu hostilmente acogido, luego para Buenos Aires,
donde hall duelos terribles y donde tambin, segn lo dice Mitre, "fu
recibido por el menosprecio y la indiferencia pblica".

Las verdaderas razones no pudieron ser las que expres: eran demasiado
ftiles. Al decir que "la presencia de un militar afortunado es temible
 los Estados que de nuevo se constituyen", y agregar seguidamente que
"estaba aburrido de oir decir que quera hacerse soberano", encubra los
verdaderos motivos de su conducta. Si no hubiese tenido otros, habra
que declarar, como indica Mitre, que ceda  un arranque caprichoso de
pueril enojo, indigno de un varn fuerte.

San Martn, que era sobre todo y antes que todo un militar, no poda 
pesar de sus anteriores desfallecimientos,--tan dura y grficamente
relatados por Lord Cochrane en sus Memorias,[67]--dejar de ver muy
claro que, con las tropas y recursos  su disposicin en Julio de 1822,
no lograra desalojar y vencer al enemigo, que corra su obra el riesgo
de caer en el precipicio y l mismo terminar all desastrosamente su
carrera. Acudi, pues,  Guayaquil con el objeto de solicitar el auxilio
de Bolvar y del ejrcito que acababa de triunfar en la falda del volcn
de Pichincha, que acababa de ganar y sellar para siempre la
independencia de la vasta seccin del continente, que por corto tiempo
deba llevar el nombre de "Repblica de Colombia". Para el que bajo el
nombre de Protector tena entonces la responsabilidad del porvenir del
Per, la situacin apareca como gravsima y demandaba urgente
tratamiento, que slo Bolvar estaba en posicin de aplicar para
salvarla pronta y completamente. Haba siempre considerado la
popularidad con el mayor desprecio, sin descender jams  las artes del
demagogo por ganarla  conservarla, pero no poda menos de observar y
deplorar ahora que su prestigio ante el voluble pueblo peruano menguaba
rpidamente y, lo que era an peor, que entre los jefes mismos del
ejrcito  sus rdenes cundan el desafecto y la indisciplina.

     [67] _Narrative of services in the liberation of Chili, Peru and
     Brazil from Spanish and Portuguese domination_ by Thomas, Earl of
     Dundonald.--2 vol. London, 1859.--Vol. I pgs. 76, 106, 148 y en
     muchos otros lugares.

Era preciso, por consiguiente, que Bolvar en persona y  la cabeza de
su ejrcito volase al Per. San Martn ofreci, sin titubear, ponerse
bajo las rdenes de su afortunado rival; "para m hubiese sido", son las
palabras de su carta de Agosto 28, "el colmo de la felicidad terminar la
guerra de la independencia bajo las rdenes de un general  quien la
Amrica debe su libertad". Bolvar se neg en trminos corteses,
evasivos, pero que dejaron  San Martn penosamente convencido, como lo
expresa sin ambages la citada carta, de que su presencia en el Per era
el obstculo nico que se lo impeda. Como,  juicio de San Martn,
Bolvar solo con su ejrcito poda concluir rpidamente la guerra, no le
quedaba ms camino que retirarse de la escena; en ese instante
probablemente tom la determinacin que dos meses despus, sin ms
consulta de nadie, como imposicin ineluctable de la suerte, deba
realizar de manera tan rpida y violenta.

No debe olvidarse que nos falta la versin de Bolvar sobre el carcter
y detalles de la entrevista, que ni en los treinta y tantos volmenes de
las Memorias de O'Leary, tan ricos de documentos, se halla cosa alguna
importante que sumar  lo que ya se saba; de modo que es ms bien del
lado argentino por donde han venido las noticias incompletas,
fragmentarias y tardas que poseemos. Permiten, es cierto, formarse idea
bastante aproximada, pero quiz aventure demasiado el general Mitre,
recordando ms bien el novelista que el historiador, al rehacer la
escena con todos sus pormenores y creer que basta con los documentos
"correlativos que la precedieron y siguieron" para imaginarla "sin
agregar una palabra ni un gesto que no pueda ser comprobado". Hay un
momento, que l califica de psicolgico, en que dando forma de dilogo 
su relato, al ofrecer San Martn servir  las rdenes de Bolvar,
contina en los siguientes trminos: "Bolvar, sorprendido, levant la
vista y mir por la primera vez de frente  su abnegado interlocutor,
dudando de la sinceridad de un ofrecimiento de que l no era capaz.
Pareci vacilar un momento, pero luego volvi  encerrarse en un crculo
de imposibilidades, etc." Es muy posible que as haya ocurrido, y el
autor se esfuerza siempre por acompaar con notas precisas todo lo que
dice, pero el sistema es inseguro y el terreno resbaladizo.

San Martn y Bolvar,  despecho de la identidad del punto de partida y
del gnero de gloria que sobre ambos abundantemente derrama la
posteridad americana reconocida, fueron hombres de carcter radicalmente
distinto. Era tambin en su esencia muy diferente la situacin que los
circundaba en Julio de 1822. Bolvar, aunque pareca haber ya ascendido
 la cumbre de la fortuna, quera y poda subir an ms alto; San Martn
declinaba, se acercaba rpidamente al borde oscuro del largo perodo de
olvido  indiferencia que deba atravesar antes de caer dentro de la
fosa abierta en suelo extranjero, antes de que su merecida nombrada
all mismo reviviese; para no perder ms la corona de luz que la
ennoblece. No es extrao, pues, que al verse, por primera y nica vez,
durante slo dos das, ni experimentasen recproca simpata ni lograsen
mutuamente juzgarse con equidad y acierto. La modestia, la instruccin
muy limitada, la circunspecta gravedad del argentino parecieron al hijo
de Venezuela signos de espritu mediano, que debe al acaso,  accidentes
fortuitos, la gloria adquirida; mientras que la movilidad, la
imaginacin impetuosa, la sed inextinguible de aplausos y de honores que
posean  Bolvar, parecieron  su rival sntomas inequvocos de la
vanidad ms pueril, de la ambicin ms desenfrenada. Ambas injustas
apreciaciones fueron realmente sentidas y expresadas, encuntranse
comprobadas por cartas y testimonios irrecusables citados todos en la
presente obra.

Cmo haban de entenderse y aunarse en esfuerzo comn caudillos tan
desemejantes, cuyos caracteres, cuyas ideas tan enrgicamente se
repelan? Todo tenda  denunciar y agravar la recproca antipata. La
anexin violenta del territorio de Guayaquil  Colombia, ejecutada por
Bolvar, sin atender, ni aun siquiera por forma  por aparente
complacencia, los deseos de los habitantes como tampoco los derechos
anteriores del Per, del Per que haba cooperado con su alianza  la
conquista, hera en lo ms profundo el alma de San Martn; y era ya un
hecho consumado, que ni traer  discusin se poda; Guayaquil perteneca
 Colombia, como pertenecera despus al Ecuador, y el Per quedaba para
siempre privado de esa situacin comercial incomparable  orillas del
caudaloso Guayas.

La organizacin futura de los pases libertados era otro motivo de seria
divergencia; San Martn persista en sus proyectos de monarqua, de
coronas ofrecidas  prncipes de familias soberanas de Europa, y
Bolvar, conviniendo en que el pueblo hispanoamericano no estaba educado
para un rgimen democrtico, agregaba que la monarqua solamente era
posible " condicin de que los monarcas fuesen americanos", lo cual
pareca grotesco y, por lo que poda haber en ello de personal, haca
rer  su adusto interlocutor.

Algo aventurado se nos antoja, por parte del general Mitre, el inferir
del silencio guardado acerca de los detalles de esta conferencia que no
quedase Bolvar satisfecho de s mismo y se sintiese "vencido moralmente
por la abnegacin" de su rival. Muy ilgico, por el contrario, hubiera
sido que en aquellas circunstancias se hubiese l prestado  salir
inmediatemente para Colombia, invitado, no por el pueblo peruano sino
por San Martn, en quien vea un hombre gastado, pero cuya reputacin,
aunque carcomida, estaba superficialmente intacta y haba de hacerle
sombra; cuya enrgica voluntad haba de estorbarle por todos los
caminos, poniendo obstculos  la realizacin del magnfico programa de
gloria y de poder que lo embriagaba. La negativa parece muy natural y
muy explicable, como lo es tambin la amarga decepcin que produjo. La
alianza inmediata, concertada en la forma solicitada, hubiera, sin duda,
sido mejor y ms beneficiosa para todos, para Colombia y para el Per,
para Bolvar y para San Martn, pero si era entonces improbable, casi
imposible solucin,  nada conduce deplorarlo ahora. All hacia el sur
del continente, en el Per, en la futura Bolivia, cuyo nombre por s
solo sera una apoteosis, adivinaba, vea claramente Bolvar una luz
esplendorosa que lo atraa con fuerza arrolladora,  que deba correr
para deslustrar sus colores, para quemar sus alas, precipitarse en un
mar de lisonja y adulaciones, hasta saciar su inmensa vanidad. Llevbalo
tambin hacia all ocupando toda la otra faz de su grande alma, la
conciencia de su deber, el convencimiento del nuevo y mayor servicio que
poda prestar, la seguridad de completar con ese ltimo esfuerzo la obra
sublime, la tarea de semidis  que haba consagrado su existencia. Era
tiempo, pues, de que San Martn volviese la espalda, de que se retirase,
torvo, frunciendo el ceo que no deba desarrugar durante tantos aos.
Nada le quedaba que hacer all, no haba ms hueco para l, sus
eminentes cualidades de hombre de guerra, su honradez, su fijeza de
propsito, no tenan ya ms en qu emplearse.

"El Libertador no es el hombre que pensbamos", mand tristemente 
decir  su amigo el Director supremo de Chile; y sin perder una hora
dispuso  gran prisa las cosas como mejor pudo, para dejar pronto esa
tierra donde no caban ambos rivales, para que pudiese libremente venir
el ms joven y afortunado de los dos  recoger la brillante cosecha de
gloria que le estaba reservada. Por desgracia no vino tan veloz como se
esperaba y, si en efecto recogi luego con creces lauros tan grandes
como merecidos, faltaban an antes del desenlace tres aos crueles de
anarqua, de guerra y destruccin.

Con franqueza declaro que he comenzado  leer la obra del general Mitre
por el ltimo tomo, en busca de la narracin de estos sucesos tan
importantes y decisivos, creyendo no ser por ello injusto con el autor,
pues la materia, como ha de suceder  todo americano, me era de antemano
familiar, y en las vueltas del camino que mi ansiosa curiosidad me haba
incitado  seguir, no haba abandonado un solo momento el hilo
conductor.

No es posible encarecer demasiado todo lo que hay de enteramente nuevo y
tratado con singular inteligencia de las cosas militares, con suma
abundancia de detalles desconocidos hbilmente comentados, en la parte
que se refiere  la creacin del ejrcito de los Andes,  la residencia
de San Martn en la provincia de Cuyo,  la admirable y dramtica
reconquista de Chile. El paso de la Cordillera, las jornadas inmortales
de Chacabuco y de Maipu, la noche infausta de Cancharrayada que entre
ambas batallas tan terriblemente se interpuso, estn magistralmente
relatadas con minuciosidad y con claridad, y hay planos muy ingeniosos
para facilitar su estudio  los profanos en el arte militar. Muchos no
se habrn dado de estos sucesos cuenta tan perfecta y cabal como ahora.
Estos captulos, que en suma encierran lo que es la gloria excepcional
 inmarcesible del ilustre caudillo, abarcan la mitad de la obra; en
ellos ha podido el general Mitre aprovechar la rica mina de documentos y
de noticias por l acumulados con paciencia ejemplar, aplicar sus
conocimientos especiales, su experiencia de los negocios pblicos, su
espritu sereno y levantado, y bastan para asegurarle alto puesto, el
primer puesto, entre los historiadores americanos de toda esa poca.

Quienquiera intente despus de l tratar directa  indirectamente los
acaecimientos de tan largo y crtico perodo, hallar el camino abierto
y la tarea muy simplificada. Sin parar mientes ms de lo estrictamente
necesario en la extraeza de ciertos adornos y recursos habituales de su
estilo, en el lenguaje  veces oscuro para lectores no argentinos 
chilenos, agradecer tan vivamente como debe el inapreciable servicio
prestado  la literatura histrica en Amrica.




J. L. MOTLEY

Y SU HISTORIA DE LA GUERRA DE LOS PASES BAJOS CONTRA ESPAA.

"The correspondence of JOHN LOTHROP MOTLEY.--2 vols. London. 1889."


El ilustre historiador norteamericano Motley no pas toda su vida
nicamente dedicado  sus estudios y sus libros como Prescott;  ste un
defecto fsico, un padecer constante de los ojos, que  intervalos fu
completa ceguera, lo conden  vivir siempre encerrado en su gabinete,
mientras que Motley, educado en universidades de Europa, lleno de vigor
fsico y con las ms brillantes dotes intelectuales, pudo desde muy
temprano extender el campo de su actividad y seguir la carrera
diplomtica, ponerse al servicio directo de su pas, al mismo tiempo que
continuaba estudios eruditos y compona sus hermosos libros. Esta doble
y generosa ambicin no redund por desgracia en provecho de su felicidad
personal, y al fin de sus das, sin culpa suya, por la injusticia de los
hombres y las cosas, tuvo sobrado motivo de envidiar amargamente la
existencia apacible, la tranquila gloria literaria  que solamente
aspir Prescott, su predecesor, amigo, mulo  insigne conterrneo.

Obtuvo, pues, Motley en la una y la otra carrera resultados
diametralmente opuestos. Su historia de la lucha por la independencia en
los Pases Bajos fu, apenas publicada, leda vidamente, saludada por
el ms unnime y nutrido aplauso en Europa y en Amrica. Sus dos grandes
empleos diplomticos: ministro plenipotenciario en Austria durante la
presidencia de Lincoln primero y de Johnson despus,  igual cargo,
luego, en la Gran Bretaa por nombramiento del general Grant, terminaron
de una manera desastrosa, por decirlo as, porque de ambos se retir
contra su voluntad y agraviado profundamente.

Huellas penosas le dejaron las dos desagradables aventuras; el colector
de su correspondencia privada, salida  luz unos doce aos despus de su
muerte, en 1899, ha tratado de no sealarlas demasiado, de atenuarlas y
esfumarlas un tanto; pero bien se descubren en varias de sus cartas,
como tambin se pueden reconocer en sus ltimos trabajos histricos. La
parte biogrfica no es, sin embargo, el principal atractivo en estos dos
volmenes, por lo menos en cuanto  Motley mismo se refiere. Habla l
poco de s,  veces hasta lo evita. Hay en cambio muy curiosas
observaciones, retratos  la pluma, trazados  menudo con tanta rapidez
como exactitud, de multitud de personas distinguidas con quienes estuvo
en relaciones durante su larga residencia en Europa,  causa del xito
de sus libros y tambin de sus representaciones diplomticas en Viena y
en Londres. La ntima amistad que desde la juventud lo lig  Bismarck,
su condiscpulo en Gttingen y en Berln, aade igualmente valor  la
coleccin por contener cartas de uno y otro. Todo esto explica el
inters despertado, aunque no sea esta Correspondencia como obra
literaria de las que aumentan considerablemente la reputacin de un
autor,  la manera de las deliciosas cartas de Merime al bibliotecario
del Museo britnico Panizzi, ni tampoco de las que revelan aspecto
desconocido, apenas sospechado, del talento de un escritor, como las del
conde Joseph de Maistre  su familia cuando, bloqueado en San
Petersburgo por las victorias y el malquerer de Napolen, representaba
all con tanta distincin al destronado rey del Piamonte.

Al estallar en 1861 la guerra civil de los Estados Unidos, contaba
Motley cuarenta y siete aos de edad, y haca cinco que haba dado  luz
su primer trabajo histrico, su obra maestra, "la Fundacin de la
repblica de Holanda" (_The Rise of the Dutch Republic_) en tres
volmenes. Los dos tomos primeros de la continuacin, con el ttulo de
"Historia de las Provincias Unidas," aparecieron en 1860. El xito fu
muy rpido, muy grande y en parte inesperado.

Impresa la primera obra por cuenta del autor, pues ninguna casa editora
quiso correr el riesgo de comprrsela, se abri camino prontamente, y en
un ao se vendieron en Inglaterra quince mil ejemplares, lo cual es
mucho, dada la poca, la materia y las proporciones de la obra. Fu
traducida inmediatamente al holands, al alemn y al ruso, y se
anunciaron en competencia dos traducciones al francs que pronto
aparecieron, una en Bruselas y la otra, con prlogo  intervencin de
Guizot, en Pars. Los jueces ms autorizados confirmaron el aplauso
pblico, y entre ellos los verdaderamente abonados, los que se dedicaban
con especialidad al estudio de los mismos sucesos desde puntos diversos
de vista, como Froude en Inglaterra, como Prescott en los Estados
Unidos, como Bakhuyzen van den Brink en Holanda, todos concurrieron
declarando el alto valer de la obra del nuevo historiador.

Es sin disputa libro muy notable, escrito con el calor y movimiento de
una novela histrica y escrupulosamente fundado sobre estudios directos,
originales, seguidos por espacio de diez aos en diversos pases, dentro
de los archivos donde se custodian los documentos, los manuscritos
autnticos y despachos diplomticos en que observadores muy sagaces 
menudo han ido acumulando vasta masa de noticias inditas todava, venas
de mineral precioso,  las que falta slo la paciencia del erudito para
aquilatar su riqueza.

Motley concibi, desde luego, su trabajo como un inmenso cuadro,
armoniosamente completo, y lo ejecut conforme  un plan de la ms
estricta y admirable unidad, sin que desde la pgina inicial hasta su
trmino flaquee la inspiracin del artista ni decaiga el inters de la
narracin. Es una obra histrica que tiene hroe, protagonista, como en
las novelas y poemas; no una biografa propiamente hablando, pues relata
los sucesos de un largo perodo de la vida de una nacin, pero floreci
durante ese tiempo un hombre que fu sin cesar el alma de la situacin,
en cuyo corazn palpitaba la sangre, la vida de su patria; y presente 
ausente, aparece siempre dominando la escena su heroica y varonil figura
 su nombre esplendoroso. Ese hroe es Guillermo de Nassau, "el rebelado
Prncipe de Orange", como lo apellida un poeta espaol; el Taciturno,
como generalmente se le llama, por antigua y curiosa antfrasis, pues
era de carcter afable y comunicativo. Motley nos lo presenta desde el
primer captulo, en la hermosa descripcin de la ceremonia del gran
saln del palacio de Bruselas cuando, en un da del mes de Octubre de
1555, abdic solemnemente Carlos V y traspas  su hijo Felipe la corona
real y los vastos territorios en Europa y en Amrica que de ella
dependan. Era entonces Guillermo un joven de veintids aos, sobre cuyo
hombro se apoyaba el fatigado y gotoso Emperador y Rey, al pronunciar de
pie su arenga de despedida. As comienza la historia de Motley para
terminar veinte aos ms adelante el da infausto del mes de Julio de
1584, en que sucumbe Guillermo de Orange mortalmente herido por la bala
de un asesino.

Quin hubiera dicho al ilustre y orgulloso monarca, al concluir su vida
pblica en medio de la pompa de esa gran representacin teatral, que
estaban ya reunidos en aquel saln del palacio de los duques de Brabante
los personajes principales de un tremendo drama, cuyo desenlace
arrastrara consigo la anulacin de todos los votos, el aniquilamiento
de todas las esperanzas, expresadas en la arenga y puestas bajo el
amparo y bendicin de Dios Todopoderoso en el tono de grave, serena y
altiva confianza que naturalmente corresponda al que todos all
consideraban como lugarteniente de Dios sobre la tierra? Quin le
hubiera anunciado al odo que el joven en cuyo brazo se apoyaba como el
del ms fiel de sus vasallos, haba de ser enemigo acrrimo,
irreconciliable de su hijo; que gracias  l triunfara en los Pases
Bajos la religin reformada, se amenguara el prestigio de la monarqua
y mermara considerablemente el patrimonio all trasmitido  sus
descendientes?

Entre esos dos sucesos capitales, abdicacin de Carlos Quinto y muerte
del prncipe de Orange, desenvuelve Motley su narracin, que por s
misma se divide en cinco grandes partes y una introduccin, como los
actos de una vasta composicin dramtica. En todos ellos es siempre
Guillermo el personaje prominente, pero en cada uno pelea con un
adversario diferente, contra los que en rpida sucesin van viniendo 
representar los derechos hereditarios del pequeo, delgado y laborioso
monarca, que desde el fondo de su palacio en Valladolid, en Madrid  en
el Escorial, devana los hilos de la inmensa trama que debe mantener el
mundo sometido  la absoluta unidad de creencias religiosas y  la
jurisdiccin del Santo Oficio. Cuando parti de Flandes Felipe, cuatro
aos despus de su advenimiento al trono, qued encargada de oponerse 
las justas reclamaciones de las Provincias su hermana Margarita, hija
natural del Emperador. Frustrados los primeros planes despticos del
rey, vino el duque de Alba  la cabeza de un fuerte ejrcito, resuelto 
probar con sangre y fuego otro sistema de gobierno y arrancar de cuajo
la rebelin, matando, arruinando, desolando y aterrando: formidable
tarea que el terrible duque ejecut puntualmente, obedeciendo como
aguerrido y sumiso militar las implacables instrucciones de su seor,
exagerndolas tambin como indignado y sanguinario vasallo del injuriado
soberano. Nada obtuvo en definitiva, y con su vuelta  Espaa cae el
teln del segundo acto, el ms espantoso de la ttrica tragedia.

La tercera parte comprende la breve  indecisa administracin del
Comendador mayor de Castilla Requesens, que muri sbitamente en medio
de una campaa, quedando el ejrcito de ocupacin sin general en jefe,
de lo cual provino poco despus el saqueo de la ciudad ms rica del
Brabante por la soldadesca desenfrenada, atentado colosal, famoso en la
historia con el nombre de "furia de Amberes".

El cuarto acto, aunque ms corto todava, de slo dos aos, excita
inters como si fuera episodio de una novela romntica. Comienza en el
momento en que don Juan de Austria se desmonta del caballo en
Luxemburgo, despus de haber atravesado toda la Francia al galope desde
la frontera espaola, disfrazado de esclavo morisco, para hacerse cargo
ms pronto del gobierno de los Pases Bajos, lleno de ambiciosas y
halageas esperanzas. Termina cuando exhausto y desesperado, al cabo de
veintids meses de estril y fatigante lucha como guerrero y como
diplomtico, es invadido de la peste frente  Namur y muere dentro de
una choza miserable  los treinta y tres aos, pobre y sintiendo perdido
todo su prestigio, sin ms bienes de fortuna que los objetos de su uso
personal, "esos trapos que ah quedan", como dijo patticamente  su
confesor; despus de haber vivido como un paladn del tiempo de las
Cruzadas y haber soado toda su vida en ceirse una corona, que brill
continuamente ante sus ojos deslumbrados y nunca estuvo al alcance de su
mano.

Antes de morir traspas don Juan sus poderes  Alejandro Farnesio,
prncipe de Parma, su sobrino, pero de su misma edad y en todo y por
todo otra clase de hombre. Fu Farnesio en la guerra y en la poltica el
ms hbil de los gobernadores que tuvo el rey en esos dominios y da
nombre  la quinta y ltima jornada del drama comprendido en la
narracin de Motley. Encontr en l Guillermo de Orange, adversario
digno de su acero, muy capaz de haber logrado el triunfo si la habilidad
y la energa hubiesen bastado  asegurarlo en causa tan inhumana. Mas
si por la fuerza misma de las cosas no era dable  tan formidable
caudillo vencer y extirpar la rebelin, pudo al menos contenerla,
reducirla parcialmente, y la fortuna quiso concederle el gran favor de
que uno de los varios asesinos despachados para matar al ilustre
rebelde, cuya cabeza estaba de mucho tiempo atrs puesta  precio por
edicto del soberano, consumase durante su gobierno el nefando atentado.

La "Historia de las Provincias Unidas", lleva los sucesos hasta la
tregua de Doce aos y la terminacin virtual de la lucha con Espaa.
Concebida en idnticas proporciones y con el mismo plan que la
precedente, carece de la unidad y concentracin de inters que le presta
la intervencin del Taciturno, pero el conocimiento profundo de la
materia y el vigor de la pluma son exactamente iguales.

El impetuoso, ardiente entusiasmo que siente y no disimula el
historiador angloamericano por la causa de los Pases Bajos, lamentando
sus desastres y exaltndose con sus victorias, produce al cabo un efecto
particular, casi una fascinacin. Vivamente persuadido de la profunda
semejanza, de las ntimas relaciones histricas entre la repblica de
los Estados Unidos vencedora de la Gran Bretaa en el siglo XVIII, y la
repblica btava luchando contra Espaa en el XVI, no puede  veces
contener su emocin y palpita en sus palabras con el calor de la fiebre
el amor  la libertad, la aversin al despotismo y la fe ms firme
republicana. Hubiera, sin duda, sido ms filosfico mirar las cosas con
inalterable serenidad, examinarlas por todos sus lados ms reposadamente
y analizar las controversias religiosas y polticas del pasado sin traer
 su estudio ninguna de las pasiones del combate, ni siquiera las ms
elevadas, respetables  desinteresadas; pero la verdad es que no hay un
fallo de Motley en desacuerdo con la equidad, que reprueba la injusticia
dondequiera que la encuentra, que ha ido  comprobar en fuentes
originales todo lo que dice, y ofrece al lector los datos necesarios
para rectificar el valor de sus observaciones.

El defecto principal de estos trabajos, el que minora un tanto su
importancia como arte, aunque dejando intacta su utilidad como obra de
erudicin, es la exuberancia, no solamente del estilo,  veces demasiado
redundante y de un colorido exagerado, sino tambin de la materia, 
menudo desleda y extendida ms all de los lmites necesarios, sobre
todo cuando se empea en extractar minuciosamente documentos y seguir
hasta sus menores detalles negociaciones diplomticas cuyo inters no
concuerda con la atencin que demandan. En uno y otro caso, en el estilo
y en la distribucin de los materiales, arrastra al autor su doble
temperamento de artista entusiasta y de paciente erudito.

Los largos aos de estancia en Europa no lo desprendieron de sus races
en Amrica, y sigui siempre la marcha de las transformaciones
polticas de la patria con atenta mirada. Puede colegirse cuales eran
sus opiniones de estas palabras con que en carta  su madre, incluida en
la _Correspondancia_, saluda la eleccin de Lincoln  la presidencia:
"Despus de este gran veredicto no es posible ya, gracias  Dios, decir
que la esclavitud es la ley de mi pas ni que la bandera americana donde
se presenta lleva consigo la esclavitud". Al comenzar el perodo crtico
de la guerra civil quiso, como era natural, valerse el gobierno
americano de su reputacin europea y lo nombr ministro plenipotenciario
en Austria. Ah pudo continuar en relativa tranquilidad sus trabajos,
buscando en el estudio de lo pasado distraccin de las angustias que la
situacin de la patria discorde y baada en sangre despertaba en su
nimo, y de que abundan en la _Correspondencia_ pruebas interesantes.
Desempe con habilidad su encargo, pero la suspicacia y violencia de
carcter del presidente Johnson, en una cuestin personal de muy menuda
importancia, forzronlo, al fin,  presentar su dimisin.

Cuando subi el general Grant al poder, obtuvo la representacin de los
Estados Unidos en Inglaterra, puesto infinitamente ms agradable, que
acept lleno de lisonjeras esperanzas, pues tena en Londres muchos
amigos y contaba que lo ayudaran en el desempeo de su misin,
particularmente difcil en esos das en que el gobierno americano estaba
con justicia enconado contra el britnico por las numerosas pruebas,
slidas y palpables, con que demostr su simpata por la Confederacin
de los estados del sur. Pero fueron vanas sus esperanzas, la
plenipotencia dur apenas un ao, y merece realmente la pena de
recordarse y relatarse el modo cmo de sbito y sin previo aviso se la
quitaron. Motley, nombrado en virtud de la influencia poltica de su
ntimo amigo el senador Sumner, sin saberlo ni haberlo podido prever,
sufri las consecuencias de un desavenimiento entre Grant y Sumner.

Apenas instalado Grant en la presidencia manifest el ms vivo deseo de
anexar la repblica de Santo Domingo  los Estados Unidos, y al efecto
firm un tratado con Baez que entonces la presida. Como todos
necesitaba ese tratado para tener valor el voto favorable de las dos
terceras partes de los senadores, y Sumner en su calidad de _Chairman_
de la Comisin de negocios extranjeros del Senado tena en esos asuntos
preponderante influencia, adems del peso que daban  su opinin su
antiguo prestigio y sus grandes servicios al partido republicano
triunfante. Grant deca que Sumner le haba ofrecido su voto en pro, y
Sumner afirmaba que se haba limitado  declarar que siempre
considerara con el mayor respeto y la ms imparcial atencin todo lo
que viniese de quien era jefe de la nacin y jefe del partido  que
ambos pertenecan. Sumner, hombre muy orgulloso, que estaba muy engredo
y nunca falt  su palabra, no poda en realidad haber dicho otra cosa;
el Presidente entendi probablemente lo contrario; los dos procedan
seguramente de buena fe.

El caso fu que el senador, al presentar  discusin el tratado con el
informe adverso de la Comisin, demoli uno por uno sus artculos en un
discurso de cuatro horas atacando con su habitual vigor  Baez,  los
que con l trataron y  todos los que "queran forzar un pueblo dbil al
sacrificio de su pas"; y despus de largos debates vot en favor de los
proyectos del Presidente la mitad no ms de los senadores, quedando,
pues, el tratado rechazado.

Grant enfurecido, no pudiendo hacer nada personalmente contra Sumner,
orden  Hamilton Fish, su Secretario de Estado, que destituyese en el
acto  Motley de su cargo en Inglaterra, pues era hechura del senador.
Fish obedeci prontamente; la votacin del Senado tuvo lugar el 30 de
Junio de 1870, y Motley fu destitudo por telgrafo el primero de Julio
siguiente.

Fu una afrenta inmerecida impuesta  un alto funcionario, que era al
mismo tiempo hijo eminente del pas, y Presidente y Secretario la llevan
 la posteridad como cargo imborrable de su conducta poltica. Motley lo
soport virilmente sin promover escndalo, pero el golpe le hizo
profundos estragos y creen quienes lo conocieron que abrevi su
existencia.

Despus de la destitucin public la tercera y ltima de sus historias
con el ttulo "Vida y muerte de Juan de Barneveld", que se liga con los
sucesos de las anteriores, y llega hasta donde ya se vislumbra el
principio de la guerra de Treinta aos. Conserva las mismas brillantes
cualidades de las otras, pero el argumento no es susceptible del mismo
gnero de inters palpitante, salvo algunos episodios, como la evasin
de Hugo Grocio. Un crtico muy competente la tiene por la ms clsica de
sus producciones[68].

     [68] El erudito holands Groen van Prinsterer, citado por O.
     Wendell Holmes en la excelente biografa que, con el ttulo de _A
     Memoir_, public despus de la muerte de Motley, donde se
     encuentran pormenores sobre su vida pblica y la brusca terminacin
     de su carrera diplomtica, puntos  que slo incidentalmente se
     alude en la _Correspondencia_. Vase tambin la biografa "Charles
     Sumner by Moorfield Storey". Boston, 1900.

Hablando en esta ltima obra de un embajador holands, Aerssens,  quien
trat su gobierno en cierto modo como el general Grant lo haba tratado
 el, no desperdicia la ocasin de decir que ultrajes de ese gnero
hieren profundamente y que no puede menos de sentirse oprimido de clera
y de dolor el que se ve deshonrado as ante el mundo despus de haber
cumplido escrupulosamente su deber y defendido los derechos y la
dignidad de su patria. Luego agrega refirindose siempre  Aerssens,
pero la alusin es transparente. "Saba muy bien que los cargos contra
l no eran ms que pretextos y los motivos que impulsaban  sus enemigos
tan indignos como los ataques mismos; pero no ignoraba al mismo tiempo
que el mundo se pone por lo general del lado de los gobiernos contra los
individuos, y que raras veces la reputacin de un hombre es bastante 
defenderlo en tierra extranjera, cuando su propio gobierno alarga la
mano, no para protegerlo, sino para asestarle la pualada".

Ms de un pasaje impregnado del mismo sentimiento se encuentra en otras
pginas de la obra y en algunas alusiones de la _Correspondencia_,
revelando discretamente que la herida recibida en el pecho no
cicatrizaba, que destilaba sangre sin cesar. Las letras, fieles
consoladoras de los que en ellas buscan solamente la verdad  la
belleza, le trajeron el nico alivio posible en su situacin; pero el
desengao amargo le haba sorprendido al caer ya la tarde, en perodo
demasiado avanzado de su carrera, cuando los resortes vitales haban
perdido mucho de su elasticidad, y el dao result irreparable. Quiso
luchar, seguir sus estudios, registrar archivos, visitar lugares para la
historia ofrecida de la guerra da Treinta aos, con la que contaba
cerrar dignamente su vida literaria, pero en vano. En 1873, dos aos
despus del penoso desastre, aparecieron los primeros sntomas de la
afeccin cerebral que lo arrebat en 1877. Un mes antes haba cumplido
sesenta y tres aos.




ANDRS BELLO

Obras completas de _Don Andrs Bello_.--Quince volmenes. Santiago de
Chile.--1881-1893.


En el ao de 1872 vot el Congreso nacional de Chile una ley para que se
ordenase  imprimiese  costa del tesoro pblico la edicin completa de
las obras tanto publicadas como inditas de Andrs Bello, en recompensa
(dice el texto de la ley)  los servicios por l prestados como
escritor, profesor y codificador. La edicin, llevada  cabo bajo la
direccin del Consejo de Instruccin pblica, es sin disputa hermoso
monumento elevado en honor del que es gloria reconocida de toda la
Amrica que habla la lengua de Cervantes: quince gruesos volmenes en
octavo grande, en condiciones tipogrficas bastante buenas, precedidos
todos de los datos y noticias necesarias, y acopiando, bien en el cuerpo
de los tomos, bien  veces en esas mismas introducciones, cuanto se ha
podido encontrar debido  la pluma del ilustre venezolano, tanto entre
sus manuscritos como en los ms antiguos y olvidados papeles peridicos
donde escribi en el curso de su larga vida.

Invitado Bello por el gobierno chileno, fu  establecerse en Santiago
el ao de 1829; tena entonces cuarenta y ocho aos, una familia
numerosa formada en Inglaterra, donde haba residido diez y nueve aos
y se haba casado dos veces. Durante esa larga estancia en tierra
extranjera haba sido secretario de las legaciones de Venezuela, de
Chile y de Colombia en varias ocasiones, adems periodista, profesor en
casas particulares, traductor, descifrador de manuscritos, luchando de
mil maneras para ahuyentar la miseria y sostener su familia. Pero el
sueldo de diplomtico era corto y siempre mal pagado, los otros trabajos
inseguros  mezquinamente retribudos, y el pobre hombre,  pesar de su
instruccin extraordinaria  infatigable laboriosidad, se acercaba en
las ms precarias condiciones al lmite fatal de los cincuenta aos, sin
recursos de fortuna y agobiado por necesidades domsticas. No le era ya
dado pensar en volver  Caracas, su ciudad natal; sobre no estar
satisfecho del modo como en su ausencia lo haban tratado ni del aprecio
con que sus jefes, Bolvar mismo incluso, haban correspondido  sus
servicios, ya en ese ao de 1829 se vea venir inevitable la disolucin
de Colombia y la anarqua propagarse terriblemente en Venezuela.

Acept, pues, las proposiciones, sali para Chile y hall aquello de que
iba en busca: seguridad de la existencia material y campo donde ejercer
sus grandes facultades de literato, periodista, educador del pas,
maestro de la juventud. Treinta y seis aos ms deba vivir, residiendo
siempre en la ciudad de Santiago hasta su muerte en Octubre de 1865, 
la respetable edad de ochenta y cuatro aos. El gobierno chileno le
confiri desde luego la categora de empleo que haba ofrecido, lo
nombr al poco tiempo Oficial mayor del Ministerio de lo Exterior y
gradualmente fu otorgndole cargos y honores: Rector de la Universidad,
Senador, Comisionado especial de la redaccin de cdigos, etc. Despus
de su muerte se le han erigido estatuas, se ha celebrado con entusiasmo
en 1881 el centenario de su nacimiento, se ha publicado en fin esta
hermosa edicin de sus obras, costeada por fondos pblicos y regalada en
parte  la familia,  los herederos de Bello.

Se ha mostrado, por tanto, la repblica de Chile noblemente agradecida
al ilustre varn venezolano que la hizo su segunda patria. Pero antes de
tocar al perodo de los triunfos tuvo Bello que pasar momentos muy
amargos. Desde su llegada, encontrndose el pas en situacin bastante
incierta, en vsperas de sangrientas discordias, se vi forzado por las
circunstancias  colocarse,  parecer colocado, del lado de uno de los
dos partidos que se disputaban el porvenir de la repblica.
Afortunadamente sali victorioso el partido  que se inclin: de ah que
pudiese permanecer tranquilamente y dejar al tiempo traerle los honores
y el respeto que sus grandes mritos justificaban; pero de ah tambin
surgieron enemistades y rencores que en seguida lo expusieron  rudos
ataques, durante muchos aos despus  insultos y alardes enfadosos de
desdn. Todava en 1835, seis aos despus de su naturalizacin, un
chileno distinguido, justamente llamado "patriota venerable" por
Amuntegui en su copiosa  interesante _Vida de Don Andrs Bello_,
calific de _miserable aventurero_ al insigne autor de la silva  la
Zona trrida.

Recibir cara  cara tal expresin de vilipendio  los cincuenta y cuatro
aos de edad, despus de haber escrito obras inmortales, y en un pas,
que si no es la patria, es lo ms prximo posible, por la identidad de
la lengua, de las costumbres, de las tradiciones y hasta de los
infortunios, debe exceder al dolor fsico ms punzante. Huella profunda
del efecto que ese y otros ataques le causaron aparecen en varios de sus
escritos,  pesar de su calma y moderacin ingnitas; sealadamente en
una muy sentida octava de un apstrofe al campo con que comienza el
canto tercero del poema _El Proscrito_, que dice as:

         Al campo! Al campo! All la peregrina
       Planta, que floreciendo en el destierro
       Suspira por su valle  su colina,
       Simpatiza conmigo; el ro, el cerro
       Me engaa un breve instante y me alucina:
       Y no me avisa ingrata voz que yerro,
       Ni disipando el lisonjero hechizo
       Oigo decir  nadie: _advenedizo_!

Pero dadas las condiciones en que se encontraba no debe extraar
sobremanera que fuese cruelmente atacado, ni sera justo deducir cargo
demasiado severo contra Chile. En cualquiera otra parte probablemente le
hubiera sucedido lo mismo, y es seguro que all por lo menos obtuvo 
la postre grandes y justas compensaciones.

Antes de fijar brevemente nuestra atencin en la parte potica de la
obra de Bello, haremos ligera indicacin de los escritos coleccionados
en los dems volmenes, prescindiendo de los cinco ltimos tres de los
cuales comprenden exclusivamente sus trabajos como jurisconsulto y
codificador, y los otros dos artculos  cientficos  de viajes  de
algn otro asunto, pero todos de importancia mucho menor.

El tomo primero contiene la _Filosofa del entendimiento_, tratado
pstumo de psicologa y lgica, que el autor  su muerte tena copiado
en limpio y preparado para la impresin. Su principal importancia
consiste en revelarnos las doctrinas que enseaba Bello  sus
discpulos; fuera de eso es materia completamente envejecida. Su larga
estancia en Inglaterra lo impuls  abrazar la filosofa all entonces
imperante, los sistemas de la escuela escocesa, muy en consonancia,
adems, con sus tendencias espiritualistas y con su modo prctico de
considerar los problemas de la ciencia y de la vida. Entre los varios
filsofos que escriban  profesaban en ese tiempo parece haber
preferido, aunque  veces refutndolo,  Thomas Brown, poeta tambin y
prosista distinguido. Pero los libros de Brown estn ya completamente
olvidados aun en Inglaterra misma, y nada  casi nada queda hoy de sus
aplaudidas doctrinas filosficas. El tratado de Bello se distingue por
la claridad de la exposicin y la excelente distribucin de sus partes;
es un libro de enseanza, del gnero de los que compuso el presbtero
Balmes, y si no escrito con la animacin y brillantez que distinguen al
polemista cataln, tiene en el fondo ms solidez y ms sinceridad en la
discusin, y la forma es mucho ms correcta,  pesar de que Bello
distaba mucho de escribir en prosa tan bien como en verso.

El tomo segundo encierra el antiguo poema  Gesta del Cid, conforme 
una nueva versin corregida del texto publicado por Sanchez  fines del
siglo XVIII, con ms de cien pginas de notas repletas de erudicin y
muy sagaces conjeturas, dos apndices sobre la lengua y literatura
espaolas de la Edad media y un glosario, no tan flaco y desprovisto
como el de Sanchez y otros, despus del de Sanchez, publicados en
Espaa.

Las materias de estos dos primeros volmenes adolecen del mismo mal. Muy
notablemente tratadas para la poca de su composicin tienen gran valor
en la historia de la vida de Andrs Bello, pero menos utilidad  inters
directo para filsofos  eruditos al corriente de la ciencia de nuestros
das. La psicologa escocesa, aun mirada al travs de los universitarios
franceses, parece hoy una curiosidad histrica, una antigualla. El texto
del poema del Cid descifrado por Sanchez no es ya la base para edificar
una nueva edicin; el cdice del siglo XIV que ese benemrito literato
tuvo la suerte de descubrir no ha sido bien transcrito hasta una poca
posterior, en uno de los ltimos tomos de la Biblioteca de Rivadeneyra,
y mucho mejor en la edicin de Halle publicada por el sabio alemn
Volmller[69]. Careci por tanto Bello de los elementos indispensables,
y es muy de admirar por lo mismo que  veces adivinase detrs de las
mentiras de la copia del siglo XIV la versin probable del original
antiguo. Otras veces sugiere cambios menos aceptables, dando por sentado
respecto al metro y otros puntos dudosos soluciones difciles de
justificar. Si el trabajo se hubiese publicado cuando lo proyect y
comenz  ejecutarlo, cuando acuda diariamente al Museo britnico 
reunir sus materiales y acopiar el inmenso nmero de extractos y apuntes
que se llev  Chile, hubiera ocupado inmediatamente ese modesto hijo de
Venezuela el primer puesto entre los sabios de Europa dedicados al
estudio de la literatura de las naciones latinas durante la Edad media.
Ya en 1829 saba Bello sobre los cantares de gesta, los romances, las
crnicas y en general sobre la lengua literaria de Espaa ms de lo que
lleg nunca  saber Amador de los Ros, que en esas materias pasaba en
su tierra por un pozo de sabidura.

     [69] Hay una transcripcin ms reciente, publicada en Madrid (1898)
     por D. R. MENNDEZ PIDAL.

La _Gramtica castellana_ con las excelentes notas de Cuervo llena todo
el cuarto; en el quinto estn reunidos el compendio de la misma
gramtica y sus trabajos menores del mismo gnero: anlisis de la
conjugacin, mtrica, etc. En ese terreno no tiene rival. Su utilidad
prctica puede ir disminuyendo con el tiempo, pero el nombre del autor,
prncipe de los gramticos espaoles en el siglo XIX, no morir.

El tratado de _Derecho internacional_, cuya primera edicin data de 1832
y unnimemente se considera como un modelo de libro de texto, por otros
imitado y no mejorado, ocupa el tomo dcimo, as como el noveno los
_Opsculos jurdicos_. Ambos volmenes revelan su profundo dominio de
las teoras del derecho, tan hbilmente aplicadas luego en los cinco
ltimos  la redaccin de las leyes, que rigen y regirn siempre, ms 
menos modificadas, en Chile.

Cuantos documentos son necesarios para seguir su vida literaria se
hallan bajo el rtulo de _Opsculos literarios y crticos_ en los tomos
cuarto, sptimo y octavo: ah reaparecen sus artculos insertos en
peridicos de Londres y de Santiago, en la _Biblioteca_, _El
Repertorio_, _Los Anales_, _El Araucano_ y varios otros; sus discursos
de la Universidad, sus memorias oficiales, y en los prlogos de don
Miguel Luis Amuntegui, escritos para cada uno de los tomos, se
encuentran hasta fragmentos de artculos no concludos descubiertos
entre sus manuscritos. Todos ellos por desgracia, los conocidos y los
inditos, confusamente amontonados sin orden de materias ni de fechas.

Amuntegui, prologuista infatigable, que antepone  cada uno de los diez
primeros volmenes de esta edicin largas introducciones desaliadamente
escritas, pero repletas de datos y rebosantes en amor y admiracin hacia
el famoso varn que fu su maestro, ha tenido la suerte de extraer de
los manuscritos fragmentos interesantes, y aun alguna vez trabajos
completos y valiosos. Hall en ellos un verdadero filn, pero no fcil
de beneficiar. Bello usaba forma de letra malsima y en los ltimos
perodos de su vida escriba en caracteres microscpicos, desiguales y
borrosos, que ni con fuerte vidrio de aumento se dejan fcilmente
descifrar y exigen gran dosis de paciencia y conciencia en el
descifrador. Varias de las obras antes inditas estarn probablemente en
esta edicin cuajadas de errores nacidos de esa causa, y el mismo
Amuntegui lealmente lo advierte y nos facilita armas para atacarlo en
su funcin de lector de los jeroglficos de Bello.

Figurse una vez haber encontrado versos en un papel, ms cuidadosamente
examinado result ser un viejo borrador de artculos para el Cdigo
civil. Otra vez en cambio tuvo la dicha singular de poner la mano nada
menos que sobre el final perdido de la epstola  Olmedo, de los
hermosos tercetos que en 1827 dirigi Bello  su amigo con el ttulo de
"Carta escrita desde Londres  Pars por un americano  otro", y de los
cuales haba publicado hasta completar el nmero de cincuenta y uno el
mismo Amuntegui en su vida de Don Andrs, edicin de 1882, deplorando
que faltase el final  no hubiese el autor llegado  escribirlo. Con muy
legtima satisfaccin, por tanto, procedi  insertar en la introduccin
al tomo de las poesas en estas Obras Completas nueve estrofas ms: ocho
tercetos y el cuarteto que definitivamente las cierra.

El primer hallazgo era una fortuna, resolva una duda bibliogrfica,
pero nada aada  la reputacin del poeta: antes al contrario pareca
bien extrao que en la fuerza de sus aos escribiese Bello terceto tan
spero y rocalloso como ste:

       Y en todos sus orculos proclama
       Que al Magdalena y al Rimac turbioso
       Ya sobre el Tiber y el Garona ama.

O que poeta tan sobrio y conceptuoso echase  volar este verso insulso y
palabrero:

       Bella visin de cndidos cristales.

No haba semejante cosa, tales adefesios no eran de Bello, eran mala
lectura del manuscrito, y por dicha se pudo rectificar el verso.

La epstola acaba con una apoteosis  la antigua moda clsica. Olmedo se
sienta en el Parnaso entre las Musas que entonan un himno en su loor; y
para hacer ms cumplido y delicado el elogio pone Bello en boca de las
nueve hermanas versos del mismo Olmedo, versos tomados del magnfico
canto  la victoria de Junn, donde se dice:

       Que ni Magdaln y al Rimac bullicioso
       Ya sobre el Tiber y el Eurotas ama.

De esa manera un ro clsico, el ro de Esparta, viene  sustituir al
Garona, el ro de Burdeos, que tan impertinentemente se pretendi hacer
correr por esa regin de pura poesa. Lo mismo acontece con la visin
absurda de _cndidos cristales_, que eran y deban ser _cndidas
vestales_, como haba escrito Olmedo. _Et sic de caeteris._

Bello no caer en el olvido ni como gramtico ni como fillogo; en Chile
es seguro que no se borrar su fama de legislador: pero los timbres
indelebles de su gloria estarn siempre en sus obras poticas. Es por
consiguiente el ms interesante de los tomos de esta edicin el tercero,
en el que por primera vez se encuentra completo, reunido cuanto de
bueno, de mediano y de insignificante compuso  tradujo en verso, hasta
donde ha sido posible sacarlo de sus casi ilegibles manuscritos. La
coleccin es muy superior  la que en 1881 apareci en Madrid en la
_Coleccin de Escritores castellanos_, asemjanse ambas solamente en el
nmero considerable de erratas, pero esto es cosa corriente: el corregir
erratas de imprenta parece un arte perdido, ignorado de casi todos los
que en Europa y Amrica publican libros en espaol.

Esa edicin de Madrid tiene el mrito de llevar al frente un estudio
biogrfico y crtico por Don Miguel Antonio Caro, pero comete el crimen
de mutilar lastimosamente al poeta suprimiendo hasta cuarenta y seis
versos de una de sus mejores obras, la _Alocucin  la poesa_,
simplemente porque aluden  Espaa,  las crueldades de la conquista y
de la guerra de independencia. El trabajo de Caro es muy notable,
elegantemente escrito y de slida doctrina, salvo en alguno que otro
lugar en que el distinguido literato colombiano afirma en forma
demasiado concluyente  imperiosa su gusto y su impresin personal. Por
ejemplo, cuando en marcado son de vituperio llama intemperante el
lirismo de Quintana, como si templanza y lirismo casi siempre no se
excluyesen, y como si el lirismo mientras ms genuino y ms sincero no
pudiese correr el riesgo de parecer intemperante, sin perder por eso su
valor potico ni aminorar la intensidad de su efecto artstico. En otra
parte celebra un poco ms de lo justo una oda juvenil de Vctor Hugo,
_Moiss en el Nilo_, para poder mejor dar al traste con todo lo dems
que compuso el autor de _Las Contemplaciones_. Pero el punto de vista en
que agrada aqu  Caro colocarse es el ms propio y oportuno en un
juicio crtico[70] de las poesas de Bello,  indisputablemente las
juzga con ntima simpata y tino singular.

     [70] Don M. Menndez y Pelayo reprueba la expresin "juicio
     crtico" y dbese  l sin duda que muchos en Espaa se abstengan
     ya de emplearla. Tal vez sea vano empeo proscribir  estas horas
     lo que han usado numerosos escritores que saban muy bien lo que
     decan. Es un pleonasmo, pero tan admisible como admitido. "Juicio
     crtico" quiere decir una disertacin en que se _juzga_ un autor 
     una obra conforme  las reglas de la _crtica_. La Academia
     Espaola misma define al crtico en su Diccionario de esta manera:
     "El que _juzga_ segn las reglas de la _crtica_". Hay diversas
     maneras de juzgar como hay diversas maneras de emplear la palabra
     juicio.

Cuando Bello en 1810,  los veintinueve aos de edad, sali de Caracas,
su patria, que nunca deba volver  ver, formando parte de la primera
misin diplomtica que se mand  Europa, en la que entre otros iba
tambin Simn Bolvar, nada haba escrito todava digno de ser puesto
hoy en parangn con sus obras posteriores. En el curso de la segunda
mitad del perodo de su dilatada residencia en Inglaterra public en la
_Biblioteca_ y el _Repertorio_, las dos revistas en cuya direccin tom
parte principal, las _Silvas Americanas_, maravillosa obra maestra de
toda la literatura en lengua castellana, pues por su magnfica 
intachable diccin se eleva hasta igualar lo mejor que jams se escribi
en Espaa, y por su asunto, sus imgenes y la amplitud de sus ideas
lleva el sello profundo de la grandeza y novedad del mundo americano.
Esas dos composiciones, los fragmentos que constituyen la _Alocucin 
la Poesa_ y la silva  _la Agricultura de la zona trrida_, exceden 
todo lo que escribieron Olmedo y Heredia, sus grandes rivales en
Amrica, aunque por otra parte esos dos poetas brillantemente le superen
por la espontaneidad, el vigor y la variedad de la inspiracin lrica.

Bello es un admirable poeta didctico, didctico  la manera del autor
de las _Gergicas_, y basta  determinar bien la cifra de los quilates
de su mrito recordar que la comparacin, hecha y repetida infinito
nmero de veces, no es un simple manoseado lugar comn, un consorcio
vago y caprichoso de nombres  una indulgente concesin de apasionados;
quirese realmente con ella significar que cre el autor americano, 
ejemplo y en libre imitacin de Virgilio, algo casi tan bueno como
muchos buenos trozos de los cuatro libros de esa clebre produccin
latina, que la recuerda y  menudo la iguala tanto en la parte puramente
descriptiva como en los admirables episodios; salvo por supuesto la
enorme desventaja que consigo trae la inferioridad literaria de la
lengua moderna al lado de la antigua. Pero Bello, es claro, considerado
bajo otro aspecto dista demasiado de Virgilio. Las Gergicas anuncian,
preparan, no en el estilo, ya perfecto, sino en el conjunto de las otras
cualidades, al futuro cantor de la Eneida, y Bello, superior igualmente
como erudito y como perfecto versificador, no poda aspirar  las
alturas de poesa pica desde donde fulgura eternamente el genio del
vate famoso de "la alta Roma".

Analizar ahora esas producciones de la poca mejor de Bello sera
empresa intil, ya muy bien desempeada por Amuntegui, Caete, Pombo y
varios otros distinguidos escritores, y en primera lnea por Caro y por
Menndez y Pelayo.

En 1829, como va dicho, se estableci Bello en Santiago de Chile;
entregado inmediatemente  montonas y apremiantes ocupaciones cultiv
poco la poesa, public menos aun de lo que  ratos perdidos escriba
para su propio solaz. La necesidad de congraciarse el afecto de la nueva
patria lo movi  cantar dos veces, con once aos de intervalo, el _Diez
y ocho de Septiembre_, fecha oficial de la independencia de la
repblica; y es bien de admirar que esas dos odas as tituladas y
nacidas en condiciones tan de poeta cortesano, sean lo que son: dignas
de Fray Luis de Len por su tono solemne y elevado. Imitan claramente
las producciones del gran lrico castellano y ascienden sin desfallecer
al mismo nivel de estilo y entonacin. En la primera, la de 1830, es de
notarse la siguiente estrofa por la energa de la expresin, aunque la
imagen sea conocida, por el mismo Bello y por muchos otros usada ya:

       Vano error! Cuando el rpido torrente
       Que arrastra al mar su propia pesadumbre,
       En busca de la fuente
       Retroceda  la cumbre,
       Volver el que fu libre  servidumbre.

En la segunda, de 1841, ms extensa y variada, hay un hermoso smil
magistralmente desenvuelto, aunque abusa ya un poco de la transposicin,
rasgo caracterstico de su diccin potica:

       Pero del rumbo en que te engolfas mira
               Los aleves bajos,
       Que infaman los despojos miserables
               Ay! de tantos navos!
       Aquella que de lejos verde orilla
               A la vista parece,
       Es edificio areo de celajes
               Que un soplo desvanece.
       Oye el bramido de alterados vientos
               Y de la mar, que un blanco
       Monte levanta de rizada espuma
               Sobre el oculto banco.
       Y de las naves, las amigas naves,
               Que soltaron  una
       Contigo al viento las flamantes velas
               Contempla la fortuna.
       Las ves, arrebatadas de las olas,
               Al caso extremo y triste
       Apercibirse ya? ... T misma cerca
               De zozobrar te viste!

Es perder el tiempo ahora lamentar la interposicin de ese largo y
estril espacio de once aos en que nada ms hizo  public el poeta; en
que la dura necesidad de asegurar el sustento lo forz al silencio,
rodeado por una sociedad donde no hallaba ni auditorio ni estmulo ni
esperanza para la poesa; y que la inclemencia del destino as lo
persiguiese, cuando se acercaba ya al dintel de la ancianidad, para que
intilmente se consumieran las ltimas llamaradas de su genio potico
sin dar  nadie calor ni luz. Estaba entonces  punto precisamente de
operarse en l marcada transformacin, un rejuvenecimiento de sus
facultades poticas acompaado de nuevo rumbo impreso  su gusto y
aficiones literarias: prueba del grande y raro vigor de su talento, pues
iba ya  cumplir sesenta aos.

Fueron frutos de ese momento propicio, que comienza en 1841 y dura tres
 cuatro aos ms, unas siete composiciones que son despus de las
Silvas sus obras ms caractersticas. Adems de la cancin ya citada, de
un efecto montono de propsito buscado, pero algo fra, escribi las
bellsimas quintillas de _El Incendio de la Compaa_, en que sin
dejarse dominar demasiado por las melodiosas seducciones del metro
imprime al todo el acento de tristeza profunda, sobria, resignada que el
asunto requera:

       Noche oscura, muerta calma:
       Solemne melancola!

La primera parte describe poderosamente, sin exceso, sin intil
exageracin de horror el incendio de la antigua y venerada iglesia de
los Jesuitas en Santiago: la segunda representa las ruinas del edificio
visitadas despus de la catstrofe por una procesin de sombras y
fantasmas. Para esta pintura no apela  largas enumeraciones como
Espronceda en _El estudiante de Salamanca_  al vago delirio de
Zorrilla en varias de sus leyendas; condensa el efecto en pocas estrofas
limadas, correctas, en que ni falta ni sobra una partcula. Sirvan de
ejemplo estas dos, en que la precisin de la sobria descripcin apenas
permite tildar la repeticin de los consonantes verbales:

         Va  su cabeza un anciano,
       (Una blanca mitra deja
       Asomar su pelo cano).
       Cantan, y el canto semeja
       Sordo murmullo lejano.

         Mueven el labio, y despus
       Desmayados ecos gimen;
       La luna pasa al travs
       De sus cuerpos, y no imprimen
       Huella en el polvo sus pies.

El vivo color romntico que distingue al _Incendio de la Compaa_
indica ya bien claramente que la musa de Bello tenda  emprender vuelo
por regiones nuevas. Dan de ello testimonio decisivo las cinco
imitaciones de Vctor Hugo que en seguida public; su hermosa diccin,
su rico lenguaje se amoldan en ellas sin deterioro  los vastos
espacios,  los libres arranques de la nueva escuela de poesa. No se
reduce al Vctor Hugo clsico todava de las _Odas_ en el _Moiss
salvado de las aguas_, sigue el desarrollo de su genio en las
resplandecientes _Orientales_ para pedir luego otros dos motivos de
inspiracin  las _Hojas de otoo_ y  _Las Voces Interiores_, libros en
que ya brilla con todo su vigor el genio lrico del gran vate de
Francia. Las cinco son muy buenas, modelo perpetuo de lo que puede ser
la verdadera transcripcin en verso, de la manera nica quizs de verter
un poeta  otro gran poeta en idioma diferente, sin que en ninguno se
deslustre  amenge la inspiracin.

Bello escribi poco en verso, un volumen de los quince que forman esta
coleccin; su gloria reposa en unas diez  doce composiciones todas
notables, aunque en grados y cualidades diferentes. La historia de su
vida explica por qu le falt en realidad tiempo para ms,  pesar de la
crecida cifra de aos que alcanz. Pero aumenta en muchos puntos la
admiracin que arranca el conjunto de sus obras poticas, cuando se
piensa que el anciano autor de esas quintillas lricas de _El Incendio
de la Compaa_,  de las caprichosas y elegantsimas estrofas de los
_Fantasmas_,  del ascenso y descenso habilsimo del metro en _Los
duendes_, es el mismo que en plena madurez compuso la majestuosa y
severa silva  _La Agricultura de la Zona trrida_ Y renov la
inspiracin del cantor de las Ruinas de Itlica en el final del primer
fragmento de la _Alocucin  la poesa_. Esa feliz y brillante oposicin
entre los extremos de su carrera de poeta, entre la pureza clsica del
principio y el esplendor romntico del fin, constituye su mayor
originalidad, la verdadera razn que podra haber para colocarlo encima
de Olmedo y Heredia, aunque sea verdad que en poesa subjetiva la palma
debe siempre corresponder  la altura del vuelo lrico y  la
impetuosidad de los movimientos.

Hubo, adems, otra faz en el talento de Bello: de ella hay en esta
edicin muestras abundantes, pstumas casi todas y quizs por lo tanto
mal copiadas de sus manuscritos: una vena jocoseria  "humorstica" que
desde el principio se hizo sentir, como lo indica su traduccin del
_Orlando Enamorado_ conforme  la refundicin burlesca de Berni, y que
persisti hasta lo ltimo, como se ve por los cinco cantos de _El
Proscrito_, publicados por primera vez ahora tales cual quedaron  la
muerte del autor. Era de esperarse tambin que la elegancia natural de
su estilo, la riqueza de su vocabulario y la precisin de su lenguaje
condujesen  un alto grado de distincin en este gnero, y efectivamente
hay en los dos poemas numerosas octavas tan buenas como las mejores de
_La Mosquea_ de Villaviciosa, aunque ni en facilidad ni en chiste
lleguen  las de Batres, el poeta heroico-cmico de Guatemala. Es
lstima que no nos haya quedado nada definitivo, bien acabado en este
gnero, pues _El Proscrito_ no es ms que un esbozo incompleto, y en el
_Orlando_ slo son originales los exordios de algunos de los cantos.
Produce efecto particular en _El Proscrito_ la mezcla de un gran nmero
de chilenismos en la pura trama castellana de su lenguaje.

Quizs se descubra todava alguna otra composicin, algn otro fragmento
olvidado, pero nada importante agregarn  lo que ya poseemos, y el
monumento literario est para siempre elevado. Dbese  la gratitud de
la repblica de Chile, y toca ahora  los hispanoamericanos agradecerlo
 nuestra vez.




UN "REPORTER" DE COSAS DE AMRICA

EN EL SIGLO XV


PEDRO MRTIR DE ANGLERA

_Pierre Martyr d'Anghera, sa vie et ses oeuvres._ Par J. H. Marijol,
Paris (Hachette).


Es este libro una tesis  conclusin de examen para el grado de Doctor
en letras. El autor, catedrtico en universidad de provincia, vino 
Pars antes de la colacin de su grado en busca de un tema para su
discurso, que no estuviese demasiado manoseado, susceptible todava de
algn inters, de cierta novedad, y uno de sus futuros jueces le
sugiri, segn cuenta, la idea de estudiar la vida y los escritos del
famoso Pedro Mrtir, cuyas obras aun conservan valor para la historia de
Espaa, y sern siempre de suma importancia para la de Amrica en la
poca del descubrimiento y primeros aos de la conquista. Esa oportuna
sugestin di origen al presente volumen de lectura en extremo amena 
instructiva.

No es ahora tan comn en Francia como antes este gnero de trabajos
relacionados con la historia  la literatura de Espaa y la Amrica
espaola. Despus de la guerra con Alemania en 1870 la curiosidad de los
sabios franceses ha cambiado de rumbo y abandonado estudios que en los
das del Imperio, para no ir ms lejos, estaban muy generalizados. Algo
probablemente influy antes en ese inters por Espaa la procedencia de
la Emperatriz. Se le haca un poco la corte, como era natural, tratando
de cosas de su pas. Damas-Hinard, su secretario particular, pudo
gracias  ella ver salir de la Imprenta Imperial una magnfica edicin
del Poema del Cid con traduccin, notas y comentarios, al mismo tiempo
que Antonio de Latour, secretario en Sevilla del duque de Montpensier,
del marido de una Infanta de Espaa, escriba y animaba  muchos 
escribir sobre asuntos espaoles, y se mantena as la tradicin y el
ejemplo de Mignet, Viel-Castel, Prspero Merime, Rosseew Saint-Hilaire,
de tantos otros. Existen hoy, es verdad, dos revistas exclusivamente
consagradas  la pennsula ibrica: la _Revue Hispanique_ dirigida en
Pars por el erudito M. Foulch-Delbosc y el _Bulletin Hispanique_,
publicado en Burdeos, en cuya redaccin figuran literatos de tanto talla
como Ernesto Merime, autor del trabajo ms completo que se conoce sobre
Quevedo, y Alfredo Morel-Fatio. Pero ambas publicaciones son
trimestrales y la _Revue_  veces rene bajo una sola cubierta dos y ms
entregas. Morel-Fatio se queja en alguna parte del abandono en que hoy
se encuentran en su pas los estudios espaoles, y nadie sin embargo
hace tanto por ellos como l mismo, que posee perfectamente el
castellano, el cataln, el dialecto gallego tan cultivado al fin de la
Edad Media, as como el portugus y el italiano; que ha hecho una
edicin admirable comentada y anotada de _El mgico prodigioso_, de
Caldern, escrito las interesantes monografas de sus _Etudes sur
l'Espagne_ y varios otros trabajos de gran mrito.

Volviendo  la tesis de M. Marijol, no hay duda que es Pedro Mrtir de
Anglera, como en Espaa se le llama, personaje muy interesante, y por
fortuna no escasean los datos para componer su biografa. La coleccin
de sus cartas, impresa poco despus de su muerte con el ttulo de _Opus
Epistolarum_, comprende nada menos que ochocientos diez y seis nmeros
en un espacio de treinta y siete aos, desde 1488 hasta 1525.

"Un literato italiano en la corte de Espaa" es el primer ttulo de este
libro. En efecto Pietro d'Anghera, milans, residente en Roma y
discpulo del gran Pomponio Leto, tena treinta aos de edad cuando se
le aboc el conde de Tendilla, embajador de los Reyes Catlicos, 
pedirle que fuese  establecerse en Espaa y propagar all los inmensos
adelantos que en ciencias y letras haban realizado los sabios italianos
del Renacimiento. Propuesto el viaje fu inmediatamente aceptado. A
Espaa lleg en 1487, de Espaa no sali ms, salvo una breve excursin
diplomtica en Egipto, y en Granada muri en 1526  los setenta aos
prximamente, pues no se conoce con certeza la fecha de su nacimiento.

Apenas llegado asisti en el squito de la reina Isabel  varios
episodios de la campaa de Granada, y permaneci en el terreno de ese
ltimo duelo entre la cruz de Covadonga y la Media Luna hasta ser
testigo de la dramtica escena de la rendicin del Zagal y penetrar
luego con los Reyes Catlicos en el palacio del monarca moro, en La
Alhambra, cuya magnificencia arranca un grito de admiracin
extraordinaria  ese italiano, que haba pasado en Roma muchos aos de
su vida: "Qu palacio, Dioses inmortales! No hay otro que se le
parezca sobre la superficie de la tierra!" All concibi admiracin
todava mayor por los dos soberanos espaoles  cuyo servicio se
consagraba, por la reina especialmente, de quien recibira muestras
repetidas de favor y de quien hablara siempre en los trminos ms
exaltados como en la carta del 26 de Noviembre de 1504, da mismo del
fallecimiento de Isabel, carta nmero 279 del Epistolario, que citan
Prescott, Lafuente y otros historiadores: "El mundo ha perdido su
ornamento ms precioso; era el espejo de todas las virtudes, amparo de
los inocentes y freno de los malos. No s de otra herona ni en los
antiguos ni en los modernos tiempos que merezca ponerse al lado de esta
mujer incomparable".

Pedro Mrtir abraz en Espaa la carrera eclesistica, fu nombrado
capelln de la reina, se puso al frente de una especie de academia
ambulante de enseanza de los nobles espaoles, que mudaba de lugar
siguiendo  la corte de Valladolid  Zaragoza,  Barcelona y otras
capitales, y recibi el ttulo oficial de "maestro de los caballeros de
mi corte en las artes liberales" con treinta mil maravedises de sueldo.
"Amamant en mis pechos" dice una de las epstolas " casi todos los
principales de Castilla". La expresin que as traducida no dejar de
parecer grotesca, lo es mucho ms en latn: _suxerunt mea litteraria
ubera_. Con los que menciona en sus cartas puede formarse larga lista de
personajes por l educados, desde un duque de Braganza hasta otro de
Villahermosa primo del rey, incluyendo varios Mendozas y Girones y
Fajardos, los primeros nombres del pas, en aquellos das en que la
aristocracia era todava un poder en la realidad y en la apariencia.

En medio de la corte y con el favor de los soberanos hallse, pues,
Pedro Mrtir de Anglera en la ms ventajosa posicin para conocer y
juzgar con acierto los sucesos polticos, y no podan stos menos de ser
muy importantes, dados el pas, la fecha, las circunstancias, cuando
acababan los reyes Catlicos de constitur y robustecer en ese extremo
occidental del mundo una monarqua militar destinada  ejercer
influencia preponderante en Europa por ms de cien aos, una hegemona
indisputable, como la que ejerce en nuestros das el imperio alemn.
Gustbale infinito escribir cartas, tena corresponsales en toda Europa,
y principalmente en Italia, que reciban y lean con avidez sus
noticias: de ah el gran bulto del Epistolario. Era testigo presencial
de muchos de los sucesos de que hablaba, y los ms de ellos,  partir
sobre todo de la muerte de la reina, despertaban por s mismos dramtico
inters: primero las borrascosas relaciones entre Fernando el Catlico y
su yerno el archiduque Felipe; luego la muerte prematura, inesperada de
ste; la locura de su mujer doa Juana; el viaje fantstico del cadver
de Felipe el Hermoso  travs de media Espaa, desde Miraflores hasta
Granada, con la esposa demente sin cesar al lado del carro fnebre,
acampando  veces por las noches la comitiva en lugares solitarios,  la
luz incierta de las antorchas sacudidas por el viento. Despus la
regencia famosa del inflexible cardenal Cisneros, los desmanes y la
irrefrenable codicia de los flamencos que entraron con el joven rey
Carlos en Espaa, y por ltimo, sin contar otros sucesos anteriores y
posteriores, la guerra de las Comunidades de Castilla, durante la cual
residi Pedro Mrtir en Valladolid, en el centro mismo de la rebelin,
tratando de mediar entre los levantados y el gobierno. Ese italiano del
Renacimiento se asimil los sentimientos de la nueva patria y, junto con
muchos de los ms sinceros y mejores espaoles del siglo XVI, nutri
vigorosa antipata contra los extranjeros del norte venidos  la sombra
del nuevo rey  explotar la nacin. Ntanse  menudo en sus cartas
claras seales de buena voluntad hacia el movimiento municipal,  pesar
de que tan marcadamente iba contra la aristocracia. No le inspira
sentimiento alguno de satisfaccin, no escribe una palabra de triunfo
sobre la derrota infausta de Villalar y, sin embargo, ni tuvo nunca
confianza ni crey capaces  los jefes del levantamiento,  quienes
trat muy de cerca, de vencer las dificultades de la situacin. Don
Pedro Girn le pareci un ambicioso vulgar atento sobre todo  ser duque
de Medina-Sidonia, lo que es muy cierto; Juan de Padilla, un regidor
envanecido que se cree "magno pretor" de un magno ejrcito con tribunos
y centuriones, lo cual es sobradamente injusto; y dice por ltimo de
doa Mara Pacheco, usando una de esas expresiones extraamente
originales que en l abundan, que era el marido de su marido, _maritum
mariti_.

El testimonio de Pedro Mrtir por consiguiente tal como se encuentra
consignado en el _Opus epistolarum_ es de bastante valor histrico.
Verdad es que varios escritores, el insigne Ranke primero, luego el
grave historiador ingls Hallam y otros, lo acusan de numerosos
descuidos, de errores de fecha y aun de palpables imposturas; pero
Prescott, que lo estudi detenidamente para sus obras sobre los Reyes
Catlicos y sobre la conquista de Mjico, lo defiende de esos cargos y
sostiene en general su veracidad.

Ello no tiene suma importancia; acerca de los sucesos de la historia de
la pennsula  que alude  que juzga, hay otras autoridades igualmente
contemporneas, y no es difcil depurarlas y hacer la contraprueba. Para
nosotros el gran valor de sus escritos reside en lo que atae  la
historia de Amrica; entre americanistas el nombre del autor de las
_Dcadas_ sobre el Nuevo mundo, _De orbe novo_ y _De rebus oceanicis_,
es de un inters excepcional, y constantemente se citan, se estudian y
estudiarn esos trabajos, as como aquellas de sus epstolas contenidas
en el _Opus_, referentes  asuntos de Amrica.

La lstima es el corto nmero de esas cartas; son unas treinta, apenas
el cuatro por ciento de la suma total, las que refieren episodios del
descubrimiento de las Amricas. En esa poca no haba peridicos para
propagar con rapidez las noticias interesantes, y  nadie fu dado mejor
que  Pedro Mrtir desempear ese servicio por medio de sus
corresponsales que eran tan numerosos como distinguidos, por lo general
personajes eminentes, empezando por el mismo Sumo Pontfice, que
reciban y trasmitan  otros las palpitantes novedades de sus cartas.
En Barcelona se hallaba cuando acudi Coln  presentarse en la capital
del principado ante los Reyes Catlicos y darles cuenta verbal de los
maravillosos resultados de ese primer viaje en que encontr la Amrica
buscando el Asia al travs del ocano. Relata Anglera el memorable
acaecimiento en una carta fechada "Barcelona, da de los idus de Mayo"
y dirigida  Jos Borromeo. En varias otras escritas ese mismo ao de
1493 comunica  diversas personas detalles interesantsimos, recogidos,
como es muy posible, de los labios del mismo Coln. "Activo reporter" le
llama con exactitud, por esos informes comunicados  tantas personas,
Justin Winsor en la _Historia crtica y narrativa de Amrica_. Marijol
por su parte tambin lo llama "el gacetero del Descubrimiento".

Ambos calificativos merecen aplicrsele como expresin de elogio sin
sombra alguna de menosprecio, porque adems de las cartas hay que
agradecerle las Dcadas, coleccin de fragmentos trazados al comps de
la marcha de los descubrimientos y agrupados de diez en diez, trabajo
que comenz casi inmediatemente despus de la vuelta del Almirante y
continu hasta la muerte del narrador en 1536. Todos esos trozos
manuscritos circulaban uno  uno, pasaban de mano en mano buscados y
ledos con devorante inters. El papa Len X recibi directamente
algunos de ellos, y con orgullo recuerda Pedro Mrtir en una de las
epstolas que Su Santidad, rodeado de la mayor parte de los cardenales,
haba ledo despus de comer en alta voz, sin temor de fatigarse
demasiado  pesar del estado de su salud, toda la relacin que le haba
enviado sobre el paso del istmo y la primera aparicin del Ocano
Pacfico ante los espaoles deslumbrados. De esa manera,--escribe M.
Marijol, no obstante la desproporcin entre los dos trminos de su
_rapprochement_,--si un italiano sonde las profundidades del mar de
Occidente, otro italiano fu el heraldo anunciador de tan prodigiosas
hazaas. Ya en ese camino pudo recordar con oportunidad que otro
italiano tambin iba  dar poco despus su nombre al mundo salido de
esas profundidades.

En los ltimos aos de su existencia ocup la posicin ms ventajosa
para saber, antes y mejor que nadie, toda especie de noticias sobre lo
que acaeca en el nuevo mundo. El emperador Carlos V lo hizo entrar en
su Consejo Real, lo nombr despus vocal y secretario del de Indias, y
entre sus otras dignidades eclesisticas figura la de abad "con uso de
mitra y autoridad episcopal en la isla de Santiago  Jamayca". Esto
explica la excelencia de sus informes y el valor permanente de las
Dcadas, que sern siempre una de las fuentes de la historia primitiva
de Amrica.

Escribi nicamente en latn, un latn brbaro  veces, necesitando con
frecuencia crear trminos nuevos para las cosas nuevas que tena que
contar. Aunque no careca de ciertas prendas de escritor, su latinidad
no lleg ni con mucho  la correccin y naturalidad de otros prosistas
latinos del siglo XVI, como por ejemplo Luis Vives, ni muchsimo menos
al lenguaje ciceroniano de sus clebres compatriotas Bembo  Paulo
Manucio. Bien se ve en los pasajes citados en este volumen, traducidos,
adems, con fidelidad y con elegancia.

Las Dcadas no son relaciones descarnadas ni ridas compilaciones de
documentos  noticias oficiales. M. Marijol las llama "el manual del
descubrimiento y la conquista", merecedor de aplauso general porque
tiene pinturas amables al mismo tiempo que graves disquisiciones. El
autor es hombre de estado y de letras juntamente. Honra  la elevacin
natural de sus sentimientos y  su perspicacia que desaprobase desde esa
poca, antes que el mismo Padre Las Casas, el horrible y destructor
sistema de colonizacin iniciado por los conquistadores. Para dar de
ello muestra basta aqu recordar las palabras tan curiosas como
trgicamente sugestivas con que en una ocasin reanuda su trabajo
interrumpido: "Desde la fecha en que suspend mis Dcadas nada se ha
hecho ms que dar y recibir la muerte, matar y ser matado", _trucidare
ac trucidari_.

El trabajo de M. Marijol es slo deficiente en la parte bibliogrfica,
aspecto de su asunto que de propsito no examina, quizs no sea la
costumbre tratarla en estos discursos universitarios, y merecera, sin
embargo, el serlo, pues las primeras ediciones no se encuentran con
facilidad, sobre todo la de la Dcada primera impresa sin permiso del
autor en Sevilla, 1511. Los ejemplares con las ocho reunidas de la
primera edicin en Alcal, 1530, son raros; las bibliotecas que  cada
instante se fundan en los Estados Unidos las buscan siempre y han hecho
subir su precio, porque los ejemplares as colocados raras veces
vuelven  aparecer en venta pblica. No s de ms traducciones que la
inglesa de Edem y Locke, 1553-1612. J. Winsor dice en su Historia, ya
citada, que un descendiente de Anglera, llamado Juan Pablo Martir y
Rizo, tena concludo el manuscrito de una traduccin al castellano.
Pero no se imprimi, y probablemente  estas horas estar perdido.




JOS MARA HEREDIA

Y LA

ANTOLOGA DE POETAS HISPANO-AMERICANOS

DE LA

REAL ACADEMIA ESPAOLA


Desde que la Real Academia Espaola combinando, cual viene hacindolo
desde hace mucho tiempo, sus funciones naturales de rbitro en puntos de
lengua y de gramtica con las tareas de activa casa editora de libros,
anunci el proyecto de publicar una antologa en cuatro gruesos
volmenes de poetas hispanoamericanos, muchos en Amrica pensaron que el
intento, excelente, quizs, como simple negocio de librera, poda con
suma facilidad torcerse y resultar estril, si no pona la Academia
particular cuidado de proceder en la eleccin de las materias y en la
apreciacin de los autores con amplia imparcialidad, con ntima
simpata, colocndose cuidadosamente dentro de la misma atmsfera moral,
sobre el mismo terreno en que nacieron y vivieron los artistas cuyas
obras forman la coleccin, porque es evidente que las antologas deben
tener por fin dar idea breve y completa del carcter de las producciones
de un autor, de un pas  de una regin, olvidando divergencias de
juicio, resentimientos polticos, agravios reales  imaginarios,
nacidos de las circunstancias especialsimas en que Espaa y las
Amricas durante tantos siglos se han encontrado. A pesar de las
dificultades del caso contaban algunos que este mismo sera el parecer
de la Academia, porque la Antologa por su contenido deba en realidad
ser un libro para mercados americanos, y porque en Espaa, segn
afirmaba con natural amargura doa Emilia Pardo Bazn, al poner trmino
definitivo  su _Nuevo Teatro Crtico_, nadie actualmente compra libros
de cierto precio, y con muy raras excepciones ningn autor notable vive
all holgadamente de los productos de su pluma.

La Academia confi la ejecucin de la empresa  don Marcelino Menndez y
Pelayo. Literariamente juzgando, no poda darse eleccin ms acertada;
la profunda y vasta erudicin del escogido, su acendrado buen gusto, la
transparente elegancia de su estilo, la facilidad de su pluma lo
designaban entre todos los acadmicos como el ms apto para el caso.
Pero mirada bajo otro aspecto la eleccin no pareca igualmente feliz.
En la lucha de partidos de su pas figura el Sr. Menndez entre los
conservadores ms netos, entre los que profesan opiniones que hoy no
dominan en pases hispanoamericanos, salvo en Colombia; pero esto no era
de suponerse que alterase en manera alguna su imparcialidad. El mal
estaba en la cruel intransigencia con que hasta ahora haba sostenido en
todos sus escritos su espaolsimo sentir en cuestiones ya puramente
histricas, pero que del modo ms directo ataen  los americanos.

Hablando en esta obra del distinguido literato argentino Juan Mara
Gutirrez, que por los aos de 1846 compil en Valparaso la mejor de
todas las antologas de poetas de Amrica que hasta el presente se
conocen, aunque ya muy atrasada como por la fecha se comprende, descubre
y reprueba en l un "antiespaolismo furioso que fu exacerbndose con
los aos", del cual naci, siempre segn el Sr. Menndez y Pelayo, un
entusiasmo fantico por todas las cosas americanas, que lo arrastra 
defender lo mediano y hasta lo malo.

Si esto piensa y dice de Gutirrez el Sr. Menndez, qu hubiera pensado
y dicho Gutirrez, si hubiese vivido bastante para leer todo lo que el
Sr. Menndez ha escrito sobre la misma materia?

El insigne crtico argentino nunca de seguro dijo contra Espaa cosa
alguna tan dura, tan injusta, tan agresiva como las que contra Amrica
ha credo oportuno estampar el eminente crtico espaol. El supuesto
fanatismo de Gutirrez jams lleg hasta el extremo de usar frases
parecidas  las siguientes, que una vez emplea don Marcelino, al tratar
de enumerar las causas de la decadencia de su nacin en el siglo XVII.
He aqu la segunda de esas causas: "La colonizacin del Nuevo Mundo, en
el cual sembramos  manos llenas religin, ciencia y sangre, para
recoger ms tarde cosecha de ingratitudes y de deslealtades, _propia
fruta de aquella tierra_". Es el caso de exclamar: _in cauda venenum_!
Aunque todava ms exacto sera decir que la clusula entera, rica de
veneno, lo deja escapar al fin en alto surtidor, como agua de copiosa
fuente. Fu lanzada la frase en el ardor de una polmica, pero reimpresa
en libro dos aos despus; y slo en 1887, al salir la tercera edicin
de la obra titulada _Ciencia Espaola_ reapareci la clusula privada de
las cinco ltimas palabritas, completa y flamante por lo dems.

No bast, sin embargo, esa ocasin para dar salida  todo lo que el
vigoroso polemista tena que decir sobre Amrica y sobre el conjunto de
sus hijos; cinco aos despus de la fecha de esa discusin memorable, en
el tomo tercero de la _Historia de los Heterodoxos espaoles_, impreso
en Junio de 1882, hallamos estas otras lneas:

"Los mismos americanos confiesan que en la oda _A la vacuna_ y en los
papeles oficiales de Quintana aprendieron aquello de los _tres siglos de
opresin_ y dems fraseologa filibustera, de la cual los criollos,
hijos y legtimos descendientes de los susodichos _opresores_, se
valieron, no ciertamente para restituir el pas  los _oprimidos_
indios, sino para alzarse _heroicamente_ contra la madre patria, cuando
sta se hallaba en lo ms empeado de una guerra extranjera"[71].

     [71] Todas las palabras en bastardilla se encuentran as en el
     original, por temor sin duda de que pudiera alguien equivocar el
     sentido y no penetrar la irona, pero sta se impone por s misma
     sin necesidad de auxilio tipogrfico. Lo que no parece tan claro es
     lo de los mismos americanos que no haban odo hablar de los siglos
     de opresin, antes que Quintana se los revelase. Mas como no se
     dice quienes son ni dnde lo dijeron, podemos ahora prescindir de
     ellos.

Ms adelante todava, en 1886, se aparta una vez de su camino en el tomo
quinto de la _Historia de las Ideas estticas en Espaa_, para encomiar
una estrofa de la oda _A las nobles Artes_ del duque de Fras, que
presenta como "la protesta contra los separatistas americanos" y
especialmente encarece  ttulo de obra "de incomparable belleza". La
estrofa en resumen no es ms que el desleimiento espumante y altisonante
de un trusmo, de una verdad de Perogrullo, y viene  significar que si
la Amrica al obtener su independencia crey expeler  Espaa
grandemente se equivocaba, pues all estara siempre la religin llevada
por Espaa y la cruz misma plantada en la Alhambra y la lengua de
Cervantes etc., etc. Todo ello bien sabido, pero olvidando que esa
religin y esa cruz y esa lengua no la inventaron ni llevaron el duque
de Fras ni sus contemporneos, sino espaoles que fueron igualmente
antepasados de ellos y de los americanos, y que  esas buenas cosas
tienen unos y otros idntico derecho, segn la constante legislacin de
Espaa, como directos descendientes; y para desheredarlos as, tan en
absoluto, se requerira el fallo de un tribunal superior, la historia 
la posteridad, no el de las partes mismas contendientes, y tan  raz de
lo sucedido.

Empero, todo esto,  pesar de lo amargo y de lo injusto, puede pasar
como "propia fruta" del "tiempo y no de Espaa", y pues el autor con
estar muy lejos todava de acercarse  la ancianidad ha templado mucho
la forma en que expresa sus convicciones,--sin renegar por supuesto de
una sola de ellas,--como lo prueban las notas y alteraciones de la
tercera edicin citada de la _Ciencia Espaola_, era fundadamente de
creerse que _deposta l'usata minaccia_, para usar una frase de Manzoni,
pudiera muy bien hoy escoger y juzgar las poesas de la nueva Antologa
con perfecta imparcialidad.

El tomo primero, dedicado  poetas de Mjico y de la Amrica central
nicamente, nos dej llenos de dudas, aunque sin motivos bien claros
para formular juicio adverso  favorable. Pero el segundo, en que se
penetra desde la primera pgina en el temblante y, para un espaol no
muy sereno, peligroso campo de la literatura cubana, descorri el velo y
nos sumi en el ms doloroso desengao.

Vamos, pues,  examinar brevemente lo que en esta antologa se dice y se
hace respecto  las poesas de Jos Mara Heredia, porque tanto el autor
como las composiciones nos parecen injustamente tratados, infludo 
nuestro juicio el Sr. Menndez y Pelayo de la manera ms lastimosa por
motivos ajenos  la literatura, por consideraciones de poltica y de mal
entendido patriotismo.

Imprtanos, sin embargo, advertir ante todo que no tenemos la
pretensin de negar al coleccionador y prologuista de la Antologa el
derecho de abrigar las opiniones de que son eco las frases citadas,
tomadas de tres obras distintas escritas en momentos diferentes de su
brillante carrera de historiador literario; es l sin disputa muy dueo
de profesarlas y pregonarlas, y si nos producen el efecto de ser 
exageradas  falsas, acaso proviene slo de que nos colocamos en terreno
diametralmente opuesto. Nos aventuramos  discutirlas, porque se trata
de una antologa hispanoamericana ordenada  impresa en Madrid bajo la
gida de la Real Academia Espaola, la cual tiene en varios pases de
Amrica hijuelas oficialmente reconocidas y con las que vive en
frecuente correspondencia; porque una empresa de este gnero debe ser,
como el ordenador mismo lo declara de antemano, _obra de paz y
concordia_, y el que ha emitido todas esas sentencias injustas y
desdeosas no pareca especialmente preparado ni  la paz ni  la
concordia. Si se tratara en cambio de componer una historia de los
separatistas americanos, lo hara sin resquicio de duda con tanta
habilidad, tanta riqueza de datos y tanta energa como despleg en la de
los heterodoxos espaoles, y no habra entonces chocado tanto hallar que
trata al ilustre Andrs Bello, al patriarca de las letras en Amrica,
como  un simple _filibustero_ cubano, segn su vocablo favorito; que
desmenuza la _Alocucin  la poesa_ para aislar una  una las "injurias
rimadas contra Espaa" que encuentra ms dbilmente escritas, citarlas
con fruicin y aadir con triunfante satisfaccin que tales versos
"dignos de alternar con los dsticos del Padre Isla" parecen  los
espaoles "justo castigo de un malo y descastado impulso".

Si tanta indignacin, tanto resto de orgullo lastimado y mal cicatrizado
puede persistir, cuando los sucesos y los versos que sobre ellos se
escribieron datan de muchsimo tiempo atrs, no es de extraar que se
aplique  la isla de Cuba, (todava sometida al yugo, y _ognor
fremente_, cuando se preparaba y publicaba la Antologa) mayor
severidad, ninguna benevolencia.

Jos Mara Heredia es el ms notable poeta cubano, uno de los muy
primeros de toda la Amrica en el siglo XIX, malogrado en la flor de su
vida,  los treinta y seis aos no cumplidos, edad, no hay que
olvidarlo, en la cual ni Bello haba escrito las _Silvas americanas_ ni
Olmedo el _Canto  Junn_. Para Heredia reserva el Sr. Menndez su mayor
crueldad, suprimiendo todos los versos patriticos, las poesas
filibusteras, como gusta de llamarlas, enamorado siempre del oprobioso
adjetivo. De Bello al menos suprime nicamente la tercera parte de la
_Alocucin_ para citar slo algunas lneas en la introduccin
acompaadas del sangriento insulto literario de equipararlas  las
aleluyas del Padre Isla; de Heredia rechaza en masa cuanto se alza
contra el poder de Espaa, pero no prescinde de incluir algo en la
Introduccin, dos cuartetas en que cree descubrir malvola apologa del
asesinato poltico; es decir, calla lo mejor  insiste sobre lo peor,
para declamar en seguida sobre su _malfica influencia_ y los _odios
fratricidas cuya semilla esparci_, como si el insigne lrico, que naci
en Diciembre de 1803 y muri en Mayo de 1839, pudiera ser el responsable
y nico propagador del pernicioso virus separatista.

Basta leer en el ndice los ttulos de las trece composiciones escogidas
entre las de Heredia para quedar estupefacto. Brillan realmente por su
ausencia, como se traduce ingeniosamente en francs la frase clebre de
Tcito, nunca ms exacta que en el presente caso, varias de las mejores
que produjo el poeta. Faltan nada menos que la incomparable epstola _A
Emilia_, el _Himno del desterrado_, la vigorosa segunda parte de la oda
 Bolvar, los tristes y tan hondamente amargos _Desengaos_, poesas
que ofrecen por s solas la imagen ms brillante y cabal de todo su
genio, de toda su vida. Sin ellas y otras que por razones idnticas se
han pasado por alto, no es posible formar juicio exacto de lo que fu y
lo que vale el poeta cubano. Despus de echarlas deliberadamente  un
lado se inserta en compensacin la plida oda _A la Religin_ y los mal
llamados _Ultimos Versos_, mediansimos stos, casi sin valor literario,
pero en la preferencia inesperada obedece el colector  sentimientos
personales, as como es esclavo de preocupaciones polticas al recusar
las otras.

"Heredia es, ante todo, poeta de sentimiento melanclico y de
exaltacin imaginativa" dice, por cierto esta vez sin la precisin y
claridad ordinarias de su estilo, pues eso de "exaltacin imaginativa"
parece bien vago y nebuloso, designado como rasgo principal de un poeta
cuyos escritos tan profundamente se resienten, como l mismo dijo, "de
la rara volubilidad de su suerte", cuyos sufrimientos fueron muy reales
y nada tuvieron de ilusorios. Pero en la definicin falta precisamente
el Heredia de las poesas americanas reunidas por l bajo la rbrica de
"patriticas" en la edicin de Toluca, 1832, que son la prueba
irrecusable, decisiva, de que no haba nacido exclusivamente para la
elega, como afirma en seguida Menndez. "Para dar con los himnos de
nuestra libertad hay que buscarlos en Heredia" ha dicho muy bien Merchn
en sus _Estudios Crticos_. Heredia en efecto es el Tirteo cubano, poeta
de accin, poeta _civil_, lleno de arranque, de movimiento y de energa.
Los lamentos elegacos que  veces se oyen en medio de sus ms
arrebatadas y vigorosas composiciones no debilitan el encumbrado vuelo
lrico, porque como brotan de lo ms ntimo del corazn, como se
manifiestan siempre con penetrante y comunicativa sinceridad, como
surgen naturalmente de su triste situacin de desterrado y de la triste
situacin de la isla esclavizada, aaden notas profundas y patticas al
himno magnfico de la anhelada redencin.

Unas lneas de los _Reisebilder_ asaltan mi memoria, cuando considero
bajo ese aspecto al poeta de los himnos patriticos: "La poesa,
escribe Heine, ha sido nicamente para m el medio de lograr un fin
sacrosanto, nunca me ha importado mucho la gloria de mis versos y
quisiera que colocasen, no una corona de laurel, sino una espada, sobre
mi tumba, porque he sido un buen soldado en la guerra de la emancipacin
de la humanidad". No s si en esto, como en casi todo lo que en prosa
escribi Heine, hay fuerte dosis de irona, pero Heredia pudo decirlo de
s mismo con perfecta exactitud. Nadie busc el aplauso popular menos
movido por vanidad de artista; nadie tampoco emple sus talentos con ms
altos y generosos propsitos y nadie mereci tanto,  pesar de no haber
tomado parte en ninguna lucha armada, que depositasen sobre su sepulcro
las insignias de los guerreros, porque fu buen soldado en la lucha por
la libertad de su patria, porque sus versos repetidos de boca en boca
durante los muchos aos de guerra, de ruina y de dolor que ha costado la
emancipacin de Cuba, han sido la voz que alienta en el combate, la voz
que conforta en la adversidad; y cuando en los momentos ms crueles se
pregonaba amenazando catstrofes inminentes la superioridad en nmero y
recursos militares del poderoso enemigo, venan consoladores  la mente
los dos versos ltimos del Himno clebre:

       Cuba! al fin te vers libre y pura
       Como el aire de luz que respiras,
       Cual las ondas hirvientes que miras
       De tus playas la arena besar.

       Aunque viles traidores le sirvan,
       Del tirano es intil la saa,
       Que no en vano entre Cuba y Espaa
       Tiende inmenso sus olas el mar.

La profeca no se haba realizado, no pareca prxima  realizarse,
cuando el docto acadmico redactaba su erudita y poco equitativa
Introduccin y cuando con escndalo copiaba de _La Estrella de Cuba_,
otra cancin patritica, juvenil, compuesta  los diez y nueve aos y
bastante desigual, las dos cuartetas ya mencionadas, por descubrir en
ellas que el poeta "en su frenes revolucionario de 1823 no retroceda
ni aun ante la idea del asesinato poltico". Helas aqu:

       Oh piedad insensata y funesta!
       Ay de aqul que es humano y conspira!
       Largo fruto de sangro y de ira
       Coger de su msero error...

       *       *       *       *       *

       De traidores y viles tiranos
       Respetamos clementes la vida,
       Cuando un poco do sangre vertida
       Libertad nos brindaba y honor.

Hblase en estos versos de lucha, de sangre, de muerte, como inevitables
condiciones para afirmar el honor, para conquistar la libertad, pero no
ofrecen fundamento para creer que envuelvan la apologa del asesinato
poltico,  pesar de que el poeta tena entonces la edad en que casi
todos los estudiantes ponen en lo ms alto del firmamento de los hroes
 Marco Bruto   Carlota Corday. Siempre en Cuba se ha credo que se
referan al asalto de un puesto de guardia mal defendido en la ciudad de
Matanzas. No lo sabemos, pero quizs la piedad y la justicia mismas no
hubieran retrocedido ante "un poco de sangre vertida", si hubiese podido
ahorrar los torrentes que haban de correr por los patbulos, que haban
de teir de rojo los caminos de un extremo al otro de la isla.

Engolfado en estos pensamientos cree oportuno el Sr. Menndez y Pelayo
traer  colacin, para ponerlo enfrente de esas cuartetas
revolucionarias, como palinodia cantada por el poeta de 1823, la carta
que el desterrado escribi en 1836 pidiendo al general Tacn, gobernador
de la isla, permiso de volver y vivir al lado de su anciana madre y sus
hermanas, de quienes estaba haca trece aos separado, que amaba
entraablemente, que no olvidaba un momento, como de sobra saben cuantos
han ledo sus versos, pues las recuerda  invoca con suma frecuencia.
Muchas cosas haban pasado en Espaa en esos trece aos; indultos,
amnistas, cambios de rgimen,--primero con motivo de las bodas ltimas
de Fernando, luego de su muerte,--proclamacin de su hija, advenimiento
de un gobierno liberal, parlamentario, que haban abierto las puertas de
la patria  todos los emigrados y condenados polticos. Pero en Cuba
nada haba cambiado: gobernada en 1836 ms despticamente que nunca por
Tacn, militar intolerante, suspicaz, terco, rutinero, que contena con
mano de hierro y facultades ilimitadas el menor esfuerzo para aliviar la
carga opresiva. Heredia llevaba ms de diez aos de residencia en
Mjico, all se haba naturalizado y era magistrado de su Audiencia,
cuando su salud ya vacilante, el clima de la capital que era contrario 
su padecimiento y el deseo de ver la familia lo decidieron  solicitar
de Tacn el permiso de entrar en su pas. Para prevenir las sospechas
del procnsul y evitar una segunda negativa, pues ya lo haba solicitado
una vez en balde, agreg en la carta lo que era la verdad: que tena muy
modificadas sus opiniones con motivo de "las calamidades y miserias" que
estaba presenciando en Mjico, por lo cual considerara un crimen
cualquiera tentativa de trasplantar esos males  Cuba. Alma
impresionable de poeta que los acontecimientos afligen y amoldan como
cera blanda, no pudo sin inmenso desaliento contemplar el penoso
espectculo que ofreca Mjico al mundo en aquel perodo pasando sin
cesar de la anarqua  la dictadura, de la dictadura  la anarqua,  la
merced de ambiciosos de pobre estofa, capaces de todos los atentados,
como l deca del general Santa Ana.

En cualquiera otra parte de Europa  Amrica un desterrado poltico de
esa importancia, de tanto talento y prestigio, que pide l mismo
licencia de volver  su patria en semejantes condiciones, hubiera sido
acogido con los brazos abiertos, agasajado como preciosa adquisicin.
El general Tacn, que consideraba  todo hijo de Amrica como enemigo
personal, y gobern la isla durante cuatro aos con esa indestructible
conviccin por norma de conducta, otorg trabajosamente una licencia
improrrogable de dos meses con expresa recomendacin de pasarlos en el
seno de la familia y reembarcarse al fenecer el plazo perentorio
determinado. El gran poeta, enfermo, pues ya lo minaba la dolencia
pulmonar que haba de arrebatarlo dos aos despus, fu recibido de la
manera humillante que relata un testigo mayor de toda excepcin, el
ingls Kennedy, representante del gobierno britnico[72].

     [72] Kennedy, _Modern poets and Poetry of Spain_. 1 vol. London
     1852. Pgs. 265  290.

Lleg en Noviembre y parti en Enero, otra vez hacia el destierro.
Cuantos lograron verlo y hablarle en Matanzas y la Habana le oyeron
francamente expresarse en el mismo sentido que se haba dirigido  Tacn
en la carta, desengaado, lacerado en lo ms ntimo por el desgobierno,
el desorden inextricable en que Mjico convulsivamente se agitaba. Su
vista, disminuida por la suma de crueles infortunios, por el mal que
lentamente y sin reposo devoraba sus entraas, no tena fuerza para
elevarse y divisar ms all de las escenas contemporneas que lo
angustiaban un lejano, ms risueo porvenir.

Al transcribir el colector el prrafo de la carta aade que lo hace
"_por ms que duela_  los separatistas cubanos, que slo podrn
desvirtuar su fuerza suponiendo en Heredia una doblez y falsa indigna
de su buen nombre  impropia de su carcter franco y arrebatado". No es
probable que haya hoy nadie interesado en desvirtuar la fuerza de las
palabras del poeta, ni mucho menos dudar de su franqueza y veracidad
indiscutibles. Si existiesen aun "separatistas cubanos", es muy probable
que se contentaran con hacer notar que los agentes de la metrpoli
perseguan en Cuba con el mismo ensaamiento  los que se ponan en
contra y  los que se declaraban en su favor, pues en uno y otro caso
sufri Heredia idntico tratamiento; lo cual, si se necesitara nueva
prueba, demuestra porque fueron ao tras ao acumulndose agravios y
rencores hasta terminar las cosas... del modo como terminaron.

El ardiente, arrebatado patriotismo de Heredia desfalleci al final de
su vida: no cabe duda de ello en vista de la carta  Tacn, que
publicaron multitud de peridicos, cuando el gobierno espaol, no hace
muchos aos, la exhum de los archivos[73], y no pueden ya prescindir
de ella sus nuevos bigrafos. As lo hizo el malogrado Elas Zerolo en
su edicin de las poesas[74].

     [73] He aqu el texto del prrafo de la carta en cuestin, tal como
     se encuentra en la _Antologa_: "Es verdad que ha doce aos la
     independencia de Cuba era el ms ferviente de mis votos, y que por
     conseguirla habra sacrificado gustoso toda mi sangre; pero las
     calamidades y miserias que estoy presenciando hace ocho aos han
     modificado mucho mis opiniones, y vera como un crimen cualquiera
     tentativa para trasplantar  la feliz y opulenta Cuba los males que
     afligen al continente americano". El documento puede leerse ntegro
     en el apndice al tomo I de los _Anales de la guerra de Cuba_ por
     D. Antonio Pirala. Madrid, 1895. Pg. 835.

     [74] Poesas lricas de Jos Mara Heredia con prlogo de Elas
     Zerolo. Pars. Garnier Hermanos, 1893.

La Antologa de la Real Academia sali  luz unos cuantos aos antes de
lo que hubiera debido. Si el eminente literato que la orden, que
inserta ntegro en el tomo III el _Canto  Junn_ de Olmedo en el cual
las invectivas contra Espaa exceden en violencia  todas las
composiciones de Heredia, hubiese acometido su tarea un poco despus,
cuando ya Cuba separada de Espaa era duea de sus destinos, habra
probablemente medido por un rasero  todos, y aunque en los prlogos
consignase sus reservas, como lo hace respecto de Bello, Olmedo y
algunos otros, siempre por lo menos habra procedido _nullo discrimine_
en la eleccin de las composiciones y habra versos patriticos no
solamente de Heredia sino de Milans, de Zenea y los dems en la nueva
crestomata.

Pero su innegable agudeza crtica permanece hasta el fin nublada 
nuestro parecer por consideraciones polticas, no otorga sin
atenuaciones el ttulo de primer lrico cubano  Heredia, sin agregarle
estas lneas: "A lo sumo la Avellaneda, que ms pertenece  la
literatura general espaola que  la particular de la isla, podr
disputarle, y _en mi concepto arrebatarle_ la preeminencia". Me permito
opinar de diferente manera. La Avellaneda es grande en el gnero
dramtico, en la tragedia principalmente; _Alfonso Munio_, _Sal_,
_Baltasar_, son obras por nadie en la Espaa moderna superadas, pero en
la lrica, si bien de forma ms rotunda y estilo mucho ms igual 
seguro, es hueca casi siempre, casi nunca original ni en los
pensamientos ni en las imgenes.

Cuando Gertrudis Gmez de Avellaneda sali por primera vez de Cuba tena
veintids aos, estaba ya completa su educacin y el soneto que escribi
como despedida y empieza:

       Perla del mar! Estrella de occidente!

tiene todas las cualidades de sus obras posteriores. Cuando Heredia
parti sbitamente de Cuba hacia el norte de los Estados Unidos tena
diez y nueve aos, llevaba grabadas en los ojos y en la mente imgenes
de la naturaleza patria que supo antes que nadie reproducir en verso,
con tanta verdad y energa, con emocin tan honda y sincera, como es
intil buscarlas en las pomposas creaciones lricas de la ilustre
poetisa dramtica.

Me figuro que la Avellaneda misma hubiese sido la primera en atribuir 
Heredia la palma entre los vates lricos, y lo deduzco de la bella
elega, que compuso cuando, all en el fondo de la provincia de Espaa
donde resida, lleg  sus odos la noticia de la muerte de su
desgraciado compatricio:

         Ay! que esa voz doliente,
       Con que su pena Amrica denota
       Y en estas playas lanza el Ocano,
       "Muri, pronuncia, el frvido patriota..."
       "Muri, repite, el trovador cubano";
       Y un eco triste en lontananza gime:
       "Muri el cantor del Nigara sublime!"

Trovador cubano, frvido patriota, cantor sublime de la catarata del
Nigara, todo Heredia se encuentra en esas tres frmulas perfectamente
representado, y la autora tal vez, si hoy viviese, sera la primera en
reconocer, no obstante las alabanzas del crtico, que sus versos lricos
palidecen ante el esplendor de imaginacin y sentimiento que brota del
canto al Nigara, de la meditacin en el Templo mejicano y otras
composiciones de Jos Mara Heredia.




ABRAHAM LINCOLN[75]

_Abraham Lincoln_ by John T. Morse Jr. 2 vols. Boston, 1893.

     [75] En el trabajo con que comienza este volumen se ha tratado de
     la vida de Lincoln hasta su primera eleccin  la Presidencia de
     los Estados Unidos; el presente ensayo, adems de ser breve estudio
     de las principales biografas, cuando no aspira  considerar en
     conjunto la vida de Lincoln, versa ms bien sobre la escena final.


Entre las numerosas biografas de Lincoln publicadas en los Estados
Unidos la que con la firma del editor de la coleccin de volmenes
titulada _American Statesmen_ ha salido de las prensas de Cambridge en
Massachusetts, y cuyo ttulo va al frente de estas lneas, se distingue
por la armona de sus proporciones y la amenidad de su estilo. Debe 
estas cualidades rango especial entre todas,  igual distancia de la
voluminosa y densa que, con ms altas pretensiones y el nombre de
"Historia", han escrito dos que fueron secretarios particulares del
Presidente, John Nicolay y John Hay, y del trabajo utilsimo aunque
informe y poco literario de Herndon, amigo y antiguo socio en la capital
del estado de Illinois, cuando los dos ejercan juntamente la profesin
de abogados. "_Lincoln and Herndon_" era una razn social inscrita en la
nmina de los attorneys y jurisperitos, y la firma no se consider
disuelta cuando fu escogido el jefe de ella para la presidencia de la
repblica, continu vigente y como en activo servicio hasta el trgico
asesinato de la noche del 14 de Abril de 1865 en el teatro de
Washington. El socio sobreviviente ha tenido la buena idea de contar 
la posteridad lo que personalmente saba de la vida del grande hombre.
Del mismo modo Nicolay y Hay, en virtud de sus ntimas y constantes
relaciones con el Presidente, pudieron recoger y comunicar ahora al
pblico hechos y noticias de la mayor importancia, y de cuya exactitud
responden la posicin que ocuparon y la veneracin profunda con que
guardan y cultivan la memoria del jefe esclarecido.

Lo cierto es que ya poseemos cuanto importa saber de la vida privada de
Lincoln y de los mviles de los actos de su vida pblica, tanto antes
como despus de la peripecia esencial de su existencia, del momento en
que comienza su nombrada nacional, la cual parte de la campaa
electoral en que tan enrgica y brillantemente disput  Douglas el
puesto de senador de los Estados Unidos.

Muy rpida, vertiginosa fu en realidad la carrera poltica de Lincoln.
Acaso en los Estados Unidos solamente sea posible concebir otra tan
grande y en tan breve espacio de tiempo realizada. Antes de 1858 era un
personaje oscuro, absolutamente desconocido de la inmensa mayora de sus
compatriotas, mas all de un estrecho crculo; en ese ao fu candidato
de uno de los dos grandes partidos, en que estaban afiliados los
ciudadanos del estado de Illinois, para la senadura de la repblica;
luch con la mayor actividad, despleg en la campaa suma extraordinaria
de elocuencia, sagacidad y energa; pero qued derrotado. Sin embargo,
por medio precisamente de esa campaa, desgraciada en cuanto al
resultado inmediato, hizo resonar su nombre por todo el pas, y  los
dos aos obtuvo el favor ms grande de que podan disponer sus
compatricios, la primera magistratura de la nacin.

Si  muchos pareci cosa estupenda, inexplicable, que ganase tan alto
premio, se sentase en el elevado puesto y empuase las riendas en tan
crtica y formidable coyuntura, una persona de tan triste figura, de tan
extraos antecedentes y con todos los hbitos y maneras del hombre rudo
del lejano Oeste, del _Far West_, cunto ms raro y asombroso no debi
haber sido para esos mismos el triunfo colosal que mereci al trmino de
los cuatro aos de su presidencia, xito portentoso debido no
enteramente al azar y  la constancia, sino tambin y en cantidad muy
apreciable  eminentes cualidades personales,  la habilidad con que se
acomod  la nueva situacin, con que atendi  sus extraordinarias
exigencias, haciendo cabalmente en las ms angustiosas estrecheces lo
que el caso, la ocasin, las circunstancias demandaban al jefe de una
gran nacin discorde, revuelta, destrozada.

Nombrado candidato para un segundo perodo fu elegido por nmero de
votos mucho mayor que la primera vez, consum en los pocos meses de vida
que le quedaban la obra de gigante  que se haba consagrado, vi la
guerra virtualmente terminada, la ciudad de Richmond abandonada, el
hasta entonces invencible general Lee rendido, y cuando nuevas
dificultades asomaban ya con aspecto de monstruos erizados, cuando sus
ideas y planes personales para la reconstruccin poltica de la
repblica anunciaban ya conflicto quizs irresoluble con las intenciones
del Congreso, con las duras garantas que para asegurar el porvenir
exiga la vencedora mayora radical, vino la suerte  librarlo del
tumulto de dificultades, desaires y desengaos inevitables, "fu con l
misericordiosa", como dijo Larra al llorar la muerte del conde de Campo
Alanje; lo salv de la nueva lucha de palabras, de papeles y miserables
transacciones discutidas hasta lo infinito, y lo arrebat del mundo del
modo que peda y obtuvo Julio Csar de la fortuna, en repentina,
inesperada catstrofe.

Desempe solamente unos cuantos das, seis semanas, su segunda
presidencia, pero fueron das incomparables de ntima, profunda
satisfaccin al ver desmoronarse piedra  piedra la Confederacin y
surgir la paz y renacer la prosperidad y ensancharse los corazones. No
goz de dicha igual el fundador de la repblica, el grande y puro Jorge
Washington en las postrimeras de su vida pblica. Si subi al poder
acompaado de unnimes y ruidosas bendiciones, pudo antes de deponerlo
oir y leer en peridicos y folletos injurias y denuestos que muy
probablemente contribuyeron  la firme negativa con que rechaz las
ofertas  instancias de sus amigos[76]. A Lincoln los hados le apartaron
de los labios esa hiel emponzoada. Al contrario de Washington, los
insultos, las desdeosas profecas de vergonzosa insuficiencia para la
magna obra ocurrieron al principio[77]; los aplausos poco  poco fueron
creciendo de volumen, y su cadver conducido con pompa inusitada de
Estado en Estado hasta la capital de Illinois pudo oir, si tal cosa
concedieran los dioses  los despojos de los hombres, el concierto de
loores ms grandes y lamentos ms sinceros que acaso han subido de los
pechos y los labios de la multitud hasta la bveda del firmamento.

     [76] Las injurias y calumnias dirigidas  Washington, al final de
     su segunda Presidencia, pueden verse extractadas y reunidas en
     McMaster, _A history of the people of the United States_, vol. II,
     pgs. 225, 230, 249, 261, 289, 291, 305, etc.

     [77] Vase J. F. Rhodes, _History of the United States from--the
     Compromise of 1850_, vol. III, pgs. 303, 305, 378.

No es, pues, una paradoja afirmar que la vida de Lincoln considerada de
esta manera y bajo este aspecto fu singularmente afortunada, digna de
envidia en todo lo esencial, no obstante la expresin tan pattica, tan
de honda melancola, rasgo caracterstico, predominante de su fisonoma,
rasgo tan marcado que, como muy bien dice Morse, su bigrafo, se observa
en todos los retratos que de l se tomaron en vida, aun en los menos
artsticos y de ms vago parecido. En ninguno, dicho sea de paso, est
esa expresin tan fuertemente acentuada como en la muy inferior
reproduccin fotogrfica que ha insertado el editor bostoniano al frente
de la citada biografa.

Esta ltima, lo mismo que antes la de Nicolay y Hay, descubren una
explicacin parcial de la tristeza de Lincoln en las dificultades de
toda su juventud laboriosa y en suma poco  nada divertida; en la vida
ordinaria que  la fuerza hacan los pobladores primeros del oeste de
los Estados Unidos, donde el futuro Presidente naci y siempre vivi,
(excepto el breve trmino que estuvo en Washington como miembro de la
Cmara de Representantes), mal alojados, mal alimentados, en lucha
incesante contra una naturaleza montaraz, que sin grande y continuado
esfuerzo no era posible dominar. Estas condiciones fsicas, con su
squito habitual de enfermedades, afecciones disppticas, intoxicacin
paldea y accesos intermitentes de profundo abatimiento, ejercieron
fatal influencia en el temperamento naturalmente reservado y meditabundo
de Lincoln, y cubrieron su rostro de ese tinte de melancola que nunca
se desvaneca del todo, ni aun las veces frecuentes en que gustaba de
repetir gravemente cuentos y chascarrillos.

Esa tristeza constitucional, en ningn caso signo de vulgaridad 
grosera, combinse con una instruccin incompleta, con la lectura
incesante de la Biblia, base principal junto con los _Elementos_ de
Euclides de toda su educacin por los libros, resultando un producto
singular, mezcla de estricto razonamiento matemtico con la vena potica
del fondo; creando un tipo humano en extremo interesante, cuyo
originalsimo vigor se manifest hasta en la estera literaria. En esta,
 despecho de las incorrecciones iniciales de su gramtica y del mal
gusto inherente al gnero oratorio que privaba en Illinois tanto en los
meetings polticos al aire libre como ante el jurado en los tribunales,
lleg  adquirir una gran maestra, capaz de producir obras
imperecederas, como el breve discurso al consagrar el terreno donde
yacen los que perecieron en la batalla de Gettysburg, como los dos
mensajes al inaugurar sus dos perodos presidenciales, que contienen
pasajes sorprendentes de elocuencia sencilla y penetrante, frases
luminosas y repletas de concentrada significacin  la manera de
versculos de la Biblia.

Tipo angloamericano perfecto, de la raza novsima, tal cual la amasaron
y modelaron la atmsfera y el suelo en las vastas soledades al oeste de
los Alleghanis, rene en s lo adverso y lo favorable de las cualidades
que constituyen la originalidad de la nacin. No debe ser, por tanto,
tarea imposible  excesivamente difcil el aislar y analizar cada uno de
sus componentes, y causa verdadera sorpresa que en su libro declare John
T. Morse una y otra vez que es un enigma el carcter de su hroe, que es
Lincoln tipo sin semejante, solitario, excepcional, que su alma no se
ha explorado, ni descifrado todava el enigma satisfactoriamente.

Es verdad que  los rasgos comunes  todos los norteamericanos agrega
Lincoln en alta dosis cualidades eminentes, inapreciables acaso en su
justo valor, unas por no haber tenido tiempo de desplegarlas, otras por
haber estado siempre comprimidas por las circunstancias: mansedumbre de
espritu inagotable, simpata profunda y amplia bastante para comprender
la humanidad entera, bondad sin lmites, sin que el ms leve sentimiento
de vanidad ofendida y mucho menos de rencor apareciese perturbando la
inalterable ecuanimidad,  pesar de haber vivido envuelto en luchas
polticas, siempre feroces  implacables. Todo esto haba en Lincoln y
otras cosas ms, pero no es suficiente para que un historiador, un
crtico bien armado, declare tan pronto hallarse ante un abismo
insondable y se reconozca impotente.

Es muy grande  intenso el entusiasmo de Morse, aunque ni con mucho
llega al de los dos secretarios, que van naturalmente hasta hacer de
Lincoln un dios; pero todo en el hroe lo atrae y lo fascina, toma de l
hasta el misticismo fatalista, supersticioso de que estuvo siempre
posedo. Ejemplo curioso se encuentra en otro lugar de la obra, en que
buscando explicacin  la expresin desolada de la fisonoma de Lincoln
desde la juventud, cita el conocido verso de la balada de Campbell:

       _Coming events cast their shadows before,_

y atribuye esa tristeza de facciones  una vaga y prematura conciencia
de los deberes y responsabilidades abrumantes que le preparaba el
porvenir:

"Al que como nosotros conoce el horrible acto final del drama, parcele
natural buscar su impresionante unidad en cierta influencia remota,
futura, que acta desde las primeras escenas y nos lleva por fuerza
instintiva  creer que una oculta condicin moral  intelectual exista
de antemano, desde la juventud, aunque su esencia profunda estuviese en
lo porvenir, en aos remotos todava" (Tomo I, pag. 47).--Es correr
peligro innecesario internarse por tales dificultades de anlisis, con
tal hiptesis por punto de partida; es, como en el caso presente, soltar
los estribos, perder el equilibrio.

Hubo otra causa para acrecer la melancola de Lincoln; aunque pertenece
exclusivamente  la vida privada, no hay razn para pasarla en silencio,
desde que bigrafos como Herndon, y sobre todo antes Lamon, la descubren
y relatan minuciosamente: el carcter duro, porfiado, difcil de
conllevar de su mujer. Caprichosa, sarcstica, altanera, no fu nunca la
persona  propsito para embellecer y suavizar la vida domstica de un
hombre engolfado en negocios pblicos que producan y requeran
extraordinaria tensin de espritu, ni mucho menos la compaera que
tanto lleg  necesitar despus, abrumado por tan graves
responsabilidades, por tan devorante actividad intelectual durante los
aos de la guerra civil.

Lincoln se cas con Mary Todd, joven de excelente familia y distinguidas
prendas personales, de posicin en ese perodo muy superior  la suya
por su educacin y la fortuna de sus parientes, en Noviembre de 1842,
contando l treinta y tres aos y ella veinticuatro. El matrimonio debi
haber sido celebrado mucho antes, el 1 de enero de 1841, pero
completados los preparativos, ordenada la fiesta, reunidos los
convidados y vestida de boda la novia, se suspendi todo porque el novio
no apareci. Segn unos fu vctima de un rapto sin precedente de locura
que nubl de sbito su memoria; segn otros no ms que de un acceso de
su habitual melancola. Un amigo lo llev inmediatamente consigo 
viajar por el vecino estado de Kentucky, donde haba nacido, para
distraerlo; volvi al cabo de algn tiempo, renov sus relaciones con la
misma seorita, y sin grandes preparativos esta vez, sin previo aviso,
celebraron repentinamente la ceremonia en presencia de unos cuantos
amigos citados  ltima hora. Con estos antecedentes y dado el genio
poco dctil y amable de la esposa, no era de preverse una larga era de
paz domstica. Lincoln soport con calma las consecuencias de su error,
pero era claro que de ah en adelante deba contar como adversidad
irreparable de su existencia con la ndole de su compaera, sus
caprichos y constantes punzadas de alfiler.

Qu extraa coincidencia, qu antojo de la suerte hacer morir
violentamente  los cincuenta y cuatro aos un hroe de ese temple,
dotado de tan extraordinaria suma de humanidad y mansedumbre, en el
momento mismo en que recoga el tan anhelado fruto de afanes y angustias
incesantes! Cuando lo tena ya entre las manos, cuando, unos das ms,
y todo quedaba completamente terminado! Despus de la muerte del famoso
Dictador el da de los idus de Marzo al pie de la estatua de Pompeyo, en
los momentos en que reanimaba y reconstitua el poder romano para
infundirle cinco siglos ms de vida, no ofrece quizs la historia escena
ms trgica, ms desastrosa para todos los que en ella tomaron parte,
que el asesinato de Lincoln en un palco del teatro de Washington el
viernes de la Semana santa del ao de 1865.

La poblacin de Washington era conocidamente hostil  los poderes
supremos de la repblica en ella establecidos, la mayora de sus
habitantes simpatizaba abiertamente con la causa de la Confederacin del
sur, la ciudad misma pareci ms de una vez  punto de caer por sorpresa
en manos de los Confederados, y al principio la zozobra general
demandaba ciertas precauciones. Pero fueron poco  poco calmndose los
temores, y el Presidente y los miembros del gobierno habitundose al
peligro y  no curarse de l. Lincoln, sin embargo, reciba con
frecuencia annimos amenazantes  cartas de amigos anuncindole tramas y
asechanzas, y se encontr despus sobre su mesa de trabajo una cubierta
llena de papeles con este rtulo: _Assassination letters_; mas l
circulaba  pie  en carruaje por las calles, como cualquier ciudadano,
y despus de la ocupacin de Richmond y la capitulacin del ejrcito de
Lee, quin poda seguir pensando en asesinos  conspiradores?

En esos momentos mismos un joven y gallardo actor de melodrama, oriundo
de los Estados del Sur, vctima del abuso de bebidas alcohlicas y de
las vanidades del falso mundo de teatro en que viva, logr combinar
casi enteramente solo, tomando como instrumento unas cuantas personas
oscuras, vulgarsimas, disipadas, el plan de matar en una misma noche al
presidente y Vicepresidente,  los ministros de Estado y Guerra y al
general Grant, dejar acfalo el gobierno y permitir  los numerosos
simpatizadores de la expirante causa rebelde realizar un golpe de mano
en las primeras horas de desconcierto. El plan careca de base slida,
no tena ramificaciones fuera de la ciudad, no contaba con el apoyo de
hombre alguno de importancia poltica  militar, y slo un corto nmero
de imbciles empujados por el frenes de un ebrio consuetudinario fu
capaz de ponerlo en ejecucin.

Lincoln tena dispuesto asistir esa noche del 14 de Abril de 1865 al
teatro Ford donde se representaba la excntrica y popular comedia del
ingls Tom Taylor titulada "Nuestro primo de Amrica" (_Our American
Cousin_). Deba acompaarlo el general Grant, pero ste  ltima hora se
excus y sali de Washington con rumbo hacia el norte aquella misma
tarde. El Presidente ocupaba un palco al nivel del proscenio, acompaado
de su esposa, un joven militar llamado Rathbone y una seorita hija del
senador Harris. Poco antes de las diez, hora escogida por Booth, porque
era la de la salida de la luna, que deba alumbrarle el camino de su
fuga, lleg el asesino  caballo junto  la puerta falsa del teatro,
dej su montura al cuidado de un muchacho, tom en la taberna prxima la
ltima copa de licor, entr en el coliseo en que como actor tena paso
franco y donde haba estado durante el da con objeto de agujerear un
tabique del palco y alterar el cierre de la puerta. Mostrando y dando
desdeosamente su tarjeta al nico ujier sentado en el corredor, como si
fuese un invitado del Presidente, penetr silenciosamente en el saln
trasero sin que nadie lo sintiese, ni siquiera cuando asegur la puerta
de modo que no pudiesen abrirla desde afuera.

Los que por casualidad dirigan la mirada en ese instante hacia ese lado
del proscenio vieron, al oir la detonacin de una pistola, que el
Presidente inclinaba la cabeza como dormido, y que un hombre pual en
mano atravesaba el palco, saltaba el antepecho, caa sobre el tablado y
desapareca corriendo, no sin manifestar antes lo teatral de su accin
blandiendo el cuchillo y recitando con voz ronca el mote del escudo del
estado de Virginia: _Sic semper tyrannis_. El tirano esa vez era el ms
dulce y compasivo de los hombres, y el vengador un comediante en cuyo
nublado cerebro no haban penetrado las consecuencias del acto
insensato que ejecutaba.

Muri Abraham Lincoln  las siete de la maana siguiente sin haber
recobrado el sentido, ocup el Vicepresidente el puesto vacante y todo
sigui el orden previsto por la ley constitucional. Pero el pronto
restablecimento de la prstina armona entre los Estados, precedido por
completo y generoso olvido de lo pasado, haba perdido en la catstrofe
el ms sincero y poderoso de sus defensores. Las Furias, suspendidos sus
quehaceres en los campos de batalla, iban ahora  buscar aliados en las
salas del Capitolio.

La suerte ms negra pareci empearse en perseguir  cuantos estuvieron
presentes  contribuyeron  la sangrienta escena. Booth, con una pierna
partida, por habrsele enredado las espuelas en la bandera nacional que
ornaba el frente del palco presidencial, no pudo llegar  lugar de
salvamento tan pronto  tan lejos como hubiera querido; vivi diez das
con la sombra de la muerte encima hasta caer herido como una alimaa por
la bala de sus perseguidores. Quizs, segn otros, se mat l mismo al
verse rodeado y perdido dentro de un granero, incendiado con el fin de
forzarlo  entregarse. De sus cmplices cuatro, incluso la mujer en cuya
casa se reunan, fueron ahorcados; los otros expiaron en un presidio.

Entre los que se sentaban dentro del palco fu la suerte de Lincoln la
menos cruel, pues expir  las pocas horas sin haberle llegado desde el
minuto en que estall el arma asesina la menor vislumbre de lo que
pasaba  su alrededor. La esposa pas el resto de sus das enajenada,
sumida en estupor profundo. El mayor Rathbone recibi de Booth, al
intentar sujetarlo, una terrible cuchillada en el brazo, y esposo
prometido de la hermosa joven sentada  su lado, acab aos despus por
ser su matador en un acceso de locura furiosa.

Tales fueron las consecuencias individuales. Las polticas, las que en
suma modificaron la marcha general de la nacin, son conocidas y no es
posible exagerarlas. Como dijo el general Sherman  uno de los jefes
adversos: no sufri la Confederacin desastre ms grande.

Pero aparte de la importancia histrica su inters dramtico nunca
disminuir. Es muy de desearse que venga pronto el bigrafo definitivo
de Lincoln, el que sepa aprovechar todos los detalles y presentar al
ilustre mrtir con sus rasgos y colores verdaderos, en un trabajo menos
difuso y encomistico que el de los dos antiguos secretarios, ms seguro
en sus juicios que el de Morse, ms artstico y armnico que el de
Herndon. Prescindo de propsito del volumen incompleto de Lamon, donde
primero aparecieron muchos sucesos anteriores  la poca de su
engrandecimiento poltico, pero relatados con cinismo  veces
desagradable, sin verdadera simpata. Las dems biografas, bastante
numerosas tienen menos valor como obras histricas.




  EL "CENTN EPISTOLARIO"
           Y
  LA CRTICA AMERICANA


Ningn fraude literario se ha impuesto tan completamente  la credulidad
pblica como el que perpetr don Antonio Vera y Ziga, conde de la
Roca, imprimiendo  haciendo imprimir en tiempo de Felipe IV un libro
con el ttulo de _Centn Epistolario del bachiller Fernn Gmez_, y el
siguiente pie de imprenta en la portada: "fu estampado. E correto por
el protocolo del mesmo Bachiller Fernanperez (_sic_). Por Juan de Rei e
a su costa en la cibda de Burgos el Anno M CD XCIX", es decir, en 1499.

Forma un volumen delgado, de ciento sesenta y seis pginas en cuarto
menor, compuesto de ciento cinco cartas de muy amena lectura atribuidas
 un tal Fernn Gmez de Ciudad Real, mdico particular del rey don Juan
II, personaje de quien no hay ms noticias que las que en sus propias
epstolas aparecen, lo cual ya hoy nadie extraa, pues nunca existi
individuo conocido con ese nombre y profesin en la corte del rey don
Juan.

El objeto de Vera y Ziga al concebir y ejecutar tan complicado engao
no fu entretener sus ocios de diplomtico, ni cometer simplemente una
ingeniosa travesura, como hizo, por ejemplo, en nuestros mismos das
Adolfo de Castro, cuando escribi, public y atribuy  Cervantes _El
Buscapi_, que tanto ruido hizo en los momentos de su aparicin,
encontrando muchos, y varios hombres de letras entre ellos, que lo
recibieran como obra autntica. Vera y Ziga, que debi  Felipe IV el
ttulo de conde de la Roca y el empleo de embajador en Venecia,
perteneca  una familia distinguida, pero tena la debilidad, bien
comn en su poca y no excesivamente rara todava, de no contentarse con
tan poco, de picar ms alto y pretender estar emparentado con la ms
encumbrada nobleza espaola; y como careca de pergaminos  papeles en
comprobacin de esa fantstica ascendencia, le asalt la idea de forjar
un libro en que constase su abolengo. Movilo sin duda al decidir la
poca que deba minuciosamente estudiar para reproducir de algn modo
verosmil sus usos y costumbres, el ser la Crnica de don Juan II entre
todas las de los reyes de Castilla indisputablemente la mejor, la ms
puntual y segura, como dijo Mondejar. Cortando retazos de la Crnica,
variando ligeramente los hilos de la trama, zurcindolos con innegable
habilidad, fabric las ciento quince cartas, y salpic aqu y all como
de paso pruebas de su linaje, mencionando sus abuelos, el Comendador Ruy
Martnez de Vera, ayo y Camarero mayor del Infante, que supone
emparentado con el condestable don Alvaro de Luna, as como su hijo don
Juan de Vera. Escritas las cartas les invent un autor, lo bautiz
Bachiller Fernn Gmez, nombre que  nada comprometa y, como deba
forzosamente ser una persona cercana al Rey, lo gradu de mdico de
cmara.

Era en seguida preciso exhibir al pblico el documento apcrifo de modo
que no dudase de su procedencia. Un cdice antiguo es muy difcil de
imitar. No es muy aventurado suponer que aprovechara entonces el conde
de la Roca su estancia en Italia, en Venecia, cuyos impresores eran tan
hbiles y famosos, donde con la mayor facilidad podan  mediados del
siglo XVII componer  imprimir un libro que en la apariencia datase de
fines del siglo XV: de ah probablemente sali el volumen del _Centn
Epistolario_ con portada diciendo que lo haban impreso en Burgos 
costa de Juan del Rey.

Vio la luz calladamente, como convena, y fu sin ruido  las manos 
que deba ir, colocndose en los estantes sin despertar sospecha de su
procedencia, y cont en adelante como uno de los monumentos ms curiosos
del habla castellana al trmino de la Edad Media.

Las sospechas nacieron ms tarde, pero slo de parte de alguno que otro
bibligrafo, y fundadas nicamente en las condiciones tipogrficas del
tomo. La crtica literaria ( lo que por tal pasaba,) continuaba
apreciando como de buena ley la prosa epistolar de Fernn Gmez de
Cibdareal, cuando era ya opinin corriente entre los eruditos al
finalizar el siglo XVIII, segn Bayer y Mndez, que la edicin supuesta
original no haba podido ser impresa ni en el lugar ni en la fecha que
en ella se declaraban. Las cartas del Bachiller seguan tenidas por obra
de un contemporneo de Juan II, tanto que el que desempeaba en 1755 la
secretara de la Real Academia de la historia, don Eugenio Llaguno,
public una segunda edicin del Epistolario, aadindole una biografa
del autor conforme  datos sacados de las mismas cartas, que de otra
parte seguramente no poda sacarlos, pues el personaje, como va dicho,
era puramente imaginario.

As las cosas permanecieron hasta que en 1833,  los doscientos aos
poco ms  menos de cometido el fraude, di  luz Quintana en Madrid el
tomo tercero de sus _Vidas de Espaoles clebres_. Escribiendo con su
esmero y conciencia habituales la biografa de don Alvaro de Luna not,
al llegar al perodo del proceso y muerte en el cadalso del Condestable,
suceso sin disputa el ms famoso de todo el reinado, que la relacin
hecha por el Bachiller se hallaba en desacuerdo completo respecto 
detalles importantes con varios documentos oficiales, autnticos, que se
conservan, y como el Bachiller se daba por testigo presencial de lo que
refera, deposit Quintana al pie de la pgina estas dos preguntas muy
oportunas:--Existi verdaderamente semejante mdico y semejante
correspondencia?--Sera por ventura esta obra juego de ingenio de algn
escritor posterior?--Era poner por primera vez el dedo en la llaga. Por
desgracia el poeta historiador se redujo  expresar sus sospechas en esa
forma de duda  interrogacin y dejar que otros la resolvieran.

Nadie empero volvi  ocuparse en el particular hasta que en 1849
public Ticknor la primera edicin de su excelente Historia de la
Literatura espaola, en uno de cuyos apndices afirma que  su juicio
todo el _Centn Epistolario_ era de la primera  la ltima lnea una
falsificacin, y expone brevemente alguna de las razones histricas y
filolgicas en que fundaba su opinin. Esto no era ya tocar la llaga con
precauciones como Quintana, sino atacarla _ferro et igni_ para
cauterizarla y extirparla. Pero esas operaciones violentas aplicadas 
males envejecidos arrancan siempre gritos, no slo del paciente, lo que
no poda ser en el presente caso, sino tambin de circunstantes
horrorizados. El marqus de Pidal grit el primero; no tena
inconveniente en admitir que la primera edicin era espuria, y una
superchera los pasajes referentes  la familia Vera; no negaba que
hubiese otros errores inexplicables en el texto, pero crea  pies
juntillas en la existencia del Bachiller y afirmaba que las cartas
haban sido escritas en los das de don Juan Segundo, porque as lo
revelaban su estilo y su lenguaje.

Don Adolfo de Castro intent complicar la cuestin negando por una parte
la autenticidad del libro, pero atribuyndolo  un nuevo personaje, Gil
Gonzlez Dvila. La inesperada sugestin pas casi inadvertida, no era
ms que una de tantas suposiciones aventuradas del ingenioso hidalgo
gaditano.

Ticknor replic reiterando la firmeza de su conviccin, y en los mismos
curiosos y eruditos datos suministrados por Pidal hall motivos nuevos
de confirmar  Vera y Ziga la paternidad del _Centn_. Luego Gayangos
aadi  esta solucin el peso de su autoridad, logrando convertir por
ltimo al mismo marqus de Pidal.

El problema estaba, sin embargo, destinado  renacer,  ser planteado y
tratado otra vez, como si nada antes se hubiese hecho en el sentido de
su resolucin. Amador de los Ros en el tomo VI, publicado en 1865, de
su _Historia crtica de la Literatura espaola_, entra magistralmente en
la controversia, y con el tono de convencida suficiencia en l
caracterstico, como quien se siente ms que de sobra capaz de fijarla
para siempre, echa  un lado de idntica manera  Quintana y  Ticknor,
 Pidal,  Castro y  Gayangos, y pronuncia que el _Centn_ "es uno de
los ms fehacientes y genuinos monumentos del largo reinado de don Juan
II". No agrega en realidad un solo nuevo dato positivo  la cuestin,
sino desle en quince grandes pginas una serie de observaciones
abstractas del gnero de la siguiente: "En ninguna obra de arte se
revela con ms verdad y fuerza el carcter vario, indeterminado y
contradictorio de la corte de don Juan II", lo cual para decidir de la
autenticidad de una obra no puede ser ms "indeterminado", es decir,
ms vago y menos concluyente.

Amador de los Ros en resumidas cuentas pretende resolver la incgnita
con la incgnita misma, sin darse la pena de deducir sus elementos ni
salir del crculo estrecho de sus apreciaciones personales. Para
encomiar la frase del _Centn_ ensarta este rosario de adjetivos:
limpia, clara, nerviosa, elptica y salpicada de vivos pero naturales y
agradabilsimos matices. Para enaltecer su diccin este otro: casta,
sencilla, ruda  veces, mas siempre pintoresca y graciosa, siempre
grfica y adecuada. Y ah est el _quid_ de la cuestin, porque lo que
importa saber es si todos esos calificativos tan abundantemente regados
se hallan bien aplicados  un texto especial del siglo XV, y para
demostrar esto se requiere algo ms que impresiones sin consistencia y
tono de autoridad superior.

La "Historia crtica de la literatura espaola" es en verdad una obra
impacientante; anunciada con grande alarde y golpes de caja, como un
acontecimiento nacional; puesta " los pies del trono constitucional de
la Reina de Espaa", la cual, como se nos dice en larga dedicatoria, "no
solamente se dign aplaudir con hidalgua de espaola mis difciles
tareas, sino que me honr con magnanimidad de Reina oyendo algunos
captulos", no pasa, sin embargo de todo ese honor y de la pompa y
verbosidad del contenido, ms all de una muy moderada mediana. Su
mayor mrito consiste en ser, y as en la misma dedicatoria se asegura,
"la primera escrita por un espaol en lengua castellana", pero ni como
obra histrica ni como obra de arte pudo satisfacer las esperanzas, el
inters con que se la aguard. El estilo no atrae, no encanta, y la
sagacidad del crtico flaquea  menudo, extrava al lector, porque el
gua no posee completamente la materia, porque le falta ingenio y
agudeza y le sobra seguridad, confianza en su sabidura.

No hay apenas error, acreditado por la rutina y por la superficialidad
con que hasta entonces se haba tratado en Espaa la literatura de la
Edad Media, que no encuentre inmediatamente en Amador nuevo defensor,
tan obstinado como mal pertrechado para la discusin. Ya hemos visto
como respecto del _Centn_ se extrava, y deslumbrado por sus propios
adjetivos no acierta con su camino. Lo mismo le sucede con el _Libro de
Montera_, que contra toda evidencia se empe en atribuir  Alfonso el
Sabio. Lo mismo con las dos famosas octavas, supuestas nicas reliquias
de las _Querellas_ de Don Alfonso, en que ya hoy no cree literato alguno
un poco versado en la materia; Amador no slo las acepta como realmente
de la poca, no slo les confirma la fantstica paternidad, sino que las
cita, las altera, las adereza  su gusto, y dice que son "la voz del
cisne que preludia su triste fin".--El cisne es Alfonso el Sabio y el
preludio unos versos apcrifos escritos varios siglos despus. Extrao
ayuntamiento!

En toda cuestin insostenible, perdida de antemano, se mantiene aferrado
 su parecer con una terquedad digna de mejor fortuna; por ejemplo, en
la polmica en que discute de potencia  potencia con Fernando Wolf,
quien saba ms que l de literaturas medioevales, sobre el valor
literario de las _ee_ paraggicas aadidas  los romances antiguos por
los cantores populares y que tanto los afean, aadidura que Menndez y
Pelayo con su tino habitual suprime en la _Antologa de poetas lricos_
al incluir la _Primavera_ de Wolf tal como la public este gran crtico
y este folklorista sin par.

Menndez y Pelayo, sin embargo, llama la Historia de Amador "monumento
que honra el nombre de su autor y la erudicin espaola", aunque no se
sabe si usa ese sustantivo por deferencia al que fu su profesor en la
Universidad de Madrid,  porque aluda simplemente  las proporciones
materiales de la obra,  los siete grandes y compactos volmenes que no
van ms all de la poca de los Reyes catlicos. Tanta indulgencia de
otro modo sera inexplicable al lado de la severidad, la injusticia
conque trata en otro lugar la _Historia de la Literatura espaola_ por
Ticknor, relegndola con desdn  la nfima categora de "un apreciable
manual bibliogrfico, de crtica puramente externa y vulgar por todo
extremo"[78].

     [78] Ambos juicios, el de Amador y el de Ticknor, se hallan  corta
     distancia uno de otro en la traduccin de los _Studien_ de Wolf por
     Miguel de Unamuno--l v. Madrid, s. a. pgs. 6 y 9.--Amador en la
     _Introduccin_ de su grande Historia no trata ms caritativamente
     la obra de Ticknor.

La Historia de Ticknor fu  los pocos aos de publicada traducida al
alemn, al castellano y al francs, acompaada en las dos primeras
lenguas de notas complementarias escritas por sabios como Wolf y como
Gayangos, que no creyeron desmerecer prestando su nombre y sus
conocimientos para autorizar y propagar la obra. Aparecieron del
original ingls cinco grandes ediciones en los Estados Unidos, todas
retocadas y perfeccionadas cada vez, amn de otras en la Gran Bretaa.
Millares y millares de personas la han ledo y consultado y por todas ha
sido tenida como la obra ms completa y mejor sobre el asunto, honor que
aun conserva, pues no existe ninguna otra hasta el presente que la pueda
sustituir. Es el fruto de una vida entera de estudio constante, el
resultado de un esfuerzo de muchos aos, al que contribuyeron todos los
recursos que el talento, la paciencia, la fortuna, los viajes, la
posesin de rica y escogida biblioteca, cual en Espaa misma era muy
difcil reunir  ningn particular, la consagracin en fin de todos los
instantes, podan suministrar. Distnguese y es digna de todo encomio
por la excelencia del plan, la seguridad del mtodo, la claridad de la
exposicin, el anlisis directo, personal de los autores, sobre todo por
el anhelo de comprender, de mantenerse en viva  ntima simpata con
cuanto ofrece de peculiar y caracterstico la civilizacin espaola. El
autor era extranjero y era protestante, hijo de Boston, la metrpoli
literaria y religiosa de la Nueva Inglaterra, y no es su menor mrito
el espritu de justicia, de inalterable tolerancia, de profundo respeto
con que sigue y aprecia una literatura tan esencialmente catlica,
apostlica, romana, cual la que en Espaa se form y brill durante los
siglos XVI y XVII, edad de oro de su civilizacin y su cultura. Existe
acaso algn espaol que haya procedido de idntica manera al ocuparse en
estudiar vidas y escritos de protestantes? Lo ha hecho por ventura el
autor de la _Historia de los Heterodoxos espaoles_? La tolerancia
religiosa, la moderacin en cuestiones que con la fe se rozan, la
universalidad de sentimientos nunca han sido virtudes solicitadas ni
apreciadas por la mayora de los hijos de Espaa; pero Ticknor al
escribir en ingls sobre las letras espaolas no pretenda dirigirse 
los espaoles, y fu para l tan grata como inesperada satisfaccin que
dos literatos lo tradujesen, y tradujesen muy bien, al castellano y le
consiguiesen lectores donde ni por sueo esper encontrarlos. Menos
sorpresa probablemente le habra hoy causado saber que un crtico de la
importancia de Don Marcelino Menndez y Pelayo, infludo tal vez por
prejuicios, por preocupaciones ms polticas que literarias, lo trata
con tanta dureza[79].

     [79] Ultimamente un escritor ingls, gran conocedor de Espaa, Mr.
     D. Fitzmaurice Kelly, ha publicado en Londres una historia de la
     literatura espaola, que alcanza hasta nuestros das. Ha sido
     tambin traducida y dada  luz en Madrid, por cierto con prlogo
     muy favorable del Sr. Menndez y Pelayo. Es un trabajo corto, un
     mero compendio, que no encierra tanta materia como cualquiera de
     los cuatro volmenes del Ticknor en castellano, pero muy bien hecho
     y digno de aplauso.

La bibliografa est por Ticknor relegada  las notas, es una parte 
que prest sin duda minuciosa atencin, cosa muy natural en toda buena
historia literaria que por fuerza ha de versar principalmente sobre
libros. Ordenada, clasificada, bien digerida como se encuentra aqu, es
de la mayor utilidad para el lector y para el estudiante, que encuentran
de esa manera en su lugar y muy  mano cuanto puede necesitar,
precisamente lo que no acontece en el mare mgnum confuso y revuelto del
_Ensayo de una Biblioteca_, que bajo el nombre de Bartolom Jos
Gallardo se extiende por las pginas de cuatro grandes volmenes
insondables.

El sentido literario era ms fino en Ticknor que en Pidal y en Amador de
los Ros, pues adivin la falsedad del _Centn_ en que esas dos
autoridades crean. Adivin tambin, y demostr esta vez hasta la
evidencia, sosteniendo al efecto larga polmica, la falsedad de _El
Buscapi_ publicado por Adolfo de Castro, cuando toda Espaa, con
excepciones contadsimas, lo recibi como obra genuina de Cervantes,
incluso crticos tan hbiles como Quintana y Jos Joaqun de Mora. Bien
conoca la lengua y la literatura quien,  pesar de su condicin de
extranjero y de haber residido muy corto tiempo en el pas, penetra tan
seguramente y tan pronto al travs de engaos en que han cado casi
todos.

Pero respecto al _Centn_ la tarea no estaba terminada, como la
insistencia en el error de Amador lo prueba. Algo faltaba todava, y 
otro americano estaba reservado completarla.

Gayangos previ en sus adiciones  la traduccin del Ticknor que el da
que algn crtico se pusiese  estudiar los giros y modismos del Centn,
analizar su sintaxis y compararla con la de otros escritos de la misma
poca, tendra que caer por tierra el principal argumento de los
admiradores tenaces del falso fsico del rey don Juan.

Nadie en Espaa  pesar de la oportuna sugestin se anim  emprender lo
que sin duda haba de ser mproba tarea. En nuestros das por fin un
sabio hispanoamericano no se ha arredrado ante la dificultad y la ha
vencido definitivamente, aunque de paso y como simple incidente de
empresa ms grande y complicada  que estaba consagrado.

Preparando el seor Rufino Jos Cuervo los materiales de su admirable y
nico _Diccionario de construccin y rgimen de la lengua castellana_,
consider de previo y especial pronunciamiento, para usar el trmino
forense, el punto de aceptar  rechazar como lengua literaria corriente
del siglo XIV los vocablos, giros y modismos de que no se conociera otro
ejemplo que el texto del _Centn Epistolario_. La opinin de Amador de
los Ros deba, no obstante su evidente superficialidad, detener  un
lexicgrafo escrupuloso, y decidi prudentemente instrur el proceso y
ventilar la duda. El fallo queda pronunciado en estos trminos
concluyentes: "Para cualquiera que lo examine con detenimiento, el
_Centn_ es un zurcido de voces y locuciones de distintas procedencias".
Al final de la Introduccin al Diccionario, en una extensa nota que
llena ms de tres pginas en 4 de letra menuda, expone con la necesaria
minuciosidad los fundamentos principales de su fallo.

Resulta de ellos que el libro, es decir, la supuesta edicin prncipe de
Burgos, 1499, fu indudablemente impreso en Italia por cajistas
italianos que cayeron en multitud de errores caractersticos. Resulta
ms: que el autor de la falsificacin deba tambin vivir en esa regin
y practicar corrientemente la lengua italiana; as fu que al aplicarse
 estudiar el habla antigua de Castilla con objeto de imitarla y urdir
su _pasticcio_, confundi de la manera ms curiosa palabras italianas
contemporneas con voces antiguas castellanas, acabando por no
distinguirlas entre s, y por formar con unas y otras la trama de su
lenguaje, que viene  parar en ser la cosa ms extraa y abigarrada del
mundo. De esos italianismos, innecesarios y nunca vistos en otro libro
espaol del siglo XIV ni de los dos siguientes, cita Cuervo ms de
cuarenta ejemplos dispuestos en orden alfabtico.

Descubre, adems, multitud de locuciones y construcciones completamente
ajenas de la propiedad castellana, y copia tambin un buen nmero.
Entre ellas es de notarse el uso del _ca_, que llam desde el principio
la atencin de Ticknor, que Amador de los Ros defendi, de que rene
Cuervo ms de una docena de muestras para probar que es giro peculiar
del fingido bachiller de Cibdareal, incompatible con el uso de Castilla.

Tambin ha cotejado cuidadosamente el distinguido fillogo colombiano la
Crnica de don Juan II con el Epistolario, y aparece de ese careo, como
dice, que la Crnica misma con la naturalidad de su estilo denuncia las
frases extraas, impropias  incorrectas  que el zurcidor ha tenido que
apelar para disimular un poco el origen de lo que iba copiando. El
_Centn_, por consiguiente, es plagio de la Crnica; as puede afirmarse
despus del anlisis de Cuervo con pleno conocimiento del asunto, sin
haber lugar para reserva  atenuacin alguna en el pronunciamiento.

Es un antiguo vaco en la historia de la literatura que ahora queda
perfectamente lleno. El Sr. Cuervo ha vertido abundantemente luz sobre
un punto que para algunos,  causa de Amador de los Ros, poda ser aun
materia oscura y controvertible. Quizs no falte todava quien discuta
si fu  no don Antonio Vera y Ziga el que fabric el texto espurio, 
si lo mand fabricar,  si algn otro lo maquin figurndose
complacerle: cuestin de importancia mucho menor, aunque la verdad es
que todos los datos y las ms lgicas deducciones concurren  convencer
del cargo al susodicho personaje. Pero nadie ya deber creer en la
existencia de un bachiller de Ciudad Real, autor de las cartas que
durante ms de dos siglos corrieron bajo su nombre, ni mucho menos
forjarse la extravagante ilusin de hallar en ellas "el carcter vago,
indeterminado y contradictorio" de la corte del rey don Juan segundo,
sobre todo si tiene  mano la Crnica autntica para conocer mejor la
historia de aquellos tiempos calamitosos, y descubrir que lo uno no es
ms que plido trasunto de lo otro, con numerosas equivocaciones y
mentiras por aadidura.




NDICE DE NOMBRES Y TTULOS


Adams (Ch. F.), 144.

_Adicto_ (El), 207.

Aerssens (F.), 260.

_Aforismos_, 175-208.

Agrcola, 204.

_Agricultura de la zona trrida_, 275, 281.

Alba (Duque de), 253.

Alejandro Magno, 9.

Alembert (D'), 217.

Alessandro Manzoni, _Reminiscenze_, 192.

Alfonso el Sabio, 340.

_Alfonso Munio_, 314.

_Alocucin  la poesa_, 274, 275, 281.

Amador de los Ros (J.), 269, 338, 339, 341, 344, 345, 347.

_American Commonwealth_, 51.

_American Conflict_, 14, 105.

Amuntegui (M.-L.), 266, 270, 272, 277.

_Anales_ (Los), 270.

Angulo y Heredia (A.), 182, 189.

_Antologa de poetas hispanoamericanos_, 297-315.

_Antologa de poetas lricos_, 341.

_Aphorisms_, 212.

Aranda (Conde de), 228.

_Araucano_ (El), 270.

Avellaneda (G.-G.), 192, 313, 314.

Ayestarn (L.), 205.


Bachiller y Morales (A.), 169, 206.

Baez (B.), 258, 259.

Bakhuyzen, 250.

Balcarce, 233.

Balmes (J.), 268.

_Baltasar_, 314.

Barneveld (J.), 260.

Barnwell, 15.

Basedow, 210.

Bates, 140.

Batres (J.), 282.

Beecher-Stowe (H.), 1, 43, 44, 45.

Bell, 144, 147.

Bello (A.), 263-283, 303, 304, 313.

Bembo (C.), 294.

Bentham (J.), 186.

Benton (Th.), 54, 55.

Berni, 282.

_Biblioteca_ (La), 270, 275.

Bismarck (O.), 249.

Bolvar (S.), 12, 102, 231, 235, 236, 238-243, 264, 275, 305.

Bonaparte (N.), 9, 191.

_Bonaparte_, 191.

Booth (J.-W.), 329, 330, 331.

Borromeo (F.), 193, 293.

Brooks (P.), 35-38.

Brown (J.), 1, 120-122, 124-126, 128, 129.

Brown (T.), 267.

Bruto (M.), 309.

Bruzn (J.), 206.

Bryce (J.), 51.

Buchanan (J.), 57, 60-63, 65, 75, 81, 98, 100, 102, 105-107, 110,
114-116, 119, 126, 131, 147, 152.

_Bulletin Hispanique_, 286.

_Buscapi_ (El), 334, 344.

Butler (A.-P.), 15, 27, 31, 34-37.


Caballero (M.), 158.

Caballero (A.), 158.

Cabrera (R.), 225.

Caldern (P.), 287.

Calhoun (J.-C.), 5-7, 10, 13, 15, 24, 27, 59, 151.

Cameron (S.), 140.

Campbell (Th.), 324.

Campo Alanje (C.), 320.

_Canto  Junn_, 304.

Cant (C.), 192.

Caete (M.), 277.

Carlos V, 117, 251, 252, 290, 294.

Caro (M.-A.), 274, 277.

Castillo (H.), 205.

Castro (A.), 334, 337, 338, 344.

_Centn Epistolario_, 333-348.

_Century Magazine_, 82, 94, 97, 106.

Cervantes (M.), 31, 192, 263, 301, 334, 344.

Csar (J.), 320.

Chase (S.), 17, 21, 139, 140.

_Ciencia Espaola_ (La), 300, 302.

_Cinque Maggio_ (Il), 191, 192.

Cisneros (J. de), 290.

Clay (H.), 7, 10, 11, 13, 16, 144.

Cochrane (Lord), 237.

Coln (C.), 292, 293.

_Congressional Globe_, 28, 35, 108, 111, 116, 135.

_Contemplaciones_ (Las), 274.

Corday (Ch.), 309.

_Correspondence of J.-L. Motley_, 247-261.

Cousin (V.), 164, 188, 211, 216, 218, 220.

Cristoforo (Fr.), 193.

Cromwell (O.), 122.

Cuervo (R.-J.), 169, 345, 346, 347.


Damas-Hinard, 286.

Danton, 31.

Darwin (Ch.), 186.

Davis (J.), 15, 48, 61, 115, 126, 135, 150, 154.

_Dcadas_ (Las), 292, 293, 294.

_De Orbo novo_, 292.

_De rebus oceanicis_, 292.

_Derecho internacional_, 270.

_Diccionario de construccin y rgimen_, 345.

Douglas (S.), 23, 24, 27, 31, 34, 56, 60, 78, 81, 88, 90-95, 97, 101,
106, 115, 130-132, 135, 139, 144, 146, 147.

Dundonald (Vid. Cochrane).

_Duendes_ (Los), 281.


_Eclctico_ (El), 207.

Emerson (R.-W.), 40, 124, 196.

_Emilio_, 210.

_Enciclopedia de biografa americana_, 100, 124.

_Enciclopedia Britnica_, 14, 68.

_Eneida_ (La), 276.

_Ensayo de una biblioteca_, 344.

_Ensayo sobre lo bello_, 193.

Escovedo (N.-M.), 208.

Espronceda (J. de), 279.

_Etudes sur l'Espagne_, 287.

Evarts (W.-M.), 138, 143.

Everett (E.), 116.


_Fantasmas_, 281.

Farnesio (A.), 254.

_Fausto_, 190.

Felipe II, 251, 253.

Felipe IV, 334.

Felipe (Archiduque), 290.

Fernando VII, 309.

Fernando el Catlico, 290.

Feuerbach (P.), 207.

Fichte (J.-G.), 188.

Fillmore (M.), 13, 56, 60, 144.

_Filosofa del Entendimiento_, 267.

_First blows of the civil war_, 69.

Fish (H.), 259.

Fitzmaurice Kelly, 343.

Fornaris (J.), 199.

Foulch-Delbosc, 286.

Fox (A.), 167.

Franklin (B.), 194.

Frmont (J.-C.), 53, 55, 57, 61.

Fras (Duque de), 301.

Froude (J.-A.), 250.

Fuente (V. de la), 228.


Gallardo (B.-J.), 344, 345.

Glvez (J.-B.), 206.

Gayangos (P.), 338, 342.

_Gergicas_ (Las), 276.

_Gesta del Cid_, 268.

Gioberti (V.), 193, 207.

Girn (P.), 291.

_Goethe y Schiller_, 189.

Gmez (F. Perez), 333-348.

Gonzlez Dvila (G.), 337.

_Gramtica de Bello_, 269.

Grant (U.-S.), 40, 69, 248, 257-260, 328.

Greeley (H.), 14, 105.

Grocio (H.), 260.

Guardia (J.-M.), 216.

Guido (J.-T.), 236.

Guillermo de Orange, 151, 152, 154.

Guizot (F.), 250.

Gutirrez (J.-M.), 299.


Hale (J.-P.), 17, 21.

Hallam (H.), 291.

Halstead (M.), 135.

Hamilton (A.), 61.

_Hamlet_, 33.

Hamlin (H.), 137.

Harris (Miss), 329.

Hay (J.), 82, 94, 106, 317.

Hayne (R.), 5.

Hegel (F.), 188, 189, 219.

Heine (H.), 307.

Henry (Dr.), 97.

Heredia (J.-M.), 276, 282, 297-315.

Herndon (W.-H.), 143, 317, 325, 331.

Higginson (Th.), 124.

_Historia crtica de la literatura_, 338, 339.

_Historia crtica de Amrica_, 293.

_Historia de la literatura espaola_, 337.

_Historia de las ideas estticas_, 301.

_Historia de las Provincias Unidas_, 249, 255.

_Historia de los heterodoxos espaoles_, 199, 286, 300, 343.

_Historia de San Martn_, 236.

_History of the people of the U. S._, 321.

_History of the U. S. from 1850_, 45, 321.

_Hojas de otoo_, 281.

Holmes (O. W.), 260.

Holst (H.), 14, 27, 36, 56, 100.

Howe (B.-S.), 194.

Hume (D.), 186.

Hugo (V.), 125, 274, 280.

Hunter (J.), 15.


_Impugnacin  Cousin_, 211, 221.

_Incendio de la Compaa_ (El), 279-281.

_Informe sobre Instituto Cubano_, 175, 178, 209.

_Insurrecciones de Cuba_, 161.

Isabel la Catlica, 288.

Isabel II, 224.

Isla (Padre), 304.


Jackson (A.), 6, 7, 70.

Jenofonte, 280.

_John Brown of Ossawatomie_, 124.

Johnson (R.), 67, 248.

Johnson (A.), 257.

Johnston (A.), 14, 36, 40.

Jovellanos (M.), 208.

Juan de Austria, 254.

Juan II, 333-348.

Juana la Loca, 290.


Kant (E.), 187, 188, 219.

Kennedy (J.), 311.

Krause, 189, 190.


Lafon, 236.

Lafuente (M.), 288.

Lamartine (A.), 191.

Lamon (W.-H.), 325.

Laplace (P.-S.), 207.

Larra (M.-J.), 320.

Las Casas (B.), 295.

Latour (A.), 286.

Lee (R.), 120, 320, 328.

Len X, 293.

Len (Luis de), 38, 277.

Lessing (G.-E.), 190, 191.

Leto (P.), 287.

_Libro de Montera_, 340.

_Life and letters of John Brown_, 122.

_Life and speeches of Lincoln and Hamlin_, 137.

_Life of H. Beecher Stowe_, 44.

_Life of President Buchanan_, 100.

_Life of Th. H. Benton_, 155.

Lincoln (A.), 39, 82, 84, 89, 92-98, 136, 140-150, 153-155, 248, 257,
317-331.

Llaguno (E.), 336.

Locke (J.), 174, 186, 209-211, 215, 217, 220, 221.

Lodge (H.-C.), 5.

Lpez (N.), 112.

Luna (A. de), 334.

Lutero (M.), 228.

Luz y Caballero (J.), 157-230.


McMaster (J.-B.), 321.

Madison (J.), 59.

_Mgico prodigioso_ (El), 287.

Maistre (J. de), 249.

_Manifiesto de Ostende_, 101.

Manucio (P.), 294.

Manzoni (A.), 191, 192.

Marcy (W.-L.), 103.

Marijol (J.-H.), 285, 287-296.

Marshall (J.), 69.

Mrtir (P.), 285-296.

Martir y Rizo, 296.

Mason (J.-M.), 11, 15, 27, 31, 34, 61, 101, 108, 126, 127.

Mazzini (G.), 228, 229.

_Meditaciones_ (Las), 191.

_Memorabilia_, 230.

_Memorial Addresses_, 144.

_Memorias de O'Leary_, 239.

Menndez y Pelayo (M.), 189, 199, 228, 274, 277, 297-315, 341, 343.

_Mercader de Venecia_, 30.

Merchn (R.-M.) 306.

Merime (E.), 286.

Merime (P.), 249, 286.

Merln (C.), 207.

Mignet, 286.

Milans (J.-J.), 313.

Mill (Stuart), 186.

Millet (G.), 225.

_Miserables_ (Los), 198.

Mitre (B.), 231-245.

_Modern poets of Spain_, 311.

_Moiss en el Nilo_, 274, 280.

Mondejar (M.), 334.

Montpensier (D.), 286.

Mora (J.-J.), 344.

Morel-Fatio (A.), 286.

Morse (J.-T.), 317-331.

_Mosquea_ (La), 282.

Motley (J.-L.), 247-271.

Napolen I, 110, 191, 249.

Napolen III, 214.

_Nathan el sabio_, 190.

Nicolay (J.-G.), 82, 94, 106, 146, 317.

Nietzsche (F.), 157.

_Nueva Eloisa_ (La), 45.

_Nuevo Teatro crtico_, 298.


O'Donnell (L.), 110, 165, 169, 197, 198.

O'Leary (D.-F.), 239.

Olmedo (J.-J.), 271, 272, 276, 281, 304, 313.

_Opus epistolarum_, 287, 291, 292.

_Opsculos jurdicos_, 270.

Opsculos literarios y crticos, 270.

_Oracin fnebre de N. Escovedo_, 208.

_Orlando enamorado_, 282.

_Orientales_ (Las), 280.

_Our American Cousin_, 328.

_Outbreak of rebellion_, 146.


Pablo (San), 180.

Pacheco (M), 291.

Padilla (J.), 291.

Panizzi (A.), 259.

_Papeles pstumos_, 161.

_Papeles sobre Cuba_, 161.

Pardo Bazn (E.), 298.

Parker (Th.), 194, 195.

Pentecoste (La), 192.

Pestalozzi (J.-H.), 210.

Pezuela (J.), 161.

Pezuela (M. de la), 104.

Pidal (M. de), 337, 338, 344.

Pidal (Menndez), 269.

Pierce (F.), 23, 41, 62, 103, 140.

Pinel (Dr.), 164.

Pirala (A.), 313.

Plcido, 170.

Polk, 54, 107.

Pombo (R.), 277.

Pompeyo, 327.

_Prayer book_, 44.

Prescott (W.), 196, 247, 250, 288, 291.

Prinsterer (G.), 260.

_Promessi Sposi_ (I), 193.

Proscrito (El), 266, 282.


Quintana (M.-J.), 274, 300, 336, 337, 338, 344.

Quevedo (F.), 286.

_Querellas_ (Las), 340.


Ranke (L.), 291.

Rathbone (M.), 329, 331.

_Reisebilder_, 306.

_Repertorio_ (El), 270, 275.

_Representative Orations_, 36.

_Repblica y Realeza_, 228.

Requesens (L.), 253.

_Revue Hispanique_, 286.

Rhodes (J.-F.), 321.

_Rise of the Dutch Republic_, 249.

Rivadeneyra (M.), 269.

Rodrguez (J.-I.), 169, 188, 199, 222, 226.

Roosevelt (Th.), 55.

Rosseew St. Hilaire, 286.

Rousseau (J.-J.), 45, 210.

_Ruinas de Palmira_, 208.


Saco (J.-A.), 161.

Salazar (P.), 168.

Sanborn (F.-B.), 122, 127.

Sanchez (T.), 268.

Sand (G.), 228.

Sanguily (M.), 167, 170, 226, 229.

San Martn (J.), 231-245.

Santa Ana (A.-L.), 310.

Sanz del Ro (J.), 189.

Sartiges (G.), 116.

_Sal_, 314.

Schelling (F.-G.), 187-189.

Scio (P.), 180.

Scott (D.), 63-70.

Scott (W.), 193.

Serrano (M.), 168.

Serrano (F.), 199, 201.

Seward (W.-H.), 40, 114, 128, 138-143.

Sherman (W.-T.), 331.

Sismondi (S. de), 193.

Scrates, 230.

_Some thoughts concerning education_, 209.

Soul (P.), 16, 101-103, 108.

Spencer (H.), 186.

Stephens (A.), 150.

Storey (M.), 260.

Stowe (Ch.-E.), 44.

_Studien_, 341.

Sumner (Ch.), 18, 21, 24, 27, 29, 34-45, 258, 259.


Tcito, 204, 305.

Tacn (M.), 309, 310, 311, 312.

Taney (R.), 67-73.

Taylor (T.), 328.

Tendilla (C. de), 287.

Thoreau (H.-D.), 124.

Ticknor (G.), 337, 338, 342, 343, 344, 345, 347.

Ticknor Curtis (G.), 100.

Todd (M.), 326.

_Trip to Cuba_ (A), 194.

_True history_, 143.

Turnbull (D.), 166.


Unamuno (M.), 341.

_Uncle Tom's Cabin_, 43, 45, 47.

Urbano II, 51.


Valle (G. del), 220.

Varona (E.-J.), 224, 225.

Vera y Ziga (A.), 333-348.

_Viaje por Egipto y Siria_, 207.

_Vida de D. A. Bello_, 266.

_Vidas de Espaoles clebres_, 336.

_Vida y muerte de J. de Barneveld_, 260.

Viel-Castel (L.), 286.

Villaviciosa (J.), 282.

Virgilio, 276.

Vives (L.), 180, 294.

_Voces interiores_, 281.

Volmller (K.), 269.

Volney (C.-F.), 207.

Voltaire (F.-M.-A. de), 194.


Ward (J.), 194.

Washington (G.), 49, 320, 321.

Webster (D.), 5, 11-18, 144, 196.

Whittier (J.-G.), 17.

Wilson (H.), 35.

Winsor (J.), 293, 296.

Wolf (F.), 341, 342.


Yancey (W.-L.), 135.


Zaragoza (J.), 161.

Zayas (A.), 206.

Zayas (F.), 183.

Zayas (J.-B.), 183.

Zayas (J.-M.), 181-185, 206.

Zenea (J.-C.), 205, 313.

Zerolo (E.), 312.

Zorrilla (J.), 280.




NDICE DE MATERIAS


El Conflicto entre la esclavitud y la libertad en los Estados Unidos de
1850  1861.


                                                               Pginas.

  CAPTULO I.--Tentativas de conciliacin antes de 1850               1

     --    II.--El sucesor de Webster en el Senado.--Ley sobre
              los esclavos hudos.--Cuestin de
              Kansas.--Discurso de Sumner y sus consecuencias        17

     --    III.--La cabaa del to Toms                           41

     --    IV.--Formacin del partido republicano.--Convenciones
              nacionales.--Frmont, Douglas,
              Buchanan.--Elecciones de 1856                          48

     --    V.--El negro Dred Scott ante el Tribunal Supremo          63

     --    VI.--Desacuerdo entre ambas ramas del Congreso sobre
              la admisin de Kansas                                  75

     --    VII.--Campaa electoral en Illinois.--Lincoln y
               Douglas                                               80

     --    VIII.--Duelo de oradores                                  90

     --    IX.--Proyectos de anexar la isla de Cuba                  98

     --    X.--John Brown                                           119

     --    XI.--Campaa de 1860.--Lincoln Presidente de los
              Estados Unidos                                        129

     --    XII.--La vspera de la guerra civil                      149


  Jos de la Luz y Caballero                                        157

  La vida de San Martn por Mitre                                   231

  J.-L. Motley y su historia de la guerra de los Pases Bajos
    contra Espaa                                                   247

  Andrs Bello                                                      263

  Un reporter de cosas de Amrica en el siglo XV.--Pedro
    Mrtir de Anglera                                              285

  Jos Mara Heredia en la Antologa de poetas
    hispanoamericanos de la Real Academia Espaola                  297

  Abraham Lincoln                                                   317

  El Centn Epistolario y la crtica americana                    333





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*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK HOMBRES Y GLORIAS DE AMRICA ***

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
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Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

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outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
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ways including checks, online payments and credit card donations.
To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


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works.

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concept of a library of electronic works that could be freely shared
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