Project Gutenberg's Una historia de dos ciudades, by Charles Dickens

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Title: Una historia de dos ciudades

Author: Charles Dickens

Translator: Gregorio Lafuerza

Release Date: April 22, 2020 [EBook #61887]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES ***




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  Nota del Transcriptor:


  Se ha respetado la ortografa y la acentuacin del original.

  Errores obvios de imprenta han sido corregidos.

  Pginas en blanco han sido eliminadas.

  Letras itlicas son denotadas con _lneas_.

  Las versalitas (letras maysculas de tamao igual a las minsculas)
  han sido sustituidas por letras maysculas de tamao normal.

  Ilustraciones han sido eliminadas.




                     BIBLIOTECA DE GRANDES NOVELAS


                            CARLOS DICKENS


                     UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES


                             TRADUCCIN DE
                           GREGORIO LAFUERZA


                             [Ilustracin]


                               BARCELONA
                         RAMN SOPENA. EDITOR
                           PROVENZA, 93 A 97




                                                    DERECHOS RESERVADOS


    Ramn Sopena, impresor y editor, Provenza, 93 a 97.--Barcelona




PROLOGO


Conceb las lneas generales de esta historia cuando represent con
mis hijos y amigos el drama de Collin _El Abismo Helado_. Apoderse
entonces de m el deseo firme de encarnar el drama en mi persona, y
procur asimilarme, con solicitud e inters especiales, el estado de
nimo necesario para hacer su presentacin a un espectador dotado del
espritu de observacin.

A medida que me fu familiarizando con la idea, fueron dibujndose y
resaltando las lneas generales hasta llegar gradualmente a adquirir la
forma que en la actualidad tienen. Hasta tal extremo se ha posesionado
de m el argumento durante su ejecucin, ha dado tanta vida a todo
lo que en estas pginas se ha hecho y sufrido, que puedo decir, sin
incurrir en exageraciones, que todo lo he hecho y sufrido yo mismo.

Cuantas referencias haga, por ligeras que sean, a la condicin del
pueblo francs antes o durante la Revolucin, sern exactas de toda
exactitud, fundadas en los testimonios de personas dignas de fe
absoluta. Ha sido una de mis aspiraciones aadir algo a los medios de
inteligencia populares y pintorescos de aquella poca terrible, bien
que firmemente convencido de que no hay quien pueda aadir nada a la
portentosa filosofa que encierra la obra admirable de Carlyle.




UNA HISTORIA DE DOS CIUDADES




LIBRO PRIMERO

VUELTA A LA VIDA


I

EL PERODO

Erase el mejor de los tiempos y el ms detestable de los tiempos; la
poca de la sabidura y la poca de la bobera, el perodo de la fe
y el perodo de la incredulidad, la era de la Luz y la era de las
Tinieblas, la primavera de la vida y el invierno de la desesperacin.
Todo lo poseamos y nada poseamos, caminbamos en derechura al cielo
y rodbamos precipitados al abismo: en una palabra, era tan parecido
aquel perodo al actual, que nuestras autoridades de mayor renombre
estn contestes en afirmar que, entre uno y otro, tanto en lo que al
bien se refiere como en lo que toca al mal, slo en grado superlativo
es aceptable la comparacin.

Un rey de bien desarrolladas mandbulas y una reina de cara aplastada
se sentaban sobre el trono de Inglaterra, y un rey de grandes quijadas
y una reina de rostro hermoso ocupaban el de Francia. Los seores de
los grandes almacenes de pan y de pescado de entrambos pases vean
claro como el cristal que el bien pblico estaba asegurado para siempre.

Era el ao de Nuestro Seor de mil setecientos setenta y cinco. En un
perodo tan favorecido, no podan faltar a Inglaterra las revelaciones
espirituales. Recientemente haba celebrado su vigsimoquinto natalicio
la seora Southcott, cuya aparicin sublime en el mundo anunciara
con la antelacin debida un guardia de corps, profeta privado,
pronosticando que se hacan preparativos para tragarse a Londres y a
Westminster. Hasta haba sido definitivamente enterrado el fantasma
de la Callejuela del Gallo, despus de andar rondando por el mundo
doce aos, y de revelar a los mortales sus mensajes en la misma forma
que los espritus del ao anterior, acusando una pobreza sobrenatural
de originalidad, revelaron los suyos. Los mensajes nicos de orden
terrenal que recibieron la Corona y el Pueblo ingleses, les llegaron
de un congreso de sbditos britnicos residentes en Amrica, mensajes
que, por extrao que parezca, han resultado de muchsima mayor
transcendencia para la raza humana que cuantos recibi sta por la
mediacin de cualquiera de los pollitos de la Callejuela del Gallo.

Menos favorecida Francia en lo referente a asuntos de orden espiritual
que su hermana la del escudo y del tridente, rodaba con suavidad
encantadora pendiente abajo, fabricando papel moneda y gastndolo que
era un contento. Bajo la direccin de sus cristiansimos pastores,
permitase entretenerse, adems, con distracciones tan humanitarias
como sentenciar a algn que otro joven a que le cortaran las manos,
le arrancaran con pinzas la lengua y le quemaran vivo, por el nefando
delito de no haber cado de rodillas sobre el fango del camino, en
un da lluvioso, para rendir el debido acatamiento a una procesin
de frailes que pas al alcance de su vista, bien que a distancia de
cincuenta o sesenta varas. Es muy probable que, cuando aquel criminal
fu llevado al suplicio, el leador _Destino_ hubiera marcado ya
en los bosques de Francia y de Normanda los aosos rboles que la
sierra deba convertir en tablas que serviran para construir aquella
plataforma movible, provista de su cesto y su cuchilla, que tanta y
tan terrible celebridad ha conquistado en la historia. Es asimismo muy
posible que, en los rsticos cobertizos anejos a las casuchas de los
labradores de las cercanas de Pars, se hallasen en el mismo da,
resguardados de las inclemencias del tiempo, las primitivas carretas,
llenas de salpicaduras de fango lamidas por los cerdos y sirviendo
de percha a las aves de corral, que el labriego _Muerte_ haba
seleccionado para que fueran las carrozas de la Revolucin. Verdad es
que, si bien el Leador y el Labriego trabajaban incesantemente, su
labor era silenciosa y no haba odo humano que percibiera sus pasos
sordos, tanto ms, cuanto que abrigar algn recelo de que aquellos
estuvieran despiertos era tanto como confesarse a la faz del mundo ateo
y traidor.

En Inglaterra, apenas si quedaba un tomo de orden y de proteccin
bastantes para justificar la jactancia nacional. La misma capital era
todas las noches teatro de robos a mano armada y de crmenes los ms
osados y escandalosos. Pblica y oficialmente se avisaba a las familias
que no salieran de la ciudad sin llevar antes sus mobiliarios a los
almacenes de los tapiceros, nicos sitios que les ofrecan alguna
garanta. El que a favor de las sombras de la noche era bandolero,
pareca honrado mercader de la ciudad a la luz del sol, y si alguna
vez era reconocido por el comerciante autntico a quien se presentaba
bajo el carcter de capitn, disparbale con la mayor frescura un
tiro que le enviaba a otro mundo mejor y pona pies en polvorosa. La
diligencia-correo fu asaltada por siete bandoleros, de los cuales mat
a tres la guardia, la cual a su vez fu muerta por los cuatro restantes
a consecuencia de haberse quedado sin municiones: a continuacin,
la diligencia fu robada concienzuda y tranquilamente. El altsimo y
poderossimo alcalde mayor de Londres fu secuestrado y obligado a
vivir durante algn tiempo en Turnham Green por un esforzado bandido,
quien tuvo el honor de desbalijar a criatura tan ilustre en las barbas
de su numerosa escolta y no menos numerosa servidumbre. En las crceles
de Londres rean los prisioneros fieras batallas con sus carceleros,
a los cuales obsequiaba la majestad de la ley con sendos arcabuzazos.
En los propios salones de la corte, manos habilidosas libraban a
los ms altos seores de las cruces de brillantes que adornaban sus
cuellos. Penetraron los mosqueteros en San Gil en busca de contrabando,
y el populacho hizo fuego contra los mosqueteros, y los mosqueteros
hicieron fuego sobre el populacho, sin que a nadie se le ocurriera
pensar que semejante suceso no fuera incidente de los ms comunes y
triviales de la vida. A todo esto, el verdugo, siempre en funciones,
siempre atareado, no bastaba a acudir a los distintos puntos en que era
necesario, hoy dejando pendientes de sus cuerdas grandes racimos de
criminales y maana ahorcando a un ladrn vulgar, que penetr el jueves
en la casa del vecino, y emprendi el viaje a la eternidad el sbado
siguiente; para quemar hoy en Newgate docenas de personas, y maana
centenares de folletos en la puerta de Westminster Hall; para enviar
hoy a la eternidad a un desalmado feroz, y hacer maana lo propio con
un msero raterillo que rob seis peniques al hijo de un agricultor.

Todas estas cosas, y mil otras por el estilo que podra referir,
eran el pan nuestro de cada da en el bendito ao de mil setecientos
setenta y cinco sin que fueran obstculo para que, mientras el Leador
y la Labriega proseguan su silenciosa labor, los dos mortales de
las desarrolladas quijadas y las dos de cara aplastada y hermosa,
respectivamente, llevaran a punta de lanza sus divinos derechos. As
conduca el ao de mil setecientos setenta y cinco a Sus Grandezas y
a los millones de criaturas insignificantes, entre ellas las que han
de figurar en la crnica presente, a sus destinos respectivos, por los
caminos que ante sus pasos estaban abiertos.


II

LA DILIGENCIA

El que recorra el primero de los personajes que han de jugar papel de
mucha importancia en la historia presente, la noche de un viernes de
noviembre, era el de Dover. Segua el viajero a la diligencia, mientras
sta avanzaba pesadamente por el repecho de la colina Shooter. Suba
caminando entre el barro pegado a la caja desvencijada del carruaje, y
a su lado iban los dems compaeros de viaje, no ciertamente movidos
del deseo de hacer ejercicio, poco agradable dadas las circunstancias,
sino porque rampa, arneses, fango, diligencia y caballos eran tan
pesados, que stos ltimos haban declarado ya tres veces sus deseos
de no seguir adelante, amn de otra que intentaron dar media vuelta,
con el propsito sedicioso de volverse a Blackheath. Las riendas y la
fusta, el postilln y el guarda, puestos de acuerdo, hubieron de dar
lectura al artculo del Reglamento de Campaa que asegura que nunca, ni
en ningn caso, tendrn _razn_ los animales brutos, gracias a lo cual
capitul el tiro y se resign a cumplir con su deber.

Bajas las cabezas y trmulas las colas procuraban abrirse paso por
entre los mares de espeso barro que cubran el camino, tropezando aqu,
dando all un tumbo espantoso, cayendo no pocas veces y tambalendose
siempre. Cuantas veces el mayoral les conceda algn descanso, el
caballo delantero sacuda violentamente la cabeza y cuantos objetos
la adornaban con aire doctoral y enftico, cual si su intencin fuera
negar que la diligencia pudiera llegar a lo alto de la loma; y cuantas
veces aquel haca restallar el ltigo, el viajero de quien vengo
hablando levantaba asustado la cabeza, como hombre a quien arrancan
bruscamente de sus meditaciones.

Mares de vapor acuoso en forma de espesa niebla cubran todas las
hondonadas y se deslizaban pegados a la tierra semejantes a espritus
malignos que buscan descanso y no lo encuentran. La niebla era pegajosa
y muy fra, y avanzaba formando graciosos rizos y masas onduladas
que se perseguan y alcanzaban como se persiguen y alcanzan las olas
cuando el mar est movido. Era lo suficientemente densa para encerrar
en un crculo estrechsimo la claridad que derramaban los faroles del
carruaje, hasta impedir que se vieran los chorros de vapor que los
caballos lanzaban por las narices y que iban a aumentar el caudal de
los que llenaban la atmsfera.

Dos viajeros, adems del que he mencionado, suban trabajosamente la
rampa siguiendo a la diligencia. Los tres llevaban subidos hasta las
orejas los cuellos de sus abrigos y los tres usaban botas muy altas.
Ninguno de ellos hubiera podido decir si sus compaeros de viaje
eran guapos o feos, jvenes o viejos; tan cuidadosamente recataban
sus semblantes, y no estar de ms aadir que, si imposible era a
los ojos del cuerpo divisar la sea corporal ms insignificante,
aun lo era ms a los ojos del espritu conjeturar las del alma, es
decir, las intenciones que cada uno de ellos pudiera abrigar. En
aquellos felices tiempos, los viajeros eran altamente reservados y
evitaban con gran cautela hacer confianza en personas desconocidas,
pues cualquier compaero de diligencia o de camino poda resultar un
bandolero o un cmplice de bandoleros, seores que abundaban que era
una bendicin, pues todas las tabernas y posadas contaban con cosecha
no escasa de soldados a sueldo del capitn, cuyas huestes nutran
todos sin excepcin, comenzando por el posadero y terminando por el
ltimo mozo de cuadra. En esto precisamente iba pensando el guarda de
la diligencia-correo de Dover la noche de aquel viernes del mes de
noviembre de mil setecientos setenta y cinco, mientras aqulla suba
trabajosamente la rampa de Shooter, sentado en la banqueta posterior
del carromato que le estaba reservada, dando furiosas patadas sobre las
tablas para evitar que sus pies quedaran transformados en bloques de
hielo y puesta la mano sobre un arcabuz cargado, que coronaba un montn
de seis u ocho pistolas de arzn, tambin cargadas, a las cuales serva
de base otro montn de machetes y puales perfectamente afilados.

En el viaje al que la presente historia se refiere, ocurra en la
diligencia de Dover lo que invariablemente suceda en todos los viajes:
el guarda sospechaba de los viajeros, los viajeros sospechaban entre
s y del guarda, unos a otros se miraban con recelo, y en cuanto al
postilln, slo de los caballos estaba seguro: es decir, que con plena
conciencia hubiera jurado por el Antiguo y el Nuevo Testamento, que el
ganado no serva para la faena a que estaba destinado.

--Ap! Ap!--grit el postilln.--Arriba, perezosos! Un tironcito
ms, y os encontris en lo alto de esa maldita colina! Oye, Pepe!

--Qu hay?--contest el guarda.

--Qu hora crees que ser?

--Por lo menos, las once y diez.

--Ira de Dios!--grit el postilln.--Las once y diez y no estamos en
la cresta de Shooter! Ap... ap...! Ah, ladrn!

El caballo delantero, cuyos lomos recogieron el terrible latigazo con
que el postilln acompa sus ltimas palabras, avanz con decisin por
la rampa, arrastrando a sus tres compaeros. La diligencia continu
dando tumbos, escoltada por los tres viajeros que tenan buen cuidado
de no separarse de ella, haciendo alto cuando la diligencia lo haca
y avanzando al paso de la misma, siempre atentos a no adelantarse ni
a quedar rezagados, sabedores de que, si tal hubieran hecho, habran
corrido riesgo inminente de recibir un arcabuzazo como bandoleros.

Domin al fin la pendiente el pesado carromato: los fatigados caballos
hicieron nuevo alto para tomar aliento y el guarda salt al camino
para echar los frenos a las ruedas y abrir la portezuela a fin de que
montasen los viajeros.

--Pepe!--murmur el postilln, bajando la cabeza y la voz.

--Qu hay, Toms?--contest el guarda.

--Me parece que se nos acerca un caballo al trote, Pepe.

--A m me parece que viene a galope, Toms--replic el guarda, soltando
la portezuela y encaramndose de un salto a su sitio.--Caballeros,
favor al Rey y a la Justicia!

Lanzado el llamamiento, empu su arcabuz y permaneci a la defensiva.

Hallbase el viajero a quien se refiere esta historia sobre el estribo,
dispuesto a entrar en la diligencia, y los dos restantes continuaban en
la carretera dispuestos a seguirle. El primero continu en el estribo,
y como consecuencia, sus dos compaeros de viaje hubieron de permanecer
en la carretera. Los tres paseaban sus miradas desde el postilln al
guarda y desde el guarda al postilln, y escuchaban. El postilln haba
vuelto atrs la cabeza, el guarda hizo lo propio, y hasta el caballo
delantero aguz las orejas y mir atrs, para no ser nota discordante.

El silencio consiguiente a la cesacin del rodar del vehculo, aadido
al silencio de la noche, hizo que en la cima de la colina reinara un
silencio solemne. El jadear de los caballos comunicaba al coche un
movimiento trmulo que le daba apariencias de monstruo dominado por
intensa agitacin. Latan con fuerza tal los corazones de los viajeros,
que probablemente no hubiera sido imposible oir sus latidos, pero si
esto no, al menos la quietud solemne de la escena evidenciaba que sus
personajes contenan el aliento, o no le tenan para respirar, y que
sus pulsaciones eran rpidas por efecto de la expectacin.

Retumbaban en el silencio de la noche los cascos del caballo que suba
la rampa a galope furioso.

--Eh! Alto quien sea!--rugi el guarda con voz de trueno.--Alto, o
hago fuego!

Ces el desenfrenado galopar y rasg los aires una voz de hombre que
pregunt:

--Es esa la diligencia de Dover?

--Eso lo veremos ms tarde!--replic el guarda.--Quin es usted?

--Es la diligencia de Dover?--insisti la voz.

--Para qu quiere usted saberlo?

--Porque si lo es, he de hablar con uno de sus pasajeros.

--Qu pasajero?

--El seor Mauricio Lorry.

Inmediatamente manifest el viajero de quien venimos hablando que
Mauricio Lorry era l. El guarda, el postilln y sus dos compaeros de
viaje le dirigieron miradas de desconfianza.

--Cuidado con moverse!--intim el guarda.--Tenga usted presente que si
cometo un error, lo que me ocurre algunas veces, no habr en el mundo
quien sea capaz de repararlo. Caballero llamado Lorry, conteste con
verdad a mis preguntas!

--Qu pasa?--pregunt el interpelado, con voz ligeramente
temblorosa.--Quin es el que me busca? Jeremas, tal vez?

--Si ese individuo es Jeremas, maldito lo que me gusta la voz de
Jeremas--gru el guarda entre dientes.--No me agradan las voces tan
broncas.

--El mismo, seor Lorry--respondi el del caballo.

--Qu pasa?

--Despacho de all para usted: T. y Compaa.

--Conozco al mensajero, guarda--dijo Lorry, saltando desde el estribo
al camino, ayudado, y no con suavidad, por sus dos compaeros de viaje,
que tiraron de la esclavina de su abrigo, montaron inmediatamente,
cerraron la portezuela y subieron el cristal.--Puede acercarse:
respondo de l.

--Y de ti quin responde?--se pregunt el guarda por lo bajo.--A
ver!--continu con voz tonante.--Escuche el del caballo!

--Concluye pronto!--replic Jeremas, con voz ms ronca que antes.

--Avance usted al paso...! Me entiende? Y si en la montura lleva
pistoleras, procure tener las manos muy lejos de ellas. Tenga presente
que me pinto solo para cometer errores, y que, cuando los cometo,
siempre toman la forma de plomo. Venga usted para que nos veamos las
caras.

No tard en dibujarse entre la niebla la forma de un caballo con su
jinete, que a paso lento se acerc al pasajero que esperaba junto al
estribo. Detuvo el jinete su cabalgadura, mir al guarda y alarg al
pasajero un papel doblado. Jadeaba el jinete al respirar, y tanto l
como su caballo estaban cubiertos de barro, desde los cascos del ltimo
hasta el sombrero del primero.

--Guarda!--llam el pasajero con tono confidencial.

--Qu se ofrece?--respondi con sequedad el tremebundo guarda, puesta
la diestra sobre la caja del arcabuz, la izquierda sobre el can y los
ojos sobre el jinete.

--Puede usted estar completamente tranquilo--repuso Lorry.--Pertenezco
al Banco Tellson, entidad de Londres que seguramente conoce usted.
Asuntos de importancia me llevan a Pars. Tome usted una corona para
echar un trago... Puedo leer esto?

--Si lo lee, despache usted cuanto antes, caballero.

Lorry desdobl el papel, y ley, primero para s y a continuacin en
voz alta:

Espere en Dover la visita de la seorita.

--Ya ve usted que el mensaje no es largo, guarda--aadi
Lorry.--Conteste usted a quien le enva, Jeremas, la palabra
siguiente: _Resucitado_.

Jeremas di un salto sobre la montura.

--Vaya una contestacin endiabladamente extraa!--exclam, sacando el
registro ms bronco de voz.

--Repita usted esa palabra, y los que le envan sabrn que ha cumplido
la misin que le confiaron. Puede usted emprender el regreso... Buenas
noches.

Diciendo estas palabras, el pasajero abri la portezuela y entr en
el carruaje, sin que por galantera le diera la mano ninguno de sus
compaeros de viaje, los cuales haban escondido, mientras tena lugar
el incidente mencionado, sus bolsillos y relojes en sus botas y fingan
dormir profundamente, sin duda con objeto de evitar ocasiones que
dieran lugar a ocupacin ms activa que el sueo.

Rechin de nuevo el coche y gimi ms lastimeramente que nunca al
emprender el descenso de la colina. El guarda coloc su arcabuz sobre
el montn de pistolas, bien que asegurndose antes de que las que, en
calidad de suplementaria, pendan del cinto, estaban en su lugar, sac
de debajo del asiento una cajita que contena algunas herramientas
de cerrajero, dos velas, eslabn, pedernal y yesca. Hombre previsor,
llevaba cuanto era necesario para encender, con facilidad y seguridad
relativas (si estaba de suerte) los faroles del coche en unos cinco
minutos, si aqullos se apagaban o eran apagados, como ocurra en los
viajes ms de una vez.

--Toms--llam el guarda con voz baja.

--Qu quieres, Pepe?

--Oste la lectura del papel?

--La o.

--Y la contestacin?

--Tambin.

--Y qu sacas en limpio, Toms?

--Absolutamente nada, Pepe.

--Mira qu casualidad!--exclam el guarda.--Otro tanto me sucede a m.

Jeremas, luego que qued a solas con la niebla que le envolva, ech
pie a tierra, no ya slo para dar algn descanso a su rendido corcel,
sino tambin para limpiar los salpicones de barro que llenaban su cara
y para bajar las alas de su sombrero, que contenan as como medio
galn de agua. Luego permaneci en medio de la carretera, y cuando
dej de oir el ruido del rodar de la diligencia, di media vuelta y
emprendi el regreso a pie diciendo a la yegua que montaba:

--Despus del galope que te has dado desde el Temple, amiga ma, no
me fo mucho de tus manos hasta tanto que lleguemos a camino plano...
Resucitado...! Contestacin que podr entender el infierno, pero no
Jeremas...! Lo que s te aseguro, Jeremas, es que si resucitar se
pusiera en moda, te veras en el mayor de los aprietos en que te has
visto en tu endiablada vida!


III

LAS SOMBRAS DE LA NOCHE

Digno de detenidas reflexiones es el fenmeno de que todos los seres
humanos llevan en su constitucin la necesidad de ser secretos
impenetrables entre s. Cuantas veces entro durante la noche en una
gran ciudad, maquinalmente y sin darme cuenta comienzo a pensar que
todas y cada una de las casas que forman el ingente y apretado racimo
que se alza ante mis ojos encierran su secreto peculiar, que todas
y cada una de las habitaciones de las casas encierran su secreto
peculiar, y que todos y cada uno de los corazones que palpitan en los
cientos de miles de pechos que las habitan, es un secreto profundo para
el corazn encerrado en el pecho ms inmediato. El fenmeno tiene algo
de pavoroso, algo de comn con la muerte. El corazn de la persona que
me es querida me parece libro cuyas hojas estoy volviendo y a cuyo
final no podr llegar jams: me parece ingente masa lquida en cuyas
profundidades insondables he entrevisto, a la luz que momentneamente
las ha penetrado, tesoros ocultos y mil secretos que han excitado mis
ansias por saber; pero una voluntad inmutable ha decretado que no pueda
leer ms que la pgina primera del libro, que la masa lquida se cuaje
y trueque en masa eternamente helada, mientras la luz jugueteaba sobre
su superficie y yo la contemplaba desde la orilla, ignorante de lo que
en su fondo encerraba. Ha muerto mi amigo, ha muerto mi vecino, han
muerto mis amores, y con ellos murieron los anhelos de mi alma, porque
su muerte trajo consigo la consolidacin inexorable, la perpetuacin
del secreto que encerraban aquellas individualidades, como la muerte
sellar para siempre el mo, sepultndolo conmigo en la tumba. Duerme,
acaso, en ninguno de los cementerios de las ciudades que visito, muerto
cuya personalidad ntima sea para m ms inexcrutable que las de los
vivos que afanosos y solcitos recorren sus calles, ms de lo que la
ma lo es para todos ellos?

Por lo que a este particular se refiere, la herencia natural,
herencia imposible de enajenar, del jinete mensajero, era la misma
del rey, la misma del primer ministro de Estado, la misma del
comerciante ms opulento de Londres. Otro tanto suceda con los tres
viajeros encerrados en los angostos lmites de una diligencia vieja y
destartalada. Cada uno de ellos era un misterio impenetrable para su
compaero, tan impenetrable como si en coche propio hubiera viajado,
solos y con una nacin de por medio entre coche y coche.

Mont el mensajero a caballo y emprendi el regreso a trote corto,
detenindose en todas las tabernas y mesones del camino para refrescar
la garganta, pero sin trabar conversacin con nadie y procurando llevar
siempre el sombrero hundido hasta los ojos. Con stos se armonizaba
perfectamente la precaucin, pues eran negros y muy juntos uno a otro;
tan juntos, que no pareca sino que teman que alguien los saltase
uno a uno si los encontraba separados. Eran de expresin siniestra, a
la que tal vez contribuyera la circunstancia de que brillaran entre
un sombrero, que ms que sombrero pareca escupidera triangular, y
una especie de tabardo que arrancaba de los ojos y terminaba en las
rodillas con su portador. Cuando ste se detena para beber, separaba
con la mano izquierda el tabardo lo indispensable para verter en la
boca el lquido con la mano derecha, y no bien haba terminado de
beber, lo suba otra vez.

--No, Jeremas, no!--murmuraba el mensajero, machacando siempre el
mismo tema.--Jeremas no puede estar conforme con eso... Eres un hombre
honrado, Jeremas, un comerciante que no puede aprobar esa clase de
negocios... Resucitado!.... Que me aspen si el seor Lorry no estaba
borracho cuando me di semejante recado!

Tan perplejo le traa la palabreja, que con frecuencia se quitaba el
sombrero para rascarse despiadadamente la cabeza; y ya que de la cabeza
hablo, dir que, excepcin hecha de la coronilla, completamente calva,
desapareca bajo una masa de pelo spero que por la espalda descenda
hasta los hombros y por delante creca hasta el arranque de su ancha y
roma nariz. Semejaba la cabeza obra de un herrero, caballete de muro
erizado de espesas pas, que los aficionados al juego de _a la una la
mula_ hubieran mirado con terror respetuoso, considerndolo seguramente
el salto ms peligroso que el hombre pudiera dar en el mundo.

Tienen las sombras de la noche caprichos verdaderamente extraos.
Al mensajero, mientras regresaba con el misterioso recado que deba
entregar al vigilante nocturno del Banco Tellson, para que aquel lo
transmitiera a su vez a sus superiores jerrquicos, eran muertos
resucitados, fantasmas salidos de las tumbas, al paso que para la
yegua que montaba, eran caballos corriendo sin descanso. Para los tres
inexcrutables viajeros que ocupaban el interior de la diligencia,
mientras sta saltaba y daba tumbos sobre los baches del camino, las
sombras de la noche tomaban las formas de los pensamientos que sus
respectivas imaginaciones elaboraban.

Puede decirse que el Banco Tellson se haba trasladado a la diligencia.
Para el empleado del mismo, asido con una mano a una correa, gracias
a la cual poda evitar una colisin con su vecino cada vez que el
vehculo saltaba, y cuenta que saltaba con desesperante frecuencia, las
angostas ventanillas del coche, el farol del mismo, que por aqullas
filtraba dbiles resplandores, y el bulto negruzco del viajero que
tena ante sus ojos medio cerrados, eran el Banco, en el cual estaba
haciendo infinidad de operaciones a cual ms afortunadas. El ruido
que hacan los arneses antojbasele tintineo de moneda con la que
pagaba letras, valores y cheques con rapidez vertiginosa. No tard
en trasladarse con la imaginacin a las cmaras subterrneas, cuyos
secretos conoca tan bien, y armado de sus grandes llaves abra la
enorme caja, que encontraba tan intacta, tan repleta, tan slida como
la dejara la vez ltima que tuvo ocasin de verla.

Pero dominando a la imagen del Banco, que le acompaaba siempre, y a
la de la diligencia, que no le dejaba, senta otra idea fija, tenaz y
persistente, que le embarg durante toda la noche. Su viaje tena por
objeto sacar a alguien de la tumba.

Ahora bien; lo que las sombras de la noche no determinaban, era cul de
entre el nmero infinito de caras que pasaban en procesin interminable
ante sus ojos era la de la persona enterrada. Eran, empero, todas ellas
caras de un hombre de cuarenta y cinco aos prximamente, y diferan
sobre todo en las pasiones que cada una de ellas reflejaban y en las
palideces lvidas que las caracterizaban. Ante los medio cerrados
ojos del viajero desfilaron unas tras otras caras que eran espejo de
orgullo, de menosprecio, de desafo, de obstinacin, de sumisin,
de dolor, caras de mejillas hundidas, color cadavrico, flacas y
demacradas, pero las lneas generales de todas ellas eran las mismas,
de la misma manera que todas aparecan encuadradas en una cabellera
prematuramente blanca. Docenas, cientos de veces pregunt al espectro
el sooliento viajero:

--Cundo te enterraron?

--Hace casi diez y ocho aos--contestaba invariablemente el espectros.

--Habas perdido toda esperanza de volver a ver la luz del da?

--Ha mucho tiempo.

--Sabes que vas a resucitar?

--Eso me dicen.

--Supongo que te interesar vivir?

--No puedo decirlo.

--Querrs que te la presente? Vendrs conmigo a verla?

Las contestaciones que los distintos espectros daban a esta pregunta
ltima diferan mucho y hasta se contradecan entre s.

--Espera!--exclamaban unos con voz entrecortada.--Morira si la viera
tan de repente!

--Llvame en seguida!--contestaban otros, derramando mares de
lgrimas.--Me muero por verla!

--No la conozco!--respondan otros espectros, mirando asombrados a
quien les preguntaba.--No s de qu me hablas! No comprendo.

El viajero interrumpa estos discursos imaginarios para cavar, cavar
sin tregua ni descanso, ora con la azada, ora con la pala, tan pronto
con una llave inmensa como con sus propias uas, en sus ansias por
desenterrar al que sepultaran prematuramente. Rendido al fin, falto
de fuerzas caa de bruces sobre la tierra removida, y al contacto de
sta con su frente, despertaba sobresaltado y bajaba el cristal de
la ventanilla para que los zarpazos de la niebla y de la lluvia le
hicieran pasar de lo soado a lo real.

No consegua, empero, su objeto. Flanqueando el camino, huyendo ante
el incierto resplandor de los faroles del coche, vea las mismas
imgenes vivificadas por su excitada fantasa. Ante sus ojos se alzaba
el Banco Tellson, sus manos pagaban letras y cheques, recorra las
cmaras subterrneas, visitaba la caja, y de pronto le salan al paso
los fantasmas de rostro lvido y cabellera blanca, y se repeta el
interrogatorio anterior:

--Cundo te enterraron?

--Hace casi diez y ocho aos.

--Supongo que te interesar vivir?

--No puedo decirlo.

Y vuelta a cavar, y a cavar, y a cavar, hasta que uno de sus compaeros
de viaje le indic, con modales un tanto bruscos, que subiera el
cristal de la ventanilla.

Quiso entonces fijar sus pensamientos en sus dos compaeros de viaje;
mas no tard en olvidarlos para volver a ensimismarse en los del Banco
y de la tumba.

--Cundo te enterraron?

--Hace casi diez y ocho aos.

--Habas perdido las esperanzas de que te desenterrasen?

--Hace muchsimo tiempo.

Sonaban an en sus odos estas palabras, tan claras y distintas como
jams las oyera en su vida cuando se percat de pronto de que las
sombras de la noche haban hudo avergonzadas ante los esplendores del
nuevo da.

Baj la ventanilla y contempl el brillante disco del sol. Clavado
en el surco de un campo inmediato al camino vi un arado. Ms all
se divisaba un soto lleno de rboles, en cuyas ramas quedaban muchas
hojas a las cuales el astro rey daba tonos rojos y dorados. La tierra
estaba hmeda, el cielo despejado y el sol se alzaba solemne, plcido,
rutilante, hermoso.

--Diez y ocho aos!--exclam el viajero, puestos sus ojos en el
sol.--Dios mo... Dios mo! Enterrado en vida durante diez y ocho
aos!


IV

LA PREPARACIN

Cuando lleg la diligencia a Dover, a su tiempo y sin tropiezo, el
mayordomo en jefe del _Hotel del Rey Jorge_ se apresur a abrir la
portezuela, como tena por costumbre. Supo dar a su acto cierto aire
solemne y ceremonioso, y a fe que lo mereca, pues digno era en verdad
de todos los parabienes y enhorabuenas el venturoso viajero que, en
pleno invierno, acometa y acababa felizmente una hazaa tan erizada de
peligros como un viaje en diligencia desde Londres hasta Dover.

No pudo felicitar el fino y cumplido mayordomo ms que a un solo
viajero, sencillamente porque uno solo vena en el carruaje: los
restantes habanse quedado en sus destinos respectivos. El interior de
la diligencia, sucio, lleno de paja y mal oliente, ms que otra cosa
pareca obscura perrera, y el seor Lorry que lo ocupaba, cuando sali,
sacudindose las pajas y las inmundicias que cubran su indumentaria,
envuelto en un abrigo viejo y sucio, cubierto con un sombrero
apabullado y calzando botas altas cubiertas de fango, ms que hombre
pareca perro de raza gigante.

--Saldr maana barco para Calais, mayordomo?--pregunt.

--Saldr, seor, si contina el buen tiempo y sopla viento favorable.
Desea cama el seor?

--No pienso acostarme hasta la noche; pero necesito habitacin y un
barbero.

--Y el almuerzo a continuacin, seor? Muy bien... Por aqu, seor.
La Concordia para este caballero...! El equipaje de este caballero
a la Concordia...! Agua caliente a la Concordia!... Qu suba
inmediatamente un barbero a la Concordia!... En la Concordia encontrar
usted, seor, una lumbre agradable.

La habitacin conocida por el nombre de la Concordia, que
invariablemente se destinaba a uno de los viajeros llegados por la
diligencia, ofreca un inters especial. Nadie advirti jams la
diferencia ms insignificante entre los diferentes personajes que
en ella entraron, pues nunca ojo humano distingui otra cosa que un
levitn de viaje, puesto sobre unos zapatos ordinariamente sucios, y
coronado por un sombrero casi siempre viejo y apabullado; pero si en
la Concordia entr siempre el mismo individuo al parecer, salieron de
ella en el transcurso de los aos hombres de todas las edades, tipos,
figuras y cataduras. No es, por tanto, de admirar, que la casualidad
llevase al trayecto comprendido entre la Concordia y el comedor, a dos
mayordomos, tres camareros y varias criadas, amn de la propia duea
del establecimiento, los cuales estaban entregados a diversas faenas
domsticas, cuando de la habitacin mencionada sali un caballero de
unos sesenta aos, vistiendo traje de color obscuro, casi nuevo y muy
bien conservado, y luciendo unos puos cuadrados muy grandes, aunque
no ms grandes ni ms cuadrados que las carteras que adornaban sus
bolsillos.

El caballero del traje obscuro se dirigi al comedor, y fu el nico
que aquella maana se sent a la mesa. Haban colocado sta junto a
la chimenea, y al amor de la lumbre se sent nuestro viajero, puesta
una mano sobre cada rodilla, esperando que le sirvieran el almuerzo,
en actitud tan rgida y compuesta, que no pareca sino que para que le
hicieran un retrato haba tomado asiento.

Pareca hombre metdico y ordenado. All en las profundidades del
bolsillo de su chaleco dejaba oir su voz potente y sonora un reloj
de tamao extraordinariamente grande, cuya gravedad y longevidad
incontestables semejaban protesta ruidosa y elocuente contra la
ligereza y futilidad del fuego que en la chimenea arda. Buenas
pantorrillas tena el caballero, y es posible que de ellas estuviera
envanecido, a juzgar por las medias que las encerraban, del tono mismo
que su traje, de punto muy fino y perfectamente ajustadas. Sus zapatos,
que adornaban hermosas hebillas, si bien eran de clase corriente,
revelaban la mano de un zapatero hbil y ducho en su oficio.

Perfectamente ajustada a su cabeza llevaba una peluca pequea, muy fina
y ligeramente rizada, cuya peluca, de suponer es que fuera de cabello,
aunque a decir verdad, ms pareca hecha de filamentos de seda o de
cristal. En cuanto a su camisa, si en finura no poda competir con las
medias, en cambio en blancura rivalizaba con la de las crestas de las
olas que mansas venan a besar la arena de la playa inmediata, o con la
de las velas que mar adentro brillaban a los rayos del sol. Prestaban
animacin a aquella cara de expresin tranquila, mejor dicho, a aquella
cara inexpresiva, pues la mano persistente de la costumbre haba
borrado de ella la expresin, dos ojos de mirar penetrante, aunque un
poquito blandos, que en aos pasados debieron dar no poco trabajo a
su dueo, antes que consiguiera domarlos y darles aquella expresin
de reserva impenetrable y de compostura que era la caracterstica
de todos los empleados del Banco Tellson. En la cara, de color sano,
aunque surcada de numerosas arrugas, no haban dejado huellas las
ansiedades e inquietudes, quiz porque los viejos solterones empleados
en el Banco Tellson jams se ocuparon ms que en asuntos de otras
personas, y esos asuntos se parecen a los guantes usados, que entran y
salen sin esfuerzo.

El seor Lorry concluy por dormirse. Despert cuando le sirvieron el
almuerzo y dijo al camarero que le serva:

--Deseo que preparen habitacin para una seorita, que probablemente
llegar hoy, no s a qu hora. Es posible que pregunte por el seor
Mauricio Lorry, aunque pudiera tambin ocurrir que lo haga por el seor
del Banco Tellson: en uno y otro caso, pseme aviso.

--Est muy bien, seor. El Banco Tellson de Londres, seor?

--S.

--Con frecuencia nos ha cabido el honor de servir a los caballeros
de ese Banco, seor, en los repetidos viajes que hacen entre Londres
y Pars, y viceversa. Ah! El Banco Tellson y Compaa viaja mucho,
seor!

--Cierto. Nuestra casa es tan francesa como inglesa.

--Pero si no me equivoco, usted no suele viajar mucho, seor.

--Muy poco desde hace algunos aos. Habrn pasado ya... quince desde
que no he ido a Francia.

--No estaba yo aqu en aquella fecha, seor... Ni yo ni ninguno de los
que hoy estamos. El _Hotel del Rey Jorge_ tena otros dueos, seor.

--Tal creo.

--En cambio apostara sin temor a perder, que una casa como el Banco
Tellson y Compaa viene prosperando y floreciendo, no dir ya desde
quince aos atrs, sino de cincuenta.

--Puede usted apostar y decir ciento cincuenta, sin temor a perder y
con conciencia de que se aproxima mucho a la verdad.

--Ciento cincuenta aos!

Abriendo desmesuradamente los ojos y haciendo de su boca una O
perfecta, el camarero adopt la postura clsica, pas la servilleta
desde el brazo derecho al izquierdo y qued callado, mirando cmo coma
y beba el viajero, conforme vienen haciendo desde tiempo inmemorial
los camareros de todos los siglos y pases.

Terminado el almuerzo, el seor Lorry sali a dar un paseto por la
playa. No se divisaba desde ella la pequea e irregular ciudad de
Dover, excepcin hecha de sus tejados que, metidos entre picachos de
canteras calizas, semejaban gigantesca ostra marina. Era la playa un
desierto erizado de peascales y plagado de escollos, donde la mar
haca lo que se la antojaba, y lo que se la antojaba invariablemente
era destruir. Casi de continuo ruga contra la ciudad, bramaba contra
los farallones, embesta contra los peascos que pretendan oponerse
a su paso y los derribaba con estruendo. Respirbase en las casas un
olor tan fuerte a pescado, que no pareca sino que los habitantes de
las aguas salan de stas para curar en las casas sus enfermedades, de
la misma manera que las personas enfermas suelen buscar la salud en los
baos de mar. Algunos, muy pocos, se dedicaban a la pesca en aquellas
aguas, y si durante el da la playa estaba siempre desierta, en cambio
por la noche se vean personas que clavaban sus miradas inquietas en
la inmensidad del mar. Comerciantes insignificantes a los que nunca se
vea hacer un negocio, realizaban de pronto fortunas inmensas que no
tenan explicacin racional, y era muy de notar que nadie, por aquellos
lugares, poda sufrir la presencia de una luz, de la que huan como del
demonio.

A medida que declinaba la tarde, y el aire, tan difano y transparente
durante el da, que hubo momentos en que se divisaban perfectamente las
costas de Francia, se saturaba de vapores y nieblas, se entenebrecan
tambin los pensamientos del seor Lorry. Cuando, llegada la noche, se
sent al amor de la lumbre del comedor para esperar que le sirvieran la
comida, como esperara aquella maana que le sirvieran el almuerzo, su
imaginacin cavaba, cavaba sin descanso.

No perjudica la salud de un buen cavador una botella de aejo clarete,
aunque acaso sea rmora a su actividad, si es cierto, como dicen, que
el clarete, sobre todo si es bueno y aejo, inocula en quien lo bebe
tendencia marcada a la suspensin de toda clase de trabajos corporales.
El seor Lorry haba suspendido haca largo rato todas sus operaciones
y acababa de verter en el vaso el ltimo lquido que quedaba en la
botella, revelando su rostro toda la satisfaccin que pueda revelar un
caballero entrado en aos que acaba de ver el fondo de una botella,
cuando hiri sus odos el rpido rodar de un carruaje que penetraba en
la angosta callejuela y se detena dentro del patio del hotel.

--La seorita!--exclam Lorry, dejando sobre la mesa el vaso que iba a
llevar a sus labios.

Momentos despus entraba en el comedor el camarero y anunciaba que la
seorita Manette, recin llegada de Londres, deseaba ver al caballero
del Banco Tellson.

--Tan pronto?

--La seorita Manette ha tomado un refrigerio en el camino, y lo nico
que ahora desea con verdadero anhelo es ver sin prdida de momento al
caballero del Banco Tellson, siempre que ste tenga agrado en visitarla.

No qued otro recurso al caballero del Banco Tellson que vaciar el
vaso haciendo un gesto de estlida desesperacin, ajustar su sedosa
peluca a sus orejas y seguir al camarero, que le gui a la habitacin
de la seorita Manette. Era una estancia de grandes proporciones, muy
obscura, tapizada de negro, como una capilla ardiente, y amueblada con
objetos de tonos obscuros, entre los cuales podan contarse una porcin
de mesas, todas pesadas y todas negras. Sobre la del centro, untada,
como todas las otras, mil veces con aceite, haba dos candelabros,
negros tambin, cuya luz no bastaba a disipar las tinieblas que
reinaban como dueas y seoras en la estancia.

Tan densa era la obscuridad, que el seor Lorry, mientras avanzaba
caminando sobre una alfombra, bastante deteriorada por cierto, supuso
que la seorita se encontrara en alguna habitacin contigua, y en esa
creencia persisti hasta que, despus de dejar a sus espaldas los dos
candelabros, tropez con una persona que de pie le estaba esperando,
entre la mesa y la chimenea. Era una joven de unos diez y siete aos
de edad, vestida de amazona, cuyas manos sostenan an por la cinta
el sombrero de paja que llev durante el viaje. Al fijar sus ojos en
aquella carita diminuta, perfectamente ovalada y de lneas graciosas,
encuadrada en una masa abundante de cabellos de oro, dos ojos azules
salieron al encuentro de los suyos, mirndoles con mirada penetrante y
expresin que no era de perplejidad, ni de asombro, ni de admiracin,
ni de alarma, aunque probablemente participaba de las cuatro. En la
imaginacin del seor Lorry, al apreciar las facciones que delante
tena, surgi la figura de una nia que muchos aos antes haba llevado
en sus brazos en un viaje de travesa por aquel mismo canal con tiempo
fro y mar extraordinariamente gruesa. Disipse la imagen casi con
tanta rapidez como se borr la mancha producida por el aliento en la no
muy limpia cornucopia colocada a espaldas de la joven, y encerrada en
un marco que ofreca una procesin de cupidos negros sin cabeza muchos
y todos cojos o mancos, los cuales ofrecan canastillas negras llenas
de frutas del Mar Muerto a unos dolos negros del gnero femenino, y se
inclin profunda y solemnemente ante la seorita Manette.

--Srvase tomar asiento, caballero--dijo una voz clara y musical, con
acento extranjero, aunque apenas perceptible.

--Beso a usted la mano, seorita--contest el seor Lorry, haciendo
otra reverencia, a la usanza antigua, antes de tomar asiento.

--Ayer recib una carta del Banco, caballero, en la que me decan que
se haba sabido... o descubierto...

--La palabra es lo de menos, seorita: una y otra expresan la idea.

--... Algo acerca de los escasos bienes que dej mi pobre padre, a
quien he tenido la desventura de no conocer...

Lorry se revolvi en la silla, y dirigi miradas angustiosas a la
fnebre procesin de cupidos negros, cual si esperara encontrar en las
absurdas canastillas que llevaban, la luz que le negaba su inteligencia.

--... Y que, en consecuencia, era de todo punto necesario que hiciera
un viaje a Pars, donde habra de ponerme en contacto con un caballero
del Banco, enviado a la capital de Francia para ese objeto.

--Ese caballero soy yo, seorita.

--Lo supona, caballero.

La nia hizo una reverencia llena de gracia (en aquellos tiempos hacan
reverencias las seoritas). El caballero se inclin profundamente.

--Contest al Banco que si las personas que llevan su benevolencia para
conmigo hasta el punto de aconsejarme, consideraban que era necesario
el viaje, ira desde luego a Francia, pero que, en atencin a que soy
hurfana y no tengo amigos que puedan acompaarme, estimara como
favor especial que me permitieran colocarme, durante el viaje, bajo la
proteccin del digno caballero con quien haba de ponerme en contacto
en Pars. El caballero haba salido ya de Londres, pero creo que le
enviaron un mensajero rogndole que me esperase aqu.

--Me consider feliz al recibir el encargo, y me lo considerar mucho
ms cumplindolo, seorita--contest el seor Lorry.

--Muchsimas gracias, caballero; crea usted que se las doy de corazn.
Me anunci el Banco que el caballero me explicara los detalles
del asunto, y que fuera preparada a recibir noticias de ndole
sorprendente. He hecho todo lo posible para prepararme, y puede estar
seguro de que siento verdaderos anhelos por saber de qu se trata.

--Lo encuentro muy natural--respondi Lorry.--S... perfectamente
natural... Yo...

Hizo una pausa, ajust nuevamente su peluqun a las orejas, y repuso al
fin:

--Lo cierto es que resulta tan difcil principiar...

Y no principi. En su indecisin sus miradas se encontraron con las de
su interlocutora. En la frente de sta se dibujaron algunas arrugas,
su rostro vari de expresin, y su mano se alz hasta la altura de
los ojos, cual si deseara apoderarse de alguna sombra que ante ellos
acababa de cruzar.

--Nos habremos visto alguna vez, caballero?--pregunt.

--Lo cree usted as?--interrog Lorry, extendiendo los brazos y
sonriendo.

La lnea delicada y fina que se haba dibujado entre las cejas de la
nia se hizo ms profunda y enrgica al sentarse sta en la silla
junto a la cual haba permanecido en pie hasta entonces. Lorry la
contemplaba silencioso, y cuando al cabo del rato la joven alz de
nuevo sus ojos, apresurse aqul a preguntar:

--Supongo que en su patria de adopcin desear usted que le trate y
hable como a seorita inglesa; no es verdad, seorita Manette?

--Como usted guste, caballero.

--Soy hombre de negocios, seorita Manette, y he recibido el encargo
de tratar y llevar a feliz trmino un negocio. Cuando escuche usted de
mis labios todos los detalles con aqul relacionados, no vea usted en
m ms que una mquina habladora, pues en rigor, mquina habladora soy.
Con su permiso, seorita Manette, referir a usted la historia de uno
de nuestros clientes.

--Historia!

Parece que Lorry debi tomar una palabra por otra, pues no bien repiti
su interlocutora la palabra _historia_, repuso con apresuramiento:

--S, seorita: de uno de nuestros clientes. Los que nos dedicamos
a los negocios bancarios solemos llamar clientes a todos nuestros
conocimientos. El cliente a que me refiero era un caballero francs,
hombre de mucho talento y grandes dotes intelectuales... un mdico.

--No sera de Beauvais, eh?

--Precisamente de Beauvais. Lo mismo que el seor Manette, su padre de
usted, el caballero en cuestin era de Beauvais: lo mismo que el seor
Manette, su padre de usted, era una notabilidad en Pars, donde tuve el
honor de conocerle. Nuestras relaciones fueron lisa y exclusivamente de
negocios, pero confidenciales. Me hallaba yo a la sazn en nuestra casa
francesa, y hace de esto... friolera! veinte aos!

--En aquel tiempo... Perdone usted mi curiosidad, caballero, pero
deseara saber...

--Hablo de veinte aos atrs, seorita. Cas con una dama inglesa... y
yo era uno de sus fideicomisarios. El Banco Tellson manejaba todos sus
negocios, como los de casi todos los caballeros y familias francesas.
De la misma manera que fu fideicomisario de aquel caballero, lo soy
o lo he sido de docenas de clientes de la casa. Son puras relaciones
comerciales, seorita, libres de amistad, libres de inters, libres de
afecto, relaciones en las cuales nada hay que se parezca a sentimiento.
En el curso de mi vida, he pasado de unas a otras sin que ninguna
dejara rastros ni casi recuerdos en m, exactamente lo mismo que
despacho con los innumerables clientes que diariamente se acercan al
Banco con objetos tan variados. En una palabra, seorita: yo no tengo
sentimientos, yo no tengo afecto a nadie, yo soy una mquina, yo soy
un...

--Pero es que me est usted refiriendo la historia de mi padre,
caballero, y principio a sospechar que, cuando muri mi madre, que
solamente dos aos sobrevivi a mi padre, dejndome hurfana y sola en
el mundo, fu usted el que me llev a Inglaterra. Casi me atrevera a
asegurar que fu usted.

El seor Lorry tom la diminuta mano que llena de confianza buscaba las
suyas, y la llev con cierto aire de ceremonia a sus labios.

--Yo _fu_, en efecto, seorita Manette--contest Lorry.--El hecho de
que desde entonces nunca ms haya vuelto a ver a usted, la convencer
de la exactitud de mis palabras, la convencer de la verdad con que
asegur ha poco que no tengo sentimientos, y que cuantas relaciones
mantengo o he mantenido con mis semejantes han sido exclusivamente
de negocios. No! Nada de sentimentalismo! Usted ha sido desde
entonces la pupila del Banco Tellson, y yo he tenido sobrado quehacer
tambin desde entonces trabajando en los asuntos del Banco Tellson.
Sentimientos! Me falta tiempo y voluntad para permitirme el lujo de
tenerlos! He pasado mi vida entera moviendo y dando vueltas a masas
inmensas de dinero.

Hecha esta descripcin singular de sus rutinas diarias, el seor Lorry
alis con entrambas manos su sedosa peluca, operacin innecesaria,
pues era imposible alisarla ms de lo que estaba, y volvi a tomar su
actitud anterior.

--Hasta ahora, seorita, lo que acabo de narrar es, conforme ha
adivinado usted, la historia de su padre. Las diferencias vienen ahora.
Si su padre no hubiese muerto cuando muri... No se asuste usted! Si
est temblando como la hoja en el rbol!

Era cierto. La joven temblaba convulsivamente y, sin articular palabra,
alarg entrambas manos en actitud suplicante.

--Por favor, seorita...!--exclam Lorry con extremada
dulzura.--Domnese usted... Calme esa agitacin... Qu tienen que ver
aqu los sentimientos?... Estamos hablando de negocios... Ya ve usted:
deca...

La mirada que la nia dirigi al narrador le descompuso tan por
completo, que vacil, tartamude, hubo de hacer una pausa bastante
prolongada, y al fin repuso:

--Deca que si el seor Manette no hubiese muerto, que si en vez de
morir hubiera desaparecido inesperada y silenciosamente, evaporndose,
por decirlo as, que si no hubiera sido empresa imposible adivinar el
pavoroso lugar donde habra sido sepultado, aunque s llegar hasta l,
si hubiera tenido la desgracia de acarrearse la animadversin de algn
compatriota suyo, investido de un poder que los hombres ms valientes
de mi tiempo no se atrevan a mencionar sin temblar, el poder de llenar
rdenes o decretos firmados en blanco, en virtud de las cuales fcil
era condenar a prisin y olvido temporal o perpetuo a cualquier mortal,
si la esposa de ese caballero hubiera implorado compasin del rey, de
la reina, de la corte, del clero y de la nobleza, solicitando noticias
de su marido ausente, sin conseguir ablandar ningn corazn, entonces
la historia del doctor de Beauvais que estoy refiriendo sera en efecto
la de su padre de usted.

--Por Dios santo, caballero, dgame ms!

--A eso voy: pero cuenta usted con valor bastante para escuchar lo que
yo diga?

--Todo lo puedo soportar menos la incertidumbre en que me dejan sus
palabras.

--Habla usted con calma... y seguramente _est ya_ sosegada:
magnfico!--continu Lorry, con expresin que desmenta sus ltimas
palabras.--Estamos hablando de negocios... nada ms que de negocios.
No vea usted en lo que digo ms que un negocio... que puede hacerse...
que, segn todas las probabilidades, saldr bien. Sigamos: si la buena
seora del doctor, dama de valor excepcional y de gran presencia de
espritu apur dolores, sufrimientos tan acerbos, a consecuencia de lo
que acabo de manifestar, antes que viniera al mundo su hijo...

--El hijo era hija, caballero!...

--Bueno...! Qu ms da? El sexo no altera el negocio... Digo,
seorita, que si la pobre dama sufri dolores tan acerbos antes que
naciera su hija, que a fin de impedir que llegase hasta sta la triste
herencia de sus agonas, la amamant y educ en la creencia de que su
padre haba muerto... No se arrodille usted, por Dios vivo...! En
nombre del Cielo!... Por qu cae de rodillas a mis pies?

--Para suplicarle que me diga la verdad...! Por piedad, seor, nada
me oculte!...

--Todo se lo dir... Pero clmese usted, por lo que ms quiera!
Estamos tratando un... un... negocio, seorita, y sus extremos me
confunden... y no es posible... no puedo tratar negocios con acierto
si confunden y obscurecen mis ideas. Veamos de despejar la cabeza. Si
usted puede decirme ahora mismo... por ejemplo, cuntos peniques suman
nueve monedas de a nueve peniques una, o cuntos chelines son veinte
guineas, tranquilizar mucho mi espritu, pues ser prueba palpable de
la calma y serenidad del suyo.

Sin contestar directamente a este llamamiento, la nia se dej alzar
del suelo y volvi a sentarse con tal compostura, que comunic a su
interlocutor el valor que principiaba a faltarle.

--Muy bien! As...! Mucho valor! Negocio y nada ms que negocio! Se
le presenta un negocio, negocio positivo, de rendimientos. Su madre,
seorita Manette, adopt con usted la norma de conducta que antes he
insinuado. Cuando muri... creo que de pesadumbre... sin haber cesado
ni por un instante de buscar a su marido, y sin llegar a averiguar
nada, dej a usted, nia de dos aos, en camino de crecer hermosa,
feliz, sin penas, libre de la nube negra que hubiera amargado su
existencia, si al morir la hubiese revelado la historia de su padre,
sin poder aadir si ste haba muerto en la crcel o si continuaba
enterrado en el calabozo, sufriendo las torturas del sepultado en vida.

Pronunci las ltimas palabras posando una mirada de compasin infinita
sobre los cabellos de oro que tena delante, cual si a s mismo se
dijera que, gracias a la compasiva reserva de la madre, no abundaban en
aquellos las hebras de plata.

--Sabe usted perfectamente que sus padres no disfrutaron de una gran
fortuna, y que, la que posean, pas a su madre y a usted. Por lo que a
dinero y bienes materiales se refiere, no se han hecho descubrimientos
nuevos; pero...

Sinti el narrador que manos delicadas opriman con fuerza sus muecas,
y dej de hablar. La expresin del rostro de la nia era de pena y de
horror.

--Pero ha sido encontrado... _l_. Vive, s... muy cambiado... lo
considero probable; destrozado, hecho una ruina, reducido a sombra de
lo que fu... es posible; pero vive, y debemos abrigar esperanzas de
que mejorar. Su padre ha sido llevado a la casa de un antiguo criado
suyo, que reside en Pars, y a su encuentro vamos nosotros: yo, para
identificarle, si puedo; usted, para abrazarle, para devolverle la
vida, el cario, la calma y el descanso.

La nia se estremeci de pies a cabeza. Trmula, conmovida, con voz
extraa, cual de la quien habla en sueos, dijo:

--Voy a ver su fantasma!... Su fantasma!... No a l!

Lorry desprendi con suavidad las manos que atenaceaban su brazo.

--Calma, calma, seorita!--dijo.--Ya pas todo. Conoce usted todo lo
bueno y todo lo malo. Vamos al encuentro del desventurado caballero,
injustamente castigado, y despus de un viaje feliz por mar, seguido de
otro no menos venturoso por tierra, tendr muy en breve el dulce placer
de abrazarle.

--He vivido tranquila, he vivido feliz, y nunca me ha perseguido su
fantasma!--exclam la nia con el mismo tono de voz que antes.

--Rstame otra observacin--repuso Lorry, recalcando la palabra, con
objeto, sin duda, de asegurarse la atencin de su oyente. Cuando le
encontraron, llevaba otro nombre. El suyo, o lo olvidaron hace mucho
tiempo, o alguien ha tenido inters en ocultarlo. Sera peor que
intil intentar averiguar si ha ocurrido lo uno o lo otro: sera peor
que intil tratar de inquirir si se olvidaron de su persona, o si
deliberadamente y con intencin le han retenido durante tantos aos
prisionero: sera peor que intil practicar pesquisas de ninguna clase,
y lo sera, porque adems de intil, nos expondramos a correr grandes
peligros. Preferible mil veces es no hablar siquiera del asunto, y
sacar a su padre de Francia. Yo mismo, no obstante encontrarme a
cubierto de peligros de esa clase por ser ciudadano ingls, y hasta el
Banco Tellson, con toda la importancia que en Francia tiene, no nos
atrevemos a mencionar siquiera el asunto. No llevo sobre mi persona
una lnea, una palabra escrita que a l se refiera con claridad. En
una palabra: se trata de un secreto. Todas las credenciales que para
resolverlo me acreditan, todas las instrucciones que como agente he
recibido, se reducen a una palabra sola: Resucitado... Pero qu es
eso!... Si no ha odo una palabra de las que vengo diciendo! Seorita
Manette!

La nia continuaba en la silla, perfectamente quieta, perfectamente
tranquila, perfectamente silenciosa, perfectamente erguida,
perfectamente insensible, abiertos los ojos y clavados en la cara de
Lorry, pero con esa expresin singular que tienen los ojos esculpidos
bajo la frente de una estatua. Sus dedos continuaban asiendo su brazo
con tal fuerza, que no se atrevi a desasirlos temiendo lastimarla, por
cuyo motivo grit pidiendo socorro, pero sin moverse.

A los gritos acudi una mujer de aspecto bravo, roja de cabeza a pies,
pues rojo era el color de su cara, rojo su cabello, rojo su vestido,
rojo el monumental gorro, semejante al que solan llevar los granaderos
o a un descomunal queso de Stilton. Pisando los talones a la mujer,
que penetr corriendo en la estancia, llegaron todas las criadas de
la posada. Pocos miramientos emple la primera para solucionar el
conflicto de desasir el brazo de Lorry de los dedos que, agarrotados,
lo sujetaban, pues de la primera manotada asestada contra el pecho del
caballero del Banco Tellson, envi a ste precipitado contra la pared
ms inmediata.

--Esa mujer es hombre!--murmur para sus adentros Lorry, al chocar
contra la pared.

--Qu buscis aqu, bobaliconas!--rugi la mujer roja, dirigindose a
las criadas.--Por qu no vais a fregar, en vez de estar ah, mirndome
como idiotas? Soy alguna mona por ventura? A trabajar! Pronto
sabris quin soy yo, si no me trais volando sales, agua fra, vinagre
y todo lo que haga falta!

La dispersin fu general e inmediata. Volaron las criadas en busca
de los restaurativos pedidos, mientras la matrona roja colocaba a
la paciente sobre un sof con gran pericia y suavidad llamndola
preciosa, hijita ma, paloma, etc., etc.

--Y usted, pedazo de bruto--grit a continuacin, revolvindose
furiosa contra el seor Lorry,--no pudo contarla su famosa historia
sin darla un susto de muerte? Vea cmo la ha puesto! Plida como un
difunto, fra como el hielo! No le da vergenza decir que es banquero?

Hasta tal extremo desconcert al seor Lorry una pregunta de
contestacin tan difcil, que no supo hacer otra cosa que mirar desde
lejos con expresin de simpata y humildad extraordinarias, mientras
la tremebunda mujer, despus de ahuyentar de nuevo a los criados que
haban vuelto a entrar con agua, vinagre y sales, bajo la penalidad
misteriosa de hacerles saber algo que no tena por qu mencionar si
continuaban all mirndola embobados, puso manos a la obra y consigui,
al cabo de mucho rato, que la nia comenzara a dar seales de vida.

--Parece que se encuentra mejor--observ el seor Lorry.

--Pero no ser por lo que usted ha hecho--replic con aspereza la
matrona.--Hija ma!

--Tendra usted inconveniente--pregunt Lorry con gran humildad,
pasados algunos momentos--en acompaarla hasta Francia?

--No sabe usted decir ms que sandeces! Si la Providencia hubiese
dispuesto que alguna vez cruzase yo el charco, cree usted que me
habra hecho nacer en una isla?

Como tambin resultaba difcil en extremo la contestacin a semejante
pregunta, el seor Mauricio Lorry crey conveniente retirarse para
meditar.


V

LA TABERNA

Haba cado en la calle, hacindose pedazos, una barrica de vino. El
accidente ocurri al sacar la barrica de un carro. Aqulla cay al
suelo, comenz a rodar, saltaron los aros, y fu a abrirse como un
cascarn de monstruosa nuez frente a la puerta de una taberna.

Cuantas personas haba por los alrededores suspendieron sus tareas
o pusieron fin a su ociosidad para correr al lugar del siniestro y
beberse el vino. Las piedras speras, desiguales y puntiagudas que
formaban el adoquinado de la calle, puestas de propsito, segn todas
las apariencias, para hacer tantos cojos como afortunados mortales
tuvieran la dicha de pasar sobre ellas, haban hecho la distribucin
del rojo lquido, formando variedad de estanques de diferentes
dimensiones, todos los cuales estaban rodeados por grupos mayores
o menores, segn fuera mayor o menor su extensin. Muchos hombres,
tendidos de bruces, recogan el vino en el hueco de sus manos, y
beban, o hacan que bebieran las mujeres que afanosas se inclinaban
sobre sus hombros, antes que el lquido escapara entre sus dedos.
Otros, hombres y mujeres, lo recogan con pequeas vasijas de barro
cocido o bien empapaban los pauelos de cabeza de las mujeres, que
luego expriman en sus bocas o en las de los nios: stos oponan
diques de barro al curso del vino, aqullos, obedeciendo los consejos
que a gritos les daban desde las ventanas los curiosos, saltaban de ac
para all a fin de desviar el curso de nuevos regueros, y no faltaban
quienes apoderndose de los fragmentos medio podridos de la barrica,
los chupaban y laman con indecible ansiedad. Puede asegurarse que
las turbas recogieron, no ya slo hasta la ltima gota de vino, sino
tambin hasta la ltima molcula de tierra que con aquel estuvo en
contacto. La calle qued como si por ella acabasen de pasar todas las
brigadas de basureros de la ciudad, si en la ciudad se hubiera conocido
la brillante institucin de basureros.

Mientras dur la diversin del vino, no ces en la calle la algaraba
de alegres carcajadas y gritos de jbilo, lanzados por docenas de
gargantas de hombres, de mujeres y de nios. La distraccin resultaba
un poquito ordinaria y un mucho movida. Cuantos en ella tomaban parte
mostraban tendencia especial a las afinidades y confianzas, de las que
resultaban brindis de gusto discutible, apretones de manos, abrazos y
caprichosas danzas, en los que tomaban parte especial los que haban
bebido ms, o los de carcter ms jovial y divertido. Cuando falt el
vino, y las piedras y tierra que haba regado quedaron secas y limpias,
cesaron las demostraciones de alegra con tanta brusquedad como haban
comenzado. El individuo que haba dejado su sierra apoyada contra el
leo que estaba aserrando, la empu y puso de nuevo en movimiento;
la mujer que dej su puchero cociendo frente a la puerta de su casa,
volvi a atenderlo; descendieron otra vez a las profundidades de las
obscuras cuevas los hombres de brazos desnudos, pelo sucio y rostros
cadavricos que haban salido a la luz del da minutos antes, y las
tinieblas envolvieron con su manto una escena que, en realidad, haca
dao contemplar a la luz del sol.

El vino que contena la barrica destrozada era tinto, y manch la
estrecha calle del suburbio de San Antonio en la cual se haba
derramado. Manch asimismo muchas manos y muchas caras y muchos pies
desnudos y muchos zuecos. Las manos del hombre que aserraba el leo
dejaron huellas rojizas en las tablas, y la frente de la mujer que
amamantaba a su tierno hijo qued tambin manchada al chocar con la
frente de la vieja bruja con la cual se abraz y bail en momentos
de efmera alegra. Los que ansiosos se apoderaron de los restos de
la barrica y los chuparon y lamieron, salieron de la diversin con
crculos rojizos en sus bocas que les daban aspecto de tigres feroces,
y hubo uno, ms aficionado sin duda a las bromas que los dems, que con
el dedo untado en la masa formada por el lodo y el vino, garrapate en
la pared la palabra _sangre_.

Da llegara en que la sangre fuera vertida a torrentes, y en que
muchos de los que en la diversin reseada tomaron parte iran tintos
en sangre de cabeza a pies!

Luego que la calle de San Antonio volvi a su ser y condicin
habituales, de los que momentneamente la sacara un incidente fortuito,
qued triste, obscura y ttrica, gimiendo bajo el cetro del fro,
de la suciedad, de las enfermedades, de la ignorancia y del hambre,
nobles de gran poder todos ellos, pero particularmente el mencionado
en ltimo lugar. En todos los rincones se vean agazapados ejemplares
de desdichados que haban sido prensados y triturados una y cien veces
entre las pesadas piedras del molino, tiritando de fro y cayndose de
hambre. El molino que los haba triturado no era aquel molino fabuloso
que tiene la propiedad de convertir a los viejos en jvenes llenos de
vida, sino el que hace de los jvenes viejos. Caras de ancianos tenan
los muchachos, y voces graves y profundas los nios. Sus espaldas se
doblaban bajo el peso, no de los aos, pero s bajo el del hambre, que
era la duea y seora de aquellos barrios. Hambre era la palabra que se
repeta en todas las casas, hambre el fatdico fantasma montado sobre
los mseros harapos que pendan de las prtigas o cuerdas tendidas
frente a las inmundas casuchas, hambre repetan todos los fragmentos de
serrn que caan bajo los dientes de la sierra del carpintero, hambre
el espantoso monstruo que, no encontrando en las calles inmundicias con
que alimentarse, se encaramaba a lo alto de las chimeneas, que tampoco
ofrecan humo a su voracidad; hambre era la inscripcin que se lea en
las anaqueleras de todos los panaderos, hambre la palabra estampada en
todos los panes, caros, de mala calidad y faltos de peso.

Los distritos donde haba sentado sus reales no podan ser ms a
propsito para el objeto. Una calle estrecha y tortuosa, muladar
inmundo y hediondo, de la que arrancaban otras callejas ms estrechas
y tortuosas, habitadas por piltrafas humanas y oliendo a piltrafas
humanas, en las cuales slo se vean personas y cosas que daban
nuseas. En la torva expresin de sus habitantes vislumbrbanse
anhelos feroces de volver las cosas del revs. No faltaban en sus
caras demacradas ojos que despedan llamas, ni labios crispados, ni
frentes contradas horriblemente. Hasta las muestras de las tiendas
eran ilustraciones vvidas de la necesidad. En las carniceras y
tocineras pintaban reses esculidas, y en las panaderas panes
fementidos, microscpicos. La nica industria que pareca atravesar una
poca de prosperidad floreciente era la de las herramientas y armas.
Los cuchillos y hachas de los carniceros eran brillantes, estaban
perfectamente afiladas, los martillos de los herreros pesaban muchas
libras, y las armeras estaban atestadas de instrumentos de muerte.
Las calles, llenas de baches, depsitos de fango y de agua corrompida,
carecan de aceras. Los faroles, que a intervalos muy largos pendan de
unas cuerdas, derramaban sobre ellas una luz enfermiza que no bastaba a
disipar las tinieblas como no disipan las tinieblas del mar la luz de
los faroles colocados en lo alto de las vergas. A decir verdad, Pars
era un mar, y tanto el barco como los que lo tripulaban corran grave
peligro de naufragar.

Haba de llegar el da en que los famlicos habitantes de aquellas
regiones, a fuerza de contemplar los mseros faroles, llegaran a
concebir el proyecto de introducir mejoras en el sistema y colgaran de
aquellas cuerdas hombres que iluminasen las negruras de su situacin.
No era, empero, llegado el tiempo, y aunque todas las brisas que
soplaban sobre Francia eran precursoras de recios vendarales, no se
daban por enterados los pajarillos de sedoso plumaje.

La taberna frente a la cual se desarroll la escena que acaban de
presenciar los lectores de esta historia ofreca mejor aspecto que la
mayor parte de las tabernas de aquellos barrios, y su dueo, vestido
con chaleco amarillo y calzones verdes, estuvo contemplando con
tranquila indiferencia la lucha de los que corran a la conquista del
vino derramado.

--Poco me importa--exclam, encogindose de hombros.--Lo han dejado
caer los empleados del almacenista; ellos me traern otra barrica.

Acert entonces el tabernero a ver al individuo que escriba en la
pared la palabra _sangre_, y le pregunt:

--Oye, Gaspar; qu ests haciendo ah?

Contest l interpelado con uno de esos gestos significativos que tanto
privan entre las gentes de su ralea, y cuya significacin tantas veces
pasa inadvertida, como ocurri en el caso presente.

--Ests haciendo mritos para ingresar en un manicomio?--repuso el
tabernero, atravesando la calle y extendiendo sobre la palabra escrita
en la pared un puado de barro que recogi del suelo.--No encuentras
otro sitio, dime, donde escribir palabras como sa?

Mientras formulaba la segunda pregunta, el tabernero coloc su mano
menos sucia (quiz por casualidad, quiz intencionadamente) sobre la
regin del corazn de su interlocutor. Este golpe su pecho con la
suya, di un prodigioso salto y qued inmvil, en actitud de danza
fantstica puesto el brazo izquierdo sobre la cadera y el derecho en
alto, y sosteniendo entre el pulgar y el ndice de la diestra un zapato
sucio que previamente se haba sacado de uno de sus pies.

El tabernero volvi a cruzar la calle y entr en su establecimiento.
Era un hombre de unos treinta aos, de aire marcial y cuello de toro.
Deba ser de un temperamento de fuego, pues aunque el da era uno de
los ms fros que disfrutaron los parisienses en aquel invierno crudo,
iba en mangas de camisa y llevaba stas arremengadas hasta muy cerca
de los hombros. En cuanto a prendas de cabeza, no usaba otra que la
natural: una masa de pelo negro, spero y ensortijado. Era de tez
morena y buenos ojos, de mirar implacable. Evidentemente era hombre de
gran resolucin y propsitos inquebrantables, uno de esos hombres con
los cuales sera peligroso tropezarse en un sendero estrecho bordeado
por dos abismos, pues es seguro que por nada ni por nadie volvera
sobre sus pasos.

La seora Defarge, esposa del tabernero en cuestin, estaba sentada
detrs del mostrador cuando aqul entr en el establecimiento. Era
mujer de constitucin robusta, aproximadamente de la edad misma que su
marido, de ojos vigilantes, aunque muy contadas veces pareca mirar a
ningn objeto determinado, grandes manos cubiertas de sortijas, cara de
lneas enrgicas, expresin reservada y aire de perfecta compostura.
Una de las caractersticas de la seora Defarge consista en no sufrir
nunca equivocaciones que redundasen en perjuicio de sus intereses en
ninguna de las operaciones del establecimiento. Extremadamente sensible
al fro, iba envuelta en pieles y abrigaba su cabeza con un chal de
colores chillones que la cubra por completo, bien que dejando a la
vista los grandes pendientes que adornaban sus orejas. Tena frente a
s su calceta, pero la haba dejado sobre el mostrador para consagrar
algunos minutos a la limpieza de su dentadura, lo que estaba haciendo
con un mondadientes. Absorta en su ocupacin, con el codo derecho
apoyado sobre la mano izquierda, nada dijo la seora Defarge cuando su
marido entr en el establecimiento, pero dej oir una tosecita apenas
perceptible. La tosecita, combinada con un ligero enarcamiento de sus
cejas, negras como el ala del cuervo y perfectamente arqueadas, di a
entender a su marido la conveniencia de dar un vistazo a los clientes,
entre los cuales acaso encontrase alguno nuevo que haba llegado a la
taberna mientras se encontraba en la calle.

Pase el tabernero sus miradas por la sala, no tardando en fijarlas las
sobre un caballero, ya entrado en aos, y en una seorita, sentados en
uno de los ngulos. Haba otros parroquianos tambin: dos que jugaban
a las cartas en una mesa, otros dos que se entretenan en otra, puestas
sus facultades en las fichas de domin, y otros tres que, de pie junto
al mostrador, procuraban _alargar_ todo lo posible el vino que se
haban hecho servir. El tabernero, al pasar detrs del mostrador, pudo
advertir que el caballero entrado en aos deca con los ojos a su joven
compaera:

--Ese es nuestro hombre.

Fingi el tabernero no reparar en la presencia de los dos personajes
desconocidos, y entabl conversacin con el triunvirato que estaba
bebiendo junto al mostrador.

--Qu tal, Santiago--pregunt uno de los tres al buen Defarge,--se han
tragado todo el vino que sali de la barrica?

--Hasta la ltima gota, Santiago--contest Defarge.

No bien hicieron los interlocutores el intercambio de sus nombres de
pila, la seora Defarge tosi otro poquito y arque de nuevo las cejas.

--Pocas veces--observ el segundo de los parroquianos del
mostrador--tienen esos bestias miserables ocasin de conocer a qu sabe
el vino, ni nada que no sea el pan negro y la muerte: no es verdad,
Santiago?

--Verdad es, Santiago--respondi el tabernero.

Al segundo intercambio de los nombres de pila sucedi otra tosecita
acompaada del enarcamiento de cejas de la seora Defarge.

--Ah!--exclam el tercero de los bebedores, apurando el ltimo sorbo y
dejando el vaso sobre el mostrador.--Hiel tienen siempre en sus bocas
esos borregos, y viven vida de perros! digo bien, Santiago?

--Dices bien, Santiago--fu la contestacin del tabernero.

Hecho el tercer intercambio de nombres de pila, la seora Defarge dej
el mondadientes e hizo un movimiento insignificante.

--Es verdad...! Entretenlos!--murmur muy por lo bajo su
marido.--Seores... tengo el gusto de presentarles a mi mujer.

Los tres parroquianos se descubrieron y saludaron con sendas
inclinaciones de cabeza a la tabernera, la cual, a su vez, recibi sus
homenajes doblando ligeramente la suya y mirndolos sucesivamente.
A continuacin, tendi como por casualidad sus miradas en derredor,
recogi la calceta con gran calma, y comenz a trabajar.

--Seores--repuso el tabernero, que haba observado con mirada
escrutadora a su mujer,--la cmara que ustedes manifestaron deseos
de ver cuando yo sal a la calle, est en el quinto piso. Arranca la
escalera del patio de la izquierda, junto a la ventana del... Pero
ahora recuerdo que uno de ustedes ha estado ya en ella, y puede guiar a
los dems. Adis, seores!

Pagaron los bebedores el consumo hecho, y se retiraron. Los ojos
del tabernero parecan estudiar a su mujer y la calceta que estaba
haciendo, cuando el caballero de edad avanzada se levant manifestando
deseos de hablar algunas palabras con Defarge.

--Con mucho gusto, caballero--respondi ste, saliendo con el anciano
hasta la puerta del establecimiento.

Breve fu la conferencia, pero de efectos tan rpidos como decisivos.
No se haban cruzado cuatro palabras, cuando Defarge hizo un movimiento
de sorpresa, y antes que transcurriera un minuto, haca una sea
al anciano y sala presuroso a la calle. El caballero llam con un
movimiento de cabeza a la seorita, y ambos salieron en pos del
tabernero, dejando a la seora Defarge embebida en la tarea de hacer
calceta.

El seor Mauricio Lorry y la Seorita Manette, que ellos eran los
visitantes de la taberna, segn habrn adivinado, a no dudar, los
lectores, encontraron al tabernero junto a la puerta que momentos
antes haba indicado el ltimo a los tres parroquianos con los cuales
le hemos visto cambiar algunas palabras. En la sombra entrada que
daba acceso a la escalera, no menos sombra, el tabernero hinc una
rodilla en tierra y llev a sus labios la mano de la hija de su antiguo
seor. Fu un homenaje, un testimonio de sumisin, bien que ejecutado
con ademn que nada tena de dulce. Unos segundos haban bastado para
transformar radicalmente a Defarge; ya no reflejaba buen humor su
rostro, ya no era su cara espejo de franqueza: antes al contrario,
en su expresin de reserva, en su actitud airada, en la clera que
chispeaba en sus ojos, fcil era leer al hombre peligroso.

--Est muy alto... la escalera es pesada... creo que har usted bien
subiendo con ms calma--dijo el tabernero con dura entonacin al seor
Lorry, en el momento de empezar a subir la escalera.

--Est solo?--pregunt Lorry.

--Solo! Vlgame Dios! Quin quiere usted que le acompae?

--Siempre solo?

--Siempre.

--Porque as lo desea l?

--Porque as lo exigen las circunstancias. Tal como estaba cuando le vi
el da que vinieron a preguntarme si quera tenerle en mi casa y ser
discreto corriendo el peligro consiguiente... tal como estaba entonces,
est ahora.

--Muy cambiado?

--Cambiado!...

El tabernero descarg un puetazo contra la pared y lanz una maldicin
horrenda. No hubiera producido la mitad de los efectos que produjo
aquella explosin de furia cualquier respuesta clara y precisa. La
melancola del seor Lorry iba en aumento a medida que avanzaba en el
ascenso de la empinada escalera.

Penoso, muy penoso, sera hoy subir la escalera de una casa de las
ms viejas sita en uno de los barrios ms poblados de Pars; pero en
el tiempo a que esta historia se refiere, resultaba punto menos que
imposible para los que no tuvieran atrofiados los sentidos a fuerza de
costumbre. Todos los vecinos de aquellas inmensas colmenas dejaban las
basuras e inmundicias en los rellanos de la escalera general, donde
quedaban hacinados sin que nadie cuidara de retirarlos, engendrando
as una masa de descomposicin bastante para envenenar el aire, si ya
no estuviera saturado de las impurezas intangibles que son resultado
natural de la miseria y de las privaciones. Combinadas las dos fuentes
de corrupcin, respirbase all una atmsfera insoportable. El seor
Lorry, cediendo a las molestias que le produca subir por aquel pozo
obscuro, sucio y envenenado, no menos que a la agitacin que observaba
en su joven compaera, agitacin que se multiplicaba por momentos,
hizo alto dos veces para descansar. Cada uno de aquellos descansos
pareci llevarse las ltimas reservas de aire no corrompido, rellenando
el espacio que aqullas dejaban libre con mefticas emanaciones que
brotaban de todas partes.

Llegaron al fin a lo alto de la escalera, donde se detuvieron por
tercera vez. Todava habran de subir un tramo, ms empinado que los
anteriores, y de dimensiones sumamente reducidas, antes de llegar al
sotabanco. El tabernero, que caminaba delante y procuraba mantenerse
constantemente a distancia respetable de la seorita, cual si temiera
que sta le dirigiera alguna pregunta, llegado frente a la puerta del
sotabanco meti la diestra en el bolsillo, y sac una llave.

--Ah!--exclam Lorry, sin poder disimular su sorpresa.--Est cerrada
la puerta con llave?

--S--contest con sequedad Defarge.

--Considera usted necesario tener en una reclusin tan extremada a ese
infortunado caballero?

--Considero necesario tener la puerta cerrada con llave--murmur el
interpelado bajando mucho la voz y frunciendo horriblemente las cejas.

--Por qu?

--Por qu! Porque ha tantos aos que vive cerrado con llave, que se
asustara, se horrorizara, se lanzara de cabeza contra las paredes,
morira... yo no s los extremos que hara... si se le dejase con la
puerta abierta!

--Ser posible!

--Posible? Sera infalible, s!--replic con entonacin amarga
Defarge.--A fe que no podemos quejarnos de los atractivos que nos
ofrece un mundo en que son posibles estas y otras atrocidades, de la
hermosura de un cielo que contempla impasible los horrores que usted
est viendo...! El demonio nos gobierna!... Viva el infierno!
Entremos, seor, entremos!

Tan en voz baja haba sido sostenido el dilogo que queda copiado, que
ni una palabra lleg a odos de la nia. Era, empero, tan intensa la
emocin que la dominaba, su rostro reflejaba tal expresin de espanto y
tan viva ansiedad, que el seor Lorry crey necesario dirigirle algunas
palabras encaminadas a levantar su deprimido nimo.

--Valor, mi querida seorita!--dijo.--Valor! Estamos persiguiendo un
negocio, cuya fase dolorosa pasar en un momento. En cuanto franqueemos
esta puerta, habremos vencido lo peor. Dentro de breves segundos podr
el desdichado comenzar a saborear todo el bien, todo el consuelo, toda
la dicha que usted va a proporcionarle. Nuestro buen amigo Defarge nos
ayudar... Al negocio, al negocio!

Al doblar un recodo muy pronunciado encontraron a tres hombres, que
estaban mirando por el ojo de la llave y por las rendijas de la
puerta que nuestros visitantes iban a abrir. Los hombres en cuestin
resultaron ser los mismos que momentos antes beban de pie junto al
mostrador.

--La sorpresa que su visita me produjo ha hecho que los olvidara--dijo
Defarge a guisa de explicacin.--Tengan la bondad de dejarnos, amigos.

Los tres hombres desaparecieron silenciosamente.

--Ha hecho usted del seor Manette objeto de exhibicin?--pregunt
Lorry en voz muy baja y con expresin colrica.

--Lo exhibo, conforme acaba usted de ver, a muy reducido crculo de
personas escogidas.

--Y cree usted que eso est bien?

--S, seor: creo que est bien.

--Y esos escogidos, quines son? Cmo los escoge usted?

--Escojo a los que son hombres verdaderos... y se llaman como yo:
Santiago; hombres que conviene que lo vean... Pero usted es ingls,
y es intil que le d explicaciones que no ha de entender. Tenga la
bondad de esperar un momento.

Por medio de un gesto recomend a sus acompaantes que permanecieran
inmviles, y peg la cara a una grieta que presentaba la pared.
Momentos despus alz la cabeza, di sobre la puerta dos o tres golpes,
sin ms objeto, a no dudar, que el de hacer ruido, pas la llave por
ella una porcin de veces, con idntica intencin, la puso al fin en la
cerradura, y abri haciendo todo el ruido posible.

Lenta y silenciosamente se abri la puerta de fuera a dentro, empujada
por la mano del tabernero. Este adelant la cabeza y dijo algo. Una voz
sumamente dbil contest. El tabernero volvi la cara e indic a sus
acompaantes que le siguieran. Lorry rode con su brazo la cintura de
la nia, prxima a caer desfallecida.

--Ne... gocio... hija ma... nego... o... cio!--exclam Lorry, vueltos
hacia la nia los ojos, de los cuales brotaba algo que no suele ser
producto de los negocios.--Entre usted... entre!

--Tengo miedo!--respondi la joven.

--Miedo a qu?

--A l... a mi padre!

Vindose en situacin crtica, a consecuencia del estado de espritu de
la joven, por una parte, y por otra de las seas que su gua haca para
que entrasen, Lorry levant entre sus brazos a la primera y franque la
puerta.

Defarge quit la llave, cerr la puerta por dentro, con llave, por
supuesto, y, terminadas esas operaciones lenta y metdicamente, y sobre
todo, haciendo todo el ruido que pudo, ech a andar con paso mesurado
en direccin a la ventana. Junto a sta se detuvo y di media vuelta.

El sotabanco, construdo para ser depsito de lea, apenas si reciba
la visita de una luz muy escasa, pues la ventana, sumamente estrecha,
y casi cerrada para evitar el fro, dificultaba tanto el paso a la
luz, que era imposible ver absolutamente nada. Y sin embargo alguien
trabajaba en aquella lbrega estancia, pues junto a la ventana a la
que daba frente, y vueltas las espaldas a la puerta, haba un hombre
de cabellos blancos como la nieve, sentado en una banqueta muy baja y
entregado con ardor a la tarea de coser zapatos.


VI.

EL ZAPATERO.

--Buenos das--dijo el tabernero, fijando sus ojos en la cabeza blanca
del zapatero.

--Buenos das.

--Siempre tan trabajador, eh?

Al cabo de un rato de angustioso silencio, el zapatero alz la cabeza y
contest:

--S... estoy trabajando.

La languidez de aquella voz haca dao al odo. No era esa languidez
que sigue al decaimiento de fuerzas, a la debilidad fsica, no,
aunque es indudable que alguna parte tenan en ella la alimentacin
insuficiente, las penalidades y malos tratos recibidos durante el
terrible cautiverio: su caracterstica especial y tpica la reciba del
hecho de tratarse de una languidez producida por la soledad y falta de
uso de la voz. Era algo as como el eco de un sonido que naci largos
aos antes y a considerable distancia: una voz que haba perdido la
vida, el timbre de voz humana, una voz que produca en los sentidos
la impresin misma que producira la vista de un color hermossimo y
delicado trocado por la mano de los siglos en mancha dbil de colorido
indefinible, una voz que reflejaba con elocuencia tan vvida la
desesperacin de un ser humano perdido y abandonado, que cualquier
viajero a quien el hambre y las fatigas rindieran en las soledades del
rido desierto que estuviera recorriendo, reconocera en su timbre
la voz de su hogar, la voz de las personas queridas que dejaba en el
mundo, antes de doblar la cabeza para rendir el postrer aliento.

Al cabo de algunos minutos que el anciano pas trabajando silencioso,
ajeno a cuanto le rodeaba, volvi a levantar los ojos. En ellos no se
adverta ni un tomo de inters, ni un tomo de curiosidad: reflejaban
sencillamente esa percepcin mecnica, esa conciencia inconsciente de
que el espacio donde antes se ha visto un objeto o una persona contina
ocupado.

--Quisiera dejar penetrar un poquito ms de luz--dijo Defarge,
cuyos ojos no se haban separado un instante de la persona del
zapatero.--Podr usted sufrirla?

Suspendi su obra el interrogado; pase sus miradas por el suelo, a
derecha e izquierda, como quien busca algo, y luego las alz hacia el
que acababa de interrogarle, preguntando al fin:

--Qu deca usted?

--Preguntaba si podr tolerar un poquito ms de luz.

--Tendr que tolerarla, si usted la deja entrar.

Defarge abri un poco ms la ventana. Los rayos de luz que penetraron
en el sotabanco iluminaron perfectamente al zapatero, que tena
sobre el muslo un zapato sin terminar. Diseminados por el suelo, o
colocados sobre la banqueta, se vean varios tiles del oficio. Era
aqul un hombre de barbas recortadas de cualquier manera, pero no
de longitud desmesurada. En su cara macilenta y demacrada brillaban
extraordinariamente dos ojos que hubieran parecido grandes y rasgados,
aun cuando de suyo no lo fueran. La amarillenta camisa que llevaba
abierta por el pecho dejaba ver una carne flcida y blanca como el
papel. Su piel, la vieja blusa de lona que cubra la parte superior
de su cuerpo, las medias, que llenas de arrugas servan de envoltorio
a unas pantorrillas sin carne, y en una palabra, todas las prendas de
vestir, haban adquirido, a fuerza de verse privadas del contacto del
aire y de la luz, un tono de pergamino que haca sumamente difcil
poder precisar la materia empleada en su manufactura.

Haba puesto a guisa de pantalla una mano entre sus ojos y la luz,
y todos los huesos de aqulla se transparentaban. Jams miraba a la
persona que le diriga la palabra sin antes bajar los ojos al suelo y
pasearlos en todas direcciones, cual si hubiera perdido el hbito de
asociar el espacio con el sonido; nunca hablaba sin divagar, nunca se
acordaba de lo que acababan de preguntarle, ni de lo mismo que estaba
l diciendo.

--Piensa terminar hoy ese par de zapatos?--pregunt Defarge, haciendo
una sea a Lorry para que se acercase.

--Qu dice usted?

--Piensa terminar hoy esos zapatos?

--No puedo decir si lo pienso o no. Creo que s; pero no lo s.

La pregunta le record la tarea, y a ella se consagr de nuevo.

Aproximse silencioso el seor Lorry, dejando a la nia junto a la
puerta. Uno o dos minutos hara que se encontraba junto a Defarge,
cuando el zapatero alz la cabeza. No manifest la menor sorpresa al
ver a dos personas en vez de una.

--Tiene usted una visita--observ Defarge.

--Qu dice usted?

--Que ha venido este seor a visitar a usted.

El zapatero alz de nuevo los ojos, pero no dej de trabajar.

--Este caballero--repuso Defarge--entiende mucho en zapatos. Ensele
usted el que est haciendo para que aprecie su trabajo. Tmelo usted,
seor.

Lorry tom en su mano el zapato.

--Diga usted a este seor qu clase de zapato es, y el nombre del
operario que lo hace.

Medi una pausa ms larga que las de ordinario antes que respondiera el
zapatero.

--He olvidado la pregunta--dijo al fin.--Qu deca usted?

--Dije que tuviera usted la bondad de decir a este seor qu clase de
zapato es ste.

--Es un zapato de seora... zapato de paseo, propio para seorita. Es
de moda, aunque la verdad es que nunca he visto la moda.

--Y el nombre del zapatero?--pregunt Defarge.

El desventurado puso los nudillos de la mano derecha en la palma de
la izquierda, invirti el orden, colocando los nudillos de sta en la
palma de la primera, a continuacin se pas las dos por la barba y
despus por la frente. La obra de arrancarle de la abstraccin en que
quedaba sumido siempre a raz de haber hablado no ceda en importancia
y dificultad a la de volver a la vida a una persona desmayada o la de
infiltrar un poco de vida artificial en un cuerpo casi muerto del que
se espera obtener alguna revelacin.

--Pregunt usted mi nombre?

--En efecto, eso pregunt.

--Ciento Cinco, Torre del Norte.

--Nada ms?

--Ciento Cinco, Torre del Norte.

Exhalando algo que no fu ni suspiro ni gemido, volvi a la tarea,
que no suspendi hasta que el seor Lorry, mirndole con fijeza, le
pregunt:

--Su profesin de usted no ha sido la de zapatero, verdad?

El interrogado volvi sus hundidos ojos hacia Defarge, cual si esperara
que ste contestara por l la pregunta, pero como no le llegara por
aquella parte el auxilio, los llev hacia el que le interrogaba, no sin
clavarlos antes en el suelo:

--Que no ha sido mi profesin la de zapatero? No: no lo ha sido.
Aprend... aprend el oficio... all. Me lo ense yo mismo. Ped que
me dejaran...

Perdi, al llegar a este punto, el hilo de lo que estaba diciendo. Vag
errante su mirada de una parte a otra hasta que volvi a encontrar a
la persona con quien hablaba, y continu, con el tono del que, en el
momento de despertar, reanuda una conversacin que el sueo interrumpi:

--Ped que me dejaran aprender por m mismo, y aprend a fuerza de
tiempo y de dificultades. Desde entonces no he hecho otra cosa ms que
zapatos.

En el instante que alargaba la mano para tomar de las de Lorry el
zapato, preguntle este ltimo:

--Seor Manette, no me recuerda usted?

El zapato cay al suelo y el zapatero qued inmvil, clavados sus ojos
en la cara de quien le preguntaba.

--Seor Manette--repiti Lorry, poniendo una mano sobre el hombro de
Defarge.--No se acuerda usted de este hombre? Mrele bien! Mreme
tambin a m! No se alzan en su cerebro las figuras del que fu su
banquero, la memoria de sus antiguos negocios, la imagen de su criado
antiguo?

Mientras el infeliz recin salido de la tumba, donde por espacio de
tantos aos le tuvieran enterrado en vida, clavaba sus miradas ora
en el seor Lorry, ora en Defarge, su frente revel que all en las
profundidades de su cerebro algunos destellos de inteligencia rean
ruda batalla con la noche profunda que, reinando como seora nica,
paralizaba toda su actividad. La cerrazn se acentu poco dispuesta
a perder su imperio; los destellos se debilitaron y concluyeron por
apagarse; pero haban brillado, y lo que una vez brilla, lo que una vez
despierta, no est extinguido del todo, puede brillar otra vez. As
ocurri en efecto. Cuando momentos despus repararon sus miradas en la
cara juvenil de la nia que, arrastrndose a lo largo de la pared se
haba acercado, y de pie y con las manos extendidas le contemplaba,
primero con mezcla de compasin infinita y de terror, y ms tarde
con anhelos vivsimos de estrechar contra su pecho aquella cabeza de
espectro y ansias fervientes de inocular en su alma el calor de la
vida, la luz del amor y de la esperanza, la inteligencia brot de
nuevo, pero ms potente que la vez primera, ante el conjuro misterioso
de la chispa que, partiendo del alma de la joven, fu a prender en la
del anciano.

Las sombras, resistiendo obstinadas, quedaron al fin dueas del campo.
El viejo mir a las personas que tena delante con menos atencin que
antes, y sus ojos buscaron el suelo con el aire de sombra abstraccin
que les era peculiar. Al cabo de algunos segundos, exhalaba un suspiro,
recoga el zapato y reanudaba su tarea.

--Le ha reconocido usted, caballero?--susurr Defarge al odo de Lorry.

--Por imposible lo reput al principio, pero aunque slo por breves
instantes, he conseguido reconocer el rostro que tan conocido me fu en
otro tiempo... Chist... silencio! Alejmonos un poco ms!

La nia se haba separado de la pared, y se acercaba silenciosa a la
banqueta en que el anciano estaba sentado. Fu una escena sencillamente
imponente. Nadie pronunci palabra. Ni el rumor ms liviano vino a
turbar aquel silencio augusto. La nia, semejante a un espritu, qued
en pie junto al zapatero, y ste trabajaba con ardor.

Ocurri que al cabo del rato necesit el anciano cambiar el instrumento
con que estaba trabajando por la cuchilla de zapatero. La recogi, y
cuando iba a emplearla, se detuvo. Sus ojos acababan de ver una falda.
Perezosamente fueron alzndose hasta encontrar la cara de la nia, y
all se detuvieron.

Rfagas de terror cruzaron por la frente del desdichado; movironse sus
labios cual si quisieran pronunciar palabras que su garganta se neg a
articular, su respiracin se hizo fatigosa y jadeante, y al fin se le
oy murmurar:

--Qu es esto?

La nia, por cuyas mejillas corran raudales de lgrimas, llev a sus
labios las manos que tena juntas en actitud suplicante, las bes,
y seguidamente cruz sus brazos sobre el pecho cual si entre ellos
tuviera la cabeza querida del anciano.

--Eres la hija del calabocero?--pregunt ste.

--No--suspir ella.

--Quin eres, pues?

Comprendiendo la imposibilidad en que se encontraba de articular
palabra, la joven tom asiento en la banqueta junto al anciano. Quiso
ste alejarse, pero sinti sobre su brazo la dulce presin de la mano
de su compaera, y, dejando sobre la banqueta la cuchilla, qued
contemplando a aqulla.

Caan sobre los hombros de la nia sus cabellos de oro peinados en
largos tirabuzones. El anciano adelant poco a poco y con timidez
evidente una mano hasta llegar a tocarlos, sus miradas se iluminaron,
pero se apag la luz que momentneamente haba brillado en su
inteligencia y, exhalando un suspiro, dobl la frente y quiso reanudar
su labor.

Muy poco tiempo dur su abstraccin. Despus de dirigir dos o tres
miradas al zapato, cual si quisiera asegurarse de que continuaba sobre
su rodilla, lo dej resueltamente sobre la banqueta, llev sus manos al
cuello y desat una cuerda sucia y ennegrecida que lo rodeaba, de la
cual penda una bolsita de pao. Colocando la bolsita sobre la rodilla,
abrila con cuidado y sac de ella dos rizos de cabello, que examin
con detenimiento.

--Es el mismo!--murmur.--Cmo es posible? Cundo sucedi? Cmo
sucedi?

Su frente se ilumin ms que nunca. Vuelto hacia la nia, tom entre
sus manos la cabeza, la coloc de manera que la luz de la ventana
la diera de lleno en la cara, y al cabo de un buen espacio de muda
contemplacin, dijo:

--Aquella noche, la noche en que me llamaron fuera, ella haba
reclinado su cabeza sobre mi hombro... Ella tema que yo saliese... yo
no senta el menor recelo... y cuando me encerraron en la Torre del
Norte, me encontraron esto escondido en la manga... Me permitiris
que lo conserve?--les pregunt.--No han de facilitar la fuga de mi
cuerpo... aunque gracias a ellos saldr con frecuencia mi espritu por
entre las rejas. Esas fueron las palabras que les dije... Las recuerdo
como si acabara de pronunciarlas.

Largo rato se movieron sus labios antes que consiguiera articular las
palabras que quedan transcriptas, pero cuando pudo hablar, lo hizo con
acuerdo perfecto, bien que muy lentamente.

--No lo entiendo...--aadi.--_Eras t?_

Los dos testigos mudos de la escena avanzaron alarmados al observar
la brusquedad con que el anciano se volvi hacia la nia; pero sta,
perfectamente tranquila, les dijo, en voz muy baja:

--Suplico a ustedes, mis buenos seores, que no se acerquen, que no
hablen, que no se muevan.

--Chist!--exclam el anciano.--Quin habla?

Volvi a guardar los rizos en la bolsita y quiso atar nuevamente la
cuerda a su cuello, pero sin dejar de mirar a la joven y moviendo con
expresin de dolor sombro su cabeza.

--No, no, no!--repuso.--No es posible!... Eres demasiado joven,
demasiado nia! Ya ves los efectos de permanecer sepultado en una
prisin!... Estas no son las manos que ella conoci, ni sta la cara
que ella vi, ni sta la voz que tan dulce sonaba en sus odos... No,
no! Ella... y l... Hace muchos aos... muchas eternidades... antes
de los lentos siglos de la Torre del Norte... Dime! Cmo te llamas,
ngel hermoso?

La hija cay de rodillas a los pies del infeliz padre, unidas las manos
delante del pecho.

--Oh, seor!--exclam.--En otra ocasin sabr usted cmo me llamo,
quin fu mi madre y quin fu mi desventurado padre, cuya dolorosa
historia jams lleg a mis odos! No puedo decirlo en este momento ni
en este sitio. Lo nico que ahora, aqu mismo, puedo decirle, es que
me abrace y bendiga! S...! Bseme... bseme!

Confundironse los cabellos de nieve con los cabellos de oro.

--Si mi voz... ignoro si ser as, pero lo espero... si mi voz
despierta en usted ecos de otra voz que en aos mejores son en sus
odos como msica deliciosa... llore por ella... llore por ella! Si mi
cabello le recuerda una cabeza querida que descansaba feliz y dichosa
sobre su pecho cuando usted era joven y libre, llore por ella, llore
por ella! Si al verse en el seno del hogar que nos espera, surgen en su
memoria recuerdos de otro hogar, desierto y arruinado ha muchos aos,
otro hogar que caa hecho pedazos mientras su corazn languideca y
mora entre los negros muros de un calabozo, llore por l... llore por
l!

La joven, mientras deca estas palabras, tena entre sus brazos la
blanca cabeza del anciano y la meca como si fuera un nio.

--Llore tambin, querido... querido seor, si cuando le diga que
sus agonas han terminado para siempre, que he venido para llevarle
conmigo a Inglaterra, donde podr disfrutar de paz y acaso de ventura,
soy causa de que se acuerde de una vida que pudo ser tan til a sus
semejantes, y que, sin embargo, se ha malogrado! Llore, derrame
lgrimas amargas sobre nuestra patria, sobre Francia, que tan cruel ha
sido para usted! Y si cuando le revele mi nombre, si cuando le diga el
de mi padre, que vive todava, y el de mi madre, que ha muerto, sabe
que habr de caer de rodillas a los pies de mi adorado padre, y que
tendr necesidad de implorar su perdn por no haber pasado despierta
y trabajando para favorecerle todos los das de mi vida, y llorando
todas mis noches, porque el amor de mi desventurada madre quiso apartar
de mis labios la copa amarga del dolor, ocultndome la horrible
historia, llore... llore por ella... llore tambin por m! Mis buenos
seores!... Demos gracias a Dios! Siento correr por mi rostro las
lgrimas sagradas de.... este seor, y siento repercutir en mi corazn
los sollozos de su pecho! Oh!... Gracias... gracias, Dios mo!

El anciano haba cado en los brazos de la nia, sobre cuyo pecho tena
reclinada la cabeza. Tan conmovedora era la escena, y tan terrible a
la par, por ser consecuencia de horrendas injusticias y de tremendos
sufrimientos, que los dos testigos hubieron de cubrirse las caras con
las manos.

Cuando se restableci en el sotabanco el imperio de la tranquilidad,
y el pecho del anciano, que por espacio de largo rato pareci prximo
a saltar hecho pedazos, recobr la serenidad que sigue siempre a las
tormentas ms deshechas... que es lo que ocurre con la humanidad, cuyas
tormentas, que llamamos vida, se amansan al fin, para dar lugar al
reposo y al silencio; cuando el anciano qued tranquilo, se aproximaron
los dos testigos para alzar del suelo al padre y a la hija. El primero
haba ido languideciendo, hasta quedar en tierra, falto de fuerzas. La
hija cay con l, y en tierra permaneci, apoyada la cabeza sobre su
hombro y tendidos sus cabellos de oro sobre sus ojos.

--Si fuera posible--dijo la nia, alargando una mano a
Lorry--disponerlo todo para salir de Pars inmediatamente, en forma que
desde esta misma casa...

--Hay que tener presente una cosa importante--contest Lorry
interrumpiendo a la joven.--Est en disposicin de emprender el viaje?

--Creo que ha de serle ms beneficioso el viaje, con todas sus
molestias, que permanecer en Pars, donde tanto ha sufrido.

--Nada ms cierto--terci Defarge, que se haba arrodillado para ver y
oir mejor.--Aun prescindiendo de la consideracin que acaba de insinuar
la seorita, mil razones aconsejan que salga cuanto antes de Francia.
Quieren que alquile una silla de postas con sus caballos?

--El negocio es se--observ Lorry, a quien bastaba muy poca cosa para
volver a su tema favorito--y cuando hay que terminar un negocio, cuanto
ms pronto se ultime, mejor.

--En ese caso--dijo la seorita Manette,--tengan la bondad de dejarnos
aqu. Han podido apreciar lo tranquilo que ha quedado, lo que les habr
convencido de que pueden dejarme a solas con l sin el menor temor. Con
que me hagan el favor de cerrar con llave la puerta al marcharse, a fin
de ponernos a cubierto de interrupciones, me atrevo a garantizarles
que cuando regresen, le encontrarn tan tranquilo como le dejan. Yo
cuidar de l mientras ustedes hacen los preparativos. Lo esencial es
llevrnoslo cuanto antes.

No era muy del agrado de Lorry y de Defarge la solucin, pues los dos
hubiesen preferido no dejar a la nia a solas con el anciano, pero como
no slo era preciso preparar la silla de posta, sino tambin proveerse
de pasaportes, y el tiempo apremiaba, porque el da corra a su ocaso,
fuerza fu que se distribuyeran entre los dos las diligencias que
necesariamente haba que hacer, despus de lo cual echaron a andar cada
uno por su lado.

Las sombras de la noche encontraron a la nia tendida sobre el duro
suelo, velando al padre. Ni ella ni el anciano variaron de postura
hasta que entraron en el sotabanco Lorry y Defarge, quienes haban
ultimado los preparativos de viaje y traan, adems de mantas y
abrigos de camino, pan, carne fiambre, vino y caf caliente. Defarge,
portador de las provisiones, las dej sobre la banqueta de zapatero (en
el sotabanco no haba ms muebles que la banqueta y un jergn), y con
la cooperacin de Lorry levant al cautivo.

Nadie hubiera sido capaz de leer en la atona inexpresiva de su
cara los misterios entre los cuales vagaba sin rumbo probablemente
la inteligencia del anciano, ni la penetracin humana, por sutil
y perspicaz que se la suponga, hubiese conseguido saber si aqul
conservaba recuerdo de lo sucedido, si se acordaba de lo que le haban
dicho, si se daba cuenta de que estaba libre. Intentaron sondearle a
fuerza de preguntas; pero las respuestas fueron tan tardas y confusas,
que temiendo extraviarle ms, decidieron dejarle en paz por entonces.
La expresin del anciano era de insensatez, de ferocidad, casi. Con
frecuencia oprima su cabeza entre sus manos, cosa que no se le haba
visto hacer antes; sin embargo, su rostro se dulcificaba en cuanto
sonaba en sus odos la voz de su hija, e invariablemente volva hacia
sta la cabeza cuantas veces le hablaba.

Con esa sumisin peculiar de los que estn acostumbrados desde larga
fecha a obedecer al ltigo, comi y bebi lo que le dieron, y se puso
el abrigo de viaje que le fu entregado. Sin resistencia, ms an, con
agrado evidente dej que su hija enlazase con el suyo su brazo... y no
contento con eso, tom y retuvo entre las suyas, la mano de aqulla.

Comenzaron a bajar. Iba delante Defarge, dando luz, y cerraba la marcha
Lorry. No haban bajado muchas escaleras cuando hizo alto el anciano y
mir con atencin hacia arriba primero, y luego en derredor.

--Recuerda el lugar, padre mo? Se acuerda de cuando subi esta
escalera?--pregunt la nia.

--Qu dices?

Antes que fuera repetida la pregunta, contest el anciano, como si
aquella le hubiese sido formulada de nuevo.

--Que si me acuerdo? No; no me acuerdo. Hace tanto tiempo!

Claramente se vi que no conservaba el menor recuerdo de haber sido
trasladado desde la prisin al sotabanco. Los que le acompaaban
oyronle murmurar Ciento Cinco, Torre del Norte, siendo indudable que
cuando mir en derredor, crey ver los espesos muros que por espacio
de tantos aos haban sido su tumba. Camin con paso alterado mientras
cruzaron el patio, como si esperase encontrar el puente levadizo; y al
convencerse de que ste no exista, y ver el coche que esperaba en la
calle, solt la mano de su hija y oprimi de nuevo su cabeza.

No haba turbas frente a la puerta, no se vea una cabeza en las
ventanas ni alma viviente en la calle. El silencio y la soledad
reinaban como seores nicos. A nadie vieron ms que a una persona, a
la seora Defarge... que estaba haciendo calceta y nada vi.

Habase acomodado ya el prisionero en el interior del coche, su hija
le haba seguido, y en el instante en que colocaba Lorry el pie en
el estribo, le detuvo la voz del anciano que pidi sus herramientas
de zapatero y sus zapatos no terminados. La seora Defarge dijo
inmediatamente que ella subira a buscarlos, y en efecto, un segundo
despus, cruzaba el patio, haciendo calceta. No tard en reaparecer y
en entregar los objetos pedidos, hecho lo cual volvi a su asiento y se
entreg a la tarea de hacer calceta... sin ver nada.

Defarge mont en el pescante, di la orden de A la Barrera, el
postilln hizo restallar el ltigo, y la silla de postas parti volando.

Cruzando bajo centenares de faroles suspendidos, que brillaban con luz
ms viva en las calles mejores y con luz ms opaca y triste en las de
menos importancia, frente a tiendas profusamente iluminadas, a grupos
de personas alegres y animadas, a cafs y teatros, llegaron a una de
las puertas de la ciudad, donde les detuvieron los soldados que estaban
de guardia.

--Los pasaportes, viajeros!

--Aqu estn, seor oficial--contest Defarge desde el pescante,
pero saltando inmediatamente a tierra y llevando a un lado al
oficial.--Estos son los pasaportes del seor de la cabeza blanca, que
va dentro, los cuales me fueron confiados, juntamente con su persona,
en...

Aqu baj tanto la voz Defarge, que solamente el oficial pudo oir lo
que le dijo.

Una porcin de faroles rodearon al coche. Uno de ellos penetr por la
portezuela, unido a un brazo que vesta uniforme militar, los ojos del
propietario de aquel brazo escudriaron el interior, y sobre todo al
anciano de la cabeza blanca, y sus labios dijeron.

--Est bien. Adelante.

Bajo la inmensa bveda de las luminarias eternas, algunas de ellas tan
distanciadas de este mundo microscpico que, si hemos de dar crdito a
lo que los sabios nos aseguran, es dudoso que sus fulgores hayan tenido
tiempo de llegar hasta nosotros, reinaba una noche lbrega, tempestuosa
y fra. Las tinieblas se empearon en no conceder un momento de sosiego
al seor Mauricio Lorry, quien, sentado frente al hombre enterrado en
vida, no ces de escuchar insistente, terrible, obstinada, la antigua
pregunta, formulada, a no dudar, por aqullas.

--Supongo que te interesar vivir?

La respuesta era tambin la de siempre.

--No puedo decirlo.




LIBRO SEGUNDO

EL HILO DE ORO


I

CINCO AOS DESPUS.

Ya en el ao de mil setecientos ochenta, el domicilio social del
Banco Tellson poda vanagloriarse de su respetable ancianidad. Era un
edificio muy pequeo, muy obscuro, muy sucio y muy incmodo. Los socios
de la Casa se enorgullecan de su pequeez, se enorgullecan de su
obscuridad, se enorgullecan de su suciedad y se enorgullecan de sus
incomodidades: ms todava, su mayor timbre de gloria era que aqulla
poseyera estas cualidades en grado eminente, y abrigaban la conviccin
ntima de que si fuera menos pequea, menos obscura, menos sucia y
menos incmoda, sera muchsimo menos respetable. Y cuenta que no se
trataba de una creencia pasiva; nada de eso: era un arma que esgriman
contra otras casas similares establecidas en edificios lujosos. La casa
Tellson, decan, no necesita salones, no necesita luz, no necesita
comodidades ni lujos. Que los tengan Noakes y Compaa, o Snooks
Hermanos, est bien; pero la casa Tellson... Horror!

Cualquiera de los socios hubiera sido capaz de desheredar al hijo
ms mimado que hubiese osado insinuar siquiera la conveniencia de
reedificar el domicilio social. En este particular, la casa se pareca
mucho a la nacin, que con frecuencia deshereda a aquellos hijos que
llevan su inconcebible atrevimiento hasta el escandaloso extremo de
proponer mejoras y adelantos en leyes o costumbres que todo el mundo
reconoce y confiesa que son malas, pero que precisamente por esto mismo
son ms respetables.

Quedamos, pues, en que la casa Tellson era algo as como una
glorificacin de las molestias e inconveniencias. Aquellos de mis
lectores que hubieran tenido necesidad o gusto de visitar la casa
Tellson, despus de abrir una puerta, que les habra dado la bienvenida
con chirridos speros y estridentes, y de bajar dos escalones, se
hubiesen encontrado en un miserable tugurio, donde dos empleados,
viejos como el tiempo, sentados tras dos desvencijados mostradores, les
habran arrebatado el cheque o cheques de las manos, para examinar las
firmas a la luz de la ventana ms sucia que quepa imaginarse, ventanas
que apenas si dejaban filtrar la luz, pues aparte de que sus cristales
no se vieron jams limpios de la capa de barro que desde la calle les
fu arrojada el mismo da que los colocaron, estaban defendidas por
gruesos barrotes de hierro enmohecido y gozaban de la sombra protectora
del Tribunal del Temple. Si los negocios hubieran obligado a cualquiera
a recorrer la casa, este _cualquiera_ habra sido conducido a una
especie de Celda de los Condenados, situada a espaldas del edificio,
donde hubiese permanecido haciendo reflexiones filosficas sobre la
futilidad de la vida hasta que se le presentase la casa, con las manos
en los bolsillos. Ingresaba o sala el dinero de cajones de madera
roda por las carcomas. Los billetes de Banco olan a moho, cual si se
encontrasen en pleno perodo de descomposicin. Amontonada la plata en
depsitos que, a no dudar, estaban en comunicacin con las letrinas,
dos o tres das bastaban para robarle su brillo peculiar. Quien fuera
a depositar en el Banco ttulos o valores de cualquier clase, poda
abrigar la seguridad de que, cerrados aqullos en cuartos que en su
tiempo fueron cocinas o caballerizas, haban de oler muy en breve a
guisotes trasnochados o a estircol, y si un fatal pensamiento le
induca a llevar documentos o papeles de familia, stos eran guardados
en una cmara del piso alto, en cuyo centro haba una mesa comedor,
aunque jams se sirvi en ella una comida, donde las cartas escritas
por su primer amor, o por sus tiernos hijitos, quedaban condenadas, en
pleno ao de mil setecientos ochenta, a sufrir el horror de ser blanco
de las miradas de las cabezas que a diario expona en el Tribunal del
Temple una brutalidad insensata y una ferocidad digna de Abisinia o de
los aschantis.

Verdad es que en aquellos tiempos felices era la pena de muerte panacea
universal, receta muy en boga en todos los oficios y profesiones, y
no iba a ser una excepcin, ni mucho menos, el Banco Tellson. Si la
Naturaleza todo lo remedia con la muerte, por qu no ha de hacer otro
tanto la ley? Nada, pues, ms natural y lgico que imponer pena de
muerte al falsificador, pena de muerte al portador de un billete falso,
pena de muerte al que abra indebidamente una carta, pena de muerte
al que robaba cuarenta chelines y seis peniques. El que custodiaba un
caballo a las puertas del Banco Tellson, y desapareca con el animal,
era condenado a muerte, a muerte condenaban a quien acuaba un cheln
falso, y con la cabeza pagaban las tres cuartas partes de los mortales
que rozaban los linderos del crimen. Cierto que la sancin penal,
con ser un poquito severa, lejos de prevenir, lejos de aminorar las
transgresiones, las multiplicaba, pero conclua, por lo menos, de una
vez y para siempre con las molestias y engorros anejos a cada paso
particular. Tantas vidas haba segado el Banco Tellson, y como l,
todos los establecimientos similares contemporneos suyos, que si las
cabezas de los muertos hubieran sido apiladas frente a su fachada, es
casi seguro que hubiesen cerrado por completo el paso a la escasa luz
que por sus sucias ventanas penetraba en su interior.

Encaramados sobre bancos inverosmiles y arcones de formas raras, los
empleados viejos del Banco trabajaban con extrema gravedad y compostura
de esfinge. Cuando era admitido algn joven, encerrbanlo no se sabe
dnde y no volva a parecer hasta que era viejo. Evidentemente lo
guardaban, como se guarda el queso, en alguna cmara obscura, hasta que
haba adquirido el olor peculiar de la Casa.

Fuera del edificio, cuya puerta jams se le permiti franquear, sin ser
llamado, haba un viejo, investido de las funciones de portero y de
mensajero, que era algo as como la muestra viva de la casa. Jams se
separ de la puerta, durante las horas de oficina, como no le enviaran
a algn recado, y aun entonces, en la puerta le representaba un hijo
suyo, pillete de unos doce aos, que era su vivo retrato. No faltaban
maliciosos que aseguraban que la casa se limitaba a tolerar al viejo
en cuestin, a quien daban el remoquete de _Lapa_, aunque muchos aos
antes, en la iglesia parroquial de Houndsditch, donde cansado de
permanecer encerrado y en tinieblas, quiso asomar sus ojos a la luz del
mundo, recibi el nombre de Jeremas.

Fu escenario del incidente que voy a narrar la residencia particular
del alto empleado _Lapa_, hora las siete y media de una maana ventosa
del mes de marzo, y _Anno Domini_, mil setecientos ochenta. Digo
_Anno Domini_ en vez de ao de Nuestro Seor, para acomodarme a la
manera de hablar del sapientsimo _Lapa_, quien, creyendo que la era
cristiana tuvo su origen en la invencin del juego de domin, hecha
por una seora llamada Ana, siempre que hablaba de fechas, lo haca
anteponiendo a la del ao las palabras _Ana Domin_.

No estaban decoradas y amuebladas con lujo excesivo las habitaciones
particulares del buen _Lapa_, ni pasaban de dos, contando como una un
ropero, pero s limpias y aseadas. Pese a lo intempestivo de la hora,
y lo desapacible de la ventosa maana de marzo, la habitacin en que
aqul roncaba como un justo haba sido barrida y baldeada, y sobre la
mesa, su poquito coja, cubierta con un mantel, blanco como la nieve,
brillaban las copas, platos, y dems utensilios necesarios para el
almuerzo.

Roncaba el _seor Lapa_ bajo las colchas de la cama como roncar
pudiera cualquier Arlequn en su casa. El sueo era profundo; pero al
fin comenzaron a agitarse las colchas, _Lapa_ se revolvi con aire
inquieto, y al cabo del rato aparecieron sobre las sbanas unas pas
que por milagro no las rasgaron, y que eran el abrigo con que la
Naturaleza dot a su cabeza. A la par que asomaban los pelos, exclam
su propietario con voz exasperada.

--Que me empalen si no ha vuelto a las andadas!

Una mujer, prototipo de laboriosidad y de orden, se alz de un rincn,
donde se hallaba de rodillas, con apresuramiento ms que suficiente
para demostrar que a ella iban dirigidas las airadas palabras del
durmiente.

--Conque vuelta a lo de siempre, eh?--repuso _Lapa_, alargando un
brazo en busca de una bota.

La bota sali volando por los aires juntamente con esta segunda
salutacin. Era una bota sucia, llena de barro; y ya que de las botas
hablo, dir, como circunstancia que no deja de ser extraa, que al paso
que el _seor Lapa_ volva muchas veces a su casa, despus de terminado
su servicio en el Banco, con las botas limpias, rara era la maana que,
al despertar, no estaban aqullas llenas de lodo.

--Qu estabas haciendo ah, beata de los demonios?--grit el melifluo
_Lapa_, despus de errar el tiro.

--Rezaba.

--Rezaba!... Bonita ocupacin! Y qu es lo que te propones,
pasndote el tiempo de rodillas rezando contra m?

--No rezo contra ti, sino por ti.

--No es verdad; y aunque lo fuera, no te tolero que te tomes esas
libertades. A fe que te ha tocado en suerte una madre modelo, hijo
mo!... Figrate! Una madre que reza contra la prosperidad de tu
padre! Una madre tan religiosa, tan celosa del cumplimiento de su
deber, que se pasa el tiempo pidiendo al Cielo y al infierno que
arranque de la boca de su hijo nico la tostada con manteca que
constituye su alimento! Qu te parece!

Muy mal debi parecerle al digno retoo del seor _Lapa_ lo que ste
insinuaba en la ltima parte de su discurso, pues a gritos pidi a la
madre que no se le volviera a ocurrir mezclar con sus rezos nada que
con su alimentacin personal tuviera relacin.

--Y qu es lo que supones t, mujer ilusa, que valen tus
rezos?--repuso el marido, con insistencia inconsciente.--Dime: qu
valor concedes a tus oraciones?

--Brotan del corazn, Jeremas; este es su nico mrito.

--Su nico mrito!--repiti el _seor Lapa_.--Poco valen, entonces!
De todas suertes, valgan lo que valieren, no quiero que vuelvas a
rezar: vaya, se acab! Crees que voy a tolerar que llames sobre mi
cabeza la mala suerte? Si quieres caer de rodillas, hazlo en favor de
tu marido y de tu hijo, y no contra ellos. La semana ltima, si el
infierno no me hubiese concedido una mujer desnaturalizada, y una madre
desnaturalizada a este pobre nio, habra ganado montones de oro en vez
de tener la sombra ms negra que mortal alguno haya tenido desde que
el mundo es mundo. Vstete, hijo mo, vstete; y mientras yo limpio
mis botas, no pierdas de vista a tu madre, y avsame con un grito si
adviertes seales de que va a caer de rodillas. Yo te aseguro que no
lo aguanto--aadi, dirigindose a su costilla.--Soy ms bruto que un
coche de alquiler, duermo como el ludano, pocas veces s si soy yo,
o si soy el vecino de en frente; pero cuando me tocan al bolsillo,
me escamo; con el bolsillo no quiero bromas, sbelo de una vez y para
siempre, y si tus rezos conspiran contra l, mal lo vas a pasar, beata
de los infiernos!

El _seor Lapa_, lanzando de tanto en tanto frases de indignacin,
emprendi con vigor la obra de limpiar sus botas. Su hijo, entretanto,
cuya cabeza guarnecan pas un poquito menos aceradas que las del
padre, y cuyos ojillos estaban poco ms o menos tan juntos como los del
padre, acechaba insistente a la madre. Varios sustos di a la pobre
mujer gritando desde el fondo del armario ropero, donde se vesta.

--Padre!... Que se arrodilla... que se arrodilla!

Ni con el almuerzo se dulcific el humor de _Lapa_, antes bien pareci
que acrecentaba su animosidad contra su mujer.

--Pero qu ests haciendo? Otra vez, condenada?

Contest la mujer que no haba hecho ms que impetrar la bendicin del
Cielo.

--Cuidado con traer bendiciones!--barbot, mirando como si temiera
ver desaparecer el pan de la mesa ante la eficacia de la oracin de su
mujer.--Quiero desterrar las bendiciones de mi casa...! No quiero
bendiciones en mi mesa!

Rojo de clera, con los ojos fuera de las rbitas, el _seor Lapa_
devoraba, que no coma, el almuerzo, rezongando y gruendo como pudiera
hacerlo cualquier congnere suyo de cuatro patas. A eso de las nueve de
la maana, algn tanto domeado su encrespado natural, sali de su casa
para entregarse a las ocupaciones del da.

Apenas si su oficio mereca el nombre de tal, no obstante llamarse l
a s mismo honrado menestral. Todas las maanas, colocaba un banco,
hecho de un respaldo de silla rota, debajo de la ventana del Banco
Tellson ms inmediata al Tribunal del Temple. El banco, y algunos
puados de paja que tomaba del primer carro que pasaba por la calle
cargado de ella, constituan todos sus enseres. El _seor Lapa_ y su
banco eran tan conocidos en la calle Fleet como el Temple mismo... y
con corta diferencia, de tan poco grato aspecto.

Instalado en su sitio antes de las nueve, a tiempo para poder llevar
la mano a su tricornio cada vez que entraba o sala del Banco Tellson
alguna persona cuya respetabilidad lo mereciera, el _seor Lapa_,
acompaado por su hijo, entretenase en aquella maana ventosa de
marzo en injuriar mental y corporalmente a cuantos nios o personas
mayores pasaban a su alcance, a falta de mejor ocupacin. Padre e
hijo, entre los cuales mediaba un parecido maravilloso, ms que seres
humanos semejaban una pareja de monos. Jeremas el mayor mascaba
pajas, mientras los brillantes ojuelos de Jeremas el menor acechaban
inquietos el trfico matinal de la calle Fleet, cuando asom la cabeza
de uno de los ordenanzas del Banco en la puerta del establecimiento, y
dijo con voz campanuda:

--Que entre el portero!

--Ya tenemos un recado en puerta para comenzar el da, padre--observ
Jeremas el menor.

El padre cedi el banco al hijo, y ste se sent, recogiendo y llevando
a su boca la paja que el primero estaba mascando.


II

UNA VISITA

--Conoce usted bien el Old Bailey?[1]--pregunt uno de los empleados
ms ancianos del Banco a Jeremas _Lapa_.

       [1] Tribunal Central de lo Criminal de Londres:--(N. del T.).

--S... seor--contest con cierto retintn el interrogado.--Conozco el
Bailey.

--Perfectamente. Tambin conoce usted al seor Lorry, no es verdad?

--Conozco al seor Lorry mucho mejor que el Bailey, seor... mucho ms
de lo que yo, menestral honrado a carta cabal, deseo conocer el Bailey.

--Muy bien. Va usted a llegarse a la puerta reservada para los
testigos, donde ensear al guardin de la misma esta nota para el
seor Lorry. Le dejarn pasar sin dificultad.

--Hasta la Sala de Justicia?

--Hasta la Sala de Justicia.

--He de esperar en la Sala, seor?

--Voy a decirle lo que ha de hacer. El guardin de la puerta entregar
esa nota al seor Lorry, y usted, desde el sitio donde se encuentre,
procurar atraer la atencin del seor Lorry, por medio de cualquier
gesto, a fin de que aqul sepa dnde espera usted. Luego, todas sus
obligaciones se reducen a una sola: a esperar hasta que el seor Lorry
le necesite.

--Nada ms?

--Nada ms. El seor Lorry desea tener a mano un mensajero, lo esencial
es hacerle saber que el mensajero de que puede disponer en cualquier
momento dado es usted.

Mientras el empleado del Banco plegaba el papel y estampaba el
sobrescrito, el buen _Lapa_, que le contempl sin despegar los labios
hasta que vi que buscaba el papel secante, pregunt.

--Fallan hoy alguna causa por falsificacin?

--Por traicin.

--Descuartizamiento seguro!--exclam _Lapa_.--Qu barbaridad!

--Es la ley--replic el anciano, volviendo con sorpresa los ojos hacia
_Lapa_,--la ley, y nada ms que la ley.

--Por respetable que la ley sea, me parece una barbaridad despedazar a
un hombre. Bastante cruel es arrancarle la vida, pero hacerle cuartos,
lo encuentro feroz.

--Procure hablar bien de la ley, amigo mo--repuso el empleado.--Guarde
para s sus observaciones, selle los labios, y deje que la ley cuide de
s misma: es un consejo que le conviene no dar al olvido.

--Ah seor! Es la vida dura que llevo la que mueve mi
lengua!--exclam _Lapa_.--A su consideracin dejo el juzgar si el que
gana el mendrugo de pan que llevo a la boca como lo gano yo, puede
tener sellados los labios.

--Todos ganamos el pan con el sudor de nuestro rostro, aunque algunos
con menos fatigas que otros... Tome usted la carta... y en marcha.

Tom el mensajero la carta, hizo una reverencia, y sali.

Ahorcaban por entonces en Tyburn, y de consiguiente, la calle en que
se alzaba Newgate no haba alcanzado an la sombra celebridad que
luego pes sobre ella. Era, sin embargo, una crcel espantosa, donde
se practicaban toda clase de villanas y atrocidades, un foco de las
enfermedades ms terribles, que no pocas veces penetraban en la Sala
de Justicia con los prisioneros, se cebaban, dando pruebas de muy poco
miramiento, en el mismo Justicia Mayor, y le obligaba a abandonar
para siempre su elevado sitial. Con frecuencia ocurra que el juez
del birrete negro pronunciaba su propia sentencia a la par que la del
encausado, y hasta mora ms pronto que ste. Por lo dems, la Bailey
era a manera de posada por cuyo espacioso zagun salan constantemente
plidos viajeros, montados en carretas o en coches, que se encaminaban
al otro mundo previo un recorrido de dos o tres millas de calles
pblicas y de camino, infundiendo saludable temor en alguno que otro
ciudadano, quiz en ninguno: tanta es la fuerza de la costumbre.
Tambin era famosa por la picota, institucin atinada y feliz que
supona un castigo cuya extensin y alcance nadie era capaz de prever;
ralo asimismo por los postes en que se ataba a los condenados a la
pena de azotes, sistema el ms indicado para suavizar costumbres y
dulcificar temperamentos, no menos que por la infinidad de tratos que
en ella se celebraban, en los cuales entraba el oro por una parte
y el derramamiento de sangre por la otra, resto de la indiscutible
sabidura de nuestros antepasados, que conduca sistemticamente a la
perpetracin de los crmenes mercenarios ms espantosos que puedan
cometerse bajo la capa del cielo. Por lo dems, la Old Bailey era por
aquel tiempo demostracin elocuente del precepto, Todo lo que es, es
justo, aforismo que resultara tan necio como inocente si no llevara
aparejada la consecuencia, altamente perjudicial, de que Nada de lo
que ha existido fu injusto.

Abrindose paso por entre aquella abigarrada muchedumbre, que llenaba
el repugnante escenario donde haba de desarrollarse la accin, con la
habilidad del que est habituado a caminar entre gentes, el mensajero
no tard en llegar a la puerta que buscaba, donde entreg la carta de
que era portador, hacindola pasar por un ventanillo practicado en la
misma, pues bueno ser hacer constar que las personas que deseaban
ver las funciones representadas en la Old Bailey, haban de pagar las
localidades ni ms ni menos que las que queran distraerse viendo el
Manicomio, sin ms diferencia que la de costar ms caro entrar en
aqulla que en este ltimo. Como consecuencia, estaban perfectamente
guardadas todas las puertas, excepcin hecha, como es natural, de las
que daban acceso a los criminales, pues stos las encontraban siempre
abiertas de par en par.

Con algn retraso, y no sin que el guardin mascullase algunas palabras
de descontento, la puerta gir sobre sus goznes para dar paso al
mensajero.

--Qu hay?--pregunt al primer hombre que encontr.

--Nada todava.

--Qu habr luego?

--Una vista por traicin.

--Descuartizamiento seguro, eh?

--Ah! Primero, tendido sobre un caizo, le arrastrarn hasta el sitio
donde le espere la horca, all le medio ahorcarn, le bajarn de la
horca para arrancarle las entraas, que quemarn ante sus ojos, luego
le cortarn la cabeza, y por fin le harn cuartos. Esa es la sentencia.

--Suponiendo que le declaren culpable, querr usted decir.

--Bah! Le declararn culpable, pierda usted cuidado!

El _seor Lapa_ prest entonces atencin al guardin de la puerta, a
quien vi, encaminndose en derechura hacia el seor Lorry con la carta
en la mano. Hallbase el seor Lorry sentado junto a una mesa entre
seores convenientemente empelucados, muy cerca del abogado defensor
del reo, que usaba una peluca descomunal, y tena varios legajos de
papeles debajo de los ojos, y casi frente a otro caballero, no menos
empelucado que el defensor, el cual, cuando le vi el _seor Lapa_, as
como tambin despus, estaba con las manos en los bolsillos, puesta
toda su atencin en el techo. A fuerza de accesos de tos consigui
el mensajero llamar la atencin del seor Lorry, quien se puso
inmediatamente en pie, hizo una sea con la cabeza, y volvi a sentarse.

--Qu papel representa se en el proceso?--pregunt a _Lapa_ el
individuo a quien antes haba preguntado ste.

--Que me aspen si lo s.

--Entonces... si la pregunta no es indiscreta, qu papel representa
usted?

--Que me descuarticen si lo s tampoco.

Puso fin al dilogo la entrada del juez en la Sala. A partir de aquel
momento, toda la atencin, todo el inters del pblico se concentraron
en la barra. Los calaboceros, que hasta aquel instante haban estado a
uno y otro lado de la barra, salieron para entrar momentos despus con
el prisionero.

Todos los ojos, excepto los del caballero de la peluca, que tena
los suyos clavados en el techo, se fijaron en los del prisionero,
todos los alientos humanos de la sala partieron hacia l, semejantes
al mar, semejantes al fuego, semejantes al viento. Pegados a las
columnas, sobresaliendo de los ngulos, veanse rostros que reflejaban
ansiedad, los espectadores de las filas ltimas se ponan en pie,
otros se alzaban sobre las puntas de los pies, y muchos se encaramaban
sobre los bancos en su afn de verlo todo. No era de los que menos
curiosidad demostraba Jeremas _Lapa_, quien se ergua semejante a un
pedazo animado del muro coronado de pas de Newgate y disparaba contra
el prisionero ondas de aliento saturado de vapores de cerveza--haba
tomado un vaso durante el camino,--las que se mezclaban con las que
partan de otras bocas, saturadas de emanaciones de ginebra, de caf y
de te.

El objeto de tan viva curiosidad era un joven de unos veinticinco aos,
buen mozo, guapo, de mejillas redondas y ojos negros. Era caballero.
Vesta de negro, o de gris muy obscuro, y su pelo, que era largo y
castao, caa sobre su espalda, recogido por una cinta. De la misma
manera que las emociones del alma humana se filtran a travs de la
envoltura material, as la engendrada por la situacin en que se vea
colocado se manifestaba por medio de una palidez superpuesta a la tez
morena y curtida del acusado, demostrando que su alma era ms fuerte
que el sol. Mostrse, sin embargo, perfectamente dueo de s mismo. Con
calma maravillosa se inclin ante el juez, y esper:

Sentimientos de elevada humanidad en el inters que en la Sala
despertaba el reo? Ni por pienso! Si la sentencia que amagaba
su cabeza hubiera sido menos espantosa, si hubieran existido
probabilidades de que en la ejecucin de aquella se prescindiera de
algunos de sus feroces detalles, la fascinacin habra sufrido rudo
golpe. Ante los ojos de los espectadores se alzaba el arrogante cuerpo
que muy en breve sera condenado a brbaras mutilaciones, la criatura
dotada de alma inmortal prxima a ser despedazada, hecha cuartos, y
el inters que inspiraba, dijeran lo que dijeran los mismos que lo
sentan, era, en su raz, en su esencia, el inters del ogro.

Silencio en la Sala!

--Carlos Darnay, que as se llamaba el acusado, haba negado el da
anterior la terrible acusacin fulminada contra l. De ser cierta,
Carlos Darnay era traidor y aleve a nuestro sereno, augusto, excelente,
etc. etc. Rey y Seor, por haber auxiliado en distintas ocasiones y
por medios diversos a Luis, rey de Francia, en sus guerras contra
nuestro sereno, augusto, excelente, etc., etc. Rey y Seor. Haba
hecho frecuentes viajes entre los dominios de nuestro sereno, augusto,
excelente, etc., etc. Rey y Seor y los de dicho rey de Francia, con
objeto de revelar inicuamente, prfidamente, alevosamente (y muchos
otros calificativos adverbiales) al repetido rey de Francia las fuerzas
militares que nuestro sereno, augusto, excelente, etc. etc. Rey y Seor
tena preparadas para enviarlas al Canad y a la Amrica del Norte.

Tales eran, en substancia, los datos que con enorme satisfaccin haba
conseguido adquirir Jeremas _Lapa_.

El acusado, a quien mentalmente haban ahorcado, decapitado y
descuartizado todos los presentes a la vista, ni temblaba ante la
situacin ni afectaba arrogancias teatrales. Vi con calma perfecta que
los jueces prestaban juramento y que el fiscal de la Corona se dispona
a hablar. Con grave inters presenci los preparativos, y con tal
compostura escuch los procedimientos, que no movi ni una hoja de las
hierbas aromticas rociadas con vinagre que alfombraban el pavimento,
como medida higinica contra el contagio de la fiebre del presidio y
contra la atmsfera viciada que all se respiraba.

Sobre la cabeza del reo haba un gran espejo que tena por objeto
concentrar en su rostro la mayor suma posible de luz. Millares de
desgraciados y de malvados haban visto reflejadas sus contradas
caras en su tersa superficie, minutos antes de que una capa de tierra
las ocultara para siempre. No habra infierno comparable a aquella
Sala abominable si la luna de un espejo pudiera devolver las imgenes
que refleja, de la misma manera que el Ocano devuelve a sus muertos.
Tal vez sinti nuestro reo la ola de infamia y de deshonra que iba a
envolverle, quiz fuera la casualidad o un rayo ms vivo de luz lo
que le movi a alzar los ojos: el hecho es que vi el espejo, y que,
al verlo, vivos carmines tieron su rostro y su cuerpo experiment un
estremecimiento violento cual si acabara de recibir enrgica descarga
elctrica.

Al separar sus miradas del espejo las llev hacia la izquierda, donde
tropezaron con dos personas sobre las cuales se detuvieron con tal
fijeza, que no qued en la Sala un espectador que hacia ellas no
volviera los ojos.

Eran las personas en cuestin una seorita joven, de veinte aos de
edad aproximadamente, y un caballero, a todas luces su padre. Llamaban
poderosamente la atencin en este ltimo la blancura de nieve de sus
cabellos y cierta expresin indescriptible de vehemencia, no activa,
sino reflexiva, ntima. Cuando dominaba esta expresin, pareca viejo,
pero en los momentos en que desapareca, cuando hablaba con su hija,
por ejemplo, era un hombre hermoso que apenas habra pasado de la
primavera de la vida.

Aferraba su hija su brazo y se estrechaba contra su cuerpo impelida
por el espanto que la escena la produca y la piedad que el reo la
inspiraba, espanto y piedad tan elocuentemente retratados en su frente
y en sus ojos, que los espectadores, inconmovibles ante la triste
suerte del acusado, no pudieron ver sin profunda lstima el estado de
la joven. Quines sern? se preguntaban unos a otros al odo.

No dej de preguntar Jeremas _Lapa_ a su vecino, a cuyos perspicaces
ojos no haba pasado inadvertida la expresin de la joven, quines eran
aquellas personas; y como todos haban hecho la misma pregunta, la
respuesta, que circulaba ya de boca en boca, lleg al fin a su odo.

--Son testigos.

--De cargo?

--Testigos en contra.

--En contra de quin?

--Del reo.

El juez, cuyas miradas haban seguido la direccin que siguieron las
de todos los espectadores, las desvi para clavarlas insistentes en el
desgraciado cuya vida tena en sus manos, en el momento que el fiscal
de la Corona se levantaba para torcer la soga, afilar el hacha y forjar
el martillo y los clavos que deban preparar el cadalso.


III

DECEPCIN

El seor fiscal de la Corona manifest en su informe que el acusado,
aunque joven en aos, era tan viejo en actos alevosos y prcticas de
prfida traicin, que se impona la necesidad de acabar con su vida.
Sus tratos y correspondencia continua con el enemigo pblico--dijo--no
datan de ayer, ni de anteayer, ni del ao pasado, ni de dos aos atrs.
Desde fecha mucho ms remota viene el reo haciendo viajes constantes
entre Inglaterra y Francia, viajes misteriosos, cuyo objeto ni l mismo
ha sabido explicarnos satisfactoriamente. Ah! Si el Cielo, en su alta
sabidura, no hubiera condenado a eterno fracaso las maquinaciones
de los traidores, los actos criminosos de ese hombre habran dado
sus naturales frutos, pero la Providencia, que vela de una manera
especial por la suerte de nuestra querida Inglaterra, inspir a una
persona, en cuyo pecho no tiene entrada el miedo y en cuya conciencia
no cabe la malicia, el feliz pensamiento de penetrar los siniestros
planes del reo, y cuando hubo conseguido su objeto, lleno de terror,
se apresur a descubrirlos al primer secretario de Estado y al augusto
Consejo Privado de Su Majestad. Pronto tendris ocasin de conocer a
ese patriota, cuya conducta ha sido sublime. Haba sido amigo ntimo
del traidor, pero no bien descubri sus infamias, decidi inmolar una
amistad, que ya no poda conservar en su pecho, en el altar sacrosanto
del patriotismo. Si Inglaterra erige alguna vez estatuas, como las
erigieron Grecia y Roma en honor de los que en aras de la patria han
sacrificado sus ms vivas afecciones, no cabe dudar que tendr la suya
ese ciudadano eminente. La virtud, segn han afirmado infinidad de
poetas, cuyos nombres no citar porque todos mis oyentes los tienen en
la punta de la lengua, es contagiosa en grado eminente, y sobre todo,
la virtud sagrada del patriotismo, al amor a la patria. No es, pues,
de admirar que el alto y sublime ejemplo del testigo inmaculado e
impecable a que me refiero, cuyo nombre da honor a quien lo pronuncia,
se contagiase a un criado del mismo reo, y engendrase en l la santa
resolucin de practicar registros en las gavetas de las mesas y en los
bolsillos de su seor, para apoderarse o tomar nota de sus documentos
ms secretos. No faltarn detractores que claven sus dientes en la
reputacin de este criado admirable, maldicientes que expongan en
la picota pblica pecadillos de su vida pasada, pero aun as he de
protestar que su conducta presente le hace acreedor a todo mi respeto,
he de decir que me merece ms consideraciones que mis mismos hermanos,
ms consideraciones que mis mismos padres. Yo no dudo, no puedo dudar
que lo propio harn los que me escuchan. Las declaraciones de los dos
testigos nombrados, juntamente con los documentos que a su tiempo sern
exhibidos, demuestran claro como la luz del sol que el prisionero
posea relaciones numricas de las fuerzas militares de Su Majestad,
estados explicativos de la disposicin y preparacin de las mismas,
y no cabe dudar que esas relaciones, esos estados, los llevaba, como
ha llevado tantos otros, a una potencia enemiga. Confieso que no ha
sido posible demostrar que esas relaciones y esos estados sean de
puo y letra del reo, pero eso no tiene importancia, nada significa,
y en todo caso, ser circunstancia agravante, puesto que pondr de
relieve la artera malicia del acusado. A cinco aos se remontan las
pruebas, demostrando palpablemente que el prisionero se dedicaba ya por
entonces a llevar a cabo misiones infames y perniciosas, que ya venda
a la patria semanas antes de haberse reido la primera batalla entre
las fuerzas inglesas y las americanas. Todas estas razones influirn
necesariamente en el nimo del Jurado, si es Jurado leal, como me
consta que lo es, si es Jurado responsable, como por tal le tengo,
para declarar culpable al prisionero, y librar al mundo de un traidor.
Ah, seores jurados! Mientras haya una cabeza sobre los hombros del
prisionero, no es posible que vuestras cabezas reposen tranquilas
sobre las almohadas de vuestros lechos, no es posible que las cabezas
de vuestras tiernas esposas reposen tranquilas sobre las almohadas de
sus lechos, no es posible que las cabecitas de vuestros queridos hijos
reposen tranquilas sobre las almohadas de sus lechos. El fiscal de la
Corona os pide por lo ms sagrado, por lo que ms caro os sea, por el
juramento que habis prestado, por el Rey augusto y excelente que nos
gobierna, por la patria, que es nuestra madre, que deis al prisionero
por ahorcado, decapitado y descuartizado.

Cuando el fiscal de la Corona ces de hablar, llenaron la Sala sordos
murmullos. No pareca sino que el aire se haba llenado de enjambres
de moscas azules que zumbaban en torno de la cabeza del reo, sabedoras
del estado en que no tardaran en encontrarle. Cuando se extinguieron
los zumbidos, apareci en la tribuna de los testigos el ciudadano
impecable, el sublime patriota citado por el fiscal de la Corona.

El seor procurador general, atenindose estrictamente a las
instrucciones de su jefe, examin entonces al patriota. Llambase Juan
Barsad, y era caballero. La historia de su alma pura e inmaculada
result ser la que el seor fiscal de la Corona haba expuesto
sucintamente en su acusacin. Luego que hubo contestado las preguntas
que le fueron dirigidas, se hubiera retirado modestamente, de no haber
manifestado deseos de hacerle algunas otras el caballero de la enorme
peluca y abultados legajos de papeles, que estaba sentado a escasa
distancia del seor Lorry. El segundo empelucado continuaba mirando al
techo.

He aqu, en resumen, el interrogatorio a que fu sometido el gran
patriota por el caballero de la peluca:

--Ha sido usted espa alguna vez?

--Jams--contest indignado el ciudadano.

--De qu vive usted?

--De mis rentas.

--En qu consisten esas rentas?

--No tengo por qu dar explicaciones sobre este particular.

--Dnde radican sus bienes?

--No lo recuerdo con precisin.

--Ha heredado usted?

--S.

--De quin?

--De un pariente lejano.

--Muy lejano?

--Bastante.

--Ha sido procesado alguna vez?

--Nunca.

--Ni ha estado en la crcel por deudas?

--No s que tenga nada que ver eso con el asunto que se debate.

--Ha estado en la crcel por deudas?

--Otra vez?

--Conteste usted.

--S.

--Cuntas veces?

--Dos o tres.

--No sern cinco o seis?

--Tal vez.

--Su profesin?

--Caballero.

--Le han dado de patadas alguna vez?

--Puede que s.

--Con frecuencia?

--No.

--Le han echado a puntapis de alguna casa?

--No.

--No le han hecho rodar a patadas escaleras abajo?

--Repito que no. En una ocasin recib algunas patadas en lo alto
de una escalera, y la baj rodando, pero fu porque quise, por mi
voluntad, deliberadamente.

--En la ocasin a que se refiere, no le echaron a puntapis por
fullero, por hacer trampas en una partida de dados?

--Algo por el estilo dijo el borracho embustero que me di las patadas,
pero era falso.

--Jura usted que era falso?

--Sin el menor reparo.

--No ha buscado usted nunca en las trampas del juego los medios de
vivir?

--Nunca.

--Ni ha vivido del juego?

--He jugado como juegan todos los dems caballeros.

--Le ha prestado dinero el prisionero?

--S.

--Y lo ha pagado?

--No.

--La amistad que con el prisionero le ha ligado, en realidad una
amistad ligera, no era de las que solemos llamar obligadas, es decir,
una amistad cultivada en sillas de posta, posadas y barcos?

--No.

--Ha visto las relaciones y listas en poder del prisionero?

--S.

--Puede decir algo ms acerca de esas listas?

--No.

--Espera que su declaracin le valga algn provecho o beneficio?

--No.

--Ni siquiera un destino de espa a sueldo del gobierno?

--No.

--Ni ningn otro empleo?

--No.

--Lo jura?

--Una y mil veces.

--Obedece a otros motivos que a los de patriotismo?

--No.

Fu llamado a declarar el virtuoso criado del prisionero, Rogerio Cly,
quien prest con gran decisin su juramento. Cuatro aos antes haba
entrado al servicio del prisionero, sencillamente y de buena fe. A
bordo del barco que haca el servicio de Calais, pregunt al prisionero
si necesitaba un criado, y aquel le recibi. Muy poco despus le
pareci sospechosa la conducta del prisionero, y resolvi espiarle. En
los diferentes viajes que hizo en su compaa, en las ropas de su amo
vi varias veces listas y relaciones semejantes a las que obraban en
poder de la justicia. El fu el que sac algunas de aquellas listas
de una gaveta de la mesa de su amo. Vi que ste enseaba otras
listas idnticas a un caballero francs en Calais y otras a otros
caballeros tambin franceses, tanto en Calais como en Boulogne. Amante
de su patria, su conciencia se sublev contra tan negras traiciones
y denunci los hechos. Acerca de su honradez, asegur que era tan
intachable, que nadie se atrevi jams a acusarle del robo de una
tetera de plata, pues si bien no faltaron maldicientes que le achacaron
en una ocasin el hurto de una mantequera, hechas las comprobaciones,
result que no era de plata, sino de metal plateado. Conoca al testigo
que le precedi en la declaracin desde siete u ocho aos antes, pero
nunca se trataron ms que por coincidencia. No afirm que se tratara de
coincidencias extraordinariamente curiosas, sin duda porque es pblico
y notorio que las coincidencias lo son por regla general.

Oyse por segunda vez el sordo zumbido de las moscas azules, y el
seor fiscal de la Corona llam al seor Mauricio Lorry.

--Es usted empleado del Banco Tellson, seor Mauricio Lorry?

--S, seor.

--En la noche de un viernes del mes de noviembre del ao mil
setecientos setenta y cinco, hizo usted un viaje desde Londres a
Dover, por la diligencia-correo?

--S, seor.

--Iban en la diligencia otros viajeros?

--S, seor: dos.

--Dejaron la diligencia aquella noche, antes de llegar a Dover?

--S, seor.

--Vea usted al prisionero, seor Lorry, y dganos si era uno de
aquellos viajeros.

--No puedo decir que lo fuera.

--Se parece a alguno de sus compaeros de viaje?

--Iban los dos tan embozados, la noche era tan obscura, y los tres
guardamos tanta reserva, que me es imposible contestar la pregunta.

--Examine con ms detenimiento al prisionero, seor Lorry.
Represnteselo embozado, en la forma misma que iban sus compaeros de
viaje, y dganos si, dada su estatura y corpulencia, es imposible que
fuera uno de los dos viajeros.

--No es imposible.

--Usted no jurara que el reo no era ninguno de ellos?

--No.

--Luego confiesa usted que poda ser uno de ellos, no es verdad?

--Admito la posibilidad, pero... pero recuerdo perfectamente que mis
dos compaeros de viaje tenan... y yo tambin... un miedo horrible
a los ladrones, y me parece que el reo no es de los que se asustan
fcilmente.

--Y no ha visto usted nunca miedo... de pega, quiero decir, personas
que fingen sentir un miedo que en realidad no sienten?

--No, seor.

--Vuelva usted a reconocer al reo, seor Lorry. Recuerda haberle visto
en alguna ocasin?

--S.

--Cundo y dnde?

--A mi regreso de Francia, pocos das despus del incidente de la
diligencia, le encontr en Calais a bordo del barco en que yo volva, e
hicimos juntos el viaje.

--A qu hora embarc el reo?

--Ya avanzada la noche. Era el nico pasajero del barco, excepcin
hecha de nosotros, y lleg a ltima hora.

--Qu hora sera?

--Poco ms de media noche.

--Y dice usted que lleg el ltimo?

--Di la casualidad que llegase el ltimo, s, seor.

--Dejemos a un lado las casualidades. Fu el nico pasajero que lleg
a altas horas de la noche, no es cierto?

--S, seor.

--Viajaba usted solo, o acompaado, seor Lorry?

--Con dos compaeros: un caballero y una seorita. Ambos estn aqu.

--En efecto: aqu estn. Habl usted con el prisionero?

--Muy poco. El tiempo estaba tormentoso, la travesa era larga y
pesada, y me la pas de playa a playa tendido en el sof.

--Seorita Manette!

Psose en pie la seorita hacia la cual se haban antes vuelto todas
las miradas, y hacia la cual se volvieron de nuevo al ser llamada. Al
propio tiempo que ella, se levant su padre.

--Examine usted al prisionero, seorita Manette.

Mil veces ms penoso fu para el acusado verse frente a aquella nia,
joven y hermosa, que le contemplaba con compasin anhelante, que
afrontar las miradas curiosas de las turbas que llenaban la sala. Sin
pestaear, sin que se alterase un solo msculo de su rostro, aguant la
terrible acusacin del fiscal de la Corona; las declaraciones de los
testigos de cargo no consiguieron demudar su semblante, pero al ver
desde el borde de la tumba la mirada, no de curiosidad, sino de piedad,
de la nia, todo su nervio, que era mucho, no bastaba a refrenar la
agitacin de su pecho, y en los esfuerzos desesperados hechos para
permanecer sereno, sus labios quedaron descoloridos, toda la sangre
refluy a su corazn.

--Conoca usted al prisionero, seorita Manette?

--S, seor.

--Dnde le conoci usted?

--A bordo del barco que antes han mencionado y en la misma ocasin.

--Es usted la seorita aludida por el seor Lorry?

--Por desgracia, seor, soy yo!

Los acentos de compasin que la nia supo poner en su voz no
dulcificaron la del juez, quien repuso con cierta severidad:

--Conteste la testigo las preguntas que se le hagan sin hacer
observaciones ni comentarios... Seorita Manette, sostuvo usted alguna
conversacin con el prisionero durante la travesa del Canal?

--S, seor.

--Refirala.

En medio de un silencio imponente, comenz la nia con voz dbil:

--Cuando lleg a bordo ese caballero...

--Se refiere usted al prisionero?--interrog el juez, frunciendo el
entrecejo.

--S, seor.

--Pues cuando haya de nombrarle, llmele el prisionero.

--Cuando lleg a bordo el prisionero, advirti que mi padre estaba muy
fatigado y en estado de salud sumamente delicado. Tal era la postracin
de mi padre, que temiendo que le perjudicase la falta de aire, le
prepar una cama sobre el puente, junto a la escalera de la cmara, y
yo me sent a su lado con objeto de atenderle. Los pasajeros no ramos
ms que cuatro. Fu tan bueno el prisionero, que despus de rogarme
que le dispensase el atrevimiento, me ense la manera de colocar a mi
padre al abrigo del aire y del relente, cosa que yo no haba sabido
hacer. Prodig a mi padre atenciones y bondades que no puedo olvidar, y
estoy segura que se las prodig de corazn. He aqu cmo comenzamos a
hablar.

--Permtame que la interrumpa. Lleg solo a bordo?

--No, seor.

--Cuntos le acompaaban?

--Dos caballeros franceses.

--Qu conferenciaban con el prisionero?

--Hablaron con el prisionero hasta el ltimo momento. Cuando el barco
levaba, se despidieron de l y saltaron a su bote.

--Se cambiaron entre ellos algunos papeles semejantes a stos?

--Cambiaron algunos papeles, pero ignoro cmo o qu eran.

--Parecidos a stos en tamao y forma?

--Es posible, pero no puedo asegurarlo, aunque me encontraba yo muy
cerca del sitio donde ellos hablaban. La noche estaba muy obscura y el
prisionero y los caballeros franceses se colocaron en lo alto de la
escalera de la cmara, debajo del farol all pendiente. Sostenan, sin
embargo, la conversacin con voz tan baja, que no o una palabra. Vi,
s, que lean papeles, y nada ms.

--Reptanos usted la conversacin que sostuvo con el prisionero,
seorita Manette.

--El prisionero fu conmigo muy franco... puso en m gran confianza...
fu muy amable, muy bueno... trat con tierna solicitud a mi padre...
y no quisiera--termin la joven, hecha un mar de lgrimas--no quisiera
corresponder a sus favores con declaraciones que acaso le perjudiquen.

Los moscardones azules volvieron a zumbar.

--Seorita Manette--replic el fiscal,--si el prisionero no se convence
de que usted presta la declaracin que es su deber prestar... que est
obligada a prestar... que no puede dispensarse de prestar, contra su
voluntad y con sobrada repugnancia, habr que confesar que est ciego.
Tenga la bondad de continuar.

--Me dijo que motivaban su viaje asuntos de ndole altamente delicada
y comprometida, asuntos que acaso originasen serios conflictos entre
pueblos distintos, y que por esta razn, viajaba bajo nombre supuesto.
Me dijo que esos asuntos le haban llevado a Francia pocos das
antes, y que probablemente, durante un perodo ms o menos largo, le
obligaran a hacer frecuentes viajes entre Inglaterra y Francia.

--Habl de Amrica, seorita Manette? Tenga la bondad de especificar
con detalles.

--Procur explicarme las causas que dieron margen al conflicto, y me
dijo que, en opinin suya, la sinrazn y la injusticia estaban de parte
de Inglaterra. Aadi, en tono humorstico, que quiz Jorge Wshington
estaba llamado a alcanzar en la historia tan alto renombre como Jorge
III. Pero en todo ello no haba ni sombra de malicia: lo dijo riendo y
para pasar el tiempo.

El seor fiscal de la Corona manifest que consideraba necesario
interrogar al padre de la seorita, al doctor Manette.

--Mire usted al prisionero, doctor Manette: recuerda haberle visto
antes?

--Una sola vez. Har tres aos o tres y medio que me visit en mi casa
de Londres.

--Puede usted decirnos si fu su compaero de viaje durante la
travesa del Canal, o repetirnos la conversacin que tuvo con su hija?

--Ni lo uno ni lo otro, seor.

--Existen razones particulares y especiales que le imposibilitan hacer
lo que se le pide?

--Existen--contest el doctor con voz muy baja.

--Son stas la desventura de haber sufrido un cautiverio largusimo en
su pas natal, sin ser condenado, y hasta sin ser acusado?

Con tono que penetr hasta el fondo de los corazones de todos los
presentes, contest:

--Un cautiverio eterno!

--Haba recobrado usted recientemente la libertad, cuando se hizo el
viaje a que me refiero?

--Eso me dicen.

--No lo recuerda usted?

--No recuerdo nada. Mi cerebro fu una noche profunda durante algn
tiempo... no puedo decir cunto... desde que en mi calabozo me dedicaba
a hacer zapatos hasta que me encontr en Londres en compaa de mi
querida hija. Me habitu a su trato... ignoro cmo... no conservo
recuerdo del proceso... y al fin, el Dios misericordioso tuvo a bien
devolverme las facultades.

El seor fiscal de la Corona di por terminado el interrogatorio, y el
padre y la hija volvieron a sentarse.

Ocurri en este punto un incidente singular. El objeto de las
actuaciones, el fin que en el proceso se persegua, era demostrar que
el acusado, en compaa de otro traidor cmplice suyo, cuya identidad
era un misterio hasta entonces, viajeros, en la noche de un viernes
del mes de noviembre de cinco aos atrs, en la diligencia-correo de
Londres a Dover, haban desmontado durante la marcha, con objeto de
despistar, en un sitio en el que no pensaban quedarse, desde donde
retrocedieron doce o ms millas hasta llegar a una plaza fuerte que
tena arsenal, donde recogieron los datos que perseguan. Un testigo
declar que en el da y hora indicados haba visto al prisionero en el
comedor de un hotel de la plaza fuerte y arsenal mencionados, esperando
a otra persona. El abogado defensor del procesado estaba sometiendo
al testigo a un interrogatorio tan rgido como habilidoso, sin ms
resultado que el de asegurar aqul que jams, ni antes ni despus de
la ocasin indicada, haba visto al prisionero, cuando el caballero
empelucado, que desde los comienzos de la vista tena los ojos clavados
en el techo de la Sala, escribi dos o tres palabras en un papelito, lo
retorci, y seguidamente lo tir al defensor. Este, despus de leer el
papelito, mir con atencin y curiosidad extraordinarias al prisionero.

--Dice usted que tiene seguridad absoluta de que _era_ el
prisionero?--pregunt al testigo.

--Absolutsima.

--No ha visto nunca a nadie que se parezca al prisionero?

--A nadie que se le parezca tanto, que pueda dar lugar a una
equivocacin.

--Fjese bien en aquel caballero,--repuso, indicando al que acababa de
tirarle el papelito--y luego, fjese bien en el prisionero. Qu me
dice usted? No es verdad que se parecen bastante?

No obstante la dejadez y desalio del caballero del papelito, exista
entre l y el prisionero un parecido bastante notable para llenar
de sorpresa no slo al testigo, sino tambin a cuantas personas se
hallaban en la Sala. El presidente del tribunal suplic al repetido
caballero del papelito que se quitase la peluca, y la semejanza se
hizo muchsimo ms notable. Pregunt el presidente al seor Stryver,
que era el abogado defensor, si habran de encausar por el delito de
traicin al seor Carton, nombre del caballero del papelito, a lo que
el defensor respondi que no, pero que deseaba preguntar al testigo si
crea que lo que una vez ha sucedido no puede suceder otra, si hubiera
osado hablar con tanta seguridad y aplomo si antes hubiese visto aquel
ejemplo palpable de su temeridad, si la vista de una persona que tanto
se pareca al prisionero no habra sido golpe rudo asestado a su
confianza, etc., etc. El resultado de este incidente fu aniquilar al
testigo, destruir el efecto de su declaracin, y quitar todo el valor a
sus manifestaciones.

El buen Jeremas _Lapa_, que segua el curso de la vista sin perder
palabra ni gesto, hubo de escuchar cmo el defensor volva la tortilla
que el fiscal y los testigos haban servido al Jurado, diciendo que
el excelso, el sublime patriota Barsad, era un espa mercenario, un
vil traidor, un traficante en sangre que no conoca el decoro ni
la vergenza, el reptil de alma ms negra que haba existido en el
mundo desde que el maldecido Judas, a quien se pareca fsica y
moralmente, lo deshonr con su presencia. Afirm que el espejo de
criado, el inocente Cly, era amigo y cmplice de Barsad, y digno
de serlo por cierto, que los ojos siempre abiertos de aquellos
miserables falsificadores y perjuros resolvieron convertir en vctima
de sus codicias al prisionero, aprovechando para sus nefandos fines
la circunstancia de que aqul, francs de origen, haca frecuentes
viajes entre Inglaterra y Francia por asuntos de familia que no poda
explicar, y que no explicara el prisionero, aun cuando su silencio le
costase la vida, porque se lo vedaban altas consideraciones. Demostr
que las manifestaciones hechas por la seorita Manette, cuya angustia
al hacerlas todos haban tenido ocasin de apreciar, no tenan la menor
importancia, ni eran otra cosa que inocentes galanteras, muy naturales
en un joven que tropieza en un viaje con una nia agraciada, excepcin
hecha de lo referente a Jorge Wshington, que a su juicio resultaba
tan extravagante, que slo como chiste desatinado caba considerarlo.
Aadi que dara la Justicia pruebas palpables de debilidad si
persista en la idea de perseguir una populachera estril aprovechando
bajas antipatas y temores nacionales que el seor fiscal de la Corona
haba explotado en su informe, el cual, en realidad de verdad, no tena
ms fundamento que las ruindades y vilezas de una declaracin cuya mala
fe saltaba a la vista, declaracin prestada con nimo deliberado de
desfigurar los hechos, declaracin que tiende a que la Justicia, para
vergenza nuestra, aada un error lamentabilsimo a la interminable
serie de los que ha cometido.

El presidente, cual si lo que acababa de manifestar el defensor no
fuera expresin exacta de la verdad, interrumpi con cara fosca al
orador, para decir, con grave ademn, que le era imposible continuar
ocupando su elevado sitial si se le obligaba a tolerar alusiones tan
desagradables.

Interrog el defensor a los escasos testigos de descargo, y a
continuacin, los oyentes hubieron de admirar los esfuerzos hechos
por el seor fiscal de la Corona para volver del revs el traje que
el primero haba confeccionado para el Jurado. Lo ms saliente de su
discurso fu asegurar una y mil veces que los heroicos Barsad y Cly
eran mil veces ms virtuosos de lo que al principio haba dicho, y
el prisionero mil veces ms criminal. El presidente, en su informe
final, di vueltas y ms vueltas al traje confeccionado por el fiscal
y procur deshacer las costuras del presentado por el defensor,
demostrando tendencias decididas a preparar con uno y otro la mortaja
del prisionero.

Retirse el Jurado a deliberar y los grandes moscardones azules
dejaron oir de nuevo sus desagradables zumbidos.

El movimiento, los murmullos generales, la expectacin que de todos
los testigos de la vista se haba adueado, no fueron parte a que el
seor Carton, que continuaba sentado y mirando al techo, variase de
actitud ni de sitio. Mientras, su amigo el seor Stryver, recogiendo
los papeles que tena delante, conversaba con las personas que tena
ms cerca y de tanto en tanto diriga miradas de ansiedad al Jurado,
mientras todos los espectadores se movan ms o menos, ora separndose,
ora reunindose de nuevo, mientras el mismo presidente abandonaba su
asiento para pasear por la plataforma, dando motivos para que los
presentes sospecharan que el estado de su nimo distaba mucho de ser
sosegado, el seor Carton permaneca arrellanado en su asiento, con
la peluca medio ladeada, las manos en los bolsillos, como indiferente
a todo y a todos, clavados en el techo los ojos como los haba tenido
todo el da.

Esto no obstante, el seor Carton avizoraba ms detalles de la escena
que ante sus ojos se desarrollaba de lo que a primera vista pareca.
Prueba de ello es que, cuando la seorita Manette, rendida bajo el peso
de tantas emociones, cay desfallecida en los brazos de su padre, fu
Carton el primero que lo advirti, y el primero que acudi al remedio,
diciendo:

--Guardia! Atienda usted a aquella seorita... Ayude al caballero
a que la saque de la Sala... No ve usted que est a punto de caer
desmayada?

Todos se movieron a compasin al ver que retiraban a la seorita de la
Sala, y no hubo quien no concediera todas sus simpatas al padre. La
escena, que no poda menos de recordar a ste los aos interminables
de su inmerecida prisin, hubo de afectarle profundamente. Buena
prueba de ello fu la intensa agitacin interior que le produjo el
interrogatorio, agitacin que a nadie pas inadvertida.

Momentos despus se presentaba el Jurado, y por boca de su presidente
manifestaba que, no habindose puesto de acuerdo, deseaba retirarse de
nuevo.

El presidente de la Sala, cuya imaginacin llenla, si no se engaan
algunos maliciosos, el retrato de Jorge Wshington, manifest alguna
sorpresa al saber que el Jurado no se haba puesto de acuerdo, pero
accedi a que se retirara nuevamente a deliberar, y, sin duda para
imitar su conducta, se retir tambin l. La vista haba durado todo el
da y era preciso encender las luces de la Sala de Justicia. Circularon
rumores de que las deliberaciones del Jurado seran largas, en vista
de lo cual, los espectadores comenzaron a desfilar para tomar algn
refrigerio, y el reo fu llevado a la parte ms retirada de la barra,
donde tom asiento.

El seor Lorry, que haba salido acompaando a la seorita Manette y a
su padre, reapareci de nuevo y llam por seas a Jeremas _Lapa_.

--Si quiere usted tomar algo, Jeremas, puede hacerlo, pero sin
alejarse mucho de aqu. Es preciso que cuando entre el Jurado se
encuentre usted a mi lado, pues en el Banco esperan impacientes la
noticia del veredicto. Es usted el mensajero ms rpido que conozco y
podr llegar al Tribunal del Temple mucho antes que yo.

_Lapa_ hizo una reverencia muy graciosa, ignoro si por la confianza que
en su persona depositaba el seor Lorry, o si por el cheln que acababa
de poner en sus manos.

En aquel punto abandon su asiento el seor Carton y toc en un hombro
a Lorry.

--Cmo se encuentra la seorita?--pregunt.

--Terriblemente angustiada, pero procura consolarla su padre, y parece
que se halla mejor que antes de salir de la Sala.

--Voy a decrselo al prisionero. Un caballero tan respetable como usted
no est bien que le hable en pblico.

Enrojeci intensamente Lorry, sin duda porque vi que haban ledo los
pensamientos que en aquel instante le embargaban, y Carton ech a andar
en direccin a la barra. Huelga decir que Jeremas _Lapa_ le sigui con
todos sus ojos, con todos sus odos, y con todas las pas que adornaban
su cuero cabelludo.

--Seor Darnay--llam Carton.

El prisionero se levant en seguida.

--Es natural que desee usted tener noticias de la testigo seorita
Manette. Se encuentra mejor: ha pasado lo ms intenso de su agitacin.

--Con toda mi alma lamento haber sido la causa de ella. Tendr usted
la bondad de hacrselo presente en mi nombre?

--Lo har, si usted lo desea.

La actitud de Carton era tan indiferente, que rayaba en insolente.

--Lo deseo mucho, y doy a usted las gracias ms cordiales--contest el
prisionero.

--Qu espera usted, seor Darnay?--pregunt Carton, medio vuelto de
espaldas a su interlocutor.

--Lo peor.

--Hace usted bien, puesto que espera lo que probablemente ser. Sin
embargo, la nueva retirada del Jurado permite abrigar alguna esperanza.

Jeremas _Lapa_ se alej sin oir ms. All, debajo del gran espejo
que reflejaba las dos caras, quedaron los dos hombres, tan semejantes
por las facciones y tan desemejantes en lo que a modales y actitud se
refera.

Transcurri lenta, pesada, eterna, hora y media ms. El mensajero del
Banco, despus de tomar su refrigerio, se haba sentado y dormido en
un banco, cuando le envolvi el oleaje humano que clamoroso invada
nuevamente la Sala.

--Jeremas... Jeremas!--grit el seor Lorry, procurando acercarse a
la puerta.

--Aqu estoy, seor... pero he de abrirme paso a codazos si quiero
volver a entrar!

Lorry extendi un brazo y le entreg un papel.

--Volando...! Lo tiene ya?

--S, seor.

En el papel haba escrita una sola palabra: _absuelto_.

--Si esta vez hubiera escrito usted Resucitado,--murmur _Lapa_ al
dar la vuelta--ya sabra yo lo que significa todo eso.

Fu lo nico que pudo decir, o pensar, o hacer, hasta tanto no se vi
fuera del Old Bailey, pues las turbas salan cual torrente desbordado
arrollando y arrastrando cuanto tropezaban por delante. Los murmullos
eran semejantes al recio zumbar de moscardones azules que se dispersan
chasqueados al encontrarse privados de las piltrafas podridas que
crean encontrar.


IV

ENHORABUENA

Trascolaban por los sucios y lbregos pasadizos del edificio del
tribunal los ltimos sedimentos del guisote humano que durante todo el
da haba hervido en la Sala, cuando el doctor Manette, Luca, su hija,
el seor Lorry, el abogado defensor y el procurador de la defensa,
formaban un grupo en derredor de Carlos Darnay, puesto momentos antes
en libertad, a quien daban parabienes y enhorabuenas por haber escapado
casi milagrosamente de la muerte.

Escasa era la luz, pero aun a la de un brillante sol de esto hubiese
sido muy difcil reconocer en el sereno e inteligente rostro y
cuerpo erguido del doctor al zapatero del sotabanco de Pars. Esto
no obstante, era imposible verle una vez sin experimentar comezn
irresistible de examinarle de nuevo, aun cuando el observador no
hubiese tenido ocasin de escuchar el ritmo lgubre de su voz profunda,
ni reparado en la especie de nube que ensombreca su fisonoma sin
razn aparente. Y es que no necesitaba que causas externas evocasen en
su alma, como haba ocurrido en la Sala de Justicia durante la vista,
ecos dolorosos de sus pasadas agonas; stos brotaban espontneamente,
y al brotar, envolvanle en algo as como un velo fnebre que no
podan ver los que desconocan su triste historia.

Unicamente su hija consegua ahuyentar de su mente los negros recuerdos
que le perseguan insistentes. Luca era el hilo de oro que le una
a un pasado anterior a sus miserias y a un presente posterior a sus
desdichas. La dulce msica de su voz, la alegra que reflejaba su
linda cara, el contacto de su mano, casi siempre ejercan sobre l una
influencia benfica decisiva, y digo casi siempre, porque ocasiones
haba habido, aunque no muchas, en que el poder de la nia se haba
estrellado contra su tristeza. Luca abrigaba la dulce esperanza de que
esos casos no se repetiran.

Darnay haba saboreado el placer de besar la mano de la joven, y
despus de exteriorizar con frases fervientes su gratitud, habase
vuelto hacia su defensor, el seor Stryver, a quien di calurosamente
las gracias. Stryver, hombre que apenas contaba treinta aos de
edad, aunque pareca de cincuenta, robusto, grueso, rojo, fanfarrn
y refractario a toda clase de impulsos de delicadeza, posea el
secreto de amoldarse, moral y fsicamente, a toda clase de compaas
y conversaciones, y era de suponer que lo mismo que se amoldaba a
las compaas y conversaciones, supiese amoldarse a las mil y una
pequeeces relacionadas con la vida.

Todava llevaba puestas la toga y la peluca. Al ir a contestar a su
defendido, gir sobre sus talones en forma que elimin del grupo al
inocente seor Lorry, y dijo:

--Celebro infinito haber sacado a usted del trance con honor, seor
Darnay. Ha sido usted vctima de una persecucin infame, brutalmente
infame, pero que muy bien pudo tener el desenlace que perseguan sus
enemigos.

--Las obligaciones que con usted he contrado no prescribirn
jams--respondi el joven, estrechando con calor la mano del abogado.

--He hecho por usted cuanto he podido, seor Darnay, y tengo la
presuncin de creer que puedo tanto como pueda cualquier otro hombre.

Las ltimas palabras tenan una contestacin obligada, que deba y
poda dar cualquiera de los que formaban el grupo. Dila el seor
Lorry, probablemente interesada, es decir, para que de nuevo le
admitieran en el grupo.

--Ms, mucho ms que ningn otro hombre--dijo.

--Lo cree usted as?--pregunt Stryver.--Perfectamente. Ha sido usted
testigo de toda la vista, y motivos tiene para saber lo que dice.
Adems, es usted hombre de negocios.

--Y en calidad de tal--replic Lorry, a quien el abogado haba metido
en el grupo de la misma manera que antes le haba echado fuera--en
mi calidad de tal, ruego al doctor Manette que ponga fin a esta
conferencia, a fin de retirarnos cada cual a su respectiva casa. La
seorita Luca no se encuentra bien, el seor Darnay ha pasado un da
terrible, y todos estamos rendidos.

--Hable usted por s, seor Lorry, hable usted por s--dijo el
abogado.--A m me espera una noche de trabajo continuo.

--Por m hablo--replic Lorry--y por el seor Darnay, y por la seorita
Luca y... No cree usted, seorita Luca, que puedo hablar, por todos
nosotros?--pregunt, dirigindose a la joven, pero mirando al mismo
tiempo a su padre.

La cara del anciano adquiri una expresin indefinible al dirigir
a Darnay una mirada intensa. En la frente del primero se marcaron
profundas arrugas, sus labios se crisparon, y poco a poco sus miradas
expresaron repugnancia, recelo y temor.

--Padre mo!--musit en su odo, a la par que estrechaba su mano.

El anciano, cuyo rostro se fu iluminando gradualmente, se volvi hacia
su hija.

--Vamos a casa, padre mo?--repuso la nia.

El doctor exhal un suspiro muy hondo y muy prolongado, y contest:

--S.

Los amigos del prisionero, a quienes ste haba hecho creer que no
sera puesto en libertad aquella noche, habanse dispersado ya. Casi
todas las luces que iluminaban los estrechos corredores del edificio
siniestro, que a la maana siguiente se llenara de nuevo de gentes
vidas de emociones, se haban apagado. El abogado defensor se retir
el primero para ir a cambiar de ropa, y Luca Manette llam un coche,
se despidi de los seores Lorry y Darnay, y se hizo conducir a su
casa, acompaando a su padre.

Otra persona, que no haba formado parte del grupo ni cambiado una
palabra con ninguno de los que lo componan, se destac de la pared
contra la cual haba estado apoyada y, tan pronto como se perdi de
vista el coche, aproximse silenciosa como una sombra a Lorry y a
Darnay, que haban quedado hablando en la acera.

--Hola, seor Lorry!--dijo.--Parece que ya los hombres de negocios
se atreven a hablar con Darnay, eh? Qu de conflictos originan los
negocios! Se reira usted, Darnay, si supiera las luchas que los
hombres de negocios tienen que sostener entre sus impulsos naturales y
las exigencias de su posicin.

--Ya hizo usted antes esa misma indicacin, seor Carton--replic
Lorry, enrojeciendo hasta lo blanco de los ojos.--Nosotros, los hombres
de negocios, los que servimos a una casa, no somos dueos de nosotros
mismos. Ms que en nosotros, tenemos que pensar en la casa.

--Lo s, lo s, seor Lorry!--contest Carton con
negligencia.--Sentira que se molestase usted. Me consta que no es
usted peor que los otros, y hasta me atrevera a asegurar que es mucho
mejor.

--A decir verdad, caballero, no acierto a comprender su ingerencia.
Perdneme si, amparndome en mis aos, le hablo con franqueza tal vez
excesiva, pero no veo que usted tenga nada que ver en nuestros asuntos.

--Asuntos! Vlgame Dios, seor! Yo no tengo asuntos.

--Es una lstima que no los tenga usted.

--De acuerdo.

--Porque si los tuviera, les dedicara alguna atencin.

--No, amigo mo, no! Tenga usted por seguro que no les prestara
ninguna!

--Est bien, seor!--exclam Lorry, a quien llen de indignacin la
indiferencia de su interlocutor.--Diga usted lo que quiera, es muy
bueno y muy respetable tener negocios, y si en determinadas ocasiones
los negocios imponen silencio, restricciones e impedimentos, de ello se
hacen cargo los que, como el seor Darnay, son caballeros generosos...
Seor Darnay... muy buenas noches. Le felicito con toda la efusin de
mi alma y le deseo una vida prspera y feliz... Cochero!

Un poquito incomodado consigo mismo, y desde luego ms con su
interlocutor, el seor Lorry tom por asalto el coche y se hizo
conducir al Banco Tellson. Carton, que ola a vino, y cuyo fuerte, a
juzgar por las apariencias, no era la sobriedad, solt la carcajada y
se volvi hacia Darnay.

--Extraos caprichos tiene la casualidad, seor Darnay!--exclam
Carton.--Poda usted suponer que esta noche iba a encontrarse aqu,
pisando las piedras de la calle, en compaa de su _alter ego_?

--Cmo haba de suponerlo, si hasta el hecho de pertenecer a este
mundo me parece un sueo?--contest Darnay.

--No me admira, despus de lo cerca que del otro se encontraba. Noto en
su voz cierta debilidad, seor Darnay.

--Es que principio a creer que me encuentro dbil, seor Carton.

--Por qu no come, pues? Yo com ya, mientras aquellos znganos se
ponan de acuerdo acerca del mundo en que usted habra de vivir. Voy a
acompaarle a la taberna ms prxima donde podr usted comer lo que le
acomode.

Pasando sin ms ceremonias su brazo por el de Darnay, Carton ech a
andar hacia la calle Fleet, no tardando en dar con sus huesos en una
taberna. El encargado acompa a los recin llegados a un cuartito
reservado, donde Darnay repuso sus fuerzas. Carton, sentado a la misma
mesa frente a Darnay, se hizo servir una botella de vino.

--Va usted convencindose de que pertenece todava a este mundo
terrestre, Darnay?--pregunt Carton.

--Apenas si puedo darme cuenta cabal del tiempo y del lugar, pero
confieso que me he convencido casi de lo que usted dice.

--Y se habr convencido de ello con satisfaccin inmensa!--exclam
Carton con cierto tono de amargura y llenando de nuevo el vaso, que por
cierto era de los ms grandes.--De m puedo decir que mi mayor deseo
sera olvidar que de l formo parte. Ni el mundo tiene para m nada
bueno... no siendo el vino, ni yo tengo nada bueno para el mundo. En lo
que a este particular se refiere, somos tal para cual, nos parecemos
bastante... Por supuesto, que voy creyendo que tambin usted y yo nos
parecemos en todo, no?

Carlos Darnay, sobre quien pesaba an la influencia de las emociones
del da, tard bastante en contestar, sencillamente porque no saba qu
respuesta dar a las extravagantes palabras de su interlocutor. Cuando
lo hizo, se mostr de perfecto acuerdo.

--Ahora que ha hecho usted honor a la comida, seor Darnay, por qu no
levanta una copa? Por qu no brinda usted?

--Levantar la copa? En honor de quin?

--En honor y por la salud de la persona cuyo nombre tiene usted en la
punta de la lengua. Debe tenerlo, lo tiene, jurara que no me engao.

--Brindo, pues, por la seorita Manette!

--A la salud de la seorita Manette!

Clavada una mirada insolente en Darnay, mientras apuraba el contenido
del vaso, Carton estrell el suyo contra la pared, despus de beber,
donde se hizo pedazos. Seguidamente toc la campanilla y pidi otro.

--Es una nia encantadora, en cuya compaa sera delicioso hacer un
viaje en coche, eh?--pregunt, llenando de vino el vaso que acababan
de traerle.

--S--contest secamente y con un ligero fruncimiento de cejas Darnay.

--Digna de compasin y de que por ella se hagan verdaderas locuras.
Qu tal se encuentra? A fe que vale la pena verse en peligro de ser
condenado a muerte a trueque de convertirse en objeto de sus simpatas
y compasin: qu me dice usted, Darnay?

El interpelado guard silencio.

--Le agrad sobremanera escuchar el mensaje que por mi conducto la
envi usted. No me lo dijo, pero lo supongo.

La alusin fu a manera de recordatorio para Darnay. Acordse de que
su desagradable compaero le haba prestado un servicio en aquel
da azaroso y le di las gracias, llevando la conversacin a aquel
incidente.

--Ni me hace falta que me d usted las gracias, ni las merezco--replic
con fra indiferencia Carton.--En primer lugar, no saba qu hacer, y
en segundo, no s por qu hice lo que hice. Me permitir usted que le
haga una pregunta, seor Darnay?

--Cuantas guste, a ello le dan derecho los favores que me ha prestado.

--Cree usted que me es simptico?

--La verdad... seor Carton...--respondi Darnay, completamente
desconcertado,--no se me ha ocurrido formularme esa pregunta.

--Hgasela usted ahora.

--Como si yo le mereciera alguna simpata se comport usted, pero si he
de decir lo que siento, creo que no se lo soy.

--Y yo creo lo mismo que usted--observ Carton.--Principio a formar
opinin excelente de su inteligencia.

--Lo que no debe ser obstculo--repuso Darnay haciendo sonar la
campanilla--para que yo le quede profundamente agradecido y para que
nos despidamos sin malquerencias mutuas.

--Desde luego--contest Carton.--Dice usted que me queda reconocido?

--Lo digo y as es.

--Entonces, mozo, treme otra pinta de este mismo vino, y despirtame
maana a las diez.

Pagada la cuenta, levantse Darnay, di las buenas noches y se encamin
hacia la puerta. Carton, sin contestar las buenas noches, levantse
tambin, mir con expresin airada al que se marchaba, y dijo:

--Dos palabras, seor Darnay, Cree usted que estoy borracho?

--Creo que ha bebido usted mucho, seor Carton.

--Lo cree nada ms? Sabe perfectamente que he bebido.

--Puesto que usted se empea, dir que, en efecto, s que ha bebido.

--En ese caso, quiz sepa usted tambin por qu he bebido. Soy un
desilusionado, un desengaado. Ni a m me importa la suerte de ningn
hombre de la tierra, ni ningn hombre de la tierra se acuerda siquiera
de mi persona.

--Lo que no deja de ser una desgracia. Debi usted dar mejor empleo a
su talento.

--Puede que tenga usted razn, y puede que se engae lastimosamente.
No se envanezca, sin embargo, amigo mo, que no sabe usted lo que el
porvenir le reserva... Buenas noches!

Cuando qued solo, aquel hombre singular tom el candelero, se acerc a
un espejo que penda de la pared y examin minuciosa y detalladamente
la imagen reflejada en su tersa superficie.

--Te es simptico ese hombre?--murmur, cual si dirigiera la pregunta
a su propia imagen.--Por qu ha de serte simptico un hombre que
se te parece? Acaso tienes t algo que pueda agradar a nadie? De
sobras sabes que no. No acierto a comprender el por qu del cambio...
Maldito seas!... Y a fe que merece simpata el hombre que te dice lo
que pudiste ser y lo que en realidad eres! Vaya!... Dilo de una vez y
con franqueza! T aborreces a ese individuo!

Cual si el vino fuera para l manantial de consuelos, en muy contados
minutos hizo pasar a su estmago la pinta de vino y qued dormido en la
misma mesa, apoyada la cabeza sobre sus brazos.


V

EL CHACAL

En aquellos tiempos, rendase culto universal a la botella. Si yo
especificase y detallase aqu la cantidad de vino y de ponche que un
hombre tragaba en el curso de una noche, sin que su reputacin de
perfecto caballero sufriera el menor detrimento, a buen seguro que
pasara ante los lectores plaza de exagerador ridculo. Los hombres
beban mucho, y no eran ciertamente excepcin de la regla las lumbreras
del foro ni las notabilidades en cualquier otro ramo del saber humano,
que nunca ha sido la ciencia barrera alzada entre quien la posee y
los altares de Baco. No nos admira por tanto que el seor Stryver,
letrado que avanzaba con paso de gigante por el camino de su lucrativa
profesin, rindiera culto tan constante a la botella como las esponjas
ms resecadas de la comunidad de picapleitos.

Favorito en el Old Bailey e indispensable en el tribunal llamado
_Sessions_, Stryver separaba con el pie los peldaos de la escalera
a medida que los iba dejando atrs. Todos los das, en uno o en
otro tribunal, la roja cara de Stryver brotaba de entre una capa de
pelucas semejante al girasol que yergue su cabeza sobre un plantel de
brillantes flores.

Haban observado en el foro que Stryver, en los comienzos de su
carrera, si bien era hombre suelto de lengua, falto de escrpulos,
dispuesto a todo, osado y procaz, careca de la facultad de entresacar
la esencia, la medula de los informes y de las pruebas testificales,
que tan indispensable es a todo buen abogado, pero posteriormente, hizo
en este particular progresos maravillosos. Cuanto ms trabajaba, con
mayor facilidad llegaba al fondo, al tutano de los asuntos, siendo
de notar que, aun cuando tena la costumbre de pasarse las noches de
claro en claro vaciando botellas en compaa de Carton, los puntos que
haba de tratar a la maana siguiente ni se borraban de su mente, ni se
obscurecan.

Sydney Carton, el ms vago y holgazn ejemplar de la humanidad, era
el aliado ms poderoso de Stryver. Sobre el lquido que entre los dos
tragaban hubiera podido flotar perfectamente un navo de tres puentes.
Uno y otro llevaban la misma vida, uno y otro prolongaban sus orgas
hasta la madrugada, y ms de una vez vieron a Carton, ya bien alto
el sol, dirigindose con paso vacilante a su casa o al estrado del
tribunal. No faltaron maliciosos que aseguraron que Carton, si no era
ni llegara jams a ser un len, en cambio era un tigre excelente, y
que, en calidad de tal, prestaba preciosos servicios a su amigo Stryver.

--Las diez, seor--dijo el encargado de la taberna a quien Carton haba
encargado que le despertase.--Las diez de la noche.

--Qu ocurre?

--Que son las diez, seor.

--Y qu? Las diez de la noche?

--S, seor. Me encarg que le despertase a esa hora.

--Ah, s! Ya me acuerdo! Est bien.

No sin que procurase dormir de nuevo, intentos que el tabernero
combati removiendo sin cesar el fuego y haciendo ruido, Carton
concluy por enderezarse y salir. Luego que hubo refrescado su cabeza
dando un paseo regular, se dirigi al despacho de Stryver.

El oficial de Stryver, que jams asista a las conferencias que
ste celebraba con Carton, haba salido, y como consecuencia, hubo
de abrir la puerta al visitante el mismo Stryver en persona. Iba en
bata y zapatillas, y sus ojos brillaban entre dos crculos amoratados
semejantes a los que caracterizan a todos los que hacen y han hecho
vida disipada.

--Llegas un poquito tarde, Carton--dijo Stryver.

--Poco ms o menos a la hora de siempre, tal vez quince minutos ms
tarde.

Ambos entraron en el despacho, pieza no muy grande, atestada de libros
y de papeles. Arda en ella una lumbre deliciosa. Sobre la mesa de
trabajo, humeaba una tetera entre montones de papeles y botellas de
ron, de brandy y de vino, y entre terrones de azcar y limones.

--Veo que has despachado ya tu botella de costumbre, Carton.

--Esta noche fueron dos. Estuve comiendo con mi cliente de hoy... o
vindole comer, para el caso es lo mismo.

--Diste al asunto un giro verdaderamente singular, Carton, llamndome
la atencin hacia lo referente a la identificacin del reo. Cmo
demonios se te ocurri semejante cosa?

--Bah! Vi que era un buen mozo, muy guapo, y pens que as podra ser
yo, a poco que la suerte me hubiese favorecido.

Stryver solt la carcajada.

--La suerte hay que llamarla trabajando, amigo mo, as que... a
trabajar!

Con cara ms que medianamente fosca se aliger el chacal de ropa, entr
en la estancia contigua, y no tard en salir con un cubo de agua,
una palangana y una o dos toallas. Empap en agua fra las toallas,
envolvi con ellas su cabeza, sentse frente a la mesa, y dijo:

--Ya podemos principiar.

--No es mucho el trabajo que tenemos esta noche, Carton.

--Cunto?

--Dos protocolos.

--Dame ante todo el peor.

--Aqu estn los dos... Manos a la obra!

El len del foro se arrellan en un sof mientras el chacal tomaba
una silla. Sobre la mesa, interpuesta entre los dos, haba botellas
y vasos. Uno y otro recurran a ellos con gran frecuencia pero de
distinta manera: beba el len, abstrado la mayor parte del tiempo,
o a lo sumo ojeando indiferente algn documento poco importante, pero
el chacal, con tal ardor y entusiasmo se entregaba a su tarea, que
casi nunca seguan sus ojos el movimiento de las manos cuando stas
andaban en busca del vaso, resultando que ms de cuatro veces andaba
tentando uno o dos minutos antes de tropezar con el vaso y llevarlo a
sus labios. En dos o tres ocasiones debi encontrar tan enrevesado el
asunto que estudiaba, que consider necesario levantarse de la silla y
humedecer de nuevo las toallas.

Al cabo del rato consigui el chacal preparar al len una comida
aceptable, y procedi a ofrecrsela. El len procur digerirla
con cuidado y precauciones exquisitas separando algunos manjares,
prescindiendo de algunos componentes y haciendo atinadas observaciones,
que parecieron bien al chacal. Digerida la comida, el len se tendi
sobre el sof, mientras el chacal, despus de vigorizarse nuevamente
a fuerza de libaciones y de compresas de agua fra, se dedic a la
confeccin de la segunda comida, que fu servida al len en la misma
forma que la anterior. Los relojes daban ya las tres de la madrugada.

--Ahora que hemos terminado, Carton, tomaremos un ponche.

Quitse el chacal las toallas de la cabeza, bostez, se desperez, y
prepar el ponche.

--Razn tenas, Carton, en lo referente a los testigos de esta maana:
todo sali a pedir de boca.

--Me parece que la tengo siempre: te atrevers a decir lo contrario?

--No, hombre, no! Vienes hoy con el genio encrespado, amigo. No estar
de ms que lo roces con un buen chaparrn de ponche para suavizarlo.

El chacal contest con un gruido, pero siguiendo el consejo.

--El buen Sydney Carton, abogado de la Facultad de Zorrilandia, es una
especie de columpio--observ Stryver.--Tan pronto est arriba, como
abajo: al minuto de ser todo fuego, se le ve todo desesperacin.

--Ah, s!--replic Carton, exhalando un suspiro.--Ya de estudiante me
animaban los asuntos de mis condiscpulos, muy contadas veces los mos.

--Pero por qu no?

--Vete a saber! Por temperamento, supongo.

Sentse, dichas estas palabras, con las manos en los bolsillos,
extendidas las piernas y mirando a la lumbre.

--No puede negarse, Carton--dijo Stryver al antiguo estudiante de la
Facultad de Zorrilandia,--que tu temperamento, tu manera de ser, es y
ha sido siempre defectuosa. Adolece de falta de energa, de unidad de
propsito. Mrame a m.

--Sermones a estas alturas?--exclam Carton riendo cnicamente.--Ahora
es cuando creo aquello del diablo predicador...

--Cmo he podido llegar a donde he llegado? Cmo ocupo el puesto que
ocupo?

--En parte, gracias a mi cooperacin, supongo yo. Pero dejemos estas
discusiones que no han de conducirnos a nada prctico. T haces lo que
se te antoja, siempre has figurado en primera lnea, y yo, en cambio,
he formado siempre en la ltima.

--Tuve necesidad de abrirme el camino, si quise colocarme en primera
fila, pues no s yo que naciera en ella--replic Stryver.

--No tuve el honor de presenciar la ceremonia de tu nacimiento, pero
creo que, al echarte al mundo, te dejaron entre los privilegiados.

Los dos interlocutores soltaron la carcajada.

--Antes de cursar en la universidad de Zorrilandia--repuso
Carton,--mientras cursbamos, y despus que de ella salimos graduados,
figurabas en fila distinta de la ma. Hasta cuando en Pars estbamos
aprendiendo a mascullar el francs y adquiriendo algunas nociones
de derecho francs, y familiarizndonos con muchas otras tonteras
francesas, que de nada nos sirven, eras t _algo_, mientras yo fu
siempre _Don Nadie_.

--De quin era la culpa?

--Por mi vida que no ser yo quien asegure que la culpa no fu tuya!
Bullas t tanto, te destacabas tanto, te movas, te agitabas en tales
trminos, que no s que pudiera yo hacer otra cosa que permanecer
envuelto en sombras y condenado al reposo... Pero dejemos este tema,
que no es muy agradable, a fe ma, hablar del pasado obscuro de uno al
romper el da.

--Perfectamente--dijo Stryver levantando el vaso.--Hablaremos de tu
linda testigo. No te parece que es tema ms agradable?

No deba serlo, a juzgar por la sombra que obscureci su rostro.

--La linda testigo!--exclam fijando sus ojos en el fondo del
vaso.--He visto hoy muchas testigos... A quin te refieres?

--A la preciosa hija del doctor, a la seorita Manette.

--Es linda?

--No lo es, acaso?

--No.

--Pero hombre de Dios!... Si ha sido la admiracin del tribunal
entero!

--Vyase al diablo el tribunal con su admiracin! Quin ha hecho al
Old Bailey juez de la belleza? Linda!... Una mueca de pelo de oro!...

--Sabes, Carton--pregunt Stryver, clavando en su amigo una mirada
penetrante y pasando la diestra por su roja cara,--que voy creyendo
que has simpatizado demasiado con esa mueca de pelo de oro, y que
tu inters advirti muy pronto lo que a la tal mueca de pelo de oro
ocurra?

--Que lo advert demasiado pronto! Me parece que si una nia, mueca o
no, se desmaya a dos varas de las narices de cualquier cristiano, puede
advertirlo sin mirar con telescopio. El tema de la conversacin no me
desagrada, pero niego lo de la hermosura... No bebo ms!... Me voy a
la cama!

Cuando el dueo de la casa acompa a Carton hasta el descansillo,
para hacerle luz con la vela que llevaba en la mano mientras bajaba la
escalera, comenzaban a filtrarse los resplandores inciertos del nuevo
da por los empaados cristales. Llegado a la calle, vise el chacal
respirando una atmsfera fra y triste, bajo un cielo cubierto de
nubes, bordeando un ro de aguas negruzcas y en parajes que parecan el
desierto de la vida. Torbellinos de polvo huan girando vertiginosos
ante el soplo de la maana, cual si lejos, muy lejos, hubieran
emprendido el vuelo las arenas del desierto y sus primeras nubes
amenazaran envolver la ciudad.

Falto de estmulos internos que avivasen sus energas, y puesto en el
centro de un pramo sin fin, aquel hombre qued erguido durante algunos
minutos y vi, all en las lejanas de la estepa desolada y triste que
se extenda ante sus miradas, espejismos de ambicin noble, reflejos de
abnegacin y de perseverancia. En la ciudad encantada que surgi ante
sus ojos haba elevadas galeras desde donde amorcillos y gracias le
miraban sonrientes, bellos jardines donde maduraban los dulces frutos
de la vida y aguas de esperanza que saltaban rumorosas. La visin se
borr con tanta rapidez como haba surgido. Poco ms tarde suba la
empinada escalera de su triste cuarto y caa sobre las revueltas ropas
de su cama.

Su almohada estaba empapada en lgrimas cuando se alz un sol
enfermizo, triste, melanclico, aunque no tanto como aquel hombre de
talento indiscutible, de grandes dotes, y sin embargo, incapaz de
sentir dulces emociones, incapaz de dirigirse por los senderos de la
vida, incapaz de proporcionarse bienestar, incapaz de saborear una gota
de felicidad, sensible slo a la eterna noche en que se debata y
resignado a no salir nunca de ella.


VI

CENTENARES DE VISITAS

Resida el doctor Manette en una de las calles ms tranquilas de
la ciudad, no lejos de la plaza de Soho. Una tarde deliciosa de un
domingo, cuando las olas eternas de cuatro meses haban pasado sobre la
causa criminal por traicin relegndola al olvido y arrastrndola mar
adentro a regiones hasta las cuales no llegaba el inters ni la memoria
pblicos, el seor Mauricio Lorry avanzaba a buen paso por las soleadas
calles interpuestas entre Clerkenwell, donde viva, y la casa del
doctor, a cuya mesa deba sentarse aquella tarde. Bueno ser que sepan
los lectores que Lorry, despus de varios perodos de retraimiento
absoluto y de absorcin completa en los negocios, haba concludo por
hacerse amigo ntimo del doctor y por ver en la calle tranquila en que
ste viva el oasis ms delicioso de su vida.

Tres motivos principalsimos empujaban al seor Lorry, en este
delicioso domingo, en direccin a la plaza de Soho, en las primeras
horas de la tarde. Primera: porque antes de comer, casi siempre sola
salir a paseo acompaando al doctor y a su hija Luca. Segunda, porque
los domingos por la tarde si sta estaba poco apacible, la pasaba al
lado de aqullos, como amigo de la familia, hablando, leyendo, mirando
por la ventana y movindose constantemente, y tercera, porque deseaba
solventar algunas dudas enrevesadas, y saba que en ninguna parte era
tan probable que encontrase la solucin como en la casa del doctor.

No haba en todo Londres rinconcito ms pintoresco que aquel en que
viva el doctor. Aislado de las grandes arterias de la ciudad, apenas
si haba trnsito, y desde los balcones del frente de la casa se
dominaban vistas hermosas que llevaban estampado el sello del reposo.
Los edificios eran muy escasos, y ms an hacia el norte del camino
de Oxford, en cuyos dilatados campos, hoy desaparecidos, se alzaban
deliciosos bosquecillos, crecan espontneamente flores de vistosos
colores que saturaban el ambiente de fragantes emanaciones y brotaban
lindos capullos de los espinos blancos y de los oxiacantos. Como
consecuencia, los aires circulaban con libertad completa por los
alrededores de Soho, cuyos habitantes no se vean precisados a respirar
la atmsfera meftica y venenosa de los grandes centros donde se
asfixian los pobres y languidecen los ricos. Cerca de los balcones del
doctor haba ms de un peral, cuyos frutos llegaban a sazn en tiempo
oportuno.

Los rayos del sol de verano penetraban radiantes en aquel delicioso
retiro en las primeras horas del da, pero cuando quemaban, cuando
convertan en ardiente horno los dems distritos de la ciudad, el
rinconcito quedaba envuelto en sombras, bien que stas no eran tan
profundas que no las penetrasen los fulgores brillantes de un sol
lejano. Era, en una palabra, un sitio fresco, sosegado y tranquilo,
pero placentero, un puerto abrigado contra el estruendo y la agitacin
bramadora de las calles.

Un fondeadero tan ideal no se conceba sin una barca tranquila, y en
efecto, la tena. Ocupaba el doctor dos pisos de una casa bastante
espaciosa, en cuyas puertas llamaban durante la noche muchos que
solicitaban servicios que deban prestarse al da siguiente. A espaldas
de la casa, y separado de sta por un patio en cuyo centro creca
un pltano silvestre, haba un edificio en el cual se fabricaban
rganos de iglesia y cincelaba la plata y bata el oro un gigante
misterioso cuyo potente brazo pareca brotar de la pared lanzando
ureos destellos, cual si tambin el brazo fuera de oro y amenazara
convertir en oro a cuantos visitaban aquel lugar. Apenas si estas
industrias dejaban oir el menor ruido, muy contadas veces se vea
llegar un visitante solitario y ms contadas todava las que un coche
cruzara aquellos sitios apacibles. Cierto que de tarde en tarde se
vea a algn obrero que atravesaba el patio ponindose la chaqueta, o
a un desconocido a quien atraa la curiosidad, o hera los odos el
eco lejano de algn martillazo del gigante de oro, pero eran stas las
nicas excepciones, siempre necesarias para probar la regla de que
aqul era el rincn de los ecos, el centro del reposo y del silencio,
que slo interrumpan el piar de los gorriones que tenan su cuartel
general en la copa del pltano silvestre.

Reciba el doctor Manette en su casa a los enfermos que le traa su
antigua reputacin unida a las brisas flotantes de la historia dolorosa
de su vida. Sus conocimientos cientficos, su prctica en el difcil
ejercicio de su profesin y los experimentos ingeniosos a que se
entregaba, dironle una clientela muy envidiable y ganaba con creces lo
necesario para cubrir las atenciones de la vida.

Todo esto lo saba perfectamente el buen Mauricio Lorry cuando tir de
la cadena pendiente a lo largo de la puerta, y puso en movimiento a los
moradores de la tranquila casa emplazada en el delicioso rinconcito que
acabo de describir, un domingo por la tarde.

--Est en casa el seor doctor?

--No, seor.

--Y la seorita Luca?

--Tampoco.

--Y la seorita Pross?

Probablemente esta ltima se encontraba en casa, pero como la criada
que abri la puerta ignoraba cules fueran sus intenciones respecto a
admitir o negar el hecho, contest que tampoco.

--De todas suertes subo--replic Lorry,--porque me considero aqu como
en mi casa.

Aunque nada aprendi la hija del doctor en su patria de origen, es
lo cierto que sta la inici en aquella habilidad rara que consiste
en hacer mucho con medios escasos, lo que constitua una de sus
caractersticas ms preciosas y agradables. Modesto y sencillo era el
mobiliario de las habitaciones de la casa, y esto no obstante, algunas
chucheras, que no tenan ms valor real que el gusto exquisito con que
estaban colocadas, daban a aqullas un efecto delicioso. La disposicin
de cuanto en la casa haba, comenzando por el mueble ms grande y
acabando por el objeto ms insignificante, la combinacin de colores,
y el contraste obtenido merced a nonadas por manos delicadas, ojos de
mirada clara y sentidos de gusto irreprochable, ofrecan un conjunto
tan agradable en s y retrataban tan grficamente a su autora, que no
pareca sino que con mudo pero elocuente lenguaje preguntaban al seor
Lorry, mientras extasiado los contemplaba, si merecan su aprobacin.

Tres habitaciones principales tena el piso, cuyas puertas de
comunicacin estaban todas abiertas, a fin de que los aires circularan
como dueos y seores por ellas. Lorry pasaba sonriente y complacido de
una a otra. En la primera, que era la mejor, tena Luca sus pjaros,
sus libros, una mesa escritorio y un costurero, as como tambin una
caja de colores; la segunda era el saln de consultas del doctor, el
que a la vez serva de comedor, y la tercera, cerca de cuyos balcones
susurraban las hojas del pltano silvestre que en el patio creca,
era el dormitorio del doctor, en uno de cuyos rincones vi Lorry la
banqueta y las herramientas de zapatero, tal como en otro tiempo
estuvieron en el sotabanco de la taberna del barrio de San Antonio de
Pars.

--Me sorprende--murmur con voz clara e inteligible Lorry--que conserve
estos objetos que por necesidad han de recordarle sus sufrimientos y
miserias.

--Y por qu ha de sorprenderle?--pregunt de pronto una voz brusca que
le oblig a volverse vivamente.

La voz tena su origen en la garganta de la seorita Pross, que era la
misma mujer de cara colorada y mano fuerte y pesada con la cual trab
Lorry conocimiento en el _Hotel del Rey Jorge_ en Dover.

--Se me figuraba...--comenz a decir Lorry.

--Se le figuraba... qu?--replic la seorita Pross.--Alguna sandez
sin duda!

Lorry no contest.

--Cmo est usted?--pregunt entonces la dama con voz dura, bien que
sin malicia ni nimo de ofender.

--Muy bien, gracias... y usted?

--Descontenta a ms no poder.

--Ser posible?

--Y tan posible! Me saca de mis casillas lo que ocurre con la seorita
Luca.

--Ser posible?

--Pero hombre de Dios! No ha aprendido ms que esas dos palabras que
me coloca a cada paso? Ser posible!... Un poco de variacin, si no
quiere acabar de desesperarme!

--De veras?--pregunt Lorry, enmendndose.

--No es la frase muy feliz que digamos, pero, en fin, vale ms que
su sempiterno ser posible. Pues s, seor; lo que ocurre con la
seorita me saca de quicio.

--Ser indiscrecin preguntar la causa?

--Me ataca los nervios que vengan a verla docenas de personas que no
son dignas de ella.

--Docenas?--pregunt Lorry admirado.

--Centenares--replic la seorita Pross, una de cuyas caractersticas,
que suele ser la de muchas personas, era exagerar la afirmacin
original, si observaba que alguien la pona en tela de juicio.

--Santo Dios!--exclam Lorry, a quien no se le ocurri otra
contestacin ms apropiada.

--Desde que la seorita tena diez aos, he vivido con ella... o ella
ha vivido conmigo, y me ha pagado, lo que nunca hubiese consentido,
tngalo usted por seguro, si yo hubiera encontrado el secreto de cuidar
de m y de ella por nada. Oh! Es verdaderamente doloroso!

Lorry, no viendo con claridad qu poda ser lo doloroso, limitse a
mover la cabeza, utilizando aquella parte de su persona como capa la
ms indicada para taparlo todo.

--A todas horas rondan en torno suyo infinidad de personas que no son
dignas de mi tesoro, seor Lorry. No, no lo son, ni mucho menos!
Cuando usted di principio al desfile...

--Yo le di principio, seorita Pross?

--Claro que s! Quin sac a su padre de la tumba?

--Si eso fu darle principio...

--Supongo que no pretender usted decir que eso fu darle fin...
Repito que cuando di principio al desfile, resultaba ya ste bastante
desagradable. Y cuenta que no es mi intencin decir que tenga la
culpa el doctor Manette, en quien no veo ms falta que la de no ser
digno de tener una hija como la que tiene, y sa no le es imputable,
toda vez que en el mundo no existe persona que sea digno de serlo. Al
padre quiz habra yo podido perdonarle, pero confiese usted que es
horriblemente doloroso ver a todas horas turbas y enjambres de personas
que se mueven al rededor del padre y me roban el afecto de la hija.

Saba Lorry que la seorita Pross era la encarnacin de los
celos, pero constbale al propio tiempo que, prescindiendo de sus
extravagancias, figuraba a la cabeza de esos seres puros de todo
egosmo que, cediendo a motivos de cario y de admiracin, tienden
voluntariamente el cuello a la cadena de la esclavitud, dispuestos a
sacrificarse en aras de una juventud que ellos han perdido, de una
hermosura que nunca atesoraron, de dones y perfecciones que jams
tuvieron la fortuna de alcanzar, y de esperanzas halageas que
nunca derramaron un punto de luz sobre sus sombras vidas. Tena
Lorry conocimiento bastante perfecto del mundo para saber que nada
puede compararse a los servicios fieles y abnegados que tienen su
asiento en el corazn, y como consecuencia, los de la seorita Pross
le merecan un respeto tan exaltado, que en las clasificaciones
distributivas que mentalmente haca, pues nadie deja de hacerlas,
en mayor o menor nmero, colocaba a la colorada y expeditiva dama
mucho ms inmediata al ltimo peldao de los ngeles que a no pocas
seoras inconmensurablemente mejor dotadas que aqulla, tanto por la
Naturaleza, como por el Arte, y dueas, por aadidura, de capitales
depositados en las cajas del Banco Tellson.

--No ha existido, ni existir ms que un hombre digno de la
seorita--dijo la seorita Pross.--Ese hombre fu mi hermano Salomn...
si no hubiera tenido un pequeo desliz en la vida.

Una observacin: las investigaciones practicadas por Lorry acerca de la
historia personal de la seorita Pross, haban dado por resultado la
averiguacin y comprobacin del hecho de que su hermano Salomn fu un
miserable desalmado que la rob cuanto posea, so pretexto de especular
y comerciar, dejndola luego abandonada en su miseria, sin pizca de
remordimiento. La buena opinin que de su hermano tena la seorita
Pross, no obstante su _pequeo desliz_, era para el seor Lorry motivo
de admiracin profunda y contribua a acrecentar en grado superlativo
el respeto que a aquella profesaba.

--Puesto que nos encontramos solos en este momento, y los dos somos
personas de negocios--dijo Lorry cuando, momentos despus se haban
sentado ambos en el saln,--me permitir hacer a usted una pregunta: En
las conversaciones que el doctor tiene con su hija, hace alguna vez
referencia a los tiempos en que cosa zapatos?

--Nunca.

--Y sin embargo, guarda en su alcoba la banqueta y las herramientas del
oficio.

--He dicho que nunca habla de ello con su hija--replic la seorita
Pross,--pero me guardar muy mucho de asegurar que no habla consigo
mismo.

--Cree usted que piensa en ello con frecuencia?

--S.

--Imagina usted?...

--Yo no imagino nunca!--exclam la seorita Pross interrumpiendo a su
interlocutor.--No tengo imaginacin, ni me hace falta.

--Me corregir... Supone usted... llega hasta el punto de suponer
algunas veces?

--De vez en cuando, s.

--Pues bien, supone usted que el doctor Manette abriga alguna
sospecha... o certeza, que ha sobrevivido a sus miserias pasadas,
acerca de la causa, de los motivos de su infortunio? Supone usted tal
vez, que hasta sospecha o conoce quien fu su opresor?

--Yo no supongo nada ms que aquello que me dice la seorita.

--Y la seorita dice...

--Que cree que su padre sospecha o sabe.

--No se enfade usted si le hago estas preguntas. Yo soy un hombre de
negocios, bastante obtuso, y usted es una mujer de negocios.

--Obtusa?--interrog la seorita Pross.

--No, no, no!--contest Lorry.--No tiene usted nada de obtusa!
Pero volviendo al asunto, me permitir preguntar: no es singular,
incomprensible, que el doctor Manette, inocente de todo crimen, segn
nos consta a todos, evite siempre con tanto cuidado tocar esa cuestin?
Y no es que yo me admire de que no la toque conmigo, aunque hace aos
sostuvimos relaciones frecuentes de negocios y hoy nos liga amistad
estrecha, pero s me maravilla que no hable de ello con su hija, que
tanto le quiere y a quien l adora... Crame, seorita Pross, no es la
curiosidad la que dicta mis palabras, sino el afecto vivo que por los
habitantes de esta casa siento.

--Pues bien, segn yo creo... y cuando creo una cosa suelo aproximarme
a la realidad, guarda ese silencio que tanto maravilla a usted porque
le da miedo hablar del asunto.

--Miedo?

--Est claro como la luz, y adems encuentro muy justificado el miedo.
Son recuerdos espantosos, no slo por lo que sufri, sino tambin
porque en sus sufrimientos naufrag su inteligencia. Como quiera que
ignora cmo y cundo la perdi, y cmo y cundo la recobr, natural
es que tema perderla otra vez. Como usted comprender, esta sola
consideracin bastara para que le fuera poco grato hablar del asunto.

--Es verdad--contest Lorry, a quien satisfizo la profunda observacin
de su interlocutora.--Por necesidad ha de inspirarle miedo hablar de su
calvario... Con todo, seorita Pross, dudo mucho que a su tranquilidad
de alma convenga guardar en el fondo de su pecho recuerdos tan
espantosos, y estas dudas, y la intranquilidad que con frecuencia me
producen, han sido precisamente las que me han movido a provocar estas
confianzas.

--El mal, si realmente es mal, no tiene remedio--contest la seorita
Pross moviendo la cabeza.--Toque usted esa cuerda, y los resultados
sern contraproducentes; as que, preferible es callar. Cuntas veces,
a altas horas de la noche, salta de la cama, y comienza a pasear
agitado, arriba y abajo, arriba y abajo, por su habitacin! La seorita
sabe ya hoy que cuando eso ocurre, la imaginacin de su padre pasea
arriba y abajo, arriba y abajo, por la mazmorra que durante tantos aos
le sirvi de tumba. Corre entonces al cuarto de su padre y, puesta a
su lado, pasea con l arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que se
convence de que se ha tranquilizado. Pero jams explica el doctor la
causa de su desasosiego y jams se lo pregunta su hija. Los dos juntos
pasean arriba y abajo, arriba y abajo, sin despegar los labios, hasta
que la proximidad de su hija, y el amor ciego que la profesa, hacen que
el doctor vuelva en s.

Haba negado la seorita Pross que tena imaginacin, pero daba un
ments a su afirmacin la evidencia de que la persegua una idea
triste, evidencia puesta de relieve por la repeticin de la frase
arriba y abajo, pues no caba dudar que se trataba de una idea fija.

La casa del doctor pareca la casa de los ecos. A la mencin de los
agitados paseos nocturnos del doctor, contest el ruido de pasos que se
acercaban, y a stos, la terminacin de la conferencia.

--Ya estn aqu!--exclam la seorita Pross, ponindose vivamente en
pie.--No tardarn en llegar a esta casa las gentes por cientos.

Tan maravillosas condiciones acsticas reuna aquella casa, que con
toda propiedad se la hubiera podido llamar el odo del distrito. Lorry,
que asomado a la ventana oa perfectamente el rumor de los pasos del
padre y de la hija, crey que no iban a llegar nunca. No slo llegaban
hasta l los ecos de los pasos de los que se aproximaban, sino tambin
otros muchos que se extinguan cuando ms cerca parecan estar. Al fin
apareci el doctor dando el brazo a su hija, a los que recibi en la
puerta de la casa la seorita Pross.

Era encantador ver a la seorita Pross, no obstante su fealdad, su
encendido color rojo y su expresin ceuda, apresurndose a quitar
el sombrero a su seorita mientras sta suba la escalera; cmo,
para no mancharlo, se envolva los dedos con el pauelo de bolsillo,
cmo intentaba quitarle el polvo soplando sobre l, cmo ahuecaba
su esplndida cabellera rubia con tanto orgullo y satisfaccin como
hubiera podido hacerlo con la suya propia, suponiendo que ella hubiera
sido la mujer ms hermosa y ms vana de la creacin. Era tambin
encantador ver a la seorita abrazando a su doncella, dndole las
gracias y protestando contra tanta atencin y tanto trabajo, bien que
protestando con la risa en los labios, pues de no hacerlo as, la
seorita Pross, profundamente dolorida, se hubiese retirado a su cuarto
para pasarse en l el da llorando. No era menos encantador ver al
doctor contemplndolas con arrobamiento y oir cmo deca a la seorita
Pross que echaba a perder a Luca a fuerza de atenciones y cuidados,
pero con acento tan dulce y mirada tan tierna, que bastaban, y aun
sobraban, para echar tambin a perder a la seorita Pross y a cien ms
como ella, y finalmente, era asimismo encantador ver al seor Lorry
arreglndose su peluqun y dando mentalmente gracias a su estrella que,
si le hizo soltern empedernido, dejle entrever, en los aos de su
vejez, las puras alegras de un hogar. Todo era encantador, pero los
cientos de personas que deban girar en torno de Luca no parecan por
ninguna parte, y en vano esperaba el buen Lorry el cumplimiento de la
profeca de la seorita Pross.

Lleg la hora de sentarse a la mesa, pero no llegaban los _cientos_.

En la distribucin de las faenas domsticas, la seorita Pross se haba
reservado el cetro de las regiones ms bajas de la casa, y es preciso
confesar que lo manejaba a maravilla. Imposible llevar a mayor grado de
perfeccin sus comidas, modestas en s, pero admirablemente guisadas
y ms admirablemente servidas, con arreglo a un gusto mitad francs
y mitad ingls. Como quiera que la adhesin de la seorita Pross era
eminentemente prctica, haba registrado hasta los ltimos rincones
de Soho y de los territorios adyacentes en busca de franceses pobres
que, tentados por el alegre tintineo de los chelines y de las medias
coronas, la revelaron todos los misterios del arte culinario. Tantos
y tan maravillosos conocimientos aprendi de aquellos hijos e hijas
de la Galia, que la mujer y la muchacha que formaban la servidumbre
de la casa vean en ella una hechicera, una abuela de la Cinderella
capaz de tomar en sus manos un pollo, un conejo, o un par de patatas, y
convertirlas en el manjar que se le ocurriese.

Sentbase los domingos la seorita Pross a la mesa de la familia del
doctor, pero en los das restantes de la semana sola comer a horas
desconocidas, bien en las regiones bajas, bien en su habitacin,
situada en el piso segundo, vedada a todo el mundo, excepcin hecha
de la seorita Luca. En la comida del domingo a que se contrae este
relato, la seorita Pross, correspondiendo a la alegra que reflejaba
el rostro de la hija del doctor, y deseando agradarle, se abandon
a una animacin inusitada, y como consecuencia, el rato que los
comensales pasaron en la mesa result agradabilsimo.

Era un da de calor sofocante, en vista de lo cual, a los postres,
propuso la seorita Luca ir a beber el vino bajo el pltano silvestre
del patio, donde podran disfrutar de un ambiente ms agradable. Como
todo el mundo ansiaba dar gusto a la mimada de la casa, al patio
salieron inmediatamente y tomaron asiento bajo el pltano, donde Luca,
que desde algn tiempo antes se haba asignado a si misma el cargo de
copero del seor Lorry, escanci el vino. Remates de casas prximas
parecan asomar las cabezas sobre las cercas del patio mientras los
reunidos hablaban, y las hojas del pltano susurraban en sus odos las
palabras rumorosas propias de sus barnizadas lenguas.

La comida haba terminado, pero los cientos de visitantes no se
presentaban. Cuando los comensales estaban sentados bajo el pltano
lleg el joven Darnay, pero no era ms que _uno_.

Dispensle el doctor Manette un recibimiento cordial y otro tanto hizo
su hija. La seorita Pross, acometida de sbito de una sensacin de
cosquilleo en la cabeza y resto del cuerpo, retirse al interior de
la casa. Parece que frecuentemente era vctima de aquel desorden, que
ella, en el seno de la familia, sola llamar un ataque de nervios.

Estaba el doctor de excelente buen humor y pareca muy joven. Sentado
al lado de su hija, cuya cabeza apareca reclinada sobre su hombro,
resaltaba tanto la viva semejanza que entre ambos exista, que hasta el
ms miope haba de observarla.

La conversacin vers sobre muchos y muy variados temas, habiendo sido
el doctor de los que mayor vivacidad y animacin mostraron. En ocasin
en que estaban hablando de los edificios ms notables de Londres,
preguntle Darnay:

--Dgame, doctor, ha visitado usted la Torre?

--Con Luca la visit en una ocasin, pero de corrido, sin
detenernos--contest el doctor.--Vimos lo bastante para apreciar que
efectivamente es digna de inters, pero nada ms.

--Yo he estado en ella, segn recuerda usted--repuso Darnay con sonrisa
un poquito forzada,--pero no como turista ni en condiciones de ver gran
cosa de ella. Una historieta me refirieron durante mi estancia que
llam poderosamente mi atencin.

--Por qu no nos la cuenta usted?--pregunt Luca.

--Con mucho gusto. Parece que, en el curso de unas obras que hubieron
de hacer, los operarios encontraron una mazmorra antiqusima, utilizada
en fecha remota y olvidada desde muchos aos antes. Todos los sillares
del interior estaban llenos de inscripciones grabadas en la piedra
por los prisioneros. Las inscripciones eran fechas, nombres, quejas,
maldiciones, plegarias, etc. En el sillar de un ngulo del muro, un
reo, condenado a muerte, segn todas las probabilidades, esculpi
a ltima hora cuatro letras. Debi emplear una herramienta poco a
propsito, e hizo la obra aceleradamente y con pulso poco firme.
Examinadas las letras, todos creyeron, al principio, que eran G. A.
V. A., pero una observacin ms detenida puso de relieve que la letra
primera no era G, sino C. No figuraba en los archivos ningn prisionero
a cuyo nombre y apellidos correspondieran aquellas iniciales. A fuerza
de meditar y dar vueltas al asunto, vnose en conocimiento de que
las letras en cuestin no eran iniciales, sino un nombre completo:
_Cava_. Practicronse algunas excavaciones, que dieron por resultado
el hallazgo, debajo de una losa o azulejo, de algunos fragmentos de
papel, mezclados con pedazos de una cajita o pequeo saco de cuero.
Nadie ha podido averiguar qu fu lo que el condenado a muerte escribi
en el papel, aunque s pudo apreciarse que estaba escrito. Sin duda lo
enterr para que no lo encontrara el alcaide.

--Padre mo!--exclam Luca.--Se encuentra usted enfermo?

Motiv esta pregunta el hecho de que el doctor se pusiera violentamente
en pie y llevara las manos a la cabeza. Su rostro reflejaba horrible
espanto.

--No, hija ma, no estoy enfermo--contest el doctor.--Comienza a
llover... caen gotas muy anchas y me he asustado irreflexivamente. Creo
que debemos ponernos a cubierto.

Habase repuesto casi instantneamente. Era cierto que las nubes
enviaban algunas gotas anchas de agua, de las cuales mostr una el
doctor en el dorso de la mano. Ni una palabra dijo acerca de la
historia que Darnay estaba refiriendo, y cuando entraron en la casa,
el ojo experto de Lorry descubri, o crey descubrir, en la mirada
del doctor, al fijarla en Darnay, la misma mirada extraa que haba
observado mientras salan de la Sala del Tribunal a raz de haber sido
declarado inocente el segundo.

La expresin de aquella mirada se borr con tal rapidez, que Lorry
lleg a sospechar si le habra engaado su ojo experto. El gigante
del brazo de oro no hubiera dicho con ms serenidad que el doctor que
todava no se haba abroquelado contra sorpresas pequeas, y que la
gota de agua, al caer sobre el dorso de su mano, le haba asustado.

Prepar la seorita Pross el te, lo sirvi, resisti otro ataque de
nervios, y los _cientos_ de visitantes continuaban sin dar seales de
presencia. Lleg el seor Carton, pero entre ste y Darnay no sumaban
ms que _dos_.

Tan calurosa era la noche, que no obstante haber tenido la precaucin
de dejar abiertas puertas y ventanas, no bien tomaron el te, todos se
dirigieron a un balcn, en busca de aire fresco que respirar. Sentse
Luca al lado de su padre, Darnay junto a Luca, y Carton apoy sus
espaldas contra el antepecho. Las cortinas del balcn eran blancas, y
cuando alguna racha de viento las agitaba alzndolas hasta el techo,
ms que cortinas parecan alas espectrales.

--Todava caen gotas anchas, escasas y pesadas--dijo el doctor.--Se
acerca con mucha lentitud.

--Pero con mucha seguridad--replic Carton.

Huan presurosas las gentes de las calles ansiando ponerse bajo techado
antes que estallara la tormenta. El ruido de sus pasos llegaba al
maravilloso rinconcito de los ecos, pero sin que nadie viera a los que
caminaban.

--Muchas personas movindose, y sin embargo, la soledad ms
absoluta--observ Darnay, tras unos momentos de atencin.

--Verdad que impresiona, seor Darnay?--pregunt Luca.--Muchas noches
me siento en este mismo sitio, y mi fantasa... pero hasta la loca
de la casa se empea en asustarme esta noche... tan lbrega... tan
solemne...

--Nos asustaremos todos--dijo Darnay, chancendose.--Veremos a qu sabe
el susto.

--A usted no le sabr a nada. Esas extravagancias solamente impresionan
a aquellos cuya fantasa las forja, segn creo: no son contagiosas.
Repito que muchas noches me he sentado en este mismo sitio, sola,
atento el odo, y mi fantasa ha dado forma tangible a los ecos, y
ha visto en ellos a las personas que se han relacionado o han de
relacionarse en breve con mi vida.

--Llega el da en que son muchas las personas que establecen relaciones
estrechas con nuestras vidas--observ Carton.

El rumor de pasos era incesante, y las carreras de las gentes que
huan, ms precipitadas. Pareca que sonaban pasos debajo del balcn,
en la habitacin misma, unos iban, otros venan, estos se alejaban y
aquellos se aproximaban, y, sin embargo, la vista no descubra alma
viviente.

--Se reserva para usted sola todo el ruido de pasos que llega a
nuestros odos, seorita Manette, o prefiere que nos los distribuyamos
entre todos?--pregunt con entonacin humorstica Darnay.

--No s qu contestar a usted, seor Darnay. Principi por decir
que era una extravagancia, una tontera ma, pero la culpa de que
yo la dijera fu de usted, que me pregunt. Cuando esa idea ha
producido impresin en m, siempre me he encontrado sola, y quiz
esta circunstancia haya engendrado en m la creencia de que los
ecos repetan el rumor de pasos de las personas que han de ejercer
influencia en mi vida o en la de mi padre.

--Las reclamo para que la ejerzan en la ma--replic Carton.--Vengan
sobre m, sin explicaciones, sin condiciones. En este instante estn
prontas a caer sobre nosotros ingentes muchedumbres... Las estoy viendo
a la luz... crdena del relmpago--termin diciendo, en el momento que
surcaba los aires gigantesca culebra de fuego.

Son un trueno horrsono, y Carton repuso:

--Y ahora las oigo... Vean ustedes cmo se acercan, rpidas...
furiosas... bramadoras!

La voz tremenda de los elementos desencadenados oblig a Carton a poner
fin a sus extravagancias, sencillamente porque nadie poda oirlas.
La tempestad fu horrorosa. El agua caa a torrentes de un cielo
encendido, acompaada de truenos tan ensordecedores, que no pareca
sino que el mundo saltaba hecho pedazos. A eso de media noche, brot la
luna, plcida, serena.

Sonaba la una de la madrugada en la torre de San Pablo cuando el seor
Lorry, acompaado por Jeremas _Lapa_, armado de su correspondiente
farol, emprenda el viaje de regreso a Clerkenwell.

--Qu noche, Jeremas, qu noche!--exclamaba Lorry--La ms indicada
para que los muertos salgan de sus tumbas!

--No los he visto salir nunca, seor, ni espero verlo--respondi
Jeremas _Lapa_.

--Buenas noches, seor Carton!--dijo Lorry.--Buenas noches, seor
Darnay! Volveremos a ver juntos una noche como esta?

Quin sabe! Quiz llegase da en que vieran innumerables
muchedumbres, bramadoras, ebrias de sangre, cerrando contra ellos!


VII

EL SEOR EN LA CIUDAD

El seor, uno de los magnates ms influyentes y poderosos de la corte,
celebraba en su suntuoso palacio de Pars su acostumbrada recepcin
quincenal. Hallbase el seor en su gabinete ms ntimo, especie de
santuario para la turba de adoradores encargados del servicio del resto
de los salones. Disponase el seor a tomar su chocolate. Con facilidad
maravillosa poda engullirse el seor mil cosas, y hasta eran muchos,
gentes maliciosas sin duda, que crean a pie juntillas que se estaba
engullendo con rapidez pasmosa a Francia, pero el chocolate matinal no
poda pasar por la garganta del seor sin la ayuda de cuatro hombres
fuertes, amn del cocinero.

S, cuatro hombres exiga operacin tan importante, cuatro hombres,
cubiertos de galones de oro, con un jefe, quien en su afn por seguir
la noble y casta moda implantada por su seor, no hubiera podido
vivir sin llevar en el bolsillo dos enormes relojes de oro, eran
indispensables para que el afortunado chocolate tuviera el honor de
llegar hasta los labios del seor. Un lacayo conduca la chocolatera
a la sagrada presencia del seor; otro picaba el chocolate con un
instrumento reservado para tan importante funcin, otro, el tercero,
presentaba la favorecida servilleta, y el cuarto (el de los dos relojes
de oro) verta el chocolate en la taza. Prescindir el seor de uno
solo de los cuatro servidores mientras tomaba el chocolate entre los
cielos que admirados y complacidos presenciaban la operacin? Horror!
Tomar el chocolate servido por solos tres hombres, hubiese equivalido
a manchar el inmaculado escudo del seor: tomarlo servido innoblemente
por dos, habra sido tanto como darle muerte.

La noche anterior, el seor haba asistido a una cena de confianza,
previa representacin admirable de una comedia y de una pera. El
seor sola asistir casi todas las noches a cenas anlogas, en cuyos
actos le rodeaba una compaa encantadora y fascinadora. Tan fino,
tan impresionable era el seor, que en su elevada alma ejercan ms
influencia la comedia y la pera que los ridos y fastidiosos negocios
de Estado y las necesidades de Francia, circunstancia venturosa para
esta nacin, como lo es siempre para las que se ven o se han visto tan
favorecidas como ella... como lo fu, por ejemplo, para Inglaterra en
los nunca bastante llorados tiempos de los joviales Estuardos.

Tena el seor una idea nobilsima acerca de los negocios pblicos
en general, y era que es preciso dejar que sigan su curso natural, y
otra idea, no menos nobilsima, sobre los negocios particulares...
que tambin deban seguir su curso natural; y el curso natural de los
primeros, como el curso natural de los segundos, era ir en derechura a
las manos y al bolsillo del seor. En cuanto a los placeres, generales
y particulares, opinaba el seor que para disfrutarlos l haba sido
creado el mundo y colocado en l el hombre. Su divisa era la siguiente:
Mo es el mundo y todo cuanto contiene, dice el Seor.

Pese a sus opiniones, haba visto el seor, con el desagrado natural,
que en sus asuntos y en sus placeres, tanto privados como pblicos,
haban venido a mezclarse molestias de lo ms vulgar que no dejan
de crear dificultades y apuros, tambin de lo ms vulgar, en vista
de lo cual, decidi aliarse con un _aperador general_, resolucin
tanto ms cuerda cuanto que se haba hecho indispensable, y esto,
por dos motivos principales. Primero: porque el seor no entenda en
asuntos tan vulgares como los referentes a la Hacienda pblica, y como
consecuencia, deba confiarlos a manos que en ello entendiesen, y
segundo, relacionado con la Hacienda particular, porque los aperadores
generales son ricos, mientras el seor, vstago de seores que
vivieron muchas generaciones de esplendoroso lujo y boato, empobreca
de da en da. De aqu que el seor librase a una hermana suya del
velo que la amenazaba, y que era la canastilla de boda ms econmica
con que poda regalarle, y la concediera como preciado premio a un
aperador general, tan rico en bienes como pobre en familia. El cual
aperador general, armado de un bastn coronado por una manzana de oro,
figuraba en la ocasin presente entre los personajes que llenaban las
habitaciones exteriores y haca un papel algn tanto desairado porque
el seor, y hasta la esposa del seor, solan mirarle con el desprecio
ms profundo.

El aperador general era un hombre de lo ms suntuoso que darse puede.
Treinta caballos alojaban sus caballerizas, veinticuatro criados
esperaban rdenes en sus salones y seis doncellas ayudaban a vestir a
su mujer. En su calidad de hombre cuya misin nica consista en pillar
y saquear donde buena o malamente pudiera, el aperador general era
al menos la realidad ms tangible entre los personajes que aquel da
estaban de servicio en los salones del seor.

A decir verdad, en aquellos salones, que ofrecan a los ojos escenas
deliciosas, en aquellos salones, donde haban acumulado cuanto el arte
y el gusto de la poca pudieron producir, los negocios no andaban
bien, es ms: tanto considerados con referencia a los espantajos
que rodeaban la persona del seor, como por lo que hace a los
desarrapados que pululaban por todas partes, los asuntos tomaban cariz
poco tranquilizador... suponiendo que en la casa del seor hubiera
alguien que de asuntos cuidara. Militares que ignoraban lo que era la
ciencia militar, marinos que ni idea tenan de lo que un barco era,
eclesisticos, cubiertos de sedas y de encajes, mundanos hasta lo
inconcebible, de ojos sensuales, lenguas libres y costumbres ms libres
que las lenguas, en una palabra: la ineptitud en cuantos desempeaban
cargos, el desenfreno en las costumbres, la mentira en todos los
labios. No abundaban menos las gentes que no obstante no tener
relacin alguna, remota ni prxima, con el seor ni con el Estado, se
obstinaban en no tenerla tampoco con nada que fuera real y justo, y en
no caminar en el viaje de la vida por caminos rectos, ni perseguir un
fin terreno honroso. Mdicos que labraban fortunas inmensas fingiendo
curar enfermedades imaginarias y males que jams haban existido, se
burlaban desde el sagrado de sus casas de sus clientes cortesanos,
mientras stos quebraban sus espinas dorsales a fuerza de hacer
reverencias en los salones del seor. Arbitristas que, si nunca dieron
con el remedio del pecado ms leve, en cambio descubran diariamente
panaceas, universales y de efectos seguros para corregir los pequeos
males que afectaban a la salud del Estado, fastidiaban con sus
discursos interminables y pesados a cuantos asistan a las recepciones
del seor y tenan odos para escucharles. Filsofos ateos que se
proponan vaciar con sus palabras nuevos moldes con que fundir un mundo
nuevo, y erigir nuevas torres de Babel con que escalar los cielos,
conferenciaban en los salones del seor con qumicos o alquimistas
descredos, que no perseguan otro objetivo que la transmutacin de los
metales. En el palacio del seor vegetaban sumidos en el estado ms
ejemplar de enervamiento turbas de caballeros de modales distinguidos
y exquisita educacin, cuyos frutos naturales eran en aquel tiempo,
y han venido siendo desde entonces, una indiferencia invencible,
y una repugnancia notable hacia todo lo que debiera ser objetivo
natural del inters humano. En los hogares que aquellas brillantes
notabilidades dejaban abandonados en los barrios ms aristocrticos
de Pars, los espas que frecuentaban los salones del seor, a cuyo
nmero pertenecan, dicho sea de paso, la mitad por lo menos de los
que a aquel hacan la corte, difcilmente habran podido encontrar
entre los ngeles de su clase social una mujer que, por sus costumbres,
mereciera el honor de ser madre. Verdad es que la moda no consenta
en las madres otra cosa que el acto material de echar al mundo a una
criatura desvalida, lo que ciertamente no es mucho hacer. Pase que las
campesinas se pasen la vida al lado de sus tiernos hijos: las mujeres
que han nacido en otra esfera deben alegrar los salones, y hasta cuando
son abuelas, deben vestir y bailar como cuando tenan veinte aos.

La lepra de la ficcin desfiguraba a todos los seres humanos que
servan al seor. En una de las habitaciones ms extremas haba media
docena de personas que, por excepcin, desde algunos aos antes venan
creyendo que las cosas seguan en general derroteros peligrosos. La
mitad de esta media docena de gentes excepcionales, en sus ansias por
poner remedio a los males, habanse afiliado a la secta fantstica de
los llamados _convulsionistas_, y se pasaban el tiempo deliberando
acerca de si les convendra echar espumarajos por la boca, rabiar,
rugir, bramar y ponerse catalpticos, presentando as ante los ojos
del seor una visin de los futuros que pudiera servirle de gua
seguro. Adems de estos derviches, haba otros tres que haban formado
otra secta cuyo objetivo consista en enderezar el curso tortuoso de
los sucesos a fuerza de enrevesadas teoras sobre El Centro de la
Verdad, sosteniendo que el hombre haba brotado de este centro...
lo que no necesitaba demostracin, pero que se haba salido de la
circunferencia, y que se impona la necesidad de hacerle entrar en
ella y de impedir que en lo sucesivo volviera a rebasar su permetro,
lo que se conseguira vigorizando la vida del espritu y debilitando la
de la carne. Como jams hablaban ms que de espritus y de substancias
incorpreas, no es de admirar que sus discursos no dieran resultados
materiales.

En cambio, las personas que frecuentaban los salones del seor vestan
admirablemente, lo que no deja de ser un consuelo. Si el Da del Juicio
ha de ser lisa y sencillamente una exposicin de trajes, en la que
se adjudiquen los premios a los que mejor vistan, bien seguro es que
las dichosas personas que motivan estas lneas vestirn por eternidad
de eternidades con gusto irreprochable y excepcional riqueza. El
laborioso peinado de aquellas cabezas, tan artsticamente rizadas y con
tanto gusto empolvadas, aquellas caras delicadas, defendidas contra
los zarpazos de los aos, y hasta enmendadas y corregidas gracias a
laudables recursos artificiales, las cinceladas espadas que cean los
caballeros, en cuya contemplacin se extasiaba la vista, los finos
y delicados perfumes que embalsamaban el aire y deleitaban uno de
los sentidos con que al Creador plugo dotar al hombre, eran recursos
bastantes para extirpar de raz y para siempre los males que afligan
a la humanidad. Los caballeros de elevada alcurnia y de educacin
refinada ostentaban prodigiosa profusin de joyas de rico oro que
dejaban oir un tintineo delicioso al comps de sus lnguidos pasos,
y ante el tintineo del oro y el crujir de la seda y de los brocados,
el hambre y la miseria no tenan ms remedio que ir a esconder sus
amarillentas caras en los hediondos barrios pobres de la ciudad.

Era el vestido el talismn infalible, la varita mgica que obligaba a
todo el mundo, y a todas las cosas, a permanecer en sus respectivos
puestos. Nadie poda dispensarse de vestir el traje impuesto por el
papel que representaba en el baile de las extravagancias llamado
mundo. La ficcin comenzaba en las Tulleras, en la persona misma del
seor, y en las de los que al seor hacan la corte, y continuaba
por las Cmaras y Tribunales de Justicia, hasta llegar a la persona
del verdugo, a quien se obligaba a oficiar muy peinado, rizado y
empolvado, luciendo lujosa levita galoneada de oro, y encerradas sus
pantorrillas en ricas medias de seda. No! No es posible que ninguno
de los felices mortales que asistieron a la recepcin quincenal
dada por el seor en el ao mil setecientos ochenta pusiera en tela
de juicio la perdurabilidad de un sistema fundado sobre base tan
slida como un verdugo primorosamente peinado, artsticamente rizado,
solcitamente empolvado y ataviado con rica levita galoneada de oro y
primorosas medias de seda.

Luego que el seor aliger a sus cuatro servidores de sus respectivas
cargas y tom el chocolate, mand abrir de par en par las puertas de
su santuario y tuvo la dignacin de salir fuera. Qu de sumisin, qu
de adulaciones rastreras, qu de servilismo, qu de humillaciones,
llevadas hasta los lmites ms inconcebibles de lo abyecto! Baste
decir que en todo lo referente a idolatra y anonadamiento, los que
llenaban los salones nada reservaron para los cielos. Verdad es que el
pensamiento en la otra vida preocupaba muy poca cosa a los adoradores
del seor!

Pronunciando aqu una palabra y dejando caer all una esperanza,
dirigiendo a ste una sonrisa y haciendo a aqul una sea con la mano,
atraves el seor los salones hasta que rebas los lmites de la
_circunferencia de la verdad_, donde gir majestuoso sobre sus sagrados
talones y deshizo el camino andado, para tornar a encerrarse en su
santuario.

Terminada la exhibicin, los susurros que apenas rozaban el aire
trocronse en clamorosa tormenta. El tintineo de las joyas, semejante
a incesante repicar de preciosas campanillas, fuese alejando, y muy
pronto no qued a la vista ms que una persona, un caballero, el cual,
puesto debajo del brazo el sombrero, y llevando en la mano una cajita
de rap, se entretuvo en pasear con calma y reposo detenindose frente
a los espejos que al paso encontraba.

--Cargue el infierno contigo!--murmur antes de marcharse, vueltos los
ojos hacia la puerta del santuario, y sacudiendo el rap que conservaba
entre sus dedos.

Era un hombre de unos sesenta aos, ricamente ataviado, de ademanes y
expresin altaneros y dotado de una cara que, ms que rostro humano,
pareca fina mascarilla. Cara de una palidez transparente, todas sus
lneas, todos sus rasgos aparecan perfectamente definidos. La nariz,
artsticamente modelada, ofreca la particularidad de que sus dos
ventanas acusaban una contraccin, muy poco perceptible, hacia la
parte superior. En esas dos contracciones radicaba, precisamente, la
alteracin nica visible en aquella cara. Las ventanas persistan unas
veces contradas, al paso que en algunas ocasiones, se sucedan las
dilataciones a las contracciones, pero en uno y otro caso, daban a la
cara una expresin desagradable de crueldad y de perfidia. Examinado
con detenimiento aquel rostro, no era difcil observar que la expresin
de crueldad la deba a las lneas de su boca y de las rbitas de los
ojos excesivamente finas y horizontales. No puede negarse, sin embargo,
que aquella cara era extraordinariamente hermosa.

Su propietario descendi las escaleras del palacio y sali al
vestbulo, donde le estaba esperando su carroza. Pocos haban sido los
que le dirigieron la palabra durante la recepcin, y el seor pudo
estar ms afectuoso de lo que estuvo cuando lleg al sitio en que aqul
permaneci retrado y separado de los grupos. Sin detenerse un instante
mont en su carruaje, y los caballos partieron a galope, dispersando a
las gentes que encontraban al paso. Guiaba el cochero como si cargara
contra un ejrcito enemigo, sin que a su seor se le ocurriera poner
freno a la furia desatentada del primero, la cual, lejos de enojarle,
ms bien pareca que le era agradable. Algunas veces, muy contadas, se
haban exteriorizado las quejas, hasta en aquella ciudad insensible
y en aquella edad de ignorancia y de idiotismo, contra la brbara
costumbre de recorrer a galope de carga calles estrechas y sin aceras,
sin miramiento a los infelices que con frecuencia eran arrollados, pero
nadie se dign conceder un segundo de atencin a semejantes pequeeces,
y en este particular, como en muchos otros, los desdichados de la clase
baja quedaron en libertad de orillar la dificultad como buenamente
pudieran.

Con estruendo ensordecedor y con olvido inhumano de las consideraciones
ms sagradas, difcil de comprender en nuestros das, la carroza volaba
por la calle saltando sobre el empedrado y doblando las esquinas con
velocidad inconcebible, ahuyentando a las mujeres, que chillaban
despavoridas, a los nios, que corran como conejos asustados, y a los
hombres que procuraban pegarse a las paredes. En el momento de doblar
el carruaje una esquina prxima a una fuente, una de las ruedas di
un salto, cientos de gargantas lanzaron un alarido, y los caballos
recularon y se encabritaron.

Es casi seguro que la carroza hubiera continuado imperturbable su
desenfrenada carrera de no haber sido por este ltimo inconveniente,
toda vez que era lo que acostumbraban hacer los carruajes en aquella
feliz poca, aun cuando dejaran la calle sembrada de cadveres, por
qu haban de hacer otra cosa?, pero asustado el lacayo haba saltado a
tierra y veinte manos agarraron a un tiempo las riendas de los caballos.

--Qu pasa?--pregunt el seor, asomando su cara tranquila por la
portezuela.

Un hombre alto, con gorro en la cabeza, haba sacado de entre las
patas de los caballos un bulto, que deposit sobre el basamento de una
fuente, e inclinado sobre l, aullaba como un animal feroz.

--Perdn, seor Marqus--dijo un individuo harapiento con voz y ademn
humildes,--es un nio.

--Y por qu arma ese ruido ensordecedor? Dices que es un nio?

--Dispense el seor Marqus... Es una... lstima... s, eso es.

Distaba la fuente algunas varas. El hombre alto que sobre el bulto
estaba inclinado se irgui de repente y ech a correr con prisa tal en
direccin al carruaje, que el seor Marqus llev la mano al puo de su
espada.

--Muerto!--rugi el hombre alto con muestras de salvaje desesperacin,
clavando los ojos en el Marqus y alzando los dos brazos.--Asesinado!

Las turbas se apiaron en rededor de la carroza. Todas las miradas
estaban concentradas en la persona del Marqus, mas en aqullas no se
lea otra cosa que ansiedad, temor, nada de clera ni de amenaza. Todos
callaban. Al primer grito sucedi un silencio imponente. La voz del que
haba hablado al magnate continuaba siendo sumisa en extremo. El seor
Marqus pase sus miradas sobre los apiados grupos, contemplndolos
con la indiferencia con que hubiera contemplado una manada de ratas
asustadas.

Sin variar de actitud sac un bolsillo.

--Me sorprende sobremanera--dijo--que ni de vuestros hijos sepis
cuidar. Con frecuencia que no puede menos de serme molesta os tropiezo
en mi camino. No se os alcanza que de los atropellos pueden resultar
con dao mis caballos? Vaya!... Dadle esto!

Acompaando la accin a la palabra, arroj a los pies del lacayo una
moneda de oro.

--Muerto... asesinado!--volvi a gritar el hombre alto.

Lleg a la sazn otro hombre, a quien todos abrieron paso. El que
acababa de gritar cay en sus brazos no bien le vi, permaneciendo
largo rato entre ellos, llorando y sollozando.

--Lo s todo... lo s todo--dijo el recin llegado.--Valor, Gaspar!
Preferible es morir como ha muerto el nio a vivir la vida que le
esperaba. Ha muerto sin dolor, sin sufrimientos, y en cambio, de haber
continuado viviendo, aqullos le hubieran acosado sin cesar.

--Eres un filsofo--dijo el Marqus sonriendo.--Cmo te llamas?

--Defarge.

--Cul es tu oficio?

--Soy vendedor de vino, seor Marqus.

--Toma esto, filsofo y vendedor de vino, y gstalo como te venga en
gana--repuso el Marqus, arrojando a sus pies otra moneda de oro.--A
ver! Estn listos los caballos?

Sin dignarse mirar a las turbas por segunda vez, el seor Marqus se
arrellan en su asiento. La carroza se pona nuevamente en movimiento
y su feliz ocupante haba olvidado el incidente, cual si acabara de
romper una futesa y la hubiera pagado, cuando vino a perturbar su
olmpica serenidad la entrada violenta en el interior del carruaje de
una moneda de oro.

--Para!--grit el seor Marqus.--Detn los caballos!... Quin ha
tirado esto?

Mir airado al sitio en que acababa de dejar a Defarge, pero no vi ms
que al desdichado padre abrazado al cadver de su hijo, y a una mujer
en pie, que le miraba ceuda.

--Perros!--murmur el Marqus.--De buena gana pasara sobre todos
vosotros para limpiar al mundo de vuestra repugnante presencia! Si yo
supiera quin es el canalla que arroj la moneda, y lo tuviera bastante
cerca, vive Dios que lo aplastaba bajo las ruedas de mi coche!

Tal era el temor de las turbas, tan grande el horror que sentan por lo
que los hombres de la clase social del Marqus podan hacerles, dentro
y fuera de la ley, que no se alz una voz, ni una mano, ni una mirada.
Todos los hombres callaron, fijos sus ojos en el suelo. Solamente la
mujer a que antes nos hemos referido os clavar sus miradas airadas en
el Marqus, quien ni repar siquiera en ella. Su olmpica mirada pas
sobre su cabeza y sobre las dems ratas, y cmodamente arrellanado
sobre los mullidos almohadones de su carroza, di orden al cochero de
continuar la marcha.

Por el mismo sitio cruzaron en carrera desenfrenada y sucesin rpida
muchas otras carrozas. La del ministro, la de los arbitristas del
Estado, la del aperador general, la del doctor, la del abogado, la del
eclesistico. Las ratas asomaban tmidas las cabezas en la entrada de
sus agujeros.

Retirse el padre a quien haban dejado sin hijo, retirronse las ratas
al fondo de sus agujeros, y sobre el basamento de la fuente no qued
ms que la mujer que haba osado mirar ceuda al Marqus, rgida como
la Fatalidad. El agua de la fuente corra rumorosa, corran rpidas
y turbulentas las aguas del ro, el da corra a su ocaso, la vida
de la ciudad corra a la muerte impulsada por el Tiempo, que a nadie
espera, las ratas dorman ya en sus obscuros agujeros, el _baile de la
extravagancia_ continuaba entre luces y cenas, y todas las cosas, para
decirlo de una vez, seguan su curso.


VIII

EL SEOR EN EL CAMPO

Un paisaje encantador, en el que se ven campos de trigo, aunque no
abundantes. Pedazos de terreno sembrados de centeno donde hubiera
podido criarse el trigo, pedazos sembrados de habas y de guisantes,
pedazos sembrados de vegetales de toda clase, y es que la naturaleza
inanimada, armonizando sus gustos con los de la humanidad, manifestaba
tendencia decidida hacia una vegetacin, ms aparente que real.

El carruaje de viaje del seor Marqus, que, dicho sea de paso,
hubiera podido ser menos pesado, tirado por cuatro caballos y guiado
por dos postillones, escalaba trabajosamente una colina empinada. El
subido color de las mejillas del prcer nada arga en contra de su
elevada alcurnia. No tena su origen dentro, sino que era efecto de una
circunstancia externa imposible de evitar: la puesta del sol.

Los rayos tangentes del astro rey penetraban en el coche de viaje del
seor Marqus envolviendo a ste en nimbos de luz rojiza.

--Pronto se pondr--exclam el seor Marqus, contemplando con disgusto
sus manos.

En efecto, tan cerca de su ocaso estaba el sol, que no tard en
ponerse. Dominada la cima de la colina y ajustados a las ruedas
los pesados frenos, en cuanto el coche comenz a rodar por la
pendiente abajo, envuelto en nubes de polvo, los fulgores rojizos se
extinguieron: el sol y el Marqus descendan.

Ante los ojos del Marqus se extenda un territorio quebrado, una aldea
en el fondo de la hondonada, una llanura que terminaba en un altozano,
un campanario, un molino de viento, un bosque abundante en caza, y una
fortaleza emplazada al borde de un despeadero. El Marqus contemplaba
todos los objetos detallados, cuyas lneas comenzaban a borrar las
sombras de la noche, con la expresin del que se acerca a su casa.

Contaba la aldea con una calle pobre, con una cervecera pobre, con una
tenera pobre, con una taberna pobre, con un relevo de postas pobre y
con una fuente pobre. Siendo pobres todos los servicios, pobres haban
de ser, y pobres eran, en efecto, sus habitantes. Todos ellos vivan
en la miseria, y muchos se hallaban sentados en las puertas de sus
viviendas, preparando cebollas de deshecho y otros artculos semejantes
para su cena, mientras otros lavaban en la fuente verduras, hierbas y
toda clase de comestibles que la tierra da de s. No era preciso ser
muy lince para descubrir las causas que a la miseria los reducan:
con leer las inscripciones solemnes, colocadas en todos los sitios
visibles de la aldea, en las cuales se detallaban los impuestos que
haba que pagar al Estado, a la Iglesia y al seor, juntamente con las
contribuciones locales y generales, bastaba y aun sobraba, no ya para
comprender que los habitantes fueran pobres, sino para maravillarse de
que el hambre y la miseria no hubieran concludo con la vida de todos
ellos.

Nios se vean muy pocos, perros ni uno slo. En cuanto a los hombres
y a las mujeres, la alternativa que el mundo les ofreca no poda ser
ms clara: o vivir de la manera ms miserable en la aldea, bajo el
yugo aplastante del seor, o morir en la fortaleza emplazada sobre el
precipicio, destinada a calabozo.

Precedido por un correo y acompaado por los restallidos de los ltigos
de los postillones, que cruzaban los aires semejantes a culebras
enroscadas, el seor Marqus mand detener su carruaje frente a la
puerta de la casa de postas. Como distaba muy poco de la fuente, los
aldeanos que en sta se hallaban suspendieron sus faenas para mirarle.
El tambin les mir, y vi cmo doblaban sus frentes ante su persona,
de la misma manera que l haba doblado la suya ante el seor, cuando
acert a unirse al grupo un caminero.

--Treme a ese individuo--dijo el Marqus al correo.

Fu llevado a su presencia el caminero, en derredor del cual se
agruparon los aldeanos, vidos de escuchar y de ver.

--Te pas en el camino, verdad?

--Verdad es, seor, tuve el honor de que el seor me pasase en el
camino.

--Al subir la rampa y en la cumbre de la colina, no es cierto?

--Seor, cierto es.

--Qu es lo que mirabas con tanta fijeza?

--Miraba al hombre, seor.

Al contestar, su gorro puntiagudo apuntaba debajo del carruaje. Todos
los aldeanos concentraron sus miradas en el mismo sitio.

--Qu hombre, pedazo de bruto?

--Perdn, seor, quiero decir el hombre que penda de la cadena de la
galga.

--Pero quin?

--El hombre, seor.

--Cargue el diablo con esta turba de idiotas! Cmo se llama ese
hombre? T conoces a todos los de estos contornos: quin era ese
hombre?

--Piedad, seor! No era de esta parte del pas: no le haba visto en
los das de mi vida.

--Suspendido de la cadena? Ahorcado?

--Con permiso del seor, dir que su cabeza colgaba de esta manera.

El caminero se aproxim a la galga y se coloc vuelta la cara hacia
el cielo y con la cabeza colgando. A continuacin, recobr la postura
normal e hizo una reverencia.

--Qu seas tena?

--Seor, estaba ms blanco que un molinero, el polvo le cubra de pies
a cabeza, era ms blanco que un espectro y ms alto que un espectro.

La descripcin produjo en el auditorio sensacin inmensa. Todos
volvieron sus ojos hacia el Marqus, acaso creyendo que llevase algn
espectro sobre su conciencia.

--No puede negarse que te has portado como un hombre!--exclam el
Marqus.--Ves un ladrn subido a mi carruaje, y no sabes abrir esa
bocaza inmensa que tienes en la cara. Sultelo, seor Gambelle,
sultelo!

Era el seor Gambelle jefe de postas y de otros servicios, y al
desarrollarse la escena que estamos reseando, en su deseo de
contribuir al buen xito de la declaracin, haba agarrado por un brazo
al declarante.

--Suelte a ese bergante, seor Gambelle, y si llega a la aldea el
desconocido, prndale y no le ponga en libertad hasta asegurarse de que
es un hombre honrado.

--Ser para m un honor cumplir las rdenes del seor--contest
Gambelle.

--Escap aquel...? Pero dnde se ha metido ese maldito?

El maldito se haba metido debajo del carruaje, acompaado por media
docena de amigos particulares suyos, a los cuales mostraba la cadena
de la galga. Otra media docena de amigos le sacaron arrastrando
inmediatamente y le llevaron a presencia del seor.

--Escap aquel hombre cuando nos detuvimos para echar la galga?

--Se precipit de cabeza desde lo alto de la colina, ni ms ni menos
que si se hubiera arrojado al mar.

--Cuide de averiguarme eso, Gambelle... En marcha!

Delante de las ruedas, examinando la cadena, estaban la media docena de
amigos particulares del caminero, semejantes a un pelotn de borregos.
Las ruedas comenzaron a girar tan inopinadamente, que fu un milagro
que aqullos pudieran salvar sus pellejos y sus huesos, nico que
podan salvar, por fortuna suya.

Los caballos salieron de la aldea al galope, mas no tardaron en moderar
la marcha, pues la rampa de la colina era tan empinada, que hubieron
de subirla al paso. Bordeaba el camino un pequeo cementerio, donde
se vea una cruz con la imagen de Nuestro Salvador. Era una imagen de
madera, hecha por manos inexpertas, pero el artista haba hecho un
estudio del natural y seguramente su libro fu su propio cuerpo o el
de alguno de sus convecinos, pues la imagen era horriblemente flaca y
descarnada.

Al pie de aquel emblema doloroso de una desgracia inmensa haba una
mujer arrodillada. Volvi la cabeza al oir el ruido del carruaje,
levantse vivamente, y corri presurosa en direccin al coche.

--Es el seor!--exclam, presentndose en la portezuela.--Seor, una
gracia!

El seor lanz una exclamacin de impaciencia.

--Qu hay? Qu se ofrece? Siempre con peticiones!

--Seor, por el amor de Dios! Mi marido... el guardabosque!...

--Qu quiere tu marido el guardabosque? Estas gentes siempre piden lo
mismo! Que no puede pagar, eh?

--Lo ha pagado todo, seor! Ha muerto!

--Mejor! As descansar! Crees que puedo devolvrtelo?

--Ay de m, seor... de sobra s que no! Pero descansa all... bajo
aquellas mseras hierbas!...

--Y bien?

--Que son muchos los trechos de tierra cubiertos de hierba.

--Bueno... y qu?

Aquella mujer era joven, aunque pareca una vieja. Su rostro reflejaba
un dolor inmenso. A veces retorca con energa sus manos callosas, y
otras las colocaba sobre la portezuela del carruaje, acaricindola con
ternura, cual si creyera que era un pecho humano susceptible de ser
ablandado.

--Tenga el seor compasin de m! Escuche mi peticin! Mi marido
ha muerto de hambre... de la misma enfermedad que han muerto tantos
otros... de la misma que nos llevar a todos los de la aldea al
sepulcro...

--Pero a m que me cuentas? Acaso puedo yo mataros el hambre a todos?

--Seor... Dios lo sabe, pero no es comida lo que pido. Lo nico que
deseo, es que sobre la tierra que cubre el cadver de mi marido se alce
un pedazo de madera o de piedra con su nombre, a fin de que todos sepan
dnde est enterrado. De no ser as, pronto olvidarn todos el sitio y
no podrn enterrarme a su lado cuando yo muera. Seor!... Seor!...

El lacayo haba separado del carruaje a la pobre mujer, los caballos
haban emprendido un trote largo, y el seor vea disminuir rpidamente
la legua o dos de distancia que todava le separaban de su _chteau_.

El camino era bueno, y el tiempo invertido en recorrerlas no fu largo.
Dibujronse las sombras de un edificio inmenso y las de muchos y muy
corpulentos rboles. Era el _chteau_ del seor Marqus, en cuya puerta
principal le estaba esperando el mayordomo.

--Ha llegado de Inglaterra el seor Carlos, a quien espero?--pregunt.

--Todava no, seor Marqus--fu la respuesta.


IX

LA CABEZA DE GORGON

Era el _chteau_ del seor Marqus un edificio arrogante, de espesos
y slidos muros y vastas proporciones. De su espacioso patio de
piedra arrancaban dos amplias escaleras tambin de piedra, que iban a
encontrarse en la terraza de piedra como todo lo dems, que preceda a
la puerta principal. De piedra eran las recias balaustradas, de piedra
los jarrones, de piedra las flores, de piedra las caras humanas, de
piedra las cabezas de los leones, de piedra todo. No pareca sino que
la cabeza de Gorgon haba presidido, dos siglos antes, la terminacin
de aquella ingente masa de piedra e ideado sus remates y detalles de
ornamentacin.

La antorcha que preceda al seor Marqus cuando, despus de salir de
su coche de viaje, emprendi el ascenso de la espaciosa escalera de
piedra, derramaba resplandor bastante para provocar las protestas de
la lechuza que tena su cuartel general en el tejado de la torrecilla
que serva de remate a las caballerizas y que se alzaba como queriendo
escalar las nubes, rodeada de rboles de prodigiosa altura. Todo lo
dems permaneci tranquilo, tan tranquilo, que tanto la antorcha que
preceda en la gran escalera los pasos del seor Marqus, como la
que frente a la puerta de honor esperaba su llegada, ardan cual si
en el centro de cerrado saln estuvieran, y no expuestas al soplo de
las brisas de la noche. Ni se oa tampoco ms ruido que el del ulular
de la lechuza, excepcin hecha del rumor producido por el agua de la
fuente al caer en la pila, pues era una de esas noches que contienen el
aliento durante horas enteras, para exhalar un suspiro y permanecer de
nuevo sin respirar.

Gir sobre sus suaves goznes la puerta de honor, y el seor Marqus
penetr en una galera cuyos muros ofrecan a la vista gran variedad
de armaduras antiguas, e infinidad de dardos, lanzas, espadas y
cuchillos de caza, juntamente con un surtido variado de fustas, trallas
y ltigos, cuyo peso haba sentido ms de un labriego cuando su seor
estaba encolerizado.

Sin mirar siquiera a los alones grandes, envueltos en negras tinieblas,
el seor Marqus, siempre siguiendo a la antorcha, lleg frente a
una puerta que haba en el fondo de la galera. Abierta aqulla, se
encontr en sus habitaciones, que eran tres, una de ellas su alcoba.
Las habitaciones de elevados artesonados, reunan todo el lujo, todo
el refinamiento que corresponden a un Marqus, que vive en un siglo
fastuoso y en una nacin que todo lo sacrifica al boato. En los
riqusimos muebles dominaba el gusto del penltimo Luis de aquella
sagrada dinasta que deba ser eterna, de Luis XIV, aunque no faltaban
objetos que podan pasar como ilustraciones de las antiguas pginas de
la historia de Francia.

En el centro de la tercera habitacin, pieza redonda que corresponda
a una de las cuatro torres que flanqueaban el edificio, haba una mesa
comedor con servicio para dos personas. La habitacin era reducida, y
su ventana estaba abierta, bien que cerradas sus celosas.

--Cubierto para mi sobrino?--murmur el Marqus al entrar.--Y, sin
embargo, acaban de decirme que no ha llegado todava.

No haba llegado, en efecto, pero en el castillo, esperaban que
llegase con el seor Marqus.

--No es probable que llegue esta noche--aadi el Marqus, dirigindose
al servidor encargado del comedor--pero deja la mesa como est. Dentro
de un cuarto de hora me sentar a cenar.

En efecto: quince minutos despus tomaba el Marqus asiento frente
a una cena suntuosa y selecta. Sentse dando espaldas a la ventana.
Acababa de comer la sopa y llevaba a sus labios un vaso de rico
Burdeos, cuando baj la mano sin beber.

--Qu es eso?--pregunt con calma, volviendo la cara hacia las
celosas.

--Qu, Monseor?

--Fuera... Abre las celosas.

La orden qued obedecida en el acto.

--Qu hay?

--Nada, seor: las copas de los rboles y las sombras de la noche es lo
nico que se ve.

--Est bien--dijo su seor, con calma imperturbable.--Vuelve a cerrar.

El Marqus volvi a prestar atencin a su cena. Habra llegado a la
mitad de sta, cuando por segunda vez qued a medio camino el vaso que
llevaba a sus labios. Oase el rodar de un carruaje que a buena marcha
se aproximaba al castillo.

--Pregunta quin ha llegado--dijo el Marqus al servidor.

Era el sobrino del seor, a quien en la casa de postas haban
manifestado que el Marqus habra llegado ya al castillo.

--Vete y dile de mi parte que la cena espera, y que le ruego venga sin
tardanza.

Minutos despus entraba en el comedor el viajero, que era el mismo
joven a quien hemos conocido en Inglaterra bajo el nombre de Carlos
Darnay.

Recibile el seor Marqus con exquisita cortesana, pero no se dieron
las manos.

--Sali usted ayer de Pars?--pregunt el joven al sentarse a la mesa.

--Ayer, s; y t?

--Yo he venido directamente aqu.

--Desde Londres?

--S.

--Bastante te ha costado llegar--observ el Marqus sonriendo.

--Por el contrario, he hecho el viaje con mucha rapidez.

--Dispensa, no he querido decir que en el camino hayas invertido mucho
tiempo, sino en resolverte a hacer el viaje.

--S... me han obligado a aplazarlo... negocios diversos.

--Lo supongo--contest el to.

No cambiaron ms palabras mientras el servidor estuvo presente. Servido
el caf, y solos ya to y sobrino, abri la conversacin este ltimo,
clavando sus ojos en la cara del primero, que pareca una mscara.

--He regresado, to, persiguiendo el mismo objetivo que me oblig a
ausentarme. He corrido un peligro inmenso; pero el objetivo es tan
sagrado, que aun cuando la muerte me hubiese acarreado, no habra
decado mi valor.

--La muerte no, querido--respondi el to;--ni nombrarse debe esa
seora.

--Dudo mucho, to--replic el sobrino,--que usted me hubiese tendido
una mano, aun vindome colocado en el filo mismo de la muerte.

Agitronse las ventanas de la nariz del to y se hicieron ms profundas
las lneas de su rostro, dando expresin ms cruel a su aspecto;
pero el Marqus hizo un gesto gracioso de protesta, que nada tena
de tranquilizador por ser efecto demasiado palpable de la finura de
modales del prcer.

--Hablando con franqueza--repuso el sobrino,--si no mienten mis
informes, ha hecho usted todo lo posible para dar fuerza a las
sospechas originadas por las circunstancias demasiado sospechosas que
me rodeaban.

--No, no, no, no!--contest riendo el to.

--No discutiremos ese punto--continu el sobrino, mirando con evidente
desconfianza a su interlocutor.--Me consta que, a trueque de detenerme
en el camino, ha de agotar usted todos los recursos de su diplomacia
especial, como me consta tambin que en materia de recursos, es usted
poco escrupuloso.

--Mi querido sobrino, me permitir rogarte que procures hacer memoria,
que tengas presente lo que te dije hace tiempo, mucho tiempo.

--Lo recuerdo perfectamente.

--Muchas gracias--contest el Marqus, con voz que pareca un
instrumento musical.

--En efecto, to; creo firmemente que debo a su mala fortuna, y a mi
buena estrella, el no encontrarme en este momento recludo en alguna
prisin de Francia.

--No entiendo bien--respondi el to, tomando un sorbo de
caf.--Tienes la bondad de explicarte?

--Con mucho gusto. Quiero decir que, de no haber cado usted en
desgracia en la corte, de no encontrarse bajo la obscura sombra de
aquella nube que le viene envolviendo desde hace algunos aos, no le
habra faltado una carta _de cachet_ que me hubiera abierto las puertas
de una fortaleza por tiempo indefinido.

--Es muy posible--replic el to, con calma imperturbable--que el honor
de la familia me hubiese impulsado a molestarte hasta ese punto.

--Por fortuna para m, observo que en la recepcin de anteayer encontr
usted la misma frialdad de siempre--dijo el sobrino.

--Perdona que te diga, mi querido sobrino, que yo, en tu lugar, no
asegurara que mi desgracia en la corte sea para ti una fortuna. Es
muy probable que las reflexiones que te hubiera sugerido la soledad
de una crcel hubiesen ejercido en tu destino futuro influencia ms
beneficiosa que la que puedan ejercer tus actos gozando de libertad.
Pero es intil discutir este particular. Me encuentro, segn dices, en
posicin desventajosa. Hoy, solamente el inters o las importunidades
alcanzan esos pequeos instrumentos de correccin, esos medios suaves
para robustecer el podero y el honor de las familias, esos favores
insignificantes que tanto hubieran podido molestarte. Son tantos los
que los codician, y tan pocos (comparativamente) los que los obtienen!
No suceda as en otros tiempos, pero las cosas han variado mucho,
y varan todos los das, siendo de notar que van de mal en peor.
Nuestros antepasados gozaban del poder de vida o muerte sobre sus
vasallos y gentes vulgares. Cuntos de esos perros han salido de esta
misma habitacin para ser colgados inmediatamente! Que yo sepa, en mi
alcoba fu muerto a pualadas un insolente bellaco que se atrevi a
proferir no s qu broma de mal gusto a propsito de su hija que...
Hemos perdido muchos privilegios; es la verdad. Se ha puesto en moda
una filosofa nueva, y no puedo negar que hoy, si nos obstinsemos
en defender todos nuestros derechos, acaso tropezramos con graves
inconvenientes. Las cosas se ponen malas, muy malas!

El Marqus tom un polvo de rap y movi la cabeza con la expresin de
quien lamenta que un pas desdee medios tan excelentes de regeneracin.

--De tal suerte hemos hecho valer nuestra posicin social, tanto en
tiempos pasados, como en nuestros das--replic el sobrino con acento
sombro,--que hemos conseguido que Francia pronuncie con aversin y con
odio nuestros nombres.

--De lo que debemos felicitarnos--observ el to.--La aversin y el
odio son los homenajes ms altos y ms involuntarios que los pequeos
rinden a los grandes.

--No encuentro en este pas una sola cara que nos mire con
deferencia--repuso el sobrino.--En todas ellas leo el respeto
engendrado por el temor y la esclavitud.

--Lo que no deja de ser lisonjero para la familia y para los
procedimientos empleados por la familia para sostener su grandeza--dijo
el Marqus, tomando otro polvo de rap y montando una pierna sobre otra.

Afectaba el prcer glacial indiferencia; pero cuando su sobrino,
puestos los codos sobre la mesa, se cubri los ojos con las manos
y permaneci durante un buen espacio de tiempo absorto en sus
reflexiones, desapareci la mascarilla del Marqus y mir de soslayo a
su sobrino con expresin tal de rencor, que se armonizaba muy mal con
la indiferencia primera.

--La nica filosofa de efectos duraderos es la represin--observ el
Marqus.--Ese respeto sombro engendrado por el miedo y la esclavitud,
amigo mo, har que los perros continen obedientes al ltigo mientras
este techo nos proteja contra la intemperie.

Quiz el techo estaba llamado a caer derrumbado antes de lo que el buen
Marqus crea. Si ante sus ojos hubieran presentado aquella noche un
cuadro de lo que sera dentro de contado nmero de aos su castillo,
y cientos de castillos semejantes al suyo, a buen seguro que nadie le
habra hecho creer en la fidelidad de la pintura.

--Mientras tanto--continu el Marqus,--corre de mi cuenta poner a
salvo el honor y el reposo de nuestra familia, quieras t o no... Pero,
ahora caigo en que debes encontrarte rendido: te parece que, por esta
noche, pongamos trmino a nuestra conferencia?

--Un momento ms.

--Una hora, si se es tu gusto.

--Hemos obrado mal, to, y los frutos de nuestra iniquidad estn
madurando.

--_Hemos_ obrado mal?--repiti el to sonriendo.

--Ha cometido mil yerros nuestra familia, s, nuestra honorable
familia, cuyo honor tanto nos interesa a los dos. Hasta en tiempos de
mi padre cometimos mil iniquidades, sacrificando sin reparo a todo ser
humano que se interpusiera entre nosotros y nuestros placeres... Pero
a qu hablar de los tiempos de mi padre, si otro tanto ocurre en los
de usted? Puedo, acaso, establecer una separacin entre mi padre y su
hermano gemelo, su heredero adjunto, su sucesor inmediato forzoso?

--La mano de la muerte me llam a sucederle.

--Y la misma mano me dej encadenado a un sistema que me repugna, que
me horroriza, hacindome responsable de lo que no est en mi mano
evitar; me impide dar cumplimiento a la splica postrera que murmuraron
los labios de mi santa madre, me impide obedecer la orden ltima, muda,
pero pattica, dictada por los ojos queridos de aquella dama ejemplar,
que me encarecan que tuviera piedad y compasin, y que jams cerrara
mis odos a la voz de la justicia; y por ltimo, me destroza el alma,
al convencerme de que necesito una mano que me ayude y de que en vano
la busco.

--Si en m la buscas, mi querido sobrino, desde luego te aseguro que
pierdes el tiempo: no la encontrars nunca. He decidido bajar al
sepulcro perpetuando el sistema bajo el cual nac y he vivido.

Tom otro polvo de rap, guard la cajita en el bolsillo, y aadi:

--Preferible es escuchar la voz de la razn y aceptar el destino
natural... Pero observo que ests perdido, mi querido Carlos.

--Perdidas estn para m estas propiedades y hasta Francia--contest
con amargura el sobrino.--Las renuncio.

--Pero es que puedes renunciarlas? Siempre he credo que para
renunciar precisa _poseer_. Yo no s si Francia ser tuya ya; pero los
bienes de nuestra familia... Claro que ni vale la pena hablar de ello;
pero es que los consideras tuyos?

--Al hablar como lo hice, ni se me ocurri la idea de aludir a los
derechos que sobre ellos tengo, ni mucho menos reclamar su posesin. Si
maana pasasen de sus manos a las mas...

--Lo que tengo la vanidad de considerar muy improbable...

--... O de aqu a veinte aos...

--Me haces demasiado honor; pero prefiero esta suposicin a la primera.

--Los abandonara, para vivir en otra parte y otro gnero de vida. No
sera abandonar mucho! Total, un desierto espantoso que no presenta
ms que miserias y ruinas!

--S?--exclam el Marqus, paseando su mirada por aquella habitacin
suntuosa.

--No dir que la vista no encuentre en aqullos algn atractivo; pero
estudiados en su fondo, a la luz de la razn y de la justicia, son
una torre ruinosa de extorsiones, despilfarros, deudas, injusticias,
opresiones, hambres, desnudeces y sufrimientos.

--S?--repiti el Marqus con acento de satisfaccin.

--Si llegan a ser mos, los confiar a manos ms competentes que las
mas para que los desgraven poco a poco, dado caso que llegue a tiempo,
del peso enorme que los arrastra al precipicio, a fin de que los
infelices que a ellos se ven clavados sufran menos en lo sucesivo. No
podr hacerlo; lo s. Pesa sobre ellos una maldicin, y no slo sobre
ellos, sino tambin sobre la nacin entera.

--Y t?--pregunt el to.--Perdona mi curiosidad; es que a la sombra
de tu filosofa de nuevo cuo esperas vivir del man del cielo?

--Fuerza ser que viva de lo mismo que vivirn tantos otros
compatriotas mos, por muchos que sean sus pergaminos, por rancia que
sea su nobleza: del trabajo.

--En Inglaterra, por ejemplo?

--S. El honor de la familia puede dormir tranquilo. No lo mancillar
trabajando mientras me encuentre en este pas, y no podr mancillarlo
en otro sencillamente porque, fuera de aqu, no ostentar el apellido
de la familia.

El Marqus hizo sonar un timbre. Inmediatamente se ilumin la
habitacin inmediata. Esper el Marqus a que se fuera el servidor que
haba encendido las luces, y cuando oy que sus pasos se alejaban,
dijo, mirando a su sobrino con rostro sonriente:

--Muchos atractivos tiene para ti Inglaterra, bien que, a decir verdad,
no me admira si tengo en cuenta lo mucho que all has prosperado.

--Manifest ya antes que creo ser deudor a usted de todas las
_fortunas y prosperidades_ que all encontr. De todas suertes,
Inglaterra es mi refugio.

--Si hemos de creer a los vanidosos ingleses, es el refugio de muchos.
Conoces a un compatriota nuestro que all busc refugio? Me refiero a
un doctor.

--Le conozco.

--A quien acompaa una hija?

--S.

--El mismo. Ests rendido... Buenas noches.

La sonrisa con que acompa la inclinacin de cabeza que hizo a su
sobrino a guisa de corts despedida y el tono con que pronunci
las ltimas palabras, envolvan un misterio que no pudo menos de
impresionar al sobrino.

--S--repiti el Marqus.--Un doctor con una hija... S. As comienza
la nueva filosofa!... Buenas noches.

El joven clav sus ojos en su cara cual si esperase encontrar en ella
la aclaracin de las ltimas palabras que haban herido sus odos.
Trabajo perdido. Lo mismo hubiera conseguido interrogando las de las
estatuas de piedra que tanto abundaban en el castillo.

--Buenas noches!--aadi el to.--El deseo de verte maana por la
maana me tendr desvelado toda la noche... Que descanses... Enciende
las luces del dormitorio de mi seor sobrino... Y asa a mi seor
sobrino en la cama, si puedes!--aadi para sus adentros, antes de
hacer sonar nuevamente la campanilla, llamando al ayuda de cmara a su
alcoba.

El ayuda de cmara acudi al llamamiento y volvi a salir, dejando al
Marqus en paos menores y dispuesto a meterse en la cama. Tard una
porcin de minutos en hacerlo. Si alguien le hubiese visto vestido como
iba y calzado con zapatillas, midiendo la estancia con paso silencioso
y vivo, semejante al del tigre real, hubirale tomado probablemente
por el famoso marqus encantado de la leyenda, cuyas transformaciones
peridicas en felino comenzaban entonces o terminaban en aquel instante.

Surgan en el fondo de su imaginacin, mientras caminaba de uno a otro
extremo de su voluptuosa alcoba, los incidentes ms salientes del viaje
que terminara aquella noche: vease subiendo perezosamente la rampa
empinada de la colina, contemplaba con los ojos del alma la puesta del
sol, el descenso de la falda opuesta de la colina, el molino, la cadena
de la galga, la prisin emplazada al borde del tajo, la aldea de la
hondonada, los labriegos en derredor de la fuente y el caminero en el
momento de sealar con su gorro puntiagudo la cadena de su coche de
camino. La fuente de la aldea le recordaba la otra fuente de Pars, y
en ella vea al cadver del nio acurrucado sobre el basamento, a las
mujeres inclinadas sobre su cuerpecito y al hombre alto que, con los
brazos extendidos gritaba: Muerto!

--Me estoy enfriando--murmur el seor Marqus.--A la cama, a la cama!

Tendise en el lecho, dej caer las lujosas cortinas que lo
envolvieron, y se dispuso a dormir.

Por espacio de tres horas interminables permanecieron las caras de
piedra de los inmviles centinelas colocados en el exterior del
castillo contemplando las negruras de la noche; por espacio de tres
horas interminables los caballos inquietos golpearon con sus manos los
pesebres de las caballerizas, y la lechuza lanzaba un ruido peculiar
que no tena semejanza alguna con el canto que a las lechuzas han
asignado los hombres-poetas.

Hombres y leones de piedra del castillo clavaron por espacio de tres
mortales horas sus ojos sin pupilas en los negros tules de la noche.
Negros estaban los campos, negros los bosques, negros los caminos,
negro como mar de tinta todo el paisaje. En el cementerio de la aldea
hubiese sido imposible distinguir una tumba de otra, y nadie hubiera
podido decir si la cruz a cuyo pie estaba arrodillada aquella tarde
la mujer que pidi una gracia al Marqus continuaba enhiesta o si
haba cado derribada. En la aldea, explotadores y explotados dorman
profundamente. Quiz durante el sueo disfrutaban estos ltimos de
opparos banquetes, como ocurrir suele a los que perecen de hambre, o
bien de tranquilidad y de descanso, cual bueyes habituados a gemir bajo
el yugo.

Aguas invisibles y silenciosas fluan de la fuente de la aldea, lo
mismo que de la fuente del castillo, perdindose a lo lejos, como se
pierden los minutos que continuamente deja escapar la mano del Tiempo.
Al cabo de tres horas interminables, las aguas comenzaron a tomar
ligeros tonos grises, y los ojos de las caras de piedra del castillo
principiaron a iluminarse.

Brot por Oriente el sol, tiendo de rojo las copas de los rboles y
las cimas de las montaas. Sus fulgores dieron roja coloracin a las
aguas que brotaban de la fuente del castillo y a las caras de piedra de
hombres y leones. Gorjeaban parleros los pajarillos, uno de los cuales,
ms atrevido que sus compaeros, agot el repertorio de sus cantos ms
hermosos posado sobre el alfizar de piedra de la ventana de la alcoba
del seor Marqus. El centinela de piedra ms inmediato contempl con
mudo asombro al cantor, abri la boca y di muestras del terror ms
profundo.

Los fulgores del astro del da sacudieron el sopor que dominaba cual
seor absoluto en la aldea. Abrironse las ventanas, desatrancronse
las puertas de las casas, y las gentes salieron tiritando a la calle
para entregarse a las faenas diarias. Unos se fueron a la fuente, otros
al campo; stos, a arar, aqullos a cavar o a apacentar esculidos
ganados. En la iglesia quedaron dos o tres personas, suplicando al
Cielo que conservara la vida de alguna vaca o de corto nmero de ovejas.

El castillo despert ms tarde, cual corresponda a su elevada
jerarqua social. Los rayos del sol tieron de rojo primero a los
venablos, espadas y lanzas; ms tarde arrancaron destellos a los
montantes, comenzaron a abrirse ventanas, se impacientaron los caballos
en las cuadras, y los perros sacudan las cadenas que los sujetaban,
ladrando desaforadamente en demanda de libertad.

Todos stos eran incidentes triviales que se repetan diariamente,
detalles rutinarios de la vida ordinaria. Pero algo menos trivial,
algo que no era rutinario ni corriente ocurra aquella maana en el
castillo. Repicaba con furia insistente la gran campana; corran los
servidores de una parte a otra; por la terraza cruzaban muchas personas
y en las caballerizas ensillaban con azoramiento varios caballos. Por
qu?

Qu ventolera haba acometido al caminero, momentos antes entregado
al trabajo, all en la cima de la colina? Acaso las aves del campo
pretendan llevarse en sus picos el escaso almuerzo que haba dejado
sobre un montn de piedras? por qu corra con aquella furia, ladera
abajo, cual si de la velocidad de su carrera dependiera su vida?
Por qu hunda sus piernas hasta la rodilla en el polvo, y devoraba
distancias sin detenerse a tomar aliento, hasta que lleg a la fuente?

En derredor de sta se haba congregado toda la poblacin de la aldea,
y all permaneca con la consternacin pintada en sus semblantes,
hablando con voz muy baja, bien que sin revelar otras emociones que
las de curiosidad sombra y profunda sorpresa. En la embocadura de la
calle se vean gentes del castillo, servidores de la casa de postas y
todas las autoridades de la aldea, ms o menos armadas. El caminero
haba penetrado ya en el centro de un grupo, formado por unos cincuenta
amigos particulares suyos, con los cuales hablaba con muestras de
excitacin. Qu significaba todo esto? Sobre todo, qu significaba
la llegada del seor Gambelle, que sentado a la grupa de un caballo,
montado tambin por un servidor del castillo, se aproximaba a la
aldea a galope tendido, no obstante la doble carga, cual si quisiera
representar, un poquito modificada, la leyenda alemana de Leonora?

Todo ello significaba que, en el castillo, las caras de piedra haban
aumentado en una aquella noche.

El Gorgon que presidi la ereccin del castillo decidi sin duda
visitar su obra durante la noche, advirti que faltaba una faz de
piedra, la misma que probablemente estaban esperando desde doscientos
aos antes, y la aument.

La cara de piedra reposaba boca arriba sobre la mullida almohada del
lecho del seor Marqus. Pareca mascarilla finsima, de expresin
un poquito asustada o airada. Pegado a la cabeza haba un tronco de
hombre, tambin petrificado, y envainado en el corazn de ese tronco se
vea un cuchillo. En derredor del pomo del cuchillo haba un papel, en
el cual alguien haba garrapateado las siguientes palabras:

_Llvale veloz a la tumba. De parte de Santiago._


X

DOS PROMESAS

Pasaron doce meses. Carlos Darnay se haba establecido en Inglaterra
como maestro de idioma francs y de literatura francesa. Hoy le daran
el pomposo nombre de profesor; en aquella poca se le llamaba tutor.
Enseaba a jvenes que disponan de tiempo y deseaban aprender una
lengua viva que se hablaba en todo el mundo. Maestros como Darnay
no se encontraban con facilidad en aquellos tiempos. Los prncipes
y los reyes distaban mucho de poder figurar entre la clase de los
que pueden ensear, y la nobleza arruinada no pensaba en perder la
vista trabajando sobre los Libros Mayores del Banco Tellson, ni en
consagrar sus aptitudes a las artes culinarias o de carpintera. No
tard en hacerse conocido el joven Darnay, quien como maestro posea
el secreto de hacer que sus discpulos encontrasen agradables sus
lecciones, y como traductor saba poner en sus trabajos algo ms que
los conocimientos derivados de la gramtica y del diccionario. Como
quiera que, por otra parte, supo asimilarse las costumbres del pas en
que viva, no es de admirar que con algo de perseverancia, consiguiera
prosperar.

Cuando se traslad a Londres, no lo hizo llevado de la esperanza de
pasear sobre aceras de oro ni de dormir sobre lecho de rosas. De haber
abrigado esas esperanzas, a buen seguro que no hubiese prosperado.
Esperaba trabajo, lo encontr, se dedic con ardor a l, sac de su
labor todo el partido posible: ese fu el secreto de su prosperidad.

Pasaba parte del tiempo en Cambridge, hablando con los estudiantes y
ensendoles, como de contrabando, lenguas europeas y prescindiendo del
griego y del latn, sobradamente enseados en aquel establecimiento
docente, y el resto del da permaneca en Londres.

Pero pasemos a otro asunto menos ingrato. Desde los remotos tiempos en
que la humanidad disfrutaba de un verano perpetuo, hasta los que hoy
padecemos, en los cuales hemos de conformarnos con un invierno no menos
perpetuo, el mundo ha seguido invariablemente el mismo derrotero; el
derrotero de Carlos Darnay... el derrotero del amor a la mujer.

Habase enamorado de Luca Manette el da en que el peligro se cerna
sobre su cabeza. En sus odos no haba resonado nunca una voz de
acentos tan armoniosos, tan delicados, tan tiernos, como los que en
la ocasin indicada supo aquella poner en su compasiva voz, ni sus
ojos vieron jams rostro tan encantador, tan angelical como el de
Luca, cuando sta le vea al borde mismo de la fosa que a sus pies
haban abierto falsos acusadores. Sus labios, empero, no haban dejado
traslucir el secreto de su corazn. El asesinato perpetrado al otro
lado del Canal, en desierto castillo, aquel robusto castillo de piedra,
databa de un ao, y el joven Darnay a nadie haba revelado el estado de
su alma.

Que para obrar de esa suerte tena Darnay sus razones, sabalo l
perfectamente; pero fuera que stas hubieran desaparecido, fuera que no
pudiera mantener encerrado por ms tiempo en su pecho el secreto, ello
es que un da de verano, a su regreso de Cambridge, dirigi sus pasos
hacia el tranquilo rincn de Soho, resuelto a abrir su pecho al doctor
Manette. El da estaba prximo a terminar, y saba que Luca habra
salido con la seorita Pross.

Encontr al doctor leyendo junto a la ventana. Las energas que en
otro tiempo le sostuvieron impidiendo que cayera abrumado bajo el peso
de sus torturas, habanle restablecido gradualmente. Era ya un hombre
fuerte en sus propsitos, enrgico en sus resoluciones, vigoroso en sus
actos. Estudiaba mucho, dorma poco, soportaba sin esfuerzo grandes
fatigas, y se le vea constantemente contento y feliz. Al ver entrar en
su estudio a Carlos Darnay, dej el libro y alarg al recin llegado su
diestra.

--Amigo Darnay!--exclam.--Cunto placer me produce su visita! Desde
hace tres o cuatro das esperbamos su regreso. Ayer estuvieron aqu
los seores Stryver y Carton, y ambos estaban contestes en afirmar que
nos privaba usted de su presencia ms de lo debido.

--Les agradezco muy de veras el inters que esos seores me
demuestran--contest Darnay con alguna frialdad.--Y la seorita Luca?

--Est bien, muchas gracias. Su regreso de usted ser para todos
nosotros motivo de alegra... Ha salido de compras, pero no tardar en
volver.

--Saba que se hallaba fuera de casa, doctor. Precisamente he
aprovechado la ocasin de que saliera para solicitar de usted una
conferencia.

Call el doctor.

--S?--pregunt al fin.--Acerque una silla y hablaremos.

El joven acerc una silla sin dificultad, pero parece que la encontr
para dar comienzo a la conferencia.

--He tenido la felicidad de frecuentar tanto esta casa--principi
diciendo al fin--desde hace ao y medio, que espero que el tema que voy
a tocar no ha de ser...

Interrumpile el doctor alargando una mano.

--Es Luca el tema en cuestin?--pregunt.

--Luca es.

--Siempre me afecta profundamente hablar de Luca; pero me es doloroso
oir hablar de ella en el tono que usted lo hace, Darnay.

--Es el tono de la admiracin ferviente, del homenaje entusiasta, del
amor ms profundo, doctor--replic Darnay.

Otra pausa ms prolongada que la anterior.

--Lo creo. Con gusto hago a usted justicia... lo creo.

La contrariedad del doctor era tan visible, que Darnay, comprendiendo
que haba abordado un tema que disgustaba al padre, vacil.

--Puedo continuar, seor?--pregunt.

Nueva pausa.

--S; contine usted.

--Adivina usted lo que voy a decir, bien que es imposible que adivine
con cunto fervor lo digo y con cunto fervor lo siento, pues para
ello sera preciso que penetraran sus miradas hasta el fondo ms
ntimo de mi alma, para ver all las esperanzas y temores, los anhelos
y ansiedades que la abruman bajo su peso. Mi querido doctor Manette,
amo a su hija con amor entraable, inmenso, desinteresado, ferviente;
la amo como muy pocos han amado en el mundo. Usted ha amado tambin,
doctor: hable por m el amor que en otros tiempos apresur los latidos
de su corazn!

El doctor, que escuchaba al joven con la cabeza ligeramente vuelta
y fijos en tierra los ojos, extendi vivamente un brazo al oir las
palabras ltimas, y exclam:

--No...! No hable usted de eso!... No me lo recuerde, por lo que ms
quiera!

Darnay guard silencio.

--Perdneme usted--repuso el doctor al cabo de algunos segundos.--No
dudo que usted ama a Luca...

Sin mirar a Darnay, sin alzar los ojos del suelo, con semblante triste,
pregunt:

--Ha hablado usted de su amor a Luca?

--Nunca.

--Le ha escrito?

--Jams.

--Sera yo poco generoso si desconociera que en su abnegacin ha
entrado por mucho la consideracin al padre. El padre da a usted las
gracias.

Ofreci la diestra a su interlocutor, pero sus ojos no siguieron el
movimiento de la mano.

--S--dijo Darnay con mucho respeto--s... cmo no saberlo, si he
visto a ustedes la mayor parte de los das? s que entre usted y Luca
media un cario tan tierno, tan excepcional, tan conmovedor, tan en
armona con las circunstancias que han presidido su nacimiento y
desarrollo, que aun en la ternura que liga a los padres con sus dbiles
hijitos sera difcil encontrar precedentes. S, doctor Manette, que
juntamente con el cario de la hija, que es ya mujer, alienta en el
corazn de sta todo el amor de la infancia. S que, por lo mismo que
durante su niez se vi privada de las caricias de su padre, hoy se
ha consagrado a usted con toda la constancia, con todo el fervor que
la dan sus aos y su carcter. S perfectamente bien que, si usted,
despus de muerto, hubiera descendido del cielo para acompaar a su
hija en la tierra, no podra ser ni ms querido, ni ms sagrado, ni
ms reverenciado de lo que hoy es. S que cuando su hija le abraza,
son los brazos de la nia, los brazos de la doncella, los brazos de
la mujer los que con ternura infinita rodean su cuello. S que Luca,
amando a usted como hoy es, ama a una madre tan joven como ella y a un
padre tan joven como yo; ve y adora a una madre contristada, sumida
en insondables mares de amargura, y ve y adora a un padre sepultado
en vida. Todo esto lo s, lo he estado viendo noche y da, pues para
saberlo, me ha bastado ver a ustedes en el sagrado del hogar.

El padre continuaba sin variar de actitud, doblada la cabeza y bajos
los ojos. Su respiracin se hizo un poquito entrecortada, pero no
revel otras seales de agitacin.

--Y sabindolo, doctor Manette, convencido de que interponer entre
ustedes un amor... mi amor, equivale a introducir en su cielo algo que
es menos sublime que ste, he procurado imponer silencio a mi corazn,
me he resistido hasta el ltimo lmite. No puedo ms!... La amo!...
El Cielo me es testigo de que la amo!

--Lo creo--contest el padre con acento doloroso.--Lo vena sospechando
de antiguo... Lo creo.

--Pero sentira--repuso Darnay, quien crey ver una reconvencin en el
acento doloroso del doctor--sentira que creyera tambin que, si fuese
tan inmensa mi fortuna que un da me fuera dado llamarla mi mujer,
haba de intentar separar a ustedes ni pronunciar una sola palabra
distinta de las que en este momento salen de mis labios. Bien se me
alcanza que sera intil; pero de todas suertes, no soy yo capaz de
cometer vileza semejante. Si pensamientos tan bajos rozaran siquiera mi
mente, no sera yo digno de tocar esta mano honrada--aadi, tendiendo
la suya a su interlocutor.--No, mi querido doctor Manette; como a
usted, me aleja de Francia un destierro impuesto voluntariamente; como
usted, he hudo de ella para no ver sus desaciertos, sus opresiones,
sus miserias; como usted, he resuelto expatriarme, vivir del trabajo
de mis manos y cifrar mis esperanzas en un futuro ms venturoso. Mi
aspiracin nica es compartir su suerte de usted, compartir su vida y
su hogar, y serle fiel hasta la muerte. No aspiro a tener participacin
en el preciado privilegio de Luca en su calidad de hija y compaera
amante de su vida; sino a robustecer ese privilegio, a unirla ms
estrechamente a usted, suponiendo que eso sea posible.

La mano del joven continuaba sobre la del padre, quien tena las suyas
sobre los brazos del silln en el que estaba sentado. Por primera vez
desde el comienzo de la conferencia, alz el doctor los ojos del suelo.
Su cara reflejaba la lucha que se libraba en su interior.

--Habla usted con tanta ternura, y a la par con tanta entereza, Carlos
Darnay, que le doy las gracias con todo mi corazn, y voy a ponerle
de manifiesto... casi de manifiesto el mo. Tiene usted motivos para
creer que Luca corresponda a su amor?

--Ninguno.

--El objeto inmediato de esta confidencia, es cerciorarse desde luego
y con mi autorizacin de ese extremo?

--Ni eso siquiera. No espero obtener esa dicha en muchas semanas,
aunque, como es natural, deseara salir de dudas maana mismo.

--Busca usted que yo le aconseje y gue?

--Tampoco he venido con nimo de solicitar sus consejos y ayuda; pero
s creyendo que, si en su mano est ayudarme, y lo considera justo, me
proporcionar algn auxilio.

--Entonces, lo que usted busca es una promesa ma.

--En efecto; eso busco.

--Qu promesa es?

--Bien convencido estoy de que, sin usted, nada puedo esperar: bien
convencido estoy de que, aun cuando Luca me amara como yo la amo...
y no crea usted que mi presuncin llegue a suponer semejante cosa, de
nada me servira, si mi amor fuese incompatible con el que debe a su
padre.

--Siendo as, estar bien convencido de...

--Estoy convencido tambin de que, una sola palabra pronunciada por su
padre en favor de cualquier aspirante a su mano, pesara decisivamente
en su nimo, y precisamente porque de ello estoy convencido, doctor
Manette, no he de solicitar esa palabra, aun cuando de ella dependiera
mi vida--termin el joven, con modestia, pero con decisin varonil.

--De ello estoy seguro, Carlos Darnay. Los misterios suelen brotar de
los amores profundos y de las divisiones anchas: en el primer caso,
los misterios son sutiles, delicados y de difcil penetracin. Bajo
este aspecto, Luca es para m un misterio: ni aproximadamente me es
dado adivinar el estado de su corazn.

--Me permitir preguntar, doctor, si ella...?

--Si tiene algn otro pretendiente?

--Eso fu lo que quise decir.

El padre contest al cabo de algunos momentos de reflexin:

--Ha visto usted mismo que vienen a esta casa con alguna frecuencia los
seores Carton y Stryver; si alguien aspira a la mano de mi hija, ser
en todo caso uno de los dos.

--O los dos--observ Darnay.

--No se me ha ocurrido que puedan ser los dos; es ms: ni creo probable
que sea ninguno de los dos. Pero me ha dicho usted que desea de m una
promesa: dgame de qu se trata.

--La promesa que deseo obtener es que, si algn da su hija hiciera
a usted la confianza que yo acabo de hacerle, la repitiera usted mis
palabras, aadiendo que cree en la sinceridad de las mismas. Creo
merecerle a usted bastante buena opinin para no tomar partido en
contra ma. Yo, por mi parte, cumplir estrictamente la condicin sobre
la cual fundo mi splica, porque a que la cumpla tiene usted derecho
indiscutible.

--Hago la promesa que usted desea, sin condicin alguna--respondi el
doctor.--Creo firmemente que su objeto es el que me ha expuesto; creo
que intenta usted perpetuar, y en ningn caso debilitar, los lazos que
me unen a quien me es ms querida que yo mismo. Si algn da me dice
mi hija que usted le es necesario para su felicidad, me apresurar a
entregrsela. Si existieran, Carlos Darnay, si existieran...

El joven estrech agradecido la mano del doctor.

--... Caprichos, motivos verdaderos, aprensiones, cualquier otra cosa,
antigua o reciente, en contra del hombre a quien mi hija amase de
veras..., siempre que la responsabilidad no fuera personalmente suya...
todo lo olvidara por amor a aqulla. Lo es todo para m. Ante su dicha
callan todos los agravios que yo haya recibido, todos los tormentos
que... Estoy diciendo lo que no viene al caso!

Tan singular fu el tono que el doctor di a sus palabras, tan singular
la brusca interrupcin, tan singular la mirada que diriga a su
interlocutor, que ste sinti penetrar el fro hasta el fondo de su
corazn.

--Sin darme cuenta he desviado la conversacin--aadi el doctor
sonriendo.--Qu era lo que me deca?

No supo Darnay qu contestar en el primer momento, hasta que record
que haba hablado de una condicin. Ms tranquilo entonces, dijo:

--A su confianza tengo el deber ineludible de contestar con la ma. Mi
apellido actual, aunque apenas si discrepa del de mi madre, no es el
mo, conforme sabe usted. Deseo decirle cul es el que me corresponde,
y explicarle los motivos de encontrarme en Inglaterra.

--No! Cllese usted!

El doctor llev ambas manos a sus odos y a continuacin a los labios
de Darnay.

--Lo deseo, porque quisiera merecer su confianza y no tener secretos
para usted.

--No! Me lo dir usted cuando se lo pregunte, pero en manera alguna
ahora! Si sus aspiraciones entran en vas de realizacin, si Luca
corresponde a su amor, me har esas revelaciones la maana misma de su
matrimonio. Me lo promete?

--Con mucho gusto.

--Dme su mano. Mi hija llegar de un momento a otro, y no quisiera que
nos encontrara juntos esta noche. Vyase... y que Dios le bendiga!

Haba cerrado la noche cuando sali Carlos Darnay, y aun tard Luca
una hora en llegar. Corriendo se dirigi a la habitacin en que sola
estar su padre, no siendo pequea su sorpresa al encontrar vacante el
silln que aqul ocupaba invariablemente cuando lea.

--Padre!--llam.--Mi querido padre!

Nadie contest; pero como llegaran a sus odos repetidos martillazos
que sonaban en la alcoba de su padre, hacia esta se dirigi corriendo.
Mir por la puerta, y retrocedi asustada, llorando.

--Qu har, Dios mo, qu har?--exclam.

Un instante nada ms duraron sus incertidumbres. Llam con los nudillos
en la puerta y pronunci en voz muy baja el nombre de su padre. Cesaron
inmediatamente los martillazos, sali su padre, la mir silencioso, y
comenz a pasear por la estancia. Luca caminaba a su lado.

A la maana siguiente, Luca entr muy temprano en el dormitorio del
doctor. Encontrle durmiendo profundamente. No observ alteracin
alguna en la banqueta de zapatero, ni en las herramientas ni en el
zapato sin terminar.


XI

ENTRE COMPAEROS

--Prepara otro ponche, Sydney--dijo el abogado Stryver aquella misma
noche, ya de madrugada, a su compaero el chacal.--Tengo que hacerte
una confidencia.

Desde algunas noches antes, Sydney trabajaba con ardor a fin de
disminuir y acabar con el monte de papeles que esperaban turno en la
mesa de trabajo antes de salir de vacaciones. Todos quedaron al da;
ya no haba que hacer otra cosa que esperar la llegada del mes de
noviembre, prdigo en nieblas atmosfricas y en nieblas legales.

No era Sydney un dechado de sobriedad y de templanza: aquella noche
hubo de aumentar en dos el nmero de las toallas empapadas en agua fra
que sola aplicar a su cabeza, de la misma manera que duplic tambin
la cantidad de vino ingerido con anterioridad a la aplicacin de las
toallas.

--Ests preparando el otro ponche?--pregunt Stryver, desde el sof
sobre el cual estaba tumbado de espaldas.

--S.

--Escucha, pues. Voy a revelarte algo que seguramente te maravillar, y
quin sabe si hasta te har creer que soy mucho menos listo de lo que
aparento. He pensado casarme.

--T?

--S. Aun te sorprender ms el saber que no me caso por mviles de
dinero. Qu me dices?

--No siento comezn de decir mucho. Quin es ella?

--Adivnalo.

--La conozco?

--Adivnalo.

--No me parece ocasin propicia para echarme a adivinar, a las cinco
de la madrugada y con la cabeza convertida en volcn en erupcin. Si
quieres que adivine, convdame a comer.

--Puesto que no quieres adivinar, te lo dir yo--dijo Stryver,
sentndose perezosamente.--Por supuesto, que no abrigo la ms
insignificante esperanza de hacerme comprender de ti, sencillamente
porque eres y has sido siempre un perro insensible.

--En cambio t has sido siempre y eres un espritu todo sensibilidad y
poesa--replic Sydney con acento irnico.

--Hombre!...--exclam Stryver riendo.--No aspiro a pasar plaza de
hroe de novela sentimental, pero no me negars que soy ms blando que
t.

--Querrs decir ms afortunado.

--No; he querido decir ms... ms...

--Galante: acert ahora?

--Bueno! Diremos galante! Mi intencin era decir que yo soy hombre
que cuido de hacerme ms agradable, que me tomo ms inters para
hacerme ms agradable, que s la manera de hacerme ms agradable a las
mujeres que t.

--Adelante--dijo Sydney Carton.

--Ten calma, amigo mo--replic Stryver, moviendo la cabeza.--Antes
de seguir adelante, quiero hacer constar lo siguiente: Has visitado
con tanta, con ms frecuencia que yo la casa del doctor Manette, y
francamente, me ha avergonzado la aspereza de carcter, el ceo que
siempre has mantenido all. Tus modales han sido los de un perro
malhumorado y tu manera de ser tan ttrica, que he salido avergonzado
de ti, Sydney.

--Deberas estarme altamente agradecido, Stryver, porque los hombres de
tu profesin no suelen avergonzarse de nada--replic Carton.

--No te salgas por la tangente, Sydney. Considero deber mo decirte,
y te lo digo en tus barbas, porque creo hacerte un favor, que careces
de condiciones para estar en sociedad. Eres un compaero decididamente
desagradable.

Sydney bebi un trago de ponche y solt la carcajada.

--Mrame a m!--repuso Stryver, ponindose en pie y en actitud
arrogante.--Menos necesidad tengo que t de hacerme agradable, toda vez
que mi posicin es mil veces ms independiente que la tuya. Por qu,
pues, consigo siempre hacerme agradable?

--En mi vida vi que te lo hicieras.

--Me hago agradable porque as lo exige la finura de modales y porque
lo tengo en la masa de la sangre. Prosigo.

--Lo que no prosigues, segn veo, es la exposicin de tus proyectos
matrimoniales. En cuanto a lo dems, hazme el favor de no proseguir.
No te convencers nunca de que soy incorregible?

Carton hizo esta pregunta con entonacin sarcstica.

--Para ser incorregible sera preciso que tuvieras negocios, y yo no s
que los tengas--replic Stryver un poquito picado.

--Que yo sepa, no los tengo... Quin es la favorecida?

--No quisiera que la mencin del nombre te produjera pena o
desagrado--dijo Stryver, preparando con circunloquios amistosos la
revelacin que iba a hacer.--Me consta que no sientes ni la mitad de
lo que dices, aunque, a decir verdad, si lo sintieras todo, sera
igual, pues no tendra importancia. Hago este prembulo porque en una
ocasin hablaste con bastante ligereza de la seorita cuyo nombre voy a
pronunciar.

--Yo?

--T, s; y en esta misma habitacin.

Carton se obsequi con otro vaso de ponche y mir a su amigo.

--Refirindote a la seorita a que aludo, dijiste que era una mueca
de cabellos de oro. La seorita a que me refiero es la seorita Luca
Manette. Si conocieras la sensibilidad, si fueras hombre de delicadeza
de sentimientos, me habra molestado que hablaras de ella como lo
hiciste; pero como ni eres sensible ni delicado, no hice caso de tu
ligereza. Careces de entrambas cualidades, y por tanto, cuando a mi
memoria acude tu expresin, la doy la misma importancia que dara a
la opinin de un ciego que afirmara que era malo un cuadro pintado
por m, o a la de un sordo-mudo que pretendiera poner defectos a una
composicin musical obra ma.

Carton continuaba menudeando las visitas a la ponchera.

--Ya lo sabes todo, Sydney--prosigui Stryver.--Me caso con esa nia,
sin importarme que tenga o no fortuna. Es una criatura encantadora, y
me he propuesto hacerla feliz, y sin jactancias ni inmodestias creo
que puedo decir que lo he conseguido. Ocupo una posicin envidiable,
prospero y subo con rapidez y no me falta distincin. En una palabra:
soy para ella un tesoro, y me alegro, pues tesoros merece ella. Te
maravilla lo que oyes?

--Por qu me ha de maravillar?--respondi Sydney, entre trago y trago
de ponche.

--Lo apruebas?

--Por qu no he de aprobarlo?

--Vaya! Veo que lo tomas con mayor calma de la que yo esperaba, y
que, en obsequio mo, eres menos mercenario de lo que crea. No me
sorprende, en medio de todo, pues sabes perfectamente que tu antiguo
condiscpulo se ha distinguido siempre por su entereza de carcter.
S, Sydney, s; me hasta la vida que hago y ha llegado el momento de
variarla. Me he convencido de que es una delicia para un hombre tener
un hogar, crearse una familia, si a ello siente inclinaciones, y estoy
seguro de que la seorita Manette lo embellecer y honrar siempre.
Estoy, pues, resuelto, firmemente decidido. Y ahora, Sydney, mi querido
amigo, me permitirs que te diga cuatro palabras sobre tu situacin.
Caminas por derroteros falsos, por mal camino; eso lo sabes tan bien
como yo mismo. Desconoces el valor del dinero, vives vida desordenada,
no piensas en el maana, y en suma, tu conducta no puede conducirte ms
que a las enfermedades y a la miseria. Creo que necesitas buscarte una
enfermera.

El tono de proteccin con que hablaba Stryver acentuaba la
impertinencia de sus palabras y las haca doblemente ofensivas.

--No te ofenda que ahora te recomiende que estudies la cuestin de
frente y sin prevenciones estpidas tal como la he estudiado yo,
aunque nuestra condicin respectiva difiere mucho. Csate. Busca a
quien cuide de tu persona. No importa que la compaa de las mujeres
no sea de tu gusto; no importa que carezcas de inteligencia, de tacto
para tratarlas. Busca una mujer respetable que tenga algunos bienes,
y csate con ella cuanto antes, nica manera de prevenirte con tiempo
contra las calamidades e incertidumbres de la vida. He terminado.
Piensa en ello, Sydney.

--Lo pensar--contest Sydney Carton.


XII

EL CABALLERO DELICADO

Una vez resuelto el seor Stryver a labrar la felicidad de la seorita
Manette, nada ms natural que hacerla saber cuanto antes la dicha que
en su magnanimidad la haba deparado. Despus de debatir mentalmente
y con el detenimiento debido un punto tan importante, lleg a la
conclusin de que deba dar desde luego, antes de salir de vacaciones,
los pasos preliminares, dejando para ms tarde el sealamiento del
da de la boda, que podra celebrarse una o dos semanas antes de la
_sanmiguelada_, o bien durante las breves vacaciones de las Pascuas de
Nochebuena.

Que tena ganado de antemano el pleito era tan evidente, que hubiera
sido necio dudarlo. Tratbase de un pleito claro, sin punto dbil, de
uno de esos pleitos en los que basta formular la demanda para obtener
sentencia favorable. Hasta podra dispensarse de la molestia de razonar
su peticin. Para qu? El jurado fallara en su favor sin deliberar
siquiera: de ello estaba ms que persuadido el famoso abogado.

En consecuencia, Stryver inaugur sus vacaciones proponiendo a la
seorita Manette llevarla a los jardines de Vauxhall. Declinada
la oferta, invitla a Ranelagh; y como, con mucha sorpresa suya,
tampoco fuera aceptada esta invitacin, resolvi declarar las nobles
aspiraciones de su alma en la misma casita de Soho.

Una maana, Stryver sali del Tribunal del Temple y enderez sus pasos
hacia el plcido retiro en que viva el doctor Manette. Como quiera
que el Banco Tellson le tomaba al paso, sabedor de la amistad ntima
que mediaba entre el seor Lorry y los Manette, ocurrisele entrar en
el Banco y revelar a aqul la radiante estrella que derramaba vivos
resplandores en el horizonte de Soho. Abri, pues, la puerta, que
rechin speramente al girar sobre sus gastados goznes, descendi los
dos escalones, y no tard en presentarse en el despacho en que Lorry,
inclinado sobre sus libros, escriba interminables columnas de nmeros,
perfectamente alineados.

--Hola, seor Lorry!--exclam Stryver al entrar.--Cmo est usted?
Supongo que tan bien como siempre.

--Hola, seor Stryver!--respondi Lorry, estrechando la mano que el
abogado le tenda.--Muy bien, gracias; y usted? Desea algo de m,
seor Stryver?

--No... muchas gracias. Me trae el deseo de hacerle una visita
particular, seor Lorry; el deseo de decirle cuatro palabras a solas.

--Oh, las que usted quiera!--contest Lorry, cerrando el libro y
preparndose a oir.

--Voy...--comenz diciendo el abogado, apoyando sus codos sobre la mesa
y con tono confidencial,--voy a hacer una proposicin matrimonial a su
querida y agradable amiguita Luca Manette, seor Lorry.

--Demonio!--exclam Lorry, rascndose la barba y mirando perplejo al
abogado.

--Demonio?--repiti Stryver vivamente.--Eso es lo que a usted se le
ocurre decirme? Qu significa su exclamacin, seor Lorry?

--Es una exclamacin... amistosa... personal... puramente apreciativa,
que puede significar todo lo que usted desee que signifique. La verdad,
seor Stryver... me parece... encuentro...

--Basta!--respondi el abogado, descargando un manotazo sobre la
mesa.--Si entiendo lo que me dice, seor Lorry, que me cuelguen!

Lorry ajust a su cabeza su peluqun, y qued mirando a su interlocutor
mordiendo las barbas de su pluma.

--Es que me considera usted _no_ elegible?--pregunt Stryver, mirando
con fijeza a su interlocutor.

--Muy al contrario, seor Stryver! S... es usted elegible.

--No soy buen partido?

--Buen partido; s... por qu no?

--No progreso? No medro?

--S, seor... quin lo duda?

--Entonces, qu demonios quiere decir su actitud?

--Pues... yo... Dgame: adnde iba usted ahora?

--De frente al asunto--contest Stryver, dando un puetazo sobre la
mesa.

--Si yo me encontrara en su lugar, lo dejara para mejor ocasin.

--Por qu?--tron el abogado.--Voy a estrechar a usted hasta el ltimo
lmite. Como hombre de negocios que es usted, est en la obligacin de
hablar con motivo justificado. Vengan los motivos: por qu no ira
usted?

--Porque se trata de un asunto que no abordara yo nunca sin contar con
esperanzas fundadas de conseguir la realizacin de mi deseo.

--Ira de Dios!--grit Stryver.--Es una razn que tumba de espaldas!

Lorry no contest.

--He aqu a un hombre de negocios, un hombre de aos, un hombre de
experiencia... en un Banco, quien despus de admitir la existencia
de las tres razones principales, cada una de las cuales basta por s
sola para asegurar el xito, se descuelga diciendo que no existe razn
alguna. Si eso no es el ms desatinado de los desatinos, venga Dios y
lo vea!

--Cuando me refer al xito, pensaba en la seorita Manette, y al
hablar de causas y razones en que fundar las esperanzas de ver
realizado el deseo, me refera a causas que lo fueran en realidad para
la seorita Manette. S... mi buen amigo... la seorita, porque la
seorita es el juez nico e inapelable.

--Entonces, lo que usted quiere decirme, seor Lorry, es que la
seorita, en opinin de usted, es una tonta melindrosa.

--Me interpreta usted de una manera lastimosa, seor Stryver--replic
Lorry, rojo de clera.--Lo que he querido decir, y lo que digo, es
que no tolerar que lengua alguna pronuncie una palabra irrespetuosa
acerca de la seorita Manette, y que si supiera de algn hombre... que
quiero creer que no existe, de algn hombre de gusto tan grosero y
temperamento tan arrebatado, que osara hablar con poco respeto de la
seorita Manette, la consideracin de encontrarnos en el Banco Tellson
no sera bastante para que yo dejara impune su grosera.

La necesidad de contener dentro del pecho la clera que pugnaba por
hacer explosin haba puesto a Stryver en estado de nimo peligroso; en
cuanto a Lorry, no obstante tener acostumbrada su sangre a no alterarse
por nada ni por nadie, se hallaba en situacin de nimo tan peligrosa
como la del abogado.

--Ya sabe usted lo que quera decirle, caballero--repuso Lorry.--Mucho
le agradecer que no lo olvide.

Sigui un rato de silencio, durante el cual Stryver chupaba el extremo
de un cuadradillo de hierro que haba tomado de la mesa. Al fin rompi
el silencio, verdaderamente penoso, diciendo:

--Tan nuevo es lo que usted me dice, seor Lorry, tan inconcebible, que
no acierto a comprenderlo bien, pese a la claridad de sus palabras. Me
aconseja de veras que no me presente en Soho, y ofrezca mi mano... la
mano del famoso abogado Stryver, a la hija del doctor Manette?

--Me pide usted franqueza, seor Stryver?

--S.

--Perfectamente. Ha repetido usted palabra por palabra y letra por
letra lo que yo debo contestar. No se presente usted en Soho, ni
ofrezca su mano... la mano del brillante abogado Stryver, a la hija del
doctor Manette.

--Y yo contesto que eso... ja, ja, ja, ja! da ciento y raya a todos
los desatinos pasados, presentes y futuros.

--Pongamos los puntos sobre las es--aadi Lorry;--como hombre de
negocios, nada puedo decir sobre el asunto que debatimos, porque como
hombre de negocios, nada s: pero como amigo antiguo de la casa, como
hombre que ha mecido a la seorita Manette en sus brazos, que es el
amigo de confianza de la seorita Manette y de su padre, como hombre
que quiere a los dos con cario entraable, puedo hablar, y como tal he
hablado. Ahora bien: cree usted que puedo estar equivocado?

--Ni por pienso! El sentido comn es planta rara que crece en pocas
partes. Jams he tenido esperanzas de encontrarla fuera de m mismo.
Supona yo que acaso existiera donde, por lo visto, segn usted, slo
encuentra terreno abonado la insensatez. Me llevo un desencanto, lo
confieso, pues esperaba otra cosa; pero creo que tiene usted razn.

--Ni he hablado de terrenos abonados o por abonar para que en ellos
crezca la insensatez, ni tolerar... dentro o fuera del Banco Tellson,
que nacido alguno ofenda a personas cuyo nombre slo puede pronunciar
de rodillas!--grit Lorry, enfurecindose de nuevo.

--No se moleste usted: le ruego perdone frases dichas sin nimo de
molestar a nadie.

--Perdonado, y gracias. Lo que quise decir fu lo siguiente: sera
doloroso para usted sufrir un desengao, sera doloroso para el
doctor Manette verse en la precisin de ser explcito con usted, y
sera muy doloroso para la seorita Luca encontrarse en la dura
necesidad de hablar a usted con franqueza. Sabe usted que me cabe el
honor y la dicha de ser buen amigo de la familia. Pues bien: si usted
quiere que, sin ostentar representacin alguna suya, sin mezclar a
usted en nada ni para nada, haga observaciones nuevas que confirmen
o modifiquen las impresiones que hoy tengo, a ello me ofrezco desde
luego. Si el resultado de mis nuevas observaciones no le satisficiese,
dueo ser usted de comprobar personalmente su fundamento; en caso
contrario, habremos conseguido al menos evitar escenas y situaciones
desagradables. Qu le parece mi plan?

--Cunto tiempo tardara usted en contestarme?

--Oh! Es cuestin de pocas horas! Esta tarde puedo ir a Soho, y desde
all llegarme en derechura a su casa.

--Siendo as, me parece bien. Espero a usted esta noche... Buenos das!

Sali el seor Stryver del edificio del Banco llevando en su pecho una
tempestad de ira. Sobrbale penetracin para comprender que el banquero
no hubiera exteriorizado con la claridad que lo hizo sus opiniones
sobre el particular de no haber contado en su apoyo un fundamento tan
slido, que equivala a una certeza moral. Lejos estaba de pensar,
cuando entr en el Banco, que le esperase una pldora tan amarga; pero
no tuvo ms remedio que tragrsela.

--Te has puesto en situacin poco airosa, Stryver--se deca a s
mismo;--has hecho el ridculo... Aqu de tu talento forense para salir
bien del paso!

Claramente se vea que la pldora se le haba atragantado y que el
eminente abogado buscaba la forma de escupirla.

--Ah, mi querida seorita!--murmur al cabo de pocos momentos.--No
ser yo quien cargue con el ridculo!... Vas a tener el placer de
quedarte con el fruto de la familia de las cucurbitceas que me
reservas!

En efecto: aquella noche, cuando Lorry se present en la casa del
abogado, encontr a ste entre rimeros de papeles y pilas de libros
colocados de propsito sobre su mesa de trabajo, absorto en su labor
y ajeno por completo al asunto tratado aquella maana. Hasta pareci
sorprendido al ver a Lorry.

--He estado en Soho--dijo el emisario, al cabo de ms de media hora de
tiempo, empleada en vanas tentativas para abordar la cuestin.

--En Soho?--repiti con indiferencia glacial Stryver.--Ah... ya! Qu
cabeza la ma! Creer usted que no me acordaba de semejante cosa?

--Ya no me cabe la menor duda de que el consejo que a usted di fu
acertadsimo. Mis impresiones se han confirmado plenamente.

--Crea usted que lo lamento muy de veras por usted--contest Stryver
con calma perfecta,--y no menos de veras por el pobre padre. Es un
incidente que la familia recordar siempre con dolor, y que... Pero no
hablemos de ello.

--Confieso que no comprendo.

--Lo creo; pero no importa... no importa.

--Al contrario--replic Lorry,--importa, y deseara que se explicase.

--Repito que no importa. Cre ver sentido comn y ambicin laudable
donde no existe lo uno ni lo otro. Me enga, quedo curado de mi error,
y asunto concludo. Por fortuna, mi error es de los que no acarrean
perjuicios a quien fu de l vctima. Son muchas las damiselas que han
cometido locuras semejantes, de las cuales han venido a arrepentirse
cuando no era ya tiempo, cuando se han visto sumidas en la ruina y en
la miseria... Pobrecillas!... No las culpo! A fe que son dignas de
compasin! Es tan irreflexiva la juventud!... Visto lo ocurrido desde
un punto de vista puro de todo egosmo, lo siento, porque para ella
hubiera sido un buen negocio, y si lo estudio a travs del prisma de mi
egosmo, no puedo menos de celebrar un fracaso que me evita hacer un
negocio desastroso. Comprender usted, sin que yo se lo diga, que yo,
lejos de salir ganando, perda, y no poco. Por supuesto, hasta ahora
ningn dao me ha hecho. No he ofrecido mi mano a esa seorita, y aqu
para nosotros, hablando con franqueza, nunca pens en hacer semejante
ofrecimiento. Siga mi consejo, seor Lorry: no intente usted nunca
luchar contra las frivolidades y locuras de esas cabecitas casquivanas
si no quiere cosechar desencantos a granel... No... hgame el favor!
Dejemos esta conversacin. Repito que lamento lo ocurrido por los dems
pero que me alegro por lo que a m toca. Nunca agradecer a usted
bastante el consejo que me di. Conoce usted a esa seorita mucho mejor
que yo... Tena usted razn... Se me ocurri cometer un desatino aunque
seguramente no habra llegado a cometerlo.

Fu tal el desconcierto, la estupefaccin de Lorry, que no se le
ocurri otra cosa que mirar con expresin estpida a su interlocutor,
cuya cara reflejaba generosidad, nobleza y buenos deseos.

--Crame usted, mi querido amigo!--repeta Stryver mientras acompaaba
a Lorry hasta la puerta,--siga mi consejo. Muchas gracias... Buenas
noches!

Lorry se encontr en la calle antes de darse cuenta de lo que le
pasaba. Stryver qued tendido boca arriba en el sof mirando al techo.


XIII

EL SUJETO NO DELICADO

Si en alguna ocasin, o en alguna parte, brill Sydney Carton, a
buen seguro que no fu en la morada del seor Manette. La visit con
bastante frecuencia durante un ao entero, y siempre estuvo triste,
taciturno, caviloso. Y no es que careciera de oratoria, no; saba
hablar perfectamente cuando se lo propona; pero era tan tupida la nube
que le envolva, que muy contadas veces consiguieron taladrarla los
destellos luminosos de su inteligencia.

Que las calles prximas a la casa mencionada, y hasta las piedras
insensibles de las aceras, ejercan sobre l misterioso atractivo,
no caba ponerlo en tela de juicio. Ms de una noche se le hubiera
encontrado rondando cual alma en pena aquellos lugares, sobre todo,
cuando el vino no llegaba a infiltrar en su pecho una alegra ficticia
y transitoria. Ms de una madrugada, los plidos fulgores de la aurora
naciente pusieron de manifiesto, no lejos de la casa del doctor, los
contornos de un bulto, que si no era Sydney Carton en persona, ofreca
con el de ste notable analoga. Ms de una maana, los primeros rayos
del sol, a la par que hacan resaltar las bellezas arquitectnicas
de los campanarios de las iglesias y de los edificios ms notables,
llevaban el desaliento al pecho del solitario noctmbulo, hacindole
ver que hay cosas que el hombre, con toda su buena voluntad, no puede
alcanzar. Desde algn tiempo antes, el lecho desordenado que en el
Tribunal del Temple tena Carton, rara vez mereca el honor de ser
usado por su propietario, siendo de notar que, aun cuando por excepcin
ocurriera esto ltimo, Carton se levantaba al cabo de pocos minutos
para continuar sus peregrinaciones.

Un da del mes de agosto, cuando ya el seor Stryver, despus de
manifestar a su amigo que reflexiones ms detenidas habanle inducido
a renunciar a sus proyectos matrimoniales, haba trasladado a
Devonshire los tesoros de finura y de delicadeza anejos a su persona,
uno de esos das de agosto en que los malos encuentran en el cliz
de las flores ricos manantiales de bondad, de salud los enfermos, y
de juventud los viejos y gastados, Carton, esclavo de su costumbre,
rondaba como alma en pena las calles. Caminaba irresoluto y sin rumbo
fijo; mas de pronto brillaron sus ojos; sus pies se animaron al soplo
de la intencin que brot en su cerebro, y fieles y sumisos esclavos de
esta ltima aqullos, llevronle en derechura a la puerta del doctor
Manette.

Luca, a la que encontr sola y entregada a sus labores, recibile con
alguna turbacin, y hasta es ms que probable que de poder hacer su
gusto se hubiera negado a recibirle, pues siempre la inspir cierta
sensacin de recelo la manera de ser de Carton. Sin embargo, al
cruzarse entre los dos las primeras frases, algo not en la expresin
del rostro de su visitante que la tranquiliz, primero, y luego excit
en su pecho la compasin.

--Se siente usted malo, seor Carton?--pregunt.

--No me encuentro bien, es cierto: pero la vida que llevo, seorita
Manette, no es el medio ms indicado para gozar de salud. Qu podemos
esperar los libertinos!

--Y no es lstima?... Le ruego que me perdone; pero ya que sin darme
cuenta, sali de mis labios el principio de la pregunta, la terminar,
bien que haciendo constar que nada ms lejos de mi nimo que el
propsito de ofenderle. No es lstima que no procure usted vivir vida
ms ordenada?

--Es algo ms que lstima! Dios sabe muy bien que es una vergenza!

--Entonces, por qu no se corrige?

Luca, que al formular la pregunta mir de frente a su interlocutor,
vi, con sorpresa mezclada de pena, que los ojos de Carton estaban
arrasados en lgrimas. Lgrimas destilaba tambin su voz cuando
contest:

--Ya no es tiempo... Nunca ser mejor de lo que hoy soy... antes al
contrario... empeorar... descender ms y ms...

Puesto de codos sobre la mesa, cubrise los ojos con las manos. La mesa
temblaba durante el penoso silencio que sigui.

--Perdneme, seorita Manette--repuso Carton.--Guardo un secreto que me
pesa demasiado y que deseara revelarla: ser tan buena que se digne
escucharme?

--Si escucharle ha de ser beneficioso para usted, seor Carton, si ha
de proporcionarle un contento que por lo visto no tiene ahora, hable
usted, que en escucharle tendr yo placer espacial.

--Dios, sin duda, la premiar la compasin con que me trata.

Serense algn tanto Carton, separ las manos de sus ojos y repuso, con
acento firme:

--No le alarmen mis palabras ni se asuste si le digo que he vivido ya
lo que deba vivir, que soy como el que ha muerto muy joven. Nada queda
en m capaz de fructificar... soy estril para el bien.

--No, seor Carton, no! Es usted joven, quedan en su alma sedimentos
de bondad. Segura estoy de que, con un poquito de buena voluntad, puede
hacerse muy digno de s mismo...

--Dgame que puedo hacerme digno de su piedad, al menos, seorita,
y aunque me consta que se equivoca, aunque leo en el fondo de mi
naufragado corazn el engao en que se halla, no lo olvidar jams.

Densa palidez cubri las mejillas de la nia: sus manos temblaban.

--Si un milagro de Dios, suponiendo que a tanto alcance la omnipotencia
divina, hubiera hecho posible que usted, seorita Luca, correspondiera
al amor del hombre que en este instante tiene ante sus ojos, al amor
de este ser degradado, perdido, libertino, borracho, de este despojo
repugnante de la humanidad... que no otra cosa soy... usted lo sabe
muy bien, la felicidad que inundara mi alma, con ser tan grande, no
me impedira ver que la unin de nuestros destinos arrastrara a usted
hasta el fondo de mis miserias, la sumira en los abismos del dolor y
del arrepentimiento tardo, la envolvera en olas de deshonra. De ello
estoy firmemente convencido; tan convencido como de que su corazn no
puede guardar ternuras para m. No las espero, no las pido! Es ms:
doy gracias al Cielo que las ha hecho imposibles!

--No podra salvar a usted, seor Carton, sin esas ternuras a que se
refiere? No podra yo?... Perdn otra vez! No podra yo mostrarle un
camino mejor, guiarle por senderos ms rectos? Ha de serme imposible
pagar de alguna manera la confianza que en m hace? Porque yo s que
se trata de una confianza--aadi Luca con modestia, bien que con
cierta vacilacin,--de una confianza que no depositara en nadie, y que
deposita en m. No podramos dar a esa confianza un giro beneficioso
para usted, seor Carton?

--No, seorita Luca--respondi Carton, moviendo con expresin de
amarga tristeza la cabeza.--Imposible. Conque me dispense la bondad de
escucharme durante algunos momentos ms, habr hecho en mi obsequio
cuanto puede hacer. Quiero que sepa usted que ha sido el sueo
ltimo de mi alma: quiero que sepa que su imagen y la de su padre,
la vista de este hogar, que lo es gracias a usted, han llegado hasta
el abismo profundo de mi degradacin y agitado all sombras que yo
crea muertas para siempre: quiero que sepa que, desde que conozco a
usted, siento el aguijn de remordimientos que yo supona sin vida
ni eficacia, y suenan en mis odos susurros de voces antiguas que yo
crea por siempre enmudecidas. Hasta he llegado a pensar seriamente en
empezar, en entablar nuevas luchas, en inaugurar una vida nueva, en
correr con arrestos nuevos a la palestra tantos aos ha abandonada!...
Quimeras... ilusiones, sueos que a nada prctico pueden conducir!
Pero quimeras, sueos e ilusiones evocados por usted, inspirados por
usted!

--Pero esas ilusiones, esos ensueos, algo habrn dejado en su alma...
Oh seor Carton! Busque... medite... pruebe!

--Es intil: perdera el tiempo, y adems no merezco vivir. Y sin
embargo, para que se forme usted idea del extremo inconcebible a
que llegan las aberraciones humanas, confesar que he tenido la
debilidad, tengo an la franqueza de desear que usted conozca la
rapidez prodigiosa con que me ha transformado a m, montn de cenizas
extinguidas y heladas, en fuego vivo... bien que en fuego en todo
semejante a mi naturaleza corrompida, en fuego que nada anima, que nada
ilumina, que para nada sirve, en fuego que se pierde.

--Puesto que he tenido la desgracia de hacerle ms desventurado de lo
que era antes de conocerme...

--No diga usted eso, seorita Luca; que si de redencin fuera yo
capaz, usted me habra redimido; si mis desventuras pudieran tener
trmino, usted se lo habra puesto. No es usted, no ha podido ser usted
causa de que mi desgracia sea mayor.

--Quise decir que, si el estado actual de su alma se debe a influencias
mas, no habra medio de encauzar esas influencias en forma que le
resultaran beneficiosas? Ningn bien puedo hacerle?

--El mayor, el nico que yo poda apetecer, me lo ha proporcionado ya.
Me permite usted que durante el resto de mi desordenada vida conserve
el recuerdo de que fu usted la ltima persona a quien abr mi corazn,
y la creencia de que en ste queda algo que ha merecido la piedad
compasiva de usted, y con ello me hace el mayor bien que pude soar.

--Con toda mi alma deseara convencerle, seor Carton, de que, con un
poquito de esfuerzo, y otro poquito de buena voluntad, conseguira
usted mejores cosas.

--La engaa su excelente corazn, seorita Luca. Crame usted: me
he puesto a prueba, y el resultado ha sido deplorable: soy incapaz
de redencin. S que estoy apenando a usted, y voy a terminar. He
depositado en un corazn puro e inocente el secreto ms dulce de mi
vida. Cuando el recuerdo de este da brote en mi memoria, me ser
permitido abrigar la consoladora creencia de que ese corazn lo ha
recogido y lo conserva, resuelto a no confiarlo a ningn otro?

--Si esa creencia es para usted un consuelo, abrguela usted.

--Me promete usted no revelarlo a nadie, ni aun a la persona que ms
querida le sea hoy, o pueda serlo en lo futuro?

--Seor Carton--respondi Luca con agitacin,--el secreto no es mo,
sino de usted: tenga la seguridad ms absoluta de que sabr respetarlo.

--Muchas gracias... y que Dios la bendiga!

Tom Carton la mano que Luca le tendi, la llev a sus labios, y
comenz a caminar hacia la puerta.

--Cuente usted, seorita Luca, con que jams har referencia a la
conversacin que acabamos de sostener. Si cayera muerto en este
instante, el secreto no quedara, por lo que a m toca, mejor guardado.
Un corazn puro, un corazn inocente es el arca santa donde desde hoy
quedan guardados mi nombre, mis extravos, mis miserias, mi confesin
postrera... Ah! A la hora de mi muerte, ser para m un consuelo
inefable abrazarme a este pensamiento, que ha de ser mi compaero
sagrado durante el resto de mi vida!

Lgrimas abundantes corran por las mejillas de Luca Manette.

--No llore usted, seorita Luca, que no merezco que nadie, y menos un
ngel como usted, vierta lgrimas por m. Dentro de una o dos horas,
amistades viles y hbitos viciosos, que desprecio, pero a los cuales
sucumbo, harn de m un objeto menos digno de esas lgrimas que el
ltimo despojo humano que arrastra sus miserias por las calles. Quiero,
sin embargo, hacer constar que, si exteriormente seguir siendo lo que
hasta el presente he sido, para usted, mi interior ser lo que ahora
es. Mi penltima splica tiene por objetivo rogar a usted que me crea.

--Le creo, seor Carton, le creo.

--Voy a dirigirle mi ruego ltimo y seguidamente la librar de la
presencia de un visitante en cuya alma degradada no puede encontrar la
suya de ngel una sola cuerda armnica, y de quien est usted separada
por un abismo sin fondo y sin bordes. S que decirlo es intil; pero
brota de mi alma y me es imposible callarlo. Por usted, y por cualquier
persona que usted quiera, lo har todo. Sacrificar una existencia
perdida, no es mrito alguno, lo s; pero si la Providencia me deparara
ocasin de sacrificarla, por usted y por las personas que le fueran
queridas la sacrificara con gusto. Procure retener en su memoria lo
que estoy diciendo. Vendr da, y no tardar, en que contraiga usted
nuevos lazos, lazos nuevos que la ligarn muy estrechamente al hombre
que tenga la dicha de merecerla, lazos los ms tiernos, los ms dulces,
los ms hermosos que pueden alegrar la humana existencia. Oh, seorita
Luca! En medio de la felicidad que la espera, cuando al rostro
feliz de su padre se una al de otro hombre que se mira en sus ojos,
acurdese alguna vez de que en el mundo vive un ser dispuesto a dar
en todo momento su vida a trueque de conservar la del mortal que usted
ame! El ltimo favor que la pido, es que no olvide mi ofrecimiento...
Adis... adis!... Que Dios la bendiga!


XIV

EL HONRADO MENESTRAL

Muchos y muy variados objetos desfilaban ante los ojos de Jeremas
_Lapa_, durante las horas que diariamente se pasaba sentado en su
rstico banco en la calle Fleet, acompaado de su poco agraciado
retoo. Quien se pasara las horas ms animadas del da en la calle
Fleet, sentado sobre un banco o sobre una silla, sobre una piedra
o sobre el duro suelo, necesariamente haba de salir de la jornada
aturdido y sordo, por efecto de las dos procesiones inmensas,
interminables que, no obstante seguir rumbos opuestos, una de Oriente
a Poniente, otra de Poniente a Oriente, caminaban fatalmente hacia el
mismo final, hacia el mundo que jams visitan los rayos rojos y prpura
del sol.

El buen _Lapa_, mascando la obligada paja, contemplaba el curso de
los dos gigantescos arroyos, semejante a aquel gentil rstico que
permaneci varios siglos contemplando el curso de un ro, sin ms
diferencia entre uno y otro que la de temer el segundo que el ro se
secase, y abrigar Jeremas la seguridad de que el curso de aquellos no
se interrumpira jams. Verdad es que esa seguridad era para _Lapa_
manantial de risueas esperanzas, toda vez que gran parte de sus
rentas las ganaba sirviendo de piloto a las mujeres que deseaban hacer
la travesa de la calle. Aunque por regla general, las seoras que
recurran a sus servicios haban entrado de lleno en el declinar de
la vida, y por otra parte, las relaciones entabladas durante la breve
travesa eran forzosamente de poca duracin, tanta impresin ejerca en
el fogoso Jeremas el bello sexo, que nunca prest un servicio de esa
clase sin expresar deseos vehementes de que le fuera concedido el honor
de beber a la salud de la acompaada.

Hubo tiempos en que los poetas se sentaban sobre un banco en los sitios
ms pblicos para pensar, y meditar, y reflexionar a la vista de los
hombres. Jeremas _Lapa_ se sentaba tambin en un banco y en sitio
pblico; pero como no era poeta, pensaba, reflexionaba y meditaba lo
menos posible, y en cambio miraba mucho.

Atravesaba uno de esos momentos angustiosos en que el trnsito
por la calle era escaso, y ms escasas las mujeres que deseaban
cruzarla, uno de esos momentos en que sus negocios presentaban cariz
tan desconsolador, que nuestro hroe lleg a recelar que su mujer
estuviera arrodillada y rezando en cualquier rincn, cuando llam
su atencin un torrente humano de caudal inusitado, que descenda
arrollador por la calle Fleet, siguiendo el curso mismo del sol, es
decir, hacia Oeste. Examinado el torrente, vi _Lapa_ que se trataba
de un entierro que sin duda no sera de gusto del pueblo, toda vez que
ste ofreca objeciones a su paso.

--Es un entierro, hijo--dijo Jeremas a su retoo.

--Viva... padre!--grit el hijo de _Lapa_, dando cuatro zapatetas en
el aire.

El caballerito puso en su grito de alegra una significacin misteriosa
que desagrad hasta tal extremo al padre, que acech, y aprovech muy
pronto la oportunidad, para agarrar a su retoo por una oreja.

--Qu es eso?--grit Jeremas padre.--Qu significa ese viva? Ese
es el respeto que a tu padre tienes? Este muchacho es un pillete, un
descastado, tan descastado como sus vivas! Que no vuelva a oirte, si
no quieres _sentirme_! Entiendes?

--Haca dao a nadie?--exclam el muchacho en son de protesta y
frotndose la oreja.

--Lo que no hacas era bien!--replic _Lapa_.--Sbete sobre este banco
y mira a las turbas.

Obedeci el hijo. Venan las muchedumbres gritando desaforadamente y
saltando en derredor de un carro de muertos sucio y viejo, seguido de
un coche fnebre tan sucio, tan viejo y tan deslustrado como el carra,
ocupado por una sola representante del duelo, que ostentaba las galas
fnebres que a la dignidad de su posicin consideraba indispensables.
No pareca, empero, que su posicin fuera muy de apetecer, pues las
turbas saltaban en torno del coche gritando hasta ensordecerle haciendo
visajes y contorsiones, mofndose de su respetable persona, y lanzando
apstrofes poco gratos al odo.

Siempre fueron los entierros motivo de excitacin especial para
Jeremas _Lapa_; no es, pues, de admirar que en la ocasin presente,
tratndose de un entierro que traa tan ruidoso acompaamiento, le
sacase de sus casillas hasta el punto de preguntar al primer individuo
con quien top:

--Qu pasa, hermano? Qu es eso?

--No lo s--contest el interrogado sin detenerse. Espas!... Espas!

--Quin es el muerto?--pregunt a otro.

--No lo s--respondi tambin ste, colocando las manos delante de
la boca a guisa de bocina, y gritando con furia redoblada:--Espas!
Espas!

Tropez al fin _Lapa_ con una persona mejor informada del caso, gracias
a la cual pudo averiguar que se trataba del entierro de un individuo
llamado Rogerio Cly.

--Era espa?--pregunt _Lapa_.

--Espa del Old Bailey--contest el informador.--Espa... s... espa
del Old Bailey!

--Demonio!--exclam _Lapa_, recordando la vista a que haba asistido
en otro tiempo.--Le conozco. Est muerto?

--Muerto como mi abuela! Y aun deba estarlo ms!... Fuera!...
Espa!... Que lo echen aqu!

Una idea tan luminosa haba de ser forzosamente aceptada por aquellas
turbas, y as fu, en efecto. Todos se apoderaron con ardorosa ansiedad
del grito, y lo repitieron una y mil veces, a la par que se acercaban
tanto al coche y al carro fnebres, que los obligaron a detenerse. En
un abrir y cerrar de ojos se apoderaron del representante del duelo;
pero ste, que nada tena de torpe, tan admirablemente supo aprovechar
el tiempo, que en otro abrir y cerrar de ojos di esquinazo a las
turbas tomando a la carrera una callejuela lateral, no sin dejar en
manos de aquellas su capa, su sombrero, la gasa que le cubra hasta las
rodillas, el pauelo blanco de rigor, y otras lgrimas simblicas.

El pueblo se entretuvo en rasgar y esparcir a los cuatro vientos los
objetos y prendas indicadas demostrando loca alegra, mientras los
comerciantes cerraban a toda prisa las puertas de sus establecimientos,
pues la turba, en aquellos tiempos felices, eran monstruo altamente
peligroso, capaz de devorarlo todo una vez abra las fauces. Haban
abierto ya las puertas del carro fnebre pasa sacar el atad, cuando
otro genio propuso escoltarla hasta su destino entre el regocijo
general. La proposicin, como todas las que son eminentemente
prcticas, mereci ser aprobada por aclamacin, e inmediatamente
asaltaron el coche ocho individuos mientras otros seis se encaramaban
sobre la cubierta del carro fnebre. Uno de los primeros voluntarios
fu Jeremas _Lapa_, quien, en su modestia, escondi su persona y su
cabeza en un rincn del coche.

Protestaron los empleados de la funeraria contra aquella alteracin del
ceremonial; pero la distancia hasta el ro era alarmantemente corta, y
varias voces haban preconizado ya la eficacia de una inmersin fra
para hacer entrar en razn a los empleados recalcitrantes de pompas
fnebres, y como consecuencia, las protestas fueron dbiles y breves.
Prosigui su curso la procesin una vez reformada. Un deshollinador
de chimeneas guiaba el carro fnebre, asesorado por un cochero
profesional, sentado a su lado, y de la conduccin del coche se encarg
un pastelero, servido a su vez por un ministro responsable. Agregse
a la comitiva un hngaro con su oso, tipo callejero muy popular en
aquella poca, el cual oso, por ser negro, y estar muy flaco, se
armonizaba perfectamente con el carcter fnebre de la procesin de
que formaba parte.

De esta suerte continu aquella procesin desordenada, engrosando
a cada paso y obligando a cerrar todas las tiendas de las calles
que recorra. El trmino de la carrera era la antigua iglesia de
San Pancracio, situada fuera de la ciudad, donde lleg a su debido
tiempo. El enterramiento del cadver de Rogerio Cly hzose con arreglo
a un ceremonial extravagante, con gran satisfaccin del nutrido
acompaamiento.

Enterrado el difunto, el autor de la humorstica proposicin anterior,
o bien otro genio, que nunca faltan en las muchedumbres, concibi
y propuso la diablica idea, aprobada por unanimidad, de acusar
de espas de la Old Bailey y de clamar venganza contra todos los
transeuntes a quienes la casualidad llevase por aquellos parajes.
Docenas de infelices inocentes que en su vida haban pasado a mil
varas del aborrecido tribunal fueron perseguidas como fieras y
acosadas y golpeadas sin piedad. La transicin desde este juego al de
romper cristales, echar abajo puertas y ventanas y entrar a saco en
ventorros y tabernas, no poda ser ni ms sencilla, ni ms natural,
ni ms lgica. Al cabo de varias horas de saqueos, cuando haban sido
tomadas por asalto varias casas de campo y taladas no pocas tiendas,
y destrozadas muchas verjas de hierro que proporcionaron armas a los
caracteres ms beligerantes, corri la voz de que venan los guardias.
Bast la noticia para que se dispersaran las turbas antes de la llegada
de los guardias, quienes quiz ni pensaron siquiera en aproximarse al
teatro de los sucesos.

No tom parte en los desrdenes ltimos Jeremas _Lapa_, quien prefiri
permanecer en el cementerio, conferenciado con los empleados de la
funeraria y haciendo tristes meditaciones. El campo de la muerte
siempre ejerci sobre l una influencia sedante. Sentado sobre una
sepultura, fumando con calma filosfica una pipa que se haba procurado
en la taberna vecina, meditaba, puestos los ojos en la verja.

Ya ves, Jeremas, lo que es el mundo!--se deca _Lapa_.--No ha
mucho tiempo viste con tus propios ojos a ese Cly, joven, robusto,
derrochando vida, y ahora...

Despus de fumada su pipa, y al cabo de no poco rato de meditaciones
profundas y de tristes reflexiones, levantse y emprendi la vuelta
a la ciudad, con objeto de encontrarse en su puesto antes de la
hora de cerrar el Banco. No ha sido posible aclarar del todo si sus
meditaciones ejercieron sobre su hgado influencia perniciosa, o si
su salud vena quebrantada ya de antes, o bien si su visita no tuvo
otro objeto que dispensar un honor a la persona a quien visit: fuera
uno u otra la causa, el hecho fu que, en el camino, se detuvo algunos
minutos en la casa de su mdico... albeitar eminente de la ciudad.

El hijo manifest con muestras de gran inters al padre que nada haba
ocurrido durante su ausencia. Cerr el Banco las operaciones del da,
salieron los empleados, y _Lapa_, acompaado por su hijo, se encamin a
su casa.

--Hoy vas a saber quin soy yo--dijo a su mujer no bien traspas
el umbral de la casa.--Si esta noche estoy de malas como honrado
menestral, ser prueba de que te has pasado el da rezando en mi contra
y sabrs cuntas son cinco, lo mismo que si yo, con estos ojos, te
hubiera visto arrastrada por los suelos.

Su costilla movi la cabeza.

--Cmo! Te atreves a hacerlo en mis barbas?--repuso con entonacin
colrica.

--Si no digo nada!

--Ya lo s; pero piensas! Tanto monta pensar como hablar! Lo mismo
puedes arruinarme rezando como meditando! No quiero que hagas ni lo
uno ni lo otro!

--Est bien, Jeremas.

--S!... Est bien, Jeremas... Perfectamente, Jeremas... Conforme,
Jeremas... Lo que t digas, Jeremas... Crees que me engaas con esas
palabras de conformidad, no es cierto? Pues te equivocas de medio a
medio!

--Piensas salir esta noche?--pregunt la mujer.

--S; pienso salir.

--Podr acompaarle, padre?--pregunt su retoo.

--No podrs acompaarme. Esta noche voy... ya lo sabe tu madre... voy a
pescar; a pescar; eso es.

--Cada da son ms listos los peces, verdad, padre?

--Es lo que no te importa.

--Traer pescado?

--Si no lo traigo, maana habr _solfeo_ general en casa--replic
_Lapa_ moviendo la cabeza.--Y basta de preguntas, mueco. No saldr
hasta que t te hayas acostado.

El resto de la velada lo consagr a acechar a su mujer y a obligarla a
hablar constantemente a fin de impedir que rezara o meditara en contra
suya. Con el mismo objeto a la vista, oblig tambin a su hijo a que
charlara sin tasa con su madre, con no poco disgusto de sta, que no
dispuso de un segundo de tiempo para consagrarlo a sus reflexiones.
La persona ms devota no hubiese podido rendir homenaje ms elocuente
a la eficacia de una oracin honrada. El temor a las plegarias de su
mujer era tanto como si una persona que jurase y perjurase que no crea
en fantasmas ni aparecidos, se horrorizara al escuchar historias de
fantasmas y de aparecidos.

--Es cosa grande que tus rezos sean amenaza constante a nuestros
estmagos!--dijo _Lapa_.--Tu conducta desnaturalizada matara de hambre
a tu marido y a tu hijo, si yo no vigilara a todas horas. Mira a tu
hijo...! Porque creo que es tu hijo, eh? Est ms delgado que un
estoque... T, que tienes el atrevimiento de llamarte su madre, no
sabes que el primero, el ms sagrado de los deberes de una madre es
hacer que su hijo engorde?

Estas palabras conmovieron tan profundamente al hijo, que conjur a su
madre a que cumpliera ante todo y sobre todo la funcin maternal con
delicadeza tanta indicada por su padre.

As fu deslizndose la velada en el tranquilo hogar de los _Lapas_,
hasta que madre e hijo recibieron orden de meterse en la cama. El jefe
de la familia distrajo las horas de la noche fumando pipas solitarias
hasta poco ms de la media noche, que se levant para salir. Antes, sin
embargo, sac de un armario, cuya llave guardaba en el bolsillo, un
saco, una barra de hierro bastante gruesa, algunas cuerdas, una cadena,
y otros tiles de pesca parecidos, los que, colocados y acondicionados
convenientemente, apag la luz y se fu.

Minutos despus sala tras el padre su curioso retoo, quien haba
tenido la precaucin de acostarse vestido sobre la cama cuando recibi
la orden de recogerse. Al amparo del manto de la noche sali de su
habitacin, descendi sigiloso la escalera y se aventur por las
solitarias calles. En cuanto a la vuelta a la casa paterna, no le
inspiraba ningn recelo, pues saba muy bien que la puerta quedaba
abierta toda la noche.

Impulsado por el deseo muy laudable de aprender las artes y misterios
de las ocupaciones nocturnas de su honrado padre, el muchacho, pegado
a las paredes de las casas, embebindose en los huecos de las puertas,
procuraba no perder un instante de vista al laborioso autor de sus
das. Tom ste direccin norte, y no se haba alejado gran cosa,
cuando top con un nuevo discpulo de Isaac Walton, en cuya compaa
prosigui la marcha.

Media hora despus caminaban ambos sin hablar palabra por un camino
solitario, al que no llegaban las miradas de los faroles ni menos
las de los vigilantes nocturnos. En el camino se les incorpor otro
pescador, pero con tanto recato y silencio, que si el muchacho hubiera
sido supersticioso, seguramente habra credo que el hombre que primero
se reuniera a su padre se haba partido sbita y milagrosamente en dos.

Los tres prosiguieron la marcha seguidos por el hijo de _Lapa_, hasta
que hicieron alto al pie de un desmonte cuyo talud se alzaba sobre el
camino. Sobre el talud, corra un muro de ladrillo de escasa elevacin,
coronado por una verja de hierro. Los hombres se deslizaron como
fantasmas a lo largo del talud, procurando ampararse de su sombra,
hasta llegar a un entrante que daba acceso a una especie de callejn,
uno de cuyos lados, formado por el muro de ladrillo, tendra sobre
diez pies de altura. A la luz blanquecina de la luna pudo ver el
muchacho que el honrado menestral a quien deba la existencia escalaba
con ligereza sin igual la verja de hierro. Inmediatamente le sigui
el segundo pescador, y a ste el tercero. Los tres ganaron el terreno
comprendido en el interior de la verja, donde permanecieron algunos
minutos, tendidos en tierra... probablemente escuchando. Luego
avanzaron, arrastrndose sobre las manos y las rodillas.

El muchacho se acerc a la verja, conteniendo la respiracin. Desde un
rincn donde se agazap vi que los tres pescadores se arrastraban como
serpientes por entre la crecida hierba que cubra el terreno... y por
entre muchas cruces y lpidas sepulcrales. Estaban en un cementerio,
y parecan fantasmas espantables acechados por otro fantasma ms
espantable, ms monstruoso an: por la torre de la iglesia vecina,
gigante terrorfico encargado de velar por la tranquilidad de los
muertos. No avanzaron mucho trecho. El muchacho no tard en observar
que se enderezaban y daban comienzo a la pesca.

Pescaron primero con azada. Poco despus, el honrado _Lapa_ prepar un
instrumento semejante a descomunal sacacorchos. Cualesquiera que fueran
los tiles de pesca que utilizaran, manejbanlos con inusitado ardor.
Las pas que coronaban la cabeza del muchacho adquirieron la dureza
acerada de las de su padre cuando el gigante guardin de la ciudad de
los muertos dej oir lentas, sonoras, graves, terrorficas, las dos de
la madrugada.

El muchacho emprendi desatinada fuga; mas el deseo de saber era tan
grande, que no slo se contuvo al cabo de breve trecho de recorrido,
sino que le incit a volver a la verja. Vi que los tres hombres
continuaban pescando, y supuso que haban pescado algo al observar
que los pescadores parecan inclinados y como doblegados, haciendo
esfuerzos encaminados a sacar algn pez de mucho peso. As era en
efecto: poco a poco fueron izando el pescado, hasta que ste sali a
la superficie. La forma del pescado era de las que no dejan lugar a
duda; pero cuando el muchacho vi que su padre se dispona a abrirlo,
sintise acometido de tal pnico, que emprendi una carrera frentica
sin detenerse ni moderar la velocidad hasta que dej atrs ms de una
milla de terreno.

Ni aun entonces se habra detenido si no le hubiese faltado el
aliento, pues no hua ante imgenes engendradas por el miedo, sino
ante espectros que le acosaban terribles. El atad que haba visto le
pisaba los talones, saltando sobre las piedras y tierra del camino
en posicin perpendicular y sobre el extremo ms estrecho, empeado
en alcanzarle y en colocarse a su lado... quiz para asirse a su
brazo. Aquel diablico atad deba ser prodigio de incongruencia y de
ubicuidad, pues tan pronto saltaba entre las negras filas de rboles
que bordeaban el camino como volaba sobre las espesas copas, semejante
a cometa sin rabo ni alas. Ocultbase tambin en los huecos de las
puertas, contra las cuales frotaba sus horribles costillas, produciendo
un ruido semejante a huecas carcajadas. Constantemente ganaba terreno
al muchacho en aquella carrera fantstica. Cuando el perseguido lleg
a la puerta de su casa, estaba medio muerto de miedo. Ni aun despus
de refugiarse en ella se vi libre de la encarnizada persecucin del
atad, que subi tras l la escalera saltando sobre sus peldaos, y
se acost en su cama, y se subi sobre su pecho cuando el sueo o el
terror rindieron al desventurado curioso.

La presencia de Jeremas _Lapa_ en el estrecho cuarto del muchacho
puso fin al agitado sueo de ste antes que los primeros rayos del sol
hicieran su aparicin sobre la tierra. La fortuna debi serle poco
propicia aquella noche; as, al menos, lo infiri su hijo del hecho
de que tuviera a su mujer agarrada por las orejas y sacudindola sin
consideracin.

--Te lo ofrec, y lo cumplo!--deca Jeremas.

--Por Dios, Jeremas!--exclamaba su mujer con acento de splica.

--Te empeas en estropearme los negocios, sin tener en cuenta que me
perjudicas a m y a mis asociados. Tu obligacin es obedecer: por qu
no lo haces?

--Procuro ser mujer honrada!--contestaba la infeliz, derramando
lgrimas.

--Y crees que la honradez consiste en echar a perder los negocios de
tu marido? Crees honrar a tu marido deshonrando sus asuntos?

--No deberas dedicarte a negocios tan horribles, Jeremas!

--Debe bastarte el ser la esposa de un honrado menestral y no
dar entrada en tu estrecho entendimiento femenino a clculos o
apreciaciones acerca de la naturaleza de los negocios que hace o deja
de hacer tu marido. La mujer que es honrada y obediente, no se mete
en lo que es incumbencia privativa de su esposo. Y t te llamas
religiosa? T te llamas honrada? Si eres religiosa, si eres honrada,
dnme mujeres irreligiosas y sin honra!

El altercado, que se sostena en voz baja, lleg a su trmino cuando
Jeremas, despojndose de las botas cubiertas de barro, se tendi sobre
el suelo, boca arriba y puestas las manos debajo de la cabeza a guisa
de almohada. El hijo, en su deseo de imitar al padre, volvi a tenderse
sobre la cama, no tardando en dormirse.

Despus del almuerzo, en cuyo _men_ no figur ningn plato de pescado,
y puede decirse que de ningn otro manjar, el seor Jeremas, que
dicho sea de paso estaba furioso como nunca, bien acepillado y lavado,
sali con su hijo a la calle y tom el camino del Banco Tellson.

El joven vstago del honrado menestral que caminaba al lado de ste
por la calle Fleet no era ya el mismo que la noche anterior hua
despavorido por caminos solitarios de su terrible perseguidor. Con los
resplandores del da recobr su atrevimiento habitual, y sus bascas y
escrpulos terminaron con la noche... en cuyos particulares es ms que
probable que tuviera muchos compadres en la animada calle Fleet.

--Padre--dijo el muchacho durante el trayecto,--qu es un
desenterrador?

El buen _Lapa_ no pudo contestar pregunta tan inesperada sin antes
quedar como clavado en el sitio.

--Yo qu s!--respondi al fin.

--Yo cre que usted lo saba todo, padre--repuso el candoroso muchacho.

--Hum! Pues... mira!--dijo Jeremas _Lapa_, despus de quitarse el
sombrero y de rascarse la frente.--Un desenterrador es un honrado
menestral, un comerciante.

--En qu ramo comercia?

--Comercia... en gneros cientficos de naturaleza especial.

--En cadveres humanos; verdad, padre?

--Creo que no andas del todo descaminado, hijo.

--Oh padre! Yo quisiera ser desenterrador cuando llegue a hombre!

La proposicin llen de noble orgullo al padre. Sin embargo, moviendo
la cabeza como con aire de duda, replic:

--Depender del vuelo que alcancen tus talentos. Procura alentar su
desarrollo, a lo cual contribuir poderosamente el ejemplo que te doy.
Hoy es prematuro hablar de lo que en lo futuro hars o dejars de hacer.

Momentos despus, mientras el muchacho iba a colocar el banco a la
sombra del edificio del Tribunal del Temple, Jeremas _Lapa_ murmur
para sus adentros:

--Amigo Jeremas, honrado menestral; puedes abrigar esperanzas fundadas
de que tu hijo llegar con el tiempo a ser un tesoro que compensar tu
desgracia de tener por esposa a una mujer desnaturalizada.


XV

HACIENDO CALCETA

Aquel da, en la taberna del seor Defarge, haban comenzado las
libaciones ms temprano que de ordinario. Cuando a las seis de la
maana, caras plidas se acercaron a los barrotes de las rejas que
defendan las ventanas, vieron otras caras plidas inclinadas
sobre sendos cubiletes de vino. Por regla general, el vino que en
la taberna de Defarge se expenda haba recibido las saludables
aguas del bautismo, pero el que en esta ocasin beban los bquicos
madrugadores deba ser agrio, o al menos tena la propiedad de agriar
el temperamento de los que lo ingeran. El zumo de las uvas encerrado
en los toneles de Defarge no encenda alegres llamas bquicas, sino un
fuego latente, un fuego que arda sin salir a la superficie.

Tres maanas haca ya que los sacrificios a Baco comenzaban muy
temprano en la taberna de Defarge. Se inauguraron el lunes y nos
encontramos en mircoles. Verdad es que se hablaba o se escuchaba ms
que se beba, pues no faltaban madrugadores, que penetraban en el
establecimiento no bien se abra la puerta, a quienes hubiese sido
imposible depositar sobre el mostrador una moneda, aun cuando de la
salvacin de su alma se hubiera tratado. No por eso dejaban de mostrar
el mismo contento que si se hubiesen hecho servir barricas enteras de
vino; veaseles pasar de una banqueta a otra, trasladarse de un rincn
a otro rincn, tragando con manifiesta ansiedad sendos prrafos de
conversacin en vez de saborear sendos tragos de vino.

Aunque la concurrencia era ms numerosa que de ordinario, el tabernero
no haba considerado necesario hacerse visible. Los parroquianos no
deban conceder importancia a la ausencia de Defarge, toda vez que
nadie preguntaba por l, nadie mostraba deseos de verle, nadie se
extraaba de ver sola a la seora Defarge, sentada tras el mostrador,
presidiendo la distribucin del vino y recogiendo contrahechas monedas,
de las que haban desaparecido las efigies y escudos impresos por el
troquel. Eran monedas dignas de los andrajosos bolsillos de que haban
salido.

Aburrimiento, falta absoluta de inters y sobra de fastidio es lo
nico que en la taberna hubieran notado los espas que, a no dudar,
avizoraban desde la calle, como avizoraban todos los sitios, altos
y bajos, desde el palacio del rey hasta la celda del criminal.
Languidecan las barajas, los jugadores de domin hacan castillos con
las fichas, los bebedores dibujaban caras sobre las mesas con las gotas
de vino que caan de los cubiletes, y la seora Defarge segua con un
mondadientes los dibujos de la manga de su vestido, como si oyese algo
que no hera los tmpanos y viese cosas que no impresionaban la retina.

Hasta el medioda, en nada variaron las caractersticas de San Antonio
en su aspecto vinoso. Poco despus de las doce, llegaron dos hombres
cubiertos de polvo, uno de los cuales era el seor Defarge, y el otro
un pen caminero, ambos con semblantes adustos y sedientos, los
cuales entraron en la taberna. Su llegada encendi en el pecho de San
Antonio encendidas chispas que, corrindose por fuera de la taberna, no
tardaron en transformarse en llamas, y stas a su vez en caras humanas
que llenaron todas las puertas y ventanas del barrio. Nadie sigui a
los polvorientos viajeros, nadie les dirigi una sola palabra, pero
todos clavaron en ellos los ojos.

--Buenos das!--contest un coro nutrido.

--Mal tiempo, seores--repuso Defarge, moviendo la cabeza.

Cada uno de los presentes mir a su vecino, y a continuacin, todos
bajaron los ojos al suelo y guardaron silencio. Uno solo, por
excepcin, se levant de su asiento y se fu.

--Mi querida esposa--continu Defarge,--he recorrido una porcin de
leguas en compaa de este buen caminero, que se llama Santiago. Le
encontr... por casualidad, a jornada y media de Pars. Es un buen
muchacho y se llama Santiago... Dale de beber, querida!

Levantse otro hombre y sali de la taberna. La seora Defarge sirvi
un vaso de vino al buen pen caminero, quien salud quitndose el
gorro azul que cubra su cabeza, y bebi. Sac del seno un pedazo de
pan spero y negro, se sent junto al mostrador, y principi a comer
y a beber. Otro parroquiano, el tercero, se puso en pie y abandon la
taberna.

Defarge se sirvi otro vaso de vino, de menor capacidad que el servido
al caminero, y esper a que ste despachara su refrigerio. Ni mir a
ninguno de los presentes, ni ninguno de los presentes volvi los ojos
hacia l. La seora Defarge haba tomado en sus manos la calceta, y
trabajaba sin mirar y sin hablar.

--Ha terminado ya el almuerzo?--pregunt el tabernero al pen luego
que advirti que no coma.

--S; muchas gracias.

--Entonces, vamos: le ensear la habitacin que le dije que ocupara,
y que desde luego aseguro que ha de ser de su gusto.

Desde la tienda salieron a la calle, desde la calle entraron a un
patio, en el patio tomaron una escalera, y al final de la escalera
encontraron un sotabanco... que en otro tiempo fu alojamiento de
un hombre de cabellos blancos como la nieve, que se pasaba los das
sentado en una banqueta y haciendo zapatos.

No se encontraba en el sotabanco el de los cabellos blancos como la
nieve, pero s los tres hombres que antes salieron uno a uno de la
taberna.

Defarge cerr cuidadosamente la puerta del sotabanco, y dijo a media
voz:

--Santiago Primero, Santiago Segundo, Santiago Tercero! Os presento al
testigo encontrado por m, Santiago Cuarto. El os lo dir todo. Puedes
hablar, Santiago Quinto.

El pen caminero, despus de secar su sudorosa frente con el gorro azul
que en la mano tena, pregunt:

--Por dnde comienzo?

--Puedes comenzar por el principio--respondi con mucha lgica Defarge.

--Le vi, seores--comenz el pen caminero,--ha hecho un ao este
verano, bajo el carruaje del seor Marqus, pendiente de la cadena. Yo
acababa de dejar mi tarea, el sol se hunda en el horizonte, el coche
del seor Marqus suba trabajosamente la colina, y l iba suspendido
de la cadena de esta manera.

El orador represent grficamente una escena que haba representado
millares de veces en la aldea durante un ao entero.

Tom la palabra Santiago Primero para preguntar al caminero si haba
visto antes al hombre que penda de la cadena.

--Nunca--contest el interpelado, recobrando la posicin perpendicular.

Pregunt Santiago Tercero cmo haba podido reconocerle despus, no
habindole visto hasta ese da.

--Le reconoc por su elevada estatura--dijo el pen caminero, puesto el
ndice de la mano derecha en la nariz.--Cuando aquella noche pregunt
el seor Marqus qu seas tena, yo contest: Es alto como un
espectro.

--Debi usted decir pequeo como un enano-observ Santiago Segundo.

--Y qu saba yo? Ni haba sido cometida la hazaa ni l se haba
confiado a m. Pero tengan ustedes en cuenta que, aun en esas
circunstancias, yo nada declar, nada dije. Buena prueba de ello es
que el seor Marqus, sealndome con el dedo, grit: Traedme a ese
canalla! No, no, seores! Nada dije!

--Tiene razn, Santiago--dijo Defarge.--Sigue.

--Pues bien--continu el pen caminero con aire de misterio.--El hombre
alto se ha perdido y lo buscan... desde cundo? Desde nueve, diez,
once meses?

--El nmero de meses es lo que menos viene al caso--contest
Defarge.--Estaba bien escondido, pero al fin y a la postre, le
encontraron desgraciadamente. Prosigue.

--Otra vez estoy trabajando en la falda de la colina y el sol traspone
tambin las montaas de Occidente, como en la ocasin anterior. Recojo
mis herramientas para bajar a la aldea, donde ha cerrado ya la noche,
cuando, al alzar los ojos, veo aparecer en la cima de la colina seis
soldados. En medio de los soldados veo a un hombre con los brazos
atados a los lados... en esta forma.

Con la ayuda de su indispensable gorro azul, el orador representa
admirablemente a un hombre cuyos codos estn amarrados a la cintura.

--Me hago a un lado, seores, colocndome junto a un acopio, para ver
pasar a los soldados y a su prisionero, pues se trata de un camino
militar por el que nada pasa que no sea digno de ser mirado, y cuando
aquellos se acercaron, en los primeros momentos, nada vi ms que a
seis soldados que conducan a un hombre amarrado, un hombre alto, y
que soldados y prisionero parecan negros, excepto por la parte que
daba frente a la puesta del sol, donde advert algunas lneas rojizas.
Tambin pude observar que las sombras que proyectaban sus cuerpos
cruzaban el camino en todo su ancho, cual si fueran sombras de gigante.
Vi asimismo que iban cubiertos de polvo, y que levantaban nubes de
polvo al andar marcando el paso. Cuando pasaron frente a m, reconoc
al hombre alto que llevaban preso y l me reconoci tambin a m. Ah!
Bien s yo que el preso se hubiera arrojado de cabeza por la falda de
la colina como hizo la tarde en que le vi por vez primera en el mismo
sitio!

A continuacin hizo una descripcin detallada y llena de vida de la
escena a que acababa de aludir.

--Ni yo di a entender a los soldados que haba reconocido al preso, ni
el preso dej entrever a los soldados que me hubiera reconocido a m.
En cambio nosotros nos lo dimos a comprender por medio del lenguaje de
los ojos. Vivo, vivo!--dijo el jefe de los soldados.--Llevmosle
pronto a la fosa!; y, en efecto, aceleraron el paso. Yo les segu. Los
brazos del preso estaban hinchados por efecto de la brutal presin de
las cuerdas, y como sus zuecos le estaban grandes y eran muy pesados,
andaba cojo. El que est cojo, no puede caminar de prisa, y como los
soldados queran hacer con rapidez el viaje, arreaban al preso de esta
manera.

El pen caminero imit los movimientos del hombre a quien obligan a
caminar a culatazos.

--Cay de bruces el prisionero mientras bajaban la pendiente corriendo
como locos. Los soldados rompieron a reir y le levantaron. Sangraba su
cara y estaba llena de tierra, pero el infeliz no pudo llevar hasta
ella sus manos, lo que, visto por los soldados, di margen a nuevas
carcajadas. Llevronle a la aldea, que sali en masa a verle, y desde
la aldea al molino, y desde el molino al calabozo. La aldea entera vi
cmo se abra la puerta del calabozo y se engulla al prisionero de
esta manera:

El pen caminero abri una boca descomunal, y la cerr con estrpito
producido por sus dientes al entrechocarse con violencia. Con tal
verismo quiso representar la escena, que continu con la boca cerrada
hasta que Defarge, al cabo de un buen espacio de esperar, dijo:

--Adelante, Santiago.

--La aldea en masa se retira,--prosigui el caminero, bajando la voz y
puesto sobre las puntas de sus pies,--la aldea en masa se congrega en
torno de la fuente, y habla; la aldea entera se recoge en sus lechos;
la aldea entera suea en aquel desdichado, que se encuentra entre muros
y hierros, encerrado en el calabozo que se alza al borde del tajo, del
cual no saldr ms que para morir. A la maana siguiente, me echo las
herramientas sobre los hombros, tomo un pedazo de pan negro, y dando un
rodeo, paso junto a la crcel antes de dirigirme al trabajo. All le
veo, detrs de los recios barrotes de aquella jaula de hierro, cubierto
de sangre y de polvo, lo mismo que estaba la noche anterior. No puede
alargarme una mano, porque ninguna le han dejado libre; no me atrevo
a llamarle ni l se atreve a decirme palabra; su aspecto es el de un
muerto.

Tanto Defarge como los tres oyentes se dirigen miradas sombras,
miradas que respiran odio y venganza, mientras escuchan la historia
de labios del caminero. La actitud de los tres, aunque reservada,
es autoritaria, cual si constituyeran un tribunal seversimo. Los
Santiagos Primero y Segundo estn sentados sobre el viejo jergn,
apoyadas las respectivas barbillas sobre las manos y fijos los ojos en
el narrador. Santiago Tercero ha puesto una rodilla en tierra y no cesa
de pasar su mano nerviosa por su boca y nariz, y Defarge, de pie entre
el grupo formado por los tres Santiagos y el narrador, ora mira a ste,
ora vuelve su severa cara hacia aqullos.

--Adelante, Santiago--dice Defarge.

--En aquella jaula de hierro le tienen encerrado una porcin de das.
La aldea le ve, pero recatndose, pues tiene miedo. Durante el da,
contempla desde lejos el calabozo del tajo, y por la noche, cuando ha
terminado la labor del da y se rene junto a la fuente, todas las
caras se vuelven hacia la crcel. Antes, el objeto de las miradas de la
aldea entera era la casa de postas: hoy es la prisin del tajo. En las
conversaciones que la aldea sostiene junto a la fuente dice que, aun
cuando le condenaran a muerte, no ser ejecutada la sentencia; dicen
que han sido presentadas en Pars exposiciones en las cuales demuestran
que el infeliz enloqueci y no supo lo que haca a consecuencia de
la desgraciada muerte de su hijo; dicen que ha sido presentada una
exposicin al mismo Rey... Quin sabe? Puede ser! Yo no aseguro ni
que s ni que no.

--Escucha con atencin, Santiago!--interrumpi con duro acento
Santiago Primero.--Sabe que ha sido presentada una exposicin al Rey y
a la Reina. Todos los que aqu estamos, excepcin hecha de ti, sabemos
que el Rey la tom en sus manos, en ocasin en que paseaba por la calle
en carruaje, sentado junto a la Reina. Defarge, a quien ests viendo,
con riesgo de su vida, se puso delante de los caballos llevando el
memorial en la mano.

--Escchame ahora a m, Santiago!--terci Santiago Tercero, siempre
con una rodilla en tierra y agitando sus nerviosos dedos.--La escolta,
de a pie y de a caballo, cayeron sobre el suplicante y le magullaron a
golpes! Has entendido?

--He entendido, seores.

--Adelante, pues--dijo Defarge.

--No faltan tampoco personas que aseguran que ha sido llevado a nuestro
pas para ejecutarlo en l, y que ser irremisiblemente ejecutado.
Tambin dicen que, como mat al seor, y el seor es el padre de sus
vasallos, ser ejecutado como parricida. Dice un viejo que quemarn en
vivo su mano derecha, armada de un cuchillo; que en las heridas que
abrirn en sus brazos, en su pecho y en sus piernas, derramarn aceite
hirviendo, plomo derretido, resina encendida, cera y azufre ardiendo, y
finalmente, que atado a las colas de cuatro caballos, ser despedazado.
Afirma el mismo viejo que eso fu lo que hicieron con un reo que atent
contra la vida de nuestro difunto rey Luis XV. Ser verdad? Ser
mentira? No lo s: no soy sabio.

--Escucha otra vez, Santiago!--exclam el tercero de este nombre.--El
reo de quien hablas se llamaba Damiens, y el programa que acabas de
exponer se ejecut a la luz del sol y en las calles de Pars. Acerca de
la impresin que produjo en las personas que lo presenciaron, slo te
dir, Santiago, que la infinidad de damas de la ms alta nobleza que
acudieron a presenciar la ejecucin, no quisieron privarse de ningn
detalle, la contemplaron con arrobamiento hasta el final... hasta el
final, Santiago, que no sobrevino hasta el anochecer, horas despus de
haber perdido el infeliz dos piernas y un brazo... y aun respiraba!
Ocurri eso... Pero dime, cuntos aos tienes?

--Treinta y cinco--contest el caminero, que representaba sesenta.

--Demasiados!--murmur con impaciencia Defarge.--Contina.

--No se habla en la aldea de otra cosa: hasta la fuente parece haber
aprendido la misma cantinela. Al fin, un domingo por la noche, llegan
los soldados y se encaminan a la prisin. Obreros que cavan, obreros
que clavan, soldados que ren a carcajadas, y cuando luce el da, junto
a la fuente se alza un patbulo de cuarenta pies de elevacin, cuya
sombra envenena las aguas. Todo el mundo suspende los trabajos, todo
el mundo se rene all, las vacas no salen al campo porque tampoco
quieren privarse del espectculo. Al medioda truenan los tambores. Los
soldados, que la noche anterior fueron a la prisin, vuelven llevndole
en medio. El reo est amarrado, le han puesto en la boca una mordaza
sujeta con una cuerda en forma tal, que parece que re. En lo alto
del patbulo han colocado un cuchillo con la punta al aire. El reo es
ahorcado a cuarenta pies de altura, y su cadver queda balancendose...
envenenando con su sombra las aguas de la fuente.

Los oyentes se dirigieron miradas sombras, mientras el narrador se
secaba el sudor de la cara con el gorro azul.

--Es horroroso, seores!--repuso.--Cmo han de beber agua de la
fuente las mujeres y los nios? Quin es el atrevido que osa hablar
durante la noche bajo aquella sombra? Bajo la sombra dije? Cuando yo
sal de la aldea el lunes por la tarde, casi a puestas de sol, volv la
cabeza desde la cima de la colina y vi que la sombra cubra la iglesia,
cubra el molino, cubra la prisin del tajo, cubra toda la tierra,
seores, que tiene por techo el cielo azul!

El oyente que escuchaba rodilla en tierra pareca estar hambriento de
algo... que no era ni comida ni bebida.

--He terminado, seores. Abandon la aldea momentos antes de ponerse
el sol, conforme acabo de decir, y camin toda la noche y la mitad del
da siguiente, hasta que encontr, conforme tambin he dicho, a este
camarada. En su compaa llegu hasta aqu, unas veces a pie otras a
caballo, viajando todo el resto del da de ayer y toda la noche pasada.
He dicho.

--Est bien--dijo Santiago Primero, despus de un silencio
imponente.--Has obrado y narrado con fidelidad. Quieres esperarnos por
breve tiempo fuera, en la escalera?

--Con mucho gusto--contest el pen caminero.

Defarge le acompa hasta la escalera, le dej sentado sobre el ltimo
peldao, y volvi a entrar en el sotabanco. Los tres Santiagos se
haban levantado y formaban un grupo muy apretado.

--Qu dices, Santiago?--pregunt el nmero uno de este nombre.--Lo
consignamos en nuestro registro?

--Regstralo como condenado a la destruccin!--contest Defarge.

--Magnfico!--exclam Santiago Tercero.

--El castillo y toda la raza?--repuso el primero.

--S; el castillo y toda la raza!--bram Defarge--Exterminio completo!

--Sublime!--grit el tercer Santiago.

--Tienes seguridad de que el sistema que hemos acordado para el
registro no ha de originarnos ningn contratiempo?--pregunt a
Defarge Santiago Primero.--Que es seguro, no ofrece duda, toda vez
que, excepcin hecha de nosotros, nadie es capaz de descifrarlo: pero
podremos descifrarlo siempre... mejor dicho, podr ella?...

--Santiago--replic Defarge irguindose,--si mi mujer se empea en
guardar todo el registro en su memoria, ten por seguro que no se
perder ni una palabra, ni una slaba de cuantas contenga. Con puntos
de calceta es ella capaz de escribirlo todo ms claro que el sol.
Confa en mi mujer. El poltrn ms cobarde, el ms apegado al mundo
que viva o haya vivido bajo la capa del cielo ha de encontrar menos
dificultades para quitarse a s mismo la existencia, que para arrancar
una sola letra del registro escrito a punto de media por mi seora.

Murmullos de aprobacin acogieron las palabras de Defarge.

--Qu hacemos con ese rstico?--pregunt Santiago Tercero.--Lo
despedimos? Me parece excesivamente simple: no nos resultar peligroso?

--Nada sabe--replic Defarge,--y lo poco que pudiera decir, nicamente
le servira para subir a un patbulo tan alto como el que ha poco nos
estaba describiendo. Yo me encargo de l; dejadlo a mi cuidado. A su
tiempo lo despedir. Parece que desea ver al Rey, a la Reina, a los
magnates y seores de la corte: le permitiremos que satisfaga su gusto
el domingo.

--Cmo!--exclam Santiago Tercero.--No te parece mal sntoma que
desee ver la realeza y la nobleza?

--Santiago--replic Defarge,--ensea al gato la leche, si quieres
excitar su sed; muestra al mastn su presa natural, si quieres que en
su da caiga sobre ella y la despedace.

Nada ms se dijo por entonces. El pen caminero, a quien encontraron
dando cabezadas en el descansillo, fu invitado a tenderse sobre el
jergn. No se hizo repetir la invitacin, y momentos despus, dorma
como un tronco.

Peor alojamiento del que le ofreca la taberna de Defarge hubiera
podido encontrar en Pars un infeliz como el caminero. Si prescindimos
del miedo misterioso que le inspiraba la tabernera, miedo que le
acosaba constantemente, llevaba una vida que no poda ser ms
agradable. Pero es el caso que la tabernera se pasaba el da entero
sentada detrs del mostrador, tan indiferente a su persona, tan
_empeada_ en no darse cuenta de la presencia de un extrao en la casa,
que ste andaba desconcertado y receloso.

No es, pues, de extraar que, cuando llegado el domingo, supo que
la tabernera se agregara a su marido para acompaarle a Versalles,
le hiciera muy poca gracia el programa, aunque otra cosa dijera su
lengua. Vino a aumentar su desconcierto el hecho de que la tabernera
no cesaba de hacer calceta durante el camino, y su desconcierto se
troc en horrible aturdimiento cuando, aquella tarde, en ocasin en
que esperaban el paso de la Reina, hubo de permanecer al lado de la
tabernera, cuyas manos manejaban con verdadero ardor las agujas de la
media.

--Trabaja usted mucho, seora?--dijo un hombre que pas por su lado.

--S--respondi la seora Defarge,--tengo mucho que hacer.

--Y qu hace usted, seora?

--Muchas cosas.

--Por ejemplo...

--Por ejemplo--contest la tabernera con la calma misma de
antes--mortajas.

Alejse el desconocido tan pronto como le fu posible. El pobre
caminero sinti en el pecho tan extraa opresin, que hubo de hacerse
aire con su gorro. Si para su completo restablecimiento necesitaba de
la presencia de dos testas coronadas, fuerza es confesar que no pudo
quejarse de su suerte, toda vez que, momentos despus, aparecan un
rey de grandes quijadas y una reina de hermoso rostro, cmodamente
instalados en urea carroza. Con los soberanos vena lo mejorcito, lo
ms notable de su corte. El pobre pen caminero, al ver aquel ejrcito
encantador de sonrientes damas y de brillantes caballeros, unas y otros
cubiertos de sedas y de encajes, de blondas y de ricos terciopelos, de
galones de oro y de deslumbrante pedrera, sinti en su pecho tales
oleadas de entusiasmo, que gritando a voz en cuello di vivas al Rey y
a la Reina, a damas y caballeros y aun a las carrozas y a los caballos
que de ellos tiraban. Y vi hermosos jardines y encantadoras arboledas,
y terrazas soberbias y fuentes maravillosas, y encontr nuevamente al
Rey y a la Reina, y di vivas, hasta desgaitarse, a todo lo creado, y
creci su entusiasmo, y el entusiasmo di nacimiento en su alma a la
simpata, y la simpata a la ternura, y sta, encontrando estrechos los
lmites del pecho, se desbord a torrentes por sus ojos en forma de
lgrimas. Durante la escena, que dur tres horas, durante las cuales
grit hasta enronquecer y llor hasta agotar el manantial de sus
lgrimas, Defarge hubo de tenerle sujeto con una mano por el cuello
para impedir que en su irreflexivo entusiasmo cayera sobre los objetos
de su pasajera devocin y los destrozara entre sus manazas.

--Bravo!--exclam Defarge cuando termin el desfile.--Eres un buen
muchacho.

Temi haber cometido una torpeza el caminero, que comenzaba a volver en
s, pero pronto se tranquiliz.

--Eres el hombre que necesitamos--djole Defarge pegando los labios
a sus odos.--Hars creer a esos insensatos que sus locuras durarn
siempre; crecer su insolencia, y ellos mismos precipitarn su fin.

--Calla!--exclam el caminero.--Pues es verdad!

--Son idiotas y ciegos. Te desprecian profundamente; veran
impasibles tu muerte y la de mil ms como t; es ms: sacrificaran
sin remordimiento esas mil vidas a trueque de salvar la de uno solo
de sus caballos o perros, y sin embargo, les envanecen tus gritos.
Engamoslos durante algn tiempo ms, que por grande que el engao
sea, nunca ser tan grande como merecen.

La seora Defarge mir al caminero e hizo signos de aprobacin.

--Dgame, amigo: si le pusieran delante un montn enorme de hermosas
muecas y le dijeran que poda destrozar y despojar a las que se le
antojase, no es verdad que escogera las ms ricas, las ms hermosas?

--Verdad es, seora.

--Muy bien. Y si le mostrasen una bandada de pjaros de hermoso
plumaje, incapaces de levantar el vuelo, y le dieran permiso
para arrancarles las plumas en beneficio suyo, no es verdad que
principiara por los que ms bellas plumas tuvieran?

--As es, seora.

--Pues acaba de ver el montn de hermosas muecas y la bandada de
pjaros de vistoso plumaje: ahora, vmonos a casa.


XVI

MS PUNTO DE MEDIA

Mientras la seora Defarge y su seor marido regresaban en amigable
compaa al centro de San Antonio, un gorro de color azul avanzaba
horadando tinieblas y envuelto en espesas nubes de polvo por los
caminos que conducan al sitio en que el castillo del seor Marqus,
a la sazn durmiendo el sueo eterno, escuchaba las susurrantes
conversaciones de los rboles. Tiempo tenan de sobra los rostros de
piedra para escuchar las conversaciones sostenidas por los rboles
y la fuente, y con tal inters lo aprovechaban, que los esqueletos
que poblaban la aldea y rondaban las inmediaciones del castillo en
busca de algunas hierbas con que acallar su hambre y de algunos leos
con que alimentar la lumbre de sus fros hogares, si llegaron a dar
vista al patio, doble escalera y terraza del castillo, dieron cabida
en su famlica fantasa a la idea de que la expresin de los rostros
de piedra haba sufrido profunda alteracin. Aseguraban los mseros
moradores de la aldea que la expresin de orgullo y de desdn de los
guardianes de piedra del castillo se trocaba en expresin de dolor y
de clera cuando el cuchillo hera a la Casa, y aseguraban que desde
el instante en que se balance a cuarenta pies de elevacin sobre el
suelo el cuerpo del asesino, a la expresin de dolor y de clera de
aqullos sucedi otra que respiraba feroz venganza, que perdurara en
ellos hasta la consumacin de los siglos. La faz de piedra que vigilaba
la gran ventana de la alcoba en que el asesinato haba sido perpetrado
apareci un da con dos mellas finsimas en la nariz; y si alguna vez,
de entre algn grupo de harapientos aldeanos se destacaban dos o tres
para acercarse al Marqus petrificado, no transcurra un minuto de
contemplacin sin que huyeran asustados como liebres perseguidas por
giles lebreles.

Castillo y chozas, faces de piedra y caras de carne y hueso, losas
del patio del castillo teidas de rojo y aguas puras encerradas en
el pozo de la aldea, millares de hectreas de terreno... toda una
provincia de Francia... la Francia entera, duermen bajo la inmensa
bveda azulada, cual si fueran un punto imperceptible, un tomo perdido
en la inmensidad. No es otra cosa el mundo, con toda su grandeza y su
insignificancia, con relacin a la brillante estrella que le parpadea
en las alturas. Los sabios de la tierra quiebran, dividen, descomponen
un rayo de luz y analizan sus componentes; y de la misma manera, otra
inteligencia ms sublime que la humana lee los dbiles destellos que
brotan de esta tierra que habitamos, y analiza todos los pensamientos y
todos los actos, todos los vicios y todas las virtudes de las criaturas
dotadas de inteligencia.

El carruaje pblico en el que hicieron el viaje de regreso los Defarge,
marido y mujer, hizo alto en la puerta de la ciudad ms prxima a su
domicilio, donde no tardaron en dejarse ver los faroles de costumbre
encargados de practicar el examen e investigaciones reglamentarias.
Defarge salt del carruaje al ver a dos o tres soldados y a un polica
conocidos suyos; este ltimo, con quien le ligaban lazos de amistad
ntima, le abraz.

Llegados a los linderos del distrito puesto bajo la proteccin de las
alas de San Antonio, dejaron los Defarge el carruaje y se encaminaron a
su casa a pie, por calles obscuras y cubiertas de lodo. En el trayecto,
la seora Defarge pregunt a su marido:

--Qu te ha dicho Santiago el polica?

--Todo lo que sabe, bien que es muy poca cosa. Han nombrado otro espa
para nuestro barrio: quiz no sea se solo, pero aqul no conoce ms
que a uno.

--Est bien--contest la tabernera con la calma de siempre.--Habr que
anotarlo en el registro. Cmo se llama ese hombre?

--Es ingls.

--Mejor que mejor! Su nombre?

--Barsad.

--Barsad. Perfectamente! Su nombre de pila?

--Juan.

--Juan Barsad... Juan Barsad--repiti la tabernera.--Muy bien. Sus
seas?

--Unos cuarenta aos de edad, sobre cinco pies nueve pulgadas de
estatura, pelo negro, color moreno cetrino, ojos negros, delgado,
nariz aguilea, pero no recta: ofrece la particularidad de estar
torcida ligeramente hacia la izquierda, lo que le da, como es natural,
expresin siniestra.

--Es un retrato acabado a fe ma!--exclam la seora Defarge
riendo.--Lo registrar maana.

Llegados a la taberna, que encontraron cerrada--eran ms de las doce
de la noche,--la seora Defarge tom asiento detrs del mostrador y
consagr su atencin al examen de las cuentas del da. Principi por
volcar sobre el mostrador el jarro dentro del cual se colocaba el
importe de las ventas, cont el dinero, midi las existencias, ley
las entradas y salidas consignadas en el libro destinado al objeto,
corrigi los asientos, hizo algunos nuevos y discuti otros, y despus
de apurar, y estrechar, y marear de mil maneras al individuo encargado
del establecimiento, envile a dormir. A continuacin, hizo de las
monedas sacadas del jarro varias pilas iguales, que fu anudando en el
pauelo de bolsillo, el cual no tard en quedar convertido en rosario
de nudos. Defarge, mientras tanto, paseaba por el establecimiento,
fumando su pipa y admirando complacido la prudente y sabia economa
domstica de su mujer, bien que sin entrometerse en ella.

Como la tienda era estrecha, y el techo poco elevado, y la noche
estaba calurosa en extremo y cerradas todas las ventanas y puertas,
respirbase una atmsfera extraordinariamente viciada. No era un
portento de delicadeza el sentido del olfato del seor Defarge, pero
aun as, los vapores del vino, unidos a los del ron y del aguardiente,
le molestaban en tales trminos, que procuraba alejarlos de su nariz a
fuerza de resoplidos y de darse aire con las manos.

--Ests cansado, amigo mo--dijo su mujer, dirigindole una mirada
mientras anudaba el dinero.--El olor que aqu se respira es el de todos
los das.

--En efecto; estoy cansado--contest Defarge.

--Y un poco deprimido y descorazonado--repuso la tabernera, cuyos
penetrantes ojos, no obstante estar atentos a las cuentas, distraan
uno o dos rayos para examinar al marido.--Ah... los hombres!...

--Pero...

--No hay pero que valga--replic la seora con entereza.--Repito que
esta noche te encuentras descorazonado.

--Tarda tanto tiempo!--exclam Defarge.

--Tarda tanto tiempo?... Y qu es lo que no exige tiempo? Siempre
lo han exigido la venganza y la justicia!

--No es mucho el que emplea el rayo para herir al hombre--observ
Defarge.

--Y cunto tiempo tarda en acumularse la electricidad necesaria para
que brote el rayo? Dmelo, si es que lo sabes!

Defarge alz la cabeza, pero no contest.

--Poco tiempo tarda un terremoto en hacer polvo a una ciudad. Pues
bien: cunto tiempo se necesita para preparar un terremoto?

--Mucho, supongo--respondi Defarge.

--Pero cuando est preparado, cuando sobreviene, la ciudad revienta,
queda pulverizada, reducida a tomos impalpables. Consulate! El
terremoto se est preparando aunque nadie lo vea, aunque nadie lo oiga.

Con ojos relampagueantes at otro nudo; pareca que estrangulaba a un
enemigo.

--Yo te aseguro--aadi extendiendo la diestra como para dar mayor
expresin a sus palabras--que por mucho que en llegar tarde, est en
camino, se acerca por momentos. Yo te aseguro que avanza siempre, que
no retrocede, que no se detiene. Mira en torno tuyo y escudria las
vidas de cuantas personas te son conocidas, repara en las caras del
mundo entero, y vers que el descontento, la rabia que ruge en el pecho
de los explotados aumenta de da en da, de hora en hora. Y crees que
ese estado de cosas puede durar? Bah! Eres un cndido!

--Mi querida mujercita--contest Defarge, ponindose en pie frente a su
esposa, baja la cabeza y con las manos a la espalda, semejante al dcil
escolar delante de su maestro,--no lo pongo en duda... La irritacin
existe: pero data de tanto tiempo, que es muy posible... que no estalle
a tiempo para que nosotros presenciemos el cataclismo.

--Y qu?--replic la mujer.--Aun cuando as fuera, qu?

--Pues... que no nos cabra la dicha de saborear el triunfo.

--Pero s la de haber contribudo a l--dijo con energa la
tabernera.--Nada de cuanto hagamos ser perdido. Creo con toda mi alma
que veremos el triunfo; pero aun cuando supiera positivamente que no me
ha de caber esa dicha, mientras exista un cuello de aristcrata o de
tirano no dejar de...

--Calma... calma!--exclam Defarge, cuyo rostro se ti de carmn
cual si le hubieran acusado de cobarde.--Tampoco yo, querida ma,
retroceder por nada ni por nadie.

--Lo s; pero eres dbil a pesar de todo, y lo eres, porque para que
no decaiga tu valor necesitas ver a tu vctima a tus pies. Procura no
decaer, aunque te parezca que la vctima est lejos. Cuando llegue
la ocasin, suelta los tigres y los demonios que guardas encerrados
dentro del pecho, pero mientras tanto, tnlos encadenados... ocultos,
pero siempre dispuestos.

La buena tabernera termin su consejo descargando sobre el mostrador
un golpe con el pauelo convertido en pesado rosario; seguidamente lo
levant, y con calma imperturbable indic que era ya hora de irse a la
cama.

La maana siguiente encontr a aquella mujer admirable en su sitio
de costumbre, haciendo calceta con verdadero ardor. A su lado haba
una rosa hacia la cual volva de vez en cuando los ojos. Algunos
parroquianos, de pie o sentados, beban y charlaban. El da estaba
muy caluroso, y los enjambres de moscas que llevaban su atrevimiento
hasta el extremo de curiosear el contenido de los vasos que haba cerca
de la seora, no tardaban en caer muertas en su fondo. No ejerca
la menor impresin su suerte desdichada en las dems moscas, que
las contemplaban impertrritas e indiferentes hasta que las ocurra
idntica desgracia. Qu estpidas son las moscas!

La seora Defarge vi la sombra de una persona que entraba en la
taberna y comprendi que se trataba de un cliente nuevo. Antes de mirar
el rostro de la persona en cuestin, dej sobre el mostrador la media y
prendi la rosa en su cabeza.

La escena que sigui no pudo ser ms curiosa: no bien los dedos de
la tabernera tocaron la rosa, cesaron en el establecimiento las
conversaciones y todos los parroquianos comenzaron a salir a la calle.

--Buenos das, seora--dijo el recin llegado.

--Buenos das, seor--contest la seora Defarge tomando de nuevo la
media.--Ah!--aadi para sus adentros.--Unos cuarenta aos de edad,
sobre cinco pies nueve pulgadas de estatura, pelo negro, color moreno
cetrino, ojos negros, delgado, nariz aguilea, pero no recta, ofrece la
particularidad de estar ligeramente torcida hacia la izquierda, lo que
da, como es natural, expresin siniestra... Buen da de veras!

--Tiene usted la bondad de darme una copita de coac viejo y un sorbo
de agua fresca, seora?

La tabernera sirvi lo que el cliente peda.

--Rico coac, seora!

Como era la primera vez que oa elogiar su coac, no es de admirar que
la tabernera sospechase que el elogio obedeca a motivos que acaso no
fueran precisamente la bondad del licor. Di, sin embargo, las gracias,
y sigui haciendo calceta.

El desconocido permaneci algunos momentos observando las manos de la
seora Defarge, y de paso, reconociendo el establecimiento.

--Hace usted media con rapidez maravillosa--dijo.

--La costumbre... estoy muy acostumbrada a esta labor.

--Y con una perfeccin que encanta.

--Lo cree usted as?

--Con toda mi alma... Y dgame: esa media es...?

--Pasatiempo... un medio de distraccin--contest la tabernera mirando
a su interlocutor con la sonrisa en los labios.

--No piensa hacer uso de ella?

--Segn. Quiz llegue da en que las use--dijo la tabernera con cierta
coquetera.--Con seguridad que las utilizar... si las hago bien.

Por muy curioso que parezca, ello es que el gusto de San Antonio
mostraba decidida oposicin a que la seora Defarge ostentase en su
peinado una rosa. Entraron por separado dos hombres, se acercaron al
mostrador con manifiesta intencin de pedir algo que beber, y no bien
vieron la rosa, vacilaron, miraron en derredor como si buscaran a algn
amigo, que no encontraron, y se fueron inmediatamente. De todos los que
en el establecimiento se encontraban cuando entr el que conversaba con
la tabernera, no quedaba uno solo: todos se haban ido. El espa, pues
ya habrn comprendido los lectores que el individuo en cuestin era un
espa, ninguna sea haba logrado sorprender, aunque desde que entr
miraba con cien ojos.

--Juan!--pensaba la seora Defarge, haciendo calceta y puestos los
ojos en el cliente.--A poco ms que contines aqu, escribir _Barsad_
en tus mismas barbas.

--Es usted casada, seora?

--S.

--Con hijos?

--Sin hijos.

--Y los negocios, bien?

--Los negocios muy mal. Son tan pobres las gentes!...

--Ah, s! Pobres y desgraciadas! Y hasta oprimidas
vergonzosamente!... como dice usted.

--Como dice _usted_--rectific la tabernera, moviendo con ms rapidez
los dedos y aadiendo algo al apellido _Barsad_.

--Perdone usted: cierto que fu yo quien lo dije, pero no me cabe duda
de que usted lo piensa. No puede ser otra cosa.

--Que yo lo pienso?--replic la tabernera.--Nos ocasiona a mi marido
y a m demasiados quebraderos de cabeza el establecimiento para que
podamos permitirnos el lujo de pensar. En lo nico que pensamos es en
que no nos falte lo necesario para vivir. Este es el objetivo de todas
nuestras cavilaciones, el que proporciona campo muy dilatado para todos
nuestros pensamientos. Yo pensar para los dems? No en mis das!

El espa, que haba entrado decidido a recoger lo que pudiera, se
guard muy mucho de permitir que su siniestra cara reflejara su
desencanto. Antes por el contrario, continu apoyado de codos sobre
el mostrador, dirigiendo alguna que otra galantera a la tabernera y
tomando de tarde en tarde algn sorbito de coac.

--La ejecucin de Gaspard ha sido una brutalidad judicial, seora.
Pobre Gaspard!--exclam, exhalando un suspiro.

--No estamos de acuerdo--replic la tabernera con frialdad.--Justo es
que aquellos que se permiten dar a sus cuchillos el empleo que Gaspard
di al suyo, lo paguen. Saba l perfectamente el precio a que se pagan
esos lujos, y lo ha pagado: nada ms natural.

--Creo--aadi el espa bajando la voz y como invitando a su
interlocutora a pasar al terreno de las confidencias, a la par que
daba a su siniestra cara expresin resueltamente revolucionaria,--creo
que todo este barrio compadece la suerte del desgraciado y ruge de
furor contra los que le han sacrificado. Aqu para entre los dos, lo
encuentro justificado.

--Pero existe ese furor?

--No lo ha observado usted?

--Aqu est mi marido--dijo la seora Defarge.

No bien entr el tabernero en el establecimiento, el espa salud
llevando la mano al sombrero y diciendo con sonrisa insinuante:

--Buenos das, Santiago.

Defarge qued como clavado en el suelo, fijos los ojos en el espa.

--Se equivoca usted, seor mo.--Me confunde usted con otro. No me
llamo Santiago: soy Ernesto Defarge.

--Es igual--repuso el espa con la sonrisa en los labios, bien que sin
poder ocultar del todo su contrariedad.--El nombre es lo de menos.
Buenos das.

--Buenos das--contest secamente Defarge.

--Estaba diciendo a la seora, con la que he tenido el honor de charlar
un rato, que, segn me dicen, reina en el barrio... y no me admira...
tanta simpata en favor del infortunado Gaspard como irritacin contra
los que inhumanamente lo han sacrificado.

--A nadie he odo decir semejante cosa--replic Defarge.--No s una
palabra.

Dicho esto, pas detrs del mostrador y se coloc a espaldas de su
mujer. Desde el lado opuesto de la frgil barrera contemplaba el
matrimonio a aquel individuo a quien hubieran arcabuceado con el mayor
placer.

El espa, prctico en su oficio, no modific su actitud de
indiferencia. Apur el contenido de la copita que le haban servido,
tom un sorbo de agua fresca, y pidi la segunda copa de coac.
Sirvisela la seora Defarge, despus de lo cual continu haciendo
media con gran ardor y tarareando una tonadilla.

--Parece que conoce usted bien el barrio--observ Defarge;--quiero
decir, que lo conoce mejor que yo.

--No, amigo mo. Lo conozco muy poco, pero espero llegar a conocerlo
bien. Sus mseros habitantes despiertan en m inters profundo.

--Ah!--exclam Defarge.

--El placer de conversar con usted, seor Defarge--prosigui el
espa--me recuerda que he tenido el honor de familiarizarme con
incidentes en los cuales ha tomado usted parte activa.

--De veras!--dijo Defarge con indiferencia.

--Nada ms cierto. Cuando pusieron en libertad al doctor Manette,
hzose usted, en tiempos pasados su criado, cargo de l. Se lo
confiaron a usted. Ya ve, pues, que estoy al tanto del asunto.

--Es verdad: tiene usted razn--contest.

Accidentalmente, el codo de su mujer, que continuaba moviendo las
agujas con gran actividad, roz el suyo, y en el roce, a pesar de
ser accidental, vi Defarge una indicacin de que contestase l las
preguntas del espa, pero con brevedad.

--Se present a usted la hija del doctor--continu el espa.--Vino en
compaa de un caballero... cmo se llamaba ste?... Un caballero
que usaba peluqun... Ah, s! Lorry... Lorry se llamaba... del Banco
Tellson y Compaa... Vino en compaa del seor Lorry, se hizo cargo
de la persona de su padre y lo llev a Inglaterra.

--As fu, en efecto--repiti Defarge.

--Siempre recuerda uno con gusto incidentes semejantes--repuso el
espa.--He conocido al doctor Manette y a su hija en Inglaterra.

--S?--pregunt Defarge.

--Recibe usted noticias suyas con frecuencia?--pregunt el espa.

--No--respondi Defarge.

--Hace muchsimo tiempo que no sabemos de ellos--terci la seora del
tabernero.--Recibimos noticias de que haban llegado bien, y algn
tiempo despus una carta... quiz dos; pero luego, ellos han seguido
su camino, nosotros el nuestro, y ha cesado en absoluto nuestra
correspondencia.

--Es lo que suele ocurrir--observ el espa.--La hija est para casarse.

--Est para casarse?--repiti la seora Defarge.--Es bastante hermosa
para haberse casado hace mucho tiempo. Por supuesto, ustedes, los
ingleses, son bloques de hielo en vez de hombres!

--Ah! Quin ha dicho a usted que soy ingls?

--Veo que su lengua es inglesa, y siempre he credo que el hombre es de
la misma nacionalidad que su lengua.

El ver descubierta su nacionalidad no hizo ninguna gracia al espa,
aunque tuvo buen cuidado de guardar en el fondo de su pecho el
descontento. Solt una carcajada, apur el contenido de la copa y
repuso:

--Pues s, la seorita Manette est para casarse, pero no con un
ingls, sino con un hombre que, como ella, naci en Francia. A
propsito de Gaspard!... Pobre Gaspard!... Fu una crueldad... un
acto de ferocidad!... Pues bien, el hombre con quien la seorita
Manette va a casarse es el sobrino del seor Marqus por cuya causa
bail Gaspard a una altura de cuarenta pies sobre el suelo; mejor
dicho: el Marqus actual. Vive en Inglaterra bajo nombre supuesto, sin
ostentar el ttulo de Marqus. Se hace llamar Carlos Darnay; ya sabe
usted que el apellido de su madre era D'Aulnais.

La seora Defarge no tena ojos ni manos, ni facultades ms que para la
media que haca, pero la noticia produjo en su marido efecto palpable.
Su cara reflej intensa turbacin, pese a sus esfuerzos por dominarse,
temblaban sus manos, y su agitacin interior le sala por todos los
poros de su cuerpo. No habra sido el espa digno de su cargo si no
hubiese reparado en ello y grabdolo en su memoria.

Obtenido ese resultado, bien que sin saber si podra serle de algn
provecho, el seor Barsad, viendo que no llegaban parroquianos cuyas
conversaciones hubieran podido facilitarle datos preciosos, pag lo que
haba tomado y se despidi, no sin manifestar, con suma amabilidad,
que tendra el placer de visitar con frecuencia el establecimiento.
Minutos despus, cuando el espa haba salido del radio protegido por
San Antonio, marido y mujer continuaban exactamente lo mismo que si el
espa no hubiera salido de la tienda, temiendo, sin duda, que volviera
sobre sus pasos.

--Ser verdad lo que ese hombre ha dicho a propsito de la seorita
Manette?--pregunt Defarge en voz baja.

--Probablemente ser mentira; pero no niego que puede ser
verdad--respondi la mujer.

--Si lo es...

Defarge no termin su pensamiento.

--Qu?--pregunt la mujer.

--Si lo es... y dado que las cosas vengan en forma que nosotros podamos
ver el triunfo... por ella desear yo que el Destino retenga lejos de
Francia a su marido.

--El destino de su marido le llevar a donde deba ir--respondi
con calma glacial la tabernera--y le conducir al fin que le est
destinado. Es lo nico que puedo decirte.

--Pero me negars que es muy... extrao... digo extrao por no emplear
otro calificativo... no te parece extrao que con toda la simpata que
siempre nos ha merecido su padre, y aun ella misma, proscribas t con
tu propia mano en este instante a su marido, sin ms fundamento que lo
que acaba de decir ese perro del infierno que se fu hace un momento?

--Cosas ms extraas que esa ocurrirn cuando llegue el da--respondi
la seora Defarge.--A los dos los tengo aqu; no te quepa duda; y se
les tratar segn sean sus merecimientos. Esto debe bastarte.

Dichas estas palabras, recogi la media y quit la rosa que adornaba su
cabeza. Fuera que instintivamente saba San Antonio la hora, el momento
preciso en que la tabernera hara desaparecer aquella flor inocente que
tanto pareca desagradarle, fuera que estuviese acechando el instante
de su desaparicin, es lo cierto que el Santo no tard en presentarse,
y que, al cabo de contados segundos, el establecimiento haba recobrado
la animacin de costumbre.

Llegada la noche, en las pocas del ao en que los habitantes de San
Antonio se sentaban en las puertas de sus casas o se reunan por calles
y patios buscando aire puro que respirar, la seora Defarge, con su
labor en las manos sola ir de puerta en puerta y de grupo en grupo...
especie de misionero como tantos otros. Todas las mujeres hacan
calceta, sin duda para que aquel trabajo mecnico substituyese al de
las mandbulas, en paro forzoso la mayor parte del tiempo. Ya que no
podan moverse las mandbulas ni el aparato digestivo, se movan las
manos. Si el paro se hubiese extendido hasta los dedos, los estmagos
habran sentido ms los rigores del hambre.

A la par que se movan los dedos se movan tambin los ojos y los
pensamientos; y a medida que la seora Defarge pasaba de puerta en
puerta y de grupo en grupo, los dedos de las mujeres que encontraba
trabajaban con ardor redoblado, y los ojos miraban con mayor fiereza y
la actividad de los pensamientos se centuplicaba.

Su marido fumaba junto a la puerta de la taberna, contemplando a la
compaera de su vida con admiracin.

--Una mujer grande... una mujer fuerte... una mujer
sublime!--murmuraba.

Cerr la noche; repicaron las campanas de las iglesias y sonaron a
lo lejos los redobles de los tambores: las mujeres seguan haciendo
calceta. Aproximbase otra noche ms tenebrosa, otra noche en que las
campanas de las iglesias, que entonces repicaban con alegra, daran su
bronce para fundir con l tronadores caones, en que los redobles de
los tambores atronaran los aires para ahogar la voz de un condenado...
omnipotente aquella noche, con la omnipotencia que dan el poder y la
abundancia, la libertad y la vida. Los tules de la noche envolvan a
las mujeres que hacan calceta, como envolveran dentro de poco aquel
otro edificio, no construdo todava, donde se sentaran, tambin
haciendo calceta pero viendo y contando al propio tiempo las cabezas
que una tras otra caan.


XVII

UNA NOCHE

Ni el refugio tranquilo de Soho admir jams puesta de sol tan hermosa
como la de la tarde memorable en que el doctor Manette y su hija la
contemplaron sentados bajo el copudo pltano que se alzaba en el patio
de la casa, ni la luna surgi nunca tan radiante y esplendorosa sobre
la ciudad de Londres como la noche que encontr a aquellos sentados
bajo el rbol y ba sus rostros y sus cabezas con una luz plcida que
cernan las hojas.

Luca deba casarse al da siguiente, y quera consagrar a su padre la
ltima noche de soltera: a esta circunstancia era debido que estuviera
sentada bajo el pltano en compaa del autor de sus das.

--Eres feliz, padre querido?

--Completamente, hija ma.

Aunque se encontraban en el lugar mencionado desde algunas horas antes,
era muy poco lo que haban hablado. Otros das, cuando la nia se
sentaba bajo el rbol en compaa de su padre, trabajaba o lea; mas en
la ocasin presente, aun durante el tiempo en que tuvo luz sobrada para
trabajar o para leer, no hizo ni lo uno ni lo otro. Las circunstancias
haban variado, y cuando stas varan, se interrumpe la costumbre.

--Tambin soy feliz yo, muy feliz esta noche, padre mo. Me hace feliz
ese amor que el Cielo ha bendecido... mi amor a Carlos y el amor de
Carlos por m. Sin embargo, si yo no pudiera continuar consagrndote
mi vida, si mi matrimonio me impusiera la obligacin de separarme de
ti, aun cuando entre nuestra casa y la tuya no mediara ms que el ancho
de la calle, lejos de considerarme feliz, me sentira desgraciada. Aun
as...

Aun as la emocin concluy por dominarla por completo.

A la luz melanclica de la luna, ech los brazos al cuello de su padre,
y sobre el pecho de ste reclin la cabeza. La luz de la luna, que
siempre es triste, como triste es la luz del sol... como triste es la
luz que llamamos vida humana, que hoy luce y maana se ha extinguido,
ilumin un cuadro sencillamente conmovedor.

--Padre querido! Ests convencido... firmemente convencido, de que
entre nosotros no han de interponerse jams nuevos amores mos, nuevos
deberes mos? Yo s lo estoy; pero y t? Arraiga esta certeza en el
fondo de tu corazn?

--Completa, absolutamente convencido!--respondi el padre con acento
de firme conviccin.--Ms an, hija ma!--aadi, besndola.--Mi
futuro se presenta a mis ojos ms brillante visto a travs de tu
matrimonio de lo que lo vera si continuaras soltera.

--Si pudiera creerte, padre mo...!

--Pues crelo, encanto mo, porque as es. Piensa que nada ms natural
ni ms lgico. Si supieras la ansiedad que a un padre produce el
porvenir de una hija adorada...! Si pudieras apreciar cun grandes
son mis anhelos de prevenir contingencias que acaso te hicieran
desgraciada...!

La nia quiso sellar con su mano los labios de su padre, pero ste se
lo impidi apoderndose de la mano, y prosigui as:

--Desgraciada, hija ma, s; arrancada al orden natural de las cosas...
por causa ma. Tu abnegacin, tu falta de egosmo no es posible que
comprendan cunto me ha preocupado ese punto; pero si te preguntas
cmo puede ser mi felicidad completa siendo incompleta la tuya, acaso
comprendas mis palabras.

--Si nunca hubiera visto a Carlos, padre mo, t slo hubieses bastado
para que mi dicha fuera completa.

El padre no pudo menos de sonreir ante aquella confesin inconsciente
de que su hija sera desgraciada sin Carlos, despus de haberle visto,
y contest:

--Hija ma; viste a un hombre, y ese hombre era Carlos; de no haber
sido Carlos, sera otro; y si no hubiese sido otro, no te quepa duda de
que la causa habra sido yo, en cuyo caso, el perodo desgraciado de mi
vida no slo me hubiese envuelto a m en sus tenebrosas sombras, sino
tambin alguien ms, y ese alguien hubieras sido t.

Era la primera vez, despus de la vista de la causa de Darnay, que el
doctor haca alusin a su desgracia.

--Mrala!--exclam el doctor de Beauvais, extendiendo el brazo en
direccin a la luna y dando a sus palabras una entonacin que su hija
no pudo olvidar en mucho tiempo.--Muchas veces la he visto desde la
estrecha ventana de mi calabozo, cuando su luz me haca dao. La he
contemplado muchas veces cuando me produca torturas tan espantosas
pensar que brillaba sobre los seres que yo haba perdido, que de buena
gana me hubiese lanzado de cabeza contra los muros de mi prisin.
La he contemplado encontrndome en tal estado de atontamiento e
imbecilidad, que no se me ocurra pensar en otra cosa que en el nmero
de lneas horizontales que en su superficie podra trazar durante
el plenilunio, y el de las perpendiculares con que me sera dable
cortar a las primeras. Recuerdo que calculaba que caban veinte de
cada clase--aadi pensativo--y la vigsima caba con dificultad.
La he contemplado pensando millones de veces en el hijo del que me
arrancaron violentamente antes que naciera... Pensaba si haba nacido
vivo, si viva, si el dolor de la madre habra muerto a los dos.
Pensaba s, caso de ser varn, vengara a su padre, pues mientras
estuve enterrado en vida, hubo tiempo en que me dominaba un deseo
intolerable de venganza; pensaba si acaso nunca llegara a saber la
triste historia del autor de sus das, si tal vez creyera que su padre
haba desaparecido libre y espontneamente. Pensaba que si era hija,
llegara a ser mujer, y me la representaba olvidada por completo de m,
ignorante de mi existencia. Con la imaginacin la vea crecer, vivir
un ao y otro ao; la he visto casada con un hombre que desconoca mi
triste suerte. Me he considerado muerto para el mundo de los vivos, y
he visto la generacin siguiente a la ma en la que yo no figuraba.

--Padre mo!--exclam la joven, besando a su padre con transporte.--No
ha existido nunca esa hija a la que tus pensamientos se referan, pero,
esto no obstante, casi me hace tanto dao oirte hablar como hablas como
si esa hija fuera yo.

--T, Luca? Al contrario! Precisamente esos recuerdos brotan de
la dicha, de los consuelos que me has trado, y como son recuerdos
agradables, tengo placer en recordarlos a la luz de la luna de nuestra
noche ltima... Qu estaba diciendo?

--Que nada saba de ti tu hija... que no se acordaba de ti.

--Es verdad; pero otras noches, cuando mi tristeza y el silencio que me
rodeaba daban a mi emocin rumbo distinto, cuando me producan algo as
como una sensacin dolorosa de paz... como una emocin cuyo fundamento
era el dolor... me imaginaba a mi hija penetrando en mi calabozo
sacndome de la fortaleza en que estaba encerrado y proporcionndome la
libertad. Muchas, muchsimas veces he visto su imagen a la luz de la
luna, lo mismo que en este momento veo la tuya. Haba, sin embargo, una
diferencia, y es, que jams pude llegar a estrecharla entre mis brazos,
que siempre la vea fra, inmvil, rgida en el centro del calabozo, en
el espacio comprendido entre la reja y la puerta... Ya comprenders que
no eras t la nia de que hablo.

--No lo era; es cierto... pero tu fantasa te haca creer...

--No; nada de eso. Mi rgano visual, perturbado, es claro, la vea
inmvil, y en cambio, el fantasma que mis facultades intelectuales
perseguan era el fantasma de otra nia distinta y ms real. De su
aspecto externo, no s sino que se pareca a su madre la imagen que
vean mis ojos... y el otro, el fantasma... tambin se le pareca...
como te pareces t... pero era un parecido diferente. Me entiendes,
Luca? No, verdad? Dudo mucho que quien no se haya pasado largos
siglos recludo y separado de los suyos pueda comprender las
distinciones sutiles de un prisionero.

Aunque la calma del padre era perfecta, la joven senta correr hielo
por sus venas al oirle cmo disecaba la condicin de nimo en que en
tiempos, afortunadamente pasados, se encontr.

--Me la he imaginado viniendo a mi calabozo a la luz de la luna para
decirme que su dichoso hogar de casada estaba lleno de dulces recuerdos
de su padre perdido para siempre. En su gabinete ocupaba mi retrato
lugar preferente y yo era el que inspiraba sus plegarias. Su vida era
activa, feliz, til; pero la llenaba, la saturaba mi triste historia.

--Esa hija era yo, padre mo. No era, ni con mucho, tan buena como te
la imaginabas, pero mi tierno cario no lo exageraba tu fantasa.

--Me enseaba tambin a sus hijos, a los cuales con frecuencia hablaba
de m. Todos ellos haban aprendido a compadecerme. Cuando pasaban
cerca de uno de esos sepulcros que llaman prisiones de Estado,
desviaban sus miradas de sus ceudos muros, miraban con temor a sus
rejas y hablaban en voz muy baja. Mi hija no poda darme la libertad;
pero aun as, bastaba que me la representase mostrndome las cosas
que acabo de indicar, para que corriesen por mis mejillas lgrimas
consoladoras y para que cayera de rodillas bendicindola.

--Yo soy esa hija, s, yo soy. Oh, padre mo! Me bendecirs maana
con ese mismo fervor?

--Recuerdo esas torturas antiguas, Luca querida, porque as resalta
ms y ms la dicha que esta noche me embarga. Jams mis esperanzas,
ni aun cuando fueron ms desmesuradas, llegaron a representarme una
felicidad tan grande como la que experimento desde que estoy a tu lado,
como la que espero saborear en lo futuro.

Abraz a continuacin a su hija, la bendijo solemnemente y di gracias
fervientes a Dios que se la haba concedido. Poco despus entraban
abrazados en la casa.

No asistiran invitados a la ceremonia matrimonial, ni por causa del
matrimonio se haran alteraciones en la residencia del doctor. Habanse
limitado a ensancharla un poco tomando el piso superior que hasta
entonces ocupara un inquilino invisible, con lo que quedaron colmados
sus deseos.

El doctor Manette estuvo muy alegre y animado durante la cena. Tres
personas se sentaron a la mesa, siendo la tercera la seorita Pross. El
doctor sinti que no hubiesen invitado a Carlos Darnay; hasta sinti
tentaciones de regaar a las que fraguaron el complot que le haba
alejado, y bebi a su salud.

Ya muy tarde, di las buenas noches a Luca y se retir a su
habitacin. A las tres de la madrugada, la joven, no del todo libre de
temores y de presentimientos, se levant y entr sigilosamente en el
dormitorio de su padre.

Todo lo encontr en su puesto, todo en orden, todo tranquilo. El
doctor dorma con placidez, su larga cabellera blanca caa sobre la
almohada y sus manos reposaban con naturalidad sobre la colcha. La nia
dej la palmatoria en un rincn, avanz hasta el lecho y roz con sus
frescos labios los agostados de su padre. A continuacin pos sobre l
una mirada intensa.

Hondas huellas haban dejado en su perfecto rostro las aguas amargas
del cautiverio; pero tan firme, tan enrgica era la resolucin de aquel
padre, que hasta durmiendo consegua disimularlas. En los extensos
dominios del sueo, seguramente no se habra encontrado aquella noche
otro rostro tan prevenido contra las miradas de cualquier visitante
inesperado como el del doctor Manette.

Tmidamente pos una mano sobre aquel pecho tan querido, y pidi con
fervor a Dios que le concediese serle siempre tan fiel como su amor
paternal y sus pasados sufrimientos merecan. Retir luego la mano,
bes aquella boca adorada una vez ms, y sali del dormitorio.

Cuando naci el sol, las sombras que las hojas del pltano proyectaban
sobre su cara no se movan con tanta dulzura como se movieron los
labios de Luca cuando dirigi al Cielo su plegaria.


XVIII

NUEVE DIAS

La naturaleza despleg todas sus galas el da del matrimonio. Ya
estaban dispuestos todos los que a la ceremonia deban asistir,
esperando que el doctor saliera de su habitacin, donde estaba hablando
con Carlos Darnay. Junto a la puerta de la habitacin indicada estaban
la novia, radiante de belleza, el seor Lorry y la seorita Pross...
para la cual el suceso, merced a un proceso gradual de reconciliacin
con lo inevitable, hubiese sido manantial de dicha infinita, de no
ensombrecerlo un poquito la penosa consideracin de que el novio no
deba ser Carlos Darnay sino su hermano Salomn.

--La verdad es que hice un negocio redondo!--exclam Lorry, quien no
se cansaba de admirar a la novia.--Mire usted que acompaarla en su
viaje a travs del Canal para esto! Vlgame Dios, y qu poco pens lo
que haca! Y qu poco valor conceda yo al servicio que en aquella
ocasin prest a mi buen amigo Carlos Darnay!

--No s cmo poda usted concederle ms o menos valor del justo si ni
remotamente soaba en lo que haba de suceder!--observ la seorita
Pross.--Tonteras!

--De veras? Quiz tenga usted razn... Pero no llore--replic Lorry.

--Yo no lloro; el que llora es usted--replic la seorita Pross.

--Yo, Pross de mis pecados?--pregunt Lorry, que ya se atreva a
bromear con su interlocutora alguna que otra vez.

--Usted, s. Llora en este instante, lo he visto, y es tonto que me lo
niegue. Adems, no me extraa. Un regalo como el que usted ha hecho
a la seorita, es para arrancar lgrimas a los ojos de una estatua
de piedra. Vaya un servicio de plata! Yo estuve llorando anoche
sobre cada uno de los tenedores, sobre cada una de las cucharas de la
coleccin desde que lleg el estuche hasta que pude verlo abierto.

--Lo que me envanece sobremanera, aunque por mi honor juro que no fu
mi intencin que ese pequeo recuerdo hiciera sufrir a nadie. Diablo,
diablo! He aqu una ocasin que obliga a un hombre a pensar con pena
en lo lo que ha perdido! Cuando me acuerdo de que hace ya cincuenta
aos que podra haber en el mundo una seora Lorry...!

--Lo niego!--replic la seorita Pross.

--Cmo! Opina usted que era imposible que hubiera una seora Lorry?

--Quite usted all! Desde que lo mecan en su cuna viene usted siendo
soltero!

--Lo creo muy probable--contest Lorry arreglndose el peluqun.

--Y antes que lo pusieran en la cuna, lo cortaron para soltern
sempiterno.

--En cuyo caso, hicieron muy mal, pues debieron escuchar mi voto antes
de escoger el patrn... Estoy oyendo ruido de pasos en la habitacin
contigua, mi querida Luca--aadi pasando el brazo alrededor de la
cintura de la novia--y la seorita Pross, y yo, como personas formales
y de negocios que somos, suspendemos nuestra controversia, porque no
queremos desperdiciar la oportunidad que se nos ofrece para decirla
algunas cosillas que no la desagradar oir. Va usted a dejar a su
padre, querida nia, en manos tan cariosas y tan deseosas de servirle
como las de usted, en manos que se desvivirn por atenderle y cuidarle
durante las dos semanas que los felices desposados han de pasar en
Warwickshire y sus contornos. Hasta el Banco Tellson retroceder,
metafricamente hablando, para darle paso. Y cuando terminados los
quince das, acompae a usted y a su querido esposo en el viaje a
Wales, que ha de durar otros quince das, ha de confesar usted que
se lo devolvemos ms contento y feliz de lo que nos lo dej... Pero
_alguien_ se acerca a la puerta, y esta linda muchachita permitir que
la bese un soltern empedernido antes que aquel _alguien_ llegue y
reclame lo que es suyo.

El excelente Lorry estuvo un buen espacio contemplando aquel hermoso
rostro, separ luego los sedosos rizos de oro, que se confundieron con
su peluqun castao, y pos sus labios sobre la tersa frente con la
delicadeza con que hacan estas cosas los contemporneos de Adn.

Abrise la puerta de la habitacin del doctor saliendo ste seguido
de Carlos Darnay. Mortal palidez cubra el rostro del primero, en el
que ni rastros de color quedaban, palidez que no exista cuando en su
habitacin qued encerrado con Darnay. Su actitud, sin embargo, su
expresin, continuaban inalterables, aunque el ojo penetrante de Lorry
descubri cierta indicacin sombra que acusaba el paso sobre su alma
del soplo de repulsin y de odio que otras veces, semejante a fugaz
rfaga de viento helado, le haba azotado.

Di el brazo a su hija y la acompa hasta el carruaje que Lorry, en
atencin a la solemnidad del da, haba alquilado. Las dems personas
se acomodaron en otro carruaje, y minutos despus, Carlos Darnay y
Luca Manette quedaban unidos con dulces e indisolubles lazos en la
iglesia prxima.

Adems de las transparentes lgrimas que brillaron entre sonrisas
mientras tena lugar la ceremonia, en la mano de la novia chispearon
algunos brillantes de aguas clarsimas que momentos antes haban sido
libertados de la obscuridad de uno de los bolsillos del seor Lorry,
donde se hallaban recludos. Regresaron los novios a la casa, seguidos
por el reducido crculo de invitados, almorzaron, y ms tarde, la
hermosa cabellera de oro que en otro tiempo confundiera sus hebras con
los blancos mechones del pobre zapatero que en un sotabanco de Pars
haca zapatos con verdadero ardor, volvi a juntarse con los mismos,
baada por los resplandores de un sol matinal, en el umbral de la
puerta y en el momento de la despedida.

Era una separacin dolorosa, aunque su duracin habra de ser poca. El
padre anim a su hija, se desprendi dulcemente de los amantes brazos
de sta, y dijo con expresin animada:

--Tmala, Carlos! Es tuya!

Un minuto despus, por la ventanilla de una silla de posta que se
alejaba sala una mano que agitaba un pauelo; la mano de Luca.

Como el rinconcito de Soho estaba a cubierto de miradas curiosas y
fuera de los sitios frecuentados por los ociosos, y por otra parte,
los preparativos haban sido sencillos y nada aparatosos, una vez se
hubieron ido los novios, quedaron completamente solos el doctor, el
seor Lorry y la seorita Pross. Cuando los tres volvieron a entrar en
el saln, fu cuando Lorry repar en el cambio terrible que acababa
de sufrir el doctor: no pareca sino que el brazo del gigante de oro
haba descargado sobre l un golpe envenenado.

Natural era que a los esfuerzos violentsimos que necesariamente hubo
de hacer para mantener cerrada dentro del pecho su emocin, siguiera
la revulsin, tambin violenta, tan pronto como desapareciera la
causa, la ocasin de aqullos. No fu, pues, la revulsin, no fu el
aplanamiento, lo que alarm al seor Lorry, sino el enajenamiento
con que llev el doctor las manos en la cabeza, la monotona lgubre
con que empez a pasear tan pronto como entr en la habitacin, y
le alarmaron esos sntomas, porque le recordaron el sotabanco de la
taberna de Defarge y la condicin en que all encontr al doctor.

--Creo--dijo en voz muy baja a la seorita Pross--que no debemos
dirigirle la palabra en este instante ni distraerlo en forma alguna.
Voy a dar un vistazo al Banco, de donde regresar dentro de un momento.
A mi vuelta, le sacar al campo, donde comeremos despus de dar un buen
paseo, y espero que de esa suerte conseguiremos disipar los negros
pensamientos que parece que flotan sobre su alma.

Nada ms fcil para Lorry que entrar en el Banco; pero nada ms difcil
que salir de l. El vistazo que se propona dar dur dos horas. Cuando
volvi a la casa de Soho y subi la escalera, sin preguntar al criado
que sali a abrirle, al ir a entrar en la habitacin del doctor, a la
cual se diriga en derechura, qued como clavado en el suelo. Dentro de
la habitacin sonaban recios y repetidos golpes.

--Buen Dios!--exclam, retrocediendo un paso--Qu es eso?

La seorita Pross, con el terror pintado en su cara, murmur en su odo:

--Qu desgracia...! Pobres de nosotros...! Todo est perdido, todo!
Qu le decimos a la seorita? Quin se lo dice? Oh...!--aadi,
retorcindose las manos--No me conoce, seor Lorry, y est haciendo
zapatos!

Esforzse Lorry por calmarla, bien que intilmente, y penetr en la
habitacin del doctor. Haba acercado ste la banqueta a la ventana,
tal como la tena colocada en el sotabanco de Pars, y trabajaba con
ardor, doblada la cabeza sobre el zapato.

--Doctor Manette!--grit Lorry.--Mi amigo querido... mi buen doctor
Manette...!

Alz la cabeza el doctor, mir al que le llamaba con expresin entre
de extraeza y de clera, descontento sin duda de que se atrevieran a
dirigirle la palabra... y prosigui su tarea.

Habase despojado de la levita y del chaleco, llevaba la camisa
desabrochada y el pecho desnudo, exactamente igual que cuando le
encontraron en el sotabanco de la taberna, hasta haba recobrado
su rostro el antiguo aspecto macilento y sombro de los aos de su
desgracia, y trabajaba con ardor extraordinario, con impaciencia, como
quien termina una obra urgente y no quiere ser interrumpido.

Mir Lorry el zapato que el doctor cosa y vi que era de forma muy
pasada de moda. No se atrevi a sacrselo de las manos; pero tom otro
que haba a los pies del zapatero, y pregunt a ste qu era.

--Zapato de paseo para seorita--contest el doctor sin alzar los
ojos.--Hace ya mucho tiempo que deb terminarlo. Djeme en paz.

--Pero por Dios vivo, doctor Manette!--exclam Lorry.--Mreme!

Obedeci el doctor con la sumisin mecnica antigua, pero sin
interrumpir su labor.

--No me conoce ya, mi querido amigo? Vuelva usted en s, doctor
Manette! Su oficio no es el de zapatero... no lo ha sido nunca.

Fu trabajo perdido intentar arrancarle una sola palabra. Alzaba
momentneamente la cabeza cuando Lorry se lo deca, pero todas las
instancias, todas las splicas fueron estriles: no habl. Trabajaba,
cosa con verdadero ardor, y las palabras que le eran dirigidas
resbalaban sobre sus odos, cual resbalaran sobre fro muro de acero.
Un solo rayo de esperanza brill entre las sombras de desesperacin
que envolvieron a Lorry, y fu que algunas veces, el doctor le miraba
furtivamente sin que l se lo dijera. El rayo de esperanza era dbil,
como que no tena ms fundamento que el de ser las miradas de su amigo
a manera de indicacin de curiosidad, de perplejidad de nimo, algo as
como sntoma de que el doctor intentaba armonizar, poner de acuerdo
ciertas dudas que hubiesen surgido en su alma.

Lorry opin que se impona la necesidad de adoptar dos resoluciones
importantes, aparte de otras de importancia ms secundaria: la primera,
evitar que Luca tuviera noticia de la desgracia, y la segunda,
evitar que sta llegara a odos de ninguna de las personas que
conocieran al doctor. Puesto de acuerdo con la seorita Pross, tom
inmediatamente las medidas de precaucin necesarias para conseguir el
segundo resultado, y stas consistieron en manifestar que el doctor se
encontraba indispuesto, y que su estado de salud exiga algunos das de
reposo y de aislamiento absoluto. Para engaar a su hija, la seorita
Pross deba escribir una carta hacindola saber que su padre haba
tenido que salir por asuntos de su profesin, y comentando una misiva
recibida por correo y escrita por el doctor a toda prisa, en la cual se
limitaba a decir que su ausencia sera breve.

Estas medidas eran, por decirlo as, de carcter general, y Lorry las
adopt por si la crisis desgraciada del doctor desapareca pronto.
Por si esta solucin no se haca esperar, consider necesario, o muy
conveniente por lo menos, seguir un plan del que se prometa grandes
resultados para lo futuro, plan que consista en formar opinin fundada
y motivada acerca de la condicin de nimo de su amigo.

Muy pronto hubo de convencerse de que, hablarle, no slo era
perfectamente intil, sino tambin perjudicial, puesto que cuando le
estrechaba a fuerza de preguntas o de observaciones, le desazonaba
y excitaba ms y ms. Desisti, en consecuencia, de hablarle, y
resolvi no dejarle un momento solo, convertirse en protesta muda
contra el engao en que haba cado o estaba cayendo. A este efecto,
y en su deseo de llevar a cabo la noble misin que se haba impuesto
envolvindola en el mayor secreto, por primera vez en su vida tom las
medidas convenientes para permanecer por plazo indefinido ausente del
Banco, y se posesion de una butaca colocada junto a la ventana de la
habitacin del doctor, donde se pasaba el tiempo leyendo o escribiendo.

El doctor Manette comi y bebi lo que le sirvieron, y trabaj el da
primero hasta que le falt la luz, siendo de notar que, cuando l hubo
de dejar su tarea, haca ya media hora larga que Lorry haba tenido que
dejar a un lado el libro que estaba leyendo, sencillamente porque no
vea ya las letras. Lorry se levant al ver que el doctor dejaba los
tiles del oficio, y le pregunt:

--Quiere usted salir?

Clav el doctor los ojos en el suelo, los llev de una parte a otra
como en tiempos pasados, y alzndolos al fin, dijo:

--Salir?

--S... A dar un paseo conmigo: por qu no?

No intent explicar por qu no, ni volvi a despegar los labios; pero
Lorry, mientras le contemplaba con mirada penetrante, doblando el
cuerpo, apoyados los codos sobre las rodillas y la cabeza sobre las
palmas de las manos, crey que el desdichado se preguntaba a s mismo:
Por qu no? La sagacidad del hombre de negocios vi en ello una
ventaja, y resolvi sacar de ella todo el partido posible.

Durante las noches, vigilaban al enfermo desde la habitacin contigua,
ora el seor Lorry ora la seorita Pross, a cuyo efecto haban
establecido dos turnos, correspondientes a otras tantas mitades en que
dividieron el servicio de guardia. El doctor sola pasar algn tiempo
paseando por su cuarto antes de recogerse en el lecho; pero cuando se
acostaba, dormase profundamente y disfrutaba de un sueo tranquilo.
Llegada la maana, no bien se levantaba, dirigase en lnea recta a su
banqueta y se pona a trabajar.

En el segundo da de la crisis, Lorry salud al doctor llamndole
por su nombre, y seguidamente comenz a hablarle de asuntos que a
entrambos eran muy familiares. No le contest aqul, pero era evidente
que oy lo que se le deca y que pensaba en ello, bien que de una
manera confusa. Esto anim a Lorry, quien rog a la seorita Pross que
entrara a hacerle compaa varias veces durante el da, a fin de hablar
constantemente de Luca y de su padre, presente a las conferencias,
con naturalidad y como si nada hubiese sucedido. Los resultados no
fueron muy felices, pero tampoco tan estriles que no animaran a Lorry
a continuar el plan, pues se consigui, ya que no otra cosa, disipar,
siquiera fuera por breves instantes, el estado de indiferencia en que
se hallaba sumido.

Cuando cerr la noche de este segundo da, Lorry repiti su pregunta
del da anterior:

--Mi querido doctor: quiere usted salir?

Y como el da anterior respondi el interrogado:

--Salir?

Fingi Lorry una ausencia al no poder obtener otra contestacin,
volviendo a entrar al cabo de una hora. Mientras Lorry estuvo fuera, el
doctor retir la banqueta que estaba junto a la ventana y se sent en
una silla, desde donde estuvo contemplando el pltano del patio; pero
no bien entr Lorry en la habitacin, volvi a sentarse en la banqueta.

Pasaron los das, y las esperanzas que Lorry concibiera banse
desvaneciendo poco a poco. Cierto que la desgracia no haba salido de
la habitacin del doctor; cierto que era un secreto para todos, que
Luca ni remotamente la sospechaba y que era feliz y estaba contenta;
pero el buen banquero no poda menos de ver, con profunda pena, que el
zapatero, cuya mano estaba torpe los primeros das, iba adquiriendo una
habilidad maravillosa, que el doctor tomaba por momentos ms gusto al
oficio, y que sus manos en ninguna hora del da trabajaban con tanto
ardor y tanta destreza como cuando la noche tendi su negro manto sobre
el da noveno despus de la desgracia.


XIX

UNA OPININ

Muertas las energas a manos de largas y ansiosas horas de incesante
vigilancia, el seor Lorry cay dormido en su puesto de honor. Un rayo
tan indiscreto como brillante del sol matinal vino a sacudir el pesado
sueo que le venciera la noche anterior, que era la dcima de las de la
serie de vigilancia.

Con mano nerviosa se frot los ojos, psose en pie y corri a la
entrada del dormitorio del doctor. All se detuvo con brusquedad,
preguntndose si dorma o si estaba despierto. Motivos? Los tena
sobrados: la banqueta, con el resto de los tiles del oficio de
zapatero, estaba en un rincn, y el doctor lea tranquilamente,
arrellanado en una butaca junto a la ventana. Vesta traje de maana,
y su rostro, que Lorry vea perfectamente, aunque un poquito plido,
reflejaba una calma y una placidez absolutas.

Unos cuantos pellizcos administrados con mano firme llevaron al nimo
del seor Lorry el convencimiento de que no dorma: punto era ste
que quedaba perfectamente aclarado y dilucidado. Pero si entonces
estaba despierto, no se pas durmiendo los das anteriores? El
zapatero, que tantos quebraderos de cabeza le proporcion, no sera
un personaje soado, un hijo de prolongada pesadilla? Caba otra
explicacin al hecho de que estuviera entonces viendo, con sus propios
ojos, perfectamente despiertos, a su amigo, vestido como de ordinario,
tranquilo como de ordinario, y leyendo como de ordinario?

Y sin embargo, de no haber sido su confusin y su atona tan grandes,
esta hiptesis ltima caa por su base. Si el desgraciado cambio de tan
profunda impresin le haba producido fu soado y no real, qu haca
en la tranquila casa de Soho el banquero del famoso Tellson? Cmo
acababa de encontrarse dormido, vestido y calzado, sobre el sof de la
sala de consultas del doctor Manette? Por qu le asaltaban aquellas
dudas a hora tan temprana de la maana y precisamente en la entrada de
la alcoba del doctor?

Minutos despus, la seorita Pross susurraba algunas palabras en su
odo. Si algn resto de duda hubiese quedado en su nimo, las palabras
que heran sus odos la habran disipado, pero no quedaban ya: su
cabeza estaba fresca y las dudas haban desaparecido. Ante el nuevo
estado de cosas, aconsej Lorry no hacer nada hasta que llegase la
hora del almuerzo, y visitar entonces al doctor como si nada hubiera
ocurrido. Si su amigo continuaba tranquilo y dueo de s mismo, Lorry
le interrogara con cautelosa astucia y procurara obtener de l mismo
algo que pudiera orientarle y servirle de gua en lo sucesivo.

El plan, que mereci la aprobacin de la seorita Pross, fu ejecutado
con diligente esmero. Lorry, que dispuso de tiempo sobrado para
acicalarse, se present a la hora del almuerzo pulcro e irreprochable.
El doctor fu llamado como de ordinario, y como de ordinario se sirvi
el almuerzo.

De la conversacin, entablada y seguida por parte de Lorry con con
cautela y tacto exquisitos, infiri que el doctor crea que el
matrimonio de su hija haba tenido lugar el da anterior. Avanzando con
mtodo en sus trabajos de exploracin, dej caer como al descuido una
alusin al da de la semana y del mes en que se encontraban, alusin
que confundi visiblemente al doctor, mas como quiera que en todos los
dems reflejaba una serenidad de juicio evidente, Lorry resolvi buscar
la ayuda que ambicionaba, y esa ayuda la esperaba del mismo doctor. En
consecuencia, terminado el almuerzo y levantados los manteles, dijo
Lorry con muestras de vivo inters:

--Mi querido Manette, deseo me exponga usted su opinin acerca de un
caso que me interesa extraordinariamente, de un caso muy curioso...
quiero decir, muy curioso para m, pues quiz usted lo encuentre
natural y lgico.

El doctor escuchaba con viva atencin y mirando con expresin
conturbada sus manos encallecidas por el trabajo de los diez das
ltimos. Ya antes las haba mirado con frecuencia.

--Afecta el caso en cuestin, mi querido Manette--repuso Lorry--a
un amigo mo, a quien quiero mucho. He aqu por qu le ruego muy de
veras que lo examine con verdadero inters y me aconseje en bien de mi
amigo... y sobre todo, en bien de su hija... de la hija de mi amigo, mi
querido Manette.

--Si no entiendo mal--contest el doctor en voz muy baja,--se trata de
un sacudimiento mental...

--Eso es!

--Hbleme con claridad y sin omitir detalle--dijo el doctor.

Comprendi Lorry que se haban entendido, y prosigui as:

--Mi querido Manette, se trata de una conmocin terrible, muy antigua
y que dur varios aos, de una conmocin cruel, brutal, de las
afecciones, de los sentimientos, de... las facultades, del espritu...
eso es: del espritu. Cunto tiempo dur la conmocin que rindi y
abati al desdichado que fu su vctima, es lo que no puedo precisar,
pues slo mi amigo podra decrnoslo, y l no se hallaba en condiciones
de calcular el tiempo. El que sufri la conmocin lleg a reponerse
de sus efectos merced a un proceso que ni l mismo puede explicar...
segn le o manifestar en pblico en una ocasin en que hizo un relato
conmovedor de sus desgracias. Digo que se ha repuesto de los efectos
del sacudimiento mental tan completamente, que hoy es un hombre de
inteligencia clarsima, un hombre que puede entregarse a ocupaciones
intelectuales profundas, de alma vigorosa y de cuerpo fuerte, un hombre
que multiplica todos los das sus conocimientos, y cuenta que ya antes
posea de ellos rico caudal. Por desgracia... ha tenido... una pequea
recada.

El doctor pregunt anhelante:

--De qu duracin?

--Ha durado nueve das con sus noches.

--En qu forma se manifest?--pregunt el doctor, mirando de nuevo sus
manos.--Tal vez volviendo a entregarse a alguna ocupacin antigua
relacionada con su sacudimiento mental?

--En efecto.

--Otra cosa: Tuvo usted alguna vez ocasin de verle entregado
a esa ocupacin, durante su enfermedad original anterior a la
recada?--pregunt el doctor con gran calma, bien que siempre con voz
muy baja.

--Una sola vez.

--Despus de su recada, le encontr usted igual que antes en casi
todo... o en todo?

--Creo que en todo.

--Habl usted antes de una hija de su amigo: ha tenido la hija noticia
de la recada del padre?

--No: la recada ha permanecido rodeada del secreto ms rgido, y
no creo que la hija llegue a sospecharla nunca. De ella tenemos
conocimiento dos personas nada ms: yo, y otra de confianza absoluta.

--Previsin delicada y generosa, amigo mo!--exclam el doctor
estrechando efusivamente la mano de Lorry.

Los dos interlocutores guardaron silencio por espacio de algunos
momentos.

--Soy hombre de negocios, mi querido Manette--dijo Lorry poniendo fin
al silencio y hablando con acentos de vivo cario,--y, por tanto,
profano en asuntos tan enrevesados y difciles. Me faltan datos que me
orienten, me falta inteligencia, conocimientos que me guen, me falta
una persona que me asesore. En este mundo, no hay hombre en quien pueda
yo hacer confianza ni que me pueda sacar de dudas, como no sea usted.
Dgame, a qu fu debida la recada? Existe peligro de que sobrevenga
otra? Suponiendo que el peligro exista, hay medios de prevenirla? Qu
medios son estos? Qu puedo hacer en obsequio de mi amigo? Jams ha
existido en el mundo hombre que con tanto anhelo deseara servir a un
amigo como yo al mo, si supiera cmo; pero no s qu hacer si el caso
se repite. Si su sagacidad de usted, sus conocimientos, su experiencia,
pueden indicarme el camino recto, creo sin inmodestia que podr
hacer mucho: sin luces, sin auxilio extrao, todos mis buenos deseos
naufragarn en el mar obscuro de mi ignorancia. Por favor, dme usted
algunas explicaciones, ilumneme un poquito y enseme la manera de ser
til a mi amigo.

El doctor Manette baj la cabeza y se sumergi en profundas
meditaciones. Lorry esper con calma.

--Me parece muy probable--dijo el doctor al cabo de un rato--que la
recada que usted acaba de describirme estuviera prevista por el que
fu su vctima.

--Acaso prevista y temida?--se atrevi a preguntar Lorry.

--Temida, s--exclam el doctor, estremecindose involuntariamente.--No
es posible que usted se forme idea aproximada del peso enorme con
que ese temor gravita sobre el pecho del paciente... ni de la casi
imposibilidad en que se encuentra de hablar palabra acerca del asunto
que le oprime.

--Y no cedera esa opresin--pregunt Lorry--si se resolviera a
confiar a alguien el secreto que por lo visto le atosiga?

--Creo que s; pero le es, segn acabo de decir, punto menos que
imposible. Hasta se me figura... que es imposible en absoluto.

Sobrevino otra pausa, a la que puso fin Lorry, preguntando con dulzura:

--A qu causa atribuye usted la recada?

--A mi juicio--respondi el doctor Manette,--ha sobrevenido un
despertar enrgico de los recuerdos que fueron causa determinante de
la enfermedad inicial, han revivido ideas asociadas con las torturas
antiguas al soplo de algn suceso reciente. Es muy probable que en la
mente del paciente viniera acumulndose desde hace algn tiempo el
temor a ese despertar enrgico de recuerdos dolorosos... con motivo de
determinadas circunstancias.... con motivo de un suceso determinado...
En este caso, el paciente intent adoptar medidas de prevencin....
las adoptara seguramente, pero en vano. Quin sabe si los mismos
esfuerzos hechos para resistir el golpe le incapacitaron para
soportarlo!

--Cree usted que mi amigo recuerda lo que ha hecho durante la
recada?--pregunt Lorry, despus de vacilar durante algunos segundos.

Tendi el doctor miradas tristes en derredor, movi la cabeza, y
contest con voz ms baja que nunca:

--Absolutamente nada!

--Pasemos ahora al pronstico... al porvenir.

--El porvenir--contest con energa el doctor--me inspira grandes
esperanzas. Fndanse stas en el escaso tiempo que gracias al Cielo
ha durado la recada. Si tenemos en cuenta que el paciente, despus
de caer postrado al peso de algo desde tiempo antes temido, de algo
previsto ms o menos vgamente, de algo contra lo que en vano intent
prevenirse, se ha repuesto una vez ha estallado la nube, sobran motivos
para creer que ha pasado lo peor.

--Muy bien...! Muy bien! Sus palabras me tranquilizan...
Gracias!--exclam Lorry.

--Gracias!--repiti el doctor, doblando la cabeza.

--Quedan todava dos puntos sobre los cuales deseara me instruyese.
Puedo continuar?

--Es el mayor favor que puede usted hacer a su amigo--respondi el
doctor alargndole la mano.

--Primero: mi amigo es estudioso por temperamento y de una energa
poco comn. Persigue con ardor la adquisicin de nuevos conocimientos
profesionales, hace experimentos laboriosos y se dedica a infinidad
de cosas que exigen intensa labor mental. Dgame: no le parece que
trabaja con exceso?

--Creo que no. Quiz la ndole de su inteligencia exige un trabajo
mental continuo, bien sea la ndole en cuestin innata y natural, bien
modificada artificialmente, por decirlo as, a consecuencia de pesares
y aflicciones. Cuanto menos la ocupe en asuntos intelectuales, mayor
ser el peligro de que sus pensamientos tomen rumbos perjudiciales. Es
probable que l mismo, despus de observarse con detenimiento, haya
hecho el descubrimiento a que me refiero.

--Tiene usted seguridad de que la labor mental de mi amigo no es
excesiva?

--La tengo; s.

--Pero si le venciera el exceso de trabajo...

--Dudo mucho que tal cosa ocurra, mi querido Lorry. Cuando existe una
tendencia violenta en una direccin determinada, se hace indispensable
contrapesarla de alguna manera, o de lo contrario, se rompe el
equilibrio.

--Perdone mi insistencia, mi querido Manette, pues sabido es que los
hombres de negocios somos persistentes. Dando como averiguado que la
recada que lamentamos fu resultado de intensa presin mental, no
habr peligro de que se repita?

--No lo creo... no puedo creerlo--contest con acento de conviccin
profunda el doctor Manette.--Solamente la exacerbacin de una clase
determinada de recuerdos podra provocar otra recada, solamente la
vibracin violenta de la cuerda misma que motiv la primera pudiera
ser causa de otras. Ahora bien: despus de lo ocurrido, considero
punto menos que imposible nuevas exacerbaciones de los recuerdos a
que me refiero, imposibles nuevas vibraciones de la cuerda enferma.
Creo... casi me atrevo a asegurar que han desaparecido para siempre las
circunstancias que podran dar margen a nuevos tropiezos.

Hablaba el doctor con la timidez de quien sabe cun poco basta para
trastornar la organizacin delicada de la inteligencia, y al propio
tiempo con la confianza del que, templado en las aguas amargas de las
tribulaciones, ha adquirido esa fortaleza que es capaz de resistir
impvida los huracanes de la vida.

No sera su amigo quien tratase de combatir aquella confianza. Antes
por el contrario, se mostr ms esperanzado y convencido de lo que
en realidad estaba, y pas a tratar el segundo punto. Era este mucho
ms difcil y escabroso que el primero: de ello estaba Lorry muy
persuadido; pero record la conversacin que el domingo tuviera con
la seorita Pross, hzose cargo de las dolorosas escenas a que haba
asistido en los nueve das ltimos, y comprendi que estaba en el
deber de afrontarlo.

--Durante su recada, por fortuna pasada ya, se entreg... al oficio
de... cerrajero--dijo Lorry, con vacilacin manifiesta.--S; eso
es: al oficio de cerrajero. A ttulo de ejemplo que aclare bien los
conceptos, diremos que mi amigo, durante el tiempo de su desequilibrio
mental, acostumbraba trabajar en una fragua. Aadiremos que, debido a
circunstancias que no hay por qu detallar, ha vuelto a encontrar esa
fragua. No opina usted que es una lstima que la conserve a su lado?

El doctor se pas la mano por la frente.

--La tiene constantemente a su vista--repuso Lorry, mirando con
ansiedad a su amigo.--No le parece que sera preferible que no
volviera a ver lo que forzosamente ha de recordarle tiempos penosos?

El doctor golpeaba el suelo con pie nervioso.

--Tan difcil encuentra usted el consejo que le pido?--insisti
Lorry.--A m me parece la solucin sencillsima, no obstante lo cual,
creo que...

--Comprenda usted--contest el doctor Manette volvindose hacia su
interlocutor--que es sumamente difcil explicar con sujecin a las
reglas inflexibles de la lgica, las operaciones ntimas de la mente
del pobre hombre a quien usted se refiere. En tiempos pasados, solicit
con tanto ahinco dedicarse a ese oficio, que cuando le fu concedido lo
que anhelaba, di gracias al Cielo desde lo ms profundo de su alma. Es
indudable que, al encontrarse con un medio que le permita substituir
con la perplejidad de sus dedos la perplejidad de su cerebro, y
con la destreza de sus manos las operaciones de su mente torturada
cuando adquiri alguna prctica en el oficio, se aminorasen mucho sus
tormentos, en cuyo caso, es natural que muestre resistencia a separarse
de lo que tanto bien le hizo. Aun hoy, aunque creo que no existe el
menor peligro de nuevas recadas, aun cuando su amigo comparta esta
confianza ma, la idea de que pudiera llegar da en que hubiese de
necesitar la fragua, y no la encontrase, creo que ha de producirle un
dolor slo comparable al del padre a quien amenazan con separarle de su
hijo.

--No estamos de acuerdo--replic Lorry.--S que no soy autoridad en
la materia, pues como hombre de negocios, mi inteligencia se extingue
cuando no la aplico a cosas tan materiales como libras esterlinas,
chelines y billetes de Banco; pero aun as, pregunto: la conservacin
de la fragua, no tiende a la perpetuacin de la idea? Si la fragua
desapareciese, mi querido Manette, no desaparecera con ella el miedo?
En una palabra: no es concesin hecha al temor de conservar la fragua?

--Comprenda usted tambin--contest el doctor al cabo de otro rato de
silencio y con voz trmula--que se trata de un compaero antiguo.

--Un compaero antiguo que yo alejara de mi lado!--replic Lorry con
gran entereza, pues bueno ser advertir que la iba ganando a medida que
la perda el doctor.--Un compaero antiguo a quien yo sacrificara
sin pizca de remordimiento! No me hace falta ms que su autorizacin.
Conservarlo es pernicioso; de ello estoy seguro. Concdame el permiso
que solicito, mi querido Manette... Usted es bueno... tiene buen
corazn... concdamelo en aras de la tranquilidad de la pobre hija de
mi amigo...!

La lucha que en el pecho del doctor libraron pensamientos
contradictorios, fu enconada, terrible, espantosa. Al cabo del rato,
dijo:

--En obsequio a la hija de su amigo, concedo la autorizacin que me
pide. Sanciono el sacrificio de la fragua; pero que no se haga ante
los ojos de su amigo. Aproveche un momento de ausencia y lbrenle del
dolor de presenciar la destruccin de lo que fu su compaero nico en
tiempos pasados.

Con verdadera alegra acept Lorry la solucin, y la conferencia qued
terminada. Pasaron el da en el campo, lo que bast para reponer al
doctor. Durante los tres das siguientes hizo su vida normal, y a los
catorce de la ausencia de su hija, sali a reunirse con sta y con su
marido.

No bien cerr la noche del da en que el doctor sali de su casa,
penetr en el dormitorio de aqul nuestro buen amigo Lorry, armado
de una cuchilla de carnicero, una sierra, un cincel y un martillo.
Tras l entr la seorita Pross con un candelero en la mano. A puerta
cerrada, en el misterio de la noche, semejante al que comete un acto
criminoso, el seor Lorry hizo pedazos la banqueta de zapatero,
mientras la seorita Pross tena la luz como quien asiste a la comisin
de un asesinato. En la cocina se procedi luego a la incineracin
de la pecaminosa banqueta, previamente reducida a astillas, y a
continuacin, los tiles y herramientas del oficio, zapatos, suela y
cuero, recibieron honrosa sepultura en el jardn anejo a la casa. Tanto
el seor Lorry, como la seorita Pross, mientras ejecutaban la hazaa y
hacan desaparecer los rastros, se consideraban, y de ello tenan casi
aspecto, cmplices de un crimen horrendo.


XX

UNA SPLICA

La primera persona que se present en la casa del doctor Manette
despus de haber regresado los desposados de su viaje de novios, fu
Sydney Carton. Su traje, sus maneras, sus ademanes, su expresin, puede
decirse que eran las de siempre; pero sobre la dura corteza, con ser
extraordinariamente spera, resaltaba cierto aire de fidelidad que no
pas inadvertido a la escrutadora mirada de Carlos Darnay.

Carton aprovech la primera oportunidad que se le depar para llevar a
Darnay al hueco de una ventana, donde le habl sin que su conversacin
llegara a odos de ninguno de los presentes.

--Deseo que seamos amigos, seor Darnay--comenz diciendo Carton.

--Me parece que lo somos ya--contest Darnay.

--Agradezco que as lo diga usted, aun siendo sus palabras dictadas
lisa y llanamente por la educacin. Pero no me refera yo a esa amistad
_convencional_. Al decirle que deseo que seamos amigos, aludo a otra
clase de amistad.

Carlos Darnay le rog que se explicase.

--Por mi vida que encuentro ms sencillo comprender yo la idea que
hacerla comprensible a los dems!--respondi Carton.--Probar, sin
embargo. Recuerda usted aquella ocasin memorable en que me encontraba
yo ms borracho que de ordinario?

--Recuerdo la ocasin memorable en que me oblig usted a declarar que
haba bebido.

--No la he olvidado yo tampoco. La maldicin que pesa sobre esas
ocasiones deja en m rastros tan duraderos, que puede decirse que no
las olvido nunca. Abrigo la esperanza de que ha de llegar un da, el
que ponga fin a los mos sobre la tierra, en que satisfaga por aquella
ocasin... No se alarme usted, que no es mi deseo sermonear.

--Si no me alarmo! La seriedad en usted no puede alarmarme nunca.

--Pues bien: con motivo de la borrachera en cuestin... una de mis
infinitas borracheras, estuve impertinente a ms no poder hablndole
sobre si me era simptico o antiptico: le ruego que la olvide y que
considere como no pronunciadas mis palabras.

--Las he olvidado hace mucho tiempo.

--Otra vez inspiran sus palabras los cumplimientos, las conveniencias
sociales! He de decir, seor Darnay, que no olvido yo tan fcilmente
como pretende olvidar usted. Yo no la he olvidado, y le aseguro que una
contestacin ligera e indiferente por su parte no ha de contribuir a
hacrmela olvidar.

--Si mi contestacin ha sido ligera, le ruego que me perdone--replic
Darnay.--Mi intencin fu quitar toda la importancia a lo que, con no
poca sorpresa ma, preocupa a usted demasiado. Le declaro, bajo mi
palabra de honor, que hace mucho tiempo que olvid la conversacin de
la noche a que se refiere, y entiendo que al olvidarla, no contraje
mrito alguno. Pues qu, no me haba prestado usted aquel mismo da un
servicio de esos que ningn corazn medianamente agradecido puede ni
debe olvidar?

--Me pone usted en el caso de decirle--respondi Carton--que ese gran
servicio de que me habla fu sencillamente lo que podramos llamar
una travesura profesional, uno de esos recursos a que solemos apelar
los abogados para alcanzar populachera. Buena prueba de ello es que,
cuando se lo prest, me era completamente indiferente su suerte.
Observe usted que he dicho cuando se lo prest; es decir, que hablo de
cosas pasadas.

--Se empea usted en empequeecer mi obligacin, y sin embargo, yo,
menos quisquilloso que usted, no me ofendo por la ligereza de su
contestacin.

--Es la verdad desnuda, seor Darnay, la verdad desnuda. Pero me he
separado del objeto que persegua. Hablaba de mis deseos de que seamos
amigos. Como usted me conoce ya, huelga que le diga que mi amistad a
nadie puede honrar. Si alguna duda le cabe, pregunte a Stryver.

--Prefiero formar opinin sin su auxilio.

--Muy bien. Por lo tanto, ya sabe que soy un perro disoluto, incapaz de
nada bueno, ahora y siempre.

--No estamos de acuerdo, amigo mo.

--Se lo aseguro yo, y usted debe creerme. Prosigo. Si usted se
encuentra con fuerzas para tolerar la presencia en esta casa de un
sujeto que nada vale, y que por aadidura goza de una reputacin
discutible, yo le pedir que como favor especial me consienta venir
aqu o marcharme, sin sujecin a horas ni a reglas, no viendo en m
otra cosa que un mueble intil y... de buena gana aadira _anormal_,
si no fuera por el parecido fsico que entre nosotros dos media... un
mueble intil, reservado para servicios raros y en el que uno ni repara
siquiera. Dudo mucho que abuse del permiso, si me lo concede. Hay cien
probabilidades contra una de que no utilizar su complacencia ms de
cuatro veces al ao. Sera para m una satisfaccin saber que abuso.

--Har usted lo posible por abusar?

--Veremos. Me autoriza usted para que me tome la libertad que
solicito, Darnay?

--Autorizado, Carton.

Dironse un apretn de manos y seguidamente se separ Carton. Un minuto
despus, Carton era el hombre extravagante de siempre.

Aquella noche, en las conversaciones que siguieron a la cena, y en
las cuales tomaron parte la seorita Pross, el doctor, Lorry y
el matrimonio, hablse incidentalmente y en trminos generales de
Sydney Carton, pintndolo como problema viviente de indiferencia y de
atolondramiento. Darnay dijo a su propsito algunas frases que, si
bien no puede decirse que fueran duras ni ofensivas, reflejaban cierto
menosprecio.

Lejos estaba l de pensar que haba lastimado la sensibilidad de su
bella esposa. Cuando ms tarde, disuelta la tertulia, la encontr en su
habitacin, no pudo menos de observar en ella cierta preocupacin.

--Te encuentro pensativa esta noche--dijo Carlos, pasando su brazo al
rededor de su cintura...

--Lo estoy, mi querido Carlos--contest Luca, mirndole de
frente,--estoy pensativa esta noche porque algo tengo en el pensamiento
que me molesta.

--Y qu es, Luca ma?

--Me das tu palabra de no llevar tu curiosidad ms all de lo que yo
desee?

--Y qu es lo que yo no prometer a mi amor?

--Creo, Carlos, que el pobre seor Carton merece ms consideracin y
ms respeto del que t le has expresado esta noche.

--De veras? Y por qu?

--Eso es precisamente lo que no debes preguntarme. Piensa nada ms...
en que me consta que lo merece.

--Si a ti te consta, no hay ms que hablar. Qu quieres que haga, vida
ma?

--Lo nico que deseo es que le trates siempre con mucha generosidad, y
que procures disculpar sus defectos cuando alguien los saque a la plaza
pblica en su ausencia. Tambin te ruego que creas que en su pecho late
un corazn que pocas, poqusimas veces se revela, un corazn cubierto
de heridas muy profundas. Creme, querido mo, pues te aseguro que lo
he visto sangrando.

--Cree que siento en el alma haberle hecho objeto de mis
desconsideraciones--dijo Darnay, sin salir del asombro que las palabras
de su mujer le produjeron.--No fu mi intencin tratarle injustamente.

--Pues no le hiciste justicia, Carlos mo. Temo que ha de ser imposible
hacerle variar, que ni su carcter, ni su manera especial de ser son
susceptibles de modificacin; pero te aseguro que es hombre capaz de
buenas acciones, ms, de acciones magnnimas.

Tan hermosa estaba Luca, tan vivos destellos de luz pursima derramaba
sobre su lindo rostro la fe en un hombre, para todos perdido sin
remedio, que su marido, sin tener voz para contestarla, qued como
extasiado contemplndola.

--Complceme, amor mo!--exclam Luca, dejando caer su cabecita sobre
el pecho de su marido y alzando hacia ste sus ojos.--Reflexiona cun
inmensa es nuestra dicha, y cun de compadecer es l en su miseria!

La splica di en el blanco.

--No lo olvidar nunca, corazoncito mo! Lo recordar mientras me
dure la vida!

Inclinse sobre aquella cabeza adornada con rica vestidura de oro,
acerc sus labios a los de rosa de Luca y estrech a sta entre sus
brazos.

Si el paseante nocturno que en aquellos instantes recorra ensimismado
las solitarias calles prximas al rinconcito de Soho, hubiera podido
oir aquella splica dictada por una piedad pursima, si le hubiese sido
dado ver unas perlas clarsimas bebidas por un marido amante en unos
ojos azules y limpios como el cielo, habra exclamado con transporte:

--Que Dios bendiga su hermosa alma!


XXI

PASOS QUE RESUENAN

Rincn el ms admirable para recoger los ecos era el en que viva
el doctor Manette. Luca, siempre ocupada en la agradable tarea de
retorcer el hilo de oro que la una a su marido, a su padre, a si misma
y a su antigua directora y compaera, saboreaba una vida de felicidad
no interrumpida en aquel plcido centro de la tranquilidad, escuchando
el eco de los pasos del tiempo.

Algunas veces, sobre todo al principio, aun cuando se consideraba
completamente feliz, sus manos dejaban caer sobre sus rodillas el hilo
de oro que retorca, y el azul pursimo de sus ojos se nublaba: era
que entre los ecos que muy a lo lejos resonaban crea percibir algo
muy ligero, muy sutil, apenas perceptible todava, y que, sin embargo,
le produca cierta sensacin de malestar. Llenaban entonces por igual
su corazn arrulladoras esperanzas y dudas mortificantes: esperanzas
de conocer un amor que no conoca todava y temores de no vivir lo
bastante para saborear los goces pursimos de aquel amor. Entre los
ecos que en esas ocasiones heran sus odos, sonaban los de sus propios
pasos caminando a la tumba; y al pensar en la soledad en que dejara
a su marido, en el dolor agudo que su muerte le producira, el llanto
acuda a sus ojos y se desbordaba por sus mejillas.

Pasaron esos tiempos. En sus brazos jugueteaba ya un ngel, llamado
Luca, como ella; y entonces, dominando a todos los ecos de los pasos
que avanzaban, destacbanse siempre los de unos piececitos diminutos
mezclados a sonidos de plata emitidos por una lengua que comienza a
balbucear. Ya podan ensordecer al mundo los ecos ms estruendosos: la
joven madre, sentada junto a la cuna, slo oa la msica arrulladora
de las medias palabras de su hijita. El amigo divino de los nios, a
quien todas las madres suelen confiar el cuidado de sus hijos, haba
tomado al de Luca en sus brazos y convertdolo en manantial inagotable
de dicha para ella!

Siempre ocupada Luca en retorcer el hilo de oro que ligaba a los
felices miembros de aquella familia, siempre aportando al tejido de las
vidas de todos el tramado de su benfica influencia, bien que evitando
con cuidado exquisito que sta predominase, en los ecos de los pasos de
los aos no oa ms que los de pisadas amigas. Entre ellos, destacbase
por lo fuerte y prspero el de su marido; el de su padre era firme y
siempre igual, y el de la seorita Pross arrebatado y violento, un
eco que despertaba mil ecos, eco semejante al del bronco corcel que
relincha y patea al ser castigado.

Ni aun en las contadas ocasiones en que a los ecos de alegra se
mezclaron ecos de dolor, fu ste cruel ni lacerante. Cuando sobre la
almohada de una camita caan en desorden los rizos de una cabellera
rubia, semejante a la de Luca, sirviendo de marco a una carita
demacrada y transparente de un nio, que sonriendo con dulzura,
deca: Mucho siento dejar a mi papato, y a mi mamata; mucho siento
separarme tambin de mi querida hermanita; pero me llaman de arriba y
debo acudir al llamamiento, las lgrimas que inundaron las mejillas de
la madre no fueron lgrimas de agona; que no debe arrancarlas a sus
ojos el hecho de que un ngel abandone la envoltura que le serva de
vestido.

Al suave aletear de un ngel se unieron los ecos nacidos en la tierra,
de lo que result un rumor que no era del todo terreno, puesto que lo
animaba un soplo de los cielos. Tambin se mezclaban a aquellos dbiles
suspiros del viento que besan las flores del cementerio, suspiros
que recoga el odo de Luca, creyendo que eran el alentar de un mar
de verano que duerme sobre plana playa de arena mientras su hijita,
estudiando con cmica gravedad las lecciones de la maana, o embebida
en la tarea de vestir sus muecas, charlaba mezclando palabras de las
dos ciudades que se haban combinado en su vida.

Muy contadas veces contestaban los ecos al paso real de Sydney Carton.
Media docena de veces al ao, como mximum, haca valer su privilegio
de presentarse en la casa del doctor sin ser llamado y de tomar parte
en la tertulia de la noche como tantas veces hiciera en tiempos
pasados. Jams se present borracho ni medio bebido. Pero si rara vez
sonaban en el rinconcito de Soho los ecos de sus pasos, en cambio era
muy frecuente escuchar la breve y hermosa historia que a su propsito
susurraban aqullos.

Jams ha existido hombre locamente enamorado de una mujer, que la haya
visto y tratado con ojos puros y pensamiento inmaculado despus que
aqulla ha sido esposa y madre. Cual si los tiernos hijitos de sta
comprendieran su mudo dolor manifestbanle una simpata singular...
algo as como un instinto delicado de compasin hacia l. No hablan
los ecos cuando vibran estas sensibilidades que tienen su asiento en
lo ms recndito del alma, pero aunque silenciosos, susurran. Carton
fu el primer extrao a la casa a quien la diminuta Luca tendi sus
regordetes bracitos, y el nio, momentos antes de tender su vuelo hacia
el cielo, exclam: Pobre Carton! Deseo que le den un beso por m!

Stryver penetraba por los dominios de las leyes cada da con bros
mayores, semejante a poderosa nave que surca revueltos mares, y en su
estela se vea a Carton cual barcaza llevada a remolque. La barcaza as
favorecida por el navo que la tom a remolque corre serios peligros,
por regla general, navega con dificultad y casi siempre anegada.
Tambin Carton surcaba dando tumbos los mares de la vida, expuesto a
zozobrar en todo momento. Sin embargo, una costumbre arraigada y firme,
ms arraigada y ms firme en su pecho que ninguno de los estimulantes
que solemos llamar percepcin del abandono de la desgracia, indicbale
el rumbo que deba seguir, y Carton lo segua, sin que jams se le
ocurriera salir del estado lamentable en que se vea, sin que tuviera
ms aspiraciones de renunciar a su papel de chacal de un len que las
que nunca haya tenido un chacal de carne y hueso de elevarse a la
categora de len. Stryver era rico. Haba casado con una viuda duea
de soberbias propiedades y madre de tres hijos, ninguno de los cuales
haba sido dotado por la mano de la naturaleza con dones excepcionales,
aunque se distinguan por la masa espesa de pas hirsutas que adornaba
sus cabezas.

Stryver, exudando proteccin por todos los poros de su cuerpo, haba
presentado a estos tres caballeritos en la plcida casita de Soho, y
ofrecdolos como discpulos al marido de Luca. Con delicadeza sin
igual dijo el brillante abogado al hacer la presentacin:

--Tengo el gusto de aportar a su almuerzo matrimonial estos tres
pedazos de pan, Darnay.

Con palabras muy corteses rechaz Darnay aquellos tres pedazos de pan,
alzando tal tempestad de indignacin en el noble pecho de Stryver,
que de all en adelante puso empeo especial en que en el alma de los
caballeritos en cuestin naciera y arraigara muy honda la idea de
tratar con el desdn ms profundo a los mendigos como aquel maestro
famlico, cuyo patrimonio nico es el orgullo. Tambin tena la buena
costumbre de enumerar y explicar a su mujer las artes de que en otro
tiempo se vali Luca Manette para pescarle, y del muro de diamante
que opuso a los artificios de aqulla, gracias al cual fu para aquel
pescador pez no pescable. Algunos colegas suyos, que solan ser sus
compaeros en sus excesos bquicos, excusbanle diciendo que haba
repetido tantas veces la mentira en cuestin, que hasta l mismo la
tena ya por verdad de fe... lo que lejos de excusar una ofensa la
agrava en trminos bastantes para justificar que el ofendido lleve al
ofensor a un sitio retirado y conveniente, y bonitamente y sin enojosos
procedimientos le deje colgado de cualquier rbol con un nudo corredizo.

Tales eran, entre otros, los ecos que Luca, pensativa unas veces y
divertida y hasta riendo a carcajadas otras, oa desde el plcido
rincn de Soho. La nia cumpli seis aos. Los ecos de sus pasos por
los caminos de la vida repercutan en lo ms hondo del corazn de la
madre, confundidos con los no menos deliciosos de los pasos del doctor,
siempre tranquilo y siempre activo, y con los de su marido, siempre
tierno y siempre enamorado. En los odos de Luca sonaban, cual msica
divina, los suaves ecos de aquel hogar, dirigido por ella misma, aquel
hogar donde no reinaba la opulencia, pero s la abundancia. Sonaban
tambin, por cierto con dulzura exquisita, los ecos de lo que tantas
veces deca su padre, a saber, que la encontraba ms cariosa, si era
posible, de casada, que cuando era soltera.

Tambin sonaban otros ecos, a lo lejos, s, pero no tanto que dejaran
de oirse, ecos que rugan amenazadores sobre el tranquilo rincn. Por
la fecha del sexto cumpleaos de Lucita fu cuando su voz atronadora
subi hasta las nubes, voz como de tempestad horrorosa desencadenada en
Francia.

Una noche del mes de julio del ao mil setecientos ochenta y nueve,
se present Lorry y tom asiento junto a la ventana entre Luca y su
marido. Era una noche tempestuosa y de aliento abrasador que record
a los tres aquella otra noche en que estuvieron contemplando el rayo
desde aquella misma ventana.

--Principio a pensar--dijo Lorry, echando hacia el colodrillo su
peluqun--que he debido pasarme toda la noche en el Banco. Ha llovido
hoy sobre nosotros tan desencadenada tempestad de negocios, que no
hemos sabido por dnde comenzar ni por dnde terminar. Cunde en Pars
la desconfianza en tales trminos, que la confianza viene hacia
nosotros semejante a torrente impetuoso. Nuestros clientes de all no
ven el momento de confiarnos sus bienes y propiedades. Nada, nada!
Es una verdadera mana de enviarlo todo a Inglaterra la que les ha
acometido de pronto!

--Lo que a mi juicio es un sntoma muy malo--observ Darnay.

--Mal sntoma, mi querido Darnay? Quiz, si obedeciera a razones
justificadas; pero es tan poco racional el mundo! Lo nico que hasta
ahora hay de positivo es que nos echan encima un trabajo abrumador,
seguramente sin motivo, sin consideracin a que en el Banco Tellson
estamos muchos que somos ya viejos.

--Sin embargo--objet Darnay,--sabe usted perfectamente que hay
cerrazn en el horizonte, que hace tiempo que se condensan las nubes
amenazando tormenta.

--Lo s... claro que lo s--contest Lorry, intentando persuadirse
a s mismo de la necesidad de mostrarse un poquito grun y
descontento;--tan es as, que vengo resuelto a reir con cualquiera
para desquitarme de las fatigas de este endiablado da. Dnde est
Manette?

--Aqu hay un pedazo--contest el doctor, entrando en aquel momento en
la estancia.

--Me alegro que est usted en casa, pues las prisas y presentimientos
de hoy me han puesto nervioso sin razn ni motivo. Supongo que no
pensar usted salir, eh?

--No; si quiere usted, jugaremos una partida de chaquete.

--Prefiero no jugar, que esta noche no estoy para contender con usted.
Est aqu el tablero, Luca? Tienen ustedes esta habitacin a obscuras
y, como no soy gato, nada veo.

--Aqu est, esperndole a usted.

--Muchas gracias, queridita. La preciosa est en su camita?

--Durmiendo como un tronco.

--Muy bien... muy bien! La verdad es que no s por qu no ha de ir
todo muy bien aqu... gracias a Dios! Pero claro: me han mareado hoy
tanto... Y luego, ya no soy tan joven como ustedes... como era hace
treinta aos...! Mi tacita de te... Eso es, Luca... Gracias! Ahora,
djenme un hueco, me sentar en el crculo, y procurar prestar odo a
esos ecos acerca de los cuales tiene usted teoras muy peregrinas.

--No son teoras, sino caprichos de mi imaginacin.

--Perfectamente, querida; los llamaremos caprichos--replic Lorry. Son
numerosos, variados y atronadores, verdad? Claro! No hay ms que
prestar atencin!

       *       *       *       *       *

Pasos precipitados, pasos duros, pasos peligrosos que penetran
violentamente en el centro vital de alguien, y que una vez se han
teido de rojo difcilmente se limpian, resonaban a lo lejos, en el
barrio de San Antonio de Pars, y sus ecos trepidantes llegaban hasta
el tranquilo rincn de Soho de Londres.

Aquella maana, San Antonio haba sido campo cubierto por ingente y
ceuda masa de descamisados que se mova impaciente, empenachada con
acerados sables y bayonetas en cuya fra superficie se quebraban los
rayos del sol. Las fauces de San Antonio dejaron escapar tremendos
alaridos mientras inmenso bosque de brazos desnudos se agitaban en el
aire, semejantes a ramas de rboles azotadas por terrible vendaval. No
haba mano que no empuara algn arma o semejanza de arma; no haba
ventana que no arrojara a las turbas instrumentos de matanza.

De dnde procedan, quin las proporcionaba, dnde comenzaba la
lluvia de aquellos elementos de destruccin que cruzaban sobre las
cabezas semejantes a brillantes rayos, es lo que nadie hubiese podido
decir; pero es lo cierto que manos invisibles distribuan mosquetes,
cartuchos, plvora, balas, barras de hierro, trancas de madera,
cuchillos, hachas, lanzas, picas. Los que no podan proporcionarse otra
cosa, clavaban sus ensangrentados dedos en las junturas de las piedras
o de los ladrillos y arrancaban bloques o adoquines de los muros. No
haba en San Antonio pulso que no latiera desordenado, corazn que no
pidiera sangre, ser vivo que en algo estimara la vida, ni persona que
no pidiera a gritos sacrificarla.

As como todos los remolinos de aguas hirvientes tienen su punto
central, as aquel mar encrespado giraba bramador en torno de la
taberna de Defarge, todas las gotas humanas que caan en la caldera
mostraban tendencia decidida a aproximarse al vrtice donde Defarge en
persona, ennegrecido ya por la plvora y el sudor, dictaba rdenes,
daba armas, obligaba a retroceder a este hombre y arrastraba hacia s a
aqul, desarmaba a uno para con sus armas armar a otro, y trabajaba y
se mova y se multiplicaba en el centro de la tempestad.

--No te separes de mi lado, Santiago Tercero!--bramaba
Defarge.--Vosotros, Santiago Primero y Santiago Segundo, poneos al
frente de otros tantos grupos de patriotas! Dnde est mi mujer?

--Aqu estoy!--contest la seora Defarge, reposada como siempre, pero
sin hacer calceta.

La dulce seora empuaba un hacha en vez de las agujas, y en la cintura
luca dos adornos singulares: una pistola y un largo cuchillo.

--Por dnde andas, mujercita ma?--pregunt Defarge.

--En este momento contigo: dentro de un instante, a la cabeza de las
mujeres--respondi la tabernera.

--Adelante, pues!--grit Defarge con voz de trueno.--Patriotas...!
Amigos mos...! A la Bastilla!

Cual si esta ltima palabra odiosa hubiese dado forma a todos los
alientos de Francia, rasg los aires espantoso rugido, encrespse
aquel mar viviente, se revolvieron sus fondos, se hincharon sus olas
y anegaron la ciudad entera. Sonaron todas las campanas de alarma,
tronaron todos los tambores, bram y rugi el mar, y comenz el ataque.

Fosos profundos, dobles puentes levadizos, macizos muros de piedra,
ocho torres ingentes, caones, mosquetes, fuego y humo... No importa!
Entre mares de fuego y entre nubes de espeso humo... flotando entre el
humo y cabalgando sobre el fuego, pues el mar le arroj contra un can
e inmediatamente le convirti en terrible artillero..., Defarge, el
tabernero, trabaj cual soldado infernal durante dos horas.

Un foso ancho y profundo, un solo puente levadizo, muros robustos de
piedra, ocho grandes torres, caones, mosquetes, fuego y humo... Cae
un puente levadizo... Adelante, camaradas, adelante! Adelante,
Santiago Primero! Adelante, Santiago Segundo! Adelante, Santiago
Mil, adelante, Santiago Dos Mil, Santiago Cinco Mil, Santiago Veinte
Mil...! Por todos los ngeles del Cielo... por todos los demonios
del infierno... como queris... adelante! Tales son los gritos que
salen de la garganta del tabernero, convertido horas antes en artillero
terrible, del tabernero, que no deja punto de reposo a su can ya
enrojecido!

A m, todas las mujeres!--gritaba mientras tanto su esposa.--Pues
qu...! No podemos matar nosotras lo mismo que ellos, luego que caiga
en nuestro poder la plaza?

Y hacia ella corran rebaos de mujeres, roncas, bramadoras, armadas
con armas distintas, pero todas animadas del mismo espritu: del de la
venganza!

Caones, mosquetes, fuego y humo; pero quedaba un foso profundo, un
puente levadizo, robustos muros de piedra y ocho grandes torres.
Los heridos que caan dejaban algunos claros en el hirviente mar.
Centellean las armas, arden las antorchas, despiden nubes de humo los
carros cargados de paja humedecida, brotan barricadas por doquier,
suenan feroces aullidos, atruenan el espacio repetidas descargas
cerradas, hieren los odos espantosas imprecaciones, todos derrochan
bravura, el mar viviente brama con furia redoblada... y queda an el
foso profundo, y el puente levadizo, y los robustos muros de piedra, y
las ocho grandes torres, y Defarge, el tabernero, contina al pie del
can, puesto al rojo blanco como resultado de cuatro horas de servicio
no interrumpido!

Dentro de la fortaleza aparece una bandera blanca... las olas rugen ms
que nunca, se hinchan, se elevan hasta las nubes y arrastran a Defarge
el tabernero, lanzndole ms all del puente levadizo, ms all de los
robustos muros de piedra, entre las ocho grandes torres.

Tan irresistible era la fuerza del ocano que le arrastraba, que hasta
tomar aliento, hasta volver la cabeza fu para l tan impracticable
como si contra la resaca del mar del Sur se debatiera, hasta que se
encontr en el patio interior de la Bastilla. Apoyado all contra un
ngulo del muro procur mirar en derredor. A su lado se encontraba
Santiago Tercero, a escasa distancia vi a su mujer, capitaneando a las
de su sexo y blandiendo el cuchillo. Todo era tumulto, todo alegra,
estupefaccin ensordecedora y manitica, ruidos, furiosos redobles de
tambores.

--Los prisioneros!

--Los registros!

--Los instrumentos de suplicio!

--Los prisioneros!

De todos estos gritos, y de diez mil incoherencias por el estilo, el
que ms repeta aquel mar embravecido era el de Los prisioneros!.
Cuando penetraron las primeras olas, arrastrando por delante a los
oficiales de la fortaleza y amenazndoles con una muerte inmediata si
dejaban un solo escondrijo sin revelar, Defarge agarr con su poderosa
zarpa a uno de aquellos, hombre de cabellos grises que llevaba en la
mano una antorcha encendida, le separ de los dems, y le dijo:

--Ensame la torre del Norte... pronto!

--Lo har con mucho gusto, si usted quiere--contest el hombre--pero no
hay en ella nadie.

--Qu significa Ciento Cinco, Torre del Norte?--pregunt
Defarge--Contesta... pronto!

--Que qu significa, seor?

--Significa un cautivo o un calabozo para encerrar cautivos?
Responde! Es que quieres que te mate como a un perro?

--Mtale!--vocifer Santiago Tercero.

--Es una celda, seor.

--Ensamela.

--Por aqu, seor.

Santiago Tercero, hidrpico insaciable como siempre, desilusionado
evidentemente al ver que el dilogo tomaba un giro que alejaba las
probabilidades de que se derramase sangre, se asi al brazo de Defarge
al mismo tiempo que ste asa el del calabocero. Durante el breve
dilogo que queda transcrito las cabezas de los tres hombres estuvieron
pegadas, y aun as con dificultad lograban oirse; tan tremendo era
el estruendo producido por aquel ocano viviente al penetrar en la
fortaleza e inundar las salas, celdas, pasillos y escaleras. No era
menor el gritero fuera, de donde arrancaban de tanto en tanto truenos
que presagiaban tumulto, relmpagos que cruzaban la caldeada atmsfera
cual inconmensurables ltigos manejados por titanes.

Defarge, el calabocero y Santiago Tercero, asidos por los brazos,
atravesaron, con cuanta rapidez les fu posible, sombros corredores
jams visitados por la luz del da, cruzaron frente a pavorosas puertas
de mazmorras ttricas y hmedas, descendieron por cavernosos tramos de
escalera, subieron luego speros escalones de piedra y de ladrillo, ms
semejantes a cataratas secas que a escaleras. De tanto en tanto, sobre
todo al principio, la inundacin les cerraba el paso o les arrastraba;
pero al cabo de un rato, luego que penetraron en una escalera de
caracol y empezaron a subir a una torre, quedaron solos. Tan espesos
eran los muros gigantes que los aislaban del mundo, que sus odos,
cual si hubiesen quedado destrozados como consecuencia de los furiosos
estruendos anteriores, apenas si perciban sordos rumores.

Hizo alto el calabocero frente a una puerta muy baja, sac una llave,
abri, y dijo mientras encorvaba el cuerpo para poder entrar:

--Ciento Cinco, Torre del Norte.

Encontrronse en un cuadrado formado por cuatro muros ennegrecidos.
En uno de ellos se vea una argolla de hierro enmohecido, y en otro,
a la altura del techo abovedado, un ventanillo defendido por gruesos
barrotes de hierro y dispuesto en forma que con dificultad permita ver
una lnea muy estrecha del cielo azul. Montones de cenizas cubran el
suelo, y su mobiliario lo formaba un banco, una mesa y un jergn.

--Pasa poco a poco la antorcha por los muros para que yo pueda
ver--dijo Defarge al calabocero.

Obedeci el hombre. Defarge examinaba con mirada penetrante los muros.

--Alto...! Mira, Santiago!

--A. M.--rugi Santiago Tercero con expresin anhelante.

--Alejandro Manette--susurr Defarge en su odo, poniendo la yema de su
ndice sobre las iniciales.--Aqu ha escrito pobre mdico. No hay
duda! El fu quien grab aqu su epitafio! Qu es lo que tienes en la
mano? Una barra de hierro? Dmela!

Defarge, que conservaba an en su mano el botafuego del can, lo
cambi por la barra de hierro que le alarg Santiago Tercero y, en
menos tiempo del que en referirlo tardamos, hizo astillas el banco y la
mesa.

--Alza la luz!--grit con furia al calabocero.--Y t, Santiago, toma
mi cuchillo,--aadi, arrojndoselo--rasga ese jergn, y busca entre la
paja...! Arriba la luz!

Despus de dirigir al calabocero una mirada amenazadora, Defarge,
mientras Santiago Tercero ejecutaba su orden, escarbaba con la barra de
hierro por entre las junturas de las losas del pavimento, revolva las
cenizas e intentaba mover los sillares de los muros.

--No has encontrado nada, Santiago?--pregunt al cabo del rato.

--Nada.

--Vamos a hacer un montn con la paja y las astillas... As! Prende
fuego, carcelero!

El carcelero obedeci al punto la orden. Los tres hombres salieron de
la mazmorra dejando ardiendo las materias combustibles y volvieron
nuevamente al patio, donde el desorden era tan espantoso, si no ms,
que antes.

Andaba el populacho buscando frentico, loco, a Defarge; y es que
quera que el tabernero fuera el jefe de la guardia encargada de la
vigilancia del gobernador que haba defendido a la Bastilla y hecho
fuego sobre el pueblo. Cmo, si no, sera conducido el gobernador
al _Htel de Ville_ para ser juzgado? Cmo, si no, se evitara que
escapase, dejando sin vengar la sangre del pueblo, que bruscamente
haba adquirido algn valor, despus de tantos aos de no valer nada?

Entre las innumerables turbas que bramaban de coraje y se movan
inquietas en derredor de la severa persona del anciano funcionario, a
quien hacan ms visible su sobretodo gris con vivos rojos, no haba
ms que una persona tranquila y sosegada, y esa persona era una mujer.

--Ah tenis a mi marido--dijo, extendiendo un brazo hacia Defarge.

Inmvil estaba junto al gobernador cuando apareci su marido, e inmvil
continu sin separarse de la persona de aqul. A su lado permaneci
rgida y tranquila mientras Defarge y los suyos le conducan por las
calles, y no se separ cuando estaban para llegar a su destino, ni
cuando por la espalda comenzaron las turbas a asestarle golpes, ni
cuando se cebaron en sus carnes las puntas de innumerables cuchillos,
ni cuando acribillado cay muerto sobre las piedras de la calle. Tan
cerca de l se encontraba, que al verle caer, animndose de pronto,
puso su pie sobre el cuello del muerto y con su afilado cuchillo le
cort la cabeza.

Muy pronto sonara la hora en que San Antonio hara bajar los faroles
que iluminaban sus brutalidades y los substituira con cadveres de
aristcratas. La sangre de San Antonio se enardeca a medida que se
enfriaba la de la mano de hierro de la tirana... a medida que corra
por la escalinata que precede a las puertas del _Htel de Ville_ la del
gobernador, a medida que se manchaba de rojo la suela del zapato de la
seora Defarge al oprimir el cuello del infeliz a quien hizo objeto de
horrible mutilacin.

--Bajad aquel farol!--rugi San Antonio, despus de volver en derredor
sus ojos sanguinolentos.--Queris un centinela? Aqu le tenis! Es
un soldado de nuestros enemigos!

Y all qued el centinela, balancendose lgubremente, mientras el
populacho se alejaba rugiendo.

Era un mar de aguas negras y amenazadoras, un mar cuyas olas llevaban
aparejada en cada uno de sus movimientos la destruccin, mar de
profundidad insondable, mar cuyas fuerzas nadie conoca. Un mar
abroquelado contra el aguijn del remordimiento, mar de agitaciones
turbulentas, de gritos de venganza, de corazones endurecidos en los
hornos del sufrimiento, sobre cuya diamantina superficie resbalaba la
piedad sin dejar la huella ms insignificante.

Pero en aquel ocano de caras, vivo reflejo de todas las furias,
de todas las violencias, podan observarse dos grupos de rostros,
cada uno de ellos formado por siete, rostros que se destacaban
de entre las hirvientes olas humanas que los arrastraban, restos
nufragos como jams han flotado sobre mar alguno. Sobre las cabezas
de las muchedumbres se vean siete rostros de prisioneros sacados
inopinadamente de sus tumbas por la tromba humana que las visit,
siete rostros espantados, pasmados, aturdidos, cual si fueran llevados
al suplicio en hombros de regocijados demonios; y otras siete caras,
llevadas ms en alto, siete caras muertas, cuyos prpados cados y
ojos medio cerrados esperaban la llegada del da del Juicio; caras
impasibles cuya vida no pareca extinguida, sino suspendida, caras que
pareca que iban a alzar nuevamente los prpados y a abrir los labios
cubiertos de sangre para decir: T me asesinaste!

Siete prisioneros libertados, siete cabezas sangrientas llevadas
como horribles trofeos en los hierros de las picas, las llaves de la
maldecida fortaleza de las ocho fuertes torres, algunas cartas, unos
cuantos memoriales de prisioneros antiguos muertos de dolor largos aos
antes... y algo ms por el estilo, recorran las calles de Pars en
medio de numerossima escolta, un da de mediados de julio del ao de
mil setecientos ochenta y nueve. Quiera el Cielo alejar de la vida de
Luca Darnay el eco de los pasos de la escolta en cuestin! Porque son
ecos de pasos precipitados, de pasos duros, de pasos peligrosos que
penetran violentamente en el centro vital de alguien, ecos producidos
por pies que aos antes se tieron de rojo a raz de haberse roto una
barrica cerca de la puerta de la taberna de Defarge, y cuando de rojo
se tien esos pies, difcilmente se limpian.


XXII

SUBE LA MAREA

Slo durante una semana haba endulzado el terrible San Antonio las
asperezas del pan duro y amargo que llevaba a la boca, slo durante
una semana haba tenido la satisfaccin de hacer cuanto le viniera en
gana y de alternar sus expansiones con sendos abrazos fraternales y
cordiales felicitaciones. La seora Defarge presida desde su sitio
de costumbre a sus parroquianos. Ya no luca una rosa en la cabeza,
pues la gran cofrada de los espas se haba hecho tan circunspecta
en el breve lapso de siete das, que ni por milagro se encontraba uno
dispuesto a confiarse a los tiernos cuidados del Santo. Los faroles de
aquellas calles ejercan sobre ellos influencia portentosa.

Cruzada de brazos contemplaba la seora Defarge desde detrs del
mostrador la calle, a la par que vigilaba su establecimiento. Ni en
ste ni en aqulla faltaban nutridos grupos de holgazanes, esculidos
y harapientos, pero con caras que reflejaban el podero que sobre sus
miserias haban entronizado. Hasta el gorro ms sucio y desgarrado,
mirando ceudo desde lo alto de la cabeza que medio cubra, pareca
decir: S cun dura hicsteis para m la vida: pero sabis vosotros
lo fcil que para m se ha hecho arrancar la regalada y feliz que
llevis? Todos los brazos desnudos que hasta entonces haban carecido
de trabajo, lo tenan ya ahora abundante y perpetuo: herir, matar.
Los dedos de las mujeres, ocupados hasta entonces en hacer calceta,
habanse aficionado a otros menesteres desde que se persuadieron de que
saban desgarrar. San Antonio haba sufrido radical transformacin:
la imagen, despus de cientos de aos de tranquilidad, se pona en
movimiento y descargaba golpes aterradores.

Todo esto lo observaba la seora Defarge desde detrs del mostrador
de su establecimiento con la complacencia del jefe de las mujeres de
San Antonio. Una de sus hermanas haca media a su lado. Era una mujer
baja de estatura y su poquito rechoncha, casada con un tendero y madre
de dos hijos por aadidura, que se haba conquistado el glorioso
sobrenombre de La Venganza.

--Atencin!--exclam La Venganza--Quin viene?

Cual si hubieran puesto fuego a un reguero de plvora que se extendiera
desde las fronteras de los dominios de San Antonio hasta la taberna de
Defarge, as llegaron hasta la tienda rumores, nacidos muy lejos, y
propagados con rapidez vertiginosa en todas direcciones.

--Es Defarge!--dijo la tabernera.--Silencio, patriotas!

Entr Defarge jadeante, sin alientos; arranc de su cabeza el gorro
rojo que la adornaba, y tendi rpidas miradas en torno suyo.

--Atencin todos!--grit la tabernera.--Escuchadle!

Defarge haba quedado en el umbral, contemplando el mar de ojos
abiertos y de bocas ms abiertas todava que llenaba la calle. Las
personas que haba dentro de la taberna se pusieron en pie.

--Habla, Defarge!--repuso la tabernera.--Qu pasa?

--Noticias del otro mundo!

--De veras?--pregunt su mujer, poniendo en sus palabras fuerte
entonacin sarcstica.--Del otro mundo?

--Os acordis todos de aquel individuo llamado Foulon, que dijo al
pueblo hambriento que comiera hierba, y que procurase morirse pronto y
largarse a los infiernos?

--S...!--gritaron las turbas al unsono.

--A l se refieren mis noticias. Lo tenemos entre nosotros.

--Entre nosotros!--rugieron todos.--Muerto?

--No; est vivo. Tal era el terror que nos tena... y con razn, que
se hizo pasar por muerto y mand que le hicieran soberbios funerales.
Pero se le ha encontrado vivo, escondido en el campo, y le han trado
aqu. Acabo de verle en este instante mientras le llevaban prisionero
al _Htel de Ville_. He dicho que con razn nos tema... Decidme...!
_Nos tema_ con razn?

La sangre de aquel pecador antiguo se habra congelado si hubiese
llegado a sus odos el feroz grito que sali de las fauces del monstruo.

Siguieron unos momentos de silencio profundo. Defarge y su mujer se
miraron mutuamente con fijeza espantosa; qued inmvil La Venganza, y
un tambor redobl a lo lejos mientras detrs del mostrador sonaba un
rumor como de pies que se movan.

--Patriotas!--grit Defarge con voz resuelta.--Estamos listos?

Inmediatamente apareci el largo cuchillo en la cintura de la
tabernera, redoblaron tambores por las calles, cual si ellos y los
que golpeaban sus parches hubiesen brotado por artes mgicas, y La
Venganza, lanzando feroces alaridos, suelto el pelo y agitando los
brazos sobre su cabeza, semejante, no a una, sino a las cuarenta Furias
juntas, corra de casa en casa excitando a las mujeres.

Terrible era la expresin de los hombres que, sedientos de sangre,
asomaban sus cabezas por las ventanas; ms terrible todava la de
los que, empuando las armas ms mortferas de que podan disponer,
salan de las puertas de las casas y se desparramaban furiosos por
las calles; pero la de las mujeres, bastaba para helar la sangre del
hombre ms impvido. Abandonando las ocupaciones domsticas impuestas
por su miseria, dejando en el desamparo, tendidos sobre el duro suelo
a sus viejos y a sus hijos, desnudos y pereciendo de hambre, salan a
la calle, suelto el cabello, atropellndose unas a otras, aullando como
fieras enloquecidas y obrando como tales.

--Muera Foulon, que me rob a mi hermana!

--Muera el villano Foulon, que rob a mi madre!

--Muera el canalla Foulon, que me rob a mi hija!

Otras, en grupos numerosos, penetraban entre las que lanzaban los
gritos anteriores y, golpeando con saa sus pechos y mesndose los
cabellos, vociferaban:

--Foulon vivo! No debe vivir el que dijo al pueblo hambriento que
comiera hierba! No puede vivir el demonio que me dijo que diera hierba
a mi madre cuando me faltase el pan! No vivir el monstruo que me dijo
que diera a chupar hierba, cuando mis pechos, secos por el hambre, no
pudieran proporcionarle la leche que para vivir necesitaba!

--Virgen Santa!--exclamaban otras.--Escchame, hijo mo, desde el
otro mundo al que te llev el inhumano Foulon! Escchame, padre mo,
muerto de hambre por su causa! Por vuestros huesos, por vuestra alma,
juro dejaros vengados en la persona de Foulon!

--Maridos... dadnos la sangre de Foulon! Padres jvenes, dadnos la
cabeza de Foulon! Hermanos, dadnos el corazn de Foulon! Patriotas
mozos, dadnos el cuerpo y el alma de Foulon, haced pedazos el cadver
miserable de Foulon, enterradlo, para que abone la tierra y crezca
sobre sus restos la hierba que nos aconsejaba que comiramos!

Estos y otros gritos no menos espantosos excitaban hasta el frenes a
no pocas mujeres que, despus de correr con furia insana, de aullar
como fieras y de golpear y araar a sus mismos amigos, rodaban por
el suelo con los ojos fuera de las cuencas y espumeantes las bocas.
Gracias a que sus parientes o amigos las alzaban, no moran aplastadas
bajo los miles de patas de las fieras.

No se perdi un momento. Foulon estaba en el _Htel de Ville_ donde
acaso le pusieran en libertad... Tolerara San Antonio semejante
burla? Jams, si no haba perdido la nocin de su dignidad, la
memoria de sus sufrimientos, de sus insultos, de sus injusticias! Ro
desbordado de hombres armados y de mujeres desgreadas rebas bien
pronto el lecho del distrito arrastrando consigo a toda criatura humana
criada a los secos pechos de San Antonio, con excepcin solamente de
algunos viejos decrpitos y de unos cuantos nios incapaces de andar.

Ya han penetrado las turbas en la sala donde toman declaracin al
viejo, que habr sido tal vez un desalmado, pero que en en aquellos
instantes era digno de compasin. En lugar preferente, en primera fila,
a poca distancia del preso, se hallan los Defarges, marido y mujer, La
Venganza y Santiago Tercero.

--Miradle!--grita la tabernera, sealndole con la punta del
cuchillo.--Ah tenis al viejo villano amarrado con cuerdas! No
estara de ms atarle un haz de hierba a la espalda! Ja, ja, ja, ja!
Es lo mejor que podemos hacer... obligarle a comer hierba!

La tabernera coloc su cuchillo bajo el brazo y se aplaudi a s misma.

Como las gentes que estaban colocadas de espaldas de la seora Defarge
se apresuraron a explicar a los que les seguan la causa de la
satisfaccin de aqulla, y la explicacin cundi de odo en odo como
reguero de plvora, pronto sonaron aplausos ensordecedores en la sala,
en la calle y en las plazas inmediatas. De la misma manera, todas las
expresiones de impaciencia pronunciadas por la seora Defarge durante
dos o tres horas, fueron transmitidas con rapidez pasmosa a gran
distancia. No es de admirar: hombres dotados de agilidad excepcional
treparon por la fachada del edificio, aprovechando los adornos
arquitectnicos que la cubran, hasta encaramarse a los alfizares
de las ventanas, desde donde vean y oan perfectamente a la seora
Defarge y hacan oficio de telgrafo entre aqulla y el pueblo que
ruga fuera.

El sol subi tanto, que al fin lanz sobre la cabeza del viejo un
rayo alegre de confianza o de proteccin. Nubes de polvo se alzaron
a lo lejos; ruido de furioso galopar de caballos trajo el aire entre
sus ondas; pero San Antonio estaba despierto, San Antonio velaba, y
sus ojos perspicaces vieron las nubes de polvo, y sus odos delicados
oyeron el retumbar de los cascos de los caballos.

Defarge salv de un salto la balaustrada y la mesa, y estrech en
mortal abrazo al desventurado viejo. Sigui la tabernera como esposa
fiel a su marido, y agarr una de las cuerdas que agarrotaban al
preso. Antes que La Venganza y Santiago Tercero tuvieran tiempo para
reunrseles, antes que los hombres encaramados en las ventanas pudieran
saltar a la sala, la ciudad entera pareca gritar con cientos de miles
de bocas:

--Es nuestro...! Al farol!

Derribado en tierra y vuelto a levantar, obligado a bajar arrastrando
aquella escalera fatal, unas veces de cabeza, otras de rodillas, ora
de bruces y ora de espaldas, brutalmente golpeado y herido, sofocado a
consecuencia de los manojos de hierba y de paja que cientos de manos
introducan violentamente en su boca, destrozado, molido, perdiendo
la sangre a chorros, el desdichado no cesaba un instante de pedir
compasin. Sus agonas aumentaron cuando las fieras ms inmediatas
a su persona se separaron para que nadie se privara del placer de
contemplarle, y llegaron al ltimo lmite al ver que le ataban por los
pies a un tronco y le llevaban a la esquina inmediata, donde haba un
farol. All le solt la seora Defarge, semejante al gato que juega con
un ratoncillo, y le mir con calma espantosa y sin despegar los labios,
mientras los hombres ultimaban los preparativos, sin que las splicas
que el infeliz le diriga hicieran mella en su pecho. Izronle, y se
rompi la cuerda... Dos veces ocurri lo mismo, hasta que al fin,
una cuerda, ms compasiva que los hombres, resisti y puso fin a sus
padecimientos. San Antonio bailaba momentos despus en derredor de una
cabeza, clavada en una pica, de cuya boca salan manojos de hierba y de
paja.

No termin all la jornada. Tanto grit San Antonio, tanto bail, que
su sangre ardiente se encendi de nuevo a la cada de la tarde, al
saber que un yerno del viejo cado bajo sus iras, otro de los enemigos
y ofensores del pueblo, llegaba a Pars con una escolta de quinientos
hombres montados. San Antonio escribi la relacin de sus crmenes en
hojas de papel tinto en sangre, acometi a la escolta... y minutos
despus recorra las calles alegre procesin llevando clavados en picas
los trofeos de la jornada: dos cabezas y un corazn!

Hasta que cerr la noche no pensaron aquellos hombres y aquellas
mujeres en los viejos o en los nios que dejaran en sus casas
abandonados y sin pan. Las mseras panaderas se vieron sitiadas por
interminables filas de personas que aguardaban les llegase el turno
para comprar un msero mendrugo de mal pan, y mientras esperaban con
los estmagos vacos, festejaban sus triunfos abrazndose unos a otros
y charlando sin cesar. Gradualmente fueron acortndose las filas, que
al fin desaparecieron: entonces brillaron algunas luces mortecinas
en el interior de las casas y se encendieron en las calles algunas
hogueras donde los ms miserables guisaban en comn la gazofia que
luego coman en sus hogares respectivos.

Aquellas cenas eran pobres e insuficientes, puras de carne y limpias
de salsas y de condimento, y, sin embargo, los ojos de los que
coman viandas tan poco apetitosas dejaban escapar destellos de
alegra. Padres y madres que haban tomado parte activa en la jornada
jugueteaban alegres con sus macilentos hijos, y los enamorados, no
obstante la cerrazn del cielo, amaban y esperaban.

Estaba muy prximo el da cuando se retiraron los parroquianos de la
taberna de Defarge, quien, mientras cerraba la puerta, dijo a su mujer:

--Al fin lleg, querida.

--S... casi--replic la seora.

Durmi San Antonio, durmi Defarge, hasta La Venganza durmi junto a su
famlico tendero, y durmieron tambin los tambores. Eran stos la nica
voz de San Antonio que no cambiaba, que siempre sonaba lo mismo. Si La
Venganza, a cuyo cargo estaban, los hubiera despertado, bien seguro es
que hubiesen pronunciado el mismo discurso que pronunciaron cuando cay
la Bastilla, el mismo que pronunciaron cuando fu decapitado Foulon.


XXIII

EL INCENDIO ADQUIERE INCREMENTO.

Han sobrevenido cambios importantes en la aldea de la cual sala todos
los das el pen caminero para arrancar a las piedras que cubran los
caminos el mendrugo de pan que mantena su alma ignorante ligada a su
enflaquecido cuerpo. La prisin del tajo no era ya tan formidable como
antes. La guardaban soldados, pero pocos en nmero; guardaban oficiales
a los soldados, pero ignoraban qu haran los soldados, pues si algo
saban, era... que se guardaran muy bien de hacer lo que ellos les
ordenasen.

Todo el territorio que alcanzaba la vista era una estepa desolada. La
hierba que cubra los caminos y los campos, las plantas que en stos
germinaban, eran tan pobres y raquticas como el mismo pueblo. Plantas
dobladas, derribadas, aplastadas... hombres de espaldas encorvadas,
hombres descorazonados, oprimidos... la miseria en las habitaciones,
la miseria en las cercas de las huertas, la miseria en los animales
domsticos, la miseria en los hombres, en las mujeres, en los nios, la
miseria en el suelo sobre el cual todos asentaban sus pies.

El seor, casi siempre caballero dignsimo considerado como individuo,
era una bendicin nacional, daba tono a las cosas, constitua por s
solo un ejemplo elocuente de vida brillante y fastuosa; pero el seor,
considerado como institucin, como clase, haba creado aquel estado
deplorable de cosas. Extrao fenmeno que el mundo, sacado de la nada
para gusto y regalo del seor, quedara tan pronto exprimido y sin una
gota de jugo! Y, sin embargo, as era. El seor, no encontrando ya
una gota de sangre que chupar, no viendo nada en que poder morder,
comenzaba a dar la espalda a un fenmeno tan bajo como inexplicable.

Pero no estribaban precisamente en eso los cambios importantes
sobrevenidos en la aldea y en muchas otras aldeas parecidas. Docenas
de aos atrs el seor estrujaba y exprima al pueblo sin que se le
ocurriera honrarle con su graciosa presencia ms que muy contadas
veces, y aun stas, para entregarse a los placeres de la caza...
fuera sta de hombres, fuera de animales. No. Consista el cambio
en la aparicin de caras de baja estofa ms que en la desaparicin
de las caras de la clase alta. Por el tiempo a que nos referimos,
cuando el solitario pen caminero trabajaba revolviendo la tierra, sin
ocurrrsele pensar que era polvo y que en polvo haba de convertirse,
pues casi sus pensamientos giraban siempre sobre lo poco que para
cenar encontrara en su casa, y lo mucho que comera si lo tuviese,
en aquellos tiempos, si levantaba los ojos del suelo y los tenda a lo
largo del camino, no era imposible que tropezaran con hombres de rudo
aspecto, muy raros antes en aquellos lugares y muy frecuentes ahora.
A medida que aqullos se aproximaban al caminero, vea ste que se
trataba por regla general de individuos de speras cerdas y aspecto
casi brbaro, altos, calzados con zuecos, de mirar feroz, cubiertos de
barro y de polvo, como quien ha pisado muchos caminos.

Uno de estos ejemplares se apareci de improviso al caminero, un da
del mes de julio a eso de las doce, mientras se encontraba sentado
al abrigo de una pared, para resguardarse del granizo que las nubes
enviaban en abundancia.

El desconocido le mir, pase a continuacin sus ojos por la aldea que
dorma en la hondonada, por el molino y por la prisin que se alzaba
sobre el tajo, y cuando hubo identificado todos aquellos objetos,
pregunt, en dialecto que apenas era inteligible:

--Qu tal, Santiago?

--Muy bien, Santiago.

--Chcala!

Los dos interlocutores cambiaron un apretn de manos.

--No hay comida?

--Cena nada ms--respondi el caminero con cara de hambre.

--Es la moda--gru el desconocido.--No encuentro a nadie que coma.
Seguidamente sac una pipa ennegrecida, la carg y encendi, y a
continuacin, dej caer sobre ella algo que tena entre los dedos
pulgar e ndice. De la pipa brot una llamarada y una nubecilla de humo.

--Chcala!--exclam el pen caminero, despus de observar con mirada
atenta las operaciones referidas.

Los interlocutores cambiaron el segundo apretn de manos.

--Esta noche?--pregunt el caminero.

--Esta noche--contest el desconocido, llevando la pipa a la boca.

--Dnde?

--Aqu.

Ambos permanecieron sentados sobre el montn de piedras, mirndose el
uno al otro, hasta que ces de granizar y se aclar el cielo.

--Instryeme--dijo entonces el viandante, dirigindose a la cresta de
la colina.

--Mira--contest el caminero, con el brazo extendido,--baja a la
hondonada, entrars por la calle, pasars la fuente...

--Al diablo la calle y la fuente!--exclam el desconocido con
impaciencia.--Ni quiero entrar en calle alguna ni pasar junto a fuentes.

--Sobre dos leguas ms all de la cumbre de la loma que se alza sobre
la aldea.

--Corriente. Cundo dejas el trabajo?

--A puestas de sol.

--Querrs despertarme antes de irte? Dos noches con sus das hace que
viajo sin descansar ni dormir. Acabar de fumar esta pipa y dormir
como un bienaventurado... Me despertars?

--Con mucho gusto.

El viandante fum su pipa, la guard en el pecho, se quit los zuecos
y se tendi boca arriba sobre el montn de piedras. Segundos despus
dorma profundamente.

Extraa fascinacin ejerca el bulto del viajero tendido sobre el
montn de piedras sobre el pen caminero, cuyo gorro ya no era azul,
como antao, sino rojo. Entregado a su ruda tarea, con tal frecuencia
volva hacia el durmiente sus ojos, que puede decirse que manejaba
sus herramientas de una manera mecnica y con escasos resultados. La
faz bronceada, la revuelta cabellera negra y espesa barba del mismo
color, el gorro rojo hecho de lana burda, el traje de pao tosco, la
constitucin robusta ligeramente atenuada por las privaciones y la
compresin rgida y violenta de los labios del viandante, llenaban
de temor al caminero. Grandes distancias deba haber recorrido el
desconocido, a juzgar por sus pies llagados y sus tobillos escoriados
y sangrando. El caminero intent ver si el dormido llevaba o no armas,
pero en vano, pues se lo impedan los brazos del durmiente, cruzados
sobre el pecho. Plazas fuertes, recintos murados, fosos profundos,
puentes levadizos deban ser obstculos de poca monta para hombres como
aqul; y cuando el caminero, separando de l los ojos, los alz y pase
en torno suyo, crey ver con los de la imaginacin hombres parecidos
que, ciegos a los obstculos, corran decididos desde la periferia
hacia el centro de Francia.

El desconocido continuaba durmiendo, indiferente a las granizadas que
de tanto en tanto caan, indiferente a los besos del sol ardiente e
indiferente a las sombras. No despert, no se movi hasta que, puesto
el astro del da, el caminero le despert, despus de reunir todas sus
herramientas para emprender el regreso a la aldea.

--Muy bien--dijo el desconocido incorporndose.--Dices que dos leguas
ms all de la cresta de la colina que domina a la aldea?

--Poco ms o menos.

--Poco ms o menos... Est bien.

Volvi el caminero a su casa, siguiendo a la nube de polvo que
levantaban sus pies y empujaba el viento que soplaba por sus espaldas,
y no tard en encontrarse junto a la fuente entre apretados rebaos
de vacas flacas llevadas all para beber. No se recogi la aldea
en sus pobres camas, como de ordinario, despus de engullirse sus
mseras cenas, sino que se ech a la calle y en ella permaneci. Todos
hablaban en voz muy baja, cual si murmurar al odo se hubiese puesto
en moda, y todos tenan clavados los ojos en el horizonte, siendo lo
ms curioso del caso que todos miraban en la misma direccin. Comenz
a sentir extraas inquietudes el seor Gabelle, autoridad primera de
la aldea, quien despus de subir al terrado de su casa y mirar desde
all hacia el punto del horizonte que tanta fascinacin pareca ejercer
sobre los tranquilos habitantes de la aldea, y de examinar parapetado
detrs de la chimenea las caras sombras de los que en rededor de la
fuente estaban congregados, envi a decir al sacristn, encargado de la
custodia de las llaves de la iglesia, que quiz aquella noche hubiese
necesidad de repicar la campana de alarma.

Cerr la noche, negra, ttrica, siniestra. Las copas de los rboles
gigantes que rodeaban al castillo se balanceaban al soplo del viento
y semejaban prodigiosas mazas manejadas por titanes invisibles contra
la ingente masa de piedra. El agua caa a torrentes. Las dos escaleras
monumentales que se encontraban en la terraza parecan torrentes
desbordados cuyo turbulento caudal chocaba con estruendo contra la
puerta principal, semejante a rpido mensajero que intenta despertar
a los que duermen dentro. El vendaval penetraba por las espaciosas
galeras, azotaba las lanzas, espadas, cuchillos y picas que decoraban
sus paredes, y, subiendo por la escalera, agitaba las cortinas del
lecho sobre el cual haba reposado el ltimo Marqus. Bultos confusos,
procedentes de Oriente y de Poniente, del Septentrin y del Medioda,
hollaban la crecida hierba del bosque y avanzaban cautelosos hacia el
patio del castillo, donde se reunan. Brotaron cuatro luces que se
movieron en direcciones opuestas, y todo volvi a quedar negro segundos
despus.

La obscuridad dur poco. El castillo comenz a brillar con luz propia,
cual si fuerzas sobrenaturales le hubiesen de pronto convertido en
castillo luminoso. Por detrs de la robusta fachada corran regueros
encendidos que no tardaban en manifestarse por cuantos sitios
transparentes ofreca aqulla y en poner de relieve la situacin y
forma de las balaustradas, de los arcos y de las ventanas. Suban...
suban ms altas las llamas, y la inmensa hoguera adquira por momentos
mayor extensin y brillantez. No tardaron en brotar chorros de fuego
por veinte grandes ventanas a la vez, y en despertar a los centinelas
de piedra, de cuyos rostros desapareci la impasibilidad para ser
substituda por el asombro.

En la casa aneja al castillo ensillan a toda prisa un caballo, que
parte a galope tendido hendiendo las tinieblas de la noche y no tarda
en llegar, cubierto de espuma, a la plaza de la aldea, haciendo alto
frente a la puerta de la casa del seor Gabelle.

--Auxilio, Gabelle... auxilio, todos!--grita el asustado jinete.

Toca a rebato la campana de alarma, pero fuera de este auxilio, dado
caso que lo fuera, el jinete no recibe ninguno. Cruzados de brazos
junto a la fuente contemplando la inmensa hoguera proyectada contra el
cielo est el pen caminero entre un grupo de unos doscientos cincuenta
amigos particulares suyos.

--Se elevan a unos cuarenta pies de altura--es el nico comentario que
hacen, pero nadie se mueve.

El mensajero del castillo hunde las espuelas en los ijares del caballo
cubierto de espuma y desaparece entre las sombras. A galope tendido,
y con peligro grave de romperse la cabeza, sube el spero repecho que
conduce a la fortaleza-prisin del tajo. Un grupo de oficiales, de pie
junto a la puerta, contempla el pavoroso incendio; a poca distancia de
aqullos, hay otro grupo ms numeroso de soldados.

--Auxilio, caballeros oficiales! El castillo arde! Dentro de sus
muros hay objetos de muchsimo valor, que podran salvarse del furor de
las llamas... Todava es tiempo...! Auxilio... auxilio!

Los oficiales miran a los soldados, y stos mantienen sus ojos clavados
en el incendio. No dan orden alguna; antes al contrario; encogindose
de hombros, exclaman:

--Que arda!

Desciende nuevamente el jinete, atraviesa la calle de la aldea, y ve
con asombro que todas las casas estn iluminadas. Cmo se hizo el
milagro? De la manera ms sencilla. El pen caminero y los doscientos
cincuenta amigos particulares suyos tuvieron el capricho de iluminar
sus casas. Como carecen de antorchas, las piden en forma bastante
perentoria al seor Gabelle. El funcionario muestra vacilaciones,
resistencias, y en su vista, el caminero, tan sumiso en otro tiempo
a la autoridad de aqul, insina a sus doscientos cincuenta amigos
particulares que los coches, convenientemente hechos astillas,
proporcionan excelentes antorchas, y que los caballos de las sillas de
posta estn pidiendo a gritos que los tuesten.

El castillo queda abandonado a las iras del elemento destructor.
Encendidos huracanes, nacidos sin duda en las regiones infernales,
coadyuvan a la obra, avivando las bramadoras llamas y sacudiendo el
robusto edificio. Las caras de piedra de los eternos centinelas se
retuercen entre cascadas de chispas y mares encendidos. Al caer con
estruendo masas enormes de piedra revueltas con vigas gigantescas, el
rostro de piedra que presenta dos mellas en la nariz adquiere expresin
decididamente siniestra. Todo el mundo le hubiera tomado por la cara
del cruel Marqus que, amarrado a la pira, lucha desesperado contra el
fuego.

Arda el castillo. Los rboles ms cercanos, alcanzados por el fuego,
se retorcan, doblaban y arrugaban; otros ms distantes, encendidos
por los cuatro terribles bultos, enviaban a la mole ardiente mares de
negro humo. En las entraas del mrmol de la fuente hervan plomo y
hierro derretido; el agua haba dejado de correr, y las agujas de las
torres, cual si fueran de hielo, se fundan bajo la accin del calor.
Bandas de asustados pjaros revoloteaban aturdidos y concluan por caer
en medio del horno, y mientras tanto, los cuatro bultos se alejaban,
guiados por los resplandores que ellos haban creado, en direccin a su
nuevo destino. La aldea se apoder de la campana de alarma, y aboliendo
de una vez la significacin de sus taidos, la oblig a festejar su
alegra.

Y no par aqu la cosa: la aldea, cuya mollera parece haba despejado
de improviso el hambre, las llamas y las voces de la campana de alarma,
que ya lo era de alegra, sospechando que el seor Gabelle pudiera
tener algo que ver con el cobro de las rentas y de los impuestos,
aunque a decir verdad, ningn impuesto haba cobrado el buen Gabelle en
los das anteriores, y s nicamente algunas rentas atrasadas, dese
celebrar con aqul una entrevista, y al efecto, cerc su casa y le
invit a salir a la calle, donde podran conferenciar personalmente.
El seor Gabelle contest atrancando slidamente la puerta de su
casa, y retirndose a la habitacin ms escondida, a fin de celebrar
la conferencia consigo mismo. El resultado de esta conferencia
unipersonal, fu que el buen Gabelle subi de nuevo al tejado de su
casa y se escondi detrs de las chimeneas, resuelto, dado caso que los
habitantes de la aldea derribasen la puerta de entrada, a arrojarse de
cabeza desde el tejado a la calle a fin de aplastar bajo el peso de su
cuerpo a uno o dos de los que con tanto ahinco deseaban conferenciar
con l. No nos admire su decisin: Gabelle era un meridional de
carcter vengativo.

Es ms que probable que la noche se le antojase eterna al seor
Gabelle, pues en realidad no resulta muy agradable pasrsela sobre el
tejado, contemplando a lo lejos los siniestros fulgores de un castillo
ardiendo, escuchando los porrazos que un pueblo enfurecido descarga
contra la puerta de su casa, y sobre todo, viendo pendiente de su
poste un farol, que el pueblo miraba de tanto en tanto con ganas de
substituirlo con otro objeto, que muy bien pudiera ser su cuerpo.
Triste es, en efecto, pasarse toda una noche de verano sobre el alero
de un tejado, contemplando a sus pies un ocano de revueltas olas
negras, y decidido a arrojarse de cabeza en su centro; pero al fin
hizo su aparicin una aurora risuea, se apagaron las luminarias, el
pueblo se dispers, y el seor Gabelle pudo salir con vida del trance.

Dentro de un radio de cien millas, y a la luz de otros incendios, hubo
aquella noche, y otras noches, muchos funcionarios menos afortunados
que el seor Gabelle, a quienes el sol del nuevo da encontr colgados
en las mismas calles, pacficas en tiempos mejores, en que nacieron y
crecieron. Verdad es que tambin hubo otros aldeanos, otros ciudadanos
que, menos afortunados que el pen caminero y sus doscientos cincuenta
amigos particulares, cayeron a los golpes de los funcionarios y de los
soldados. Pero los fieros portadores del fuego continuaban su carrera
en direccin a Oriente y a Poniente, al Septentrin y al Medioda
sealando su paso con regueros de llamas, y no exista funcionario, por
versado que estuviera en matemticas, capaz de calcular la altura de
los patbulos necesaria para contener o desviar el curso del despeado
torrente.


XXIV

ATRAIDO POR LA MONTAA IMANTADA

Tres aos duraron las tempestades, tres aos durante los cuales
bramaron sin cesar los ocanos y rugieron las llamas por doquier, tres
aos de continuos terrores para los que desde la playa contemplaban
la furia siempre creciente de los mares. Tres cumpleaos ms vi la
pequea Luca, en cuya existencia pacfica no ces su amante madre de
tejer nuevos hilos de oro.

Ms de un da y ms de una noche estuvieron los moradores del tranquilo
rincn de Soho escuchando con amargo dolor el ruido de pasos que
heran sus odos, pues saban que eran pasos de gentes enfurecidas,
que corran en tumulto a la sombra de rojos pendones, saban que su
patria haba sido declarada en peligro, que sus moradores se haban
transformado de seres humanos en bestias feroces.

No acertaba a comprender el seor, como clase, el fenmeno de no ser
apreciado, de no ser necesitado en Francia, de no ser querido, de ser
odiado hasta el extremo de correr peligro inminente de verse despedido
del suelo francs y del mundo de los vivos al propio tiempo. Semejante
al rstico de la fbula que, despus de haber conseguido que se le
presentase el diablo a fuerza de invocaciones, qued tan aterrorizado
al verle, que ni voz tuvo para hacer una pregunta al enemigo, as el
seor, despus de tener el atrevimiento de rezar al revs la oracin
del Padre Nuestro por espacio de varios aos y de poner en juego los
sortilegios y ensalmos ms potentes para despertar al demonio, no
bien lleg a entreverle, apresurse a ensearle sus nobles y linajudos
talones.

Habase eclipsado el brillante cielo de la corte, convencido de
que sera el blanco obligado de la deshecha lluvia de balazos del
pueblo. Nunca fu santo de la devocin de ste, pues segn malas
lenguas, Satans le haba inoculado su orgullo y Sardanpalo su lujo
y su molicie. La corte entera, desde su punto central y exclusivo
hasta todos los puntos podridos de su circunferencia de intrigas,
corrupciones y disimulo, haba abandonado aquella atmsfera malsana.
Tambin haba desaparecido la realeza: sitiada en su palacio, qued en
suspenso al llegar hasta ella las furiosas olas.

En el mes de agosto del ao de mil setecientos noventa y dos, la casta
de los seores estaba dispersa por el mundo.

Como es natural, el cuartel general, el centro de reunin del seoro
en Londres era el Banco Tellson. Dicen que los espritus rondan los
lugares donde yacen sepultados sus cuerpos, y conformndose a esta
ley, el seor sin un cuarto rondaba el lugar donde en tiempos mejores
estuvieron depositados sus _cuartos_. Adems, el Banco Tellson era el
centro al que con ms rapidez llegaban nuevas de Francia: llevaba su
generosidad hasta el punto de hacer adelantos a los que fueron sus
clientes en tiempos de prosperidad; guardaba en sus arcas inmensas
sumas depositadas por nobles que, ms previsores que la generalidad,
vieron que se condensaba la tormenta y se adelantaron a los robos y a
las confiscaciones, y finalmente, cuantas personas llegaban de Francia,
principiaban por dejarse ver en el Banco Tellson, donde hacan historia
de los ltimos sucesos. Por toda esta variedad de razones, era el Banco
Tellson por aquella poca una especie de Palacio de la Bolsa por lo que
a asuntos o personas francesas se refiriera, circunstancia que conoca
tan perfectamente el pblico, y que daba lugar a tantas preguntas y
comisiones, que con frecuencia se hacan constar las noticias ltimas
en cartelones que se colgaban de las ventanas del edificio, para que
pudieran leerlas cuantos pasaran frente al Tribunal del Temple.

Una tarde brumosa y de calor sofocante, Lorry y Carlos Darnay, sentados
frente a la mesa de trabajo del primero, conferenciaban en voz baja.
Faltara sobre media hora para cerrar el establecimiento.

--Ya s que es usted el hombre ms joven que ha existido en el
mundo;--dijo Carlos Darnay con muestras de vacilacin,--pero aun as,
perdone que le diga...

--Comprendo: que soy muy viejo, verdad?--interrumpi Lorry.

--Tiempo inseguro, viaje largo, medios inciertos y pas en estado
anrquico, amn de una ciudad que ni a usted puede ofrecer garantas.

--Mi querido Carlos--replic Lorry con confianza,--las razones que
usted acaba de apuntar, lejos de desanimarme, lejos de conspirar contra
mi proyecto de hacer el viaje, conspiran para que lo haga. Nadie tendr
el mal gusto de meterse con un viejo de casi ochenta aos, cuando
puede hacerlo con tantos otros jvenes, robustos, y ms dignos de ese
honor que yo. Dice usted que se trata de una ciudad desorganizada, y
yo contesto que, si en ella reinase el orden, no s por qu nuestra
casa de aqu haba de enviar a nuestra casa de all a uno que conoce
de antiguo la ciudad y los negocios de la ciudad, y posee adems
la confianza de Tellson. En cuanto a los inconvenientes que puedan
originar la incertidumbre de los medios de locomocin, lo largo del
viaje y lo inseguro del tiempo, si yo no estuviera dispuesto a afrontar
todos esos inconvenientes en obsequio a la casa, despus de haber
envejecido en ella, quin lo estar?

--Deseara ir yo mismo--dijo Carlos, como quien piensa en voz alta.

--Hombre!--exclam Lorry.--Voy viendo que es usted un asesor de
primera fuerza y un consejero que no tiene rival! Conque usted mismo,
eh? Y nacido en Francia, eh? Buen consejo, amigo, buen consejo!

--Precisamente porque he nacido en Francia, mi querido seor Lorry,
ha cruzado y cruza con frecuencia por mi mente aquel pensamiento. Yo
encuentro muy natural que as piense el que conserva alguna simpata
por aquel pueblo desdichado, el que le ha abandonado algo que era suyo,
y como consecuencia, cree que su voz sera escuchada, y que acaso
consiguiera contener un poquito el desorden. Anoche mismo, despus que
usted se despidi de nosotros, estaba yo diciendo a Luca...

--Estaba usted diciendo a Luca!...--repiti Lorry.--Francamente!
Me admira que no se avergence usted de pronunciar en este instante
el nombre de Luca! Canastos! Nombrar a Luca cuando desea irse a
Francia en estas circunstancias!

--No he ido todava!--contest Carlos sonriendo.--Ms que por otra
cosa, hablo as a fin de contrarrestar el propsito que usted asegura
que ha formado de ir.

--Lo he formado, s, Carlos: nada ms cierto. Voy a hablarle con
franqueza, mi querido amigo. No puede usted figurarse siquiera las
dificultades con que tropiezan todos nuestros negocios, ni el peligro
que amenaza a nuestros libros y documentos de all. Slo Dios puede
saber las fatales consecuencias que para muchas personas entraara la
prdida o destruccin de algunos de los documentos all depositados,
y que corren peligro de perderse, peligro de ser destrudos, lo sabe
usted como yo, como lo sabe todo el mundo. Quin puede decir si hoy
mismo habr ardido Pars por los cuatro puntos cardinales, si ser
maana saqueado en regla! Ahora bien: nicamente yo puedo prevenir
los males, haciendo una seleccin prudente y escondiendo bajo tierra
o trasladando a lugar seguro los documentos en cuestin, y para ello,
precisa que no pierda ni un segundo de tiempo. Puedo yo hacerme el
remoln cuando la casa sabe lo que acabo de decir, y cuando la casa lo
dice... la casa cuyo pan vengo comiendo desde hace sesenta aos, la
casa en una de cuyas articulaciones me he introducido como cua? Quite
usted all, hombre! Ignora usted que soy un mozalbete, comparado con
muchos que presumen de jvenes y no son otra cosa que vejestorios
caducos?

--Admiro la gallarda de su espritu juvenil, seor Lorry!

--A callar! No olvide usted, mi querido Carlos, que sacar hoy el
objeto ms insignificante de Pars, es punto menos que imposible. Hoy
mismo hemos recibido documentos preciosos--excuso recomendarle la
reserva ms absoluta,--y los hemos recibido de manos de los portadores
ms extraos que pueda usted imaginar, portadores cuyas cabezas pendan
de un cabello mientras cruzaban las Barreras. En otras ocasiones
circulaban nuestros paquetes de una a otra nacin sin dificultad
alguna: hoy todo est paralizado.

--Y piensa usted emprender el viaje esta noche?

--Esta noche sin falta. Tal se han puesto los asuntos, que no se puede
perder segundo.

--No le acompaa nadie?

--Me han sido propuestas gentes de todas las clases y condiciones, pero
a nadie he dicho palabra. Pienso llevarme a Jeremas. Por espacio de
muchos aos ha sido mi perro de presa, mi acompaante obligado a mis
salidas domingueras, y estoy acostumbrado a l. Nadie ha de ver en
Jeremas otra cosa que un _bull-dog_ ingls, incapaz de abrigar otros
designios que el de lanzarse sobre cualquiera que se atreva a tocar el
pelo de la ropa a su amo.

--Repito que admiro su gallarda de nimo y sus arrestos.

--Y yo repito que dice usted una tontera, amigo Carlos. Una vez haya
dado fin a esta pequea comisin, es posible que acepte la proposicin
de Tellson de retirarme y vivir tranquilo. Entonces es cuando me
sobrar tiempo para pensar en que me voy haciendo viejo.

Haba tenido lugar el dilogo que queda transcrito en el despacho
del seor Lorry, a una o dos varas de distancia de un enjambre de
seores, cuya conversacin, bastante animada por cierto, versaba
sobre la venganza que muy en breve tomaran sobre el ruin populacho.
Realmente era inconcebible que los seores, en su calidad de emigrados,
y como tales, vctimas de infinidad de reveses, y la nativa ortodoxia
inglesa, hablasen de aquella Revolucin terrible cual si fuera cosecha
de frutos no sembrados, cual si no hubiesen sido puestos todos los
medios humanos para producirla, cual si no hubieran visto y anunciado
con palabras clarsimas su llegada inevitable muchos observadores que
necesariamente haban de hacerse cargo de la miseria intolerable que
afliga a millones de hijos de Francia y del empleo desastroso que se
daba a los recursos que hubiesen podido hacerles prsperos y felices.
Difcilmente poda sufrir ningn hombre de alma sana y conocedor de
la verdad la serie de sandeces dichas con tono doctrinal, combinadas
con complots extravagantes para restaurar un estado de cosas gastado y
podrido hasta la mdula. Las sandeces y las extravagancias, unidas a la
intranquilidad de nimo en que Carlos Darnay se encontraba, traan a
ste impaciente y nervioso desde varios das antes, y la conversacin
que estaba oyendo no hizo ms que exacerbar su impaciencia.

Entre los habladores figuraba Stryver, hombre que haba subido ya
varios escalones de la escalera de la gloria, y que estaba abocado a
subir muchos ms an, no siendo, por consiguiente, de extraar que se
inclinara decididamente hacia la clase seorial. Hablaba en la ocasin
presente con gran ardor de la necesidad de acabar de una vez con el
pueblo, de exterminar sin piedad a la vil gentuza, de hacer desaparecer
de la tierra a la canalla, para conseguir lo cual preconizaba medios
que, en eficacia, all se andaban con el de aquel sabio que, queriendo
suprimir para siempre las guilas, propuso que se les espolvoreasen
las colas con sal molida. Darnay escuchaba al abogado con profunda
aversin, con repugnancia. Hasta se le ocurrieron deseos de marcharse
para no oirle, y es ms que probable que los hubiese llevado a la
prctica de no haber venido los mismos sucesos a indicarle el camino
que deba seguir.

La Casa acababa de acercarse a Lorry y, dejando sobre la mesa un pliego
cerrado y sumamente ajado, preguntle si haba encontrado rastros de
la persona a quien iba dirigido. La Casa dej la carta tan cerca de
Darnay, que ste hubo de leer la direccin. Verdad es que no le cost
gran trabajo, pues precisamente el nombre escrito en el sobre era el
suyo. Deca as.

Muy urgente. Al Seor Marqus de Saint-Evrmond de Francia. Confiada a
los seores Tellson y Compaa, Banqueros, Londres, Inglaterra.

El doctor Manette, la maana misma del matrimonio de su hija con
Carlos Darnay, exigi a ste que guardase inviolable el secreto de su
apellido, hasta tanto que el doctor le desligara de la obligacin.
Nadie conoca su ttulo, que hasta para su mujer era un secreto. En
cuanto a Lorry, ni remotamente poda sospecharlo.

--No--contest Lorry a la Casa.--He preguntado a cuantas personas han
venido a esta casa, pero nadie ha sabido decirme dnde se encuentra ese
caballero.

Como haba sonado la hora de cerrar el Banco, casi todos los amigos
de dar trabajo a la lengua se haban refugiado en el despacho de
Lorry. Este conservaba en sus manos la carta mirndola con perplejidad
manifiesta. Tambin la miraba la casta seorial, pero con ira, con
ceo, cual si en vez de un pedazo de papel estuviera viendo un
refugiado indigno de la raza a que perteneca. Este, aqul, el de ms
all, todos tenan algo que decir con contra del Marqus que no pareca
por parte alguna.

--Sobrino, si no estoy mal enterado... pero desde luego sucesor
degenerado de aquel ilustre y refinado Marqus que fu villanamente
asesinado--dijo uno.--Me cabe la fortuna de no haberle visto en mi vida.

--Un cobarde que abandon su puesto hace algunos aos--terci otro
seor, que haba salido de Pars metido de cabeza en el centro de una
carretada de paja, con los pies en alto y medio asfixiado.

--Corrompido por las nuevas doctrinas--repuso un tercero,--se declar
en oposicin abierta contra el ltimo Marqus, abandon sus tierras no
bien las hered, y las confi a un hato de rufianes. Espero que ellos
mismos le darn ahora el pago a que se ha hecho acreedor.

--Eso hizo?--grit Stryver.--Tan canalla es ese hombre? Veamos...
veamos su infame apellido.

Darnay, cuya resistencia tocaba a su fin, toc en un hombro a Stryver y
dijo:

--Yo conozco a ese seor.

--Por todos los diablos juntos!... Usted le conoce? Lo siento en el
alma.

--Por qu?

--Pregunta usted por qu, Darnay? Pero no ha odo usted lo que ha
hecho?

--Lo he odo, s; pero pregunto a usted que por qu siente que yo le
conozca.

--En ese caso, repetir a usted, seor Darnay, que siento que usted
conozca a ese hombre indigno, y que lamento que no se le alcance a
usted por qu lo siento. Me aflige sobremanera oir las preguntas
inconcebibles que usted hace. Nos hablan aqu de un sujeto corrompido
por la ms pestilente e impa de las podredumbres, de un individuo el
ms vil que jams ha existido en el mundo, que abandona sus bienes a
la hez de a tierra, a los canallas cuyo credo es el asesinato y el
robo, y me pregunta usted por qu lamento que un hombre que se dedica
a ensear a la juventud le conozca? Se empea en saberlo? Vaya, se
lo dir! Lo siento porque creo que miserables como el que nos ocupa
contagian a quien los conoce. Y lo sabe usted.

Darnay, contenindose a duras penas, contest:

--Quiz no comprende usted al caballero a quien se refiere.

--Pero s muy bien cmo poner a usted entre la espada y la pared,
y voy a hacerlo--grit Stryver.--Si ese individuo es un caballero,
desde luego _no_ le comprendo; puede usted decrselo as de mi parte,
y darle de paso mis recuerdos. Tambin puede aadirle de parte ma,
que despus de abandonar a la gentuza los bienes patrimoniales, me
admira sobremanera que no se haya puesto a la cabeza de los ladrones
y asesinos... Pero no, caballeros, no; yo, que conozco un poquito el
natural humano, me atrevo a asegurarles que no encontrarn nunca a un
sujeto como se que se confe a los tiernos cuidados de sus humildes
_protegidos_. No, caballeros, no; si algo de su persona deja ver a
aqullos, ser, en todo caso, un par de talones, y aun stos, slo
durante el tiempo que tarde en poner tierra de por medio.

Dichas estas palabras, que merecieron la aprobacin unnime de sus
oyentes, sali a la calle Fleet. Segundos despus quedaban solos en el
despacho Lorry y Carlos Darnay.

--Puesto que usted conoce a la persona a quien la carta va
dirigida--dijo Lorry--quiere encargarse de hacerla llegar a sus manos?

--Con mucho gusto.

--Tendr la bondad de explicarle que sin duda se la han dirigido aqu
porque crean que nosotros le conocamos, y que, ignorando quin era y
dnde estaba, la carta est detenida desde hace algn tiempo?

--As lo har. Cundo sale usted para Pars?

--A las ocho salgo de aqu mismo.

--Yo volver para despedirle.

Descontento consigo mismo, y ms todava con Stryver y con sus
compatriotas, Darnay sali del edificio del Banco y, no bien lleg a
una esquina donde crey estar a cubierto de miradas indiscretas, abri
la carta, que estaba concebida en los siguientes trminos:


  Prisin de la Abada, Pars.

    Junio, 21, 1792.

  Seor Marqus:

  Despus de correr durante largo tiempo peligro inminente de
  dejar la vida en manos de los vecinos de la aldea, he sido preso,
  sometido a mil violencias y atropellos, y al fin conducido a
  Pars, cuyo largo viaje me han obligado a hacer a pie. Las
  amarguras que en el camino he apurado no son para contarlas aqu;
  y no es esto todo; mi casa ha sido destruda... arrasada hasta los
  cimientos.

  El crimen de que me acusan, el que me tiene enterrado en la
  crcel, seor Marqus, el crimen por el que comparecer ante el
  Tribunal y que me costar la cabeza (si usted no me presta su
  generoso auxilio) es, segn dicen ellos, el de traicin contra la
  majestad del pueblo, al que aseguran que he vendido para proteger
  a un emigrado. En vano les he hecho presente que, lejos de obrar
  contra ellos, he obrado en su favor, atenindome a instrucciones
  suyas, seor Marqus; en vano he alegado que con anterioridad a la
  confiscacin de los bienes de los emigrados haba yo condonado los
  impuestos que el pueblo ces de pagar, que no cobr las rentas, que
  no recurr a los tribunales. A todas mis representaciones contestan
  que obr en favor de un emigrado, y yo me pregunto: dnde est ese
  emigrado?

  Ah, mi buen seor Marqus! Dnde est ese emigrado? Yo pregunto
  mientras duermo; dnde est? Vuelvo mis ojos a los cielos, y les
  pregunto; vendr a salvarme? No me contestan. Ah, seor Marqus!
  Envo mi grito de angustia a travs de los mares, por si Dios
  quiere que llegue a sus odos por mediacin del gran Banco Tellson,
  tan conocido en Pars.

  Por el amor de Dios, por equidad, por justicia, por generosidad,
  por el honor inmaculado de su noble apellido, seor Marqus, le
  suplico que corra en mi auxilio y me libre de la muerte que me
  amenaza. Mi nico crimen es haber sido fiel a usted... Oh seor
  Marqus! Yo confo que usted corresponder a mi fidelidad.

  Desde esta mazmorra donde todos los horrores tienen su asiento,
  desde esta antesala de la muerte, envo a usted, seor Marqus, la
  expresin de mi dolorosa lealtad, juntamente con el ofrecimiento de
  mis desgraciados servicios.

                                             Su afligido servidor,

                                                    GABELLE.

La lectura de la carta que queda copiada infiltr en la intranquilidad
latente de Darnay un torrente vigoroso de vida. El peligro que se
cerna sobre la cabeza de un servidor antiguo, por cierto de los
mejores, que no haba cometido ms crimen que el de serle leal a l y
a su familia, fu para Darnay a manera de latigazo recibido en pleno
rostro. La vergenza se le subi a la cara con fuerza tal, que mientras
caminaba al azar sin saber qu resolucin adoptar, ni a mirar a los
transeuntes se atreva.

Saba muy bien que, arrastrado por el horror de la hazaa que puso
digno remate a las malas acciones y a la psima reputacin de su
rancia familia, impulsado por las sospechas que su to le inspirara y
por la aversin con que su conciencia miraba la fbrica ruinosa que,
segn los de su casta, estaba en el deber de sostener y robustecer,
haba obrado de una manera imperfecta. Saba muy bien que al ceder al
amor que profesaba a Luca, al renunciar el puesto que en sociedad
le corresponda ocupar, se haba precipitado, haba procedido con
reprensible ligereza. Saba muy bien que su resolucin debi llevarla
a la prctica personalmente, como saba que tuvo intencin de hacerlo
as, y que, sin embargo, no lo hizo.

La dicha del hogar que en Londres se haba creado, la necesidad de
hacer una vida activa, las continuas alteraciones de la poca, tan
bruscas y tan rpidas que los planes no bien madurados la semana
anterior caan por tierra a la semana siguiente ante el impulso
arrollador de nuevos acontecimientos, fueron circunstancias de peso a
cuya fuerza cedi; lo saba muy bien; pero tampoco se le ocultaba que,
si a la fuerza de las circunstancias cedi con repugnancia, no intent
oponerles una resistencia continua y formal. Su conciencia le deca que
dese obrar y que varias veces anduvo acechando la ocasin; pero le
aada que otras tantas dej pasar la oportunidad, mientras la nobleza
sala en tropel de Francia por todos los caminos y veredas, mientras
los bienes de aquella eran confiscados y destrudos, y hasta borrados
del libro de la vida los nombres de los hasta entonces mimados por la
fortuna.

Pero en cambio a nadie haba oprimido, a nadie haba llevado a la
crcel. Lejos de haber atropellado a nadie para que le pagase sus
rentas, haba abandonado libre y espontneamente sus bienes, buscado
refugio en una nacin extraa, y ganado en ella el pan que llevaba a
su boca con su propio esfuerzo. El seor Gabelle haba administrado
un patrimonio empobrecido a tenor de instrucciones escritas que le
mandaban tratar bien al pueblo, darle lo poco que all poda drsele...
lea para calentarse en invierno y algunos frutos que le ayudaran
a pasar el verano, que otra cosa no consentan los acreedores... y
seguramente habra aducido estos hechos en descargo suyo. Se trataba de
hechos pblicos, de hechos que sin dificultad podan probarse; y si los
hechos en cuestin justificaban ante el pueblo al administrador, huelga
decir que eran patente de amigo del pueblo en favor de quien dict las
rdenes a que aqul ajust su conducta.

Estas consideraciones robustecieron la resolucin de hacer el viaje a
Pars que Darnay haba casi adoptado con anterioridad al recibo de la
carta de Gabelle.

S. Semejante al marino de la antigua leyenda, los vientos y las
corrientes habanle arrastrado hasta colocar su nave dentro del radio
de influencia de la Montaa Imantada, y sta le atraa cada vez
con fuerza ms irresistible. Cuantos pensamientos germinaban en su
mente, le impelan, le empujaban hacia el centro de aquella atraccin
terrible. Obedecieron sus impaciencias primeras al pensamiento de
que su desdichada patria, guiada por instrumentos malos, persegua
objetivos malos y corra desbocada al abismo, mientras l, que acaso
hubiese podido imprimir mejor direccin a las ansias nacionales,
permaneca en Londres sin intervenir, sin intentar algo que pusiera
fin a la brutal efusin de sangre, algo que afianzase los derechos a
la piedad, a la humanidad, desconocidos a la sazn. Cuando ya en su
alma se agitaban esos remordimientos, vino a centuplicar su fuerza
la conducta del anciano Lorry, quien, dcil a la voz del deber, se
apresuraba a afrontar los riesgos tremendos que entraaba un viaje
a Francia en aquellas circunstancias, y por si esto no bastaba,
vinieron los comentarios de los seores, comentarios que le hirieron
profundamente, y los de Stryver, mil veces ms duros que los de
aqullos. A todo ello haba seguido la carta de Gabelle, la carta de
un prisionero inocente que, vinindose al borde de la tumba, haca un
llamamiento desesperado a su justicia, a su honor y a su apellido.

No tard en resolverse; ira a Pars.

S. La Montaa Imantada le arrastraba y no haba ms remedio que
enfilar hacia ella la proa de su esquife. Ignoraba que en los mares
que iba a surcar hubiera escollos, no crea que la travesa ofreciera
peligros para l. La intencin que le gui al obrar como haba
obrado, siquiera su obra hubiese quedado incompleta, parecale ms
que suficiente para conquistarle el agradecimiento de Francia, tan
pronto como l se presentase en su suelo e hiciera valer los derechos
que le asistan. Ante sus ojos se alzaba la visin gloriosa de haber
obrado bien, y hasta lleg a forjarse ilusiones de que tendra alguna
influencia para encauzar aquella revolucin horrenda, que con furia tan
incontrastable se haba alzado, amenazando acabar con todo lo existente.

Adoptada su resolucin, crey que ni Luca ni el doctor Manette deban
conocerla hasta que la hubiese puesto en prctica. En cuanto a Luca,
nada ms natural que evitarla el dolor de la separacin, y en cuanto
a su padre, cuya resistencia a pensar en los lugares donde tantos
sufrimientos apurara en aos pasados era tan viva, tampoco convena
hablarle del proyecto, sino de la ejecucin del mismo, nica manera de
evitarle dudas dolorosas.

Tales fueron los pensamientos que le agitaron hasta que lleg la hora
de despedirse de Lorry. Tampoco a ste confiara sus intenciones. Las
sabra en Pars cuando estuvieran ya realizadas, cuando le hiciera una
visita, y esta visita, se la hara tan pronto como llegase a la capital
de Francia.

Frente a la puerta del Banco Tellson esperaba una silla de posta. Junto
a la portezuela, haca centinela Jeremas _Lapa_.

--He entregado la carta al caballero a quien iba dirigida--dijo Darnay
a Lorry.--No he querido traer contestacin escrita que acaso pudiera
ser para usted causa de disgustos; pero he aceptado una respuesta
verbal, confiando que usted no tendr inconveniente en encargarse de
transmitirla.

--Con mucho gusto, siempre que no sea muy peligrosa--contest Lorry.

--No lo es, aunque debe recibirla un hombre que est preso en la Abada.

--Cmo se llama?--pregunt Lorry, sacando del bolsillo un librito de
memorias.

--Gabelle.

--Gabelle. Y qu es lo que debo decir al desgraciado prisionero
Gabelle?

--Sencillamente estas palabras: Ha recibido la carta y vendr.

--Sin decir cundo?

--Emprender el viaje maana por la noche.

--No he de mencionar nombre alguno?

--No.

Despus de ayudar a Lorry a arrebujarse en dos o tres capas, debajo de
las cuales llevaba ya dos o tres abrigos, sali acompandole hasta la
calle Fleet.

--Haga presente mi cario a las dos Lucas--dijo Lorry en el momento de
partir la silla de posta.--Cudemelas bien hasta que yo est de regreso.

Carlos Darnay hizo un movimiento de cabeza, sonri con expresin
equvoca, y qued contemplando el carruaje que se alejaba al trote
largo de los caballos.

Aquella noche, era la del da catorce de agosto, Carlos Darnay se
acost muy tarde, pues antes tuvo que escribir dos cartas; una dirigida
a Luca, en la cual explicaba el deber ineludible en que se encontraba
de ir a Pars y detallaba con gran extensin los motivos que a su
juicio alejaban de su persona toda clase de riesgos, y otra al doctor,
a quien encomendaba el cuidado de Luca y de su hijita. A entrambos
prometa escribir nuevamente tan pronto como llegara al trmino de su
viaje.

Fu para Darnay da de prueba aquel que hubo de pasar entre su querida
familia guardando en el fondo de su pecho un secreto que nadie poda
sospechar; pero una mirada de cario dirigida a su esposa, tan alegre,
tan confiada, robusteci la resolucin que de no decirla nada haba
formado, y el da pas sin incidentes. Al obscurecer, la abraz,
dicindola que un asunto imprevisto le obligaba a salir, pero que su
ausencia sera muy breve, y se fu. Ya antes haba sacado secretamente
de su casa un bal con la ropa necesaria.

Confi las dos cartas a un criado digno de toda confianza, con orden
de entregarlas a media noche, ni un minuto antes, tom un caballo, y
emprendi el viaje a Dover.

Sinti desfallecimientos; pero el grito desesperado del pobre
prisionero que apelaba a su justicia, a su honor, a su generosidad,
dile fuerzas para dejar a sus espaldas lo que ms querido le era en el
mundo y para dirigir su nave hacia la Montaa Imantada que le atraa.




LIBRO TERCERO

EL RUMBO DE LA TORMENTA


I

EN SECRETO

Poco a poco abreviaba el viajero el camino que le separaba de Pars.
Estamos en otoo del ao mil setecientos noventa y dos. No le habran
faltado caminos detestables, carruajes psimos y caballos atacados
de vejez que dificultasen su marcha, aun cuando el destronado rey
de Francia hubiese continuado ocupando su trono y reinando entre
esplendores de gloria; pero aparte de esos obstculos, la alteracin
de los tiempos haban acumulado otros mil. Todas las puertas de las
ciudades, todas las entradas de los pueblos, contaban con sus bandas
de ciudadanos patriotas, armados con mosquetes nacionales prontos a
dispararse por s solos, que detenan a cuantas personas entraban
o salan, para someterlas a rgidos interrogatorios, examinar con
detenimiento sus documentos, ver si figuraban sus nombres en las listas
de que estaban provistos, y dejarlos en libertad de proseguir su viaje,
o bien prenderlos, segn aconsejase su capricho, en bien de la recin
nacida Repblica Una e Indivisible, de la Libertad, de la Igualdad, de
la Fraternidad o de la Muerte.

Muy pocas leguas de terreno francs haba recorrido Carlos Darnay,
cuando comenz a darse cuenta de la imposibilidad en que se encontrara
de volver a pisar aquellos caminos eternos, si antes no era declarado
buen ciudadano de Pars. Pero ya no poda retroceder; fuese la que
fuese la suerte que el destino le tuviera deparada, no tena ms
remedio que continuar el viaje hasta el final. A sus espaldas dejaba un
camino abierto, libre de barreras y de fosos, pero esto no obstante,
saba que entre Inglaterra y su persona se alzaban obstculos mil veces
ms infranqueables que las ms slidas puertas de hierro. De tal suerte
le rodeaba la vigilancia universal, que si hubiera viajado metido
dentro de las mallas de espesa red de acero, o bien acondicionado
en el interior de una jaula, no hubiese considerado su libertad ms
perdida.

Esa vigilancia universal no slo le obligaba a detenerse veinte veces
al da en los caminos reales, en los relevos de postas, si no que
tambin entorpeca y retardaba su marcha otras tantas veces en en cada
jornada, ora alcanzndole y mandndole volver atrs, ora acompandole
e impidindole avanzar con la rapidez que l deseaba. Varios das
llevaba recorriendo territorio francs, cuando una noche se acost
temprano en la cama de una posada de una poblacin de poca importancia,
situada bastante lejos de Pars.

A la carta que desde la crcel de la Abada le dirigi Gabelle,
deba el haber llegado tan lejos, pero al llegar a la poblacin de
que hablamos, opusironle en las puertas tantas dificultades, que
comprendi que estaba muy prxima la crisis. No le sorprendi, pues,
gran cosa ser despertado a media noche en la cama de la posada en que
se acost con nimo de dormir hasta la maana siguiente.

Al despertar, tropezaron sus ojos con un funcionario local, de
temperamento tmido, y con tres patriotas armados hasta los dientes,
cubiertos con gorros de color rojo rabioso y fumando descomunales
pipas. Los tres de los gorros tomaron asiento sobre su cama.

--Emigrado--dijo el funcionario,--he decidido enviarte a Pars con una
escolta.

--Ciudadano, mi mayor deseo es llegar a Pars, pero puedo prescindir
perfectamente de la escolta.

--Silencio!--grit un gorro rojo dando un golpe a la cama con la
culata del mosquete.--A callar, aristcrata!

--Tiene razn este buen patriota--dijo el funcionario con
timidez.--Eres aristcrata, y por tanto, debes hacer el viaje bajo la
vigilancia de una escolta.

--No est en mi mano la eleccin--contest Carlos Darnay.

--Eleccin!--exclam uno de los gorros colorados.--Habrse visto?
Como si no se le hiciera un favor dispensndole de adornar desde este
instante el gancho de un farol!

--La observacin del buen patriota no puede ser ms justa--terci el
funcionario.--Levntate y vstete, emigrado.

Obedeci Darnay, quien fu conducido inmediatamente al cuerpo
de guardia, donde encontr a muchos patriotas que lucan sus
correspondientes gorros colorados, fumando unos y bebiendo otros al
amor de la lumbre. Despus que se le oblig a pagar una fuerte cantidad
por una escolta que no haba pedido, emprendi el viaje a las tres de
la madrugada.

Constituan la escolta dos patriotas montados, que cabalgaban a sus
lados, en cuyos gorros rojos lucan escarapelas tricolores, e iban
armados con mosquetes y sables nacionales. El escoltado manejaba
su caballo, pero en las bridas de ste haba sujeta una cuerda cuyo
extremo contrario llevaba uno de los patriotas amarrado a la mueca. En
esta forma hacan el viaje, sufriendo una llovizna helada que el viento
lanzaba contra sus rostros, a un trote pesado, por caminos desiguales y
alternados con extensos lodazales. Sin que en el viaje introdujeran ms
cambios que el de caballos, llegaron al fin a la capital.

Viajaban durante la noche, haciendo alto una o dos horas antes de
romper el da, y durmiendo hasta el crepsculo de la tarde. La escolta
vesta con pobreza tan extremada, que para abrigarse las piernas
desnudas, haban de recurrir a la paja, con la cual las acolchaban.
Aparte de las molestias consiguientes al viaje, a la contrariedad
de ir escoltado y a los peligros inherentes a depender de patriotas
crnicamente borrachos y armados con mosquetes que se disparaban solos,
Carlos Darnay poda desechar toda clase de temores, toda vez que era
de esperar que, en cuanto hiciera referencia a sus merecimientos, que
confirmara al prisionero de la Abada, se apresuraran a tratarle como
a un hombre amigo del pueblo.

Sin embargo, cuando llegaron a la ciudad de Beauvais a la cada de
la tarde, y por consiguiente, cuando las calles estaban llenas de
gente, no pudo menos de comprender que las cosas presentaban cariz
alarmante. En el patio de la casa de postas se reunieron muchos grupos
que, contemplndole con expresin ceuda al principio, concluyeron por
gritar:

--Muera el emigrado!

Detvose Darnay en el instante en que iba a echar pie a tierra, y desde
la silla, replic:

--Emigrado no, amigos mos. No me estis viendo aqu, amigos mos, en
Francia, por mi libre y espontnea voluntad?

--Eres un emigrado maldito y un aristcrata canalla!--grit un
herrador, abalanzndose hacia l con un martillo en alto.

Interpsose el encargado de la casa de postas entre el furioso herrador
y el jinete, y como quien desea evitar una escena desagradable, dijo:

--Dejadle, amigos, dejadle! Le juzgarn en Pars.

--Juzgarn!--repiti el herrador, blandiendo el martillo.--Le
condenarn por traidor.

Las turbas lanzaron feroces rugidos de aprobacin.

Darnay, tan pronto como pudo hacerse oir, exclam:

--Estis engaados, amigos mos, estis engaados. Yo no soy traidor.

--Mientes!--rugi el herrador.--Segn el decreto, es un traidor!...
Su vida pertenece al pueblo... no es suya su existencia maldita!

En las miradas de las turbas ley Carlos Darnay una de esas
arremetidas feroces cuyo desenlace es siempre un hombre hecho pedazos.
Tal suerte le habra cabido de no haber sido por el encargado de la
casa de postas, que oblig al caballo a entrar en el patio. La escolta
sigui a nuestro amigo, y el de la casa cerr y atranc inmediatamente
la puerta. El herrador descarg sobre sta los martillazos que no poda
descargar sobre la cabeza del emigrado; las turbas rugieron indignadas,
pero no pas ms.

--Qu decreto es se que mencion el herrador?--pregunt Darnay
al dueo de la casa de postas, despus de darle las gracias por su
afortunada mediacin.

--Es el decreto que dispone la venta en pblica subasta de los bienes
de los emigrados--contest el interrogado.

--Cundo se promulg?

--El da catorce.

--El mismo que sal yo de Inglaterra.

--Todo el mundo afirma que no es ms que el primero de los de la serie,
redactados ya... o que sern redactados en breve, los cuales destierran
a los emigrados y condenan a muerte a los que vuelvan a pisar
territorio francs. Es lo que quiso decir el herrador cuando afirm que
su vida de usted no era de usted, sino del pueblo.

--Pero supongo que no han sido promulgados todava semejantes decretos,
no es verdad?

--No puedo asegurarlo--respondi el encargado de la casa de postas,
encogindose de hombros.--Puede que no hayan sido promulgados an, y
puede que s; pero es igual.

Darnay descans hasta media noche tendido sobre un montn de paja,
saliendo de la ciudad cuando los habitantes de sta estaban entregados
al sueo. Entre los muchos cambios radicales de costumbres que pudo
observar Darnay durante su accidentado viaje, cambios que daban a
ste fuerte color fantstico, no era el menor la carencia de sueo en
los patriotas. Con frecuencia, despus de una larga y pesada caminata
por veredas solitarias, llegaban a altas horas de la noche a un
pueblo, cuyos habitantes, en vez de dormir tranquilamente, bailaban
danzas fantsticas en rededor de un rbol de la Libertad, o entonaban
himnos a la Libertad. Por fortuna, empero, aquella noche Beauvais
crey conveniente entregarse al reposo, merced a lo cual pudieron los
excursionistas proseguir su viaje por caminos desiertos, cubiertos de
barrizales y de agua, bordeando campos incultos que ninguna cosecha
haban producido aquel ao, entre caseros incendiados, y con riesgo
de recibir inopinadamente un balazo disparado por cualquiera de los
innumerables patriotas que pululaban por todas partes.

Cerca de los muros de Pars se encontraban, cuando recibieron el saludo
de las primeras luces del da. En la barrera encontraron fuerte
guardia.

--Dnde estn los documentos del prisionero?--pregunt con tono
autoritario un hombre de aspecto resuelto, llamado por el centinela.

Carlos Darnay, disgustado al oir palabra tan poco grata, replic que no
era prisionero, sino un viajero que llegaba libre y espontneamente,
ciudadano francs, confiado a la custodia de una escolta que el estado
perturbado del pas haca necesaria, y que haba pagado de su bolsillo.

--Dnde estn los documentos de este prisionero?--repiti el mismo
sujeto, sin hacer el menor caso de Darnay ni de sus palabras.

El patriota de la borrachera perpetua los sac de su gorro, donde los
llevaba, entregndolos al personaje que los peda. La carta de Gabelle
produjo en aqul cierto desconcierto y no poca sorpresa, a la par que
despert su atencin, que concentr en Darnay.

Sin decir palabra dej a la escolta y al escoltado y entr en el cuerpo
de guardia, dejando a los viajeros a caballo frente a la puerta. Carlos
Darnay, mientras tanto, pudo observar que la guardia la formaban
soldados y patriotas, ms de estos ltimos que de los primeros, y que,
al paso que los carros que traan vveres a la ciudad, o los que a
cualquier clase de trfico se dedicaban, no tropezaban con dificultades
de ningn gnero para entrar, en cambio los encontraban, y muy grandes,
para salir, aun cuando se tratase de la gente ms humilde. Hombres y
mujeres, bestias de carga y de tiro y carretas y coches de toda clase
esperaban que se les permitiera salir; pero con tal rigidez se cumpla
la ley sobre la identificacin previa, que aunque a la barrera llegaban
por cientos, la salida la hacan de uno en uno y por largos intervalos.
Los que saban que habra de pasar mucho tiempo antes que les llegase
el turno, lo esperaban tendidos en la calle, donde dorman o fumaban,
mientras otros entablaban animadas conversaciones o entretenan el
tiempo paseando. Los gorros colorados y escarapelas tricolores eran
prenda obligada que ostentaba todo el mundo, sin distincin de edades
ni sexos.

Durara media hora la espera de Carlos Darnay, quien en ese espacio de
tiempo pudo hacer las observaciones que quedan apuntadas, cuando volvi
a salir el mismo personaje, jefe, al parecer, de la guardia de la
barrera, quien, despus de dar a la escolta un recibo de la persona del
escoltado, mand a ste que echara pie a tierra. Obedeci Darnay, y los
hombres que hasta all le acompaaron, hicironse cargo de su caballo y
partieron sin entrar en la ciudad.

El jefe de la guardia condujo a Darnay al cuerpo de la misma, que
apestaba a vino ordinario y a tabaco, donde haba varios grupos de
soldados y de patriotas, unos dormidos y otros despiertos, stos
borrachos y aqullos serenos, y algunos en los linderos de la vigilia
y del sueo, y de la sobriedad y la borrachera. Dos velones de aceite
derramaban una claridad muy discutible sobre el cuerpo de guardia, en
uno de cuyos testeros haba una mesa, sobre la cual se vean algunos
registros. Un oficial de aspecto grosero, sentado frente a la mesa, era
el encargado de los registros.

--Ciudadano Defarge--dijo el personaje que haba introducido a Darnay,
mientras tomaba una hoja de papel--es ste el emigrado Evrmonde?

--Este es.

--Cuntos aos tienes, Evrmonde?

--Treinta y siete.

--Casado, Evrmonde?

--S.

--Dnde?

--En Inglaterra.

--Lo creo. Dnde est tu mujer, Evrmonde?

--En Inglaterra.

--Lo creo tambin. Vas consignado, Evrmonde, a la prisin de La Force.

--Dios del Cielo!--exclam Darnay--En virtud de qu ley, y por qu
delito o falta?

Al cabo de algunos segundos de muda contemplacin, contest el
funcionario:

--Desde que saliste de Francia, Evrmonde, nos regimos por leyes nuevas
y ha variado profundamente lo referente a delitos y faltas.

--Te ruego tengas presente, ciudadano, que he venido voluntariamente,
cediendo a la splica escrita en ese papel que tienes ante tus
ojos--replic Darnay.--No pido otra cosa ms que la ocasin de hacer lo
que un compatriota mo solicita. No estoy en mi derecho?

--Los emigrados no tienen derechos, Evrmonde--fu la estlida
contestacin del funcionario.

Despus de dirigir a Darnay una sonrisa siniestra, escribi unos
renglones, dobl el papel, y lo entreg a Defarge diciendo:

--Secreto.

Defarge indic al prisionero que le siguiera. Obedeci el prisionero, a
quien acompaaron adems dos patriotas armados, que se colocaron a su
derecha e izquierda.

Mientras salan del cuerpo de guardia para entrar en Pars, Defarge
pregunt al prisionero en voz baja:

--Eres t el que casaste con la hija del doctor Manette, prisionero en
otro tiempo en la Bastilla, que ya no existe?

--S--respondi Darnay, mirndole con sorpresa.

--Me llamo Defarge y soy dueo de una taberna del barrio de San
Antonio. Es posible que me conozcas de referencia.

--Mi mujer fu a tu casa a reclamar a su padre... S, s!

Parece que la palabra mujer despert en Defarge recuerdos sombros,
pues dijo con brusca impaciencia:

--Quieres decirme, en nombre de esa mujer recin nacida llamada
Guillotina, por qu demonios has venido a Francia?

--No hace un minuto me oiste explicar cul fu la causa de mi viaje.
Es que crees que no dije verdad?

--Verdad que no puede ser ms fatal para ti--replic Defarge, fruncido
el entrecejo y mirando a su interlocutor con fijeza.

--Cierto es que me encuentro aqu perdido. Lo veo todo tan trastornado,
tan distinto de lo que antes era, tan desagradable, que confieso que ni
s a dnde volver los ojos. Quieres hacerme un pequeo favor?

--En absoluto ninguno--respondi Defarge, con la mirada como perdida en
el espacio.

--Tampoco querrs contestarme una pregunta, una sola?

--Veremos... Segn sea. Puedes hacerla.

--En la prisin en que tan injustamente me encierran, podr comunicar
libremente con el mundo exterior?

--T mismo lo vers.

--Piensan sepultarme en ella, sin juzgarme, sin condenarme, sin
concederme medios de justificarme y defenderme?

--Lo vers t mismo... Pero si as fuera, qu?; muchos otros tan
buenos como t se han visto sepultados en prisiones peores.

--Pero no por causa ma, ciudadano Defarge.

La expresin sombra del rostro de Defarge se acentu
extraordinariamente al escuchar la respuesta, despus de lo cual
prosigui caminando en silencio. A medida que su taciturnidad
aumentaba, se disipaban las esperanzas que en un principio tuvo Darnay
de ablandar a aquel hombre.

--Para m es de una importancia excepcional, como sabes tan bien como
yo mismo, ciudadano Defarge, hacer saber al seor Lorry, del Banco
Tellson, un caballero ingls que en la actualidad se encuentra en
Pars, el hecho sencillo, sin comentario alguno, de que me han recludo
en la prisin de La Force. Me hars el favor de encargarte de ponerlo
en su conocimiento?

--No har en tu obsequio nada absolutamente--replic Defarge.--Me debo
a mi patria y al pueblo. He jurado servir a los dos contra ti. Nada
esperes de m.

Call Darnay, tanto porque di por perdidas definitivamente todas las
probabilidades de obtener de aquel hombre el favor ms insignificante,
cuanto porque su amor propio lastimado le movi a considerar como
humillaciones sus instancias. No pudo menos de reparar, mientras en
silencio recorra las calles, en lo acostumbrado que el pueblo estaba
al espectculo de los prisioneros que por ellas transitaban. Ni los
nios se fijaban en l. Algunos transeuntes volvan sus cabezas y le
apuntaban con el dedo indicando que era un aristcrata, y nada ms.
Verdad es que ver que un hombre bien vestido era conducido a la crcel
era tan corriente y natural como ver a un obrero que se dirige al
trabajo con las herramientas de su oficio en la mano. En una calleja
estrecha, obscura y sucia que hubieron de atravesar, encontraron a
un orador callejero excitadsimo, que diriga arengas excitadas a
un auditorio excitado, ponderando los crmenes que contra el pueblo
soberano haban cometido el Rey, la familia real y los nobles. De
las pocas palabras que llegaron a odos de Darnay pudo ste colegir
que el Rey haba sido encerrado en una prisin y que los embajadores
extranjeros haban abandonado en masa a Pars, noticias que desconoca
en absoluto, pues durante su viaje, los individuos que le escoltaron,
juntamente con la vigilancia universal, le tuvieron en un aislamiento
tan absoluto, que nada haba odo.

Como es natural, comprendi que los peligros que le amenazaban eran
infinitamente mayores e infinitamente ms numerosos de lo que supuso
al salir de Inglaterra; comprendi que los peligros se multiplicaban
con rapidez alarmante y que se multiplicaran an ms; no pudo menos de
confesarse a s propio que ni por las mientes se le hubiese pasado la
idea de hacer el viaje de haber previsto los sucesos desarrollados en
los das ltimos. Y sin embargo, sus temores, examinados a la luz de
los incidentes ms recientes, no eran tan grandes como parece deberan
ser. Por nebuloso que el porvenir se le presentara, era un porvenir
desconocido que en su misma obscuridad entraaba cierta esperanza. Tan
ajeno como los que vivieron millares de aos antes que l estaba a las
horribles matanzas que, continuadas un da y otro da, una noche y otra
noche, deban ahogar en caudalosos ros de sangre la poca siempre
bendita de la recoleccin de la cosecha. Apenas si de nombre conoca a
la mujer recin nacida llamada Guillotina, como apenas si de nombre
la conoca la generalidad del pueblo, pues por aquellos das, los
mismos que la trajeron al mundo no imaginaban siquiera como probables
las espantosas hazaas que muy en breve haban de envolverla en inmensa
aureola sangrienta.

Sospechaba que sera vctima de una detencin arbitraria, que se le
tratara con irritante injusticia, que habra de soportar privaciones
y penalidades, de las cuales no sera la menor verse alejado de su
adorada mujer y de su idolatrada hija; todo eso lo sospechaba; ms an,
lo consideraba indudable; pero fuera de ello, nada tema.

Tales eran las reflexiones que le embargaban, cuando lleg a la crcel
llamada La Force. Un hombre de cara feroz abri el postigo.

--El emigrado Evrmonde--dijo Defarge, haciendo la presentacin del
preso.

--Demonios coronados! Pero es que no va a acabar nunca la
procesin?--exclam el de la cara de fiera.

Tom Defarge el recibo que le alargaba el cancerbero, sin parar mientes
en la exclamacin del mismo, y se retir juntamente con los dos
patriotas.

--Rayos y truenos!--gru el carcelero, ya solo con su mujer.--Esto
es un ro que corre siempre!

La mujer del carcelero, que en su depsito de contestaciones no deba
tener la que cuadraba a la exclamacin anterior, se limit a responder:

--Hay que tener paciencia, amigo mo.

Los sonidos de una campana que la mujer hizo repicar evocaron a tres
calaboceros, diciendo a coro:

--Viva la Libertad!

El coro no pareca el ms apropiado para ser cantado en un sitio como
aqul, pero mayores anomalas se ven en el mundo.

Era la prisin de La Force un edificio ttrico, repugnante e inmundo,
donde se respiraba la atmsfera hedionda de la muerte. Asombra
en realidad la rapidez con que percibe el olfato el olor a carne
almacenada en lugares como aqul, sobre todo, cuando no reunen
condiciones para el objeto, y por aadidura estn descuidados.

--Y adems secreto!--murmur el alcaide mientras lea el papel.--Como
si no estuviera ya tan lleno de ellos que el mejor da doy un estallido!

Con muestras de psimo humor ensart el papel con una espiga que
atravesaba a muchsimos otros, y comenz a pasear por la estancia
abovedada sin hacer el menor caso del prisionero, a quien tuvo
esperando ms de media hora.

--Sgueme, emigrado--dijo al fin, tomando las llaves.

El alcaide condujo al nuevo pupilo por un corredor y una escalera, y al
cabo de varios minutos, y no sin abrir durante la marcha muchas puertas
y de cerrarlas de nuevo despus de franqueadas, lleg a una pieza de
grandes proporciones y techo bajo y abovedado, atestada de prisioneros
de ambos sexos. Estaban las mujeres sentadas en torno a una mesa,
leyendo o escribiendo, haciendo media, cosiendo o bordando, mientras
los hombres, en su mayor parte, se hallaban de pie detrs de las sillas
ocupadas por aqullas, excepto algunos que se entretenan paseando.

Tan ttrica era la sala, tan sombra la expresin de las personas all
hacinadas, tan acentuada la amarillez que en sus rostros haban creado
las privaciones y miseria a que estaban sometidas que Carlos Darnay
crey que se encontraba entre una coleccin numerosa de muertos. All
no haba ms que fantasmas. Fantasmas de belleza, fantasmas de la
elegancia, fantasmas de la altivez, fantasmas del orgullo, fantasmas
de la frivolidad, fantasmas del talento, fantasmas de la juventud,
fantasmas de la vejez, todos ellos esperando llegase la hora de
abandonar la playa inhospitalaria del mundo, todos ellos clavando en
el recin entrado unos ojos que la muerte haba alterado en cuanto
penetraron en la antesala de los dominios de aqulla.

Darnay qued inmvil, yerto, por efecto de su estupefaccin. El
aspecto del alcaide, que permaneca a su lado, no menos que el de los
calaboceros que andaban de una parte para otra, en pleno ejercicio,
sin duda, de sus altas funciones, eran tan rudos, tan brutales, tan
feroces, sobre todo puestos en parangn con el de las atribuladas
madres y de las hermosas hijas all almacenadas, con la coquetera, la
distincin propias de las jvenes bien nacidas y con la delicadeza de
modales de la dama de alto rango, que Darnay hubo de afianzarse en la
creencia de que le haban recludo en la mansin de los espectros.

--En nombre propio y en el de todos los compaeros de infortunio aqu
amontonados--dijo un caballero de modales cortesanos, dando un paso al
frente,--tengo el honor de dar a usted la bienvenida a La Force, y de
lamentar con usted la calamidad que aqu le trae. Ojal sea de breve
duracin y termine con felicidad! Ahora bien; manifestarle nuestros
deseos sera imperdonable impertinencia en cualquier otra parte, pero
no aqu. Nos permitimos preguntarle su nombre y condicin.

Darnay se apresur a acceder a los deseos manifestados por el caballero.

--Supongo que no estar usted aqu en secreto--repuso el caballero,
siguiendo con la vista al alcaide que en aquel momento cruzaba la
estancia.

--Dos o tres veces he odo pronunciar esa consigna refirindose a m,
pero ignoro lo que puede significar.

--Oh, que lstima! Muy de veras lo lamentamos... Pero no se desanime
usted. Son muchos los que han venido aqu en secreto y luego se ha
modificado su situacin.

Seguidamente aadi alzando la voz:

--Con profundo pesar informo a mis compaeros que... _en secreto_.

Mientras Carlos Darnay se diriga a la puerta defendida con gruesa reja
junto a la cual le esperaba el alcaide, alzronse fuertes murmullos
de conmiseracin, mezclados con frases de piedad de las mujeres, que
se esforzaban por infundirle aliento. Llegado a la puerta mencionada,
volvise Carlos y di las gracias a los que dejaba desde el fondo de
su corazn. Cerrse la puerta empujada por la mano del alcaide, y las
apariciones espectrales se borraron para siempre.

Daba acceso la puerta a una escalera de caracol, por la cual subi
Darnay siguiendo a su gua. Despus de subir cuarenta peldaos,
contados concienzudamente por el prisionero de media hora, abri el
alcaide una puerta baja y muy negra y entr en una celda solitaria. Era
muy fra, ola a moho, pero no estaba obscura.

--La tuya--dijo el alcaide.

--Por qu me encierran solo?

--Eso es lo que yo no s.

--Supongo que se me permitir comprar papel, pluma y tinta?

--Por el momento no. Te visitarn... no s cuando, y entonces podrs
solicitar ese favor. Puedes comprar comida, pero nada ms.

En la celda haba una silla, una mesa y un jergn de paja. El alcaide,
despus de someter a escrupulosa inspeccin el _mobiliario_ de la
celda, sali dejando solo a Darnay.

--Puedo decir que estoy muerto y sepultado--murmur el infeliz.--Cinco
pasos por cuatro y medio... cinco pasos por cuatro y medio--repeta
maquinalmente, recorriendo la celda en todos sentidos y contando al
propio tiempo.

El ruido de la ciudad llegaba a sus odos convertido en una especie de
sordo redoblar de tambores mezclado con estridentes voces humanas.

--Cinco pasos por cuatro y medio... Haca zapatos... cinco pasos por
cuatro y medio... haca zapatos... zapatos...

El prisionero aceleraba el paso y procuraba contar, a fin de ahuyentar
la idea del que haca zapatos, que amenazaba convertirse en idea fija.

--Los espectros se han desvanecido en cuanto traspas la puerta de
la reja--segua pensando.--Vi entre ellos el de una seora vestida
de negro, que estaba apoyada sobre el alfizar de la ventana. La luz
daba de lleno sobre su cabellera de oro, y pareca a... Dios mo...
Dios mo!... Volver algn da a transitar por las aldeas visitadas
por la luz del sol, por las aldeas donde despiertan las gentes? Haca
zapatos... haca zapatos... haca zapatos... Cinco pasos por cuatro y
medio... cinco pasos por cuatro y medio...

Caminaba el prisionero cada vez con mayor celeridad, siempre embebido
en las mismas ideas, siempre contando, siempre teniendo ante los
ojos de la imaginacin la visin del zapatero, mientras el estruendo
de la ciudad continuaba sonando en sus odos como sordo redoblar de
tambores mezclado con llantos de voces que conoca y quera, con ayes
desgarradores emitidos por gargantas que hasta entonces apenas dieron
salida a sonidos que no fueran reflejo de la alegra del corazn.


II

LA PIEDRA DE AFILAR

El Banco Tellson, establecido en el Barrio Saint Germain de Pars,
ocupaba un ala de un edificio inmenso, precedido por un jardn
separado de la calle por un muro de bastante altura y una verja muy
slida. Era el inmueble propiedad de un noble de los ms poderosos
del reino, que haba vivido en l hasta que las perturbaciones de la
poca le obligaron a emprender la fuga, envuelto en la indumentaria
de su cocinero, y a cruzar la frontera. Aunque en realidad quedaba
reducido a la condicin de pieza de caza que consigui burlar las
acometidas de los ojeadores y de los monteros, no por ello dejaba de
ser el mismo seor, cuya importante operacin de preparar el chocolate
y de llevarlos a sus gloriosos labios, exiga los esfuerzos de tres
servidores, aparte de los del cocinero.

Habase ido el seor; sus servidores se absolvieron a s mismos del
horrendo pecado de haber recibido los salarios de aqul mostrndose
perfectamente dispuestos a rebanarle el pescuezo sobre el flamante
altar de la Repblica Una e Indivisible, de la Libertad, de la
Igualdad, de la Fraternidad o Muerte, y el suntuoso inmueble del seor
fu primero secuestrado y luego confiscado. Las cosas se hacan con
tan vertiginosa rapidez, y los decretos se sucedan con precipitacin
tan fiera, que a la tercera noche del mes de septiembre, patriotas
emisarios de la ley se haban posesionado de la casa en cuestin, la
haban purificado haciendo tremolar sobre ella la bandera tricolor, y
fumaban y se emborrachaban bonitamente en sus suntuosas habitaciones.

Si la Casa Tellson de Londres se hubiese parecido a la Casa Tellson de
Pars, a buen seguro que los londinenses la hubiesen visto figurar muy
en breve entre los quebrados que merecan aparecer en la Gaceta. Qu
habra dicho la espetada respetabilidad inglesa, si en el vestbulo de
un Banco hubiese encontrado abundantes macetas plantadas de naranjos,
y... horror! la figura de un Cupido presidiendo la caja? Y, sin
embargo, por inconcebible que parezca, tal ocurra en el Banco Tellson
de Pars. Cierto que Tellson haba blanqueado con algunas manos de
cal el Cupido del testero, pero quedaba el del techo, muy ligero
de ropas, contemplando con mirada ansiosa la caja (es lo que suele
hacer de ordinario) desde que amaneca hasta que cerraba la noche. La
quiebra ms tremenda hubiese sido consecuencia fatal e inevitable de la
presencia de aquel agradable pagano en la calle Lombard de Londres, si
ya no hubieran bastado para producirla una alcoba medio oculta entre
ricos cortinones, delante de la cual estaba el nio de las travesuras,
el inmenso espejo que en el muro haban dejado, y los empleados mismos,
no tan viejos como era de desear, que no tenan el menor reparo en
bailar en pblico a poco que se les instase a hacerlo. Verdad es que un
Tellson francs poda permitirse todo eso y an ms, sin escndalo de
nadie, sin que capitalista alguno soase siquiera en retirar por causas
tan insignificantes sus capitales.

Cunto dinero saldra en lo sucesivo de las cajas de la Casa Tellson de
Pars, cunto habra de quedar all perdido y olvidado, cunta plata,
cuntas joyas perderan su brillo inmaculado en las cmaras secretas
del establecimiento, mientras sus dueos lo perdan en los calabozos
o en el cadalso, cuntas cuentas corrientes del Banco quedaran sin
saldar en este mundo y pasaran al otro, es lo que ningn mortal
hubiese podido decir, lo que ni aproximadamente logr conjeturar
aquella noche el mismsimo Mauricio Lorry, no obstante haberse repetido
cientos de veces estas preguntas. Sentado junto a la chimenea en la que
ardan chisporroteando algunos leos (aquel ao estril e infecundo
haba adelantado la estacin de los fros), su rostro, reflejo de
honradez, presentaba sombras que no proyectaba la lmpara pendiente del
techo ni ninguno de los objetos que en la estancia haba.

Ocupaba Lorry habitaciones en el edificio del Banco, a lo que le daba
derecho indiscutible su probada fidelidad a la casa de la cual formaba
parte integrante. Crean muchos que era garanta de seguridad para
el establecimiento la ocupacin patritica de casi todo el edificio,
aunque el leal Lorry jams particip de semejante creencia. Cuanto
ocurra en Pars rale indiferente, pues para l, lo nico que excitaba
su inters, era el cumplimiento de su deber. En el fondo del jardn,
bajo una techumbre sostenida por graciosas columnas, haba una cochera,
en la cual quedaban algunos de los carruajes del seor. Sujetas a dos
columnas haba dos antorchas encendidas, y al pie, colocada de manera
que recibiera la luz de aqullas, una piedra de afilar, montada de
cualquier manera, que sin duda haba sido trada de cualquier herrera
o carpintera inmediata. Lorry, que se levant del asiento y se asom
a la ventana, retirse con un estremecimiento al ver aquel objeto
inofensivo.

Hasta en la habitacin que trabajaba Lorry llegaba el sordo rumor
de las calles, al que de vez en cuando se unan ruidos que parecan
proceder de un mundo fantstico, ruidos inauditos por lo terribles que
se elevaban desde la tierra al cielo.

--Gracias a Dios--dijo Lorry juntando las manos,--ninguna persona
querida tengo a mi lado esta noche pavorosa. Mire el Altsimo con
ojos compasivos a cuantos se ven en peligro!

Apenas haba pronunciado estas palabras, cuando son la campana de la
verja.

--Sin duda vuelven--pens Lorry.

Permaneci sentado y escuchando; mas como no oyera rumor de pasos
en el vestbulo, como esperaba, ni sonara tampoco la verja al ser
cerrada de nuevo, asaltaron al buen Lorry temores vagos con respecto
al Banco. Tranquilizse, sin embargo, convencido de que estaba bien
guardado por hombres de confianza absoluta. Iba a reanudar sus tareas,
cuando bruscamente se abri la puerta de su habitacin y en su umbral
aparecieron dos personas, a cuya vista retrocedi Lorry, presa del
pasmo ms violento que en su vida experimentara.

Luca y su padre; Luca, que le tenda con ademn suplicante las manos
y le miraba con expresin de quien en sus ojos tiene concentrada su
vida entera.

--Luca... Manette!... Qu es esto?--exclam Lorry, con asombro
indescriptible--Qu pasa? Qu ocurre? Qu les trae aqu?

Luca, plida como un cadver, cay sollozante en los brazos del
anciano amigo de su infancia.

--Oh... amigo querido! Mi marido...

--Su marido, Luca?

--Carlos.

--Qu hay de Carlos?

--Aqu... en Pars.

--En Pars?

--Lleva aqu algunos das... tres o cuatro... no s cuntos... Me es
imposible poner orden en mis pensamientos... Le trajo aqu una idea
generosa que nos es desconocida; fu detenido en la barrera y conducido
a la crcel.

El anciano lanz un grito de espanto. Casi al mismo tiempo son la
campana de la verja y se oyeron en el jardn voces mezcladas con rumor
de pasos.

--Qu ruido es se?--pregunt el doctor, dirigindose a la ventana.

--No se asome usted! No mire fuera!... Por lo que ms quiera,
Manette, por su vida... no toque la persiana!

Volvise el doctor, sin separar la mano de la falleba de la ventana, y
con sonrisa fra y osada, contest.

--Mi querido amigo, en esta ciudad, mi vida es sagrada. He sido
prisionero de la Bastilla. No hay un patriota en Pars... qu digo
en Pars? en toda la Francia!... No hay un patriota en toda la
Francia que, sabiendo que he sido prisionero de la Bastilla, se atreva
a tocarme, como no sea para estrujarme a fuerza de abrazos o para
llevarme en triunfo por las calles. Mis torturas antiguas me han dado
influencia bastante para llegar hasta aqu sin encontrar obstculos en
las barreras y para obtener noticias sobre Carlos. Saba yo que as
sera, saba yo que me sera fcil librar a Carlos de los peligros
que le amenazan, y as se lo asegur a Luca... Pero qu ruido es
ese?--termin, volvindose hacia la ventana.

--No mire usted!--grit Lorry con acento desesperado--Usted tampoco,
Luca, mi querida Luca!--aadi, pasando su brazo al rededor de su
cintura.--Pero no tema... no se asuste. Juro que no s que a Carlos le
haya ocurrido mal alguno... que ni sospechaba siquiera que la fatalidad
le hubiese trado a esta ciudad. En qu crcel est?

--En la Force.

--La Force. Si alguna vez ha sido usted valiente, Luca, hija ma, si
alguna vez se ha considerado con fuerzas para hacer algo til, hoy ms
que nunca es preciso que recurra a todo su valor y a todo su esfuerzo
para cumplir al pie de la letra lo que yo le diga, pues le aseguro
que de ello depende mucho ms de lo que usted pueda suponer, mucho
ms de lo que yo pudiera decirle. Lo que voy a suplicarle que por su
Carlos haga, es lo ms duro, lo ms difcil que cabe pensar, porque
precisamente voy a mandarle que se tranquilice, que no haga nada, que
me obedezca, que me permita que la lleve a una habitacin retirada de
esta casa y que permanezca tranquila en ella, dejndonos solos a su
padre y a m por espacio de algunos minutos. Por su Carlos querido,
por la muerte, que hoy anda suelta por esta desdichada ciudad, seguro
estoy que me obedecer!

--Acato sumisa sus deseos, porque veo en su cara que no puedo ni debo
hacer otra cosa, y que en mi conveniencia inspira usted sus palabras.

Lorry bes a Luca e inmediatamente la acompa a su habitacin donde
la dej, cerrando, al salir, con llave la puerta. Volvi presuroso a
reunirse con el doctor, abri la ventana que daba al jardn, puso su
diestra sobre el hombro de su amigo, y se asom, indicando a ste que
hiciera lo propio.

Ante sus ojos haba un grupo compacto de hombres y de mujeres, no
muchos, es decir, no los bastantes, ni con mucho, para llenar el
jardn, pues no pasaran de cuarenta o cincuenta. Las personas que
ocupaban la casa les haban franqueado la entrada para que utilizasen
la piedra de afilar, instalada all para el servicio pblico, sin duda.

Parece que nada de particular debera tener una piedra de afilar, ni
mucho menos que a ella se acercasen afiladores; pero hiela la sangre
pensar en aquellos horribles afiladores, tanto por su aspecto cuanto
por la ndole del trabajo, mejor dicho, por el objetivo del trabajo que
realizaban.

Daban vueltas a la piedra dos hombres cuyas caras eran ms horribles
y de expresin ms cruel que las de los salvajes ms feroces cuando
ostentan sus prendas y pinturas ms brbaras. Falsas cejas y bigotes
falsos servan de adorno a unos rostros repugnantes, todos salpicados
de sangre, rostros contrados por la ira y el desenfreno. Mientras
aquellos desalmados daban a la piedra vueltas y ms vueltas, algunas
mujeres aproximaban a sus labios vasijas llenas de vino. La escena
no poda ser ms nauseabunda ni ms feroz. Sangre, vino y fuego eran
los elementos constitutivos del cuadro; sangre que llenaba las caras
y las manos de todos los monstruos que all haba, vino que rezumaban
sus hediondas bocas, y fuego que brotaba en chispas brillantes de la
piedra de afilar. Empujndose y atropellndose unos a otros en su afn
de afilar cuanto antes sus instrumentos de matanza, se vean hombres
desnudos de cintura arriba, tintos en sangre los brazos, los cuellos,
las caras y el cuerpo; hombres cubiertos de harapos, con los harapos
tintos en sangre; hombres engalanados con prendas de vestir mujeriles,
con encajes, cintas y sedas, y las sedas y las cintas y los encajes
tintos en sangre. Hachas, cuchillos, bayonetas, sables, espadas,
todos los instrumentos que afilaban estaban tintos en sangre. Algunos
llevaban las espadas o las hachas sujetas a las muecas con tiras de
tela o pedazos de vestidos; las ligaduras variaban, pero no el color,
todas eran rojas.

Lorry y el doctor retrocedieron no bien tropezaron sus ojos con la
repugnante escena.

--Estn asesinando a los prisioneros--dijo Lorry, contestando a la
pregunta muda que el doctor acababa de dirigirle.--Si tiene usted
seguridad de lo que dice, si realmente posee la influencia que cree
poseer, y que yo tambin creo que posee, dse a conocer a esos demonios
y hgase llevar a La Force. Puede que sea ya tarde, quin sabe; pero de
todas suertes, no pierda ni un segundo.

El doctor Manette estrech la mano de su amigo y, sin contestar
palabra, sin cubrirse siquiera, baj al jardn.

Su pelo blanco como la nieve, su rostro, que no poda menos de llamar
la atencin, la decisin con que apart las armas de aquella turba
de monstruos, le abrieron el camino hasta el centro de la reunin,
hasta la misma piedra de afilar. Lorry observ que callaban todos,
que en medio de un silencio solemne se alzaba vibrante la voz del
anciano, que todos escuchaban atentos, que todos miraban al orador
con el respeto ms profundo; y al cabo de breves minutos, vi que ms
de veinte hombres formaban compacto grupo, que rodeaban al doctor
y, entronizndolo sobre sus hombros, salan a la calle gritando con
entusiasmo delirante:

--Viva el prisionero de la Bastilla!

--Queremos al pariente del de la Bastilla preso en La Force!

--Paso al prisionero de la Bastilla!

--Libertad al prisionero Evrmonde, encerrado en La Force!

Lorry cerr la ventana muy esperanzado, y se apresur a reunirse con
Luca, a la que refiri que su padre, auxiliado por el pueblo, haba
ido a buscar a su marido. Con Luca estaba su hija y la seorita Pross,
pero tal era la confusin del buen Lorry, que ni le sorprendi siquiera
encontrarlas all hasta mucho rato despus.

La noche fu horrible. Luca, presa de estupor, estaba sentada en el
suelo retorcindose las manos, y la seorita Pross, despus de acostar
a la nia, cedi al sueo que la acosaba y qued dormida con la cabeza
doblada sobre la camita de la nia. Noche horrible, durante la cual
Lorry hubo de escuchar los constantes sollozos de la desventurada
Luca! Noche horrible, noche eterna, noche de angustias, noche de
ansiedad, noche pasada esperando la llegada de un padre que no llegaba,
la llegada de noticias de un marido colocado al borde del sepulcro, y
las noticias no venan!

Dos veces ms repic con violencia la campana de la verja, dos veces
ms se repiti la irrupcin, dos veces ms pusieron en movimiento la
piedra de afilar. Luca se asust.

--Qu es eso?--pregunt.

--Silencio!--respondi Lorry.--Son los soldados que afilan sus
espadas. La casa es hoy una propiedad nacional, hija ma.

Albore el nuevo da. Lorry pudo desasirse de las crispadas manos de
Luca y se asom a la ventana. Junto a la piedra de afilar, un hombre,
cubierto de sangre de pies a cabeza, semejante a un soldado herido que
recobra el conocimiento en el campo de batalla, se levantaba del suelo
sobre el que haba estado tendido y miraba con expresin estpida en
rededor. Aquel asesino cansado de matar vi los soberbios carruajes
del seor, se dirigi a uno de ellos con paso vacilante, abri la
portezuela, y se encerr en su interior dispuesto a descansar de las
fatigas de la noche sobre los mullidos almohadones.


III

LA SOMBRA

Una de las reflexiones primeras que sugiri al seor Lorry su
entendimiento prctico, tan pronto como son al da siguiente la
hora de dar comienzo a las operaciones del Banco, fu que careca
de derecho para crear dificultades y atraer peligros sobre el Banco
Tellson, concediendo albergue en el edificio del mismo a la esposa de
un emigrado preso. Sin un segundo de vacilacin, con alegra, con toda
su alma, hubiese sacrificado ante el altar del cario que a Luca y a
su hija profesaba todo cuanto posea, incluso su libertad y su vida;
pero el gran establecimiento bancario no era suyo, y en lo referente a
negocios, Lorry era rgido, inflexible.

Consecuencia de sus cavilaciones, fu pensar en Defarge, y al
pensamiento sigui la decisin de llegarse a la taberna y rogar a su
dueo que le indicase un refugio seguro para Luca, si es que lo haba
en aquella ciudad perturbada, refugio que muy bien poda ser, si a ello
se prestaba Defarge, el mismo sotabanco en que en tiempos pasados vivi
el doctor Manette. Desech, empero, este proyecto, apenas concebido, en
atencin a que la taberna estaba enclavada en el barrio ms peligroso
de la ciudad y a que Defarge, persona influyente, a no dudar, entre los
habitantes de aquella regin violenta, andara metido de lleno en las
empresas que all se fraguaban y maduraban.

Prximas ya las doce de la maana, como el doctor no pareciera, y cada
minuto que pasaba tenda a multiplicar el compromiso en que haba
colocado al Banco Tellson, Lorry decidi celebrar consejo con Luca.
Manifest sta que su padre le haba hablado de alquilar una habitacin
en aquel mismo distrito, no lejos del Banco. Visto que el proyecto del
doctor no estaba en oposicin con los negocios del Banco, y previendo
Lorry que por bien que la situacin de Carlos se solucionara, aun
cuando merced a la intervencin e influencia del doctor fuese puesto
en libertad, habra de serle imposible escapar de la ciudad, sali
inmediatamente a buscar habitacin conveniente y la encontr en una
calle aislada rodeada de edificios deshabitados.

Sin perder momento traslad a la habitacin mencionada a Luca, a su
hija y a la seorita Pross, a las cuales di cuantos consuelos pudo,
que fueron ms de los que l mismo tena. Dej con ellas a Jeremas
_Lapa_ y volvi a engolfarse en sus ocupaciones.

Pas el resto del da triste, preocupado y receloso, hasta que
lleg la hora de cerrar el establecimiento. Retirse entonces a su
habitacin, como el da anterior, y estaba pensando en las resoluciones
que le convendra adoptar, cuando oy ruido de pasos en la escalera.
Segundos despus se le presentaba un hombre que, mirndole con mirada
penetrante, se le diriga por su nombre.

--A su disposicin, seor Lorry. Me conoce usted?

Era un individuo de constitucin slida, de pelo negro naturalmente
rizado y de unos cuarenta y cinco aos de edad.

--Me conoce usted?--repiti.

--He visto a usted en alguna parte.

--En mi tienda de vinos, quizs?

Ms interesado que nunca, y no poco agitado, pregunt Lorry:

--Viene usted de parte del doctor Manette?

--S; vengo de parte del doctor Manette.

--Y qu dice? Me enva algo?

Defarge puso en la mano que anhelante le tenda Lorry un pedazo de
papel, que contena las palabras siguientes, escritas de puo del
doctor:

Carlos sin novedad, pero no puedo yo abandonar el sitio en que me
encuentro. He logrado que el portador de esta lleve dos lneas de
Carlos para su mujer. Haga que el dador se vea con mi hija.

Estaba fechada la misiva en La Force una hora antes.

--Tiene usted la bondad de acompaarme a la casa en que reside la
esposa de Carlos?--pregunt Lorry, sin ocultar la alegra que la
lectura del billete le haba producido.

--S--contest Defarge.

Sin parar mientes en el tono reservado y curiosamente mecnico con
que Defarge hablaba, Lorry se encasquet el sombrero y baj con su
visitante al jardn, donde encontraron a dos mujeres, una de ellas
haciendo calceta.

--La seora Defarge?--pregunt Lorry, quien la haba dejado ocupada en
lo mismo diez y siete aos antes.

--La misma--contest el marido.

--Viene con nosotros su seora?--pregunt Lorry, al observar que las
mujeres echaban a andar.

--S. Viene para reconocer las caras y conocer a las personas. Es una
medida que conviene a la hija del doctor.

Lorry, a quien comenzaron a parecerle extraas la actitud y palabras de
Defarge, dirigile una mirada recelosa y continu andando. Siguieron
las dos mujeres, una de las cuales era la llamada La Venganza.

Cruzaron las calles inmediatas con cuanta rapidez les fu posible,
subieron la escalera del domicilio de Luca, Jeremas les franque
la entrada, y encontraron a la esposa de Carlos sola y llorando. Las
noticias que acerca de su marido la di Lorry la llenaron de alegra,
y estrech con efusin la mano que la entregaba las breves palabras
escritas por su Carlos... sin pensar en lo que la noche anterior haba
estado haciendo aquella mano muy cerca de la persona de su marido, ni
en lo que con ste hubiese hecho de no impedirlo una casualidad feliz.

Valor, queridita ma. Estoy bien, y tu padre goza de influencia sobre
los que me rodean. No puedes contestarme. Besa por m a nuestro ngel.

Nada ms deca el billete. Era, sin embargo, tanto para la desventurada
que acababa de recibirlo, que en su agradecimiento se volvi hacia la
mujer de Defarge y bes con efusin las manos que hacan calceta. Fu
un acto de esposa apasionada, amante, agradecida; pero la mano que de
aquel fu objeto no lo contest. Separse de sus labios pesada, fra
como el hielo, y continu haciendo media.

Algo encontr Luca en aquella mano que la estremeci. En el instante
mismo en que llevaba la diestra a su seno para guardar all el billete
recibido, sus ojos, clavados en el rostro de la tabernera, reflejaron
un terror infinito. La seora Defarge contest a su mirada con otra que
rebosaba impasibilidad, hielo.

--Mi querida Luca--dijo Lorry, tratando de explicar la presencia
de las mujeres,--son muy frecuentes las conmociones en las calles,
y aunque no es probable que nadie moleste a usted, ha venido la
seora Defarge con objeto de ver a las personas hasta las cuales
puede extender su proteccin, pues conviene que las conozca bien
a fin de poder identificarlas en cualquier momento dado. Creo,
ciudadano Defarge--termin sin atreverse a prodigar nuevas palabras de
consuelo,--que he expuesto la verdad del caso, no es cierto?

Defarge dirigi a su mujer una mirada sombra y se limit a
exteriorizar su conformidad por medio de un gruido.

--Creo, Luca, que sera conveniente que salieran la nia y la seorita
Pross--repuso Lorry.--Nuestra excelente Pross, Defarge, es una seora
inglesa, que desconoce por completo el francs.

La seora en cuestin, en cuyo pecho arraigaba muy honda la creencia
de que se bastaba y hasta se sobraba para poner en cintura a cualquier
extranjero, y no haba perdido su serenidad de nimo, no obstante
las perturbaciones y anarqua reinantes en Pars, se present con
los brazos cruzados, y dirigi una mirada castizamente inglesa a La
Venganza, con cuyos ojos tropezaron desde el primer momento los suyos.

--Hola, descarada!--dijo en ingls.--Me alegro de verla buena.

Tambin dirigi una o dos palabras a la seora Defarge; pero ni la una
ni la otra tuvieron por conveniente contestar.

--Es sa la nia?--pregunt la seora Defarge, suspendiendo por
primera vez su tarea y apuntando a Luca con la aguja de hacer media
cual si fuera el dedo de la Fatalidad.

--S, seora--contest Lorry.--Esa es la hija adorada y nica de
nuestro pobre prisionero.

La sombra que acompaaba a la seora Defarge y compaeros tom tonos
tan ttricos y amenazadores, que la pobre madre cay instintivamente
de rodillas al lado de su hija y la estrech contra su amante pecho.
La sombra que acompaaba a la seora Defarge y compaeros pareci
extenderse entonces negra, amenazadora, sobre la madre y la hija.

--No hace falta ms--dijo la tabernera.--Los hemos visto ya. Vmonos.

Aquellas palabras entraaban amenazas muy encubiertas, s, pero no
tanto que no las penetrase el instinto maternal. He aqu por qu Luca,
tendiendo sus brazos suplicantes hacia la seora Defarge, dijo:

--Tratarn con bondad a mi pobre marido? Verdad que no le harn dao?
Que me conseguirn que pueda verle, si de ustedes depende?

--No es tu marido el que aqu me ha trado--replic la seora Defarge,
mirando a Luca con calma espantosa.--Lo nico que me interesa es la
hija de tu padre.

--Por m, pues, sea compasiva con mi marido... por m y por mi pobre
hijita! Mi hija tiende conmigo hacia ustedes sus manecitas y las
suplica que no cierren su corazn a la voz de la piedad! Ms miedo nos
inspiran ustedes que toda la ciudad junta!

La Defarge recibi esta frase ltima como un cumplimiento, y volvi sus
ojos hacia su marido. Este, que escuchaba a Luca mordiendo la ua de
su pulgar, acentu la expresin dura de su rostro al sentir sobre l la
mirada de su mujer.

--Qu es lo que en esa cartita te dice tu marido?--pregunt la
tabernera con sonrisa sarcstica.--No habla sobre influencia?

--Dice que mi padre goza alguna influencia sobre los que le
rodean--contest Luca, sacando apresuradamente el billete del pecho,
pero con sus ojos llenos de alarma puestos sobre su interlocutora y no
sobre el papel.

--En ese caso, l le salvar--observ la tabernera;--no tenemos por qu
mezclarnos nosotros.

--Como esposa y como madre--exclam Luca con expresin de ansiedad
inmensa,--imploro la piedad de ustedes y les pido de rodillas que no
empleen el poder que poseen en contra de mi marido, sino en su favor.
Hermanas mas... hermanas mas! Acurdense de que es una esposa y una
madre la que se lo ruega!

La seora Defarge mir a la suplicante con la frialdad de siempre, y
dijo, volviendo su rostro hacia La Venganza:

--Las esposas y madres que desde que nacimos, o poco menos, estamos
acostumbradas a ver, han sido tratadas con grandes consideraciones,
verdad? No es cierto que con gran frecuencia hemos visto a sus
maridos y a sus padres sepultados en inmundos calabozos? Desde que
vinimos al mundo, no hemos visto sufrir a nuestras hermanas, en sus
personas y en las de sus hijos, pobrezas, desnudeces, hambres, sed,
enfermedades, miserias, opresiones y desprecios de toda clase?

--Jams vimos otra cosa--respondi La Venganza.

--Todas esas cosas las hemos sufrido durante mucho, muchsimo
tiempo--repuso la tabernera dirigindose a Luca.--Ahora dime, juzga
por ti misma; crees probable que el dolor de una esposa y la ansiedad
de una madre hagan mella en nosotras?

Continu haciendo media y sali. Tras ella ech a andar La Venganza y
Defarge sali el ltimo, cerrando la puerta al salir.

--Valor, mi querida Luca!--exclam Lorry, alzndola del
suelo.--Valor y valor! Hasta ahora todo va bien... mucho, muchsimo
mejor de lo que podamos prometernos. Levante su corazn, querida
Luca, y demos gracias al Cielo!

--No me falta un corazn agradecido ni dejo de abrigar esperanzas; pero
aquellas mujeres horribles son como sombras negras que obscurecen el
cielo de mis esperanzas.

--Chitn, chitn!--exclam Lorry--Cmo se entiende? Es posible que
en ese bravo corazoncito tenga entrada el abatimiento? Sombras! Las
sombras nada significan, Luca, son inconsistentes... nada!

Pese a sus palabras l mismo senta tambin la influencia, la opresin,
de aquellas sombras fatdicas y, aunque no lo confesaba, es lo cierto
que le preocupaban y perturbaban en extremo.


IV

CALMA EN LA TORMENTA

Cuatro das dur la ausencia del doctor Manette.

Con tal diligencia ocultaron a Luca la mayor parte de los horrorosos
acontecimientos ocurridos en ese lapso de tiempo, que hasta mucho
tiempo despus, cuando ya se encontraba a gran distancia del territorio
francs, no supo que mil cien prisioneros indefensos, de ambos sexos
y de todas las edades, haban sido brutalmente asesinados por un
populacho ebrio de sangre, que durante aquellos cuatro das con sus
noches no cesaron ni por un segundo las hazaas de horror, que las
calles de la ciudad en que viva estaban inundadas de sangre y que la
atmsfera que respiraba era una atmsfera saturada de emanaciones de
sangre. Las nicas noticias que a sus odos llegaron fueron que el
populacho haba atacado las prisiones, que todos los presos polticos
haban corrido serios peligros, y que algunos haban sido arrastrados
por las calles y asesinados.

El doctor comunic al seor Lorry, no sin exigirle el secreto ms
absoluto, que las turbas le obligaron a presenciar brutales escenas
de carnicera y de sangre en la prisin de La Force; que all haba
encontrado en funciones permanentes a un Tribunal, ante el cual
eran presentados uno a uno los prisioneros, que inmediatamente eran
condenados a muerte y ejecutados, o puestos en libertad (muy pocos),
o bien encerrados de nuevo en sus celdas. Aadi que, habindole
presentado al Tribunal en cuestin los patriotas que le acompaaban,
expuso l su nombre y su profesin e hizo constar que, sin previa
acusacin, y como consecuencia sin previa sentencia, haba sido por
espacio de diez y ocho aos prisionero secreto de la Bastilla; y
que uno de los individuos que componan el Tribunal se levant y le
identific, resultando ser Defarge el individuo de referencia.

Dijo que por los registros que sobre la mesa del Tribunal haba pudo
cerciorarse de que su yerno figuraba entre los prisioneros vivos, y
que le defendi con gran calor ante el Tribunal, algunos de cuyos
miembros roncaban desaforadamente mientras otros estaban despiertos,
y entre los cuales los haba manchados con sangre de pies a cabeza y
limpios de crmenes (muy pocos), algunos sobrios y otros borrachos
(casi todos), en honor a la Libertad. Que en el primer momento de
entusiasmo, consiguiente a la presencia en aquel lugar de un hombre que
tanto haba sufrido, de un mrtir torturado por la situacin derribada,
le concedieron que Carlos compareciera inmediatamente ante aquel
Tribunal extrao y fuera examinado. Que cuando todo haca suponer que
iban a decretar su libertad, las corrientes decididamente favorables
tropezaron con obstculos, cuyo origen y naturaleza eran misterios para
el doctor, los cuales dieron margen a una conferencia secreta. Que el
sujeto que ocupaba el silln presidencial manifest seguidamente al
doctor que el prisionero deba continuar recludo, aunque, en atencin
a las torturas del doctor, la persona de aqul sera inviolable. Que
inmediatamente, a una seal del presidente, el prisionero fu conducido
de nuevo a su calabozo, pero que l, el doctor, con tal insistencia
solicit permiso para permanecer all a fin de asegurarse de que su
yerno, por equivocacin o por malicia, no era entregado a las turbas,
cuyos feroces aullidos ensordecan a los jueces, que le fu concedida
la autorizacin solicitada, y que no se movi de la Sala de la Sangre
hasta que finaliz la escena ltima del sangriento drama.

Imposible detallar todas las brutalidades, todos los actos de
feroz salvajismo que hubo de presenciar el doctor durante aquellos
cuatro das con sus noches. La loca alegra a que se entregaban los
prisioneros que conseguan un fallo absolutorio le impresion casi
tanto como la loca ferocidad con que el populacho haca pedazos a los
que resultaban condenados. Hubo un prisionero a quien el Tribunal
declar absuelto y que, al salir libre a la calle, un monstruo, por
equivocacin sin duda, le asest una lanzada. El doctor Manette, a
quien rogaron que saliera a curar al herido, sali inmediatamente a
la calle y le encontr rodeado y atendido por infinidad de compasivos
Samaritanos, sentados todos ellos sobre los cadveres de sus vctimas.
Dando pruebas de una inconsistencia inconcebible por lo monstruosa,
ayudaron al doctor, atendieron al herido con solicitud ejemplar,
improvisaron una camilla y lo transportaron... pero hundiendo una
vez ms sus armas asesinas en los cadveres que llenaban la calle y
realizando otras brutalidades tan repugnantes, que el doctor hubo
de cubrirse los ojos con las manos, y ni aun as pudo evitar caer
desmayado en medio de aquellas fieras.

Vivos temores asaltaron al buen Lorry, mientras escuchaba el pavoroso
relato de labios de su amigo, cuya edad frisaba ya en los sesenta y dos
aos, de que las espantosas escenas que haba presenciado dieran vida
nueva al peligro antiguo. Acaso se equivocase, sin embargo, y la causa
de su equivocacin fuera el hecho de no haber visto nunca a su amigo
bajo el aspecto y carcter en que entonces le vea. Por primera vez en
su vida comprenda el doctor que sus sufrimientos pasados eran para
l fuente de energas y de influencia; por primera vez sinti que en
aquella fragua ardiente forjaba poco a poco los hierros que haban de
quebrantar las puertas de la prisin en que estaba encerrado el marido
de su hija y concederle la libertad.

--En medio de todo fu un bien, amigo mo; no todo han sido calamidades
y ruinas. De la misma manera que mi hija idolatrada hizo cuanto
humanamente poda hacer para que yo recobrara la salud del cuerpo y
la del alma, yo no descansar hasta que la devuelva a ella lo que
constituye la porcin ms querida de s misma. Con la ayuda del Cielo
lo har!

Tales fueron las palabras pronunciadas por el doctor Manette, una vez
hubo terminado la exposicin de hechos. Y cuando Mauricio Lorry vi
chispear en sus ojos el fuego del entusiasmo, y cuando repar en la
serenidad tranquila de aquel hombre, cuya vida, paralizada por espacio
de varios aos, resurga de nuevo pletrica de energas, abri su pecho
a la esperanza, y crey.

Obstculos mucho mayores que los que ante el doctor se alzaban habran
cedido ante una perseverancia tan indomable como la suya. Sin rebasar
los linderos de su profesin como mdico, cuya misin es alternar con
todas las clases y condiciones sociales, tanto con los presos como con
los que de libertad gozan, lo mismo con los ricos que con los pobres,
sin distincin de opresores y de oprimidos, de buenos y de malos, de
sabios y de ignorantes, con tal sagacidad supo emplear su influencia,
que no tard en ser nombrado mdico inspector de las crceles, y como
consecuencia, de la de La Force. Pudo asegurar a Luca que su marido
ya no permaneca solo en una celda aislada, sino mezclado con la
generalidad de los prisioneros; pudo visitar una vez a la semana al
marido de su hija y transmitir a sta mensajes de aqul; consigui
que Luca recibiera algunas cartas de su marido, bien que nunca por
conducto del mismo doctor, pero no consinti que aqulla las dirigiera
a Carlos, pues entre todos los emigrados que sufran en las crceles,
ninguno despertaba en el populacho tantas sospechas como aquellos de
quienes se saba que tenan parientes fuera.

No cabe dudar que aquella fase nueva de la vida del doctor llevaba
consigo ansiedades sin cuento, pero Lorry, a quien no faltaba
sagacidad, comprendi desde el primer momento que a las ansiedades se
una cierto orgullo que actuaba en ella como poderoso sostn. Nada
de inconveniente tena aquel orgullo, al contrario, era un orgullo
natural y digno. Sin embargo, Lorry lo observaba como curiosidad digna
de estudio. Saba el doctor que hasta entonces, tanto su hija como
su amigo haban atribudo a sus largos aos de encierro su afliccin
personal, su debilidad, su agotamiento. Pero las circunstancias haban
variado radicalmente; y persuadido de que sus antiguas torturas le
hicieron dueo de fuerzas que poda poner al servicio de la causa de
Carlos, de fuerzas que bien empleadas podan dar como resultado la
libertad del marido de su hija, lleg a exaltarse en tales trminos,
que tom la direccin del asunto y acept a los dems en calidad de
cooperadores secundarios, como acepta el que se considera fuerte el
auxilio de otras personas a quienes tiene por dbiles. Se invirtieron
las posiciones respectivas del doctor y de su hija, bien que solamente
en lo que podan invertirse sin menoscabo del cario ms tierno y del
amor ms acendrado, pues el padre cifraba todo su orgullo en prestar
algn servicio a la que tan inmensos se los haba prestado a l.

--El fenmeno es muy curioso--pensaba Lorry;--pero muy natural y muy
noble. Toma, pues, la jefatura, mi querido amigo, encrgate de la
direccin y consrvala: no puede estar en mejores manos.

Mucho trabaj el doctor para conseguir que su yerno fuera puesto en
libertad, o bien para que compareciera ante el Tribunal que decidiera
su suerte, mas no logr vencer las corrientes arrolladoras entonces
desencadenadas. Haba alboreado una era nueva, el Rey haba sido
sentenciado, condenado y decapitado; la Repblica de la Libertad,
de la Igualdad, de la Fraternidad o la Muerte haba declarado que
vencera al mundo alzado en armas contra ella o morira; en lo alto de
las torres de Nuestra Seora flameaba da y noche la bandera negra;
trescientos mil hombres, evocados por el soplo potente que los llamaba
para combatir a los tiranos de la tierra, brotaron de las distintas
provincias de Francia, cual si los dientes del feroz dragn, sembrados
al vuelo, hubiesen nacido y fructificado por igual en las montaas y
en las llanuras, en las rocas y en la grava, en los terrenos secos y
en los pantanosos, bajo el hermoso cielo meridional y bajo el brumoso
del norte, en los eriales y en los bosques, en las vias y en los
olivares, entre los trigos y entre las hierbas, en las hermosas vegas
baadas por los ros y en las arenosas playas besadas por el mar. Qu
esfuerzo particular, por inmenso que fuera, era capaz de luchar contra
el diluvio del Ao Uno de la Libertad... un diluvio que brotaba abajo
en vez de venir de las nubes, un diluvio que anegaba a Francia estando
cerradas las compuertas de los cielos?

Del suelo francs haban quedado desterradas la pausa, la piedad, la
compasin, la paz, el descanso, el sosiego, la medicin del tiempo.
Los das y las noches se sucedan como siempre, es verdad; a la noche
segua la maana y comenzaba un da nuevo, pero la cuenta del tiempo
no pasaba de all, pues su percepcin se haba perdido en la fiebre
devoradora de una nacin, de la misma manera que la pierde un enfermo
en su fiebre individual. Hoy interrumpa el silencio sobrenatural de
toda una ciudad el verdugo, mostrando al pueblo la cabeza del Rey, y
otro da presentaba la cabeza de una Reina clebre por su hermosura,
que no necesit ms que ocho meses de viudez y de miserias para que sus
cabellos s trocaran de rubios que eran en blancos como la nieve.

Sin embargo, cumplindose una vez ms la ley extraa de las
contradicciones, el tiempo, no obstante volar con vertiginosa
rapidez, pareca arrastrarse con lentitud desesperante. Un tribunal
revolucionario en la capital y cuarenta y cinco mil comits
revolucionarios funcionando en la nacin; una Ley de Sospechosos
que barri las garantas en que descansan la libertad y la vida y
entreg a toda persona buena o inocente en manos de cualquier malvado,
de cualquier criminal; prisiones atestadas de gente que no haban
cometido falta alguna y a quienes se cerraban todos los caminos que
pudieran conducir a su justificacin, tales eran los principios en que
descansaba el orden social establecido, principios que parecan de
uso antiguo a las pocas semanas de implantados. Por encima de todo,
descollaba una figura fatdica que con rapidez brutal se hizo tan
familiar a los franceses como si fuera anterior a los fundamentos del
mundo; la figura de la esposa llamada Guillotina.

El pueblo la haba convertido en manantial inagotable de chistes. Era
el remedio ms eficaz para curar el dolor de cabeza, el preventivo ms
infalible contra las canas y la calvicie, daba al cutis una delicadeza
especial, era la Navaja Barbera Nacional que mejor afeitaba, el que
tena la suerte de besar a la Guillotina, miraba por un agujerito
y estornudaba dentro de un cesto; era el signo de la regeneracin
del gnero humano y haba eclipsado a la Cruz. Muchas gargantas que
antes llevaron crucecitas ostentaban ahora dijes-guillotina y eran
infinitos los que jams creyeron en la Cruz y, sin embargo, crean en
la Guillotina y ante ella se postraban.

Tantas eran las cabezas que cortaba, que lo mismo que el feroz aparato
como el suelo que deshonraba rezumaban sangre. Formada de varias piezas
desmontables, como los rompe-cabezas, la armaban cuantas veces deba
entrar en funciones. Era una seora cuya misin principal consista
en hacer enmudecer a la elocuencia, en humillar a los poderosos y
en concluir con la hermosura y con la bondad. En una maana, y en
veintids minutos, haba rebanado veintids cabezas de otros tantos
amigos del bien pblico, de ellos veintiuno vivos, y uno muerto
antes de subir al tablado fatal. El funcionario pblico encargado de
manejarla haba heredado el nombre de aquel prodigio de fuerzas de que
nos habla el Antiguo Testamento; pero el Sansn francs, armado de la
Guillotina, era mucho ms fuerte y robusto que su tocayo israelita, y
ms ciego y ms bruto, pues todos los das y a todas horas arrancaba
las puertas del mismo Templo de Dios.

Caminaba el doctor Manette entre estos horrores y entre la ralea
que los produca con la cabeza firme, lleno de confianza en su
poder, siempre tendiendo al fin que se haba prefijado, bien que
cautelosamente, y sin poner en tela de juicio que el resultado de
sus esfuerzos sera en definitiva la libertad del marido de Luca.
Era, empero, tan impetuosa la corriente del tiempo, tan profundas las
aguas, volaba aqul con furia tan tremenda, que Carlos continuaba
pudrindose en la crcel a los quince meses de haber entrado en
ella sin que la robusta confianza del doctor se conmoviera. Durante
el mes de diciembre, la Revolucin arreci de tal manera en sus
furias, que los ros del Sur con dificultad podan correr por sus
espaciosos cauces, llenos de montones de cadveres de los que durante
la noche eran ahogados violentamente en sus aguas. Los prisioneros
eran arcabuceados por docenas, por cientos, por millares; pero el
doctor continuaba avanzando entre tantos horrores con paso firme y
cabeza slida. En Pars no haba hombre ms conocido que l ni que en
situacin ms extraa se encontrase. Silencioso, humano, indispensable
en los hospitales y en las crceles, prodigando los auxilios de la
ciencia lo mismo a los asesinos que a las vctimas, puede decirse que
era un hombre aparte. En el ejercicio de su profesin, el cautivo de la
Bastilla era el dolo del pueblo. Ms que hombre, pareca Espritu que
se mova entre los mortales.


V

EL ASERRADOR

Un ao y tres meses. No disfrut Luca de un minuto de tranquilidad
durante todo ese tiempo, pues jams pudo hoy asegurar que la cabeza de
su marido no rodara al da siguiente. A todas horas rebotaban sobre
el empedrado de las calles carretas de la Muerte llenas de condenados.
Lindas muchachitas, seoras en el apogeo de su hermosura, cabezas de
pelo negro, de pelo castao, de pelo rubio, de pelo blanco; jvenes
robustos, pletricos de vida, y ancianos encorvados bajo el peso de los
aos, caballeros y labriegos, damas y campesinas, todos proporcionaban
vino rojo a la Guillotina, saliendo diariamente de las obscuras cuevas
de sus inmundos calabozos y conducidos en procesin interminable
por las calles para apagar la sed devoradora de aqulla. Libertad,
Igualdad, Fraternidad o Muerte... Ms frutos has dado de Muerte que de
Libertad, Igualdad ni Fraternidad, oh Guillotina!

Si lo brusco e inesperado de sus calamidades y el rodar vertiginoso
de las ruedas del tiempo hubieran aturdido a la hija del doctor,
sumindola en ese estado de desesperacin ociosa, seguramente la habra
enviado a la tumba o al manicomio, como ha enviado con menos motivos a
tantas otras, pero desde el instante en que estrech contra su pecho
juvenil aquella cabeza de cabellos de nieve en el sotabanco de la
taberna del barrio de San Antonio, se haba consagrado al cumplimiento
estricto de sus deberes, y los cumpli con tanta abnegacin en los das
de prueba, como en los de calma y felicidad.

No bien se instalaron en su nueva residencia, y tan pronto como su
padre entr de lleno en el ejercicio de su profesin, Luca arregl su
reducido hogar exactamente lo mismo que si a su lado hubiese tenido
a su marido. El orden era perfecto en aquella casa. Lucita daba sus
lecciones con la regularidad misma de su casa de Londres. Los inocentes
artificios con que la desolada esposa pretenda engaarse a s misma,
infiltrando en su pecho la creencia de que muy pronto tendra la dicha
de abrazar a su marido, los preparativos de marcha que todos los das
haca... juntamente con las plegarias solemnes que todas las noches
diriga al Cielo en favor de un prisionero especial, en favor de un
desgraciado determinado de los muchos que geman en las ttricas
antesalas de la muerte, eran los consuelos nicos de su conturbada alma.

Su aspecto exterior vari muy poco. Su sencillo vestidito negro, muy
semejante a los crespones de la viudez, as como el de su hija, negro
como el suyo, reflejaban tanta limpieza y tanto esmero como reflejaron
los que us en sus das ms felices. Perdi la frescura de su rostro,
constantemente triste y decado, pero en nada decayeron su hermosura y
gentileza. A veces, por la noche, en el momento de besar a su padre,
buscaba salida por sus ojos el llanto almacenado en su pecho durante
las horas interminables del da, pudiendo decirse que aqul era su
nico consuelo en la tierra. El doctor contestaba invariablemente con
decisin:

--Nada puede sucederle sin que yo lo sepa, y yo s que puedo salvarle,
hija ma.

No haban transcurrido muchas semanas, cuando una noche, al regresar a
casa, la dijo su padre:

--Mira, querida; en lo ms alto del edificio de la crcel hay una
ventana, hasta la cual puede llegar algunas veces Carlos a las tres
de la tarde. Cuando lo consigue, lo que depende de circunstancias e
incidentes ocasionales, y como consecuencia inciertos, cree que podra
verte, si estuvieras en un sitio determinado de la calle que yo te
indicar. En cambio t, pobre hija ma, no podrs verle a l, fuera de
que, aun cuando pudieras, sera peligroso que hicieras la seal ms
insignificante de reconocimiento.

--Oh padre mo! Ensame el sitio, y all estar yo todos los das.

A partir de aquella noche, Luca, todos los das, fueran buenos o
malos, de sol o de lluvia, de calor o de fro, pas en el sitio que le
indic su padre dos horas. All estaba en el momento que los relojes
de la ciudad dejaban oir las dos campanadas, y all continuaba hasta
las cuatro, hora en que se retiraba con santa resignacin. Cuando el
tiempo no estaba excesivamente malo, llevaba consigo a Lucita; en caso
contrario, iba sola; pero no falt ni un solo da.

El lugar de espera era un sitio obscuro y sucio de una calleja estrecha
y tortuosa. No haba en ella ms que una casa habitada por un hombre
que se dedicaba a aserrar leos para la lumbre; todo lo dems de la
calle era muro correspondiente a edificios que tenan la entrada por
otra paralela.

Al tercer da de acudir Luca al sitio indicado por su padre, la vi el
aserrador.

--Buenas tardes, ciudadana.

--Buenas tardes, ciudadano.

Era la salutacin prescripta nada menos que por un decreto. Habanla
implantado algn tiempo antes los patriotas ms exaltados, pero por la
poca a que nos referimos, era obligatoria para todo el mundo.

--Paseando por aqu, ciudadana?

--Ya lo ests viendo, ciudadano.

El aserrador, que en tiempos anteriores haba sido pen caminero, alz
los ojos, extendi el brazo en direccin a la crcel, llev ambas
manos a la cara colocando los dedos en forma que representasen una
reja, mir a travs de los mismos, y solt una risotada significativa.

--No es asunto mo--dijo,--y continu aserrando.

Al da siguiente, parece que el aserrador estaba esperando a Luca,
pues se aboc con ella no bien hizo su aparicin en la calleja.

--Otra vez de paseo por aqu, ciudadana?

--S, ciudadano.

--Ah! Y con una nia? Tu mam, ciudadanita, no es verdad?

--Contesto que s, mam?--pregunt en voz baja la nia, acercndose a
su madre.

--S, querida, s.

--S, ciudadano--respondi Lucita.

--Ah! No es asunto mo. Lo nico que me interesa es trabajar... Mira
mi sierra, ciudadana... La llamo mi querida Guillotina... La, la, la,
la, la... y cae una cabeza.

En efecto; mientras hablaba, cay el trozo de leo, y el aserrador lo
meti en un cesto.

--Yo me doy el nombre de Sansn el de la Guillotina del combustible.
Manejo mi aparato, y cae una cabeza... Ahora cae una cabeza de mujer...
ests viendo, ciudadana? Llega el turno a la nia... paf! Adis,
cabecita! Conclu con toda la familia.

Repugnaba a Luca ver aserrar los leos y no poda ver sin sentir
un estremecimiento el acto de ponerlos en el cesto, pero le era
imposible permanecer en aquel sitio durante las horas de trabajo del
aserrador sin que ste la viese. En lo sucesivo, a fin de conquistarse
sus simpatas, no slo era ella la que se adelantaba a dirigirle la
palabra, sino tambin le daba algunas monedas para beber, que l
aceptaba sin hacerse de rogar.

Era el aserrador un sujeto sumamente curioso. Muchas veces, cuando
Luca, olvidada de su presencia permaneca largo rato con la vista
fija en las rejas de la crcel y el corazn puesto en su marido, al
darse cuenta de su imprudencia, bajaba la vista y vea al aserrador que
la miraba sonriente, puesta la rodilla sobre el banco y empuando la
sierra, pero sin trabajar. Cuando esto ocurra, por regla general deca
no es asunto mo, y reanudaba el trabajo sin ms comentarios.

En todo tiempo, lo mismo durante las nieves y hielos del invierno que
aguantando los furiosos vendavales de la primavera, tanto bajo el sol
abrasador de verano como bajo las torrenciales lluvias del otoo, ni
un solo da dej Luca de pasar dos horas en aquel sitio, ni un solo
da dej de besar, al marcharse, los muros de la crcel. Veala su
marido (lo saba Luca por conducto de su padre) una vez por cada cinco
o seis que sala, dos o tres das consecutivos algunas veces, aunque
tambin ocurra que se viese privado de esa dicha durante una semana
entera. Luca estaba satisfecha con que la viese cuantas veces tuviera
oportunidad de llegar hasta la ventana, y a trueque de no defraudarle
una sola, hubiese salido no un da, no una semana; aos enteros.

Lleg el mes de diciembre. Su padre continuaba caminando entre
espantosos horrores, siempre con paso firme, siempre con cabeza slida.
Una tarde fra y lluviosa, Luca lleg al rinconcito de costumbre. Era
un da de regocijo general. Haba visto aqulla las casas engalanadas
con profusin de gorros atravesados en pequeas lanzas, y adornados
con cintas tricolores y con la inscripcin, tambin tricolor (las
letras tricolores estaban en gran moda): Repblica Una e Indivisible.
Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.

Tan msero y reducido era el taller del aserrador, que toda su
superficie resultaba casi insuficiente para la inscripcin copiada.
Coronaba la casa su correspondiente lanza provista de su indispensable
gorro colorado, cual cuadraba a todo ciudadano que por bueno se
tuviera, y en una ventana haba colocado su sierra, bajo la cual se
lea la inscripcin siguiente: La Santa Guillotina. El taller estaba
cerrado, el aserrador se encontraba ausente, y Luca pudo saborear el
placer de verse completamente sola.

No estaba, empero, muy lejos el aserrador. Duraba la espera de Luca
contados minutos, cuando sonaron en la calle recios gritos que la
llenaron de terror. Segundos despus, doblaban la esquina de la crcel
compactas muchedumbres, en cuyo centro iba el aserrador dando la mano
a La Venganza. No bajaran las personas de quinientas, y bailaban como
pudieran hacerlo quinientos mil demonios. Ni llevaban tampoco msica,
que para sus endiabladas danzas bastbales el ronco y discordante
gritar de sus gargantas. Cantaban el himno popular a la Revolucin, y
se acompaaban con feroz entrechocar de dientes. Bailaban una danza
feroz, que no describiremos, pues a nuestro propsito basta decir que
el salvajismo reinante haba convertido una distraccin inocente en
medio eficaz de encender la sangre, embotar los sentidos y endurecer el
corazn.

Era la Carmaola. Luca, horrorizada, yerta de espanto, habase
refugiado en el hueco de la puerta del aserrador, cubrindose el rostro
con las manos.

--Oh padre mo!--exclam al separar las manos, y encontrarse
inopinadamente frente al doctor.--Qu espectculo tan cruel, tan
repugnante!

--Lo s, queridita ma, lo s. Lo he presenciado muchas veces. No te
asustes, que nadie ha de hacerte el menor dao.

--No me asusto por m, padre mo; pero cuando pienso en mi marido y en
los arrebatos de esas gentes...

--Pronto le pondremos a cubierto de sus arrebatos. Le he dejado
subiendo a la ventana y he venido a decrtelo. Como hoy nadie queda por
aqu que pueda verte, no importa que enves un beso con la mano a lo
ms alto del tejado, al mismo alero.

--Lo enviar, padre mo, y con el beso enviar mi alma entera.

--No puedes verle, pobre hija ma; verdad?

--No, padre mo, no puedo--contest Luca llorando.

Sonaron algunos pasos y apareci la seora Defarge.

--Salud, ciudadana--dijo el doctor.

--Salud, ciudadano--contest la tabernera, continuando la marcha sin
detenerse.

--Dame el brazo, querida ma. Sal de aqu, pero fingiendo alegra,
aunque ya s que no puedes sentirla... As, muy bien. Maana
comparecer Carlos ante sus jueces.

--Maana!

--No se puede perder tiempo. Todo lo tengo admirablemente dispuesto,
pero hay necesidad de adoptar precauciones que es imposible ultimar
hasta el momento mismo en que Carlos se presente ante el Tribunal. No
ha recibido an la citacin, pero me consta que le citarn para maana
y que ser trasladado a la Conserjera. Como ves, recibo las noticias
con oportunidad. Supongo que no te asustars, eh?

A duras penas pudo balbucear la infeliz.

--Confo en ti.

--Puedes confiar, en la seguridad de no salir defraudada. Tus agonas
tocan a su fin, amor mo. Dentro de breves horas le tendrs en tus
brazos. Le he rodeado de todas las protecciones imaginables. Necesito
ver a Lorry...

Interrumpise el doctor. En la calle inmediata sonaba pesado ruido de
carros. Una... dos... tres... Tres carretas cargadas de condenados
conducidos al suplicio.

--Necesito ver a Lorry--repiti el doctor, volviendo la cabeza al lado
contrario para no ver el fnebre convoy.

El buen Lorry continuaba inmvil en el edificio del Banco. Tanto l
como los libros eran objeto de frecuentes requisas en calidad de bienes
confiscados y convertidos en nacionales, lo que no fu bice para que
salvase cuanto le fu posible, a fuerza de entereza y de abnegacin.

Estaba obscureciendo cuando el padre y la hija llegaron al Banco. La
suntuosa residencia del seor continuaba desierta. Sobre la verja
del jardn haba una inscripcin que deca as: Propiedad Nacional.
Repblica Una e Indivisible. Libertad, Igualdad, Fraternidad o Muerte.

Qu era del seor Lorry, que no se encontraba en su despacho? A
quin acababa de despedir cuando sali, agitado y sorprendido, para
estrechar entre sus brazos a su idolatrada amiguita? A quin repiti
las palabras que con balbuciente voz acababan de dirigirle a l,
diciendo desde la puerta que estaba traspasando: Trasladado a la
Conserjera y citado para maana?


VI

TRIUNFO

Sin exageracin puede afirmarse que el formidable Tribunal de los
Cinco no ya slo funcionaba todos los das, sino tambin estaba en
funcin permanente. Las relaciones de los prisioneros que deban
comparecer ante el Tribunal al da siguiente eran entregadas todas las
tardes a los alcaides de las crceles, quienes, a su vez, lean a los
interesados. En la jerga de la crcel, a las listas en cuestin se las
llamaba Diarios de la noche.

Carlos Evrmonde, alias _Darnay_.

Tal era el nombre que encabezaba el Diario de la noche
correspondiente a La Force.

Apenas pronunciado el nombre, separse el interesado del grupo de
sus compaeros de infortunio y se coloc en el sitio destinado a
los nombrados. Como Carlos Darnay haba presenciado aquella escena
centenares de veces, dicho se est que le sobraban motivos para conocer
la costumbre.

El rechoncho alcaide le dirigi una mirada a travs de los sucios
cristales de las antiparras, sin las cuales no poda leer, a fin de
cerciorarse de que haba pasado al lugar que deba ocupar, y comprobado
ese extremo, continu leyendo la lista, haciendo una pausa parecida
despus de cada nombre. Veintitrs fueron los nombrados, pero como de
ellos haba fallecido uno en la crcel, y la Santa Guillotina haba
hecho rodar las cabezas de otros dos, aunque ni de stos ni de aqul
se acordaba nadie, slo veinte contestaron al llamamiento. La lista
fu leda en la misma pieza abovedada donde Carlos encontr reunidos
a tantos prisioneros la noche de su ingreso en la crcel. Todos ellos
haban sido despedazados por las turbas el da de la matanza general, y
los que con posterioridad entraron, volvieron a salir para tomar en el
cadalso el pasaje para el otro mundo.

Cruzronse entre los que salan y los que quedaban algunas frases
de despedida y de aliento, no muchas, pues aparte de tratarse de un
incidente que se repeta todos los das, la sociedad de La Force tena
en proyecto para aquella noche la celebracin de algunos juegos, y
haba que aprovechar el tiempo para ultimar el programa. Los que
quedaban acompaaron a los que se iban hasta la reja de salida de la
sala, vertieron algunas lgrimas, y se volvieron, pues era preciso
rellenar los veinte huecos que los ausentes dejaban vacantes, si
no queran renunciar a los esparcimientos de la velada, y haba que
hacerlo antes de la hora de silencio, en que se confiaba la vigilancia
del establecimiento a ejrcitos de feroces mastines que llenaban los
corredores y salas contiguas. Y no es que los prisioneros fueran
insensibles ni duros de corazn; pero en su carcter, en su manera de
ser, influa, como no poda menos, la condicin de la poca. De la
misma manera que aqullos vieron salir punto menos que impasibles a
sus compaeros de infortunio, hubo muchos que, intoxicados, cediendo
sin duda a una especie de fervor que hoy apenas se comprende, pero
muy natural en aquel tiempo, desafiaron sin ninguna necesidad al
pueblo, y corrieron espontneamente en busca de las caricias de la
guillotina, sin que en su acto influyera poco ni mucho la jactancia,
sino la infeccin general consiguiente al brutal sacudimiento del
alma pblica. En pocas de pestilencia, se ven personas a quienes
atrae misteriosamente el contagio, personas que desearan morir de
l. Y es que todos llevamos encerradas en el fondo de nuestras almas
rarezas dormidas que no necesitan ms que el concurso de determinadas
circunstancias para despertar.

Breve y obscuro era el paso desde La Force a la Conserjera, largas y
fras las noches pasadas en las pestilentes celdas de la ltima. Quince
prisioneros comparecieron ante el Tribunal a la maana siguiente, antes
que fuera llamado a comparecer Carlos Darnay. Las vistas de los quince
duraron hora y media, y los quince fueron condenados a muerte.

Carlos Evrmonde, alias _Darnay_, llamaron al fin.

Lucan los jueces sombreros adornados con plumas, pero fuera de
ellos, toda la concurrencia llevaba gorros de lana colorados con sus
correspondientes escarapelas tricolores. Bastaba dirigir una mirada
al Tribunal para sospechar que haba sido invertido el orden natural
de las cosas y que los criminales juzgaban a los hombres honrados.
Inspiraba las sentencias el populacho ms vil, ms cruel, ms criminal
de la ciudad, y las inspiraba poniendo en sus inspiraciones cantidades
inmensas de bajeza, de crueldad y de ruindad, ora comentando a grito
herido, ora aplaudiendo, ora anticipando y precipitando el resultado
de las deliberaciones. Todos los hombres que llenaban la sala iban
armados hasta los dientes; todas las mujeres llevaban cuchillos y
dagas, algunas coman, otras beban, otras hacan calceta. Entre estas
ltimas haba una que se distingua por su laboriosidad. Estaba sentada
en una de las primeras filas junto a un hombre a quien Carlos no haba
vuelto a ver desde el da que lleg a la Barrera de Pars, pero que le
recordaba a Defarge. Observ aqul que la mujer habl dos o tres veces
en voz muy baja a su vecino de asiento, lo que le hizo suponer que era
su mujer, pero lo que ms poderosamente llam su atencin, fu que no
obstante encontrarse lo ms cerca posible de l, ni una sola vez le
miraron. Volva con frecuencia los ojos a los jueces, como si esperasen
algo, pero nada ms. Cerca del Presidente del Tribunal estaba sentado
el doctor Manette, tranquilo como siempre y vestido como siempre.
El prisionero repar en que solamente el doctor y el seor Lorry,
sentado a su lado, vestan como de ordinario, y no ostentaban la soez
indumentaria de la Carmaola.

Carlos Evrmonde, llamado tambin Darnay, fu acusado por el Fiscal
pblico de emigrado cuya vida corresponda a la Repblica a tenor del
decreto que proscriba a todos los emigrados bajo pena de muerte. Que
el decreto en cuestin hubiese sido promulgado cuando ya el acusado
estaba en Francia, era circunstancia trivial que no mereca tenerse
en cuenta. Exista el decreto, tenan delante al acusado que haba
sido preso dentro de las fronteras de Francia, y la Repblica peda su
cabeza.

--Que ruede su cabeza!--rugi el pblico--Muera ese enemigo de la
Repblica!

El Presidente agit la campanilla para acallar aquellos gritos, y
pregunt al acusado si no era cierto que haba residido muchos aos en
Inglaterra.

Darnay contest afirmativamente.

--Y dices que no eres emigrado? Qu nombre te das, pues?

--No me tengo por emigrado a tenor de la letra y del espritu de la ley.

--Por qu no? Eso es lo que deseo saber.

--Porque libre y espontneamente renunci un ttulo que no era de mi
gusto y una posicin social que me desagradaba, y sal de mi patria
para vivir de mi trabajo en Inglaterra antes que de rentas cobradas al
pueblo de Francia, agobiado bajo el peso de tantos tributos y gabelas.

--Cmo pruebas la exactitud de tus manifestaciones?

--Con el testimonio de Tefilo Gabelle y de Alejandro Manette.

--Pero t casaste en Inglaterra--objet el Presidente.

--Cierto; pero no con mujer inglesa.

--Con una ciudadana de Francia?

--S.

--Su apellido y familia?

--Luca Manette, hija nica del doctor Manette, del excelente mdico
aqu presente.

Esta contestacin produjo en el auditorio un efecto imposible de
pintar con palabras. Retemblaba la sala bajo los gritos de entusiasmo
delirante que arranc el solo nombre del doctor Manette. Tan
caprichosos eran los movimientos del pueblo, que inmediatamente se
llenaron de lgrimas muchos ojos que un segundo antes contemplaban con
ferocidad al acusado cual si se desbordase la impaciencia porque les
fuera entregado para despedazarlo.

Carlos Darnay, en sus manifestaciones, haba seguido al pie de la letra
las instrucciones del doctor.

--Por qu regres el acusado a Francia cuando lo hizo, y no
antes?--pregunt el Presidente.

--No regres antes--contest Carlos--sencillamente porque en Francia
no posea otros medios de vida que los bienes que haba renunciado,
al paso que en Inglaterra ganaba lo necesario para mi subsistencia
dando lecciones de francs y de literatura francesa. Si regres cuando
lo hice, fu cediendo a una splica escrita de un ciudadano francs,
quien me manifest que mi ausencia comprometa muy seriamente su vida.
Regres para salvar la vida al ciudadano en cuestin, y para declarar
la verdad sin reparar en peligros ni molestias. Qu crimen ven en esto
los ojos de la Repblica?

El populacho grit ebrio de entusiasmo:

--Ninguno... ninguno!

Agit el Presidente la campanilla, mas no logr imponer silencio hasta
que el auditorio se cans de gritar.

--Cmo se llamaba el ciudadano a quien el acusado se
refiere?--pregunt el Presidente.

--Tefilo Gabelle, aqu presente. Comprueba mis manifestaciones la
carta a que he aludido, la cual, si bien me fu quitada en la Barrera,
no dudo que figurar entre los documentos que el Presidente tiene sobre
la mesa.

Buen cuidado haba tenido el doctor de que la carta de referencia
estuviera sobre la mesa. El Presidente la encontr sin esfuerzo, y la
ley en voz alta. Seguidamente fu llamado Gabelle para que confirmara
las manifestaciones del acusado y se declarara autor de la carta,
lo que hizo aqul con gran precisin y acento de verdad. Insinu el
ciudadano Gabelle con delicadeza y tacto exquisitos, que el Tribunal,
falto de tiempo como consecuencia de los infinitos enemigos de la
Repblica que exigan toda su atencin, habale dejado en la crcel de
la Abada hasta tres das antes, olvido insignificante y muy natural;
y que, cuando compareci ante el Tribunal, fu declarado inocente y
puesto en libertad, por haber disipado a satisfaccin de sus jueces las
acusaciones que sobre l pesaban.

Fu interrogado a continuacin el doctor Manette. Su gran popularidad
personal y la claridad y precisin de sus respuestas ejercieron en
el auditorio sensacin indescriptible; pero cuando demostr que el
acusado fu el que con mayor eficacia contribuy a libertarle de
su eterno cautiverio, cuando manifest que el acusado permaneci en
Inglaterra rodeando de tierna solicitud y de cario abnegado, no ya
slo a su hija, sino tambin a l mismo, cario y solicitud que les
hicieron dulce el destierro, cuando aadi que lejos de ser partidario
y defensor del gobierno aristcrata del pas en que viva fu procesado
y estuvo a punto de ser condenado a muerte como enemigo de Inglaterra
y amigo de los Estados Unidos. Luego que hizo una exposicin clara
y elocuente de todas estas circunstancias, Tribunal y auditorio se
identificaron. Tanto es as, que cuando invoc el testimonio del seor
Lorry, caballero ingls all presente, testigo, como l, del proceso
seguido en Inglaterra contra Darnay, y dispuesto a corroborar todas sus
manifestaciones, contestaron los jueces que les bastaba lo que haban
odo, y que con gusto votaran, si el Presidente tena a bien recibir
los votos.

A medida que los jueces votaban (hacanlo individualmente y en voz
alta), el auditorio prorrumpa en aplausos frenticos. Por unanimidad
declararon inocente al prisionero, y como consecuencia el Presidente le
declar libre.

Sigui entonces una de esas escenas extraordinarias que ponen de
relieve la volubilidad del populacho, o los impulsos hacia la
generosidad y la piedad, dormidos en el fondo de su alma, o bien lo que
a juicio suyo es a manera de demostracin de que no se deja arrastrar
por la fuerza explosiva de una rabia cruel. Imposible precisar cul
de estos tres motivos influy por modo decisivo en las escenas
extraordinarias que siguieron; probablemente influiran los tres, bien
que predominando el segundo. El hecho es que, no bien fu pronunciado
el fallo absolutorio, brotaron las lgrimas en tanta abundancia como
en otras ocasiones brotaba la sangre, y fueron tantos y tan apretados
los abrazos que el prisionero recibi de todos, sin distincin de
sexos, que corri verdadero peligro de que su dilatado cautiverio
tuviera como desenlace una asfixia en toda regla; siendo de notar que
aquellos abrazos se los daban las mismas personas que, impulsadas por
otra corriente distinta, se habran lanzado sobre l con idntica
intensidad, para destrozarle entre sus uas y arrastrar sus restos
palpitantes por las calles.

Gracias a que hubo de salir de la sala para ceder el puesto a otros
acusados que esperaban sentencia, pudo librarse por el momento de aquel
torrente deshecho de caricias.

Comparecieron a continuacin cinco acusados juntos, sobre los cuales
pesaba la inculpacin de enemigos de la Repblica, no porque hubiesen
trabajado en su contra, sino porque nada haban hecho, ni de palabra
ni de obra, en su favor. Tal prisa se di el Tribunal para compensar a
la nacin por la libertad concedida a un acusado, que no haba salido
ste de la sala cuando ya pesaba sobre los cinco infelices sentencia
de muerte, que deba ejecutarse a las veinticuatro horas. El primero
de los condenados manifest a Darnay la suerte que le esperaba alzando
un dedo, smbolo de muerte entre los encarcelados, y sus compaeros
gritaron a coro con acento sarcstico:

--Viva la Repblica!

Cierto que no dispuso Darnay de ms tiempo para escuchar las
explicaciones que pudieran o desearan darle los condenados, pues no
bien sali a la calle en compaa del doctor Manette, se vi rodeado
de compacta muchedumbre, en la que vi casi todas las caras que antes
viera en la sala, excepcin hecha de dos, que en vano busc con la
mirada. Nuevamente le envolvi el furioso torbellino que antes estuvo
a punto de asfixiarle, para besarle, abrazarle, llorar, gritar y
entregarse a otras expansiones ms propias de locos que de personas
cuerdas.

Sentronle a viva fuerza en un gran silln que, o haban sacado de
la sala del Tribunal, o tomado de cualquiera de las casas prximas.
Engalanaron el silln con una bandera roja y una lanza en cuyo hierro
se vea un gorro colorado atravesado. Todas las splicas del doctor no
bastaron a impedir que fuera conducido en triunfo a su casa, sentado en
aquel silln que, llevado en hombros, semejaba trono emplazado sobre
agitado mar de gorros rojos.

Adelantndose a aquella procesin salvaje, que abrazaba a cuantos
topaba en el camino, el doctor lleg a su casa a fin de preparar
convenientemente a su hija. Esto no obstante, cuando Carlos pudo bajar
de su improvisado trono y abri los brazos a su amante esposa, sta
cay en ellos desvanecida.

Mientras Darnay sostena a Luca apoyndola contra su pecho, doblada
la cabeza a fin de que el populacho no viera las lgrimas que copiosas
corran por sus mejillas, algunos de los que le haban llevado en
triunfo comenzaron a bailar, contagironse los dems, y segundos
despus se improvisaba en el patio de la casa una desenfrenada
Carmaola. Ms tarde instalaron sobre el silln vacante a una joven, a
la que proclamaron Diosa de la Libertad, llevndola en hombros por las
calles adyacentes, entre gritos ensordecedores y cantos discordantes.

Carlos, despus de estrechar entre sus brazos al doctor, cuya cara
ofreca aires de vencedor, despus de abrazar al seor Lorry, que
jadeante y sin aliento consigui llegar hasta l nadando contra el
inmenso oleaje que bailaba la Carmaola, despus de besar a Lucita,
a la que alz del suelo para que pudiera rodear con sus bracitos su
cuello, despus de abrazar a la fiel Pross, alz entre sus brazos a
Luca y la condujo a sus habitaciones.

--Luca... mi Luca... Libre... Libre!...

--Oh mi querido Carlos! Permteme que hincada de rodillas d gracias
a Dios con el mismo fervor con que le ped por ti!

Cay de hinojos Luca. Todos los presentes doblaron reverentes las
cabezas y rezaron desde el fondo de sus corazones. Cuando, terminada la
oracin, Luca volvi a sus brazos, dijo Carlos.

--Da ahora las gracias a tu padre, mujercita ma! Ningn hombre de
Francia habra podido hacer por m tanto como l ha hecho!

Reclin Luca la cabeza sobre el pecho de su padre, de la misma manera
que la haba reclinado largos aos antes. El doctor se consider feliz
al poder pagar de alguna manera las muestras de cario abnegado de su
hija, di por bien empleados todos sus sufrimientos y sinti noble
orgullo al pensar en sus fuerzas.

--S fuerte en la bonanza como lo fuiste en la tormenta, hija ma. No
tiembles... No llores. Le he salvado yo.


VII

VISITA INESPERADA

No era un sueo como tantas otras veces; all estaba Carlos, y sin
embargo, temblaba su mujer presa de un terror vago pero intenso.

Respirbase una atmsfera tan negra y corrompida, eran las gentes tan
brutalmente vengativas y crueles, con tan terrible regularidad eran
llevados al matadero los inocentes que tenan la desgracia de inspirar
cualquier sospecha, por vaga que fuera, o de despertar la malicia, tan
imposible era olvidar cuantos, tan limpios de culpa como su marido, y
tan idolatrados por los suyos como Carlos lo fuera por Luca, caan a
los golpes que el yerno del doctor Manette haba conseguido eludir,
que el corazn de su afligida esposa no consegua verse libre del peso
horrible que lo oprima. Las sombras del crepsculo vespertino de
invierno comenzaban a envolver la ciudad, y aun continuaban rodando
por las calles las fatdicas carretas de la muerte. Con la imaginacin
las segua Luca, los ojos del alma buscaban a su marido entre los
condenados, y al verlo con los de la carne a su lado, se estrechaba
contra l y temblaba ms que nunca.

Su padre, esforzndose por tranquilizarla, rindose de sus temores
daba muestras de una superioridad compasiva admirable, de una entereza
varonil que contrastaba con la debilidad mujeril de su hija. El
sotabanco, la banqueta de zapatero, al anciano que se pasaba los das
cosiendo zapatos, el Ciento Cinco, Torre del Norte, eran sucesos
pasados de los que ni rastros quedaban. Haba acabado felizmente la
empresa que con nimo varonil acometiera, haba redimido su promesa,
Carlos estaba en libertad, por qu temer? Fuerzas le sobraban al
doctor para servir de robusto sostn a todos los que sintieran decaer
las suyas.

El menaje de su casa no poda ser ms modesto; no slo porque la
prudencia as lo aconsejaba, para no herir la pobreza del pueblo,
sino tambin porque no eran ricos, pues Carlos, durante el perodo
dilatado de su cautiverio, haba tenido que pagar a precio exorbitante
la comida, las dietas de sus guardianes, y una parte proporcional para
sufragar los gastos de los prisioneros ms pobres que l. Debido en
parte a los motivos apuntados, y en parte a evitar el peligro de ser
espiados dentro del mismo hogar, no tenan criados. El ciudadano y la
ciudadana encargados del servicio de la portera prestaban a la familia
los servicios necesarios, si las circunstancias lo exigan, aparte
de Jeremas, que les haba sido cedido casi por completo por el buen
Lorry, y estaba durante el da a su disposicin y dorma en la casa por
las noches.

Haba dispuesto la Repblica Una e Indivisible de la Libertad,
Igualdad, Fraternidad o Muerte, que sobre las puertas de todas las
casas y a una altura determinada, hubiese un carteln, en el cual
estuvieran inscriptos, con letras de tamao tambin determinado, los
nombres de cuantas personas las habitasen. Como consecuencia, entre los
nombres inscriptos en el carteln puesto en la puerta del domicilio
del doctor, figuraba el de Jeremas _Lapa_, y en la ocasin a que se
refiere esta historia, no slo el nombre, sino tambin el propietario
del nombre se hallaba plantado junto a la puerta, contemplando al
pintor llamado por el doctor Manette para que aadiera al carteln el
nombre de Carlos Evrmonde, llamado tambin Darnay.

La atmsfera de terror y de desconfianza en que se viva haba alterado
profundamente hasta los hbitos ms inocentes y ms inofensivos de
la vida. En la casa del doctor, como en casi todas las dems, los
artculos de primera necesidad y de consumo diario se compraban todas
las tardes por cantidades pequeas y en distintas tiendas pequeas. Era
la manera de no llamar la atencin y de suministrar la menor ocasin
posible a las murmuraciones y a la envidia.

Desde algunos meses antes, estaban encargados de la compra la seorita
Pross y Jeremas _Lapa_; este ltimo llevaba la cesta, la primera el
dinero. Todas las tardes, cuando se encendan los faroles del alumbrado
pblico, salan ambos y traan a la casa los artculos de consumo
necesario para el da siguiente. Aunque la seorita Pross, dados los
muchos aos que llevaba viviendo con una familia francesa, parece que
deba hablar el francs con tanta correccin y soltura como el ingls,
saba exactamente lo mismo que Jeremas _Lapa_, quien no conoca ni
una palabra, y es que, o careca de talento, o no quera aplicarlo
a tonteras (tal era el nombre que ella le daba) como aqulla. Como
consecuencia, su sistema comercial consista en disparar un nombre
substantivo a quema ropa, en cuanto se encaraba con el tendero, y si el
nombre no cuadraba con el artculo que necesitaba, como ocurra casi
siempre, tenda en derredor sus miradas, agarraba el artculo, y no
lo soltaba hasta despus de cerrado el trato. En cuanto al precio, se
entenda sin dificultad, alzando un dedo menos que el tendero, fuera el
que fuera el nmero de los que aqul levantase.

--Seor _Lapa_--dijo la seorita Pross, en cuyos ojos chispeaba la
felicidad,--yo estoy dispuesta; y usted?

Jeremas contest que estaba a las rdenes de la seorita Pross.

--Hoy nos hace falta de todo,--observ la seorita Pross,--y entre
otras cosas, vino. Mal rato nos espera. En cualquier parte que lo
compremos, hemos de encontrar abundantes gorros colorados brindando
como condenados.

--No se rompern mucho los cascos para encontrar sus brindis--observ
Jeremas.--Siempre les oigo brindar por el mismo; por el Unico.

--Y quin es ese nico?

--Vaya usted a saber. Como no se refieran a No... el que plant la
primera via...

--Ah... ya! No hace falta ser muy sabio para comprender por quin
brindan esos desdichados. Brindan por el Asesino... por el Malvado.

--Cuidado, amiga ma!--terci Luca--Prudencia, por favor, mucha
prudencia!

--S, s, s! ser muy prudente; pero me parece que entre nosotros
puedo decir que no es muy grato recibir por esas calles suspiros que
apestan a cebolla, a aguardiente y a tabaco, mezclados con abrazos.
Voy a salir; pero no se mueva usted de junto a la lumbre hasta que yo
vuelva, mi querida seorita. Cuide del marido que ha recobrado y nada
tema. Puedo hacer una pregunta antes de marchar, seor doctor?

--Me parece que puede usted tomarse esa libertad--respondi el doctor
con tono humorstico.

--Por todos los santos del Cielo, no hable usted de libertad, seor
doctor. Estoy de libertad hasta la coronilla--exclam la Pross.

--Por Dios, querida; otra vez?--dijo Luca.

--Vaya, seorita--replic la Pross, moviendo la cabeza con aire
solemne;--si quiere que diga lo que siento, manifestar que yo, como
sbdita que soy de Su Graciosa Majestad el Rey Jorge III, me ro de
esos descamisados. Mi mxima es: Maldita de Dios sea su poltica;
quiera Dios frustrar sus criminales propsitos; en Dios tengo puesta
mi confianza, y viva el Rey.

_Lapa_, en un arrebato de lealtad a su soberano, repiti el viva con
voz estentrea.

--Celebro que sea usted un ingls castizo, seor _Lapa_,--dijo la
seorita Pross con tono de aprobacin,--aunque hubiese sido de desear
que no hubiera puesto tanta energa en su grito. Pero vamos a la
pregunta, seor doctor; no ha encontrado usted an el medio de salir
para siempre de esta maldita ciudad?

--No, por ahora; salir en estas circunstancias, sera peligroso para
Carlos.

--Qu se le va a hacer!--exclam la seorita Pross, conteniendo un
suspiro y mirando a Luca.--Tendremos paciencia y esperaremos... Animo,
y que ruja la tempestad sobre la cabeza del vecino, como sola decir mi
hermano Salomn. Vmonos ya, seor _Lapa_... No se mueva, seorita.

Salieron la Pross y _Lapa_, dejando a Luca, al marido de sta, al
doctor y a Lucita, sentados al amor de la lumbre. Esperaban que de
un momento a otro llegase el seor Lorry. Haba encendido una luz la
seorita Pross, pero la coloc en un rincn, a fin de que la familia
disfrutara exclusivamente de la dbil que irradiaba la chimenea.
Lucita, sentada sobre la rodilla de su abuelo, escuchaba la historia de
un hada grande y poderosa que en una ocasin rompi los robustos muros
de un calabozo, para libertar a un cautivo que en otros tiempos haba
prestado al hada un servicio.

--Qu es eso?--exclam de pronto Luca.

--Querida ma!--contest el doctor, suspendiendo la narracin de la
historia--Tranquilzate. El desorden de tus nervios es extraordinario.
La cosa ms insignificante... hasta sin motivo alguno... te alarma. Me
tienes a m... a tu padre, hija ma.

--He credo oir rumor de pasos en la escalera--balbuce Luca.

--Tontuela...! La escalera est tan silenciosa como una tumba.

Mientras sala de sus labios la palabra ltima, son un golpe en la
puerta.

--Oh, padre... padre mo! Qu ser? Que se esconda Carlos...!
Slvalo!

--Hija querida!--contest el doctor levantndose y poniendo su
mano sobre el hombro de Luca.--Le he salvado ya. No comprendo tu
debilidad... Voy a abrir la puerta.

Tom en su mano el candelero, cruz las dos habitaciones intermedias
y abri la puerta. Cuatro hombres de aspecto salvaje, cubiertos
con gorros rojos y armados de sables y pistolas penetraron en el
recibimiento, desde donde pasaron a la habitacin en que se hallaba la
familia.

--El ciudadano Evrmonde?--pregunt el que entr primero.

--Quin le busca?--pregunt Darnay.

--Yo... nosotros le buscamos. Te conozco, Evrmonde; te vi ayer en la
sala del Tribunal. Vuelves a ser prisionero de la Repblica.

Los cuatro hombres rodearon el grupo formado por Darnay, su mujer y su
hijita, que se haba abrazado a l.

--Cmo y por qu vuelvo a ser prisionero?

--Ven con nosotros a la Conserjera, y maana podrs satisfacer tu
curiosidad. Maana debes comparecer ante el Tribunal.

El doctor Manette, a quien la inesperada visita haba dejado en estado
perfectamente atnito, hasta el punto de parecer una estatua con un
candelero en la mano, sacudi su marasmo despus de escuchar las
palabras ltimas, dej el candelero sobre la repisa de la chimenea,
encarse con el que llevaba la voz cantante, y, asindole por la
pechera de su camisa, roja como el gorro, dijo:

--Has dicho que le conoces; me conoces tambin a m?

--S; te conozco, ciudadano doctor.

--Todos te conocemos, ciudadano doctor--aadieron los tres restantes.

Pase el anciano su mirada por las caras de los cuatro hombres, y
despus de una pausa, repuso, bajando la voz:

--Quieres contestarme a m la pregunta que l te ha hecho? Por qu se
le prende de nuevo?

--Ciudadano doctor,--contest con repugnancia manifiesta el que habl
primero,--ha sido denunciado por la Seccin de San Antonio... a la que
pertenece este ciudadano--aadi, sealando con la mano al individuo
que estaba a su lado.

El ciudadano aludido hizo un movimiento afirmativo de cabeza, y dijo:

--Ha sido acusado por San Antonio.

--De qu?

--Ciudadano doctor--replic el primero,--no preguntes ms. Si la
Repblica te exige sacrificios, t, como buen patriota que eres, te
tendrs por feliz hacindolos. Ante todo y sobre todo la Repblica. El
Pueblo es soberano. Evrmonde, tenemos prisa.

--Una palabra ms--objet el doctor.--Quieres decirme quin le ha
denunciado?

--Faltara a mi deber... Maana podrs preguntarlo a San Antonio.

Dirigi entonces el doctor una mirada a otro de los hombres, quien se
movi con cierta expresin de malestar, se frot la barba, y dijo:

--Vaya! Verdad es que no podemos decirlo sin faltar a nuestro deber;
pero no tengo inconveniente en manifestar que le ha acusado... por
cierto de grandes crmenes, el ciudadano y la ciudadana Defarge... y
adems, otra persona.

--Quin es esta otra persona?

--Lo preguntas _t_, ciudadano doctor?

--S.

--Lo sabrs maana--contest el de San Antonio con entonacin
extraa.--Ahora, soy mudo!


VIII

UNA PARTIDA ORIGINAL

Sumida en la feliz ignorancia de la nueva desgracia acaecida a la
familia, la seorita Pross dejaba a sus espaldas una porcin de
callejuelas estrechas y atravesaba el ro por el Puente-Nuevo,
repasando en su imaginacin el nmero de compras que tena que hacer.
A su lado caminaba _Lapa_, portador de la cesta. Uno y otro, aunque
al parecer no tenan ojos ms que para examinar las tiendas abiertas
a derecha e izquierda de las calles que atravesaban, avizoraban las
manadas de patriotas, sobre todo, si eran muy numerosas, y variaban
con frecuencia el itinerario a fin de evitar el encuentro de los
que hablaban con animacin excesiva. Era una tarde fra y hmeda.
Los puntos de luz que salpicaban la capa gris que cubra el ro
indicaban los sitios donde estaban ancladas las barcazas convertidas
en talleres por los que fabricaban armas para el ejrcito de la
Repblica. Desgraciado el mortal que osase burlarse de aquel ejrcito!
Desgraciado del que ocupase en aquel ejrcito un grado que no
mereciera! Valirale ms que nunca le hubiese crecido la barba, pues la
Navaja Barbera Nacional se la afeitaba que era una bendicin.

Luego que compr una porcin de artculos de comer, y una cantidad de
aceite para la lmpara, la seorita Pross pens en adquirir el vino
que le haca falta. Desde una porcin de tabernas y al fin mereci
su preferencia una, puesta bajo la advocacin del Buen Republicano
Bruto de la Antigedad, situada a corta distancia del Palacio Nacional,
antes de las Tulleras, establecimiento ms tranquilo que ninguno de
sus similares encontrados hasta all, en el cual es cierto que se vean
bastantes gorros colorados, pero abundaban menos que en los otros.
Consultado _Lapa_, y visto que era de su misma opinin, la seorita
Pross penetr en el templo del Buen Republicano Bruto de la Antigedad,
acompaada por su caballero.

Sin reparar apenas en las luces mortecinas, en los hombres que pipa
en boca jugaban con barajas mugrientas o con domins amarillentos,
en el jornalero que, arremangadas hasta los hombros las mangas de la
camisa y con el pecho desnudo lea a gritos un peridico a un grupo de
tipos que escuchaban con la boca abierta, en las armas que llenaban
las mesas o pendan de las cinturas de los bebedores, ni en los tres
o cuatro parroquianos que dorman sus _monas_, tendidos de bruces en
el suelo, y que, ms que hombres, tenan aspecto de osos o de mastines
yacentes, los dos compradores se acercaron al mostrador y pidieron lo
que necesitaban.

Mientras el tabernero meda el vino, un sujeto, que con otro hablaba en
un rincn del establecimiento, se levant y ech a andar. Para salir a
la calle tena que pasar forzosamente junto a la seorita Pross, lo que
nada tiene de particular, pero s lo tuvo el que, no bien tropez con
ella, rasg los aires un alarido penetrante seguido de un semi-desmayo
de la seorita.

Cuantas personas haba en la taberna se pusieron en pie. Tan corriente
era ver que las personas se asesinaban bonitamente por motivo tan
justificado como defender una opinin cualquiera, que todos miraron
para ver quin era el mortal que caa sin vida en tierra, pero con
asombro general, lo nico que vieron fu a una pareja, hombre y mujer,
que se miraban mutuamente con extraordinaria fijeza, y que el hombre
pareca francs, y republicano rojo, y la mujer era a no dudar inglesa.

Las frases pintorescas con que expresaron su desencanto los buenos
discpulos del Buen Bruto Republicano de la Antigedad, sonaron en
los odos de la seorita Pross y de su acompaante como si en hebreo
o en caldeo hubieran sido dichas. No se enteraron sino de que fueron
pronunciadas a gritos, que no otra cosa les consinti su sorpresa.
Hablamos en plural porque, si la seorita Pross qued sorprendida,
Jeremas _Lapa_ estuvo a dos dedos de caer al suelo bajo el golpe
violento de su estupefaccin.

--Qu hay?--pregunt el hombre que fu causa del chillido de la
seorita Pross.

Las dos palabras haban sido pronunciadas en ingls, con acento brusco
y amenazador y tono de voz muy bajo.

--Oh Salomn... Salomn querido!--exclam la seorita Pross, juntando
las manos.--Al fin te encuentro, despus de tantos aos de ausencia,
despus de tantos aos pasados sin noticias tuyas!

--No me llames Salomn. Buscas mi muerte, desgraciada?--pregunt aquel
hombre, dirigiendo en derredor miradas de espanto.

--Hermano... hermano mo!--exclam la seorita Pross, hecha un mar de
lgrimas--Tan mal me he portado contigo para que me hagas una pregunta
tan cruel?

--Pues mtete en el bolsillo esa lengua endiablada!--gru
Salomn.--Si quieres decirme algo, salgamos fuera. Paga el vino y
vmonos... Quin es ese hombre?

--Es el _seor Lapa_--contest con desaliento la seorita Pross.

--Pues que salga tambin... Pero qu es eso? Me toma ese individuo
por un aparecido?

La pregunta estaba muy en su lugar, pues _Lapa_ le miraba en realidad
como se mira a un espectro. No despeg, sin embargo, los labios, y
la seorita Pross, derramando lgrimas, pag el vino. Mientras tanto,
Salomn se dirigi a los discpulos del Buen Bruto Republicano de la
Antigedad y les di, en lengua francesa, algunas explicaciones que
bastaron para que todos ellos volvieran a sus puestos respectivos.

--Veamos--dijo Salomn, una vez lleg a un rincn obscuro de la
calle--Qu es lo qu quieres de m?

--Es horroroso encontrarse con un hermano querido que no da la menor
muestra de afecto a la hermana que siempre fu con l tierna y cariosa!

--Bah! Tonteras!--exclam Salomn, rozando con sus labios la frente
de la seorita Pross--Ests contenta ahora?

La seorita Pross movi la cabeza y rompi a llorar de nuevo.

--Si te figuras que me has dado una sorpresa, te engaas de medio a
medio; no me ha sorprendido encontrarte. Saba que estabas en Pars,
pues bueno es que sepas que son muy pocos los que en Pars viven sin
que lo sepa yo. Si no quieres poner en peligro grave mi existencia...
tentado estoy de creer que esa es tu intencin... sigue tu camino
lo ms pronto posible, y deja que yo siga el mo. Tengo muchas
ocupaciones... Soy funcionario pblico.

--Mi hermano Salomn, ingls de nacimiento y de alma, mi hermano
Salomn, que en su patria hubiera podido ser uno de los ms grandes
hombres, funcionario pblico en pas que no es el suyo, dependiendo de
hombres que no son ingleses... y qu hombres, Cielo santo! Hubiese
preferido encontrarte muerto en su...!

--Lo creo!... Lo supona!... Lo saba de cierto!--exclam su hermano
interrumpindola.--Lo que t quieres es mi muerte. Mi tierna, mi
cariosa hermana har que me hagan figurar entre los sospechosos... Es
decir; lo est haciendo ya.

--No lo permita Dios!--grit la seorita Pross.--Mucho te he querido,
Salomn, mucho te quiero; pero hubiese preferido no volver a verte ms,
a encontrarte como te encuentro. Dime una palabra de cario, dime que
no me aborreces, que no nos separa el odio, y me voy sin detenerte un
segundo ms.

Salomn estaba pronunciando la palabra de cario solicitada, dando
pruebas de una condescendencia que seguramente no habra tenido
de haber estado invertidas las posiciones respectivas, cuando
inopinadamente terci Jeremas _Lapa_ en la conversacin, poniendo una
zarpa sobre el hombro del carioso hermano y diciendo con voz ronca:

--Me parece que tambin a m se me permitir colocar una pregunta.
Quiere usted decirme si su nombre es Juan Salomn o Salomn Juan?

El funcionario pblico, por toda contestacin, se volvi hacia quien
rompa su mutismo para dirigirle una pregunta que le intranquiliz, y
qued mirndole de hito en hito con visible recelo.

--Estoy esperando--repuso _Lapa_.--Ha quedado usted mudo de repente?
Juan Salomn o Salomn Juan? En qu quedamos? La seorita le llama
Salomn, y es de suponer que conozca bien su nombre, toda vez que es
su hermana, segn veo. Pero es el caso que yo le conozco como Juan.
Cul de los dos nombres es el verdadero? Otro tanto digo acerca del
apellido. En Inglaterra no se llamaba usted Pross.

--Pero qu est usted diciendo?

--Ni yo mismo lo s muy bien, pues confieso que no recuerdo el apellido
que usted llevaba en la orilla opuesta del Canal.

--Lo ha olvidado?

--S; pero jurara que era un apellido de dos slabas.

--De veras!

--De veras. Pross no tiene ms que una slaba; el otro tena dos...
En nombre del Padre de la Mentira, que indudablemente es su padre
de usted, quiere decirme cmo se llamaba cuando ejerca el honroso
ejercicio de sopln del Old Bailey?

--Barsad!--contest otra voz, terciando en la conversacin.

El que acababa de hablar era nuestro antiguo amigo Sydney Carton.
Colocadas ambas manos a la espalda bajo los faldones de su levita,
habase puesto junto a _Lapa_, afectando la misma negligencia con que
sola asistir a las vistas del Old Bailey.

--No se alarme usted, seorita Pross--repuso.--Ayer tarde me present
en el domicilio del seor Lorry, con no poca sorpresa de este seor,
que estaba muy lejos de esperar mi vista. Convinimos los dos en que no
me dejara ver en parte alguna hasta despus que el asunto estuviera
resuelto definitiva y satisfactoriamente, o bien hasta tanto no fuera
necesaria mi presencia. Atenindome a lo pactado, me he personado aqu,
porque es indispensable que cruce cuatro palabras con su hermano.
Muy de veras lamento que sea usted hermana de un sujeto tan poco
recomendable; muy de veras lamento que tenga por hermano a un mirlo del
verdugo.

Era ste el nombre con que solan designarse los espas.

--Cmo se atreve usted--pregunt el espa, plido como un difunto--a
decirme...?

--Me explicar, para que vea usted que no hablo a tontas y a
locas--contest Carton.--Me hallaba yo hace media hora contemplando
los muros de la Conserjera, cuando vi salir a usted por sus puertas.
Entre otras cualidades, buenas unas, malas otras, tengo la de recordar
bien las caras, y cuente que la suya es de las que con dificultad se
despintan. Me sorprendi ver a usted en aquel lugar, y como por otra
parte, tengo mis motivos para relacionar la persona de usted con las
desgracias de un amigo, en este instante ms desgraciado que nunca, se
me ocurri la idea de seguirle. Pisndole los talones entr tras de
usted en la taberna y me sent a su lado. De la conversacin de usted,
y de los rumores de admiracin que arranc a sus oyentes, no me fu
difcil inferir cul es el oficio de usted. Lo que en un principio
haba yo hecho al azar, fu convirtindose gradualmente en objetivo
determinado, seor Barsad.

--Y ese objetivo?...--pregunt el espa.

--Sera molesto, y hasta peligroso, explicarlo en la calle. Tiene
usted la bondad de favorecerme con su compaa durante algunos
minutos... hasta el Banco Tellson, por ejemplo?

--Bajo amenaza?

--Bah! He hablado de amenazas?

--Entonces, a santo de qu voy a ir all?

--Con franqueza, seor Barsad; no puedo decirlo.

--No puede, o no quiere, seor?--pregunt con cierta indecisin el
espa.

--Me interpreta usted maravillosamente bien; no quiero.

Fu auxiliar muy poderoso de la habilidad prodigiosa de Carton el tono
de glacial indiferencia con que hablaba. Su vista de lince lo advirti
desde el primer momento, y dicho est que sac de ello todo el partido
posible.

--Acurdate de lo que te digo y no lo olvides nunca!--exclam Barsad,
dirigiendo a su hermana una mirada de furiosa reconvencin.--Obra tuya
ser, si me ocurre una desgracia.

--Vamos, vamos, seor Barsad!--dijo Carton--No sea usted ingrato.
Agradezca el respeto que su hermana me inspira la benignidad con que me
conduzco hacindole una proposicin que ha de dejarnos satisfechos a
todos. Me acompaa al Banco?

--S; le acompao. Estoy pronto a escuchar lo que desee decirme.

--Ante todo, escoltaremos a su hermana de usted hasta la esquina de la
casa donde vive. Tenga la bondad de aceptar mi brazo, seorita Pross.
Dadas las circunstancias por que la ciudad atraviesa, no debe usted ir
sola y sin proteccin, y como quiera que el hombre que la acompaa a
usted conoce al seor Barsad, me tomo la libertad de invitarle a venir
con nosotros al domicilio del seor Lorry. Estamos dispuestos? S?
Pues en marcha.

Ms tarde record la seorita Pross, y no lo olvid en su vida, que al
aferrarse al brazo de Carton y mirarle a la cara para dirigirle una
splica muda, pero elocuente, en favor de su hermano, observ en la
fortaleza del brazo y en la expresin de los ojos de aquel algo que no
slo estaba reido con la ligereza de tono y de modales de Carton, sino
tambin transformaba y elevaba al hombre. Si por el momento no le llam
la atencin, fu porque la preocupaban demasiado los temores que la
inspiraba la suerte de un hermano tan poco merecedor de su afecto para
hacer observaciones.

Despus de despedirse de la seorita Pross en las inmediaciones de la
casa del doctor, Carton, caminando entre Barsad y Jeremas _Lapa_,
dirigise hacia el edificio del Banco Tellson, muy poco distante.

Lorry, que acababa de comer, y se hallaba sentado al amor de la lumbre,
volvi la cabeza al oir los pasos de los que le visitaban, y no pudo
evitar un gesto de extraeza al ver una cara desconocida.

--Le presento al hermano de la seorita Pross--dijo Carton,--el seor
Barsad.

--Barsad?--repiti Lorry.--Barsad? Me parece recordar ese apellido...
y el rostro de quien lo lleva.

--No dije antes a usted que tiene una cara de las que difcilmente
se despintan, seor Barsad?--pregunt con frialdad Carton.--Hgame el
favor de sentarse.

Carton, al mismo tiempo que acercaba una silla, suministr a Lorry
el eslabn que ste andaba buscando para enlazar la cadena de sus
recuerdos.

--Testigo de aquella causa--dijo sencillamente Carton.

Fu lo bastante para que Lorry recordara, y tambin para que mirase a
Barsad con repugnancia visible.

--La seorita Pross ha reconocido en el seor Barsad al hermano
carioso de quien tantas veces la ha odo usted hablar--observ
Carton.--No ha negado Barsad el parentesco... Pero pasemos a otras
noticias peores; Darnay ha sido encarcelado de nuevo.

--Qu me dice usted!--exclam Lorry, profundamente consternado.--No
hace dos horas que le dej en su casa libre y contento, y ahora mismo
me dispona a ir a verle.

--Pues est preso. Cundo le prendieron, Barsad?

--En todo caso, habr sido hace un momento.

--Barsad es en este asunto fuente de informacin segura--observ
Carton.--De sus labios escuch la noticia cuando se la contaba, entre
copa y copa de aguardiente, a un amigo suyo, sopln como l. Parece que
acompa a los encargados de prenderle hasta la puerta de la casa del
doctor, alejndose al ver que el portero les franqueaba el paso. La
duda, pues, es imposible.

Lorry comprendi que la desgracia era cierta. En su cerebro sinti
el rudo batallar de mil ideas confusas y contradictorias, pero se
di cuenta de lo muchsimo que le convena no perder la presencia de
espritu y, a costa de esfuerzos titnicos, se domin, recobr la
serenidad, y permaneci callado y atento.

--Es de esperar... esa confianza abrigo--repuso Carton--que el nombre
del doctor y su influencia en las masas sean tan eficaces maana... No
dijo usted, Barsad, que ha de comparecer maana ante el Tribunal?

--S; creo que la comparecencia ser maana.

--... Tan eficaces maana, y tan decisivas, como hoy; pero no es
imposible que ocurra lo contrario. Confesar, seor Lorry, que me
inspira vivos temores el hecho de que el doctor no haya podido impedir
la prisin.

--Quiz no sospechase siquiera la posibilidad del peligro--contest
Lorry.

--Lo que, a juicio mo, sera circunstancia altamente alarmante, visto
lo identificado que est con su yerno.

--Es verdad--contest Lorry, apoyando la barbilla sobre la palma de la
mano y mirando a Carton con expresin de abatimiento.

--En suma--continu Carton:--cuando se entabla una partida desesperada
y se cruzan apuestas desesperadas, fuerza es recurrir tambin a medidas
desesperadas. Juegue en buena hora el doctor con las cartas de ganar,
que yo manejar, mientras, las de perder. Empee el doctor la partida
encaminada a sacar a su yerno de la Conserjera; que yo, mientras
tanto, jugar otra independiente y con vistas a encerrar a un _amigo_
en la Conserjera. El amigo que me propongo encerrar, seor Barsad, es
usted.

--Muy buenas cartas tendr usted que reunir para ganar ese juego,
replic el espa.

--Las he reunido ya, y voy a ponerlas boca arriba... pero ya sabe
usted, seor Lorry, lo torpe que soy si no aplico a mi cacumen el
acicate de unas copas. Si me diera una copita de brandy, se lo
agradecera.

Fule servido el licor, del que tom dos copas consecutivas.

--El seor Barsad--dijo, separando la botella y hablando como si en
la mano tuviera una coleccin de cartas,--mirlo del verdugo, emisario
de los comits republicanos, hoy calabocero, ayer prisionero, siempre
espa y sopln secreto, cuya vala aqu aumenta considerablemente
por la circunstancia de ser ingls, y por tanto, menos expuesto a
sospechas que ningn francs, se presenta a los mismos a quienes
sirve bajo nombre supuesto; este triunfo es de primer orden. El seor
Barsad, a sueldo hoy del Gobierno revolucionario francs, sirvi, no
ha mucho tiempo, al Gobierno aristocrtico ingls, enemigo jurado de
Francia y de sus libertades; me parece que acabo de ensear otra carta
que difcilmente se _falla_. Si ahora entramos en el terreno de las
sospechas y deducciones, encontraremos una, clara como la luz del sol,
sospecha que expresar con las palabras siguientes: el seor Barsad,
sopln asalariado del Gobierno aristocrtico ingls, lo es al mismo
tiempo de Pitt, enemigo artero que herir a la Repblica en medio del
corazn, ingls traidor, agente, instrumento, autor de todas esas
indignidades de que todo el mundo habla y nadie es capaz de probar.
Este es un triunfo que casi asegura la partida. Va usted siguiendo mi
juego, seor Barsad?

--Voy hacindome cargo de la importancia de las cartas, pero aun ignoro
cmo piensa usted jugarlas--contest el espa visiblemente intranquilo.

--Principio jugando el triunfo siguiente: Denuncia contra el llamado
Barsad ante el Comit del distrito ms prximo. Vea usted sus cartas,
Barsad, y juegue... sin precipitaciones, que nadie nos corre.

Tom de nuevo la botella, se sirvi otra copa, la bebi con calma
imperturbable y esper. Vi que el espa tema que de las libaciones
resultase una denuncia inmediata, y, sin duda para acrecentar el temor,
se sirvi y apur la cuarta copa.

--Tmese todo el tiempo que quiera, Barsad, no sea que pierda la
partida a la primera jugada.

Era Barsad adversario ms dbil de lo que Carton haba supuesto. A
decir verdad, en su juego tena cartas muy malas, y l lo saba,
aunque no lo supiese Carton. Saba, por ejemplo, que, destitudo de su
honroso cargo en Inglaterra, como resultados de imperdonables torpezas
cometidas en el ejercicio de aqul, atraves el Canal y ofreci sus
servicios en Francia, donde fueron aceptados, al principio, para
tentar y sonsacar a sus compatriotas, y ms tarde, para tentar y
sonsacar a los franceses. Saba que, durante el gobierno derribado,
estuvo encargado de vigilar el barrio de San Antonio y la taberna de
Defarge; que recibi de la polica los datos necesarios acerca del
cautiverio, libertad e historia del doctor Manette, merced a los cuales
crey que conseguira hacerse amigo confidencial de los Defarges,
aunque muy pronto hubo de convencerse de que, en algunas ocasiones,
el que va por lana vuelve trasquilado. Siempre record con terror que
aquella tabernera terrible haba hecho calceta mientras l intentaba
sonsacarla, y se echaba a temblar cada vez que se acordaba de que le
miraba con expresin sombra mientras sus dedos se movan vertiginosos.
Habala visto desde entonces infinidad de veces en el distrito de San
Antonio, armada de sus registros hechos a punto de media y denunciando
personas cuyas cabezas no tardaba en cercenar la guillotina. Saba,
como lo saben todos los que ejercen empleos como el suyo, que sobre su
cabeza ruga a todas horas la tormenta; que su cabeza corra peligro,
que la fuga era imposible, que por momentos acercaba su pescuezo a la
cuchilla, y que, pese a los servicios prestados a la causa del terror
imperante, una sola palabra bastaba para llevarle al patbulo. No bien
le denunciasen, fulminando contra l todos o parte de los gravsimos
cargos que acababan de insinuarle, comprendi que aquella formidable
mujer, de cuyo carcter implacable haba visto pruebas sobradas,
exhibira el registro fatal que disipara la ltima posibilidad de
salvacin. Unase a esto la ley, mil veces comprobada, de que todos los
soplones, todos los delatores secretos, son cobardes por temperamento,
hombres que se amedrentan sin dificultad, y se comprender la la
disposicin de nimo en que qued Barsad.

--Parece que no son muy de su gusto sus cartas--dijo Carton con la
calma de siempre.--No juega usted?

--Creo, seor--respondi Barsad, volvindose hacia Lorry y hablando con
humildad rastrera,--que me veo en el caso de solicitar de un caballero
de sus aos y de su benevolencia el favor de que recabe de este otro
caballero, mucho ms joven que usted, que desista de jugar la carta
de que acaba de hablarme. Confieso que soy un espa, y reconozco que
el oficio a nadie honra, aunque me admitirn ustedes que alguno ha de
desempearlo; pero este caballero no es espa, este caballero no es
delator; y puesto que ahora no lo es, que necesidad tiene de serlo en
lo sucesivo?

--Jugar mi carta, seor Barsad--dijo Carton, sin esperar a que
contestase Lorry,--sin el menor escrpulo y dentro de cinco minutos.

--Yo haba dado cabida a la esperanza, seores, de que, por
consideracin a mi hermana...

--El mayor favor que podemos hacer a su hermana, es librarla para
siempre de un hermano como usted--replic Carton.

--Lo cree usted as, seor?

--Estoy convencidsimo de ello.

El espa, con toda su humildad, que tanto contrastaba con su
indumentaria de terrorista y probablemente con su manera ordinaria
de ser, recibi golpe tan rudo de la inescrutabilidad de Carton, que
siempre fu un misterio para hombres ms honrados y ms listos que
l, que vacil, tembl, y se di por perdido. Mientras desconcertado,
estupefacto, callaba sin saber cmo salir del atolladero, repuso Carton:

--Estoy examinando otra vez mis cartas, y encuentro una, tan buena
como las enumeradas, de la que no haba hecho mencin. Quin es aquel
colega suyo, que hablaba como quien toda su vida se la ha pasado
paciendo en las crceles?

--Es un francs; no le conoce usted--respondi vivamente el espa.

--Francs, eh?--exclam Carton, como si no pensase en lo que estaba
diciendo--puede ser.

--Lo es... se lo aseguro... aunque eso es lo de menos--dijo el espa.

--Aunque eso es lo de menos...--repiti Carton como
maquinalmente--aunque eso es lo de menos... S... es lo de menos...
Pero es el caso que yo conozco esa cara.

--Creo que no... Desde luego aseguro que no... No es posible...

--No es posible...--murmur Carton, llenando por quinta vez su copa,
que por fortuna era pequea.--No es posible... Habla francs con
correccin... pero con acento ligeramente extranjero...

--Acento provinciano--explic el espa.

--No! Acento extranjero!--replic Carton, descargando un puetazo
sobre la mesa.--Es Cly! Disfrazado, desfigurado, pero el mismsimo
Cly! Lo he tenido muchas veces ante mi vista en el Old Bailey.

--Se arrebata usted con facilidad, seor--dijo Barsad con sonrisa que
acentu la inclinacin hacia un lado de su nariz aguilea,--lo que pone
en mis manos una ventaja sobre usted. Cly, mi colega en otro tiempo, no
tengo inconveniente en confesarlo, muri hace una porcin de aos. Le
cuid yo mismo durante su ltima enfermedad. Fu enterrado en Londres,
en el cementerio de la parroquia de San Pancracio. No le acompa hasta
el cementerio, porque tem a las muchedumbres, pues mi amigo y colega
tuvo la desgracia de hacerse extraordinariamente impopular; pero ayud
a los que le encerraron en el atad.

De pronto Lorry vi proyectada en la pared la sombra de un trasgo o
cosa anloga. Volvi la cabeza buscando el origen de la proyeccin, y
con sorpresa que no es para ser descrita, advirti que estaba en la
cabeza de Jeremas _Lapa_, cuyos cabellos, semejantes a aceradas pas,
se haban puesto de punta.

--Pngase usted en razn, seor, y no se deje engaar por suspicacias
que no tienen base racional--repuso el espa.--Para demostrar a
usted cun engaado est, y la ninguna base de su suposicin, voy a
presentarle un certificado en regla de la defuncin de Cly, certificado
que siempre llevo en el bolsillo. Tmelo usted--aadi, ofreciendo a su
interlocutor un papel doblado.--Lalo, lalo... tmelo en sus manos,
examnelo con detenimiento... no es falso, no, sino autntico y muy
autntico!

Lorry observ que la sombra proyectada en la pared se prolongaba. Era
que _Lapa_ se haba levantado del asiento y se aproximaba al espa, a
cuyo lado se coloc sin ser visto ni odo por l. Poniendo su diestra
sobre el hombro de Barsad, pregunt:

--Conque fu usted el que puso a Rogerio Cly dentro del atad?

--Yo fu; s.

--Y quin le sac de l?

Barsad, echndose sobre el respaldo de su silla, balbuce:

--Qu significan sus palabras?

--Significan--contest _Lapa_--que el cadver de Cly nunca estuvo
dentro del atad. No... y no! Que me corten la cabeza si estuvo!

El espa mir alternativamente a los dos caballeros, los que, a su vez,
contemplaban con estupefaccin infinita a _Lapa_.

--Y aado--repuso Jeremas _Lapa_--que enterrasteis adoquines de calle
y tierra dentro de aquel fretro. No me venga aqu con monsergas ni
con pretensiones de hacerme creer que enterraron a Cly, que yo, y dos
hombres ms, sabemos muy bien lo que haba dentro del atad.

--Pero cmo lo sabe usted?

--Y a usted qu le importa?--gru _Lapa_.--Hace mucho tiempo que
aborrezco a usted, s, seor, porque hasta en asuntos tan graves
como la muerte se atreve a engaar a menestrales honrados que slo
ambicionan trabajar. Sepa usted, seor mo, que por menos de media
guinea lo agarrara por el pescuezo y lo estrangulara!

Tanto Carton como Lorry, cuyo asombro haba llegado al colmo, rogaron a
Jeremas _Lapa_ que se moderase y que les explicase lo que para ellos
era enigma de imposible solucin.

--Otro da lo har, seor--replic _Lapa_, poco propicio a dar las
explicaciones que se le pedan,--que no es esta ocasin conveniente
para entrar en explicaciones. Lo que yo quiero dejar sentado es que
ese individuo sabe muy bien que Cly no pens nunca en ser encerrado en
aquel atad. Que se atreva a repetirlo ese embustero, y lo ahogo entre
mis zarpas o salgo corriendo a delatarlo.

--Hum!--gru Carton.--Me encuentro con otro triunfo, Barsad. Aqu
en Pars, donde se respira la atmsfera de las sospechas, bien seguro
es que no sale con vida de una denuncia el que, como usted, sostiene
relaciones estrechas con otro espa aristcrata de su misma calaa,
sobre quien pesa el misterio de haberse fingido muerto y enterrado
para resucitar contra todas las leyes divinas y humanas. Maquinaciones
contra la Repblica fraguadas por extranjeros que la Repblica tiene
a sueldo... Malo, malo! Es un triunfo muy grande... el triunfo de la
Guillotina, Barsad. No juega usted?

--No! No juego!--contest el espa.--Me rindo! Confieso que nos
habamos hecho tan impopulares con la vil gentuza, que yo logr escapar
de Inglaterra donde corra riesgo de ser ahorcado, y Cly se vi tan
comprometido, que si no se muere es bien cierto que ni por los aires
habra podido salir. Lo que me maravilla, lo que me aturde, lo que me
vuelve loco, es que ese hombre sepa que Cly no fuera enterrado. Cmo
lo averigu?

--No se caliente usted los cascos, seor mo--contest _Lapa_--Harto
har con prestar atencin a lo que stos caballeros le dicen. Pero
no olvide que por menos de media guinea le estrangulo con mis propias
manos.

El mirlo del verdugo se volvi hacia Carton, y dijo con decisin que
hasta aquel instante no haba tenido:

--Entro de servicio dentro de muy poco, y no me es posible entretenerme
ms. Me dijo usted que deseaba hacerme una proposicin; tiene la
bondad de formularla? Principiar por decirle que no me pida grandes
cosas, que no pretenda exigirme nada que est reido con mi cargo, nada
que ponga mi cabeza en mayor riesgo del que ahora corre, pues prefiero
abandonar mi vida a las contingencias de una negativa que a las de
un consentimiento. Antes habl usted de una partida desesperada; ya
estamos todos desesperados; por mi parte, confieso que lo estoy como
el que ms. Otra cosa; sin el menor escrpulo delatar a usted si veo
que me conviene, pues cuando se hunde la casa, uno busca salida entre
los montones de ruinas. Hechas estas advertencias, que conviene que no
pierda usted de vista, dgame qu desea de m.

--Muy poca cosa. No es usted calabocero de la Conserjera?

--En vez de contestar su pregunta, le dir que no hay escape
posible--replic con entereza el espa.

--Y yo exijo que conteste lo que acabo de preguntar.

--Lo soy algunas veces.

--Puede serlo cuando quiere?

--Puedo entrar y salir de la Conserjera cuando quiero.

Carton llen otra copita de licor, la verti gota a gota en el suelo, y
al cabo de algunos instantes de reflexin dijo:

--Hasta aqu, hemos hablado en presencia de estos dos seores, porque
me convena que alguien, adems de nosotros dos, tuviera noticia del
valor de las cartas que tengo, pero lo que falta, es cosa que debe
quedar entre usted y yo. Acompeme a esa habitacin, donde cambiaremos
las pocas palabras que faltan.


IX

HECHO EL JUEGO

Mientras Sydney Carton y el mirlo del verdugo, encerrados en la
habitacin contigua, conferenciaban con voz tan baja que ni el rumor
ms insignificante se filtraba por las rendijas de la puerta, Lorry
contemplaba a Jeremas _Lapa_ con recelo manifiesto y profunda
desconfianza. Bueno ser advertir que el efecto producido por la
insistente mirada del buen banquero sobre el honrado menestral no era
el ms indicado para disipar prevenciones; variaba la pierna sobre
la cual gravitaba el peso de su cuerpo con tanta frecuencia como
si hubiese dispuesto de cincuenta extremidades y desease probar la
robustez de todas; examinaba sus uas con atencin tan escrupulosa,
que llegaba a inspirar sospechas, y cuantas veces sus ojos tropezaban
con los escrutadores de Lorry, acometale un acceso de tos que le
obligaba a llevar la mano a la boca, sntoma que rara vez, acaso nunca,
acompaa a la franqueza perfecta de carcter.

--Jeremas!--exclam de pronto Lorry.--Venga usted ac!

Aproximse _Lapa_ caminando a la usanza cangrejil, es decir, de costado.

--Qu oficios ha tenido usted adems de ordenanza del Banco?

A vuelta de una meditacin bastante detenida, y despus de buscar una
idea luminosa en la mirada fija de su superior, contest _Lapa_:

--He sido agricultor.

--Abrigo fundados temores--replic Lorry, moviendo con fiero ademn la
mano--de que usted ha sido ordenanza del respetable Banco Tellson para
despistar, para tener una pantalla que encubriera otras ocupaciones
contrarias a la Ley, ocupaciones sencillamente infames. Si as es,
no espere de m consideracin alguna tan pronto como lleguemos a
Inglaterra; si as es, no espere tampoco que yo guarde el secreto. Debe
conocerlo Tellson, y lo conocer.

--No puedo creer, seor,--contest con humildad _Lapa_--que un
caballero como usted, un caballero en cuyo servicio he encanecido,
se resuelva a causarme perjuicios de tanta consideracin sin antes
pensarlo muy bien..., aun cuando lo que sospecha fuera cierto. Yo no
digo que lo sea; pero si lo fuese, siempre confiara que usted no me
haba de tratar tan mal. Suponiendo que fuera lo que usted teme, aun
entonces habra que estudiar el asunto desde dos puntos de vista,
puesto que no tiene uno solo, sino dos. Doctores en medicina hay, y no
pocos, que encuentran guineas de oro all donde un menestral honrado
no halla ms que mseros peniques... Ni peniques siquiera! Medios
peniques... Y ni medios peniques; cuartos de penique... y gracias. Y
qu me dice usted de los que entran y salen del Banco Tellson pasando
delante del honrado menestral que est junto a la puerta, sentado en un
banquillo viejo, mientras ellos van arrellanados en lujosos carruajes?
No es un espectculo para despertar el apetito ms dormido? Aada
usted a todo eso la presencia en Inglaterra de una seora _Lapa_ que se
pasa el da y la noche de rodillas y rezando para estropearle todos los
negocios al marido, mientras las mujeres de los mdicos y las de los
que pasean en carruajes lujosos, rezan para que prosperen los asuntos
de sus casas respectivas. Otra cosa; si lo que usted sospecha fuese
cierto, que yo no digo que lo sea, cree usted que me hara muy rico
tomando los desperdicios de los empresarios de pompas fnebres, lo que
no quisieran los sacristanes, lo que desdeasen los vigilantes de los
cementerios? No, seor Lorry, no! es un oficio perdido; crame usted.

--Uf!--exclam Lorry--Me horroriza verle a usted!

--El ofrecimiento que con toda la humildad me atrevo a hacer a usted,
aun cuando fuera cierto lo que usted sospecha, que yo no digo que lo
sea, es...

--No venga usted con embustes!

--No, seor; hablar con verdad. El ofrecimiento que humildemente deseo
hacer es el siguiente: sobre el banquillo emplazado en la acera del
Tribunal, se sienta un hijo mo, que ya casi es un hombre, que har
recados, vigilar y se desvivir por desempear las funciones que hasta
aqu he desempaado yo, si as lo quiere usted. Si lo que usted teme
fuera cierto, que yo no digo que lo sea, ni tampoco que no lo sea,
porque no quiero mentirle a usted, den a mi hijo el cargo de su padre
y que se encargue al propio tiempo de su madre, y mientras, deje al
padre en libertad de cavar la tierra como se le antoje. Esto es, seor
Lorry--aadi _Lapa_, secndose el sudor de la frente con el dorso de
la mano,--lo que yo deseo ofrecer a usted.

--Calle, Jeremas! Calle y no diga ni una palabra ms! Quin sabe si
me decidir a tratarle como hasta aqu, si con obras, no con palabras,
me demuestra su arrepentimiento. Palabras no las quiero; no me
convencen.

Salieron en aquel instante Carton y Barsad.

--Adis, Barsad--dijo el primero;--quedamos entendidos. Nada tema de m.

Tom asiento junto a Lorry, quien le pregunt.

--Qu han hecho?

--Poca cosa; si la suerte del prisionero se pone obscura, me permitirn
hacerle una visita; nada ms.

El desaliento de Lorry se acentu.

--No puedo hacer ms--repuso Carton.--Pedir demasiado, equivala llevar
a ese hombre a la guillotina, y, como dijo muy bien l, mayor desgracia
no podra sobrevenirle aun cuando le delatsemos. Demos gracias a
lo comprometido de su posicin, pues de otra suerte, nada habramos
conseguido.

--Pero llegar hasta l, en el caso de que le condenen, no es
salvarle--objet Lorry.

--Nunca dije que le salvara--replic Carton.

Los ojos de Lorry buscaron gradualmente el fuego que arda en la
chimenea. El dolor que le produjo la segunda prisin del marido de la
nia que tanto amaba abati todas sus energas. Ya no era un hombre
joven, a pesar de sus muchos aos; era un viejo aniquilado por la
ansiedad. Las lgrimas almacenadas en su pecho subieron hasta sus ojos
y rodaron silenciosas por sus arrugadas mejillas.

--Tiene usted un gran corazn y es amigo leal de sus amigos--dijo
Carton con voz alterada.--Perdneme si he sido portador de una noticia
que tan dolorosamente le ha afectado. Me sera imposible ver llorar a
mi padre y conservar mi tranquilidad, y yo le juro que no respeto menos
su dolor que respetara el de mi padre.

Tanto respeto, tanto inters, tanto sentimiento haba en el tono y en
la expresin de las palabras que quedan transcriptas, que Lorry, que no
haba tenido ocasin de apreciar el lado bueno de Carton, experiment
una de las sorpresas ms grandes de su vida. Tendi silencioso una mano
a su interlocutor, quien la estrech con efusin.

--Volviendo al pobre Darnay--repuso Carton,--dir que no es conveniente
que hable usted a su esposa de la conferencia que acabamos de tener,
ni de lo que he conseguido del espa. Ella no podra llegar hasta el
calabozo, y si saba que iba yo, acaso pensase que mi intencin era
proporcionar a su marido los medios de adelantarse a la ejecucin de la
sentencia.

No haba pensado en ello Lorry, quien al oir las palabras anteriores,
volvi con viveza sus ojos hacia Carton, como para cerciorarse de si lo
que no quera que pensase Luca era precisamente lo que l tena en su
pensamiento.

--Pensara tal vez eso--aadi Carton,--y podra sospechar mil otras
cosas, cada una de las cuales sera una tortura aadida a las que ya la
atosigan. No le hable siquiera de m. Conforme dije a usted al llegar
a Pars, no la ver; conviene que no la vea. Lo que yo pueda hacer por
ella, lo har mejor no vindola. Va usted ahora a visitarla? Vaya
cuanto antes, s, pues esta noche debe de estar desesperada.

--Voy ahora mismo.

--De lo que me alegro en el alma. Le quiere a usted mucho y tiene en
usted confianza sin lmites. Cmo est ahora?

--Nadando en espantoso mar de ansiedades, pero hermosa como siempre.

--Ah!

Fu una exclamacin profunda, larga, semejante a un gemido, a un
sollozo ahogado. Los ojos de Lorry se volvieron hacia los de Carton
con rapidez bastante para sorprender, mientras los de este ltimo se
clavaban en la lumbre de la chimenea, el paso por ellos, fugaz como
una exhalacin, de una luz o de una sombra; el anciano caballero no se
hubiese atrevido a precisar si fu lo uno o lo otro.

--Ha terminado usted ya la comisin que aqu le trajo?--pregunt
Carton al cabo de breves segundos.

--S. Conforme estaba diciendo a ustedes anoche, cuando tan
inopinadamente lleg Luca, he hecho cuanto poda hacerse. No esperaba
ms que verlos a cubierto de peligro y contentos para abandonar a
Pars. Pensaba marchar muy pronto; pero...

Ambos quedaron silenciosos.

--Largo es el libro de su vida, seor Lorry, verdad?--pregunt Carton,
sin duda por decir algo.

--He cumplido los setenta y ocho aos.

--Setenta y ocho aos bien empleados; setenta y ocho aos durante los
cuales ha sido til a sus semejantes y respetado por stos; eh?

--Casi desde que tengo uso de razn me he dedicado a los negocios; sin
exagerar puedo decir que, desde muchacho, soy hombre de negocios.

--Su laboriosidad le ha valido ocupar un puesto envidiable. Cuntos le
echarn de menos cuando deje vacante ese puesto!

--No lo crea usted--replic Lorry moviendo la cabeza--Quin ha de
verter una lgrima a la memoria de un soltern viejo y solitario como
yo?

--No diga usted eso! No llorar por usted ella? No llorar su hija?

--S... s... Llorarn... gracias a Dios! Perdone usted; no saba lo
que deca.

--Es un consuelo que bien merece que por l se den a Dios las gracias;
no es cierto?

--Mucho, s... de acuerdo.

--Si esta noche pudiera usted decirse con verdad las palabras
siguientes: No he sabido granjearme el cario, la estimacin, la
gratitud ni el respeto de nadie; en ningn corazn humano he conseguido
despertar ecos de simpata, nada he hecho bueno, nada que sea til a
mis semejantes, nada digno de ser recordado, sus setenta y ocho aos
de edad seran setenta y ocho mil aos de remordimientos; no es verdad?

--Tiene usted razn, Carton; creo que no me cansara de maldecirlos.

Clav nuevamente Carton su mirada en la lumbre, permaneci largo rato
pensativo, y al fin, dijo:

--Otra pregunta deseara hacerle; cuando se acuerda usted de su niez,
la encuentra demasiado distante? Le parece que ha transcurrido mucho
tiempo desde los das felices en que se sentaba sobre las rodillas de
su dulce madre?

Lorry, con tono de voz inseguro por el efecto de la emocin que le
embargaba, contest:

--Hace veinte aos, s; hoy, no. Me ocurre lo que al que viaja
siguiendo un crculo; comienza alejndose del punto de partida; pero
a medida que llega al final, se acerca ms y ms al principio. Con
frecuencia despiertan hoy en mi corazn recuerdos tiernos largos
aos dormidos, con frecuencia veo a mi santa madre, tan joven, tan
hermosa... mi madre muy joven y yo muy viejo... con frecuencia me
acuerdo de incidentes de la vida ocurridos cuando el mundo no era para
m tan real como es hoy, ni en m haban echado races las faltas.

--Lo comprendo--exclam Carton enrojeciendo vivamente.

--Y esos recuerdos, lejos de dejarle sabor amargo, le sern gratos,
verdad?

--En efecto; me producen una sensacin de pesar dulce.

Carton ayud a poner el sobretodo a su interlocutor.

--Usted, en cambio, es muy joven--repuso Lorry, volviendo al mismo tema.

--S... no soy viejo; pero mis caminos juveniles nunca fueron los que
llevan a la vejez.

--Va usted a salir?--pregunt Lorry.

--Acompaar a usted hasta la puerta de su casa. Ya conoce usted mi
manera de ser inquieta y mis costumbres de vagabundo, as que, si me
paso muchas horas rondando al azar por esas calles sin volver a casa,
est usted tranquilo, que yo reaparecer si no hoy, maana. Piensa
asistir maana a la vista de la causa?

--Con harto dolor de mi alma tendr que asistir.

--All estar yo, pero entre el pblico. Mi espa me encontrar
sitio... Quiere usted aceptar mi brazo?

Cogidos del brazo bajaron la escalera y salieron a la calle. Minutos
despus llegaban frente a la casa del doctor Manette, donde se
separaron. Lorry entr en la casa y Carton se alej de ella pero por
muy poco tiempo, pues breves instantes despus, volva a estacionarse
junto a la puerta cerrada.

--_Ella_ sale todos los das por aqu--se dijo Carton;--toma aquella
direccin... Cuntas veces habr pisado esas piedras!... Seguir sus
pasos!

Sonaban las diez de la noche en los relojes de la ciudad cuando Carton
pona fin a su paseo frente a los sombros muros de la crcel de La
Force. Un aserrador de madera, despus de cerrar su taller, fumaba
tranquilo su pipa frente a su establecimiento.

--Buenas noches, ciudadano--dijo Carton, observando que el aserrador le
diriga miradas inquisitivas.

--Buenas noches, ciudadano.

--Qu tal anda la Repblica?

--Supongo que te referirs a la Guillotina... No anda mal. Hoy sesenta
y tres; no tardaremos en llegar a cien por da. Sansn y sus ayudantes
se quejan de que el trabajo es excesivo, de que se les agotan las
fuerzas... Ja, ja, ja! Qu gracioso es el buen Sansn! Has visto en
tu vida barbero ms atareado?

--Le ves con frecuencia...?

--Afeitar? Todos los das... Vaya un barbero! Le has visto alguna
vez en funciones?

--Nunca.

--Pues no dejes de ir a verle cuando tiene tarea por delante. Es una
delicia verle trabajar... Figrate t, ciudadano; hoy, sesenta y tres
en menos de dos horas... En menos de dos horas, palabra de honor!

En tal extremo repugn a Carton la fruicin con que el aserrador
explicaba las _faenas_ del verdugo, que le volvi la espalda para no
estrangularle, como era su deseo ms ferviente.

--Pero t no eres ingls, aunque como ingls vistes, verdad?--pregunt
el aserrador.

--Ingls soy--contest Carton, volviendo la cabeza.

--Pues hablas como un francs autntico.

--Fu estudiante aqu.

--Ah...! Casi francs, entonces. Buenas noches, ingls.

--Buenas noches, ciudadano.

--No dejes de ir a ver al amigo Sansn.

Alejse Carton, pero no se haba separado gran cosa del taller del
aserrador, cuando se detuvo bajo un farol y escribi algunas palabras
con lpiz en un pedazo de papel. Cruzando a continuacin una porcin
de calles obscuras y sucias, con el paso decidido del que sabe
perfectamente a donde va, hizo alto frente a una droguera, cuya puerta
estaba cerrando en aquel momento el droguero.

Luego que di las buenas noches al ciudadano droguero, cuyo aspecto
nada tena que envidiar, por lo sucio y repugnante, a la tienda, puso
sobre el mostrador el pedazo de papel en que poco antes escribiera con
lpiz.

--Demonio!--exclam el droguero.--Ji, ji, ji! Es para ti, ciudadano?

--Para m.

--Tendrs cuidado de guardarlos por separado, ciudadano? Sabes las
consecuencias de la mezcla?

--Perfectamente.

El droguero prepar unos papeles, que Carton guard en el bolsillo
interior de su levita. Pag su importe, y sin hablar ms, sali a la
calle.

--Por esta noche, nada tengo ya que hacer--murmur, alzando la
cabeza.--Maana continuaremos... Me es imposible dormir.

No reflejaba indiferencia ni aturdimiento el tono con que pronunci
Carton las palabras anteriores, ni haba en ellas desesperacin ni
reto; vibraba en su acento la resolucin del hombre que, despus de
largos aos de viajar por caminos torcidos, sin rumbo ni direccin
fijas, penetra al fin en uno cuyo trmino le es conocido.

Largos aos antes, cuando descoll entre los jvenes de talento, entre
los estudiantes que prometan grandes cosas, acompa a su padre al
cementerio. Su madre haba fallecido mucho antes. Pues bien; aquellas
palabras solemnes que el sacerdote ley sobre la tumba del que le di
el ser, palabras olvidadas entre los desrdenes de una vida licenciosa,
surgieron potentes en su memoria mientras esta noche recorra las
calles tristes y solitarias, bajo un cielo cubierto de negros
nubarrones.

Yo soy la resurreccin y la Vida; aquel que cree en M, aun cuando
haya muerto, vivir; y el que vive y cree en M, no morir jams.

No hubiera sido difcil encontrar la fuerza misteriosa que evoc
aquellos recuerdos en el fondo de su alma, semejante a la cadena que
arranca de las profundidades del limo el ancla enmohecida, clavada
largo tiempo atrs, con slo reparar en que paseaba solo y de noche,
por las calles de una ciudad sujeta a la ley de la cuchilla, recordando
con dolor las sesenta y tres cabezas que aquel da haban rodado,
y pensando en los desdichados que moriran sobre el cadalso al da
siguiente, y al otro y al otro. No intent, empero, buscarla; limitse
a repetir una y otra vez las palabras que quedan copiadas, y prosigui
paseando.

Concentrando todo su inters en las ventanas iluminadas
correspondientes a habitaciones donde haba personas que se disponan
a descansar, afanosas por olvidar durante las breves horas de calma de
la noche los horrores que las rodeaban durante el da, en las torres
de las iglesias, donde no se celebraban ya cultos divinos, pues la
revulsin popular hizo objeto preferente de sus iras a los sacerdotes,
a quienes acus de impostores, de libertinos y de ladrones; en aquellos
lugares sagrados, destinados, segn las inscripciones colocadas
sobre las puertas, al reposo eterno; en los calabozos, rebosantes
de prisioneros, y en las calles, por las que las gentes corran al
encuentro de una muerte considerada ya, en fuerza de la costumbre,
tan corriente y natural, que ni los mismos encargados de manejar la
guillotina vean turbados sus sueos por apariciones espectrales;
puesta, en suma, toda su atencin en la vida de aquella ciudad que
corra desbocada a la muerte, Sydney Carton cruz el Sena buscando
calles mejor iluminadas y ms animadas.

Eran muy contados los coches que se vean, pues los que podan
permitirse el lujo de tenerlos, sabedores de que usarlos era tanto como
solicitar ser inscriptos en el Libro de los Sospechosos, preferan
caminar a pie, luciendo sendos gorros colorados y calzados con
zapatos de lo ms ordinario. Llenos estaban, empero, los teatros, que
comenzaban a vaciarse a la hora en que Carton paseaba por las calles
cntricas, donde aqullos estaban situados. Junto a la puerta de un
teatro, por la cual salan compactas masas de gentes alegres que,
canturreando, se dirigan a sus casas, vi Carton a una nia, de la
mano de la madre, que buscaba un sitio que la permitiera atravesar la
calle sin meterse hasta las rodillas en el fango. Carton tom a la
criaturita en sus brazos, la transport a la acera opuesta, y antes que
el tmido angelito soltara los brazos que rodeaban su cuello, la rog
que le diera un beso.

Yo soy la resurreccin y la vida; aqul que cree en M, aun cuando
haya muerto, vivir; y el que vive y cree en M, no morir jams.

Ya ms avanzada la noche, cuando la tranquilidad en las calles era
completa y el silencio absoluto, parecale que el rumor de sus propios
pasos modulaba aquellas sentencias, que la brisa las traa envueltas
entre sus sutiles susurros. Dueo de s mismo, tranquilo, resuelto,
la repeta con frecuencia con los labios; pero en sus odos sonaban
siempre.

Y continu avanzando la noche mientras Carton, inclinado sobre el
pretil del puente, escuchaba los besos rumorosos del ro a los muros de
la Isla de Pars, y contemplaba la pintoresca confusin de edificios
envueltos en sombras grises, sobre las cuales se alzaba arrogante la
cpula de la catedral baada por la luz blanquecina de la luna. Vino el
da. La noche, con la luna y las estrellas, palidecieron y murieron,
y durante algunos minutos, pareci que toda la creacin caa bajo el
cetro amarillento de la Muerte.

La corriente del ro, rpida, impetuosa, profunda, parecile amigo
carioso. Ech a andar siguiendo sus mrgenes y alejndose del bullicio
de la ciudad. Durmise en la orilla; cuando despert, continu
paseando algunos minutos ms, fijos sus ojos en un remolino que giraba
vertiginoso, hasta que se lo trag la corriente y lo arrastr al mar.

--Como yo!--murmur Carton.

Cuando lleg a casa, Lorry haba salido ya. Carton no pregunt adnde
haba ido, pues sin grandes esfuerzos de imaginacin poda adivinarlo.
Tom una tacita de caf, se lav y arregl, y se fu sin prdida de
momento al Tribunal. All encontr a Lorry, all encontr al doctor
Manette, all encontr a _ella_, sentada junto a su padre.

Cuando compareci Carlos Darnay, dirigile Luca una mirada tan
alentadora, tan llena de amor sin lmites y de tierna compasin, que
hizo afluir la sangre a las mejillas del reo, anim su mirada y alegr
su corazn. Si alguien hubiera tenido puestos sus ojos sobre Sydney
Carton, habra reparado que aquella mirada, aunque no dirigida a l,
prodjole los mismos efectos que al prisionero.

Ante aquel tribunal injusto, que haba principiado por desterrar el
orden en los procedimientos, era perfectamente intil que ningn
acusado pretendiera hacerse oir; que no hubiese valido la pena traer la
Revolucin para no echar al propio tiempo a los cuatro vientos todas
las leyes, reglamentos y ceremonias, para no abolir de una vez y para
siempre el orden social del que tan monstruosamente haba abusado el
mundo para no negar a los acusados el derecho de justificarse.

El Jurado fu desde los primeros momentos el blanco de todas las
miradas. Formbanlo los mismos patriotas resueltos, los mismos
republicanos excelentes que lo formaban el da anterior, los mismos que
lo formaran al da siguiente. Entre ellos, descollaba un hombre de
cara repulsiva, un canbal feroz en toda la extensin de la palabra,
un individuo que beba sangre, que se baaba en sangre, que respiraba
sangre. Era Santiago Tercero, aquel a quien conocimos en el barrio de
San Antonio. Los dems semejaban jaura de perros anhelando destrozar
la pieza.

Todos los ojos estaban fijos en los cinco jurados y en el acusador
pblico, quien habl, poco ms o menos, en los siguientes trminos:

--Carlos Evrmonde, llamado tambin Darnay. Ayer se le puso en
libertad, y ayer mismo fu acusado de nuevo y vuelto a prender. Anoche
se le hizo saber la acusacin fulminada contra l. Pesan sobre su
cabeza los cargos de enemigo de la Repblica, de aristcrata, de ser
individuo de una familia de tiranos, miembro de una raza proscripta,
que abus de sus privilegios, hoy felizmente abolidos, oprimiendo de la
manera ms villana al pueblo. Carlos Evrmonde, llamado tambin Darnay,
reo de los crmenes mencionados, es hombre muerto a los ojos de la Ley.
Su cabeza pertenece de derecho al verdugo.

--La delacin contra el acusado, es pblica o secreta?--pregunt el
presidente.

--Quin la hizo?

--Tres personas. Ernesto Defarge, tabernero de San Antonio.

--Muy bien.

--Teresa Defarge, mujer del mencionado.

--Perfectamente.

--Alejandro Manette, mdico.

Este ltimo nombre alz en la sala una tempestad de gritos
ensordecedores. En medio del tumulto, vise que se levantaba el doctor,
plido como un cadver y temblando como un azogado.

--Presidente--grit,--protesto indignado contra la ruin mentira que
acaba de pronunciarse aqu. Yo no he podido delatar al marido de mi
hija, y el Tribunal sabe muy bien que el acusado es mi yerno. Mi hija,
y las personas que la son queridas, valen para m mil veces ms que
mi misma vida. Dnde est el impostor que se atreve a afirmar que yo
he denunciado al marido de mi hija? Dnde el falso patriota que osa
mentir con tanto descaro?

--Tranquilzate, ciudadano Manette. Faltar al respeto que debe
merecerte la autoridad del Tribunal, sera tanto como salirte fuera de
la Ley. Has dicho que hay algo que para ti vale mil veces ms que tu
vida; y yo no s que para un buen patriota haya nada que valga tanto
como la Repblica.

Frenticos aplausos premiaron la rplica del presidente. Este, luego
que impuso silencio a fuerza de campanillazos, prosigui con calor:

--Si la Repblica te exigiera el sacrificio de tu misma hija, tu deber
sera sacrificarla. Sigamos, y silencio.

El doctor Manette cay desplomado en la silla. Sus labios temblaban, y
sus ojos miraban despavoridos en derredor. El jurado de cara de canbal
se frotaba las manos con visible fruicin.

Restablecido el silencio, presentse Defarge, quien hizo una historia
sucinta del cautiverio y libertad del doctor; manifest que haba sido
su criado, y expuso el estado en que el cautivo se hallaba cuando se lo
entregaron. Terminada la historia, el Tribunal le dirigi las preguntas
siguientes:

--Prestaste buenos servicios en la toma de la Bastilla, ciudadano?

--Tal lo creo.

--Fuiste uno de los mejores patriotas!--grit una mujer, arrebatada
por el entusiasmo--Por qu no decirlo as? Aquel da fuiste artillero,
te batiste con furia, y entraste el primero en la maldita fortaleza,
luego que cay en poder del pueblo. Patriotas... creedme, porque digo
la verdad!

La que acababa de hablar era La Venganza. Los aplausos de la
concurrencia ensordecan. Agit el Presidente la campanilla, pero La
Venganza, enardecida por las turbas, aull:

--No me da la gana callar! Me ro yo de la campana y de quien la toca!

Al fin call, cuando se le agotaron las fuerzas.

--Da cuenta al Tribunal de lo que hiciste dentro de la Bastilla,
ciudadano.

--Yo saba--respondi Defarge, mirando a su mujer que desde poca
distancia le estaba clavando con sus ojos--que el cautivo de quien
hablo haba estado sepultado en una celda que llamaban Ciento Cinco,
Torre del Norte. El secreto me lo revel l mismo, pues mientras
permaneci en mi casa, haciendo zapatos, no supo que tuviera otro
nombre que el Ciento Cinco, Torre del Norte. El da de la toma de la
Bastilla, mientras haca fuego con mi can, decid reconocer la celda
en cuestin, tan pronto como la fortaleza cayera en poder nuestro.
Cay; e inmediatamente sub al calabozo mencionado, juntamente con un
compaero, que figura en el jurado, y un calabocero, que se encarg
de guiarnos. La reconoc muy detenidamente, y en un agujero del
muro, disimulado detrs de un sillar que haba sido quitado y vuelto
a colocar, encontr un papel escrito. El papel escrito es ste. He
examinado varios escritos del doctor Manette, y la letra de este papel,
es letra de puo del doctor Manette. Entrego este papel, escrito de
puo y letra del doctor Manette, al Presidente.

--Que se lea.

El documento, ledo en medio de un silencio sepulcral, mientras el reo
miraba con amor a su mujer, y sta miraba ora a l ora a su padre,
y el doctor Manette no separaba los ojos del lector, y la seora
Defarge clavaba los suyos con insistencia en el prisionero, y Defarge
no separaba los suyos de su mujer, y todos los que llenaban la sala
contemplaban al doctor que no vea a nadie, deca as:


X

LA SUBSTANCIA DE LA SOMBRA

Yo, _Alejandro Manette_, mdico desventurado, natural de Beauvais,
y residente en Pars, escribo este doloroso documento en mi horrenda
celda de la Bastilla en el mes ltimo del ao de 1767. Lo escribo
aprovechando ratos que robo a la vigilancia y venciendo dificultades
inmensas. Mi propsito es esconderlo en el interior del muro de mi
tumba, donde a fuerza de trabajo he conseguido abrir un hueco. Tal vez
lo encuentre alguna mano misericordiosa cuando yo y mis desventuras
hayamos pasado al mundo del olvido.

Trazo estos renglones con el xido que he sacado de los enmohecidos
hierros de la reja mezclados con sangre de mis venas, el mes ltimo
del ao dcimo de mi cautiverio. En mi pecho no queda ya ni un tomo
de esperanza. Fenmenos terribles que en m mismo he observado me
anuncian que muy en breve me abandonar tambin la razn, pero declaro
solemnemente que en este momento me hallo en posesin plena de mis
facultades mentales... que mi memoria es exacta y circunstancial, que
escribo la verdad, y que estoy pronto a responder de la veracidad de
mis palabras, tanto si llegan a ser ledas algn da por los hombres,
como si estn condenadas al secreto eterno, ante el Juez Eterno cuya
mirada lee en el fondo de los corazones.

Una noche de la semana cuarta de diciembre (creo que el da veintids
del mes) del ao 1757, hallbame yo paseando por un paraje retirado
del paseo que bordea al Sena y a una hora de distancia de mi casa,
sita en la calle de la Facultad de Medicina, cuando por mi espalda vi
que se aproximaba un carruaje, tirado por dos caballos, a galope. En
el momento de hacerme a un lado para dejar paso al carruaje y evitar
ser atropellado, asom en la ventanilla una cabeza, y una voz mand al
cochero que parase.

Hizo alto el coche tan pronto como el cochero pudo refrenar a los
caballos, y la misma voz que diera la orden de parar, me llam por mi
nombre. No par el coche frente a m, sino a distancia bastante para
que dos caballeros tuviesen tiempo de abrir la portezuela y saltar al
paseo antes que llegase yo, acudiendo al llamamiento. Observ que ambos
iban perfectamente embozados en sus capas y que procuraban recatar sus
rostros. Al llegar yo a su lado y encontrarlos de pie a uno y otro
lado de la portezuela, repar tambin en que los dos parecan ser de
mi misma edad, quiz ms jvenes, y que se parecan mucho en estatura,
movimientos, voz y (de lo poco que pude ver) hasta en rostros.

--Es usted el doctor Manette?--me pregunt el uno.

--Yo soy--contest.

--El doctor Manette, natural de Beauvais, joven mdico y cirujano
hbil y original, que desde hace uno o dos aos es una verdadera
notabilidad en Pars?--terci el otro.

--Caballeros; soy, efectivamente, el doctor Manette, de quien ustedes
hablan con benevolencia excesiva--contest.

--Hemos estado en su casa--repuso el que haba hablado primero,--y
no habiendo tenido la suerte de encontrarle, aunque s la de que nos
indicaran que probablemente estara paseando por estos sitios, le hemos
seguido llevados de la esperanza de alcanzarle. Tiene usted la bondad
de entrar en el carruaje?

El tono de su voz era imperioso; mientras se cruzaron las palabras que
dejo consignadas, se movieron en forma que me dejaron colocado entre
ellos y la portezuela del coche, y adems, iban armados y yo no.

--Ruego a ustedes que me perdonen, caballeros--respond,--pero es el
caso que tengo por costumbre preguntar quines son las personas que me
hacen el honor de pedir mis servicios y la ndole del caso que hace
necesaria o conveniente mi asistencia.

Me contest el que haba hablado en segundo lugar:

--Sus clientes, doctor, son personas de alta posicin social. Por lo
que se refiere a la ndole del caso que hace necesaria su asistencia,
la confianza que en su ciencia y en su habilidad tenemos es para
nosotros garanta de que ha de comprenderla usted sin necesidad de
explicaciones nuestras, que seguramente resultaran deficientes. Creo
que con lo dicho basta. Tiene la bondad de montar?

No me quedaba ms recurso que obedecer, y lo hice sin hablar palabra.
Inmediatamente me siguieron los dos caballeros, habiendo recogido el
estribo el que entr el ltimo. El coche di media vuelta y parti a
galope.

Consigno aqu la conversacin tal como fu; puedo asegurar que la
repito textual, palabra por palabra. Lo describo todo exactamente
lo mismo que tuvo lugar, sujetando a mi imaginacin y evitando que
divague. Los puntos suspensivos que en mi relato se encuentren,
significan que suspendo la tarea para otra ocasin y que oculto el
documento en el escondite abierto al efecto...

El carruaje atraves muchas calles, pas por la Barrera Norte y no
tard en avanzar por un camino, fuera de la ciudad. A dos tercios de
legua de la Barrera (no calcul entonces la distancia, pero s cuando
la volv a recorrer) dej el coche el camino real, y momentos despus
haca alto frente a una casa solitaria. Saltamos a tierra los tres, y
avanzamos por un mullido paseo de un jardn, cubierto de hierba, en
cuyo centro haba corrido una fuente en otros tiempos, hasta llegar
a la puerta de la casa. Nos franquearon la entrada, no bien son la
campanilla, y el que nos la franque, recibi un bofetn terrible de
uno de mis acompaantes.

Confieso que no me llam la atencin aquel acto, pues estaba muy
acostumbrado a ver que los hombres de la clase baja eran tratados por
los nobles con menos miramiento que si fueran perros. Una vez dentro de
la casa, pude observar que el parecido entre mis dos acompaantes era
tan maravilloso, que desde luego los deput por hermanos gemelos.

Desde que saltamos del carruaje frente a la verja del jardn, que
encontramos cerrada y que abri uno de los hermanos, cerrndola de
nuevo luego que la franqueamos, vena yo oyendo gritos que tenan su
origen en una de las habitaciones altas de la casa. Condujronme en
derechura a la habitacin de la que partan los gritos, donde encontr
tendida sobre el lecho a una enferma, presa de terrible fiebre cerebral.

Era la paciente una mujer de belleza maravillosa y muy joven;
seguramente no pasaba de los veinte aos. Su hermosa cabellera ofreca
un aspecto de desorden tan completo, que entristeca el nimo, y los
brazos de la enferma estaban sujetos con tiras de tela. Observ que
estas tiras eran pedazos de traje de corte de caballero, en uno de los
cuales vi el escudo de armas de un noble con la inicial E.

Estas observaciones las hice todas al minuto escaso de haber entrado
en la estancia. Ocurri que la enferma, cuya agitacin era espantosa,
se volvi boca abajo, una de las fajas que la sujetaban se introdujo en
su boca, y vi que corra peligro de morir asfixiada. Separ, como es
natural, la tira, y entonces fu cuando descubr el escudito de armas
bordado en ella.

Volv boca arriba a la paciente, coloqu mi mano sobre su pecho a
fin de calmarla y obligarla a permanecer quieta, y mir su rostro. Su
mirada estaba horriblemente dilatada, y sus labios crispados repetan
a gritos estas palabras: Mi marido... mi padre... mi hermano. Luego
contaba hasta doce, permaneca unos segundos escuchando con toda la
atencin de su alma, y comenzaba de nuevo a gritar Mi marido... mi
padre... mi hermano, y de nuevo contaba hasta doce y de nuevo haca
una pausa para escuchar. Ni en el tono, ni en los ademanes, ni en la
voz haba la menor variacin.

--Cundo comenz este estado de cosas?--pregunt.

A fin de distinguir entre los dos hermanos, llamar al uno el hermano
mayor y al otro el menor, entendiendo por el mayor al que ejerca mayor
autoridad.

--Desde anoche a estas horas--contest el hermano mayor.

--Tiene marido, padre y hermano?

--Tiene un hermano.

--Y no estoy hablando con ese hermano en este instante?

--No--replic con tono de profundo desprecio.

--La ha ocurrido recientemente algo relacionado con el nmero doce?

--Con el nmero doce?--repiti con impaciencia el hermano menor.

--Pueden convencerse ustedes, caballeros, de lo intilmente que me
han trado aqu, tal como estoy--dije, puestas an mis manos sobre
el pecho de la enferma.--Si yo hubiese sabido lo que pasaba, habra
venido provisto de lo necesario, mientras que ahora estamos perdiendo
lastimosamente el tiempo. En un sitio tan solitario como es ste, no es
posible encontrar medicinas.

El hermano mayor mir al menor, quien replic con voz altanera:

--Tenemos aqu un botiqun.

Momentos despus lo sacaba de un armario y lo colocaba sobre la mesa...

Abr algunos frascos, los ol y llev sus tapones a mis labios. Si me
hubiese hecho falta administrar a la enferma cualquier substancia no
narctica ni txica, a buen seguro que no la hubiera medicinado con
nada de lo que contena el botiqun.

--No le inspiran confianza?--pregunt el hermano menor.

--Viendo est usted, caballero, que voy a utilizarlas--contest
sencillamente.

No sin haber de luchar con grandes dificultades, y al cabo de largo
rato, consegu hacer tomar a la enferma la dosis de medicina que
consider conveniente. Como quiera que mi propsito era repetir la
medicacin y observar los efectos que en la enferma produca la
primera toma, me sent a la cabecera de su lecho. Sentada con timidez
y cortedad manifiestas en un ngulo, haba una mujer que la cuidaba,
casada con uno de los individuos de escalera abajo. La casa estaba
sucia, mal cuidada y amueblada, sntomas evidentes de que la ocupaban
desde fecha muy prxima y de que la intencin de sus ocupantes era
permanecer en ella muy poco tiempo. Haban tendido provisionalmente
algunas colgaduras delante de las ventanas, sin duda para que los
gritos de la enferma no llegasen al exterior. Continuaba sta gritando
como cuando llegu, repitiendo las mismas palabras y por el mismo
orden: Mi marido... mi padre... mi hermano, y contando a continuacin
hasta doce. Sus convulsiones eran tan violentas, que no juzgu
prudente librarla de las tiras que la sujetaban, aunque las coloqu
de manera que la molestasen menos. La crisis no ceda a la medicacin,
pero observ que la presin de mi mano sobre el pecho de la enferma
ejerca sobre ella tanta influencia, que al cabo de algunos minutos se
tranquilizaba. No la produjo, empero, sobre los gritos, que continuaban
con la regularidad de un pndulo.

Media hora llevara yo sentado junto a la cama y bajo las miradas de
los dos hermanos, cuando dijo el mayor:

--Tenemos otro enfermo.

Me alarm la noticia, y pregunt:

--Es urgente el caso?

--Mejor ser que lo vea usted por sus ojos--me contest con tono
negligente tomando una luz...

Yaca el segundo enfermo en una habitacin situada a espaldas de la
casa, habitacin que en rigor no era ms que un desvn emplazado sobre
una cuadra. Parte del desvn tena techumbre muy baja y parte no. Bajo
la parte cubierta haba heno y paja almacenados, y el resto contena
lea y aperos de labor. Recuerdo tan bien todos estos detalles, que me
parece que los estoy viendo en este instante tal como los vi aquella
noche, no obstante hallarme encerrado desde hace diez aos en mi
calabozo de la Bastilla.

Sobre un montn de heno y apoyada la cabeza sobre una almohada, yaca
tendido un mancebo de aspecto de aldeano, de rostro agraciado, y que no
contara ms de diez y siete aos de edad. Estaba boca arriba, con los
dientes apretados, la mano derecha crispada sobre el pecho y la mirada
fija en el techo. Me arrodill a su lado; y aunque no encontraba la
herida que haba recibido, desde luego vi que mora a consecuencia de
una herida producida con instrumento punzante.

--Soy mdico, pobre amigo mo--dije;--deje que le reconozca.

--No quiero ser reconocido; djeme en paz--replic.

Estaba la herida situada debajo de su mano derecha, que me cost no
poco trabajo y muchas instancias separar. Era una estocada recibida
de veinte a veinticuatro horas antes, estocada mortal de necesidad,
aunque le hubieran sido prestados todos los auxilios de la ciencia al
segundo de ser inferida. Se mora a chorros. Busqu con mi mirada la
del hermano mayor, y observ que ste contemplaba al herido con la
indiferencia misma con que contemplara a un pjaro, a una liebre o a
un conejo heridos. Claramente se adverta que no vea en el muchacho a
una criatura humana.

--Quin le ha causado esa herida, caballero?--pregunt yo.

--Bah! A qu hablar de un siervo miserable... de un perro? Oblig a
mi hermano a cerrar contra l, y cay bajo su espada como si hubiese
sido un caballero.

En el tono de la contestacin no haba ni sombra de piedad, ni sombra
de pesadumbre, ni sombra de remordimiento.

Los ojos del moribundo se volvieron hacia el que acababa de hablar,
fijndose a continuacin en m.

--Doctor--me dijo;--son muy altivos esos nobles; pero tambin
nosotros, los perros miserables, tenemos nuestro orgullo. Nos roban,
nos saquean, nos ultrajan, nos vilipendian, nos apalean, pero todo
ello no basta para ahogar nuestra altivez. Ella... la ha visto usted,
doctor?

Llegaban hasta all los gritos de la infeliz, bien que muy
amortiguados por la distancia. A la que los daba se refera el herido
como si hubiera estado a su lado.

--La he visto, s--contest.

--Es mi hermana, doctor. Habrn tenido esos nobles durante muchos
aos derechos vergonzosos sobre la modestia y la virtud de nuestras
hermanas; pero entre nosotros quedan muchachas buenas, muchachas que
saben resistir sus violencias. Yo lo s, y he odo a mi padre afirmarlo
as. Mi hermana es una de ellas. Tena relaciones amorosas con un
joven, bueno tambin y honrado, vasallo de este noble que est ah...
todos ramos vasallos suyos... El otro es su hermano, el representante
ms vil de su despreciable raza.

El desventurado tena que hacer esfuerzos verdaderamente sobrehumanos
para poder hablar; pero si le faltaban energas corporales, sobrbanle
las del alma, y hablaba con extraordinaria entereza.

--Nos robaba ese hombre que est ah con la frialdad e indiferencia
con que nos roban a los que somos perros vulgares esos seres de
naturaleza superior a la humana... nos despojaba sin compasin, nos
obligaba a trabajar sin pagarnos, a llevar nuestro trigo a su molino,
a alimentar sus aves de corral con nuestras cosechas, pero imponiendo
pena de muerte al que tuviera la osada de apoderarse de una de ellas,
nos saqueaba y robaba hasta un grado tal, que si alguna vez, por
misericordia de Dios, tenamos una piltrafa de carne que llevar a la
boca, la comamos muertos de miedo, atrancando antes las puertas y las
ventanas de nuestras pobres casas, a fin de que sus gentes no la vieran
y nos la robaran. Repito que de tal suerte nos despojaban, de tal
suerte nos acosaban, de tal suerte nos hacan imposible la vida, que
mil veces he odo decir a mi padre que era para nosotros una desgracia
inmensa traer a un hijo al mundo, y que debiramos suplicar a Dios
condenase a la esterilidad a todas las mujeres de nuestra casta, a fin
de que sta se extinguiera de una vez y para siempre.

Jams haba yo presenciado la explosin de los sentimientos de los
infelices oprimidos; supona, s, que en el fondo de su alma guardaban
almacenadas cantidades inmensas de odio contra sus opresores; pero su
estallido era para m espectculo nuevo hasta aquella noche.

--Mi hermana, doctor, se cas, a pesar de todo. Su pobre prometido
andaba mal de salud por entonces, y mi hermana se cas para atenderle y
cuidarle en nuestra cabaa... nuestra perrera, como dira ese monstruo
que tenemos delante. Pocas semanas llevaba de casada, cuando tuvo la
desgracia de que la viera el hermano de ese hombre; le gust, y con
la mayor naturalidad del mundo pidi a su hermano mayor que se la
prestase. Qu importaba que estuviera casada? Son tan poca cosa los
maridos entre nosotros!... El hermano mayor accedi sin inconveniente,
pero mi hermana era buena y virtuosa, y por aadidura, detestaba a
su admirador con tanta fuerza como le detesto yo. Qu creer usted
que hicieron entonces los dos hermanos para recabar del marido de mi
hermana que ejerciese sobre sta toda su influencia hasta obligarla a
rendirse a sus torpes deseos?

Los ojos del muchacho, fijos hasta entonces en los mos, volvironse
poco a poco hacia los del noble, en cuya cara no me fu difcil leer
la verdad de los cargos que se le hacan. Aun aqu, en el interior del
sepulcro de la Bastilla en que me encuentro desde tantos aos, creo
ver las dos clases de orgullo, perfectamente distintas, que reflejaban
las dos caras: indiferencia y hielo respiraba la del caballero; deseos
furiosos de venganza la del muchacho campesino.

--Usted sabe, doctor, que uno de los derechos de esos nobles consiste
en aparejarnos a los que somos perros miserables, engancharnos a sus
carros y obligarnos a tirar. Pues bien; al marido de mi hermana lo
engancharon, convenientemente atalajado, a un carro, y le obligaron
a tirar de l. Sabe usted, doctor, que entre los derechos de esos
nobles figura el de obligarnos a pasarnos las noches en sus terrenos,
imponiendo silencio a las ranas a fin de que sus cantos no perturben
su noble sueo; el marido de mi hermana se pasaba las noches a
la intemperie y los das tirando del carro. No por ello se dej
persuadir... No! Un da, cuando le libraron de los aparejos y le
despidieron para que se fuera a comer... si encontraba qu, exhal doce
sollozos, uno por cada campanada que daba el reloj--era medioda--y
muri en los brazos de mi hermana.

Slo las ansias de explicar el agravio recibido sostenan la vida
en aquel cuerpo moribundo. Buscando en su determinacin energas que
no encontraba en su organismo, alej las sombras de la muerte que le
invadan y oprimi con mayor fuerza que nunca su herida por la cual
escapaba su vida.

--Muerto el marido de mi hermana, con la autorizacin de este hombre,
y hasta con su apoyo material, su hermano se apoder violentamente
de la pobre viuda, a la que necesitaba para sus placeres, para su
diversin de momento. La tropec en el camino cuando se la llevaban.
Llev la noticia a nuestra casa, y al oirla mi padre, estall en mil
pedazos su corazn. Inmediatamente acompa a mi hermana menor, tengo
dos... hasta un sitio donde no se hallara al alcance de ese hombre,
hasta un sitio donde no fuera su vasalla. Volv luego, segu al hermano
de ese noble, y anoche le sal al encuentro, yo, un perro despreciable,
pero con la espada en la mano... Dnde est la ventana?... No haba
aqu una ventana?

Abandonbale la vida y con la vida la luz. Tend yo en derredor mis
miradas, y advert que el heno y la paja que cubran el suelo estaban
pisoteados y hollados, cual si all hubiese teido lugar una lucha
encarnizada.

--Me oy mi hermana y acudi corriendo. Yo la dije que no se acercara
hasta que estuviera muerto su infame raptor. Este me tir algunas
monedas, y a continuacin, me cruz la cara con su ltigo; pero yo,
no obstante ser un perro despreciable, lo abofete hasta obligarle a
desenvainar su espada. Que rompa ahora la hoja de una espada manchada
con la sangre de un villano, que la haga mil pedazos, que siempre ser
cierto que hubo de desenvainarla para defender su vida, y que si me
hiri, fu apelando a toda su habilidad!

Momentos antes haba visto yo, desparramados por el suelo, pedazos de
una espada; era de caballero. Un poco ms all, sobre la paja, haba
otra espada vieja, una espada de soldado.

--Incorpreme, doctor, incorpreme; dnde est ese hombre?

--No est aqu--contest sosteniendo al moribundo, creyendo que se
refera al hermano.

--Claro! Con toda su altivez de noble me tiene miedo! Y el hombre
que estaba aqu? Vulvame hacia l... quiero verle!

Hcelo as, apoyando sobre mi rodilla la cabeza del muchacho; pero
ste, reanimadas por un momento todas sus energas, se puso en pie,
obligndome a hacer otro tanto para sostenerle.

--Marqus!--grit, con mirada dilatada y levantando el
brazo.--Llegar da en que todos los hombres habrn de dar cuenta
estrecha de sus actos; para ese da te emplazo a ti y a todos los
tuyos, desde el primero hasta el ltimo de tu maldita raza, para que
respondis de vuestros crmenes. Sea esta cruz que con sangre estampo
sobre tu cara testimonio de mi emplazamiento. Para el da en que todos
los hombres habremos de dar cuenta estrecha de nuestros actos emplazo
tambin a tu hermano, el ms vil de una raza vil y miserable, para que
responda de los suyos por separado; sobre su cara estampo esta otra
cruz con mi sangre, como testimonio de mi emplazamiento.

Dos veces llev la mano a la sangrienta herida de su pecho y con el
dedo ndice traz dos cruces en el aire. Permaneci algunos segundos
con el dedo ndice rgido, levantado y cay muerto...

Cuando volv a la estancia donde dej a la enferma, la encontr
delirando como la haba dejado, y repitiendo las mismas palabras y con
el mismo orden de siempre. Desde luego adivin que la crisis durara
muchas horas y que, probablemente, terminara con su muerte.

Repet las medicinas y me sent junto a la cama, donde permanec
hasta que la noche estaba ya muy avanzada. Los gritos de la enferma
continuaron con la misma intensidad, con el mismo orden, sin variar una
sola palabra. Mi marido... mi padre... mi hermano... Una, dos, tres,
cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce.

Treinta y seis horas haca que la vi por primera vez, y el estado de
la enferma en nada haba variado. Me encontraba sentado a la cabecera
de su lecho cuando la crisis comenz a ceder. Cesaron los gritos,
terminaron los estremecimientos, y al poco rato qued aletargada, como
muerta.

Llam entonces a la enfermera para que me ayudara a colocarla bien
en la cama y a ordenar sus vestidos, desgarrados por mil sitios, y
entonces me di cuenta de que la desdichada estaba encinta, y perd las
pocas esperanzas que de salvarla abrigaba.

--Ha muerto ya?--pregunt el Marqus, que acababa de entrar en la
estancia, despus de un paseo a caballo.

--No ha muerto, pero muerta parece--respond.

--Qu resistencia tienen estos villanos!--exclam, contemplndola con
curiosidad.

--Las penas y la desesperacin suelen resistir lo indecible--contest.

Mis palabras excitaron en el primer momento su risa, pero luego
frunci el entrecejo. Acerc con el pie una silla a la que yo estaba
sentado, mand a la enfermera que nos dejase solos, y dijo, con voz
baja:

--Doctor, al ver a mi hermano en la dificultad en que se encontraba,
le aconsej que buscase a usted. Goza usted de una reputacin
envidiable, pero todava tiene que labrarse su fortuna, y supongo que
no ha de serle indiferente lo que afecte a sus intereses. Est usted
presenciando cosas que pueden verse, pero nunca decirse.

Yo fing que prestaba atencin a la respiracin de la enferma y no
contest.

--Me dispensa usted el honor de escucharme, doctor?

--En mi profesin, caballero, cuantas noticias se dan
al mdico referentes a los enfermos, se entiende que son
confidenciales--contest, evitando comprometerme a nada, pues lo que
haba odo y visto llenaba mi alma de recelos.

La respiracin de la infeliz se iba dificultando en tales trminos,
que hube de buscar sntomas de vida en su pulso y en los latidos de
su corazn. Para ello me fu preciso levantarme de la silla, y cuando
volv a sentarme me encontr frente a frente de los dos hermanos...

Tropiezo para escribir con dificultades horribles. En primer lugar,
el fro es insoportable, y, como por otra parte, temo con fundamento
que averigen que escribo, en cuyo caso me encerraran en un calabozo
subterrneo adonde no llega ni un hilo de luz, concepto prudente
abreviar todo lo posible mi narracin. Mi memoria no puede ser ms
fresca; conservo en ella todos los detalles, todas las palabras que se
cruzaron entre m y los dos hermanos.

Por espacio de una semana, estuvo la enferma entre la vida y la
muerte; ms cerca de la ltima que de la primera. Hacia el final de
la semana, logr entender algunas palabras que me dijo, aplicando mi
odo a sus labios. Me pregunt dnde se encontraba, y se lo dije; dese
saber quin era yo, y satisfice su deseo; pero fu en vano que yo la
preguntara su apellido; cay su cabeza sobre la almohada, y guard su
secreto, como lo guardara antes que ella su hermano.

No tuve ocasin de hacerla nuevas preguntas hasta despus que
manifest a los hermanos que la enferma se mora, y que no vivira
un da ms. Hasta entonces, aunque ninguno de los dos se dej ver
de la enferma, unas veces el uno, otras el otro, se encontraban
invariablemente detrs de una cortina tendida en la cabecera de la
cama; pero al comunicarles yo mi pronstico, parece que ya no les
import que yo hablase con la moribunda; ya no trataron de impedir las
confidencias que la que estaba para abandonar el mundo pudiera hacer a
quien... se encontraba probablemente en el mismo caso.

Siempre observ que el hecho de que el hermano menor (continuar
llamndole as) hubiera cruzado la espada con un muchacho, y por
aadidura labriego y plebeyo, hera profundamente el orgullo de los
dos. Lo que al parecer les afectaba, no eran las desgracias que haban
ocasionado, sino el pensamiento de que el incidente aludido degradaba
a la familia y la colocaba en situacin altamente ridcula. Infinidad
de veces sorprend en los ojos del hermano menor miradas que rebosaban
odio, aunque aparentemente me trataba con mayor finura que el mayor.
Tampoco se me ocult que para este ltimo era yo estorbo molesto.

Muri mi enferma a las diez de la noche. Me encontraba yo solo a su
lado, dobl su juvenil cabeza, terminaron para siempre sus desdichas
sobre la tierra.

En la planta baja de la casa esperaban los hermanos.

--Ha muerto al fin?--pregunt el mayor, al verme entrar.

--Acaba de morir--contest.

--Sea en hora buena, hermano--repuso, volvindose hacia el menor.

Ya antes me haban ofrecido dinero, que yo no acept, diciendo
que ultimaramos ese detalle al final. El hermano mayor me entreg
un cartucho de monedas de oro, que yo recib de su mano, pero que
dej seguidamente sobre la mesa. Haba meditado el asunto, y de la
meditacin result el propsito decidido de no aceptar nada.

--Dispnsenme ustedes--dije;--dadas las circunstancias, nada debo
aceptar.

Los hermanos cambiaron una mirada, me hicieron una inclinacin de
cabeza, que yo contest con otra, montaron a caballo, y se fueron....

Me siento cansado, rendido, extenuado... Ni leer puedo lo que mi
descarnada mano ha escrito.

A la maana siguiente, muy temprano, trajeron a mi casa el cartucho
de monedas de oro, colocado dentro de una cajita dirigida a mi nombre.
Yo, entretanto, despus de largas meditaciones, haba resuelto ya la
norma de conducta que habra de seguir. Decid escribir aquel mismo
da al Ministro, hacindole historia de los dos casos en que haba
intervenido y detallando el lugar en que aqullos ocurrieron; en una
palabra: enviarle una relacin circunstanciada, bien que con carcter
particular. Conoca yo hasta dnde llegaban las influencias en la
Corte, no eran para m un secreto los privilegios e inmunidades de que
gozaban los nobles, y, como consecuencia, supona que mi escrito no
dara ningn resultado; pero aun as, quise tranquilizar mi conciencia.
Decid no revelar a nadie mi secreto, ni siquiera a mi mujer, y as
lo hice constar en la carta dirigida al Ministro. No cre que a m me
amenazase peligro alguno; pero supuse que lo correran otros, si los
comprometa hacindoles dueos del secreto que yo posea.

Estuve aquel da tan ocupado, que no me fu posible terminar la carta
hasta despus de cerrar la noche. A la maana siguiente, dej el lecho
antes de la hora acostumbrada. Era el ltimo da del ao. Acababa de
dar la ltima mano a la carta, cuando me avisaron que me esperaba una
seora que deseaba verme...

Por momentos me considero ms incapaz de dar cima a la tarea que me
he impuesto. Es tan insoportable el fro, tan escasa la luz, tan
completa la parlisis de mis facultades, tan horrible la obscuridad de
mi alma!...

Era una seora joven, simptica y hermosa, pero sealada con el dedo
descarnado de la muerte. La encontr presa de intensa agitacin. Me
dijo que era la esposa del marqus de Evrmonde. Yo relacion el
ttulo de marqus que el muchacho moribundo diera al hermano mayor con
la inicial que descubr en la corbata blasonada y, con tales datos a
la vista, no me fu difcil adivinar que el hombre de quien me haba
separado y el marqus de Evrmonde eran una misma persona.

Aunque mi memoria contina despejada, me es imposible consignar aqu
las palabras que se cruzaron en nuestra conversacin. Parece que la
seora tena noticia de la intervencin que yo haba tenido en un
suceso que conoca en parte y en parte sospechaba. No saba que la
infortunada joven hubiese muerto. Sus deseos, segn me manifest
anegada en lgrimas, eran visitarla en secreto y testimoniarla su
simpata, y sus anhelos, desviar la clera de Dios suspendida sobre una
casa que de antiguo vena siendo objeto del odio de tantos a quienes
haba precipitado en los negros abismos de la desgracia.

El objeto de la visita de aquella seora, que tena sus motivos
para creer que la desdichada vctima de su marido dejaba una hermana
ms joven, era suplicarme que la indicase el nombre y lugar de la
residencia de la hermana en cuestin, a fin de ayudarla y protegerla.
No pude contestar otra cosa sino que, en efecto, exista aquella
hermana; mas no facilitarla datos que desconoca entonces, y desconozco
a la hora en que escribo estas lneas...

Me falta ya el papel. Ayer me quitaron una hoja, temo que la
vigilancia de que me hacen objeto es ms estrecha que nunca, y hoy
mismo es preciso que termine mi relato.

La seora era buena, de corazn compasivo, y desgraciadsima en su
matrimonio. El hermano de su marido la odiaba, desconfiaba de ella
y empleaba en su contra toda su influencia. Ella le tema, y tema
tambin a su marido. Cuando la acompa hasta la puerta de mi casa,
despus de despedirse de m, vi a un hijo suyo, que la esperaba en el
coche, un nio precioso de dos a tres aos de edad.

--Por amor a este inocente, doctor,--me dijo la pobre madre hecha
un mar de lgrimas,--he de llegar, en el camino de las reparaciones,
hasta donde alcancen mis escasas fuerzas. Una voz interior me dice que
ha de purgar el inocente hijo los delitos de su culpable padre, si
oportunamente no ofrezco alguna expiacin por ellos. Mi preocupacin
primera ha de ser inocular en su tierno corazn la compasin hacia sus
semejantes, y mi postrer encargo, el de velar por la hermana que busco,
si puedo encontrarla.

Bes a continuacin al nio, y le dijo:

--Por ti lo hago todo, Carlos. Olvidars mis encargos?

--Nunca--respondi con resolucin el nio.

No consign en mi carta un nombre que me haban comunicado
confidencialmente. La cerr, y no queriendo confiarla a nadie, aquel
da la llev yo mismo a su destino.

Por la noche, era la ltima del ao, a eso de las nueve, llam en mi
casa un hombre vestido de negro, dijo que necesitaba verme, y mi criado
Ernesto Defarge lo condujo a mi presencia.

--Un caso urgente en la calle St. Honor--dijo.

Sal inmediatamente. En la calle me esperaba un coche... que me
condujo aqu, a la tumba. Apenas habamos perdido de vista mi casa,
cuando inopinadamente me amordazaron y sujetaron con cuerdas los
brazos. No tardaron en salir los dos hermanos al encuentro del coche.
El Marqus sac del bolsillo la carta que yo haba llevado al Ministro,
me la ense, la quem con la llama de una linterna que llevaba en la
mano, y pisote las cenizas. No se habl ni una palabra. Me trajeron a
esta tumba, y en ella sigo.

Si en el lapso de estos horribles aos, Dios se hubiera dignado tocar
el corazn de cualquiera de los dos hermanos, no para que pusieran
trmino a mi espantoso cautiverio, sino para que me dieran noticias de
mi adorada esposa... para que me dijeran, ya que no otra cosa, si vive
o ha muerto, creera que, a pesar de sus maldades, no los ha dejado
por completo de su mano; pero hoy creo que las cruces rojas trazadas
con sangre por el muchacho moribundo han sido fatales para ellos,
creo que el Cielo los ha condenado. Como consecuencia, yo, Alejandro
Manette, cautivo infortunado, en la noche ltima del ao 1767, denuncio
a los dos hermanos y a todos sus descendientes, hasta el ltimo, a los
tiempos que no pueden menos de llegar, en que los hombres castiguen
maldades como las de que se han hecho reos. Tambin los denuncio al
cielo y a la tierra.

Terribles rugidos siguieron a la lectura de este documento. No se
oan palabras, que las gargantas no podan modular, sino rugidos que
revelaban sed insaciable de sangre.

Ante aquel tribunal, y ante aquel auditorio, ninguna necesidad haba de
explicar cmo posea Defarge aquel terrible documento que acababa de
hacerse pblico, cmo no lo haba tampoco de hacer saber que el nombre
de aquella familia odiada figuraba desde largo tiempo antes en los
formidables registros de San Antonio. No haba nacido el hombre capaz
de defender al mortal sobre quien pesase tan grave denuncia.

Vena a agravar hasta lo infinito la situacin del condenado la
circunstancia de que su delator fuera un ciudadano conocidsimo y muy
respetable, su amigo del alma, nada menos que el padre de su mujer. Una
de las aspiraciones ms corrientes en el populacho era la de imitar
las virtudes pblicas de la antigedad, sacrificarse por la causa del
pueblo, inmolar los efectos ms tiernos en aras de la Repblica. He
aqu por qu, cuando el Presidente dijo que el buen mdico republicano
no vacilaba en dejar viuda a su hija y hurfano a su nieto, a trueque
de exterminar una familia de perniciosos aristcratas, las turbas
dieron rienda suelta a un fervor patritico salvaje, sin que en ningn
pecho vibrasen las cuerdas de la simpata humana.

--Conque le has rodeado de influencias poderosas, eh, doctor?--murmur
la seora Defarge, mirando, sonriendo, a La Venganza--Slvale, doctor,
slvale ahora, si puedes!

Los jurados se expresaron por medio de rugidos. Cada voto emitido fu
un rugido, la sentencia, una sucesin de rugidos.

Poco se hizo esperar el fallo. Carlos Evrmonde, por otro nombre
Darnay, aristcrata de corazn y de sangre, enemigo de la Repblica y
feroz opresor del pueblo, volvera a la Conserjera para ser decapitado
a las veinticuatro horas.


XI

SOMBRAS

La feroz sentencia que condenaba a la ltima pena a un inocente fu
para la esposa sin ventura agudo pual que traspas su tierno corazn.
No exhal, sin embargo, la infeliz un quejido; en el fondo de su alma
se alz una voz potente que la marc el camino de su deber, dicindola
que su obligacin era sostener a su esposo adorado en vez de acrecentar
con las suyas sus agonas, y ante el conjuro de aquella voz, la joven
se irgui arrogante, sobreponindose a los efectos del tremendo golpe
recibido.

Los jueces levantaron la sesin para tomar parte en la bulliciosa
manifestacin pblica que no poda menos de tener lugar despus del
incidente de la vista, y muy en breve, abiertas todas las puertas de
la Sala de Justicia, sala el pblico, indiferente al dolor de Luca,
que tenda sus brazos anhelantes hacia la plataforma donde quedaba su
marido.

--Si me fuera dado llegar hasta l, Dios mo! Si pudiera darle un
abrazo, uno solo! Oh ciudadanos! Buscad en vuestros pechos un resto
de piedad y acceded a una splica que os hago de rodillas!

No quedaban all ms personas que un carcelero con dos de los cuatro
individuos que el da anterior fueron a prender a Carlos, y Barsad. El
pblico corra ya bullicioso por las calles.

--Dejemos que le d un abrazo--propuso Barsad a sus compaeros;--es
cuestin de un momento.

Aquellas fieras se ablandaron. Luca pudo llegar hasta el pie de la
plataforma, y su marido, inclinndose sobre la barandilla, la estrech
entre sus brazos.

--Adis, dulce alma ma!--dijo.--Abandono este mundo bendiciendo los
amores que en l dejo. En la mansin donde duermen los odios y las
pasiones humanas volveremos a encontrarnos.

--Espantosa es mi desventura, Carlos querido; pero la recibo resignada.
No sufras por m, que Dios me protege y sostiene mis fuerzas. La
ltima bendicin para nuestro ngel, y adis!

--Contigo se la envo, y al besarte a ti, beso a las dos, y de las dos
me despido al hacerlo de ti.

--No... Carlos querido, no! Un momento ms!--exclam Luca, al ver
que el condenado intentaba desasirse de sus brazos.--Nuestra separacin
no ser larga. Presiento que mis amarguras pondrn pronto fin a mi
triste vida; pero mientras me quede un soplo de energa, cumplir con
mi deber, y cuando deje a nuestra hija, el Dios misericordioso que
me depar almas buenas que, con su cario y abnegacin alegraron mi
existencia, no ha de regaterselas a ella.

Habala seguido su padre convertido en muda estatua del dolor, quien
habra cado de rodillas a los pies de los dos, de no haberlo impedido
Carlos.

--No... no!--grit ste, tendindole los brazos--Ha cometido usted
acaso alguna culpa, para postrarse de rodillas ante nosotros? Ah,
no! Todo lo contrario! Ahora es cuando me doy cuenta cabal de
las torturas horribles que desgarraron su alma! Ahora es cuando
puedo aquilatar lo que usted sufri cuando sospech la sangre que
por mis venas corra y la desesperacin que debi sentir cuando las
sospechas se trocaron en certeza! Ahora es cuando comprendo las
luchas encarnizadas que hubo de librar contra una antipata natural,
los esfuerzos que necesariamente tuvo que hacer para vencerla! Con
todo nuestro corazn le damos las gracias! Suyo es todo nuestro
agradecimiento, suyo todo nuestro cario. Que el Cielo le bendiga,
como le bendecimos nosotros!

No pudo contestar el anciano, pues ni su garganta agarrotada era capaz
de articular palabra, ni en su cuerpo quedaban energas ms que para
mesarse los cabellos y lanzar alguno que otro quejido de angustia.

--Tena que suceder as--repuso el reo.--Todo ha conspirado para
llegar al fatal resultado a que llegamos. Han sido estriles cuantos
esfuerzos he hecho para satisfacer aquella aspiracin de mi santa madre
a la que di salida el da primero que usted la conoci y me conoci.
Hubiera sido necio esperar bien alguno de una siembra tan abundante de
males, hacerse ilusiones de que podra tener trmino feliz lo que se
inaugur con principios fatales. Tenga valor, y perdneme. El Dios
misericordioso le colme de bendiciones!

Separronse los esposos; y mientras el reo se alejaba entre sus
guardianes, su esposa permaneca mirndole, juntas las manos en actitud
de splica y con rostro radiante en el que predominaba una sonrisa
acariciadora y confortadora. Sin embargo, no bien desapareci el
condenado por la puerta que comunicaba con la crcel, Luca dobl su
cabeza cual flor segada por el tallo, intent hablar, y cay desplomada
en tierra.

Del obscuro rincn donde haba permanecido oculto desde el comienzo de
la vista, sali entonces Sydney Carton y alz a la desventurada del
suelo. No quedaban con ella ms que su padre y Lorry. Temblaba el brazo
de Carton mientras la levantaba, y, sin embargo, su expresin no era
slo de piedad; haba en ella fuerte mezcla de orgullo.

--La llevo al coche?--pregunt.--No sentir su peso.

En sus brazos la condujo hasta el coche que esperaba en la puerta,
donde la acomod. El anciano doctor y el buen Lorry se sentaron a su
lado, y Carton se acomod en el pescante, junto al cochero.

Llegados frente a la verja, al sitio en que horas antes se detuviera
Carton procurando adivinar qu piedras haban hollado los pies de
Luca, sac a sta del coche, y en sus brazos la subi orgulloso hasta
sus habitaciones, acostndola sobre un sof. Lucita y la seorita Pross
lloraban desconsoladas.

--No haga nada por disipar su desmayo.--dijo Carton a la ltima con voz
muy baja.--Est mejor as.

--Oh Carton, Carton!--grit Lucita, saltando al cuello de Carton y
rodendole con sus brazos.--Ahora que ha venido usted, no dudo que har
algo para consolar a mam, para salvar a pap. Vala usted, Carton!
Puede usted, puede nadie que la quiera contemplarla sin que salte
hecho pedazos su corazn?

Carton di un beso a la nia, separ con dulzura sus bracitos,
contempl durante algunos segundos a la madre, y dijo:

--Antes de irme... puedo besarla?

Ms tarde recordaron los testigos de esta escena que, mientras rozaban
sus labios las mejillas de la desmayada, murmur algunas palabras. La
nia, que era la que se encontraba ms cerca, dijo despus, y repiti
muchas veces a sus nietos, cuando era una viejecita encorvada bajo el
peso de los aos: Es una vida que amas.

En la habitacin inmediata, donde encontr al doctor y a Lorry, dijo al
primero:

--Ayer tena usted mucha influencia, doctor Manette; debe usted ponerla
toda en juego. Los jueces, y todos los que hoy tienen algn poder, son
amigos suyos y estn agradecidos a sus servicios; no es cierto?

--Nada me ocultaron de lo que a Carlos se refera. Abrigaba yo
esperanzas, casi seguridad absoluta de salvarle, y le salv--contest
el doctor, hablando con mucha lentitud y con expresin conturbada.

--Pruebe otra vez. Breves son las horas que separan a hoy de maana;
pero pruebe.

--Probar... No descansar un instante.

--Es lo que debe hacer. He visto hacer grandes cosas a hombres dotados
de las energas de usted, aunque nunca--aadi, sonriendo y suspirando
al mismo tiempo--tan grandes como la que le propongo. Pruebe, sin
embargo. La salvacin de una vida querida bien vale ese esfuerzo.

--Me presentar al Fiscal de la Repblica y al Presidente--contest el
doctor Manette,--as como tambin a otros que no es necesario nombrar.
Escribir tambin, y... Pero ahora recuerdo que hoy se celebran
festejos pblicos y que no podr ver a nadie hasta que sea de noche.

--Es verdad. Bah! De todas suertes, se trata de una esperanza muy
remota; poco se pierde con esperar hasta la noche. Comienzo por decir
que nada espero. Dgame, doctor Manette, cundo cree que podr ver a
esas autoridades formidables?

--Inmediatamente despus de anochecido; yo creo que dentro de una o dos
horas.

--Anochecer poco despus de las cuatro... Aprovechemos la hora o dos
horas que tenemos por delante. Si a las nueve me presento en casa del
seor Lorry, podr saber el resultado de sus gestiones?

--Desde luego.

--Ojal tengan buen xito!

Acompa Lorry a Carton hasta la puerta de la calle, donde le dijo con
voz muy baja y acento apesadumbrado:

--Nada espero.

--Ni yo.

--Aun cuando uno cualquiera de esos hombres... aun cuando todos esos
hombres estuvieran dispuestos a concederle la vida... lo que es suponer
demasiado, despus de lo ocurrido en la vista, dudo mucho que se
atrevieran a hacerlo.

--Tambin lo dudo yo... La cuchilla no se detendr.

Lorry llev las manos a la cara y dej escapar algunos sollozos.

--No se desespere usted... no ceda al abatimiento--dijo con dulzura
extremada Carton.--Si he aconsejado al doctor que trabaje sin descanso,
ha sido porque sus trabajos, aunque han de ser estriles, han de
consolar a su hija algn da. Si su padre se cruzara de brazos, podra
pensar que haba sido sacrificada una vida sin que nadie se tomase el
trabajo de disputarla al verdugo.

--S, s, s! Tiene usted razn!--respondi Lorry, secndose los
ojos.--Se trabajar; pero morir... no resta un tomo de esperanza!

--Es cierto. Morir... No queda un tomo de esperanza!--repiti Carton
como un eco.

Seguidamente ech a andar con paso firme.


XII

TINIEBLAS

Muy poco trecho haba recorrido Carton cuando se detuvo, no bien
decidido acerca del sitio al que se encaminara.

--A las nueve en el Banco Tellson--murmur.--De aqu a entonces, ser
prudente que me deje ver? Creo que s. No estar de ms que esas gentes
tengan noticia de que por aqu anda un hombre como yo... quiz sea una
precaucin acertada... una precaucin necesaria... Cuidado, Carton,
cuidado...! Pensmoslo otra vez!

Suspendiendo la marcha ya iniciada en una direccin determinada,
entr en una calleja obscura y solitaria y procur pesar el pro y el
contra de su proyecto, midiendo con su imaginacin el alcance y las
consecuencias probables que aqul pudiera tener.

--No hay duda; es lo mejor--pens.--Esas gentes deben saber que por la
ciudad anda un hombre que se llama Carton.

Con paso resuelto ech a andar hacia San Antonio.

Como aquel mismo da haba dicho Defarge en la vista que era dueo de
una taberna sita en el barrio de San Antonio, pocas dificultades haba
de encontrar cualquiera que conociera bien la ciudad para dar con
la taberna en cuestin, sin necesidad de preguntar a nadie. Carton,
pues, sali de la calleja obscura y comi en una casa de comidas,
descabezando a continuacin un sueo. En muchos aos no haba bebido
tan poco como aquel da. Desde la noche anterior, slo haba tomado un
poco de vino aguado.

A eso de las siete despert, y reanud su marcha. Al llegar al barrio
de San Antonio, detvose un instante frente a una tienda donde vi
un espejo, y alter ligeramente el lazo de su corbata y desorden su
cuello y su cabello. Hecho esto, encaminse en derechura a la taberna
Defarge y entr resueltamente en ella.

No encontr en el establecimiento ms que a Santiago Tercero, a quien
record haber visto aquella tarde entre los jurados, el cual estaba
bebiendo y conversando con los Defarges, marido y mujer. La Venganza,
en su calidad de miembro de la taberna, asista a la conversacin.

Carton, luego que tom asiento, pidi un vaso de vino. La seora
Defarge le dirigi una mirada indiferente, luego otra ms detenida,
sigui otra extraordinariamente penetrante, y termin acercndose a l
y preguntndole qu deseaba.

Carton repiti lo que antes haba dicho.

--Ingls?--pregunt la tabernera, enarcando las cejas.

Carton, despus de mirarla un buen espacio, cual si le costase gran
trabajo pronunciar una palabra francesa, contest con acento extranjero
marcadsimo:

--S, seora, s; ingls.

Fu la tabernera al mostrador para servir el vino, y Carton, mientras
tomaba entre sus manos un peridico jacobino y finga hacer esfuerzos
por interpretar la lengua en que estaba escrito, oy que deca la
primera:

--Juro que se parece a Evrmonde.

Sirvi el vino Defarge, dando las buenas noches al parroquiano.

--Qu?--pregunt Carton.

--Buenas noches.

--Oh... muy buenas noches, ciudadano... y muy buen vino! Brindo por
la Repblica!

Volvi Defarge al mostrador, diciendo:

--Es cierto; se le parece un poco.

--Y yo repito que se le parece mucho!--replic con dureza la tabernera.

--Lo tienes tan presente en tu memoria...--observ Santiago Tercero.

--A fe que yo tampoco le olvido un momento!--exclam La Venganza
riendo.--Y si no me engao, ests t esperando llegue el da de maana
para verle otra vez.

Carton continuaba leyendo, siguiendo con el ndice las lneas del
peridico y puesta en la lectura toda su atencin. Los Defarges, La
Venganza y Santiago Tercero, juntas las cabezas y de codos sobre el
mostrador, conversaban en voz muy baja. Despus de algunos momentos
de silencio, durante los cuales las cuatro personas tuvieron sus ojos
clavados en el aplicado lector, que no tena ojos ni odos ms que para
el peridico, reanudaron la conversacin.

--Opino que tiene razn tu mujer. Por qu detenernos hasta el final
del viaje? El argumento es de gran fuerza.

--Todo lo que quieras--objet Defarge--pero en una parte o en otra
tendremos que hacer alto. En realidad, lo nico que hay que acordar es
dnde se hace ese alto.

--Despus del exterminio!--replic la tabernera.

--Magnfico!--aull Santiago Tercero.

--Soberbio!--grit La Venganza.

--Profeso la santa doctrina del exterminio, y dicho se est que, en
general, nada tengo que decir en su contra--observ Defarge.--Pero
hay que tener en cuenta que ese pobre doctor ha sufrido ya mucho. Hoy
habis podido convenceros de ello, pues todos habris reparado en la
expresin de su cara mientras se lea el papel.

--He reparado en la expresin de su cara, s!--replic la tabernera,
poniendo en sus palabras todo el desprecio y todo el odio de su corazn
de fiera.--He reparado en la expresin de su cara, s; y he visto que
no era la cara de un amigo verdadero de la Repblica; eso es lo que he
visto.

--Y no te habrn pasado inadvertidas las crueles agonas de su hija,
agonas que habrn exacerbado enormemente las suyas--repuso Defarge.

--Tambin he observado a su hija, s--contest la tabernera;--la
he observado muchas veces; no hoy slo. La he observado hoy en el
Tribunal, y la he observado otros das en la calle, contemplando
los muros de la crcel. Me basta alzar un dedo, para que baje
inmediatamente la cuchilla que haga rodar su cabeza.

--Eres una ciudadana prodigiosa!--rugi Santiago Tercero.

--Un ngel!--suspir La Venganza.

--En cuanto a ti--prosigui la tabernera implacable, dirigindose a su
marido,--segura estoy de que, si de ti dependiera... que por fortuna no
depende... seras capaz de salvar an a ese hombre.

--No!--protest Defarge--Si con levantar este vaso pudiera salvarlo,
ten por seguro que no lo levantara! Pero me detendra all; repito que
dara mi obra por acabada.

--Ya lo ests viendo, Santiago--exclam la tabernera lanzando por los
ojos llamaradas de rabia--Ya lo ests viendo tambin t, mi querida
Venganza... Los dos lo vis... Los dos lo os... Hace mucho tiempo
que figura esa raza en mis registros condenada a la destruccin, al
exterminio, por crmenes que nada tienen que ver con los de la tirana
y opresin. Preguntad a mi marido si miento.

--Es verdad--contest Defarge, sin esperar a que le preguntasen.

--En los comienzos de los grandes das, cuando cay la Bastilla,
encuentra mi marido el papel que se ha hecho pblico hoy, lo trae a
casa, y despus de media noche, cuando el establecimiento est cerrado
y desierto, lo leemos en este mismo sitio y a la luz de esta misma
lmpara. Preguntadle si digo verdad.

--Es verdad, s--contest Defarge.

--Aquella misma noche, despus de ledo el papel y apagada la lmpara,
cuando comenzaba a filtrarse el da por entre las grietas de las
ventanas y los hierros de las rejas, le dije que tena que comunicarle
un secreto. Que os diga si miento.

--Es cierto--asinti Defarge.

--Y le comuniqu el secreto. Golpe su pecho con estas dos manos, como
lo golpeo ahora, y le dije: Defarge; me cri entre pescadores de la
playa, y la familia labriega tan ultrajada por los hermanos Evrmonde,
esa familia que describe el papel encontrado en la Bastilla, es mi
familia. Defarge, la hermana moribunda del muchacho campesino herido
mortalmente era mi hermana, el marido era el marido de mi hermana, el
fruto de sus amores que jams abri los ojos a la luz, era el hijo de
mi hermana, y aquel hermano labriego era mi hermano, y el padre muerto
de dolor era mi padre, los que murieron eran mis muertos, y sus gritos
de venganza a m se han dirigido desde entonces... Preguntadle si es
verdad lo que digo.

--As es--confes Defarge.

--Y ahora, decidme si es posible poner compuertas al vendaval o
extinguir el fuego del infierno!--repuso la tabernera.--Pero no; no es
necesario que me lo digis.

Los dos oyentes saboreaban un placer horrible al convencerse de la
ndole implacable del odio de la tabernera, cuya palidez de espectro
estaba viendo el lector del peridico sin ver su rostro. Defarge,
minora insignificante, aventur algunas palabras haciendo resaltar
la compasin de la esposa del Marqus; pero no consigui ms que la
repeticin de las palabras ltimas de su mujer:

--Dime si es posible poner compuertas al vendaval o extinguir el fuego
del infierno!

La entrada de algunos parroquianos puso fin a la conferencia. El ingls
pag el gasto hecho y pregunt dnde estaba el Palacio Nacional.
Acompale hasta la puerta la seora Defarge, y all, poniendo su brazo
sobre el de aqul, le indic el camino que deba seguir. Ganas se le
vinieron al parroquiano ingls de alzar aquel brazo y herir con mano
segura a su propietaria.

Alejse Carton de aquellos parajes, no tardando en rondar los muros
de la crcel. A la hora convenida se present en la casa de Lorry,
donde hall al anciano que le esperaba inquieto y lleno de ansiedad.
Manifestle el buen banquero que haba estado acompaando a Luca hasta
momentos antes, y que se haba separado de ella para acudir a la cita
convenida; que no haban visto a su padre desde que sali a las cuatro
de la tarde; que Luca abrigaba alguna esperanza de que, por mediacin
del doctor, acaso se salvase Carlos, pero que las esperanzas eran muy
dbiles.

Cinco horas duraba la ausencia del doctor: dnde podra estar? Lorry
le esper hasta las diez, y como no poda resignarse a dejar a Luca
sola y sin noticias durante tanto tiempo, decidieron que Lorry volviera
a la casa de la infeliz, y que Carton esperara la llegada del doctor.
Lorry deba regresar al Banco a media noche.

Dieron las doce y el doctor no apareci. Volvi Lorry, y ni encontr
noticias, ni trajo ninguna. Dnde estara?

Este era el punto que estaban discutiendo, casi abriendo sus pechos a
la esperanza, fundada en lo prolongado de la ausencia, cuando oyeron
sonar sus pasos en la escalera. No bien apareci en la habitacin,
vieron que todo estaba perdido.

Jams ha podido saberse si se pas todas las largas horas de ausencia
vagando al azar por las calles, o bien si visit a sus relaciones.
Entr en la estancia, permaneci con la mirada fija en los que le
esperaban, y no despeg los labios, ni nadie le dirigi la palabra,
pues bien claramente deca la expresin de su rostro que todo estaba
perdido.

--No puedo encontrarlo--dijo.--Dnde est? Me hace falta.

Vena con la cabeza desnuda y abierta la pechera de la camisa. Despus
de tender miradas de angustia en derredor, se quit la levita y se
sent en el suelo.

--Pero dnde est mi banqueta? Por todas partes la ando buscando sin
poder dar con ella. Qu han hecho con mi labor? Necesito concluir esos
zapatos... los esperan con urgencia.

Los dos oyentes se miraron consternados.

--Vaya... vaya!--repuso el anciano.--Mi banqueta... mi labor
comenzada...! Repito que es muy urgente!...

Al no recibir contestacin, se tir del cabello y pate el suelo,
semejante a un nio enfadado.

--No martiricen a un desgraciado!--exclam, lanzando un grito
formidable.--Dnme mi labor... por Dios! Qu ser de nosotros si esta
noche no termino los zapatos?

Perdido, perdido por completo!

Era intil intentar encender una luz que el recio huracn de la
desgracia haba extinguido para siempre. Con espanto de Lorry, con
terror de Sydney Carton, el doctor Manette volva a ser el zapatero
del sotabanco, el desventurado idiota que aos antes entregaron al
tabernero Defarge.

Impresionados ambos, afectados por la misma idea y comprendiendo
la necesidad de sobreponerse a sus emociones, dedicronse, no a
intentar reanimar aquella inteligencia, totalmente extinguida, sino
a tranquilizar al infeliz anciano, prometindole que muy en breve le
seran devueltos la banqueta, las herramientas y los zapatos.

--Ha sucumbido al golpe, excesivamente rudo para l--dijo Carton.--S;
no hay ms remedio que llevarlo a su hija; pero antes de hacerlo,
tendr usted la bondad de prestarme un momento de atencin? Necesito
imponer algunas condiciones y arrancar a usted una promesa; pero no me
pregunte el motivo de las primeras ni el por qu de la segunda, que
para callarlas tengo una razn... y de mucho peso.

--No lo dudo--respondi Lorry.--Siga usted.

En una silla colocada entre los dos interlocutores estaba el anciano,
mecindose con monotona maquinal y sollozando. Los interlocutores
hablaban con voz muy baja, cual si se hallaran junto al lecho de un
enfermo.

Carton se baj para alzar del suelo la levita del doctor. Al hacerlo,
cay al suelo una cajita donde el doctor tena la costumbre de guardar
la lista de las visitas que deba hacer durante el da. La recogi y
abri, encontrando dentro un papel doblado.

--Quiere usted que veamos qu es esto?--pregunt.

Lorry asinti con un movimiento de cabeza.

--Gracias, Dios mo!--exclam Carton no bien desdobl el papel.

--Qu es?--pregunt Lorry con acento anhelante.

--Un poquito de paciencia; se lo explicar a su tiempo. Ante
todo--dijo, llevando la mano al bolsillo interior de su levita
y sacando otro papel,--conviene que vea usted esto, que es un
certificado, merced al cual puedo salir de la ciudad sin inconveniente.
Lalo usted.... Sydney Carton, sbdito ingls...

Lorry qued contemplando el papel.

--Gurdelo usted hasta maana. Recordar usted que he de visitar al
prisionero, y no creo prudente llevarlo conmigo a la crcel.

--Por qu no?

--No lo s... Un capricho, quiz, pero prefiero no llevarlo. Tome
tambin el papel que el doctor Manette llevaba en su bolsillo, y que es
otro certificado anlogo, un salvo conducto para que l, su hija y su
nieta, puedan franquear la Barrera y la frontera en cualquier momento.
Lo ve usted?

--S.

--Probablemente se lo proporcionara ayer, a fin de adoptar toda clase
de precauciones contra la tormenta. Qu fecha tiene? Pero no importa;
no hay necesidad de tomar nota de ese dato. Lo esencial es que lo
guarde usted juntamente con el mo y el de usted. Ahora bien; escuche
con atencin mis palabras, y no las olvide; hasta hace dos horas, no
pas por mi imaginacin que pudieran necesitar ese papel, que hoy
es firme y valedero, y lo ser mientras no lo revoquen. Pero pueden
revocarlo; y es ms: motivos poderosos me hacen creer que lo revocarn
muy pronto.

--Estn en peligro?

--Estn en peligro inminente. Estn en peligro de ser denunciados
por la tabernera Defarge; no me lo ha contado nadie; lo he escuchado
yo de sus propios labios. Esta noche he sorprendido una conversacin
de esa mujer, y la conversacin me ha hecho ver el peligro que a la
familia del doctor amenaza. Desde que la o, no he desperdiciado el
tiempo, he visitado a mi espa, y mis impresiones primeras se han
confirmado plenamente. Sabe aqul que un aserrador de lea, hechura
de los Defarges, est pronto a declarar que _la_ ha visto (Carton
no pronunciaba nunca el nombre de Luca) haciendo seas a los
prisioneros. No es difcil adivinar que sobran motivos para fundar
sobre el hecho mencionado una acusacin cualquiera, un complot contra
la Repblica, por ejemplo, cuya consecuencia sera la muerte de _ella_,
quin sabe si tambin la de su hija... acaso hasta la de su padre,
pues ambos han sido tambin vistos en el mismo sitio... No se asuste
usted... que a todos los salvar usted.

--Quiralo el Cielo, Carton! pero cmo?

--Es lo que voy a decirle ahora mismo. Fo en usted, convencido de que
no podra poner el asunto en mejores manos. La nueva delacin no ser
formulada hasta que pase el da de maana... probablemente la dejarn
para dos o tres das despus, y aun es ms probable que la dilaten
una semana. Sabe usted perfectamente que incurre en pena de muerte
en este bendito pas el que llora o simpatiza con una vctima de la
guillotina. No cabe dudar que tanto _ella_ como su padre se harn reos
del crimen mencionado, y desde luego aseguro que la tabernera, cuyo
odio feroz llega a extremos inconcebibles, esperar hasta contar con
armas que aumenten la fuerza de su denuncia y hagan doblemente seguro
el resultado. Va usted comprendiendo?

--Con tanta atencin, y tan penetrado de la exactitud de lo que usted
afirma, que hasta olvido momentneamente esta desdicha--contest
extendiendo la diestra hacia la silla del doctor.

--No ha de encontrar dificultades usted, que dispone de dinero en
abundancia, para ganar la costa utilizando los medios de locomocin
ms rpidos. Hace ya das que tiene usted ultimados sus preparativos
para regresar a Inglaterra. D usted rdenes para que maana tengan
enganchados los caballos para emprender el viaje a las dos de la tarde.

--Lo estarn.

--No dije antes que era imposible poner el asunto en mejores manos?
Tiene usted un corazn todo nobleza. Esta noche, dir a _ella_ que
conoce el peligro que se cierne sobre su cabeza, y que ese peligro
puede envolver tambin a su hija y a su padre. Insista usted en este
punto, pues de no hacerlo as, es probable que nada consiguiera, porque
_ella_, sin inconveniente, antes bien llena de alegra, colocara su
hermosa cabeza junto a la de su marido, para que el mismo golpe hiciera
rodar las de los dos. Insistiendo en el peligro que corre su hija y en
el que amenaza a su padre, hgala usted ver la necesidad imperiosa de
salir maana a la hora indicada de Pars, con ellos y con usted. Dgala
que es deseo de su marido, deseo expreso de cuyo cumplimiento depende
mucho ms de lo que ella puede suponer o esperar. No le parece a usted
que su padre, no obstante la lamentable condicin de su espritu, se
someter a los deseos de la hija?

--Estoy seguro de ello.

--Lo supona. Sobre todo, tngalo todo dispuesto para la hora indicada.
El coche preparado, enganchados los caballos y ustedes acomodados en
sus asientos. En el momento que llegue yo, colquenme en el coche, y en
marcha.

--He de esperar su llegada de usted, suceda lo que suceda?

--Tiene usted en su poder mi salvoconducto, juntamente con los dems,
salvoconducto que me da derecho a un asiento. Esperar usted hasta que
ese asiento est ocupado, y en cuanto lo est, a Inglaterra lo ms
rpidamente posible.

--En ese caso--observ Lorry, dando un fuerte apretn de manos a
Carton,--ya no depende todo de un pobre viejo, puesto que llevar a mi
lado a un joven ardiente y decidido.

--Con la ayuda de Dios, lo tendr usted! Promtame ahora solemnemente
que por nada del mundo alterar ni modificar nada de lo que hemos
convenido.

--Nada, Carton; lo juro.

--Maana, procure recordar con frecuencia estas palabras: Una
variacin... una demora... sea la que sea la causa a que obedezca,
puede comprometer la salvacin de las vidas de todos y ocasionar el
sacrificio inevitable de muchas otras.

--Las recordar. Espero que Dios me dar fuerzas para llenar fielmente
mi misin.

--Yo tambin espero que no me faltarn para cumplir la ma. Y ahora...
adis.

No se fu, sin embargo, aunque a continuacin de pronunciar la palabra
de despedida, llev a sus labios y bes la mano que Lorry le tenda.
Antes ayud a levantar al doctor de la silla, a ponerle la levita y
el sombrero, y a inducirle a salir, dicindole que iban a buscar la
banqueta y los zapatos que deseaba. Acompa a los dos ancianos hasta
el jardn de la casa donde lloraba un corazn lacerado, tan feliz en
otros tiempos, y, cuando aquellos le dejaron solo, permaneci algunos
momentos contemplando una ventana, cuyas maderas dejaban escapar
algunos hilos de luz, la ventana de la habitacin de _ella_. Antes
de irse, su corazn envi a la ventana un adis solemne envuelto en
hermosa nube de bendiciones.


XIII

CINCUENTA Y DOS

Encerrados en negruzcos muros, los condenados del da esperaban la hora
de subir al cadalso en la siniestra crcel de la Conserjera. Eran
tantos como semanas tiene el ao. Cincuenta y dos vidas humanas deban
perderse aquella tarde en el mar insaciable que las absorbe todas.
Antes que se vaciasen sus celdas quedaban designados los que habran
de remplazarlos, antes que corriera su sangre sobre la sangre vertida
el da anterior, haba sido puesta en sitio separado la que al da
siguiente vendra a mezclarse con la suya.

Cincuenta y dos vidas segadas, cincuenta y dos vctimas, pertenecientes
a todas las clases sociales; desde el rico propietario de setenta
aos, cuyas riquezas de nada le servan para prolongar la existencia,
hasta el msero jornalero, a quien tampoco poda salvar su obscuridad
y su miseria. De la misma manera que en las enfermedades fsicas, que
tienen su origen en los vicios y en los descuidos de los hombres, hacen
sus vctimas sin reparar en categoras ni edades, as tambin las
espantosas dolencias morales, engendradas por sufrimientos indecibles,
opresiones intolerables e indiferencias crueles, hieren por igual y sin
distincin de personas.

Carlos Darnay, encerrado en su celda a solas con sus pensamientos,
no se hizo ilusin alguna desde que sali de la Sala de Justicia. En
cada palabra de la terrible narracin all leda vi una sentencia
de muerte, y no se le ocult que no haba influencia humana capaz de
salvarle, que virtualmente pesaba sobre l una sentencia pronunciada
por millones de votos, contra los cuales de nada servan los esfuerzos
individuales.

No era, sin embargo, empresa fcil resignarse a morir, el que como
l conservaba fresca en su mente la imagen de su adorada esposa.
Lazos muy slidos le unan a la vida, y era duro, muy duro, ver tan
de cerca la cuchilla que los cortara para siempre. Sus pensamientos
se atropellaban, se agitaban tumultuosos en su pecho, rean entre
s rudas batallas, y a la postre unan sus fuerzas para contender
contra la resignacin. Si momentneamente consegua calmarlos, brotaba
inmediatamente la imagen de su mujer, la imagen de su tierna hija,
acordbase de que las dejaba en el mundo, y protestaba contra ello
con todas las fuerzas de su alma, ni ms ni menos que si en su pecho
alentase el egosmo ms agudo.

Verdad es que estas luchas no fueron de larga duracin. No pas mucho
rato sin que actuara en l como estimulante poderoso la consideracin
de que la muerte que le esperaba no llevaba consigo el apndice de
la deshonra, y el pensamiento de que muchos, tan inocentes como l,
recorran todos los das y con paso firme el mismo camino doloroso que
l deba recorrer. Pens luego en la futura tranquilidad de espritu de
que, pasados los primeros momentos, disfrutaran los seres queridos que
dejaba en el mundo, si le vean aceptar la muerte con entereza varonil,
y de esta suerte, poco a poco y por grados, fu recobrando la calma y
engolfndose en reflexiones de ndole ms elevada.

Antes que cerrase la noche, haba adelantado la mayor parte del camino
en el viaje de su resignacin. Provisto de recado de escribir y de luz,
tom la pluma y no la dej hasta que lleg la hora en que el reglamento
de la crcel obligaba a apagar las lmparas.

Escribi una carta muy extensa a Luca, demostrndola que jams
tuvo noticia del eterno cautiverio de su padre hasta que lo oy de
los mismos labios de ste, y que, con anterioridad a la lectura del
documento encontrado en la Bastilla, estaba tan ignorante como ella
misma de la culpabilidad directa de su padre y de su to en aquel
triste acontecimiento. Ya antes la haba explicado que, si ocult su
apellido verdadero, apellido que haba renunciado, fu para cumplir
una condicin, cuyo motivo comprenda ahora perfectamente, impuesta
por el doctor al dar su asentimiento a las relaciones amorosas con su
hija, y ratificada la maana de su boda. La suplicaba encarecidamente
que, por amor a su padre, jams intentase averiguar si aqul haba
olvidado la existencia del documento, o bien si se la record la
historia de la Torre de Londres narrada bajo el pltano del jardn
aquella noche de verano. Si del documento en cuestin conservaba algn
recuerdo, indudablemente lo supuso destrudo con la Bastilla, al ver
que no figuraba entre las reliquias de los prisioneros encontradas por
el populacho y hechas tan pblicas que las conoca el mundo entero.
Instbala--bien que aadiendo que ya saba que la recomendacin era
intil--a que consolase a su padre, convencindole, por todos los
medios imaginables, de que no slo no haba hecho nada vituperable,
nada que hubiera ocasionado su desventura, sino que, por el contrario,
se haba sacrificado siempre por la felicidad de su hija y del marido
de su hija. Terminaba recomendndola que procurase sobreponerse a su
dolor, que se consagrase a su querida hija, y sobre todo, que a fuerza
de ternura consolase a su padre.

Escribi al doctor otra carta inspirada en los mismos pensamientos y
dicindole que confiaba a su cario a su mujer y a su hija. Con frase
vibrante le haca ese encargo, no porque lo considerara necesario,
sino ms bien con objeto de levantar su nimo y alejar de su mente
pensamientos retrospectivos, que desde luego supona que se alzaran
con mayor fuerza que nunca.

Dirigi una carta al seor Lorry, encomendando a su solicitud los seres
queridos que dejaba y explicndole todos sus asuntos terrenos. No se
acord de Carton. Eran tantos los pensamientos que le embargaban, que
no dejaron hueco para una persona con la que nunca sostuvo relaciones
frecuentes.

Cuando se apagaron las luces y se tendi sobre el msero jergn de
paja, crey que haba concludo ya con el mundo.

Resurgi, sin embargo, ste durante su sueo, y resurgi brillante,
encantador. Encontrse de nuevo en el tranquilo rinconcito de Soho,
libre, feliz, contento, en compaa de su Luca, la cual le aseguraba
que todo haba sido un sueo, una pesadilla, que nunca haban
abandonado a Inglaterra, que nunca se haba separado de ella. A este
sueo sigui una pausa de olvido completo, despus de la cual se
imagin que viva con su mujer, pero muerto, decapitado. Sobrevino otra
pausa de olvido, y despert al fin por la maana, sin darse cuenta del
sitio en que se encontraba sin acordarse de lo ocurrido la vspera,
hasta que brotaron en su mente con caracteres de fuego estas palabras:
Hoy es el da de tu muerte.

Encontrbase en el da en que deban rodar cincuenta y dos cabezas,
una de ellas la suya, y mientras, resignado a su triste suerte,
haca acopio de alientos para sufrirla con tranquilo herosmo, sus
pensamientos, muy difciles de dominar, emprendieron con actividad
febril nuevos derroteros.

Nunca haba visto el terrible instrumento que horas ms tarde segara
su vida. Cunta sera la elevacin sobre el suelo de la lgubre
mquina, cuntos peldaos tena la escalera fatal, dnde estara
emplazada, qu manos se encargaran de colocarle sobre el tajo, si
estaran tintas en sangre, hacia qu lado volvera la cabeza, si sera
l el primero o si sera el ltimo; stas y otras preguntas semejantes
se haca una y otra vez, atropelladamente, sin que en ello interviniera
su voluntad, sino su imaginacin sobreexcitada. Tampoco las inspiraba
el miedo, sino ms bien un deseo extrao de saber qu era lo que hara
cuando llegase el caso, un deseo que no guardaba proporcin con los
fugaces instantes a los cuales se refera, una curiosidad inexplicable
sentida por una alma distinta de la suya.

Pasaba el tiempo y el reloj sonaba horas que el infeliz no volvera a
oir sonar. Dieron las nueve, las diez, las once, y estaban para dar
las doce. El reo paseaba cada vez ms sereno. Lo peor de la lucha
interna haba pasado. Ya no conturbaban su imaginacin pensamientos
disparatados, ya poda rezar por s y por los suyos.

Sonaron las doce.

Habanle dicho que la hora ltima que para l sonara en el mundo
seran las tres, y saba que le sacaran del calabozo con bastante
anticipacin a la hora indicada, pues las carretas de la muerte
recorran muy lentamente el camino del patbulo. Supuso, pues que le
llamaran a las dos.

Cruzados los brazos delante del pecho paseaba por su celda, cuando
hiri sus odos la una; no perdi su calma heroica. Fervorosamente di
gracias a Dios por haberle dado fuerzas para recobrar la calma, y pens:

Me resta otra hora.

Son rumor de pasos en el pasadizo exterior. La puerta de su celda se
abri y volvi a cerrar sin ruido. Alguien dijo junto a la puerta,
abierta ya, o mientras la abran, estas palabras:

No me ha visto nunca aqu, pues he cuidado siempre de alejarme de su
paso. Entre usted... Esperar fuera... No pierda tiempo.

Frente al prisionero brot un hombre que le miraba sonriente,
tranquilo. Era Sydney Carton.

Tal era la expresin de su rostro, tan notable su mirada, que en el
primer instante temi el prisionero que se tratase de una aparicin no
real, fruto de su imaginacin alborotada. Pero la aparicin habl, y el
tono de su voz era el de Carton; estrech la mano del reo, y su mano
era una mano real, de carne y hueso.

--Apuesto a que soy yo el ltimo ser humano a quien usted esperara
ver: me equivoco?

--No solo no esperaba ver a usted, sino que, aun vindole, estoy
dudando que frente a m se encuentre el Sydney Carton a quien he
conocido... Es tambin prisionero?

--No. La casualidad me ha hecho dueo de uno de los calaboceros de esta
crcel, y a esa circunstancia debo el encontrarme junto a usted. Vengo
de parte de _ella_... de parte de su mujer, mi querido Darnay.

El reo le tendi silenciosamente la mano.

--Y traigo el encargo de hacerle una splica.

--Qu es?

--Es la splica ms fervorosa, la ms apremiante, la ms ardiente de
las que le han sido dirigidas por aquella voz que tan querida le es.
No la desoiga, porque esa voz querida se la dirige con el tono ms
pattico que nunca ha sonado en sus odos.

El reo dobl la cabeza sin contestar.

--Ni usted tiene tiempo para preguntarme por qu soy el emisario
encargado de formular la splica en cuestin, o para pedirme
explicaciones acerca de lo que signifique, ni lo tengo yo para
drselas. Su obligacin... obligacin sagrada, es obedecer sin
replicar... Qutese las botas, y pngase las mas!

Adosada a uno de los muros, a espaldas del reo, haba una silla.
Carton, mientras hablaba con la rapidez del rayo, haba obligado a
aqul a sentarse en la silla en cuestin.

--Desclcese y pngase estas botas mas... Pronto!...

--Carton... Es imposible escapar de aqu--replic Carlos, completamente
desconcertado;--imposible de todo punto... No conseguir usted otra
cosa que morir conmigo... Es una locura....

--Sera una locura si yo le dijera a usted que escapara; pero se lo
he insinuado siquiera? Cuando le diga que franquee aquella puerta,
contsteme que es una locura y no me haga caso... Fuera esa corbata y
pngase la ma... Eso es... Ahora la levita... Haremos un cambio de
levitas... Magnfico! Me permitir que le quite esa cinta que sujeta
su pelo, y que desordene un poquito su peinado... eso es! Ya va usted
tan mal peinado como yo.

Con celeridad portentosa, con una fuerza de voluntad que ms que humana
pareca sobrenatural, transform al prisionero en un abrir y cerrar de
ojos. El reo pareca nio sin voluntad en sus manos.

--Carton... Mi querido Carton! Es una locura... un desatino! No es
posible llevarlo a cabo... Jams se ha conseguido... Docenas de veces
lo han intentado y siempre fu el fracaso ms ruidoso el resultado...
Por Dios le pido, amigo querido, que no aumente mis amarguras
sacrificando estrilmente su vida...! No basta con que muera yo?

--Le he dicho por ventura, mi querido Darnay, que rebase aquella
puerta? Cuando se lo diga, conteste rotundamente que no, y asunto
concludo. Veo papel, tinta y pluma en aquella mesa; tiene usted el
pulso firme? Podr escribir?

--Firme lo tena cuando usted entr.

--Pues es preciso que lo est otra vez, para que escriba con letra muy
clara lo que voy a dictar... Pronto, amigo mo, pronto!

Darnay, estupefacto, maravillado, aturdido, tom asiento frente a la
mesa. Carton, puesta la diestra sobre el pecho, qued en pie al lado
suyo.

--Escriba punto por punto lo que yo le dicte.

--A quin dirijo el escrito?

--A nadie.

La diestra de Carton continuaba fija sobre su pecho.

--Pongo fecha?

--No.

El reo alzaba la cabeza cada vez que formulaba una pregunta; Carton,
sin mover la diestra, miraba al suelo.

Si no ha olvidado usted las palabras que entre los dos se
cruzaron--dijo Carton dictando,--comprender sin esfuerzo esta carta,
no bien la lea. S positivamente que las recuerda, pues no es usted de
los que olvidan pronto.

El reo, que no comprenda el sentido de lo que estaba escribiendo, alz
inopinadamente los ojos y sorprendi a Carton en el momento que sacaba
del pecho la mano. Esta se detuvo.

--Ha escrito usted olvidan pronto?

--S. Tiene en su mano algn arma?

--No; no tengo armas.

--Qu tiene, pues?

--Dentro de un momento lo sabr usted... Contine escribiendo, que son
ya muy pocas las palabras que nos faltan... Doy gracias a Dios que me
permite probarlas con hechos. No quisiera que lo que hago fuera para
nadie motivo de pesadumbre o de tristeza.

Mientras dictaba estas palabras, clavados los ojos sobre el que
escriba, su mano derecha fu movindose cautelosamente acercndose a
la cara del reo.

La pluma cay de la mano de Darnay, quien mir con expresin atontada
en derredor.

--Qu vapor es ste?--pregunt.

--Vapor?

--S... un olor que me molesta y aturde.

--Nada percibo... No es posible que aqu se respiren vapores... Tome de
nuevo la pluma y terminemos... Pronto, pronto!

El reo, cuya respiracin se haba hecho jadeante, y cuyo rostro
reflejaba el desorden de sus facultades, se inclin sobre el papel
dispuesto a escribir.

De haber sido otro el curso de los sucesos--continu dictando Carton,
cuya mano derecha estaba debajo de la nariz del escribiente,--es
natural que me hubiese faltado esta oportunidad; de haber sido otro el
curso de los sucesos...

Fij Carton sus ojos en la pluma, y vi que garrapateaba signos
ininteligibles.

El reo se enderez de pronto dirigiendo a Carton una mirada llena de
reconvenciones; pero la diestra del ltimo se acerc ms y ms a su
nariz, mientras su brazo izquierdo rodeaba su cintura. Luch el reo
dbilmente y durante breves segundos con el hombre que vena a dar su
vida por la suya; pero antes que transcurriera un minuto, yaca inmvil
sobre el suelo.

Carton visti inmediatamente las ropas que el prisionero dejara minutos
antes, se pein mejor que nunca, at su cabello con la cinta que antes
sujetaba el de Darnay, y dijo con voz muy baja:

--Entre... entre!...

Dos segundos despus, se presentaba el espa.

--Lo ve usted?--pregunt Carton alzando la cabeza, e hincando a
continuacin una rodilla en tierra para colocar en el bolsillo de
Carlos el papel que haba escrito.--No le dije que su riesgo era
insignificante?

--Mi riesgo, seor Carton, no est en _esto_--respondi el espa,--sino
en que usted cumpla fielmente lo estipulado.

--Est usted tranquilo, que yo me atendr a lo convenido hasta la
muerte.

--As debe ser para que resulte exacto el nmero cincuenta y dos. Con
que usted lo complete, vestido como est en este momento nada temo.

--Nada debe temer. Yo, que podra perjudicarle, desaparecer muy en
breve de este mundo, gracias a Dios... Ahora, aydeme; mejor dicho;
llveme al coche.

--A usted?--pregunt el espa con aprensin visible.

--A l, hombre de Dios, al reo con quien cambio la suerte! Saldr por
la misma puerta por la que entr yo?

--Claro que s.

--Pues bien; como me encontraba dbil y desfallecido cuando entr, lo
natural es que salga ms dbil y ms desfallecido. La despedida eterna
me ha impresionado tanto, que he perdido el conocimiento; esto ha
ocurrido aqu con mucha frecuencia... con demasiada frecuencia. Cuenta
suya es no cometer ninguna torpeza... Pronto... Pida auxilio.

--Me jura usted que no me traicionar?--pregunt el espa temblando.

--Pero hombre! No lo he jurado ya solemnemente?--replic Carton,
pateando con impaciencia.--A qu, pues, perder ahora momentos que son
preciosos? Squelo al patio que usted sabe, colquelo en el coche,
llvelo al lado del seor Lorry, dgale que no le d ninguna medicina,
que lo nico que necesita es aire, que recuerde mis palabras de anoche,
que cumpla la promesa que anoche me hizo, y nada ms.

Retirse el espa, y Carton se sent a la mesa, sobre la cual apoy los
codos. Segundos despus volva a entrar el espa con dos hombres.

--Hombre!--exclam el uno, al ver a Carlos tendido en tierra.--Tanta
impresin le ha hecho ver que su amigo ha sacado el _gordo_ en la
lotera de Santa Guillotina?

--A fe que no se hubiera afligido ms un buen patriota si el
aristcrata hubiese sido declarado absuelto!--observ el otro.

Entre los dos colocaron al desmayado en una litera que haban trado y
se lo llevaron.

--Pocas horas de vida te quedan, Evrmonde!--dijo el espa.

--Lo s muy bien--respondi Carton.--Cuida de mi amigo y djame en paz.

--Vmonos, hijos mos--dijo el espa a sus compaeros.--Andando.

Cerrse la puerta quedando Carton solo. Concentr en su odo todas
las facultades de su alma por si sonaba algo que indicase sospechas o
alarmas; nada se oy. Giraron llaves en las cerraduras, se cerraron
puertas con estrpito, los pasos se fueron alejando, pero ni se oy un
grito ni se perturb el orden o la tranquilidad habitual. Carton, ms
tranquilo ya, permaneci sentado frente a la mesa hasta que sonaron las
dos.

A sus odos llegaron entonces ruidos que no le alarmaron ni
sorprendieron, sencillamente porque saba perfectamente qu
significaban. Sucesivamente fueron abiertas muchas puertas, hasta que
al fin lleg el turno a la de su celda. Un carcelero, provisto de una
lista, sin pasar del umbral, se limit a decir:

--Sgueme, Evrmonde.

Carton sali tras el calabocero hasta llegar a una celda obscura,
de grandes dimensiones, situada a bastante distancia, atestada de
prisioneros. Aunque la luz era muy escasa, Carton pudo ver que todos
tenan atados los brazos, que unos estaban en pie y otros sentados, que
stos se quejaban y aqullos paseaban inquietos y nerviosos. La mayor
parte, sin embargo, permanecan silenciosos e inmviles, con los ojos
clavados en tierra.

Mientras de pie junto al negruzco muro, contemplaba a sus cincuenta y
un compaeros de cadalso, algunos de los cuales entraron despus que
l, un hombre se detuvo al paso para abrazarle. Carton se estremeci,
temiendo ser descubierto, pero aqul continu su marcha luego que
le hubo dado un abrazo. Momentos despus, una muchachita de cuerpo
gracioso y lindas facciones se levant del suelo y se acerc a Carton.

--Ciudadano Evrmonde--dijo, alargndole su mano helada;--soy una
costurerita que fu tu compaera de prisin en La Force.

--Ah, s!--murmur Carton.--Es verdad! Lo que no recuerdo es la
acusacin que te llev a la crcel.

--Me acusaron de conspiradora; pero el buen Dios sabe que soy inocente.
Puede haber conspirador que confe sus maquinaciones a una nia dbil
como yo?

La sonrisa con que la jovencita acompa sus palabras conmovi tan
profundamente a Carton, que las lgrimas asomaron a sus ojos.

--No me da miedo morir, ciudadano Evrmonde, pero repito que nada he
hecho. Hasta morira con alegra si la Repblica, que segn dicen, ha
de hacer felices a los pobres, obtuviera algn provecho de mi muerte;
pero si he de decir lo que siento, no creo que mi muerte sirva para
nada, Evrmonde. Qu beneficios ha de reportar a la Repblica la
muerte de una criatura dbil como yo?

La compasin que la nia inspiraba a Carton era infinita.

--O decir que te haban absuelto, ciudadano Evrmonde, y de veras
siento que no sea verdad.

--Lo fu; pero luego me prendieron de nuevo y me han condenado.

--Si nos colocan en el mismo carro, ciudadano Evrmonde, me permitirs
que te coja la mano? No es que tenga miedo; pero como soy una nia, tu
mano me dar el valor que me falta.

Carton vi que por los ojos de la nia, al clavarlos en su cara, pasaba
una nube de duda primero, y de asombro despus.

--Vas a morir por l?

--Y por su mujer y su hija... s!

--Oh! Me permitirs tener entre las mas tu mano valerosa?

--S, desventurada hermana ma... hasta el postrer momento.

       *       *       *       *       *

Las mismas sombras que envuelven a los condenados cercan a las turbas
estacionadas a la misma hora en las inmediaciones de la Barrera en el
momento que un coche de camino, procedente del interior de la ciudad,
se acerca para presentar los documentos de los que lo ocupan.

--Quines son los viajeros? A ver... los documentos!

Una mano presenta los documentos, que son ledos.

--Alejandro Manette... mdico... francs... Veamos; quin es?

Un brazo extendido indica un viejo extenuado que murmura palabras
ininteligibles.

--Parece que el ciudadano doctor tiene perturbadas las facultades, eh?
Le ha abrasado el cerebro la fiebre de la Revolucin.

--Eso parece.

--Bah! Son muchos los que se encuentran en su caso... Luca, su
hija... francesa... Quin es?

--Esta.

--Muy bien. Evrmonde emprende otro viaje distinto... Luca, hija de
Luca... inglesa... Es esta?

--La misma.

--Dame un beso, hija de Evrmonde... Has besado a un buen republicano,
cosa nueva en tu familia, no lo olvides. Sydney Carton, abogado,
ingls... Quin es?

--Este que yace tendido en el fondo del coche.

--Va desmayado el abogado ingls?

--S... su salud est muy quebrantada, pero el aire puro le sentar
indudablemente bien. Acaba de despedirse de un amigo suyo que ha tenido
la desgracia de incurrir en el desagrado de la Repblica.

--Por tan poca cosa se desmaya? Muchos son los que incurren en el
desagrado de la Repblica, y mal de muchos... Mauricio Lorry, banquero,
ingls... Quin es el banquero?

--Yo; no puede ser otro, puesto que nadie ms queda en el coche.

Mauricio Lorry era el que haba contestado a las preguntas anteriores,
Mauricio Lorry el que haba echado pie a tierra y, apoyada la diestra
en la portezuela del carruaje, responda al interrogatorio del
encargado de la vigilancia de la Barrera.

--Toma tus documentos, Mauricio Lorry... Refrendados!

--Podemos proseguir la marcha?

--Cuando os acomode. Adelante, postillones, y buen viaje.

--Salud, ciudadanos... Pas el primer peligro.

--No le parece que caminamos demasiado despacio?--pregunt Luca
llorando, asiendo el abrazo del buen Lorry.

--Si corriramos ms, parecera que huamos; no conviene; excitaramos
sospechas.

--Vuelva la vista atrs... No nos persiguen?

--No, querida ma, no; hasta ahora no nos persiguen.

Los fugitivos dejan a sus espaldas casas de uno o de dos pisos que
bordean la carretera, granjas, casas de labor abandonadas, teneras en
ruinas, campos solitarios, avenidas que serpentean entre hileras de
rboles sin hojas. Corren por caminos speros y desiguales, cruzando
malezas, ora saltando sobre espesa capa de piedras, ora atascndose en
profundos lodazales. Su impaciencia, su agona es tan grande, que no
ven nada, en nada reparan, en nada piensan ms que en llegar cuanto
antes al puerto de salvacin.

Relevan los caballos. Nuevos postillones ocupan las sillas mientras
quedan descansando los antiguos. Atraviesan una aldea, suben
trabajosamente una rampa, coronan la colina, descienden por la
vertiente opuesta, entran en terrenos menos ridos... Dios santo! Los
persiguen!

--Ah del coche...! Alto!

--Qu pasa?--pregunta Lorry, asomando la cabeza por la portezuela.

--Cuntos han sido hoy?

--No comprendo.

--Cuntos han besado hoy la Santa Guillotina?

--Cincuenta y dos.

--Bien! Buen nmero! Ya hubieran querido mis buenos conciudadanos
de aqu despachar a tantos; pero han sido diez menos... La Guillotina
marcha admirablemente... Bien por la Guillotina...! Viva la
Guillotina...! La adoro...! Adelante!

Cierra la noche. Carlos comienza a moverse... revive... dice palabras
inteligibles. Cree que contina al lado de Carton y le pregunta qu es
lo que tiene en la mano...

Dios del Cielo! Ten lstima de los fugitivos!

Tras ellos vuela veloz el viento, tras ellos se precipitan las
nubes, tras ellos corre la luna, las sombras de la noche los siguen
incansables; pero, por fortuna, hasta entonces, nadie ms corre en su
seguimiento.


XIV

FIN DE LA CALCETA

A la hora misma en que los cincuenta y dos esperaban el momento de
trabar relaciones demasiado estrechas con la Guillotina, celebraban
siniestro consejo secreto la seora Defarge, La Venganza y Santiago
Tercero. La conferencia no tena lugar en la taberna, sino en el taller
del aserrador de leos, pen caminero en otros tiempos, y a ella no fu
admitido el aserrador, sino obligado a permanecer fuera, a distancia
respetable.

--De todas suertes, nuestro Defarge es un buen republicano,
eh?--pregunt Santiago Tercero.

--No lo hay mejor en toda Francia--respondi con calor La Venganza.

--Calma, mi querida Venganza--replic la tabernera, poniendo una
mano sobre el brazo de su _tenienta_ y frunciendo ligeramente el
ceo.--Antes de emitir opiniones, conviene que escuches lo que voy a
decir. Mi marido, como ciudadano, es un buen republicano y un hombre
de valor; ha merecido bien de la Repblica y posee su confianza;
pero mi marido tiene sus debilidades, y una de las mayores, la mayor
seguramente, es la de querer al doctor.

--Es una desgracia!--exclam Santiago Tercero, moviendo con
expresin enigmtica la cabeza.--Esas debilidades desdicen de un buen
ciudadano... Qu lstima!

--Lo que menos me importa a m es el doctor--repuso la tabernera.--Por
m, puede llevar la cabeza sobre los hombros, o perderla; me es
completamente igual; pero la raza Evrmonde ha de ser exterminada, ha
de desaparecer de la tierra, y como consecuencia, la esposa y la hija
deben seguir al otro mundo al marido y al padre.

--Y que tiene una cabeza hermosa si las hay; una cabeza que est
pidiendo a gritos la Guillotina--contest Santiago Tercero.--No hay
nada que entusiasme tanto como ver pendiente de las manos de nuestro
buen Sansn una cabecita de ojos azules y cabellos de oro.

La seora Defarge baj los ojos y permaneci en actitud reflexiva
durante algunos momentos.

--Tambin tiene cabellos de oro y ojos azules la nia--repuso Santiago
Tercero.--Adems, pocas veces se nos concede el placer de ver sobre el
tablado nias de sus aos. Ser un espectculo soberbio.

--Hablando con franqueza--dijo la tabernera sacudiendo su
abstraccin,--en este asunto no me merece confianza mi marido. No slo
estoy convencida desde anoche de que no debo confiarle los detalles
de mis proyectos, sino tambin de que, a poco tiempo que perdamos, es
muy capaz de advertirles del peligro que corren, en cuyo caso, se nos
escapan.

--No escaparn, no... ni uno ni medio!--gru Santiago
Tercero.--Caern todos, hasta el ltimo! Es preciso llegar a sesenta
diarios!

--En una palabra--aadi la tabernera,--ni mi marido tiene las
razones que yo para exigir el exterminio total de esa raza, ni yo
tengo las razones que l para tratar con consideracin al doctor. De
consiguiente, debo prescindir de l y obrar por mi cuenta. Puedes
entrar, ciudadano--termin dirigindose al aserrador.

Obedeci, temblando, el aserrador, quien se present con el gorro rojo
en la mano.

--Respecto a las seales que viste que aquella mujer haca a los
prisioneros, ests dispuesto a sostenerlas con tu declaracin en
cualquier momento, ciudadano?--pregunt la tabernera.

--Por qu no? Desde aqu la he visto todos los das, lluviosos o
serenos, fros o calurosos, desde las dos de la tarde hasta las cuatro,
unas veces con la nia, otras sola, y siempre haciendo seales. Estos
mismos ojos lo han visto.

Mientras hablaba, haca con las manos gran variedad de seas que jams
haba visto.

--Complots... maquinaciones... es indudable--respondi Santiago Tercero.

--Podemos contar con el jurado?--pregunt la tabernera.

--En absoluto. Es un jurado patriota, ciudadana. Respondo yo de todos
los que lo forman.

--Otra cosa...--aadi la tabernera, meditando.--Veamos..... Puedo
perdonar al doctor en obsequio a mi marido? A m me es igual... el
doctor me es indiferente... Puedo perdonarlo?

--Sera una cabeza ms--observ Santiago Tercero.--Principian a
escasear las cabezas... dentro de poco escasearn ms an... Yo creo
que sera una lstima perdonarlo.

--Cuando yo le encontr frente al sitio donde estamos, haca las
mismas seas que su hija--dijo la seora Defarge.--Si hablo de la una,
forzosamente he de hablar del otro. Por otra parte, no me es posible
callar, as es que, descargo toda la responsabilidad del caso sobre
este ciudadano. El declarar lo que quiera. De m, lo nico que puedo
decir es que nunca ser testigo falso.

La Venganza y Santiago Tercero demostraron claro como la luz del sol
que, lejos de ser testigo falso, siempre haba sido espejo de testigos
admirables y maravillosos, y el ciudadano aserrador, no queriendo
quedar atrs, protest ante el cielo y la tierra que la seora Defarge
era un testigo celestial.

--Que se cumpla su destino!--dijo la tabernera.--No; no puedo
perdonarle... Supongo, ciudadano, que para las tres de hoy no puedes
disponer de tu persona, pues creo que no te privars del gusto de
contemplar la hornada del da, eh?

Contest inmediatamente el aserrador que por nada del mundo se privara
de tan hermoso espectculo, lo que le di pie para aadir que era el
republicano ms fervoroso, y que se considerara el ms desolado de
los republicanos, si algn da le impedan fumar su pipa mientras
contemplaba el hermoso funcionamiento de la Navaja Barbera Nacional.

--Tambin asistir yo--respondi la tabernera.--Luego que termine la
funcin... a las ocho... s; es buena hora... a las ocho vendrs a
buscarme a San Antonio para delatar a esos individuos en mi seccin.

Contest el aserrador que sera para l honor altsimo y viva
satisfaccin acudir a la cita que le daba la ciudadana.

La seora Defarge se acerc a la puerta del taller, llam por medio de
una sea a Santiago Tercero y a La Venganza, y luego que estuvieron
stos a su lado, expsoles con toda claridad sus puntos de vista.

--Seguramente se encuentra en este instante en su casa, esperando la
noticia de la muerte de su marido--dijo.--En su dolor y desesperacin,
no slo llorar la desgracia que la aflige, sino que tambin censurar
la justicia de la Repblica. Todas sus simpatas estarn de parte de
los enemigos del pueblo; as, que voy sin prdida de momento a verla.

--Qu mujer tan admirable! Qu patriota tan adorable!--exclam
Santiago Tercero, cuyo entusiasmo lleg a lo indecible.

La Venganza la abraz llorando en un rapto de admiracin.

--Toma mi calceta--repuso la seora Defarge, depositndola en manos de
La Venganza,--y tnmela preparada en mi asiento de costumbre. Vete all
en derechura, no pierdas tiempo, pues es casi seguro que hoy haya ms
concurrencia que de ordinario.

--Con toda mi alma obedecer las rdenes de mi jefe--contest La
Venganza, besando a la tabernera en la mejilla.--Tardars mucho?

--All estar antes que comience la funcin.

--Procura llegar antes que las carretas--replic La Venganza.

La tabernera sali del taller a buen paso, no tardando en perderse de
vista.

Muchas fueron en aquella poca las mujeres cuyas siluetas morales no
es posible contemplar, no obstante la distancia del tiempo, sin horror
y asco; pero entre ellas, no hubo ninguna tan inhumana, tan feroz,
tan despiadada, como la que dejamos en este instante dirigindose
al domicilio del desventurado doctor Manette. Era mujer inaccesible
al miedo, inflexible, inteligente, astuta y resuelta, dotada de esa
hermosura especial que infiltra en el nimo de quien la posee firmeza
y animosidad que fuerza a los dems a rendir homenaje instintivo a las
cualidades expresadas. De haber vivido en poca menos conturbada, de
haberse movido en otro teatro, quin sabe si hubiese sido la gloria de
su sexo; pero vctima desde nia de las injusticias sociales, crecida
en una atmsfera de odio implacable de clase, se convirti en tigre.
Desconoca en absoluto la piedad; y si alguna vez anid en su alma
la virtud, habala extirpado muchos aos antes no dejando de ella ni
rastros.

Qu importaba que muriera un inocente por pecados cometidos por
sus antepasados? Su furia implacable no vea al primero, sino a los
ltimos. Ni tena importancia dejar viuda a una infeliz mujer o
hurfana a su hija; antes bien conceptuaba insuficiente el castigo
desde el momento que se trataba de sus enemigos naturales, de su
presa, de seres que no tenan derecho a vivir. Intentar aplacarla, era
intil, pues careca de la facultad de compadecerse, no ya solo de los
dems, sino hasta de s misma. Si en alguno de los muchos encuentros
en que tom parte hubiese cado bajo la mano de sus enemigos, hubiera
aceptado su desgracia como cosa natural y corriente, y si la hubiesen
obligado a subir la escalera fatal que terminaba en la guillotina,
habra tendido su cuello sin que en su fiera alma nacieran otros
sentimientos que un deseo rabioso de cambiar de puesto con el hombre
que all la enviara.

Tal era el corazn que palpitaba bajo el tosco vestido de la seora
Defarge. Sucio, harapiento, no por eso dejaba de ser vestido, siquiera
ofreciera un aspecto lgubre como no dejaba de ofrecer algn atractivo
su abundante masa de cabellos negros, mal encerrados dentro del gorro
colorado. Oculta en su seno llevaba siempre una pistola cargada y en
la cintura una daga de hoja larga y afilada. As ataviada, caminando
con paso seguro, con esa libertad de movimientos propia de la mujer
que desde nia ha ido donde la han llevado sus deseos o sus caprichos,
desnuda de pie y pierna, la tabernera Defarge dejaba atrs calles y ms
calles.

Fuerza ser que hagamos una pequea digresin, a fin de aclarar algunos
puntos que pudiera el lector encontrar obscuros. La noche anterior,
cuando Lorry ultimaba los preparativos del viaje de los fugitivos,
fu para l motivo de grandes preocupaciones la dificultad de llevar
consigo a la seorita Pross. No slo era muy de desear evitar excesos
de carga que acaso entorpecieran la marcha, sino tambin reducir al
mnimum el tiempo que en la Barrera emplearan para examinar los
documentos y reconocer a los viajeros, pues la salvacin de todos poda
depender de aprovechar o de perder breves segundos de tiempo. Tras
largas consideraciones, y no sin medir detenidamente los inconvenientes
y las ventajas, haba propuesto dejar a la seorita Pross y a Jeremas
_Lapa_, que podan salir de la ciudad cuando les acomodase, con orden
de emprender el viaje a las tres de la madrugada, utilizando uno de
los carruajes ms ligeros entonces conocido. Libres del engorro de
equipajes, no tardaran en dar alcance a los seores, y hasta en
dejarlos rezagados.

La seorita Pross acept con alegra una proposicin que la deparaba
oportunidad de prestar algn servicio de importancia a las personas
queridas. Ella y Jeremas haban conocido a la persona que su hermano
Salomn haba trado desmayada en un coche, haban despedido a los
viajeros, haban pasado diez minutos de terrible ansiedad, y estaban
haciendo los ltimos preparativos para ponerse en camino y alcanzar el
coche en el momento que la tabernera Defarge se acercaba por momentos a
la casa, con las intenciones que los lectores conocen perfectamente.

--Qu opina usted, _seor Lapa_?--pregunt la seorita Pross, cuya
agitacin era tan grande que, ni la dejaba hablar, ni moverse, ni
permanecer en pie, ni vivir.--Qu opina usted de nuestro viaje? La
salida de dos carruajes en tan breve espacio de tiempo ha de despertar
sospechas; as lo temo, al menos.

--Mi opinin, seorita, es que tiene usted razn--contest
_Lapa_--Tambin opino que siempre apoyar lo que usted diga, tanto si
tiene razn como si se equivoca.

--Hasta tal extremo me enloquecen el temor y la esperanza por la suerte
que puedan correr nuestros seores--repuso la seorita Pross llorando
desconsoladamente,--que soy incapaz de formar ningn plan racional. Y
usted, _seor Lapa_, mi querido _seor Lapa_, se siente con capacidad
bastante para formar algn plan medianamente racional?

--Con respecto a la vida futura, seorita, creo que s--respondi
Jeremas _Lapa_;--pero con respecto al uso presente de esta bendita
cabeza que llevo sobre los hombros, me temo que no. Quiere usted
hacerse cargo, seorita, de dos promesas o votos que es mi deseo hacer,
como recuerdo perpetuo de la crisis en que nos encontramos?

--Dios nos tenga de su mano!--exclam la seorita Pross, llorando a
grito herido.--Vengan en seguida esos votos o promesas, hgalos sin
perder instante como buen cristiano que es.

--Lo primero que prometo--dijo _Lapa_ temblando como un azogado y con
expresin pattica,--lo primero que juro, es no volver a hacer nunca
ms algunas cosillas que antes haca... No; nunca ms.

--Bien segura estoy, _seor Lapa_, de que no ha de hacerlas nunca ms,
sean lo que sean esas cosillas, que no es necesario mencionar.

--No, seorita; no las mencionar. Lo segundo que prometo, lo segundo
que juro, es no volver a mezclarme ms en los rezos de la _seora
Lapa_. No; nunca ms la impedir que se pase la vida entera de rodillas.

--Har usted muy bien.--contest la seorita Pross, secando las
lgrimas que la cegaban.--Deje que de las cosas del hogar cuide su
seora... Oh... mi pobre seorita!

--Creo conveniente hacer constar, seorita--repuso _Lapa_ cual si
estuviera hablando desde lo alto de un plpito,--y deseara que usted
transmitiera mis palabras a la _seora Lapa_, que mis opiniones con
respecto a los rezos han sufrido un cambio radical, y que con toda mi
alma deseara que la _seora Lapa_ estuviera de rodillas y rezando en
este instante.

--Oh, s! Ojal est rezando, y ojal el Cielo escuche benigno sus
oraciones!

--Maldigo--prosigui el _seor Lapa_ con mayor solemnidad que
nunca--maldigo cuanto he hecho y dicho contra las buenas almas que
rezan y se pasan el tiempo de rodillas! Maldigo a todos los mortales
que en este mismo momento no estn de rodillas y rezando para que el
Seor nos saque con bien de este riesgo mortal en que nos encontramos!
Maldigo, seorita... maldigo...!

El buen _Lapa_ baj la cabeza despus de buscar en vano durante una
porcin de segundos otra cosa que maldecir.

--Si la misericordia divina quiere que alguna vez lleguemos a nuestra
patria--contest la seorita Pross,--puede usted abrigar la seguridad
ms absoluta de que repetir a la _seora Lapa_ cuanto usted acaba
de decir con lenguaje tan elocuente; y suceda lo que suceda, en todo
momento me encontrar dispuesta a dar testimonio de sus excelentes
propsitos... Pero pensemos, _seor Lapa_.... pensemos!

Al cabo de largo rato de profunda meditacin, dijo la seorita Pross:

--No le parece acertado, _seor Lapa_, dar orden de que el coche, en
vez de venir aqu, espere en cualquier parte? Si mi proposicin le
agrada, podra salir usted a dar el aviso, y yo acudira al punto que
conviniramos.

Jeremas _Lapa_ contest que el plan le pareca acertado.

--Dnde podran esperarme?--pregunt la seorita Pross.

Tan aturdido estaba el _seor Lapa_, que no se le ocurri indicar lugar
ms a propsito que la acera del Tribunal del Temple de Londres, junto
al Banco Tellson.

Suerte infausta! El Tribunal del Temple estaba a cientos de millas de
distancia, y en cambio la tabernera Defarge se encontraba muy cerca de
la casa.

--Junto a la puerta de la catedral--dijo la seorita Pross.--Le parece
a usted buen sitio la puerta de la catedral, entre las dos torres?

--Me parece inmejorable, seorita.

--Entonces, llguese a la casa de postas, y d las rdenes convenientes.

--Lo nico que me intranquiliza--dijo _Lapa_ rascndose la cabeza,--es
dejar a usted. No sabemos lo que puede suceder.

--Slo Dios lo sabe, es verdad; pero no tema por m. Espreme con
el coche a las tres en punto junto a la puerta de la catedral, o lo
ms cerca que le sea posible, que desde luego ser menos expuesto a
contratiempos que si saliramos de aqu. Que Dios le bendiga, _seor
Lapa_! Piense, no en nuestras vidas, que poco valen, sino en las otras
ms preciosas que probablemente dependen de las nuestras.

Estas palabras, y la actitud de la seorita Pross, que tenda hacia
l sus manos suplicantes, acabaron de decidir a _Lapa_, quien sali
inmediatamente, dispuesto a cumplir la comisin.

No contribuy poco a tranquilizar a la seorita Pross ver en camino de
ejecucin las medidas de precaucin adoptadas. Tambin hall consuelo
en la necesidad de componer su aspecto exterior a fin de no llamar en
las calles una atencin que poda ser peligrosa. Consult el reloj y
vi que eran las dos y veinte. No poda perder tiempo.

Asustada al pensar en la soledad de aquellas habitaciones desiertas,
temiendo ver por todas partes ojos que la acechaban, presa de terrores
indecibles, la seorita Pross puso agua fra en una jofaina y principi
a lavarse los ojos, rojos e hinchados de tanto llorar. Acosada por
sus aprensiones, a cada segundo interrumpa el lavatorio para dirigir
en torno suyo miradas de espanto. En una de esas interrupciones,
retrocedi y lanz un alarido penetrante, pues, en realidad, descubri
a una persona que de pie, en el centro de la habitacin, la estaba
mirando.

La jofaina se hizo mil pedazos y el agua derramada lleg a besar los
pies desnudos de la tabernera Defarge. Aunque parezca extrao, aquellos
pies, que iban a buscar sangre, se encontraban con agua.

--Dnde est la mujer de Evrmonde?--pregunt la tabernera con
frialdad.

Rpida como el rayo penetr en la mente de la seorita Pross la idea de
que, la circunstancia de que estuvieran abiertas de par en par todas
las puertas, hara sospechar propsitos de fuga. Comenz, pues, por
cerrarlas todas, y a continuacin, se coloc frente a la puerta que
daba acceso a la habitacin que hasta aquel da haba ocupado Luca.

Con mirada llameante sigui la tabernera Defarge todos los movimientos
de la seorita Pross, fijndolos en su cara luego que la vi inmvil
junto a la puerta.

Limpia de toda clase de atractivos fsicos estaba la seorita Pross.
Los aos no haban amansado su rstica rudeza ni suavizado la hosquedad
ceuda de su cara. Era al propio tiempo mujer resuelta, los peligros
personales no la asustaban, y lejos de amilanarse al ver a la seora
Defarge, midila de alto abajo con una mirada de profundo desdn.

--Por tu aspecto, podras ser la mujer del mismsimo Lucifer--se dijo
para sus adentros la seorita Pross.--Pero si crees que me das miedo,
te equivocas; soy inglesa.

Contemplbala la tabernera con el desprecio en la mirada, aunque
comprendiendo que se encontraba frente a un enemigo de cuidado. Saba
muy bien que la seorita Pross era capaz de perder la vida por la
familia del doctor, de la misma manera que la seorita Pross saba que
la tabernera Defarge era capaz de todo lo malo tratndose de la familia
indicada.

--Iba al lugar donde tengo reservada una silla--dijo la Defarge,
extendiendo un brazo en direccin al sitio donde estaba emplazada la
guillotina,--y de paso, he querido dar mi enhorabuena a la mujer de
Evrmonde. Necesito verla.

--S que tus intenciones son malas, y puedes contar desde luego con
la seguridad de que encontrars en m quien se oponga a que las
realices--replic la seorita Pross.

Cada cual hablaba en su lengua patria. Ni la tabernera entenda
una palabra de las pronunciadas por la seorita Pross, ni sta las
pronunciadas por aqulla. Sin embargo, acechbanse mutuamente con
mirada tan intensa, que sus gestos, su expresin, hacan inteligibles
las palabras que nada decan a sus odos.

--Peor para ella si no me la dejas ver ahora mismo--repuso la
tabernera.--Los buenos patriotas sabrn muy pronto lo que eso
significa. Quiero verla... necesito verla... Ve y dila que no me voy de
aqu sin verla. No me oyes?

--Te empeas en quedarte sin ojos, y lo vas a conseguir--replic la
seorita Pross.--Mrame, mrame con esos ojos de bestia feroz, pero no
me tientes el bulto, que tengo malas pulgas. Puede que vengas por lana
y dejes la tuya entre mis uas.

Claro que la Defarge no entendi palabra de las frases que quedan
copiadas, pero s se di cuenta cabal de que su interlocutora se negaba
en redondo a obedecer sus mandatos.

--Imbcil... cara de marrana hambrienta!--barbot.--Quiero ver a la
mujer de Evrmonde! O vas ahora mismo a decrselo, o te separas de esa
puerta y me dejas paso franco!

--Nunca me imagin que pudiera hacerme falta entender esa lengua
estpida que hablas; pero la verdad es que dara ahora mismo todo lo
que tengo, excepto la camisa que llevo puesta, por saber si sospechas
toda la verdad o parte de ella.

Las dos mujeres se clavaban mutuamente con la vista. La tabernera, que
hasta aqu no se haba movido del sitio en que la vi la seorita Pross
cuando se lavaba los ojos, avanz un paso.

--Soy bretona y estoy furiosa--dijo la seorita Pross.--Mi vida me
importa un rbano. S que cuanto ms tiempo te detenga, ms aseguro la
salvacin de mi seorita... Como te acerques, yo te aseguro que no te
dejo un pelo en esa cabeza.

Era el valor de la seorita Pross de ndole sentimental, un valor que
llen de lgrimas sus ojos. Poco prctica la tabernera en fenmenos de
sentimiento, tom las lgrimas por debilidad.

--Ja, ja, ja, ja! Pobrecilla, y qu poco vales!--exclam.--No quiero
nada contigo... Ciudadano doctor!--grit.--Mujer de Evrmonde, hija
de Evrmonde! Contestad a la ciudadana Defarge, miserables habitantes
de esa casa!

Acaso el silencio que sigui a sus gritos, acaso la expresin de la
seorita Pross, acaso presentimientos nacidos en su negra alma,
sugirieron a la tabernera la sospecha de que las personas cuya sangre
buscaba haban hudo. El hecho fu que de las cuatro puertas que tena
la habitacin en que se encontraba, abri tres y mir al interior de
las estancias a las cuales daban acceso.

--Todo lo veo en desorden, en estas habitaciones no hay nadie,
y sospecho que tambin est desierta la que t guardas! Quiero
reconocerla!--grit.

--Nunca!--respondi la seorita Pross, quien entendi las palabras de
la tabernera tan bien como sta entendi su respuesta.

--Si no estn en esa habitacin, se han ido; y aun es tiempo de
perseguirlos y de darles alcance--pens la Defarge.

--Mientras no averiges si estn o no en esta habitacin, no sabrs qu
partido tomar--se dijo a s misma la seorita Pross;--y yo te aseguro
que no has de averigarlo si en mi mano est impedirlo. Otra cosa; de
aqu no has de salir mientras me queden manos con que sujetarte.

--No he encontrado hasta hoy muro capaz de cerrarme el paso; ten
por seguro que te har pedazos si no sales de esa puerta--rugi la
tabernera.

--Estamos solas en una habitacin interior de una casa solitaria y en
un barrio solitario. No es probable que nos oigan. De aqu no saldrs,
fiera, pues cada minuto que te detenga, vale un mundo para mi querida
seorita.

La tabernera, perdida la paciencia, avanz con paso resuelto hacia
la puerta. La seorita Pross, guiada por el instinto de momento, la
agarr con entrambos brazos por la cintura. En vano intent resistirse
y herir la primera, pues su antagonista, con esa tenacidad de gigante
que da el amor, siempre ms fuerte que el odio, no slo la sujet,
sino que tambin la alz del suelo entre sus brazos. Debatise
furiosa la Defarge, descarg bofetones y ms bofetones sobre la cara
de su enemiga, la ara despiadada, pero la seorita Pross, que para
defenderse haba bajado la cabeza, estrechaba cada vez ms el cerco de
acero con que aprisionaba su cintura.

Las manos de la tabernera dejaron de golpear y bajaron a la cintura.

--No te molestes--dijo la seorita Pross;--est por bajo de mi brazo y
no has de poder desenvainarlo. Soy ms fuerte que t, gracias a Dios, y
no te soltar hasta que caigas desmayada o muerta.

La seora Defarge llev la diestra al seno. La seorita Pross vi el
objeto que aquella mano sacaba. Rpida como un rayo alz un brazo,
descarg un golpe, y... brot una llamarada, son un trueno, y
retrocedi. La estancia qued llena de humo.

Todo ello no dur ms de un segundo. El humo principi a salir por la
ventana, llevando entre sus negras espirales el alma de la mujer que
yaca sin vida sobre el pavimento.

Lo terrible de la situacin en que se vea, hizo que la seorita Pross,
en el primer momento, intentara huir del cadver y bajara corriendo
la escalera con nimo de pedir socorros innecesarios y tardos; pero
afortunadamente hzose cargo de las consecuencias a tiempo para
detenerse y volver sobre sus pasos. Horrible era pasar sobre el
cadver, tendido a travs de la puerta; pero pas para recoger el
sombrero y otros objetos que deba llevarse. Los sac al descansillo
de la escalera, cerr la puerta con llave, se sent con objeto de dar
salida por los ojos al espanto que la ahogaba, y ya ms tranquila, se
levant y se fu.

Por fortuna para ella, el velo del sombrero era bastante tupido, pues
en caso contrario, lo probable es que la hubieran detenido en la calle.
Por fortuna para ella, era tan fea, que los araazos profundos que en
la contienda haba recibido no dejaron en su cara las huellas que en
otro rostro ms favorecido por la naturaleza habran dejado.

Al cruzar el puente, arroj al ro la llave de la casa. Lleg frente
a la puerta de la catedral algunos minutos antes de la hora convenida
con _Lapa_, y esper, llena de terror, al pensar que acaso pescasen la
llave que acababa de arrojar, y descubriesen a qu casa perteneca,
y abriesen la puerta, y encontrasen un cadver, y la prendieran
y condenaran a muerte por el delito de asesinato. Tales eran los
pensamientos que la agitaban cuando lleg _Lapa_.

--Hay ruido en las calles?--pregunt la seorita Pross.

--El ordinario--respondi _Lapa_, no poco sorprendido tanto por la
pregunta cuanto por el aspecto de quien la hizo.

--No le oigo... Qu me dice?

En vano repiti _Lapa_ una y otra vez lo que haba dicho; la seorita
Pross no le oa.

--Vaya!--pens _Lapa_.--Me har entender por seas.

--Hay ruido en las calles?

_Lapa_ movi afirmativamente la cabeza.

--No oigo nada.

--Sorda como una tapia en una hora? Es extrao!--pens _Lapa_--Qu
la habr pasado?

--He visto un relmpago, he odo un trueno; y el trueno fu lo ltimo
que o en mi vida--explic la seorita Pross.

--La encuentro completamente cambiada... Qu habr podido tomar para
cobrar aliento? Porque la verdad es que no parece que tenga ni pizca
de miedo... El ruido de esas malditas carretas...! Las oye usted,
seorita?

--No oigo nada, absolutamente nada--contest la buena Pross, reparando
en el movimiento de los labios de su compaero.--Un relmpago, un
trueno, y nada ms.

--Si no oye el rodar de esas horribles carretas, opino que no volver a
oir nada en este mundo--murmur _Lapa_.

No se engaaba. La seorita Pross qued sorda para siempre.


XV

LOS ECOS SE APAGAN PARA SIEMPRE

Rebotan sobre el empedrado de las calles de Pars los vehculos de la
muerte chirriando lgubremente. Seis carretas llevan a la guillotina
la racin de vino con que diariamente se entretiene su sed. Los
monstruos devoradores, los monstruos insaciables que han forjado
las imaginaciones humanas desde el instante primero de su actividad
se han fundido en una realizacin nica, y esta realizacin nica
se llama guillotina. Y, sin embargo, en Francia, con toda su rica
variedad de clima y de suelo, no hay una brizna de hierba, una hoja,
una raz, un renuevo, susceptible de llegar a sazn y madurez bajo
condiciones ms favorables que aquellas que produjeron aquel horror.
El da que martillos semejantes aplasten y machaquen a la humanidad,
retorcindola y borrando su forma, reaparecer aqulla bajo las mismas
formas violentas y contrahechas bajo las cuales reapareci entonces, el
da que se siembre la semilla de la licencia rapaz y de la opresin,
florecern y sazonarn los mismos frutos que entonces florecieron y
sazonaron.

Seis carretas ruedan chirriando a lo largo de las calles.
Transfrmalas en lo que antes fueron, t, Tiempo, encantador poderoso,
reintgralas a su forma y condicin anterior, y las veremos trocadas
en otras tantas carrozas soberbias de monarcas absolutos, en trenes
de nobles feudales, en lujosas galas de deslumbradoras Jezabeles, en
Sinagogas que han dejado de ser la Casa de Mi Padre para convertirse
en cavernas de ladrones, en mseras chozas de millones de famlicos
campesinos! No; el gran mago que majestuosamente trastorna el orden
establecido por el Creador, jams destruye sus transformaciones. Si la
voluntad de Dios te ha dado la forma que afectas, no intentes variarla;
pero si la debes a pasajeras conjuras humanas, recobra la que recibiste
del Altsimo, dicen los magos a los seres encantados en los cuentos
rabes.

Las ruedas sombras de las carretas al dar vueltas sobre el empedrado
semejan potente arado que abre un surco profundo entre el populacho que
llena las calles, a uno y otro lado del que quedan cabezas humanas.
Tan habituados estn al horrendo espectculo los vecinos de las casas,
que en muchos balcones no se ve una sola cara, y es muy frecuente ver
personas empleadas en alguna ocupacin que no suspenden el movimiento
de sus manos al paso de aqullas, aunque sus ojos se vuelvan a las
carretas para ver quines son los desgraciados que las ocupan.

Entre los que montan las fatdicas carretas, los hay que contemplan
lo que les rodea con mirada impasible y los hay que concentran en
ello un inters pasajero. Dan pruebas palpables unos de desesperacin
silenciosa haciendo el viaje postrero con las cabezas dobladas sobre el
pecho, al paso que otros las llevan arrogantemente erguidas y dirigen a
las turbas miradas de altivo desdn. Muchos meditan o procuran recoger
sus pensamientos empeados en vagar sin freno, y a ese fin cierran
los ojos, mientras uno, uno solo, msero ser de aspecto repugnante,
parece tan enloquecido de terror, que canta y hasta intenta bailar. Las
expresiones de los condenados varan hasta el infinito, pero ni uno
solo despierta piedad en los diamantinos pechos del pueblo.

Rompen la marcha algunos jinetes de aspecto embrutecido a quienes los
curiosos dirigen de vez en cuando preguntas. Sin duda stas son siempre
las mismas, pues a la contestacin sigue invariablemente un movimiento
de las turbas en direccin a la tercera carreta. Los jinetes de rostro
embrutecido que cabalgan delante tambin sealan con frecuencia con la
punta de sus sables a un hombre de los que la ocupan. El condenado en
cuestin ha excitado la curiosidad general; todos desean saber quin
es el hombre que, apoyada la espalda contra el respaldo de la tercera
carreta, conversa con una muchachita sentada a su lado. No parece que
le interese la escena ni que le importe nada de cuanto le rodea. En
la calle de San Honorato gritan las turbas contra l; a los gritos
contesta con una sonrisa y con movimientos enrgicos de cabeza que
desordenan ms sus largos cabellos, cados sobre su cara, hasta la cual
no puede llevar las manos, pues sus brazos estn amarrados.

En lo alto de una escalinata de una iglesia espera el paso de la
fnebre comitiva el espa a quien Sydney Carton llamaba el mirlo del
verdugo. Clava sus miradas en la primera carreta: no est all. Mira
con ansiedad a la segunda... Tampoco. Su rostro refleja el temor
que comienza a invadirle, cuando, al escudriar la tercera, sonre
complacido.

--Quin es Evrmonde?--pregunta un hombre colocado a su espalda.

--Aquel... el de la tercera carreta.

--El que habla con la chicuela?

--S.

--Muera Evrmonde!--vocifera inmediatamente el hombre en cuestin.--A
la guillotina todos los aristcratas! Muera Evrmonde!

--Calla.... calla...!--exclama con timidez el espa.

--Por qu he de callar?

--Porque va ya a pagar sus crmenes... Dentro de cinco minutos los
habr purgado... Djale ahora en paz.

--Muera Evrmonde!--contina gritando aquel brbaro.

Evrmonde vuelve la cara hacia el que vocifera; ve al espa, le mira
con atencin, y prosigue impvido su camino.

Los relojes de la ciudad estn para dar las tres, y el arado se desva
de la recta para llegar al sitio designado para las ejecuciones. Las
lneas de cabezas humanas que flanqueaban hasta all el surco abierto
por el arado se agrupan en tropel rodeando a la guillotina que va a
entrar en funciones. En primera fila, cmodamente instaladas en sillas,
exactamente lo mismo que si estuvieran en el teatro, hay una porcin
de mujeres, que hacen calceta con verdadero ardor; entre ellas no era
difcil ver a La Venganza, que parece inquieta y nerviosa.

--Teresa!--grita apelando a su registro ms estridente.--Quin ha
visto a Teresa... a Teresa Defarge?

--Es la primera vez que falta--contesta una de las trabajadoras.

--No... no faltar hoy tampoco...! Teresa!--ruge La Venganza.

--Grita ms--aconseja la mujer que habl antes.

Ah! Grita, Venganza, grita: que por altos que tus gritos sean
es difcil que te oiga! Grita, Venganza, grita... no importa que
acompaes tus gritos con maldiciones; que ni aqullos ni stas han de
llegar a odos de tu jefe! Enva emisarios que la busquen por todas
partes; que esos emisarios, aun cuando no puede negarse que han dado
cima a empresas difciles, es seguro que no han de ir a buscarla donde
est! Ha hecho un viaje demasiado largo!

--Mala suerte!--acalla La Venganza, pateando con furia--Y ya estn
aqu las carretas...! Y Evrmonde ser despachado sin que est ella!

Mientras La Venganza llama a grito herido a Teresa Defarge, son
descargadas las carretas. Los ministros de Santa Guillotina estn
vestidos y dispuestos a trabajar... Se oye un golpe, rueda una cabeza
que inmediatamente alza en su mano uno de los ministros, y las mujeres,
sin mirar apenas, continan haciendo calceta, diciendo por todo
comentario:

--Una.

La escena se repite varias veces, sin que las mujeres interrumpan su
labor ni dejen de contar.

Sube al tablado fatal el supuesto Evrmonde, dando la mano a la
desventurada nia, segn la haba ofrecido, a la que coloca de espaldas
a la terrible cuchilla, que sube y baja sin interrupcin.

--De no haber sido por ti, mi querido desconocido, no tendra yo la
calma y resignacin que tengo, pues soy una pobre nia y mi corazn
es dbil. Tampoco habra sabido elevar mis pensamientos hacia Aqul
que muri por nosotros, a Aqul cuya misericordia es hoy mi nica
esperanza. Yo creo que son los Cielos los que te han enviado a m en
este da de prueba.

--Quiz seas t el mensajero que los Cielos me han enviado a
m--replic Carton.--Fija en m tus ojos, nia querida, y no te
acuerdes de nada ms.

--Mientras tenga entre mis manos la tuya, estar tranquila; y si al
separarla para emprender el viaje, el golpe es rpido, tampoco temer.

--El golpe ser rpido; pierde cuidado.

Aunque se encontraban entre las dems vctimas, hablaban con tanta
libertad como si hubiesen estado solos. Aquellos dos hijos de la Madre
Universal, desconocidos hasta entonces el uno al otro, iban a hacer
juntos el ltimo viaje, a comparecer juntos ante el Creador, a reposar
juntos en el Cielo.

--Valiente y generoso amigo!--exclam la nia--Me permites que te
haga una pregunta? Soy muy ignorante, y se trata de una cosa que me
turba y mortifica... un poquito.

--Pregunta lo que quieras.

--Tengo una prima, mi nico pariente, hurfana como yo, a quien quiero
mucho. Tiene cinco aos menos de edad que yo y vive en una casa de
labor, por el Medioda. La pobreza nos separ; ignora mi desgracia y yo
no puedo escribirla... y, aunque pudiera... qu iba a decirle? Mejor
es as.

--Es verdad: mejor es as.

--Lo que he estado pensando mientras nos traan aqu, y lo que segua
pensando ahora, es lo siguiente: si en realidad la Repblica ha de
hacer la felicidad de los pobres, si gracias a ella padecen menos
hambre y se alivian sus sufrimientos, mi prima puede vivir an muchos
aos; hasta es posible que llegue a vieja.

--Y qu, mi querida hermanita?

--Si as es, no te parece que se me har muy larga la espera, all
en aquel mundo mejor en que confo ser misericordiosamente acogida
contigo, en aquel mundo donde viviremos eternamente t, ella y yo?

--No, hija ma, no; en aquel mundo mejor a que aludes, no existe el
Tiempo ni tienen cabida los sufrimientos.

--Cunto me consuelan tus palabras! Soy yo tan ignorante! He de
besarte ya? Lleg el momento?

--S, hija ma, s.

La nia besa los labios de Sydney Carton y Sydney Carton besa los
labios de la nia. No tiemblan sus manos al separarse. Adis. Rueda
primero la cabeza de la nia... Las mujeres que hacen calceta cuentan
VEINTIDS.

Yo soy la Resurreccin y la Vida; aqul que en M cree, aunque haya
muerto, vivir eternamente; y todo el que vive y cree en M, no morir
jams.

Desciende otra vez la cuchilla, y las mujeres cuentan; VEINTITRS.

       *       *       *       *       *

Aquella noche, no se habla de otra cosa en la ciudad. Todos dicen que
jams vieron rostro humano que reflejase tanta calma, tanta serenidad
de espritu. Muchos aadan que su aspecto era sublime y que en sus
ojos brillaba la luz proftica.

Algn tiempo antes, una de las vctimas ms notables de la guillotina,
una mujer, haba consignado por escrito, puesta sobre el tablado
pavoroso, los pensamientos que la horrible mquina le inspiraba. Si
Sydney Carton hubiese dado expresin sensible a los suyos, y stos
hubieran sido profticos, habran sido los siguientes:

Veo a Barsad, a Cly, a Defarge, a La Venganza, a los Jurados, a los
Jueces, a todos los nuevos opresores de la humanidad que se han alzado
terribles para destruir a los antiguos, caer bajo la afilada cuchilla
del instrumento justiciero. Veo que del fondo del negro abismo surge
una ciudad hermosa y un pueblo instrudo que, en sus luchas por la
libertad verdadera, en sus triunfos y derrotas, expa, durante largos
aos, los horrores de la poca actual y los de las pocas anteriores, y
concluye por borrarlos.

Veo las vidas de aquellos por quienes doy la ma, deslizndose
tranquilas, prsperas y felices, en aquella Inglaterra que mis
ojos no volvern a ver jams. Veo a _ella_ meciendo dulcemente en
su regazo a un nio que lleva mi nombre. Veo a su padre doblegado
bajo el peso de los aos, pero prodigando hasta el ltimo momento
de su vida los auxilios de su ciencia a sus semejantes. Veo al buen
anciano, que durante tantos aos ha sido su amigo tierno y abnegado,
enriquecindoles con todo cuanto posee y volando al mundo en que le
espera la recompensa a que sus virtudes le hicieron acreedor.

Veo que en sus corazones me han erigido un altar, y que este altar lo
transmiten a sus descendientes, y que, muchas generaciones despus,
todos los descendientes de aquella familia querida rinden culto de
gratitud sincera a la memoria del hombre que sacrific su vida en aras
de un afecto santo. La veo a _ella_, ya muy anciana, llorando por m
todos los aniversarios de mi muerte. La veo a _ella_ y a su marido,
durmiendo en la tierra el sueo ltimo, y s que, aun despus de
muertos, honran y enaltecen mi memoria.

Veo al nio que _ella_ meca en su regazo y que lleva mi nombre hecho
varn fuerte que se abre camino en el mundo dedicado a la carrera que
fu mi carrera en otro tiempo, y se lo abre tan brillantemente, que
los resplandores que ilustran su nombre ilustran tambin el mo. Veo
borradas las manchas que empaaron el brillo de mi alma. Veo al ilustre
abogado que lleva mi nombre, al que es el ms justo de los jueces de
la tierra, al que ha sabido conquistarse el respeto y la admiracin de
sus conciudadanos, ya viejo, muy viejo, teniendo sobre sus vacilantes
rodillas a un nio de cabellos de oro, que tambin lleva mi nombre, y
narrndole con voz balbuciente mi historia.

Mil veces ms hermoso es lo que hago ahora que lo que nunca hice.

La santa dicha que ahora saborea mi alma no la hubiera encontrado
jams en la tierra.


                                  FIN




INDICE


  LIBRO PRIMERO

  VUELTA A LA VIDA

                                                PGS.

      I.--El perodo.                               7

     II.--La diligencia.                           10

    III.--Las sombras de la noche.                 15

     IV.--La preparacin.                          19

      V.--La taberna.                              30

     VI.--El zapatero.                             39


  LIBRO SEGUNDO

  EL HILO DE ORO

      I.--Cinco aos despus.                      49

     II.--Una visita.                              54

    III.--Decepcin.                               60

     IV.--Enhorabuena.                             72

      V.--El chacal.                               78

     VI.--Centenares de visitas.                   83

    VII.--El seor en la ciudad.                   94

   VIII.--El seor en el campo.                   102

     IX.--La cabeza de Gorgon.                    106

      X.--Dos promesas.                           116

     XI.--Entre compaeros.                       122

    XII.--El caballero delicado.                  125

   XIII.--El sujeto no delicado.                  131

    XIV.--El honrado menestral.                   136

     XV.--Haciendo calceta.                       144

    XVI.--Ms punto de media.                     154

   XVII.--Una noche.                              164

  XVIII.--Nueve das.                             168

    XIX.--Una opinin.                            174

     XX.--Una splica.                            181

    XXI.--Pasos que resuenan.                     185

   XXII.--Sube la marea.                          195

  XXIII.--El incendio adquiere incremento.        201

   XXIV.--Atrado por la montaa imantada.        207


  LIBRO TERCERO

  EL RUMBO DE LA TORMENTA

      I.--En secreto.                             219

     II.--La piedra de afilar.                    230

    III.--La sombra.                              235

     IV.--Calma en la tormenta.                   240

      V.--El aserrador.                           246

     VI.--Triunfo.                                251

    VII.--Visita inesperada.                      257

   VIII.--Una partida original.                   262

     IX.--Hecho el juego.                         273

      X.--La substancia de la sombra.             284

     XI.--Sombras.                                297

    XII.--Tinieblas.                              301

   XIII.--Cincuenta y dos.                        308

    XIV.--Fin de la calceta.                      318

     XV.--Los ecos se apagan para siempre.        329





End of Project Gutenberg's Una historia de dos ciudades, by Charles Dickens

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from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
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without further opportunities to fix the problem.

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LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.

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damages. If any disclaimer or limitation set forth in this agreement
violates the law of the state applicable to this agreement, the
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remaining provisions.

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trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
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production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
Defect you cause.

Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of
computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
from people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
www.gutenberg.org



Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
volunteers and employees are scattered throughout numerous
locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
date contact information can be found at the Foundation's web site and
official page at www.gutenberg.org/contact

For additional contact information:

    Dr. Gregory B. Newby
    Chief Executive and Director
    gbnewby@pglaf.org

Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment. Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements. We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
state visit www.gutenberg.org/donate

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
ways including checks, online payments and credit card donations. To
donate, please visit: www.gutenberg.org/donate

Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.

Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
freely shared with anyone. For forty years, he produced and
distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
edition.

Most people start at our Web site which has the main PG search
facility: www.gutenberg.org

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including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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