The Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Accin: #4 Con la
Pluma Y Con El Sable, by Po Baroja

This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever.  You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
www.gutenberg.org.  If you are not located in the United States, you'll have
to check the laws of the country where you are located before using this ebook.

Title: Memorias de un Hombre de Accin: #4 Con la Pluma Y Con El Sable
       Crnica de 1820 a 1823

Author: Po Baroja

Release Date: July 18, 2015 [EBook #49470]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCION ***




Produced by Carlos Coln, University of Toronto and the
Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
(This file was produced from images generously made
available by The Internet Archive/Canadian Libraries)









  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Los errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Las pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.




PO BAROJA

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN


_El aprendiz de conspirador._

_El escuadrn del Brigante._

_Los caminos del mundo._

_Con la pluma y con el sable._

_Los recursos de la astucia._

_La ruta del aventurero._

_Los contrastes de la vida._

_La veleta de Gastizar._

_Los caudillos de 1830._

_La Isabelina._

_El sabor de la venganza._




CON LA PLUMA Y CON EL SABLE




                             ES PROPIEDAD
                          DERECHOS RESERVADOS
                         PARA TODOS LOS PASES


                             COPYRIGHT BY
                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                 1921


                      Establecimiento tipogrfico
                         de Rafael Caro Raggio




                              PO BAROJA

                    MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIN

                             CON LA PLUMA
                            Y CON EL SABLE

                        CRNICA DE 1820 A 1823


                             [Ilustracin]


                          RAFAEL CARO RAGGIO
                                EDITOR
                            MENDIZBAL, 34
                                MADRID




PRLOGO


ERAN las doce de la maana de un da de fiesta del ao 1820. Comenzaba
el mes de julio; haca calor. Los arcos de la plaza de Aranda de Duero
rebosaban. La gente haba salido de misa de Santa Mara, y el seoro,
los menestrales y los aldeanos de los contornos se refugiaban en los
porches, huyendo de las caricias de Febo, que apretaba de lo lindo.
Este soportal, donde se paseaban los arandinos, se llamaba la Acera.

Los que han conocido los pueblos espaoles despus de la emigracin
de las aldeas y los campos a las grandes urbes no pueden figurarse
claramente lo que era una ciudad pequea a principios del siglo XIX.

En nuestro pas, y en esta poca, los pueblos chicos se sentan ms
fuertes que hoy, tenan una vida relativamente ms rica que las grandes
ciudades.

El siglo XIX fu el encargado de nutrir las urbes con la savia de las
aldeas y de las villas.

Hoy nuestros pueblos se caracterizan por ser incompletos. Abandonados
por el elemento rico y ambicioso, no quedan en ellos mas que gentes
sin energa, una fauna de pantano, constituda por campesinos toscos y
seoritos apagados, casi conscientes de la inutilidad de su vida.

En estos primeros aos del siglo XIX se iniciaba ya el xodo a las
ciudades; la capital todava no atraa tanto como ms tarde; la
diferencia entre el vivir aldeano y el ciudadano no era fundamental, y
mucha gente adinerada prefera el aldeano, lo que haca que la vida de
los pueblos fuera algo ms amplia y su dinmica ms compleja.

Aranda de Duero, en 1820, no llegaba a las cinco mil almas, pero tena
algn movimiento, cierta vida.

Despus del gran desastre de la guerra de la Independencia, unos pocos
pueblos castellanos haban comenzado a trabajar con entusiasmo para
reconstiturse; entre ellos estaba Aranda.

Haba all fbricas de hilados y tejidos de lino, de camo y
mantelera para el consumo de la comarca; de curtidos, de cermica,
de cordelera, de alpargatas... La agricultura estaba relativamente
prspera.

Aranda senta deseos de renovacin y de mejora.

Era el nico pueblo de la provincia con un ncleo liberal importante;
todos los dems, comenzando por la capital, por Burgos, se sentan
furiosamente absolutistas.

El liberalismo del elemento culto de Aranda, la influencia ejercida
en toda la comarca por el Empecinado, impulsaban a gran parte de los
habitantes de la villa a aceptar con entusiasmo las ideas y planes
de la Revolucin espaola y a pensar en la manera de levantarse y
progresar.

Un ncleo de arandinos haba hecho un programa indicando los medios
necesarios para impulsar las industrias, mejorar la agricultura y
arreglar los caminos, que desde la guerra de la Independencia se vean
abandonados y deshechos. En este ncleo estaban los Flores Caldern,
los Moreno, los Verdugo, los Mansilla, familias ricas y distinguidas de
Aranda.

Para obra tan importante y trascendental se contaba con el nuevo
Ayuntamiento nombrado por el Gobierno revolucionario de Madrid.

Otra de las reformas en que la mayora del pueblo esperaba mucho era
la creacin de la Milicia Nacional voluntaria. Despus de la guerra de
la Independencia el bandolerismo haba crecido en Espaa, el campo era
inseguro. Se crea que la Milicia voluntaria podra llegar a imponer
la tranquilidad y el orden en la comarca. No era fcil, ni mucho menos,
organizar estas milicias en los pueblos; faltaba dinero para los
uniformes y las armas. Estos se tenan que adquirir lentamente.

En Aranda ms de la mitad de la Milicia se hallaba equipada al mes
de comenzar su organizacin. Todos los domingos, por la maana o por
la tarde, se haca el ejercicio en los alrededores o en la plaza del
Obispo.

Los soldados de la Milicia, y sobre todo los oficiales, se mostraban
orgullosos de sus uniformes y los lucan los domingos y das de fiesta
con entusiasmo.

Este domingo del ao 1820, en que comienza nuestra crnica, se vean
por los arcos de la Plaza Mayor ms jvenes que de ordinario vestidos
con el uniforme de nacionales.

La gente del pueblo les miraba con simpata; las chicas encontraban que
hacan bien ir acompaadas de un miliciano, con su levita entallada y
su gran morrin, por la Acera.

--Hoy tenemos revista, eh?--deca uno.

--S; en la plaza del Obispo.

--En nuestra compaa ya estn todos con uniformes--indicaba otro.

--En la nuestra faltan.

--Parece que vamos a tener bandera.

--Otros dicen que no; que mientras no se forme un batalln no se puede
tener bandera.

--Pues nos deban dejar...

--Si se lo pide Aviraneta al Empecinado nos dejarn.

--Es un hombre don Eugenio!

--Ya lo creo.

No todo el mundo celebraba ni contemplaba con simpata a los
milicianos, y haba seor grave vestido de calzn corto, casaca negra
de faldones largos y estrechos, y coleta, que miraba con indignacin
los flamantes uniformes, cuando no desviaba la vista de ellos con
desdn.

Seis o siete lechuguinos, de sombrero redondo, levita a medio muslo,
de color verde manzana y cuello de terciopelo, muchachos de familias
pudientes y realistas, ridiculizaban entre ellos a los milicianos y
queran convencerse de que el xito de los uniformes entre las chicas
no era tan grande como se pensaba.

Estaba el paseo de la Acera en su apogeo cuando por una de las
bocacalles de la plaza se present el pregonero, de gran casaca,
tricornio y su tambor, rodeado de una turba de chicos y de un
viejecillo loco, a quien llamaban en el pueblo el To Guillotina.

Era ste un borracho perturbado, que deca en sus locos discursos que
era republicano y que iba a llevar a todo el mundo a la guillotina y
luego a echar las cabezas al ro.

El To Guillotina vesta una casaca verde, calzones amarillos, y sola
llevar un tricornio adornado con plumas de gallo. El To Guillotina
discurseaba y hablaba de los buenos y de los malos pecados de los
hombres, y se enfureca artificialmente cuando empezaba a mentar
la guillotina, que para l era un castigo del Cielo. Vea en su
imaginacin montones de cabezas a orillas del Duero y comenzaba a
echarlas al ro.

--Una... dos... tres... cien cabezas... doscientas cabezas... al ro...

El To Guillotina honraba con su presencia todo acto popular.

Se produjo un movimiento de ansiedad en los paseantes de la Acera al
ver al pregonero rodeado de su acompaamiento de chiquillos.

El pregonero se detuvo cerca de los soportales y comenz a tocar el
tambor.

El To Guillotina, poniendo una cara trgica, movi los brazos como si
tambin l estuviera redoblando.

Tras del redoble, el pregonero sac un papel que llevaba en lo solapa
de la casaca, y comenz a leer con voz gangosa un bando, haciendo unas
paradas en su lectura completamente arbitrarias:

  El alcalde corregidor de la villa de Aranda de Duero: Hago saber:

Aqu el pregonero hizo un redoble pintoresco y caprichoso. Despus
comenz la lectura de prisa.

  --Que el jefe poltico de la provincia de Burgos me ha comunicado
  que... una corta partida de rebeldes, en nmero de ocho a diez, al
  mando del cannigo de la Colegiata de San Quirce, don Francisco
  Barrio..., anda sacando hombres y caballeras de los pueblos y
  conspirando contra el sabio Rgimen Constitucional... Bien conozco
  yo la lealtad y fidelidad de los ciudadanos de Aranda, pero como
  entre ellos se han podido deslizar gentes de aviesa intencin
  interesadas en encender la tea de la discordia, en su consecuencia,
  ordeno y mando.

Este ordeno y mando mereci los honores de otro redoble.

  Primero. Que todos los vecinos y habitantes de esta villa, sin
  excepcin de personas... me den cuenta de los sujetos que lleguen
  a sus casas... con especificacin de su procedencia, objeto de
  su venida, paraje adonde se dirigen, y si se hallan o no con sus
  correspondientes pasaportes.

  Segundo. Que todos los que tengan armas las presenten
  inmediatamente, bajo la multa de cinco ducados... y en el trmino
  de veinticuatro horas, en la casa de don Eugenio de Aviraneta,
  regidor primero y subteniente de la Milicia Nacional de esta
  villa... y los de los dems pueblos, en sus respectivas justicias.

  Dado en Aranda de Duero a 3 de julio de 1820.

El pregonero, despus de acabar la lectura de la orden del alcalde,
redobl de nuevo furiosamente y se dirigi a una de las salidas de la
plaza. El To Guillotina levant su tricornio saludando al pblico y
sigui al pregonero.

Al volver la gente a la Acera comenzaron los comentarios.

--Es un caso de audacia inaudita--deca un seor viejo dirigindose a
unas seoras--. Qu afn de mandar tienen estos caballeros liberales!

--Es mucho atrevimiento--replicaba una seora gorda acompaada de dos
damiselas.

--S, seora; mucho atrevimiento--aadi el viejo irritado--. Ya no se
habla aqu para nada de Su Majestad, que Dios guarde.

Y el viejo salud ceremoniosamente.

--Es el libertinaje--exclam la seora gorda--. En mi tiempo la vida
era otra cosa.

--Haba dignidad, haba moral, haba religin--prorrumpi el viejo--.
Hoy no hay nada ms que relajamiento y anarqua.

Y el viejo mostr a la seora gorda un grupo de muchachitas
provocativas que pasaban agarradas del brazo. La dama desvi la vista
como si estuviera en presencia de Satans.

--Qu escndalo!--dijo.

--Qu va a ser de la sociedad, seora?--pregunt el viejo--. Esto se
hunde. Vamos en derechura al abismo. Antes el Ayuntamiento de Aranda
estaba formado por personas respetables, temerosas de Dios... Hoy,
fjese usted quin nos manda, seora, un forastero, un advenedizo,
un cualquiera... el seor de Aviraneta; caballero muy conocido en su
pueblo y en su casa a las horas de comer. Los arandinos no tenemos
vergenza; no, seor.

--Es verdad, tiene usted razn, don Juan--contest la dama.

--El seor de Aviraneta--sigui gritando el viejo--es el amo del
pueblo; el seor de Aviraneta es el tirano de Aranda, y nosotros, como
borreguitos, nos dejamos mandar. Parece mentira--. Las damiselas,
al or la palabra borreguitos, rieron y cambiaron unas miradas de
inteligencia con dos lechuguinos que iban tras ellas, y la seora y el
viejo siguieron su conversacin hasta que acert a pasar un fraile.

Besaron la seora y el viejo la mano del frailuco y las dos damiselas
hicieron lo mismo.

--Ha odo usted este bando escandaloso, padre Gabriel?--pregunt el
viejo.

--S; lo he odo. Mejor, mejor--contest el fraile sonriendo con cierto
maquiavelismo de beata intrigante--. Que tomen medidas extremas. As
se desacreditarn ms pronto. Adems--y se acerc al viejo poniendo la
mano en la boca como una bocina--, s por buen conducto que van a sacar
muy pronto al Rey del cautiverio en que lo tienen los masones de Madrid.

--Hombre... Dgame usted. Y quin, quin dirigir tan magna
empresa?--pregunt el viejo--. Quin ser ese noble adalid?

--Uno de ellos es el Cura Merino...

--Ah! Ese es un gran paladn... digno de otros tiempos... un verdadero
espaol...

El fraile, con voz afectada, dijo que tena que visitar a un enfermo
muy grave, y se march del grupo; la seora y el viejo seguan
hablando; las dos damiselas miraban a los lechuguinos, cuando unos
cuantos jvenes milicianos, agarrndose del brazo, comenzaron a cantar
una cancin nueva que acababa de llegar de Madrid y que decan estaba
dedicada al comandante don Rafael del Riego. Al mismo tiempo se metan
en los grupos de las muchachas. Ellas corran riendo, chillando y
exagerando el miedo. Algunos milicianos, entusiasmados, cantaban a voz
en grito:

      Soldados: la patria
    nos llama a la lid;
    juremos por ella
    vencer o morir.

Al pasar por delante del viejo, ste les mir furioso y comenz a
decir:

--Brbaros, ms que brbaros!

--Es el libertinaje--exclamaba haciendo aspavientos la seora gorda.

Las damiselas miraron a los lechuguinos riendo.

En esto salieron del arco del Ayuntamiento y aparecieron en la Acera
dos oficiales de la Milicia, llevando en medio a un regidor.

De los dos oficiales, el uno era ya viejo, flaco, erguido como un
gallo; el otro, joven, moreno, de pelo rizado.

El regidor llevaba casaca obscura de color castaa, con cuello de
terciopelo y corte militar, medias negras de seda, pantaln de nanquin
y chaleco rojo, a lo Robespierre.

Este regidor era pequeo, rubio, de nariz larga, la mirada atravesada
y dura y los ojos azules. Llevaba sombrero redondo y su mentn
desapareca dentro de la corbata, de varias vueltas.

Andaba muy tieso, muy firme, con la mano derecha puesta en la abertura
del chaleco, en una actitud napolenica.

--Aviraneta, Aviraneta!--dijo la gente al verle.

--Tiene cara de masn--murmur una vieja.

--De masn y de judo--aadi otra.

--Y es bizco...

--Para que sea bueno. Bizco y rojo!...

--Jess, qu horror! Yo creo que debe ser protestante lo menos. Ha
visto usted qu mirada nos ha echado, seora Manuela?

--Ese hombre no puede pensar nada bueno. Tiene facha de renegado, de
algo prohibido...

Pasaron el regidor y los dos oficiales.

Poco despus son la oracin de las doce, se descubrieron todos, y
en un momento, el seor viejo y la seora gorda, las damiselas y los
lechuguinos, los milicianos y las muchachas provocativas dejaron los
arcos de la plaza desiertos.




LIBRO PRIMERO

DE VERACRUZ A ARANDA




I

LOS HILOS DE LA VIDA PASADA


UNOS meses solamente haban transcurrido desde la salida de Aviraneta
de Veracruz a su llegada a Aranda de Duero, pero estos meses abundaron
en acontecimientos.

Cierto que los sucesos ocurridos a don Eugenio no fueron de aquellos en
los cuales l representara el papel de protagonista, sino ms bien el
de comparsa.

A esto se debi, sin duda, el que Aviraneta no tuviese gran inters en
contarlos. Slo gracias a la inteligencia del cronista aviranetiano,
don Pedro Legua, se conocen en detalles.

Se haban embarcado en Veracruz, en la fragata _Estrella_, Aviraneta,
el oficial don Ignacio Arteaga, enfermo, gravsimo, y su mujer,
Mercedes, en meses mayores.

Arteaga estaba desahuciado y no tena ms anhelo que morir en Espaa y
que su hijo o hija naciera en la Pennsula.

La suerte no lo quiso as: la travesa fu muy larga y fatigosa, y
quince das despus de salir de Veracruz, Arteaga mora, y pocas horas
ms tarde, Mercedes daba a luz una nia, que se llam Mara del Coro.

Aviraneta tuvo que cuidar de la madre y de la nia. La viuda quiso
levantarse inmediatamente para ver el cadver de su marido, y
Aviraneta, no pudiendo convencerla con razones, cerr con llave el
camarote, y a pesar de las lgrimas y de las amenazas de Mercedes, no
la dej salir.

Los das siguientes, Aviraneta tuvo que estar de niero, paseando en
brazos a la criatura hasta que la madre pudo levantarse.

Despus de una penosa travesa, la viuda de Arteaga, su nia y
Aviraneta desembarcaron en Burdeos.

Mercedes tena la idea de trasladarse a Pamplona o a Laguardia.
Aviraneta deseaba acompaarla, y con este motivo los tres fueron en la
diligencia a Bayona.

Aqu la viuda de Arteaga quiso quedarse unos das a comprar ropas; pero
los das se convirtieron en semanas, las semanas, en meses, y Mercedes
decidi vivir provisionalmente en Bayona.

Dej la fonda y march a instalarse a una pensin. Se bautiz a la nia
en la catedral y fu padrino don Eugenio.

Durante este tiempo, Aviraneta se present en Bidart a visitar a
Etchepare, y se acerc a Irn, donde pasaba una temporada su madre.
Aviraneta quera entrar definitivamente en Espaa; pensaba que ms
pronto o ms tarde intervendra en la poltica espaola, aunque por
entonces no tena proyecto alguno.

Mercedes se haba acostumbrado a consultar con Eugenio a cada paso. La
viuda de Arteaga estaba muy guapa, muy interesante y melanclica.

Alguna vez se le haba ocurrido a Eugenio la idea de casarse con ella y
convertir a Corito de ahijada en hija, pero pensaba que el recuerdo de
Ignacio se le interpondra siempre como una imagen difcil de borrar.
Ignacio Arteaga haba sido para l de estos amigos a quienes se quiere
ms que se estima, que son como parte de uno, que estorban a veces,
pero que es imposible olvidarlos.

Aviraneta, al llegar de nuevo a Europa, no haba cumplido veintiocho
aos. Su pelo, rubio, comenzaba a clarear y le preparaba una calvicie
prematura. Aviraneta tena aplomo y saba dominarse. Vesta con
elegancia un poco siniestra, que le daba aspecto de viejo.

Aviraneta no tena proyectos; pensaba que si segua viviendo en Bayona
de aquella manera plcida, era posible que acabase all su vida de
conspirador.

Qu cantidad de necesidad, qu cantidad de casualidad hay en la vida de
los hombres, nadie lo sabe.

En este momento el destino no quiso que las grandes facultades de
maquinacin y de intriga de don Eugenio se perdieran, y produjo una
coyuntura para emplearlas.

Visitaba la pensin de la viuda de Arteaga, en donde haba una familia
espaola, un cura vizcano.

Este cura se relacion con Mercedes, y por Mercedes se hizo amigo de
Aviraneta. Se llamaba don Pedro Ignacio de Gondraondo y haba sido
prroco de la anteiglesia de Gatica, en Vizcaya.

No era Aviraneta de los anticlericales que tienen antipata personal
por los curas; al revs, se entenda bien con ellos. Gondraondo era
hombre amable y servicial, un tanto satisfecho de s mismo, como buen
vizcano. Aviraneta y Gondraondo se hicieron amigos. Pasearon juntos,
hablaron de su vida anterior, y don Eugenio, para asombrar al cura, le
cont su vida de guerrillero con Merino, su expedicin con Riego por
Europa y sus aventuras de Mjico.

Luego aadi:

--Tambin tom parte en una tentativa revolucionaria, bastante
misteriosa, dirigida por Renovales y Richart.

--Hombre, qu extrao!--exclam el cura.

--Por qu?

--Por que yo tambin intervine en esa conspiracin--contest Gondraondo.

--De verdad?

--S, seor; no es broma.

El cura, efectivamente, haba sido amigo de Renovales y tenido ocultos
durante unas semanas a los conspiradores en su casa de Gatica. Despus
del fracaso de la conspiracin prepar un barco en Plencia, en el que
huyeron los revolucionarios bilbanos. Los realistas olfatearon la
complicidad, y Gondraondo fu perseguido por el Gobierno, y tuvo que
emigrar, y qued arruinado.

Es siempre curioso, cuando dos personas toman parte en un mismo
acontecimiento sin conocerse, la distinta manera como lo recuerdan. El
cura de Gatica no conoca lo que Aviraneta y el barn de Oiquina haban
hecho en Madrid; en cambio, Aviraneta no saba con detalles lo ocurrido
en Bilbao.

--Y se sabe lo que ha sido de Renovales?--pregunt Gondraondo.

--Est en Nueva Orlens; fu a vivir all despus de su expedicin
fracasada a Mjico. Parece que hizo un convenio con el embajador de
Londres.

--Cierto--dijo Gondraondo--; ese convenio se pact entre Renovales y el
duque de San Carlos, y se ha respetado. Segn han dicho, el Ministerio
no quera aceptarlo; pero el general Egua, como paisano nuestro y de
Renovales, consigui que se respetase.

Despus de hablar de estos sucesos pasados, el cura de Gatica pregunt
a Aviraneta si no trataba a los emigrados espaoles de Bayona.

--No, no conozco a ninguno--contest Aviraneta.

Gondraondo cit el nombre de los emigrados que estaban all. Se
encontraba entre ellos Salvador Manzanares; haba otros varios a
quienes Aviraneta conoca de nombre como afiliados a la conspiracin
del Tringulo.

--Y dnde se ve a esa gente?--pregunt Aviraneta.

--Salen muy poco, y de noche. Estn vigilados por el Gobierno francs
muy de cerca. Si usted quiere, yo le llevar adonde se renen.

--Bueno, aceptado.

Efectivamente, unos das despus, de noche, fueron a una casa vieja del
barrio de Saint-Esprit. Entraron en un cuarto pequeo, con un papel
rasgado y sucio, en el cual se vean clavados con tachuelas retratos de
Lacy, Porlier, el Empecinado y Mina.

En el testero principal, encima de la mesa, haba una estampa grande
que, por su aspecto, era inglesa.

Representaba a Fernando VII en su trono, vestido de payaso y con un
gran gorro puntiagudo de bufn, terminado por una campanilla. En el
gorro se lea la palabra _supersticin_. En una mano, el rey tena
un cetro pesado, y en la otra mano, una calavera: Espaa. A un lado
de Fernando estaba sentado el Diablo, y al otro, el padre Cirilo,
que hablaba al dspota de un modo insinuante. Alrededor del trono
se levantaban los patbulos de Lacy, Porlier, Richart, y la casa de
la Inquisicin, a cuya puerta un diablillo quemaba un nmero de _El
Espaol Constitucional_, el peridico que por entonces publicaban en
Londres Blanco White y sus amigos.

El cura de Gatica acerc la lmpara a la pared para que Aviraneta
contemplase la estampa.

Luego estuvieron los dos hablando hasta que fueron llegando varias
personas. Eran casi todos oficiales hudos de Espaa, por haber tomado
parte en las conspiraciones ltimas de Barcelona y Valencia.

Los diriga Salvador Manzanares, oficial de Artillera, muchacho
activo, valiente, emprendedor, efusivo y lleno de iniciativas.

La mayora de los reunidos eran jvenes; pero no faltaban dos o tres
viejos.

Entre stos se encontraba Sanz de Mendiondo, el _Manco_, hombre
ardiente, oficial de Mina, cmplice de Porlier, que haba pasado
dos aos en la crcel de La Corua, de la cual pudo escaparse.
Mendiondo segua animado de un gran entusiasmo, que no le quitaban las
enfermedades ni los aos.

Manzanares, al saber que Aviraneta haba pasado bastante tiempo en
Mjico, le explic los trabajos que se llevaban a cabo en Espaa y las
esperanzas que se tenan de que la Revolucin triunfase. Don Enrique
O'Donnell, conde de La Bisbal, estaba dispuesto a dar el grito, y todo
el ejrcito expedicionario que pensaba el Gobierno enviar a Amrica
se hallaba ya comprometido. Haca unos das que acababa de pasar por
Bayona un oficial de Artillera, Rodrguez Acua, venido de Espaa a
avisarles que estuvieran dispuestos.

Aviraneta, en seguida expuso sus observaciones, lo que se deba hacer,
las medidas que se deban tomar, todo con la claridad y astucia que le
caracterizaban.

La mayora de los liberales aceptaban los puntos de vista de Aviraneta;
algunos se pusieron en contra de sus opiniones. Manzanares fu de los
primeros, e indic a Aviraneta que volviera a la reunin.

A la segunda entrevista, Manzanares le dijo:

--T puedes entrar en Espaa sin peligro?

--Pse! Sin gran peligro.

--Tendras inconveniente en ir?

--Hombre, no.

--Pues entonces, vete. Dirgete primeramente a Madrid, observa lo que
pasa; luego, marcha a Sevilla, y despus, a Cdiz. Entrate de los
planes de Riego. De Cdiz sal para Gibraltar, y de aqu nos mandas un
relato de lo que ocurra.

Aviraneta acept la comisin y se dispuso a desempearla.

Manzanares le di recomendaciones en Madrid para mucha gente, a quien
poda pedir noticias e informes.




II

EN MADRID, DE PERFUMISTA


AVIRANETA pens que para entrar en Espaa le convena un disfraz.
Ciertamente, nadie o casi nadie le conoca.

La gente de Merino probablemente no estara en las ciudades. El nico
contratiempo serio hubiese sido encontrarse con Cecilio Corpas, Freire
o con alguna otra persona que hubiese intervenido en la conspiracin
del Tringulo.

Pens Aviraneta si estara bien marchar vestido de peregrino o de
fraile; pero supuso que quiz fuera comprometido.

Luego vacil en pasar por indiano rico o por vendedor de drogas y de
artculos de perfumera, y se decidi por esto. Como su verdadero
nombre, Aviraneta, no lo conoca nadie, se le ocurri usarlo
italianizado y llamarse Aviranetti. Un perfumista entrometido no es
cosa que choque, y con el pretexto de vender sus pomadas, cosmticos y
bandolinas pudo andar por todas partes.

Aviraneta compr en una perfumera varios frascos de aceites, perfumes
y elixires, y mand hacer etiquetas muy adornadas y elegantes, en donde
pona:

                         EUGENIO D'AVIRANETTI

                          PARFUMEUR DES ROIS

Sanz de Mendiondo, el _Manco_, proporcion al _signor_ Eugenio
d'Aviranetti un pasaporte visado por lord Wellington, y el perfumista
de los reyes se dirigi a Espaa. Tres das despus estaba en Aranda,
donde habl con el Empecinado, que se mostr dispuesto a todo por traer
la Constitucin. Al da siguiente lleg a Madrid y se instal en una
fonda de la calle de Preciados.

Haca ya cerca de cinco aos que Aviraneta haba dejado la corte. En
estos aos, Madrid no haba progresado nada. Era un poblachn sucio,
polvoriento, destartalado. La Puerta del Sol, el sitio ms cntrico, no
llegaba a ser mas que una encrucijada con una fuente, en donde beban
hombres y burros.

El pueblo, a pesar de su corto nmero de habitantes, disfrutaba de
diez y siete parroquias, cuarenta y dos conventos de frailes y treinta
y dos de monjas. Las calles se vean cuajadas de frailes, legos,
demandaderos, y esto, unido a los mendigos, cojos, tullidos, ulcerosos,
paralticos, que arrastraban las piernas, mudos, que tocaban una
campanilla, y otros monstruos, ms o menos pintorescos, daban a la
ciudad un aspecto trgico y desagradable.

La corte ofreca pocos atractivos: haba muchas calles donde no se
poda entrar; las posadas eran hrridas, y sus portales, un asilo de
vagos y de ladrones. En el Prado andaban unos chiquillos andrajosos con
mechas encendidas, formadas de trapos, ofreciendo fuego al que iba a
encender un cigarro.

Aviraneta comenz sus trabajos de exploracin con su natural prudencia.

Habl en los comercios, fu a la Fontana de Oro, oy las conversaciones
de unos y otros. Todo el mundo estaba descontento; el pas marchaba
mal, y, a pesar de las prisiones y deportaciones ordenadas por el
ministro don Bernardo Mozo de Rosales, marqus de Mataflorida, se
hablaba en las calles con audacia. Haba gran incertidumbre entre la
gente; machos deseaban un cambio radical en la poltica. El optimismo
de la guerra de la Independencia haba desaparecido. El tesoro estaba
exhausto, el ejrcito desnudo y hambriento, los caminos infestados de
partidas de bandidos.

--Esto no marcha--decan unos; pero no se atrevan a hablar de la
Constitucin, ni de un cambio de rgimen.

Aviraneta comprenda que los resortes policacos se debilitaban
en las manos del ministro y que poda seguir impunemente en sus
investigaciones.

Haba por entonces una logia masnica en la calle del Barquillo, y un
Oriente Escocs de seoras, que se reuna en la calle de la Puebla,
cerca de San Antonio de los Portugueses; pero el Oriente y la logia
eran igualmente anodinos.

Aviraneta no pens en visitarlos, y fu a ver a uno de los recomendados
por Manzanares, al coronel retirado, Miguel Ezquiaga, que viva en la
calle de Luzn.

El tal Ezquiaga, jugador empedernido, acuda a una timba de los
Portales de Manguiteros, esquina a la calle de los Tintes. En aquella
chirlata, en donde entraba la polica, se conspiraba, segn dijo el
coronel; pero Aviraneta no not ms sino que se hacan trampas y se
levantaban muertos.

De esta chirlata enviaron a Aviraneta a otro rincn de la calle del
Sordo, donde viva _Paca la Valenciana_, y se jugaba al monte. All
tambin se deca que se conspiraba y que el juego era el manto con que
se envolvan intrigas polticas; pero ms bien pareca lo contrario.

Aviraneta saba que en estas supuestas conspiraciones suele haber parte
de verdad en medio de la farsa y que no es prudente pensar que en ellas
todo es mentira.

La _Valenciana_ era una mujer lista y bien informada de la vida de la
corte. Por ella supo Aviraneta que Corpas haca ya tiempo que no estaba
en Madrid. En la conversacin que tuvieron la _Valenciana_ y Aviraneta
se barajaron los nombres de muchas personas conocidas, entre ellos el
de madama Luisa Robinet, la ex ama de llaves del ministro Macanaz, que
segua viviendo en Madrid e intrigando.

Aviraneta se despidi de la _Valenciana_, fu a buscar al _Majo de
Maravillas_, el chispero que tena un taller de herrera en la calle de
Segovia, y por medio de la gente que conoca ste fu enterndose de
dnde vivan algunas personas a quienes no deseaba encontrar. Pronto
pudo asegurarse que ni Corpas, ni Freire, ni Magaz, ni ninguno de los
que haban intervenido en la intriga de la conspiracin del Tringulo
estaban por el momento en Madrid.

Aviraneta tena el campo libre y se decidi a avanzar en su camino.




III

DOS MADAMAS FRANCESAS


NO caba duda que se encontraba Espaa en un perodo de mayor libertad
prctica que en tiempo de la conspiracin de Richart.

Ya no haba tanto entusiasmo por Fernando VII; los liberales comenzaban
a tomarle odio, y los absolutistas y el clero a considerarle poco
celoso de la religin. Los curas ya no hacan aquellos sermones
panegricos, como el del padre Rodrguez Carrillo, en 1814, que se
titulaba: _Triunfos recprocos de Dios y de Fernando VII_. Algunos
empezaban a comprender que el rey tena gran parte en todos los males;
slo el pueblo bajo, que experimentaba simpata por la manera de ser
plebeya y grosera del Borbn, se senta fernandino.

Todo le haca creer a Aviraneta que en las esferas oficiales no haba
la severidad de los primeros aos de la reaccin.

La camarilla de Fernando VII se haba transformado: Chamorro, el ex
aguador de la fuente del Berro, no tena su antigua importancia, y
Ugarte comparta el mando con el embajador ruso Tattischef, clebre en
aquella poca por haber mediado en la venta a Espaa de unos cuantos
barcos rusos completamente podridos. Ugarte y Tattischef haban
formado una alianza que se impona al Consejo de ministros.

Alrededor de Ugarte flotaba una nube de intrigantes: Ramrez de
Arellano, el padre Manrique, un tal Jernimo, un seor Pez y don
Pascual Vallejo, gente que ayudaba a desgobernar Espaa, pero que con
sus maquinaciones contrarias consegua que la arbitrariedad de los unos
se neutralizara con la de los otros.

Toda corrupcin produce, naturalmente, cierta libertad prctica; en
Palacio se viva en plena corrupcin.

Chamorro segua haciendo bufonadas en la camarilla, y el rey, que tena
alma de palafrenero o de mozo de mulas, le miraba encantado; Ugarte y
Tattischef con su corte mandaban.

Los ministros y palaciegos eran grotescos. Lozano de Torres se haba
condecorado a s mismo con la cruz de Carlos III, por haber sido el
primero en publicar el embarazo de la reina, y a Elo le haban dado
otra cruz por restablecer el tormento en Valencia.

Aviraneta fu a visitar a madama Luisa Robinet, con la intencin de
mixtificarla. Saba de ella lo bastante por Mara Visconti.

Aviraneta senta cierto amor por la farsa. El representar una pequea
comedia le gustaba; le daba la impresin de la elasticidad de su
espritu, la utilizaba para sus fines y era como la literatura de un
hombre iliterato.

Madama Luisa tena un taller de modas que le serva de pantalla para
sus intrigas y citas. Madama Luisa, en un viaje que haba hecho al
medioda de Francia, haba intimado con una tal Carolina, aventurera,
ex cortesana, a quien le quedaban unos miles de francos.

Las dos mujeres en sociedad instalaron su casa en la calle del Clavel,
en un piso segundo.

Aviraneta fu a visitar a madama Luisa, y despus de dar muchas
explicaciones a una criada vieja al travs de la rejilla de la puerta,
le hicieron pasar a la sala.

Era ste un cuarto grande, con dos balcones, materialmente lleno
de muebles, cuadros, joyas, miniaturas, estatuas antiguas, todo
amontonado, como en una tienda de antigedades.

Aviraneta se fij en que las puertas eran nuevas y fuertes y tenan
cerraduras y cerrojos.

Al poco tiempo se present la francesa madama Luisa, una mujer
insignificante, fea, cargada de espaldas, vestida de una manera
llamativa.

Aviraneta se di a conocer como un mejicano que vena a Espaa a vender
perfumes y elixires, y elogi sus productos como un buen comisionista,
diciendo que eran distintos a los dems.

--Ensyelos usted--dijo Aviraneta, dejando tres frasquitos en un
velador--; tengo la seguridad de que le gustarn. Si es as, como ser,
usted los recomendar a sus amigos, pues s que tiene usted buenas
relaciones, y yo le dar un tanto por ciento en la venta.

--Y cmo sabe usted que tengo buenas relaciones?--pregunt la francesa.

--Lo s por Cecilio Corpas, que es amigo mo.

--Es usted amigo de Corpas?

--S, seora. Por cierto que hace mucho tiempo que no le veo.

--Claro, como que no est en Madrid!

--Qu le ha ocurrido?

--Que ha cado en desgracia. Est deportado.

--De veras?

--S.

--No lo saba.

--Pues, s.

--Lstima! Tiene mucho talento.

--Oh, s tiene talento el seor de _Corps!_--exclam la francesa.

--Ahora aqu, para _inter nos_, yo creo que es un canalla--insinu
Aviraneta.

--Completo.

Esto para madama Luisa era un elogio.

--Y por qu le han deportado?

--Ver usted. El duque de San Carlos le haba nombrado cnsul de
Portugal; tena una causa por suplantar ttulos y honores; pero, a
pesar de esto, segua intrigando y entrando en el cuarto del rey; a un
comerciante le sac treinta mil reales por ofrecerle su proteccin; a
un seor no s cunto por hacerle marqus.

--Y tena poder para eso?

--S; porque conoce los secretos de Lozano de Torres, de Ugarte y de
todo el mundo; pero como es un cnico que no tiene miedo a Dios ni al
Diablo, es capaz de prometer una cosa, tomar el dinero y no hacerla.
Eso no puede ser. Hay que tener seriedad.

Doa Luisa quera que hubiese cierta probidad dentro del chanchullo.

--Y qu ha producido su deportacin?--pregunt Aviraneta.

--Pues que quiso amenazar al ministro Len Pizarro, por medio de
Arjona, dicindole que hiciera lo que l exiga, porque si no, lo
echaba del Ministerio. Pizarro, en este momento, tena ms fuerza que
Corpas, y consigui que a don Cecilio lo encerraran en el castillo de
Badajoz.

--Y cmo lo abandonaron Ugarte y la camarilla?

--Fu un abandono provisional, mi querido seor. Dejaron al ministro
que tuviera este triunfo pasajero; pero despus, como sabr usted, el
que ha tenido que dejar la poltrona y hur ha sido Pizarro.

--Y cmo no ha vuelto Corpas?

--No s. O ha reido con Ugarte, o lo tienen en alguna comisin.

En este momento entr la otra francesa, Carolina. Madama Luisa la
present y Aviraneta la salud muy finamente.

Era sta una mujer alta, rubia, a la que quedaban ciertas huellas de su
belleza. Vesta de una manera exagerada, se tea el pelo, se pintaba
los ojos y llevaba los dedos llenos de sortijas.

Aviraneta no quiso insistir en sus preguntas, y cambiando de
conversacin se puso a hablar con volubilidad de sus cosmticos y de
sus elixires.

--Tengo--dijo misteriosamente--, pero esto no lo puedo mostrar todava,
un elixir que es una cosa extraordinaria.

--Para qu sirve?--pregunt la Carolina.

--Sirve, sencillamente, para rejuvenecer.

--De verdad?

--S, pero no lo digan ustedes a nadie; puede ser un negocio tremendo.

--Y cmo lo ha encontrado usted!--pregunt la ex cortesana.

--Seora, yo no lo he encontrado, no conozco la qumica para eso. Es
un secreto que me han confiado. Usted no s si sabr que un marino
espaol, Juan Ponce de Len, al llegar a la nsula Florida, crey
encontrar la fuente de la Juventud, la Fuente de Juvencio.

--No.

--Pues bien, esa fuente no existe en la Florida; pero, en cambio, no
muy lejos de ella, hay una planta cuyo jugo es una Fuente de Juvencio,
y ese jugo, elaborado por unos indios y mezclado con sangre de nio
forma mi elixir.

--Y lo tiene usted aqu?--pregunt Carolina.

--No; no, seora; no me he aventurado a ello. Las seis redomas, nicas
que tengo, las he dejado guardadas en Pars en una caja de hierro
depositada en un Banco.

--Y por qu no traerlas?

--No, no; hubiera sido un peligro; hubiera podido ser asesinado.
Adems, no tengo autorizacin de mis indios. Cuando la tenga y me
manden cantidad entonces comenzar a vender las redomas.

--Y sern muy caras?

--Cada redoma pequea valdr cincuenta duros, por lo menos.

--Mucho me parece.

--Mucho por la salud? Por la juventud?

--S, es verdad, tiene usted razn; no es mucho.

--Si eso se hubiera conocido antes!--exclam la ex cortesana,
pensativa.

Aviraneta crey que, para primer da, haba conseguido su efecto; se
levant, salud a las dos mujeres y se fu prometiendo volver.

Unos das despus estaba de nuevo all.

Madama Luisa quiso demostrar a Aviraneta que la fama que tena su
antiguo amante Macanaz de vender destinos era falsa. A Macanaz, segn
ella, no le haban sacado del ministerio y encerrado en el castillo
de La Corua por venalidades, sino por guardar copias de las cartas
cruzadas entre Napolen y Fernando.

Aviraneta dijo a la Robinet que a l le pareca muy mal que se
vendieran destinos, vendindolos baratos, y con este motivo se
estableci una corriente cordial de cinismo y de alegra.

Aviraneta se manifest francamente desvergonzado y lleg a entusiasmar
a Carolina y a Luisa, que comenzaron a pensar en una posible
colaboracin. Las dos francesas eran mujeres extraas. La Carolina
haba rodado por el mundo y no crea en nada, excepto en aquellas
cosas absurdas que no se pueden creer. As pensaba que no haba nadie
capaz de resistirse al dinero, ni hombre honrado, ni mujer honesta; en
cambio, tena por verdades la magia, la quiromancia y otras necedades
parecidas. Su credulidad por estas cosas era extraordinaria.

Madama Luisa, por su parte, era aduladora, insinuante y mucho menos
lista de lo que se figuraba ella misma y de lo que se figuraban los
dems. De la venalidad y el soborno realizados en colaboracin con el
ministro Macanaz, de quien haba sido amante, haba pasado a oficios
celestinescos sin abandonar la alta intriga.

Adivinaba Luisa quin era la seora que necesitaba unos miles de
reales y la relacionaba con un cortesano o con algn comerciante
rico venido de las Indias. Madama Luisa tena un odio furioso contra
las dems mujeres, sobre todo contra las mujeres virtuosas, odio que
funda con un desprecio irnico por los maridos y los padres y un gran
entusiasmo por los donjuanes, sobre todo si eran jvenes, bonitos y
ricos.

El campo en donde evolucionaban Carolina y Luisa era verdaderamente
extenso; colaboraban en las intrigas palaciegas, hacan sus menesteres
de terceras, prestaban a usura, echaban las cartas. Eran un poco
anticuarias y chamarileras. Sobre todo Luisa saba dnde haba
almonedas de muebles, cuadros, joyas; tena amigas prestamistas.
Hubieran vendido las dos amigas venenos y filtros de amor si se hubiese
credo en ello. Pero todo esto no lo estimaba tanto Luisa como la
intriga, la alta intriga poltica.

Carolina no quera mas que el dinero; a Luisa no le bastaba el dinero,
deseaba el poder.

La ex ama de llaves haba querido conquistar a algn personaje de la
Camarilla y reunir en su casa una tertulia influyente; pero no lo haba
conseguido.

Sus dos ambiciones eran tener un saln con diez o doce personas de
prestigio, en donde se intrigara y se jugase a las cartas, juegos
franceses, y casarse.

Corpas, durante algn tiempo, la haba visitado, dejndola maravillada
con su cinismo y su audacia. La Robinet haba esperado que fuese la
primera adquisicin de su tertulia, pero Corpas la abandon pronto.

Aviraneta alent las ambiciones de la francesa, y quedaron de acuerdo
en escribirse y comunicarse datos acerca de lo que ocurra en Madrid.




IV

CDIZ


AVIRANETA saba desconfiar de las ilusiones y de las desilusiones.
Conoca por experiencia los cambios rpidos de los asuntos polticos.
Comprenda que en las revoluciones, la mayora de las veces nunca se
est tan cerca de llegar como cuando ya se desespera de ello, y nunca
tan lejos como cuando un acontecimiento parece estar al alcance de la
mano de los revolucionarios.

Aviraneta dej Madrid; estuvo en Sevilla dos das y se present en
Cdiz poco antes de las Navidades. Haba fiebre amarilla en la isla
gaditana y la ciudad estaba casi despoblada.

El Ejrcito expedicionario, a causa de la epidemia, haba abandonado
por orden superior la costa y estaba acantonado en Cabezas, Arcos, y
otras ciudades alejadas del litoral.

Aviraneta, al llegar a Cdiz, se instal en una casa de huspedes.

Hizo sus averiguaciones y supo que el centro revolucionario se
encontraba en el comercio de los Istriz.

Don Javier no estaba en Cdiz y Aviraneta fu a ver a don Toms
Istriz, a quien le haban recomendado desde Bayona.

Los Istriz tenan una gran casa, vivan esplndidamente, como unos
pachs.

Don Toms, despus de hacerle esperar mucho tiempo, recibi a Aviraneta
de una manera desabrida. Primero sospech si don Eugenio sera un
espa; luego, al saber que haba tomado parte en la conspiracin de
Richart y Renovales, supuso que tena delante un hombre cndido y quiso
confundirlo a sarcasmos; pero ste era uno de los fuertes de Aviraneta,
y despus de resistir las burlas de Istriz, se las devolvi con mucha
ms mordacidad e intencin.

Al final de esta entrevista, don Toms Istriz miraba a Aviraneta con
recelo y pensaba interiormente que convendra alejar de cualquier modo
a aquel hombre corrosivo y jovial.

Istriz habl de su hermano Javier, recomend a Aviraneta que fuera a
verle y que visitara tambin a algunos masones, como Alcal Galiano,
Moreno Guerra, etc. Aviraneta no quiso ir. Estos liberales de Cdiz,
con sus aires aristocrticos y entonados, le resultaron poco simpticos.

Una parecida reserva como la de don Toms Istriz encontr Aviraneta en
todos los masones gaditanos. Unicamente un militar, Santiago Rotalde,
y un comerciante, Mendizbal, le acogieron bien. Mendizbal le cont
con detalles las ocurrencias de julio en el Palmar del Puerto de Santa
Mara; la defeccin de Sarsfield y La Bisbal, y la situacin en que se
encontraban los coroneles y comandantes de los cuerpos expedicionarios
presos por aquellos acontecimientos.

Mendizbal aadi que iba a reunirse con el comandante del batalln de
Asturias, don Rafael del Riego, que estaba en Cabezas de San Juan.

--Yo voy con usted--dijo Aviraneta.

--Bueno, pero no bajamos juntos, podemos inspirar sospechas.

Aviraneta comprendi que no se quera nada con l y se decidi a obrar
solo. Con un da de lluvia se embarc para el Puerto de Santa Mara,
tom un coche all, fu a Jerez, y despus a Cabezas de San Juan.

Pregunt por el comandante Riego y se present en su casa. Haban hecho
juntos el viaje desde Suiza hasta Londres. Crea que le recibira
afectuosamente.

Aviraneta encontr a Riego en un cuarto pequeo, blanqueado, con una
cmoda con un nio Jess encima y unos santos negros en la pared.

Riego tena aire febril y se vean en su rostro las huellas de una
larga enfermedad. Estaba acompaado del teniente coronel Fernando
Miranda y del capitn Valcrcel. La acogida de Riego fu tambin muy
fra. Todos reciban a Aviraneta como si ste viniera a quitarles algo,
algo de influencia o de gloria, o de prestigio.

Riego no estaba al principio dispuesto a comunicar a Aviraneta sus
propsitos; pero despus pens, sin duda, que el consejo de aquel
hombre podra servirle y le explic su proyecto. No tena ms plan que
sublevarse con los batallones de Asturias y Sevilla, ir a Arcos de la
Frontera con ellos y prender a los generales jefes de la expedicin.
La fecha fijada era la maana siguiente, el primero de enero. Al mismo
tiempo se levantara Quiroga y marchara sobre el puente de Zuazo con
los batallones de Espaa y la Corua.

--El plan es sencillo y, por lo tanto, bueno--dijo Aviraneta--. Qu
grito van ustedes a dar?

--Este es uno de los puntos que me preocupan--contest Riego--. Muchos
de mis oficiales son partidarios de proclamar inmediatamente la
Constitucin del ao doce; en cambio, Galiano y los de Cdiz no quieren.

--No tienen razn--dijo Aviraneta.

--Le parece a usted mejor proclamar la Constitucin inmediatamente?

--Sin duda alguna.

Miranda y Valcrcel asintieron. Siguieron Aviraneta y Riego hablando
largamente. Se discutieron una porcin de cosas y se puso en evidencia
la poca conformidad de las opiniones de Riego y Aviraneta.

Estaban de acuerdo en las soluciones y estaban en desacuerdo en los
motivos de obrar.

Este desacuerdo en los motivos fundamentales es el que produce casi
siempre mayor falta de estimacin entre las personas.

Aviraneta, hombre de perspicacia y de intuicin, vea desarrollarse
ante s el espritu de Riego a medida que hablaba con l como un hombre
que despliega un plano y va dndose cuenta de la geografa de un pas.

Riego era un ambicioso, como lo era Aviraneta; pero Riego se mova
ms por motivos ideolgicos que Aviraneta. En Riego haba una nocin
central de la poltica, quiz no muy elevada, pero la haba; en cambio,
en Aviraneta, no. Aviraneta era liberal por odios, por simpatas,
por intuiciones; Riego lo era por conceptos. Aviraneta era valiente
siempre, por fuerza, por agilidad espiritual; Riego poda serlo
en ocasiones por necesidad y por conviccin. Riego era capaz del
sacrificio por la idea; Aviraneta era capaz del sacrificio por la
aventura.

Aviraneta tena una resistencia fsica grande; Riego era enfermizo;
Aviraneta contaba con su voluntad como con un muelle fuerte y tenso;
Riego no contaba siempre con ella; Aviraneta hubiese expuesto la
vida por una bagatela, por amor al peligro; Riego slo por una cosa
trascendental; Aviraneta era audaz por instinto, por contextura
psicolgica; Riego, por reflexin. Lo que para Aviraneta era fcil,
para Riego significaba un esfuerzo.

Si cada individuo, como suponen algunos observadores, en vez de ser
un yo, es un conjunto de yos obscuros y embrionarios, lo que haca
Aviraneta lo haca con todos los Aviranetas de su alma; en cambio, lo
que haca Riego, lo haca por el esfuerzo y la victoria de un Riego
sobre los dems Riegos de su espritu.

Riego era un hroe incompleto; Aviraneta era un aventurero perfecto.
Ahora la perfeccin tiende a desdear la imperfeccin: Aviraneta
desde a Riego; Riego, en cambio, sinti una mezcla de desprecio y de
temor por Aviraneta.

Aviraneta pens: Este pobre hombre quiere ser un hroe y no tiene
energa para ello.

Riego se dijo: Este es un aventurero peligroso, capaz de todo: de
hacer la revolucin y de vender la revolucin. Este es un hombre
inmoral.

Riego se engaaba. Aviraneta, para complicarse ms, era hombre de
probidad.

Aviraneta vea en Riego una aspiracin a cerrar el paso a los dems y
a ser el nico; Riego, sin duda, quera que la libertad espaola se
debiera exclusivamente a l; quera que su figura fuese predominante,
que todo lo que se hiciera en sentido liberal tuviese conexin con su
persona.

As, la revolucin de Riego tena que estar vaciada en su espritu;
deba tener cierto carcter culto, no deba ser ni guerrillera ni
demaggica, y s estar sometida a una oligarqua vinculada en polticos
y en oficiales de carrera.

Aviraneta comprenda que as pensaba Riego. Riego, a su vez, vea que
Aviraneta era un hombre osado, capaz de cualquier cosa; hombre para
quien las jerarquas no significaban nada, para quien las dificultades
no tenan valor. Riego supona en el visitante un espritu de audacia
y de libertinaje desarrollado en las aventuras de la vida guerrillera;
pensaba que aquel hombre poda estorbarle, truncarle un xito,
arrebatarle la popularidad, y esto le bastaba para ponerse en guardia
contra l.

Muy entrada la noche, Aviraneta se fu a dormir con el convencimiento
de que Riego sera desde entonces enemigo suyo.

Tendra xito? No tendra xito el comandante de Asturias en su
empresa?

Por un lado, Aviraneta se hubiera alegrado de su fracaso; por otro,
no; pues el triunfo de la Revolucin le llevara a l a una vida ms
intensa.

Estos complots militares, a veces, aciertan cuando menos se lo figura
uno.

Aviraneta se march a su casa y durmi hasta muy entrada la maana.

Al despertarse supo que Riego se haba sublevado y proclamado la
Constitucin del ao doce.

Por lo menos, la primera parte del plan de Riego haba tenido xito.

La segunda parte del proyecto consista en avanzar con las tropas
sublevadas a Arcos de la Frontera, donde se encontraba el Cuartel
general, y prender a los jefes.

Los batallones de Asturias y Sevilla salieron de Cabezas de San Juan a
las tres de la tarde, y a las dos de la maana se presentaron delante
de Arcos.

El teniente Bustillo estaba encargado del arresto del general en jefe,
Caldern; Miranda, del general Fournas, y Valcrcel, del general
Salvador.

Mucho tiempo se perdi delante de Arcos. Se haba decidido que Asturias
entrara por un punto, y Sevilla por el contrario; ya comenzaba a
clarear y no haban llegado los de Sevilla.

Riego, impaciente, mand cinco compaas y orden la prisin inmediata
de los generales. Se hicieron las prisiones, se dispararon unos cuantos
tiros, que mataron a dos soldados de la guardia de los generales, y
cuando no se saba qu hacer apareci en Arcos el batalln de Sevilla,
que vena de Villamartn y se haba perdido en el camino.

Difcilmente se poda comprender que un movimiento tan mal planteado y
dirigido acabara con tanto xito.

--Qu suerte tiene esta gente!--murmur Aviraneta con cierto despecho.

Posesionado de Arcos el ejrcito rebelde, se proclam la Constitucin y
se nombraron alcaldes.

El batalln de Guas fraterniz con los sublevados.

Por la noche, Riego envi a varios oficiales con una columna,
formada por compaas de los tres batallones que haban iniciado el
levantamiento, a que se acercaran a los pueblos de la baha de Cdiz
para anunciar el triunfo de la Revolucin.

Aviraneta, pasado el momento de despecho, quiso ayudar a la obra
revolucionaria. Se haba enterado de que en Bornos estaba de oficial
un amigo suyo de Azcoitia, Flix Zuaznavar, afiliado a la masonera y
complicado en la conspiracin de Renovales.

Aviraneta march a Bornos a hablar a Zuaznavar y no necesit
convencerle. Zuaznavar se reuni con l en seguida, y fueron juntos a
Arcos, a presentarse a Riego.

Era Zuaznavar un hombre alto, fuerte, huesudo, entusiasta de las ideas
revolucionarias. Haba luchado en la guerra de la Independencia y
estaba inflamado de ardor liberal y patritico. Zuaznavar asegur que
si se presentaba Riego, el batalln segundo de Aragn, que estaba en
Bornos, se unira a l.

Riego escuch las proposiciones de Zuaznavar y decidi salir a las tres
de la maana, a pesar de hallarse enfermo, camino de Bornos, con un
destacamento de trescientos hombres.

Se di la orden de marcha, y al alba se lleg al pueblo. Se coloc la
tropa desplegada en batalla sobre una altura y se esper.

Aviraneta, Zuaznavar y otros dos oficiales vascos, Arribillaga y
Sorrozbal, marcharon al pueblo a sublevar la tropa. Un teniente
del batalln, llamado Valledor, detuvo al comandante del regimiento
de Aragn, lo hizo prisionero y se lo entreg a Riego, que avanzaba
hacia el pueblo, montado a caballo, al lado de su asistente y de dos
ordenanzas de infantera.

Poco despus comenzaron a sonar los tambores, y el batalln entero,
tocando generala, sali de sus alojamientos de Bornos dando gritos de
Viva la Libertad!, Viva la Constitucin!.

Se volvi a Arcos, y dos das despus, todas las tropas reunidas
marcharon a Jerez. Al da siguiente se proclamara la Constitucin en
esta ciudad.

Aviraneta fu al cuartel donde se encontraban los oficiales amigos
suyos, y no le dejaron entrar. Por la tarde vi que estaba vigilado.
Aviraneta se present a Zuaznavar y al capitn Sorrozbal, dispuesto
a pedir explicaciones a Riego; pero stos le convencieron de que en
aquellas circunstancias sera lamentable.

Riego tena una idea falsa de l.

Zuaznavar y Sorrozbal aadieron que lo que les pareca mejor era que
Aviraneta fuese al Puerto de Santa Mara a reunirse con otro vasco, el
capitn Roque Arizmendi, que haba ido all escoltando a los generales
prisioneros.

Aviraneta pas varios das en el Puerto en la inaccin, con un tiempo
desdichado de lluvias; presenci la entrada de Riego y Quiroga, y
despus fu a San Fernando.

Se haba reunido aqu mucha tropa; Aviraneta tena entre los oficiales
amigos y conocidos, entre ellos Valds, Iurrigarro y Arizmendi.
Haban nombrado general en jefe a Quiroga, y Aviraneta fu a verle y a
ofrecerse a l; pero Quiroga era un galleguito ordenancista que crea
que el movimiento era nicamente militar y que los paisanos nada tenan
que hacer en l.

En el fondo exista cada vez ms fuerte la rivalidad entre los
guerrilleros y la tropa de lnea, que haba estallado despus de la
guerra de la Independencia, y bastaba que alguien se diese a conocer
como guerrillero para producir desconfianza entre los militares de
carrera.

Aviraneta tuvo que servir de testigo de las marchas y contramarchas de
aquellas tropas, en las cuales seguramente no haba ningn Napolen.

Aviraneta ya no tena nada que hacer all, y, recordando el encargo
de Salvador Manzanares, le escribi una larga carta, contndole con
detalles cmo se haba verificado el movimiento revolucionario. Esta
carta se la entreg a un contrabandista de Ronda que marchaba a
Gibraltar.

Al final de enero Aviraneta presenci la salida de Riego camino de
Mlaga, con una columna de unos mil quinientos hombres y algunos
caballos.

Toda una turba de cantineros, busconas y viejas celestinas de Jerez, el
Puerto de Santa Mara, Puerto Real y San Fernando se moviliz detrs de
la columna, con una impedimenta de caballos, mulas y borriquillos.




V

EL EMPECINADO


AVIRANETA qued en San Fernando, y viendo que con aquellos militares de
carrera no poda simpatizar ni colaborar, abandon la isla gaditana y
se march a Sevilla.

De Sevilla tom la diligencia para Madrid. Visit a madama Luisa, que
le di noticias de la gente palaciega, que estaba muy asustada con las
noticias de la Revolucin, y fu a ver a los amigos masones, a quienes
encontr muy reservados y timoratos.

En vista de que Madrid tampoco responda, don Eugenio se dirigi a
Aranda y fu a buscar al Empecinado en su finca de Castrillo de Duero.
El Empecinado le dijo que haba pensado en dar un golpe para proclamar
la Constitucin en Valladolid y que llegaba oportunamente.

La buena acogida de don Juan Martn hizo olvidar a Aviraneta sus
fracasos de Andaluca.

Al saber que ya haba algo preparado y organizado, Aviraneta quiso
contribur a la empresa, y equip y mont por su cuenta diez hombres,
que se unieron a los del Empecinado.

ste contaba con bastante gente, entre ellos un joven de Peafiel a
quien llamaban el Licenciado Mambrilla.

Entre el Empecinado y Mambrilla haban ideado sorprender Valladolid
con cien infantes y cincuenta caballos.

Tenan en la ciudad algunos partidarios, entre stos, un padre
filipino, el padre Gimnez, y su sobrino Santos.

El plan consista en meter en el convento del padre Gimnez cien
hombres armados, y despus, por la noche, presentarse a las puertas
de Valladolid con cincuenta jinetes. Los cien hombres saldran del
convento, abriran las puertas de la ciudad y se proclamara la
Constitucin.

Preparada la sorpresa, probablemente hubo algn soplo a la polica,
porque los primeros hombres que se acercaron al convento armados y
embozados en sus capas fueron detenidos y presos. Al mismo tiempo la
guardia de las puertas fu reforzada.

En vista del fracaso de la expedicin a Valladolid, el Empecinado,
Aviraneta y Mambrilla decidieron comenzar de nuevo la empresa
apoderndose de una ciudad pequea como Aranda. Tenan gente
comprometida en los pueblos de la orilla del Duero, haban hecho
imprimir una proclama en Nava de Roa, y no les faltaba mas que fijar
da. Era a principios de marzo. La expedicin de Riego en Andaluca se
daba por muerta.

En esto se supo que las tropas sublevadas por el coronel don Flix
Acevedo en La Corua haban ocupado toda Galicia; luego se habl de
la entrada de Mina con sus amigos de Bayona, Manzanares y Mendiondo
por el Pirineo, y del pronunciamiento de O'Donnell en Ocaa. En vista
de ello, el Empecinado precipit la entrada en Aranda y proclam la
Constitucin. Las alocuciones impresas se extendieron por la provincia.

La revolucin triunfaba, las tropas se unan a los constitucionales, y
Fernando VII, de buen o mal grado, tena que aceptar el nuevo rgimen.

Pocos das despus el Empecinado comision a Aviraneta para que se
avistase con los individuos de la Junta revolucionaria de Madrid y
ofreciese la cooperacin del general.

Qu iban a hacer? El Empecinado volvera al ejrcito. Haba sido
nombrado segundo cabo de la Capitana General de Castilla la Vieja,
que resida en Zamora; Aviraneta, segn don Juan Martn, tena que
prepararse para ser diputado. Se establecera en Aranda, lo nombraran
regidor primero, organizara la Milicia Nacional y, cuando dominara el
pas, se le enviara a las Cortes.

Aviraneta escribi a su madre, que estaba en Irn, si le gustara
quedarse a vivir una temporada en Aranda. Su madre le contest que s,
que vivira en Aranda o en otro lado cualquiera, y Aviraneta alquil
para los dos una casa pequea en la plaza del Trigo.




LIBRO SEGUNDO

EL TIRANO DE ARANDA




I

LOS MILICIANOS


EL mismo da en que se di el bando en la Plaza de Aranda acerca de la
partida levantada por el cannigo de la Colegiata de San Quirce don
Francisco Barrio, poco despus de comer empezaron a reunirse en una
explanada del pueblo que se llama plaza del Palacio o del Obispo grupos
de milicianos, de uniforme. Haba maniobras.

A las tres comenz la formacin y se pas lista. Anteriormente haban
tenido los milicianos una poca de continuo y diario ejercicio, y el
grueso de las fuerzas voluntarias se hallaba bien adiestrado.

En toda Espaa, al mismo tiempo, los liberales se dedicaban a empuar
las armas. El Gobierno quera contar con una fuerza capaz de sofocar
cualquier tentativa absolutista.

Comenz el ejercicio en la plaza del Obispo. La mayora de los
milicianos haba pasado las primeras dificultades y estaba en la
esgrima de la bayoneta y del fusil, y slo algunos torpes, en pequeos
pelotones, haban quedado empantanados en las evoluciones de la marcha
y en dar media vuelta a la derecha y a la izquierda.

El To Guillotina sola ir con los chicos delante de los pelotones que
evolucionaban por la plaza, agitndose y moviendo los brazos.

La Milicia voluntaria y reglamentaria de Aranda estaba formada por
dos compaas de infantera y una de caballera. Las primeras eran
incompletas, pues ninguna de las dos contaba con los ciento veinte
soldados que ordenaba la ley del 24 de abril de 1820.

La compaa de caballera la formaban sesenta y dos hombres.

Cada compaa de infantes tena capitn, teniente, subteniente,
sargento primero, cinco segundos, seis cabos primeros, dos tambores y
un pito. La fuerza de a caballo se divida en tres tercios de a veinte
hombres.

Cada tercio tena un subteniente, un sargento, un cabo primero y uno
segundo, y se divida en dos escuadras de a cada diez hombres cada una.

La Milicia de caballera la formaban los que por su oficio o por su
posicin posean un caballo.

Todas las fuerzas reunidas de infantera y caballera de Aranda las
mandaba un comandante, un mdico que haba acompaado en otro tiempo al
Empecinado.

Algunos oficiales queran implantar en la Milicia una disciplina
severa, lo cual no era fcil por muchas razones: la mayora de los
soldados y oficiales, acostumbrados a sus despachos y mostradores, no
queran aceptar la rigidez formalista de los militares; adems, aunque
haba en las filas gente decidida, abundaban tambin los tmidos y los
perezosos. La mayora de los soldados de la Milicia voluntaria en los
pueblos no eran personas distinguidas. En Aranda no se haban alistado
los Verdugo, ni los Mansilla, ni los Miranda, ni algunos otros.

En muchas aldeas y ciudades, los liberales con nfulas aristocrticas,
antiguos afrancesados ms o menos vergonzantes, se lamentaban de que
las personas de respetabilidad y prestigio no se lanzaran francamente
por la senda constitucional, como haba dicho Fernando VII.

La pretensin era absurda. En las esferas donde germinan las ideas
nuevas no hay que esperar encontrarse con hombres de gravedad y de
peso; en los nuevos caminos es ms fcil toparse, entre locos, perdidos
y granujas, con algn santo o con algn hroe.

Aviraneta contaba con ello y exiga poco en general; pero lo que exiga
lo haca con firmeza. A pesar de esto se le consideraba intransigente.
Todo el mundo supona que la organizacin de la Milicia de Aranda
dependa de aquel hombre, cuya vida anterior se ignoraba y del cual no
se saba mas que acababa de venir al pueblo y haba sido impuesto como
jefe por el Empecinado.

Aviraneta una al cargo de regidor primero el de subteniente de uno de
los tercios de que se compona la tropa de caballera. Adems era el
presidente de la logia masnica.

La gente saba que Aviraneta era el verdadero jefe, el organizador de
las fuerzas de la Libertad, como se deca entonces con el nfasis de la
poca. Aviraneta se ocupaba sin descanso en los asuntos de la Milicia
Nacional, resolva las dificultades y escriba las proclamas con
recuerdos de Roma y de los comuneros de Castilla.

Saba don Eugenio, por su aprendizaje con Merino, el resultado que
daba la disciplina y haca lo posible por inculcarla. Se cobraba a los
exentos de la Milicia voluntaria y se ponan multas pequeas a los
milicianos que faltaban a las guardias, y estas multas no se perdonaban.

Aviraneta, al comenzar la organizacin de la Milicia, form su tercio
con guerrilleros del Empecinado; tena una docena de caballos y los
prest a los amigos. Al poco tiempo el tercio suyo estaba completo y
presentaba un aspecto decidido y marcial.

Los absolutistas de Aranda, que se rean de los milicianos de
infantera, casi todos gordos, pesados y arlotes, miraban con
disimulado terror estos tercios de ex guerrilleros que galopaban por la
plaza del Obispo asustando al pblico y daban cargas a galope tendido...

Transcurrida una hora u hora y media de ejercicio se di descanso a la
tropa, y los jefes se reunieron formando un grupo en una taberna, con
honores de caf, a tomar un refresco.

El tabernero haba sacado una mesa fuera de la tienda y se haba
entretenido en regar con un botijo haciendo ochos y otros arabescos en
el suelo polvoriento.

El comandante de las fuerzas, don Jos Daz de Valdivieso, el mdico,
era un hombre de mucho aspecto y de poca inteligencia, a quien se le
haba otorgado el mando precisamente por su nulidad.

Era un viejo guapo, de pelo blanco y de aspecto decorativo. Don Jos
haca lo que le indicaba Aviraneta, y no pasaba de ah.

De los oficiales de la Milicia de infantera ninguno vala gran cosa.
Entre ellos se distingua el seor Castrillo, el farmacutico, hombre
amable, gran jugador de domin y ajedrez, liberal tibio y un tanto
volteriano, que se rea de s mismo al verse vestido con uniforme
y morrin; un guarnicionero, bajito, rubio, furibundo en sus ideas
liberales, pero poco inteligente, y un maestro de escuela, viejo, el
maestro Sagredo.

Sergio Sagredo era un entusiasta de las ideas nuevas y se hallaba
animado de un deseo de saber verdaderamente raro. Este hombre haba
aprendido l solo el latn y el griego y estaba estudiando el francs y
el alemn con Schltze, un relojero suizo, de Zurich, establecido en la
Plaza Mayor y que era tambin miliciano.

Los dems oficiales, un vinatero, un dueo de una tienda de comestibles
y un recaudador de arbitrios municipales, eran gentes de poca monta que
tomaban muy en serio su representacin social y se llamaban uno a otro:
ciudadano teniente, ciudadano sargento, etc.

Los ex guerrilleros del tercio de Aviraneta eran, entre los milicianos,
los ms aguerridos y fieros.

El lugarteniente de Aviraneta era uno apodado el _Lobo_. El _Lobo_,
antiguo soldado del Empecinado, se distingua como hombre fantico y
violento. El _Lobo_ tena una posada en la calle del Aceite, donde
trabajaba de herrador. A la posada del _Lobo_ la llamaban la posada del
Brigante, y los enemigos, la posada del Fanfarrn.

El _Lobo_ estaba casado con una mujer muy guapa, de un tipo griego, a
quien apodaban la _Loba_.

Era un matrimonio de dos fieras. Alguno que otro lechuguino se haba
acercado a la _Loba_, a galantearla, pero pronto haba tenido que hur
prudentemente.

El _Lobo_ era hombre malhumorado, dispuesto siempre a echarlo todo por
la tremenda y deseoso de saltar.

Dos muchachos jvenes, Jazmn y el _Lebrel_, que eran criados de
Aviraneta, formaban tambin el tercio.




II

DIAMANTE


LOS tercios de caballera los mandaban: uno, Aviraneta; el otro, un
joven llamado Frutos San Juan, y el tercero, un tal Diamante.

Estos dos ltimos oficiales haban sido nombrados por don Eugenio.

Alejandro Lpez Diamante era todo un tipo: alto, moreno, huesudo, de
crneo pequeo y seco, la nariz corva, el bigote gris, la piel tostada
por el sol, las manos sarmentosas.

Tendra unos cincuenta aos. Haba sido estudiante de cura y vivido con
un to suyo casi toda la vida.

Diamante era soltern, cazador y avaro. Su gran pesar databa de la
guerra de la Independencia, por no haber podido tomar parte en ella. Su
to jur varias veces desheredarle si se marchaba, y Diamante, entre el
dinero y la guerra, opt por el dinero. Era su gran dolor.

Diamante era resistente e insensible. Cuando iba de caza dorma en
las matas, recibiendo el sol o la lluvia sobre su cuerpo amojamado.
No senta el fro ni el calor, ni el hambre. Un poco de pan, un poco
de agua y una piedra o un manojo de hierbas para apoyar la cabeza le
bastaban.

Diamante tena una casa pequea y unos majuelos heredados de su to.

Diamante apenas coma por no gastar; llevaba siempre ropas remendadas y
viejas, y aseguraba que las usaba por comodidad.

Diamante viva con un criado llamado Magdaleno, uno de los hombres ms
cazurros del pueblo.

Magdaleno tena facha de sacristn; una cabezota grande, la nariz chata
y la cara redonda, en la que las barbas le salan negras y duras como
pinchos a la media hora de afeitarse.

Diamante no pagaba nada a Magdaleno, ni aun siquiera la comida; le daba
slo la casa y la luz--la luz del sol--. Amo y criado se llamaban de
t, aunque no en pblico; disputaban, se insultaban y cada uno se haca
la comida.

Diamante no era sensible mas que en cuestiones de dignidad; en puntos
de honor, jerarqua o derecho no ceda jams.

Unido a esto tena una arbitrariedad indignante.

No haba modo de que enmendase una injusticia o una antipata
inmerecida. Se senta infalible como el Papa. Daba su fallo y ya no
volva de su acuerdo.

Haba en el pueblo un comerciante cataln que se llamaba Cat; l
decidi llamarle Cant, y aunque el interesado asegurase llamarse Cat,
Diamante segua convencido de que su verdadero nombre era Cant.

Segn Diamante, unos lo merecan todo; otros, nada; que no le pidieran
explicaciones, porque no las dara.

Para exagerar su severidad, el maestro Sagredo le haba prestado los
libros de Salustio, Tito Livio y Tcito, y Diamante, cuya buena memoria
recordaba muy bien lo ledo, quera ajustar todo lo de la poca a
aquellas narraciones romanas.

Si se encontraba entre gente indocta abusaba de su erudicin.

--A m me gusta ser pedante con estos brutos--deca.

Lo que ms despreciaba Diamante era el sentimentalismo.

--oeras, chiquilladas ridculas--sola repetir con desprecio, y
aada con entusiasmo--: Diamante es duro como su apellido.

Diamante era un bloque, si no de carbono puro cristalizado, de algo
parecido; se mostraba ordenancista y severo como nadie.

Aviraneta recomend a Diamante creyndole hombre til para la
organizacin de la Milicia; despus se convenci de que no serva para
gran cosa; pero, a pesar de esto, le gustaba orle y hablar con l.

El Licenciado Diamante, como le llamaba don Eugenio, era un hombre
pintoresco. Srdido las ms de las veces, generoso en ocasiones,
arbitrario siempre, Diamante podra ser tenido por un ejemplar extrao
de la especie humana. Diamante, adems de su avaricia normal, tena un
orgullo vidrioso, un deseo de gloria que le produca un sentimiento de
postergacin y de tristeza.

Para l era imposible estar contento. Algunas veces por cuestiones de
jerarqua inici disputas con Aviraneta y con Frutos San Juan, pero
Aviraneta y Frutos cedan.

Diamante no quedaba satisfecho y sola refunfuar largo tiempo.

--Con esa indiferencia que tiene usted--le deca a Aviraneta--, no se
puede hacer nada bueno.

Aviraneta rea, y Diamante tan pronto le admiraba como le odiaba, y
estaba tentado de sacar el sable y darle un sablazo. A veces, como si
la diosa Minerva se posesionase de su cerebro, Diamante hablaba con una
gran cordura y discrecin.

Realmente no es una cosa muy moral el contemplar en otro hombre cmo
se desatan las malas pasiones; pero para la mayora de los humanos el
espectculo de un espritu borrascoso es interesante y divertido.

El jefe del otro tercio, un joven de Aranda llamado Frutos San Juan,
era algo as como el familiar de Aviraneta.

Frutos, hijo de una viuda pobre, estaba de escribiente en el
Ayuntamiento, cuando Aviraneta le tom como secretario y le nombr
oficial de la Milicia de caballera.

El joven Frutos era muy solapado, muy hipcrita. Tena mucho xito con
las mujeres, y esto quiz le haba hecho cauteloso, pues no slo se
dedicaba a las solteras, sino tambin a las casadas.

Frutos era guapo, moreno, de pelo ensortijado y ojos negros,
brillantes; se las echaba de modesto y de discreto; pero, a pesar de
esto, le gustaba deslumbrar con joyas falsas y con sonrisas tan falsas
como sus joyas.

Frutos haba sido monaguillo y recibido una educacin sacristanesca.

Este joven aprovechado viva en una continua ansiedad. En el fondo de
su alma, las ideas recibidas por l pugnaban con las nuevas que oa
exponer a Aviraneta y a sus amigos. Le maravillaba, sobre todo, el
poco temor de don Eugenio por los curas y frailes. l, en su interior,
temblaba; los altares, las imgenes, las lmparas misteriosas eran
seales claras de la divinidad. Los retablos le parecan de oro macizo;
la campanilla del vitico sonaba para l de otra manera que una
corriente; las voces del rgano las tena por sobrenaturales.

De da, el joven Frutos se senta valiente y capaz de manifestarse
enemigo de los frailes; pero de noche y en la soledad, temblaba, y cada
impiedad suya la senta como espada de Damocles sobre su cabeza de
pelos rizados. Cuando no pasaba ninguna catstrofe se maravillaba.

Frutos traicionaba, sin notarlo, a Aviraneta; haca favores a los
enemigos del jefe y sostena amistades con el bando contrario.

Le ayudaba en esta obra el alguacil Fermn Cabello, alias _Argucias_.
Cabello era tipo delgado, de ojos pequeos y mirada atravesada.
_Argucias_, cuyo apodo le retrataba bien, era enemigo acrrimo de los
constitucionales, pero se guardaba su odio contra ellos y haca el
papel de hombre indiferente, que no se ocupa mas que en ganarse la vida.

Aviraneta sorprendi varias veces al alguacil en un espionaje
sospechoso; pero quera pescarlo de una manera flagrante para caer
sobre l.

       *       *       *       *       *

Todos los oficiales de la Milicia de a pie y a caballo se hallaban
sentados en la taberna de la plaza del Obispo.

--Han ledo ustedes la prensa de Madrid?--dijo el boticario
Castrillo--. Se dice que el Gobierno tiene dificultades, que Espaa
se llena de extranjeros y que estos extranjeros vienen a producir
perturbaciones.

--Ah! Si yo estuviera en el Poder no habra perturbaciones--exclam
Diamante.

--No?--pregunt burlonamente Frutos.

--No, seor. Porque fusilara a todo sospechoso, a todo desafecto al
Rgimen. Esta benevolencia ridcula nos mata. Aqu no hay fibra, no
se toman las cosas en serio. El otro da, al pasar por delante de la
huerta del to Lesmes, nos gritaron: Masones! Mata frailes!, y nos
tiraron dos piedras. Yo le dije al comandante: Hay que arrasar esa
huerta. Y no quiso.

--Y la hubiera usted arrasado? Qu barbaridad!--dijo Frutos.

--Arrasara la ma. Antes que nada, est la libertad y la patria.

--Es verdad--asinti el _Lobo_.

--As debe ser--aadi un viejo, dejando el vaso de vino vaco en la
mesa.

Este viejo era un sargento de infantera, antiguo soldado que haba
hecho varias campaas. El tal sargento, llamado Valladares, viva
casi de limosna en casa de su hija, casada con un labrador rico, que
trataba al viejo de mala manera.

Valladares se senta liberal; ms que liberal, partidario del Gobierno.
El Gobierno para l siempre tena razn. Valladares ganaba un pequeo
jornal por dar a los fuelles del rgano en la parroquia de San Juan.
Era el viejo soldado un hombre alegre, la cara atezada y redonda, los
ojos vivos y alegres, la nariz peluda; contaba sus hazaas guerreras
en el Roselln y en la guerra de la Independencia muy bien, sobre todo
cuando estaba un poco borracho.

Aviraneta sonri al or a Diamante y a Valladares.

Se habl de los defectos que quedaban an en la organizacin de la
Milicia, y se volvieron a formar las tropas de nuevo.

Se hicieron varios movimientos con todas las fuerzas, y despus, las
dos compaas de infantera, en una columna, seguida de los tercios a
caballo, evolucionaron por la ancha plaza al comps de la msica de
tambores y pitos, que tocaban el _Himno de Algeciras_, que empezaba a
llamarse el _Himno de Riego_.




III

LOS TRES CARGOS DE DON EUGENIO


UNOS meses despus de haber sido nombrado teniente de la Milicia
voluntaria de caballera y regidor primero de Aranda de Duero,
designaron a Aviraneta para comisionado del Crdito Pblico.

Con estos tres destinos, don Eugenio era el amo del pueblo.

Se haba discutido en las Cortes del Reino si los milicianos nacionales
podan desempear otros cargos, y se declar por el Congreso que no
slo el ser miliciano no deba servir de obstculo para conseguir un
empleo, sino que deba considerarse como mrito.

Cada cargo ocasionaba a Aviraneta mucho trabajo y muchas molestias;
pero l se daba por satisfecho con dirigir el pueblo.

No se contentaba slo con esto, sino que aspiraba a dominar toda la
comarca, y enviaba al jefe poltico informes claros y precisos acerca
de los Ayuntamientos que no cumplan inmediatamente los decretos de
las Cortes; sealaba a los que no haban jurado la Constitucin, a
pesar del falso testimonio de los secretarios, y a los que no haban
organizado la Milicia Nacional, o que, habindola organizado, no se
daban prisa en instrurla.

Aviraneta miraba el nuevo rgimen como una cosa suya personal, y
estaba dispuesto a todo por sacarlo adelante.

Al mismo tiempo que regidor y oficial de caballera, don Eugenio haca
de intendente, llevaba las cuentas, se encargaba del armamento y de
solucionar la serie de dificultades econmicas que se presentaban.

En el Ayuntamiento, Aviraneta haba preparado una habitacin que daba
hacia el Duero, y all trabajaba.

Todos los asuntos los despachaba l. El corregidor firmaba nicamente.
Aviraneta tena la ilusin del revolucionario que cree que una sociedad
puede cambiar en su esencia en pocos aos.

Aviraneta y el secretario del Ayuntamiento eran hostiles. El
secretario, tipo de absolutista, viejo, calvo, demacrado, cauteloso,
pona trabas a toda tentativa liberal, atrincherndose en las frmulas,
en las costumbres. El secretario daba a entender que no quera mas que
el xito de los propsitos liberales del Gobierno; pero les haca toda
la guerra posible.

Desde la promulgacin de la Constitucin, el partido absolutista de
Aranda, formado por el clero y dirigido por un seor del Pozo, iba
tomando cada vez ms fuerza.

Aviraneta, puesto en contra de l, se empe en que los prrocos
explicaran los artculos de la Constitucin los domingos; pero los
prrocos, apoyados por los absolutistas, se empearon en no hacerlo.

El seor del Pozo, en unin de un propietario rural, don Narciso de la
Muela, absolutista furibundo, iba organizando la contrarrevolucin. Los
curas, el secretario del Ayuntamiento, el fiel de fechos Santa Olalla,
el alguacil Cabello y otros formaban la Junta Realista, que por das
iba hacindose ms poderosa.

Uno de los agentes activos de esta Junta era un hombrachn alto,
rubio, blanco, casi albino, con unos ojos vidriosos y abultados como
dos huevos, el uno dirigido al este y el otro al oeste, y la voz
atiplada. A este ciudadano inflado y grasiento, por ser entrometido y
chismoso, llamaban en el pueblo la _Gaceta_. La _Gaceta_ era de primera
fuerza para el descrdito de algo o de alguien. Menta descaradamente,
pero con gran habilidad, y sus embustes tenan siempre una intencin
maquiavlica.

El fiel de fechos don Domingo Santa Olalla era hombre tambin
atravesado y absolutista. Los liberales de Aranda le llamaban _Poncio
Pilatos_, y, efectivamente, tena aspecto de procnsul romano. Era tipo
sombro, grave, cumplidor de su obligacin y ferviente fantico.

A pesar de su fanatismo, no aspiraba mas que a cumplir la ley. Saba
que Aviraneta y sus amigos saltaban por ella siempre que podan, y esto
indignaba a _Poncio_.

Santa Olalla tena un odio profundo por los constitucionales y un gran
desprecio por los absolutistas, enredadores y chismosos, como Cabello y
la _Gaceta_.

A medida que pasaba el tiempo, constitucionales y absolutistas iban
organizando sus huestes.

El nombramiento de Aviraneta para comisionado del Crdito Pblico
alarm a los clericales de la comarca.

Las Cortes haban decidido suprimir los monasterios de monacales,
cerrar todo convento que no llegase a tener veintiocho profesos y
enajenar sus bienes para hacer frente a los gastos de las guerras
pasadas.

Se quera que en cada pueblo se formase un expediente y un plano
catastral de los terrenos baldos, con expresin del deslinde, calidad,
uso, aprovechamiento, etc., reservando los ejidos necesarios para los
ganados de los pueblos.

Parte de estos terrenos pensaba el Gobierno reservarlos para los gastos
del pas, y parte venderlos en parcelas a bajo precio y a plazos.

Se quera crear una clase de pequeos terratenientes sobre las grandes
propiedades monacales, con lo cual se supona que el nuevo rgimen
podra consolidarse y que los propietarios advenedizos a la posesin
seran los ms acrrimos partidarios de la legalidad revolucionaria.

La medida, bien pensada, no di resultado, y el pueblo, constantemente,
rechaz aquellas ofertas, que le parecan sacrlegas. Si alguno se
aprovech, luego se hizo ms catlico que nadie.

Aviraneta, a pesar de que vi desde el principio la hostilidad popular,
no retrocedi; sigui trabajando con entusiasmo en sus inventarios.
Con su letra espaola clara y puntiaguda, de finos gavilanes, estilo
Iturzaeta, escriba folio tras folio, da y noche, sin cesar.

Mandaba a los jueces pedimentos solicitando la subasta de los bienes
nacionales; enviaba conminaciones a alcaldes, escribanos, tasadores...

Era imposible promover la formalizacin de los expedientes. Algunos
jueces liberales comenzaban la incoacin; pero tenan que abandonarla
pronto. Todo el mundo haca lo posible para que los trabajos quedasen
interrumpidos.

Aviraneta quera luchar as, de cerca, convencido de que era el nico
modo de instaurar la era revolucionaria.

Algunos amigos le advertan que a su lado, como tiburones que siguen a
un barco, haba gente desacreditada y sin escrpulos que iba a ver si
se lucraba con los bienes nacionales.

Uno de ellos era un contratista, un tal Emilio Garca, de Vadocondes.
Garca era uno de esos hombres que en un momento de revolucin ven
una fortuna que hacer. Garca era hombre fro, audaz, indiferente a
todo lo que no fuera negocio. Tena un pie en el realismo y otro en la
revolucin. Se serva de dos agentes, un miliciano a quien llamaban el
_Rojo_ y del hombre a quien decan la _Gaceta_. A veces se entenda
tambin con Frutos.

Aviraneta pensaba que a esta gente ambiciosa haba que franquear el
acceso a la riqueza, porque una mesocracia adinerada era indispensable
para afianzar el liberalismo. Sin cambio de propiedad, imposible el
cambio de rgimen.

Algunos se lamentaban de esto.

--Es una cosa absurda--les deca Aviraneta--. Como si la propiedad
antigua hubiera sido adquirida por otros medios que el robo y la
violencia!

No todos los liberales del pueblo estaban de acuerdo con Aviraneta;
algunos, molestados porque se haba dado el mando a un advenedizo, no
queran nada con l.

Estos eran la mayora gente rica que se consideraba postergada.

Si en la esfera de los aristcratas existan descontentos, tambin los
haba entre los demcratas, los cuales se hallaban representados por
los contertulios de un zapatero remendn llamado Domingo, de la calle
de la Canaleja.

De la zapatera del tal Domingo sali con el tiempo una torre
de Comuneros tan efmera como las tapas y medias suelas del
establecimiento, y algunas mujeres, hermanas o amigas de estos
comuneros, se adornaron con la banda morada de los Hijos de Padilla.

El zapatero, jefe de los descontentos, era un jorobado enredador, el
zapatero Simn de Aranda, a quien se le deca _Domingun_ y _Domingo
Siete_. Este ltimo apodo se lo haban puesto los liberales por su
inoportunidad.

Sabida es la historia del jorobado a quien las brujas colocaron otra
giba por inoportuno.

Haba ido un giboso un sbado por la noche a un bosque donde moraban
las brujas, y les haba odo cantar repetidas veces, con la melancola
de una cancin que no se conoce bien, este estribillo:

      Lunes, martes, mircoles, tres.
    Lunes, martes, mircoles, tres.

Entonces el giboso, en el mismo tono triste que las brujas, cant:

      Lunes, martes, mircoles, tres.
    Jueves, viernes, sbado, seis.

Las brujas al or esto lanzaron un ah! de satisfaccin, y
entusiasmadas por el segundo verso aadido a su canto fragmentario,
buscaron al autor, encontraron al giboso, le acariciaron, le quitaron
la giba y la colgaron en un rbol.

Lleg el giboso al pueblo derecho y gallardo y cont a otro amigo
jorobado lo ocurrido, y ste el sbado por la noche se fu al bosque y
esper. Vinieron las brujas y se pusieron a cantar con entusiasmo, con
una algaraba de papagayos:

      Lunes, martes, mircoles, tres.
    Jueves, viernes, sbado, seis.
    Lunes, martes, mircoles, tres.
    Jueves, viernes, sbado, seis.

Entonces el giboso, saliendo de debajo del rbol, grit con voz aguda:

    Y domingo, siete.

Las brujas, que tenan cierto sentido esttico, lanzaron un grito de
disgusto y de repulsin, digno de un profesor de Retrica, al ver que
no se respetaba la sagrada medida del verso, y cogiendo al jorobado, le
araaron y le colocaron la joroba del giboso del sbado anterior.

A Domingun el zapatero se le consideraba tan inoportuno y audaz como
el jorobado del cuento, y por eso se le llamaba _Domingo Siete_.

_Domingun_, _Tumbatoros_ el cortador, _Payuco_ el gitano, Matas el
sanguijuelero y un matn a quien llamaban el _Tarambana_ formaban la
extrema izquierda arandina.

Aviraneta tena como colaboradores a su secretario Frutos San Juan y a
Diamante.

Frutos trabajaba sin entusiasmo, Aviraneta no sospechaba que Frutos
estuviera vendido al celebrrimo oro de la reaccin; supona que le
faltaba celo, nada ms.

Diamante dedicaba todas sus fuerzas a la lucha liberal. Quera dominar
por el terror. Haba echado a volar la noticia por el pueblo de que al
primer intento absolutista hara una sarracina de las gordas.

Aviraneta al principio viva con su madre y con una criada vieja de
Irn, Joshepa Antoni; luego se separ de ellas por muchas razones. La
primera y ms importante era que no quera que sus enemigos pudiesen
vengar en su madre las ofensas que supusieran haberles inferido l.

Aviraneta ech a volar la especie de que la buena seora estaba muy
incomodada con su conducta.

Aviraneta iba a comer con su madre todos los das, y despus,
burlonamente, en vascuence, le contaba lo que ocurra en el pueblo.
Ella le oa mientras haca media y le recomendaba que no fuera
demasiado audaz ni hiciera muchas locuras.

Aviraneta explicaba sus dificultades y sus luchas como asuntos de poca
importancia.

Los domingos Aviraneta iba de caza con Diamante y sus dos criados, el
_Lebrel_ y Jazmn.

Sola andar por las proximidades de Aranda persiguiendo zorras y
liebres, y cuando haba varios das de fiesta seguidos marchaba con
algunos amigos a los pinares de San Leonardo o a las sierras de Burgos
y del Urbin.

A Aviraneta le gustaba visitar los parajes que haba recorrido como
guerrillero. Al mismo tiempo se evitaba as las fiestas religiosas, a
las cuales, como regidor, no tena ms remedio que acudir estando en
Aranda.

Tena Aviraneta varios caballos, entre ellos dos magnficos, _Piramo_
y _Tisbe_; tena tambin varios perros y uno favorito, al que llamaba
_Murat_.

En el pueblo se odiaba a Aviraneta cordialmente; pero, a pesar de esto,
l se encontraba bien all y decidi instalarse en Aranda y comprar
una casa vieja bastante alejada de las dems, que se llamaba la _Casa
de la mujer muerta_ o la _Casa de la Muerta_.

Esta casa antigua, colocada en una encrucijada estrecha, construda
a medias de ladrillo y adobes, era slida, espaciosa y bastante bien
conservada.

Se tena contra la casa cierta prevencin: en tiempo de la guerra de la
Independencia haba sido hospital, y despus vivi en ella gente pobre.
Era un refugio de chusma maleante y vagabunda; todos los zapateros y
parageros remendones que llegaban a Aranda iban a alojarse all.

La historia de la casa era romntica. Se contaba que haca dos siglos
haba pertenecido a un caballero principal muy desgraciado. Este
caballero tena un hijo y una hija. La hija haba muerto abrasada en un
incendio, y el hijo, con gran disgusto de su padre, pretendi casarse
con una juda.

El pobre caballero, viendo la terquedad de su hijo y sabiendo que la
juda se iba a convertir al cristianismo, la acept en su casa, y el
mismo da de la boda la muchacha, al asomarse a una ventana, cay al
patio y qued muerta. Desde entonces, al decir de la gente, se tapi
aquella ventana y el padre y el hijo desaparecieron.

No se deca si en la casa se paseaban los duendes con su indumentaria
_ad hoc_ de sbanas, velos, cadenas, etc.; pero no era improbable que
la gente lo pensara.

Aviraneta compr la _Casa de la Muerta_ y llev obreros para
restaurarla. Puso cristales pequeos y romboidales emplomados en casi
todas las ventanas, cosa que pareci un lujo provocativo e insultante.
Arregl bien las cuadras, blanque las habitaciones y compr muebles,
los necesarios para un hombre que poda vivir como un rabe del
Desierto en una tienda de campaa.

Slo tena el comedor y una sala biblioteca arreglados con cierto lujo
y comodidad.

En el piso bajo Aviraneta instal su despacho para sus asuntos de
regidor y de teniente de la Milicia. Haba mandado poner marcos a
varias estampas liberales, y en el centro, encima de su mesa, tena una
lmina, titulada _El entierro de los serviles_, con esta leyenda:

      Si el servil esfuerzos hace
    para salir de la sima
    donde por nuestro bien yace,
    milicianos, tierra encima
    y que _requiescant in pace_!

En este cuarto se celebraban las reuniones masnicas de Aranda.

Aviraneta no pudo ocupar toda la casa; la mayora de los cuartos los
dej sin arreglar; muchos, sin piso y sin cristales y con los techos
cados. El huerto tambin se hallaba abandonado, lleno de maleza, con
los caminos invadidos por los hierbajos y las paredes por las zarzas.

Aviraneta quiso limpiarlo, y se empezaron a sacar de la huerta a cestos
piedras, suelas de zapato y varillas de paraguas en tal cantidad, que
Aviraneta se cans de este cementerio de paraguas y de botas y decidi
no cultivar el jardn.

La madre de Aviraneta se qued asombrada al ver la casa.

--Pero, qu locuras hace este Eugenio!--exclam, llevndose la mano a
la frente.

La compra de la _Casa de la Muerta_ contribuy a aumentar la fama de
extravagancia de Aviraneta.

--Qu desgracia la de esa seora tener un hijo as!--se deca.

El regidor era para algunos arandinos un enigma; para otros, el enemigo
del pueblo, y a muchos no les hubiera chocado verle la punta de la cola
por debajo de la capa y despedir un olor penetrante de azufre.

Excepcin hecha de los milicianos, nadie se acercaba a la _Casa de la
Muerta_.

Aviraneta tena en ella una criada vieja y dos mozos de cuadra, que
eran tambin guerrilleros, el _Lebrel_ y Jazmn.

El _Lebrel_ era un gran cazador. Jazmn, como un criado de comedia
antigua, tena gran fertilidad de recursos y de intrigas y era
atrevido, hbil y valiente.

Estos dos muchachos ternes guardaban las espaldas de Aviraneta en
algunas ocasiones, eran la guardia negra del tirano, dos _bravi_
capaces de batirse a pedradas, a estocadas o a tiros.

Aviraneta les enseaba la esgrima del palo y del sable. Algunas veces
necesitaba de sus dos muchachos y le acompaaban ambos armados y
embozados en la capa.

Cada da que pasaba Aviraneta era ms odiado.

Todas las disposiciones municipales dadas por l para adecentar las
escuelas, sitios sombros y miserables, para limpiar las calles y los
pozos negros, para sanear las fuentes, poner rboles en los caminos
y unificar las pesas y medidas, la gente las tomaba por verdaderos
insultos.

A qu se meta aquel forastero a cambiar las costumbres de los
arandinos? Es que no haban vivido sus padres igual que ellos? No se
haban revolcado en la tradicional suciedad espaola sin detrimento de
su salud?

La gente consideraba una ofensa el que alguien encontrara puerco y mal
oliente el pueblo, y aquel prurito de limpiar les pareca ridculo y
vejatorio y una manifestacin de tirana insoportable.

Los curas ayudaban este sentimiento canallesco y populachero. Se le
acusaba a Aviraneta de propagandista masn y de tener una polica
a su servicio para descubrir cuanto tramaban los enemigos de las
instituciones liberales y comunicarlo al Gobierno y al jefe poltico.

La pequea tropa de Milicia voluntaria de caballera era profundamente
odiada y muchas veces haba recibido tiros y pedradas, que no se saba
de dnde venan.

Otros, ms cobardes, se vengaban en el viejo mendigo Guillotina.

Al principio la locura oratoria de este pobre loco haba producido
risa; a medida que el sentimiento realista y fantico tomaba violencia,
el To Guillotina se iba haciendo odioso, y los chicos y los hombres le
tiraban piedras y le pegaban.

Aviraneta le daba todas las semanas a Guillotina algo para comer, y el
_Lobo_ tambin le protega.

Casi constantemente Aviraneta reciba algn annimo insultante y
amenazador. l se rea y una de las veces lo clav con cuatro tachuelas
en el portal de su casa para que todo el mundo pudiese leerlo.

Aviraneta haca como que no se enteraba de la hostilidad contra l;
recorra el pueblo solo y nicamente de noche iba acompaado de sus
_bravi_. Esta disposicin la tom desde que una vez, al acercarse a la
_Casa de la Muerta_, le dispararon un trabucazo. Por fortuna, ninguna
de las balas le di.

Aviraneta, al anochecer, marchaba con frecuencia a la posada del
_Zamorano_ o al mesn del Brigante, del que era dueo el _Lobo_.

All, en la parte destinada a taberna, debajo de los retratos del
Empecinado y de Riego, hablaba con el guerrillero y con su mujer y
pasaba a la cocina del mesn. Si entraba algn carretero conocido le
deca: Eh, buen amigo! Qu tal? Se viene de lejos? Y departa con
los arrieros, les preguntaba de dnde venan, adnde iban; se informaba
de las novedades del camino, del precio del aceite y del trigo y de lo
que decan en Almazn, en Soria o en Roa.

El arriero contaba lo que haba visto y odo, llevaba sus mulas a la
cuadra, cenaba en la cocina y luego se dedicaba a echar chicoleos a las
criadas.

Aviraneta, despus de saturarse de vida pobre, marchaba a su casa, se
mudaba, haca encender los candelabros y cenaba como un gran seor.




IV

UNA FAMILIA AMIGA


AVIRANETA era hombre poco amigo de la soledad y siempre encontraba
algn sitio adonde ir de tertulia.

Casi todas las tardes, al anochecer, daba unas cuantas vueltas por
la Acera, hablando con los amigos; despus sola pasar por la botica
de Castrillo, cuya bola verde iluminaba casi hasta el centro de la
plaza; charlaba all un rato; luego sala, saludaba a la gente de
la confitera de doa Manolita y cambiaba un saludo con Schltze,
el relojero, que al verle se levantaba y le haca siempre la misma
pregunta. Le gustaba pasear de noche por la plaza y las calles
inmediatas, mirar el interior de las tiendas y sorprender la vida del
pueblo en sus rincones.

Al mismo tiempo que Eugenio haca amistades, su madre se haba
relacionado con la familia del juez, recin llegado al pueblo, que
viva en la vecindad, en la misma plaza del Trigo.

Se llamaba este juez don Francisco Aun.

Don Francisco era hombre culto, inteligente, de unos cuarenta a
cuarenta y cinco aos. Se haba casado muy joven y tena dos hijas,
Rosala y Teresita, de diez y ocho y quince aos, respectivamente, y un
nio de diez, Juanito.

Aun era hombre serio, pero de poca energa. Le dominaba su mujer,
doa Antonia, a quien su marido y luego los ntimos de la casa, entre
ellos Aviraneta, llamaban doa Nona.

Doa Nona deba haber sido de soltera muy guapa, pero haba engordado y
su antigua belleza estaba amortiguada por su gordura.

Doa Nona tena una cara de Dolorosa, plida y parada; los ojos grandes
y negros, la boca pequea, el pelo de bano.

Espiritualmente era el tipo de la mujer espaola prctica, hacendosa,
indiferente a todo lo que no fuera su casa, con un egosmo familiar
llevado a las ltimas consecuencias.

La hija mayor, Rosala, deba ser el retrato de su madre joven. Era muy
bonita, muy fresca, muy sonriente, de ojos negros hermossimos y color
atezado. Tena muy buen carcter y un aplomo perfecto, ese aplomo del
castellano que ve la vida tal como es y a quien no se le ocurre sentir
de una manera literaria--es decir, exagerada--las pasiones.

Teresita, la otra hija del juez, menos exuberante que su hermana,
acababa de pasar esa edad en que las nias comienzan a dejar las
muecas, pero todava no haba llegado al perodo de los muecos.

Teresita prometa ser muy lista; le gustaba leer y estudiar. Lo nico
que tena all eran libros religiosos. Lea _La vida de los Santos_
y la _Gua de Pecadores_, y saba muchas poesas de Santa Teresa de
Jess, de San Juan de la Cruz y de Fray Luis de Len.

La madre de Aviraneta iba de tertulia a casa del juez y sola estar
hablando y haciendo media.

Aviraneta bromeaba mucho con las dos muchachas.

Don Eugenio y el juez charlaban largamente y se entendan bien.

Aviraneta tena una gran facundia y no dejaba languidecer la
conversacin. Le gustaba sentarse en el comedor de la casa de su amigo
y burlarse de todo el mundo. El Ayuntamiento, la Milicia Nacional de
Aranda, las modas, las murmuraciones del pueblo le proporcionaban tema
inagotable para sus burlas.

A Aviraneta le gustaba que le hicieran encargos, y doa Nona y Rosala
le pedan una porcin de cosas.

Era don Eugenio capaz de hacer un viaje a Valladolid o a Madrid, a
caballo, para llevarles un adorno, una chuchera de moda cualquiera.

Muchos aseguraban que Aviraneta iba principalmente por Rosala, que
estaba muy guapa; pero era difcil que un hombre tan atareado como
Aviraneta pudiera enamorarse seriamente.

Durante largo tiempo Aviraneta y su madre fueron los contertulios
habituales de la casa del juez; pero al principio de otoo apareci un
curita, don Vctor, muy amigo de doa Nona, a hacer la competencia a
don Eugenio y a minarle el terreno.

Don Vctor conquist a doa Nona y a la madre de Aviraneta. Luchar con
l era imposible.

Este curita, joven e inteligente--inteligente a lo cura--, se comenzaba
a distinguir por sus sermones anticonstitucionales. Quera ser en
Aranda lo que eran el padre Maduaga en Cceres y fray Miguel Gonzlez,
el colector de la Victoria, en Burgos. Deca que la Constitucin era
cosa del infierno, que se hallaban condenados irremisiblemente todos
los constitucionales y que el Gobierno Revolucionario estaba hundido en
el cieno y en la sangre.

Este curita haba echado a volar desde el plpito de la iglesia de
San Juan una frase que, segn decan, era de San Agustn, frase que
consista en asegurar lo lcito de la _persecucin por amor_.

La _persecucin por amor_ era un buen invento para una poca de guerra
civil.

Aviraneta pensaba que al cleriguillo aquel l le hubiera pegado con
gusto una paliza para que no intrigara en contra suya en la casa del
juez, no por odio ni por mala voluntad, sino por amor. La persecucin
por el amor.

Don Vctor, el cura, tena un gran ayudante en una seora, doa Cleof
Navas, viuda de un militar.

Doa Cleof era una mujer alta, fuerte, enrgica, hombruna, seria y
autoritaria. Tena una rigidez de fariseo en paso de Semana Santa,
la cara amarillenta y dura, con unas arrugas que parecan hechas con
tiralneas; la nariz aguilea y los labios finos.

Doa Cleof era una de estas mujeres caritativas que nacen para
hacer la desesperacin de los desdichados. Era el recaudador de
contribuciones, el agente de polica, el tambor mayor de la caridad;
visitaba las casas pobres, donde rea a la gente; asista a los
moribundos, para darles la puntilla recordndoles que estaban en las
ltimas, y pasaba la vida en la iglesia.

Doa Cleof tena un hijo, con quien no se hablaba, una hija reida con
ella, y un yerno que la hubiese querido ver en el hospital, en la sala
de los tiosos.

Las criadas no aguantaban en casa de la beata ms que unos das.

La paz del Seor reinaba en aquella santa morada.

Doa Cleof sola tener una tertulia en su casa, en una sala tan
antiptica como ella, con unas estampas religiosas tan antipticas
como la sala, con una consola y unas butacas tan antipticas como las
estampas, y una alfombra y unas cortinas tan antipticas como las
butacas y la consola.

En este cuarto antiptico se reuna la tertulia de las viejas beatas
ms antipticas del pueblo.




V

EL SEOR SORIHUELA


HABA un seor que viva en Aranda dedicado al estudio.

Este seor, viejo, solitario y apolillado, el seor Sorihuela, haba
vivido en Madrid en otra poca, protegido por Godoy y en relacin con
los masones.

El seor Sorihuela se dedicaba a estudiar la historia de Espaa en
tiempos antiguos y a hacer un plano de las calzadas romanas en las
provincias de Burgos y Soria; recoga fsiles, monedas y pedruscos, y
haca estadsticas. Como se ve, se dedicaba a cosas sin importancia.

El seor Sorihuela era bajo, regordete, cuadrado, feo como buen
erudito. Tena la cabeza grande, el pelo cano, la cara roja por el
herpetismo--segn otros, por el vino--, la frente despejada y blanca, y
las patillas grises.

Este arandino ilustre gastaba larga casaca verde, de cola de abadejo;
chaleco abotonado hasta el cuello, calzones de pao, medias de lana y
una gran corbata de batista de dudosa blancura.

El seor Sorihuela tena un perro chato, y era un problema, al verlos
juntos, saber si el perro se pareca a l o l se pareca al perro. A
punto fijo no era fcil averiguar quin era ms egosta de los dos, si
el perro o el hombre; probablemente lo era el hombre.

El seor Sorihuela luca un egosmo suspicaz e inquieto. Hombre culto,
y sobre todo muy prudente, se haba creado fama de loco en el pueblo, y
la cultivaba para disfrutar de libertad.

Sorihuela tena mucho miedo a los ladrones, y ms miedo an de que
alguna de las piezas de su coleccin o algunos datos de sus carpetas
desapareciesen.

El seor Sorihuela era un incrdulo; iba todos los das a la iglesia y
sola estar leyendo algn libro de Estrabn o de Plinio.

El seor Sorihuela despreciaba a los hombres, despreciaba ms a las
mujeres, despreciaba la poltica, la religin, todo lo establecido y
por establecer, cosa, despus de todo, muy razonable; lo nico que no
despreciaba--y aqu estaba el tendn de Aquiles de su personalidad--era
la historia y la numismtica. Para este erudito, la idea de que dentro
de cien, quiz de doscientos aos, los numismticos, los investigadores
que se ocuparan de la historia romana en la Celtiberia tendran que
hablar de l, de l, del seor Sorihuela, a quien nadie consideraba
en el pueblo y que, sin embargo, segn el informe desinteresado del
propio Sorihuela, era el nico hombre digno de consideracin de Aranda;
la idea de que tendran que citarlo y alabarlo era tan halagea, tan
agradable, que constitua su gran esperanza.

Tal pensamiento suma al viejo erudito en un ambiente de delicia
numismtica, que era como el avance de los goces de la inmortalidad.

El nico amigo de Sorihuela era un cura llamado don Juan Caspe. Este
hombre tena un tipo repulsivo, y lo era: su cara roja y pustulosa, el
manteo lleno de lamparones, hacan que fuera poco agradable encontrarlo
en el campo visual del observador.

La fama de este curngano era casi tan mala como su aspecto; se
saba que era aficionado al vino, y se decan adems de l cosas
abominables. Eso s, todo el mundo reconoca que don Juan, a quien no
haba por dnde cogerlo en cuestin de moralidad, era un gran latinista
y que saba como pocos la historia de la Iglesia.

Verdad es que nadie tena en el pueblo la pretensin de conocer bien
la historia de la Iglesia, y se ceda este mrito al clrigo sin
inconveniente.

Como todos los personajes excntricos tienen, naturalmente, una
tendencia a encontrarse, Aviraneta sola ir a visitar al seor
Sorihuela, pensando si en la cabeza del hombre numismtico habra algo
til que aprovechar en un sentido actual.

El numismtico reciba a Aviraneta en unos salones bajos y
destartalados, donde tena sus colecciones, y hablaban.

Aviraneta le reprochaba que se ocupara de cosas que no servan para
nada, y Sorihuela contestaba con acento sarcstico:

--S; si yo ya s que lo que hago no sirve para nada. Qu importancia
tienen las calzadas romanas? Ninguna. Como que los romanos eran unos
imbciles, unos pobres majaderos...

Aviraneta se rea, y replicaba:

--Yo no s cmo eran los romanos, ni me importa gran cosa; lo que s
s es cmo son los hombres modernos, en especial los espaoles, y en
particular los de Aranda, y creo que toda la gente que tiene alguna
inteligencia debe contribur a mejorar su estado.

--Pues no ser yo el que tal haga.

--Porque es usted un egosta, seor de Sorihuela.

--Y usted lo es mayor, seor de Aviraneta. Lo que ocurre es que usted
tiene muchas condiciones para intrigar y hacer trastadas.

--Muchas gracias por el favor, seor de Sorihuela.

--Y usted mismo lo reconoce, seor de Aviraneta. Es usted como un perro
perdiguero que dijera: tengo el deber de cazar, o como un gato que
creyera que se sacrificaba matando ratones. Ha nacido usted para eso,
como yo he nacido para hacer el plano de las calzadas romanas. Vaya un
mrito!

--Esos son argumentos de topo, seor de Sorihuela. Si saliera usted al
sol vera que todos esos sofismas no tienen valor.

--No, no tienen valor. Si usted fuera un hombre culto, seor de
Aviraneta, que no lo es, y en vez de aprender gramtica parda en los
suburbios y callejuelas hubiera usted frecuentado los clsicos, le
dira que una vez, leyendo a Digenes Laercio, me fij en la frase de
un sofista griego llamado Protgoras, el cual asegura que el hombre es
la medida de todas las cosas. Al principio la proposicin me pareci
absurda; pero, dndole vueltas en el pensamiento, vine a caer en la
profundidad de la frase y en que estaba ms dentro de la realidad que
ninguna otra.

--Y qu consecuencia saca usted de esto, seor de Sorihuela?

--Saco la consecuencia de que usted mira el mundo con la medida de un
regidor del Ayuntamiento de Aranda injerto en miliciano nacional, y
yo...

--Con la medida de un pen caminero...

--Protesto.

--De un pen caminero romano.

--No pretendo convencer a usted, porque es usted un hombre inculto.

--Convencerme de qu? De la utilidad de los peones camineros y de las
calzadas? Estoy convencido ya.

--Brbaros! Beocios! Qu os proponis con ese desprecio por el
pasado?--gritaba el seor Sorihuela--. Si no habis de durar un
momento. Andad, andad; lucos, mequetrefes; petulantuelos, echodlas de
dictadores; ya os darn lo vuestro. Sois orugas que se han convertido
en mariposas. Os creis dueos del mundo y del aire; pero maana
vendrn los fros y se acabarn vuestros triunfos.

--Y morir la libertad? Cree usted...?

--No; la libertad no; vosotros. Porque la libertad no muere; todo
deja un germen, y de esos grmenes vendrn nuevas crislidas y nuevas
mariposas... Se eclipsa el absolutismo, y volver; se eclipsar vuestra
Constitucin, y volver despus. Todo vuelve... Pero, en fin, haced lo
que queris. A m nada me importa.

--No se incomode usted, seor Sorihuela--replicaba Aviraneta--; no
hay motivo. Le hago a usted hablar para orle. Su conversacin aclara
algunas de mis ideas. Como dice usted, soy un hombre inculto.

--Lo reconoce usted?

--Sin duda alguna. Pero vamos a ver: Qu piensa usted de lo que hace
el Gobierno? Qu le parece a usted la gestin de los liberales en
Aranda?

--Qu me parece? Mal; muy mal. Qu pretenden ustedes? Me quiere
usted decir? Acabar con la tranquilidad del mundo? Inculcar en el
pobre el odio al rico?

--No.

--S; yo digo que s, y aado que el da que el pobre no respete al
rico, que tiene dinero y poder, precisamente porque es rico y poderoso,
ese da la sociedad caer en el mayor desorden.

--Que caiga. Es posible que eso sea necesario.

--Para qu?

--Para progresar, para mejorar.

--No esperes la Repblica de Platn--dice Marco Aurelio--; contntate
con llevar remedio a los grandes males.

--Yo no hubiera dicho eso.

--No?

--No. Yo hubiera dicho: No esperes la Repblica de Platn; pero
trabaja por ella como si pudiera venir.

--Qu ilusin ms absurda! Cuanto ms cerca est un pas de su
esplendor, est ms cerca de su ruina. Se multiplican las necesidades,
vienen nuevas angustias, nuevos dolores, nuevas preocupaciones... Es lo
que sucedi con el Imperio Romano. No hay mas que leer a Tcito.

--Transportmonos a Aranda--replicaba Aviraneta.

--Es que los ejemplos no valen?--gritaba irritado el seor Sorihuela.

--Para m muy poco. Discutamos, si usted quiere, lo que ocurre. Usted
supone que limpiar un pueblo, establecer escuelas, plantar rboles,
organizar mejor la vida, no sirve para nada?

--Sirve; yo no digo que no sirva; sirve para el que tiene esa necesidad
de tener la calle limpia; para el que no le importa que est su calle
limpia no sirve; al que cree que no conviene ir a la escuela, no le
preocupa que sta est bien o mal. Y hoy, en Espaa, a la mayora de la
gente no le importa, ni por el montn de estircol, ni por la escuela
mala.

--Pero hay que hacer que les importe.

--Cmo?

--Convencindoles, demostrndoles que salen ganando.

--No. Qu han de salir ganando! Y la comodidad de no pensar y de
no preocuparse? Y el dejarse llevar por las ideas hechas, por las
costumbres hechas?

--Qu miseria!--exclamaba Aviraneta--. Qu cobarda! Nosotros, los
filsofos, vamos a dejar que el mundo se rija por las necedades del
montn?

--Qu petulancia es esa de decir nosotros los filsofos?

--Pse! En un pas en donde los frailes de una Universidad decan:
Lejos de nosotros la funesta mana de pensar, no est mal que se
tenga la petulancia de ser filsofo...

       *       *       *       *       *

Realmente, Aviraneta tena razn. En tiempo de la primera guerra
carlista haba en el campo del Pretendiente el partido ilustrado o de
los listos, y el no ilustrado o el de los brutos.

Los prohombres de este ltimo partido hablaban as a su rey:

--Nosotros, los brutos, llevaremos a Su Majestad a Madrid.

Es muy posible que cuando los hombres se llaman a s mismo los
filsofos, se equivoquen, y no sean tan filsofos como se figuren, y
es posible tambin que cuando se llaman a s mismo los brutos, no sean
brutos como creen.

Pero siempre resultar que los que dicen: Nosotros los filsofos,
aspiran a ser filsofos, y los que dicen: Nosotros los brutos,
aspiran a ser ms brutos de lo que son. Y entre una aspiracin y otra,
no cabe duda que la primera es mejor...

       *       *       *       *       *

El seor de Sorihuela, volvindose contra Aviraneta, deca:

--Sois de una necedad verdaderamente inaguantable; hablis de todo, y
resulta que no comprendis nada.

--Es que siempre las costumbres viejas son cmodas?--preguntaba
Aviraneta.

--Siempre ms cmodas que el tener que inventar otras. El hombre de
aqu o de all sabe lo que tiene que hacer en la ceremonia de la boda,
cuando nace el hijo, cuando se le muere el padre... Todo el mundo,
queriendo ser original, sera el salvajismo.

--Yo lo preferira a la rutina.

--Pues afortunadamente, amigo mo, es usted de los pocos. La gente
est contenta con sus prejuicios, con sus hbitos, y le va bien as, y
nadie quiere cambiar, y los que parece que quieren cambiar no son mas
que ambiciosos que, como han visto que al Arco Agero, al Riego y a los
dems les han dado tres grados y buenas pensiones, esperan que a ellos
les pase igual.

--Y yo tambin soy un ambicioso, seor de Sorihuela?

--No. Usted es algo peor que eso: usted es un canalla.

--Gracias. Desde lo alto de estas pirmides cuarenta siglos de
numismtica os contemplan.

--S, usted es un canalla, que goza mortificando a los dems!

--De manera que, para usted, todo el que no se sienta pen caminero de
las carreteras romanas es un bandido?

--Todos, no; pero usted, s.

--De manera que fuera de la numismtica no hay salvacin?

--Para el que est hundido en el fango, no.

--Me conmueve esta opinin halagea que tiene usted de m, seor de
Sorihuela. De manera que, segn usted, no se debe protestar contra
lo malo, y cuanto peor est la sociedad est mejor? As es que vengan
las calles sucias, la falta de agua, la falta de escuelas, la peste...
Vengan frailes bien puercos, sacristanes, legos, donados, demandaderos
de monjas, pordioseros, ermitaos; paguemos diezmos y primicias a la
Iglesia de Dios, y sufragios para las benditas nimas del Purgatorio,
y viva la viruela, el tifus y las lacras... Es usted gracioso, seor
de Sorihuela. Pero dejemos esto, que no tiene importancia. Vamos a lo
trascendental, a lo cientfico. Cuntos granos de uva cree usted que
tendr la cosecha de este ao en Aranda?

--Vaya usted a paseo!

--Hoy no se siente usted estadstico. Bueno; enseme ese nuevo plano
de las calzadas romanas que est usted inventando.

--Inventando yo!... Si usted mismo las ha visto!

Aviraneta reconoca que las haba visto, y el viejo abra la puerta de
su despacho y pasaba adentro a su contradictor.




VI

LA MORAL DEL TIRANO


EN general, para el que ha vivido con entusiasmo durante la guerra, el
tiempo de paz es un da plido y sin sol, en que nada brilla, en que
todo es desabrido e insignificante.

Tal fuerza tiene la barbarie innata y consubstancial humana, que, a
pesar del miedo a la muerte, el hombre que se siente lleno de energas
prefiere vivir matando que vivir en paz dentro de las frulas de la
civilizacin. Esto demuestra lo agradable de matar y lo desagradable
de obedecer. Sin duda, a pesar de todos los progresos, en cada uno de
nosotros sigue ardiendo la llama del corazn del troglodita.

Aviraneta era hombre poco propicio a vivir del pasado. Aviraneta era
siempre actual.

De sus empresas conservaba un vago recuerdo, casi siempre confuso y sin
detalles. Los acontecimientos del da, de la hora, del momento, tenan
tal importancia para l, que no le dejaban fantasear sobre lo pasado.

Aviraneta no era de los turbulentos que languidecen en tiempo de paz.
Llevaba la turbulencia all por donde iba; la paz era tambin para
l la guerra, porque constantemente estaba intrigando, conspirando,
ejerciendo sus facultades de dominacin y de lucha.

La vida de casi todos los hombres es como una cadena de eslabones
iguales; la vida de los tipos como Aviraneta es una cadena en que cada
eslabn es diferente. Sin embargo, la cadena de su existencia en ellos
es tambin una unidad.

Del fondo del espritu suyo brotaba un manantial de energa que
le permita elasticidad suficiente para no dejarse laminar por la
reglamentacin estrecha de un pueblo; estaba rompiendo constantemente
el tejido de preocupaciones que forma la vida estancada alrededor del
hombre.

Ese tejido conjuntivo de la sociedad, que fija al individuo en el
ambiente y lo inmoviliza y lo deforma, no tena para el Tirano, para el
Robespierre de Aranda, ms valor que una cosa que se dejaba penetrar
sin dificultad.

Aviraneta no poda, seguramente, deshacer la tradicin en el espritu
de los dems, ni en el espritu del pueblo; pero la rompa en s mismo
constantemente.

l pensaba lo contrario; se haca la ilusin de que su empuje
demoledor, su acometividad de revolucionario, iba abriendo una brecha
en la vieja fortaleza de la Espaa arcaica.

El Tirano se encontraba siempre con energa suficiente para adaptarse
y para desadaptarse, para soportar los lazos sociales y para cortarlos
bruscamente. A veces tena algn miedo retrospectivo por haber hollado
y despreciado la costumbre respetada; pero en el momento de ejecutar
estaba siempre tranquilo.

La ilusin, la eterna esperanza, fingindole para el da siguiente
oasis esplndidos, le haca en el instante de decidirse a algo ligero y
fuerte como un pjaro de presa.

Cuando perda su aliento, el Tirano, hombre dinmico antetodo, que
no haba llegado a un estado completo de conciencia, consideraba que
sus perodos de desmayo para la accin eran resultado de un morbo
psicolgico.

No supona nunca que el mundo pudiese ser una estepa, un pedregal
rido, sin una mata, sin una fuente, sin una humilde flor; la Ilusin,
esa gran Maia de los indios, le haca ver siempre delante de los
ojos un magnfico teln con hermosas perspectivas, sobre el cual las
miserias de la vida prxima eran nicamente negruras para contrastar
con la claridad y la belleza de las cosas futuras y lejanas.

El terrible egosmo de los hombres, su vanidad, su envidia, su
petulancia, la mezquindad de espritu de las mujeres, el odio entre s
por rivalidad sexual, tan despreciable y tan bajo; la vida basada en
la cobarda y en la constante abdicacin de lo ms noble, eran para l
pequeos episodios, ligeras manchas sin importancia.

Todo el conjunto inarmnico de voces de la naturaleza y del hombre, el
clamor del rencor, de la desesperacin, del egosmo de la Humanidad
entera, animado por la ilusin constante, le pareca una sinfona con
su ritmo, el coro trgico sobre el cual se levantaba la voz poderosa
del hroe.

Poda suponer que el terreno pisado hoy sera ingrato para l. Y qu?
En cambio, el de maana tena que ser admirablemente bello.

Aviraneta caa rara vez en el desaliento y en la desgana. Bastaba
que encontrara algo que hacer para que huyeran en seguida todas sus
vacilaciones.

Su pensamiento era siempre dinmico; no poda discurrir sin unir al
discurso una idea de accin, y cuando llegaba a sta comenzaba a poner
los medios para realizarla.

Slo algunas veces, muy raras, deprimido por ligeras afecciones
artrticas, senta que su inteligencia comenzaba a vagar en lo
abstracto, y entonces se deca a s mismo:

--Algo me ha hecho dao.

Uno de los entusiasmos de Aviraneta era lo difcil. Lo difcil es la
gran atraccin de todos los aventureros; lo difcil exige inteligencia,
tesn, frialdad, nervios duros, espritu ecunime. Intentar lo difcil,
imponerse una tarea ardua y superior a las fuerzas de la generalidad,
trabajar como un condenado. Este era su orgullo.

Para un hombre tan frtil en recursos como l, de un valor y de una
serenidad rara, la dificultad era el mayor atractivo.

Si Aviraneta hubiera sido filsofo y hubiera intentado postular su ley
moral, la hubiera formulado as: Obra de modo que tus actos concuerden
y parezcan dimanar lgicamente de la figura ideal que te has formado de
ti mismo.

Aviraneta crea que era valiente, sereno, fro; pues sus actos deban
estar a la altura de su valor, de su serenidad y de su frialdad
supuesta.

Generalizando la norma de Aviraneta, el Tenorio deba obrar como
Tenorio; el intrigante como intrigante; el ladrn como ladrn. La moral
de Aviraneta era moral de cmico, moral de teatro, moral un tanto
inmoral; pero moral fuerte, al menos para l.

Aviraneta acertaba o no acertaba en sus acciones, pero no tena
remordimientos.

La conciencia, indudablemente, tiene algo parecido con una funcin
orgnica como la digestin. No es slo la bondad o maldad de
las acciones, o de las substancias ingeridas, la que produce el
remordimiento en la conciencia o la indigestin en el estmago; es, ms
que nada, la fuerza del rgano de pensar y de digerir la que falla o la
que vence.

Hay conciencias como el buche de los avestruces, que deshacen las
piedras; hay otras, en cambio, como las corolas de las sensitivas, que
se marchitan al menor contacto.

El Tirano tena una conciencia fuerte; digera todas sus acciones
y no se acordaba de ellas. Jams le vena a la imaginacin la idea
de preguntarse si haba obrado bien o mal en estas o las otras
circunstancias del pasado; lo nico que se le ocurra preguntarse era
si en este o en el otro momento se haba conducido con habilidad.

No quera juzgar su vida y someterla a normas de sacrista ni de logia
masnica.

Inconscientemente, la moral era para l una cuestin de pulcritud, como
la buena ropa o la buena caligrafa.

Su amigo de la mocedad el capitn Sanguinetti le deca muchas veces:

Mio caro, studiate la matematica, y Aviraneta estudiaba la matemtica
a su modo.

Aviraneta tenda siempre, como su primer maestro, Merino, a dejar en el
misterio sus fines y sus medios de accin. As infunda en los dems
la idea de que era ms poderoso de lo que era en realidad, y esta idea
reflua despus en s mismo y le daba fuerza.

Estos hombres de accin se forjan, sin saberlo, motivos que salen de
ellos y vuelven a ellos, y los toman como si vinieran del ambiente.

Aviraneta crea en la fisiognoma; haba ledo a Lavater, e intentaba
aplicar sus teoras.

Le gustaba estudiar a una persona mirndola. Crea que la primera
impresin visual era importante; que se poda llegar a averiguar el
sentido de una vida por la cara de un hombre.

Por esto uno de sus esfuerzos era aprender a conocer a los dems y
aprender a disimular.

Aviraneta supona que cada momento que pasaba mejoraba su juicio;
toda su vida anterior le pareca infancia. Ilusin, seguramente; pero
ilusin halagadora.

Aviraneta no se senta fatalista, y, sin embargo, lo era. Tena
demasiada confianza en s mismo para no creer un poco en su estrella.

El Tirano no se analizaba, no se preocupaba de sus contradicciones;
quera prepararse para la vida sedentaria, y haba das que andaba
cinco leguas a caballo. Le dola perder los hbitos de un guerrillero;
esperaba volver a serlo.

Pensaba tambin que poda convertirse en un buen seor sedentario y
tranquilo; pero en el fondo, ni la familia, ni la mujer, ni el hogar
le seducan. Era el pajarraco salvaje que necesita espacio, soledad,
desolacin...

Aviraneta crea que trabajaba para los dems; pero en el fondo
trabajaba para s mismo, no por sentido utilitario prctico, sino
porque era un coleccionista de empresas difciles y peligrosas.

Aviraneta, que haba suprimido el remordimiento, quera suprimir el
temor.

Su to y maestro Gastn Etchepare le haba escrito una vez: Un
hombre digno no debe temer nunca, al menos en los momentos de salud
y de razn; ni la muerte, y despus la nada, si es incrdulo; ni la
muerte, y despus el infierno, si es creyente. Temor? Jams. Ni aunque
furamos responsables de nuestros actos debemos temer.

Aviraneta intrigaba, iba, vena; se le sola ver esperando con
impaciencia las galeras que llegaban con el correo desde Irn y
Madrid...

En aquel pueblo castellano, pardo, terroso, de casas de madera y
adobes, haba un hombre que viva con la misma energa que un ciudadano
de una repblica italiana del Renacimiento, o que un vecino de Pars
en tiempos de la Revolucin. Era don Eugenio de Aviraneta, que
llevaba bajo su crneo, ancho y espacioso, un mundo de intrigas, de
maquinaciones, de sueos de ambicin y de poder...




LIBRO TERCERO

ASECHANZAS Y EMBOSCADAS




I

UN OFICIO


UNA maana de a mediados de julio, poco antes de la hora de comer,
estaba don Eugenio en su despacho del Ayuntamiento cuando se le
present un correo con un pliego. Aviraneta lo abri y ley, no sin
cierta sorpresa, este oficio:

  Gobierno poltico de la provincia de Burgos. Cerciorado de la
  ardiente adhesin de usted al rgimen constitucional, de su celo y
  amor por el bien pblico y de que, al mismo tiempo, se halla dotado
  de actividad y de un carcter enrgico y decidido, creo que poda
  usted hacer un servicio importante a la provincia y a la patria si
  se prestara gustoso a una comisin ardua y honorfica que trato de
  encomendarle.

  Para esto convendra se avistara usted conmigo sin prdida de
  tiempo, viniendo provisto de lo necesario para algunos das de
  expedicin. Dios guarde a usted muchos aos. Burgos, 12 de julio de
  1820.--_Jos Marrn._

Ley Aviraneta el oficio detenidamente, lo guard, y poco despus se
levant de la mesa y sali a la calle.

El joven Frutos haba seguido con curiosidad todos los movimientos de
Aviraneta. Sali tambin del despacho, y en la puerta del Ayuntamiento
se encontr con el alguacil Argucias.

--Quin ha venido con la carta para don Eugenio?--le pregunt.

--Dos hombres de Burgos, a caballo.

--Qu clase de hombres eran?

--Algunos milicianos, probablemente, aunque no traan uniforme.

--Qu habr de nuevo?--exclam Frutos.

--Este hombre est comprometiendo al Ayuntamiento y al pueblo--murmur
Argucias--. Debas abandonarlo.

--El caso es...

--No le dejis hacer lo que quiera.

--Yo cmo me voy a oponer!

--S. Entre el secretario y t podis pararle los pies.

--No es tan fcil.

--S. No ha de ser fcil! Todos los buenos tenemos que unirnos. Lo que
t sepas me lo cuentas a m, yo se lo advertir al prroco. ste me
dijo el otro da: Parece mentira; Frutos, un buen muchacho que tantas
veces me ha ayudado a misa, de monaguillo, que est al lado de ese
hombre. Y yo le contest: En el fondo, Frutos est con nosotros.

--Eso le dijo usted?

--S.

El joven Frutos qued perplejo.

--No, no; yo...--balbuce.

--Por qu no averiguas lo que le han escrito? Es posible que le llamen
a algn lado, y entonces...

--Qu?

--Vas con l.

--S; y luego, el pueblo creer...

--No; ya lo advertiremos nosotros en todos lados. Tenemos a la
_Gaceta_.

En esto entr Diamante en el portal, mir con desdn a los dos hombres,
y pregunt:

--Est don Eugenio?

--No; ha salido--contest Frutos, secamente.

--Es extrao. Me dijo que estara.

--Ha recibido un oficio y se ha marchado.

--Un oficio? Voy a ver lo que es.

--Ir con usted.

Se acercaron ambos a la _Casa de la Muerta_ y vieron a don Eugenio que
estaba aparejando dos caballos en compaa de sus criados Jazmn y el
_Lebrel_.

--Qu es esto?--pregunt Diamante.

--Nada; que me voy a Burgos.

--Pues... qu sucede?

--Que me llama el gobernador para encargarme de una comisin.

--De qu comisin?

--Pues no s cul es.

El primer movimiento de Diamante fu de envidia.

Por qu le llamaban a Aviraneta y no a l? Aquel hombre haba
estado en la guerra de la Independencia, se haba mezclado en las
conspiraciones liberales, haba estado en Mjico, en Pars, y ahora le
llamaban..., y a l no.

Pasado el movimiento de envidia vino la curiosidad.

--A usted no le molestar que yo le acompae--dijo Diamante.

--No, hombre.

--Entonces, voy con usted.

--Y si usted quiere--dijo Frutos--, yo ir tambin.

--Como ustedes quieran. Pero yo no s si tendrn ustedes que hacer algo.

--Eso all se ver--replic Diamante.

--Entonces vayan ustedes al hospital a verle a Valdivieso y a decirle
que tenemos una comisin del Gobierno, y que nos substituyan el domingo
prximo en el mando de los tercios. Yo, mientrastanto, voy a avisar a
mi madre.

Diamante hizo el encargo rpidamente, y una hora despus cuatro
hombres, jinetes en briosos caballos, marchaban al trote largo por el
camino de Lerma.




II

CONFERENCIA CON EL GOBERNADOR


DON Jos Marrn, brigadier de los ejrcitos nacionales, era uno de
tantos militares adictos a la causa constitucional. Su adhesin no
llegaba al entusiasmo firme y constante; y al ver la lentitud de la
obra renovadora del liberalismo, se desilusion en seguida y comenz a
mirar con indiferencia los acontecimientos.

Elegido jefe poltico de Burgos, haba comenzado su tarea con ahinco, y
al ver las dificultades presentadas consider la obra como imposible al
poco tiempo.

Don Jos Marrn se encontraba en el despacho del Gobierno civil cuando
le anunciaron que un seor llamado Eugenio de Aviraneta quera hablarle.

Inmediatamente, abandonando el despacho, entr en un cuarto pequeo,
contiguo, y dijo al ordenanza:

--Trigale usted aqu a ese seor.

Aviraneta entr; el gobernador le di la mano y le hizo sentar frente a
l.

--De manera que usted es Aviraneta?--le pregunt.

--El mismo.

--El regidor de Aranda?

--S, seor.

--Tiene usted fama de hombre enrgico y decidido.

--No cre que tuviera fama ninguna.

--Pues s la tiene usted.

--Me alegro.

--Sabe usted quin me ha indicado que le llame a usted?

--No.

--El juez de Primera Instancia de Burgos, don Modesto Cortzar.

--No es extrao; Cortzar es muy amigo mo, y es, como yo, masn.

--Puede usted disponer de un par de semanas, Aviraneta?

--S... Es decir, segn de lo que se trate.

--Ver usted--y el gobernador se levant de la silla y pase por el
cuarto--. Tengo datos para creer que varios agentes absolutistas de
Madrid han recorrido la provincia de Burgos y han repartido dinero,
preparando un alzamiento en la sierra contra el Gobierno constitucional.

--Ya empiezan!--exclam Aviraneta--. No me choca.

--Ya hace tiempo que han comenzado. La primera trama la han urdido
unos empleados del Palacio Real; entre ellos, el secretario del rey,
don Domingo Baso, y el capelln Erroz. Su objeto era sacar al rey de
Madrid, pretextando que los liberales iban a establecer la Repblica,
y traerlo a Burgos y ponerlo a la cabeza de los absolutistas. Baso
contaba con el infante don Carlos para influr en Fernando VII; pero
no pudo convencer a ste de que hablara a su hermano. Entonces, Baso y
Erroz salieron de Madrid, fueron a Daimiel, vieron al ex ministro de
Polica Echevarri, que viva en este pueblo, y le instaron para que se
sublevara. Echevarri lo hizo, y los conspiradores fueron presos.

--Pero el movimiento sigue?

--Sin duda. El primer tanteo en esta provincia ha sido la partida del
Cura Barrio. Usted estar enterado, seguramente, de que hace un mes se
levant el cannigo de la colegiata de San Quirce don Francisco Barrio
en la sierra de Quintanar.

--S, lo saba.

--Este hombre lleva unos veintitantos hombres a caballo, y ha recorrido
las sierras de Burgos y de Soria, detenindose en Covaleda y en
Hontoria del Pinar, comprometiendo a la gente, recogiendo armas y
municiones y guardndolas en las iglesias y en las cuevas. De acuerdo
conmigo, el gobernador militar mand varias columnas en persecucin de
los facciosos.

--Y han conseguido algo?

--Nada. Los jefes de nuestras tropas no tienen relaciones en el pas;
ignoran el terreno que pisan y andan completamente desorientados.
Adems, yo sospecho que algunos, en el fondo, son absolutistas. Esto,
unido a que el espritu del pueblo es hostil, hace que esa partida de
veinte hombres sea inhallable.

--En Aranda se dijo que se haba acabado con ello.

--S, eso se ha dicho; pero no es cierto, y Barrio anda campando por
ah con absoluta impunidad. Ahora, al parecer, ya no se trata slo
de la partida del cannigo, sino que se quiere dar al movimiento una
gran extensin. Los absolutistas han preparado la fuga del rey a las
provincias del Norte; el general Echevarri, Santos Ladrn, Egua y
otros sublevarn las provincias vascas y Navarra, y la sierra de Burgos
se levantar en masa cuando se presente el Cura Merino, que ha salido
de Valencia con el objeto de tomar el mando de la partida de Barrio,
que se engrosar con sus antiguos guerrilleros. Con estos datos, y como
no tiene uno medios para hacer nada, me determin a reunir una junta
formada por el comandante general y el juez de Primera Instancia, don
Modesto Cortzar. Expuse ante ellos la situacin en que me encontraba,
desarmado, sin confianza en nadie, y entonces Cortzar me habl de
usted. Me dijo que haba sido usted guerrillero con Merino. Es verdad?

--S.

--Es extrao. Me dijo tambin que conoca usted la sierra a palmos y
que tena usted amistades y relaciones en ella.

--Todo eso es cierto.

--Y concluy afirmando que si le daban a usted medios, acabara usted
con la faccin al momento.

--Tanto como eso, no lo puedo asegurar. Nadie puede contar con el
xito; pero intentar.

--De manera que acepta usted?

--S, seor.

--Condiciones?

--Para m, ninguna. Lo hago por amor al arte.

--Qu necesita usted?

--Un escuadrn de caballera con buenos caballos y buenos jinetes. Yo
mismo escoger los caballos. Formar tres pequeas columnas, que las
mandarn dos amigos mos y yo.

--Muy bien.

--Qu instrucciones son las mas? Si cojo a los facciosos, qu hago
con ellos?

--Prenderlos.

--A los jefes tambin?

--Tambin. Le parece a usted mal?

--Muy mal.

--Pues qu cree usted que se deba hacer con ellos?

--Fusilarlos.

--No, no. Tomarn represalias.

--Las tomarn de todas maneras.

--No, no. Nada de fusilar.

--Esta guerra que empieza ha de ser terrible--dijo Aviraneta
pensativo--. Ha de ser ms larga y peor que la de la Independencia. Lo
ver usted.

--Aunque as sea. Nada de fusilar.

--Est bien.

Aviraneta sali del despacho del gobernador y fu a encontrarse con
Diamante y Frutos, que le estaban esperando. Les cont lo ocurrido en
la entrevista y les expuso su plan.

Al da siguiente, al amanecer, el escuadrn entero marchaba a
Covarrubias. Aqu se dividieron en tres partidas.

Diamante fu el encargado de marchar a Salas de los Infantes y de
seguir sin detenerse las huellas de Barrio. Diamante era hombre
infatigable y enrgico, y haba de hacer los imposibles para alcanzar
al cabecilla y lograr el xito.

Aviraneta y Frutos obraran en combinacin, sin separarse apenas.
Frutos march a Barbadillo del Mercado, y Aviraneta qued en
Covarrubias con sus tropas alojadas en el archivo y en la torre de Doa
Urraca, y al da siguiente fu a Santo Domingo de Silos.

Aviraneta estableci un servicio de confidentes en el campo.

Conoca bien las guaridas y recursos de que poda echar mano una
partida en la sierra, y como un jugador de ajedrez que va dando jaque
al rey con las dos torres, pensaba acorralar al Cura Barrio.

Cuatro das despus de llegar a Santo Domingo de Silos, Aviraneta tuvo
vagos indicios de que un emisario de Barrio se encontraba en Tordueles.
Inmediatamente di orden de montar, y las dos partidas, la de Frutos y
la suya, llegaron a media noche a la aldea y la rodearon por completo,
con la consigna de no dejar escapar una mosca.

Ya cercado el pueblo, Aviraneta, en compaa de Frutos y de una escolta
de diez hombres, entr hasta la plaza, mand abrir la posada y llamar
al alcalde. Este se present escamado y suspicaz.

Aviraneta haba subido al primer piso de la posada, a un cuarto
desmantelado, con una alcoba obscura en el fondo.

La posadera, en chanclas y a medio vestir, se present ante los
irruptores de su casa.

--Tomarn ustedes algo?--pregunt.

--Yo, una taza de chocolate--contest Aviraneta.

--Nosotros veremos si hay alguna cosa ms slida--dijo Frutos.

Lleg el alcalde, y entre Aviraneta y l se entabl un dilogo rpido.

--Usted es el alcalde del pueblo?--pregunt Aviraneta.

--S, seor.

--Va usted a contestarme a las preguntas que le haga claramente y sin
rodeos.

--S, seor.

--Dnde est el forastero que vino ayer al pueblo?

--Ayer no vino nadie al pueblo.

--Ayer o anteayer, es igual. Dnde est el que ha venido al pueblo a
hablar de parte del Cura?

--Yo no lo he visto.

--Pero usted saba que estaba aqu?

--No, seor.

--Entonces, cmo ha dicho que no lo ha visto?

--Porque no lo he visto.

--Pero saba usted que estaba, si no, no hubiera usted dicho que no lo
haba visto.

--No, seor, no saba que estaba.

--Tenga usted en cuenta que nosotros fusilamos a los que nos engaan.

--Est bien.

--Otro testigo--dijo Aviraneta.

Entr un vecino y comenz un nuevo interrogatorio.

Estaba clareando; algunos aldeanos se acercaban, curiosos, a la puerta
de la posada atrados por la patrulla de caballera.

Aviraneta, despus de interrogar a varios vecinos, se convenci de que
el pjaro haba volado.

--No tenemos suerte--le dijo a Frutos--. Almorzaremos y seguiremos
adelante.

       *       *       *       *       *

Al mismo tiempo que se hacan estos interrogatorios en la posada, un
bulto negro haba intentado salir del pueblo y cruzar por entre dos
soldados de caballera.

--Alto, quin vive?--dijeron los soldados.

--Espaa.

--Qu gente?

--Gente de paz.

--Adelante!

El hombre di varios pasos. Los soldados se apearon y se acercaron al
individuo.

--Dese usted preso--le dijeron--; y cuatro manos le sujetaron.

--Preso, por qu?

--Eso ya se lo explicarn a usted.

Los dos soldados, con el hombre en medio, entraron en el pueblo,
llegaron a la posada, cruzaron el zagun, subieron las escaleras y
entraron en el cuarto, en donde Aviraneta, sentado a la mesa con el
sombrero calado, tomaba una taza de chocolate. Un candil humeante
iluminaba la estancia.

--Da usted su permiso?--dijeron los soldados.

--Adelante! Qu ocurre?

--Que traemos un preso.

--Cristo!--exclam Aviraneta levantndose lleno de asombro--. El Cura
Merino.

--El mismo soy, qu me quieren?

--Vigilad la puerta--dijo Aviraneta a los soldados y a Jazmn--; que
este hombre no se escape.

Los soldados se agolparon a la puerta. Aviraneta apag el candil y
luego se sent. Entraba ya la luz de la maana.




III

FRENTE A FRENTE


QUED la estancia en una semiobscuridad borrosa y triste. El Cura
Merino, con voz agria, pregunt:

--Quin manda aqu? Por qu se me prende?

--El cannigo de Valencia no tiene nada que hacer en estos
montes--repuso Aviraneta.

--Eso quin lo dice?

--Lo digo yo.

--Esa voz, ese tipo!--murmur el Cura extraado acercndose a
Aviraneta--. Eres t, Pisaverde?

--Soy yo, seor cura.

--T eres el que manda esta patrulla?

--El mismo.

--El que me ha mandado prender?

--S, seor.

El Cura cogi una silla y se sent en ella.

--Qu piensas hacer conmigo?--dijo tras un momento de silencio.

--No s lo que har el gobernador de Burgos con usted. Si yo tuviera un
poco de poder--aadi con acento duro--, antes de cinco minutos estara
usted fusilado.

El Cura se estremeci, se levant de la silla y ech una mirada a su
alrededor.

--No se canse usted. No puede usted escapar--dijo framente Aviraneta.

--Echegaray!--exclam el Cura--. T no puedes tener motivo contra
m... Yo te estimo en lo que vales; te he querido...

--S, me ha querido usted fusilar cuando me tuvo usted entre sus garras.

--No, tonto. Crees que si hubiera querido fusilarte te hubiese
encerrado en aquella casa? No. Quera asustarte nada ms, hacerte
reflexionar, llevarte por el buen camino...

--El buen camino del absolutismo?

--El absolutismo y la religin son las nicas cosas que pueden salvar a
Espaa.

--Yo creo todo lo contrario, que la Libertad y la Constitucin nos han
de salvar.

--Pero, Echegaray, Espaa no es de hoy; vive hace muchsimos siglos...

--S, vive hace muchsimos siglos mal, entregada a la barbarie, al
fanatismo...

--No seas necio... Yo te probara...

--No me probara usted nada... Yo s que le probara, si tuviera tanto
as de fuerza, que le fusilaba sobre la marcha.

--Bueno, fuslame... Fusila a tu antiguo jefe..., a un sacerdote
indefenso...

--Nada de comedias, don Jernimo... Ya le he dicho a usted que no le
fusilo porque no tengo fuerza...

--Bah! Fuerza tienes... Sin embargo, no lo haces... porque no
quieres...

--Porque no quiero, no; porque no puedo... No tengo mas que un mando
eventual. Mis tropas no me conocen; quiz no me obedecieran si les
ordenara su fusilamiento. Son adems gentes supersticiosas. Saben ya
que es usted el Cura Merino, y creen que matar a un cura es peor que
matar a otro hombre.

--Y t, no?

--Yo, no. Yo dejara los santos huesos del ministro del Seor aqu,
revueltos con el estircol, en esta tierra donde tanta sangre ha
derramado usted.

--Sacrlego! Brbaro!

--Pero de verdad cree usted, don Jernimo, que usted es persona
sagrada? Usted que ha matado a tanta gente..., que ha incendiado...,
que ha violado a las criadas de las posadas y les ha dejado de recuerdo
un pequeo Merino, usted que ha robado...

--Yo robar?

--Para el partido, no para usted.

--Ah! Eso es otra cosa.

--De manera que usted se cree sagrado? Usted cree que son sagrados
todos esos ganapanes vestidos de negro, todos esos farsantes chapeados
de bellaco? Extraa idea.

--Para ti, que eres masn e impo muy extrao.

--Y para usted debe serlo tambin, si alguna vez hace examen de
conciencia... Aunque usted no tiene conciencia.

--Gracias, hijo.

--No, no la tiene usted. Usted es una alimaa, una fiera... Ahora que
es usted un gran militar... Eso es cierto.

--Vamos. Veo que me concedes algo.

--Por qu no? Por eso precisamente le fusilara a usted si pudiera,
porque s que ha de hacer usted mucho dao a Espaa, a la Libertad, a
la civilizacin. S, le fusilara a usted, no por venganza, sino como
quien cumple un deber...; pero no puedo, y lo siento. Le enviar a
usted con escolta a Burgos; all el gobernador le soltar un discurso
severo. Usted a todo dir que s; luego el seor arzobispo, con la
superioridad que le dan sus sesenta o ochenta mil duros de ganancia al
ao, le dir que hace usted muy mal en rebelarse contra el Gobierno
constitucional, que paga tan bien a los obispos; le dejarn suelto,
y dentro de un par de meses estar usted aqu de nuevo sublevando el
pas. En fin, si me coge usted, don Jernimo, ya sabe que me puede
fusilar sin remordimiento.

--No, no te fusilar.

--Jazmn!--llam Aviraneta.

--A la orden.

--Llama al sargento.

Entr el sargento en el cuarto.

--Sargento--dijo Aviraneta--, hay que conducir a este seor, que es el
Cura Merino, a Burgos, con escolta. A ver si hay algn carricoche en el
pueblo.

--S, hay uno.

--Decomisadlo, y que lo aparejen.

Sali el sargento y Merino; Aviraneta, Frutos y Jazmn quedaron en el
cuarto.

Merino, tranquilo ya por su suerte, iba mascullando las frases de
Aviraneta, y, al recordarlas, la clera le suba en rfagas de sangre a
la frente.

Aviraneta sonrea, mirando al Cura, y el joven Frutos se maravillaba
de la audacia de los hombres, de que Merino estuviera sereno y de que
Aviraneta hablara de aquel modo a su antiguo jefe.

Un cuarto de hora despus el sargento entr diciendo que ya estaba
preparado el birlocho.

--Lo atamos?--dijo, sealando a Merino.

El Cura se levant furioso y mir al sargento de tal modo que lo
intimid.

--Atarme a m!--exclam.

--No hay necesidad de atarle--dijo Aviraneta framente--. Cuntos
hombres van?

--Veinte.

--El cochero es del pueblo?

--S.

--Sustityanlo ustedes por un soldado. Bueno, don Jernimo, a montar!

El Cura Merino, bramando de coraje, sali del cuarto, baj las
escaleras, cruz el zagun de la posada y subi en el vehculo.

La escolta, mandada por el sargento, rode el coche, que tom el camino
de Lerma. Una hora despus Aviraneta y Frutos, con su gente, volvan a
Santo Domingo de Silos, y de aqu se encaminaban a Hontoria del Pinar.




IV

LA PARTIDA DE BARRIO


DESCANSARON Aviraneta y Frutos con sus tropas en Hontoria del Pinar.
Aviraneta averigu que Barrio, perseguido por Diamante, haba entrado
en la provincia de Soria, dirigindose a la sierra de Yanguas, y
al saberlo envi un parte al jefe poltico de Soria indicndole la
direccin de Barrio y la conveniencia de colocar algunas patrullas de
soldados o de milicianos a su paso.

Mand a un aldeano con el parte, y al da siguiente salieron Frutos y
Aviraneta de Hontoria del Pinar. Frutos avanz hacia San Leonardo, y
Aviraneta recorri Covaleda y Vinuesa.

Tenan como punto de reunin Hinojosa de la Sierra.

Aviraneta, al pasar por Covaleda, supo que Diamante segua persiguiendo
al Cura Barrio por Salas y Quintanar; que aqu se haban metido los dos
en las sierras de Hormazas y de Santa Ins, y que iban por el momento
uno tras otro recorriendo la parte de Yanguas.

La nica solucin del Cura Barrio para no verse obligado a internarse
en la llanura, en cuyo caso se hubiera visto rodeado al momento, era,
o entrar en tierra aragonesa, solucin mala, no conociendo el terreno,
o volver de nuevo hacia Burgos; pero para impedirlo estaban al acecho
Aviraneta en Vinuesa y Frutos en San Leonardo. Se reunieron los dos en
Hinojosa y avanzaron juntos hasta Estepa de San Juan.

Aqu supieron que el Cura Barrio y sus guerrilleros, cansados, aspeados
y muertos de hambre, perseguidos por Diamante, que no les dejaba
descansar un momento, ni de da ni de noche, se haban rendido y
entregado las armas al alcalde de Yanguas.

Diamante no pudo coger el fruto de su persecucin, porque al da
siguiente, un par de horas antes de que su patrulla entrara en Yanguas,
se present una columna salida de Soria y se hizo cargo de los presos.

Diamante, indignado, los reclam; el jefe de la columna no quiso
entregarlos, y se dirigi con ellos hacia la capital. Al encontrarse
en el camino con las patrullas de Frutos y de Aviraneta ste di al
comandante explicaciones de cmo haban salido en persecucin de Barrio
desde Burgos, y el comandante entreg los prisioneros.

Formaban la partida, adems del cannigo don Francisco Barrio, tres
curas de pueblo y los guerrilleros llamados Dionisio Carro, Isidro
Astorga, Jos Crespo, Agustn Escudero, gente toda conocida por sus
fechoras, y, adems de stos, algunos indocumentados sin importancia.

Diamante qued muy poco satisfecho de la aventura. Esperaba coger la
presa, y sta se le haba escapado en el momento de echarla mano.

Al contarle Aviraneta la captura del Cura Merino, Diamante exclam
entristecido:

--Qu suerte! Y qu ha hecho usted con l? Lo ha fusilado usted?

--No. El gobernador lo prohibi terminantemente. Si hubiese tenido a
mis rdenes gente fina y revolucionaria les hubiera encargado que al
llevar el Cura a Burgos, con el pretexto de que se quera escapar, le
hubiesen pegado cuatro tiros en el camino...; pero no haba gente terne.

--Qu lstima!--exclam Diamante.

Diamante pretendi fusilar a Barrio y a los principales de la partida
capturada, pero Aviraneta se opuso. La orden era de conducirlos
prisioneros; Diamante quiso entonces atarlos a la cola de los caballos;
pero tampoco se acept la idea, y se decidi llevarlos en dos grupos.

La columna, cruzando campos, tom la calzada de Soria a Burgos, y lleg
a esta ciudad a entregar los presos.

El gobernador pregunt a Aviraneta qu recompensa deseaba. ste le
dijo que si consegua alguna medalla para Diamante y para Frutos se lo
agradecera.

El gobernador mand un parte al Gobierno elogiando el servicio prestado
por Aviraneta, y al da siguiente los tres jefes de los tercios de
Aranda volvan a esta villa.




V

HOSTILIDAD POPULAR


TODO Aranda se enter bien pronto de lo que haban hecho Aviraneta
y sus amigos; los liberales y milicianos alabaron al Tirano, y los
absolutistas consideraron que haba cometido una violencia y hasta un
sacrilegio al prender al Cura Merino.

El charlatn del pueblo, voceador de los absolutistas, la _Gaceta_,
aadi al suceso detalles de su invencin para pintar ms odiosos a
Aviraneta y a Diamante.

Se habl de nuevo del despotismo y de la intransigencia de los
liberales, y don Juan Caspe, latinista e historiador, amigo del seor
Sorihuela, dispar a Aviraneta una carta impresa, con este ttulo:

                    Epstola a un Avioncete tirano
                    (pajecillo masnico de Marte).

La carta estaba fechada en la Caverna de Abi-Hiram, ao primero de la
Libertad de Disparatar, y tena como lema esta frase en latn:

  _Crocodilus, invictum alioquin et perniciosum animal, tamen
  Tentyritas adeo metuit, ut at voces etiam expavescat: ita tyranni
  cum omnes contemnant, tamen Eruditorum litteras timen (Ex Erasmi
  Paraboli)._

El cocodrilo, animal por otra parte invencible y pernicioso, teme tanto
a los Tentiritas, que slo al or sus voces se llena de pavor; no de
otra suerte los tiranos: aunque a todos desprecian, temen, sin embargo,
las cartas de los eruditos.

(De las parbolas de Erasmo.)

En su carta, el clrigo derrochaba erudicin, pedantera y gracia
zumbona, de esa que siempre ha tenido la gente sacristanesca.

La _Gaceta_ llev la carta dedicada al Avioncete tirano por todas
partes; la gente se ri de los chistes de don Juan Caspe, y Aviraneta,
deseando vengarse, contest imprimiendo otro escrito, que no tena
la erudicin ni la gracia de la del cura, pero s mayor precisin y
brutalidad. Se titulaba:

                      Epstola al clrigo Caspa
                  (licenciado en Baco y en Sodoma).

La carta estaba dirigida desde la Caverna de Abi-Hiram a la taberna de
la Cochambre, ao primero de los Malos Usos y Costumbres.

El escrito de Aviraneta indign a la mayora de la gente.

--Eso es una grosera, un disparate--dijeron las personas de orden,
y todos echaron la culpa a Aviraneta, sin indicar que la provocacin
haba partido del cura.

La rplica quit las ganas al clrigo de seguir satirizando a don
Eugenio.

El fiel de fechos Santa Olalla hizo una denuncia en el Juzgado por
aquel papel infamatorio; pero la denuncia no progres. Aviraneta
continu su vida ordinaria.

Pasaba la maana en el despacho, y despus marchaba a su casa, para
la que haba trado una buena coleccin de libros. Luego coma con su
madre, trabajaba de nuevo, daba por las tardes un paseo en la Acera,
visitaba la confitera de doa Manolita y la relojera del suizo, y
por las noches, despus de cenar, iba de tertulia a casa del juez,
donde hablaba y bromeaba con Rosala y Teresita.

Los domingos, al amanecer, sola ir a cazar con el _Lebrel_, y volva
para la hora de comer.




VI

LA VID


A principio de invierno Aviraneta recibi orden del Ministerio de
Hacienda para que pasara al prximo convento de La Vid a hacer el
inventario de las propiedades monacales.

La Vid es una aldea o barriada formada principalmente por una manzana
de casas unida al antiguo monasterio de Premonstratenses instalado en
las mrgenes del Duero.

La Orden francesa de los Premonstratenses, fundada por San Norberto, en
Premontre, cerca de Laon, en la isla de Francia, tena varias casas en
Espaa, entre ellas la de Santa Cruz de Rivas, en Palencia; Aguilar de
Campo, La Vid, y alguna otra en Catalua.

Las fundaciones premonstratenses procedan en Espaa de su casa matriz
Santa Mara de Retuerta y haban sido protegidas por Alfonso VII.

La Vid estuvo sometida a Retuerta por orden de Alfonso el Emperador
hasta el ao 1532, en que Clemente VII estableci que este monasterio
tuviese abades trienales y fuese cabeza de congregacin.

El monasterio de La Vid era un gran edificio fuerte, de gruesos muros,
asentado a orilla del Duero. Tena un puente largo y estrecho de
piedra, de nueve ojos, sobre el ro, y magnficas propiedades, prados,
campos, bosques y dehesas.

El monasterio estaba muy bien conservado. La iglesia ostentaba una
fachada recargada y barroca y una espadaa de varios pisos.

Por dentro era grande y ofreca la particularidad de ser un cuerpo de
tres naves con el techo slo de una, como la catedral de Coria.

Lo mejor de la iglesia era la capilla mayor, obra realizada a expensas
del cardenal arzobispo de Burgos, don Iigo Lpez de Mendoza, y de don
Francisco de Ziga y Alella, conde de Miranda, desde el ao 1552 hasta
el 1562.

El condestable de Castilla, don Pedro Fernndez de Velasco,
testamentario del cardenal Mendoza, en unin del conde de Miranda,
extendieron en 1. de enero de 1552 el nombramiento de mayordomo de la
obra de la capilla a favor de Hiernimo de Quincoces, a condicin de
que haba de residir en el monasterio mientras durase aqulla, tener
un libro de cuenta y razn donde constara lo que recibiese y gastase,
y correr con el acopio de materiales, ajuste a los maestros, oficiales
y peones, asignndole para su salario y acostamiento diez y ocho mil
maravedises al ao, a contar desde la fecha.

Dur Quincoces en su mayordoma hasta el ao 1558, en el cual le
sustituy Diego Daza, que termin las obras en 10 de junio de 1562.

En el convento, de slida construccin, lo ms notable era el claustro,
el coro y las escaleras.

Las antiguas viviendas de los frailes se sealaban por lo grandes,
cmodas y espaciosas, y la cocina y el refectorio se vea que haba
sido lo ms trascendental en aquella santa casa.

Aviraneta supuso que como en todas partes encontrara oposicin en
los colonos de La Vid para comenzar el inventario de los bienes de la
comunidad, se hizo acompaar por Jazmn, el _Lebrel_, Diamante y cuatro
milicianos de Aranda, ex guerrilleros del Empecinado, entre ellos, el
sargento Lobo.

El convento de La Vid no tena en este tiempo el nmero de frailes que
la ley votada en Cortes exiga para que pudiera existir como agrupacin
religiosa. Haba nicamente cuatro o cinco monjes que gozaban dignidad
de cannigos y que vivan en las casas del pueblo por no poder habitar
el monasterio, entre ellos un tal don Manuel Castilla, hijo de un
labrador de Vadocondes.

Como supona Aviraneta, al llegar l y sus amigos a La Vid, a reclamar
las llaves al que haca de administrador y avisar algunos colonos para
que viniesen a declarar como testigos, vi claramente que todos estaban
dispuestos a oponerse al inventario por cualquier medio.

El fraile don Manuel Castilla se present con muchos humos e insult a
los milicianos. Aviraneta le recomend que se reportara, porque estaba
dispuesto a emplear todos los medios para amansarle, desde darle una
paliza hasta pegarle cuatro tiros.

Los colonos de La Vid, al or las razones de Aviraneta, vacilaron.

No era solamente virtud y entusiasmo por la religin los que movan a
los aldeanos a protestar del inventario; la causa principal era que los
vecinos de las noventa casas del pueblo se aprovechaban como de cosa
propia de los bienes, casi abandonados, del monasterio.

Aviraneta y Diamante hicieron como que no se enteraban, y Aviraneta
comenz a catalogar cuadros, estatuas, joyas, y a medir campos y
bosques.

La indignacin cundi en las tres barriadas de La Vid; llovan amenazas
annimas e insultos; se dispararon varios tiros a las ventanas.

La _Gaceta_ apareci por all a intrigar con sus chismes y sus embustes.

Aviraneta, Diamante y sus guerrilleros fingan que no se daban cuenta
de la clera de los vecinos.

Todas las maniobras del inventario se hacan por procedimientos
militares. Se ocupaba un prado como si se tuviera que atacar al
enemigo; se tomaban las medidas, y a casa.

Aviraneta no haba querido desperdigar sus hombres; todos ellos vivan
en el monasterio, en la misma sala. Se haca la comida en la cocina
de la portera y se dorma en el archivo, que estaba encima de la
biblioteca.

La biblioteca era un saln alto, con el techo abovedado y pintado. La
bveda tena en medio una gran composicin con figuras desconchadas, y
en los cuatro ngulos, los evangelistas con sus atributos.

Cinco ventanas grandes con rejas iluminaban la sala, y cerca del techo,
en la misma bveda, se abran en las gruesas paredes unas claraboyas,
por las cuales se vea el cielo y las cumbres de los rboles prximos.

Una fila de armarios de nogal, llenos de libros y papeles, formaba
un zcalo en la biblioteca. Encima de los armarios se vean algunos
lienzos viejos y desgarrados, con retratos de frailes, y dos globos
terrqueos hechos de madera y hierro.

En medio del saln haba una mesa maciza y grande.

El suelo era de baldosas blancas y negras, y estaba cubierto de esteras
de cordelillo, ya rotas y apolilladas. En un ngulo de la sala haba en
la pared una fuente, que representaba una cabeza de Medusa.

De esta biblioteca se sala a varias habitaciones estrechas y obscuras,
y de una de ellas parta una escalera que iba a otro departamento
destinado a archivo. Era este cuarto, al que se bajaba de un
descansillo por tres escalones, muy grande, muy claro, bajo de techo, y
con el piso de madera.

Tena una fila de ventanas en una pared, y en la de enfrente, una gran
chimenea de piedra. Alrededor, dejando los huecos, haba armarios de
nogal llenos de papeles, y encima, algunas vistas y planos viejos,
negros del polvo y de las moscas.

Este local fu escogido por Aviraneta como habitacin para su gente.
Era el cuarto ms defendido, y daba hacia la entrada del monasterio.

Desde l se poda mirar quin vena por el puente.

El antiguo archivo sirvi de cuartelillo. All se colocaron las camas
de paja para los milicianos.

Por las noches se cerraban las maderas; luego, una puerta pesada y
slida de cuarterones, y se echaban a dormir mientras uno haca de
centinela arma al brazo.




VII

AUTO DE FE


UNA noche que haca ms fro que de ordinario, los milicianos
intentaron encender la chimenea del archivo.

Haban ya quemado toda la lea y las astillas en una cocina de la
portera, donde se haca la comida, y no queran gastar la paja que
tenan para las camas.

--Pues aqu no nos puede faltar papel--murmur Aviraneta.

Y ech mano del primer tomo que tuvo a mano, en la estantera del
archivo. Era un manuscrito en pergamino, con las primeras letras de los
captulos pintadas y doradas y varias miniaturas en el texto.

--Esto no arder--murmur Aviraneta--. Eh, muchachos!

--Qu manda usted?

--A ver si encontris por ah tomos en papel.

Jazmn, el _Lebrel_ y Valladares bajaron a la biblioteca y trajeron
cada uno una espuerta de libros.

--Buena remesa--dijo Aviraneta--. Usted, Diamante, que ha sido cura.

--Yo cura?--pregunt el aludido con indignacin.

--O semicura, es igual. Usted nos puede asesorar. Mire usted qu se
puede quemar de ah. Una advertencia. Si alguno desea un libro de
stos, que lo pida. El Gobierno, representado en este momento por m,
patrocina la cultura... He dicho.

Diamante cogi el primer volumen al azar.

--_Aurelius Augustinus_--ley--. _De Civitate Dei. Argumentum operis
totius ex-libro retractationum._

--San Agustn--exclam Aviraneta--. Santo de primera clase. No
lo quiere nadie?--pregunt--. Nadie? Bueno, al fuego. Adelante,
licenciado.

--San Jernimo: Epstolas.

--Nadie est por las epstolas? Al fuego tambin.

--Santo Toms: _Summa contra gentiles_.

--Santo Toms--dijo Aviraneta con solemnidad--, el gran telogo de...
(no s de dnde fu)... Nadie quiere a Santo Toms? Son ustedes unos
paganos. A ver esos papeles!

--_Carta de Alfonso VII, el Emperador_--ley Diamante--, otorgada en
unin de su hijo don Sancho, donando al abad Domingo y a sus sucesores
la propiedad del lugar que se llama Vide, entre trmino de Penna Aranda
y Zuzones, con todos sus montes, valles, pertenencias y derechos,
con la condicin de que _ibi sub beati augustini regula comniorantes
abbatiam constituatis_.

--Bueno; eso se puede dejar por si acaso--dijo Aviraneta--. Sigamos.

--Fray Juan Nieto: _Manojitos de flores_, cuya fragancia descifra los
misterios de la misa y oficio divino; da esfuerzo a los moribundos,
ensea a seguir a Cristo y ofrece seguras armas para hacer guerra al
demonio, ahuyentar las tempestades y todo animal nocivo...

--Don Eugenio--dijo uno de los milicianos sonriendo.

--Qu hay, amigo?

--Que yo me quedara con ese _Manojito_.

--Dadle a este ciudadano el _Manojito_--exclam Aviraneta.

--Para qu quiere esa majadera?--pregunt Diamante.

--Es un deseo laudable que tiene de instrurse con el _Manojito_. A
ver el _Manojito_! Necesitamos el _Manojito_. La patria es bastante
rica para regalar a este ciudadano ese _Manojito_.

Se entreg al miliciano el libro, y Diamante sigui leyendo:

--Aqu tenemos las obras de San Clemente, San Isidoro de Sevilla y San
Anselmo.

--No las quiere nadie?--pregunt Aviraneta.

--Tienen buen papel, buenas hojas--advirti Diamante.

--Nadie? A la una..., a las dos..., a las tres. Nadie?... Al fuego.

--Otra carta de donacin otorgada por el Rey Alfonso VIII al Monasterio
de Santa Mara de La Vid y a su abad Domingo de _meam villam que
dicitur Guma_, con todas sus pertenencias y trminos de una y otra
parte del Duero, _et inter vado de Condes et Sozuar_.

--Dejmoslo. Adelante, licenciado.

--Fray Feliciano de Sevilla: _Racional campana de fuego_, que toca a
que acudan todos los fieles con agua de sufragios a mitigar el incendio
del Purgatorio, en que se queman vivas las benditas nimas que all
penan.

--Al fuego inmediatamente.

--Otra donacin de Alfonso VIII y de su mujer Leonor al Monasterio de
La Vid, de la Torre del Rey, Salinas de Bonella, y varias fincas, y
marcando los lmites de Vadocondes y Guma.

--Diablo con los frailes, cmo tragaban!--exclam Aviraneta.

--Otra donacin de Alfonso VIII al Monasterio y a su abad don Nuo
de las villas de Torilla y de Fruela, a cambio de mil morabetinos
alfonsinos.

--Esto de los morabetinos sospecho que no le debi hacer mucha gracia a
don Nuo--dijo Aviraneta.

--Augustinus: _De proedestinatione sanctorum_.

--Al fuego. Siga usted, licenciado.

--_Confirmacin de una concordia sobre la divisin de los trminos de
Vadocondes y Guma_, hecha en el anno que don Odoart ffijo primero e
heredero del Rey Henrric de Inglaterra rrecibio cavalleria en Burgos.
Estuvieron presentes en la confirmacion don Aboabdille Abenazar Rey de
Granada, don Mahomat Aben-Mahomat Rey de Murcia, don Abenanfort Rey de
Niebla, y otros vasallos del Rey.

--Tenemos moros en la costa? Bueno; eso tambin hay que dejarlo.

--Un censo al Concejo y vecinos de Crua de la granja de Brazacosta,
mediante el canon de doscientas fanegas de pan terciado por la medida
toledana e un yantar de pan e vino e carne e pescado, e cebada para
las bestias que traire el dicho Abad con los frayles que con l
viniesen.

--Siempre comiendo esa gente--dijo Aviraneta.

--Otro censo--ley Diamante--a los vasallos de la granja llamada de
Guma, con la condicin de morar en ella, pagar cien fanegas de pan
terciado, doscientos maravedises juntamente con los diezmos, ochenta
maravedises de martiniega y una pitanza al abad y monjes.

--Bueno, bueno; basta ya--exclam Aviraneta--; nos vamos a empachar.
Todo lo que est manuscrito dejarlo, y lo que est impreso, ya sea
un libro sencillo de oraciones o de Teologa, puede servir para
calentarnos.

As se hizo, y montones de papel llenaban el hogar de la chimenea todas
las noches.




VIII

NOCHEBUENA EN LA VID


EL da de Nochebuena Aviraneta y sus compaeros lo pasaron
esplndidamente en el convento.

Se comi bien, se cen bien, se bebi un vino ribereo excelente, y
despus de cenar y de cerrar las puertas con cuidado, se quedaron
todos delante de la chimenea del archivo, al amor de la lumbre. Haban
llevado los sillones ms cmodos del convento y los tenan colocados
alrededor de la chimenea, formando un semicrculo.

El _Lobo_ y su gente amontonaron lea de roble y de encina, y en un
rincn, grandes brazados de jara, de retama y de sarmientos.

Tenan all provisiones de combustible para toda la velada.

Diamante, como oficial, pensaba no deba descender a ciertas cosas, y
no se ocupaba de detalles vulgares.

Aquella noche haca mucho viento. Sus rfagas impetuosas parecan
frotar con violencia las paredes del monasterio. El aire silbaba y
entraba por la chimenea y haca salir el humo como una gruesa nube
redondeada, que rebasaba el borde de la campana y se meta en el cuarto.

Una constelacin de pavesas flotaba en el aire, y unas caan a las
piedras del hogar y otras suban rpidamente en el humo.

Se oa el murmullo del ro, que pareca cantar una cancin montona;
sonaba el tic-tac de un reloj de pared, y a intervalos, solemnemente,
llegaban con estruendo las campanadas del reloj de la torre, que daba
las horas, las medias horas y los cuartos.

Aviraneta, hundido en su silln, miraba las vigas grandes, azules, del
techo, que se curvaban en medio, y el escudo que adornaba la chimenea.

Este escudo era del cardenal don Iigo Lpez de Mendoza, arzobispo de
Burgos y abad comendador del convento de Premonstratenses de La Vid.

En el silencio se oan las ratas, que corran por los armarios royendo
las maderas y los pergaminos.

--Hablemos, contemos algo--dijo Aviraneta.

--Qu vamos a contar!--murmur Diamante.

--Contemos la mejor y peor Nochebuena que hemos pasado cada uno en la
vida.

--Pues empiece usted--dijo Diamante.

Aviraneta cont su mejor Nochebuena en Irn, de joven, y la peor,
guarecido en una cueva del Urbin, en la poca en que estaba en la
partida de Merino.

Diamante no recordaba ni las noches buenas ni las noches malas que
haba pasado.

El _Lobo_ dijo:

--Yo recuerdo una Nochebuena, en tiempo de la guerra de la
Independencia, que todava al pensar en ella se me ponen los pelos de
punta.

--Qu fu?

--Vern ustedes. Esto pas hacia la Sierra de Albarracn. Fu un ao
de mucho fro. Habamos salido de Priego, camino de la Muela de San
Juan, persiguiendo a unos franceses; estbamos en una aldea cuando los
franchutes se volvieron contra nosotros y nos obligaron a dispersarnos.
No conocamos aquel terreno; la noche estaba obscura y el suelo lleno
de nieve. Despus de desperdigarnos por el campo quisimos reunimos;
pero fu imposible. Al revs, nos fraccionamos ms; el uno deca por
aqu; el otro, por all. No quedamos mas que tres juntos.

Llevbamos ms de una hora de marcha cuando sali la luna, y nos
encontramos rodeados de franceses. Quisimos escapar, pero fu
imposible. Nos cogieron a los tres y decidieron lo que iban a hacer con
nosotros. Ya comprendamos que se les ocurrira una judiada; pero, en
fin, al principio, cuando supimos lo que haban pensado, no nos pareci
tanta. Nos agarraron y nos ataron fuertemente a unos pinos. Despus se
fueron rindose y diciendo de cuando en cuando: _le lup, le lup_. Los
tres presos nos hablbamos de rbol a rbol para animarnos un poco,
cuando vimos unos puntos brillantes entre las matas.

Eran los ojos de los lobos. Haba una manada. Entonces comprendimos la
crueldad que haban hecho los franceses con nosotros. Los lobos, al
principio, se asustaron algo de nuestros gritos; pero luego se lanzaron
a atacarnos y a mordernos. Yo me vea sofocado, desgarrado, cuando uno
de mis compaeros apareci libre. Sin duda, los lobos haban mordido y
roto una de las cuerdas que le sujetaban. El compaero se acerc a m;
yo llevaba un cuchillo en el bolsillo del pantaln, y se lo indiqu;
l lo sac y me cort las cuerdas que me opriman. El otro compaero
estaba muerto; los lobos le haban estrangulado.

Aquellos furiosos animales nos haban dejado a los dos que estbamos
vivos y se haban echado sobre el guerrillero muerto. Sentamos crujir
sus huesos. No quisimos escapar ni correr, creyndolo ms peligroso. Mi
compaero haba odo decir que encendiendo fuego no se acercaban los
lobos, y con gran esfuerzo logr hacer arder unas matas. Yo cort una
vara larga de un rbol y at en la punta, con un bramante, mi cuchillo.

Toda la noche estuvimos oyendo el crujir de los huesos del muerto y
defendindonos cuando se nos acercaban los lobos. Al amanecer nuestra
situacin fu peor, porque la hoguera se consumi y no tenamos ramas
para alimentarla. Entonces, mi compaero at a una cuerda un tizn
encendido y trazaba crculos en el aire; yo pinchaba, si poda, al lobo
que se acercaba. As estuvimos la noche entera, y as nos llegamos a
salvar.

--Un Lobo contra otros lobos--dijo Aviraneta.

--Eso es.

--Fu una Nochebuena superior esa.

Estaban ya otra vez los hombres adormilados; se comenzaron a echar
en sus camas de paja uno tras otro cuando se oy un aldabonazo en la
puerta.

El _Lebrel_, que estaba de guardia, se asom a la ventana.

--Quin es?--pregunt.

--El seor don Eugenio de Aviraneta?

--Aqu es.

--Traigo una carta para l.

--De quin?

--Del seor Gonzlez de Navas, juez de Arauzo.

--Ahora vamos.

Aviraneta, acompaado del _Lebrel_ y de Jazmn y alumbrando el camino
con una linterna, baj al portal. Los dems se levantaron y tomaron sus
fusiles.

Aviraneta abri el postigo e hizo entrar al hombre que por l
preguntaba. Luego cerr, dej el farol en un poyo de piedra, tom la
carta y la ley. Deca as:

  Estimado Aviraneta: S que hay varios hombres bien portados y
  montados de noche y de da en los alrededores de La Vid que le
  esperan a usted para matarle. Uno de ellos parece que es el Cura
  Merino; el otro, el cura de Valdanzo. Los dems son dos o tres
  absolutistas de Vadocondes y algunos colonos de La Vid. No salga
  usted solo, sobre todo de noche.--_Gonzlez de Navas_.

--Va usted a volver a Arauzo?--pregunt Aviraneta al propio.

--S, pero no tengo prisa.

--Entonces, qudese usted aqu. Estar usted ms seguro.

--Por qu?

--Porque hay gente acechando en el campo y le pueden confundir a usted
con uno de nosotros.

--Entonces, me quedo.




IX

SAN MARTN CON SU CAPA


VOLVI Aviraneta con sus compaeros al archivo. Se habl del posible
ataque de Merino, y el _Lebrel_, que era de Vadocondes, explic cmo se
haba salvado un antiguo abad del convento de La Vid de un ataque de
los ladrones, que queran robar la iglesia.

--Esto era en tiempo de la guerra de la Independencia--cont el
_Lebrel_--, mejor dicho, unos meses despus.

Estaba de abad un navarro que se llama don Pedro de Sanjuanena.

--Lo conoc--dijo Aviraneta.

--Pues estaba el abad solo, con un criado, cuando supo que una partida
de ladrones rondaba el monasterio. No poda defenderse, y se le ocurri
esto: fu a la iglesia, descorri la cortina del altar mayor, donde
haba un gran crucifijo; luego cogi todos los candeleros, con sus
cirios y velas, los encendi y form una calle que iba desde la puerta
de la iglesia al altar mayor.

A media noche forzaron los ladrones la puerta de la iglesia, entraron,
y al ver aquella carrera de luces, avanzaron por en medio hasta llegar
al altar mayor.

A alguno de los ladrones le sobresalt ver el Cristo iluminado, y se
arrodill, tembloroso, devotamente. Los dems hicieron lo mismo, y
cuando estaban as, sali el abad y les ech una pltica, con lo cual
los ladrones se fueron arrepentidos y contritos.

El procedimiento de Sanjuanena no era fcil que causara mucha impresin
al Cura Merino, que estaba acostumbrado a tratar con confianza a santos
y a cirios y con quien haba que usar argumentos ms contundentes.

Se debati entre los reunidos la verosimilitud de la historia del
_Lebrel_, y se dispuso la mayora a tenderse de nuevo.

Desde el momento que Aviraneta supo que Merino y los suyos vigilaban
el monasterio, comenz a no poder estar en paz y a fraguar mil planes.
El _Lebrel_, Diamante y Jazmn, al verle dispuesto a no dormir, se
levantaron de al lado del fuego.

Aviraneta quera saber si los espiaban de cerca, y para esto se le
ocurri una estratagema.

Haba visto en una cmara prxima a la sacrista una serie de figuras
y muecos de altar rotos, estropeados. Acompaado de Jazmn y de
Diamante, con un farol en la mano, sali del archivo, baj a la
biblioteca, fu al patio, entr en el cuarto de las imgenes y pase la
luz de su farolillo por las estatuas.

Aquel _spolliarium_ era cmico de da y trgico de noche. Un santo con
una tnica blanca pareca un fantasma; unos ojos de cristal brillaban
con un fulgor misterioso, y algunas manos de madera se levantaban en el
aire como pidiendo misericordia.

Haba un San Martn con las piernas abiertas, en actitud de montar a
caballo, y con un brazo de menos.

--Este mueco nos va a servir--dijo don Eugenio.

--Para qu?--preguntaron Diamante y Jazmn.

--Ahora vern ustedes--replic l.

Llevaron entre los tres el San Martn, cruzando el patio, hasta
el zagun, y all lo dejaron en el suelo. En seguida desapareci
Aviraneta y vino con un caballo viejo, ensillado.

--Qu quiere usted hacer?--le preguntaron.

--Vamos a montar a San Martn y a ver si lo podemos sujetar en la silla.

Subieron al mueco de madera sobre el caballo, y Jazmn lo sujet
atndole cuerdas de esparto por todos lados. No era posible que el San
Martn se sostuviera bien como un jinete; pero con poco tiempo que
cabalgara le bastaba a don Eugenio.

Al tener al mueco sujeto en el caballo, Aviraneta le plant un
sombrero en la cabeza y lo envolvi con una capa vieja.

--Lebrel! Jazmn!--grit luego.

--Qu manda usted?

--Aparejad los caballos y traedlos aqu.

Jazmn y Lebrel salieron, y, al poco rato, volvieron con cinco caballos
al zagun.

--Ahora--dijo Aviraneta a Diamante--, pnganse todos ustedes en las
ventanas del archivo con el fusil preparado..., y atencin. Si disparan
a nuestro San Martn, que va a tomar el fresco..., fuego a los que
disparen. Despus, inmediatamente, todos aqu, al zagun. Que suba el
_Lebrel_ con usted, y cuando estn ustedes preparados, que venga a
avisarme.

Comprendi Diamante de lo que se trataba, y el _Lebrel_ volvi al
zagun poco despus, diciendo que todos estaban preparados. Aviraneta
abri la puerta, sac el caballo fuera y dijo, como dirigindose a
alguien:

--Adis, don Eugenio; hasta la vuelta.

La noche se haba tranquilizado; la luna brillaba en el cielo; el
viento agitaba suavemente las copas de los rboles, y a lo lejos se
oan ladridos de perros.

El caballo, con el bulto de madera en la silla, avanz unos veinte
metros, y de pronto se oyeron cinco tiros en el campo, seguidos de
otros seis disparos hechos desde las ventanas del monasterio.

Inmediatamente bajaron todos los milicianos al zagun, montaron
a caballo y salieron al galope hacia el sitio de los disparos.
Encontraron a un hombre herido, que intentaba escapar, y lo prendieron;
despus, dando una batida, registraron los alrededores sin encontrar
a nadie, hasta toparse con ocho hombres de la Milicia Nacional de
Vadocondes, dirigidos por Diego Campos, sargento retirado, que viva en
este pueblo y que haba salido sabiendo que los realistas rondaban La
Vid.

Al volver Aviraneta y los suyos, vieron cerca de la puerta del convento
el caballo que haba llevado al San Martn, que arrastraba el mueco y
que de cuando en cuando se detena a comer hierba.

El herido declar que l haba ido con la _Gaceta_ desde Aranda; que
en Vadocondes se haban reunido con Merino y el Cura de Valdanzo y con
otros dos que no conoca.

--A ese _manflorita_ de la _Gaceta_--dijo el Lobo--, cuando le eche la
mano encima, le voy a poner como nuevo.

A la maana siguiente, Aviraneta, Jazmn, el _Lebrel_, Diamante y los
cuatro milicianos volvan a Aranda con el hombre herido, que dejaron en
el hospital, y dos das despus marchaban a Arauzo de Miel, a comenzar
un nuevo inventario. En Arauzo de Miel estuvieron bastante tiempo e
hicieron mucho trabajo, gracias a los esfuerzos del juez, don Angel
Gonzlez de Navas.

La terquedad de Aviraneta produjo una enorme indignacin en Aranda.
Diamante y l recogieron el odio popular. Diamante se consideraba feliz
al sentirse odiado por la canalla.

--No acabar bien ninguno de los dos--deca la _Gaceta_ por todas
partes.

Don Eugenio estaba convencido de que la suerte le mimaba, y el
vaticinio de la _Gaceta_ no le inquietaba gran cosa.

A Frutos se le compadeca.

--El pobre Frutos tiene que soportar, por el sueldo, tan malas
compaas--deca la _Gaceta_.

Esto la gente se lo explicaba; lo que no comprenda era la tenacidad de
Aviraneta, porque el pueblo ve con facilidad los motivos personales de
obrar, pero no los motivos polticos o de bien general.




X

EL DILEMA DE DOA NONA


DURANTE el invierno, Aviraneta sigui su vida habitual, trabajando
mucho en sus tres cargos.

Por aquella poca la Milicia tena misiones de polica que cumplir,
porque haba muchos ladrones y malhechores en el campo.

Todos los das Aviraneta iba a casa del juez. Discuta mucho con don
Francisco.

A ninguno de los dos le pareca bien las luchas que comenzaban a
iniciarse entre los constitucionales del ao 12 y los del 20. Esto,
unido al predominio de las Sociedades patriticas, que intentaban
imponerse al Gobierno en Madrid, y a la anarqua mansa que corroa
la Revolucin espaola, daba una impresin poco tranquilizadora. El
juez afirmaba que ya era tiempo de detenerse; Aviraneta crea que no:
que era necesario avanzar ms, proclamando la dictadura, para dar
efectividad a la revolucin, dominar al clero y a los absolutistas e
imposibilitar proyectos reaccionarios, como los de El Escorial.

Desde haca tiempo, doa Nona trataba con cierta sequedad a Aviraneta.
ste no se explicaba bien por qu; supona si le habra ofendido.

Varias veces don Eugenio tom la decisin de hacerle una pregunta, de
insinuar una explicacin; pero, al fin, no la hizo.

Era don Vctor, el cura, el que maniobraba contra l en la casa
del juez. Don Vctor aconsejaba a doa Nona en su casa y en el
confesonario, y de don Vctor parti la hostilidad contra Aviraneta.

Esta hostilidad la remach doa Cleof Navas, la beata, y luego, doa
Nona arrastr a su marido y, en parte, a sus hijas.

De stas, Rosala estaba ms bonita y ms sonriente que nunca.
Teresita, vivaracha y alegre. Aviraneta era muy amigo de ellas y las
obsequiaba galantemente...

Al terminar el invierno se comenz a hablar en Aranda de que el Cura
Merino estaba de nuevo en armas en la Sierra y que organizaba sus
fuerzas. Quin deca que tena cien hombres; quin, que ms de mil, y
algunos aseguraban que diez mil.

La verdad era que por entonces poda disponer de unos mil quinientos
hombres, y que toda la sierra de Burgos vea en l un redentor.

Al conocer estas noticias, Diamante habl a Aviraneta. Era necesario
prepararse. Ellos, con su experiencia, podan prestar grandes servicios
al pas. Aviraneta contest:

--Veremos a ver si nos llaman.

--Qu llamar! Hay que ir.

Unos das despus Aviraneta recibi un oficio del jefe poltico de
la provincia, don Joaqun Escario, en el cual le peda le ayudase
con su celo y conocimientos en las circunstancias apuradas en que se
encontraba la comarca.

Acababa Aviraneta de leer este oficio cuando lleg un recado de doa
Nona, dicindole que hiciese el favor de pasarse por su casa.

--Qu querr?--se pregunt Aviraneta.

Doa Nona estaba sola en la sala y preparada para decir algo grave a
don Eugenio.

Doa Nona, de punta en blanco, con una voz muy insinuante, le dijo que
su hija mayor tena mucha simpata por l; que estaba convencida de
que era una persona honrada y buena; que hara un excelente padre de
familia; pero que era indispensable, si quera seguir acudiendo a su
casa, abandonase sus correras y no tomara parte activa en la poltica.

--Pero, seora, por qu?--pregunt Aviraneta.

--Porque nos est usted comprometiendo. La gente dice que mi marido
ser masn cuando es amigo de usted. El otro da nos tiraron piedras en
el paseo. Hoy, en el sermn, ha dicho el padre Gabriel que no se deben
tener relaciones de ninguna clase con los que no tienen religin.

--Y por eso me pone usted el pual en el pecho?

--No; por eso, no; yo no le voy a obligar a creer en la religin. Pero,
como le digo a usted, nos perjudica. Mi marido, como juez, no puede
estar con los blancos ni con los negros. A usted, el pueblo no le puede
ver ni en pintura. Le tienen a usted montado sobre las narices. Usted
les vigila, les espa, les atropella, y sienten un gran odio por la
Milicia Nacional y su compaa volante, y el da que puedan se vengarn
de usted.

--Bah!

--S; porque, aunque ustedes no lo crean, la gente quiere a Merino y a
los frailes, y les odia a ustedes, al Empecinado, a usted y a su amigo
Diamante.

--No lo creo.

--S, s, cralo usted; en Madrid tendrn ustedes partidarios; pero lo
que es en los pueblos, ninguno.

--Pero, aunque as sea, qu perjuicio les puedo causar a ustedes, doa
Nona?

--Mucho. Hablemos claro. Yo s que usted galantea a Rosala y s que
es usted un caballero. Pues bien; yo, que siento un gran amor por mi
hija, no quiero que tenga relaciones con un conspirador, con un hombre
expuesto a ser preso o fusilado. As es que usted renuncia a sus
correras y maquinaciones, y en ese caso puede usted seguir viniendo a
mi casa y hablar con Rosala, y cortejarla; o no renuncia usted, y en
ese caso no aparezca usted por aqu.

--Seora, me mata usted.

--Ahora estamos a tiempo. Casar a mi hija con un hombre que hoy est
expuesto a ser asesinado y maana tiene que ir a la crcel, no.
Prefiero que se case con un pen del campo. O tranquilidad, y estarse
quietecito en casa cuidando de la hacienda, o ruptura completa.

--Juzga usted las cosas de una manera...

--Es que para m no hay mas que esas dos soluciones.

--Y ha preguntado usted a Rosala?

--No; ni pienso preguntarle nada. Rosala har lo que sus padres manden.

Aviraneta qued callado, mirando al suelo; quera encontrar una
solucin para resolver el conflicto, pero no daba con ella.

--Y en el caso de que Rosala quisiese, no le parecera a usted bien,
por ejemplo, que su hija y yo vivisemos en Francia, en un pueblo de la
frontera, donde yo tengo familia?

--No, no.

--As a ella no le poda ocurrir nada.

--A ella, no; pero a usted, s. Vivir en el extranjero, con el marido
perseguido, quiz preso, bonita situacin!

Doa Nona sala inmediatamente al quite. Aviraneta hubiese dado
cualquier cosa por una idea mediana; pero no se le ocurra nada.

--Ya se lo he dicho a usted--termin diciendo doa Nona--; no hay ms
solucin que una de las dos. Le doy esta noche para decidirse.

Aviraneta se despidi de doa Nona, march a casa de su madre, cen, se
meti en su cuarto y se dedic a hacer borradores de cartas explicando
a Rosala lo que haba ocurrido en su conversacin con doa Nona.

Aviraneta propona a la muchacha, si le tena afecto, que dejara a su
familia y se casara con l.

Aviraneta fu a buscar a una vieja criada de doa Nona para que al da
siguiente le diera la carta a Rosala.

Por la maana recibi la respuesta. Rosala le deca que antes que nada
era cristiana, y que estaba dispuesta, para en adelante, a no tener
relaciones de amistad mas que con personas que fueran religiosas y
tuvieran el santo temor de Dios.

Aviraneta, al leer la carta, la estruj entre sus manos con furia. All
andaba la mano de don Vctor, el cura, y de doa Cleof, la beata.

Aviraneta, furioso, se march al Ayuntamiento a trabajar.

Poco despus fueron a buscarle Diamante y el _Lobo_.

Les dijo que haba recibido el oficio de Escario, pero que crea que
no deban precipitarse a acudir a luchar contra Merino, pues les iba a
pasar como la vez anterior, que no les hicieron caso, ni siquiera les
dieron las gracias.

--Est usted en un error, Aviraneta--dijo Diamante hablando con
serenidad--; usted y yo y todos nosotros nos encontramos ya tan unidos
al estado actual de cosas que es imposible que nos separemos, a no
hacer traicin. Es que cree usted que si la Constitucin termina
nos van a dejar vivir aqu tranquilos? Ca! Saben quines somos, nos
conocen muy bien, y si triunfan seremos nosotros los que tengamos que
echarnos al campo o escapar. As que aqu no hay ms solucin: libertad
o muerte.

--Eso es: libertad o muerte--exclam el _Lobo_ con furia.

--Ahora mismo debemos marcharnos--indic Diamante.

--S, ahora mismo--replic el _Lobo_.

--Bueno. Si les parece a ustedes est bien. Ahora mismo--aadi
Aviraneta--; preparad los caballos, yo voy a redactar unas cartas.

Aviraneta escribi rpidamente a la mujer del juez un billete buscando
el modo de aplacarla en estos trminos:

  Mi estimada seora y amiga: He estado pensando con angustia en el
  dilema que me ha planteado usted. As expuesto no tiene solucin.
  Cmo voy a abandonar en la obra a mis amigos, con los cuales estoy
  ligado por una serie de lazos de colaboracin, de responsabilidad y
  hasta de complicidad? No me puedo decidir por el reposo que usted
  exige de m. Si las circunstancias cambiaran y llegaran para los
  liberales tiempos adversos, y en este momento viera a un camarada
  en peligro a quien quiz yo haba impulsado a la lucha, le iba a
  volver la espalda para que su desgracia no turbara mi tranquilidad?
  Le iba a dejar sin socorro para no comprometerme? No, imposible.
  Sera para m el mayor bochorno. Familia, mujer amante, no
  bastaran para endulzar mi amargura y borrar mi vergenza.

  A pesar de que como usted pone el dilema no tiene solucin, si
  Rosala no me olvida, yo encontrar una.

  Es de usted atento s. s., q. b. s. p.--_E. de Aviraneta._

Despus escribi una esquela a Rosala.

Cerradas y lacradas las cartas, Aviraneta se las entreg al _Lebrel_;
luego march a avisar a su madre que se ausentaba por unos das, y
al bajar hacia su casa se encontr con Diamante, el _Lobo_ y los dos
criados, que venan con los caballos de las riendas.

Aviraneta mont en el suyo, y todos juntos comenzaron a galopar camino
de Burgos.




LIBRO CUARTO

EL EMPECINADO CONTRA MERINO




I

DON JUAN MARTN Y SALVADOR MANZANARES


EL jefe poltico de Burgos, don Joaqun Escario, conferenci con
Aviraneta para comenzar la nueva campaa que haba que emprenderse
contra el Cura Merino. Las fuerzas dispuestas eran ya considerables;
dos batallones de infantera y dos escuadrones de caballera. El jefe
poltico no poda dar mando a Aviraneta; as que ste tendra que ir
como delegado del Gobierno con los comandantes Osorio y Suero. Diamante
y el _Lobo_ no podran tampoco ingresar en los escuadrones del ejrcito
regular.

Vacil en aceptar Aviraneta; pero al asegurarle el jefe poltico que
el Gobierno haba despachado una orden al Empecinado para que tomase
el mando de las tropas de la provincia, acept. Deban acompaar al
Empecinado los oficiales don Jacobo Escario, hermano del gobernador,
don Florencio Ceruti y don Salvador Manzanares.

Se decidi formar una compaa volante dirigida por Aviraneta, que
hara el servicio de informacin, y en esta compaa se alistaron
Diamante, el _Lobo_ y Jazmn.

La compaa volante y las fuerzas regulares salieron al campo en
seguida.

En las dos semanas que operaron no tuvieron ningn xito; por el
contrario, varias veces se hallaron a punto de caer en trampas
preparadas por Merino. Unicamente en Arauzo de Miel llegaron a tiempo
para sorprender y poner en fuga a una parte de la gente del Cura.

La primera fuerza que entr en Arauzo fu la partida volante de
Aviraneta. Los facciosos acababan de saquear la casa del juez don
Angel Gonzlez de Navas. Todos los expedientes del Crdito Pblico
de venta de bienes nacionales se haban quemado en la plaza por los
absolutistas, con gran entusiasmo del pueblo.

Aviraneta pudo ver pginas escritas con su letra entre los montones de
papel quemado. Casi toda su labor de burcrata acababa en aquel momento
de ser pasto de las llamas.

Salieron de Arauzo los constitucionales en persecucin de la partida
del Cura; pero no dieron con ella.

Unos das despus se orden a Aviraneta y a sus amigos que fueran a
Lerma y se presentaran al Empecinado.

El Empecinado acogi a Aviraneta con grandes extremos: le abraz, le
di golpecitos en la espalda, le hizo dar dos o tres vueltas sobre s
mismo, mirndole como a un objeto curioso. El viejo guerrillero le
tena cario.

Don Juan Martn Dez, el Empecinado, caballero de la militar Orden
Nacional de San Fernando y mariscal de campo de los Ejrcitos
nacionales, pareca en la poca constitucional tan abandonado de
indumentaria, tan campesino, tan sencillote como en tiempo de la guerra
de la Independencia.

Sin embargo, el que le hubiera conocido a fondo, hubiese comprendido
que la identidad era superficial y que el guerrillero no slo no era el
mismo, sino que haba cambiado por completo.

Los seis aos pasados en la soledad, en su finca de Castrillo de Duero,
ensearon mucho al Empecinado.

Don Juan Martn haba ledo y pensado sobre las cosas y haba perdido
la fe. Ya no rezaba el rosario, por las noches, ni frecuentaba apenas
la iglesia.

El pueblo, que lo saba, iba trocando el amor que le profesaba por el
desvo.

El Empecinado, en ste tiempo, era un anarquista de la poca: odiaba a
los curas y a los ricos.

Viva con una mujer, con quien no estaba casado, y senta un gran
desprecio por todas las jerarquas.

Abrazado a la causa constitucional por entusiasmo y por agradecimiento,
trabajaba por ella como si fuera cosa propia, de vida o muerte.
Estuvo de gobernador militar de Zamora, y en este tiempo descubri y
deshizo todas las conspiraciones de los absolutistas. No dorma ni
descansaba un momento vigilando. El Gobierno, quiz por influencia de
los realistas, lo traslad a Valladolid, y nombr comandante general de
Castilla la Vieja al conde de Montijo, y segundo cabo, al Empecinado.

Era una de estas disposiciones clsicas espaolas la de poner a las
rdenes de un botarate miserable, como Montijo, adulador del rey,
delator de los liberales en 1814, a un hombre valiente y heroico como
el Empecinado.

Al poco tiempo, don Juan Martn se encontr destitudo, y supo que el
Gobierno haba nombrado segundo cabo de Castilla la Vieja al general
Santocildes.

ste lleg a Valladolid, y sin avisar ni presentarse al Empecinado
intent posesionarse del mando.

Santocildes tena antecedentes realistas; haba contribudo a derrocar
la Constitucin en 1814, en La Corua, y firmado la sentencia de muerte
de Lacy en el Consejo de guerra de Barcelona.

Sin embargo, el Gobierno liberal le prefera al Empecinado. El uno era
militar de carrera; el otro, guerrillero.

Don Juan Martn se mantuvo en Valladolid algn tiempo, hasta que le
ordenaron que tomase el mando de las tropas que deban luchar con
Merino, y se present en Lerma.

Dos oficiales de graduacin acompaaban al Empecinado: Escario y
Salvador Manzanares.

Escario era buen muchacho. Salvador Manzanares, como Torrijos,
Van-Halen y algunos otros militares jvenes, representaba el tipo
alegre de _dandy_ de la Revolucin espaola.

Salvador Manzanares era un oficial de artillera, hijo de un mdico muy
nombrado en la Rioja, don Francisco de Sales Manzanares.

Salvador, educado por su padre en las doctrinas del liberalismo, haba
conspirado en tiempo de Renovales. Fu de los que entraron con Mina en
Santisteban a proclamar la Constitucin en 1820, y de los expulsados de
Madrid en compaa de Riego, en septiembre del mismo ao. Manzanares
era entonces teniente coronel, despus lleg a ser general y ministro
de la Gobernacin. Cuando la entrada de los franceses con Angulema,
Manzanares se escap a Gibraltar.

Desde entonces estuvo en la emigracin, hasta que en febrero de 1831
se acerc a Gibraltar con Minuisir, Daz Morales y Epifanio Mancha, y
desembarc con un puado de hombres en la sierra de Ronda, esperando el
levantamiento de Cdiz.

El movimiento abort; Salvador, reducido a veinte hombres, en una
situacin angustiosa, se dirigi a dos cabreros, dndoles una carta
para Marbella. Los cabreros le hicieron traicin y le entregaron a
la polica. Al ver a los dos hombres, en quienes se haba confiado,
seguidos de las tropas, Salvador, furioso, sac el sable y de un tajo
cort la cabeza a uno de los cabreros; as sigui atacando con rabia
hasta que le dispararon un tiro y lo dejaron muerto.

La hermana de Salvador, Casimira Manzanares, mujer muy inteligente y
muy hermosa, fu perseguida en Logroo por el trapense, el padre fray
Antonio Maran, que haba sido nombrado comandante general de la Rioja.

El trapense no se content con robar la casa que tenan los Manzanares
en San Milln de la Cogolla, sino que al encontrar a Casimira en la
iglesia de Logroo intent violarla. Casimira pudo salvarse gracias a
la proteccin de una seora y a la de la querida del fraile, la por
entonces clebre amazona apostlica Josefina Comerford. Un general del
ejrcito de Angulema denunci las tropelas del padre Maran, y el
Gobierno le orden que se retirara de nuevo a la Trapa, lo que hizo,
llevndose varias acmilas cargadas con el botn obtenido en sus robos.

Los Manzanares reclamaron despus al convento las sumas robadas; pero
los trapenses de Santa Susana, donde estaba fray Antonio, contestaron
que el rey les haba hecho donacin de todo el botn llevado por su
compaero, y que, a pesar de su voto de pobreza, lo guardaban para
mayor gloria de Dios.

El sino de la familia Manzanares fu triste. El padre de Salvador, que
pasaba su vejez en Escoriaza, en Guipzcoa, fu hecho prisionero y
fusilado en 1836 por el general carlista Villarreal.

Se le atribua el ser masn y el haber escrito un Credo y una Salve
liberales. Esto fu motivo bastante para fusilar a un viejo de ochenta
y dos aos, demostrando lo verdaderamente digna de admiracin que es la
piedad de los defensores de la Iglesia, nuestra madre.




II

EN LERMA


TARD bastante en organizarse la divisin del Empecinado, con la que se
pensaba batir a los soldados de la Fe, capitaneados por Merino.

Se haban reunido a los batallones de Ossorio y Suero, y a algunas
partidas de nacionales, el regimiento de Jan y los de caballera de
Calatrava y Lusitania; pero las compaas de los batallones estaban
incompletas y algunas en cuadro. El Gobierno no tena medios: la
situacin iba hacindose apurada. Merino se paseaba impunemente por
donde quera, sin que se le pudiera batir.

Aviraneta explic al Empecinado los datos que tena acerca de la
insurreccin feota y los medios y recursos con que contaba.

Esta era completamente clerical, engendrada en los obispados y
arzobispados, y tena sus focos en las sacristas de los pueblos.
Mientras el Gobierno no obrara con energa contra el clero faccioso,
Aviraneta pensaba que sera muy difcil dominar la situacin.

Respecto a Merino, l lo conoca, saba cmo pensaba, comprenda su
tctica. Merino y sus lugartenientes paseaban por los pueblos con
partidas pequeas de ochenta o noventa hombres. Se deca que era la
misma partida; pero Aviraneta estaba seguro de que eran varias y de
que el Cura, en caso de necesidad, dispona de ms de mil, quiz de ms
de dos mil hombres.

Para Aviraneta, el nico plan era salir a operar con dos columnas
grandes, dar en los pueblos la impresin de que haba fuerza y no
fraccionarlas.

El Empecinado escuch con atencin las opiniones de Aviraneta. Saba
las marrulleras del Cura y no quera que se burlara de l.

En Burgos haba una asociacin misteriosa, instrumento del Palacio de
Madrid. De aqu sala la ayuda a los facciosos.

A Lerma llegaban tambin las ramificaciones de aquella asociacin; pero
los hilos que unan a los conspiradores eran invisibles.

Una noche apareci en la Plaza Mayor un gran pasqun hecho a mano, que
deca lo siguiente:

  Al pueblo.

  Los das del infame Gobierno Revolucionario estn contados.
  Nuestro invicto Merino avanza victorioso. La sangre de los impos
  correr a torrentes. Muera la infernal Constitucin! Muera la
  Nacin! Viva el Rey!

Aviraneta se propuso averiguar de dnde haba salido este papel y form
una lista de desafectos al rgimen constitucional. Despus convenci al
Empecinado para que mandara hacer registros domiciliarios en todas las
casas de vecinos sospechosos.

Aviraneta, como director poltico de las fuerzas del Empecinado,
comenz a asistir a los registros, con el doble objeto de que se
hicieran bien y no se atropellara a personas inocentes.

A los dos das de comenzar estas visitas, Aviraneta, con una patrulla,
entraba en la casa de un cura de la iglesia de San Juan, que viva en
la plaza de los Mesones. Mand don Eugenio que quedase la patrulla en
el zagun y subi l slo al primer piso. Llam con los nudillos en la
puerta.

Apareci una mujer en el umbral y Aviraneta qued sorprendido.

--Fermina!--exclam--Eres t?

--S; soy yo. Qu quieres?

--Vengo a saludarte--murmur confuso Aviraneta.

--Gracias!--contest ella secamente--. No s si puedes entrar o no.

--Por qu no? Si t lo permites...

--Antes que nada, hay Dios o no hay Dios?

--Qu s yo!

--No entres.

--Pero, quieres que yo resuelva esta duda aqu, en la escalera?

--Pues no entres.

--Es que traigo la orden del general Empecinado para registrar esta
casa.

--Ah! Entonces sigues siendo de esos bandidos masones que quieren
matar al rey y a los sacerdotes. Fuera de aqu, infame! Polizonte! Si
no, yo misma te har correr.

--Escchame un momento. Vengo a prestarte un servicio.

--No necesito servicios tuyos.

--Pero, por qu no quieres orme? Vengo a decirte que estis
denunciados como cmplices del Cura Merino...

--Nos habrs denunciado t? Serpiente!

--No; por m, podis hur... Dir que he registrado la casa, que no he
encontrado nada.

--Nada quiero de ti.

En esto se abri la puerta de par en par y se present en ella un
viejo bajito, tembloroso, de pelo blanco, la cabeza grande, los ojos
abultados y rojos y el labio colgante.

--Quin es este hombre que te habla de t?--pregunt con voz
cavernosa, agarrando a Fermina del brazo--. Es el que te enga?

--No, padre; no es l.

--S es l. Lo comprendo. Quieres salvarlo? Es l.

Luego, dirigindose a Aviraneta, exclam:

--Ven aqu, canalla, que aunque soy viejo tengo nimos para ahogarte en
mis brazos.

Aviraneta, espantado, baj un escaln y luego otro, y viendo que el
viejo se lanzaba tras l, ech a correr hasta el portal.

--Cobarde!--vociferaba el viejo trompicando por las escaleras.

--Qu pasa?--pregunt Diamante, que estaba con la patrulla, viendo a
Aviraneta que bajaba rpidamente.

--Un viejo que se echa encima de m, que est loco.

--Loco yo...! Miserable...!--y el padre de Fermina se lanz sobre
Aviraneta.

Diamante y los soldados sujetaron al viejo, hasta que ste, cansado de
bregar y de pegar patadas, comenz a echar espuma por la boca y le di
un desmayo. Al recuperar el conocimiento se levant, busc a Aviraneta;
pero ste haba salido a la calle.

--Demonio con el viejo!--exclam Diamante--. Es un energmeno, no hay
manera de sujetarlo.--Luego sali del portal, y al encontrarse con
Aviraneta le dijo:

--Qu le ha hecho usted a este hombre?

--Nada. Que estuve para casarme con su hija y luego no me cas.

--Est bien el viejo... Es un hombre de fibra y de corazn. Lo mejor
sera pegarle cuatro tiros.

--No, no; qu barbaridad!

--Sera una muerte digna de l. Adems, crea usted, el terror es lo ms
beneficioso para estas gentes.

Aviraneta se meti en su casa deseando marcharse cuanto antes de Lerma
para no ver a aquel viejo convulso y furioso.

Este viejo sola ir acompaado de dos navarros, Chatarra y Ezcabarte,
criados suyos.

En el pueblo, la gente que conoca a Aviraneta, antiguos guerrilleros
y amigos de Merino, le consideraban como un traidor por ser liberal.
Muchos de ellos queran equiparar a los franceses con los liberales,
y pensaban que era tan patritico luchar contra stos como contra los
soldados de Napolen.

Una noche haban estado en el alojamiento del general hablando el
Empecinado, Salvador Manzanares y Aviraneta. Despus de charlar largo
rato, Salvador y Aviraneta se despidieron de don Juan Martn, salieron
y, al pasar por una calle, sintieron gran alboroto. Se acercaron,
llegaron a la plaza de los Mesones, y vieron delante de la casa de
Fermina un grupo de gente, en su mayora soldados y nacionales.

--Qu hacen?--pregunt Aviraneta.

--Estn cantando--dijo Salvador--una cancin que han trado de Cdiz:
el _Trgala_.

Efectivamente, una voz aguardentosa en aquel momento cantaba una copla:

      Seor doctor,
    estoy empachado,
    no me ha sentado
    la Constitucin.
      Pues, amiguito,
    trague esa china
    que no hay ms quina
    para ese mal.

Concluda la copla, un coro de brbaros comenz con el estribillo:

      Trgala, trgala,
    trgala, trgala
    trgala, trgala,
          perro,
    ya que no quieres
    Constitucin.

Todo el grupo de soldados y nacionales rea, y, despus de la cancin,
armaban una algaraba infernal agitando cencerros y dando golpes en
unas calderas. Sobre todo, el coro del _Trgala_ lo repetan de una
manera tan brutal, tan ofensiva, con una intencin tan mortificante,
entre carcajadas y gritos, que se comprenda que cualquiera insultado
as se hiciese enemigo a muerte y para siempre de los liberales.

--Lo que van a hacer con nosotros si llegan a vencernos!--exclam
Salvador.

--S, creo que todos tendremos que salir corriendo--murmur Aviraneta.

--Si nos dejan--replic Manzanares riendo--. Adis, Eugenio! Buenas
noches!

--Adis, Salvador! Expresiones a Mercedes.

Mercedes era la novia de Salvador.

Aviraneta fu a ver a Diamante, que estaba en el grupo, y a los otros
nacionales a disuadirles de que siguieran cantando; pero a ellos les
pareca sta una magnfica ocasin y no queran dejarla.




III

EN CAMPAA


A la media noche del 29 al 30 de abril sala la columna del Empecinado
para Covarrubias, precedida de la patrulla exploradora de Aviraneta.

All se averigu que el 30 haba pasado Merino con su gente por Acinas
y Santo Domingo de Silos. Se avanz hasta Silos y, siguiendo la pista
del Cura, el Empecinado lleg a Hontoria del Pinar el 1. de mayo.

En Hontoria un vecino liberal dijo que los facciosos, en nmero de
unos seiscientos hombres, acababan de salir del pueblo haca unas ocho
o diez horas. Sin descansar, el Empecinado orden que la columna se
pusiera en movimiento. Pasaron por Navas y por Huerta, y al llegar a
Arauzo de Miel, Aviraneta, con su vanguardia exploradora, pudo alcanzar
a la retaguardia de Merino y acuchillarla, hasta hacer hur a los
facciosos precipitadamente hacia el monte.

Era la tctica de Aviraneta no dejar descansar al enemigo, y aquella
misma tarde se volvi a alcanzarlo en Pea Tejada, en una altura de
casi imposible acceso, ocupada por tiradores que hicieron un fuego
vivsimo al divisar la columna liberal.

No quera el Empecinado retroceder y fu colocando en guerrilla sus
tropas. Pasaron una hora respondiendo al fuego hasta que comenz a
obscurecer. Ya obscuro, Aviraneta, que conoca muy bien los caminos,
con cincuenta hombres, entre los que iba Salvador Manzanares, hizo que
rodearan el alto donde se encontraban los facciosos. Se les desaloj de
all, se les persigui en la obscuridad, y a media noche los liberales
retornaron a Pinilla de Trasmontes, donde se haba establecido el
cuartel general.

Salvador y Aviraneta volvieron cantando romanzas francesas y espaolas.

La noche estaba esplndida, y de las hierbas del monte se levantaba un
olor acre y perfumado...

El da 3 de mayo, a las cinco de la tarde, estaban Aviraneta y el
Empecinado a una legua del pueblo, en compaa de los ordenanzas,
cuando se vi a pequea distancia la columna facciosa, que marchaba a
paso redoblado y se desplegaba acercndose a ellos en un movimiento
envolvente.

--Slvese usted, mi general!--grit Aviraneta al Empecinado--.
Nosotros nos defenderemos un momento.

El Empecinado no tuvo tiempo mas que para hincar las espuelas a su
caballo y echar a correr.

--Entrgate! Date, Martn!--oy que gritaban.

Era la voz del Cura Merino, que iba en su persecucin. El Empecinado,
encorvado sobre el cuello del caballo, huy como una flecha entre las
balas y pudo acercarse a sus tropas.

Mientrastanto, Aviraneta, con los ordenanzas, estuvo batindose en
retirada, defendindose en cada piedra y en cada mata hasta que comenz
a venir la caballera constitucional y a formarse en orden de batalla.

Los de Merino fueron retirndose y acogindose al monte; el Empecinado,
furioso de haber estado a punto de caer prisionero, di una soberbia
carga de caballera; pero pronto el enemigo desapareci como si se le
hubiera tragado la tierra.

Los das siguientes fueron igualmente de escaso xito para las
tropas constitucionales y se decidi en el consejo de los oficiales
fraccionar las columnas e ir poniendo guarniciones en los pueblos.

Aviraneta era contrario a este plan. Supona que dejando guarniciones
de doscientos o trescientos hombres, el Cura podra reunir mil o dos
mil soldados y atacarlas fcilmente. Para guarnecer con probabilidades
de xito la sierra de Burgos y Soria se necesitaban lo menos diez o
doce mil hombres.

Aviraneta saba el fracaso de las tentativas de Roquet y Kellerman en
tiempo de la guerra de la Independencia.

Las excitaciones de curas y frailes animaban a los facciosos, y los
soldados de la Fe, feotas, como les llamaban los liberales, iban
presentndose en el campo. Luchaban con Merino, el Blanco, el Rojo de
Valderas, Caraza, el Gorro, los Leonardos, el Ingls, y comenzaban a
campear aparte Cuevillas, el sombrerero Arija, y otros.

Siguiendo el plan de fraccionamiento de las columnas acordado por el
Empecinado y sus oficiales, se decidi que los coroneles Escario,
Ceruti y el teniente coronel Manzanares recorriesen la parte ms llana
del pas hasta la orilla del Duero, y que en la Sierra operase don Juan
Martn.

Aviraneta qued en Lerma, en el cuartel general.

El fraccionamiento en columnas no consigui hacer que Merino cayese
en ninguna trampa. Conoca el terreno como nadie y contaba con el
paisanaje.

En cambio, el defender los pueblos con guarniciones pequeas produjo
ms de una catstrofe en el campo constitucional. En Salas de los
Infantes, el Cura sorprendi a tropas del regimiento de Sevilla y
estuvo a punto de hacer grandes destrozos en otros pueblos.

Uno de stos fu Tordueles, aldea prxima a Lerma. Se haba dejado
aqu, de guarnicin, cincuenta hombres al mando de un oficial llamado
Juan Jos Allegui.

El da 26 de mayo, a las doce del da, se present Merino delante de
Tordueles y se dispuso a penetrar en esta aldea. Llevaba el Cura una
fuerza de ochenta caballos y otros tantos infantes. Al acercarse al
pueblo abri el fuego, que fu contestado por los soldados de Allegui,
que se retiraron a una casona llamada de los Sevillanos, donde se
dispusieron a pelear hasta el final.

Despus de dos horas de fuego, el Cura intim a Allegui a la rendicin,
y como Allegui le contestara con desprecio, Merino, dejando el pueblo
sitiado, se retir al anochecer a Cebreros.

Allegui, de noche, sali l mismo de la casa de los Sevillanos, habl a
un pastor conocido suyo y le confi una carta para el cuartel general
de Lerma.

El campesino, marchando por veredas, lleg a esta villa y entreg la
misiva a Aviraneta.

Aviraneta se vi en un gran aprieto; no haba apenas fuerzas que enviar
a Londueles. El Empecinado estaba, en aquel momento, camino de Roa,
donde pensaba unirse con el coronel Ceruti. Manzanares se encontraba en
Aranda de Duero.

Aviraneta no poda abandonar a Allegui, y, llamando al jefe de los
nacionales de Lerma para que preparase con su gente la defensa del
pueblo en caso de ataque, reuni treinta hombres del regimiento de
Jan, veinte caballos de Calatrava y diez de Lusitania, y con ellos y
seis mulos cargados de municiones march a Tordueles, donde entr al
amanecer.

Antes haba mandado dos propios, uno al Empecinado y otro a Manzanares,
dicindoles adnde iba.

La entrada en Tordueles no ofreci dificultad. Aviraneta y Allegui,
reunidos, decidieron ensanchar la posicin, para lo cual ocuparon
la manzana en donde estaba enclavada la casona de los Sevillanos, y
fortificaron la puerta de sta con toneles, carros atados unos con
otros y piedras. La seccin de caballos qued en el patio de una
cuadra, que tena una puerta slida y fuerte y que dejaron de modo que
se pudiera abrir y cerrar rpidamente.

Esta cuadra se hallaba comunicada con el resto de la manzana.

Estudiando el terreno, vieron que para defender la entrada de la
casona de los Sevillanos era indispensable ocupar una casucha prxima,
pero que no se hallaba unida a la primera, pues entre ambas haba un
callejn de unos dos metros de ancho.

Esta casucha de adobes se llamaba la casa del Cojo, y tena importancia
porque, desde sus dos ventanas, se poda disparar contra los realistas,
si intentaban el asalto acercndose a la puerta de la casona de los
Sevillanos.

La ventaja se hallaba compensada con el inconveniente de ser la casucha
del Cojo muy fcil de ser tomada.

Para obviar la dificultad, Aviraneta mand deshacer la escalera hasta
el primer piso, en la casa del Cojo, y luego orden que se hiciera un
agujero en la pared del desvn de sta, y otro en el muro espeso de la
de los Sevillanos, de manera que se pudieran comunicar por un puente de
tablas los desvanes de las dos casas.

Los hombres que se quedaran en la casa del Cojo, si llegaban a
verse apurados, pasaran por el puente de tablas a la casona de los
Sevillanos, y despus de pasar se quitara el puente.

Suponiendo que el ataque podra durar varios das, se prepar la
defensa lo mejor posible. Se abrieron agujeros en las paredes del
pajar y en el tejado, y se llevaron piedras y sacos de tierra para
disparar, guarecindose en ellos. En los balcones se colgaron colchones
y jergones.

Por la maana, al amanecer, los de Merino, con fuerzas triples a los
sitiados, atacaron la casa de los Sevillanos y llegaron hasta la
puerta. Mandaban a los facciosos los Leonardos, feroces cabecillas
de Merino, que hacan de verdugos por satisfacer sus inclinaciones
sanguinarias. Al acercarse los feotas, gritaron con furia: Viva la
religin! Viva el rey!

Los de dentro contestaban con el mismo o con mayor entusiasmo: Viva
la Libertad! Viva la Constitucin!

Aviraneta y Allegui dirigieron el fuego, haciendo que no se perdiera un
tiro.

Los encerrados en la casa del Cojo tenan la orden de no disparar
mientras no se les avisase.

El ataque de los Leonardos fu, sin duda, para tantear el terreno. Al
medioda se di otro ataque a la casa de los Sevillanos, dirigido por
el mismo Merino.

Unos cuantos exploradores en guerrilla se acercaron a la explanada de
delante de la casona, e intentaron abrir la puerta a tiros. Cuando
haban formado un gran grupo fueron cogidos por los fuegos de la casa
del Cojo, que les hizo bastantes muertos. Merino, entonces, ocup un
tejado de enfrente y comenz a dirigir los tiros contra la casa del
Cojo.

El fuego se hizo intermitente. Slo se disparaba de un lado y de otro
cuando alguno se decida a dar la cara.

Al anochecer, los absolutistas comenzaron un ataque atrevido contra
la casa del Cojo; rompieron la puerta y entraron en el zagun. Cuando
estaban en esta faena, los treinta jinetes de los constitucionales al
mando de Aviraneta salieron por la puerta de la cuadra a cargar contra
los facciosos.

Los caballos se alinearon en la callejuela, y a la orden de Aviraneta
avanzaron al trote, y luego, al galope. Las herraduras sacaban chispas
de las piedras del suelo. Al desembocar en la encrucijada, Aviraneta,
irguindose en la silla y levantando el sable, grit; Soldados:
Constitucin o Muerte! Viva la Libertad! El pelotn de caballera
dej en un instante la plazoleta limpia, acuchillando, atropellando,
matando. Desde la casa de los Sevillanos, Allegui y los suyos
vitoreaban y aplaudan con entusiasmo.

Tras de esta acometida, ces el fuego, y los realistas se retiraron.
La noche la pasaron los sitiados con la mayor vigilancia, fortificando
algunos puntos, y al amanecer, un parlamentario, con bandera blanca,
se present ante la casa de los Sevillanos. Traa una carta para
Aviraneta. La carta deca as:

  Aviraneta: Me es sensible derramar sangre de cristiano, aunque
  dudo mucho que la vuestra lo sea. Saliste de una; no saldrs de
  otra. Si no haces que toda vuestra gente entregue las armas en
  seguida, seris fusilados en montn.

                                             JERNIMO MERINO.

  La contestacin, luego, luego.

Aviraneta, iracundo, escribi:

  A don Jernimo Merino: Muy seor mo y capelln: Dej escapar
  la otra vez, por compasin, al cura hipcrita que se presentaba
  humilde. Si la sangre de la morralla absolutista es la sangre de
  cristiano, prefiero no tener con ella ms relacin que la necesaria
  para derramarla abundantemente. Somos menos que ustedes, es
  verdad; pero tenemos ms alma. Si se entregan, los trataremos con
  conmiseracin.

                                                   AVIRANETA.

Al da siguiente volvi de nuevo el ataque, con alternativas de avance
y retroceso de los sitiadores; y por la noche stos se apoderaron de la
casa del Cojo.

Al amanecer del da siguiente, un soldado que estaba en una guardilla
de la casa de los Sevillanos de viga vino corriendo a decir que se
acercaban tropas del lado de Lerma. Aviraneta corri a la guardilla y
enarbol su anteojo. Eran las tropas del Empecinado. Estaban a salvo.
Aviraneta y Allegui pensaron en el medio de cortar la retirada a Merino
y a su gente. Se prepar el pelotn de caballera y se abri la puerta
del zagun de la cuadra. Luego todas las fuerzas de Allegui y de
Aviraneta, abandonando la casa de los Sevillanos, se apostaron a la
salida del pueblo por donde Merino tena que pasar.

El Empecinado y los suyos avanzaron despacio. Los de Merino se
dispusieron a defenderse; pero Allegui y Aviraneta les atacaron por la
espalda y les hicieron diez o doce muertos. Los de Merino se dieron a
la fuga y en un momento desaparecieron.

Despus de celebrar la salvacin del peligro en que se haban
encontrado, Aviraneta march a hablar con el Empecinado. Intent
convencerle de que el sistema de dejar guarniciones pequeas en los
pueblos era malo, como el de tener varias columnas, y el general se
decidi a formar solamente dos brigadas que operaran en combinacin.

Mientras esperaban en Tordueles la llegada de Manzanares, se supo
que el Cura Merino haba avanzado, furioso por su derrota, hasta el
Monasterio de Arlanza, sitindolo en seguida. Haba en el antiguo
edificio ruinoso un destacamento del batalln de voluntarios de
Catalua, con su jefe.

Merino les intim la rendicin; pero el oficial, que saba los
procedimientos del Cura, no quiso rendirse hasta que, vindose sin
municiones, se entreg.

Merino los fusil y descuartiz a todos y mand enterrar sus despojos a
orillas del Arlanza.

El Empecinado se indign al saberlo y orden a Salvador Manzanares y a
Aviraneta que redactaran una comunicacin enrgica amenazando con las
represalias.

Esta comunicacin, firmada en el Campo de Fontioso, se mand imprimir
y fijar en los Ayuntamientos y en las esquinas de las casas de los
pueblos de la Sierra. Se titulaba:

Carta de don Juan Martn, el Empecinado, al Cura Merino, con motivo de
la horrenda crueldad que ha usado con los soldados de Catalua.




IV

MERINO SE OCULTA


AL da siguiente de fijar este bando comenz la persecucin de Merino
con las dos columnas combinadas.

El 30 de mayo el Empecinado y Aviraneta salieron de Lerma y recorrieron
el monte de Villoviado. Se hicieron indagaciones sin xito y se pas a
Arlanza.

Se mandaron desenterrar los cadveres de los soldados de Catalua que
estaban cerca del ro, y se los traslad a Covarrubias, donde se les
hizo un entierro solemne.

De Covarrubias, las dos columnas se dirigieron a la Sierra. No haba
rastro del Cura ni de su partida. Se encontr cerca de Hontoria del
Pinar a un tal Rufo, jefe del batalln de la Fe, que marchaba escapado
con cuatro mulos cargados con armas, y se le detuvo.

El Rufo dijo que haba odo decir que el Cura andaba entre Celleruelo
y Roa, y que parte de su tropa estaba guarecida en el monte de la
Ventosilla, cerca de Aranda.

Se fu hacia all y no se encontraron huellas de Merino.

Aviraneta indic al Empecinado los refugios que poda haber escogido
el Cura: Neila, la cueva del Abejn, Covaleda, Clunia, y se dieron
rdenes terminantes para que se registraran estos sitios. Se mandaron
patrullas por toda la Sierra. Nada.

--Hay que entrar en las iglesias y en los conventos--se dijo
Aviraneta--. Es posible que Merino se haya escapado a Francia; pero me
parece ms probable que est aqu, escondido en alguna sacrista, en
alguna torre, en una guarida clerical.

Se dictaron rdenes para registrar iglesias y conventos, pero no dieron
resultado.

Aviraneta desconfiaba de algunos agentes que se enviaban en persecucin
del Cura; deba haber desconfiado de todos; no saba que al mismo
tiempo que se dictaban providencias para descubrirle y prenderle, de
Madrid partan rdenes de Palacio para que no se le buscase. Casi todos
los jueces, escribanos y alcaldes de la Sierra eran partidarios del
rey absoluto, y no haba que hacer en ellos gran presin para que no
inquietasen a Merino.

Por otra parte, la Junta Apostlica de Burgos, que se reuna en casa de
un mayordomo de frailes benitos, trabajaba para invalidar los esfuerzos
de los constitucionales.

Mientras el cabecilla fantasma era buscado activamente por toda la
provincia, el verdadero Cura Merino estaba muy tranquilo acogido a un
convento de monjas de Santa Clara, prximo a su pueblo, a Villoviado.

Por el da se le vesta un hbito de religiosa para que pudiera
pasearse con las hermanas en el huerto, y por la noche se acostaba en
la iglesia, detrs de una estatua de Santa Clara, en el fondo de un
escondrijo, donde haban puesto una camilla.

Es muy posible que de cuando en cuando la superiora obsequiara al viejo
cura, stiro y sanguinario, con alguna monja guapa; pues todas ellas le
consideraban como un santo varn. Es muy posible, pero no consta en los
archivos, que Merino dejara en el convento descendencia mstica.

En vista de que las partidas facciosas haban desaparecido, se
dispuso hacer una excursin de carcter poltico por la provincia. El
gobernador de Burgos, Escario, acompaado de Gonzlez de Navas, el juez
de Arauzo de Miel, de Aviraneta y de algunos oficiales del Empecinado,
recorrieron la provincia.

Los pueblos se encontraban en un estado lastimoso: las calles sucias,
las fuentes cegadas, los caminos deshechos. Las pocas escuelas eran
verdaderas mazmorras, y la viruela reinaba en todas partes que era
un horror. Escario ofici al alcalde de Burgos para que enviase un
cirujano provisto de vacuna; pero la gente de los pueblos no quera
vacunarse.

Se hizo una suscripcin voluntaria para plantar rboles en los bordes
de las carreteras, y el jefe poltico, Aviraneta y otros varios dieron
cada uno quinientos reales, y se comenz la plantacin en Arauzo de
Miel; pero los primeros arbolitos puestos fueron en seguida arrancados.

Queriendo dejar un rastro civilizador por el sitio donde pasaban, se
arm tambin un teatro en la sala del Ayuntamiento de Huerta del Rey.
Un oficial, aficionado, pint el teln.

La pintura era cmica, pero llena de intenciones. Una musa con un arpa
en la mano se levantaba entre ruinas y cadenas y, volando por encima
de ellas, marchaba hacia una escalinata verde, vigilada a un lado y a
otro por dos damas: la Libertad, con su gorro frigio, y Espaa, con su
corona y un leoncito amarillo a los pies. Encima haba un medalln con
el retrato de Cervantes, coronado de laurel.

Seguramente, aquel teln hubiera parecido muy malo a un profesional;
pero a los oficiales del Empecinado les pareci una obra maestra.

De Huerta del Rey se baj a Aranda, y despus de pasar unos das aqu,
Aviraneta, con la columna del Empecinado, march a Valladolid. Se
avanz luego a Villalar, donde Aviraneta, por orden del Empecinado,
escribi una proclama ardiente. Esta proclama terminaba diciendo:
Sigamos el ejemplo de los Comuneros de Castilla, que dieron su vida
por las libertades patrias. Soldados, jurad conmigo: Constitucin o
Muerte!




LIBRO QUINTO

ENTRE ARANDA Y MADRID




I

ROSALA Y TERESA


DESPUS de esta campaa contra Merino, Aviraneta dej el ejrcito
y volvi a Aranda de Duero a seguir con sus cargos de regidor, de
subteniente y de comisionado del Crdito Pblico.

Era la primavera de 1821.

Don Eugenio lleg muy de maana a Aranda y se present en casa de
su madre, que, como de costumbre, se haba levantado temprano y se
preparaba a ir a la iglesia.

La madre de Aviraneta segua con su vieja Joshepa Antoni, sin enterarse
gran cosa de lo que ocurra en el pueblo. Siempre con su cofia blanca
en la cabeza y siempre haciendo calceta; para ella, el tiempo estaba
ocupado principalmente por los pares de medias hechos.

El ama y la criada llevaban la misma vida en Madrid, en Irn o
en Aranda; conversaban de lo que poda ocurrir en su pueblo y se
preocupaban poco de lo dems.

Esta limitacin voluntaria le produca a Aviraneta gran asombro.

En la calle, la criada del juez le cont lo ocurrido durante su
ausencia en la familia.

Rosala se haba casado con un propietario rico de Aranda. Teresita
asombraba al pueblo con su saber. Se deca que iba a aprender latn.

Su madre, doa Nona, estaba muy contenta con ella. El juez se
encontraba enfermo; al chico, Juanito, queran hacerle estudiar para
cura.

Aviraneta vea que desde que haba entrado el cura don Vctor la casa
se transformaba. El cura mandaba en rey y seor.

As como haba habido un principio de moda el ao 1820 entre la gente
distinguida, mujeres y hombres, en llamarse liberales y masones, en
1821 se volva a la reaccin religiosa, y los curas empezaban a tener
no slo el mismo, sino mucho ms ascendiente que antes.

Aviraneta pudo hablar un momento a Teresita, y not que las bromas que
dirigi a la muchacha por su ciencia y su beatitud no fueron aceptadas.
Teresita consideraba que cualquier alusin irnica dirigida acerca de
puntos religiosos era horriblemente blasfematoria.

Aviraneta supo que el marido de Rosala era tirnico y usurero, incapaz
de dar un cuarto a nadie y celoso como un turco.

Unos das despus vi a Rosala flaca y triste.

Teresita se iba haciendo cada vez ms religiosa, y empezaba a
considerar que todo poda ser pecado.

Dejando a Teresita, Aviraneta se fu al Ayuntamiento. Frutos San Juan
no apareci por all. Despus de comer, Aviraneta se march a la _Casa
de la Muerta_ y recibi a sus amigos.

Unos das ms tarde estaba charlando con Diamante cuando se present a
verle una muchacha muy bonita.

Esta muchacha quera hablar a solas con Aviraneta.

Aviraneta la conoca de verla en la plaza. Se deca de ella que andaba
en malos pasos, y que era algo ms que novia de Frutos San Juan. Don
Eugenio supuso que vendra a quejarse de algo referente a su amante.

--Vienes a hablar de Frutos?--la dijo.

--S.

--Puedes hablar delante de Diamante. Es un amigo.

La muchacha cont que Frutos la haba seducido y abandonado despus.
La voz pblica haba comenzado a tacharle a ella de ser la querida de
Frutos, y su padre, un hombre severo, le haba dicho varias veces que
si lo que se murmuraba resultaba cierto la echara de casa.

Ella vea que de un momento a otro se iba a averiguar la verdad, y,
buscando una solucin, haba pensado en ir en solicitud de ayuda y de
consejo a casa de Aviraneta. Por qu a casa de Aviraneta y no a otra?

No lo saba.

Sin duda haba credo que el hombre ms revolucionario de Aranda deba
ser tambin el menos severo en asuntos de amor.

Aviraneta qued perplejo al or a la muchacha. La Soledad, as se
llamaba, era una mujer verdaderamente bonita, con los ojos negros y
tristes, la boca pequea y la tez nacarada.

--Y qu piensas hacer?--la dijo Aviraneta.

--No s--replic ella--. Eso vena a preguntarle a usted.

--A m! Si fuera un asunto municipal; pero una cuestin de amor... Le
has hablado a Frutos?

--S.

--Y qu dice?

--Que no tiene nada que ver; que me las arregle como pueda.

--Si quieres--exclam Diamante de pronto--, ahora mismo lo traigo a
Frutos de una oreja y lo pongo ah, a tus pies, para que lo pises.

--No, no--murmur ella--; yo le quiero...

--A ese mequetrefe?... A ese miserable?--grit Diamante--. Yo siento
que no sea un hombre de valor, para matarlo en desafo con mi espada...

--Pero t algo has pensado al venir a verme--dijo Aviraneta a la
muchacha.

--Yo haba pensado marcharme a Madrid.

--Es lo mejor.

--S; pero tengo mucho miedo a ir sola: qu s yo lo que me puede pasar.

--Bueno, yo te acompaar la semana que viene. Mientrastanto, dnde
podra ir a vivir esta chica?

--Que venga a mi casa--dijo Diamante.

--Van a hablar mucho de usted, licenciado.

--Que hablen; me tiene sin cuidado.

--Magdaleno se va a indignar.

--Le romper la cabeza si se atreve a decir nada.

--Bueno, pues si ella quiere, que vaya a vivir a su casa. Y yo le
avisar cundo partimos para Madrid.

Se habl mucho en el pueblo de este asunto; la Soledad, Aviraneta y
Diamante dieron abundantsimo pasto a la murmuracin.

Aviraneta, a quien la situaciones violentas no asustaban, se present
en casa del padre de la Soledad, que era un botero.

El botero, hombre violento e impulsivo, quiso lanzarse contra
Aviraneta; Aviraneta lo calm, le cont la verdad, le dijo que iba a
acompaar a la Sole a Madrid, sin ms objeto que evitar una desgracia
y un escndalo, y el botero y su mujer se amansaron. En la corte, la
muchacha poda ponerse a trabajar, o a servir.

Unos das despus, la Sole y Aviraneta tomaron la diligencia de Madrid.
En el camino, desde Aranda a Buitrago, la muchacha, medio llorando,
cont al revolucionario su vida y sus amores, y coquete un tanto con
l. Desde Buitrago a Lozoyuela, Aviraneta ech un discurso a la Sole,
hablndole de las excelencias de la moral, cosa que ella no entendi
muy bien.

Entre Lozoyuela y Alcobendas merendaron, bebieron un vinillo blanco
que llevaban en la bota, y la Sole se permiti rerse de don Eugenio.

Al llegar a las proximidades de Madrid, Aviraneta estaba perplejo. No
saba qu hacer con la muchacha.

Le dijo que le buscara una casa de huspedes. La Sole pregunt: Para
qu? Aviraneta pens que quiz ella dara la solucin.

Aviraneta baj de la diligencia y fu, como de costumbre, a una casa
de huspedes de la calle Mayor. La Sole le sigui y se instal all.
Aviraneta dijo:

--Indudablemente, es el destino.




II

UNA NUEVA SOCIEDAD


MUCHAS veces Aviraneta decidi ocuparse nicamente de sus asuntos
personales. Pensaba as responder al olvido en que le tena la gente de
Madrid.

Este olvido le irritaba. Haba trabajado tanto como el que ms por el
triunfo de la Constitucin y de la Libertad; expuesto la vida; empleado
parte de su dinero; acudido siempre al primer llamamiento, y, a pesar
de esto, nadie se acordaba de su persona.

Aviraneta vea en todas partes cierta hostilidad en contra suya. Sus
trabajos, sus esfuerzos, su desinters, no se apreciaban, no tenan
valor. Las recompensas saltaban al llegar a l. Se hubiera credo que
alguien tena la constante intencin de anularle, de achicarle.

Los masones no se ocupaban para nada de Aviraneta; ste reciba el
peridico inspirado por ellos, _El Espectador_, y colaboraba en l;
pero jams se les haba ocurrido llamarle para algo.

En Madrid, Aviraneta se enter del proyecto de conspiracin y de la
muerte del Cura Vinuesa en la crcel; de la revolucin de Npoles,
ahogada inmediatamente por los austriacos; de la conspiracin
republicana, fraguada en Mlaga por el aventurero Mendialda, y de los
sucesos a las puertas de Palacio, en que intervinieron los guardias de
Corps.

Aviraneta supona que se seguira conspirando por los absolutistas.
Haba perdido el deseo de intervenir en las intrigas polticas del
momento cuando recibi un aviso, sin firma, citndole en la Fontana de
Oro. Dentro de la carta le enviaban una tarjeta cortada que le servira
de contrasea.

Aviraneta, que se crea harto de complicaciones y de intrigas, pero que
en el fondo estaba deseando meterse en nuevos los, decidi acudir a la
reunin.

La Sole, los das anteriores, le haba pedido que le acompaase y le
enseara Madrid, y don Eugenio hizo de cicerone y la llev tambin
por los barrios en donde haba correteado de chico y haba hecho mil
barbaridades con sus amigos.

Por la noche, despus de cenar con la Sole, Aviraneta se present en la
Fontana de Oro. Estaban all Salvador Manzanares, Flix Meja, Remigio
Morales, Mac-Crohon, Jos Joaqun Mora, Romero Alpuente, el francs
Bessieres, con un amigo suyo apellidado Lobo, el ex fraile Patricio
Moore y dos italianos, uno llamado Gipini, que era dueo del caf de la
Fontana de Oro, y el otro, un cantante de pera, con unos bigotes como
dos escobillones.

Aviraneta se present en la reunin y entreg el trozo de tarjeta, que
coincida con otro que guardaba el cantante italiano.

Aviraneta salud a los conocidos y se sent.

Estaba hablando Mac-Crohon y contaba ancdotas de su amigo el abate
Marchena, que acababa de morir haca poco tiempo.

Entre varias cosas que cont dijo que, durante una poca, Marchena
vivi con un jabal que tena domesticado y que haca dormir a los pies
de su cama.

Un da el jabal, al salir a la escalera, se cay y se le rompieron las
patas. Marchena mand matarlo y di un banquete a sus amigos con la
carne del animal, y despus ley un epitafio en su honor.

Se celebr la humorada del abate, y cuando concluy de hablar
Mac-Crohon, Aviraneta pase la mirada por el grupo del caf como
preguntando por qu le llamaban.

Romero Alpuente tom la palabra y explic el motivo de la llamada.

Romero Alpuente, que se las echaba de Robespierre, era un viejo
ridculo, alto, seco, con la cara arrugada y una estpida sonrisa.

El ciudadano Romero Alpuente usaba patillas cortas, gorro negro
y anteojos de hierro; hablaba de una manera pesada, pedantesca y
montona. Se crea un hombre genial. Sus argumentaciones de patn mixto
de leguleyo asombraban a s mismo.

Al parecer, de Italia, pasando primero por Francia--explic Romero
Alpuente--, haba llegado a Espaa una nueva sociedad secreta llamada
de los Carbonari. Esta sociedad tena menos ritos que la masnica y era
esencialmente poltica. Su objeto era limpiar el bosque de lobos o,
dicho en lenguaje ms claro, acabar con los tiranos. El carbonarismo
comenzaba a avanzar en Espaa; pero la masonera, recelosa de sus
progresos, haba acordado exigir a los masones juramento de no formar
parte de otra sociedad secreta.

Entonces, unos cuantos, encontrando en el carbonarismo un principio de
accin ms til y ms prctico que en la masonera con sus misterios
ridculos, y al mismo tiempo, viendo que su simbolismo de ventas,
barracas y florestas no responda a nada, al menos en Espaa, haban
pensado en aceptar un pensamiento de don Bartolom Jos Gallardo y
formar una sociedad titulada los Comuneros, en donde el simbolismo
fuera ms espaol y caballeresco.

En la proyectada sociedad todo tendra aire guerrero. Las logias y
puntos de reunin se llamaran, segn su importancia, casas fuertes,
torres, fortalezas, etc.

Despus de or la explicacin del proyecto, Aviraneta, con bastante
frialdad, dijo que no le pareca mal, y aadi que, para l, las
palabras y las frmulas simblicas no tenan valor.

--Quines son los que van a afiliarse?--pregunt Aviraneta.

--Por ahora--contest Meja--est Torrijos, Palarea, Ballesteros, Daz
del Moral, Moreno Guerra, el Empecinado, todos nosotros, Regato...

--Regato tambin?

--S.

--Entonces yo no entro en la sociedad.

--Por qu?--pregunt Romero Alpuente.

--Porque tengo la seguridad de que Regato es un hombre vendido a la
polica.

--Engaa a la polica--asegur el viejo Romero Alpuente con una sonrisa
de estupidez senil, mostrando sus dientes podridos.

--Yo tengo la evidencia--contest Aviraneta--de que nos denunci cuando
la conspiracin de Renovales.

No se pusieron de acuerdo. Meja y Morales afirmaron que la mala
opinin que se tena de Regato la haban echado a volar los masones al
saber que ste iba a separarse de ellos. Con tal motivo se enzarzaron
todos en una discusin en que nadie se entenda. Meja y Morales y los
que vivan en Madrid usaban una serie de palabras cuyo significado
exacto que se les prestaba en el momento slo ellos conocan. Hablaron
repetidas veces de pasteleros, renegados, de los del gorro negro,
serviles, servilones, hipcritas, pancistas, fanticos, feotas,
anarquistas, tragalistas, descamisados, anilleros, camarilleros,
moderados, exaltados, afrancesados, verdaderos ciudadanos, nacionales
puros, nacionales sospechosos. Adems se refirieron al seorito, al
marqus, al maestro.

Aquello era un lo que nadie lo entenda.

Despus de la intil discusin se acab quedndose cada uno con su
idea anterior: la mayora, dispuesta a seguir lanzando la Sociedad
de los Comuneros; los dos italianos, Bessieres y Lobo y el ex fraile
Patricio Moore, creyendo ms til el carbonarismo, y Aviraneta,
asegurando que l con Regato no iba a ninguna parte.

Terminada la entrevista, Aviraneta y Manzanares salieron de la Fontana
y fueron a la pastelera de Ceferino, de la calle de Len.

--Amigo Aviraneta--dijo Manzanares--, haces mal en no entrar en esta
nueva sociedad.

--Por?

--Porque hay que ir siempre en compaa de alguien para hacer algo.

--Aunque sea en compaa de granujas?

--S. No te parece que sera mejor un Gobierno de pillos y de granujas
listos que el que tenemos?

--Seguramente. Pero es que estos hombres como Regato no son grandes
pillos que tienen ambicin. Son pilletes que se venden por dos cuartos.
Ah! Si tuviramos un poltico ambicioso e inteligente, aunque fuera un
granuja, yo lo servira con gusto.

--Y yo tambin, siempre que fuera liberal.

--Ah, claro!, condicin indispensable. Necesitbamos un Dantn...;
aunque fuera un Fouch nos bastara.

--Lo malo es que estos hombres no se improvisan. Adems hay que tener
en cuenta--dijo Manzanares--que los pillos, naturalmente, se inclinan a
los Gobiernos fuertes, bien constitudos y bien despticos, porque son
los que pueden dar ms dinero, ms cargos y ms honores.

--Y, claro!--aadi Aviraneta--. Nada hay tan goloso de honores como
un granuja que necesita reforzar la responsabilidad suya, que por
dentro no siente.

--Sabes t quin podra ser nuestro hombre?

--Quin?

--T.

--Bah! No soy bastante granuja para eso.

--Creo que s. Eres un granuja honrado. T no robars para ti; pero t
mandaras asesinar a uno si estorbara al pas.

--Ah, seguramente!

--Nada, nada. T eres el hombre.

--No, no. Me faltan muchas cosas. Primeramente no s hablar; es
decir, no s mentir con efusin. Yo no creo que la oratoria sea una
cosa positiva; me parece un arte que puede tener un valor cuando se
traduce en hechos; pero aqu en Espaa se considera la oratoria como
si tuviera objeto en s misma... La charlatanera triunfa, y yo no soy
charlatn... Para m eso es imposible: decir mentiras o vulgaridades
con calor y entusiasmo est por encima de mis fuerzas. No puedo ser un
farsante.

--Lstima. Porque t tienes madera de poltico.

--T crees?

--S. Sabes t lo que debas hacer?

--Qu?

--Esperar. Orientarte, ver qu marcha lleva esto sin significarte
demasiado. Al mismo tiempo estudiar, dominar una especialidad, irte
preparando.

--Me parece que sera tiempo perdido. Yo creo que no sirvo mas que para
una cosa.

--Para qu?

--Para mandar.

--Tiene gracia! Es posible que hubieras sido un gran ministro de un
tirano, o un secretario de Estado del Papa!

--S; creo que s.

Manzanares se ech a rer. En esto entraron en la pastelera unos
cuantos seores.

--La redaccin de _El Censor_--dijo Manzanares.

Era la junta de abates afrancesados y sus amigos. Estaban Reinoso,
Lista, Hermosilla, Miano, Narganes, Javier de Burgos y otros.

Comenzaron a hablar, burlndose de las necedades y exageraciones de
los exaltados con cierta gracia erudita y clerical. Sobre todo, don
Sebastin Miano se distingua por su crtica satrica.

--Es gente que me molesta!--exclam Manzanares en voz alta--. Si para
valer un poco necesita uno ser un canalla, realmente no se gana en el
cambio. Se burlan de nosotros. Pero qu hacen ellos? Han servido a
Bonaparte; ahora son absolutistas y enemigos de la Constitucin; maana
sern cualquier cosa, si les pagan.

Miano mir a Manzanares con impertinencia, y Salvador dijo:

--Estos clrigos renegados me repugnan. Vmonos!

Dicho esto, Manzanares y Aviraneta salieron de la pastelera.




III

CONFUSIN


AUNQUE sin dar gran importancia al consejo amistoso de Salvador
Manzanares, Aviraneta quiso, durante algn tiempo, tomar el pulso a
Madrid y ver si de la baranda de opiniones de unos y otros se sacaba
algo en limpio.

Pronto pudo ver que no se sacaba nada. La agitacin producida por el
movimiento revolucionario era todava superficial: no llegaba a la
gran masa del pueblo; nicamente la clase media y parte del ejrcito
aceptaban las ideas liberales. Adems, entre stos haba muchos
constitucionales y asiduos asistentes a las logias y a las sociedades
patriticas por motivos de medro personal.

Los directores del movimiento eran todos oradores y de una mentalidad
semejante.

Es indudable que en los perodos polticos de trascendencia de un pas
los tipos representativos se parecen. El momento presta a los hombres
una fisonoma moral casi idntica.

Es que la naturaleza tira en algunas pocas una edicin numerosa de
ejemplares humanos, o es que estos ejemplares existen siempre, pero
no tienen ocasin favorable de desarrollarse mas que en determinadas
circunstancias? No lo sabemos. El caso es que, en este perodo, todos
los tipos salientes estaban cortados por el patrn del militar o del
orador. Cierto que entre ellos haba gente de talento y de inventiva;
pero eran los que tenan menos influencia. Pesaba demasiado la
tradicin y la costumbre, para que las lucubraciones de un poltico
original influyeran en el medio ambiente.

La Revolucin espaola era como un carro pesado tirado por mariposas;
no poda avanzar.

Algunos de los oradores clebres de la poca conocan a fondo las bases
del sistema constitucional; otros muchos hablaban de odas, y sus
discursos tenan el aire de improvisaciones de estudiantes traviesos. A
cada paso se oa citar a Rousseau, a Montesquieu, a Maquiavelo, y los
que no estaban muy seguros de sus citas se defendan hablando de la
Constitucin, cdigo inmortal de las libertades patrias; de la Prensa,
esa palanca del progreso; del ejrcito, brazo defensor de la soberana
nacional, etc., etc.

Los ms jvenes citaban con preferencia a Benjamn Constant y a
Jeremas Bentham, que iban tomando en Espaa una fama inmensa entre los
eruditos y doctrinarios de la poltica liberal.

Con tanta oratoria, ms o menos elocuente, la confusin era completa,
un verdadero caos; haba orador de la Fontana y de la Cruz de Malta que
defenda tesis ultrarrealista, creyendo defender las ultraliberales,
y el pblico, que se tena por liberal, sin poder distinguir unas de
otras, las aplauda con entusiasmo.

Para mayor lo y obscuridad, surga la divisin entre masones y
comuneros, que se dedicaron a desacreditarse mutuamente.

Los comuneros abominaban de los masones, a quienes llamaban pasteleros:

      Aunque se disfracen
    esos pasteleros,
    ya los conocemos.

Los masones acusaban a los comuneros de estar protegidos por los
absolutistas, y de recibir dinero de Fernando y de la Santa Alianza.

Desde el negro profundo al rojo ms subido, haba una porcin de
grupos y sociedades medio pblicas, medio secretas. La primera en las
filas de los feotas era El Angel Exterminador, sociedad absolutista y
teocrtica, que dur hasta la muerte de Fernando VII y que, unas veces
valindose de denuncias y otras por medio de sus hombres, produjo miles
de vctimas. La Concepcin, otra sociedad teocrtica, no lleg a tener
la importancia del Angel Exterminador.

En septiembre de 1825, El Angel Exterminador celebr una gran junta
en el monasterio de Poblet, dirigida por el arzobispo Creux, a la
que asistieron 127 prelados y el vicario general de Barcelona. Esta
junta tena por objeto organizar matanzas de liberales en Catalua.
Segn informe dado a la Audiencia de Barcelona, desde 1823 al 25, El
Angel Exterminador haba producido la muerte de 1.828 liberales en las
posadas y en los caminos. Esta sociedad fu tambin la que provoc el
levantamiento de Jorge Bessieres, en la Alcarria; la de los Agraviados,
en Catalua; la que tendi un lazo a Torrijos y a sus compaeros, por
intermedio del general Gonzlez Moreno, y la que se ali con Calomarde
para traer a Don Carlos.

Despus de los absolutistas clericales de El Angel Exterminador y
de La Concepcin venan los carlistas, en donde los partidarios de
la teocracia pura estaban mezclados con los cortesanos; luego, los
absolutistas fernandinos, y, por ltimo, los absolutistas afrancesados,
que ms tarde inventaron la frase del absolutismo ilustrado.

Entre los constitucionales, los ms tmidos eran los Sabios o los del
Anillo. Estos, que, como los jovellanistas de aos despus, no se sabe
si llegaron a estar constitudos en sociedad o no, queran modificar
la Constitucin, convirtindola en una Carta otorgada por el rey,
suprimiendo la Cmara nica y reemplazndola por dos; tras ellos venan
los liberales moderados, entonces dirigidos por el Gran Oriente, que
eran, en su mayora, masones; luego, los liberales exaltados, entre los
que haba masones y comuneros; por ltimo, estaban algunos comuneros
republicanos y el grupo de los carbonarios, formado por Gipini,
Nepsenti, el ex coronel Latorde y algunos oficiales extranjeros.

Adems de stas se deca que exista una sociedad, dedicada al cultivo
de la pornografa, llamada La Bella Unin. Es muy posible que la tal
sociedad fuera algn alarde de inmoralismo de la poca o una invencin
de los clericales.

Los absolutistas exaltados no tenan, por entonces, peridicos
importantes; publicaban folletos y papeles. Los afrancesados escriban
_El Censor_, redactado por Miano, Lista y Hermosilla, que se dedicaba
a satirizar a masones y a comuneros y a burlarse de los oradores de las
sociedades patriticas.

Miano era un periodista de mucha gracia y de muy mala intencin. Saba
mortificar a una persona sin citarla, como hizo con Alcal Galiano, en
un artculo de _El Censor_, titulado Defensa legal de la borrachera y
de los borrachos.

Don Sebastin era todo un clrigo. Viva con una seora, de la
que tena tres o cuatro hijos. Haba sido masn, afrancesado,
constitucional moderado, apostlico; fu amigo de Soult y de Calomarde
y muri aos despus declarndose en su testamento protestante.

Con grandes relaciones con los hombres de _El Censor_, los
constitucionales tibios publicaban _El Imparcial_ y _El Universal_,
dirigidos por Javier de Burgos.

Los masones tenan _El Espectador_, que escriba San Miguel y Pidal.
_El Espectador_ defenda la poltica de las logias de los ataques de
los absolutistas y acusaba a los peridicos comuneros de exasperar los
nimos y hacer odiosa la libertad de imprenta.

Los comuneros tuvieron, poco despus de fundarse, _El Eco de Padilla_,
y al ltimo, _El Zurriago_ y _La Tercerola_, que atacaban a derecha e
izquierda con procacidades e insultos.

Cada fraccin constitucional tena su color predilecto: los liberales
puros y sin mezcla, el verde; los masones, el azul, y los comuneros, el
morado, que recordaba el color del pendn de Castilla.

De los hombres de la Revolucin ninguno gozaba de completo prestigio.
Argelles, Martnez de la Rosa y Toreno lo haban perdido entre los
exaltados; de Riego se hablaba entre los hombres de orden como de un
botarate incapaz. Se daba como cierto el hecho de que en el teatro,
en Madrid, se haba puesto a cantar desde un palco el _Trgala_.
Otros decan que no haba sido l, sino un ayudante suyo. Aviraneta
no haba conocido a nadie que hubiese presenciado esta escena, y, sin
embargo, la cosa pasaba como cierta, como uno de tantos detalles que
desacreditaban a Riego y lo pintaban como un mequetrefe ridculo.

Liberales y absolutistas vivan en plena demagogia. Unos y otros tenan
que adular al pueblo; unos y otros tenan que escamotear la voluntad
popular a su gusto.

En los dos partidos se sealaban los caracteres de la demagogia
populachera, el dogmatismo fantico, los celos entre las personas y, en
ltimo trmino, el culto a la fuerza militar.

El dogmatismo fantico provena de la falta de benevolencia y de
elasticidad del espaol, los celos entre los hombres del mismo partido,
de la necesidad de lucirse ante la plebe, de la vida histrinica de
los hroes de las masas democrticas y el culto a la fuerza, del
convencimiento de que las palabras y los argumentos no tenan valor mas
que para los ya convencidos.

La Revolucin espaola fatigaba a todo el mundo; los absolutistas no
vean en ella mas que el encono contra la religin; los liberales la
encontraban demasiado torpe.

La gente comenzaba a poner la mirada en los militares. Ballesteros,
Palarea, el Empecinado, O'Donnell, eran los hombres en quienes se
esperaba para dominar la anarqua.

No haba vigilancia alguna con los conspiradores. Aviraneta vea a
Regato conferenciando con Cecilio Corpas, con Freire y con otros
agentes de Quesada y de Ugarte.

Corpas trabajaba al mismo tiempo a favor de los Anilleros y de don
Carlos y se entenda con Regato, que representaba su papel de liberal
exaltado y no produca sospechas entre sus cndidos compaeros.

El oro de la Santa Alianza y de Fernando corra alegremente entre
aquellos pcaros, y Aviraneta se indignaba al ver a sus amigos
liberales tan desorientados y tan idiotas.




IV

OLLOQUI, EL FERRETERO


HABA ido a vivir Aviraneta con la Sole a una casa de huspedes de la
calle Mayor, prxima a la plaza de San Miguel.

La casa poda conocerse por este rtulo misterioso que haba en la
tienda:

                     SALC IC  RA D  FROI AN CANT

Cualquiera hubiera dicho que esta inscripcin era de un idioma de
Oriente o de Occidente, misterioso y obscuro; pero no, el letrero
estaba puesto en castellano, slo que se haban borrado unas cuantas
letras, y quera decir, sencillamente: Salchichera de Froiln Cantos.

A la puerta de la salchichera del tal Froiln colgaban chorizos y
cerdos raspados y embadurnados de pimentn.

Aviraneta vea a sus pies, con la indiferencia de un conquistador,
aquellos cadveres abiertos en canal.

Aviraneta visitaba a su hermana, y con ella sola ir con frecuencia de
tertulia a una ferretera instalada en una planta baja de la calle de
los Estudios.

Era el ferretero un alavs, de Aramayona, llamado Olloqui, que tena
una familia muy numerosa. Olloqui era hombre de unos cuarenta y
tantos aos, tena un hijo ya crecido, que llevaba las cuentas de la
ferretera, y tres hijas, muchachas, a cual ms sonrientes y alegres.
Olloqui era hombre muy entusiasta de su pas; hubiera considerado una
desgracia que sus hijos no supieran hablar vascuence, y a todos los
haba enviado al pueblo a que pasaran largas temporadas.

Las hijas de Olloqui, medio madrileas, medio vascas, tenan un
excelente carcter.

Muchas noches en que Aviraneta iba de tertulia a la ferretera, Olloqui
traa la guitarra y cantaba l y cantaban sus hijas zortzicos.

Que no le preguntaran al ferretero qu opinin poltica tena; l
afirmaba que era cristiano, espaol y vascongado. De aqu no sala.

Para Olloqui, Espaa era una balsa de aceite. Si le contaban que haba
disturbios, l replicaba que todo se arreglara en seguida.

Aviraneta visitaba con mucha frecuencia a Olloqui, para librarse de la
Soledad, que a veces se pona muy pesada.

La Sole era demasiado mujer para Aviraneta; se manifestaba celosa sin
motivo; lloraba, rea, tena remordimientos, se senta pecadora; era
una mujer espectacular. Aviraneta odiaba todo lo que fueran gritos,
lgrimas, tragedia...

Don Eugenio, huyendo de esta pequea vida trgica, sola ir a
refugiarse a la ferretera del alavs. Un da, al salir de la tienda
de Olloqui, se encontr en la calle con el padre de Fermina. El viejo,
medio paraltico, con la cabeza grande, los ojos salientes, los pies
arrastrando y las manos temblorosas, pas delante de l. El recuerdo
de aquellos ojos animados de un sentimiento de venganza le produca a
Aviraneta un gran malestar.

El viejo iba con sus dos satlites: Chatarra y Ezcabarte.
Afortunadamente no le haban visto.

Al da siguiente les volvi a encontrar. Sin duda, vivan por all
cerca, y Aviraneta, que no quera encontrarse con ellos, dej de
acercarse a la ferretera y se fu a Aranda por unos das.

Rosala estaba para dar a luz; Teresita iba hacindose una muchacha
bonita como su hermana, y creciendo en belleza y sabidura.

A principios de 1822 el pas marchaba muy mal; la guerra civil reinaba
en todas partes. En Catalua, Navarra y Castilla se levantaban partidas.

Merino no sala an de su escondrijo, pero se movan sus secuaces en la
sierra de Burgos. En Barbadillo del Mercado haba aparecido una partida
de trescientos hombres dirigida por uno a quien llamaban el Trajinero
de Caraza, y hacia Salas merodeaba un grupo de paisanos mandado por
Isaac el Ballenero.

Aviraneta se hubiera quedado a vivir en Madrid con la Sole, si
el Empecinado no le hubiese llamado para que le acompaase en la
persecucin de las partidas de Aragn y Castilla, capitaneadas por
Capap, Rambla, Chamb, y otros jefes.

La Sole quiso convencer a don Eugenio de que no deba ir a la guerra.

--Podramos vivir tan bien los dos juntos aqu!--le deca.

--S, es verdad--replicaba l--; pero, qu quieres, hija ma!, no hay
ms remedio.

Dejando a la muchacha muy desconsolada, Aviraneta parti para Aragn a
incorporarse a las fuerzas que peleaban contra los facciosos.

La lucha con estas partidas realistas era muy difcil. Empecinado con
sus tropas haca por aquellas tierras el mismo papel que los franceses
durante la guerra de la Independencia; no dispona de buenos guas ni
le daban informes exactos; por el contrario, le engaaban y le hacan
perder el tiempo.

Esta sublevacin de los campos, apoyada desde el Palacio Real de
Madrid, era imposible de vencer si no se le hera en la cabeza.




V

ENTREVISTA CON SAN MIGUEL


EL verano de 1822 todo el mundo tena la evidencia de que el Gobierno
liberal acababa. La esperanza en Riego, presidente entonces de las
Cortes, se desvaneca; el Trapense haba tomado la Seo de Urgel, y la
Regencia absolutista contaba ya con una base de operaciones.

En esto se supo en Espaa lo ocurrido el 7 de julio en la capital. El
Empecinado y Aviraneta se hallaban en Sigenza y decidieron marchar a
la corte unos das despus.

Aviraneta fu a Aranda a visitar a su madre, y a principios de agosto
estaba en Madrid.

La Sole haba presenciado desde el balcn de su casa los jaleos de los
das anteriores, y cont a don Eugenio, con mil detalles, lo sucedido.

La muchacha estaba aterrorizada.

Aviraneta sali en seguida a ver a la gente.

Todava quedaba el entusiasmo por la victoria de los liberales, que
haba hecho borrar durante unos das las divisiones entre masones y
comuneros; pero se iniciaban de nuevo las diferencias.

A mediados de agosto Aviraneta recibi en la calle Mayor la visita de
don Juan Martn.

Quera el Empecinado escribir a don Evaristo San Miguel, alma del nuevo
Ministerio, ofrecindose.

Don Evaristo haba estado siempre muy amable y atento con don Juan
Martn.

Aviraneta escribi a San Miguel, y el ministro contest citando al
Empecinado en su secretara.

Al Ministerio San Miguel se le consideraba masn; el Empecinado
perteneca a la sociedad de los comuneros; pero don Juan pospona las
pequeas enemistades de las sociedades rivales al triunfo de la causa
liberal.

--Bueno, nos presentaremos al ministro--dijo Aviraneta.

--Cundo vamos? Maana?

--S, maana por la maana.

Se citaron al da siguiente delante del Palacio Real y estuvieron los
dos contemplando las ventanas abiertas del edificio.

--Qu har ahora nuestro despreciable soberano?--dijo Aviraneta--. A
quin estar engaando?

--S, yo tambin temo que sea un miserable--repuso el Empecinado--.
Qu chasco nos hemos llevado!

Entraron en el Palacio, y Aviraneta pregunt a un portero por la
Secretara de Estado. Indic el portero dnde se hallaba y siguieron
avanzando.

El Empecinado estaba cohibido.

--No sea usted as, don Juan--le dijo Aviraneta--; usted vale ms que
toda esta gente junta.

Entraron en una antecmara, donde Aviraneta vi a Juan Van-Halen, que
haba venido a Madrid desde Catalua, de parte de Torrijos, a recibir
rdenes del Gobierno.

Al anunciarse el Empecinado y Aviraneta, el ministro les pas
inmediatamente a su despacho y les recibi con gran amabilidad. Era don
Evaristo hombre chiquito, vivo, miope, con un aire de poeta ms que de
militar.

--Tengo verdadero placer en saludar a don Juan Martn en el
Ministerio--dijo--. Ah! No pueden ustedes figurarse lo desagradable
que es ser ministro. No hace uno mas que recibir peticiones,
memoriales... Este es un pas de mendigos.

San Miguel, como todos los militares de carrera, no era amigo de los
guerrilleros, pero haca una excepcin en favor del Empecinado por su
carcter popular. Todos los sublevados del ao 20 eran de carrera; se
tenan a s mismos por cultos y distinguidos, y consideraban a los
guerrilleros como gente levantisca e intrusa en el ejrcito. Ni el
Empecinado, ni Mina, ni Juregui, ni don Toms Snchez se salvaron de
esta animadversin.

Don Evaristo, al ofrecimiento del Empecinado, hecho por boca de
Aviraneta, dijo:

--Puesto que vienen ustedes ambos a ofrecer sus servicios al
Ministerio, permitan ustedes que el Ministerio, representado por m en
este momento, separe los miembros de la Sociedad Empecinado-Aviraneta,
y a cada uno de ustedes d una misin aparte.

--Usted manda--dijo con sencillez el Empecinado.

--A usted, don Juan Martn--dijo don Evaristo--, le enviaremos a Aragn
y a Castilla a luchar contra los facciosos. Ya hablaremos Lpez Baos
y yo, para ver la manera de reforzar las columnas, y ordenaremos a
Zarco del Valle que se aviste con usted, para que los dos obren en
combinacin.

--Est bien. Estoy siempre a las rdenes del Gobierno. Donde me llamen
para defender la Libertad all estar.

--Gracias, don Juan, en nombre de Espaa.

--De m pueden servirse para todo, siempre que sea en bien del pas.

--Gracias! Gracias! Usted, Aviraneta, quiere ir a Pars?

--Si me manda usted, por qu no?

--Bien. Ir usted a Pars en seguida. Se pondr usted al habla con
los liberales y revolucionarios de all. Me dir usted si estn
dispuestos a hacer algo, si tienen fuerza y pueden trabajar contra la
intervencin que Francia piensa ejercer aqu, impulsada por la Santa
Alianza.

--Est bien.

--Si puede usted averiguar qu agentes tienen los absolutistas en
Madrid, me lo comunicar usted.

--Bueno.

--Convendra que enviara usted la correspondencia a algn amigo de la
frontera, y que de la frontera la pasaran a San Sebastin. Aqu la
entregarn al jefe poltico, y ste me la remitir.

--Todo eso se har como usted indica--dijo Aviraneta.

--Bueno; pase usted maana por aqu y le dar el dinero necesario y los
papeles.

--Muy bien.

--Seores, hasta la vista!--exclam el ministro, y tendiendo las dos
manos al mismo tiempo, estrech las de Aviraneta y el Empecinado y
volvi a su trabajo.




LIBRO SEXTO

PARS EN 1822




I

DE MADRID A BIDART


MUCHAS veces Aviraneta se quejaba de no tener una obra que realizar.
El Gobierno le abandonaba, no le haba encomendado nada, no le haba
aceptado como militar. Sin embargo, pensando en su vida no tena
ms remedio que reconocer que cuando se cerraba un camino ante l
inmediatamente se abra otro nuevo.

A pesar de esto, siempre tema que, al cerrarse uno de los caminos, su
vida quedara sin objeto y sin plan.

Aviraneta busc recomendaciones para cumplir bien su misin; Gipini,
el dueo de la Fontana de Oro, le llev a casa de Gaspar Colombi, un
milans que viva en Madrid dedicado a negocios de relojera. Colombi
era carbonario y estaba muy relacionado en Francia e Italia, y pensaba
tambin marchar a Pars.

Colombi y Aviraneta se citaron para una semana despus en Pars, en el
caf Foy, del Palais Royal.

Aviraneta recogi el dinero del Ministerio y advirti a la Sole que se
marchaba.

--A Pars?--pregunt ella.

--S.

--Ah! Yo tambin--dijo ella.

--No digas locuras.

--No, no. Si t vas a Pars, yo voy contigo. A m no me dejas sola.

--Pero eso es absurdo.

--Lo que t quieras; pero si t vas a Pars, yo voy contigo.

Aviraneta, sorprendido de s mismo, cedi. Luego pens que as el viaje
sera ms divertido. Se dispuso que ella marchara un da antes y que se
reunieran en Valladolid.

Aviraneta estuvo en Aranda unos momentos. Fu a ver a su madre, habl
con Teresita y despus con el _Lobo_ y Diamante.

Diamante le dijo que el joven Frutos trabajaba ya descaradamente por
los absolutistas. Diamante estaba deseando que hubiera un alboroto para
trincarlo y fusilarlo sobre la marcha.

Dej Aviraneta Aranda y se reuni con la Sole en Valladolid, y
siguieron los dos a la frontera sin ms obstculos en el camino que el
ser detenidos un momento en Salinas.

La polica oblig a mostrar sus papeles a don Eugenio, por sospechas
de complicidad con don Juan Ignacio de Aizquibel, a quien haban
preso en Escoriaza das antes por organizar en Vitoria un movimiento
anticonstitucional.

La detencin oblig a perder unas horas; mas se pudo recuperarlas
pronto, porque el gobernador puso a la disposicin de Aviraneta y de su
supuesta seora una silla de postas, en la que llegaron en pocas horas
a la frontera.

La Sole iba admirada y encantada de su viaje; los pueblos que se
cruzaban, las casas de posta, las posadas de Castilla, el trgico
desfiladero de Pancorbo, las aldehuelas vascas, los gritos de los
postillones, todo era para ella nuevo y extraordinario.

En Hendaya tomaron asiento en la diligencia francesa hasta Bidart.

En este corto trayecto se encontr Aviraneta sorprendido con un espaol
que pareca navarro, que de cuando en cuando gritaba: Viva el rey!
Viva Dios!

El tal navarro viva en Pamplona. Los pamplonicas son un poco pedantes,
y aqul, que lo era en grado sumo, crea que su grito Viva Dios! era
un hallazgo.

Cuando lo daba miraba a todos los viajeros, como diciendo: Eh! Qu
les parece a ustedes mi adquisicin?

Un francs gordo y mofletudo, con patillas y un sombrero a la Bolvar,
lo contemplaba de cuando en cuando con unos ojos abultados de rodaballo.

Aviraneta se cans de este grito desafiador, y le pregunt al
pamplonica:

--Qu grita usted tanto?

--Grito: Viva Dios! Est mal?

--Pse! No s.

--Cmo que no sabe usted?

--No. Yo no conozco a ese ciudadano.

El pamplonica mir a Aviraneta, asombrado, indignado, en el colmo del
estupor.

Aviraneta cont al francs gordo y apopltico del sombrero a la Bolvar
lo ocurrido, y a ste le hizo una gracia tal, que empez a ponerse rojo
y a rerse con un hipo estruendoso. El navarro, enfurruado, miraba a
Aviraneta y al francs con horror.

El navarro era uno de los milicianos de Pamplona, que haban escapado
de la ciudad despus de un choque que tuvieron con la tropa, en donde
los soldados gritaban: Viva Riego! Viva la Libertad!; y los
milicianos contestaban: Viva el Rey! Viva Dios! De este choque
resultaron veinte muertos y treinta heridos, y la disolucin de la
Milicia Nacional. Aquel navarro era uno de los Viva Dios!, de Pamplona.

Al llegar a Bidart, Aviraneta baj con la Sole de la diligencia, y
dejando a la muchacha en la posada, se dirigi en lnea recta al
casero Iturbide, propiedad de Etchepare.

Etchepare estaba gravemente enfermo de hidropesa. Se encontraba, como
de costumbre, solo en su jardn, envuelto en una manta. Una mujer de
un casero de al lado le llevaba el alimento necesario y le sacaba en
un silln con ruedas a tomar el aire. Etchepare, al ver a Aviraneta,
le pregunt cmo segua la revolucin en Espaa, y escuch con gran
detenimiento lo que le cont su sobrino. Despus oy la explicacin de
los proyectos que Aviraneta llevaba a Francia.

--Y usted, cmo est?--dijo de pronto Eugenio.

--Yo tengo vida para pocos das.

--Bah! No tenga usted aprensin.

--No tengo aprensin; estoy malo, muy malo, y ya que ests aqu y vas a
Pars te voy a hacer un encargo. Llvame hasta casa.

Aviraneta empuj el silln de ruedas y llev a su to hasta la entrada
de la casa, y pas el silln adentro. Etchepare se acerc a una mesa,
sac un paquete, donde escribi algo, y entregndoselo a su sobrino,
dijo:

--Cuando llegues a Pars lleva este paquete a su destino. Ah encima
estn escritas las seas.

--Nada ms?

--Nada ms. Ahora scame de nuevo al jardn.

Aviraneta lo hizo as, y continuaron to y sobrino la conversacin.
Poco despus vino el mdico que visitaba a Etchepare, un viejo mayor
del ejrcito imperial, retirado en Bidart. Aviraneta se despidi de
Etchepare.

--Hasta la vista, to--le dijo.

--Probablemente, si no vienes muy pronto, hasta siempre. Cuando
vuelvas, yo no vivir.

--No diga usted eso.

--Lo vers.

Aviraneta estrech la mano de su to y sali mal impresionado.

El mdico le dijo que, efectivamente, Etchepare tena ya para poco
tiempo.




II

LOS ABSOLUTISTAS DE BAYONA


AL llegar a Bayona, Aviraneta march a la fonda de Francia con la Sole,
y desde all comenz sus gestiones para averiguar lo que ocurra. La
Soledad quera saber cul era la misin de Aviraneta, y don Eugenio se
la explic, y en vista de que ella quera colaborar en sus intrigas,
Aviraneta le envi a varias tiendas donde se hablaba castellano a que
se enterase de lo que se deca. Por la noche, don Eugenio se encerr en
su cuarto y escribi al ministro:

  Amigo S.: Comienzo mis indagaciones en Bayona. Los absolutistas
  espaoles, instalados aqu, trabajan mucho; pero como buenos
  espaoles, se hallan divididos; los ms ilustrados y transigentes
  siguen a Mozo de Rosales (Mataflorida), y los ms clericales, los
  ms puros, como se llaman ellos, van con don Francisco de Egua.

  La Junta Realista, dirigida por Mataflorida y subvencionada por
  Luis XVIII, hace ya mucho tiempo que funciona aqu.

  Con Mataflorida estn Eroles, Podio, Queral, Martn Balmaseda, y
  otros; con Egua, el arzobispo de Tarragona, el obispo de Urgel,
  don Juan Bautista Erro, don Antonio Caldern...

  El partido de Mataflorida es ms culto, razn para que no tenga
  simpatas. Se le acusa a Eroles de estar en relaciones con los
  constitucionales, como Toreno y Martnez de la Rosa. Mataflorida,
  que es el hombre intrigante y activo de siempre, no descansa; segn
  parece, trabaja mucho.

  Morejn, enviado de Fernando, quiso poner de acuerdo a Caldern y
  a Mataflorida; pero no lo consigui, y siguen las dos fracciones
  absolutistas divididas.

  El partido de Egua se dedica a murmurar y a rezar.

  Se dice que Mataflorida asegura que ha estado a punto de ser
  envenenado por sus enemigos en Tolosa de Francia, y se dice tambin
  que a don Pedro Podio se le acusa, con datos, de haber querido
  asesinar a los individuos de la Regencia absolutista en el mismo
  Urgel, proyectando enterrar despus sus restos en los fosos de las
  murallas.

  Cualquiera averigua lo que hay de cierto en todo esto.

  Una de las cosas que aqu se comenta ms es la vida del general don
  Francisco Egua, el clebre viejo manitico, caprichoso y absurdo,
  a quien conocemos por Coletilla.

  El gran Coletilla vive en un cuartito de una pastelera de los
  Arcos, y la pastelera, que es una francesa lagartona, de historia,
  conocida ma, la Delfina, es la que aconseja al general.

  La trastienda de la pastelera se ha convertido en la antecmara de
  Palacio. All Coletilla da audiencia a los absolutistas, asesorado
  por Delfina la pastelera, cosa que a los espaoles que se las echan
  de aristcratas indigna.

  Segn dicen, la pastelera ha convencido al viejo general de que le
  quieren asesinar y de que ella ser un Argos para impedirlo.

  Por lo que oigo, el secretario de Egua, Nez Abreu, no es extrao
  a la maniobra.

  Delfina, la pastelera, ha encontrado una mina en Coletilla; pero la
  ganga mayor la ha pescado Nez Abreu, el ayudante de Coletilla,
  que, segn parece, se beneficia de la pastelera, de la pastelera
  y del dinero del viejo general, que ha recibido, para impulsar la
  causa realista, la friolera de doce millones.

  A pesar de esto, Nez Abreu ha llegado a insultar al general y a
  tratarle de vieja momia.

  Adems de estos dos grupos de que le hablo, hay otros de jefes
  militares que forman rancho aparte. El ms importante es el de
  Quesada, que aspira a anular a los anteriores. Quesada tiene en
  Madrid varios agentes: Cecilio Corpas, Freire y el capelln de las
  Comendadoras de Madrid, un tal Solera, a quienes tienen ustedes que
  echar el guante, si pueden.

  Me dicen que en Madrid, en la calle de la Luna, 12, se renen los
  principales agentes realistas. De paso deban ustedes encargar a la
  polica que hiciera un padrn de sospechosos.

  Otros de los presuntos jefes del absolutismo es el conde de
  Espaa, que en Verona, en donde est, ha inventado un proyecto de
  contrarrevolucin, que, segn dicen, ha sido aprobado por Francia
  y Rusia, y que consiste en que estos pases presten su ayuda a
  Fernando para combatir la Constitucin, a cambio de una parte
  del Per. Don Antonio de Vargas Laguna ha enviado, desde Luca,
  otro plan por el estilo. Tambin quisiera mandar en el cotarro el
  general Longa, aunque nadie le hace mucho caso, y, por ltimo,
  Jorge Bessieres, el de la tentativa republicana de Barcelona, ahora
  convertido al absolutismo, comienza a ser uno de los directores de
  este tinglado realista.

  El Gobierno francs apoya los trabajos de todos e intenta impedir
  que se separen en grupos.

  Constantemente, los absolutistas reciben emisarios de la familia
  real de Francia. Har un mes que estuvo aqu el secretario de la
  Embajada, Eduardo Lagrange, y di en la fonda de San Esteban una
  audiencia a los partidarios de Quesada.

  Con el mismo fin parece que se ha presentado no hace mucho un
  personaje enigmtico, el vizconde de Boisset. Este vizconde se daba
  mucha importancia como aristcrata de gran tono, y vena, segn
  unos, con una misin particular del conde de Artois; segn otros,
  de parte del ministro Villele.

  Por lo que se cuenta, consult con Egua y con su secretario, Nez
  Abreu, y, segn los partidarios de Quesada y de Mataflorida, qued
  convencido de que el general de la pastelera, con sus setenta y
  dos aos, es un viejo _gag_, es decir, un viejo chocho e intil.

  A pesar de las divisiones, el partido absolutista tiene cada vez
  ms importancia, y la gente cree que triunfar, pues, a la corta o
  la larga, los franceses nos declararn la guerra.

  El Gobierno francs da dinero a manos llenas. Segn se dice, los
  oficiales y tropas del Ejrcito de la Fe, preparados para entrar en
  Espaa, cobran sus sueldos religiosamente.

  El cordn sanitario y los lazaretos establecidos en los Pirineos
  Orientales con el pretexto de la fiebre amarilla sirvieron de
  medios de comunicacin entre los absolutistas espaoles y el
  ejrcito francs.

  Ahora, ltimamente, se dice que se han enviado nuevas remesas de
  dinero, y que dentro de unos das Quesada y el Trapense entrarn en
  Espaa.

  Los rumores de guerra con Francia corren constantemente.

  Ha habido da en que se han levantando los puentes levadizos y en
  que la guarnicin de Bayona ha pasado la noche sobre las armas.

  Se dice que se estn enganchando los realistas y que los cnsules
  les dan pasaportes para entrar en Espaa. Se asegura tambin que
  preparan un desembarco en la punta de Socoa, en San Juan de Luz.

  La cuestin de los cnsules deba preocupar al Gobierno espaol;
  el de Bayona es, en poltica, un pastelero; el de Burdeos, un tal
  don Isidoro Montenegro, es uno de los agentes absolutistas ms
  caracterizados.

  Los encargados de defender al pas son los que lo venden. Qu
  vergenza! Qu prueba de incapacidad la nuestra!

                                                             _A._




III

LA CONDESA DE RUPELMONDE


CONCLUDA su misin en Bayona, la Soledad y don Eugenio tomaron de
nuevo la diligencia.

La admiracin de la Sole creca de punto al internarse en Francia. El
viaje por tierra extranjera le pareca un sueo.

Las gentes que tomaban y dejaban la diligencia, los cochecitos con
que se cruzaban en la carretera, los carros de los saltimbanquis, los
gendarmes, las casas con flores, los jardines en donde jugaban unos
nios o un seor gordo regaba, el castillo con sus torres y tejados
puntiagudos y su camino enarenado, el ro o el mar que se vea a los
lejos, todas eran sorpresas para la Sole, todos descubrimientos que
tena que mostrar a don Eugenio.

De noche las impresiones eran para ella tambin admirables. Se llegaba
a algn pueblo; paraba la diligencia en una callejuela tortuosa,
delante de la puerta de una posada llamada el Dragn Azul, las Armas
de Francia o el Buen Caballero; se cruzaba un patio mal iluminado, en
donde se vean galeras, camiones, carrozas, tlburis, montones de heno,
cajas de frutas, de ostras, de pescado seco, banastas de arenques y
barricas de vino, y por una escalera, precedidos de una criada con una
palmatoria en la mano, se llegaba a una galera que daba la vuelta al
patio y se penetraba despus en una sala iluminada con un candelabro, y
una alcoba en el fondo adornada con cortinajes.

--Qu miedo tendra si viniera sola!--exclamaba la Soledad, y el
sentirse protegida era para ella una de sus mayores satisfacciones.

Todo el viaje la muchacha fu as encantada.

Al llegar a Burdeos, Aviraneta se encontr con que uno de sus parientes
de Mjico, don Pedro Pascual de Ibargoyen, se haba instalado all, en
unin de un primo de Aviraneta, llamado Francisco Berroa.

Don Eugenio pregunt a sus parientes qu se hablaba all de poltica
espaola; pero stos no se ocupaban mas que de sus negocios. No pudo
encontrar en Burdeos grandes datos para cumplir la misin que llevaba,
y Aviraneta con la Sole sigui inmediatamente a Pars. Llegaron por la
maana, con un calor sofocante. Tomaron un coche y fueron al hotel de
Embajadores de la calle de Santa Ana.

El amo del hotel era desde antiguo amigo de Aviraneta, y estaba
afiliado a la masonera.

Llev a don Eugenio y a su compaera a un saloncito de lectura, y
despus de hacerles descansar y de charlar un momento con ellos, les
acompa a ver los cuartos.

El hotel era estrecho y estaba repleto; tena una escalera angosta, en
la que se respiraba un vaho de comida y de agua de fregar caliente; en
los rincones, obscuros, haba bujas encendidas.

Aviraneta no quiso quedarse en los pisos bajos y pidi un cuarto en lo
ms alto, adonde no llegaba el tufo de la casa y donde se respiraba un
aire ms limpio.

Hubo que hacer varios cambios, y la Sole y Aviraneta se instalaron,
por fin, en un cuarto bastante grande, en el ltimo piso, con dos
balcones a la calle. La habitacin tena pretensiones de elegante:
estaba tapizada con un papel con dibujos, tena una chimenea de mrmol
y encima de ella un gran espejo dorado. En los balcones haba tiestos
de enredaderas. Desde all arriba se vea un panorama de guardillas y
de tejados, y un bosque de chimeneas de todas clases, de ladrillo, de
barro, de hierro, agrupadas como tubos de rgano, aisladas, torcidas,
derechas, en zig-zag, terminadas en caperuzas, cascos, mitras,
morriones, sombreros de teja, sombreros de obispo y gorros de dormir.

La Sole qued un poco sorprendida de esta vista sobre Pars a vuelo de
pjaro, y comenz a sacar su ropa del bal.

Aviraneta escribi a Gonzlez Arnao y a otros amigos pidindoles hora
para verles.

--Bueno--le dijo a la Sole--; me voy.

--Te vas?

--S; vendr a la hora de comer.

Aviraneta march a dejar en su destino el encargo de Etchepare. Era un
paquete pequeo, cuadrado, envuelto en un papel, con esta direccin:

  A la seora condesa de Rupelmonde.--Calle del Infierno, 23, hotel.

Qu demonio tendra que ver el republicano Etchepare con aquella
condesa?

Aviraneta tom un coche a la puerta de su hotel, cruz el Sena por
el puente de las Artes, y luego, por un laberinto de vas estrechas
y sucias, lleg a una calle prxima al Val de Grace, la calle del
Infierno. Aviraneta pag al cochero, y antes de llamar en el hotel
estuvo contemplando la calle, desierta y abandonada, entre cutre cuyas
piedras nacan manchones de hierba. Mir al reloj: eran las diez y
media. Le pareci que quiz sera demasiado temprano para visitar a una
dama de la aristocracia, y pens en hacer un poco de tiempo, paseando.
Esta calle del Infierno, donde estaba la casa, terminaba en la plaza
d'Enfer, plaza irregular que se continuaba por la barrire d'Enfer.

El barrio aquel era de conventos. A un lado estaba el Val de Grace,
convento de Benedictinas fundado por Ana de Austria; cerca, el convento
de Port Royal, notable por la proteccin que dispensaron las monjas a
los jansenistas; a un paso, las Ursulinas, las _Feuillantines_...

Aviraneta recorri el barrio y se acerc de nuevo al hotel de la calle
del Infierno. Era ste pequeo, de piedra, con dos pabellones de color
negruzco; el tejado, puntiagudo, y las ventanas, sin maderas.

Aviraneta llam; son a lo lejos una campana, y poco despus apareci
un criado viejo, que le pregunt en voz baja qu deseaba. Aviraneta
le explic que traa un encargo para la condesa de parte del seor
Etchepare de Bidart.

--Etchepare... Bidart...--murmur el viejo--. Espere usted un momento.

Entr Aviraneta en el portal, se sent en un banco y esper unos
minutos. Volvi el criado, pasaron una puerta vidriera y subieron una
gran escalera de mrmol, alfombrada en el centro.

El criado hizo pasar a Aviraneta a un saloncito en donde haba una
seora de pelo blanco como la nieve, vestida de luto.

Esta seora, de aire imponente, tena el rostro joven, a pesar de la
blancura del pelo, y la mirada llena de brillo.

--Mi to, el seor Etchepare--dijo Aviraneta--, me manda con este
encargo para usted.

--Ah! Es usted sobrino del seor Etchepare?--pregunt ella dando
muestras de gran sorpresa.

--S, seora.

--Vascofrancs?

--No, seora; soy espaol.

--Un momento.

La seora se acerc a un costurero, sac unas tijeras y abri el
paquetito de Etchepare. Aviraneta, que estaba lleno de curiosidad, vi
que encerraba unos papeles y una miniatura.

La dama se qued contemplndolos absorta.

--No comprendo por qu me manda esto el to de usted--dijo la seora
con voz temblona--. Le pasa algo? Es que est enfermo?

--S, muy enfermo.

--Grave?

--El cree que durar poco, unos das solamente.

--Quin le cuida?

--Una mujer de un casero prximo le lleva la comida y le saca al
jardn. Luego queda solo.

--Pobre amigo!--exclam la condesa--. Sabe usted si se ha
reconciliado con la Iglesia?

--Creo que no, seora.

La dama qued pensativa. Aviraneta di dos pasos para retirarse.

--Espere usted un momento--dijo la condesa--. Necesita usted en Pars
alguien que le gue?

--No, seora. Muchas gracias. Conozco la ciudad.

--Sin embargo, no le perjudicar a usted tener una persona conocida.

--Ah, claro que no!

La condesa toc una campanilla, y apareci el criado viejo.

--Dile al seor abate que venga.

Aviraneta esperaba de pie.

--Sintese usted, caballero--dijo la seora.

Aviraneta se acerc a la mesa y mir la miniatura... La conoca. Era
la que le haba enseado Etchepare haca muchos aos al contarle su
historia.

Al mirar de nuevo a la condesa de Rupelmonde comprendi que era la
sobrina de Guzmn, de la que haba estado enamorado Etchepare en su
juventud.

Pasaron as unos minutos, sentados frente a frente, la seora y
Aviraneta, sin hablarse, hasta que lleg el criado en compaa de un
abate.

La condesa present al abate Dumanoir a Aviraneta; despus dijo que
tena que ausentarse por unos das de Pars, y se despidi.

El abate Dumanoir era un hombre de treinta a cuarenta aos, charlatn,
ceremonioso y muy amigo de dogmatizar.

Tena el aspecto de un hombre del antiguo rgimen, jugaba con un lente
de oro colgado del cuello por una cinta, y usaba una tabaquera de
concha, que llevaba siempre en la mano.

Dumanoir le interrog a Aviraneta acerca de los asuntos de Espaa, y le
llev al jardn de la casa. Este jardn haba sido de mademoiselle la
Valliere; all haba paseado en sus ltimos tiempos la favorita de Luis
XIV.

Dumanoir le mare a Aviraneta a preguntas; quera sonsacarle, saber sus
opiniones polticas.

El fingir que no comprenda bien unas veces y el hacer que no tena
facilidad de expresarse en francs otras, le salvaba de descubrirse
como liberal.

De cuando en cuando, el consejo de Sanguinetti le vena a la memoria.

--Mio caro, studiate la matematica.

Despus de enterarse bien de la poltica espaola, el abate Dumanoir
habl de sus teoras polticas. Era partidario de las doctrinas de
Maistre y de Bonald. El despotismo del Gobierno, segn l, deba estar
por encima de la voluntad de los individuos, y el despotismo de la
Iglesia, por encima de todos los gobiernos.

Aviraneta le dej hablar, y luego le pregunt su opinin acerca de
la posible guerra con Espaa. El abate estaba convencido de que la
intervencin se iba a verificar; pero no dijo los motivos que tena
para creerlo.

Aviraneta invent una ocupacin urgente, se despidi del abate y sali
del hotel.

A la puerta esperaba un coche. Ira la condesa a ver a Etchepare?




IV

TRABAJOS DE LOS ABSOLUTISTAS


AL volver Aviraneta al hotel se encontr a la Sole, que estaba llorando
a mares.

--Qu pasa?--le pregunt.

Realmente, no pasaba nada. La Sole, vindose en el cuarto de un hotel
y en una ciudad desconocida, haba credo lo ms conveniente ponerse a
llorar.

Aviraneta se ri de este llanto, y la Sole le dijo que era muy
desgraciada y que deseaba morirse.

--Bueno--replic don Eugenio--; son las doce y media. Yo tengo que
escribir unas cartas. Te esperar abajo, en el saln de lectura. Te
doy media hora para dejar de llorar, olvidarte de Frutos y de su pelo
rizado, vestirte, ponerte guapa y venir conmigo a comer al restaurante.

La Sole protest; dijo que se acordaba tanto de Frutos como de la luna
y se arregl para hacer su tocado en media hora, y salieron los dos del
hotel. Comieron en la fonda de los Hermanos Provenzales y dieron un
paseo por los bulevares.

La Sole, con su mantilla de casco, tuvo en la calle un gran xito.
Llamaba la atencin all por donde iba.

--Creo que Aranda est quedando a una gran altura--la dijo Aviraneta.

--S; es verdad--contest ella riendo.

La Sole se haba dado cuenta de la expectacin que despertaba, y el
instinto femenino le hizo inventar nuevas armas para exacerbar esta
expectacin.

Aviraneta no poda acompaarla con frecuencia, entregado, como estaba,
a sus investigaciones, y se decidi que la muchacha saliera sola, y que
para volver, si no saba el camino, tomara un coche.

Despus de cenar iban los dos a los cafs y a los teatros, y andaban
por los bulevares y por las calles, estrechas y llenas de gente.

A los pocos das de llegar Aviraneta, escribi al ministro.

  Amigo S.: Estoy comenzando mis trabajos de informacin, que, como
  comprender usted, no son fciles.

  Gonzlez Arnao se muestra pesimista. Me ha dicho que el delegado de
  la Regencia de Urgel, Martn Balmaseda, ha venido hace das a Pars
  con pliegos para la familia real.

  Tuvo una consulta con el conde de Artois y con los duques de Berry
  y de Angulema. Naturalmente, a todos les parece bien que se vaya
  contra esos bandidos espaoles que quieren vivir con el _mnimum de
  frailes_.

  Se sabe que el conde de Artois y su corte del pabelln Marsan
  patrocinan la idea, y con l el partido jesuta y los peridicos
  _La Bandera Blanca_, _La Cuotidiana_, la _Gaceta de Francia_, etc.

  En las consultas de Balmaseda con los polticos no ha habido
  unanimidad; los moderados Villele, Montmorency y Chateaubriand
  se inclinan a que Espaa tenga una Carta al estilo de Francia.
  Consideran que si Toreno, Morillo y Martnez de la Rosa ceden en su
  entusiasmo por las doctrinas liberales, estarn en el fiel de la
  balanza.

  Si existen en Espaa organizados los Anilleros, quiz se intente
  una reaccin en este sentido para traer la Carta con dos cmaras;
  pero creo que los partidarios de esas ideas se han de encontrar
  chasqueados, porque la avalancha absolutista los ha de tragar a
  todos. La gente clerical odia lo mismo, o quiz ms, al liberal
  moderado que al ms rabioso.

  Ugarte anda por Pars intrigando; tiene por aqu centros
  absolutistas franceses, a donde concurre, y est en correspondencia
  en Madrid, con Miano, Corpas y con amigos de Martnez de la Rosa.

  No s qu contubernio afrancesado, apostlico, moderado, preparan.
  Los absolutistas franceses trabajan con un gran entusiasmo por
  la causa clerical espaola. La Sociedad de Beneficencia de los
  Conservadores de la Legitimidad, sociedad jesutica que tiene
  una polica muy bien montada, organiza los Dragones Ligeros del
  Ejrcito de la Fe.

  Muchos aristcratas realistas y vendeanos se preparan para entrar
  en Espaa.

  Esta sociedad de Beneficencia legitimista, ayudada por el partido
  del pabelln Marsan, hace una terrible campaa contra nosotros. Los
  peridicos absolutistas subvencionados por el Gobierno, como la
  _Bandera Blanca_, elogian a los guerrilleros feotas, y la _Foudre_,
  otro peridico clerical, pagado por el Ministerio y escrito por
  saineteros, pintaba hace das al Trapense vestido de fraile, sobre
  una escalera y con un ltigo en la mano, subiendo la muralla de la
  Seo de Urgel y haciendo hur a los liberales.

  La mayora de la gente de posicin es hostil a los espaoles. Creen
  que de un da a otro vamos a colgar al rey y a su familia. Ojal!

  Cierto que los doctrinarios liberales no quieren hablar de guerra,
  y los que se llaman independientes, como Foy, Manuel, Lafayette,
  luchan contra ella; pero no podrn evitarla.

  Por ahora, lo ms importante me parece explorar el nimo de los
  militares. A esto me voy a dedicar durante unos das.

  Ayer comenc mi campaa. Hay en mi hotel un judo francs, Ben
  Assag, que tiene un almacn de vinos en Bayona, en el barrio de
  Saint-Esprit.

  Este judo ha venido a Pars a solicitar del Gobierno una contrata
  para el futuro ejrcito de la Fe, que probablemente nos har la
  guerra. Le he dicho yo que conoca a Basterreche, y el judo me ha
  indicado que Basterreche, a pesar de ser republicano, como diputado
  tiene buenas amistades en el ejrcito, y que podra servirle. El
  judo me ha prometido un tanto por ciento de beneficios si le
  consigo algo; le he acompaado a la calle de Montmartre, 148, donde
  vive Basterreche, a quien he puesto al corriente de la misin que
  tengo, y luego los tres hemos visitado a un general, empleado en el
  Ministerio de la Guerra.

  Este general, que, al parecer, antes tena fama de republicano, nos
  ha hablado como un perfecto monrquico de la fidelidad a sus reyes,
  del respeto a su seor...

  El general ha indicado al judo que vuelva de nuevo para hablar con
  l.

  Basterreche me ha dicho que el alto mando en el ejrcito est
  cortado por este patrn. Todos los oficiales son burcratas y de
  tendencia jesutica y servil.

  De los generales en activo hay poco que esperar. Veremos qu
  piensan los subalternos. Intentar averiguarlo.

                                                             _A._




V

DE LA LOGIA A LA VENTA CARBONARIA


HABA por entonces, como siempre, una colonia de espaoles en Pars,
gente llegada all como los restos de los naufragios a las playas.
Estos nufragos haban echado su ancla en alguno de los negros
callejones de la gran ciudad. La vida de aquellos emigrados era una
vida extraa. Habitaban los ltimos pisos de casuchas hrridas, en
calles estrechas, hmedas y malsanas, en la ms espantosa miseria,
pensando siempre en su pas. De pronto, un da, cambiaba el Gobierno
de Madrid y se encontraban invitados a cenar en un palacio, y poco
despus eran nombrados para ocupar un alto cargo en Espaa o en Cuba, y
entonces su suerte cambiaba como en una comedia de magia.

Este contraste de la extrema miseria con el extremo lujo explicaba
aquella floracin de romanticismo enfermizo de la poca. Todava hace
aos en Pars exista un recuerdo mitigado de este romanticismo con el
nombre de bohemia.

Poco a poco, al desaparecer los contrastes, se ha ido perdiendo
ese sentimiento. El aire, la luz y los rboles han acabado con el
romanticismo all y en todas partes.

Por entonces, muchos de los espaoles que vivan en Pars eran
realistas que esperaban a que se movilizara el Ejrcito de la Fe para
entrar en Espaa.

Aviraneta se reuni con algunos de ellos. Iban al caf Ambroisie del
bulevar Montmartre, y algunos solan comer en un restaurante de la
calle de Petits Champs.

Estos militares realistas no saban nada de cierto de cuanto pasaba en
Espaa; crean que Madrid estaba ardiendo en clubs, y, adems de las
dos sociedades de masones y comuneros, suponan que haba otras muchas:
la Joven Espaa, el Centro Universal, la Santa Hermandad, la de los
Carbonarios, la de los Europeos Reformados.

Aviraneta oy decir que los asesinos del cura Vinuesa haban formado la
Orden de los Caballeros del Martillo, y que estos ciudadanos tenan por
insignia un pequeo martillo de oro pendiente de una cinta, y que se
presentaban con ella por todas partes.

Las cosas que se ignoraban en Madrid se saban en Pars. Claro que todo
era invencin fantstica.

Al sptimo da de estancia en Pars, Aviraneta, que se haba citado
con Gaspar Colombi en el caf Foy, se encontr con l. Colombi era un
milans dedicado a negocios de relojera y afiliado a los Carbonarios.
Aviraneta le explic con detalles la misin que tena del Gobierno, y
Colombi le llev a casa de otro lombardo, llamado Cobianchi, antiguo
ayudante del general Pep, y uno de los _Buon cugino_ de la Venta
Carbonaria de Pars.

Cobianchi viva en este momento en el Faubourg-Poissoniere, y para
despistar a la polica se haca llamar conde de Clermont. Por lo que
dijo Cobianchi, Pep le escriba asiduamente bajo el nombre de Bucelli.

Colombi explic a Cobianchi la misin que tena Aviraneta, y el
ayudante de Pep dijo que hablara a los Buenos-Primos de la Venta
Carbonaria de Pars para que le facilitaran todos los datos necesarios.

Aviraneta di las seas de su casa, y los siguientes das fueron
varias personas a informarle. Entre ellos, los dos hermanos Bonaldi,
cantores de pera, afiliados a los Carbonarios y que llevaban la misin
de fundar _ventas_ en Barcelona; un tal Lugo, antiguo cnsul de Espaa
en Pars, dueo de un caf de un pueblo de los Pirineos, que se ofreca
a servir de intermediario; un tal Prez, espaol, que viva enfrente
del Banco y visitaba mucho a Lafayette, y un seor, Grandmaison,
negociante de la calle de Nuestra Seora de Loreto, que enviaba
paraguas, sombrillas y abanicos a Espaa.

Aviraneta no descuid el presentarse en el Gran Oriente masnico del
rito escocs. Tuvo que pasar por todas las clsicas ceremonias, un
poco cmicas, de la masonera: marchar con los ojos vendados, estar
tendido debajo de una tela negra, sentir las dos hojas puntiagudas de
un comps en el pecho, viajar, arrodillarse, ir de Oriente a Occidente
y pronunciar la palabra del pasado _Milbihg_ y la palabra sagrada _Mac
Benak_.

Despus de estas mojigangas Aviraneta supo que en la logia estaba lo
ms ilustre de Francia: Lamarque, Raspail, Arag, Lafitte, Armand
Carrel...

Como en Pars no haba hostilidad entre masones y carbonarios,
Aviraneta se present en la Venta Carbonaria y fu desde entonces uno
de los Buenos-Primos.




VI

CUGNET DE MONTARLOT


AVIRANETA necesitaba un escribiente para su gran correspondencia, y
pidi uno en la Venta Carbonaria. Le enviaron un viejo italiano, Jos
Pantanelli, que saba el espaol, el francs y el ingls. Pantanelli
era un viejecillo pequeo, de ojos azules y pelo blanco. Era de
Cremona. Estaba afiliado al Carbonarismo; pero no pareca un hombre muy
terrible.

La Sole y l se conocieron y se entendieron muy bien. El viejo era muy
ceremonioso, y llamaba a la muchacha Excelencia. Se contaron mutuamente
su vida, y Pantanelli llev a su nieta al hotel de Embajadores para que
le viera la Soledad.

La Sole tenda hacia el aristocratismo rpidamente; se vesta cada
vez mejor, arreglaba su cuarto con mucho gusto, con las chucheras y
estampas que le compraba don Eugenio, y se iba haciendo una damisela
elegante.

Aviraneta no se fijaba en nada. Estaba en su elemento, en la accin.
Marchaba como un bfalo a travs de las selvas, embriagado por sus
aventuras.

Unos das despus de presentarse en la Venta Carbonaria, Aviraneta
escribi al ministro:

  Amigo S.: Me he enterado de que se encuentra aqu un oficial del
  Imperio, Cugnet de Montarlot, y me he propuesto verle. Cugnet,
  como quiz no ignore usted, ha sido fundador de sociedades secretas
  en Francia y ha dado que hablar ltimamente con una supuesta
  conspiracin tramada por l en Zaragoza hace unos meses. Cugnet,
  ahora, ha ingresado en el Carbonarismo, y por sus colegas he sabido
  que la manera de comunicarse con l es dejarle un recado en casa de
  un administrador de coches de Pars a Saint-Denis, que vive en la
  calle de Saint-Denis, 374.

  Se ha avisado a Cugnet, y por la noche ha venido a verme a casa.

  Me ha dicho lo que ocurri en Zaragoza el ao pasado. Cugnet estaba
  al servicio de algunas sociedades francesas liberales que luego han
  entrado en el Carbonarismo, y haba ideado el plan de formar una
  columna republicana de tres mil hombres con espaoles, franceses y
  napolitanos y entrar con ella en Francia por el Roselln, ocupando
  plazas fuertes y defendindose en stas.

  Cugnet haba pensado en nombrar comandantes a los militares
  extranjeros republicanos refugiados en Espaa: a Nantil, oficial
  de artillera, de talento, que se encontraba en Bilbao; al barn
  Guillermo de Vaudoncourt, que estaba en Valencia; a Delon y a
  Fabvier, que se hallaban en Madrid, y a Pachiarotti, que acababa
  de llegar a Barcelona. Luego de organizar la columna, y en marcha,
  pensaba ofrecer el alto mando al general Riego.

  Los militares franceses consultados escribieron a Cugnet pidindole
  detalles de la empresa, y ste contest que todo iba preparndose y
  que se anunciara el da de la reunin.

  Vaudoncourt, que no tena mucha confianza, escribi a Riego para
  advertirle la precipitacin de Cugnet de Montarlot y rogarle que
  evitase un movimiento prematuro y parcial.

  Le deca que la frontera del Roselln era muy estrecha, obstruda
  de fortalezas, y que no sera fcil batir con pocos hombres las
  guarniciones de Perpin, Bellegarde, Prats de Mollo, Mont Louis,
  Collioure, etc.

  Riego, enlazado con un compromiso con el Gobierno, contest al
  requerimiento que le hicieron diciendo que no sera el primero;
  pero que si se haca el movimiento invasor hacia Francia se unira
  a l.

  Cugnet sigui con sus preparativos; pero vi claramente que no
  tena fuerza ni medios para organizar una columna de tres mil
  hombres, y entonces, abandonando este proyecto y en unin de los
  comuneros, ide el plan de tomar Zaragoza con cuatrocientos hombres
  de infantera y cien de a caballo y proclamar la Repblica. Cugnet
  fu a Madrid, volvi a Zaragoza, habl a todo el mundo de sus
  proyectos, y en esto el jefe poltico Moreda le mand prender.

  Al ir a echarle mano, un patriota le suministr un pasaporte y
  Cugnet se dirigi a Francia, y en el camino de Olorn, entre
  Jaca y Canfranc, le prendieron con cuatro o cinco compaeros
  y le encontraron unas proclamas absurdas, en las que se llama
  generalsimo y presidente del Gran Imperio. Cugnet estuvo unos
  meses en la crcel, volvi a salir y fu al Languedoc.

  Despus de contarme sus aventuras, Cugnet me aseguraba que los
  oficiales franceses le haban denunciado al embajador de Francia
  en Madrid, monsieur de la Garde, y que ste haba comprado al
  gobernador de Zaragoza, Moreda.

  Yo le pregunt:

  --Con qu individuos de la sociedad de los Comuneros se ha
  entendido usted?

  --Con Morales, Romero Alpuente, Moreno Guerra y, sobre todo, con
  Regato, hombres sin tacha.

  --Pues ah tiene usted a los traidores. Esos le han tendido el lazo.

  --De verdad?

  --De verdad.

  --Lo jurara usted?

  --Por lo ms sagrado.

  Y le cont lo que s de Regato y de algunos otros comuneros.

  Cugnet ha dicho que si encuentra a Regato lo matar.

  Cugnet marcha a Espaa un da de estos. Piensa hacer lo posible
  para luchar contra la expedicin francesa. Si entran los franceses
  en Espaa formar una partida. Desde ahora cambiar de nombre, y en
  vez de Cugnet de Montarlot se llamar Carlos de Malsot. Convendra
  que se le protegiera y que la polica no le pusiera ninguna
  dificultad a su paso.

  Un saludo de

                                                             _A_.




VII

LOS CARBONARIOS Y EL COMPLOT DE BELFORT


  AMIGO S.: Se habla mucho en Pars--escriba Aviraneta al
  ministro--de esta nueva sociedad venida de Italia, y que se llama
  la Carboneria, y a sus afiliados los carbonari. La Carboneria tiene
  pocos ritos misteriosos, y a sus logias llama Ventas.

  El objeto de esta sociedad es expulsar a los Borbones y derrotar a
  la Santa Alianza.

  La Alta Venta Carbonaria de Pars pretende ser el centro de los
  liberales de Espaa, de los radicales de Inglaterra, de los
  carbonarios de Italia y de los griegos sublevados contra los
  turcos. Hay comits para favorecer la revolucin griega, espaola e
  italiana, y se intenta formar una Liga latina de los pueblos para
  oponerla a la Santa Alianza. Creo que el Gobierno espaol no debe
  desdear a esta sociedad, sino relacionarse con ella, aunque los
  masones se opongan. Los informes de los carbonari sern buenos, y
  sus hombres, como ms jvenes y decididos que los masones, pueden
  servir de mucho.

  El origen de esta sociedad es un tanto fantstico. Unos suponen
  que procede del tiempo en que los hombres del partido gibelino, de
  Italia, tenan que refugiarse en los bosques; otros aseguran que la
  fund San Tibaldo o Teodobaldo, monje, de Sarrebruck. Los masones
  aseguran que la secta carbonaria es moderna, pues su parte de mitos
  religiosos se inspira en el cristianismo, y no en el judasmo, como
  la masonera.

  Los carbonari, que no han suprimido los mitos simblicos, llaman
  al Gran Oriente, Gran Firmamento; Gran Elegido, al Gran Maestre, y
  tienen sus iluminados y sus venerables. Para ellos, Ausonia es el
  bosque feliz; los corderos son los buenos, y los lobos los tiranos.

  Todo este simbolismo primitivo ha desaparecido en la adaptacin
  francesa.

  El origen de la adaptacin es ste:

  Durante la Restauracin aparecieron en Francia muchas sociedades
  secretas. En su principio, todas eran militares y bonapartistas,
  como formadas por oficiales del Imperio. Luego, ms tarde, estas
  sociedades fueron creciendo con el concurso de paisanos masones,
  partidarios en su mayora de la Repblica.

  En 1820 existan dos sociedades importantes: Los Caballeros de la
  Libertad y los Amigos de la Verdad.

  Tras de una conspiracin tramada por esta ltima, la mayora de sus
  socios escap de Francia, y un oficial llamado Dugied fu a Npoles
  y se hizo carbonario.

  Volvi Dugied a Pars con la idea de que haba que implantar aqu
  el carbonarismo, y habl de esto a todos sus amigos, hasta que los
  convenci.

  Tres jvenes tomaron la iniciativa: un estudiante de Medicina
  apellidado Buchez, hombre tosco y de energa; un periodista, Amando
  Bazard, fundador de la Sociedad Los Amigos de la Verdad, y otro
  muchacho llamado Flotard.

  El 1. de mayo del ao pasado estos tres jvenes se reunan en la
  mesa redonda de una casa de huspedes miserable de la calle de
  Copeau, casa pobre de un barrio de los ms pobres de Pars.

  Se discuti entre los tres amigos la proposicin del oficial Dugied
  y los estatutos de los carbonari italianos que tenan sobre la
  mesa.

  Despus de una larga discusin, se lleg a varios acuerdos, que
  eran stos:

  Primero. Los estatutos de los carbonari italianos no responden ni
  al carcter ni a las inclinaciones de los franceses; por lo tanto,
  hay que cambiarlos.

  Segundo. Al fundar la Carboneria desaparecern todas las sociedades
  de carcter poltico liberal.

  Bazard habl al Consejo administrativo de Los Amigos de la Verdad,
  que se mostr conforme; se escribieron los nuevos estatutos y se
  fund la sociedad. Se suprimi en ella todo carcter mstico.

  Los siete fundadores del carbonarismo en Francia fueron: Bazard,
  Flotard, Buchez, Dugied, Carriol, Joubert y Limperani.

  Los deberes del carbonario francs son: tener un fusil y cincuenta
  cartuchos, estar pronto al sacrificio y obedecer ciegamente a las
  rdenes de jefes desconocidos.

  Las sociedades carbonarias son civiles y militares.

  En la calle, los carbonarios se saludan unos a otros llevando la
  mano a la frente, a la manera militar; luego se cruzan las manos
  sobre la espalda y se quedan en esta actitud hasta que la persona a
  la cual se dirige uno tiende tambin la mano derecha; entonces se
  aprieta fuertemente la mano y despus el antebrazo.

  Los italianos se reconocen diciendo al dar la mano:

  --Fe, Esperanza y Ca... ri... dad...

  La palabra Caridad la dicen recortndola, y en la palma de la mano
  de quien saludan trazan con el pulgar una C y una N.

  Los carbonarios nunca escriben nada; se comunican de viva voz y
  se reconocen por monedas partidas o por tarjetas cortadas de una
  manera irregular.

  Al militar que va a un pueblo de guarnicin se le da un trozo de
  moneda y a la Venta del pueblo se enva otro.

  Una vez constituda la sociedad carbonaria, arraig
  rapidsimamente. En seguida se extendi por los cuarteles y por las
  escuelas.

  Bazard trabaj en Pars y consigui que, ms o menos claramente, se
  afiliaran los generales Lafayette, Lamarque, el diputado Manuel,
  Dupont de l'Eure, el general Thiars. Se comenzaron a pasar revistas
  por la noche, y los afiliados hacan el ejercicio en los desvanes,
  cubiertos de paja.

  Mientras Bazard trabajaba en Pars, Flotard estaba en el Oeste,
  Dugied en Borgoa, Joubert en Alsacia y los dems repartidos por
  Francia.

  Al ao consiguieron cubrir Francia de ventas. La primera
  conspiracin carbonaria se fragu entre los alumnos de Saumur, y
  tena que estallar el 22 de diciembre de 1821. Fracas, y pocos
  das despus, el 1. de enero de 1822, abortaba el complot de
  Belfort.

  La conspiracin sta abort por varias razones: la principal por
  querer poner a la cabeza de gente ardiente y joven hombres viejos y
  experimentados.

  Se tena la tropa comprometida en Belfort, Colmar, Estrasburgo,
  Metz, Epinal y Mulhouse. Haba cinco regimientos completos en la
  conspiracin y varias compaas y batallones de la zona. En la
  lnea del Rhin, las ventas carbonarias tenan cerca de diez mil
  afiliados.

  El movimiento haba de ser por el estilo del nuestro de Cdiz.

  El Comit directivo lo formaban: Lafayette, Manuel, Dupont de
  l'Eure, Voyer d'Argenson, Jackes Koechlin, el general Thiars,
  Merilhou y Chevalier.

  La gente de accin que iban a dirigir la conspiracin eran: entre
  los civiles, Bazard, Flotard, Buchez, Joubert, los pintores Ary
  Scheffer y Horacio Vernet y otros carbonarios; entre los militares
  estaban: el general Dermoncourt, los coroneles Caron, Fabvier,
  Pailhs, y los oficiales de menos graduacin, Rusconi, Roger,
  Armando Carrel, etc.

  La indecisin del Comit director fu una de las causas principales
  del fracaso.

  Caron, el mayor, despus de abortar el movimiento de Belfort, fu
  engaado por la polica.

  El coronel Caron intentaba levantar los regimientos en Colmar.

  Los jefes del ejrcito ordenaron a los oficiales y suboficiales
  que dieran aparentemente odos a las proposiciones revolucionarias
  del coronel. Caron, ilusionado, sali de Colmar con un escuadrn
  de falsos cmplices; fu de pueblo en pueblo descubriendo l mismo
  dnde tena sus amigos, y al ltimo, preso por sus subalternos,
  atado y en una carreta, lo llevaron a Estrasburgo, donde lo
  fusilaron.

  Al mismo tiempo que el complot de Belfort se preparaba una segunda
  conspiracin en Saumur, con fuerzas mandadas por el general Berton
  y por el teniente de artillera Delon. Al saber el fracaso de
  Belfort se pens en abandonar el proyecto; pero Berton, como hombre
  decidido y terco, no quiso cejar. Decidi comenzar el movimiento
  en Thonars, y fu all el 22 de febrero de este ao vestido de
  general, mont a caballo, enarbol la bandera tricolor y, seguido
  de algunos cientos de guardias nacionales, intent entrar en Saumur.

  La tropa le sali al encuentro, y Berton tuvo que dar la orden de
  retirarse a su columna. Todos los cmplices desaparecieron; Berton
  no quiso hacerlo y, descubierto, ha sido preso y ser guillotinado.

  Por esta misma poca se encontraron tarjetas cortadas y otros
  papeles comprometedores a los cuatro sargentos de la Rochela. En su
  proceso se demostr que estaban afiliados al carbonarismo.

  Estos fracasos de Belfort y Saumur tienen mucha importancia para
  nosotros, porque nos privan de fuerzas que podan venir en nuestro
  auxilio. Muchos militares estn en la crcel. Ahora mismo se est
  celebrando el juicio contra el general Berton y la conspiracin
  de Saumur, y el fiscal acusa a los liberales, a Manuel, a Foy y a
  otros de pertenecer a sociedades secretas. Se intenta amedrentarlos.

  Dentro de unos das se va a guillotinar a los cuatro sargentos de
  la Rochela. Los carbonarios dicen que los salvarn, que tendrn
  doscientos mil hombres en las calles de Pars. Ya veremos.

                                                             _A._




VIII

LA AYUDA EXTRANJERA


AL da siguiente de escribir esta carta, Aviraneta, acompaado de uno
de los hermanos Bonaldi, fu a casa de un fondista llamado Rossel, de
la calle de Rivoli. En esta fonda haba vivido, durante algn tiempo,
uno de los jefes carbonarios, Flotard, y segua viviendo todava un
amigo suyo, estudiante de Medicina.

Preguntaron Bonaldi y Aviraneta por l, y les pasaron a un cuartucho
pequeo que daba a un patio, en donde vieron a un hombre todava
joven, pero completamente calvo, que estaba leyendo un libro y que
tena delante una calavera llena de nombres y de rayas azules, sin
duda marcada segn el sistema de Gall. El estudiante escuch lo que le
dijeron, y advirti que haba que llamar a un comisionista que viva
tambin en la casa.

--Este comisionista--dijo el estudiante--tiene la especialidad de que
fecha o nombre que se le dice no se le olvida. Lo cual me choca, porque
no tiene la protuberancia que Gall seala para la memoria.

--Y eso qu importa?--dijo Bonaldi.

--Importa mucho para la ciencia.

--S; pero, en fin, nosotros somos polticos, no entendemos de eso.
Deca usted que tiene una gran memoria.

--S, y como los carbonarios no son amigos de escribir, este muchacho
les serva de libro de seas.

El estudiante llam al comisionista y le explic en pocas palabras el
deseo de Aviraneta. Era el comisionista un joven muy rubio, de aire
insignificante, a pesar de su memoria prodigiosa.

--Si se trata de algo con relacin a Espaa--dijo el comisionista--,
lo sabr Chevalier, coronel de la Guardia Imperial, que vive calle
Saint-Dominique d'Enfer, en el hotel del Escudo de Francia. All le
encontrarn, y si no, vayan ustedes a un taller de planchadoras de la
calle Lourcine, nm. 23, y pregunten ustedes por l.

El estudiante quiso hacerles esperar un momento a Bonaldi y a
Aviraneta, y explicarles por qu el joven comisionista no tena la
protuberancia de la memoria sealada por Gall; pero ellos tenan prisa.

Bonaldi y Aviraneta tomaron un coche y se presentaron en el taller de
planchado de la calle Lourcine.

La calle era sucia y negra, y el taller, obscuro y digno de la calle.
Preguntaron a una mujer gorda por el coronel Chevalier; ella les
pregunt a su vez quin les enviaba; Bonaldi contest que venan de
casa de Flotard, y les pasaron a un secadero de ropa, donde hablaban
dos hombres; el uno era el coronel Chevalier, de la Guardia Imperial,
hombre alto, buen mozo; el otro, el coronel Dentzel, un seor bajito,
rubio y cano.

Bonaldi, con cierta ceremonia teatral de italiano y de cmico, hizo las
presentaciones y explic la misin que llevaba Aviraneta del Gobierno
espaol.

Chevalier no conoca nada de asuntos relacionados con Espaa. Dentzel
saba algo por haber odo hablar en casa del general Schramm, donde
se reunan los generales Esteve y Solignac, pues se discuta all la
posibilidad de un movimiento en defensa de los liberales espaoles.
Tambin haba odo decir que el ex coronel Bourbaki, despus de
avistarse con el embajador de Espaa, el duque de San Lorenzo, iba a
salir de Pars hacia Navarra.

El coronel Dentzel dijo que sus datos eran muy vagos, pero que no
tena otros. Luego, despus, record que haba un miniaturista espaol
llamado Pastor, muy relacionado con Lafayette, que viva en la calle
Bergere, y aadi que quiz ste supiera algo.

Salieron del secadero del taller de plancha, y Bonaldi y Aviraneta
volvieron a la otra orilla.

El miniaturista Pastor tena un estudio muy pobre. Era un hombre
afeitado, flaco, alto, con unos anteojos de lentes gruesos, vestido de
negro, lleno de manchas.

Este miniaturista, a creerle a l, lo saba todo; hablaba en tono de
confidencia y de misterio. Su conversacin era un continuo aparte.
Seguramente, cuando este hombre iba a las tiendas de comestibles, deca
al dueo: En confianza, que no nos oiga nadie. Deme usted una libra de
queso.

Pastor dijo que se haban visto en Pars en la semana pasada los
generales Lafayette, Foy, Clausel, Lamarque y el coronel Fabvier para
tratar asuntos de Espaa. El general Lamarque haba estado con su mujer
en el hotel de Estrasburgo, de la calle de Richelieu.

--Y se va a hacer algo?--pregunt Aviraneta.

--Claro que s. Se organizar una legin francesa en Zaragoza y una
legin inglesa en Galicia; las tropas francesas estarn mandadas por
los generales Gourgaud, Carnot y Lallemand, y las inglesas, por sir
Roberto Wilson.

--Esto se dice. La cuestin es que se pueda hacerlo--dijo Aviraneta.

--Por otro lado, Pep est en relaciones con Lafayette--sigui diciendo
Pastor--. Le escribe firmando miss Wright, y la intermediaria es la
seora Hutchison, que vive en la calle de Clichy, 28.

--Y qu puede hacer Pep?

--Organizar una legin italiana. Fabvier tambin est con nosotros.
Fabvier, con el nombre de Cabillo Torres, ha escrito varias cartas
al banquero Haguerman, desde Barcelona, explicando a Lafayette la
situacin. Fabvier va otra vez a Espaa, desde Londres, con una mujer
que toma el nombre de Sorting, y que es una criada de lady Holland.
Ahora Fabvier est en Pars.

--S. Fabvier estar con nosotros y Pep y algunos otros; pero son
hombres, no batalladores--dijo Aviraneta.

A Pastor pareca preocuparle poco la realidad de lo que contaba. Le
bastaba con hablar y entusiasmarse.

--El que va a venir con fuerzas perfectamente equipadas es el gran sir
Roberto Thomas Wilson. Wilson es de ideas republicanas, diputado de
la Cmara de los Comunes; est en Pars en el hotel de Londres, de la
plaza de Vendome.

--Pero trae gente?

--S, le acompaan Antonio Adolfo Marbot, hijo del general Marbot;
John Braandon y John Hickes, radicales ingleses, y dos carbonarios
italianos, Santini y Rossi.

--Los conozco--dijo Bonaldi.

--Por ltimo--exclam Pastor--, tengo una noticia importantsima.

--Y es?

--Que los liberales franceses van a enviar a Benjamn Constant a Espaa.

De la charlatanera del miniaturista, Aviraneta qued convencido de que
no saba nada, probablemente porque no haba tampoco nada preparado.




IX

LA SOLEDAD


LA situacin entre la Sole y Aviraneta iba hacindose cada da ms
extraa. Aviraneta se entenda bien con ella; pero su vida era tan
agitada y movida, que no tena apenas tiempo de hablarla.

La Sole, por su parte, era muy mimosa, y necesitaba que alguien se
ocupara constantemente de ella.

Don Eugenio defraudaba sus esperanzas; la dejaba sola durante largo
tiempo; si ella le hablaba, l sonrea distradamente, siempre pensando
en sus enredos polticos.

La Sole hubiera llegado a querer a Aviraneta si ste hubiese sido como
las dems personas; pero don Eugenio no paraba en nada: su imaginacin
estaba siempre en movimiento.

La Sole comenz a unir la desilusin de no atraer al hombre con quien
viva con el miedo.

Al principio, no; pero poco despus comenzaron a presentarse en el
hotel tipos de malas trazas a preguntar por Aviraneta. Eran de la
polica. Algunos no se contentaron con hacer preguntas al portero, sino
que fueron a interrogar a la Soledad.

La muchacha qued aterrada.

El jefe de aquellos hombres era uno a quien Pantanelli llamaba el
Espin, y la Soledad, tambin, creyendo que ste sera su nombre.
El Espin era un tunante de unos cuarenta aos, fuerte y rojo. Tena
la cara irnica y juanetuda, los ojos hundidos y las patillas rojas.
Vesta levita larga, chaleco negro, corbata de muchas vueltas y
sombrero de copa de alas anchas, a la Bolvar. Gastaba un garrote,
sobre el que se apoyaba en una actitud cnica y desafiadora. A las
rdenes del Espin andaban dos hombres que, segn dijo el mozo del
hotel, eran dos finos sabuesos de la polica: el padre Chicard y
Gargouille.

El padre Chicard era un viejo plido y muy pequeo, tan rapado, que
no tena apenas cuerpo. Vesta una hopalanda desteida y andaba
deslizndose como una sombra. El padre Chicard sola estar tan
ensimismado, que nadie le hubiera tomado por un espa. A veces su
mirada se iluminaba con una sonrisa irnica y aguda.

Gargouille era un pequeo monstruo: tena una cara de stiro alegre y
cmica, una nariz como una trompeta, por encima de la cual se pasaba
los dedos como para quitarla el polvo o espantar una mosca, y un paso
grotesco, como el de los cmicos de melodrama y los cantantes de pera.

El padre Chicard y Gargouille solan estar los dos en frente del hotel
de Embajadores a la puerta de una casquera, en la que haba unas
cabezas de ternera muy plidas y melanclicas en el escaparate.

Un da se present un joven rubio, elegante, que saba algo de
espaol. Este joven era secretario del Ministerio del Interior, y tuvo
una conferencia con la Sole. El joven le dijo que Aviraneta era un
carbonario, que tena una misin secreta y espantosa; que lo mejor que
poda hacer era abandonarle. La Sole se ech a temblar.

--Qu voy a hacer yo, Dios mo!--dijo llorando.

--Una mujer tan bonita como usted siempre encontrar quien la ofrezca,
no una morada, sino un trono--le dijo el joven.

La Sole le mir por entre sus lgrimas y no contest.

Al despedirse, el joven dej su tarjeta, en donde Soledad pudo leer:

                         EL MARQUS DE VIEUZAC

El marqus pidi a la Soledad permiso para escribirla, y la Sole se lo
concedi.

El saber que Aviraneta era un bandido no aminor en nada la simpata
que tena por l la Soledad.

Esta no le habl de la visita del marqus, empleado en el Ministerio;
le dijo nicamente que haba gente que preguntaba por l en la portera
y que le espiaba.

--La gente de la calle de Jerusaln--dijo Aviraneta, como si el hecho
no tuviera importancia.

--Quin es esa gente?

--La polica--contest l con indiferencia.

La Sole quiso convencerle de que deba dejar los asuntos tenebrosos en
que estaba metido, y Aviraneta escuch estas palabras rindose.

--No tengas miedo; ya dentro de unos das nos volveremos a Espaa--dijo.

--Y por qu no en seguida?

--Hay que esperar hasta el veintiuno de septiembre.

--Para qu?

--Porque ese da van a ejecutar a cuatro sargentos, y nosotros los
vamos a salvar.

--Quines sois vosotros?

--Nosotros, los revolucionarios.

La Soledad comenz a llorar, pidiendo a Aviraneta que no se mezclara en
estos asuntos, porque le iban a cortar la cabeza. Aviraneta se ri y
tranquiliz a la muchacha.

Unos das despus volvieron los de la polica y pasaron largo tiempo en
el portal.

Aviraneta no quera encontrarse con ellos, y le dijo a la Sole que,
cuando estuvieran los hombres de la calle de Jerusaln en acecho, atara
un pauelo blanco en el hierro del balcn. Entonces l le mandara un
aviso dicindole en dnde le poda encontrar.

Si en vez de esperarle nada ms los de la polica, queran prenderle,
la Soledad pondra un pauelo rojo, y en seguida escribira una carta
dicindole lo que pasaba a la librera de Eymery, y la enviara por el
mozo del hotel.

La Soledad tena mucho miedo al Espin y a los hombres de la calle de
Jerusaln; pero prometi hacer las seales que le peda don Eugenio.

Un da Aviraneta se enter por el dueo de la fonda que el joven rubio
entraba en su cuarto. Un domingo por la maana, en que Soledad se
preparaba para ir a misa, Aviraneta se hizo el dormido, y cuando se
fu la muchacha salt de la cama, abri con el cortaplumas un armario
donde ella tena su ropa y encontr dos cartas del marqus de Vieuzac.
En una de ellas el marqus le haca grandes protestas de amor; en la
otra le deca que no tuviera miedo a Aviraneta, porque si ella quera,
l contaba con medios para prenderle, formarle un proceso y enviarle
deportado para siempre.

Aviraneta castaete los dedos, y murmur:

--Diablo!

Don Eugenio esper a que volviera la muchacha, para tener una
explicacin con ella.

Entr la Soledad una hora despus, y Aviraneta le dijo lo que haba
descubierto. Ella, llorando, le confes que era verdad; pero que no le
quera al marqus; que lo que estaba deseando era volver cuanto antes a
Espaa, y que l dejara aquellos asuntos polticos tan peligrosos.




X

LTIMA CARTA


DOS das despus, Aviraneta escriba al ministro:

  Amigo S.:

  He seguido todas las pistas que me han indicado. Estoy convencido
  de que no hay nada serio organizado en Pars a nuestro favor.

  Se podrn contar con los dedos los hombres que vayan voluntarios a
  Espaa; no llegarn a mil. Todas las Ventas carbonarias de Francia
  excitan a que se hagan suscripciones y alistamientos; pero esto, si
  marcha, marcha muy despacio.

  Convendra respetar las Ventas carbonarias de Espaa, por pequeas
  que sean, para que puedan servir de punto de reunin de los
  liberales y extranjeros.

  No s cuntas hay; me han dicho que Guillermo Pep, a su paso por
  Espaa, ha fundado algunas.

  Como le digo a usted, no hay nada serio; todos son Se dice...

  Se dice que el Ejrcito francs no tiene entusiasmo por servir a la
  Santa Alianza.

  Se dice que no encontrar dinero para hacer la guerra.

  Se dice que se mandarn banderas tricolores al Ejrcito
  constitucional espaol y que se pasarn los franceses.

  Se dice que el banquero Lafitte dar dinero para formar una
  divisin, que mandar Lafayette.

  Se dice que a mediados de otoo Espaa habr organizado un ejrcito
  de ciento ochenta mil hombres para oponerse a los franceses, el
  cual llevar por vanguardia una legin francesa con la bandera
  tricolor, y que esta legin estar mandada por el prncipe Eugenio
  de Beauharnais.

  Se dice que el general Foy est en relacin con los espaoles, y
  que la Lamarque se ha ofrecido a Mina.

  No me parece esto fcil, porque Foy y Lamarque dejaron en Espaa un
  recuerdo de violencias y crueldades difcil de borrar.

  De estos proyectos podra ser importante el que Lafayette viniese a
  Espaa a luchar contra la Santa Alianza; pero dudo que lo haga.

  Irn solamente los exaltados: Wilson, Fabvier, Caron, Cugnet de
  Montarlot, Armando Carrel, y no podrn hacer gran cosa.

  Algunos estn ya en camino; van por Perpin a luchar en Catalua
  con Mina, en la legin extranjera de Pachiarotti. Entre los
  franceses van Carrel, Joubert y otros del complot de Belfort.

  Entre los italianos marchan el general Regis, el teniente coronel
  Ansaldi y el oficial Sormami, alistados como soldados; otros se
  incorporarn en Gerona con el coronel Olini. El general Rossaroll,
  que fu el ltimo que defendi la Constitucin napolitana en
  Mesina, debe estar tambin en Barcelona. No hay organizacin
  liberal fuerte; la masa no responde; la Francia republicana est en
  un perodo de cansancio.

  En cambio, los realistas se encuentran en un momento de entusiasmo.
  La Junta catlica de Espaa y el partido jesutico de Francia
  organizan en Pars, Burdeos y Bayona escuadrones de caballera.
  Todo un regimiento de Dragones para el Ejrcito de la Fe va a
  salir de sus manos. El Gobierno francs prepara la guerra para
  corto plazo. Se estn llevando bateras de Metz, de Estrasburgo y
  de Valencia del Rdano a la frontera. Los generales y oficiales
  piden mandos en las fuerzas de los Pirineos. No ser para acabar
  con la fiebre amarilla de Barcelona.

  Parece que un poltico francs ha dicho: Estamos colocados en la
  alternativa de atacar a la Revolucin espaola en los Pirineos o de
  ir a defenderla en las fronteras del Norte.

  La eleccin para ellos no es dudosa. Estn en contra nuestra
  todas las clases privilegiadas de Europa, y desean que Francia,
  el pas de la Revolucin, sea el que d el golpe de gracia a la
  libertad espaola. As Francia se purifica ante la Santa Alianza
  y se le perdona haber jugado con la cabeza de Luis XVI y de Mara
  Antonieta. Probablemente, del Congreso que ha de tener en Verona la
  Santa Alianza saldr la guerra contra Espaa.

  Muchos esperan que falte dinero a ltima hora para la expedicin y
  que no se pueda realizar.

  He hablado con un militar francs; es liberal templado y no est
  afiliado a ninguna sociedad secreta. Me ha dicho esto:

    --Creer, como creen algunos liberales cndidos, que si el
    Gobierno francs manda sus tropas a Espaa, los liberales y
    republicanos harn la Revolucin, es una tontera. Ni el ejrcito
    se negar a entrar en Espaa, ni los revolucionarios intentarn
    nada. El ejrcito francs actual es un ejrcito de gente joven,
    en el que la inmensa mayora no ha hecho las campaas de
    Napolen. Los viejos del Imperio resellados estn mostrndose ms
    cortesanos que los nuevos. Nuestra generacin es una generacin
    tranquila, burocrtica, de las que vienen despus del cansancio
    de las grandes convulsiones. Lo que se le ordene lo cumplir,
    quiz sin entusiasmo, pero lo cumplir.

  Mi opinin es la misma. Creo que los liberales franceses no harn
  nada, o casi nada; tienen fuerza para un complot, pero no para
  organizar batallones, y menos para una Revolucin.

  Creo que la guerra viene de prisa, y que el ejrcito francs,
  perfectamente organizado como est, se nos echa encima. Algunos
  espaoles de aqu dicen: Mejor era el ejrcito de Napolen, y lo
  vencimos.

  Primeramente, nosotros no vencimos solos a Napolen, sino con ayuda
  de los ingleses; despus, esto nos cost la ruina del pas, y, por
  ltimo, entonces los espaoles ramos un solo cuerpo, absolutistas
  y no absolutistas unidos; hoy no tendremos los miles de hombres de
  Wllington, y, lo que es peor, estamos desunidos; los liberales
  somos la minora, y el pas entero est contra nosotros.

  Creo que los absolutistas espaoles, ayudados por el dinero
  francs, van a poder organizar fuerzas enormes de guerrilleros;
  quiz cincuenta o sesenta mil hombres; quiz ms.

  El ejrcito constitucional luchar con un ejrcito poderoso, como
  el francs, y contra las partidas absolutistas espaolas, que sern
  casi todo el grueso de las guerrillas de la Independencia.

  Yo, si fuera Gobierno, sabe usted lo que hara? Perdone usted que
  exponga mi opinin. Pues comenzara, desde ahora, a arreglar las
  murallas de Cdiz y a artillar bien los alrededores. Si la guerra
  estallara inmediatamente, cogera al Rey y lo llevara all. Luego
  amontonara en Cdiz la tropa ms segura, dejando abiertas las
  dems ciudades. Y defendera Cdiz durante seis meses o un ao, y
  si la cosa sala mal, cogera a nuestro repugnante Soberano y lo
  mandara ahorcar.

  Me vuelvo a Espaa dentro de unos das, porque creo que no tengo ya
  nada que hacer aqu.

                                                             _A._




XI

LOS SARGENTOS DE LA ROCHELA


AVIRANETA haba aplazado la marcha a Espaa al recibir aviso de la Alta
Venta Carbonaria, de Pars, para que se quedara.

Iban a ejecutar a los cuatro sargentos de la Rochela, y el Comit
director necesitaba todos los hombres de buena voluntad para intentar
salvarlos.

Se haba pensado en sobornar al encargado de su custodia, y ste peda
sesenta mil francos.

Al saberlo se hizo una suscripcin, que encabez Lafayette; se
reunieron los sesenta mil francos, y en el momento mismo en que los
agentes carbonarios entregaban el dinero al vigilante de la crcel
fueron sorprendidos por la polica.

Entonces el Comit director decidi salvar a los sargentos a viva
fuerza cuando los llevaran al patbulo.

El jefe de la intentona deba ser el barn de Fabvier. Aviraneta fu
invitado a marchar en el grupo con el barn.

Era Fabvier hombre de mediana estatura, fuerte, gil, atrevido y
rpido; iba afeitado completamente; tena la cara redonda y muy
expresiva y pareca un actor.

Era Fabvier uno de los aventureros romnticos de la poca; haba
sido en Ispahan el amigo del sh de Persia y el instructor de sus
tropas: haba peleado en Espaa a las rdenes de Marmont; conspir en
Francia contra los Borbones, y se distingui despus en la lucha de la
independencia de Grecia.

Se citaron los carbonarios por la maana, delante del reloj de
la Conserjera. Haban sido trasladados a esta crcel los cuatro
sargentos. Se deca que conservaban la serenidad y que estaban
convencidos de que el pueblo los salvara.

Aviraneta se present armado con dos pistolas y un bastn de estoque a
la hora de la cita, y form en el Estado Mayor de Fabvier.

Algunos grupos de carbonarios se vean en medio de la bruma y se
distinguan por sus pauelos rojos anudados al cuello.

Al amanecer sali la carreta del muelle del reloj, y, atravesando el
ro, tom la direccin hacia la plaza de la Greve, seguida de una
enorme masa compacta.

El tiempo estaba brumoso y obscuro; las tiendas, cerradas.

Fabvier comenz a dar rdenes a sus lugartenientes, mandndoles que
al entrar en el puente rodearan la carreta de los condenados, y
al conseguirlo, dieran un silbido. En el mismo instante todos los
carbonarios se enredaran a pualadas y a tiros con los soldados y
gendarmes, se confundira a los reos con la multitud, se les pondra
trajes prestados y se les hara escapar.

Si hubieran podido mirar desde arriba, a vista de pjaro, hubiesen
notado que a los lados de la carreta de las vctimas no se abra la
masa de gente en un surco, sino que, acompaando al carro, iba un grupo
compacto de hombres.

Los condenados miraban con anhelo a aquella multitud, de la que
esperaban la salvacin. Los cuatro eran jvenes. Se deca que el mayor
no tena ms de veinticinco aos.

Al llegar la carreta al puente, la masa hizo que el cortejo fuera ms
despacio. Grupos de carbonarios de ocho o diez, a quienes se conoca
por su tipo, avanzaban entre la gente como una cua.

Fabvier esper el movimiento ordenado por l; pero no se verific.

--Vamos nosotros--dijo el barn a Aviraneta y a otros amigos.

Empujando a derecha e izquierda, metiendo los codos entre la masa, los
treinta o cuarenta hombres, dirigidos por el barn, se acercaron a la
carreta. Intentaron luego aproximarse a ella; fu imposible.

Ms de trescientos gendarmes, vestidos de paisano, formaban un ncleo
impenetrable alrededor del carro. Varios carbonarios que intentaron
incrustarse en el grupo de gendarmes fueron hechos prisioneros.

--Estamos perdidos--murmur Fabvier con angustia--; han tomado sus
disposiciones mejor que nosotros. Vamos a ver si reunimos toda nuestra
gente en la plaza de la Greve y atacamos all.

--Convendra que alarmaran por el otro lado de la plaza para que nos
lanzsemos nosotros en la confusin--dijo Aviraneta.

--S; estara bien.

Fabvier llam a un joven y le orden que un grupo de carbonarios
marchara corriendo hacia el otro lado de la plaza de la Greve, y que,
reunidos, gritaran: Viva la Carta! Viva la Repblica!, con el
objeto de atraer hacia ellos los gendarmes.

El joven sali de prisa; Fabvier se qued solo con Aviraneta, marchando
ambos detrs de la comitiva.

La orden de Fabvier era formarse en dos grupos en la plaza de la Greve
y atacar inmediatamente a la tropa.

--Cuntos hombres cree usted que habr?--pregunt Aviraneta.

--Se han comprometido doce mil. Yo espero que habr seis mil, tres
mil...

Aviraneta y Fabvier marcharon despacio entre la multitud, hasta
desembocar en la plaza de la Greve.

El cortejo de los condenados iba avanzando por la plaza y acercndose
al lugar de la ejecucin. Sobre las cabezas de la multitud se vea
la guillotina y la cuchilla, que brillaba plidamente a la luz de la
maana.

Fabvier y Aviraneta quedaron asombrados al entrar en la plaza. En el
punto indicado por el barn haba hasta setenta u ochenta hombres
afiliados a la Venta Carbonaria. Los dems haban desaparecido.

Fabvier y Aviraneta se unieron a ellos.

A pesar de su corto nmero, estaban todos dispuestos a intentar un
ataque a la desesperada.

--Esperemos un momento--dijo Fabvier.

En esto, a lo lejos, se oyeron rumores y gritos. Viva la Carta! Viva
la Repblica!, se escuchaba distintamente.

Hubo algn movimiento entre la tropa.

Fabvier mir a los suyos.

--Estamos?--dijo--. Adelante.

Aviraneta desenvain el estoque, dispuesto a abalanzarse sobre la tropa.

La gendarmera de a caballo se haba dado cuenta del movimiento y se
lanz sobre los carbonarios. No hubo manera de resistir. El grupo qued
deshecho.

Aviraneta se encontr desarmado y solo.

--Qu hace usted aqu?--le dijo un guardia.

--Soy extranjero. He venido por curiosidad.

--Bueno. Vamos, vamos. A su casa.

Aviraneta avanz por un puente. Un sol plido iluminaba las guardillas
de la orilla izquierda del ro...




XII

DESPEDIDA


AL acercarse Aviraneta al hotel de Embajadores de la calle de Santa Ana
vi, desde lejos, el pauelo rojo atado al hierro del balcn. Era la
seal de alarma.

Aviraneta volvi sobre sus pasos, entr en un restaurante a comer, y se
dirigi despus a la librera Eymery, de la calle Mazarina.

Pregunt si haba alguna carta para l; no haba ninguna, y fu a dar
un paseo por el jardn del Luxemburgo. A media tarde volvi por la
librera, y el dependiente sali a entregarle una carta. Era de la
Sole. Aviraneta se puso a descifrarla, hasta que lo consigui. Deca
as:

  Mi querido don Ugenio: Esta es para adbertirle que an benido
  muchos onbres de la calle de Jerusaln con el Espin a buscarle a
  usted y que me boy con el seor marqus de Vieuzac porque no puedo
  bibir as y tengo mucho miedo don Ugenio y usted no me quiere y si
  usted me quisiera yo no me hira, aunque me dieran todo el oro del
  mundo y un palacio, pero usted no me quiere, por que quiere a la
  Teresita la hija de don Francisco el juez de Aranda y yo deseo que
  se case usted con ella y sean felices. A usted no le importar pero
  estoy llorando a todas oras porque boy a bibir con un francs.
  Don Ugenio, le agradezco mucho lo que a echo por mi y si usted
  me ubiera querido un poco, yo ubiera bibido con usted siempre,
  siempre, por que usted es bueno, aunque dicen que no y que es usted
  enemigo de dios y de la rreligin.

  Adios don Ugenio adios adios. Ya rezar todos los das por usted
  para que sea feliz. Los pauelos planchados de usted los han
  traido oy y estn en el armario a la izquierda. Perdone usted la
  letra.--Su segura serbidora, _Soledad Castrillo_.

Aviraneta, al leer la carta, qued sorprendido y entristecido. La Sole
era una muchacha buena y simptica, a quien iba tomando cario.

--En fin--murmur--, es lo mejor que le poda pasar. Quin sabe si
dentro de unos aos veremos a la Sole hecha una madame Cabarrs?

Aviraneta escribi al dueo del hotel de Embajadores dicindole que
ira a buscar su equipaje de noche, pues le andaba persiguiendo la
polica.

Lo hizo as, y por la maana tom la diligencia para Espaa.




XIII

EL JARDN DE ETCHEPARE


AL llegar a Bidart, Aviraneta supo que Etchepare haba muerto. El
casero Iturbide estaba cerrado.

Aviraneta se acerc a una casa prxima que se llamaba Beguibelchenea,
y la mujer de este casero sali con las llaves a abrir las puertas de
Iturbide.

--Es usted el sobrino del seor Gastn?--le pregunt la mujer.

--S.

--Qu piensa hacer con esta casa?

--Yo?

--Pues no sabe usted que es el heredero?

--No, no lo saba.

--Vaya usted a ver al notario, a San Juan de Luz; le tendrn que leer
el testamento.

--Ir despus.

La de Beguibelchenea y Aviraneta entraron en Iturbide. Aviraneta
recorri las habitaciones, estuvo en la biblioteca y luego baj al
jardn donde paseaba su to.

El jardn de Etchepare era muy hermoso. Estaba en declive, orientado
al medioda, sobre una duna prxima al mar. Tena alrededor una tapia
ms alta hacia el norte y el oeste para proteger las plantas del viento
fro y marino.

Etchepare, como jardinero, haba buscado el defender su huerto del aire
del mar; pero quera, sin duda, gozar de su vista, y en un ngulo de
las dos tapias altas haba construido haca aos un pequeo cenador,
como una garita. El cenador estaba ya deshecho, con las maderas
podridas; nicamente pareca sostenerle el tronco de una glicina aosa,
que le estrujaba como una serpiente con sus anillos.

Desde el cenador se dominaba la costa. Se vea avanzar en el mar las
rocas de Hendaya; luego, el cabo Higuer, con su faro, que de noche
brillaba, y ms lejos, la costa vasca de Espaa, la isla de Guetaria y
el cabo de Machichaco.

Por el lado de tierra se vea el comienzo de los Pirineos; cerca se
destacaba solitario el monte Larrun, y tras l se alargaban en la
niebla las montaas de Navarra.

A todo lo largo de la tapia, que daba hacia el mar, los pinos y los
cipreses formaban una cortina contra el viento.

En la parte baja del jardn, la ms templada, tena Etchepare sus
hortalizas.

En los rincones, en los ngulos de las tapias, en los sitios sombros,
Etchepare haba plantado rosales, enredaderas, madreselvas, que cubran
las paredes y las llenaban de hojas verdes y de campanillas ligeras de
varios colores.

En un extremo del jardn se levantaba una alta magnolia, con una gran
flor blanca; en el otro, uno de esos arbustos que llaman Jpiter, casi
redondo, se ofreca a los ojos en aquel momento, con sus mil flores,
como una bola roja llena de pompa y de riqueza.

Al pasear por aquellos caminos, Aviraneta comprendi el gran amor del
viejo Etchepare por la tierra, su culto vagamente pantesta por las
hierbas, los rboles y las flores.

Qu vida la de Etchepare! Sin ambicin, contemplativo, enamorado de
la Naturaleza, haba pasado all una existencia tranquila y feliz.

Quiz todava quedaba en su alma el recuerdo vivo de un viejo amor;
quiz senta la voz querida en el murmullo del viento, y la figura
amada, en la forma vaga de una nube o en la espuma del mar.

Etchepare, viejo pensativo, paseaba mucho por el acantilado de la
costa. No tena relaciones sociales. Sus amigos eran los rboles, las
rosas, una nube que sonrea en el cielo, un faro que guiaba a lo lejos
su roja pupila...

La mujer de Beguibelchenea, que estaba rabiando por hablar, le cont
a Aviraneta los ltimos momentos de Etchepare. El viejo soldado de
la Repblica haba muerto dulcemente una tarde de sol. La gran dama,
venida de Pars, estuvo acompandole los ltimos das.

Al principio quiso obligarle a confesarse; pero al ltimo ella
transigi. La mujer de Beguibelchenea sola ver a los dos hablando
constantemente en el huerto, sentados en el banco, debajo del rbol
rojo.

El otoo haba sido delicioso, templado, con todo el esplendor de los
otoos vascos. Al caer las hojas, suavemente, haba partido el viejo
solitario para su ltimo viaje.

Al morir, la gran dama lloraba, y solamente el mdico y un guarda, que
fu soldado en tiempo de la Revolucin, se presentaron en la casa.

Al da siguiente enterraban a Etchepare y la gran dama desapareca.

Aviraneta sali de Iturbide, y despus, a la cada de la tarde, entr
en el cementerio de Bidart a ver la sepultura de su to.

El tiempo estaba esplndido. En el cielo azul brillaban grandes y
esplndidas nubes rojas.

Aviraneta busc la sepultura y la encontr. La tierra estaba recin
removida, y en la losa nueva se lea:

                               AQU YACE

                          GASTON D'ETCHEPARE

                        SOLDADO DE LA REPBLICA

                               1760-1822

El rebelde haba tomado su puesto entre los dems convecinos; all
aguardara su cuerpo hasta convertirse su substancia en la verde
hierba, en las amarillas flores que tanto haba amado.




XIV

AL ENTRAR EN ESPAA


AL da siguiente, Aviraneta fu a San Juan de Luz, adonde se haba
trasladado la viuda de Arteaga. Mercedes le dijo que su padre viva en
Laguardia con su hermano mayor, que estaba casado y con hijos. Ella no
quera ir ni a Pamplona ni a Laguardia.

Despus de saludar a Mercedes y de besar a Corito, Aviraneta se dirigi
a Espaa.

Estaba la frontera llena de partidas realistas; en Irn era Aviraneta
conocido y no le pareci muy prudente entrar por all llevando papeles
en la maleta. As que, desde San Juan de Luz, a caballo, entr en
Espaa por Vera de Navarra.

La primera persona con quien se top en Vera fu el teniente Legua,
que, segn le dijo, iba a salir, a la maana siguiente, camino de
Elizondo con su tropa.

Fermn Legua le habl de una cuenta pendiente que tena con el prior
del convento de capuchinos de Vera y con el prroco de la iglesia.
Legua estaba dispuesto a perseguirlos y a no dejarlos en paz hasta
aplastarlos.

Fermn le dijo que por aquellos contornos se repeta, como un refrn,
este dstico en vascuence:

      Veraco, Fermn Legua,
    alderaco, contraco bao oba.

(Fermn Legua, el de Vera, mejor para amigo que para enemigo.)

Fermn andaba con una partida de ciento sesenta hombres; ochenta de la
cuarta compaa del batalln ligero de cazadores de Pamplona, cincuenta
a sesenta de Hostalrich y Bailn y veintitantos del resguardo oficial.

Fermn recorra el Bidasoa y el Baztn; pensaba atacar a los
absolutistas que se haban apoderado de Valcarlos, y pegar fuego el
mejor da al convento de capuchinos de Vera, a la parroquia y hasta al
pueblo.

Legua invit a Aviraneta a cenar con l, y por la noche fueron los dos
a una taberna de Alzate, donde se reunan sus amigos. Hablaron largo
rato, tomaron caf y aguardiente, y Legua, animado, le dijo a uno de
sus amigos:

--Bercoche!

--Qu?

--Tienes la filarmnica en casa?

--S.

--Pues trela. Vamos a dar serenata a los amigos.

Bercoche sali de la taberna; Aviraneta y Legua siguieron hablando y
bebiendo hasta que lleg Bercoche con el acorden.

Bercoche era hombre intrpido y jovial, que hablaba por apotegmas.
Trajo un acorden nuevo con un letrero en marfil, donde se lea:
Altemburgia, y comenz a tocar en l.

Legua se puso una boina y se emboz en la capa.

--Hala! Vamos todos al convento--dijo Legua--. Eh, t, Errotachipi,
Errotari, Chamburne. A formarse! Uno... dos... Adelante!; y cogiendo
su palo como una batuta, marc el comps, y cuando Bercoche comenz
con un pasodoble, di media vuelta y sigui andando.

Luego se acerc a Aviraneta.

--Me tienen un odio terrible en el pueblo--le dijo riendo--; les estoy
dominando por el terror.

Al son del acorden, los diez o doce hombres, formados, llegaron hasta
el convento de capuchinos, y Legua mand a Bercoche que tocara el
_Himno de Riego_. Bercoche lo toc.

--Viva la Libertad! Viva Riego! Viva Mina!--gritaron los amigos de
Legua.

El convento, grande y negro, pareca agazapado en la obscuridad. Uno de
los amigos de Legua cogi una piedra y la dispar con toda su fuerza.
La piedra di en una de las ventanas, y se oy una voz que gritaba:

--Granujas! Miserables!

--Ahora al pueblo--dijo Legua.

Comenz de nuevo a tocar el acorden, y los amigos de Legua, saltando
y brincando, llegaron a Vera. Entraron en otra taberna y volvieron de
nuevo a Alzate hartos de vitorear a Riego, a Mina y a la Libertad.

Aviraneta se retir a su posada a dormir.

Al da siguiente Fermn le pregunt a Aviraneta si necesitaba algn
gua, y habindole dicho que s, le prest dos hombres para que le
acompaaran: Errotachipi y Arroschco.

Errotachipi era flaco y huesudo; Arroschco, grueso y redondo; pero los
dos eran fuertes y marchaban ms de prisa que el caballo que montaba
Aviraneta.

Salieron de Alzate los tres, cruzaron el puente de San Miguel, y por
la orilla del Bidasoa salieron a Zalan y comenzaron a subir Baldrun y
despus Escolamendi. Al medio da llegaron para comer a la ermita de
San Antn, en el lmite de Navarra y Guipzcoa, enfrente de la Pea de
Aya.

Era el sitio verdaderamente desierto y salvaje; la Pea de Aya
se levantaba all como una pared cortada a pico, de quinientos o
seiscientos metros de alta, y en el fondo del valle, estrecho, dominado
por la enorme muralla de granito, se vean unas cuantas ferreras
abandonadas y derrudas.

La ermita de San Antn tena adosada una venta, y en ella entraron
Errotachipi y Arroschco a encargar el almuerzo. El ventero los conoca
y era amigo suyo, y en un cuarto, de techo bajo y con una gran mesa en
medio, les sirvi la comida.

Despus de comer siguieron los tres de nuevo la marcha; pasaron por
Arichulegui, y por la tarde llegaron a Oyarzun, y all se despidieron
de Aviraneta Errotachipi y Arroschco.

Al da siguiente, Aviraneta tom de nuevo la diligencia para Madrid,
donde se present a don Evaristo San Miguel, que le di las gracias por
sus servicios.




LIBRO SPTIMO

EL INVIERNO




I

LA SITUACIN


AL final de 1822 la situacin en Espaa era desdichada. De un extremo
a otro la Pennsula arda; las partidas absolutistas brotaban como del
fondo de la tierra armadas y equipadas.

En el Norte, don Carlos Espaa, Quesada y Abuin espiaban el momento de
entrar con sus fuerzas camino de Madrid; don Santos Ladrn estaba entre
Lumbier y Pamplona; Juanito el de la Rochapea, en las Cinco Villas
de Navarra; Castelar y Guergu, en el Roncal; Uranga y el Fraile, en
Alava, reclutando gente por los alrededores de Santa Cruz de Campezu.
Adems de estos, Antoana y Gambarte campeaban en la ribera del Ebro,
y Castor, Zabala, Gorostidi, Eraso, Uranga, y otros muchos, formaban
partidas en los pueblos vasconavarros.

Contra estos cabecillas operaban constantemente los liberales; Torrijos
haba batido a Ladrn y a Uranga; Fermn Iriarte, Chapalangarra y Lpez
Baos no dejaban descansar a sus tropas.

Adems de las columnas grandes haba pequeas partidas, como la de
Legua en Navarra, la de Mantilla en Alava y la de Arana en Logroo.

A mediados de invierno Torrijos entraba en Burguete y tomaba el fuerte
de Irati, y Legua desalojaba a los absolutistas de Valcarlos.

En Castilla se haba vuelto a presentar Merino con sus antiguos
partidarios. Caraza, el Gorro, los Leonardos, el Ingls, Cuevillas, el
Rojo de Valderas y otros, operaban en combinacin con el Cura.

Entre Aragn y Valencia, y por la parte del Maestrazgo, andaban Chamb,
Rambla, Capap, la partida de los Chicos de Calatayud y otra porcin
de facciosos sueltos. Cada partida era perfectamente autnoma. Haba
algunas juntas realistas, como la Junta Suprema de Mequinenza, pero
nadie la haca caso.

De los ms importantes cabecillas aragoneses era Capap, que luego tuvo
tambin importancia por una sublevacin de carcter realista.

Capap estuvo a punto de ser condenado a muerte, siendo brigadier, en
1824; pero se defendi mostrando dos cartas del infante don Carlos, en
las que le incitaba a la rebelin.

Joaqun Capap era un carretero de Alcaiz convertido en soldado
durante la guerra de la Independencia.

Se le llamaba de apodo el _Royo_. Haba querido ser oficial de los
voluntarios liberales de Alcaiz, y como no pudo conseguirlo, se alist
entre los realistas.

Capap estaba casado con la hermana de un fraile dominico llamado
Garzn. Esta, Pepa Garzn, apodada la _Morena_, era una mujer un poco
alborotada y escandalosa, que acompaaba al marido en sus empresas
guerreras, y que muri en Alcaiz durante el clera del 34.

Rambla y Ramn Camb eran cabecillas ignorantes y brbaros.

Respecto a la partida de los Chicos de Calatayud, la mandaba Mosn
Manuel Oroz. Esta partida se disolvi despus del 7 de julio, y Oroz
apareci ms tarde en Navarra con otra partida.

La Junta de Mequinenza la diriga don Juan Adn Trujillo, que form un
batalln, que luego se incorpor a las tropas de Bessieres.

El Empecinado haba luchado con las partidas de Aragn y haba
derrotado a Capap en Almonacid de la Sierra, donde le cogi cerca de
400 prisioneros.

En la Mancha, Andaluca y Murcia, las partidas realistas eran ms de
bandolerismo que de faccin.

Los compaeros del guapo Francisco Esteban de Davalillos y de Jaime
el Barbudo se haban convertido de pronto en soldados de la Fe. En
la Mancha alta Manuel Adame, el _Locho_, de chico porquero y luego
basurero en Ciudad Real, ex guerrillero tambin de la Independencia, se
haba echado al campo, y lleg a tener mil quinientos caballos.

El _Locho_, un fraile capuchino teniente suyo y Palillos se pasearon
por la Mancha con unas buenas mozas, y al entrar en Toledo se llevaron
de las plateras toledanas unos tres millones de reales.

En Valencia merodeaban Rafael Sempere y el suizo Carlos Ulman.

En Catalua abundaban los cabecillas facciosos como en ninguna otra
regin. La mayora eran guerrilleros a quienes la vida tranquila y
pacfica no seduca.

Uno de los ms clebres fu el Trapense, Antonio Maran, capitn de la
guerra de la Independencia.

Maran era un jugador y un perdido, y un da, pasada la guerra,
desapareci en un convento de la Trapa. A los seis o siete aos volvi
a aparecer como cabecilla realista, montado en un caballo blanco, con
un ltigo en una mano y un crucifijo en la otra, y acompaado de una
extranjera hermosa y valiente, Josefina Comerford. El Trapense, despus
de dejar un rastro de crmenes y de violencias, y de llegar a mariscal
de campo, volvi desde Logroo, por orden del Gobierno, al convento de
Santa Susana.

Guerrilleros clebres entre los catalanes eran Misas, Romagosa, el Jep
d'Estany y Mosn Antn.

Misas, postilln de Figueras, haba estado en una partida de
guerrilleros de la Independencia capitaneada por un tal Pujol, que
muri ahorcado.

Misas se llamaba as porque cuando era ladrn parte del producto de sus
robos lo empleaba en decir misas. Misas tuvo su partida de bandidos,
y estuvo en la crcel varias veces, hasta convertirse en un jefe
realista, que mandaba un ncleo de fuerzas importantes en el Ampurdn.

Romagosa, el carbonero de Labisbal, hombre muy fuerte y muy bruto,
lleg a brigadier, y fu fusilado a principio de la guerra carlista por
el general Llauder.

El Jep d'Estany, apellidado Bosons, era un individuo inquieto,
turbulento y audaz. Poco despus de la guerra de la Independencia fu
enviado a galeras por Lacy. Estuvo siete veces condenado a muerte,
hasta que fu preso y fusilado por orden del conde de Mirasol. En
capilla, este defensor de la fe anduvo a bofetadas con el fraile
que quiso confesarle. En la poca constitucional tena su centro de
operaciones a orillas del Segre.

Mosn Antn Coll, cura de Vich, era el que en tiempo de la guerra de la
Independencia haba levantado a los estudiantes catalanes.

Adems de stos, campeaban por Catalua Pablo Miralles, hombre inculto
y brbaro; Romanillo el _Aceitero_, de Castell-Fullit, violento y
cruel, y otros de menos importancia, como el padre Orri, apodado el
Padre Pual, que blanda su acero a los gritos de Viva la religin!
Muera la patria y la nacin! Viva el rey absoluto! y Mueran las
leyes!

Toda esta nidada de facciosos se haba empollado al calor del fanatismo
y del dinero enviado desde Madrid por Fernando VII.

Este siniestro Borbn haca todas las maniobras imaginables para
lanzar ms absolutistas al campo y para comprar a los militares
constitucionales.

Algunos de estos le inquietaban, sobre todo Mina, por quien tena un
odio profundo, sabiendo que era insobornable.

Mina, de capitn general de Catalua, haca una guerra terrible contra
los facciosos, avanzaba, devastaba, fusilaba; todo haca creer que, si
segua as, en poco tiempo ocupara Urgel y Mequinenza, defendidos por
Romagosa y Bessieres, y limpiara las ciudades y los campos de enemigos.

Fernando saba que Mina, por su nobleza, sus ideas y su vida en Francia
entre conspiradores, no poda venderse al absolutismo; pero supuso, en
cambio, que el Empecinado, como ms rudo, sera fcilmente seducido,
y le envi un emisario, que fu un tapicero de la Casa Real, llamado
Mansilla, a ofrecerle de parte del rey un milln de reales y el ttulo
de conde de Burgos si se pasaba a los realistas.

--Diga usted al rey--contest don Juan Martn vibrando de clera--que
si l no quera la Constitucin que no la hubiese jurado; el Empecinado
la jur y jams cometer la infamia de faltar a su juramento.

Y despus de decir esto volvi la espalda al emisario.

A pesar de la barbarie y de la incultura de los cabecillas facciosos,
la guerra en los campos no era tan cruel como lo fu despus en la
primera carlista.

Pareca que el pueblo no haba tomado an el gusto de la sangre.




II

LOS EXTRANJEROS EN ESPAA


TODAS las revoluciones, por ser explosin de ideas generales, tienen
cierta tendencia al internacionalismo.

Ya la guerra de la Independencia, considerada fuera de Espaa como
principio de la lucha de las nacionalidades contra el Imperio, adems
de hacer cruzar el suelo de la Pennsula a dos ejrcitos tan numerosos
para la poca como el francs y el ingls, atrajo a Espaa a una
serie de extranjeros, entre los que se sealaban los O'Donnell, los
Bassecourt, los Saint-Marc, los Sarsfield, y otros muchos.

En la lucha de la libertad por el absolutismo, al restaurarse la
Constitucin en 1820, aparecieron tambin en Espaa ms extranjeros que
en perodo normal.

En las filas constitucionales se vieron figurar a espaoles llamados
O'Donnell, Van-Halen, Rotten, Miniussir, Merconchini...

Al lado de estos espaoles figuran en esta poca franceses como Cugnet
de Montarlot, Vaudoncourt, Nantil, el oficial de artillera que
estudiaba la defensa de Bilbao; Delon, Fabvier, que luego se distingui
en Grecia; Armando Carrel y Caron; ingleses como Roberto Wilson, e
italianos como Pacchiaroti, Ansaldi, Olini, y otros.

En los dos campos, en el absolutista y en el liberal, los extranjeros
fueron quiz los ms exaltados.

Entre los absolutistas extranjeros, el ms clebre de todos, el conde
de Espaa, se distingui por sus extravagancias y por sus crueldades en
Barcelona.

A pesar de la fama brbara y fantica del espaol, no deja de ser
extrao que el hombre ms representativo del terrorismo clerical fuera
un francs, el conde de Espaa.

Ni Fernando VII, ni Calomarde, ni Chaperon llegaron en sus extremos a
la barbarie del conde francs.

El conde de Espaa era un terrorista de la raza de los Carrier y de los
Fouquier-Thinville.

Parecido a stos en sus instintos, se diferenciaba de ellos en que
tena una ideologa tradicionalista y clerical. El conde de Espaa era
un francs que se llamaba Carlos Espagne, hijo de un marqus titulado
d'Espagne, segn unos; d'Espagnac, segn otros, y d'Espignac, segn
algunos.

Fernando VII, en su decreto, al hacerle conde, deca que Espaa era
descendiente de los seores de Cominges y de Foix.

Alguien en esta poca quiso enterarse y averigu que Espaa era un
bastardo, y que su verdadero nombre era Domingo Busaraca. Busaraca
haba escapado de Francia ms que por odio a la Revolucin Francesa por
ser hijo natural no reconocido.

Espaa fu durante la Independencia un general valiente y experto; pero
luego se manifest como un perturbado. Sus crueldades de Barcelona
hicieron poca. La muerte suya, cosido a pualadas y tirado a un ro,
fu terrible.

Otro extranjero, francs, que dej un rastro de pasin y de
inconsciencia en Espaa, fu Jorge Bessieres, que muri fusilado por su
paisano el conde de Espaa en Molina de Aragn.

La historia de Bessieres era curiosa. En 1809, el guerrillero cataln
don Jos Manso supo que las tropas francesas de Barcelona forrajeaban
en las cercanas de Hospitalet con una escolta de treinta a cuarenta
caballos e igual nmero de infantes. Manso, al frente de su partida, se
coloc en sitio estratgico, cort la retirada a los franceses, hizo
treinta y cuatro prisioneros y se apoder de treinta y seis caballos.
Cogi, adems, un furgn con sus mulas y dos caballos del general
Duhesme. El furgn iba guiado por un cochero llamado Jorge Bessieres.

Bessieres, prisionero de los espaoles, se ofreci a asesinar al
gobernador francs de Barcelona, Mauricio Mattieu. Haba sido ordenanza
de un ayudante del gobernador y pensaba valerse de su condicin para
acercarse al general Mattieu. Bessieres intent el asesinato, pero no
lo pudo realizar.

No se sabe si a consecuencia de estos atentados o si por alguna hazaa
de guerrillero, Lacy lo hizo capitn. Despus de la guerra de la
Independencia, Bessieres qued retirado, se estableci en Barcelona,
se cas con una mujer llamada Juana Portas y ensay varias industrias,
entre ellas una tintorera.

Bessieres intervino en las conspiraciones de Barcelona, estuvo
relacionado con Lacy, y en 1820 ayud a proclamar la Constitucin.
Luego, en 1821, tom parte en un complot republicano en Barcelona, en
compaa de un fraile. Condenado a muerte y preso en la ciudadela,
fu indultado por el general Villacampa. Se deca que la influencia
de los comuneros, entre los cuales, como se sabe, haba muchos espas
reaccionarios, le salv.

Otros aseguraron que la conspiracin de Bessieres iba dirigida ms
contra el Gobierno francs que contra el espaol, y que Villacampa
conoca sus intenciones.

Bessieres, indultado, fu encerrado en el castillo de Figueras; de aqu
huy a Francia, y apareci poco despus transformado en realista;
los liberales dijeron que Bessieres se haba hecho rico asesinando
a su antiguo amo, que le trataba como a hijo ms que como a criado;
luego, cuando la reaccin del 1823, se afirm que Fernando VII estaba
en relaciones con l ya desde la poca de la conspiracin republicana
de Barcelona, y que le ascendi a general, a causa de documentos
comprometedores que guardaba el ex tintorero.

Bessieres, al que algunos confundan con el general francs, duque
de Istria, con quien no tena parentesco alguno, era ms que nada un
atolondrado ambicioso, enloquecido por el xito.

Nunca haba sido creyente, y entre sus amigos deca que era
republicano, a pesar de estar en las filas realistas. Desvalijaba las
iglesias sin miedo, y en sus correras por Castilla el ao 23 beba
tranquilamente durante las comidas en el cliz de la iglesia de Aun,
lo cual no deja de ser extraordinario, teniendo en cuenta que iba
acompaado del fraile Bartolom Talarn.

El final de Bessieres fu trgico: la Sociedad El Angel Exterminador,
despus del triunfo del absolutismo, puso a Bessieres en relacin
con el padre Cirilo y Calomarde. Estos y Fernando VII aconsejaron al
revoltoso francs que se sublevara contra el predominio de los masones
en el Gobierno.

La sublevacin no tuvo xito. Fernando VII, al saber su fracaso, envi,
como a un perro de presa, al conde de Espaa contra Bessieres.

Un francs contra otro francs.

La patrulla de don Saturnino Abuin, el _Manco_, fu la que captur a
Bessieres en Zafrilla.

Si Bessieres era hombre que cambiaba de casaca con facilidad, Abuin no
lo era menos. Abuin haba sido empecinado y antiempecinado, absolutista
y liberal.

Abuin prendi a Bessieres y lo condujo, con sus oficiales, a presencia
del conde de Espaa a Molina de Aragn.

Bessieres, preso, se crea seguro; tena una carta de Fernando VII, en
la cual le ordenaba el alzamiento.

El conde de Espaa trat a Bessieres como a un compaero y a un
paisano; le convid a cenar con l y estuvieron los dos hablando en
cataln y en francs largo tiempo. A los postres, el conde pregunt a
su comensal con gran amabilidad por qu se haba sublevado, y Bessieres
mostr la carta del rey.

El conde de Espaa, tranquilamente, cogi la carta y la quem en la
llama de una buja.

--_Qu feu_, general?--grit Bessieres en cataln, abalanzndose al
conde de Espaa--. _Qu'en perdeu._

--_Oui peut-tre, mais je sauve le roy_--dijo el conde de Espaa en
francs, con una contestacin a modo de Duguescln.

Espaa llam a sus ayudantes e hizo que se llevaran a Bessieres.

Bessieres, al verse sin la carta del rey, comprendi que era hombre
muerto.

Al da siguiente un Consejo de guerra sumarsimo condenaba a ser
pasado por las armas al mariscal de campo don Jorge Bessieres y a sus
compaeros. Pocas horas despus de la ejecucin, todos los papeles de
Bessieres eran entregados a las llamas.

Al saber el desenlace de la aventura, el padre Cirilo, temeroso de que
Fernando y Calomarde quisieran deshacerse de l, desapareci.

El conde de Espaa fu premiado. Estas canalladas han constitudo
durante mucho tiempo la poltica.

La familia de Bessieres qued en mala situacin: su mujer acab
perturbada y alcohlica en Granada; un hijo suyo fu despus a la
faccin carlista, y por su matrimonio tom el ttulo de conde de Cuba...

Un extranjero, liberal exaltado, intransigente, fu don Antonio Rotten,
el suizo, amigo de Mina.

El general Rotten era anticlerical furibundo, y si hubiera podido
hubiese limpiado de curas y de frailes toda Espaa.

Su idea era que haba que hacer la guerra sin cuartel. Rotten mand
saquear e incendiar San Lorenzo de Piteus, y se mostr con los
absolutistas, sobre todo con la gente de iglesia, implacable.

Otro suizo, ste absolutista, que tuvo alguna importancia en la poca,
fu Carlos Ulman, amigo del conde de Espaa. Los liberales decan que
Ulman haba sido mozo de un pastelero y que vino huyendo a Espaa.

Ulman hizo la correra absolutista del ao 23 por Castilla. Luego lleg
a mariscal de campo y a gobernador de la plaza de Ceuta, donde se
distingui por su crueldad con los liberales. Cuando supona que algn
preso guardaba dinero, sola sacar el sable y pasar la punta araando
la espalda y el abdomen del preso, por si llevaba interiormente algn
cinturn con dinero.

Tambin extranjera y tambin absolutista fu Josefina Comerford, la
amiga del Trapense.

Esta Josefina se distingui, en la lucha constitucional, por sus ideas
clericales; quiz fu la nica mujer que lleg a destacarse en el campo
absolutista.

No deja de ser extrao que en un pas tan retrgrado como Espaa,
en donde se haban distinguido muchas mujeres en la guerra de la
Independencia, no llegara a sealarse ninguna por su entusiasmo
absolutista en el perodo constitucional. La nica que se destac fu
esta Josefina, inglesa fantica y arrebatada.




III

LAS CARTAS DE TERESITA


ESTABA Aviraneta en Madrid desde haca tiempo presenciando con pena y
con desprecio la tarea de masones y de comuneros de desacreditar la
libertad y echar abajo la Constitucin.

Aviraneta, que nunca haba tenido entusiasmo por los masones, porque
su comedia msticoarquitectnica no era de su gusto, y no quera nada
con los comuneros, porque le constaba que muchos eran agentes del
absolutismo, se inclin hacia la naciente sociedad de carbonarios.

El ver la influencia que en Pars tena el carbonarismo, haba
inclinado a Aviraneta a esta sociedad.

Siempre que poda acuda a la Fontana de Oro, a una reunin de
carbonarios establecida all; pero el carbonarismo haba venido tarde
a Espaa, cuando el entusiasmo liberal estaba decayendo y no tomaba
impulso.

Solamente algunos extranjeros, italianos o franceses, se presentaban en
el grupo carbonario con sus tarjetas cortadas.

Aviraneta iba ya muy poco a Aranda. Haba abandonado su cargo de
regidor y esperaba que viniesen mejores das para volver a continuar su
vida normal.

Aviraneta, a fin de olvidar las amarguras de Madrid, escriba a su
madre y a Teresita.

Teresita, la hermana de Rosala, haba pasado una grave enfermedad;
al saber que estaba ya mejorada y en la convalecencia, don Eugenio le
envi una caja de dulces por la diligencia.

Teresita le contest a los pocos das esta carta.

  Mi buen amigo don Eugenio. Recib la suya, tan afectuosa, y el
  cajoncito de dulces, que ahora me los ir comiendo con ms gusto,
  porque empiezo a tener apetito, gracias a Dios. La tarta estaba
  monsima y muy exquisita; el tarrito de la jalea y las naranjas en
  dulce, deliciosas. Todava no tengo fuerzas para salir de casa;
  as, que he pasado el da de Santa Teresa en un silln, y ayer
  no me encontr con nimos para escribir a usted. Hoy, que estoy
  algo mejor, lo hago para darle las gracias por su recuerdo y su
  felicitacin. Ruego a la Virgen para que me devuelva la salud y
  para que le lleve Dios a usted por buen camino y tranquilice su
  cabeza, que me parece sigue como una olla de grillos. Por qu no
  ha de ser usted una buena persona? Por qu andar as, de la Ceca a
  la Meca, pudiendo vivir tranquilo?

  Su madre me indica que le diga a usted que est buena; pero que le
  parece muy larga la ausencia de usted del pueblo.

  Aqu, en Aranda, dicen ahora que es usted carbonario o carbonero:
  una cosa muy negra; lo peor de lo peor... Yo no lo creo.

  Muchos recuerdos de su amiga,

                                                      TERESA.

Aviraneta celebr la carta de su amiga y la contest otra larga
y seria, hablndola de la situacin poltica de Espaa y de las
esperanzas que guardaba de que todo se iba a arreglar. Teresita le
contest a los pocos das:

  Mi buen don Eugenio: Conque todo se va a arreglar! Ya, ya. Aqu,
  al menos, las noticias son cada vez peores. Dicen que los realistas
  vienen de Aragn y que van a entrar en Madrid. En Aranda hay mucha
  miseria, y todo el mundo asegura que la culpa la tienen ustedes,
  los liberales. En los pueblos no pueden vivir. Los hombres de la
  familia de nuestra criada han venido de cerca de Roa, a ver si
  encuentran trabajo, y se quedan a dormir en la cocina y en el
  pajar. Siete hombres grandes y fuertes como castillos y sin poder
  ganar una peseta! Van a concluir marchndose al campo con los
  realistas. Y de todo esto tienen ustedes la culpa, los liberales.
  Qu disparates no hacen ustedes! El otro da subi al plpito, en
  Santa Mara, un sabio capuchino, y dijo que son ustedes un hato de
  ignorantes, atrevidos, vanidosos y burros, que merecen un ronzal;
  que no saben ustedes nada de latn ni de historia, y yo creo que
  tiene razn. Porque, cuidado que hacen ustedes tonteras! Y no los
  otros, sino usted, don Eugenio. Como aqu, cuando estaba usted en
  la Milicia de caballera, que tena usted que pagar el caballo, el
  uniforme, el asistente, y muchas veces los caballos, los uniformes
  y los asistentes de los dems. Usted est algo trastornado, don
  Eugenio. Ha andado usted peleando y exponiendo su vida, y quiere
  seguir en la lucha, y no es usted militar, porque no tiene grado,
  ni sueldo, ni nada, ni nadie se acuerda de usted. Parece mentira
  que un hombre listo sea tan tonto!

  Su madre me dice que est fastidiada con los milicianos, que van
  todos los das a su casa a decirle que por qu no viene usted, que
  entre los liberales hay divisiones.

  Su madre no sabe qu contestarles. Por un lado, se alegra de que
  usted no est en Aranda. Si ha de seguir usted as, lo mejor ser
  que se la lleve usted a Madrid, porque si no, aqu le van a dar un
  disgusto.

  Su amiga,

                                                      TERESA.

Aviraneta se haba acostumbrado a esta correspondencia, y todas las
semanas escriba a Teresita una larga carta y le enviaba algn regalo.
Por las Navidades, y siguiendo el consejo de Teresita, acompa a su
madre a Madrid.




IV

EL AVANCE ABSOLUTISTA


A principios del ao 1823, Jorge Bessieres, obligado por Mina a salir
de Catalua, se dirigi a Aragn y entr en Fraga y en Mequinenza.
La Regencia de Urgel le haba dado el mando de esta ciudad. Organiz
Bessieres en ella, en colaboracin con el padre Talarn, su tropa, que
ascenda a unos tres mil hombres, y se dispuso a seguir camino de
Madrid.

Durante su estancia en el pueblo aragons, sus diferencias con Adn
Trujillo, el presidente de la Junta Suprema de Mequinenza, estuvieron a
punto de producir choques y que ambos jefes viniesen a las manos.

Adn Trujillo mandaba a la Regencia de Urgel informes contra Bessieres;
le acusaba de masn, de tener relaciones con los liberales, y de no
darse prisa en la organizacin de sus fuerzas. La Regencia orden a
Bessieres que saliera lo antes posible de Mequinenza y se acercara a
Madrid alarmando los pueblos.

Bessieres se aproxim a Zaragoza el 4 de enero e intim la rendicin de
esta ciudad el 5, intimacin que fu despreciada; hizo otra tentativa
intil sobre Calatayud y comenz a internarse en Castilla.

Bessieres no tena en su viaje un fin claramente concebido. Pensaba
llegar hasta donde pudiese; pero si la casualidad haca que fuera de
xito en xito y de fortuna en fortuna, entonces pensaba entrar en
Madrid, apoderarse del rey y de su familia, ponerlo a la cabeza de las
tropas y marchar hacia el Norte.

Fernando VII estaba enterado del proyecto y lo aprobaba.

En su marcha se incorporaron a Bessieres Carlos Ulman, que llegaba de
Pescola con ms de mil hombres y doscientos caballos, reclutados en
Castellar, y Rafael Sempere.

Sempere se haba levantado primeramente en Benazal con sesenta hombres,
y despus de varios encuentros, afortunados para l, con los liberales,
su partida haba crecido hasta formar una brigada.

Poco despus se unieron a Sempere el comandante Prats y el carretero
Ramn Chamb.

Chamb tena una partida de cien hombres en el Maestrazgo y haba
sustitudo al cabecilla Rambla. Sempere, con un ncleo de fuerzas
importantes, tom Segorbe, donde cogi un botn importante, y despus
avanz hacia Castilla para unirse a Bessieres.

Las tropas de Bessieres, Ulman y Sempere se unieron poco despus con
las de Capap y las del ex coronel Nicols de Isidro.

En conjunto formaron una hueste de ms de cinco mil infantes y de cerca
de mil lanceros.

El Gobierno destin a la persecucin de estas fuerzas a los generales
don Manuel de Velasco, Carondelet y el Empecinado.

Cerca de Calatayud, Carondelet sali al encuentro de los facciosos, los
atac, y los rebeldes se retiraron, dejando unos cuarenta rezagados
prisioneros.

El 11 de enero, Antonio Martn, capitn de caballera, hermano del
Empecinado, volvi a atacar a la retaguardia de Bessieres, que se
hallaba en las proximidades de Molina de Aragn, y le hizo algunos
muertos y setenta y dos prisioneros.

A pesar de estos ligeros tropiezos, Bessieres iba avanzando hacia
Madrid, cobraba contribuciones, requisaba ganado lanar y caballera
para su tropa.

Del 16 al 17, Bessieres estaba en Medina Coeli y peda al
Ayuntamiento de Sigenza que quitara de la plaza la lpida de la
Constitucin, smbolo de _irreligin y de licenciosidad_, segn deca
el antiguo republicano.

Al saber que los facciosos se hallaban ya en Medina Coeli y avanzaban
hacia Guadalajara, el pnico en Madrid fu terrible. Se saba que
estaban reunidas las fuerzas de Bessieres, Ulman, Capap, Chamb y el
ex coronel Nicols de Isidro. Tales datos hacan creer a la gente en
contra del Gobierno, que aseguraba no llegar el nmero de los facciosos
ms que a tres o cuatro mil; que stos ascendan al doble o quiz al
triple.

El peligro era grande; la guarnicin de Madrid, exigua, no bastaba
para defender la ciudad; se senta la ramificacin reaccionaria con el
movimiento de Bessieres que llegaba a Palacio, y se vea que algunos
polticos influyentes colaboraban en el movimiento absolutista,
paralizando en lo posible la accin del Gobierno.

La Milicia voluntaria de Madrid pidi a las Cortes, como favor
especial, pues la disposicin de la ley no le autorizaba a hacer este
servicio fuera de la provincia, que se le permitiera marchar contra
los facciosos. La peticin se aprob por unanimidad y se designaron
los batallones 20, 22 y 24, por ser los menos incompletos, para que
salieran a luchar. En Madrid se prepar una columna de dos mil hombres
de infantera, quinientos caballos del regimiento de Alcntara y cinco
piezas de artillera. Esta columna estaba mandada por don Demetrio
O'Daly, comandante general de Castilla la Nueva y uno de los militares
sublevados en Cabezas de San Juan, portorriqueo, de origen irlands,
muy catlico y franc-masn.

El 16 de enero haba salido de la corte O'Daly con sus fuerzas.
Palarea, mientrastanto, tomaba medidas para la defensa de Madrid.

El da 20 de enero, Aviraneta presenciaba en la calle de Alcal la
partida de cuatro compaas de milicianos que marchaban a Guadalajara.
Juntas con ellas iban partidas sueltas, a las rdenes de varios jefes
populares, entre ellos Beltrn de Lis, que pensaban unirse a las
fuerzas del Empecinado.

El Ayuntamiento de Madrid reuni todas las diligencias, tartanas,
calesas y calesines que pudo encontrar para el transporte de los
nacionales. El espectculo era de lo ms desordenado y lamentable;
la gente del pueblo, la mayora deseosa de que derrotasen a los
milicianos, les diriga bromas y burlas. Los milicianos se agitaban en
la mayor confusin. Hablaban, rean, disputaban en corrillos, sacaban
a relucir antiguos resquemores, y la ancha calle de Alcal, ocupada por
la masa de pblico y por los milicianos discutidores y chillones, era
como el smbolo de la sociedad y de la Revolucin espaola.

Comenzaban a marchar las primeras calesas con los milicianos calle
abajo, cuando un mozo de la Fontana de Oro se acerc a Aviraneta:

--Qu pasa?--pregunt don Eugenio.

--En el caf hay dos lanceros que le andan buscando.

Estos lanceros traan una carta del Empecinado. Aviraneta abri la
carta. Don Juan Martn le deca que necesitaba de l; que le nombraba
secretario de campaa y ayudante de campo; que pidiera un caballo en el
Ministerio de la Guerra, y que saliese inmediatamente para Torija.

Aviraneta pidi el caballo, y poco despus, entre los dos lanceros,
pasaba por la Puerta de Alcal, alcanzaba a los milicianos y segua
adelante.




V

CASPUEAS Y BRIHUEGA


SALIERON Aviraneta y los dos lanceros de Madrid, y, poniendo sus
caballos al trote corto, se dirigieron, por la carretera de Alcal,
hacia las Ventas del Espritu Santo. Pasaron las Ventas y avanzaron
hacia Canillejas. Haba dejado de llover un poco; el cielo segua
negruzco y amoratado; los campos, llenos de agua; un viento furioso
retorca los pocos arbolillos raquticos del camino.

A veces, el avanzar constitua una verdadera lucha. A otro que no
hubiera sido Aviraneta le hubiera dado una impresin melanclica
aquellas llanuras tristes, montonas, debajo del cielo tormentoso,
morado y negruzco, con resplandores de cobre. Slo algunos rebaos de
ovejas blancas y negras, seguidos de los pastores, cubiertos de largas
capas, se vean recorrer los campos.

Un poco antes de pasar por el puente de San Fernando arreci tanto la
lluvia, que Aviraneta y sus acompaantes, desvindose del camino, se
acercaron a una casa terrera para cobijarse en ella. Haba dentro un
hombre, un pastor, con quien Aviraneta entr en conversacin. No saba
quines eran los realistas, ni los constitucionales, ni si estaban
lejos o cerca.

Cuando amain la lluvia don Eugenio y los lanceros volvieron a salir
y a ponerse en marcha. Por el camino pasaban galeras de seis o siete
mulas con la cabeza baja.

Al anochecer comenz a cambiar un poco el tiempo y el paisaje; se
destacaron unas colinas peladas en el horizonte y poco despus apareci
la silueta de Alcal.

Se despidi Aviraneta de los lanceros, se fu a una posada y, por la
maana, en compaa de otros dos soldados, y montado en un caballo
nuevo, se puso en marcha.

Abandonaron Alcal, cuyas iglesias de ladrillo, con sus torres
puntiagudas de tejados plomizos, brillaron ante un rayo de sol plido
que sali entre nubes, y tomaron los tres el camino de Aragn.

Al medioda comenz a llover; comieron por la tarde en Guadalajara, y
Aviraneta sigui el camino hasta Torija, en donde entr calado hasta
los huesos.

--Es un buen comienzo de expedicin--murmuraba entre dientes.

Aviraneta se present en la casa donde estaba el Empecinado, y se le
trajo, por orden del general, un jergn y una manta para aquella noche.

El Empecinado se manifestaba furioso contra el Gobierno y el ministro.
Don Juan Martn haba advertido desde Sigenza que no tena fuerzas
bastantes para luchar con Bessieres, y el ministro, como si nada le
importase que derrotaran al Empecinado, insisti en que atacase.

Entonces don Juan Martn, sin hacer caso de las rdenes del ministro,
esquivando un encuentro que hubiera sido desastroso, se present en
Torija a esperar refuerzos. Lo mismo haba hecho el general Velasco en
Aragn para no ser derrotado estpidamente.

Al levantarse Aviraneta comenz sus trabajos. No tena el Empecinado
arriba de cuatrocientos hombres.

Estos se hallaban descalzos, faltos de camisa, devorados por parsitos:
en una verdadera miseria.

El Empecinado haba pedido efectos a Madrid, y los estaba esperando.

El 21 llegaron algunos milicianos de la corte y las partidas sueltas
que iban a unirse con el Empecinado. Con estas tropas vinieron carros
con ropas y municiones.

La gente del Empecinado mejor pronto de aspecto.

Los soldados que enviaba Madrid no eran de toda confianza: abundaban
los majos y manolos, los estudiantes calaveras y otros tipos maleantes,
a los cuales no era fcil imponer con rapidez la disciplina necesaria.

Aviraneta y el Empecinado discutieron qu sera mejor, si mezclar los
unos con los otros o formar compaas aparte.

Por fin se decidieron por esto ltimo. Buscaban el que cada grupo
tuviera responsabilidad clara en lo que hiciese...

Desgraciadamente, el tiempo estaba malo; la lluvia representaba mucha
fatiga y molestia para soldados bisoos. No haba alojamientos. Pasaron
los del Empecinado y las partidas madrileas un da en Torija mal que
bien, y el 22 llegaron ms compaas de los batallones de Trujillo,
Cuenca, Mallorca, milicianos de Madrid y caballera de Calatrava.

En conjunto se haban reunido unos dos mil hombres y trescientos
caballos. La fuerza era heterognea y difcil de mandar. No se caba en
el pueblo.

Las rdenes del Gobierno fueron confusas y contradictorias. El da
22, entre dos y tres de la maana, se orden al Empecinado fuera a
Guadalajara con sus tropas, adonde llegaron con una gran nevada. El da
24, a las cinco de la maana, con un tiempo horrible de deshielo y de
lluvia, se tom el camino de Aldeanueva. Se descans una hora y media
en esta aldea y se sigui a Caspueas recibiendo aguaceros. A las dos
de la tarde se lleg delante del pueblo. Se dispuso que las guerrillas
estuvieran a la vista de las tropas. Ya frente a Caspueas se recibi
nueva orden de dejar este pueblo y avanzar hacia Brihuega, por el
camino de herradura de Valdesaz, y esperar all en los altos a O'Daly.

Segua lloviendo de una manera terrible; el cielo, negruzco, amoratado,
vomitaba el agua a torrentes; toda la tropa estaba mojada hasta los
huesos, y los soldados llevaban el fusil debajo del capote para
conservarlo til en un momento dado.

Al acercarse a Caspueas, el Empecinado se encontr con el pueblo
ocupado por las fuerzas del cabecilla Ulman, en nmero de mil
quinientos hombres. No se haban dado cuenta los facciosos de la
llegada de las tropas del Gobierno por la niebla y el mal tiempo.

Qu se iba a hacer?

Don Juan Martn consult con sus oficiales, y todos estuvieron de
acuerdo en considerar imprudente el dejar un pueblo con tanta tropa
enemiga a la espalda. Se decidi atacar.

El Empecinado hizo que sus fuerzas de infantera, en guerrillas muy
abiertas, se acercaran a Caspueas sin disparar. Se reuni en seguida
un pequeo escuadrn de unos doscientos hombres con soldados del
regimiento de Calatrava, nacionales de Madrid y patriotas oficiales de
la guerra de la Independencia, y se les di orden de avanzar.

Se puso al frente el Empecinado y a su lado Aviraneta, y el escuadrn
march al trote, acercndose al pueblo. Al llegar a l, don Juan
Martn mand cargar, y al galope se entr en la primera calle. Las
guerrillas constitucionales comenzaron el fuego contra los realistas,
que salieron a defender la entrada de la aldea. Algunos grupos
quisieron detener la marcha del escuadrn; pero ste, arrollando todo a
su paso, acuchillando a derecha e izquierda, hizo poner en fuga a los
absolutistas, dejando en el campo treinta y seis muertos, y en poder
del Empecinado, la msica, los equipajes y noventa y siete prisioneros.

El mismo Ulman qued herido y tuvo que hur a la desesperada con su
gente.

Despus de ocupado Caspueas y de batir a los facciosos, se tom el
camino de herradura de Valdesaz, y de Valdesaz se dirigieron las tropas
a Brihuega. Aquella jornada fu otra senda de martirio. La tarde estaba
horrible; caa el agua a torrentes. El camino, lleno de barro, se pona
resbaladizo. El terreno era monte bajo, quemado para hacer carbn.

Obscureci en seguida y se sigui marchando hasta llegar sobre Brihuega
a las nueve de la noche, sin haber descansado un momento.

En las alturas que dominan el pueblo formaron en orden de batalla
los batallones que constituan la divisin y comenzaron a extenderse
las guerrillas. El Empecinado orden el ataque. Una patrulla enemiga
apareci por un camino y comenz a tirotearse con los liberales.
El Empecinado, mand a don Francisco Van-Halen que, con doscientos
infantes y treinta caballos, la contuviera. Se esperaba a O'Daly, y
O'Daly no vena. El Empecinado no saba que mientras l ocupaba con
xito Caspueas, O'Daly haba sido batido y rechazado en Brihuega.

La situacin era mala: segua lloviendo; la mayora de los fusiles
estaban mojados y no se poda disparar.

El Empecinado, que siempre quera salir de sus apuros a fuerza de
valor, mand a uno de los batallones de milicianos de Madrid que
formara en columna cerrada, y, a paso de carga, por un camino muy
pendiente, se dirigiera al pueblo.

l pensaba atacarlo por el lado contrario. El batalln de milicianos
lleg cerca de Brihuega; pero fu recibido por los facciosos, que,
parapetados y en la obscuridad, le hicieron continuas descargas.

Aviraneta, con una patrulla, se acerc al ro Tajua, a atravesarlo
por un puente, cuando se le acercaron varios fugitivos de la divisin
de O'Daly, que le contaron el desastre sufrido por ellos. Aviraneta
corri a dar cuenta del suceso al Empecinado y se decidi la retirada.
Se recogieron los fugitivos de las tropas batidas por la tarde, se
recobraron dos piezas pequeas de artillera de las abandonadas por
O'Daly y se di la orden de marcha. El grueso de la fuerza tom por el
camino de Valdeavellano y el teniente coronel Van-Halen por Atanzn.
Con barro hasta la rodilla, sin comer y sin descanso, muertos de fro,
mojados, a la una de la noche, despus de diez y ocho horas de marcha,
llegaron Aviraneta y el Empecinado a Valdeavellano, donde se tendieron
como pudieron en un pajar. Al da siguiente, las fuerzas del Empecinado
volvan a Guadalajara, y don Francisco Bringas, oficial de la Milicia
Nacional voluntaria de caballera, llevaba setenta y dos prisioneros,
que entreg en Madrid, de los noventa y siete hechos por el Empecinado
en Caspueas.




VI

LO OCURRIDO A O'DALY


DON Demetrio O'Daly era el comandante general de Castilla la Nueva.
El Gobierno, al saber el avance de Bessieres, le encomend la tarea
de batir a los realistas, operando en combinacin con las fuerzas del
Empecinado.

O'Daly participaba del odio de los militares de carrera por los
guerrilleros y del desprecio de los masones por los individuos
afiliados a la Comunera. Adems de esto, O'Daly, como todos los
criollos, se crea aristcrata. No era extrao que no quisiera ponerse
en relacin con el Empecinado, guerrillero, comunero y plebeyo. Las
fuerzas con que contaba O'Daly no eran bastantes para batir a los
realistas; pero O'Daly quera a todo trance atacar solo con sus tropas.

La noticia de que Ulman se haba separado del grueso de los realistas
y marchado a Caspueas, y de que Bessieres, en compaa del ex
franciscano Talarn, no tena mas que unos dos mil hombres cerca de
Brihuega, alent a O'Daly a marchar solo contra los facciosos.

El da 24, por la maana, sin avisar al Empecinado, sali con su
columna en marcha hacia Brihuega.

El avance fu difcil y penoso por las lluvias y el barro del camino.

Al medioda la columna de O'Daly se encontr a la vista de los
facciosos.

Estaban los realistas en los cerros, escalonados en trincheras, en
nmero de unos dos mil, y en la orilla del Tajua tenan unos mil
hombres con quinientos caballos.

O'Daly dispuso un movimiento de flanco con objeto de envolverlos, y
mand avanzar al regimiento de milicia activa de Bujalance y a las
compaas de Guadalajara.

A unos y a otros, al entrar en fuego, se les vi sin nimos, sin ms
deseo que hacer como que cumplan.

Los absolutistas, que estaban a orillas del ro, se dieron cuenta en
seguida de lo que pasaba; cruzaron el puente sobre el Tajua, a las
rdenes del fraile Talarn, avanzaron con rapidez a la bayoneta, y los
milicianos y voluntarios de O'Daly, volviendo la espalda, tiraron los
fusiles y echaron a correr. Al ver esto, la caballera facciosa sali
en persecucin de los fugitivos. La infantera realista, saltando de
sus trincheras, corri a envolver al enemigo, se extendi en anfiteatro
e hizo un copo de las tropas constitucionales. Estas se entregaron a
discrecin, y los realistas cogieron prisioneros a un brigadier, a
siete jefes, veintisiete oficiales, mil doscientos soldados con sus
fusiles, y cinco piezas de artillera con sus carros de municiones.

No quedaron todas las fuerzas de O'Daly prisioneras, porque a media
tarde un escuadrn del regimiento de Alcntara, mandado por el coronel
Pintado, di una carga contra los facciosos, rompi el cerco y sali de
l. En la carga cayeron heridos a lanzadas Talarn y varios oficiales de
Bessieres.

Se hizo de noche y las fuerzas derrotadas pudieron retirarse a Caracena.

A pesar de que O'Daly tena medios de comunicar lo ocurrido al
Empecinado, no lo hizo por despecho, y ste, despus de batirse
en Caspueas, se presentaba a las nueve de la noche en Brihuega,
pretendiendo entrar en la villa.

Los realistas, desde las fortificaciones, se defendieron y destacaron
una columna exploradora, pero no se atrevieron a salir y aceptar la
batalla, quiz pensando que la fuerza que les atacaba era mayor.

La noticia de la derrota de Brihuega hizo un efecto desastroso en
Madrid. Los masones dijeron que la culpa haba sido del Empecinado por
no haber secundado a O'Daly; los comuneros, que era de O'Daly, por no
haber avisado al Empecinado.

O'Daly haba sido culpable; su vanidad, su deseo de vencer solo,
ocasion aquella derrota, que contribuy a desmoralizar a los
liberales.




VII

EN GUADALAJARA


DESPUS de la derrota de Brihuega, el Gobierno tuvo que echar mano de
todos sus recursos; nombr capitn general de Castilla la Nueva a don
Francisco Ballesteros; gobernador militar de Madrid, a Zarco del Valle,
y concluy de organizar una fuerza de tres mil hombres de infantera y
cuatrocientos caballos, que puso a las rdenes de otro prestigio, el
general don Enrique O'Donnell, conde de Labisbal.

Los realistas, por su parte, no se durmieron; la misma noche del
triunfo de Brihuega, Bessieres hizo ingresar en sus filas algunos de
los prisioneros constitucionales, y a los dems los solt.

Al da siguiente del encuentro, por la maana, Bessieres y el ex
coronel de ejrcito, don Nicols de Isidro, con un pelotn de lanceros,
salieron de Brihuega; llegaron a Horche, donde se reunieron con unos
doscientos infantes, y juntos se acercaron a Guadalajara y entraron
hasta el palacio del Infantado. Intimaron su rendicin, que no fu
atendida por el gobernador civil, que estaba en el palacio, y siguieron
adelante hasta ocupar el pueblo.

Al medioda, el gobernador pudo mandar aviso al batalln de Bujalance,
que se encontraba fuera de la ciudad, de que Bessieres haba entrado
en Guadalajara con pocos hombres.

Las tropas de Bessieres y de Isidro se posesionaron del pueblo; pero al
anochecer, temiendo un ataque, se retiraron hacia el puente. El momento
y la obscuridad lo aprovecharon los del batalln de Bujalance para
entrar en Guadalajara y distribur fuerzas en el palacio del Infantado
y en algunos otros puntos estratgicos.

El mismo da de la entrada de Bessieres y de Isidro llegaba O'Donnell a
Alcal de Henares, y saliendo inmediatamente, ocupaba el 26 Guadalajara.

Se haban reunido en esta ciudad tropas de Labisbal, de O'Daly, de
Velasco y del Empecinado. En conjunto, cerca de ocho mil hombres.

Labisbal, al llegar, llam al Empecinado, con quien tuvo una larga
entrevista acerca de lo ocurrido en Brihuega; despus avis a O'Daly, y
a los dos juntos les dijo:

--Ha sido una mala inteligencia la que ha producido el tropiezo de
Brihuega. No creo que ninguno de ustedes tendr inconveniente en servir
a mis rdenes.

--Yo, por mi parte, no--dijo el Empecinado.

--Ni yo tampoco--aadi O'Daly.

--Pues entonces preprense ustedes. Ahora mismo vamos a desalojar a los
enemigos del puente de Guadalajara y a dispersarlos.

El Empecinado cont a Aviraneta lo ocurrido, y se dieron las rdenes
para el ataque.

Llova de una manera desastrosa. Guadalajara, que es de por s un
lugarn pobre, envuelto en aquel continuo chubasco pareca ms msero y
triste.

Bessieres, con sus hombres, se haba atrincherado en el puente sobre el
Henares y en algunas casas inmediatas.

Se reunieron en la plaza, delante del palacio del Infantado, unos
trescientos hombres, cien caballos y dos piezas de artillera. Labisbal
dispuso que se tomaran posiciones en la cabeza del puente que da a la
ciudad. Lo hicieron as, y comenz el tiroteo.

Al cabo de media hora se orden que se colocaran dos piezas de
artillera a orillas del ro, cerca de unas colinas terrosas y
amarillentas, a las que va desmoronando el Henares en sus crecidas.

Tras de una hora de fuego de fusil y de can, O'Donnell dispuso que
una compaa desplegada en guerrilla avanzara por el puente.

Bessieres estaba fortificado en un molino y en dos o tres casas de la
otra orilla, y haba mandado construr un parapeto de un lado a otro
del puente, uniendo los dos baluartes en el ngulo saliente que tiene
en medio.

El Henares vena ancho, crecido, turbio, de color de ocre. No era
posible atravesarlo por ningn vado. Al entrar la columna en el puente,
comenz un fuego muy vivo. Los dos caones disparaban simultneamente
y destrozaron una casa baja de ladrillo, desde donde los realistas
tiroteaban por las ventanas.

Los soldados constitucionales avanzaron hasta el centro del puente,
y antes de que se entablara la lucha cuerpo a cuerpo, los realistas
retrocedieron. Pronto se dieron cuenta los liberales que los de
Bessieres no se defendan con valor, y notando la debilidad del
adversario hicieron un esfuerzo y desalojaron de las casas y del molino
a los realistas, donde se haban guarecido.

Cuando se pas a la orilla opuesta, se vi que los realistas
se retiraban rpidamente. El triunfo de Brihuega quedaba algo
contrarrestado, y Bessieres y los suyos no se atrevieron a seguir
camino de Madrid.

Se puso una compaa vigilando el puente, y Labisbal y el Empecinado
volvieron a Guadalajara.

Segua lloviendo. Aviraneta se fu a la posada de los Mandambriles,
donde haba varios oficiales que estaban jugando al monte. Uno de
ellos, oficial de O'Daly, le dijo que Labisbal se inclinaba a defender
a O'Daly y a echar la culpa al Empecinado por lo de Brihuega.

--No me choca nada--dijo Aviraneta--. Son los dos de origen irlands.
Se las echan de aristcratas, y tienen el odio de todos los militares
de escuela por los guerrilleros.

--Eso no es cierto--dijo el militar.

--S lo es. Bah! Ya lo creo!

--Tienen mucha vanidad estos guerrilleros.

--Hombre, nosotros no tenemos la culpa de que ganramos acciones
mientras el ejrcito espaol perda batallas.

--Eso es un insulto.

--No; nicamente es un hecho.

La discusin hubiera tenido malas consecuencias, si no la hubiese
interrumpido la entrada de otros oficiales.




VIII

PERSECUCIN DE BESSIERES


DON Enrique O'Donnell era hombre de una perpetua doblez, histrin
inconsciente que jugaba siempre con dos barajas. Aviraneta saba
que haba estado comprometido en varias conspiraciones militares,
principalmente en la de Richart y la de Lacy.

Se aseguraba que entre los papeles cogidos a los insurrectos de
Barcelona, cuando lo de Lacy, se haban encontrado monedas acuadas, en
cuyo reverso se lea: Enrique I, cnsul de la Repblica espaola.

La conducta de O'Donnell en el Palmar y despus en Ocaa revel el
fondo de inconsciencia y deslealtad de su alma.

Al comienzo del ao 23 se deca que O'Donnell tena relaciones con los
absolutistas, aunque otros opinaban que sus simpatas estaban por los
constitucionales moderados o del Anillo.

Desde su reunin en Guadalajara, O'Donnell buscaba las ocasiones de
que O'Daly se rehabilitara; en cambio, no llamaba al Empecinado cuando
pudiera lucirse.

O'Daly, que era falso, como buen criollo, e hipcrita, como hombre
iglesiero, trabaj para desacreditar al Empecinado.

Don Juan Martn, que tena mucho amor propio, busc la forma de operar
solo, ayudando al grueso de la divisin.

El 29 de enero, Aviraneta y l, con ochenta caballos, pasaron el Tajo
a nado a media noche. Fueron flanqueando al enemigo, y a las dos de la
maana lo sorprendieron en la villa de Sacedn. Iba la pequea partida
en dos patrullas: en la primera marchaban el Empecinado y Aviraneta; la
segunda la mandaba Antonio Martn y Francisco Van-Halen. Al llegar a
las puertas de Sacedn pic el Empecinado las espuelas, y arrollando a
los guardias, pas adentro. Los realistas tenan una posicin fuerte;
pero creyndose rodeados, la abandonaron y se dieron a la fuga.

Con aquella maniobra se facilit el paso del puente fortificado sobre
el Tajo a las fuerzas de O'Donnell, que entraron en Sacedn el da 30.

Por la maana de este da se recogi la lpida de la Constitucin
derribada y se volvi a ponerla en el Ayuntamiento.

Los oficiales de Estado Mayor interinos don Carlos Peman, don Ramn
Collantes y Aviraneta, hicieron formar una compaa delante del
Ayuntamiento. Collantes areng a las tropas, y despus Peman se
adelant, y, quitndose el morrin, grit:

--Soldados! Libertad o muerte! Viva Espaa! Viva la Constitucin!

Un coro de aclamaciones frenticas le contest.

Se hicieron tres descargas, y la tropa march a su alojamiento.

Este acto, al parecer, no fu muy del agrado del general en jefe. Todos
saban que don Enrique O'Donnell, conde de Labisbal, no tena gran
entusiasmo por la Constitucin de Cdiz.

Ocupado Sacedn, los constitucionales se dispusieron a seguir
persiguiendo al enemigo. Se haba desencadenado un temporal horroroso.

El Tajo, en Sacedn, vena imponente, arrastrando tierra y troncos de
rboles. El camino de Aun estaba inundado.

El Empecinado y Aviraneta exploraron los alrededores de Sacedn, y
tuvieron una escaramuza en la Puerta del Infierno.

El 4 de febrero O'Donnell estableci su cuartel general en Bellisca,
y el 9 tuvo que detenerse en Garcinarro. El temporal haba puesto los
caminos imposibles.

Mientras que las fuerzas de O'Donnell estaban en Bellisca y por los
alrededores de Alczar y Loranca, Bessieres ocupaba Huete y lo iba
fortificando. Huete era pueblo de recursos. Quedaban todava all
muchos lienzos y cubos de muralla tiles, algunos conventos y casas
de gruesas paredes, y se poda hacer una buena defensa, teniendo como
tena el caudillo realista cerca de cinco mil hombres, cuatro piezas de
artillera y quinientos caballos.

Al acercarse los constitucionales a Huete, Bessieres, desde las
murallas y desde el cerro del Canillo, los recibi con descargas de
metralla y de fusilera desde sus trincheras. Esto, unido al temporal,
oblig a los constitucionales a paralizar las operaciones y a limitarse
a hacer reconocimientos.

El mismo da en que se lleg cerca de Huete se incorpor a las fuerzas
de Labisbal el regimiento de Calatrava, que vena de Cuenca.

Aviraneta y el Empecinado se instalaron en un ventorro entre Buenda
y Huete. Por la noche estaba Aviraneta en el ventorro cuando un
pastorcillo se le acerc y le dijo:

--Es usted don Eugenio?

--S.

--El amigo del seor Empecinado?

--S.

--Pues tome usted esta carta.

Aviraneta cogi la carta, la abri y la ley. Deca:

  Amigo Aviraneta: Esta noche, a las nueve, si quiere usted, avance
  usted hacia el pueblo por la carretera. Le saldr a recibir un
  sobrino mo con una escolta, que le traer aqu y hablaremos.

                                             JORGE BESSIERES.

Aviraneta, algo sorprendido, iba a preguntar al chico quin le haba
dado la carta; pero el pastorcillo haba desaparecido.

Aviraneta ense la carta al Empecinado.

--Bueno, vete a ver qu quiere--dijo ste.

Aviraneta esper a que se hiciera de noche, y despus de cenar avanz
por la carretera.

Pas la lnea de centinelas y se detuvo.

Al poco rato se acerc una patrulla de jinetes:

--Aviraneta!--grit una voz.

--Soy yo.

Era el sobrino de Bessieres y lugarteniente suyo, llamado Portas.

Marcharon todos al trote largo hasta llegar a una casa de la carretera.
En un cuartucho se hallaba Bessieres con el francs Delpetre, que
despus en la guerra carlista anduvo con Merino. Estaba tambin el
fraile Talarn, que tena un brazo vendado. Bessieres era un hombre
fuerte, moreno, de buena figura, con ese rictus sardnico de los
mediterrneos acostumbrados a lo que ellos llaman la _railla_. Tena
una mirada de suspicacia y un gesto, al hablar, de exaltado y de matn.
Era ste cataln, hombre turbio, atrevido, audaz, que iba viviendo y
avanzando entre dos paralelas: la muerte en el patbulo, por un lado, y
la gloria y el poder por otro. Bessieres era un hombre intrpido, que
despreciaba a los dems y amaba el xito y el dinero.

Saba disimular su capacidad y su inteligencia con formas bruscas y
brutales; hablaba una jerga medio catalana, medio francesa, medio
espaola, y la adornaba con toda clase de juramentos, blasfemias y
exclamaciones.

Bessieres recibi amablemente a Aviraneta.

--Ahora, cuando nos quedemos solos, hablaremos.

Era una indirecta bien clara a los que estaban all para que se
marchasen; pero Delpetre y Talarn no parecieron entenderla.

Bessieres, de pronto, se incomod y dijo a estos dos:

--Perdonen ustedes; tengo que hablar con este seor.

Delpetre sali; pero el fraile Talarn no lo hizo; se entretuvo en atar
de nuevo el pauelo en donde apoyaba el brazo en cabestrillo, con una
gran lentitud.

Cuando termin, se march dando un portazo:

--Cochino _frare_--dijo Bessieres--. Algn da le voy a cortar las
orejas.

Cuando quedaron solos Bessieres, Portas y Aviraneta en el cuarto, el
francs pareci estar ms tranquilo.

Bessieres quera sonsacar a Aviraneta, preguntarle el efecto que
haba hecho en Madrid la derrota de Brihuega. Aviraneta contest con
ambigedades.

Bessieres habl largo rato. Haba en el aventurero francs el fondo
resbaladizo del que cambia de nacionalidad y de principios. Como hombre
voluble y traidor, tena muchos rencores y animosidades. Senta por
los franceses un gran odio: haba peleado como guerrillero contra
ellos; abominaba de los aristcratas realistas espaoles, por haber
sido obrero e industrial; despreciaba a los curas y frailes con quienes
conviva, y guardaba por los liberales moderados la hostilidad del
republicano.

Bessieres era un hombre anrquico, un demagogo que poda tomar
cualquier actitud poltica; pero que siempre haba de sentirse rebelde.

Para l el orden, la jerarqua, la disciplina, no podan tener valor.

--Qu dicen en Madrid de m?--pregunt Bessieres.

Aviraneta le contest que los realistas y los frailes estaban muy
contentos con l; que los liberales y carbonarios decan que era
traidor.

--Yo traidor!--exclam Bessieres--. Yo soy ms republicano que
Robespierre; s, diga ustet en Madrit que si desenmascaran a los
traidores como Ballesteros y Labisbal, si echan a esos _lladres_ a
patadas, yo, yo, Jorge Bessieres--y se di fuertes puetazos en el
pecho--, ir a sacrificarme por la _llibertat_.

Aviraneta estaba un poco sorprendido. La mirada de Bessieres le daba la
impresin de que se las haba con un truchimn listo; la voz y el gesto
eran de un exaltado o de un loco.

Bessieres aadi que los espaoles tenan que unirse para combatir a
los franceses, si stos intentaban entrar en Espaa.

--Es un cuco o es un loco?--pens Aviraneta.

De pronto, Bessieres llam a su lugarteniente:

--Eh, t, noy!

--Qu?--pregunt Portas.

--Los copones--indic Bessieres.

Portas abri una maleta y sac unos magnficos clices de oro.
Bessieres puso uno delante de Aviraneta y otro delante de l.

--Echa vino, t--dijo Bessieres.

Portas sac una botella y llen de vino los vasos.

--Tenemos una buena vajilla--dijo riendo sarcsticamente el francs--.
Este--y tom un cliz--lo cogimos en Aun; el otro es de aqu, de
Huete. Si ese asqueroso fraile lo supiera, me denunciara... Lo tengo
que matar. Beba usted.

Aviraneta temi un momento que el vino estuviera preparado; examin los
dos clices, y por si acaso bebi en el que haba puesto Portas delante
de Bessieres.

Bessieres bebi en el otro.

--Usted es un hombre consecuente, Aviraneta--dijo Bessieres--; usted
es un _lliberal_. Con que esos _lladres_ de _Madrit disen_ que yo he
hecho la _porc_ de _haserme_ absolutista? Ya vern lo que ha de hacer
Bessieres. Usted ha de ver, Aviraneta, la sorpresa que voy a dar yo.

Bessieres estaba dispuesto a seguir bebiendo; quera, quiz,
emborrachar a su husped; pero Aviraneta le advirti que tena que
volver al campamento. Bessieres qued displicente y murmur:

--Bueno, bueno. Adis! Aun nos tenemos que entender.

--Si usted se pasa a nuestro campo, al momento--contest Aviraneta.

--Me reconoceran los grados?

--No s, yo creo que s.

Bessieres alarg la mano y Aviraneta se la estrech.

Portas acompa a Aviraneta hasta doscientos pasos de los centinelas
constitucionales.

Al da siguiente, por la noche, Bessieres abandonaba Huete, clavando
antes la artillera. De Huete se dirigi por la villa de Peraleja hacia
las sierras de Priego, cruz la provincia de Cuenca y apareci en
Poveda de la Sierra.

El ejrcito constitucional se destac en su persecucin, y en Almonacid
se prendi a algunos rezagados, entre ellos a Pepa Garzn, la mujer de
Joaqun Capap, mujer guapetona y de buen trapo.




IX

HACIA ARAGN


EL da 15 de febrero los constitucionales llegaron al Puente de Priego,
encontrndolo tan bien fortificado que no pudieron forzarlo.

Aviraneta habl a unos pastores, indicndoles que si le enseaban un
vado prximo les dara lo que le pidiesen. Uno de los pastores se
present a la noche diciendo que l le conducira si le daba cinco
duros.

Se le dieron, y a las tres de la maana del da siguiente,
completamente a obscuras, atravesaron el ro Aviraneta, el Empecinado y
Van-Halen, cuatro o cinco caballos y cincuenta infantes. Esta pequea
fuerza march paralelamente al ro, se acerc al Puente de Priego y
comenz el fuego.

Los facciosos se creyeron cortados por la divisin completa del
Empecinado, y abandonando sus trincheras del puente se retiraron en
dispersin.

Esta ocurrencia produjo la desmoralizacin de los realistas, que
comenzaron a dividirse en partidas. Bessieres, con la suya, intent
penetrar en Cuenca, y rechazado march hacia Sigenza y luego a Aragn;
Chamb se dirigi al Maestrazgo, y Ulman y Capap, camino de Valencia.

La persecucin no fu del todo activa. Al llegar los realistas al Tajo
en Poveda se hundi el puente y parte de la retaguardia no pudo pasar.

El fraile Talarn, con ms de quinientos hombres, tuvo que dirigirse a
Peralejo de las Truchas, y atraves el ro por all sin que nadie le
saliera al encuentro.

As como entre los liberales se habl de traicin a raz de la derrota
de Brihuega, se habl de traicin entre los absolutistas despus de la
retirada de Huete.

La Junta de Mequinenza orden a Bessieres que fuera de nuevo a Madrid,
y como el francs no hiciera caso, Adn Trujillo, que se titulaba
gobernador de Mequinenza, lo acus de traidor y public un bando en el
que ofreca dos mil duros por la cabeza de Bessieres, a quien llamaba
masn y republicano.

El 21 de febrero el Empecinado entr en Sigenza. Se deca que Capap,
con mil infantes y cien caballos, estaba en las proximidades del
pueblo deseando entregarse; pero no result la noticia cierta. Tambin
se aseguraba que Bessieres haba reido con sus oficiales y que,
separndose de la columna, quera abandonar las filas realistas.

El Empecinado continu la persecucin de las partidas; lleg el 24 de
febrero, al anochecer, al Burgo de Osma, donde entr con Aviraneta y
cuatro soldados. Se sigui avanzando por Soria y la serrana de Yanguas
hasta cerca de Agreda, en cuyas inmediaciones el enemigo se dispers en
pequeos grupos.

Desde Agreda, el Empecinado y Aviraneta volvieron a Sigenza, y de aqu
marcharon a Aranda, en donde estuvieron un da.




X

VUELTA A MADRID


AL llegar a Aranda Aviraneta dej al Empecinado en compaa de Moreno,
su administrador, que viva en la plaza del Trigo, y l se fu a hacer
algunas diligencias.

Contrat con un arriero el porte de los muebles que quera llevar
a Madrid, y al atardecer, embozado en la capa, para que nadie le
conociera, se acerc a la _Casa de la Muerta_.

Una turba de chiquillos haba tomado posesin de la encrucijada donde
se hallaba la casa, y jugaban all; haban pintado en las paredes
letreros y figuras con yeso y amontonado delante tierra y arena.

Cuando lleg Aviraneta dos chicos tiraban piedras a una ventana, y una
mozuela con una criatura en brazos daba golpes con el aldabn.

Aviraneta esper a que obscureciera y que se fueran los chiquillos.
Entonces se acerc a la puerta, abri el postigo y entr en el zagun.
Encendi una vela y subi al primer piso.

Los chicos, y quiz tambin la gente de la vecindad, haban roto los
cristales a pedradas. La casa estaba fra e inhospitalaria.

Aviraneta recogi algunos papeles que tena all y llen un cestillo de
cubiertos y objetos de plata. Hecho esto baj al zagun, busc entre
un manojo de llaves hasta que encontr una y abri la bodega. Era sta
un sitio obscuro, sin ventilacin, en cuyo fondo se vean derechos
grandes tinajones para el vino.

Aviraneta cogi una palanca, fu a un rincn y levant una losa del
suelo sin gran trabajo. Hecho esto volvi al zagun, y en un cntaro
meti sus cubiertos y sus papeles. Tap la boca del cntaro con un
corcho, la cubri despus de lacre y la enterr en el agujero; puso la
losa encima y sali de la bodega. Se cepill la ropa, se lav las manos
y se fu.

March hacia la Plaza Mayor. Todava el relojero Schltze estaba
delante del cristal del escaparate con el lente en un ojo, trabajando.
La confitera de doa Manolita se hallaba abierta, y don Eugenio entr
y compr un gran paquete de dulces.

Aviraneta pas por delante de la casa de Teresita, subi rpidamente
por la reja, hasta el piso primero, y dej el paquete colgado en el
hierro del balcn con una cinta.

Al bajar se encontr con el To Guillotina, el loco, que le miraba
atento.

--Hola, Guillotina--le dijo Aviraneta.

--Hola. De dnde vienes?--le pregunt el mendigo.

--De arriba.

--De arriba tienen que bajar los buenos a cortar la cabeza a estos
canallas... S, canallas..., todos son unos canallas. Repblica y
guillotina... Al ro todas las cabezas de los malos de Aranda... Al
ro... Canallas, bandidos! He de beber vuestra sangre.

El loco se encontraba en un estado horrible, febril, desencajado; tena
la frente abierta de una pedrada, con la herida que manaba sangre, y un
ojo hinchado por algn golpe; su traje estaba cubierto de barro, y las
plumas de gallo de su tricornio, cadas.

Era una ruina, un verdadero harapo humano.

Aviraneta intent calmarlo y lo quiso meter en el mesn del Brigante;
pero el loco se le escap y se march corriendo, vociferando.

Aviraneta volvi acompaado por el sereno hasta el alojamiento de don
Juan Martn, de la plaza del Trigo.

Al da siguiente, el Empecinado con su escolta se dirigi a Madrid.

Haba mejorado el tiempo; un hermoso sol brillaba en el cielo.
Aviraneta, con la perspectiva de estar una temporada sin trabajar, se
senta perezoso, cansado.

Al llegar a Madrid pas unos das en la cama.

Escribi varias veces a Teresita, y ella le contest de este modo:

  Mi estimado don Eugenio: Cog el paquete de dulces del balcn y en
  seguida me figur que era de usted. No s para qu hace usted esos
  gastos.

  He ledo su carta, y me da mucha pena ver que lleva usted una vida
  tan arrastrada y que pasa usted tantos trabajos y fatigas. Mi
  pobre don Eugenio, le veo a usted muy mal!

  Ese Empecinado es un monstruo. Qu furia le ha entrado a don
  Juan Martn de arreglar el mundo cuando deba estar en Castrillo
  trabajando su tierra? No ven ustedes que toda Espaa est contra
  ustedes? Cmo no lo comprenden? Habr que decir como dice mi
  ta: Herradura que chacolotea, clavo le falta. Y a ustedes les
  falta algn clavo o algn tornillo. No escarmentar usted, don
  Eugenio? Por qu no someterse a la razn? Qu afn de cambiar
  y de trastornarlo todo. As hemos encontrado el mundo y as lo
  dejaremos. Tenga usted fe. Olvide usted la vanidad. Qu le importa
  a usted lo que le digan sus amigotes?

  Me figuro que no ha de hacer usted caso de mis palabras y que
  seguir usted erre que erre hasta llegar a la Amrica o al Polo
  Norte.

  Nosotros hemos tenido este invierno nuestros achaquitos; mi padre
  est con una tos que se ahoga; Rosala engorda y no tiene ganas de
  comer, y yo, que como muy bien, estoy cada vez ms flaca.

  Adis, don Eugenio, cudese usted y que no se le revuelva ms esa
  olla de grillos que lleva usted en la cabeza! Muchos recuerdos a su
  madre. Su amiga, que desea verle,

                                                      TERESA.




XI

LOS CARBONARIOS DE MADRID


LA pasividad de don Eugenio desapareci un da que fueron a verle
el _Majo de Maravillas_ y un miliciano nacional a quien llamaban el
miliciano Fachada, que haba querido matar al infante don Carlos de una
cuchillada en Aranjuez.

El _Majo_ y Fachada eran carbonarios, y se haban convencido, desde la
asonada del 19 de febrero, de que Regato era un agente absolutista.
Todos los carbonarios tenan ya esta evidencia y haban dispuesto
vengarse.

En el mes y medio que faltaba Aviraneta de Madrid, la sociedad
carbonaria haba hecho algunos adelantos.

Parte de ella se haba relacionado con los comuneros, y visitaba la
casa de stos; parte quiso permanecer independiente.

Aviraneta, haca tiempo haba presentado un plan de organizacin
carbonaria. Este plan se discuti largamente y se lleg a aprobar.

Algunos de los italianos no queran que se desposeyese a la sociedad
carbonaria de su simbolismo, que en el proyecto de Aviraneta
desapareca por completo.

Aviraneta era hostil a estas mojigangas.

--Si nos llamamos unos a otros _buenos primos_ y hablamos del
firmamento, la gente se va a rer de nosotros--dijo don Eugenio varias
veces.

En el plan de Aviraneta haba cuatro clases de ventas. Cada una estara
constituda por veinte hombres. Veinte hombres de la primera venta
tendran un delegado. Veinte delegados de las primeras ventas formaran
la segunda venta; nuevos veinte delegados de las segundas ventas
formaran la tercera, y otros veinte delegados de las terceras, la Alta
Venta. Para no quitar todo aliciente a la imaginacin, se dispuso que
las primeras ventas se llamasen manpulas; las segundas, centurias; las
terceras, cohortes, y la cuarta, legin o Alta Venta.

Cada venta tendra su autonoma, y no conoceran sus individuos a las
de las otras.

El procedimiento para impedir las traiciones estaba basado en el
tringulo de Weishaupt; lo que en ste eran individuos, en el
carbonarismo eran grupos de veinte.

El plan de Aviraneta se aprob estando l fuera.

Se lleg a reunir una centuria, es decir, veinte grupos de a veinte, y
para la reunin de esta centuria se alquil un local en la calle del
Pozo, en el piso bajo de una casa prxima a la Fontana de Oro.

Aviraneta encontraba muchos defectos a las sociedades secretas;
defectos que haba ido comprobando en la prctica, en la masonera.

Primeramente, la gente no saba callar, y el secreto, la tctica de
proteccin comn, no se respetaba. A esto haba que aadir que la
confianza en los miembros era muy escasa, que no se aceptaba de buen
grado una jerarqua, y que no haba hombres capaces de obedecer sin
discutir ni comprender.

Otro peligro grande era la entrada de traidores en la sociedad, lo
que poda transformar una institucin liberal en un instrumento de
absolutismo, como pasaba con los Comuneros.

A pesar de su desconfianza, Aviraneta fu con asiduidad a la venta
carbonaria creada bajo sus inspiraciones.

La casa en donde se haba instalado la venta tena tres entradas: se
poda llegar a ella por un portal estrecho de la calle del Pozo, por
una taberna prxima y por un pasadizo que comunicaba con la Carrera de
San Jernimo.

Desde esta misma casa, desde los balcones de la Carrera, se proyect
matar a Espartero y a O'Donnell, despus de su triunfo en la Revolucin
de 1854, por unos cuantos republicanos, y Aviraneta, que estaba en el
Saladero, convenci a los directores del complot, tambin presos, de la
inutilidad del atentado.

En el portal de la calle del Pozo se haba instalado un despacho de
memorialista, que serva para que el conserje de los carbonarios
vigilara la calle y advirtiera la llegada de la polica.

La venta carbonaria disfrutaba de una instalacin pauprrima. El local
tena un cuarto bastante grande, que era el saln de juntas, con otros
dos o tres pequeos, y varios pasillos. En el saln grande haba una
mesa, unos bancos y un armario. Sobre la mesa, un veln de aceite.

Formaban la centuria carbonaria veinte miembros, que se llamaban por su
nmero.

Eran: Gipini, el dueo de la Fontana; Cobianchi, el joyero; Nepsenti,
el ex fraile Moore, Cugnet de Montarlot, que estaba en Madrid;
Aviraneta, uno de los hermanos Bonaldi, bartono de fama; el _Majo de
Maravillas_, el miliciano Fachada, el capitn Rini, piamonts hudo
de su pas; el ex coronel Latorde, dos napolitanos, el uno llamado
Monteleone y el otro apodado _il Re di Facca_, y otros ms, hasta los
veinte.

Al saber que Regato era el organizador de la algarada del 19 de
febrero, que haba dejado al Gobierno sin fuerza, como tiempo antes
prepar la silba a las Embajadas de la Santa Alianza, muchos liberales
no tuvieron ms remedio que pensar que Regato estaba vendido a Fernando
VII, como desde haca tiempo se deca.

En aquella poca, como ms tarde, la caracterstica de los liberales
espaoles era una credulidad tan necia que, en la mayora de los casos,
confinaba con la estupidez.

El fetichismo por la palabra sonora y por el orador escultural
produca, y ha seguido produciendo en el espaol progresista, una
extraa incapacidad para enterarse del fondo de las cuestiones, de la
realidad de los hechos y de la exactitud de las ideas.

Aviraneta, que desde haca tiempo persegua a Regato, di infinidad de
detalles a la centuria carbonaria para convencerla de la traicin del
comunero.

Aviraneta propuso citar a Regato de noche, en un rincn cualquiera, y
ahorcarlo, o, por lo menos, pegarle una paliza. La venta carbonaria de
Madrid incub otro plan ms misterioso y novelesco.

Entre los italianos se decidi tomar un acuerdo con Regato, terrible, y
fu marcarle en la frente, con un hierro candente, la palabra _Traidor_.

Aviraneta no era partidario de procedimientos tan medievales, y
prefera un sistema ms sencillo de deshacerse de Regato: pegarle una
pualada o dos tiros en un callejn obscuro.

Sin embargo, crea que uno de los modos de dar fuerza al carbonarismo
hubiera sido comenzar con un crimen siniestro y complicado.
Seguramente, la disgregacin y la falta de tensin de la sociedad
carbonaria se hubieran evitado as.

La complicidad hubiera apretado los lazos de la centuria carbonaria,
de la cual Aviraneta comenzaba a sospechar. Eran todos los afiliados
fieles? No era fcil asegurarlo.

Se pusieron a discusin varios proyectos para castigar a Regato, y el
de los italianos prevaleci en la reunin.

Covianchi se encarg de traer, dos das despus, un hierro con la
palabra _Traidor_ grabada en relieve y sujeto en un mango.

Ya, decidida la forma de la venganza, con el mayor sigilo se comenzaron
los preparativos.

Se envi una denuncia al jefe de polica, como escrita por un agente,
diciendo que haba una reunin misteriosa en la calle del Pozo y que
mandaran un hombre que no inspirara sospechas, como Regato. Regato
fu a ver a Gipini a la Fontana de Oro, y Gipini le di una tarjeta
cortada para que pudiese pasar al interior de la casa donde tena sus
reuniones la centuria carbonaria. La hora fijada eran las once de la
noche. Aviraneta entr en la venta por la Carrera de San Jernimo. Al
ir a pasar al saln de actos, un carbonario le tom la capa y le di
una careta, que se la puso. Al entrar en la sala se sobrecogi. Estaba
todo el grupo carbonario reunido, cada individuo con su antifaz. En
la mesa, iluminada por dos candelabros, se haba formado un tribunal
con tres hombres enmascarados; detrs de ellos, cerrando la puerta de
comunicacin con otro cuarto, haba una cortina negra.

A las once en punto se oy ruido de pasos en el corredor. La centuria
carbonaria se dispona a la obra.

Un momento despus entr Regato con los ojos vendados y sujeto por
cuatro hombres.

Al acercarse a la mesa le ataron las manos y los pies rpidamente y le
quitaron la venda de los ojos.

La impresin en Regato debi de ser terrible. Algunos carbonarios
haban sacado el pual y lo mostraban a la vctima.

--Acusado, sentaos--dijo el presidente.

La voz era la del _Re di Facca_.

Regato se sent y qued apabullado en la silla por el terror. Aviraneta
lo miraba de frente. Regato era en esta poca un hombre todava joven,
bajito, grueso, mofletudo, con los ojos claros, el aire clerical, sucio
en el traje y de una viveza de ratn.

--Regato--dijo el presidente--, te acusamos de ser traidor a la causa
liberal; de ser un espa de Ugarte y de Fernando VII; de haber vendido
a nuestros hermanos en varias ocasiones... Qu tienes que alegar?

--Que es falso--grit Regato--. Si me he acercado a la polica ha sido
para defender a los nuestros.

--Qu dice nuestro hermano, el nmero 11?--pregunt el presidente.

--En la conspiracin de Renovales l fu el denunciador--dijo Aviraneta
con acento enrgico.

--Lo podra jurar?

--S.

--Qu dice el nmero 13?

--Que Regato ha vendido al Gobierno los secretos de la Masonera en los
aos anteriores al glorioso levantamiento de Cdiz.

--Lo podra jurar?

--Por mi alma.

--Qu dice el nmero 15?

--Que Regato est vendido a Ugarte desde 1821; que obedece las rdenes
de Fernando VII para desunir a los liberales; que intent hace un
ao el apedrear las Embajadas para que cuanto antes la Santa Alianza
declarase la guerra a Espaa.

--Lo puede jurar?

--Lo juro. El zapatero que qued preso delante de la Embajada de Rusia,
que se llama Damin Santiago, ha dicho que estaba pagado por Regato.

--Qu dice el nmero 17?

--Que la algarada del 19 de febrero ha sido tramada por los comuneros y
por Regato para acabar con el rgimen.

--Qu alega el acusado contra estos testimonios?

--Que son falsos.

--Est bien. Silencio, compaeros--dijo el presidente, dirigindose a
todos los enmascarados--. Tenis la conciencia de que el acusado es
culpable?

--S, s--dijo la mayora.

--Qu pena merece?

--La marca, la marca.

En esto se descorri la cortina negra, y, en el fondo, aparecieron dos
enmascarados con un braserillo encendido. Regato, al verlo, di un
grito espantoso y se levant de la silla. Se produjo un gran barullo y
se oy un silbido agudo. Algunos carbonarios, entre ellos el _Majo de
Maravillas_, sujetaban a Regato; pero otros se haban puesto delante de
l, defendindole.

--La ronda! La ronda!--dijeron varios.

Aviraneta, curioso, contemplaba la escena. Pronto pudo comprender que
Regato tena defensores entre los carbonarios. En aquella sociedad
haba polizontes, como en casi todas las sociedades secretas.

Al segundo silbido se oy llamar a golpes en la puerta. Era la ronda;
los carbonarios guardaron su careta, y cada uno, embozado en su capa,
escap por la puerta de la Carrera de San Jernimo. Regato se haba
salvado.




XII

TERESITA


DOS o tres das despus, la madre de Aviraneta decidi marcharse a Irn
con su vieja criada Joshepa-Anthoni.

Pensaba detenerse dos das en Aranda y seguir despus.

Aviraneta les acompa hasta el coche. Pasada una semana, su madre le
escribi una carta.

Le contaba varias noticias de Aranda. Frutos San Juan se haba casado
con una seorita bastante rica, pero nada joven, de Roa; la _Gaceta_
estaba herido de un garrotazo que le haba dado un miliciano nacional;
Emilio Garca, el de Vadocondes, haba comprado varias tierras y
pensaba ir a vivir a Madrid, y el To Guillotina haba muerto en el
hospital.

Tras estas noticias, para Aviraneta de poco inters, le deca que
Teresita, la hija de Aun, entraba monja.

El cura don Vctor y un jesuta recin llegado a Aranda la haban
convencido. Doa Nona estaba contentsima. Teresita estaba admirando al
pueblo con su sabidura.

Aviraneta qued absorto, sinti como si se le escapase el suelo bajo
los pies.

Haba, sin duda, forjado vagas ilusiones, en las cuales intervena
Teresita, la muchacha amable, sabia y discreta de la casa del juez.

Teresita se le escapaba, marchaba a un convento, abandonando las
complicaciones del mundo...

Era su vida, su vida inquieta y nmada la que arrebataba a Aviraneta la
posibilidad de detenerse un momento en el camino, de entregarse a un
afecto hondo y fuerte.

Aviraneta estuvo varios das dominado por una impresin de vrtigo;
pasaba las horas en actitud indecisa, sin pensar en nada.

No saba qu hacer, no saba qu determinacin tomar.

Un da, el francs Cugnet de Montarlot fu a su casa y le sac de su
pasividad con sus exageraciones y sus gritos.

--Los franceses estn ya en la frontera--dijo--; la Libertad espaola
peligra. Hay que tomar las armas en seguida...

    Madrid, febrero, 1915.


                  FIN DE CON LA PLUMA Y CON EL SABLE




NDICE


                                                  Pginas.

  PRLOGO.                                               7


                     LIBRO PRIMERO

                  DE VERACRUZ A ARANDA

     I.--Los hilos de la vida pasada.                   15

    II.--En Madrid, de perfumista.                      21

    III.--Dos madamas francesas.                        25

     IV.--Cdiz.                                        33

      V.--El Empecinado.                                43


                     LIBRO SEGUNDO

                  EL TIRANO DE ARANDA

     I.--Los milicianos.                                47

    II.--Diamante.                                      53

   III.--Los tres cargos de don Eugenio.                59

    IV.--Una familia amiga.                             71

     V.--El seor Sorihuela.                            75

    VI.--La moral del tirano.                           83


                     LIBRO TERCERO

                ASECHANZAS Y EMBOSCADAS

     I.--Un oficio.                                     89

    II.--Conferencia con el gobernador.                 93

   III.--Frente a frente.                              101

    IV.--La partida de Barrio.                         105

     V.--Hostilidad popular.                           109

    VI.--La Vid.                                       113

   VII.--Auto de Fe.                                   119

  VIII.--Nochebuena en La Vid.                         123

    IX.--San Martn con su capa.                       129

     X.--El dilema de doa Nona.                       135


                      LIBRO CUARTO

               EL EMPECINADO CONTRA MERINO

     I.--Don Juan Martn y Salvador Manzanares.        141

    II.--En Lerma.                                     147

   III.--En campaa.                                   153

    IV.--Merino se oculta.                             161


                      LIBRO QUINTO

                  ENTRE ARANDA Y MADRID

     I.--Rosala y Teresa.                             165

    II.--Una nueva sociedad.                           171

   III.--Confusin.                                    179

    IV.--Olloqui, el ferretero.                        185

     V.--Entrevista con San Miguel.                    189


                      LIBRO SEXTO

                     PARS EN 1822

     I.--De Madrid a Bidart.                           193

    II.--Los absolutistas de Bayona.                   197

   III.--La condesa de Rupelmonde.                     203

    IV.--Trabajos de los absolutistas.                 209

     V.--De la logia a la Venta Carbonaria.            213

    VI.--Cugnet de Montarlot.                          217

   VII.--Los carbonarios y el complot de Belfort.      221

  VIII.--La ayuda extranjera.                          227

    IX.--La Soledad.                                   231

     X.--Ultima carta.                                 235

    XI.--Los sargentos de la Rochela.                  239

   XII.--Despedida.                                    243

  XIII.--El jardn de Etchepare.                       245

   XIV.--Al entrar en Espaa.                          249


                     LIBRO SPTIMO

                      EL INVIERNO

     I.--La situacin.                                 253

    II.--Los extranjeros en Espaa.                    259

   III.--Las cartas de Teresita.                       265

    IV.--El avance absolutista.                        269

     V.--Caspueas y Brihuega.                         273

    VI.--Lo ocurrido a O'Daly.                         279

   VII.--En Guadalajara.                               283

  VIII.--Persecucin de Bessieres.                     287

    IX.--Hacia Aragn.                                 295

     X.--Vuelta a Madrid.                              297

    XI.--Los carbonarios de Madrid.                    301

   XII.--Teresita.                                     309




Obras publicadas por esta Casa.


Novelas de Willy.

WILLY:

  Los amigos de Siska.

  La insaciable Siska.

  Historia sombra.

  Ginette la soadora.

  Ledos, tapicero.

  El ter consolador.


Historia, Sociologa y Biografa.

CARLOS RIVET:

  El ltimo Romanof (historia del Tsar y su corte).

JOS MARA SALAVERRA:

  Los conquistadores. (Origen heroico de Amrica.)

  En la vorgine.

JULIN SOREL:

  Los hombres del 98: Unamuno.

  La raza.


Literatura espaola contempornea.

A. MARTNEZ OLMEDILLA:

  Resurgimiento.

R. BAROJA (J. G. Nessi):

  Aventuras del submarino alemn U...

  Fernanda.

  Fiebre de amor.

JOS MARA SALAVERRA:

  Pginas novelescas.

A. DE HOYOS Y VINENT:

  Las tragedias cotidianas.

CIRO BAYO:

  (Ilustraciones de Galvn.)

  Indios pampas, gauchos y collas.

  La terraza de los Andes.

  El tempe boliviano.

  Los ros del oro negro.

FELIPE A. SALTO:

  Aristocracia de sangre.

AZORN, BAROJA, BYRON, GAUTIER, PALACIO VALDS, etctera:

  Pginas taurmacas.

NSTOR DE LA TORRE:

  La huella perdida.

JAIME BRUNET:

  Por el mrito.

HENRI BARBUSSE:

  El fuego (nueva edicin).

  Claridad.

STENDHAL:

  Un oficial enamorado (Luciano Leuwen), dos tomos.

A. S. PUCHKIN:

  El bandido Dubrovsky.

  La casita solitaria.


Novelas contemporneas extranjeras.

HENRI KISTEMAECKERS:

  El relevo galante.

ABEL BOTELHO:

  El libro de Alda (dos tomos).

ABEL HERMANT:

  Los amores de Fanfan.

JUAN D'IVRAI:

  Memorias de un eunuco.

HENRI BORDEAUX:

  Una mujer honrada.

PAUL ACKER:

  Pequeas confesiones (dos tomos).

SMNE ZEMLAK:

La eterna fatalidad.

J. DE GACHONS:

  El valle azul.

CARLOS FOLEY:

  La dama de los millones.

ARTZYBASHEF:

  Sanin (dos tomos).

H. HARLAND:

  La tabaquera del Cardenal.

P. VILLETARD:

  Las muecas se rompen.

HORACIO VAN OFFEL:

  La exaltacin.

CLEMENTE VAUTEL:

  La reapertura del paraso terrenal.

JUAN LORRAIN:

  La feria de las pasiones.

JEHAN TESTEWIDE:

  Amar...

MARC TWAIN:

  Aventuras de Huck.

ANDRS GUILMAIN:

  El divino instante.

M. RUIZ MAYA:

  Los incultos.


Novelas ligeras.

ANDRS GUILMAIN:

  Margot peca siete veces.

  Frou-Frou, vendedora de caricias.

  La Condesa busca un amante.

  Las perversiones de Tot.

  La ninfa de los Souper-tangos.

  La virgen desflorada.

  Una cocotte ltimo grito.

  El divino instante.

  El favorito de las damas.

  La sonrisa de la Aventura.

LVARO RETANA:

  La primera aventura de Leticia.

  Las mujeres del diablo.

  El prncipe que quiso ser princesa (ilustrada).

  Una confesin muy siglo XX.

  Rosas blancas.

  Rosas ingenuas.

A. HOYOS Y VINENT:

  Obscenidad (ilustrada).

RAFAEL GERINO:

  Una aventura ertica.

A. REGUERA:

  Melita busca sensaciones.

A. HERNNDEZ:

  Lul, pasional y ambigua.

J. G. NESSI:

  De tobillera a cocotte.

FLIX CUQUERELLA:

  Mariposas del placer.

VALENTN DE PEDRO:

  Cartas de amor de Clara Matei.

  Florin.

E. M. DEL PORTILLO:

  La seorita Capricho.


Novelas clsicas extranjeras.

JULIO VALLS:

  El nio (vida de Jaime Vingtras).

RUDYAR KIPLING:

  Capitanes valientes.


                       OBRAS COMPLETAS DE AZORIN


      I.--EL ALMA CASTELLANA.

     II.--LA VOLUNTAD.

    III.--ANTONIO AZORN.

     IV.--LAS CONFESIONES DE UN PEQUEO FILSOFO. (Aumentada.)

      V.--ESPAA.

     VI.--LOS PUEBLOS.

    VII.--FANTASAS Y DEVANEOS.

   VIII.--EL POLTICO.

     IX.--LA RUTA DE DON QUIJOTE.

      X.--LECTURAS ESPAOLAS.

     XI.--LOS VALORES LITERARIOS.

    XII.--CLSICOS Y MODERNOS.

   XIII.--CASTILLA.

    XIV.--UN DISCURSO DE LA CIERVA.

     XV.--AL MARGEN DE LOS CLSICOS.

    XVI.--EL LICENCIADO VIDRIERA.

   XVII.--UN PUEBLECITO.

  XVIII.--RIVAS Y LARRA.

    XIX.--EL PAISAJE DE ESPAA VISTO POR LOS ESPAOLES.

     XX.--ENTRE ESPAA Y FRANCIA.

    XXI.--PARLAMENTARISMO ESPAOL.

   XXII.--PARS BOMBARDEADO Y MADRID SENTIMENTAL.

  XXIII.--LABERINTO.

   XXIV.--MI SENTIDO DE LA VIDA.

    XXV.--AUTORES ANTIGUOS. (ESPAOLES Y FRANCESES.)

   XXVI.--LOS DOS LUISES Y OTROS ENSAYOS.





End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de un Hombre de Accin: #4
Con la Pluma Y Con El Sable, by Po Baroja

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCION ***

***** This file should be named 49470-8.txt or 49470-8.zip *****
This and all associated files of various formats will be found in:
        http://www.gutenberg.org/4/9/4/7/49470/

Produced by Carlos Coln, University of Toronto and the
Online Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net
(This file was produced from images generously made
available by The Internet Archive/Canadian Libraries)

Updated editions will replace the previous one--the old editions will
be renamed.

Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
law means that no one owns a United States copyright in these works,
so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United
States without permission and without paying copyright
royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part
of this license, apply to copying and distributing Project
Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm
concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark,
and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive
specific permission. If you do not charge anything for copies of this
eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook
for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
performances and research. They may be modified and printed and given
away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
trademark license, especially commercial redistribution.

START: FULL LICENSE

THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE
PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK

To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free
distribution of electronic works, by using or distributing this work
(or any other work associated in any way with the phrase "Project
Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
Project Gutenberg-tm License available with this file or online at
www.gutenberg.org/license.

Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project
Gutenberg-tm electronic works

1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm
electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
and accept all the terms of this license and intellectual property
(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
the terms of this agreement, you must cease using and return or
destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your
possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a
Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound
by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the
person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph
1.E.8.

1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be
used on or associated in any way with an electronic work by people who
agree to be bound by the terms of this agreement. There are a few
things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
even without complying with the full terms of this agreement. See
paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
agreement and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm
electronic works. See paragraph 1.E below.

1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the
Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
of Project Gutenberg-tm electronic works. Nearly all the individual
works in the collection are in the public domain in the United
States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
United States and you are located in the United States, we do not
claim a right to prevent you from copying, distributing, performing,
displaying or creating derivative works based on the work as long as
all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope
that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting
free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm
works in compliance with the terms of this agreement for keeping the
Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily
comply with the terms of this agreement by keeping this work in the
same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when
you share it without charge with others.

1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern
what you can do with this work. Copyright laws in most countries are
in a constant state of change. If you are outside the United States,
check the laws of your country in addition to the terms of this
agreement before downloading, copying, displaying, performing,
distributing or creating derivative works based on this work or any
other Project Gutenberg-tm work. The Foundation makes no
representations concerning the copyright status of any work in any
country outside the United States.

1.E. Unless you have removed all references to Project Gutenberg:

1.E.1. The following sentence, with active links to, or other
immediate access to, the full Project Gutenberg-tm License must appear
prominently whenever any copy of a Project Gutenberg-tm work (any work
on which the phrase "Project Gutenberg" appears, or with which the
phrase "Project Gutenberg" is associated) is accessed, displayed,
performed, viewed, copied or distributed:

  This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
  most other parts of the world at no cost and with almost no
  restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
  under the terms of the Project Gutenberg License included with this
  eBook or online at www.gutenberg.org. If you are not located in the
  United States, you'll have to check the laws of the country where you
  are located before using this ebook.

1.E.2. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is
derived from texts not protected by U.S. copyright law (does not
contain a notice indicating that it is posted with permission of the
copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
the United States without paying any fees or charges. If you are
redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
with the permission of the copyright holder, your use and distribution
must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
posted with the permission of the copyright holder found at the
beginning of this work.

1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm
License terms from this work, or any files containing a part of this
work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.

1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this
electronic work, or any part of this electronic work, without
prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with
active links or immediate access to the full terms of the Project
Gutenberg-tm License.

1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary,
compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
any word processing or hypertext form. However, if you provide access
to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official
version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.

1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying,
performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works
unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.

1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing
access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
provided that

* You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
  the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method
  you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed
  to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
  agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
  within 60 days following each date on which you prepare (or are
  legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
  payments should be clearly marked as such and sent to the Project
  Gutenberg Literary Archive Foundation at the address specified in
  Section 4, "Information about donations to the Project Gutenberg
  Literary Archive Foundation."

* You provide a full refund of any money paid by a user who notifies
  you in writing (or by e-mail) within 30 days of receipt that s/he
  does not agree to the terms of the full Project Gutenberg-tm
  License. You must require such a user to return or destroy all
  copies of the works possessed in a physical medium and discontinue
  all use of and all access to other copies of Project Gutenberg-tm
  works.

* You provide, in accordance with paragraph 1.F.3, a full refund of
  any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
  electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
  receipt of the work.

* You comply with all other terms of this agreement for free
  distribution of Project Gutenberg-tm works.

1.E.9. If you wish to charge a fee or distribute a Project
Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
trademark. Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.

1.F.

1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable
effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread
works not protected by U.S. copyright law in creating the Project
Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm
electronic works, and the medium on which they may be stored, may
contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate
or corrupt data, transcription errors, a copyright or other
intellectual property infringement, a defective or damaged disk or
other medium, a computer virus, or computer codes that damage or
cannot be read by your equipment.

1.F.2. LIMITED WARRANTY, DISCLAIMER OF DAMAGES - Except for the "Right
of Replacement or Refund" described in paragraph 1.F.3, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation, the owner of the Project
Gutenberg-tm trademark, and any other party distributing a Project
Gutenberg-tm electronic work under this agreement, disclaim all
liability to you for damages, costs and expenses, including legal
fees. YOU AGREE THAT YOU HAVE NO REMEDIES FOR NEGLIGENCE, STRICT
LIABILITY, BREACH OF WARRANTY OR BREACH OF CONTRACT EXCEPT THOSE
PROVIDED IN PARAGRAPH 1.F.3. YOU AGREE THAT THE FOUNDATION, THE
TRADEMARK OWNER, AND ANY DISTRIBUTOR UNDER THIS AGREEMENT WILL NOT BE
LIABLE TO YOU FOR ACTUAL, DIRECT, INDIRECT, CONSEQUENTIAL, PUNITIVE OR
INCIDENTAL DAMAGES EVEN IF YOU GIVE NOTICE OF THE POSSIBILITY OF SUCH
DAMAGE.

1.F.3. LIMITED RIGHT OF REPLACEMENT OR REFUND - If you discover a
defect in this electronic work within 90 days of receiving it, you can
receive a refund of the money (if any) you paid for it by sending a
written explanation to the person you received the work from. If you
received the work on a physical medium, you must return the medium
with your written explanation. The person or entity that provided you
with the defective work may elect to provide a replacement copy in
lieu of a refund. If you received the work electronically, the person
or entity providing it to you may choose to give you a second
opportunity to receive the work electronically in lieu of a refund. If
the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
without further opportunities to fix the problem.

1.F.4. Except for the limited right of replacement or refund set forth
in paragraph 1.F.3, this work is provided to you 'AS-IS', WITH NO
OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

1.F.5. Some states do not allow disclaimers of certain implied
warranties or the exclusion or limitation of certain types of
damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
agreement shall be interpreted to make the maximum disclaimer or
limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
remaining provisions.

1.F.6. INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the
trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in
accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.

